Crónica de La Pimería Alta Francisco Eusebio Kino
Crónica de La Pimería Alta Francisco Eusebio Kino
Esta obra tiene el propósito de ser material de consulta libre y sin fines de lucro para todo público en general.
ÍNDICE
Favores celestiales
Prólogo
Primera parte [1687-1699]
Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Libro VI
Libro VII
Libro VIII
Segunda parte [1699-1702]
Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Tercera parte [1703-1704]
Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Cuarta parte [1705-1706]
Prólogo
Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Quinta parte
Libro I
Libro II
Libro II
Libro V
FAVORES CELESTIALES DE JESÚS Y DE MARÍA SANTÍSIMA Y DEL
GLORIOSÍSIMO APÓSTOL DE LAS YNDIAS, FRANCISCO XAVIER
El padre Alejandro Francisco Tivipucci, en la muy tierna devoción para con San Francisco
Javier, grande imitador del padre Marcelo Mastrilli, como se ve en la novena del dicho glorioso
Santo Apóstol de las Indias, dice estas palabras:
“No quiero deber esta mi salud a los medios humanos o fuerzas y virtudes de la medicina,
sino sólo a ti, ¡oh gloriosísimo protector mío!, San Francisco Javier, adelante de Jesús y de María
Santísima.”
Lo mismísimo diremos nosotros estos pobres hijos desta Pimería y desta tierra firme, y yo, y
los amantísimos padres e hijos de la cercana California, et noli nalorum et qui nasentur. Y
atribuiremos estas nuevas conquistas espirituales y temporales destas nuevas conversiones a los
favores celestiales destos referidos divinísimos protectores nuestros, más que a los medios
humanos o fuerzas militares de los presidios y soldados. Y repetiremos con el Rey Profeta:
Dominas virtutum ipse est Rex gloriae. Ps. 23; et exaltare Domine in virtute tua cantavimus et
Psalemus virtutes tuas. Ps. 20. (Cantemos, Señor, tus grandezas, tus virtudes, tus grandes
misericordias y tus favores celestiales y los de tus S[ant]”.)
Al gloriosísimo y piadosísimo taumaturgo y apóstol de las Indias, San Francisco Javier, todos
le debemos mucho. Yo le debo: 1.º La vida, que me la tenían desahuciada los médicos en la
ciudad de Hala, del Tirol, el año de 1669; y 2.º Le debo la entrada en la Compañía de Jesús; y 3.º
La venida a estas Misiones índicas. Y porque sé que debo y no sé si pago, pido y suplico a toda
la corte celestial y a todo el mundo universo me ayuden a darle los debidos agradecimientos de
tantos favores celestiales hechos al más indigno de todo el orbe.
Y con toda especialidad llamo aquí favores celestiales las admirables misericordias que
adelante de Jesús y de María recibimos deste gloriosísimo Apóstol de las Indias, en medio de
tantas contradicciones y oposiciones humanas que por disposición divina ha habido en la
reducción de tantas almas, que pasan de veinte mil. Y como decía el padre visitador Juan María
Salvatierra en su actual visita desta Pimería, cuando aquí a mediados de enero de 1691 años
hablamos juntamente muy de propósito de la conversión de la California, lo que entonces la
Santa Iglesia trae en el rezo de los Santos Tres Reyes: Apertum est nobis ostium magnum et cui
deos et adversaris multi. (Corint., 16.) Se nos ha abierto tan grande y evidente puerta para todo
este dilatadísimo norte desta América Septentrional, situada en su amenísima y fértilísima zona
templada, y pues los medios humanos han sido tan cortos, que muchas veces los que nos habían
de ayudar no lo han hecho y los que eran nuestros amigos se nos han vuelto contrarios, poniendo
en todo muchos imposibles y tratando de desbaratarlo todo.
Todo el bien se debe a los medios espirituales y a los referidos favores celestiales de Jesús y
de María y de San Francisco Javier, todo el Santo Convento de Nuestra Señora de los Reyes, de
Sevilla, en España y todo el Santo Convento de San José de Gracia, en la imperial ciudad de
México, como lo atestiguan sus largos papeles y nóminas, estampas y vitolas, en que nos apuntan
los santos socorros de fervorosas y continuadas oraciones, penitencias voluntarias y devociones y
piadosas obras con que esas santas comunidades y otras varias y muchos siervos y siervas de
nuestro Dios se sirven encomendar a Su Divina Majestad los buenos y felices progresos de estas
nuevas conversiones, y gracias al Altísimo, con estos celestiales favores de esta tan admirable
pacífica cristiana caridad, al presente se logrará más que con los medios ordinarios humanos y
con los trabajos militares de las armas y de las guerras, como hablando de liorna San Pablo lo
declara con estas palabras: Quamvis enim multis avota victoriis suis Imperis tui terra marique
protuleris minus tament, et quod tibi belicus labor sub duxit quam quod Pax Christiana subicit.
El mismo señor gobernador de las armas destas provincias, don Domingo Gironza Petriz de
Cruzat, todos estos años más ha querido valerse de su muy cristiana devoción para con su gran
Patrona Nuestra Señora del Pilar, y de otras piadosas obras y espirituales ejercicios, y de
caritativos ardides, de cristianas dádivas y muy católicas razones para con estos naturales
pimicos, que de sangrientas pasadas guerras, quedando con eso reducida la Pimería, y con ella
destruidos los enemigos jacomes y janos, y remediada, compuesta, sosegada y pacífica esta
infestada provincia de Sonora. Quién podrá ahora dudar si todos éstos no son los medios no
aguardados y no esperados con que, según estos años pasados tan acertadamente pronosticó otro
padre visitador destas Misiones de Sonora, se habían de remediar y sosegar estas provincias.
Gracias, pues, sean dadas a la Santísima Trinidad, gracias a Jesús y María Santísima, gracias
al gloriosísimo Apóstol de las Indias, San Francisco Javier, y a toda la corte celestial, de todos
los favores celestiales que en estas nuevas conquistas espirituales y temporales conversiones
hemos recibido y estamos recibiendo; gracias de los incomparables beneficios que esperamos
recibir en adelante, en el más alto y más ganancioso y más dichoso ministerio de cuantos hay en
el mundo, que es la venturosa suerte de la predicación evangélica, entre estos trabajos
apostólicos, como tan claramente lo dice el V. P. Pedro de Velasco, que, llamado de los
superiores para que, dejando las nuevas conversiones de Sinaloa, donde trabajaba tan
gloriosamente, fuese a leer Artes a México, les dijo que les ponía en consideración el agravio que
se hacía a la doctrina del cielo, que enseñó el Hijo de Dios y leyeron sus apóstoles y discípulos,
si le quitaban de enseñarla y leerla a aquellas necesitadas naciones por ocuparle en leer las
máximas terrenas de un filósofo gentil, que para él sería mortificación dejar el libro de los
Evangelios por los libros de Aristóteles, la Predicación de Cristo por los Predicables de Porfirio,
la explicación del catecismo de las verdades eternas y sólidas por las categorías de los sofismas
vanos y fútiles. Que viesen delante de Dios si las lenguas que ya había aprendido, y que otro no
podía aprender tan presto, pudiéndose emplear en catequizar gentiles y en instruir gentes
cristianas, no sería bien que se malograse con daño espiritual de tantas almas sólo por ocuparse
en leer lo que otros muchos en la provincia podían hacer, ya que él no haría falta, que él había
venido de Misiones, no para dejarlas, sino para representar su necesidad y buenos deseos de
volver a ellas, que estaba pronto para hacer lo que la obediencia determinase delante de Dios.
Hasta aquí el V. P. Pedro de Velasco, el cual volvió a sus insignes Misiones.
Ahora, oh Soberano Creador del cielo y de la tierra, que con vuestro infinito y divinísimo
amor y con vuestra celestial altísima providencia, y siempre muy acertada, dulcísima y suavísima
disposición, habéis permitido o procurado estas contradicciones y oposiciones humanas ludens in
orbe terrarum, y con igual amabilísimo, piadosísimo y paternal cariño nos habéis amparado y
amparais con tantos favores celestiales no permitáis ya que haya en adelante tanto olvido de
vuestro divinísimo y santísimo nombre en estas tan dilatadas tierras incógnitas: Nunquid
cognosentur in tenebris mirabilia tua aut justisia tua in terra oblivionis? Disponed que vengan
vuestros operarios evangélicos, y que con vuestros celestiales favores y con sus apostólicos
sudores, reduzcan todas estas naciones, con especialidad las más cercanas desta América
Septentrional, a vuestro santo conocimiento y divinísimo amor, para que os alaben con vuestros
escogidos los santos de la corte celestial por toda la eternidad. Ui prognoscamus in terre viam
luam, in omnibus gentibus salutare tuum, canfitcantur tibi populi Deu, confiteantur tibi populi
omnis, benedicat nos Deus, Deus noster, benedicat nos Deus et metuant (et diligant), te omnes
finis terrae (p. 66). Y feliciten estas bendiciones a mi benévolo lector como deseo. Amén,
Nuestra Señora de los Dolores, y diciembre 3, día del glorioso apóstol de las Indias, San
Francisco Javier, de 1699 años.
PRIMERA PARTE
[1687-1699]
LIBRO PRIMERO
Hace doce años, y va para trece, que, habiéndose suspendido la empresa de la conquista y
conversión de la California (a la cual asistí más de dos años con otros dos padres de la
Compañía, con el oficio de superior o rector y de cosmógrafo de Su Majestad, que Dios guarde),
me encuentro en esta dilatada Pimería, que tiene de largo norte-sur más de 100 leguas, y llega
desde la provincia y valles de Sonora hasta casi la provincia de Moqui, y otras tantas y aún más
leguas tiene de ancho oeste a este o de oriente al poniente, desde las tierras de los jocomes y
janos, yumas y apaches, y hasta el brazo de mar de la California. Pues con la ocasión de esta
suspensión, pedí al padre provincial, que lo era el padre Luis del Canto, licencia para venir a
estas gentilidades destas costas más cercanas a la referida California, y diciéndome su rey no
había limosna de Su Majestad para ello, dije que, dándome su rey licencia, yo la pediría a S. E.;
díjome que hiciera un informe a su Rev.; con él y con el suyo pidió y consiguió dos limosnas
para dos sujetos: con la una vine yo, desde luego, a esta Pimería, y con la otra vino después el
padre Adamo Gilg a los cercanos seris, y dichas limosnas se concedieron encargando el señor
fiscal de Su Majestad, que Dios guarde, don Pedro de la Castilla, que desde estas costas se viese
la mayor oportunidad que pudiese haber para después, desde acá, poder proseguir con la
conquista y conversión de la California. Salí de México en 20 de noviembre de 1686 años,
cuando acababa de entrar por provincial el padre Bernabé de Soto; llegué a Guadalajara, de
donde salí el 16 de diciembre, habiendo conseguido de la Real Audiencia la real provisión y real
cédula, inserta que va en el siguiente capítulo.
CAPÍTULO II.— Real provisión y real cédula que favorecen las nuevas conversiones
Por insinuación del padre provincial, Luis del Canto, y del nuevo padre provincial, Bernabé
de Soto, pedí y conseguí de la Real Audiencia de Guadalajara, del muy católico celo del señor
presidente, don Alonso Cevallos y Villa Gutiérrez, y del señor oidor, don Cristóbal de la Palma,
una real provisión para que en cinco años no se sacase el trabajo con sellos naturales algunos
adonde yo entrase a su conversión. Pedí esta real provisión en tan buen tiempo que acababa de
llegar de España la muy católica real cédula, que manda que en veinte años no se saquen con
sellos los recién convertidos a nuestra santa fe. La fecha de la dicha real cédula es de 14 de mayo
del dicho año de 1686, en Buen Retiro. Es tan en sumo grado católica y favorable a las nuevas
conquistas y nuevas conversiones, que pondré aquí algunos admirables párrafos de ella.
Dice, pues, nuestro catoliquísimo monarca, don Carlos II, que Dios guarde felicísimos años,
así:
Real cédula
“Por cuanto en mi Consejo Real de las Indias se tiene noticia de que a 24 leguas de México
empiezan las naciones de indios gentiles, y que se continúan por la provincia de la Nueva
España, Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo México, sin interpolación y que no se cuida de
su conversión, siendo ésta la primera y principal obligación de los ministros, en que debían poner
especialísimo cuidado y atención en que esto se haga sin que continúe el atraso y omisión que
hasta aquí se ha reconocido y experimentado, que para ello no se se necesita de convoy de
soldados por no mostrar resistencia por irse dando la mano unas naciones y tierras a otras, y
siendo este cuidado el primero de la obligación del Consejo, y tenerlo muy presente, como se lo
tengo encargado por la ordenanza octava, y deseando descargar su conciencia cuanto esté de su
parte por librar yo la satisfacción de la mía por cumplir con tan precisa obligación y aplicar todos
los medios, esfuerzos e instancias posibles, para que se ejecute cosa que es tan del servicio de
Dios Nuestro Señor, quien con su gran providencia por lo que en esas nuevas conversiones se
gasta de mi real Hacienda retribuye siempre crecidísimos y conocidos aumentos a mi monarquía,
y deseando cumplir con esta obligación, que la considero por la más principal de mi mayor
deseo, he acordado dar la presente, por la cual ordeno y mando a mi virrey de la Nueva España y
a los presidentes y oidores de mis Audiencias Reales de México, Guadalajara y Guatemala, y a
los gobernadores de la Nueva Vizcaya, que, luego que reciban esta mi real cédula, pongan
especialísimo cuidado y aplicación en que se vayan reduciendo y convirtiendo a nuestra santa fe
católica todas las naciones de indios gentiles que hubiere en el distrito y jurisdicción que
comprende la gobernación de cada Audiencia y Gobierno, disponiendo cada uno por la parte que
le toca que, desde luego, se trate de su reducción y conversión por los medios más suaves y
eficaces que se pueden disponer y discurrir, encargándolas a los eclesiásticos de su mayor
satisfacción, virtud y espíritu, que para materia tan esencialísima se requiere, dándoles para ello
las asistencias, favor y ayuda que fuere necesario y alentándoles a ello con la mejor forma que
les sea posible, ofreciéndoles de mi parte a todos los que nuevamente se fueren convirtiendo que
hasta pasados los primeros veinte años de su reducción no se les obligará a tributar ni a servir en
haciendas o minas, por ser ésta una de las cosas porque ruegan su conversión; y encargo a mis
ministros me avisen luego del recibo deste despacho y de lo que en su virtud se ejecutare y
estado que fuere tomando esta materia, para que con noticia de ello se den las órdenes que más
convengan para su continuación, por lo que deseo se ganen las horas posibles en materia de tanta
importancia y de tanto servicio de Dios y mío.—Fecha en Buen Retiro, en 14 de mayo de 1686
años.—Yo el Rey.”
CAPÍTULO III.— Mi llegada a estas Misiones de Sonora y primera entrada a esta Pimería con
el padre visitador Manuel González
Con esta real provisión y real cédula, que de su admirable católico celo se puede y debe
asombrar y edificar el orbe universo, vine por febrero de 1687 años a estas Misiones de Sonora,
pasé a Oposura a ver y hablar al padre visitador, que lo era el padre Manuel González; hallé en
su reverencia tanta caridad y un tan santo celo del bien de las almas, que su reverencia vino
luego en persona más de 50 leguas de camino en este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores,
que dista cinco leguas de la antigua Misión de Cucurpe, del rectorado de San Francisco Javier de
Sonora. Al venir pasamos por el Real de San Juan, y vimos al señor alcalde mayor, quien con la
suma atención que se estila dio el obedecimiento a la real cédula y a la real provisión, y viniendo
por el valle de Sonora vimos al padre rector de la Misión o Rectorado, que lo era el padre Juan
Muñoz de Burgos, y por el valle o pueblo de Opodepe, Tuape y Cocurpe, partidos o pueblos que
administraba el padre José de Aguilar, y en 13 de marzo de 1687, los tres poderes juntos a
Nuestra Señora de los Dolores del Bamotze o de Cosari, avisando un día antes a los naturales,
cuyo gobernador estaba ausente; no obstante, nos recibieron con todo amor, pues meses y años
antes habían pedido padre y el santo bautismo.
El día siguiente el padre visitador, dejándonos a los padres y a los hijos, con su muy paternal
despedida, se volvió hacia Opostura a las ocupaciones premisas de la Semana Santa,
insinuándonos al padre Aguilar y a mí que después viéramos si había oportunidad de entrar algo
más adelante a buscar puesto donde se hiciese otro segundo pueblo.
CAPÍTULO IV.— Entrada a San Ignacio de Caborica, a San José de los Himeris y a Nuestra
Señora de los Remedios
Con este aviso del padre visitador, luego aquel mismo día entramos al poniente, y a las diez
leguas de camino hallamos el muy buen puesto de Caborica, con gente afable, que por orden del
padre visitador le pusimos de San Ignacio, y tomando la vuelta por el norte hallamos otro buen
puesto, con bastante gente dócil y doméstica, que le pusimos San José de los Himeris, y al
oriente otro, también de indios trabajadores, que le pusimos de Nuestra Señora de los Remedios,
distante, al norte de Nuestra Señora de los Dolores, siete leguas; y en todas partes recibieron con
amor la palabra de Dios para el remedio de su eterna salvación; volvimos, gracias al Señor, con
bien y gustosos a Nuestra Señora de los Dolores. El padre Aguilar pasó a Cucurpe; yo empecé a
catequizar la gente y a bautizar párvulos; vino de tierra adentro el gobernador de Nuestra Señora
de los Dolores; con él y con otros despaché a varias partes remotas de esta Pimería diversos
recaudos y amigables convites para que procuraran ser también cristianos, que para ellos sería el
bien y la ganancia, que yo había venido para ayudarles en orden a que se salvasen eternamente.
CAPÍTULO V.— Primeras contradicciones que tiene esta nueva conversión
Ayudándome siempre muy mucho en todo la mucha caridad del padre José de Aguilar, de
parte de los naturales, por la divina gracia, iban las cosas con toda prosperidad, gusto y consuelo,
y con gustosos aumentos; pero de parte de otros no faltó la contradicción, que ha durado hasta el
día de hoy, y hubo un siniestro informe que se despachó al señor alcalde mayor del Real de San
Juan, de que estos naturales a la entrada del padre misionero se habían retirado lejos; llegaron
estas pesadas, pero falsas noticias, al padre visitador Manuel González, que desconsolaron
mucho su reverencia, y escribió a Tuape y Cocurpe para informarse de lo que pasaba. Recibimos
la carta de S. R. en Tuape, teniendo la Semana Santa con más de cien pimas de este nuevo
pueblo de Nuestra Señora de los Dolores los tres padres —el padre José de Aguilar, el padre
Antonio de Rojas y yo—; de los pimas eran como 40 recién bautizados párvulos y muchachitos,
que las señoras españolas del Real de Opodepe los estaban vistiendo ricamente y adornando con
sus joyas y mejores alhajas como a nuevos cristianos para la procesión de Gloria, con mucha
alegría de lodos, ni había habido lo más mínimo en la fingida retirada de los naturales, que tan
siniestramente se informó al Real de San Juan; todo lo cual escribimos al padre visitador para su
consuelo y firmamos carta los tres padres.
CAPÍTULO VI.— Segundas oposiciones y cizañas sembradas en la Pimería
Volviendo de la Semana Santa y Pascua de Tuape a Nuestra Señora de los Dolores, fui a San
Ignacio y a San José de los Himeris, que en todas partes las cosas iban con muy buenos auspicios
en lo espiritual y temporal, de doctrina cristiana, de principios de bautismo, de fábricas y de
sementeras. Pero en Nuestra Señora de los Remedios encontré la gente tan desconsolada, que por
lo claro me dijeron que ellos no querían ser cristianos ni querían padre misionero, y
preguntándoles el porqué, me dijeron: 1.º porque habían oído decir que los padres misioneros
mandaban ahorcar y matar la gente; 2.º porque los padres mandaban trabajar y sembrar tanto
para sus iglesias, que no daban lugar a que los indios pudiesen sembrar para sí mismos; 3.º
porque los padres metían tantos ganados, que se secaban los aguajes; 4.º porque los padres con
los santos óleos mataban a la gente; 5.º porque los padres engañaban a los indios con falsas
promesas y dichos, y que yo también decía siniestramente que traía carta o real cédula del rey
nuestro señor; pero que tal carta no traía, que si la tuviera la habría enseñado al señor teniente de
Bacanuche. Me desconsolaron muy mucho estas quimeras, cizañas y alteraciones; pero reconocí
luego de dónde podían haber venido, y aunque la real provisión con la real cédula inserta la
habíamos enseñado al señor alcalde mayor en el Real de San Juan el padre visitador y yo, que
bastaba a los dos días, 10 de mayo, pasé con las justicias de Nuestra Señora de los Dolores al real
de Bacanuche, que dista 20 leguas; enseñé la real provisión y real cédula al señor teniente, que lo
era el capitán Francisco Pacheco Cevallos, en quien hallé toda honra; le di parte de lo sucedido
en Nuestra Señora de los Remedios por los disparates que tan siniestramente habían hablado los
días antecedentes contra los padres, y poco a poco quedaron remediadas las cosas y las
calumnias de los malévolos y del común enemigo, y aun cuando no faltaban cuentos y riesgos
fingidos de algunos poco afectos, los naturales desta Pimería iban quedando tan inclinados a
nuestra santa fe, que desde más adentro, del Tupo, del Tubutanzas (Tubutama) y de otras partes
pedían padres y el santo bautismo.
CAPÍTULO VII.— El padre visitador Manuel González visita estos tres pueblos nuevos desta
Pimería, para la cual se piden y consiguen otros cuatro padres misioneros
Con las noticias de los buenos principios y bautismos de párvulos de esta nueva Misión de
Nuestra Señora de los Dolores se consoló tanto el padre provincial Bernabé de Soto, quien había
sido misionero muchos años, que me escribió trocaría S. R. de muy buena gana su oficio de
provincial con el mío de misionero, a trueque de poder bautizar algunos párvulos, que en la
provincia se perdía el tiempo y que por acá en misiones se lograba.
El 19 de enero de 1689 entró el padre visitador Manuel González a su primera visita destos
nuevos pueblos; entró a San Ignacio, a San José Cocospora, Nuestra Señora de los Remedios,
etc. Y hubiera entrado mucho más adelante, hasta la nación del Soba, si los atascaderos de las
quipatas y del río de San Ignacio no nos hubieran maltratado los caminos y atajado los pasos. En
Nuestra Señora de los Dolores le cuadró tanto la fábrica de la iniciada iglesia y casa, la doctrina
cristiana, el rezo de las oraciones, el libro de los bautismos, la escuela de los cantores, las
pingües tierras y sementeras, etcétera, que S. R. dijo y escribió no se había visto nueva Misión
que en tan breve tiempo gozase de tantas conveniencias y de tantos adelantamientos en lo
espiritual y temporal. De más a más, poco después pidió S. R. con el señor alcalde mayor, Blas
del Castillo, y consiguió de México otros cuatro nuevos padres para esta Pimería, y los señaló
para las cuatro nuevas Misiones siguientes: al padre Luis María Pineli para San Ignacio, Santa
María Magdalena y San Miguel del Tupo; al padre Antonio Arias para San Pedro del Tubutama
y San Antonio del Uquitoa, al padre Pedro Sandoval para San Lorenzo del Saric y para San
Ambrosio del Tucubabia, y al padre Juan del Castillejo para Santiago de Cocospera, para San
Lázaro y para Santa María. Que entraron e hicieron algún fruto en esta Pimería; pero las
contradicciones, oposiciones y siniestros informes de que no se necesitaban tantos padres, que
era poca la gente, atrasaron mucho y casi estorbaron del todo las coséis, y entró el Gobierno y
padre provincial y padre visitador nuevo.
LIBRO II
CAPÍTULO PRIMERO.— El padre visitador nuevo, Juan María Salvatierra, viene a visitar a
los cuatro padres desta Pimería en sus partidos
Habiendo entrado el Gobierno nuevo y por provincial el padre Ambrosio Oddón, señaló su
reverencia por visitador destas Misiones de Sonora y Sinaloa al padre Juan María Salvatierra,
que asistía en los Chinipas, y a mí, aunque indigno, por rector deste Rectorado o Misión de San
Francisco Javier de Sonora y desta Pimería, y habiendo S. R. oído tantos informes en pro y
contra desta Pimería, mandó al padre visitador Juan María Salvatierra que viniese a visitarla e
informase de ella. Vino el padre visitador a este partido de Nuestra Señora de Dolores en 24 de
diciembre de 1690, tuvo aquí la Pascua de Navidad y cantó la misa en esta nueva y capaz iglesia,
aunque no estaba del todo acabada, y después fue entrando más de 40 leguas de camino; y
visitando esta Pimería un mes entero, entramos desde Nuestra Señora de los Dolores a Nuestra
Señora de los Remedios, camino de siete leguas, pueblo que yo ya tomaba a mi cargo, pues la
gente quedaba ya muy desengañada de las cizañas que contra los padres se habían sembrado.
Pasamos al valle y pueblo de San José de los Himeris, camino de seis leguas, adonde estaban
entretanto el padre Pedro de Sandoval con 70 familias; bajamos a San Ignacio, tres leguas de
camino, y Santa María Magdalena y Tupo, adonde asistió el padre Luis María Pineli con mucha
gente en todas partes. Entramos a San Pedro del Tubutama (camino de 10 leguas desde el Tupo),
adonde asistía el padre Antonio Arias, y hallamos más de 500 almas; también vinieron a ver al
padre visitador algunos principales de la cercana nación del Soba, y como allí tuvimos la Pascua
de Reyes, les prediqué con el tema “Reyes de Saba venivut”, y se fue tratando de la reducción de
los pimas del Soba, que llegan hasta el mar de California al poniente y noroeste; pasamos al
Saric y Tucubabia, camino de diez leguas, adonde contamos más de 700 almas; que en todas
partes nos recibieron con todo consuelo suyo y nuestro. Casi en todas partes daban al padre
visitador párvulos a bautizar, y nos agasajaban con muchos bastimentos, etcétera.
CAPÍTULO II.— Nos vienen a encontrar desde el norte los sobaipuris y otros naturales
Nuestro intento era desde el Tucubabia salir de vuelta para Cocospera; pero nos vinieron a
encontrar unos propios o correos del Norte, de los sobaipuris de San Javier del Bac, más de 40
leguas de camino, y de San Cayetano del Tumagacori, con unas cruces que nos daban puestos de
rodillas y con grande veneración, rogándonos de parte de toda su gente que nos llegásemos
también a sus rancherías. Díjome el padre visitador que esas cruces que traían eran lenguas que
hablaban mucho y con mucha eficacia, que no podían dejar de ir a donde con ellas nos llamaban,
con lo cual subimos al valle de Guebavi, camino como de 15 leguas; llegamos a la ranchería de
San Cayetano del Tumagocori, adonde estaban algunos principales sobaipuris, que habían venido
20 y 25 leguas del norte. En San Cayetano nos habían prevenido tres ramadas, la una en que
decir misa, la otra en que dormir y la tercera para cocina; había más de 40 casas juntas, se
hicieron algunos bautismos de párvulos y a todos dio el padre visitador buenas esperanzas de que
conseguirían los padres y el santo bautismo y el remedio de su eterna salvación que pedían. Y
habiendo visto S. R. tanta gente tan dócil y tan afable, con tan lindos y tan fértiles y amenos
valles de indios trabajadores, me dijo estas palabras: “Mi padre rector: no sólo no se tratará de
quitar a esta Pimería alguno de los cuatro padres concedidos, sino que vendrán otros cuatro más,
y yo con la divina gracia procuraré ser uno de ellos.” Pasamos a la ranchería de Guevabi y al
valle y ranchería de Santa María, camino de 15 leguas, adonde estuvimos cinco días
catequizando y bautizando párvulos y adultos; vinimos a Cocospera y se entregó este nuevo
pueblo al padre Sandoval. En todos estos caminos el padre visitador y yo hablamos juntamente
de la suspendida California, y que estas tierras y valles tan fértiles desta Pimería podrían ser el
remedio de las tierras más corlas y más estériles de la California, de lo cual hizo informe para
México.
CAPÍTULO III.— Informe del estado desta Pimería del padre visitador para el padre provincial
Ambrosio Oddón y respuesta del padre provincial
En Cocospera estuvimos otros cinco días a finales de enero de 91 catequizando y bautizando
párvulos y adultos, que habían aprendido las operaciones y la doctrina cristiana, y escribiendo y
haciendo informe de lo visto para México, y para cual, en virtud de lo que escribió e informó el
visitador, y en virtud de mi carta, me respondió las siguientes palabras: “Agradezco a V. R. en
mi alma el celo santo con que entiende en el bien de aquellas almas con la relación e informe que
recibo del padre visitador Juan María Salvatierra. No hay que fatigarse que las cosas del servicio
de Dios tengan su oposición, tanto más sensible cuanto va revestida de celo y fundada en falso
juicio.”
Habiéndonos con su santa visita desta Pimería dejado instruidos y consolados a todos el
padre visitador, salió S. R. a la visita del Rectorado de los Santos Mártires del Japón,
encomendándome con su santo celo la reducción de los sobaipuris del norte y la de los sobas al
poniente, y en orden a la California la fábrica de un barquillo para poder pasar allá. S. R. se fue
después a su misión de Chinipas, y por acá fueron tantas las acostumbradas contradicciones y
oposiciones, que habiéndose llevado como siempre los jocomes, junos y sumas varias manadas y
caballadas desta provincia y de sus fronteras, se achacaron, aunque siniestramente, las maldades
a los pimas y se atrasó del todo su conversión y la venida de los padres misioneros.
CAPÍTULO VIII.— Entrada o misión al norte y al noroeste de más de 100 leguas hasta el río y
Casa Grande, y descubrimiento de las dos nuevas naciones, La Opa y la Cocomaricopa
Por noviembre de 1694 entré con mis sirvientes y algunos justicias desta Pimería hasta la
Casa Grande, que así la llaman estos pimas, y es el río caudaloso de Gila, que sale desde el
Nuevo México, y tiene su origen cerca de Acomia. Está este río y esta Casa Grande y sus
cercanas 43 leguas más adelante y al noroeste de los sobaipuris de San Francisco Javier del Bac.
A la primera ranchería del Tusonimo le pusimos la Encarnación, pues llegamos a decir misa allí
el primer domingo de Adviento, y porque nos vinieron a ver otros muchos indios de la ranchería
del Coatoydag, que estaba cuatro leguas más adelante, le pusimos de San Andrés, pues el día
siguiente era día del Santo Apostól. Toda era gente afable y dócil, y nos dieron noticias de las
dos naciones amigas que hay más adelante por todo el río abajo al poniente y al noroeste en el río
Azul, y más adelante en el río Colorado, que son la de los opas y la de los cocomaricopas, que
son de muy diferente, pero muy clara lengua, y como había algunos que sabían muy bien
entrambas lenguas, desde luego hice con facilidad un vocabulario y también mapa de aquellas
tierras, pesando el sol con el astrolabio. La Casa Grande es un edificio de cuatro altos, tan grande
como un castillo y como la mayor iglesia destas tierras de Sonora; dícese la dejaron y
despoblaron los mayores de Moctezuma, y, perseguidos de los cercanos apaches, salieron al
oriente o Casas Grandes, y de allí tiraron hacia el sur y suroeste, y fueron a fundar la gran ciudad
y corte de México. Junto a esta Casa Grande hay otras 13 menores, algo más caídas, y las ruinas
de otras muchas casas, que se reconocía que antiguamente hubo aquí una ciudad. En esta ocasión
y en otras después he sabido y oído, y a veces visto, que más al oriente y al norte y al poniente
hay otras siete u ocho destas casas grandes antiguas y las ruinas de ciudades enteras con muchos
metates y ollas quebrados, carbones, etc., y serían sin falta las siete ciudades que refiere el
apostólico varón fray Marcos de Niza, el cual, en su larga peregrinación, vino hasta el Bacapa,
ranchería destas costas que dista como 60 leguas desta Casa Grande al sudoeste, y está como 20
leguas de la mar de la California, y los guías o intérpretes darían a S. R. las noticias que trae en
su libro destas siete ciudades, aunque sin falta desde entonces y desde mucho antes estarían ya
despobladas. Los naturales pimas, opas y cocomaricopas quedaron muy consolados.
LIBRO III
CAPÍTULO III.— El V. P. sale a buscar una limosna para su nueva Misión y para la fábrica de
su nueva iglesia
Después, mediado noviembre, determinó el V. P. ir a recoger entre los demás padres de las
Misiones antiguas una limosna para su nuevo partido y fábrica de su iglesia. Yo le había
prometido, y le fui dando, cien cabezas de ganado mayor y otras tantas de ganado menor, 60
fanegas de trigo y de maíz, una manada de yeguas. Vino S. R. a Nuestra Señora de los Dolores y
pasó a Cucurpe, desde donde me escribió la siguiente carta el 15 de noviembre:
“El padre rector se ha consolado mucho de las buenas nuevas que le lie comunicado acerca
de los felices comienzos de mi misión, y me da amplia facultad para procurar mediante la
caridad de nuestros padres los aumentos de ella en lo temporal, para que lo tenga en lo espiritual.
No dejará V. R. con su fervorosa caridad y celo de rogar a Dios por el feliz suceso, que todo sea
a mayor gloria de Dios y bien espiritual de nuestros queridísimos hijos, a los cuales, si hubiere
ocasión, saludo de todo corazón.”
Hasta aquí el V. P., el cual luego pasó a los otros tres dilatados Rectorados, al de San
Francisco Javier de Sonora, al de San Francisco y Borja y al de los Santos Mártires del Japón, y
en todas partes, y con especialidad en Matape, reconociendo su tan buen celo, se le dio una
liberal limosna.
CAPÍTULO IV.— Tercera muy tierna carta del V. P. Francisco Javier Saeta, en la cual se
reconoce su más que paternal afecto para con sus hijos
El 19 de enero, desde el partido de Guepaca de Sonora, me escribió esta muy caritativa y
amorosísima carta:
“Remito a V. R. dos envoltorios; salgo para Matape y me voy dando mucha prisa, pues
grandes deseos que tengo de dar a V. R. mil cordialísimos amplexos y verme entre mis
queridísimos hijos, a los cuales con todo corazón y con todo amor saludo y abrazo, y doy por
bien empleados estos trabajos que he pasado para ayuda de ellos: Sit nomen Domini benedictum;
el señor gobernador y el capitán don Pedro de Almazán y el padre rector Manuel González se
encomiendan mucho a V. R. Perdone V. R. los pésimos caracteres, que estoy escribiendo con un
flechazo, y a Dios mi amantísimo Padre.”
Humilibus ex corde Xaverius Saeta. Ya el V. P. había pasado por Matape algunas semanas
antes, y ahora volvía a saber lo que se le daba y para cuándo, que fue una muy caritativa y
cuantiosa limosna del padre rector Marcos de Loyola, muy fino y muy celoso, amante y gran
bienhechor de nuevas conversiones.
CAPÍTULO V.— El V. P. vuelve a su Misión, y con otra carta declara el muy buen proceder de
sus hijos
A finales de enero de 1695, volvió el V. P. a su Misión de la Concepción de Nuestra Señora
del Caborca, muy consolado él y los hijos, alegrándose ellos mucho de ver que los pocos
sirvientes que habían salido con S. R. volvían ahora muy bien vestidos y diciendo cosas muy
nuevas de las Misiones que anteriormente nunca habían visto, y en donde recibieron en todas
partes mucho agasajo y más que si hubieran andado entre sus propios parientes. El consuelo del
V. P. lo indica la carta siguiente, de 4 de marzo de 1695, en la que dice:
“Mis hijos se ponen a los pies de V. R., a lo cual no puedo dar de ellos sino buenas nuevas.
Las justicias me recibieron corriendo en el camino y con igual alegría y consuelo al que
experimento yo con verlos y amplejarlos, como a mis deseados y queridísimos hijos; prosiguen
en asistir todas las mañanas a misa, y dos veces al día a la doctrina cristiana; así grandes como
pequeños trabajan con todo amor y se han hecho ayudar de otras tres rancherías del contorno,
que es del Unuicat, Bopota y Actun, cuyos gobernadores me han prometido que bajarán con su
gente a vivir conmigo en este pueblo como yo les he pedido. Si lo hacen, es cierto que será
mucha gloria de Dios y se podrá formar un pueblo de los mayores desta provincia; no faltará por
omisión de mis diligencias. He sembrado un amenísimo pedazo de huerta, en la cual están
plantados los arbolitos y sembradas las semillas de hortaliza para refresco de los navegantes de la
California.” Añade que daba ya principio a una buena estancia con sus corrales y con bastante
agua.
CAPÍTULO VI.— Otras dos cartas en que el V. P. declara su santo buen deseo de pasar a la
conversión de la California
Lo mucho que el V. P. deseaba y solicitaba aún a las nuevas conversiones ultramarinas de la
California, sácase de sus dos siguientes cartas, la una de 15 y la otra de 21 de marzo de 95 años;
en la una me escribe así: “Ayer, 14 del corriente, recibí la gratísima de V. R. de 2 deste, con el
indio Santiago, el cual me trajo las 60 cabezas de ganado menor para esta nueva Misión, que con
las 35 antecedentes son 115. Las 15 serán para nuestra querida California, como V. R. insinúa.
Dios pague a V. R. la caridad mientras de mi parte le doy los debidos agradecimientos de todo
corazón.”
En la otra carta, de 21 de marzo, dice así: “Con inexplicable consuelo mío y de mis hijos,
llegaron ayer, Domingo de Pasión, 20 del corriente, los vaqueros con el ganado mayor que V. R.
da para esta Misión, que son 100 cabezas, como V. R. me insinúa. Las otras cinco vacas pintas
quedan con el hierro de V. R., como es de su gusto, aplicadas a nuestra queridísima santa
ermitaña Rosalía de las Californias, a la cual estoy continuamente rogando a que Sit portus et
aura suis, para que pasemos un día a colocar con nuestras propias manos una estampa y con el
tiempo una estatua suya en aquel inocente y dichoso cerrito a ella dedicado.”
CAPÍTULO IX.— De otras muertes que hubo en San Pedro del Tubutama
Los alborotos y muertes que el V. P. avisa en su última carta, y se atribuían a los jocomes, no
eran sino de los mismos tubutamas, y después también de algunos otros disgustados y muy
alterados e irritados con algunos malos tratos y rigores nuevos y antiguos, y aun con algunas
muertes del poniente y del norte. Y esos alborotados fueron a dar en la Concepción con la
destrucción de casi toda la Misión, las tres muertes que hubo en el Tubutama en 29 de marzo,
cuatro días antes de la muerte del V. P., que fueron las de tres indios ópatas, la de Antonio el
vaquero del Tubutama, y la del Martín y la del muchacho Fernando, que venían de vuelta de la
Concepción. Conocidamente las hicieron y cometieron los tubutamas por el riguroso colérico
trato con que repetidas veces el referido indio Antonio, opata, maltrataba y aporreaba a los indios
pimas del Tubutama. Y el mismo día 29 de marzo, Martes Santo, derribó en el suelo y a
espolonazos hirió al caporal de la estancia, el cual dio estos gritos: “¡Ah parientes! ¡Que me mata
este opata!” Con lo cual los demás pimas le tiraron dos flechazos; púsose, no obstante, a caballo,
y huyó al pueblo; le siguieron y le mataron a él y a los otros indios ópatas referidos; despojaron y
quemaron la casa e iglesita del V. P.; mataron mucho ganado mayor, que el V. P. había salido
pocas horas antes para San Ignacio y para Cucurpe. La noticia de todo esto, y parece que algunos
destos alborotos, pasaron a la cercana ranchería de San Antonio del Uquitoa, que dista ocho
leguas al sudoeste, y los disgustados que allí había con otros, en total como 40, trataron de
ejecutar lo propio, que dista como otras 12 leguas, y cooperando el común enemigo y otros sus
secuaces al total atraso de nuestra santa fe, el primer día de abril bajaron éstos como 40
malévolos a San Diego del Piquín, que dista tres leguas de la Concepción; determinaron ejecutar
la madrugadita siguiente las sacrilegas maldades que en la persona del V. P. y en sus bienes, y en
sus cuatro sirvientes ópatas y forasteros, tan bárbaramente ejecutados.
CAPÍTULO X.— Dichosa y gloriosa muerte del V. P. Francisco Javier Saeta y de sus cuatro
sirvientes y despojo de su casa
El día 2 de abril de 1695, Sábado de Gloria, al salir el sol, entraron en la casa del V. P. los
referidos como 40 malévolos de San Antonio del Uquitoa, al parecer en paz, pero con sus arcos y
flechas; hablaron con el V. P. y el V. P. con ellos, y los despidió amigablemente; salieron y llegó
el V. P. con ellos hasta la puerta de la capaz sala, adonde luego el V. P. reconoció su mal intento
de los sacrilegos, y aunque el V. P. llamó al capitán de la Concepción, pero que de miedo de la
gente armada no acudió luego; el V. P. se puso de rodillas en la misma puerta de su sala (que era
la que todavía servía de iglesita) a recibir, como recibió, los dos flechazos, y levantándose con
ellos entró a abrazarse con un muy lindo Santo Cristo de bulto que había traído consigo desde
Europa, y sentándose sobre una caja por la flaqueza y dolor, y después sobre la cama, y
desangrándose, dio su dichoso espíritu al Soberano Criador.
También mataron estos crueles bárbaros a los cuatro sirvientes del V. P. El uno se llamaba
Francisco Javier, era natural de los Ures, servía de intérprete y estaba casado con una india pima
de esta Pimería llamada Lucía, natural de la ranchería grande de Mototicachi, que tan sin causa
se destruyó el año de 1688, llevando más de 20 presos de ella al real que llaman de los Frailes y
apeloteando más de 50 naturales, sólo por las siniestras sospechas de que estos naturales hacían
los robos de caballadas y hostilidades desta provincia, siendo en particular ahora tan notorio que
siempre los han hecho los jocomes, janos, yumas y apaches revueltos, y no estos tan perseguidos
pobres pimas desta dilatada Pimería de por acá; por eso mandó su excelencia que dichos presos
se restituyeran a su libertad y a su nación, con lo cual vino dicha Lucía a dar a este pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores, adonde casó con el referido Francisco Javier. El tercero fue un
sabanero natural de Cumpas, llamado Francisco. El cuarto otro muchacho natural de los Ures,
llamado Fernando, que había ayudado a llevar el ganado a la Concepción. Los bárbaros
despojaron la casa del V. P., mataron y desparramaron el ganado mayor y menor y la caballada,
y se fueron dejando llorosos a los de la Concepción. De hoy a cuatro o cinco días llegó el
gobernador del Bosna a la Concepción, a quien yo había despachado a saber con individualidad
de todo lo sucedido, y como encontró los cuerpos de los muertos que se corrompían, los quemó
por no poderles dar otra sepultura. Junto al cuerpo del V. P. halló el Santo Cristo que ya me lo
traía; pero como en el camino encontró a los soldados del presidio, se lo quitaron.
CAPÍTULO XI.— Entrada del Presidio desta provincia a Sonora a castigar a los delincuentes y
a sacar el cuerpo del V. P.
Con los avisos que luego despaché a los superiores y a la real justicia, acudió y vino al
instante el señor gobernador de las Armas, don Domingo Gironza Petriz de Cruzat, con los
soldados de su presidio, y con muchos indios amigos y con el padre Agustín de Campos y con el
padre Fernando Bayerca, para el castigo de las maldades y a sacar el cuerpo del V. P. entrando a
la Concepción (por haberse en todas partes por allá huido la gente de miedo de los soldados, que
nunca los habían visto), habiendo matado a un muchacho y apeloteado a una india, y sacado tres
presitos que toparon, sacaron los huesos y cenizas del V. P. y varios papeles y libros y otros
trastecillos, y de vuelta vino el señor gobernador a tener el día de la Santa Cruz de Mayo en esta
nueva iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, confesando y comulgando por la mañana. Y la
tarde pasamos todos al cercano pueblo de Cucurpe, llevamos los huesos y cenizas del V. P., y el
señor gobernador quiso con mucha edificación de todos llevar de diestro la mula que llevaba el
cajoncito en que iban dichos huesos del V. P. El día siguiente fue el entierro, cantando la misa el
padre rector de este Rectorado de Nuestra Señora de los Dolores, que lo era el padre Marcos
Antonio Kappus.
CAPÍTULO XII.— Segunda y nueva entrada del presidio y nuevos y mayores alborotos que
antes
Por haber huido lejos por miedo del presidio toda la gente del Tubutama y de sus contornos y
la de la Concepción, y mucho más los delincuentes de San Antonio del Uquitoa, el señor
gobernador de las armas era de parecer que se aguardase un poco, y al descuido se hiciese el
castigo de los principales delincuentes, cooperando a eso los demás pimas buenos y que no eran
culpables ni cómplices de las maldades, pero otros instaron para que luego se volviese [a] hacer
un gran castigo; volvió a entrar el capitán del presidio, llamamos la gente con los delincuentes
del Tubutama a hacer las paces, entrando los buenos y justicias a buscar y llamar a los
delincuentes; vinieron todos con cruces y sin armas, pero se mataron todos, entre malos y
buenos, más de 50, el capitán del Bosna y al gobernador del Tupo, que con suma fineza y lealtad
habían trabajado y caminado tanto para ir a traer a los delincuentes y cooperando a su castigo.
Con tantas muertes de tantos inocentes, que sólo cinco o seis eran los delincuentes que allí había,
se irritaron y alborotaron en tanta manera los parientes de los difuntos, que habiéndose también
retirado o salido el presidio, quemaron la casa o capilla de San Ignacio y de San José de los
Himeris y de Santa María Magdalena y de la Concepción, que en la muerte del V. P. no la habían
quemado, profanando los ornamentos y destruyendo cuanto había de bastimentos y ganados y
caballadas. Y se tuvo a dicha que el padre Agustín de Campos, con los seis soldados que le
habían quedado de escolta, saliesen vivos a Cucurpe y Odope, y nos vimos todos en grandes
aprietos. Yo envié los recaudos que pude de sosiego a todas partes, y por la divina gracia no pasó
el mal adelante.
CAPÍTULO XIII.— Tercera entrada de tres presidios, con 150 hombres y con muy muchos
indios amigos de todas partes, aun de Hiaqui
Por julio y agosto entraron después de tres campos o presidios con 150 hombres y con 200
cargas de bastimentos y con muchos indios amigos de todas partes, y aun de la misma Pimería
del norte, pues demás deste presidio de Sonora entró el presidio de Janos con el general Juan
Fernández de la Fuente. Item el presidio del Gallo, con el general don Domingo Therán, pasando
estos dos presidios por las tierras de los hocomes y enemigos janos para venir a esta Pimería,
entre las cuales en el cerro de Chiri Cagüi hallaron casi todos los despojos de los muchos robos
que todos estos años se habían hecho en esta provincia de Sonora y sus fronteras, muchos
arcabuces, espadas, dagas, espuelas, cojinillos, sillas, botines, que muchos tan siniestramente
habían achacado a los pimas sobaipuris. También se hallaron los pedazos del clarín que quitaron
al clarinero del general Quirós; y muy frescos, y se hallaron entre estos jocomes, los despojos del
soldado Juan de Ochoa, al cual pocas semanas antes habían llevado preso y vivo, matándole sus
otros tres compañeros en el camino entre Guachinera y Guazabas; y rescatándose muchos de los
referidos despojos, arcabuces, sillas, se les dieron unas pases interinas mientras se venían a la
Pimería, en la cual se adelantó el general don Domingo Therán, entrando al Tubutama de noche,
sin que lo supieran los otros dos presidios; y mató 15 o 16 pimas, con lo cual se huyó en todas
partes la gente, siendo así que estaba muy pronta a entregar los reos al merecido castigo. Los
presidios, con los indios amigos, subieron del Tubutama al Saric, y bajaron hasta la Concepción,
camino de más de cuarenta leguas, gastando el tiempo de muchas semanas sin fruto por estar
siempre toda la gente muy retirada, hasta que la mucha cordura, gran experiencia y muy cristiano
celo del general Juan Fernández de la Fuente, reconociendo que en estos pimas no había
alzamiento, pues en todo este tiempo no se resistieron, o opusieron, o dieron guerra a nadie en
ninguna parte, sino que sólo estaban retirados y huyéndose de miedo de las armas, trató de que se
hicieran las paces con cargo y condición que los mismos pimas y sus principales capitanes y
gobernadores se obligasen a entregar a los principales delincuentes en la muerte del V. P.
Francisco Javier Saeta, y admitieron gustosos la propuesta los pimas.
LIBRO IV
CAPÍTULO III.— Otras cartas de otros padres graves que prometen y aseguran el mismo
dichoso copioso fruto
El padre rector del Colegio de Oposura, Manuel González, en 11 de mayo, escribió así: “Con
el de V. R. recibí el papel del padre difunto Francisco Javier Saeta, que Dios Nuestro Señor tenga
en su santa gloria, papel de mucha edificación, escrito pocos días antes de su muerte. He
considerado y considero a V. R. en tan lastimoso y desgraciado suceso como el de nuestros hijos
los pimas, en tanto desconsuelo, que quisiera significarlo en lugar de tinta con lágrimas de la
sangre de mi corazón, mas me consuela el conocer a V. R., que sabe cuán altos y escondidos son
los justos santos juicios de Dios Nuestro Señor, que con toda nuestra alma y corazón debemos
adorar y venerar. Buen ánimo, mi amantísimo padre que Dios Nuestro Señor sabe sacar mucho
bien del mal. ¡Cuánto ha trabajado V. R. por el bien de esos pobres! ¡Cuán bien llevaba tan santo
negocio, y cuán adelante le tenía, ya todo el mundo lo sabe!” Y después prosigue S. R.: “Ruego a
V. R. por el amor de Dios Nuestro Señor y de su Santísima Madre, Nuestra Señora de los
Dolores, que V. R., en tanto dolor, se ponga a los pies de esta Señora Nuestra, y se lo ofrezca
todo, conformándose en todo con la divina voluntad, confiando mucho en la divina bondad, que
cuando a su Divina Majestad plugiere se compondrá todo para mucha honra y gloria suya y bien
de todos esos pobrecitos hijos de nuestro corazón. Dios se duela de ellos y me guarde a V. R.”
Hasta aquí el padre rector Manuel González.
En 9 de junio me escribió desde su Santo Colegio de Guadiana el padre rector, Antonio Leal,
la siguiente carta: “Yo tenía muy grande consuelo con las gustosas noticias que el padre visitador
me había hecho caridad del progreso y aumento de la cristiandad en la Pimería, con la entrada de
V. R. de 150 leguas al norte y el gran número de gentiles que ansiosos pedían las aguas del santo
bautismo, pero como podía tanta facilidad no tener emulación, y como podía el demonio dejar
que se le escapasen tantas almas que tenía por suyas sin hacer sus poderíos para impedirles el
paso. Mucho he sentido y todos lo sienten mucho que haya habido esa revolución entre esos
pobres, aunque espero en Nuestro Señor que no habrá sido en todas partes. No obstante, mi
padre, cuando la fe de Dios no ha tenido semejantes rebatos, no por eso se ha acabado, y aunque
morían los apóstoles-discípulos de Cristo, y en todos los siglos sus sucesores, los que quedaron,
sicaro infirma psiretus promto, han vuelto a encender el fuego del Espíritu Santo, levantándolo
de las más muertas cenizas. V. R., por quien es, no desista, que la sangre de nuestro hermano ha
de ser el riego con que más crezcan esas nuevas plantas, y en el cielo será patrón de esas pobres
almas. V. R. ha sido y será su apóstol, y será gran compasión que por unos padezcan otros. ¡Ea,
mi padre, no se ha de perder la sangre de Cristo! V. R. no se desanime con lo sucedido, pues es
causa de Dios y Dios volverá por ella y asistirá a V. R., a quien le pido me le guarde muchos
años, y a V. R., pues que siempre he sido su compañero en deseos que no me ha concedido
Nuestro Señor la ejecución, que me haga participante de sus trabajos.” Hasta aquí el padre rector
Antonio Leal, con sus muy paternales alientos. Casi lo propio me escribe el padre rector del
Colegio de Matape, Marcos de Loyola, que como misionero muy experimentado así en Misiones
nuevas como en Misiones antiguas, dice que “Nuestro Señor debe de querer esta Pimería para
alguna cosa grande, pues permite que sea abatida y contradecida con tantas oposiciones”. Y en
otra carta, aún antecedente a estas alteraciones, de 26 de febrero de 95, con más anticipado
pronóstico, dice así: “Ello es que V. R. no le han de faltar oficiales que le labren la corona de la
eternidad. Dichoso V. R. que tiene ocasión de ganar tanto en el cielo; harta envidia le tengo a V.
R., pues, según las cosas andan, ha de consolarse en todas, pues es del bando de Dios, y está
haciendo sus causas: no hay que desanimarse por eso, sino esperar en Dios, que de todo ha de
sacar muchísimo fruto y bien.” Hasta aquí el padre rector de Matape, Marcos de Loyola. Y
mucho de esto han escrito y han dicho otros muchos padres.
CAPÍTULO IV.— Otras cartas de tres señores tenientes desta Pimería acerca de la dichosa
muerte del V. P. Francisco Javier Saeta
El capitán Pascual de Picondo, que pocos meses antes había sido teniente del real de
Bacanuche y desta Pimería, me escribe lo siguiente: “Yo considero el fallecimiento del V. P.
Francisco Javier Saeta por una de las mayores glorias que se pueden desear, que muchos han
deseado morir por Nuestro Señor Jesucristo, y en semejante ministerio, y no lo han conseguido.
Dichoso una y mil veces el padre Francisco Javier Saeta, que consiguió de Nuestro Señor que se
bañara en sangre la estola, y hoy considero toda esa Pimería floreciente y que ha de dar sazonado
fruto para la troja de la Iglesia. Y alégrense los reverendos padres pímicos y dénse semejantes
parabienes, que tiene un compañero mártir en el cielo, que es y será su abogado con Nuestro
Señor Jesucristo para que se logre su santo deseo y trabajos.” Otra semejante carta me escribió su
sucesor en el cargo, el capitán José Romo de Vivar, desde el real de Bacanuche, y el general don
Pedro García de Almazán desde el real de San Juan, quien era muy grande amante del V. P.
desde que cuatro meses antes de su dichosa muerte hospedó en su casa del real de San Juan,
cuando predicó en las fiestas de Nuestra Señora de la Concepción; y después de otras finísimas
cartas en la materia, nuevamente me escribió el actual teniente desta Pimería, Juan Matheo
Mange, sobrino del señor gobernador de las armas desta provincia de Sonora, en 19 de
septiembre de 95, lo siguiente: “He estimado saber de la ida de V. R. para México. El Soberano
Señor le dé buen viaje y buen acierto en todo y le traiga con bien acompañado de fervorosos y
apostólicos ministros para esta Pimería y viña del señor, que mediante la sangre del
fervorosísimo padre y mártir Francisco Javier Saeta se va fertilizando esa mies de almas, y con el
tiempo ha de ser la más florida como sucede en los campos, que mediante el riego se fertiliza la
tierra para que sirva en su lozanía la mies del trigo. Y no será esta inocente sangre del V. P.
mártir como la otra de Abel, que pedía venganza, sino que ésta será un manantial de súplicas y
clamores por la conversión de esas gentilidades, y por el arrepentimiento, que no saben lo que
hicieron, como los otros que crucificaron al mismo Cordero Jesús, y los que le vuelven a
crucificar contradiciéndole y estorbando esas nuevas conversiones. Pero me consuela que yendo
V. R. a México negociará ministros, etc. Me alegro de la venida de los gobernadores del poniente
de la nación del Soba a Nuestra Señora de los Dolores, pues veo empieza a hacer fruto la sangre
derramada”, etc. Hasta aquí esto y mucho más el capitán Juan Matheo Mange, teniente actual
desta Pimería, quien con muy cristiano celo e igual valor en varias ocasiones hizo conmigo
diversas entradas.
CAPÍTULO V.— Otra carta con el ejemplo universal de las demás nuevas conversiones, que
también todas empezaron con el derramamiento de sangre de sus ministros o misioneros
El padre Antonio Menéndez, rector de la Misión de San Ignacio de Mazo de Hiaqui, en 2 de
julio de 1695, desde su santo Colegio de Conicari, me escribe lo siguiente: “En Hiaqui recibí el
de V. R. con la pena que se deja entender de lo sucedido en la nueva conversión que ya me sabía,
ya a mi solas consideraba lastimadísimo el corazón de V. R., pues por todos caminos se opone el
común enemigo para estorbar y embarazar lo que es de la gloria de Dios. Buena señal, mi padre,
que todas esas nuevas conversiones empiezan con sangre de ministro para cultivarse, pues es
señal de perseverancia y buen acierto; así fue la de Sinaloa con el padre Tapia, la de Chinipas
con los dos padres Julio Pascual y Manuel Martínez, la de Tepehuanes con siete gloriosos
padres; la de taraumares antiguos, con la sangre del padre Cornelio y con la del padre Jacobo
Basilio, y ahora la nueva conversión de taraumares nuevos con el padre Toronda y el padre
Manuel Sánchez. Conque, mi padre, buen consuelo, que Dios quiso que fuesen primicias de esa
conversión los fervores del padre Francisco Javier Saeta”, etc. Hasta aquí el padre rector Antonio
Menéndez. Y bien patentemente vemos los referidos frutos en la reducción de tantas almas que
con tanta constancia cuda specificare possens mortes quo ano quo loco, &, Treatrum libeborum
S. J. Ya desde tan remotas partes vienen a pedir el santo bautismo en medio de tantas
oposiciones.
CAPÍTULO VI.— Vaticinios del mismo V. P. Francisco Javier Saeta de glorioso y muy deseado
martirio
Muchos que en la navegación de España hasta Veracruz y en México han venido y
conversado con el V. P., han estado y están con tan frescas memorias de las muchas veces que
con singular ternura hablaba de su gran deseo de derramar la sangre y dar la vida por la fe por
medio de un dichoso santo martirio, que desde México a estas Misiones se lo escribían, haciendo
a menudo expresa mención de aquellos sus santos vaticinios. Una carta larga de éstas, que para
en mi poder, trata muy expresamente de sus santos presagios; llegó algunas semanas después de
su dichosa muerte, y se escribió en México casi al mismo tiempo que acá en la Concepción el V.
P. lograba su deseada corona del martirio, del cual yo mismo le he oído hablar con singular
ternura, añadiendo repetidas veces muy expresamente aquellas palabras de San Juan Bautista:
Posuit meut sagitam elletum, acudiendo su apellido Saeta, que en latín se dice sagita y en
Castilla felecha. Y la carta que el V. P. me escribió desde Guepaca en 19 de enero de 95 la acaba
con estas palabras: “V. R. perdone el pésimo carácter, que escribo ésta con un flechazo.” Cuando
el V. P. los últimos meses salió a recoger una limosna para su Misión, al entrar, despidiéndose de
varias personas, como que iba a morir, les decía: “¡Adiós, hasta el cielo!” Y siempre Nuestro
Señor, con su propia Santísima Sangre y con la sangre de sus muy queridos y más íntimos
ministros, ha dado el aumento a su Santa Iglesia. Plantaverunt Eclesiam tuam sangine suo e
sanguis marturum semen Chistianorum; con lo cual bien dijo un padre visitador, Horacio Polici,
que la muerte del V. P. Francisco Javier Saeta era una perla para la Compañía.
LIBRO V
CAPÍTULO PRIMERO.— Mi ida a Méjico para conseguir padres misioneros para esta Pimería
Desde que el año pasado, y antes cuando de estas costas desta Pimería dimos vista a la
cercana California, pedí y conseguí licencia del padre provincial, Diego de Almonacid, de ir a
México a tratar con S. R. y con S. E. de la conversión de la California y destas dilatadas nuevas
tierras de esta tierra firme. Pero estorbaron mi ida la real justicia y algunos padres y los señores
tenientes y señores vecinos desta provincia, informando a México que yo haría falta por acá, y
que yo hacía más que un presidio bien gobernado, etc. Pero este año de 1695, con haber visto las
tan cristianas paces que se habían asentado en 30 de agosto en esta Pimería, y ser la mies de
almas tan cuantiosa, tan dilatada y tan madura, aunque algunos se me opusieron, determiné
valerme de la licencia, casi orden, que yo tenía del padre provincial y pasar a México para el bien
de tantas y tan necesitadas almas, y saliendo de estas Misiones de Sonora en 16 de noviembre de
1695 años, en siete semanas, camino de 500 leguas, llegué a México el 8 de enero de 1696. Fue
Dios servido que yo pudiese decir misa todos los días deste viaje, y las tres de la Pascua de
Navidad las dije en la nueva iglesia de Nuestra Señora de Loreto, de Guadalajara. El mismo día
que yo llegué a México llegó por otro camino el padre Juan María Salvatierra, y por la mañana
se había abierto el nuevo Gobierno, habiendo entrado por provincial el padre Juan de Palacios;
llevé conmigo a México al hijo del capitán general desta padre provincial nuevo y de su
antecesor y de S. E. y del conde de Galve y aun de la señora virreina, que se alegraron de ver
gente nueva que venía de partes y tierras tan remotas.
En cuanto a la California, ni yo ni el padre Juan María Salvatierra, por varios accidentes,
conseguimos entonces el intento, aunque después lo consiguió el año siguiente el padre Juan
María con la venida del nuevo señor virrey, conde de Valladares. En cuanto a los padres para
esta Pimería, conseguí del nuevo padre provincial, Juan de Palacios, cinco aunque después los
siniestros o no informes y contrarios pareceres de los menos afectos lo atrasaron todo o casi todo
como siempre.
CAPÍTULO IV.— Varias entradas al nordeste y al norte por orden del padre visitador, Horacio
Polici, y entrega del partido de Cocospera al padre Pedro Ruiz de Contreras
No obstante, para que se fuesen asegurando y averiguando las cosas, el padre visitador,
Horacio Polici, me mandó hacer varias entradas, en las cuales hubo sus pláticas y enseñanzas de
doctrina cristiana y vida algo política, y los muy reducidos hijos me dieron muchos párvulos a
bautizar.
El 10 de diciembre entré a San Pablo de Quiburi, camino del norte de 50 leguas, pasando por
Santa María y por Santa Cruz del Río de San José de Terrenate: llegué a Quiburi a 15 de
diciembre con los paternales saludos del padre visitador, que envió a esta principal y gran
ranchería, pues tiene más de 400 almas juntas y su fortificación o cerca de tapia por ser fronteriza
de los enemigos jocomes. Y con la doctrina cristiana, el principal capitán, llamado El Coro, me
dio su hijito a bautizar, y se llamó Horacio Polici; y el gobernador, llamado El Bajón, y otros, me
dieron sus párvulos a cristianar. Dimos principio a una casita de adobe para el padre dentro de la
fortificación, y luego después metí un poco de ganado mayor una manadilla de yeguas para
principio de una estanzuela.
En 13 de enero de 1697 entré a los sobaipuris de San Javier del Bac; llevamos ganado mayor
y menor y una manadilla de yeguas, y se dio principio a la estanzuela de San Luis del Bacuancos,
con 60 reses; también había ganado menor en San Cayetano, que lo habían traído los leales hijos
del V. P. Francisco Javier Saeta, recogiéndolo en la Concepción en tiempo de los alborotos de
95; juntamente se metió algún ganado mayor en San Javier de Bac, donde fui recibido con todo
cariño de los muchos hijos de la gran ranchería y de otros muchos principales que habían
acudido de varias partes circunvecinas; se les habló la palabra de Dios, hubo bautismos de
párvulos y principios de buenas sementeras y cosechas de trigo y de maíz para el padre ministro,
que pedían y esperaban recibir.
En 17 de marzo de 1697 entré otra vez a San Pablo de Quiburi, tomé la vuelta por San
Jerónimo, por San Cayetano y por San Luis, mirando en todas partes por lo espiritual y lo
temporal de los hijos, bautizando algunos párvulos y enfermos y consolando a todos con los muy
paternales recaudos del padre visitador, y aun del señor alcalde mayor y gobernador de las
armas, avisándoles juntamente a que estuviesen prevenidos a ir con los señores soldados a la
entrada contra los enemigos de la provincia jocomes, janos, sumas y apaches. También al mismo
intento y fin entré otra vez a San Pablo de Quiburi; en 17 de abril me recibieron con cruces y
arcos puestos en los caminos.
En este tiempo entregué el partido de Cocospera y Santa María al padre Pedro Ruiz de
Contreras, con ornamento entero o recaudo para decir misa, buenos principios de iglesia y casa
algo amueblada, con 500 cabezas de ganado mayor y casi otras tantas de ganado menor, con dos
manadas, caballar y bueyes, sementeras, etc.
CAPÍTULO V.— Los principales capitanes y gobernadores desta Pimería pasan a Santa María
de Baseraca a ver al padre visitador y pedir padres, camino de más de 100 y de más de 150
leguas
Fueron tantas las ansias de conseguir padres misioneros que tuvieron los hijos desta Pimería,
que determinaron pasar a Santa María de Baseraca a pedirlos al padre visitador. Algunos habían
venido las 50, 60, 80, 90 y 100 y más leguas de camino para llegar a Nuestra Señora de los
Dolores, y otras como 100 leguas de camino había hasta Santa María de Baseraca, y como ellos
jamás habían salido tantas leguas de su tierra, pasé con ellos por Sonora en el real de San Juan,
en Oposura y Guazavas; por donde pasamos nos hicieron todo agasajo, así los señores seglares
como los padres. En 6 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario, llegamos a Santa María de
Baseraca; fuimos recibidos con mil cariños y con tanto consuelo del padre visitador, Horacio
Polici, que S. R. el día siguiente cantó una misa solemne a los santos tres reyes, que fueron los
primeros gentiles que vinieron [a] adorar al Mesías, Primiti de Gentium; y S. R., con varios
exámenes, aún ocultos, que hizo y mandó hacer, quedó tan satisfecho de la gran lealtad de estos
pimas, que escribió una muy fina carta al señor gobernador de las armas para que se fomentase la
Pimería y se procurase conseguirle los padres que necesitaba y merecía, que con eso se
conseguiría la quietud de la provincia y que se quitarían los enemigos jocomes y janos, etc., los
cuales se retirarían al oriente. Que todo se verificó después al pie de la letra, y que entrasen unos
soldados en la Pimería siquiera hasta Quiburi, a ver con sus ojos el estado bueno de las cosas y la
madurez de la muy cuantiosa mies de almas. Y habiendo yo preguntado para cuándo los señores
soldados llegarían a Quiburi, se me dijo que para 7 noviembre, y para ese mismo día entré yo
también desde Nuestra Señora de los Dolores con el capitán Juan Matheo Mange. Que nuestro
intento era entrar otras 40 o 50 leguas más adentro el río de Quiburi por abajo hasta los últimos
Sobaipuris nordestes y hasta el río de Gila o río Grande, que es el mismo que todavía no
habíamos entrado tan adentro por ese rumbo.
CAPÍTULO VI.— Entrada grande y muy pacífica de veintidós señores soldados hasta el río
Grande y últimos Sobaipuris
Llegué a Quiburi con el capitán Juan Matheo Mange y con mis sirvientes y con más de 60
bestias caballares y mulares para entrar a los últimos Sobaipuris. En Quiburi tuve carta del
capitán de los señores soldados, que también iban llegando, y llegaron el día 9 de noviembre.
Hallamos a los hijos pimas de Quiburi muy joviales y muy amigables, y que estaban bailando las
cabelleras y los despojos de 15 enemigos jocomes y janos que pocos días antes habían matado,
cosa que nos fue de tanto consuelo que el señor capitán Cristóbal Martín Bernal, y el señor
alférez, y el señor sargento y otros muchos entraron en la rueda y bailaron gustosos en compañía
de los naturales; y de más a más se animaba el señor capitán a entrar conmigo más adelante, pero
muchos eran de parecer que más adelante ya los últimos sobaipuris no se podían entrar si no era
con 200 hombres, a lo cual dije que con la misma seguridad con que se podía ir a la provincia de
Sonora, con la propia se podía entrar a los últimos Sobaipuris, pues sus principales capitanes, el
Humari, con sus dos hijos y otros, se habían unido a catequizar y bautizar a Nuestra Señora de
los Dolores desde la Pascua de Resurrección de los meses antecedentes; que el capitán Humari se
llamaba Francisco Eusebio, y sus hijos ya grandes, el uno Francisco Javier y el otro Horacio
Polici, que hacía mucho tiempo que me estaban convidando amigabilísimamente a que los fuese
a ver en sus rancherías, tierras y valles, que distan de Nuestra Señora de los Dolores como 120
leguas; con lo cual se determinó que también irían los señores soldados.
El día siguiente, 10 de noviembre, día del Patrocinio de María Santísima, confesaron y
comulgaron los dos señores capitanes, Cristóbal Martín Bernal y Juan Matheo Mange, y
emprendimos todos juntos la jornada; a las como 35 leguas de camino al norte, por el mismo río
y valle de Quiburi, encontramos los primeros sobaipuris, y con el mismo capitán Humari, que
había venido tres días de camino a encontrarnos. Después, en siete u ocho rancherías grandes,
hallamos más de dos mil almas de gente toda muy amigable, de indios laboriosos, que con la
palabra de Dios y con el buen trato nos dieron muchos párvulos a bautizar; dimos muchas varas
de justicias de gobernadores y capitanes; en todas partes nos daban muchas de sus comidas, y
siempre hubo bastante y aún sobrado bastimento, sin haberlo sacado los señores soldados del
presidio para tan largo camino, ni jamás hallamos el más mínimo rastro de las caballadas que tan
siniestramente se habían atribuido a estos inocentes sobaipuris, no habiéndolas hurtado sino los
enemigos jocomes y janos. Desengaño tan digno de ser sabido como tan patentemente lo refieren
las dos largas relaciones de los dos señores capitanes que iban en esta jornada.
CAPÍTULO VII.— Llegada al río y Casa Grande y vuelta a Nuestra Señora de los Dolores,
habiendo caminado de ida y vuelta más de 270 leguas de la Pimería
Caminando siempre por los valles del río de Quiburi, llegamos al río Grande o río de Gila, y
tomando la derrota por su orilla y muy grandes alamedas y caminando al poniente, a los tres días
de camino llegamos a la Casa Grande y a sus cercanas rancherías, y siempre vinimos dejando a
la derecha, pero a la vista, y de la otra banda del río, la muy dilatada apachería. Los señores
soldados se alegraron mucho de ver la Casa Grande; nos admirábamos de ver que estaba casi una
legua distante del río y sin agua, pero después vimos que tenía una grande acequia de un muy
grande terraplén, que tendría tres varas de alto y seis o siete de ancho, y era mayor que el de la
calzada de Guadalupe, de México, la cual grandísima acequia, según todavía se ve, no sólo metía
el agua del río hasta la Casa Grande, sino que juntamente, dando una gran vuelta, regaba y
cercaba una campiña de muchas leguas de largo y ancho, de tierra muy llana y muy pingüe. Con
facilidad se podía ahora aliñar también y lechar la casa y componer la grande acequia para un
muy buen pueblo, pues hay muy cerca seis o siete rancherías de pimas sobaipuris, que todos nos
recibieron con todo agasajo en todas partes, con cruces y arcos puestos, con muchas de sus
comidas; dándonos con muchísimo gusto suyo muchos párvulos a bautizar. En una ocasión que
se nos había desparramado y perdido alguna caballada, luego nos la buscaron y no pararon hasta
juntárnosla toda con toda puntualidad. Pasamos por la ranchería de la Encarnación y llegamos
hasta la de San Andrés, donde el fino capitán Juan de Palacios, que había estado en Santa María
de Baseraca, caminando de ida y vuelta 400 leguas, nos recibió con todo cariño y con tantos
arcos y cruces, que alcanzaban más de dos leguas de camino. Habiendo en San Andrés hablado
con algunos de los cercanos cocomaricopas, y enviándoles recaudos aún para que los llevasen a
los no muy distantes moquis del Nuevo México.
El 22 de noviembre de 1697 tomamos la vuelta hacia Nuestra Señora de los Dolores;
pasamos por la gran ranchería y gran valle de San Javier del Bac, en la cual y en sus contornos
vimos y contamos más de dos mil almas de gente toda muy doméstica y muy amigables.
Hallamos y matamos ganado mayor y menor, y aún pan fresco y muy bueno que nos hicieron en
el nuevo horno que mandé hacer en San Javier del Bac. Llegamos a tener la fiesta de San
Francisco Javier en 3 de diciembre en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, con misa
cantada con muchas confesiones y comuniones en acción de gracias de tan feliz entrada, que la
escribimos los señores capitanes y yo, con relaciones largas de cuatro o cinco pliegos; esta
entrada fue bien recibida de todos los buenos por el grande y tan manifiesto desengaño que con
ella se consiguió de si los últimos sobaipuris eran buenos o malos, amigos o enemigos,
cómplices y culpados o no, en los robos y hostilidades desta provincia. El padre provincial
escribió una carta finísima y prometió padres para esta Pimería, y los envió. Y la contradicción
de siempre no falló para atrasar todo o casi todo.
CAPÍTULO VIII.— Otra entrada al poniente con un padre y con el señor teniente desta Pimería
De los padres que nos envió el padre provincial, fue el uno el padre Gaspar de las Varillas,
que vino de Arizpe a esta Misión de Nuestra Señora de los Dolores a finales de enero, y
habiendo tenido aquí la fiesta de la Candelaria en 3 de febrero, entramos a la nación del Soba al
poniente, para que S. R. escogiese uno de los tres nuevos puestos, el Tubutama, la Concepción o
el Tucubabia, que en todas partes había algún principio de Misión, unos bautismos, casa,
ganados, sementeras. Fue con nosotros el actual teniente desta Pimería, Juan Ramos Sarmiento, y
su antecesor, el capitán Juan Matheo Mange. En todas partes fuimos recibidos con todo amor y
consuelo de los hijos y nuestro también. Contamos más de 3 000 almas. El padre Varillas
escogió la Concepción para hacer una buena Misión, volvió a Arizpe por sus petacas, y a tener la
Semana Santa, y a aviarse de lo que le mandaban dar los superiores. Entró a la Concepción por
junio, y por cuentos de riesgos fingidos, que no hubo entonces ni ha habido después, como lo
fueron a averiguar los señores soldados, salió por julio y no ha vuelto.
CAPÍTULO IX.— Los enemigos jocomes y janos dan en Cocospera, queman la iglesia y casa
del padre
Los enemigos declarados desta provincia de Sonora, que siempre desde el alzamiento de los
janos lo han sido los alzados jocomes, yumas y apaches, después de tantos robos, daños y
muertes como tantos años ha tan continuamente han hecho en toda esta provincia y en sus
fronteras, el 25 de febrero de 97 dieron en Cocospera, en ocasión que el pueblo se hallaba sin
gente, pues habían ido a rescatar maíz tierra adentro, y aunque quedó muerto uno de los
enemigos, ellos mataron dos indias, saquearon el pueblo y lo quemaron y la iglesia y casa del
padre también, al cual defendieron los pocos hijos que habían quedado. El enemigo se llevó
alguna caballada y todo el ganado menor, y se retiró a los cerros; siguiéronle unos cuantos de
Cocospera, pero como los vieron llegar, les armó una emboscada y mató nueve de ellos. El
presidio trató de hacer entradas, avisando a los hijos pimas a que se previniesen con armas para ir
con los señores soldados. Entretanto, como al enemigo se le fue acabando el bastimento que sacó
de Cocospera, en 30 de marzo, día de la Pascua de Resurrección de Nuestro Dios, dio en la
ranchería de Santa Cruz de Quiburi.
LIBRO VI
CAPÍTULO PRIMERO.— Los enemigos jocomes, janos, etc., dan en la ranchería de Santa
Cruz de Quiburi
Los declarados enemigos jocomes, sumas, mansos y apaches, que entre chicos y grandes eran
como 600, persuadiéndose lograrían en Santa Cruz del Río de Quiburi lo que el mes antecedente
habían ejecutado en el pueblo de Cocospera, el 30 de marzo se arrojaron por la madrugada contra
la ranchería, mataron al capitán de ella y a otros dos o tres y les obligaron a retirarse en su
fortificación que tenían, que era una casa de capas de adobe y terrado con sus troneras. Pero los
enemigos, defendiéndose y tapándose con muchas gamuzas, se arrimaron a la fortificación,
subieron en su techo, desbaratándole y quemándole, y de un balazo mataron a uno, pues traían un
arcabuz de los que en otras ocasiones habían quitado a los soldados; saquearon y quemaron la
ranchería, mataron tres reses y tres yeguas de mi estanzuela que aquí había, empezaron a asar y
guisar carne y frijol y a tostar y moler maíz para su pinole, dándose ya por muy victoriosos los
hombres y las mujeres, que todos habían peleado por igual.
CAPÍTULO II.— Acude el capitán Coro con sus pimas de Quiburi y matan más de 300
enemigos jocomes, mansos, sumas y apaches
Pero entretanto llegó el aviso a la cercana ranchería de Quiburi, que dista de Santa Cruz
legua y media. Acudió luego su capitán El Coro con su briosa gente, juntamente con otros pimas
que habían venido del poniente a coger maíces, y ayudó al buen logro del suceso, que estaban
aviados con las armas que los habíamos mandado prevenir para ir a la entrada con los señores
soldados del presidio. El capitán de los enemigos, llamado El Copotcari, que con el capitán Coro
venían muchos pimas, dijo que habían de pelear diez de la una parte y diez de la otra. Admitió la
propuesta el capitán Coro, y señaló diez pimas, y el capitán Copotcari señaló otros diez, los más
valientes de cuantos tenía: los cinco eran apaches y él mismo era uno de los otros cinco.
Empezaron los flechazos, y como los pimas son muy diestros en flechar y también en capear las
flechas de los adversarios, y los apaches, aunque son diestros en flechar y con la lanza, no son
diestros en capear las flechas, los cinco pimas flecharon luego sus cinco apaches que les tocaban,
y los otros cuatro pimas a sus contrarios jocomes y janos, y al capitán Copotcari, que era muy
hábil en capear las flechas, se le fue arrimando su adversario, un valiente pima, y luchando lo
derribó en el suelo y con piedras le machucó la cabeza, con lo cual empezaron a huir todos los
demás enemigos, y los pimas los siguieron por todos aquellos montes y lomas más de cuatro
leguas de camino, matando e hiriendo más de 500, que cincuenta y tantos quedaron allí cerca
muertos y tendidos y los demás, como fueron heridos con la hierba, se fueron muriendo por los
caminos, y los otros, como 300, fueron con este mal suceso, y como ellos confesaron de miedo
de los pimas, a pedir y dar las paces en el presidio de Janos al señor general Juan Fernández de la
Fuente y al paso del Nuevo México al maestre de campo Luis Granillo y al pueblo del Socorro,
como las cartas e informes verídicos que de allá vienen lo atestiguan, y sólo han quedado 16
gandules y 27 de chusma que todavía andan alzados.
