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Alicia en El Pais de Las Maravillas Ed C

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ALICIA

en el País de las Maravillas


Lewis Carroll

EDICIONES COLIHUE
ALICIA
en el País de las Maravillas

Lewis Carroll

Traducción de Graciela Montes

Ilustraciones
Gustavo Roldán (h)

Ediciones Colihue
Carroll, Lewis
Alicia en el país de las maravillas- 1 ª. ed. - 7ª - Ciudad Autóno­
ma de Buenos Aires : Colihue, 2015.

E
160 p. ; 24x17 cm. (Los libros de Boris)
ISBN 978-950-581-272-1
l. Literatura infantil y juvenil inglesa. l. Título
CDD 828

n esta tarde dorado


Diseño de colección: Raúl Pane
nos deslizamos muy lentos,
Foto de tapa: Mariela González
pues los remos los manejan
Foto de solapa: Juan E. Mabromata bracitos muy poco diestros,
Ilustración de tapa e interiores: Gustavo Roldán (h) y manos muy inexpertas
para guiar el paseo.
Todos los derechos reservados.

OO
Esta publicación no puede ser reproducida, total o parcialmente,
ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de LA FOTOCOPIA
MATA AL LIBRO ¡Ay, qué crueles esas tres!
información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, y ES UN DELITO
fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o ¡En un clima tan de ensueño,
cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.
del que no mueve una hojita
.
.
Solo se autoriza la reproducción de la tapa, contratapa, página de
legales e índice, completos, de la presente obra exclusivamente con su aliento, piden cuentos.
para fines promocionales o de registro bibliográfico.
¿Pero qué puede una voz
contra ese trío de ruego ?

© Ediciones Colihue S.R.L.


Av. Díaz Vélez 5125 Prima lanza duro edicto:
(C1405DCG) Buenos Aires -Argentina "¡Qué empiece ya!", fulminante.
[email protected] Más gentil, Secunda pide
www.colihue.com. ar "que haya muchos disparates".
I.S.B.N. 978-950-581-272-1 Sólo una vez por minuto
comentarios Tertia le hace.
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
IMPRESO EN LA ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINA

5
Lewis Carroll

De pronto llega el silencio,


y ellas siguen en su sueño Capítulo!
Cayendo por la madi-iguera
a la niña que recorre

A
ese mundo extraño y nuevo,
donde aves y bestias hablan...
¡Si casi parece cierto!
Cuando el cuento declinaba
por exhausta fantasía
y este pobre fatigado LICIA ESTABA EMPEZANDO a cansarse de
estar ahí sentada en la orilla sin tener nada
abandonarlo quería,
para hacer: ya había espiado dos o tres veces el libro que
a "Otra vez les cuento el resto" su hermana leía, pero no tenía dibujos ni diálogos "¿y de
"¡Ya es otra vez!" respondían. qué puede servir un libro que no tiene dibujos ni diálogos?",
pensaba Alicia.
Y el País de Maravillas Y ahí estaba, discutiendo consigo mismá (lo mejor
posible, porque el calor la hacía sentirse más bien soñolienta
con sus rarezas creció
y boba) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas
cincelado poco a poco. justificaba el esfuerzo de ponerse de pie para ir a recoger
Ahora el cuento se acabó: las flores, cuando de pronto pasó corriendo a su lado un
ya es de noche y vuelve a casa conejo blanco de ojos rosados.
la feliz tripµ,lación. Eso no tenía nada de extraordinario, y tampoco le
pareció demasiado extraordinario a Alicia que el Conejo
murmurase "¡Ay, ay, ay, qué tarde que se me está hacien­
¡Alicia!, te entrego el cuento. do!" mientras corría (fue mucho más tarde, cuando volvió
Ponlo suave donde enlaza a pensar en todo ese asunto, que se le ocurrió que lo que
su guirnalda la Memoria correspondía era sorprenderse; en el primer momento le
con los sueños de la Infancia, pareció lo más natural del mundo).
como la del peregrino, Pero, cuando el Conejo sacó un reloj del bolsillo del
chaleco, lo miró y luego siguió corriendo, Alicia se puso
seca ya, de flor lejana. de pie de un salto ya que de pronto se le cruzó por lamen­
te que jamás antes había visto un conejo con bolsillo de
chaleco, ni con reloj para sacar de ese bolsillo. Ardiendo
de curiosidad, se lanzó a perseguirlo a toda carrera por el

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7
Lewis Carroll

campo, y apenas si tuvo tiempo de verlo saltar dentro de


una gran madriguera que había junto al cerco.
Un instante después se zambullía Alicia detrás de
él, sin detenerse a pensar ni por un momento cómo de­
monios iba a hacer para volver a salir de donde se estaba
metiendo.
La madriguera se prolongaba en línea recta primero,
como una especie de túnel, y luego, de golpe, se hundía en
la tierra, tan de golpe que Alicia no tuvo tiempo ni siquiera
de empezar a pensar en detenerse cuando ya se encontró
cayendo en lo que parecía ser un pozo muy profundo.
Una de dos, o el pozo era muy profundo o ella caía muy
lentamente, porque -mientras caía- tuvo todo el tiempo
del mundo para mirar a su alrededor y para preguntarse
qué pasaría a continuación. Primero trató de mirar hacia
abajo y de averiguar hacia dónde se dirigía en su caída,
pero estaba demasiado oscuro para ver nada. Después
miró las paredes del pozo y notó que estaban cubiertas de
armarios y de bibliotecas; de tanto en tanto había mapas
y cuadros colgados de clavos. Recogió al pasar un frasco
de uno de los estantes; la etiqueta decía MERMELADA DE
NARANJAS, pero, para gran desilusión suya, estaba vacío.
No quiso dejarlo caer por miedo de matar a alguien allá
abajo, de modo que se las ingenió para volver a colocarlo
en uno de los armarios que iban desfilando en su caída.
"¡Bueno", pensó Alicia para sus adentros, "después
de una caída como esta, me va a parecer una pavada caer
rodando por las escaleras! ¡Qué valiente que les voy a pa­
recer a todos en casa! ¿Qué digo? No sólo de las escaleras...
¡Si me cayese del techo tampoco diría ni mu! ¡Ni mu diría!"
(lo que no dejaba de ser algo perfectamente probable).
Abajo, abajo, abajo. ¿No iba a terminar nunca esa
caída?

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Lewis Carral!

-Me pregunto cuántos kilómetros habré caído ya


-dijo en voz alta-. Debo de andar cerca del centro de
la Tierra. A ver: eso serían unos seis mil kilómetros de
profundidad, creo..." (lo que sucede es que Alicia había
aprendido varias cosas de este tipo en la escuela, y aunque
esta no fuera la mejor oportunidad para demostrar sus
conocimientos, ya que no había nadie para escucharla, de
todos modos repetir en voz alta las lecciones era un buen
ejercicio) "Sí, la distancia es más o menos ésa... pero me
pregunto a qué latitud y a qué longitud estaré (Alicia no
tenía la más remota idea de lo que significaban "latitud"
y "longitud" pero las consideraba palabras prestigiosas y
le agradaba mucho pronunciarlas).
Pronto volvió a empezar:
-¡Me pregunto si no terminaré por atravesar toda
la Tierra y llegar al otro lado! ¡Qué cómico sería si me
apareciese de pronto en medio de esa gente que camina de
cabeza! Los Antipáticos o algo así... (se alegró mucho de que
no hubiese nadie escuchándola esta vez porque la palabra
no le sonaba del todo bien). Pero voy a tener que pregun­
tarles el nombre del país, claro está. "Señora: ¿sería usted
tan amable de decirme si estamos en Nueva Zelandia o en
Australia?" (y ensayó una reverencia mientras hablaba...
¡qué les parece! haciendo reverencias mientras uno cae en
el vacío! ¿Ustedes serían capaces?) ¡Y qué niñita ignorante
le voy a parecer cuando le pregunte eso! No, lo mejor es no
preguntar; tal vez vea el nombre del país escrito en algún
lado.
Abajo, abajo, abajo. No había ninguna otra cosa que
hacer, de modo que Alicia no tardó en ponerse a hablar
nuevamente.
-¡La que me va a extrañar mucho esta noche va a
ser Dinah! (Dinah era la gata). Espero que se acuerden de
ponerle el platito de leche para la merienda. ¡Ay, Dinita!

10
Lewis Carroll Alicia en el Pafr de las Maravillas

de ponerle el platito de leche para la merienda. ¡Ay, encontró sola en un vestíbulo grande y baj'o, iluminado por
Dinita! ¡Cómo me gustaría que estuvieses aquí abajo una hilera de lámparas que colgaban del techo.
conmigo! Me temo que no hay ratones en el vacío, pero El vestíbulo estaba rodeado de puertas, pero todas
siempre podrías cazar algún murciélago. Los murciéla­ estaban ce�radas.Alicia las fue probando, una por una, y
gos se parecen mucho a los ratones, ¿sabías? Pero me luego volvió caminando tristemente hasta el centro de la
pregunto si los gatos comerán murciélagos... habitación, preguntándose cómo haría para salir de allí.
Aquí Alicia empezó a aderrnilarse un poco y De pronto notó que había
siguió diciéndose coino entre sueños: una mesita de tres patas, hecha
-¿Comenmurciélagoslosgatos? ¿Comen murciégatos de vidrio: no tenía encima más
los galos? que una llavecita dorada, muy
Y a veces: pero muy pequeña, y lo prime­
-¿Comen gatos los murciélagos? ro que pensó Alicia fue que tal
vez pudiera servir para abrir
Porque, dado que no podía responder a ninguna de alguna de las puertas del ves­
esas preguntas, en realidad no importaba demasiado tíbulo. Pero ¡qué desgracia!
que la formulase de una manera o de otra. Una de dos: o las cerraduras eran demasiado grandes o
Tuvo la sensación de que se estaba quedando dormi­ la llave demasiado pequeña. Lo cierto es que no podía
da y apenas empezaba a soñar que estaba caminando de abrir ninguna de esas puertas.
la mano con Dinah mientras le preguntaba con toda Sin embargo, en su segunda recorrida, Alicia se
severidad "A ver, Dinah, quiero la verdad y sólo la verdad: tropezó con un cortinado que no había visto antes y vio
¿te comiste algún murciélago alguna vez en tu vida?" que, detrás del cortinado, había una puertita de unos
cuando de pronto -¡pof1 ¡pof1- aterrizó en un montón de treinta centímetros de alto. Probó la llavecita de oro y,
ramas y hojas secas y terminó la caída. para gran alegría suya, ¡entraba perfectamente en la
Alicia no se había lastimado ni un poquito, de modo cerradura!
que se puso de pie de un salto. Miró hacia arriba pero Abrió la puerta y vio que daba a u� pasillito apenas
todo estaba muy oscuro. Hacia el frente, en cambio, se más amplio que una cueva de ratones; se arrodilló para
veía otro túnel, y al Conejo Blanco que corría por él. No mirar y vio que el pasillo desembocaba en el más maravi­
había un momento que perder: allá se precipitó Alicia, lloso jardín que uno pueda imaginarse. ¡Qué ganas le
veloz como el viento, y llegó justo a tiempo para oírle dieron de salir de ese vestíbulo oscuro y pasearse entre
decir mientras doblaba el recodo: esos macizos de flores refulgentes y esas fuentes frescas!
-¡Por mis orejas y mis bigotes! ¡Qué tarde se me Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por el vano de la
está haciendo! puerta.
Alicia había estado pisándole los talones al llegar al "Y, aunquepudiese pasar la cabeza", pensó la pobre
recodo, pero, en cuanto pegó la vuelta, dejó de verlo, y se Alicia, "de poco me serviría sin mis hombros del otro

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Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carro//

gusto (en realidad, un sabor combinado de tarta de cerezas,


lado... ¡Ay, cómo me gustaría poder encogerme como un flan, ananás, pavo asado, almíbar y tostada caliente con
telescopio! Creo que sería capaz, si sólo me explicaran cómo manteca), lo terminó enseguida.
empezar...,, . -¡Qué rara me siento! -dijoAlicia-. ¡Debo de estar
Y es que a Alicia le habían sucedido tantas cosas encogiéndome como un telescopio!
extraordinarias últimamente que había empezado a pensar Y así era nomás: ahora ya no medía más que veinte
que eran muy pocas las realmente imposibles. centímetros y la cara se le iluminó cuando pensó que tenía
No parecía servir de nada quedarse ahí esperando el tamaño exacto para pasar por la puertita y llegar al
junto a la puertita, de modo que volvió hacia donde estaba precioso jardín. Sin embargo primero quería esperar para
la mesa, con la secreta esperanza de encontrar alguna otra ver si iba a seguir encogiendo: le daba un poco de nervios
llave o al menos un manual de instrucciones para encoger pensar en esa posiblidad.
personas como si fuesen telescopios. Esta vez lo que encon­ -Porque podría terminar por apagarme del todo,
tró fue una botellita encima de la mesa ("una botellita que como una vela -dijo-, y me gustaría saber qué parecería
antes no estaba", pensó Alicia), con una etiqueta colgada yo entonces...
del cuello y la palabra BÉBEME primorosamente eser.ita,
Trató de imaginar qué aspecto podría tener la llama
con letras muy grandes.
de una vela luego de apagada la vela, porque no recordaba
Era muy sencillo decir ''bébeme", pero la prudente haber visto en su vida nada semejante.
Alicita no estaba dispuesta a obedecer así como así.
Después de un rato, cuando vio que nada nuevo su­
-No, señor -dijo-, primero me voy a fijar bien si cedía, decidió irse derechito al jardín, pero ¡pobre Alicia,
no dice "veneno" por algún lado. qué desgracia!, cuando llegó adonde estaba la puerta, se dio
Porque Alicia había leído muchos simpáticos cuen­ cuenta de que se había olvidado de la llavecita y, cuando
titos acerca de niños que habían resultado quemados, de­ volvió a la mesa para buscarla, se dio cuenta de que era
vorados por bestias salvajes y otras cosas desagradables, imposible alcanzarla. Podía verla perfectamente a través
y todo porque se empeñaban en olvidar algunas reglas del vidrio y trató de escalar una de las patas, pero el vidrio
sencillas que les habían enseñado sus benefactores, como la hacía resbalar. Lo intentó una y otra vez hasta que se
ser, que si uno sostiene demasiado rato en la mano un cansó, entonces la pobre se sentó en el suelo y se puso a
atizador al rojo vivo acaba por quemarse, o que si uno se llorar.
hace un tajo muy profundo en el dedo con el cuchillo casi -¡Vamos! ¿De qué te sirve llorar así? -se dijo a
seguro que sangra. Y otra cosa que Alicia siempre había sí misma con bastante severidad-. ¡Te aconsejo que la
tenido presente era eso de que si uno bebe un trago largo termines de inmediato!
de una botella que diga "veneno" lo más probable es que
Por lo general Alicia se daba muy buenos consejos
. tarde o temprano le caiga pesado.
(aunque rara vez los seguía) y algunas veces se retaba con
Sin embargo, esta botella no decía "veneno", de modo tanto rigor que se hacía llorar; incluso hubo una vez en
que Alicia se animó a probar y, como le sintió muy rico

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14
Lewis Carroll

que intentó darse una bofetada por haberse hecho trampa


en una partida de croquet que jugaba contra ella misma,
ya que a esta singular criatura le encantaba jugar a que
era dos personas al mismo tiempo.
"Pero ahora no me sirve de nada jugar a que soy
dos", pensó la pobre Alicia, "¡si apenas quedó lo bastante
de mí para armar una persona como es debido!"
Muy pronto sus ojos tropezaron con una cajita de
vidrio que estaba tirada debajo de la mesa: la abrió y
encontró un bizcochito diminuto con la palabra CóMEME
escrita con pasas de uva.
-Bueno, lo voy a comer-dijo Alicia-, y, si me hace
crecer voy a alcanzar la llave, y si me hace encoger más
voy a poder arrastrarme por debajo de la puerta, de modo
que, pase lo que pase, voy a poder llegar al jardín.
Comió un bocadito y se preguntó con ansiedad "¿Hacia
arriba o hacia abajo?", mientras sostenía la mano por enci­
ma de la cabeza para controlar si crecía o si se achicaba.
Se sorprendió bastante cuando notó que seguía es­
tando del mismo tamaño. No cabe duda de que eso es lo
que sucede por lo general cuando uno come bizcochos, pero
Alicia se había acostumbrado tanto a esperar sólo cosas
desacostumbradas que le parecía tonto y aburrido que la
vida siguiese su curso habitual.
De modo que puso manos a la obra y muy pronto se
terminó el bizcocho.

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Capítulo 11
Un charco de lágrimas

-¡ e ADA VEZ MÁS y más extrañísimo! -gritó


Alicia (estaba tan sorprendida que por el
momento se había olvidado de cómo hablar correctamen­
te)-. ¡Ahora me estoy estirando como el telescopio más
grande que haya existido nunca! ¡Adiós, pies! (porque,
cuando Alicia bajó los ojos para mirarse los pies, vio que
éstos ya estaban casi fuera del alcance de la vistá y seguían
alejándose rápidamente). "¡Ay, mis pobres piecitos! Me
pregunto quién se ocupará de ponerles las medias y los
zapatos ahora ... Yo, al menos, no voy a poder, de eso estoy
segura... Voy a estar demasiado lejos para ocuparme de
ustedes: van a tener que arreglárselas como puedan ...
"Pero va a ser mejor que me muestre amable con
ellos", pensó Alicia, "¡porque, si no, en una de esas se nie­
gan a caminar hacia donde yo quiero ir! A ver, a ver... Ya
sé: les voy a regalar un par de botitas nuevas todas las
Navidades."
Y siguió haciendo planes de cómo se las iba a inge-
niar.
''Voy a tener que mandárselas por encomienda",
pensó. "¡Qué cómico que me va a parecer eso de mandarl�
encomiendas a mis propios pies! ¡Y qué raras las direccio­
nes!
Honorable Pie Derecho de Alicia
Alfombra de la Chimenea

19
Lewis Carroll

cerca del Guardafuegos


( Con cariño, de Alicia)
¡Ay, Dios, las pavadas que estoy diciendo!
En ese preciso momento Alicia sintió que su cabeza
golpeaba contra el cielorraso del vestíbulo (y es que, para
ese entonces Alicia ya andaba midiendo algo así como dos
metros). Entonces se apresuró a tomar la llavecita y corrió
hacia la puerta que daba al jardín.
¡Pobre Alicia! Lo más que pudo hacer fue tenderse
de costado en el suelo para mirar con un solo ojo hacia
el jardín, ya que había menos esperanzas que nunca de
atravesar la puerta. Alicia se sentó y se puso a llorar una
vez más.
-¡¿No te da vergüenza?! -se decía--. ¡Una grandu­
lona como tú (y tenía todo el derecho del mundo a llamarse
así) llorando de esta manera! ¡Te ordeno que dejes de llorar
ahora mismo!
Pero siguió llorando nomás, derramando litros y litros
de lágrimas hasta que quedó rodeada de un gran charco de
unos diez centímetros de profundidad que llegaba hasta
la mitad del vestíbulo.·
Un rato después Alicia oyó un redoble de pasitos a
lo lejos y se enjugó rápidamente los ojos para ver quién
venía. Era el Conejo Blanco que regresaba, suntuosamente
vestido, con un par de guantecitos en una mano y un gran
abanico en la otra. Venía al trote y apurado, murmurando
para sí mientras se iba acercando:
-¡Ay, ay, ay, la Duquesa, la Duquesa! ¡Lo feroz que
se va a poner si la hice esperar!
Alicia estaba tan desesperada que se sentía dispues­
ta a pedirle ayuda a cualquiera, de modo que, en cuanto
el Conejo se acercó adonde ella estaba, empezó a musitar
con timidez:

20
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

¡Cómo aumenta el cocodrilo


-Disculpe, señor... el resplandor de su cola
El Conejo se sobresaltó, dejó caer sus guantes y su derramando agua del Nilo
abanico y se escurrió en la oscuridad lo más rápidamente
que pudo. sobre sus escamas todas!
Alicia recogió el abanico y los guantes y, como hacía
mucho calor en el vestíbulo, comenzó a abanicarse y siguió ¡Qué sonrisa tan alegre,
abanicándose sin parar mientras hablaba. qué zarpazos tan sutiles,
-¡Ay, mi Dios! ¡Qué raro que es todo hoy! ¡Y eso que cuando recibe a los peces
ayer todo sucedía normal, como siempre! Me pregunto si con mandíbulas gentiles!
no me habrán cambiado durante la noche... Veamos: ¿esta
mañana, cuando me desperté, era la misma de siempre?
Me parece recordar que me sentía un poquitín diferente... -Estoy segura de que no eran esas las palabras
Pero, si no soy la misma, la pregunta que sigue es "¿Quién correctas -dijo la pobre Alicia, y los ojos se le volvieron
demonios soy?". ¡Esa es la cuestión! a llenar de lágrimas-. ¡Y sí, debo de ser Mabel nomás, y
voy a tener que irme a vivir a esa casita de morondanga,
Y empezó a pensar en todas las chicas de su misma
edad que conocía para ver si la habrían cambiado por al­ sin juguetes y con una pila de lecciones para estudiar!
guna de ellas. ¡Ah, no! Ya me decidí: ¡si soy Mabel me quedo a vivir acá
abajo! Y les aviso que de nada va a servir que asomen sus
-Estoy segura de que no soy Ada -dijo-, porque cabezas y digan ''Vamos, sube, queridita". Yo lo único que
Ada tiene rulos y yo no tengo rulos; y estoy segura de que voy a hacer es levantar la cabeza y preguntar "¿Quién·soy
no puedo ser Mabel, porque yo sé un montón de cosas, y yo? Primero díganme quién soy yo, y después, si me gusta
Mabel... ¡Mabel no sabe casi nada! Además, ella es ella, y ser esa persona, salgo; si no, me quedo acá abajo hasta que
yo soy yo... ¡Ay, qué lío que me estoy haciendo! Voy a ver sea otra ... pero ¡ay, Dios mío! -gritó Alicia con un súbito
si sé todas las cosas que solía saber antes. A ver: cuatro acceso de lágrimas- ¡Cómo me gustaría que asomasen
por cinco: doce, cuatro por seis: trece; cuatro por siete... sus cabezas! ¡Estoy tan cansada de estar acá abajo sola!
¡Ay, no, así no voy a llegar nunca a veinte! Pero las tablas
de multiplicar no significan nada. Vamos a probar con Al decir esto se miró las manos, y se sorprendió al
ver que se había calzado uno de los guantecitos del Conejo
Geografía. Londres es la capital de París, y París es la
capital de Roma, y Roma ... ¡no, está todo mal; seguro que mientras hablaba.
está todo mal! ¡Me deben de haber cambiado por Mabel! "¿ Cómo habré hecho para ponérmelo?", pensó. "Debo
Voy a tratar de recitar ¡Cómo aumenta .. .! de estar achicándome de nuevo".
De modo que cruzó los brazos sobre la falda como Se puso de pie y fue hacia donde estaba la mesa para
cuando decía su lección y comenzó a recitar. Pero la voz medirse con ella y vio que, tal como se había imaginado,
sonaba ronca y extraña y las palabras no parecían las medía ahora unos cuarenta centímetros, y seguía achicán-
mismas de siempre:
23
22
Lewis Carrol/

dose a gran velocidad. Pronto descubrió que la causa era


el abanico que tenía en la mano, de.modo que lo dejó caer
de inmediato, justo a tiempo para salvarse de encogerse
del todo.
-¡Eso se llama salvarse por un pelo! -dijo
Alicia, bastante asustada del súbito cambio, pero encan­
tada de seguir figurando entre las cosas existentes.
-¡Ahora, al jardín!
Y volvió corriendo hasta la puertita, pero, ¡qué des­
gracia!, la puertita estaba cerrada nuevamente, la llave­
cita de oro estaba sobre la mesa de vidrio, como antes, "y
todo anda peor que nunca", pensó la pobre Alicia, "porque
nunca antes había sido tan pequeña, tan pequeñita... ¡Y
la verdad es que me parece horrible ser así!"
Y, mientras pensaba esto, se resbaló y -¡plash!­
quedó sumergida hasta el mentón en agua salada. La
primera idea que se le cruzó por la cabeza fue la de que,
de un modo u otro, se había caído en el mar, "y e11
ese caso puedo volver a casa por tren",
pensó. (Alicia había estado en un
balneario junto al mar una sola
vez en su vida y había llegado a
la conclusión de que cualquier
punto de la costa de Inglate­ .
rra es más o menos así: hay º·"
unas cuantas máquinas
para bañarse en el mar y
haciendo pozos en la arena con palitas de
algunos chicos
madera, después

una hilera de hoteles y pensiones y, detrás, la estación del
tren)
. . Pero no tardó en darse cuenta de que estaba en el
charco de lágrimas que había llorado cuando medía dos
metros.

