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Novena A San Francisco de Asís 2021-1

La novena a San Francisco de Asís se propone como una meditación en nueve días sobre la vida del santo a través de lecturas breves. Cada día incluye una lectura, reflexión y oración que invitan a contemplar la vocación franciscana y renovar el espíritu del fundador de vivir el Evangelio con humildad y sencillez. El documento concluye presentando la estructura propuesta para la novena.
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Novena A San Francisco de Asís 2021-1

La novena a San Francisco de Asís se propone como una meditación en nueve días sobre la vida del santo a través de lecturas breves. Cada día incluye una lectura, reflexión y oración que invitan a contemplar la vocación franciscana y renovar el espíritu del fundador de vivir el Evangelio con humildad y sencillez. El documento concluye presentando la estructura propuesta para la novena.
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Novena a San Francisco de Asís

El hermano de todos, Francisco de Asís, continúa animando a sus hermanos


“los que están… y los que vendrán hasta el final del mundo” (TestS. 1). En este
sentido, se propone una novena animada por las “nueve lecturas” que
escribió Tomás de Celano en la llamada Vita Brevior1, y que fueron
compuestas para que los frailes meditaran en forma de síntesis la vida del
Pobrecillo; esta es una manera de contemplar la propia vocación en el
corazón y memoria de la vida del fundador, no solo para quienes lo
conocieron en vida, sino para aquellos que, sin haberlo conocido
personalmente, sintieron (y sentimos) el corazón encendido del Evangelio de
Jesús, dejando todo para seguirle.
Hoy más que nunca debemos sentir inclinación hacia la intuición originaria
de nuestro carisma, renovando la gracia de nuestros orígenes en la pura
1
Vita Brevior Beati Patris Nostri Francisci. Fue escrita por encomienda del Ministro General a petición de
los hermanos que requerían una Vida más breve y concisa que la Vita Beati Francisci.

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sencillez del juglar de Dios, para así pregonar en la Colombia de hoy, el
mensaje siempre nuevo de la paz y el bien en el Señor.

La estructura propuesta consiste en una motivación y oración inicial, la


lectura del novenario para cada día, una reflexión, un signo, los gozos y
oración final.

Día Primero
La vanidad y los deseos de ser admirados por lo que se es y lo que se hace, fue
el ámbito donde Dios derramó su misericordia sobre Francisco de Asís.
Nosotros, sus hermanos de este tiempo debemos tener presente el valor
gratuito e inmenso del amor de Dios en nuestra vida. Meditemos hoy con
nuestra historia personal: el fundamento de nuestro presente y nuestro
futuro.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Primera lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Comienza la vida de nuestro bienaventurado padre Francisco.
Cómo se convirtió a Dios. Cómo vendió sus bienes. Cómo lo persiguió el
padre y la madre lo liberó.
El varón de Dios Francisco, siendo originario de la ciudad de Asís, que está
situada en los confines del Valle de Spoleto, desde su primer año de
existencia fue educado excesivamente en las vanidades del mundo. Él, como
siguiera sin frenos las primeras enseñanzas de sus padres hasta casi los
veinticinco años de edad, consumió su tiempo viviendo tan vanamente que,
entre los que persiguen las miserables satisfacciones del mundo, en su patria
era tenido como el más vano e insolente. Y aunque el buen Dios lo preservó
por su gracia de aquellos enormes pecados a partir de los que los hombres

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corrompen en gran manera su linaje y se degeneran desde el honor propio
de la naturaleza, sin embargo, progresando en las vanidades y desvaríos por
encima de todos sus coetáneos (cf. Gál 1,14), anhelaba la admiración en todas
sus acciones. Era, en efecto, muy rico, no avaro, sino más bien pródigo; no
acumulador de dinero, sino muy frívolo despilfarrador. Por esta razón, cuando
se dedicaba al negocio y viajaba por diversas regiones llevando fardos de tela
para vender, muchos experimentaban los beneficios de su humanidad, por lo
que él mismo gozaba el honor de la amistad de todo tipo de hombres.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

Reflexión: mi vida está escrita en el corazón de Dios.