CAPÍTULO III.— Las noticias desta victoria fueron bien recibidas en todas partes y en el real
de San Juan con repique de campanas
Los gilos y el capitán Coro me avisaron luego con un propio de lo sucedido, enviándome la
razón y cuenta y número de los muertos en un palo largo, y con otro propio avisé al señor
gobernador de las armas y a otros padres y señores seglares en el real de San Juan y en otras
partes del buen suceso, y respondieron muy consolados y agradecidos. El señor gobernador de
las armas dijo sería esta victoria para el total remedio de toda la provincia, y prometió dar las
dádivas que vuecencia dos meses antes había prometido a estos pimas si lograban algún buen
lance. El padre visitador escribió que daba mil gracias a su Divina Majestad por el suceso tan
feliz. El padre rector de Matape dedica una misa y fiesta solemne a la Santísima Trinidad por ese
buen logro. El señor teniente del real de San Juan dijo: “Doy a V. R. y a toda la provincia
muchos parabienes de tan feliz victoria de los hijos, y acá nos las damos todos, y a Nuestro Señor
y a María Santísima y repicamos las campanas por ello.” El capitán don Pedro García de
Almazán dio las gracias de su parte y de parte de los señores vecinos del real de San Juan y del
real de Nacozari, y ofreció y dio dádivas para estos pimas, como las dio el padre rector de
Matape y el padre Juan Muñoz de Burgos y el capitán Francisco de Escárcega. No obstante, no
pudo faltar la contradicción de los poco afectos, como lo indica la carta de cierta persona
principal con estas palabras: “Mucho nos alegramos de las buenas nuevas y victoria de los pimas
para que se vea lo fino de su obrar y desmientan a muchos émulos que les calumnian falsedades.
Con lo cual llamé al señor teniente desta Pimería para sacar la certificación y averiguación
jurídica de lo sucedido. Entre las cinco leguas que hay hasta Santa Cruz de Quiburi, y en 23 de
abril, vimos los cuerpos muertos de los enemigos, topamos con los 22 soldados que también por
los incrédulos habían entrado por el otro camino de Terrenate, que actualmente estaban
reconociendo las referidas muertes; vimos y contamos cerca de 54 cadáveres, los 31 de hombres
y los 23 de mujeres; los hijos nos dieron varios despojos que llevamos con nosotros, entre ellos
un arcabuz, pólvora y balas, una cuera, cueros de cibola y gamuzas, arcos y flechas y cabelleras
de los referidos enemigos. De los hijos pimas en la ranchería de Santa Cruz murieron cinco y
nueve quedaron heridos y convalecieron.
CAPÍTULO IV.— Otra entrada grande a la costa de la mar de la California, en la cual se
descubren y reducen más de 4 000 nuevos indios pimas, que nos dan 435 párvulos a bautizar
Esta entrada o misión la refiero en la carta que escribí al padre visitador, y es como sigue:
“Mi padre visitador Horacio Polici: Por cuanto obedeciendo a lo que V. R. me encarga que yo
entrase al descubrimiento de la costa del noroeste y del desemboque del río Grande a la mar de la
California, para informar al padre provincial y a S. E., quienes mandan se fomenten las nuevas
conversiones y se le dé m.° al padre Juan María Salvatierra por el noroeste. Entré de ida y vuelta
más de 300 leguas de camino y llevé conmigo al capitán Diego Carrasco, actual teniente desta
Pimería, quien también da cuenta de lo sucedido, y visto al señor alcalde mayor y gobernador de
las armas desta provincia; y ahora que acabo de llegar con toda prosperidad gracias al Señor,
mientras saco en limpio la relación diaria con su mapa, doy parte a V. R. de cómo en 22 de
septiembre, día del Santísimo Nombre de María Santísima, salimos deste pueblo de Nuestra
Señora de los Dolores con el gobernador de aquí y con otros siete sirvientes míos, y entrando con
más de 60 cabalgaduras hacia el norte y noroeste hasta el río y Casa Grande, camino de más de
100 leguas. En la ranchería de la Encarnación y en la de San Andrés y en sus cercanas nos
recibieron con todo agasajo con cruces y arcos puestos y con muchas de sus comidas más de 1
000 almas, hombres y mujeres. En la ranchería de San Andrés vinieron a darnos la obediencia los
opas y cocomaricopas, que es gente de muy distinto traje, semblante y lengua, pero muy afable y
muy dócil y emparentada con los pimas, y desean ser cristianos como los demás pimas. Los
consolamos dándoles capitán y gobernador y fiscal mayor y buenas esperanzas de su salvación y
amigables recaudos para toda su nación. Después salimos para el sur y sudoeste, y al poniente,
camino como de 80 leguas, y llegando hasta la mar de la California, a sotavento del desemboque
del río Grande, hallamos un muy buen puerto y en 32 grados de altura, con agua dulce y leña, y
ha de ser el puerto que los antiguos geógrafos llaman de Santa Clara; tiene la entrada sudoeste-
nordeste, y una sierra al oeste; vinimos reconociendo toda la costa del noroeste, desde el río
Grande hasta la Concepción, que [de] norte a sur tiene más de 90 leguas de largo, y tiene más de
40 rancherías entre chicas y grandes, todas de gente tan amigable, tan dócil y tan afable, que en
todas partes nos recibieron con casas prevenidas, con cruces y arcos puestos, y con muchas de
sus comidas, y muchísimas pitajayas, y de sus casas, liebres, venados, conejos, etc.; con mucho
regocijo, fiestas, bailes y cantares de día y de noche; fueron más de 4 000 las que en estas
rancherías contamos, y nos dieron 439 párvulos a bautizar, que de los más fue padrino el capitán
Diego Carrasco. En la sola ranchería de San Francisco del Adid, que le dimos el nombre deste
gloriosísimo patriarca y gran patrón de San Francisco Javier, por cuanto en ella en 4 de octubre
tuvimos su santo día, y después de la misa del santo nos dieron 102 párvulos a bautizar. A la
tarde pasamos otras dos leguas más adelante a otra ranchería que le pusimos San Serafín y nos
dieron a bautizar otros 65 párvulos. De ahí, pasando por la Merced del Batqui y por San Rafael
del Actun, camino como de 32 leguas al poniente, llegamos a San Marcelo del Sonoidag, puesto
muy idóneo para una gran población, por tener muy buenos pastos y tierras pingües, con sus
acequias y agua que corre hasta el puerto referido, del cual sólo dista 20 leguas de camino muy
llano. Desde San Marcelo despaché muy amigables recaudos al norte. En esta entrada dimos más
de 40 varas de capitanes y gobernadores, alcaldes y fiscales, etc. Vinimos por la Concepción, y a
las 15 leguas de San Marcelo, camino del sur, pasamos por la ranchería del Bacapa, hasta la cual
llegó el M. R. padre fray Marcos de Niza en su apostólica peregrinación, y tuvo las noticias (que
trae en su libro) de las siete dudados del norte y nordeste; a las como 40 leguas de camino
llegamos a la Concepción, y camino del oriente, a las 22 leguas, llegamos al Tubutama. Que en
una y otra parte hay ganado mayor y menor, trigo y maíz y casa de adobe para los padres que
esperan recibir, y lo suplican y ruegan mucho, así estos naturales como los del Tucubabia y los
de San Luis, cuidando a ese fin las sementeras, y yo, para descargo de mi conciencia, se los
encomiendo muy mucho al paternal amparo de V. R. para que V. R. se sirva de cooperar a que
reciban este total y único remedio de su eterna salvación, y nos ha sido de notable consuelo que
todos los días he podido decir misa por ella, aunque muchos días caminábamos las 20 y 22
leguas por los buenos pastos y buenos caminos y buenas cabalgaduras y sobrados bastimentos,
guiándonos y acompañándonos con todo amor todos esos naturales, y si la ocasión lo pedía,
viniéndonos a encontrar con muchas tinajas de agua muchas leguas de camino.— Nuestra Señora
de los Dolores, y octubre 20 de 1698.— Muy siervo de V. R., Eusebio Francisco Kino.”
CAPÍTULO V.— Pareceres e informes encontrados acerca de la referida feliz entrada
La entrada que acabo de referir fue de sumo consuelo al padre visitador Horacio Polici y al
señor gobernador de las armas, y la agradecieron como otros muchos con cartas largas y muy
finas; con especialidad se holgaron mucho desta entrada los padres de la California, que por ver
esta costa ya tan reducida se determinaban con los demás señores conquistadores de la California
a subir a más altura, y SS. RR. me escriben después las dos siguientes cartas. El padre Juan
María Salvatierra dice así: “Quod felix fastum fortuna tumque sit. Mucho me he alegrado y
también el padre Francisco María Picoli de la nueva entrada gloriosa y apostólica del río Grande,
y estamos deseosos de saber si desde esa nueva costa que anduvo V. R. se descubre la California,
y qué rastro hay por allá de si se cierra este estrecho de mar. Nos consolamos todos y toda la
gente, deste real, que toda saluda a V. R. En esta ocasión recibo dos de V. R.: la primera, su
fecha 21 de octubre, recién vuelto de su apostólico viaje para acá. Por acá, a no haber entrado ya
y fijado el pie en esta tierra, no se fijara más; pero esto ya no depende sino del cuidarlo, ventaja
que se lleva habiendo ya cristianos. Esto aviso a V. R. para que no desmaye con sus
contradicciones e informes; en cuanto a mapa, se formará por el padre Francisco María por
agosto, después de hecho un descubrimiento con los barcos hasta altura de 35, o poco más
grados, que me alegrara mucho viniera V. R. a este descubrimiento, que así pudiera V. R.
desembarcarse en el río Grande, viniéndose V. R. acá después de la cosecha, y cerrado el trigo,
embarcara V. R. en Hiaqui, y llegado aquí nos hiciéramos a la vela todos. V .R., Sebastián
Romero y uno de nosotros, con 12 soldados, y costeábamos bien esta costa arriba después de
subidos 36 grados a las costas de la Pimería. Aquí ha llovido mucho todo este invierno, y está
toda la tierra fragante como jardín que trasciende, y de haber tenido tierras prevenidas se hubiera
podido sembrar muchas semillas y se hubiera dado todo, pero no se puede todo. Estimo a V. R.
el cariño con esta su Misión. He tenido mucho consuelo en saber de la colocación de la imagen
de Nuestra Señora de los Remedios en su pueblo, tan perseguido, y cierto me enternezco en
leerla; esta Señora ha de ser el remedio para todo, y con tanto acabo rogando no me olvide en sus
santas oraciones y santos sacrificios.— Loreto Concho, y marzo 28 de 99.— De V. R. siervo en
Cristo, Juan María Salvatierra.”
El padre Francisco María Picoli escribe así: “Su Divina Majestad me guarde a mi muy
querido padre Eusebio Francisco Kino para muchos y felices años, multiplicados en los gloriosos
progresos de su conversión. Con muchísimo gusto leí la entrada que V. R. hizo del río Grande,
costeando por tierra la costa del estrecho de nuestra California. Doy a V. R. mil parabientes, y en
el nombre de Jesús quítele V. R. al demonio todas esas almas, y a despecho de todo el infierno
Illuminaris qui in tenebris et umbra mortis sedent. Oyendo sus heroicos hechos se alienta mi
pequeñez en hacer algo para la mayor gloria del Señor, a quien pido dé a V. R. muy felices
Pascuas de Resurrección. Espero en otra mejor ocasión escribir a V. R. más largo, noticiándole
con individualidad del estado de las cosas de por acá, que por estar debajo del amparo de la
Señora, van caminando con prosperidad. V. R. me consuele con sus gratísimas noticias, pues
luego que lleguen los navíos trataremos de ir hasta el puerto que V. R. descubrió, y no se olvide
deste su inútil siervo y hermano en los santos sacrificios.— Loreto Concho, y marzo 27 de 1699
años.— De V. R. humilde siervo y hermano, Francisco María Picoli.”
Hasta [aquí] los padres de la California. Pero no falta la acostumbrada contradicción y
oposición atrasadora y estorbadora de la venida de los padres. Y como desde sus principios
fueron favorables los informes a México y al Parral, los poco afectos enviaron otros informes
muy encontrados que nos dieron lugar a que se nos pudieran enviar los padres necesarios según
desde México se nos ha escrito. Las oposiciones y siniestros muy encontrados informes
consistían en que los cocomaricopas y otras nuevas naciones del río Grande, al poniente de la
Encarnación y de San Andrés y del río Colorado al noroeste, adonde no entramos, eran tan
bárbaros y tan caribes, que tatemaban y comían la gente, y otras quimeras nunca oídas que
añadían; pero fue Nuestro Señor servido que en otra entrada, aún mayor que la referida, y la trae
el capítulo siguiente, pocos meses después, pasando por todas aquellas rancherías, hallamos todo
lo contrario y la suma afabilidad y amistad de todos aquellos naturales, sin el más mínimo rastro,
señal o indicio de tales o tan siniestramente fingidas estratagemas de gentes.
Y nuestra dicha fue contra tan siniestros informes el haber dejado allí en San Andrés, como
en San Marcelo, muy buenos recaudos o tlatoles para todas las nuevas naciones de más adelante,
pidiéndoles me avisaran si querían yo entrase a verlos, y que todo sería para su bien. Y como
algunas semanas después de todas partes me vinieron amigabilísimas respuestas y convites y
ruegos a que yo entrase a verlos y hablarles de su eterna salvación, habiendo comunicado las
cosas con el padre visitador, determiné hacer otra entrada o misión y entrar mucho más adelante
que hasta ahora.
CAPÍTULO VI.— Otra entrada grande, en la cual se descubren más de 80 leguas de tierras y
gentes nuevas del río Grande, se da vista al río Azul y se consiguen individuales noticias del
cercano muy poblado y muy caudaloso río Colorado, y queda reducida la nueva nación Yuma
Para el evidente desengaño y desvanecimiento de la calumnia que se levantó a esas nuevas
naciones del río Grande, habiendo pasado al real de San Juan a conseguir del señor alcalde
mayor un señor teniente que pudiese informar jurídicamente de todo, desde 7 de febrero
emprendimos esta entrada el señor teniente Juan Matheo Mange, el padre Adam Gilg y yo, con
algunos sirvientes y con más de 90 cabalgaduras entramos por el Norte a San Marcelo del
Sonoitac, donde se dio principio a una nueva estanzuela con 36 cabezas de ganado mayor, que
mandé llevar por delante para los padres de la California, si acaso subían al cercano puerto de
Santa Clara. Que nosotros, pasando por muy cerca del, entramos las más de 40 leguas de costa y
camino nuevo que hay hasta el desemboque del río Grande y junta del río Colorado; de los
naturales que hallamos en este camino fuimos recibidos con todo amor y subimos el día 22 de
febrero y de la cátedra de San Pedro en Antioquía, en el río Grande, adonde habían concurrido
más de 50 naturales pimas, yumas, opas y cocomaricopas, y al puesto y ranchería le pusimos San
Pedro, como a otra ranchería de más abajo San Pablo. Y porque 80 leguas más al oriente, en este
mismo río, junto a la Encarnación y Casa Grande, había la ranchería de San Andrés, de parecer
del padre Adam, poniendo después en otras rancherías los nombres de los demás santos
Apóstoles, a este río Grande le pusimos el río de los Santos Apóstoles, a lo cual se añade que
todos sus moradores, son pescadores y tienen muchas redes y otros instrumentos con que pescan
todo el año, sustentándose con el mucho pescado, y con sus maíces, frijol y calabazas esta gente,
tan nueva, de muy diferentes trajes y lenguas; pero todos nos recibieron con suma amistad,
cariño y consuelo suyo y nuestro, saliéndonos a encontrar los principales de ellos más de legua
de camino, dándonos después de sus comidas. Les predicamos la palabra de Dios en lengua pima
y con intérpretes en lengua de los cocomaricopas, que es la que hablan los opas y los yumas, y
fue bien recibida; nos hubieran dado muchos párvulos a bautizar, pero sólo admitimos y
bautizamos unos pocos enfermos. Nos informamos de las rancherías y gentes de más adelante al
norte, nordeste y noroeste, y del cercano muy poblado río Colorado, que es aún más caudaloso
que el río Grande, y nos dijeron que se seguían las naciones de los yuanes, cutganes y
alchedomas; y todas partes despachamos cristianos recaudos y tlatoles y a veces algunas
dadivillas y chucherías; y ya aquí en Nuestra Señora de los Dolores he recibido muy amigables
respuestas, con las cuales me llaman a ir a tratar de su eterna salvación. Estos naturales de San
Pedro, los dos días que estuvimos con ellos nos dieron varias dádivas de los extraordinarios
géneros de lo que por allá tienen, y entre ellas unas curiosas y vistosas conchas azules que por
cuanto me consta que sólo se dan en la contracosta del poniente de la California; después discurrí
que no muy lejos de allí habría paso por tierra a la cercana California, y en breve, y con la divina
gracia, procuraremos saberlo y verlo con toda individualidad. El padre Adam hizo aquí un
vocabulario de la lengua cocomaricopa. Al despedirnos, en 23 de febrero, les dejamos encargos
para ellos y para los de la mar, que si llegasen a esas sus costas los navíos o padres de la
California los recibieran con todo amor y sin recelo, que eran nuestros hermanos y de muy buen
corazón. Dejando a los naturales con muchos deseos de que volviésemos, tomamos nuestra
derrota al oriente del río Grande por arriba, pasando por varias rancherías, que les pusimos los
nombres de los demás santos Apóstoles: San Matías del Tumagoidad, porque en su santo día
llegamos a ella; San Mateo, San Simón, San Felipe y Santiago, San Bartolomé, etc. A las 80
leguas de caminar del río Grande llegamos a San Andrés y a la Encarnación y Casa Grande,
habiendo recibido en todas partes todo agasajo, muchas de sus comidas, casi con la misma fineza
como si hubiéramos pasado entre cristianos; en algunas partes nos dieron tanto y muy buen
pescado, que lo dábamos de ración a la gente como se da la carne de vaca donde hay mucha.
Asimismo, nos guiaban y nos acompañaban y nos venían a encontrar muchos días de camino con
suma amistad, lealtad y fineza, y siendo así que los del poniente siempre habían vivido muy
encontrados y con muy sangrientas guerras con los del oriente, para con nosotros todos eran muy
amigables y amantísimos, y fue Dios servido que también entre ellos con felicidad metiéramos
las paces, porque dejaron esas peleas porque les dije que Dios Nuestro Señor, el Criador
Amabilísimo del Cielo y de la Tierra y de los hombres, no quería que las gentes se persiguiesen y
matasen tan cruelmente de aquella manera, que sólo el demonio y común enemigo del linaje
humano pretendía y procuraba que los hombres se matasen unos a otros, para que, de aquella
suerte, así los que quedaban muertos como los que mataban, se fueran a los infiernos y al fuego
eterno, que nunca jamás se acaba; e hicieron y quedan hechas unas amigables paces y amistades
generales, todo en orden a que quieren ser pacíficos cristianos, sin tener más guerras que las que
fuesen necesarias contra los enemigos de la fe, que en tal caso, aunque uno muriera en la
demanda, se salva, y aún la tal sangre puede servir de bautismo en el que no estuviere bautizado
con el agua. Más acá de San Felipe y Santiago del Oyadoibuise, vimos el río Azul, con sus
muchas y amenas alamedas, que sale de cerca de los moqui. En San Andrés hallé la carta y la
cruz que yo muchos meses antes había despachado a los moquis convidándolos a nuestra amistad
y a su reducción, y que se reconciliasen con Nuestra Santa Madre Iglesia, volviendo a nuestra
santa fe. Aún unos años antes solicité lo propio; pero entonces, y ahora también, hallamos el
obstáculo que era muy dificultoso el paso por los apaches, con lo cual, con nuevos recaudos y
con nuevas dadivillas y promesas a los portadores, y que fueran convoyados de gente armada
adonde se recelase algún riesgo de los apaches, volví a despachar la carta y la cruz a los moquis,
y a sus principales justicias, pues algunos sabían leer y escribir, y, como después diré, en parte se
logró el intento; pero gracias a la infinita bondad del Señor, tan patentemente logramos el
deseado desengaño de si los naturales del río Grande o río de los Apóstoles y sus contornos
tatemaban y comían gente, que el señor teniente Juan Matheo Mange, en su curiosa y aseada
relación que escribió de esta entrada, por haber tanta afabilidad, amor y cariño destas nuevas
gentes, dice era de parecer que años antes la Venerable Madre de Jesús de Agreda les había
venido a domesticar e instruir, como hay tradición de que vino desde España milagrosamente a
instruir algunas otras naciones del Nuevo México. Que los RR. PP. de San Francisco las hallaban
ya algo catequizadas; otros han sido de parecer que la venturosa sangre del V. P. Francisco Javier
Saeta fertiliza y sazona todas estas tan dilatadas mieses. Pasando por San Francisco Javier del
Bac y por San Cayetano, llegamos, gracias al Señor, con prosperidad de vuelta a Nuestra Señora
de los Dolores en 14 de marzo, habiendo caminado de ida y vuelta como 360 leguas.
En esta entrada supimos cómo los sobaipuris del capitán Humaric, en 3 de marzo, habían
dado un golpe a los apaches del río de Gila, matando 36 de ellos y trayendo ocho muchachitos de
presa, de los cuales me trajeron los cinco a Nuestra Señora de los Dolores, y se bautizaron. Poco
después vinieron también las muy amigables respuestas de los recados que en la referida entrada
remitimos al mucho gentío del río Colorado.
LIBRO VII
CAPÍTULO PRIMERO.— Primeras paternales cartas del padre visitador Antonio Leal en
orden al fomento de estas nuevas conversiones desta Pimería
Por mayo y junio de 1699 nos vino a estas Misiones de Sonora el padre visitador Antonio
Leal, que acababa de ser visitador de las Misiones de Sinaloa, y cuando de México
aguardábamos padres misioneros para esta Pimería, se nos escribió que no podían venir por
haber ido los informes desta Pimería muy encontrados y nada uniformes; no obstante, en
particular, así que el padre visitador se informó oralmente con su antecesor, fue Dios servido que
se fueran aclarando las cosas y se tratara de su total remedio. A mí me escribió S. R. tan
paternales cartas y tan tiernas, celosas y sumamente caritativas para con estos pobres hijos, que
me motivaron y alentaron a escribir este librito. En particular nos fue de singularísimo consuelo
la que recibí antevíspera de San Ignacio en el pueblo de Nuestro Padre San Ignacio, que yo venía
de una entradita al Tucubabia, al Tubutama y la Concepción, y la ley en el altar de Nuestro Padre
San Ignacio, el cual está en la sala por no haber todavía iglesia, pues en él estaba la candela
encendida, que recibí la tan finísima carta ya de noche, y como después di aquellas cariñosas
noticias a los hijos, quedaron consoladísimos y muy agradecidos y muy deseosos de ver a S. R.
Y en 22 de septiembre me escribe S. R. lo siguiente: “Tuve mucho consuelo por ver los deseos y
perseverancia de esos hijos, y como repiten sus peticiones Dios se las conceda y les pague el
deseo que tienen de verme, que yo lo tengo igual o quizá mayor. Y ruego a V. R., si algunos
vinieren, que me haga V. R. favor de saludarlos en mi nombre, y encomendármelos.” Y como
desde más adelante de los yumas, al noroeste y al norte desde el río Colorado, varias nuevas
naciones y rancherías, con los recaudos que les envié en las entradas antecedentes, me llamaban
con muy amigables y tiernas instancias a tratar de su conversión, pidiéndole yo a S. R. licencia
de ir a esa entrada, me respondió S. R. que con mucho gusto iría personalmente conmigo a dicha
jornada, con los muchos deseos que siempre le habían asistido del bien de tantos pobres. Y
cuando después rogué a S. R. se sirviese avisarme lo que yo pudiese prevenir para la tal entrada,
me escribió S. R. estas palabras: “Mas por mí ni para mí no tome V. R. cuidado ni lo tenga,
porque yo sé comer un tasajo asado y me sabe muy bien, y con un tasajo tengo yo bastante; lo
que sí deseo es que se logre la ida, con que se consiga el deseo de esos pobres, y así lo confío en
Nuestro Señor.”
CAPÍTULO II.— Primeras noticias de la reducción de los apaches más cercanos al río
Colorado
En 6 y 7 de agosto de 1699 vinieron a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores el
capitán de San Cayetano y el gobernador y otros doce o trece justicias de tierra adentro,
diciéndome que el capitán Humaric y los demás sobaipuris de la Encarnación y de San Andrés
me enviaban a avisar de cómo la cruz y carta y dadivillas y recaudos que desde principios de
marzo desde San Andrés despaché a los moquis, quedaban reducidos a nuestra amistad los
apaches más cercanos al río Colorado, pues los recaudos, carta y cruz que yo remitía se las
tomaron y aplicaron para sí mismo los apaches, haciendo las paces con los demás nuestros
amigos los opas, cocomaricopas y pimas, enviándome a llamar para hablar y tratar de su
conversión, y enviándome cuatro gamuzas de presente. Di parte de estas buenas nuevas al padre
visitador y al señor gobernador de las armas, y a otros. El padre visitador, en 29 de agosto, me
respondió lo siguiente: “Gran consuelo he recibido con la de V. R. de 17 deste por la gustosa
noticia de los apaches, que es la mejor que puede tener esta provincia, y con repique general la
habían de recibir los del Nuevo México. Ya parece que la profecía de fray Juan de Jesús se
cumple de que los apaches se habían de reducir y abrazar nuestra santa fe con veras y habían de
hacer una escogida cristiandad.” Y después acaba S. R. la carta con estas muy paternales
palabras: “Espero en Dios que nuestra ida será para su santo servicio; que deseo en extremo ver a
esos pobres hijos, a quienes ruego a V. R. me encomiende y yo los encomiendo a Nuestro Señor,
en quien espero quitará todos los obstáculos que hay para su remedio.” Hasta aquí el padre
visitador Antonio Leal. En cuanto a los apaches, casi lo propio escribió el padre rector de Matape
y otros, y aunque también en eso no dejó de poner sus contradicciones el común enemigo, pues
algunos querían que fuesen ajenas de la verdad estas noticias. A primero de octubre vino el
capitán Humaric y otros del río Grande, y las confirmó él, y el tiempo también, gracias a la
infinita bondad de nuestro eterno Dios y los celestiales favores de su Madre Santísima y del
Gloriosísimo Apóstol de las Indias, San Francisco Javier.
CAPÍTULO III.— Entrada a misión del padre visitador Antonio Leal en la Pimería a los
sobaipuris del norte y a la costa del noroeste y del poniente, de día y vuelta de 240 leguas, desde
24 de octubre hasta 18 de noviembre de 1699 años.— Hay en ellas 23 bautismos, y se ven y
cuentan como 7 000 almas
Habiendo legado el padre visitador Antonio Leal con el padre Francisco Gonzalvo desde el
pueblo de Cocurpe a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores en 21 de octubre, en 24, día
del Gloriosísimo Arcángel San Rafael, salimos para Nuestra Señora de los Remedios. Iban 50
cabalgaduras deste partido, y otras 66 (las más mulares) se habían despachado un mes antes a
San Javier del Bac.
El día siguiente, 25, habiendo dicho misa, los tres padres salimos para Cocospera, adonde a
mediodía nos alcanzó el padre Agustín de Campos. A la tarde pasamos otras cuatro leguas más
adelante hacia San Lázaro, y a las ocho de la noche nos vino a alcanzar el señor teniente de esta
Pimería, Juan Matheo Mange, enviado del señor gobernador de las armas desta provincia de
Sonora, don Domingo Gironza Petris de Cruzat, para que con dos señores soldados, Antonio
Ortiz Cortés y Diego Rodríguez, nos acompañasen en esta entrada.
En 26, a las nueve leguas de camino, llegamos a San Luis del Bacoancos, habiendo venido a
ver al padre visitador en San Lázaro los indios de Santa María; en San Luis, donde contamos
cuarenta casas, como también en los siguientes puestos o rancherías de Guebabi y de San
Cayetano, nos recibieron con todo agasajo con cruces y arcos puestos en los caminos, con casas
de adobe y terrado que tienen prevenidas para el padre que esperan recibir, como también para el
dicho padre tienen y cuidan una estanzuela con 70 cabezas de ganado mayor, con dos manadillas
de yeguas, con 11 crías deste año y con 200 cabezas de ganado menor; también cosechas de
trigo, de maíz y frijol; matamos una res gorda y dos carneros para nuestro comer.
En 27, a mediodía, llegamos a Guebabi; contamos 90 almas; mucho más hay en la ranchería
de los Reyes, al oriente, que dista como cuatro leguas; a la tarde pasamos a San Cayetano,
dormimos en la casa de adobe y terrado, en la cual dije misa el día siguiente.
En 28, el gobernador de San Cayetano dio su hijito a bautizar al padre visitador, como
también le había dado el suyo el gobernador de San Luis; otros tres párvulos nos dieron a
bautizar al padre Gonzalvo y a mí. A la tarde salimos a dormir a un aguaje del río de este valle,
seis leguas de camino.
En 29, a las diez leguas de camino, llegamos dos horas después de mediodía a la gran
ranchería de San Javier del Bac de los sobaipuris; nos salieron a recibir más de 40 muchachos
con sus cruces en las manos; había más de 300 indios puestos en hilera como en los pueblos
cristianos antiguos, y después contamos más de mil almas; había casa de adobe y terrado, ganado
mayor y menor, trigo y maíz, y las 66 cabalgaduras de remuda; matamos tres reses y dos
carneros; las campiñas y tierras de sembrío eran tan cuantiosas y con tantas acequias al pelo de la
tierra, que dijo el padre visitador eran suficientes para otra ciudad como México.
En 30, nos vino a ver el gobernador del Oteam del poniente, llamado Tocodoy Onigam, con
otros diez indios, y preguntado, con granos de maíz nos dijo tenía en su ranchería 266 almas, y
los años antecedentes me había dado su hijita a bautizar, que se llama María; este día bautizó una
párvula el padre Gonzalvo.
El primero de noviembre, después de las tres misas de los tres padres, pasamos a San Agustín
del Oyaut, camino de cuatro leguas, y dejando a la izquierda la ranchería de San Cosme del
Tucson, pasamos por sus grandísimas campiñas semejantes a las de San Javier del Bac; los
naturales nos recibieron con todo agasajo, me dieron cuatro enfermos a bautizar, contamos 200
hombres que corresponden a 200 familias; el intento había sido que pasáramos al río Grande, al
río Azul y al río Colorado, a los opas y a los cocomaricopas; pero como se enfermaron dos
mozos del padre visitador y no vinieron los señores soldados del capitán Cristóbal Martín Bernal,
que S. R. aguardaba, se descansó aquí un par de días. Entretanto, en 2 de noviembre, el señor
teniente y Antonio Ortiz y yo pasamos a Santa Catalina del Cuytoabagum, camino de 15 leguas;
hallamos 300 hombres, que corresponden a 300 familias, y a más de 1 000 almas, que nos
recibieron con todo agasajo, con muchas de sus comidas; desde aquí despachamos buenos
recaudos a los hijos del río Grande y a los cocomaricopas y a los yumas del río Colorado, y que
no pasábamos a verlos por haber caído enfermos dos mozos del padre visitador. En 3, volvimos a
San Agustín, y casi a medianoche recibimos cartas del capitán Cristóbal Martín el padre visitador
y yo, avisándonos que entraba al oriente con los pimas del capitán Coro en busca de los
enemigos jocomes; pedíame a ese fin, y le di, reses en San Luis.
CAPÍTULO IV.— Vuelta del padre visitador Antonio Leal de tierra adentro por la costa del
noroeste y del poniente
En 4 volvimos de San Agustín a San Javier del Bac, adonde nos dieron cuatro párvulos
enfermos a bautizar. En 5, 6 y 7, habiendo despachado desde San Javier del Bac vía recta a
Nuestra Señora de los Dolores a los dos mozos enfermos del padre visitador, caminando nosotros
al poniente, a las 28 leguas de camino, habiendo pasado por varias rancherías todas de gente muy
amigable y muy dócil, llegamos a la ranchería de San Serafín del Actum; nos salieron a recibir
más de 20 justicias que habían concurrido, y como 20 muchachos que nos recibieron de rodillas,
con cruces en las manos que las dieron al padre visitador, y después, puestos en una muy larga
hilera, nos recibieron más de 400 hombres y muchas mujeres con sus párvulos ya bautizados
desde dos años antes, y eran como 1 200 almas. A la tarde pasamos a San Francisco del Adid,
adonde nos recibieron 200 hombres y como 800 almas, entre ellos muchos de los 102 párvulos
que aquí me dieron a bautizar la mañana del día de San Francisco, 4 de octubre, de dos años
antes; todos gustaron mucho de oír la palabra de Dios, y en la noche hubo una rueda de 25
gobernadores, que con el gobernador de Nuestra Señora de los Dolores hablaron con fervor de su
eterna salvación, entre ellos el principal de los cuatro cocomaricopas, con bien rara fineza y
lealtad, nos entregaron un muy gordo y lindo caballo que el año antecedente se nos había
quedado perdido.
El 8, habiendo dejado unos buenos recaudos unas dadivillas para los del norte, Apachería,
Moqui, etc., saliendo de San Francisco y tirando algo al sur, a las 12 leguas de camino llegamos
a Nuestra Señora de la Merced del Batqui, adonde hallamos más de 800 almas que habían
concurrido a recibirnos con el agasajo de los antecedentes, y como por haberse enfermado otro
mozo del padre Gonzalvo se detenía aquí S. R. y el padre visitador, el señor teniente y yo, el 9
pasamos a San Rafael del otro Actum, y a San Marcelo del Sonoydac, camino de 20 leguas, [a]
informarnos mejor del paso por tierra a la California, a ver si había enfermos y a traer una res de
aquella estanzuela que tiene 50 cabezas de ganado mayor, y sólo dista 20 leguas del buen puerto
de Santa Clara de la mar de la California, y nos informamos muy bien de las conchas azules de la
contracosta y del paso por tierra a la California. En las rancherías de este camino vimos y
contamos más de 1 000 almas; bauticé tres enfermos, entre ellos un cocomaricopa, que me dio
las nuevas noticias de los cuculatos de distinta lengua que viven más allá del río Colorado;
llevamos la res, y como los padres habían salido de la Merced, los alcanzamos en San Ambrosio
del Busanic, adonde matamos otras dos reses y dos carneros del ganado mayor y menor que con
trigo, maíz y frijol, y casa de adobe y terrado, cuidan estos más de 300 hijos para el padre que
esperan recibir; en el camino me dieron cuatro párvulos y un adulto enfermo a bautizar.
El 14 llegamos al Tubutama; camino de diez leguas hallamos 332 almas, y que a toque de su
campana con su temastian los muchachos y muchachas de doctrina acuden a rezar las oraciones
mañana y tarde como en Sonora. Hallamos ganado mayor y menor, como 100 cabezas de los dos
géneros, trigo y maíz y frijol, casa iglesita de adobe y terrado para el padre que esperan recibir, y
casi lo propio hay 22 leguas más adelante en la Concepción de Nuestra Señora del Caborca.
El 15 llegamos a Santa María Magdalena; el 16, a San Ignacio, adonde nos agasajó el padre
Agustín de Campos; el 17 llegamos a Nuestra Señora de los Remedios, y el 18, a Nuestra Señora
de los Dolores.
CAPÍTULO V.— Entrada de los pimas sobaipuris del capitán Coro a los enemigos de esta
provincia, en compañía del presidio, y del buen suceso que tuvieron
Al mismo tiempo que hicimos la referida entrada, algo más al poniente hizo entrada a los
sobaipuris del Oriente y del río de Quiburi, con los señores soldados del presidio, el capitán
Cristóbal Martín Bernal, el cual me pidió y le di diez reses de la nueva estanzuela de San Luis, y
con los mismos pimas sobaipuris del capitán Coro hizo entrada a los enemigos desta provincia de
Sonora, que demoran aún más al oriente, y de vuelta a su presidio de Coro de Guachi, el 28 de
capitán Cristóbal Martín Bernal. El señor gobernador de las armas, en 6 de diciembre, en este
particular me escribió lo siguiente: “Agradezco a V. R. las noticias de la victoria de mis armas y
de mis queridos pimas sobaipuris, que todos nos podemos dar muchas enhorabuenas del buen
suceso y de derrota que hicieron en los enemigos.” Y después añade S. E.: “Suplico a V. P. los
agradecimientos al capitán Coro y a los demás hijos de mi parte y de parte de mis soldados, que
me dice el capitán Cristóbal Martín lo hicieron bien.” noviembre de 99, me escribió la carta
siguiente: “Por lo que a V. R. debo y tengo de obligación, hago estos renglones noticiándole
cómo Nuestro Señor fue servido de concederme el dar a una ranchería pequeña de enemigos, y
en ella mostraron nuestros amantes finos pimas la mucha fidelidad de nuestra amistad, pues
murieron tres gandules de los enemigos y tres mujeres y apresamos doce piezas, de lo cual doy
infinitas gracias a la Majestad Divina por nuestro buen suceso y a V. P., pues por medio de su
cristianismo pecho y buen celo se logran tantas almas para el cielo y se castigan rebeldes contra
nuestra santa fe. Nuestro Señor los conserve en buena paz para que todos tengamos el descanso
que deseamos, y a V. P. le conceda la salud que mi cariñoso amor le desea, a cuyas plantas
ofrezco la mía. Recibí las diez reses que a V. P. le pedí.” Hasta aquí el capitán Cristóbal Martín
Bernal. El señor gobernador de las armas, en 6 de diciembre, en este particular me escribió lo
siguiente: “Agradezco a V. R. las noticias de la victoria de mis armas y de mis queridos pimas
sobaipuris, que todos nos podemos dar muchas enhorabuenas del buen suceso y de derrota que
hicieron en los enemigos.” Y después añade S. E.: “Suplico a V. P. los agradecimientos al
capitán Coro y a los demás hijos de mi parte y de parte de mis soldados, que me dice el capitán
Cristóbal Martín lo hicieron bien.”
LIBRO VIII
CAPÍTULO V.— Otras frescas noticias del estado presente de la California sacadas de las
cartas que el V. P. Juan María Salvatierra escribe al padre visitador Antonio Leal de 2 de
septiembre y a mí de 17 de octubre de 1699 años
Desde cuando yo estuve en la California en el puerto de Nuestra Señora de la Paz y en el real
de San Bruno, me ayudaron y socorrieron con toda liberalidad y caridad el padre Gaspar
Thomas, rector del Colegio de Matape, y el padre visitador Juan Bautista de Anzieta, visitador de
estas Misiones de Sinaloa y Sonora, y otros muchos padres. La carta larga del padre visitador
Juan María de Salvatierra al padre visitador Antonio Leal dice en compendio lo siguiente: “El
padre provincial Luis de Bonifas profetizó que las Misiones de la California serían colonias de
esas de la Nueva Vizcaya, y se darían la mano unas a otras, como lo refiere el padre Andrés
Pérez con la venida de la nao de China a la contracosta, y con las embarcaciones con el tiempo
irán bajando de precio no pocas cosas muy caras en la provincia, por dos o tres años que se les
den la mano a estas Misiones tan párvulas y nuevas de Californias; después ellas mismas se
socorrerán. Aquella provincia de Sonora es madre de todas las Misiones de treinta años a esta
parte, pues en Sonora (y en la visita de la Pimería el año de 1691) nacieron los deseos eficaces de
donde ha dimanado el parto de esta Misión de la California, en la cual, gracias al Señor, hay el
pueblo de Loreto Concho y en él 54 personas de la otra banda de la Nueva España entre
soldados, mujeres y mozos asalariados; en la mar tengo 32 marineros en tres embarcaciones,
todos asalariados; en tierra estamos con los indios de paz y sujetos, con tierras buenas y
reconocida y descubierta la contracosta, y si no nos desamparan haremos entrada en un tiempo
por tierra y por mar hasta la contracosta para el descubrimiento de un buen puerto a propósito (en
la cercanía y altura deste puerto de Loreto) para abrigar la nao de China y socorrer a tanto
apestado que en ella viene, sólo por la falta de saltar en tierra en tanto tiempo, motivo bastante a
tomar entre manos nuestra Compañía, madre de enfermos y desvalidos, cualquier empresa; nos
hallamos aquí los dos padres con cuatro pueblos incoados, catecúmenos los adultos y cristianos,
muchos chiquillos y adultos caídos enfermos y cristianos, y se sujetan a recibir el castigo sin
mociones o alzamientos; multiplicase aquí todo género de animales, y ya hay aquí ocho especies
de la otra banda, criollos ya de Loreto; con dos años sólo de fomento me parece estará asegurado
del todo esto. La falta no la tengo en la paga de los soldados, mozos y marineros ni en los
géneros de tienda, y las pagas las reciben adonde quieren, de suerte que 5 000 pesos de libranza
recibieron en México en reales efectivos este año, y los géneros aquí baratos; sólo la falta la he
tenido de bastimento, y sobre esta falta algunas pesadumbres y peligro de amotinárseme la gente,
pero la Virgen Santísima, conquistadora y pobladora, nos ha asistido en todo y traído los
socorros, no en una ocasión, sino en muchas, cuando menos lo pensábamos, como sucede ahora
con la vuelta del barco, que recibo 24 cargas, las 23 de harina y la una de pinole, regalo grande
que todo me llega de la provincia de Sonora. Los no conquistados naturales tiemblan de nuestras
armas gobernadas del brazo de María, y en la primera entrada a San Javier del Vippe, que está en
el riñón de la sierra, esperamos vendrán a dar la obediencia los de la contracosta para facilitar, y
que ellos mismos sean los que nos llaman para ir allá a su tierra, y estorbar lo posible el entrar de
guerra o con función.”
Hasta aquí el padre Juan María Salvatierra al padre visitador Antonio Leal. Y a mí, desde 17
de octubre, me escribe S. R. lo siguiente:
“El padre Francisco María Picolo se halla en el pueblo de San Javier Biaontom, dentro de la
sierra, tierra muy amena. Eusebio, su hijo de V. R., sobrino de Andresillo, está bueno y saluda a
V. R., a quien por la prisa no añado más.— Loreto Concho, y octubre 17 de 1699 años.”
SEGUNDA PARTE
[1699-1702]
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO.— Cartas de los superiores mayores y muy católica real cédula que
motivan a escribir esta segunda parte de los favores celestiales
Habiendo escrito por orden de nuestro padre general Thirso González la relación de los
favores celestiales, que en la primera parte he referido, y habiéndolos enviado desde el real de
San Juan a México con el Br. D. José Moreno, para que los llevasen a Roma, como los llevaron
los padres procuradores Bernardo Rolandegui y Nicolás de Vera, su paternidad me respondió con
carta de 24 de diciembre de 1701, que la recibí en 26 de diciembre de 1702, haberlos recibido y
leído con tanto consuelo suyo, que encarecidamente me encarga que yo escriba esta segunda
parte. También al mismo tiempo me escribió una muy paternal santa carta, con sobrescrito de
rector destas Misiones de Nuestra Señora de los Dolores, el padre provincial Francisco de
Arteaga, pidiéndome noticias dellas para darlas a nuestro padre general, y luego después, por
mano del padre visitador Antonio Leal, me envió S. R. el informe del estado de la California, que
formó e imprimió el padre Francisco María Picolo, con la inserta muy católica y cristianísima
real cédula del rey nuestro señor Felipe V, que Dios guarde felicísimos años, de 17 de julio de
1701, que tanto favorece a las nuevas conquistas y nuevas conversiones, no sólo de la California,
sino también de Sinaloa y Sonora y desta Nueva Vizcaya a donde vivimos, encargando sus
fomentos y adelantamientos, juntamente con los de las nuevas conversiones de la California, con
estas piadosísimas palabras a su real Audiencia de Guadalajara: “Os ruego y encargo me
informéis muy individualmente del paraje en que se hallan los indios incultos y el estado que
tienen las conversiones de Sinaloa y Sonora y Nueva Vizcaya, para que con estas noticias y
vuestro parecer pase a dar las providencias que tuviere por conveniente.” Así la real cédula,
como las cartas de los superiores mayores, como favores celestiales singularísimos, que en
medio de tantas contradicciones experimentamos en estas nuevas conversiones, se pondrán en su
lugar y al tiempo que se recibieron a fines de 1702, y todas ellas me mueven con toda eficacia a
escribir esta segunda parte, según las continuadas mil ocupaciones diere lugar.
CAPÍTULO II.— Con varias entradas se consiguen algunas noticias del paso por tierra a la
California
Cuando hace diez años, saliendo de Nuestra Señora de los Dolores para el poniente, entramos
por las tierras del Soba, a las 60 leguas de camino, llegué en tres diferentes ocasiones con
distintas personas hasta la costa de la mar de la California; vimos patentemente que ese brazo de
mar se iba estrechando, pues en esa altura de 33 grados veíamos ya tan distintamente más de 25
leguas de tierra corrida de la California, que no le echábamos más que 15 o 18 o 20 leguas de
travesía o anchura a dicho brazo de mar.
Con eso entró el deseo de buscar en más altura la anchura; y el año de 1698, en 31 grados de
altura, a las 105 leguas de distancia de Nuestra Señora de los Dolores, rumbo del noroeste, en el
muy alto cerro o antiguo volcán de Santa Clara, divisé patentísimamente con anteojo y sin él, el
encerramiento destas tierras de la Nueva España y de la California y el remate de esa mar de la
California y el paso por tierra que en 35 grados de altura había. Pero por entonces no lo creía por
tal, y me persuadía que más adelante y más al poniente subiría esa mar de la California a más
altura hasta comunicarse con la mar del Norte o estrecho de Anian, y dejaría y haría isla a la
California; me sucedió lo que a los hermanos de José, que comían con su hermano José y se
regalaban con él, y les daba el trigo y bastimento que habían menester, y hablaban con José, pero
no lo conocían hasta su tiempo.
Un año después entré al noroeste 170 leguas, y pasé de 35 grados de altura, con el padre
Adamo Gilg y con el capitán Juan Matheo Mange, por orden del padre visitador Horacio Polici,
y llegué hasta cerca de la junta de los ríos grande Gila y Colorado, y los naturales nos dieron
unas conchas azules, y todavía no se nos ofreció que por ahí hubiera paso por tierra a la
California o remate de su mar, y sólo en el camino, cuando veníamos de vuelta para Nuestra
Señora de los Dolores, se me ofreció que dichas conchas azules serían de la contracosta de la
California y mar del Sur, y que por donde ellas habían venido de allá por acá nosotros podríamos
pasar allá y a la California, y desde entonces dejé la fábrica del barco de 12 varas de largo y de
cuatro de ancho que en Concepción del Caborca, cerca de la mar de la California, y aquí en
Nuestra Señora de los Dolores, para llevarlo después todo a la mar, estamos fabricando.
CAPÍTULO III.— Relación diaria de la entrada al norte en orden a descubrir camino y paso
por tierra a la California
La entrada que en éste y en los tres siguientes capítulos escribo, la hice desde 21 de abril
hasta 6 de mayo de 1700, y la vio, leyó y firmó el padre visitador Antonio Leal, con estas
palabras: “He visto esta relación, y las cartas que en ella se citan y las originales son conforme
están citadas.”
Hallándome en 29 de marzo de 1700 en el pueblo de Nuestra Señora de los Remedios, un
gobernador de cerca del río Grande y otros naturales pimas me trajeron una santa cruz con una
sarta de 20 conchas azules que me las enviaba el gobernador principal de los cocomaricopas, que
vive en la ranchería grande del Dacoydag, con la muy amigable respuesta a unos recaudos que
yo le había enviado convidándole a recibir nuestra santa fe a imitación de otros muchos. Está
dicha ranchería junto al río Colorado, y dista deste pueblo de Nuestra Señora de los Dolores 170
leguas al Noroeste, y volviendo a considerar que esas conchas azules eran de la contracosta,
según yo allá las había visto cuando estuve en la California, avisé dellas a algunos padres,
remitiéndolas después juntamente con la santa cruz del padre visitador Antonio Leal, pues sus
antecesores, el padre visitador Manuel González, el padre visitador Juan María Salvatierra y el
padre visitador Horacio Polici, habían solicitado muy mucho el descubrimiento desas tierras y
mares y ríos del norte y del noroeste, y S. K., a mediado abril, me respondió lo siguiente: “La
cruz y conchas fueron con la carta de V. R. a Arizpe, y harto me alegré en verlas por la distancia
de donde las envían, que es índice de fineza.” Y el padre Marcos Antonio Kappus, rector del
Colegio de Matape, en 10 de abril me escribió lo siguiente: “¡Válgame Dios! Y qué tan gran
nueva y qué tan rara es la que V. R. me insinúa, que le traen los del norte y noroeste de cómo se
puede pasar por tierra a la California. Nueva, si se averigua, verdaderamente grandísima, que
deseada tanto tiempo, nunca se ha podido averiguar. Quiera Nuestro Señor que así se averigüe y
se confirme la nueva, que para el padre rector Juan María Salvatierra será nueva gratísima.”
También el padre rector desta Misión de San Francisco Javier, Adamo Gilg, me escribió
convenía hacer las diligencias de saber estas cosas. Y el señor general gobernador de las armas,
don Domingo Gironza Petriz de Cruzat, me insinuó que tenía los mismos muy ansiosos deseos
desos descubrimientos, y en ese mismísimo tiempo me vino la deseada licencia de nuestro padre
general, Thirso González, de emplearme los seis meses del año en esa Pimería y los seis en la
California, con lo cual, y juntamente por ir a dar una mirada a lo espiritual y temporal de las tres
nuevas empezadas Misiones del norte y noroeste, determiné entrar unos cuantos días a
informarme y conseguir las posibles noticias en las materias. Y saliendo en 21 de abril de 1700
de Nuestra Señora de los Dolores, con tres justicias deste pueblo, con siete sirvientes y con 53
cabalgaduras, unas mulares y otras caballares, llegamos a Nuestra Señora de los Remedios.
El 22, habiendo por la mañana dejado mandado lo que los hijos habían de hacer en la fábrica
de la nueva iglesia, a la tarde llegamos a Cocospera, adonde nos recibieron 150 hijos que
acababan de volver a poblar este pueblo y de reedificar y techar una sala y un aposento de la casa
del padre, con orden de techar en breve también la iglesia, pues tres años antes habían saqueado
y quemado este pueblo los enemigos jocomes y janos en 25 de febrero de 1697, aunque luego
después en 30 de marzo, junto a Quiburi, los derrotó y destruyó el capitán Coro con su gente
pima, matando más de 200 dellos, como queda referido en la primera parte.
El 23, habiéndonos dado tres párvulos a bautizar, salimos para San Lázaro, adonde
sesteamos, y nos dieron una parvulita a bautizar, y para San Luis; en el camino nos dieron otras
dos, una parvulita y una enferma adulta, y otro párvulo al llegar a San Luis, adonde nos vinieron
a encontrar las cinco justicias de Guebavi con los de San Luis; matamos una res de las 150 que
aquí cuidaban con una manada de yeguas y con 117 cabezas de ganado menor, con un buen
tablón de trigo, maíz y frijol que tenían, y con casa de adobe y terrado, todo para el padre, que
con las demás cercas rancherías o pueblo incoados esperaban recibir.
El 24 salimos para Guebavi y San Cayetano; en Guebavi, adonde sesteamos, había como 200
almas; en los Reyes del Sonoydac, cinco leguas más al oriente, se había agregado el capitán Coro
con toda su gente, que eran más de 500 almas, el cual, trece días antes, en la Pascua de
Resurrección, aquí en nuestra Señora de los Dolores, se había catequizado y bautizado
llamándose Antonio Leal; en todas partes había mucha más gente y más casas que cuando seis
meses antes entramos con el padre visitador Antonio Leal y con el señor teniente desta Pimería,
Juan Matheo Mange. También aquí en Guebavi había 84 cabezas de ganado menor y un buen
tablón de trigo con maíz y frijol de cosecha, y casa de adobe y terrado para el padre que
esperaban recibir. A la tarde llegamos a San Cayetano.
El 25 salimos para San Javier del Bac de los sobaipuris, camino como de 20 leguas; llegamos
al anochecer, nos recibieron con todo agasajo los muchos naturales desta gran ranchería; les
dimos aquí, como en otras partes, los paternales saludos que a todos les enviaba el padre
visitador, y los agradecieron muchísimo; también se les habló la palabra de Dios, que fue bien
recibida.
CAPÍTULO IV.— En San Francisco Javier del Bac de los sobaipuris llamé a los principales
gobernadores y capitanes de más de 40 leguas de distancia para informarme si las conchas
azules venían de otra parte que de la contracosta de la California
El 26 de abril de 1700, habiendo llegado a esa gran ranchería de San Javier del Bac destos
sobaipuris del Poniente, que son del río de Santa María, y los sobaipuris del río de San José
viven 30 leguas más al oriente, tuve las noticias, que también había tenido en camino los dos o
tres días antecedentes, de que habían estado unos soldados hacia la Pimería del Soba y del
poniente, y viéndome con tantos indios en este gran valle, que eran al pie de tres mil, y también
con los muchos ruegos de los naturales que me quedase con ellos, determiné no pasar más
adelante, y por el río Grande al poniente hasta los cocomaricopas y yumas, y hasta el río
Colorado, como yo deseaba, y desde este gran valle de San Javier, procuré hacer e hice, las
diligencias de saber si las conchas azules venían de otra parte que de la contra costa de la
California, con lo cual despaché varios propios a todas partes: unos al oriente, a llamar al capitán
Humaric; otros al norte, a llamar a los de Santa Catalina y a los del río Grande de la Encarnación
y de San Andrés, con sus justicias, gobernadores y capitanes, y otros con especialidad al poniente
y al noroeste, a llamar a varios gobernadores pimas, opas y cocomaricopas, desde cerca del río
Colorado, para informarme con la individualidad posible de las conchas azules y del paso por
tierra a la California; y entretanto que fueron llegando los más que envié a llamar, los siete días
que estuvimos aquí catequizamos la gente y les enseñamos la doctrina cristiana todos los días,
mañana y tarde, y matamos seis reses de las como 300 que aquí me cuidaban con 40 cabezas de
ganado menor y con una manadilla de yeguas; tenían también un buen tablón de trigo, que
empezaron a espigar, y los días siguientes sembraron para la iglesia un tablón grande de maíz
que lo habían limpiado anteriormente.
El 27 me dieron cinco párvulos a bautizar.
El 28 dimos principio a los cimientos de una muy grande y capaz iglesia y casa de San Javier
del Bac, trabajando toda la mucha gente con mucho gusto y fervor, los unos en abrir los
cimientos y los otros en acarrear las muchas y buenas piedras de tezontle desde un cerrito que
distaba como un cuarto de legua; para el lodo destos cimientos no fue menester acarrear agua
ninguna pues de las acequias con toda facilidad metíamos el agua adonde queríamos, y dicha
casa, con su gran patio y huerta pegada podrá tener todo el año el agua que quisiere, que corra
por las partes y oficinas que se gustare con una de las mayores y mejores campiñas de toda la
Nueva Vizcaya.
El 29 proseguimos en echar los cimientos de la iglesia y de la casa. Hoy y ayer llegaron de
los sobaipuris del oriente el capitán Humaric y su hijo llamado Horacio Polici; el otro hijo
mayor, llamado Francisco Javier, se había quedado a cuidar de sus tierras fronterizas a los
apaches. También vinieron otras muchas justicias, y entre ellas un alcalde, a quien los soldados
en la última entrada que hicieron por noviembre de 99 a los apaches habían dado la vara.
El 30, al salir el sol, me trajo un correo desta Pimería varias cartas de Nuestra Señora de los
Dolores, que parecían llegaría en un día y medio con sus noches las 60 leguas de camino que
hay. Después de misa bajé a la ranchería de San Cosme, tres leguas de camino, y a la de San
Agustín, otras dos leguas de camino, a ver si había enfermos o párvulos que bautizar. En San
Cosme me dieron seis párvulos a bautizar y una enferma adulta, y en San Agustín bauticé otros
tres párvulos; a la tarde volvimos a San Javier del Bac, y al anochecer llegaron del Noroeste y de
Santa Catalina y del río y Casa Grande varias justicias, y entre ellas el capitán, y el gobernador
de la Encarnación, camino de 35 leguas, y desde luego y en la noche tuvimos largas pláticas, en
primer lugar de nuestra santa fe y de la paz y quietud y amor y dicha de los cristianos, y
quedaron según les advertimos en que estas buenas noticias y enseñanzas las llevarían a otras
rancherías y naciones mucho más adelante a los cocomaricopas y yumas. Juntamente, haciendo
más y más pesquisas de dónde se traían las conchas azules, porque todos aseguraban que no las
había en toda esta más cercana mar de la California, sino que venían de otras tierras más
remotas.
También tratamos del modo que pudiera haber de entrar hasta los moquis del Nuevo México,
y hallamos que vía recta y al Norte sería muy dificultosa la entrada, por cuantos estos pimas
estaban muy encontrados con los apaches, que viven de por medio, aunque la distancia y el
camino no había de ser más de 60 o 70 leguas, pues este valle de San Javier del Bac está en 32
grados y medio de altura, y los moqui y zuñi en 36 grados.
El 1 de mayo, a la tarde y al anochecer, llegaron muchas justicias, capitanes y gobernadores
del poniente, de San Francisco del Adid y de San Serafín, algunas de 40 y de 50 leguas de
camino, que con ellos platicamos gran parte de la noche, como la noche antecedente, acerca de
su eterna salvación de todas aquellas muchas naciones del poniente y del noroeste, juntamente
con continuados exámenes acerca de las conchas azules que se traían del noroeste y de los yumas
y cutganes, que conocidamente venían de la contracosta de la California y de aquella mar diez o
doce días de camino más remota que esta otra mar de la California, en la cual hay conchas de
nácar y blancas, y otras muchas, pero no de aquellas azules que nos dieron en los yumas y me
enviaron con la santa cruz a Nuestra Señora de los Remedios.
CAPÍTULO V.— Cartas que me llegan de los soldados que entre tanto habían entrado en la
Pimería de Cucurpe a San Ignacio y a Tubutama
También este primer día de mayo me llegaron del Sudoeste cartas de la escuadra de soldados
que habían entrado al Tubutama y Saric, y su cabo, el alférez Juan Bautista de Escalante, me
escribió lo siguiente: “Mi padre Eusebio Francisco Kino: No puedo excusarme de hacer estos
renglones noticiando a V. R. cómo habiendo entrado a esta Pimería he llegado a dos rancherías
que yo nunca había visto, que son las del Saric y esta que está más arriba llamada el Busanic (y
Tucubabia), que aseguro a V. R. me he alegrado infinito de ver tanta gente como la que aquí hay
junta, y también impuesta, pues, según están de obedientes y dóciles, aventajan a los pueblos
cristianos, y es gran lástima que estos pobres carezcan de padre ministro que los encamine y guíe
al gremio de nuestra santa fe. Yo, para dar cuenta a mi general desta verdad para que coopere a
esta tan santa obra, mandé juntar toda la gente y hallé y numeré 347 almas, cosa de mucho gusto
para todos. Esto es sólo en esta del Busanic; en la de abajo que tengo vista hay también mucha
gente; yo me voy saliendo para fuera, y así no voy más adentro. Ahora ruego a la Majestad
Divina le conceda a V. R. la salud que mi mucho afecto le desea y su gran celo y su mucha
caridad merece para el amparo de esta gentilidad.— Desta ranchería del Busanic, y abril 26 de
1700 años.— B. L. P. de V. R., s. s., Juan Bautista Escalante”.
“P. S.— También notifico a V. R. cómo en esta ranchería les maté un toro del ganado de V.
R. que aquí hay, y así le suplico a V. R. lo tenga a bien.”
Hasta aquí el cabo de los soldados. Casi lo mismo escribió Juan Casaos, y como en toda esta
Pimería van quedando reducidas 17 000 almas, bien se deja entender cuanta necesidad hay de
operarios.
CAPÍTULO VI.— Mi vuelta para Nuestra Señora de los Dolores y mi deseo y pretensión de ir a
vivir y hacer misión en San Francisco Javier del Bac, para estar más cercano a tantas nuevas
naciones
El 2 de mayo, habiendo hecho otros tres bautismos y dos casamientos in facie eclesie,
despidiéndonos de todos aquellos capitanes y gobernadores, salimos para Nuestra Señora de los
Dolores. Todos estos hijos me dieron muchas encomiendas para el padre visitador y para los
demás padres y para el gobernador de las armas y para el señor alcalde mayor y para todos los
señores españoles. Y el capitán de San Francisco Javier del Bac me dio a su hijo, que sería como
de doce años, para que fuese, como fue y vino conmigo, a Nuestra Señora de los Dolores, las 60
leguas de camino que hay, para enseñarle las oraciones y la doctrina cristiana y ayudar a misa.
El 3 de San Cayetano, al salir el sol y al ir a decir misa, recibí carta del padre Agustín de
Campos, en que S. R. me llamaba a San Ignacio a ayudar a escapar de la muerte a un pobre
delincuente que tenía preso los soldados con intento y determinación de apelotearle el día
siguiente, 4 de mayo. Respondí que iría luego después de la misa, y escribí también al alférez
Juan Bautista Escalante agradeciéndole la que había recibido dos días antes de San Javier del
Bac, y caminando ese día más de 25 leguas de camino, llegué casi a medianoche a San José de
Hymeris, y el otro día muy temprano a decir misa a San Ignacio, y se logró escapar al preso de la
muerte.
El 5 llegué con dos de los soldados a Nuestra Señora de los Remedios, y el 6 a Nuestra
Señora de los Dolores, adonde, en respuesta de una carta que yo desde San Francisco Javier del
Bac había escrito al padre visitador Antonio Leal, ofreciéndome y aún deseando y pidiendo ser
misionero de San Javier del Bac, y que se me diese un sucesor en Nuestra Señora de los Dolores,
recibí la muy fina siguiente carta de S. R.:
“Muy mucho agradezco a V. R. en el nombre de Nuestro Señor el trabajo que V. R. ha
tomado por su santo servicio en el bien desas pobres almas visitándolas, el provecho que ha
hecho en las confesiones, de lo cual tendrá guardado el premio en el cielo. Digo, mi padre, que
en lo que V. R. dice de la fundación de San Javier del Bac, lo dicho dicho, y que V. R. puede
mirarla como Misión suya, porque así me parece muy conveniente para el progreso de lo de
adelante, que estando V. R. tan acá en los Dolores, no es tan fácil de ver y acudir a menudo a los
del río Grande, y así cuando V. R. juzgare se dispondrá eso, y podrá V. R. pasarse allá en la
forma que quedamos cuando allá lo tratamos.” Hasta aquí el padre visitador Antonio Leal. Y de
hecho estos días, aquí en Nuestra Señora de los Dolores, mandó dar rodeo a las como 1 400 reses
que había, y dije al caporal de los vaqueros que, dividiendo ese ganado mayor en dos partes
iguales, llevara, como llevó, la una a San Javier del Bac, y se hicieren los corrales necesarios.
Pero nunca me vino padre sucesor en Nuestra Señora de los Dolores ni pude pasar de asiento a
San Javier del Bac.
Y habiendo comunicado las noticias desta entrada a algunas personas, el padre rector del
Colegio de Matape, Marcos Antonio Kappus, en 15 de mayo me escribió lo siguiente:
“Agradezco a V. R. su gratísima y también la manda de las conchas azules, y estimaré
muchísimo el aviso desos descubrimientos, y yo estoy muy en ello de que esta en que estamos es
tierra firme con la de la California. Quiera Nuestro Señor que haya camino tan real como lo
pensamos y deseamos, y con eso se ahorrarán así los trabajos como los cuidados de la
California.”
Y después, a 3 de septiembre, cuando yo disponía hacer la entrada más larga que hice, S. R.
me escribió estas palabras: “Si V. R. consigue la entrada por tierra a la California celebraremos
todos con grandes aplausos tan feliz jornada, con que quedará el mundo desengañado si es isla o
península, lo que hasta hoy se ignora. Quod Bonu felix faustum fortunatmque sit, cedatque ad
dester optimi maximi Gloriam!”
El padre rector de Oposura, Manuel González, en 28 de mayo, me escribió lo siguiente:
“Estoy deseando mucho el que V. R. acabe de hacer esa deseadísima entrada por tierra a las
Californias. Una estatua rica y famosa le hemos de levantar si esto hace, y si es breve, dos serán
las estatuas. Dios le dé a V. R. vida, salud y fuerzas para ello, y otras mil cosas más tan buenas.”
Hasta aquí el padre rector de Oposura; y yo respondí a S. R. que las dos estatuas fuesen de Jesús
Nazareno, de quien S. R. era tan devoto en Oposura, que le fabricó y adornó la mejor capilla que
hay en todas estas tierras, y la otra de Nuestra Señora de los Dolores.
CAPÍTULO VII.— Entrada de 170 leguas al norte y noroeste en busca del paso por tierra a la
California y descubrimiento del caudalosísimo, muy poblado y muy fértil río Colorado (que es
legítimo río del norte) y de sus nuevas naciones
Este capítulo y los seis siguientes son sacados de la relación diaria de la entrada que hice los
meses de septiembre y octubre de 1700; en este capítulo pondré mi llegada al río Grande y a la
nación cocomaricopa, camino de más de 100 leguas, y en los otros lo demás. Entré hacia el norte
y volví por el poniente, caminando de ida y vuelta más de 380 leguas desde 24 de septiembre
hasta 20 de octubre de 1700, e hice en ella 42 bautismos de párvulos y enfermos. Salí de Nuestra
Señora de los Dolores con 10 sirvientes del partido y con 60 cabalgaduras, muchas dellas
mulares. Ese día 24 llegamos temprano, a las siete leguas de camino, a Nuestra Señora de los
Remedios; aquella tarde ayudamos en la fábrica de la nueva casa, y les dejé la orden e
instrucción de los nuevos aposentos que en mi ausencia había de acabar de fabricar y techar.
El 25 salimos para la estancia de San Simón y San Judas de Siboda, adonde había como mil
reses y cuatro manadas de yeguas para las nuevas conversiones que se fueran fundando; y
habiendo pasado por la ranchería de Babasaqui, llegamos, a las 13 leguas de camino, y matamos
una res gorda, con más de cuatro arrobas de sebo y manteca.
El 26, a las 15 leguas de camino, llegamos a San Ambrosio del Busanic y del Tucubabia. El
capitán de esta ranchería o nuevo pueblo incoado nos vino a encontrar cuatro leguas de camino;
aquí me cuidaban 70 reses y otras tantas cabezas de ganado menor, y cinco manadas de yeguas,
trigo y maíz y frijol, con su mediana iglesia para el padre que deseaban recibir, y matamos otra
res gorda y un carnero.
El 27, habiendo después de misa hecho nueve bautismos, los siete de párvulos y los dos
adultos enfermos, y habiendo enviado a avisar a los de la Concepción del Caborca que dentro de
doce o quince días nos viniesen a encontrar en la estancia y ranchería de San Marcelo del
Sonaidac, de la costa de la mar de California, salimos para el aguaje de Santa Eulalia, y
llegamos, a las 12 leguas de camino, como una hora de noche, por habernos detenido en una
ranchería de más de 300 indios, que su gobernador nos había ido a encontrar hasta San Ambrosio
del Busanic, y habiéndoles hablado la palabra de Dios, quedaron con nosotros en que habiendo
padre misionero todos se agregarían a bautizarse en San Ambrosio.
El 28, saliendo del buen aguaje de Santa Eulalia en compañía del fiscal mayor de una
ranchería que está a dos leguas más adelante, llegamos a la misma ranchería, adonde nos tenían
prevenido un grandísimo montón de tunas con otras comidas, y por cuanto a los arrieros en este
camino se les habían caído algunas cecinas de la carne seca que traían, habiéndolas hallado los
indios desta ranchería que venían atrás, anduvieron tan finos y leales, que nos las trajeron;
viendo yo esa lealtad, se las repartí con otras dadivillas; caminamos hoy hasta el anochecer 16
leguas de tierras llanas que nunca habíamos andado o visto.
El 29, a las cuatro leguas después de haber salido del paraje, encontramos con más de 40
indios de los más principales destos contornos; entre ellos el capitán de San Rafael, el capitán del
Comac y otros gobernadores, que venían de 10 y 20 y 30 leguas de camino, y nos recibieron con
cruces que traían en las manos, que nos las dieron, y luego despacharon a varias partes a traernos
muchos bastimentos; y a las otras seis leguas de camino llegamos al aguaje de Nuestra Señora de
la Merced del Batqui, adonde concurrieron más de 200 almas. Hubo varias pláticas de doctrina,
que tuve yo y mis maestros de doctrina también, en particular al anochecer, que les enseñamos el
modo de bautizar en lengua pima para los casos de necesidad y de moribundos, que se pueden y
suelen ofrecer que no haya sacerdote; aquí nos dieron dos párvulos a bautizar.
El 30 de septiembre, habiendo despachado la mitad de los sirvientes con la mayor parte de la
caballada que nos fuesen a aguardar diez o doce días en la estancia y ranchería de San Marcelo
del Sonoydac, al poniente, salimos con las mejores cabalgaduras y mulas para el norte, hacia el
Comac y río Grande, y habiendo pasado por otras cuatro rancherías menores, al anochecer, a las
20 leguas de camino muy llano, llegamos a una ranchería grande, que le pusimos de San
Jerónimo, porque era el día del santo; nos recibieron con cruces y arcos puestos, con una casita y
con bastimentos prevenidos, 280 indios (que los contamos) puestos en hileras como en los
pueblos cristianos; a una hora de la noche nos vinieron a ver y a darnos la bienvenida otros 150
indios de otra ranchería, que por ser de noche no habían venido las mujeres ni los muchachos e
informándonos, supimos que estos contornos adonde todavía nunca habíamos entrado, había más
de mil almas, que todavía nunca habían visto ni padre ni español alguno, y a todos les hablamos
la palabra de Dios, que fue bien recibida.
El primero de octubre nos dieron siete párvulos y tres adultos enfermos a bautizar, y si nos
hubiéramos detenido un día como pedían, nos hubieran dado más de 100 párvulos a bautizar. Se
señaló aquí un nuevo gobernador y un fiscal mayor y otras justicias. El dicho gobernador, con el
capitán del Comac y el gobernador de San Francisco, pasaron con nosotros hasta el río Grande,
acompañándonos y guiándonos con toda fuerza. A una legua de camino salió a encontramos un
indio con cuatro hijitos (el uno enfermito) que se los bautizara y le bauticé al enfermito. Nos
dieron mucho maíz y calabaza, aunque no admitimos más que un poco para aquel día; a las seis
leguas de camino llegamos a un buen aguaje, y a las otras 12 leguas a otro entre remotas peñas
que las cabalgaduras no pudieron llegar a beber, aunque para nosotros nos trajeron bastante agua
los guías.
El 2, a las 10 leguas, de camino, llegamos a río Grande y a su ranchería del Tuto, adonde
hallamos más de 200 almas, y otros más de 150 indios de los más principales vinieron a vemos
de más arriba y de más abajo, y algunos nos vinieron a ver desde el río, por haber tenido noticia
de que por este tiempo yo había de pasar por estos contornos; toda era gente muy afable, muy
dócil y muy amigable, así los cocomaricopas como los del río Colorado, que, aunque son de
diferente lengua, hay siempre ranchos pimas y otros que hablan muy bien la lengua pima; nos
trajeron muchas de sus comidas y les hablamos la palabra de Dios, así a los pimas con intérprete
como a los cocomaricopas de aquí y del río Colorado, que todos se holgaron de oírla.
CAPÍTULO VIII.— Bajamos por el río Grande al poniente, y a las 50 leguas de camino
llegamos a la nación yuma y descubrimos otras cuatro nuevas naciones y dimos vista a las
Californias.
El 3 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario, salimos para el poniente,
acompañándonos mucha gente de la que nos había venido a ver y el gobernador del Tutto, que
sabía muy bien las dos lenguas, la pima y la cocomaricopa, y el alcalde de San Felipe y Santiago
del Oyadaybuise, que del Oriente y del río arriba me trajo la noticia que me enviaba el capitán de
la Encarnación de que su gente había dado un golpe a los apaches. A las seis leguas de muy buen
camino llegamos a la ranchería llamada Guoydag, de más de 200 almas, y muchas eran del río
Colorado. En el camino de hoy los muchachos iban echando mucho zacate a las mulas y
caballos, holgándose que lo iban comiendo y que no comían muchachos, como se habían
persuadido el año antecedente cuando entramos por febrero, recelándose y huyéndose entonces
mucho de nosotros, pero que ahora se les quitó todo ese recelo. A la tarde, a las otras siete leguas
de camino a la ranchería de San Mateo del Baki, adonde nos recibieron con varias de sus
comidas y con pescado.
El 4 nos dieron un párvulo a bautizar, salimos para San Matías del Tutumagoydag, y a las 13
leguas de camino llegamos con una hora de sol, habiendo pasado por otras rancherías, en las
cuales habría como 700 almas, con muchas familias del río Colorado, que en todas
experimentamos mucho agasajo. En San Matías nos recibieron con todo amor, dimos unas
dádivas a los guías e intérpretes, que ya no pasaban con nosotros más adelante, porque después
ya íbamos entrando a la nación yuma, con la cual estaban encontrados por unas muertes que
había habido los meses antecedentes; pero así que les dijimos que en adelante vivieran
pacíficamente, admitieron nuestros consejos, y nos pidieron que también entre los yumas
fuéramos buenos medianeros de unas muy constantes paces, como lo fuimos.
El 5, habiendo hablado la noche antecedente casi hasta la medianoche la palabra de Dios, y
habiendo encargado la llevasen más adelante hasta el río Colorado, y habiéndonos dado un
párvulo a bautizar, salimos para los yumas, siempre camino del poniente y del río Grande (o de
los Santos Apóstoles) por abajo, y habiendo caminado como 15 leguas de buen camino, pero
despoblado, llegamos a un buen paraje, que le pusimos la Ciénaga de los Patos (o Laguna de los
Ánsares), pues los había en gran número. Vimos varias rancherías despobladas por las muertes
de los meses antecedentes.
El 6, saliendo de la Ciénaga de los Patos, a las 12 leguas de camino muy llano llegamos a
encontrarnos con los primeros yumas de San Pedro y de San Pablo, y hasta aquí habíamos
entrado, cuando nos dieron las primeras conchas azules el año antecedente por febrero, que nos
recibieron con todo cariño, y hasta el perro que iba con nosotros le dieron agua y pinole en una
corita con todo agasajo como si fuera gente, admirándose de verle tan manso y leal, cosa nunca
vista por ellos, y en eso eran semejantes a los californianos, cuando quince años antes los fuimos
a ver las primeras veces.
Otras tres cosas hallamos después estos días en que estos naturales con sus tierras se
asemejan a los californianos: 1.ª El vestuario de los hombres y de las mujeres. 2.ª Que de otra
manera se cortan el cabellos los hombres y de otra manera los muchachos. 3.ª Que hay por acá
varios árboles propios de la California, como el árbol del incienso y el árbol de la fruta que
llaman medesse.
A la tarde salimos hacia el Norte, ya con guías yumas, que aquí corre el río como ocho leguas
al norte, y después sale otra vez al poniente; en el camino nos dieron mucho pescado, así crudo
como tatemado, que, aunque tenían sus milpas de maíz y frijol y calabaza y sandías, todavía el
frijol y el maíz no estaban maduros. Dormimos en un buen paraje de muy buenos pastos, que le
pusimos de las Sandías, pues las había en un pingüe arenal, al pie de un cerro que desde su
cumbre se divisa muy patentemente la California, y hoy, día de San Bruno, patrón de la
California.
El 7, saliendo y por el río abajo, a las cuatro leguas de camino paramos junto a una ranchería,
pero que estaba de la otra banda del río, y mientras despaché unos amigables recaudos a las
demás rancherías de los alrededores, con el gobernador y con el alcalde y con mi mayordomo de
Nuestra Señora de los Dolores, con las cuatro mejores cabalgaduras mulares que llevábamos,
subí a un cerro del poniente, y adonde entendimos divisar ver la mar de la California, y mirando
y divisando hacia el Sur y hacia el poniente y sudoeste con antojo y sin antojo de larga vista, más
de 30 leguas de tierras llanas, sin mar alguna, y la junta del río Colorado con este río Grande (o
río de Gila o río de los Apóstoles), sus muchas arboledas y campiñas; después nos informamos
que en estas tierras y sus contornos vivían las cuatro nuevas naciones Quiquima, Bagiopa,
Hoabonoma y Cutgana, de indios amigables y laboriosos; y volviendo a nuestro paraje comimos,
añadiendo unos dulces por el consuelo que ya, gracias al Señor, habíamos dado vista a las tierras
pertenecientes a la California, sin que hubiera mar de por medio que apartase estas tierras della.
Y porque se nos iban fatigando los guías pimas, el capitán y el gobernador del Comac, y el hijo
del capitán de San Rafael del Actum, llamado Miguel, y porque me instaba el tiempo de recoger
la limosna de ganados que los padres destas Misiones de Sonora daban para la California,
determiné tomar la vuelta para Nuestra Señora de los Dolores.
CAPÍTULO IX.— Habiendo visto que el brazo de mar de la California no subía hasta 35
grados de altura, cuando tomábamos la vuelta para Nuestra Señora de los Dolores, nos llaman
y hacen revolver los muchos naturales de más adelante, y pasamos hasta el caudalosísimo río
Colorado
Cuando este mismo día 7 de octubre, como a las cuatro de la tarde, íbamos ya saliendo del
paraje para venir a dormir en el paraje de las Sandías, me vino a alcanzar un gobernador de estos
yumas, que el año pasado le había dado la vara, y venía desde la junta de los ríos quien me dijo
que aquellos naturales me rogaban los fuese a ver; ya iba saliendo la remuda con mis carguillas y
con el ornamento y recaudo con que decir misa, y la dejé ir, quedándome a hablar muy despacio
con dicho gobernador, que sabía muy bien las dos lenguas, la pima y la yuma, y habiéndome
informado muy bien aquella tarde y parte de la noche del brazo de mar de la California y de las
cercanas nuevas naciones, y con especialidad del mucho gentío del muy caudaloso río Colorado,
me pareció materia de escrúpulo no ir a ver a estos numerosos naturales.