24
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

-Ou est ma chatte? (que era la primera oración de­


-¡Ojalá no hubiese llorado tanto! -decía mientras su libro de francés).
nadaba ' tratando de llegar a la orilla-. Supongo que. es
. El Ratón pegó un brinco fu�ra del agua y pareció
una especie de castigo. ¡Me voy a ahogar en mis propias estremecerse de miedo de pies a cabeza.
lágrimas! Eso sí que va a ser algo raro... Aunque, en rea­
-¡Oh,lo siento mucho!-se apresuró a gritarleAlicia,
lidad, todo es muy raro hoy...
que mucho temía haber herido los sentimientos del pobre
En ese preciso instante oyó que alguien chapoteaba animal-. Olvidé que a usted no le gustan los gatos.
en el charco un poco más allá, y se acercó nadando para
-¡Que no me gustan los gatos! -chilló el Ratón en
ver qué era: al principio pensó que se podía tratar muy
el tono más agudo y apasionado-. ¿Te gustarían a ti los
bien de una morsa o de un hipopótamo, pero después
gatos si estuvieses en mi lugar?
recordó cuán pequeña era ahora y muy pronto descubrió
que era sólo un ratón, que se había caído como ella en -Bueno,supongo que no-dijoAlicia con suavidad-,
el charco. pero no se enoje por eso. De todos modos me gustaría ;1ue
conociese a Dinah, nuestra gata. Creo que empezana a
"¿Valdrá la pena que le dirija la palabra a este ra�
tomarles cariño a los gatos si la conociese. Es una amorosa,
tón?", pensó Alicia. "Todo es tan desacostumbrado aqm
una divina ...
que no me extrañaría nada que supiese hablar. En todo
caso, con probar no pierdo nada ...". Alicia siguió hablando, en parte para sus adentros,
mientras nadaba perezosamente por el charco.
De modo que comenzó a decir:
-La viera cuando se queda ahí tranquilita al lado
-¡Oh, Ratón! ¿Conoce usted el modo de sa:i� de est:
dél fuego, ronroneando y lamiéndose las patas y lavándose
charco? Estoy cansada de nadar, ¡oh Ratón! (Alicia penso
la carita ... Y es tan lindo tenerla en brazos... Y cazando
que ése sería el modo correcto de dirigirse a un ratón; era
ratones es un genio ... ¡Oh, disculpe, lo dije sin querer!
la primera vez que lo hacía y no tenía experiencia, pero
-volvió a atajarse Alicia ya que esta vez el Ratón se ha­
recordaba que en la Gramática Latina de su hermano
bía erizado hasta la punta del rabo y era de suponer que
decía ''Un ratón - d�.l ratón - al ratón - un ratón - ¡Oh,
estaba verdaderamente ofendido-. Si usted prefiere, no
ratónl").
volvemos a hablar de ella.
El ratón la miraba con aire intrigado y pareció gui­
-¡No volvemos a hablar...! ¡Qué descaro! -gritó
ñarle un ojo, pero no respondió.
el Ratón a quien le temblaba hasta la cola- ¡Como si yo
"En una de esas no entiende el idioma", pensó Ali­ fuese capaz de sacar esos temas! Nuestra familia siempre
cia. ''Es muy posible que sea un ratón francés de los que odió a los gatos: ¡son criaturas desagradables, vulgares y
vinieron con Guillermo el Conquistador..." asquerosas! ¡No quiero volver a oír hablar de ellas!
(Y es que, a pesar de todos sus conocimientos de -¡No se preocupe! -dijo Alicia, apurada por
historia,Alicia no tenía una idea demasiado precisa acerca cambiar de tema-. ¿Y le gustan ... le gustan... los ... los
de cuánto hacía que habían sucedido las cosas.) perros?
De modo que volvió a intentarlo. Dijo:

27
26
Lewis Carroll

El Ratón no respondió, de modo que Alicia arremetió Capítulo III


con todo entusiasmo: Una carrera política. y una historia que trae cola

N
-Porque hay un perrito cerca de casa... ¡Me gustaría
que lo conociese! Un fox-terrier ... Es chiquito y tiene los ojos
muy brillantes y un pelo sedoso y todo lleno de rulos... Es
muy inteligente. Uno le arroja cosas y él las va a buscar,
y se sienta en dos patas para pedir la comida. ¡De todo
sabe hacer! ¡Ya ni me acuerdo de todas las cosas que sabe
hacer! El dueño es un granjero ¿sabe? y siempre dice que O CABE DUDA DE que el grupo reunido en la
es un perro muy útil, que no lo vendería ni por un millón. orilla era más bien estrafalario: los pájaros con
Dice que le mata todas las ratas y... sus plumas ensopadas, los animales con el pelo pegado
-¡Ay, ay, ay! -suspiró Alicia con voz apesadumbra­ al cuerpo, y todos chorreando agua, malhumorados y
da- ¡me parece que volvió a ofenderse! molestos.
Porque el Ratón se alejaba de ella nadando con toda Lo primero a resolver era, por supuesto, cómo secar­
la energía de que era capaz y agitando bastante el charco se; se discutió el asunto y no hicieron falta más que unos
mientras avanzaba. pocos minutos para que Alicia sintiese que era lo más
De modo que Alicia lo llamó suavemente: natural del mundo estar ahí charlando en confianza con
esas criaturas, como si las conociese de toda la vida.
-¡Estimado Ratón! ¡Vuelva, por favor! ¡Le prometo
que no vamos a hablar de gatos! ¡Y tampoco de perros, si Por cierto, se enfrascó en una larga discusión con el
a usted no le gusta! Loro, que terminó por enfurruñarse y limitarse a repetir:
Cuando el Ratón oyó esto dio media vuelta y nadó -Yo soy mayor que tú, de modo que tengo razón.
lentamente hacia ella: tenía el rostro pálido (por la emo­ Y eso era algo que Alicia no estaba dispuesta a ad­
ción, pensó Alicia), y dijo, en voz baja y temblorosa: mitir sin saber antes cuál era la edad del Loro, y, como
-Vayamos a la orilla para que te cuente mi his­ el Loro se rehusaba rotundamente a confesarla, no hubo
toria. Así vas a entender por qué odio a los gatos y a los nada más que decir.
perros. Por fin el Ratón, que parecía una persona de cierto
Ya era hora de salir del agua porque el charco estaba predicamento en el grupo, gritó:
atestado de pájaros y animales que se habían caído en él: -¡Siéntense todos y escuchen lo que voy a decir! ¡Ya
había un Pato y un Dodo, un Loro y un Aguilucho, y mu­ van a ver como los dejo bien sequitos!
\
chas otras criaturas de lo más extrañas. Alicia encabezó Se sentaron todos en ronda, con el Ratón en el me-
la marcha y toda la compañía nadó hacia la costa. dio. Alicia estaba expectante y no le quitaba los ojos de
encima, ya que estaba convencida de que iba a pescarse
flor de resfrío si no se secaba de inmediato.

28 29
Lewis Carral!
Alicia en el País de las Maravillas

-¡Ejem! -carraspeó el Ratón dándose aires de im­


portancia-. ¿Están todos listos? Esto es lo más secante -Tan mojada como antes -dijo Alicia con tono
que conozco. ¡Silencio todos, por favor! "Guillermo el Con­ lastimero-: me parece que no me resulta tan secante.
quistador, cuya causa contaba con el favor del P_apa, recibió -En ese caso -dijo el Dodo solemnemente mientras
muy pronto la adhesión de los ingleses, faltos de líderes y se ponía de pie-, pongo a consideración de la asamblea
demasiado habituados a la usurpación y la conquista en la moción de que se vote un cuarto intermedio con el fin
los últimos tiempos. Edwin y Morcar, condes de Mercia y de que se puedan adoptar medidas drásticas conducentes
Northumbria respectivamente... ". a...
-¡Uf1 -dijo el Loro con un escalofrío. -¡Hable en cristiano! -dijo el Aguilucho-. No
-¿Cómo dice? -preguntó el Ratón, con el ceño entiendo ni la mitad de las palabras que usó y, lo que es
fruncido pero con gran amabilidad-. ¿Dijo usted algo? más, mucho me temo que usted tampoco.
-¡Yo no! -se apresuró a responder el Loro. Y el Aguilucho inclinó la cabeza para ocultar una
- Me pareció -dijo el Ratón-. Continúo: "Edwin y sonrisa; algunos otros pájaros se rieron abiertamente.
Morcar, condes de Mercia y Northumbria respectivamente, -Lo que yo quería decir -dijo el Dodo con aire ofen­
le otorgaron su apoyo, e incluso Stigand, el patriota arzo­ dido- es que la mejor manera de secarse es una carrera
bispo de Canterbury, encontrólo aconsejable... ". política.
-¿Encontró qué? ¿Qué fue lo que encontró? -pre­ -¿Qué es una carrera política?-preguntó Alicia.
guntó el Pato. No es que estuviese demasiado interesada en saberlo,
-Encontrólo -replicó el Ratón más bien enojado-. pero el Dodo había hecho una pausa como si considerase
Supongo que sabrá lo que significa ''lo". que era el momento para que alguien preguntase, y no
parecía haber ningún otro dispuesto a hacerlo.
-Claro que sé lo que significa ''lo" cuando soy yo el
que lo encuentra -dijo el Pato-. Por lo general es una -Bueno-dijo el Dodo-, el mejor modo de explicarlo
rana o un gusano. La cuestión es que me diga qué fue lo es haciéndolo.
que el arzobispo encontró. (Y como es posible que alguno de ustedes quiera
El Ratón no se detuvo a responder sino que se apre­ intentarlo en un día de invierno voy a decirles cómo se las
suró a seguir con su relato. ingenió el Dodo.)
-...encontrólo aconsejable y se dirigió con Edgar Primero trazó una pista de carreras más o menos
Atheling al encuentro de Guillermo para ofrecerle la coro­ circular ("la forma exacta no interesa", dijo) y luego dis­
na. La conducta de Guillermo fue moderada en un primer tribuyó a toda la compañía a lo largo de la pista. No hubo
momento. Pero la insolencia de sus normandos... ¿Qué tal ninguna señal de largada, nada de "preparados, listos,
vas, querida? -siguió diciendo el Ratón, dirigiéndose a ¡ya!" sino que cada uno empezaba a correr cuando .se le
Alicia. daba la gana y abandonaba cuando se le daba la gana, de
modo que no resultaba fácil saber cuándo terminaba la
carrera. Sin embargo, cuando ya hacía una media hora

30
31
Lewis Carro!!

que estaban corriendo y todos estaban ya bastante secos,


el Dodo gritó de repente:
-¡Terminó la carrera!
Todos se apiñaron a su alrededor, jadeantes, y pre­
guntaron:
-Pero ¿quién ganó?
Esta era una pregunta a la que el Dodo no podía
responder sin antes pensarlo concienzudamente. De modo
que se quedó ahí parado durante un largo rato con el dedo
apoyado en la sien (más o menos con el gesto con que suele
vérselo a Shakespeare en los retratos), mientras el resto

lf.

de la compañía aguardaba en silencio.


Por fin el Dodo dijo:
-Todos ganaron y todos merecen un premio.
- Pero ¿quién va a entregar los premios -pregun-
taron varios a coro.
-¡Qué pregunta! ¡Ella, por supuesto! -dijo el Dodo
y la señaló a Alicia con un dedo.
De modo que toda la compañía se apiñó alrededor
de Alicia haciendo barullo y gritando:
-¡Queremos premios! ¡Queremos premios!
Alicia no tenía la menor idea de qué hacer y, en su
desesperación, se puso la mano en el bolsillo y sacó una

lr
cajita de confites (afortunadamente no se habían mojado
con el agua salada), y lo� repartió como si fuesen premios.
Hubo uno para cada uno, exactamente.

e �J\ \r__f\ t
-Pero ella también merece un premio, ¿no es cierto?
-dijo el Ratón.
-Claro -dijo el Dodo con toda seriedad y luego,
dirigiéndose a Alicia: - ¿Qué más tienes en el bolsillo?
-Un dedal, nada más-dijo Alicia algo compungida.
-¡Dámelo! -dijo el Dodo.

32
Lewis Carroll
Alicia en el País de las Maravillas

Y todos volvieron a apiñarse para ver cuando el Dodo Furia encontró


le entregaba solemnemente el dedal diciendo: un ratón y le
-Te rogamos que aceptes este elegante dedal... dijo de impro­
Al concluir el_ breve y emocionante discurso todos viso: ''Vayamos
vitorearon. los dos a juicio,
Alicia pensó que todo eso resultaba muy absurdo, que yo te quie­
pero los demás parecían tan convencidos que no se atrevió ro pleitear.
a reír y, como nq se le ocurría nada que decir, se limitó a Vamos ya,
aceptar el dedal con una reverencia, tratando de parecer no acepto ex­
cusas. Vamos
lo más solemne posible.
al tribunal que
Acto seguido hubo que comer los confites. Esto provo­ en este día
có algún alboroto y bastante confusión, ya que los pájaros invernal no
más grandes se quejaban de que ni siquiera habían podido tengo nada
sentirle el gusto mientras los más pequeños se atraganta­ que hacer."
ban y había que palmearles la espalda. Pero la ceremonia ''Un juicio
concluyó por fin y todos volvieron a sentarse en ronda y le así, mi se­
rogaron al Ratón que les contase algo más. ñor, sin jura­
-Usted prometió contarme su historia, ¿recuerda? dos y sin juez,
-dijo Alicia-, y el porqué de su odio a los ... a los G y a es echar tiem-
los P -agregó en un murmullo, algo temerosa de haber po a perder",
ofendido una vez más a su interlocutor. le dijo el Ra­
-¡La mía es una historia larga y triste! -dijo el tón al can. ''Yo
Ratón volviéndose hacia Alicia-. ¡Una historia que trae seré juez
cola! y jurado",
-Entiendo que sea larga, y que traiga cola -dijo dijo Furia,
Alicia bajando los ojos y mirando la del Ratón, que resultaba el muy tai­
admirable-. Pero ¿por qué dice usted que es una historia mado,"y te
triste? condeno a
morir para
Y mientras el Ratón la contaba ella no pudo dejar que se
de pensar ni por un momento que traía cola, de modo que haga
se la imaginó más o menos así: JUS
ti
cia".

34 35
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-¡No estás prestando atención! -la reprendió el -¡Ojalá estuviese Dinah aquí! -dijo Alicia en voz
Ratón-. ¿En qué estabas pensando? alta sin dirigirse a nadie en particular-. ¡Ella sí que lo
-Lo siento mucho -dijo Alicia humildemente-. traería de vuelta enseguidal
Creo que iba por la quinta vuelta, ¿no? -¿Y quién es Dinah, si se puede saber?-preguntó
-¡No! ¡No iba por la quinta vuelta! -chilló el Ratón el Loro.
furioso-. Apenas si había llegado al nudo... Alicia respondió con mucho entusiasmo porque
-¡Un nudo! ¿Se le hizo un nudo? -se interesó Ali­ siempre estaba dispuesta a hablar de su mascota.
cia, mirando a su alrededor y dispuesta como siempre a -Dinah es nuestra gata. ¡Y es una campeona ca­
mostrarse útil-. Por favor, permítame ayudarlo a desha­ zando ratones! ¡Usted ni se imagina! Y eso no es todo: me
cerlo... gustaría que la viese cuando persigue pajaritos ... ¡Se los
-¡Claro que no! -dijo el Ratón, poniéndose de pie traga en un abrir y cerrar de ojosl
y alejándose-. ¡Me insultas diciendo esas pavadas! Este discurso provocó un considerable efecto en
-No fue mi intención-se disculpó la pobre Alicia-. todo el grupo. Algunos pájaros se volaron de inmediato;
¡Es que usted se ofende de nada! una vieja Urraca comenzó a arroparse cuidadosamente
mientras decía:
El Ratón se limitó a gruñir por toda respuesta.
- No voy a tener más remedio que irme a casa
-¡Por favor, vuelva y termine su cuento! -suplicó
cuanto antes: este airecito nocturno le hace pésimo a mi
Alicia.
garganta ...
Y los demás se le �
Y un Canario llamaba a sus hijitos con voz temblorosa:
unieron a coro:
�� -¡Vamos, vamos, queriditos! Ya es hora de ir a la
-¡Sí,porfavor! �· cama.
Pero el Ratón
Con un pretexto o con otro, todos se fueron alejando
sólo sacudió la cabe-
y muy pronto Alicia se quedó sola.
za con impaciencia y
siguió alejándose a paso aún más vivo. -¡Ojalá no hubiese hablado de Dinah! -se dijo con
voz lastimera-. Aquí nadie parece quererla, ¡y eso que es
-¡Qué lástima que no quiso quedarse! -suspiró el
Loro en cuanto lo perdieron de vista. la mejor gata del mundo! ¡Ay, Dinita querida! ¡No sé si te
volveré a ver!
Y una vieja Cangreja aprovechó para decirle a su hija:
Y al llegar aquí la pobre Alicia se puso a llorar nue­
-¡Ya ves, hijal ¡Que esto te sirva de lección! ¡No hay vamente, porque se sentía muy sola y muy abatida. Pero
que perder los estribosl un ratito después volvió a oír el repiqueteo de los pasitos
-¡Cállate la boca,mal-replicó la Cangrejita de mala a lo lejos y levantó la vista con ansiedad, con la secreta
manera-. ¡Serías capaz de hacerle perder la paciencia a esperanza de que el Ratón hubiese cambiado de opinión y
una ostra! estuviese regresando para concluir su historia.

36 37
Capítulo IV
Haciéndole mandados al Conejo

E
. RA EL CONEJO BLANCO, que volvía al_ trote
lento, mientras miraba con ansiedad hacia todos
lados, cómo si hubiese perdido algo. Se lo oía murmurar:
-¡Ay, la Duquesa, la Duquesa! ¡Ay,· mis patitas!
¡Ay, mi pielcita! ¡Ay, mis bigotes! Me va a mandar matar.
Seguro que me manda matar. Tan seguro corrio que existen
los hurones. ¿Dónde pude haberlos dejado caer?
Alicia se dio cuenta enseguida de que lo que el Conejo
estaba buscando era el abanico y los guantes de cabritilla,
y también ella se puso a buscar con la mejor buena volun­
tad. Pero no estaban por ninguna parte; todo parecía haber
cambiado desde la época de su zambullida en el charco de
lágrimas, y el gran vestíbulo, con su mesa de vidrio y su
puertita, había desaparecido sin dejar rastros.
No pasó demasiado tiempo antes de que el Conejo
· notara la presencia de Alicia, que iba de un lado al otro
buscando los objetos perdidos, y le gritara de muy mal
talante:
-· ¡Caramba, Ana María! ¿Me quiere decir qué es lo
que está haciendo usted acá? ¡Va.ya corriendo a casa inme­
diatamente y tráigame un par de guantes y un abanico!
¡Rápido, vaniós!
Y Alicia se asustó tanto qúe salió corriendo de inme­
diato hacia donde señalaba el Conejo, sin tratar siquiera
de explicarle que había cometido una equivocación.