Podemos caracterizar con mucha facilidad la infancia y la juventud de
Francisco: lleno de vanidad, comodidades y un deseo superficial de la
admiración de los demás. Sin embargo, no olvidemos que en él también se
podía apreciar una sincera amistad, simpatía y caballerosidad. Esto nos
enseña que no es sano dividir nuestra vida entre un pasado “tenebroso” y un
presente y futuro de “conversión” (así como Francisco no era un ‘demonio’
que luego se volvió un ‘ángel’): en toda nuestra historia, de una forma
consciente e inconsciente, entre luces y sombras, Dios se ve revelando con un
rostro de misericordia, que no se agota en ninguna etapa de nuestra vida.
Nuestra vida, como la de Francisco, está atravesada por una progresiva
revelación del rostro de Dios.
Signo: el reloj.
La vida de Francisco nos invita a guardarnos de un temor: el de mirar con
pesimismo nuestro pasado como un gran “tiempo perdido”. En la lógica del
Pobrecillo, todo nuestro pasado es el fundamento sobre el cual se escribe
nuestro presente y futuro; cada día que nos pareció de retroceso y parálisis,
ahora lo consideramos cimiento de nuestra historia. Así las cosas, no es tan
descabellado pensar que un joven vanidoso y amiguero, que por naturaleza
era pronto a despilfarrar, se convirtiera en un generosisimo varón,
desprendido de todo para alcanzar la bienaventuranza, a la que deseaba
llevar a todos los seres, sus hermanos.
- Ante el signo de un reloj (o bien el dibujo de un reloj) damos gracias al Señor
por cada minuto, hora, día y año de tu historia con Él.

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Segundo
La vida en constante renovación y conversión, también es un camino de
discernimiento constante. La experiencia vital de Francisco y la de todo
discípulo nos invitan a discernir siempre sobre el camino que vamos
haciendo con el Señor. Meditemos hoy sobre la necesidad del discernimiento
constante.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Segunda lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Mas como continuaba así Francisco, con mal espíritu, a fin de que llegara a
ser para la posteridad un ejemplo de conversión a Dios, recayó sobre él la
mano de Dios (cf. Ez 1,3) y el cambio de la diestra del Altísimo lo transformó
(cf. Sal 76,11), afligiendo su cuerpo con largas enfermedades y seduciendo su
espíritu con la unción del Espíritu Santo. De pronto, en efecto, fue
transformado en otro hombre y no podía alegrarse con todo aquello en lo que
había acostumbrado gozarse. Así pues, todo lo que antes lo había deleitado,
en adelante le producía disgusto. Pero como las prosperidades levantan lo
que las calamidades derriban, habiendo recuperado un poco las fuerzas de su
cuerpo, codiciando todavía los favores del mundo, decide asociarse a un
noble de Asís que estaba preparándose para ir a combatir en la Apulia. Y,
cuando se había decidido totalmente a ir con él, una noche vio en visión su
casa llena de armas de guerra, que estaba acostumbrado a verla ocupada por
mercancía solamente. Mientras él admiraba todo eso, sonó una voz en el
sueño, diciéndole que esas armas serían para él y sus caballeros.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

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Reflexión: discernir siempre, pero sin volver sobre nuestros pasos.
Para un discípulo es sano volver sobre las preguntas que en el principio del
discernimiento motivaron el seguimiento de Jesús: ¿quién es Jesús para mí?
¿Cuál es el rostro de Dios que Jesús nos muestra? ¿Que implica en mi vida el
reconocer y seguir a ese Dios de Jesús? Volver y volver a estas preguntas
como forma de renovar nuestra motivación y nuestro centro son la dinámica
de todo cristiano. Sin embargo, este ejercicio encierra la tentación nostálgica
de retroceder… es la tentación del “todo pasado fue mejor”. El discernimiento
exige tener presente nuestra motivación, pero a la luz del camino ya recorrido
y lo que hemos aprendido. Discernir no es mirar atrás: es mirar hacia adelante
sabiendo de dónde venimos.
Signo: la luz.
- Encendemos una luz delante de todos (junto al reloj del día anterior) en
medio de un ambiente oscuro.
Nuestra responsabilidad con la luz no acaba con encenderla o recibirla: exige
cuidado y atención. Francisco fue recibiendo iluminación, que sin embargo
terminaba asociando con sueños y proyectos mundanos. El camino no
termina al cruzar con portentos el mar Rojo: allí es donde apenas comienza.

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Tercero
La vida es una conquista. El camino cristiano y todos los proyectos que
emprendemos en nuestra vida se consiguen con esfuerzo, con valor… con
conquistas. En este camino de luchas, nos anima y fortalece el amor de Dios,
que no ganamos o conquistamos, sino que se nos viene por gracia de Dios
Padre a nosotros, sus hijos: es el pan nuestro de cada día. Meditemos hoy la
vida, sus luchas y conquistas.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Tercera lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Mas al despertarse Francisco de su visión, comenzó a perder interés en
cuanto a su propósito y, no entendiendo su inesperado cambio, se
interrogaba a sí mismo en silencio. A causa de esto, se preocupa de dirigir su
voluntad hacia la de Dios y, apartándose por un momento del desorden del
mundo y los negocios, se dedica a descubrir a Jesucristo en su interior.
Deseaba ardientemente que nadie lo supiera y consultaba solo a Dios sobre
su santo propósito. No obstante, a un amigo le decía en forma enigmática
que había encontrado un tesoro; a menudo, llevándolo consigo a lugares más
secretos, entraba solo en una gruta, donde oraba al Padre que está en lo
secreto (cf. Mt 6, 6). Así inundado de gozo divino, no pudiendo contener el
ardor del Espíritu, renuncia a ir a la Apulia y anuncia que realizará grandes
cosas en su propia patria. E, interrogado si pensaba tomar esposa, asegura
que desposará en breve a una mujer inteligente, más bella y amable que
cualquier otra que hayan visto.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