El 8 madrugué mucho y vine a alcanzar mis sirvientes y a decir misa al amanecer en el paraje
de las Sandías, y revolviendo para ir a ver a esos naturales de la junta de los ríos, a las dos leguas
de camino encontré más de 40 dellos que, habiendo caminado toda la noche, me vinieron a
alcanzar temiendo que yo me fuese sin verlos. Se holgaron muy mucho de que yo ya iba a verlos,
y como los más estaban de la otra banda deste río Grande, les dije los fuesen a avisar que pasasen
a esta banda, pero como dijeron que esta mucha la gente y que todos me rogaban que yo pasase
allá, me buscaron y llevaron a donde este río Grande se divide en tres brazos, y, pasándole, a las
ocho leguas de muy buen camino llegué a los primeros yumas del muy caudaloso río Colorado,
que salieron a recibimos dos leguas de camino con muchas de sus comidas. Había aquí muchos
de los que el año antecedente, 1699, habían salido a vernos al puesto o ranchería de San Pedro,
por haber dicho allí la primera misa que se dijo en esta nueva nación, el día de la cátedra de San
Pedro, en 22 de febrero del año pasado, cuando entré con el padre Adamo Gilg y con el capitán
Juan Matheo Mange; y los naturales, desde luego, con todo amor nos preguntaron por S. R. y por
su merced, y por qué no había vuelto, y les dijimos que quedaban con salud y que quizá en otra
ocasión volverían por acá. Al llegar a la ranchería grande del río Colorado nos recibieron más de
mil almas juntos; luego vinieron otras más de 200, y el día siguiente más de 300, que vinieron de
la otra banda deste caudalosísimo río Colorado, pasándole a nado (y éste es el verdadero y
legítimo río del norte de los antiguos); les hicimos varías pláticas de nuestra santa fe, que fueron
muy bien recibidas, y nos las agradecieron con muy tiernas y amorosas palabras y pláticas, así en
lengua pima como en lengua yuma o cocomaricopa, que es la misma; estas pláticas, así nuestras
como dellos, duraron casi toda la tarde, y después, hasta la medianoche, con muchísimo consuelo
de todos; y me rogaron que me quedara con ellos siquiera uno o dos días que vendría mucha
gente del río arriba, adonde viven los alchedomas, y del río abajo, adonde viven los quiquimas,
bagiopas y hoabonomas; pero no me atreví a detenerme por no hacer falta en venir a recoger el
ganado para la California que se me había encargado, que instaba el tiempo de los herraderos.
El 9, después de misa, nos dieron dos adultos enfermos a bautizar, el uno se llamó Dionisio,
porque era día del glorioso santo mártir, como también por haber dicho aquí la misa deste santo
se le puso a la ranchería y muy buen puesto (muy cercano a la junta de los ríos) San Dionisio.
Los más de los indios que esta mañana nos vinieron a ver, caminando casi toda la noche y
pasando el río a nado, eran de estatura muy alta, pero el principal dellos de estatura agigantada, y
el mayor indio que jamás habíamos visto; a él y otros dos les dimos varas de justicias. Al
despedirnos los consolamos que procuraríamos volver como ellos tanto pedían y deseaban.
Este caudalosísimo, pobladísimo y fértilísimo río Colorado, que sin falta es el mayor que
tiene toda la Nueva España, es el que los antiguos cosmógrafos llamaron por antonomasia el río
del norte, es muy probable de la Gran Quibira, y lo cierto es que por las fértiles y amenas tierras
deste gran río se puede entrar hasta los moquis, pues sale diez leguas más al poniente que estos
pueblos. Y pues la ranchería de San Dionisio, según pesando el sol con el astrolabio, he
reconocido está en 35 grados y medio de altura, subiendo por este río que viene casi siempre del
nordeste otro grado y medio (que por ese rumbo son como 36 leguas de camino), se llega a 36
grados, que es la altura en que están los moquis. Misiones pertenecientes al Nuevo México, y no
habrá riesgo que por esta parte impidan la entrada los apaches.
CAPÍTULO X.— Nos despedimos del mucho gentío del río Colorado o río del norte y tomamos
la vuelta por el otro camino de San Marcelo
Este día 9 de octubre, habiendo salido de San Dionisio y de la junta de los dos ríos, llegamos
a la tarde al paraje de las Sandías, adonde estaba nuestra remuda, y pasando otras dos leguas más
adelante, a una ranchería, adonde nos dieron mucho pescado; subimos a otro cerro más alto, de
donde al ponerse el sol divisamos distintamente muchas tierras de la California, y que los dos
ríos juntos, después de su junta, corrían como 10 leguas al poniente y que después, tomando la
vuelta al sur, a las como otras 20 leguas, desembocaban en el remate de la mar de la California.
El 10, dejando al río Grande y viniendo por el camino por donde habíamos entrado el mes de
febrero del año pasado, llegamos a sestear al aguaje de la Tinaja, y caminando a la tarde otras 12
leguas llegamos a una hora de la noche al aguaje, que también desde el año pasado le pusimos el
Agua Escondida, porque estaba entre peñas.
El 11, despachando a los más de los sirvientes con la remuda que fuesen a sestear y a
aguardarme adonde topasen buen pasto para las cabalgaduras, volví hacia el poniente, y subiendo
en otro [cerro] no vi más que la continuación destas tierras con las de la California y los arenales
de su mar. Y alcanzando a los sirvientes y caminando, hoy, 12, llegamos con sol al aguaje de la
Luna, que este nombre le pusimos el año pasado por haber llegado a él de noche con la luna, y
por estar este aguaje en unas peñas tan altas que las cabalgaduras no pueden subir a beber agua,
determinamos cenar aquí un bocado y caminar, como caminamos, otras tres horas de noche para
alcanzar el día siguiente con más facilidad hasta el aguaje del Carrizal.
El 12, madrugando más de dos horas y saliendo del paraje al salir el lucero, a las 13 leguas de
muy buen camino, a las diez del día, llegamos al buen aguaje del Carrizal, del arroyo de San
Marcelo del Sonoydac; dije misa, almorzamos y, comiendo, sesteamos muy bien, y a los otras
ocho leguas de camino, a las ocho de la noche, llegamos a la ranchería estancia de San Marcelo,
habiéndonos dado un buen refresco de sus comidas los de otra ranchería que había en el camino,
a quienes hablamos la palabra de Dios, y nos dieron tres enfermos adultos a bautizar, que se
llamaron Ignacio, Francisco Javier y Francisco de Borja, y el fiscal y principal desta ranchería
vino con nosotros hasta Nuestra Señora de los Dolores, casi 100 leguas de camino.
Los de San Marcelo de Sonoydac, su gobernador y otros muchos nos salieron a recibir más
de tres leguas de camino, recibiéndonos con arcos, cruces puestas y con casa ramada prevenida,
con bastantes bastimentos y comidas, carne, trigo, maíz, frijol, calabaza, que todo hay aquí de
cosecha para el padre que piden y esperan recibir. Hallamos aquí nuestra gente y sirvientes con
la remuda que en 30 del pasado despachamos desde la Merced. También hallamos aquí los
vaqueros de la Concepción del Caborca, que habían venido 50 leguas de camino a encontrarnos
con el aviso que les enviamos desde San Ambrosio del Busanic.
Este puesto y ranchería de San Marcelo es lo mejor que hay en esta costa, de tierras fértiles,
con sus acequias para buenas sementeras y con agua que corre todo el año, y con buenos pastos
para ganado, con todo lo necesario para una muy buena población, pues tiene aquí muy cercanas
más de mil almas y muchas más tiene en sus contornos, y en lo demás desta costa hay notable
falta de agua, que corre 50 leguas al sur hasta la Concepción del Caborca y 50 leguas al norte
hasta el río Grande y 50 leguas al oriente hasta el valle de San Javier del Bac y al poniente otras
50 y más leguas hasta los confines de los quiquimas y desemboque del río Colorado.
El 13 descansamos en San Marcelo; recibimos una santa cruz que me envió el capitán de la
Encarnación del río y Casa Grande, con muy finos recaudos, de más de 70 leguas de camino;
catequizamos la gente; nos dieron cuatro enfermos adultos y cuatro párvulos a bautizar;
contamos el ganado mayor: había como 50 cabezas; matamos una res gorda. El caporal desta
estancia y el alcalde y fiscal desta ranchería de San Marcelo se conchavar [on] de ir y fueron con
nosotros hasta Nuestra Señora de los Dolores.
CAPÍTULO XI.— Saliendo de San Marcelo, a las 50 leguas de camino, llegamos a Nuestra
Señora de la Concepción del Caborca, y a otras 50, a Nuestra Señora de los Dolores
El 14 de octubre, saliendo para San Luis Bertrán de Bacapa, a las seis leguas de camino, nos
salieron a encontrar muchos naturales con muchas de sus comidas y con muchas muy buenas
pitagayas, que en esta costa las hay en abundancia y duran hasta diciembre. A las otras seis
leguas de camino llegamos a San Luis Bertrán, adonde nos ricibieron como 150 almas, con
muchas de sus comidas y pitagayas, y les hablamos la palabra de Dios a todos.
Habiendo convidado esta gente a que se viniese a vivir a los pueblos y puestos de tierras más
sembrables y a los ríos, salimos para San Eduardo del Baipia, y a las 20 leguas de camino
llegamos al anochecer; recibiéronos con cruces puestas en los caminos y con casa o ramada y
comidas prevenidas más de 120 almas que de los contornos habían concurrido con muchas
justicias que habían venido de varias partes, entre ellas el capitán de la Concepción del Caborca
y otros gobernadores y el caporal de Nuestra Señora de los Dolores, que había venido a
encontrarnos con unas cabalgaduras de remuda y con pan y con otros refrescos.
El 16, a las 16 leguas de camino, llegamos a la Concepción del Caborca, adonde fuimos
recibidos con todo agasajo y con abundancia de bastimentos, pues había trigo y maíz y ganado
mayor y menor, como 100 cabezas de cada género, y casa de adobe y terrado e iglesita, que
fabricó el V. P. Francisco Javier Saeta. De los muchos que nos salieron a encontrar y recibir, más
de legua de camino, el uno nos saludó con estas palabras: “Bendito y alabado sea el Santísimo
Sacramento del altar y la Inmaculada Concepción de María Santísima”, que en gente nueva nos
fueron de gran consuelo e igual admiración.
El 17, habiéndoles hablado la palabra de Dios y bautizado dos párvulos que nos dieron (el
uno era hijo del capitán de esta nación), salimos para el Tubutama, que a las más de 20 leguas de
noche, con la luna, habiendo pasado por las rancherías de San Diego del Pitquia y de San
Antonio del Uquitoa, adonde también había trigo y maíz para el padre, y por la del Addibuto. En
el Tubutama había más de 200 almas, iglesita y casa de adobe y terrado, y a toque de campana
rezaban las oraciones y la doctrina cristiana como en los pueblos de Sonora. También tenían aquí
ganado mayor, como 50 cabezas, y menor, como 100 cabezas, y siembran todos los años trigo y
maíz y frijol para el padre que esperaban recibir.
El 18, a las siete leguas de camino, llegamos al pueblo de San Ignacio, habiendo pasado por
el de Santa María Magdalena, que con el pueblo de más arriba, que es el de San José de Himeres,
están a cargo del padre Agustín de Campos, y aunque S. R. estaba algo indispuesto de unas
tercianas, nos recibió a todos con todo agasajo.
El 19, pasando por San José de Himeres y por Babasaqui, a las nueve leguas de camino
llegué a mi pueblo de Nuestra Señora de los Remedios, adonde hallé que acababan de techar dos
muy buenos aposentos, con buena viguería y tablazón de pino, y descansamos aquí esta tarde.
El 20 llegamos, gracias a Su Divina Majestad, con bien a Nuestra Señora de los Dolores,
habiendo andado de ida y vuelta 384 leguas en veintiséis días, sin que se nos fatigaran las
cabalgaduras y sin avería alguna, que lo atribuimos a los celestiales favores de Nuestro Señor,
dando con felicidad vista a la California y a su paso por tierra, y habiendo hecho 42 bautismos y
descubierto otras cuatro nuevas naciones y el gran río Colorado o río del norte. Y dimos estas
noticias a los amantes de nuevas conversiones, según antecedentemente me las habían pedido.
CAPÍTULO XII.— Cartas que me escriben así los padres de la Compañía como otros señores
seglares habiendo oído las noticias de la referida entrada y descubrimiento
El padre visitador Antonio Leal, en 29 de octubre, me escribió la carta siguiente: “Mucho me
alegro de la venida de V. R. de su jornada, la cual me había escrito el padre rector Juan María
Salvatierra que la rogase a V. R., por lo importante que es la certidumbre de ser tierra firme.
También es muy buena nueva la del río Colorado y las otras naciones: Operari, Autem, Pauci.
Ésa es la lástima. Pues ahora ofrece Dios tanta mies en tanto campo. Dios le pague a V. R. tanto
trabajo en descubrir tantas ovejas redimidas con la sangre de Jesucristo y apartadas de su
rebaño.”
El padre rector desta Misión de San Francisco Javier, Adamo Gilg, dice así: “Sea V. R. muy
bien venido de su larga apostólica caminata, que nos la pide el padre rector, Juan María
Salvatierra; ya muchísimo se confirma que la mar de la California no llega hasta 34 grados de
altura.”
Al padre rector del Colegio de Matape, Marcos Antonio Kappus, remití, juntamente con estas
noticias, unas conchas azules que me dieron en el río Colorado, de las que me dieron el año
antecedente por febrero, y me hicieron discurrir que habría este paso por tierra, porque de aquel
mismo género las vi en la contracosta el año de 1685, en compañía del almirante don Isidro de
Attondo y Antillón.
Y dicho padre rector me respondió así: “Estimo sobre mis ojos las conchas azules, y
especialmente la grande, que verdaderamente es pieza rara. Viva V. R. mil años. El otro día me
envió el padre rector, Juan María Salvatierra, cuatro conchas de la contracosta, y ellas son ni más
ni menos del mismo jaez y oriente.”
El señor gobernador de las armas desta provincia de Sonora, don Domingo Gironza Petriz de
Cruzat, quien siempre solicitó mucho estas entradas en servicio de ambas Majestades, y dellas ya
en cuatro otras diferentes cartas me dio la gracias en nombre de su real Majestad; también en esta
ocasión me escribió una finísima carta llena de consuelos y plácemes.
El general Juan Fernández de la Fuente, capitán del presidio de Janos y alcalde mayor de
Casas Grandes, me escribió lo siguiente: “Cuando corrían malas voces de algunos nada
aficionados, que por eso no se les da crédito, y sueñan alzamientos no intentados, que muchas
veces suceden por anunciarlos y propalarlos nosotros, no teniendo intención los naturales, con
todo regocijo y estimación mía, acabo de recibir la muy estimable de V. R., por la cual veo todo
lo operado por V. R. en servicio de las dos Majestades, que es cierto han sido para mí noticias de
sumo júbilo. Nuestros muy reverendos padres rector, Juan María Salvatierra, y Francisco María
Picolo, y todos los demás conquistadores, se alegrarán mucho, y yo me holgara que nos viésemos
V. R. y yo para que cara a cara y boca a boca, conferenciemos todo aquello que fuese de su
mayor agrado y servicio de las dos Majestades, y a todo por todo cuanto se pueda ofrecer en tales
materias me sujetaré y sacrificare mi vida y hacienda, pues con hacer el servicio de las dos
Majestades y el bien común nos podemos prometer la eterna salvación, que es lo que podemos
desear.” Hasta aquí el general Juan Fernández de la Fuente.
CAPÍTULO XIII.— Carta del padre rector, Juan María Salvatierra, a quien yo los meses
antecedentes había escrito de la muy grande probabilidad del paso por tierra a la California
Dos días después de haber yo vuelto de la referida entrada al río Colorado y paso por tierra a
la California, recibí una carta larga del padre rector, Juan María Salvatierra; su fecha en Loreto
Concho de la California y agosto 25 deste año de 1700, en la cual S. R., entre otras cosas, me
dice lo siguiente: “Recibí todas las cartas de V. R. escritas en Matape y otras partes aquí en
Loreto todas a un tiempo, que me fueron de mucho consuelo. Nos hemos alegrado de saber lo
casi cierto de ser esta tierra continente con la Nueva España, y sólo falta saber en qué grados se
cierra este seno, lo cual esperamos todos nos lo escribirá V. R. después de las aguas, que para
otro año, si es que nos socorren, no será difícil partirse las 100 leguas, aunque sean 150, para que
nos encontremos. Nos hallamos con buenos desamparos y con catorce meses de falta de socorro
del México; necesitamos de un todo en materia de géneros, chocolate, tabaco, etc., lo cual no
puede ser sino por alguna grande otra avería de barco o barcos. Hágase con toda la voluntad de
Dios, que espero no han de prevalecer las puertas del infierno contra la casita grande de Loreto; y
al caso importa se sepa por tierra el camino, adonde se cierra este mar para poderse ayudar por
tierra en un caso extravagante, como nos puede suceder de totalísimo desavío de embarcación.
En cuanto a la caridad del ganado y su conducción a Hiaqui, de nuevo estimo a V. R. la
abundante limosna dello, por lo que toca a la parte de V. R., y asimismo lo diligenciado con los
otros padres. Reciba V. R. muchos saludos del padre Francisco María Picolo y de toda la gente
deste Loreto, que se han alegrado con las esperanzas del continente y con ansias desean las
últimas noticias.” Hasta aquí el padre rector, Juan María Salvatierra, al tiempo que ya se
acababan de conseguir esas noticias y yo actualmente se las estaba escribiendo a S. R. con
relación diaria de toda la referida entrada, que la remití a S. R. a California, y con sus noticias
vino después S. R. en persona desde Nuestra Señora de Loreto de la California hasta esta Misión
de Nuestra Señora de los Dolores desta Pimería a hacer entrada al paso por tierra a la California
el mes de febrero del año siguiente, 1701, como diré en el siguiente libro II.
CAPÍTULO XIV.— Se recogen y juntan con 700 reses y otros ganados en estas Misiones de
Sonora y se llevan a Matape y Hiaqui para la California
Con la ocasión que por febrero y marzo deste año de 1700 el padre rector, Juan María
Salvatierra, había venido de California a Sinaloa y a Aome, para el aliño, carena y avío del navío
San Fermín, se trató del socorro de ganados que estas Misiones de Sonora habían de dar a la
California, y después se dio la mayor parte deste ganado al más oportuno tiempo, que fue por
octubre y noviembre en los herrados, y S. R. me escribió desde Sinaloa las dos cartas siguientes,
la primera en 9 de mayo deste tenor: “El miércoles me pondré en camino para Onabas, y a no
embarazarme la salud o alguna repentina de Loreto de California, pasaré hasta Matape en 22
deste, y así por la esperanza de ver dichosamente a V. R. no respondo a los puntos tan amorosos
de su carta, que me ha ensanchado el corazón. Acabo de recibir otra carta del padre rector de
Matape, en que me avisa haber ya recibido las diez cargas de bastimento que V. R. remite para
las Misiones de Nuestra Señora de Loreto de California, las cuales agradezco a V. R. y estimo
sobre mis ojos. Y agradezco a V. R. las 300 reses que ofrece para la California.”
Y en 21 de mayo, entre otros puntos de una carta larga, me escribió S. R. lo siguiente:
“Juzgué poder llegar hasta Matape, pero la fuerza de los soles, el írseme cayendo enfermos de los
ojos los hijos, el haber llegado de repente de vuelta de California la lancha y precisar mi
asistencia, así para la carena como para volver yo en ella y ser preciso el cargarla luego, por ser
única y mucha la gente en la otra banda, el conjunto de estas razones me ha forzado volver atrás
desde aquí, y el sentimiento que tengo de la poca dicha de no haber podido ver a V. R. En cuanto
a las 300 reses que V. R. quiere dar a la California, me parece que harán falta o daño a las
Misiones de los pimas, pues, según he oído, pide V. R. padres nuevos para poner en la Pimería, y
así, desde luego, digo que las 100 puede V. R. guardar para la Pimería, y las 200 las necesito
luego para la California y en el puerto de Hiaqui, que me tiene señalado el padre provincial para
ganados, y que está cercano a Loreto Concho de la California; cristiandad ya asentada, y que se
va fomentando, conservando y adelantando, en que pusimos el pie y costó sudores y sangre y
grandes gastos, y se dilata mediante el patrocinio de María Santísima de mar a mar el Evangelio,
quedando ya amansadas de costa a costa las rancherías del medio.” Hasta aquí el padre rector,
Juan María Salvatierra. Y en virtud desta carta, aunque algunos ponían la dificultad de los
calores y otras ocupaciones, puse al instante por obra el que llevásemos las 200 reses que daba
esta Misión de Nuestra Señora de los [Dolores] a la California a Matape, Tecoripa y Hiaqui, y las
acompañé y ayudé a sacar en persona hasta a Tuape, por junio.
Y después, por noviembre, de vuelta de mi entrada en los herraderos, dieron los demás
partidos un buen número de reses, que fui hasta Matape, camino de 50 leguas, a despacharlas a la
nueva estancia del Hiaqui, para que de dicha estancia pudiesen sacar los padres de la California
la carne, sebo y manteca que hubiesen menester, pasando también el ganado en pie a la
California, según se necesitase y los tiempos diesen lugar. El partido de Oposura dio 100, y 1
000 cabezas de ganado menor que se compró en Hiaqui a trueque de ganado mayor. El partido de
Ures dio otras 10 reses, y 100 el partido de Cucurpe, 60 con alguna caballada dio el partido de
Guepaca y 70 el partido de Guepaca, 50 el partido de Arizpe y otras cantidades las demás
Misiones. Y con esto acabamos el año de 1700.
LIBRO II
CAPÍTULO PRIMERO.— Venida del padre rector, Juan María Salvatierra, de la Misión de
Nuestra Señora de Loreto de la California a estas Misiones del Hiaqui de Sonora y desta
Pimería para pasar por tierra a dicha California
Habiéndonos continuadamente carteado el padre rector, Juan María Salvatierra, y yo en
orden a los descubrimientos y adelantamientos posibles destas conquistas espirituales y
temporales y nuevas conversiones de la California y de sus relaciones de lo de por acá desta
Pimería, la cual, y todas las Misiones antiguas y nuevas de Chinipas de Sinaloa y de Sonora, que
ha sido su vigilantísimo muy celoso e incansable padre visitador, tanto deben al apostólico, santo
cuidado de S. R., por enero y febrero deste año de 1701 vino de la California por la mar a estas
Misiones de Hiaqui y Sonora y desta Pimería, con buenas y fundadas esperanzas de volver por
tierra en altura de 31 o 32 grados a su Misión de Nuestra Señora de Loreto Concho, adonde S. R.
dejaba por vicerrector al padre Francisco María Picolo y por cabo y capitán de los soldados al
capitán Antonio de Mendoza y García, y los barcos y gente de mar encargados a sus cabos en las
carenas y navegaciones que se ofreciesen. S. R., desde Tecoripa y Matape y de otras partes me
escribió repetidas y diferentes cartas de las cosas, bastimentos, cabalgaduras y recua que
habríamos menester para esa nueva entrada al paso por tierra a la California y quizá hasta la
misma California muy adentro o hasta Loreto Concho. Y con eso, así acá dentro en esta Pimería
como allá fuera en las demás cercanas Misiones, se hizo prevención de todo lo necesario de
sirvientes, de harina, de bizcocho, de carne, de cabalgaduras, etcétera. Y por si en el paso por
tierra a la California, en la misma California para bajar desde 32 grados, adonde está el referido
paso, hasta 25 grados, adonde está la Misión de Nuestra Señora de Loreto Concho, hubiese
alguna resistencia o dificultad, determinó dicho padre rector, Juan María Salvatierra, de llevar a
la entrada algunos soldados. A ese fin pasó S. R. al real de San Juan a ver al señor gobernador de
las armas, don Domingo Gironza Petriz de Cruzat, y con facilidad consiguió de su señoría diez
soldados, con su cabo; y de los demás señores vecinos del real de San Juan y del valle de Sonora
y de los padres misioneros de las Misiones antiguas adquirió el necesario avío de unos buenos
sirvientes y de arrieros y de algunas mulas de carga y de silla; y con lo de allá fuera, y desta
Pimería, se juntaron más de 40 cargas de bastimentos y otras cosas necesarias que se llevaron a
esa entrada.
CAPÍTULO II.— Venida de los enemigos apaches a estas fronteras de Sonora con tantas
hostilidades, robos y muertes, que parecía había de estorbar nuestra entrada al paso por tierra
a la California.
Por este mismo tiempo de enero y febrero entraron a sus acostumbrados robos de todos los
años los apaches, y robando en varias partes caballadas, aquí, muy cerca de la estancia de
Cucurpe, hicieron los lastimosos daños que el padre Melchor Bartiromo me escribió con la carta
siguiente, fechada en Cucurpe, 1 de febrero: “Por falta de papel no escribí a V. R. desde
Saracachi, adonde dieron los enemigos el domingo, alto el sol, más de doscientos indios;
mataron seis personas, hirieron siete, tres están de riesgo; saquearon todas las casas menos la mía
y la del caporal, adonde se salvó la demás gente; llevaron caballos y yeguas, no sabemos
cuantos; el ganado menor, todo; yo he sentido sólo las muertes de tantos inocentes, que lo
temporal no importa. V. R. nos encomiende al Señor en sus santos sacrificios, en los cuales me
encomiendo.— Cucurpe y febrero 1.— P. S. V. R. esté con cuidado, porque puede ser que el
enemigo esté todavía metido por aquí cerca, porque eran muchos.— P. S. Ahora, al amanecer 2
de febrero, día de la Virgen, vino Germán a avisarme de cómo alcanzaron a los enemigos y les
quitaron la caballada hurtada.” Hasta aquí el padre Bartiromo.
Esta gran desgracia y tan lastimosas muertes asustaron mucho a toda la provincia, y parecía
había de estorbar nuestra entrada al paso por tierra a la California; pero el padre rector, Juan
María Salvatierra, desde Tuape, me escribió las siguientes cartas, la una de 10 y la otra de 14 de
febrero; la del 10 dice así: “Estando para escribir y despachar a V. R., el padre Melchor me dice
haber recibido carta de V. R. con la buena nueva de haber quitado el alférez Escalante toda la
caballada al enemigo, y así detengo un ratito al portador dándole a V. R. el parabién desta
victoria, y pues estaba V. R. ocupado en disponer mulada y caballada en honra de la Madona de
Loreto y socorro de su Misión califórnica, la Señora ha mirado por todos los bienhechores.
¡Viva, viva Jesús! ¡Viva María! Recibí la de V. R. con los saludos de los queridos hijos pimas de
V. R. a quienes ruego retorne V. R. mis saludos, que me holgaré darles un abrazo. Mañana o
pasado mañana paso a Cucurpe, y por no detener al portador no soy más largo.”
La segunda carta, de 14, dice así: “Esta guerra de Saracachi nos ha hecho muy mala obra,
pero no hay para que perder el ánimo. Supongo que V. R. estará en mucha faena por el
bastimento, pues la sola falta de bastimento nos puede hacer volver atrás, y yo estoy con
resolución de lo contrario, pues desta sabiduría de tierras dimanará gran bien de las misiones de
Loreto Concho. Será menester que salgan de los Dolores todas las mulas de V. R. cargadas, unas
diez o doce cargas de harina, unas dos cargas de pinole y dos cargas de bizcocho, y es necesario
que todos los tercios sean de a seis arrobas, que con el ir caminando adelante se irán aminorando;
en cuanto a carne seca quizá fuera acertado llevar un par de cargas, por no haber de estar
atenidos a haber de matar luego que se llegue a los parajes, aun adonde hay carne viva que matar.
Yo me detengo aquí estos dos días, pues así se rehacen las pocas bestias que traigo, que subiendo
más arriba será menester encerrarlas de noche y padecerán mucho, y por mi parte me importa
tanto el reconocimiento desta tierra que si fuere menester me detendré hasta las aguas en la
consecución deste fin. Y así, por amor de Dios, ruego a V. R. la prevención de bastimentos, que
por mi resuelto estoy de no volver atrás por falta dellos, y así ruego a V. R. me avise de todo, y
en particular de lo que V. R. tiene ya prevenido en los géneros referidos. Y retorno los saludos de
los hijos califórnicos que vienen conmigo frutos de los trabajos y celos de V. R.” Hasta aquí el
padre rector, Juan María Salvatierra.
CAPÍTULO III.— Estas hostilidades de los apaches se atribuyen, aunque muy siniestramente, a
los pimas, y aclara y declara la inocencia desta Pimería
Acerca destas referidas muertes, robos y hostilidades, hubo tantas controversias y tan
porfiados encontrados pareceres, que se desbarataron y quebraron las amistades de personas
principales desta provincia, atribuyendo muchos esas maldades a los enemigos de siempre,
jocomes, janos, sumas y apaches, y otros por fuerza las achacaban a los pimas desta Pimería, y se
hicieron informes jurídicos, aunque siniestros; pero Nuestro Señor aclaró la verdad por muchos
caminos, y desde luego muy patente me lo indican las dos siguientes cartas de los que siguieron a
los enemigos y les quitaron gran parte de las presas que llevaban: la una es del capitán Pedro de
Peralta, teniente desas fronteras, de 13 de febrero, y es como sigue: “Mi padre Eusebio Francisco
Kino: ¡Albricias, albricias, albricias! Los indios enemigos que dieron en Saracachi, de
tornavueltas pasaron por este real de Bacanuchi y sacaron del corral de Simón Romo una manada
y otras bestias; se avisó al presidio de fronteras y salió el alférez Escalante con 15 hombres y de
aquí salieron diez, y cerca de Chiquicahui alcanzaron 36 enemigos y les quitaron las bestias y
conocieron clara y distintamente eran apaches. Llevaban tecomates y otros despojos de los que
robaron en Saracachi. Huyeron los enemigos a la sierra; no se pudieron seguir por falta de
caballos; con que no son pimas, como se discurría; y así no pierdo mis albricias y yo las diera de
muy buena gana por lo mucho que quiero a los pimas. Y ayer, 12 de febrero, llegaron los señores
soldados con la caballada, muy contentos con haber descubierto que los de las muertes y robos
son apaches y hocomes.” Hasta aquí el capitán Peralta. Y el capitán Cristóbal Granillo de
Salazar, también en 13 de febrero, desde el real de Bacanuchi escribió lo siguiente: “De mucho
júbilo fue para mí el recibir carta de V. R., que lo he deseado muchísimo por tener noticia de los
amigos pimas, por la mucha confusión en que nos han tenido las hablillas, nunca dándoles
crédito hasta tener certeza del desengaño. Ya quiso Nuestro Señor el que se supiera quiénes
fueron los que dieron en Saracachi. Ayer, 12 del corriente, llegó mi hermano Simón y los señores
soldados quienes fueron en su seguimiento con el señor alférez Juan de Escalante, quienes los
alcanzaron en la sierrecita adelante de San José, como 12 leguas de Chiguicahui, donde quitaron
la caballada que se llevaban deste valle, y conocieron todos los señores soldados ser apaches en
el traje y en las armas, y los vieron como a tiro de arcabuz; no pudieron matarlos por faltarles las
bestias y ser la tierra mala; no pido albricias, porque mi compadre, el capitán Peralta, las ha
pedido ya, mas no las pierdo.” Hasta aquí el capitán Cristóbal Granillo de Salazar.
Otro caso, aunque triste por un camino, aclaró manifiestamente la inocencia desta Pimería.
Porque en 18 de febrero, habiendo venido noticia de que aquí cerca, junto al cerro de Nuestra
Señora de los Remedios, en una profunda y áspera cañada, tenían retirada y hurtada mucha
caballada los enemigos, salieron unos indios de Nuestra Señora de los Dolores y unos indios de
Nuestra Señora de los Remedios a ver de quitarla, y pelearon hasta dar las vidas el gobernador de
Nuestra Señora de los Remedios y con otros dos suyos, y el caporal de Nuestra Señora de los
Dolores con otro de los suyos, y el padre visitador Antonio Leal me escribió la carta siguiente:
“Doy a V. R. muchos pésames envueltos con muchos plácemes por las muertes de los hijos
pimas, pues con su sangre y con sus vidas bien han manifestado a todo el mundo que no son los
pimas ni la Pimería los malévolos y malhechores.” Lo propio dijeron y escribieron otras
diferentes personas, que pues los pimas daban sus vidas en defensa de los ladronicios, no eran los
pimas los que los cometían o los que eran amigos de semejantes maldades.
CAPÍTULO IV.— Viene el padre rector, Juan María Salvatierra, a esta Misión o pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores; y emprendemos la entrada para el paso por tierra a la
California; sale S. R. para San Ignacio y, rumbo del poniente y a las 50 leguas de camino llega a
Nuestra Señora de la Concepción
Cerca de 20 de febrero llegó a Cucurpe a este partido de Nuestra Señora de los Dolores el
padre rector, Juan María Salvatierra, con los 10 soldados y con sus cuatro naturales califórnicos.
Hablamos con consuelo de todo lo concerniente a la entrada a ese paso por tierra a la California,
en particular por las conchas azules, porque estos días el padre rector de Metape me había escrito
la carta siguiente: “Muchísimo se ha alegrado el padre rector, Juan María Salvatierra, en ver las
conchas azules, en particular la grande, de que V. R. me hizo favor, y las dos bolas y el tejido de
la faja, y ya no duda S. R. de que ésta es tierra contigua y firme con la de la California.” Y
habiendo dispuesto que este partido de Nuestra Señora de los Dolores daba para la entrada al
paso 20 cargas de bastimento, harina, carne seca, bizcocho, etc., y 80 cabalgaduras, las más
dellas mulares, en 25 de febrero salió de Nuestra Señora de los Dolores para el pueblo de San
Ignacio, rumbo del poniente, el padre rector, Juan María Salvatierra, con dos soldados, que los
demás los habían hecho volver a Saracachi, por un rumor que hubo de enemigos. Llevó S. R. de
aquí para la entrada el cuadro de Nuestra Señora de Loreto, de buen pincel y de mano de Juan
Correa, que nos fue de gran consuelo en todo el camino; la poníamos en el altar cuando decíamos
misa, cargándola personalmente los dos padres, el uno por la mañana y el otro por la tarde.
En San Ignacio, que dista diez leguas de Nuestra Señora de los Dolores, adonde asistía el
padre Agustín de Campos, se avisó el padre rector, Juan María Salvatierra, con algún bastimento
y con algunas cabalgaduras más, y como yo, con el cuidado con que nos tenían los enemigos, me
detenía otro poco, S. R. me escribió la siguiente carta en 26 de febrero:
“Mediante los muchos regalos que V. R. me hizo pude llegar muy alentado a este partido de
San Ignacio; Dios le pague a V. R. la mucha caridad que hace aun a quien tan poco lo merece.
Llegado aquí, recibo el pliego que V. R. me despachó, y viene nueva de que vendrá pronto señor
virrey nuevo y señor arzobispo, llame pesado saber cómo los enemigos desamarraron un caballo
tuape, y el pobre padre Melchor supondría estaban los soldados en los Dolores, y fue imposible
que esta noche llegasen los dos soldados a Tuape. Quiera Dios no sea cosa de cuidado, que, a
serlo, V. R. tiene la materia presente y será lo más acertado lo que V. R., en todo caso, resolviere
como tan experimentado y antiguo.” Hasta aquí el padre rector, Juan María; y con esta carta
determiné dar una mirada a mis tres pueblos y mandarlos fortificar por tantos peligros de
enemigos como había, y entretanto volvieron de Saracachi a Nuestra Señora de los Dolores los
ocho soldados, con su cabo Nicolás Bohorgues, con el capitán Juan Matheo Mange, sobrino del
señor gobernador de las armas, que dos días después fueron a alcanzar al padre rector Juan María
a San Ignacio, desde donde S. R. prosiguió su derrota al poniente hacia la mar de la California y
hacia la Concepción de Nuestra Señora del Caborca, por el Tubutama, y Addi y San Antonio del
Uquitoa y San Diego del Piquín, por donde S. R., con su mucha caridad y santo celo, fue
haciendo 26 bautismos de enfermos y párvulos que los naturales le dieron, y a las como 50
leguas de camino de los Dolores llegó con la gente y con las 40 cargas de bastimento a la
Concepción, con bien y con brevedad.
CAPÍTULO V.— Mi salida de Nuestra Señora de los Dolores en alcance del padre rector, Juan
María Salvatierra, sacada de la relación diaria desta entrada al paso por tierra a la California
El 1 de marzo de 1701 salí de Nuestra Señora de los Dolores rumbo del norte, con ocho
sirvientes y con un criado del señor gobernador de las armas, y fui a dar una mirada a mis otros
dos pueblos de Nuestra Señora de los Remedios y de Cocospera, por ser fronterizos a los
enemigos, a disponer su defensa con unos torreones y con una entrada de pimas a las tierras del
oriente, por donde suelen andar y entrar los enemigos hocomes y apaches.
El 2 de marzo, habiendo dado ceniza en Nuestra Señora de los Remedios, pasé a darla al
pueblo de Cocospera, donde hallé dos capitanes desta Pimería, el uno llamado el Coro y el otro
llamado el Tarabilla, que acacaban de espiar a los enemigos, y avisaron de cómo habían visto sus
lumbres, y que no distaban más que dos días de camino de la Pimería al oriente, y se ofrecieron a
ir en breve con un buen número de pimas de aquí cerca y de los sobaipuris del norte a pelear
contra dichos enemigos hocomes y apaches, y a este fin les mandé dar bastimento, carne, maíz y
trigo a ellos y a los soldados, que habían venido cuatro a Cocospera, dejando otros 13 en
Bocanuchi; y estos pimas tuvieron después el buen suceso que diré al fin desta relación diaria.
El 3, habiéndose confesado los cuatro soldados, salieron para Bacanuchi a encontrarse otra
vez con los otros 13; y yo salí para el poniente y para Nuestra Señora de la Concepción del
Caborca, en alcance del padre rector, Juan María Salvatierra, y a las 15 leguas de camino llegué
ya de noche a la estancia de San Simón y San Judas de Siboda.
El 4 me dieron tres párvulos a bautizar, me avié de otras 25 buenas cabalgaduras, se hizo el
herradero de siete manadas de yeguas y dejé orden que luego después se hiciese el herradero de
las como mil reses que había en esta estancia, que la he dedicado para el socorro de las nuevas
conversiones que se fueren fundando.
El 5, a las 13 leguas de camino, llegué hasta cerca de la ranchería llamada Aquimuri.
El 6, a las tres leguas, llegué a decir misa a San Ambrosio del Busanic, adonde hallé más de
500 almas que habían concurrido, y después de misa me dieron cinco párvulos a bautizar y una
adulta enferma. Supimos cómo el padre rector Juan María había pasado por el cercano pueblo del
Tubutama; matamos una res de las más de 80 que aquí me cuidaban con cuatro manadas de
yeguas, y como había aquí también trigo y maíz de la iglesia, nos habían molido y prevenido
cuatro cargas de harina para nuestra entrada.
El 7 salimos para el pueblo de Tubutama y para la ranchería del Addi, adonde llegamos a las
14 leguas de camino; y a las tres primeras leguas, en el Saric, me dieron seis párvulos a bautizar
y uno después en el camino, en la estancia del Tubutama. También en el Saric, adonde me
cuidaban 80 cabezas de ganado menor, trigo y maíz y frijol, y también nos habían prevenido
unas cargas de harina para nuestra entrada.
El 8 salí del Addi, y pasando por la ranchería de San Antonio del Uquitoa y por el pueblo
incoado de San Diego del Pitquin, a las 18 leguas de camino, al anochecer, llegué a Nuestra
Señora de la Concepción del Caborca, donde con la muy mucha caridad del padre rector Juan
María fui recibido en la puerta de la iglesia con el cuadro de Nuestra Señora de Loreto en el altar,
y con los señores soldados y con más de 400 indios puestos en hilera, muy al remedo de los
pueblos cristianos antiguos.
CAPÍTULO VIII.— Por encontrar con un arenal de más de 60 leguas de box, que había en el
remate de la mar de la California, y porque se nos fatigaban las cabalgaduras, nos volvimos,
habiendo dado primera y segunda vez vista a la California
El 22, a mediodía, pesé el sol con el astrolabio, y hallé que aquí este brazo de mar de la
California se acaba en 31 grados de altura; ahora con otras entradas he reconocido que este seno
califórnico tiene en su remate al norte un tan grande arenal de médanos de arena, que tiene más
de 60 leguas de box, el cual nos vino a estorbar que por este rumbo no pudiéramos pasar más
adelante, aunque hoy, como a las dos de la tarde, llegó nuestra gente y recua con las cargas del
paraje antecedente, el cual había quedado en tanta manera sin agua, que de vuelta nos fue forzoso
caminar hasta la medianoche para llegar hasta el paraje de San José de Ramos, y se nos quedaron
muchas cabalgaduras cansadas y algunas cargas en el camino.
El 23 descansamos mientras llegaban esas cargas.
El 24, Jueves Santo, se dijo misa, y nos vinieron a ver muchos naturales de aquellos
contornos y también dos gobernadores de muy adentro, adonde yo había entrado el año
antecedente, y nos pidieron que entrásemos a sus tierras; pero como traíamos las cabalgaduras ya
muy fatigadas les dijimos que fueran con nosotros a San Marcelo, adonde íbamos a descansar
ocho días. Estos gobernadores nos dieron aún más individuales noticias de cómo los meses
habían entrado a los quimas mis recaudos y dádivas y que nos estaban aguardando con muy
amigables ansias.
El 25, Viernes Santo y día de la Encarnación de Nuestro Señor, vinimos al carrizal cercano a
San Marcelo, cansándosenos muchas cabalgaduras en este camino; pero con el buen pasto deste
puesto se reforzaron; nos vinieron a ver muchos naturales de varias partes.
El 26 descansamos en este buen paraje; pesé el sol con el astrolabio, y nos hallamos en 31
grados 10 minutos; hicimos una ramada en que celebrar el día de Pascua.
El 27, día de Pascua de Resurrección, confesaron y comulgaron los soldados y la demás
gente; les predicó el padre rector. Hicimos un pequeño dibujo deste ramaje del mar de la
California.
El 28 enviamos a la estanzuela de San Marcelo por una res y carne fresca, que vino al día
siguiente.
El 29 nos vinieron a ver muchos indios del oriente, y seis dellos se conchavaron de ir, y
fueron, con nosotros a otra nueva entradita al poniente, a la cual fuimos a la ligera el padre rector
y el capitán Juan Matheo Mange y yo con cuatro sirvientes de Nuestra Señora de los Dolores, en
altura de 31 grados y 35 minutos, por ver si por este rumbo hallábamos entrada y paso para llegar
hasta los quiquimas y propasar del todo y descabezar el remate de la mar de la California.
El 30 aguardamos noticias del poniente, que no vinieron.
El 31 salimos para el poniente el padre rector y el capitán Juan Matheo Mange y yo, con los
seis guías pimas del oriente, con 18 bestias mulares y tres caballares, con seis carguillas ligeras; a
las 13 leguas de camino llano llegamos con una hora de sol al paraje y aguaje que llaman Pitaqui,
y nosotros, después, llamamos la Petaca; desde un cerrito, al cual subimos cargando con nosotros
el cuadro de Nuestra Señora de Loreto, divisamos patentemente la California, y la sierra grande
que llaman del Mezcal, y la otra que llaman la Sierra Azul, y el encerramiento de ambas tierras
desta de la Nueva España y de la California. Al anochecer nos vinieron a ver unos naturales con
sus mujeres y con sus hijitos, que habiendo oído la palabra de Dios que les predicamos nos los
daban a bautizar.
El 1 de abril, habiendo enviado un indio a llamar a la demás gente de aquellos contornos, a
las diez del día trajo dos escuadras de naturales pimas y yumas y cocomaricopas con sus
gobernadores, que los más eran de los que yo el año antecedente había visto en San Dionisio,
como 40 leguas más al norte, en la junta del río Colorado y río Grande, y todos nos dijeron que
para entrar como deseábamos hasta los quiquimas de la California nos faltaban más de 30 leguas
o tres días de camino de tantos arenales que ni agua ni pasto alguno tenían, con lo cual el padre
rector Juan María determinó que nos volviésemos, y nos conchabamos de que yo en otra mejor
ocasión, en más altura por la junta de los ríos y por San Dionisio, entrase después de las aguas y
calores (como entré por noviembre) hasta a dichos quiquimas. Y esta tarde nos volvimos hasta la
mitad del camino del día antecedente, contentándonos entretanto de haber visto tan patentemente
el desengaño del paso por tierra a la California, que con esta entrada y con la que hice cinco
meses después en 23 y 22 grados de altura, no quedó la menor duda, si no fue la de la siniestra
opinión de algunos pocos afectos.
El 2 llegamos a mediodía al carrizal, y al anochecer a San Marcelo, adonde nos estaban
aguardando el ayudante y los soldados con muchos naturales y con muchas cartas de Sonora y de
varias partes.
El 3, el padre rector Juan María determinó tomar la vuelta con diez soldados por la
Concepción del Caborca y por donde habíamos venido; y yo, porque había mucho tiempo que no
había visto la Pimería del norte y sus sobaipuris, determiné tomar la vuelta para Nuestra Señora
de los Dolores por el Norte y por San Javier del Bac, con lo cual entró la duda de si el padre
rector (o yo) llevaría el querido cuadro de Nuestra Señora de Loreto; y aunque yo me contentaba
que llevase ese gran consuelo consigo el padre rector, S. R. determinó que echáramos suertes, y
escribiendo en dos papelicos “norte” y “sur”, y como al sacar los papelitos me cupo el del norte,
me cupo la dicha de traer a esta Gran Señora de Loreto por el norte desta Pimería de los
sobaipuris, siendo Ella nuestro norte.
Esta tarde salió el padre rector con los diez soldados para su rumbo del sur; yo quedé a unos
negocillos, y aguardando unas respuestas de tierra adentro, y para la fábrica de una pequeña
iglesita o casi capilla de Nuestra Señora de Loreto, en la cual se pudo decir tres días misa. Pues
aunque mi deseo era salir luego el día siguiente con el capitán Juan Matheo Mange para San
Javier del Bac, fueron tantos los correos que de día y de noche vinieron de los quiquimas, que me
hube de detener tres días, con lo cual dejé muy entabladas y establecidas las paces entre estos
pimas y entre dichos quiquimas, y que se viniesen a encontrar y a hablar muy amigablemente y
en gran número en la mitad del camino (como se ejecutó) y que me avisasen de todo en Nuestra
Señora de los Dolores, que yo, con la divina gracia, entraría a los quiquimas en el otoño
próximo.
El 4 se cortaron las doce viguitas para la iglesita de Nuestra Señora de Loreto en San
Marcelo y se hizo su altar. Vino el fiscal, que despaché con el correo de la noche antecedente, y
nos trajo noticias de que venía de vuelta de los quiquimas el gobernador que el padre rector había
despachado con recaudos para Loreto Concho y que traían recaudos y dádivas de los yumas y de
los quiquimas.
El 5 despaché temprano otro correo a encontrar y traer con brevedad al referido gobernador.
Se dijo la primera misa en la nueva iglesita con el cuadro de Nuestra Señora de Loreto puesto en
el nuevo altar. Se mandó limpiar tierra para sembrar maíz que nos trajo bastante desde el
Tucubabia el capitán del Comac. Al anochecer vino el Gobernador que traía los recaudos y
dádivas de los quiquimas, en particular unas conchas azules de la contracosta, y que con muy
amigables ansias habían estado aguardándonos, deseando muy mucho nuestra amistad en orden a
convertirse a nuestra santa fe, y quedando muy agradecidos a los recaudos y dadivillas que les
habíamos enviado en diferentes ocasiones, ahora desde aquí cerca y desde Nuestra Señora de los
Dolores los meses anteriores, y desde San Dionisio el año pasado los envié a consolar de que,
Dios mediante, yo entraría el otoño próximo a verlos, y determiné salir al día siguiente para los
sobaipuris del norte.
CAPÍTULO IX.— Saliendo de San Marcelo, a las 53 leguas de camino, llegamos a San
Francisco Javier del Bac, de los sobaipuris.— Agasajo y buen estado de los naturales.
El 6 de abril, habiendo encargado que con las ocho cargas de bastimento que nos habían
sobrado desta entrada acabasen de techar muy bien la nueva iglesita de Nuestra Señora de Loreto
y que sembrasen muy buenas milpas también para sí los naturales, salí con el capitán Juan
Matheo Mange de San Marcelo rumbo del oriente para San Rafael de Actun el Grande, de donde
a la tarde pasamos al aguaje llamado Gubo.
El 7, a las cinco leguas de camino, llegamos al paraje y ranchería de Nuestra Señora de la
Merced del Batqui, adonde los naturales que había nos recibieron, acompañaron y guiaron con
amor. Desde aquí, camino del sur, despaché cuatro sirvientes a Nuestra Señora de los Dolores,
dos arrieros y dos vaqueros con las mulas de la recua y con las cabalgaduras más fatigadas; y con
las 16 mejores cabalgaduras, las más mulares, proseguí mi camino hacia San Javier del Bac, y
caminando otras 12 leguas por falta de aguaje, ya de noche llegamos a San Serafín del Actun el
Chico, adonde no sólo para la gente, sino también para nuestras cabalgaduras, nos hubieron de
traer el agua con ollas desde un aguaje bien distante; hoy en el camino me dieron cinco párvulos
a bautizar, entre ellos dos recién nacidos algo enfermos.
Aquí empezamos a conseguir algunas noticias de los muchos pimas, sobaipuris y no
sobaipuris, que los días pasados habían salido contra los enemigos hocones, janos y apaches,
como insinué al principio desta relación desta entrada, que por haber llamado el señor
gobernador del Parral una escuadra de soldados deste presidio de Sonora a los taraumares, los
demás soldados se valieron destos pimas contra los enemigos desta provincia.
El 8, a las 16 leguas de camino, pasando por otras tres rancherías, llegamos a la del Tups,
también con mucha cortedad de aguajes en todas partes, aunque los naturales tenían ya
sembradas sus milpas de maíz, frijol y calabaza.
El 9, a las 10 leguas de camino, a las dos de la tarde, llegamos a San Javier del Bac. Unos
naturales que estaban cazando y desde lejos nos vieron venir caminando, dejando sus cazas, nos
vinieron a encontrar y a recibir con toda afabilidad y amor. Hallamos que pocos días antes el
gobernador y el capitán desta gran ranchería o pueblo incoado de San Javier del Bac, con otros
muchos naturales, habían salido a la guerra contra los enemigos desta provincia de Sonora,
jocomes y apaches y janos.
El 10 descansamos aquí en San Javier, dando varias enseñanzas cristianas a los muchos
naturales que había; vimos el buen tablón de trigo de la iglesia con las 170 cabezas de ganado
menor y las que habían quedado de ganado mayor, pues más de 200 se habían vuelto a San Luis
por descuido de los cortos vaqueros, en particular cuando se habían ido a correr pitajayas. Mucho
agasajo recibimos destos muy finos naturales; nos dieron muchas de sus comidas, muchos de sus
buenos tejidos y mantas de algodón, muchas coritas, gamuzas, plumas coloradas de los muchos
guacamayos que por acá se crían. Esta tarde llegaron las noticias del feliz suceso que estos pimas
habían tenido en su guerra contra los enemigos, que fue aquel mismo día que Nuestra Señora de
Loreto entró en estas sus tierras, según referiré en el capítulo siguiente.
CAPÍTULO X.— Saliendo de San Javier del Bac, a las 60 leguas de camino al sur, llegamos a
Nuestra Señora de los Dolores, y cartas de las reales justicias y cabos militares que en camino
recibimos de la feliz victoria de los pimas contra los enemigos desta provincia de Sonora
El 11 de abril, tomando nuestra derrota para el sur, a las 18 leguas de camino llegamos a San
Cayetano.
El 12 vinimos a San Luis, camino de 10 leguas, pasando al mediodía por San Gabriel de
Guebavi. En la estancia de San Luis contamos las 340 reses que había. Hallamos que los
soldados del presidio, que siete días antes habían pasado por esta estancia con los indios de
Cocospera y destos contornos, habían llevado a la guerra unas cuantas reses y unos carneros del
ganado menor.
El 13 salimos para Cocospera, y dos días después para Nuestra Señora de los Dolores, que
me detuvo la carta siguiente del señor alcalde mayor desta provincia, don Isidro Ruiz de
Abechigo, que con los vecinos del real de San Juan y de la provincia de Sonora también había
hecho entrada al norte contra los enemigos, y su merced, en 14 de abril, desde Guebavi, me
escribió la siguiente fina carta: “Acabo de llegar a este valle y pueblo de Guevabi, y he tenido
noticias que me han dado los hijos pimas que V. R. había pasado por aquí para su casa, que le
aseguro he sentido el no haberme adelantado un día para lograr la dicha de que nos viéramos y
hablar con toda esta nación pima, pues en ocasión están juntos porque acaban de llegar de haber
dado un buen porrazo a los apaches, según me dicen, y reconozco ser mucha la victoria que
traen, porque no hay ninguno que no venga con su pedazo de cabellera, y tan gustosos como yo
me veo de haber llegado a tan linda ocasión de recibir todos de la victoria que traen, y verlos tan
joviales como si toda la vida los hubiéramos comunicado. Quiera Dios conservarlos en paz y que
por medio de ello logremos en la provincia la quietud que tanto se desea, y que sea para el
servicio de ambas Majestades. También he tenido noticia que el viaje que S. R. ha hecho en
compañía del M. R. P. Juan María Salvatierra ha sido de mucho consuelo y gusto por haber
logrado el intento que se deseaba de descubrir paso para la California por tierra firme, noticia
que ha sido para mí de muchísimo gusto; y así estimaré a V. R. me noticie de lo cierto. Yo saldré
pasado mañana deste valle, y pasaré con el favor de Dios por Cocospera para Bocanuche, y así,
si a V. R. se le ofreciere en que pueda servirle, puede mandarme con el seguro de mi buena
voluntad. Todos los señores vecinos y compañeros que vienen conmigo saludan a V. R. y al M.
R. P. Juan María muy de corazón, y que todos se alegran muy mucho del feliz viaje de V. R., y
en particular los capitanes Simón Rodríguez Soto y el capitán Recalde, quienes también se hallan
conmigo en este valle y pueblo de Guebavi. Y por no molestar a V. R. no soy más largo ni me
explayo en todo como yo quisiera. Yo salí con los vecinos para ir en alcance y socorro de los
pimas, y como no pude llegar a tiempo para pelear con ellos contra los apaches, desde Quiburi di
la vuelta a este valle a verme y a hablar con estos hijos, en que he tenido mucho gusto. Todos los
hijos saludan a V. R., y en particular el gobernador de la estancia, Eusebio, quien me dijo
después de cerrada ésta saludara a V. R. y le avisara de que todos vienen buenos de su viaje.”
Hasta aquí el general don Isidro Ruiz de Abechigo. Y luego se sigue la carta siguiente del cabo
de los señores soldados, Juan Bautista de Escalante, y es como sigue: “Muy señor mío: La causa
de no haber hecho estos renglones antes, con la ocasión de haber andado en esos países pímicos,
fue la falta de papel, por lo cual, hallándome ya en esta frontera, no quiero excusarme de noticiar
a V. R. cómo fui a la campaña que nuestros queridos y amantes pimas hicieron contra los
enemigos de nuestra santa fe, en la cual nos ha ido muy bien, pues nuestros amigos salieron 332,
sin más bastimento que el que pudieron cargar en su talegas, y persistieron en la campaña con
mucha necesidad y hambre, llevando el fin de lograr sus intentos, como nos lo concedió su
Majestad Divina, pues al cabo de andar algunos días dimos en una ranchería de apaches, donde
murieron 17 personas de las contrarias, sin haber avería ninguna de nuestra parte, y apresamos
16 presas, de las cuales llevan los pimas 12 y cuatro nos vendieron, porque yo les dije que lo que
se cogiese había de ser de quien lo cogiera por meterlos en más codicia para que llevasen más
valor; y así se hizo, pues ellos, como muchos cogieron 14, y nosotros dos; cosa que ha sido de
mucha importancia para que los contrarios a esta nueva nación conozcan el engaño y error en
que han estado, si no es que la pasión les cierra los ojos de la razón; pero la Divina Majestad, que
mira siempre la verdad, les abrirá el entendimiento y los ojos a los que cerrados los tuvieren, con
otros muchos sucesos buenos que espero tendremos con la ayuda de los pimas, según los veo
cada día, y que si bastimento hubiera habido, hubiéramos logrado no un lance bueno, sino
muchos; pero ellos quedaron de volver a hacer otra campaña. De todo esto debemos dar las
gracias a Dios Nuestro Señor, y también a V. R., pues por medio suyo y tan cristiano celo de la
honra de Dios tenemos tan finos amigos como son nuestros pimas, y así yo de mi parte doy a V.
P. R. uno y muchos agradecimientos de su buen obrar en servicio de ambas Majestades, y lo
mismo hacen todos mis compañeros. Ahora noticio a V. R. cómo mi salida desta frontera fue
muy de repente, de suerte que todos salimos sin bastimento ninguno para la campaña; sólo unas
pocas de tortillas en los cojinillos, por cuya causa la necesidad me obligó a matar en San Luis y
en Guebavi dos carneros y un castrado, y juntamente mandé llevar de dicha estancia de San Luis
un poco de ganado al Sonoidac, donde era la junta de los indios, y habiendo detenido al capitán
Coro un día por matar dos reses, me pidieron ellos les diese también algunas, por cuya causa
maté ocho reses, dos para mí y seis para los pimas, cuatro vacas y cuatro novillos, los dos
grandes y los dos pequeños. Doy esta noticia tan por extenso para que V. P. R. determine en ella
lo que mejor le pareciere, que estoy pronto a cuanto V. P. R. dispusiere tocante al cumplimiento
del monto de todo ello pues, a más de satisfacerlo, lo agradezco, pues el mucho cuidado de V. P.
R. de tener tantas estanzuelos por diferentes partes nos es de mucho alivio, como lo ha sido en
esta ocasión, y así espero la respuesta de V. P. R., a quien Nuestro Señor conceda mucha salud y
larga vida para que con su santo celo nos agregue muchos amigos para defensa del Santo
Evangelio.— Presidio de Corodeguachi, y abril 13 de 1701.— B. L. M. de V. R., Juan Bautista
de Escalante.”
CAPÍTULO XI.— Otras varias cartas de diferentes padres misioneros, así cerca de la referida
entrada al paso por tierra a la California como de la victoria destos pimas contra los enemigos
desta provincia de Sonora
El padre rector, Juan María Salvatierra, habiendo salido de San Marcelo por la Concepción
del Caborca y por San Ignacio, llegado a Cucurpe, en 14 de abril me escribió lo siguiente:
“Llegado a este pueblo de Cucurpe con felicidad, gracias a Dios y a su Madre Santísima,
saludo a V. R. de corazón. Me es preciso ir saliendo para la cercanía de nuestra costa y
embarcación, que el hallarme ignorante de un todo me tiene confuso. Díceme el padre Melchor
Bartiromo que V. R. llegó ayer tarde a Cocospera con el capitán Juan Matheo Mange, y cierto
que me he alegrado que le fuese bien de viaje a V. R. Las cabalgaduras de V. R. todas se
entregaron en Santa María Magdalena a los arrieros de la recua. A mí me faltan palabras con que
agradecer a V. R. tantos y tantos trabajos tomados en honra de la Madona descubridora, que
procurará con su Hijo preciosísimo la paga de todo; así se lo escribiré al padre provincial y al
padre visitador y demás.”
Al salir de Cucurpe para volver a la California, me escribe S. R. lo siguiente:
“Doy a V. R. el parabién de la victoria de los hijos pimas contra el enemigo, que supe
estando con el pie en el estribo en Cucurpe para salir a toda prisa, y aquí, a ver si puedo reparar
los muchos daños y desamparo de la pobre California con la pérdida como dicen de los dos
barcos que no parecen en ninguna tierra. Querido mi padre Eusebio: ahora es tiempo de que V.
R. nos socorra con un buen envío de harina, sebo y manteca en cueros, porque considero estos
pobres con grandes necesidades. Si V. R. pudiera enviar su recua a Matape con un socorro, fuera
el socorro de grande importancia en la ocasión. Y luego el padre rector de Matape lo pasará a
Hiaqui por las boladas, y así, si V. R. lo puede hacer, le ruego mucho le escriba al padre rector de
Matape las cargas que pudiere enviar y cuánto podrán estar en Matape para que dicho padre
rector pueda tenerlo prevenido todo que pase a Hiaqui. Perdone V. R. la molestia, una después de
otra, que la ocasión de tanta pérdida me obliga a ello, y por fin le ruego no me olvide en sus
oraciones y santos sacrificios.”
Y habiendo el padre rector Juan María Salvatierra llegado a la California, desde Loreto
Concho, en 16 de mayo, me escribió lo siguiente: “Recibí la de V. R. vuelto a su santa Misión, y
me alegré de tan buen suceso de los hijos pimas contra los enemigos y de las conchas azules de
los quiquimas. Mil bendiciones tiene V. R. de todos los padres y seculares por la caminata y
descubrimiento desde el cerro a lo lejos del encerramiento de Nueva California y Nueva España,
y mucho más se han alegrado con saber que a V. R. le asisten fuerzas y deseos para registrar con
el pie cercano lo que la visita a lo lejos podía engañar. Acabo de recibir carta fresca del padre
provincial, y según ella reconozco que la California de V. R. es California eficienter que V. R.
con sus socorros hará que California sea California, y así aliéntese V. R. con sus socorros, que
quien es efficienter este est. Pater et Mater Californiorum Lauretanorurn, etc.” Hasta aquí el
padre rector Juan María, y en la misma carta añade el padre Francisco María Picolo lo siguiente:
“Mi amadísimo padre Eusebio Francisco Kino: Doy a V. R. mil parabienes por el descubrimiento
tan deseado. Nuestro Señor nos conceda gracia de ver la California comerciarse por tierra con la
Nueva España para alivio destas Misiones y bien de tantas almas. Alegráreme ser la salud de V.
R. muy cumplida, y sea para muchos años a gloria de su Divina Majestad.”
El padre visitador Antonio Leal, en 17 de abril, me escribió así: “Mucho me [he] alegrado
que ya V. R. haya vuelto de su caminata, que haya sido con tan seguras esperanzas como
certidumbre de la continuación de la tierra. Dios mediante, en otra ocasión se conseguirá lo
restante, y cuando en ésta no se hubiera conseguido más que las paces de esas naciones, fuera
muy bien logrado el trabajo. Dios lo pagará a V. R., como lo va pagando, pues, luego que llegó,
le da el consuelo de la victoria de los pimas y de la presa que traen, que es consuelo muy general.
El padre rector Juan María Salvatierra va muy agradecido a V. R. de lo bien que lo ha hecho en
todo; me pide lo agradezca a V. R. como lo hago una y muchas veces.” Hasta aquí el padre
visitador.
El padre rector Marcos de Loyola, en 18 de abril, me escribió lo siguiente: “El padre
visitador me acaba de comunicar una de V. R. escrita desde Cocospera al padre Bartiromo, de la
victoria que los pimas y los soldados han tenido de los enemigos jocomes y janos, noticias muy
alegres para todos, y para mí mucho más, pues todo lo que V. R. tantas veces ha abonado de los
pimas sale tan cierto que no se puede dudar. Con eso creerán los incrédulos lo que V. R. tanto ha
abonado. También me comunicó la llegada de V. R. de su camino y viaje tan dilatado, con lo
mucho y bueno que VV. RR. han hecho en esos caminos, y que han conseguido el fin de haber
hallado la entrada para la California. No sabré significar a V. R. lo mucho que desto me he
alegrado. Ya he escrito al padre visitador que a V. R. se debe y a sus muchos y loables trabajos
los buenos sucesos de la jornada, pues V. R., con su apostólico conato, ha sido el primero que ha
penetrado esas no conocidas tierras y el que va disponiendo esas mieses para que a su tiempo se
cojan con colmados frutos. De todo a V. R. mil agradecimientos. Yo quisiera ser algo en la
religión para premiar lo que tan digno es de premio, pero Dios es el que lo debe hacer.” Hasta
aquí el padre rector Marcos de Loyola.
El padre rector Manuel González, en 30 de marzo, me escribió lo siguiente: “Mil millones de
parabienes doy a V. R. Ya no son menester testimonios para esa Pimería, mas mil dará el señor
alcalde mayor si se los piden. Vale, mi Pater Amantíssime, vale, vale et lutare, mil millones de
cruces, y por toda la eternidad, et ora pro me.”
El padre Horacio Polici, que el trienio pasado fue visitador destas Misiones de Sonora y
después se vino de Roma al Rectorado de San Luis Portoli, y siempre ha sido muy fino, amante y
grande fomentador y adelantador de las nuevas conversiones, me escribió otro tanto, y las cosas
que le dictaba su gran celo del bien de tantas almas como hay en esta América septentrional tan
dilatada. El padre Jerónimo Pistoya, que fue visitador y rector del Colegio de Sinaloa, no sólo
después de la entrada, sino también en tiempo della, y en 11 de febrero, me escribió su apostólico
y santo consuelo lo siguiente: “Doy a V. R. las gracias de lo mucho que trabaja V. R. en buscar
ovejas descarriadas y ovejas que están fuera del rebaño del Santo Evangelio. Dios se lo pagará a
V. R. aún en esta vida, y una de las pagas es la condición que ha tenido siempre V. R. No niego
que es sensible y agria a lo humano, pero muy gloriosa y dulce a lo divino.”
El padre Wenceslao Eumer, visitador de los Taraumares, dando a entender el gran yerro del
general Drake inglés, que siniestramente nos pintó isla la California, por lo que el padre rector
Juan María Salvatierra escribió a la Taraumara en 5 de septiembre, me escribió la muy docta y
muy fervorosa carta siguiente en latín: “Quod bonum Felix Fortuna tumque sit, et ad mayorem
Dei deiparoque sine labe concept honorem Eclesiae Sancta incrementum, fidei ortodoxa
dilatacionem animarum que salutem eveniat California sub Auspicys Reginae Lauretano sudore
Apostolico, et labore indefesso P. P. Joanis Maria, et Francisci Euseby, continens feliciter
inventa est. Eat nunc cum suo Draco Anglia, et digitum ori imporno Temeritis Batanica, que
inani fabula in Atlante Californiarum Californian a se urcumma nigatamiactat. Gratulor igitur
R. Ve. et uberrima Dei Auxilia precor quibus munitus bellum idolatriae Californiane indivat
cruentum, cum palma Victoriam gloriosi occinimus. Yta P. Wenceslaus.” Después refiera las
cartas de los superiores y de provincia.
CAPÍTULO XII.— Cartas de otros señores seglares y reales ministros de su Real Majestad
acerca desta entrada al paso a la California y acerca desta victoria de los pimas
El capitán Juan Matheo Mange, que fue con nosotros a esta entrada, escribió della una
relación larga, en la cual, aunque abonaba cosas de los padres, pero por una ensenada que vimos
desde lejos, como 30 leguas más al poniente del cerrito de donde nos volvíamos, contra el
unánime y cierto buen parecer de los padres, ponía en duda de si la California era tierra firme
con ésta, aunque yo, con las dos entradas que yo después hice hasta la dicha ensenada se quitó
esta duda, como se verá en el libro siguiente.
El general don Domingo Gironza Petriz de Cruzat, que ha sido dos veces gobernador del
Nuevo Méjico y alcalde mayor y capitán del presidio desta provincia de Sonora, en 27 de junio
me escribió lo siguiente: “Una y muchas veces agradezco a V. R. los saludos de los pimas, a
quienes se las alterno muy de corazón, que aunque al común enemigo pase por esa nación pima
hemos de tener sosiego, y será la base fundamental para dilatar, por el longo ámbito de las demás
naciones la semilla evangélica debiéndose a V. R. el mayor desvelo en sus incansables
peregrinaciones tan del servicio de Dios, quien dará el premio de todo. Quedo aguardando las
conchas azules que vinieron de la California por tierra, continente hallado por las buenas
diligencias de V. R., que es digno le vengan de los superiores una y muchas gracias y premios a
V. R. en empresas tan heroicas, como siempre que se ofrezca daré al señor virrey y a los padres
superiores cuenta de todo.”
El general don Jacinto de Fuensaldaña, actual capitán vitalicio de la Compañía Volante desta
provincia, dio a entender su grandísimo consuelo en oír que tan felizmente habíamos atravesado
el muy caudaloso y muy poblado río Colorado, para poder socorrer más inmediatamente a las
nuevas conversiones de la California; y se ofrecía a cooperar en tan dichoso descubrimiento en lo
que se necesitase.
El general Juan Fernández de la Fuente, capitán del presidio de Janos y alcalde mayor de
Casas Grandes, en 31 de agosto me escribe lo siguiente: “Estimo a V. R. las noticias de sus
peregrinaciones, que con sólo a fin de reducir a nuestra santa fe y a la real obediencia tanto
número de almas como ha descubierto con sus entradas tan remotas, abriendo la luz del
Evangelio a tanto número de gentiles que hasta ahora estaban ciegos en sus idolatrías, y sólo V.
P. ha procurado con su cristiano y católico celo de ministro apostólico, a imitación de San
Francisco Javier, atraerlos con su ejemplo, vida y doctrina al verdadero conocimiento. Quiera
Dios darle muy perfecta salud y sus divinos auxilios para que en todo vea logrado su mucho
trabajo y que se consiga con facilidad el llegarse a incorporar en las Californias con nuestros RR.
PP. Juan María Salvatierra, Francisco María Picolo y todos aquellos pobres a quienes les servirá
de mucho consuelo el saber que por tierra se puede trajinar y comerciar con más seguro que por
la mar, que esto será gran cosa. Y todo se deberá a V. R., quien espero tendrá de Dios y de su
Madre Santísima la asistencia y premios de gloria y honra que tan merecidos se tiene V. P., y
ninguno más que yo le desea todos buenos aciertos; y quisiera hallarme más cercano para
servirle a V. R. en que estuviera de mi parte, pues se lo debo muy de obligación y considero que
no faltarán contradicciones, y que serán muchas en contra del buen obrar de V. R., porque al
demonio le pesa de lo que pierde y ha de solicitar medios para arruinar a V. P. En cuanto a los
pimas, he reconocido en ellos mucha lealtad, y con el tiempo y buena doctrina serán muy
perfectos cristianos y leales vasallos de Su Majestad, y como ellos se conserven en paz y nuestra
amistad, nos podemos prometer muy felices sucesos y esperanzas de que, por su medio, se
descubran muchas naciones y tierras de las que V. R. ha descubierto.” Hasta aquí, con muchas
otras cosas más, el general Juan Fernández de la Fuente.
Y al mismísimo tiempo que ahora, por finales de mayo de 1701, estoy escribiendo este
capítulo (hallándome con mil ocupaciones de fábricas de iglesias y de la venida de muchísimos
naturales del norte y del poniente y del noroeste de más de 170 leguas de camino, como diré en
su lugar), recibo la siguiente muy celosa y fina carta del señor oidor y fiscal de su real Majestad
en la Real Audiencia de Guadalajara, don José de Mirando Villaysán, de 31 de marzo:
“Dios Nuestro Señor traiga segadores que ayuden para tan copiosa mies; me han consolado
mucho las esperanzas de que V. R. haga viaje a México, y me imagino verle ya acá como la vez
pasada como un rayo, breve y con refulgencia, aunque sin estrago, que esto lo hace en la
campaña del demonio debajo de las banderas de su mísera gentilidad, que Dios en esas
provincias le acabe de sacar de las garras que hay. Es donde por V. R. podemos decir con David:
Ascensiones in corde suo disposuit in loco ubi posuisti. Y así lo he discurrido cuando, viendo a
V. R. en el carácter del primer despacho de California, leo y veo asignado campeón consocio de
mi carísimo padre Juan María Salvatierra para la empresa, y dispone Dios no salga de esas
provincias, quizá porque desde ellas, sin perder aquel renombre, está ganando almas para la
California con las bien fundadas noticias de paso por tierra a ella. Y también por haberse
barajado el primer empleo del general don Jacinto, acaso lo dispondría Dios para que sea
cooperante de V. R. en esas conversiones novísimas (especialmente los que mandan en
cualquiera de esas partes) inclinarán a esto sus operaciones y pensamientos, harían más llana la
consecución de tan alto fin, porque se vería divinamente manifiesta la verdad del axioma legal:
singula quo non possunt collect invant. Pero la lástima es que el esparcidor de la cizaña aún en
las sementeras arraigadas hace más frecuentemente su contraxioma: singuli qui non possunts
collecti impediunt, etc.” Hasta aquí el señor oidor fiscal de Su Real Majestad, don José de
Miranda y Villaysán.
CAPÍTULO PRIMERO.— Carta del padre rector Juan María Salvatierra acerca desta entrada,
que la recibo casi al montar a caballo para emprenderla
Por lo que en la entrada antecedente del pasado mes de marzo, habiéndonos conchavado el
padre rector Juan María Salvatierra y yo, era mi deseo y determinación el hacer esta entrada por
octubre, y como otras ocupaciones detuvieron algunos días, entretanto llegó desde la California
la carta de S. R. de 10 de septiembre, fechada en Loreto Concho, y dice así:
“Recibo la de V. R., su fecha 10 de julio, con mucho gusto viendo la amada letra de V. R.,
tan alentado en pasar a ver los deseados quiquimas por el encerramiento del estrecho. Dios le dé
a V. R. todo el esfuerzo, que espero que con la Madona Conculcabis leonem et Draconem, y así
buen ánimo, que quizá recibirá V. R. estando en el Palenque. De aquí no podremos salir a
encontrar a V. R. porque nos hallamos sin las bestias necesarias por falta de barco a propósito.
Estimo mucho a V. R. las diez cargas de harina de la cosecha del año pasado puestas en Matape,
y las otras diez de ponerse en Matape o Nacori, de la cosecha deste año primero del siglo, y es la
primera oferta que ha tenido la Madona, y poca o ninguna podremos guardar de otra parte, y así
le ruego a V. R. que cuando pudiere y cuanto antes la ponga V. R. en Matape, pues nos hallamos
muy desamparados, no habiendo todavía socorro de un real del rey nuestro señor, despedidos los
más de los soldados con una guerrilla que tuvimos por unos sacerdotes de los ídolos que nos
puso en mucho peligro, pero nos ayudó la Señora. Y en la octava de la Asunción cogieron una
principal cabeza y la apelotearon y dieron la paz los otros, viniendo con cruces en las manos, y
salimos dese peligro. Y así V. R. encomiéndenos muy de veras a Nuestra Señora, que a los 16
soldados que quedan les dé esfuerzo para mantener el circuito y además de 50 leguas de tierra
obediente. Yo daré parte a nuestro padre de la mucha caridad que V. R. nos hace; y por fin reciba
V. R. mil saludos de mis padres rector Juan Duarte y Francisco María Picolo, y con tanto acabo
encomendándome en sus santas oraciones y sacrificios.— Loreto Concho, y septiembre de
1701.” Hasta aquí el padre rector Juan María Salvatierra.
CAPÍTULO II.— Mi salida de Nuestra Señora de Los Dolores para los quiquimas de la
California, que distan 200 leguas, con 12 sirvientes, y llegada a San Marcelo, camino de más de
90 leguas
El 3 de noviembre de 1701, habiendo despachado un día antes cinco sirvientes con la remuda
y con dos carguillas, salí temprano del pueblo de Nuestra Señora de los Dolores y llegué a “decir
misa y hacer tener finados” a Nuestra Señora de los Remedios, y a la tarde pasé al tercer pueblo
de Cocospera.
El 4, habiendo dicho la misa de los finados, llegué a mediodía a San Lázaro y a dormir a San
José de Guebavi, pasando por San Luis, adonde matamos una res para que sembrasen el trigo de
la iglesia, y envié recaudos a la ranchería de los Reyes del Sonoidac, seis leguas al oriente, al
capitán Coro y a su mucha gente.
El 5, habiendo dicho misa en la nueva y muy aseada iglesita que poco antes había fabricado
el padre Juan de San Martín (y S. R., a la sazón había salido a curarse), y yo la había mandado
techar y blanquear, salí al poniente para San Ambrosio del Busanic, y pasando por los confines
de la nueva estancia de San Simón y San Judas del Siboda, adonde había como mil reses y siete
manadas de yeguas, con bastante caballada y mulada, todo para las nuevas Misiones que se
fueren fundando, a las 15 leguas de camino llegamos a dormir en un buen paraje de otro
Sonoidac, seis leguas antes de llegar a San Ambrosio del Busanic.
El 6, domingo, llegué a decir misa a San Ambrosio, matamos dos reses de su nueva
estanzuela, que tenía 86 reses grandes y 49 crías y tres manadas de yeguas, que la una la
llevamos con nosotros con nuestra remuda a San Marcelo como 50 leguas más adentro.
El 7 sacamos alguna carne para el camino de la costa; contamos las manadas y supimos lo
que nos habían sembrado y cogido de maíz y trigo y frijol.
El 8 salimos para San Estanislao del Potcam, y habiendo llegado a las diez leguas de camino,
hallamos que el gobernador desta ranchería nos tenía cogido y guardado más de diez cargas de
maíz, que nos lo había sembrado para la iglesia, sin habérselo pedido.
El 9, habiéndonos dado cuatro párvulos a bautizar, salimos para Santa Ana del Anamic,
adonde llegamos a las 15 leguas de camino una hora de noche con la luna, acompañándonos
algunos de San Estanislao, y aun se adelantó temprano el alcalde a avisar de nuestra ida, con lo
cual el gobernador de Santa Ana nos previno una casita y ramada y varias de sus comidas; y
habiéndoles hablado la palabra de Dios, querían bautizarse todos al día siguiente, y sólo admití
dos párvulos.
El 10 proseguimos nuestra derrota al poniente. A las tres leguas de camino llegamos al corto
aguaje o pocito de Santa Sabina, que después le pusimos este nombre porque de vuelta dije aquí
la primera misa el día de la gloriosa Santa, y era día en que murió en las Indias orientales el
gloriosísimo Apóstol de todas las Indias. No faltó quien metiera la muy mala cizaña de que más
adelante no había aguajes, pretendiendo con eso que de aquí nos volviésemos; pero un buen
indio forastero que le hicimos fiscal y le dimos unas dadivillas nos dijo que nos llevaría a un
buen aguaje, aunque llegaríamos al anochecer o poco después; como llegamos con la luna a
media hora de noche, y tenía el aguaje abundante agua llovediza, con buenos pastos, así al aguaje
como a la cercana ranchería le pusimos de San Martín, porque el día siguiente, día del glorioso
santo, dije aquí su misa.
