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Rusia y Sus Imperios. 1894-2005 - Jean Meyer

Rusia y sus imperios. 1894-2005 - Jean Meyer

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o EDITORES
1.a edición: octubre de 2007

© Jean Meyer, 2007. Edición para la venta en España por acuerdo entre Fondo de
Cultura Económica y Tusquets Editores, S.A.

Diseño de la colección: Lluís Clotet y Ramón Úbeda


Diseño de la cubierta: Estudio Úbeda
/ 1<T3 O J-F

Reservados todos los derechos de est;a edición para c p


Fondo de Cultura Económica, México Je
y para Tusquets Editores, S.A. - Cesare Cantü, 8 - 08023 Barcelona
www.tusquetseditores.com
ISBN: 978-84-8383-028-4
Depósito legal: B. 40.477-2007
Fotocomposición: David Pablo
Impresión: Romanyá-Valls
Encuadernación: Reinbook
Impreso en España
índice

Mapas, gráficos y c u a d ro s.............................................................. 9

Introducción ........................................ ................................... ........ 13

Primera parte. 1894-1914


1. Cuadro del Imperio de Rusia en 1904 .................................. 27
2. La Revolución de 1905 ................................................ 51
3. La edad de plata: 1905-1914 ........................... 61

Segunda parte. La edad de bronce: 1914-1928


4. La guerra m u n d ial...................................................................... 79
5. El tiempo de Lenin (1): de febreroa octubre de 1917 . . . . 91
6. El tiempo de Lenin (2): de octubrea Kronstadt (1918-1921) 113
7. La NEP: nueva política económica .......................... 144

Tercera parte. La edad de hierro: 1929-1953


8. La resistible ascensión de Stalin: 1922-1929 .......................... 169
9. La colectivización .................................... 179
10. La revolución estalinista............................................................ 221
11. La revolución permanente por el terror ................................ 250
12. La guerra ...................................... 311
13. El imperio de Stalin ..................................................... 351

Cuarta parte. El bajo imperio: 1953-1991


14. Nikita Jruschov: 1953-1964 ................................ ..................... 369
15. El comunismo de la Nomenklatura: 1964-1985 ................... 407

*
Quinta parte. La Segunda República: 1991-2005
16. La presidencia de Boris Yeltsin: 1991-1999 ............................ 471
17. El cirujano de hierro: 2000-2005 ............................................. 543

Apéndice
índice onom ástico.................................................................... 585
Mapas, gráficos y cuadros

MAPAS

1. El Imperio ruso a principios del siglo XX .............................. 21


2. Rusia durante la primera guerra mundial ............ 81
3. La Rusia europea durante la guerra y la Revolución . . . . . . 131
4. El G u la g ................................................ 279
5. La URSS, un Estado multinacional, en 1990. Las 15 repúbli­
cas federadas y las principales repúblicas autónomas ......... 425

GRÁFICOS

1. Crecimiento industrial, 1870-1913 ........................................... 35


2. Los obreros en Rusia y Petrogrado durante la guerra civil . . . 146
3. La crisis de la ganadería ............................................................ 187
4. La colectivización, 1929-1940 ................................................. 189
5. La crisis de la población humana ............... 204
6. Nacimientos y defunciones, 1927-1937 .................................. 205
7. El Gulag y sus detenidos..................... 295
8. El producto interior bruto ruso entre 1961 y2003 ............. 555
9. Precio trimestral mundial del petróleo .................................. 559
10. Movimiento anual de la población r u s a .............................. 567

CUADROS

1. Las naciones en el Imperio de R u sia ...................................... 47


2. Producción de grano, 1925-1932 ................... ......................... 198
3. El Gulag y sus detenidos ................................................... .. · · 292
4. La economía del G u lag .............................................................. 397
5. Jerarquía mundial de la riqueza por habitante..................... 444
6. Evolución de la inflación en Rusia ........................................ 553
7. Comparación del producto interior bruto entre Rusia,
Estados Unidos y la Unión E urop ea...................................... 562
8. Disminución de la población en R u sia .............................. 564
9. Mortalidad ................................................................................... 564
10. Esperanza de vida de la población rusa ............................... 565
11. La población religiosa en R u sia ............................................... 569
Y no me pesará seguir indagando cuando dudo, ni
me avergonzaré de aprender cuando yerro. En conse­
cuencia, quien esto lea, si tiene certeza, avance en mi
com pañía; indague, si duda; pase a mi cam po, cuan­
do reconozca su error; y enderece mis pasos, cuando
me extravíe.

San Agustín, Tratado sobre la Trinidad


Introducción

Más que intentar analizar mal que bien todo un siglo de historia, en
este libro se prefiere escoger algunos temas mayores, ya sean relativa­
mente poco conocidos o demasiado controvertidos. Del «infiemo» za­
rista al «paraíso» soviético, los 75 años de la URSS forman, desde la
caída en el «infiemo» capitalista (1991), un capítulo histórico cerrado: el
núcleo de esta obra. Pero como la historia no conoce ni rupturas defi­
nitivas ni regresos absolutos, como toda revolución tiene también una
dimensión conservadora y hasta restauradora, conviene saber de dónde
viene y adonde va. La historia imperial soviética tenía que heredar del
pasado zarista, de la misma manera que Rusia y sus vecinos no pueden
escapar a la herencia de los imperios de Rusia y de la Unión Soviética.

Entre mitos e intuiciones

Hace unos dos siglos que reina entre los extranjeros que nos atre­
vemos a escribir sobre la Unión Soviética y Rusia la obligación, que
Vladímir Bukovski no duda en calificar de «moda tonta», de comenzar
siempre con consideraciones generales sobre la historia de Rusia, sobre
el carácter de este país de llanos inmensos y los efectos de la geografía
en el genio del pueblo y de sus gobernantes. Ya sea por gusto hacia lo
exótico, o hacia la teoría de los antecedentes, o por «complacer a una
intelligentsia que no quiere reconocer en el monstruo soviético al hijo
legítimo de sus ideas, el caso es que en estos libros la invasión mon­
gola ocupa más espacio que las recetas del socialismo científico, hasta
el punto de que resulta que Iván el Terrible fundó el Estado soviético
y Pedro I dispuso la colectivización».1

1. Vladímir Bukovski, U RSS, de la utopía a l desastre, Diana, México, 1992, pág. 15.
(N . del A .)

13
Bukovski tiene toda la razón y, sin embargo, hay que empezar por
algo de geografía, evitando todo determinismo, sea telúrico, climato­
lógico, étnico o histórico. Si Rusia se parece en algo a Estados Unidos,
es en su inmensidad, en su horizontalidad. En Europa occidental, en
un espacio reducido se amontonan las diferencias, no solamente entre
Francia e Inglaterra, sino también dentro de cada país, entre Alsacia y
Lorena, entre la Provenza y el Languedoc, entre Capcir y Cerdaña. Es­
tados Unidos no es así. Rusia tampoco: con excepción de las conquis­
tas tardías del sur, el país no es sino un llano gigantesco surcado por
ríos inmensos que encuentran pocos obstáculos a su curso lento y an­
cho; un llano ligeramente ondulado sobre miles de kilómetros, con sus
campos, sus bosques, sus pueblos, sin que nada, ni los Urales, que no
forman ninguna frontera entre Europa y Asia, venga a romper su mo­
nótona majestad. Esa monotonía tiene su belleza en un infinito que
podría ser americano, que no tiene nada que ver con la Europa del
noroeste o del Mediterráneo.
No me atreveré a discurrir sobre la psicología colectiva de los pue­
blos, ni tampoco a comparar el mundo finito del griego de Atenas con
el mundo infinito del ruso de la antigua Russ.1 Ciertamente, ese océa­
no terrestre no tiene límites y da la impresión de infinito, un infinito
más desprovisto de fronteras que el mar, porque el mar tiene riberas.
Históricamente, esas inmensidades vacías ofrecieron una posibilidad
muy concreta, nada psicológica, de movimiento perpetuo, de marcha
sin fin, de libertad de irse, de perderse, de olvidarlo todo: patria chica,
trabajo, familia. La palabra prostor, sin equivalente exacto en nuestras
lenguas, por su carga emocional describe bien ese sentimiento peculiar
del «Ubre espacio», tan angustiante como el «libre albedrío»: angustia del
hombre perdido en la inmensidad del llano desmedido.
En contacto permanente con pueblos nómadas, el pueblo ruso no
es nómada. Cuando apareció en la historia, el llano estaba dividido en
dos regiones muy diferentes: el bosque del norte y las estepas del sur.
Si bien la labor tenaz del campesino ha atenuado esa diferencia, per­
siste hasta la fecha, así como se mantienen los tipos humanos engen­
drados en el encuentro entre el medio y la gran y lenta epopeya cam­
pesina de colonización desde Kíev hacia los bosques de Moscovia, los
Urales, Siberia, y luego desde Kíev y Moscú hacia las estepas meri­
dionales. Mil años, si no más, duró esa historia, y su base campesina
explica esa majestuosa y como inmóvil uniformidad de las formas de
vida y de cultura.

1. Pedro el Grande deja de decir «Russ» y dice «Rusia». (N . del A .)

14

Ski
Mijaíl Bajtin, uno de los grandes literatos de nuestro siglo, mane­
jó el concepto de «cronotopos», esa unidad del espacio-tiempo que es
experiencia vivida de los individuos, de las diferentes épocas históricas,
de las distintas áreas culturales. Bajtin utiliza el cronotopos como una de
las ¿ategorías fundamentales de la obra literaria y de su análisis. ¿Po­
dría el historiador intentar el mismo salto mortal para las naciones?
Para Francia se puede hablar de un cronotopos del Renacimiento
diferente de| cronotopos de la Edad Media, como se puede hablar
de un cronotopos mesoamericano distinto del novohispano; hablar de
cronotopos ruso es volver al espacio, a la naturaleza, en un contexto
histórico que es el de los últimos cien años y que rebasa todo límite
geográfico, ya que tanto Rusia como la URSS actuaron como poten­
cias mundiales, inmersas en un contexto histórico universal. Según
Bajtin, en la experiencia rusa el espacio pesa más que el tiempo hasta
el siglo xix, cuando, por lo menos para las elites, la historia desplazó
al espacio y el voluntarismo a la tradición. Ese cambio, que llevó a la
pérdida de horizonte en el apogeo de la Revolución bolchevique
(1929-1953), aunque no es precisamente ruso, tuvo en Rusia efectos es­
pecialmente traumatizantes.
Los dos grandes historiadores rusos del siglo xix, Serguéi Soloviov
y Vasili Kliuchevski, insistieron sobre el carácter no europeo del espa­
cio geográfico ruso y sobre lo que eso significó para el desarrollo his­
tórico. El tema del «vasto llano» figura en las primeras páginas de la
Historia de Rusia de Soloviov, así como el de la «uniformidad» y la «ho­
mogeneidad» que condicionan sociedad y cultura, tanto material como
espiritual. Soloviov opone la «madera» del «bosque» ruso a la «piedra»
de los «cerros» europeos. Europa es frontera, construcciones perma­
nentes, de piedra, símbolos de una vida social estable. A su vez, los
edificios de madera, fácilmente destruidos por el fuego, fácilmente de­
sarmados y reconstruidos más adelante, simbolizan la falta de raíces
de una población que el Estado tenía que estabilizar por la fuerza.
Kliuchevski insiste sobre la misma «uniformidad» y señala que «en el
sentido histórico, Rusia no es Asia, pero en el sentido geográfico tam­
poco es del todo europea. País de transición, media entre dos mundos.
La cultura la ligó indisolublemente a Europa, pero la naturaleza le im­
puso rasgos e influencias que tiraron de ella siempre hacia Asia y tira­
ron de Asia hacia ella». En el siglo XX, Gueorgui Vemadski cultivó el
tema de la «Rusia euroasiática», más que nunca de moda en Moscú en
el año 2006.
Vemadski ve en la marcha de los rusos hacia el Pacífico «la inevi­
table lógica de la geografía que fundamenta toda la historia». El histo-

15
riador sabe lo estimulantes y lo peligrosos que son semejantes vaticinios
a lo Vasconcelos, pero no puede olvidar la recurrencia de esos temas,
por ejemplo bajo la pluma de un Chéjov: «En Europa occidental, los
hombres perecen porque su vida es demasiado confinada, asfixiante y,
entre nosotros, porque la vida tiene demasiado espacio... Tanto espacio
que el hombre pequeño (mujik) no tiene la fuerza para orientarse».
Al mencionar el mito euroasiático sé que se trata de un verdadero
mito, fundado en la situación geográfica de Rusia, pero que no tiene
nada que ver con su cultura ni con su literatura. Desde el punto de
vista lingüístico, Rusia es muy homogénea y se habla el mismo ruso
en Vladivostok que en San Petersburgo. Las diferencias son menores que
aquellas entre el inglés de Londres y el de Liverpool. Si existe una fron­
tera no es la línea imaginaria que separa Europa de Asia, sino la que
opone el norte al sur. Del norte vino la influencia histórica escandi­
nava; del sur, la influencia bizantina; del norte, el Estado; del sur, el
cristianismo, hasta tal punto que el historiador Dmitri Lijachev pro­
puso, en 1992, calificar la antigua Russ como «Escándinobizancia». La
teoría euroasiática surgió a la hora del pesimismo de los primeros trein­
ta años de este siglo, en el poema «Los escitas», de Alexandr Blok, y
entre los rusos de la emigración, después de la Revolución; fue reto­
mado hace poco por el antropólogo Lev Gumiliov, hijo de los poetas
Nikolái Gumiliov y Anna Ajmátova. Como mito nacionalista es un
hecho histórico, pero tiene poco que ver con la realidad.
Falta descartar otro mito, según el cual Rusia es un país dotado de
un alma de esclavo, que gusta de someterse a un poder oriental fuer­
te, a un despotismo asiático, desde que conoció en el siglo XIII el famo­
so yugo mongol-tártaro. La historia no permite esas simplificaciones y
entre Iván el Terrible y Pedro el Grande, entre Pedro y Lenin-Stalin,
hay muchos episodios en los cuales la libertad desempeñó su papel. El
primer autócrata verdadero es Pedro, el hombre que miraba hacia Oc­
cidente sin entender la libertad occidental.
Lo cierto es que la historia del pueblo ruso, disperso sobre in­
mensos espacios, ligado a una multitud de otros pueblos, no ha co­
nocido hasta ahora la moderación. «Arranques de caballo y paradas de
burro», revolución y estancamiento, los extremos siempre. Las parado­
jas, siempre. Así sucede con los cosacos, nacidos del deseo de libertad,
de la huida lejos de la opresión, que se convirtieron en el instrumen­
to de represión del Estado ruso, el símbolo de la autocracia zarista. El
pueblo ruso ha sido uno de los más religiosos, y de los más ateos cuan­
do el ateísmo se transformó en religión militante y perseguidora. Ese
extremismo propio del pueblo ruso, en ciertos momentos de su histo-

16
ría, aclara el florecimiento de numerosos mitos explicativos, tan suges­
tivos como peligrosos, todos ligados a un hecho muy certero: el carác­
ter trágico de la historia rusa y soviética.

El espacio, el tiempo y los hombres

Iván III, el gran príncipe de Moscú, controlaba 460.000 kilómetros


cuadrados en 1462; Iván IV, 2,8 millones de kilómetros cuadrados en
1533; y Boris Godunov, 5,4 millones de kilómetros cuadrados a fina­
les del siglo xvi. En 1700, el imperio sumaba 15 millones de kilóme­
tros cuadrados, con la conquista de Siberia. En la misma época, Euro­
pa toma rápidamente posesión de México y de América del Sur y
progresa con lentitud en América del Norte. Los dos fenómenos per­
tenecen a un mismo capítulo de la historia de la humanidad: la ex­
pansión europea. Rusia sale del bosque al que la había relegado la pre­
sión de los nómadas mongoles y tártaros. Su marcha hacia el sureste
se parece a la frontier norteamericana, frente de colonización agrícola:
en Siberia se trata de una conquista en el sentido hispánico, de espacios
inmensos y recorrida a una velocidad vertiginosa por pequeños grupos
aventureros. La frontier tardará mucho en desarrollar esos 10 millones
de kilómetros cuadrados.
Tardará hasta la llegada del ferrocarril a finales del siglo xix, como
en el, Lejano Oeste norteamericano. Rusia suma dos millones de kiló­
metros cuadrados propiamente msos a un imperio colonial de tipo ame­
ricano, donde coexisten colonos rusos e indígenas nómadas y semi-
nómadas: chuvasios, cheremis, tártaros del Volga, baskires cerca de los
Urales, etcétera. Siberia, rápidamente recorrida por los cosacos, cuenta
apenas con 250.000 indígenas y 40:000 msos a finales del siglo xvil.
A consecuencia de esa increíble inflación espacial, el Estado ruso
no puede tener las mismas ambiciones que el Estado de la Europa clá­
sica. El Estado renuncia a gobernar directamente a la masa campesina.
La institución socioeconómica de la servidumbre (no es la palabra exac­
ta para designar la krepostnie,* pero sí la más aproximada), práctica­
mente eliminada en Europa, se consolida a partir de 1570 y culmina
en 1767 en tiempos de Catalina la Grande, cuando el 80 por ciento de
la población se mantiene fuera de la «ciudad». El imperio bien puede
tener 15 millones de habitantes en 1725 y 36 millones en 1790, mien- \1

1. Krepost: «solidez», «fortaleza», «fuerte». (N . del A .)

17
tras que Rusia existe solamente para los nobles y los escasos habitan­
tes de la ciudad. En 1790, para 30 millones de rusos no hay más ho­
rizonte que el latifundio, la hacienda del amo y la realidad de la ser­
vidumbre. El Estado clásico no empezará en Rusia hasta 1861, con la
abolición de la «extraña institución»: la servidumbre.
Catalina fue efectivamente la monarca liberal amiga de los filóso­
fos franceses, pero sólo para su pequeña república de nobles. A pesar
del espacio y la población, el Estado ruso no se confundía con el im­
perio, sino que incumbía a apenas dos millones de rusos, y el hecho
fundamental era el abismo que separaba a un pueblo numeroso de
unas elites exiguas y dividía dos culturas incomunicadas. El pueblo mi­
raba a sus príncipes y a los nobles como extranjeros con quienes no
compartía las costumbres ni la religión (por lo menos desde el gran cis­
ma, el raskol del siglo xvii), y cuya lengua no entendía, ya fuese ésta el
alemán o el francés.

El despotismo del espacio

Conocemos los obstáculos que presentaba la distancia en las Amé-


ricas coloniales, pero ¿qué decir de Rusia? En 1599, Anthony Sherley
tardó seis meses desde Ispahán a Moscú, vía el mar Caspio. El invier­
no lo detuvo seis meses en Moscú antes de que pudiese salir por el
norte, a través de Arjangelsk. Ese hombre tenía prisa y dinero: de Is­
pahán a Praga, vía Moscú, tardó año y medio. A mediados del si­
glo xvill, las cosas seguían siendo iguales y «americanas»: en esa fecha
se tardaba seis meses, por tierra, de Georgia a Nueva York, y un año
de Lima a Buenos Aires.
Rusia, como América, es una Europa periférica, una Europa colo­
nial, una Europa de las fronteras abiertas, en marcha. Desde el punto
de vista demográfico, la Rusia de los siglos xvii y xvill tiene todavía
algo de medieval. Una presencia muy ligera es una presencia frágil; cual­
quier cambio climático (como el enfriamiento de finales del siglo xvii,
principios del xviii), cualquier cambio político, se paga muy caro. Ru­
sia conoció los mismos desastres que Europa en el siglo xvii, hambru­
nas y pestes, pero además sufrió el impacto de la revolución de Pedro:
entre 1678 y 1715, la población rusa parece no poder rebasar la cifra
de 12 millones. Eso significa, sobre dos millones de kilómetros cua­
drados, una densidad de seis habitantes por kilómetro cuadrado, mien­
tras que el corazón del noroeste de Europa está en cuarenta.

18

A
Una vez pasado el catastrófico siglo XVII (que se prolonga hasta la
muerte de Pedro), la población empieza a crecer, pero sin aumento de
densidad. Crece a la americana, por anexión de nuevos espacios. Ru­
sia central, Ucrania septentrional, el norte y el este agrupaban, en 1724,
sobre dos millones de kilómetros cuadrados, 12 millones de habitan­
tes; en 1796 eran 21 millones sobre el mismo territorio, pero,\mientras
tanto, mucho antes de que la América inglesa cruzase los Apalaches,
Rusia, allende los Urales, se había encaminado hacia Siberia: Ekate-
rimburgo, Ufa, Tobolsk marcan esa marcha hacia el este; sobre cuatro
o cinco millones de kilómetros cuadrados «útiles», 35 millones de se­
res humanos, con una densidad de ocho o nueve por kilómetro cua­
drado, multiplicados pero sin cambio radical en la densidad de ocu­
pación del suelo, factor clave en la construcción del Estado y de la
sociedad.
Si bien Pedro el Grande (1682-1725) es revolucionario, su occi-
dentalización de Rusia, tan superficial como admirada, resulta paradó­
jicamente muy conservadora. Más que una revolución fue un terre­
moto;, escribe Kliuchevski. Con él, la identificación de la sociedad con
el Estado pasó por un apogeo. Sin tocar los antiguos fundamentos, lle­
vó a la perfección el control de la nobleza, transformada de aristocra­
cia latifundista en nobleza de servicio que debe todo al Estado. No se
puede hablar de propiedad privada; cada grupo social debe su existen­
cia al servicio, impuesto, prestación que brinda al Estado. Por eso la
servidumbre, liquidada en Occidente, se consolidó y perfeccionó en el
siglo xvill. El espacio, la distancia y la debilidad de la economía mo­
netaria empüjaron hacia ese sistema y a la formación de un Estado
de dos pisos: el emperador (Pedro no usa el título de zar) reinaba so­
bre dos millones de sujetos, nobles y urbanos; la nobleza de servicio,
pagada con las tierras que tenía en usufructo, reinaba sobre los 20 o
30 millones de sujetos arraigados en el latifundio. En su voluntad fe­
roz de alcanzar la Europa occidental, Pedro no hizo más que milita­
rizar la economía y la sociedad. En una economía casi esclavista, en
una sociedad casi de castas, puso a cada uno en su lugar, en su esca­
lón. Confirmó la verdadera pasión del Estado, su actividad preferida:
la expansión territorial. Sin saberlo, ahondó la zanja entre Rusia y
Europa, y fortaleció durante mucho tiempo la modalidad arcaica de la
historia rusa.

19
Un tiempo histórico propio

La Rusia histórica es relativamente joven. El cristianismo entra en


la Galia en el siglo II, Cirilo y Metodio llegan en 860 a Crimea, la cris­
tianización de Kiev empieza entre 980 y 1015. La nueva fe tarda aún
dos siglos en penetrar en el espeso bosque moscovita. El Cristianismo
ruso no tiene mil años, lo que explica tanto su vitalidad como el ra­
dicalismo antirreligioso a partir de 1860. El positivismo primero, el
bolchevismo después, chocan en su cientificismo con una fe contem­
poránea del año 1000 occidental, que no ha conocido las reformas de
la Iglesia, ni la matematización del mundo.
La extraña cronología de la servidumbre obedece al mismo desfa­
se. La servidumbre, en las campiñas europeas, va del siglo vil al xill;
en Rusia, del siglo xvi al xix. En Europa coincide con la desaparición
del Estado y desaparece frente a su renacimiento, mientras que en Ru­
sia coincide con la construcción de un Estado muy peculiar que no in­
tegra al 90 por ciento de la población: los campesinos.
Lo mismo ocurre con la cultura: el primer libro impreso en Moscú
es de 1564, un siglo después de la Biblia de Gutenberg. Los niveles de
urbanización de Rusia en 1860 son los de Italia en el siglo xill. Los cam­
pesinos que van a la guerra en 1914 son hombres del siglo xvil francés.
El desfase cronológico más significativo es quizás el demográfico. La
estructura de base es la familia extensa, cuando en Europa han triunfa­
do la familia nuclear, el matrimonio a una edad tardía para la mujer y
un celibato numeroso. Al este de una línea San Petersburgo-Trieste im­
pera el modelo llamado de John Hajnal, que opone a esa Europa nor-
occidental la del este (y del sur algunas veces), con matrimonio tempra­
no para la mujer (desde los 12 años), sin celibato, con una altísima
fecundidad. Ese modelo caracteriza el mundo ortodoxo, judío, islámico.
En 1897, en el Imperio ruso la mitad de las mujeres se casa antes de
los 21 años y la fecundidad sigue siendo de cinco a seis niños por mu­
jer, cuando en Francia está por debajo de tres y en Inglaterra es de 3,4.
Por ello, todos los fenómenos demográficos remiten a una etapa ante­
rior de la historia europea. Así ocurre con la hambruna y las epidemias
que devastan Ucrania en 1890 y que recuerdan las del norte de Italia en­
tre 1630 y 1640, y las de Francia entre 1636 y 1662. Como anticipo, con­
viene notar que la hambruna de 1932-1933, en la misma región, en el
norte del Cáucaso y en Kazajistán, después de la colectivización forza­
da, recuerda las grandes crisis del hambre en Francia entre 1661 y 1710.
Desde 1735, Europa occidental no ha vuelto a conocer nada*semejante,
mientras que en Rusia la última hambruna es la de 1946-1947.

20
Constanza

M apa 1. El Imperio ruso a principios del siglo XX.


Por eso la evolución demográfica rusa sigue, desde el siglo xvi has­
ta 1917, un ritmo comparable al conocido por Europa occidental en­
tre los siglos XI y XV; por eso el «Tiempo de los disturbios» ve desapa­
recer, a principios del siglo xvn, a la mitad de la población; por eso las
crisis llamadas de «antiguo régimen» persisten hasta principios del si­
glo XX; por eso la «transición demográfica» se hace esperar hasta 1900-
1914. A lo largo de los siglos xvill y XIX, las grandes crisis de mortali­
dad se alternan con derrumbes concomitantes de la natalidad, y los
periodos de recuperación rápida, con los de estancamiento o de creci­
miento regular. Así, el siglo xix sufre aún una serie de hambrunas pro­
vocadas por malas cosechas, agravadas por grandes epidemias, en es­
pecial el cólera, que diezma una población debilitada por el hambre:
1839, 1843-1845, 1853-1856, 1891, 1892. En esas curvas irregulares, la
historia política no aparece, la demografía sigue su lógica interna bio­
lógica, con sus mecanismos reguladores. La novedad es la aceleración
del crecimiento. Desde 1820 hasta 1860 la población se duplica hasta
llegar a 74 millones; ciertamente, la expansión territorial en el Cáuca-
so y en Asia central contribuye, pero el crecimiento demográfico es el
factor principal. Es un fenómeno singular, difícil de explicar. No se
pueden invocar factores como el progreso de la productividad, de la
administración, de la lucha contra la enfermedad y la miseria. Eso ven­
drá después de 1890. De hecho, parece que Rusia se beneficia de un
fenómeno que afecta a toda la zona templada a partir de 1730, tanto
a Europa como a China: el final de la «pequeña era de glaciación», cu­
yos efectos positivos pueden ser muy perceptibles en los márgenes
septentrionales, como Rusia. El fenómeno de base es el crecimiento
demográfico, sin cambio económico. Eso constituye una diferencia ma­
yor con Europa, que ha terminado su transición demográfica y vive la
revolución industrial.
Europa sufrió en 1848 por última vez una escasez que no llegó a
hambruna (Irlanda es un caso excepcional); en 1891, Ucrania y las tie­
rras negras rusas sufrieron una hambruna mayor.
En 1860, la población de Rusia es de 74 millones de habitantes;
en 1880, de 105; en 1900, de 135, y en 1912 se alcanzan los 171. En esa
fecha, Rusia es el Estado más poblado, pero su densidad sigue siendo
la más baja de Europa: siete habitantes por kilómetro cuadrado. Ha­
blar de densidad tiene poco sentido, ya que Siberia y Asia central, con
cuatro quintas partes del territorio, tienen apenas 32 millones de ha­
bitantes, mientras que el norte de Europa por encima de los 60 grados
de latitud y gran parte de las estepas del sur son inhabitables. Para una
superficie «útil» de 3,5 millones de kilómetros cuadrados, la densidad

22
sube a 38, que es poco, pero constituye una cifra ya europea, española.
A pesar de la reciente emigración hacia Siberia, la masa de ia población
no ha salido de su reducto histórico, entre el Dniéper y el Volga.
En 1913* la natalidad sigue estable y alta, con un 45,5 por mil, en
tanto que lá mortalidad empieza a bajar gradas al ferrocarril, que eli­
mina la hambruna. En ese periodo aparecen los primeros índices de
transición demográfica en la parte occidental del imperio. Es entonces,
por desgracia, cuando la política, como radical novedad, empieza a
marcar la historia demográfica, tanto en el corto plazo como en las es­
tructuras: primera guerra mundial, guerra civil y la hambruna conse­
cuente, colectivización, hambruna, epidemia a partir de 1930, la re­
presión y la muerte que golpea a millones de esclavos en los campos
del Gulag hasta 1953, la segunda guerra mundial, la deportación de los
pueblos «castigados» entre 1940 y 1945... Las curvas demográficas se­
ñalan una historia de vidas truncadas y playas relativamente calmas,
flanqueadas por años trágicos.
Si bien la historia de la fecundidad no obedece tanto al factor po­
lítico, la historia de la mortalidad sí lo hace, porque el Estado moder­
no es muy eficiente tanto para aliviar como para matar.
En conclusión, cabe recordar que en 1910 los países eslavos orto­
doxos siguen más cerca del modelo demográfico extraeuropeo y me­
diterráneo antiguo, que del modelo inventado por la cristiandad lati­
na a partir del siglo xm. La sociedad rusa de 1900 a 1910 se sitúa al
nivel de la sociedad inglesa, tal como los PoU Tax Records de 1377 per­
miten conocerla; es decir, hay apenas treinta años, una generación, en­
tre la Rusia de Stalin y una estructura demográfica del año 1000 occi­
dental. Eso permite entender muchas cosas.
Rusia nunca conoció el desafio de lo que Pierre Chaunu llama «le
monde plein», el mundo lleno de China, de India, de Europa del nor­
oeste con su densidad temprana de 40 a 50 habitantes por kilómetro
cuadrado. Sobre más de un millón de kilómetros cuadrados Rusia fun­
cionó como frontier, frontera de colonización, de expansión horizon­
tal, sin fronteras aseguradas, sin relación permanente e intensa con un
espacio definitivamente limitado. La isba de madera rusa duraba trein­
ta años, la agricultura itinerante de tala-quema-roza imperó hasta 1850.
A diferencia de Estados Unidos, otra sociedad frontier, Rusia, si bien es
conquistadora, también se ve amenazada por los invasores. Hasta el si­
glo XV, los golpes provienen de los nómadas de las estepas y de los ger­
manos de las órdenes militares, luego el enemigo llega del oeste: el po­
laco, el prusiano, el francés, el alemán. El oeste es más desarrollado y
la guerra castiga al subdesarrollado. Las pérdidas rusas en el frente en

'23
1914-1917 son diez veces superiores a las alemanas, cinco veces a las
austríacas. Oficialmente la URSS perdió 16 millones de hombres en
1941-1945 y Alemania dos millones en el frente oriental.
Los primeros intentos de Rusia para «alcanzar» a Occidente y po­
ner fin al subdesarrollo se dan precisamente, con Pedro, en la esfera
militar. Se trata de dotar a Rusia de artillería, rifles y barcos. Pedro es
el primero en practicar el crecimiento acelerado, desequilibrado, mor­
tífero, por exceso sectorial (la siderurgia) y por exceso de velocidad.
Paga un precio excesivo y despilfarra los recursos naturales, entre los
cuales cuenta (o no cuenta) al hombre.
Despilfarro para construir San Petersburgo, cementerio de 100.000
trabajadores; despilfarro en tiempos de Catalina para construir la nue­
va Rusia del mar Negro; despilfarro en la industrialización acelerada de
1890-1914. En este último caso, el coste político-social son los distur­
bios de 1904-1905, la Revolución de 1905, la guerra de 1914-1917, la
Revolución de 1917-1920 y la invención de un marxismo-leninismo
que suma la autocracia zarista al voluntarismo jacobino. El coste del
último episodio de crecimiento acelerado, a marchas forzadas, para «al­
canzar y rebasar a Occidente» es altísimo entre 1917 y 1953. Es preci­
samente el tema de este libro.

BIBLIOGRAFÍA

El modo de presentar las fuentes utilizadas será el mismo para todos los
capítulos. En lugar de referencias anunciadas por cifras en el curso del texto,
el lector encontrará una breve bibliografía temática. Los títulos en ruso están
traducidos y señalados con (r).

Afanásiev, Yuri, M a Russiefatale, París, 1992.


Byrnes, Robert E, V.O. Kliuchevski, Historian o f Russia, Indiana University
Press, 1996.
Fedotov, Gueorgui, L a Russie et la liberté, Nueva York, 1981.
Kliuchevski, V.O., Curso de historia rusa (r), reeditado en sus Obras (8 vols.),
Moscú, 1956-1959.
Lijachev, Dmitri S., The National Nature o f Russian History, Columbia Univer­
sity, Averell Harriman Lecture, 13 de noviembre de 1990 (Nueva York).
Reclus, Elisée, Nouvelle Géographie Universelle, tomos V y VI, París, 1880.
Soloviov, Serguéi, Historia de Rusia (r), reeditado en Moscú, 1963.
Vernadski, Gueorgui, A History of Russia, New Haven, 1929.

24
Primera parte
1894-1914
1
Cuadro del Imperio de Rusia en 1904

¿Un Antiguo Régimen?

Según la «vulgata» histórica, una revolución siempre tiene su «An­


tiguo Régimen», un sistema pésimo que justifica todos los excesos de
sus destructores, que explica su voluntad de «hacer del pasado tábula
rasa», según los versos de L a Internacional. La Rusia zarista es el Anti­
guo Régimen de la Revolución bolchevique, como el Porfiriato es el
Antiguo Régimen de la Revolución mexicana.
' Los dos siglos de la nueva Rusia, inaugurada por el reino de Pedro,
pesan más en la balanza de la historia que los siete siglos anteriores, en
ciertos aspectos. El siglo xvill fue un periodo de crecimiento, de expan­
sión, de enriquecimiento material y espiritual; preparó el siglo siguiente,
que fue el gran siglo ruso, la «edad de plata» que dio a Rusia su persona­
lidad, su configuración única entre las naciones europeas. Al mismo tiem­
po, esos dos siglos vivieron una alternancia de crisis y progreso, reformas
y estancamientos, sin encontrar nunca un equilibrio que no estuviese ame­
nazado. Nunca se borró el recuerdo del gran levantamiento popular de
Pugachov en tiempos de Catalina, nunca se olvidó la revolución pasada,
la de Pedro, ni el presentimiento de una revolución por venir, dirigida, se­
gún la profecía de Joseph de Maistre, por «un Pugachov de universidad».
El reino del último zar, Nicolás II (1894-1917), ilustra todas las
contradicciones, pero, para ser justos con la época, debemos olvidar
que conocemos el desenlace, que lo conocemos como un «Antiguo
Régimen», en consecuencia, condenado por el destino.

La población

Fieles a la idea de que la demografía es la base tanto del movi­


miento social como del movimiento económico, empezaremos por
contar y situar a la población. La antigua sociedad rusa no se parece a
ninguna otra, ni europea, ni americana, ni asiática. Sus problemas son
euroamericanos: transición demográfica, revolución industrial, trans­
formaciones políticas, pero se dan en un marco original.
La estadística demográfica rusa es tardía. Desde 1702 la Iglesia or­
todoxa debe registrar nacimientos y defunciones; para las otras reli­
giones, la obligación es aún posterior. De hecho, hay que esperar has­
ta 1843-1858 para que el imperio se dote de instrumentos estadísticos
modernos, y hasta 1897 para tener el primer censo de toda la pobla­
ción del imperio. Fue el primero y el último. El siguiente es el sovié­
tico de 1926. En 1897 el imperio tiene 125,5 millones de habitantes,
116 si se excluye a Polonia y Finlandia. La natalidad es del 48 por mil,
la mortalidad del 31 por mil. En la Rusia europea, dos hombres de
cada cinco saben leer, y una mujer de cada cinco. La mayoría de los
analfabetos son mayores; la instrucción se democratiza de manera que
la mitad de los jóvenes campesinos sabe leer. Entre los obreros esa pro­
porción sube a dos de cada tres.
Esa población crece rápidamente y alcanza los 173,5 millones en
1914. Los soviets heredarán el capital humano y la juventud de esa po­
blación. En 1914 una de cada tres personas es menor de edad. Esa ace­
leración del crecimiento se debe al descenso de la mortalidad. Los pro­
gresos de la salubridad no explican un fenómeno que se debe más bien
a la desaparición de la hambruna. El ferrocarril (30.000 kilómetros en
1890, más del doble en 1914) permite la circulación de un trigo que
aumenta en cantidad y calidad. Su producción progresa en un 80 por
ciento entre 1898 y 1913. A pesar de las diferencias regionales, los ru­
sos se alimentan correctamente en 1914, lo cual supone un progreso
considerable.
Ese mundo que calificamos de vacío da en el campo, en la zona
europea, una impresión de sobrepoblación. Un mal uso de la tierra
provoca la saturación regional; sin embargo, en las regiones más po­
bladas existen amplias zonas vacías. El reparto de la población no es
nada homogéneo.
La Rusia europea se divide en tres regiones naturales determinadas
por el clima (por la latitud). Al norte la zona del antiguo bosque, en
el centro las tierras negras y fértiles, al sureste las estepas. En el norte,
en el bosque de Moscovia, región del Alto Volga y del Alto Dniéper,
se constituye la sociedad moderna. En 1914 esa zona concentra 100
millones de habitantes, la décima parte al norte del paralelo 60. La ma­
yoría de la población es rural, por más que Moscú y San Petersburgo
crezcan rápidamente, y vive en pueblos alejados unos de otros. La den­
sidad varía de 20 habitantes por kilómetro cuadrado en el distrito muy
pobre de Minsk, hasta 50 en la provincia de Moscú. Las tierras son po­

28
bres y están mal distribuidas, por lo que los campesinos nutren una fuer­
te emigración hacia el sur, hacia Siberia y hacia las ciudades (sin con­
tar América).
Las tierras negras entre el Dniéster y el Volga conocen, gracias a su
fertilidad, densidades muy altas —de 75 a 90 habitantes por kilómetro
cuadrado alrededor de Kíev, que es la densidad rural más alta del im­
perio—. Kíev es el único centro urbano y las tensiones sociales son
fuertes en esa región de colonización reciente.
Las tierras grises de las estepas no son malas, pero el problema de
la sequía es recurrente. La colonización no tiene ni un siglo y muchas
tierras siguen baldías, mientras que las industrias crecen como hongos
entre el Don y el Dniéster.
Por lo reciente de su poblamiento, es la zona más equilibrada del
imperio, con un 25 por ciento de habitantes en ciudades y siete ciu­
dades con más de 100.000 habitantes; la densidad rural oscila entre 30
y 60 habitantes por kilómetro cuadrado, por lo que la región sigue atra­
yendo a los inmigrantes.
Los 32 millones de personas que no viven en Europa se reparten
casi por tercios entre el Cáucaso, Asia central y Siberia. El Cáucaso es un
mosaico étnico, cultural, religioso, conquistado a duras penas a lo lar­
go de los últimos 120 años. La guerra de Chechenia sigue presente en
todas las memorias. Zona antigua y densamente poblada, no se presta
a la inmigración rusa. La conquista de Asia central acaba de realizarse
y el imperio practica una política de colonización demográfica siste­
mática. Así, entre 1900 y 1914 dos millones de rusos y ucranianos se
instalaron eñ el valle del río Sir Daría. La naturaleza siberiana es más
favorable a la agricultura, y los recursos naturales, bosques y minas so­
breabundan. El obstáculo es la distancia, que el ferrocarril empieza
apenas a vencer. Hacia 1890 Siberia no recibía más de 30.000 colonos
al año, de los cuales la tercera parte moría en el primer año. El Tran-
siberiano, construido entre 1891 y 1907, cambió la situación y permi­
tió la salida de 500.000 colonos al año. Entre 1900 y 1914, 7,5 millones
de rusos y ucranianos emigraron hacia el este, pero en el mismo tiem­
po la población creció en 38,5 millones.
Con esas cifras todo está dicho. Tal crecimiento, aunado a una geo­
grafía demográfica que concentra en exceso la gente en dos provincias
rurales de Europa, explica el problema mayor de la sociedad. Euro­
pa noroccidental había conocido un problema muy semejante en el si­
glo XVIII, que la emigración hacia América o hacia la nueva Rusia no
había podido resolver. La revolución industrial, con la concomitante
urbanización, fue la respuesta al reto. Para los economistas y políticos

29
rusos de finales del siglo XIX, ese modelo parecía ofrecer una solución
fácil, pero ¿estaba preparada la sociedad para realizar semejante muta­
ción?

«Beati possidentes»: los privilegiados

Son los ricos, los grandes propietarios, los banqueros, los indus­
triales, los financieros, los grandes comerciantes; poco numerosos en
total. Están lejos de formar un grupo social solidario y homogéneo.
Por un lado está la nobleza, por el otro la muy reciente plutocracia.
Los grandes propietarios (un millón de personas, contando a sus
familias), vencidos definitivamente por el zar en el siglo XVII, se habían
refugiado en sus haciendas, lejos de la política. En 1861, la abolición
de la servidumbre había quebrantado el sistema social tradicional y
precipitado una crisis profunda, tanto para la nobleza como para el
campesinado. Pocos hacendados fueron capaces de pasar a una agri­
cultura moderna y la mayoría tuvo que resignarse a vender poco a
poco sus tierras. En 1861 la nobleza tenía prácticamente toda la tierra
que existía en propiedad privada; en 1916, de aquellos 120 millones
de hectáreas no le quedaba sino la mitad.
Sin embargo, el cambio mismo empujó a la nobleza a reencontrar
el camino de la vida pública; las reformas de 1860-1880 concedieron
una gran importancia a las nuevas asambleas regionales: los zemstva
(singular: zemstvo), dominados por la nobleza provincial. Hasta 1905,
hasta el gran susto causado por aquella revolución, esos hacendados
eran reformistas y manifestaban su simpatía por la oposición modera­
da, partidaria de un régimen constitucional. Después de 1905, sólo una
minoría permanece fiel a esas ideas, apoyando al Partido Constitucio­
nal-Demócrata (KD), mientras que la mayoría se alinea tras el zar. En
conclusión, la nobleza terrateniente, no representa una fuerza impor­
tante.
A su lado existe la nobleza llamada de servicio, estructurada por
Pedro el Grande en los famosos 14 rangos del Chin (la jerarquía). Los
funcionarios de cierto rango reciben automáticamente un título de no­
bleza hereditario. Es una nobleza abierta, de modo que un hijo de
campesino puede integrarse en ella. Así, los hacendados desprecian a
los que consideran pseudonobles. En 1897 hay 400.000 funcionarios.
Francia tiene 1,2 millones para menos de 40 millones de habitantes.
Se habla mucho, y mal, de la burocracia zarista, del peso del Estado

30

LL
ruso. En verdad, hay que reconocer que el Estado tiene muy pocos
funcionarios y les paga tan mal que no puede contar con su lealtad.
¿Existe una burguesía? Apenas. Algunos grandes capitalistas, mu­
chas veces extranjeros o rusos de la primera generación, controlan la
industria y el mercado después de haber eliminado a las pequeñas em­
presas a finales del siglo XIX. La aceleración de la industrialización aca­
ba de arruinar a los pequeños industriales y comerciantes. Esa elite del
dinero vive a la hora que marcan Berlín, Londres y París, igual que los
grandes propietarios. Este cosmopolitismo arrebatado está hecho a la
medida de la distancia que separa al pueblo de las oligarquías. En
1906, la Secretaría de Hacienda estudió los ingresos: 100.000 personas
tenían unos ingresos anuales superiores a 1000 rublos; 800.000, supe­
riores a 800 rublos. Según la misma fuente, se necesitaban 650 rublos
para mantener a una familia «burguesamente». La inmensa mayoría de
la población, incluso la pequeña clase media incipiente, quedaba por
debajo de esa barrera.
La clase media o, mejor dicho, las clases medias, débiles y faméli­
cas, oscilaban entre el radicalismo de derechas, nacionalista, antisemi­
ta, zarista, y el radicalismo de izquierdas. En expansión gracias a los
notables progresos de la educación logrados por el Gobierno, ese gru­
po social no encontraba trabajo en las profesiones administrativas o li­
berales, ya saturadas. Entre 1894 y 1914 se cuadruplicó el número de
alumnos de secundaria y se quintuplicó el de estudiantes universita­
rios. Podemos así hablar de una proletarización, hasta de una lumpen-
proletarización de las clases medias.
El clero no participaba más que la clase media en el universo de
los privilegiados. El clero ortodoxo no tenía nada que ver con el cle­
ro privilegiado de los «antiguos regímenes» europeos. Para empezar, no
poseía ni el 1 por ciento de la tierra rusa, y, aunque es cierto que el
cristianismo ortodoxo desempeñaba un gran papel en la vida popular
y que era inseparable del sentimiento nacional ruso, no sacaba gran­
des ventajas materiales de su estrecha unión (y sumisión) al Estado.
Como institución, la Iglesia formaba parte del Estado (lo pagaría caro
con el triunfo bolchevique), pero era pobre. Existía un clero «negro»,
de monjes muy respetados, y un clero «blanco», de sacerdotes misera­
bles y despreciados. La palabra pope, que a los extranjeros les gusta usar
en el sentido de «sacerdote», es un término despreciativo, hasta ofen­
sivo. Ese clero secular estaba casado y era pobre. Vivía entre los cam­
pesinos y no tenía otro ingreso que la parcela que trabajaba personal­
mente, además de lo que podían y querían darle sus parroquianos, que
era muy poco. Normalmente, el sacerdote era hijo de sacerdote, sus

31
otros hijos huían a la ciudad y engrosaban las filas del proletariado in­
telectual. La policía zarista desconfiaba mucho, y con razón, de los «hi­
jos de pope». Custine profetizó (1839): «Esos hombres empezarán la
próxima revolución rusa». En 1914, el imperio contaba con un 71 por
ciento de ortodoxos, 130 obispos, 50.000 sacerdotes y diáconos, y
84.000 monjes y monjas. i

Clases trabajadoras, clases peligrosas


Los campesinos y la cuestión agraria

El problema principal para el poder siempre ha sido el orden en


el campo, más que la agricultura, hasta 1894, cuando los asuntos ru­
rales dejaron de depender del Ministerio de Gobernación y se creó el
Ministerio de Agricultura. De aquí en adelante se trataría de poner la
agricultura al servicio de la industrialización, tanto bajo la dirección
del ministro desarrollista Witte, como bajo el poder bolchevique. En­
tre 1861 y 1905, el campesinado pagó al Estado, en forma de anuali­
dades debidas a consecuencia de la emancipación y del reparto de
1861, 1570 millones de rublos que sirvieron, como los impuestos in­
directos, para el financiamiento de los ferrocarriles y de la industria­
lización. Los intereses de los empréstitos extranjeros fueron pagados
hasta 1914 gracias a masivas exportaciones de granos a precios com­
petitivos, es decir, a expensas del nivel de vida del campesino.
El asunto agrario entre 1861 y 1914 se planteó en términos lógica­
mente maltusianos: adecuación entre la población campesina y la su­
perficie que trabajaba, desde el momento en que la abolición de la ser­
vidumbre le había costado una importante disminución de las tierras que
consideraba suyas. La urbanización principiante no frenó el crecimiento
de la población rural. En 1913, los habitantes de las ciudades no forma­
ban más del 15,5 por ciento de la población y cada año, en la Rusia eu­
ropea, la población rural crecía en un millón. Rusia seguía siendo cam­
pesina en más del 80 por ciento y su problema mayor era el agrario.
Cuando en la segunda mitad del siglo xix la población rural se du­
plicó, para subsistir tuvo que buscar ingresos fuera de la agricultura o
la manera de comprar y arrendar tierras. Así, entre 1877 y 1905, los
campesinos compraron 20 millones de hectáreas a los nobles, cuya
propiedad pasó del 78 al 52 por ciento. Esa «hambre de tierra» de los
campesinos disparó los precios tanto de la tierra como de su renta, y
ese fenómeno no se frenó hasta 1914. Si se piensa que, por la misma

32
época, la competencia internacional de los granos americanos rebaja­
ba los precios de venta y que el crecimiento demográfico contribuía a
depreciar los salarios rusos, se entenderá la dimensión del problema.
Desde la óptica maltusiana había tres soluciones. La primera, la del
ministro de Hacienda, Serguéi Witte, era hacer de Siberia el equiva­
lente del Oeste estadounidense: un frente de colonización agrícola,
abierto por el ferrocarril y capaz de absorber a millones de emigrantes.
Así fue, pero los 760.000 emigrantes de 1908 quedaban muy por de­
bajo del crecimiento demográfico del mismo año: casi dos millones.
Otra alternativa habría sido aumentar la tierra campesina (o sea,
afectar la gran propiedad) según el modelo irlandés: nacionalizar los
latifundios superiores a cien hectáreas y repartirlos entre los campesi­
nos en usufructo a largo plazo. Los nobles habrían recibido indemniza­
ciones, como ocurrió después de 1861. La tercera solución: disminuir
la población agrícola al disolver la comunidad agraria; así, la privati­
zación de la propiedad campesina fue adoptada en abril de 1906 por
Piotr Stolypin.
En 1905, en la Rusia europea había 105 millones de hectáreas de
labor para 115 millones de personas, y la situación de los campesinos,
globalmente difícil, variaba según las tres grandes regiones. Los de la
región boscosa habrían conservado el sistema de la comunidad (mir),
con reparto periódico de las tierras de labor, según el tamaño de las fa­
milias. Los rendimientos agrícolas eran los más bajos de Europa y la
vida resultaba miserable.
Las tierras negras rendían bien, por más arcaica que fuese la agri­
cultura campesina. El peso de la comunidad era menor y ya no se prac­
ticaba el reparto periódico; a su vez, los progresos de la ganadería be­
neficiaban, vía la porcicultura, el consumo rural. La situación, sin ser
buena, era mucho mejor y, por tanto, ese campesino era más incon­
forme que el del bosque, hundido en su miseria.
Las estepas eran todavía zona de colonización, lo que permitía a
los elementos más dinámicos mejorar su suerte. Había tierras baldías y
el ejemplo de los colonos alemanes exitosos era estimulante. El ene­
migo era la sequía, no el latifundio.

Los obreros

El obrero ruso acababa de nacer, pero aún no terminaba de nacer.


Caía directamente de la comunidad campesina en la grande, en la enor­
me fábrica ultramoderna, técnicamente sofisticada. Eso provocaba un

33
choque cultural y social, engendraba un auténtico sentimiento de ena­
jenación que correspondía a una explotación desvergonzada. En el si­
glo xix no existía el derecho de huelga ni de asociación, la jomada de
trabajo no tenía fin (de 12 a 14 horas), y el sueldo era irrisorio y las mul­
tas frecuentes. No era sorprendente la frecuencia de los motines, que
culminaban a veces en huelga, como en San Petersburgo en 1896 con
los algodoneros. En 1905, eran 2,5 millones concentrados en las gran­
des ciudades, en enormes fábricas, verdaderos cuarteles de miles de obre­
ros. El contacto entre el campo y la fábrica existía no solamente por los
orígenes del obrero, sino también por la inestabilidad de su condición,
pues apenas estallaba cualquier crisis la fábrica despedía masivamente;
el obrero no había olvidado el campo y a veces lo recordaba con nos­
talgia. Los obreros de Moscú y San Petersburgo, y los mineros de Ucra­
nia eran verdadera y definitivamente desarraigados; por su parte, los
obreros de Kiev, Járkov y Tula llegaban de lejos y no conocían a los cam­
pesinos locales.
El crecimiento industrial, que se aceleró a partir de 1890, no ne­
cesitaba, por su modernidad misma, mucha gente. Entre 1890 y 1914
la producción de carbón se multiplicó por ocho y la de hierro, por
cinco; sin embargo, los 2,5 millones de obreros de 1905 no eran más
de tres millones en 1914, cuando el 75 por ciento de los obreros lle­
vaba ya diez años en las fábricas. Ese proletariado todavía joven em­
pezó a madurar y a tomar conciencia de sus problemas. El alza de los
precios y el estancamiento de los salarios, entre 1905 y 1914, se agra­
varon por la competencia de la mano de obra barata de las mujeres y
los niños.

El movimiento económico

Desde Pedro, Rusia era una gran «potencia pobre», según la expre­
sión de Georges Sokolov. Más adelante, en tiempos de Brezhnev se
hablaría de «un Alto Volta con misiles». La paradoja de una gran po­
tencia subdesarrollada formaba parte de la excepcionalidad, del «desti­
no manifiesto» ruso. Periódicamente, el Estado procedía a movilizar las
fuerzas intemas, junto con la importación de tecnología y de capitales
extranjeros. Periódicamente, un zar libertador lanzaba una campaña de
modernización para responder a un «reto externo»; periódicamente,
aparecía una fase de estancamiento y tal ciclo, tal alternancia, es otro
problema, otra constante de la historia rusa.

34
I

-------- Carbón ---------- Mineral de hierro

...........Petróleo ----------Hierro fundido

Gráfico 1. Crecimiento industrial, 1870-1913.

Entre 1860 y 1895, Rusia era un océano de economía tradicional


con algunas pocas islas de crecimiento moderno. En 1860 producía
apenas el 4 por ciento del hierro mundial y tenía 1626 kilómetros de
líneas de ferrocarril, mientras que Estados Unidos tenía 50.000. Su
derrota en la guerra de Crimea fue la sanción del subdesarrollo. En
1894 ya tenía 28.500 kilómetros de líneas, y en 1914, 70.000 kilóme­
tros. Pero el océano rural era demasiado inmenso, la pobreza bastante
profunda, el coste del desarrollo demasiado alto para que el progreso,
por más considerable que fuese, tuviera un impacto positivo claro so­
bre la gran masa del pueblo.
A principios de los años ochenta, la pregunta era ¿cómo seguir
avanzando?, ¿cómo crear riqueza sin agravar la injusticia? La respues­
ta llegó bajo la forma de una estrategia nacional capitalista, encabeza­
da por el ministro Serguéi Witte, después de la trágica hambruna de
1891: industrializar Rusia a marchas forzadas, bajo la protección de una
muralla aduanera. El Estado ayudaba a sus industriales, encabezando

35
la construcción de la red ferroviaria. Empezó el diseño de un espacio
industrial: Moscú con la industria textil, San Petersburgo con las in­
dustrias metalúrgicas y mecánicas, el Donbass-Krivói Rog ucraniano
(carbón-acero), los Urales con sus minas y sus siderúrgicas (de capital
inglés), el Cáucaso con el petróleo de Bákú. Lo interesante es que el
imperio tenía una industria tan multinacional como su población.
Los rusos representaban el 44 por ciento de la población y generaban
el 51 por ciento de la producción industrial; los ucranianos eran el 17
por ciento y producían el 18 por ciento; los polacos, bielorrusos y li­
tuanos constituían el 14 por ciento y producían el 14 por ciento, y el
Cáucaso, que conformaba el 4 por ciento de la población, producía
el 4 por ciento.
Aunque la tecnología y el capital eran importados, no se debe pen­
sar que la economía era un juguete manipulado por los banqueros
europeos. El peso que tenía el capital extranjero sigue siendo un tema
de discusión entre los investigadores: en 1900, el abanico va del 29 al
38 por ciento de participación extranjera en el capital de las socieda­
des rusas. En las minas y en la metalurgia, los extranjeros eran mayo-
ritarios. Witte logró atraer a los pequeños inversionistas para los títu­
los del Estado: el famoso empréstito ruso representaba en 1996 unos
30.000 millones de dólares. Así financiaba su presupuesto extraordina­
rio. El ordinario tenía excedentes gracias a los impuestos sobre el con­
sumo, especialmente sobre el alcohol: desde 1894, el Estado tenía el
monopolio del vodka, el cual suponía, en 1900, el 25 por ciento de las
entradas fiscales...
El «sistema» Witte se granjeó muchos críticos entre los neopopu-
listas y los socialistas, tanto moderados como revolucionarios; los cam­
pesinos y los obreros, como víctimas del sistema, constataban que el
rublo era fuerte una vez más. Witte, hombre inteligente, era conscien­
te del coste social del desarrollo y del agravamiento de las tensiones.
En octubre de 1898 escribió al zar: «La cuestión campesina se en­
cuentra ya en primera fila de la vida de Rusia», pero no propuso nin­
guna solución. Buscó una salida a la americana al crear, en 1896, la
Oficina de las Migraciones, para la colonización de Siberia; en 1897 li­
mitó la jomada fabril a 11 horas y media y declaró obligatorio el des­
canso dominical. ¿Fue poco? Debió de parecer mucho, ya que la nue­
va ley fue violada alegremente. Él mismo lo reconoció, su sistema
implicaba sacrificar a las masas.
En realidad, sus enemigos verdaderos, los peligrosos, se encontra­
ban en el pequeño círculo de los 1500 que formaban «la camarilla del
zar», su familia inmediata, con los numerosos grandes duques, tíos,

36
hermanos y primos: los altos funcionarios; en total, las cien personas
que, con sus familias, formaban la corte. Su influencia sobre el débil
Nicolás II era dañina. No era en absoluto el «idiota Romanov» (Lenin),
pero como exclamó Witte: «¡Qué pequeño es el Gran, el Muy Cristia­
no, él Todopoderoso Emperador Nicolás II!». Witte se topó, además,
con un personaje que, si bien era siniestro, no era mediocre: Pleve, el
ministro de Gobernación, la «mano dura» que ideó un populismo ruso
autocrático en el que no cabía un liberal como Witte. El 16 de agos­
to de 1903, Witte, el verdadero padre de la industria rusa, renunció
después de once años en el Gobierno. Su enemigo, Pleve, cayó asesi­
nado en el verano de 1904. Max Weber llama la atención sobre él; per­
sonificación de la autocracia nacionalista gran-rusa, Pleve quería reunir
al pueblo «ruso y ortodoxo» alrededor del zar. Demagógicamente, se­
ñalaba al pueblo cuáles eran sus enemigos: el polaco católico y, espe­
cialmente, el judío, contra el cual provocó, estimuló el motín, el sa­
queo y el asesinato (pogrom), como en Kishinev (Moldavia) en la
Semana Santa de 1903 y en Gomel (Ucrania) en septiembre del mis­
mo año. Fue responsable de la represión contra todo lo que se movía,
de la rusificación forzada de los finlandeses, de la confiscación de los
bienes de la Iglesia armenia (para rusificarla), lo cual provocó la rebe­
lión sangrienta de los armenios. Partidario de una política social po­
pulista, apoyó la organización de los primeros sindicatos, la infiltra­
ción de los movimientos revolucionarios. Se le presta la famosa fiase
que nunca pronunció: «Para olvidar las actividades revolucionarias, ne­
cesitamos una buena pequeña guerra victoriosa». Y esta otra, garanti­
zada: «Ahogaremos la revolución en la sangre de los judíos».
En 1903-1904: atentados, asesinatos, pogromos, la guerra con Ja­
pón, que no resultaría ninguna «pequeña guerra victoriosa»; después
de diez años relativamente buenos, el reino de Nicolás se hundió en
el desastre. Todas las crisis se unieron para formar, en 1905, una mez­
cla explosiva. Entre 1899 y 1902 toda Europa sufrió una perturbación
económica cíclica. Rusia, recién integrada en el sistema económico in­
ternacional, vio caer su tasa de crecimiento del 9 al 0 por ciento; a la
agitación obrera se sumaron la rebelión campesina en las provincias
ucranianas y la agitación estudiantil, que desembocó en la reaparición
del terrorismo: febrero de 1901, asesinato del secretario de Educación;
abril de 1902, del secretario de Gobernación; 1904, del gobernador de
Finlandia; 1904, de Pleve.
Un inmenso imperio subdesarrollado, sometido a las tensiones re­
gionales y sectoriales de un desarrollo acelerado; una sociedad campe­
sina incapaz de transformarse sola; un poder aislado, que no se apo­

37
yaba en una clase, ni en una casta, que estaba en desacuerdo con la
monarquía constitucional, solución generalizada en Europa, y que apa­
recía, por tanto, como una reliquia condenada.
El cambio era inevitable, todo el mundo lo decía. ¿Quién lo hará
y para quién?, ¿cómo llegará, por la reforma evolutiva o ;por la vía re­
volucionaria? La humillación nacional sufrida a manos de Japón en
1904-1905 provocó una verdadera revolución. Fracasó, pero funcionó
como un desafio, como un reto, más importante que cualquier «reto
exterior», y obligó al más conservador de los conservadores, a Nicolás II,
a aceptar reformas.

El sistema político
(si cabe hablar de política antes de 1905)

«En el Oeste se contempla a los reyes con un silencioso respeto.


Sólo en Rusia los zares son a veces adorados», notaba un experto en
asuntos monárquicos después de haber asistido a la coronación de Ale­
jandro I en 1801. Según su testimonio, el pueblo de Moscú, transpor­
tado, exaltado, se había prosternado, arrojado al suelo ante su nuevo
zar, besando sus botas y hasta su caballo. La coronación de Nicolás,
en 1896, siguió el ritual con un celo casi arqueológico.
El mito del zar padre, del zar brazo de Dios en la Tierra, seguía vi­
gente en esa fecha. En eso la monarquía rusa se distinguía del absolu­
tismo monárquico europeo. Luis XIV no podía ser un «autócrata». El
rey occidental pudo delegar su poder en gobiernos y administraciones
y asumir un papel simbólico, mientras que la condición faraónica de
casi rey-dios no se dejó adaptar tan fácilmente, tanto menos cuanto el
último zar consideraba que semejante adaptación era una traición, un
pecado: antes abdicar, como lo hizo al final. Ésa fue la tragedia de Ni­
colás. El juramento pronunciado por él a la hora de su coronación le
impedía convertirse en un monarca constitucional, cuando su tempe­
ramento personal, sus gustos, su educación inglesa lo hubiesen pre­
parado para ser el mejor de los reyes constitucionales.
Por eso a lo largo del siglo XIX vemos a los zafes hundidos en la
profunda contradicción entre su conciencia, su deseo de las necesarias
reformas, en todos los campos, y su miedo a provocar un desastre al
acometerlas. Alejandro I, al final de su reinado, renunció a las refor­
mas, optó por mantener el sistema; esa decisión provocó el golpe de
Estado de los nobles decembristas (1825), que traumatizó a su herede­

38
ro Nicolás I. Aquél, el más ruso de los zares, impopular entre los his­
toriadores pero popular entre su pueblo, se aferró al modelo prusia­
no de despotismo ilustrado. Dio al imperio su burocracia casi mili­
tar de funcionarios y contribuyó a frenar la integración de Rusia en
Europa.
Entre 1815 y 1820, después de la derrota de Napoleón, Europa ha­
bía conocido una ola de reacción, pero aquélla no se puede comparar
en absoluto con la que vivió el imperio del zar. Es que el absolutismo
ruso tenía, desde Pedro por lo menos, una dimensión despótica ausen­
te en Europa. No es una casualidad que el más reaccionario de los aris­
tócratas franceses, el marqués de Custine, después de su viaje a la Ru­
sia de Nicolás I, su soñado ideal político, regresara a París horrorizado,
casi convertido a la democracia, para escribir su terrible y a veces ex­
trañamente actual La Russie en 1839.
«Y se puede decir de los rusos, grandes y pequeños, que están
ebrios de esclavitud.» Todos los proyectos «ilustrados» se topan con esa
realidad. Cuando un embrión de sociedad civil empieza a manifestar­
se, Catalina, Alejandro, Nicolás lo acallan. No es fácil entender tal con­
ducta por parte de unos príncipes inteligentes y cultos, totalmente
aculturados, alemanes por la sangre, franco-alemanes por la educación.
Hay que escuchar a Nicolás I decir a una delegación de campesinos
que quieren ser comprados por él: «No puedo comprar toda Rusia,
pero vendrá un tiempo, espero, cuando cada campesino de este impe­
rio será libre; si eso no dependiera más que de mí, los rusos gozarían
en el instante de la independencia que les deseo, y trabajo con todas
mis fuerzas para procurársela en el futuro». Durante sus treinta años de
reinado, soñó con la abolición de la servidumbre; la preparó, pero no
la realizó. ¿Por qué?
¿Justa evaluación de la realidad rusa?, ¿síndrome de Pugachov?
Aquel cosaco había encabezado, en tiempos de Catalina, la amiga de
Voltaire y Diderot, la «Semíramis del norte», una gigantesca rebelión
campesina multiétnica, la masacre sistemática de todos los nobles y ha­
cendados, el saqueo y el incendio. Pugachov implantó el temor de la
crecida, de la avenida, del desbordamiento de las masas bárbaras.
Catalina, molesta con las críticas de un viajero francés, el eclesiás­
tico Chappe d’Hauteroche, le contestó en un escrito titulado «Antídoto»:

«El genio de Rusia hace que sus revoluciones hagan al poder más
fuerte y no más débil. Las revoluciones ocurren cuando el pueblo
siente el debilitamiento del poder, no cuando el despotismo se for­
talece. Sentimos con impaciencia un poder débil. Dirigir nuestro

39
país exige energía. Si viene a faltar, el descontento crece y puede
culminar en revolución».

Esa tesis del poder, que se traduce en acciones, explica las frustra­
ciones de una elite occidentalizada, traicionada en sus esperanzas y
que se cree representativa cuando no lo es. El zar autócrata Nicolás I,
«el garrote», y el «zar campesino» Alejandro III saben que esa elite no
representa las aspiraciones populares y sueñan con un populismo autó­
crata, que se define en los últimos veinticinco años anteriores a 1905.
Su fórmula es «ortodoxia, autocracia y pueblo». Esa última palabra, en
ruso, es más que pueblo, pero ¿cómo traducir narodnost?, ¿«genio na­
cional»?
Nicolás, después de Alejandro, se hundió en el dilema reforma/
traición/caos y conservadurismo/estancamiento. Para durar, había que
dejar de gobernar y limitarse a la administración. Por eso las reformas
no surgen sino cuando no hay otra manera de escapar: después de la
derrota militar de 1856, la abolición de la servidumbre en 1861 y un
sinfín de reformas que conducen a Alejandro II al parlamentarismo.
Su asesinato en 1881, además de hacer abortar ese proyecto, es una ca­
tástrofe histórica. Los reformistas, los liberales, son derrotados para los
siguientes veinticinco años, si no para siempre, ya que 1906-1917 será
solamente un seudoconstitucionalismo. Alejandro III y su hijo Nico­
lás II dieron un brutal salto atrás.
El mismo Alejandro II, el «zar libertador», no dejó nunca de du­
dar. ¿Era ése el camino? El problema era real. Sus enemigos revolu­
cionarios, sus asesinos, los populistas que nacen en esa época conocen
una perplejidad equivalente. ¿Qué se puede esperar de ese pueblo? Los
populistas comparten con la nobleza un desdén aristocrático de los va­
lores de la burguesía occidental y temen a un pueblo imprevisible e in­
controlable, en nombre del cual pretenden hablar. Conservadores, li­
berales, revolucionarios tienen un solo punto en común, ese miedo al
pueblo (¿Pugachov?). Todos creen en la preeminencia de los «capaces»,
sea la burocracia o «la vanguardia» del proletariado. Eso refleja el enor­
me abismo cultural que separa al pueblo de las elites, herencia enve­
nenada de la ruptura realizada por Pedro.
Por eso Kropotkin, el prototipo del revolucionario, escribe a Nico­
lás I en su Confesión de 1851: «Tengo la convicción de que en Rusia, más
que en cualquier otro lugar, se impone la necesidad de un poder dicta­
torial muy fuerte que tenga como única meta elevar e ilustrar al pueblo».
Un poco más tarde, Tkachev afirma: «El pueblo es incapaz de hacer solo
una revolución socialista y de organizar su vida sobre bases mejores. Evi­

40
dentemente, el pueblo es indispensable para la revolución, pero a con­
dición de que la minoría revolucionaria tome la dirección». Lavrov dice
lo mismo y cita a Robespierre como modelo. Lenin les hizo caso.
En 1883, el conde Dmitri Tolstói, uno de los hombres más inteli­
gentes de su tiempo, por más que fuese reaccionario o quizá por eso
mismo, dijo al embajador alemán Von Bülow: «Todos los intentos para
instaurar las formas parlamentarias de Europa occidental en Rusia ter­
minarán en fracaso. Si el régimen zarista llegase a caer, en su lugar sur­
giría el comunismo, el comunismo llano y sencillo del señor Marx, su
compatriota, quien acaba de morir en Londres y que leí con atención
e interés».
En 1839, Custine había escrito: «Por más que se acerque el peli­
gro, de hora en hora, el mal se prolonga, la crisis se pospone; nuestros
nietos quizá no verán la explosión que sin embargo podemos anunciar
desde ahora como inevitable, aunque sin predecir la época». Para mu­
chos, ,1905 pareció ser la época. Entre esos muchos que no podían rea­
lizar su deseo de participar, de actuar, porque no había «política», se
encontraban los miembros de la intelligentsia.

La intelligentsia

Una nueva elite, netamente distinta de la clase dirigente, se formó


con rapidez alrededor de 1850 a consecuencia del impulso educativo
oficial. Recibió el nombre de intelligentsia, término latino, rusificado,
que engloba a la gente instruida, la de las profesiones liberales, los hi­
jos de nobles, comerciantes, funcionarios, artesanos y sacerdotes. Pero
la educación, condición necesaria, no es suficiente: lo que define a la
intelligentsia es la oposición constante y sistemática, no contra el em­
perador, ni contra el Gobierno, sino contra toda la Rusia «oficial», so­
cial, política, cultural. Por tanto, el sacerdote, el militar, el funcionario
más culto no pueden ser sus miembros. Clara en sus relaciones con el
Estado, es más ambigua en sus relaciones con el pueblo.
El populismo fue la primera corriente que arrastró a la intelligentsia,
asimilando las tendencias más radicales de la sociedad europea hasta
considerar su patria como un infiemo que se debía destruir. Mala con­
ciencia de la elite, el populismo, que habría que llamar más exacta­
mente «demofilismo», fue una protesta éticamente hermosa, de inspi­
ración cristiana, contra el pecado social original; y se tomó destructor
cuando, rechazado por el pueblo rural, se volvió terrorista. Quiso des­

41
pertar a un pueblo considerado inculto y atrasado (que entregaba a los
agitadores a la policía y se lanzaba al pogromo contra los judíos); creían
los populistas, y sus herederos posteriores del Partido Social-Revolu-
cionario (SR), que el pueblo «sólo pedía que lo despertaran» contra una
autocracia tan inculta y tan atrasada como él. Consideraban que la re­
volución era la única salida. Dostoievski los captó em su novela Los
demonios. Captó esa mezcla explosiva de ideas revolucionarias, de po­
sitivismo militante y de nihilismo nietzscheano. Turguenjev ayuda a en­
tenderlos en Padres e hijos, así como Franco Venturi en su estudio maes­
tro sobre el populismo.
Afirman con pasión la ausencia de valor de todo lo que existe, de
todos los valores religiosos, morales, artísticos. Toda la obra de Sha­
kespeare, de Pushkin, de Tolstói, no vale nada para ellos. La novela
A n n a Karenina es «ginecológica». Listos a dar su vida para destruir esos
valores, son los mártires de esa extraña religión que Weidlé llama os­
curantismo racionalista. Una vez convertidos al terrorismo, en los años
sesenta, esos «hombres de buena voluntad persiguieron sin descanso,
hasta asesinarlo, a aquel hombre de buena voluntad que file Alejan­
dro II» (Weidlé). Al principio del siglo, Joseph de Maistre había anun­
ciado que la próxima revolución rusa sería victoriosa porque llegaría
encabezada por un «Pugachov de universidad». Vladímir Ilich Uliá-
nov, alias Lenin, heredero de esa intelligentsiay habría de ser aquel Pu­
gachov de universidad.
Lenin y los bolcheviques heredarían ese voluntarismo fanático,
fundado en la creencia mística en la posibilidad de acelerar la marcha
de la historia. La intettigentsia se creía la providencia del pueblo, y el
Partido Bolchevique la vanguardia del proletariado. Engels escribía (a
Plejánov): «En una tierra como la vuestra, en la cual la gran industria
se injertó en la comunidad campesina primitiva, y en la cual se en­
cuentran todas las etapas intermedias de la civilización, no deberemos
extrañamos si las ideas toman las configuraciones más extraordinarias
y más inverosímiles».
Los años entre 1880 y 1900 estuvieron marcados por el cansancio
general de esa lucha. La obra de Chéjov refleja la pérdida de la espe­
ranza, la falta de una razón para vivir; se seguía esperando con angus­
tia, con impaciencia, la inevitable catástrofe. Por eso muchos anhela­
ban una guerra y la derrota del imperio. «Si hay una guerra contra
Alemania, seremos ciertamente derrotados, pero ¿qué importa? Ten­
dremos la república», decía un general mso en un salón parisiense (car­
ta de Guillermo II a Nicolás II, 25 de octubre de 1895). ¡Hasta los ge­
nerales! En 1904, cuando empezó la guerra con Japón, los estudiantes

42
rusos que enviaban telegramas deseando la victoria del Mikado recor­
daban los versos, tan mediocres como apasionados, de Pecherin, en
tiempos de Nicolás I:

Qué dulce odiar a su patria


y esperar con pasión su destrucción,
y ver el alba de su aniquilamiento,
principio de la universal renovación.

Konstantín Balmont, el gran poeta simbolista, escribió en 1906:

Nuestro zar
nuestro zar —Mukden; nuestro zar-Tsu-Shima,1
nuestro zar —una tarea sangrienta,
una peste a pólvora y a humo.
Negra es su alma.
1 Nuestro zar —débil, ciego,
prisión y knut, que fusila y ahorca,
¡Zar! carne de horca, eres tú [...]
La hora del castigo te aguarda,
zar, ¿quién ha empezado y dónde? —en Jodinka,12
¿quién acabará y dónde? —en el cadalso.

El Imperio de Rusia no es el Imperio ruso

Vasili O. Kliuchevski, brillante historiador del final del siglo xix,


afirmaba que Rusia sufría una relación anormal entre la política exte­
rior del Estado y el progreso interno de su sociedad. Un siglo después,
Alexandr I. Solzhenitsyn repite, incansable, la misma tesis. Esa políti­
ca exterior está ligada al imperio (demasiado Estado), lo cual significa
una disolución en el espacio (demasiado poco Estado en forma de Go­
bierno y Administración).
Para el resto del mundo, Rusia era, antes que nada, un imperio co­
losal. Algunos decían que el gigante tenía pies de barro, mientras que
otros advertían que era un gigante de todos modos. En 1462, cuando

1. Derrotas frente a Japón. (N. del A.)


2. Lugar de la fiesta de la coronación. Una estampida provocó la muerte de más
de 1200 personas el 6 de mayo de 1896. (N. del A.)

43
Iván III llega al trono, su Moscovia no es más grande que la Francia
de aquel entonces. En 1904, cuando los japoneses detienen la expan­
sión rusa, el imperio es un continente, la famosa «sexta parte de todas
las tierras», y tiene la fama de ser, a la vez que «el gendarme de Euro­
pa», «la cárcel de los pueblos». Ciertamente, Rusia sucumbió a la atrac­
ción del vacío demográfico del continente euroasiático, cayó víctima
del despotismo espacial, pero el imperio cambió de naturaleza a lo lar­
go de los años. Aumentó el número de las etnias que entraban en un
imperio cada vez más vasto y más multinacional, cada vez menos fá­
cil de manejar, como la sociedad, que aumentaba en número y se di­
versificaba con la industrialización, la urbanización y la alfabetización.
La historia de Rusia no se puede separar de la del imperio, tanto
menos cuanto la empresa soviética heredó la construcción imperial an­
terior. El concepto de «imperio» es complejo: asocia las nociones de in­
mensidad y de dinamismo; ese movimiento fatal de expansión tiene
como corolario la diversidad cultural, religiosa, étnica. No se puede tra­
tar aquí el problema de los orígenes del Imperio de Rusia porque es un
problema demasiado contaminado por la ideología y los nacionalismos;
por ejemplo: los historiadores rusos y soviéticos consideran que existe
una filiación directa entre la Russ de Kíev y la Rusia moscovita, mien­
tras que los historiadores ucranianos afirman la separación esencial de
Ucrania y de Rusia, y su unión posterior como un fenómeno colonial.
Se puede hablar de idea imperial a partir de Iván IV el Terrible,
pero hay que esperar a Pedro para encontrar un verdadero imperio,
como estructura política y administrativa. El siglo xix, en su proceso
de expansión acelerada hacia el sur caucásico, hacia Asia central y ha­
cia China, introduce novedades ideológicas y culturales, entre las que
el nacionalismo ruso no es la menor: la política de rusificación a ul­
tranza engendra movimientos nacionales de resistencia. «Pero ¿qué es,
pues, nuestro Imperio ruso?»
No es fácil contestar la pregunta planteada por Andréi Biely, en
1915, en la primera línea de su novela Petersburgo. «Nuestro Imperio
ruso es una entidad geográfica», contestaba honestamente el mismo
Biely. Por eso hay que hablar de «Imperio de Rusia» y no de «Imperio
ruso»: es un imperio espacial, no nacional. Krankine primero, Lenin
después, lo entendieron muy bien y concluyeron, lógicamente, que a
un imperio que primero había sido bautizado, como Babilonia, por el
nombre de su capital (Moscovia), había que designarlo, sobre el mo­
delo del Imperio inca, por el nombre de su amo: Romanovia o Petro-
via. Por eso, en el momento de la revolución, Lenin encuentra un
nombre que no tiene nada que ver con la nación: hay demasiadas na-

44
dones en el imperio y, si bien los rusos son los más numerosos, en
1900 no son mayoritarios.
La historia imperial es demasiado compleja. No es lo mismo la
convivencia secular, natural, que mezcla a los campesinos eslavos, fi­
neses y turcófonos de la Rusia europea y de los Urales, que la coloni­
zación brutal, la conquista militar de Kazán por Iván. No es lo mismo
incorporar grupos lingüística y culturalmente próximos, eslavos y or­
todoxos, que anexionar grupos caucásicos, asiáticos; ni es lo mismo
subyugar a cristianos católicos, protestantes o uniatas (o greco-católi­
cos) que a ortodoxos, ni son lo mismo cristianos, musulmanes y bu­
distas. Para resumir, el Imperio de Rusia disocia totalmente Estado y
Nación; por tanto, no hay fronteras nacionales, ni hay fronteras esta­
bles. Existe un Estado que tiene su propia lógica, sus metas, su ideo­
logía, su exigencia de lealtad vertical. Dicho Estado no se identifica
con un grupo étnico en particular, y cuando empieza a hacerlo en la
segunda mitad del siglo XIX, está socavando su existencia. El poder so­
viético entendió la lección.
Tenemos que ampliar nuestra concepción de la historia de Rusia;
no es la historia nacional de los rusos, contra lo que enseña la his­
toriografía tradicional: en 1897, los rusos no eran más que el 43 por
ciento de la población de un imperio al cual pertenecían polacos y bie­
lorrusos, ucranianos y lituanos, estonios, letones y finlandeses, los nu­
merosos pueblos del Cáucaso, de Asia central y oriental. Tenemos que
olvidar esa interpretación de la historia rusa como un Estado nacional,
por más que haya sido la de los historiadores rusos del siglo pasado,
la de sus epígonos europeos y americanos, la de sus herederos soviéti­
cos a partir de Stalin. La multietnicidad es una constante fundamental
de la historia rusa hasta hoy: después de la desintegración de la URSS
en la República Federativa de Rusia («de Rusia», no «Rusa»), más del
20 por ciento de la población no es rusa.
Entre 1860 y 1914, el imperio pasó por su apogeo y empezó a co­
nocer una seria crisis de identidad bajo el efecto conjugado del nacio­
nalismo ruso; incipiente (a la par de Europa) y de los nacionalismos
que despertaban en todo el imperio.

Breve cronología imperial

1860 Tratado «desigual» que fija la frontera con China.


Fundación de Vladivostok.

45
1863- 1864 Insurrección en Polonia y Lituania. Medidas contra el uso
del polaco y del ucraniano.

1864- 1870 Derrota final de los pueblos del Cáucaso occidental y su


éxodo masivo hacia el Imperio turco.

1865 Conquista de Taskent.

1867 Venta de Alaska a Estados Unidos.

1868-1885 Conquista progresiva de toda Asia central.

1875 Anexión de la gran isla de Sajalín.


Persecución de los greco-católicos (uniatas) en Ucrania.

1877-1878 Guerra ruso-turca. Anexión de Carso, Batum y Besarabia


del sur.

1887 Numeras clausus contra los judíos en las escuelas secundarias y


universidades. Política de rusificación en Polonia, Finlandia, pa­
íses bálticos, Ucrania, Armenia.

1903 Pogromos contra los judíos. Confiscación de los bienes de la Igle­


sia armenia. Creación del Bund, el partido revolucionario judío.

1904-1905 Guerra ruso-japonesa.

1905 Revolución. Movimientos nacionales en Polonia y en todas las


provincias occidentales (Báltico, Finlandia, Ucrania). Finlandia
recobra su autonomía. Primer Congreso de Musulmanes. Pogro­
mos antijudíos.

1906-1908 Disturbios en el Cáucaso. Violentos enfrentamientos en


Bakú entre armenios y azeríes.

Posiblemente bajo la influencia de una elite impresionada por el


triunfo del Estado-nación en Europa, los gobiernos de Alejandro III
(1881-1894) y de Nicolás II emprendieron una política de rusificación
a ultranza que iba en contra de las tradiciones imperiales. Se tomó
como modelo el Imperio alemán, alejándose del primo imperial Habs-
burgo. El joven nacionalismo ruso, confundido con la exaltación de la

46
Porcentaje

Rusos 44,3
Ucranianos 18
Turcos 11 (esta categoría incluye a numerosas naciones)
Polacos 6,3 (son más)
Bielorrusos 4,6 (llamados rusos blancos)
Judíos 4
Bálticos 4
Otros 7,8

Cuadro 1. Las naciones en el Imperio de Rusia según el censo de 1897. (Fin­


landia no está incluida en el censo: 2,5 millones de habitantes.)

religión ortodoxa, inspiró una política de represión y persecución de


todas las otras lenguas, culturas y religiones,1 especialmente de los cris­
tianos no ortodoxos rusos: los mismos ortodoxos ucranianos sufrieron
bajo el dominio del patriarcado de Moscú. ¡Y qué decir de los judíos!
Fueron sometidos a la inquina de todas las administraciones, vejados
en todos los aspectos de la vida cotidiana, periódicamente golpeados
por violentos motines populares (pogromos), alentados por la policía
secreta y permitidos por el Gobierno. Los dos últimos zares eran per­
sonalmente antisemitas convencidos y su ideólogo Konstantín Pobe-
donóstsev dijo de los judíos: «La tercera parte se convertirá, la tercera
parte emigrará, la tercera parte morirá».
En 1903 la policía rusa inventó los famosos Protocolos ele los sabios
de Sión, texto apócrifo abocado a tener una larga carrera, ya que los an­
tisemitas ven en él la «prueba» de la conspiración mundial judía.
En esas condiciones, se olvidaba el viejo principio según el cual el
mantenimiento del imperio era el objetivo principal de la política, lo
que implicaba diversidad y tolerancia, para dar prioridad a la rusifica­
ción acelerada y a la uniformidad administrativa. La realidad fue más
compleja y contradictoria, pero se siguió esa línea general, bajo la ob­
sesión (después de la derrota sufrida en la guerra de Crimea) de la mo­
dernización. Modernización, confundida, como en el mundo entero,
con uniformidad.

1. En el imperio, en 1897, el censo menciona un 71 por ciento de ortodoxos,


un 11 por ciento de musulmanes, un 9 por ciento de católicos y un 4 por ciento de
judíos, mientras que los demás son budistas y animistas. (N. del A.)

47
Hay que señalar que el nacionalismo ruso era reciente y en gran
parte fruto de una reacción al desarrollo de los movimientos naciona­
les no rusos, en primera línea el polaco. Las diferentes naciones no fue­
ron sometidas con la misma intensidad a la presión rusa. Los más pre­
sionados fueron los ucranianos y los bielorrusos, cuya elite resultó casi
integrada. La población de estas naciones era considerada rusa; por
tanto, Moscú juzgaba su nacionalismo como una traición. En la esca­
la de Richter de la rusificación, seguían todos los no rusos ortodoxos,
considerados casi rusos a través de la fe común: rumanos de Besara-
bia, griegos y búlgaros del sur, georgianos, musulmanes conversos, pue­
blos animistas bautizados. Luego los polacos: imposible considerarlos
rusos; por eso mismo, eran tenidos por enemigos y permanente «quin­
ta columna», merecedores de la represión constante. Lituanos y arme­
nios, igualmente nacionalistas, recibían la misma dureza de trato.
Los otros grupos no fueron sometidos a tal política de integración
forzada. Las presiones contra los alemanes, finlandeses, letones y esto­
nios fueron muy tardías y no muy fuertes. En cuanto a los pueblos de
Asia central, musulmanes indoeuropeos o turco-mongoles, recibieron
un trato muy diferente sin intento de integración.
¿Resultados? Entre 1864 y 1905 no hubo levantamientos graves,
pero la rusificación y la persecución religiosa resultaron contraprodu­
centes entre polacos, lituanos, armenios y finlandeses, cuyos movi­
mientos nacionales se fortalecieron, hasta tener un papel importante a
la hora de las revoluciones de 1905 y de 1917. Una pregunta para ter­
minar: ¿a quién benefició la expansión imperial? La mayoría de los no
rusos se quejaba (y se queja hasta hoy) de haber sido explotada por el
centro ruso. Sólo el Estado, su burocracia y su Ejército habrían ganado
al mantener y expandir el imperio. Kliuchevski y Solzhenitsyn estarían
de acuerdo. El mantenimiento de un imperio en expansión constante
absorbió durante siglos inmensos recursos, distraídos del desarrollo de
la sola Rusia, y privilegió la expansión horizontal a expensas del arrai­
go y de la intensificación. ¿No será eso una de las causas del «atraso»
de Rusia? Rousseau, al comentar el apetito imperial por Polonia, pro­
fetizó que el imperio de los zares (podemos añadir: y el soviético) no
podría digerir tantos pedazos, tan rápidamente tragados. La Revolu­
ción de 1917 heredaría el problema; el intento soviético de resolverlo
no podría hacer tábula rasa de esa larga historia.

48
BIBLIOGRAFÍA

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50
2
La Revolución de 1905

La guerra con Japón

A lo largo del siglo xix, los zares habían perseguido una expansión
continua en Asia que preocupaba a Inglaterra. En 1881, el Tratado de
San Petersburgo completó el Tratado de Pekín firmado con China, dio
a los rusos el derecho de instalarse en ese país y amplió así su zona
de influencia a lo largo de la costa pacífica. En 1891, el futuro zar Ni­
colás inauguró la construcción del Transiberiano. Como zar, apoyó a
fondo esa política y no tardó en toparse con los intereses japoneses.
Después de varios años de tensiones, Japón, apoyado por Inglaterra,
atacó por sorpresa, sin declaración de guerra, el 8 de febrero de 1904,
la fortaleza rusa de Port Arthur, en Manchuria. Japón tenía a su fa­
vor la cercanía al teatro de operaciones y su preparación militar. Rusia
tenía en su contra la geografía, la fatídica falta de preparación de su
Ejército, la subestimación del adversario. En Japón, toda la juventud
peleaba para entrar en las unidades combatientes, mientras que los es­
tudiantes de San Petersburgo mandaban al Mikado telegramas deseán­
dole la victoria... Cada derrota militar se transformó en derrota políti­
ca del zarismo. La guerra era tan lejana como inexplicable y, por tanto,
impopular.
Cuando en julio de 1904 los japoneses empezaron el sitio de Port
Arthur, después del asesinato del ministro Pleve, la revolución comen­
zó en el Imperio de Rusia. Se juntaban la humillación nacional rusa,
la agitación de las naciones no rusas, la ira social de los obreros y de
los campesinos, los movimientos democráticos y revolucionarios. Se
reprochaba al Gobierno su incapacidad para ganar la guerra, cuando
dolía el coste social de un desarrollo acelerado que, supuestamente,
hubiera debido prevenir cualquier derrota. Port Arthur cayó el 20 de
diciembre de 1904. La noticia del desastre precipitó la crisis: un con­
flicto banal, mal negociado, en las grandes fábricas Putilov lanzó a las
calles de San Petersburgo a 200.000 obreros. Un extraño personaje, el

51
sacerdote obrero Yuri Gapone, al inicio agente del Gobierno, luego sin­
ceramente convertido a la causa sindical, tuvo la idea de organizar un
inmenso desfile para que «el pueblo» presentara a «su zar» una «súpli­
ca». La manifestación pacífica fue recibida, en ausencia del zar, a ba­
lazos; 170 cadáveres (algunos hablan de mil) quedaron tendidos en la
nieve. El «domingo rojo» (9 de enero de 1905) tuvo una> repercusión
enorme en todo el imperio. La huelga se propagó enseguida, compli­
cada por los motines campesinos de Ucrania y la agitación nacionalis­
ta, tanto en Polonia como en los países bálticos. Una oleada de aten­
tados terroristas culminó el 4 de febrero de 1905 con la muerte de un
gran duque.