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Reflexión: las luchas y conquistas del ser humano, animadas por Dios.
Cuando Jesús, el unigénito de Dios, se hizo hombre en todo semejante a
nosotros, asumió como suyas nuestros afanes y nuestras luchas, haciéndonos
partícipes de sus conquistas: especialmente de su victoria sobre el pecado y
sobre la muerte. El propósito de “realizar grandes cosas en su patria” de
Francisco, que puede ser también nuestro propósito, debe partir
necesariamente de la gracia del Padre, que en Jesús nos enseñó a recorrer
este camino con respeto: a la historia escrita antes de nosotros y que se
escribirá después de nosotros; respeto a la historia de nuestros compañeros y
compañeras de camino… respeto y veneración al clamor de lucha de los
“caballeros” y valientes de nuestro tiempo, lo que debe llevarnos a preguntar
en silenciosa oración: ¿cuál es mi conquista… cuál es la tarea que me tienes
preparada aquí y ahora?

Signo: el silencio.
- Ante la luz, en silencio, deja que el Señor hable. Respetando el clima de
silencio, puedes decir un par de veces: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”
(1Sm. 3,10)

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Cuarto
La vida es camino de alegrías; las tristezas del recorrido solo sirven para hacer
más significativas y valiosas las alegrías que, como flores de un jardín, se
encuentran a lado y lado del gozoso sendero que recorremos con el Señor.
Hoy meditamos la alegría franciscana que debemos sentir por la bondad de
un Dios que nos ama.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Cuarta lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Un día, cuando el Señor había revelado al que estaba orando lo que debía
hacer, no pudiendo contenerse por la alegría, habiendo tomado consigo unas
telas muy valiosas para venderlas, llegó apresuradamente a una ciudad
llamada Foligno. Después de vender allí, según su costumbre, todo lo que
llevaba, afortunado negociante, se desprendió del caballo que hasta entonces
había montado, tras recibir lo que valía. De modo admirable, rápidamente
convertido en la obra de Dios, sintiendo que llevaba ese dinero por una hora y
considerando toda su ganancia como arena (cf. Sab 7,9), lo entregó a un
pobre sacerdote que vivía en una iglesia cerca de Asís para las necesidades de
los pobres. Ya que el sacerdote no quiso recibirlo, inquieto por temor a sus
parientes y estupefacto ante tan sorprendente conversión de los hechos, el
verdadero despreciador de riquezas, arrojando el dinero por una ventana, lo
despreció como polvo.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

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Reflexión: la perfecta alegría.
Francisco ha abandonado poco a poco, pero con paso decidido, todos los
proyectos y sueños que hasta el momento él había considerado como
importantes en su vida. En principio, no suena lógico que un cambio como
este, de las certezas a la incertidumbre, pueda causar alegría. Por el contrario,
llegar a un punto “muerto” en nuestro proyecto de vida (perder el empleo, un
accidente o enfermedad, la muerte de un ser querido, una ruptura amorosa,
un cambio de ciudad, el desistimiento de un proyecto importante) en donde
lo que se ha construido hasta ahora parece desmoronarse, obligando “a
empezar de cero”, puede ser una de las experiencias más fuertes en la vida de
cualquier persona.
Ante todo esto, Francisco se alegra: su alegría no se cimienta en la
incertidumbre humana de abandonar lo que hasta ahora se ha hecho; se
funda en la certeza, en la convicción de que nada hay que temer si nuestra
vida está toda en las manos de Dios. Si Dios nos ama, es nuestro Padre y nos
tiene preparado una misión que brota de nuestra propia historia y a la cual
nos capacita con los dones que Él mismo nos dio, ¡no hay nada que temer!
Esta es la fuente de la alegría franciscana: una fe profunda en que somos
hijos de Dios y él no nos desampara.

Signo: la tierra.
- En un recipiente o plato con un poco de tierra húmeda, colocamos la luz y
acercamos el reloj que hemos usado como signo.
Francisco estima el dinero, el insumo de sus antiguas vanidades, como si
fuera polvo. El polvo de la tierra, sin valor aparente, fue el elemento usado por
el Padre para crearnos y darnos vida. Esta tierra humedecida, es abonada por
Dios mismo, nuestro Sembrador, que cada mañana deposita la semilla de su
Palabra que nos ilumina y fortalece.