El 11 salimos para San Marcelo, y a las 16 leguas de camino llegamos también ya de noche.
Un poco antes de medio [día] pasamos por la ranchería de San Rafael del Actum, el grande,
adonde hallamos que el capitán della había salido a buscar maíz, que aquí no se había dado por la
cortedad de las aguas deste año en tiempo de sus sementeras, que éstos o tienen más riego que el
de las aguas. También nos acompañaron hoy muchos justicias de varias rancherías, y en San
Marcelo fuimos recibidos con todo agasajo de los hijos, así de sus justicias como del muy fino
caporal de la estancia, que había llevado nuestros recaudos con singular lealtad y metido con
buena maña las paces a los yumas y quiquimas, según le habíamos encargado los meses
antecedentes, y nos dio él y otros muy buenas y muy amigables noticias de ambas naciones.
Hallamos la nueva iglesia de Nuestra Señora de Loreto muy bien techada y bien blanqueada,
y la cosecha del trigo y del maíz con el buen cuidado que habían tenido del ganado mayor; les
entregamos la manada de yeguas, que a ese fin traíamos, y enviamos a San Ambrosio del
Busanic para que se trajese, como se trajo, también ganado menor.
CAPÍTULO III.— Salimos de San Marcelo, y alas 60 leguas de camino llegamos a los yumas y
a la junta del río grande de Gila y del muy caudaloso Colorado (o del norte) en San Dionisio
El 12 de noviembre despaché un correo a los yumas y quiquimas, avisando de nuestra ida, y
pocas horas después me trajeron unas dádivas de dichas naciones, siete curiosas bolas y conchas
azules de la contracosta de la California, con muy amigables recaudos que me habían enviado las
semanas antecedentes. Matamos dos reses gordas, hicimos un corral para las cabalgaduras y para
las reses y mandé abrir una nueva acequia, con la cual (como con facilidad se podía) se acarrease
la agua hasta la puerta de la casa y se regase juntamente un buen tablón de trigo y sementera que
se hizo, mientras fuimos a la entrada, y de vuelta la hallamos hecha.
El 13, habiéndonos dado cuatro párvulos a bautizar, salimos para el Carrizal, adonde
hallamos mucha gente con una nueva casita que me habían prevenido, y con nuevos recaudos de
los yumas y quiquimas, y me dieron dos párvulos y cinco adultos enfermos a bautizar, que se
catequizaron.
El 14 salimos para el aguaje de la Luna, camino de 20 leguas; llegamos con la luna a media
hora de la noche, y aunque este aguaje está entre tan ásperas peñas que las cabalgaduras no
podían subir a beber, vimos por dónde a la vuelta les podríamos abrir camino, como después lo
abrimos.
El 15 salimos para el aguaje de la Agua Escondida, sesteamos a la mitad del camino, adonde
había buen pasto, y a las dos de la tarde, a las 10 leguas de camino, llegamos al aguaje, que le
hallamos algo corto, y determinamos salir con la brevedad posible para llegar el día siguiente,
tanto más temprano, al buen aguaje de la Tinaja, y habiendo salido al anochecer, nos vino un
buen aguacero, que con su oscuridad nos hizo perder el camino; no obstante, como después
aclarando le hallamos, quebrantamos un poco el sueño y madrugando.
El 16, caminando otras cinco leguas, en un buen paraje de agua y pasto, dijimos misa,
almorzamos y, pasando por el aguaje de la Tinaja, a las 15 leguas de camino, llegamos temprano
al río grande de Gila y a su primera ranchería de San Pedro, adonde los naturales yumas y pimas
mezclados nos recibieron con todo amor, aunque con cortedad de bastimentos, que este año, al
mejor tiempo de las sementeras, le habían faltado las aguas. Hallamos el correo y otras justicias
que habían venido por delante, y también muy buenas nuevas de los quiquimas, que nos estaban
aguardando ron ansias.
El 17 salimos de San Pedro, rumbo del poniente, para San Dionisio, ranchería grande en la
junta del río grande de Gila y del muy caudaloso río Colorado, y habiendo pasado a caballo en el
único vado que el río Grande tenía en aquellos contornos, con la comitiva de más de 200 yumas
y pimas de San Pedro, al anochecer llegamos con bien a San Dionisio, adonde también nos
recibieron con todo agasajo.
CAPÍTULO IV.— Saliendo de San Dionisio y de la junta de los ríos Colorado y de Gila, a las
50 leguas de camino, llegamos a la nación Quiquima, de la California Alta
El 18 de noviembre, habiendo dicho misa y pasado otra vez el río Grande, tomamos el rumbo
al sudoeste o entre sur y poniente, camino que hasta ahora nunca habíamos andado o entrado;
salimos vía recta por caminos llanísimos hacia los quiquimas desta California Alta, de 33 grados
de altura, y descabezando ya el remate de la mar que nos quedaba al Sur, acompañándonos como
300 indios yumas y pimas, mezclados chicos y grandes de San Pedro y de San Dionisio, que iban
en tanto número con la ocasión que, habiéndome ellos dicho que los quiquimas tenían
abundancia de bastimentos, maíz, frijol, calabaza, etc., por hallarse este año con mucha cortedad
de víveres, les dije que yo entre los quiquimas les rescataría y compraría y daría bastimento,
frijol, maíz, como lo hice, y todos volvieron bien cargados de todo género de bastimento, y
habiendo caminado como 13 leguas de tierra muy llana, teniendo al oriente el muy grande arenal
del remate de la mar de la California y al poniente las cercanas orillas del muy caudaloso río
Colorado, habiendo hallado a la mitad del camino el buen aguaje de los Sauces, llegamos a
puesta del sol a la nueva ranchería, todavía de yumas, que tendría como 500 almas, que le
pusimos de Santa Isabel, porque al día siguiente allí dije la misa de la gloriosa santa. Toda la
gente, aunque se hallaba con alguna pobreza, nos recibió con toda amistad y afabilidad, y aun
muy de noche enviamos a avisar a los ya muy cercanos quiquimas de nuestra ida a sus
rancherías.
El 19 salimos para la primera ranchería, y habiendo llegado a mediodía fuimos recibidos con
todo agasajo, con muchas de sus comidas de maíz, frijol y de varios géneros de calabaza, cosa
que en los seis días antecedentes no habíamos podido adquirir. Y fue tanta la fineza de estos
naturales, que con dichas comidas nos vinieron a encontrar y a recibir más de dos leguas de
camino; y mientras nos apeamos a recibir estas comidas y a agradecerlas con algunas dadivillas y
chucherías, y a hacerles una plática de doctrina cristiana y del fin de nuestra venida, el único
sirviente español que venía en nuestra compañía, de ver tanto número de gente nueva, se asustó
en tanta manera, que, sin que lo reparásemos (hasta un cuarto de hora después al montar otra vez
a caballo), de miedo se nos huyó atrás, dejándonos muy desconsolados y muy cuidadosos no
fuese a dar algunas siniestras malas nuevas de habernos sucedido alguna gran fatalidad; y aunque
luego en su alcance despaché los dos mejores mozos que venían en las mejores cabalgaduras, no
le pudieron alcanzar, y me motivó el escribir cartas con correos por otros caminos más breves
avisando que no hubiese algún susto o cuidado, como había sucedido en otras ocasiones, que nos
tuvieron por muertos, conservándonos los favores celestiales de Nuestro Señor en gustosa vida
de prósperos sucesos en estas nuevas conversiones.
En esta primera ranchería destos quiquimas, adonde con los recaudos y dadivillas que les
habíamos enviado los meses antecedentes nos recibieron con mucha amistad, rogándonos que
nos quedáramos algunos días con ellos. Quedamos aquel día y la mitad del día siguiente, y a esta
ranchería le pusimos de San Félix del Valois, porque aquí dije la misa del glorioso santo. Les
hicimos unas pláticas de nuestra santa fe con los intérpretes que llevábamos en nuestra comitiva,
que fueron bien recibidas de los naturales. Acudió mucha gente de todos los contornos, y a las
principales cabezas dellos dimos varas de justicia, y al más principal de toda la nación le dimos
vara de capitán. Hicimos una decente casita o ramada en una amena milpa de maíz que le
acababan de coger, pues aquí ya empezaban las tierras muy fértiles y bien cultivadas y muy
buenos pastos.
Los naturales se quedaron muy admirados de muchas de nuestras cosas, que nunca las habían
visto ni oído. Admiráronse mucho del ornamento con que se dice misa y de su curioso género de
tela de Primavera, su artificioso tejido de flores de diferentes vistosos colores, y nos solían rogar
que lo dejáramos puesto para que se pudieran holgar en verle los que continuamente nos venían a
ver. También les fue de mucho asombro el ver nuestras cabalgaduras, pues jamás habían visto
caballos o mulas u oído dellas, y cuando los yumas y pimas que iban con nosotros les dijeron que
nuestras cabalgaduras corrían más que los más ligeros naturales, no lo creyeron, y fue menester
llegar a la experiencia, con lo cual ensilló un caballo un vaquero de Nuestra Señora de los
Dolores, y salieron siete u ocho de los más ligeros corredores quiquimas, y aunque el dicho
vaquero al principio de propósito los dejó ganar alguna delantera y se holgaba mucho della,
luego, después, los dejó muy atrás y muy admirados y espantados.
Esta tarde vino también del norte y del noroeste la nación coanopa, con mucho bastimento,
maíz, frijol y calabaza, y con otras varias dádivas, deseando muy mucho nuestro comercio,
nuestra amistad y nuestra santa fe, con los recaudos que estos días y meses pasados habían
recibido.
El 20 salimos de San Félix, prosiguiendo nuestra derrota al sudoeste, el río abajo, para ir a
ver las demás muchas rancherías desta nación quiquima y para pasar este muy caudaloso río
Colorado o río del norte, acompañándonos más de 500 almas entre quiquimas, yumas y pimas; a
las cinco leguas de camino llegamos al paso, adonde estaban llenísimas de gente las dos orillas;
nos trajeron luego todos mucho bastimento y nos hicieron una casita decente desta banda, que
determinamos pasar al río al día siguiente, Dios mediante. La gente de la otra banda y del
poniente pasó a ésta del oriente a nado, trayéndonos sus bastimentos en sus tan grandes coritas,
que cabía en cada una dellas una fanega y más de maíz o frijol. Y las hacían nadar sobre las
aguas del apacible manso río, al modo y remedo de pequeñas canoas. Todos estos naturales
quiquimas se mostraron finísimos con nosotros, en particular su amabilísimo capitán, en especial
en abrimos buenos y derechos y breves caminos entre la espesura de la mucha y muy tupida
arboleda que había en estas orillas de tierras pingüísimas.
CAPÍTULO V.— Pasé el caudalosísimo río Colorado o del norte en balsa con un sirviente, y
entré al poniente tres leguas de camino por muchas rancherías y por muy fértiles amenas
campiñas
El 21 de noviembre, día de la Presentación de María Santísima, Señora Nuestra, casi a
mediodía, habiendo por la mañana acarreado unos palos largos y secos del muy cercano
montoncillo ayudándonos personalmente en eso muy mucho el mismo capitán de los quiquimas,
y amarrándolos muy bien y haciendo una buena balsa con unos lazos de esmiquilpa, que a ese fin
traíamos, en ella pasé este caudaloso río Colorado, que tendrá de ancho como 200 varas, y no se
le hallaba fondo si no era en las dos orillas. El intento era que pasasen también dos o tres
cabalgaduras; pero como metieron la primera cabalgadura en el río por mala parte y adonde
atascaba, se asustó, y la dejamos con las demás, y sólo pasó conmigo el gobernador de Nuestra
Señora de los Dolores, en compañía de los muchos quiquimas, ayudando a llevar a nado la balsa
referida el capitán de la nación Quiquima, y porque no me mojara los pies, admití la corita
grande en que me querían pasar, y poniéndola y fijándola sobre la balsa, me senté en ella, y pasé
muy descansadamente y muy gustoso sin el menor riesgo, llevando sólo mi rezo y unas
chucherías y una fresada en que dormir; y después, unas ramas de retama que envolví en mi paño
de sol me sirvieron de almohada.
Así que pasamos el río acudió mucha más gente; hubo bailes y fiestas a su modo dellos; les
prediqué con intérprete aquí y en el camino, y a la tarde, cuando como a las tres leguas de
camino llegamos a la casa del capitán de la nación, y en todas partes fue bien recibida la palabra
de Dios y la doctrina cristiana. Todo el camino era lleno de pequeñas, pero muy continuadas
rancherías con muchísima gente, muy afable, muy bien gestada y algo más blanca que las demás
de las Indias. Todo este camino fue por una mera campiña de fertilísimas tierras, de
hermosísimas milpas muy bien cultivadas, con muchos maíces, frijolares y calabazales, y con
grandísimas tasaqueras de tasajos de calabaza, que este género les dura después todo el año.
Cuando, con dos horas de sol, llegamos a la ranchería y casa del capitán, nos vino a ver
también el capitán de la cercana nación cutyana, con mucha comitiva de gente del norte y del
poniente, y con varias dádivas, en particular con muchas conchas azules de la contracosta de la
California y de la otra mar del Sur, dándonos muy individuales noticias della, y que no distaba
más que ocho o diez días de camino al poniente, y que la mar de la California se acababa un día
de camino más al sur que adonde estábamos, desembocando en su remate este muy caudaloso río
Colorado y otros dos. Y preguntando yo también de todo lo que había más adelante, en particular
hacia el Poniente y hacia el sur, y por dónde podía haber camino para ir a su tiempo a comerciar
con los otros padres y españoles de Loreto Concho, en 26 grados de altura, que, según buena
cuenta, no podían distar ya más que 125 leguas destos nuestros países adonde estábamos, el
capitán destos quiquimas me llamó y trajo un indio de la nueva nación hogiopa, que es la que se
seguía hacia el sur, y habiéndonos dado alguna razón de su nueva gente y de algunos parajes del
camino que seguía, con dicho indio envié buenos recaudos a todos aquellos naturales, y que,
Dios mediante, en otra ocasión yo procuraría entrar también a esas sus tierras; también les envié
unos avisos de doctrina cristiana, y que el fin de nuestras entradas era para el bien de sus almas;
y dejamos algo entabladas unas paces generales entre los yumas, pimas, quiquimas, cutganes y
hogiopas y demás naciones, en orden a que todos a su tiempo fuesen muy amigables buenos
cristianos. Dormí en una casita que me hicieron, y casi toda la noche hubo varias pláticas entre
ellos en orden a querer abrazar nuestra amistad muy de veras y nuestra santa fe.
CAPÍTULO VI.— Habiendo visto el paso por tierra a la California, tornamos la vuelta para
Nuestra Señora de los Dolores.— Nos dan párvulos a bautizar y llegamos con bien a San
Marcelo
Habiendo dejado a estos naturales quiquimas y cutganes varias buenas enseñanzas y carta
para el padre rector Juan María Salvatierra, que el capitán de los quiquimas se encargó de
llevarla más adelante hacia el sur cuanto pudiese, determiné tomar la vuelta para mi partido de
Nuestra Señora de los Dolores. Lo primero, por no hacer falta en su administración; segundo,
porque me tenía con cuidado el español que se nos había vuelto del camino; tercero, porque,
gracias a Nuestro Señor, quedaba ya descubierto este tan contradecido, pero ya muy cierto, paso
por tierra a la California, pues la mar no subía a esta altura de 32 grados, y se acababa su remate
diez leguas más al sur y sudoeste.
Tomando, pues, la vuelta por estas muchas rancherías y continuadas amenas campiñas de la
Presentación (que este nombre le pusimos por haberla descubierto el día de la Presentación de
Nuestra Señora), me dieron dos párvulos muy enfermos a bautizar, que el uno se llamó Tirso
González y el otro Francisco Javier Eusebio.
En todas [estas] amenas y continuadas rancherías hubo toda esta mañana muchas fiestas y
bailes y cantares y comidas, y su representación o coloquio, y como pequeña comedia de los muy
amigables naturales, con grande alegría de todos; y en estos regocijos gastamos toda la mañana,
y vine llegando hasta el río, que le pasé en la balsa del día antecedente, llevándola a nado el
capitán de los quiquimas y el capitán de los cutganes, con otra mucha gente, y vine a decir misa
en nuestra ramada en acción de gracias de tantos favores celestiales de Nuestro Señor y de María
Santísima y de San Francisco Javier. Y a la tarde volví a San Félix con más de 200 pimas y
yumas; y aunque todos cargamos con cuanto bastimento pudimos, era tanto el maíz, frijol y
calabaza seca y fresca que nos dieron los muy amigables quiquimas, que los más de 200 pimas y
yumas no lo pudieron cargar y llevar todo.
El 24 llegué a la unión de los ríos y a San Dionisio.
El 24 llegamos a San Pedro de los Yumas; el 25, a la Agua Escondida. El 26, a mediodía, al
aguaje de la Luna, adonde en toda la tarde abrimos el incontrastable camino de muy ásperas
piedras y peñas por donde nunca habían podido subir algunas bestias a beber agua, que hoy
subieron a beber todas; y después, con una hora de sol y de noche, caminamos otras cinco leguas
para que las cabalgaduras tuvieran buen pasto.
El 27, habiendo madrugado mucho, a las 13 leguas de buen camino, llegamos antes de
mediodía a decir misa, a comer y a sestear al Carrizal, y a la tarde, a las otras 18 leguas, a San
Marcelo del Sonoydac, adonde hallamos nuestra remuda y al español perdido, que confesó se
había vuelto y huido de miedo de tanta gente nueva y no conocida que nos había venido a
encontrar en los quiquimas; que le pareció que por ser tan numerosas nos haría algún daño; pero
nosotros lo atribuimos todo a los acostumbrados favores celestiales de Nuestro Señor, que
siempre nos amparan mejor que todas las fuerzas humanas, dándonos siempre los paternales
socorros y fomentos de su muy divino y piadosísimo poder.
El 28 descansamos en San Marcelo; matamos carne flaca y gorda, sembramos más trigo del
que estaba sembrado para la Iglesia, y en la iglesita de Nuestra Señora de Loreto enseñamos esta
tarde la doctrina cristiana y las oraciones como en los pueblos cristianos antiguos.
El 29, cuando queríamos salir, hallamos que faltaban algunas cabalgaduras, y quedamos otro
día.
El 30, habiendo dejado buenos recaudos y algunas dadivillas para los quiquimas, y habiendo
bautizado al gobernador de San Marcelo, que estaba enfermo, salimos casi a mediodía para San
Rafael del Actun.
El 1 de diciembre llegamos al nuevo pozo o aljibe que nos habían abierto los naturales para
que diese bastante agua también para las cabalgaduras. Y por la misa de la santa gloriosa que
aquí dije, le pusimos de Santa Sabina.
El 2 llegamos a San Estanislao del Octcam.
El 3, a San Ambrosio del Busanic. El 4, a la estanzuela de Santa Bárbara. El 5, a la estancia
de las nuevas Misiones de San Simón y San Judas del Siboda. El 6, descansamos. El 7 llegamos
a Nuestra Señora de los Remedios. El 8, a Nuestra Señora de los Dolores.
CAPÍTULO VII.— Se dan las noticias desta entrada a varias personas, en particular al padre
visitador Antonio Leal, con la carta siguiente
“Acabo de llegar, gracias al Señor, con bien de mi peregrinación o entrada por tierra firme a
la California, que de ida y vuelta, en un mes y cinco días, desde 3 de noviembre hasta 8 de
diciembre, caminé 400 y tantas leguas. Entré 30 leguas de camino de California, pasé el río
Grande o de Gila y el grandísimo río Colorado o río del norte en una balsa en altura de 32
grados.
Con esta entrada, gracias a Su Divina Majestad, y con otros tlatoles o recaudos y dadivillas
que envié el año pasado y en diferentes ocasiones, quedan reducidas a nuestra amistad y al deseo
de recibir nuestra santa fe la nación quiquima y la cutgana y al coanopa, con más de diez mil
almas, que tienen tierras pingüísimas y fértilísimas; me dieron muchísimos de sus bastimentos, y
tanto de su maíz, frijol y calabaza, que no lo pudimos gastar ni cargar o llevar con nosotros ni yo
y mis sirvientes ni los más de doscientos pimas y yumas que entraron conmigo a dichos
quiquimas.
Desde allá escribí al padre rector Juan María Salvatierra a Loreto Concho, carta que se
encargó de llevarla muy adentro hacia el sur el mismo capitán de los quiquimas; trajo consigo
bastantes conchas azules de la contracosta y la mar del sur, por donde todos los años suele venir
la nao de China, no dista más que siete u ocho días de camino de los parajes o rancherías por
donde anduve en esta entrada.
Por lo cual, con la divina gracia, a su tiempo se podrá introducir el comercio de la dicha nao
de China con este reino de la Nueva Vizcaya para excusar la tan dilatada y tan costosa
conducción de muchos géneros que trae hasta Acapulco por la mar, y de Acapulco hasta México
y de México hasta esta Nueva Vizcaya y provincia de Sonora y Sinaloa, por tierra. Cosa que
della, según me insinuó en México el señor marqués de Buenavista, se ha tratado en el real
Consejo.
Y juntamente con esta escala que se podrá dar al referido galeón de China, se podrán escapar
muchas vidas de muchos de sus navegantes, que todos los años suelen venir enfermos del penoso
mal de loanda y se mueren, siendo así que con comidas frescas se curan fácilmente y se libran de
dicho mal, pues dicho achaque se origina de las comidas secas y saladas y añejas de la larga
navegación.
A la referida nación quiquima se le sigue la nueva nación hogiopa, que ya unos della me
vineron a ver; aunque son de diferente lengua, con los cristianos tlatoles y recaudos que ahora les
envié por delante con el favor del Señor, en la próxima ocasión tendré abierto el camino y
entrada a ella y por ella muy adentro y hacia Loreto Concho, adonde vive el padre rector Juan
María Salvatierra y los otros dos padres con los 16 soldados, que considero no distaba yo ya más
que 125 leguas de SS. RR. con poca diferencia, y como destas cosas puede redundar la
conversión y eterna salvación de muchísimas almas y mucho servicio de ambas Majestades, todo
lo encomiendo muy mucho a los santos sacrificios de V. R., cuya vida guarde Nuestro Señor,
como deseo.— Nuestra Señora de los Dolores, y diciembre 8 de 1701 años.
Muy siervo de V. R., Eusebio Francisco Kino.”
CAPÍTULO VIII.— Cartas de tres padres rectores en respuesta de las noticias de mis cartas
acerca desta mi entrada
El padre rector Adamo Gilg, en 15 de diciembre, me escribió lo siguiente:
“Agradezco a V. R. el grandísimo consuelo que me envía con la noticia y relación de su viaje
apostólico y feliz vuelta Extransitu felici Maris rubri felix omen pro terra promissionis patrum
Californiensium. Taxit Deus ut novus Rex Hispanie nostris conatibus faveat! Las guerras tan
encendidas en Europa por un pedazo de tierra quizá no dejaran pensar mucho en la progresión de
la fe.” Hasta aquí el padre rector desta Misión y Rectorado de San Francisco Javier, comparando
esta mi entrada y peregrinación y haber podido pasar el río Colorado y la mar de la California en
su remate al paso del mar Bermejo, pues algunos cosmógrafos han llamado mar Bermejo esta
mar de la California.
Pero por otro extremo, y más que todos, con su ardiente apostólico santo celo del bien de las
almas, se holgó el padre rector Juan María Salvatierra con los demás padres de la California y
con los soldados, insinuando S. R. daría esas noticias a N. P. general Nirso González,
agradeciéndome mucho esos mis trabajos, que se sirve de llamarlos gloriosos, y animándome
como siempre a proseguir en tan provechosa empresa y tan de nuestro santo Instituto, como es el
buscar almas para el cielo y vencer las dificultades de las acostumbradas contradicciones y
oposiciones.
También con tanta especialidad se alegró desas noticias el padre rector de Oposura, Manuel
González, que poco después me escribió S. R. se alegraría ir conmigo a otra entrada para que
juntos pasásemos aún más adelante, y, si se pudiese, hasta adonde estaban los padres de la
California en Loreto Concho, e hicimos la entrada que se refiere en el libro y año siguiente de
1702.
LIBRO IV
ENTRADA DE 225 LEGUAS DEL AÑO 1702, CON EL MUY INDIVIDUAL NUEVO
DESCUBRIMIENTO DEL MUY CIERTO Y MUY PATENTE PASO POR TIERRA A LA
CALIFORNIA, QUE SE RECONOCE NO SER ISLA, SINO PENÍNSULA
CAPÍTULO II.— Empréndese la entrada de 200 y más leguas con el padre rector Manuel
González para los quiquimas, desde 5 de febrero hasta mediado abril de 1702, y a las primeras
90 leguas de camino llegamos a San Marcelo del Sonoydac
Habiendo tenido las deseadas noticias de mis antecedentes entradas el padre rector de
Oposura, Manuel González, que era visitador destas Misiones de Sinaloa y Sonora, cuando
quince años ha se dio principio a estas nuevas conquistas espirituales y temporales y nuevas
conversiones desta Pimería, se animó S.R., aunque andaba con corta salud, a venir a ser testigo
de vista de tantas almas y de tantas tierras y ríos. Y avisando al padre visitador actual, Antonio
Leal, y a mí, en 31 de enero vino S. R. a Nuestra Señora de los Dolores con 11 sirvientes suyos
de Oposura y Cumupas y con 50 bestias mulares y con 15 cargas de muy buenos bastimentos y
con otras muy provechosas cosas para la entrada que se hizo, según dirá la relación diaria
siguiente:
El 5 de febrero salimos de Nuestra Señora de los Dolores el padre rector Manuel González
con su avío y yo con 12 sirvientes y con otras pocas cargas y con 80 bestias caballares y mulares.
El 6 salimos de Nuestra Señora de los Remedios, y a las 10 leguas de camino llegamos hasta
cerca de la estancia de San Simón y San Judas del Siboda, adonde había más de mil reses y siete
manadas de yeguas de las nuevas conversiones, y, llegando temprano, el día 7 nos
aprovisionamos de carne fresca y seca.
El 8, a las 12 leguas de camino, llegamos a Santa Bárbara, adonde se daba principio a otra
estanzuela para estos caminos del paso por tierra a la California Alta.
El 9 salimos para San Ambrosio del Busanic, habiéndonos dado tres parvulitos a bautizar.
El 10, al llegar muy temprano a San Ambrosio, hallamos más de 20 justicias, gobernadores y
capitanes de tierra adentro, que, algunos de más de 50 leguas de camino, nos habían venido a
encontrar y recibir. Les hice una plática de los misterios de nuestra santa fe y del fin de nuestra
entrada, y como aquí también me cuidaban ganado mayor y menor y unas manadas, matamos
tres reses para la gente y para el camino.
El 11 salimos para San Estanislao del Octcam, adonde hallamos más de 300 almas, los más
de tierra adentro, que también nos habían venido a encontrar; nos dieron dos párvulos a bautizar,
nos hicieron unos muy amigables bailes y fiestas y gustó muy mucho el padre rector Manuel
González de ver estos naturales tan joviales y tan afables, y ponderó lo bastante la grande lástima
que era que tan amigables naturales no tuviesen con los demás cercanos el padre misionero
necesario que pedían, pues tenían ya muy buenas cosechas de maíces, no sólo para sí, sino
también para la Iglesia, y nos tenían prevenida una mediana de adobe y terrado con su altar, en la
cual con decencia dijimos misa el día siguiente, Dominica de Septuagésima, el padre rector
Manuel González y yo.
El 12 salimos para el aguaje de Santa Eulalia, día de la santa, y habiendo sacado bastante
bastimento para el camino de la costa de San Estanislao, también en Santa Eulalia mandé dar
principio a otra estanzuela.
El 13, día en que se celebraba el día de la santa, salimos del aguaje de Santa Eulalia, y
diciendo la misa de la santa, a 10 leguas de camino llegamos al aguaje que el padre rector
Manuel González le puso de San Vicente.
El 14, pasando por el aguaje y pozo de Santa Sabina, a las 16 leguas de camino, llegamos a
los aguajes de San Martín.
El 15 llegamos, a mediodía, a San Rafael del Actun; sus naturales nos enviaron a encontrar
con cruces y nos recibieron con arcos y cruces puestos en los caminos y con todo agasajo de
bastimentos; nos dieron dos hermanitos a bautizar, que el uno se llamó Manuel y el otro Eusebio,
y a la tarde llegamos a San Marcelo del Sonoydac, caminando hoy 14 leguas, y fuimos recibidos
con todo amor de los más de 200 naturales que aquí había.
CAPÍTULO III.— Saliendo de San Marcelo del Sonoydac, a las más de 60 leguas de camino,
llegamos a San Dionisio y al caudalosísimo río Colorado, de los yuntas
Habiendo descansado el 16, 17 y 18 de febrero en la estancia y ranchería o pueblo y muy
buen puesto de San Marcelo, adonde matamos tres reses gordas y un camero para el camino, y
enseñamos la doctrina cristiana y las oraciones todos los días, nos dieron dos párvulos a bautizar,
e hicimos un casamiento in facie eclesiae.
El 19, Dominica Sexagésima, salimos de San Marcelo al Carrizal.
El 20, habiendo dado tres párvulos y un enfermo adulto a bautizar los amigables hijos,
salimos, y a las como 15 leguas de camino, llegamos hasta cerca del aguaje de la Luna.
El 21, pasando por cerca deste aguaje y dando de beber a las cabalgaduras, llegamos a los
llanos y pastos cercanos al Agua Escondida.
El 22 salimos vía recta para el aguaje de la Tinaja, y llegamos a las 12 leguas de muy llano y
derecho camino.
El 23 y 24 nos detuvo una quipata grande que hubo, con la cual creció mucho este arroyo de
la Tinaja, y vimos que pasaba por unas tan vistosas peñas, que parecían unos curiosísimos aljibes
hechos a mano y con muy grande artificio, y al padre rector le pareció que este aguaje con mucha
razón se había de llamar de los Aljibes. Hoy y los dos días siguientes vimos al poniente y a las
tardes el cometa que hubo en la constelación de Acuario.
El 25, a las seis leguas de camino, llegamos al río Grande o de Gila y a su ranchería de San
Pablo de los Yumas, que nos tenían prevenida una casita en que vivir y decir misa; nos
recibieron con arcos y cruces puestas en el camino; el padre rector les repartió casi un tercio de
chancacas y otras dádivas.
El 26 salimos para el río Colorado; a las cuatro leguas llegamos a la ensenada donde ya se
puede decir que empieza la California Alta, porque su meridiano viene a pasar por el medio del
remate de la mar de la California, y como volvió a amenazar lluvia de la equipata, paramos allí
cerca, y los naturales nos trajeron de varias partes mucho y muy rico pescado fresco, y otras
dádivas, y así hoy como el día siguiente, que con la lluvia estuvimos detenidos.
El 28 salimos para San Dionisio y junta de los ríos.
CAPÍTULO IV.— Saliendo de San Dionisio y junta de los ríos Colorado y Grande, a las 50
leguas de camino al sudoeste, llegamos a la nación quiquima y cutgana, y hasta el desemboque
de los referidos ríos
El 1 de marzo, Miércoles de Ceniza, habiendo dicha misa y dado ceniza a todos nuestros
sirvientes, y habiendo visto muy despacio y con tanto divertimiento la muy amena junta de los
ríos, que el padre rector Manuel González dijo se podía venir desde México por verla por sus tan
vistosas arboledas, por sus cuantiosas y tan apacibles aguas y fértiles tierras. Salimos para el
sudoeste o entre el sur y el poniente, rumbo conocidamente de la California, y aun en este
camino hallamos gran número de muy amables yumas, en particular en la ranchería grande de
Santa Isabel.
El 2, propasando y dejando a la derecha las rancherías de San Félix y de la Presentación y el
paso adonde el pasado mes de noviembre pasé el río Colorado en balsa y sus muy pingües
tierras, llegamos a la ranchería de San Rodesindo, adonde nos estaban aguardando muchos
quiquimas con muchos de sus bastimentos, y nos dieron en abundancia maíz, frijol, calabaza
seca, pescado, etc., y les retornamos de nuestras chucherías y dadivillas con la palabra de Dios y
doctrina cristiana con intérpretes, que fue muy bien recibida.
El 3 descansamos y dispusimos el bajar hasta el mismo desemboque destos ríos en la mar.
Nos vinieron a ver muy muchos naturales de varias partes convidados del capitán de los
quiquimas y del capitán de los cutganes, y porque el enfermito párvulo Tirso González que
bauticé el pasado mes de noviembre, ya muy sano, bueno y gordo, me lo trajo su madre, y otras
muy muchas madres también me trajeron sus párvulos y me los daban rogándome que también
se los bautizara, aunque los dilaté para mejor ocasión. El padre rector Manuel González dio a
estos tan afables naturales, con su mucha caridad, hasta sus propias camisas, jubones blancos,
sábanas, ricos paños de chocolate y los zapatos de su uso.
A mediodía pesamos el sol con el astrolabio, y hallé 52 grados de altura de sol, que
añadiéndole los seis y medio de declinación austral que ese día tenía, eran 58 grados y medio, y
el cumplimiento a 90 grados son 31 grados y medio, y ésta era la altura de polo o latitud
geográfica en que nos hallábamos.
El 4 llegamos a las rancherías de San Casimiro; el 5 bajamos a los esteros de la mar, vía recta
al sur, experimentando en todos estos muchísimos naturales quiquimas, cutganes y hogiopas, que
habían venido del poniente y del sudoeste, muchísima afabilidad y amor y cariño. Nos
informamos de varias naciones y de varios cerros, y de todos los ríos del poniente, y además del
río Colorado, caudalosísimo, que junto con el río Grande o río de Gila, de la parte del poniente,
desembocan en el remate de la mar de la California, también desembocan allí cerca el río Azul,
que viene del norte, y el río Amarillo, que viene del noroeste, como el río Colorado, del
Nordeste, y el río Grande o río de Gila, del oriente, como se podrá ver en los mapas deste
tratado.
El 5, a la tarde, dimos cuatro varas de justicias con buenas enseñanzas a los que habían
venido del poniente, y todos nos traían tanto pescado que ya no lo podían admitir.
El 6 hicimos las posibles diligencias de pasar el río Colorado, y nos estorbaban el intento los
muchos atascaderos, porque estos días había llovido.
El 7, bajo el mismo desemboque y a la mar rumbo al poniente, el padre rector Manuel
González y yo, habiéndome informado de todos estos naturales del poniente y enviado buenos
recaudos por delante a los de la otra banda del río, por haberme detenido los continuados
recaudos que me enviaban, bajé a la tarde.
El 8, habiéndonos venido a ver más de 300 almas de la otra banda del caudalosísimo río
Colorado, pasándolo a nado chicos y grandes, con muchos de sus bastimentos y dádivas y
conchas azules de la contracosta, rogándonos muchísimo que pasásemos a ver sus buenas tierras
y la demás su amigable mucha gente; como los achaques y penosos cursos del padre rector le
apretaban cada día más y más, no nos determinamos a pasar, y consolamos a los naturales con
buenas palabras de que, Dios mediante, en otra ocasión procuraríamos cumplirles sus amigables
deseos, y, despidiéndonos con varias dadivillas, nos volvimos a San Casimiro.
El 9 fue tanta la ternura que nos causaron las peticiones y deseos de la otra banda del
desemboque, y también el deseo que teníamos de pasar a ver el otro río Amarillo, y aun de pasar
hasta la otra mar del poniente, o mar de contracosta y mar del sur, pues nos aseguraban algunos
que no distaban más que ocho, nueve o diez días, y nos trajeron unas ollitas y otras dádivas que
poco antes se habían traído de la contracosta, que determinamos bajar otra vez al desemboque y
pasar con los naturales el río Colorado, y a ese fin nos prevenimos de los hastimentos necesarios
y con las mejores cabalgaduras.
El 10 bajamos otra vez al desemboque, llevando y juntando muchos palos secos para hacer
una muy grande balsa en que pasar el muy caudaloso y muy ancho río Colorado y río Grande de
Gila y río Azul, que en el desemboque todos hacían un cuerpo de apacibles aguas, y desto ya se
holgaban muchísimo los naturales, en particular los de la banda del poniente, que otra vez nos
habían venido a encontrar en gran número, chicos y grandes. Pero como le apuraban mucho sus
penosos cursos al padre rector y experimentamos muy pesado el paso de las cabalgaduras, más
por los grandes atascaderos de las orillas del muy caudaloso río, determinamos dilatar ese paso
para otra más oportuna ocasión, y volvimos a consolar a los naturales lo mejor que pudimos e
hicimos noche con ellos en el desemboque, y se nos metió la plena mar hasta muy cerca de
nuestras camas. Esta noche se le perdió su cabalgadura al padre rector, y la hallaron los naturales
y le pusieron y le dieron zacate y una olla de agua y nos vinieron a avisar que fuéramos por ella.
El 11 dije misa de Santa Francisca Romana, saliéndome el sol por encima del remate de la
mar de la California, argumento evidentísimo de que ya estábamos en la California, y de más
veíamos patentísimamente más de 30 leguas de tierra continuada al Sur, y otras tantas al poniente
y otras tantas al norte, sin la menor señal de mar alguna más que las que nos quedaba al oriente.
CAPÍTULO V.— Habiendo propasado y dejado la mar de la California al oriente, con haber
entrado como 25 leguas más adelante que en las entradas antecedentes, tomamos la vuelta para
nuestras Misiones y provincia de Sonora, y a las más de 110 leguas llegamos a San Marcelo
El 12 de marzo de 1702, estando para volvernos para Sonora, entró la duda si volveríamos
por el mismo camino que habíamos llevado para ir a la California, o si tomaríamos a la vuelta
por otro camino nuevo y más derecho vía recta al Oriente, para salir a San Marcelo por el arenal
grande de 60 leguas de box, que, aunque algunos decían que no se podía andar ese camino por
falta de agua y de pasto, sabíamos que en ese arenal se habían venido a encontrar los pimas de
San Marcelo y los quiquimas cuando el año antecedente hicieron sus paces, y algunos nos decían
que en ese arenal había un carrizal con bastante agua y pasto, con lo cual el 12 de marzo
emprendimos ese nuevo camino, y habiendo andado como 18 leguas de penosísimos médanos de
arena y con un continuado, vehemente y molestísimo aire, en todo el día no hallamos ni una gota
de agua ni el más mínimo pasto, y aunque a la tarde hallamos alguna gente, ella misma andaba
como perdida, y buscando agua, pero sin hallarla, y pasando una muy trabajosa noche nos vimos
obligados con muchas más penalidades a volver el día siguiente, 13 de marzo, a San Casimiro y
al río Colorado, adonde los amigables naturales quiquimas nos aliviaron con un refresco de sus
bastimentos, aunque nuestra remuda no pudo llegar hasta el otro día, 14 de marzo.
El 15 salimos el río arriba hacia Santa Isabel y San Dionisio, por donde habíamos venido, y
en el paraje de los sauces nos vino a alcanzar un coanopa con bastimentos que nos enviaba su
tribu.
El 17 llegamos a San Pablo de los Yumas; el 18, a los Aljibes; el 19, a los llanos de la Agua
Escondida; el 20, al aguaje de la Luna, y seis leguas más adelante, y el 21, al Carrizal.
Al salir hoy del paraje, me dijo el padre rector Manuel González que, aunque no convenía
creer en sueños, no podía negar que un sueño o como sueño que S. R. había tenido aquella noche
le tenía en medio de sus males y achaques y dolores y cansancios como consoladísimo; y era que
aquella noche se le había representado a S. R. muy a lo vivo de que S. R. y yo, aunque con
muchísimo trabajo, pero con igual consuelo, en el desemboque del río Colorado estábamos
pasando unas muy pesadas, grandes y hermosas campanas, que la una se llamaba San Joaquín.
El 22, al salir de Carrizal, me rogaron los hijos con instancias que les bautizara dos enfermas
adultas, y las bauticé, y llegamos a San Marcelo, adonde descansamos tres días, matamos tres
reses gordas y dos carneros, enseñamos la doctrina cristiana y dijimos misa en la nueva y aseada
y bien blanqueada iglesia o capilla de Nuestra Señora de Loreto, y solicitamos los posibles
alivios de los achaques del padre rector Manuel González.
CAPÍTULO VI.— Saliendo de San Marcelo, a las como 70 leguas de camino, llegamos al nuevo
pueblo del Tubutama
El único desconsuelo, y bien singular, que traíamos era que el padre rector Manuel González,
que desde que salió de su Colegio y Misión de Oposura, y aún unos meses antes, había estado
muy malo de cursos, ahora se hallaba tan debilitado y apurado dellos, que fue forzoso en
adelante cargar a S. R. en un tapeste y hombros de los naturales, que lo hicieron con gran fineza
y con mucha caridad y amor, como si todos fueran cristianos viejos, por el distrito de más de 70
leguas de camino desta dilatada costa, enviando a buscar y traer los más robustos naturales
destos a veces despoblados parajes, hasta que llegamos a San Estanislao y a San Ambrosio del
Busanic y finalmente al nuevo pueblo del Tubutama, adonde vivía el padre Ignacio Iturmendi,
que, avisado de nuestra ida, con su mucha caridad, nos vino a encontrar personalmente algunas
leguas de camino con algunos de sus hijos y con algún refresco de bastimentos. Aunque ya tres
días antes en el aguaje de Santa Sabina, dicho padre rector Manuel González se había hallado tan
debilitado y casi desmayado, que, según S. R. me pidió, le hube de sacramentar, dándole la
comunión por medio de viático.
Desde el Tubutama, y aún antecedentemente, enviamos luego a traer personas curanderas con
los remedios posibles para el achaque tan penoso desde Nuestra Señora de los Dolores, desde
Cucurpe, desde el valle de Sonora y desde Oposura. Pero como diez días después, dispuso Su
Divina Majestad el llevarse a su gran siervo y muy fervoroso operario en la viña del Señor y muy
celoso ministro a la mayor gloria de Dios y del bien de las almas para sí y para el descanso
celestial que tan merecido se tenía con tan heroicas prendas y obras y con tan subidas letras y
religiosas virtudes como otras mejores plumas lo podrán referir con una bien larga carta de
edificación.
CAPÍTULO VII.— Otras muchas cosas tocantes a esta referida entrada se pueden sacar de la
carta larga que escribí al padre visitador, con la certificación del señor alcalde para que
pudiese pasar a México, y repartida en seis capítulos es como sigue
“Mi padre visitador Antonio Leal, P. C.
Acabo de llegar, gracias al Señor, con bien de la entrada a los quiquimas de la California a
esta su casa de V. R. y de Nuestra Señora de los Dolores, y vuelvo a agradecer a V. R. muy
mucho su estimadísima última, que la recibí al salir deste partido para dicha entrada en 5 de
febrero, en la muy amable compañía de mi padre rector Manuel González, en la cual carta decía
V. R. para nuestro gran consuelo de todos que esta entrada había de servir para que con la divina
gracia estas dilatadas naciones del noroeste, norte y poniente desta tierra firme y de la California
se convirtiesen todas a nuestra santa fe. Concédaselo así Su Divina Majestad.
El 2 de este mes de abril, de vuelta desta entrada, en San Estanislao del Potcam, 27 leguas de
camino de aquí, recibí carta del padre Ignacio Iturmendi, escrita en el pueblo del Tubutama, en
que S. R. me decía que, por haber corrido por cosa cierta que el padre rector Manuel González y
yo y nuestra gente nos habíamos ahogado en el río Grande, ya se nos habían dicho las misas y los
sufragios que se estilan en nuestra Compañía, pero gracias a Su Divina Majestad sin
experimentar ningún riesgo destos, caminando con prosperidad por estas costas, camino y rumbo
casi siempre del noroeste, entre norte y poniente, a 1 de marzo, a las 160 leguas de camino de
aquí, llegamos a tener el día de Ceniza en la California, en la junta de los dos caudalosos ríos del
Grande de Gila y del Colorado. Y aunque en esta entrada por los quipatas y atascaderos no
pasamos estos ríos, bajamos hasta el desemboque dellos, camino de más de 40 leguas, y al
sudoeste o entre sur y poniente, y nos vinieron a ver, pasando el río a nado en diferentes partes,
como 4 000 almas de muy afables, dóciles y amigables indios yumas, coanopas, cutganes y
quiquimas, trayéndonos de sus bastimentos maíz, frijol, calabaza y pescado en abundancia con
mucho amor. Y así en esta entrada, como en otra mía antecedente del pasado mes de noviembre,
recibieron con tanto aprecio la palabra de Dios, que ya me daban muchos párvulos a bautizar. De
los dos parvulitos que bauticé en la entrada antecedente, me trajo ahora el uno (llamado Tirso
González) su madre, que, habiendo convalecido, estaba gordo y bueno, y también me trajeron
otras muchas madres sus parvulitos pidiéndome que se los bautizase, aunque no los bauticé ni a
éstos ni a otros muchos adultos que en estos caminos después de las pláticas de doctrina cristiana
que les hacía, me pedían el santo bautismo, pues les decía era primero necesaria la instructiva,
con lo cual ocho destos adultos, algunos dellos principales, han venido ahora conmigo a
instruirse aquí en esta Semana Santa y Pascua, caminando algunos a ese fin más de 200 leguas de
camino.
El padre rector Manuel González, aunque de ida y de vuelta muy enfermo de sus penosos
cursos y almorranas, con la mucha caridad que le llegó, dio a esos pobres naturales muchas
dádivas, y aun gran parte de su propio vestuario y ropa blanca. Cuando el 8 de marzo S. R. bajó y
llegó el primero al desemboque muy de mañana, y entre dos luces vinieron a ver a S. R., pasando
a nado, más de 200 indios chicos y grandes, y le trajeron luego varias y muchas de sus comidas
de presente, con mucha afabilidad y amor, queda S. R. convaleciendo en el pueblo del Tubutama.
Desde este desemboque y en diferentes partes supimos y aun vimos cómo había otros dos
ríos caudalosos que venían a desembocar en el remate de esta mar de la California: el uno, que
viene del norte, los naturales le llaman el río Azul, y el otro, que viene del noroeste, le llaman el
río Amarillo. También supimos y vimos cómo el muy caudaloso río Colorado, a pocas leguas de
haberse juntado con el río Grande o río de Gila, se divide otra vez en dos muy grandes brazos, y
con ellos hace una grande isla de más de 50 leguas de box, de tierras muy fértiles y de muy
buenas campiñas.
En esta entrada nos ha ayudado mucho el buen avío y los buenos sirvientes que llevó el padre
rector Manuel González y los buenos guías e intérpretes pimas y yumas, y también las varias
estanzuelas de ganado mayor y menor, caballada deste partido, que hemos hallado en diferentes
partes, en particular en San Marcelo del Sonoydac, 90 leguas de camino de aquí, adonde de ida y
vuelta matamos ocho reses gordas de la más de 100 cabezas que allá cuidan, con sementeras y
cosechas de trigo y maíz, y con su iglesita de terrado, blanqueada, de Nuestra Señora de Loreto,
y de donde será fácil pase más adelante más ganado mayor y menor y caballada hasta la
California, pues los naturales son tan leales, que, habiéndoseme perdido y quedado en el río
Grande unas cabalgaduras en la entrada antecedente, ahora las hallé que me las habían recogido
y cuidado con toda fineza.
CAPÍTULO VIII.— Siete razones eficaces y argumentos claros con que queda establecida la
certidumbre del paso por tierra a la California
Y por si todavía hubiere algún incrédulo o que lo ignore, afiánzase y se prueba el
encerramiento destas tierras con la California con las siguientes siete eficaces razones o
argumentos:
l.ª Porque así lo vi el 9 de octubre de 1698 desde el cercano alto cerro de Santa Clara, y el
año pasado de 1701, por marzo, vimos este encerramiento y paso por tierra a la California en
compañía del padre rector Juan María Salvatierra, que S. R. vino con 10 soldados y con otras
personas a ver ese desengaño, pues algunos nos contradecían.
2.ª Porque con otras cuatro entradas que he hecho, caminando 50 leguas al noroeste, desde el
dicho cerro de Santa Clara (el cual está cercano y al oriente del brazo y remate de la mar de la
California) y después otras 10 leguas al poniente y por el río Grande, hasta adonde se junta con
el río Colorado, y desde esta junta otras 40 leguas al sudoeste por el mismo río Colorado, hasta
su desemboque, no se halla o ve la mar alguna de California que suba a más altura que hasta 32
grados escasos, de lo cual se saca evidentemente que Drake, con otros muchos cosmógrafos
modernos, en sus varios mapas impresos con notable descrédito de la Cosmografía, se engañan a
sí y a otros, subiendo esta mar o brazo estrecho de la mar de la California desde 32 hasta 46
grados, y haciéndola con eso isla, y la mayor del mundo, no siendo sino península.
3.ª Porque en esta entrada el 11 de marzo estando yo diciendo misa en el referido
desemboque del río Colorado en compañía del padre rector Manuel González, me salía el sol por
encima de más de 30 leguas de mar del remate deste brazo o seno califórnico, y juntamente
desde el mismo desemboque al poniente teníamos a la vista otras más de 30 leguas de tierra
continuada, y otras tantas al sur y al sudoeste, y muchas más al norte y noroeste y nordeste,
conque esta mar no sube al norte.
4.ª Porque los naturales más cercanos a ese desemboque, así quiquimas como cutganes,
coanopas, ahora y en otras ocasiones nos dieron varias conchas azules que sólo se dan en la
contracosta y en la otra mar del sur, por donde viene la nao de China, y nos dieron ahora unas
ollitas que poco antes habían traído de dicha contracosta, caminando diez horas de camino de
continuada tierra del poniente.
5.ª Porque los referidos naturales, y otros que vinieron a vemos desde lejos del sudoeste, nos
dieron varias noticias de los padres de nuestra Compañía, diciéndonos cómo eran, de nuestro
traje y vestuario, y que vivían allá abajo, al sur, en Loreto Concho, con los demás españoles, y de
lo que comían aquellos indios guindes y edues o laimones, adonde estaban el padre rector Juan
María Salvatierra y otro padre. Y habiendo yo preguntado de propósito si aquellos indios
guimies y edues de allá abajo sembraban maíz y lo que era de su sustento, me respondieron que
no sembraban maíz ni frijol, y que su comida era la caza, el venado, la liebre, el conejo, la cabra
montesa, la pitahaya, la tuna y el mezcal y otra fruta del monte, y que los del poniente tenían
conchas azules; cosas y noticias todas que, desde que hace diecisiete años, estuve allí y viví con
aquellos naturales, me constaba eran verídicas.
6.ª Porque ahora en esta entrada y en otras ocasiones he hallado varias cosas, arbolitos,
frutas, incienso, etc., géneros todos que son propios de la sola California, y traigo destos
conmigo para con ese incienso, con el favor del cielo, celebrar esta Pascua y Semana Santa y
poner cinco buenos granos de incienso en el cirio pascual. Y también, ya cerca deste
desemboque, hallamos algunos vocablos de la lengua guimie que allá aprendí siendo misionero y
rector, aunque indigno, de aquella Misión de la California en los dos trienios del padre provincial
Bernardo Pardo y del padre provincial Luis del Canto, desde el año de 1681 hasta el año de 1685.
7.ª Porque tuvieron mucha razón de poner la California península y no isla los mapas
antiguos y algunos modernos, entre ellos mi padre maestro de Matemáticas en la Universidad de
Ingolstad, mapa universal que para en mi poder, y le dedicó a nuestro padre San Ignacio y a San
Francisco Javier, con este epígrafe: De Universo Terrarum Orbe óptime meritis.
Y si algunos opuestos y porfiados quisieren decir que algunos indios quiquimas dicen que al
poniente sube la mar todavía al noroeste, hablan estos quiquimas de la otra, de la contracosta, y
no desta nuestra mar de la California, que como algunos la llaman mar Bermejo, por haber
hallado este paso, podremos decir: Aparvit Terra avida, et in Mari rubro via sine impedimento,
como dice la Iglesia a 8 de agosto, en el día de los Santos que tienen el Evangelio: Euntes in
mundum Universum, predicate Evangelium omni creatura.
CAPÍTULO IX.— Cartas de personas graves en orden a estas nuevas conversiones, que recibo
de vuelta desta entrada
Y como en orden a todo esto me ha sido de grandísimo consuelo la arriba referida gratísima
carta de V. R., me son de muy grande alivio y aliento varias santas cartas que ayer, día de
Nuestra Señora de los Dolores, y anteayer encontré y recibí en el pueblo de San Ignacio. Las dos
son de nuestro padre general, Thirso González; otras dos del padre provincial Francisco de
Arteaga, y otras de otros padres graves de México y otras de otros padres fervorosos que, con sus
apostólicas ansias, deseaban venir a estas espirituales y temporales nuevas conquistas y nuevas
conversiones.
La una carta de nuestro padre general, de 15 de mayo del año pasado [de] 1701, empieza con
estas palabras: “Con gran consuelo mío he leído una de V. R. de 17 de marzo, de donde me
refiere el estado que tienen esas misiones y cuán gloriosamente trabajan en ella los operarios del
Señor. Su Divina Majestad los llene de consuelo y dones espirituales. Ya otras veces he
encargado, y ahora de nuevo encargaré al padre provincial, que cuide con todo desvelo desas
Misiones, enviando operarios que lleven adelante lo que se ha comenzado con tanto fervor y
fruto.”
La segunda carta de nuestro padre general acaba con estas palabras: “Padre mío, V. R. lo
trabaja como un apóstol, y como a tal Nuestro Señor echa su santa bendición a sus trabajos. Su
Majestad la continúe para mucha gloria suya y bien desas almas, consuelo nuestro y grande
corona de V. R., a quien guarde Nuestro Señor muchos años.”
El padre provincial Francisco de Arteaga, el 27 del pasado mes de septiembre, dice: “Recibí
la de V. R., con la cual me noticia la nueva entrada en compañía del padre rector Juan María
Salvatierra, y me he gozado de lo descubierto, agradeciendo a V. R. el trabajo, efecto todo de su
buen celo, y espero que mediante él esa Pimería tomará de una vez el acierto y forma que tanto
he deseado, pues así conviene al bien desas pobres almas, como al crédito de nuestra Compañía,
porque asentadas esas Misiones, serán la manutención de la California.” En la segunda carta, de
20 de noviembre, de su propia letra dice S. R. así: “Por ser el consuelo que V. R. tendrá le doy la
noticia de cómo el padre procurador Bernardo Rolandegui me avisa haber concedido el rey
nuestro señor, que Dios guarde, seis mil pesos para la California, y conforme necesitare se irá
concediendo más. El Señor lo aumente y dé a V. R.mucha salud y fuerzas para que se promuevan
todas esas Misiones, como deseo.”
El padre secretario Pedro Ignacio de Loyola, el 27 de septiembre, me escribe así: “Dichoso
V. R. que tiene tanto en que ejercer su santo celo, y si bien Nuestro Señor nos continúa por acá el
Desiderare, no le tenemos obligado para el Possi, mas de buena gana me privaré de tanta dicha si
Dios hubiere de ser mejor servido en esas tierras por otros que por mí.”
El padre rector Ambrosio Oddon, el 9 de octubre, dice que, con el paso por tierra a la
California, será de notable conveniencia la más fácil comunicación, la cual trae consigo mayores
utilidades, y más cuando Nuestro Señor dispone que se reduzcan las naciones intermedias.
Todo lo cual, mi amantísimo padre visitador Antonio Leal, pongo a la consideración Santa de
V. R. para que, con su paternal celo, nos ayude a conseguir el remedio de tantas almas y de
tantas nuevas naciones, en particular por haber ya, gracias al Señor, en esta Pimería algunos
medios temporales muy conducentes a ese fin, como V. R. ha visto en su entrada, y ahora hay
mucho más.
CAPÍTULO X.— Medios temporales para estas nuevas conversiones y para la total reducción
desta América Septentrional, que hasta ahora ha sido incógnita
I. Primeramente hay mucho ganado mayor y menor y caballadas, que aunque el año pasado
he dado más de 700 reses a los cuatro padres que entraron en esta Pimería, tengo para las demás
nuevas conversiones y Misiones que, con el favor del cielo, se quisieren hacer, otras más de 3
500 reses, y algunas dellas están ya muy adentro, 90 leguas de aquí, que con facilidad, con la
divina gracia, podrán pasar por tierras a las Californias Alta y Baja, como cierta persona grave se
sirve de nombrarlas, la de 26 y la de 30 y más grados de altura.
II. Hay en esta muy fértil y pingüe Pimería, que tiene ya cinco Misiones con cinco padres,
muchos trigos y muchos maíces, frijol, etc., y se da de todo género de legumbres, hortalizas y
árboles frutales como en Europa. Hay ya viñas para vino de Castilla para las misas; hay molino
de agua, recuas, labores, boyada, tierras y caminos llanos, hermosos valles, lindos ríos,
abundantes pastos y buenas maderas para fábricas y tierras minerales.
III. En estas nuevas naciones casi todos son indios laboriosos, de gente dócil y afable y muy
amigable, y sólo en algunas partes remotas hay indios algo más bárbaros e incultos por no haber
visto gente pacífica en toda su vida.
IV. El temple destas nuevas tierras, que empiezan desde 30 grados de altura hasta 31, 32, 33,
34, etc., es algo semejante al de México y al mejor de Europa, sin excesivo calor y sin excesivo
frío.
V. Con estos medios y con estas nuevas conversiones, se podrá comerciar por mar y por
tierra con otras cercanas y remotas provincias y naciones y reinos, con Sonora, Hiaqui, Sinaloa,
Culiacán y con toda la Nueva Galicia, Vizcaya con Moqui y con el Nuevo México, el cual se
podrá venir a dar la mano con estas provincias de Sonora, y aun con la Nueva Francia.
CAPÍTULO XI.— Utilidades que se podrán seguir destas nuevas conversiones en abono de toda
esta septentrional incógnita América
I. Primeramente, que con estas nuevas conversiones se dilatará el católico dominio de la real
corona de nuestro muy católico monarca Felipe V, que Dios guarde, y nuestra santa fe católica
romana.
II. Que se reconocerán y ganarán muy dilatadas nuevas tierras y naciones, ríos y mares y
gentes desta América Septentrional, que hasta ahora habían sido incógnitas, y también con eso
quedan muy resguardadas y más seguras y quietas estas provincias cristianas.
III. Que se quitan con eso los yerros y engaños grandes en que nos metían los que pintaban
esta América Septentrional con cosas fingidas que no las hay, como son los de un rey coronado,
que lo llevaban en andas de oro; las de una laguna de azogue, y de otra laguna de oro; las de una
ciudad amurallada con torres; del reino Aja y de las Perlas, ámbar, corales; del río del Tizón, del
río del Coral, del río de Aganguchi, que ponen sus desemboques en esta mar de la California en
35 y 36 grados, no subiendo a esa altura esa mar. También de las siete ciudades que algunos
ponen, y aunque al presente no las hay, de diez años acá hemos visto unas casas grandes en
diferentes puestos cercanos al río Grande, que sus edificios, ya caídos, indican las ha habido muy
antiguamente, y es muy probable que dellas salió la gente de Moctezuma cuando fue a fundar la
gran ciudad de México.
IV. Que reprendiendo con razón esas grandezas y riquezas fingidas, el padre Mariana, en
particular cuando las quieren atribuir a la relación del adelantado del Nuevo México, don Juan de
Oñate, podremos hacer delincaciones y mapas cosmográficos verídicos de todas estas nuevas
tierras y naciones, así deste paso por tierra de la California, como de lo muy caudalosos, fértiles
y muy poblados ríos que desembocan en el remate desta mar, y de los puertos y bahías de la
contracosta y mar del sur, de la Gran Quivira, del Gran Teguayo y de la cercana apachería
moqui. Y como V. R. en su entrada, que de ida y vuelta fue de 200 leguas, dos años ha, con el
señor teniente Juan Matheo Mange y con el padre Francisco González y conmigo, halló estas
naciones pimas con unos opas y cocomaricopas ya reducidos a nuestra amistad, así quedan ahora
reducidos los yuntas, los coanopas, los cutganes, los quiquimas y otros muchos al norte, al
noroeste y al poniente, así en esta tierra firme como en la cercana California Alta, que todas
juntas son tierras tan dilatadas como toda la Europa, y del mismo clima y del mismo temple
como la Europa. También por el norte y nordeste y oriente se podrá hallar camino para Europa al
doble más breve que el que tenemos por México y por la Veracruz, como también por el noroeste
y por el poniente se podrá con el tiempo entrar por tierra hasta muy cerca del Japón y de la Gran
China y de la Tartaria, pues el estrecho de Anian, que con tanta variedad de opiniones ponen los
autores, no tendrá más fundamento que el que tuvo este brazo de mar, con el cual siniestramente
nos pintaban isla la California, y este camino hacia el Japón y Gran China podrá ser por el cabo
Mendocino, y por la tierra del Yeso, y por la tierra que llaman de la Compañía, la cual, con la
divina gracia, con Misiones apostólicas podrá ser de la Compañía de Jesús.
V. Que la nao de China, como tanto ha deseado, podrá tener escala en la contracosta de la
California, adonde hallarán alivio los muchos enfermos del mal de loanda que suele traer, y
podrá tener un comercio muy ganancioso para todos con las provincias deste reino de la Nueva
Vizcaya, pues me han dicho hace diecisiete años, cuando navegué en la nao de China deste
Matanchel hacia Acapulco, que de buena gana por un carnero daban un elefante o pieza de roan
de China, que suele tener 40 varas y por acá se suele vender a peso la vara por los muchos fletes
que tiene en traerle desde México hasta estas provincias de Sonora, y casi lo mismo sucede con
los demás géneros deste muy opulento galeón de Filipinas.
VI. Que cumpliremos con lo que tan cristianamente tanto nos encarga la muy católica real
cédula de 4 de mayo de 1686, que la Real Audiencia de Guadalajara me la dio inserta en una real
provisión, cuando de vuelta de la California, viniendo a estas nuevas conversiones, pasé por esa
ciudad, y en dicha real cédula manda su real Majestad que en lo tocante al punto esencialísimo
de las nuevas conversiones se procuren ganar las horas posibles como en cosa de su
principalísimo cuidado de su real Majestad, y que descarga su conciencia con la de los que
vinimos más inmediatos, y que no se ahorren los gastos necesarios, porque reconoce Su Real
Majestad que por todo lo que en esas tan piadosas causas se gasta, retribuye siempre Nuestro
Señor a su real corona crecidísimos conocidos aumentos; que son palabras de la real cédula. Y
vemos patentísimamente que al mismísimo tiempo que su real Majestad de don Carlos II, que
Dios haya, hizo los grandes gastos de los tres navíos para la conversión de la California con el
almirante don Isidro de Atondo y Antillón, se descubrieron muy cerca, y en frente de dicha
conquista y conversión, las grandes riquezas y minas del real, que vulgarmente se llaman de los
Frailes, Álamos y Guadalupe, y el mismo día de Nuestra Señora de los Dolores, que anteayer en
el pueblo de San Ignacio tuve las nuevas de los seis mil pesos que su real Majestad de Felipe V,
que Dios guarde, dio para las nuevas conversiones de la California, me dieron fijas noticias del
tesoro y ricas minas que se acaban de descubrir aquí cerca en Quisvan, Aygame, San Cosme, y
muy cerca de la nueva conversión o Misión de San Francisco Javier, de los pimas cocomacaques
de la Pimería Baja.
VII. Que desta suerte, aún con muy grande dicha y ganancia nuestra, con la divina gracia
iremos consiguiendo que convirtiéndose tantas almas Fiat unus Pastor et unum Ovile, y que
todos nos ayuden a alabar a Nuestro Piadosísimo Dios por toda la dichosa eternidad, que todo lo
encomiendo muy encarecidamente a los santos sacrificios y al paternal amparo santo de V. R.,
cuya vida guarde Nuestro Señor como deseo.— Nuestra Señora de los Dolores, y abril 8 de 1702
años.— Muy siervo y súbdito de V. R., Eusebio Francisco Kino.”
Y porque algunas personas fueron del parecer que convendría que a esta carta larga la
acompañase alguna certificación de la real justicia y que pasase a México, se me dio la siguiente:
CAPÍTULO XII.— Certificación del señor alcalde mayor desta provincia, Juan Mateo Mange,
acerca de la carta e informe de cuatro pliegos al padre visitador Antonio Leal, y acerca de la
entrada al paso por tierra a la California
“En este real y minas de Nuestra Señora del Socorro de Quisvani, en 15 del mes de mayo de
1702, yo, el capitán Juan Matheo Mange, alcalde mayor y capitán de guerra en esta provincia de
Sonora y su jurisdicción, por su Majestad, certifico y doy en cuanto puedo y debo y ha lugar en
derecho, de cómo la relación de la carta y firma dicha ut supra es del reverendo padre Eusebio
Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, ministro y misionero primitivo del pueblo de Nuestra
Señora de los Dolores, de la nación pima, a quien de nueve años a esta parte conozco, y ha hecho
varias entradas, con su fervorosa moción y celo de atraer a la obediencia de Su Majestad y al
gremio de nuestra santa fe la dicha nación y las demás confinantes a la parte desta septentrional
América (como lo ha conseguido con muchas) y en esta razón me consta ha hecho varias
relaciones y mapas, a quienes se les ha dado entero crédito por su conocido obrar y santo celo y
ejemplares costumbres y celador de la salvación de las almas, como de ello he sido testigo ocular
de nueve años a esta parte que le he acompañado a varios descubrimientos, entradas que con S.
R. he hecho, y ayudado a la reducción de dichas naciones gentílicas, caminando en cada una de
ellas a más de doscientas y trescientas leguas, que, sumadas todas, hacen el número de tres mil y
ciento, las que con S. R. he andado en estos descubrimientos, como más latamente consta en los
diarios, derroteros y relaciones que así el padre por su parte como yo hemos hecho en esta razón,
llevando yo en ocasiones el cargo de teniente de alcalde mayor y capitán a guerra, y otras de
cabo de algunos soldados y vecinos, de los que estaban de cargo del general don Domingo
Grionza Petriz de Cruzat, y los vecinos a costa y mención de dicho. Y me consta de vista el
haberse logrado el progreso de la reducción a la obediencia de Su Majestad la dicha nación pima,
que se compone de más de dieciséis mil almas, empadronadas por mi mano, pobladas en muy
buenos ríos, pingües y fértiles tierras de labor y valles, donde se han fundado nuevamente otras
cuatro Misiones a más de la primitiva que estaba, cuyos confines de tierra lindan con el brazo de
mar de la California, al cual he llegado y visto por tres partes distintas y en varias alturas de polo
boreal, y en la de 28 grados he visto y observado puntualmente, con instrumentos matemáticos,
que dicho brazo de mar no tiene más anchura que veintiséis leguas, y en la elevación de 32
grados solas veinte leguas, y en la de 31 grados que lo vi la última vez no tiene dicha mar sino la
corta anchura de doce leguas, cuyas mensuras y vistas testifican, que cuando más se va
aproximando el dicho brazo de mar hacia el noroeste, se va más y más disminuyendo su anchura,
y por averiguar si más arriba, al norte, se acababa, salió el dicho padre Eusebio Francisco Kino a
la entrada que se expresa, y me informó S. R. con ingenuidad estuvo en el remate de dicho brazo
de mar, y se vio se junta la tierra de la Pimería con la California, y asegura es península. Y en lo
que dice S. R. es fundador de estanzuelas de ganado mayor y menor y caballadas, soy testigo
ocular de haberlas visto, y en lo demás de las riquezas y rey coronado y lo demás que epiloga, no
lo he visto para certificarlo aquí con la verosimilitud que el caso requiere; sólo sí aseguro en que
es relación de un fervoroso ministro a quien se le ha dado entero crédito, como arriba expreso, y
para que haga la fe que hubiere lugar, di la presente a pedimento del dicho reverendo padre,
actuando como juez receptor, con los testigos de mi asistencia, por no haber escribano público ni
real, y va en papel común por no estilarse el sellado, y es tan habilitado por la justicia ordinaria
destas Misiones y provincias.— Doy fe, Juan Matheo Mange.— Testigos: José Ortega y
Chumacero, Nicolás de la Torre.”
CAPÍTULO XIII.— Otras cartas de diferentes personas tocante a esta entrada al paso por
tierra a la California
Muchos, en particular los bien afectos a estas nuevas conversiones, escribieron el consuelo
grande que habían tenido con las noticias desta larga entrada, y eran de grande edificación sus
finísimas cartas como tan celosas del servicio de ambas Majestades. Y otros menos afectos
metían por fuerza sus dudas y que todavía quizá podían tener las cosas esa o aquella dificultad.
El señor alcalde mayor y el general don Jacinto de Fuensaldaña, y el general Juan Fernández de
la Fuente, y otros, manifestaron luego muy patentemente su muy católico buen celo.
El padre visitador Antonio Leal, en 15 de abril, me escribió lo siguiente: “Recibí una de V.
R. que las otras que V. R. dice no han llegado, y fue con tanto gusto cuanto antes de su llegada
había sido el desconsuelo por las malas nuevas que habían corrido de que VV. RR. se habían
ahogado, y yo ya había dicho las misas. Dios nos guarde a V. R. muchos años. Mucho me alegro
de que se haya ya afianzado lo cierto de la tierra firme, como V. R. escribe, aunque ese embarazo
del río es muy considerable. Es día ocupado y sólo da lugar a dar a V. R. las Pascuas que tenga
V. R. muy felices.” Hasta aquí el padre visitador.
El padre rector de Matape, Marcos Antonio Kappus, me escribe lo propio, y que S. R., al
padre rector Manuel González y a mí, por lo que había corrido que nos habíamos muerto con
toda nuestra gente, nos había cantado misa de Requiem.
El padre rector Juan María Salvatierra, aunque se perdió la relación larga desta entrada que
envié a S. R., me escribió dos muy tiernas y finas cartas en la materia. La primera fue de 21 de
septiembre con estas palabras: “La de V. R., su fecha 17 de abril, recibí en 22 de julio, después
de haber pasado dos meses de grande hambre, faltando del todo pan y tortilla, reducidos a sola
carne flaca, por la seca, de suerte que estoy tan flaco. La lancha San Javier, que ya no nos ha
quedado otro barco, que no pude responder a la de V. R., pero nos consoló Dios en medio de los
trabajos, pues, llegada la lancha, como por los suestes viniendo de Hiaqui, no podía coger esta
bahía, iba a dar a la Concepción, y en la última arribada que hizo allá buscando agua les
buscaron los indios un río que entra hasta la mar, y que está inmediato a la bahía, en la punta
entre la bahía y las Vírgenes, entraron con la canoa de la mar al río, hicieron la aguada y
volvieron con esta buena nueva que casi no la creemos, por no haberse topado río desde que
entró Cortés. Quiera Dios que podamos ir allá, que ahora no es posible por no haber barco ni
saber del padre Francisco María Picolo nada, sino que por finales de mayo no había cobrado
nada. Y si no llega el padre en esos veinte días, ya no le aguardamos atenidos a la sola lanchita,
que hace cinco años no se ha carenado de firme; en tanto desamparo puede V. R. imaginar el
agradecimiento que tenemos a V. R. en la constancia que V. R. muestra en socorremos, pues las
necesidades son extremas, y Dios se lo pagará a V. R… Hemos estado también con una guerra
penosa por el lado de la sierra, pero ya parece que se va componiendo, y así estimo a V. R.
mucho el socorro de la harina, y digo: Salva nos perimus. Desta vez perecemos muy de veras, y
más habiendo perdido al padre grande bienhecho Manuel González, cuya muerte es gloriosa, y
de envidiar mucho en los hijos de la Compañía, con que no queda más que V. R., y así digo otra
vez que Perimus. Hágase en todo la voluntad de Dios y reciba V. R. muchos saludos del padre
Juan de Ugarte, y con tanto acabo encomendándome en sus santas oraciones y santos
sacrificios.— Y septiembre 21 de 1702 años.— De V. R. siervo en Cristo, Juan María
Salvatierra.” Y añade S. R. lo siguiente: “Despacho ésta en 19 de octubre, y no sabemos nada
del padre Francisco María Picolo, sin socorro de memoria, desaviados de mi todo. ¡Viva Jesús!
¡Viva María! Ha mas de un año que no veo letra del padre visitador de Sonora y no sé por qué, si
no es que se pierden las cartas, ni tampoco he recibido la relación que V. R. me significa, y la
deseo holgándome de las compendiosas noticias de sus gloriosos trabajos en esa última entrada.”
Hasta aquí el padre rector Juan María en su carta deste año; luego pondré la que V. R. me
escribió al año siguiente tocante a proseguir en estas entradas hasta que nos encontrásemos en la
California, y como este año en el otoño y en la primavera siguiente se me estorbaron las
entradas, me apliqué aquí a la fábrica de dos buenas iglesias en mi segundo tercer pueblo de
Nuestra Señora de los Remedios y de Cocospera, que ambas se acabaron con felicidad gracias al
Señor, y se dedicaron a mediado de enero de 1704, como se dirá en su lugar; y la celosa santa
carta del padre rector Juan María Salvatierra de 3 de marzo de 1703, que pues el contradicho
paso era y es tan cierto, no se le había de poner oposición (aunque Nuestro Señor dispone lo
mejor), es como se sigue:
“Recibí la de V. R., acompañada con el mapa del descubrimiento del estrecho encerrado que
tiene tanta contradicción, de lo cual me ha pesado no poco. Pero todas las cosas de gloria de Dios
así han empezado, y así no hay que desmayar, sino procurar buenamente con los superiores hacer
otra caminata por la cual se conozca ya con evidencia esta verdad; y ya V. R. tiene mucho
andado para ya de una vez sacar al mundo desta duda, pero ha de poner V. R. el resto y todos los
medios y buenas prevenciones para ir con maíces, harinas y pinole, y todo el resto de regalitos
que V. R. conoce, conducentes para de una vez salir con la de Dios; sin haberse de ver
necesitado a revolver sólo para aclararse más y más. Finalmente, V. R. verá lo que importa, y
consultando los medios precisos con alguna persona inteligente acerca del punto de llevar a no
algunos hombres armados, para poder detenerse con ellos un mes o dos en parte adonde se
puedan rehacer las bestias, sin miedo que los indios arrebaten con la comida, y con eso callarán
tantos nuevos mapistas, que no han de callar hasta que se vean concluidos. Estimo mucho a V. R.
la piedad con que nos socorre, y más con tanta abundancia del despacho de las 10 mulas
cargadas hasta a Hiaqui, distancia tan grande, que me deja V. R. corrido de ver que hace tanto
por estas sus Misiones y yo tan inútil que en cosa ninguna no puedo servir a V. R., sino para
molestias y enfados. Reciba V. R. mis saludos de todos los padres agradecidos, memorias de V.
R. y a tanta caridad, por medio de la cual comerán buen pan. Dios se lo pague a V. R. mil y
millones de veces, y con tanto queda encomendándome en sus oraciones y santos sacrificios.—
Loreto Concho, y marzo 3 de 1703.— De V. R., siervo en Cristo, Juan María Salvatierra.”
Y como ni con esta carta conseguí que me fuese permitido ir a la continuación de tan deseado
descubrimiento, pues se decía que yo haría falta en mis partidos, proseguí con más aplicación y
con todo conato en las fábricas de mis dos iglesias, y dispuso Nuestro Señor que vinieran
muchos naturales a verme de tierras y naciones distantes.
LIBRO V
CAPÍTULO PRIMERO.— El gobernador de San Marcelo del Sonoydac, con otros justicias,
viene 90 leguas de camino a Nuestra Señora de los Dolores a pedir padres y el santo bautismo
para su gente pima y para la nación yuma y quiquima
Con la última entrada de los pasados meses de febrero y marzo y abril, que escribí en el libro
IV antecedente, quedaron las naciones por donde pasamos el padre rector Manuel González y yo
tan aficionadas a nuestra santa fe, pues reconocían que nuestros tan largos viajes eran en orden a
la eterna salvación de todas esas gentes, en particular por saber que el un padre había dado la
vida en la demanda, que así los quiquimas de la California Alta como los yuntas y otros enviaron
varios propios y correos con cruces 60 y 70 y 100 y más leguas de camino hasta a San Marcelo
del Sonoydac, a rogar al gobernador desa ranchería o pueblo incoado que viniese a Nuestra
Señora de los Dolores a pedir padres y el santo bautismo, con lo cual, por agosto deste año de
1702, vino con unas cruces a Nuestra Señora de los Dolores el gobernador de San Marcelo, con
otras justicias y con otros gentiles, y me pidieron todos para sí para las naciones yuma y
quiquima, y para los demás confinantes, los padres necesarios y el santo bautismo; y diciendo yo
al dicho gobernador y a los demás convendría que pasasen al valle de Sonora a pedir ese gran
remedio de sus almas y de las demás naciones al padre visitador Antonio Leal, que yo les daría
guías, intérprete y carta para S. R.; me insinuaron que se holgarían si yo pudiera ir con ellos, con
lo cual, dejando otras ocupaciones, me puse en camino con esos pobres, y en tres días llegamos
al pueblo de Guepaca, pasando por el valle y pueblo y real de Opodepe, adonde se nos enfermó
gravemente uno de los gentiles que iban con ésta nuestra comitiva, que catequizándole, le
bautizó y le puse Antonio en la caritativa casa del señor teniente Antonio Fernández Villanueva
y Ron, y llegando al valle de Sonora y a su pueblo de Guepaca, fuimos recibidos con toda
caridad del padre visitador Antonio Leal, y dando a S. R. las cruces y los recaudos de los muy
distantes yumas y quiquimas, consoló S. R. a los pobres naturales, que con la brevedad posible se
procuraría solicitarles los padres necesarios para su eterna salvación de los que pedían, y con este
consuelo y buenas esperanzas, nos volvimos a Nuestra Señora de los Dolores, y el gobernador y
las demás justicias se volvieron a San Marcelo y remitieron la favorable respuesta a los yumas y
quiquimas.
CAPÍTULO II.— Dichosa muerte de un indio recién bautizado
Habiendo vuelto del valle de Sonora a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores por otro
algo más breve camino, supimos cómo en Opodape se había muerto el enfermo recién bautizado
Antonio; escribí la noticia desta muerte y de nuestra llegada al padre visitador, y S. R., en 5 de
septiembre, me escribió la siguiente carta: “Mucho consuelo he recibido de ver cómo pagó
Nuestro Señor de contados los pasos que dio el difunto Antonio para el bien de los suyos y para
el propio bien, que espero en Dios que lo ha conseguido y logrado. Juzgo será preciso avisarlo a
los de su nación porque no juzguen que lo hemos detenido o que le han muerto.”