39
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

-Lo que sé es que siempre me sucede algo intere­


-Me confundió con su mucama -se decía mientras sante cuando como o bebo algo -se dijo-; de modo que
corría-. ¡Qué sorpresa se va a llevar cuando se dé cuenta sólo esperaré a ver qué hace esta botella. ¡Espero que me
de quién soy! Pero va a ser mejor que le lleve el abanico y haga crecer de nuevo, porque la verdad es que ya estoy
los guantes... es decir, si logro encontrarlos. cansada de ser una cosita tan insignificante!
Cuando terminó de decir esto llegó frente a una ca­ Y la hizo crecer nomás, y mucho más rápido de
sita muy pulcra en cuya puerta había una placa de bronce lo que ella había esperado; antes de haber bebido la
reluciente que tenía grabadas las palabras "C. BLANCO". mitad del contenido, notó que tenía la cabeza pegada
Entró sin golpear y subió a toda velocidad las es­ al cielorraso y tuvo que agacharse para evitar que se le
caleras. Tenía mucho miedo de toparse de pronto con la quebrase el cuello. Dejó de inmediato la botella mientras
auténtica Ana María y de que la pusiesen de patitas en la se decía:
calle antes de haber tenido tiempo de encontrar el abanico -Ya es suficiente ... espero no crecer más... Ya ni
y los guantes. siquiera voy a poder salir por la puerta... ¡Ojalá no hubiese
-¡Qué extraño que me resulta esto de hacerle man­ bebido tanto!
dados a un conejo! -se decía Alicia-. ¡Supongo que en ¡Lamentablemente, era demasiado tarde para
cualquier momento también Dinah va a empezar a man­ arrepentirse! Alicia siguió creciendo y creciendo sin
darme de un lado al otro con encargos! parar. Muy pronto tuvo que arrodillarse en el suelo, y
Y empezó a imaginar lo que podría llegar a suce- un momento después ya ni siquiera tenía sitio para eso.
der: Intentó entonces otra posición: acostada, con el codo
-"¡Señorita Alicia! ¡Venga acá de inmediato y pre­ contra la puerta y el otro brazo rodeando la cabeza.
párese para su paseo!" "En un ratito voy, Mademoiselle, Pero seguía creciendo y, como último recurso, tuvo que
pero ahora no puedo; tengo que quedarme aquí vigilando sacar un brazo por la ventana y un pie por la chimenea,
esta cueva hasta que Dinah vuelva para que el ratón no mientras se decía:
se escape." ¡Sólo que no creo que la dejen a Dinah seguir -Es lo más que puedo hacer. Pase lo que pase ya
alojándose en la casa si se le da por empezar a mandonear no puedo hacer nada más. ¿Qué será de mí?
así a todo el mundo! Felizmente para Alicia se había agotado por fin la
Para entonces Alicia ya había logrado entrar en una magia de la botellita y el crecimiento se detuvo. De todos
pequeña habitación perfectamente ordenada. Había una modos se sentía sumamente incómoda, y a nadie puede sor­
mesa junto a la ventana y, sobre la mesa (tal como Alicia prenderle que se sintiese también sumamente desdichada,
había supuesto), un abanico y dos o tres pares de diminu­ si se tiene en cuenta que no parecía haber la menor posi­
tos guantes de cabritilla: recogió el abanico y un par de bilidad de que pudiese volver a salir de esa habitación.
guantes y estaba a punto de dejar la habitación cuando vio -Era mucho más lindo antes -se decía la pobre
una botellita apoyada cerca del espejo. No tenía etiqueta Alicia- cuando vivía en mi casa, y no tenía que pasarme
alguna que dijese "BÉBEME", pero de todos modos Alicia la
descorchó y se la acercó a los labios.
41
40
Lewis Carral/ Alicia en el País de las Maravillas

la vida agrandándome y achicándome ni aguantando que más grande que el Conejo y que ya no había razón para
los conejos y los ratones me diesen órdenes todo el tiempo. que le tuviese miedo.
Casi casi ya estoy arrepentida de haber bajado por la ma­ El Conejo se dirigió de inmediato a la puerta de
driguera ... aunque... aunque una vida como la que se vive su habitación e intentó abrirla, pero como la puerta se
acá no deja de resultar interesante ... ¡Me pregunto qué abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba apretado
me puede haber sucedido! Cuando leía cuentps de hadas . contra ella, su intento terminó en un fracaso.
pensaba que es as cosas no sucedían nunca· de verdad, ¡y Alicia lo oyó decirse:
ahora estoy adentro de uno de esos cuentos! ¡Tienen que
-Entonces voy a dar la vuelta y voy a entrar por la
escribir un libro acerca de mí! Yo misma voy· a escribirlo
ventana.
cuando crezca ... . ' ,

"¡Eso si yo te dejo!", pensó Alicia, y luego de espe­


Se interrumpió y agregó luego, con voz apenada:
rar hasta que le pareció oír que el Conejo estaba justo
-¡Pero si ya crecí del todo!... Al menos no· creo que debajo de la ventana, abrió de golpe la mano y manoteó
tenga oportunidad de crecer más mientras· esté adentro en el aire. No logró atrapar nada, pero oyó un chillidito
de esta habitáción... ·
y el ruido de una caída, y un estruendo de vidrios rotos,
"Pero entonces", pensó Alicia, "¿nunca voy a ser mayor de lo que dedujo que era muy posible que el Conejo se
de lo que soy ahora? En cierto modo es un consuelo... no hubiese caído en un invernáculo de pepinos o algo por
voy a convertirme nunca en una vieja... Pero entonces... el estilo.
¡voy a tener que seguir estudiando lecciones para siempre! A continuación se oyó una voz enojada, la del Conejo:
Ah, no, ¡eso sí que no me gusta nada!
-¡Patricio! ¡Patricio! ¿Dónde te has metido?
-No seas tontita, Alicia -se repondió.ella misma­
Y luego otra voz, que Alicia no había oído nunca antes:
¿Cómo harías para estudiar tus lecciones aquí adentro?
¿No te das cuenta de que· apenas si hay lugar para ti y -¡Acá estoy, su señoría! ¡Desenterrando manzanas!
·
mucho menos para tus libros de texto?: · (decía "señoguía" y "desentegando", con acento francés, y
siempre se confundía "manzanas" con "papas").
Y así siguió, adoptando primero un punto de vista y
luego el contrario hasta armar una especie de.conversación -¡Desenterrando manzanas! ¡Claro! ¡Desenterrando
muy animada. Pero al rato oyó una voz afuera y dejó de manzanas, nada menos! -dijo el Conejo furioso-. ¡Ven y
hablar para prestar atención. ayúdame a salir de aquí enseguida!
-¡Ana María! ¡Ana María! -gritaban-. ¡Tráigame (Más ruido a vidrios rotos.)
esos guantes de inmediato! -Ahora, dime, Patricio: ¿qué es lo que ves ahí en la
Luego se oyeron pasitos en la escalera. Alicia se dio ventana?
cuenta de que era el Conejo que la venía a buscar y se es­ -Un bgazo, clago está. Un bgazo, eso es lo que es,
tremeció del susto hasta hacer temblar todas las paredes señoguía.
de la casa, sin acordarse de qu(;) ahora era unas mil veces -¡Un brazo, pedazo de pavote! ¿Quién vio nunca un

42 43
Lewis Carroll

brazo de ese tamaño? ¿No te das cuenta de que llena toda


la ventana?
-Oui, sí que la llena, señoguía, pego igual es un
bgazo.
-Bueno, no tiene nada que hacer acá de cualquier
manera, así que ¡sácalo ya mismo, Patricio!
Siguió un largo silencio en el que Alicia sólo pudo oír
murmullos de tanto en tanto, tales como "Clago que no me
gusta, señoguía, no me gusta nada ese bgazo..." "¡Haz lo
que te dije, pedazo de cobarde!". Luego Alicia volvió a abrir
la mano y la cerró de golpe buscando de atrapar algo.
Esta vez fueron dos los chilliditos y muchos más los
vidrios rotos.
"¡Qué cantidad de invernáculos de pepinos que tiene
esta gente!", pensó Alicia. "Me pregunto qué harán aho­
ra. Con respecto a esa idea que tienen de sacarme de la
ventana, ¡ojalá pudieran hacerlo! ¡Por mi parte no tengo
el menor interés en quedarme aquí ni un minuto más!
Esperó un rato sin que se oyera nada más: por fin
se acercó el rodar de una carretilla y el sonido de unas
cuantas voces hablando todas juntas. Pudo distinguir al­
gunas palabras: "¿Dónde está la otra escalera? ... ¡Ah, no
sé! ¡Yo tenía que traer una sola! ... La otra la tiene Guille...
¡Guille, trae esa escalera acá, muchacho!. .. Aquí, en este
rincón... No, primero tienen que atarlas... No llegan hasta
arriba... Sí que llega, no seas porfiado... ¡Vamos, Guille,
arriba! Atrapa la soga... ¿Aguantará el techo? ... Cuidado
con esa teja suelta... ¡Se cae... se cae! ¡Cuidado las cabezas!
(un estruendo) ... ¿Quién fue?... Guille, supongo... ¿Quién
es el que va a bajar por la chimenea?... No, yo no, ni loco.
¡Hazlo tú!... ¡Ni pienso!. .. Y yo menos... Que baje Guille...
¡Eh, Guille! Dice el patrón que tienes que bajar por la
chimenea!".

44
Lewis Carroll

-De modo que Guille tiene que bajar por la chime­


nea ... se dijo Alicia-. ¡Parece que todos confían en Guille!
Bueno, no me gustaría estar en el lugar de Guille por todo
el oro del mundo ... No hay demasiado sitio aquí adentro
pero me parece que puedo patear un poquito .
De modo que metió el pie lo más adentro que pudo
en la chimenea y esperó hasta que oyó que un animalito
(era imposible adivinar de qué clase) comenzó a arrastrarse
por el inte:r;ior de la chimenea muy cerca de donde estaba
su pie.
Entonces se dijo:
-¡Ahí viene Guille!
Pateó con fuerza y esperó a ver qué sucedía.
Lo primero que oyó fue muchas voces gritando a
coro:
-¡Allá va Guille!
Y luego la voz del Conejo que decía:
-¡A ver ustedes, los que están junto al cerco: recó­
janlo!
Luego siguió un silencio y otra vez una confusión de
voces:
-Sosténganle la.cabeza ...
-Denle cognac... Cuidado: no lo atoren ...
-¿Cómo fue, viejo? ¿Qué te pasó? ¡Cuéntanos
todo!
Por fin se oyó una vocecita débil y chillona ("Ese ha
de ser Guille", pensó Alicia):
-Bueno, no sé bien ... No, gracias, no quiero más,
ya estoy mejor... Pero estoy muy aturdido para contarles...
Lo único que sé es que de pronto se me vino algo encima,
como cuando uno destapa una caja de sorpresas, y salió
disparado como un cohete!

46
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-¡Así saliste tú, viejo! pequeña Lagartija, estaba en el centro, sostenido por dos
-¡Vamos a tener que prenderle fuego a la casa! cobayos que le daban algo de beber de una botella. Todos
- dijo la voz del Conejo. corrieron hacia Alicia en cuanto la vieron salir pero ella se
escapó a toda velocidad y muy pronto se encontró a salvo
Y Alicia_ gritó lo más fuerte que pudo:
en medio de un bosque tupido.
-¡Si hacen eso les mando a Dinah!
-Lo primero que tengo que hacer-se dijo mientras
De inmediato se hizo un gran silencio y Alicia pen- vagaba por el bosque- es recuperar mi tamaño normal.
só: Y luego tengo que ver cómo puedo hacer para llegar a ese
"Me pregunto qué harán ahora... Si tuvieran dos jardín tan lindo. Creo que ese es el mejor plan.
dedos de frente sacarían el techo". Parecía un plan excelente, sin duda, sencillo e
Un ratito después volvieron a notarse movimientos impecable; el único problema era que no tenía ni la me­
y Alicia notó que el Conejo decía: nor idea de cómo llevarlo a cabo. Y mientras espiaba
-Con un barril alcanza, para empezar. con ansiedad entre los árboles, un ladridito agudo justo
encima de su cabeza hizo que levantara la vista apresu­
"¿Un barril de qué?", pensó Alicia. Pero no tuvo de­
radamente.
m asiado tiempo para cavilar porque un instante después
una andanada de guijarros entró por la ventana y algunos Un inmenso cachorrito la miraba con grandes ojos
le golpearon la cara. redondos y estiraba tímidamente una pata para tocar­
"Voy a acabar con esto de una vez", se dijo y gritó la.
hacia afuera: -¡Hola, perrito lindo! -dijo Alicia con voz se­
ductora, y trató de chiflarle, pero estaba terriblemente
-¡Ni se les ocurra volver a hacer eso!
asustada y no podía dejar de pensar que tal vez el cacho­
Y su amenaza provocó un nuevo silencio sepulcral. rrito tuviese hambre y que en ese caso lo más probable
Alicia notó,. con cierta sorpresa, que los guijarros se era que se la comiese de un bocado a pesar de todos sus
iban transformando en pastelitos a medida que caían al arrumacos.
suelo y se le ocurrió una idea brillante. Sin saber muy bien lo que hacía, recogió del suelo
"Si como algunos de estos pastelitos", pensó, "casi un palito y s� lo mostró al cachorrito. El cachorrito se puso
seguro que cambio de tamaño. Y, como ya no puedo seguir de pie de un salto con un ladrido de alegría y se abalanzó
creciendo, voy a tener que achicarme... Espero... ". sobre la ramita, jugando a que la mordía. Entonces Ali­
De modo que se tragó uno y notó, para gran alegría, cia se protegió detrás de un gran cardo para evitar que
que empezaba a encoger a toda velocidad. En cuanto tuvo el cachorro la atropellara y, en cuanto volvió a aparecer
el tamaño suficiente para pasar por la puerta, salió co­ por el otro lado, el cachorrito volvió a abalanzarse sobre
rriendo de la casa y se encontró con una muchedumbre de la ramita, se tropezó y se cayó en el apuro por alcanzarla.
animalitos y de pájaros que estaban aguardando. Guille, la Entonces Alicia, que no podía dejar de pensar que eso era

48 49
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

algo parecido a jugar con un caballo de tiro y que corría Se puso en puntas de pie, espió por sobre el borde
el riesgo de ser arrollada bajo sus patas todo el tiempo, y sus ojos tropezaron de inmediato con los ojos de una
volvió a esconderse detrás del cardo. Entonces el cachorro gran oruga azul, que estaba sentada allí arriba, de brazos
comenzó con una serie de breves arremetidas al palito, que cruzados, fumando tranquilamente un largo narguile sin
consistían en pequeñas carreritas hacia adelante seguidas hacer el menor caso de ella ni de ningun a otra cosa.
de largas retiradas hacia atrás, mientras lanzaba ladridos
roncos todo el tiempo, hasta que por fin se sentó a cierta
distancia, jadeando, cori la lengua afuera
· y los ojazos
· en-
trecerrados.
A Alicia le pareció que.ésa era una buena oportunidad
para escapar; de modo que empezó a correr de inmediato
y siguió corriendo sin parar hasta quedar sin aliento y
hasta que los ladridos del cachorrito se fueron acallando
a lo lejos.
-¡Y qué amoroso que era! -dijo Alicia, apoyándose
en una anémona para recuperar el aliento y abanicándose
con un.a de sus hojas-. Me habría encantado enseñarle
algunas pruebas si sólo... ¡si sólo hubiese sido del tamaño
adecuado! ¡Ay, Dios! ¡Ya casi me olvidaba de que lo que
tenía que hacer era volver a crecer! A ver... ¿y cómo se
hará eso? Supongo que tendré que comer o beber alguna
otra cosa... Pero la cuestión es saber qué cosa.
No cabía duda de que esa era la gran cuestión: qué
cosa.
Alicia miró las flores y las briznas de pasto que ha­
bía a su alrededor, pero no logró ver nada que pareciese
apropiado para comer o para, beber en esas circunstan-
ci�.
Cerca de donde ella estaba crecía un: gran hongo,
aproximadamente de su misma estatura, y, luego de mirar
y ver que no había nada especial debajo, detrás y ni al lado
del hongo, tuvo la genial idea de mirar para ver si había
algo encima.

50 51
Capítulo V
Los consejos de una oruga

L A ORUGA Y ALICIA se miraron una a la otra en


silencio durante algún tiempo; por fin la Oruga se
quitó la boquilla del narguile de los labios y preguntó con
voz lánguida y soñolienta dirigiéndose a Alicia:
-¿Y tú quién eres?
No era un comienzo muy prometedor para una con­
versación. Alicia respondió, con cierta timidez:
-N-n-no estoy del todo segura, señora. Puedo decir­
le quién era esta mañana, cuando me desperté, pero me
parece que me cambiaron varias veces desde entonces.
-¿ Qué quieres decir? -la increpó la Oruga con
severidad-. ¡Explícate!
-Lo siento, señora, pero no me puedo explicar porque
no me entiendo. Y no me entiendo porque yo ya no soy yo,
¿vio?
-No, no vi -replicó la Oruga.
-Mucho me temo que no puedo aclararle las cosas
-dijo Alicia con toda amabilidad -porque yo misma no las
veo nada claras. No me entiendo. ¡Eso de andar cambiando
de tamaño a cada rato confunde mucho!, ¿no le parece?
-No, no me parece -replicó la Oruga.
-Bueno, tal vez a usted no le parezca por ahora
-dijo Alicia- pero espere a que le llegue la hora de
transformarse en una crisálida ( tarde o temprano le va a

53
Lewis Carro[/

suceder, ¿sabe?), y después en una mariposa... ¡Ya me va


a decir entonces si no se siente un poquitito rara! ¿No le
parece que se va a sentir rara?
-No, en lo más mínimo -replicó la Oruga.
-Bueno, tal vez usted y yo no tengamos el mismo
modo de ver las cosas -dijo Alicia-. Lo que sé es que yo
sí que me sentiría rara si me convirtiese en mariposa.
-¡Tú! -dijo la Oruga con desprecio-.¿Y quién eres
tu.
'?
Y de ese modo regresaron al comienzo de la conver­
sación. A Alicia la irritaba un poco que la Oruga colaborase
tan poco con el diálogo y se limitase a unos comentarios
tan escuetos, de modo que se irguió algo ofendida y dijo
solemnemente:
-Me parece que le corresponde a usted decirme
quién es primero.
-¿Por qué? -preguntó la Oruga.
¡Otra pregunta difícil! Alicia no podía pensar en
ningún buen motivo y, dado que la Oruga parecía estar
de pésimo humor, optó por dar media vuelta y alejarse.
-¡Vuelve acá! -le gritó la Oruga-. ¡Tengo algo
importante que decirte!
Sus palabras sonp.ban alentadoras, de modo que
Alicia giró sobre sí misma y regresó.
-¡No pierdas los estribos! ,-dijo la Oruga.
-¿Eso es todo?-preguntó Alicia, haciendo lo posible
por tragarse la rabia.
-No -dijo la Oruga.
Alicia pensó que no perdía nada con aguardar un
rato, ya que no tenía nada mejor que hacer; tal vez la
Oruga terminase por contarle algo que valiese la pena
escuchar.

54
Lewis Carroll Alicia en el Pais de las Maravillas

Siguió pitando durante algunos minutos más sin Este ungüento es genial, mi muchacho:
pronunciar una sola palabra, pero por fin se descruzó de a un chelín el frasquito lo vendo.
brazos, se quitó la boquilla y dijo:
-¿De modo que crees que te han cambiado, no es Eres viejo, mandíbulas flojas,
cierto?
sólo debes tragar ya papillas,
-Sí, señora, mucho me temo que sí -dijo Alicia-.
Ya no recuerdo algunas cosas que solía recordar... y no mas del ganso comiste hasta el pico
logro mantener mi tamaño ni diez minutos seguidos. ¿cómo explicas esta maravilla?
-¿Cuáles son las cosas que ya no recuerdas? -pre­
guntó la Oruga. Fui abogado de joven -le dijo-.
-Bueno, traté de recitar el poema de la abejita la­ Con mi esposa charlaba los casos:
boriosa, Cómo aumenta la abejita... , ¡pero me salió muy mi quijada .se volvió poderosa,
diferente! -respondió Alicia con voz apenada. y el vigor aun me dura, muchacho.
-Recita Eres viejo, padre mío -dijo la Oruga.
Alicia se cruzó de brazos y comenzó: Estás viejo -dijo el joven-, y creo
-Eres viejo, padre mío -dijo el joven-, que tus ojos no ven casi nada,
los cabellos se te han puesto blancos, pero en la nariz hamacaste una anguila,
pero aún de cabeza te paras, ¿cómo haces, papá, esas monadas?
¿te parece correcto a tus años?
Contesté tres preguntas y basta,
Tiempo atrás -dijo el padre a su hijo­ ya me hartaste con tantas pavadas.
temí que eso dañara el cerebro, Ya no me hagas perder más el tiempo.
hoy por hoy ya no tengo más dudas ¡Vamos, fuera! o te echo a patadas.
porque sé que cerebro no tengo.
-No lo dijiste bien -dijo la Oruga.
Eres viejo, padre mío, repito, -No, creo que no lo dije del todo bien -dijo Alicia
y te has puesto grasiento y obeso tímidamente-; creo que algunas palabras salieron dife­
rentes.
pero aún te das vuelta carnero:
-Está todo mal, de cabo a rabo-dijo la Oruga con
dime, papi, cómo es que haces eso.
decisión, y luego hubo un rato de silencio.
Cuando joven -le dijo el anciano-
La Oruga fue la primera en volver a hablar.
me ocupé de aceitar bien mis miembros.
56 57
Lewis Carral! Alicia en el País de las Maravillas

-:¿De qué tamaño quieres ser? -preguntó. Alicia se quedó mirando pensativamente el hongo
-Oh, no · soy quisquillosa con las cuestiones de durante un buen rato, tratando de resolver cuáles eran
tamaño ...:...respondió Alicia de inmediato-; lo que no me sus dos lados, pero, como el hongo era perfectamente
gusta es es9 de andar cambiando tan a menudo, ¿sabe? redondo, resultaba muy difícil el acertijo. Sin embargo,
-No, no sé -dijo la Oruga. finalmente estiró lo más que pudo ambos brazos como
para abrazarlo y arrancó un pedacito del borde con cada
Alicia no dijo nada: jamás en la vida la habían con­
mano.
tradicho tanto y tenía la sensación de que estaba perdiendo
la paciepcia. -Y ahora ¿cuál es cuál?-se preguntó, y mordisqueó
un poquito del que tenía en la mano derecha para probar
...:...¿Estás satisfecha con el tamaño que tienes ahora?
qué efecto hacía.
-preguntó la Oruga.
De inniediato sintió un fuerte golpe debajo del men­
-Bueno, me gustaría ser unpoquitín más grande,
tón: ¡se había chocado con el pie!
señora, si no es molestia -dijo Alicia-. ¡Diez centímetros
son tari poca cosa! Alicia se asustó mucho de un cambio tan brusco,
pero sintió que no había tiempo que perder, ya que enco­
-¡Diez centímetros es una altura estupenda! -dijo
gía a gran velocidad, y que debía poner manos a la obra
la Oruga muy enojada, alzándose en toda su estatura mien­
de inmediato. De modo que dio un mordisquito al otro
tras hablaba (medía exactamente diez centímetros).
pedazo. Tenía el mentón tan apretado contra el pie que
-Sí, pero yo no estoy acostumbrada -rogó la pobre apenas si pudo abrir la boca, pero lo logró por fin y con­
Alicia con voz lastimera, mientras pensaba "¡Ojalá que siguió tragar un bocado del pedazo de hongo de la mano
estas criaturas no se ofendieran con tanta facilidad!". izquierda.
-Ya te acostumbrarás con el tiempo -dijo la Oruga,
y se volvió a acercar la boquilla para seguir fumando.
Esta vez Alicia esperó pacientemente a que la Oruga
decidiese volver a hablar. Un momento después volvió a
sacarse la boquilla, bostezó un par de veces y se sacudió. -¡Por fin·se me soltó la cabeza! -dijo Alicia con tono
Luego bajó del hongo y comenzó a arrastrarse por el pasto, de alivio, que se convirtió en alarma al momento siguiente,
limitándose a señalar, a medida que se alejaba: cuando descubrió que no podía encontrar sus hombros por
ninguna parte: todo lo que podía ver cuando miraba hacia
-Un lado te hará crecer, y el otro lado te hará en­
abajo era un larguísimo cuello, que parecía erguirse como
coger.
una caña de entre un mar de hojas verdes que estaban
"¿Un lado de qué? ¿El otro lado de qué?", pensó Alicia. muy por debajo de ella.
-Del hongo -dijo la Oruga, como si hubiese oído -¿Qué será eso verde que se ve allá abajo? -se
sus pensamientos, y un instante después ya estaba fuera preguntó Alicia-. ¿Y adónde se fueron mis hombros? ¡Y
del alcance de su vista. mis manos! ¿Dónde están mis manitos que no las veo?