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Quinto
La vida solo la vive quien se aventura con valentía. Del mismo modo, solo se
puede seguir a Jesús en la medida en que estemos dispuesto a asumir lo que
él nos pide: negarnos a nosotros mismos, cargar la cruz y seguirlo (Mt 16, 24).
El itinerario franciscano del seguimiento de Jesús requiere una decisión
serena, alegre y esperanzada de que incluso las dificultades cobran sentido
liberador. Meditemos hoy con nuestras contradicciones, aquellas que
debemos cargar y asumir como consecuencia de seguir al Señor.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Quinta lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Enterándose su padre de estas cosas que Francisco hacía, quedó muy
turbado por el repentino desarrollo de los hechos (Sal 6,4) y, llegando al lugar
donde permanecía el siervo de Dios, lo buscó y no lo encontró. En efecto,
permaneció totalmente escondido en una cueva por casi un mes, donde se le
proporcionaba a escondidas toda ayuda. Un cierto día, al entrar en la ciudad
de Asís vestido de viles harapos, su padre, sin guardar la menor consideración,
echándole mano, lo arrastró de modo violento a casa. Sin ninguna compasión,
lo encerró durante varios días en un lugar oscuro, añadiendo golpes a las
palabras y cadenas a los golpes. Sin embargo, a partir de esto, él mismo se
volvía a ejecutar lo que había iniciado, más rápido e incluso con más fuerza.
Poco tiempo después, como su padre se alejó de la patria, su madre,
soltándolo de las cadenas, le permitió salir libre. Los ciudadanos y todos los
que lo habían conocido, llamándolo loco y demente, le arrojaban barro y
piedras de las plazas (cf. Jn 8,59). El siervo de Dios se mostraba sordo a todo
esto, sin que ninguna injuria lo dañara o cambiara.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

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Reflexión: ya no necesito más.
Ya no hay vuelta atrás: aquel joven rico y vanidoso que gozaba de la simpatía
de todos, ahora es tenido por loco y despreciable por todos en Asís, incluso
por su propio padre. Francisco no se deja vencer por estas contrariedades: las
asume… y a su propio estilo las adopta: ahora es un loco que vaga por Asís y
permanece impasible ante las injurias y ataques físicos.
Los grandes genios de toda la historia, aquellos que apostaron por grandes
descubrimientos e inventos que no fueron al principio aceptados por la
sociedad, permanecieron firmes en su convicción de andar por el camino
correcto. De todos estos grandes de la historia, en primer lugar, por supuesto,
está aquel hombre de Nazaret del siglo I: oculto muchos años, como uno de
tantos, empieza a proclamar la buena noticia del Reino, haciendo el bien y
curando a los oprimidos (Hch. 10, 38), “porque Dios estaba con él”. Sabemos lo
que pasa después: al loco y solitario joven de Asís se le suman miles de
compañeros, a los genios inventores el tiempo les termina dando la razón… al
hijo de María y de José lo han aceptado durante veintiún siglos hombres y
mujeres de todos los pueblos de la tierra. Y aunque sabemos esto, aún
podríamos vivir nuestra vida de fe con una disimulada parálisis, con un miedo
que nos congela. Francisco nos enseña que caminar con Jesús no significa
saber todas las respuestas, ni conocer a donde vamos precisamente; significa
sabemos detrás de quien caminamos y que esto nos trae esperanza,
confianza y alegría.

Signo: la cruz.
“De una cosa sí que podemos gloriarnos: en nuestras flaquezas y en llevar
diariamente a cuestas la cruz de nuestro señor Jesucristo” (Adm V, 8). La hora
de la cruz, en el evangelio según san Juan, es precisamente llamada la
glorificación (Jn 17, 1) y solo así es glorificado el Padre. Asumir con la fe esta
verdad tan contradictoria para nuestra lógica que huye del dolor y la
incomodidad es un auténtico misterio. A lo largo de los siglos, muchos han
querido disminuir, atenuar o añadirle glosas al llamado a cargar la cruz como
requisito indispensable para seguir a Jesús, pero la cruz no admite glosas:
quien quiera seguir a Jesús, debe cargarla… entendiendo su verdadero
significado, lo haremos con la misma serenidad del Hijo de Dios: en tus
manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Sexto
La vida colmada de la paz del Señor es una auténtica vida cristiana. Este don y
fruto del Espíritu en el corazón del ser humano, es la manera característica de
la evangelización franciscana: ser pregoneros de la paz y el bien que el Señor
ha infundido en nuestras vidas, y que por el sencillo compartir con los demás
se propaga con la fuerza misma del Espíritu Santo. Hoy meditamos en el
precioso tesoro de la paz.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Sexta lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