Este aviso no sólo a los cercanos, sino también a los remotos y parientes del difunto, con la
enseñanza de la gran dicha que suele tener el que antes de morirse, por medio del santo bautismo
se cristiana; y no sólo no se desconsoló alguno de dicha muerte, sino que les fue de consuelo
muy grande, y siempre con más ansias así los naturales deste rumbo del noroeste, como los
demás de otras varias partes, han pedido y piden el remedio de la eterna salvación de sus almas y
de sus cuerpos que por medio del santo bautismo a su tiempo pueden conseguir una gloriosa
resurrección, sin que después haya que recelar o temer otra enfermedad o muerte o trabajos o
desdicha alguna jamás.
CAPÍTULO III.— De otras dos entradas que hice al poniente y al norte mirando lo espiritual y
temporal de los pobres naturales
Hacía algún tiempo que yo no había visto a los hijos del poniente y nación del Soba ni a los
sobaipuris del norte y de San Javier del Bac, con lo que entré a fabricar en las dos iglesias de San
Ambrosio del Busanic y en la de Santa Gertrudis del Saric, y comencé a dar principio a la iglesia
grande de la Concepción del Caborca, al poniente, y a ver sus ganados y sementeras y cosechas
de trigo y maíz que cuidaban para los padres que esperaban recibir. También entré hasta San
Marcelo, desde donde con el capitán del Comac despaché trigo para sembrar al río Colorado y
naciones de los yumas y quiquimas, grano y semilla que por allá nunca se había visto ni se
conocía, y a ver si se daba, como se da, en aquellas fértiles nuevas tierras, y se dio y se da muy
bien. Después empecé también la muy grande iglesia de San Javier del Bac, en los sobaipuris,
que dista como 60 leguas al norte de Nuestra Señora de los Dolores, y en todas partes estaba la
muy pingüe y cuantiosa mies de las almas tan madura, que así yo como algunas otras personas
amantes del adelantamiento destas nuevas conquistas y nuevas conversiones fuimos de parecer
convenía que yo fuera a México a procurar conseguir los tan necesarios padres para el remedio
de tantas almas. De vuelta destas mis peregrinaciones, di cuenta dellas al padre visitador Antonio
Leal, y en 3 de noviembre me escribe S. R. lo siguiente: “Agradezco mucho a S. R. su mucho
trabajo. Dios le pagará, que por el bien de esos pobres lo toma V. R. Las noticias de bastimentos,
siembras, iglesias, de enfermos, de todo tendrá V. R. el premio en el cielo, y asimismo agradezco
las memorias de los hijos, y ruego a V. R. que cuando haya ocasión que las retorne.”
CAPÍTULO IV.— Cartas del padre visitador y del señor alcalde mayor acerca del estado desta
Pimería
El padre visitador Antonio Leal, en su carta que acabo de referir, prosigue en estas palabras:
“Tocante a la ida de S. R. a México, por ahora ya ve V. R. que más convendrá aguardar que entre
el muy cercano Gobierno nuevo, porque, según el curso natural, muy poco puede tardar, aunque
no viniese en el aviso, sino en urcas o noticia dél. También que habiendo pedido, como he
pedido, al padre provincial padres, veremos en las primeras cartas que vinieren lo que S. R.
responde, aunque la dificultad sea en las limosnas, y ésas V. R-, con los informes, no dudo que
las conseguirá, porque hablando boca a boca con el señor virrey, es tan distinto que por escrito;
pero poco podrá tardar el Gobierno o aviso dél. Los hijos que quieren venir acá V. R. se sirva de
detenerlos a los pobres, que no vengan tan lejos, diciéndoles cómo V. R. ya me lo escribió, y les
agradezco su buen deseo, que tengan un poco de espera y Dios les consolará trayendo padres.”
En otra carta que S. R. me escribió tres semanas después, acaba S. R. con estas palabras: “V.
R. me haga caridad de encomendarme al capitán Coro (que su nombre cristiano es y era Antonio
Leal) y a todos los hijos que han venido de adentro y están allá, consolándolos con la esperanza
que espero en Dios los socorrerá con padres, y le pido me guarde a V. R.”
El señor alcalde mayor desta provincia de Sonora, Juan Matheo Mange, había sido teniente
desta provincia casi al mismo tiempo que el padre visitador, me escribió lo siguiente: “Veo en la
última el buen estado de la Pimería y la docilidad de los naturales, a que yo mismo me doy los
parabienes por lo interesado y manutenencia que he tenido en esa Pimería, y que se nos cumplan
los vivos deseos de V. R. y míos y de la composición, cosa muy debida a lo mucho que V. R. se
merece, y quiera Nuestro Señor que en lo de adelante vamos todos a un fin para el bien de esos
naturales y su eterna salvación, y que se quiten al infernal caos sus lucí ferinos intentos y
estorbos, que con su cauda mete y vaya a poblar en las infernales cavernas.” Hasta aquí el muy
católico señor alcalde mayor.
CAPÍTULO V.— Se trata de mi ida a México a conseguir y atraer padres para estas tan
dilatadas y tan maduras mieses de almas desta Pimería y de las demás confinantes naciones
La tan grande falta de padres misioneros en estas nuevas conversiones me motivó a mí y a
muchas otras personas que tratáramos de que yo fuera a México a conseguir y traer los padres
necesarios, en particular porque habían corrido ciertas esperanzas de que en este otoño llegaban
los padres procuradores padre Rolandegui y padre Vera, que habían ido a Roma y que traerían de
Europa una cuantiosa misión de fervorosos padres operarios. Avisé desto al padre visitador
Antonio Leal, de palabra y por escrito, y desde luego vino S. R. con otros muchos muy en esto
que yo fuera a México, y después de haberme agradecido de palabra en Guepaca mi buen
intento, con una carta larga que S. R. me escribió, que yo la pudiese enseñar al padre visitador
nuevo, en el nuevo Gobierno que se esperaba muy en breve, con muy eficaces razones y con que
afianzaba lo muy mucho que convenía que yo fuera a México a hablar boca a boca con el padre
provincial y con el señor virrey, en orden a conseguir y traer los padres y operarios necesarios
para una mies tan madura de tantas almas que con tantas ansias pedían el santo bautismo, así en
esta dilatada Pimería como en las naciones circunvecinas, en particular por haber ya ocho
limosnas de Su Real Majestad concedidas para ocho padres y ocho Misiones desta Pimería. Y
también otras muchas personas tenían por muy conveniente mi ida a México para el fin referido
de conseguir y traer padres misioneros. No obstante, se omitió esta mi ida a México, por las
razones que dirá el capítulo siguiente.
CAPÍTULO VI.— Muchos otros y yo también somos de parecer que, en particular por no haber
llegado ni el Gobierno nuevo ni la Misión de padres europeos, era excusada mi ida a México
Como las muy notorias y lastimosas guerras de casi toda la Europa no dieron lugar a que a su
tiempo viniesen las acostumbradas embarcaciones de flota de España a esta Nueva España,
tampoco no pudo venir a su tiempo el nuevo Gobierno de nuestra Compañía ni los padres
procuradores que habían ido a Roma ni la Misión de padres misioneros que estaban concedidos y
prevenidos ya en Sevilla, mudamos el parecer de ir a México, y traté de proseguir en adelantar lo
posible lo de por acá, así en estos tres pueblos que yo tenía a mi cargo como en los demás nuevos
pueblos de más adentro, al norte, al noroeste y al poniente, que se iban fundando con prosperidad
y en particular con ir a otra entrada larga de más de 300 y como de 325 leguas, hasta llegar por
tierra hasta Loreto Concho y hasta adonde vivían los padres de la California, el padre rector Juan
María Salvatierra y los demás señores soldados y españoles, que todo consistió en 160 leguas al
noroeste hasta los yumas y río Grande, y otras 200 al poniente hasta el río Colorado, y otras 40 o
50 al sudoeste hasta el desemboque de dicho río Colorado y hasta los quiquimas, como había
entrado los meses pasados con el padre rector Manuel González, y después bajar lo que
únicamente faltaba del camino, como de 125 leguas al sudoeste; por las tierras ya de la
California, y al poniente de la mar de dicha California, cosa que ya hubiera sido bien fácil, y
quedaba ya desde luego ya entablado el comercio por tierra con la California, con la conversión
de muchísimas almas. Pero no debía de haber llegado el señalado tiempo de arriba, y se me
estorbó esta mi ida o entrada y viaje por tierra a las Californias Alta y Baja, y procuré aplicarme
a otros ministerios y funciones también de nuestro Instituto.
CAPÍTULO VII.— Fábrica de dos buenas y capaces iglesias en el segundo y tercer pueblo de
mi administración en esta Pimería
Por habérseme estorbado mi ida hacia México, como a la California, me apliqué a fabricar
con la eficacia y brevedad posible (para tener esto más andado) las dos iglesias que estaban algo
empezadas en mis dos segundo y tercer pueblo de Nuestra Señora de los Dolores; se fabricaron
los cinco primeros años de mi entrada a estas nuevas conversiones, y cuando el padre visitador
Antonio Leal vio esta iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, dijo era de las mejores de
cuantas había visto en todas las Misiones. No obstante, aún mejores que ésta salieron las otras
dos nuevas que emprendí estos meses siguientes, pues tienen cruceros, y en poco más de un año
se acabaron y dedicaron en una misma semana de mediado de enero de 1704 años, como se dirá
en su lugar. Después de haber encomendado las cosas a Su Divina Majestad y a nuestro gran
Patrón de las nuevas conversiones, al gloriosísimo Apóstol de las Indias, San Francisco Javier,
adelante de Jesús y de María Santísima y con sus favores celestiales, que, aunque indignamente,
estoy escribiendo, procuré tener en los tres pueblos de mi administración (que son: I, Nuestra
Señora de los Dolores; II, Nuestra Señora de los Remedios; III, Santiago de Cocospera) bastantes
bastimentos, maíz, trigo y reses y bastante ropa o géneros de tienda, que son paños, sayas,
fresadas y otros vestuarios que son las monedas y dinero que más sirve en estas nuevas tierras;
para los peones y oficiales de carpintería, alguaciles y mandones, capitanes, topiles y fiscales,
estos meses y los siguientes mandé cortar las maderas necesarias para la viguería de pino,
zapatería, tablazón. Pasé a fronteras y traje más de 700 pesos en ropa y herramientas, y casos
grandes, y de otras partes conseguí más de tres mil pesos, que en breve luego con facilidad se
fueron pagando con los géneros y bastimentos y ganados de los tres pingües partidos; convidé
alguna gente de tierra adentro para las faenas de esas fábricas, y vino a más y de más lejos de la
que yo había podido, y muy en particular meses enteros trabajaron y fabricaron con los tres
pueblos de aquí y de mi administración los muchos hijos del grandioso pueblo incoado de San
Francisco Javier del Bac, de los sobaipuris, que dista 60 leguas de camino al norte, con lo cual se
hicieron en los dos pueblos de Nuestra Señora de los Remedios y de Santiago de Cocospera muy
muchos adobes; se hicieron altas y fuertes paredes de dos grandes y buenas iglesias, con sus dos
capaces capillas que hacen crucero con buenos y vistosos arcos; se trajeron de los cercanos
cerros y pinerías las maderas y se techaron las dos buenas fábricas con sus cimborrios y
linterillas, procurando yo casi todo el año ir las más semanas por los tres pueblos cuidando de lo
espiritual y temporal y de dichas fábricas de las dos nuevas referidas iglesias.
TERCERA PARTE
[1703-1704]
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO.— De los enemigos que suelen hacer muchas hostilidades y daños en
esta provincia y sus fronteras y aún en esta Pimería
Todos los años, y en particular desde que se alzaron los jocomes y janos y yumas, suele
haber robos de caballadas y de ganado mayor y menor, y aún muertes de cristianos indios,
españoles, soldados, en particular en estas fronteras desta provincia de Sonora, y también en las
fronteras desta Pimería; y aunque para el remedio de tantos y tan lastimosos daños se han dado
por Su Real Majestad y están concedidos dos presidios de 50 soldados cada uno, el de Janos y su
compañía volante y presidio desta provincia de Sonora, los enemigos, así los referidos jocomes,
janos y yumas, como los apaches, se han ido metiendo y se meten cada año más adentro en las
tierras de los cristianos y en la provincia de Sonora y en esta Pimería con más avilantez y sin el
bastante remedio o resistencia a tantos robos y muertes, que todos los años, tan lastimosamente,
se han experimentado desde que el capitán Coro, desta Pimería, como queda referido en la
primera parte, mató como más de 300 enemigos jocomes, los más enemigos que ahora andan. A
4 de enero de 1703, que estos enemigos apaches se habían metido hasta San Ignacio, Misión
desta Pimería, y llevádose golpe de caballada, el padre Agustín de Campos, misionero de aquel
partido, me escribe lo siguiente: “Ya tengo escrito a V. R. acerca del informe mi sentir: Conque
los padres que V. R. ha de solicitar son siete, y si V. R. es rector (que de eso sin quererlo me
habían escrito carta muy fina el padre provincial Francisco de Arteaga, apartando este Rectorado
de Nuestra Señora de los Dolores de la Pimería al Rectorado de San Francisco Javier de Sonora),
lo podrá ahora ser mejor y conseguirlo de todas maneras; yo nunca rehusaré obedecer a V. R. en
lo que me mande, y con eso o sin eso soy siempre de V. R., y la experiencia lo hubiera mostrado
ya muchos años si el diablo no hubiera metido su cola. De las bestias que se llevaron los
enemigos dicen se han vuelto dos, una yegua del mayordomo de aquí, y de mis bestias ha vuelto
una potranca.— San Ignacio, y enero 4 de 1703 años.— Muy siervo de V. R., Agustín de
Campos.”
CAPÍTULO II.— De la entrada destos pimas contra los enemigos apaches
Por cuanto los presidios no remediaban como se deseaba en las muchas invasiones y
hostilidades, robos y muertes (que de eso iban muchos informes al señor gobernador del Parral y
a su excelencia) que tan a menudo y todos los años hacían los enemigos apaches, tratamos por
ahora al poniente hacer una entrada con los pimas a las tierras por donde suelen andar y venir
dichos enemigos apaches, pues en otras muchas ocasiones estos pimas han conseguido varios
felices buenos sucesos y victorias, y en este punto, en 28 de enero, el padre Agustín de Campos,
desde su Misión de San Ignacio, me escribió lo siguiente: “V. R. trate con los hijos sobaipuris
(son los pimas del norte) hagan una campaña en aplacando un poco el tiempo, que yo ofrezco
concurrir con 25 reses puestas en Guebavi.”
El capitán teniente Juan de Casaos, desta Pimería, también en 28 de enero, me escribió estas
palabras: “Dios nos conceda que podamos lograr y coger a estos malévolos apaches y les demos
un porrazo bueno, y para ello solicitaré convocar alguna gente del poniente, y así V. R. solicite la
del norte para que todos juntos hagan algo bueno.” Y aunque yo andaba muy ocupado con las
fábricas de las dos iglesias de Nuestra Señora de los Remedios y de Santiago de Cocospera, pues
el intento era acabarlas y dedicarlas entrambas a finales deste año de 1703, avisé al capitán Coro
y a la gente pima y sobaipuris del norte que hicieran entrada a las tierras por donde andan y salen
los enemigos apaches, cosa que con algunos buenos sucesos de nuestros pimas les fue de mucho
freno a los enemigos apaches para que algo menos se nos vinieran por acá, hacia esta Pimería
dichos enemigos.
CAPÍTULO III.— De las hostilidades, robos y muertes que este año hicieron los enemigos en
las fronteras de la provincia de Sonora
Muchos años ha que esta provincia de Sonora en sus fronteras ha sido muy infestada de los
enemigos, y muchas veces, aunque siniestramente, le han achacado a esta Pimería esas maldades
que han hechos y hacen los apaches y a veces los jocomes, y ésta ha sido la lastimosa causa de
que por culpar a los que no eran culpados se omitía y omite el necesario castigo y remedio en los
verdaderos delincuentes, dejándolos con eso proseguir en sus hostilidades, y dando siempre los
golpes en la herradura en lugar de darlos en el clavo. En 25 de febrero, el cercano capitán
teniente de alcalde mayor del real de Bacanuchi, Cristóbal Granillo de Salazar, me escribió lo
siguiente: “De los enemigos he sabido que de Oposura se han llevado bestias, y en Tonivavi se
llevaron la mulada de Juan Antonio de Tarrajona; también se llevaban la caballada de los
Morenos, pero salieron y la quitaron por todas partes andando. Recibí carta del señor alcalde
mayor, y me dice ha escrito al señor gobernador del Parral para que vengan los 25 soldados deste
presidio, que están en Taraumares, para que pongan algún remedio, y juzgo será lo de siempre.
Quiera Nuestro Señor que los pimas en su entrada tengan buen suceso, porque de los capitanes se
ve poco remedio, porque unos están ociosos, otros pleiteando, y con eso gastan el tiempo y el
sueldo del rey. Dios lo remedie y a V. R. me lo guarde muchos años.”
En 16 de marzo, el padre visitador Antonio Leal me escribió lo siguiente: “Mucho estimo la
noticia y agradezco el mapa para el padre provincial, que la noticia de la junta de los pimas y
muerte de dos enemigos; siempre esperaba yo de su entrada toda felicidad y victoria. Por acá han
entrado muchísimos rastros: cerca de aquí mataron a Manuel de Urquiso; ahora estoy para
enterrarlo; Dios lo tenga en su santa gloria; lo dejaron en cueros, le quitaron la cabellera, cuatro
flechazos le dieron y algunas heridas de lanza; también mataron el caballo; dejaron el fuste de la
silla, llevaron los cueros y hierros de la silla. Dios nos ampare y guarde a V. R.— Sinoquipe, y
marzo 16.” Hasta aquí el padre visitador. Al mismo tiempo, allí muy cerca, en el camino de San
Juan, mataron aquellos mismos al hijo de Nicolás de la Cruz, y en otras partes otros de Arizpe.
En 20 de marzo me escribió estas palabras el padre Francisco Javier de Mora: “Por acá no cesan
continuos rebatos y rastros de enemigos. V. R. nos encomiende a Nuestro Señor.”
CAPÍTULO IV.— Otras hostilidades de los referidos enemigos sacadas de las cartas del
capitán teniente y del señor alcalde mayor
En 28 de febrero deste año de 1703, el capitán teniente del real de Bacanuchi, Cristóbal
Granillo Salazar, me escribió lo siguiente: “Mucho me huelgo de la entrada de los amigos pimas;
quiera Nuestro Señor darles el buen suceso que todos deseamos para que los enemigos tengan
algún escarmiento, porque se hallan muy sobre así por las pocas diligencias que hacen nuestros
capitanes en castigar al enemigo, que ya va cobrando tanta avilantez y sin esperanzas de que se
ponga remedio, si Dios Nuestro Señor no lo pone por medio de nuestros amigos los pimas. El día
22 de febrero, habiendo venido a este real con unas cartas dos indios de Chinapa, a la vuelta para
su pueblo les salieron los enemigos al camino y mataron al uno, y otro día, viniendo por el
cuerpo, volvieron a ver los enemigos, que todavía no se habían ido, mas echaron a huir a la
sierra; también he sabido por cosa cierta que en Nacosari mataron otros dos indios, y otro vino
herido al real; de todo esto y de otras muchas cosas que van sucediendo se hace poco caso y no
se pone ningún remedio; los pobres que quisiéramos hacer algo no podemos por falta de avío. El
capitán del presidio está ocioso y el alférez preso.” Y porque destas cosas también se dio cuenta
al señor alcalde mayor, su merced respondió lo siguiente: “Señor Cristóbal Granillo de Salazar.
Muy señor mío: Acabo de recibir la de vuestra merced con la infausta noticia de haber muerto
los enemigos al indio de Chinapa, que me ha sido de bastante pesadumbre con ver las pocas
diligencias que hacen los soldados del presidio desta provincia de no salir a campaña ni
menearse a nada, causa suficiente que ha motivado a los enemigos el haber hecho una poderosa
junta, la cual me escribió ayer el padre Daniel Janusque, que está en la sierra de Tonivavi, en
mucho número muy armados y con adargas, y se presume están con designio de asolar algún
pueblo destos contornos, por cuyo motivo me precisó la urgente necesidad a despachar algunos
hombres de escolta que puede hallar bastante dificultad. También me escribió el padre Horacio
Police que habían herido mortalmente a dos indios de su partido los dichos enemigos, y pocos
días antes habían muerto otros dos cristianos entre Opotu y Nacosari, y el hacer requerimientos
al capitán del presidio lo tengo por superfluo, pues todo se reduce a razones de nada y respuestas
sin hacer función alguna ni acudir a la obligación de su cargo, que si él saliera a campaña, no
pudieran los enemigos hacer las juntas tan poderosas. Vuestra merced viva con cuidado y
prevenga los vecinos de su jurisdicción para que estén con cuidado. Concédanos Nuestro Señor
el remedio, pues no lo tenemos en lo humano.” Hasta aquí el señor alcalde mayor y el capitán del
real de Bacanuchi.
CAPÍTULO V.— Peligros de la provincia y desgraciadas muertes de unos soldados
En 28 de marzo, el señor alcalde mayor Juan Matheo Mange me escribe así: “Yo me hallo
sumamente ocupadísimo, que no paro una hora en casa ni me dejan parar las repetidas invasiones
de tanto número de enemigos que infestan estos contornos, pues por los caminos
experimentamos desdichas, muy muchas fatalidades y funestas muertes de los enemigos, y ésta
es la causa de no poder ir a esa Misión a besar a V. R. las manos y gozar de los acostumbrados
favores que V. R. me hace, pues de doce caballos que tengo los tengo tan postrados y despeados
de subir y bajar agrestes sierras, que, según los riesgos en que me meto, temo perecer en manos
de los enemigos, porque los soldados no hacen nada ni salen a campaña, causa que han dejado
apoderar los enemigos de toda la provincia, y ahora a puras importunaciones de requerimientos
conseguí unos soldados para subir a la sierra que está entre Oposura y Guazavas; ayer bajé de
ella y hoy subo por otro lado. V. R. nos encomiende a Dios por el buen suceso.” Son palabras de
la carta que me escribió el señor alcalde mayor y el señor teniente Cristóbal Granillo de Salazar
de las desgraciadas muertes de otros soldados. En 12 de marzo me escribió lo siguiente: “Recibí
la de V. R. con mucha estimación con el buen suceso de los amigos pimas. Que Nuestro Señor lo
dé también en adelante contra nuestros enemigos para que haya alguna seguridad; por acá todas
son desgracias y malos sucesos: habiendo ido una escuadra de soldados a convoyar una partida
de ganado del capitán deste presidio a Janos, a la vuelta, que venían de San Miguel Bavispe,
sierra de Chiqui Cagui, se apartaron dos soldados a coger un novillo que se les había quedado
cansado a la ida, y estando matándolo les salieron los enemigos y los mataron sin poderlo
remediar los compañeros por venir retirados y atrás ocupados con la recua cargada de
tequesquite. Y por estar los dos referidos soldados sin las armas por haberlas dejado sobre los
caballos, y apoderándose de ellas los enemigos. Nuestro Señor ponga remedio en tantas
desgracias y ponga unión en esta provincia para que, como cristianos y vasallos de un tan
católico rey, acudamos a la defensa de las tierras de Su Real Majestad. Remito la inclusa del
señor alcalde mayor (el cual no sabrá todavía destas muertes) para que V. R. la lea. Los difuntos
son Cristóbal de León y Domingo, entenados de Francisco Pacho. Nuestro Señor los tenga en su
santa gloria y me guarde a V. R. En la primera ocasión daré cuenta al señor alcalde mayor del
buen suceso de los amigos pimas.” Hasta aquí el señor teniente del real de Bacanuchi.
CAPÍTULO VI.— Nuevos fingidos siniestros, ruido de alteraciones o alzamientos de los pimas
del poniente o del capitán Soba
Cuando toda esta Pimería estaba, gracias al Señor, quietísima y muy pacífica pidiéndonos
padres que necesitaba, y nosotros los afectos a nuevas conversiones los solicitábamos, el común
enemigo y sus secuaces y los poco o mal afectos a estas nuevas Misiones, esparcieron que los
indios pimas del Soba del poniente y los tepocas querían dar en los pueblos cristianos de los
opatas, en venganza de las muertes que en la Pimería antes de las paces del día de Santa Rosa se
hicieron ocho años antes, el año de 1695; que todo como era tan siniestro no servía de otra cosa
más que de estorbar o atrasar el remedio de la eterna salvación de estos pobres, por querer
todavía quedar bien o salir con la suya los que tanto tiempo están hablando mal desta Pimería y
de las nuevas conversiones de ella y de las demás confinantes naciones de más adelante, pero
muy bien refiere una religiosa pluma de un padre misionero lo que hubo, con lo que me escribió
en esta carta siguiente: “Los indios tepocas y cucurpas (quizá V. R. lo sabrá) han esparcido que
los seris tepocas y los pimas del Soba quieren dar sobre los españoles de las cercanas minas de
Nuestra Señora de la Soledad y después sobre los pueblos de Cucurpe y Tuape, por las muertes
que ocho años ha hicieron los soldados cuando hubo aquellos alborotos, y los esparcidores de tal
desatino no consideran que los seris tepocas fueron los que con los soldados hicieron las muertes
en los pimas. Acá le llegó la carta de eso al teniente, y por otras partes llegaron otras noticias de
ese disparate, pero ya el teniente se habrá desengañado y a los españoles mineros, y dicho que de
los cabotcas y demás pimas están seguros, mas no así de los tepocas y eguedives, pues están
hechos a matar indios amigos y parientes suyos, y quieren luego echar la fama sobre otros y
ejecutar ellos su intento.” Hasta aquí la pluma amante de la verdad.
CAPÍTULO VII.— Que mientras con toda felicidad los pimas estamos fabricando iglesias, nos
achacan siniestramente y con grandes atrasos del servicio de las Majestades, muertes, varias
hostilidades y robos
En este mes de marzo se me escriben dos cartas, que con los acostumbrados favores
celestiales que experimentamos en estas nuevas conversiones, gracias al Señor, se declara el
buen obrar de estos pimas, pero no puede faltar el justo sentimiento de que con echar
siniestramente la culpa de las maldades de unos enemigos a otros que no lo son, se estorba, como
hasta ahora se ha estorbado tan lastimosamente, el remedio necesario de nuestros trabajos, que
consiste en legítimo castigo de los verdaderos enemigos, malográndose con eso el tan crecido y
sueldos de más de 22 000 pesos de la real Hacienda de Su Real Majestad, en sustentar quiera
como en atrasar el remedio de la eterna salvación de tantas almas y gentes naturales que por
fuerza les quieren tener por malévolos y malhechores y ladrones. Y ser bárbaros y crueles
homicidas de tantos cristianos, no siendo los unos y siendo los otros, que por dejarlos intactos y
por no tomarse el trabajo que suele costar el hacer entrada a los apaches y por ser más fácil venir
a la cercana pacífica Pimería, adonde la gente está mansa, ya no se resiste, y adonde hay
bastantes carneros y reses gordas, buenas cabalgaduras y bastantes bastimentos. Pero quien no ve
cuán grande engaño es a Dios y al rey, y cuánta injusticia y atraso del servicio de las dos
Majestades. Todos estos meses de febrero, marzo, abril y parte de mayo, mientras entraba el
tiempo de las siembras de los maíces, estuvimos fabricando con gran fervor en las dos nuevas
iglesias de Nuestra Señora de los Remedios y la de Cocospera, acudiendo de todas partes muy
muchos pimas del poniente, del noroeste y del norte, en particular los muy numerosos de San
Francisco Javier del Bac, capitán con su gobernador y con sus demás injusticias, con sus familias
enteras, viniendo más de 50 leguas de camino y otros aún de más remotas partes.
Estos pimas sobaipuris de San Javier del Bac, habiéndose vuelto por mayo a sus rancherías,
hallaron que unos indios de más adentro les habían comido algunas yeguas de la manada de la
iglesia que tenían a su cargo, y entraron luego a castigar a los delincuentes, azotando a muchos y
quitándoles los arcos y flechas y siete muchachos presos, que, en recompensa del daño que
dichos indios malévolos nos habían hecho en la manada de yeguas, nos los enviaron a Cocospera
y a Nuestra Señora de los Dolores, que después se catequizaron y bautizaron, y las dos mayores
se casaron, la una con el capitán de Cocospera, y hemos quedado con paz y sosiego. Y habiendo
dado parte de esta presa y de todo al padre rector Antonio Leal, en 29 de mayo me escribe S. R.
lo siguiente: “Muy buena nueva es la que V. R. me participa, que la estimo de la quietud y
fidelidad y firmeza de los hijos del Bac. Dios les conceda esos buenos deseos y que vean acabada
su santa iglesia con padre que les asista y que la gocen muchos años.” En medio desta quietud y
firmeza de los hijos pimas nos molestaban lo bastante los muy siniestros dictámenes de otros
poco afectos, que con la ocasión que este mes de mayo levantaron caballada de fronteras los
enemigos de siempre, muy bien lo insinúa el padre Agustín de Campos en la que me escribió
estos días con estas palabras: “Yo quisiera enviar gente a seguir al enemigo, pero la enfermedad
me ha destruido mucho, y pues es tanta la fortaleza que V. R. tiene, que no coma la comida de
balde; el gobernador de Himeres hoy da la nueva se fue luego a Cocospera, no sé con cuántos de
los suyos iría. El tiempo que por allá fuera gastan en discurrir que son pimas los malévolos, fuera
mejor que lo gastaran en seguir al enemigo, sino que todo se les va en hablar, como si con eso
remediáramos algo. Nuestro Señor me guarde a V. R.” Hasta aquí, con mucha experiencia y
razón, el padre Agustín de Campos.
LIBRO II
CAPÍTULO II.— Viene la real cédula de Su Majestad Felipe V en abono destas nuevas
conversiones, y se da principio al nuevo Rectorado destas nuevas Misiones y desta Pimería
Cuando nos hallamos con tantas contradicciones y oposiciones, ita utetiam tedert viveret, nos
vino la real cédula de Su Majestad Felipe V, la cual, nombrándome a mí (sin que yo lo merezca)
en dicha cédula, en compañía de mi padre visitador Juan María Salvatierra, muy expresamente,
con todo aprieto favorece muchísimo y del todo estas nuevas conversiones, encargando desvelo a
su real Audiencia de Guadalajara, informe individual del paraje en que se hallan los indios
incultos y estado que tienen las conversiones de Sinaloa y Sonora y Nueva Vizcaya, para que se
fomente y continúe el fervor que hasta aquí, a fin de perfeccionar la obra de tan gran servicio de
Dios y aumento de nuestra santa fe católica, que todas son palabras de la real cédula, la cual me
remitió el padre provincial Francisco de Arteaga, por mano del padre visitador Antonio Leal, en
25 de febrero, el cual me escribió lo siguiente “He recibido con las memorias una carta del padre
provincial; en ella me envía a S. R. tres informes del Picolo con la real cédula, y me dice la
remitida a V. R. el uno; saluda a V. R. y dice queda muy edificado y agradecido a los gloriosos
trabajos de V. R. Pídeme dicho padre provincial le remita un mapa de todas las Misiones desta
visita con todos los pueblos, y si puede con el número de la gente de cada pueblo. Si V. R. puede
hacer dicho mapa, se lo estimaré.” Hasta aquí el padre visitador. También en este tiempo me
vino la carta y nueva disposición del padre provincial Francisco de Arteaga, escrita desde 12 de
febrero del año pasado, de que estas nuevas Misiones desta Pimería fuesen Rectorado aparte,
intitulado de Nuestra Señora de los Dolores, y aunque sin merecerlo yo, me señaló por su primer
rector, y el padre visitador Antonio Leal me escribió estas palabras: “Mucho me alegro del título
que pone a V. R. el padre provincial, de dignísimo rector.” Y el padre provincial Francisco de
Arteaga, desde 22 de febrero del año pasado 1702, de su propia me escribió lo siguiente: “Mucho
tiempo ha que no sé de la salud de V. R., que tanto deseo sea muy cumplida para emplearla en
tanta gloria de Nuestro Señor y bien de esa gentilidad, de que no dudo que con el fervor de mis
carísimos padres, a quienes muy cordialmente me encomiendo, se habrá reducido mucha parte,
en que V. R. tiene la principal como su primer padre y fundador, a quien se le debe el estado en
que hoy se halla, y de que espero tener noticia para darla a nuestro padre general. Espérase por
acá uno de los padres de la California, y entonces sabremos el estado que tiene aquella Misión, y
qué modo habrá para que se adelante. Nuestro Señor lo traiga con bien y dé a todos aquel espíritu
que comunicó a San Francisco Javier, para que así esta Misión de la California, como esa de la
Pimería, que la juzgo tan gloriosa como la de la California, se aumente cada día más.” Hasta aquí
el padre provincial Francisco de Arteaga.
CAPÍTULO III.— Del informe del estado de la nueva cristiandad de la California, que se
imprimió en México por el padre Francisco María Picolo con la real cédula inserta de 17 de
julio de 1701
REAL CÉDULA
que la piadosísima caridad y cristianísimo celo de nuestro católico monarca Felipe V (que Dios
guarde), se sirvió de remitir el año pasado de 1702, siendo Su Majestad ancho y diligentísimo
cuidado por principio de su feliz gobierno el sustentar sobre sus reales hombros, como nuevo y
cristianísimo Atlante, este nuevo orbe americano, lleno de innumerables armas que están en la
sombra de la muerte, a cuya causa, cooperando su cristianísimo y magnánimo pecho, parece que
por exordio de su real cetro y primicias de su corona le ofrece Dios Nuestro Señor la California,
otro nuevo mundo de almas, en sus católicas manos, para ampararla, aumentarla y la Santa
Católica Iglesia reducirla a expensas de su real Hacienda, para lo cual remitió Su Majestad la
presente real cédula, del tenor siguiente:
EL REY
Muy reverendo en Cristo padre arzobispo de la Iglesia Metropolitana de México, mi virrey y
capitán general de las provincias de la Nueva España ad ínterin, don José Sarmiento de
Valladares: Vuestro antecesor en esos cargos dio cuenta en carta en 5 de mayo de 1698 de los
justos motivos que tuvo para dar licencia a Juan María Salvatierra y a Eusebio Francisco Kino,
religiosos de la Compañía de Jesús, para que fuesen a las Californias a solicitar la conversión de
aquellos infieles, y en otra de 20 de octubre de 99 participó las buenas consecuencias que habían
resultado de la entrada de estos religiosos en aquella provincia, y que habiéndose mantenido y
costeado esta empresa hasta entonces de cuenta de las personas devotas y celosas de la mayor
honra de Dios, le habían representado estos religiosos que estas limosnas podían minorarse y aún
faltar en el todo, y llegado el caso, verse precisadas a cesar en esta acción gloriosa por no poder
mantenerse con los cabos y soldados que habían llevado para su escolta y guarnecer un presidio
que tenían formado, y que para ocurrir a este daño pedían les asistiese con alguna porción de
cuenta de la real Hacienda, pues era obligación mía el hacerlo. Y dice el virrey que, aunque esta
representación la tuvo por muy justa, no determinó acceder a ella hasta darme cuenta; y
habiéndose visto en Consejo de las Indias estas cartas y otros papeles que había tocantes a la
materia, y consultándoseme sobre ello, he resuelto que por ningún modo se abandone ni
desampare la población y misión de los jesuitas nuevamente introducida en las Californias, y que
antes bien se mantenga, extienda y fomente por todos los medios posibles, y a este fin os ruego y
encargo me informéis muy individualmente del estado que tiene la fortificación y población, qué
número de personas lo componen y cuánta podrá mantenerse, y conviniendo haya embarcaciones
que faciliten la comunicación de aquella provincia con ese reino, me informaréis también del
modo y forma en que se podrán introducir y mantener, y el paraje en que se hallan los indios
incultos, y estado que tienen las conversiones de Sinaloa y Sonora y Nueva Vizcaya, para que
con estas noticias y vuestro parecer pase a dar las providencias que tuviere por convenientes, a
fin de perfeccionar a dicha obra que tantos años ha se emprendió y ser de tan gran servicio de
Dios y aumento de nuestra santa fe católica; y siendo justo y preciso asistir a estos religiosos con
alguna cantidad que ayude a los gastos de esta conversión y de mantener los cabos y soldados
que los escoltan y guarnecen el presidio que han formado, he resuelto también, desde luego y por
ahora, se designen y paguen seis mil pesos cada un año en esas Cajas, y os encargo déis las
órdenes convenientes para que les sean prontos y efectivos, y que por vuestra parte se les acalore
y fomente a que continúen en esta empresa con el fervor que hasta aquí. Y a las personas que con
sus limosnas han ayudado a ellas les agradezcáis en mi real nombre su celo y socorro que en esto
me han hecho, y les estimularéis a que prosigan en tan grande obra, a ejemplo de lo que mando
aplicar de mi real Hacienda; y teniendo presente que Alonso Fernández de la Torres, vecino que
fue de la villa de Compostela, en la provincia de la Nueva Galicia, dejó por herederos de sus
considerables haciendas a los religiosos de la Compañía de Jesús, con carga y obligación de
mantener dos Misiones en Sinaloa y Sonora, y que sobre esta materia hay pleito pendiente en la
Audiencia de Guadalajara, os encargo también que estando vencido o venciéndose a su favor,
tratéis y confiráis con el provincial y prelado desta religión el medio de aplicar el producto destas
haciendas a las Misiones de Sonora y Sinaloa que costean de mi real Hacienda, o las nuevamente
introducidas en las Californias, de modo que si se aplicare a las de Sinaloa y Sonora y no
cubriese todo el gasto del las, se cumpla lo que faltare de los mismos efectos que se daba el todo,
y lo que excediere y resultare de lo que se pagaba de mi real Hacienda para las de Sinaloa y
Sonora, se aplique y agregue a las de las Californias sobre seis mil pesos, que desde luego les
consigno como queda referido. Y ajustándose estos religiosos a esta herencia sirva para
convertirla en Misiones de las Californias, no se hará novedad en lo que de mi real Hacienda se
da para las de Sinaloa y Sonora. Y trataréis con ellos la mejor, más conveniente y segura forma
que pudiere haber de poner corriente a dicha materia de tan suma importancia, pues por lo que
toca a la más breve terminación del pleito, doy la orden conveniente al presidente y Audiencia de
Guadalajara y al obispo de aquella diócesis, encargo que en caso de ser necesaria alguna
conmutación por razón de haber dejado dispuesto Alonso Fernández de la Torre que se fundasen
estas dos Misiones en Sinaloa y Sonora y ser más precisas en las Californias, atienda a esta
materia como a quien toca inmediatamente, teniendo presentes decisiones consiliarias que tratan
de punto de conmutaciones. Y os participe lo que se ofreciere y ocurriere en esta dependencia. Y
la Audiencia y presidente de Guadalajara mando hagan lo mismo, para que, hallándoos
informado de todo, podáis aplicar los medios y providencias que fío de vuestro gran celo, y de la
obligación que os asiste por los cargos que ejercéis. Y deste despacho tomarán razón los
contadores de Cuentas que residen en mi Consejo de las Indias.— De Madrid, a 17 de julio de
1701 años.— Yo, el Rey.
CAPÍTULO IV.— Relación sucinta que de la nueva conversión hizo y presentó en la Real
Audiencia de Guadalajara por su orden el padre Francisco María Picolo, de la Compañía de
Jesús
M. P. S.
Obedeciendo con todo rendimiento al mandamiento de V. A. en los puntos que por auto de
siete de febrero de mil setecientos y dos años fue servido mandarme informar acerca del estado
de la nueva entrada en el reino de la California, respondo con tanta ingenuidad como verdad, sin
añadir cosa a lo que hemos hecho, a lo que por nuestros ojos hemos visto, a lo que hemos
descubierto y observado el padre rector Juan María Salvatierra, como autor de esta prodigiosa
empresa, y yo en su compañía, desde el año de mil seiscientos y noventa y siete hasta el año de
mil setecientos y dos; viniendo al primer punto acerca del estado de la conversión:
1. Digo, señor, que al presente no es muy feliz y que tan buen principio de buenas esperanzas
de la reducción a nuestra santa fe de tan dilatado reino. Como empresa tan gloriosa ha sido más
del cielo que de la tierra, más de María Santísima que de unos pobres religiosos, era forzoso que
se acompañara su felicidad; con tan poderoso brazo pudimos ser instrumentos de sus prodigios,
porque, fiados en su patrocinio, pasamos el mar que por aquella parte divide estos reinos de la
California, llevando por el norte de nuestra navegación aquesta estrella del mar en la devotísima
imagen de la Señora de Loreto, que con prosperidad nos puso en el deseado puerto, en donde
colocada luego con la mayor decencia que nos pudo permitir el país y nuestra cortedad, pusimos
en sus manos la empresa para que, como suya, corriera por su cuenta, para que la que había sido
tan favorable estrella de mar en nuestra navegación fuera en la tierra de Californias benéfico, que
con la luz de su intercesión desterrara las tinieblas de la infidelidad que segaban a los que vivían
en las sombras de la muerte.
Luego que brilló este clarísimo sol en aquel nuevo hemisferio, el padre de las tinieblas, por
no perder la antigua y pacífica posesión que tenía en las almas de aquellos miserables, hizo que
cegaran más con el resplandor de tan claro día, para que en la noche de sus infaustas tinieblas le
dieran los cultos en la luna que adoraban, y como cegó tanto los ojos de sus entendimientos, no
pudieron percibir las voces de la luz que con sus resplandecientes rayos articulaba esta lengua
del cielo en orden a su bien, cuando nosotros, por oír una lengua que no habíamos conocido, no
podíamos en la nuestra, que ellos no habían oído declararles el fin alto, y para ellos tan
provechoso, que nos había llevado a sus tierras. Juzgaban que nosotros (que aportábamos a sus
playas en busca sólo de las perlas preciosas de sus almas para criarlas con el celestial rocío de la
divina palabra, y darles en Cristo su oriente, poniéndole a su vista a la celestial Concha María,
que concibió para su bien con el blando rocío del cielo a la Perla peregrina del mejor oriente,
Cristo) íbamos como otros, que en otros tiempos, y en algunos no sin algún daño de los suyos,
habían entrado en sus playas en busca de las muchas y ricas perlas que se crían en los
innumerables placeres de sus costas. Con este juicio, avivado por la instigación del demonio,
acometieron bien armados y muchos en número a nuestro pequeño real de unos pocos españoles
(que en el amparo de María Santísima tenían un ejército bien ordenado), dando los bárbaros tal
avance con tanta furia y tan espesa lluvia de flechas y de piedras, que a no tener en la Señora un
ejército que las resistía, hubieran perecido aquellos pocos soldados, y con ellos nosotros, y se
hubiera frustrado, el intento, pero al calor del soberano influjo fue tan grande el esfuerzo de los
soldados, que fue rechazada aquella multitud de bárbaros, huyendo bien temerosos de sus armas.
Con este glorioso triunfo humillaron su soberbia, y, aunque bárbaros, reconocieron que éste
había de ser el medio para que no les ofendieran nuestras armas. Llegaban algunos a nuestro real,
y con su comunicación se aprendió lo bastante para darles a entender en su lengua el fin de
nuestra llegada a sus tierras; entendiéronlo bien, y con la noticia que dieron a otros vinieron
muchos a vemos, y aun a agradecernos el bien que les traíamos. Ya con su fácil comunicación
pusimos todo estudio en saber su lengua, que es la lengua moqui. Allanada esta dificultad, por el
espacio de dos años continuos les predicamos y enseñamos la doctrina el padre rector Juan María
Salvatierra a los adultos y yo a los niños, con tal tesón de nuestra parte y tanta aplicación de la
suya, que de los niños y niñas que estaban ya bastante instruidos se bautizaron muchos en
atención a las muchas instancias y lágrimas con que pidieron el bautismo. La misma dicha
lograron algunos adultos enfermos y ancianos que sabían lo necesario y se hallaban en riesgo de
morir sin bautismo, de los cuales algunos parece que no aguardaron más que el que se les abriese
esta puerta del cielo para entrarse en él, y lo mismo sucedió a más de 50 párvulos, que de los
brazos de sus madres entregaban sus almas en las manos del Señor.
En el entretanto que se acudía con este cuidado a la enseñanza no nos descuidábamos en
descubrir los parajes circunvecinos, el padre rector Juan María Salvatierra por la parte del norte y
yo por la parte del sur y poniente, porque, como sabíamos ya la lengua y los naturales estaban ya
satisfechos de nuestro buen ánimo, ellos mismos nos convidaban para sus tierras y rancherías y
solicitaban la suerte que ya gozaban sus vecinos, a cuya causa nos traían a sus hijos; nosotros, sin
faltar a la enseñanza de los que teníamos en casa, salíamos en busca de los que nos solicitaban, y
con estas salidas descubrió el padre rector Juan María Salvatierra todas las rancherías de que
consta la Misión de Loreto Concho y San Juan de Londo, y yo descubrí la Misión de San
Francisco Javier Biaundo, que me abrió puerta para pasar a la contracosta y descubrir todas las
rancherías que en su lugar van expresadas.
Habiendo ya el padre rector Juan María descubierto por el lado del norte y yo por el lado del
sur y poniente copiosa mies, nos dividimos en dos Misiones, en donde en poco tiempo
reconocimos haber en ellas mezcla de naciones de diversas lenguas: la una era la lengua moqui,
que ya sabíamos; la otra era la laimona, que ignorábamos; luego nos pusimos con todo cuidado a
aprenderla, y por ser esta lengua trascendental y que parece la general en dilatado reino, con el
continuo estudio la supimos en breve y en ella a los laimones como en la moqui a los moquis se
les predica continuamente y se les enseña la doctrina cristiana; con esta tan grande ayuda se han
dispuesto más de mil niños, que por su buena disposición y tiernas instancias han recibido el
bautismo, y más de tres mil adultos están ya aptos para él y lo desean y piden; pero nosotros, con
acuerdo, lo hemos dilatado para mejor tiempo, porque como estas naciones son de natural muy
vivo y antes han vivido en idolatría y en grande obediencia a sus sacerdotes, a quienes sustentan
y visten para sus supersticiosas ceremonias de sus cabellos, que cortan para este fin; y si les
diéramos el bautismo corría riesgo que los pervirtieran sus sacerdotes y nosotros no los
pudiéramos obligar a que cumplieran con las obligaciones de cristianos por habernos hallado tan
sin fuerzas para ello, y por no poner a irrisión nuestra católica religión, les hemos dilatado el
bautismo para mejor ocasión. Destos adultos catecúmenos es el orden de acudir todos los
sábados y domingos a la doctrina, a quienes acompañan en la doctrina los niños ya bautizados, y
éstos el domingo a la misa, la cual ayudan muy bien, y se ejercitan unos con otros en rezar en sus
rancherías. En este feliz estado se halla al presente la conversión de la California.
CAPÍTULO VII.— Pídese que en la California haya dos embarcaciones y más padres
misioneros, presidio de soldados y familias pobladoras
8. Dada la noticia de la California y su estado, para que se logre y adelante todo a mayor
gloria de Dios y servicio de nuestro católico monarca, a quien Dios guarde, son necesarias dos
embarcaciones, una grande que pueda venir a las costas de todos estos reinos por ganados y
situados, y otra mediana que pueda ir a las costas de Sinaloa y Sonora, muy cercanas a la
California, para los socorros que de las Misiones de la Compañía se puedan traer sin dilación, y
también para descubrir y costear por la parte del norte, para cuyo fin será a propósito que dicha
embarcación mediana sea bergantín o goleta. Para dichas embarcaciones no hay necesidad de
capitanes, pilotos ni otros oficiales, porque éstos servirán de mucho gasto a Su Majestad, y son
bastantes los que hay ahora, y semejantes que había, por haber muchos prácticos que sin estas
plazas, con mucho asiento y facilidad, corren esta breve carrera; con este orden nos hemos
mantenido todo este tiempo sin que se haya echado menos nada y hemos ahorrado los crecidos
salarios, que a la verdad son superfluos.
He cumplido, señor, con el mandato de V. A. arreglando mi informe a los puntos prudentes
que V. A. se ha servido intimarme para que diera razón del estado de la California, de donde
acabo de llegar, y en donde he sido el menor instrumento de lo que Nuestro Señor se ha sido
servido de obrar por la intercesión de la Santísima Virgen y por el grande celo del padre rector
Juan María Salvatierra, caudillo desta gloriosa empresa; y como parece que el intento de V. A.
ha sido en orden a informar al piadoso celo de nuestro católico rey don Felipe V, a quien Dios
guarde, en orden a las muestras que su soberano amparo da de dilatar el imperio de Cristo con
mucho número de convertidos en este reino, para que adornen la corona de su católica piedad, no
será fuera de regla a los mandatos de V. A. representar lo que como vasallo muy amante de tan
católico monarca puede conducir para que dilatándose por su soberano influjo el imperio de
Cristo en los convertidos crezca la gloria de su corona en el mayor número de sus vasallos.
1. Para tan glorioso fin y mies tan abundante como la que convida al presente celo fervoroso,
convendrá que haya más misioneros para que se vaya entrando adentro y fundando nuevas
Misiones, porque en tan pocos como los que hemos estado no será fácil conservar lo ya fundado
y fundar otras nuevas Misiones.
2. También es muy necesario un presidio de españoles como uno de los que Su Majestad
tiene en el reino de la Nueva Vizcaya, porque como los californios son muchos en número, ni allí
hay de quién valerse ni es fácil el recurso desde allá a estos reinos, convendrá este freno para que
siempre estén quietos y se pueda adelantar la conversión; como para este fin será asentado que se
ponga en puesto cómodo, de donde como de centro pueda salir para todas las partes que fuere
necesario el socorro.
3. No conducirá menos al fin que el padre rector, con su consulta, elija capitanes y mude
cuando conviniere al servicio de Dios y de Su Majestad, como hasta aquí lo hemos hecho el
padre rector Juan María y yo en virtud del despacho de vueselencia virrey de la Nueva España, el
conde de Moctezuma, don José Sarmiento Valladares, a cuya providencia se ha debido el buen
logro que ha habido y se han evitado inconvenientes que lo pudieran estorbar.
4. Y porque los grandes progresos que hoy tiene la California se deben al valor de los
primitivos soldados conquistadores, convendrá que Su Majestad se sirva darles algún premio
para que los venideros, en vista del premio déstos, se alienten a ganarlo en imitación de sus
obras.
5. Será cuerda providencia pueblen aquel reino familias de algunos oficiales, porque una
nación tan hábil pueda después ejercitar los oficios en beneficio de aquellos reinos.
6. Para que se pueda atender a las principales obligaciones de la conversión y que no se
embaracen los cuidados temporales, y que se tenga todo a mano, convendrá que el real situado de
California se dé en la real Caja de Guadalajara más cercana a aquel reino.
7. Y porque el correr las pagas por manos de los padres es de embarazo a su ministerio, será
conveniente que Su Majestad nombre una persona de autoridad y confianza con el título de
adelantado o procurador general para que atienda al socorro de los padres y soldados y cuide de
las poblaciones que se fueren haciendo con sólo celo de cooperar a la conversión deste reino,
porque no se pierda por ambición lo que tanto trabajo ha costado.
Ésta es, Señor, la humilde representación que hago a V. A. para que en ella reconozca V. A.,
con su maduro y prudente acuerdo y lo que más convenga para informar al católico celo de Su
Majestad, y aunque obligado de tan superior mandato y representado el estado de las Californias,
y a vuelta de lo que convendrá para sus más gloriosos progresos, había yo de poner a las plantas
de V. A., a fin y blanco de mi venida de aquellos reinos a éstos, para que la grande piedad que
resplandece y se venera en V. A. pudiera desahogar las grandes incomodidades y falta de lo
necesario que el padre rector Juan María Salvatierra ha experimentado en estos años, que por
haber sido tan estériles de medios para adelantar el descubrimiento, y hallándose deudor de
muchas cantidades que con su trabajo y penalidades han ganado aquellos pobres conquistadores,
y no teniendo con que pagar ya lo que se había de ir causando, había determinado despedirlos a
todos y que nos quedáramos nosotros solos en aquel reino tan lleno de riesgos como de gentiles.
Publicada esta determinación, la resistieron con toda piedad los soldados, quedándose muy
gustosos a acompañar a los padres.
Por este motivo, y como recompensa de tan cristiana resolución, se dispuso el que yo viniera
a buscar el socorro y lograr la suerte de venerar la grande autoridad y piedad de V. A., a quien
miraba como el norte del buen logro de mi venida, cuando llegué a este reino buscando en los
pechos piadosos consuelo, lo hallé en la noticia de que el católico pecho de nuestro gran rey nos
había dado en la limosna de seis mil pesos en cada un año, con que se pudo desahogar el ánimo y
conseguir grandes esperanzas de tener en estos reinos por medio de V. A. lo que puede servir
para el total desahogo de los que en estos años hubiéramos perecido, si no hubiera sido por los
padres misioneros de nuestra Compañía de las provincias de Sonora, Sinaloa y los taumares, que,
como lo acostumbran con caritativo celo y deseos del bien de las almas de los gentiles, nos han
socorrido siempre que hemos ligado a sus costas, y por la gran piedad destos reinos en las
muchas limosnas que nos han hecho tantas personas de autoridad, celosas del bien de aquellos
pobres; y todo esto, y lo mucho que esperamos por el influjo de V. A., lo reconocemos como
venido del cielo por la intercesión de María Santísima, en cuyas manos pusimos desde el
principio esta gloriosa empresa, para que a esta gran Señora se le deba la gloria. La misma
Señora alcance de Dios grandes y prudentes aciertos en el rectísimo gobierno de V. A., para que,
por medio de sus altos dictámenes y soberano influjo, se dilate nuestra católica monarquía, y que
guarde la católica y real persona de V. A. los muchos años que la Cristiandad ha menester.—
Guadalajara, fecha 20 de febrero de 1702 años.— Francisco María Picolo, de la Compañía de
Jesús.
Querría mi agradecimiento mostrarse agradecido en este informe haciendo memoria de los
nombres de los bienhechores que han concurrido en esta nueva conversión y conquista de
Californias, lo uno por dar alguna señal del grande agradecimiento en que les viven estas nuevas
Misiones; lo segundo, porque así me lo pedían de Madrid, para que supiera Su Majestad los
nombres de los bienhechores, a quienes aún antes de saberlo en particular, mandó darles los
agradecimientos en su real nombre por la piadosa liberalidad con que se han portado en una
empresa tan del servicio de Dios y del rey nuestro señor en la reducción de innumerables almas
que se le agregaran a la Iglesia, como lo espero en la protección de la grande conquistadora
María Santísima, y según lo promete lo dilatado deste nuevo reino de la California; pero
habiéndome rogado la piadosa modestia de los bienhechores que no publique ni sus nombres ni
sus limosnas que han hecho a esta causa de Jesucristo, me hallo obligado a mortificar mis deseos,
y lo ejecuto con todo rendimiento, para que los nombres de tan nobles y grandes bienhechores
queden impresos y grabados por mano de la gran Señora María Santísima en el libro de la vida.
CAPÍTULO VIII.— La referida real cédula e informe del estado de la California motivan que
con este tratado se informe del estado destas nuevas conversiones desta Nueva Vizcaya y
Pimería, por las razones siguientes
I. Días ha que varias personas graves han dicho que estas dos conquistas espirituales y
nuevas conversiones de la California y las dos cristiandades. Pimería y Nueva Vizcaya, habían
de ser hermanas.
II. Y la real cédula favorece muy mucho a entrambas; favorece a las dos con el mismo muy
católico y cristianísimo afecto que su Divina Majestad premie con felicísimo y gloriosísimos
sucesos en este orbe americano y en el europeo, y en la dichosa eternidad de los cielos.
III. Nuestro padre general Thirso González, en carta de Roma, de 24 de diciembre de 1701
años, respondiéndome a unas cartas y relaciones que, a petición expresa de su paternidad, le
remití con los padres procuradores Bernardo Bolandegui y Nicolás de Vera, me escribe lo
siguiente:
“De gran consuelo me ha sido la de V. R., de 25 de enero de 1700, con la relación o tratado
de los favores celestiales experimentados en las nuevas conversiones, y me ha sido muy gustosa
ocupación, dando gracias a Dios por lo que se sirve de sus ministros para mayor gloria suya y
adelantamiento de nuestra verdadera religión: para premiar a V. R. su celo y gloriosísimos
trabajos tiene Dios preparado el descanso eterno en su gloria, y así no intento premiar, sino
expresar mi mayor agradecimiento a V. R., exhortándole con el afecto paterno a que prosiga en
empresa tan grande y tan propia de nuestra perfección. P. S. Luego que el padre Rolandegui me
entregó la relación que V. R. envía, la he leído toda sin dejar una palabra. Encarecidamente
encargo a V. R. que haga cuanto antes la segunda parte que ofrece, dándome muy pormenor
cuenta de las nuevas Misiones que se abren y del progreso que hacen las que están abiertas.”
Hasta aquí, nuestro padre general.
IV. El padre provincial Francisco de Arteaga, así con la carta deste nuestro rectorado de
Nuestra Señora de los Dolores, que me envía con el informe de la California que con tanta fineza
se sirve de remitirme, parece que implícitamente pide lo propio y otro semejante informe destas
nuevas conversiones desta Pimería.
V. Muy expresamente piden algunos aficionados a nuevas Misiones, y con especialidad mi
querido padre, compañero en estas nuevas conversiones, el vecino padre Agustín Campos, que
hace diez años que gloriosamente trabaja en la cercana Misión de San Ignacio, pues cuando le
comuniqué el informe destas nuevas conversiones y California, en una carta me escribe S. R. ser
muy conveniente se haga también informe destas nuevas conversiones por ser de tierras más
pingües y más conspicuas. Y habiendo insinuado que S. R. hiciera este informe, S. R., en otra
carta, me respondió lo siguiente: “No he hecho ni hago informe; la función es de V. R.; si fuera
mía, hiciera dos informes: el uno, al padre provincial, que S. M. tiene pagadas tres Misiones:
Tubutama, la Concepción del Caborca y San Francisco Javier del Bac. Y han estado muchos
años sin ministro, con cuya falta se pierden sin remedio muchísimas almas; que envíe ministros
que estén persuadidos que vienen a trabajar. El otro informe había de ser para el señor virrey,
sucinto y llano, comenzando por las Misiones de V. R., como más antiguas, hasta los últimos
parajes de los Sobaipuris, y diga V. R. cuanto quisiere, pues son aptísimos para fundar Misiones.
Finalmente, V. R. inste, reinste, clame, reclame al señor virrey informe con papel impreso y con
su nombre, que así lo juzgo conveniente y necesario, y no tema V. R. contradicción mía en esa
materia, pues no la habrá; antes sí muchas gracias por su solicitud. Nuestro Señor guarde a V.
R.” Hasta aquí el R. P. Agustín de Campos.
CAPÍTULO IX.— De diferentes personas hacemos diversos informes por varios caminos
(porque no debía de haber llegado el tiempo) todavía no se logra el intento, y por siniestros
informes de los pocos afectos o contrarios a la venida de los padres
Con los referidos buenos dictámenes de tantas personas, no sólo yo, sino también otros varios
sujetos, hicimos diferentes informes y mapas destas nuevas tierras, en orden a que viniesen
padres para estas tan cuantiosas y tan maduras mieses de almas. Un informe envié por mano del
padre visitador y un mapa, y del mapa me escribe S. R. la siguiente carta: “Nuestro Señor le
pague a V. R. el trabajo y cuidado del mapa, que agradezco mucho, y está muy lindo por ser de
las Misiones antiguas y nuevas desta visita y de California; viene a buen tiempo para poderlo
remitir al padre provincial; si V. R. le escribe, se servirá decirle cómo le di a V. R. el recaudo de
dicho padre provincial, que saludaba a V. R., y le agradecía su santo celo y empleo. Suplico a V.
R. me haga caridad de agradecer a esos hijos pimas las memorias que hacen de mí, retomándolas
en mi nombre con mucho afecto, y se las pagaré con ofrecer tres misas a la Santísima Trinidad y
una a Nuestra Señora por su bien espiritual.” Así me escribió el padre visitador, y casi al mismo
tiempo el capitán Becerra, que iba a México a conseguir la capitanía del presidio de Janos, me
escribió así: “Recibo los pliegos y encomiendas para los reverendos padres de México, a quienes
procuraré entregarles en mano propia, y consultaré los padres que necesita esta Pimería; y para
que en todo se haga el servicio de Dios, y V. R. logre tan apostólicos deseos, y para que yo lo
consiga y tenga felicidad en mi viaje, ruego a V. R. me encomiende a Nuestro Señor en sus
santos sacrificios.”
El capitán Juan Fernández de la Fuente, que hacía la entrega y renuncia de dicho presidio de
Janos en dicho capitán Antonio Becerra, me escribió con estas palabras: “Mucho me alegro de la
buena salud de V. R. y de todos sus felices progresos, así el haber descubierto el ser tierra firme
ésta con la California, como el tener tan adelantados a recibir el santo bautismo a los hijos pimas;
quiera Su Divina Majestad que todos veamos cumplidos los cristianos y celosos deseos de V. R.,
a quien estimo los saludos que se sirve de darme de parte de todos los gobernadores e hijos
pimas, a quienes me encomiendo de todo corazón, y suplico a usted que de mi parte les dé mis
amorosos saludos, y que me alegro de su buena amistad y deseos que tienen de recibir padres,
que en eso haré cuanto estuviere de mi parte por que se consiga, como en ayudar con lo que
pudiere para las iglesias de esa nueva cristiandad, y me alegro de que Su Majestad atienda con su
cristianísimo católico celo a empresa de tanta consecuencia y servicio de las dos Majestades.
“Las que V. R. me encarga pasarán a México con mi compadre Antonio Becerra, quien las
dará en mano propia a sus dueños, y todo se ejecutará como V. R. lo propone.” Hasta aquí el
capitán Juan Fernández de la Fuente.
CAPÍTULO X.— Algunas razones por las cuales todavía no se logra la venida de los deseados
necesarios padres para estas nuevas conversiones
No obstante que por tantos caminos y con tantos informes y cartas se hicieron tantas
diligencias que estas nuevas Misiones consiguiesen la venida de los padres necesarios, como
también hubo informes opuestos de los poco afectos, por estos tiempos todavía no se consiguió
jamás el intento y hubo varios dictámenes, pareceres, acerca del estorbo de la venida destos
padres.
I. Unos decían que todo este bien lo estorbaba la envidia y emulación y las quimeras que el
común enemigo ponía y metía por no perder el dominio de tantas almas que tantos años ha tenía
y tiene tiranizadas.
II. Otros decían era tema de los que tantos años ha, han escrito mal desta Pimería, por no
quedar feos procuraban salir con la suya de que esta Pimería no merecía o necesitaba los
referidos padres.
III. Otros decían se temía que estas nuevas Misiones no fuesen después cargosas a las
Misiones antiguas, y que no hacíamos poco en cuidar de las Misiones que teníamos entre manos
y nuestro cargo.
IV. Otros decían que harto se hacía en socorrer y atender a la California.
V. Más acertadamente decían otros que todavía no debía de haber llegado el señalado tiempo,
y los señalados padres misioneros y su Divina Majestad para empresa tan suya tenía prevenidos,
y que no debían ser disposiciones humanas los que habían de ser favores celestiales, y que no se
había de deber a los hombres y favores humanos terrenales lo que se reservaba para la gran
gloria del admirable poder y disposición del Altísimo quonian tu solus santus tu solus Altisimus,
el cual del favor celestial, de la contradición y oposición, sabe sacar los favores celestiales de sus
dichosos adelantamientos de la mayor gloria, y si le pregunta del si digo del Evangelio si él, o su
padre y madre, con sus pecados, dieron ocasión a la infeliz ceguedad, le oirán que ni él, ni el
padre ni la madre, con sus delitos, ocasionaron esa lastimosa ceguedad, sino que todo era porque
más recibiera la admirable gran misericordia y mayor gloria de Dios sed ut manifestetur gloria
Dei en sus favores celestiales, y que da gracias al Señor en pie lo principal y las buenas y sólidas
esperanzas de la conversión de toda esta América Septentrional incógnita, con el buen estado de
las más de 30 000 almas reducidas, y que todo el año aquí nos venían a ver amigabilísimamente
tantos naturales, viniendo aun desde muy lejos a pedimos el santo bautismo y a ayudamos en
nuestras fábricas de nuestras iglesias, como vinieron en 20 de marzo muchos yumas y quiquimas
y otros, caminando más de 170 leguas.
CAPÍTULO XI.— Diferentes personas que estos meses escriben en abono destas nuevas
conversiones, con un informe para su Real Majestad, que Dios guarde
En este punto que se nos suspendió la venida de los padres, y con gran fervor y con notables
gastos, que todos con felicidad, gracias al Señor los daba a la Pimería, trabajábamos en las
fábricas de las dos nuevas iglesias de Nuestra Señora de los Remedios y de Santiago de
Cocospera cuatro diferentes personas; las tres de corona sacerdotal, me escribieron estos meses
las cartas siguientes, con un informe para su R. M. Dn. Felipe V, que Dios guarde.
Una muy experimentada persona y muy celosa del servicio de ambas Majestades y del bien
de las almas, a mí me escribe así: “No se espanten algunos sujetos, que no faltarán sujetos
franceses en gran número para la nueva empresa; tiremos a que la tierra sea de Dios, poblando
con tantas almas.” Y para Su Majestad me remitió el informe siguiente, que, reducido a un breve
compendio, es deste tenor siguiente:
CAPÍTULO XII.— Otras cartas de varias personas que en estos tiempos de contradicción,
oposición y atrasos destas nuevas conversiones dicen mucho bien de ellas
El actual padre prepósito, de la Casa Profesa de México, y que había sido provincial de todas
las provincias de la Nueva España, en 25 de abril deste año de 1703, me escribió lo siguiente:
“Mucho me [he] alegrado del descubrimiento del paso a la California. El padre provincial,
Ambrosio Odón, luego que entró envió ocho padres; no sé si le tocarán a V. R. algunos, que yo
me holgara ser uno de ellos y estar a la obediencia de V. R. empleando los pocos días que faltan
ya de vida en servir a esos pobrecitos para poder satisfacer en algo a la Divina Majestad, que me
guarde a V. R.” En 21 de agosto, el capitán teniente deste presidio de Sonora, don Gregorio
Tuñón y Quirós, al venir de vuelta de Sinaloa me escribió estas palabras: “El que se haya
divulgado que los pimas han muerto al padre Xavier de Mora, désele a V. P. muy poco, pues tan
patentemente está la verdad de lo contrario y de la gran quimera, cuando yo estuve en Sinaloa y
en el Real de los Frailes, en ocasiones que con diferentes personas se ofrecieron, saqué la cara a
la verdad de lo pacífica que la Pimería está, con que por disolutas que anden las emulaciones,
subordinadas se verán el buen celo que en V. P. reside. Ya así tiempo tras tiempo, viene.” Hasta
aquí el capitán don Gregorio. El hermano Juan de Estainefer, que poco antes había venido de
México a Misiones, en 24 de agosto, desde Sinaloa, escribe así: “Sentí mucho cuando supe que
no llegaron allá los padres que considero aguarda V. R., como tan ansioso a dar pasto a tantas
almas que se hallan al contorno de V. R. Ojalá pudiera yo ser tan eficaz para poder a varios
buenos sujetos pospusiesen a la obra tan preciosísima delante de los ojos de Dios toda
conveniencia y aún salud propia.” Hasta aquí el hermano Juan.
El muy reverendo padre comendador de su santo convento de la Merced, redención de
cautivos en Teocaltiche, fray Francisco López de Sotomayor, por las noticias destas nuevas
conversiones desta Pimería, que a su paternidad llevó fray Francisco Belmar, quien el año
pasado, y también quince años antes, cuando entré a dar principio a estas nuevas conversiones,
entró fervoroso conmigo y asistió a muchos de los primeros bautismos, en 22 de septiembre
deste año de 1703, me escribió la siguiente muy religiosa y santa carta: “Juntamente con las
noticias que nos dio nuestro hermano fray Francisco Ruiz de Belmar, que desde 1686 entró con
V. R. a los primeros bautismos de Nuestra Señora de los Dolores, se leyó la gratísima y
amabilísima de V. R. en presencia del señor alcalde mayor deste pueblo y del señor vicario y del
señor cura, y se quedaron espantados de las entradas que V. R. ha hecho a tantas partes, pasando
tantas gentilidades y naciones, y haber agregado a nuestra santa fe tantas almas, y a nuestra
amistad más de 25 000, las más de indios laboríos, de lo cual damos las gracias a Nuestro Señor.
El otro día dije la misa cantada en acción de gracias, pidiendo a su Divina Majestad le diese
auxilio y fuerzas a V. R. para obra de tanto servicio de Dios Nuestro Señor. Todo lo atribuimos a
los pasos de V. R., a imitación del apóstol de las Indias, San Francisco Javier, mi gran devoto.
Dios mediante, en todo el mes que entra de septiembre he de pasar a México, y hablaré al padre
visitador, que dicen viene en las urcas, que se halla en la isla de la Martinica y se llama padre
Manuel Piñeiro; es de la provincia de Aragón. El reverendo fray Comendador.”
CAPÍTULO XIII.— Cartas de algunas noticias de las nuevas conversiones de la gran China,
que estos meses llegaron a mis manos
Siempre he tenido especial grande afecto a la conversión de la gran China, y por insinuación
de los superiores me apliqué a las ciencias matemáticas, que allá son muy usuales, y a los
principios pedí ir a las Misiones de la gran China, por haber vivido allá y trabajado en aquella
gran viña del Señor mi pariente, el padre Martín Martini, que escribió aquellos insignes tomos y
mapas geográficos del gran imperio y monarquía de la gran China.
Estos meses que estábamos fabricando las dos nuevas iglesias desta Pimería, el padre rector
Adamo Gilg me remitió la carta siguiente del padre Pedro Van Hammé, misionero de la gran
China, pero que primero pocos años fue misionero de Taraumares de la Nueva Vizcaya desta
Nueva España o América Septentrional, escribe, pues, el padre Guillermo Ylin, misionero de
Chinipas, en 27 de diciembre de 1700: “Así suplico a V. R. salude en mi nombre a todos los
padres conocidos y comunique mi carta a los que pudiere. Hállome en esta provincia de Haquam.
El emperador de China prosigue aún a su costumbre estimando a nuestros padres. El año pasado
vino el emperador a Nankin, con mucho séquito, y algunos padres de la Compañía, y todos los
misioneros que iban a saludar al emperador de Nankin, y otras partes, los admitió a su presencia,
y a todos dio alguna plata; en este tiempo pasaron a la corte cinco padres franceses y un hermano
coadjutor y un pintor seglar, todos franceses nuevamente llegados. Por otra parte hay y se temen
más pleitos por una suspensión ab administratione sacramentos. Pocos días ha que volví a mi
casa de una Misión que hice hasta setenta leguas desta mi residencia, y en ella gasté cincuenta y
cuatro días, y algunas veces estuve oyendo las confesiones hasta después de medianoche.
Algunas Misiones distan más de 80 y 100 leguas desta mi residencia; por falta de padres
misioneros, en la China no hay más que dos padres alemanes: el uno se llama padre Kiliano
Stimpfe, y está en Pekín, y allí hizo homo de vidrios, y los hace con buen suceso para el
emperador; el otro se llama padre Gaspar Castner, y está en la provincia de Cantón, y de S. R.
me escribe el padre rector lo siguiente: “El padre Castner estuvo tres meses sólo en la isla en que
murió San Francisco Javier, fabricando un famoso sepulcro a San Javier, el cual costó cerca de
150 escudos romanos (o cerca de escudos patacos o patacones); corrió toda la isla y bautizó a
muchos, con singulares sucesos que merecen una larga narración, de suerte que la nueva Misión
de San Francisco Javier ya está muy adelantada y dilatada, y los moradores de la isla son gentes
bárbaras, y antiguamente eran casi todos ladrones; pero ahora cobraron notable veneración al
santo y al mismo padre Castner, a quien llevaron por todas sus aldeas con grande fiesta y
banquetes y presentes, gracias sean dadas a Dios. Esto escribió el padre rector en la última carta
deste año, y también en lengua castellana porque es milanés. No dudo que los devotos de San
Javier se holgarán desta nueva.” Hasta aquí, el padre Van Hammé desde la metrópoli de la
provincia de Haquan, en la gran China.
CAPÍTULO XIV.— De los últimos meses del año de 1703, y de las fábricas de las dos nuevas
iglesias, y de sus gastos a costa y valor
En el capítulo antecedente apunta el padre provincial Van Hame y el padre rector, que en la
isla de Cantón se fabricó a San Javier un famoso sepulcro, que costó 150 patacones o pesos, en
las dos nuevas iglesias que este año y algunos meses de los antecedentes se fabricaron; como la
una y la otra tienen cruceros con dos capaces capillas, cada iglesia tiene una capilla del
gloriosísimo apóstol de las Indias San Francisco Javier, y cada una costaría más de 500 pesos o
patacas, y las dos iglesias costarían como 10 000 pesos, que gracias al Señor y a sus favores
celestiales, la fertilidad de la tierra destas nuevas conversiones, sin que los partidos quedaran
empeñados en 100 pesos, los gastos se redujeron a 500 reses que se gastarían en esas dos
fábricas, 500 fanegas de maíz y trigo, y como 3 000 pesos en ropa, que es la moneda que corre y
se gasta y sirve entre estos naturales destas nuevas conversiones; y estos géneros se adquieren en
las muchas tiendas que hay de mercaderes en toda la provincia de Sonora, así con bastimentos,
harina, maíz, carne, manteca, candelas de sebo, quedan los partidos como con la plata quedan
algunos, y los más por el dicho bastimento, y más todo lo referido los muchos reales de minas
antiguos y nuevos que hay en todas estas Misiones, nuevas y antiguas. Las maderas, muy buenas;
casi todas de unos pinos que llaman reales; para la viguería y tablazón se cortaron y trajeron de
los cercanos cerros, a distancia de siete u ocho leguas.
CAPÍTULO XV.— De las dedicaciones de sus dos nuevas iglesias desta Pimería
Diez años antes se acabó y se dedicó la primera iglesia desta Pimería, que fue la de Nuestra
Señora de los Dolores, y a finales deste año de 1703 procurábamos dedicar las otras dos, que con
habérsenos estorbado mis acostumbradas entradas fabricamos, y aunque algunas extraordinarias
ocupaciones de contradicción, oposición y pleito muy excusado, que se nos puso o quería poner,
nos hicieron dilatar sus dos dedicaciones de las dos nuevas iglesias de Nuestra Señora de los
Remedios y de Nuestra Señora del Pilar y de Santiago de Cocospora, hasta después de las
Pascuas de Navidad; el intento y el convidar a las dichas dedicaciones era para el día de San
Javier, 3 de diciembre, la dedicación de la otra. Y con eso convidamos a varias personas, y el
padre rector Antonio Leal, en dos cartas, de 19 y de 22 de noviembre, me escribió lo siguiente:
“La fiesta de V. R. será cuando V. R. fuere servido. Mucho me alegro de la mucha gente con que
se halla V. R., cuyos saludos estimo y suplico a V. R. se los retorne muy afectuosos a todos esos
pobres hijos.” En la carta siguiente, de 22, me dice S. R. así: “Muy buen día es el que V. R. ha
escogido para la dedicación de sus iglesias; trabajo ha sido bien considerable que pagará Nuestro
Señor a V. R. Por acá no hay cosa de nuevo, sino que se dice llegarían el mes pasado las urcas,
con que ya vendrá el Gobierno. No obstante esto, ayer escribí al padre provincial y le digo el
estado de la Pimería para S. R. disponga, que yo no quiera acabar quedando con escrúpulo; si
hubieren venido los padres procuradores de Roma, quizá enviara padres de Europa.” Hasta aquí
las dos cartas del padre rector.
Otros muchos padres y señores seglares, y el señor alcalde mayor, Juan Matheo Mange, y su
antecesor, el señor general don Isidro Ruiz de Avechuco, y otros, escribieron casi lo propio. Lo
que dice el capitán don Manuel de Almeida, dando gracias a Nuestro Señor que con gente nueva
en tan breve tiempo se hubieran fabricado dos tan buenas iglesias. “Con la carta siguiente recibo
la amabilísima de V. R. con grandísimos consuelos y con repetidísimos agradecimientos de que
viva muchísimos años con mucha salud, y le dé vida para hacer veinte templos y que los goce V.
R. muchos años.”
CAPÍTULO XVI.— Otras personas que desean venir a estas dedicaciones, y sentimientos que
unos padres no viniesen a esta Pimería
El capitán Juan Fernández de la Fuente, en 10 de noviembre, escribió desde el presidio de
Janos lo siguiente: “Aseguro a V. R. que me alegro que nuestro reverendo padre provincial
atendiese a mi súplica y a la del capitán Becerra, enviando a su paternidad algunos reverendos
padres para las Misiones desta dilatada Pimería, que tanto trabajo, desvelo y solicitud ha costado
su reducción a nuestra santa fe, siendo V. R. el que todo lo ha padecido y procurado la
propagación del santo Evangelio, no habiéndole faltado opositores en empresa de tanta
importancia en servicio de las dos Majestades, y siento que los operarios que han llegado a esta
provincia se hayan aplicado a diferentes Misiones y no pasado a esta Pimería, adonde tanto eran
menester. Quiera la Divina Majestad que en todo y por todo consiga V. R. el ver el fin de su
deseo y logro de sus muchos trabajos que yo como tan interesado y amigo de V. R. deseo más
que ninguno el ver esas dilatadas naciones llenas de operarios como los pobres lo desean,
viniendo a pedir el santo bautismo de tan dilatadas partes, y así me alegro que nuestra antigua
Pimería esté quieta y obediente a los ministros de S. M., así eclesiásticos como seculares, que es
cuanto puedo desear y le estimo como es justo, que de mi parte sea servido V. R. de darle a los
hijos y las que amorosamente me dan a mí, y de nuevo le suplico a V. R. les dé mis amorosos
saludos, y que me alegro se mantengan en toda paz. También he recibido mucho gusto con la
noticia que V. R. se sirve de darme de lo bien que ha quedado la iglesia de Nuestra Señora de los
Remedios, que no dudo que, por haber corrido por mano de V. R. deje de ser de las mejores de la
Provincia, asimismo la de Cocospra, y si no se hubiera abierto antes que yo vuelva de Sinaloa,
desde luego admito el convite que V. R. se sirve hacerme, y pues tengo parte en la de Nuestra
Señora de los Remedios, quiero lograr la dicha de hallarme en las dedicaciones, y en lo que
valiere servir a V. R. con la voluntad y obligación que debo.” Hasta aquí, el capitán Juan
Fernández de la Fuente. Y el capitán Antonio Becerra, en 30 de noviembre, dice así: “Quedo por
ahora muy gustoso de que se logre el fruto de los trabajos de V. R., y doy a V. R. muchos
plácemes por el trabajo particular a costa de su desvelo se ha logrado en las dos nuevas iglesias,
que harto me holgara que los cuidados y ocupaciones dieran treguas para ir a servir a V. R. en
algo.” Otros muchos escribieron otras cariñosas cartas, así tocantes a las dedicaciones como en
cuanto a la venida de padres operarios.