La Revolución

A finales de febrero, la gran batalla de Mukden, perdida por los ru­


sos, entregó toda Manchuria a los japoneses. El desastre terminó de le­
vantar la opinión liberal contra el zar, quien seguía esperando un mi­
lagro militar antes de tomar cualquier iniciativa. En mayo, la flota rusa
del Báltico que había dado la vuelta al mundo para enfrentarse a los
japoneses, mal armada y agotada por su inmenso esfuerzo, fue aniqui­
lada en el estrecho de Tsushima. ----- -
Rusia había perdido la guerra; Witte pudo negociar, gracias a la
mediación de Estados Unidos, una paz menos desastrosa que la que
quería imponerle Japón. Rusia perdía Port Arthur y sus posiciones en
Manchuria (territorio chino), tendría que reconstruir el Transiberiano
al norte del río Amur, pero no cedía más territorio ruso que el sur de
la isla Sajalín.
Mientras, los liberales se organizaban en uniones profesionales, fe­
deradas en una unión de las uniones, y los campesinos en una unión
campesina panrusa que proclamaba: «La tierra debe considerarse la
propiedad colectiva de todo el pueblo». En el mismo junio, la tripula­
ción del acorazado Potemkin, de la flota del mar Negro, se amotinó en
Odesa, enarboló la bandera roja y mató a sus oficiales. Polacos, bálti­
cos, finlandeses, caucasianos, tártaros agrupados en una unión musul­
mana panrusa se declararon solidarios de los rusos, pero presentando
a la vez sus propias reivindicaciones.
Ese desbordamiento social, esa agitación universal debía poco a los
revolucionarios profesionales. Entre ellos, Lenin estaba dispuesto a es­
tablecer alianzas tácticas con los adversarios del régimen. Convocó en

52
Londres el Tercer Congreso del Partido, en el que sólo había bolche­
viques; hizo aprobar la línea de realizar todo lo necesario para provo­
car la revolución y tomar el poder. En julio, en Dos tácticas de la so-
cialdemocracia en la revolución democrática, expuso por primera vez su
concepción de una «dictadura democrática del proletariado y del cam­
pesinado»; precisó su desacuerdo con los mencheviques, quienes no
querían participar en lo que consideraban una revolución burguesa. De
hecho, en aquel verano-otoño de 1905, los militantes rebasaban las ins­
trucciones de los estados mayores. La revolución corría sola.
Cuando en agosto Witte logró una paz honorable, el régimen cre­
yó que un proyecto de asamblea consultiva iba a poner fin a la efer­
vescencia. ¡Cuán equivocado estaba! La paz exaltó la revolución, la
prensa se burlaba de la censura, las universidades llamaron a la insu­
rrección, las naciones pedían la autonomía; a finales de octubre em­
pezó la huelga de los ferroviarios, que culminó pronto en una huelga
general, en la cual participaron todos: jueces, médicos, ingenieros, fun­
cionarios. La burguesía subvencionaba la huelga, tenía sus represen­
tantes en el Soviet (Consejo) de los diputados obreros de San Peters-
burgo.
Espantada, la camarilla de la corte mandó llamar al hombre que
odiaba: Witte, que convenció al zar a duras penas de que había que ha­
cer ciertas concesiones para sobrevivir, para dividir a las fuerzas revo­
lucionarias y para obtener del extranjero los empréstitos indispensables.
El resultado file el M anifiesto de las libertades del 17 de octubre, promesa
ambigua de un régimen constitucional respetuoso de las libertades,
«iVictoria de la revolución?, ¿victoria de una revolución burguesa?, ¿de­
mocrática?
Antes de buscar calificativos, hay que saber si hubo tal victoria.
Ciertamente, el zar otorgaba las libertades de conciencia, reunión, pa­
labra, asociación y una cámara legislativa electa: la Duma. «Otorgaba»,
palabra todavía autocrática, nada constitucional; lo hacía a regaña­
dientes, decidido a cancelar, tan pronto como pudiese, concesiones
que consideraba vergonzosas, arrancadas por la fuerza. Por lo pronto,
la batalla no había terminado. Los partidarios de la autocracia, orga­
nizados en la Unión del Pueblo Ruso y en grupos de choque (las Cen­
turias Negras), masacraban en el sur a judíos y revolucionarios, hasta
que el efecto de los pogromos fue demasiado desastroso en París, Lon­
dres y Berlín. Pero los gobernadores provinciales hicieron oídos sordos
y practicaron la represión con entusiasmo. En lo que parecía ser la des­
integración del imperio en satrapías, los campesinos invadían los lati­
fundios y quemaban «los nidos de la nobleza». «El gallo rojo» (el in­

53
cendio) saltaba por todos lados; los partidos se dividieron: socialistas
que pedían la república, constitucional-demócratas (KD, llamados «ca­
detes») partidarios de una monarquía parlamentaria; soldados y mari­
neros se amotinaban. Witte, presidente del Consejo de Ministros (una
novedad), reprimió esos movimientos, arrestó al Soviet de Petersbur-
go, culpable de llamar a la huelga fiscal, se enfrentó con una nueva
huelga general proclamada en Moscú en diciembre, restableció con
sangre el imperio en el Báltico y el Cáucaso. Mandó al Ejército a aplas­
tar la insurrección de Moscú (1000 muertos). Al mismo tiempo, con­
siguió la ayuda financiera francesa (2,25 millones de francos al 6 por
ciento: «Francia es la caja», dijo alguna vez el zar).
A pesar de las medidas tomadas para ganar las primeras elecciones
legislativas, el Gobierno perdió. La victoria fue para la oposición, apa­
rentemente para los KD. Cuando unos días después de ese resultado
y diez días después de conseguir el dinero francés Witte presentó su
renuncia, Nicolás le tomó la palabra. Witte consideraba que no podía
gobernar sino con una derecha inteligente, reformadora. El zar y la cor­
te aprovecharon la oportunidad para deshacerse de aquel a quien lla­
maban, entre la soma y el miedo, «el presidente de la futura repúbli­
ca». Tres meses después, el zar disolvía la Duma. La revolución había
sido derrotada. Lenin llamaba a los suyos a aprovechar la lección y a
«acumular energía revolucionaria».

Las naciones en la Revolución

Se puede decir que los campesinos, los obreros, la intelligentsia, los


liberales, los soldados y las naciones tuvieron su propia revolución.
A veces esas corrientes se sumaban, en otras ocasiones corrían en for­
ma paralela o según un ritmo propio. Esa falta de fusión en una sola
fuerza fue la causa principal del fracaso de la Revolución de 1905.
Entre 1895 y 1900, el Ministerio de Gobernación informó de 59 im­
portantes manifestaciones callejeras en el imperio, de las cuales 25 su­
cedieron en Polonia, nueve en Ucrania, nueve en el Báltico, siete en
Bielorrusia, seis en Finlandia y tres en Rusia. La agitación campesina
entre 1902 y 1904 se concentró en Ucrania y en Georgia, los distur­
bios urbanos empezaron en 1903-1904 en Bakú para ganar todo el
Transcáucaso; ocurrieron también en Ucrania y Polonia. Inmediata­
mente después del «Domingo rojo» de San Petersburgo, quien reac­
cionó fue la periferia occidental del imperio, antes que Rusia, en par­

54
te por su mayor proximidad geográfica, pero también por una sensibi­
lidad especial.
No fue sino hasta el otoño cuando la iniciativa, con la huelga ge­
neral, pasó a los rusos; luego la agitación agraria volvió a brotar en
Ucrania, Polonia, Estonia, Letonia y Georgia. La agitación nacionalis­
ta culminó con la insurrección del Partido Socialista Polaco, aplastada
por el Ejército, como los movimientos bálticos. Ciertamente, las na­
ciones musulmanas de Asia central no se movieron, pero cabe señalar
que el papel de los no rusos en la revolución fue mayor de lo admiti­
do por el historiador soviético y ruso.
Hay que precisar la trayectoria original del movimiento en el
Transcáucaso: la protesta obrera en Bakú desembocó en un gran mo­
vimiento urbano que se transformó en enfrentamientos interétnicos;
después de la gran matanza de armenios perpetrada por los azeríes en
Bakú, se puede hablar de una verdadera guerra entre los dos grupos
que causó miles de víctimas entre febrero de 1905 y la primavera de
1907. El poder imperial se benefició de esa situación; en Armenia, el
partido nacional revolucionario Dashnak se reforzó; en Georgia fueron
los mencheviques, pero en una modalidad claramente nacionalista.
La represión fixe implacable. Si entre 1906 y 1910 hubo 5735 con­
denas a muerte por motivos políticos, de las cuales 3741 fueron ejecu­
tadas, el 25 por ciento se dio en Polonia, el 15 por ciento en el Bálti­
co y el 5 por ciento en el minúsculo cantón de Guria, foco de la
rebelión campesina en Georgia. Los pogromos contra los judíos, que
a finales de 1905 cobraron una fuerza sin precedentes en la historia im­
perial, deben considerarse parte de la represión en la periferia occiden­
tal. Provocaron la emigración de un millón de judíos antes de 1914 y
reforzaron tanto el sionismo como los movimientos revolucionarios,
tanto el Bund (la liga judía) como a los bolcheviques y los menchevi­
ques. Esa militancia resulta lógica: en toda Europa, Jean Jaurès y la so-
cialdemocracia eran los únicos que condenaban claramente el antise­
mitismo, su peligroso rival populista. ¿Cuáles fueron las consecuencias
de la revolución para las naciones?
Tanto los movimientos revolucionarios clandestinos como la opo­
sición nacional moderada participaron en la revolución, ya fuera con
los revolucionarios rusos o con los liberales, con la esperanza de que
el imperio renunciara a la rusificación a ultranza. En efecto, en abril
de 1905 se promulgó un edicto de tolerancia religiosa1 y el Manifies­

1. Entre los beneficiados, los «viejos cristianos» ortodoxos (raskolniki) dejaron de


sufrir una terca persecución que había durado doscientos cincuenta años. (N. del A.)

55
to de Octubre otorgó a cada nación el uso de su idioma y la publica­
ción de periódicos en lengua nacional, además de la libertad para prac­
ticar su religión o religiones. Todas las naciones participaron en las
elecciones de la Duma para mayor satisfacción de los liberales no ru­
sos. Los elementos más radicales querían la autonomía, cuando no la
independencia: el Ejército intervino brutalmente contra esos polacos y
bálticos, a la vez que contra los campesinos en Estonia y Letonia.
En la primera Duma (abril de 1906), al lado de 265 diputados ru­
sos se sentaron unos 200 no rusos; sin embargo, esa ligera sobrerre-
presentación de los rusos (el 44 por ciento de la población) dejaba 63
diputados para Ucrania (40 liberales y 23 socialistas), casi 60 polacos
(sobrerrepresentados), 12 bielorrusos... En la segunda Duma (febrero
de 1907) las proporciones no cambiaron, pero ocurrió, como en Ru­
sia, una radicalización hacia la izquierda. En la tercera, la manipula­
ción de la ley y de la geografía electoral permitió al Gobierno rusificar
la Duma: de 442 diputados, sólo 39 eran no rasos.
Ese cambio manifiesta que, a partir de 1907, el Gobierno comen­
zó a cancelar todas sus concesiones, atacando las culturas y las reli­
giones de las naciones. La lengua ucraniana fue de nuevo prohibida en
las escuelas y la Iglesia uniata conoció otra vez la persecución. El re­
sultado fue el endurecimiento del nacionalismo ucraniano, el cual en­
tró en contacto con los ucranianos de la Galitzia austríaca: la toleran­
cia cultural de los Habsburgo hacia Lvov (Lviv para los ucranianos) la
convirtió en un foco cultural y político.
Bielorrusos, polacos y bálticos sufrieron el mismo cambio. Polonia
volvió a caer bajo el régimen de excepción; el resultado fue que los
diputados moderados polacos dejaron de votar en la Duma (de 60 ha­
bían caído a 15) con los liberales rasos que apoyaban la rusificación
de Ucrania y estaban en contra de la más modesta autonomía para
Polonia. A Polonia y Lituania se les negó el derecho a tener, como Ru­
sia, zemstva, esas asambleas locales con cierto poder administrativo.
Hasta la tolerancia religiosa dejó de aplicarse. En Finlandia, la ofensiva
rasa no pudo vencer. Finlandia conservó su Dieta (Landtag), que, aun­
que fue cinco veces disuelta entre 1907 y 1912, tuvo siempre una ma­
yoría nacionalista.
Sin embargo, no faltaron contradicciones en la línea seguida por
el Gobierno frente a las naciones. Los responsables del desarrollo eco­
nómico sabían que la línea dura perjudicaba la modernización; el mis­
mo zar, feliz del crecimiento del nacionalismo raso, hasta en su ex­
presión abominable de pogromo antisemita, conservaba la nostalgia
del patriotismo imperial dinástico, prenacional. En Transcaucasia, el

56
virrey fiie capaz a la vez de manifestar una gran tolerancia hacia el is­
lam, de ganar la lealtad de los montañeses (lo demostrarían en la
guerra mundial) y de colaborar con armenios y georgianos. En Asia
central, la misma política chocó con la empresa socioeconómica de co­
lonización: la inmigración rusa y ucraniana provocó muchos conflic­
tos con los nómadas en las estepas septentrionales.
¿Por qué ese contraste entre el oeste y las otras regiones? Por la ma­
durez del sentimiento nacional polaco, finlandés, etcétera, pero tam­
bién por la obsesión del Estado Mayor, que veía en esos territorios mía
marca estratégica frente a los rivales alemán y austro-húngaro. La cri-
sis de Bosnia-Herzegovina en 1908 lo confirmó en su preocupación
por controlar poblaciones consideradas traidoras potenciales. En 1915-
1916 deportó de esos territorios, con la mayor dureza, por la misma
razón, a cientos de miles de judíos.
Finalmente, en 1914 la población no rusa del imperio se encon­
traba bajo la misma sujeción que veinte años antes; con un agravante:
decepcionada, traicionada en sus esperanzas de 1905-1906, ya no es­
peraba nada de los liberales rusos. Si el Gobierno no había sido capaz
de definir una política coherente, ya fuera en forma nacionalista rusa
(la creación de un Estado nacional ruso hubiera acabadp con el impe­
rio) o en forma federalista, tampoco lo eran los liberales, quienes no
diferían del Gobierno acerca de la cuestión nacional.

Lecciones del año 5

«Un país que apenas hace un siglo mostraba en sus instituciones


más “nacionales” marcadas analogías con el imperio de Diocleciano»,
escribía Max Weber en 1906, «no puede en realidad emprender nin­
guna “reforma” que sea, al mismo tiempo, “histórica” y vital.» El libe­
ralismo ruso había demostrado sus fuerzas y sus límites. Culminación
del movimiento de los zemstva creados en 1864, había heredado de él
el antiburocratismo y el anticentralismo de cuño liberal. En 1905 soñó
con la instauración de una monarquía parlamentaria y con la liquida­
ción de la autocracia, y se ganó la reconfirmación del odio rancio que
le tenían el zarismo, por un lado, y los revolucionarios, por el otro.
A propósito de los zemstva y del liberalismo ruso, Max Weber dice
que proporcionaron «prestaciones que deberían acallar la opinión to­
davía frecuente acerca de la “inmadurez” de los rusos para adminis­
trarse de forma autónoma». Desde 1893, en su Informe reservado, Witte

57
había notado la incompatibilidad entre zemstva y autocracia. Weber
admira al movimiento liberal que exhorta a pelear en dos frentes, «con­
tra el centralismo, tanto burocrático como jacobino, hasta hacer pene­
trar en las masas las antiguas y básicas ideas individualistas de los “in­
alienables derechos del hombre”». Lo invita a seguir en la oposición
para unir a la intelligentsia burguesa (la de los zemstva, que tiene la pro­
piedad y la experiencia política) y la intelligentsia proletaria,, «importan­
te por sus vastas dimensiones, su estrecha vinculación con las masas,
su capacidad para luchar duramente».
Lúcido, Weber dice que las oportunidades de la democracia y del
individualismo son muy reducidas y que «en todas partes está prepa­
rada la jaula para una nueva servidumbre». Escribe cuando «la policía
ha tomado la iniciativa de organizar la guerra civil, provocar a las ma­
sas, aflojar las riendas hasta que el terror rojo haya crecido de tal mane­
ra que haga madurar el momento para el terror blanco». Esa voluntad
de tomar la revancha contra la humillación sufrida el 17 de octubre (el
Manifiesto), esa mecánica de provocación-levantamiento o terrorismo-
represión tenía que ser especialmente dañina para el liberalismo bur­
gués constitucional, atrapado entre dos adversarios, tanto a corto como
a largo plazo.
Odiados por el zarismo, los liberales eran despreciados por los re­
volucionarios como «burgueses», «instrumentos externos del poder», al
servicio de «la mano fría y dura de los bancos y dé la Bolsa extranje­
ros». Weber apunta que «la sangrienta tragicomedia de Moscú (el le­
vantamiento en forma de guerrilla urbana y su sangrienta represión) fa­
voreció una tendencia al alza», que el Manifiesto de Octubre no había
despertado. Los propietarios de títulos rusos querían el «orden» y una
fachada seudoconstitucional (un artículo de Weber de 1906 se titula
«La transición de Rusia hacia el constitucionalismo de fachada» [Schein-
konstitutionaUsmus]).
El zarismo practicó un doble juego, manteniendo, por lo menos
formalmente y durante un tiempo, las promesas de octubre, alentan­
do a la vez represión, tumultos y pogromos. El zar no tuvo nunca la
intención de transformar Rusia en un Estado de derecho. Cuando Wit-
te, en el Consejo de Ministros, insistía a principios de 1906 sobre la
necesidad de detener la represión, Piotr Dumovó, secretario de Go­
bernación, le contestó: «Witte, es hora de que se vaya». Según Witte,
Dumovó era tan poderoso que si hubiera querido colgarlo habría po­
dido hacerlo en cualquier momento; entre 1825 y 1905, 625 personas
habían sido condenadas a muerte por motivos políticos y sólo 191 ha­
bían sido ejecutadas. Entre 1906 y 1910, 5735 políticos fueron conde­

58
nados a muerte y 3741 ejecutados, 10.000 fueron encarcelados y 7000
condenados a la deportación o a trabajos forzados. Estas cifras no tie­
nen en cuenta á los 15.000 muertos y 80.000 deportados de la propia
revolución (1905-1906). La represión exaltó el terrorismo: 1907 vio
12.000 atentados, que causaron 3000 muertes.1
Después de las elecciones para la Duma, en Semana Santa, cuan­
do debería haberse iniciado la suscripción de los empréstitos, para dar
buena impresión, se trató mejor a los «políticos» que llevaban meses
en la cárcel esperando alguna inculpación. Pero el día de la inaugura­
ción de la Duma, cuando todo el país esperaba la amnistía, la prensa
publicó que un tren con 240 deportados iba a salir de San Petersbur-
go hacia Siberia.
Por eso Weber era pesimista. La recuperación del Gobierno se ha­
bía visto facilitada por «el espíritu sectario y mezquino de los “socia­
listas de profesión”, quienes, incluso ante las bandas de asesinos in­
cendiarios organizados por la burocracia policial, habían incitado a sus
secuaces especialmente contra los partidos burgueses democráticos». El
consideraba que infamarlos «era políticamente impotente, aniquilaba
toda educación en la actividad política», pero ni la democracia ni el
Estado de derecho ni las libertades eran las metas de. los revolucio­
narios.
Los liberales tampoco podían contar con la pequeña burguesía,
cuyo comportamiento, como siempre, no era nada claro. Su antise­
mitismo la llevó, en parte, a militar en la Unión del Pueblo Ruso, en
las temibles Centurias Negras. Los grandes industriales, prácticamente
ausentes del partido KD, se acercaron a la autocracia en 1905 y auspi­
ciaron la represión. Partidarios incondicionales del «orden», estaban dis­
puestos a apoyar un poder fuerte, y, en caso de su ausencia, hasta una
«democracia». De este modo, la Liga de Petersburgo por el Orden Le­
gal se inclinaba a dar el derecho electoral a los judíos «porque así se
tranquilizan»; por la misma razón aceptaron, durante un tiempo, la idea
de autonomía para los polacos o de un reparto agrario (limitado). Lo
olvidaron tan pronto como, en 1906, hubo triunfado «el orden legal».
Por tanto, para Weber: «los caminos recorridos por los demócratas
liberales social-reformistas no tienen salida. Así como Luis XVI no
quiere ser salvado en ningún caso por Lafayette, así los círculos corte­
sanos y la burocracia accederían con mayor gusto a hacer pactos con
el diablo que con el liberalismo». La única salida que encontraba We-

1. La represión de la Comuna de París en 1871 fue mucho más sangrienta que


la de la Revolución de 1905. (N. del A.)

59
ber era «una dictadura militar que instaure una forma cualquiera de
constitucionalismo», pero calculaba que con sólo un 10 por ciento del
Ejército que quedase fiel al zar no se podría imponer. Profetizó: «Sólo
una guerra europea desafortunada destruirá definitivamente la auto­
cracia».

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Acerca de las naciones y la Revolución de 1905, véase la bibliografía de


las páginas 49 y 50.

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60
3
La edad de plata
1905-1914

Breve historia de las cuatro Dumas

No se puede jugar con una nación y con los derechos políticos


como con un niño al cual se le muestra una pelota para luego, cuando
trata de agarrarla, escondérsela detrás de la espalda. Lo mismo puede
decirse para el caso de la constitución que el Manifiesto de Octubre
había piermitido esperar. La Duma, nombre antiguo de una asamblea
de boyardos que significa «consejo» (Rat), no tenía soberanía según el
modelo inglés, ni daba el poder a una mayoría parlamentaria de tipo
francés, ni seguía el modelo americano de la separación, entre ejecuti­
vo y legislativo. Sin embargo, era demasiado para la autocracia y mu­
cho para la opinión pública, que tomó muy en serio su elección. Tan
en serio la tomó que la extrema izquierda tuvo que cancelar su con­
signa inicial de boicot. Sencillamente, la gente no le hizo caso y se
lanzó a votar.
El Gobierno había retrasado cuanto había podido las elecciones,
había redactado una ley electoral con toda «la astuta perversidad mon­
gola de la burocracia» (Weber). La represión contra los partidos y los
candidatos fue una excelente propaganda y además gratuita. Al ver eso,
la gente empezó a sospechar que la Duma era algo muy bueno que
querían arrebatarle; delegados campesinos que habían sido arrestados
agradecieron telegráficamente a la policía su contribución a la campa­
ña. Los primeros resultados de unas elecciones escalonadas fueron sor­
prendentes. El 15 de marzo de 1906 se conoció la victoria demócrata
en muchas ciudades de provincia; el 20 de marzo, y luego el 26, para
sorpresa de tirios y troyanos, se difundió la noticia de que en Peters-
burgo y en Moscú el KD había vencido en todos los distritos, con en­
tre ef 65 y el 75 por ciento de los votos. La participación había sido
muy alta, a pesar del boicot. Pasó lo mismo en la monárquica Kíev y,
de manera menos sorprendente, en todas las ciudades de la Rusia euro­
pea. Entonces los socialistas dejaron de lado el boicot y se presentaron

61
en distintas partes: en Tiflis (actual Tbilisi), capital de Georgia, gana­
ron nueve de sus diez candidatos. En el campo tampoco obedecieron
la consigna de boicot. Ganó otra vez la democracia constitucional,
arrasó, con excepción de algunos distritos de las tierras negras y del
nuevo suroeste, en los que ganó la extrema izquierda. Los campesinos
votaron de manera tan decidida como inesperada, igual que los habi­
tantes de las ciudades, contra los candidatos oficiales.
Ahora bien, la victoria de los socialistas en los pocos lugares don­
de se habían presentado demostró que la victoria electoral liberal era
más aparente que real. La gente había votado para castigar la autocra­
cia. De haberse presentado la izquierda revolucionaria, el resultado hu­
biera sido muy diferente.
El fracaso total del Gobierno resultó inesperado tanto para éste
como para sus opositores. Era el efecto conjugado de su duplicidad,
de la crisis económica y de la represión. El Ejército de reserva de los
desocupados había crecido de manera increíble. Los empresarios se ha­
bían dado el lujo de hacer una «selección» radical de la fuerza de traba­
jo, habían vuelto a prolongar la jomada laboral. Todo lo que quedaba
de la revolución para los obreros era la sustitución del «tú» por el «us­
ted» en el trato. Muchos de los destituidos se fueron a sus pueblos de
origen, con el efecto propagandístico natural; en las ciudades, el mo­
vimiento obrero creció.
Bajo el efecto de los resultados electorales, el Gobierno accedió a
las muy duras condiciones impuestas por la banca extranjera para con­
seguir un verdadero empréstito de guerra contra el enemigo intemo.
Temerosos de esa Duma inesperada, los bancos pidieron que se firma­
ra el trato antes de la inauguración de la sesión parlamentaria. Witte
renunció (fue despedido) unos días después.
El día de la inauguración de esa primera Duma consultiva (27 de
abril), en medio de una pompa increíble, el zar subió «con pasos in­
ciertos» (dice la prensa) las gradas del trono para pronunciar un dis­
curso vacío. No anunció la amnistía esperada como símbolo de una
nueva era. El efecto negativo de tal discurso aceleró el resquebraja­
miento de la imagen romántica del zar ante las masas, mucho más que
el famoso Domingo Rojo, tan mencionado por los historiadores.
La Duma aprobó por unanimidad una contestación muy firme al
zar: pidió una ley electoral para establecer el sufragio universal, direc­
to y secreto, el control parlamentario sobre el ejecutivo, la abolición
del Consejo de Estado, todas las libertades y garantías personales y co­
lectivas, la abolición de la pena de muerte, la reforma agraria, una le­
gislación laboral, la instrucción primaria gratuita, la reforma fiscal, la

62
autonomía cultural de las naciones, la amnistía... Las comisiones tra­
bajaron mucho y bien, terminando todos los proyectos a principios de
julio. En cuatro semanas, 91 diputados divididos en varias subcomi­
siones habían preparado un proyecto de ley agraria, luego discutido ca­
torce días en pleno.
El 9 de julio se dilucidó la validez del dicho «con la espada cual­
quier tonto puede gobernar»: un «manifiesto» imperial anunció la di­
solución de la Duma. Todas las manipulaciones ulteriores para conse­
guir una Duma servil fracasaron. La segunda Duma vio triunfar otra
vez a la oposición, pero con una radicalización hacia la izquierda y la
extrema derecha.
La Duma sobrevivió apenas unos días más que la primera: desde
el 20 de febrero hasta el 3 de junio de 1907. Nuevas reformas electo­
rales, nuevas contorsiones lograron por fin, a un coste político altísi­
mo, una tercera Duma a la medida, que se prolongó desde noviembre
de 1907 hasta el 9 de junio de 1912. La cuarta (15 de noviembre de
1912-fébrero de 1917) tampoco reflejó la verdadera situación política
del país. Frente a una derecha radical más numerosa aún, no le quedó
otro camino a la derecha liberal (los «octubristas») que alcanzar a los
KD en la oposición legal.
En tales condiciones, se hizo evidente que bajo el mando del zar
Nicolás II no se podía esperar una evolución tranquila hacia la solu­
ción europea de la monarquía constitucional. El zar no supo ofrecer
enseguida lo que tenía que conceder; cuando le fue arrancada conce­
sión tras concesión, quiso recuperar el «prestigio», el «honor» perdido,
recurriendo a la duplicidad y a la represión. Si hay que buscar un cul­
pable, costumbre tan ridicula como inútil, éste resulta ser el zar y su
camarilla, no la Duma. Se acusó a la Duma de ser irresponsable, se dijo
que Rusia no estaba «madura» para tener un régimen constitucional.
«¿Acaso están maduras las personas que se hallan en el trono o cerca
de él?», exclama el indignado Max Weber. No se ha dedicado a otra
cosa que a ponerle zancadillas a la «derecha» (el KD) «con una per­
versidad digna de mongoles».
Así, el KD no pudo lograr un compromiso duradero con el siste­
ma; así, el sistema cerró la vía de un desarrollo liberal, en el sentido
europeo de la palabra. Pero la restauración de la autocracia resultó im­
posible y se amplió el espacio para libertades personales, de prensa e
imprenta imposibles de restringir. Nadie olvidó los acontecimientos,
las promesas de 1905, las decepciones ulteriores. El zarismo perdió la
ilusión que lo rodeaba de gloria; su viejo juego dejó de funcionar. We­
ber dictaminó: «La actual autocracia, es decir, la burocracia policiaca

63
a

centralista, aunque ahora triunfe sobre sus odiados adversarios, no tie­


ne otra posibilidad que cavar su sepultura. No está en condiciones de
tratar de resolver ninguno de los grandes problemas sociales sin, con ello
mismo, herirse de muerte».
En su lúcida profecía precisaba que la «incontenible energía del
radicalismo ruso» no iba a disminuir, que la revolución iba a ser tan
moderna como la guerra moderna, un proceso mecánico salvaje y cruel.
«Todo es una cuestión de técnica y de resistencia nerviosa.»
Lamentaba la falta de grandes líderes (Führer) en un momento en
que la situación pedía a gritos un estadista. Cuando Weber escribía,
Witte se había ido y Piotr Stolypin no se había dado a conocer aún,
pero «las ambiciones dinásticas de la regencia personal dejaban poco
espacio a un gran reformador (aun si lo hubiese) más o menos como
ocurría en Alemania (con Guillermo II)». Stolypin iba a averiguarlo en
carne propia. Tanto él como su predecesor Witte intentaron hacer una
revolución conservadora al estilo Bismarck, pero el canciller de hierro,
además de tener una estatura muy superior, gozó de la suerte históri­
ca de contar con el apoyo absoluto de su emperador, gracia que les fue
negada a los dos estadistas rusos.
En esas condiciones tan difíciles para una lucha de liberación «bur­
guesa» se perfilaba el final de la autocracia, del romanticismo eslavófi­
lo y de la «antigua Rusia». Las fuerzas del gran capital ultramoderno
importado y desatado por Witte chocaban con el comunismo arcaico
campesino, totalmente extraño al movimiento revolucionario ruso
«neurótico y apasionado». Pero esas tres fuerzas, tanto la antigua como
las dos modernísimas, pugnaban contra el liberalismo. En esas condi­
ciones, era imposible prever el desenlace. Tocaría a la guerra, a la his­
toria internacional, ser la partera del futuro.

Grandeza y límites de Stolypin

El principal ministro del zar entre 1906 y 1911 fue Piotr A. Stoly­
pin, saludado por Lenin como un Bonaparte ruso, que, de haber vivi­
do más, habría imposibilitado la revolución. Cuando llegó al poder
emprendió una política de represión durísima, no dudó en disolver la
segunda Duma y en pisotear toda legalidad al reformar alegremente
la reglamentación electoral, pero, al mismo tiempo, fue el hombre
de la reforma agraria. Poco faltó para que fuese el hombre de la si­
tuación, «un advenedizo genial como Napoleón o un burgués como

64
Washington», la persona que, según Weber (1906), necesitaba Rusia
para resolver el nudo gordiano agrario. Sobre ese tema, Weber había
pronosticado que «sólo gobiernos despóticos y en condiciones econó­
micamente estables pueden realizar las reformas o el arrendamiento de
territorios tan inmensos a un número tal de personas». Opinaba que a
la autocracia le faltaría dureza con la aristocracia de los propietarios y
que a un gobierno democrático le faltaría dureza, la «no democrática»
autoridad de hierro, hacia los campesinos. A Stolypin no le temblaba
la mano dura: durante cuarenta años, en la Unión Soviética se siguió
llamando «vagones Stolypin» a los vagones de ferrocarril para ganado
que servían para transportar a los deportados. En aquellos años (1906-
1912) se dio a la cuerda de la horca el nombre de «corbata Stolypin»...
La tercera Duma (1907-1912), hecha a medida, fue dominada por
la nobleza latifundista. Stolypin era su más digno representante, a la
vez que el de la parte de la burocracia progresista y preocupada por el
bien del imperio. Estadista de talento, no tuvo el genio que a partir de
1987 le'prestan muchos historiadores soviéticos y rusos. No llegó a ser
el Bismarck del Imperio de Rusia, pero intentó una revolución con­
servadora cuyos resultados en el campo no dejaron de ser impresio­
nantes.
Weber pensaba que uno de los grandes obstáculos para la moder­
nización era la fuerza del comunismo agrario y del consiguiente dere­
cho natural, ético de los campesinos. Creía que si se realizaba una
reforma agraria, aunque fuese parcialmente como lo proponía el KD,
provocaría una notable renovación del espíritu del derecho natural, que
en Rusia se basa en el comunismo rural, y habría cambios políticos, so­
ciales y espirituales tan grandes como imposibles de prever. Él se atre­
vía a predecir un grave colapso de la economía durante diez o veinte
años «hasta que esta “nueva Rusia pequeñoburguesa” se haya embebi­
do nuevamente de capitalismo». Anunciaba de manera admirable los
acontecimientos de 1917-1927 y concluía que, después de esos diez o
veinte años, «se deberá escoger entre objetivos materiales y éticos». Así,
en 1906 anunciaba la oposición entre la línea de la nueva política eco­
nómica (NEP) y la línea revolucionaria ética: la colectivización.
La única alternativa, según Weber, era un gran estadista, que dis­
pusiera del poder militar y, sostenido por la confianza de la nación,
fuera capaz de crear de la nada una Rusia nueva basada en los peque­
ños propietarios. Stolypin escogió ese camino justo en el momento en
que el gran sociólogo alemán escribía esas líneas admirables.
Por decreto, entre las sesiones de las dos primeras Dumas, Stoly­
pin, buen conocedor de la cuestión agraria, liquidó el 5 de octubre

65
de 1906 los últimos vestigios del estatuto especial del campesino, has­
ta hacer de él un ciudadano común. Con el espectacular decreto del 9
de noviembre, lanzó la ofensiva contra la comunidad campesina: si
una mayoría lo pedía, se disolvía; de todos modos, cada campesino po­
día pedir la agrupación de todas sus parcelas en un solo bloque cons­
tituido en propiedad privada. 1
Al mismo tiempo puso en marcha un amplio programa de venta
a crédito, a pequeños agricultores, del gran patrimonio agrario que el
Estado había comprado a la nobleza. Toda una serie de medidas téc­
nicas (ayuda a la construcción, ayuda agronómica, estímulo a la pro­
ducción de máquinas, apoyo al movimiento de cooperativas rurales, a
la colonización de Siberia) impulsó la nueva agricultura campesina.
Detrás de este programa había una filosofía, resumida por Stolypin en
sus Reflexiones sobre la cuestión agraria (1907). «Un campesinado fuerte,
compenetrado con la idea de propiedad, próspero, es la mejor valla para
el orden», tal es la primera idea, clásicamente napoleónica; la segunda
es que «sólo el aumento de la productividad de las tierras puede llevar
a nuestro campesinado a la prosperidad y modernización». La propie­
dad privada condicionaba ese aumento de la productividad. Claro que
eso significaba una «selección», la victoria de los más dinámicos, de los
«fuertes» para hablar como el ministro, y ese «darwinismo» socioeco­
nómico no iban a aceptarlo ni la malsa de los campesinos ni los ideó­
logos de la intelligentsia radical. Pero, por eso mismo, Lenin manifestó
respeto por ese hombre en quien supo reconocer a un pequeño Bo-
naparte ruso.
Stolypin se había dado veinte años para tener éxito; sin embargo,
murió asesinado cinco años después. En cualquier parte del mundo,
un cambio de mentalidad en el campo, en cuanto a las estructuras
agrarias, necesita una o dos generaciones. En esa perspectiva, la refor­
ma tuvo un impacto muy grande; para finales de 1912, la reforma agra­
ria afectaba 22 millones de hectáreas con un total de 1,5 millones de
empresas familiares; el 20 por ciento de los jefes de familia, por lo me­
nos, había optado por la privatización y el movimiento se aceleraba.
Además, hay que situar la idea de la privatización rural en el contexto
económico global, que ve crecer a la pequeña y mediana empresas en
la industria, el comercio, el crédito. El surgimiento de la propiedad
campesina es uno de los tantos signos de la emergencia de las fuerzas
profundas del mercado en el imperio, señalada por Lenin desde 1897.
El campesino toma conciencia de su fuerza. Entre 1906 y 1912, nue­
ve millones de hectáreas pasaron a sus manos; en diez años, tres mi­
llones de personas se desplazaron a Siberia; subió la productividad y

66
se diversificó y enriqueció la producción agroganadera para provecho
de la nación y del Estado: entre 1900 y 1913 aumentó un 80 por cien­
to la producción de grano, de modo que Rusia llegó a proporcionar el
40 ppr ciento de las exportaciones mundiales de trigo. En 1906 se fa­
bricaron 20.000 máquinas agrícolas y en 1913, 60.000. El consumo por
cabeza de trigo, de mantequilla, de azúcar, de carne aumentó notable­
mente. Trotski formuló de manera contundente la importancia de la
reforma de Stolypin: «De llegar a su término, el proletariado ruso no
habría podido acceder al poder en 1917».
Stolypin entendió el problema agrario, entendió a los campesinos.
No tuvo la misma inteligencia, el mismo conocimiento sobre la cues­
tión obrera. Por eso no fue el Bismarck ruso, ya que el canciller de
hierro sí le había otorgado mucha importancia, claro está, en un país
totalmente industrializado, con un proletariado fabril mucho más im­
portante que el campesinado. Con el crecimiento de la clase obrera en
el imperio, habría sido necesaria una política sindical y obrera, algo que
había adivinado el reaccionario Pleve. Olvidado, abandonado a su trá­
gica suerte, el proletariado se radicalizó a partir de 1906.
Después de la muerte de Stolypin, asesinado por un agente doble,
para mayor gusto tanto de los revolucionarios como de los ultras, na­
die retomó el programa de la revolución conservadora; por ende, la si­
tuación política se congeló. Los liberales dejaron de ejercer la menor in­
fluencia, los obreros y los campesinos los olvidaron, de tal manera qué
1917 no pudo reproducir el esquema de 1905 de una revolución euro­
pea clásica, multiclasista, «democrática-burguesa». Así, 1789 había fra­
casado en 1906, la revolución conservadora murió en 1911 con Stoly­
pin; los liberales que habían llamado a las masas en 1905 no lo hicieron
en 1912, ni después. Sin la guerra, posiblemente la presión renovada de
la extrema izquierda hubiera provocado la emergencia de un régimen
autoritario nacionalista o de alguna otra solución radical. En el verano
de 1914, una gran oleada de huelgas estaba en pleno auge.

Auge económico, parálisis política

Entre 1907 y 1914, el imperio conoció un crecimiento económico


extraordinario. El economista francés Edmond Théry, descubre en
1913 que si los países europeos siguen creciendo de 1912 a 1950 como
lo han hecho entre 1900 y 1912, «Rusia dominará entonces a Europa,
tanto política como económicamente». Sus tres criterios son el creci-

67
miento demográfico, el aumento de la producción industrial y agríco­
la, y las inversiones en la instrucción pública y la defensa nacional. Los
tres criterios favorecen por mucho al imperio. En 1915, el 51 por cien­
to de los niños de entre ocho y once años va a la escuela primaria y
el 68 por ciento de los conscriptos sabe leer y escribir. De 1897 a 1914,
la población urbana pasa del 13 al 20 por ciento.
Ciertamente, en 1914 el país no iba mal. Le parecerá que estaba
condenado sólo a quien lea la novela empezando por el final. Es pre­
ciso olvidar lo conocido para deshacerse de esa engañosa impresión de
fatalidad. En 1913 el zar celebró el tercer centenario de la dinastía
de los Romanov.
La hambruna de 1891 habría convencido a Witte de la necesidad
de industrializar el país. No había necesitado una derrota militar para
emprender grandes reformas. Claro, tanto antes como después de 1905,
los radicales deseaban la explosión, pero todos los demás querían la
evolución, un imperio más civilizado, más libre, más justo: el progre­
so. Hay que observar la «edad de plata» desde esa perspectiva, sin dar
una impresión de final feliz (después de 1905), sin ceder al espejismo
de la belle époque, pero sin negarle su verdadero peso, porque se sabe
que el cataclismo está en puertas.
Los problemas políticos seguían enteros. En 1912, la matanza de
huelguistas del río Lena provocó la indignación general, una oleada
de huelgas más políticas que sociales, motines de soldados. Los pola­
cos estaban indignados por la política de Moscú contra ellos; en las
elecciones de diciembre, con todas las presiones y controles, la iz­
quierda ganó 150 escaños, frente a los 185 de la derecha, mientras que
el centro octubrista bajó a 99. Los partidos radicales reaparecían a pe­
sar de los periódicos, la propaganda y las asambleas. Obreros y cam­
pesinos reclamaban el lugar social y político que les debía dar su cre­
ciente participación en la vida del país. Poco antes de su muerte,
Stolypin se preguntaba si no era necesaria una reforma política: «La
experiencia del tutelaje de la mayoría de la población fue un fracaso».
Por eso mismo, el zar no lloró su muerte. El diagnóstico de Tocque-
ville no había perdido nada de su validez: «La experiencia nos ense­
ña que el momento más peligroso para un mal gobierno es, de ma­
nera ordinaria, aquel en el que empieza a reformarse» (L!A nden Régime
et la Révolution).

68
La edad de plata (1905-1914)

Así llaman los historiadores de la literatura a los años 1895-1922.


Ampliando el concepto a todo el campo del pensamiento y de las
artes, seria válido hablar de un verdadero Renacimiento en el sentido
italiano de la palabra. No había fatalidad; con el cansancio señalado,
tanto el nihilismo como el positivismo perdían su brillo; no desapare­
cieron y la Revolución de Octubre vería su triunfo, pero estaban de re­
tirada frente a una nueva generación marcada por el esplritualismo, en
reacción contra el conformismo filosófico de un ateísmo cientificista
obligatorio y reductor. Ese renacimiento, anunciado por Dostoievski
y Tolstói, los grandes solitarios de la generación anterior, abarcó la
ciencia y la filosofía, la literatura, las artes, la religión y la política. Es­
timulado por lo que pasaba en Europa, se puso rápidamente a la van­
guardia mundial tanto en las artes como en la ciencia y la filosofía,
adoptando con entusiasmo el psicoanálisis, el simbolismo, el neokan-
tismo.1
Genio excepcional, Vladimir Soloviov (1853-1900) apadrinó en
cierto modo la edad de plata. Ese gran filósofo dominaba el pensa­
miento occidental, la ética, la filosofía de la historia y la teología. Qui­
so orientar el pensamiento moderno hacia el cristianismo y volver in­
teligible el dogma cristiano; místico por encima de las divisiones
eclesiásticas y de los egoísmos nacionales, elaboró primero una filoso­
fía de la sabiduría (sofia), luego del amor. Su obra maestra es La ju sti­
ficación del bien (1897). Ruso y ciudadano del mundo, recibió en 1898,
por parte de la Sociedad de Filosofía de San Petersburgo, el encargo de
pronunciar el discurso del centenario del natalicio de Auguste Comte,
el padre del positivismo, ¡qué símbolo!
En 1897 se crea la revista M ir Iskustva (Mundo del Arte), en San
Petersburgo; en 1898, Stanislavski y Nemirovich-Danchenko fundan
en Moscú el Teatro del Arte; en 1903 se crean la Sociedad de Filoso­
fía Religiosa y la revista N o vi P ut (Vía Nueva). Esa fecha marca la reti­
rada de los prejuicios antirreligiosos y antifilosóficos.
El simbolismo triunfa en poesía entre 1900 y 1910; la poesía, ape­
nas tolerada en el medio siglo anterior, domina la literatura: en la pri­
mera ola, Konstantin Balmont, Valeri Briusov, Zinaida Hippius, Fiódor
Sologub, Annenski; en la segunda, Alexandr Blok, Andréi Biely, Ven-
ceslav Ivanov; en la tercera (el movimiento acmeísta, de akrné, en grie-

1. Entre la pléyade de científicos rusos: los biólogos Menchikov y Pavlov, el quí­


mico Mendeleyev y el edafólogo Dokuchayev. (N. del A.)

69
go, «cima»), Nikolái Gumiliov (fusilado en 1921), Anna Ajmátova, Jo-
dasevich (muerto en el exilio), Ósip Mandelstam (muerto en un cam­
po de concentración en 1938).
La prosa debe mucho a la poesía, con excepción de Gorki e Iván
Bunin, cuyas obras de madurez son posteriores a 1914: Andréi Biely, So-
logub, Remizov, Kuzmin, Zaitsev... También la crítica literaria, que pro­
fundiza, recupera, valora el pasado literario ruso y hace suya la tradición
europea y mundial. Al mismo tiempo, Europa descubre con fascinación
la vida literaria y artística rusa, tan rica, tan llena, un poco febril.
Entre 1897 y 1917, una generación dio al mundo un sinnúmero de
talentos en todos los sectores; nunca Rusia había tenido un público
tan amplio, con un nivel cultural tan alto. Cientos de estudiantes ha­
cían cola toda la noche para escuchar a Scriabin, para oír a Shaliapin,
para asistir a un espectáculo de Meyerhold, a una obra de Ibsen o
Strindberg, autores desconocidos en París... En 1909, Prokofiev y Stra­
vinski se dan a conocer. En 1910, Stravinski dirige en París E l pájaro de
fuego; en 1912, Petruskha, y en 1913, L a consagración de la primavera, en
medio de un escándalo indescriptible.
El triunfo de la música rusa, por anterior que sea a la edad de pla­
ta, redobla y es inseparable del éxito mundial de los ballets rusos de
Serguéi Diáguilev, con el increíble bailarín Nijinski. Ese éxito descan­
sa en la música de los alumnos de Rimski-Korsakov y Taneiev, princi­
palmente Scriabin y Stravinski; descansa también en el empuje de to­
das las artes teatrales y gráficas, tanto la danza como la pintura. En las
artes gráficas, los rusos son excelentes; la sección rusa es la más desta­
cada en la exposición del libro en Leipzig, en julio de 1914. ¡Y qué de­
cir de la decoración teatral de Lev Bakst y de tantos pintores desde
Vrubel (1856-1910) hasta Shagal, Sutin, Malévich y Kandinski! Y en ar­
quitectura, toda la escuela constructivista marcada por el cubismo.
Para los supervivientes de la generación anterior, son «estetas» mo­
ralmente sospechosos porque han dejado de pertenecer a la clericatu­
ra revolucionaria. Ciertamente, no todo es positivo ni falta el género
«decadente», de moda en el fin de siècle parisino o vienés, pero no se
puede hablar de decadencia cuando capitalistas como Shchukin, Ma-
montov, Tretiakov, los hermanos Morozov se dedican a fundar museos
y a coleccionar cuadros franceses de Gauguin, Cézanne, Derain, Matis­
se, o redescubren los iconos, olvidados durante dos siglos. La desa­
parición casi total de los cuadros didácticos, con mensaje sociohistóri-
co, y de la poesía civicosocial señalan el triunfo de la edad de plata.
Shchukin, con sus 50 picassos, ha sido la única persona que ha tenido
más picassos que el mismo Pablo Picasso.

70
En filosofía, la victoria no fue menos contundente y el esplritua­
lismo derrotó al positivismo, mientras que el m arasm o vencía al po­
pulismo revolucionario y era lo bastante fuerte para encamar en un
partido socialdemócrata, ilegal pero constituido bajo la dirección del
viejo Plejánov y del joven Uliánov (1898). Del bloque de pensamien­
to marxista —bloque porque engloba filosofía, moral, metafísica y po­
lítica—, nacía tanto un retoño de la tendencia cientificista como una
corriente espiritual.
Piotr Struve (1870-1944), Serguéi Bulgákov (1871-1944), Nikolái
Berdiáyev (1874-1948) y Simón Frank fueron inicialmente marxistas.
Les llamaban «marxistas legales» porque eran revisionistas y no podían
aceptar la disciplina de partido; para ellos, el m arasm o no era una re­
ligión. Aceptaban las metas políticas del Partido y trabajaban por su
realización. En 1903, Bulgákov publicó D el marxismo al idealismo, nom­
brando así con exactitud esa corriente que va del m arasm o a una nue­
va filosofía religiosa. Afirmaban el valor absoluto de la persona, de los
derechos naturales e inalienables del hombre y del ciudadano. Reba­
saban el marasmo, pero sin olvidar; conservaban sus aspiraciones so­
ciales. /Recibieron con alegría la Revolución de 1905; luego los acon­
tecimientos los alejaron de los partidarios de la violencia. Bulgákov, ya
sacerdote ortodoxo, fue electo a la segunda Duma como «socialista
cristiano». Ese grupo publicó en 1909 un libro que causó un revuelo
enorme: en seis meses se agotaron cinco ediciones. Vieji (Hitos) anun­
ciaba su renuncia al apocalipsis revolucionario, hacía la crítica, la auto­
crítica de la intelligentsia, situaba el progreso en la historia, no al final
de ella. Struve dirigió de 1908 a 1917 la revista Ruskaya M ysl (Pensa­
miento ruso) y una editorial que publicaba en ruso los textos extran­
jeros más novedosos: Bergson, William James, etcétera. En 1912, Bul­
gákov publicó su Filosofía de la economía; en 1911 Berdiáyev, la Filosofía
de la libertad; en 1913 el gran físico, matemático y sacerdote Pável Flo-
renski (fusilado en el campo en 1937), La columna y elfundamento de la
verdad.
Paralelamente, escritores inclasificables como el paradójico Vasili
Rozanov (1856-1919), el Léon Bloy ruso, y Dmitri Merezhkovski (1865-
1941) participaban en «reuniones de filosofía religiosa» que agrupaban
a sacerdotes y obispos con laicos, en presencia de Blok y Briusov o
de pintores como Riepin y Benois. La Iglesia ortodoxa, que había con­
denado al viejo Tolstói en 1901, empezaba a despertar bajo la in­
fluencia de la edad de plata y, a partir de 1905, se absorbía en un gran
proyecto de reforma total, en la preparación de un concilio que el zar
le obligó a posponer hasta... 1917. Le tocaría entonces, ya caído el

71
zar, ya próximos a la toma de poder los bolcheviques, abolir el San­
to Sínodo de Pedro el Grande y elegir a su patriarca por primera vez
en siglos.
El Renacimiento, con todo su valor, tocaba sólo a una pequeña éli­
te. La mayoría de la gente culta lo ignoraba o lo consideraba con
indiferencia, desprecio, odio. El positivismo seguía fuerte entre los in­
telectuales que, en lugar de leer a Dostoievski, Tolstói o Soloviov,
comparaban las obras completas, editadas entre 1907 y 1914, de Bie-
linski, Chernichevski, Dobroliubov y Pisarev, o sea, los padres funda­
dores de la intelligentsia del siglo xix. Esta literatura predominaba en la
universidad y en las preparatorias. Según las clases sociales y las gene­
raciones, esa mentalidad llevaba a tener actitudes sociopolíticas dife­
rentes: al liberalismo, representado por el KD del historiador Pável Mi-
liukov; al Partido Social Revolucionario (SR), heredero del populismo,
con una extrema izquierda terrorista, partido fuerte entre la pequeña
burguesía urbana, entre los campesinos más dinámicos; al Partido So-
cialdemócrata: Plejánov y Lenin se consideraban los herederos de los
grandes demócratas materialistas y radicales, los «socialistas científi­
cos». Convencidos de que las relaciones de producción determinan la
historia, creen que el progreso del capitalismo en Rusia exalta da lucha
de clases, cuyo motor será el proletariado industrial, siempre y cuando
un partido lo discipline y dirija. Se dividen en 1903 entre bolchevi­
ques, que siguen a Lenin, partidario del voluntarismo y de la potencia
absoluta del Partido, y mencheviques, partidarios de Plejánov, que es­
peran la revolución de la marcha misma de los acontecimientos. En
ese amplio campo, opuesto al Renacimiento, Gorki es el único autor
literario importante. En 1907, en su artículo «La crisis espiritual de la
intelligentsia», Berdiáyev profetiza que, de ocurrir una verdadera revo­
lución en Rusia, triunfarán los bolcheviques. En 1922, Lenin lo man­
da al exilio, salvándole así, sin saberlo, la vida.
Para Lenin, Berdiáyev era un traidor. Así pensaban de los poetas,
pintores, músicos de la edad de plata todos los que seguían en la línea
de la intelligentsia. Y es que aquellos hombres habían dejado de ser in-
teüigent, al afirmar que uno puede ser revolucionario en política sin
considerar la novela ¿Qué hacer?, de Chernichevski, una obra maestra.
Esa nueva elite cultural era una de las grandes esperanzas de Rusia. Fue
destruida a partir de 1922. El dinamismo no se debilitó, tampoco se
agotó, sino que fue roto, desapareció en el cataclismo del cual salió la
URSS. Su destrucción no fue inmediata ni, ahora se sabe, definitiva.
Su existencia, sus maravillas prueban que el imperio estaba cambian­
do, que Rusia no era «excepcional», ni estaba tampoco encerrada en su

72
excepcionalidad; extrapolando el campo sociopolítico, permite refutar
el sofisma según el cual los rusos no estaban «maduros» para la de­
mocracia, que el liberalismo era una planta «exótica» incapaz de arrai­
gar en Rusia, una Rusia condenada a escoger entre la negra reacción
o la roja revolución. Ciertamente, existía un obstáculo muy grande a
esa posible evolución: la oposición de la intelligentsia radical al Esta­
do de derecho, al principio de un orden legal, condenado como «más­
cara», como ley «fría, calculadora, inmoral, egoísta, no rusa, antipa­
triótica». Los hombres de la edad de plata, en la línea de Chaadáiev,
de Pushkin, de Boris Chicherin, apostaron por la evolución y el relati­
vismo, sin pretender tener una única respuesta a todas las preguntas de
Rusia, del imperio, del universo. Su obra revela que las cosas empeza­
ban a cambiar.
Ese brillante renacimiento se daba en medio de una crisis aguda;
crisis de crecimiento, sin duda, pero nadie sabía cómo iba a terminar,
¡y la Rusia profunda estaba tan lejos de ambas capitales! Los mejores
espíritus sufrían de la tensión entre dos sentimientos contradictorios:
vamos hacia un mañana auspicioso; vamos a hundirnos en el peor de­
sastre. La industrialización acelerada, la urbanización, la moderniza­
ción de la vida material y espiritual eran más intensos que nunca, pero
la crisis política no correspondía a tal dinamismo y provocaba el sen­
timiento de angustia. Se percibía el peligro aunque sin saber cómo en­
frentarse cqn él. La esperanza correspondía al progreso, a la creatividad
económica, social y cultural; el pesimismo, al inmovilismo, al retraso
del gobierno. Por su culpa, la lucha política, legal o no, se desarrolla­
ba en el vacío.
Esa contradicción explica que Alexandr Blok haya podido saludar
«la estrella de una nueva América» levantándose sobre su país, antes
de angustiarse después de 1911. Hasta los partidos revolucionarios
aceptan que el imperio pasará por el capitalismo y la revolución bur­
guesa, como preludio necesario a la revolución socialista. El optimis­
mo perdido en 1906 regresa dos o tres años después. De 1911 a 1914
el número de alumnos en secundaria se duplica y en primaria pasa de
seis a ocho millones; hasta las campiñas se transforman..., pero Stoly-
pin muere asesinado, Witte no regresa, el Gobierno paraliza el Con­
greso, los colores fúnebres predominan en las novelas La aldea, de Bu-
nin, E l diablo mezquino, de Sologub, o Petersburgo, de Biely, en la cual
los terroristas cazan a los burócratas. Gorki y Blok adoptan el mismo
tono.
Hasta que Jodasevich exclame: «¡Maldito seas para siempre, año
14!». Quizá sin la catástrofe europea Rusia hubiese encontrado su vía,

73
sin destrucción, por más que Nicolás II le hubiese cerrado el paso
político. Pero la historia es internacional y en 1914 el destino del im­
perio no se podía separar del de Europa, la cual tiene, hasta la fecha,
razones para maldecir 1914. La crisis bosnia de 1908 había preocupa­
do, la segunda guerra balcánica (1913) tensó más aún el ambiente,
mientras el emperador alemán se volvía cada vez más belicoso. La po­
lítica de la doble monarquía austro-húngara y la de Turquía preocupa­
ban cada vez más al Gobierno y la opinión. Un buen día se conoció
la noticia del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Feman­
do. Julio de 1914 fue tórrido en toda Europa. En Francia se cosechó
el trigo con varias semanas de anticipación; en Rusia, los bosques ar­
dían; en las grandes ciudades penetraba el olor del humo y caían las
cenizas. Hubo eclipse total de sol. No se podía trabajar, ni descansar.
Al otro día los periódicos anunciaron ¡la guerra!
En esa guerra, probablemente de todas las grandes potencias Rusia
fue la que menos responsabilidades tuvo. El destino quiso que el im­
perio fuese la primera víctima de esa tragedia mundial.

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74
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75
1
Segunda parte
La edad de bronce
1914-1928
!

I
4
La guerra mundial

Al entrar en la guerra, el zarismo hizo el regalo más es­


pléndido a la Revolución.

Lenin, 1914

En 1914, en los meses de junio y julio, bosques y pas­


tizales se incendiaron en rojas llamaradas; disco purpú­
reo, el sol salía y se ponía; la gente se sofocaba en aquel
tufo irrespirable. En 1914, la guerra se incendió y, tras
ella, en 1917, la Revolución. Se reclutaba gente a la cual
le enseñaban el arte de matar, gente que mandaban a
los pantanos de Galitzia, en la sierra de los Cárpatos,
para matar y luego morir.
\

Boris Pilniak, Los caminos borrados, 1919

En la historia no funciona sólo la necesidad, también hay azar, ac­


cidente. ¿Pudo no haber ocurrido la guerra mundial?, ¿pudo el Impe­
rio de Rusia no entrar en el conflicto? Es otra manera de preguntar si
el imperio pudo haber conocido otro porvenir que el derrumbe y la
Revolución. No era un sistema condenado de modo inexorable por las
leyes de la historia; la liberalización, la modernización estaban en mar­
cha, por más que Nicolás II considerase eso una concesión de cir­
cunstancia, así como los bolcheviques considerarían más tarde la NEP.
Lenin, al hablar del «imperialismo militar-feudal ruso», afirma que
el imperio tenía que lanzarse a la guerra. Pero frente al conflicto ame­
nazador, la clase política, empezando por el zar, adoptó una conduc­
ta en absoluto «militar-feudal». Nicolás II nunca pensó que la alianza
francesa pudiese afectar a sus relaciones con Alemania. Cuando los de­
sastres de Manchuria, aceptó una alianza con Guillermo II, en la cual
Francia pudo haber participado. El rechazo francés hizo caducar el
pacto, pero ni el zar, ni el Gobierno, ni el pueblo fueron jamás anti­
germánicos; más bien predominaba la germanofilia. El alemán no era
en absoluto un enemigo secular.
Además, Rusia deseaba y necesitaba la paz. Cuando en 1908 Vie-
na aprovechó la revolución turca para anexionarse Bosnia-Herzego-
vina, los rusos calmaron al sultán y a los serbios. Hasta los obligaron
a aceptar el ultimátum austro-húngaro de marzo de 1909. Ni la rivali-

79
dad ruso-alemana en Persia (Irán) logró afectar las buenas relaciones.
Ciertamente, entre 1912 y 1914 las guerras balcánicas exasperaron el an­
tagonismo entre Moscú y Viena, pero la línea diplomática seguía la del
memorándum redactado en febrero de 1914 por el secretario de Go­
bernación, Piotr Dumovó: su autor apunta todos los factores que de­
ben mantener a Rusia fuera de todo conflicto, su inferioridad indus­
trial y por lo tanto militar frente a Alemania, la falta de motivación de
la opinión pública, la situación prerrevolucionaria de un campesinado
dispuesto en cualquier instante a escuchar el llamamiento al «reparto
negro». El reaccionario Dumovó había aprendido la lección de 1905 y
entendido la relación estrecha entre guerra y revolución, choque ex­
temo y explosión intema. Los ministros, reunidos en enero, aconseja­
ron al zar «no llevar a Rusia a un conflicto europeo».
El asesinato del archiduque el 23 de junio en Sarajevo puso en
marcha un mecanismo militar de movilizaciones parciales y luego to­
tales que culminó el 1 de agosto con la declaración de guerra de Ale­
mania a Rusia. Frente al ultimátum austríaco a Serbia y la consecuen­
te movilización, Rusia había multiplicado los consejos de moderación
a sus aliados serbios, movilizando sólo a 13 de sus 37 cuerpos. Pero
cuando Alemania amenazó con su movilización general, los militares
rusos argumentaron que necesitaban proceder enseguida a la movili­
zación general. Ofrecieron así a Berlín el pretexto que necesitaba.
El conflicto fatal lo provocó el antagonismo entre Serbia y Aus-
tria-Hungría; esos dos estados (y el Imperio alemán) fueron mucho
más responsables que Rusia. De todas las grandes potencias, sólo Aus­
tria quería la guerra, una pequeña guerra local. Viena declaró la guerra
a Belgrado el 28 de julio, Berlín la declaró a San Petersburgo el 1 de
agosto y a París el 3, y atacó en el instante a la neutral Bélgica: Ingla­
terra entró en danza al día siguiente.
El Ejército imperial luchó con tenacidad en condiciones muy ad­
versas; sus soldados combatieron bien, sin entusiasmo, sin alegría. Los
rusos nunca vivieron la guerra con la rabia destructora, con el terrible
chovinismo de los franceses y de los alemanes. En realidad, no se sa­
bía el porqué de una guerra tan prolongada. Las metas imperiales (la
conquista de Constantinopla y el control de los estrechos) nunca fue­
ron públicas.
La guerra empezó con una ofensiva improvisada, en Prusia, que es­
tuvo a punto de destruir al adversario, pero que terminó en desastre
(Tannenberg, septiembre, 1914) con la pérdida del Ejército Samsonov.
La opinión pública se consoló con el hecho de que esa ofensiva, al
obligar a los alemanes a traer tropas desde el frente francés, había dado

80
M apa 2. Rusia durante la primera guerra mundial.
a Francia «el milagro del Mame». Se consolaba también con las victo­
rias sobre los turcos en el Transcáucaso y sobre los austro-húngaros,
quienes perdieron la Galitzia oriental. A principios de 1915, las tropas
imperiales entraron en Hungría y el soldado raso se preguntaba qué
hacía tan lejos de la patria.
En mayo de 1915, el Ejército alemán vino a respaldar a su aliado
amenazado y rompió el frente ruso, que se estiraba desde el Vístula
hasta los Cárpatos. El Ejército imperial logró realizar una retirada que
terminó el 15 de agosto; había perdido la mitad de sus fuerzas: 150.000
muertos, 700.000 heridos, 900.000 prisioneros. Polonia, Lituania, par­
te de Letonia y Galitzia quedaban en manos del adversario, un adver­
sario inteligente que alentaba el sentimiento nacional báltico y polaco
(en 1916 Berlín reconoció la independencia de Polonia) y que trataba
tan bien a los judíos que éstos lo recibieron como a un libertador. Esa
actitud civilizada contrastaba con la de los soldados del zar: en todas
las regiones fronterizas y en la Galitzia ocupada se consideró a los ju ­
díos traidores en potencia (después atribuyeron a su «traición» la derrota
de 1915). Fueron vejados, robados, tratados como rehenes antes de ser de­
portados en masa.
En junio de 1916, el general Brusilov lanzó una ofensiva sobre un
frente de 135 kilómetros contra los austro-húngaros, a quienes logró de­
rrotar. Ese mismo año, los ejércitos imperiales aplastaron a los turcos,
conquistaron la Armenia turca y llegaron hasta la frontera con Persia.
A principios de 1917 la situación militar no era tan mala y el Im­
perio ruso había hecho una contribución estratégica decisiva al obligar
a Alemania a pelear sobre dos frentes. Sin aquélla, los aliados no hu­
bieran podido resistir, aún menos esperar la entrada en guerra de Es­
tados Unidos. Aun así, los errores de los militares fueron menos gra­
ves y menos decisivos que los errores políticos del Gobierno. Vale la
pena subrayar que las derrotas de 1914-1915 no fueron en nada com­
parables con las derrotas sufridas en 1941-1942 por la Unión Soviéti­
ca, pero la barbarie nazi dio todas las razones del mundo al pueblo
para que hiciera suya esa guerra, llevada sobre su territorio. En 1914-
1916 el pueblo ruso no vio a un solo soldado alemán, no esperaba a
los alemanes como libertadores (los polacos y los judíos de Galitzia
y los bálticos, sí); los cientos de miles de soldados prisioneros de los
alemanes recibieron un trato bueno, lo cual confirmaba la idea popu­
lar de que esa guerra no tenía sentido.

82
El frente interior

No hubo derrumbamiento militar, tampoco ocurrió un desastre


económico. Es cierto que la entrada en guerra de Turquía terminó de
aislar al imperio del resto del mundo: el Ejército turco controlaba la
salida del mar Negro hacia el Mediterráneo, mientras que la flota ale­
mana bloqueaba el Báltico; Rusia no podía exportar su trigo ni im­
portar el material industrial y militar que le hacía falta. A pesar de las
dificultades, eso tuvo consecuencias positivas sobre la alimentación po­
pular y el crecimiento industrial. Si bien en 1914 el índice de produc­
ción era 100, éste subió a 121,5 en 1916.1 El hierro y el petróleo
subieron un 30 por ciento y, en agosto de 1916, las fábricas rusas pro­
ducían más municiones que Francia y el doble que Inglaterra. Com­
pletamente autosuficiente para producir morteros, la industria rusa lo
era también en un 75 por ciento para la artillería pesada. Las existen­
cias militares de febrero de 1917 serían suficientes para los tres años de
la ulterior guerra civil...
La guerra no desorganizó la fuerza de trabajo, ni la producción,
contra lo que escriben muchas veces los historiadores. La leva afectó
principalmente a los campesinos, pero su crecimiento demográfico era
tal que el Ejército absorbió exactamente el número de hombres que la
tierra no podía alimentar: 10 de los 13 millones de soldados de enero de
1917. Los jóvenes urbanos se quedaron en las oficinas y la mayoría
de los obreros cualificados, en las fábricas (entre el 56 y el 98 por cien­
to, según los sectores). Las huelgas, tan importantes a principios de
1914, prácticamente desaparecieron. Como el 80 por ciento de las
fábricas trabajaba para el Ejército, los productos de consumo escasea­
ron, de manera que los campesinos, a falta de tener algo que comprar,
disminuyeron sus ventas y consumieron más de su producción. La pro­
hibición del vodka les obligó a ahorrar de tal manera que su situación,
lejos de empeorar con la guerra, mejoró. En la ciudad, entre 1914 y
1917, los productos de la cesta básica se cuadruplicaron o quintupli­
caron, sin que los salarios pudieran alcanzarlos. Los obreros cualifica­
dos no sufrieron el fenómeno tanto como los no cualificados y la masa
creciente de trabajadores no especializados, entre los cuales había mu­
chas mujeres (en Moscú, en esos tres años, el proletariado industrial
aumentó el 50 por ciento).
El imperio no tuvo, frente a esa inflación, frente a un principio de

1. AL. Sidorov, Situación económica de Rusia en los años de la primera guerra mun­
dial (r), Moscú, 1973, pág. 350. (N. del A.)

83
escasez en las grandes ciudades y a la miseria de ciertos proletarios, una
verdadera política económica; no intentó controlar precios y salarios
ni tampoco instaurar el racionamiento, medidas todas puestas en prác­
tica por Alemania, que se encontraba en una situación alimentaria mu­
cho más grave, rayando, al final, la hambruna. Alemania racionó el pan
desde 1915; en 1916 racionó la mantequilla, el aceite, la carne, el azú­
car, el huevo, la leche, la patata, el carbón... En 1917, la cosecha de pa­
tata se perdió y el racionamiento se volvió tan terrible que, en abril,
hubo grandes manifestaciones. En Berlín, 200.000 trabajadores de las
industrias militares manifestaron su inconformidad, mientras que en
Leipzig, Dortmund y otras ciudades hubo motines y saqueos de tien­
das. La mala nutrición afectó gravemente a una población que en 1918
padecía ya no escasez, sino hambre. El Imperio ruso no sufrió nada
comparable, por más que se haya subrayado el problema de la escasez
en Petersburgo en febrero de 1917.

En el frente

Sin duda, los que sufrieron fueron los combatientes. Ningún sol­
dado padeció tanto como el soldádo del zar; sobraban los hombres y
todo lo demás faltaba: zapatos, ropa, mantas, medicinas, armas. Toda­
vía en 1915 se daba el caso de unidades en las cuales el 25 por ciento
de los soldados iban al asalto sin armas: las instrucciones eran recoger
los rifles de los caídos... El Estado Mayor ruso, como el francés, era un
fanático de la «ofensiva a ultranza» y superaba hasta al francés en el
despilfarro del «material» humano. En 1914 lanzó una verdadera «ma­
rea» humana, sin preparación de artillería, sin las armas suficientes, con
la esperanza de «inundar» al Ejército alemán. La artillería y las ame­
tralladoras alemanas mataron a 500.000 soldados en sólo cinco meses
de 1914. Nadie protestó, ni en el Estado Mayor, ni en la prensa (no­
tablemente libre), ni en la opinión pública. Sacrificar al azar dos o tres
regimientos era una práctica «normal» que manifestaba un desprecio
por la existencia humana, tanto entre los jefes como entre los ejecu­
tantes, bien anterior a los bolcheviques.
Después de junio de 1915, el Ejército más o menos comió, pero
siguió sufriendo el frío y las deficiencias del servicio de salud. El tifus,
la gripe y la gangrena se cobraron muchas vidas. De enero de 1915 a
febrero de 1917 el Ejército tuvo aún 1,5 millones de muertos y dos mi­
llones de presos. En dos años y medio de guerra había perdido, entre

84
muertos y presos, cuatro millones de soldados (Francia contó el mis­
mo número de muertos). La opinión no se conmovió. La guerra se ha­
cía fuera del territorio nacional. A los comerciantes y a los campesinos
les iba mejor que antes de la guerra, los otros no lo pasaron demasia­
do mal hasta finales de 1916, cuando los obreros no cualificados y la
pequeña burguesía empezaron a sufrir escasez, principalmente en Pe-
tersburgo.
El Ejército sufrió también una grave crisis de mando: generoso con
la sangre de la tropa, el alto mando lo fue también con la de la ofi­
cialidad. En tiempos de paz, el número de oficiales (40.000) para un
Ejército de dos millones era insuficiente. En los últimos cinco meses
de 1914, cayeron 60.000 oficiales. Fue necesario sacar de las academias
promociones anuales de 35.000 oficiales que apenas alcanzaban a cu­
brir las bajas; fue necesario ascender a los soldados al rango de oficial.
En 1915 habría sido muy difícil encontrar un regimiento (3000 hom­
bres en el frente) icón más de 12 oficiales! Esa crisis de mando expli­
ca en gran parte el derrumbe del Ejército en 1917; correspondía a la
crisis de mando político. En agosto de 1915, a la hora del gran desas­
tre militar, el zar asumió el alto mando militar y, con eso, la res­
ponsabilidad de todas las eventuales desgracias. Lo grave fue que al ins­
talarse en el frente —era valiente- dejó la conducción política a un
Gobierno impotente y, peor aún, a su esposa la zarina Alejandra. Del
viejo primer ministro, Shulguin (conservador inteligente, que dejó una
excelente crónica de la Revolución de 1917) decía: «Tenemos a Santa
Claus como primer ministro, cuando el país se encuentra en una guerra
mundial».

La crisis política

Cuando llegaron las grandes dificultades militares del verano de


1915, el zar reaccionó a contracorriente. Tanto la opinión pública
como los ministros y los generales querían participar de forma activa,
directamente, en la defensa de la «patria en peligro». Nicolás, en vez
de delegar, de compartir las responsabilidades, decidió asumir perso­
nalmente, como Alejandro I a la hora de la retirada frente a Napo­
león, el mando supremo. «El deber sagrado de un zar de Rusia», dijo,
«es estar con los ejércitos a la hora del peligro, para vencer o morir
con ellos.»
La zarina Alejandra contribuyó mucho a la toma de esa decisión.

85
Alejandra era una mujer voluntariosa, ambiciosa, histérica y visionaria.
Sus virtudes domésticas eran inmensas; su amor a Rusia, su entrega,
su ascetismo, resultaban incuestionables. Durante la guerra vivió como
una monja, una madre superiora, trabajando como enfermera con sus
hijas en los hospitales militares. Pero no pudo borrar nunca el rumor
mortífero, totalmente infundado, de que «la alemana» traicionaba a
Rusia.
Había llegado muy joven a Rusia. Con Nicolás, había sido un
«amor a primera vista» que duró toda la vida. El principio de su rei­
nado fue cruel. Atormentada por la timidez, extranjera en una corte
que le fue hostil desde un principio, hermosa pero paralizada por el
temor, llegó como novia al palacio de Livadia, en el momento preci­
so de la agonía del zar Alejandro III, padre de Nicolás. El regreso a
San Petersburgo no fiie, con sus misas, sus velas, sus cánticos, más que
un sepelio. Las ceremonias del matrimonio no hicieron sino prolongar
las del sepelio. Ese presagio impactó terriblemente a la joven zarina.
Otro presagio vino a añadirse. En las fiestas de la coronación, un tu­
multo en la plaza de Jodynka provocó más de mil muertos. La sangre
rusa salpicaba el trono en el instante preciso en que subía a él la jor
ven soberana. Luego el embarazo y la espera ansiosa, cada vez frustra­
da, de un varón. Una hija..., otra..., una tercera..., la cuarta. Por fin nace
el heredero. Sufre una enfermedad misteriosa, incurable: hemofilia. Fren­
te a la impotencia de los médicos, busca curanderos, chamanes, hasta
que encuentra a Grigori Rasputin.
El rechazo inicial de la elite, de la suegra, de los tíos, la confirmó
en una desconfianza que se volvió enfermiza, nefasta para alejar a los
buenos servidores y acoger a los mediocres, a los aventureros, a los lo­
cos. Cortó con el mundo exterior y aisló a Nicolás. En su soledad, se
forjó una filosofía política mística: combinaba algunas nociones auto­
ritarias germánicas con vagas tradiciones de la «monarquía democráti­
ca absoluta» rusa; autocracia: el zar es escogido por Dios y no es res­
ponsable sino delante de Él; ortodoxia; pueblo. La fuerza del zar
descansa en el amor de su pueblo campesino ortodoxo, del cual es pa­
dre. La nobleza, la burguesía, los intelectuales son el enemigo, con­
fundido con los revolucionarios, los terroristas.
Quería a su esposo con un amor apasionado; conocía perfecta­
mente sus debilidades pero pretendía, a fuerza de voluntad, hacer de
él un gran monarca absoluto. Ella alejó al zar de sus parientes, lo puso
a la cabeza de los ejércitos para devolverle el papel personal de jefe y
de autócrata, perdido con la Revolución de 1905. Esa victoria suya fue
una catástrofe. Cuando el zar se fríe al frente, dejándole a ella la di­

86
rección política del país, Alejandra le escribió (se cartearon varias ve­
ces al día desde agosto de 1915 hasta febrero de 1917):

«Por fin te manifiestas emperador y verdadero autócrata, sin lo


cual Rusia no puede existir. Si hubieses cedido en ese punto, te
hubiesen sacado pronto otras concesiones —no hay más salvación
sino en tu firmeza—. Sé lo que te cuesta y sufro terriblemente por
ti. Perdóname, ángel mío, por no haberte dejado en paz y por ha­
berte molestado tanto. Pero conozco demasiado bien tu carácter
excepcionalmente débil; tuviste que vencerlo esta vez para vencer
solo contra todos. La historia de esas semanas y días representa­
rá una página gloriosa de tu reino y de la historia de Rusia. Dios,
que es justo y está a tu lado, salvará tu país y el trono por tu
fortaleza».

La victoria de la zarina arruinó las últimas posibilidades de salvar


la situación en el marco constitucional, con la participación de las éli­
tes y del país. De ahí en adelante no hubo gobierno ni burocracia or­
ganizada. Todo cayó bajo el control de Alejandra y de sus favoritos.
Influencias como la del misterioso Grigori Rasputin, campesino de Si-
beria y curandero —el único capaz de aliviar los sufrimientos del joven
zarevich Alexéi—, nombraban y destituían ministros.
Rasputin no era ningún tonto y expresaba, en ocasiones, los te­
mores y las esperanzas del pueblo campesino. Estuvo en contra de la
guerra, tanto en 1913 como en 1914, a diferencia de la elite. Eso no
quiere decir que su cercanía al trono no fuera desastrosa. El peligro
no era tanto su influencia, real, pero muy exagerada por la sociedad
florentina de Petersburgo, como la desmoralización, el desprestigio en­
gendrado por los rumores. Fue un factor de división en el seno de la
Iglesia y entabló una polémica pública con el obispo antisemita Er-
mogen de Tsaritsyn (actual Volvogrado, antigua Stalingrado) y su alia­
do el monje Eliodoro. Rasputin, que se vanagloriaba de su influencia
sobre Papá (el zar) y Mamá (la zarina), dio al monje unas cartas diri­
gidas a él por la zarina que Eliodoro hizo circular por todo el impe­
rio. Las expresiones floridas usadas por Alejandra, en la mejor tradi­
ción de la literatura beata cristiana, frieron tomadas al pie de la letra,
tanto más cuanto a esas cartas inocentes habían añadido cartas por­
nográficas falsas.
«Nuestro amigo» (así lo llamaba la zarina) tuvo mucha influencia.
Alejandra le escribía al zar el 15 de diciembre de 1916:

87
«Cree en los consejos de nuestro amigo. Hasta los niños notan
que nada tiene éxito cuando no lo escuchamos y que, al contrario,
todo va bien cuando le obedecemos. El camino es angosto, pero
hay que seguirlo sin desviarse y según lo divino, no según lo hu­
mano. Te bendigo, te quiero, te beso y te acaricio sin fin, mi que­
rido maridito. Tu pequeño sol». i

En aquellos días, la opinión pública acusaba a la zarina abierta­


mente —y de manera errónea, pero eso no importaba—de ser un agen­
te alemán. «Sospechas dolorosas, terribles, rumores alarmantes de trai­
ción se han transformado actualmente en la convicción absoluta de
que una mano enemiga influye en secreto sobre la dirección del Esta­
do», escribía en esos días el príncipe Lvov. El joven príncipe Félix Yu-
supov, descendiente de Tamerlán, se decidió entonces a actuar como
Lorenzaccio en la Florencia de los Médicis: el 17 de diciembre, Ale­
jandra escribió a Nicolás:

«Mi querido, mi amado, puedes imaginar nuestros sentimientos,


nuestros pensamientos. Nuestro amigo desapareció. Ayer Ania lo
vio. Le dijo que Félix le había rogado venir en la noche. [...] En
efecto, un coche militar con dos civiles fue a recogerlo. Anoche
hubo un gran escándalo en la casa de Yusupov. Dmitri (el gran du­
que) Purishkevich, etcétera [...] todos borrachos. La policía oyó
balazos. Purishkevich salió corriendo y juró que nuestro amigo ha­
bía sido asesinado. Nuestro amigo estaba de buen humor, pero
nervioso en los últimos días. Conservo mi fe en la gracia divina.
No puedo ni quiero creer que haya muerto. Dios tendrá piedad de
nosotros. Ven pronto. Félix lo visitaba muy a menudo última­
mente. Besos. Tu pequeño sol».

El imperio no sobrevivió ni dos meses a Rasputin. Así lo había


profetizado el mujik.
Por sus consecuencias, la revolución que empieza en febrero de
1917 es un acontecimiento mayúsculo de la historia mundial; los his­
toriadores han querido buscarle causas mayúsculas, cayendo en la fa­
lacia de que un acontecimiento enorme no puede tener sino orígenes
enormes. La guerra no lo explica todo, la actividad de los revolucio­
narios mucho menos. En febrero de 1917 la situación general, desde
el punto de vista militar y económico distaba de ser desesperada. La
fecha misma de la crisis, anterior en veinte meses al armisticio y a las
revoluciones de Europa central, señala una debilidad propia de la má­

88
quina estatal del imperio que no se puede imputar exclusivamente a
los acontecimientos militares.
El Gobierno y el zar no supieron mantener el entusiasmo del 14
de agosto, siguieron alejando a las elites de la conducción del país,
arruinando así la «unión sagrada» en la cual participaban todos, hasta
Kropotkin y Plejánov, con la única excepción de los bolcheviques.
Gobierno y camarilla siguieron hostigando a las naciones y a las reli­
giones, desatando el antisemitismo en los territorios conquistados; así
se enajenó tanto a los polacos como a la sociedad que se movilizaba:
los industriales, los zemstva, la unión de ciudades, la Cruz Roja, etcé­
tera. Un breve acercamiento en el momento del desastre de 1915, con
una corta sesión de la Duma, se detuvo en seco. El zar no quiso tra­
bajar con el bloque progresista de Miliukov, que agrupaba a todos los
diputados menos a los extremistas. En consecuencia, la elite se exas­
peró, la opinión se indignó, aceptando los rumores más locos de trai­
ción y sexo. En ausencia de una alianza entre la Duma y el zar, éste
resultó responsable de todo, hasta de la crisis de los ferrocarriles satu­
rados y desgastados, que explica el relativo desabastecimiento de hari­
nas en Petersburgo. El 13 de noviembre de 1916, Miliukov, en la
Duma, pronunció una requisitoria y concluyó con la. pregunta: «¿Es­
tupidez o traición?». Los días de Nicolás II estaban contados. La re­
volución palaciega, el golpe de Estado conservador, estaban en mar­
cha. En diciembre de 1916, el asesinato de Rasputin fue patrocinado
por un miembro de la familia imperial. El pueblo, que aspiraba a la
paz, estaba consternado por el manifiesto oficial, que anunciaba que
la paz no se concluiría hasta la ocupación de Constantinopla. Los
grandes duques, a fin de salvar la dinastía, se preparaban para sustituir
a Nicolás por su hijo; se multiplicaban los contactos entre ellos, los
generales, los empresarios y los políticos.
Por la entrada en guerra de Rumania, el Ejército había tenido que
alargar sus líneas 500 kilómetros. Las entregas de harina en Petersbur­
go bajaron a la mitad, la agitación y las huelgas renacieron después de
una larga calma. Los políticos lo tenían todo preparado; preocupados
por la movilización obrera, informados por una policía que preveía
disturbios, trabajaban en la constitución de un régimen parlamentario
burgués que continuaría la guerra. Pero la historia habría de tomar,
como siempre, un camino inesperado para los responsables de la caí­
da del zar.

89
BIBLIOGRAFÍA

Archivos de la Revolución rusa (r), 1925.


Geyer, Dietrich, Russian Imperialism: The Interaction o f Domestic and Foreign Po­
licy 1860-1914, Leamington, Spa, 1987.
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1983.
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Nueva York, 1986.
Mijailovich, Nikolái (gran duque), L a fin du tsarisme, París, 1928.
Miliukov, Pável, C. Seignobos, y L. Eisenmann, Histoire de Russie, París, 1932,
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Rodzianko, M.V., Le règne de Raspoutine, París, 1927.
Shulguin, V.V., D ías (r), Belgrado, 1925.

90
5
El tiempo de Lenin (1):
de febrero a octubre de 1917

Toda revolución prevista no sucederá nunca.

Montesquieu

La guerra

Lara le dice a Yuri, en E l doctor Zhivago, de Boris Pasternak: «Ten­


go la convicción de que la guerra [mundial] ha sido responsable de
todo, de todas las desgracias que se han sucedido y que golpean hasta
ahota a nuestra generación». Evoca su infancia, cuando «la muerte de
un hombre a manos de otro hombre era una rareza, un fenómeno in­
habitual [...] Y, de repente, aquel salto de la medida apacible a la san­
gre y a los lamentos, a la locura universal, el regreso al estado salvaje,
los asesinatos de todos los días, de todas las horas,, el crimen legal,
alentado. Sin duda, eso se paga muy caro».
En 1919, Paul Valéry, unos meses después del final de la guerra,
apuntaba: «nosotros, civilizaciones, sabemos ahora que somos morta­
les [...] vemos ahora que el abismo de la historia es suficientemente
grande para todo el mundo [...] El cabeceo del barco ha sido tan fuer­
te que las lámparas mejor colgadas por fin se han venido abajo» (La
crise de Vesprit).
Personajes como Jean Jaurès, Rosa Luxemburg o Lou Andreas-Sa-
lomé pronto se dieron cuenta del desastre. Freud escribía a esta última
el 25 de noviembre de 1914: «Sé con certeza que yo y mis contem­
poráneos no veremos más el mundo bajo una luz feliz. Es demasiado
feo. La humanidad parece de verdad muerta». Pero la mayoría se dejó
llevar por la corriente nacionalista. En Rusia, hasta el viejo príncipe
anarquista Kropotkin, hasta el padre del marxismo ruso Plejánov, apo­
yaron el esfuerzo de la guerra. La diferencia entre el Imperio de Rusia
y los otros estados fue la imposibilidad de sellar una estrecha colabo­
ración, en nombre del patriotismo, entre el Gobierno y la sociedad.
Es más, en vez de ampliar la base social del sistema, el zar quiso
obtener provecho de las necesidades de la guerra para recuperar las
concesiones hechas a regañadientes en 1906. Por su parte, los elemen­
tos liberales, paralizados por el miedo al pueblo (1905-1906), después

91
de acariciar la idea de un «pequeño golpe de Estado» contra el zar en
favor de la monarquía, desistieron de ella a finales de 1916. De tal ma­
nera que uno se sentía «como en un coche que corre por una bajada
cada vez más empinada, cuando de repente se da cuenta de que no
hay cochero en la silla» (carta de Tiuchev a su esposa, del 13 de junio
de 1854).
Nada podía salvar al zar, ni siquiera el laborioso asesinato de Raspu­
tin, perpetrado la noche del 17 al 18 de diciembre de 1916. Hecho de­
cisivo: los generales abandonaron a Nicolás. Los chismes sobre los es­
cándalos de la corte, sobre la traición de los civiles, de la zarina, se
infiltraron entre la oficialidad. Los oficiales se convencieron de que la
incapacidad y la corrupción de lós políticos provocaban sus derrotas;
algunos de ellos hablaban de deponer al zar. Lenin tomó muy en se­
rio ese descontento. En la primera de sus Cartas desde lejos (enero de
1917), señala los «esfuerzos sobrehumanos de los embajadores francés
e inglés para impedir acuerdos separados y una paz separada, querida
por Nicolás II (nosotros también seguiremos deseándola e intentare­
mos lograrla con Guillermo II). Han organizado un complot con los
octubristas, los KD y parte del Estado Mayor y de la guarnición de Pe-
trogrado para destronar a Nicolás Romanov».
Max Weber también concede importancia al factor militar:

«La revolución estuvo determinada por la actitud personal del zar.


Después de los triunfos de nuestro Ejército, no supo aprovechar el
éxito (ruso) parcial de 1916 para salir de la guerra con una paz ho­
norable. Después de la derrota en Rumania, existía todavía la po­
sibilidad de un entendimiento con la Duma nacionalista, burgue­
sa y monárquica [...] su error decisivo fue el de querer gobernar
por sí mismo (dejo en suspenso la cuestión de si estuvieron en jue­
go aspectos patológicos, su “devoción religiosa”) [...]».

En tales condiciones, el zar se había convertido en un obstáculo


que el sistema debía hacer a un lado, en su propio interés. Weber in­
siste en que, en lugar de compartir el poder formal con las fuerzas con­
servadoras preponderantes en la Duma, el zar prefirió hostigarlas. «Su
odio hacia los zémstva no logró sino desorganizar el aprovisiona­
miento económico del país y de las capitales.» La quiebra técnica de
los ferrocarriles, provocada por las exigencias de la campaña militar en
Rumania, explica la escasez de pan en Petrogrado, aunque «ninguna re­
belión de las masas habría podido tener consecuencias y habría sido
ahogada en sangre, como en el invierno 1905-1906», si los militares no

92
hubieran abandonado al zar. «Pero», prosigue Weber, «a causa de la ac­
titud del zar, participaron la inteüigentsia burguesa y la mayoría de los
oficiales, no dispuestos a tolerar que sus batallones marcharan contra
sus familias. Para los más capaces, era indispensable eliminar al im­
predecible y diletante monarca.»

Febrero

Fin del crudo invierno. En Petrogrado se celebra el día internacio­


nal de la mujer. Las calles están llenas de gente. Mujeres piden pan a
gritos delante de las panaderías; unas pocas banderas rojas flotan sobre
las procesiones de los dos días siguientes. Las pancartas dicen «¡Abajo
la autocracia!», «¡Abajo la guerra!». Al cuarto día, muchos soldados se
unen al movimiento, ya que de repente la tropa se amotina tranquila­
mente en cuatro grandes cuarteles, empezando por el famoso regi­
miento de infantería de la Guardia, el Preobrazhenski fundado por Pe­
dro el Grande. La multitud invade el palacio de la Duma, incendia
algunas oficinas públicas, arranca sus hombreras a los oficiales, mata
a algunos policías. Unos pocos días más y el zar abdica en favor de su
hermano, quien, a su vez, renuncia al trono. Es la revolución. Que va
para largo, contra todos los que no entienden por qué tiene que du­
rar, aunque les ha dado todo lo que esperaban de ella: la caída de la
autocracia y la posibilidad de construir un régimen constitucional.
Unos días antes, el 22 de enero, Lenin había afirmado en Zúrich:
«Nosotros, los de la vieja generación, no veremos las batallas decisivas
de la revolución que está por venir»; a su vez, el menchevique Chjeid-
zé dictaminaba: «Actualmente, no hay ninguna esperanza de lograr
una revolución». El responsable del Buró ruso de los bolcheviques,
Alexandr Shliápnikov, constata: «Todos los grupos y organizaciones
políticas estaban en contra de una acción de masa en los primeros me­
ses de 1917». ¿Por qué, entonces, febrero? Fue el movimiento espon­
táneo de una muchedumbre anónima y desocupada, civil y militar.
Inútil buscar un complot. Militares y burgueses, monárquicos y libe­
rales, habían desistido. Los líderes revolucionarios se encontraban en
el extranjero o en Siberia y no tuvieron ningún papel, por más que la
historiografía soviética haya inflado el del Partido Bolchevique. Movi­
miento masivo, movimiento espontáneo, movimiento que no encuen­
tra ningún obstáculo. El imperio cayó en cinco o seis días, sin violen­
cia. En 1905, la autocracia resistió y venció; en 1917 no encontró un

93
solo defensor. El diputado conservador Shulguin observó que en su lá­
pida se debía escribir: «Autocracia sin autócrata». Apuntó en su diario,
en aquel mes de febrero: «los revolucionarios no están listos aún, pero
la revolución sí».
¿Quiénes eran los hombres y las numerosas mujeres que formaron
la masa? Los obreros no cualificados, especialmente las mujeres de la
industria textil, fueron los más castigados por el empeoramiento de
la situación material en el terrible invierno de 1916-1917 (40 grados
bajo cero en Petrogrado en diciembre) que contribuyó a la parálisis de
los transportes. Escaseaban el carbón y el pan. Las mujeres pasaban ho­
ras de pie en la calle, haciendo cola; además, en enero, en dos ocasio­
nes, cien mil trabajadores hicieron una breve huelga. A esa muche­
dumbre se unían los miles y miles de supuestos soldados desocupados
de la plaza de Petrogrado.
El Ejército de Petrogrado se encontraba en una situación peculiar.
El imperio tenía enormes reservas de soldados, como ningún otro be­
ligerante; mantenía a esos millones de hombres amontonados, lejos del
frente. En el frente nadie desertaba y, en 1916, la comida era adecua­
da, pero en la retaguardia las condiciones eran diferentes. Esa multi­
tud, casi sin oficiales, no tenía nada que hacer sino fumar y conversar;
estaba mal alimentada, mal atendida; desocupada, abandonaba los
cuarteles para pasearse por las calles de las ciudades o merodear por
toda Rusia. El Gobierno cometió el error de concentrar en Petrogrado,
a finales de 1916, a 150.000 hombres. Esa enorme guarnición se había
negado, en octubre de 1916, a intervenir contra los huelguistas. Ese
tropel de hombres prácticamente desbandados, entre los cuales eran
numerosos los privilegiados, protegidos de la guerra (jóvenes burgue­
ses, obreros cualificados con «afecciones especiales», burócratas, «em­
boscados»), era muy sensible a los mmores de traición y a la agitación
de la elite, que conspiraba ruidosa y visiblemente.
Por eso la guerra del pan que empezó entre la plebe pobre de la pe­
riferia ganó en tres días el centro de la ciudad y no encontró ninguna
resistencia. El 27 de febrero, los únicos regimientos estructurados (la
guardia imperial) se pasaron a las filas de los manifestantes. Por la tar­
de, 20.000 de los 150.000 soldados de la plaza habían hecho lo mis­
mo y pedían a una asustada Duma la creación de un comité provisio­
nal. Unas horas antes se había formado el Soviet de diputados de
obreros y soldados de Petrogrado. La administración aceptó tranquila­
mente el hecho y la aristocracia abandonó al zar de manera unánime.
Volvería a acordarse de él y le encontraría méritos mucho más tarde,
después de su muerte. La autocracia sin autócrata no fue derrotada,

94
sino que se eclipsó, como lo anotó Vladímir Rozanov en Apocalipsis de
nuestro tiempo (1917):

«El emperador ha sido superior al clero. No ha hecho muecas, ni


ha ráentido. Al ver que el pueblo y el Ejército habían renegado de
él y lo habían traicionado (por la innoble historia de Rasputin), así
como la nobleza, los órganos como siempre falsamente represen­
tativos y por fin los señores mercaderes, sencillamente escribió que
renunciaba a tan miserable pueblo. Y se puso a romper hielo. Eso
es sensato, hermoso, de acuerdo con el deber de un soberano [...]
Rusia se malogró en dos días. Tres, máximo. Cayó en pedazos de
un golpe. Nada se salvó. No quedó nada del imperio, de la Igle­
sia, del Ejército, de la clase obrera. Literalmente, nada [...]
»Es de notar que caminamos como borrachos, con un sentimien­
to de ebriedad. Empezamos la guerra en la ebriedad: recuerden, en
ese mes de agosto, el encuentro del zar con su pueblo, todo era
falso. Y esas victorias [...] una sexta parte del planeta. La revolu­
ción se hizo en la ebriedad, como la guerra. “Venceremos” [...]
¡Colmo! Vivir mil años, despilfarrar principados, un imperio, ligar­
se con todo el mundo, ponerse penachos, sombreros, afectar pie­
dad, tratarse blasfemando de “nihilista” (actuar así es blasfemo) y
morir. Rusia parece un falso general, sobre cuyo cuerpo difunto
reza un falso sacerdote. “En realidad, era un actor de provincias
prófugo.”
»[...] ¿Qué pasó para que se derrumbara el imperio?, ya que se
derrumbó literalmente en un día hábil. Un miércoles cualquiera, no
un domingo, ni un sábado ni tampoco un viernes musulmán. Dios
escupió literalmente y sopló la vela. Claro, había escasez y colas.
Y también la oposición. Y los caprichos del zar. Pero ¿cuándo tu­
vimos en Rusia “lo necesario” sin el trabajo del judío o del alemán?,
¿cuándo estuvimos sin oposición?, ¿cuándo no tuvo caprichos el
zar? ¡Oh!, triste viernes o lunes, martes [...] Se puede, pues, morir
de una manera tan triste, tan hedionda, tan fea. “Vamos, actor, de­
berías hacer un gesto. Siempre tuviste disposición para interpretar
a Hamlet. Te acuerdas de tus frases.”
»Sí, si alguna vez hubo una historia aburrida, es la de “la caída de
Rusia”. Soplaron la vela. No fue Dios, sino [...] una anciana
borracha, al pasar tropezó y cayó de panza. Estúpido, asqueroso».