58 59
Lewis Carroll

Las movía mientras hablaba, pero no parecía suceder


nada especial, sólo un cierto estremecimiento allá abajo
en el follaje.
Ya que no parecía haber la menor posibilidad de
levantar sus manos hasta su cabeza, trató de bajar la
cabeza hasta las manos, y se sintió encantada al compro­
bar que el cuello podía curvarse fácilmente en cualquier
dirección, como una serpiente. Acababa de curvarlo con
toda gracia en un hermoso zig-zag y estaba a punto de
zambullirlo en medio del follaje -que no resultó ser otra
cosa que las copas de los árboles bajo los cuales había
estado deambulando un rato antes- cuando un agudo
silbido la hizo volverse atrás apresuradamente: una enor­
me paloma había volado hasta su cara y la abofeteaba
violentamente con las alas.
-¡Serpiente! -chilló la Paloma.
-¡No soy una serpiente! -dijo Alicia indignada-.
¡Déjeme en paz!
-¡Serpiente: lo digo y lo repito! -volvió a decir la
Paloma, pero con un tono más moderado, y agregó, con una
especie de sollozo: -¡Ya lo he intentado todo, pero nada
da resultado con ellas!
-No tengo la menor idea de lo que está hablando
-dijo Alicia.
-He intentado las raíces de los árboles, las orillas
de los ríos, los cercos ... -siguió diciendo la Paloma, sin
hacerle caso-. ¡Pero esas maldit:;1.s serpientes! ¡No hay
modo de deshacerse de ellas!
Alicia estaba cada vez más intrigada pero pensó que
no tenía sentido decir nada más hasta que la Paloma no
terminase de hablar.
-¡Como si no tuviese suficiente con tener que em­
pollar los huevos! -se quejaba la Paloma-. ¡Encima me

60
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

tengo que pasar día y noche vigilando que no vengan las -Tú estás buscando huevos, a mí no me engañas, de
serpientes! ¡Hace tres semanas que no pego un ojo! modo que tanto da que seas una nena o una serpiente.
-Lamento mucho que se haya disgustado -dijo -A mí no me da lo mismo -replicó Alicia-, pero,
Alicia, que comenzaba a comprender. además, resulta que yo no estoy buscando huevos, y si
-¡Y justo ahora que me instalé en el árbol más alto estuviese buscando huevos no querría los suyos: no me
del bosque -siguió diciendo la Paloma, aflautando la voz gustan los huevos crudos.
hasta transformarla en un chillido-, y justo cuando había -Bueno, ¡fuera de aquí, entonces! -dijo la Paloma en
empezado a pensar que por fin me había librado de ellas, tono sombrío, mientras yolvía a acomodarse en el nido.
se les ocurre bajar zigzagueando desde el cielo! ¡Puaj! Alicia se agachó entre los árboles lo mejor que pudo,
¡Serpientes! ya que el cuello .se le enredaba con las i:amas y teriía que
-Pero le digo que yo no soy una serpiente -dijo detenerse para desanudado a cada rato. Al rato recordó
Alicia-. Yo soy una... una... que aún sostenía los dos pedazos de hongo en sus manos,
-¡Y bien! ¿Qué es lo que eres? -preguntó la Pa­ y se puso a trabajar de inmediato, mordisqueando prime­
loma-. Ya veo que estás tratando de inventar algo para ro un pedacito y luego otro, agrandándose y achicándose,
salir del paso ... hasta que por fin logró su estatura de siempre.
-Yo soy una... una nena -dijo Alicia, no demasiado Hacía tanto que no tenía su tamaño habitual que al
convencida, ya que recordaba la gran cantidad de trans­ principio se sintió un poco rara; pero al rato ya se había
formaciones que había sufrido en ese día. acostumbrado y comenzó a hablar consigo misma como
hacía siempre: ·
-¡Linda historia! -exclamó la Paloma con el mayor
de los desprecios-. He visto muchísimas nenas en mi vida, -¡Bien! ¡Ya completé la mitad de mi plan! ¡Qué ex-
¡pero ninguna con un cuello así, te lo aseguro! ¡No y no! . traños son todos estos cambios! ¡Nunca sé en qué me voy
Eres una serpiente y de nada te sirve negarlo. ¡Supongo a transformar de un momento a otro! Pero por lo menos ya
que también vas a decirme que nunca en tu vida probaste volví a mi tamaño normal. Ahora lo que tengo que hacer
un huevo! es encontrar ese jardín maravilloso... Aunque no sé cómo
se hará para llegar.
-Sí que comí huevos, claro-dijo Alicia, que era una
niña incapaz de mentir-, pero las nenas comen huevos Mientras decía eso desembocó de pronto en un claro
tanto como las serpientes, ¿sabía? donde había una casa de poco más de un metro de altu­
ra.
-Eso no me lo creo -dijo la Paloma-, pero si
fuera cierto, entonces, en mi opinión, son una especie de "Quienquiera que viva ahí", pensó Alicia, "no pued�
serpientes. ni soñar con aparecérmele de este tamaño. ¡Pobrecito: se
volvería loco del susto!
La idea le resultó tan novedosa a Alicia que se que­
dó un rato en silencio pensando en ella, de modo que la De modo que comenzó a mordisquear del hongo de
Paloma tuvo oportunidad de agregar: la mano derecha otra vez y no se atrevió a acercarse a la

62 63
Lewis Carral!

casa mientras no logró encoger hasta una altura de unos Capítulo VI


treinta centímetros. Cerdo a la pimienta

A LICIA SE QUEDÓ UN par de minutos miran­


do la casa y preguntándose qué hacer, cuando
de pronto salió corriendo del bosque un lacayo (Alicia lo
consideró un lacayo porque tenía uniforme ele lacayo; de
haber juzgado por su cara lo habría considerado un pez),
que se acercó a la casa y golpeó ruidosamente la puerta
con los nudillos.
Otro lacayo de uniforme abrió la puerta. Tenía la cara
muy redonda y grandes ojos saltones de rana. Alicia notó
que ambos tenían pelucas empolvadas y llenas de rulos en
la cabeza. Sintió curiosidad por saber de qué se trataba y
se asomó sigilosamente desde el bosque para escuchar lo
que decían.
El Lacayo-Pez comenzó por sacar de debajo del bra­
zo una gran carta, casi tan grande como él mismo, y se la
entregó al otro lacayo diciendo, con tono solemne:
-Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para
jugar al croquet.
El Lacayo-Rana repitió, con idéntica solemnidad,
sólo que cambiando un poco el orden de las palabras:
-De la Reina. Una invitación a jugar al croquet
para la Duquesa.
Luego ambos se inclinaron ceremoniosamente y sus
pelucas rizadas se enredaron.
A Alicia le dio tanta risa que tuvo que correr de vuelta

64 65
Lewis Carral/

al interior del bosque por miedo a que la oyeran, y, cuando


volvió a asomarse, ya el Lacayo-Pez se había ido y el otro
estaba sentado en el suelo junto a la puerta, mirando el
cielo con ojos embobados.
Alicia se acercó tímidamente a la puerta y golpeó.
-No tiene ningún sentido que golpees -dijo el Laca­
yo-Rana-, y no por una sino por dos razones. La primera,
porque yo estoy del mismo lado de la puerta que tú. La
segunda, porque están haciendo tanto barullo adentro que
nadie te podría oír..
Y, efectivamente, estaban haciendo un barullo ex­
traordinario erí el interior de la casa: se oían berridos y
estornudos incesantes y, de tanto en tanto, un gran estré­
pito, como de teteras o platos haciéndose trizas.
-Disculpe-dijo Alicia-, pero ¿cómo hago entonces
para entrar?
-Tendría algún sentido que golpearas -siguió di­
ciendo el Lacayo sin prestarle atención- si hubiese una
puerta entre nosotros. Por ejemplo, si tú estuvieses adentro,
podrías golpear y yo te dejaría salir, ¿entiendes?
No dejó de mirar el cielo ni por un momento mien­
tras hablaba, cosa que a Alicia le pareció de pésima edu­
cación.
"Aunque tal vez no lo pueda evitar el pobre", pensó;
"tiene los ojos casi encima de la cabeza. Pero por lo menos
podría contestarme las preguntas ... ".
-¿Cómo hago para entrar?-repitió en voz alta.
-Yo me voy a quedar aquí sentado -acotó el Laca-
yo- hasta mañana...
En ese preciso momento la puerta de la casa se abrió
y una gran bandeja salió planeando derecho a la cabeza del
Lacayo. Le raspó apenas la nariz y terminó por estrellarse
contra uno de los árboles que había más adelante.

66
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

-... o tal vez hasta pasado mañana -siguió diciendo ban eran la cocinera y un enorme gato que estaba tendido
el Lacayo, como si nada hubiese sucedido. junto al fogón, sonriendo de oreja a oreja.
-¿Cómo hago para entrar? -volvió a preguntar -Disculpe -comenzó _Alicia con cierta timidez por­
Alicia, subiendo el tono de voz. que no estaba segura de que fuera de buena educación ser
-¿Corresponde que entres?-dijo el Lacayo-. Eso la primera en dirigir la palabra-, ¿podría usted decirme - ·
es lo primero que hay que resolver, ¿sabías? por qué es que su gato sonríe de ese modo?
Lo era, sin duda, sólo que a Alicia no le gustó nada -Es un gato de Cheshire -dijo la Duquesa-, ¡por
que se lo recordaran. eso! ¡Cerdo!
-¡Qué espantosa manía de discutir que tienen todas Pronunció esta última palabra con tal violencia
estas criaturas! -murmuró-. ¡Es para volverse loca! súbita que Alicia casi pegó un salto, pero notó enseguida
que iba dirigida al bebé y no a ella, de modo que se armó
Al Lacayo le pareció que era una buena oportunidad de coraje y siguió:
para repetir su tema, con variaciones.
-No sabía que los gatos de Cheshire sonriesen
-Me voy a quedar aquí sentado sin moverme días siempre; es más: ni siquiera sabía que los gatos supiesen
y días ... sonreír.
-Pero y yo ¿qué voy a hacer? -preguntó Alicia. -Todos saben -dijo la Duquesa-, y la mayor parte
-Lo que quieras -dijo el Lacayo, y empezó a sil- lo hace.
bar. -Yo no conozco ninguno que sonría -dijo Alicia
-¡Oh, no tiene sentido hablarle! -exclamó Alicia con mucha amabilidad, sintiéndose satisfecha de haber
desesperada-: ¡es un perfecto idiota! entrado en conversación.
Abrió la puerta y entró. -Tú no conoces casi nada -dijo la Duquesa-, es
La puerta daba a una gran cocina, totalmente llena por eso.
de humo. La Duquesa estaba sentada en un banquito de A Alicia no le gustó nada el tono de esta observación
tres patas en medio de la habitación acunando a un bebé. y pensó que era mejor cambiar de tema. Mientras trataba
La cocinera estaba inclinada sobre el fogón, revolviendo de �ncontrar alguno más o menos apropiado, la cocinera
una gran olla que estaba al parecer llena de sopa. saco la olla del fogón y puso manos a la obra de inmediato
-¡Me juego a que le pusieron demasiada pimienta arrojando todo lo que estaba a su alcance contra la Duque­
a esa sopa! -dijo Alicia entre estornudos. sa y el bebé: primero los atizadores, y luego una lluvia de
Había por cierto mucha pimienta en el aire. Incluso cacerolas, fuentes y platos. La Duquesa no les prestaba
la Duquesa estornudaba de ta:ato en tanto, y en cuanto al la menor atención, ni siquiera cuando daban en el blanco
bebé, berreaba y estornudaba alternadamente y sin cesar. y el bebé ya berreaba tanto que era imposible determina;
Las únicas dos criaturas de esa cocina que no estornuda- si los proyectiles lo alcanzaban o no.
-¡ Oh, por favor! ¡Fíjese lo que está haciendo! -gritó

68 69
Lewis Carral!

Alicia, brincando de un lado al otro aterrorizada-. ¡Ay,


ay, ay, que le saca la naricita! -volvió a gritar cuando
una cacerola desmesuradamente grande pasó tan cerca
del bebé que casi se la arranca.
-Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos
-dijo la Duquesa con un gruñido ronco-, el mundo an-
daría más rápido de lo que anda.
-Eso no sería ninguna ventaja -dijo Alicia, feliz de
tener la oportunidad de hacer gala de sus conocimientos
en geografia-. ¡Imagínese qué lío con el día y la noche!
Porque no sé si usted sabrá que la Tierra tarda veinticuatro
horas en dar una vuelta entera alrededor de su eje ...
-Hablando de eje... -dijo la Duquesa-. ¡Ejecútenla!
Alicia echó una mirada ansiosa a la cocinera para
ver si hacía algún amago de cumplir con la orden; pero
la cocinera estaba muy ocupada revolviendo la sopa y no
parecía escuchar, de modo que siguió diciendo:
-Veinticuatro horas ... creo que son veinticuatro. ¿O
eran doce?...
-¡Déjame en paz de una vez! -dijo la Duquesa-.
¡Detesto los números, nunca pude soportarlos!
Y diciendo eso se dispuso a acunar de nuevo a su
niño, cantándole una especie de arrorró y pegándole un
violento sacudón al final de cada verso:
-Grúñele a tu niño,
y pega si estornuda:
lo hace de molesto,
por verte chinchuda.
CORO (al que se unían la cocinera y el bebé)
¡Buá! ¡Buá! ¡Buá!
Durante el curso de la segunda estrofa la Duquesa

70
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Cart'Oll

-Sería un verdadero crimen abandonarlo.


no cesó de sacudir al bebé de arriba abajo con gran violen­
cia, y el pobre berreaba tanto que Alicia apenas si pudo Fue ahí cuando oyó que el pobrecito bebé, que ya
entender las palabras: había dejado de estornudar hacía rato, le respondía con
una especie de gruñidito.
-Yo lo reto al niño -No gruñas -lo reprendió Alicia-; ése no es modo
y pego si estornuda, de expresarse.
¡si sé que la pimienta El bebé volvió a gruñir, y Alicia se inclinó para mi­
le gusta con locura! rarle la cara, ansiosa por saber qué le estaba ocurriendo.
No cabía duda de que ese bebé tenía una nariz extrema­
CORO damente respingada, mucho más parecida a un hocico,
¡Buá! ¡Buá! ¡Buá! en realidad, que a una nariz, y que sús ojos, además, se
-¡Toma! ¡Puedes acunarlo un poco si quieres! -le dijo habían achicado demasiado para ¡1asar por ojos de bebé.
la Duquesa a Alicia, arrojándole el bebé en los brazos-. A Alicia le pareció más bien feúcho en conjunto.
Yo tengo que arreglarme para ir a jugar al croquet con la "Tal vez sólo estaba sollozando", pensó, y volvió a
Reina. mirarle los ojos para ver si los tenía llenos de lágrimas.
Y diciendo esto salió de la habitación. No, no había lágrimas.
La cocinera le tiró con una sartén, pero le pasó ras­ -Si piensas convertirte en cerdo, querido mío-dijo
pando. Alicia con toda seriedad-, no esperes que siga ocupándome
Alicia atrapó al bebé en el aire, con cierta dificultad de ti. Así que ¡cuidadito con lo que haces!
ya que se trataba de una criatura de formas extrañas, que El pobrecito volvió a sollozar (o a gruñir, era impo­
agitaba sus piernas y brazos en todas direcciones, "como sible saberlo con certeza), y siguieron caminando durante
una estrella de mar", pensó Alicia. El pobrecito estaba un rato en silencio.
resoplando como una locomotora cuando Alicia lo atajó, se Alicia estaba a punto de preguntarse qué iba a ha­
enroscaba y volvía a estirarse sin cesar, y se movía tanto cer con esa criatura en cuanto llegase de vuelta a su casa,
y con tanta violencia que Alicia apenas si pudo sostenerlo cuando la criatura volvió a gruñir, y con tal violencia esta
en los primeros momentos. vez que Alicia lo miró con cierta alarma.
En cuanto descubrió cuál era el mejor método para Esta vez no podía caber la menor duda: era un cerdo,
tenerlo en brazos (que consistía en doblarlo en una especie ni más ni menos, y Alicia sintió que era ridículo seguir
de nudo y luego apretar con fuerza su oreja derecha y su llevándolo en brazos.
pie izquierdo, para evitar que se desanudase), lo llevó al
aire libre. De modo que dejó a la criaturita en el suelo y se
sintió muy aliviada cuando lo vio trotar tranquilamente
"Si no me llevo a este chico de aquí", pensó Alicia, rumbo al bosque.
"seguro que lo matan en un par de días más". Y luego
agregó en voz alta:

72 73
Lewis Carro//

-Se habría convertido en un chico horrible con el


tiempo -se dijo-, pero, en cambio, como cerdito es bas­
tante lindo.
Y estaba empezando a pasar revista a otros chicos
que ella conocía y que podían haberse desempeñado muy
bien como cerditos, "con tal que uno supiese el método para
transformarlos ... ", cuando se sobresaltó al ver al Gato de
Cheshire sentado en una rama de un árbol, a pocos metros
de donde ella estaba.
El Gato se limitó a sonreír cuando la vio a Alicia.
Alicia pensó que parecía muy afable, aunque notó igual­
mente que tenía uñas muy largas y muchísimos dientes,
razón por la cual correspondía que se lo tratase con sumo
respeto.
- Minino de Cheshire -comenzó a decir, con cierta
timidez, ya que no estaba segura de que le gustase que lo
llamaran así.
El Gato no hizo sino ensanchar su sonrisa.
"Bueno, por ahora parece contento", pensó Alicia y
siguió preguntando:
-¿Sería tan amable de decirme por dónde 1:engo que ir?
-Bueno, eso depende en gran medida de adónde
quieras ir-respondió el Gato.
-En realidad no me importa demasiado adónde...-
empezó a decir Alicia.
-En ese caso no importa demasiado por dónde -la
interrumpió el Gato.
-.. .lo que quiero decir es que no importa demasiado
adónde vaya con tal de llegar a alguna parte- se explicó
Alicia.
-Oh, casi seguro que llegarás a alguna parte si
caminas lo suficiente -dijo el Gato.

74
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

Alicia se daba cuenta de que ésa era una verdad -Me encantaría -dijo Alicia-, pero todavía no me
innegable, de modo que intentó con otra pregunta: invitaron.
-¿Qué clase de gente vive por acá? -Allí nos veremos -dijo ei Gato, y se desvaneció
-Hacia allá -dijo el Gato, señalando con su pata en el aire.
derecha- vive el Sombrerero; y hacia allá -agregó Alicia no
señalando con la otra pata- vive la Liebre de Marzo. se sorp rendió
Puedes ir a visitar a cualquiera de los dos: ambos están demasiado por­
locos. que ya estaba
-Pero yo no quiero ir adonde haya locos -puntua­ acostumbrada
lizó Alicia. a que sucedie­
sen cosas raras. Mientras
-Lamentablemente, eso es algo que no puedes evitar
seguía con los ojos fijos en el lugar
-dijo el Gato-; todos estamos locos acá. Yo estoy loco. Tú
donde había estado el gato, éste volvió a aparecer
estás loca.
de golpe y dijo:
-¿Cómo sabe usted que yo estoy loca? -preguntó
-Entre paréntesis, ¿qué se hizo del bebé? Casi me
Alicia.
olvidaba de preguntar.
-Seguro que lo estás: la prueba está en que llegaste
-Se convirtió en un cerdito -respondió Alicia con
hasta acá.
toda naturalidad, como si el Gato hubiese regresado tam­
Alicia no creía que eso fuese prueba de nada, pero bién naturalmente.
de todos modos siguió preguntando:
-Es lo que me imaginé -dijo el Gato, y volvió a
-¿Y cómo sabe que usted mismo está loco? desapa.Tecer.
-Bueno, veamos. Para empezar -dijo el Gato-, Alicia esperó un rato, con la esperanza de volverlo
un perro no es un loco. ¿Estás de acuerdo con eso? a ver, pero no reapareció, de modo que un par de minutos
-Sí, supongo que sí. después se alejó rumbo adonde se suponía que vivía la
-Sigamos entonces -prosiguió razonando el Gato-. Liebre de Marzo.
Como bien sabrás, los perros mueven la cola cuando es­ -A los sombrereros ya los conozco -se dijo-, me
tán contentos y gruñen cuando están enojados. Bueno: yo parece más interesante la Liebre de Marzo. Además, como
gruño cuando estoy contento y muevo la cola cuando estoy estamos en mayo, en una de esas no está tan loca ... al me­
enojado. Por lo tanto, estoy loco. nos no tan loca como en marzo.
-Yo no llamo a eso "gruñir"; lo llamo "ronronear.". Al decir esto levantó la vista y ahí estaba el Gato
-Llámalo como más te guste -dijo el Gato-. ¿Vas otra vez, sentado en una rama.
a ir a jugar al croquet con la Reina hoy? -¿Dijiste "cerdito" o "cedrito"? -preguntó.
-Dije "cerdito" -respondió Alicia-, y me gustaría

76 77
Lewis Carroll

que no siguiese apareciendo y despareciendo todo el tiempo: Capítulo VII


Una merienda de locos
me marea.
-Está bien -dijo el Gato, y esta vez desapareció
muy lentamente, empezando por la cola y terminando por
la sonrisa, que permaneció un buen rato después de que
el resto había desaparecido.
"¡Qué bárbaro!", pensó Alicia. "Muchas veces vi gatos
sin sonrisa, pero ¡una sonrisa sin gato! ¡En mi vida había
visto algo más raro que eso!
No había avanzado demasiado cuando se encontró
frente a la casa de la Liebre de Marzo. Al menos eso fue lo
que pensó cuando vio que las chimeneas tenían forma de
orejas y que el techo estaba cubierto de pelos y no de paja.
Era una casa tan grande que no se atrevió a acercarse a
ella sin antes mordisquear un poco del pedazo de hongo que
llevaba en la mano izquierda para alcanzar una estatura
de por lo menos sesenta centímetros. Y aun así avanzó con
cuidado, diciéndose:
-¿Y qué hago si la Liebre está loca de atar al fin "¡Ha de ser
de cuentas? ¡Casi me arrepiento de no haber ido a ver al de lo más incó­
Sombrerero! modo para el Lirón!", pensó Alicia. "Aunque, como está
dormido, supongo que no le importa...".
La mesa era amplia pero los tres estaban apiñados
en una esquina.
-¡No hay lugar! ¡No hay lugar! -gritaron en cuanto
vieron que Alicia se acercaba.
-¡Sí que hay lugar! ¡Hay mucho lugar! -dijo Alicia
ofendida, y se sentó en un gran sillón que había en una de
las cabeceras.
-Sírvete vino -la animó la Lieb�e de Marzo.
·
Alicia recorrió la mesa con los ojos pero no vio nada
más que té. ·.