De qué modo se arrojó en la nieve y luego sirvió a los leprosos. Cómo reparó
tres iglesias y, habiendo cambiado su segundo hábito, acercándose a la
perfección evangélica tuvo compañeros, y reconoció en ellos la obra del
Espíritu de Dios
Terminada la persecución de su padre, él, que antiguamente usaba vestidos
elegantes, vestido de harapos, mientras un día cantaba en francés las
alabanzas al Señor, al atravesar un bosque, cayó en manos de unos ladrones
(cf. Lc 10, 30). Al preguntar estos con ánimo feroz quién era él, confiadamente
respondió: “Soy el heraldo del gran Rey”. Golpeándolo violentamente, lo
arrojaron en una fosa llena de mucha nieve. “¡Quédate ahí”, dijeron, “rústico
heraldo de Dios!” Mientras ellos se retiraban, habiéndose sacudido la nieve,
salió gozoso fuera de la fosa. Al llegar a un monasterio de monjes,
considerado poca cosa, apenas fue autorizado a servir como criado en la
cocina. Finalmente, ya que nadie se compadecía de su desnudez, movido por
la necesidad, yendo hacia adelante, en la ciudad de Gubbio recibió de parte
de un cierto amigo suyo una tosca túnica. El prior del mencionado
monasterio, al saber posteriormente de la fama del varón de Dios, recordando

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el trato que le había dado, se dolió muchísimo y, dirigiéndose a él, le pidió
humildemente perdón.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

Reflexión: sembrando la paz y el bien, caminas...


Francisco atraviesa un bosque, cantando las alabanzas del Señor. No parece
que nadie le escuche su predicación itinerante y gozosa, salvo aquellos
ladrones que lo arrojaron a la nieve. “Quédate ahí” le dicen los ladrones, pero
él salta y continúa con un júbilo más intenso, que tampoco mengua ante las
humillaciones sufridas en un monasterio. Los ladrones sin saberlo, le ratifican
su identidad de varón de Dios, lo mismo que más adelante harán los monjes.
Este mensaje ciertamente evangélico no entró en sus corazones por la
contundencia de una predicación elaborada, o bien por gestos llamativos:
llegó por la fuerza irresistible de una actitud pacífica, la misma del siervo de
Yahvé. Francisco nos fascina una vez más: “no se preocupen por lo que van a
decir” (Mc 13, 11), o por hacer cosas, sino por la dicha prometida a los pacíficos:
“Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9).
Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este
siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y
en el cuerpo.” (Adm XV)

Signo: el saludo de la paz.


Inspirado en el mandato misionero de Jesús, Francisco instruía a sus
hermanos para que “en toda casa en la que entren, primero digan Paz a esta
casa (Lc 10, 5)” RegB III, 13. El saludo alegre y fraterno de la paz es un signo
poderoso que nos recuerda a nosotros mismos que estamos llamados a
expresar la paz que el Señor nos da… y que los otros reciben en nuestro
simple saludo gozo y paz del Espíritu Santo (Lc 1, 44).

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Séptimo
Una vida profundamente espiritual no es contraria a una forma de vida en
contacto total con el otro, con sus heridas y luchas. La misión de predicar la
paz y el bien en un mundo habitado por violencia y egoísmo no es una
empresa imposible de realizar: en la medida en que re-descubrimos a
profundidad nuestra humanidad, podemos hablar un lenguaje que todos
entienden: el lenguaje en que Jesús habla desde su encarnación.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Séptima lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Luego, el amador de toda humildad se trasladó a los leprosos, cuyo pus,
lavando humildemente sus heridas, no despreciaba limpiarles. Antes, cuando
los veía a ellos o sus habitáculos desde lejos, se tapaba la nariz con sus propias
manos. Pero un día, cuando visitado por la gracia de Dios y todavía en hábito
secular, encontró en el camino un leproso, venciéndose maravillosamente a sí
mismo, lo besó (Mt 14,15). Desde entonces, encendido más vehementemente
en el desprecio de sí, más y más se despreciaba a sí mismo. Viviendo todavía
en el mundo, acudía en ayuda de las necesidades de otros pobres,
considerando muy indigno negar alguna cosa a quien se la pedía en nombre
de Dios. El primer año de su conversión, el bienaventurado Francisco reparó
diligentemente la iglesia de San Damián, que había sido fabricada
antiguamente pero que ahora se encontraba reducida a nada. Este es el lugar
en el que, habiendo transcurrido un espacio de tiempo, casi seis años de la
conversión del bienaventurado Francisco, surgió felizmente la gloriosa
Religión de las Señoras Pobres a través del mismo bienaventurado varón...
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