95
La Revolución

La Revolución empezó después de la abdicación de Nicolás. Cada


categoría social se fue a lo suyo, como en algún gigantesco reparto de
botín, de tal manera que el país resultó ingobernable. Todos los ge­
nerales habían pedido al zar su retiro porque los políticos les habían
asegurado que sólo la Duma (ellos) era capaz de restaurar el orden ne­
cesario para proseguir la guerra. Cuando manifestó enseguida su inca­
pacidad para hacerlo, cuando la orden número uno del Soviet propa­
gó el desorden en el Ejército —fundamentalmente, esa orden del 2 de
marzo autorizaba la desobediencia de los soldados a las órdenes de sus
oficiales y tuvo como resultado inmediato la masacre de muchos ofi­
ciales de la flota del Báltico-, los oficiales se sintieron engañados, pero
era demasiado tarde: ya no había monarquía, no había Ejército, que al
primer choque en julio de 1917 se desbandaría. Los 150.000 hombres
de Petrogrado se negaron a ir al frente, so pretexto de que hacían fal­
ta en la capital para defender la revolución.
En el entusiasmo de los primeros días, los carteles de los manifes­
tantes decían: v iva l a r e v o l u c i ó n , l o s c a m p e s i n o s a l o s a r a d o s ,
LOS OBREROS A LAS FÁBRICAS, LOS SOLDADOS A LAS TRINCHERAS. A las
trincheras nadie fue. El error fatal de Pável Miliukov, ministro de Re­
laciones Exteriores en el primer Gobierno provisional, fue no ver que
el país estaba profundamente harto de la guerra. Casi todos cometie­
ron el mismo error, menos Lenin, quien reclamó, exigió la paz desde
el primer día. ¿Cómo un hombre tan inteligente como Miliukov, el an­
tiguo crítico del paneslavismo, pudo haberse convertido en imperialis­
ta ruso, ciego a la debilidad de su país y de su Ejército? Claro, todo
había empezado con el complot conservador nacionalista que veía en
Rasputin a un agente de Alemania; tampoco los liberales querían la
paz...: la Revolución significaba la posibilidad de ganar la guerra; los
mismos socialistas tardarían bastante en entender el deseo masivo de
paz. Así que con la orden número uno, el desorden de la retaguardia
se generalizó y ganó el Ejército del frente.
El campesino-soldado lo aguantaba todo; sabía pasar hambre y
frío, obedecer hasta morir, pelear en serio, pero al desaparecer la dis­
ciplina, la imposición, sólo se podía esperar de él que siguiera en una
lucha que siempre le había parecido incomprensible. Su aldea y su fa­
milia quedaban demasiado lejos del frente para quedas sintiera ame­
nazadas; ya no había zar, tampoco oficiales, según los propagandistas
que llegaban de las tropas reservistas. Cuando llegó el bulo de que tierra
adentro, en Tver y Tula, en Tambov y Yaroslav, los campesinos se es­

96
taban repartiendo la tierra de la nobleza, fue demasiado para el solda­
do-campesino del frente. Se fue a su casa. Como los campesinos no se
habían movido durante las semanas que habían seguido a febrero, los
políticos (menos Lenin) cometieron el error de olvidarlos. Las dificul­
tades del abastecimiento urbano asustaron a los campesinos, desperta­
ron entre ellos el temor a la hambruna: eso fue, con la desaparición
de la autoridad del Estado, el motor de las invasiones de tierra; que­
rían sembrar al máximo. De manera significativa, la calma volvió a la
hora de la cosecha.
Los obreros, que habían sido los verdaderos iniciadores de febrero
en Petrogrado, aún no conocían su importancia y sus peticiones se­
guían siendo de tipo laboral. En cuanto a los «burgueses», tenían mie­
do de la revolución social; hasta entre los social-revolucionarios (SR)
y los mencheviques reinaba el conservadurismo social. Los hombres de
Lenin eran los únicos que no le tenían miedo, que deseaban la revo­
lución «social». Su radicalismo y la unidad de su dirección explican la
audiencia encontrada por su propaganda. Cuando febrero se transfor­
mó en protestas crecientes, en una carrera por el botín, nadie pudo pa­
rar la ola; Lenin fue capaz de auparse a ella y dominarla, prometien­
do todo a todos:

«Camaradas trabajadores, quitad las fábricas a quienes os explotan.


Camaradas campesinos, tomad la tierra de vuestros enemigos, los
terratenientes. Camaradas soldados, parad la guerra, iros a vuestras
casas. ¡Robad lo que ha sido robado! ¡Destruid sin piedad toda
esta sociedad capitalista!».

Gobiernos efímeros

Debido al carácter espontáneo de febrero, lo que siguió estuvo mar­


cado por la flotación en el vacío, por el dualismo de poder, Gobierno
Provisional y Soviet, lo que significó la doble indecisión del partido del
orden —no se le ocurrió proclamar la república hasta el 1 de septiembre—
y de los socialistas. El primer Gobierno (3 de marzo-5 de mayo), com­
puesto por liberales y un solo SR, Kerenski, en Justicia, tenía en su agen­
da la preparación de las elecciones para una asamblea constituyente. Los
socialistas no tenían prisa, ni los bolcheviques tampoco, hasta la llegada
de Lenin en abril. Pensaban que era el momento de la burguesía y se
contentaban con el programa constitucional de 1905.

97
El Soviet de Petrogrado incluía a todos los socialistas, con una ma­
yoría SR y menchevique representaba al numeroso popoh minuto, las
fuerzas de la calle, obreros, soldados, mujeres, estudiantes que habían
hecho febrero. Dicho Soviet no era ilegal como en 1905. Uno de sus
vicepresidentes, el joven y ambicioso abogado Alexandr Kerenski, era
ministro de Justicia en el primer Gobierno, prueba de qvje los socialis­
tas dejaban que la «revolución burguesa» viviera su vida. Pero socia­
listas y liberales se odiaban profundamente y el Soviet, exento de res­
ponsabilidad, tenía poder. Lo manifestó con la orden número uno, que
desintegró el Ejército y la creación de soviets en todas las grandes ciu­
dades.
Marzo y abril fueron una «orgía de democracia». Max Weber (abril
de 1917) anotaba: «Hasta ahora ha ocurrido no una revolución, sino
sólo la eliminación de un monarca incapaz». Subrayaba la oposición
potencial entre ciudad y campo: «Los trabajadores de la ciudad piden
alimentos y pan barato, los campesinos no venden los cereales y si pu­
dieran se opondrían con fuerza a la confiscación [profético]. Si las
aspiraciones de los campesinos fueran satisfechas, ello podría retrasar du­
rante años el desarrollo industrial de Rusia». Consideraba que los socia­
listas habían aceptado la alianza con los burgueses y la guerra para con­
seguir créditos europeos. No eran más que «acompañantes» temporales
y el aval «popular» del Gobierno. Weber concluía que el Gobierno tenía
interés en mantener en su lugar a la gran masa de los campesinos que
se encontraba en el frente; que ese Gobierno no quería la paz con Ale­
mania y tampoco la autonomía de Polonia, Ucrania, etcétera. «Ese Go­
bierno es imperialista. El despertar del chovinismo de la Gran Rusia ha
conducido al fracaso de la revolución anterior. Ese peligro existe.»
Lenin hubiera compartido ese análisis. Al llegar a Petrogrado, lan­
zó sus «tesis de abril» que fueron al principio rechazadas y abucheadas
por unos bolcheviques consternados por tanto «aventurismo», tanto
«blanquismo». Lenin decía que la caída repentina del zarismo rompía
todos los esquemas; que ya no había necesidad de buscar aliados bur­
gueses: al contrario, había que luchar contra el Gobierno para impedir
su consolidación. Había que luchar contra la guerra, recordando su ca­
rácter imperialista; había que desatar una guerra civil internacional
anticapitalista, en lugar de seguir el «chovinismo defensivo» del Go­
bierno; finalmente, señalaba el potencial revolucionario de los campe­
sinos. Lo importante era ensillar ese caballo. ¿Después? Habría tiempo
para decidir. Lenin citaba con predilección una frase de Napoleón: on
s’engage d ’abord (primero, lanzarse). Su primer grito el 3 de abril fue:
«¡Viva la revolución socialista internacional!».

98
Los liberales (KD y octubristas) fueron rápidamente eliminados. El
problema de la guerra causó su caída. Los aliados, inquietos, presiona­
ban a Petrogrado para conocer sus intenciones. El Soviet aceptaba pro­
seguir la guerra, pero contra los gobiernos «reaccionarios», sin anexio­
nes y sin «reparaciones»: una paz blanca. Miliukov seguía queriendo
Constantinopla y los estrechos para Rusia. Cuando se supo, el escán­
dalo fue mayor. Miliukov renunció el 5 de mayo, y el Gobierno cayó.
Siguió un Gobierno de coalición (6 de mayo-2 de julio) con la partici­
pación, duramente criticada por Lenin, de socialistas moderados.
El Estado imperial aguantó dos años y medio de guerra; su resis­
tencia interna se quebró en unas horas. La «sociedad», esa mezcla de
burguesía y clase media que formaba la elite no burocrática, agotó to­
das sus energías morales y políticas en ocho meses y cuatro gobiernos
provisionales. Esa minoría que se consideraba la nación tuvo que in­
clinarse frente a unos pocos hombres decididos.

Lenin

Lenin quería la Revolución, con todas sus fuerzas, desde siempre,


con una intensidad prodigiosa, admirable. Fue el primero en entender
(1914) que la guerra la haría posible; fue el primero (abril de 1917) en
saber cómo llevarla al triunfo, cómo evitar que se quedara a medio ca­
mino, en la revolución «democrática-burguesa». Habría podido decir,
como Guillermo de Orange: «No es necesario esperar para emprender,
ni lograr para perseverar». Tuvo razón contra todos los realistas, contra
sus más cercanos colaboradores. El resto, es decir, los motivos perso­
nales del jefe y de sus compañeros, sus convicciones políticas, su mar­
xismo nada ortodoxo (ortodoxos eran Plejánov y Kautski, pero ¿de qué
les sirvió ser correctos?), es interesante, pero tiene poca importancia
frente a los grandes acontecimientos que desataron Lenin y los suyos.
La revolución, toda la revolución, nada sino la revolución, eso quería
Lenin. Aquellos a los que febrero había llevado al poder querían una
constitución democrática, hacer mejor la guerra hasta conquistar Cons-
tantinopla/Tsargrad (la ciudad del zar). «¡Allá vosotros, mejor!», pen­
saba Lenin, especulando con que así precipitarían, como lo hicieron,
la disgregación general.
La propaganda bolchevique, tan masiva como eficaz, invitaba a los
soldados a dejar el frente para irse a su casa, a los campesinos les acon­
sejaba invadir las haciendas sin más, a los obreros ocupar las fábricas.

99
Lenin no dudaba en mezclar nihilismo, populismo, marxismo. Citaba
a san Pablo: «Quien no trabaja, no come», a los jacobinos franceses:
«Paix aux chaumières, guerre aux châteaux» (Paz a las chozas, guerra a los
castillos). «¡Todo el poder a los soviets!», exclamó, con un seguro ins­
tinto, sin precisar a qué se refería. Todos los medios, todos los cola­
boradores eran buenos. «Quien teme ensuciarse las manos no debe
ocuparse de política», apuntó. Por eso, el problema de saber si recibió
dinero alemán es un falso problema.
El marxismo, ni siquiera en su forma leninista, tenía que ver con
el desbordamiento del viejo fondo anarquista del pueblo masivamen­
te rural. Rusia era un gran país aún agrario, con un proletariado poco
numeroso, de manera que la revolución, la verdadera, la «social», no
se hizo contra el capital o la burguesía, sino que fue la revancha de los
barbudos, de los campesinos, contra todo lo que no era pueblo. La
doctrina de la lucha de clases no explicaba bien la realidad rusa, pero
estimulaba el odio y el resentimiento, despertaba entre las masas el de­
seo de exterminar todo lo que llevara traje. No se trataba, al principio,
de hacer triunfar el comunismo, sino de hacer triunfar la revolución;
para eso había que destruir un Estado y una sociedad. El pueblo fue
el aliado de Lenin, al encargarse de esa obra de destrucción, simboli­
zada por el incendio y el saqueo de los «nidos de la nobleza», las car
sonas señoriales en el campo. Lenin fue el revolucionario por excelen­
cia. La revolución no lo llevó al poder: él la hizo y cuidó de que se
desarrollara hasta el final. Todo lo demás es el conjunto de compro­
misos y de medidas dictadas por las circunstancias (Brest-Litovsk, la
NEP) para que sobreviviera la revolución.
Por lo pronto, en abril de 1917 Lenin tuvo la certeza de que una
democracia burguesa en guerra contra los alemanes estaba condenada;
decidió hacer todo lo posible para empujar a Rusia al vacío revolucio­
nario, con la esperanza de provocar, primero en Alemania, la revolu­
ción mundial. La decisión bolchevique, en contraste con la indecisión
de los gobiernos sucesivos, explica el crecimiento prodigioso del Parti­
do, que en unos meses pasa de 20.000 a 250.000 miembros. Los bol­
cheviques actuaban solos.
Los problemas eran mayores. La escasez de alimentos, por lo tan­
to el miedo a la hambruna, persistía. A finales de abril, los campesinos
perdieron la calma —a la hora del deshielo—y se lanzaron al saqueo y
a la invasión. Sus propias violencias, al sur de Moscú y en los países
del mediano Volga, los asustaron y los llevaron a encerrarse en una
economía de consumo interno. En el verano de 1917 había grano,
pero ¿cómo hacerlo llegar a las ciudades? Los trenes no salían de Ucra-

100
nia, el granero del imperio, por falta de locomotoras y de vagones.
Cuando los había, los campesinos se negaban a vender trigo. Las ór­
denes de requisa fracasaban y no hacían más que convencer al cam­
pesino de que el hambre estaba en puertas. En las ciudades, el mismo
temor desataba la especulación y luego el racionamiento oficial, que
fracasaba enseguida, demostrando la debilidad del Gobierno.
Esa debilidad se manifestó definitivamente en el campo de bata­
lla. En la primavera, el frente sufrió problemas de alimentación por pri­
mera vez en muchos meses; los elementos de la retaguardia llegaron a
hacer efectiva la orden número uno; por primera vez, la deserción se
volvió un problema serio. Cuando el 30 de junio el general Brusilov,
el héroe de 1916, lanzó una ofensiva en Galitzia, el teatro de sus haza­
ñas anteriores, llegó la hora de la verdad. El fracaso fue sangriento:
120.000 muertos. El 19 de julio la contraofensiva alemana barrió al
Ejército ruso, que, sencillamente, dejó de existir. Brusilov renunció
al constatar que no había «medio alguno para obligar a las tropas a pe­
lear». La derrota arrastró consigo al segundo Gobierno provisional y
con él a los socialistas moderados.
La derrota provocó también las jomadas revolucionarias de julio
en Petrogrado. La licuefacción del Ejército —13 millones de soldados
excitados, a los cuales faltaba todo y que querían irse— fue decisiva.
Contra los obreros (y los campesinos), a diferencia de lo ocurrido en
1905, ya no había soldados. La «burguesía» tenía miedo a las últimas
unidades, a los últimos oficiales. Los obreros, se habían puesto al prin­
cipio del lado menchevique, sin radicalismo, así como del de los sin­
dicatos de empleados del ferrocarril y de correos. La crisis económica,
la represión anticipada de los patrones, que practicaban el despido
selectivo, el vacío general, todo empujó a los trabajadores hacia los
bolcheviques. Esos bolcheviques recientes se lanzaron a la calle en ju­
lio, en la capital, pidiendo a gritos pan y paz. El 3 de julio, por mie­
do a tener que salir hacia el frente a la hora del desastre de Galitzia,
algunos soldados organizaron una manifestación armada, pidiendo la
caída del Gobierno. El día 4, 10.000 marinos de Kronstadt los refor­
zaron. Lenin decidió unirse al movimiento para capitalizarlo. La em­
presa fracasó porque el Soviet la obstaculizó. El Gobierno empezó a
publicar en la prensa documentos con los cuales probaba que Lenin y
los bolcheviques eran «agentes alemanes» pagados por el Káiser.
¿Dinero alemán? Ciertamente, ese dinero llegó a manos de Lenin
y de los bolcheviques. Nada más normal, por parte de Alemania, que
debilitar al adversario. Contra Inglaterra usó a los irlandeses, contra
Francia a Joseph Caillaux y a los pacifistas, e introdujo también dine­

101
ro én Italia; pero ni el mártir irlandés Roger Casement, ni Caillaux, ni
Lenin eran «agentes de una potencia extranjera». Todos los jefes de to­
das las revoluciones fueron acusados, por sus enemigos derrotados, de
haber recibido dinero del extranjero. Los documentos encontrados en
1945 en los archivos alemanes confirman que Alemania ayudó a Le­
nin a regresar a Rusia y que su dinero permitió al Partido Bolchevique
publicar, en abril de 1917, 17 diarios con una tirada de 320.000 ejem­
plares. El dinero no tiene olor. El dinero alemán no era más proble­
mático que el obtenido antaño mediante «expropiaciones revoluciona­
rias». Lo importante es que fue bien utilizado.

Kerenski

Después de su fracaso en julio, los bolcheviques parecían perdidos.


La represión se desató contra ellos, sus principales jefes terminaron en
la cárcel, mientras que Lenin desaparecía discretamente. El tercer Go­
bierno provisional, dirigido por Alexandr Kerenski, se mantuvo desde
el 24 de julio hasta septiembre. Esa coalición gozó de una breve tre­
gua: los campesinos recogían la cosecha; en agosto se celebró el pri­
mer concilio de la Iglesia ortodoxa rusa desde el siglo XVII, así como
la elección de un patriarca. De mal agüero fue, en el mismo mes, el
despido injustificado de 17.000 obreros en las fábricas Putilov. En Mos­
cú y Járkov, el patronato seguía la misma línea de provocación y de re­
presión hasta de los sindicalistas más moderados. El adversario alemáh
concedió una tregua informal, pero preparaba una nueva ofensiva.
Ese peligro provocó el imbroglio Kerenski-Komílov. Lavr Komílov
era un general con firmes convicciones republicanas y nacionalistas
persuadido de que, si no se hacía nada, Rusia iba a sufrir una cruenta
derrota militar que amenazaría incluso su existencia. Ese general de 47
años era popular entre la oficialidad y lo que quedaba de la tropa. Ke­
renski no tardó en tenerle celos y en denunciar al futuro Bonaparte.
Una comedia de malentendidos, en la cual la mala voluntad de Ke­
renski fue decisiva, llevó al mito del «golpe de Komílov».
Komílov, preocupado por la cercana ofensiva alemana, pensaba en
la guerra, no en la política. Su famosa «División Salvaje» no contaba
con más de 1350 hombres y, unida a dos divisiones cosacas, formaba
el Tercer Cuerpo (3000 hombres en total). A mediados de agosto, los
alemanes tomaron Riga. Eso fue demasiado para Komílov, quien llegó
a temer la caída de Petrogrado y de Finlandia. Kerenski le mencionó

102
un probable levantamiento bolchevique en la capital y le pidió man­
dar un cuerpo de caballería para proteger al Gobierno. El día 26, a las
20:30, los dos hombres conversaron telegráficamente (disponemos de
las cintas). Komílov pedía un Gobierno fuerte, de salvación nacional,
encabezado por Kerenski. Kerenski creyó, o quiso creer, que Kornílov
pedía el poder y vio en la ruptura con el Bonaparte potencial la ma­
nera de presentarse como el jefe supremo de la revolución.
El día 27, a las 7 de la mañana, Kerenski relevó a Komílov del man­
do supremo del Ejército. Al recibir el telegrama, el Estado Mayor pen­
só que era falso, que los bolcheviques habían tomado Petrogrado y que
Kerenski era su prisionero. En consecuencia, Komílov ordenó al Ter­
cer Cuerpo acelerar su marcha sobre la capital. A esas alturas, hubo
quien, en Petrogrado, comprendiera que el malentendido se podría to­
davía aclarar, pero Kerenski, en su ilusión de ser el Salvador, se negó
a hablar con Kornílov: mandó a la prensa un comunicado en el cual
acusaba al general de alta traición. Enfurecido por ese agravio a su pa­
triotismo, Kornílov telegrafió a todos los generales del frente que eso
era una «mentira». Ahora sí se encontraba en rebelión. Contra lo que
dice la leyenda, fue Kerenski quien pidió a Komílov mandar el Tercer
Cuerpo a Petrogrado; contra la misma leyenda, no fueron ni el pueblo
ni los bolcheviques los que pararon a la División Salvaje. Se paró sola,
cuando sus oficiales se dieron cuenta de que Petrogrado estaba tran­
quilo, sin golpe bolchevique. El general Krymov se entrevistó con Ke­
renski, aclaró el malentendido, detuvo a sus tropas y... se disparó una
bala en la sien. Varios generales rechazaron el nombramiento de co­
mandante en jefe, de modo que Kerenski tuvo que volver a nombrar
al «traidor» Kornílov por unos días. Para quien dudara de esa versión
tan diferente de la leyenda oficial está el veredicto de la comisión
de investigación, la cual, en junio de 1918, bajo Gobierno bolche­
vique, declaró que las acusaciones contra Kornílov no tenían ningún
fundamento (Novaya Z hizn del 4 de junio y Nash Viek del 19 de
junio).
Aunque Kerenski jugó con la provocación para destruir a Komí­
lov, los beneficiarios fueron los bolcheviques. Proclamando que «la
única amenaza» estaba «a la derecha», sacando a los bolcheviques de
la cárcel y distribuyendo 40.000 rifles en Petrogrado, Kerenski cavó su
sepultura. Lenin lo entendió sin demora. El 29 de septiembre escribió
al Comité Central («La crisis maduró»): «Esperar el congreso de los so­
viets es una idiotez total o una traición total. Si golpeamos ahora [...]
tenemos el 99 por ciento de posibilidades de ganar con pérdidas infe­
riores a las que sufrimos del 3 al 5 de julio».

103
Kerenski, a la cabeza de la tercera coalición, del cuarto Gobierno
provisional que duró apenas un mes, no tenía ya influencia alguna so­
bre el país. Había perdido el apoyo de lo que quedaba del Ejército.
A finales de agosto, sin razón —la cosecha había sido buena—, la in­
surrección campesina volvió a arder en un frenesí festivo de saqueo.
La zona más afectada fue otra vez el sur de Mosjcú y el medio Volga.
Los ucranianos, más moderados, se contentaron con expulsar a los no­
bles y repartirse sus tierras. Septiembre y octubre fueron siniestros en
las grandes ciudades. Los bandidos operaban en partidas armadas, los
guardias rojos se entrenaban a la vista de todos. El invierno se anun­
ciaba muy crudo. La economía se hundía bajo la inflación, la hiper­
tensión de las minas, de la industria siderúrgica y de los ferrocarriles.
Antes de que terminara el año, 800 empresas en quiebra dejaban sin
trabajo a 170.000 obreros. Al Gobierno no le quedaba más que inten­
tar reglamentar la distribución, ya que la producción se estaba derrum­
bando. Creó monopolios de Estado sobre el trigo, el azúcar, el cuero...;
dejó en proyecto, para sus herederos bolcheviques, los monopolios es­
tatales destinados al carbón y todo lo demás. Desde 1913, el poder real
de compra de los salarios había caído por debajo del 60 por ciento.
Lenin podía decir: «Los patronos quieren estrangular la Revolución
con los dedos huesudos de la hambruna, condenar a los obreros a los
trabajos forzosos militares».
Esa pésima situación económica no impedía una bonanza especula­
tiva, la multiplicación de las sociedades de accionistas y el frenesí bur­
sátil: el día que los bolcheviques tomaron el poder, la Bolsa subió... ¡

Octubre1

Lenin diagnosticaba con la lucidez que le era propia, cuando no


se trataba de su pasión política, «el tiempo del acabóse» y «el eslabón
débil» que representaba Rusia. Como todos los grandes revoluciona­
rios, ponía al servicio de su lucidez un idealismo apasionado; tenía la
convicción absoluta de detentar sólo la verdad; mostraba la voluntad
feroz de hacer triunfar dicha verdad; tenía, además, un poder único de
convencimiento.

1. El calendario juliano ruso tenía 13 días de retraso con respecto al gregoriano,


de tal manera que el 25 de octubre ruso era el 7 de noviembre en el calendario gre­
goriano. En 1918 los bolcheviques adoptaron el calendario gregoriano. (N. del A .)

104
En febrero, el Partido tenía 24.000 miembros; en julio, 77.000,
pero después de las jornadas insurreccionales todo parecía perdido.
Gracias a Kerenski y a su pleito con Komílov, en septiembre el Parti­
do había recuperado su libertad de acción y contaba con 240.000 ins­
critos, de los cuales unos 18.000 eran guardias rojos. Según los colegas
de Lenin, eso era poco para derrotar a Kerenski. ¿Poco? Más que sufi­
ciente, contestaba impaciente Lenin. Stalin, Trotski, Dzerzhinski, bue­
nos alumnos, aprendieron pronto y armaron el aparato «militar-revo­
lucionario» que tomó Petrogrado entre el 24 y el 26 de octubre. Unos
diez días más, los famosos Diez días que estremecieron al mundo (John
Reed), y Moscú y todas las grandes ciudades caían en sus manos.
Lenin había escrito al Comité Central del Partido: «Hay que po­
ner a la orden del día el levantamiento armado en Piter y Moscú, la
toma del poder, el derrocamiento del Gobierno. Hay que recordar las
palabras de Marx: “El levantamiento es un arte”, y meditarlas [...] En
este momento preciso, el único medio para seguir fiel al marxismo es
considerar el levantamiento como un arte». En la sesión del 10 de oc­
tubre, batalló duramente para convencer a sus compañeros reticentes
y, por fin, impuso su voluntad en un casi empate.
Todo el mundo en Petrogrado estaba al tanto de los proyectos bol­
cheviques. El 17 de octubre, el periódico de Gorki, Novaya Z hizn, con­
denó de antemano todo intento golpista y, al día siguiente, publicó
una carta de Kámenev y Zinóviev contra un golpe de Estado y a favor
de un Gobierno que agrupaba a todos los partidos representados en el
Soviet; Kerenski, perfectamente informado, subestimó a los bolchevi­
ques y no preparó ninguna resistencia, quizá porque le preocupaba
más la ofensiva alemana. El 3 de octubre, los rusos habían evacuado
Riga y el 8 los alemanes habían ocupado las islas del golfo: Petrogra­
do quedaba sin defensas, hasta tal extremo que Kerenski ordenó el tras­
lado del Gobierno a Moscú.
Lenin tenía prisa: quería el golpe antes del día 25. En realidad, el
poder pasó a los bolcheviques el 21, cuando el comité militar revolu­
cionario de Petrogrado exigió ser obedecido por el Ejército y mandó a
sus comisarios para controlarlo. Trotski era el presidente del Soviet y
también del comité. El «último combate decisivo» tuvo lugar en la no­
che del 24 al 25. El país estaba en calma, Petrogrado también. La gen­
te había acudido al teatro y a la ópera para escuchar a Shaliapin en
Don Carlos, las calles estaban iluminadas y los tranvías circulaban, lle­
nos. El golpe de Estado fue clásico, «blanco», casi sin violencia. Los
efectivos movilizados eran mínimos: 7000 por los bolcheviques (2500
marineros de Kronstadt, otros tantos soldados y 2000 guardias rojos),

105
2000 por el Gobierno, algunos cosacos, jóvenes cadetes, 40 inválidos
y 140 mujeres del femenino «regimiento de la muerte». Nadie quería
combatir, ni siquiera los golpistas. La enorme guarnición -compuesta
por más de 100.000 hombres- se mantuvo neutral. No hubo un ver­
dadero asalto al Palacio de Invierno, residencia del Gobierno. El pri­
mer intento se detuvo a los primeros disparos. Rerenski salió sin pro­
blemas para buscar tropas y desapareció en la noche. E xit del «salvador
de la Revolución».
El 25 fue un día de espera tranquila. A las 18:30, los insurgentes
mandaron un ultimátum. A las 21 horas el crucero Aurora disparó un
tiro de salva; a la 1 de la madrugada, los cañones de la ciudadela Pe­
dro y Pablo dispararon 35 obuses, de los cuales dos cayeron sobre el
Palacio de Invierno. Nadie quería morir. Cansados de esperar refuer­
zos inexistentes, los defensores empezaron a retirarse sin que nadie los
molestara. Quedaron sólo las mujeres y algunos cadetes. La muchedum­
bre entró y arrestó a los ministros. Todo había terminado. Hubo cinco
muertos, varias violaciones tumultuarias, algo de saqueo.
En el palacio de Smolny, el Congreso de los soviets había empe­
zado las sesiones. Siguió hasta las 5 de la mañana, tres horas después
de la rendición del Gobierno. Trotski declamaba: «Que yo sepa, no
hay en la historia otro ejemplo de un movimiento revolucionario que,
movilizando masas tan gigantescas, haya sido tan poco sangriento. El
burgués dormía tranquilamente y no sabía que, mientras tanto, un po­
der reemplazaba a otro [...]». Entró Lenin:

«Camaradas: ¡La revolución obrera y campesina, cuya necesidad


no dejaban de evocar los bolcheviques, se cumplió! De aquí en
adelante tendremos nuestro órgano de poder, sin ninguna partici­
pación de la burguesía. Las masas oprimidas crean ellas mismas el
poder [...] Objetivos prioritarios: proposiciones inmediatas de paz,
abolición inmediata de la propiedad territorial señorial, control
obrero de la producción [...] ¡Viva la Revolución Socialista Inter­
nacional!».

Contra los escrúpulos marxistas y «democráticos» de los bolchevi­


ques, la voluntad de Lenin había desempeñado un papel decisivo. Le­
nin razonó siempre en términos militares: tomar el poder para destruir
al adversario; la política es la guerra de clases, la guerra a secas. Tras Ú
fracaso de las jornadas callejeras con sus movilizaciones masivas, había
optado por el golpe. Dueño del poder, se negó a compartirlo con los
otros partidos socialistas, lo que provocó la renuncia de varios comi­

106
sarios bolcheviques (5 de 11). Otros comisarios menos importantes los
siguieron y justificaron su preferencia por una coalición, al decir que
«la única alternativa es el mantenimiento de un Gobierno exclusiva­
mente bolchevique por el terror político» (Avdeev, VI, págs. 423-424).

«On s’engage etpuis orí voit»


Lenin citaba muchas veces esta frase de Napoleón. Esa audacia, ese
dinamismo contrastan con la debilidad de las otras fuerzas políticas y
con la desmovilización progresiva de las masas desde febrero hasta oc­
tubre. En un ambiente de anarquía política, de no poder, de descom­
posición general, la minoría bolchevique, fuerte a causa de su radica­
lismo más que por una organización que ha sido muy exagerada por
los historiadores, pudo tomar el poder. La aportación personal de Le­
nin fue militarizar la política, como lo señala Richard Pipes después de
muchos otros. Siempre razonó en términos de «frentes», de ofensivas,
de retiradas estratégicas, de enemigo a destruir. Marcó por muchos
años al comunismo con esa agresividad belicosa.
Para Lenin, la toma de poder en Petrogrado no era sino la chispa
que iba a provocar la revolución mundial; la Revolución rusa no era
la meta, sino un medio, una etapa. Si uno olvida esa perspectiva, no
entenderá a Lenin ni los años de su Gobierno. Incluso cuando se di­
sipan las esperanzas de la revolución mundial, cuando se encuentra
solo con su Revolución rusa prematura, en un país atrasado, no deses­
pera. Su ilusión renace en noviembre de 1918, cuando Berlín se mue­
ve; en la primavera de 1919, en Múnich y Budapest; en marzo de 1920
y otra vez en 1921, en 1923, en sus últimos momentos de lucidez,
cuando los comunistas alemanes intentan tomar el poder. Como los
primeros cristianos, Lenin y los suyos esperan el acontecimiento cós­
mico, ecuménico. «¡Ven, ahora!»
Los gobiernos provisionales habrían hecho la paz, habrían realiza­
do la reforma agraria, se habría reunido la Asamblea Constituyente de
modo que, en todos los casos, Rusia se habría quedado sin Ejército y
sin economía, sin las provincias occidentales y meridionales del impe­
rio. En octubre, todos los indicadores señalaban un proceso adelan­
tado de dislocación económica. ¿Qué encontraron los bolcheviques?
El «reparto negro» en el campo, el «control obrero» en las fábricas y
un Ejército inexistente. El Estado había desaparecido y el Partido se
presentaba como el único recurso. Por eso, los primeros decretos so­

107
viáticos no hacen más que seguir la comente, reconocer la realidad. En
la noche del 25 al 26 de octubre, la abolición de la gran propiedad se­
ñorial no precisa cuál será el futuro del agro, pero reconoce la fuerza
irresistible de la expropiación practicada espontáneamente por los cam­
pesinos. En dos meses se acaba la nobleza y se reconstituye la co­
munidad rural, el mir. Lenin aparece como el mítico zar bueno del
«reparto negro» cuando lamenta la regresión económica que esto sig­
nifica.
Esa misma noche se promulgó el decreto sobre la paz. Ambos de­
cretos explican que a la hora próxima de la guerra civil, los campesi­
nos no combaten a los bolcheviques. El decreto del 14 de noviembre
sobre el control obrero de la producción es el equivalente del decreto
agrario: el reconocimiento de una situación de hecho.
Desde siempre, Lenin había dicho que la revolución implicaba el
poder ilimitado para el Partido. Por eso, después de octubre, la vieja
exigencia de una asamblea constituyente dejó de interesarle. Las elec­
ciones realizadas a partir del 12 de noviembre fueron acompañadas por
dos decretos de mal agüero: uno del 27 de octubre contra la libertad
de prensa y otro del 28 de noviembre que ponía fuera de la ley al par­
tido KD. La manifestación a favor de la asamblea provocó el arresto
de líderes SR y mencheviques. El 7 de diciembre se fundó la Comisión
Extraordinaria de Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje, la
Checa, destinada a tener un futuro glorioso bajo diversos nombres.
Las elecciones del 12 de noviembre fueron las primeras elecciones
generales, directas, libres y secretas de la historia de Rusia. Las si­
guientes serían las de 1993. Los SR cosecharon el 55 por ciento de los
votos, especialmente en el campo; los bolcheviques el 25 por ciento,
un voto concentrado en los grandes centros urbanos (los obreros y los
soldados), lo que significaba una clara ventaja estratégica; el partido
KD no llegó al 2 por ciento del total, pero obtuvo un 34 por ciento
en Moscú y un 26 por ciento en Petrogrado; los mencheviques tam­
poco pasaron de 2 por ciento, mientras que los diversos nacionalistas
sumaban el 7,5 por ciento (más del 50 por ciento en Ucrania y en el
Cáucaso).
Participaron en el voto 36 millones de ciudadanos. «Seremos mi­
noritarios, incluso si contamos con los SR de izquierdas», informó el
comisario encargado de las elecciones, Uritski, al comité central. Con­
tra todos los obstáculos levantados por los bolcheviques, la Asamblea
logró reunirse el 5 de enero de 1918. Antes de que terminara la noche
del 5 al 6, el comandante del destacamento de marinos anunció que
la Asamblea quedaba disuelta «por orden del comisario del pueblo».

108
«Además», añadió a continuación, «la guardia está cansada.» La indig­
nación de los numerosos partidarios de la constituyente de nada sirvió
contra la fuerza.
En aquel entonces, Gorki fue el crítico más acerbo de los bolche­
viques. Desde abril de 1917, los había criticado muchas veces en su dia­
i rio Novaya Z hizn. Así, el 23 de abril decía: «El crimen y la violencia
son los argumentos del despotismo [...] No encuentro palabras dema­
siado duras para criticar a los que pretenden probar algo con balas, ba­
yonetas o un golpe en la cara». Había calificado las jomadas de julio
como «escenas asquerosas de locura, estupidez, miedo. Detesto a los
que levantan los instintos sombríos de las masas» (14 de julio). Los días
\ 17 y 18 de octubre había denunciado los proyectos golpistas: «Asesi­
nos profesionales empezarán a crear la historia de la Revolución rusa
[...] aventureros sin vergüenza o fanáticos enloquecidos» (18 de octu­
bre). El 7 de noviembre escribió: «Lenin, Trotski y sus compañeros ya
se envenenaron con el poder [...] consideran posible cometer todo tipo
de crímenes, como esas matanzas a las puertas de San Petersburgo, la
destrucción de Moscú, la abolición de la libertad de palabra, los arres­
tos, todas las abominaciones antes perpetradas por Pleve y Stolypin».
Denunciaba «la imposibilidad de realizar las promesas de Lenin, la
profunda locura suya, su anarquismo al estilo de Nechaev y Bakunin».
El 10 de noviembre dijo:

«Imaginándose los napoleones del socialismo, los leninistas com­


pletan la destrucción de Rusia. El pueblo ruso lo pagará con un
mar de sangre [...] Lenin es un “líder” y un noble mso. Como tal,
i
se considera con derecho a realizar sobre el pueblo ruso un cruel
i? experimento condenado de antemano al fracaso [...] una expe­
riencia despiadada que destruirá las mejores fuerzas de los trabaja­
dores y parará el desarrollo normal de la Revolución rusa por mu­
cho tiempo».

El 19 de noviembre: «Especialmente desconfío cuando un mso re­


cibe el poder en sus manos. Esclavo ayer, se vuelve un déspota sin fre­
no tan pronto como tiene la oportunidad de convertirse en el amo de
su vecino. Los reformadores de Smolny no se preocupan por Rusia; la
sacrifican con sangre fría a su sueño de una revolución mundial o
europea». Protestó contra la disolución de la Asamblea y la represión
a balazos de los manifestantes y denunció las «mentiras» de Pravda (9
de enero de 1918). Comparó la represión con la del domingo rojo de
1905. «¿Con qué van a hacer la revolución social?, ¿con bayonetas y

109
balas?», gritaba el 11 de enero. «Entiendan, lo que ocurre no es una re­
volución social, sino la destrucción por mucho tiempo de un suelo que
hubiera hecho posible esa revolución.» El 17 profetizó: «Creo que pue­
den matar a un millón de “ciudadanos libres" en este país. Más. ¿Por
qué no habrían de hacerlo? [...] El exterminio total de los que piensan
de otro modo es un viejo método de la política doméstica de los go­
biernos rusos desde Iván el Terrible [...] ¿Por qué, pues, tendría Vladí-
mir Lenin que renunciar a un método tan simple?». En marzo, su des­
esperación es manifiesta: «Claro, es más sencillo matar que convencer;
ese método sencillo parece ser muy bien entendido por gente educada
en el asesinato y entrenada para matar» (26 de marzo de 1918).
El 17 de febrero de 1918, Freud escribía a la rusa Lou Andreas-Sa-
lomé: «El estado de su patria y el descrédito de las tendencias radicales
me dan lástima. Creo que no se puede simpatizar con las revoluciones
antes de su final. Tendrían que ser breves. La bestia humana necesita,
sin remedio, ser domada. En una palabra, uno se vuelve reaccionario,
como aquel rebelde de Schiller frente a la Revolución francesa».

BIBLIOGRAFÍA

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va), duramente antibolchevique.
Grenard, Fernand, L a Révolution russe, París, 1933. De un excelente testigo.
Hasegawa, T., The February Revolution: Petrograd 1917, Seattle, 1981. Obra de
referencia obligatoria.
Heena, Louise F., Russian Democracy3s Fatal Blunder. The Summer Offensive of
1917, Nueva York, 1987.

110
Kerenski, Alexandr, escribió muchos libros, pero no tuvo el valor crítico del
general Denikin. Lo más interesante es la publicación de documentos que
hizo con R.P. Browder como The Russian Provisional Government, Stanford,
1961, 3 vols.
Legras, J., Mémoires de Russie, París, 1921. Muy bueno.
Lenin, Obras completas (r), en la 5.a edición (Moscú, 1958-1965). No son com­
pletas, como se puede ver en la biografía Lenin, de Dmitri Volkogonov
(Moscú, 1994, 2 vols.). La cita «on s’engage etpuis on voit» (Napoleón) figu­
ra en el tomo XLV, pág. 381. La de la primera carta de la serie «Cartas des­
de lejos» (r) figura en el tomo XXXI de la edición de 1970, págs. 12 y 21.
Ludendorff, Erich, Meine Kriegserinerungen, Berlín, 1919.
Malia, Martin, Comprendre la révolution russe: 1904-1934, París, 1980; pequeño
libro indispensable.
Melgunov, S.P., Cómo los bolcheviques tomaron el poder (r), París, 1953. Por un
historiador, testigo de los hechos.
Miliukov, Pablo, Historia de la segunda Revolución rusa (r), Sofía, 1921-1924,
3 vols.
Moskoff, W., The Bread of Ajfliction, Cambridge, 1990. Sobre la guerra mun­
dial.
Pipes, Richard, The Russian Révolution, Nueva York, 1991, una suma indispen­
sable.
Savinkov, Boris, L a lucha con los bolcheviques, Varsovia 1920. Por un antiguo te­
rrorista SR, que regresó después a la URSS, donde fue arrestado y fusilado.
Scheibert, Peter, Lenin an der Macht, Weinheim, 1984.
Shliápnikov, Alexandr, E l año 17 (r), Moscú-Leningrado, 3 vols., 1923-1927.
Un testigo bolchevique.
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Sorokin, Pitirim, «Autobiografía», en Revista Mexicana de Sociología, UNAM,
México, 1965, XXVI-2, XXVII-1 y 2. Antes de ser un gran sociólogo, ha­
bía participado en la Revolución rusa como SR centrista, secretario del
primer ministro Kerenski, diputado de la Asamblea Constituyente.
Sujanov, Nikolái, Apuntes sobre la Revolución (r), Berlín, Petrogrado, Moscú,
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Suny, Ronald Gregor, «Revisión and Retreat in the Historiography o f 1917»,
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Suvarin, Boris, Controverse avec Soljenitsyne, París, 1990 (a propósito de Lenin
y el «oro alemán»).
Trotski, Lev. Los numerosos libros del gran revolucionario son parciales, apa­
sionados y apasionantes. Su Lenin (r), es de 1925 y su Historia de la Re­
volución rusa es de 1933. Consúltese la edición parisina, en 2 vols., de
1950. Su obra L a escuela estaliniana de falsificación (r) es de Berlín, 1932.

111
Weber, Max, Russlands Uebergang zur Scheindemokratie. Die Hilfe, 6 de abril de
1917 (la transición a la seudodemocracia).
Zeman, Z.A.B., Germany and the Revolution in Russia, 1915-1918, Londres, Ox­
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- , y W.B. Scharlau, The Merchant o f Revolution. The Life o f Alexander Israel Hel-
phand (Parvas), 1867-1924, Oxford, 1965 (las relaciones eíitre Alemania y
los revolucionarios rusos).

De lectura indispensable es el ciclo histórico de Alexandr Solzhenitsyn,


L a rueda roja (r), París, 1987-1991, 10 vols.; hay traducciones al francés, al in­
glés y al español.
Solzhenitsyn ha leído prácticamente toda la bibliografía existente sobre
1917 y los años anteriores (1904-1917) y reproduce un volumen de docu­
mentos nada fácil de conseguir. E l doctor Zhivago, de Boris Pasternak (París,
1958) y E l Don apacible, de Mijaíl Sholojov (quizás en gran parte obra del au­
tor cosaco Fiódor Kriukov, muerto en 1920), ofrecen testimonios muy valio­
sos para los mismos años.
Como se ha presentado una versión nada ortodoxa del asunto Kornílov,
hay que precisar la bibliografía. Richard Pipes, en su Russian Revolution (Nue­
va York, 1991), demuestra de manera muy convincente que el general Korní­
lov nunca intentó dar un golpe de Estado. Además de los ya citados Avdeev
y Savinkov: Zinaída Hippius (poeta), E l libro azul (r), Belgrado, 1929; D.A.
Chugaev, Corrientes revolucionarias en Rusia en agosto de 1917: la derrota del mo­
tín de Kornílov (r), Moscú, 1959, y George Katkov, The Kornílov1s Affair, Lon­
dres y Nueva York, 1980.

112
6
El tiempo de Lenin (2):
de octubre a Kronstadt (1918-1921)

El desastre

Las condiciones no eran favorables al «experimento sin preceden­


tes» anunciado por Trotsld en la exaltación de la victoria de octubre. Na­
die creía en el futuro de los bolcheviques; el propio Lenin, contando
los días, festejó como un milagro haber durado más que la Comuna de
París. Duraron, pero ¿a qué precio? Habían prometido la Asamblea
Constituyente: la disolvieron. Enemigos de la pena de muerte en el
Ejército; la restablecieron y la aplicaron a los civiles. Opuestos al tras­
lado de la capital a Moscú, lo realizaron enseguida. Después de pro­
clamar el derecho de las naciones a la independencia, las sometieron
manu militari. Partidarios de una «paz democrática» o de una guerra re­
volucionaria, tuvieron que aceptar una paz «vergonzosa». Después de
prometer la tierra a los campesinos, les quitaron sus cosechas manu m i­
litari. La supresión de la policía, del Ejército y de la burocracia dejó lu­
gar a la Checa, al Ejército Rojo y a la burocracia soviética. De todo el
programa bolchevique, quedó un solo punto: la toma del poder en cir­
cunstancias tan azarosas que, según Trotski (y Lenin), «si no lo hubié­
ramos tomado en octubre, no lo habríamos tomado nunca». Como
dijo Joseph de Maistre: «Es la revolución la que lleva a los hombres;
los hombres no llevan a la revolución».
Cuando cayó la Bastilla, en París, en 1789, el entusiasmo fue ge­
neral, en Francia y en el mundo, de Londres a Nueva York y San Pe-
tersburgo. Cuando cayó el Palacio de Invierno, nadie se inmutó. La
Bastilla rusa se había venido abajo en febrero. Octubre puso fin ense­
guida a las libertades políticas.
En un intento de reorganización, el 7 de noviembre de 1917 el
Gobierno confundió Partido, Estado y Administración; tomó bajo su
control toda la vida de las ciudades, y dejó para después el campo. El
Partido vio hincharse sus efectivos; todos los que habían trabajado en
sus filas, entre febrero y octubre, recibieron el título de «veteranos».

113
Muchos eran obreros, pocos habían cursado más que la primaria y la
mayoría no sabía nada de marxismo. El Partido dejó de ser una secta
intelectual y la disciplina sustituyó a la ciencia. El nuevo obrerismo se
manifestó enseguida en la obediencia vertical y la extrema dureza con­
tra los adversarios.
El «control obrero» de la actividad industrial proclamó la jornada
de ocho horas, prohibió el trabajo nocturno de las mujeres y de los ni­
ños, etcétera, pero en la práctica fue un fracaso total, porque se metió
en la gestión directa de las empresas, provocando la salida de los in­
genieros y administradores. Una vez agotadas las existencias de mate­
rial, a partir de marzo de 1918, las fábricas cerraron una tras otra.
En el campo, en el otoño de 1917, el desorden se extendió. En esa
guerra de todos contra todos, los pueblos organizaron «defensas» y el
«reparto negro» no mejoró las cosas. De hecho, no había mucho que
quitar al barin (señor), al kulak (campesino acomodado) o a los granje­
ros que se habían separado de la comuna después de 1906. En Bie-
lorrusia, en Ucrania, en las estepas del sur, los agricultores modernos
y los propietarios medios resistieron y se armaron. En todas partes, la
antigua comuna renació, con sus problemas y limitaciones. Un verda­
dero alivio para entre el 30 y el 40 por ciento de los campesinos fue
la desaparición del arrendamiento. En la primavera de 1918, después
de un invierno tremendo, del caos en el campo y de Ila secesión de
Ucrania, el problema alimentario se presentó en toda su crudeza.
¿Cómo dar de comer a la Rusia central y a las ciudades? La solución
positiva hubiera sido producir más y transportar mejor; todo hacía fal­
ta y el mir impedía cualquier progreso.
En su voluntarismo iluso, los bolcheviques decidieron conseguir lo
que no había logrado ningún Gobierno provisional: los granos, que el
campesino no tenía por qué vender a la ciudad en ausencia de produc­
tos industriales que pudiera comprar. Lanzaron al mismo tiempo, en esa
triste primavera (léanse las Crónicas delaño 18, de Isaac Babel), una cam­
paña de «renovación rural» y otra de requisa de los alimentos, a la fuer­
za, a cambio de nada. La primera pretendió dividir a los campesinos,
desatando la lucha de clases en el campo, con «comités de campesi­
nos pobres» apoyados por la fuerza estatal. La segunda proclamó el
derecho a obtener del campo todo lo necesario para las ciudades.
Los «campesinos pobres» recibieron el derecho a tomar de los kulaks
lo que necesitaban. No se hicieron de rogar. ¿Quién era el tal ku­
lak? Quien decidía el comité, así de sencillo. Tal fue el primer error
garrafal, tal fue la primera agresión bolchevique en el campo. Los co­
mités desaparecieron a finales de año, pero la requisa siguió con su

114
«frente del trigo» y sus «destacamentos alimentarios»: 50.000 hombres
militarizados encargados del robo. Los historiadores soviéticos han di­
cho que la contrarrevolución engendró el hambre, el frío y el derrum­
be de la producción, y que el terror rojo no fue más que una reacción
contra el terror blanco. Las cosas fueron al revés. La política muy agre­
siva del poder soviético en todos los «frentes» acabó de dislocar la eco­
nomía y la sociedad, multiplicando el número de enemigos. No se
puede hablar de inconsciencia; se trata de voluntarismo. Lenin afir­
maba: «Existen dos métodos para luchar contra la hambruna; el capi­
talista y el socialista. El primero consiste en admitir la libertad del co­
mercio. Nuestra vía es la del monopolio del trigo». Para resolver los
problemas económico-políticos había una sola solución: la dictadura
(«¿del proletariado? sobre el proletariado», había profetizado Plejánov).
«La definición científica de la dictadura no significa más que un poder
que nada viene a limitar, que ninguna ley, ninguna regla amarra» (Le­
nin). Tpdos los partidos, menos el SR de izquierdas, quedaron prohi­
bidos; a partir de abril de 1918 empezó el arresto y la masacre de los
anarquistas. La ruptura con los SR de izquierdas, ocurrida con motivo
de la firma de la paz en Brest (3 de marzo), llevó en julio a la rebelión
en Moscú. El 30 de agosto, el atentado contra Lenin, mal aclarado has­
ta la fecha (¿fue realmente Fanny Kaplan?), sirvió para lanzar la pri­
mera ola de «terror de clase», de terror generalizado. Gorki no bajaba
la voz:

«Todo lo que dije sobre el salvajismo de los bolcheviques, sobre su


falta de cultura, sobre su crueldad que raya en el sadismo, sobre
su ignorancia de la psicología del pueblo ruso, sobre el hecho de
que realizan un experimento asqueroso con el pueblo y que des­
truyen a la clase trabajadora, todo esto y mucho más que dije so­
bre el bolchevismo guarda toda su fuerza» (Novaya Z hizn del 30
de mayo).

En 1904, Trotski había escrito: «En el esquema leninista, el Partido


ocupa el lugar de la clase obrera. La organización del Partido sustituye
al Partido. El Comité Central, a su vez, sustituye a la organización; fi­
nalmente, el dictador ocupa el lugar del Comité Central». Quince años
después, «un solo hombre; ex providentia, reúne en sí mismo todos los
poderes» (profecía de Plejánov) y Lenin exclama: «Cuando nos repro­
chan ejercer la dictadura de un partido, contestamos: sí, la dictadura de
un partido. Ésa es nuestra base y no podemos prescindir de ella». En
1918, en una cárcel austríaca, Rosa Luxemburg comentaba que el re­

115
medio leninista era peor que malo: «la vida se apagará en todas las ins­
tituciones, que no conservarán más que la apariencia; el único elemen­
to activo será entonces la burocracia».
A Lenin tampoco le faltaba lucidez. A principios de enero de 1918
decía:

«Supimos siempre que no se puede “introducir” el socialismo; que


crece en medio de la lucha de clases y de la más áspera, más agu­
da guerra civil, hasta la locura, hasta la atrocidad; que entre el ca­
pitalismo y el socialismo corre un largo periodo de “dolores del par­
to”, que la violencia es siempre la partera de la antigua sociedad».

¿Hubo algo positivo en ese desastre?

«Los que vivieron en Rusia durante esos años terribles, durante los
cuales cambió de alma, saben que en el aire había un no sé qué
entusiasmo trágico que aceleraba el latido de los corazones y daba
a la vida un sabor nuevo. Un edificio inmenso se había derrum­
bado; paseábamos entre sus ruinas, admirando a la vez su magni­
ficencia y la fuerza del choque que las había acumulado en tan
poco tiempo. La autoridad estaba de vacaciones o loca; no nos nu­
tría, a veces atentaba directamente contra nuestras vidas, pero tam­
poco nos obligaba a ganar nuestro pan, a levantarnos a tal hora, a
hacer esto y aquello. El instinto sutilmente anárquico del pueblo
ruso, del cual se aprovecharon Pugachov y Razin, triunfó en este
breve intermedio. Todo lo que la revolución podía dar como ins­
piración, poesía, lo agotó a lo largo de esos años extraños.»1

Una pasión triunfó: la de la igualdad. Olvidadas las jerarquías, los


grados, los títulos, ya nadie se prosternaba frente a Sus Excelentísimas,
Grandísimas, Esplendentes, Altezas. Todos iguales. Los nuevos amos se
saludaban «¡Camarada!»; sus comisarios no ganaban más que un buen
obrero; las mujeres, iguales también. Las religiones también, pero
como las naciones: por un poco de tiempo nada más. La Iglesia orto­
doxa rusa se encontró libre de repente, separada del Estado. Pudo dar­
se un patriarca y preparar, preparar nada más, un concilio. El Estado
abandonó el calendario juliano de tal manera que el 1 de febrero de
1918 despertó el 14. El puente fronterizo occidental dejó de ser el más

1. Wladimir Weidlé, L a Russie absente et présente, París, 1949, págs. 173-174.


(N. del A .)

116
I

largo del mundo; antes se necesitaban trece días para atravesarlo de


oriente a poniente. El alfabeto perdía sus letras inútiles, la ortografía
reformada facilitaría la tarea de los maestros y de los alumnos... Por
lo pronto, había que cumplir con la primera promesa bolchevique:
la paz. '

Brest-Litovsk

«Conseguir un armisticio ahora, significa conquistar el mundo»,


afirmaba Lenin en septiembre de 1917.
En abril, Max Weber había denunciado la alianza renovada entre
el Gobierno provisional y los Aliados hasta la victoria contra Alema­
nia. «Un interés real por la paz lo tienen, objetivamente, sobre todo
los campesinos.» Continuaba señalando que su deseo de reparto agra­
rio no se, podría satisfacer sin «una dictadura social revolucionaria que
durase muchos años; pero sólo en el caso de una paz inmediata, esa
dictadura; lograría adueñarse del poder y conservarlo a largo plazo».
¿Quién dice que no se puede predecir el porvenir?
El Estado Mayor alemán tenía también un interés objetivo en la
paz: cerrar el frente ruso significaba trasladar a un millón de soldados
al frente occidental. Para conseguirlo, valía la pena aguantar el humo
de la pipa de Rádek, la propaganda subversiva entre la tropa, los dis­
cursos de Trotsld. Cuando Trotski se fue, golpeando la puerta, los ge­
nerales alemanes no se inmutaron. Negociaron con los ucranianos, los
reconocieron y firmaron una paz (12 de enero y 9 de febrero de 1918).
El mismo día presentaron su ultimátum a los rusos y anunciaron que,
de no aceptarse sus condiciones, atacarían el día 17 de febrero. Pedían
el control de Polonia, los países bálticos, parte de Bielorrusia, Ucrania
y el Transcáucaso, sin contar las exigencias financieras.
El 17 cumplieron su promesa. A la semana tomaron Dorpat,
Pskov, Revel (la actual Tallin); el 1 de marzo entraban en Gomel; el 2,
sus bombas caían sobre Petrogrado; el 3, los bolcheviques firmaron la
paz; el 10, Lenin se instalaba en el Kremlin de Moscú; 750.000 kiló­
metros cuadrados pasaban a estar bajo control alemán, el 26 por cien­
to de la población del imperio, el 28 por ciento de su producción in­
dustrial, el 37 por ciento de su producción agrícola. ¿Por qué?
Los bolcheviques lo habían dicho muchas veces: no concebían
más alternativa que aquélla entre una «paz democrática» y una guerra
revolucionaria. No consiguieron la primera, porque tanto los Aliados

117
como los imperios centrales se negaban a un armisticio, preámbulo a
una paz sin anexiones. Los primeros encuentros con los alemanes en
Brest-Litovsk dejaron muy claro que era inútil esperar nada de ellos.
Invocaban el principio de las nacionalidades para instalarse en Polonia
y Ucrania, para apoyar la contrarrevolución en el Báltico y en Finlan­
dia, que eran los enemigos de los bolcheviques en el Transcáucaso. Los
bolcheviques querían ganar tiempo, con la esperanza de la próxima re­
volución en Europa, del desmoronamiento del Ejército alemán bajo la
influencia de su propaganda. Lenin entendió, antes que todos sus com­
pañeros, lo iluso de tales esperanzas. Defendió enseguida «la paz infa­
me» contra el belicismo romántico de los demás, la necesidad de dar­
se una tregua para sobrevivir.
Se encontró, una vez más, en minoría contra los mejores: Bujarin,
Dzerzhinski, Ioffe, Kollontai, Krestinski, Osinski, Preobrazhenski, Rá-
dek y muchos más... Inessa Armand. Él tenía razón, como Robespierre
cuando denunciaba la política de guerra de los girondinos. En el Co­
mité Central, sus únicos aliados fueron Stalin y tres más. Trotsld se
quedó en una posición centrista: ganar tiempo discutiendo, sin hacer
la guerra ni firmar la paz. Con razón, Stalin observó que eso no era
una posición. El compromiso de Trotski fue adoptado en el Comité
Central por nueve votos contra siete.
Lenin emprendió con tenacidad el cambio de la mayoría. No lo
logró hasta que llegó la noticia de la ofensiva prometida por los ale­
manes. Se convocó con toda urgencia al Comité Central, que, ese mis­
mo día, acababa de rechazar de nuevo la proposición de Lenin. Ya no
había frente, la desbandada era general. Los acontecimientos daban
trágicamente la razón a Lenin: «No se bromea con la guerra [...] los
alemanes lo van a tomar todo. El juego es tal que la quiebra de la re­
volución será inevitable si persistimos en esa política media». Stalin
completó: «Cinco minutos de fuego seguido y no quedará un solo
soldado en el frente. Hay que acabar con tal confusión». Votaron sie­
te a favor de la proposición de Lenin (negociar), cinco en contra, y
hubo una abstención. La voz de mayoría fue la de un Trotski no del
todo convencido: dimitió del Consejo de Comisarios. A la sesión si­
guiente, Lenin afirmó: «Si no firmáis las condiciones [impuestas por
los alemanes], firmaréis la muerte del poder soviético antes de tres se­
manas. Esas condiciones no afectan al poder de los soviets. Ya no
quiero más frases revolucionarias. La revolución alemana no está ma­
dura. Tardará meses. Hay que aceptar las condiciones». Siete a favor,
cuatro en contra, cuatro abstenciones (Trotski). Eso ocurrió el 23 de
febrero.

118
Lenin tenía toda la razón al mantenerse firme en su línea de que
no se debe pelear cuando el combate está perdido de antemano. Eso
le dio una autoridad definitiva sobre el Partido. Cedió espacio para ga­
nar tiempo, según la fórmula de Rádek. Hay que saber retroceder, dijo
Lenin, como los japoneses en Port Arthur, para volver a atacar. Quien
no se adapta a las circunstancias «no es más que un bocazas, no es un
revolucionario. La paz no es más que un medio para reconstituir las
fuerzas [...] una tregua entre las guerras». Sin Brest-Litovsk, algún día
se habría dicho: «La frase revolucionaria sobre la necesidad de hacer la
guerra revolucionaria perdió a la revolución».
Brest-Litovsk demostró que para Lenin la prioridad era conservar
el poder político. Tácticamente era legítimo firmar cualquier tratado
con los «capitalistas», con los «imperialistas», con la restricción mental
revolucionaria; Brest no era más que una tregua armada táctica para
«respirar», un «trozo de papel» (Lenin, mayo de 1918). Brest confirmó
a Lenin en su convicción de que la política y la guerra, la diplomacia
y la guerra eran una sola y la misma cosa, y que había que cuidar siem­
pre la «correlación de fuerzas».
Para los alemanes, Brest fue la última oportunidad para intentar
conseguir la victoria en el oeste. Erich Ludendorff pudo decir: «La Re­
volución rusa, esa quimera mía desde siempre, nos salvó en abril y en
mayo de 1917 [...] A menudo soñé que aligeraría el fardo de nuestra
guerra [...] pero hoy, de repente, el sueño se ha realizado de manera
inesperada [...] Nuestro derrumbe moral comenzó con la Revolución
rusa». Esa última afirmación no es muy válida. El derrumbe moral ale­
mán empieza después de aquel día del verano de 1918, calificado por
el mismo Ludendorff como «día negro para el Ejército alemán», cuan­
do éste comprobó que no había posibilidad de vencer a los ejércitos
aliados reforzados por los estadounidenses.
La victoria de los Aliados canceló el Tratado de Brest-Litovsk y sal­
vó al régimen soviético de su ulterior destrucción por unos alemanes vic­
toriosos. Los Aliados se quedaron con un fuerte resentimiento contra los
bolcheviques, esos «traidores» que habían permitido la gran ofensiva ale­
mana de 1918. A lo largo del año buscaron reabrir el frente ruso para
disminuir la presión y esperar la llegada masiva de los norteamericanos.
Aprovecharon la situación intema de Rusia: empezaba a formarse el
Ejército de los Voluntarios, Trotski empujaba la legión checa a la rebe­
lión, los SR de izquierdas se levantaban en armas, así como los cosacos
en el Don y los mencheviques en Georgia. Los británicos desembarca­
ban en Arjangelsk y Murmansk para controlar las enormes cantidades de
material de guerra entregado por los Aliados al Ejército zarista...

119
No vale la pena contar las expediciones de los Aliados en Rusia
entre 1918 y 1920. Nunca hicieron un verdadero esfuerzo para acabar
con los bolcheviques. En 1918, su única preocupación era vencer a los
alemanes. Luego, hasta el verano de 1919, los británicos apoyaron a
los enemigos de los bolcheviques en la guerra civil, tanto en Siberia
como en el sur. Hubo una pequeña expedición británica en Asia cen­
tral con el mayor-general Wilfrid Malleson; otra más fuerte en el Trans-
cáucaso con el mayor general L.C. Dunsterville; después de un armis­
ticio, las fuerzas británicas permanecieron un año en varias partes
de la región. Hubo una breve intervención francesa en el invierno de
1918-1919 en el mar Negro. Los británicos, a finales de 1919, apoya­
ron materialmente al general blanco Nikolái Yudénich cuando intentó
tomar Petrogrado. Los estadounidenses habían desembarcado en el Ex­
tremo Oriente para controlar a los expansionistas japoneses y ambas
fuerzas permanecieron allá casi dos años.
Todas esas empresas fueron errores político-militares que engen­
draron rencor y desprecio (justificado) entre los bolcheviques. El im­
perialismo se manifestó en sus peores aspectos y lo único que logró
fue fortalecer el poder soviético y desprestigiar a sus adversarios, acu­
sados de ser los lacayos del extranjero. La propaganda soviética exa­
geró la importancia de esas intervenciones —lo cual suele ocurrir en
la guerra—para magnificar Su victoria y explicar sus fracasos. Pero los
estadounidenses abominaban la idea de una intervención y los britá­
nicos eran más que escépticos. Como concluye George Kennan: «La
intervención nunca ocupó un lugar primordial en las metas de los
Aliados [...] esas operaciones fueron apartados pequeños, complica­
dos y oscuros en su origen, conducidos sin cuidado, motivados por
muchas consideraciones que no tenían nada que ver con algún de­
seo de derrocar el poder soviético por razones ideológicas» (1960,
pág. 118).
Más que la intervención directa, lo que dañó a los bolcheviques
fue el apoyo en forma de material militar a los blancos. El Gobierno
británico fue el principal responsable de esa ayuda, oficialmente eva­
luada en Londres en cien millones de libras.
El fracaso de la intervención asombró a Lenin. En noviembre de
1918 estaba convencido de que los Aliados victoriosos iban a volver­
se contra el poder bolchevique, que los capitalistas de ambos bandos se
iban a unir contra la revolución. Que no lo hubieran hecho significa­
ba, para él, que no podían hacerlo, que ésa era la debilidad real del ca­
pitalismo. En 1920 diría en el segundo congreso de la Internacional
Comunista: «Rusia, débil, destrozada, acabada [...] resultó victoriosa

120
[...] contra los ricos y los poderosos países que rigen al mundo [...]
¿Por qué? Porque entre ellos no había la sombra de unidad, porque to­
dos perseguían objetivos contrarios».

BIBLIOGRAFIA

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La cuestión nacional

La firma de Stalin, comisario para los asuntos relacionados con las


nacionalidades, acompañaba a la de Lenin en la Declaración de los De­
rechos de los Pueblos de Rusia (2 de noviembre de 1917), a favor de
una «unión voluntaria y honesta» en el marco de la «confianza com­
pleta y recíproca». La doctrina era confusa y contradictoria. En 1913,
en una carta al georgiano S.C. Shaumián, Lenin escribía: «Estamos a
favor del centralismo democrático, sin condiciones. Estamos contra la
federación. A favor de los jacobinos, contra los girondinos [...] esta­
mos contra la separación, pero a favor del derecho a la separación». En
1917, en E l Estado y la revolución, admitió la necesidad de que existiera
la federación, pero como algo circunstancial, como transición hacia la
república única e indivisible; o sea, la separación es un derecho, pero
la federación un deber. En 1918 afirmó que «los intereses del socialis­
mo son mil veces superiores al derecho de las naciones a disponer de
sí mismas». Stalin no dirá otra cosa.
Después de haber alentado las independencias y el federalismo, los
bolcheviques se impusieron militarmente tanto a los pueblos recalci­
trantes como a sus elites nacionalistas. Con Finlandia y Polonia, con
Estonia, Letonia y Lituania fracasaron —aunque lo intentaron—; en
Ucrania y Bielorrusia, en el Transcáucaso y en Asia central lo lograron.

121
Rosa Luxemburg criticó esa contradicción entre la teoría y la práctica,
como criticó la violación de las otras libertades. Ni Lenin ni Trotski ni
Stalin intentaron refutarla.
En noviembre y diciembre de 1917, Polonia, Finlandia, Lituania y
Letonia proclamaron su independencia. Ucrania y Estonia las siguie­
ron en enero y febrero de 1918, y Armenia, Azerbaiyán y Georgia en
abril. Los pueblos de Asia central empezaban a moverse. La historia de
la disgregación del imperio es algo complicada y narrar la conexión en­
tre factores intemos y extemos necesitaría otro libro. Cada una de las
regiones que al final de la crisis logró cortar los antiguos lazos con Ru­
sia, siguió su propio camino.
Tan pronto como empezó la guerra, en 1914, el Gobierno zarista
entendió la imposibilidad de conservar en Polonia el statu quo de 1863.
Prometió a los polacos la autonomía y la unión con sus provincias aus­
tríaca y prusiana. En 1915, la derrota sufrida por los rusos canceló una
posible evolución en ese sentido. En 1917, el Gobierno provisional re­
conoció la independencia de Polonia, sin renunciar al control superior
(militar y diplomático) por parte de Rusia. Pero tras la Revolución de
Octubre, los dirigentes nacionalistas polacos desistieron de lograr un
acuerdo sólo con Rusia y buscaron, con el apoyo de Alemania prime­
ro y de los Aliados después, una solución internacional. Se decidiría
más adelante en el campo de batalla.
Finlandia tenía un estatuto diferente. El zar era gran duque de este
país, que tenía una Constitución. Tan pronto como los bolcheviques
dieron su golpe de Estado, los finlandeses proclamaron su indepen­
dencia, reconocida tanto por los rusos como por el resto del mundo.
Casi enseguida empezó una guerra civil entre la izquierda y los «bur­
gueses», encabezados por el general Mannerheim. En el sur se organi­
zó una efímera república socialista de los trabajadores, apoyada por los
bolcheviques. Mannerheim, con la ayuda de las tropas alemanas, aplas­
tó el movimiento. El caso finlandés manifestó que el derecho a la auto­
determinación estaba reservado, según los bolcheviques, sólo a los tra­
bajadores, y que podían oponerse al «separatismo burgués».
En el litoral báltico, cuatro repúblicas nacieron de las antiguas pro­
vincias imperiales: Estlandia, Livonia, Curlandia y Lituania. En las tres
primeras, el elemento alemán —los barones bálticos— dominaba la so­
ciedad y colaboraba con el imperio. El Gobierno provisional, a peti­
ción de los interesados, anexionó a Estlandia los cuatro distritos esto­
nios de Livonia y organizó consejos electos en cada país. El golpe de
octubre fue considerado una ruptura, que puso fin a los lazos con Ru­
sia. Estonia se encontró enseguida en una situación muy difícil, entre

122
los bolcheviques y los alemanes que acababan de ocupar el país. En
Letonia, la proclamación de la independencia llegó un poco más tar­
de, pero en circunstancias semejantes. Durante la ocupación alemana,
hasta noviembre de 1918, el consejo provisional siguió gobernando.
Cuando' la derrota alemana abrió el camino de Riga a las tropas bol­
cheviques, era demasiado tarde. Letonia logró, con el apoyo de los
Aliados, deshacerse de los bolcheviques y constituirse en Estado so­
berano.
La independencia lituana fue oficialmente proclamada el 16 de fe­
brero de 1918 por un consejo nacional creado por los ocupantes ale­
manes. Lituania debió su existencia mucho más a la política alemana
que a una reacción nacional contra una invasión soviética, como en el
caso de Estonia y Letonia. Los bolcheviques reconocieron el hecho a
la hora de firmar en Brest-Litovsk un artículo mediante el cual decla­
raron que se desinteresaban de la suerte de Lituania.
Antes de contemplar el caso de Ucrania, hay que mencionar Be-
sarabia: un consejo nacional auspiciado por los rumanos proclamó la
unión de esa provincia a Rumania (1918). En Ucrania, en parte ocu­
pada por los alemanes y los austríacos desde 1916, la asamblea (Rada)
condenó el golpe bolchevique y, el 19 de noviembre de 1917, anunció
la creación de una república popular, dentro de Rusia. Como los bol­
cheviques no podían tolerar en el interior de su república gobiernos
locales dirigidos por sus adversarios políticos, organizaron en Járkov,
en diciembre, un Gobierno suyo que hacia febrero de 1918 controla­
ba gran parte de Ucrania. Pero con Brest-Litovsk los alemanes tomaron
posesión de todo el territorio y restablecieron la Rada, antes de cesar­
la para darle el poder al hetmán Skoropadski. Después de su retirada, a
finales de 1918, la Rada regresó, destituyó al hetmán y dejó el poder al
terrible Simón Petliura. El año 1919 convirtió a Ucrania en un campo
de batalla entre Petliura, el anarquista Majno, los rojos, de vuelta por
el norte y los blancos del general Denikin, apoyado por los Aliados.
La capital, Kíev, cambió de manos muchas veces. Horribles matanzas
costaron la vida a miles de judíos.
La reconquista de Ucrania por el Ejército Rojo llegó a complicar
la cuestión polaca. El Tratado de Versalles (1919) restableció a Polonia
como Estado soberano. Fijó, más o menos, las fronteras occidentales
del nuevo Estado, pero la ausencia de Rusia en Versalles dejó abierta
la cuestión de sus fronteras orientales. Los Aliados proponían un tra­
zado, conocido como la línea Curzon, pero los polacos, liderados por
Jósef Pilsudski, soñaban con su grandeza histórica pasada y con una
considerable expansión en dirección este. Cuando Petliura pidió auxi­

123
lio, los polacos aprovecharon la oportunidad para ocupar cuanto terre­
no pudieron conquistar. Entraron en Kíev a finales de abril de 1920.
Antes, de manera paradójica, los éxitos blancos habían llevado a los
polacos a bajar la presión y a buscar un compromiso con los rojos. Var-
sovia temía, con razón, el nacionalismo imperial del general blanco
Denikin, quien en 1919 parecía capaz de barrer a los rojos.
A principios de 1920, el peligro blanco se había esfumado y por
eso los polacos decidieron utilizar a los ucranianos de Petliura. Pil-
sudski soñaba con reconstruir la gran Polituania del siglo xvi, a expen­
sas de una Ucrania independiente. De todos modos, el sueño loco de
los dirigentes polacos no resistió al Ejército Rojo de Tujachevski, que
lanzó una doble ofensiva, a finales de mayo, contra Polonia y Ucrania.
Barrió con las tropas de Petliura y llegó a las puertas de Varsovia en
julio. La batalla decisiva fue ganada por los polacos; al milagro con­
tribuyó la rivalidad entre Tujachevski y Stalin, quien se cuidó de no apo­
yar al general, que era demasiado brillante. En junio de 1920, la rein­
tegración de Ucrania y Bielorrusia fue sancionada por un tratado entre
los tres gobiernos comunistas.

Los pueblos del Cáucaso

A pesar de que los bolcheviques no pudieron conservar la heren­


cia territorial zarista en Finlandia, en el Báltico, en Besarabia y en Po­
lonia (sin embargo, conservaron parte de Bielorrusia y de la Galitzia
ucraniana), fueron capaces de recuperar el terreno perdido en el sur y
en Asia central.
En el Tránscáucaso, todas las fuerzas en conflicto, sociales y étni­
cas, locales e internacionales, empujaban hacia el desastre. Georgia no
había seguido el camino ruso. El temor a la invasión turca había man­
tenido a los georgianos (y a los armenios) firmes en el frente de
guerra. Nada de derrotismo ni de insubordinación; la influencia bol­
chevique no logró desarrollarse; después del golpe de Estado de octu­
bre, los mencheviques de Tiflis se apoderaron fácilmente del arsenal
y organizaron una guardia popular. Hasta octubre, los mencheviques
georgianos, muy bien representados en Petrogrado, habían sido parti­
darios de una República rusa única e indivisible, hasta en contra de la
voluntad de independencia finlandesa. Octubre los transformó en se­
paratistas, para salvar su democracia contra los bolcheviques. Entraron
en una efímera federación del Transcáucaso con Armenia y Azerbaiyán.

124
Pero el petróleo de Bakú no permitía la independencia ni la neutra­
lidad. La cuestión nacional, dificilísima en la región, multiplicó los pre­
textos para llevar a cabo las intervenciones extemas. Los armenios, ma­
sacrados por los turcos, llamaron a los rusos; los azeríes, por temor a los
rusos, recurrieron a los turcos; los georgianos, por miedo a los turcos y
a los msos, apelaron a los alemanes y luego a los ingleses. Para colmo,
armenios, azeríes y georgianos se disputaban la posesión de varios can­
tones en una gran barahúnda. En sus fronteras, msos blancos y rojos
seguían enzarzados en su guerra civil; en el interior, los odios étnicos y
religiosos complicaban unas insurrecciones campesinas ferozmente re­
primidas. Las misiones extranjeras, militares y civiles echaban leña al fue­
go y se anulaban recíprocamente. En Bakú, los ingleses fusilaban a los
dirigentes bolcheviques, entre los cuales estaba Shaumián.
Los bolcheviques conquistaron Azerbaiyán en abril de 1920, Ar­
menia en noviembre y Georgia en marzo de 1921, so pretexto de po­
ner fin a una guerra armenio-georgiana, en gran parte inventada para
disimular la conquista. Como dijo Zinóviev: «No tomamos el indis­
pensable petróleo de Azerbaiyán y el necesario algodón del Turques-
tán como los tomaban los antiguos explotadores, sino como hermanos
mayores que sujetan la antorcha de la civilización» (septiembre de 1920).

Asia central

La población musulmana esperaba del Gobierno provisional, y


después del Gobierno bolchevique, una amplia autonomía que, por su
parte, los numerosos colonos rusos temían. En febrero de 1918, el po­
der soviético masacró el levantamiento de Kokand (en el actual Tayi­
kistán) y creó la República Socialista Soviética del Turquestán, integra­
da en Rusia. Reconoció brevemente las repúblicas aliadas de Bujara y
Jorasán. Tan pronto como fue derrotado el blanco Kolchak, el Ejérci­
to Rojo reconquistó la región. Jiva y Bujara cayeron en 1920, como el
Transcáucaso, pero la resistencia, galvanizada por la dimensión religio­
sa del conflicto, continuó hasta 1922.
En abril de 1918, Lenin dijo al Soviet de Moscú: «Es el hecho de
ser un país atrasado el que nos ha permitido adelantarnos, pero habre­
mos de perecer si no aguantamos hasta que nuestra revolución reciba
una ayuda eficaz de los alzados de todos los países»; el Comité Central
compartía esa tesis: «Sin revolución socialista en Occidente, nuestra re­
pública socialista está amenazada con perecen». A su vez, Gorki protes-

125
taba: «No existen las condiciones para introducir el socialismo; el Go­
bierno de Smolny trata al obrero ruso como yesca: prende la yesca para
ver si, a la lumbre rusa, puede incendiar la revolución europea» (Nova -
y a Zhizn). El esperado milagro internacional no ocurrió.
«La Revolución rusa va a hacer que se levante la tempestad en Oc­
cidente», sostenía Trotski, «o los capitalistas de todos los países van a
ahogar nuestra lucha.» No sucedió ni lo uno ni lo otro. La revolución
alemana abortó, la mundial no se presentó. Kurt Eisner y Bela Kun fra­
casaron, en 1919, en Bavaria y Hungría, igual que los espartaquistas en
Berlín. Por lo tanto, había que afrontar la realidad de un mundo que
los vencedores de la guerra mundial habían repartido; había que tener
en cuenta la dura realidad, preservando en lo posible el derecho que
proclamaba el poder soviético a heredar el imperio zarista. El 30 de di­
ciembre de 1922, la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas So­
viéticas (después de la República Socialista Federativa de los Soviets de
Rusia) significaba la voluntad de unir a Rusia y sus dependencias his­
tóricas: Ucrania, Bielorrusia, Transcáucaso, Asia central. Nacía un nue­
vo imperio cuyo objetivo era establecer un «frente único frente al cer­
co capitalista».

BIBLIOGRAFÍA

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Carrère d’Encausse, Hélene, Réforme et révolution chez les musulmans de Vempire
russe, Paris, 1966.

La guerra civil

Era la revolución, no la revolución idealizada, al es­


tilo estudiantil como en 1905, sino la revolución pre­
sente, sangrienta, la revolución militar a la cual no le
importaba nada, que dirigían los bolcheviques, úni­
cos en captar el sentido de aquella tormenta.

Boris Pastemak, El doctor Zhivago

La guerra civil duró más de cuatro años, desde 1918 hasta 1921 (en
algunas regiones hasta mediados de 1922). Fue una agonía que engen­
dró el sistema soviético, bajo la presión de las circunstancias y de la
ideología. Se ha dicho del «comunismo de guerra» que fue una «ilu­
sión en acción», una «utopía». Fueron demasiado reales la ilusión y la
utopía, demasiado alto su coste demográfico inmediato, su coste so-
ciopolítico futuro.
Brest-Litovsk aceleró la desintegración política. Al principio no ha­
bía ningún peligro de contrarrevolución; toda Rusia seguía a los parti­
dos socialistas. Al excluir a todos del ejercicio del poder, los bolchevi­
ques prepararon el desastre. Después de Brest, sus únicos aliados, los
SR de izquierdas, multiplicaron las provocaciones: el asesinato del em­
bajador alemán y el levantamiento en Moscú, el 6 de julio de 1918, se
debieron a su deseo de provocar la marcha del Ejército alemán sobre
Moscú y, de esa manera, la guerra revolucionaria. Las intervenciones de

127
los Aliados, su apoyo a la rebelión de la legión checa, a partir de mayo
de 1918, se explican por su deseo de reabrir un frente al este de Ale­
mania, no por la voluntad de acabar con el bolchevismo.
Brest había legalizado la desbandada del Ejército: en tres meses,
siete millones de soldados regresaron a casa para encontrar el derrum­
be económico. Muchos quedaban a disposición de quien los invitara.
Por eso los ejércitos de la guerra civil iban a ser grandes compañías de
aventureros que pasarían, con mucha facilidad, de un bando a otro se­
gún las circunstancias. La guerra nació de ese desorden militar, de esa
necesidad de ganarse la vida, concretamente el pan. Guerra: la palabra
es demasiado grande; en algunos momentos, en el verano de 1918, en
marzo y en octubre de 1919, se desdibujan algunas ofensivas, pero a
lo largo de los años no se puede hablar de grandes operaciones. Rusia
se divide en un mosaico de regiones, subdivididas en cantones. Cada
región, cada cantón, cada pueblo tiene su guerra, produce su guerra,
así como cada terruño tiene su especialidad: trigo o centeno, avena o
maíz, patatás o coles. El suroeste, Ucrania, las estepas y Siberia sufren
las correrías de bandas blancas, y el norte y el centro, las del Ejército
Rojo, formado a partir de julio de 1918, pero esa geografía es muy fluc-
tuante.
Los «blancos» nacen de la nada. De noviembre de 1917 hasta abril
de 1918, el «ejército de los Voluntarios» no logra alzar a los cosacos del
Don. Aquéllos, neutrales desde febrero de 1917 hasta abril de 1918,
terminan por levantarse contra los bolcheviques, pero únicamente para
mantener su autonomía y su sistema de vida. Así se forma el Ejército
del Don. Como se ve en E l Don apacible, los cosacos trabajan para su
causa; ésta es su fuerza y su debilidad. Los ejércitos blancos crecen
poco a poco en número, pero reclutan en todos los grupos sociales y
políticos; por lo tanto, son muy heterogéneos. No se les puede con­
fundir con los partidarios de la monarquía, casi inexistentes, ni con la
aristocracia. Denikin era hijo de campesino pobre. Wrangel fue el úni­
co general blanco noble. Sus jefes no fueron las nulidades que pinta
la historiografía tradicional, pero no tenían programa político. Su pro­
grama era estrictamente militar: formar un ejército y derrotar a los ro­
jos. Su nacionalismo enajenaba a todos los no rusos; su ambigüedad
en la cuestión agraria les restó el posible apoyo campesino, tanto más
cuanto que en los territorios blancos, a veces, se devolvió la tierra a los
antiguos propietarios.
En Ucrania, tras la salida de los alemanes, los blancos no pudie­
ron reclutar a nadie. Los ucranianos se dividieron entre los «naciona­
listas» de Petliura, los anarquistas de Néstor Majno y los rojos, sin ha-

128
blar de las numerosas bandas que trabajaban por su cuenta. Kíev fue
tomada y retomada dieciséis veces...
En cuanto al Ejército Rojo, fue el fruto de la necesidad a la hora
de los desastres del verano de 1918: en abril se levantaron los cosacos;
en mayo, los checos, que tomaron Kazán el 6 de agosto. Para enton­
ces, el levantamiento SR de Moscú y el antibolchevique de Yaroslavl
habían demostrado que, sin Ejército, el poder bolchevique no iba a so­
brevivir; ¡2500 mercenarios letones salvaron a Lenin en Moscú! Los
mismos letones pararon a los checos y permitieron a Trotski retomar
Kazán en septiembre. Esa dependencia era demasiado peligrosa. (En
septiembre de 1918, Vatsetis, el letón jefe de las fuerzas rojas, dijo al
cónsul alemán en Moscú que lo único que querían los letones era re­
gresar a su país.) Trotski incorporó al nuevo Ejército 100.000 oficiales
y suboficiales del desaparecido Ejército imperial, y las escuelas milita­
res rojas empezaron a formar miles de oficiales. Mientras, los mejores
obreros entraron en el Ejército y los comisarios políticos vigilaron a
los «especialistas». En cuanto a la tropa, sus efectivos crecieron, sobre
el papel, de manera vertiginosa ¡hasta cinco millones en 1920!, de los
cuales 5Ó0.000 combatían efectivamente: 150.000 guardias rojos y cua­
dros comunistas empujaban a los demás. Diez veces más numerosos
que los blancos, necesitaron tres años para reconquistar todo el terri­
torio.
La guerrá tardó meses en empezar realmente. Una vez desatada, no
opuso las fuerzas democráticas a las reaccionarias, sino a dos bandos
autoritarios. ¿Por qué ganaron los rojos? Los historiadores soviéticos
hablaron mucho del «círculo de fuego de la contrarrevolución». La me­
táfora es expresiva, pero incorrecta. Todo el país ardió en llamas a par­
tir del verano de 1918. El descontento provocado por la actuación del
Gobierno rojo se manifestó en miles de pequeños levantamientos que
no formaron nunca una contrarrevolución organizada, con programa
y Estado Mayor.
La metáfora circular es correcta en el estricto sentido militar: el
Gobierno siguió siendo dueño de Moscú, Petrogrado y la región cen­
tral, la parte más poblada y más activa de Rusia. Los diversos ejércitos
blancos surgieron a los cuatro vientos, en la periferia, y nunca opera­
ron de forma sincronizada, de tal manera que Trotski pudo escribir:
«La ventaja de nuestra situación era que ocupábamos una posición
central y actuábamos sobre líneas interiores. Tan pronto como el ene­
migo descubría la dirección de su ofensiva, podíamos preparar una
contraofensiva, concentrar nuestras fuerzas para lanzarlas al momento
necesario, en el lugar esencial».

129
En 1919, las dos ofensivas más serias de los blancos, la de Kolchak
(marzo-abril), desde Siberia, y la de Denikin (julio) fracasaron. Octu­
bre aportó el último susto mayor cuando, proveniente de Estonia, el
pequeño Ejército de Yudénich llegó a las puertas de Petrogrado. Fue
necesaria la intervención personal de Trotski en el momento en que,
una vez más, todo parecía perdido.
Actor y testigo, en Memorias de un revolucionario Víctor Serge escribe:

«Lo grave eran el tifus y el hambre. Las divisiones rojas del frente
de Estonia, entregadas a los piojos y el hambre, se desmoralizaban.
Vi, en trincheras desmoronadas, combatientes macilentos y tristes
que verdaderamente no podían más. Llegaron las lluvias frías del
otoño y la guerra continuaba con tristeza para aquella pobre gen­
te, sin esperanza, sin victorias, sin botas, sin abastos, y para mu­
chos de ellos era el sexto año de guerra, y habían hecho la revo­
lución para hacer la paz. Se sentían en un círculo infernal. El abecé
del comunismo les explicaba en vano que tendrían la tierra, la jus­
ticia, la paz, la igualdad cuando, dentro de poco, la revolución
mundial estuviera hecha. Suavemente, nuestras divisiones se fun­
dían bajo el pálido sol de la miseria. Un movimiento extremada­
mente pernicioso había nacido en los ejércitos de guerra civil,
blancos, rojos y otros: el de los verdes. Tomaban su apelativo de
los bosques en los que se refugiaban y se reunían los desertores
de todos los ejércitos que no querían ya pelear por nadie, ni por
los generales ni por los comisarios; no querían ya pelear sino
por ellos mismos, para no volver a hacer ninguna guerra. Los ha­
bía en toda Rusia. Sabíamos que en los bosques de la región de
Pskov, los efectivos de los verdes crecían (alcanzaron varias dece­
nas de millares de hombres). Bien organizados, provistos de un
Estado Mayor, sostenidos por los campesinos, devoraban al Ejér­
cito Rojo. Los casos de deserción al enemigo se multiplicaban
también apenas se sabía que los generales distribuían pan blanco
a sus tropas. El espíritu de casta de los oficiales del antiguo régi­
men neutralizaba afortunadamente el mal: persistían en llevar
hombreras, en exigir el saludo militar, en hacerse llamar “Vuestro
Honor”, esparciendo así a su alrededor tal hediondez, que nues­
tros desertores, una vez alimentados, volvían a desertar, regresa­
ban a pedir perdón o se unían a los verdes. De los dos lados del
frente, los efectivos eran fluidos.
»El 11 de octubre, el Ejército Blanco del general Yudénich tomó
Yamburgo, en la frontera de Estonia. A decir verdad, apenas en-

130
M apa 3. La Rusia europea durante la guerra y la Revolución.
contró resistencia. Nuestras tropas esqueléticas —o más exactamen­
te lo que quedaba de ellas— se desbandaron y huyeron. Feo mo­
mento. El Ejército nacional del general Denikin ocupaba toda
Ucrania y tomaba Orel. El almirante Kolchak, “jefe supremo” de
la contrarrevolución, dominaba toda Siberia y amenazaba los Ura­
les. Los británicos ocupaban Arjangelsk, donde uno de los más vie­
jos revolucionarios rusos, Chaikovski, antiguo amigo de mi padre,
presidía un Gobierno «democrático» que fusilaba sin piedad a los
rojos. Los franco-rumanos acababan de ser expulsados de Odesa
por un ejército negro (anarquista), pero una flota francesa se en­
contraba en el mar Negro. La Hungría soviética se había desmo­
ronado. En resumen, cuando hacíamos balance, lo más probable
era que la revolución entrara en agonía, que una dictadura militar
“blanca” se impondría pronto y que todos seríamos ahorcados o
fusilados. Esta convicción nítida, en lugar de esparcir el desalien­
to, animó el espíritu de resistencia» (México, 1974, págs. 104-105).

Lo que salvó a los bolcheviques fue la falta absoluta de conexión


entre esas tres ofensivas y también el cambio de bando de Majno, que
tuvo una participación decisiva en la lucha contra Denikin en el sur.
En el invierno de 1919-1920, la guerra blanca terminó, después de aso­
lar las mejores comarcas agrícolas, las tierras negras desde Ucrania has­
ta los Urales, las estepas, el Cáucaso, Siberia, etcétera.
En 1920 la guerra continuó contra los negros de Majno y contra
los verdes, esas bandas campesinas sin jefes ni ideología, hasta que a
Anales de 1920 y principios de 1921 surgió realmente la rebelión ma­
siva de los campesinos. Gomo aquélla no se entiende sin el comunis­
mo de guerra, hay que posponer un poco su estudio.
Los bolcheviques triunfaron en la guerra civil porque fueron capa­
ces de crear un Gobierno central y de implantar autoridades locales tan
pronto como sus soldados ocupaban un territorio. Crearon una má­
quina de guerra completa que se confundió con el nuevo Estado. De
eso, los blancos no tuvieron ni idea. Fueron buenos soldados, pero no
políticos, ni administradores. Ese éxito contribuyó mucho al hecho de
que el soldado bolchevique se batiera, si no mejor, sí con más tenaci­
dad que los otros. Una convicción moral, una motivación superior
(que desapareció en 1920, cuando terminó la guerra entre ejércitos)
animaba a los rojos. El romanticismo revolucionario de esos años era
algo muy real. Los militantes que formaban los cuadros del Ejército y
del Estado ardían en las llamas de la revolución. Eran los mejores y los
animaba una fe fanática de cruzados. Cuando su llama se apagó, en

132
1921, a la par de Tambov y Rronstadt, el Partido Comunista tenía el
timón bien sujeto. La dictadura estaba instalada.
No hay que caer en la ilusión de la razón ordenadora del histo­
riador. La historia de esos años era entonces imprevisible: hoy es difí­
cil de analizar y cada vez más complicada, cuando uno se adentra en
los archivos. Nunca hubo dos campos claramente delimitados, sino coa­
liciones fluctuantes y grandes efectivos flotantes que, según la fortuna
militar, pasaban de un bando a otro. La confusión fue la característica
de esa guerra. Los blancos fueron los primeros en quebrarse, pero les
pasó lo mismo a los rojos después de su victoria: la descomposición.
Lo cierto es que la guerra civil marcó a la nación y al vencedor. El
horror, la crueldad y el sufrimiento infinito engendraron la desmorali­
zación. El nuevo Estado se asentó sobre una economía en ruinas, so­
bre un país ruralizado, devuelto hacia un pasado muy arcaico; sin em­
bargo, lo peor vino al día siguiente de la victoria roja: la hambruna
de 1921-1922.