78 79
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-No veo que haya vino por ninguna parte -señaló. brerero-. ¡Si fuese lo mismo decir "digo lo que q�ero deci(
-No, no hay -dijo la Liebre de Marzo. que "quiero decir lo que digo" entonces sería lo nnsmo decir
-Entonces fue muy poco educado de su parte ofre- "veo lo que como" que "como lo que veo"!
cérmelo -dijo Alicia enojada. -Y sería lo mismo decir "me gusta lo que consigo" que
-Tampoco fue muy educado de tu parte sentarte a la "consigo lo que me gusta" -agregó la Liebre de Marzo.
mesa sin que te invitáramos a hacerlo -dijo la Liebre. -¡Y sería lo mismo decir "respiro cuando duermo"
-No sabía que la mesa fuese sólo de ustedes -dijo que "duermo cuando respiro"! -intervino el Lirón, que
Alicia-; está servida para muchos más que tres. parecía hablar entre sueños.
-Te anda haciendo falta un buen corte de pelo -dijo -Y es lo mismo... al menos en tu caso -dijo el Som­
el Sombrerero. brerero.
Había estado observando a Alicia durante un tiem­ Y después de sus palabras la conversación langui­
po con gran curiosidad y éstas fueron sus primeras pala­ deció y el grupo permaneció en silencio durante un par
bras. de minutos mientras Alicia repasaba todo lo que sabía
acerca de cuervos y de escritorios, que no era demasia­
-No debería hacer ese tipo de observaciones -le do.
reprochó Alicia con cierta severidad-. Es muy grosero.
El Sombrerero fue el· primero en volver a hablar.
El Sombrerero abrió grandes los ojos al oír esto, pero
todo lo que dijo fue: - ¿En qué día del mes estamos? -preguntó diri­
giéndose a Alicia.
-¿En qué se parecen un cuervo y un escritorio?
Había sacado el reloj del bolsillo y lo estaba miran­
"¡Bueno, por fin un poco de diversión!", pensó Alicia do inquieto, sacudiéndolo cada tanto y acercándoselo a la
y agregó en voz alta: oreJa.
-Me alegro de que hayan empezado con las adivi­ -Alicia pensó un poco y luego respondió:
nanzas... Creo que ya lo adiviné.
-Hoy es cuatro.
-¿Quieres decir que sabes cuál es la respuesta a mi
pregunta? -dijo la Liebre de Marzo. -¡Dos días de atraso! -suspiró el Sombrere-
ro- ¡T.e dije que la manteca no les iba a hacer bien.a los
-Sí, eso mismo -dijo Alicia. engranajes! -agregó mirando con reproche a la Liebre
-Entonces deberías decir lo que quieres decir -si- de Marzo.
guió la Liebre de Marzo." -Era manteca de la mejor calidad -respondió la
-Y eso hago -se apresuró en responder Alicia-; Liebre con humildad.
al menos ... al menos quiero decir lo que digo... es más o -Sí, pero seguramente también le pusiste migui�as
menos lo mismo, ¿no? -gruñó el Sombrerero-; no debiste untarlo con el cuchillo
-¡De ninguna manera es lo mismo! -gritó el Som- del pan.

80 81
Lewis Carroll

La Liebre de Marzo tomó el reloj y lo miró con aíre


abatido; luego lo sumergió en su taza de té y volvió a mi­
rarlo, pero no pudo pensar en nada mejor que en repetir
su primera observación:
-Era manteca de la mejor calidad, en serio.
-Alicia había estado mirando por encima de su
hombro con cierta intriga.
-¡Qué reloj más raro!-exclamó-. ¡Dice el día del
mes pero no dice la hora!
-¿Y por qué debería hacer eso?-murmuró el Som­
brerero-. ¿Acaso tu reloj te dice en qué año estás?
-No, claro que no -respondió Alicia de inmedia­
to-, pero eso es porque pasa mucho tiempo sin que el año
cambie.
-Al mío le pasa lo misrp.o -dijo el Sombrerero.
Alicia estaba terriblemente desconcertada. La obser­
vación del Sombrerero no parecía tener ningún significado
en é!bsoluto para ella, y, sin embargo, no se podía negar
que estaba bien construida.
-Me parece que no lo entiendo -se animó a decir
con toda la amabilidad de que era capaz.
-El Lirón se volvió a dormir -dijo el Sombrerero,
y procedió a volcarle un poco de té caliente en la nariz.
El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia y dijo,
sin abrir los ojos:
-Claro, claro. Eso es precisamente lo que yo estaba
por decir.
-¿Y? ¿Todavía no adivinaste? -preguntó el Som-
brerero dirigiéndose una vez más a Alicia.
-No. Me rindo -dijo Alicia-. ¿Cómo es?
-No tengo la menor idea -dijo el Sombrerero.
-Ni yo -dijo la Liebre de Marzo.

82
Lewis Carral! Alicia en el País de las Maravillas

Alicia suspiró molesta. cuchara a la Liebre de Marzo) se estaba por volver loca ...
:-Podrían usar mejor el tiempo en lugar de malgas­ Fue en ocasión del gran concierto que ofreció la Reina de
tarlo haciendo acertijos que no tienen respuesta -dijo. Corazones. Yo tenía que cantar:
-Si tú conocieras al Tiempo tan bien como lo co­ Brilla, brilla, murcielaguito,
nozco yo -dijo el Sombrerero-, hablarías de él con más ¿en qué andarás, tan solito?
respeto.
No sé si conocerás la canción.
-No entiendo lo que me quiere decir -dijo Alicia.
-Conozco una parecida -dijo Alicia.
-¡Claro que no entiendes! -dijo el Sombrerero
-Y sigue así -siguió diciendo el Sombrerero-:
sacudiendo la cabeza con desaprobación-. ¡Supongo que
ni siquiera le habrás dirigido jamás la palabra! Cual bandeja de té vuelas
-Tal vez no -replicó Alicia con prudencia-, pero y allá en el cielo planeas.
lo marco con palmadas en mi clase de música. Brilla, brilla ...
-¡Ahí está la cosa! ¡Ahora se entiende! -exclamó En ese preciso momento el Lirón se sacudió y comenzó
el Sombrerero-. El Tiempo no soporta que le denpalmadas. a cantar en sueños:
En cambio, si te mantienes en buenas relaciones con él, -Brilla, brilla, brilla, brilla, brilla, brilla.
es capaz de hacer lo que quieras con el reloj. Por ejemplo,
Y así siguió sin parar, tanto que tuvieron que pelliz­
hagamos de cuenta que son las nueve de la mañana, hora
carlo para que se detuviese.
de empezar las clases. ¡Te bastaría con hacerle una señita
al Tiempo y él te hace girar las agujas del reloj en un abrir -Bien, apenas había terminado de cantar la prime­
y cerrar de ojos! ¡La una y media: hora de almorzar! ra estrofa -dijo el Sombrerero- cuando la Reina bramó
eso de "¡Está destrozando el tiempo! ¡Que le corten la
(- ¡Ojalá fuese la hora de almorzar! -dijo la Liebre
cabeza!"
de Marzo en voz muy baja.)
-¡Qué salvajada! -exclamó Alicia.
-¡Sería estupendo, por supuesto! -exclamó Alicia,
y luego agregó pensativamente: -Sólo que yo no tendría -Y desde entonces -siguió diciendo el Sombrerero
hambre... c�n aire sombrío , el Tiempo se niega a hacer lo que le
-:--
pido. Ahora son siempre las seis de la tarde.
-Al principio tal vez no, pero podrías quedarte en
la una y media todo el tiempo que quisieras. A Alicia se le ocurrió una idea brillante.
-¿Así es como hacen ustedes? -preguntó Alicia. -¿Es por eso que hay tanta vajilla de té en la
mesa?
El Sombrerero sacudió la cabeza muy apesadum­
brado. -Sí, es por eso -dijo el Sombrerero con un suspi­
_
ro-, es siempre hora de merendar, y no tenemos tiempo
-¡Yo no! -dijo-. El Tiempo y yo tuvimos una pe­ de lavar la vajilla entre merienda y merienda.
lea en marzo pasado ... justo cuando ésta (y señaló con la

84 85
Lewis Carroll

-Entonces supongo que van cambiando de sitio en


la mesa dijo Alicia.
-Exactamente -dijo el Sombrerero-, a medida
que se va ensuciando la vajilla.
-¿Pero qué pasa cuando vuelven al sitio del comien­
zo? -se atrevió a preguntar Alicia.
-¿Qué te parece si cambiamos de tema? -la inte­
rrumpió la Liebre de Marzo bostezando-. Ya me estoy abu­
rriendo. Propongo que la señorita nos cuente un cuento.
-Me temo que no sé ninguno -dijo Alicia, más bien
alarmada por la proposición.
-¡Entonces que cuente el Lirón! -gritaron ambos
a coro-. ¡Despiértate, Lirón! -y lo pellizcaron al mismo
tiempo.
El Lirón abrió los ojos lentamente.
-No estaba dormido -dijo con una voz ronca y
apenas audible-. Oí todo lo que dijeron.
-¡Cuéntanos un cuento! -dijo la Liebre de Mar-
zo.
-¡Sí, por favor! -rogó Alicia.
-¡Y hazlo pronto, o te quedarás dormido antes de
terminar! -agregó el Sombrerero.
-Había una vez tres hermanitas -comenzó el Lirón
muy apurado-, se llamaban Elsita, Acilita y Matildita, y
las tres vivían en el fondo de un pozo ...
-¿Y de qué se alimentaban? -preguntó Alicia, que
tenía siempre mucho interés en cuestiones relacionadas
con las comidas y las bebidas.
-De jarabe -dijo el Lirón luego de pensar un
rato.
-¡Oh, no! Eso es imposible, ¿sabe? Se habrían en­
fermado gravemente.

86
Lewis Carral!
Alicia en el País de las Maravillas

-Y estaban enfermas -dijo el Lirón-, muy pero -¡Conque uno nada más! -dijo el Lirón indignado.
muy enfermas.
Pero de todos modos aceptó seguir con el cuento.
Alicia trató de imaginar qué extraña clase de vida
podía ser ésa, pero le re�ultaba demasiado desconcertante, -Como iba diciendo... Estas tres hermanitas estaban
de modo que siguió preguntando: aprendiendo a dibujar. Hacían copias. Sacaban bocetos.
Por ejemplo, sacaban muy bien...
-¿Pero por qué vivían en el fondo de un pozo?
-¿Qué?¿Qué era lo que sacaban?-preguntó Alicia
-Sírvete más té -le dijo la Liebre de Marzo, con que ya se había olvidado de su promesa.
mucha formalidad.
-Jarabe -respondió el Lirón sin siquiera mirar-
-Todavía no tomé nada de té -dijo Alicia con aire la.
ofendido-, de modo que no puedo tomar más.
-Quiero una taza limpia -lo interrumpió el Som­
-Querrás decir que no puedes tomar m�nos -:-dijo brerero-; vamos a corrernos todos un lugar.
,
el Sombrerero-, tomar más que nada es lo mas facil del
mundo. Lo difícil es tomar menos que nada. Se mudó de lugar mientras hablaba, y otro tanto
hizo el Lirón; la Liebre de Marzo se sentó en el lugar del
-Nadíe le preguntó su opinión -dijo Alicia. Lirón y Alicia no tuvo más remedio que ubicarse en el de
-Me pregunto quién es el grosero ahora -señaló la Liebre de Marzo. El único que se benefició con el cambio
el Sombrerero con aire triunfal. fue el Sombrerero. Alicia estaba bastante peor que antes,
·
Alicia no supo bien qué responder a esto, de modo ya que la Liebre de Marzo acababa de volcar la jarrita de
que se sirvió un poco de té y pan con manteca y luego se la leche en su plato.
dirigió nuevamente al Lirón para repetirle la pregunta. Alicia no deseaba volver a ofender al Lirón, de modo
-¿Por qué vivían en el fondo del pozo? que comenzó con mucha cautela:
El Lirón volvió a reflexionar durante un par de mi­ -Disculpe, pero no entiendo. ¿Usted quiere decir
nutos y luego dijo: que hacían bocetos del jarabe? ¿Lo copiaban? ¿Lo sacaban
-Era un pozo de jarabe. del natural? ¿Cómo hacían?
-¡Eso no existe! -dijo Alicia, que empezaba a eno- -Lo sacaban nada más. Se puede sacar agua de un
jarse. pozo, ¿no es cierto?-intervino el Sombrerero-. Entonces
no me parece tan difícil entender que se saque jarabe de
Pero el Sombrerero y la Liebre de Marzo seguían un pozo. de jarabe, ¿no te parece, tontita?
diciendo "¡sh! ¡sh!" y el Lirón observó enfurruñado:
-Pero ellas estaban adentro del pozo -puntualizó
-Si no eres capaz de un poco de buena educación, Alicia dirigiéndose al Lirón y prefiriendo pasar por alto
será mejor que termines tú misma el cuento. las palabras del Sombrerero.
-¡ Oh, no! ¡Continúe, por favor! -dijo Alicia con toda -Claro que estaban adentro -dijo el Lirón-, bien
humildad-. Le prometo que no voy a volver a interrum­ adentro.
pirlo. Acepto que exista al menos uno de esos pozos.

88 89
Alicia en el País de las Maravillas
lewis Carroll

-Alicia quedó tan confundida que dejó que el Lirón Y precisamente cuando es­
siguiese adelante con el cuento sin interrupciones durante taba diciendo esto notó que uno
un buen rato. de los árboles tenía una puerta de
entrada.
-Como decía, estaban aprendiendo a dibujar -siguió
el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, ya que estaba "¡Esto sí que es raro!", pensó.
empezando a sentir sueño-, y dibujaban todo tipo de co­ "Pero todo lo que me sucede hoy es
sas... cosas que empiezan con M, por ejemplo... raro, de modo que va a ser mejor que
entre".
-¿Por qué con M? -preguntó Alicia.
Y entró.
-¿Y por qué no? -dijo la Liebre de Marzo.
Volvió a encontrarse en el gran
Alicia quedó en silencio.
vestíbulo, junto a la mesita de cris­
Para ese entonces ya el Lirón había cerrado los ojos tal.
y estaba cabeceando, pero, luego de un pellizco del Som­ -Esta vez voy a hacerlo mejor
brerero, volvió a despertarse con un chillido y continuó: -se dijo y comenzó por tomar la llave-
-... cosas que empiezan con "M", como mitones, mús- cita de oro y abrir la puerta que daba
culos, mundos, memorias y morondangas... ¿Viste alguna al jardín.
vez el dibujo de una morondanga?. Luego comenzó a mordisquear el
-Bueno, ahora que me lo pregunta... -dijo Alicia hongo (había guardado un pedazo en el
muy confundida-. No, me parece que no .. . bolsillo) hasta que tuvo aproximadamen­
-Entonces no deberías abrir la boca -dijo el Som­ te unos treinta centímetros de altura.
brerero. Atravesó la puerta y, entonces sí, por fin, llegó
Alicia no estaba ya dispuesta a tolerar tamaña al hermoso jardín, y se vio rodeada por esos espléndidos
grosería, de modo que se puso de pie muy disgustada y canteros de flores y esas frescas fuentes.
comenzó a alejarse. El Lirón volvió a quedarse dormido
al instante y ninguno de los otros dos notó siquiera que
ella se había ido, a pesar de que Alicia miró hacia atrás un
par de veces, con la secreta esperanza de que le pidieran
que volviese. La última vez que los vio estaban tratando
de meter al Lirón adentro de la tetera.
-¡Por nada del mundo volvería ahí! -dijo Alicia,
mientras buscaba un camino en el bosque-. ¡Jamás
había estado en una merienda más aburrjda en toda mi
vida!

90 91
Capítulo VIII
La cancha de croquet de la Reina

H ABÍA UN GRAN ROSAL junto a la entrada del


jardín; las rosas que crecían en él eran blancas,
pero había tres jardineros muy atareados pintándolas
de rojo. A Alicia le pareció algo muy curioso, y se acercó
para observarlos. En cuanto estuvo al lado oyó que uno
de ellos decía:
-¡Ten más cuidado, Cinco! ¡No sigas salpicándome
con pintura!
-Fue sin querer -dijo Cinco malhumorado-. Siete
me empujó el codo.
A lo que Siete respondió levantando la vista:
-¡Muy bien, Cinco, te felicito! ¡Siempre echándole
la culpa a otro!
-¡A ti te convendría no hablar tanto!-dijo Cinco-.
Ayer mismo la oí a la Reina diciendo que había que cortarte
la cabeza.
-¿Y por qué?-preguntó el que había hablado pri-
mero.
-¡Y a ti qué te importa, Dos! -dijo Siete.
-¡Sí que le importa! -dijo Cinco-. Y se lo voy a
decir: fue por traerle al cocinero bulbos de tulipán en lugar
de cebollas.
Siete tiró el pincel al suelo y empezó a decir:
-¡Eso sí que está bueno! ¡Es la cosa más injusta
que ... !

93
Lewis Carroll

Pero de pronto la descubrió a Alicia, que los estaba


mirando, y se interrumpió de golpe. Los demás también
echaron una ojeada, y todos hicieron una amplia reveren­
cia.
-Disculpen, pero ¿podrían decirme por qué pintan
las rosas? -preguntó Alicia con cierta timidez.
Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a Dos.
Dos comenzó a decir, en voz baja:
-Bueno...¿Sabe lo que pasa, señorita? Pasa que
aquí debería haber sólo rosales de rosas rojas, y nos equi­
vocamos y pusimos uno de rosas blancas, y si la Reina se
entera nos manda cortar las cabezas ... Así que estamos
haciendo todo lo posible, ¿entiende?, antes de que venga
la Reina y ...
En ese instante, Cinco, que no había dejado de mirar
nerviosamente hacia el otro extremo del jardín, exclamó:
-¡La Reina! ¡La Reina!
Y al instante los tres jardineros se arrojaron de
bruces al suelo.
Se oyeron pasos, y Alicia miró, ansiosa por ver a la
Reina.
Primero vinieron diez soldados con grandes piques
en la mano; tenían la misma forma de los jardineros, todos
rectangulares y chatos, con las manos y los pies saliendo
de las esquinas. Luego seguían diez cortesanos; estaban
adornados con diamantes y caminaban de dos en dos,
como los soldados. Luego venían los infantes: había diez
en total, y venían de dos en dos, saltando alegremente,
los muy amorosos. Estaban todos adornados con corazo­
nes.
Los seguían los invitados, en su mayoría Reyes y
Reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo Blanco. Iba
conversando nerviosamente, sonriendo a diestra y siniestra,

94
Lewis Carral! Alicia en el País de las Maravillas

y pasó a su lado sin reconocerla. Seguía luego la Sota de La Reina se puso roja de furia y, después de tala­
Corazones, llevando la corona del Rey en U:n almohadón drarla con una mirada de fiera, comenzó a chillar:
de terciopelo rojo; y cerrando el grandioso cortejo, ¡EL REY -¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten... !
Y LA REINA DE CORAZONES! -¡Qué disparate! -dijo Alicia en voz bien alta y
Alicia no estaba muy segura de que no le correspon­ decidida, y la Reina se quedó en silencio.
diese tirarse boca abajo como los tres jardineros, pero no El Rey le apoyó la mano en el brazo y le dijo tímida­
recordaba que ésa fuese una regla-durante los desfiles. mente:
"Por otra parte", pensó, "¿de qué serviría un desfile en el
-¡Pero, querida! ¡Ten en cuenta que es sólo una
que el público, en lugar de mirar, estuviese tirado boca
criatura!
abajo?" De modo que se quedó donde estaba y esperó.
La Reina apartó la mirada de él c0n furia y le ordenó
El cortejo se detuvo cuando pasó frente a Alicia y a la Sota:
todos se le quedaron mirando. La Reina preguntó entonces,
· con gesto severo: -¡Delos vuelta!
-¿Y quién es ésta? La Sota obedeció y los dio vuelta cuidadosamente
con un pie.
Se lo preguntó a la Sota de Corazones, que se limitó
a sonreír y hacer una reverencia por toda respuesta. -¡De pie! -gritó la Reina con voz chillona.
-¡Idiota! -dijo la Reina, sacudiendo la cabeza con Y los tres jardineros se pusieron de pie de un salto
impaciencia, y siguió diciendo volviéndose hacia Alicia: y comenzaron a hacerles reverencias al Rey, a la Reina, a
los infantes y a todo el mundo.
-¿Cómo te llamas, criatura?
-¡Acaben con eso! -aulló la Reina-. Me están
-Me llamo Alicia, para servir a su Majestad -dijo
mareando.
Alicia con muy buenos modales, pero agregó para sus
adentros: -¡Al fin de cuentas no son más que un mazo de Y luego, mirando hacia donde estaba el rosal, pre­
cartas! ¡No hay por qué tenerles miedo! guntó:
-¿Y quiénes son éstos? -siguió preguntando la -¿Se puede saber qué es lo que estaban haciendo?
Reina, señalando esta vez hacia los tres jardineros, que -Con la venia de Su Majestad-dijo Dos con gran
estaban tirados al pie del rosal; ya que, como se podrán humildad, hincando una rodilla mientras hablaba-, es­
imaginar, eran irreconocibles, ya que estaban boca abajo y tábamos tratando de...
el dorso era igual al del resto del mazo: era imposible para -¡Ya veo! -dijo la Reina que había estado exami­
la Reina saber si se trataba de jardineros, de soldados, de nando las rosas entre tanto-. ¡Que les corten la cabeza!
cortesanos o de tres de sus propios hijos.
Y el cortejo siguió avanzando. Sólo tres soldados
-¿Y cómo puedo yo saberlo? -respondió Alicia, quedaron detrás para ejecutar a los desdichados jardine­
sorprendida de su propio coraje-. No es asunto mío. ros, que corrieron hacia donde estaba Alicia en busca de
protección.

96 97
Lewis Carral!