CAPÍTULO XVII.— De la venida del padre Jerónimo Minutuli a esta Pimería
Cuando todos los buenos y afectos a nuevas conversiones sentían muy mucho que no
viniesen y entrasen padres operarios a estas nuevas conversiones y a sus tan maduras y tan
dilatadas mieses de almas, y cuando hombre nacido no había que pensase que acá dentro vendría
de otras nuevas conversiones un nuevo y no aguardado ni esperado padre operario, vino este mes
de diciembre para esta Pimería, de su motu proprio, o, por mejor decir, por disposición y
gobierno de los celestiales favores de Nuestro Señor, que estoy escribiendo, el padre Jerónimo
Minutuli, que vino de las nuevas conversiones de las Californias, porque le parecía a S. R. que
aquéllos no se ensanchaban todavía tanto como su fervoroso genio deseaba, y le pareció a S. R.
que, por acá, en esta Pimería y en sus circunvecinas, otras nuevas naciones, más dilatado campo
de muchas más almas reducidas y por reducir por todos rumbos del norte, del poniente y oriente,
del noroeste y del nordeste, hasta poder pasar por tierra a la misma California en altura de 32
grados. Vino, pues, dicho padre a desembarcarse en Sinaloa, y de Sinaloa a Sonora, a verse con
el padre rector, Antonio Leal, y su intento, según los recaudos que S. R. con mi mayordomo me
envió desde el camino, era entrar luego a esta Pimería; desde Sonora nos carteamos, y pasó a
tener la Pascua de Navidad con el padre rector Adamo Gilg, en los cerritos seris de Santa María
del Pópulo; después vino entrando en la Pimería a Nuestra Señora de los Dolores, y fui a
encontrar a S. R. al pueblo de Opodupe. En todo el camino desde Sinaloa hasta Sonora, y aun
hasta Nuestra Señora de los Dolores, no le faltaron a S. R. muy grandes y muy recias oposiciones
y obstáculos que se le ponían, pero S. R., como enviado y venido, más por su disposición divina
que humana, se quedó siempre muy constante, sin temer a ninguna de las mil dificultades y
obstáculos que por tantos caminos y tan repetidas veces por tan porfiadas trazas que se le ponían
y se le fueron poniendo por casi un año entero.
LIBRO III
CAPÍTULO PRIMERO.— Del mes de enero de 1704 años, en que hubo la solemne dedicación
de dos nuevas y capaces iglesias
Así la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios como la de Nuestra Señora del Pilar y de
Santiago de Cocospera, según dicen todos los que las han visto, son de las mejores que hay en
toda la Provincia de Sonora y Sinaloa, Hiaqui y Chinipas; tienen entrambas sus cruceros, que
forman y hacen dos buenas capillas con sus arcos. Las dos capillas de Nuestra Señora de los
Remedios están dedicadas: la una, a nuestra Padre San Ignacio, y la otra, al Glorioso Apóstol de
las Indias, San Francisco Javier; y de las dos capillas de Cocospera, la una es de Nuestra Señora
de Loreto, y la otra de San Francisco Javier. Cada una iglesia, sobre los arcos de sus dos capillas
que forma el crucero, tiene su alto cimborrio, y cada cimborrio tiene, en medio y en lo alto, su
vistosa linternilla.
En 15 y 16 de enero se dedicó solemnemente la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, y
en 17 pasamos a la dedicación de la iglesia de Cocospera, y tuvimos esta dedicación en 18, 19 y
20 de enero. El padre rector Adamo Gilg hizo las dos dedicaciones con los demás padres, con
todas las ceremonias y bendiciones que manda Nuestra Santa Madre Iglesia, según el Santo
Ritual Romano. S. R. cantó las dos principales misas solemnes, ayudando la buena capilla de
cantores que tiene la primera iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, y también predicó muy
bien en lengua pima el padre rector Adamo Gilg, en la una y la otra dedicación de entrambas
iglesias, y entrambas dedicaciones se celebraron con particular consuelo y regocijo de todos los
que a ellas concurrieron.
CAPÍTULO II.— De los naturales y gente forastera que concurrió en dichas dedicaciones
Habiendo continuado algunos padres y algunos otros españoles con algunos naturales de
tierra adentro, aunque el tiempo era algo riguroso de frío y había algunas enfermedades que
estorbaron la venida de algunos padres, con grande consuelo nuestro acudieron a las dos
dedicaciones muchos naturales de tierra adentro, así del norte, como del poniente, y con
especialidad del noroeste, viniendo muchos más de 200 leguas de camino, como el capitán de los
yantas con muchos de los suyos, y con algunas dádivas de conchería del remate de la mar de la
California, y con muy buenos recaudos de la muy amigable gente y de las naciones de los
quiquimas, cutganes y coanopas, naciones ya del paso por tierra a la California, que enviaban sus
conchas azules de la contracosta y de la mar del sur por donde todos los años suele venir la nao
de China o galeón de Filipinas; me llamaban a mí y a otros padres que los fuéramos a ver y a
tratar de su bautismo y su reducción a nuestra santa Fe católica; y las conchas azules de la
contracosta eran nuevo argumento del paso por tierra que había a la California en 32 grados de
altura, a pesar de las contradicciones de los porfiados poco afectos a estas nuevas conversiones,
porque corrió que dichos naturales no saben pasar un gran brazo de mar que ponen los contrarios
por la tierra por donde esos naturales nos traen las conchas, que sólo se dan en la contracosta de
la California, por allí tenemos evidentemente el paso por tierra a dicha California. Tan patente
éramos de los singulares favores celestiales que experimentamos en estas dos dedicaciones
destas dos nuevas iglesias y se confirmaron con gran consuelo nuestro y de todos los amigables
huéspedes los tres siguientes admirables sagrados textos: 1. Dicite ingentibus quia Dominus
regnavis etnim correxit orbem torre (Salmo 95), pues muchos, en muy grande yerro, pintaban
isla a la California, no siéndola, y pintaban mar de la California adonde no la hay, pues no llega
más que hasta 32 grados y medio. 2. Terra aparit arida et mari rubro; muchos llamaban mar
Bermejo a la mar de California; Via sine impedimento, que lo canta Nuestra Madre la Iglesia en 8
de agosto, en el día de los santos que tienen por Evangelio. 3. Euntes tu mundum universum
predicate Evangelium omni creature, etc.
CAPÍTULO III.— Entrada del padre Jerónimo Minutuli a su nueva misión y partido de San
Pedro y San Pablo del Tubutama
Así que el padre rector Adamo Gilg y el padre Jerónimo Minutuli y el hermano Juan
Estainefer y yo, con la mucha gente forastera de tan remotas partes, tuvimos las dos dedicaciones
de las dos nuevas iglesias, tratamos de poner en su nueva misión de San Pedro y San Pablo del
Tubutama al padre Jerónimo. Fue a este fin a San Ignacio, y yo vine con el padre rector a
Nuestra Señora de los Dolores, y el común enemigo procuró, como siempre, poner nuevos
obstáculos a esta entrada del padre Jerónimo; no obstante, en 26 y 27 de enero fui a San Ignacio
y llevé al padre Jerónimo a su nuevo partido del Tubutama, que dista de Nuestra Señora de los
Dolores 25 leguas rumbo del poniente. Ya las semanas antecedentes le había mandado aliñar la
casa y sembrar una buena milpa de trigo, y plantar y sembrar una buena huerta con varios
arbolitos de Castilla, parras, duraznos priscos, granadas, higueras, perales, aguacates y todo
género de hortalizas. El padre Jerónimo fue muy bien recibido, con grande consuelo de los
muchos naturales que hallamos en el Tubutama, y S. R. tuvo también mucho consuelo en ver la
gente tan afable, doméstica y dócil, con sus justicias, sirvientes, ornamentos con que decir misa y
otras alhajas de casa, ganado menor y el ganado mayor y caballada, estaba todavía en San
Ignacio; estuvimos trazando una buena y capaz iglesia y casa; me ofrecí a hacer a mi costa la
iglesia, y, dejando al padre Jerónimo en su nuevo partido, me vine por otro camino del Saric,
Busanic, Sivoda a Nuestra Señora de los Dolores, y avisando al padre visitador Antonio Leal
desta nuestra entrada al Tubutama, S. R. me respondió con la siguiente carta de 13 de febrero:
“Mucho agradezco y Dios pagará a V. R. así el trabajo de haber ido al Tubutama con el padre
Jerónimo, como las noticias de fue el padre quedó también contento de los hijos, como éstos con
el padre, que harto consuelo me ha dado V. R. con ello, y asimismo la caridad que al dicho padre
en la ayuda y gasto de la fábrica de su iglesia que le promete; todo es sembrar en buena tierra
para coger un buen cielo. El Pagador es seguro y poderoso.” Hasta aquí, el padre visitador.
CAPÍTULO VI.— Entrada que se determina hacer a los enemigos, que por las discordias entre
los capitanes no se hizo
En este tiempo y mes de febrero hubo muchos enemigos y robos de caballada en varias partes
de las fronteras, y también en esta Pimería, así en Cocospera como en San Ignacio, Santa María
Magdalena, adonde nunca habían entrado tales enemigos. Avisósele de varias partes al presidio;
a mí me vino de su capitán, teniente don Gregorio Álvarez Tuñón y Quirós, la carta siguiente, de
25 de febrero: “Cónstame han entrado rastros, pero no han llevado caballada; sin embargo, la
luna pasada estuve reconociendo hacia el norte y hacia el sur, en donde les quité unas bestias que
se llevaban de Nacosari, y considerando no es suficiente lo hecho, y que necesita remedio, tengo
escrito al alcalde mayor de San Juan me envíe para el día 11 del mes de marzo 20 vecinos, que
yo saldré con 30 soldados a buscarles su ranchería, y así ha llegado el caso de aceptar la palabra
que V. R. y sus hijos me dan que me ayudarán para el castigo de dichos enemigos; con que
suplico a V. R. diga en mi nombre a los gobernadores y capitanes de la guerra, que les saludo,
que espero para el 10 de dicho mes 40 hijos pimas escogidos, que les aseguro que Dios mediante
castigaremos al enemigo. Y que para cada uno de ellos pondré yo mi vida en su defensa, que no
me hagan falta.” Hasta aquí, el capitán don Gregorio. Avisé a los hijos y luego fueran al Presidio
con toda puntualidad al gobernador de los Remedios y el gobernador de Cocospera, con los
demás pimas; pero, como no vinieron los 20 vecinos que se pidieron al señor alcalde mayor, no
se hizo la entrada. Volvieron acá nuestros pimas y peor, allá hubo tan ruidosos y continuados
pleitos, informes de todo el año, que pasaron hasta el señor gobernador del Parral y basta
México, y con eso y sin eso, hizo el enemigo las hostilidades y daños que después veremos. Yo
dispuse mi entrada a los Guaymas y a sus cercanos gentiles.
CAPÍTULO V.— Carta del padre rector Juan María Salvatierra de un navío perulero que llega
a la California y otros navíos naufragantes
Estos días recibí la carta siguiente del padre rector Juan María Salvatierra: “Enero 20 de 1704
años. Válgame el cielo, que ya ha meses que no veo letra de V. R. ni V. R. habrá visto la mía.
Pero recibí meses pasados varias de V. R. todas juntas, y como llegaron tarde no supe remediar
el negocio de la deseada entrada de V. R., que no hay sino encomendarla a la Señora Capitana de
nuestra entrada que hicimos ahora hace creo tres años, de que me saboreo con las tan dulces
memorias y dicha mía, et non es abraila manus Dei Y asc obse era insta, ya que no es tiempo de
in cripa, estimo a V. R. la limosna de la harina y del sepius repetita arina, que en el tiempo de
desamparo mucho placet ex plase bunt. Dios se lo pague a V. R. La razón del silencio ha sido el
perderse alguna carta escrita a V. R., y después habernos hallado aquí con un montón de
naufragantes de barcos que buscaban en estos mares; todo hubiera perecido con todas sus perlas
a no haber topado aquí la Perla del Supremo Oriente: María. Y ahora poco ha acaba de salir la
fragata Perulera Barrada y remendada lo mejor que se pudo, con 40 bocas que nos comían los
dos lados. Viva Jesús. Viva María. Aquí vamos corriendo con los trabajos ordinarios de nuevas
misiones, que V. R. sabe mejor que yo; pero el consuelo es se sed vivent et pauperes evangeli
santur, iba creciendo el número y extendiéndose la fe. Solo yo no acabo de ser bueno, y así, V.
R. de veras me encomiende a Dios. Y reciba V. R. muchos y muy cariñosos saludos de todos los
padres, que todos agradecen las honras de V. R., y en tanto, acabo encomendándome en sus
santas oraciones y santos sacrificios. Loreto Concho. Enero 20 de 1704 años. De V. R. siervo en
Xpto. Juan María de Salvatierra.”
CAPÍTULO VI.— Mi ida o entrada a los Guaymas y sus cercanos gentiles de 100 leguas de
camino al sur
Desde que viví en la California, y de la California vine algunas veces a Hiaqui y traté muy
amigablemente con los cercanos gentiles Guaymas, solicité y deseé muy mucho su conversión
por considerarla muy provechosa para la conversión de la California, y de hecho, cuando
veinticinco años ha vine de México a estas nuevas conversiones, el intento era empezarlas en los
Guaymas; después hubo tanto campo por acá, que sólo el apostólico fervor del padre visitador
Juan María Salvatierra, tres años ha, fue a fundar aquella misión y nueva conversión de los
Guaymas, que los más hablan la lengua pima. Algunos meses ha vivido en él, por disposición del
padre rector Juan María de Salvatierra, el padre Juan de Ugarte, que dejó el rectorado de México
por venir a las más gloriosas y más meritorias misiones de la California; en ese tiempo se hallaba
trabajando apostólicamente en Guaymas el padre Francisco María Picolo, que, después de haber
estado en México y haber compuesto el informe del buen estado de la California, con la inserta
Real muy Católica y Cristianísima Cédula de S. M. Felipe V, que Dios guarde, que tanto
favorece a todas las nuevas conversiones, volvió a la California y después vino a esa nueva
conversión de San José de los Guaymas. Ya nos habíamos carteado S. R. y yo, deseando que nos
viéramos, y como había un camino breve y derecho, aunque entre gentiles, y aún no descubierto
o trajinado, procuré abrir este nuevo camino, porque el otro del río Hiaqui, por donde pocas
semanas antes había enviado las cargas de harina de limosna para la California, tenía más de 60
leguas de rodeo. En 25 de marzo, tercer día de Pascua de Resurrección, en la tarde, salí de
Nuestra Señora de los Dolores para San José de los Guaymas, habiendo hecho por la mañana
trece bautismos solemnes, que de ellos fueron padrinos algunos españoles de los muchos que del
cercano nuevo real de minas de Nuestra Señora de la Soledad habían concurrido aquí a tener la
Semana Santa; y a cumplir con la iglesia y tener la Pascua de Resurrección y en ocho días de
camino, y a 2 de abril llegué, gracias al Señor, con bien a San José de los Guaymas.
CAPÍTULO VII.— Mi llegada a San José de los Guaymas y los gentiles que descubren este
nuevo derecho y breve camino
Con el buen avío y buenas gracias que con su mucha caridad para este camino me dieron el
padre rector Adamo Gil, en Santa María de Pópulo, y el P. Juan de San Martín, en San Francisco
y en la Santísima Trinidad del Pitic. Vine con la brevedad de ocho días, estas cien leguas de
camino desde Nuestra Señora de los Dolores hasta San José de Guaymas y puerto de la mar de la
California en las últimas y algo más despobladas 50 leguas deste antecedente no muy andado
camino, y en particular en el puerto o paraje que llaman del Cerro Grande, hallé grande número
de gentiles muy afables; había entre ellos tres o cuatro indios cristianos que, del miedo del
castigo de unos azotes, se habían metido en estos retiros, y procuré que conmigo de vuelta se
volviesen a sus pueblos de cristianos. A todos estos gentiles les prediqué la fe cristiana y los
experimenté bien dóciles y muy afables, y que, habiendo los necesarios buenos pastores de almas
que eran menester, con facilidad, Dios mediante, todos se podrán reducir a pueblos, iglesias para
su eterna salvación.
Cuando, en 2 de abril, llegué, gracias al Señor, con toda prosperidad a San José de Guaymas,
hallé que el P. Francisco María Picolo había pasado a negocios a las cercanas misiones del río de
Yaqui. Los hijos de San José de Guaymas, que eran más de 500, y irnos hablaban de lengua pima
y otros la lengua seri, me recibieron con todo agasajo. Escribí luego de mi llegada al padre
Francisco María Picolo y a los demás padres de Hiaqui, que todos me rogaron que lo pasase a
sus misiones, siquiera hasta Torin; pero la precisión de haber de volver con la brevedad posible
asistir a esta mi misión de Nuestra Señora de los Dolores, me estorbó aquella ida, y vino a San
José de los Guaymas el padre Francisco María Picolo, a quien con muy grande consuelo mío,
como tanto deseaba, conocí de vista, y por su insinuación, catequicé y bauticé muchos de ellos y
a catecúmenos naturales, pues los más hablaban la lengua pima y eran pintas, como los desta
dilatada Pimería, que el padre rector Adamo Gilg solía llamar la Pimería Alta. Con estos
ministerios y con dar vista a los lindísimos acomodadísimos puertos: el uno tenía el corral de las
reses tan inmediato, que desde el mismo corral se podían embarcar vivas para pasarlas a la muy
cercana California. Me detuve tres días, con muy grande consuelo mío de ver tanta oportunidad
de conseguir mucha gloria de Nuestro Señor y bien de tantas almas, con la oportunidad de
grandiosas pescas, salinas, tierras, huertas, ganados mayor y menor, iglesias, casa, que con
felicidad se están fabricando.
CAPÍTULO VIII.— Mi vuelta de San José de Guaymas a Nuestra Señora de los Dolores, de
donde por este nuevo camino se remiten dádivas para los Guaymas y para la California
Habiéndome estado con muy grande consuelo mío cuatro días con el padre Francisco María
Picolo, y conferido del buen socorro que desde estos cercanos puertos con facilidad se podían
enviar a las nuevas Misiones de la cercana California, y del modo de conseguir los necesarios
padres misioneros para tan dilatados campos de tantas gentílicas almas, de toda esta dilatadísima
América Septentrional desta tierra firme y de la cercana California, baja y alta, despidiéndome de
su reverencia y de los padres de aquí, y de los muy queridos hijos y naturales de San José de
Guaymas, tomé la vuelta para esta Misión de Nuestra Señora de los Dolores. En el camino hallé
otros muy muchos nuevos gentiles, que salieron a verme desde sus más remotos retiros; les
prediqué los principales misterios de nuestra fe católica, y pues todos sabían la lengua Pima; los
animé a agregarse en partes acomodadas, a donde los pudiese venir padres misioneros para su
eterna salvación, y me prometieron que como se les diesen padres, se agregarían y harían sus
buenas Misiones en el cercano muy buen puesto del antiguo Real de Minas de San Marcial, y
adonde los padres quisiesen. Llegué a la Santísima Trinidad del Pitic y a San Francisco, pueblos
que administraba el padre Juan de San Martín, adonde recibí mil agasajos de su reverencia, como
también los dos días siguientes en Santa María del Pópulo del padre rector Adamo Gil, y con
varias cartas que entre tanto habían llegado de México y de Europa, como diré en los capítulos
siguientes, pasé al valle de Sonora al padre visitador Antonio Leal; después llegué a Nuestra
Señora de los Dolores, de donde remití con un español, por este nuevo, derecho y breve hasta
San José de Guaymas, varias dádivas, entre ellas un lienzo o cuadro, con su marco dorado del
gloriosísimo San José, que, según en su finísima carta me escribió el padre Francisco María
Picolo, se colocó en el altar mayor de la nueva iglesia de San José de Guaymas, y remití también
algunas menudencias y cartas para los padres de la California.
LIBRO IV
CAPÍTULO PRIMERO.— Primeras cartas y noticias que llegan a estas nuevas conversiones de
la venida a esta Nueva España del padre visitador Manuel Pineiro, y carta que S. R. me escribió
al venir a San José de Guaymas
Así en el camino de Sonora como al llegar a esta misión de Nuestra Señora de los Dolores,
hallé varias cartas de México y de Roma, entre ellas dos finísimas de nuestro padre general,
Thirso González, y una del nuevo padre visitador general, Manuel Pineiro, escribiéndome de
rector de esas misiones, que, como el antecedente padre provincial, Francisco Arteaga, me había
nombrado y señalado por rector deste rectorado de Nuestra Señora de los Dolores; aunque yo
propuse este cargo en México no me oyeron, y así, escribiéndome S. R. de rector y dándome en
su nuevo gobierno otro sucesor, me encargaba y escribía de su propia letra, entre otras finezas y
otros muy paternales santos puntos, que yo instruyése a mi sucesor y, aunque propuse después
también esta intervención, no fui oído, ni se me admitió la propuesta, pero quedé y quedo, y Dios
mediante, siempre quedaré más deseoso y amante de vivir sin semejantes cargos y con el
religioso deseo de poder atender al bien de estas pobres y tan necesitadas innumerables almas de
esta dilatada América Septentrional, y de fomentar su salvación por los modos y medios
posibles, de palabra y con obras y por escrito, que de haber con el cargo de superior de dar
cuentas de otras personas y de su obrar, cuando hay tanto que hacer y es materia de tanto
escrúpulo y cuidado el haber cada año de dar cuenta de su persona a Nuestro Señor, y dicho
padre visitador Manuel Pineiro señaló y nombró todos los padres rectores, así de misiones como
de todos los colegios de toda la Provincia de la Nueva España.
CAPÍTULO II.— Nueva real cédula de Felipe V, que Dios guarde, acerca del adelantamiento
de la California
En este mismo tiempo de los meses de abril y mayo de 1704 me vinieron diferentes cartas,
entre ellas una carta del padre Francisco María Picolo, acerca de la muy Católica Real y nueva
cédula de su real majestad de Felipe V, que Dios guarde, que estos meses antecedentes había
llegado a México, y en ella muy piadosamente se señalarían otros trece mil pesos para otros
treinta soldados más para la California, y el general Juan Matheo Mange, que poco antes había
sido alcalde mayor de toda esta provincia de Sonora, en el real de San Juan, con muy católica
magnimidad se ofreció por capitán de ellos, y para ayudar con su muy cristiano buen celo al
fomento de todas las nuevas conversiones, así califónicas ultramarinas como pímicas y desta
tierra firme, y del paso por tierra a la California y del caudalosísimo y pobladísimo río Colorado,
aunque después en parte se frustraron todos estos buenos intentos, por cuanto las reales cartas de
México, por los muchos gastos de las muchas guerras de Europa, no pudieron dar los referidos
trece mil pesos que la real cédula concedía, y no obstante, fue Nuestro Señor servido que muy
bien se mantuviese la gloriosa y apostólica nueva conquista, nueva conversión y nueva
cristiandad de la California, a la cual, con el infatigable santo celo e incansable dichoso gobierno,
cuidado y trabajo de aquellos apostólicos padres misioneros, apostólicos californios, no les ha
faltado el necesario socorro de los bastantes piadosos y diferentes bienechores que, cuando
algunos han retirado su mano, la celestial Divina Providencia ha dispuesto que en otros no faltase
la cristiana piedad y caridad, como se puede colegir del capítulo siguiente.
CAPÍTULO III.— Que a los bienechores de las nuevas conversiones se les multiplican sus
bienes temporales y espirituales
El padre rector Melchor Bartiromo, bienhechor de las nuevas conquistas y nuevas
conversiones de la California, reconoce clara y distantemente y suele decir que, habiendo en una
ocasión enviado veinte cargas de bastimento a Yaqui, para la California, según las había
prometido, y que, por ser los tiempos algo rigurosos y cortos de bastimento, parecía que le
podían hacer alguna falta en sus partidos, que pero halló patentemente multiplicadas aquellas
veinte y otras más en sus tropas, sin experimentar la menor penuria o falta de ellas en sus casas.
A mi me ha sucedido lo mismo en diferentes ocasiones, y que, habiendo socorrido a nuevas
conversiones, así de la California como de por acá en esta firme, y a mi Santa Madre la
Providencia Nuestra Señora, con su piadosísima gran providencia, me ha multiplicado y
aumentado muy mucho los bienes temporales de muy cuantiosas cosechas de trigos y maíces y
ganados y vino de misas, cañaverales, huertas, de suerte que hasta los gentiles y las nuevas
naciones, sin pedirles yo cosa alguna o hablarles cosa alguna palabra en las materias, me han
hecho buenas sementeras y cosechas de trigo y maíces y frijoles y sandías y melones y calabazas,
y han dádome ganado mayor y menor en abundancia en diferentes partes cercanas y remotas de
tierra bien adentro, y bien se verifica que lo que damos a pobres y en causas piadosas, eso
tendremos en esta vida y por toda la eternidad, y lo que no damos, eso perderemos; también es
notorio que a algunos que han dado escasos, y aún rehusado el socorrer a las nuevas
conversiones de la California, o en parte o del todo se les han perdido las cuantiosas cosechas
que solían tener. Y uno de los muy católicos reyes de las Españas y de las Indias, en una de sus
muy cristianas cédulas, manda a este fin no se excusen en estas causas los gastos necesarios,
porque, según su real majestad dice, reconoce claramente que en semejantes fines retribuye
siempre Nuestro Señor conocidos crecidísimos aumentos a su real Corona, por lo cual ni ha
faltado, ni falta, ni Dios mediante faltará lo necesario, ni a las nuevas conversiones de la
California, ni a los demás que quisieren procurar de hacer el servicio de su Divina Majestad y de
solicitar el bien de las almas redimidas con la preciosísima sangre de Nuestro Redentor
Jesucristo. Así, nos socorre liberalísimamente y muy continuamente con muchos medios
temporales y espirituales en estas nuevas conversiones pímicas el soberano Señor, como muy
agradecidos reconocemos, y aunque remite que los mismos padres misioneros que rescatamos y
pedimos y los padres provinciales y generales no los prometen y aún en buen número en
diferentes ocasiones y continuadamente nos envían, pero que la contradicción y la oposición de
por acá nos lo impiden, estorban, detienen y quitan, esperamos con confianza muy grande en la
amorosa disposición de Nuestro Señor, que a su tiempo han de venir en tanto mayor número los
fervorosos padres operarios necesarios, predestinados para la total conquista y conversión de
toda esta América septentrional incógnita, que con tanta paz y quietud y constancia está pidiendo
el remedio de su eterna salvación.
CAPÍTULO VI.— Nuevas evidencias de la lealtad destos pimas, y que las hostilidades desta
provincia las hacen los enemigos apaches
El referido señor teniente del real de Bacanuchi, Cristóbal Granillo de Salazar, en carta de 28
de octubre, dándome cuenta de la muerte de su único hijo Antonio, añade lo siguiente: “Las
novedades que hay por acá de los enemigos que mataron al soldado y a los hijos de Mecoson,
que salió el señor teniente del Presidio, don Gregorio, con los soldados, y en la sierra del
Chiricagüi los esperó, y a donde se topó con ellos, y mató cinco enemigos apaches y quitó 76
bestias y las amias del soldado que había muerto. No pido albricias a V. R. de que son apaches (y
no pimas, como los desafectos suelen calumniar), porque yo las debía dar, porque ya se va
saliendo de la errónea en que hasta ahora estaban metidos muchos, y de las hablillas que ya
empezaban a correr, como siempre acostumbraban los pocos afectos, y éstos han sido los que
han hecho las muertes en Tuape y en otras partes por el mucho atrevimiento que se les vio
cuando se encontraron con los soldados, pues pelearon como valerosos en un llano, echando
retos; fueron 16 los apaches, apaches, apaches y 18 los soldados. Nuestro Señor saque siempre a
luz la verdad.” Hasta aquí, el señor teniente. Hoy, como casi al mismo tiempo, también nuestros
pimas habían conseguido sus victorias de los referidos enemigos apaches, trayendo presa de
chusma. En una carta de octubre, el padre rector Adamo Gilg me escribió de Matape lo siguiente:
“Muy mucho me huelgo de cuán presto e inesperadamente se fue en humo el alzamiento
imaginado o fingido, y aunque pues yo no sabía deste particular caso, pero ya estaba muy
desconsolado cuando vi por escrito que se temía un gran golpe en la Pimería y a mi padre Kino,
Bonis animis que gran deseo pretensión y designio, en saliendo en breve de Matape ir a San
Javier del Gran Bac de los Pimas, faxint superiett superiores.” Y en otra carta antecedente dice S.
R. lo siguiente: “Que no muy poca habido la chusma que trajeron los pimas y que la victoria ha
sido famosa; bendito sea Dios que otra vez sacó los Pimas de que no son tales cuales los quieren
hacer por fuerza.” Hasta aquí el padre rector de Matape, Adamo Gilg y el capitán don Gregorio
Álvarez Tuñón y Quirós desde el Presidio de esta provincia, que nunca han de faltar siniestros
expositores, pero que no nos diera cuidado que las verdades su lugar se tienen.
CAPÍTULO VII.— Cartas del padre Francisco María Picolo y del padre Antonio Capuz de la
ida del padre rector Juan María de Salvatierra de California a México
El padre Francisco María Picolo, desde San José de Guaymas, en 20 de octubre deste año de
1704, me escribió la siguiente carta larga: “Mi amantísimo padre Eusebio Francisco Kino: Ésta
sirve para notificar a V. R. cómo el padre rector Juan María de Salvatierra, apretado del tiempo
sin tocar a esta costa, pasó a Matanchel para México con harto dolor de S. R. y mío, pero esta es
la voluntad del Señor, que dispone siempre lo mejor; me escribió S. R. mandándome y
rogándome que, con todos los órdenes apretados del padre visitador Manuel Pineiro de volverme
yo a California, me quedase yo en esta nueva misión de San José de Guaymas hasta la vuelta de
S. R. Pasaron las cartas de V. R. a México con un propio: el alférez Juan Bautista de Escalante;
ayer, 12 del corriente, salió deste puerto para California. Vino llamado su merced del padre
rector Juan María de Salvatierra por cabo o capitán de aquel Presidio. No pude hacer a boca la
diligencia para el señor general Juan Matheo Mange, lo hice por escrito. Tocante a las reses que
tiene ofrecidas la más liberal caridad de V. R. para esta nueva misión hasta la vuelta del padre
Juan María, no podremos disponer cosa alguna, y a no haber pasado a México S. R., hasta el
derrotero me había enviado el padre Juan María, que no fue voluntad del Señor. V. R. esté
seguro, tal confianza tengo en el Señor, que la Pimería y la California al paso de las
persecuciones, ha de ser sus adelantamientos ad mayorem Dei gloriam. Y a pesar de unos
celantes de los bienes temporales, para sus propias personas más que para el bien espiritual de
éstos y para estos pobres indios. V. R. no se aflija, que Dios tiene escogidos los apóstoles para la
Pimería y para la California. Yo, pues, con la misma alegría espiritual, quedo en esta misión
como si estuviera en mi querida California. Reciba su Divina Majestad mi rendimiento a la
voluntad de mis superiores. Ahora quisiera yo a V. R. por acá, gracias al Señor hay bastante
vivienda cómoda buena para una nueva misión; ojalá me pudiera V. R. socorrer con una poca de
harina; deseo comer pan, tengo horno y volvieron sus mulas de V. R. con sal y pescado. Mire
qué crianza tiene el padre Francisco María. La culpa la tiene V. R. y su grande V mucha
muchísima caridad de V. R. Saludo a su mayordomo de California y le deseo ver y conocer.
Nuestro Diego Fernández besa a V. R. las manos de V. R. a quien yo deseo mucho consuelo
espiritual y salud para gloria del Señor y bien de tantas almas.” Hasta aquí, el padre Francisco
María Picolo. Del padre Marcos Antonio Capuz, desde su misión de Arivechi, me escribe, en 29
de octubre, lo siguiente: “El padre rector Juan María de Salvatierra se embarcó para Matanchel, a
principios del corriente en un barco de buceo, y no vino S. R. a Hiaqui, escribiendo que le fue
preciso apresurar por las instancias que nuevamente se le hacían de México para el viaje y el
alférez Escalante, aunque pasó luego a la California en una lancha, no le alcanzó a S. R., y las
reses las tiene el padre Juan de Ugarte.” Hasta ahí, el padre Marcos Antonio Capuz.
CAPÍTULO VIII.— Carta del capitán Juan Bautista de Escalante de su nueva capitanía en la
California en 22 de octubre, y el mismo día murió en México el padre visitador general Manuel
Pineiro
Habiendo sido soldado y alférez deste presidio de Sonora o compañía volante, según la fundó
y nombró el señor virrey conde de Gelves el año 1695, el capitán Juan Bautista de Escalante
pasó, llamado del padre rector Juan María de Salvatierra, a la capitanía de la California, de
donde, en 23 de octubre, me escribió la carta siguiente: “Mi muy reverendo padre: doy a V. R.
noticia de mi llegada a este nuevo reino de la California, adonde me hallo con mucho gusto en
compañía de los reverendos padres Juan de Ugarte y Juan Manuel de Zafaldra y Pedro de Ugarte,
quienes al presente se hallan en esta empresa. El Señor nos ampare y eche su bendición para el
adelantamiento de estas pobres almas que ahora van entrando en el conocimiento de nuestra
santa fe; no logré la dicha de ver María de Salvatierra, sólo recibí la carta de S. a nuestro muy
reverendo padre rector Juan R. después de haber llegado al río de Hiaqui, en que me decía dejaba
el padre Juan de Ugarte en su lugar, a quien dejaba encargado se me diese la capitanía. Y tomé
posesión de ella el día 22 de octubre con el título que se estila el cual y mi persona están para
obedecer a los mandatos de V. R. No doy más noticias por extenso de lo de por acá, por no haber
todavía salido desta Pimería. Población de Loreto.” Hasta aquí, el capitán Juan Bautista de
Escalante. Y este mismo desde 22 de octubre fue la muerte del padre visitador Manuel Pineiro,
como lo escribió el padre Marcos Antonio Capuz con la carta siguiente: “En 22 de octubre murió
el padre visitador general Manuel Pineiro, hizo las exequias y entierro el padre provincial de los
frailes Agustinos, fray Diego de la Cadena, con concurso de todas las religiones y de todo
México; abrióse el pliego y luego se hizo correo al encuentro del padre Juan María de
Salvatierra, que había salido de Guadalajara a 26 de octubre y el correo, errando a dicho padre en
el camino a Guadalajara, a 1 de noviembre, y luego volvió para México y no se duda que ya el
padre Juan María de Salvatierra es provincial.” Hasta aquí, el P. Marcos Antonio Capuz.
CAPÍTULO IX.— Carta del capitán don Gregorio Álvarez Tuñón y Quirós de que, recorriendo
las fronteras, viene a esta Pimería, y Pascua de Navidad que tenemos en el nuevo pueblo de
Nuestra Señora del Pilar de Cocospera en 17 de septiembre deste año de 1704
El capitán don Gregorio Álvarez Tuñón y Quirós, desde su Presidio de Corodeaguchi, me
escribió la carta siguiente: “El haber diferido a la de V. R. ha sido por no habérseme podido
lograr el pasar yo personalmente a dar las gracias a V. R. por el servicio que a S. M. quiere hacer
en que me acompañen los Pimas para la campaña, y ahora, aunque estoy esperando dos correos,
uno de México y otro del Parral, he determinado salir a reconocer lo de Terrenate y llegar a este
pueblo de V. R. de Cocospera, en donde espero nos veremos y comunicaré si mi celo es el que
los Pimas estén bien opinados y me ha parecido despachar a los portadores para dar este aviso a
V. R. y que la adjunta se sirva de despacharla luego al teniente de esos Pimas, a quien cito
también para que nos veamos en dicho pueblo de Cocospera y saldré de aquí, Dios mediante, sin
falta el jueves. Suplico a V. R. me prevenga cinco cargas de harina.” Hasta aquí, el capitán don
Gregorio, en la carta que me despachó con dos soldados y para que se lograra mejor la buena
disposición de esa entrada y campaña que determinó hacerla en compañía de muchos pimas.
A 25 del próximo siguiente mes de enero determiné el pasar y pasé a tener las fiestas de la
Pascua de Navidad a mi tercer pueblo de Nuestra Señora del Pilar de Cocospera, adonde
concurrió el dicho señor capitán don Gregorio Álvarez con muchos soldados y el señor teniente
de esta Pimería y yo, y acudieron a la solemnidad de dicha Pascua y a la muy buena iglesia y
casa de dicho pueblo no sólo los naturales de mis tres pueblos, sino también un grande concurso
de capitanes y gobernadores de tierra adentro, así del norte como del nordeste y del noroeste.
Hubo todos los oficios que se estilan en las buenas parroquias; se predicó en la lengua de los
naturales y en castellano; hubo muchas confesiones y comuniones, entre ellas la de señor capitán
don Gregorio, que, con su buen ejemplo, edificó y animó a otros a frecuentar estos santos
sacramentos. Hubo buena capilla de cantores, se catequizaron y bautizaron muchos naturales y
hubo casamientos in facie eclessie, con bailes y fiestas y buenas comidas para todos, y se
determinaron muchas cosas provechosas para el bien y adelantamiento destas muchas
conversiones, y para el bien de esta provincia, aunque no faltaron sus acostumbrados obstáculos;
el uno de ellos fue el que me escribió el teniente del real de Bacanuchi en carta del 26 de
diciembre con estas palabras: “Pongo en noticia de V. R. de cómo los enemigos de Mabobabi le
salieron a dos soldados, Juan Mazón y Antonio de Barrios, y a un indio que llevaba ropa para el
padre Basilio, y ejecutaron su traición; como siempre, mataron a los dos soldados y el indio se
escapó por obra de Dios y se llevaron la ropa y los despojos de los soldados y los caballos; dicen
entran rastros de enemigos por Chinapa y Monte Grande.” Hasta aquí, el señor teniente de
Bacanuchi, Cristóbal Granillo de Salazar.
CUARTA PARTE
[1705-1706]
PRÓLOGO
AL BENÉVOLO LECTOR
Habiendo escrito las tres antecedentes partes destos favores celestiales tres años ha, así con
las muchas ocupaciones como las varias contradicciones y oposiciones que Nuestro Señor ha
permitido hubiese en estas nuevas conversiones con la duda del paradero, que podían venir a
tener o si habían de servir o no estos papeles, se suspendió la pluma en escribir la prosecución
deste tratado, hasta este presente año de 1709, cuando recibo nuevas cartas, así de nuestro padre
general, Miguel Ángel Tanburin, como de otros padres y personas graves que me motivan a
proseguir en esta empresa. La muy paternal santa carta de nuestro padre general contiene estas
palarbas: “Muy mucho me alegro que V. R. continúe su tratado de esas misiones con el título de
favores celestiales de que nos envió acá la primera parte, las otras dos que V. R. ofrece espero y
que todas ellas se aprueben en México para que salgan a luz las noticias que V. R. me da. Me
llenan de gozo y deseos de corresponder a las ansias y gloriosos trabajos de V. R. y de sus
compañeros de acá. Las guerras, etc., nos tienen detenidos los misioneros.” Hasta aquí, nuestro
padre general. Y el padre Fernando Bayezca me escribió estos días que acababa de recibir un
nuevo libro, impreso en París en lengua francesa el año 1705, con su nuevo mapa de estas nuevas
conquistas y nuevas conversiones y de sus nuevos descubrimientos con este epígrafe: Pasaje par
terre a la Californie decouvert par le R. Père Eusebe Francisco Kino Jesuytc enconboyt, encore
les nobeles missiones de cè PP. de la Compañía de Jhesús, holgándose mucho del
descubrimiento del paso por tierra a la California. La venida del padre visitador de Taraumares,
Antonio de Herrera, a estas misiones de Sonora y a ese pueblo de Nuestra Señora de los Dolores,
quien se sirvió de consolamos y animamos muy mucho, haciendo muchos bautismos y
casamientos y prometiendo a los capitanes y gobernadores de tierra dentro que aquí estaban los
padres misioneros que con tiernas instancias le pidieron; el haberme escrito en su visita el padre
Francisco Paría Picolo estaba S. R. con muy grandes y muy ciertas esperanzas que, al paso que
eran muchas las persecuciones de la California y de esta Pimería, habían de ser muy favorables
sus fomentos y adelantamientos, que siempre así todos los siguieron mayores, y con especialidad
el actual padre provincial Juan de Estrada, como otros padres graves y otros muchos religiosos
de otras religiones y otros señores seglares han sido del mismo dictamen que estas nuevas
conversiones a su tiempo habían de tener muy grandes adelantamientos, que, aunque en el
espacio de veintitrés años que hace se dio principio a estas nuevas misiones, no han venido y
llegado los muchos padres que se necesitaban; los padres provinciales siempre los han enviado y
la contradicción humana los quitó o quita. La Divina Soberana Providencia de Nuestro Señor,
como escribe el padre Francisco María Picolo y lo ha confirmado el padre visitador Horacio
Polici, sabrá a su tiempo enviar los padres predestinados y escogidos para tan dichoso ministerio
del bien de tantas almas, porque, aunque por acá ha habido y hay la referida oposición, todas
estas muchas conversiones están siempre en una muy continuada paz y quietud, con la muy
constante perseverancia de desear y pedir padres misioneros y el santo bautismo, y gracias al
soberano Señor, con prosperidad se va dilatando siempre más y más la enseñanza de la ley santa
de nuestra santa fe católica y crecen en gran número los catecúmenos y los pretendientes de
recibir el remedio de su eterna salvación.
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO IV.— Manifiesto desengaño de que no hay el menor rastro del fingido alzamiento
que se decía ni entre los referidos capitanes ni en otro alguno de esta Pimería, así de las cartas
y certificaciones del general Juan de Retoño como las del señor alcalde mayor de esta provincia
se saca el desengaño y la calumniosa falsedad del alzamiento, y la inocencia destos capitanes
pímicos de esta Pimería
El general Juan de Retana, capitán del presidio de San Francisco de Conchos, habiendo
venido a esta provincia de Sonora en 25 de marzo, me escribió lo siguiente: “Con el capitán
Cristóbal Granillo de Salazar envié a V. R., y también a los hijos pimas, y en particular a las
cabezas, mis muy íntimos saludos por hallarme entendiendo en este presidio y provincia en cosas
del servicio de S. M., por orden del excelentísimo señor virrey, duque de Alburquerque. Mucho
agradezco a V. R. las memorias de los pimas y también de los de tierra adentro, a quienes se las
retorno con todo afecto y suplico cuando puede, que por lo que me notició el padre Leal, con el
celo que le asiste a V. R., del servicio de ambas Majestades y el bien y quietud de estos naturales
el despachar de mi parte mensaje al capitán Coro, asegurando de parte del señor gobernador
deste reino, y de la mía en su nombre, que será atendido y amparado de nuestra parte si hubiere
remedio; él o los suyos algún agravio del teniente o de otros españoles, y siendo cierto se
transpusieron contra su voluntad unos indios a otro pueblo, no siento bien del caso.” En 2 de
abril me escribió el señor alcalde mayor don Miguel de Abajo lo siguiente: “Acabo de llegar a
este valle de Bacanuchi, y en mi compañía doce soldados, pues con las noticias y cartas así del
muy reverendo padre visitador como de otras personas de hacia estos países, me ha sido preciso
salir intempestivamente de mi casa, con bastante pesar y disgusto por el mucho que ha
ocasionado la noticia de alzamiento de esta nación Pima en toda la tierra; pero habiendo llegado
a este valle he hallado una de V. R. escrita al general Juan Matheo, con cuyas noticias quedo
muy gustoso, y porque pasado mañana espero llegar a ponerme a la obediencia de V. P. R. en el
pueblo de Cocospera, a donde estimaré a V. R. me mande llamar al capitán Coro y sus cabezas y
todos los demás gobernadores, a quienes tengo y deseo de hablar y ver a V. R. con toda salud;
que Nuestro Señor se las guarde.” Y dos días después, en 4 de abril, me escribió su merced lo
siguiente: “Acabando de llegar a este pueblo de Cocospera, a donde he recibido la de V. R., y
con ella y ver a los indios significó a V. R. he tenido especial consuelo; pésame no haberle tenido
con V. R., y para lograr esta dicha, cuanto antes quisiera me concediese V. R. una súplica de
parte de todos estos señores soldados y vecinos del valle de Opodepe y mía, y que respecto de
traer la caballada postrada y haber llegado tarde, no he pasado determinar pasar esta tarde, y sí
mañana, día Domingo de Ramos, nos hiciera caridad a Nuestra Señora de los Remedios tuviera
de más a más consuelo espiritual de la misa; que si pudiéramos pasar a Nuestra Señora de los
Dolores esta molestia; pero es imposible, y porque todos fiamos en la mucha caridad de V. R.
merecerle este favor, pediremos a Nuestro Señor nos guarde a V. R. muchos años.” Hasta aquí el
señor alcalde mayor y los señores vecinos del valle de Opodepe, que con el pasado señor teniente
Juan Díaz de Terán, por esta parte del poniente, también habían entrado a juntarse con los
soldados que habían venido, y había de venir de vuelta de Bazera y Janos a sosegar el sonado
alzamiento que se halló ser quimérico, porque habiendo yo entrado a Cocospera llamé, y vino
luego, el capitán Coro con su muy amigable gente, y el capitán Pacheco y el gobernador de
Cocospera lo hallaron allí con su gente quietísimos, y nos vinimos todos amigabilísimamente a
tener la Semana Santa y la santa Pascua de Resurrección a este pueblo de Nuestra Señora de los
Dolores, que todo se celebró con toda solemnidad y con grande concurso, así de muy
muchísimos españoles y soldados como de la muy numerosa gente que concurrió de tierra
adentro a las procesiones de penitentes de la Semana Santa y cumplir todos con la Iglesia. Y
luego despaché con carta mía los capitanes que tan injustamente se habían tenido por alzados a
que pasasen personalmente a ver al señor general Juan Francisco de Retana, como pasaron, y su
merced, en 21 de abril, me escribió lo siguiente: “Ayer, 20 del corriente, recibí las dos de V. R.,
de 7 y 15, con los capitanes y gobernadores Francisco Pacheco y el Coro, llamado Antonio Leal,
con quienes doy respuestas a las dos referidas. Mucho estimo las noticias que V. R. se sirve
darme de hallarse en toda paz y quietud toda la nación Pima, y lo mismo me aseguran los
cabezas Francisco Pacheco y el Coro, y sin duda que tendría V. R. mucho gusto con la
concurrencia del señor alcalde y vecinos de Opodepe y soldados, y de la mucha Pimería de los
inmediatos a estos pueblos y gentiles de tierra adentro a distancias largas en la Pascua, y a todos
agradezco los saludos que en la de V. R. me envió, a quienes suplico a V. R. se las retome de mi
parte con todo afecto que les asistiré en lo que se ofreciere. Así les he asegurado a Pacheco y al
Coro, a quienes les he dado las hablas convenientes para su quietud y conservación debajo de la
obediencia de S. M., que Dios guarde; asegurándolos lo mismo de parte del señor gobernador y
capitán general de este reino; y todos nos hallamos con el conocimiento de las muchas entradas
que V. R. ha hecho a dicha nación y a las demás contiguas a ella, y también del copioso número
que se compone con los ánimos dispuestos a recibir el agua del santo bautismo, efectos todos del
gran celo y trabajo de V. R. en el bien de esas almas; asimismo quedo enterado de los correos
que V. R. tuvo enviados por la nación y capitán de Quiquimas, que vive en Río Colorado, y
remitió a V. R. las conchas azules de la contracosta, con la noticia de haber descubierto paso por
tierra a la California, de que me alegro, y en el valle de Sonora podremos concurrir e informar. A
Pacheco y al Coro les he hecho el agasajo y regalo que permite este retiro, y sólo siento el que no
me cogiesen en mi presidio para hacer la demostración que acostumbro con tales cabezas en
regalos. Hasta aquí el general Retana y dicho regalo con mucha caridad y con muy cristiana
enseñanza; así a estos dos capitanes pímicos como a los demás hijos que fueron en su compañía
mucha ropa con paño, sayas, sombreros, cuchillos, listones, bayetas, y volvieron muy contentos,
consolados, edificados, así ellos como toda la nación. En otras muchas cartas me escribió su
merced mil finezas, y que se quitaría al indiscreto teniente, por lo mucho que conviene se
excusen quimeras, que perturban a los hijos, siendo como su merced dice, en perjuicio de las
almas, impidiendo por ello la venida de los padres ministros evangélicos. También hubo las
certificaciones jurídicas del señor alcalde mayor y del mismo teniente del buen estado de la
Pimería, y que en ella no les vio el menor rastro del soñado y calumnioso alzamiento.
CAPÍTULO V.— Cartas de dos padres visitadores que afianzan el referido desengaño,
acompañado del buen estado de esta Pimería
Al padre visitador Antonio Leal, con el nuevo gobierno del padre provincial Juan María de
Salvatierra, le vino a suceder el padre visitador Francisco María Picolo, que entrambos muy bien
y muy verídicamente informados, así de las reales justicias como de diferentes padres, me
escribieron las dos cartas siguientes. El padre visitador Antonio Leal, en 1 de abril, desde
Banamichi, ya de noche, según decía porque el día siguiente iba a tener la fiesta de Nuestra
Señora de los Dolores, escribe así: “Doy a V. R. muchas y muy repetidas gracias por esta carta
de tan buenas, alegres y gustosas noticias, porque estábamos acá, y toda la provincia está, con
gran cuidado de lo que habían escrito del Coro. Dios le pague a V. R. y conserve al dicho Coro
en su santa gracia y santa fe. El señor alcalde mayor me escribe que ya enviaba a quitar al
teniente estando buena la Pimería. No dudo que el padre visitador nuevo, Francisco María Picolo
(que esta Semana Santa estará en Matape), pondrá allá los dos padres nuevos, aunque con las
noticias pasadas, que ya habrán llegado hasta el real de los frailes, Sinaloa, vendrán con algún
recelo. Otras muchas veces estimo a V. R. tan buenas nuevas y que estén tantos hijos en venir a
tener la Pascua con V. R., a quien las conceda Nuestro Señor tan alegres y buenas, como buena
noche me ha dado y da V. R., y le ruego que en sus santos sacrificios me encomiende a Nuestro
Señor. Bananchi y abril 1, noche.”
Hasta aquí el padre visitador Antonio Leal.
Y el padre visitador nuevo, Francisco María Picolo, desde Matape, en 14 de abril, me
escribió lo siguiente: “Hoy, con cuánto gusto y consuelo recibo las dos gratísimas de V. R., por
las noticias que me dan de la salud de V. R., a quien Nuestro Señor se la prospere para muchas y
felices Pascuas de Resurrección, y por el consuelo que V. R. me da del estado de la Pimería, pues
las voces siniestras que corrían me pusieron en algún cuidado, aunque me había sosegado con las
cartas del padre Antonio Leal; ahora, con las de V. R. quedo consolado. Sea Dios bendito y me
dé gracia de ver a V. R. con salud y nuestra Pimería alegre y quieta, a pesar del demonio que
busca ruidos, se han de asentar y adelantar esas apostólicas Misiones; tenga V. R. aguante y
paciencia, que confío en el Señor que todo se ajustará y compondrá, y las tramoyas de todo el
infierno contra la Pimería non prebuleynti. Mañana, miércoles, siendo Dios servido, pasaremos a
los Ures, y tomo ese rumbo por verme cuanto antes con V. R. y con mi padre Jerónimo Minuteli,
a quien saludo de corazón.” En 29 de abril, desde Guepaca, me escribe S. R. lo siguiente: “No
quisiera escribir, sino hablar, os ad os, con mi deseado padre Eusebio Francisco Kino. Me hallo
ocupadísimo, y me alegro que mi querido padre Jerónimo es carta viva, y estoy enterado de lo
sucedido: Dios quiere mucho a esas almas. El demonio, por más alborotos que ponga, non
preciale vite. El padre Goñi escribe que el padre Juan María de Salvatierra, por junio, pasará a
California, habiendo primero vigilado la provincia. Aguardo al general Juan de Retana, que me
ha citado para el día 7 de mayo.” Con esta carta de 7 de mayo de S. R., y con otra del general
Juan de Retana, pasé al valle de Sonora a encontrar a S. R. y a informar de todo y de la gustosa y
solemne Pascua y Semana Santa que habíamos tenido de los padres que necesitábamos y se nos
prometieron: pero la acostumbrada contradicción de siempre estorbó su venida el día de hoy ya
por espacio de veintitrés años, como diré en el capitulo siguiente.
CAPÍTULO VI.— De los muy grandes y lastimosos atrasos del bien de las almas, que, los
calumniosos siniestros informes y falsos testimonios han causado en estas nuevas conversiones
Al fin y remate del antecedente capítulo IV deste libro, uno desta cuarta parte, “destos
favores celestiales” dice muy cristianamente en su prudentísima carta que conviene muy mucho
se excusen quimeras que perturban a los hijos, pues son, como su merced muy católicamente
dice, en perjuicio de sus almas, pidiendo por ellas la venida de los ministros evangélicos, y es la
simplísima verdad, que en medio de otros mil favores celestiales, que por otros caminos,
continuadamente con estas nuevas conquistas y nuevas conversiones, nos ha hecho Nuestro
Señor, hemos experimentado este lastimoso atraso de que por estos siniestros informes y por sus
porfiadas contradicciones y muy injustas oposiciones, ya por espacio de veintitrés años no han
venido los padres misioneros, que tanto se necesitan y tantas y tan repetidas veces, nos han
prometido y aún enviado los superiores mayores, como diré primeramente con estas quiméricas
contradicciones y calumniosos informes de fingidos alzamientos que acabo de referir y lo
refieren las cartas que alego en estos capítulos antecedentes, nos estorbaron lastimosamente la
venida de los dos padres que se nos enviaban, y como refiere la carta del padre visitador Antonio
Leal, en el capítulo III desde libro primero, que venían caminando, ya estaban en Culiacán, y
ninguno de ellos llegó a estas nuevas conversiones.
II. Se ha divulgado, y es cosa cierta, que por semejantes contradicciones e informes siniestros
y pleitos que nos han metido los desafectos, no quedaba ya bien poblada de padres misioneros
toda esta dilatada Pimería.
III. Muy muchos padres se nos ha enviado en tiempo de todos los padres provinciales, que en
estos veintitrés años ha habido y siempre los ha estorbado la referida contradicción y oposición
de los siniestros informes de los desafectos: así nos envió siete padres misioneros, para estas
nuevas conversiones, el padre provincial Diego de Almonacid, según S. R. lo escribió a Roma, a
nuestro padre general Thirso González, y su paternidad de Roma me le escribió a estas nuevas
conversiones, y no llegaron acá los padres.
IV. Cuando trece años ha pasé a México a conseguir padres para esta Pimería, el padre
provincial Juan de Palacios me señaló y dio cinco padres, con muy buenas esperanzas; que
después me enviaría otros más, así que en breve acabasen de ordenarse y saliesen de tercer año
de probación, y hemos quedado sin ellos y estamos necesitándolos hasta el día de hoy. Todos los
demás padres provinciales nos han enviado padres misioneros, y me los nombran en sus santas
cartas; pero no han llegado acá. Pocos años ha, un parte provincial me envió cuatro padres
nuevos juntos para estas nuestras conversiones, que llegaron con felicidad hasta Sinaloa y
Conicari; y la acostumbrada contradicción envió los siniestros informes de que la Pimería estaba
alzada. Se me dio parte desto desde Conicari, con el sentimiento de tanta desgracia, en tiempo de
la venida de cuatro padres misioneros; despaché propio y testigo ocular, que acababa de hacer
conmigo una entrada de más de ciento y setenta leguas, hasta Conicari, y avisé de cómo no había
el menor rastro del más leve alzamiento; pero ya, entre tanto, los cuatro padres se habían
acomodado en otras partes de por allá, y se había dado parte de ello al padre provincial, y
ninguno de los cuatro padres que nos había enviado el padre provincial, por los acostumbrados
siniestros informes de la contradicción de siempre, llegó a estas nuevas conversiones que tanto
los necesitan; nuestro padre general Miguel Angel Tamburini, en carta muy paternal y finísima,
que estos meses recibí, me dice tiene días ha prevenidos padres misioneros para enviar a estas
nuevas conversiones, que sólo quedan detenidos por las guerras y peligros de los mares. No
obstante, me dicen que ya algunos han llegado a México, a donde ya hay sujetos que enviar; pero
que les falta el avío para el camino y por acá; actualmente tratamos de enviar algunas mulas y
algunos pesos para esta ayuda de este gasto, que acá tenemos Misiones incoadas con
prevenciones de casas, de trigos y maíces, ganado mayor y menor y tierras de pan llevar y
fertilísimas, y esperamos en la muy amorosa gran providencia de Nuestro Señor, que con los
padres misioneros que no han venido hasta ahora vendrán a su tiempo en mayor y más cumplido
número, y pues Nuestro Señor se sirve de darnos tan a manos llenas tan copiosas y sazonadas y
tan maduras mieses, de tan dilatadas nuevas naciones que son de 200 y más leguas desta
América Septentrional, que no discurríamos mal el padre visitador Manuel González y yo
cuando veinte y dos años ha decíamos que habíamos de necesitar de cincuenta padres misioneros
operarios para estos tan dilatados campos de esta América Septentrional, que entonces teníamos
acá vista y ahora, gracias al Señor, la tenemos muy doméstica entre manos; y desde entonces,
desde Oposura, partido que administraba dicho padre Manuel González, a donde fui a ver y
comunicar las cosas con S. R.; veinte y dos años ha que escribimos este punto, y que a su tiempo
necesitaríamos 50 padres misioneros a nuestro padre general a Roma, y parece que, gracias al
Señor, se nos van ya cumpliendo en la mayor parte nuestros deseos con especialidad, por cuanto
con grandísimo consuelo nuestro nos acaba de escribir nuestro padre general Miguel Ángel
Tamburini que no nos hemos de persuadir, que pues Nuestro Señor en tiempos tan batidos nos da
los felices descubrimientos de tantas nuevas naciones y de tantas almas, no ha de ser para que las
veamos perderse y condenarse, sino para darnos medios y fuerzas de sacarlos de sus montes y
meterlas en pueblos, iglesias, y que se salven.
LIBRO II
CAPÍTULO PRIMERO.— Venida del padre visitador Francisco María Picolo a este primer
pueblo de Nuestra Señora de los Dolores, donde tiene la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor
Habiendo pasado al valle de Sonora, de vuelta vino conmigo el padre visitador Francisco
María Picolo a este valle de Opodepe y de Nuestra Señora de los Dolores, y habiéndose S. R.
quedado por unos pocos días en la visita de los tres pueblos del padre rector Melchor de
Bartiromo: Opodepe, Tuape y Cucurpe, en 18 de mayo me escribió S. R. la carta siguiente: “Con
mucho gusto mío recibo la gratísima de V. R. por la noticia que me da de su buena llegada a su
santa casa y Misión; Nuestro Señor se la prospere según mis deseos y para mucho bien de esos
muy deseados hijos, a quienes espero ver miércoles por la mañana, siendo Dios servido; y
ponerme a la obediencia de V. R. Saldré, pues, víspera de la Ascensión del Señor. Con lo cual
vino S. R. a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores a donde tuvimos con mucho consuelo
y con mucho concurso de muchos naturales, capitanes y gobernadores, que algunos habían
venido de tierra muy adentro a la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor, en la cual S. R. cantó
la misa solemne, con la buena capilla de cantores que aquí había, y en ella predicó a los hijos en
lengua pima un fervoroso sermón.” Tratamos de la conversión desta dilatada nación y de sus
confinantes y del socorro de la California, prometiéndonos S. R. muchos padres. Gustó S. R. de
ver esta buena y capaz iglesia, con buenas campanas y ornamentos, buena casa y buena huerta. A
los tres días pasamos a la cercana Misión de San Ignacio, que la administraba y la administra
todavía el padre Agustín de Capuz, el cual nos vino a encontrar a más de la mitad del camino y
en su segundo pueblo de Santa María Magdalena, a donde estaba fabricando la iglesia y la casa.
Nos recibió con todo agasajo, y volviéndome yo a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores,
pasó después de pocos días el padre visitador, con el padre Agustín de Capuz, camino de 15
leguas al poniente, a la Misión de San Pedro y San Pablo del Tubutama, que la administraba y la
administra el padre Jerónimo Minuti, cuyo segundo pueblo es Santa Teresa de Caborca, y el
tercero, San Antonio del Uquitoa, y en todas partes se estaba fabricando, habiendo ya tomado a
mi cargo la fábrica de la iglesia de San Pedro y San Pablo del Tubutama, por tener gracias al
Señor, acabadas ya las tres iglesias de los tres pueblos de mi administración y desde San Pedro y
San Pablo del Tubutama, en 31 de mayo, me escribió el padre visitador la carta siguiente:
“Prospere Nuestro Señor la salud de V. R. según mis deseos, a cuyos órdenes queda la mía para
servir a V. R. Recibí cartas del padre provincial, y tenemos que hablar; el padre rector Bartiromo
me dice que, por ahora, no se puede hacer la Junta que decíamos, aunque venga S. R. para la
fiesta del Corpus a Nuestra Señora de los Dolores, como también irá el padre Agustín el
miércoles; siendo Dios servido, estaremos de vuelta en Santa María Magdalena. El padre
Agustín y el padre Jerónimo saludan a V. R. de corazón. Me alegraré haya V. R. tenido el día de
Pascua de Pentecostés con todo consuelo. Sea para muchos años. Tubutama, y mayo 31 de 1705.
Humilde siervo y todo de V. R., Francisco María Picolo.” Después vino S. R. al pueblo de Santa
María Magdalena, de donde, en 3 de junio, me escribió que así S. R. como el padre Agustín
deseaban venir a ver mis nuevas iglesias y a tener la fiesta del Corpus, y pasó al pueblo del
medio, que es San Ignacio, y al tercer pueblo, que es Señor San José de Imiris, adonde yo fui a
encontrar a S. R., de donde, en compañía del padre Agustín, vinimos al segundo y tercer pueblo
de mi administración, que son Nuestra Señora de los Remedios y Santiago, con Nuestra Señora
del Pilar de Cocospera, a donde se holgaron los padres de ver las dos buenas y capares nuevas
iglesias con sus cruceros, la una y la otra; y entrambas se habían dedicado en una misma semana,
poco más de un año antes. Vinimos a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores, a donde
concurrió también el padre rector Melchor Bartiromo, y con el concurso también de muchos
españoles de los cercanos reales de minas y de muchos naturales de aquí cerca y de tierra
adentro. Tuvimos una solemne fiesta y procesión de Corpus, con una custodia de plata dorada,
que estos años pasados había dado de limosna a esta nueva Misión de Nuestra Señora de los
Dolores el padre Felipe Esgrecho, y el año siguiente compré otra custodia o viril muy bueno en
Matape, con trigo desta fértil Misión.
CAPÍTULO II.— El padre visitador se vuelve al valle de Sonora, y cartas finísimas que S. R. y
su antecesor me escriben
Después de su santa visita de estas nuevas misiones y de la solemnidad de la fiesta y
procesión del Corpus, tomó el padre visitador la vuelta para Sonora y para la visita de las demás
Misiones de esta provincia, y salimos los cuatro padres a tener la misma fiesta la dominica
infraoctava en el cercano pueblo de Cucurpe, y volviéndonos el padre Agustín y yo a Nuestra
Pimería, el padre visitador pasó a Saracachi, estancia de Cucurpe, para donde le envié unas
menudencias, y S. R., en 15 de junio, me escribió la carta siguiente: “Recibo la gratísima de V.
R. con la noticia de la llegada a su bellísima Misión de Nuestra Señora de los Dolores, que la
lleva impresa en mi corazón, con todas las demás de la Pimería; prospere Nuestro Señor la salud
de V. R. para muchas y grandes cosas de su mayor gloria; yo quedo para servir a V. R. en
cualquiera parte, viviendo muy agradecido a V. R., no tanto por los favores, cariño y agasajos
que he recibido en esas santas casas de V. R., cuanto por el amor que debo y tengo de corazón a
V. R. y merecen sus raras y religiosas prendas de V. R., Recibí el vino y la fruta de aquella
fecunda huerta; vívame V. R. muchos años; los regalos de V. R. todavía me van acompañando, y
parece su huerta, viene tras de mí, con sus frutas bellísimas; en verdad que sus albaricoques me
han sabido en Saracachi, quizá por la despedida.” Hasta aquí el padre visitador Francisco María
Picolo. Caminando para el valle de Sonora, y su antecesor el padre Antonio Leal, en 27 de junio,
me escribió lo siguiente: “Los días pasados escribí a V. R. muy de prisa, aunque muy gustoso,
como lo recibo ahora con el mismo gusto y consuelo, así por el que V. R. me escribió que tenía,
como por lo que el padre visitador me dijo que quedaba toda la Pimería como un cielo pacífico,
como un querer y un no querer de todas las voluntades de mis amantísimos padres, y V. R., muy
gustoso y alegre, que de verdad me ha sido grandísimo consuelo. Espero en Nuestro Señor que
ahora correrá a pasos largos la cristiandad de esa mi feliz nación, si bien el demonio, que lo
estorba, buscará y hallará otras causas y caminos por procurar lograr su intento; pero espero en
Dios que nada ha de prevalecer, sino la sangre de Cristo, para ese fin derramada y lograda por
trabajos y diligencias de V. R., y de todo doy a V. R. muchos plácemes, en especial de lo gustoso
que había venido el padre visitador, y harto me hubiera de gustar que V. R. hubiera podido pasar
hasta por acá.” Hasta aquí el padre Antonio Leal, y como en esta pímica visita del padre visitador
Francisco María Picolo le vino carta de las islas Marianas, con otra de la gran China y de
aquellas Misiones, juntaré en dos capítulos sus noticias con estas noticias destas nuevas Misiones
de por acá.
CAPÍTULO III.— Cartas que de las islas Marianas y de la gran China en este mismo tiempo de
esta referida visita del padre visitador llegan a estas nuevas Misiones pímicas
El padre Antonio Cundari, misionero de las islas Marianas desde el año antecedente de 1704,
en 9 de mayo me escribió la carta siguiente:
“Mi padre Francisco María Picolo, P. C.
Finalmente, al cabo de tantos años, he tenido la dicha de ver la primera carta de uno de tantos
padres de Sicilia como hay en las provincias de la ciudad de México y ha sido la de V. R., que he
recibido al pasar la nao de China el año pasado, su fecha en 20 de octubre de 1700. Mucho ha
sido el consuelo de saber de la salud de V. R. y el logro de sus trabajos en esta Misión, que
parece irá segundo genita de la Mariana, por las contradicciones y dificultades para entablarlas
yo; con mi pobre juicio y corta experiencia he aprobado mucho el tiempo que V. R. ha tenido, así
en no darse prisa en los bautismos de los adultos, en lo que se faltó no poco en esas Misiones, y
ha causado muchos escrúpulos y confusiones de retirarlos, y al mismo paso nos hemos ido
desengañando en lo demás, habiendo visto la inconstancia de los naturales, tan fáciles en dejarlo
todo y volverse a lo mismo, particularmente en sustrayéndoles o en faltándoles ministros. Estimo
las noticias de los padres, conocidos con las memorias del padre Salvatierra y del capitán don
Juan Romero, de quien no está aquí olvidada la memoria, y nos hemos alegrado todos, y se las
retomamos tiernísimas: escribí sus memorias de V. R. al padre Muscati, el cual días ha está solo
en la isla de Rota, administrando aquellos isleños; yo, a mi modo, lo paso con buena salud;
quiero decir con lo que baste para el ministerio con la enfermedad que Nuestro Señor me ha
enviado; puedo decir a la vejez, pues estoy para cumplir cincuenta años (a los cuales nunca
imaginé llegar) de mal de piedra.
A la hora de ésta habrán salido de la barra de Agaña unas embarcaciones de los naturales,
con un cabo español, y algunos soldados para dar una vuelta a las islas remotas de Gañí, ya
despobladas para barrer con la gente, que después se ha sabido haberse escondido o vuelto atrás,
que llegarán a unas trescientas almas. Nuestro Señor prospere la jornada.
El año pasado, el Jueves Santo, murió después de la plática de la Pasión el padre Basilio,
ministro de Umata, sujeto de grandes prendas, y singularmente benemérito de esta Misión, y de
grande virtud, al cual sucedió el padre Antonio de Arias, que con otros dos padres de México,
que venían en la nao para Filipinas, y se quedó solo el padre Arias para suplir esta falta. He
tenido noticias de los paisanos también el año pasado el día del Corpus, habiendo ido el
gobernador a registrar la tierra de Insahan, en donde se estrenará una nueva iglesia levantada por
el padre Juan Firmaizén, de excelente madera y bien labrada; la consumió el fuego de un tajo de
un mortelete que se disparó a la gloria, y apenas se escapó el padre con la custodia. La desgracia
y la pérdida fue muy considerable en estas partes, y mucho más en la falta presente, por no haber
venido dos años arreo el patache de Manila, que nos causa muchas necesidades; el capitán
Romero no dejará de gustar de saber alguna cosa del campo. Ya los soldados casados llegan a
ciento, y habrá una colonia de mestizos; está para acabarse una casa del gobernador, tan
grandiosa que ha de servir en tiempo de necesidad de fuerza y de plaza de armas para todos; todo
de madera y que es como hierro, y el techo de azotea, para que no pueda prender el fuego
arrojadizo.
Ahí mismo se está labrando iglesia y casa de los padres de la misma materia. Las vacas más
mansas pasan de quinientas; bastantes bueyes al acarreo, caballos y cabras y, finalmente, los
borricos han multiplicado, de modo que se van repartiendo, y yo he tocado una jumentilla, con lo
cual puedo visitar todos los ocho pueblos que administro en breve distancia, sin la antigua
penalidad de andarlo a pie.
Hay en esta Misión diez sacerdotes, dos hermanos, repartidos en esta forma: en la isla de
Ceipán, uno; otro, en Rota: cinco, en otras tantas residencias de esta isla de Guahan. Uno cuida
de los colegios de niños y niñas y del campo. Y el padre, viceprovincial, que al presente es el
padre Gerardo Goubens, y además de setenta años, pero más fuerte que todos juntos. En cada
partido manda inmediatamente uno como alcalde, y todos son españoles reformados, sin otro
soldado, los cuales están todos en la cabecera, saliendo a veces el sargento mayor con unos
cuantos a dar unas vueltas por los pueblos. Yo escribí que no tenemos otra ocupación, pues todos
están bautizados, que irlos adelantando. V. R. nos ayude con sus santos sacrificios y oraciones, a
los cuales me encomiendo, rogando a Nuestro Señor guarde a V. R. muchos años. Merizo, y
mayo 9 de 1704 años. Muy siervo de V. R., Antonio Cundari”
Asimismo, en este mismo tiempo, vino a estas nuevas Misiones la carta del padre Van
Hammé, insigne misionero y matemático de la gran China, que nos escribió al padre rector
Adamo Gilg, y a los demás padres conocidos, que cuando estos años pasados, por los superiores
fue enviado desde estas nuestras Misiones americanas de Taraumares a las asiáticas de la gran
China, se despidió escribiéndome una carta muy fina, en la que nos escribió a los padres
americanos, conocidos y amigos; daba S. R. a entender que había llegado con prosperidad a ese
grande Imperio de la gran China; que pero las cosas de nuestra santa fe tenían sus dificultades y
rémoras, así por algunas discordias con los obispos y seglares, ministros de propaganda, como
porque era menester valerse de unas dádivas de necesarios presentes, como de unas piezas de
telas ricas a los mandarines, para poder conseguir la licencia de predicar nuestra santa fe católica,
y dándonos a entender lo que había conseguido con su mucho trabajo de todo aquel año; en
espacio de más de 60 leguas de muchas pobladísimas ciudades se reducía a que había convertido
a nuestra santa fe y bautizado una tártara vieja, y con razón hizo reparo el padre visitador
Francisco María Picolo, que por acá, por la divina gracia en estas nuevas conversiones
americanas, en particular cuando vengan los padres necesarios, podrá casi cada uno hacer al pie
de mil bautismos cada año, y para eso pondré el capítulo siguiente.
CAPÍTULO IV.— Cotejo de estas nuevas Misiones americanas, de esta América Septentrional
incógnita, con las Misiones asiáticas de las Marianas y de la gran China
Aunque, como se suele decir, omnis comparado est odiosa, mi intento aquí no es más que
cotejar algunos favores celestiales de por acá con los que también Nuestro Señor concede por
allá, que como lodos vienen de una misma divinísima mano, todos son muy amorosos y sin la
menor mezcla de odio, o pesar, o amargura alguna, y siempre quedan muy conocidos, muy
innegables y muy envidiables las grandezas y glorias de tantas y tan apostólicas y tan heroicas y
santas Misiones asiáticas, acompañadas de tantos y tan gloriosos mártires, y sublimísimos
triunfos de nuestra santa fe católica; y sólo nos quedará el muy lícito y provechoso
emulaminicarismata meliora, y el desear y pedir que también a estas dilatadas nuevas mieses les
vengan los necesarios operarios, solicitando el cumplir con lo que a todos nos corre de
obligación. Rogate Dominus messis et mitat operatos in messem suam; y también Quia parvuli
petietum panem et non erat qui frangeret eisi.
I. Tenemos, pues: primero, la mayor oportunidad, por la mayor cercanía, que estas nuevas
conquistas, y nuevas conversiones, y nuevas Misiones americanas de esta América Septentrional
incógnita tienen a la Europa, a Cádiz, a Sevilla, a Madrid, a París y a Roma, y pueden ser como
escala para pasar a las muy grandísimas Misiones asiáticas, de las Marianas, de la gran China; y
cuando Dios sea servido, a las del Japón y gran Tartaria, como las nuevas conquistas y nuevas
conversiones de la Nueva Francia, por más orientales, podrán ayudar por tierra a estas nuestras
más occidentales, y caminará entonces con el sol de oriente al poniente el carro triunfal de
nuestra santa fe católica, hasta que con la divina gracia se convierta todo el mundo et jiat num
oville et unus pastor; y digamos gustosos y contentos, dichosos, con el real profeta: Domine,
Dominus Noster, quam admirabile est nomen tuum in universal terra! (Salmo 8), y anunciate
inter gentes gloriam eius, in omnibus populis mirabilia eius.
II. En estas nuevas conversiones tenemos muchos medios temporales y conveniencias que,
con sus favores celestiales. Nuestro Señor cada día nos está dando a manos llenas de tantos
bastimentos, trigo, maíz, frijol, tierras tan fértiles para todo como las mejores de Europa; indios
laboriosos dóciles y afables, y ya muy amigables en tanta manera.
III. Que el padre visitador Antonio Leal solía decir (me lo escribió en una carta suya):
“Siempre los padres de la Compañía de Jesús en todo el mundo buscamos las almas perdidas,
ahora que en estas nuevas conversiones nos buscan, llaman y piden con instancias, lastimosa
cosa será si no los oímos.”
IV. Que siendo menester pagar en la gran China a los mandarines con diferentes dádivas y
presentes, para que den licencia a los padres misioneros que puedan predicar nuestra santa fe
católica, cuando algunos naturales de por acá, según el padre Daniel Ángel, que fue rector y
visitador y misionero de Matape, y la patente de provincial que le vino de Roma le halló muerto,
solía decir le preguntaron, y a mí me han preguntado, no habiendo conseguido los padres que
pedían, ¿qué tanto podría venir a costar un padre para que, con su sencillo discurso, discurrían,
con plata que con sus maíces y minas juntasen, pudiesen comprar un padre misionero que los
bautizase y administrase para su eterna salvación?
V. Que estos indios de estas nuevas conversiones americanas de esta América Septentrional,
por no tener otros ministros, son como tabla rasa o papel blanco, en el cual con más facilidad se
puede escribir o pintar cualquier cosa buena o imprimir la buena enseñanza de nuestra santa fe
católica, y la gente de la gran China y del Japón viene a ser como papel ya escrito con mala
enseñanza de sus bonzos, que primero que se limpie de aquellos borrones suele costar los
imposibles de tantos siglos que experimentamos.
VI. Que en el Japón nos tienen cruelmente cerradas las puertas a nuestra santa fe católica,
queriendo que para entrar a predicarla pisemos un Santo Cristo, cuando en las nuevas
conversiones de por acá nos vienen a meterse por nuestras puertas a pedir la santa fe, y el santo
bautismo, y padres evangélicos con todo rendimiento, y con instancia caminando a ese fin los
100 y 150 y 200 y más leguas de camino.
VII. Que en la gran China y el Japón, con tanta resistencia de tantos años, nos tienen cerradas
las puertas, y las ciudades, y las casas a la predicación evangélica, y por acá en las nuevas
conquistas y nuevas conversiones, a donde esto estoy escribiendo, hasta los naturales de tierra
muy adentro, no sólo nos vienen a llamar y convidar amigabilísimamente, sino que cuando
entramos a verlos en sus rancherías, aún cuando todavía son gentiles, nos reciben con todo
agasajo, con cruces puestas en los caminos, con que ahuyentaron a los demonios, y con arcos
festivos, y con bailes y cantares, y comidas de suma benevolencia, y singularísimo amor y deseo
de ser cristianos. No por eso pretendo que no se hagan con el santo fervor de siempre de los tan
apostólicos varones de tantos siglos las muy evangélicas santas conversiones asiáticas de la gran
China, de las Marianas y del Japón, sino que el deseo es y será Hec facere, et illa non omnitere.