El comunismo de guerra

Este comunismo duró desde octubre de 1917 hasta la mitad de


1921. Nació de la unión de las circunstancias y de la ideología. Todo
file determinado por la prioridad militar y hay que describir la parte
de las iniciativas puntuales, desesperadas, en una situación de caos. Al
principio hubo un elemento de espontaneidad destructora, cuando las
masas siguieron la invitación de Lenin: «¡Robad a los ladrones!» («Grab
nagrdbknnoe»). Tanto el «reparto negro» en el campo, como el «control
obrero» y la vivienda social funcionaron como un reparto del botín en­
tre soldados o piratas.
Después, como dijo Trotski, «una vez en la silla, el jinete debe
correr, a riesgo de romperse el cuello». El Estado-jinete se salvó, pero
el pueblo-caballo estuvo a punto de morir. Para simplificar, el comu­
nismo (de guerra) instauró el monopolio comercial y económico del
Estado; las incautaciones forzadas en el campo; el racionamiento im­
placable de la población de las ciudades, dividida en categorías; la
«socialización» completa de la producción y del trabajo; el reparto bu­
rocrático muy complicado de las últimas existencias de productos ma­
nufacturados; la desaparición de la moneda; la coerción política, mili­
tar y policiaca: la famosa Checa surgió en diciembre de 1917 para
poner fin a la resistencia de los empleados bancarios.

133
Lenin no tenía proyecto económico; lo contrario hubiera sido sor­
prendente. La situación era inédita y Marx había negado «tener rece­
tas para los alimentos del futuro». Fuera de «socializar los medios de
producción», de «centralizar el crédito entre las manos del Estado» y
de concebir la economía como «una sola gran máquina», Lenin no
proponía nada. Ni la Revolución francesa ni la Comuna de París, sus
dos prototipos, ofrecían modelos económicos. Lenin se inspiró en la
militarización de la economía alemana durante la guerra (Walter Ra-
thenau y Ludendorff) y retomó de la experiencia rusa inmediata el mo­
nopolio del trigo y los cupones para el pan.
En los hechos, no pudo más que improvisar. Frente al desastre ace­
lerado por el «control obrero», reaccionó contra «el desorden infantil
del izquierdismo, la nacionalización proletaria caótica surgida de la
base». Así pasó a la nacionalización no programada del sector indus­
trial, cuando hubiera preferido una economía mixta. La producción in­
dustrial, que a finales de 1917 suponía el 75 por ciento de la de 1913,
cayó al 50 por ciento en 1918 y al 15 por ciento en 1920. En 1913 ha­
bía 18.000 locomotoras; en 1920, menos de 4000.
El derrumbe de la producción industrial aceleró la crisis alimenta­
ria. Desde 1918, la obsesión de todos, más que trabajar, era comer. Al
no encontrar nada que comprar en las ciudades, los campesinos em­
pezaron por encerrarse en una economía de autosubsistencia. En 1918,
a diferencia de la ciudad, que pasó hambre, el campo comió bien, pero
la guerra provocó la disminución de los cultivos y el pan empezó a es­
casear entre los mismos campesinos. La reacción del poder soviético
fue contraproducente: mandar destacamentos armados para requisar a
la fuerza, sin contrapartida, los alimentos. El resultado fue ciertamen­
te que se mantuvo al Ejército, pero no a las ciudades en general; su­
puso también acentuar el descenso de la producción agrícola y levan­
tar a los campesinos contra el poder bolchevique.
«¡Todo para el frente!» era la consigna. Así fue. Para no morir de
frío y de hambre, la gente huyó de la ciudad, empezando por los obre­
ros, ya que el dinero de su paga no tenía ningún valor. En Memorias
de un revolucionario, Víctor Serge escribe:

«La frase de san Pablo escrita por todas partes: “Quien no trabaja
no come” se hacía irónica, pues precisamente, para alimentarse,
había que arreglárselas en el mercado negro en vez de trabajar. Los
obreros pasaban su tiempo en las fábricas muertas transformando
en cortaplumas piezas de máquinas y en suelas de zapatos las
correas de transmisión, con el fin de intercambiar esos objetos en

134
el mercado clandestino. Para conseguir un poco de harina, de man­
tequilla o de carne, había que dar a los campesinos, que las traían
ilícitamente, tejidos u objetos. Por fortuna, los pisos de las ex bur­
guesías, en las ciudades, contenían bastantes tapices, colgaduras,
ropa y vajilla. Con el cuero de los divanes se hacían zapatos acep­
tables, y con las colgaduras, trajes. Como la especulación desorga­
nizaba unos ferrocarriles exhaustos y muy lentos, las autoridades
prohibieron el transporte de víveres por los particulares, colocaron
en las estaciones destacamentos especiales que confiscaban sin pie­
dad el saco de harina del ama de casa, mandaron rodear los mer­
cados por la milicia que, disparando al aire, se entregaba a confis­
caciones en medio de los gritos y los llantos. Destacamentos
especiales y milicia se volvieron odiosos. La palabra “comisario-
cracia” empezó a circular. Los viejos creyentes anunciaban el fin
del mundo y el reino del Anticristo.
»El invierno infligía a la población de las ciudades un verdadero
suplicio. Ni calefacción ni alumbrado, y el hambre hostigaba. Ni­
ños y ancianos débiles morían por millares. El tifus, transmitido
pof los piojos, causaba estragos. Todo eso lo he visto y vivido lar­
gamente. En los grandes pisos desiertos de Petrogrado, la gente se
reunía en una sola pieza; vivían amontonados alrededor de una pe­
queña estufa de hierro forjado o de ladrillo, establecida sobre el
entarimado y cuya chimenea llenaba de humo un rincón de la ven­
tana. Se la alimentaba con el entarimado de las habitaciones veci­
nas, con los restos del mobiliario, con libros. Bibliotecas enteras
desaparecieron así. Yo mismo, para calentar a una familia a la que
me sentía ligado, hice quemar las recopilaciones de las Leyes del im­
perio con verdadera satisfacción. La gente se alimentaba de un
poco de avena y de carne de caballo semipodrida; compartía, en
el círculo de la familia, un pedazo de azúcar en fragmentos ínfi­
mos, y cada bocado que alguien tomaba cuando no le tocaba pro­
vocaba dramas. La Comuna hacía mucho por alimentar a los ni­
ños; ese mucho seguía siendo irrisorio.
»Para mantener el abastecimiento cooperativo, surtiendo en primer
lugar a un proletariado amargado y desolado, al Ejército, a la flo­
ta, a los cuadros del Partido, se enviaban a los campos lejanos des­
tacamentos de incautación que los mujiks solían expulsar a golpes
de horquilla y a los que a veces exterminaban. Campesinos fero­
ces abrían el vientre al comisario, lo llenaban de trigo y lo dejaban
al borde de la carretera para que la gente comprendiese bien»
(ibíd., págs. 138-139).

135
La requisa fue eficaz en un sentido: en 1919, la «dictadura alimen­
taria» cosechó dos millones de toneladas de cereales; en 1920, tres y me­
dia. Pero a muchos campesinos no les dejó ni las semillas para sembrar
al año siguiente... El hambre puso fin a la igualdad soviética: priori­
dad al Ejército, al Partido, a su Estado. Para ellos, los alimentos, la ropa,
la calefacción, las medicinas. El país, debilitado por el haiñbre y el frío,
volvió a conocer los estragos del tifus y del cólera. La mortalidad se
duplicó globalmente, se cuadruplicó en Petrogrado, ciudad que cayó de
dos millones a 600.000 habitantes. La natalidad bajó a un 13 por mil
en las ciudades, a 22 en el campo. Si bien los campesinos habían sido
las víctimas de la guerra mundial, si bien fueron las víctimas de la
guerra civil en Ucrania, las ciudades sufrieron mucho más que el cam­
po entre 1918 y 1920. A finales de 1920 la población urbana había ba­
jado un 30 por ciento. Se calcula que de 1918 a diciembre de 1920 las
epidemias, el hambre y el frío mataron a 7,5 millones de habitantes,
principalmente en las ciudades. Eso acabó de liquidar a las antiguas éli­
tes, que no tenían derecho a las raciones oficiales. Los que pudieron sa­
lieron al exilio. Todos los cuadros antiguos desaparecieron, menos el
clero. La Iglesia no participó en la guerra civil, ni fue atacada oficial­
mente antes de 1921, por más que hubiese matanzas locales.
Cabe subrayar que la crisis económica entró en su fase más aguda
después de la victoria. Era el resultado del comunismo de guerra, que
había consumido hasta la muerte una economía ya anémica con el fin
de darse los medios para vencer. En ese sentido, el poder fue el res­
ponsable de la crisis. Esa responsabilidad fue especialmente clara en la
cuestión campesina.

Guerra a los campesinos

Jonathan Swift dijo en 1701 que los pueblos levantados no traba­


jan sino para algún tirano y para su propia mina «con un instinto tan
ciego como el de los gusanos de seda que mueren tejiendo ropa mag­
nífica para seres de una naturaleza ajena a la suya». Los campesinos ha­
bían hecho posible el poder soviético, derrotando al Gobierno provi­
sional de Kerenski, al no entregar granos a las ciudades. Como señaló
Víktor Chemov, ministro SR de Agricultura en ese Gobierno: «El cam­
pesinado es el verdadero autócrata de Rusia». Lenin no olvidó la lec­
ción; los campesinos se crearon y crearon al régimen problemas inter­
minables. Los blancos, ciegos a la cuestión agraria, pagaron su ceguera

136
con la derrota. Una vez derrotados los blancos, los campesinos se le­
vantaron contra los rojos, para cobrarles sus errores, sus injusticias, su
ceguera. Finalmente, los bolcheviques cobraron muy caro a los cam­
pesinos sus propios errores e injusticias.
«Hoy en día el pueblo es como ganado sin pastor, lo ensuciará
todo y perecerá», pronosticaban algunos campesinos en 1918. Iván Bu-
nin apuntaba en su diario, aquel mismo año: «El comunismo, el so­
cialismo, de nada le sirven al mujik». Al expropiar las propiedades de
los hacendados, los campesinos echaron a andar la piedra que los iba
a moler. El reparto negro, el regreso al mir, la nivelación entre los cam­
pesinos, todo empujaba hacia el autoconsumo, a producir poco o nada
para el mercado. Ese fenómeno no tenía nada de capitalista, pero armi­
naba al Estado y llevaba el hambre a las ciudades. Más tradicional, más
mujik que nunca, el campesino se retiraba de una sociedad global que
nada podía ofrecerle. Tan-Bogoraz apuntaba: «Retrocedemos un siglo
cada año».
La luna de miel con los bolcheviques no duró más que unas se­
manas. Contra lo que se dice a veces, Lenin quiso colectivizar el cam­
po desde un principio y el comunismo de guerra apuntaba a la es-
tatalización de la agricultura. En 1918, los intentos de implantar la
kommuniia abominada por los campesinos (léase a Babel y a Pilniak, o
a Sholojov), la creación de los «comités de campesinos pobres» para
dividir a las comunidades y a los cosacos, y por fin la incautación de
los granos, todo significó la ruptura. «¡Su bandera roja! ¿Qué crees?,
¿crees que es una bandera? Es el pañuelo rojo de la peste, que lo usa
como cebo. Digo bien, como cebo. La hija de la peste mueve su pa­
ñuelo para atraer a los muchachos y llevarlos al matadero, a la muer­
te, para llamar a la peste. Pobres de vosotros que creéis que es una ban­
dera: venid todos conmigo, “a recibir la tierra”, miserables de todos los
países» (Pasternak, E l doctor Zhivago). Así hablaba la bruja a Yuri. En
un estilo totalmente distinto, el jefe bolchevique Vladímir Antónov
Ovseenko, encargado de reprimir el levantamiento de Tambov en 1921,
expresaba lo mismo en su memorándum a Lenin. Analizando las cau­
sas de la insurrección campesina, decía: «Somos merodeadores, con-
fiscadores con la fuerza militar, somos, invasores, ocupantes militares».
Desde un principio, los bolcheviques temieron y despreciaron al
campesino. Lenin soñaba con la gran cerealicultura mecanizada al es­
tilo de Estados Unidos, y abominaba del éxito posible de un pequeño
propietario al estilo francés; por eso lo demonizó en la figura inventa­
da del kulak, ese demonio, ese vampiro, ese capitalista rural. No había
campesinos en el Partido. Los rurales habían votado por el SR. ¿Por

137
qué tener escrúpulos en quitarles esos granos que no entregaban? En
septiembre de 1917, el Gobierno provisional había creado unos comi­
tés de alimentación y un Comité del Trigo (monopolio estatal). Los
bolcheviques habían condenado los comités... Les dieron la fuerza ar­
mada y los lanzaron a trabajar en la primavera de 1918. Gorki publi­
có el 18 de mayo, en Novaya Z hizn, una carta del pueblo de Baska:

«El 3 de abril llegaron unos trescientos guardias rojos que robaron


a todos los pueblerinos acomodados, es decir, cobraron una mul­
ta: 1000 rublos a varios, 2000 a otros, hasta 6000 a otros más; en
total, 85.350. Imposible calcular todo lo que se llevaron en pan,
harina, ropa, etcétera; nos robaron a todos. Es difícil contar cómo
nos dieron de latigazos, nos golpearon tan duramente que se me
ponen los pelos de punta con sólo recordarlo, ¡qué horror! Noso­
tros, los de Baska, pasamos dos días tan espantosos, en un terror
tal que no tengo la fuerza de describir todos los horrores».

En los pueblos vecinos, «después de la salida de los guardias ro­


jos y siguiendo el ejemplo de esos bandidos, nosotros empezamos a
robar a los más acomodados del pueblo y también a asaltar los pue­
blos vecinos, en la noche. En una palabra, la vida se ha vuelto inso­
portable».
Así empezó una guerra más larga, más universal que la guerra en­
tre rojos y blancos. Rusia había conocido en su historia muchos le­
vantamientos campesinos, pero la guerra entre rojos y campesinos re­
basaba en mucho los levantamientos de Stenka Razin o de Yemelián
Pugachov, tanto por su dimensión geográfica, como por el número de
sus participantes. En 1918 hubo «245 levantamientos rurales mayores
antisoviéticos sólo en la Rusia central», informa la Checa. La rebelión
del Don cosaco y el movimiento de Majno en Ucrania fueron movi­
mientos campesinos, como lo fueron también la insurrección del Vol-
ga medio en 1919 y la de Fergana, en el Turquestán, en el mismo ve­
rano. A finales de 1920, Majno tenía 50.000 hombres; en enero de
1921, Antónov contaba con otros tantos campesinos en armas en la re­
gión de Tambov y Vorónezh. El Ruban y Siberia fueron escenario de
grandes rebeliones en la misma fecha. A medida que desaparecía la
amenaza de un regreso de los antiguos dueños y que la victoria bol­
chevique se confirmaba, el movimiento campesino de rebelión crecía.
En 1921, escribe el historiador soviético Mijaíl Nikoláyevich Pokrovski:
«El centro de Rusia se encontraba literalmente cercado por un anillo de
rebeliones campesinas, desde Majno sobre el Dniéper hasta Antónov

138
sobre el Volga». Olvidaba Bielorrusia, el Don y el Cáucaso, Siberia y
Asia central. Universal, el movimiento era masivo, hasta el punto de
que fue necesario emprender una campaña militar formal, confiada al
mando de los mejores comandantes del Ejército Rojo: Tujachevski,
Frunze, Budiónny, Yakir, Fedko. Tujachevski, en mayo de 1921, entró
en campaña contra Antónov con artillería, tanques-aviones, gases de
combate, 45.000 soldados. Sus instrucciones rezaban: «La erradicación
de esas partidas se debe concebir no como una operación más o menos
larga, sino como una misión muy seria, una misión militar muy urgen­
te, una campaña, hasta una guerra». El Ejército empleó todos los me­
dios a su alcance, tomando rehenes, fusilándolos sin misericordia, de­
vastando el territorio, deportando a los vencidos. Solzhenitsyn estudió
con dedicación el movimiento de Tambov y su represión, como se pue­
de apreciar en sus «Dos cuentos», publicados en 1995 (N ovii Mir, 5).
La dureza de la represión fue tal que el Ejército Rojo empezó a
flaquear y se confió a la Checa/GPU la tarea de la limpieza final, con
deportáciones y campos de concentración. El 9 de agosto de 1918, al
conocer el levantamiento rural de Penza, Lenin había telegrafiado:
«Desatar terror masivo, sin piedad, contra kulaks, curas, guardias blan­
cos; encerrar a todos los elementos dudosos en un campo de con­
centración fuera de la ciudad». Desde los primeros disturbios, los bol­
cheviques hablaron de «Vandea» (Izvestia, 21 de abril de 1918). Se
comportaron con sus campesinos como los jacobinos franceses con
los suyos. Hoy en día, los historiadores franceses reconocen la di­
mensión de la matanza que sirvió de modelo militar y de referencia
ideológica a Lenin. Para los cosacos del Don, para Majno, para Tam­
bov, para los levantamientos del Volga o de Siberia, tiene una sola pa­
labra, diagnóstico y anatema: la Vendée.
Guerra sin cuartel, todo el Ejército, todos los grandes jefes, todo
el material. Vladímir Antónov Ovseenko, el de la toma del Palacio de
Invierno, mandaba pegar carteles que proclamaban:

«Con un profundo dolor moral nos vemos obligados a recurrir a


la pena de muerte, contra la cual fuimos los primeros en alzamos.
Pero la lucha sangrienta de la fortaleza sitiada por el enemigo mun­
dial no conoce otras leyes. No somos los verdugos, sino las vícti­
mas. Entre dos males, escogimos el menor».

Al jefe de tren que pregunta por qué el pueblo está calcinado y va­
cío, el jefe de la estación contesta:

139
«—Echaron p a ’fuera el comité de campesinos pobres, primero. No
obedecieron el decreto de incautar los caballos para el Ejército
Rojo, segundo. Fíjate que todos aquéllos son tártaros. Quieren mu­
cho a sus caballos. No se sometieron a la orden de movilización.
Tercero: ya entiendes.
»—Sí, así todo se explica. Por eso los bombardearon.
»—Exactamente.
»—¿El tren blindado?
»—Cierto».
(Boris Pastemak, E l doctor Zhivago.)

Los bosques se llenaron de familias que huían de la represión, de


hombres que huían de la leva. Las familias tenían que acompañarlos
porque los rojos las tomaban como rehenes para castigar la deserción.
Los rehenes eran fusilados prontamente. Esos hombres, a veces llama­
dos «los verdes», a veces «los hermanos del bosque», no eran blancos,
ni mucho menos monárquicos. El conflicto aún no era religioso. Maj-
no era un antiguo terrorista, veterano de los presidios zaristas. Alexandr
Antónov, el de Tambov, el SR, también. Querían «tierra y libertad», la
volia rusa (libertad), que significaba la libertad anárquica contra toda
forma de poder. Las tropas de Majno cantaban:

Rueda, rueda, roja manzanita.


A la izquierda, le pegamos al rojo.
A la derecha, le pegamos al blanco.

Con toda su ferocidad implacable, la ofensiva del Ejército Rojo


hubiera tardado mucho en derrotar a los campesinos, de no haber sido
por la NEP y por la hambruna.
En marzo de 1921, el Gobierno bolchevique cambió radicalmente
de política en el campo, invocando la necesidad de un «Brest-Litovsk
rural». La rebelión de Tambov, que se propagó al Volga, los Urales, Si-
beria, a la par que el amotinamiento de los marineros de Kronstadt,
abrió los ojos a Lenin. Unos días antes seguía hablando, a propósito
de la incipiente hambruna, de «incurias», «abusos», «especulación»; se­
guía exigiendo pesquisas, requisas masivas, «feroces medidas de terron>.
De repente, afirmaba que había que abandonar la «política y las abo­
minaciones de bashi-buzuks (terribles irregulares turcos) contra los cam­
pesinos medios». ¿Por qué?
El levantamiento de la guarnición de Kronstadt (del 1 al 18 de
marzo de 1921) hizo mucho ruido por su dimensión simbólica: ¡Los

140
marineros rojos!, ¡el honor de la Revolución! Ha engendrado montañas
de literatura histórica; sin embargo, no pasó de ser la insubordinación
militar aislada de 5000 hombres; feo, desagradable ciertamente, tanto
más cuanto la Comuna de Kronstadt murió el 18 de marzo, en el 50
aniversario de la muerte de la Comuna de París, bajo el fuego del Ejér­
cito Rojo comandado por Trotski, quien le dedica dos líneas en sus me­
morias. Culpa al «régimen de la ración de hambruna» y dice que fue
«la última llamada». El comunismo de guerra fue entonces abandona­
do, pero Tambov pesó más que Kronstadt. El X Congreso del Partido,
con el cañoneo de Kronstadt como ruido de fondo, oyó con estupor,
sin entenderlo, a su líder Lenin anunciar la «nueva política económica»
(NEP).
En abril, los trabajos de la temporada obligaron a los campesinos a
suspender la guerra; luego llegó la terrible sequía del verano, que dejó
una cosecha miserable, la cual provocó la mortal hambruna de 1921-
1922. Los campesinos llevaban años viviendo en un circuito cerrado;
año tras año, su capacidad productiva disminuía. En 1921, la superficie
cultivada representaba el 75 por ciento de la de 1913 y los rendimien­
tos habían caído en picado. Se habla de promedios; en Ucrania, el 30
por ciento de la tierra quedó yerma; el 45 por ciento en el Volga y en
las estepas. Entre mayo y agosto de 1921 no cayó ni una gota de agua
en Ucrania, el Volga medio y las estepas al norte del Cáucaso: esas re­
giones agrupaban a 40 millones de personas y producían el 60 por cien­
to de todos los granos...
Las estepas fueron las primeras afectadas. En junio, un millón de
campesinos marcharon con sus animales hacia el Volga; muchos mu­
rieron en el camino. En julio, nadie pudo emprender la marcha: no
había agua. La cosecha global representaba un 33 por ciento de la de
1913: localmente, eso pudo significar que no había ni un grano. La
gente se comió a los animales, el cuero, las hierbas. Las epidemias, el
tifus, el cólera, la viruela negra golpearon a una población debilitada.
El invierno fue terrible y la escasez se generalizó. Cinco millones de
campesinos murieron de hambre, otros 12 millones fueron salvados
de una muerte horrible por la ayuda internacional europea y estadou­
nidense. La hambruna quebró toda veleidad de resistencia entre el
campesinado. Con un 35 por ciento menos de animales de tiro que en
1917, los campesinos tardarían cuatro años en reparar el desastre: el
tiempo de la NEP. A lo largo de esos años, el campesinado no tuvo
ningún peso en la vida soviética.

141
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143
7
La NEP: nueva política económica

Cuando empieza la NEP, Rusia se encuentra en una situación ca­


tastrófica, comparable a la de Alemania tras la guerra de los treinta
años. El Ejército Rojo y la Checa habían podido vencer a los adversa­
rios militares y políticos, habían abarrotado las cárceles, los campos de
concentración y los cementerios, pero no habían podido construir un
orden económico y social. Responsable del desastre, el poder soviéti­
co hizo una autocrítica limitada en las palabras de Lenin: «Cometimos
muchos errores y el crimen mayor sería no reconocer que hemos so­
brepasado la medida. [...] Sufrimos una derrota en el frente económi­
co, una derrota muy dura [.!.] Nuestro intento por pasdr inmediata­
mente al comunismo nos valió una derrota más seria que todas las que
sufrimos a manos de Kolchak, Denildn y Pilsudski».
Tenía razón. El producto interior bruto en 1921 era la tercera par­
te del de 1913, o sea, el de 1860. La metalurgia, con sus 112.000 to­
neladas (1920), se encontraba al nivel del siglo xvin. El carbón había
sido sustituido por la leña y las fábricas producían la séptima parte
de lo de 1913. El año 1921 fue realmente E l año desnudo, de Boris Pil-
niak. Desesperanza de los habitantes de las ciudades, que huían de la
ciudad con la ilusión de comer en el campo; desesperanza de los
campesinos; de los padres, que abandonaban a sus niños porque no
podían alimentarlos; de los emigrados, que abandonaban su país tan
amado... Había muerto en Rusia, en esos años, más gente que en toda
la guerra mundial en todos los países juntos: el 8 por ciento de la
población rusa de 1913. Los habitantes de las ciudades eran menos
numerosos que en 1897, los obreros eran menos que en 1880. De
los tres millones de 1916 quedaban 1,2. Esa descomposición de la
clase obrera amenazaba la producción y el poder. Mejor dicho, ayu­
daba a la instauración de la dictadura, a falta de una clase obrera
activa.

144
En el fondo del abismo, Rusia había retrocedido más de cincuen­
ta años. Quedaban un enorme Ejército, una gran masa campesina
abrumada y el Partido: dueño de todo, responsable de todo. La des­
trucción del progreso económico, político y cultural, con la muerte
concomitante de las sociedades, de los sindicatos, de los soviets, dejó
el campo libre al crecimiento de la burocracia y a la militarización del
Partido y de la sociedad. Arcaización y estatalización, tal es la heren­
cia de la época. El campesino no quería más que vivir, sobrevivir, ol­
vidado en su rincón; el Estado quería a toda fuerza construir, con la
esperanza de la revolución mundial. En tales condiciones, ¿qué socia­
lismo podía esperarse? Un socialismo retrasado, dijo Bujarin, en tiem­
pos de la NEP, un estatismo que tuviera á la burocracia como sola base
social. En esa perspectiva, como dice Martin Malia, la sociedad se re­
duce a «una especie de superestructura de una infraestructura que se
llama el Partido».

Una nueva línea

Lenin habla de la necesaria retirada estratégica para lograr un res­


piro (peredyshka). En 1794 versus 1921 exorciza el fantasma de Termi-
dor. Dice que, después de su victoria en Fleurus, el poder jacobino no
tenía por qué mantener el terror y la centralización económica. Que
Robespierre cayó víctima de ese error y que surgió Termidor, o sea, el
acabóse de la revolución. Ordena la retirada económica momentánea
para evitar la ruina. Ofrece evitar un Termidor político, conservando
firmemente el monopolio del Partido y, en el Partido, una absoluta dis­
ciplina.
Uno de los teóricos bolcheviques, David Riazanov, califica correc­
tamente la NEP como un «Brest-Litovsk campesino». Fue en esencia
una política agrícola. Lenin (1921) explicó: «Ahora los campesinos se
mueren de hambre; mañana nos moriremos en las ciudades». Una de
sus últimas palabras antes de quedar encerrado en su enfermedad fue:
«Sólo un loco puede pensar en la fuerza para tratar al campesino; un
solo camino, la persuasión». La mayoría de los bolcheviques no pudo
nunca entender eso y siguió considerando el problema campesino
como un «problema maldito».
Lenin quería dar confianza a los campesinos. Mientras que a prin­
cipios de 1921 se soñaba aún con establecer un control directo del Es­
tado sobre la producción agrícola, el código agrario de 1922 (artícu-

145
Rusia en su conjunto
Petrogrado

Gráfico 2. Los obreros en Rusia y Petrogrado durante la guerra civil.

lo 141) atribuye de manera definitiva a los pueblos y comunidades


agrarias las tierras en su poder el 22 de mayo de 1922. Eso, en conti­
nuidad con la legislación de 1861 y la de Stolypin, con la facultad para
el campesino de salirse de la comunidad y de fundar una empresa
individual. El derecho campesino a la tierra es definido como un «usu­
fructo», no como una «propiedad», pues aquélla pertenece sólo al
Estado.
En lugar de la requisa, un impuesto, muy superior (el 339 por cien­
to) al impuesto directo zarista, pero que ponía fin al robo y la arbi­
trariedad; esas medidas se acompañaban del permiso dado al comercio
libre. Los campesinos necesitaban instrumentos de trabajo y ropa; para
comprarlos querían vender a buen precio el excedente (eventual) de su
cosecha. Los productos manufacturados eran escasos, mediocres y ca­
ros. Sus precios aumentaban dos o tres veces más rápidamente que los
agrícolas, según lo notó muy bien Trotski en la «crisis de las tijeras»
(1923). Pierre Sorlin presenta casos concretos: un campesino de Voró-
nezh que en 1923 cultivaba toda su tierra, cosechaba 2,5 toneladas de
granos, o sea, cinco veces menos que en 1913. Después de pagar el im­
puesto en granos, de apartar su consumo y las semillas, no le quedaba
nada; no podía comprar nada. En el Donets, en Vladímir, en Nizhni-

146
Nóvgorod, los rendimientos eran mejores y el agricultor podía vender
de 100 a 500 kilos (¡casi nada!). Si acudía a la tienda oficial o a la coo­
perativa, recibía, a cambio de su trigo o su centeno, papel moneda. Si
quería comprar ropa, cerillas, clavos, jabón, el gerente, que no tenía
existenciás, anotaba el pedido y le daba su tumo... para dentro de tres
meses. Cuando regresaba, el papel moneda (en 1923) había perdido un
8 por ciento por mes y los precios industriales habían subido mucho.
Resultado: en 1923, para comprar un par de zapatos necesitaba seis ve­
ces el trabajo de 1913. Los campesinos no tardaron en comprenderlo
y buscaron el camino del comercio libre.
La recuperación agrícola fue muy rápida. El nuevo mblo (1924) fa­
cilitó las cosas, para mayor enojo de los bolcheviques, quienes no veían
más que la aparición del capitalismo en el campo.

Kulaks y nepmani

En 1926, según el censo, la población rural ascendía a 120 millo­


nes (el 80 por ciento de la población) en 28 millones de hogares con
tierra. Dos millones de familias (ocho millones de habitantes) no te­
nían tierra. Según una clasificación política arbitraria, cinco millones
de hogares eran «pobres» (20 millones) y 1,2 millones de hogares (cin­
co millones de personas) pertenecían a la categoría satanizada de los
kulaks. Los kulaks eran los íncubos y los nepmani (los nuevos ricos be­
neficiarios de la NEP), los súcubos de los fantasmas bolcheviques. En
1921 no había campesinos ricos; después del desastre de 1921-1922 se
necesitaba dinero para volver a trabajar. Los que habían perdido su ca­
ballo, su arado, tenían que comprarlo o arrendarlo. Pero ¿cómo, si to­
dos los créditos del Estado iban al sector industrial? No había más re­
curso que el campesino más favorecido (menos desfavorecido), al cual
el Estado calificó rápidamente de «usurero». Aquél tenía algunos ani­
males y semillas en existencia. No era un rico, sino un hombre con un
poco de suerte: una parcela más fértil, algo de lluvia, nada de plagas;
un hombre más fuerte, más joven, o un hombre asistido por dos o tres
hijos jóvenes. Este campesino pudo así tener uno o varios deudores.
¿Cómo pagarían su deuda? Con granos. Después de dos cosechas
abundantes, la sequía se presentó en 1924, menos grave que en 1921;
para aquellos con poca suerte significó la quiebra. El código agrario no
permitía la enajenación de las tierras, pero sí los contratos de media­
nía. Así, el prestamista se volvía el mediero de todo o parte de la par­
cela de su deudor, quien, a su vez, trabajaba parcialmente como obre­

147
ro agrícola de su prestamista. Oficialmente, 1,5 campesinos cayeron en
esa nueva dependencia en 1925.
Este kulak no era ni gran propietario ni rico ni explotador. Tenía
ganado (un poco), el material indispensable, trabajaba 10 hectáreas (su­
yas o no), empleaba vecinos durante la jornada, arrendaba su caballo
y su arado cuando no los necesitaba; hasta arrendaba su fuerza de tra­
bajo. Pertenecía al sector más dinámico del campesinado y, si bien
despertaba la envidia, también gozaba del aprecio general. Para el Par­
tido, era la negación del comunismo. Lo peor del caso es que esa mi­
noría proporcionaba el 20 por ciento del trigo vendido. En cuanto se
le atacaba, bajaba la producción. Era indispensable, como también
lo era el nepman, el pequeño comerciante ambulante que desde 1921
iba de pueblo en pueblo con su carrito, cambiando jabón, sal, hojas
de afeitar, etcétera, por alimentos. Pero las dimensiones liliputienses de
este comercio medieval no se ganaban la indulgencia del Partido, que
denunciaba «la burguesía campesina y comerciante», «el capitalismo
agrario». Más tarde, el kulak y el nepman serían chivos expiatorios
ideales.

Las ciudades

Por lo pronto, su actividad permitió el renacimiento de las ciuda­


des. El regreso al comercio libre, la desnacionalización de pequeñas
empresas, los «estímulos materiales» cambiaron rápidamente la situa­
ción. Cuando el héroe de la novela de Andréi Platónov, Chevengur,
vuelve a su ciudad natal, primero cree que los blancos han tomado la
plaza, porque en la estación del ferrocarril puede comprar, sin hacer
cola, unos buenos panes de centeno. Cerca de la estación ve una tien­
da con un cartel que dice: «Se vende de todo a todos los ciudadanos.
Pan y pescado como antes de la guerra, carne fresca, carnes frías case­
ras». En la tienda, un mozo aclara el sentido de la NEP: «No hemos
esperado en vano. Lo que Lenin nos quitó, nos lo devuelve». Correcto.
Lenin había «quitado» cuando era «superentusiasta» y creía en la posi­
bilidad de «saltar» al comunismo. Ahora, Lenin «devuelve» en su retira­
da estratégica.
El clima cambia en todo el país, en una mezcla de formas tanto
capitalistas como socialistas (¿estatales?). Lino puede escoger, compa­
rando precios y calidad, entre la tienda del Estado y la tienda privada.
Uno puede ir a un teatro particular o a uno estatal. La NEP, como sub­
raya Mijaíl Heller, es la posibilidad de elegir.

148
En 1925 Moscú ya había recuperado su población de 1913; en las
otras ciudades, menos Petrogrado, ocurre lo mismo, y a veces rebasan
ese nivel. Empieza un pequeño éxodo rural a partir de Ucrania, de las
tierras negras, de las regiones golpeadas por la hambruna. Como el sec­
tor industrial tarda en reponerse, mucha gente no encuentra trabajo,
las artesanías (autorizadas) se multiplican, así como los pequeños tra­
bajos de los «multioficios». Hasta los que encuentran trabajo viven di­
fícilmente. En la ciudad, el problema de la vivienda es terrible: desde
1914 no se ha construido una sola casa y muchas han sido destruidas.
El sistema del apartamento colectivo, compartido entre varias familias,
se instala para varias generaciones. La ropa cuesta muy cara, los ali­
mentos suponen la mitad del presupuesto familiar. La escasez (relativa)
fomenta la especulación. En 1922-1923 el trigo se vende en Moscú al
triple del precio por el que lo vendió el kulak; frutas, verduras, carne,
diez veces más caras. Quien puede pagar no tiene problemas, encuen­
tra de todo. Léase a Bulgákov, E l departamento de Zoia (1927). Los be­
neficiarios son personas ostentosas, que hacen gala de su derroche, lo
cual permite a los ascetas bolcheviques indignarse fácilmente.

Saldo demográfico

La curva ascendente no engaña. Sobre su nuevo territorio reduci­


do, Rusia tenía 139 millones de habitantes en 1914, 132 en 1922 (eva­
luación) y 147 en 1926 (censo). Una recuperación impresionante. La
natalidad empieza a bajar: no en el campo, donde sigue en un 45 por
mil, sino en la ciudad, en la que cae primero a 30 y sigue bajando con
la legalización del divorcio, del aborto, los problemas de vivienda. La
mortalidad baja a 23 en el campo y a 17 en la ciudad. Los esfuerzos
del Gobierno han sido retribuidos, en especial las grandes campañas
de vacunación. El cólera desaparece, la viruela se reduce a casi nada,
la mortalidad infantil baja mucho.
En conjunto, el crecimiento demográfico es rural y las ciudades
crecen gracias a ese excedente: en 1926 agrupan a 26 millones de per­
sonas en 60 ciudades de más de 50.000 habitantes y en 31 de más de
100.000. Todas esas tendencias son anteriores a la Revolución, como la
corriente de emigración hacia Siberia, que se reanuda lentamente des­
pués de 1921: 200.000 en 1925, cuando en 1907 habían sido 500.000.
Entre 1921 y 1926, 200.000 partieron para el Asia central.

149
Obreros, burócratas y Partido

La vieja clase obrera había muerto o se había incorporado al man­


do militar y político. La nueva (que ha crecido un 80 por ciento entre
1921 y 1927), es joven y de origen rural. No tiene formación técnica
y su prudencia frente a las máquinas explica su lentitud. Para ganarse
la vida, uno debe trabajar 60 horas por semana, mucho más de las 40
horas oficiales; los retrasos y las ausencias son muy frecuentes. Esos
obreros irresponsables «no quieren bronca», se mantienen lejos de la
agitación política y no escuchan la famosa «oposición obrera». Las
huelgas del verano de 1923 no duran y son la excepción que confirma
la regla. Los dirigentes son muy duros frente al «infantilismo proleta­
rio». Trotski denuncia su «analfabetismo, mentalidad retrógrada, falta
de costumbres organizadas, incapacidad para trabajar de manera orde­
nada, falta de instrucción y de formación técnica» (1922). La ausencia
de una clase obrera consciente justifica a los ojos de los dirigentes la
dictadura bolchevique.
En la NEP, el Estado se reserva el sector minero, la metalurgia de
base y la química pesada; permite la producción privada en pequeños
talleres y fábricas de tamaño mediano de productos de consumó. A fal­
ta de estadísticas fiables, cabe decir que hay casi dos millones de traba­
jadores en este sector, que incluye todo un mundo, tanto rural como
urbano; así, por ejemplo, las forjas rurales (bajos hornos) y los miles de
talleres que tienen menos de cinco obreros (92 por ciento). En estos úl­
timos, el padre y su hijo trabajan todo el año, asistidos en invierno por
dos o tres compañeros que pasan el verano en el campo; producen los
zapatos, la ropa y los instrumentos del trabajo agrícola.
La novedad que tiene mucho porvenir es el aumento en la ca­
tegoría de los funcionarios. En 1913, el imperio zarista tenía 600.000
empleados, blanco favorito de los escritores; en 1928 son ya cuatro mi­
llones. ¡Cifra enorme! Es una manera de luchar contra el desempleo,
es el resultado de la voluntad de enmarcar, de controlar la sociedad.
En esa burocracia sobran los incompetentes sin formación: el caso de
la justicia es patético, pero, políticamente, eso no es un inconvenien­
te, sino más bien al contrario. Ese grupo social recibe prestaciones ma­
teriales: sus intereses y sus convicciones hacen que se identifique con
el sistema. Los «especialistas» (ingenieros, técnicos, científicos) son
también protegidos y alojados, reciben raciones, bonos, pases. Emplea­
dos, especialistas y miembros del Partido no forman una «nueva clase
dirigente» ni son una «burguesía», sino la Nomenklatura en ciernes. En
1924, Stalin señala que en el Partido hay un 57 por ciento de «analfa-

150
betos políticos»; poco después, en el mismo añp, habla de un 80 por
ciento. Eso contribuye a la disciplina. Hasta el disidente Trotski acepta
que el Partido sea algo «totalmente aparte y por encima de todo». Él
fue quien dijo, después de la muerte de Lenin, en el XIII Congreso:

«Ninguno de nosotros quiere ni puede tener razón contra su Par­


tido. En definitiva, el Partido siempre tiene razón [...] No se pue­
de tener razón sino con y por el Partido, porque la historia no ha
creado otra vía para realizar su razón. Los ingleses tienen un dicho
histórico: Right or wrong my country. [Con más razón histórica po­
demos decir:] Tenga razón o no en algunos puntos, en algunas
cuestiones concretas parciales, es mi partido. Y si el partido toma
una decisión que tal o cual de nosotros estima injusta [...] dirá: jus­
to o injusto, es mi partido y aguantaré las consecuencias de su de­
cisión hasta el fin».

En 1924, el Partido tiene 750.000 miembros.

La dictadura y el terror

La dictadura se volvió tan dura y permanente que fue necesario ha­


cer concesiones económicas. Lenin subrayó que era imprescindible
que el Partido guardara «el mando supremo político», observara una
disciplina férrea en sus rangos y una obediencia incondicional a su
jefe. Todas las profecías negativas de Rosa Luxemburg (1918) se hacían
realidad. El X Congreso adoptó una resolución (secreta durante varios
años) mediante la cual prohibía la formación de «fracciones» dentro
del Partido, purgado del 25 por ciento de sus miembros. Así, el Parti­
do de Lenin se convertía en un nuevo tipo de partido: el Partido to­
talitario. En La Revolución rusa, escrito en 1918, Rosa Luxemburg ob­
servaba que el remedio (la dictadura y el terror) era peor que el mal.
Anunciaba la marcha fatal hacia el poder personal y la autocracia: «El
poder no es nunca una bola de arena que al rodar se desagrega; es
siempre una bola de nieve que, rodando, no hace sino crecer». En
1921, Lenin repetía que no había que «temer los procedimientos dic­
tatoriales para acelerar la asimilación de la civilización occidental por
la Rusia bárbara» y que «la democracia soviética no está en contra­
dicción con el mando de un solo hombre. Desde el punto de vista
soviético, el poder personal, la atribución de poderes dictatoriales a
una sola persona, es una necesidad». La confusión entre el Estado y el

151
Partido, entre el Partido y su jefe, caracterizó de aquí en adelante al
sistema.
Mijaíl Heller dice que «si el Partido es el esqueleto de la máquina
estatal, sus músculos son las Checas». Según Lenin, «todo bolchevique
es un chequista». Todo es lícito, porque saben que trabajan para la his­
toria. El primer código penal soviético, elaborado con la participación
activa del licenciado Lenin en 1922, aclara ese punto. En sus enmien­
das, Lenin subraya la necesidad de «poner abiertamente los principios
políticamente justos (y no sólo estrechamente jurídicos) motivando la
esenciay la justificación del terror [cursivas de Lenin], su necesidad, sus lí­
mites. La jurisprudencia no debe poner fin al terror. Prometerlo sería
engañarnos o engañar a los demás; la jurisprudencia debe fundarlo, le­
galizarlo en su principio, claramente, sin ningún engaño». Proseguía:
«Hay que ampliar la aplicación de la pena de muerte a todas las ac­
tividades mencheviques, SR, etcétera» (cuando la guerra civil había
terminado). Entre «todas las actividades», incluía «la propaganda y
la agitación [que] concurren objetivamente a ayudar a esa franja de la
burguesía internacional que no reconoce en derecho la propiedad co­
munista que sustituye al capitalismo; serán castigadas con la pena de
muerte».
El epíteto de «objetivo» deja la puerta abierta a todas las interpre­
taciones y reduce el código penal a una ficción. La fórmula jurídica de
Lenin fue aplicada por primera vez en el mismo año de 1922, con la
expulsión del país de un numeroso grupo de intelectuales y en el ve­
rano con el gran proceso público contra los 22 dirigentes SR. El fiscal
público, Krylenko, exclamó: «Si tuviéramos la mínima garantía de que
esa gente ha dejado de ser peligrosa para el porvenir, les diríamos “vá­
yanse y no vuelvan a pecar”». Los SR fueron condenados y muchos de
ellos ejecutados porque eran «potencialmente» peligrosos. Un día Víc­
tor Adler, socialista austríaco, le dijo, bromeando, a Plejánov: «Lenin
es su hijo». A lo cual el viejo marxista ruso contestó: «Será mi hijo ile­
gítimo». En vista de lo anterior, se puede decir que el hijo legítimo
de Lenin fue Stalin y que la madre del terror estalinista fue el terror
leninista.
Afirmar ese hecho, documentarlo, fue el gran crimen que no le fue
perdonado a Solzhenitsyn, ni en la URSS, ni fuera de ella; sin em­
bargo, Lenin fue «objetivamente» terrorista. El terror fue uno de los
factores de la victoria roja. Hubo ciertamente un terror blanco, pero,
por más terrible, por más extendido que haya sido, siguió siendo la
acción de individuos concretos, sin carácter oficial ni sistemático. El
terror rojo tomó enseguida un carácter de Estado, fue planificado, sis­

152
tematizado por una institución especializada; la Checa, comisión extraor­
dinaria, transformada en 1922 en GPU: Dirección Política (¿?) de Esta­
do. Esos «órganos de seguridad» cubren todo el país y también el Ejér­
cito Rojo.
En mayo de 1901, en Iskra, Lenin decía: «Nunca hemos rechazado
el principio del terror», pero recomendaba el «terror de masas» y no el
terror individual al estilo de los SR. En ¿Quéhacer? había afirmado que
«la bayoneta está en la primera fila de la acción política». A partir
de 1917, la palabra «terror» vuelve constantemente a su pluma, en tal
medida que sería fastidioso sumar las citas. Unas pocas serán suficien­
tes: «limpiar la tierra rusa de todos los insectos nocivos» (Lenin, Obras
completas, XXXV, págs. 68 y 204); «el terror es un modo de persuasión»
(ídem, XXXIX, págs. 404-405). Él mismo añade al código penal seis ar­
tículos previendo la pena de muerte por haber suscitado la resistencia
pasiva al Gobierno o el rechazo a pagar el impuesto, entre otros deli­
tos. Escribe al camarada Kursld: «Debemos ampliar la aplicación del fu­
silamiento»; le envía el borrador de un párrafo suplementario para el
código y Concluye: «la formulación [de la aplicación] debe ser la más
amplia pósible» (ídem, XLV, págs. 189-190). Más claro no podía ser: «Es
un error enorme creer que la NEP pone fin al terror. El terror y el
terror económico volverán» (ídem, XXXVI, pág. 443, a Kámenev).
El 17 de noviembre de 1918, en Petrogrado, Zinóviev explicaba:
«De los 100 millones con que cuenta la población de la Rusia soviéti­
ca, debemos ganar 90 para nuestra causa. En cuanto a los demás, no
tenemos nada de que hablar, hay que exterminarlos» (Sevemaya Kom-
muna del 19 de noviembre). Hablaba a un gran público, en la séptima
conferencia de todas las ciudades en Smolny. El legendario chequista
Martyn Latsis, futura víctima del estalinismo, explicaba: «Estamos ex­
terminando a la burguesía como clase. No es necesario probar que fu­
lano o zutano contravino los intereses del poder soviético. Lo prime­
ro que deben preguntar a un detenido es a qué clase pertenece, de
dónde es, qué educación recibió y cuál es su profesión. Estas pregun­
tas decidirán su destino. Ésta es la quintaesencia del terror rojo». Eso
fue publicado en el primer número de la revista Krasny Terror (Terror
rojo) y en Pravda, el 25 de diciembre de 1918. Unos pocos chequistas
protestaron, como aquel Olminski que escribió en Vechemii Izvestia el
3 de febrero de 1919: «Lo que está ocurriendo ahora en la provincia
no es en absoluto un terror rojo, sino una marea de crímenes». El ex
obrero Skvortsov, encargado de investigar la GPU, se suicidó en el
apogeo de la NEP el 16 de febrero de 1923, en pleno bulevar Nikits-
ki, en Moscú, dejando la siguiente nota:

153
«Camaradas, un conocimiento superficial de la actuación de nues­
tro principal órgano para la protección de las conquistas del pue­
blo trabajador [...] me ha forzado a dejar para siempre los horrores
y las bajezas que aplicamos, en nombre de los preclaros principios
del comunismo, en los cuales de manera inconsciente participé, en
mi calidad de funcionario responsable del Partido Comunista. Al
pagar con la muerte mi culpa, les envío una última súplica: reca­
paciten antes de que sea tarde, no cubran de vergüenza con sus
métodos a Marx, nuestro gran maestro, y no alejen a las masas del
socialismo».

Leyendo una lista de fusilados en Izvestia, Iván Bunin apuntaba en


su diario (21 de abril de 1919):

«Ahí esta todo el diabólico secreto de los bolcheviques: matar la


sensibilidad. La sensibilidad, la imaginación, tienen un límite; tras­
pasad el límite. Es como el precio del pan y de la carne. ¿A seis
rublos el kilo? Pedid mil; se acabaron la sorpresa, los gritos; sólo
queda estupor, insensibilidad. ¿Siete ahorcados? No, amigo, no sie­
te, setecientos. Y es entonces, sin falta, el estupor: uno puede ima­
ginar siete ahorcados, pero tratad de imaginaros a setecientos, ¡ni
siquiera setenta!».

El 13 de junio de 1918 se aplicó la ley de fugas al gran duque Mi­


guel, en Perm. El 17 de julio, Nicolás y toda su familia, con sus acom­
pañantes, fueron fusilados en los bajos de la casa Ipatev en Ekaterim-
burgo. En la noche siguiente, en Alapalevsk, cinco grandes duques y
la monja (gran duquesa) Elizabeth fueron igualmente asesinados y, al­
gunos, arrojados vivos al pozo de una mina. Cuarenta días después, el
joven poeta católico Kanneguiser asesinó en Petrogrado al jefe de la
Checa local, Uritski, y, en Moscú, Lenin era gravemente herido: las re­
presalias fueron masivas. «Apelamos a los obreros, camaradas, venced
a los SR sin piedad ni compasión (se les atribuyeron, sin pruebas, los
atentados), no hacen falta jueces ni tribunales. La ira de los obreros se
desatará. Debe correr la sangre de los SR y de la Guardia Blanca. ¡Ex­
terminad físicamente al enemigo!» Hubo varios cientos de ejecuciones
sumarias. El testamento de Nicolás Romanov adquiere una dimensión
interesante frente a esos acontecimientos: «No pretendáis vengarme.
He perdonado a todos y rezo por todos. No me venguéis, recordad
que el mal que está hoy en el mundo va a crecer aún más. Pero no es
el mal el que vencerá al mal: es el amor, sólo el amor». ¡Cuán ridícu­

154
lo debe de haberles parecido ese texto a los bolcheviques! Ellos consi­
deraban «su falta de humanidad como un milagro de la conciencia de
clase, su barbarie como un modelo de firmeza proletaria y de instinto
revolucionario» (Pastemak, E l doctor Zhivago).
Víctor Serge, que nunca aceptó esa línea de actuación, escribió
en 1941: «Trotski se negaba a admitir que en el terrible episodio
de Kronstadt las responsabilidades del Comité Central bolchevique
habían sido gigantescas; que la represión fue inútilmente bárbara; que
el establecimiento de la Checa GPU con sus métodos de inquisición
secreta fue un considerable error, incompatible con la mentalidad
socialista».
Toda revolución es una mezcla de dos elementos heterogéneos: el
motín y el sistema. El motín fue muy fuerte mientras duró la guerra
civil y, aunque muy debilitado, persistió hasta la muerte de Lenin. El
sistema se manifestó enseguida con la creación de la Checa y triunfó
más tarde como «construcción socialista». El juego contrastado entre
los dos elementos explica la peculiaridad de los años veinte.
Lenin era un revolucionario, un conquistador, según Richard Pi­
pes, en el sentido militar, guerrero, destructivo de la palabra; no era
un estadista. Como estratega y táctico de la revolución, trabajó para
destruir el Estado y la sociedad, y en esa hazaña fue el más grande de
todos los revolucionarios. Trabajó con una pasión lúcida, con una
concentracióh única para subvertir en Rusia y en el mundo el orden
establecido. Donde rebasó a todos fue en la conciencia que tuvo de
que, para lograr esa destrucción, se necesitaba no solamente audacia,
sino además prudencia. La famosa vuelta atrás de Lenin, en 1921, que
muchos calificaron de traición, no era sino una medida concebida
para salvar a la revolución. Tal fue la paradoja de la NEP, que en­
gañó a muchos observadores en su época y a muchos historiadores
hasta la fecha. La NEP no suponía el «aburguesamiento» de la revo­
lución, ni el «Termidor», ni mucho menos un «socialismo con rostro
humano». La retirada temporal y parcial hacia formas «burguesas» de
economía mejoró la vida material, pero consolidó el sistema. El Go­
bierno, liberado de la amenaza de la guerra civil (Kronstadt, Tambov)
y de la hambruna, pudo dedicarse a la represión de la religión y de la
cultura.
Fue precisamente durante la NEP, entre 1921 y 1924, cuando em­
pezó la persecución religiosa, cuando la mayoría de los escritores, de
los artistas, de los filósofos tuvieron que salir, expulsados directamen­
te por el propio Lenin.

155
BIBLIOGRAFÍA

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autor es un periodista alemán.
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La última edición revisada, en ruso (París), ha sido ampliada y modifica­
da [trad. esp.: Archipiélago Gulag vol. 1 y 2, Tusquets Editores, Barcelo­
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preparación en Tusquets Editores].
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das, comisario de Justicia en el invierno de 1917-1918.

El asalto contra la Iglesia

Cuando empezó la hambruna, el patriarca Tijon pidió y consiguió


la ayuda de las otras iglesias cristianas; fundó un comité ortodoxo para
ayudar a las víctimas. El Gobierno proclamó enseguida la disolución
de ese órgano «ilegal». El 31 de agosto de 1921 mandó arrestar a los
dirigentes del Comité no Gubernamental de Lucha contra el Hambre,
que había conseguido la ayuda internacional, y luego fusiló a sus prin­
cipales dirigentes. En febrero de 1922, Tijon lanzó una colecta de bie­
nes de la Iglesia (menos la plata de los vasos sagrados) para luchar con­
tra la hambruna; el 28, el Gobierno proclamó la confiscación de todos
los bienes eclesiásticos, incluso los vasos sagrados. El patriarca aceptó
el decreto del Comité Central, pero pidió que se exceptuara la famo­
sa vajilla litúrgica, la cual, según Lenin, era un inmenso tesoro.

156
La hostilidad fundamental, filosófica, metafísica de los bolchevi­
ques contra la religión, en este caso el cristianismo, había encontrado
un buen pretexto para lanzar su primera ofensiva. Hasta ahora, los bol­
cheviques no habían actuado mucho en ese campo. Ciertamente, ha­
bían intentado dividir a la Iglesia, apoyando a los reformistas contra
los tradicionalistas, a los protestantes contra los ortodoxos, pero no
era gran cosa, a pesar de los 28 obispos fusilados, comparado con la
guerra civil.
Cuando los bolcheviques pretendieron entrar en los templos para
llevarse la famosa «plata», se toparon con la resistencia popular. En tres
meses se registraron 1414 enfrentamientos violentos. Los disturbios
de Shuya, cerca de Vladímir, son ejemplares: una pequeña ciudad de
30.000 habitantes, mitad obreros, mitad campesinos urbanos. Era el
mes de marzo. Los feligreses del templo mayor intentaron oponerse a
una operación que consideraban sacrilega. Se mandó la tropa. Los sol­
dados dispararon: cuatro muertos, una docena de heridos. Lenin envió
entonces una carta secreta al Politburó (con la orden de destruirla in­
mediatamente después de su lectura). Esa carta no figura en las Obras
completas en 55 volúmenes, pero su resumen aparece en el tomo XLV
(Moscú, 1964, págs. 666-667). Fue publicada en ruso en la revista Vies-
tnik (1970, núm. 98) y en francés en la revista Plamia (1979, núm. 52).
Pierre Pascal la reproduce en el tercer tomo de su Journal de Russie (Lau-
sana, 1980). En esa carta Lenin revela todo su pensamiento:

«El momento presente ofrece una oportunidad excepcionalmente


favorable, absolutamente única [...] Es precisamente ahora y sólo
ahora que hay hambruna, que la gente se devora mutuamente y
sobre las carreteras yacen miles de cadáveres, cuando podemos
(y por lo tanto debemos) realizar la confiscación de los bienes de
la Iglesia con la energía más feroz, más implacable, sin dudar en
aplastar toda resistencia. Precisamente ahora, la gran masa campe­
sina, o bien estará a nuestro favor, o no podrá sostener a un pu­
ñado de clérigos [...] Así, podemos asegurar un fondo de varios
cientos de millones de rublos oro (hay que recordar las inmensas
riquezas de algunos conventos) [...]. Ahora debemos acometer la
batalla más enérgica e implacable contra el clero de la centuria ne­
gra y aplastar toda resistencia con una crueldad tal que quede en
la memoria durante decenas de años».

Precisaba que, en su condición de judío, Trotski no podía encabe­


zar públicamente la operación. Dio la orden de arrestar al mayor nú­

157
mero de personas y de armar un gran proceso público que «terminaría
de manera obligatoria con la ejecución de un número muy grande de
Centurias Negras, entre los más influyentes y peligrosos de Shuya,
Moscú y otros centros religiosos». Encargó al GPU no tocar «ahora» al
patriarca, pero vigilar todas sus relaciones.
Dicho y hecho. El proceso de los 54 de Shuya terminó el 10 de
mayo con la ejecución de diez sacerdotes y la cárcel para 26 sacerdo­
tes y laicos. Los «tesoros» eclesiásticos confiscados en 1922 sumaron
un total de 19 millones de rublos oro. El patriarca fue demandado y
confinado, sin posibilidad de cumplir con sus obligaciones eclesiásti­
cas. En julio, el segundo proceso en Petrogrado terminó con la muer­
te de diez inculpados, entre los cuales se hallaba el metropolitano de
la ciudad, Benjamín. En 1922 fueron ejecutados 2691 sacerdotes, 1972
monjes y 3447 monjas.
La campaña anticlerical se apoyó en el cisma: un grupo del clero
de Petrogrado, encabezado por el reformista Alexandr Vedenski, pidió
al patriarca Tijon que no dejara la Iglesia sin rector (ya que él había
sido sometido a confinamiento) y les confiara la gestión de los asun­
tos. Tijon pasó sus poderes al metropolitano Agafangel de Yaroslavl,
pero el 18 de mayo de 1922 el grupo de Vedenski proclamó la aboli­
ción del patriarcado y se constituyó en cuerpo ejecutivo supremo. Em­
pezaba el cisma de los «renovados» (Renovación), cuya fracción más
importante fue la «Iglesia viva» de Vladímir Krasnitski. Los «renova­
dos» eran manipulados por los bolcheviques; en 1919, Vedenski había
recibido de Zinóviev la oferta de un posible concordato a cambio de
una alianza con la jerarquía. Luego la Checa/GPU abrió un departa­
mento especializado en asuntos religiosos. A finales de 1922, el Esta­
do había entregado a los renovados las dos terceras partes de las 20.000
iglesias aún abiertas en Rusia y Asia central. Controlaban 6245 parro­
quias, con 10.815 sacerdotes y diáconos. Un año después, el Estado
cambió de línea y apostó por el control de la Iglesia ortodoxa rusa reu­
nificada. El cisma de los renovados se apagó pronto. ¿Por qué?
Por un lado, las divisiones entre los renovados debilitaron su po­
sición; por el otro, la reacción masiva de los fieles y su apoyo a la je­
rarquía impresionaron al poder. La gente no entendía los pleitos entre
clérigos, pero comprendía demasiado bien el saqueo de los templos, su
destrucción, su transformación en cuarteles y bodegas; no apreció en
absoluto la obligación de trabajar en domingos y días festivos, tampo­
co las parodias litúrgicas en las navidades y pascuas comunistas. Los
feligreses no solamente se amotinaron en varias ocasiones, sino que
volvieron a los templos que habían dejado de frecuentar. El censo de

158
1926 registra 140 millones de bautizados y 70 millones de practican­
tes. Los ritos fundamentales —bautizo, matrimonio, sepultura— se ob­
servaban como nunca y, si bien en la ciudad se podía notar una evi­
dente declinación de la práctica, no ocurría lo mismo en el campo. Ese
regreso a la práctica religiosa afectaba también al judaismo y al islam.
Además, el Gobierno tenía éxito en su nueva táctica. En 1922, a
fin de cuentas, Trotski había sido encargado de la ofensiva contra la
Iglesia, pero de manera secreta. Habría querido fusilar al patriarca Ti-
jon, pero Lenin lo detuvo, explicándole que no quería un mártir.
Viendo el fracaso relativo de los renovados, el poder optó por la in­
filtración en una Iglesia ortodoxa reunificada. Soltó al patriarca a cam­
bio de una declaración de lealtad hacia el régimen. El 25 de septiem­
bre de 1919 Tijon ya lo había hecho; volvió a decirlo en sus cartas
encíclicas del 28 de junio y del 15 de julio de 1923. Tijon murió en
abril de 1925. Se rumoreó que la GPU tuvo algo que ver en su dece­
so. Sus tres sucesores interinos conocieron la cárcel, en compañía de
117 obispos (diciembre de 1926). Serguéi, el último interino, patriar­
ca de facto de 1926 a 1936, de iure de 1936 a 1943, electo solamente
en 1943, salió de la cárcel para publicar su famosa carta de lealtad (24
de julio de 1927).
Por aquel entonces, los obispos encerrados en el campo de con­
centración de las islas Solovld se distanciaron de Serguéi y el cisma de
la Iglesia foránea («allende las fronteras»), esbozado en 1921 en el sí­
nodo de Karlovci, se endureció. Serguéi había declarado: «La Unión
Soviética es nuestra patria civil, cuyas alegrías y éxitos compartimos
como nuestros, cuyas desgracias son nuestras». Los exegetas señalan
que ese «cuyas», también en femenino en ruso, remite a «patria» (fe­
menino en ruso) y no a «unión» (masculino en ruso). No importa: el
problema de fondo, que duraría hasta 1991 y dividió trágicamente la
ortodoxia rusa, es el siguiente: ¿puede la Iglesia existir institucional­
mente en un Estado que tiene como meta abierta su destrucción? En
1925, el Partido y su movimiento juvenil Komsomol creaban la Liga
de los Militantes sin Dios. En buena teología cristiana, la Iglesia no se
identifica con ningún régimen y tiene el deber de existir allí donde la
fundó Dios. ¿Cuál es el límite?, ¿a qué precio puede subsistir en un
Estado cuya ideología implica su persecución?, ¿puede aceptar el pa­
pel de rehén? Serguéi, como Tijon, al afirmar la lealtad del cristiano
como ciudadano, precisó que la concepción cristiana del hombre era
incompatible con el marxismo. La fórmula de Tijon y Serguéi impli­
caba una vía ascética, angosta, casi imposible. La Iglesia de los prime­
ros siglos había conocido en Roma ese problema, que había provoca­

159
do el cisma africano de Donato: el de los «mártires» contra los «servi­
les». Los ortodoxos sufrieron la misma división.

La ofensiva cultural

La ofensiva cultural está simbolizada por el fusilamiento del poe­


ta Nikolái Gumiliov y el exilio de Máximo Gorki (1921), que había su­
plicado a Lenin que dejara salir del país al poeta Alexandr Blok, en­
fermo. Murió en agosto, veinte días antes que Gumiliov, falsamente
acusado de participar, con otras 200 personas, en un complot monár­
quico totalmente inventado (la Organización Militar de Petrogrado).
Lenin organizó y supervisó personalmente el proceso, en el cual se
condenó a oficiales de Marina, científicos y universitarios. El famoso
químico Tijvinski, antiguo bolchevique, y el gran poeta Gumiliov fi­
guran entre los fusilados. Recuérdese que en ese mes de agosto fueron
arrestados, y después fusilados, los dirigentes del Comité Panruso de
Lucha contra el Hambre. Ese comité contaba entre sus filas con mu­
chos intelectuales.
Desde el principio de la Revolución, Lenin había señalado a la in-
telligentsia como un enemigo principal, por su incapacidad para some­
terse «sin largas discusiones» a «la autoridad de un solo hombre» (en
este caso, Sverdlov). El proceso contra los SR, en junio de 1922, era
un episodio de esa guerra contra los intelectuales. Gorki en su «carta
asquerosa» (Lenin dixit) a Rikov dijo que se trataba de «exterminar la
intelligentsia en nuestro país analfabeto». En marzo de 1922, Lenin ha­
bía publicado su artículo «De la significación del materialismo mili­
tante» contra la «ideología burguesa, la reacción filosófica y toda for­
ma de idealismo y misticismo». El 19 de mayo escribió a Dzerzhinski,
jefe de la GPU, para que preparara un nuevo método de lucha contra
la intelligentsia, «la deportación de escritores y profesores que ayudan
a la contrarrevolución». El 31 de agosto, Pravda, en un artículo titula­
do «Primera advertencia», explicaba que «los elementos “contra” más
activos de la intelligentsia burguesa» habían sido arrestados y deporta­
dos hacia el norte o fuera del país: «160 de los más activos ideólogos
burgueses». Lenin había elaborado en persona la lista de los filósofos
Se trataba de una «llamada de atención» para intimidar a toda la inte­
lligentsia. Esa expulsión, calificada por Nikolái Berdiáyev, uno de los
expulsados, como «medida singular que no volvió a repetirse», presen­
ta un interés considerable.

160
En efecto, condensa los problemas futuros, los problemas perma­
nentes del Estado soviético: ¿qué actitud adoptar con la intelligentsia?,
¿relaciones entre poder y cultura, represión, Occidente? Lenin tuvo en
este asunto un papel esencial, lo que le da más importancia aún. El 30
de agosto, en una entrevista con Louise Bryant, la amiga de John Reed,
Trotski aclaraba:

«Los elementos que expulsamos no tienen, en sí, ningún valor po­


lítico, pero representan un arma potencial en manos de nuestros
enemigos eventuales. En caso de nuevas complicaciones militares
[...] se tomarían agentes del enemigo. Y a la fuerza tendríamos que
fusilarlos. Preferimos adelantarnos, expulsándolos de manera anti­
cipada. Espero que reconozca la humanidad de nuestra actitud pre­
ventiva».

Lenin fue más explícito: «¿El cerebro de la nación? ¡Qué va!, su


mierda».
Fueron expulsados matemáticos, agrónomos, economistas, histo­
riadores, así como el sociólogo Pitirim Sorokin; los filósofos más im­
portantes (homenaje de Lenin a su talento), Nikolái Berdiáyev, Simón
Frank, L. Losski, Serguéi Bulgákov, Fiódor Stepún, Lev Karsavin, etcé­
tera. «Sin filósofos, no hay política», dijo Platón. En otoño de 1922,
dos barcos alemanes entregaron a Europa, a título gratuito, una buena
parte del capital intelectual de Rusia, donde la intelligentsia entendió el
mensaje y aceptó el ultimátum.
La última revista relativamente independiente, E l Contemporáneo
Ruso, fue fundada por Gorki en 1923 y murió ese mismo año. El pro-
pió Gorki, espoleado enérgicamente por Lenin, se había ido al exilio.
Al principio, los bolcheviques habían tolerado las manifestaciones de
la inteligencia y de la imaginación, mientras no se entrometieran en
cuestiones políticas y económicas. En la universidad se podía hablar
de la Odisea o de los primitivos flamencos, sin mencionar la lucha de
clases. Los escritores escribían, los pintores pintaban sin mencionar el
marxismo. Con la NEP, tal desorden se acabó. En 1924 ya no se po­
dían publicar libros editados en 1921 o 1922. El historiador Pokrovski
transformó en 1924 las universidades en institutos marxistas: todas las
disciplinas quedaron definidas como aplicaciones del materialismo dia­
léctico. Fueron expulsados los estudiantes sin pureza de sangre (campe­
sina o proletaria). El control de las actividades científicas, intelectua­
les, artísticas se transformó en una tarea primordial del Gobierno. En
agosto de 1922 —ese mes fue definitivo—, el Gobierno fundó la Admi­

161
nistración Principal de Arte y Literatura, destinada a hacerse famosa
bajo el acrónimo «Glavlit», que ejerció la censura hasta 1988.
El resultado fue que durante muchos años la vida literaria y artís­
tica rusa estuvo localizada en Berlín, Praga, París o Nueva York, y no
en Moscú ni Petrogrado. Artistas, intelectuales, científicos se contaron
entre los 1,16 millones de personas que salieron de Rusia después de
la revolución (cifras de la Liga de las Naciones).

BIBLIOGRAFÍA

Sobre religión y cultura


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162
La carta secreta de Lenin del 19 de marzo de Í922 ha sido finalmente pu­
blicada en Rusia en el suplemento semanal Sobesednik (El Interlocutor) de
Komsomolskaya Pravda, núm. 16 (abril de 1990), pág. 7.

De Lenin a Stalin

El 25 de marzo de 1922, Lenin sufre una parálisis del lado dere­


cho y pierde el habla. En octubre, algo mejorado, retoma la dirección
de los asuntos de Gobierno; en diciembre, un nuevo ataque lo elimi­
na de hecho. El 9 de marzo de 1923, el tercer ataque lo transforma en
un cadáver viviente durante una larga y terrible agonía de 11 meses.
Entre marzo de 1922 y marzo de 1923 no había dejado de reflexionar
sobre el pasado y el futuro, dictando algunas horas al día, esperando
que sus consejos pudieran servir a sus compañeros.
Su enfermedad planteaba el problema de la sucesión en un siste­
ma creado por él que no preveía nada para el caso. El Partido, según
Lenin, necesitaba un dirigente único. En el IX Congreso (1920) había
afirmado: «El centralismo socialista soviético no contradice en nada la
dictadura personal; la voluntad del pueblo es a veces cumplida por un
dictador que puede más que todos y por ello es necesario». Lenin, pos­
trado en cama, descubrió que el Partido estaba amenazado por la exis­
tencia de dos pretendientes al papel de Guía, de Poderoso ( Vozhd'), de
dictador: Trotski y Stalin, «dos dirigentes eminentes del Comité Cen­
tral» (Lenin). Esa historia es conocida por todos. En su famosa carta al
XII Congreso, conocida como «el testamento», Lenin explica que nin­
guno de los aspirantes tiene las cualidades necesarias. Propone una di­
rección colectiva de seis miembros y analiza a cada uno: Stalin, Trots­
ki, Zinóviev, Kámenev, Bujarin y Piatakov. Unos días después, Lenin
añade un post scriptum y pide que Stalin sea relevado del secretariado
general: «Stalin es demasiado grosero y ese defecto [...] se vuelve into­
lerable en las funciones de secretario general». En el «testamento» ha­
bía dicho que Stalin, «nombrado secretario general, ha concentrado
en sus manos un poder inmenso». Stalin no había llegado sin más a
ese puesto. El secretariado general fue creado especialmente para él,
a petición de Lenin, para remediar el desorden que imperaba en el
Comité Central. Lenin, sus últimos biógrafos así lo subrayan, prote­
gió, apoyó y utilizó a Stalin. Apreciaba sus cualidades y conocía los
defectos del «maravilloso georgiano». Había permitido que Stalin acu­
mulara las funciones de miembro del Politburó, del Orgburó, de co­

163
misario para las nacionalidades, de comisario para la inspección obrera
y campesina.
El Lenin de Robert Service (1984-1995) y el de Dmitri Volkogonov
(1994) ponen fin a la polémica sobre si Stalin fue el perverso que aca­
bó con el sistema leninista (bueno) o si Stalin fue el mejor alumno
de Lenin. No cabe duda de que a Lenin se debe atribuir la paternidad
de la dictadura y del terror. Berdiáyev insistía (1935) sobre su parecido
con Pedro el Grande, terrible déspota modemizador. Subrayaba:

«Más que a la intelligentsia., Lenin pertenece al pueblo ruso. Su mis­


ma cara expresiva, original, plasma plenamente el tipo ruso; tie­
ne una apariencia ruso-mongola muy pronunciada. Del pueblo
tiene la sencillez, la unidad, la rudeza, la antipatía por todo lo que
parece adomo y retórica, la inteligencia práctica. En el campo mo­
ral, manifiesta algo así como un cinismo de tendencia nihilista. En­
cama el tipo ruso que encontró en Tolstói su expresión genial, sin
las complicaciones interiores de Tolstói. Lenin estaba hecho de una
sola pieza, como un monolito. Si pudo ser jefe de la revolución y
realizar un plan, elaborado por él con mucha anticipación, es pre­
cisamente porque no representa únicamente a la intelligentsia. Lo
que tiene de intelectual-sectario se mezcla, se funde con otros as­
pectos, el aspecto de todos los rusos que, antes que él, juntaron y
construyeron el imperio. Tal es la originalidad de su fisionomía»
(Las fuentes y el sentido del comunismo ruso).

«Pugachov de universidád», Lenin estaba animado por un podero­


so sentimiento fáustico y un no menos poderoso odio a la autocracia,
el liberalismo, la burguesía. Su identificación con la causa era total, has­
ta tal extremo que habría podido decir «el Partido soy yo». Maximilián
Lenin (así le puso Trotski en 1904), alias «el Viejo» (Starik), «no se mira
nunca, no echa nunca un ojo al espejo de la historia, ni piensa en lo
que la historia dirá de él [...] Su amor por el poder viene de su prodi­
giosa seguridad [...] y también de su incapacidad —una incapacidad
muy útil para un jefe político- para adoptar el punto de vista del ad­
versario» (Lunacharsld). El inconveniente era que, a diferencia de san
Agustín, que sabía que creía, Lenin creía que sabía.
Según Lenin, «el comunismo es el poder soviético más la econo­
mía del Kaiser» (la militarización económica), o también «los soviets
más la electricidad». Años después, pensando en Stalin, Bujarin corri­
gió la fórmula: «No, es Gengis Jan con teléfono». Herzen, en 1860, ha­
bía profetizado la llegada de un Gengis Jan con telégrafo... Pero en

164
1924, a la muerte de Lenin, Stalin no era un déspota; dirigía el Parti­
do (como Lenin) y no lo atemorizaba, ya que era su encarnación. Por
ello se debe descartar el diagnóstico de Trotski de que empezaba «Ter-
midor». En un sistema dominado por el Partido, Termidor era imposi­
ble: hubiera necesitado una sociedad civil, inexistente en la URSS. En
1862, Mijaíl Bakunin había publicado un folleto titulado Asunto popu­
lar: Romanov, Pugachov o Pestel. El padre del anarquismo ruso señalaba
así tres caminos: el monarca legítimo, Romanov; Pugachov, el terrible
destructor, o Pestel, el oficial de la Guardia que quería (1825) instau­
rar la dictadura para llevar al pueblo forzosamente a la felicidad. Los
bolcheviques fueron un Pestel colectivo. Por tanto, es inútil especular
sobre las diferencias entre Lenin, Stalin, Trotski y Bujarin.

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menes.

165
Tercera parte
La edad de hierro
1929-1953

Abandonamos las costas históricas habituales. El tiem­


po de la historia cambia: se vuelve catastrófico.

Nikolái Berdiáyev, 1935

El Estado engorda, el pueblo enflaquece.

Vasili Kliuchevski
8
La resistible ascensión de Stalin
1922-1929

La sucesión de Lenin

Este capítulo de la historia soviética merece llamarse «el tiempo de


Stalin», puesto que el secretario general inamovible del Comité Central
marcó cón su impronta la vida y el destino de todos los habitantes de
la URSS durante más de veinticinco años. Iósif Visariónovich Dzhu-
gashvili (1879-1953), «el maravilloso georgiano», militó en el Partido tan
pronto como abandonó el seminario (1898-1899). Arrestado y deporta­
do en varias ocasiones, desde 1912 era miembro del Comité Central.
«Koba» era el hombre de confianza de Lenin, que apreciaba su entrega
a la causa, su sangre fría y su talento para la acción concreta. Hasta el
distanciamiento de 1922-1923, que culminó con el famoso «testamen­
to» y su post scriptum, en los cuales Lenin «desheredaba» a Stalin.
Los primeros años vieron la lucha por «el caftán de Lenin», es de­
cir, por el poder del «Viejo». Stalin mostró su inteligencia política
mientras sus rivales acumulaban errores. Esa historia es demasiado co­
nocida. La derrota de Trotski en 1923, la de Zinóviev en 1925, la de
su coalición en 1927, la de Bujarin en 1929 son los escalones que mar­
caron la resistible ascensión de Stalin. Su victoria fue la conclusión ló­
gica de fenómenos anteriores, mientras que el lanzamiento del primer
plan quinquenal y la colectivización forzada (1929-1930) fueron más
importantes por sus consecuencias que por sus orígenes.
Stalin manifestó que era concreto, realista, leninista al captar la
esencia del sistema, a saber: el control del aparato del Partido es la cla­
ve del poder. Confirmó su talento político al cambiar de opinión, tan­
to como de aliados, según las circunstancias, haciendo suya, cuando
era necesario, la «plataforma» de la oposición «de izquierdas» o «de
derechas». Dividió a sus adversarios, manejando a Zinóviev y Kámenev
para acabar con Trotski y utilizando a Bujarin para acabar con el «fren­
te unido» Trotski-Zinóviev-Kámenev, antes de vencer a la «derecha» de
Bujarin.

169
El enfrentamiento entre los más altos dirigentes del Partido fue lle­
vado como una disputa teológica sobre la historia y la doctrina del Par­
tido. Al final, Stalin resultó ser el más fiel heredero de Lenin. Esos de­
bates dejaron sin cuidado a la mayoría de los soviéticos y, por más que
llenen las bibliotecas, no deben hacer olvidar una realidad concreta: se
llevaron a cabo durante los años buenos de la edad de bronce, antes
de los terribles años de la edad de hierro.
En 1926, la NEP empezaba a llegar a su límite. La economía había
sido restaurada, más o menos, en cuanto a la agricultura. La industria
seguía fallando y la gran pregunta era: ¿qué hacer ahora? Una de las ca­
racterísticas esenciales de la gestión económica desde octubre de 1917
era que los problemas se trataban desde una perspectiva política. Entre
1924 y 1929, Stalin consideró la economía en función de la lucha por
el poder. Por eso cambió constantemente de línea, tanto en cuanto a la
agricultura como a la industria. Pudo ser industrializador a ultranza y
luego denunciar esa «utopía», apoyar la tesis de Bujarin y repetir a los
campesinos: «enriquézcanse», antes de denunciar de nuevo al maldito
kulak. En esas condiciones, no hay que exagerar la racionalidad de los
debates económicos y de las decisiones tomadas. Tienen su razón, pero
no es económica.
Entre 1920 y 1929, Rusia y sus anexos se recuperan, y el Partido
recupera Rusia y su imperio sovietizado, Stalin recupera el Partido.
Campesinos derrotados por la hambruna, obreros huérfanos de toda
clase obrera, intelligentsia liquidada, iglesias domadas, el Partido reina
solo y está más que dispuesto a aceptar el destino de poder, de fuerza
mundial que le ofrece Stalin. El Partido tiene desde siempre todos los
mitos necesarios para dar el salto adelante; sobran los planes, pero
¿cómo saltar hacia delante con esas cadenas campesinas?, ¿en medio
de una economía mundial que no tardará en entrar en crisis y no po­
drá proporcionar el capital para la industrialización?, ¿cómo? El vo­
luntarismo ha marcado siempre a los revolucionarios. Los bolchevi­
ques cultivan esa pasión de lanzarse contra la corriente, les apasiona
«una obra dura, de líneas ciclópeas», para citar a ese admirador de Le­
nin, el voluntarioso Benito Mussolini. Los bolcheviques han despre­
ciado siempre los obstáculos, las resistencias, las consideraciones razo­
nables. Stalin es un bolchevique.
En 1925, el Partido tiene un millón de miembros que serán 1,2 mi­
llones en 1927. Hay un «cuadro» por cada 10 «soldados», y 500.000 son
funcionarios. Desde 1925, desde la ampliación del Politburó, Stalin tie­
ne asegurada la mayoría permanente, lo que le garantiza el secretaria­
do general en permanencia, como un consulado vitalicio. Ni el desas-

170
tre sufrido por los comunistas chinos en 1927 debilita esa posición.
Contra Trotski y varios otros, Stalin había sostenido la alianza entre el
Partido Comunista chino y el Kuomintang de Chiang Kai-shek. Salu­
daba en la guerra civil china el «trueno de la revolución mundial».
¡Zas! En 1927, después de tomar Shanghai, Chiang rompe la alianza y
arremete contra los comunistas. En el Comité Central, las sesiones son
tormentosas, pero en octubre Trotski y Zinóviev son excluidos. El 10
de diciembre, mientras sesiona el congreso del Partido en Moscú, la
«Comuna» de Cantón se levanta. Esa operación, ordenada por Moscú,
estaba condenada al fracaso. La represión fue terrible en Shanghai, Pe­
kín, Nankín, Cantón. Stalin no pagó por sus errores en China. En ene­
ro de 1928 empiezan las primeras grandes proscripciones. La represión
se desata dentro del Partido, se invoca un peligro de guerra interna­
cional inexistente. Desde 1922, a partir de la Conferencia de Génova
en enero, Rusia había sido reconocida poco a poco. La URSS, procla­
mada el ‘30 de diciembre de 1922, mantenía buenas y estrechas rela­
ciones con Alemania: el Tratado de Rapallo (abril de 1922) incluía
unas cláusulas militares secretas que ponían la tecnología y el material
alemán a disposición de los rusos, a cambio de un espacio discreto de
entrenamiento y experimentación, en Rusia, para la Reichswehr. En
1924, después de Inglaterra y de la Italia fascista, diez naciones habían
reconocido a los soviets.
Las perspectivas de una revolución mundial se habían alejado. Los
acontecimientos de Alemania habían reanimado esas esperanzas en
1923, cuando se había intentado una acción insurreccional, casi al mis­
mo tiempo que un tal Adolf Hitler hacía lo mismo en Múnich. En
1925, Occidente parecía recuperado de su crisis económica y política.
La apuesta china de 1926 se había perdido en 1927. Definitivamente,
el problema económico soviético no se podría resolver por la revolu­
ción mundial.

El final de la NEP

La «izquierda» vencida no tenía excelentes ideas económicas. Su


programa, de hecho, se limitaba a la exportación de la revolución y al
saqueo del campo soviético. En cuanto a Stalin, antes de 1927 no se
había metido nunca en cuestiones económicas; su ignorancia era gran­
de. En mayo de 1925, Dzerzhinski, el superpolicía, el incorruptible,
había presentado un informe económico al Tercer Congreso de los So-

171
viets de la URSS. Subrayaba que la producción industrial estaba estan­
cada en un nivel muy inferior al de 1913; recalcaba la miseria del pue­
blo y la contradicción entre la necesidad de consumir y la escasez de
mercancías, el hecho de que el consumo por habitante había bajado a
la mitad y en un 66 por ciento para ciertos artículos de primera nece­
sidad. Concluía su requisitoria: «Al ver todo nuestro aparato, nuestro
sistema de dirección, nuestra burocracia, nuestro increíble desorden con
todas las formalidades posibles, estoy literalmente horrorizado».
Así empezaba el «gran debate» magistralmente estudiado por Ale-
xandr Erlich (The Soviet Industrialization Debate: 1924-1928, Harvard,
1967). Al proclamar el XV Congreso (1925) la necesidad de «construir
el socialismo en un solo país», señalaba no sólo la dimensión geográ­
fica de la decisión, sino también la voluntad de poner fin a la NEP y
de construir «el socialismo». ¿Cómo? Año tras año, los partidarios de
una pronta industrialización se fortalecían. Preobrazhenski argumenta­
ba que había que actuar a toda velocidad y financiar la operación con
una «acumulación primitiva» pagada por los campesinos. Bujarin, más
realista, no negaba la necesaria industrialización, pero abogaba por la
búsqueda de un equilibrio entre campo y fábrica, y aconsejaba el «paso
de tortuga».
Stalin aprobaba: «Se podría invertir dos veces más en el desarrollo
industrial, pero el ritmo se volvería tan rápido que no podríamos
aguantarlo»; señalaba el peligro de arminar la agricultura y provocar
«graves complicaciones en las ciudades por el enorme encarecimiento
de los productos agrícolas, una rebaja del salario real y alguna ham­
bruna artificialmente organizada». Hablaba como profeta de los años
1930-1933. En abril de 1926, en el Comité Central, Stalin se burlaba
de los industrialistas, de su proyecto de una central hidroeléctrica
sobre el Dniéper, que comparaba con la compra de un fonógrafo su-
perfluo por un mujik, que lo que necesitaba era arreglar su arado. Con­
cluyó regañando a «los que consideran a las masas laboriosas campe­
sinas como materia prima para la industria, como una colonia». Contra
la «izquierda» industrialista, se presentaba como el protector del cam­
pesino.
Pero en 1927, cuando Stalin finiquitó su victoria sobre la izquier­
da, la NEP agonizaba y el hilo tenue que amarraba a las ciudades con
el campo estaba tan tenso que podía romperse. Así como las fábricas,
con su parque industrial prerrevolucionario, no podían dar más de sí,
los campesinos se topaban con la incapacidad de producir más: en
1927 recolectaron 73 millones de toneladas de granos, en lugar de los
86 cosechados en 1913 en el mismo territorio. Para producir más ha-

172
brían necesitado fertilizantes y material de arado. La industria no entre­
gaba nada. En 1927, el Estado obtuvo apenas 10 millones de toneladas
de granos del campo, mientras que en 1913 había logrado comercia­
lizar 20. Enseguida se lanzó una campaña explicativa, denunciando
la «crisis de reservas» (hechas supuestamente por los campesinos), la
«huelga de los kulaks». Cuando en el invierno de 1927-1928 la escasez
de pan reapareció en la ciudad, cuando hubo que instaurar tarjetas de
racionamiento, Stalin se molestó y mandó a 20.000 comunistas para
«sacar» el trigo de los pueblos. Los campesinos dijeron: «Es el año 19,
de nuevo». El 15 de enero de 1928, Stalin partió hacia Siberia -n o vol­
vió a salir de Moscú después de este viaje- y regresó con la consigna
que fue su marca de fábrica: «el método ural-siberiano». No tenía nada
nuevo, era la vieja requisa del comunismo de guerra. Aplicó a los cam­
pesinos el artículo 107 del código penal leninista: «esconden> los gra­
nos era especulación; los campesinos pobres que participasen en la ca­
cería se·quedarían con el 25 por ciento del trigo incautado. Stalin
declaró al Comité Central: «Presionamos, acorralamos poco a poco a
los elementos capitalistas del campo, llevándolos a veces hasta la mi­
na». El nepman empezó a desaparecer. Entre 1925 y 1930, el sector pri­
vado en el comercio cayó del 42 al 5,6 por ciento.
Sin embargo, un editorial de Pravda afirmaba el 12 de abril de
1928: «Sólo los mentirosos contrarrevolucionarios pueden hablar
de una supresión de la NEP». Recordaba las palabras de Mólotov en
el último congreso: «En los años próximos, nuestra agricultura se
desarrollará principalmente como una masa de pequeñas empresas
campesinas». Stalin dudaba todavía. Bujarin, en el verano de 1928, se
desesperaba, denunciaba la explotación militar-feudal que iba a abatir­
se sobre el campo, profetizaba que «Gengis Jan ahogará los levanta­
mientos campesinos en el campo»: «él nos estrangulará a todos». El
gran agrónomo Alexandr Shayanov había propuesto soluciones inteli­
gentes que permitían escapar a la alternativa simplista «o... o...», apro­
vechando lo bueno del «modo de producción campesino», apoyando
las cooperativas, Pero la impaciencia de Stalin creció cuando el méto­
do ural-siberiano tuvo como primera consecuencia, en 1928, la dismi­
nución de las labores del campo y de la siembra cuando los kulaks,
atemorizados, empezaron a huir hacia las ciudades y las grandes obras
públicas. La tentación de golpear creció.
¿Por qué, entonces, afirmó el 12 de junio: «deskulakizar en tales
condiciones es una tontería»? ¿Por qué, en julio, prometió «la liquida­
ción inmediata de toda recidiva de incautación alimentaria y de cual­
quier intento de cerrar los mercados»?

173
El salto hacia delante

Había que tranquilizar, calmar; en realidad, la decisión estaba


tomada. En abril de 1928, Stalin expuso la situación en pequeño co­
mité: escasez de trigo, escasez de productos manufacturados, retraso
industrial, agricultura subdesarrollada; en lugar de 16 millones de em­
presas familiares (1913), había 25 y el proceso de minifundización se­
guía. Por lo tanto, había que apoyar a fondo la gran empresa agrícola,
sovjós (granja de Estado) o koljós (granja colectiva) como «fábrica de
granos». Eso implicaba la lucha Contra el kulak. Entonces, de manera
nada casual, surgió el proceso del «asunto de Shajty»: un distrito mi­
nero del Donets, donde 49 ingenieros y técnicos alemanes y rusos fue­
ron acusados de sabotaje inverosímil y de acción contrarrevoluciona­
ria. Torturados por los agentes de la GPU, los acusados reconocieron
su culpabilidad y la pagaron con su vida. Era el segundo proceso pú­
blico, después del de los SR en 1922. Mezclaba estrechamente econo­
mía y política, anunciando lo que se avecinaba.
El programa industrializador aceleró la evolución. ¿Cómo pagar
las turbinas de General Electric para la central del Dniéper, ayer ri­
diculizada, hoy prioritaria? La URSS hubiera necesitado exportar 12
millones de toneladas de trigo al año cuando la «huelga de los kulaks»
permitía apenas exportar dos. En 1928, el Plan Quinquenal no estaba
listo. Era un viejo sueño leninista, desde qué en 1898 el profesor ber­
linés Ballod había publicado E l Estado del porvenir. La economía de
guerra alemana, de Rathénau y Ludendorff, había estimulado la re­
flexión de un plan, el Goelro, que preveía, entre otras medidas, la cons­
trucción de cien centrales eléctricas. El leninista Stalin retomó la
idea en 1927 y encargó a los economistas la elaboración de un plan
para cinco años. Cuando en abril de 1929 el XVI Congreso lo ratifi­
có, no estaba terminado por razones técnicas evidentes y por razones
ideológicas obvias: los economistas habían previsto una versión bási­
ca y otra óptima; la primera era ya muy optimista. Stalin decidió solo,
en su ignorancia económica absoluta. Optó por la superindustrializa-
ción, olvidando sus sarcasmos contra Trotski cuando éste había pro­
puesto la construcción de Dniepropetrovsk. El plan dos preveía du­
plicar en cinco años la producción de carbón, de 35 a 70 millones de
toneladas: Stalin apuntó 105, y así hizo con todo. Lanzó a la URSS
a una improvisación a escala continental. A eso lo llamaron «socia­
lismo».

174
Para construir ese socialismo había que «quebrar el egoísmo cam­
pesino». En 1929, los rumores más locos circularon por la ciudad; Sta-
lin simplificó todo en la alternativa K/K: koljós o kulak. Los campesi­
nos se espantaron. Un testigo valioso, I.I. Schitz, apunta en su diario:

«29 de mayo de 1929, La escasez de alimentos empeora cada día.


En el mercado ya no quedan reservas. No hay carne. Esta sólo se
consigue con grandes esfuerzos, haciendo largas colas desde hora
temprana, y no todos alcanzan a comprar ni medio kilo. No han
distribuido carnets de racionamiento para la carne ya que de todos
modos nada tendrían para repartir. Han interrumpido la venta de
pan blanco al doble de su precio para todos los ciudadanos; ya no
se puede comprar pan si no es con cartilla.
»En el “Comunero” (la antigua tienda de Yeliseev) los estantes es­
tán vacíos. No hay nada de jamón. A veces sacan pescado. En lu­
gar de pan blanco, la gente compra galletas, pero dentro de poco
también se habrán acabado, porque en el mercado la libra de ha­
rina cuesta 75 kopeks. ¿Qué significa esto: una trampa o una ca­
tástrofe real?, ¿qué pasaría si fuéramos atacados en este momento?
Y es algo que puede ocurrir desde cualquier lugar» (pág. 116).

Durante el primer semestre de 1929 hubo 150 disturbios campesi­


nos; Moscú¿ a principios de junio, vio a la milicia enfrentarse con la
gente enardecida, que saqueó varias tiendas. Schitz apunta el 20 de sep­
tiembre:

«Están azotando a los mujiks de nuevo: los han obligado a vender


la patata a seis kopeks el kilo (en el mercado cuesta 10 kopeks), y
el heno a 15 kopeks el pu d [17 kilos] (su actual precio es de 40 ko­
peks); por último, hasta en la provincia de Moscú (en el poblado
de Tarusa) están cambiando los artículos manufacturados por pan,
a un precio de 1,12 rublos (!) por pud. Los mujiks han vuelto a la­
mentarse, pero nada se puede hacer.
»La colectivización está siendo introducida con éxito. La así lla­
mada intelectualidad (los agrónomos, estadistas, etcétera) trabaja
con denuedo, llevando a la práctica ideales que hasta hace muy
poco les parecían ajenos. Y el mujik ha desarrollado otra vez su
odio contra los “señores”.
»26 de septiembre. Los mujiks están alborotando. Cerca de Po-
dolsk han vuelto a “golpear” a las autoridades, en respuesta a que
la “Vechorka” [KGB] publicó varios nombres de obreros a quienes

175
calificó de kulak, lo que revela algo que siempre han ocultado: lo
mismo que uno de estos obreros, de apellido Budanov, declaró pú­
blicamente a Kalinin, que “al poder soviético hay que darle una
buena tunda, un escarmiento...”» (pág. 143).