-¡No los van a decapitar! -dijo Alicia, y los puso


en un macetón que había por ahí cerca.
Los tres soldados anduvieron de aquí para allí durante
un buen rato buscándolos, y luego se fueron tranquilamente
con los demás.
-¿Les cortaron las cabezas? -preguntó la Reina.
-¡Sus cabezas han desaparecido, Su Serena Majes-
tad! -respondieron los soldados a gritos.
-¡Así me gusta! -gritó la Reina-. ¿Sabes jugar al
croquet?
Los soldados permanecieron en silencio y volvieron
los ojos hacia Alicia, ya que la pregunta estaba dirigida
evidentemente a ella.
-¡Sí! -gritó Alicia.
-¡Ven, entonces! _,_rugió la Reina.
Y Alicia se unió al cortejo, preguntándose muy in­
trigada qué sucedería a continuación.
-¡Hace un ... hace un día espléndido, ¿verdad?-dijo
una tímida vocecita a su lado.
Estaba caminando junto al Conejo Blanco, que la
miraba de reojo, con aire ansioso.
-¡Sí, ya lo creo! -dijo Alicia-. ¿Dónde está la Du­
quesa?
-¡Sssshhh! -la interrumpió el Conejo en voz
baja.
Miraba con ansiedad por encima de su hombro mien­
tras hablaba y luego se puso en puntas de pie, acercó la
boca a la oreja de Alicia y susurró:
-Está condenada a muerte.
-¿Y por qué esa pena? -preguntó Alicia.
-¿Dijiste "¡Qué pena!"? -preguntó a su vez el Co-
neJo.
98
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-No, no dije "¡Qué pena!" -dijo Alicia-. No creo exasperación que el puercoespín se desenroscaba y comen­
que sea una pena. Dije "¿Por qué esa pena?" zaba a alejarse a la rastra. Por otra parte, casi siempre
-Le dio un sopapo a la Reina... -empezó a decir el había una lomada o un bache en el camino del puercoespín.
Conejo. Y todo esto, sumado al hecho de que los soldados-arcos no
hacían más que ponerse de pie y mudarse a otro lugar de
Alicia soltó una pequeña carcajada. la cancha, terminó por convencer a Alicia de que se trataba
-¡Sshh! -murmuró el Conejo asustadísimo-. ¡Te de un juego verdaderamente difícil.

puede oír la Reina! Lo que sucedió fue que llegó un poco Los jugadores jugabantodos al mismo tiempo, sin espe-
tarde, y entonces la Reina dijo... rarque les llegara el turno, discutiendo sin cesar y peleándose
-¡Todos a sus puestos! -tronó la Reina. por los puercoespines; y al rato nomás la Reina ya estaba otra
Y todo el mundo salió disparado en vez furiosa, dele patear el suelo y dele gritar "¡Qué le corten
todas direcciones. Se atropellaban la cabeza!" no menos de una vez por minuto.
y se caían unos encima de otros, a Alicia comenzó a sentirse muy incómoda; por cierto
pesar de lo cual todos terminaron que no había tenido aún ninguna disputa con la Reina, pero
por ubicarse en sus lugares y co­ sabía muy bien que podía suceder en cualquier momento.
menzó el juego. "Y entonces", pensaba, "¿qué será de mí? Aquí tienen la
Alicia se dijo que jamás en horrible manía de andar cortándole la cabeza a todo el
su vida había visto una cancha mundo; ¡lo que me llama la atención es que todavía quede
de croquet más rara que esa: ·�·z.r
· gente viva!"
estaba llena de baches y de lo- • Estaba mirando a su alrededor tratando de descu­
madas; las pelotas eran.en realidad brir alguna escapatoria y preguntándose si sería capaz de
puercoespines vivos y los palos, flamencos, alejarse sin que los demás se diesen cuenta cuando notó
también vivos, en tanto los soldados tenían que do­ una extraña aparición en el aire.
blarse en dos y apoyarse en pies y manos para convertirse Al comienzo la intrigó mucho pero al rato sé-dio cuenta
en arcos. de que se trataba de una sonrisa, y entonces se dijo:
La primera dificultad con que se topó Alicia fue el -Es el Gato de Cheshire: ahora tengo alguien con
mar;tejo de su flamenco. Por lo general lograba sostenerlo quien hablar.
bastante bien, con el cuerpo debajo del brazo y las patas
colgando, pero justo cuando lo veía con el cuello bien es­ -¿Qué tal? ¿Cómo te estáyendo?-preguntó el Gato
tirado y tenso y se disponía a golpear al puercoespín con en cuanto tuvo suficiente boca como para hablar.
su cabeza el flamenco insistía en darse vuelta y mirarla Alicia esperó a que aparecieran los ojos y entonces le
a la cara, ;on una expresión tan sorprendida que Alicia no hizo una seña con la cabeza. ''No tiene sentido responderle
podía menos que echarse a reír. Y cuando por fin conseguía nada mientras no le hayan aparecido las orejas, o al menos
bajarle de nuevo la cabeza para seguir jugando notaba con una de las orejas", pensó.

100 101
Lewis Carroll

Un minuto después apareció el resto de la cabeza


y entonces Alicia dejó en el suelo su flamenco y comenzó
a hacerle al Gato un breve relato del juego, feliz de tener
alguien dispuesto a escucharla. El Gato debió suponer
que ya era suficientemente visible a esta altura, porque
se detuvo ahí y no siguió adelante con su aparición por
etapas.
-No me parece que jueguen limpio -empezó a
decir Alicia, en tono de queja-. Discuten tanto que ni
siquiera se puede oír lo que uno está diciendo... y no
parecen tener reglas de ningún tipo; o al menos, si las
tienen, nadie las obedece ... y no sabe cómo distrae eso
de que todas las cosas estén vivas; por ejemplo, allá va
el arco que tendría que atravesar yo ahora, caminando
muy tranquilamente hacia la otra punta de la cancha ...
Hace un momento nomás podría haberle hecho croquet
al puercoespín de la Reina, ¡sólo que en cuanto vio que el
mío se acercaba rodando hacia donde él estaba se levantó
y salió corriendo!
-¿Qué opinión tienes de la Reina? -preguntó el
Gato, en voz baja.
-No me gusta nada -dijo Alicia-, es tan tremen­
damente...
En ese preciso momento notó que la Reina estaba a
sus espaldas, muy cerca de ella, escuchando, de modo que
siguió diciendo:
-... probable que gane, que prácticamente no tiene
sentido seguir con el juego.
La Reina sonrió y siguió de largo.
-¿Con quién estás hablando? -preguntó el Rey
acercándose adonde estaba Alicia y mirando la cabeza del
Gato con gran curiosidad.

102
Lewis Carroll Alicia en el Pais de las Maravillas

-Es un amigo mío -respondió las cosas, ya que el juego se había desordenado tanto que
Alicia-, un Gato de Cheshire, permí­ era imposible saber cuándo le correspondía jugar a uno.
tame que se lo presente. De modo que no lo pensó más y salió en busca de su puer­
-No me gusta su aspecto en coespín.
lo más mínimo -dijo el Rey-, pero El puercoespín se había trenzado en una lucha con
puede besar mi mano si lo desea. otro puercoespín, por lo que Alicia pensó que se trataba
-Prefiero no hacerlo -dijo el de una exclente oportunidad para hacer una carambola;
Gato. la única dificultad estaba en que su flamenco se había ido
-¡No sea impertinente!-ex­ al otro extremo del jardín y estaba, según podía ver Alicia,
clamó el Rey-¡Y no me mire de esa intentando desmañadamente volar hasta la rama de un
manera! árbol.
Se había ido colocando detrás Para cuando logró recapturar a su :flamenco y traerlo
de Alicia mientras hablaba. de vuelta a la cancha, ya la pelea entre los puercoespines
había terminado y ninguno de los contendientes estaba a
-Un gato puede mirar a un
rey -dijo Alicia-. Eso es algo que la vista. "En realidad no importa demasiado", pensó Ali­
cia, "porque ya todos los arcos se escaparon de este lado
leí una vez no me acuerdo dónde.
de la cancha". De modo que se metió el flamenco debajo
-Bien, habrá que deshacerse del brazo para que no volviese a escaparse y volvió para
de él -dijo el Rey con gran decisión, seguir conversando un rato más con su amigo.
y llamó a la Reina, que pasaba por ahí
Cuando regresó adonde estaba el Gato de Cheshire,
cerca-: ¡ Querida! ¡Me gustaría que te se sorprendió al notar que a su alrededor se agolpaba una
deshicieses de este gato!
considerable multitud; se había entablado una discusión
La Reina no tenía más que un modo de resolver sus entre el verdugo, el Rey y la Reina, y los tres hablaban al
problemas, grandes o pequeños. mismo tiempo, mientras el resto permanecía en silencio
-¡Que le corten la cabeza! -gritó sin siquiera echar con aire preocupado.
una ojeada. En �uanto hizo su aparición Alicia, los tres se diri­
-Voy a ir yo mismo a buscar al verdugo -dijo el gieron a ella para plantearle la cuestión y cada uno de­
Rey con aire resuelto, y se alejó rápidamente. fendió su punto de vista, sólo que como hablaban los tres
Alicia pensó que ya iba siendo hora de averiguar al mismo tiempo, a Alicia le resultó muy difícil entender
cómo andaba el juego ya que volvió a oír la voz de la Reina lo que decían.
chillando apasionadamente a lo lejos. La había oído senten­ El verdugo sostenía que uno no puede cortarle la
ciar a muerte a tres de los jugadores por haber perdido su cabeza a alguien si no hay un cuerpo del que esa cabeza
turno y no le gustaba nada el cariz que estaban tomando pueda ser cortada; que jamás había hecho tal cosa y que
no iba a empezar a esta altura de su vida.

104 105
Lewis Carroll

El Rey sostenía que cualquier cosa que tuviese cabeza


podía ser decapitada, y que no había que decir dispara­
tes.
La Reina sostenía que, si no hacían algo de inme­
diato iba a mandar ejecutar a todos los que estaban ahí.
(Era precisamente ese aspecto de su argumento el que
hacía que todos los asistentes tuviesen ese aire tan serio
y preocupado.)
Alicia no pudo pensar en nada mejor que decir
que:
-Pertenece a la Duquesa; de modo que va a ser
mejor que le pregunten a ella al respecto.
-Está en la cárcel -dijo la Reina dirigiéndose al
verdugo-. ¡Tráigala aquí enseguida!
Y el verdugo salió disparado como una flecha.
La cabeza del Gato comenzó a desvanecerse en cuanto
el verdugo partió y, para cuando regresó con la Duquesa,
ya había desaparecido del todo, de modo que el Rey y el
verdugo se pusieron a correr de un lado al otro buscándolo
desenfrenadamente, mientras el resto de la gente reiniciaba
tranquilamente el juego.

106
Capítulo IX
La historia de la Símil Tortuga

-j N O SABES LA ALEGRÍA que me da volver a


verte, amorcito! -dijo la ;Duquesa tomando
afectuosamente a Alicia del brazo.
Y se fueron las dos caminando juntas.
Alicia estaba encantada de que la Duquesa estuviese
de tan buen humor, y pensó que tal vez fuese sólo por culpa
de la pimienta que había estado tan violenta cuando se
habían conocido en la cocina.
"Cuando yo sea Duquesa", pensó (aunque con poca
convicción), ''no voy a permitir que haya ningún tipo de
pimienta en mi cocina. La sopa es muy rica sin pimienta...
Tal vez sea la pimienta la que hace que la gente sea tan
irritable", siguió pensando, orgullosa de haber descubierto
una nueva regla, "y el vinagre lo que los pone agrios... y la
manzanilla lo que los pone amargos... y... y los caramelos
y todo eso lo que hace que los niños seamos tan dulces.
¡Ojalá que los grandes se diesen cuenta de eso; así no los
mezquinarían tanto las golosinas!".
A esta altura ya se había olvidado casi por completo
de la Duquesa, de modo que se sobresaltó un poco cuando
la oyó decir, muy cerca de su oreja:
-Estás pensando en algo, queridita, y eso hace que
te olvides de conversar. No puedo decirte en este momento
cuál es la moraleja que puede extraerse de esto, pero dentro
de un ratito me voy a acordar.

109
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carro//

-Tal vez no haya moraleja -se atrevió a sugerir sin el menor deseo de que la Duquesa intentase ese movi­
Alicia. miento.
-¡No digas tonterías,niña!-dijo laDuquesa-. Todo -Es muy cierto lo que dices -dijo la Duquesa-,
tiene una moraleja, es sólo cuestión de encontrarla. los flamencos y la mostaza pican. Y la moraleja es: "Dios
Y se apretujó un poco más contra Alicia mientras los cría y ellos se juntan".
hablaba. -Sólo que la mostaza no es un pájaro -señaló Ali-
A Alicia no le causaba ninguna gracia estar tan cer­ cia.
ca de ella; en primer lugar, porque la Duquesa era muy -Estás enlo cierto nuevamente -dijo laDuquesa-.
fea, y, en segundo lugar, porque tenía la estatura exacta ¡Con qué claridad te expresas!
como para apoyar su mentón en el hombro de Alicia, y se -Es un mineral, creo -dijo Alicia.
trataba de un mentón puntiagudo y sumamente incómodo. -Sí, claro que sí -dijo la Duquesa, que parecía
Sin embargo, no quería parecer grosera, de modo que lo dispuesta a coincidir con cualquier cosa que Alicia dije­
soportó lo mejor que pudo. se-, hay una gran mina de mostaza por aquí cerca. Y la
-Parece que el juego anda mejor ahora -dijo, con moraleja es: "Lo mío mina lo tuyo".
ánimo de sostener la conversación. -¡No! ¡Ya sé! -exclamó Alicia,sin prestar atención
-Así es -dijo la Duquesa-, y la moraleja de esto es: a las últimas palabras de la Duquesa-. Es un vegetal. No
"¡Oh! ¡Es el amor, el amor, el que hace girar al mundo!" parece, pero es.
-Alguien dijo una vez -murmuró Alicia-, que lo -Estoy de acuerdo contigo -dijo la Duquesa-, y la
que hacía girar al mundo era que cada uno se ocupase de moraleja es: "Trata de ser como quieras parecer", o, para
sus propios asuntos. decirlo de manera más sencilla; "Nunca pienses que no
-¡Oh, bueno! Es más o menos lo mismo -dijo la puedes ser diferente de como a los demás pudo haberles
Duquesa, hundiendo su .mentón puntiagudo en el hombro parecido que eras o pudiste haber sido y que no era en
de Alicia, agregando luego:- y la moraleja es: "¡Cuida el realidad diferente del modo en que les había parecido que
sentido de lo que dices, que el sonido de lo que dices puede era lo que tú habías sido".
cuidarse solo!" -Me parece que lo entendería mejor si lo viese escrito
"¡Cómo le gustan las moralejas!", pensó Alicia. -dijo Alicia con amabilidad-, pero me cuesta seguirla.
-Supongo que te estarás preguntando por qué no te -Eso no es nada comparado con lo que podría decir
tomo de la cintura -dijo laDuquesa, luego de una pausa-, si quisiese -dijo la Duquesa halagada.
y la razón es la siguiente: es porque no estoy muy segura -Por favor, no se moleste en decirlo con más pala­
de cuál pueda ser el humor de tu flamenco. ¿Te parece que bras todavía -dijo Alicia.
lo intente? -¡Oh, no es molestia! -dijo la Duquesa-. Acepta
-Puede picar -respondió Alicia prudentemente y todo lo que he dicho hasta ahora como un regalo de mi
parte.

110 111
Lewis Carral! Alicia en el País de las Maravillas

"¡Qué regalo barato!", pensó Alicia. "¡Me alegro de que Mientras estuvieron jugando la Reina no dejó ni
no se estile hacer regalos como éste para los cumpleaños!" por un momento de discutir con los demás jugadores y de
Pero no se atrevió a decirlo en voz alta. gritar "¡Que le corten la cabezal" a cada instante. Aquellos
-¿Otra vez pensando? -preguntó la Duquesa, a quienes sentenciaba a muerte eran tomados prisioneros
mientras hundía un poco más la punta aguzada de su por los soldados, que, por supuesto, se veían obligados a
mentón. dejar de actuar como arcos para cumplir con la orden, de
modo que, al cabo de una media hora, ya no quedaban
-Tengo derecho a pensar -dijo Alicia, en tono cor­
más arcos y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina
tante, porque estaba empezando a incomodarse un poco.
y Alicia, estaban prisioneros y sentenciados a muerte.
-Tanto derecho como el que tienen los cerdos a volar
Fue entonces que la Reina abandonó el juego, bas­
-dijo la Duquesa-, y la mor ...
tante agitada, y le dijo a Alicia:
Pero al llegar ahí, para gran sorpresa de Alicia, la
-¿Ya fuiste a visitar a la Símil Tortuga?
voz de la Duquesa se desvaneció, a pesar de estar pro­
nunciando su palabra favorita, "moraleja", y el brazo que -No -respondió Alicia-. Ni siquiera sé lo que es
estaba enlazado con el de ella comenzó a temblar. Alicia una Símil Tortuga.
levantó los ojos y vio a la Reina frente a ellas, con los brazos -Con ella se hace la símil sopa de tortuga, esa que
cruzados y el aire ceñudo y tormentoso. parece sopa de tortuga pero que, en realidad, se hace con
-¡Lindo día, Su Majestad! -comenzó a decir la una cabeza de ternero -dijo la Reina.
Duquesa, con una vocecita apenas audible. -Nunca vi una símil tortuga, ni siquiera había oído
-¡Ahora, escuche bien lo que le digo que es para su hablar de ella -dijo Alicia.
bien! -gritó la Reina, pateando el suelo mientras habla­ -¡Entonces, vamos! ¡Andando! -dijo la Reina-,
ba-; ¡una de dos: o usted o su cabeza deben desaparecer que te va a contar su historia.
de aquí en un abrir y cerrar de ojos! ¡Así que: elija! Mientras se alejaban las dos juntas Alicia oyó que
La Duquesa eligió ·y desapareció enseguida. el Rey decía en voz baja a toda la compañía:
-Sigamos con el juego -le dijo la Reina a Alicia. -Están todos perdonados.
Y Alicia estaba demasiado asustada como para decir "¡Qué suerte oír eso!" pensó Alicia, porque se sentía
ni una palabra, de modo que la siguió lentamente hacia la apenada por las muchas ejecuciones que había ordenado
cancha de croquet. la Reina.
Los demás invitados habían aprovechado la ausencia Muy pronto llegaron adonde había un Grifo, profun­
de la Reina para tomarse un descansito a la sombra, pero, damente dormido al sol. (En caso de que no sepan qué es
en cuanto la vieron llegar, se apresuraron a regresar al un Grifo, bastará con que miren el dibujo.)
juego mientras la Reina se limitaba a comentar que un -¡Arriba, haragán! -gritó la Reina-. Tienes que
sólo instante de demora podría costarles la vida. llevar a esta jovencita a visitar a la Símil Tortuga para

112 113
Lewis Carral!

que le cuente su historia. Y yo debo regresar para vigilar


que se cumplan las ejecuciones que he ordenado.
Se dio media vuelta y se fue, dejando a Alicia a solas
con el Grifo.
A Alicia no le agradó demasiado el aspecto de la
criatura pero, pensándolo bien, llegó a la conclusión de
que no podía ser más peligroso quedarse con él que seguir
a la salvaje de la Reina. De modo que esperó.
El Grifo se incorporó y se frotó los ojos. Luego se
quedó mirando cómo la Reina se perdía de vista. Luego
soltó una risita.
-¡Qué cómica! -dijo, en parte para sí mismo y en
parte para Alicia.
-¿Qué es lo que le parece cómico? -preguntó Ali-
cia.
-Ella, ¿quién va a ser? -respondió el Grifo-. ¡Es
pura imaginación, es! Nunca ejecuta a nadie. ¿No sabías?
¡Vamos! ¡Andando!
"Acá todo el mundo me da órdenes", pensó Alicia,
mientras lo seguía lentamente; "¡jamás en toda mi vida
me mandonearon tanto!".
No se habían alejado demasiado cuando vieron a la
Símil Tortuga allá a lo lejos, sentada triste y sola en una
saliente de roca. A medida que se acercaban, Alicia pudo
oírla suspirar como si se le estuviese partiendo el corazón,
y sintió muchísima pena por ella.
-¿Por qué sufre? -le preguntó al Grifo.
Y el Grifo respQndió, usando casi las mismas palabras
que antes:
-jEs pura imaginación, es! No sufre por nada. ¿No
sabías? ¡Vamos! ¡Andando!

114
Lewis Carro/l Alicia en el País de las Maravillas

De modo que llegaron hasta donde estaba la Símil Y luego ambos se quedaron sentados en silencio
Tortuga, que los miró con sus grandes ojos inundados de mirándola a la. pobre Alicia, que deseaba que se la tragase
lágrimas pero no dijo nada. la tierra. Por fin el Grifo le dijo a la Símil Tortuga:
-Aquí está esta chica -dijo el Grifo-. Parece que -¡Vamos, vieja! ¿Qué estás esperando? ¡No tenemos
quiere oír tu historia, parece. todo el día!
. -Se la voy a contar entonces -dijo la Símil Tortu- E ntonces la Símil Tortuga continuó con su histo-
gá, con voz cavernosa y profunda-. Siéntense los dos y ria.
nci digan una sola palabra hasta que yo haya terminado. -Sí, íbamos a la escuela en el mar, aunque no me
. De modo que se sentaron y ninguno abrió la boca creas...
durante algunos minutos. Alicia pensó ''No sé cómo va -Yo nunca dije que no le creyese -la interrumpió
a hacer para terminar si nunca empieza". Pero aguardó Alicia.
pacientemente.
-¡Sí que lo hiciste! -dijo la Símil Tortuga.
-Hace mucho pero mucho tiempo -dijo la Símil
Tortuga por fin con un hondo suspiro- yo fui una Tortuga -¡Cierra el pico! -agregó el Grifo antes de que
Auténtica. Alicia pudiese volver a hablar.
Luego de estas palabras, se sumergieron todos en La Símil Tortuga siguió diciendo:
un- largo silencio, quebrado sólo de tanto en tanto por un -Teníamos una educación muy esmerada ... es más:
ocasional graznido -¡crrraaac!- del Grifo y el incesante íbamos todos los días a la escuela...
sollozar de la Símil Tortuga. Alicia estaba a punto de po­ -Yo también voy a escuela todos los días -dijo
nerse de pie para decir "¡Gracias, señor, por su interesante Alicia-. No hay por qué vanagloriarse tanto.
historia!" pero no podía evitar suponer que debía continuar -¿Con extras o sin extras? -preguntó la Símil
de alguna manera, de modo que siguió sentada en silencio Tortuga algo ansiosa.
sin decir una sola palabra.
-Con extras -dijo Alicia-. Francés y Música.
-Cuando pequeños -siguió por fin la Símil Tortuga,
ya más calmada, aunque los sollozos seguían entrecortando -¿Y Lavado? -preguntó la Símil Tortuga.
sus palabras cada tanto-íbamos a la escuela en el mar. El -¡No, claro que no! -respondió Alicia indignada.
maestro era una vieja Tortuga ... Le decíamos Tortura... -Ah, entonces la de ustedes no era una buena escuela
-¿Y por qué la llamaban Tortura? -preguntó Ali- -dijo la Símil Tortuga, con tono aliviado-. En cambio, en
cia. mi escuela, al final de la factura decía: "Extras: Francés,
-Porque nos torturaba con las lecciones -respondió Músicay Lavado".
la Símil Tortuga muy enojada-. ¡Qué tonta que eres! -No sé de qué podía servirles viviendo como vivían
-¡Tendría que darte vergüenza preguntar una cosa en el fondo del mar -comentó Alicia.
tan simple! -agregó el Grifo. -Pero yo no podía permitirme los extras -dijo la

116 117
Lewis Carroll

Símil Tortuga con un nuevo suspiro-. Sólo seguía los


cursos ordinarios.
-¿Qué materias tenían? -quiso saber A:Iicia.
-Para empezar, aprendíamos a Lamer y a Escupir,
por supuesto -respondió la Símil Tortuga-, y luego las
diferentes ramas de la Aritmética: Zurra, Fiesta, Nulifi­
cación y Delación.
-Nunca oí hablar de Nulificación -se atrevió a
decir Alicia-. ¿En qué consiste?
El Grifo levantó ambas garras en señal de sorpre-
sa.
-¡Nunca oyó hablar de nulificación! -exclamó-.
Supongo que habrás oído hablar de multiplicación, ¿no?
-Sí -dijo Alicia sin mucha convicción-. Significa...
significa hacer que las cosas crezcan... que sean más.
-Bueno, entonces si no sabes lo que es nulificación
eres una imbécil.
Alicia no se sintió estimulada para seguir pregun­
tando, de modo que se volvió hacia la Símil Tortuga y le
preguntó:
-¿Qué más estudiaba?
-Bueno, Histeria -respondió la Símil Tortuga,
mientras llevaba cuenta de las materias con sus aletas-.
Histeria Antigua y Moderna, con Mareografía, y teníamos
Burbuja ... el profesor de Burbuja era un viejo cangrejo.
Solía venir una vez a la semana; nos enseñaba Burbujo,
Bostezo y Cintura al óleo.
-¿Y eso cómo era?.
-No te voy a poder hacer una demostración porque
ya estoy demasiado duro -dijo la Símil Tortuga-. Y el
Grifo no sabe; nunca lo aprendió.
-No tuve ocasión -dijo el Grifo-, pero fui a un

118
Lewis Carral/

maestro de lenguas clásicas, eso sí. ¡Flor de cangrejo era Capítulo X


La Cuadrilla de la Langosta
ese!