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Reflexión: lo que me parecía amargo, se tornó en dulzura...
Francisco experimenta una profunda catarsis al dar al leproso el beso de la
paz. Pasar de despreciarlos a servirles es un paso que consolida aún más el
camino emprendido: salir de sí mismo y encontrarse con los demás. Mal
haríamos en pensar que la repulsión de Francisco obedecía solamente a su
condición social y a su manera de vivir en la que no se “ensuciaba las manos”:
los muros que suelen dividir a los seres humanos existen de muchas maneras
y en muchas presentaciones, y están presentes incluso dentro de nuestras
familias y comunidades aparentemente unidas. Estar rodeado de personas o
contar con muchos “contactos” o amigos no implica necesariamente una
relación profunda y de calidad. Si sumado a lo anterior nos resguardamos en
el rechazo, o mejor, en el miedo a entrar en contacto y ser “contamidado” por
tocar las llagas del otro, nunca podremos descubrir la verdadera dulzura de
darnos cuenta que ese otro fue pensado y amado por nuestro mismo Padre
Dios… que es nuestro hermano y por medio nuestro sus heridas son sanadas.

Signo: las flores.


- En nuestro sencillo altar, depositamos tantas flores cuantos sean los
participantes de la novena. Cada uno al depositarla en el altar, puede orar con
esta u otras palabras (u orar todos a una voz):
“Con este signo, que es al mismo tiempo un gesto de afecto, de amor y de
amistad, presento mi propósito de entregarme a mis hermanos tal como
soy, con la fragancia y el color que Dios ha pintado en mí, al mismo tiempo
que con mis espinas y limitaciones.”

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Octavo
La vida, aunque se construye, es ya plena y realizada en la medida en que se
viva en intensa y gozosa plenitud. Llegar a decir “esto es” como el punto final
de llegada no hace parte del verdadero espíritu evangélico, sino la alegre
certeza de que cada día con el Señor es plenamente un nuevo comienzo y
una total realización. Meditemos hoy la dimensión evangélica de nuestra vida.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Octava lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Luego el bienaventurado padre restauró también otra iglesia en ruinas cerca
de la ciudad de Asís. Y trasladándose al lugar llamado Porciúncula, comenzó a
reedificar una iglesia de la bienaventurada Virgen Madre, abandonada y
semidestruída. Y no desistió de su buen principio hasta que completó toda la
obra. Había transcurrido el tercer año de su conversión. En esa época vestía
un hábito como de ermitaño, ceñido con un cinturón de cuero y llevando un
bastón en la mano, caminaba a pie calzado. Pero cierto día, al leerse en la
misma iglesia el Evangelio sobre cómo el Señor envió a sus discípulos a
predicar, oyendo y comprendiendo el bienaventurado Francisco que los
discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero, ni llevar
calzado; no debían llevar para el camino ni alforjas, ni bolsa, ni pan, ni bastón;
no debían tener ni calzado, ni dos túnicas (cf. Mt 10, 9-10; Mc 6,8; Lc 9,3; 10,4),
sino que debían predicar el Reino de Dios y la penitencia (cf. Lc 9, 2; Mc 6, 12),
de inmediato, con inmenso regocijo, lleno de la gracia del Espíritu de Dios (cf.
Lc 1, 47), dijo: “Esto es lo que quiero, esto es lo que en lo más profundo de mi
corazón deseo hacer”. Se quita el calzado de sus pies (cf. Ex 3,5), arroja el
bastón de sus manos y, gozándose con una despreciable túnica, sustituye el
cinturón por una cuerda. Todo lo demás que había escuchado con suma

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diligencia sobre la perfección evangélica cuidó de observarlo al pie de la letra
durante toda su vida.
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.
Reflexión: ¡Esto es lo que busco!
Han pasado tres largos años desde que Francisco emprendió con seriedad su
camino de conversión junto a Jesús. Ciertamente Francisco, como buen
cristiano devoto, conocía los evangelios y escuchaba predicar sobre ellos
constantemente. Sin embargo, fue necesario abonar su vida durante un largo
tiempo: no le bastó un año, como en la parábola de la higuera (Lc 13, 6-9) sino
que tuvieron que pasar tres, hasta que Francisco empezó a vislumbrar con
mediana certeza lo que el Señor le estaba llamando a hacer. La respuesta
radical e inmediata con la que Francisco responde al Señor se complementa
con el discernimiento sereno y obediente que ha hecho durante tres largos
años… durante toda su vida. En todo caso, sabemos que este no es, ni de lejos,
el “puerto final” de Francisco; en la identidad carismática franciscana no se
puede hablar nunca de un “hasta aquí” sino más bien, en palabras del
Pobrecillo: “Comencemos, hermanos, poco es lo que hemos adelantado” (VbF
103)
Signo: el Evangelio.
- En nuestro sencillo altar entronizamos el Evangelio. Esto lo podemos hacer
en un sencillo gesto, o bien cantando (o recitando) la canción Francisco,
Evangelio vivo de Cesareo Gabaraín.