Se multiplicaron las reacciones defensivas: disminuir las superficies


trabajadas, deshacerse de todo lo que no era estrictamente indispensa­
ble, comerse el ganado, entrar en el koljós, abandonarlo todo para
buscar trabajo en la ciudad, en las grandes obras industriales, tomar el
camino de Siberia como los antepasados. En vano. No pudieron con­
jurar el desastre que se aproximaba.
El 7 de noviembre de 1929, quince días después de aquel «jueves
negro» de Wall Street, Pravda publicó un artículo de Stalin titulado «El
año de la gran ruptura» (en ruso, «God velikogo pereloma»). Se ha tradu­
cido demasiadas veces perelom por «vuelta», «cambio». La palabra co­
rrecta para perelom es «ruptura». Por si alguien tuviese aún alguna duda,
el 27 de diciembre Stalin precisó que la línea era «la liquidación de los
kulaks, en cuanto clase». Vale la pena decir que muchos no tomaron
de inmediato la medida de la «fractura-ruptura». No se dieron cuenta
de que el acontecimiento era tectónico y que la ascensión de Stalin ha­
bía «terminado» cuando llegó el 50 cumpleaños de «Koba». En esos
años veinte que concluían, el secretario general había ganado la bata­
lla política porque, a la hora de una sucesión difícil, la del gran Lenin,
se había presentado como un hombre de compromiso. De ahí en ade­
lante no habría más compromiso.

«A mediados de diciembre. El 12 de diciembre por fin comenzó


el verdadero invierno. Su larga ausencia provocó que la gente se
preguntara en broma: ¿por qué no hay invierno?, ¿por qué el cam­
pesino no festeja? (“El invierno, festejo para el campesino...”) En
las aldeas, la ruina es total. La economía ha sido arruinada com­
pletamente, y todo en aras del triunfo del colectivismo, que aho­
ra quieren terminar mucho antes de que finalice el quinquenio.
»Toda negativa a entrar en el colectivo es castigada severamente.
Hace poco, un visitante vio en Tula un mar de cabezas de mujiks
en la plaza: los parientes despedían a 500 campesinos que eran en­
viados a trabajos forzados al norte; allá están “allanando” los bos­
ques gracias a lo barata que es la mano de obra (y la exportación
de madera es nuestro principal rubro en el presupuesto). En otros
lugares están fusilando a la gente, despojándola de sus bienes,
apropiándose del ganado. Desesperados, los campesinos han co-

176
menzado a sacrificar el ganado; lo llevan a vender a Moscú. Por
eso es frecuente ver en los apartamentos o bien en la garita del por­
tero (no se puede hacer abiertamente porque te arrestarían) vender
las aves provenientes de las aldeas. También hay mucha ave en las
cooperativas; es lo que hemos estado comiendo últimamente. Ya
no hay pescado. Desde hace mucho, tampoco hay productos lác­
teos. Cuando aparecen los embutidos, la gente se intoxica a me­
nudo con ellos. Un ejemplo de la ruina masiva pueden ser los co­
lonos alemanes, que, tras ciento cincuenta años de vivir en Rusia,
se están yendo a Occidente; atraviesan Alemania y de allí se van a
Estados Unidos. Han quedado completamente arruinados. Han te­
nido que abandonar sus tierras y sus casas» (Schitz, pág. 153).

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178
9
La colectivización

La colectivización fue la segunda fase de la guerra contra los cam­


pesinos, después del paréntesis de la NEP. Empezó en 1928 con el
retomo de las incautaciones de granos, y se precisó en 1929 con el es­
tímulo de «la lucha de clases en el campo» que culminó con la desku-
lakización, preludio de la meta final: la colectivización. Esa guerra se
llevó al mismo tiempo en el campo espiritual con la gran ofensiva con­
tra la réligión. La resistencia de los campesinos, mucho más activa de
lo que se creyó durante mucho tiempo, llevó al Estado a utilizar todos
los recursos represivos. El resultado fue la tan anhelada colectivización,
un desastre demográfico de tamaño mayúsculo y la creación definitiva
y amplia del Gulag, condición une qua non para las grandes oleadas ul­
teriores de una represión que no se limitaría ya a los campesinos.
La NEP había sido una tregua, un «Brest-Litovsk campesino», nada
más. Ciertamente hubo un Bujarin, que declaró en 1925:

«Siempre habrá los que declaren una noche de San Bartolomé con­
tra la burguesía campesina y para demostrar que eso corresponde
perfectamente a la línea de clase y es perfectamente realizable. El
único problema es que, estrictamente, no nos daría nada, sino que
perderíamos mucho. Preferimos autorizar al campesino burgués a
desarrollar su empresa, pero le quitaremos mucho más que lo que
quitamos al campesino medio».

Había terminado el tiempo de esas sutilezas. Stalin explicaría a


Churchill, en 1942, que él no tenía nada personal contra el campesi­
no, pero que cuando a éste se le decía:

«“Toma ese tractor”, él contestaba: “Prefiero mi jumento”. Uno pier­


de todo el día argumentando. Y cuando ha terminado de demos-

179
trarle que la agricultura moderna debe mecanizarse a toda costa,
aquél se rasca la nuca y dice: “Tengo que consultarlo con mi mu­
jer”. Y entonces las mujeres [...] olvídelo. Tuvimos que colectivi­
zar. Y como ellos estaban en contra [...] Sí, una decena de millo­
nes quizá [de muertos]».

Lo que no dijo Stalin es que no se le ofreció ningún tractor al cam­


pesino. Alguna vez Lenin había dicho que no se podría colectivizar sin
tractores, pero no por eso dejó de ser leninista la empresa. En 1976, y
luego en 1978, el viejo Mólotov afirmaba a su entrevistador que Lenin
no hubiera actuado de otra manera y que los que dicen lo contrario
«son oportunistas, no entienden nada, son cerrados, incapaces de lle­
gar al fondo del problema. Lenin era un hombre capaz de atravesar
cualquier obstáculo. Dicen que Lenin hubiera colectivizado con me­
nos víctimas. ¿Cómo hubiera podido hacerlo de otra manera?».
Los 165 días que fueron del 27 de diciembre de 1929, fecha en la
cual Stalin anunció la «colectivización total» y «la liquidación de los
kulaks como clase», precisando que «cuando se corta la cabeza, no se
echa de menos el cabello», hasta el 2 de marzo de 1930, fecha en que
publicó su editorial «El mareo del éxito», estremecieron al país mucho
más que los «diez días» celebrados por John Reed.

La «deskulakización»

El Gobierno lanzó al mismo tiempo los dos procesos, la «deskula­


kización» y la colectivización, en forma de koljós. Ese paralelismo te­
nía su lógica: el astuto Stalin, al designar al kulak como chivo expia­
torio y al atribuir sus bienes al koljós, lanzaba a la mayoría de la
comuna contra los «ricos» y estimulaba la entrada de los demás a un
koljós supuestamente enriquecido. Además, privando a la comunidad
de sus miembros más emprendedores y más autónomos, la deskulaki­
zación debilitaba una eventual resistencia posterior y facilitaba la co­
lectivización. La deportación y la liquidación física de los kulaks tenía
además un terrible efecto demostrativo. Finalmente, muchos campesi­
nos que participaban en el asalto sobre los bienes del kulak quedarían
como cómplices del Estado soviético,' con un sentimiento de culpa
desmoralizador.
Todo empezó de manera sorpresiva, como una buena ofensiva m i­
litar. Nada estaba previsto ni existía una definición jurídica de la «cla-

180
se» de los kulaks. El poder no había tenido una palabra para preparar
al Partido, al país, a los campesinos. El efecto sorpresa fue total. La in­
definición misma de la noción de «kulak» fue una ventaja: las autori­
dades locales tuvieron amplia latitud para improvisar. Ahí era kulak
quien tierie dos caballos, allí quien tenía uno nada más. Era kulak quien
se negaba a entrar en el koljós. Todo enemigo era kulak. Para facilitar
la tarea, cada república, cada distrito, cada pueblo recibió un plan con
un porcentaje obligatorio: la norma de colectivización era del ciento
por ciento (cuando a mediados de 1929 el plan hablaba aún de colec­
tivizar el 20 por ciento en cinco años...), la de deskulakización del 5 al
7 por ciento. Quien quería merecer el poder soviético, rebasaba la
norma y deskulakizaba hasta 15 y 20 por ciento. Así, en algunas par­
tes de Siberia donde no había kulaks fue necesario inventarlos y arres­
tar a campesinos sin tierra para cumplir con la norma.
La operación empezó poco antes de la Navidad de 1929 y culmi­
nó en febrero-marzo de 1930.

«Recuerdo [...] antes de arrestarlos, se les gravaba con impuestos.


La primera vez pagaban, aguantaban; la segunda, vendían lo que
podían para pagar. Creían que, de pagar, el Estado tendría piedad.
Algunos mataban el ganado, destilaban los granos, comían, be­
bían, porque, de todos modos, decían, la vida había terminado
para ellos. Quizá pasó de otro modo en otras regiones, pero así fue
entre nosotros. Primero arrestaron a los padres de familia, sólo a
ellos. Tomaron a los hombres que habían servido bajo Denikin, en
unidades cosacas. El GPU arrestaba, no los militantes, ni los acti­
vistas. Todo el primer contingente fue fusilado, ni uno solo se sal­
vó. Los arrestados a finales de diciembre permanecieron dos o tres
meses en la cárcel, luego los mandaron en “migraciones especia­
les”. Cuando arrestaban a los padres, no tocaban a la familia; le­
vantaban el inventario y la familia ya no era propietaria, sino que
tenía que cuidar los bienes.
»La dirección regional daba a conocer el plan, el número de ku­
laks por arrestar, a los distritos; los distritos dividían aquella cifra
entre los diversos soviets rurales y ellos elaboraban las listas. Esas
listas servían para arrestar, pero ¿quién las confeccionaba? Una
troika, tres personas decidían quién debía vivir, quién debía morir.
Claro, muchas cosas entraban en juego: dinero, historias de faldas,
venganzas personales. Al final se podía decretar que los pobres
eran kulaks, mientras que quienes podían compraban su libertad.
»Pero, en el fondo, que las listas las hayan hecho unos bribones

181
poco importa. Había más hombres honestos que bribones entre
los activistas, y el crimen de los unos y de los otros era idéntico.
La desgracia, lo entiendo ahora, es que todas aquellas listas crimi­
nales eran injustas.
»Arrestados los padres, les tocó a las familias a principios de 1930.
La GPU no daba abasto, fue necesario movilizar a los activistas.
Eran gente del pueblo, gente de todos conocida, parecían atonta­
dos, embrujados. Ahí está que amenazan a sus víctimas, tratan a
los niños de los kulaks de “hijos de perra”. Gritan “¡Chupasangre!”
[...] Consideran a esos campesinos como ganado, como puercos
[...] Eso empezó a influir sobre nosotros. Yo era una niña. Nos ha­
blaban de los kulaks en las asambleas. La radio, el cine, los escri­
tores y Stalin decían todos lo mismo: los kulaks son parásitos, que­
man el trigo, matan a los niños. Nos dijeron claramente: hay
que levantar a las masas contra ellos para aniquilar a esos maldi­
tos. Yo caí embrujada: todo el mal viene de los kulaks. Tan pron­
to como queden exterminados empezará una era feliz para todo el
campesinado.
»¡Nada de piedad! No son hombres... Y me volví activista. Había
de todo entre nosotros: los que creían, los que hacían sus propios
negocios, los que ejecutaban las órdenes, aquellos, los más nume­
rosos, que hubieran matado a sus padres para cumplir con las ór­
denes. Los más inmundos eran los que hacían sus negocios, ver­
tiendo la sangre y hablando muy fuerte de conciencia política,
mientras ajustaban cuentas personales y saqueaban [...] Febrero y
marzo fueron febriles. Apurábamos la salida de las familias kulaks
para que no quedara un solo kulak a la hora de las próximas siem­
bras y que la vida tomara un curso nuevo. Decíamos: ¡Es la pri­
mavera del koljós! No había instrucciones para la expulsión: en
nuestro pueblo se fueron a pie. Era horrible verlos. Marchaban
en columnas, se volvían para ver sus casitas, aún impregnados del
calor del hogar. ¡Cómo sufrieron! Acababan de prender la leña, la
sopa de coles no había terminado de cocerse, no habían tomado
la leche. Las mujeres lloraban, sin atreverse a gritar [...] En las ca­
beceras de distrito, las cárceles eran insuficientes. La gente sobre­
vivía poco tiempo. Los llevaban a la estación, bajo escolta, como
asesinos: abuelos y abuelas, mujeres y niños. No había padres, to­
dos habían sido apresados antes. La gente cuchicheaba: “cazan a
los kulaks” como si fuesen lobos» (Vasili Grossman, Todo pasa (r),
Frankfurt, 1970, págs. 137-142).

182
El historiador debe aportar a sus colegas de ciencias sociales más
exactas el elemento de caos y de irracionalidad que interviene siempre
en la toma de decisiones y en el curso de los acontecimientos. La con­
fusión administrativa era impresionante, hasta tal punto que uno tie­
ne la impresión de que nadie preparó la colectivización. Un buen día
se tomó la decisión (idea acariciada desde siempre, acariciada nada
más) sin prever las consecuencias ni organizar el movimiento. Tampo­
co se planeó un calendario. Parece que se decidió dar el salto ¡y ya!
Después, los dirigentes, entrampados en su propia política, se dejaron
llevar hasta las últimas catastróficas consecuencias.
Para empezar, un millón de personas fueron deportadas a campos
de concentración o a provincias lejanas. La deportación se hizo du­
rante el invierno de 1929-1930, sin preparación material: la gente se
quedó días y noches esperando en la nieve trenes (de carga) que no ha­
bían sido programados para su transporte. ¡Cuántos ancianos, cuántos
niños iriurieron allí! Cincuenta días de viaje en invierno, en carros para
ganadoj con los vivos que seguían en compañía de los muertos; luego
la marcha, las mujeres cargando a sus hijos; por fin, la llegada en me­
dio del bosque, en la nieve, sin una tienda de campaña, sin la menor
defensa contra los elementos, para empezar una «vida nueva», como
se leía en los periódicos.
El presidente Kalinin, supuesto protector de los campesinos, escri­
bió en Pravda (3 de marzo de 1930):

«La deskulakización es, en el momento presente, indispensable


como medida de tipo profiláctico, como vacuna anticapitalista.
Por cruel que parezca, es absolutamente indispensable, pues ga­
rantiza el sano crecimiento de la granja colectiva en el futuro y nos
asegura contra muchos gastos y contra un despilfarro enorme de
vidas humanas».

El ingreso en el koljós

Grossman, escritor soviético judío, afirmó con toda razón que el


kulak era un ente metafísico inventado por motivos ideológicos, un
grupo infrahumano, un enemigo condenado a desaparecer. Afirmó que
el kulak, bajo Stalin, fue lo que el judío bajo Hitler: una raza maldita.
Una vez despojado, el kulak no se transformaba en «campesino po­
bre», sino que quedaba marcado como infrahombre, incapacitado para

183
incorporarse al koljós, para trabajar en fábricas o para servir en el Ejér­
cito. Cuando los niños no eran deportados con sus padres, erraban por
los campos; nadie tenía derecho a recogerlos.
El exterminio de la elite productiva en el campo rompió definiti­
vamente la columna vertebral de una de las mayores civilizaciones
agrarias del mundo. Quedaba una masa atemorizada. Según la ficción
soviética, compartida por muchos universitarios nuestros, la colectivi­
zación respondía a los deseos profundos de la inmensa mayoría de los
campesinos. En 1929, 25.000 activistas llegaron a los pueblos y se ins­
talaron para preparar la operación. En 1930 recibieron el refuerzo de
75.000 compañeros. Los animaban la fe en la revolución, el odio ha­
cia el kulak y la esperanza en el poder mágico de un tractor aún por
venir. El plan quinquenal había previsto que el 8,6 por ciento de los
campesinos se habría incorporado al koljós en 1932-1933. Yuri Orlov
cuenta en sus memorias (Particules devie, París, 1993, págs. 25-26) cómo
su tío Mitia participó en la repentina aceleración del movimiento
forzado:

«Como había participado en la guerra civil, lo que le valió una me­


dalla, y como era un antiguo miliciano, le encargaron la tarea de
colectivizar el ciento por ciento del pueblo. A cambio, recibiría el
permiso para irse a trabajar en una fábrica. Petia aceptó. “Cuanto
antes les dé su ciento por ciento a esos hijos de p..., más pronto
podremos largamos de aquí.” Mitia había entendido perfectamen­
te que “liquidar a los kulaks como clase” era hacer una nueva re­
volución; el problema es que en el pueblo no se trataba de ocu­
parse del enemigo; todos eran sus amigos y la idea del koljós les
repugnaba. Incorporarse al koljós era perder su libertad. Los más
inteligentes, los más lúcidos abandonaron todo y huyeron del
campo. Nuestro pueblo, que sin ser rico tampoco era pobre, se
acabó en un año. Todos los caballos tuvieron que ir al koljós y no
duraron mucho: como no eran de nadie, trabajaban hasta agotar­
se; nadie se ocupaba de alimentarlos. Las vacas casi habían desa­
parecido. Al primer rumor de colectivización, los campesinos las
habían degollado. Sin vacas, no hay leche ni estiércol. Sin estiér­
col, no hay patatas, ya que máquinas y fertilizantes sólo existían
en teoría. Mitia se fue a Moscú».

Stalin tenía prisa; tanta, que en el decreto de enero de 1930 olvi­


dó precisar que la colectivización no afectaba al pequeño huerto pe­
gado a la casa, ni tampoco a las gallinas y a los conejos. Tenía tanta

184
prisa que en muchos lugares la consigna fue: «Colectivicen el ciento
por ciento en dos días o devuelvan su carnet» (del Partido). En esa pri­
sa había una lógica: otra vez la lógica militar de tomar al enemigo por
sorpresa, previniendo la huelga y el sabotaje. Stalin quería terminarlo
todo antes de las siembras de primavera. La consigna también era: «Si
cometen excesos y los arrestan, no se preocupen, pues será por sus ha­
zañas revolucionarias». Como el movimiento no era en absoluto es­
pontáneo y como ningún activista quería aparecer como «derechista»,
se colectivizó el ciento por ciento.
Los recalcitrantes fueron calificados de «kulaks» (en ese preciso
momento se hace la deportación masiva de los kulaks y de sus fami­
liares) de tal modo que la entrada en el koljós se presentó como la úni­
ca forma de evitar la deportación. Los campesinos se resistieron de todas
las maneras: asesinatos, manifestaciones, motines. Las mujeres tuvieron
una participación masiva. En su desesperación suicida, los campesinos
masacraron la mitad del ganado. De 34 millones de caballos, queda­
ron 16; de 68 millones de vacunos, quedaron 38; de 147 millones de
ovejas, quedaron 50. Para los animales, tenemos cifras. Para las pérdi­
das hurhanas, hasta la fecha, se sigue discutiendo...
Para poner fin al caos y lograr las siembras de 1930, el 2 de mar­
zo Stalin escribió «El vértigo del éxito», denunciando los «excesos» de
la colectivización, reclamando que se respetara la libre voluntad de los
campesinos, que se les dejara su huerto, su huerta, su casa, su galline­
ro y una vaca; prohibiendo que se tañeran las campanas de los tem­
plos. Los campesinos abandonaron en masa los koljoses, menos en la
zona clave productora de excedentes de granos.
La confusión siguió imperando. Se rumoreaba que Voroshilov y
Budiónny se negaban a mandar la tropa contra los campesinos.
Schitz apunta en su diario:

«Abril. Después del artículo de Stalin “El vértigo del éxito”, se


esperan “éxitos de este vértigo”, pero por alguna razón esto no
ocurre.
»El desconcierto es total. Los diarios critican los “excesos” e in­
tentan demostrar que en provincias entendieron mal las directivas.
Al sentir que la línea se ha “debilitado” un poco, la vida comien­
za a “despertar”.
»Casi a diario publican los “privilegios” otorgados a los koljosia­
nos “individuales” que superan la cantidad de tierra roturada. Los
que no siembren nada deberán pagar un impuesto y perderán la
tierra, etcétera. Por lo visto, este año quedará mucha tierra sin sem-

185
brar. Las consecuencias para el hombre de la calle son, por ahora,
una disminución del pan blanco, pero “después de las fiestas”, es
decir, después del 1 de mayo, prometen reducir la cuota de pan.
En lugar de carne darán conservas.
»No se sabe bien quién está al frente del país. Algunos hablan de
una alianza entre Stalin y Rikov, sobre cierta “humillación” a Mó-
lotov, y del “crepúsculo” de Stalin, sobre que si lo habían herido
o golpeado en una de las sesiones del secretariado, pero “mientras
los nobles pelean entre sí...”».

En julio escribe:

«Nunca se había visto una cosecha de trigo como la de este año,


en diez años no recuerdan nada parecido y, lo que es más, ha
ocurrido por todos lados: en el Cáucaso, en Ucrania, en las tierras
negras, en el Volga. Pero nosotros seguiremos comiendo el pan ra­
cionado, tan ácido y desabrido, horneado con harina gris.
»Los campesinos están haciendo las paces con los koljoses, inten­
tan moldearlos a su manera. Los que siguen sin incorporarse a los
koljoses son desplazados a las tierras peores y más lejanas, son
aplastados con impuestps y requisas».

Tan pronto como se recolectó la buena cosecha, la colectivización


retomó su marcha. Todos los métodos fueron empleados: impuestos,
propaganda, incautaciones, represión. Mijaíl Sholojov, el autor de E l
Don apacible, se atrevió a denunciar todo esto en una carta a Stalin en
1932, cuando ya empezaba la hambruna, en su Don natal. Stalin lo re­
gañó de tal manera que se puso a escribir enseguida su vergonzosa no­
vela Tierras roturadas, apología de la colectivización. Stalin le decía:

«¿Excesos? De acuerdo, pero los “honestos trabajadores” de tu re­


gión, y no sólo de tu región, saboteaban y pensaban dejar a los
obreros y al Ejército Rojo sin granos. Que el sabotaje sea silencio­
so y aparentemente moderado (sin sangre) no cambia nada el he­
cho de que tus “honestos trabajadores” hacen en realidad una
guerra silenciosa contra el poder soviético: la guerra por el ham­
bre, querido camarada Sholojov».

La guerra por el hambre la hizo el poder soviético al campesinado.


A esas alturas, finales de 1932, la colectivización estaba práctica­
mente hecha, de manera que, en 1934, los veintitantos millones de em-

186
80

Gráfico 3. La crisis de la ganadería.

presas familiares quedaban agrupadas en 240.000 latifundios serviles,


bautizados como granjas colectivas. Los campesinos hablaban, sin
equivocarse, de la «segunda servidumbre», peor que la primera.
Al campesino se le concedían en usufructo una parcela muy pe­
queña (el huerto), una vaca, un puerco, unas aves. Fue una concesión
al campesino como realidad económica; la única y la última conce­
sión. Por lo demás, el koljós se parecía más a una plantación esclavis­
ta que al antiguo sistema ruso de la servidumbre, que dejaba autono­
mía a la comunidad campesina. La burocracia nombrada por el Partido
dirigía la empresa, decidía las labores y el calendario, en función de las
instrucciones superiores (el plan). Cuidaba de cumplir con las entregas
previstas por el Estado, que eran la oficialización de la incautación del
comunismo de guerra. No se tomaban en cuenta las necesidades de los
koljosianos. Se les pagaba en «jomada-trabajo», calculada de tal mane­
ra que varios días de labor se contabilizaban como una J-T; así, en un
koljós de Ucrania, los trabajadores recibían 150 J-T al año, lo que les
daba derecho a un kilo de pan por día y al dinero en efectivo para
comprar un par de zapatos a fin de año. La red de los koljoses estaba
definida por las MTS (Estaciones de Máquinas y Tractores), muchas ve­
ces sin máquinas ni tractores, pero que funcionaban bien como esta­
ciones de control político y económico. Cada koljós tenía su cárcel,
cada MTS tenía su «sección política», nombrada por la GPU.

187
El asalto contra la religión

En 1922, cuando la hambruna provocada por el comunismo de


guerra flagelaba aún a la población, Lenin lanzó una primera campa­
ña de erradicación contra la Iglesia ortodoxa rusa. En los últimos años
de la NEP, una tregua había permitido la reconstrucción de la Iglesia.
La segunda ofensiva empezó en grande en 1929 y golpeó a todas las
religiones. Acompañó a la colectivización y se confundió con ella. De
1929 a 1932, miles de sacerdotes fueron deportados como kulaks; a los
pastores, rabinos y mulás no les fue mejor; en cuanto a los sacerdotes
de la Iglesia greco-católica (uniata) de Ucrania, les fue peor aún. La co­
lectivización cerró templos cristianos y budistas, sinagogas y mezqui­
tas; los transformó en graneros, bodegas y cárceles o los destruyó; el
80 por ciento de los lugares de culto fueron así eliminados. Los ico­
nos fueron confiscados o quemados. No quedó abierta en 1932 una
sola sinagoga. Para hablar en términos marxistas, la descristianización,
la desislamización y la desjudaización fueron la destrucción de la
«superestructura» que acompañaba la «infraestructura», a saber: la tierra,
el pan y los hombres.
Inútil volver sobre el tema del violento ateísmo tanto de los bol­
cheviques como de Lenin, inútil recordar que en 1922 Trotski consi­
deraba «la religión un veneno, especialmente en un periodo revolu­
cionario» y que para ellos el ateísmo era una pasión, una fe. Entre 1917
y 1988, si bien la dirección frente a la religión pudo haber cambiado,
esto fue siempre de manera táctica. Así, en 1928, Stalin podía decir: «De­
clarar que la guerra a la religión es uno de los objetivos del partido obre­
ro no es más que una frase anarquista», y «si un sacerdote viene hacia
nosotros, si ejecuta a conciencia la tarea que el Partido le confía, podre­
mos aceptarlo en nuestras filas».
Pero en 1929 «la alianza entre popes y kulaks» servía para explicar
todos los contratiempos, y en el verano se reunió el Comité Central
especialmente para tratar a la Iglesia como «enclave kulak». En junio
se había convocado el Segundo Congreso de la Liga de los Militantes
Sin Dios para adoptar un plan quinquenal de «liquidación» de la reli­
gión, seis meses antes de que Stalin ordenara la «liquidación de los ku­
laks». En mayo, la Constitución había sido modificada de manera que
dificultara las actividades religiosas.
Schitz señaló en su diario:

188
Gráfico 4. La colectivización, 1929-1940.

«A cada circunscripción que desea conservar su templo le propo­


nen reunir cierta cantidad de firmas, pero en la hoja para firmar fi­
gura una serie de preguntas: apellido, salario, si pertenece o no al
Partido, origen, etcétera, y responder a ellas significaría quedarse
sin trabajo, ya que en ninguno está permitido contratar a personas
que abiertamente se confiesan creyentes.
»8 de enero, 1930. Los bolcheviques lograron echar a perder la Na­
vidad completamente, al menos en apariencia. La destrucción de
las iglesias, en las que se cultivan patatas y que son convertidas en
clubes; el desmonte de las campanas, la expulsión de sacerdotes de
sus apartamentos, el hecho de que no les permitan comprar pan
ni a precios elevados, la presión a que son sometidos los emplea­
dos (la reunión de firmas en apoyo de la clausura de iglesias) y los
niños (les piden consignar en los formularios si van a la iglesia y,
en caso positivo, si van “de forma voluntaria” o son “obligados”
por sus padres; los conminan a que “traigan” iconos a la escuela
para quemarlos allí públicamente, etcétera); todo esto ha culmina­
do con la introducción de la “ininterrumpida” [semana] y la “se­
mana de cinco días”, lo cual ha acabado con el concepto mismo
de las fiestas y ha eliminado asimismo la posibilidad de que la gen­
te se relacione entre sí.
»[...] En apariencia, el triunfo ha sido total, pero ¿y en lo intemo?
Para mayor triunfo, ayer, en el día de Navidad, por la mañana se

189
podía ver cómo en el monasterio Strasnoi tumbaban con un mar­
tillo los restos del ornamento religioso del campanario...
»[...] A las provincias también les han dado su lema. A todas par­
tes envían telegramas con resoluciones sobre la clausura de las igle­
sias, el desmontaje de campanas, la quema de iconos, etcétera.
»Por Moscú se pasearon mascaradas (“carnavales") de carácter an­
tirreligioso. No sé si es cierto o no, pero dicen que se utilizaron
objetos de culto para estos desfiles.
»Abril de 1930. La vieja Moscú está siendo destruida sistemática­
mente. Se destruyen gran cantidad de iglesias nuevas: el templo
Rastrelevski, en Serpujov, y de Juan Bautista en Krechetnik (el bu­
levar de Novin).
»Semejante destrucción tiene lugar en Asia central, donde han sido
destruidas Bujará y otras ciudades.
»3 de agosto. [...] Han comenzado a quitar el recubrimiento de oro
del templo de Cristo Salvador. La zona ha sido cercada y no se
permite la entrada.
»11 de agosto. Desde lejos se puede ver cómo le están arrancando
la cúpula dorada al precioso campanario barroco del monasterio
de la Epifanía».

Lo que en la ciudad era mascarada antirreligiosa, en el campo se


transformó en persecución violenta y sistemática. Pedro el Grande ha­
bía quitado a las iglesias una de cada cuatro campanas para fundir sus
cañones; en 1929-1932, Stalin confiscó todas las campanas para fun­
dir carburadores y para celebrar grandes victorias en el «frente religio­
so», al mismo tiempo que celebraba «el octubre rural» en el «frente
agrario».
Las iglesias fueron consideradas «empresas privadas» y como tales
sometidas a la deskulakización. En el campo, el clero había sobrevivi­
do gracias al apoyo material de los campesinos menos pobres; de no
haber sido deportados como kulaks, los sacerdotes no habrían podido
mantenerse porque la incorporación al koljós les estaba prohibida. Los
pocos sacerdotes restantes tuvieron que pagar un impuesto superior a
sus ingresos. Al no cumplir con sus obligaciones fiscales, el sacerdote
caía en la categoría de «enemigo público», de «saboteador del plan», lo
cual se castigaba con la muerte, la deportación o, en el mejor de los
casos, la cárcel. La esposa y los hijos del cura, para conservar su dere­
cho a trabajar, no perder su cuarto o proseguir sus estudios, tenían que
condenar públicamente a su padre y esposo, y pedir (en el caso de la
mujer) el divorcio.

190
No hay cifras de los años 1929-1932, por lo cual debemos que­
damos con las estadísticas globales de 1918-1939 y sólo para la Iglesia
ortodoxa. Dmitri Pospielovski, en un cálculo confirmado por Natha-
niel Davis, suma un total de 42.000 sacerdotes y diáconos, así como
40.000 monjes y monjas fusilados o muertos durante la deportación.

La resistencia campesina

Durante mucho tiempo, con pocas excepciones, la historiografía


aceptó la tesis de la pasividad de los campesinos; eso, cuando no rati­
ficaba la teoría soviética de la participación entusiasta de la mayoría de
los campesinos en la colectivización. Los documentos guardados en los
archivos del Estado soviético bajo siete llaves, finalmente accesibles
después'de 1991, confirman lo que habían dicho desde muy tempra­
no testigos como Víctor Serge o lo que Merle Fainsod había encon­
trado en; los archivos soviéticos de Smolensk, trasladados a Occidente
por el invasor nazi. Dice Serge:

«¿Lo lograrían a través de la persuasión? Sucede que el cultivador


independiente que había resistido la agitación-constricción era más
libre y estaba mejor alimentado que el otro. El Gobierno llegó a
la conclusión de que la colectivización debía ser total e inmedia­
ta. Pero la gente de la tierra se defendió ásperamente. ¿Cómo que­
brantar su resistencia? Con la expropiación y la deportación en
masa de los ricos (los kulaks) y de todos aquellos a los que se de­
cida calificar como kulaks. Es lo que llaman la liquidación de los
kulaks como clase. ¿Se sabrá alguna vez qué desorganización de la
agricultura resultó de ello? Los campesinos, antes de entregar su
ganado al koljós, lo matan, venden la carne y se hacen botas con
el cuero. Con la destrucción del ganado, el país pasa de la escasez
al hambre. Cartilla para el pan en las ciudades, mercado negro,
desmoronamiento del rublo y de los salarios reales. Se necesitarán
pasaportes interiores para retener a su pesar la mano de obra cua­
lificada en las fábricas. Puesto que la colectivización total se enca­
mina al desastre, se la declarará alcanzada en un 68 por ciento, de­
masiado tarde por lo demás, en marzo de 1930, en lo más fuerte
del hambre y el terror.
»Las mujeres iban a liberar las vacas arrebatadas por el koljós, ha­
cían con sus cuerpos una muralla ante los animales: “¡Disparad,

191
pues, bandidos!”. ¿Y por qué no habrían de disparar contra esos
rebeldes?
»En la Rusia Blanca, cuando vinieron a cortar la crin de los caba­
llos para la exportación, sin sospechar que los animales reventarían
por ello, las mujeres rodearon al jefe del gobierno local, Golodied
(que se suicidó o fue fusilado más tarde en 1937), y de pronto
alzaron, furiosas, sus sarafanes, bajo los cuales estaban desnudas:
“¡Aquí tienes, puerco! ¡Toma nuestra crin si te atreves, no te dare­
mos la de los caballos!”. En una aldea del Kubán, cuya población
entera fue deportada, las mujeres se desnudaron en las casas, pen­
sando que no las harían salir desnudas; las sacaron tal como esta­
ban, a culatazos, hacia unos vagones de ganado [...] Cheboldaiev,
del Comité Central, presidía las deportaciones en masa de aquella
región, sin sospechar que, por su mismo celo, sería fusilado en
1937. Terror en los pueblos más pequeños. Hubo hasta 300 focos
de sublevación campesina al mismo tiempo en la Eurasia soviética.
»En trenes repletos, los campesinos deportados partían hacia el
norte glacial, los bosques, las estepas, los desiertos, poblaciones
despojadas de todo; los viejos reventaban en el camino, se en­
terraba a los recién nacidos en los taludes de las carreteras, se sem­
braban en todas las soledades pequeñas cruces de ramas o de leña
blanca. Algunas poblaciones, arrastrando en carricoches todo su
pobre haber, se lanzaban hacia las fronteras de Polonia, de Ruma­
nia, de China, y cruzaban —no enteras, claro— a pesar de las ame­
tralladoras. En un largo mensaje al Gobierno, de noble estilo, la
población de Abjasia solicitó autorización para emigrar a Turquía».

Hay que distinguir varias etapas en esa gran guerra que, según le
dijo Stalin a Churchill, fue peor que la segunda guerra mundial. En
1928-1929, cuando se volvió a la práctica de las incautaciones, hubo
una resistencia unánime de todos los campesinos. Así, un documento
de la GPU de mayo de 1929, sobre la requisa en la región de Bamaúl,
en Siberia, señala «un sabotaje generalizado y una resistencia tenaz de
los kulaks [...] que han logrado ganarse el apoyo de una parte consi­
derable del campesinado y organizar una defensa colectiva de sus
propiedades [...], agrupando a todos los pueblos vecinos» (Werth y
Moullec, pág. 113). El responsable señalaba la participación de los
campesinos pobres y hasta de los jornaleros en la resistencia.
El Gobierno decidió enfocar su ofensiva únicamente sobre los ku­
laks, lo que le permitió lograr el apoyo de ciertos campesinos. Tres in­
formes sobre la región central de las tierras negras, entre febrero y mar-

192
zo de 1930, lo confirman, pero apuntan que «los campesinos medios
ven con inquietud la deskulaldzación, temiendo que después de los ku­
laks les toque a ellos [...] sin embargo, frente a los progresos de la co­
lectivización, los kulaks son ahora capaces de organizar verdaderos mo­
tines antisoviéticos» (Werth y Moullec, pág. 117).
La colectivización arrancó cuando la deskulakización no había ter­
minado aún, unificando de nuevo a los campesinos. El 2 de marzo,
I. Vareikis, secretario del Partido Comunista de Voronezh, escribía a
Sergo Ordzhhnikidze: «En la segunda quincena de febrero ocurrió un
cierto número de levantamientos antikoljós [...] con un carácter agre­
sivo, abiertamente contrarrevolucionario y antisoviético, al grito de
«¡Abajo los comunistas, homsomolsk y pioneros! ¡No toquéis nuestra
Iglesia! ¡Libertad para los presos! ¡Devolvednos a nuestros kulaks!».
Concluía que era «como el principio de un levantamiento antisoviéti­
co». El informe es del 2 de marzo; el día 3 Stalin publica «El vértigo
del éxitó».
El fenómeno era general y se evocaba el fantasma de Antónov y
de la rebelión de Tambov. El 29 de marzo, el mismo Vareikis decía:
«Hemos perdido la oportunidad de aislar el campo de los kulaks [...]
es el campesinado entero el que se levanta contra nosotros en un fren­
te único». Las tierras negras de Rusia y de Ucrania, el granero de la
URSS, frieron especialmente afectadas. El jefe de la GPU de Ucrania
informaba el 19 de marzo que sólo en el distrito de Tulshinski, 15 de
los 17 cantones estaban afectados y que 153 pueblos participaban en
el movimiento. «El poder soviético ha sido completamente eliminado
de 50 lugares. Los koljoses han sido liquidados en casi todas partes.»
En Ucrania, el movimiento tomaba, además de los aspectos agrarios y
religiosos, una tonalidad nacionalista.
Iván Slinko, de Mirgorod (Ucrania), escribió al camarada Kalinin,
presidente del Comité Ejecutivo Central:

«¿Es que se pueden soportar esos arrestos masivos de campesinos,


de campesinos pobres y medios, hasta de partisanos rojos? Jamás,
bajo ningún Gobierno, se habían visto las cárceles tan repletas. La
cárcel de Lubny tiene cien plazas: han metido a 1350 personas;
la de Romany, 180: han metido a 2000. ¿Qué opina, camarada
Kalinin?, ¿le parece bien? Lenin decía: “La fuerza del poder es la
confianza del pueblo”. Hoy nadie les tiene confianza. Por esa po­
lítica incorrecta del Partido, dejo el Partido y entro en el partido
de la revolución popular» (documento citado en Werth y Moullec,
pág. 139).

193
Slinko no dudaba en decir: «¿Quién sino el usurpador Stalin es res­
ponsable de la colectivización forzada de este invierno? Y ahora nos
echa la culpa a nosotros, los comunistas de base».
Varios obreros y empleados de Vologda se atrevieron a firmar una
petición dirigida a Mijaíl Ivánovich Kalinin. Describía la tragedia de
los 35.000 deportados amontonados en su ciudad:

«Los sacaron de los vagones para ganado como perros y los amon­
tonaron en iglesias y hangares sucios y fríos, tan apretados que no
podían moverse. Ahí los tienen, medio desnudos, en el frío, la
suciedad, el hambre, los piojos. Cada día mueren por lo menos
50 y pronto el número de tiiños inocentes asesinados asombrará
al mundo —ya pasan de 3000— [...] Si por lo menos, al pisar
los cadáveres de los niños, nos estuviéramos acercando al socia­
lismo o a la revolución mundial, podríamos pensar que no se
llega al socialismo sin coste, pero, de todos modos, no llegare­
mos nunca al socialismo» (citado en Werth y Moullec, págs. 139-
140).

El poder soviético explicaba esa resistencia por los «excesos» co­


metidos por los activistas. El 3 de abril, el procurador de Riazán es­
cribía: «Las autoridades locales deskulakizan a campesinos de clase me­
dia y pobres, soldados rojos y especialistas; les quitan todo, hasta los
pañales de los bebés». Entre los «abusos criminales» señalaba la «des-
kulakización de los maestros de primaria, el cierre no autorizado de
templos, la profanación de tumbas, ejecuciones públicas, arrestos ma­
sivos perpetrados por gente no habilitada para hacerlo, actos ilegales
como la tonsura a la fuerza de campesinas recalcitrantes». Señalaba la
frecuencia de «los motines de mujeres» ligados a los «excesos de la po­
lítica antirreligiosa». En efecto:

«Los “excesos” —pero sin “excesos”, ¿qué colectivización?—habían


anulado el apoyo que una parte de la población rural había dado
al principio al poder soviético. La posibilidad de saquear impune­
mente y sin límites a los kulaks atrajo a algunos elementos crimi­
nales, como señalaba la GPU de Ucrania. “Esos criminales perse­
guían a los deskulakizados (entre los cuales había numerosas
personas de clase media) desnudos, los golpeaban, organizaban or­
gías en sus casas, los obligaban a cavar su sepultura, desvestían a
sus mujeres y las violaban...”» (Andrea Graziosi, pág. 450).

194
Eso provocó la reacción de la mayoría y los levantamientos, nota­
bles por su espontaneidad, de finales de febrero y de principios de mar­
zo de 1930. Andrea Graziosi ha estudiado la crisis en Ucrania a través
de todos los informes recibidos nada menos que por Sergo Ordzhhni-
kidze, amigo íntimo de Stalin, jefe de la Comisión Central de Control
y comisario dé la Inspección Obrera y Campesina. Ordzhhnikidze via­
jó a Ucrania para tomar las medidas necesarias. Después de la primera
etapa de resistencia pasiva (suicidios, destrucción de las herramientas,
masacre del ganado) en un ambiente de fin del mundo, acompañada
por la huida hacia las ciudades y las fábricas (como en el tiempo de la
servidumbre), hacia el 15 de febrero de 1930 empezó la rebelión: en el
mapa presentado por Graziosi se ve que el movimiento fue casi univer­
sal; por lo tanto, el general Grigorenko no estaba equivocado al escribir
en sus memorias que los levantamientos de Ucrania y del Cáucaso fue­
ron la causa principal de la pausa decretada en marzo por Stalin; sin em­
bargo, Se debe señalar que hubo además 1678 manifestaciones armadas
antisoviéticas contra la colectivización en las otras repúblicas.
Junto a los «motines de mujeres» se organizaron muchas bandas ar­
madas con hachas, cuchillos, palos, lo que acentúa el tono medieval
del movimiento. De hecho, la mayoría de los koljoses en la región se
habían dislocado antes del artículo de Stalin. Los tumultos duraron
dos o tres meses, agravando la crisis alimentaria en la ciudad; en marzo
y abril los campesinos volvieron a trabajar: era el tiempo de sembrar,
«si no, nos quedaremos sin pan». En mayo, el koljós prácticamente ha­
bía dejado de existir en Ucrania y los campesinos gritaban: «¡Viva Sta­
lin! ¡Abajo nuestros comunistas!». Stalin, con su «vértigo del éxito», ha­
bía logrado presentarse como el «zar bueno», y muchos campesinos
pensaban que la NEP había vuelto. Momentáneamente, el poder se
contentó con una colectivización del 30 al 50 por ciento, pero termi­
nó la deskulakización. Luego, en menos de tres años colectivizó el
ciento por ciento. En Ucrania, la represión significó 650 fusilados y
100.000 deportados. Ordzhhnikidze apuntó en sus conclusiones: «La
Iglesia desempeña un papel colosal en las revueltas campesinas».
Andrea Graziosi, con toda razón, insiste en comparar las dos ofen­
sivas contra los campesinos: la del comunismo de guerra y la de la co­
lectivización; en ambos casos, el poder usó a los campesinos pobres
contra los kulaks; en ambos casos manifestó una crueldad despiadada.
La represión de la Tambovshchina y la «descosaquización» anunciaban
la deskulakización y la deportación masiva. En ambos casos, la ham­
bruna llegó al final para coronar la tragedia, como consecuencia de la
tragedia. Los actores de 1929-1930 eran muy conscientes de esa conti-

195
nuidad: los «excesos» quedaban justificados en el documento 14 de la
GPU que Graziosi reproduce en referencia a 1918-1921. Para justificar
su conducta en 1930, los actores dicen: «Había vuelto el comunismo
de guerra, la masacre en el campo correspondía al orden de las cosas».
Una vez más, sin complejos, el poder soviético manejaba «el cepillo de
hierro» alabado por Trotski.
Ciertamente, los comunistas fueron víctimas de su éxito y se asus­
taron frente a la reacción campesina de febrero de 1930. De repente, se
acordaron de Tambov. Sergo Ordzhhnikidze apuntó el 24 de marzo:
«De haber seguido con esta política, ¿qué habría pasado? Probablemen­
te una insurrección del campesinado [...] en los confines de Polonia [...]
posiblemente habría provocado una guerra internacional». Recordaba
cómo, en el otoño de 1924, el cierre de los templos en Georgia había
provocado el levantamiento en el campo.
Por lo tanto, Stalin ordenó la retirada táctica de marzo, que tuvo
un efecto muy benéfico sobre la agricultura. La siembra estaba ya re­
trasada y sin esa medida no se habría recogido la excelente cosecha de
1930, «un regalo del cielo» (Moshe Lewin). Por cierto, esa cosecha hizo
pensar que las reservas campesinas eran inagotables, lo cual no era ver­
dad. El coste del desastre de 1929-1930 se hizo sentir hasta el año si­
guiente, pero algunos observadores de la GPU (documento 5), recor­
dando 1921-1922, anunciaban la posibilidad de una hambruna.
En la serie de terribles cartas dirigidas en 1930 a los más altos res­
ponsables destaca la siguiente:

«Ahora, que Stalin en persona nos conteste: ¿quién tuvo la razón,


el oportunista Rikov o él mismo, el desviacionista de derechas? Pro­
mulgó decretos, pero no los pensó bien en su cabezota. En cinco
meses puso a Rusia patas arriba y no logra enderezar las cosas. Ya
no engañará a los campesinos. No saciaban su hambre ni saciaban
su sed, caminaban descalzos, lograban mal que bien criar su gana­
do y sembrar un poquito más. Ahora podrán intentar convencerlos,
no se dejarán engañar más. Con sus tractores, un p u d [17 kilos] les
costará 8 rublos. Será ventajoso solamente para sus proletarios sen­
tados en el poder, que disfrutan sus 200 rublos mensuales. ¿Acaso
no sabéis que no tenemos adonde ir para ganamos la vida? Y a nues­
tros campesinos medios, ¿les habéis visto la cara? Un campesino me­
dio tiene una vaca, un caballo, una casa podrida y cinco hijos sobre
la espalda. Eso es un campesino medio. Mientras que el hijo de ku­
lak es el que está en el poder con sus 200 rublos mensuales. ¿A eso
le llamáis proletario? Quedaos en vuestro Comité Ejecutivo Central,

196
hijos de perra. ¿No me creéis? Venid a ver lo que pasa en Samoi-
lovski, distrito de Balashevski. Si algún día viene la guerra, la primera
bala será para vosotros, cabrones. Exigimos que leáis todos esa car­
ta, ¡todo el Comité Central!» (Werth y Moullec, pág. 40).

Cartas como ésta confirmaron a Stalin en su convicción de que


había que liquidar al campesino como entidad social.

La hambruna de 1932-1933

Un refrán ruso dice: «Nieurozhai, ot Boga; golod, otliudiei», esto es,


«las malas cosechas vienen de Dios, el hambre viene de los hombres».
En el Comité Central de 1926, Stalin había descartado la colectiviza­
ción, señalando que tendría como consecuencia «alguna hambruna ar­
tificialmente provocada». Resultó ser un buen profeta; hizo lo necesa­
rio para que se cumpliera. El mismo Stalin había dictaminado desde
1914 que «el problema de las nacionalidades era, en su mera esencia,
un problema del campesinado». A partir de dificultades climatológicas,
que no alcanzaron un nivel de catástrofe, las exigencias consciente­
mente exageradas del tributo en granos provocaron una «hambruna ar­
tificial», una «hambruna organizada» en Ucrania, en la zona cosaca del
Don, del Kubán y del Cáucaso septentrional.
En 1933, es decir, a medio camino entre el genocidio armenio per­
petrado por el Estado turco (1915) y el genocidio judío perpetrado por
los nazis, de cinco a siete millones de personas desaparecieron duran­
te una hambruna que se producía mientras el Estado soviético expor­
taba trigo. La imaginación es poco sensible ante cifras tan elevadas.
Como Stalin explicó a Churcbill: «La muerte de un hombre es una tra­
gedia; la desaparición de millones de hombres es una estadística».
Entre 1918 y 1922, Ucrania, las regiones cosacas, el Volga medio y
el Cáucaso habían sido las áreas más rebeldes y también las más casti­
gadas por la represión y la hambmna. La colectivización fue especial­
mente intensa en la misma zona y las incautaciones más altas. En
1930, la requisa de granos se llevó el 26,5 por ciento de la cosecha
(media nacional): en Ucrania alcanzó el 33,5 por ciento y en el Cáu­
caso norte el 45,6 por ciento. En toda la URSS, la primavera de 1931
vio una segunda ola de colectivización que aceleró el descenso de la
producción, ya que el koljós estaba hecho para elevar el tributo antes
que para fomentar la producción. Los efectos acumulados de 1929-

197
1931 se hicieron sentir en 1932, un año de sequía. Tanto más cuanto
que la tasa del tributo alcanzaba alturas sin precedentes: el 33 por cien­
to (media nacional), pero el 44 por ciento en el Cáucaso y el 47 por
ciento en Ucrania. El grano así confiscado no iba a las ciudades, sino
a las reservas del Estado y a los puertos para su exportación inmedia­
ta. Ésa fue la causa de la hambruna de 1932-1933. Frente a la resisten­
cia pasiva de los campesinos se desató una «orgía de violencia» (Mos-
he Lewin). Las tímidas protestas del partido local provocaron ceses y
expulsiones fulminantes. Moscú planteó, en términos políticos de sa­
botaje y de nacionalismo, un problema que era más real y trágico. La
crisis económica y social golpeó, a partir de 1932 y durante dos años,
todo el campo, todas las ciudades, provocando una crisis política en las
más altas instancias del poder. Pero ¿quién había provocado la crisis?
Los campesinos, los nacionalistas ucranianos, los cosacos reaccio­
narios, los chechenos musulmanes, contestaron: los estalinistas. Actua­
ron en consecuencia.

Superficie Rendimiento
(millón de por acre Producción Requisa Exportación
Año acres) (toneladas) (en millones de toneladas)

Media
1925-1934 229,3 0,79 73,3 11,7 1,2
1929 237,2 0,75 71,7 16,1 1,0
1930 251,5 0,85 83,5 22,1 5,4
1931 258,0 0,67 69,5 22,8 4,4

Cuadro 2. Producción de grano, 1925-1932. Fuente: Selskoe Joziaistvo SSSR,


Moscú, 1935, pág. 215.

El control de Ucrania había sido desde el principio una prioridad


bolchevique. ¿No dijo Lenin que sin Ucrania Rusia perdía la cabeza?
Los bolcheviques eran tan intransigentes como los generales blancos fren­
te al nacionalismo ucraniano. Pero, después de la reconquista militar de
Ucrania y de la disolución de su joven y frágil Estado, la NEP adoptó en
Kíev el matiz de una concesión al espíritu nacional. Se pudo hablar de
una «ucranización» del Partido. Hasta 1928-1929, Ucrania pudo desarro­
llar cierta personalidad lingüística y cultural que no dejaba de inquietar
a Moscú, por más que la dirección del Partido Comunista ucraniano apo­
yase fielmente a Stalin en todos sus pleitos en el Comité Central.

198
Probablemente, el grupo estalinista ideó la solución al ver lo que
estaba pasando en Asia central, en particular en Kazajistán. En esa re­
gión, la colectivización había sido tanto más desastrosa cuanto impli­
caba la «desnomadización», la sedentarización, la congregación de po­
blaciones ganaderas. Una tercera parte de la población kazaja murió de
hambre. Dos pájaros de un tiro: el nacionalismo y el campesinado.
La colectivización se había llevado a cabo en la región con una
violencia particular y en 1932 estaba terminada. La producción había ba­
jado un tercio y el año era seco. En junio, el líder ucraniano M. Skrypnyk
recorrió toda la república para tomar la medida del problema; expresó
su temor a Moscú. La respuesta fue fulminante: en la sesión secreta del
Comité Central del 7 de julio de 1932, dedicada a la organización
del cobro del tributo anual, Stalin decidió que Ucrania pagaría siete
millones de toneladas, como en el extraordinario (por bueno) 1930.
Una condena a muerte. Para entonces y frente a la perspectiva de una
mala cosecha, un éxodo masivo había empezado en el campo.

«Pueblos enteros se encontraban abandonados, distritos enteros


despoblados; además de los cinco millones de kulaks oficialmente
deportados a Siberia, varios millones de personas vagabundeaban.
Llenaban las estaciones, se amontonaban en los vagones de carga,
quedaban en cuclillas en los mercados y las plazas, y morían en la
calle; nunca vi tantos entierros tan furtivos como en ese invierno
en Járkov. La cifra exacta de esa gente “nómada” nunca se reveló;
posiblemente, tampoco se calculó.»

Arthur Koesder, veinte años después, no podía olvidar lo que ha­


bía visto en el bazar de Járkov. Fiel comunista en aquel entonces, se
quedó callado (Hiéroglyphes, reedición, París, 1994, pág. 344).
El hambre —aún no la hambruna— obligaba a la gente a «roban»
un poco de trigo, a reunir las espigas que quedaban después de la co­
secha, según una vieja tradición universal. El 7 de agosto de 1932, por
iniciativa de Stalin, se promulgó una «ley sobre la protección de la pro­
piedad socialista». Para los «enemigos del pueblo», la pena mínima fue
de diez años de trabajo en el campo; la máxima, la muerte. La «ley so­
bre las espigas», como la bautizó la gente, fue aplicada sin misericor­
dia a los hambrientos, tanto adultos como niños: 55.000 condenas en
los primeros seis meses, 1500 ejecuciones ordenadas en un mes sólo
por la corte de Járkov.
Cuando llegó el invierno, la gente empezó a morir. El Partido Co­
munista comenzó a quebrarse en Ucrania, en el Volga, en el Kubán.

199
Como el mismo problema aquejaba a toda la ex Unión, la crítica con­
tra la línea general despertó ecos. Fue entonces cuando Riutin («la de­
recha») hizo circular su larga requisitoria y pidió la destitución de Sta-
lin. A finales de septiembre, Stalin pidió su arresto al Comité Central
pero no logró más que su expulsión del Partido. Votaron en contra del
arresto Kírov, Ordzhhnikidze, Kuybishev y el ucraniano Kosior; a fa­
vor, Kagánovich y los otros estalinistas.
En octubre, Stalin intervino por primera vez directamente en Ucra­
nia, al mandar al terrible Mendel Shataevich y al ehequista Akulov. El
primero fue nombrado segundo secretario del PCUK. En el Cáucaso,
donde la situación era peor aún, Stalin mandó una siniestra troika: Ka­
gánovich, Yagoda y Mikoyán. Empezaron a deportar en masa a los
pueblos cosacos. El 8 de noviembre de 1932, la joven esposa de Sta­
lin, Nadia Aliluyeva, se suicidó. Su muerte estuvo directamente rela­
cionada con su conocimiento de la situación en el campo.
Al día siguiente, Stalin, exasperado por la noticia de que Ucrania
había entregado sólo el 55 por ciento del tributo fijado, ordenó recoger
«todo el trigo robado», o sea, las semillas apartadas por los campesi­
nos. La muerte se extendió. En Ucrania arrestaron a la quinta parte de
los dirigentes de koljoses y a cerca de la mitad en el Cáucaso. Los «mé­
todos caucásicos» fueron luego aplicados a Ucrania: depuración del
Partido hasta el más alto nivel, listas negras, deportación en masa. En
diciembre, Mólotov sacó al 30 por ciento de los comunistas del Parti­
do. En diciembre, Moscú creó el pasaporte interior, odioso documen­
to zarista, para poner fin al éxodo que tomaba proporciones incon­
trolables. En vano. En enero, el Comité Central decidió «intensificar
la lucha de clase» y mandó a Postyshev con plenos poderes para aca­
bar con la «resistencia ucraniana». Finalmente, Riutin fue arrestado.
A finales de enero de 1933, gracias a dicha «intensificación», Ucrania
había entregado el 74,5 por ciento: la hambruna podía ejercer plena­
mente sus efectos. El hambre golpeó una zona mucho más amplia,
desde Bielorrusia hasta el Volga, desde Kazán hasta el Cáucaso. La
hambruna transformó a Ucrania, al Don, al Kubán, al norte del Cáu­
caso en un verdadero campo de la muerte.
Se puede hablar de una organización sistemática de la hambruna
cuando hay «tropas especiales» para arrancar los últimos alimentos a
la gente, cuando una ley prevé la muerte o el presidio por el «robo»
de unas espigas o de unas patatas. En el pueblo de Mala Lepetyja unos
campesinos fueron fusilados en grupo por haber desenterrado y
comido un caballo muerto. Se levantaron miradores en el campo, las
ciudades se vieron rodeadas por las tropas para que los campesinos

200
hambrientos no las invadieran más. El acceso a los trenes les fue pro­
hibido.
Enero y febrero: la gente empezó a morir en masa. En la región
de Poltava, durante quince días, las tropas especiales lucharon para
aplastar un levantamiento desesperado. Cuando las muchedumbres lí­
vidas, hinchadas, titubeantes, intentaron salir de sus pueblos, fueron
abatidas por el fuego de las ametralladoras. Los supervivientes se co­
mieron el cuero de los últimos zapatos, del arnés, del barzón; comie­
ron a veces a los muertos o los vivos. Hubo tantos casos de antropo­
fagia que el procurador general de Ucrania transfirió el asunto a la
policía política. Luego, la gente se acostó para morir. Sobre todo el
campo reinaba un silencio de pesadilla: ni un pájaro, ni un ratón, ni
un grillo. En las casitas, los cadáveres. Nadie para enterrar a los muer­
tos. Una parte del trigo confiscado se pudría fuera, en grandes mon­
tones guardados por soldados que disparaban sobre los niños que se
atrevían a pasar por debajo de la alambrada. Equipos de rusos fueron
a limpiar toda esa basura y a instalarse en los pueblos muertos. En ese
año de 1933, la URSS exportó dos millones de toneladas de trigo, la
cantidad necesaria para alimentar a toda Ucrania.
Fue entonces cuando Sholojov encontró el valor de escribir a Sta-
lin con el fin de pedir misericordia para sus compatriotas cosacos del
Don. Fue entonces cuando el mayor escritor ucraniano comunista,
Mykola Zhvylovy, se suicidó. Postyshev convocó al Comité Central
del partido ucraniano para liquidar el asunto nacionalista. Skrypnyk, el
viejo bolchevique, el compañero de Lenin, se suicidó. A esas alturas
(7 de julio de 1933), millones de campesinos habían muerto de ham­
bre. Postychev pudo anunciar triunfalmente la «liquidación de la des­
viación nacionalista de Mykola Skrypnyk». El epílogo simbólico fue la
destrucción de los kobzar, poetas campesinos, cantantes de romances,
muchas veces ciegos, que recorrían los pueblos celebrando la memoria
legendaria de los héroes ucranianos. Fueron todos invitados al primer
congreso ucraniano de los kobzar, todos arrestados y muchos fusilados.
El compositor Dmitri Shostakóvich lamenta en sus recuerdos: «La me­
moria viva del país, todos sus cantos, toda su música, toda su poesía.
Y los fusilaron a casi todos, casi todos esos patéticos ciegos asesinados
[...] Dañar a un ciego, ¿hay algo más bajo?».
Según cálculos bastante serios de los observadores alemanes, tres
millones de ucranianos murieron de hambre en los primeros cinco me­
ses de 1933; de seguir así, comentaba el cónsul italiano de Járkov, el
estimable Sergio Gradenigo, se podría llegar a los 10 millones a fina­
les de año. El genocidio se quedó en cinco millones de víctimas por­

201
que las condiciones meteorológicas fueron «milagrosas» en 1933, lo que
permitió una buena cosecha, recogida por el Ejército, la mano de obra
importada de Rusia, la gente de las ciudades de Ucrania. En septiem­
bre, el victorioso Postychev distribuyó generosamente a los koljosianos
entre el 10 y el 15 por ciento del trigo cosechado como adelanto so­
bre sus jomadas-trabajo. La guerra había terminado con la victoria del
poder soviético. La gente siguió muriendo algunos meses más; para
muchos, el pan había llegado demasiado tarde. Así terminó el genoci­
dio perpetrado contra los campesinos y contra Ucrania como nación,
un genocidio en el que a la raza la sustituyeron el oficio, el modo de
vida, la nacionalidad. La lección fue aprendida: «O trabajas como sier­
vo o te mueres»; desapareció el campesino para dar paso al «lumpen-
koljosiano», víctima del agro-Gulag. Las consecuencias del genocidio
iban a ser tanto duraderas como terribles.

¿Cifras?

¿Quién pide cifras?, ¿para qué cifras? Creen que eso no ha ocurri­
do, ¿necesitan pruebas? Vamos a por cifras. No es fácil, porque «el co­
nocimiento de las cifras es un privilegio de la policía rusa», como de­
cía Custine en 1839. Tal privilegio era más absoluto aún después de
1925 y todo el mundo sabe que Stalin manipuló las cifras de la cose­
cha de 1928 para demostrar la necesidad de la colectivización; todos
sabemos que el censo de 1937 no se publicó y que sus responsables
perdieron la vida porque los resultados no se correspondían con la vo­
luntad superior.
Cifras hay, cifras las hubo desde siempre. Ahora hay más, desde la
apertura de los archivos en 1991, y en junio de 1993 la embajada de
Ucrania en Moscú organizó un coloquio académico sobre el tema, con
motivo del 60 aniversario de la hambruna.
Nadie se atreve a negar la existencia de «serias dificultades alimen­
tarias» en 1932-1933, tampoco el hecho de que «cierta escasez» afectó
a gran parte de la Unión. Sigue el consenso para aceptar que Bielo-
rrusia, el norte y el centro de la Rusia europea hasta los Urales pasa­
ron por una situación muy difícil, rayando el hambre. Hasta los más
reacios «revisionistas» reconocen la existencia de un amplio territorio
(50 millones de personas) golpeado por el hambre, hasta el punto de
la muerte por inanición, de la antropofagia y, al principio, del éxodo
masivo. Esa zona va desde la frontera polaca hasta Gomel; en la Gran

202
Rusia alcanza Orel y Penza; Kazán es su punto más septentrional. Al
sur llega al mar Caspio, entre los ríos Ural y Volga. La «frontera de la
hambruna» atraviesa en el Cáucaso, siguiendo una línea Sujum-Vladi-
kavkaz-Mashech Kalá, una zona más vasta aún que la de la hambruna
de 1921.
A principios de los sesenta, Pierre Sorlin y Alee Nove señalaron
por la vía de lá deducción negativa, a partir de censos oficiales (por
cierto muy favorables al poder), la existencia de un notable déficit de­
mográfico entre 1930 y 1939: 14 o 16 millones de personas. Cierta­
mente, los censos no eran fiables y no se podía distinguir entre las de­
funciones «normales» y las «excedentes» ligadas a la deskulakización, la
colectivización y la hambruna; tampoco era fácil estimar la parte de
los «nunca nacidos» que en otras condiciones sí habrían venido al
mundo. Sin embargo, plantearon una pregunta mayúscula. Señalaron
que se conocían perfectamente las cifras de disminución de los hatos
vacunos y ovinos. ¿Cuentan menos los hombres?
Después de leer en ruso, inglés, alemán, francés e italiano todo lo
accesible, todo lo escrito entre 1933 y 1996; después de comparar, ana­
lizar, criticar todo lo presentado, desde los cónsules alemanes e italia­
nos hasta el gran especialista ruso Víktor Danilov, pasando por Robert
Conquest, Peter Wiles y sus críticos revisionistas, se puede decir lo si­
guiente:
El pueblo kazajo, el primero en morir de hambre, contó en 1930
un millón de muertos «anormales», y 300.000 personas huyeron a Chi­
na, lo cual significa un déficit demográfico del 30 por ciento. La co­
lectivización absurda de esos ganaderos, que tenían como único re­
curso el pasto, fue la causa. En general no es fácil distinguir entre
deskulakización y colectivización, pero hay que intentarlo.
Tijonov, economista soviético, estimó que tres millones de hoga­
res fueron liquidados entre 1929 y 1933. En la primera operación, 15 mi­
llones de personas fueron desplazadas (los kulaks y los asimilados eran
las familias más numerosas). La oficial Historia delPCUS, en su edición
moscovita de 1962 (págs. 443 y 463), señala que en algunos lugares
hasta el 15 por ciento de las familias fueron deskulakizadas. Otras
fuentes oficiales (Comisariado para la Agricultura) contabilizan 5,618
millones de kulaks en 1928 y 149.000 el 1 de enero de 1934. ¿Qué
pasó con ellos? Todos lo perdieron todo. Algunos fueron fusilados al
instante. Los que no lograron huir y perderse fueron deportados; a ve­
ces, los hombres eran enviados a los campos de trabajo del canal del
mar Blanco o de las minas de oro de Magadán: una muerte peor que
el paredón. La mayoría, incluidas las familias, fueron deportadas en

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1929 1930 1931 1932 1933 1934 1935 1936 1937 1938 1939

Gráfico 5. La crisis de la población humana.

terribles condiciones de transporte e instalación a Siberia y a los terri­


torios nórdicos. Muchos niños murieron en el camino. Roy Medvedev,
en 1989, estima que entre 1930 y 1933, deskulakización y colectiviza­
ción confundidas, de 10 a 12 millones de personas fueron deportadas,
de las cuales la tercera parte murió muy pronto. Medvedev maneja esas
cifras, únicamente, para las repúblicas de Ucrania y Rusia, y esta últi­
ma sólo en su parte europea. En resumen, la tercera parte murió, la
tercera parte cayó en los campos de un trabajo mortal, la tercera par­
te fue a dar a las «colonias».
Ahora, la hambruna: Mykola Skrypnyk, el comunista número uno
de Ucrania, antes de suicidarse dijo que ocho millones acababan de
morir en Ucrania y en el Cáucaso norte. En un informe de síntesis
de julio de 1933, los agrónomos alemanes en estancia en la URSS conta­
bilizaron tres millones de muertos de hambre en Ucrania entre enero
y junio (documento 39 de Lettere da Kharkov, editado por Andrea Gra-
ziosi). En un pueblecito de Podolia, Pysarivka, donde murieron 150 de
los 800 habitantes, un observador anotó que sólo siete habían muerto
en la guerra mundial. Peter Wiles, demógrafo y economista exigente,
acepta las cifras de cinco millones sólo en Ucrania, de un millón en el
Rubán, poblado de cosacos zaporogos (es decir, de origen ucraniano),
y de otro millón en la región Don-Volga, poblada de cosacos y de ger­
mano-rusos: algo así como una operación de «limpieza étnica». Siete
millones en total, ocho si se cuenta a los kazajos. La estimación más
baja no puede estar por debajo de los cinco millones, de los cuales cua­
tro fueron en Ucrania. La dimensión de genocidio —Ucrania tenía 34,5
millones de habitantes- no se puede evadir. Sin embargo, Sheila Fitz-
patrick, buena representante de la escuela «revisionista» en Estados

204
Años

Gráfico 6. Nacimientos y defunciones, 1927-1937.

Unidos, concede a regañadientes «three to fo u r millions» de muertos por


hambre, en su reedición revisada (Oxford, 1994) de The Russian Révo­
lution.
Por eso hay que buscar un árbitro que no sea historiador. Ahí está
el demógrafo francés Alain Blum, autor de un notable Naître, vivre et
mourir en URSS, 1917-1991 (Paris, 1994). De la página 94 a la 107 hace
una demostración impresionante, a partir de las estadísticas oficiales,
de seis millones de defunciones debidas a la hambruna. En una serie de
mapas y de curvas cronológicas demuestra cómo la tasa de mortalidad
(media para toda la URSS) salta del 29 por mil en 1932 al 70 por mil
en 1933: ¡más del doble! Esa cifra media se queda corta frente a las ta­
sas de Ucrania, el Don, el Kubán o Kazajistán. El registro mensual de
las defunciones y nacimientos, ahora accesible en los archivos, de­
muestra la magnitud de la catástrofe, y, para quien lo dudara, el per­
fecto conocimiento que tuvo el poder soviético de la tragedia. La tasa
de mortalidad llegó a multiplicarse por diez.

«Pocas veces, en toda la historia europea, una hambruna provocó


pérdidas tan considerables. Ahora se tienen una cartografía y una
cronología fina de la hambruna y de la muerte. Las zonas de ce­
realicultura de la URSS, más Kazajistán; en las costas y a lo largo
de los ríos, la catástrofe fue menor porque la población pudo sub­
sistir pescando. En la campiña alrededor de Járkov, en febrero de
1933, hubo 10.000 defunciones: en junio, 100.000. La concentra­
ción de la muerte y su salto en 1933 (febrero-agosto) señalan la
violencia de la hambruna, una hambruna atípica y anormal que no
tiene nada que ver con una demografía de antiguo régimen, liga­

205
da al arcaísmo de una economía tradicional sometida de manera
cíclica a las hambrunas.»

Blum nota que después de las hambrunas tradicionales seguía una


pronta recuperación biológica, con una fecundidad exaltada. Nada de
eso ocurrió en Ucrania después de 1933. La violencia de la crisis no
provocó una sencilla ruptura de familias, sino la desaparición comple­
ta de hogares enteros; vació los pueblos y no dejó más que familias
desagregadas. Para un régimen que proclamaba que «el hombre es el
capital más valioso», la colectivización fue una singular «victoria».
¿Que la colectivización fue deseada y que la hambruna, por de­
plorable que fuese, nunca figuró en el programa? El distingo es acep­
table, a condición de que quienes lo exigen expliquen por qué el po­
der de Moscú no hizo nada para remediar el desastre y sí castigó a los
comunistas que, tanto en Ucrania como en el Cáucaso, protestaron tí­
midamente u opusieron alguna resistencia pasiva.
Cuando en 1891 una terrible hambruna castigó las tierras negras,
el zar Alejandro III abrió los puertos rusos a la importación y prohi­
bió la exportación de granos. La sociedad civil se organizó para ayu­
dar a los damnificados. Por cierto, en Samara, el joven Vladímir Ilich
Uliánov se negó a participar en ese movimiento de solidaridad, por ra­
zones fríamente políticas.
En 1921-1922, después de una primera reacción negativa frente a
la ayuda ofrecida por el extranjero, frente a la movilización de lo que
quedaba de la sociedad civil para remediar a la hambruna, Vladímir
Ilich, ahora Lenin, aceptó la entrada de la American Relief Commission,
que, bajo la dirección de Herbert Hoover, salvó millones de vidas.
Stalin no levantó un dedo en 1930 cuando los kazajos empezaron
a morir; cuando en 1932 la hambruna se anunció, el Vozhd hundió la
cabeza a los campesinos de Ucrania, a los cosacos del Don y del Ku-
bán, a los alemanes del Volga. No solamente rechazó las ofertas de ayu­
da exterior, sino que también exportó millones de toneladas de trigo,
en 1933, en el apogeo de la hambruna.

Testimonios

La discusión aritmética da vergüenza. ¿Fue menor el horror, fue


menor el sufrimiento si la muerte se llevó a tres millones de personas
«nada más» y no a seis o siete? Los testimonios directos, así como los

206
incorporados a la literatura, están para despertar las conciencias. Por
eso hay que leer E l príncipe amarillo de Vasili Barka, uno de los super­
vivientes.
Tras la descripción naturalista del año 1933, uno siente como si
todo fuera una filigrana, una especie de metafísica de la destrucción de
las bases mismas de la vida, de todo lo que hay de humano en la con­
dición del hombre y en el hombre mismo. Se han lanzado millones de
cadáveres para alimentar un espejismo; de ahí esas visiones apocalípti­
cas de la Biblia que surgen de cada koljós, de cada paisaje, de cada
acontecimiento de la vida de los campesinos, de la lengua misma
del autor, de su vocabulario y de su sintaxis.
La psicofisiología del hambre y el canibalismo se hacen realidad.
Niños, ancianos, jóvenes... Los verdugos ni siquiera son verdugos, sino
sirvientes: víctimas de la inhumanidad erigida como principio del po­
der. E l príncipe amarillo no es un «libro de terror» destinado a asustar a
los peqüeñoburgueses, sino la vida y la muerte sin maquillaje del hom­
bre en la época de la edificación de los koljoses, es la verdad del si­
glo XX, desnudada por una escritura de un raro talento.
Vasili Grossman, en sus novelas V iday destino (terminada en 1962)
y Todo pasa , concluida en 1963, no es menos impresionante. En la se­
gunda, Anna Serguéievna cuenta cómo fue mandada como activista a
Ucrania:

«Pensábamos que no podía haber peor destino que el de los ku­


laks. ¡Cuán equivocados estábamos! El hacha golpeó a todos los
campesinos, desde el más pequeño hasta el más grande. Y fue otro
suplicio, el de la hambruna [...] Uno conoce la canción: no cum­
pliste el plan, eres un kulak enmascarado. Claro, imposible hacer
las entregas exigidas, ¿de dónde sacar el mar de trigo koljosiano?
Es que lo esconden. Los kulaks enmascarados son unos holgaza­
nes. Deportamos a los kulaks, pero su espíritu, el espíritu de los
kulaks seguía vivo [...] Buscaban por todas partes el trigo como si
fuesen bombas o ametralladoras. Picaban la tierra con bayonetas,
cavaban en las bodegas. Como no había silos, el trigo se amonto­
naba en el suelo bajo la vigilancia de los centinelas. La lluvia de
otoño mojó el grano. Cuando llegó el invierno estaba casi podri­
do [...] Los trigos de invierno seguían bajo la nieve y la primavera
aún no se acercaba cuando el pueblo entró en la hambruna. Fue
horrible. Las madres miraban a sus hijos y gritaban con espanto.
Los miembros del Partido contestaban: “Tendríais que trabajar en
vez de holgazanear. Buscad, habéis enterrado el trigo, tenéis reser­

207
vas para tres años”. No era todavía la verdadera hambruna. Los
alumnos mayores fueron a clase hasta la primavera; los pequeñitos
dejaron de ir hacia Navidad. En marzo cerraron la escuela, la maes­
tra se fue a la ciudad; el enfermero abandonó su puesto de socorro:
no quedaba nada para comer y no se cura el hambre con medici­
nas. El pueblo se quedó solo.
»Empezaron a ir de pueblo en pueblo [...] por todas partes, sobre
los caminos, retenes y tropas, la milicia y los cheqúistas. Y en las
ciudades daban a los obreros que tenían una cédula de alimenta­
ción 800 gramos de pan, 800. ¡Dios!, ¿puedes imaginarlo? Pero
para los campesinos y para sus hijos, ni un gramo. Es como los
alemanes que mataron a los niños judíos en las cámaras de gas.
No tenían derecho a vivir, eran judíos. Cuando la nieve empezó a
derretirse, el pueblo se hundió hasta el cuello en la hambruna.
»Los niños gritaban, no dormían, pedían pan por la noche. Los
hombres tenían la cara de color tierra, la mirada turbia, como borra­
cha. Caminaban como sonámbulos, buscando la tierra con el pie,
apoyándose en las paredes. Caminaban menos. Se acostaban, cada
vez más. Creían oír, sin cesar, el ruido de un convoy de carretas: Sta-
lin, que mandaba harina ¡para salvar a los niños!
»Las mujeres eran más robustas, se aferraban más a la vida. Sufrie­
ron más. Los niños pedían de comer a sus madres...
»[...] La gente empezó a hincharse: edema de carencia, piernas hin­
chadas, la panza llena de agua. Meaban sin parar, ni tiempo tenían
de salir... Y sus hijos, ¿viste a los niños de los campos alemanes?
Igual, una cabeza como bala de cañón, un cuello de cigüeña, los
huesos de los brazos y de las piernas que sobresalían bajo la piel,
esa piel tendida sobre el esqueleto como una gasa amarilla...
»[...] El pueblo empezó a aullar cuando vio su propia muerte. No
lanzaban esos gritos que salen del corazón o del alma. No, gemían
como las hojas bajo el viento...
»¡Y qué espléndido era el tiempo! A principios de la primavera ca­
yeron unos chubascos que alternaban con el sol ardiente, así que
el trigo salió muy gordo. Era más alto que un hombre [...] Toda la
esperanza de los campesinos descansaba en el trigo de invierno.
Su esperanza se realizó, pero no pudieron cortar el trigo. Entré en
una casa. La gente estaba acostada, algunos respiraban aún, otros
ya no. Todo el pueblo murió. A nosotros, los de la administración,
nos llevaron a la ciudad. Un comisario me dijo: “¿Sabes cómo lla­
man a esos pueblos? El panteón de la dura escuela”» (capítu­
lo XIV).

208
En Vida y destino, una superviviente dice al soldado soviético al
que salvó de los alemanes:

«Calla —dijo Krysta repentinamente—. ¿No recuerdas cómo estabas


cuando llegaste aquí con tu convoy? Pues bien, toda Ucrania esta­
ba así en 1933. Comíamos ortigas y cuando éstas se acabaron co­
mimos tierra. Cogieron los granos, hasta las últimas semillitas. Mi
marido murió, y yo ¡cómo sufrí! Me hinché, perdí la voz, ya no
podía caminar.
»A Semionov le llamó la atención pensar que la vieja Krysta había
pasado hambre, igual que él. Había creído que el hambre y la ham­
bruna eran impotentes ante la dueña de aquella buena isba.
»—¿Acaso erais kulaks? —le preguntó.
»—¡Kulaks! Nadie escapaba. Era peor que durante la guerra.
»—Y tú, ¿eres del campo o de la ciudad? —preguntó el viejo.
»—Soy de Moscú —respondió Semionov—, y mi padre también na­
ció en Moscú.
»-Entonces puedo decirte que si hubierais estado aquí durante la
colectivización te habrías muerto. Un muchacho de ciudad.
»—Pues yo —dijo orgullosamente el viejo—si aún sigo vivo es por­
que conozco las plantas. ¿Piensas en las bellotas, en las hojas de
tila, en las ortigas? Se las comieron inmediatamente. Pero yo co­
nozco cincuenta y seis plantas, ni una menos, que el hombre pue­
de comer. Por eso todavía estoy aquí. Era apenas el principio de la
primavera, no había ni una sola hoja en los árboles, pero yo ya
desenterraba las raíces. Yo lo sé todo: conozco todas las raíces, las
cáscaras, las flores, las hierbas. Una vaca, una oveja o un caballo
se habían muerto, pero yo no: yo soy más herbívoro que ellos.
»—¿De Moscú? —repitió Krysta—. Y yo que no sabía que fueras de
Moscú.
»Cuando se fue el vecino, Semionov se acostó, pero la vieja Krysta
seguía sentada con la cabeza entre las manos, mirando fijamente
el negro cielo nocturno.
»Habían tenido buena cosecha ese año. Las espigas del trigo se ele­
vaban como un muro, le llegaban a Vasili hasta los hombros; en
cuanto a ella, allí hubiera podido ocultarse de pie.
»El pueblo estaba lleno de gemidos suaves y quejumbrosos; pe­
queños esqueletos de niños se arrastraban por el suelo, en las is­
bas, quejándose. Los hombres, con los pies hinchados, vagaban
por los corrales, incapaces de hacer el menor esfuerzo. Las muje­
res buscaban algo que cocinar, todo había sido cocido, se lo ha­

209
bían comido todo: ortigas, bellotas, hojas de tila, zuecos, huesos
viejos, cuernos que andaban rondando por los patios traseros, pie­
les de borrego... Y los picaros llegados de la ciudad iban de casa
en casa, pasaban por delante de los muertos y los agonizantes,
abrían los sótanos, hacían agujeros en los graneros, sondeaban la
tierra con varillas de hierro: buscaban y requisaban “los granos que
ocultaban los kulaks”.
»Un sofocante día de verano, Vasili Chuniak dejó de respirar. En
ese preciso momento, los tipos de la ciudad habían entrado de
nuevo en su casa, y un muchacho de ojos azules, que pronuncia­
ba la “erre” a la manera rusa, como Semionov, dijo mirando al
muerto:
»-Estos kulaks resisten hasta morir.
»Krysta suspiró, se persignó y se fue a dormir» (edición francesa,
págs. 529-530).

¿Es literatura? El lector no cree en ella. Pero tampoco creerá en­


tonces en la carta de aquella Friedericke Krüger, alemana-rusa de Freu-
dental, en el Volga, que escribió al consulado alemán de Járkov el 21
de septiembre de 1933. Relata algo idéntico. Barka vivió lo mismo,
Grossman supo de lo mismo. Por cierto, el cónsul alemán recibió dos
mil cartas semejantes. Si el lector no confia en el testigo víctima por­
que es alemán (del siglo XVIII: sus antepasados llegaron de Suabia en
tiempo de Catalina la Grande), tampoco aceptará el testimonio del
cónsul italiano en Járkov (¡un fascista!) titulado «Fame e cannibalis-
mo», del 15 de agosto de 1933. ¿Víktor Kravchenko? Menos aún, un
desertor que se pasó a Occidente. En su juventud, el ucraniano Krav­
chenko había sido un activista, como Lev Kopelev. ¿Descartará las pá­
ginas de Escogía, libertad, del primero, y de La educación de un verdade­
ro creyente, del segundo, porque algún día dejaron de ser comunistas?
Lev Kopelev cuenta, como la activista de Todo pasa:

«Oí a los niños quejarse, tosiendo, gritando. Vi las miradas de los


hombres: asustadas, implorantes, llenas de odio, impasibles, apa­
gadas, desesperadas o de repente incendiadas por una ferocidad
medio loca: “Cógelo, coge todo. Hay una olla de puchero sobre el
homo. Sin carne, pero tiene trapos y sal. Mejor cógelo, camarada
ciudadano. Me quitaré los zapatos. Están parcheados y remenda­
dos, pero a lo mejor le servirán al proletariado, a nuestro querido
poder soviético”. Era un tormento oír y ver todo eso y participar.
Me convencía de que no podía ceder a una piedad debilitante, que

210
cumplíamos con una necesidad histórica. [...] Participé en el in­
vierno 1932-1933 en la “colectivización total”, busqué el trigo es­
condido. Con los demás vacié los viejos baúles, me tapé los oídos
para no oír llorar a los niños. En el terrible verano de 1933 vi a la
gente morir de hambre, mujeres y niños con el vientre hinchado,
volverse azules, respirando aún pero con los ojos ya sin vida. Y los
cadáveres en las isbas, los cadáveres en la nieve derretida de la vie­
ja Vologda, bajo los puentes de Járkov [...] Lo vi todo y eso no sa­
lió de mi mente. Tampoco maldije a los que me mandaron quitar
su grano al campesino, ordenar a los esqueletos apenas capaces de
caminar o a los enfermos hinchados ir a trabajar en los campos
“para cumplir el plan bolchevique de siembras al estilo de trabaja­
dor de choque”. Tampoco perdí mi fe. Como antes, creía porque
quería creer».

¿Qué quieren creer los lectores que no creen en la existencia his­


tórica de la «hambruna organizada»? Quizá su incredulidad es el eco
lejano del silencio ominoso que acompañó al acontecimiento en aquel
entonces. Hubo voces, ciertamente, pero clamaron en el desierto.

Silencio, con o sin conspiración

El silencio, la amnesia, la amnistía historiográfica siguieron duran­


te muchos años a la guerra soviética contra los campesinos. La prime­
ra etapa, 1918-1921, quedó hasta hace poco mal documentada, con­
fundida en el fenómeno general de la guerra civil. Hoy su historia se
escribe rápidamente. En cuanto a la deskulakización y a la colectiviza­
ción, fueron presentadas como un amplio movimiento social, una exi­
gencia profunda de las masas. No se negó la existencia del hecho, sino
que se falsificó su sentido. En cuanto al genocidio ucraniano y kaza­
jo, conservó hasta el final el carácter de una operación secreta e in­
confesada.
Sin embargo, en aquel entonces todo se supo, todo fue dicho. Los
principales periódicos de Europa y América, de Francia, Alemania, In­
glaterra y Estados Unidos publicaron artículos serios y documentados;
las embajadas de Italia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos manda­
ron análisis irrefutables; la de Francia, no. Los movimientos ucrania­
nos en el exilio hicieron todo lo posible para llamar la atención de los
gobiernos. El Vaticano también. Los judíos de Polonia, de los países

211
bálticos, supieron pronto, e hicieron saber en otras partes, que allá se
moría de hambre. El cardenal Innitzer, de Viena, intentó lanzar un
nuevo movimiento de ayuda internacional contra la hambruna.
Se toparon con la mentira soviética y la inconsciencia occidental, su
complicidad directa e indirecta. El método soviético fue negar, negar, ne­
gar. Alexandra Kollontai, embajadora en Noruega después de haberlo
sido en México, afirmaba: «Este año (1933) la cosecha fue más abun­
dante que desde hace muchos años. Los campesinos, que el año pasado
saboteaban, han cumplido lealmente su deber, de tal modo que este año
no hay ninguna hambruna» (Arbeiterbladet, 30 de septiembre). El argu­
mento de choque fue la muy real exportación soviética de trigo. ¿Quién
iba a creer que un país devastado por la hambruna exportaba trigo?
Esa labor fue apoyada por la «prueba por el otro». Nadie como un
demócrata para legitimar la mentira: se invitó a un ex primer ministro
francés, Edouard Herriot, se le paseó por unos koljoses modelo, por
unas ciudades blanqueadas unos días antes, y él mismo declara a su re­
greso a Francia: «Los niños del koljós comen caldo de pollo, croque­
tas de arroz y costillas de ternera. Un magnífico ganado colectivo de
raza roja alemana [...] los huertos admirablemente irrigados y cultiva­
dos; cargadas de racimos, las parras de cepa francesa. Las cosechas son
admirables. No saben dónde guardar el trigo» (en su libro de viaje
Orient, París, 1934). El embajador de Francia, que lo acompañó, infor­
mó a París que su viaje le permitía negar los chismes propalados por
los enemigos del régimen.
Esos fueron ingenuos. Otros mintieron a sabiendas, como el corres­
ponsal estadounidense, premio Pulitzer, el famoso y corrupto Walter
Duranty. Otros vieron y se quedaron callados un tiempo, como A. Koest-
ler. No había que hacer el juego al enemigo contrarrevolucionario.
Sólo traidores o fascistas podían hablar de hambruna en el país de los
soviets. Por cierto, Moscú lanzó una campaña internacional para hacer
creer que Panait Istrati era un fascista rumano. ¿Los ucranianos? Todos
de extrema derecha, ligados a los asesinos de judíos. ¿El Vaticano?,
ligado a los uniatas, otros ucranianos. Además, en ese año de 1933, la
llegada de Hitler al poder acaparó la atención de los gobiernos y de
la opinión internacional. Los nazis cortaron el circuito principal que
unía la URSS con el mundo exterior; Alemania, el país más al tanto
de lo que pasaba en la Unión Soviética, dejó de informar. Finalmen­
te, la gran crisis mundial explica la simpatía de los demócratas por la
URSS: no quisieron saber, como lo demuestra el caso patético del pre­
sidente Roosevelt, empeñado en establecer a toda costa relaciones di­
plomáticas con la Unión Soviética.

212
A Roosevelt le sobró información; sencillamente, no quiso saber.
Como tampoco quiso saber el famoso Maynard, quien no dudó en
afirmar en 1933: «Han hablado de una severa hambruna, que afecta a
50 millones y ha causado tres o cuatro millones de muertos. Es una
leyenda. Cualquier insinuación de una calamidad comparable con la
de 1921-1922, en la opinión de quien escribe, que ha viajado por Ucra­
nia y por el Cáucaso del norte, en junio y julio de 1933, carece de fun­
damentos» (The Russian Peasant, Londres, 1942, pág. 376).
Muchos historiadores tomaron esas afirmaciones al pie de la letra.
Cuando todo había sido dicho y escrito desde 1933 por gente como
Istrati, Suvarin, Pascal, Serge, y a la vista de que las cifras manejadas
por aquel entonces resultan hoy correctas, ¿cómo entender la ceguera
de una generación reciente de historiadores estadounidenses empeña­
da en negar y disminuir, en un terrible y odioso debate, la realidad?
A saber: en 1918-1922 y 1929-1933, el poder soviético desató la más
grande, la más terrible de las guerras contra los campesinos desde la
famosa Guerra de los campesinos de 1525, celebrada por Engels. Pero En-
gels celebraba el levantamiento de los campesinos y condenaba a los
príncipes que los aplastaban y a Lutero, que bendecía la represión.
Desde 1525, Europa no había conocido nada semejante. ·
En comparación retrospectiva con la pesadilla de la colectivización
y del comunismo de guerra, la Nueva Política Económica adquiere en
la memoria popular, como los últimos años del zarismo, el brillo le­
gendario de una edad de oro.
La colectivización mató a la gallina de los huevos de oro, la fa­
mosa y tan cacareada «crisis de la cosecha cerealera», de la cual se echó
la culpa a la NEP; no volvió a presentarse porque entre 1928 y 1953
se asesinó, aterrorizó y extorsionó al campesinado. De hecho, este cam­
pesinado, tan propio de Rusia y de la URSS incipiente, dejó de existir
y fue reducido a la condición de lumpenproletariado, una condición
de obediencia servil bajo un mando arrogante y feroz, peor que la ser­
vidumbre anterior.
Los kulaks y otros campesinos liquidados representaban la elite ru­
ral, profundamente arraigada en la economía y en la sociedad campe­
sinas. Su aniquilamiento es otro caso de irracionalidad; desde 1921, el
poder soviético venía denunciando a los kulaks y al mismo tiempo em­
pujaba a los campesinos pobres y medianos a mejorar su situación, a
producir más, a volverse kulaks, finalmente. ¿No hay algo de locura en
una política que pretende mejorar la suerte de los pobres para después
castigarlos por haberse vuelto menos pobres? El germen del genocidio
practicado contra los campesinos a partir de 1929 estaba en la imbe­

213
cilidad ideológica, profundamente arraigada entre ciertas izquierdas,
según la cual los campesinos capaces (calumniados, manchados con el
insulto popular «kulaks», con el que se tachaba a los usureros y canti­
neros en tiempos del zarismo) son los enemigos de la cooperación
campesina y obstáculos al progreso agrícola.
La colectivización forzada fue una guerra del poder soviético con­
tra sus pueblos: los campesinos formaban casi el 80 por ciento de la
población; una de las guerras más terribles y crueles que Rusia haya
conocido en sus mil años de existencia. En nombre de la idea del bien
social bajaron a la fosa millones de inocentes.
Leszek Kolakowski, en «La noche del marxismo», escribió:

«Marx nunca imaginó el socialismo o el comunismo como una


forma de campo de concentración. De hecho, imaginó lo contra­
rio [...] Sin embargo [...] yo creo que la versión leninista del
socialismo —versión despótica y totalitaria— no implicó esencial­
mente una distorsión del marxismo. La continuidad es visible si se
recuerda que Marx creía en una comunidad perfecta del futuro,
cuando el reino de la producción y el de la distribución fuesen ma­
nejados por el Estado. Se trata, en otras palabras, de un socialismo
de Estado. Después de todo, fue Marx, no Stalin, quien dijo algu­
na vez que toda la idea comunista cabía en una fórmula: la aboli­
ción de la propiedad privada [...] Eventualmente, todo su proyec­
to de una sociedad perfecta apuntaba a la centralización de todos
los medios productivos y distributivos en las manos del Estado: la
nacionalización universal. Nacionalizar todo implica nacionalizar
gente. Y nacionalizar gente puede conducir a la esclavitud» (Vuel­
ta, núm. 101, pág. 35).