CAPÍTULO V.— Cartas del padre visitador Francisco María Picolo desde Oposura y Matape,
con algunas noticias que el padre provincial Juan María de Salvatierra pasa desde México a la
California
Habiendo salido el padre visitador Francisco María Picolo de la visita de este Rectorado, o
Misión de Nuestra Señora de los Dolores, y pasado visitando la Misión o Rectorado de San
Francisco Javier, del valle de Sonora, y pasado a la visita de Misión o Rectorado de los Santos
Mártires del Japón, desde Oposura, en 24 de julio, me escribió la siguiente carta: “Con mucho
gusto y consuelo recibo como siempre la gratísima de V. R. con la noticia de su buena salud;
Nuestro Señor se la prospere según mis deseos a V. R., y según necesita esa dichosa Pimería de
la persona y presencia y celo apostólico de mi muy querido padre Kino. Yo, aunque lejos de la
Pimería, estoy en ella con el corazón, y ojalá las ocupaciones necesarias me permitieran el
trabajar y ayudar en algo a V. R.; cúmplase la voluntad del Señor.” Y cuando S. R. llegó
después, en su santa visita a la Misión o Rectorado de San Francisco de Borja, desde Matape, en
29 de agosto, me escribió lo siguiente: “Me alegraré haya tenido V. R. muy alegre fiesta de
Nuestra Señora de la Asunción en compañía de los hijos de tierra adentro y de tierra afuera. Sea
para muchas festividades de la gran Señora. Yo, siendo Dios servido, saldré para San José de
Guaymas después de la fiesta de la Natividad de María Santísima. Y aunque no hay noticia del
padre provincial, siempre lo hago a S. R. por todo septiembre en la California. Saludo a los
gobernadores de V. R. y a todos los hijos; Dios me dé gracia de volverlos a ver cuanto antes,
buenos a todos, y a V. R. con perfecta salud, que sea para largos años.” Y cuando S. R. llegó
después a la Misión o Rectorado de Nuestro Santo Padre Ignacio de Yaguí, desde San José de
Guaymas, en el sobre escrito de la carta del padre provincial Juan María de Salvatierra me
escribe S. R. estas palabras: “Remito ésta del padre provincial, que me escribe ya de California, a
donde pasaré luego, Deo Favente, a verme con S. R.” Hasta aquí las cartas del padre visitador
Francisco María Picólo. Y yo envié este año, como gracias al Señor todos los años, unas como
quince cargas de harina, con otras menudencias, de lo mucho que Nuestro Señor se sirve de
darnos en estas nuevas conversiones pímicas, y pongo la carta del padre provincial en el capítulo
siguiente.
CAPÍTULO VI.— Llegada del padre provincial Juan María de Salvatierra desde México hasta
la California, y carta que S. R. me escribe de esta su llegada
Así que el padre provincial Juan María de Salvatierra llegó de México a la California, sin que
jamás se haya oído que otro padre provincial tan apostólicamente haya llegado a tan remotas
nuevas Misiones, escribió S. R. a diferentes padres la que a mí, en su acostumbrada, muchísima
caridad, parte en lengua italiana, en 30 de agosto, se sirvió de escribirme, y la recibí en 17 de
septiembre, día de las santísimas llagas del seráfico San Francisco, gran privado del gloriosísimo
Apóstol de las Indias, San Francisco Javier, es como se sigue:
“He recibido todas las de V. R., y acuérdese V. R. que si Deus pro nobis quis contra nos?; y
en todo Al nostro buen Giesú, e no pensi a piu. Ama Dio e no fallire, fa pur bene e lacia dire,
lacia dire chi dir vuole fa pur bene di buon cuore. Recibí el índice de las relaciones de las
entradas que V. R. ha hecho a esas nuevas tierras y nuevas naciones (según las pide a V. R.
nuestro padre general), y está bueno. Agradezco a V. R. la limosna para la pobre provincia; que
Dios se lo pague a V. R., y este punto y cartas para el padre visitador Manuel Pineiro, y las otras
cartas para mí. Dios le pague a V. R. el socorro para estos pobres padres, que a no llegar yo en
persona los hubiera topado muertos ya de hambre y otros trabajos.” Hasta aquí el padre
provincial Juan María de Salvatierra, el cual, después, con su paternal gran cordura y santo celo,
fue dando asiento a muchas cosas, así de la California como de estas Misiones de Sonora y de
Sinaloa. Y fue llegando más y más socorro de bastimentos y de todo a los padres de la
California, de suerte que hasta el padre Jerónimo Minutuli, misionero nuevo de la muy nueva
Misión de San Pedro y San Pablo, de Tabutama, enviaba desde acá hasta Yaguí sus cargas de
trigo y harina para la California, y aunque en esta materia hubo unas personas más, otras menos,
afectas a este piadoso socorro de la California. Nuestro Señor, con su grandísima misericordia,
nunca dejó faltase lo necesario: en este mismo tiempo, en 15 de agosto, el padre rector de la
Misión de Nuestro Santo Padre Ignacio de Yaguí me escribió la carta siguiente: “Recibí las 15
cargas de trigo, que agradezco a V. R. sobre manera, y puedo decir con verdad que por V. R.
como pan este año. Nuestro Señor sea la paga.”
CAPÍTULO VII.— Cartas del muy reverendo padre comendador fray Nicolás Bernardo de
Ramos, y del padre rector Pedro Ignacio de Loyola, y del capitán don Miguel de Turices y Cano,
que escritas en diferentes partes llegan juntas a este mismo tiempo en abono de estas nuevas
conversiones
El muy reverendo padre fray Nicolás Bernardo de Ramos, meritísimo comendador de su
santo convento de Teocaltichi, de la Sagrada Orden de Nuestra Señora de la Merced, redención
de cautivos, en 25 de julio de este año de 1705 me escribió la carta siguiente: “La que fray
Francisco de Belmar trajo de V. R., su fecha 30 de mayo de 1704, recibí con la estimación que
debo, y celebro mucho su buena salud; que Nuestro Señor prospere por muchos años. Trae el
consuelo de todos sus hijos en esa Misión, y aumento de la cristiandad en esas dilatadas partes y
naciones, que me ha sido de mucho consuelo ver los deseos que manifiestan (según V. R. me
dice) de recibir el santo bautismo y la necesidad que hay de operarios, según la mucha mies;
Nuestro Señor mueva los corazones de los superiores, para que den providencia en materia y
negocio de tanta importancia, que yo, aunque malo, pediré y clamaré a Su Divina Majestad,
como es de mi obligación, por ella, y los padres de este su convento harán lo mismo, que es en lo
que podemos ayudar a V. R. y a sus buenos deseos; ojalá Dios nos oiga.
Yo quedo muy agradecido de los favores de V. R. de las piedras bésales, y mula, y quedo
muy corrido de que así, sin haberlo merecido o haberle servido, tan liberalmente me favorezca, y
quedan muy estampados en mi memoria para servirlo; y así, en lo poco que mi pobre persona
valga, estimaré mucho el que V. R. con la llaneza de padre a hijo; me ocupe, que será obedecido
con la puntualidad que pide mi mucha obligación, pues así V. R. honra tanto a mi religión; pues
no hay religioso que llegue a esos países que no lo experimente, y aun hasta los que vivimos
lejos lo experimentamos también. Y de las honras que V. R. hace a fray Francisco Ruiz de
Belmar le rindo las debidas gracias.” Hasta aquí el muy reverendo padre comendador fray
Nicolás Bernardo de Ramos, pidiendo le bautice muchos Bernardos.
El padre rector Pedro Ignacio de Loyola, maestro de nuestros novicios en la ciudad de
México, en 21 de septiembre, me escribió la carta siguiente: “Teniendo V. R. un padre provincial
todo pima, y todo misionero, no dudo conseguirá cuanto puede desear para mayor bien de esas
sus amadas Misiones. Y yo recibí una de V. R. por Pascua de Resurrección, pero no he visto
otra, a que V. R. se remite; como ni tampoco el índice o compendio de la relación. Pero quid
quid sit, digo, mi padre, que con todas veras que tendrá V. R. para servirle, aunque, como dejo
dicho, hallándose hoy provincial el padre Juan María de Salvatierra, poca intervención será
menester; pues juntándose el tan conocido celo de V. R. con tan individuales noticias de estas
naciones, todos los padres misioneros podrán prometer feliz suceso en todas sus cosas.” Hasta
aquí el padre rector Pedro Ignacio de Loyola.
El capitán letrado y licenciado don Miguel de Turices y Cano, enviado por el señor virrey de
esta Nueva España desde México a negocios de esta provincia de Sonora, desde el Real de San
Juan Bautista, en 30 de septiembre, me escribió la carta siguiente: “Antes de entrar en este Real,
y muchas leguas de él, tenía noticia de lo mucho que V. R. ha trabajado, y trabaja, en solicitar
almas para el Señor, y lo bien que se va logrando su piadoso y cristiano celo, y espero en Dios le
ha de dar mucha vida para que vea a todos esos pobrecitos reducidos a nuestra santa fe católica,
y así digo que no era menester más que una insinuación para que yo, en lo que valiere, sirva a V.
R. en lo que me manda, pues así que Nuestro Señor me lo conceda, luego informaré a México, a
los superiores de V. R., con bastante eficacia, y en particular a S. E., que me parece me oirá, y se
holgará de la docilidad de estos pobres, y lo que aclaman por recibir el santo bautismo, y puede
V. R. estar desengañado de que las cartas que se han escrito no las habrán dado ni llegado la
noticia a S. E., pues encargando su R. M. por repetidas leyes la propagación de nuestra santa fe
entre estos infieles para la extirpación de su infidelidad, no dudo se hubiera acudido ya al
remedio tan instado y deseado por V. R. Pero espero en Dios se concederá muy breve, pues de
todo con bastante individualidad informaré a S. E., a quien, si fuere necesario, mostraré la carta
de V. R.; y fuera de esto diré personalmente lo que he experimentado, y siendo algunas noticias,
que en México corren algo contrarias a lo que V. R. dice en la suya. Vista por S. E. con el
informe que yo le hiciere, me parece querrá Dios sea vea logrado lo que V. R. tanto desea, y pido
a Su Divina Majestad me conceda ponerme a los pies de V. R.” Hasta aquí el capitán don Miguel
Turices y Cano.
Además de las tres referidas cartas, que vinieron en este mismo tiempo de afuera, en este
mismo Rectorado, me escribió en este mes de septiembre el padre rector Melchor de Bartironio
lo siguiente: “Tengo ya pedidos padres para estas nuevas conversiones, y ahora volveré a
pedirlos, con todo empeño y eficacia, y escribiré en abono de nuestros hijos pimas como testigo
de vista de que han venido a pedir padres.” Así el padre rector.
CAPÍTULO VIII.— Carta que el padre provincial Juan María de Salvatierra me escribe al salir
de la California de vuelta para México
Cuando los muy graves negocios de la provincia de la Nueva España llamaron de California
a México al padre provincial Juan María de Salvatierra, desde Nuestra Señora de Loreto Concho,
en 15 de octubre, me escribió S. R. la carta siguiente: “Las dos de V. R. una del 1 y otra del 19
de septiembre, he recibido con mucho gusto y consuelo en este Rectorado de Loreto y se había
añadido mayor consuelo con los informes que me habían hecho el padre Francisco María Picolo
del buen estado de esas Misiones de la Pimería y de lo que en ella se ha trabajado y se trabaja de
la unión y caridad con que al presente se comunican los padres de ellas, que he dado gracias,
esperando ahora que cada día habrá muchos adelantamientos, porque, unidos en Dios y bien de
las almas y más experimentando estas tan dispuestas como V. R. me significa. En ambas doy las
gracias a Dios y a la infatigable aplicación y celo de V. R., que se extiende a lo espiritual y
temporal, así para bien de esos pobres como para el alivio de los californios; que ya éstos tienen
padre hasta los parajes que llaman de las Vírgenes, acercándose así al Norte cada día más, con
que se facilitará en parte lo que V. R. tanto ha deseado, y yo para lo presente, de proseguir por
allá. El viaje del río de la Ascensión en adelante, según las circunstancias ofrecieren, podrá V. R.
comunicar con el padre visitador, que como quien tiene presentes las circunstancias de ahora y
las que pueden sobrevenir, dará todo consuelo a V. R. Agradezco la harina que V. R. dispone
para acá, y lo que en esta parte coopera el padre rector Melchor de Bartiromo, a quien deseo todo
consuelo y todo alivio; los padres de acá, que reconocen a V. R. por su bienhechor y dechado
apostólico en sus infatigables trabajos, saludan a V. R. Yo estoy ya de partida para México, en
donde, según la disposición en que hallare al señor virrey, trataré del fomento de todas estas
nuevas conversiones, porque con estas guerras y suspensiones de noticias de España suele haber
sus dificultades. No deseo otra cosa que el progreso, en tan noble y provechosa empresa, de estas
nuevas conversiones.” Hasta aquí el padre provincial Juan María de Salvatierra.
CAPÍTULO IX.— Cartas últimas que, a finales de este año de 1705, me escriben cuatro
diferentes personas, con noticias de cosas de la California y de lo de por acá
El padre rector de Matape, Marcos Antonio Kappus, en 4 y 21 de octubre, me escribió lo
siguiente: “Nuestro padre provincial Juan María de Salvatierra estará ya de viaje para México,
embarcado para Matachel, según nos refiere el padre rector Adamo Gilg, quien acaba de venir de
la California; y el padre visitador Francisco María Picolo queda por ahora en Beleem de Yaguí,
de donde pasará a Tepague, y por Mobas y Onabas vendrá a Matape a aviarse, para proseguir la
visita a el oriente. El hermano Jaime Bravo (que trajo de España el padre visitador general
(difunto) Manuel Pineiro, y a la California lo llevó el padre provincial) queda allá cuidando lo
temporal. Dos muchachos californianos se le han muerto al padre provincial de México, de
viruelas. El capitán Juan Bautista de Escalante volverá a estos países, porque vino con el padre
provincial, el antiguo capitán de la California, Esteban Rodríguez, portugués, confirmado por S.
E.” Hasta aquí el padre vicerrector Marcos Antonio Kappus.
El padre Jerónimo Minutuli, desde su nueva Misión de San Pedro y San Pablo, del Tabutama,
en 13 de noviembre, me escribió lo siguiente: “Muy agradecido quedo a V. R. por la mucha
caridad que V. R. cada día me hace; Dios se lo pague una y mil veces a V. R. Llegaron, pues, 38
cabezas de ganado mayor de las 40 que venían, porque dos se quedaron en el camino, una
cansada y otra huida; recibí la bayeta que trajo el caporal para comprar maíz para la fábrica de la
iglesia, y la otra ropa para las demás fanegas que ya se compraron, y de ellos van comiendo los
que están haciendo adobes. Todo se lo agradezco a V. R. mucho, como también los guacinques o
carpinteros, que ya están cortando las maderas, y uno de ellos las manda acarrear y otro va a traer
los demás instrumentos de la carpintería que les faltan. También agradezco mucho la venida del
alcalde de V. R., el cual es sobrestante de los adobes. Ruego a V. R. cuanto antes el cazo grande,
para las pozoladas que estoy aguardando; mucha gente de las rancherías cercanas, para hacer
muy muchos adobes, etc., y ruego a V. R. se sirva participarme qué número será el que hemos de
prevenir para que V. R. venga personalmente, que lo deseo mucho, para que con su presencia y
autoridad y amor, que le tienen los hijos, tome mucho calor la obra.” Hasta aquí el padre
Jerónimo. El padre Antonio, en 18 de noviembre, me escribió lo siguiente: “Muchos
agradecimientos tengo que dar a V. R.; el principal y el mayor es la mucha y muchísima caridad
que V. R. hace al padre Jerónimo; no se puede negar que bien dice el rezo de San Jerónimo, y
heronemos Heussebi filius, así de obreros como de ganados, bastimentos, ropa, etcétera. Y el
trabajo personal en su ayuda y obras, la obrata a V. R.; la caridad. Dios sea la paga a V. R.”
Hasta aquí el padre Antonio Leal.
El capitán y letrado don Miguel de Turices y Cano, en 4 de diciembre, me pidió mapa de
estas nuevas naciones para informar a México, en abono de estas nuevas conversiones, en orden
a que se nos remitan los operarios, tan necesarios que se nos enviaron; algunos con ese y con
otros informes, pero siempre con las acostumbradas contradicciones, y a veces con la penuria de
misioneros, hemos quedado rogando y estamos suplicando: Dominum missis, ut mitat operarios
in missem suam. Que Nuestro Señor se sirva, cuando más convenga, de socorrernos con los
operarios necesarios para la total conversión de toda esta América septentrional y de todo el
universo.
LIBRO III
CAPÍTULO PRIMERO.— Carta fresquísima del padre visitador Francisco María Picolo, que
con otra algo más antigua de nuestro padre general Thirso González nos animan al
proseguimiento en estas nuevas conversiones
En 19 de enero de este año de 1706, el padre visitador Francisco María Picolo, desde Batuco,
me escribió la carta siguiente:
“Dos gratísimas de V. R. he recibido con la estimación y consuelo que siempre; Nuestro
Señor dé a V. R. perfecta salud, y que sea al paso de sus grandes y apostólicos deseos. Quisiera
yo servir a V. R. de mozo de mula en sus apostólicas caminatas, como lo espero ser, dejando esta
dichosa y muy gloriosa Pimería bien pertrechada de apostólicos varones, como son los que al
presente trabajan en esa viña del Señor. Y siendo esas Misiones las puertas para tan dilatadas
naciones y gentes, es fuerza, mi amantísimo padre Eusebio, poner todo nuestro cuidado en ellas,
y después, dándonos Dios vida, pasar adelante, y morir trabajando por Dios y bien de esas almas,
que amo más que a mí mismo. Saludo de corazón a todos los hijos de V. R., y quisiera yo
personalmente derramar toda mi sangre por ellos y por aquellos pobres gentiles que viven tan
retirados, y V. R. los va a ver, y ellos vienen a ver y pedir el santo bautismo a V. R. Aunque
conozco y confieso que Su Divina Majestad no gusta de mis trabajos ni de mi sangre, si tan mal
he correspondido y correspondo a mi vocación, Dios me dé gracia que vengan misioneros
apostólicos, y que hagan ellos lo que yo, aunque inútil, deseo y he deseado hacer. María
Santísima le pague a V. R. la caridad y el cuidado que tiene de regalar a los pobres padres de la
California, que todos saludan a V. R. y le viven muy agradecidos. De Santa María de Bazeraca
quería volver para esos países para mi consuelo, pues me alegro en ver esas gloriosas Misiones
de la Pimería, y no sé si lo podré hacer.” Hasta aquí el padre visitador Francisco María Picolo. Y
a este mismo tiempo que estoy escribiendo este libro III de esta parte IV de los favores
celestiales, casi casualmente topo con la santa carta de nuestro padre general Thirso González,
que auque algo antigua nos da a todos muy singulares alientos para mil cosas buenas, y siendo su
fecha Roma, diciembre 27 de 1698, es del tenor siguiente:
“He recibido tina de V. R., de 3 de junio de 97, con el extraordinario consuelo con que recibo
y leo siempre las suyas, siempre llenas de materias de gozo, por lo que Nuestro Señor coopera a
sus trabajos para la dilatación de nuestra santa fe en esos pimas, como se ve en las siete iglesias
que se van levantando de nuevo para las Misiones o pueblo que de nuevo se había formado y
agregado a la fe. Sea Dios bendito, que así echa su bendición a sus fatigas de V. R., aunque
quedaba V. R. dispuesto para pasar a las Californias con el padre Juan María de Salvatierra; pero
por cartas posteriores que tengo de México he sabido que no pudo tener ejecución el que V. R.
pasase por ahora a Californias, por haberse juzgado necesaria su presencia de V. R. para
pacificar las alborotadas naciones cercanas y evitar el que algunos de los pimas, como recién
convertidos, no siguiesen el mal ejemplo de los otros. Espero que todo se habrá pacificado, y que
V. R. habrá tenido oportunidad de seguir los pasos del padre Salvatierra. Concedo a V. R. la
licencia que pide, para estar de los doce meses del año los seis en las Californias, y los otros seis
en los Pimas, porque me parece para la conservación y fomento de ambas Misiones muy
conveniente el que así lo haga; y generalmente escribo al padre visitador Juan María de
Salvatierra que cuanto V. R. juzgaren convenir para la estable conservación de aquella Misión de
Californias lo bagan, porque de su prudencia y experiencia de ambos estoy seguro que
dispondrán con grande acierto lo más conveniente.
Llegó el mapa que V. R. me envió con esta carta de aquella parte de los Pimas, en donde fue
muerto de los infieles el siervo de Dios padre Francisco Javier de Saetta; pero no ha llegado su
elogio o vida que V. R. dispuso ni las hechas. He sabido la causa porque, habiéndose
descompuesto la venida del hermano Simón de Castro a España, fue necesario que un cajoncillo
volviese de la Veracruz a México; espero que lo enviarán todo en la primera ocasión. El mapa se
guardará para que, si se estampare la vida, se imprima también el mapa.
Dice V. R. que tres de aquellos principales caciques o régulos, caciques de los Pimas,
quedaban en enviar alguna limosna para el sepulcro de nuestro padre San Ignacio, y no sé qué
decir, sino que el padre Kino a todo lo bueno piensa, y que tiene muy en el corazón a su santa
padre. Sepa V. R., para su consuelo, que altar y sepulcro de nuestro santo padre va muy adelante,
y será de lo grandioso que del género tendrá Roma; el gasto es muy grande. Lo gastado pasa de
cien mil escudos; remito a V. R. el dibujo y la descripción de lo que contiene.” Hasta aquí la
santa carta de nuestro padre general Thirso González, el cual siempre nos ha alentado muchísimo
a estas nuevas conversiones, y con estas dos cartas que refiere este capítulo nos animamos el
padre Jerónimo y yo a la entrada o Misión que hicimos de más de cien leguas al sudoeste o entre
sur y poniente a las nuevas tierras de la costa de la mar de la California, como diré en los
capítulos siguientes.
CAPÍTULO II.— Entrada o Misión de más de cien leguas de camino a la nueva gentilidad del
sudoeste de la costa de la mar de la California y entrada del padre Domingo Crescoli a su nueva
Misión de la Concepción
Con la ocasión que los superiores nos enviaron al padre Domingo Crescoli, que fue señalado
para la nueva Misión de Nuestra Señora de la Concepción, del Caborca, y el padre provincial
Juan María de Salvatierra me señaló por procurador de estas nuevas Misiones de esta Pimería a
mediado de enero, al ir a poner este nuevo operario en su nueva Misión, pasando por la Misión
de San Ignacio, a donde asiste el padre Agustín de Capuz, pasamos también por la Misión de San
Pedro y San Pablo, del Tubutama, a donde asistía el padre Jerónimo Minutili, el cual, muchos
días antes, había deseado hacer conmigo Misión o entrada a los nuevos gentiles y nuevas tierras
de más adentro. Con esta ocasión bajamos entrambos de camino 22 leguas con el padre Domingo
Crescoli, a dejarle en su nueva Misión de Nuestra Señora de la Concepción del Camino, a donde
fuimos recibidos con todo consuelo; así de los más de mil indios que nos estaban aguardando,
como nosotros con arcos y cruces puestas en los caminos, con prevención de casa en que vivir,
iglesia que fabricó el venerable siervo de Dios, el padre Francisco Javier de Saetta, y con los
cimientos y paredes del presbiterio y albas de una iglesia grande y muy capaz, con la buena
iglesia y capaz sala, despensa y panadería, horno, cocina, principios de huerta con trigo, de maíz
de cosecha y con un buen tablón de trigo sembrado y nacido; ítem con ganado mayor y menor, y
caballada y manadas de yeguas. Hicimos muchos bautismos de párvulos y adultos, y habiendo
entregado esta nueva Misión al padre Domingo Crescoli, el padre Jerónimo y yo emprendimos
otra Misión a la parte y tierra y gentilidad que nos parecía la más nueva y más necesitada, y
adonde todavía nunca había entrado ningún cariblanco, y habiendo enviado amigables cristianos,
recaudos y guías por delante, en 19 de enero salimos también con nuestros sirvientes, camino del
sudoeste o entre sur y poniente, el padre Jerónimo y yo, y caminamos más de cien leguas de
muchas llanas tierras pobladas y de muchos gentiles pimas en la cercanía de los otros gentiles
Seris, llegamos a la misma mar de California y aun a dar vista a la misma cercana de California.
En este camino o Misión hallamos más de 1 500 indios, muy afables y como domésticos, que
muchos de ellos estos años antecedentes me habían venido a ver a Nuestra Señora de la
Concepción del Caborca, y algunos habían venido hasta Nuestra Señora de los Dolores; en todas
partes nos recibieron con todo agasajo; en muchas partes con cruces y arcos, puestos en los
caminos y con casitas prevenidas en que vivir y decir misa con decencia, y habiéndoles en todas
partes predicado los principales misterios de nuestra santa fe, prometiéndonos, lo que les
aconsejamos y pedíamos, que por cuanto estas costas eran algo estériles, se fuesen agregando a
las muy fértiles y muy acomodadas campiñas de Nuestra Señora de la Concepción, que ya ahora
les habíamos traído padre misionero y nos dieron muchos párvulos, y algunos enfermos a
bautizar; y como aun sin eso, los más de estos naturales, llamados de los justicias de la
Concepción de Caborca, acudían a las faenas de sementeras, cosechas, y fábricas de la
Concepción, quedaron en que todos, poco a poco, se irían agregando a dicha población o Misión
de Nuestra Señora de la Concepción.
CAPÍTULO III.— Nuevo descubrimiento de la nueva isla de Santa Inés y del nuevo cabo de San
Vicente, en el seno de la mar de la California, en la altura de 31 grados del norte
Habiendo trabajado en esta entrada con mucho fervor, el padre Jerónimo Minutuli, que
después dio cuenta de esta nuestra Misión o entrada a los padres de la California, fue Dios
servido que juntamente descubrimos en esta altura de 31 grados de este seno de la mar de la
California una isla grande, que tendrá como tres leguas de ancho de oriente a poniente, y como
siete a ocho leguas de largo de norte a sur, y no distaba de esta nuestra tierra firme o costa que
como seis o siete leguas, y porque esta nueva isla la descubrimos el día 21 de enero le pusimos la
isla de Santa Inés. Al rumbo de noroeste de esta referida isla de Santa Inés, en distancia como de
tres leguas, el día siguiente, 22 de enero, desde un altillo descubrimos muy patentemente otro
grande pedazo de tierra, al parecer califórnica, y aunque estuvimos con alguna duda si también
ella sería isla, o si sería tierra contigua y continuada o continente con la misma California, nos
persuadimos ésta sería aquella puerta de la California que, según refiere el capitán Francisco de
Ortega en una de sus relaciones en estos parajes, se extiende mucho hacia el oriente, y así a estas
costas de la Nueva España; y vimos que no distaba de nosotros más que como nueve o diez
leguas. Lo que supimos por cosa muy cierta de todos los circunvecinos naturales, así ahora en
esta entrada como en otras muchas ocasiones que de estos pimas y seris marítimos nos hemos
informado con repetidos exquisitos exámenes de este seno califórnico, fue y es que toda esta
punta y sus contornos está muy poblada y de mucha gente, pues continuamente de noche se ven
desde acá sus lumbres, y de día, sus humos. Y como esta referida tan cercana punta la
descubrimos en 22 de enero, día del glorioso San Vicente, le pusimos a punta o cabo de San
Vicente, perdonándonos los señores habitadores y dueños y cabos de San Vicente de la Europa;
en esta costa de la mar de la California empezaba a su modo ya la primavera, pues empezaban a
verdear y florecer muchos de aquellos llanos; había muchísimos pájaros, que se sustentaban del
muchísimo pescado, de que abunda muy mucho toda esta costa; había mucha medicinal jojoba,
que es al modo de almendra, y es muy saludable gran remedio contra diferentes dolencias,
achaques y enfermedades, y se pide desde México y desde la Puebla, Parral, Nuevo México. Y
en esta costa se suele dar casi todo el año, como de hecho en esta ocasión la hallamos, que en
míos arbolitos ya estaba madura, en otros todavía algo tierna, y en otros toda prosperidad, gracias
al Señor, a la nueva Misión de Nuestra Señora de la Concepción del Caborca, a donde nos
recibió con todo agasajo el padre Domingo Crescoli con todos sus muchos hijos. Hicimos
algunos bautismos y casamientos.
CAPÍTULO IV.— Mi vuelta a Nuestra Señora de los Dolores y carta que acerca del hallazgo de
la nueva isla de Santa Inés me escribe el padre visitador Francisco María Picolo
Habiendo dejado, al parecer, muy contento en su nueva Misión de la Concepción del Caborca
al padre Domingo Crescoli, quedando también muy consolados todos los hijos, nos vinimos a
San Pedro y San Pablo del Tubutama el padre Jerónimo y yo; después, pasando por el partido o
Misión del padre Agustín de Capuz, llegué, gracias al Señor, con mis sirvientes, felicidad a este
pueblo de Nuestra Señora de los Dolores. Hallé muchas cartas de diferentes personas, y las
respondí dando alguna razón de mi ausencia de esta casa y de nuestra entrada a la Concepción y
a la mar de la California, y el padre visitador Francisco María Picolo, desde Bacadeguachi, en 17
de febrero, me escribe la carta siguiente: “Me llaman a misa y a dar ceniza a los hijos de este
pueblo de Bacadeguachi, y acabando la función saldré, siendo Dios servido, para Saguaripa. Me
alegro que V. R. haya sido el padrino del padre Domingo Crescoli, y que le dejase sano y bueno
en su nueva Misión. V. R. no sólo es procurador de la Pimería, sino el todo y el consuelo de las
almas y de los padres. Dios me dé gracia de ver y gozar del fruto de sus apostólicos trabajos,
aunque sea de paso, como lo espero: cuanto antes escribiré al padre Javier de Mora, para que se
extienda su caridad hasta Nuestra Señora de la Concepción del Caborcam para que en todo sea
aliviado el padre Crescoli. Me alegro del hallazgo de la nueva isla de Santa Inés, y tocante a este
punto escribiré a V. R. despacio, y que ahora estoy para salir y no quiero hacer mala obra al
correo y al padre de este partido. Siendo Dios servido, nos veremos, hablaremos y dispondremos
lo que se puede hacer.” Hasta aquí el padre visitador Francisco María Picolo. El padre Horacio
Polici, que siempre ha sido afectísimo a estos nuevos descubrimientos y nuevas conversiones,
desde Baseraca, en 21 de febrero, me escribió que el padre visitador, con grande consuelo suyo,
había estado con S. R. por el espacio de diez días, y todos los que miran con buen afecto estas
nuevas conquistas y nuevas conversiones, así de esta Pimería como de la California, han tenido
por cosa de muy grande conveniencia de que haya esta tan grande cercanía, de esta punta de San
Vicente e isla de Santa Inés, en esta tan buena medianía, de altura de 31 grados, para fomentar la
comunicación que Dios mediante, a su tiempo, en la California podrá haber entre los padres que
actualmente viven en el Real y en las Misiones de Nuestra Señora de Loreto Concho, en altura de
26 y 27 grados, y entre los padres que, con la divina gracia, también a su tiempo, podrán vivir en
el paso por tierra a la California, y en las muy populosas Misiones que podrá haber en el
pobladísimo y caudalosísimo río Colorado, que serán en 35 y 36 grados de altura, por donde
también hay paso por tierra hasta la contracosta y mar del sur, por donde todos los años suele
pasar la nao de China y galeón de Filipinas que viene al puerto de Acapulco, de esta Nueva
España.
CAPÍTULO V.— Misión cuaresmal de más de 50 leguas al noroeste y al poniente, desde 27 de
febrero hasta 20 de marzo de 1706, entrando a San Ambrosio del Busanic al Tubutama y a
Nuestra Señora de la Concepción del Caborca
Después de haber dado ceniza y confesado la mayor parte de la gente de este pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores, el 27 de febrero salí con mi gente de mi servicio para irla a dar y
confesar a la gente, también tierra adentro. Llegué primero a los otros dos pueblos de mi
administración: a Nuestra Señora de los Remedios y a Santiago de Cocospera, y entre tanto, que
yo estoy tres días, di a los hijos las acostumbradas enseñanzas de doctrina cristiana; hice varias
confesiones y algunos bautismos; mis sirvientes plantaron en cada pueblo una buena huerta de
membrillos, granadas e higueras, duraznos, priscos, melocotones y parras para vino de misas,
con muchos géneros de hortalizas, que todo eso abunda mucho la huerta de Nuestra Señora de
los Dolores. El 2 de marzo bajé llamado del padre Agustín de Campos a Santa María Magdalena,
camino de 15 leguas, y di una mirada a las maderas y arcos del padre… [ilegible por estar
recortado el original]… nueva iglesia que con fervor se estaba fabricando.
El 4 llegué a la estancia de San Simón y San Judas Tadeo del Siboda, camino de 14 leguas.
El 5 di ceniza como a treinta personas en la nueva iglesia, y después de la misa hubo plática y
doctrina cristiana y explicación de la santa función de la ceniza y de la confesión cuaresmal.
Hubo varias confesiones de gente de aquí y de diferentes forasteros, pues unos habían concurrido
desde San Ambrosio del Busanic y desde San Javier del Bac.
El 6, a las 16 leguas de camino, llegamos a San Ambrosio del Busanic, despachando desde el
Aquimuri a Santa Gertrudis del Saris la manda de veinte yeguas con su garañón y burro, que se
llevaban a Nuestra Señora de la Concepción para la California. Llegamos a medianoche, por no
dejar de decir a los hijos la misa del día siguiente, domingo tercero de Cuaresma, en su iglesita, y
les avisamos por delante que habría ceniza y confesiones de la Santa Cuaresma.
El 7 se dio ceniza, hubo plática y confesiones de la gente cristiana, y como yo traía conmigo
los guacinques o carpinteros de Nuestra Señora de los Dolores, hubo fábricas de la iglesia, lo que
diré en el capítulo siguiente.
A la tarde pasamos a Santa Gertrudis del Saric, distante tres leguas de camino, para las
mismas funciones cuaresmales.
El 8 de marzo hubo ceniza, misa, plática, confesiones y 27 bautismos de párvulos y de tres
enfermos, y hubo diez casamientos in facie ecclesie; a la tarde pasé al pueblo de San Pedro y San
Pablo del Tubutama, camino de diez leguas, a donde hallé al padre Jerónimo Minutuli, que con
su acostumbrada mucha caridad nos recibió con todo agasajo, y habiéndole comunicado que
venía con mis guacinques a fabricar en esta nueva iglesia y a pasar a Nuestra Señora de la
Concepción del Caborca, díjome S. R. que pasaría conmigo a ayudar en las confesiones.
El 9 y 10 fabricamos en la nueva iglesia; el 11, saliendo a mediodía, a las siete leguas de
camino, pasando por el nuevo pueblo de Santa Teresa, llegamos a San Antonio del Uquitoa. Y el
12, pasando por el nuevo pueblo incoado de San Diego del Piquin, llegamos a Nuestra Señora de
la Concepción, a donde los muy finos hijos nos recibieron con todo amor.
El 13 dimos ceniza a la mucha gente e hicimos muchas confesiones; vimos la fábrica y huerta
que en la entrada antecedente habíamos encargado a estos hijos; y por cuanto el 12 deste me
habían venido muchas cartas, y entre ellas una del padre visitador Francisco María Picolo, de que
S. R. en breve vendría a esta Pimería, como S. R. decía, a dar las gracias del descubrimiento y
hallazgo de la nueva isla de Santa Inés y del nuevo cabo de San Vicente en el seno de la mar de
la California, traté de volver con brevedad a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores; y el
14 habiendo predicado con mucho fervor a los hijos de la Concepción, y dícholes su misa,
pasando a decirla a los de San Diego del Piquin, a la tarde pasamos todos hasta San Ambrosio
del Uquitoa, y después a San Pedro y San Pablo del Tubutama y a Santa María Magdalena y a
Nuestra Señora de los Dolores.
CAPÍTULO VI.— Que en esta Misión o entrada se adelantan juntamente las fábricas de seis
nuevas iglesias, y caso raro de la madurez de las mieses de las almas, aún en los distantes
quiquimas de la California Alta
En este mismo tiempo, en esta más cercana Pimería, teníamos entre manos las fábricas de las
iglesias del pueblo de Santa María Magdalena del padre Agustín de Campos, y de San Ambrosio
del Busanic, y de Santa Gertrudis del Saris, y de San Pedro y San Pablo del Tubutama, y de San
Diego del Piquin, y de Nuestra Señora de la Concepción del Caborca (y otras); en ésta que, con
la Misión referida en el capítulo antecedente, se procuró adelantar la fábrica, y a ese fin llevé
conmigo los guacinques o carpinteros, ya algo diestros, deste pueblo de Nuestra Señora de los
Dolores. Y así, en 2 de marzo, y de vuelta, después de medio de marzo, estuve en Santa María
Magdalena disponiendo el corte y ajuste de las maderas para la fábrica de los arcos del
presbiterio de la muy buena iglesia que estaba fabricando el padre Agustín de Campos.
El 7 de marzo, como ya en San Ambrosio del Busanic tenían una buena prevención de
adobes y de algunas maderas, levantamos las paredes de buena y capaz iglesia. Labramos y
pusimos sobre las puertas de la iglesia y de la sacristía y del bautisterio las soleras de muy
buenas inaderas, y dejamos dispuesto el que en esta iglesia de San Ambrosio del Busanic, y en la
cercana de Santa Gertrudis del Saris, se fuese prosiguiendo en sus fábricas, pues para la una y
para la otra habría cosechas de maíces y trigos y ganado mayor y menor y lo más necesario.
El 9, 10, 11 de marzo, en la ida, a la entrada o Misión de Nuestra Señora de la Concepción
del Caborca, y después de vuelta, también fabricamos en la nueva iglesia de San Pedro y San
Pablo del Tubutama, así echando los cimientos de una buena sacristía y del bautisterio y de una
buena capaz sala, como subiendo las paredes de la misma iglesia, y con especialidad del
presbiterio, y cortando y labrando sus maderas, zapatas, vigas y arcos o jambas. También se dio
vista a la muy buena huerta de árboles frutales de Castilla y de parras para vino de misa y de todo
género de hortaliza.
El 13 y 14 de marzo, y antes y después, fabricamos en las iglesias de Nuestra Señora de la
Concepción del Caborca, echando los cimientos de su fábrica y subiendo sus paredes y las del
presbiterio, y en la iglesia de San Diego del Piquin. Pero al tiempo que el 7 de marzo estábamos
fabricando en la iglesia de San Ambrosio del Busanic, me sucedió una cosa bien rara, de la cual
se puede sacar la gran madurez destas muy dilatadas mieses de las muy muchas almas que los
celestiales favores de Nuestro Señor, a manos llenas, continuamente nos va dando. Y es que el
capitán deste pueblo incoado de San Ambrosio del Busanic, llamado don Marcos, a quien
bautizó el padre visitador Horacio Polici en tiempo de su santa visita, como en su lugar queda
referido, me dio una cabellera que me acababa de enviar el capitán de la nación Quiquima, del
paso por tierra a la California, o de la misma California Alta. Era esta cabellera de la otra cercana
nación Hoabonoma, que era como sacerdote, brujo de aquéllas, y el único que se oponía a las
buenas enseñanzas cristianas, que habíamos llevado a esas nuevas naciones en nuestras entradas,
y por eso, por malévolo y cizañista, le mataron el capitán desta dilatada nación Quiquima. Con
ella y con otras dádivas de conchas azules de la contracosta me envió a decir que bien podríamos
ir a bautizar todas aquellas gentes, que ya no había ninguno que tratara de oponerse, pues el
único que se oponía le mataron, y que por seña enviaban su cabellera.
CAPÍTULO VII.— Algunas hostilidades que en esta provincia de Sonora hacen los enemigos
apaches, pero sin que estorben los quietos y, gracias al Señor, muy pacíficos buenos
adelantamientos destas nuevas conversiones
El general Juan Matheo Mange, que poco antes había sido alcalde mayor de toda esta
provincia de Sonora, en 27 de marzo, desde el Real de Bacanuchi, me escribió la carta siguiente:
“Noticio a V. R. en cómo ayer, al ponerse el sol, dieron nuestros enemigos apaches en la casa de
Juan de Valdés, que está dos leguas de aquí por el río abajo, mataron un indio Isidro, de Arizpe;
flecharon al Pardo Blas, criado que fue del capitán Peralta, y si no es por Miguel Bernal, que
tenía arcabuz, perece toda la gente de la casa. Llevaron todos los caballos, y el mismo día
llevaron la caballada de Basochuca y del Montegrande. Y se arrojaron al mismo tiempo al corral
de Arizpe; todas las flechas que tiraron, que fueron más de doscientas, son de apaches y de
jocomes. Ojalá V. R. pudiera avisar y animar a las rancherías pímicas que salieran a alcanzarles
y quitarles estas caballadas, que nosotros estamos a pie y aislados. Dios nos defienda y guarde a
V. R. No hay remedio: la tierra se pierde; ya queremos despoblar.”
Y en 29 de abril, el dicho general Juan Matheo Mange me escribió lo siguiente: “El día 19
del pasado, los enemigos mataron dos indios cristianos aquí cerca de Bacanuchi, y en 22 del
dicho mes amaneció rodeada de enemigos la casa del capitán Peralta de Basochuca, donde se
llevaron 18 bestias, y el día 24 flecharon cerca de Cumupas dos indios del pueblo, de donde se
llevaron cantidad de bestias, y el día 26 dieron en casa de Valdés y en este valle; acabamos de
enterrar al Pardo Blas, y no hay remedio sino que informar, pero siniestramente, que todo está en
paz.” Hasta aquí el general Juan Matheo Mange. Y es verdad que en este mismísimo tiempo, a
finales de marzo, en la Semana Santa, vinieron a dar hasta a este trigo y campiñas de Nuestra
Señora de los Dolores. Pero como estos hijos pimas lo sintieron, así que dieron un grito
convocando las gentes, tiraron a huir con tanto susto los tres enemigos apaches que largaron
cuanto tenían y cargaban consigo: el uno largó hasta el carcaj de las flechas, y el arco, y los
botines o zapatos que usan los apaches, y una cola de una res que habían matado; y como el arco
que el uno de ellos largó era medianito, avisado desta visita de apaches el padre Agustín de
Campos, escribió que ese apachuelo debía de ser todavía novicio.
Y es así que el común dolor de toda la provincia, y que en tantos años no queda remediada ni
libre de tantas y tan continuadas invasiones, robos y muertes de tantos enemigos jocomes,
apaches y janos. Y que, pero entre tanto, en estas nuevas conquistas y nuevas conversiones, es
verdad que en medio de las bastantes contradicciones y oposiciones de parte de los naturales, de
más de 200 leguas de nuevas tierras y nuevas naciones. Su Divina Majestad se sirva, con su
piadosísima paternal providencia, de conservarnos en suma paz y quietud con continuados
nuevos descubrimientos de más nuevas gentes y naciones, que cada día, con más fervor, están
deseando, y pidiendo nuestra santa fe católica, y padres, ministros y el santo bautismo. Y se
hacen muchos bautismos y nuevas iglesias y muy buenas y nuevas poblaciones de cristianos
nuevos, con nuevos adelantamientos en lo espiritual y en lo temporal, sin que falte otra cosa si no
son los necesarios padres misioneros, que, pero gracias a Su Divina Majestad, ya nos los
prometen los superiores mayores, y los dará cuando más convenga la amorosa providencia de
Nuestro Señor.
CAPÍTULO XII.— Carta del capitán Juan Fernández de la Fuente, que abonando las referidas
Misiones o entradas que se han hecho, afianza el que más se consigue y gana con la religiosa
caridad de los padres que con las armas militares de los soldados
El muy experimentado y valeroso capitán Juan Fernández de la Fuente, desde el Real de
Guisani, en 5 de julio, entre otros puntos me escribió lo siguiente: “Más que ninguno me alegro
de la prosperidad con que se va aumentando esa nueva cristiandad y las muchas naciones que
están pidiendo padres que los administren, y mayormente los cocomaricopas, e hizo V. R. muy
bien de traerlos a la presencia del padre rector Melchor, quien puede ser apriete a nuestro padre
general para que envíe los padres, y siento que estando a una todos los padres que hoy se
encuentran en esa nación pima y los circunvecinos, desde luego se conseguirá el glorioso fin de
V. R. Dios quiera que así suceda y que se logre con brevedad el muy cercano camino por la mar
y el paso por tierra a las Californias, que para todos será de mucho alivio, y, en fin, mi padre, si
todas las naciones que V. R. me propone le han venido a ver, quiera Dios que se reduzcan, nos
podemos prometer una más lucida cristiandad, y con las entradas que V. R. hace a sus tierras y
con sus convites y fiestas y procesiones y caritativo trato se conseguirá el araterlos al verdadero
conocimiento con más facilidad que si se entrara con muchos arcabuceros, y conozco que
habiendo comercio por mar y tierra, habrá muchos que vayan y vengan a las Californias. Y a la
entrada que V. R. determina hacer después de los calores, quiera Su Divina Majestad que todo
suceda a mayor honra y gloria suya y reducción y salvación de tanto número de almas por quien
Cristo Señor Nuestro derramó su preciosísima sangre y no ha de permitir que carezcan del santo
bautismo y por el contexto de la carta de mi padre Jerónimo Minutuli reconozco que está gustoso
en Tubutama y que alienta a V. R. y a los reverendos padres que están en Californias por mar y
tierra. Dios quiera que se consiga en el tiempo de V. R., y que en el todo vea logrado el glorioso
fin de sus trabajos de los cuales tendrá el premio de Su Divina Majestad que me guarde a V. R.”
Hasta aquí el capitán Juan Fernández de la Fuente, y con esta tan cristiana carta acabo este libro
de los seis primeros meses deste año de 1706 y paso al Libro 4 de los otros seis meses.
LIBRO IV
CAPÍTULO PRIMERO.— Con las noticias de que vienen padres de Europa se nos prometen
operarios para estas nuevas conversiones y se nos piden y se dan informes del número de los
padres que en ellas se necesitan
El padre visitador Francisco María Picolo, desde Belén de Guaymas, en 18 de julio, me
escribió la carta siguiente: “Tengo respondido a todas las cartas de V. R., ahora suplico a V. R.
se sirva de avisarme con un propio cuántas son las misiones fundadas por el rey nuestro señor en
la Pimería, cuantos padres son necesarios y en qué misiones se han de poner, cómo se llaman y la
distancia de una misión a otra. Venga todo con individualidad, porque deseo muy mucho ver en
su tiempo la Pimería adelantada y no quedará por mis diligencias, trabajos y sudores, pues
personalmente, dándome Dios fuerzas he de poner los padres en sus partidos.” Hasta aquí, el
padre visitador Francisco María Picolo.
Y el padre rector Melchor Bartiromo, pidiéndome albricias, en 29 de julio me escribe lo
siguiente: “Acabo de recibir carta del padre visitador con estas palabras: “V. R. luego me avise
cuántos padres son necesarios para la Pimería y cuántas misiones tiene fundadas el rey nuestro
señor y vengan con sus nombres, así de los parajes y puestos como de los Santos a quienes están
dedicadas. Ahora V. R., como más práctico, le ruego me avise dello, para luego responder al
padre visitador, pues importa porque vienen sujetos de España.” Hasta aquí, el padre rector.
En virtud destas dos cartas hice luego los informes que se me pedían, y el uno lo despaché
con propio hasta a San José de Guaymas, al padre visitador, y el padre visitador lo despachó a
México, al padre provincial, según S. R. me escribió, lo despachó a Roma, a nuestro padre
general, y al dicho informe le acompañaba la relación larga de todos los puestos acomodados
para muy buenos partidos y misiones desta Pimería, con su muy distinto mapa, así de los nueve
pueblos que actualmente estábamos administrando los tres padres que vivíamos en esta Pimería:
el padre Agustín de Campos, en San Ignacio, en Santa María Magdalena y San José de Imiris; el
padre Jerónimo Minutuli, en San Pedro y San Pablo de Tubutama, Santa Teresa y San Antonio
del Uquitoa, y yo aquí, en Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de los Remedios y
Nuestra Señora del Pilar y Santiago de Cocospera, como de las otras cinco limosnas que para
otros cinco padres nuevos y cinco nuevas misiones tenía concedido su real majestad, que Dios
guarde, y que con eso, desde luego, además de los tres misioneros que aquí estábamos, en
nuestros tres ya asentados partidos o misiones, podían venir a lo menos otros cinco para otros
cinco buenos partidos o misiones nuevas, y así que el cuarto padre pímico podía venir para
Nuestra Señora de la Concepción del Caborca, para San Diego del Piquín y para San Valentín; el
quinto padre para Santa María, San Lázaro y San Luis; el sexto padre, para San Ambrosio del
Busanic, Santa Gertrudis del Saric y San Bernardo del Aquimuri; el séptimo padre, para San
Javier del Bac, San Agustín y Santa Rosalía de los Sobaipuris; el octavo padre, para Santa Ana
de Quiburi, para San Joaquín y para Santa Cruz, adonde vive el afamado capitán Coro. Pues en
todos estos puestos o pueblos ya incoados hay muy buenos principios de cristiandad y de casas
en qué vivir y de iglesias en qué decir misa y de sementeras y cosechas de trigos y de maíces y
de ganados mayor y menor y caballada, que los naturales años ha cuidan con toda fidelidad para
los padres que piden y esperan recibir.
CAPÍTULO II.— Carta del padre visitador Francisco María Picolo del recibo y despacho a
México del informe y del mapa de las nuevas misiones fundadas y por fundar desta Pimería
Así que, con la brevedad posible, acabé de hacer el informe y mapa y relación de los puestos
más idóneos para buenas y acomodadas misiones y partidos desta Pimería, los despaché con
propio al padre visitador Francisco María Picolo, que me los pedía, y S. R., desde Belén, me
escribió la carta siguiente:
“De vuelta de San Marcial recibo la gratísima de V. R., con el mapa y noticias individuales
de las misiones de nuestra Pimería. Dios nos dé gracia de verla animada de padres fervorosos,
como los que en ella apostólicamente trabajan. Yo había salido por verme con VV. RR. y tratar
de presencia de la forma que tienen las misiones que necesitan de padres, y no fue posible pasar
delante por las aguas atascaderas, ríos y calores y mis pocas fuerzas, y me volví, víspera de
Nuestra Señora, que si su correo y propio de V. R. hubiera preguntado en el camino de los Ures
me hubiera hallado en San Marcial con el padre rector Fernando Bayerca y con el padre Manuel
González, que pasó a Mobas; por pedirme el padre provincial la respuesta con toda brevedad,
respondí a S. R., diciéndole que eran siete las misiones fundadas en la Pimería; ahora, con la de
V. R., hallo ser ocho; vuelvo a escribir al padre provincial, remitiéndole la carta de V. R.” Hasta
aquí, el padre visitador, y, según dije arriba, tuve después carta del padre provincial que estos
papeles se enviaron a Roma. Y añadiré otra carta de un Señor secular que en este mismo tiempo
andaba en estas mismas prevenciones de conseguir padres misioneros.
CAPÍTULO III.— Carta del capitán Juan Mateo Mange de que se le piden y trata de imprimir
relaciones y noticias conducentes a la venida de los necesarios padres misioneros para esta
Pimería
El 15 de septiembre, el capitán Juan Mateo Mange, que poco ha fue alcalde mayor desta
provincia, me escribió en este mismo tiempo la carta siguiente: El licenciado y abogado don
Miguel de Torrises y Cano tiene orden del señor virrey si será necesario añadir otros treinta
soldados, y dicho licenciado me ha ocupado mi inutilidad para que yo envíe por sumario al
virrey todos los derroteros e itinerarios de los descubrimientos de naciones que con V. R. tengo
hechos, y tengo ya sacados cinco y escrito las utilidades que se pueden seguir a Dios y al rey de
los 30 soldados y padres operarios para las reducidas naciones Sobas. Pimas y Sobaipuris,
Cocomaricopas y Yumas del Río Colorado, adonde expreso se podrá hacer una villa que sirva de
escala y antemural y refugio para ir reduciendo las demás naciones de Moqui. Apaches y
naciones del norte, noroeste y poniente hasta el mar del sur, y refugio de los navegantes de
China, con fundadas esperanzas de minerales, y que esta escuadra no sólo sirva para estas
fronteras, sino para visitar las naciones que se fueren reduciendo a nuestra santa fe y castigar a
tal cual malévolo que inquietare a los demás, para que los padres operarios que pido puedan
tener seguro de predicar la ley del santo Evangelio. Ya tengo escritas como cien hojas, y quedo
escribiendo lo demás y me falta el derrotero de la jornada que hicimos con V. R. y con el padre
Antonio Leal. Ruego a V. R. me lo envíe, y si no lo hallare se sirva de enviarme una breve
noticia del día que salimos hasta que volvimos, las leguas que anduvimos y almas que contamos,
que lo demás del rumbo y del terreno yo me acuerdo.” Hasta aquí, el general Juan Mateo Mange,
el cual siempre con muy cristiano celo ha sido muy amante destas nuevas conquistas y nuevas
conversiones, como siempre lo ha dado a entender con sus entradas, con sus escritos, con sus
mapas.
CAPÍTULO IV.— En este mismo tiempo, los principales naturales y caciques capitanes y
gobernadores, así del norte y nordeste como del noroeste, envían, con una santa cruz y con otras
dádivas y con muchos ruegos, a pedir padres y el santo bautismo
En 8 de septiembre, día festivo de la Natividad de María Santísima, vino a este pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores el capitán Coro, que en bautismo se llamó Antonio Leal. Trajo
consigo muchos naturales de tierra adentro y con ellos al gobernador de Cocospera, que se llama
Francisco Pacheco. Dicho capitán Coro nos dijo en público de cómo este pasado mes de agosto,
así que se fueron mitigando las aguas, él, con alguno de los suyos, había entrado hacia el norte
hasta los sobaipuris de San Javier del Bac, como 50 leguas de camino más adelante de su
ranchería de Santa Ana Quiburi, y hacia el nordeste hasta los tres Sobaipuris del valle de San
Salvador, en distancia de más de 60 leguas, y que todos aquellos gobernadores y capitanes en
todas partes le habían venido a ver y con todos los demás muy muchos naturales de aquellos
contornos por donde entró le rogaron viniese a verme y a rogarme que los fuese a ver y a
bautizarlos, que con todo su corazón querían ser cristianos; también enviaron muy amigables
recaudos y encomiendas a todos los demás padres destas misiones, y al señor alcalde mayor y a
todos los señores españoles, y a los demás naturales ya cristianos, enviándome juntamente para
eso una santa cruz y en ella apuntada y marcada las principales dieciséis rancherías grandes que
con instancias me pedían el santo bautismo. En este mismo tiempo, el 28 de agosto, supe del
gobernador de San Marcelo, ranchería o pueblo incoado del nordeste, que dista de aquí 90 leguas
y de las justicias deste pueblo de Nuestra Señora de los Dolores y de testigos españoles que los
yumas y quiquimas del noroeste y del paso por tierra a la California enviaron ruegos y dádivas,
conchas azules de la contracosta a pedirme que los fuese a ver y a bautizar siquiera sus párvulos,
que los recaudos de los pimas eran de 170 leguas de camino y los de los quiquimas eran 200
leguas, y las conchas azules, que sólo se dan en la contracosta de la California y mar del sur
venían casi 300 leguas de camino. Y al mismo tiempo que nos llaman al paso por tierra a la
California Alta, también me llaman al breve paso por la mar a la California Baja con la carta del
padre rector Juan de Ugarte, que pondré en el capítulo siguiente; sólo aquí añadiré, también en
este mismo tiempo, una desafecta persona hizo un desatinado malicioso informe contra la
California, del cual, el 7 de septiembre, el padre rector Melchor Bartiromo me escribió lo
siguiente: “El inicuo informe contra la California no rae hace fuerza, porque el demonio ha de
estorbar lo que es servicio de Dios y se vale de los hombres, pero Dios, sobre todo. Acuérdese V.
R. cuánto han informado contra la Pimería y, no obstante, Dios la mantiene y la adelantará hasta
que sea toda cristiana. Non est concilium contra Dominum.” Hasta aquí, el padre rector Melchor
de Bartiromo.
CAPÍTULO V.— Carta del padre rector de la California, Juan de Ugarte, acerca de un barco o
lancha para el más inmediato comercio de estas misiones desta provincia con la California por
el breve paso de ocho o nueve leguas en 31° de altura y me convida a que yo pase a la
California
Desde Loreto Concho, de California, el 7 de septiembre, el padre rector Juan de Ugarte me
escribió la carta siguiente: “Recibo dos de V. R.: la una, de 20 de junio; la otra, de 2 de julio,
ambas de mucho consuelo, así por las noticias de la salud de V. R., que prospere Dios para
mucha gloria suya y bien de muchas almas, como por la materia que contienen ambas acerca del
buen celo y ánimo de V. R. y de los padres a que haya comunicación en puerto cercano a esa
Provincia de donde han sido los socorros cuantiosos y supuesta la determinación de V. R. y de
los padres, me es preciso prevenir a V. R., como quien tiene a mucha costa experiencia de
barcos, de manera que no atrase sino que antes facilite el buen deseo de V. R. y su ejecución,
digo, pues que, aunque V. R. tenga maderas y tenga gentes y aún oficiales para fabricar, aunque
hubiera hierro, velas, cables, estopa, brea y en la playa buen bote para arrojar al agua el lanchón,
siempre había de haber solicitud, tiempo, y después de todo, contingente el que salga en su
cuenta la embarcación, lo que me parece es que siempre los padres que quieren cooperar a la
fábrica se alienten a comprar una lancha hecha con anclas, cables y velas ahorran más de la
mitad del gasto, y lo más preciso o más precioso: el tiempo. Al general, rezaba, el hacer su
balandrita le costó, según dicen, quince mil pesos y más de cuatro años. Al capitán Martín de
Serastigui le costó sólo dos mil pesos la lanchita comprada. Yo puedo hacer que este año tengan
VV. RR. una lancha de buque con juntar esa cantidad, y con eso sólo se esperará el tiempo bueno
de subir a esa altura de los seris y de la Pimería, que en tiempo de turbonadas no se puede entrar,
aunque sea barco grande, pues dicen los marineros que, como son mares desconocidos, es
menester sea la gente de mar pareja. Por lo que sigue de ofrecer, V. R. verá por esta carta del
general Andrés de Resaval su ánimo de pasar con su barco por acá al buceo de las perlas y al
comercio, como hemos deseado siempre, y VV. RR., fuera de la pesca, tendrán la sal de la bahía
de la Concepción en bajar a la isla del Carmen, y así se costearán los marineros, que es mucho su
gasto y ahora estamos tan faltos de ellos, que en las embarcaciones anda parte de chinos y parte
de californios, tres chinos y cuatro californios, hasta indios de Xalxocotán y un hijo de Basilio el
pima andan, porque, como hay otros barcos de buceo, todos los buscan y no todos son buenos
para dirección de una fábrica de componer sólo una lancha; en Acapulco nos estuvo en más de
mil y cuatrocientos pesos, después de habernos dado, la nao de China, la lancha a sólo
composición, pues qué será la fábrica, aunque sea de lancha, V. R. lo vea y me avise, con eso se
dispondrá la lancha y quizá irá gente que la entregue en Guaymas, sólo un cable suele costar 40
pesos, que serán dos la jabia colcharia, más barato nos estuvo comprar un barco perulero en
Acapulco que aderezar uno que teníamos, y así se fue a pique. Quizá por barco se viera lo que no
se ha podido por tierra, si estos dos de acá no hubieran estado ocupados, que el uno fue a la
Nueva España, yo hubiera hecho diligencia de subir siquiera hasta 30 grados siguiendo un
derrotero de Ortega. Los meses de noviembre hasta marzo es la fuerza de los noroestes, que no
puede subir barco ninguno, aunque sea de Galicia, sólo se puede ya por principios de abril y
mayo, que también van las corrientes para dentro, que estando allá la lancha para la travesía sólo
en todo tiempo puede ir y volver; este es mi parecer, pero V. R., como más experimentado,
dispondría lo que fuere de su agrado y de más servicio de Dios, que me guarde a V. R. en cuyos
santos sacrificios me encomiendo, y si allá hubiese licencia y pudiese V. R. darnos una miradita
por acá, dispondría lo que juzgara más conveniente y vería lo que hay aquí en esta California,
que fue primer teatro de los apostólicos trabajos de V. R., a quien suplico me salude a mi padre
Jerónimo Minutuli; espero breve la respuesta de la compra de la lancha, que se llama San Pedro
de Alcántara.” Hasta aquí, el padre rector Juan de Ugarte, a quien respondí lo que diré en el
capítulo siguiente.
CAPÍTULO VI.— Respuesta a esta carta califórnica que ya por acá en esta Pimería tenemos
prevención de lo necesario para el barquillo o lancha para este breve paso en 31° de altura, y
que sólo nos faltan los padres misioneros necesarios y un par de grumetes o chinos
Muchas personas, desde luego, se animaron a que también por esta altura de 31°
emprendiéramos la conquista y conversión de la California, pues era en la medianía que hay
entre las misiones, que ya tan gloriosamente actualmente tienen su corriente en la California baja
en altura de 26 y 27 grados y entran las nuevas conversiones que, Dios mediante, viniendo
padres misioneros, se podrán hacer en el paso por tierra a la California y en sus cercanías en la
California Alta de 35 y 36 grados y 37 de altura, por lo cual, cuanto me acuerdo a la muy
prudente santa carta califórnica referida del padre rector Juan Ugarte, respondí y respondo lo
siguiente: “En cuanto a la consecución de una pequeña pero suficiente embarcación para esta tan
breve travesía de ocho o nueve o diez leguas de quieta y abrigada mar deste seno califórnico con
el favor del cielo no tendremos particular dificultad. Pues tengo aquí, en casa, en este pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores, la mayor parte de las maderas labradas para un barquillo
acuartelado que, con unas buenas mulas de recua, con facilidad, con los demás tablones que
tengo en Nuestra Señora de la Concepción del Caborca, ya muy cerca de la mar, las podremos
llevar hasta las orillas deste seno. Estas maderas estuve previniendo desde el tiempo de la visita
del padre visitador Manuel González, el cual, con nuestro padre general Tirso González y con el
padre provincial Diego de Almonacid era amantísimo de estas nuevas conversiones; y S. R.,
habiendo conferido las materias de pasar a la cercana California también en esta altura de 32
grados, pues la tenemos patentemente a la vista, desde luego en Oposura, me dio la plata
necesaria para comprar, y luego compré, en el Real de San Juan, el bastante cotencie crudo para
la vela del barquito, aunque, como después fue Nuestro Señor servido que descubriésemos el
paso por tierra a la California, suspendí la fábrica del barquito; pero hay aquí la prevención desta
vela y de las maderas que llaman planes, istamanares y barragantes, de una pieza para ahorrar
parte de la clavazón, el timón y los remos y su género de pequeña anda o rajón y el necesario
hilo de hoquen para un cablecito y para la jarcia, con bastante humo y mortero para la clavazón y
lo equivalente para la estopa y mucha pinería de donde sacar la bastante brea y vacas gordas para
el sebo y campiñas, muy pingües y fértiles para los bastimentos de que, gracias al Señor, todos
los años solemos tener muy llenas las despensas, también para poder, con todo amor, ayudar con
ellas a la queridísima California, que es ferinosíssima soror nostra, y no nos sabe lo que
comemos si no partimos con ella soror esirn nostra parvula et ubera non habet. Todavía les
faltan las muy fértiles pingües tierras a la California, pero ya V. R. las van e irán descubriendo.
Hermanas dichosas son la Marta y Magdalena; por acá contentos con el ministerio de Marta,
servirémos dichosos a los padres que allá, dichosos, gozan de venturosa suerte de Magdalena y
procuraremos cuanto nos sea posible por muchos diferentes caminos, por el de paso por tierra en
35 grados y por este breve de la mar en 31 grados de altura compensar en algo lo que por tantos
caminos debemos al Redentor del mundo, que nos compró a nosotros como redimió a tantos
pobrecitos y nos dice Illis solvite quid mihi debetis. Y pagaremos si ayudamos a nuestros
necesitados próximos, y desta suerte pegaremos fuego a la sabana de la California por diferentes
partes con frescas memorias de admirables postcomunio, que Nuestra Santa la Iglesia da en su
misa a nuestro padre Ignacio; Ignem veni mittere in mundum, et quid volo nisi est avendatur.
En cuanto a la embarcación para este breve paso y travesía también se suaviza la dificultad
cuando sabemos que todavía está en ser y varada en esta nuestra costa destos Pimas y de estos
seris, bien cerca de la misma altura referida de 31 grados, la canoa grande en que Juan de
Herrera, uno de los marineros del almirante don Isidro Antondo y Antillón, con dos compañeros,
saliendo del puerto de Mazatlán, en busca y seguimiento de los que estábamos en el Real de San
Bruno de la California, y habiéndonos propasado sin vernos y buscándonos en más altura sin
hallamos, vino con su canoa de la California a esta Nueva España y a estas costas sericopímicas,
adonde la dejó varada y pasó hasta México a dar cuenta de todo a diferentes personas y a mí en
la casa profesa.
Con que la principal y única dificultad consiste en la falta de padres misioneros, uno los que
vengan a vivir y administrar las buenas misiones y pueblos que las tenemos prevenidas y uno que
en mis ausencias y asistencias, funciones y peregrinaciones me ayude a cuidar destos mis tres
pueblos de mi administración y otros para otras misiones incoadas que tenemos entre manos, que
habiendo éstos tan necesarios padres operarios para estas misiones, luego, Dios mediante, con
toda facilidad, podremos pasar al paso breve de 31 grados de altura y a las nuevas conquistas y
nuevas conversiones de sus contornos y al socorro y conversión de las ya asentadas misiones de
la California y a otras muchas de toda esta América septentrional. Un par de grumetes o chinos
para la dirección del barquillo o lancha o canoa grande para esta brevísima travesía se hallan en
Sinaloa y en sus contornos, pues a menudo se suelen salir algunos de la California. Nuestro
Señor me guarde a V. R., como deseo, felicísimos años, encomendándome en sus santos
sacrificios con mis tiernísimas a mis amantísimos padres de la California. Nuestra Señora de los
Dolores y noviembre 4 de 1706 años. De V. R. muy siervo en Cristo,
CAPÍTULO II.— Certificación jurídica del capitán teniente de alcalde mayor del buen estado
destas nuevas conversiones y que hasta los quiquimas, del paso por tierra a la California,
envían una santa cruz y a pedir el santo bautismo
Aunque ha habido siempre muy buenas certificaciones de diferentes señores alcaldes
mayores y de otros reales ministros del buen estado desta Pimería y que los muy amigables
naturales piden y merecen los necesarios padres misioneros para la administración, pondré aquí
esta más fresca que cabalmente la llevé conmigo entre mis papeles, cuando estos días pasé a ver
y a hablar al general don Jacinto de Fuensaldaña, y es como sigue:
“El 7 del mes de septiembre de 1706, en este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores, en
presencia del capitán Juan Díaz de Terán, teniente de alcalde mayor del valle de Opodepe y su
jurisdicción, por S. M., habiendo venido en compañía de algunos vecinos de dicha jurisdicción, a
causa y efecto de oír misa el día de María Santísima, hallamos en este dicho pueblo al capitán
Francisco Pacheco, por otro nombre llamado Cola de Pato, gobernador de Cocospera, y al
capitán Antonio Leal, por otro nombre llamado el capitán Coro, capitán general de dicha nación
Pima, quienes vinieron de tierra adentro y le trajeron al reverendo padre Eusebio Francisco Kino
recaudos y señales de amistad cruces y conchas azules de la contracosta de la California y otras
cosas del uso de aquellas rancherías en que piden la amistad y amparo de los españoles y el
consuelo de sus almas, pidiendo con instancias el santo bautismo y padres misioneros para que
los administren, y actualmente se halla en este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores un
capitán de San Marcelo, distante 90 leguas de camino, quien vino con sus hijos y mujer pidiendo
lo mismo que piden los demás: padres que le administren. Y hallándome yo presente a todo lo
referido a pedimento del dicho reverendo padre Eusebio Kino, certifico y doy fe y verdadero
testimonio de haber visto y hablado, por medio de intérprete, a los dichos capitanes y
gobernadores de dichas naciones, y ellos, asimismo, dijeron que las naciones Yumas y
Quiquimas, al noroeste, también llaman al dicho padre Eusebio Francisco Kino con el mismo fin
de querer cristianar, y para que conste ser verdad, lo certifiqué y autoricé como juez receptor y
con los testigos de mi asistencia que presentes se hallaron fecha en dicho día y año y va en papel
común por no haber papel sellado, que está habilitado por la justicia ordinaria desta provincia,
Juan Díaz de Terán, Juan de la Riva y Salazar, Antonio de la Vega Cama, Diego Muñoz y
Francisco de Castro.”
CAPÍTULO III.— Relación diaria de la entrada al paso por tierra a la California desde 13 de
octubre hasta 16 de noviembre de 1706 años, salida del presidio de Santa Rosa de
Corodeguachi y llegada al pueblo de Nuestra Señora de los Dolores
Por cuanto el general don Jacinto de Fuensaldaña, así de palabra como por escrito, dió muy
buenas órdenes y muy cristianas enseñanzas a su alférez Juan Mateo Ramírez para esta entrada,
encargándole, entre otras cosas, una exacta relación diaria de todo, firmada del padre Eusebio
Francisco Kino y de fray Manuel de la Oyuela, de la Orden de San Francisco (que también venía
a esta entrada), y de su compañero, el cabo Juan Antonio Durán, y autorizada de su merced
pudiese pasar a México y aún a S. R. M., que Dios guarde. Daré aquí las noticias de esta entrada,
según las refiere la relación diaria del dicho alférez Juan Mateo Ramírez, y la carta que escribe a
su general y capitán del presidio, don Jacinto de Fuensaldaña, que es como sigue:
“Mi señor general don Jacinto de Fuensaldaña: Obedeciendo a las órdenes que acompañase
en su entrada al padre Eusebio Francisco Kino, doy parte de cómo, habiendo salido en 13 de
octubre del presidio, llegamos a Cuquiarachi, adonde, hasta muy de noche, dicho padre Eusebio
Francisco Kino y el padre del partido Basilio Javier de Molina platicaron largamente del mucho
bien que, con facilidad, en servicio de ambas Majestades se podía hacer, así en la cercanía destas
fronteras como en otras más remotas partes destas nuevas conversiones.
En 14 llegamos, a las 14 leguas de camino, al pueblo de Bacoachi, de donde remití los dos
compañeros, como ordenaba vuestra merced.
En 15, a las diez leguas de camino, llegamos al real de Bacanuche.
En 16, a las veinte leguas de camino, al anochecer, llegamos al pueblo de Nuestra Señora de
los Dolores, adonde nos recibieron, así los domésticos del padre Eusebio Francisco Kino como
los muchos forasteros que habían venido de tierra adentro con una santa cruz y con otras y
buenas dádivas de conchas azules de la contra costa, con una santa cruz que enviaban los de la
nación Quiquima, enviando a llamar al padre Kino para que fuera a bautizar siquiera a sus
párvulos. En compañía de los que trajeron estos resultados vinieron otros naturales de la costa,
que trajeron no sólo muchos tamales de pitajayas secas, sino también unos canastillos de
pitajayas frescas que, como en otras partes, se dan por junio y julio, así en esta costa se dan, y en
grande abundancia, por octubre, por noviembre y aún por diciembre.
En 17 respondió el padre Kino a las muchas cartas que aquí halló, y nosotros nos previnimos
de lo necesario para una jornada: de bizcocho, de cabalgaduras, etc.
En 18 el padre despachó por delante al gobernador de San Marcelo a avisar, así a sus
parientes como a los demás, de la cercanía del paso por tierra a la California, que por allá
hacíamos entrada dos padres y dos soldados.
En 19 vimos un gran número de crucecitas y conchas azules, bolas curiosas y otras dádivas
que, en otras varias antecedentes ocasiones, los quiquimas de la California Alta y las demás
naciones de paso por tierra habían enviado al padre Kino, enviándole siempre a llamar para que
fuese a bautizarlos.
En 20, mientras que aquí nos preveníamos para la entrada al noroeste, despachó el padre
Kino recaudos y dádivas a los sobaipuris del norte y del nordeste con el capitán deste pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores.
El 21, a la tarde, salimos de Nuestra Señora de los Dolores para Nuestra Señora de los
Remedios, para prevenir unas cabalgaduras y otras cosas para nuestra entrada al paso por tierra a
la California.
CAPÍTULO IV.— Misión o entrada al paso por tierra a la California desde 22 de octubre hasta
16 de noviembre de 1706 años, sacada de la relación diaria del alférez Juan Mateo Ramírez,
que fue a dicha entrada
En 22 de octubre vino de Nuestra Señora de los Dolores a Nuestra Señora de los Remedios el
padre Eusebio Francisco Kino, y con S. R. fray Manuel de la Oyuela, de la sagrada Orden de San
Francisco seráfico, que pedía limosna para la fundación del noviciado de Guadalajara, que al
salir esta mañana el padre Kino de Nuestra Señora de los Dolores, al primer cuarto de legua de
camino encontró con su S. R. y, volviendo al pueblo a darle chocolate, llegaron a medio día
entrambos padres a este pueblo de Nuestra Señora de los Remedios, y fray Manuel, habiendo
determinado entrar a pedir su limosna a los demás padres pímicos, gustó justamente de ir con
nosotros a la entrada y a la vista del paso por tierra a la California y en esa conformidad.
En 23 de octubre pasamos todos juntos al pueblo de Santiago de Cocospera, adonde, como
también en Nuestra Señora de los Remedios, vimos las dos muy buenas iglesias, mucho ganado
mayor y menor y las despensas muy bien aviadas de trigos y maízes, todo para el muy buen
socorro de las demás nuevas misiones que a su tiempo se fueren fundando.
En 24 pasamos por la estancia de San Simón y Judas del Siboda, que el padre Kino la tiene
hecha para socorro de nuevas misiones, a las, como diecinueve leguas de camino, pasando por la
buena labor de Bavasqui, llegamos al anochecer. En 25 hallamos que los vaqueros que el padre
Kino, desde Nuestra Señora de los Dolores, había enviado por delante habían prevenido cuatro
reses, tasajeadas para el camino y para la fábrica de la iglesia de Tubutama, y cuarenta
cabalgaduras caballares y mulares para nuestra entrada, que las llevamos para nuestra jornada
con las veinticinco cabalgaduras que traíamos de Nuestra Señora de los Dolores. También se
previnieron otras veinticinco reses, que se llevaron a San Ambrosio del Busanic en lugar de otras
tantas muy mansas, que se sacaron allí y se llevaron a San Marcelo, por donde habíamos de
pasar.
En 26 salimos para Santa Bárbara del Sonoydac, que es una pequeña ranchería con muy
buenas tierras, adonde tenía trigo y maíz de cosecha para la iglesia, y los naturales nos recibieron
con todo agasajo y salimos a dormir dos leguas más adelante, caminando hoy como catorce
leguas.
En 27, madrugando, fuimos a decir y oír misa a San Ambrosio del Busanic, caminando
cuatro leguas de camino; nos salieron a recibir y encontrar todas las justicias deste pueblo,
incoado con su capitán, llamado don Marcos, al cual estos años antecedentes había bautizado en
su iglesia en Santa María de Baseraca el padre visitador Horacio Polici, en la ocasión que habían
pasado hasta allá veinticinco gobernadores y capitanes y justicias desta Pimería a pedir los
padres necesarios y el santo bautismo, caminando algunos de ellos más de 150 leguas. En este
pueblo o misión, incoada a la cual pertenecen otros dos muy buenos puestos: Santa Gertrudis del
Saric y San Bernardo del Aquimuri, hallamos casa en que vivir y pequeña iglesia con su altar en
que decir misa, con una iglesia grande empezada; hallamos trigo, maíz y frijol, ganado mayor y
menor, más de doscientas cabezas, y manadas de yeguas, que todo lo cuidan muy bien los
naturales para el padre que piden y esperan recibir. Aquí y en todas partes dimos buenas
enseñanzas de cristianas y políticas, como vuestra merced me mandó, y fueron muy bien
recibidas. Se hicieron cuatro bautismos de cuatro párvulos, y una confesión de la enferma mujer
del capián don Marcos; matamos un carnero muy gordo, despachamos vía recta veinticinco reses
a San Marcelo y salimos para Santa Gertrudis del Saric, camino de tres leguas, en el cual nos
dieron un párvulo a bautizar, que se le puso Juan Mateo Ramírez, pues fue mi ahijadito.
En 28, habiendo hecho cinco bautismos de cinco párvulos y visto el buen tablón de trigo que
acababan de sembrar para la iglesia, salimos para el Tubutama, adonde llegamos a mediodía y
fuimos recibidos del padre Jerónimo Minutuli con todo agasajo. Animamos a la gente a la
función de la fábrica de la iglesia, se hicieron muchos adobes; el gobernador y los guasinques de
Nuestra Señora de los Dolores labraron las maderas y arcos del presbiterio, y juntamente nos
aviamos para nuestra entrada, a la cual deseaba acompañamos también el padre Jerónimo
Minutuli; pero las muchas ocupaciones de la fábrica, de la sementera de trigo, de los herraderos y
que tenía algunos enfermos, no le dieron lugar, pero S. R., con mucha caridad y amor, nos avió
con vino de misas, con candelas de cera, con chocolate, pan y bizcocho, con pinole, carnero y
carne de vaca y aún con su propia mula de silla.
CAPÍTULO V.— Nuestra salida de San Pedro y San Pablo del Tubutama y llegada a San
Marcelo del Sonoidac
En 29 de octubre, despachando por la mañana nuestras carguillas y la remuda más de
cuarenta cabalgaduras, a mediodía, salimos del Tubutama y llegamos a San Antonio del Uquitoa,
tercer pueblo del padre Jerónimo, habiendo pasado por su segundo pueblo, que es de Santa
Teresa de Caborica.
En 30 llegamos, a las trece leguas de camino, a Nuestra Señora de la Concepción del
Caborca, habiendo pasado por San Diego del Piquín, adonde estaban haciendo adobes para
acabar su iglesia pequeña mientras hubiera lugar de hacer una grande. En la Concepción
hallamos mucha gente, y se podrá hacer un pueblo de más de dos mil almas, por las muy buenas
tierras y mucha gente que hay en su cercanía; queda hecha una decente casa con su capaz sala,
despensa, panadería con su horno, cocina, iglesita con su altar mayor y empezada una iglesia
grande, al remedo y mayor que la de Matape. Hay aquí ganado mayor y menor, con dos manadas
de yeguas, que les contamos más de veinte crías caballares y mulares; hay trigo, maíz y frijol,
que todo se cuida muy bien para el padre que estos naturales con tantas instancias piden y
esperan recibir.