Fui trovador, me llamaban Hoy mis señores son esos leprosos,


Francisco, cantaba alegre en las Y mi vestido este pobre sayal.
noches de Asís, Cambié tesoros por dama pobreza,
Más ya no quiero cantar a Rolando, Placer y honores por la santidad,
Ni las proezas del gran Amadis. Y soy feliz como nunca lo he sido,
Fui descubriendo un camino Dios es mi gozo, mi felicidad.
distinto, sentí en mi alma un vacío Yo quiero ser Evangelio viviente,
total, no quiero amores que pasan y Abandonarme en tus brazos señor.
mueren, hoy solo canto a mi rey Ser como un niño que juega o se
inmortal. duerme, mientras su padre le
Vestía trajes lujosos de seda, envuelve en amor.
Lucía al cinto un precioso puñal,

Gozos y oración final (ver al final).

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Día Noveno
La vida, aunque se construye, es ya plena y realizada en la medida en que se
viva en intensa y gozosa plenitud. Llegar a decir “esto es” como el punto final
de llegada no hace parte del verdadero espíritu evangélico, sino la alegre
certeza de que cada día con el Señor es plenamente un nuevo comienzo y
una total realización. Meditemos hoy la dimensión evangélica de nuestra vida.

Oración inicial
Omnipotente, Altísimo y Buen Señor, que otorgaste a nuestro Padre san
Francisco la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la misericordia;
concédenos caminar tras sus huellas, para que podamos seguir a tu Hijo y
entregarnos a ti con amor jubiloso de modo que vivamos en tu Iglesia como
pide la vocación a la que hemos sido convocados. Siendo humildes y
amables; comprensivos sobrellevándonos mutuamente con amor;
esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Novena lectura, de la Vida Breve del beato Francisco.


Desde entonces, rebosante de gran fervor de espíritu, comenzó a predicar a
todos la penitencia (cf. Mt 4,17), con la simplicidad de sus palabras y la
magnificencia de su corazón. Cada vez que proponía la Palabra de Dios a los
que acudían, como el Señor le había revelado, anunciaba primero la paz,
diciendo: “El Señor os conceda la paz” (cf. 2Tes 3,16). Anunciaba esta paz a
hombres, mujeres y todos los que encontraba. De esta forma, por la gracia
del Señor (cf. Mc 16,20), muchos que rechazaban la paz (cf. Sal 119, 7) y
también la salvación, abrazaron la paz con todo el corazón, transformados
también ellos en hijos de la paz (cf. Lc 10, 16) y émulos de la salvación eterna.
Entre ellos, el primero fue fray Bernardo, ciudadano de Asís, quien acogiendo
el legado de paz (cf. Lc 14,32) corrió tras el santo de Dios (cf. Lc 4, 34).
Vendiendo todos sus bienes (cf. Mt 13, 46) y distribuyéndolos a los pobres,
cumplió el consejo de un camino más perfecto, según la sentencia del santo
Evangelio: “Si quieres ser perfecto, anda y vende lo que tienes, y dalo a los
pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme” (cf. Mt 19, 21). Otros
seis hombres imitando esta figura, se unieron en vida y hábito al
bienaventurado Francisco. El feliz padre, con toda vigilancia y solicitud, les
enseñaba cotidianamente a comprender lo esencial de la vida y los formaba a

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seguir con paso firme el camino de la santa pobreza y la bienaventurada
simplicidad.
Como ardía en un extraordinario fervor en el amor de Dios y deseaba
con todas sus fuerzas el progreso de sus hijos, un día se dirigió a un lugar de
oración, como hacía muy a menudo. Ahí, mientras por largo tiempo
perseveraba en la sagrada compunción del espíritu y volvía a reflexionar con
amargura en su alma sobre las cosas malas que había cometido, una dulzura
indecible y una alegría que hasta entonces jamás había experimentado
comenzó a inundar por todos lados la sequedad de su corazón, a inflamar sus
frialdades y a iluminar sus oscuridades. Y así, saliendo de sí mismo, fue
arrebatado por encima de sí y totalmente absorto en una luz. Después de
haber recibido, sin ninguna duda, la remisión de todas sus culpas, abierta su
mente, logró ver con claridad lo que iba a suceder. De esto, sólo contó
algunos puntos necesarios a los frailes, diciendo: “Así como me lo ha revelado
el Señor, hermanos e hijos, Dios nos hará crecer en una inmensa multitud, y
nos propagará de diversas formas hasta los confines del orbe. Vi una gran
muchedumbre (cf. Ap 7,9) de personas llegando hasta nosotros, que, viviendo
con nosotros según el hábito de la santa conducta, recorrerán junto a
nosotros el camino que hemos emprendido. Vi que una inmensa multitud de
casi todas las naciones (cf. Hch 2, 5) confluía en estas regiones y aún resuena
en mis oídos (cf. Cant 2,14) el rumor de ellos. Llegan franceses, se apresuran
españoles, corren alemanes e ingleses, y se apresuran naciones de otras
diversas lenguas. Los frailes, habiendo oído, se colmaron de santo gozo, ya sea
por la gracia que el Señor había concedido a su santo, ya sea por la sed muy
ardiente que sentían de ganar a sus prójimos, para que todos juntos se
salvaran (cf. Hch 2, 47).
V. Y tú, Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Demos gracias a Dios.