Es justo la historia de la colectivización como abolición de la pro­


piedad privada, como punta de lanza de la mortífera idea según la cual
la producción campesina no es más que capitalismo en pequeña escala.
A más de setenta años de distancia, ¿cuál es la lógica de tal haza­
ña? La posibilidad del saqueo —colectivamente por el Estado, muchas
veces individualmente por sus servidores— es una explicación verosí­
mil. La colectivización restaura la estructura latifundista y servil con un
agravante mayor: no hay 100.000 señores, hacendados, barines, sino
uno solo y todopoderoso: el Estado totalitario; por lo menos, los se­
ñores dejaban algún margen de autonomía al mujik. Poco importa al
Estado que el koljós sea menos productivo que la parcela privada: pue­
de llevarse lo que quiera de su cosecha. El asunto no es producir, sino

214
controlar. Los resultados económicos a corto y largo plazo no son muy
buenos, pero las ventajas en cuanto a control económico y político
son mayores, y eso es lo que cuenta, «en última instancia», para las éli­
tes dirigentes. Cuando se alcanza el poder absoluto, el que corrompe
absolutamente, desaparece el principio de realidad, y eso contribuyó
no poco a los aspectos delirantes de la colectivización. Además, sí, es
marxista la idea de que la producción campesina no es más que un
minicapitalismo. Chayánov luchó contra esa idea y por eso murió en
un campo de concentración. Como escribe George Yaney:

«Si es necesario destruir la sociedad campesina para que el campo


entregue pan gratuito a las odiadas ciudades, la manera menos di­
fícil de lograrlo es acabar con los dirigentes pueblerinos, o sea, con
los kulaks [...] Si un Gobierno débil quiere realizar una reforma ra-
dicál de la sociedad campesina bajo la presión de la guerra y sus
secuelas, la primera tarea del reformador es matar o exiliar a los
mejores hombres en los pueblos, discurriendo al mismo tiempo,
sin sentido, sobre utopías sociales. Resulta muy razonable. Los
enoímes éxitos de la reforma agraria en China, Corea del Norte o
Vietnam [y Etiopía, añado yo], todas según el ejemplo de Stalin,
deberían ser suficientes para convencemos de la bondad funda­
mental de esa regla (George Yaney, «The collectivization o f Soviet
agricultúre», en Peasant Studies IX, núm. 2, 1982).

Al campesino ruso le fue mal y al campesino soviético le fue peor.


El campesino, que vio en la Revolución de 1917 una esperanza de li­
beración, cargó después con todo el peso de un sistema totalitario
inaudito.
Ése fue el primer terror de masas desatado por Stalin en su pro­
pio país. Los años de la colectivización marcan un giro crítico en el
destino del campesinado, pero sus consecuencias van más allá. Se dejó
escapar la posibilidad histórica de un desarrollo fundado en el res­
tringido mercado de la NER La desestructuración del campo, la eco­
nomía, el medio ambiente y la sociedad estuvo acompañada por una
urbanización salvaje en las peores condiciones. Además, la gran gue­
rra contra los campesinos se libró a la par de la domesticación espiri­
tual e intelectual del país: ofensiva contra la religión, terror contra los
intelectuales y los «especialistas».
En septiembre de 1930 se anunció el fusilamiento del profesor
Ryazanov y de 48 responsables del sector industrial alimentario acusa­
dos de sabotaje; en noviembre-diciembre se organizó un proceso-es­

215
pectáculo contra un inventado Partido Industrial, manipulado por el
presidente francés Poincaré y por Lawrence de Arabia... Luego se pre­
paró el proceso del también inexistente Partido Campesino Trabajador,
supuestamente dirigido por el matemático del plan, el internacional-
mente famoso Nikolái Kondratiev. Se arrestó en masa a todos los «es­
pecialistas» del campo: economistas, sociólogos, agrónomos, dirigentes
de cooperativas. Alexandr Chayánov fue acusado de ser el responsable
ideológico y se dijo que su relato de ciencia ficción Viaje de m i herma­
no Alexei a la tierra de la utopía campesina (1920) era el «manifiesto ku­
lak», el «programa del partido campesino». Chayánov situaba dicho
viaje en el año 1984. Quizás Orwell conoció ese cuento. El proceso no
tuvo lugar, pero Kondratiev y Chayánov no salieron vivos de la cárcel
ni del campo, y la persecución de los «especialistas» siguió durante mu­
chos años. Esa gente participó con los campesinos deportados en la
construcción, a mano, en granito, del famoso canal del mar Blanco, en
Carelia, obra faraónica realizada en veinte meses por 500.000 hombres,
con un coste superior a las 100.000 vidas. Máximo Gorki perdió su ho­
nor al alabar esa «maravillosa obra» que permitía la «reeducación de
los criminales por el trabajo».
Con la destrucción del campesinado desaparecía la última cíase so­
cial; las antiguas elites habían dejado de existir antes de 1920, el pro­
letariado había sido aniquilado entre 1918 y 1921; la intelligentsia ha­
bía sido domada o expulsada. En una sociedad sin clases, se erguían
sólo los aparatos: el Partido, el Ejército, los «órganos» de represión.
Pero la colectivización, con sus consecuencias, los iba a afectar a su
vez. En efecto, tanto las modalidades de la colectivización como el tra­
tamiento de la hambruna habían señalado diferencias de comporta­
miento entre los hombres del Gobierno. En la base, muchos buenos
comunistas prefirieron devolver su credencial del Partido antes que en­
suciarse: «v sielo nie paidá», al campo no iré. El mismo Sergo Ordzhh-
nikidze, que no era ningún humanista, se preguntaba en sus informes
a finales de 1930 si «se puede construir el socialismo con cadenas y co­
lectivizando a 25 millones de familias en unos meses». Las reticencias
de los mejores «especialistas», de los Kondratiev y Chayánov, fueron
interpretadas como «sabotaje» e inmediatamente castigadas. El castigo
vendría después para los políticos, hasta para el amigo íntimo de Stalin,
su compatriota Ordzhhnikidze. Tardaría, pero llegaría. Para todos. Así
se entienden el terror y los grandes procesos de después de 1935, como
un gran proceso de selección en el seno de los aparatos soviéticos. To­
dos los que «flaquearon», poco o mucho, a la hora de la deskulakización
o de la hambruna, fueron catalogados como miembros de una «conju­

216
ra criminal»; en 1933, el Partido Comunista de LJcrania había sido de­
purado; no tardaría en llegarle su turno al Partido Comunista de la
Unión Soviética.

BIBLIOGRAFÍA

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rrible novela sobre el regreso de un kulak deportado, perseguido por su
hijo «activista».
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Sobre la Iglesia como «coto kulak»


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Szczesniak, Boleslaw (comp.), The Russian Revolution and Religion: A Collection
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Dame, 1959.

Sobre la hambruna
Excepcionalmente, la bibliografía es detallada y sigue el orden cronoló­
gico para que el lector pueda ver cómo circuló la información.
1933: Malcolm Muggeridge, periodista del Manchester Guardian, relató la ham­
bruna en los números del 25, 27 y 28 de marzo. Su colega, Gareth Jones
lo confirmó el 30 de marzo. Muggeridge publicó en la revista The Fort-
nightly Review (mayo de 1933) «The soviets5 war on the peasants». En el
mismo momento, el diario francés Le Matin y las revistas Le Journal des
Débats y Revue des Deux Mondes tratan la hambruna y desmienten al ex
primer ministro Herriot. Las iglesias alemanas publican Brueder in N ot!
Dokumente der Hungersnot (¡Hermanos necesitados! Documentos sobre la
hambruna), Berlín, 1933. Isaac Babel escribe en 1933, pero no puede pu­
blicar y su manuscrito es destruido cuando lo arrestan. Circula el infor­
me enviado al Gobierno alemán por el técnico Otto Schiller (1933).
1934: el periodista William H. Chamberlin se arrepiente de su silencio de
1933 y publica Russia's Iron Age, Boston.

218
1935: Edwald Ammende, Muss Russland hungem ?, Viena (publicado por el or­
ganismo interconfesional de auxilio, presidido por el cardenal Innitzer).
Luego hay que esperar hasta 1948 y el famoso libro de Viktor Kravchenko,
J ’ai choisi la liberté, París (publicado en todos los idiomas).
1955: S.O. Pidhainy et a l, The Black Deeds of the Kremlin, a White Book, vol. II;
The Great Famine in Ukraine, Toronto-Detroit.
1960: H. Kostiuk, Stalinist Rule in the Ukraine. A Study o f the Decade of Mass Te­
rror 1919-1930, Múnich, 1960.
1962-1963: Vasili Grossman termina de escribir Vida y destino y Todo pasa, que
serán publicados veinte años después.
1964: Dana G. Dalrymple, «The Soviet Famine o f 1932-1934», en Soviet Stu­
dies, 15-3 (enero).
1968: Vasili Barka publica E l príncipe amarillo (en francés, París, 1981).
1974: Alexandr Solzhenitsyn, en el tomo II de su Archipiáago Gulag, habla de
«la gran masacre».
1977: Moshe Zalean (su familia) publica Histoire véridique de Moshe, ouvrierju if
et communiste au temps de Staline, París. En la página 66 apunta (1933): «Là-
bas, on meurt defaim».
1982: Fred Kupferman, Le voyagefrançais en Union Soviétique, 1917-1939. Sobre
la ceguera de ciertos viajeros.
1983: J.M. Mace, Communism and the Dilemmas o f National Liberation: National
Communism in Soviet Ukraine 1918-1933, Cambridge, Mass.
1983: Stephen Olezkiw, The Agony o f a Nation. The Great Man-Made Famine in
Ukraine, Londres.
1983: Boris Martchenko y Olexa Woropay, La famine-génocide en Ukraine, Paris.
El 50 aniversario de la hambmna había despertado a los historiadores.
1986: Miron Dolot, Les affamés. L’holocauste masqué. Ukraine 1929-1933, París.
1986: R. Serbyn y B. Krawchenko (comps.), Famine in Ukraine 1931-1933, Ed­
monton.
1987: Robert Conquest, The Harvest of Sorrow: Soviet Collectivisation and the Te­
rror-Famine, Oxford.
1987: Martha B. Olcott, The Kazakhs, Stanford.
1988: M. Carynnyk et al. (comps.), The Foreign Office and the Famine, British Do­
cuments on Ukraine and the Great Famine, Kingston y Nueva York.
1988: D. Zlepko, Die Ukrainische Hunger-Holocaust, Sonnenbühl.
1988: James E. Mace (comp.), Commission on the Ukraine Famine, Congreso de
Estados Unidos, Washington.
1989: J.B. Abyljozhin et al., «Sobre la tragedia kazaja» (r), en Voprosy Istorii,
7(1989), págs. 54-71.
1989: Andrea Graziosi, «Lettres de Kharkov. La famine en Ukraine et dans le
Caucase», en Cahiers du Monde Russe et Soviétique, XXX-1/2.

219
1989: V.P. Danilov y N.A. Ivniskii, Los documentos hablan (r), Moscú.
1990: International Commission of Inquiry into the 1932-1933, Famine in Ukraine,
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1990: Evgueni M. Andree et a l, Historia de la población de la URSS, 1919-1950
(r), Moscú.
1991: Andrea Graziosi (comp.), Lettere da Kharkov. L a carestía in Ucraina e nel
Caucaso delNordnei rapporti dei diplomatici italiani 1932-1934, Turin. Se tra­
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Járkov, Kiev y Batum, y por el embajador en Moscú, Bernardo Attolico.
1994: M. Wayne Horris, Stalins Famine and Roosevelt's Recognition o f Russia,
Lanham, Maryland.
1994: Nicolas Werth y Gael Moullec, Rapports secrets soviétiques 1921-1991, Pa­
ris, 1994, págs. 151-159.

220
10
La revolución estalinista

La utopía en el poder

Trotski estaba muy equivocado en su obsesión de ver en el estali-


nismo la «Revolución traicionada» o el «Termidor soviético». Stalin no
sólo no traicionó la Revolución sino que, no contento con poner fin
al Termidor que fixe la NEP, lanzó a la URSS a la utopía revoluciona­
ria máxima: la del «triunfo de la voluntad».
Hay que recordar que, para la mayoría de los comunistas, la NEP
se deletreaba como «Nueva Explotación del Proletariado». Al final de
la NEP no hubo malentendidos, sino un acuerdo general: la NEP era
el resultado de una derrota comunista y, en el mejor de los casos, una
concesión táctica, una pausa. Después de haber recuperado sus fuer­
zas, la revolución tenía que saltar hacia delante. Eso fixe lo que hizo
Stalin. De manera retrospectiva, en tiempos de Jruschov y de nuevo en
tiempos de Gorbachov se dio a la NEP una gloria de edad de pro, de
«socialismo con cara humana», que nunca tuvo en los años veinte. El
paradigma trotskista de la «revolución traicionada» no es muy diferen­
te de aquella ilusión a posteriori; tampoco es más correcto. Como sos­
tuvo Leszek Kolakowski, «Stalin era Trotski in actu».
La revolución estalinista consistió en la industrialización a marchas
forzadas, en realizar una hazaña semejante a la de Pedro el Grande,
para «alcanzar y rebasar a Occidente». Esa historia es demasiado co­
nocida, a diferencia de la de la colectivización, que fue concebida
como su condición necesaria; por lo tanto, será inútil alargar el relato.
En un espacio inmenso, pero encerrado sobre sí mismo, sin otros con­
tactos con el mundo exterior que los industrialmente necesarios, se
desarrolló la «hazaña» de la cual el régimen estuvo más orgulloso, la
que lo justificaba todo: la industrialización. Hasta la fecha, los resul­
tados de la actividad económica soviética siguen siendo oscuros. En
1930, la estadística fue liquidada como ciencia y pasó al control polí­
tico; sin embargo, los «especialistas» siguieron elaborando cifras inédi­

221
tas, confidenciales, pero bastante serias, que salen apenas ahora del se­
creto. Esas cifras señalan que jamás, a lo largo de los veinticinco años
del periodo estalinista, se pudieron medir correctamente los resultados.
Hásta la fecha es difícil saber el coste demográfico de la colectivización,
de la hambruna, de la guerra (y de lo que se disimula bajo el manto de
la guerra), de los años 1945-1953...
El símbolo de la revolución encabezada por Stalin fue la locomo­
tora, la máquina que circula en línea recta y que lo aplasta todo; el
otro símbolo, ya no retórico sino concreto, fue el alto horno, el com­
plejo siderúrgico de Magnitogorsk (la montaña magnética), el más
grande de toda Eurasia.
Magnitogorsk es la industria pesada tradicional: el acero. Es el
triunfo de la voluntad: cuando Occidente se hundió en la gran crisis,
la URSS levantó en unos años, en las soledades de la Siberia occiden­
tal, el «combinado» Urales-Kuznetsk. Magnitogorsk, más que un sím­
bolo, es una clave. La industria pesada clásica, la de la primera revo­
lución industrial, está ligada a la potencia militar, a la guerra. Stalin
preparaba la guerra, sin saber contra quién, y quería dar a Rusia una
base industrial que fuese suya, para no depender más de Ucrania. Mag­
nitogorsk fue la obra del trabajo servil de los deportados, pero también
de entusiastas voluntarios soviéticos y extranjeros. En un momento
dado 6000 obreros y técnicos estadounidenses trabajaron en Magnito­
gorsk, como el famoso radical Jack Scott.

Las pirámides de Stalin

La fórmula es de Georges Sokolov y la metáfora faraónica se ajus­


ta a la perfección. Así como se puede o, mejor dicho, se debe hablar
de la segunda servidumbre de los campesinos, también se debe hablar de
una verdadera servidumbre industrial para los obreros, comparable con
la que instauró Pedro el Grande a principios del siglo xvm en sus fac­
torías metalúrgicas de los Urales.
La receta de la industrialización suena sencilla: para recuperarse de
su atraso, la URSS debe construir de manera ultrarrápida —importan­
do todas las máquinas y todos los técnicos necesarios, por eso se n e ­
cesita trigo: para pagar—los altos hornos y las centrales hidroeléctricas
indispensables para una gran potencia industrial-militar. Acero, electri­
cidad y cemento son los tres elementos de la trinidad. Esa hazaña se
realizará en el marco de una economía centralizada, planificada, su-

222
puestamente racional. Para pagar, la URSS dispone de recursos natu­
rales supuestamente ilimitados: minerales, madera, trigo y... hombres.
Se dispuso de tales recursos sin límite, en la mejor tradición rusa del
despilfarro total.
Alee Nove escribe: «Los milagros suceden pocas veces en economía
y, sin intervención de la Providencia divina, era difícil imaginar un cre­
cimiento simultáneo de las inversiones y del consumo, sin hablar del in­
creíble crecimiento de la producción y de la productividad». El plan pro­
metía eso y mucho más. En febrero de 1931, Stalin ordenó realizar en
tres años lo que estaba, de manera demasiado optimista, previsto para
cinco. «Las cadencias lo resuelven todo», proclamó el Vozhd, tanto en
las fábricas como en el koljós. Ese 4 de febrero de 1931 explicaba en la
primera conferencia federal de los trabajadores industriales:

«A veces nos preguntan si no se podrían bajar un poco las ca­


dencias, moderar el paso. No, camaradas, no se puede. ¡No se
pueden reducir las cadencias! Tanto como lo permiten las fuerzas
y los medios, al contrario, hay que acelerar [...] Frenar es retra­
sarse. Los que se atrasan son derrotados. No queremos ser derro­
tados. ¡No queremos! La historia de la antigua Rusia está hecha,
entre otros elementos, de que ha sido constantemente derrotada
por su retraso. Derrotada por los janes mongoles. Derrotada por
los beyes turcos. Derrotada por los feudales suecos. Derrotada
por los príncipes lituano-polacos. Derrotada por los capitalistas
anglosajones. Derrotada por los barones japoneses. Derrotada por
todos —por su retraso [...] No hay otra vía. Por eso Lenin decía en
vísperas de octubre: “O la muerte, o alcanzar y rebasar a los paí­
ses capitalistas más adelantados”. Llevamos entre cincuenta y cien
años de retraso. Tenemos que recorrer esa distancia en diez años.
O lo hacemos o nos harán polvo».

Ahí está todo, la ideología marxista-leninista y el tema patriótico.


Georges Sokolov, en sus cálculos, estima que la URSS creció entre
1928 y 1940 a un ritmo muchas veces superior al 6 por ciento anual,
pocas veces inferior al 4 por ciento. No es tan vertiginoso como lo que
proclama la propaganda, pero resulta notable. En 1860, el producto
nacional bruto estadounidense y el ruso eran iguales. En 1913, el es­
tadounidense era 2,5 veces superior; en 1928, cuatro veces más. En
1940, Estados Unidos «pesan» un poco más del doble que la URSS.
La Gran Depresión norteamericana tiene algo que ver, pero también el
salto soviético.

223
Es inútil mencionar la agricultura. No contribuye en nada al cre­
cimiento; lo contrario sería sorprendente. Lo único nuevo es el algo­
dón de Asia central, después de las grandes obras de riego, como el ca­
nal de Fergana. El crecimiento proviene del sector industrial y de la
construcción, que tuvo que ser muy fuerte para compensar el estanca­
miento agroganadero y arrastrar todo el producto nacional bruto. Con
el equipamiento de los años veinte era imposible. La industrialización
de Stalin consistió precisamente en crear capacidades de producción.
Lo impresionante fue la expansión de la base carbón-acero, con la
creación de los nuevos centros en el sur de los Urales y el oeste de Si­
beria. Sintomáticamente, en el Donbass la ciudad de Donetsk cambió
su nombre por el de Stalin, y en el Kuzbass, Novokuznetsk se trans­
formó en Stalinsk. Stalin, el hombre de acero, tenía que presidir ese
impulso fundamental dado al metal. Y a todo el sector metalúrgico:
aluminio, plomo, zinc, estaño, cobre de Kazajistán. La electricidad, tan
querida por Lenin, pasó de 5000 millones de kilovatios hora en 1928
a 48.000 en 1940. La central hidroeléctrica de Dniepropetrovsk (1932)
es el símbolo hermano de Magnitogorsk, con sus generadores de la Ge­
neral Electric.
Esa industrialización fue ultraclásica; la estrategia descansó sobre
el binomio carbón-acero y no dio mucha importancia al petróleo; se
siguió construyendo con madera y tabique, poco en hormigón arma­
do. Para las locomotoras, se prefirió el vapor, sin tener en cuenta los
principios de Diesel. Los «especialistas» promotores de la química mo­
derna perdieron la batalla y su Comité de Quimización de la Econo­
mía, fundado en 1928, desapareció en 1934. El mismo clasicismo exis­
tió en el sector militar. Las comunicaciones fueron primordiales: se
cavaron canales, se construyeron carreteras, se inauguraron las vías
aéreas. El ferrocarril perdió su antigua prioridad, lo cual fue innovador.
Correspondió a una nueva concepción del espacio industrial; en vez
de transportar las materias primas, se prefirió transformarlas en su lu­
gar de origen. Correspondía a la lógica de seguridad nacional de una
«mecanización» del país capaz de darle una independencia efectiva
y los medios para defenderse. Así se crearon las fábricas de tractores y
tanques de Járkov, Cheliabinsk y Stalingrado; de Rostov, Kazán y Sa­
ratov, de Novosibirsk, Irkutsk y Jabarovsk, cerca de la lejana China.
Por más que estuviesen ausentes las industrias de consumo, el re­
sultado no deja de ser impresionante. ¿Cómo lo hicieron? Antes de
volver a la dimensión laboral del esfuerzo, hay que subrayar la apor­
tación occidental. En 1929 se firmó una serie de contratos de asisten­
cia técnica con los gigantes estadounidenses. El mayor fue el de fe­

224
brero de 1930 con la sociedad de ingeniería Albert Kahn (Detroit), que
había concebido las fábricas de Ford, GM y Packard, entre muchas
otras. Esos estadounidenses se instalaron en la cumbre de la dirección
económica soviética y trabajaron en casi todos los proyectos, aportan­
do su tecnología. Los ingenieros estadounidenses programaron lo que
había que importar como equipamiento de Alemania, Estados Unidos,
Inglaterra, Dinamarca (las cementeras), Italia y Suecia (los cojinetes de
bolas) y Francia (el aluminio). Las transferencias tecnológicas fueron
masivas y alcanzaron todos los sectores. Magnitogorsk era la copia gi­
gante de la siderúrgica de la US Steel en Gary, Indiana.
El papel de un Occidente que necesitaba con desesperación
mercados no puede ser ignorado; el propio Stalin alabó la «eficacia
estadounidense, esa fuerza indomable sin la cual ningún trabajo cons­
tructivo serio es concebible». El 4 de mayo de 1935 explicó a los di­
plomados de la Academia Militar: «Hicimos bien en gastar 3000 mi­
llones de rublos para importar. Sin eso, no tendríamos tractores, ni
coches, ni aviones, ni tanques». No se compró más, no se importó
más, porque la agricultura soviética, por más presionada que haya es­
tado, no podía exportar más de cinco millones de toneladas de trigo
al año. Como el Estado soviético no podía recurrir al endeudamiento
desde que había repudiado la deuda exterior, no consiguió sino prés­
tamos a muy corto plazo; los pagó, con intereses muy altos, con el oro
extraído en el Gulag y la venta de tesoros artísticos. Poca cosa. El tope
financiero fijó el límite superior de la industrialización. Después de
1932, los extranjeros empezaron a irse. Volvieron después de 1935,
pero para abrir empresas mucho más modestas. A los soviéticos les
tocó terminar lo empezado, aprender las técnicas, copiar. Al final eran
capaces de preparar solos los arsenales, al término de una fase de asi­
milación muy formativa. En esos años se dio gran impulso a la ense­
ñanza científica y técnica, para satisfacer las necesidades industriales.
En 1940, el número de estudiantes universitarios llegó a 800.000, cua­
tro veces más que en 1914.

La pena de los hombres

Según Stalin, «el hombre es el capital más valioso». Claro. Sin em­
bargo, a la servidumbre koljosiana correspondía una verdadera servi­
dumbre obrera. Una decisión del Comité Central (7 de septiembre de
1929) había instituido el «mando único» del director en cada unidad

225
de producción, aboliendo los últimos derechos teóricos de los comités
obreros. Luego, los decretos llovieron a expensas del «proletariado so­
berano». Como en el siglo xviii, cuando la huida era la única defensa
de los siervos, los obreros intentaban mejorar su suerte huyendo. La
ley los inmovilizó. Se suprimió toda ayuda a los desocupados, se pro­
hibió escoger el lugar y el sector de trabajo, contra todas las necesida­
des personales y familiares. Tantas leyes represivas tardaron años en po­
ner fin a las grandes migraciones permanentes que caracterizaron los
años treinta. En febrero de 1931 se creó el «cuaderno de trabajo» obli­
gatorio, sobre el modelo de la cartilla militar, que incluía una biogra­
fía breve del titular (trabajos, castigos, multas, motivos de despido). Las
empresas tenían la facultad de transferir técnicos y obreros sin tener en
cuenta su voluntad. Nuevos decretos (1932) condenaron con el despi­
do un solo día de ausencia injustificada; el obrero despedido perdía su
«cuaderno de compras de alimentos» y también su casa; los siervos de
la industria no podían moverse sin condenar a su familia al hambre.
En diciembre de 1932 se decretó el pasaporte interior para toda la po­
blación urbana y la rural alrededor de las ciudades: prohibido viajar o
residir más de 24 horas fuera del propio domicilio sin el visado de la
milicia GPU. Así se trató de poner fin a lo que se llamaba oficialmente
el «nomadismo de la agricultura y de la industria».
Aun así, el destino de los trabajadores «libres» era envidiable com­
parado con el de los esclavos condenados a cavar el canal del mar Bál­
tico al mar Blanco, a trabajar en las minas de carbón de Vorkutá, en
las minas de níquel de Norilsk, en las minas de la península de Kola;
a construir la carretera de la muerte de Magadán hacia Kolymá. Allá,
los presidiarios cantaban: «En Kolymá, planeta mágico, 12 meses de in­
vierno y los demás verano». En los primeros años de la década de 1930,
la mayoría eran campesinos deportados. En 1930, precisamente, se creó
la Dirección de Estado de los Campos, acrónimo: Gulag.

Saldo de la revolución económica

Tanta prisa, tanta fiebre no podía sino provocar accidentes y fra­


casos, por lo menos parciales y momentáneos. En lugar de aceptarlo,
el poder denunció el complot, el sabotaje, y castigó. No podía reco­
nocer, como Arthur Koestler, que la «industria soviética era un joven
gigante víctima, sucesivamente, de parálisis de los miembros y de cri­
sis de epilepsia» (Hiéroglyphes, pág. 355).

226
Los éxitos se limitaron a la industria y nó alcanzaron la agricultu­
ra; de hecho, cierto crecimiento sectorial se debía a la crisis del cam­
po: así, el crecimiento de la panadería industrial corresponde a la de­
saparición de los hornos domésticos; el crecimiento del sector textil
corresponde a la desaparición de los telares domésticos; la expansión
del algodón está ligada a la liquidación de la cabaña ovina. A un cre­
cimiento de la producción, ahora contabilizada, corresponde una dis­
minución de los productos efectivamente ofrecidos al consumo. El es­
tancamiento agrícola persistió de tal modo que en 1939 una serie de
decretos volvió a disminuir la parcela familiar, a colectivizar el gana­
do, a aumentar el tributo exigido; por un lado, el Estado preparaba re­
servas para la guerra, y, por el otro, seguía acumulando los errores agro­
nómicos que aumentaban el despilfarro.
A esas alturas ya era demasiado visible el otro fenómeno negativo
engendrado por esa «economía de cancillería-burocracia» (así la califi­
caba Bujarin, retomando una antigua expresión zarista). El Estado le-
viatáh éngendró una enorme burocracia parasitaria y contraproducen­
te que lo acompañaría hasta el final. El proceso había empezado con
el comunismo de guerra en tiempos de Lenin y siguió su lógica acele­
rada de bola de nieve; Moshe Lewin ha sugerido que el Gran Terror
de los años treinta se debió al esfuerzo desesperado de Stalin por «ven­
cer la mole burocrática y su arte eficiente de esquivar la mayoría de los
controles y de las órdenes del Gobierno». Cualquier intento de refor­
ma no hizo más que fortalecer y aumentar la burocracia. Entre 1935 y
1941 creció a un ritmo 2,5 veces más alto que el empleo en general,
de manera que había más de un burócrata por cada dos obreros.
El tercer fracaso del sistema —y esa característica genética lo llevó
a la muerte—era su inflexibilidad. El triunfo del voluntarismo utópico
destruía toda posibilidad de rectificación, corrección, innovación. La
producción de bienes de capital y el crecimiento eran las únicas líneas.
La ausencia de preocupación por las invenciones, la distribución y los
servicios era la consecuencia lógica del modelo. Lógica también la apa­
rición de una «segunda» economía, paralela o en «negro», que prome­
tía tener un gran futuro.
La economía soviética fue diseñada para industrializar muy rápi­
damente un gran país atrasado, sin tener en cuenta las necesidades so­
ciales y el nivel de vida de los trabajadores. De otro modo no se en­
tienden los decretos terroristas de 1940 (abolidos sólo en 1956): el
código penal castigaba con seis meses de trabajos forzados el absentis­
mo; veinte minutos de retraso equivalían a absentismo; reincidencia
equivalía a vagabundaje; abandonar el puesto sin permiso: lo mismo. La

227
jomada pasó de seis a ocho horas, sin aumento salarial; los jueces, los di­
rectores, los médicos que no aplicaban la ley eran destituidos. El tribu­
nal tenía cinco días para juzgar: un solo juez, sin investigación previa.
En la revista publicada por el Tribunal Supremo (Sotsialisticheskaya
Zakonnost) abundan ejemplos como el siguiente: una madre juzgada
cuando se encuentra en la maternidad y condenada por absentismo;
otra condenada por lo mismo, cuando tenía enfermo a un niño de pe­
cho; otra embarazada de cinco meses que recibe una pena de cuatro
meses de cárcel por abandono de trabajo...
Por eso mismo triunfó lo que el principal economista de la época
de Stalin, Strumilin, llamaba «el ascetismo consumidor»: el país ex­
portaba sus materias primas mientras que la población pasaba hambre,
hasta en las ciudades, quizá con la sola excepción de Moscú. Koestler
apunta que hacia 1932 Moscú, que gozaba de una prioridad absoluta
tanto para los alimentos como para combustibles o «artículos suntua­
rios» (como cepillos dentales ó para el pelo), tenía un nivel de vida
comparable al de una ciudad minera de Gales, en el peor momento de
la crisis económica. El año de 1933, según Alee Nove, fue el punto
más bajo de una caída catastrófica del nivel de vida: fenómeno excep­
cional en tiempo de paz, con serias consecuencias demográficas. El hu­
mor negro del Vozhd le hacía decir (1932): «No valía la pena derrocar
el capitalismo en noviembre de 1917 y querer construir el socialismo,
si no logramos una vida cómoda para nuestra población... Sería estú­
pido creer que el socialismo se puede edificar sobre la miseria, las pri­
vaciones, la reducción de las necesidades individuales y la caída del
nivel de vida». En 1934, el nivel de vida era inferior al de 1928 y al
de 1913.
En Moscú, en julio de 1930, I.I. Schitz anotaba:

«Todo está desapareciendo de los mercados. En las farmacias, hasta


la glicerina se vende solamente en el compuesto de alguna medici­
na, pero no pura. El yodo sólo con receta médica. No hay bombi­
llas. El jabón lo expenden sólo con la cartilla de racionamiento, pero
jamás hay. Los caramelos son muy malos; una libra de bombones
de chocolate cuesta 10 rublos 80 kopeks (hasta hace poco su precio
era de 3,60), rara vez venden los palitos de chocolate “Etiqueta do­
rada” a 2,75 (hasta hace poco a 1,25). Parece que hay consenso ge­
neral en cuanto a la depreciación de nuestro rublo.
»La gente se está bañando con una mezcla de petróleo y no sé qué,
a la venta en las tiendas de queroseno; cuesta 50 kopeks y antes se
utilizaba sólo para lavar la vajilla...

228
»Sobre la ropa, ni hablar. Tampoco hay calzado en ninguna parte.
No en balde, la diferencia que existe entre Mayakovski y Mossel-
prom1 consiste en que el primero produjo una “nube de pantalo­
nes” y el segundo puso los “pantalones por las nubes” (pág. 197).
»En lá alimentación, la vida también decae. Dan sólo 50 gramos
de té para tres meses, y eso en Moscú; en provincias hace tiempo
que no se ve el té. En el mercado, un cuarto de libra cuesta nue­
ve rublos».

BIBLIOGRAFÍA

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1940) (r), Moscú, 1972.
Koestler, Arthur, Hiéroglyphes (1953, The invisible writing), París, 1994 (su auto­
biografía describe la URSS en 1933).
Lincoln, W. Bruce, The Conquest o f a Continent. Siberia and the Russia, Siberia
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Nove, Alec, Was Stalin Really Necessary ? Some Problems o f Soviet Political Eco­
nomy, Londres, 1964.
Sokoloff, Georges, L a puissance pauvre, Paris, 1993, págs. 371-425.
Zaleski, Eugène, L a planification stalinienne. Croissance etfluctuations économiques
en URSS, 1933-1952, Paris, 1984.

La revolución cultural

«El cromosoma es una invención burguesa destinada a legitimar el


capital», rezaban los carteles a la entrada de la facultad de Medicina de
Moscú en 1950. Veinte años antes, la biología soviética había dejado
de ser una ciencia y había sido puesta, como la cultura, en todos sus
niveles, al servicio de la Utopía, bajo la férula del Vozhd, quien ejer­
cía de árbitro supremo en las ciencias y en las artes.
Algunos datos sociológicos merecen señalarse. Entre 1922 y 1940
la población urbana pasó del 16 al 33 por ciento del total y un 78 por
ciento de esos nuevos habitantes de las ciudades no había conocido
ninguna escuela. En 1933, de los dos millones de miembros del Parti­
do, sólo el 6,7 por ciento había recibido una formación superior, mien­

1. Organización comercial moscovita. (N. del A.)

229
tras que el 63 por ciento no había cursado más que la primaria (cuan­
do la había terminado). Eso tiene algo que ver con el triunfo de los
viejos reflejos arcaizantes estimulados por el encierro de la URSS so­
bre sí misma, la desconfianza hacia todo lo que llegaba de fuera, la
exaltación de lo propio. El regreso de la capital a Mo$cú y del Go­
bierno al Kremlin —abandonado desde hacía 220 años—, tenía una car­
ga simbólica muy fuerte: la ciudadela cerrada anterior a la revolución
de Pedro, la fortaleza-catedral de la Tercera Roma, convencida de su
vocación de ser la capital del universo.
Cuando la ideología exclusiva que toma el control de la cultura
global afirma su radical ateísmo, se sacraliza. En 1932 quedaban en Ru­
sia cuatro obispos de 160, y 4200 parroquias de 54.000; el cristianis­
mo se folclorizó, cuando no se escondió en las catacumbas; la religio­
sidad permeó el poder, su ideología, su cultura. André Ropert nota
el resurgimiento de formas muy arcaicas que «por osmosis invaden el
campo de la infracultura plebeya y, de manera más sorprendente pero
reveladora de las degradaciones sufridas, acaban por interferir con la
alta cultura. Así ocurre con la imagen milenarista de la revolución, en
la cual se encuentran la expresión espontánea de la infraestructura fol­
clórica y la de una corriente salida de la alta cultura en perdición [...]
la espera apocalíptica del milenio».
El comunismo como la inminente edad de oro: la dimensión sa­
grada se manifiesta muy temprano, con los «constructores de Dios»,
Bogdanov y Lunacharski, con el culto a Lenin y después a Stalin, que
reproduce el arquetipo mesiánico del zar-padre. Esa mutación sacral es
definitiva cuando, a la muerte de Lenin, se decide no sólo organizar
funerales apoteósicos, sino también embalsamar su cuerpo bajo un
cristal, como los cuerpos santos. La ritualización fue organizada por
Krasin y Lunacharski, dos «constructores de Dios», y por Bronch-Brue-
vich, conocido por su visión mesiánica de la revolución: extraña mez­
cla de religión y de cientificismo (algunos quieren conservar el cuerpo,
el cerebro del genial Lenin, para su futura resurrección). Uno no pue­
de dejar de pensar que el descubrimiento de la momia de Tutankamón
poco antes, en Egipto, inspiró esa empresa litúrgica en la cual el gran
sacerdote fue Stalin. El zar ruso era el representante humano del
gran poder de Dios; el líder soviético es, desde aquel entonces, la ema­
nación directa de la verdad absoluta; no el lugarteniente, sino el Me­
sías, el Salvador.
En tales condiciones, la revolución cultural estalinista, prolonga­
ción correcta de los diez años anteriores, tenía que constituir una rup­
tura total con las promesas de la edad de plata; para crear una alta cul­

230
tura tenía también que plantearse en términos religiosos: fe, herejía,
pecado, con la consecuente policía espiritual, la inquisición y sus cas­
tigos. Si bien es cierto que Stalin pesó mucho, como Napoleón o el
mismo Augusto, en la definición de la nueva cultura, el fenómeno ex­
presa la conquista del espacio cultural de la elite por parte de la inte­
lligentsia llana. Esa ascensión cultural corresponde a la renovación de
los dirigentes del Partido, al desplazamiento de la «vieja guardia leni­
nista» por autodidactas jóvenes.
A partir de 1928, el Comité Central dirigió las actividades inte­
lectuales y artísticas. Lunacharski se fue en 1929. La imposibilidad de
publicar y de exponer fuera de los organismos oficiales neutralizó
cualquier independencia. Tatlin sobrevivió pintando bambalinas; Mel­
nikov, expulsado de la Unión de Arquitectos, murió olvidado, en una
fecha desconocida; Malévich, a quien se impidió exponer a partir de
1927, murió en 1935 en la pobreza más absoluta. El escritor, el cientí­
fico, el artista que no compartía con entusiasmo la fe, si quería sobre­
vivir, debía escribir «para su cajón».
Eso sirvió para los científicos, los ingenieros y los técnicos, para los
cuales se creó una institución ad hoc, la sharashka: una cárcel para esos
«especialistas», a fin de que puedan servir al Estado con su talento.
Es el primer círculo, descrito por Solzhenitsyn. Toda la ciencia cayó
bajo el fuego de los nuevos inquisidores: «Las ciencias filosóficas, na­
turales y matemáticas tienen el mismo carácter político que las cien­
cias históricas», declaró la revista M arxismo y Ciencias Naturales. Por lo
tanto, en 1929 se organizó un juicio a los historiadores, como primer
episodio de la poda y doma de la Academia de Ciencias. En 1930,
aquélla recibió la tarea de «ayudar al desarrollo de un método cientí­
fico unitario, basado en la visión del mundo materialista, para orien­
tar de manera consistente todo el sistema de conocimiento científico
hacia la satisfacción de las necesidades de la reconstrucción socialista
del país y el desarrollo futuro de la sociedad socialista». En diciembre
de 1930, Stalin explicó a los filósofos del Instituto de los Profesores
Rojos que tenían que luchar contra el «idealismo menchevique», le­
yendo a Marx, Engels y Lenin. A Stalin también: en enero de 1934 es­
taban en circulación, en la colección «Clásicos del marxismo», siete mi­
llones de libros de Marx y Engels, 14 de Lenin y 60,5 de Stalin. En
octubre de 1931, Proletarskaya Revolutsia y Bolshevik publicaron el ar­
tículo de Stalin «Algunas preguntas sobre la historia del bolchevismo».
Así se instaló la autocracia ideológica del Vozhd.
Ese artículo provocó una oleada gigantesca de textos, como «Nues­
tras tareas sobre el frente musical», «Para la vigilancia bolchevique en

231
el frente del libro» y «Para una ofensiva bolchevique en el frente de la
neuropatología» (enero y febrero de 1932). El pobre Gorki participaba
en el coro: «Es vital que conozcamos todo lo que ha ocurrido en el
pasado, no como ya lo han contado, sino a la luz de la doctrina de
Marx-Engels-Lenin-Stalin».
La consecuencia de la revolución cultural fue la desaparición de la
búsqueda de la verdad. Una afirmación se rechaza no en función de
criterios científicos o filosóficos, sino porque contradice la doctrina
oficial. La discusión se limita a cotejar la conformidad del pensamien­
to con un catálogo de citas de Marx, Lenin y Stalin (en orden cre­
ciente). Los postulados de Freud, la teoría de la relatividad de Einstein,
la de los quanta o las de Pasteur son condenadas como idealistas. La
historia del «lysenkismo» es ejemplar. En 1932, la conferencia de ge­
nética reunida en Leningrado ordenó «poner de acuerdo la genética y
el materialismo dialéctico». Se trataba, como dijo Lysenko (un joven
científico sin un talento especial, pero comunista), de repudiar a «los
seudocientíficos burgueses adeptos de Weismann, Mendel y Morgan».
En efecto, «si no se admite la transmisibilidad de los rasgos adquiridos,
la teoría materialista de la vida se vuelve impensable». A la ciencia «cle­
rical» occidental se opusieron los éxitos del botánico Michurin, crea­
dor de variedades botánicas insensibles al frío o a la sequía; pero nada
garantizaba la constancia de las nuevas cualidades adquiridas. Lysenko,
campeón en «diamat» (materialismo dialéctico), fue encargado de go­
bernar la genética rusa. En 1939 una nueva conferencia decidió susti­
tuir la genética «burguesa y reaccionaria» con una «ciencia auténtica­
mente soviética». En 1940, el gran científico N. Vavilov, que se atrevía
a acusar a Lysenko de resucitar el oscurantismo medieval, fue arresta­
do y deportado. Todos los científicos fueron «liquidados» y los lysen-
kistas se apoderaron de la Academia, de los laboratorios, de las re­
vistas.
La literatura fue uno de los aspectos del «frente ideológico». Al
principio del primer plan quinquenal, había todavía «izquierdistas»,
trotskistas o no, en las revistas, en las organizaciones; la «derecha» es­
taba también presente. Durante el verano de 1928, el Comité Central
pasó a la ofensiva contra «el eclecticismo y cualquier indulgencia ha­
cia una ideología ajena [...] contra la ideología burguesa y pequeño-
burguesa». Literatumaya Gazeta captó enseguida el mensaje y procla­
mó: «Es esencial llevar a cabo una purga drástica [...] los buenos
escritores, los corifeos, son incomprensibles para las masas, su estilo es
demasiado complicado [...] ¡hay que prestar más atención a los escri­
tores mediocres!» (10 de junio de 1929). Le tocó al RAPP (Asociación

232
de Escritores Rusos Proletarios) liquidar la literatura. Por lo tanto, ¡fue­
ra los «compañeros de ruta»! En 1929 empezó la gran campaña contra
Boris Pilniak y Evgueni Zamiatin, dirigentes de la Unión de Escritores
en Moscú y en Leningrado respectivamente. Pilniak había cometido
una gravé imprudencia al escribir E l cuento de la luna no apagada, que
narraba la muerte misteriosa de un general del Ejército Rojo, manda­
do al quirófano por órdenes del Número Uno. La alusión a la muerte
de Frunze era demasiado transparente. En cuanto a Zamiatin, su valor
y su concepción de la literatura como una actividad necesariamente
honesta eran insoportables, como lo eran su novela Nosotros (escrita en
1920), profecía de la utopía soviética, y su artículo «Temo» (1921). Pil­
niak se sometió y sobrevivió unos años; Zamiatin presentó su renun­
cia a la Unión y escribió directamente al Vozhd, quien le concedió la
posibilidad de salir al extranjero. En esos días (1930), Mayakovski se
suicidó, lo que le permitió entrar en el panteón soviético con la apre­
ciación de Stalin: «El mejor y el más talentoso poeta de la era soviéti­
ca». Stalin liquidó todas las organizaciones literarias para fundirlas en
la única Unión de Escritores Soviéticos (agosto de 1934), encomenda­
da a Andréi Zhdánov, su hombre de confianza, que, en 1938, recibía
la dirección de la Propaganda, es decir, de todo el sector cultural.
Aquel hombre, que calificó a los músicos Prokofiev y Shostakóvich de
«formalistas antipopulares», llamó al «psiquiatra», no al crítico de arte,
para explicar las obras de Picasso, Moore, Calder, Miró, Mondrian.
Contra el «formalismo burgués», el «realismo socialista»...
Gorki simboliza esa domesticación. En 1933 se le negó el visado
para volver a su querida Capri; se quedó en la URSS hasta su muerte,
en junio de 1936. Hacía años que había desistido de criticar a la URSS,
pero se transformó en miembro de la brigada de los aplausos y a par­
tir de 1930 celebró todos los procesos, como por ejemplo el de los
«48 criminales, organizadores de la hambruna» (el proceso al llamado
Partido Industrial). No dudó en escribir: «Conozco muy bien la in­
descriptible vileza de las acciones de estos 48», entre los cuales se ha­
llaba Kondratiev. En 1931 habló de la misma manera contra los men­
cheviques procesados, entre los cuales estaba su amigo Nikolái Sujanov,
autor de una historia de la revolución en siete volúmenes. Cantó la
obra titánica del Gulag, celebró la colectivización, denunció las «le­
yendas» sobre la hambruna y el trabajo forzado. En el congreso fun­
dador de la Unión de Escritores Soviéticos, en 1934, cumplió de ma­
ravilla con su papel. Planteó la «ética para todos los ingenieros de las
almas humanas», para los constructores de la «nueva realidad». Ese
«método artístico» resultó en el realismo socialista.

233
El congreso culminó con el juramento de fidelidad al Partido. No
juraron Bulgákov, Platónov, Mandelstam y Ajmátova. No hicieron caso
a la arenga de Gorki, que los invitaba a construir la «nueva, socialista
realidad en la tierra iluminada por el genio de Lenin, en la tierra en la
cual la voluntad de hierro de Iósif Stalin trabaja milagrosamente y sin
cansarse». Al poner su prestigio al servicio de la revolución cultural,
Gorki asumió una responsabilidad histórica terrible. ¿Cómo pudo de­
cir en enero de 1936 esta atrocidad?: «Dentro de 50 años [...] la primera
mitad del siglo aparecerá como una espléndida tragedia, una epopeya
proletaria; entonces tanto el arte como la historia harán justicia al ad­
mirable trabajo cultural de los agentes de la Checa en los campos».
La tragedia de Gorki fue compartida por muchos que vivieron el
drama de la «Pobre Isis», profetizado en 1922 por Ósip Mandelstam,
cuando criticó —se trataba entonces de literatura pura—a Marina Tsve-
taeva. Mandelstam presintió que la intelligentsia (mujer, Isis, Marina)
necesita a su Osiris (el hombre, el Poder, el Vozhd). Stalin logró re­
cuperar para su revolución a gran parte de los intelectuales y de los
artistas. La fascinada Marina Tsvetaeva, esposa de un chequista, regre­
só a la URSS para morir trágicamente.

Escritores en uniforme

¿El simbolismo, el acmeísmo, el futurismo, el LEF (Frente Iz­


quierdista del Arte), el imaginismo, el formalismo? Liquidados: muer­
to Blok, fusilado Gumiliov, muerto Jlebnikov, suicidado Mayakovski,
suicidado Esenin; declarado delincuente el formalista; vulgarización
inculta del marxismo-leninismo; ateísmo militante; ofensiva en todos
los frentes contra todas las corrientes creadoras, tal es, en síntesis, el
saldo cultural. Las obras publicadas después de 1930 no han enrique­
cido la literatura rusa y cayeron en el olvido. Así ocurrió con la una
vez famosa A s í se templó el acero, de Nikolái Ostrovski, novela autobio­
gráfica ejemplar. En 1921, Evgueni Zamiatin había formulado una
terrible profecía: «Temo que la literatura rusa tenga un solo porvenir:
su pasado». Hubo un tiempo en el que pareció realizada. Pero la lite­
ratura sobrevivió en «el cajón» y «en el archipiélago de Gulag, enterra­
da no sólo sin sepultura, también sin una sábana, con un número en
el dedo» (Solzhenitsyn, discurso para el Premio Nobel).
En ese Estado, la literatura se dividió en dos corrientes opuestas:
la literatura oficial, la del arte en uniforme, que no pregunta sino ala­

234
ba, y la otra, la literatura a secas, que inevitablemente se topa con el
Estado y es víctima de la represión. Lo que vale para la literatura vale
para todas las actividades artísticas y científicas.
En 1928, los cineastas más famosos (Eisenstein y Pudovkin, por
ejemplo) pidieron a la comisión del Partido encargada de los asuntos
cinematográficos «instaurar una dictadura ideológica firme». En 1931,
Vladimir Kirshon hizo decir al héroe de su obra teatral E l pan: «El Par­
tido es un anillo, una cadena de metal que une a los hombres... A ve­
ces, la cadena hiere el cuerpo, pero no puedo vivir sin ella». El cineasta
Dovzhenko proclamó: «El verdadero artista no es el que tiene talento,
hasta genio, ni el que se entrega a la causa de la revolución, de la cla­
se obrera o de la conquista socialista; e se l que dice sí». Stalin se vol­
vió coautor. Alexandr Afinoguenov, después del éxito inmenso de su
obra E l miedo, le mandó el manuscrito de La mentira. El Vozhd estudió
el texto, quitó ciertos diálogos, puso otros. Al cineasta Grigori Ale­
xandrov1le propuso cambiar el título de una película que le había gus­
tado: le inandó una lista de 12 títulos; así nació La vía radiante. Shos­
takovich cuenta cómo Stalin les encargó, a él y a Jachaturian, componer
un himno para sustituir La Internacional.
Con la militarización del vocabulario se habla de la necesidad de
contar con «un plan quinquenal de poesía», con «un Magnitogorsk en
literatura»; de «alcanzar y rebasar a Shakespeare».
Los críticos de arte denuncian un «paisaje contrarrevolucionario»,
celebran el cuadro «Mauser, caballo de batalla del camarada Voroshi­
lov» o «Abuela de muchacha comunista». Los museos de Moscú exhi­
ben rótulos en los que explican por qué Renoir y Degas representan el
«capitalismo pudriéndose»; Gustave Moreau, «el arte de la plutocra­
cia»; Gauguin, «la política colonial», y Cézanne, la «época de la in­
dustria pesada». De la misma manera, en el congreso de ajedrecistas de
1932, Krylenko exclama: «Debemos acabar de una vez para siempre
con la neutralidad en el ajedrez, condenar la fórmula “el ajedrez por
el ajedrez”, así como condenamos la fórmula del “arte por el arte”. De­
bemos organizar brigadas de choque de ajedrecistas y realizar inme­
diatamente un plan quinquenal de ajedrez».
Detrás, la GPU. Eso explica las conversiones, prostemaciones y
contriciones de muchos. Eso engendra un conformismo estéril y pro­
voca la muerte de los mejores, sea la evasión en el suicidio, sea la
muerte en el campo, sean los nueve gramos de plomo en la nuca. Para
la mayoría, Max Eastman encontró la expresión justa: escritores unifor­
mados. Boris Pilniak escribía por encargo, para hacerse perdonar, El Vol­
ga desemboca en el mar Caspio, y reescribía un «relato contrarrevolucio­

235
nario» (Bosques de las islas) por la misma razón. El Comité Central le
asignó un colaborador que, página por página, le invitaba a hacer co­
rrecciones. Se llamaba Yezhov, el futuro sucesor de Yagoda a la cabeza
del NKVD (Comisariado del Pueblo para los Asuntos Internos), fusi­
lado como él. Pilniak le comentaba a Víctor Serge: «No hay un solo
adulto pensante en este país que no haya pensado que podía ser fusi­
lado». Murió fusilado como espía japonés en 1938. El admirable Isaac
Babel, después de haber sido un «compañero de ruta» consentido, fue
arrestado en 1939 y fusilado en 1940. Shentalinski ha resucitado la
palabra de esos hombres asesinados, de esos escritores maravillosos.
Ironía trágica: gracias a los agentes de los «órganos», gracias a los in­
numerables «orejas», soplones y traidores, se conocen hoy sus pensa­
mientos. Poco antes del arresto de Babel, una «fuente» informa. En fe­
brero de 1939, Babel dijo:

«La dirección del Partido sabe perfectamente quiénes son gente


como Rakovski, Sokólnikov, Rádek, Koltsov, Bujarin, Rikov [las
víctimas del proceso del “Bloque de derechistas y trotskistas”].
Esos personajes de gran talento rebasan con mucho a los dirigen­
tes actuales. Tan pronto como pudieron tener el menor cóntacto
con las fuerzas vivas, la dirección se volvió implacable ¡arrestar, fu­
silar!» (Shentalinski, pág. 81).

Babel intentó ser más listo que el enemigo, pero no era capaz de
rebajarse. No pudo rebajarse a la altura de la Unión de Escritores, que
funcionaba como filial de la Lubianka (el cuartel general de los «órga­
nos»). No supo transformarse en autor oficial, como el conde Alexéi
Tolstói, quien, de autor auténticamente contrarrevolucionario emigra­
do, logró ser el gran escritor soviético y ganarse el aprecio de Stalin
con su Pedro I.

Arte y poder

A rte y poder: Europa bajo los dictadores en 1930-1945, así se llamó la


exposición organizada en 1995-1996 en Londres por la Hayward Ga-
llery. Recordó hasta qué punto el sovietismo y el nacionalsocialismo
engendraron un estilo común. El valor estético de muchas películas na­
zis y soviéticas no cambia nada el asunto, que es el problema del arte
al servicio de una ideología.

236
El director Serguéi Eisenstein es el mejor representante de un gran
talento envilecido que, en La parcela de Bezhin y en Iván el Terrible, ter­
mina siendo el apologista incondicional de Stalin, de la dictadura y
del terror. La única diferencia con los propagandistas mediocres es el
genio del autor, lo cual termina por ser un agravante. Babel dijo de
La parcela de Bezhin: «Es una película enfermiza en la cual la muerte
del pionero Pavlik Morozov [un héroe de la URSS, ofrecido como
modelo a los niños por haber denunciado a su propia familia y ser
asesinado después por sus parientes] toma el carácter de un auto sa­
cramental, con una dirección digna de la pompa de la Iglesia cató­
lica».
Dziga Vertov, admirable documentalista, siguió fiel a la causa co­
munista, por más que entendiese que el sistema no tenía nada que ver
con el sueño socialista de su juventud. Su vida y su obra ilustran el
drama de un gran artista incapaz de resolver el dilema entre su pulsión
creativa y las exigencias del arte oficial. Cayó en las trampas de la fe.
Eso se ve en su documental de propaganda Entusiasmo (1931), que ilus­
tra el celo revolucionario de los obreros, de los campesinos (a la hora
de una colectivización cuyos horrores conoce, porque viaja por todo
el país), de los «intelectuales honestos». Ahí se ve a las masas felices
por destruir las iglesias en un ambiente festivo, construir presas, rega­
lar horas de trabajo extra, marchar con paso marcial. Es difícil, para el
espectador, resistir el entusiasmo evidente de la masa, así como resistir
el no menos evidente entusiasmo de la masa nazi en documentales ale­
manes.
En su película Tres cantos sobre Lenin se perciben los aspectos más
personales e ideológicos del dilema. Vertov había decidido «construir
un cine-verdad, abierto y visible en el estilo de Meyerhold [1874-1940,
famoso director teatral, encamación del teatro revolucionario en los
años veinte; en desgracia después de 1928, arrestado en 1939 y fusila­
do en 1940] como un documental poético». Asociando a Lenin con
Meyerhold, Vertov tenía que despertar el enojo de los comisarios cul­
turales que lo catalogaron como «ideológicamente inapropiado». En su
diario secreto, Vertov se quejaba con amargura; sin embargo, ofreció
una película fascinante que enseña las caras cautivadas, deslumbradas
de la gente ordinaria que captó. Deslumbradas, exactamente como en
la película del mismo año 1934, de Leni Riefenstahl, E l triunfo de la vo­
luntad. ¡Qué coincidencia! Los dos mayores documentales de la histo­
ria del cine, dedicados a los dos mayores dictadores del momento. Un
análisis comparativo de las dos obras revela numerosas semejanzas,
tanto en la estructura global como en las técnicas específicas. Vertov

237
habla de Kine-pravda, Riefenstahl de Kino-Warheit, el «cine-verdad», al
servicio de la mentira...
El «dinamismo socialista» expresado en la cara de aquella «obrera
de choque» es el mismo que anima las caras de las Juventudes Hitle­
rianas en E l triunfo de la voluntad; los mismos innumerables primeros
planos, gritando lemas políticos, adorando al líder, el Führer o el Vozhd.
Tanto en el cine de los mejores como en la pintura de los peores se
manifiesta la similitud fatal en numerosos aspectos de los dos regíme­
nes. Con toda su buena voluntad, Vertov tenía el inconveniente de ser
demasiado creador. Lo clasificaron como «indeseable, aunque no pe­
ligroso». Fue aislado, marginado, pero no perdió la vida. Cuando
Mayakovski se suicidó, Vertov apuntó en su diario: «Y de repente
se había vuelto incapaz de aguantarlo más», sin precisar qué entendía
por «lo».
El músico Dmitri Shostakóvich sufrió de la misma manera y en­
contró la salida de la doble personalidad, de la doble obra. Ahora se
sabe claramente, porque se han publicado sus memorias secretas, pero
desde siempre se pudo adivinar cuál era su estrategia. El chelista mexi­
cano Carlos Prieto ya lo había percibido:

«Escuché por primera vez, en 1955, una sinfonía de Shostakóvich.


Me impactó profundamente y, al poco tiempo, había yo escucha­
do toda la obra grabada y leído todas las partituras. Al lado de
obras que me entusiasmaban había otras que me producían asom­
bro y decepción por su banalidad, superficialidad y bajo nivel mu­
sical. El más completo misterio rodeaba una significativa porción
de su obra».

Su segunda y tercera sinfonías y su ópera Lady Macbeth de M insk


habían sido condenadas como «formalistas, burguesas y decadentes».
Su cuarta sinfonía no se había interpretado jamás. En De la U R SS a
Rusia (México, 1993), Carlos Prieto dedica un capítulo a «D. Shosta­
kóvich: la tragedia de un artista».
Shostakóvich captó enseguida el mensaje que transmitió Pravda el
28 de enero de 1936, después del estreno de su Lady Macbeth: «Es la
transferencia a la ópera de los más negativos rasgos del meyerholdis-
mo, pero multiplicados mil veces... Estos juegos incomprensibles pue­
den terminar muy mal». En sus memorias, Shostakóvich apuntó que
ese artículo «expresaba la opinión de Stalin». En consecuencia, para
que no terminara eso «muy mal», decidió renunciar a sus «tendencias
modernistas burguesas» (las guardó para la posteridad en su cajón) y

238
complacer al Partido y a su guía. Por eso fue enterrado en 1975 como
«hijo leal del Partido», después de una vida de humillaciones, con la
obligación de renegar de sus amigos, de firmar la aprobación de la in­
vasión de Checoslovaquia (1968), de firmar en 1973 una carta contra
Andréi Sajarov. Con razón Solzhenitsyn habla de «genio con grilletes»,
«una ruina humana digna de compasión, cuya música se mete en nues­
tras almas».

«A los escritores del mundo»

No todos los creadores fueron capaces de practicar el arte de la di­


simulación. El 10 de julio de 1927, un periódico ruso en París, Poslied-
nie Novosti, publicó un manifiesto «a los escritores del mundo», escri­
to en Rusia en mayo:

«¿Cómo explicar que vosotros, personas clarividentes, capaces de


penetrar en el alma de épocas y pueblos, paséis al lado de nosotros
los rusos, condenados a roer las cadenas de la más horrible cárcel
erigida para encerrar la palabra? ¿Por qué vosotros, que también
fuisteis educados en las obras de nuestros genios de la palabra,
guardáis silencio cuando en este país están asfixiando una gran li­
teratura tanto en sus frutos maduros como en embrión?
»¿O es que nada habéis oído sobre esta cárcel de la palabra? [...]
Nos duele pensar que el tintinear de las copas estatales, repletas de
champán también estatal, con que agasajan en Rusia a los escri­
tores extranjeros, silencia el rechinar de las cadenas que apresan
nuestra literatura y a todo el pueblo ruso. ¡Escuchad, enteraos! El
idealismo —una enorme tendencia de la literatura rusa— es consi­
derado un crimen de Estado. Las obras de nuestros clásicos son re­
tiradas de las bibliotecas públicas, suerte que comparten los traba­
jos de los historiadores y filósofos que niegan las concepciones
materialistas; es confiscada toda la literatura infantil prerrevolucio-
naria y todas las epopeyas populares [...] Todas las obras deben ser
aprobadas por el censor, incluso los trabajos de química, astrono­
mía y matemáticas [...] Uno de los mejores especialistas en teoría
del Estado, el profesor Lazarevski, ha sido fusilado por el único de­
lito de conservar el manuscrito de su proyecto de Constitución.
»¿Conocéis todo esto? Si es así, ¿por qué guardáis silencio? No­
sotros oímos su enérgica protesta contra la ejecución de Sacco y

239
Vanzetti, pero la persecución y a veces la ejecución de nuestros me­
jores escritores [...] parece no importaros. ¿Por qué? Como des­
de el fondo de una celda enviamos esta carta. Con gran riesgo la es­
cribimos y también con riesgo para su vida alguien la llevará al
extranjero. Si nuestra voz de ultratumba llega a resonar entre voso­
tros, os rogamos: prestadle oído, leedla con atención, reflexionad so­
bre ella. Y ojalá que la norma de nuestro gran difunto Tolstói, que
gritó “¡No puedo callar!”, se convierta también en vuestra norma».

Konstantín Balmont e Iván Bunin dieron a conocer ese llama­


miento y en enero de 1928, en L’Avenir, interpelaron a Romain Ro-
lland, que no se dejó conmover.
El valor de esos hombres es admirable. Setenta años después, Dmi-
tri Lijachev recuerda a los que no se doblegaron nunca, como los que
se reunían en Leningrado, en los años veinte, los martes y luego los
domingos, en casa del filósofo Alexandr Meyer. Lijachev dice:

«Es mi deber, en cuanto hombre y en cuanto testigo de esa épo­


ca, hablar bien de esos numerosos intelectuales que resistieron los
tormentos físicos y morales. La tortura más terrible era parados que
tenían familia [...] Por lo tanto, no tenemos derecho a juzgar se­
veramente a los que firmaron, confirmando la versión policiaca,
como en el famoso “Asunto de la Academia” de 1929-1930».

Entre los héroes recuerda a Gueorgui Osorguin, fusilado en 1929,


en el campo de las islas Solovkí; al especialista en balística Pokrovski;
al cirujano G. Taibalin, quien escondió en su clínica a un viejo mu­
sulmán, el mejor cantador de Bujará: «El valor de la intelligentsia rusa,
que mantuvo sus convicciones durante décadas en la tiranía más cruel
y pereció en la oscuridad total, me asombraba y me sigue asombran­
do hasta la fecha [1995]». Ahí está el ejemplo de miles de universita­
rios, artistas, músicos, médicos que se mantuvieron libres. La represión
se dirigió con predilección contra los mejores desde los primeros días
del poder soviético. Basta con recordar los dos barcos, Prusia y Burga-
mistrHaguen, llenados por Lenin, en 1922, con la flor y nata de los in­
telectuales. Después... Después, como exclamó Gorki, uno de los po­
cos apóstatas, entre los grandes: «Cuando el enemigo no se rinde, hay
que destruirlo» (1930).

240
Destruirlo

Los mediocres practicaron contra «el enemigo» la consigna del


«humanismo viril», expresada por el «poeta» Eduard Bagritski: «Por
donde mires, enemigos / alargas la mano, no hay amigo; / pero si te
dicen: “debes mentir”, mentirás; / si te dicen “mata”, matarás». Así fue.
Mintieron, mataron. Mataron a Nikolái Kliuyev (1887-1937), «oscu­
rantista reaccionario, enemigo del pueblo y criminal». En 1934 fue
condenado a cinco años en Siberia, luego arrestado por primera vez
en marzo de 1936, por segunda vez en junio de 1937, acusado de ha­
ber fundado una «Unión de la Salvación de Rusia» para restaurar la
monarquía. Ese gran poeta, fusilado en octubre de 1937, fue rehabili­
tado... en 1988. Había sido denunciado por otro poeta, quien le ha­
bía oído leer estrofas de su «Canto de Gamayun». En su interrogato­
rio, Kliuyev declaró: «Percibo la colectivización como el proceso
destructor del campo ruso. La percibo con un horror místico, como
una brujería diabólica». Por eso escribió E l país incendiado, que por
cierto file quemado. Desde Siberia pudo escribir: «Me quemaron so­
bre mi “país incendiado”, como antaño quemaron a mi antepasado
Awakum en la hoguera de Pustozersk. Mi sangre liga, les guste o no,
las dos épocas».
Mataron a Ósip Mandelstam (1891-1938). Lo denunciaron por es­
cribir unos versos que mencionaban al «montañés del Kremlin». Fue
arrestado en mayo de 1934 y confiado al 4.° Buró de la sección de la
Secreta, encargado de los escritores. Su expediente fue catalogado: «Con­
trarrevolución de los escritores». Su poema rezaba:

Vivimos sin sentir el país debajo de nuestros pies,


nuestras palabras no son audibles a diez pasos.
Y la más breve de las conversaciones
alcanza, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus gruesos dedos semejan gusanos grasicntos,
y sus palabras son como martillos, pesadas y certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.
Entre una chusma de caciques de cuello extrafino,
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, alguien gimotea, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras, forja un decreto tras otro.
A uno al bajo vientre, al otro en la frente,

241
al tercero en la ceja, al cuarto en el ojo.
Y toda ejecución es para él un festejo
¡que alegra su amplísimo pecho de oseta!1

Alguna vez, Mandelstam había dicho que en ninguna parte del


mundo amaban tanto la poesía como en Rusia: ¡hasta fusilan por un
poema! No lo fusilaron. Fue condenado a tres años de exilio en los
Urales, gracias a la instrucción de Stalin: «Aislar, pero preservar». Bu-
jarin habló a Stalin para que se le permitiera residir en Vorónezh.
Bujarin dijo que «los poetas tienen siempre razón, la historia va a su
favor». Stalin habló por teléfono con el pobre Pastemak y le preguntó
al espantado escritor cómo de bueno era Mandelstam, si era «un maes­
tro». Frente a la titubeante contestación del prudente Pastemak, el
Vozhd gruñó que era muy mal camarada. Mandelstam pudo ir a Vo­
rónezh. El 15 de marzo de 1938, Bujarin fue fusilado; el 3 de mayo
arrestaron a Mandelstam en una clínica de descanso. Calificado como
«hijo de mercader, antiguo SR», fue condenado a cinco años de cam­
po y murió el 27 de diciembre en Kolymá. Fue rehabilitado... en 1987.
En mayo de 1935, Ósip Mandelstam escribió:

Al privarme de los mares, del arranque, del vuelo.


Para dar a mi pie el apoyo forzado del suelo,
¡qué brillante resultado han conseguido!
No me han quitado estos labios que se mueven.

Kolymá, «Auschwitz sin hornos», según Gueorgui Demídov (1908-


1986), autor de Dubar, una novela anónima del Samizdat, arrestado en
1938 y condenado a catorce años, y condenado de nuevo en 1946;
Kolymá fue «la costa de los esclavos» entre 1934 y 1954, allá en el le­
jano noreste, un territorio ocho veces tan grande como Francia y con
un clima infernal. Durante mucho tiempo se pensó que Pável Flo-
renski, científico y sacerdote, había muerto en Kolymá. En realidad fue
fusilado en un lugar también glacial: Solovkí.
Pável Florenski (1881-1937), el «Leonardo ruso», autor de La co­
lumna y el fundam ento de la verdad, fue arrestado por primera vez en
1928, luego en febrero de 1933 y condenado a diez años de campo
como «cura profesor, con convicciones anarquistas de extrema derecha,
director de un centro nacional-fascista». Primero lo mandaron al Ex­
tremo Oriente, luego al campo de Solovkí, en el mar Blanco: Fue fu­

1. Traducción de José Prieto, 1996. (N. del A.)

242
silado en 1937, a los 56 años, y rehabilitado en 1958. En 1936, un so­
plón del campo informó que, según Florenski: «En nuestra época, uno
está más tranquilo en el campo. Por lo menos, uno no tiene que es­
perar su arresto cada noche. Cuando uno vive en libertad, eso es lo
que hacé: desde el crepúsculo, uno espera esas visitas que te van a in­
vitar a la Lubianka».
Esas «visitas de la noche», Mandelstam las había esperado:

Petersburgo, todavía no quiero morir.


Tú tienes mis números telefónicos.
Petersburgo, yo aún tengo las direcciones
en las que podré hallar las voces de los muertos.
Vivo en la escalera falsa, y en la sien
me golpea profunda una campanilla agitada.
Y toda la noche, sin descanso, espero la visita anhelada
moviendo los grilletes de la puerta.1
\ .

La mejor amiga de Mandelstam fue Anna Ajmátova (1889-1966),


la Grande, la poeta de Réquiem; no fue arrestada ni deportada, pero
¡qué vida la suya! Su primer esposo, Nikolái Gumiliov, había sido fu­
silado por orden de Lenin; el segundo pasó muchos años en un cam­
po, como su hijo, Lev Gumiliov. Considerada «decadente», fue casti­
gada con la prohibición de publicar durante muchos años, hasta 1961
para algunas obras, hasta su muerte para Réquiem (1935-1940), canto
mayor dedicado a las víctimas de la represión. Sobre su largo calvario,
basta leer el terrible documento de su mejor amiga, Lydia Chukovska­
ya, Conversaciones con la Ajm átova:

EL ÚLTIMO BRINDIS
Bebo por la casa saqueada
por mi vida perdida
por ti y por la soledad
entre los dos.
Bebo por la perfidia de los labios
por el frío espectral de los ojos
por este mundo emento y burdo
y porque ningún Dios nos podrá ya salvar.1
2

1. Traducción de Jorge Bustamante. (N . del A .)


2. 27 de junio de 1934. (N. del A .)

243
Cuando menciono por costumbre
los nombres de mis amigos más queridos
sólo el silencio me responde.1

Los caprichos del césar

Stalin permitió a Zamiatin partir hacia París (1931), quizá porque


admiró su valor cuando se atrevió a escribirle directamente; le conce­
dió un plazo a Mandelstam; le salvó la vida a Pastemak, al hacer de él
su Virgilio, y a Bulgákov también. ¿Por qué?
El escritor Konstantín Simonov dejó un testimonio muy valioso
de las actividades culturales de Stalin; en él aparece como un Riche-
lieu frente a la academia que habría creado, como un Napoleón fren­
te a los escritores y artistas, como un Hitler que pretende, como el em­
perador Augusto, definir un estilo imperial, fraguar un nuevo arte,
ideológico, propagandístico. Stalin interviene en todos los detalles de
las actividades de la Unión de Escritores, lee las revistas, los manus­
critos, va al teatro y a los conciertos, dictamina. Sus sentencias son de­
finitivas. Así, en 1933 anota el manuscrito de Andréi Platónov (1900-
1951), crítica de los koljoses, En reserva; apunta: «¡Crápula!». Platónov
no fue encarcelado, pero su hijo de quince años fue arrestado por
«terrorismo y espionaje» y murió en el campo.
Simonov cuenta cómo en una reunión del 13 de mayo de 1947
Stalin explicó a los dirigentes de la Unión: «Hay que destruir el espí­
ritu de autohumillación; está enfermedad prendió, inoculada hace mu­
cho, desde los tiempos de Pedro I y sigue arraigada en la gente». «Exis­
tencia nueva, conciencia vieja», dijo Zhdánov. «La conciencia», sonrió
Stalin, «siempre marcha rezagada. Llega tarde.» En esa reunión los in­
vitó a hacer una Literatumaya Gazeta totalmente distinta, les ofreció su­
bir la tirada de 50.000 a 500.000 ejemplares y pasar de uno a dos nú­
meros por semana. Decidió subir de manera considerable las regalías.
Stalin lo leía todo, libros y revistas, y lo criticaba todo.
Cuando los «órganos» le transmitieron el expediente que estaban
preparando contra Boris Pasternak (1890-1960), su sentencia fue: «De­
jen en paz a ese habitante de los cielos». Mijaíl Bulgákov (1891-1940)
se moría de desesperación, sin trabajo, sin posibilidad de publicar ni
de emigrar, cuando se le ocurrió escribir al Vozhd el 28 de marzo de

1. 1943. Traducción de Jorge Bustamante. (N. del A.)

244
1930. El destino del gran escritor se decidió dos semanas después. En
su expediente, dispuesto de tal manera que ofrecía diez motivos para
despacharlo a un campo de concentración, Yagoda apuntó las instruc­
ciones de Stalin el 12 de abril de 1930: «Hay que darle la posibilidad
de ir a trabajar a donde quiera». Dos días después: el suicidio de Ma-
yakovski. Unos días más y:

«Suena el teléfono en casa de Bulgákov.


»—¿El camarada Bulgákov?
»—Sí.
»—El camarada Stalin le va a hablar en unos instantes.
»—Disculpe, camarada Bulgákov, no he podido contestar rápida­
mente, pero tengo mucho trabajo. Su carta me interesó mucho.
Quisiera hablarle personalmente. No sé cuándo, repito, tengo mu­
cho trabajo, pero le haré saber cuándo podré recibirlo. De todos
modos, nos esforzaremos para ayudarle.
»Bulgákov llamó de inmediato al Kremlin diciendo que alguien
acababa de hablarle, presentándose como Stalin. Le contestaron
que efectivamente era el camarada Stalin» (Shentalinski, pág. 148,
al citar el documento de la GPU).

Bulgákov recibió el derecho a vivir y escribió su fabulosa novela


E l maestro y Margarita. No se publicó hasta 1967, en una versión muy
censurada. En 1989, en Kiev, fue editada una segunda versión muy di­
ferente. «Maestro» es uno de los sentidos de la palabra rusa Vozhd, que
designaba a Stalin, quien está también presente en su obra teatral Mo­
lière. Molière logra una entrevista con el rey Luis XIV:

«—¿Os persiguen? —pregunta el rey a Molière, antes de decir a los


cortesanos—: ¿Habrá entre vosotros admiradores del señor Moliè­
re? (Confusión de todos.) Soy uno de sus admiradores. (Ruido.) Oíd
bien: mi autor sufre persecución. Tiene miedo. Seré benevolente
con todos los que me señalen los peligros que lo amenazan. (A M o­
lière:) Débiles como somos, vos y yo, encontraremos la manera de
derrotarlos. (Fuerte.) Se levanta la prohibición. Podéis representar el
Tartufo».

Exactamente lo que había pasado en la vida real, aquel día de abril


de 1930: el dictador como protector del artista... Cuando Stalin dice a
sus esbirros que Pasternak es un ángel, actúa como Napoleón en Er-
fiirt, que saluda a Goethe (1808): « Voilà, un homme».

245
Stalin, como maestro de las artes, contestó a la pregunta hecha por
Vladimir Soloviov, cuarenta años antes: «¿Qué clase de Oriente que­
réis ser?, ¿el Oriente de Jerjes o el Oriente de Cristo?».

La emigración

Con muy pocas excepciones, todas las fuerzas creativas de ten­


dencias liberales, cuando pudieron hacerlo, abandonaron la Rusia de
Lenin y Stalin. Nabokov recuerda:

«El afortunado grupo de los expatriados podíamos entregarnos,


pues, a nuestras actividades, con una impunidad tan completa que
a veces llegábamos a preguntamos si la impresión de estar dis­
frutando una libertad mental absoluta no se debería al hecho de
trabajar dentro de un vacío total. Ciertamente había entre los emi­
grados un número suficiente de buenos lectores para justificar la
publicación, en Berlín, París y otras ciudades, de libros y periódi­
cos rusos en una escala relativamente grande; sin embargo, debido
a que ninguno de estos escritos podía circular dentro de la Unión
Soviética, el asunto tenía cierto aire de frágil irrealidad. El núme­
ro de los títulos era más impresionante que el de los ejemplares
vendidos por cualquier obra particular, y los nombres de las edi­
toriales —Orion, Cosmos, Logos, etcétera— poseían la traza aver­
gonzada, inestable y levemente ilegal propia de las casas dedicadas
a la literatura astrológica o sobre las verdades de la vida. En sere­
na retrospectiva, sin embargo, y juzgados tan sólo basándose en
normas artísticas y críticas, los libros producidos in vacuo por los
escritores emigrados parecen, actualmente, a despecho de los de­
fectos individuales que puedan adolecer, más permanentes y más
dignos del consumo humano que los serviles, singularmente pro­
vincianos y convencionales torrentes de conciencia política que
durante los mismos años brotaron de las plumas de los jóvenes
autores soviéticos, provistos por un Estado paternal de tinta, pipas
y jerséis» (Habla, memoria [1947], México, 1992, pág. 331).

El Renacimiento del siglo xx se prolongó en el exilio. Si uno pien­


sa que tanto los hombres como las ideas necesitan su medio natural,
en este caso Rusia, es de admirarse que el pensamiento ruso indepen­
diente haya podido sobrevivir y expresarse durante más de cincuenta

246
años. La razón principal se encuentra en la calidad intelectual y artís­
tica de la emigración. Entre el millón y algo de los que salieron de Ru­
sia, se estima que el 75 por ciento había recibido educación secunda­
ria y la mitad formación universitaria. Esos rusos crearon editoriales,
revistas, colegios e iglesias para mantener viva la cultura.
Entre 1920 y 1925, Berlín fue la capital de esa vida cultural anima­
da por escritores y filósofos. La Academia de Filosofía Religiosa fue
inaugurada en noviembre de 1922; Berdiáyev escribió y publicó el libro
que fundó su fama en Occidente: Una nueva edad media. En el mismo
espíritu, S. Frank dictó E l derrumbe de los ídolos. Surgió el movimiento de
los «eurasiáticos» (Trubetskói, Vemadski), que presentaba a Rusia como
el último imperio de las estepas, después de los escitas, hunos y mon­
goles. Antieuropeo, la corriente hace de Gengis Jan un símbolo, y de la
ortodoxia, tanto como del paganismo, una gloria contra todas las abo­
minaciones del «latinismo»; esa línea se prestaba a una recuperación por
parte de Moscú, que no tardó en infiltrar el movimiento.
Después de 1925, la capital intelectual de la emigración pasó a ser
Praga, alrededor de la universidad, de la Biblioteca Slava y de los ar­
chivos rusos, pero el centro vital del pensamiento y de las artes fue,
entre 1924 y 1939, París, con periódicos de todas las familias políticas,
el Instituto de Teología fundado en 1925 —donde enseña Serguéi Bul-
gákov—, la revista Put (La Vía) y la editorial YMCA, destinada a tener
un largo porvenir. Esa actividad parisina prolongaba las libres búsque­
das anteriores a 1917. Berdiáyev, Fedotov, Mochulski y Vycheslávtsev
trataban con valentía temas clásicos o abordaban los nuevos plantea­
dos por la actualidad. Bulgákov publicó su tratado en tres volúmenes
sobre el Dios-hombre: E l cordero de Dios (1933), E l Paráclito (1936) y La
novia del cordero (1945). Tanto él como Berdiáyev, en Put, reivindican
una libertad absoluta de pensamiento en la Iglesia.
Berdiáyev es el único pensador ruso aceptado en Occidente; en
cierta manera se integró a la corriente posrevolucionaria, existencialis-
ta, personalista, progresista, a la que fortaleció mucho. Quizá por ello
mismo tuvo poco crédito entre los rusos, por lo menos hasta los años
ochenta, cuando empezó a ser descubierto.
La literatura de la emigración prolongó no el simbolismo, ni el
modernismo, sino el realismo con Bunin, Ruprin, Gorki, Zaitsev, Re-
mizov. Los innovadores eran Merezhkovski, Balmont, Hippius, Joda-
kovski, Zamiatin: los otros se encontraban en la URSS, enfrentándose
con un destino trágico. La joven Nina Berberova se daba a conocer.
La guerra mundial acabó con esa vida, provocó nuevas corrientes,
desplazó a los hombres. Los éxitos iniciales de los alemanes desperta­

247
ron esperanzas antisoviéticas; pronto el patriotismo tuvo el efecto in­
verso y, alentado por Moscú, acercó a los exiliados de la URSS. El
mismo Berdiáyev habló de una «nueva época», la de la Rusia soviéti­
ca, realizando por fin la eterna vocación nacional: la síntesis entre
Oriente y Occidente. Entre 1940 y 1945, todos los que pudieron emi­
graron a Estados Unidos, e hicieron de Nueva York una nueva capital.

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249
11
La revolución permanente por el terror

«La noche de los cuchillos largos»

Freud se había preguntado en E l malestar en la cultura (1930): «Se


entiende que la estructura de una nueva civilización como en Rusia
encuentre su apoyo psicológico en la persecución de la burguesía. Pero
uno no puede dejar de preguntarse qué harán los soviéticos cuando ha­
yan acabado el exterminio de su burguesía». La respuesta llegó bajo la
forma de una larga, muy larga «noche de los cuchillos largos», es de­
cir, la aplicación del terror ya no a los «enemigos de clase», ya no a los
enemigos políticos, sino a los hombres soviéticos. Se conoce por «no­
che de los cuchillos largos» la eliminación violenta del nazi Roehm y
de su gente por parte de Hitler, del 30 de junio al 3 de julio de 1934.
Se dice que Stalin quedó «profundamente impresionado por la forma
en que Hitler eliminó a su oposición y estudió hasta en los detalles
más insignificantes cada uno de los informes relacionados con los su­
cesos de aquella noche». Stalin no se equivocaba al decir que aquella
noche consolidó el régimen y fortaleció a Hitler. Stalin contaba con
«los órganos» (de seguridad). La Checa, fundada a finales de 1917, te­
nía ya 140.000 trabajadores en 1922 cuando cambió de nombre: GPU
(Administración Política de Estado) y luego OGPU (Administración
Unificada Política de Estado), desde 1923 hasta 1934. Siguió dirigida
por Dzerzhinski hasta su muerte, en 1926, y luego por su asesor,
Menzhinski (1926-1934), ayudado por Hénrich Yagoda a partir de
1931. En 1934 fue integrada en el NKVD (Comisariado del Pueblo
para Asuntos Internos), amplio organismo de represión, policiaco y ju­
dicial. Sus directores fueron Yagoda (1934-1936), Yezhov (1936-1938)
y luego Beria. En 1941 se dividió en dos: NKVD (Gobernación) y
NKGB (Comisariado del Pueblo para la Seguridad del Estado). En
1946, esos dos comisariados se transformaron en ministerios: MVD
(Ministerio de Asuntos Internos) y MGB (Ministerio para la Seguridad
del Estado). En 1953-1954 el MVD absorbió brevemente el MGB, que

250
luego recuperó su autonomía bajo el nombre de KGB (1954-1991):
Comité para la Seguridad del Estado. Los «órganos» tuvieron siempre
un departamento extranjero y otros de misiones especiales. Hay que
seguir la secuencia de los acontecimientos para que se manifieste su
continuidad, su sentido, su lógica, desde 1918:
1918-1921: terror rojo masivo contra todos los adversarios de los
bolcheviques.
1922: primer proceso público contra los mencheviques. Expulsión
de la URSS de los «idealistas», filósofos, científicos famosos.
1923: ejecución de Sultán Galiev (líder de Asia central), primer co­
munista liquidado.
1924: Trotski pierde contra la troika Stalin, Zinóviev, Kámenev.
1925: Stalin y Bujarin derrotan la alianza Trotski, Zinóviev, Ká­
menev, los cuales se alejan de Stalin después de que éste les haya im­
pedido arrestar a Trotski.
1926: Trotski y Kámenev salen del Politburó y Zinóviev del Ko-
mintern, por más que hayan renegado de sus «actividades de facción».
1927: el pleno (octubre) excluye a Trotski y Zinóviev del Partido,
y a Kámenev del Comité Central, y en diciembre éste es expulsado del
Partido junto a cien más.
1928: Zinóviev y Kámenev hacen su autocrítica y regresan al Par­
tido. Trotski está exiliado en Asia central. Proceso público contra los
ingenieros de Shajty, acusados de sabotaje. Plan quinquenal.
1928: Trotski es expulsado de la URSS. Los «derechistas» son ale­
jados: Bujarin del Komintem y de Pravda, Tomski de la dirección de
los sindicatos. Golectivización.
1930: procesos al «Partido Industrial», del «Partido de los Campe­
sinos Trabajadores», de los «organizadores de la hambruna». Liquida­
ción de los dirigentes de la estadística como Kondratiev y de la socio­
logía del agro como Shayanov.
1931: proceso a los mencheviques, a los historiadores, a los espe­
cialistas. Stalin intenta bajar a Yagoda en el escalafón de la OGPU,
pero fracasa en él intento.
1932: empieza la hambruna en Ucrania, en el sur, en el Cáucaso.
Circula un texto clandestino «Stalin y la crisis de la dictadura del pro­
letariado», de Martemian Riutin: «¿Stalin tiene hoy la estatura de un
Papa infalible? [...] no porque tenga la razón, sino porque tiene la fuer­
za; no porque inspire confianza, sino porque despierta el temor. Sta­
lin tiene en la mano, por una dependencia material directa e indirec­
ta, a todos los cuadros dirigentes». En septiembre y octubre, el pleno
del Comité Central rechazó la cárcel pedida por Stalin contra el re­

251
belde; lo condenó a la deportación, como Kámenev y Zinóviev, exi­
liados en Siberia. Stalin presentó su dimisión, que no fue aceptada. En
noviembre, muerte trágica de su esposa. Deportación masiva de cam­
pesinos. Creación del pasaporte interior (negado a los campesinos).
En resumen, el país había conocido ya dos periodos de terror ma­
sivo, desde 1918 hasta 1921, y desde 1929 hasta 1933, especialmente
contra los campesinos y los creyentes. El terror no se había aplicado a
los comunistas y la línea de sangre se había cmzado una sola vez, en
1923, en el caso muy especial del tártaro Sultán Galiev, acusado de
nacionalismo. Entre 1927 y 1929 no hubo más de 8000 opositores
comunistas detenidos y, según el testimonio de Víctor Serge, «las cár­
celes y las deportaciones del principio fueron, a fin de cuentas, frater­
nales [...] El jefe de la GPU, Yagoda, simpatizaba también con la de­
recha [...] La oposición de derechas fue más un estado de ánimo que
una organización y por momentos abarcó a la gran mayoría de los fun­
cionarios, con la simpatía del país entero». Tanto que Trotski, desde su
exilio, «nos escribía que, puesto que la derecha representaba el peligro
de deslizamiento hacia el capitalismo, debíamos sostener contra ella al
“centro”, a Stalin». Es que los desastres de la colectivización y de la
hambruna habían dejado perplejo a más de uno. No habían faltado co­
munistas buenos que devolvieron su carnet antes que hacer «ese tra­
bajo cochino». Hasta el fiel Sergo Ordzhhnikidze había exclamado:
«No se puede construir el socialismo con cadenas y colectivizar a 25
millones de familias en unos meses». Algunos habían leído esa carta
de unos campesinos al Comité Central, después de la colectivización:
«¡Si algún día viene la guerra, la primera bala será para vosotros, ca­
brones!». Stalin tomaba nota de todo ello.
1933: culmina la hambruna, que causa seis millones de muertos.
Crisis política en Ucrania, cuyo dirigente, Skrypnyk, se suicida. De­
portación de campesinos. En enero, en el Comité Central, Stalin pide
la cabeza de Smimov y de varios otros que habían hablado en priva­
do de su eventual destitución. No logra más que su exclusión, pero el
Comité Central aprueba la resolución del Politburó de depurar el Par­
tido «de todos los elementos poco seguros, inestables, de todos los in­
trusos». En mayo empieza la depuración del Partido (el 18 por ciento
de los militantes). En junio, Stalin crea la plaza de procurador federal
y se la da a Akulov para vigilar a la OGPU de Yagoda. Akulov permi­
te el regreso de Siberia de unos miles de deportados y conmuta con­
denas a muerte, todo para mayor gloria de Stalin.
1934: Hitler firma con los polacos un tratado de no agresión que
preocupa mucho a Stalin. Cambio de política exterior, preparación de

252
la entrada en la Sociedad de las Naciones, de una alianza con Francia,
de un cambio de línea en el Komintern.
Enero-febrero: XVII Congreso del Partido, llamado «Congreso de
los Vencedores», por los «éxitos» de la colectivización y del plan quin­
quenal. «Completa unidad.» Kírov lo clausura con una alabanza má­
xima a Stalin. Parece triunfar la reconciliación: Bujarin es redactor en
jefe de Izvestia. Con Tomski y Rikov, entra como suplente en el Co­
mité Central. El segundo plan abre espacio a la industria de bienes de
consumo; en mayo se libera a los kulaks condenados a menos de cin­
co años y con «buena conducta». El 30 de junio, «noche de los cuchi­
llos largos» en Alemania.
En julio, la OGPU se funde en un nuevo comisariado: el NKVD.
Stalin deja durante seis meses a Yagoda en calidad de director interi­
no, pero finalmente tiene que nombrarlo titular. El NKVD tiene, teó­
ricamente, menos poderes que la OGPU, y deja la función judicial a
los tribunales, pero nacen las comisiones especiales (OSO), que actúan
y enjuicián al margen de la ley. Además, una policía secreta crece a la
sombra del secretariado de Stalin. Los campos de trabajo colectivo que
dependían de la justicia pasan bajo la dirección del NKVD. Una nue­
va ley sobre el delito de traición extiende la responsabilidad colectiva
a los familiares, a los amigos y hasta a las relaciones ordinarias.
En noviembre, una buena noticia: se anuncia la supresión del ra­
cionamiento del pan para enero de 1935. El 1 de diciembre de 1934 a
las 16:40, en Leningrado, el comunista Leonid Nikoláyev asesina a Ser-
guéi Kírov.
Antes de proseguir el relato, hay que hacer una pausa: en una obra
de teatro muy popular en esos años, E l miedo, de Alexandr Afinogue-
nov, escritor apreciado por Stalin, el profesor Borodin declara en un
monólogo famoso:

«El 80 por ciento de las personas estudiadas vive en el miedo cons­


tante de una crítica o de la pérdida de su estatus social. La lechera
teme la confiscación de su vaca, los campesinos temen la colecti­
vización forzada; el empleado de los soviets, las purgas incesantes;
el trabajador del Partido, la acusación de desviacionismo; el cien­
tífico, la acusación de idealismo; el técnico, la de sabotaje».

Al final de la pieza, el profesor dice: «Hay un 20 por ciento que no


debería temer porque son los dueños del país, son los obreros, los pro­
movidos, pero su cerebro tiene miedo..., siempre intentan llegar y reba­
sar, y, en esa carrera incesante, su cerebro pierde la razón y se degrada».

253
Hay que tomar en serio esa obra. La industrialización a ultranza,
con sus éxitos reales, tiene un coste psicológico muy alto, muchos fra­
casos y contratiempos. Nace la obsesión explicativa del sabotaje, del
complot, y la necesidad de descubrir y castigar a los malvados; se tra­
ta de una batalla, de una guerra; la derrota no se puede explicar sin la
traición. En los procesos contra los «especialistas», los economistas, los
técnicos, sobran esas acusaciones: si faltan los huevos es que los sa­
boteadores los aplastan para frustrar al pueblo del fruto de su labor.
No entender esa mentalidad es exponerse a no entender el ambiente
mental y sociológico en el cual se va a desatar la gran purga. Entre
1928 y 1931, la campaña contra los «cuadros burgueses» controló a
1,25 millones de funcionarios, de los cuales el 10 por ciento fue casti­
gado; en 1932-1933 una nueva limpieza eliminó a 153.000. El efecto
psicológico de tales campañas fue la huida de las responsabilidades y
la obediencia ciega.