En 31, después de buenas pláticas y bautismos de párvulos, a las dieciséis leguas de camino
llano de la costa, al ponerse el sol, acompañándonos el capitán y el fiscal mayor de Nuestra
Señora de la Concepción, llegamos a la ranchería grande de San Eduardo del Baidia, adonde los
muy afables naturales nos tenían prevenida una casita de palos y petates en que decir misa con
decencia, con su altar y con cruces y arcos puestos en los caminos y con toda la puntualidad nos
cuidaron y pastorearon nuestra caballada.
En primero de noviembre salimos para San Luis Bertrán del Bacapa y, a las veinte leguas de
camino, llegamos a las oraciones, adonde los naturales también nos tenían prevenida una casita o
ermita en que decir misa. Hasta este puesto de Bacapa llegó fray Marcos de Niza, según trae
Torquemada.
En 2, a las catorce leguas de camino, llegamos a San Marcelo, y llegando nosotros por este
camino del Tubutama y de la Concepción como a las cuatro de la tarde, al mismísimo tiempo
estaban llegando los vaqueros con el ganado mayor que la semana antecedente, por diferente más
derecho camino, habíamos despachado desde San Ambrosio del Busanic, y también llegaron
juntamente más de 70 indios con sus justicias, gobernadores y capitanes de diferentes rancherías
por donde habían pasado nuestros vaqueros. Los naturales de San Marcelo nos recibieron con
caminos limpios, con cruces y arcos, puestos en ellos por el espacio de más de una legua y con
todo agasajo. Hallamos aquí al capitán y al gobernador de los yumas y al gobernador de los
cocomaricopas, que, avisados de que habíamos de venir, nos vinieron a ver más de setenta leguas
de camino: los unos, del río Colorado, del noroeste, y el otro, del río Gila, del norte. También
vino con nuestros vaqueros el capitán de San Ambrosio, don Marcos, que, en compañía del
capitán de Nuestra Señora de la Concepción, ayudó con mucha fineza y fervor cristiano a dar
muy católicas enseñanzas a los demás muy muchos naturales que de todas partes, toda aquella
tarde y toda la noche y todo el día siguiente fueron concurriendo a oír la palabra de Dios y a
vemos; y como todavía no había llegado ni se habían avisado los quiquimas del paso y de la
California, los enviamos a llamar con un gobernador pima deste pueblo incoado de San Marcelo,
a donde ya había su pequeña iglesia con su altar muy aseado, blanqueada y pintada, y se le
cuidaba al padre Kino su ganado menor, cuarenta cabezas; trigo y maíz y frijol para el padre que
esperaban recibir estos muchos y afables y muy amigables naturales.
En 3, después de la misa y de las pláticas de doctrina cristiana del padre Kino, y también
según me mandó vuestra merced, se mató una res y un carnero, y toda la gente fue a sembrar un
buen tablón de trigo para la iglesia, y a la tarde vino mucha más gente de diferentes cercanas y
remotas rancherías, y hubo plática de los mismos naturales, animándose unos a otros a ser todos
cristianos.
CAPÍTULO VI.— Salida de San Marcelo y llegada al muy alto cerro de Santa Clara y a la
patentísima vista del paso por tierra a la California y llegada de vuelta a Nuestra Señora de los
Dolores
En 4 de octubre, después de haber dicho misa y despachado la mucha gente muy contenta y
consolada que se les procuraría conseguir los padres misioneros necesarios, a mediodía salimos
de San Marcelo para el buen paraje que llaman El Carrizal, que dista siete leguas.
En 5 salimos de madrugada, y fue el padre Kino a decir misa cuatro leguas más adelante en
un buen aguaje; almorzamos y bebimos chocolate y montamos a caballo, y caminando otras diez
leguas llegamos a un aguaje de agua represada entre peñas del muy alto cerro que llaman de
Santa Clara; allí comimos y dejamos las bestias de remuda y algunos mozos; cogimos las
mejores mulas y subimos este muy alto, que tenía otras cuatro leguas de subida: sobre este cerro
hacen otros tres cerros apilonados. Subimos en el que cae al sur, desde donde se vio el mar, el
cual nos quedaba meramente al sur, que se perdía de vista sin que ni de la parte del oriente (de
donde venimos) ni de la parte del poniente subiera mar alguna hacia el norte o noroeste, y vimos
muy patentemente la continuación de esta nuestra tierra con la del poniente, que era de arenales,
y cerritos y tierra, alcanzándola nuestra vista a más de 40 y 50 y 60 leguas de distancia.
Dormimos en la cumbre deste cerro.
En 6, día de San Bruno, patrón de la California, así como amaneció, fray Manuel de la
Oyuela se bajó deste cerrito del sur y se fue a subir al otro, que era el más alto de todos, y
nosotros le teníamos entre norte y poniente; así como aclaró bien vimos otra vez, aún con más
individualidad, lo que habíamos visto la tarde antecedente, y que con esta continuación de ambas
tierras hay paso por tierra a la California, y vimos que su sierra madre de la California corre de
sur a norte hasta adonde remata el mar, y que una punta se pega con una bahía, que fray Manuel
la llama la Ría, por ser el desemboque del río Colorado en el remate de la mar de la California;
desde allí se parte la dicha sierra madre de la California del rumbo del norte y coge el rumbo del
noroeste, que es norte y poniente; entre sur y poniente llegamos a ver más de 50 leguas de tierra
corrida de la California, con su sierra madre; entre sur y oriente vimos la bahía muy grande, que
tendrá como 10 leguas de largo, que le pusimos de San Manuel, porque fray Manuel, desde su
más alto cerro, adonde subió, la divisó más distintamente, la cual al oriente tiene un cerro
solitario.
Satisfechos de que el mar no subía más al norte que hasta la altura en que nos hallábamos de
35 grados, bajamos hasta adonde estaban las mulas desensilladas, y ensillamos entre tanto que
bajó del otro cerro fray Manuel, y bajamos juntos las cuatro leguas hasta el aguaje, adonde
dejamos los mozos con la remuda y con el cabo Juan Antonio Durán, que por enfermo no había
podido subir al cerro con nosotros. Allí dijo misa el padre en acción de gracias de la tan
patentemente descubierta verdad del paso; almorzamos, y a las 14 leguas de camino llegamos a
El Carrizal.
En 7, domingo, madrugamos, y vinimos a decir y oír misa a San Marcelo, a donde nos
estaban aguardando algunos indios que habían venido a vemos, entre ellos el capitán de los
cocomaricopas del río Grande o río de Gila, que habían venido desde más arriba de la afamada
grande ranchería de San Matías del Tumagacori.
En 8, salimos de San Marcelo del Sonoydac para Nuestra Señora de los Dolores;
acompañónos el capitán de los yumas, que había venido desde el río Colorado, más de 70 leguas
de camino, y el capitán de los cocomaricopas, que había venido más de 60 leguas de camino con
otras muchas justicias y con otros muchos naturales destos contornos. Al salir nos dieron tres
párvulos a bautizar; a las diez leguas de diferente camino que por donde habíamos venido
llegamos a San Rafael del Actum, y nos dieron otros diez párvulos a bautizar, y pasamos otras
cuatro leguas adelante a dormir en el aguaje de San Martín.
En 9, a las nueve leguas, llegamos a las rancherías de Santa Biviana; aquí hallamos que, con
rara lealtad, nos habían guardado y tasajeado dos reses de las que se les habían cansado a los
vaqueros; que pasando por aquí llevaron las veinticinco de San Ambrosio del Busanic a San
Marcelo; que quedamos admirados de tanta fidelidad. Les repartimos la carne y los cueros, y
habiéndoles hablado la palabra de Dios, quedaron en que todos querían ser cristianos, y nos
dieron ocho párvulos a bautizar, prometiéndonos que se agregarían a donde hubiese padre; nos
dieron muchas de sus comidas pinole de maíz, frijol, calabaza y mezquite, y pasamos a otra
ranchería como cinco leguas más adelante.
En 10, al salir del paraje, nos trajo el gobernador una parvulita moribunda y agonizante a
bautizar, que sin duda iría muy en breve a gozar de Dios, y a las 12 leguas de camino llegamos a
San Estanislao del Octeam, a donde hallamos una iglesita a ermita de adobe.
En 11 nos dieron el gobernador y las demás justicias nueve párvulos a bautizar, y a mediodía,
a las ocho leguas de camino, llegamos a San Ambrosio del Busanic. Matamos una res gorda y un
carnero, y escribimos a los padres del Tubutama y de San Ignacio, y nos dieron unos párvulos a
bautizar. Llegamos al Tubutama.
En 13 descansamos y fabricamos.
En 14 llegamos a Santa María Magdalena, a donde nos agasajó el padre Agustín de Campos,
como en el Tubutama el padre Jerónimo Minutuli.
En 15 dio el padre Kino una instrucción de cómo se habían de labrar unas maderas para la
fábrica del presbiterio de la nueva iglesia, y a la tarde salimos a dormir a San José de Himires,
tercer pueblo de la administración del padre Agustín.
En 16 llegamos a mediodía a Nuestra Señora de los Remedios, y a la tarde, a Nuestra Señora
de los Dolores.
Habiendo hecho más de 50 bautismos de párvulos, hemos visto, además del paso por tierra a
la California desde el pueblo del Tubutama, más adelante más de 2 000 indios, hombres y
mujeres, sin lo menudo; y la más tierra es buena y fértil, con sus acequias para hacer grandes y
buenos pueblos con bastantes aguas recogiendo la gente que hay en varias rancherías, y por ser
verdad lo firmamos el padre Eusebio Francisco Kino y fray Manuel de la Oyuela y yo; el alférez
Juan Mateo Ramírez, el cabo de escuadra Juan Antonio Durán, en Nuestra Señora de los
Dolores, en 18 de noviembre de 1706 años.” Hasta aquí el alférez Juan Mateo Ramírez. Y
cuando meramente esta relación diaria había de pasar al general don Jacinto de Fuensaldaña,
para como su merced cristianamente para el bien de muchas almas pasase autorizada con papeles
suyos a México y aún a España, supimos con muy grande desconsuelo nuestro que se lo acababa
de llevar Dios Nuestro Señor.
CAPÍTULO VIII.— Carta del padre rector Melchor Batiromo del gran consuelo que S. R. y
otras personas han tenido de estas referidas Misiones o entrada al paso por tierra a California
Así que nuestro fray Manuel de la Oyuela y el alférez Juan Mateo Ramírez y yo dimos
noticia de nuestro viaje al padre rector de esta Misión, S. R., en 10 de diciembre, me escribe la
siguiente: “Con infinito consuelo mío, esta tarde recibo la de V. R., de 4 del corriente, y no
puedo escribir esta si no es a pedacitos, porque la copia de las lágrimas por el consuelo de las
buenas nuevas de la conversión de tantas almas me impiden a ratos, y así puedo decir que va
escrita más con las lágrimas que con la tinta: pero no lágrimas de dolor, sino de consuelo, pues
Nuestra Señora de los Dolores para sí quiso los dolores, y a sus hijos, consuelo y gusto, y más
éstos, de ver principiada la salvación de tantas naciones, Dios se lo pague a V. R., a quien con
santa envidia considero desde acá muy consolado y muy gustoso, Nuestra Señora le permita a V.
R. todos esos trabajos y pasos que da y dará para su santa gloria y bien de sus almas, dominus sit
tibi mercer magna nimis; quizá algún día yo también tendré la dicha de verme en esos países,
padeciendo lo que merezco y trabajando para gloria del Señor, aunque mis grandes pecados y
defectos me rinden indigno.” Pocos días después, en 17 de diciembre, escribió S. R. las
siguientes palabras: “He hallado un mapa universal que pone la California tierra firme: se
imprimió en Roma el año 1602; el autor es Arnoldo di Arnoldi, flamenco; acá lo verá V. R. que
lo he compuesto con nuevos papeles; lo tenía con mis libros en una petaca.” Hasta aquí el padre
rector de esta Misión, Melchor Batiromo. Otros muchos padres y señores seglares escribieron
otras cosas algo semejantes. El padre rector de Matape, Adamo Gil, en 30 de diciembre, añade lo
siguiente: “De la provincia de V. R. y de Baviera y de Alemania la Alta es el padre Castaer, el
cual, según me acaba de escribir de la Gran China el padre Vaname, llegó con prosperidad a
Roma con la ocupación de embajador o procurador de aquel Imperio tártaro sínico; es muy
querido de los chinos y muy venerado por muy fervoroso operario apostólico, misionero en la
isla Sanchón.” El capitán Juan Fernández de la Fuente, en 19 de diciembre, escribió lo siguiente:
“Me alegro infinito de su nueva entrada que acaba de hacer al paso por tierra a la California con
el alférez Juan Mateo Ramírez, con el cabo Juan Antonio Durán y con fray Manuel de la Oyuela,
y que V. R. y todos los referidos fuesen, viesen y volviesen con salud.”
CAPÍTULO IX.— De la fundación de una villa en estas nuevas conversiones, que en estos fines
de 1706 y principios de 1707 se trató de ella
Muchas personas muy celosas del servicio de ambas majestades en este tiempo fueron de
parecer que en estas nuevas conversiones, así para su adelantamiento como juntamente para el
total remedio de esta provincia de Sonora, tantos años ha tan infestada de los enemigos jocomes,
janos y apaches. El padre Antonio Leal, que poco antes había sido visitador de estas Misiones de
Sinaloa, cuando le dio parte del intento de esta fundación de una nueva villa con los contornos de
esta provincia, escribió que si consiguiese sería cosa aún más provechosa que un presidio, y que
aunque todavía no se había podido conseguir, será cosa muy deseable y sobre manera muy
provechosa, y muchos años había que se había intentado y pretendido.
Otros muchos padres, y también muchos señores seculares, alcaldes mayores y tenientes,
eran del mismo parecer, y había muchas personas que se ofrecían a ir personalmente a su costa y
mención a ser pobladores de la dicha villa, porque el intento era fundarlas con tierras muy
fértiles y muy acomodadas para todo, y muchos, así padres misioneros como seculares, ofrecían
muy buenos socorros de ganados, bastimentos, vestuario, plata, etc., para los pobladores de la
referida villa y para su fundación, que ya llegaba a más de 15 000 pesos lo que diferentes
bienhechores querían contribuir.
El actual padre visitador, Francisco María Picolo, en 1 de noviembre, desde San José de
Guaymas, me escribió lo siguiente: “Me parece muy bien la fundación de la villa, y dándome
Dios fuerzas y salud, iré yo, llegando el caso, a levantar las paredes y a ayudar con mis manos,
pues quiero mucho a la Pimería.”
El capitán Juan Fernández de la Fuente, en 6 de octubre, desde su hacienda de Santa Bárbara,
me escribió la carta siguiente: “He visto ha V. R. recibido mis cartas, y como el padre rector,
Melchor Batiromo, aprueba mi dictamen en razón de la fundación de la villa que se pretende
fundar entre tantas y tan dilatadas naciones, y bien creo que por lo mucho que importa para el
remedio de tantos millones de almas; como están careciendo del santo bautismo, se animarán y
alegrarán todos los reverendos padres misioneros de esta provincia, y que ayudarán con cuanto
puedan y esté de su parte para empresa de tanta importancia, en que las dos majestades son tan
interesadas, y queriendo Dios que dicha villa se funde, nos podemos prometer que el santo
Evangelio se propague por las muchas naciones que están descubiertas y las muchísimas más que
habrá adelante, que sin duda será otro nuevo mundo y felicísima cristiandad por el buen natural
que demuestran tener las descubiertas que están ya acostumbradas a sustentarse con el sudor de
su frente y vivir en tierras llanas y en forma de pueblos, que es lo que más suele costar trabajos y
mortificaciones a los misioneros y nuevos pobladores, porque ya tan arduas dificultades se hallan
vencidas en esos hijos, y a saber yo que V. R. había de llegar a Santa María de Baseraca, tan
breve hubiera yo ido a esperarle para que conviniésemos lo que pareciese más conveniente en
compañía de nuestro reverendo padre Horacio Polici quien está más que lleno de experiencias y
conocimientos de indios, y V. R., con su acostumbrado y cristiano y apostólico celo tiene
granjeada las voluntades de todos los más principales de esas dilatadas naciones, y bien creo que
los capitanes Coro y Pacheco, otros muchos de adentro y los sobaipuris, nos ayudarán a penetrar
hasta los quiquimas, que están en el paso por tierra a la California, y me alegro más que ninguno
el que en la festividad de Nuestra Señora de Septiembre, que V. R. celebró, se hallasen tanto
número de cristianos y gentiles como me propone, y fue muy acertado que el teniente de alcalde
mayor y real justicia de esta jurisdicción certificase lo que estaba viendo presente y los propios y
recaudos que venían de partes remotas, con buenas hablas, por donde se reconoce desean que el
santo Evangelio entre en sus tierras. Quiera la Divina Majestad que logremos el verlo reducido a
la real obediencia y gremio de nuestra santa fe, que es cuanto puedo de más desear, y como S. R.
M., empresa de tanta consecuencia, ayude con algo, desde luego por mi parte sacrificaré mi vida
y mi hacienda en este su real servicio.” Hasta aquí el general Juan Fernández de la Fuente, que
con esta y otras muchas cristianas cartas bien da a entender cuánto es y cuán católico celo del
servicio de ambas Majestades le asiste y está acompañado de tan largas experiencias como
continuadamente fue adquiriendo sirviendo a S. R. M., como es público: treinta años en este
reino de la Nueva Galicia y en las armadas de España, sin haber pretendido algún premio o
puesto, y al parecer, sólo atendiendo al real servicio, y a la obligación de sus desempeños en el
aumento de los reales dominios en la empresa de reducir y pacificar y palabrar esas naciones de
Taraumares y de otras partes, por lo cual será Nuestro Señor servido, que así S. R. M., que Dios
guarde, como nuestros padres superiores de nuestra santa madre la compañía, cuando más
convenga se sirvan de ayudarnos en particular con los muchos y muy necesarios apostólicos
padres misioneros que liemos menester. Pues les tenemos ya penetradas tan dilatadas y tan
maduras bienes de almas, y son tantas las que se les van siguiendo, que con razón muy bien dice
el referido señor general Juan Fernández de la Fuente, muy merecedor del nuevo gobierno de
este nuevo reino de esta Nueva Navarra si fuere el gusto de S. R. M, que Dios guarde, que en
estas nuevas conquistas se hallará un nuevo mundo y se conseguirá una felicísima nueva
cristiandad, bueno será se fomente. Y pues dicho señor general, en otra carta que arriba cité,
reconoce juntamente que muchas veces más se consigue con piadosas y caritativas obras de
apostólicos misioneros que con muchos arcabuces, y que de esta suerte, con muy moderados
gastos de Real Hacienda, se pueden perfeccionar las nuevas conquistas y nuevas conversiones
que ya tienen tantos adelantamientos. Esperamos conseguir el que con los celestiales favores de
Nuestro Señor se ha de convertir muy felizmente toda esta América septentrional. Así lo conceda
Su Divina Majestad. Amén.
QUINTA PARTE
DE LOS FAVORES CELESTIALES DE JESÚS Y MARÍA SANTÍSIMA Y DEL GLORIOSÍSIMO APÓSTOL DE LAS
INDIAS, SAN FRANCISCO JAVIER, EXPERIMENTADOS EN ESTAS NUEVAS CONQUISTAS Y NUEVAS
CONVERSIONES DESTAS NUEVAS NACIONES DESTA AMÉRICA SEPTENTRIONAL INCÓGNITA
Y aunque en esta Quinta Parte podía proseguir la historia de los años de 1707 y de 1708 y de 1709, pónese en su lugar en
esta parte última un
INFORME LARGO
del muy grande bien, que para muy grandes servicios de ambas majestades, aún a muy poca costa de la real hacienda, se
puede conseguir y de los muchos medios temporales que Nuestro Señor con sus favores celestiales nos da a manos llenas
en estas fertilísimas tierras
ADVERTENCIA
Al benévolo lector
Es verdad que este tratado pedía, y mi intento era en esta Quinta Parte proseguir la historia de
los favores celestiales experimentados en estas nuevas conversiones, y referir lo sucedido en los
tres años siguientes de 1707, de 1708 y de 1709. Pero como lo más se reduce a las
acostumbradas rémoras y lastimosas detenciones de los tan necesarios padres misioneros, y
operarios para las tan dilatadas, y tan sazonadas, y muy maduras mieses de almas, que hasta aquí
en los años antecedentes se han apuntado, hame parecido más conveniente poner en esta Quinta
Parte y última el INFORME largo, repartido en cuatro libros, y en sus capítulos que por
insinuación de mis superiores mayores, y de otras personas graves y celosas del servicio de
ambas Majestades estos meses hice. Pues el intento es dar más cumplida razón de lo que más
puede conducir a la total conquista y conversión de toda esta dilatadísima América septentrional,
que hasta ahora se ha tenido por incógnita, y bastará entre tanto aquí decir que en todos estos
años, gracias a Su Divina Majestad y a sus celestiales favores, todas estas muy dilatadas nuevas
naciones de más de 600 leguas de circuito se han mantenido y mantienen en muy quieto, pacífico
y muy amigable buen estado.
SACRA REAL MAJESTAD DE FELIPE V,
Que Dios guarde muchos años
Por mandar V. R. M. en su muy católica Real Cédula, de 17 de julio de 1701, que me la
envió impresa, así mi padre provincial desta provincia de Nueva España como el padre visitador
destas Misiones de Sonora, y está en el impreso mi nombre (sin que yo lo merezca) y el nombre
del padre Juan María de Salvatierra, que se le informe a V. R. M. del estado y paraje en que se
hallan las gentilidades desta provincia de Sonora, con este informe la América septentrional
incógnita se pone a los sagrados pies de V. R. M. Pues con las más de 200 leguas de nuevas
conquistas y nuevas conversiones, que son de más de 600 leguas de box, o de circuito de tierras
muy fértiles y de nuevas naciones ya muy amigables, descubiertas estos últimos veintitrés años
por los padres de la Compañía de Jesús con más de 50 entradas, o Misiones, que en diferentes
ocasiones han hecho al norte, al nordeste, y al noroeste, y al poniente, que algunas han sido de
50, de 70, de 90, de 100, de 150 y de 200 y más leguas, y con esto quedan ya muy reducidos
todos estos muchísimos naturales y piden padres y el santo bautismo, y parece que saben muy
bien lo que les dice nuestra madre la Iglesia el primer día festivo de mayo de San Felipe, y de
Santiago, que: Gentiles salvatorem videre cupientes ad Philipum assesserunt, que los gentiles
que querían ver al Salvador del mundo se acercaron a Filipo. Y si en aquellos tiempos hubo un
apostólico Filipo, a quien acudían los gentiles, es muy notorio que también hoy tenemos (y lo
reconocemos los desta América septentrional incógnita) nuestro muy católico Filipo y gran
monarca, a quien se arriman estos innumerables gentiles. El soberano Señor de los cielos guarde
la vida de V. R. M. felicísimos años. Misión de Nuestra Señora de los Dolores, y febrero 2 de
1710.— Besa los sagrados pies de V. R. M. su humilde capellán. Eusebio Francisco Kino.
QUINTA PARTE
Informe y relación de las nuevas conversiones de esta América septentrional, que son de más de 200 leguas de tierras
fértiles hasta al recién descubierto paso por tierra a la California, la cual no es isla, sino península, y muy poblada, y hasta
al caudalosísimo río Colorado, que es el legítimo río del norte de los antiguos, con sus nuevos mapas de estas nuevas
naciones y de esta América septentrional, que hasta ahora se había tenido por incógnita.
Item del muy grande servicio de ambas Majestades, que aún a poca costa de la Real Hacienda se puede conseguir
fomentando con reverendos padres operarios estas nuevas conversiones, se puede fundar un nuevo reino, que se puede
intitular de la Nueva Navarra.
Por el padre Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, misionero de más de veinticinco años de las Misiones de la
California y de estas nuevas Misiones y nuevas conversiones de esta provincia de Sonora
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO.— De los inmensos católicos reales gastos que en las navegaciones y
entradas a las Californias casi por dos enteros siglos se han hecho, pero que ahora felizmente
dellos se originan estas nuevas conquistas y nuevas conversiones desta América septentrional
Es notorio que casi por dos enteros siglos la real católica Corona de España por las nuevas
conquistas y nuevas conversiones y por la dilatación del Santo Evangelio y por la eterna
salvación de las almas de las Californias, ha gastado más de dos millones y medio; pero parece
que, gracias a S. D. M. ahora va llegando el dichoso tiempo en que felizmente se va logrando no
sólo la conquista y conversión de las Californias, sino también juntamente la de estas sus
confinantes otras dilatadas tierras y naciones desta América septentrional, que hasta ahora había
tenido la mayor porción de tierra incógnita, y que Nuestro Señor a las algo coitas tierras de las
Californias les va añadiendo el proporcionado socorro destas continuadas muy pingües tierras y
abundantes campiñas y fértiles ríos y valles de esta América septentrional.
Los inmensos, pero muy católicos referidos gastos, y que siempre liberalísimamente los
compensa el Soberano Señor, han sido los de las varias navegaciones y entradas siguientes:
El año de 1533, don Fernando Cortés, once años después de haber ganado México, descubrió
la California y entró en el puerto de Nuestra Señora de la Paz.
El año de 1535, don Antonio Mendoza, primer virrey de esta Nueva España, envió a la
California al general Francisco de Alarcón con otros 12 navíos de alto bordo, que pero todos se
perdieron.
El año de 1597, Sebastián Vizcaíno pasó a su costa a la California con cinco religiosos de
San Francisco.
Y el año de 1602 pasó segunda vez a costa de Felipe III con tres religiosos de Nuestra Señora
del Carmen, siendo virrey el conde de Monterrey.
Y el año de 1606 le vino Real Cédula para que pasase a poblar en el puerto de Monterrey,
que pero se lo estorbó su muerte.
El año de 1615 pasó con un navío el capitán Juan Iturbi.
El año de 1632 y el año de 1633, y poco después, el capitán Francisco de Ortega pasó a la
California primera, segunda y tercera vez.
Cerca del año de 1636 pasó el capitán Carboneli.
El año de 1642 pasó el capitán Luis Cestín de Cañas, llevando consigo al padre Jacinto
Cortés, de la Compañía de Jesús.
El año de 1643 y el año de 1644, Felipe IV envió al almirante don Pedro Porter Casanate.
Y el año de 1648 y 1649 pasó segunda vez, llevando consigo al padre Jacinto Cortés y al
padre Andrés Váez, de la Compañía de Jesús.
El ano de 1664, a costa de S, R. Al, de Felipe IV, el almirante don Bernardo Bernal de
Piñadero pasó primera vez, y el año de 1667 pasó segunda vez con dinero prestado.
El año de 1668, el capitán Francisco Lucenilla pasó a la California con dos religiosos de San
Francisco.
CAPÍTULO II.— Se continúan también en nuestros tiempos los católicos reales gastos para
conquista y conversión de las almas de la California y Nuestro Señor los compensa y premia
El año de 1681, 82, 83, 84 y 85, a costa de más de medio millón de la Real Hacienda, por
orden de don Carlos II, el almirante don Isidro de Atondo y Antillón, habiendo fabricado tres
navíos (capitana y almiranta y patache) en el río de Sinaloa, pasó con los necesarios soldados y
marineros a la California. Pasamos también juntamente tres padres misioneros de la Compañía
de Jesús; yo fui con oficio de rector de aquella Misión y de cosmógrafo de Su Majestad para esa
empresa. Estuvimos unos meses en el puerto y había de Nuestra Señora de la Paz, en altura de 24
grados y más de un año en el Real de San Bruno, en altura de 26 grados, desde donde pasamos
hasta la contracosta y mar del sur, camino como de 50 leguas; dejamos reducidos como 400
almas, y habiendo venido al puerto de Matanchel, de la Nueva Galicia, a aviarnos de algunos
rosas necesarias, por cuanto al mismo tiempo los piratas pichilingues, en el puerto de la
Natividad, estaban aguardando la nao de China para robarla, el señor virrey, el marqués de La
Laguna, nos envió a encontrar y avisar y escapar a dicha nao de China, que encontrándola dentro
de dos días gracias al Señor, y engolfándonos con ella porque ni llegase a tierra ni fuese vista de
los enemigos que estaban en el puerto de la Natividad, llegamos todos con bien al puerto de
Acapulco, dejando burlados a los piratas y escapando Nuestro Señor cuatro o cinco millones de
la real corona y de sus leales vasallos, sin falta en premio de los muy católicos gastos que por
tantos caminos hace la real monarquía en obsequio de S. D. M. y para el bien de innumerables
almas, como también hemos visto y vemos que en ese mismísimo tiempo y en los mismos años y
meses de los gastos de esta referida empresa de la California, Dios Nuestro Señor los grandiosos
descubrimientos de las riquísimas minas de los reales que llaman de los Frailes, de los Alamos y
de Guadalupe, que están enfrente, y cercanos, y la misma esfera de 25 y 26 grados como la
California, que con esos católicos gastos se pretendía conquistar y se está conquistando a nuestra
santa fe católica.
Del puerto de Acapulco, habiéndose descargado la muy interesada nao de China o galeón de
Filipinas, pasamos los más con el almirante a la ciudad de México, adonde dentro de algunos
días, habiendo conferido los más proporcionados modos de proseguir con la conquista y
conversión de la California, se nos señaló el situado de 30 000 pesos, y la misma semana que
acabando de llegar 80 000 pesos de Zacatecas, estaban para entregárnoslo y despacharnos, vino
un navío de España, que con orden apretadísima pidió 500 000 pesos, aunque se buscaran
prestados para con estos compensar luego los daños de un muy interesado navío de Francia, que
pocos años antes se había echado a pique en la bahía de Cádiz, por lo cual se suspendió la
conquista y conversión de la California.
CAPÍTULO III.— Con ocasión que se suspende la conquista y conversión de la California casi
sin querer o sin repararlo se da principio a estas muy dilatadas nuevas conquistas y nuevas
conversiones desta incógnita América septentrional
Así que reconocí se suspendía la conversión de la deseada California, pedí y conseguí de mis
superiores y de S. E. el venirme entre tanto a estas cosas de gentiles más cercanos y más a la
vista de dicha California a los guaymas y seris, y habiendo llegado por finales de febrero de 1687
a esta provincia de Sonora y pasado a Oposura a ver al padre visitador Manuel González, vino S.
R. conmigo hasta a este puesto de pimas gentiles (pues el cercano padre de Cucurpe, José de
Aguilar, le estaba pidiendo padre para ellos), que le pusimos de Nuestra Señora de los Dolores, y
está en 32 grados y medio de altura, adonde entramos a 12 de marzo de 1867 acompañados de
padre José de Aguilar y de sus sirvientes, y volviéndose el día siguiente a tener Semana Santa en
sus pueblos, el padre visitador, dos horas después de su salida, entré con dicho padre José de
Aguilar y con algunos guías ya de Nuestra Señora de los Dolores, otras 10 leguas más adelante
hacia el poniente al buen puesto y valle que le pusimos de San Ignacio, adonde hallamos aún
más gente, aunque algo desparramada; volvimos por el norte por la ranchería de Himeres, que le
pusimos de San José, y por la del Duayibubig, que le pusimos Nuestra Señora de los Remedios;
que luego, gracias al Señor con prosperiridad los fuimos reduciendo a nuevos buenos pueblos,
dando principio a su doctrina cristiana y enseñanza de oraciones con un buen intérprete y buen
temastian, que conseguí de la Misión antigua de pimas, de los ures y a las fábricas de las iglesias
y casas y sementeras.
Después hice otras Misiones o entradas al norte y más al poniente, y despaché amigables
recaudos convidando a todos los gentiles destos contornos para que a imitación destos sus
parientes y paisanos pimas fuesen recibiendo nuestra santa fe católica para su eterna salvación, y
en breve muchos de varias partes a ese fin me vinieren a ver, y fui disponiendo los principios de
otras nuevas Misiones y pueblos. Nos vino a ver y visitar con grande consuelo nuestro y suyo el
padre Manuel González; pidió con el señor alcalde mayor, y consiguió otras cuatro limosnas de
la real caja para otras cuatro Misiones nuevas desta dilatada Pimería, y vinieron otros cuatro
padres misioneros; a la vez dediqué esta mi primera iglesia de Nuestra Señora de los Dolores.
CAPÍTULO IV.— Luego después de los buenos principios destas nuevas conquistas y nuevas
conversiones desta tierra firme desta América septentrional se emprende y prosigue felizmente
la conquista y conversión de la California por medio de las infatigables apostólicas industrias y
trabajos y celo santo del padre Juan María de Salvatierra
Habiendo el año de 1691 entrado por visitador destas Misiones de Sinaloa y Sonora el padre
Juan María de Salvatierra, vino S. R. por diciembre desde Chinipas a visitarnos, y viendo en su
santa visita de estas nuevas Misiones tan fértiles y abundantes y amenas tierras y valles y ríos,
dio a entender eran lo más pingüe de cuanto había visto en las demás Misiones, a lo cual dije que
también a mi me parecía que estas tierras tan pingües podían ser el alivio y remedio de la algo
estéril y corta California, adonde dejábamos tantas almas desamparadas y perdidas que nos
pedían ya el santo bautismo, y acordamos hacer las posibles diligencias de conseguir el ir con la
brevedad posible a proseguir con dicha conquista y conversión, y S. R., con su celo santo desde
luego, y aún antes de salir destas Misiones pímicas, hizo un muy buen informe para S. R. M. y
sus reales ministros, y aunque al principio hubo sus dificultades y rémoras, el año de 1697 dicho
padre Juan María de Salvatierra, valiéndose de limosnas que consiguió entre las fieles piadosas
personas alcanzó licencia del señor virrey don José Sarmiento de Valladares y Montesuma, para
que S. R. y yo pasásemos a la California, y a este fin se vino S. R. desde México hasta las
Misiones de Sinaloa y Yaqui con prevención de todo lo necesario; desde Mocorito de Sinaloa me
dio parte de su llegada y de haber conseguido el deseado intento de que los dos pasásemos a la
California, remitiéndome en la materia la gustosísima carta del padre provincial Juan de
Palacios, con la cual al instante di parte al padre visitador Juan Horacio Polici y me puse en
camino para ir a Yaqui y nuestra queridísima California; pero cuando yo iba gustosísimo me
detuvieron por acá por necesario, según escribieron con propio a S. E. el padre visitador Horacio
Polici y el señor gobernador de las armas y alcalde mayor de esta provincia de Sonora, don
Domingo Gironza Petriz de Crusatt, y pasó en mi lugar a dicha California el padre Francisco
María Piccolo, quien después trabajó e informó gloriosamente del buen estado de la California,
la cual, gracias a Nuestro Señor, se va tan felizmente conquistando y convirtiendo, que tienen y
tendrán bien que escribir de sus apostólicas Misiones otras mejores plumas que la mía.
CAPÍTULO V.— Mientras se hace la conquista y conversión de la California en 25, 26 y 27
grados de altura, y se solicita también por acá su conversión en esta nuestra altura de 32, 33 y
más grados, emprendiendo a este fin la fábrica de un barco, con las muchas entradas destas
nuevas conversiones, se descubre paso por tierra a la California en altura de 35 grados
Quedando, como quedé, por acá con el sólo alivio y consuelo de las esperanzas de que
valiéndome de las licencias que del padre provincial y de S. E. me acaba de traer de México el
padre Juan María de Salvatierra, también desde acá podría hallar y abrir camino para la misma
California, y su reducción en esta altura de 30, 32, 33, 34, 35 y más grados, por lo cual hice
varias Misiones o entradas al poniente y a la costa de la mar de la California; emprendí la fábrica
de un barquito acuartelado, parte aquí en Nuestra Señora de los Dolores y parte en la Concepción
de Nuestra Señora de Caborca, que dista como 15 leguas de la mar de la California, y desde estas
sus costas se divisan lumbres y humaredas de los californios. Aunque después, como con la
divina gracia, con diferentes entradas, que hice en particular al noroeste, descubrí que en altura
de 34 grados y medio se remataba y acababa la mar de la California suspendí la fábrica del
barco.
En general, desde este primer pueblo de Nuestra Señora de los Dolores, en estos veintiún
años hasta acá, he hecho más de 40 entradas al norte, al poniente, al noroeste, al nordeste y al
sudoeste de a 50, de a 80, de a 100, de a 150, de a 200 y más leguas de camino, algunas veces
acompañado de otros padres y las más veces con solos mis sirvientes y con los gobernadores y
capitanes y caciques de diferentes rancherías o pueblos incoados de acá fuera y de tierra adentro.
Hacia el norte y noroeste he entrado en diferentes ocasiones más de 130 leguas de camino
hasta la casa grande y fábrica de los antiguos de Montesuma, que desde esas tierras salieron
cuando fueron a fundar la ciudad de México y hasta el río Grande o río de Gila, que sale de los
confines de Nuevo México por la Apachería, y viene a estos nuestros pimas, sobaypuris y
después sale más de 100 leguas al poniente por los cocomaricopas y yumas hasta juntarse con el
caudalosísimo río Colorado, que es el legítimo río del norte de los antiguos, y entre hasta los
confines y muy patente vista de la Apachería que hay entre esta dilatada Pimería y entre la
provincia de Moqui y Zuñi y del Nuevo México.
Hacia el poniente he entrado con diferentes padres las 70 leguas de camino que hay hasta la
mar de la California, y hasta dar muy patente vista a más de 25 leguas de tierra corrida de dicha
California con el padre Agustín de Campos, con el padre Marcos Antonio Kappus y con el padre
Jerónimo Minutuli, y tienen ya muy bien asentadas sus Misiones el padre Agustín de Campos, en
San Ignacio, en San José de Himires yen Santa María Magdalena; y el padre Jerónimo Minutuli,
en San Pedro y San Pablo del Tubutama, en Santa Teresa y en San Antonio del Uquitoa, como
también hay sus buenos principios de bautismos, de fábricas de iglesias y casas de ganado mayor
y menor y de caballada de sementeras y cosechas de trigo y de maíces y de frijol en el pueblo
incoado de Nuestra Señora de la Concepción del Caborca y en San Ambrosio del Busume y en
otras partes.
Hacia el noroeste he entrado más de 200 leguas hasta el remate de la mar de la California,
adonde desemboca el caudalosísimo y pobladísimo y muy fértil río Colorado, que es el legítimo
río del norte de los antiguos, y el río que Francisco Drake y sus secuaces llaman del Coral, como
al otro río de Gila, que sale por los confines de esta Pimería, le llama el río del Tizón, y es verdad
que en sus orillas y cercanía tiene muchos tizones, que son los que los naturales, en tiempo de
frío, llevan en la mano calentándose la boca del estómago para alivio de su desnudez, y cuando, a
las ocho o nueve del día, suele calentar un poco el sol, los tiran, de que soy testigo de vista; pero
Drake va muy errado en su fabulosa demarcación en que muy siniestramente pinta isla la
California, diciendo que su mar sube hasta la mar del norte y soñado estrecho de Anian,
habiendo nosotros estos diez años, con 14 entradas que a este fin hice, patentemente descubierto
que esta mar de la California no sube más que hasta 34 grados y medio de altura, adonde hay
patente paso por tierra a dicha California, por donde nos vienen continuamente muchas conchas
azules de las que únicamente se dan en la contracosta de la referida California y mar del sur, por
donde todos los años suele venir la nao de la China.
A algunas destas entradas al noroeste han ido conmigo el padre Adamo Gilg hasta la nación
yuma por orden del padre visitador Horacio Polici y el padre Juan María de Salvatierra (que
después ha sido meritísimo padre provincial desta provincia de Nueva España) hasta San
Marcelo del Sonoydac; hasta dar vista al encerramiento de estas tierras en el remate de la mar de
California, y el padre Manuel González hasta el mismo desemboque del caudalosísimo río
Colorado, y ahora año y medio ha fue conmigo fray Manuel de la Oyuela, de la sagrada orden de
San Francisco, hasta el altísimo cerro de Santa Clara, el cual está meramente al norte del remate
de la mar de la California, y de donde pantentísimamente se divisa que esta mar no sube más
arriba, y que la California es continente con esta tierra firme de la Nueva España, y S. R., con el
alférez Juan Mateo Ramírez y con el cabo Juan de Durán, me dieron desta verdad certificación
jurada.
CAPÍTULO VI.— Más de veinte gobernadores y capitanes de tierra adentro vienen a Nuestra
Señora de los Dolores a pedir padres y el santo bautismo, y pasan al mismo fin a Santa María de
Baseraca a ver al padre visitador Horacio Polici, caminando algunos de ellos de ida y vuelta a
sus casas 400 leguas
De otras dos entradas que hice, la una al norte y la otra al poniente, se originó que más de 20
gobernadores y capitanes desta dilatada Pimería viniesen de 50, de 70, de 90 y de más de 100
leguas de camino a este pueblo de Nuestra Señora de los Dolores a pedirme padres y el santo
bautismo para toda la gente de sus rancherías, y habiéndoles insinuado que estos padres se
habían de pedir al padre visitador, que distaba casi 100 leguas de aquí, me rogaron que les diese
guías o que yo fuese con ellos, que allá irían a buscar el remedio de su salvación, y hube de pasar
con ellos hasta Santa María de Baseraca otras 96 leguas de camino, a ver a ese fin al padre
visitador Horacio Polici, quien en particular desde entonces ha sido siempre finísimo amante
destas nuevas conversiones, el cual los consoló como pudo, recibiéndolos con todo cariño,
prometiéndoles procuraría con todo empeño conseguirles los deseados necesarios padres
misioneros, y le pidieron de México al padre provincial Juan de Palacios, catequizando y
bautizando dicho padre visitador a uno de los capitanes en su nueva y grandiosa iglesia de Santa
María de Baseraca, que se llamó Marcos (como su padrino, el gobernador de Baseraca), y nos
ayuda con fineza en particular en todos aquellos contornos de su incoado pueblo de San
Ambrosio del Busanic; y el padre visitador Horacio Polici, en acción de gracias del consuelo que
había tenido con la venida de tanta gente nueva, aunque era por octubre, cantó una misa solemne
a los santos tres reyes que son los primeros que vinieron a ver y conocer y adorar al Redentor del
mundo (Primitios Gentium), pues venían algunos de más de 200 leguas de camino, y con otras
tantas que habían de andar de vuelta a sus casas eran más de 400, y S. R. escribió al señor
gobernador de las armas desta provincia para que también procurase informarse del buen estado
de esta nación pima, que, fomentándola, la podíamos tener muy provechosa para todo, y con
especialidad para contra los enemigos desta provincia de Sonora, los jocomes y apaches, y Su
Señoría envió 22 soldados hasta Quiburi, adonde concurrimos y hallamos al capitán Coro, que
con su gente estaba bailando unas cabelleras de unos enemigos jocomes, que poco antes había
matado.
CAPÍTULO VII.— A otra Misión o entrada de más de 130 leguas que hice al noroeste llevé
conmigo veintidós soldados para que fuesen testigos de vista del buen estado de esos pimas del
norte y de sus fértiles valles, y hallamos, tantas y tan maduras mieses de almas que cuando
volvimos el padre Melchor de Martiromo en Teape, en acción de gracias cantó una misa
solemne a Nuestra Señora de la Concepción
Con esta ocasión que yo hacía Misión y entrada a los vecinos pimas sobaipuris, y encontré
con los 22 soldados y su capitán, Cristóbal Martín Bernal, por cuanto se decía que allá adentro
había muchas caballadas hurtadas desta provincia de Sonora, y a mí me constaba lo contrario, y
que no estos pimas, sino los jocomes y apaches y janos, eran los que hacían estos daños y robos
de caballadas, etc., desta provincia y de sus fronteras los llevé conmigo para que viniesen a ser
testigos de vista del muy amigable buen estado de todos estos pimas sobaipuris, pues su principal
cacique y capitán de ellos, llamado el Aumaric, con dos hijos había venido dos años antes a
Nuestra Señora de los Dolores a catequizarse y bautizarse, y se llamó Francisco, y el hijo mayor
se llamó Francisco Javier, y el otro hijo, Horacio Polici. Entramos juntos por el valle y río de San
José de Terrenate desde Santa Ana de Quibori, acompañándonos también el capitán Coro;
llegamos por este mismo río al muy ameno valle de los pimas sobaipuris del oriente, y hasta el
río grande de Gila, viniéndonos a encontrar y recibir más de 30 leguas de camino el referido
capitán Francisco Humari con sus dos hijos, que el uno era gobernador y el otro alcalde de su
ranchería grande de San Fernando. En ninguna parte hallamos la más leve señal de caballadas
hurtadas desta provincia de Sonora; en todas partes nos recibieron con cruces y arcos puestos en
los caminos y con varias dádivas, y con sus comidas muchas. Por el río de Gila bajamos al
poniente más de otras 40 leguas hasta la Casa Grande y hasta la Encarnación del Tusonimo,
adonde nos recibió con mucha alegría suya y nuestra con muchas cruces y con muchos arcos
puestos en los caminos el capitán de esta grande ranchería, que se llamaba Juan de Palacios, que
este nombre del actual padre provincial le habíamos puesto en su bautismo y era uno de los que
dos meses antes había pasado hasta Santa María de Baseraca a ver al padre visitador Horacio
Polici. Después tomamos la vuelta por el dilatado valle de los otros pimas sobaipuris del
poniente de San Francisco Javier del Bac, del río de Santa María, y viniendo por San Cayetano y
por San Gabriel de Guebavi y por San Luis de Bacoancos y por Santiago de Cocospera a este
pueblo de Nuestra Señora de los Dolores pasamos también a los cercanos pueblos de Cucurpe y
Toape, adonde se hallaba el padre Melchor Martiromo, que oyendo S. R. de cómo habíamos
hallado aquellos más de siete mil pimas sobaipuris, tan amigables y tan bien dispuestos para
recibir nuestra santa fe católica, y tan sin el más pequeño rastro de hostilidades o de hurtos de
caballadas, y que casi en todas partes nos recibieron con arcos y cruces puestas en los caminos y
con muchos de sus bastimentos, y que nos dieron más de 70 párvulos a bautizar, y que dimos
más de 60 varas de justicias, de gobernadores, de capitanes, de alcaldes, de fiscales, de topiles,
etc., y que nos vino a encontrar y recibir más de 30 leguas de camino el principal capitán
Humaric de aquellos naturales, dicho padre Melchor de Bartiromo, en Toape, cantó otra misa
solemne a Nuestra Señora de la Concepción, en acción de gracias de tan feliz y de tanta madurez
desa mies de tantas almas.
CAPÍTULO VIII.— Con otra Misión o entrada que hicimos al norte y volvimos por el poniente,
el padre visitador Antonio Leal y el padre Francisco Gonzalvo y yo vimos otros más de ocho mil
pimas, y dicho padre visitador, con su paternal celo, se nos consiguió algunos padres operarios
En todas mis más de 40 entradas o Misiones que hice tierra adentro con la enseñanza de la
doctrina cristiana y del amor y temor de Dios para que los pobres naturales puedan llegar a la
eterna bienaventuranza y escapar los eternos incendios y con el caritativo paternal buen trato que
según nuestro santo Instituto con estos pobres indios se ha procurado tener, me han dado siempre
muchos párvulos a bautizar en la primera entrada o Misión que viniendo del río Grande y del
norte para el sur hice a estas costas de la mar de California, adonde nunca habían visto alguna
cara blanca o persona española en las 80 leguas de costa que anduve, quedando reducidos más de
5 000 indios, me dieron 435 párvulos a bautizar en la sola ranchería grande, que le pusimos de
San Francisco en 4 de octubre; después de la misa me dieron a bautizar 102 párvulos, y a la
tarde, en la otra cercana ranchería que se le seguía, y le pusimos de San Serafín, me dieron otros
60, y cuando dos años después el padre visitador Antonio Leal, con el padre Francisco Gonzalvo
y conmigo en su santa y apostólica visita, entró más de 80 leguas de camino hacia el norte, y
llegó hasta San Francisco Javier del Bac de los sobaipuris, y hasta San Agustín, y tomó la vuelta
por el poniente, llegó a San Serafín y a San Francisco, consolando muy mucho, y edificando
muchísimo a toda esta dilatada Pimería y a las demás sus confinantes naciones; en San Serafín y
en San Francisco, los párvulos que yo antecedentemente había bautizado recibieron a S. R. con
sus crucecitas en las manos, que después se recogió un gran número de ellas, y unas se dieron al
padre visitador y otras me dieron a mi, que las que me cupieron las traje a Nuestra Señora de los
Dolores, y el padre visitador, con su paternal celo santo y con estas y otras semejantes de los de
más de ocho mil pimas, con unos pocos cocomaricopas que vimos en esta entrada se enterneció,
y miró siempre con muy fino amor y afecto a estas nuevas conversiones y estas santas misiones
púnicas, y habiendo visitado esta de Nuestra Señora de los Dolores y la de San Ignacio y la de
San Pedro y San Pablo del Tubutama, nos ayudó a conseguir algunos padres para las demás.
CAPÍTULO IX.— En los veintiún años que hace que se empezaron estas nuevas conversiones
quedan reducidas más de 30 000 almas a nuestra amistad y al deseo de recibir nuestra santa fe
católica, y dando a éstas los padres necesarios hay muy fundadas esperanzas que, Dios
mediante, se podrán reducir más de otras tantas
Con todas estas entradas o Misiones que se han hecho a estas nuevas gentilidades de 200
leguas en estos veintiún años quedan reducidas a nuestra amistad y al deseo de recibir nuestra
santa fe católica entre pimas y cocomaricopas, y yumas, quiquimas, etc., más de 30 000 almas,
las 16 000 de solos pimas y he hecho más de 4 000 bautismos y pudiera haber bautizado otros 10
ó 12 000 indios si la falta de padres operarios no nos hubiera imposibilitado el catequizarlos e
instruirlos por delante; pero enviando Nuestro Señor, por medio de S. R. M. y de los superiores,
los padres necesarios para tanta y tan madura mies de almas, no será (Dios mediante) dificultoso
el lograr el santo bautismo de todas estas almas y de otras muchísimas, así en el pobladísimo río
Colorado como en la California Alta, de 35 grados de altura; y de sus contornos, pues tiene este
grandísimo río Colorado sus orígenes en 52 grados de altura, y aquí respondo a lo que me
propone la carta del padre rector Juan de Hurtasum de si algunos ríos corren al mar del norte o
todos van a desembocar al mar de la California, y digo que así como este río Colorado, que es
del norte de los antiguos viene tan caudaloso, así es forzoso venga de tierra remota y alta, como
sucede a todos los demás ríos caudalosos de todo el mundo y globo terráqueo, con lo cual los
demás ríos de esa tierra de 52 grados de altura, por allá tendrán sus vertientes a la mar del norte.
Algunas más noticias se podrán sacar de los mapas que añado a este informe, y para no
apartarme de la brevedad que en él prometo, sólo digo que de las 14 entradas a las 200 leguas del
noroeste tengo escrito un tratadito como de 25 pliegos, que se titula Manifiesto cosmográfico de
que la California no es isla, sino península, y destas nuevas conquistas y nuevos descubrimientos
y nuevas conversiones en general por orden de nuestro padre general Thirso González, estoy
escribiendo otro tratado más dilatado, con sus mapas, y quedan ya escritos más de 100 pliegos,
que por insinuación de su paternidad se intitula: Favores celestiales de Jesús y de María
Santísima y del Gloriosísimo Apóstol de las Indias, San Francisco Javier, experimentados en las
nuevas conversiones destas nuevas naciones, destas nuevas gentilidades, desta América
septentrional.
LIBRO III
Muchos años ha que esta provincia de Sonora padece muy mucho de sus declarados
enemigos los jocomes, janos y apaches, con continuados robos de caballadas y ganados y
muertes de cristianos indios y españoles, daño que ni los dos tan costosos presidios, el de Janos y
el de esta provincia de Sonora, en tantos años no lo han podido bastantemente remediar, pues
todavía prosiguen dichos enemigos a infestar como siempre toda esta provincia de Sonora con
sus acostumbradas muertes y robos y sus muy notorias y muy continuadas hostilidades; han
llegado ya y llegan hasta a Cenoquipe, en el mismo valle de Sonora, y hasta Tuape, en el valle de
Opodepe, y hasta San Ignacio y Santa María Magdalena en esta Pimería, y fundóle muy buenas
Misiones en estas nuevas conquistas y nuevas conversiones, en particular en el buen valle
oriental de la grande Santa Ana de Hiburi, y adonde asiste el capitán Coro, el cual ya es cristiano,
y se llama Antonio Leal; se pondrá un gran freno a los referidos enemigos, que suelen tener su
asistencia en las cercanas sierras de Chiguiacagui, y amurallándole a dicho capitán Coro, como
en breve. Dios mediante, le amurallaremos al remedio de Santa María Baseraea su grande
ranchería o nuevo pueblo, continuará mejor sus acostumbradas entradas a los dichos enemigos, y
podrales dar los golpes que suele, con muy buenas victorias como siempre, y mucho más para el
total remedio desta provincia de Sonora, que como cuando estos años pasados dicho capitán
Coro mató de un golpe más de 200 de esos enemigos; y cuatro meses ha, con la entrada que hizo
en seguimiento de los que llevaban ganado mayor y caballada del real de Bacanuche, mató 15
enemigos grandes y trajo diez presitos, que de ellos tengo aquí unos en casa, que habiéndolos
catequizado y bautizado, al uno le puso Juan Miguel, que son los nombres de nuestro padre
general y del provincial, y al otro le puse Felipe, en nombre también de nuestro muy católico
monarca, que Dios guarde.
CAPÍTULO II.— Que hay pareceres de personas prudentes que en estas 200 leguas de nuevas
conquistas se puede fundar un nuevo reino
También podrá el fomento destas nuevas conversiones seguir para el adelantamiento y buen
gobierno y buena administración de las muchas más Misiones que se podrán ir fundando más
adelante. Pues hay personas prudentes y graves y celosas del servicio de las dos Majestades que
son de parecer que en estas más de 200 leguas de nuevas pingües tierras de indios laboríos
nuevamente conquistadas y reducidas se puede con facilidad fundar un nuevo reino, que se
puede llamar de la Nueva Navarra, como otros se llaman de la Nueva Vizcaya, de la Nueva
Galicia y el Nuevo Reino de León.
CAPÍTULO III.— Que, Dios mediante, en breve al norte y nordeste se podrá entrar a la
reducción de la cercana Apachería, y al noroeste, al pobladísimo río Colorado o río del norte
por arriba
Fomentando estas nuevas conversiones desta dilatada Pimería con el favor del cielo, en breve
podremos entrar a la reducción y conversión de la cercana Apachería, que nos demora al norte y
al nordeste y al noroeste al pobladísimo río Colorado o río del norte, por arriba, de 35 a 36 y 37 y
más grados de altura para arriba, pues sabemos que sale de nordeste a sudoeste, y que sale como
diez leguas más al poniente de la provincia de Moqui, y habiendo nosotros enviado recaudos a
esos naturales del río Colorado por arriba, ya nos convidan a que entremos a verlos, y ya se nos
dan noticias ciertas que luego a imitación de los demás de por acá quedarán reducidos a nuestra
amistad y al deseo de recibir nuestra santa fe católica.
CAPÍTULO IV.— Que podremos entrar a comerciar con los de Moqui y Zuñi y Nuevo México,
que están en 36 y 37 grados de altura, pues hemos llegado a sus cercanías de 34 grados de
altura y más
Por la misma referida Apachería, que está en 35 grados de altura, podremos con la divina
gracia entrar a comerciar con el Nuevo México y con sus más cercanas provincias de Moqui y
Zuñi, pues no hay más distancia de por medio que 40 ó 50 leguas, que es la que hay de 34 grados
de altura, adonde viven nuestros ya muy reducidos y domésticos últimos pimas sobaipuris de San
Fernando de la Junta de los ríos de Gila y de San José de Terrenate o de Quiburi a la altura de 36
grados, adonde está la provincia de Moqui y Zuñi, y hasta 37 grados en que se halla la villa de
Santa Fe del Nuevo México, pues tenemos también noticias ciertas que antes del alzamiento del
Nuevo México los españoles de aquellas provincias venían por esta Apachería hasta destos
nuestros últimos pimas sobaipuris a rescatar maíces con hachas, paño sayal, fresadas, chomite,
cuchillos.
CAPÍTULO V.— Que se podrá abrir camino aún para otras más distantes entradas y
conquistas, como al norte para el Teguayo, y al noroeste para la gran Quivira; al poniente para
la California Alta y puerto de Monterrey y cabo Mendocino
Con el fomento destas nuevas conversiones no sólo tendrán más abrigo y se defenderán con
ellas las cristiandades ya hechas nuevas y antiguas, como queda insinuado, sino que juntamente
se abriá camino para otras muchas nuevas conquistas y nuevas conversiones de otras muchas
nuevas tierras y naciones más remotas desta todavía algo incógnita América septentrional, como
al norte para el gran Teguayo, y al noroeste para la gran Quivira, y al poniente para la California
Alta desta misma nuestra altura de 34, 35, 36 grados, y más adelante para su contracosta y mar
del sur, y para su gran bahía de las Once Mil Vírgenes, y para el famoso puerto de Monterrey
que es de cercanas fértiles tierras, y a Sebastián Vizcaíno le vino real cédula que lo fuese a
poblar, y para el muy nombrado cabo Mendocino.
CAPÍTULO VI.— Que con el tiempo podremos comerciar con la Nueva Francia y abrir camino
para Europa al doble más breve que el que tenemos para la Vera Cruz
Juntamente después de haber entrado a Moqui y al Nuevo México al noroeste y al oriente, se
podrá llegar a tener comunicación con la Nueva Francia y con sus nuevas conquistas y nuevas
conversiones y nuevas Misiones que actualmente, con sus gloriosas y apostólicas entradas de
oriente a poniente, está haciendo y entrando nosotros al norte y al nordeste y después tirando al
oriente se podrá abrir camino al doble más breve desde estas nuevas conquistas y nuevas
conversiones desta América septentrional, adonde nos hallamos a Europa que el camino que
tenemos y solemos andar por la ciudad de México y por el puerto de la Vera Cruz, y si es un
camino es de mucho más de 2 000 leguas, el otro será de poco más de 1 000.
CAPÍTULO VII.— Que por el poniente por continuadas tierras, por la tierra de Jesso, y por la
tierra que llaman de la Compañía, y por el estrecho de Anian, con el tiempo se podrá pasar
desta América a la Asia y a su gran Tartaria y a la gran China
Así como por el nordeste y por el oriente desta América septentrional podremos tener camino
más breve para la Europa, de la misma manera por el noroeste y por el poniente podremos tener
camino acomodado por tierra para la Asia, y para su gran Tartaria, y para la gran China, y pues
del cabo Mendocino se sigue al poniente a tierra continuada la tierra del Jesso, y después la tierra
que llaman de la Compañía (quiera Nuestro Señor que algún día sea de la Compañía de Jesús, y
convertida a nuestra santa fe católica), y la tierra más cercana al Japón, y después el angosto
estrecho de Anian, que no tiene más que 10 ó 12 leguas de travesía con la conveniencia de una
isla en el medio para pasar a la gran Tartaria, y de allí a la gran China, pues nuevamente apunta
el muy erudito autor del curiosísimo Nuevo espejo geográfico, don Pedro de Mendoza Caballero,
del orden de Calatrava, que pocos años ha el padre Grimaldi, de nuestra Compañía, habiendo
salido de la gran China para la gran Tartaria, cerca de estos parajes y países, supo que no distaba
la mar (adonde sé que entra el estrecho de Anian) más de cuarenta días de camino, y es, a saber,
que no hay otro estrecho de Anian que éste por aquí refiero, pues aunque Drake quería fingir otro
estrecho de Anian con otra soñada mar del norte por acá más arriba de la California, por salir con
la suya de que la California era isla, y que le había dado vuelta con su navegación, todo es
siniestro.
CAPÍTULO VIII.— Que se podrá pasar a la contracosta de la California a dar escala a la nao
de China y socorrer a sus muchos enfermos del mal de Loando que suele traer, y comerciar con
ella los destas nuevas conquistas, y todo el reino de la Nueva Vizcaya
Otra grande utilidad de mucho servicio de ambas Majestades será que estas nuevas
conversiones, y esta provincia de Sonora, y todo el reino de la Nueva Vizcaya, por el río Grande
o de Gila, que es el del Tizón, y por el paso por tierra a la California, se podrá dar escala a la nao
de China, y comerciar con ella, y socorrer con comidas frescas a los muchos enfermos del muy
penoso mal de Loanda, que suele traer consigo originado de sus comidas, saladas, secas y añejas,
y todo muy grandes conveniencias y ganancias de todos, excusando las larguísimas y muy
costosas de muchos de sus géneros desde estas alturas de más de 30 grados hasta al puerto de
Acapulco, y de Acapulco hasta México, hasta a estas provincias de la Nueva Vizcaya. Y esta
escala (salvo meliari de los señores navegantes de la misma nao de China), parece podrá ser en la
bahía de Todos los Santos, o el cercano famoso puerto de San Diego de la contracosta, que están
casi en la misma altura, poco menos que el paso por tierra a California, que es en 35 grados.
CAPÍTULO IX.— Que dichosamente cumpliremos con lo que tan católicamente nos encargan
tantas reales cédulas de que en materia tan esencialísima informemos desas gentilidades que
viven en tanto desamparo para reducirlas y combatirlas a nuestra santa fe católica,
descargando su conciencia con las nuestras de los que vivimos más inmediatos a ellas
Muchas reales cédulas y reales provisiones hay que nos encargan que informemos de las
nuevas gentilidades, y dichosamente cumpliremos con ellas si solicitamos, como es tan justo, el
fomento destas nuevas conversiones. La nueva real cédula de nuestro muy cristianísimo, muy
católico monarca Felipe V, que Dios guarde felices años, de 17 de julio de 1701, manda se le
informe no sólo del estado de las nuevas conversiones de la California (lo cual ya queda muy
bien ejecutado con el muy puntual informe impreso del padre Francisco María Picolo), sino
también del paraje y estado en que se hallan los indios incultos gentiles desta provincia de
Sonora.
Y lo propio encarga la real cédula de su inmediato antecesor don Carlos II, que Dios haya,
según me la dio inserta en mi real provisión la Real Audiencia de Guadalajara cuando veinte
años ha vine de la California y de México a estas nuevas conversiones desta dilatada Pimería, y
es fecha en Buen Retiro, en 4 de mayo de 1686, pues con dicha real cédula descarga S. R. M. su
conciencia y la del Real Consejo, con la conciencia de las que por acá vivimos más cercanas e
inmediatas a estas naciones gentílicas, en orden a solicitar el remedio de su eterna salvación de
tantas almas desta América septentrional, que viven en tanto desamparo, y aún como la real
cédula expresa descuido que hasta ahora ha habido en materia tan esencialísima, encargando que
en ella le ganen las horas posibles sin reparar en gastos, pues se reconoce patentemente que
Nuestro Señor siempre retribuye conocidos crecidísimos aumentos a la real corona, y que todas
son palabras de la real cédula.
CAPÍTULO I.— Que en estas muy fértiles tierras destas nuevas conquistas quedan ya hechas
muchas labores de trigos, y maíces, buenas huertas, y viñas, y se pueden hacer muchísimas más
La mayor oportunidad de los medios nos obliga más a la solicitación y de la salvación de
tantas almas en las muy fértiles y amenas tierras y valles destas nuevas conquistas, y nuevas
conversiones, hay ya muy pingües y abundantes labores, sementeras y cosechas de trigos, y
maíces y frijol, y garbanzos, habas, lentejas, alberjón; hay buenas huertas, y en ellas viñas para
vino de misas, con cañaverales de caña dulce para miel y para panocha, y con el favor del cielo,
en breve para azúcar; con muchos árboles frutales de Castilla, como son higueras, membrillos,
naranjos, granadas, priscos, duraznos, melocotones, albaricoques, perales, manzana, morales,
nogales; tunas con todo género de hortaliza, coles, melones, sandías, repollos, lechugas,
betabeles, cebollas, ajos, culantro, anís, chiles, mostaza, hierbabuena, rosas de Castilla, azucenas,
con muy buenas maderas para todo género de fábricas, pinos, fresnos, cipreses, nogales chinos,
mezquites, alijas, álamos, sauces, tarai.
CAPÍTULO II.— Que con los buenos pastos destas nuevas conquistas quedan hechas muchas
estancias de ganado mayor y menor y de caballadas
Otro medio temporal que Nuestro Señor nos da para el fomento destas nuevas conquistas son
las cuantiosas estancias que ya hay de ganado mayor y menor, y de manadas de yeguas con
muchas caballadas y cabalgaduras, así mulares como caballares, recuas para el trajín y comercio
necesarios, con pastos muy pingües y abundantes para todo el año y para carnes muy gordas, de
mucho sebo y manteca, y jabón, que ya se hace en abundancia.
CAPÍTULO III.— Que el temple es muy bueno y semejante, al mejor de Europa
El temple de las más destas nuevas tierras y nuevas conquistas, adonde se pretende el
fomento destas nuevas conversiones, es muy bueno y muy ameno, y algo semejante al de México
y al mejor de Europa, sin demasiado calor y sin demasiado frío.
CAPÍTULO IV.— Que hay tierras minerales
En estas nuevas naciones y nuevas tierras hay muchos buenos paninos, y tierras minerales de
oro y plata, y ya en su cercanía, y a la vista destas nuevas Misiones y nuevas conversiones, se
están actualmente fundando unos muy buenos nuevos reales de minas de metales de mucha ley y
de mucha plata.
CAPÍTULO V.— Que los naturales son indios laboríos y gente amigable
Los naturales destas nuevas conquistas y nuevas naciones son de indios laboríos, de gente
dócil, afable y muy amigable, y juntamente guerrera y valiente, para saberse defender de sus
enemigos y para pelear contra nuestros contrarios, los enemigos desta provincia de Sonora, como
muy bien estos nuestros pimas se defienden mejor que cualquiera otra nación de los belicosos
apaches, de sus aliados los jocomes y janos, y consiguen continuamente muy buenas victorias
dellos, aun con notable alivio desta provincia de Sonora, quitándoles a veces las presas y robos.
CAPÍTULO VI.— Que estos naturales, para el trato y buen comercio, tienen sus tejidos
curiosas coritas, gamuzas, y antes, y piedras besares
Estos naturales, en particular los desta dilatada Pimería, tienen muy buenos tejidos de
algodón y de lana; ítem, muchas curiosas coritas o jícaras, como bateas de diferentes tamaños;
mucha pluma colorada de guacamayo; mucha gamucería, y antería, y hacia la costa del mar,
muchas piedras besares y la muy eficaz contra hierba, y en muchas partes, la muy medicinal fruta
llamada la jojoba.
CAPÍTULO VII.— Que en estas costas hay buenas salinas y puede haber buenas pesquerías
En esta nuestra costa de la mar de la California, o seno califórnico destas nuevas conquistas,
tenemos muy buenas salinas, así de sal blanca como de sal piedra, y hay esteros y puestos muy
idóneos para pescas de todo género de muy regalado pescado, camarón y ostión.
CAPÍTULO VIII.— Que todo el año los principales naturales destas nuevas conquistas me
vienen a ver, y a pedir el santo bautismo, y padres misioneros desde 50, 70, 100 y más leguas de
tierra adentro
Todas estas naciones, no sólo las desta dilatada Pimería, sino también las de sus confinantes
cocomaricopas, yumas, quiquimas, todo el año continuamente me vienen a ver desde 50, 70 y
100 y más de 150 leguas de camino de tierra adentro, y otros aún de más remotas partes envían
recaudos muy amigables, y dádivas; entre ellas conchas azules de la contracosta y mar del sur, y
me piden que yo los vaya a ver y a bautizar, y que les consiga padres misioneros que los vayan a
administrar.
CAPÍTULO IX.— Que, además de venir de tierra adentro, salen y pasan las 25, 50 y 100 leguas
de camino más afuera a ver los padres visitadores, y rectores, y señores alcaldes mayores, y
pedirles padres misioneros
No sólo vienen los referidos naturales tantas leguas de camino hasta este mi pueblo de
Nuestra Señora de los Dolores a pedirme el socorro de los padres misioneros que necesitan, sino
que como yo no se los puedo dar o no se los consigo, muchos de estos gobernadores, y capitanes,
y caciques, después de haber venido del norte, del noroeste, del poniente las 50, 70, 100 y más
leguas de camino salen y han salido repetidas veces a ver a los padres visitadores, y padres
rectores, y a los señores alcaldes mayores, y a sus tenientes hasta al valle de Sonora y hasta al
Real de San Juan, y hasta Oposura, y algunas veces han pasado hasta el valle de Santa María de
Baseraca, que dista de aquí como 100 leguas de camino, y el año pasado, en la avenida y visita
desta Pimería del padre visitador Francisco María Picolo, vinieron de tierra adentro más de 30
gobernadores, y capitanes, y alcaldes, y fiscales, todos a caballo; que pero como S. R. acababa de
salir desta Pimería, lodos fueron a ese fin (y yo con ellos) a alcanzar a S. R. hasta Cucurpe,
adonde se les prometió lo que con tantas ansias pedían y rogaban que les vendrían los padres
necesarios, que pero hasta ahora no han llegado; quizá por no haber habido en México, según se
me escribe, con qué aviarlos, y actualmente dos piadosas personas ofrecen remitir desde acá el
necesario avío para dos o tres padres. Nuestro Señor los traiga.
CAPÍTULO X.— Questa misma lengua pima que hablamos por acá corre más de 200 leguas
más adentro, aún entre los naturales de diferentes naciones
También una de las cosas y medios que aquí facilitan el deseado servicio de ambas
Majestades que se pretende es que esta misma lengua pima que por acá hablamos corre más de
200 leguas de tierra adentro aún entre las demás distintas naciones de los cocomaricopas, y
yumas, y quiquimas, pues en todas partes se hallan algunos naturales entreverados que hablan
entrambas lenguas: la diferente de aquella nación y la nuestra pima; y con eso en todas partes
tenemos bastantes buenos intérpretes, hombres y mujeres, para la reducción y enseñanza de
todos, y para, desde luego, explicarles la doctrina cristiana y los misterios de nuestra santa fe
católica.
CAPÍTULO XI.— Que estas nuevas naciones no tienen particulares sectas o idolatrías que
quitarles
En todas estas nuevas conquistas y nuevas gentes por donde hemos andado, no tienen
particular idolatría, o otras sectas que haya dificultad especial en desarraigarlas, ni bigamia de
muchas mujeres o sus bonzos, como en el Japón y en la gran China, que aunque dan mucha
veneración al sol como una cosa muy grandiosa, con facilidad se les predica, y abrazan la
enseñanza de que el Altísimo Dios es el todopoderoso y el que crió al sol, y a la luna, y las
estrellas, y todos los hombres, y todo el mundo, y todas las criaturas.
CAPÍTULO XII.— Que hay ya muchas Misiones o nuevos pueblos empezados con buenos
principios de enseñanza de doctrina cristiana y de oraciones, y de fábricas de iglesias, y de
casas, y de sementeras, y de ganados
En estas nuevas conversiones tienen los naturales aún tierra muy adentro, como es en Nuestra
Señora de la Concepción del Caborca, 46 leguas al poniente, y en San Ambrosio del Busanic, 35
leguas al noroeste, y en San Francisco Javier del Bac, 60 leguas al norte, pueblos o Misiones
empezadas, con buenos principios de enseñanzas de doctrina cristiana, y de oraciones, y hay sus
temastianes o maestros de doctrina, con muchos bautismos de párvulos y de algunos adultos con
sus cabildos de justicias de gobernadores, de capitanes, de alcaldes, de fiscales, topiles,
alguaciles; con buenos principios de casas para la cómoda habitación de los padres que esperan
recibir, y de iglesias, con sementeras de trigos de maíces y de frijol con ganados mayor, y menor,
y bestias caballares y mulares, y con manadas de yeguas y con caballadas, principios de huertas
que todo lo cuidan los muy domésticos, y leales, naturales, como si estuvieran ya en su asistencia
los padres que ruegan y suplican, y esperan, y merecen recibir.
CAPÍTULO XIII.— Que esta Misión de Nuestra Señora de los Dolores actualmente está dando
más de 3 000 pesos que en ganados y bastantes y ornamento con que decir misa y otras alhajas
de casa para la fundación de la nueva Misión de Santa María, y otro tanto podrá dar ella y otras
para otras fundaciones
Esta primera Misión o partido o pueblo de Nuestra Señora de los Dolores está actualmente
ajustando y entregando un decente avío para la fundación de la nueva Misión de Santa María de
Bogotá, que dista de aquí 22 leguas hacia el norte, como es un ornamento nuevo con que decir
misa, 300 cabezas de ganado mayor en su estanzuela y 100 cabezas de ganado menor, y una
manada de yeguas y caballada con casa en que vivir e iglesia empezada y con bastimentos, y las
necesarias alhajas de casa y principios de sementeras y cosechas de trigo y de maíces, y casi otro
tanto el valor como de 3 000 pesos dio este partido de Nuestra Señora de los Dolores pocos años
ha para la fundación y avío de la Misión de San Ignacio, y otros semejantes socorros podrán dar
con el tiempo esta y otras Misiones destas nuevas conquistas y nuevas conversiones.
CAPÍTULO XIV.— Que ya diferentes bienhechores, padres misioneros y seculares ofrecen
varios socorros de ganados, bastimentos, vestuario y alguna plata, que todo va ya llegando a
más de 20 000 pesos para las nuevas Misiones que se fueren fundando
Facilita mucho el fomento destas nuevas conversiones, y el grande servicio de ambas
Majestades, que en ellas se espera, el que diferentes bienhechores, así padres misioneros de
Misiones antiguas de la Compañía de Jesús, como señores seculares, ofrezcan muy buenos
socorros de ganado mayor, y menor, y caballada ropa, y géneros de tienda o vestuario, y de
bastimentos, y de alguna plata para ayudar a los nuevos padres misioneros que vinieren a estas
nuevas conversiones a fundar nuevas Misiones, y para sus iglesias, y casa en la cantidad que ya
va llegando a más de 20 000 pesos: una sola persona ofrece 5 000 en géneros acomodados con
alguna plata para la fundación e iglesia y casa y fortificación de la población o Misión grande de
Santa Ana de Quibori, adonde vive el capitán Coro, por ser notorio que estos naturales podrán
proseguir en perseguir a los cercanos declarados enemigos jocomes, janos, apaches, para el muy
grande y total alivio o remedio de toda esta provincia de Sonora.
CAPÍTULO XV.— Que el ilustrísimo señor obispo desta provincia del reino de la Nueva
Vizcaya y de Sonora ofrece buscar a conseguir limosnas para algunos operarios destas nuevas
Misiones
Añádase ahora que casi al mismísimo tiempo que se me pide, y escribo este breve informe,
me escribe el señor comisario, cura y vicario del Real de San Juan, don Antonio de Salazar, que
le ha dicho a su merced en la ciudad de Guadiana Durango estos meses, su ilustrísima el
piadosísimo príncipe de la Iglesia, el señor doctor don Ignacio Diez de la Barrera, meritísimo
obispo de la ciudad de Durango, y de todas estas provincias, que se halla con muy católica y
celosísima determinación santa de buscar, aunque sea de limosna, el necesario socorro y avío
para unos cuantos padres misioneros, para la asistencia y administración destas nuevas
conquistas y nuevas conversiones, y estos son los oportunos medios que Nuestro Señor nos
ofrece para poder lograr un grande servicio de ambas Majestades y la eterna salvación de
muchísimas almas en toda esta dilatadísima América septentrional.
CAPÍTULO XVI.— Y epílogo muy idóneo, y tanto más a nuestros intentos cuanto menos
aguardado, así cerca de las referidos medios como acerca del asunto de todo este informe o
relación, por lo que reza la nueva carta de nuestro nuevo padre general Miguel Angel
Tamburini, que acaba de llegar de Roma a estas nuevas conversiones
Ha más de tres años que por orden de nuestro padre general, Thirso González, que Dios haya,
remití a Roma una relación del estado destas nuevas conversiones, la cual era del todo muy
conforme, y uniforme a un informe que también hizo el padre visitador Horacio Polici, que la
vio, abonó y aprobó el padre rector Juan María de Salvatierra, y en la finísima santa carta que,
acabando de escribir este presente informe, acabo de recibir de nuestro nuevo actual padre
general Miguel Angel Tamburini, me escribe su paternidad, muy a nuestro intento, lo siguiente:
“Recibo con especial consuelo dos de V. R. de 24 de enero y de 30 de junio de 1704. Con
ellas viene la que V. R. llama dedicatoria para el tratado que se va perfeccionando, con el título
de Favores celestiales experimentados en las nuevas conquistas y nuevas conversiones de la
América septentrional, así en las cartas como en el papel dedicatoria, que contiene las noticias de
los nuevos descubrimientos y su estado, hallo mucho en que alabar las misericordias de Dios con
esas naciones que se van descubriendo y trayendo a su conocimiento, y del de nuestra Compañía
especiales gracias a su Divina Majestad porque toma a sus hijos por instrumento de tanta gloria
suya.
Muy mucho me alegro del socorro que V. R. envió y dispone enviar todos los años a las
Californias y de las dos iglesias que ha fabricado y dedicado, que han salido de las mejores que
hay en la provincia, y que continúa su trabajo de esas Misiones con el título de Favores
celestiales, de que nos envió acá la primera parte; las otras dos que V. R. ofrece, espero, y que
todas ellas se aprueben en México para que salgan a luz. Todas las noticias que V. R. me da me
llenan de gozo y deseos de corresponder a las ansias y gloriosos trabajos de V. R. y de sus
compañeros; pero como allá hay contradicciones, aquí sentimos que las guerras, falta de
comercio y peligros de los mares nos tienen detenidos los misioneros. Pero esperamos todos
confianza grande en la amorosa Providencia de Dios, que pues estos tan combatidos tiempos ha
querido descubrir esas nuevas naciones, y mostrarnos tantas almas como van esparcidas fuera de
su rebaño, no ha de ser para que las veamos perecer, sino para darnos medios y fuerzas para
sacarlas de sus montes y reducirlas a pueblos e iglesias, así lo pido a su Divina Majestad que
guarde a V. R. muchos años, como deseo. Roma, y 5 de septiembre de 1705. De V. R. siervo en
Cristo. Miguel Ángel Tamburini.”
Omnia ad mayorern DEI DEI pare que Virginis María Honorent Gloriam et animarum gentium
que salutem.