L
-Yo nunca asistí a sus clases -se lamentó a su
vez la Símil Tortuga-. Enseñaba Patín y Riego, según
decían.
-Ya lo creo, ya lo creo... -dijo el Grifo, suspirando
él también.
Y ambas criaturas hundieron sus caras en sus ma-
A SÍMIL TORTUGA SUSPIRÓ profundamente y
nos.
se cubrió los ojos con una aleta,. Luego la miró a
-¿Y cuántas horas de clases por día tenían?-pre­ Alicia e intentó hablar, pero la voz siguió entrecortada por
guntó Alicia, ansiosa por cambiar de tema. sollozos durante un buen rato.
-Diez horas el primer día, nueve al día siguiente, -Como si se hubiese atragantado con un carozo-dijo
etcétera, etcétera -dijo la Símil Tortuga. el Grifo, y se puso a sacudirla y a golpearle la espalda.
-¡Qué raro! -exclamó Alicia. Por fin la Símil Tortuga recuperó su vóz y si guió
La idea le resultaba tan novedosa que se quedó diciendo, mientras las lágrimas le rodaban por las meji­
pensando un rato en ella antes de observar: llas.
-Entonces el día número once era feriado. -Tal vez no hayas vivido largo tiempo en el fondo
-Por·supuesto -dijo la Símil Tortuga. del mar... (-Eso es cierto -dijo Alicia) ...y tal vez jamás te
-¿Y qué hacían al día siguiente? -insistió Alicia hayan presentado a una langosta... (Alicia comenzó a decir:
muy intrigada. -Una vez probé una ... , pero se interrumpió a tiempo y se
rectificó: -No, nunca.) ... ¡de modo que no tendrás ni idea
-Bueno, basta de hablar de lecciones -los inte­ de lo encantadora que es la Cuadrilla de la Langosta!
rrumpió el Grifo con decisión-. Hablemos un poco de los
recreos. -No, claro que no -dijo Alicia-. ¿Qué clase de
baile es?
-Bueno -dijo el Grifo-; lo primero es hacer una
fila en la costa.
-¡Dos filas! -gritó la Símil Tortuga-. Focas, tor­
tugas, salmones y demás; después, cuando ya se sacaron
las medusas del camino...
-¡Eso es algo que lleva su tiempo! -interrumpió el
Grifo.

120 121
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-... hay que avanzar dos pasos... alrededor de .Alicia, pisándole los pies cada vez que pa­
-¡Cada uno con su langosta de compañera! saban demas:i-ado cerca de ella y marcando el ritmo de la
-Por supuesto -dijo la Símil Tortuga-. Bueno, danza con sus patas delanteras, mientras la Símil Tortuga
cantaba con aire pausado y triste:
avanzar dos pasos, formar parejas...
-... cambiar de langosta y retirarse en el mismo El atún le decía "¡Vamos, corre!" a un caracol,
orden -completó el Grifo. "El delfin que nos persigue ya la cola me pisó.
-Luego, ya se sabe -siguió la Símil Tortuga-, hay Las tortugas, las langostas ya empezaron a avanzar.
que arrojar... Nos esperan en la costa ... ¡Ven y vamos a bailar!
-... ¡las langostas! -gritó el Grifo pegando un salto ¡A que sí, a que no,
en el aire. a que vamos a bailar!
-... lo más lejos que se pueda... ¡Ni siquiera te imaginas lo que vas a disfrutar,
-¡Y nadar tras ellas! -chilló el Grifo. cuando nos arrojen lejos con las langostas al mar!".
-¡Dar una voltereta en el mar! -gritó la Símil El caracol le responde que es enorme la distanc
Tortuga brincando enloquecidamente. . ia'
-¡Y a cambiar de langostas otra vez! -aulló el Grifo que agradece que lo invite, pero que esta vez no baila.
en el pico de su voz. ¡Q_ue no sabe, que no quiere
-Vuelta a tierra y... fin de la primera figura -dijo que prefiere no bailar!
la Símil Tortuga bajando súbitamente la voz. ''a'F.qué importa la distancia?': insistió su amigo el pez.
Y las dos criaturas, que habían estado brincando
como locas todo el tiempo, volvieron a sentarse muy tristes "Más allá hay otra costa... ¡En serio! ¡Ya vas a ver!
y quietitas y fijaron sus ojos en Alicia. Si te _alejas de Inglaterra, más cerca de. Francia estás.
-Ha de ser un baile muy lindo -dijo Alicia con No tem(!,S, caracolito... ¡Ven y vamos a bailar!
timidez. ¡A que sí, a que no,
-¿Te gustaría una pequeña demostración? a .que vamos a bailar!
-Claro que sí -dijo Alicia.
-Vamos, probemos de hacer la primera figura -le . -Gracias, es un baile muy lindo de ver -dijo Alicia
fehz .�e que por fin hubiese terminado-. ¡Y me encantó 1�
dijo la Símil Tortuga al Grifo-. Podemos arreglárnoslas canc10n esa acerca del atún!
sin las langostas, ¿no es cierto? ¿Quién de los dos canta? - Ah, bueno, con respecto a los atunes -dijo la Sí­
.
-Oh, canta tú -dijo el Grifo-. Yo me olvidé de la nnl Tortuga-, supongo que... supongo que ya los conoces'
letra. ¿verdad?
De modo que comenzaron a bailar solemnemente

122 123
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-Sí -dijo Alicia:- los vi muchas veces en el al­ -Porque sirve para lustrar los zapatos -respondió
muer... -pero se detuvo a tiempo. el Grifo con gran solemnidad.
· -No sé dónde quedará Elalmuer -dijo la Símil Tor- Alicia estaba desconcertada. "¡Para lustrar los za­
tuga-, pero ya que los viste tan a menudo los conocerás patos!" se repetía muy intrigada.
bien,
· ¿verdad? -Bueno, ¿con qué lustran tus zapatos?-preguntó
-Sí, creo que sí -dijo Alicia tratando de hacer el Grifo.
memoria-. Tienen la cola metida adentro de la boca.... y Alicia bajó los ojos para mirárselos antes de respoil-
e$tán cubiertos de pan rallado. der:
-Te equivocas con respecto al pan rallado -dijo la -Con betún, supongo.
Símil Tortuga-, el pan rallado se les saldría con el agua
del mar. Pero sí es cierto que tienen la cola adentro de la -Bueno en el mar lustramos los zapatos con atún,
boca, y eso se debe a que... no con betún. Ahora ya lo sabes.
Al llegar aquí la Símil Tortuga bostezó y cerró los -¿Y cómo son los zapatos que se usan en el mar?
ojos. -preguntó Alicia con mucha curiosidad.
-Dile a qué se debe, cuéntale todo el asunto -dijo -Comunes y corrientes. Tienen taco y anzuelas, y
dirigiéndose al Grifo. se atan con camarones, claro está-respondió el Grifo con
impaciencia-. ¡Hasta una almeja lo sabe!
-Bueno, es porque resulta
que los atunes quieren a toda costa - Si yo hubiese sido el atún -dijo Alicia, que seguía
ir a bailar con las langostas, ¿no? pensando en la letra de la canción-, yo le habría dicho
-dijo el Grifo-. Y entonces re­ al delfín "¡Señor, manténgase a distancia, por favor! ¡No
sulta que los tiran al mar, ¿no? queremos que venga con nosotros!".
Y entonces resulta que caen le­ -Pero tenían obligación de dejarlo ir con ellos -dijo
jos, bien pero bien lejos, ¿no? Y la Símil Tortuga-. Ningún pez que se precie iría a ninguna •
entonces resulta que la cola se parte sin un delfín.
les mete en la boca, bien pero bien adentro -¿En serio? -preguntó Alicia sorprendidísima.
de la boca, ¿no? Y entonces resulta que no la pueden volver -Claro que no -dijo la Símil Tortuga-. Por ejemplo,
a sacar. ¡Y eso es todo! si un pez viniese a decirme a mí que está por salir de viaje,
-Gracias -dijo Alicia-. Es muyinteresante. Nunca yo lo primero que le preguntaría sería "¿con qué delfín?"
rrie habían contado tantas cosas acerca de los atunes. -¿No querrá usted decir "¿con qué fin?" .
.' -Y puedo contarte más si quieres -dijo el Grifo-. -Yo quiero decir lo que digo -respondió la Símil
Por · ejemplo, ¿sabes por qué se llama atún el atún? Tortuga con tono ofendido.
-No, nunca se me ocurrió·preguntarme eso -dijo Y el Grifo agregó:
Alicia-. ¿Por qué?

124 125
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

-Bueno, ahora a ver si nos cuentas tú alguna cosa la Cuadrilla de la Langosta, que a gatas si sabía lo que
que te haya sucedido. decía, Y las palabras sonaban realmente muy extra­
-Puedo contarles mis aventuras desde esta maña­ ñas:
na -empezó a decir Alicia con timidez-, pero no tiene
sentido que empiece por ayer porque ayer yo era otra Es la voz de la Langosta.
persona.
que decía, y yo escuché:
-A ver, explícate -dijo la Símil Tortuga.
"Me tostaron demasiado;
-¡No y no! ¡Primero que cuente! -dijo el Grifo im-
mi pelo azucararé".
paciente-; las explicaciones llevan muchísimo tiempo.
De modo que Alicia comenzó por contarles todas sus
Como el pato con los párpados
aventuras desde el momento en que vio al Conejo Blanco.
Estaba un poco nerviosa al empezar: ¡estaban tan cerca ella con la nariz va a hacer·'
las dos criaturas de ella y abrían tanto la boca! Pero fue botones y cinto ajusta,
ganando confianza a medida que contaba. Sus oyentes abre puntas de los pies . .
se mantuvieron en absoluto silencio hasta que llegó a la
parte en que ella le recitaba "Eres viejo, padre mío,. .. " a
Cuando la arena está seca
la Oruga y las palabras le salían todas diferentes. Ahí la
Símil Tortuga dio un largo suspiro y dijo: alegre como alondra está;
-¡Eso sí que es raro! la oigo hablar con desprecio
-¡Rarísimo! -dijo el Grifo. del tiburón de altamar.
-¡Así que todo salió diferente! -repetía la Símil
Tortuga con preocupación-. A ver, me gustaría que me Mas si sube la marea
recitase algo ahora. Dile que empiece. y se acerca el tiburón
Se dirigía al Grifo, como si considerase que tenía la oigo hablar suavecito,
algún tipo de autoridad sobre Alicia. le va temblando la voz.
-Ponte de pie y recita Es la voz del perezoso -dijo
el Grifo. -Eso suena muy distinto de lo que solía recitar yo
cuando era niño -dijo el Grifo.
"¡Qué manía que tienen todas estas criaturas de
dar órdenes y de tomarle la lección a una todo el tiem­ -:-:8ueno� P?r mi parte, es la primera vez que oigo
e� o -diJo la S1mil Tortuga-, y me parece un reverendo
po!", pensó Alicia. "Al fin de cuentas, es como estar en la
disparate.
escuela".
Alicia no dijo nada más: se había vuelto a sentar con
Pero de todos modos obedeció. Se puso de pie y
la cabeza entre la manos, preguntándose si alguna vez
comenzó a recitar, aunque tenía la cabeza tan llena con

126 127
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

las cosas volverían a suceder del modo acostumbrado. -¿De qué sirve que repitas todas esas pavadas si
-Me gustaría que me lo explicaran -dijo la Símil no te explicas un poco? -interrumpió la Símil Tortuga-.
Tortuga. ¡Nunca en mi vida escuché una cosa más enredada!
-No creo que ésta sea capaz de explicarte nada -Sí, creo que lo mejor es que te vayas yendo -di.jo
-se apresuró a responder el Grifo-. Adelante, recita la el Grifo, y Alicia se alegró mucho de oírlo.
siguiente estrofa. -¿Te parece que hagamos otra fi gura de la Cuadrilla
-Pero ¿cómo es eso de las puntas de los pies? de la Langosta? -siguió el Grifo-. ¿O preferirías que la
-insistió la Símil Tortuga-. ¿Cómo puede ser que haya Símil Tortuga te cante otra canción?
separado las puntas de los pies con la nariz? -¡Oh, sí, que cante una canción por favor, si es tan
-Es la primera posición para la danza -dijo Ali­ amable! -respondió:Alicia, con tanto entusiasmo que el
cia, pero no parecía demasiado convencida porque todo Grifo murmuró, con tono algo ofendido:
ese asunto la intrigaba muchísimo, y estaba deseosa de -¡Bueno, sobre gustos no hay nada escrito! ¿Por qué
cambiar de tema. no le cantas Sopa de tortuga, viejo?
-Vamos, adelante con la estrofa siguiente -repitió La Símil Tortuga suspiró profundamente y comenzó
el Grifo-. Comienza Pasé por su casa... a cantar, con la voz entrecortada por los sollozos:
Alicia no se atrevió a desobedecer, aunque estaba Espléndida sopa, tan verde y espesa,
segura de que .iba a salir todo mal, y siguió con voz tem­
blorosa: que estás esperándonos ahí sobre la mesa.
¿Quién se resiste a algo tan exquisito?
Pasé por su casa y vi, con un ojo, ¡Espléndida sopa, rica sopita!
que el tigre y el búho comían pastel. ¡Espléndida sopa, rica sopita!
¡Espléeeeendida sooooopa,
El tigre se queda con masa y relleno riiiiiica sopiiiiiita!
y al búho le toca la fuente lamer. ¡Sopa de la noche,
riquísima sopa!
El festín se ha acabado y deciden que el búho
conserve la cuchara que usó como don. Espléndida sopa, ¿quién piensa en pescado
o en otro platillo muy elaborado?
Pero al tigre le tocan tenedor y cuchillo Yo lo cambiaría todo por un pó
y puso fin al banquete cuando al búho c ... por un poquititito de espléndida só,
por un poquititito de espléndida só.

128 129
Lewis Carral!

¡Espléeeeendida sooooopa,
riiiiiica sopiiiiiita!
¡Sopa de la noche,
riquísima sopa!

-¡Otra vez! -gritó el Grifo.


Y la Símil Tortuga había comenzado apenas a repe­
tirla cuando se oyó a lo lejos un grito:
-¡Comienza el juicio!
-¡Vamos! ¡Andando! -dijo el Grifo y, tomándola a
Alicia de la mano, se alejó rápidamente sin aguardar el
final de la canción.
-¿De qué juicio se trata? -preguntó Alicia, ja-
deando mientras corría.
Pero el Grifo sólo respondía:
-¡Vamos! ¡Andando!
Y corría más rápido todavía, mientras se oían, cada
vez más débiles y lejanas, arrastradas por la brisa, las
palabras de la canción:
Sopa de la noche,
riquísima sopa.

130
Capítulo XI
¿Quién robó las tartas?

e UANDO LLEGARON, EL REY y la Reina de


Corazones ya estaban sentados en sus tronos,
rodeados por una multitud: todo tipo de pájaros y de ani­
males más el mazo completo de cartas. La Sota estaba de
pie frente a ellos, encadenada, con un soldado de guardia
a cada lado, y, cerca del Rey, estaba el Conejo Blanco, con
una trompeta en una mano y un rollo de pergamino en la
otra.
En el centro de la asamblea había una mesa con
una gran bandeja de tartas. Parecían tan ricas que Alicia
sintió hambre al verlas.
"Espero que terminen con el juicio pronto", pensó,
"así sirven cuanto antes el refrigerio".
Pero no había ningún indicio de que esto fuera a su­
ceder, de modo que Alicia se dedicó a mirar a su alrededor
para pasar el tiempo.
Era la primera vez que estaba en un tribunal, pero
había leído acerca de los tribunales y se alegró al darse
cuenta de que conocía el nombre de casi todas las cosas
que había ahí adentro.
-Ese es eljuez -se dijo-; lo reconozco por la gran
peluca que tiene.
El juez, entre paréntesis, no era otro que el Rey, y,
dado que usaba la corona encima de la peluca (observen la
página 137 si desean saber qué aspecto tenía), no parecía

133
Lewis Carral! Alicia en el País de las Maravillas

sentirse nada cómodo y, para decir verdad, tampoco se lo Uno de los jurados tenía una tiza que chirriaba. Y
veía demasiado elegante. eso, por supuesto, era algo que Alicia no podía tolerar. De
Ese es el estrado del jurado -pensó Alicia-, y su­ modo que dio toda la vuelta a la sala hasta quedar detrás
pongo que esas doce criaturas (no tenía más remedio que de él y pronto encontró la oportunidad de sacársela. Lo hizo
llamarlas "criaturas" porque algunos eran pájaros y otros con un movimiento tan veloz que el pobre pequeño jurado
animales) serán los doce juramentados. (se trataba de Guille, la lagartija) no pudo entender qué
"Juramentados" le parecía una palabra muy im­ se había hecho de ella; de modo que, luego de buscarla por
portante, y se la repitió dos o tres veces con orgullo, ya todas partes, se vio obligado a escribir con un dedo durante
que consideraba -con toda razón- que muy pocas niñas el resto del día, y eso resultaba poco práctico, ya que no
de su edad conocían su significado. Sin embargo, habría quedaban huellas en la pizarra.
alcanzado con que los llamara "miembros del jurado". -¡Heraldo! ¡Lea la acusación! -ordenó el Rey.
Los doce jurados estaban muy atareados escribiendo Entonces el Conejo sopló tres veces en la trompeta
en sus pizarras. y luego desenrolló el pergamino y leyó lo siguiente:
-¿Qué es lo que hacen? -preguntó Alicia al Grifo La Reina de Corazones
en un susurro-. No pueden tener nada que escribir antes cocinó sus ricas tartas
de que empiece el juicio.
en un día de verano.
-Están escribiendo sus nombres -le respondió el
Grifo en el mismo tono-. Tienen miedo de olvidárselo
antes de que termine el juicio. La Sota de Corazones
-¡Qué estúpidos que son! -empezó Alicia en voz se robó esas ricas tartas;
alta y con tono indignado; pero se detuvo de inmediato, ya muy lejos las ha llevado.
que el Conejo Blanco gritó:
-Consideren su veredicto -les dijo el Rey a los miem­
-¡Silencio en la sala! bros del jurado.
Y el Rey se puso sus anteojos y miró ansiosamente -¡No! ¡Todavía no! -se apresuró a interrumpirlo
a su alrededor para averiguar quién había hablado.
el Conejo-. ¡Falta mucho antes de eso!
Alicia pudo ver, con toda claridad, como si estuviese -Que comparezca el primer testigo -dijo el Rey.
espiándolos por encima del hombro, que todos los jurados
escribían"¡ Qué estúpidos que son!" en sus pizarras, e incluso Y el Conejo Blanco sopló tres veces la trompeta y
pudo darse cuenta de que uno de ellos no sabía deletrear gritó: "¡Que pase el primer testigo!".
"estúpido" ya que tuvo que preguntarle al compañero. El primer testigo era el Sombrerero. Venía con una
"¡Lindo desastre van a ser esas pizarras antes de taza de té en una mano y un pan con manteca en la otra.
que termine el juicio!", pensó Alicia. -Le pido disculpas, Majestad, por traer esto -em-

134 135
Lewis Carroll

pezó diciendo-, pero resulta que no había terminado aún


mi té cuando me mandaron llamar.
-Ya debería haber terminado -s�ntenció el Rey-.
¿Cuándo empezó?
El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que lo
había seguido hasta el tribunal del bracete con el Lirón.
-Creo que fue el catorce de marzo, ¿no es cierto?
-El quince -dijo la Liebre de Marzo.
-El dieciséis -dijo el Lirón.
-Escriban eso -dijo el Rey al jurado.
Y todos escribieron con mucho entusiasmo en sus
pizarras las tres fechas, luego las sumaron y redujeron la
respuesta a chelines y peniques.
-¡Quítese su sombrero! -le dijo el Rey al Sombre-
rero.
-No es mío-dijo el Sombrerero.
-¡Robado! -exclamó el Rey volviéndose hacia el
jurado, que de inmediato anotó la evidencia.
-Todos los sombreros que tengo son para vender
-agregó el Sombrerero a manera de explicación-. No
tengo sombreros propios, soy un sombrerero.
Ahí fue cuando la Reina se acomodó los anteojos y
comenzó a mirar fijo al Sombrerero, que se puso pálido y
comenzó a juguetear con los dedos.
-Presente su testimonio -orden6 el Rey-, y nada
de ponerse nervioso, o lo mando ejecutar en el acto.
Esto no pareció dar muchos ánimos al testigo: se­
guía balanceándose en uno y otro pie, echándole ojeadas
nerviosas a la Reina y era tal su desasosiego que terminó
por darle un mordiscón a la taza en lugar de dárselo al
pan con manteca.