E l asunto Kírov

Serguéi Kírov, miembro del Politburó, secretario del Comité Cen­


tral y de la organización del Partido en Leningrado, fue asesinado en
sus oficinas de un pistoletazo que abrió una era de pánico y de fero­
cidad. Hasta la fecha, los historiadores discuten para saber si el asesi­
no actuó motu proprio o no. Por primera vez desde la guerra civil, un
dirigente del Partido era víctima de un terrorista. Inmediatamente,
Trotski pensó que Stalin se encontraba tras Nikoláyev; muchos oposi­
tores pensaron como él. Jruschov retomó y desarrolló esa tesis en 1956,
en su famoso informe al XX Congreso, y muchos historiadores han
aceptado esa versión. Según esa teoría, en las elecciones del XVII Con­
greso Stalin habría obtenido menos votos que Kírov. Ésa es la teoría
del Kírov «bueno» contra Stalin el «malo». Kírov habría sido un «mo­
derado», deseoso de normalización y de apaciguamiento en todos los
frentes, el candidato de los 292 que se habrían atrevido a votar contra
Stalin. El inconveniente de esa versión es que no presenta pruebas y,
hasta la fecha, no se puede comprobar. Kírov pertenecía a la camarilla
de Stalin junto con Mólotov, Kagánovich, Voroshilov y Mikoyán. No
se le conoce ninguna acción oposicionista, ni moderadora, ni crítica,
que no es el caso de Ordzhhnikidze.
Víctor Serge, en sus memorias, escribe: «Fue casi con seguridad el
acto individual dé un joven comunista exasperado». Ex cuadro de las
juventudes comunistas de Leningrado, cuando Zinóviev era el padrino

254
de la ciudad, y luego instructor en el Instituto de Historia del Partido,
había sido excluido (como tantos) del Partido, por haberse negado a
hacer un trabajo «voluntario» y suplementario en los transportes. Rein­
tegrado a las filas de la organización, seguía desocupado. Exaltado, de­
sequilibrado, pudo haber sido manipulado. La explicación del crimen
pasional, por celos —supuestamente, Kírov veía con buenos ojos a la
hermosa Milde Draule, señora Nikoláyeva, que trabajaba en una cafe­
tería del Partido—, es demasiado sencilla, por más que algunos histo­
riadores la hayan vuelto a defender.
Lo más probable es que Kírov haya caído víctima de las intrigas
de los «órganos» locales, bien informados y muy capaces de manipu­
lar a Leonid Nikoláyev. ¿No lo habían arrestado dos veces, con una
pistola, cerca de Kírov? Robert Lockhart, muy al tanto de los asuntos
soviéticos, informado dos horas después del crimen, escribe en sus dia­
rios: «Se trata de un complot intemo de la OGPU, descontento de ver
disminuir su poder y condenando la influencia de Kírov sobre Stalin
en ese punto». Parece que Yagoda fue arrestado durante unas horas,
después del asesinato. Suvarin, convencido de la culpabilidad de Sta­
lin, matiza sin embargo: «Era obvio, desde un principio, que la GPU
había organizado el atentado, el asesino servía de instrumento y la res­
ponsabilidad mayor recaía sobre el todopoderoso secretario general. Se
trataba de una peripecia en las luchas intestinas de la alta sociedad so­
viética, entre facciones rivales, una de las cuales había sabido armar o
guiar el brazo de un joven comunista fanático».
Lo más probable es que no se sepa nunca la verdad, pero lo más
importante fueron las consecuencias del pistoletazo. Aunque no es
necesario que Stalin haya mandado asesinar a su fiel Kírov, resulta ob­
vio que el crimen proporcionó a Stalin el punto de apoyo de Arquí-
medes que le permitió mover el mundo soviético (la expresión es de
Alan Bullock). Al recibir la noticia, Stalin redactó un decreto de emer­
gencia, sin buscar el refrendo del Politburó: en caso de terrorismo, no
más de diez días de investigación, nada de defensa ni de gracia, ejecu­
ción inmediata. Luego, tomó el tren hacia Leningrado con Mólotov,
Voroshilov y Zhdánov. Al llegar, asumió la dirección de la investiga­
ción y habló a solas con el asesino. Luego siguieron 102 ejecuciones
sumarias de «guardias blancos», entre ellos varios intelectuales ucra­
nianos; después, el arresto de un centenar de miembros de la antigua
oposición bolchevique de Leningrado, entre otros, Zinóviev y Káme-
nev. En enero de 1935 fueron secretamente juzgados los «centros terro­
ristas» de Leningrado y Moscú. Zinóviev y Kámenev fueron declarados
culpables de «responsabilidad política y moral» y encarcelados. Juzga­

255
dos otra vez en secreto en la primavera, vieron agravadas sus penas.
Unos cien mil habitantes de Leningrado fueron deportados a Asia.
Luego las cosas parecieron calmarse y, a finales de 1935, el Comi­
té Central pudo declarar que la purga masiva había terminado.

Preparativos

Según Andrew Smith, obrero comunista estadounidense que vivía


en aquel entonces en Moscú, «cuando mataron a Kírov, los obreros
de la fábrica Electrozhavod saltaron de gusto; deseaban la misma suer­
te para Stalin. De todos modos, votaban a coro las resoluciones del
Partido». Stalin sintió pasar la bala de Nikoláyev y, después de en­
terrar a Kírov, tras las represalias inmediatas, se puso a trabajar a lar­
go plazo.
Necesitaba un Partido monolítico. Empezó por él, con su poda y
limpieza, ejemplificada por los grandes procesos de 1936, 1937, 1938,
pero el Partido había ya permeado tanto al Estado que el golpe se
transmitió a todos los sectores: administración, Ejército, diplomacia,
cultura y, por fin, a los mismos «órganos» que practicaban la lim­
pieza. Al final de la crisis, de los 1225 delegados presentes en el Con­
greso de los Vencedores, 1108 habían sido arrestados; de los 139
miembros entonces electos al Comité Central, 98 habían sido fusi­
lados.
El 26 de enero de 1935, Valerian Kúibyshev murió de un infarto.
Dejó otra plaza vacante en el Politburó. Más tarde, se diría que ese
«moderado» había sido asesinado. Mikoyán y Zhdánov, fieles entre los
fieles, ocuparon los lugares de Kírov y Kúibyshev. Zhdánov controla­
ba Leningrado y Nikita Jruschov, Moscú. Vyshinski fue nombrado
procurador general. Moviendo sus piezas en el tablero, Stalin cam­
biaba la ley: el decreto del 7 de abril aplicaba todas las penas, inclu­
so la muerte, a los niños de doce años; el decreto del 9 de junio apli­
caba la pena de muerte a los que huían al extranjero y transformaba
a sus familiares en rehenes, sujetos a penas que iban desde cinco años
de exilio hasta veinte años de cárcel; 300.000 comunistas fueron ex­
pulsados del Partido. Muchos fueron juzgados y condenados por
«abuso de confianza» a penas severas, muchas veces a la deportación
con sus familias. Miles de comunistas extranjeros, refugiados de Ale­
mania, Austria, Italia, Polonia, Hungría, los siguieron a los campos y
presidios. Desapareció en mayo la sociedad de los viejos bolcheviques.
En enero de 1936, una circular secreta ordenó el cambio de carnets

256
para una nueva depuración del PCU S: ¡otros 300.000! Un millón en
tres años.
En marzo de 1936, el día 7, justo después de la firma del Pacto
franco-soviético, Hitler metió su Ejército en la Renania desmilitariza­
da; Francia no hizo nada. Stalin se dio cuenta de que su alianza con
ella resultaba inútil, que había que prever la guerra con Alemania o
preparar una alianza con ella. En las oficinas de Yagoda y Yezhov las
denuncias y los informes se amontonaban, contra y sobre todo el
mundo. Alrededor de Stalin, que sabía delegar el poder y mantenerse
lejos de la jauría, los clanes se destruían.
A mediados de junio murió Máximo Gorki. La noticia no fue una
sorpresa, porque el escritor estaba muy enfermo desde hacía muchos
años. Sus funerales ofrecieron el gran espectáculo soviético clásico. En
los procesos de 1938 se dirá que la muerte de Gorki no fue acciden­
tal y son muchos los que no dudan que Stalin lo mandó envenenar.
Desde 1926, por lo menos, el secretario y hombre de confianza de
Gorki, Piotr Kriuchkov, trabajaba para los «órganos»; en 1938 lo acu­
saron de haber matado al hijo de Gorki, Maxim Peshkov, en 1934, y
de habér participado en el asesinato el propio Gorki en 1936, bajo las
órdenes nada menos que de Yagoda. Este último, en el proceso, plan­
teó los dos crímenes como un solo asunto pasional: su amor por la
nuera de Gorki, la hermosa esposa de Peshkov; por lo tanto, pidió un
proceso a puerta cerrada, lo cual consiguió. Los que creen en un cri­
men de Stalin observan que, en 1935, las relaciones entre él y Gorki
se habían deteriorado, después de la intervención de Gorki en favor
de Kámenev.
Lo que sí es seguro es que, unos días antes de la muerte de Gor­
ki, Stalin logró recuperar las cartas y documentos que aquél había apar­
tado y dejado en Inglaterra, antes de regresar a la URSS con sus ar­
chivos: correspondencia con gente de la emigración y de diversas
oposiciones, apuntes de conversaciones con ellos, reflexiones persona­
les; todo eso cabía en una maleta, confiada a Maña Benckendorff en
Sorrento. Nina Berberova reconstruyó la historia de esos papeles en La
mujer de hierro. Durante las mismas semanas, «los órganos» robaron en
París, al cuarto intento, documentos de Trotski. Bujarin había viajado
por Europa entre febrero y abril, y se buscaba material compromete­
dor ligado a sus contactos con la oposición. En París, también en la
misma época, fueron robados archivos de Kerenski. Los tres archivos
recuperados habían de servir enseguida.
En julio, el secretario del Partido en Armenia, A. Jandzhian, hom­
bre de Stalin, se suicidó; a principios de agosto, se multiplicaron los

257
arrestos inexplicables, hasta el anuncio del proceso contra 16 comu­
nistas, miembros de un supuesto «centro terrorista trotskista-zinovia-
no». Stalin estaba ausente, de vacaciones en el Cáucaso. La fase abier­
ta del gran terror rojo contra los rojos empezaba.

Los procesos de Moscú


\ ' '

El proceso de los 16 fue el primero de los llamados procesos de


Moscú. Zinóviev, Kámenev, Smirnov y sus «cómplices» fueron acusa­
dos de participar en el asesinato de Kírov, entre muchos otros críme­
nes. Reconocieron públicamente su «crimen» y fueron condenados a
muerte e inmediatamente ejecutados el 25 de agosto.
Una semana después, Stalin ordenó a Yagoda seleccionar y fusilar
a 5000 «oposicionistas» ya arrestados. El 29 de julio, todos los comités
del Partido habían recibido instrucciones secretas «sobre la actividad
terrorista del bloque contrarrevolucionario trotsldsta y zinoviano».
Vyshinski, el procurador general, fue el maestro de ceremonias y el
director de los grandes procesos públicos de Moscú.

«El enemigo es pérfido. Al enemigo pérfido no se le puede tener


piedad. El pueblo entero se ha levantado como un solo hombre al
saber de aquel abominable crimen. El pueblo se estremece de ira.
Como acusador público, uno mi voz indignada al rumor de millo­
nes de hombres... ¡Reclamo la pena de muerte para esos perros ra­
biosos, para todos, hasta el último!»

El vocabulario del procurador fue retomado por la prensa y se vol­


vió clásicamente soviético: «bandidos, impudentes, crápulas, misera­
bles aventureros que tratan de aplastar con sus patas sucias las bellas
flores de nuestro jardín socialista, bufones, pigmeos, víboras lúbricas,
ratas viscosas», etcétera. Bujarin, que se encontraba en Asia central, se
sintió amenazado, voló a Moscú y escribió: «Me encuentro terrible­
mente feliz de que hayan fusilado a esos perros». Karl Rádek también
se alegró de la muerte de «la banda fascista de los trotskistas-zinovia-
nos». Piatakov, otra de las próximas víctimas, exigía «exterminar sin
piedad a los miserables asesinos y traidores. ¡Honra y gloria a los hom­
bres del NKVD que desenmascararon a la banda!». Y el bueno de Jris-
tian Rakovski, que también habría de pasar por el molino de carne, ex­
clamaba: «¡Ninguna piedad para esos perros rabiosos! ¡La muerte!».
Los escritores no hablaban de otra manera: «Exigimos del tribunal que

258
aplique a los enemigos del pueblo la medida última de defensa social».
Pasternak tuvo que firmar como los otros.
Antes de empezar su requisitorio, Vyshinski había anunciado que
los testimonios de Zinóviev y de los demás implicaban a Bujarin, Ri-
kov, Rádék, Platákov, Tomski... Este último se suicidó enseguida, des­
pués de escribir a Stalin, «su viejo camarada de lucha», «no crea la im­
pudente calumnia de Zinóviev; nunca hice bloque con él, nunca urdí
un complot contra el Partido».
Para entonces, la guerra civil española había empezado. La rebe­
lión nacionalista acaparaba la atención de toda Europa y también de
la URSS. Cuando la prensa soviética empezó a publicar la reseña del
proceso de los 16, Mussolini y Hitler daban ya un apoyo militar efec­
tivo a Franco. Cuando se vio claramente que el plan europeo de no
intervención era una farsa, Stalin optó a favor de una ayuda concreta
inmediata para la República. Una pronta victoria de los rebeldes apo­
yados por Hitler podría significar un régimen pro fascista en Francia y
la libertad de actuar en el este para Hitler, quien había anunciado des­
de un principio su sueño de una expansión hacia el Báltico y Ucrania.
El apoyo a los republicanos fue tan rápido como enérgico: a los
dos meses, cientos de asesores militares soviéticos habían llegado a Es­
paña, con tanques y aviones que salvaron Madrid y aseguraron la vic­
toria de la República en esos días.
A principios de septiembre, cuando Vyshinski preparaba ya la con­
frontación entre Bujarin y los otros comunistas mencionados en el pri­
mer proceso, el pleno del Comité Central reafirmó su confianza en
Bujarin. Ordzhhnikidze hizo saber a Stalin que no permitiríá que to­
caran a Bujarin. El 23 de septiembre, una serie de explosiones sacudió
las minas de Kemerovo, en Siberia occidental. Eso dio a Stalin un pre­
texto para mandar un telegrama al Politburó, desde la playa de Sochi,
el día 25:

«Consideramos absolutamente necesario y urgente nombrar al ca­


marada Yezhov para el puesto de comisario del pueblo para Asun­
tos Internos (NKVD). Yagoda ha demostrado de manera definitiva
ser incapaz de desenmascarar al bloque trotskista-zinoviano. La
OGPU lleva cuatro años de retraso sobre este asunto. Eso lo han
notado todos los trabajadores del Partido y la mayoría de los re­
presentantes del NKVD».

¿Cuatro años antes?, o sea, 1932, cuando, entre el 28 de septiem­


bre y el 2 de octubre el pleno del Comité Central no había dado a Sta-

259
lin la cabeza de Riutin. ¿Ahora le negaba también la cabeza de Bu-
jarin?

La Yezhovshchina

Yezhov no tardó en sustituir a Yagoda. En la radio se cantaba: «No


conozco otro país donde el hombre respire con tanta libertad». En di­
ciembre se adoptaría la Constitución más progresista del mundo. Los
niños cantaban en las escuelas: «Gracias, camarada Stalin, por nuestra
infancia feliz»; la prohibición de los árboles de Navidad (práctica os­
curantista) fue levantada, y la corbata y el lápiz de labios, rehabilita­
dos. Se regañaba a los empleados que no se afeitaban todos los días,
se pidió a los oficiales que aprendiesen a bailar. Las purgas tomaron
una dimensión y un ritmo que desafía cualquier relato. El proceso de
terror desató un pánico que estimuló las denuncias mutuas y el exter­
minio mutuo en todo el aparato partidista y estatal. La clase dirigente
se autodestruyó; los jueces y los verdugos de un día se transformaban
en víctimas al día siguiente. Era la culminación de un proceso que ha­
bía empezado en diciembre de 1917 y que ahora golpeaba, diezmaba
a los comunistas, y no únicamente a los «desviacionistas» clásicos. El
enano Yezhov, antiguo colaborador de Dzerzhinski y de todos los di­
rigentes sucesivos de los órganos, fue el gran verdugo de Stalin, hasta
que, en 1939, fue triturado por el molino.
Entre el 23 y el 30 de enero de 1937, Vyshinski celebró el proceso
del centro trotskista antisoviético, proceso de los 17, viejos bolchevi­
ques o técnicos acusados de traición a favor de Japón y de Hitler (se
populariza el insulto «hitlerotrotsldsta»), sabotaje industrial y alimen­
tario. Entretanto, Riutin había sido condenado a muerte. De los 17, tan
sólo dos no fueron fusilados, Rádek y Sokólnikov, pero no tardarían
en morir en la cárcel. Las confesiones públicas de los acusados lleva­
ron a Trotski a conseguir la organización de un contrajuicio en Esta­
dos Unidos.
El 18 de febrero, cuatro días antes de la reunión del pleno, Sergo
Ordzhhnikidze se suicidó, un día después de tener discusiones muy
violentas con Stalin. Oficialmente murió de un infarto y tuvo funera­
les de estadista. Era el último obstáculo. En el pleno, Stalin definió la
revolución permanente: «Más avanzaremos, más éxito tendremos y
más nos odiarán los residuos de las clases explotadoras derrotadas, re­
currirán a las formas más agudas de lucha, a los medios más desespe­
rados de la lucha, como el último recurso de los condenados. Aplas-

260
taremos en el porvenir a los enemigos como los aplastamos hoy, como
los aplastamos ayer».
El pleno del Comité Central afirmó que había enemigos infiltra­
dos por doquier, que el carnet del Partido era el mejor escudo del ene­
migo y que, por lo tanto, había que desconfiar de todos. En abril, Ya-
goda fue arrestado y con él 3000 oficiales del NKVD. A partir de
febrero de 1937, la ayuda militar a la República española disminuyó
mucho. Stalin pudo pensar que la falta de apoyo de Francia e Ingla­
terra llevaría a la derrota republicana o a una intervención soviética tan
masiva que conduciría al enfrentamiento directo con Alemania. El
punto viene al caso porque ese cambio se da precisamente cuando Sta­
lin ha vencido la resistencia de sus colegas: el 27 de febrero, Bujarin
todavía se presentó en el pleno, pero luego fue a la cárcel. En los dos
años de la Yezhovshchina que empezaba, la represión fue especialmente
salvaje para todos los que sirvieron en España: agentes del Komintem,
de los «órganos», diplomáticos, militares; en una palabra, todos los «in­
temacionalistas». En España, los «órganos» prosiguieron, como en casa,
su guerra feroz contra el «trotskismo», es decir, contra todos los hete­
rodoxos, contra todos los idealistas.

La poda del Ejército

El 18 de junio de 1937, el diplomático mexicano Luciano Joublanc


informó sobre el fusilamiento del mariscal Tujachevski y de la flor y
nata del alto mando. Dijo que el sentimiento general era de «estupor»
y que la noticia «cayó como el rayo clásico desde el cielo sin nubes».
Sin embargo, él mismo, tres años antes, el 14 de agosto de 1934, ha­
bía comunicado, como un chisme anticomunista, la existencia de «un
grupo poderosísimo que se llama el Partido Militar, anticomunista; al
frente de él, Voroshilov, Blücher [...] al estallar la guerra, el poder que­
dará concentrado en las autoridades militares». Esos rumores corrieron
siempre y sirvieron para preparar la causa contra los generales.
Los bolcheviques, desde un principio, se consideraron como los
nuevos jacobinos y vivieron la obsesión de no caer como sus grandes
antecesores franceses, víctimas de un Termidor y de un 18 de Brumario.
Desde un principio, vieron en cada general afamado un posible Bona­
parte. Después de domar al Partido y los «órganos», Stalin, de manera
lógica, pasó al Ejército. Cualquier dictadura teme el golpe de Estado mi­
litar, porque se limita a un golpe palaciego: arrestar al hombre fuerte y
a su camarilla no requiere más que irnos cientos de hombres decididos.

261
La purga del NKVD fue realizada en abril y mayo. El 27 de mayo,
el mariscal Tujachevski fue arrestado y fusilado el 11-12 de junio en
compañía de los generales Yakir, Kork, Uborevich, Eideman, Feldman,
Primakov, Putna, todos famosos «héroes de la guerra civil», cargados
de condecoraciones, enemigos de Trotski, estalinistas. Fueron juzgados
a puerta cerrada, sin testigos ni defensa. Parece que no se prestaron a
la comedia del juicio público, que se negaron a reconocer sus críme­
nes de traición a favor de Alemania o Japón, que varios de ellos su­
frieron tales tormentos que no habría sido posible presentarlos en pú­
blico. El general Yan Gamámik se había suicidado el 31 de mayo para
no sentarse entre los jueces. El tribunal fue presidido por el mariscal
Blücher, que iba a estar en la siguiente hornada.
Esos «generales de Stalin» fueron acusados especialmente de haber
preparado un golpe de Estado: tomar el Kremlin y matar a Stalin en
el instante. No se dio información más precisa, pero desde aquel en­
tonces se ha publicado una montaña de libros, y la polémica sigue, en
2006, en Rusia.
La mayoría de los autores empieza por afirmar la inocencia de Tu­
jachevski; luego se dividen entre partidarios de la responsabilidad cí­
nica de Stalin, que conocería su inocencia, pero querría deshacerse de
todos los posibles bonapartes, incluso poniendo en peligro la seguri­
dad nacional, y partidarios de la hábil manipulación de Stalin por par­
te de los servicios secretos alemanes, que habrían forjado documentos
para convencerlo de que sus generales trabajaban con ellos. La síntesis
de las dos líneas se presenta de la manera siguiente: los alemanes no
intoxicaron a nadie, sino que fueron manipulados, hasta pagados por
Stalin, que consiguió así documentos con los que certificaba la traición
de Tujachevski. Walter Schellenberg y Sudaplatov, en sus memorias,
presentan argumentos a favor de esa hipótesis.
¿Por qué, en esos casos, Stalin habría querido deshacerse de su jo­
ven mariscal? Unos dicen que Tujachevski habría deseado mantener la
colaboración entre el Ejército Rojo y el Ejército alemán, suspendida en
1933-1934. Pero se sabe que, desde 1935, el mariscal predecía que era
inevitable el conflicto entre la URSS y Alemania. Otros piensan que
Tujachevski había criticado demasiado, hasta pedir su relevo por inca­
paz, a Voroshilov, mediocre militar, sombra de Stalin. Una tercera ver­
sión afirma que Stalin se cobró una deuda pendiente desde 1920, des­
de la derrota sufrida por el Ejército Rojo en las puertas de Varsovia. En
aquel entonces, Tujachevski había acusado a Stalin y Voroshilov de ha­
berle negado los refuerzos de caballería que le hubieran dado la vic­
toria.

262
En 1996, Evgueni Primak y Vadim Antónov retomaron la tesis de
Alexandr Orlov, agente en España, que huyó en 1938 a Estados Uni­
dos para escapar a la liquidación. En su Historia secreta de los crímenes de
Stalin (1953), Orlov escribe que, en el caso de Tujachevski, «Stalin sa­
bía perfectamente lo que hacía». En 1956 afirmó que Stalin había sido,
antes de la revolución, un agente doble de la Ojrana (la vieja historia
de Román Malinovski, miembro del Comité Central y agente de la Oj­
rana); en 1937 esa información llegó a oídos del general Yaldr, en Ucra­
nia, quien a su vez informó a Tujachevski: «Los altos jefes decidieron
arriesgar sus vidas con el fin de salvar el país y deshacerse del agente
provocador que usurpaba el trono». Después del XX Congreso, Olga
Shatunóvskaya informó a Jruschov de que Stalin había sido un agente
doble.
Poco importa. Si hubo conjura de los generales, no fue más que
una veleidad y se dejaron llevar al matadero como borregos. Por lo de­
más, las dimensiones de la poda efectuada por Stalin rebasan con mu­
cho los destinos individuales de unos oficiales. El saldo es notable:
de cinco mariscales murieron tres; de 14 generales comandantes de
Ejército, sobrevivieron dos; de ocho almirantes, ninguno; de 67 gene­
rales comandantes de cuerpo, 60 fueron fusilados; 136 generales divi­
sionarios de 199; 221 brigadieres de 397; el 80 por ciento de los coro­
neles y 35.000 oficiales, o sea, la mitad. El mariscal Blücher murió en
noviembre de 1938, torturado. En su informe de marzo de 1938, el co­
mandante de la región militar de Kíev y el miembro del Consejo mi­
litar, Jruschov, escribían: «Limpiamos de sus enemigos el Ejército de la
región, o sea, en un año: 3000. De hecho “renovamos” a todos los
comandantes de cuerpo y de división. La liquidación de los elemen­
tos trotskista-bujarinistas reforzó la potencia de los ejércitos de la
región».
Esa última afirmación no resultó cierta. El diplomático mexicano
Joublanc, el 18 de junio de 1937, habla de «error irreparable» y de «los
pies de barro del coloso soviético», y concluye: «Los ratones fascistas
gritan alegremente que el futuro es suyo». Años después, Alexandr M.
Vasilievski, un mariscal que durante años fue jefe del Estado Mayor,
le confesó a Konstantín Simonov: «Usted dice que sin 1937 no hu­
biéramos sufrido la derrota de 1941; yo le diré más: sin 1937 no
habría ocurrido 1941. Hitler se decidió a declararnos la guerra debi­
do, en gran parte, a que conocía hasta qué grado habían sido aniqui­
lados nuestros cuadros militares».

263
E l proaso de los 21

El año 1937 vio festejar el 20 aniversario de la Revolución de Oc­


tubre, los cien años de la muerte de Pushkin, la conclusión del segun­
do plan, la inauguración de la segunda línea del metro en Moscú y la
del canal del río Volga al río Moscova. Vio desaparecer y morir en pro­
cesos a puerta cerrada o sin proceso, además de 3000 oficiales del
NKVD y militares, a los dirigentes de las repúblicas no rusas y a los
últimos bolcheviques, como Enukidze, Karajan, Cheboldayev... El año
terminó el 12 de diciembre con las elecciones al Soviet Supremo: «El
mundo no ha visto nunca elecciones tan realmente libres».
En enero de 1938 cayó Nikolái Krylenko, presidente del Tribunal
Supremo en 1918, procurador de Rusia, comisario del pueblo para la
Justicia de Rusia (1931-1936), luego de la URSS. Vladímir Antónov
Ovseenko, que encabezó la toma del Palacio de Invierno en 1917, las
requisas agrícolas, la represión en Tambov y la dirección política del
Ejército (1922-1924), y fue cónsul en Barcelona hasta 1937, fue fusila­
do el 10 de febrero. El 13 de marzo, después de once días, terminó el
proceso del «Bloque derechista-trotskista» de los 21: una colección de
miembros de la vieja guardia de Lenin, Bujarin, Rikov, Krestiríski, Ra-
kovski..., viejos militantes de siempre, diplomáticos de primera, médi­
cos y el chequista número uno: Yagoda. Los acusaron de todo: de la
muerte de Kírov, de Kúibyshev, de Gorki, de la mortandad masiva de
los caballos, de un sinfín de complots, de meter clavos o vidrio en la
mantequilla... Todos confesaron, pero dos estuvieron a punto de echar
a perder el teatro de Vyshinski; un día, Nikolái Krestinski lo negó todo.
Había sido el secretario del Comité Central en tiempos de Lenin, res­
ponsable de las finanzas, de Relaciones Exteriores (como vicecomisa­
rio) desde 1930 hasta 1935. «No me reconozco culpable. No soy trots-
kista. Nunca he sido miembro del bloque cuya existencia ignoraba.» Al
día siguiente, después de una noche de presiones, Krestinski se «portó
bien» y reconoció su culpabilidad.
En cuanto a Bujarin, usó la tribuna del proceso para mandar un
mensaje apenas críptico, de hecho muy claro, como ha señalado Ste-
phen Cohén. Con mucha dignidad, se defendió y ganó la batalla fren­
te a la posteridad. Boris Kamkov, viejo SR de izquierdas, había sido sa­
cado de su cárcel para confirmar que desde 1918, con Bujarin, habían
fraguado un complot para matar a Lenin. No se prestó al juego, como
lo manifiesta el diálogo siguiente:

«Kamkov: O no lo entiendo, o no hablamos el mismo idioma.

264
»Vyshinski: Yo lo entiendo muy bien.
»Kamkov: Pues yo no lo entiendo en absoluto».

La resistencia de esos tres hombres espantó a los organizadores de


los procesos teatrales, verdaderos «autos de fe», y convenció a Stalin
de no organizar más procesos públicos.
El mundo entero quedó fascinado. Mussolini había escrito el 13
de junio de 1937 un artículo en el Popolo d Italia, criticando la masa­
cre de los generales, pero el 5 de marzo de 1938, en el mismo diario,
se preguntaba si, «frente a la catástrofe del sistema de Lenin, Stalin no se
habría vuelto secretamente fascista» y concluía: «Stalin le hace un no­
table favor al fascismo, segando ampliamente a sus enemigos», y a sus
amigos también. No sólo a la vieja guardia leninista, sino también a la
Juventud Comunista, a sus generales, a la elite estatal, federal y nacio­
nal, a los dirigentes de todos los partidos comunistas hermanos, al
Komintém. Hizo desaparecer a la mayoría de sus colaboradores en el
Politburó, al Comité Central, a su Comisión de Control, a su Conse­
jo de Comisarios, a sus jueces, a sus verdugos, al 90 por ciento de los
comisariós. Veinte años después de la revolución, de los dirigentes le­
ninistas no quedaban más que Trotski, en México, y Stalin. Los mato­
nes también desaparecieron, hasta el mismo Yezhov, que en agosto de
1938 acusó a Nadejda Krupskaya de ser cómplice de Trotski: «Sólo el
respeto debido a la memoria de Lenin me impide entregarla a Vyshins­
ki y Ulrich (el presidente del tribunal)». De hecho, la viuda de Lenin
no tardó en morir en una clínica del NKVD, en febrero de 1939.
El 21 de agosto de 1938, Yezhov recibió una segunda dirección, la
de los Transportes Fluviales, lo cual anunciaba su liquidación en 1939.
Lavrenti Beria, un georgiano, asumió la dirección de los «órganos» y li­
beró a unos miles de presos, lo cual permitió orquestar una campaña
de prensa para mayor gloria de Stalin, el libertador, el justiciero. Mien­
tras tanto, arrestó a los dirigentes del Komsomol (movimiento de la ju­
ventud) y su represión, secreta de nuevo, se cobró decenas de miles de
nuevas víctimas. Fue entonces cuando Stalin le confió a Vyshinski la ta­
rea de «ocuparse» de la gente de ciencia y cultura, de la inteüigentsia, de
la Academia... Murieron Boris Pilniak y Ósip Mandelstam. Meyerhold,
el gran hombre de teatro, fue arrestado y torturado en 1939, luego eje­
cutado. Su mujer, Zinaída Raij, fue horriblemente asesinada. Isaac Ba­
bel, arrestado en mayo de 1939, fue ejecutado en enero de 1940.
Unos pocos salvaron su honor, quedándose en el extranjero (su
honor, pero no siempre su vida). Walter Krivitski, jefe del contra­
espionaje militar en Europa, fue asesinado por el NKVD en 1941; el

265
agente ígnace Reiss (Poretski) lo fue inmediatamente en 1938; Fiódor
Raskólnikov, el glorioso «marinero rojo», se «suicidó» misteriosamente
en un hospital en Niza, en 1939.
Cuando en marzo de 1939 se reunió el XVIII Congreso del P C ü $,
habían muerto o desaparecido 1108 de los 1966 asistentes al Congre­
so de los Vencedores. De los restantes, sólo 59 volvieron a presentarse
en el auditorio. Ningún partido comunista en el mundo había sufrido
una- matanza semejante, ni siquiera el Partido Comunista alemán a
manos de Hitler.
Vasili Grossman, en Todo pasa , pronunció la oración fúnebre de los
comunistas:

«Los fanáticos, los destructores del viejo mundo fueron golpeados


los primeros. Su entusiasmo, su fanatismo, su entrega a la revolu­
ción eran inspirados por su odio contra los enemigos de la revo­
lución [...] Esos hombres que habían inundado la tierra de sangre,
que habían odiado con tanta pasión, tenían un corazón sin mal­
dad, corazón de niños, de fanáticos, quizás hasta de locos. Odia­
ban en nombre del amor. Fueron la dinamita usada por el Partido
para destruir la vieja Rusia [...] Después vinieron los constructores
[...] Contados los que murieron de muerte natural. A su lado, los
líderes del Partido, fundadores y dirigentes de las repúblicas sovié­
ticas nacionales. Ninguno murió de muerte natural. Eran brillantes:
oradores, bibliófilos, amateurs de la filosofía y la poesía, cazadores.
La energía, la voluntad, una inhumanidad total los distinguían. To­
dos eran feroces [...] Las cárceles que habían construido para los
enemigos de la nueva Rusia se abrieron para ellos, el gladio de la
revolución por ellos forjado cayó sobre su cabeza [.,.] Algunos cre­
yeron que un golpe de Estado había dado el poder a los enemigos,
los cuales, usando la lengua y los conceptos soviéticos, ajustaban
cuentas con los que habían concebido y levantado el Estado so­
viético [...] La generación de la guerra civil desapareció en el caos,
lo absurdo, lo demente de las acusaciones mentirosas. Empezó una
nueva época. Aparecieron hombres nuevos» (cap. XVIII).

Y el sol brilla más fuerte


y laten los corazones más rápido
y luego sonríe Stalin.
El, sencillo hombre soviético.

266
Reacciones

Ciertamente, los que sufrían en Rusia, Ucrania, el Cáucaso y Asia


central, la mayoría de la población, no podían sentirse solidarios de
sus amos, grandes o chicos, políticos, burócratas, policías, militares que
se apuñalaban en nombre del ideal comunista; por falta de informa­
ción verdadera, la población no podía entender —nadie podía enten­
der— lo que estaba pasando; tampoco creer las «explicaciones» oficia­
les. Yuri Orlov recuerda cómo en su preadolescencia «la vida alrededor
semejaba un manicomio»:

«Ayer, un jefe cuyo nombre aprendimos en la escuela aseguraba


que el Partido no se equivocaba nunca. Hoy resulta que los mejo­
res escritores, los capataces, los poetas y los trabajadores de cho­
que le denunciaban en los periódicos y la radio, como espía
fascista, un traidor miserable, un abominable criminal. Había con­
fesado, al día siguiente lo fusilaban. Enseguida los pequeños alum­
nos agarraban sus libros de texto y se apresuraban a pinchar su re­
trato con sus plumas de acero. Cuando todos los jefes de ayer, con
la excepción del camarada Stalin, hubieran alcanzado el rango de
espías, nos cambiarían de libro, lo llenarían con otros nombres.
Y los alumnos volverían a empezar: picar los ojos, cortar las ore­
jas, escupir sobre el hocico de los cochinos fascistas.
»Yo no entendía nada. Si el Partido no se equivocaba, si esos jefes
eran traidores, ¿cómo creerles cuando decían que el Partido no se
equivocaba nunca? [...] En mi familia nos comunicábamos muy
poco. Además, habría sido peligroso en esos tiempos de “terror es-
talinista”, como se dijo después. ¡Qué ingenuidad la de ligar el
nombre de un solo hombre a los crímenes perpetrados por dece­
nas de miles contra decenas de millones!» (Particuks de vie, París,
1993, págs. 53-55).

El pueblo oprimido hubiera podido alegrarse de ver desaparecer a


tantos verdugos, tantos opresores, pero la ola se llevaba a otros tantos
inocentes, acusados también de ser «bandidos fascistas» y «espías trots-
kistas». De día, Moscú trabajaba como siempre, se formaba en las co­
las, iba el domingo a ver el encuentro de fútbol Spartak-Dinamo o al
cine a reír con las comedias de Alexandrov o a ver a las muchachas
hermosas. Mosfilm, el Hollywood soviético, acababa de crear el culto
a la rubia soviética. Dientes blancos, rizos de oro, piernas largas, Liu-
bov Orlova, Marina Ladynina y Lydia Smirnova desfilaban, acompa-

267
fiando con ternura a heroicos muchachos, aviadores, tanquistas, ex­
ploradores, chequistas... Y por la noche, antes de dormir, la gente es­
peraba la visita de los «órganos», tenía su maletita lista para partir, para
subir en los furgones del NKVD. El arresto, la cárcel eran para todos;
cuestión de suerte. El fenómeno era tan masivo que uno no se hacía
preguntas sobre las razones del condenado, tampoco sobre las del po­
der. Era algo natural, como un fenómeno meteorológico.
Konstantín Simonov tenía 16 años en 1934. No pensaba sino en
el Ejército Rojo, en la guerra inevitable, en el plan. Su amor apasio­
nado por el Ejército le había sido inculcado en la escuela. Había que
industrializar a toda máquina para estar listos para la guerra. «Para mí,
1934 quedó como el año de las más luminosas esperanzas de mi ju­
ventud.» «¡Qué golpe tan terrible e inesperado fue el asesinato de Kí-
rov! Se desplomó algo, se quebró la vida, sucedió algo siniestro» (ni lo
conocía). Dos o tres meses después, tres de sus tías, tres primos her­
manos fueron deportados en compañía de otros 100.000 habitantes de
Leningrado; dos tías murieron antes de 1938. Simonov sufrió, pero
dijo: «No pensé nada». Como la gran mayoría, «creí que el proceso
contra Tujachevski era justo. Sencillamente, o eran culpables o todo era
incomprensible. La duda no me entraba en la cabeza». No entendía,
creía. ¿Errores? Claro, había errores, la mejor prueba era que Yagoda
fue fulminado por Stalin; luego Yezhov fue castigado de la misma ma­
nera y Beria «corrigió» los errores: liberó a la cuarta parte de los mili­
tares. Si Stalin «corregía», es que era justo. Cuando en 1939 desapare­
cieron «de manera inesperada» (dice Simonov) Babel y Meyerhold, el
joven escritor cayó en una «tremenda perplejidad». ¿Yezhov no los ha­
bía tocado? Por ello mismo, el «justo» Beria debía de tener buenas ra­
zones para castigarlos. «Para mí, lo más absurdo, dramático, fue la
muerte de Mijaíl Koltsov, nuestro héroe, cuando el tomo II de su D ia­
rio español estaba ya en prensa.» «Cobardía, autopersuasión, no pensar.»
Pero la victoria contra las tropas japonesas en Jaljin-Gol, y luego el Pac­
to Germano-Soviético y la campaña de Polonia despertaron en él «un
sentimiento de alegría incondicional»: Stalin tenía razón. Había borra­
do la vergüenza de la paz de Brest-Litovsk, derrotado al enemigo po­
laco y liberado a los hermanos ucranianos y bielorrusos. «La derrota
de Francia en 1940, nuestras dificultades militares en Finlandia, con­
firmaban lo correcto de la estrategia de Stalin: ganar tiempo.» Mucha
gente se refugió en la adoración de Stalin, el zar, lejano cómo todo
monarca, pero un zar bueno y justiciero. «¡Ah! ¡Si Stalin lo supiera!»
«¿Lo veis?», exclamaron cuando cayó Yagoda, cuando cayó Yezhov.

268
Reacciones en Europa

La Asociación Jurídica Internacional, que contaba entre sus filas


con gente de prestigio como Harold Laski y otros liberales, mandó una
delegación, en respuesta a la invitación soviética, para asistir a los pro­
cesos de Moscú. Después del primer proceso, concluyó:

«Juzgamos absolutamente injustificada la afirmación según la cual


el proceso habría sido sumario o ilegal. Se ofrecieron abogados a
los acusados y en la URSS todo abogado es independiente del Go­
bierno; pero los acusados prefirieron defenderse ellos mismos [...]
Afirmamos categóricamente que los acusados han sido condena­
dos de manera perfectamente legal. Ha sido plenamente demos­
trado que estaban en relaciones con la Gestapo. Han merecido per­
fectamente la pena capital».

El presidente del comité parlamentario anglo-soviético, el laboris­


ta Neil Maklin, insistió sobre la fuerte «impresión causada por la sin­
ceridad de la confesión de los acusados». La Liga Internacional de los
Derechos del Hombre certificó a su vez la estricta legalidad de los pro­
cesos. Su representante, el licenciado Rosenmark, dijo: «Buscamos el
error sólo cuando el acusado niega su culpabilidad, cuando clama su
inocencia. Si el capitán Dreyfus hubiera reconocido su culpabilidad, el
asunto Dreyfus no hubiera existido».
Asombra esa actitud, compartida por muchos intelectuales de iz­
quierdas, por sinceros demócratas. Ciertamente, la hora internacional
era la del frente unido antifascista y de los frentes populares, pero Or­
well, Koestler, Victor Serge, Boris Suvarin o Jean Guehenno, quien no
creía en las confesiones públicas («uno adivina una verdad más horri­
ble; son hombres terminados, acabados, almas muertas»), eran antifas­
cistas también.
Alexander Wat, en M on siècle. Confession d ’un intellectuel européen
(1989, París), aclaró la fascinación ejercida por el comunismo sobre los
intelectuales, como «única respuesta global a la gran negación», «la úni­
ca fe ofrecida (con excepción de la antigua fe negada)»; «su fascinación
por el horror, la crueldad, la sangre vertida». «¡Cuán pura y grande
debe de ser la causa por la cual se derrama tanta sangre, y sangre ino­
cente!» «A más sangre vertida, más cierta la prueba de que la causa es
santa.» Alain Besançon se preguntaba en 1970, en su prefacio al libro
de Andréi Amalrik éSobrevivirá la U R SS en 1984f, «si la intelligentsia
francesa prosoviética» no estaría «fascinada por ese régimen no a pe-

269
sar, sino a causa de los crímenes que ha cometido». Era tal el confor­
mismo inspirado por el Espíritu Santo de la Historia que muchos pre­
firieron no ver la realidad, o negarla o no aceptarla. El anticomunismo
era un pecado sin perdón. El Frente Popular había puesto fin a la
guerra fratricida entre socialistas y comunistas, pensaban los liberales:
esa reconciliación permitiría vencer el fascismo. Esos liberales que no
habían perdido totalmente las esperanzas despertadas por la Revolu­
ción rusa de 1917, creían que el bolchevismo había llegado a su ma­
durez, como lo comprobaba su nueva constitución, e iba a llevar a la
URSS hacia el seno de la gran familia democrática.

¿Por qué los procesos ? ¿Por qué el terror?

Se ha hablado demasiado de locura y de irracionalidad suicida a pro­


pósito de estos acontecimientos. Como dijo Peter Wiles en 1963, «uno
puede admitir que los comunistas sean unos asesinos, pero no unos ton­
tos». La represión contra los suyos tiene una lógica profunda que reba­
sa explicaciones sutiles e hipócritas, como las presentadas por Stalin o
Mólotov, hoy retomadas por algunos historiadores: «En casó de con­
flicto, el frente y la retaguardia de nuestro Ejército serán, gracias a su ho­
mogeneidad y cohesión, más fuertes que en cualquier otro país» (Stalin).
Cuarenta años después, Mólotov machaca, y el cheqüista Sudaplatov
también, que «sin el terror, en lugar de un solo Vlásov (el general que
aceptó luchar con los alemanes, contra los soviéticos), ¿cuántos habrían
dado el salto?»; que «se buscaba la unidad moral y política de la socie­
dad», pensando en la guerra inevitable, para no encontrarse, como el za­
rismo en 1916, con la rebelión de las naciones, de la oposición, el «ni­
hilismo de los intelectuales», los estados de ánimo del Ejército.
La lógica profunda es la de la revolución permanente, en perfecta
continuidad con Lenin. En esos años martilleaban «Stalin es el Lenin
de hoy», y era cierto. Lo de Stalin no fue una «contrarrevolución». «Sí.
El estalinismo tuvo raíces de una profundidad increíble en las masas
comunistas. Sigo afirmando que la única realización perfecta, absolu­
tamente pura del marxismo, del comunismo, ha sido el estalinismo, en
especial el de los años 1937-1941 con su magnífico terror» (Alexander
Wat, pág. 213). ¿Qué significa eso? Que los procesos públicos, con
toda su teatralidad, fueron como una vitrina de la represión de toda la
población, de todas las repúblicas soviéticas, hasta España, de todas las
Iglesias, del hombre común y corriente. El proceso público fue reser­
vado a la elite, la misma que castigaba al pueblo. Así como el hacha

270
era un privilegio para el noble, cuando el plebeyo sufría la horca, la
elite tuvo su proceso.
El mensaje era claro: el poder no se comparte. El proceso surgió
después de la derrota del adversario histórico (Trotski, Zinóviev, Buja-
rin); la liquidación sin proceso público, antes de cualquier acción del
enemigo potencial (los generales). No fue una necesidad, sino el pun­
to final; la minoría derrotada es liquidada, lo cual resulta más sencillo
que la reintegración de una ex oposición arrepentida. Los revolucio­
narios son terribles simplificadores. El proceso tuvo una función pe­
dagógica: dar al mundo el espectáculo de los grandes humillados que
humillaban; por eso la necesaria confesión pública. Resultaba claro
que esos grandes no eran héroes ni mártires. El proceso iba acompa­
ñado por una gigantesca movilización: el 30 de enero de 1937, 200.000
personas en la plaza Roja, a 20° grados bajo cero, pedían la muerte para
«los perros rabiosos». La sangre de las víctimas sacrificadas establecía la
unanimidad en la adoración colectiva del Vozhd, el zar temible, el Pa­
dre de los Pueblos. Como dicen F. Beck y W. Godin, el proceso y el
terror proveyeron un formidable mecanismo de «profilaxis social», un
modo de socialización política masiva y acelerada. Después de Stalin,
eso desembocó en el tratamiento psiquiátrico de los inconformes; en
China, Mao retomó con su estilo propio la solución estalinista bajo la
forma de la Revolución cultural.

¿Stalin?

Con los procesos, el mago Stalin nos llevó a un universo paralelo


de ciencia ficción, el mismo que Zamiatin había anunciado en Nosotros
(1922). Iván el Terrible, caro al corazón de Stalin, no buscaba en sus
peores momentos más que la verdad. Por más que se haya engañado
con las confesiones arrancadas por la tortura, quería saber. Stalin, por
otra parte, no ignoraba que los acusados eran inocentes, y los obligó
a representar un papel que él había escrito para ellos. En la misma
época reescribía la historia de la revolución y del Partido.
Así llevó a cabo una mortífera revolución desde arriba. Había en­
tendido el valor del terror, ya no como una medida circunstancial para
vencer en la guerra civil o para imponer la colectivización, sino como
una permanente fórmula de gobierno. Anticipémonos: el terror des­
cendió durante los años de la guerra mundial, pero tan pronto como
la victoria se perfiló, volvió a crecer en 1944 contra los «pueblos cas­
tigados» y en 1945 contra los soldados presos y los de Vlásov, y así

271
hasta 1953, cuando se preparó el proceso de «las batas blancas», sin
contar la terrible serie de los grandes procesos públicos (1949-1952)
que liquidó a los dirigentes comunistas en Praga, Varsovia, Budapest,
Bucarest... Tal permanencia prohíbe la explicación por las circunstan­
cias. Así, Stalin llevó a su conclusión la evolución profetizada por el
menchevique y la URSS pasó de ser dirigida por un soló partido a ser
dirigida por un solo hombre.
Así, es inútil invocar la locura de Stalin, que persiguió con tena­
cidad unos objetivos muy claros, lo cual le permitió, como a Hitler,
ser muy oportunista. Los persiguió feroz y racionalmente, con una ló­
gica consistente. Que haya sido paranoico, viéndose como un genio
acosado por una multitud de enanos malvados, celosos y conspirado­
res, no cambia nada el asunto. Supo excitar entre sus agentes las pa­
siones rivales, los rencores, los odios. Así llegó a ser el árbitro supre­
mo y único.
Desde muy temprano había entendido la importancia de la actua­
ción de Lenin, que le dio el ejemplo de la limpieza permanente, en el
Partido, de los fraccionistas y desviacionistas. Ese proceso, sin conse­
cuencias mortales hasta 1936, afectaba, a cada crisis, a un grupo de per­
sonas que en la crisis anterior había votado por la expulsión de quie­
nes «dudaban de la corrección de la línea general». Así no podían
quejarse, cuando les tocaba su turno, de su expulsión por la nueva ma­
yoría. En 1925, en el XIV Congreso, Stalin, en lucha con Kámenev y
Zinóviev, recordó que ellos mismos habían pedido sangre durante la
lucha anterior contra Trotski. Stálin advirtió entonces que «el método
de la sangría es peligroso, contagioso». Cuando en el pleno de 1927 le
reprocharon el arresto de los opositores, contestó: «<Y el grupo de
Miasnikov y el de Rabochaya Pravda? Fueron arrestados con el apoyo
expreso de Trotski, Zinóviev y Kámenev». Con razón, citó el ejemplo
de Lenin, inventor del terror.
En las Obras completas de Lenin figura una carta remitida a Kurski,
comisario de Justicia (1922):

«Reforzar la represión contra los enemigos del poder soviético y


los agentes de la burguesía (en particular los mencheviques y SR);
aplicar esa represión por el conducto de tribunales revolucionarios
y populares lo más pronto posible y de la manera más racional des­
de el punto de vista revolucionario; establecer de manera obliga­
toria una serie de represiones ejemplares (en cuanto a rapidez y
fuerza) explicando a las masas populares, por los tribunales y la
prensa, su significación; actuar sobre los jueces y los tribunales a

272
través del Partido en el sentido de una mejora de su actividad y
del fortalecimiento de la represión».

Ahí está la Yezhovshchina.


Claro que la responsabilidad personal de Stalin es total. El terror
nunca fue un fenómeno espontáneo, ni tampoco se desbordó con «ex­
cesos incontrolables». Los documentos muestran la intervención per­
sonal de Stalin en la designación de las víctimas. Un día, examinando
con Yezhov, en presencia de Mólotov, una lista de condenados a muer­
te, Stalin comentó: «¿Quién, dentro de diez o veinte años, recordará a
esas nulidades?, ¿quién se acuerda hoy de los nombres de los boyar­
dos escamoteados por Iván el Terrible? Nadie. El pueblo debe saberlo:
él escamotea a sus enemigos».
Muchos lo ayudaron a escamotear, para después, a la hora de la
desestalinización, esconderse detrás del «Calígula del Kremlin». El ma­
riscal Zhúkov, en el pleno del Comité Central de junio de 1957, re­
cordó a sus colegas: «Con las mangas remangadas y un hacha en la
mano cortaban cabezas. Los mandaban al matadero como si fueran ga­
nado, siguiendo una lista: tantos toros, tantas vacas, tantas ovejas».
Y apostrofó a Kagánovich: «Dime, ¿por qué mandaste al. otro mundo
a 300 ferroviarios?». El otro intentó evadirse, por lo cual Zhúkov le
dijo: «Responde sin rodeos. Fusilaste a miembros del Comité Central.
¿Eran enemigos nuestros, acaso?». Cuando Jruschov preguntó a Kagá­
novich: «¿Quién fue el autor del orden criminal que integró las troi-
kas?» (todos los que integraban esas troikas, tribunales expeditivos de
tres miembros, fueron fusilados), Kagánovich se enfureció: «Pero ¿aca­
so usted no firmó órdenes de fusilamiento en Ucrania?». Zhúkov ter­
minó su intervención: «Si el pueblo supiera que de los dedos de estas
personas gotea sangre inocente, no las recibiría con aplausos, sino con
piedras».

Stalin y el pueblo

Annie Kriegel dice que los procesos y las purgas fueron «la ocasión
para celebrar y estrechar la alianza entre el dictador y su pueblo, uni­
dos contra los nuevos señores». Ciertamente, el pueblo (todos los que
no pertenecían a la nueva elite) pudo haber sentido un regocijo mal­
vado (la Schadenfreude de los alemanes) al ver rodar las cabezas de los
«boyardos», de los intelectuales occidentalizados, de los comisarios y
artistas judíos. Tanto en el nacionalismo, oficialmente reaparecido en

273
esos años, como en el antisemitismo, muchos rusos comulgaron con
Stalin. El ingenioso Rádek, a la hora de la victoria de Stalin contra
Trotski, Zinóviev y Kámenev, inventó un chiste: «¿Cuál es la diferen­
cia entre Stalin y Moisés? Este último hizo salir a los judíos de Egip­
to, mientras que Stalin los hizo salir del Politburó». En varios infor­
mes, en 1935-1937, el mexicano Joublanc subraya este aspecto: «Hay
una sorda pugna dentro del Partido Comunista entre el elemento ju­
dío, que en alguna época lo dominó totalmente, y los verdaderos ru­
sos». En 1936 dice que sólo cuatro comisarios de 20 son judíos, cuan­
do alguna vez habían sido 16. A la hora del proceso de los 16, afirma
que todos son judíos (sin duda 11 de ellos). Es cierto que la mayoría
de los brillantes generales fusilados con Tujachevski eran judíos.
A finales de 1939, la recuperación de las tierras bielorrusas y ucra­
nianas de Polonia le valió a Stalin una popularidad innegable. Desde
1812, ningún zar había sido vencedor, ninguno había alcanzado tanto
poder, tal grandeza.

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do en Járkov en 1937, amigo de Koestler.

El Gulag y sus anexos

La prisión, la deportación a Siberia y Asia central, los campos de


trabajo (campos de concentración), las colonias y después del cumpli­
miento de la pena, si el condenado seguía con vida, la relegación, el
exilio, fueron las formas adoptadas por una represión omnipresente
hasta 1954-1955. «Gulag» es el acrónimo ruso para la Dirección de Es­
tado de los Campos de Trabajo Correctivo. Dejando a un lado el pro­
blema de cuántos millones de personas sufrieron en las «islas» del «Ar­
chipiélago Gulag», hay que recordar que cada uno de aquellos millones
sufrió una experiencia trágicamente individual y única. Por eso Varlam
Shalámov, Alexandr Solzhenitsyn y Lev Razgon, entre otros, han re­
copilado historias individuales, para levantar un memorial a las vícti­
mas de la represión comunista.
El «archipiélago» era un conjunto de «islas», algunas de ellas gran­
des como un país mediano, otras no mayores que una celda en una
estación de ferrocarril. El archipiélago cubría casi toda la URSS, como

276
se puede ver en el mapa de la página 279. Llegó a alojar a millones de
trabajadores y su sombra afectó a toda la Unión Soviética. Engendró
el personaje del zek, el preso, en la jerga concentracionaria. Según una
etimología, «zek» proviene del acrónimo z/k (zakliuchonnyi karudoarme-
yets), «detenido miembro del Ejército del canal, en este caso el canal
del mar Blanco, una de las primeras obras mortíferas».
«El trabajo es una cuestión de honor, de gloria, de valor y de he­
roísmo.» Esas palabras de Stalin figuraban en una inscripción a la en­
trada de cada sección de un campo que conoció Shalámov, quien pasó
tres años (1929-1932) en las Solovkí y fue arrestado de nuevo en 1937,
para pasar a continuación diecisiete años en Kolymá. Según su testi­
monio irrefutable, «en el campo es el trabajo el que mata; por lo que
todos los que alaban el trabajo en el campo son crápulas o imbéciles».
Cita a una víctima: «Lo más espantoso de la vida del detenido es el
trabajo, que humilla y mata».
Una de las dos «islas» mayores del imperio del NKVD era el Noryl-
lag, en la zona ártica, con varios cientos de campos localizados en zo­
nas casi inaccesibles y las minas de níquel de Norylsk y de carbón de
Vorkutá: allí la temperatura se mantiene bajo cero durante 250 días al
año y pocos detenidos sobrevivieron más de dos años. La segunda
«isla» era el Dalstroi, una zona tan grande como cuatro Francias, «El
fondo de Desarrollo del Lejano Oriente», más conocida como Koly­
má, por el nombre de su río principal con sus minas de oro mortales.
El trabajo en el exterior era obligatorio mientras la temperatura no fue­
ra inferior a 50 grados bajo cero.

Historia del Gulag

La idea de la «rehabilitación por el. trabajo» es casi tan vieja como


la URSS y está ligada tanto a la represión como a la economía. Trots-
ki afirmó enseguida que «la militarización del trabajo» podía ser «un
método de la dictadura del proletariado». Se discutió para saber si se
podía «construir una economía socialista planificada con los métodos
utilizados por los faraones para construir las pirámides». La respuesta
fue afirmativa. La resolución del IX Congreso del Partido sobre la «de­
serción laboral» habla de enrolar a los desertores «en destacamentos
disciplinarios de trabajo y en campos de concentración». Esas palabras,
«campos de concentración», acompañaron como un estribillo todas las
decisiones del Partido durante los años del comunismo de guerra. El
8 de enero de 1921, Dzerzhinski, en su «Ordenanza de la VCHK», pro­

277
puso «crear campos de concentración especiales para la burguesía, para
los obreros y para los campesinos».
En ese mismo año, los campesinos de Tambov y los marineros de
Kronstadt fueron a dar a los campos. Durante la NEP, los campos no
cerraron, pero en los primeros tiempos el trabajo coercitivo perdió
toda utilidad económica. A partir de 1928-1929, la máquina empezó a
funcionar a todo gas. El código penal de 1926 amplió el concepto de
«elementos socialmente peligrosos» destinados a los campos de traba­
jo: los autores de actos peligrosos, los susceptibles de cometerlos, las
personas en relación con un medio peligroso, los «antiguos crimina­
les». Caían en esas categorías tanto los socialistas como los delincuen­
tes comunes.
El trabajo educa, el trabajo castiga, el trabajo forma al hombre nue­
vo: tal es la base del sistema penitenciario soviético, que en eso es muy
europeo. En 1925, por primera vez, la labor de los presos en las islas
Solovkí se consideró como una mercancía y como el precio de la li­
bertad. Hasta aquel momento, los detenidos trabajaban para el campo;
ahora se trabajaba para la exportación y se planificaba la producción
de cada sección y las normas de productividad que regularían la en­
trega de alimentos a los presos. Por algo se dio a Stalin el apodo de
«Gran cortador de pan» (y también el de «Ogro»). A la entrada de las
islas Solovkí una pancarta rezaba: m o s t r a r e m o s u n c a m i n o n u e v o A
LA TIERRA, EL TRABAJO SERÁ DUEÑO DEL UNIVERSO.
El 20 de junio de 1929, Gorki llegó a las islas para estudiar la vida
del campo de Soloviets. Publicó su texto, «Nuestras realizaciones», an­
tes de que terminara el año. Shalámov nunca se lo perdonó. Gorki, el
campeón de la libertad, el enemigo de la injusticia, daba su visto bue­
no a la reeducación mediante el trabajo realizada por la OGPU... Gor­
ki se negó a ver a los presos políticos y se quedó con los «delincuentes
menores». Empezaba el conflicto entre los «honestos» ladrones sovié­
ticos y los espías, saboteadores, traidores. Los ladrones eran «elemen­
tos socialmente próximos», mientras que los políticos eran contrarre­
volucionarios, irrecuperables. Gorki concluyó: «Los campos como las
Solovkí son indispensables. El campo de Soloviets debe verse como
una escuela preparatoria». ¡Qué diferencia con el viaje de Chéjov al
presidio de la isla Sajalín! Mientras que Chéjov registró con objetivi­
dad terrible lo que pasaba en «la isla del sufrimiento», Gorki hizo una
apología de un presidio que era mucho peor.
El 25 de marzo de 1928 se adoptó el decreto sobre la «política de
represión y el estado de los lugares de reclusión». De ahí en adelante,
las ruedas de molino aceleraron su paso. En un folleto oficial, el di-

278
M apa 4. El Gulag.
rector de las cárceles, B. Shirvindt, apuntó las condenas pronunciadas
por los tribunales, en 1929, solamente en Rusia: 1,216 millones con­
tra 955.000 en 1928, sin contar las penas decretadas por la OGPU. Las
sentencias de muerte habían aumentado un 2000 por ciento. Eso da
una idea de la aceleración de la represión, antes de la colectivización,
antes del gran terror. A la hora de la liquidación de los kulaks, cada
distrito recibe su norma: el porcentaje de personas a deportar, sea a los
campos, sea a regiones lejanas para realizar trabajos coercitivos.
En 1932, Gorki, en su deseo de crear un modelo de «nueva litera­
tura», propone la creación de una brigada de escritores para ir a la «es­
cuela de trabajo» del Bielamorkanal, el canal del mar Báltico al mar
Blanco, excavado en las rocas y los pantanos de Carelia por 286.000 pre­
sos. Así nació una apología del trabajo servil, única en su género, es­
crita por 35 escritores soviéticos. Gorki apuntó que fue «una experien­
cia excelentemente lograda de transformación masiva de los antiguos
enemigos del proletariado-dictador en colaboradores calificados de la
clase obrera y hasta en entusiastas del trabajo necesario al Estado». Los
campesinos, los saboteadores y delincuentes comunes tuvieron que
abrir 240 kilómetros de canal en la roca de granito cubierta de altos
pinos, en medio de la ciénaga. A mano, sin máquinas. Gorki no men­
cionó nunca cuántas vidas costó la hazaña (1931-1933). ¡

E l «planeta encantado»

«Encantado» o «de las maravillas», tal era el apodo de Kolymá, con


sus «doce meses de invierno y luego la fiesta de verano». Los campos
empezaron a funcionar en 1932 bajo la dirección de Eduard Berzin,
fusilado en 1938, ex secretario de Dzerzhinski, ex comandante de los
famosos tiradores letones. Aquel hombre, según Shalámov, se tomó a
pecho la tarea de colonizar una región durísima y supo conservar el ca­
pital humano: alimentación decente, ropa, salarios y bonificaciones
que permitían cumplir en tres años una condena de diez, todo lo cual
explica el destino final de Berzin. En 1938, Kolymá fue transformada
en campos especiales para «reincidentes» y «trotskistas». Nacía el in­
fierno. Sobre ese inmenso territorio hubo, en los peores momentos,
hasta 800.000 presos, según Shalámov.
En esos años, la principal razón de ser de Kolymá era el oro, y
también las minas de uranio y de estaño. La jomada de verano era de
14 horas, sin un solo día de descanso. Había que cumplir a cualquier
coste con el plan de extracción y mantener los contingentes con «el

280
efectivo previsto». En una temporada, los contingentes se renovaban
constantemente, con una mortandad altísima. «Mandarte al oro era
empujarte a la tumba» (Shalámov). La segunda explotación en impor­
tancia era la de las carreteras. Construyeron literalmente sobre los hue­
sos de los muertos una «brecha» central de 2000 kilómetros, con sus
ramificaciones. Esa labor era mucho más leve que la de las minas y la
reservaban a ex zeks condenados a confinamiento. La mina de carbón
era mucho menos mortífera que la de oro; el trabajo en la navegación
sobre los ríos era «un paraíso». En los sovjoses había posibilidad de co­
mer, y por lo tanto de sobrevivir. Lo terrorífico era el oro, al cual se
asignaba el 90 por ciento de los presidiarios.
«En 1938 no se tenía en cuenta el termómetro, sólo si bajaba a me­
nos 56 grados; desde 1939 hasta 1947, a menos 52 grados; después, a
partir de 1952 a menos 46 grados. El campo de 1938 era una cumbre
del horror, de la abyección, de la corrupción. Los años siguientes, los
de la guerra y la posguerra, fueron todos terribles, pero no se pueden
comparár con 1938» (Shalámov, 1995, pág. 19). «Otra cosa: no se pue­
de entender el campo sin conocer el papel de los delincuentes comu­
nes. Precisamente aquel mundo de matones, de ladrones, de proxene­
tas, con sus leyes, su ética y su estética corrompieron el alma de todos,
detenidos, dirigentes o espectadores.» Ellos fueron los colaboradores
del NKVD.

Las oleadas

En Un día en la vida de Iván Denisovich, el gran monólogo de Turín


es una verdadera crónica de las proscripciones en los años treinta; el
destino de Chujov corresponde a la etapa siguiente: soldados rusos
presos, estonios, letones, lituanos, ucranianos... En Archipiélago Gulag,
Solzhenitsyn habla de la «historia de nuestros ductos» y de los «flujos».
Perdónense las repeticiones, pero son de justicia:
1921: la corriente de los de Tambov y Kronstadt; empieza el flujo
permanente, discreto de los estudiantes, los SR, los mencheviques, los
cristianos, los teósofos, los místicos, los espiritistas, hasta que a partir
de 1926-1927 les toca a los de la Oposición Obrera y a los trotskistas,
durante muchos años; en 1928, los yakutos, después de su levanta­
miento; en 1929, los buriato-mongoles, después de su insurrección, y
también los historiadores, y Mijaíl Bajtin y Dmitri Lijachev, muy jo­
ven. También los nepmani, los ingenieros saboteadores, los técnicos,
los especialistas.

281
1929- 1930: el flujo de la colectivización, grande como el río Ob,
se llevó por millones a los campesinos deskulakizados y a sus familias.
Fue una verdadera emigración de pueblos. «Fue la primera experiencia
de ese tipo, por lo menos en la historia moderna. Hitler la repetiría
con los judíos, luego Stalin con las naciones infieles o sospechosas de
serlo» (Solzhenitsyn).
1930- 1936: sigue ese flujo, aumentado por los riachuelos engen­
drados por la colectivización: agrónomos, directores de koljoses y sov-
joses, comisarios, saboteadores, «los que reúnen espigas» (ley del 7 de
agosto de 1932, llamada del «siete-ocho» por el pueblo: diez años
de campo por haber cortado un poco de trigo, «atentado contra la pro­
piedad socialista»). No fiie un arroyo, sino un gran río, porque los pa­
dres mandaban a sus niños, de noche, a cortar trigo para luchar con­
tra el hambre.
1935: empieza el río Kírov; otro río se lleva a los alemanes de
Ucrania, mientras se prepara el diluvio de 1937-1938 sobre el Partido,
su Estado, su Ejército, sus «órganos».

«Durante los años treinta arrestaban al azar. Muchísimas personas


fueron víctimas de la falsa y extraña teoría según la cual la lucha
de clases se activaría en la medida en que se fuera fortaleciendo el
socialismo. Los profesores, burócratas del PC, militares, ingenieros,
obreros y campesinos que llenaron las cárceles no poseían ningu­
na virtud, aparte, quizá, de su honradez personal o su inocencia,
cualidades todas que sólo sirven para debilitar la firmeza moral de
los presos. No eran enemigos del poder, ni criminales de rango es­
tatal, y morían sin entender cuál había sido su falta. Morían de
hambre y de frío» (Shalámov, «El último combate del mayor Pu-
gachov»).

Los otros «flujos» siguieron corriendo: en 1937, los «pueblos espe­


ciales» de campesinos deskulakizados que habían sobrevivido fueron
pasados al Archipiélago; o bien sus habitantes fueron mandados a los
campos, o los pueblos fueron rodeados de una «zona». Durante esos
años, cada ciudad, cada distrito recibió su cuota de arrestos que debían
cumplir en un plazo fijado. La corriente tenía que llevarse a todo tipo
de gente: coreanos del Lejano Oriente, estonios de Leningrado, fusile­
ros y chequistas letones, esposas, Ch.S (miembros de la familia). Sin
hablar de los muertos: de 1937 a junio de 1941, durante cuatro años,
en el bosque de Kuropat, cerca de Minsk, fueron asesinadas más de
cien mil personas, enterradas en quinientas fosas comunes.

282
1939: inmediatamente después del reparto de Polonia entre la
URSS y el Reich, empezó la deportación masiva de los polacos y de
los ucranianos, que se mantuvo hasta junio de 1941, según el lema
«N ikakoi Polshi nikogda nie budiet» («nunca jamás existirá Polonia»). (En
1938 Stalin había mandado disolver el Partido Comunista polaco.)
Unos 250.000 «elementos antisoviéticos» llegaron al Gulag; luego
aconteció la gran razia de la noche del 8 al 9 de febrero de 1940: 110
trenes se llevaron a 220.000 personas hacia el Ártico, entre ellos una
mayoría de polacos, muchos ucranianos y bielorrusos. Se hizo otra re­
dada, del 12 al 15 de abril, para llevarse a las familias de los detenidos
del otoño anterior: 160 trenes transportaron a 320.000 ex polacos rum­
bo a Asia central y Kazajistán. Una tercera redada se produjo a finales
de junio contra los refugiados de la parte occidental de la Polonia ocu­
pada por los alemanes. Había muchos judíos entre los 240.000 depor­
tados hacia Siberia. La última oleada se produjo en junio de 1941 y se
llevó hacia los campos y el exilio a 300.000 empleados, obreros cuali­
ficados, ferroviarios, polacos residentes en los países bálticos incorpo­
rados a la URSS. Cada vez, las víctimas se repartían en tres categorí­
as: los «árrestados», casi todos hombres, iban a uno de los 132 campos
del norte soviético. Ni uno solo de los 3000 deportados a las minas de
Chujotka sobrevivió; muy pocos de los 10.000 regresaron de las minas
de oro de Kolymá. Los que pertenecían a la «categoría especial», so­
metidos al trabajo forzado en el bosque, en las minas de carbón o en
la construcción del ferrocarril en el norte, se beneficiaban de mejores
condiciones. Los «exiliados», mujeres, niños y ancianos en su mayoría,
quedaron dispersos, sin recursos, en 3000 lugares asignados en Asia
central y Siberia.
En total 1,5 millones de deportados, contando a los 200.000 pre­
sos de guerra empleados en los campos: la operación culminó en 1940,
con la liquidación en Katyn de 25.700 oficiales y suboficiales (la ma­
yoría, reservistas: maestros, ingenieros, médicos, etcétera).1 Fue necesa­
ria la ofensiva hitleriana contra la URSS para que terminara ese calva­
rio para una parte de los supervivientes.
1940: estonios, letones, lituanos, los «occidentales» y católicos de
Galitzia, y un pequeño «contraflujo» cuando el NKVD entregó a la
Gestapo algunos alemanes y austríacos, comunistas, socialistas, anti­
fascistas. Los 30.000 checos que habían huido de la anexión nazi fue­
ron enviados a los campos del norte. La Moldavia anexionada fue tam-

1. Carta «ultrasecreta» (Moskovskie Novosti, 10 de abril de 1994, pág. 5) de La-


vrenti Beria a Stalin, 5 de marzo de 1940. (N. del A.)

283
bien «limpiada», así como Carelia: todas las personas con sangre finlan­
desa fueron expulsadas de Leningrado y de Carelia. Los soldados rusos
que habían caído presos en la guerra contra Finlandia fueron juzgados
como traidores.
1941: deportaciones aceleradas en los territorios occidentales ane­
xionados desde 1939 y liquidación de los presos unas horas antes de
la llegada de los alemanes. Empieza la corriente de los alemanes del
Volga, de Ucrania, del Cáucaso. Otra vez, el criterio utilizado es la san­
gre. Uno podía ser miembro del Partido o incluso héroe de la guerra
civil, pero, como alemán, salía hacia Kazajistán: 949.829 en 1941, más
120.192 en 1945.
1941: empieza la larga corriente (hasta 1945) de los soldados «co­
pados» que lograron romper el cerco y fueron sometidos a un duro es­
crutinio antes de ser reincorporados o deportados; de los soldados y
oficiales culpables de haber emprendido la retirada: éstos fueron envia­
dos a los batallones disciplinarios y desaparecieron en el frente.

E l castigo a los «traidores»

En 1943, cuando la guerra empieza a favorecer a la URSS, nace


un nuevo río que se hincha hasta 1946 para llevarse a millones de
personas, civiles que habían vivido bajo la ocupación alemana y so­
viéticos presos de guerra. «Traidores» había por doquier. Poblaciones
enteras fueron castigadas: alemanes, tártaros de Crimea, griegos del
sur, kalmukos de la región entre el Don y el Volga, pueblos del Cáu­
caso: balkares y kabardinos, chechenos e ingusetas, karachái y mesje-
tos; en total unos tres millones, de los cuales la tercera parte murió
en el viaje y durante los primeros meses del exilio rumbo a Asia
central.
Los soldados fueron presa del resentimiento del sistema; los com­
batientes que no habían tenido una muerte heroica cayeron bajo la
sospecha de deserción, de complicidad con el Ejército alemán o, en el
mejor de los casos, de haberse contaminado en sus años de trabajo en
Alemania como Ostarbeiter. Se habla de cinco o seis millones de pre­
sos, de los cuales 1,5 millones habían muerto, muchos de hambre, de­
trás de las alambradas alemanas. Al regresar a la URSS, todos pasaron
por los «campos de filtración» y muchos fueron deportados como «co­
laboradores».
Entre los «traidores» se contaron, a partir de 1945, los emigrados
rusos de 1917-1922, alcanzados por el Ejército Rojo en Europa central:

284
ancianos que habían huido de la revolución y jóvenes que habían cre­
cido allá; una corriente simétrica llegó de Manchuria. Durante todo
1945 y 1946 llegó al archipiélago el río abundante de los verdaderos
enemigos del poder soviético: soldados de Vlásov, cosacos de Krasnov,
musulmanes de las unidades especiales creadas por los alemanes, unos
convencidos, otros obligados. Y también oficiales del Ejército Rojo
que creyeron que la victoria les daba el derecho a criticar; entre ellos
un joven artillero llamado Alexandr Isayevich Solzhenitsyn.
Andréi Vlásov (1900-1946) fue un excelente general soviético, de­
sesperado por las incoherencias del alto mando. En enero de 1942 le
tocó romper el cerco de Stalingrado, y un mes después se encontraba
solo con su ejército, 75 kilómetros dentro del dispositivo alemán. Des­
pués de dos meses de hambruna y de muerte lenta, sin recibir ningu­
na ayuda, resistió todavía hasta julio. Su Ejército fue aniquilado y Vlá­
sov se rindió con los supervivientes el 6 de julio de 1942. Fundó
entonces con otros oficiales un Comité Nacional Ruso antisoviético.
Los alemanes desconfiaron de él y hasta mediados de 1944, cuando la
guerra estaba perdida, no le permitieron levantar un «ejército» entre los
millones de presos rusos. No contó con más de tres divisiones, de las
cuales sólo una, de 18.000 hombres, entró en la batalla en abril de 1945.
En Praga, en mayo de 1945, ese pequeño ejército contribuyó a la
derrota de las SS que controlaban la ciudad y la entregó al general es­
tadounidense Patton. En virtud de ciertos acuerdos, Estados Unidos
entregó a Vlásov y a los vlasovistas a los soviéticos. Generales y ofi­
ciales fueron colgados en 1946 después de un juicio secreto; los solda­
dos fueron deportados y pocos sobrevivieron.
De la misma manera, los británicos entregaron a Stalin «el gran
campamento cosaco», integrado por unas 35.000 personas, soldados
con sus familias que habían llegado hasta Italia. Familias enteras pre­
firieron suicidarse.

Prisioneros, presos de guerra y nuevos flujos

Cientos de miles de soldados alemanes cayeron presos y muchos


fueron mandados al Gulag como criminales de guerra; aunque la
guerra con Japón no había durado sino menos de tres semanas, más
de quinientos mil japoneses fueron enviados a trabajar a Siberia y Asia
central. Entre los prisioneros del frente occidental hubo una categoría
especial: la de los franceses de Alsacia y Lorena, muchos de los cuales
fueron agrupados en un campo especial, el de Tambov.

285
Alsacia y Lorena habían sido anexionadas por el Reich en 1940; sus
jóvenes fueron incorporados al Ejército alemán después de las primeras
derrotas sufridas en Rusia: 130.000 muchachos tuvieron que pelear en
el frente ruso; hubo 18.000 desertores y 10.000 refractarios, aun a ries­
go de ver deportados a sus padres; 22.000 murieron en combate; mu­
chos desertaron, esperando —como en la primera guerra mundial— ser
recibidos como aliados por los soviéticos. Cuando no fueron fusilados,
acabaron en el Gulag. Allá se unieron a ellos los alsacianos y lorenos
capturados en 1945, que fueron reagrupados en el siniestro campo de
la muerte de Tambov. Solamente en ese campo murieron por lo menos
10.000 franceses; 1500 fueron liberados. Luego, algunos más a lo largo
de los años. El último regresó en 1955. Por aquel entonces, según da­
tos oficiales franceses, 243 seguían detenidos en la URSS. No volvió ni
uno más.
A partir de 1945 empezaron a llegar los nacionalistas ucranianos,
que iban a alimentar un río nutrido durante años, y también los na­
cionalistas de los países bálticos que, como ellos, luchaban en una
tenaz guerrilla contra los soviéticos: 300.000 en los campos y en el
exilio.
En 1947 empezó, y se prolongó hasta 1953, la corriente de los
«reincidentes», los que habían agotado su condena y fueron arrestados,
juzgados y condenados de nuevo por la misma inculpación inicial.
Arrestaron también a los adolescentes, hijos de los «reincidentes»; a los
espías imaginarios, ya no germano-nipones, sino anglo-americanos; a
los creyentes, especialmente a los miembros de las sectas; a los estu­
diantes y a los intelectuales culpables de VAT (exaltación de la técnica
estadounidense), VAD (exaltación de la democracia estadounidense) o
PZ (veneración de Occidente). A partir de 1950 empezó la deportación
de las mujeres de los «banderistas» (los insurgentes ucranianos): diez
años de campo por no haber denunciado a sus maridos. Aplastados los
guerrilleros del Báltico, se procedió a la colectivización del campo y a
la «profilaxis social» en las ciudades: se deportó a cientos de miles de
personas.
Quizá para vengarse de su fracaso en Grecia, Stalin mandó a las
«islas» a los insurgentes comunistas del Ejército Markos, refugiados en
Bulgaria. En esos últimos años de la vida de Stalin, el Gulag empezó
a succionar a los judíos, pequeñas dosis, como «cosmopolitas».
La pesadilla no tardó mucho en llegar, después de 1945, para los
tres millones de judíos soviéticos. El mundo tardó en aceptar la evi­
dencia, tanto por la fuerza del mito según el cual la URSS había re­
suelto la «cuestión nacional», como porque el antisemitismo se consi­

286
deraba exelusivo del nazismo. Sin embargo, Stalin compartía el odio
de Hitler contra los judíos, por más que se haya esforzado en disimu­
larlo. Stalin parece haber tenido, después de 1947, el proyecto de li­
quidar a la inteUigentsia judía soviética para hacer desaparecer la cultu­
ra judía y luego deportar masivamente a aquella nación. Desde la
apertura de los archivos se ha escrito esa historia, que parece un thri-
Uer terrorífico.
Todo empieza, aparentemente, con el asesinato en enero de 1948
del director del teatro judío de Moscú, uno de los actores más famo­
sos de la URSS, Solomon Mijoels. Stalin lo apreciaba tanto que lo in­
vitaba al Kremlin a fin de que interpretara personajes de Shakespeare
para él. En sus memorias, el agente Pável Sudoplatov confirma que
Stalin había ordenado el crimen. ¿Por qué? El asesinato debía dar la
señal de un gran proceso contra los judíos. Poco después empezaron
los arrestos de los «cómplices» del Comité Antifascista Judío, califica­
do como «organización criminal, centro nacionalista antisoviético ven­
dido á Estados Unidos». Dicho centro había sido fundado durante la
guerra para lograr el apoyo de Occidente en la lucha contra Hitler. Se
arrestó a la esposa de Mólotov, Polina, que fue deportada; se suspen­
dió el último periódico enytdisb, se detuvo la publicación del Libro ne­
gro, compilado por Vasili Grossman, sobre el genocidio perpetrado por
los nazis; se acusó al Comité Antifascista de haber sido la pantalla para
crear una república hebrea en Crimea (cuando esa idea había sido lan­
zada por el propio poder soviético). En 1949, los «órganos» arrestaron
a Borodin, el famoso asesor de la Revolución china en los años vein­
te. Murió bajo tortura en 1952. Se lanzó una poderosa campaña con­
tra el «cosmopolitismo» y luego contra el «sionismo», contra el Estado
de Israel, inicialmente apoyado por la URSS. Se retomaron todos los
temas del antisemitismo clásico, hasta tal punto que las caricaturas pu­
blicadas por el semanario Krokodil no tenían nada que envidiar al nazi
Der Sturmer. Se instauró la indicación de la nacionalidad «judía» en el
pasaporte interior, para situar así a los judíos en la peculiar situación
de enemigo interior.
Sudaplatov confirma la «limpieza» de los «órganos»: cincuenta ju­
díos, oficiales superiores y generales del NKVD, fueron arrestados;
entre ellos se hallaban el famoso agente Eitingon y el general Belkin,
viceministro de Seguridad. Finalmente, el proceso del Comité Antifas­
cista terminó en agosto de 1952 y los condenados fueron ejecutados,
entre ellos los poetas Peretz, Markish y Lev Kvitko, médicos, historia­
dores, periodistas. Enseguida, los «órganos» pasaron a la siguiente y pe­
núltima etapa: la organización del proceso público de los «médicos-

287
asesinos», de los «batas blancas», culpables de urdir el asesinato de Sta-
lin y de varios miembros del Politburó.
A finales de 1952, principios de 1953, Moscú se llenó de rumores
según los cuales los médicos y farmacéuticos judíos envenenaban a los
ciudadanos corrientes, anunciando que el pueblo se vengaría con el
pogromo. Además, el asunto iba dirigido contra Beria, acusado de ha­
ber disimulado su origen judío (?) y de haber protegido a los crimi­
nales. ¡
El 13 de enero de 1953 se anunció oficialmente el descubrimien­
to del complot de los «médicos terroristas»: nueve personalidades emi­
nentes de la ciencia, académicos y profesores, entre ellos seis judíos;
luego seis más. Eran los médicos del Kremlin... Esa invención fantás­
tica anunciaba el pogromo final, la explosión «espontánea» de indig­
nación popular a la hora del proceso público y luego la intervención
misericordiosa del poder soviético para salvar a los judíos, deportán­
dolos al extremo norte de Siberia. Stalin murió el 5 de marzo. Beria li­
beró inmediatamente a los acusados, que no tardaron en ser rehabili­
tados.

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Saldo demográfico

En los años ochenta y hasta 1995 se produjo entre los investiga­


dores estadounidenses una «batalla de cifras» muy desagradable; la mis­
ma que tuvo lugar en relación con la colectivización y la hambruna se
libró también para los campos, las deportaciones, las condenas a muer­
te, las ejecuciones sumarias, las liquidaciones masivas, los muertos en
tránsito y los muertos de hambre a consecuencia de la represión. En­
tre la escuela revisionista se desarrolló el mismo tipo de actitudes que
el adoptado por los «revisionistas» franceses y alemanes frente al na­
cionalsocialismo y a sus hazañas fúnebres. En el deseo sistemático de
minimizar la cantidad de «reprimidos», se cultivó un fetichismo posi­
tivista del «documento». Se llegó al extremo de creer ciegamente en el

290
valor de las cifras elaboradas por los «órganos», es decir, creer al pie de
la letra al autor de la represión, como si el mito de la bondad del sis­
tema soviético pudiese salvarse si, en lugar de seis millones de muertos,
la hambruna de 1932-1933 se hubiese cobrado solamente tres millones
de vidas; si en lugar de 680.000 ejecutados en 1937-1938, se hubiese
«eliminado» a cien mil nada más, o a «unos miles», como se atrevió a
escribir alguna vez un revisionista.
Inútil entrar en esa fea batalla. Teniendo en cuenta a todos los
autores, desde los que cayeron en la exageración hasta los que mini­
mizaron en extremo la represión; teniendo en cuenta la gran cantidad de
datos nuevos que aparecieron desde 1988 y especialmente después
de 1991, se puede decir lo siguiente:
Se dispone ahora de algunos documentos muy valiosos elaborados
por los «órganos». No permiten contestar todas las preguntas, ni tam­
poco representan todo lo que hay en esos fondos o en el archivo del
ejecutivo, ahora «presidencial». En los cuadros elaborados por el NKVD
no figuran los 25.700 oficiales polacos eliminados con una bala en la
nuca; tampoco los 100.000 cadáveres de las fosas comunes de Kuro-
paty (1937-1941), ni los de Solvoki, Vinnitsa, Járkov, Odesa o Kolpa-
shevo, para mencionar algunas tumbas masivas excavadas, en los últi­
mos años. Tampoco figuran en las cuentas de los «órganos», para el
periodo anterior, las víctimas de la colectivización y de la hambruna.
Un millón o dos millones de kazajos (la imprecisión es fabulosa) «des­
aparecieron» entre 1929 y 1937: algunos autores dicen que huyeron a
China, otros que murieron de hambre o fueron liquidados. Para los
años 1939-1946 tampoco aparecen las «naciones castigadas».
Pero ahora se dispone del censo de 1937, el verdadero, puesto bajo
sello y guardado en secreto hasta 1990; un censo que costó la vida a
sus principales autores porque señalaba la «ausencia» de millones de
personas, entre 15 y 18. Ausencia, déficit demográfico, no significa de­
saparición: es la suma de un excedente de mortalidad, desaparición y
los nacimientos que nunca tuvieron lugar (cuando eran previstos). Este
censo de 1937 da las estadísticas del Gulag en un capítulo reservado,
el de las categorías «secretas»: Ejército, prisiones, campos, colonias pe­
nitenciarias, residencia forzada.
Por definición, los cuadros son estáticos, no tienen en cuenta la
rotación acelerada de la población del Gulag (entradas y salidas, la sa­
lida que disimula muchas veces la muerte); sin embargo, otros docu­
mentos de la misma fuente represiva permiten estimar las entradas en
1937 en 700.000 personas y señalar el enorme flujo de entradas entre
1945 y 1947. La caída entre 1941 y 1944 se debe al traslado al Ejérci-

291
Cifras
Año En los campos En las «colonias» Total

1929 120.000 ?
1930 170.000 ?
1931 156.000 }
1932 188.000 (67% de campesinos)
1933 203.000
1934 510.000 (Las colonias pasan a estar bajo control del NKVD)
1935 725.000 240.000 965.000
1936 840.000 460.000 1.300.000
1937 820.000 375.000 1.195.000
1938 996.000 885.000 1.880.000
1939 1.317.000 355.000 1.672.000
1940 1.344.000 316.000 1.650.000
1941 1.700.000 560.000 2.260.000
1942 1.400.000 360.000 1.700.000
1943 980.000 500.000 1.480.000
1944 660.000 516.000 1.179.000
1945 710.000 745.000 1.460.000
1946 ?
1947 > '
1948 1.100.000 1.090.000 2.190.000
1949 1.200.000 1.140.000 2.340.000
1950 1.400.000 1.150.000 2.550.000
1951 1.530.000 994.000 2.524.000
1952 1.700.000 800.000 2.500.000
1953 1.730.000 740.000 2.470.000

Cuadro 3. El Gulag y sus detenidos. Nota: En 1940 existían 53 campos princi­


pales, que, con sus campos subordinados, sumaban unos 500 «Lager ITL» (Is-
pravitelno-trudovye lageria) y 475 campos menos duros, las «colonias» (ITK: Is-
pravitelnotrudovye kohnii), más 50 colonias para menores y 90 cunas. En 1944,
las 53 estructuras madre manejaban 667 campos ITL, a los cuales se sumaban
475 colonias ITK. La novedad consistía en 17 nuevos campos de «régimen re­
forzado», durísimos, y, peores aún, cinco campos disciplinarios (katorzhanie).

to de un millón de detenidos (sacrificados con sus batallones discipli­


narios) y a la muerte por inanición de otros 500.000.
Finalmente, los archivos de los órganos proporcionan informacio­
nes muy concretas sobre la vida cotidiana que confirman los testimo­
nios de las víctimas; confirman también la importancia económica de

292
la mano de obra servil, que tuvo un papel primordial en las minas y
los bosques. Nótese que las direcciones centrales del Gulag no eran
geográficas, sino económicas: Dirección de las Construcciones Hi­
dráulicas, de las Construcciones Ferroviarias, de Puentes y Caminos, et­
cétera. En esos documentos, el detenido es una mercancía, objeto de
contratos; la rentabilidad es un problema permanente: algunos pien­
san que, al sobrar mercancía humana, se la debe explotar al máximo,
sin tener en cuenta a los muertos, mientras que otros prefieren pro­
longar la vida de los esclavos y aumentar su productividad con mejo­
res tratos (Wérth y Moullec, documentos 2, 3, 11, 19, 20, 22 y 23 del
capítulo «El otro mundo»).
Las fuentes nos permiten completar esos datos. Así, en 1937, a los
821.000 de los campos, 375.000 de las colonias y 545.000 de las cár­
celes, se sumaban los 916.800 «deportados» en «pueblos de trabajo», lo
que duplica el total de la población reprimida: casi 2,4 millones.
Un informe de marzo de 1938 de Yezhov a Mólotov sobre los cam­
pos del Lejano Oriente precisa que del 1 de octubre de 1937 a febrero
de 1938, 443.000 personas habían sido transferidas de las prisiones a los
campos, de las cuales 140.000 lo fueron hacia el Fondo Baikal-Amur.
Oficialmente, en 1937-1938 se arrestó a un millón de personas.
Si bien entre 1946-1947 los datos para los campos son demasiado
inseguros, se puede calcular que entre 1941 y 1948, por lo menos 3,267
millones de personas fueron deportadas (en exilio, no en los campos).
El sistema represivo alcanzó su apogeo después de la segunda
guerra mundial. En 1949 había en los campos 2,5 millones de perso­
nas y un poco más en exilio (total: 5.183.772; es de admirar la preci­
sión burocrática). En 1953 son respectivamente 2,7 millones y 2,5 mi­
llones (total: 5.221.881), a los cuales se deben añadir los 240.000 presos
de 541 cárceles.

kQuién?

Las últimas investigaciones han visto subir el porcentaje de los


«políticos» entre los reprimidos; esa revisión es insuficiente, porque
muchos «delitos comunes» no lo eran. Quedémonos con las cifras ofi­
ciales de «contrarrevolucionarios», a sabiendas de que no significan
mucho, dada la variabilidad del concepto.
En los campos, los contrarrevolucionarios son el 26,5 por ciento en
1934; curiosamente, a la hora del terror político, esa cifra desciende has­
ta el 13 por ciento en 1937 y el 18 por ciento en 1938. Asciende al 34

293
por ciento el año siguiente y fluctúa alrededor del 30 por ciento, hasta
alcanzar el 38 por ciento en 1948. En 1951 son el 31 por ciento; en
1953, el 27 por ciento, y a finales de 1955 caen al 1,2 por ciento.
En 1937, en los campos de trabajo los hombres constituyen el 94
por ciento de la población; son adultos en su gran mayoría. Esos ras­
gos se mantuvieron siempre de tal manera que el demógrafo Alain
Blum hizo el cálculo siguiente: las clases entre veinte y sesenta años
de edad suman 38 millones de varones; eso significa que un varón de
cada siete pasó por los campos entre 1934 y 1953.

Sumas

Werth calcula que entre 1934 y 1947, 10,4 millones de personas in­
gresaron en los campos; Zemskov calcula 10,75 millones. Sumando
campos y «colonias», los dos llegan a 15 millones. Faltan aún los años
1948-1953. No nos alejamos de los 20 millones de los que se hablaba
desde la muerte de Stalin. Edwin Bacon (1994) estima, para 1934-1953,
14 millones de ingresos en el Gulag, cuatro o cinco millones en las co­
lonias, más tres millones en los «pueblos de trabajo». Ni Werth, ni
Zemskov, ni Bacon ni nadie incluye en esos cálculos la incógnita de
las ejecuciones sumarias y de los desaparecidos en tránsito. Werth y
Moullec concluyen que entre 15 y 20 millones de personas sufrieron
en el «otro mundo».
Las únicas cifras que tenemos para las ejecuciones son oficiales y
para las ejecuciones «oficiales», con las formalidades de un juicio, por
más expeditivo que haya sido. Varían entre 786.000 y 900.000, de un
total de 3,853 millones de sentencias. En 1937-1938 hubo 681.000 eje­
cuciones... cifra oficial.
La muerte tenía otras maneras de llevarse a los reprimidos: el tra­
bajo y el hambre, y la hambruna durante los años de guerra, hicieron
estragos. Oficialmente, entre 1934 y 1947, 964.000 personas murieron
en los campos, pero, según Shalámov, se mezcló en las estadísticas a
los muertos en el Gulag y a los muertos en la guerra: una operación
facilitada por la movilización de muchos presos. El demógrafo hace
notar que la mortalidad en los campos era del 25 a 40 por mil antes
de 1941 y subió al 200 por mil en 1941-1943, cuando la media mas­
culina nacional, para la población de quince a cincuenta y nueve años,
era del 12 por mil. Sin comentarios.
Ciertamente no hubo en permanencia, entre 1936 y 1953, 10 mi­
llones de personas en el Gulag; tampoco fueron cinco millones los

294
D e ten id os

2 .600.0 0 0 -

Aftos

Gráfico 7. El Gulag y sus detenidos.

muertos que se llevó el Gran Terror. Sin embargo, los 2,5 millones de
reprimidos de 1937 y los cinco millones de 1953 son cantidades enor­
mes. La represión zarista se queda pequeña, por más que haya sido
mucha según los criterios democráticos. Hasta los cien liquidados por
Hitler en la «noche de los cuchillos largos» siguen siendo pocos fren­
te a los 681.000 ejecutados en 1937-1938. El crimen nacionalsocialista
estaba aún por venir en su forma masiva.
Hay que recordar que cada unidad en esos cuadros, en esas cifras,
representa una vida mutilada o sacrificada. No se puede cuantificar el
sufrimiento.