Reflexión: El Señor me da hermanos.


La fraternidad, el “ser” hermanos menores, es el centro y núcleo del carisma
franciscano. Esta forma de vida inspirada en el Evangelio es también el motor
de la manera franciscana de evangelizar, de orar, de trabajar... ¡de vivir! No se
entiende nuestra identidad franciscana sin reconocer a todos como
hermanos, aún a todos los seres creados, que tienen por Padre a nuestro
Padre Dios. De la fraternidad pueden decir muchas cosas muy bonitas; solo la
experiencia de vida en fraternidad nos la enseña adecuadamente, según la
Palabra del Señor: “vengan y lo verán” (Jn 1, 39)

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Signo: la Regla.
- De la Regla de los Hermanos Menores, tomaremos su frase inicial “¡En el
nombre del Señor! Comienza la vida de los Hermanos”. Esta frase la
escribimos y colocamos en nuestro altar (o bien podemos pensar en una
forma más elaborada de decorarla) y la repetimos todos juntos, animándonos
con esta y otras palabras:
Hermanos: al finalizar la novena de San Francisco no finaliza de ningún modo
nuestra contemplación con Francisco de nuestro señor Jesús: al repetir todos
junto en voz alta estas palabras de la Regla, declaramos que este y todos los
días que vivimos en Su Nombre, comienza nuevamente nuestra vida como
hermanos de todos: este es nuestro compromiso y nuestra misión.

Gozos y oración final (ver al final).

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Gozos
/VEN, VEN, VEN FRANCISCO VEN,
EL MUNDO TE LLAMA QUIERE PAZ Y BIEN/

Ven, Francisco, a tus hermanos, Ven, penitente gozoso,


visita a los pobrecillos; que lloras de regocijo;
ven, traspasado de amor heraldo loco de amor
por las heridas de Cristo; y paz de los enemigos;
como nueva primavera ven por los barrios y plazas,
después del invierno frío, juglar del perdón divino,
¡ven, Francisco! ¡ven, Francisco!

Ven, que los hombres te vean Ven, ángel de buenas nuevas,


por el mundo peregrino: háblanos de Jesucristo;
liberado, sin alforja ven, boca del Evangelio,
y sin dinero en el cinto; cristiano sabio y sencillo;
y anuncia la paz y el bien hermano tan deseado,
con los labios florecidos, Francisco tan bien querido,
¡ven, Francisco! ¡ven, Francisco!

Ven, con los brazos sin armas,


hermano suave y pacífico;
ven, menor de los menores,
de corazón compasivo;
profeta sin amargura,
ven con el ramo de olivo,
¡ven, Francisco!

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Oración Final
Oración a San Francisco de Asís del Papa Juan Pablo II
Oh San Francisco,
que recibiste los estigmas en La Verna,
el mundo tiene nostalgia de ti
como icono de Jesús crucificado.
Tiene necesidad de tu corazón
abierto a Dios y al hombre,
de tus pies descalzos y heridos,
y de tus manos traspasadas e implorantes.

Tiene nostalgia de tu voz débil,


pero fuerte por el poder del Evangelio.
Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy
a reconocer el mal del pecado
y a buscar su purificación en la penitencia.

Ayúdalos a liberarse también


de las estructuras de pecado,
que oprimen a la sociedad actual.
Reaviva en la conciencia de los gobernantes
la urgencia de la paz
en las naciones y entre los pueblos.
Infunde en los jóvenes tu lozanía de vida,
capaz de contrastar las insidias
de las múltiples culturas de muerte.
A los ofendidos por cualquier tipo de maldad
concédeles, Francisco,
tu alegría de saber perdonar.
A todos los crucificados por el sufrimiento,
el hambre y la guerra,
ábreles de nuevo las puertas de la esperanza.
Amén.

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