136
Lewis Carro// Alicia en el País de las Maravillas

Fue precisamente entonces cuando Alicia comenzó comenzado a tomar el té... hace una semana o algo así...
a experimentar una sensación extraña, que la intrigó mu­ y para colmo con las rebanadas de pan de hoy en día, que
cho hasta que por fin descubrió de qué se trataba: estaba cada vez vienen más delgadas... y el tecito que brilla y
creciendo nuevamente. Al comienzo pensó en ponerse de brilla en mi taza...
· pie y abandonar el tribunal, pero luego lo pensó mejor y -¿Qué era lo que brillaba? -preguntó el Rey.
decidió quedarse hasta tanto hubiese suficiente espacio -Decía que todo empieza con mi té... -respondió
para ella.
el Sombrerero.
-A ver si haces el favor de no apretujarme tanto -¡Ya sé que "todo" empieza con T (aunque no creo
-dijo el Lirón, que estaba sentado a su lado-. Ya casi no que la T sea suya)! ¿Me está tomando por idiota? ¡Vamos,
puedo ni respirar. continúe!
�Lo siento, lo hago sin querer -dijo Alicia con toda -Soy un pobre hombre -repitió el Sombrerero-, y
humjldad-, es que estoy creciendo. las cosas seguían brilla que te brilla... y entonces la Liebre
. · -:-Sí, pero no hay derecho a que te pongas a crecer de Marzo dijo ...
justamente aquí -protestó el Lirón. -¡Yo no dije nada! -lo interrumpió de golpe la
-¡No diga disparates! -replicó Alicia con severi- Liebre de Marzo.
. dad-; usted también está creciendo, ¿sabía? -¡Sí que dijiste! -dijo el Sombrerero.
-Sí, pero yo crezco a un ritmo razonable -se de­ -Lo desmiento -dijo la Liebre de Marzo.
fendió el Lirón-,·y no de esa manera tan ridícuJa:
-Lo desmiente -repitió el Rey-, así que borren eso.
Y luego de decir esto se puso de pie de muy mal
humor y se trasladó al otro extremo del tribun·a1. · -Bueno, sea como sea, el Lirón dijo ... -siguió el
Sombrerero mirando ansiosamente a su alrededor por si
Mientras tanto la Reina no había dejado de mirar también le iban a desmentir eso.
· fijo al Sombrerero ni por un momento y, precisamente
cuando el Lirón se estaba mudando de lugar, dijo a uno Pero el Lirón dormía profundamente, de modo que
de los oficiales de la corte: no estaba en condiciones de desmentir nada.
-¡Tráigame la lista de cantantes del último concier- -Luego -siguió el Sombrerero-, me preparé un
to! poco más de pan con manteca...
Y esas palabras hicieron temblar tanto al desdichado -Pero ¿qué fue lo que dijo el Lirón? -preguntó uno
Sombrerero que se le salieron los zapatos. de los miembros del jurado.
-Presente su testimonio -repitió el Rey muy eno­ -No me acuerdo -dijo el Sombrerero.
jado- o lo mando ejecutar, esté o no esté nervioso. -Pero debe acordarse -señaló el Rey-, porque si
-Soy un pobre hombre, Majestad -comenzó a decir no lo mando ejecutar.
el Sombrerero con voz temblorosa-, y apenas si había El pobrecito Sombrerero dejó caer su taza de té y su
pan con manteca e hincó una rodilla en el suelo.

138 139
Lewis Carroll

-Soy un pobre hombre, Majestad -comenzó nue­


vamente.
-Al menos es un pobre orador, de eso no cabe duda
-dij o el Rey.
Al oír esto uno de los cobayos quiso festejar el chiste
pero fue reprimido de inmediato por los oficiales de la
corte. (Como esa palabra -"reprimir"- es algo fuerte,
voy a tener que explicarles el procedimiento. Tenían una
gran bolsa de lona que se ataba con cordones. Metieron
al cobayo adentro, cabeza abajo, y luego se le sentaron
encima).
"Me alegro de haber presenciado esto", pensó
Alicia."Tantas veces leí en el diario que 'hubo un amago
de aplauso que fue reprimido por los oficiales de la corte',
y nunca entendía bien lo que querían decir con eso".
-Si eso es todo lo _que sabe del caso, ya puede bajar
-siguió diciendo el Rey.
-No puedo bajar más-dijo el Sombrerero-. Estoy
parado en el suelo.
-Entonces siéntese -dijo el Rey-, así está más
bajito.
Cuando dijo esto el segundo cobayo aplaudió, y fue
convenientemente reprimido.
"Bueno, ¡ya no quedan más cobayos!", pensó Alicia.
"Supongo que ahora todo va a andar mejor".
-Preferiría terminar mi té -dijo el Sombrerero,
echándole una ojeada ansiosa a la Reina, que estaba con­
centrada leyendo la lista de los cantantes.
-Puede retirarse ... -dijo el Rey.
Y el Sombrerero abandonó el tribunal a toda marcha,
sin siquiera aguardar a ponerse los zapatos.

140
Alicia en el Pais de las Maravillas
Lewis Carral/

-... y que le corten la cabeza cuando salga -agregó Y luego agregó en voz baja dirigiéndose a la Reina:
la Reina dirigiéndose a uno de los oficiales. -Querida, por favor, sigue tú con el próximo testigo.
Pero el Sombrerero ya había desaparecido cuando ¡A mí eso de repreguntar me da
el oficial logró llegar a la puerta. dolor de cabeza!
-¡El siguiente testigo! -llamó el Rey. Alicia examinó al Conejo
Blanco, que recorría con el dedo
El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa.
la lista: sentía gran curiosidad
Llevaba un tarro de pimienta en la mano, y Alicia adivinó
por saber quién sería el próxi­
de quién se trataba mucho antes de que entrara en la sala
mo testigo.
por el modo en que las personas ubicadas cerca de la puerta
comenzaron a estornudar, todos al mismo tiempo. " ... Al fin de cuentas por
ahora no lograron enterarse
-Presente su testimonio -dijo el Rey.
de gran cosa", se dijo para
-Ni pienso -dijo la cocinera. sus adentros.
El Rey miró con ansiedad al Conejo Blanco, que dijo, De modo que imaginen su sorpresa cuando el Conejo
en voz baja: Blanco leyó en voz alta, forzando al máximo su vocecita
-Majestad, corresponde que usted repregunte. chillona:
-Bueno, si no hay más remedio -dijo el Rey con -¡Alicia!
aire melancólico, y, cruzándose de brazos y mirando a la
cocinera con el ceño tan fruncido que prácticamente hizo
desaparecer sus ojos debajo de sus cejas, preguntó con voz
grave: -¿De qué están hechas las tartas?
-De pimienta principalmente -dijo la cocinera.
-De jarabe -dijo una voz soñolienta a sus espal-
das.
-¡Ahorquen a ese Lirón! -chilló la Reina-. ¡De­
capítenlo! ¡Arrójenlo fuera de esta sala!· ¡Reprímanlo!
¡Pellízquenlo! ¡Arránquenle los bigotes!
Durante algunos minutos la corte entera quedó
sumida en la mayor confusión, mientras echaban fuera
al Lirón, y, para cuando todos volvieron a sus asientos, la
cocinera había desaparecido.
-¡No importa! -dijo el Rey con gesto de gran ali­
vio-. Que pase el siguiente testigo.

142 143
Capítulo XII
El testimonio de Alicia

-¡ p RESENTE!-GRITÓ ALICIA, sin acordarse,


en la confusión del momento, lo mucho que
había crecido en esos últimos minutos.'
Se puso de pie con tanta brusquedad que volcó el
estrado del jurado con el ruedo de su vestido y todos sus
miembros cayeron de cabeza sobre el público que se api­
ñaba en la sala. Y ahí estaban los pobres, desparramados.
Al verlos, Alicia no pudo menos que recordar la pecera que
había volcado accidentalmente una semana antes.
-¡Oh! ¡Lo siento mucho! -exclamó en un tono .
apesadumbrado, y comenzó a recogerlos lo más rápida­
mente que pudo, ya que no podía sacarse de la cabeza el
incidente de la pecera y tenía la vaga sensación de que
había que recogerlos de inmediato y ponerlos de vuelta
en el estrado porque si no morirían irremediablemen­
te.
-El juicio no puede continuar -dijo el rey, en voz
sumamente grave- hasta tanto todos los miembros del
jurado regresen a sus lugares ... todos -repitió con gran
énfasis mirando fijo a Alicia mientras hablaba.
Alicia miró hacia el estrado y vio que, en el apuro,
había colocado a Guille, la Lagartija, cabeza abajo, y que
el pobre estaba balanceando tristemente la cola, incapaz
de moverse. Volvió a sacarlo y lo colocó correctamente.
"Aunque no creo que signifique una gran diferencia",

145
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

pensó; "Me temo que puede ser tan útil para este juicio Entonces el Rey, que había estado atareado escribien­
cabeza arriba como cabeza abajo". do en su anotador, gritó "¡Silencio!" y leyó en voz alta:
El jurado, en cuanto se recuperó un poco del vuelco -Artículo número cuarenta y dos del Reglamento:
y logró dar con sus pizarras y sus tizas, volvió a concen­ "Todas las personas que midan más de un kilómetro deben
trarse en la tarea de escribir diligentemente la reseña del abandonar la sala".
accidente que acababan de sufrir. Todos excepto Guille, que
parecía demasiado sobrecogido como para hacer nada que Todo el mundo miró hacia donde estaba Alicia.
no fuese sentarse con la boca abierta y la mirada perdida -Yo no mido un kilómetro -se defendió Alicia.
en el techo de la habitación. -Sí que mides -dijo el Rey.
-¿Qué sabe usted de todo este asunto?-preguntó -Casi dos kilómetros -agregó la Reina.
el Rey dirigiéndose a Alicia. -Bueno, pero de todos modos no pienso irme -dijo
-Nada -respondió Alicia. Alicia-, y además ese no es un verdadero artículo del
-¿Nada de nada?-insisitió el Rey. Reglamento. Usted lo acaba de inventar.
-Nada de nada -dijo Alicia. -Es el artículo más antiguo de todos -afirmó el Rey.
-Eso es muy relevante -dijo el Rey, volviéndose -Entonces tendría que ser el artículo número uno
hacia el jurado. -dijo Alicia.
El jurado ya comenzaba a escribir aplicadamente El Rey se puso pálido y cerró su anotador de inme­
en sus pizarras cuando el Conejo Blanco intervino para diato.
decir: -Consideren su veredicto -dijo luego dirigiéndose
-Irrelevante. Su Majestad quiere decir que eso es hacia el jurado, en voz baja y temblorosa.
irrelevante, no relevante, por supuesto -explicó, en tono -Un momento, por favor, Majestad -volvió a in­
respetuoso, pero frunciendo el ceño y haciéndole muecas tervenir el Conejo Blanco acercándose de un salto-. Hay
al Rey mientras hablaba. nuevas pruebas. Acaba de aparecer este papelito.
-Sí, claro. Lo que quise decir es que es irrelevante -¿Qué dice?-preguntó la Reina.
-se apresuró a corregir el Rey, y siguió diciéndose para -Todavía no lo abrí -dijo el Conejo-, pero parece
sí, en voz baja: "relevante... irrelevante... relevante... irre­ ser una carta escrita por el prisionero a... a alguien.
levante", como si estuviese ensayando para ver cuál de las
-Sí, es lo más probable -reflexionó el Rey-, porque
dos palabras sonaba más impresionante.
no es muy común escribirle una carta a nadie.
Algunos de los miembros del jurado escribieron
-¿A quién está dirigida? -preguntó uno de los
"relevante" y otros "irrelevante". Eso fue algo que Alicia
miembros del jurado.
pudo ver con claridad, ya que los tenía muy cerca.
-No tiene destinatario -dijo el Conejo Blanco-;
"Al :fin de cuentas, da lo mismo", pensó.
es más: no hay ninguna indicación escrita en el dorso.

146 147
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas

Desplegó el papel mientras hablaba y agregó: -Empiece por el comienzo -dijo el Rey, con aire
-No era una carta al fin de cuentas; son sólo ver- grave y entendido-, y luego siga hasta llegar al final. Ahí
sos. tiene qu_e detenerse.
-¿Escritos de puño y letra por el prisionero? -pre­ En la sala reinaba el silencio más absoluto cuando
guntó otro jurado. el Conejo Blanco leyó los siguientes versos:
-No -respondió el Conejo Blanco-. Y eso es lo Me dijeron que tú fuiste a verla
más extraño de todo. y que ci él le contaste de mí:
(Los miembros del jurado pusieron cara de descon­ ella dijo que yo era un buen tipo
certad.os.) pero agregó que a nadar no aprendí.
-Tal vez imitó la letra de alguna otra persona -dijo
el Rey. El dijo que yo no había ido
(Los miembros del jurado volvieron a mostrar un (y sabemos que es cierto; fue así)
gesto esperanzado.) pero si ella insiste con esto
-Por favor, Majestad -dijo la Sota-. Yo no �scribí me pregunto qué va a ser de ti.
ese papel. No pueden probar que yo lo haya escrito: no
tiene firma. A ella le di yo una sola
-Si no lo firmó -dijo el Rey-, tanto peor para us­ y ellos le dieron a él dos,
ted. Seguramente tenía alguna mala intención, porque, si y tú nos diste tres o más
no ' lo habría firmado como un hombre honrado. lo mío ahora es tuyo y pasó.
· Hubo un aplauso generalizado luego de estas pala-
bras: era la primera cosa realmente inteligente que había Y si acaso todos estos líos.
dicho el Rey en todo el día. nos afectan a ella o a mí,
-Eso demuestra que es culpable, por supuesto-dijo él espera que tú nos liberes
la Reina-. De modo que, ¡que le cor... ! como libre tú fuiste y yo fui.
-No demuestra nada de nada -la interrumpió
Alicia-. ¡Si ni siquiera leyeron el papel para ver de qué Lo que a mí me parece es que fuiste
se trataba! (antes que a ella le diera el acceso)
-Está bien. Léalo -dijo el Rey. la barrera que se levantaba
El Conejo Blanco se puso los anteojos. entre él y nosotros y eso.
-¿Por dónde empiezo, Majestad?-preguntó .

148 149
Lewis Carroll

No permitas que hoy él se entere


de que a ella le gustaban más,
eso es algo que tú y yo sabemos,
y es secreto para los demás.

-Bueno, se trata de la prueba más importante


de todas las que se consideraron hasta ahora -dijo
el Rey, frotándose las manos-, de modo que ahora el
jurado ...
-Le doy un premio al que sea capaz de explicar lo
que quieren decir esos versos -intervino Alicia (había
crecido tanto últimamente que no tenía el menor temor de
interrumpirlo)-... Para mí que son un puro disparate.
Todos los miembros del jurado escribieron en sus
pizarras: "Ella cree que son puro disparate", pero ninguno
arriesgó una explicación.
-Si esos versos no quieren decir nada -dijo el Rey-,
nos ahorramos un problema, ¿no les parece? Porque si no
tienen ningún significado no hace falta que les encontremos
un significado. Y sin embargo, no sé... -siguió mientras
desplegaba el papel con los versos sobre sus rodillas y lo
miraba de reojo-. Me parece ver que tienen algún signifi­
cado, al fin de cuentas. Por ejemplo, eso de"... agregó que a
nadar no aprendí". Tú no sabes nadar, ¿verdad?-agregó
dirigiéndose a la Sota.
La Sota sacudió la cabeza muy apesadumbrado.
-¿Acaso tengo aspecto de saber nadar?-dijo.
(Y era evidente que no, ya que estaba hecho de car-
tón.)
-Hasta aqµí, vamos bien -dijo el Rey; y ·siguió
repitiéndose en voz baja los versos: "(y sabemos que es
cierto; fue así)"... Se refiere al jurado, por supuesto, "pero

150
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Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

si ella insiste con esto ... " (eso seguramente se refiere a -¡Cierra el pico! -exclamó la Reina, poniéndose
la Reina)"... me pregunto qué va a ser de ti" (eso: ¡qué violeta.
será de él!). "A ella le di yo una sola, y ellos le dieron a -¡No pienso callarme! -respondió Alicia.
él dos..." (eso debe de referirse a lo que hicieron con las -¡Que le corten la cabeza! -chilló la Reina.
tartas, creo) ... Nadie se movió.
-Sí, pero después si gue diciendo "lo mío ahora es
-¿A quién le importa lo que usted diga? -dijo Alicia
tuyo y pasó" -dijo Alicia.
(para entonces ya había alcanzado su tamaño completo)-.
-¡Y bien! ¡Ahí están! -dijo el Rey con aire triun­ ¡Todos ustedes no son más que un mazo de naipes!
fal señalando con el dedo las tartas que estaban sobre la
Cuando dijo esto todo el mazo se elevó en el aire y
mesa-. ¡Clarito, clarito! Y sigue eso de "antes que a ella
voló en dirección a su cara. Alicia pegó un chillido,
le diera el acceso"... Tú nunca tuviste accesos, querida, que
en parte de miedo y en parte de rabia, y pal­
yo sepa, ¿verdad? -dijo, dirigiéndose a la Reina.
moteó tratándo de sacarse los naipes de
-¡Jamás! -dijo la Reina con furia, arrojando un encima.
(:] )if...__,
tintero contra Guille mientras hablaba. Entonces se dio cuenta .ef;.,
(El desdichado Guille había dejado de escribir en su de que estaba recostada en la �
pizarra con el dedo al descubrir que no lograba dejar mar­ orilla, con la cabeza apoyada
cas, pero luego del impacto de inmediato volvió a escribir en la falda de su hermana, que e>
1,,,
aprovechando, mientras durara, la tinta que le goteaba suavemente le quitaba algu ­
por la cara.) nas hojas secas que habían
-Entonces, podemos decir que lo del acceso no tiene caído de los árboles y se le
seso -dijo el rey sonriendo y dirigiéndose al público. habían posado en la cara. & s.
Silencio mortal. -¡Vamos, despiértate, Alicita! -le decía la herma­
-Dije "lo del acceso no tiene seso". ¡Es un juego de na- j Qué siesta tan larga que dormiste!
palabras! -insistió el Rey, de malhumor. -¡No sabes el sueño que tuve! ¡Era tan raro! -dijo
Entonces todos se rieron. Alicia.
-Bueno, que el jurado considere su veredicto-volvió Y le contó a la hermana, lo mejor que pudo, todas
a repetir el Rey, por vigésima vez ese día. estas extrañas aventuras que acaban ustedes de leer.
Cuando terminó la hermana le dio un beso y le dijo:
-¡No y no! -gritó la Reina-. Primero la sentencia...
después el veredicto. -Ya lo creo que fue raro tu sueño, amorcito; pero
ahora vas a tener que ir corriendo a tomar el té, que ya es
-.¡Eso es un soberano disparate! -exclamó Alicia-.
tarde.
¡Cómo se le ocurre que primero hay que pronunciar la
sentencia y después el veredicto! De modo que Alicia se puso de. pie y empezó a co-

152 153
Lewis Carroll

rrer, y mientras corría pensaba que había sido un sueño


maravilloso.
La hermana, en cambio, se quedó sentada en la ori­
lla, con la cara apoyada en las manos, mirando la puesta
del sol y pensando en Alicita y en todas sus maravillosas
aventuras, hasta que por fin también ella se quedó dormida
y empezó a soñar. Y soñó algo así:
Primero soñó con la propia Alicita. La veía sentada
a su lado, con las manitos abrazando las rodillas y los ojos
brillantes fijos en los de ella ... Podía escuchar hasta la
mínima inflexión de su voz y observar ese gesto tan suyo
de sacudir la cabeza para apartarse el mechón de cabellos
· que siempre se le caía sobre los ojos ... Y mientras ella, en su
sueño, escuchaba, o parecía escuchar, lo que Alicita decía,
todo a su alrededor comenzó a poblarse con las extrañas
criaturas del sueño de su hermana.
La hierba crujió a sus pies cuando el Conejo Blanco
pasó corriendo... el Ratón asustado chapoteaba por la la­
guna... podía oír el tintineo de las tazas de té de la Liebre
de Marzo y de sus amigos, que compartían siempre la
misma merienda, y la voz chillona de la Reina ordenando
que les cortaran las cabezas a sus pobres invitados ... El
bebé-cerdo volvía a estornudar en la falda de la Duquesa,
mientras fuentes y platos se estrellaban con estrépito a
su alrededor... El aire se volvió a poblar con el graznido
del Grifo, el chirriar de la tiza de la Lagartija, y el sofocón
de los cobayos reprimidos, todo mezclado con los sollozos
lejanos de la Símil Tortuga.
Y así permaneció, sentada, con los ojos cerrados, y
sintiéndose casi en el País de las Maravillas, aunque sabía
bien que bastaba con volver a abrir los ojos para que todo
volviese a cobrar su aburrido aspecto de siempre: sólo la
hierba agitada por el viento y 1� laguna murmurando entre

154
Lewis Carroll

los juncos... El tintineo de las tazas de té sería sólo el cam­


panilleo del cencerro de las ovejas, los chillidos de la Reina
se convertirían en los gritos del pastor... y los estornudos
del bebé, los graznidos del Grifo y todos los demás ruidos
extraños serían sólo (lo sabía muy bien) el clamor confuso
y atareado de la granja... mientras los sollozos de la Símil
Tortuga se convertirían sólo en el mugir de las vacas a lo
lejos.
Por fin, trató de imaginar a esa hermanita suya Índice
convertida ya en mujer con el correr del tiempo, pero con­
servando, en su plena madurez, el corazón sencillo y tierno Capítulo I
de la infancia. La veía rodeada de otros niños pequeños, Cayendo por la madriguera .................................................. , ... , ......... 7
contándoles algún cuento extraño, que les hiciese brillar
con ansiedad los ojos, tal vez ese mismo cuento del País de Capítulo II
las Maravillas con el que había soñado ella misma tanto Un charco de lágrimas....................................................................... 19
tiempo atrás, capaz de compartir con ellos las pequeñas
penas y las pequeñas alegrías, recordando por siempre su Capítulo III
propia infancia y esos felices días del verano. Una carrera política y una historia que trae cola ........................... 29

Capítulo IV
Haciéndole mandados al Conejo ......................................................39

Capítulo V
Los consejos de una oruga................................................................. 53

Capítulo VI
Cerdo a lapimienta .... , ...................................................................... 65

Capítulo VII
Una merienda de locos ...................................................................... 79

Capítulo VIII
La cancha de croquet de la Reina ..................................................... 93

156
Capítulo IX
La historia de la Símil Tortuga........................................................ 109

Capítulo X
La Cuadrilla de la Langosta ............................................................ 121

Capítulo XI
¿Quién robó las tartas? . .. . .... . . .. ... .... ... . .... . . .. . . . . . .... . . . . . . . . . ........ . .. . . .. . . .. 133

Capítulo XII
El testimonio de Alicia ..................................................................... 145

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