295
Varlam Shalámov escribió:

«Dicen que aramos poco profundo, tropezando y resbalando; es


que no es posible arar nuestra tierra más profundo.
»Es que estamos en un cementerio, ablandamos la capa de arriba,
tenemos miedo de tocar huesos, apenas cubiertos de tierra».

Y Mandelstam dejó ese epitafio:

«Pronto se sembró el campo de tumbas, el poder es abominable,


como las manos del barbero».

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La república de Platón

La enseñanza de Marx es todopoderosa porque es verdadera.

Lenin
l

El Gran Terror de 1936-1939 ha pasado a la historia como la cum­


bre criminal de Stalin y como la más fantástica de sus hazañas, por­
que fue dirigida primero contra las elites soviéticas, contra «los hom­
bres de Stalin», lo cual le dio una dimensión irreal. Eñ la historia
soviética oficial, el Gran Terror era el parteaguas entre leninismo (bue­
no) y estalinismo (malo). Por eso mismo, ese episodio recibió mucha
más atención que la colectivización y la hambruna. Sin embargo, fue
Lenin quien dijo, pensando en Robespierre: «Un régimen dispuesto a
ejercer un terror ilimitado no puede ser derribado». Fue Lenin quien
empezó a ejercer tal ilimitado terror, con la aprobación de todos los
bolcheviques. Cuando Stalin apunta y subraya la declaración de Ro­
bespierre (4 de febrero de 1794) de que «hay que gobernar a los ene­
migos del pueblo con el Terror», muestra ser un buen alumno de
Lenin. Hasta el humanista Gorki llegó a decir: «Si el enemigo no
se rinde, hay que exterminarlo» (15 de noviembre de 1930). Y: «Hay
que exterminar al enemigo sin misericordia ni piedad» (2 de enero
de 1935). Y el poeta de las juventudes comunistas declamó: «¡Fusi­
larlos es poco, es poco, muy poco! ¡Carroña emponzoñada, crápulas,
canallas imperialistas que ensucian nuestras orgullosas balas socia­
listas!».
Ningún gobierno había infligido jamás tantas bajas a su propio
pueblo en tiempos de paz. Mao repetiría la hazaña treinta años des­
pués. La Alemania nazi de 1938, con sus 25.000 detenidos en campos
de concentración, parece casi «normal».

297
Para los contemporáneos, verdugos y víctimas, soviéticos y espec­
tadores lejanos, se trataba de un misterio tan grande como terrible. No
ha dejado de serlo. En el expediente de Hénrich Yagoda se puede leer
la siguiente escena. En su celda, el ex primer verdugo declara al agen­
te «enkavedista»: «“Pero Dios existe.” “¿Qué?”, pregunta el agente. “Muy
sencillo. De Stalin no merezco más que la gratitud, por mis leales ser­
vicios. Pero de Dios he merecido el castigo más duro, por haber vio­
lado miles de veces sus mandamientos. Y ahora mira dónde me en­
cuentro y decide tú mismo si Dios existe o no”».
Entre los antiguos cazadores, transformados en presas, hubo reac­
ciones menos metafísicas, pero no faltaron los que recapacitaron y se
sintieron culpables, no de lo que figuraba en su expediente —traición,
espionaje, sabotaje, etcétera—, sino de lo que habían hecho en nombre
de la Causa. Entre los no comunistas, la misma idea tomó la forma si­
guiente: toda la historia de Rusia en el siglo XX es un castigo repetido;
la Revolución de febrero castigó a la alta nobleza por su inmovilismo
egoísta; Octubre y la guerra civil castigaron al burgués y al intelectual
por su llamamiento irresponsable a la revolución; la colectivización
fue el castigo a los campesinos por su rapacidad, por su crueldad a la
hora del «reparto negro» y de la guerra civil; las purgas y el Gran Terror
no eran más que la última oleada de castigo, ahora contra los comu­
nistas, culpables de sus crímenes contra todos. Todos culpables, todos
castigados.
Quien dice misterio no dice irracional. Chateaubriand apuntó en
sus Memorias de ultratumba que, en la Revolución francesa, «el Terror fra­
casó porque no alcanzó a durar el tiempo necesario. No consiguió su
meta porque no pudo hacer caer bastantes cabezas; habría necesitado
400.000 o 500.000 más; precisamente faltó tiempo para la ejecución de
tan largas matanzas y no quedan sino crímenes inconclusos, de los cua­
les no se puede recoger el fruto, no habiendo el último sol de la tor­
menta terminado de madurarlo». Stalin tuvo el tiempo y recogió el fru­
to maduro; pero tuvo que levantar periódicamente el hacha.
Chateaubriand acierta hasta en las cantidades que correspondían a
una Francia de 28 millones de habitantes. Alexander Wat, al reflexio­
nar sobre esa tremenda desgracia, irreparable, irremediable que cayó
sobre millones de familias, escribe:

«Cuando la cantidad toma una enorme importancia, se transforma


en calidad; no sólo se transforma en calidad, sino que da a toda la
sociedad otro perfil, otro sentido. Es el viejo problema de Sodoma.
La pregunta de Dios: ¿cuántos justos? Pasa lo mismo con el geno-

298
cidio hideriano. No es que haya más, ni que pese más. Todo es di­
ferente, incomparable, por más que se trate de la misma cosa, des­
pués de cierto límite, se vuelve incomparable» (Wat, pág. 600).

E l totalitarismo

Esa temible novedad que surgió en el siglo XX como «otro mundo»,


negro y espantoso, ha recibido el nombre de «totalitarismo». Nuestro
siglo empezó con una guerra que asombra por el contraste entre la ni­
miedad de las causas y la inmensidad de las consecuencias destructoras.
Se prolongó con matanzas nunca vistas. Los nombres de Kolymá y
Auschwitz designan novedades de las cuales la humanidad no tenía ex­
periencia. Es un hecho que la más alta concentración de asesinatos se
observó en las zonas que conocían la más ambiciosa de las experiencias
históricas. Se trataba, tanto para el comunismo como para el nacional­
socialismo, de acabar con el viejo mundo para construir un «hombre
nuevo». Los dos movimientos pretendieron erradicar para siempre
el mal político y social, purificar la tierra; ambos lograron engendrar el
mal en exceso y confundirlo con el bien. Mediante la pluma de Vasili
Grossman, un personaje de V iday destino dice en 1942:

«Pude ver en acción la fuerza implacable de la idea de bien social


que nació en nuestro país. La vi durante la colectivización total; la
vi una vez más en 1937. Vi que se exterminaba a la gente en nom­
bre de una idea del bien, tan bella y humana como la del Cristia­
nismo. Vi poblados enteros morir de hambre, vi en Siberia a hijos
de campesinos deportados morirse en la nieve, vi convoyes que lle­
vaban a Siberia a cientos y miles de personas de Moscú, de Le-
ningrado, de todas las ciudades de Rusia, gente de la que se había
dicho que eran los enemigos de la grande y luminosa idea del bien
social. Esa idea grande y bella mataba sin piedad a unos, destro­
zaba la vida de los demás, separaba a las mujeres de sus maridos,
arrancaba a los padres de sus hijos.
»Ahora, el horror del fascismo alemán está flotando sobre el mun­
do. Los gritos y los llantos de los moribundos llenan el aire. El cie­
lo está ennegrecido, el humo de los hornos crematorios ha extin­
guido el sol.
»Pero esos crímenes inauditos, nunca vistos antes en todo el uni­
verso, jamás vistos por el hombre sobre la Tierra, se cometen en
nombre del bien» (pág. 382 de la edición francesa).

299
Y Alexander Wat exclama: «La pérdida de la libertad, la tiranía, el
hambre hubiesen sido más fáciles de soportar sin la obligación de lla­
marlos libertad, justicia, el bien del pueblo». La confusión total.
Esa confusión caracteriza un sistema de dominación sin preceden­
tes que se presentó bajo los aspectos diferentes, hasta opuestos, del co­
munismo y del nazismo. Ambos extrajeron de la guerra mundial el di­
namismo y los recursos para realizar la «dominación total» (según la
palabra de Hannah Arendt) sobre un espacio máximo y a una pro­
fundidad social abismal. La idea de la movilización de todos los re­
cursos y de todas las energías, bajo un mando único, dejó de ser utó­
pica con la radicalización, la legitimación, la industrialización de la
violencia entre 1914 y 1918. Los dos tipos totalitarios exigieron obe­
diencia incondicional y, además, fe. Tuvieron fieles, despertaron la creen­
cia y el fanatismo. Que se hayan construido a través de la violencia no
permite olvidar esa dimensión religiosa.
Víctor Serge dice que está «casi seguro de haber sido el primero
que definió el Estado soviético como un Estado totalitario», en su car­
ta testamento del 1 de febrero de 1933 (Memorias, pág. 1321): «En la
hora actual estamos cada vez más en presencia de un Estado totalita­
rio, castocrático, absoluto, embriagado de su poder, para el cual el
hombre no cuenta». Los fascistas italianos habían acuñado la palabra
«totalitario» para valorar su Estado como opuesto al Estado liberal. En
los años treinta se usó para todas las dictaduras monopartidistas; Ni-
kolái Berdiáyev, Cari J. Friedrich, Waldemar Gurian sentaron entonces
las bases de teorías más completas, como la de Hannah Arendt (1951)
y la de Cari J. Friedrich y Zbigniew K. Brzezinski (1956). No es el lu­
gar para presentarlas; basta con decir que el totalitarismo es el resulta­
do de un triple proceso: identificación entre poder y sociedad, homo-
geneización del espacio social, encierro de la sociedad. Eso se logra
con el partido único de masas, una ideología oficial o «religión secu­
lar» (Raymond Aron), «logocracia» (Czeslaw Milosz), «ideocracia» (Ni-
kolái Berdiáyev, Waldemar Gurian) que explica cómo la humanidad va
de manera ineluctable hacia un estado perfecto, a partir del rechazo ra­
dical del presente; un terror dirigido no sólo contra los adversarios,
sino potencialmente contra todos, de manera que atomiza la sociedad,
aísla al individuo, forma al «hombre nuevo». La ideología utiliza todos
los medios de información, propaganda y formación para instaurar la
convicción de que una parte de la humanidad es radicalmente super-
flua y debe ser eliminada.
Así definido, el totalitarismo no tiene precedentes. Ninguna dicta­
dura, ninguna tiranía, ningún despotismo reunió todas esas caracterís-

300
ticas en el pasado. A partir de la reflexión sobre esa «novedad» se afir­
mó que el paralelismo entre la URSS de Stalin y él Reich de Hitler era
legítimo; que sólo estos dos sistemas podían calificarse como totalita­
rios (Mao no había dado el salto hacia delante); que no eran monolí­
ticos ni todopoderosos: por totalitarismo se entiende no un Estado
empíricamente todopoderoso, sino un sistema que pretende absorber
todas las funciones de la sociedad.
El terror tiene su necesidad lógica precisamente porque el sistema
conoce límites y fracasos y, por lo tanto, necesita hacer la guerra a la
sociedad. Lo que parece irracional para un observador externo no lo
es dentro de la lógica del sistema. Los comunistas, a la hora de la
derrota en el verano de 1941, encuentran todavía los recursos y la ener­
gía para deportar a un millón de alemanes del Volga; los nazis movili­
zan trenes que su Ejército necesita a la hora de la batalla de Norman-
día, para llevar a los presos a los campos de la muerte. Una generación
de historiadores de la URSS trabajó en esa perspectiva: Leonard Scha-
piro, Merle Fainsod, Robert Conquest, Martin Mafia, Richard Pipes y
Adam Ulam entre otros. Entre los rusos, Alexandr Solzhenitsyn, Mijaíl
Heller, Alexandr Nekrich.
Luego, en el Estados Unidos de los años sesenta, de la guerra de
Vietnam, nació la «sovietología», primero entre politólogos, economis­
tas y sociólogos, después entre los historiadores. Esa nueva generación, »
a partir de la «desestalinización» emprendida por Jruschov, cedió en Es­
tados Unidos a la ilusión que había sido la de la izquierda intelectual
europea entre 1935 y 1948, a la hora del «antifascismo». En la prime­
ra etapa dictaminó que la URSS había dejado de ser totalitaria; en la
segunda, que nunca lo había sido realmente y que la palabra «totalita­
rismo» se aplicaba exclusivamente a los fascismos.
En esa perspectiva, representada por Leopold Haimson, Jerry
Hough, Stephen Cohén, Moshe Lewin, Sheila Fitzpatrick y muchos
más, la URSS no fue más que un país autoritario en vías de desarro­
llo. La teoría de la modernización, en lugar de la del totalitarismo, per­
mitía tomar al pie de la letra la versión de Jruschov sobre el buen Le-
nin y el malo (accidental) Stalin. La NEP se transformaba en edad de
oro y modelo, la revolución recuperaba su gloria romántica y la ideo­
logía desaparecía por completo. Así, J. Arch Getty llegó en 1985, con
su Origins ofthe Great Purge, a decir que «sólo unos miles» fueron eje­
cutados y «many thousands» detenidos; minimizó la importancia del
terror frente al desarrollo social e institucional de la época: las purgas,
después de todo, aceleraron la movilidad social.
Los disidentes en la URSS y en Europa del Este se quedaron con

301
la palabra y con el concepto de totalitarismo y cuando en 1989-1991 la
URSS se esfumó, los revisionistas de la sovietología estadounidense se
quedaron bien solos frente a sus colegas rusos, ucranianos, lituanos, et­
cétera, que adoptaron el concepto de totalitarismo. Estos últimos con­
sideran que el «sovietismo» debe verse como una unidad a partir de
octubre de 1917 y que es algo radicalmente distinto de todo lo que lo
había precedido, tanto en Rusia como en Europa. Subrayan el carác­
ter«integralista», «totalitario» de ese extraordinario —en el sentido lite­
ral de la palabra—intento para llevar y mantener la «utopía en el po­
der» (Heller y Nekrich).
Al preferir la escuela del «totalitarismo», dan al mismo tiempo la
razón a los escritores, a los poetas que captaron la realidad desde un
principio y que no se negaron, por escrúpulos académicos, a emitir jui­
cios de valores y a afrontar problemas éticos. Zamiatin, Platónov, Bul-
gákov, Ajmátova, Mandelstam, Milosz, Grossman, Wat, Solzhenitsyn,
Shalámov, captaron lo que escapó a las conceptualizaciones y a las in­
vestigaciones de los revisionistas. Lo que no se le escapó a Hannah
Arendt: el problema moral del mal, del Malo. «El problema del mal
será la cuestión fundamental de la vida intelectual de la posguerra en
Europa —así como la muerte fue la cuestión fundamental después de
la última guerra» (la primera guerra mundial), escribía en 1945. En
nuestro mundo poscristiano, discutir del mal es algo extraño, raro, ana­
crónico, como invocar al diablo. «El problema con la sabiduría histó­
rica es que se muere en nuestras manos cuando intentamos aplicarla
honestamente a las experiencias políticas centrales de nuestro tiempo.
Todo lo que sabemos del totalitarismo demuestra una horrible origi­
nalidad que ningún paralelismo histórico puede aligerar.» Por eso, Arendt
desarrolló después el tema de la «banalidad del mal», más horrible aún
por ser banal, como «bancarrota del sentido común».
Una sola página de Vasili Grossman pesa más en nuestras con­
ciencias que los libros de los historiadores.

Ideologíay reeducación

«La imaginación y la fuerza interior de los malvados de Shakespeare


se contentaban con diez cadáveres porque no tenían ideología...; gra­
cias a la ideología, le tocó al siglo XX experimentar la maldad a la esca­
la de millones de muertos» (Solzhenitsyn), logrando «la producción de
millones de cadáveres» (Arendt). Eso explica que durante veinte años,
en todos los parvularios de la URSS, las niñas soviéticas cantaran: «Soy

302
una niña, canto y bailo, no conozco a Stalin, pero lo quiero», y que
años después también cantaran: «Soy una niña, canto y bailo, no co­
nozco a Lenin, pero lo quiero». El Dios escondido.
El «compañero de viaje», Alexander Wat, no duda en afirmar que
el estalinismo tuvo raíces, de una profundidad inaudita, en las reaccio­
nes de las masas comunistas. «La única realización perfecta, absoluta­
mente pura del marxismo, del comunismo, ha sido el estalinismo, en
especial el de los años 1937-1941, con su magnífico terror» (pág. 213).
Wat habla de «la labor constructiva de Stalin, esa labor genial, realiza­
ción de una gigantesca república platónica, de un mundo enteramente
cerrado, de un Estado que tenía su paideia propia, una verdadera pere-
hovka [en ruso], una refundación de las almas» (pág. 236). ¿Cómo se lo­
gra esa perekovka? A propósito de una líder comunista polaca, cuyo es­
poso ha sido asesinado por el NKVD, Wat escribe: «Una maravillosa
lección estalinista. Nada de sueños. De un solo golpe, un solo choque,
el zen, una patada en el hocico y la conciencia se reestructura. De ahí
sigue uña refundación del alma» (pág. 298).
Pasando a la sociedad de las cárceles soviéticas, que conoció de­
masiado bien, Wat desarrolla su teoría del estalinismo como periodo
maduro del marxismo-leninismo: «Es la socialización por la desocia­
lización. Es la introducción del tercero; lo cual quiere decir: cuando
seáis dos reuniéndoos, estaré entre vosotros. Esa educación soviética
aparece desde la cárcel, lo cual significa que mi amigo codetenido es
mi amigo por el NKVD, por el Partido, por el conducto de Stalin.
Evangélico. El marido lo es de su mujer, por el Partido, por el con­
ducto de Stalin» (pág. 351). Es la regla de la gran destrucción de los la­
zos sociales entre los hombres, contra toda forma de comunidad, se­
gún lo vieron Orwell y Arendt.
Resumiendo a Wat, la prisión soviética es como el zen, una acción
por el absurdo, una refundación, una reeducación del alma. «Hay que
empezar por matar la vida interna del hombre. Todo un sistema
que llevaba a la desorganización, al asesinato, a la agonía psíquica. Ese
asesinato consciente era muy hábil» (pág. 354).
Los exterminios masivos no son, en la historia, accidentes excep­
cionales, sino que la crueldad está en la naturaleza de los hombres y
de sus sociedades, pero allí todo aquello tomaba «una nueva, una ter­
cera dimensión más profunda y sutil: una gigantesca empresa de
corrupción del lenguaje. ¡Ojalá fuesen únicamente mentiras e hipo­
cresía! La mentira está en nuestra naturaleza, todos los gobiernos son
hipócritas. Pero aquí se mantenían juntos, con ostentación, con una
perseverancia diabólica, un conjunto coherente de nombres pompo­

303
sos (libertad, justicia...) y una realidad monstruosa que los negaba y, bajo
amenaza de exterminio, obligaba a creer totalmente en su identidad. Por
primera vez en la historia se procedió en tal colosal escala, a tal ritmo y
con tal lógica a la reeducación policiaca de las almas» (pág. 389).
En esa perspectiva (el terror permanente), los campos adquieren su
sentido: los campos eran tan horribles para que todos lo supieran. Así,
su nombre de campos de reeducación por el trabajo (Ispravitelno-tru-
dovye lageria) no era engañoso. Era efectivamente un instrumento edu­
cativo, no para los que en ellos sufrían y morían, sino para todos los
que seguían fuera, para todo el pueblo soviético. «El tema de los cam­
pos, siempre presente en la conciencia, y la palabra lager, eran ambos
estrictamente tabúes, y precisamente esa dualidad, al suscitar un pavor
religioso, provocaría cuanto antes la perekovka (reeducación) de las al­
mas» (pág. 400).
Arrestar a la gente al azar, sin causas, no era el resultado del de­
sorden, ni era absurdo tampoco. Era una planificación en grado su­
premo, surrealista, que obedecía a una. lógica no aristotélica fundada
sobre los principios del zen y de Pavlov: una acción por choques, con­
trastes, para provocar la confusión más total en los espíritus.

«Ésa era la conquista más genial del comunismo: haber desarrai­


gado completamente el criterio eterno de la verdad y de la menti­
ra. El amo, el único dueño de toda cosa, de todo hombre y de
toda palabra, decidía cada vez. Y cada vez con la misma arbitraria
infalibilidad, la verdad y la falsedad de cada enunciado; según su
decreto de ayer, la palabra “Hitler” designaba la encamación de
Belcebú; hoy designa, con la misma total sinceridad y sencillez
de espíritu, el nombre venerado de un aliado» (pág. 418).

Otro ejemplo: en 1942, la palabraj7¿/ (insulto para agraviar a los


judíos) estaba rigurosamente prohibida y, dos años después, volvió a
usarse a diario.
Wat cuenta cómo Gengis Jan, al ordenar la masacre de los 100.000
habitantes de Bujara que se habían entregado sin pelear, dijo a los de­
legados de la ciudad: «Seguro que han pecado terriblemente contra
Dios para que Él les haya mandado a Gengis Jan». «Rusos, ucranianos,
etcétera, seguro que han pecado terriblemente contra Dios para que Él
les haya mandado a Stalin», es, quizá, lo que pensaba Stalin en el si­
lencio de su conciencia. «Si es que tenía conciencia» (pág. 430).
La corrupción se encontraba en el corazón de la ideología comu­
nista, tanto en los medios como en el fin. Uno de los más grandes mi-

304
tos emancipadores del siglo XIX degeneró en hecatombe y en callejón
sin salida. En 1909, Serguéi Bulgákov, ex marxista, escribía de sus an­
tiguos compañeros: «Da un salto histórico en su imaginación y, como
no le interesa el camino que su salto le hace atravesar, no ve más que
el punto luminoso que se encuentra al borde mismo del horizonte his­
tórico. Tal maximalismo está marcado por la obsesión, la autohipnosis
ideológica, paraliza el pensamiento y produce un fanatismo sordo a la
voz de la vida» (Veji [r], Moscú, pág. 39).
El proyecto de construir un «hombre nuevo» resultó inhumano;
como afirmó Bukovski, Marx, al igual que Fausto, encontró su Mefis-
to primero en Lenin, luego en Stalin; los medios usados estuvieron a
la altura del fin perseguido, de tal manera que la justicia social, la li­
bertad, la igualdad, el final de todas las alienaciones, esas metas perse­
guidas por Marx, culminaron en el miedo, la represión, el terror y la
desigualdad. Tan cierto es que los medios definen el fin.

¿Será ruso el sovietismo f

Muchos, al revisar la historia rusa, han querido hacer del terror y


del doubletbink, de la Checa y del «Gran Hermano» algo específica­
mente ruso, totalmente extranjero a la historia de Europa, así como
muchos han realizado la misma operación con el nazismo, Hitler y la
historia alemana. No faltan personajes, instituciones, episodios, tam­
poco citas para ilustrar tal tesis: la filiación correría desde el yugo mon­
gol hasta Stalin (Asia contra Europa), pasando por Iván y Pedro; el
despotismo asiático y la teocracia anuncian el partido único y la Igle­
sia-partido con su Corpus doctrinal y su inquisición; la oprichnina pre­
figura la Checa... Custine (1839) ofrece un repertorio de citas («Si al­
guna vez se lograse operar una verdadera revolución a través del
pueblo ruso, la matanza sería regular como las revoluciones de un re­
gimiento»); Michelet profetizó (1863): «Rusia no admite de nosotros
más que el mal. Absorbe, atrae todo el veneno de Europa; lo devuel­
ve aumentado y más peligroso. Ayer nos decía: "Soy el cristianismo”,
mañana nos dirá: “Soy el socialismo”». Yuri Afanásiev, hoy en día, afir­
ma que a lo largo de la historia rusa corre un despotismo inmutable
en su estructura profunda, sin que lo sepan Lenin, Stalin, Brezhnev,
Gorbachov o Yeltsin (1992).
Tesis interesante, tesis insostenible, porque se puede proceder al
mismo juego, en sentido opuesto, coleccionando datos y citas. Des­
pués de todo, desde Pedro hasta 1914, Rusia no dejó de alejarse del

305
despotismo y de acercarse a un orden más pluralista y «europeo». Ade­
más, la novedad radical de Lenin y Stalin no desaparece cuando se los
compara con la obra de Iván o con el proyecto de Pedro. Queda, irre­
ductible, la ideología. Lo entendió Berdiáyev, que había empezado por
subrayar los elementos de continuidad entre la historia rusa y la so­
viética: Pedro, como protobolchevique en su deseo de aniquilar la vie­
ja Rusia; el fanatismo del raskol, como antecedente de la nueva fe; la
intejligentsia en el siglo XIX y en la revolución, con el mismo dogma­
tismo intolerante, con el mismo odio al liberalismo; el nihilismo se­
ñalado por Dostoievski. Berdiáyev vio cómo «el materialismo de Marx
se cambia en un idealismo sin frenos» y cómo «lo que hay de malo en
el bolchevismo viene de Iván el Terrible y no de Marx». Pero señaló
que la guerra había engendrado un tipo nuevo de revolucionario, ra­
dicalmente distinto del idealista de 1840, del nihilista de 1860.
Todo aquello era profundamente «ajeno a la cultura rusa»; Lenin, en
su antihumanismo, anunciaba él siglo xx y daba «el único ejemplo de un
Estado “totalitario” fundado sobre la dictadura de una cosmovisión, de
una doctrina ortodoxa impuesta a la población entera» (1935, pág. 284).
Así que eran raíces rusas, en parte, pero raíces europeas contemporáneas,
principalmente. Sobraban en Europa los enemigos de la democracia: Le-
bon, Michels, Pareto, Sorel, Spencer..., por no hablar de los artistas y de
los intelectuales. Del mismo terreno brotaron el sovietismo y el nazismo.
Por eso tenía razón el viejo Plejánov, portavoz de la corriente marxista
socialdemócrata, cuando concluía: «La historia rusa no ha molido aún la
harina con la cual se hará el pan blanco del socialismo»; por eso vale
comparar la URSS de Lenin y Stalin con el Reich de Hitler.

Los hermanos enemigos

Trotski dijo que Stalin y Hitler eran «estrellas gemelas»; se puede


decir que sufría un prejuicio contra su rival y que personalizaba de­
masiado la historia. El dicho popular que corría en Rusia y en Euro­
pa central («comunismo y nazismo son las dos caras del diablo en el
siglo xx») no merece esa crítica. Durante mucho tiempo, tal compa­
ración fue tabú; digamos desde que la URSS cambió de línea exte­
rior y participó en el «antifascismo» (1935-1936). Tratar ese tema fue
el pecado nunca perdonado a los partidarios de la tesis del «totalita­
rismo».
Alexander Wat no tuvo tales escrúpulos:

306
«Para mí, todo empezó con la colectivización y luego las numero­
sas semejanzas que notaba entre el comunismo y el hitlerismo. An­
tes de los procesos de Moscú fue el hitlerismo el que me alejó del
comunismo porque veía analogías, estructuras, Gestalten semejantes,
empezando por el culto al líder, por la eliminación de la oposición.
Cada uno aprendía del otro. La alternativa, o el comunismo o el
fascismo, era una falsa alternativa. No dudaba, como el burro de
Buridán, entre sus dos manojos de pasto» (págs. 229, 254).

Eso se podía decir, eso se dijo mucho en los años veinte, y a prin­
cipios de los años treinta. En aquel entonces, la comparación parecía
evidente. Hasta Romain Rolland, «compañero de viaje», no dudaba en
escribir en 1927: «Portador de altas ideas (o, mejor dicho, porque el
pensamiento no fue nunca su fuerte, representante de una gran causa),
el bolchevismo las ha arruinado por su sectarismo estrecho, su inepta
intransigencia y su culto a la violencia. Engendró el fascismo, que es
un bolchevismo al revés». Thomas Mann apuntaba en su Diario, a la
hora de la victoria de Hitler: «El nazismo es un bolchevismo alemán».
Marcel Mauss, el gran antropólogo francés, emparentado con Durk-
heim, escribía en 1936: «El Partido Comunista acampa en medio de
Rusia, exactamente igual que el partido fascista lo hace en Italia y el
partido hitleriano en Alemania». André Gide fue más lejos en su Re­
greso de la U R SS (1936): «Dudo que en algún país, ni siquiera en la Ale­
mania de Hitler, el espíritu sea menos libre, más humillado, más ate­
morizado, más avasallado, que en la URSS».

«No es Alemania la que se va a volver bolchevique», dice Hitler en


1934, «sino el bolchevismo el que se transformará en una manera
de nacionalsocialismo. Además, son más los lazos que nos unen al
bolchevismo que los elementos que nos separan. Sobre todo, hay
un verdadero sentimiento revolucionario que se vive en toda Ru­
sia, menos donde hay judíos maixistas. Siempre supe distinguir y
he ordenado que los antiguos comunistas sean admitidos en el Par­
tido, sin dilación. El pequeñoburgués socialista y el jefe sindical no
serán nunca nacionalsocialistas, pero el militante comunista sí.»

Rudolf Hilferding, el economista marxista, escribía en 1940 (Sot-


sialisticbeskii Vestnik, París, mayo) que hacía falta discutir para saber si
la economía soviética era «socialista» o «capitalista». «Es la economía
de un Estado totalitario, es decir, un sistema al cual la economía ale­
mana se está acercando cada día más.»

307
Vasili Grossman, periodista y escritor soviético, dedicó su admira­
ble novela Vida y destino, terminada en 1960 y publicada por primera
vez en 1980 en Suiza, al horrible misterio de las semejanzas entre los
hermanos enemigos.
En común tienen el voluntarismo, la exaltación de la voluntad en
la política. Empieza con «del pasado hagamos tábula rasa» y se pro­
longa con la pasión revolucionaria que quiere reducirlo todo a lo po­
lítico. Por lo tanto, todo es factible, cuestión de voluntad.
Ese voluntarismo ignora la resistencia de las cosas, y de esas otras
cosas que son los hombres. Si el plan, si la batalla de la producción o
la batalla militar no se logran, es que hay mala voluntad, sabotaje, trai­
ción. En esto hay más, mucho más, de Nietzsche que de Marx: La vo­
luntad de poder. La razón razonante hasta el delirio de «la ciencia de la
historia», del marxismo-leninismo, termina por compartir el mismo ni­
hilismo del farragoso nacionalsocialismo. Comulgan en la denuncia
nietzscheana del Occidente democrático y mercantilista, en el despre­
cio de las libertades «burguesas». Eso explica que los campos sean la
institución común a los dos regímenes y que en Vida y destino Gross­
man pase constantemente de un KZ nazi a un lager soviético. A pro­
pósito de campos como el del Terror, François Furet emplea la palabra
«misterio», a la que, por cierto, regresa muchas veces en su libro. Hay
un misterio; se dice que el poder «aburguesa». En el caso de Stalin y
Hider, la victoria multiplica los crímenes. Stalin elimina a millones de
hombres en nombre de la lucha contra la burguesía; Hitler hace lo
mismo en nombre de la lucha por la pureza de la raza. «Misterio del
mal en la dinámica de las ideas políticas en el siglo XX.» Esos extermi­
nios, en la dimensión industrial del siglo XX, no admiten explicación
marxista alguna. Que todo esté supeditado a la voluntad de un hom­
bre, sea Lenin, Stalin o Hitler; que esas dictaduras inauditas sean tan
horriblemente independientes de los intereses de clase, no admite ex­
plicación marxista tradicional. Ningún interés de clase explica las gran­
des matanzas comunistas; el genocidio nazi es programado por la ideo­
logía y de ninguna manera por intereses de clase. Es más, va en contra
de los intereses de la nación y de la conducción de la guerra. Uno tie­
ne ganas de decir, como Rabbi Nahman: «El infiemo existe, es de este
mundo, pero nadie se atreve a decirlo». Hay un misterio en la seudo-
dictadura del proletariado, así nombrada por antiffase: tanto sobre y
contra el proletariado como sobre y contra la sociedad de su país.
Alemania vio nacer el Partido Nacionalsocialista, pero fue ella
quien tuvo el Partido Comunista más fuerte de Europa... Al respecto,
Karl Jaspers dijo: «El fascismo y el bolchevismo no son una solución,

308
pero sí una forma conveniente de escapar de los problemas que acarrea
la libertad..., ninguna nación es inmune a engendrar el mismo mons­
truo».

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310
12
La guerra

La diplomacia soviética, 1920-1941

Tres hombres representaron para el mundo exterior la política in­


ternacional de la URSS durante esos veinte años: Gueorgu Chicherin
hasta 1930, luego Maxim Litvínov hasta el 3 de mayo de 1939, cuan­
do su sustitución por Viacheslav Mólotov anunció el Pacto Germano-
Soviétifco. La representaron, pero no la hicieron. Lenin la definió, a la
hora de la NEP, cuando se esfumó la esperanza de la revolución mun­
dial. La definió como dual en su esencia:

«Debemos manifestar nuestro deseo de restablecer de inmediato


las relaciones diplomáticas con los países capitalistas sobre la base
de la no intervención más completa en los asuntos intemos [...] Se
pondrán locos de contento, nos abrirán de par en par las puertas
por las que entrarán nuestros agentes del Komintern y nuestros es­
pías del Partido, encargados de establecer células en sus países, ha­
ciéndose pasar por representantes diplomáticos, culturales y co­
merciales» (Obras completas, XLIV, pág. 208).

Coexistir con los estados capitalistas hasta poder destruirlos: co­


merciar, recibir sus inversiones, intercambiar diplomáticos no implica­
ba que «se hiciera la paz con el capitalismo», repitió cien veces Lenin.
«Aprovechar sus contradicciones», «comprarles las sogas para colgar­
los»: Stalin no olvidó esas reglas leninistas, que correspondían a una
concepción inédita de las relaciones internacionales. A corto plazo,
la táctica de la coexistencia al servicio de la estrategia; a largo plazo, la
subversión total del adversario.
A la táctica corresponden los numerosos pactos firmados, ya que
la URSS necesitaba la paz más que nadie; mientras, el Komintern de­
sarrollaba su labor revolucionaria y empujaba a la guerra, a las guerras.
Ese doble juego tenía sus inconvenientes: veamos el ejemplo de Ale­
mania en 1923.

311
Desde 1921, incluso antes del Tratado de Rapallo entre los dos
países, la URSS había deslizado un acuerdo secreto de cooperación mi­
litar con Alemania que permitía a esta última burlar las cláusulas mili­
tares del Tratado de Versalles. Pudieron montar bases ultrasecretas para
formar a sus pilotos y sus tanquistas, hasta para entrenarse en el uso
de los gases de combate; a cambio, los alemanes montáron cerca de
Mqscú una fábrica de aviones y la fábrica número 8 de cañones Krupp.
Pero, en el mismo año de 1923, el Komintern lanzaba un levanta­
miento comunista en Alemania. ¡Los soviéticos colaboraban con la
Reichswehr, que aplastaba a los comunistas alemanes, alentados por
Moscú! En casi todos los países ocurrieron hechos comparables, hasta
en México, cuando en 1929 el Komintern lanzó al matadero a Gua­
dalupe Rodríguez y a otros militantes, lo cual llevó a la ruptura de las
relaciones diplomáticas.
Esa «contradicción» caracterizó los años veinte. En 1920 fracasó la
marcha militar sobre Varsovia y también la pequeña guerra contra Per­
suadirán); la intervención militar fue permanente en el norte de Afga­
nistán, hasta que, en 1928, un levantamiento islámico derrotó a los
protegidos de la URSS. En Bulgaria, el 16 de abril de 1925 un aten­
tado en la catedral de Sofía (120 muertos) debía provocar uña insu­
rrección que fracasó. En Turquía, entre 1920 y 1923, y en China des­
pués, se apostó inútilmente por el hombre fuerte: Mustafá Kemal, Chiang
Kai-shek. Esa línea se perdió en los desastres de 1927, cuándo Chiang ase­
sinó a los comunistas de Shanghai y luego a los de Cantón, empuja­
dos al levantamiento por Moscú. A finales de 1921, el Ejército Rojo
había ocupado Mongolia, provocando un conflicto con China, topán­
dose luego con Japón. Seguía permanente la tentación de exportar la
Revolución a punta de bayoneta.
En 1928, después del VI Congreso del Komintern, Stalin resolvió
el dilema de la política exterior, poniéndola al servicio del «socialismo
sólo en su país». Eso explica el relevo de dirigentes, tanto en el Ko-
mintem como en Relaciones Exteriores. En 1925, Stalin había dicho:
«Si la guerra ocurre, no podremos quedamos con los brazos cruzados.
Tendremos que entrar, pero los últimos. Lanzaremos nuestro peso
decisivo a la balanza, para que se incline a favor nuestro». Tal análisis
explica la línea aparentemente titubeante seguida entre 1928 y 1939.
A la hora del plan quinquenal y de la colectivización, Stalin quiere la
paz. Sin embargo, hasta 1933 piensa que los países capitalistas avan­
zados están al borde de una crisis económica (surge en 1929) y de le­
vantamientos revolucionarios. Da la prioridad a la lucha contra la so-
cialdemocracia, calificada como «enemigo principal», «social-traidores»,

312
«social-fascistas». En Alemania, el poderoso Partido Comunista lucha
codo con codo con los nazis, contra los socialistas. Todos los partidos
comunistas pasan al control absoluto de Moscú: «Es auténticamente
revolucionario quien protege y defiende a la Unión Soviética sin re­
servas, abierta e incondicionalmente» (Stalin).
Hasta 1931, la URSS no fue nunca amenazada; en 1931, Japón em­
pieza su expansión, pero el Extremo Oriente está lejos. En Alemania, el
Partido Comunista lucha lealmente contra el «social-fascismo» y Moscú
ve en el nazismo algo «positivo», que va a «exacerbar las contradiccio­
nes interimperialistas», al afrontar el nacionalismo alemán con el «mili­
tarismo franco-británico». La llegada al poder de Hider en 1933 y la pro­
hibición del Partido Comunista, después del incendio del Reichstag, no
cambian nada: se negocia con Hitler la renovación del tratado de 1926.
El VII y último Congreso del Komintem, en 1935, inauguró una
nueva línea, aparentemente opuesta a la anterior: se dejó de hablar de lu­
cha de dases, de dictadura del proletariado, de social-fascismo, con el fin
de exaltar el «frente popular para la paz y contra el fascismo». Esa era la
consecuencia directa del gran cambio diplomático del año anterior, des­
pués del deterioro de las relaciones con Alemania, los pactos conse­
cuentes con Checoslovaquia y Francia, y el ingreso de la URSS en la Liga
de las Naciones (noviembre de 1934). Durante cuatro años, la «lucha por
la paz» significó «la defensa de la URSS». Sin embargo, se siguió una po­
lítica de no enfrentamiento con Alemania y, en varias ocasiones, se bus­
có resucitar «el espíritu de Rapallo», despreciado por Hitler.
El 28 de febrero de 1936 se ratificó el Pacto franco-soviético de ayu­
da mutua; dicho pacto no tenía ninguna convención militar, a diferen­
cia de la alianza franco-rusa de 1891, y Stalin pudo averiguar pronto la
debilidad de las democracias. Bajo el pretexto del pacto, Hider introdu­
jo a su Ejército en Renania, contra lo dispuesto por los tratados de paz.
Stalin observó con amargura y soma la inacción franco-británica. Eso,
después de su impotencia frente a la agresión italiana en Etiopía, lo con­
firmaba en su preferencia secreta por una alianza con Alemania, para
alejar el verdadero peligro. La guerra civil española, a partir de julio de
1936, acabó de convencer a Stalin de lo correcto de su intuición.

La guerra de España y la U RSS

La breve participación soviética en la guerra representó el último


esfuerzo de Stalin para jugar la baraja «antifascista» en Europa occi­
dental. A tres semanas del inicio de la guerra, los alemanes y los ita-

313
líanos intervenían abiertamente. La URSS se adhirió a la política euro­
pea de no intervención, pero frente a la farsa que de hecho era deci­
dió, a finales de agosto, principios de septiembre, ayudar a los repu­
blicanos. No se sabe todavía bien quién tomó la decisión de mandar
el material y los hombres que tuvieron un papel decisivo en la victo­
ria de Madrid. En el momento del primer proceso de Móscú, en esos
mismos días, Stalin estaba de vacaciones en el mar Negro; algunos
piensan que fue el Politburó el que decidió la intervención en España;
que Stalin recuperó después esa decisión, para presentarse como el
campeón del antifascismo. Lo importante es que a principios de 1937,
en enero-febrero, la ayuda militar1 perdió importancia y se transfor­
mó en ayuda económica limitada y costosa.
En la batalla de Madrid, Alemania y la URSS se enfrentaron con
sus hombres y su material; sin embargo, las relaciones siguieron sien­
do buenas entre los dos regímenes. Hitler tuvo frente a la guerra civil
española una actitud comparable a la de Stalin. Le permitía presentar­
se como el campeón del antibolchevismo frente al mundo. Stalin vio
en esa guerra, al principio (se desilusionó pronto), la oportunidad de
llevar a las democracias y a Alemania a una sangrienta guerra de des­
gaste que haría de él el árbitro de Europa. Hitler explicó a su Estado
Mayor, en noviembre de 1937, que no tenía ningún interés en lograr
una victoria de Franco al ciento por ciento, que lo suficiente era evi­
tar su derrota para mangonear las democracias y a Mussolini: «Nues­
tro interés está en continuar la guerra para mantener la tensión en el
Mediterráneo. [...] Dentro de tres años estaremos listos; si nos dan cin­
co años, mejor». Tanto para Hitler como para Stalin, la guerra sirvió
de diversión.
Pero para Stalin había una dimensión ausente para Hitler: era una
guerra contra los trotskistas, los anarquistas, los mencheviques, todos
sus enemigos de siempre. Esa guerra le importaba más que aquella otra
contra Franco, Mussolini y Hitler. La coincidencia cronológica es im­
presionante: al mismo tiempo, en España y en Moscú, se exterminan
la generación y los símbolos de la Revolución de Octubre, se realiza la
gran purgarse desata el terror. Las jomadas de mayo de 1937 en Bar­
celona, la Operación Nikolái para liquidar a Andreu Nin, van a la par
con la poda del Ejército Rojo. El cónsul soviético en Barcelona, Vla-
dímir Antónov Ovseenko, el «héroe» de la toma del Palacio de Invier­

1. Esa ayuda consistió en 648 aviones, 1186 cañones, 27.000 ametralladoras pa­
gadas en efectivo por la República; 800 consejeros (2000 en tres años), las Brigadas in­
ternacionales (12.000 en permanencia: se rotaron 40.000 hombres). (N . del A .)

314
no, hizo la labor sucia en España, antes de regresar para morir en Mos­
cú. Así cayeron todos los «mexicanos»; los Rosenberg, Koltsov, Berzin,
Goriev, Kleber... En esa España era «medianoche en el siglo» (Víctor
Serge).
Lo más fabuloso es que la guerra de España cerró los ojos del mun­
do democrático sobre lo que pasaba en la URSS y permitió a Stalin
capitalizar el antifascismo durante muchos años, a pesar del breve
eclipse de 1939-1941. El antifascista número uno se alió con Hitler cin­
co meses después de la caída de Madrid...

Stalin y Hitler

Ambos desempeñaron un papel decisivo en el Pacto Germano-So­


viético, pero dentro de una larga historia común ruso-alemana y de
una breve historia paralela que unía el nacionalsocialismo con el co­
munismo. En la larga duración, hay que recordar la imbricación de los
pueblos germanos y eslavos en el Báltico, Ucrania, Finlandia, el Volga;
en el siglo xix, el técnico alemán, el médico, el militar es un persona­
je clásico de la literatura rusa. En esa historia plurisecular, las malas re­
laciones son excepcionales —la ruptura de la alianza concertada por
Bismarck fue el error fatal de Guillermo II, que llevó a la primera
guerra mundial— y las alianzas son normales a lo largo de los siglos
XVIII y XIX, por no hablar de las relaciones económicas, científicas y
culturales. Rusia y Alemania fueron los dos grandes imperios derrota­
dos y humillados a finales de la primera guerra mundial; en esos dos
países nacieron y triunfaron los dos totalitarismos. Tanto Lenin como
Stalin mostraban más simpatía hacia Alemania que hacia las democra­
cias. El segundo congreso del Komintern afirmaba: «¡La Alemania so­
viética unida a la Rusia soviética se revelaría más fuerte que todos los
países capitalistas unidos!». Karl Rádek, en junio de 1923, propuso una
colaboración con los nacionalsocialistas alemanes contra las «manio­
bras» de Francia e Inglaterra, recordando la existencia de una corrien­
te nacional-bolchevique en Alemania. <No decía Goebbels que «la
URSS es el verdadero aliado de Alemania contra los demonios y
la corrupción de Occidente»? Entre 1929 y 1933 se decidió luchar, al
lado de los nazis, contra los socialistas alemanes, según la falsa analo­
gía de 1917, cuando el asunto Komílov había abierto la vía a los bol­
cheviques, cuando el enemigo era «el social-fascismo» de la época, a
saber, los mencheviques. Según este análisis, Hitler era el Kornílov
alemán.

315
Cuando Hitler llegó al poder, Stalin creyó concertar con él un
acuerdo comparable al que acababa de firmar con Mussolini, después
de varios años de excelentes relaciones. La renovación de los acuer­
dos de Rapallo y nuevos créditos, otorgados a la URSS por los indus­
triales alemanes, lo confortaron en esa ilusión, pronto disipada por
Hitler, quien, contra los partidarios de la tradición bisinarckiana de
alianza con Rusia, numerosos en el Ejército y en Relaciones Exterio­
res, se apegó a sus tesis claramente expresadas en M ein Kampf: la ex­
pansión alemana se haría hacia el este, contra los eslavos. Rechazó to­
das las aperturas soviéticas hasta que Stalin, decepcionado, suspendió
la colaboración militar y se orientó hacia Francia y la Liga de las Na­
ciones, para abrir un nuevo juego.
No perdió nunca la esperanza de volver a Alemania contra el oes­
te, con el fin de usarla, según sus propios términos, como «un rom­
pehielos para dislocar el mundo capitalista». El 26 de enero de 1934
(XVII Congreso del Partido) expresó:

«Algunos políticos alemanes dicen que la Unión Soviética se orien­


ta hacia Francia y Polonia, que ha dejado de ser hostil al Tratado
de Versalles y que tal cambio se debe a la instauración de un régi­
men fascista en Alemania. No es cierto [...] El fascismo en Italia
no impidió las mejores relaciones con este país. Hemos sido orien­
tados, nos orientaremos siempre en función de la Unión Soviéti­
ca. Si sus intereses exigen relaciones más estrechas con tal o cual
país, no dudaremos en amarrarlas».

La historia de los contactos entre los dos regímenes es continua des­


de 1933. En 1935, Stalin manifestó su aprobación cuando Alemania re­
pudió las cláusulas militares de Versalles y restableció la conscripción; en
el mismo año, David Kandelald, georgiano de su confianza y agregado
comercial en Berlín, fue encargado de buscar el acercamiento con los na­
zis; en 1936 encontró a Goering. En ese año se firmó el Pacto Antiko-
mintem entre Alemania, Italia y Japón; soviéticos y alemanes combatie­
ron en España; a pesar de ello, el Reich concedió a la URSS créditos
sustanciales, lo cual convenció a Stalin de que algún día se entenderían.
La liquidación de Tujachevski y del alto mando militar debe si­
tuarse en esa perspectiva. Tujachevski, como estratega, consideraba que
el enemigo número uno era Alemania, como en 1914-1917. Era parti­
dario, por lo tanto, de una guerra preventiva contra Hitler, al lado de
Francia e Inglaterra, Polonia y Checoslovaquia. Eso contradecía el aná­
lisis de Stalin.

316
En ese marco conflictivo, Stalin debió de recordar un escrito de
Trotski: «Si estallaba una guerra, cualquier Tujachevski no tendría nin­
gún problema en derribar el régimen, con la ayuda de todos los ele­
mentos antisoviéticos en la URSS». En enero de 1936, en Londres, Tu­
jachevski intentó convencer a los ingleses de la necesidad de forjar una
alianza contra Hitler; hizo lo mismo en París, en febrero, pero sus
colegas franceses siguieron siendo escépticos y el general Gamelin le
contestó, el día 11, que Francia actuaría solamente después de una
agresión alemana. «Será demasiado tarde», comentó el mariscal sovié­
tico, quien defendió todavía su tesis en Moscú, frente al Soviet Su­
premo, cuando Stalin volvía a sondear a los nazis. Tujachevski, citan­
do M ein Kampf, concluyó: «La guerra es inevitable..., lo más sabio sería
prepararse inmediatamente».
El 12 de abril de 1936, el mariscal perdió su título de comisario
adjunto a la Defensa y, el 3 de septiembre de 1936, Stalin ordenó a
YezhoV abrir una investigación sobre Tujachevski. El 23 de mayo de
1937, Stalin advirtió a Voroshilov: «Tengo en mente alguna forma
de colaboración con Hitler, quizás algún día hasta una alianza. Pero
para esó debo deshacerme [...] de una pandilla de militares [...] que
quieren a cualquier precio una guerra preventiva contra Alemania». Se­
gún Krivitski, Klim Voroshilov habría contestado: «Quieres arrestarlo
como agente alemán para poder entenderte con los alemanes». El 27
de mayo, Tujachevski fue arrestado.

E l Pacto Germano-Soviético

La poda del Ejército en 1937-1938 prueba que Stalin no contaba


con atacar Alemania, sino que pretendía desarmarla con un pacto. La
lógica de las purgas va en el mismo sentido: deshacerse de todos los
eventuales críticos y rivales para lograr su Brest-Litovsk, sin sufrir la opo­
sición, las derrotas conocidas en aquel entonces por Lenin. Alexander
Wat se pregunta qué significaba fusilar a todo el alto mando, esos ge­
nerales magníficos, cuando la guerra se perfilaba en el horizonte:

«Significa que Stalin no creía en la guerra. Servía a sus planes: dis­


paraba sobre varias liebres a la vez. El Ejército era la única fuerza
capaz de rebelarse. Stalin temía que Hitler hiciese una guerra pre­
ventiva, por miedo al comunismo. Era una manera de decirle: “No
deben tener miedo, no haremos la guerra, fusilamos a todo el Es­
tado Mayor, a todos nuestros oficiales superiores. ¿Cómo haríamos

317
la guerra?”. En el delirio de Stalin veo un método extraordinaria­
mente consecuente, fuerte. Es el sentido de España. Stalin no pen­
saba instalar aquí un régimen comunista, sino sólo crear dificulta­
des a los capitalistas. Oponer a Francia e Inglaterra contra Italia y
Alemania».

i Entre diciembre de 1936 y febrero de 1937, Kandelaki presentó por


el conducto de Schacht proposiciones soviéticas a Hitler, que éste no
contestó. En marzo de 1938 se produjo el Anschluss, la anexión de Aus­
tria por el Reich. Nadie se movió, lo cual confirmó a Stalin que era in­
útil y peligroso contar con las democracias. La ofensiva alemana con­
tra Checoslovaquia culminó eá septiembre con la vergüenza de
Múnich. El 4 de octubre de 1938, el embajador francés Coulondre es­
cuchó el comentario de Potemkin, en Moscú: «Mi pobre amigo, ¿qué
han hecho? En cuanto a nosotros, no veo otra conclusión sino un
cuarto reparto de Polonia». Potemkin hablaba así sobre instrucciones
de Stalin, quien lanzaba rumores de un pacto con los alemanes. ¿Para
despertar a las democracias? Abría un formidable juego de póquer. Los
occidentales no habían querido exponer a sus soldados en España, me­
nos aún en Austria; habían abandonado y, peor todavía, desarmado a
sus aliados checos. El asunto quedaba claro; no aceptarían morir por
Danzig. Stalin había esperado, en cada episodio, una guerra larga y
agotadora entre Alemania y las democracias. En vano. Era tiempo de
lograr un acuerdo con Alemania, especialmente cuando Japón multi­
plicaba las presiones militares en Corea, Manchuria y Mongolia.
En marzo de 1939, el Ejército alemán entró en Praga, luego arre­
bató Memel a Lituania. Las exigencias presentadas a Polonia y guarda­
das en secreto por el Gobierno polaco fueron dadas a conocer por una
«fuga» organizada por alemanes opuestos a las aventuras de Hitler. El
6 de marzo, Trotski escribió en el Boletín de la Oposición: «Un acuer­
do entre Hitler y Stalin sólo podría asombrar a los tontos incorregibles
de las diversas variedades de “frentes democráticos” y “ligas por la
paz”». El 10 de marzo, Stalin afirmó en el XVIII Congreso del PCUS
que la URSS no sacaría a otros las «castañas del fuego» y que no ha­
bía «razón a la vista para un conflicto con Alemania», por más que las
potencias buscasen «excitar a Rusia contra ella». El 1 de abril, Hitler,
en Wilhemshafen, afirmó: «La Unión Soviética no quiere sacar las cas­
tañas del fuego a las potencias occidentales». Era decirle a Stalin: «En­
tendido».
Stalin sondeó las intenciones occidentales: ¿se podría pensar en
una guerra contra Hitler? Frente a su apatía, movió una pieza: el 3 de

318
mayo de 1939, Mólotov, «culo de hierro», sustituyó a Litvínov en Re­
laciones Exteriores. Berlín saludó la nominación de un verdadero
«ario» (Litvínov era judío).
Las negociaciones con los franceses y los británicos siguieron has­
ta el último momento como pantalla y también para presionar a Hit-
ler. Éste tomó su decisión a principios de julio, cuando ordenó al Es­
tado Mayor preparar el ataque contra Polonia para el 1 de septiembre;
decidió negociar con los soviéticos para no pelear sobre dos frentes,
como en 1914. Todo fue muy rápido. Hitler ofreció territorios en el
Báltico y en Polonia. Stalin preguntó a las democracias qué harían si
la URSS tomaba bajo su protección ciertos territorios en el este de
Europa. El 20 de agosto empezó una gran batalla entre el Ejército Rojo
(900 tanques y 800 aviones) y los japoneses en Jaljin-Gol (Mongolia)
que terminó el 31 con victoria rusa. El 23, Ribbentrop llegó a Moscú
y, después de 24 horas de negociaciones, se firmó en la noche el Pac­
to Germano-Soviético con su anexo secreto. Stalin había juzgado que
«más vale pájaro en mano que ciento volando», pensando que retrasa­
ba la guerra, alejaba el campo de batalla de la URSS y recuperaba con
creces el territorio perdido en 1918. Para Hitler, el pacto permitía com­
batir en un solo frente; además, estaba convencido de que, con la
alianza soviética, los occidentales le dejarían actuar en Polonia. Tanto
Hitler como Stalin pensaban que, tarde o temprano, habría guerra en­
tre Alemania y la URSS.
Al día siguiente, los soviéticos se enteraron con estupefacción de
la existencia de una alianza «antiimperialista» para diez años, inmedia­
tamente aplicable, entre su país y quien era, hasta el día anterior, el
enemigo más feroz de la humanidad y, en particular, del «primer Es­
tado socialista en el mundo». Ese «pacto de no agresión» fue pre­
sentado como un «instrumento de paz», un «acto de paz» que permi­
tiría «aliviar la tensión internacional». Sin embargo, el protocolo secreto
precisaba que «en caso de cambios territoriales y políticos, la frontera
septentrional de Lituania sería considerada como la frontera que deli­
mitaba las esferas de influencia soviética y alemana». El párrafo 2 de­
terminaba: «La cuestión de saber si es del interés de las dos partes man­
tener la independencia del Estado polaco, y la de las fronteras de dicho
Estado, no será definitivamente arreglada sino en el curso de los de­
sarrollos políticos por venir». Llegaron el 1 de septiembre, en forma de
ofensiva general del Ejército alemán.
En las actas de las negociaciones y de la firma aparece la alegría
del Kremlin. Los periódicos soviéticos publicaron el brindis de Stalin:
«Levanto mi copa a la salud del canciller del Reich. Sé cómo lo quie­

319
re el pueblo alemán. Sé que los alemanes quieren la paz». Los diarios
no publicaron lo que sigue: «El Gobierno soviético considera el pacto
con la mayor seriedad. Stalin puede dar su palabra de honor de que la
Unión Soviética no traicionará a su camarada». Speer cuenta que cuan­
do llegó el telegrama que anunciaba la firma, Hitler bailó de alegría y,
agitando el puño, gritó: «¡Ahora los tengo!».

Aplicación del pacto

Una semana después, Alemania invadió Polonia. A los dos días, el


3 de septiembre, Inglaterra presentó un ultimátum que Hitler recibió
con consternación y enojo: «¡Me han engañado!». El desplome pola­
co, en sólo unos días, tomó a Stalin por sorpresa; había pensado que
franceses y británicos, al entrar en el conflicto, provocarían una larga
guerra de desgaste mutuo, al estilo 1914-1918. Al firmar el pacto ha­
bía creído que lograría sus fines: veinticinco años después de agosto de
1914, hacer inevitable la guerra, evitándola sólo para la URSS; un gol­
pe maestro. Y resultaba que Polonia había dejado de existir antes de
cualquier batalla sobre el Rin. ¡Qué sorpresa más desagradable! No
quedaba más camino que hacerse con su parte del botín antes de que
fuese demasiado tarde. El 14 de septiembre, Mólotov preguntó a Ber­
lín cuándo iba a caer Varsovia, para declarar que Polonia había dejado
de existir y que las minorías nacionales, emparentadas con el pueblo
soviético, necesitaban ser protegidas. El 17 de septiembre, el Ejército
Rojo atacó por la espalda al Ejército polaco y ocupó el territorio que
le reservaba el protocolo secreto. El 31 de octubre, Mólotov se vana­
glorió en el Soviet Supremo: «Bastó que el Ejército alemán y luego el
Ejército Rojo le diesen un breve golpe a Polonia para que no quedara
nada del hijo monstruoso del Tratado de Versalles». La prensa soviéti­
ca celebró con exaltación la «guerra polaca» y la «liberación de Bie-
lorrusia y Ucrania occidentales».
Se puede, se ha intentado, explicar, justificar el pacto del 23 de
agosto con argumentos dudosos, pero nadie ha podido justificar el pac­
to de amistad fronteriza del 28 de septiembre de 1939. Los historia­
dores soviéticos no lo mencionaban, como tampoco el protocolo se­
creto. La URSS se comprometía a abastecer al Reich de materias
primas estratégicas (trigo, petróleo, metales); en la «extinguida» Polo­
nia, el NKVD y la Gestapo iban a colaborar en la lucha contra la re­
sistencia nacional; en testimonio de amistad, el NKVD entregó a la
Gestapo 800 comunistas alemanes y austríacos refugiados en Moscú y

320
arrestados en los años del terror. En la parte secreta del nuevo pacto
se modificaron las zonas de influencia: la URSS conseguía Lituania a
cambio de la provincia de Varsovia.
La URSS impuso de inmediato a los tres países bálticos «pactos de
asistencia mutua», equivalentes a una ocupación militar, prefacio a una
futura anexión. El 31 de octubre de 1939, Moscú presentó sus exigen­
cias territoriales a Finlandia, aliada tradicional de Alemania, abando­
nada a la hora del pacto. Stalin pedía la desmilitarización de la fron­
tera, la cesión de territorios hasta 70 kilómetros al norte de Leningrado
y la base militar de Hanko. La negativa finlandesa provocó la invasión,
justificada por el llamamiento de un Gobierno pelele comunista. En
esa «Guerra de invierno», los soviéticos sufrieron tremendas pérdidas
(150.000 muertos) frente a la resistencia heroica del pequeño pueblo
finlandés. El Ejército Rojo tardó tres meses en avanzar 30 kilómetros,
pero la toma de Vyborg obligó a Finlandia a firmar una dura paz: la
U R SS1se anexionaba Carelia con Vyborg. La falta de preparación y
la debilidad del Ejército soviético (en una guerra de agresión) conven­
cieron a Hitler de que no sería un adversario temible.
La campaña de Francia, segunda brillante Blitzkrieg, fue la segunda
sorpresa desagradable para Stalin. Ya no se trataba de la despreciable
Polonia, sino de la gran Francia. Se apresuró en anexionarse ensegui­
da, en el mismo mes de junio, los tres países bálticos con una rapidez
y una brutalidad que sorprendió a los alemanes; «resolvió» al mismo
tiempo la «cuestión de Besarabia», anexionándola, y también la Buko-
vina, que nunca había sido mencionada en los acuerdos. La guerra de
Finlandia había sido el primer golpe desagradable para Hitler; éste fue
el segundo. En menos de un año, la URSS había incorporado a 23 mi­
llones de habitantes y la gloria de Stalin alcanzaba el cénit. Convenci­
do de que si no se provocaba a Hitler éste no atacaría, se cuidó mucho
de que eso no ocurriese; mientras, seguía en su línea de aumentar los
efectivos del Ejército y de armarlo a ultranza. El material no era un pro­
blema, sino el mando: en el verano de 1941, el 75 por ciento de los cua­
dros militares y el 70 por ciento de los políticos llevaban menos de un
año en sus funciones. El cuerpo de los oficiales no tenía la experiencia
necesaria para mandar pequeñas unidades. De manera febril se intentó
corregir los efectos de la poda, abriendo, en 1940, cuarenta y dos nue­
vas escuelas militares y duplicando la capacidad de las academias.
El 31 de julio de 1940, un mes después de que Stalin hubiese pues­
to la industria en pie de guerra (semana de siete días de ocho horas de
trabajo), Hitler tomó la decisión de atacar la URSS de manera pre­
ventiva, antes de que su Ejército fuese demasiado fuerte. En agosto,

321
Hitler arbitró el conflicto territorial entre Rumania, Hungría y Bulga­
ria; obligó a la primera a ceder parte de Transilvania y el sur de Do-
brudzha, y puso a Rumania bajo la protección de la Wehrmacht.· así
ponía fin a la expansión rusa en los Balcanes.
Luego, los alemanes consiguieron de Finlandia el derecho de usar
su territorio para hacer transitar sus tropas. El 18 de diciembre de 1940,
Hitler firmó la orden de preparar la Operación Barbarossa, es decir, la
invasión de la URSS. A esas alturas, la aviación alemana había perdi­
do la batalla de Inglaterra y, como su Marina no tenía capacidad para
organizar un desembarco, no se le veía fin a la guerra. ¿Por qué Hitler
decidió atacar a su aliado soviético, antes de haber terminado en el fren­
te occidental?, ¿por qué corrió el riesgo de combatir en dos frentes? No
es posible discutirlo aquí largamente. Basta con decir que, incapaz de
vencer en el aire o en el mar, buscó una nueva victoria terrestre para
asegurar su dominio sobre todo el continente con la intención de pro­
poner después a Inglaterra un condominio sobre el mundo. Con Ingla­
terra tenía una relación de amor-odio, mientras que nunca había queri­
do a esos rusos que lo irritaban en Finlandia y Rumania. Su decisión
consternó a más de un alemán, pero ni las objeciones técnicas de los
generales, tímidas por cierto, pudieron contra la intuición de un Führer
que siempre había tenido razón contra los prudentes.
Las negociaciones entre soviéticos y alemanes no llevaron a nin­
gún lado y Berlín dejó de contestar las proposiciones de Mólotov. El
juego soviético consistió en una mezcla sorprendente de desconfianza
episódica y ceguera absoluta, cuando, por lo menos a partir de marzo
de 1941, el mundo entero hablaba del próximo ataque alemán contra
la URSS.
La marcha de los acontecimientos hasta el día D, el 22 de junio
de 1941, fue la siguiente: en septiembre de 1940 se firmó el Pacto Ber-
lín-Roma-Tokio; el 12 de noviembre, Mólotov fue a Berlín para nego­
ciar inútilmente; el 2 de marzo de 1941, Bulgaria firmó el Pacto de los
Tres y el Ejército alemán entró en su territorio para intervenir de ma­
nera fulminante contra Grecia, salvando así al aliado italiano derrota­
do (Mussolini, sin consultar a Hitler, había invadido Grecia el 28 de
octubre de 1940). Luego el Reich invitó a Yugoslavia al pacto triparti­
to. El Gobierno aceptó, pero fue derrocado por un levantamiento po­
pular; para manifestar su molestia, Moscú firmó el 5 de abril un trata­
do de amistad que no protegía en absoluto a Yugoslavia. El día 6, la
Wehrmacht atacó y pronto derrotó al Ejército yugoslavo.
En esa guerra de pactos Stalin marcó un tanto: el 13 de abril fir­
mó un tratado de neutralidad con Japón. Aquel país, después de los

322
reveses sufridos a manos del Ejército Rojo, había optado por una ex­
pansión hacia el sureste asiático. Así, tanto Japón como la URSS evita­
ban el peligro de una guerra en dos frentes. En una actuación excep­
cional, Stalin acompañó al ministro japonés a la estación y, a la hora
de la despedida, abrazó al embajador alemán, Schulenburg, diciéndole:
«Debemos seguir siendo amigos y usted debe hacer todo lo posible para
que así sea». Las victorias relámpago de los alemanes en Grecia y Yu­
goslavia obligaban a la prudencia. El 14 de junio, la agencia de prensa
soviética publicó su famoso comunicado, negando «los rumores pro­
palados por fuerzas hostiles a la Unión Soviética y Alemania» sobre un
conflicto inminente entre los dos países. Para entonces, Stalin tenía a
mano decenas de informes de sus agentes (los mejores del mundo en
ese momento, ayudados por todas las fuerzas democráticas, liberales, de
izquierdas del mundo), de varios gobiernos extranjeros, hasta de ale­
manes, que anunciaban, con precisiones en cuanto a fechas, lugares y
efectivos, el pronto inicio de la Operación Barbarossa.
La URSS cumplió escrupulosamente sus compromisos económi­
cos, ayudando así a Alemania a preparar la ofensiva. El último tren de
mercañcías cruzó la frontera hacia el Reich unas horas antes del ata­
que del 22 de junio. No sólo entregó los productos soviéticos, sino que
también consiguió para los alemanes material estratégico de Oriente y
de América Latina, como el hule y el grafito.
¿Por qué? Stalin quería ganar tiempo, ciertamente, pero también
se había equivocado en su gran astucia. Creyó poder ganarse la con­
fianza de Hitler y terminó confiando en él. Dio la orden de evitar todo
lo que pudiera interpretarse como provocación; interpretó el fantásti­
co viaje aéreo de Rudolf Hess a Inglaterra (10 de mayo) como una se­
ria posibilidad de ver realizada su pesadilla: una alianza germano-bri­
tánica contra la URSS. Dio instrucciones con el fin de que se hiciera
lo imposible para convencer a Hitler de su buena fe. En esa fecha, los
nazis habían ya decidido que los países bálticos, Ucrania y Bielorrusia
quedarían como protectorados y que se ocuparía la «Moscovia». Se pe­
leaban las SS, Relaciones Exteriores y Alfred Rosenberg para saber
quién se encargaría de su administración.

éUn segundo Brest-Litovsk?

George Kennan apunta que la segunda guerra mundial empezó


con una situación similar a la de Brest: los anglo-franceses haciendo
frente a un fuerte enemigo alemán; los rusos a un lado, a la expectati­

323
va, y un Gobierno en Moscú que deseaba el agotamiento mutuo de
los adversarios. Durante un tiempo, entre 1934 y 1938, mucha gente
en Europa pensó que la Unión Soviética podría ayudar contra Hitler.
La historia demostró su error.

«Toda una serie de factores —la personalidad de Stalin, su línea po­


lítica interna, la preocupación de su régimen por la seguridad de
sus fronteras en el Lejano Oriente, las inhibiciones de polacos y
rumanos, y la política indecisa, tímida de las potencias occidenta­
les frente al peligro nazi—, todo se conjugó para que Rusia queda­
ra fuera de la guerra en su principio, y para dejar a los franceses
y los ingleses frente a frente con un adversario alemán fanático y
mucho más fuerte» (Kennan, 1960, pág. 330).

En 1917, los Aliados imaginaron que necesitaban a Rusia, cuando,


de hecho, no les hacía falta; obligándola a continuar la guerra, la en­
tregaron a los bolcheviques. En 1939 la necesitaban de verdad, frente
a una Alemania mucho más fuerte, frente a un Hitler mucho más te­
mible que Guillermo II. La Rusia que necesitaban no estuvo a su lado.
El Pacto Germano-Soviético no file una aberración. ¿Tuvo razón
Stalin al no querer una guerra contra Hitler en 1939?, ¿hubiera logrado
evitarla con la simple neutralidad? Posiblemente. No fríe el pacto el que
protegió a la URSS en 1939, sino la decisión de Hitler de aplastar pri­
mero a los occidentales. De hecho, el cuarto reparto de Polonia tuvo
como resultado inmediato establecer 3000 kilómetros de frontera co­
mún, nueva, sin fortificaciones, con un agresor potencial. El temor a Ja­
pón no correspondía a la realidad: el Ejército Rojo había manifestado
su capacidad y los japoneses se estaban reorientando hacia el sur.
Acusar a Stalin de cinismo no viene al caso. Lo que importa es sa­
ber si el pacto aseguró, de la mejor manera, la seguridad de la URSS.
El 22 de junio de 1941 se vio que no. Muy posiblemente, una alianza
con los occidentales hubiera disuadido a Hitler de lanzarse contra Po­
lonia en una guerra en ambos frentes. La neutralidad soviética lo hu­
biera obligado a reflexionar y, en todo caso, una guerra en 1939, antes
de las victorias hitlerianas y de dos años de preparación intensa, hu­
biera sido más favorable a la URSS.
Pero Stalin deseaba quedar fuera de la guerra para, en los términos
de su análisis de 1925, resultar dueño de Europa después de un empate
agotador para todos los beligerantes. Razonaba en términos de 1914, sin
conocer las posibilidades de la guerra relámpago, bien vistas por el di­
funto Tujachevski. Ésa fue su gran equivocación, y la de muchos otros.

324
Gracias a Stalin y a su error, Hitler pudo evitar la hipoteca de la
guerra en dos frentes que había acabado con el Imperio alemán (y aca­
baría con él). Desató la catástrofe, para empezar, sobre Europa oriental;
en los territorios ocupados, alemanes y soviéticos cometieron terribles
y masivas atrocidades. Los nazis no tardarían en emprender el ex­
terminio de los judíos y en sumir a los polacos en la miseria y el terror.
Los soviéticos acabaron con la independencia de los países bálticos y
deportaron a gran parte de su población.
En Ucrania y Bielorrusia aplicaron, con la brutalidad de siempre,
la lucha contra «los enemigos de clase». Por eso, en 1941, esas infeli­
ces poblaciones recibieron al alemán como un libertador... También
para los finlandeses el coste del pacto fue altísimo: primero la guerra
y luego la deportación de los finlandeses de Carelia y de Leningrado.
Eso ya no podía justificarse a partir de la seguridad nacional, sino que
mostraba el más brutal imperialismo.
Asi, ¿se puede decir que el Pacto Germano-Soviético fue una
apuesta perdida? ¡Quién sabe! La crisis internacional que desencade­
nó, al permitir el inicio de la segunda guerra mundial, dio al régimen
su verdadera vocación: la de ser una potencia militar mundial. Final­
mente, Stalin ganó su apuesta a más largo plazo y, en cuanto al cos­
te que tuvo, éste no entró nunca en los cálculos bolcheviques: sin el
pacto, parece que Hitler no se habría atrevido a atacar Polonia. El pac­
to desató la famosa guerra tan esperada, la «partera de la revolución»;
así S talin consiguió enfrentar a los anglosajones contra Hitler. Si bien
no pudo evitar la guerra en 1941, por más que estaba dispuesto a pa­
gar con un nuevo Brest-Litovsk, logró al final no tan sólo la derrota
de Hitler, sino también la dominación sobre cien millones de europeos.
Lo logró gracias a Hitler, sobre las ruinas del Reich y de Europa.
Como dice Wat: «Tengo mi idea sobre Stalin. El tipo era genial. Su­
frió varios accidentes en el camino, pero tenía el arte de usarlos en su
provecho».

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Hitler contra Stalin, 1941-1945


E l día más largo, la noche más clara

Pienso con vergüenza y horror en una Europa dividi­


da en dos por el río Bug,1 en la cual, de un lado, mi­
llones de esclavos soviéticos rezaban por su liberación
por los Ejércitos de Hitler, y del otro, millones de víc­
timas de los campos de concentración alemanes espe­
ran su liberación por el Ejército Rojo.

Gustav Herling, A World Apart (Nueva York, 1951)

Entre el 21 de abril y el 21 de junio de 1941, los aviones alema­


nes violaron en 180 ocasiones el espacio aéreo soviético; una vez, en
mayo, un Junker 52 aterrizó tranquilamente en el aeropuerto central
de Moscú, cerca del estadio Dynamo, sin haber sido detectado por la

1. El río Bug sirvió de frontera, entre 1939 y 1941, después del cuarto reparto
de Polonia, entre el Reich y la URSS. (N. del A.)

326
defensa aérea. Unos días antes del 22 de junio, el presidente Kalinin,
en el Kremlin, condecoró a Leonid Eitingon, Pável Sudaplatov y Ca­
ridad, la madre de Ramón Mercader, para recompensarlos por el bien
logrado asesinato de Trotski en México. El verano era espléndido. Poco
antes del amanecer, aquel día, la aviación alemana despegó y el Ejér­
cito cruzó el río Bug. Casi al mismo tiempo, el embajador alemán,
Schulenburg, entregaba a Mólotov la nota alemana en la que justifica­
ba la necesidad de tomar «medidas preventivas». Mólotov contestó:
«¿Cree usted que lo hemos merecido?».
A las 12 horas de aquel día, los soviéticos habían perdido 1200
aviones, de los cuales 800 fueron inutilizados antes de despegar. Los
alemanes habían avanzado de 10 a 60 kilómetros según los lugares, im­
posibilitando toda ofensiva soviética; el Ejército Rojo, formado y or­
ganizado en esa perspectiva, no tenía nada listo para una guerra de­
fensiva. Hitler, ilusionado tanto por sus victorias relámpago de 1939,
1940 y 1941 como por la lamentable actuación del Ejército Rojo en
Finlandia, contaba con vencer en una sola campaña de verano. Tanto
fue así que la Wehrmacht no tenía ropa ni equipo de invierno. Estu­
vo a plinto de lograr sus objetivos: Leningrado, Moscú, el Donets y
Bakú, los centros vitales, el carbón y el acero, el petróleo. No lo logró,
pero en noviembre de 1941 la URSS pareció al borde del derrumbe
final, mientras que muchas poblaciones no msas recibían a los alema­
nes con el pan y la sal, símbolos de la bienvenida. Los nazis rechaza­
ron los presentes y, por su conducta, despertaron, a partir del invier­
no, una resistencia fiera, tan sorprendente como la no resistencia
anterior, y que habría de durar hasta la victoria.
En junio de 1941, tres millones de soldados soviéticos se aburrían
desde su leva, a finales de 1939. Inactivos, sin verdadero entrenamien­
to, con un mando insuficiente, se encontraban en una situación no de
inferioridad material, sino de inferioridad estratégica. El 21 de junio
de 1941, la URSS tenía el doble de tanques que la coalición hitleria­
na. De 1928 a 1941 el esfuerzo militar no había dejado de crecer; su
presupuesto había pasado del 5,4 por ciento en el primer plan quin­
quenal, al 26,4 por ciento para el tercero y al 43,4 por ciento para
1941. En 1939-1940, los ingenieros soviéticos producían ya tres exce­
lentes cazas: el Yak, el Mig y el LAG 3; los nuevos tanques, especial­
mente los T34, no tardarían en ser los mejores, pues aunque la URSS
había tenido la primera división blindada del mundo (1932), la había
disuelto en 1939; de la misma manera, la URSS había sido la patria de
los cuerpos de paracaidistas, antes de dispersarlos: teorías de Tujachevs-
ki... Éste, en 1936, en la segunda sesión del Comité Central, había ad-

327
vertido que los alemanes serían los primeros en dar el golpe con tan­
ques y aviones en formaciones masivas. Tujadhevski había sido liqui­
dado. Según Stalin, toda posibilidad de guerra sobre el territorio de la
URSS debía excluirse; por eso, en 1939 había adelantado las fronteras
hasta el Bug, con el inconveniente de que sé había abandonado la lí­
nea de fortificaciones y bases que defendían la frontera anterior, sin
preparar la nueva frontera. 1
Hitler había concentrado el 70 por ciento de sus fuerzas (tres mi­
llones de soldados contando las reservas) en 190 divisiones (153 ale­
manas), de las cuales 17 eran blindadas y 13 motorizadas. Enfrente,
Stalin tenía 170 divisiones, la mitad de su Ejército, dispersas y escalo­
nadas a lo largo de 3000 kilómetros de frontera: la primera línea, de
56 divisiones sobre 50 kilómetros de profundidad; la segunda, entre 50
y 100 kilómetros de la frontera; la tercera, entre 150 y 400 kilómetros.
El resultado fue que, en la primera línea, en todas partes, los alemanes
pudieron presentar dos divisiones suyas contra una soviética. El man­
do soviético no había aprovechado las lecciones de la Blitzkrieg ni
podía imaginar que los alemanes serían capaces de dejar en su reta­
guardia plazas, bases, numerosas tropas soviéticas, para seguir corrien­
do hacia delante. El resultado fue que, en tres semanas, los alemanes
avanzaron entre 300 y 600 kilómetros según tres ejes: norte, centro y
sur. En el centro quedaron parados un tiempo cerca de Smolensk, pero
el 9 de septiembre la ofensiva septentrional llegaba a las afueras de Le-
ningrado, el 19 de septiembre caía Kíev, y el 3 de noviembre, Sebas­
topol, en el sur. Desde el 24 de agosto, la ofensiva central había vuel­
to a marchar sobre Moscú (con un mes de retraso sobre el calendario
previsto). Por entonces, la URSS había perdido el control sobre el 40
por ciento de su población y sus trigales, y el 60 por ciento de su pro­
ducción de carbón, acero y aluminio.

E l derrumbe soviético

Durante las primeras horas, Stalin y sus generales pensaron que


Hitler les estaba haciendo chantaje y que iba a presentar enseguida rei­
vindicaciones económicas y territoriales; pensaban sentarse a negociar
con él, incluso ceder en un nuevo Brest-Litovsk, para ganar tiempo,
hasta mayo de 1942. Por eso, la primera reacción fue ordenar no pa­
sar a la ofensiva, no cruzar el Bug. Los ejércitos esperaron hasta el 27
o el 30 de junio la orden de pasar a una defensa estratégica (para la
cual no se había preparado nada). El 10 de julio, 24 divisiones habían

328
dejado de existir en el frente occidental y 20 habían perdido entre el
30 y el 90 por ciento de sus fuerzas; el frente del suroeste, con sus 58
divisiones, sufrió un poco menos, pero tuvo que retroceder de la mis­
ma manera. Yákov Dzhugashvili, el hijo de Stalin, cayó preso el 16 de
julio cerca de Vitebsk. Murió en cautiverio.
En cinco semanas, un millón de soldados se volatilizó entre el Bug
y Smolensk. Muchas unidades quedaron copadas detrás de las colum­
nas alemanas y, sin órdenes, sin alimentos, no tardaron en rendirse, so­
metidos los oficiales a muy fuertes presiones por sus soldados. Parece
que, a finales de 1941, los alemanes habían capturado a dos millones
de soldados. La derrota total del Ejército Rojo provocó el pánico en­
tre la población civil, como en Francia en mayo de 1940. Cientos de
miles, millones de personas huyeron hacia el este, en trenes o a pie,
paralizando los escasos convoyes militares que intentaban avanzar ha­
cia el frente. Ese éxodo desmoralizó a la población rusa y el pánico no
tardó eñ cundir en Moscú mismo, bombardeado desde septiembre.
Se puede hablar de una resignación a la victoria alemana: después
de la confianza ciega y absoluta en el Ejército Rojo, la gente caía en el
exceso inverso. Ciertamente, el orden, la fuerza, el empuje alemán eran
impresionantes. De repente apareció, reapareció, una profunda oleada
anticomunista, en especial en las regiones no rusas, aquellas mismas
invadidas por el Ejército alemán. En su mayoría, los habitantes de Le-
ningrado, ya sitiado, y de Moscú se preparaban para una ocupación
que no temían, que les parecía natural, aceptable: no conocían al nari
sino al alemán de 1914-1918, que había sido korrekt. Antes de la Na­
vidad de 1941, sólo una minoría, compuesta principalmente por co­
munistas y por judíos, mantuvo la voluntad de seguir luchando. Des­
de los primeros días de la guerra operaban los comandos especiales
nazis encargados de liquidar a todos los mandos comunistas y a los ju­
díos, de modo que entre ellos fueron determinantes el reflejo defensi­
vo y la conciencia política.
Alexander Wat, en su celda de la Lubianka, recuerda cómo la eva­
cuación de algunos presos (incluidos los expedientes) despertó «un ru­
mor agradable. Rusia estaba en pleno desastre y he aquí que, en la cár­
cel, los patriotas se entusiasmaban. Esperaban que el mal sucumbiese
por fin, que la guerra provocase un regreso a la vida normal, a una vida
humana». Cuando lo envían al este, descubre que ese verano «toda Ru­
sia estaba en los caminos; los que huían a Ucrania, a Bielorrusia, pero
no sólo de los territorios ocupados, sino todos los glebae adscripti [sier­
vos], todos esos campesinos sin pasaporte, etcétera. Todo había sido
derrumbado, los diques rotos, la ola de la guerra había aniquilado to­

329
das las barreras y Rusia echaba a correr. Corría porque la gente era in­
feliz donde vivía; era una liberación, reanudaba su marcha el eterno
nomadismo ruso».
Solzhenitsyn, años después, recordó que en aquel momento trági­
co la gente, cansada de tanta propaganda (que la URSS estaba perfec­
tamente preparada, que el Ejército Rojo era invencible, qüe los alema­
nes, eran aliados contra el verdadero enemigo capitalista...), no creyó el
nuevo discurso contra los nazis, ni siquiera «en lo único que debían
haber tomado por cierto: que Hitler realmente quería destruirnos, pre­
tendía destruimos como raza, como nación, convertimos en esclavos,
en estiércol». Gran parte de la población se alegró: «Por fin ha llegado
su hora a los de arriba. Ahora sí que los derribarán».1
Frente al hecho innegable de que cientos de miles de soldados se
habían rendido, Stalin vio confirmado su temor de siempre sobre la
fragilidad del sistema; confirmada la bondad de su política de terror
en los años treinta, decidió seguir en la misma vía: todos los presos so­
viéticos se considerarían desertores, sujetos a la pena de muerte, y sus
familias recibirían castigos. ¡Qué prueba más elocuente de la falta de
confianza en su pueblo! Es cierto que jamás en la historia militar euro­
pea moderna se ha visto semejante desintegración y entrega de un Ejér­
cito, después de tan poca resistencia. Lo que en ese momento salvó a
la URSS fue la inmensidad de su territorio y de su población, venta­
jas que no tenían Polonia ni Francia.

Moscú, diciembre de 1941

Los alemanes llegaron hasta los suburbios de Moscú, a 25 kilóme­


tros del centro. No progresaron más. Un invierno prematuro y tre­
mendo, con temperaturas inferiores a los 20 e incluso los 40 grados
bajo cero, ayudó a frenar a un adversario sin equipo de invierno, de­
masiado alejado de sus bases, sin víveres ni gasolina. Hitler fracasó por­
que sus tropas habían arrancado demasiado tarde y también porque el
Pacto de No Agresión entre Japón y la URSS permitió la llegada a
Moscú de excelentes tropas siberianas. El 6 de diciembre, una con­
traofensiva soviética rechazó a los alemanes a 150 kilómetros hacia el
oeste. Los éxitos alemanes eran inmensos, pero Hitler no había podi­
do aplastar a la URSS en una sola campaña. Sus generales más lúcidos
comprendieron enseguida que Alemania quedaba condenada, tarde o

1. Intervención televisiva del 15 de mayo de 1995, Ostankino, Moscú. (N. M A.)

330
temprano, a la derrota. Luego Hitler se justificaría diciendo que había
sido mal informado, que no esperaba tal resistencia, tanto material,
tantos hombres, que de haberlo sabido... En 1936 y 1937, su alto man­
do había experimentado en un Kriegspiel la validez de la teoría del ge­
neral Von Seeckt sobre la posibilidad de una guerra relámpago contra
la URSS. Las conclusiones habían sido que la victoria alemana podía
conseguirse únicamente en los primeros tres meses; de no ocupar Le-
ningrado, Moscú y el sur hasta Bakú, el Ejército alemán estaría con­
denado a la derrota. Es asombroso notar hasta qué punto la campaña
de Moscú de Hitler reproduce la de Napoleón; empezaron casi el mis­
mo día, el 24 de junio de 1812 uno, el 22 de junio de 1941 el otro.
Se repitieron los mismos errores... En sí, la invasión no era un error
fatal desde el principio. Hitler era afecto a los juegos estratégicos
mundiales, como Napoleón. Así como Napoleón ideó la guerra con­
tra Rusia en función del irreductible adversario inglés, Hitler decidió
tomar Moscú para vencer a Londres. Incapaz de atacar al Reino Uni­
do en su territorio y en su imperio, apoyado por Estados Unidos,
Hitler ideó una carambola que comentó a Mussolini el 21 de junio
de 1941: para que Inglaterra acepte la paz, hay que derrotar a Esta­
dos Unidos, y eso puede hacerlo Japón siempre y cuando no tenga
que hacer frente a la URSS; por lo tanto, le toca al Reich eliminar a
los soviéticos.
Pero la ofensiva empezó demasiado tarde, de tal manera que, por
primera vez, la Wehrmacht fue derrotada. El efecto moral fue ma­
yúsculo, tanto entre los alemanes como entre los rusos; los rusos, mas
no los soviéticos. Los rusos y los judíos cambiaron radicalmente, por
tercera vez en seis meses, y recuperaron la esperanza. «El frente se ha­
bía estabilizado, faltaba todavía mucho para Stalingrado, pero el pue­
blo estaba seguro de la victoria; el pueblo ruso y los judíos, exclusiva­
mente. Por el contrario, todas las minorías, las otras naciones, esperaban
la llegada de los alemanes, hasta en el lejano Kazajistán», adonde había
sido deportado Alexander Wat.

«Esa guerra era no sólo la de los rusos, sino también la de los ju­
díos. El patriotismo de los judíos era increíblemente dinámico, es­
timulado por los refugiados de Lituania, Bielorrusia, Ucrania. To­
dos los judíos activos hacían milagros, trabajaban las 24 horas del
día y la transferencia-relámpago de la industria hasta Asia pudo ser
realizada, en gran medida, gracias a su talento como organizado­
res y a su dinamismo. Stalin los incitaba a escribir a sus parientes
en América.»

331
La «Gran Alianza» con los anglosajones

El mismísimo 22 de junio, Churchill dijo a su pueblo, por radio:


«He sido a lo largo de esos veinticinco años el enemigo más determi­
nado del comunismo, pero se trata de destruir a Hitler y el régimen
nazi. El ataque contra Rusia es el preludio al ataque contra las islas bri­
tánicas... El combate de cada ruso que defiende el suelo de su patria
es el combate de todos los hombres libres». Ofreció enseguida toda la
ayuda posible a la URSS. El 12 de julio fue firmado el primer acuer­
do de cooperación entre los dos países, seguido por muchos otros que
culminaron con la firma, el 1 de octubre, de un acuerdo tripartito para
la entrega masiva, por parte de Estados Unidos y de Inglaterra, de ar­
mas, material y materias primas a la URSS, y, el 30 de octubre, con el
famoso préstamo sin intereses de mil millones de dólares hecho por
Estados Unidos.
En diciembre de 1941, el ataque japonés contra Pearl Harbor mar­
có la entrada de Japón y Estados Unidos en la guerra mundial. En fe­
brero de 1942, el crédito estadounidense fue doblado. Por los puertos
de Murmansk, Arjangelsk y Vladivostok, y por tierra, vía Irán, los alia­
dos entregaron a la URSS 18.700 aviones, 10.800 tanques, 9600 caño­
nes, gasolina especial, 44.600 máquinas-herramienta, 1860 locomotoras,
etcétera, por una cantidad de 9,5 millones de dólares. El orgullo del
Ejército Rojo, el famoso tanque T34, fue equipado con blindaje inglés;
los soldados comían pan y tocino estadounidense y canadiense. Estados
Unidos proporcionó 52.000 jeeps y 375.000 camiones, sin los cuales el
Ejército Rojo habría tenido muy graves problemas de movilidad.

1942-1945: de las derrotas a la victoria

Entre abril y noviembre de 1942, el Ejército Rojo sufrió una nue­


va serie de desastres que llevó a Stalin a decir: «En noviembre de 1942,
el peligro que corrió nuestra patria fue mayor que cuando el enemigo
se encontraba a las puertas de Moscú en 1941». Era la pura verdad. La
ofensiva soviética se quebró con las derrotas de la península de Kerch,
en Crimea, y de Járkov. Allí, en julio, se perdió el glorioso II Ejército
del general Andréi Vlásov. Fue entonces cuando Stalin, desesperado,
ordenó de nuevo poner tropas de los «órganos» en la retaguardia para
disparar contra los soldados que retrocediesen.

332
Hitler dispersó sus fuerzas en dos direcciones diferentes: hacia Sta­
lingrado, sobre el Volga, y hacia el Cáucaso, sobre Bakú. En septiem­
bre, los alemanes entraban en Stalingrado y llegaban muy cerca de
Grozni, en Chechenia. En la misma época, los japoneses coleccionaban
victoria tras victoria en el Pacífico, y el Afrika Korps se aproximaba des­
de el canal de Suez. Stalin, para aliviar la presión, exigía de sus aliados
la apertura de un segundo frente en Europa occidental. Esa operación
se pospuso hasta 1943 y luego hasta 1944, lo cual tensó las relaciones
entre los Aliados.
A finales de 1942, los japoneses sufrieron su primer revés, los ale­
manes perdieron la batalla por Egipto en El Alamein y tuvieron que
hacer frente al desembarco anglo-estadounidense en Argelia y Marrue­
cos. Mientras, empezaba la batalla de Stalingrado, gran ciudad indus­
trial sobre el río Volga. Desde agosto, los rusos resistían calle por ca­
lle, casa por casa, piso por piso. El 12 de septiembre, el VI Ejército de
Von Páulus lanzó el supuesto asalto final; el 15 de octubre llegó por
fin al río por el sur, pero estaba agotado y había perdido la superiori­
dad en tanques y aviones. Mientras, el general Zhúkov preparaba
(Operación Uranus) una maniobra para rodear al enemigo que empe­
zó el 19 de noviembre. En pocos días, 330.000 soldados alemanes que­
daron copados. Después de más de dos meses de furiosos combates,
Paulus, a quien Hitler había prohibido la retirada cuando era aún po­
sible, tuvo que rendirse el 2 de febrero de 1943. La gran victoria de
Stalingrado, qué duda cabe, fríe el parteaguas de la guerra, tanto para
los soviéticos como para todos los europeos sometidos al yugo nazi.
En mayo de 1943, después de tres meses de retirada (600 kilóme­
tros), los alemanes intentaron una última ofensiva («Ciudadela») que
culminó en la batalla de Kursk, «la batalla de los girasoles», del 10 al
20 de julio. Los alemanes perdieron la que fue la mayor batalla de blin­
dados de la guerra. Por entonces no quedaba un solo soldado alemán
en África y en el mismo mes de julio los Aliados desembarcaban en
Italia. Los alemanes, de ahí en adelante, quedaron condenados a ac­
tuar a la defensiva sobre todos los frentes y resistieron con una tena­
cidad digna de mejor causa. Fue entonces cuando empezó en serio la
guerra de guerrillas; no habían faltado guerrilleros en los primeros 18
meses de la guerra germano-rusa, pero surgieron de verdad después del
invierno de 1942-1943, especialmente en Bielorrusia y Ucrania. La
propaganda soviética posterior creó un verdadero mito de los partizany,
que no tuvieron nunca un papel militar tan importante.
El desenlace tardó otros dos años en llegar, pero la marcha de los
acontecimientos es conocida: entre el 28 de noviembre y el 1 de di-

333
ciembré de 1943, la Conferencia de Teherán reunió por primera vez a
Stalin, Churchill y Roosevelt. Stalin consiguió la promesa de un de­
sembarco en Francia y el reconocimiento de sus eternas pretensiones
territoriales: sobre el oriente del Estado polaco y los tres países bálti­
cos, y su nueva pretensión sobre buena parte de la Prusia oriental.
A cambio, prometió declarar la guerra a Japón, a más tardar tres me­
ses, después de la victoria en Europa.
El 27 de enero de 1944, ¡por fin!, fue levantado el bloqueo de Le-
ningrado; en esos terribles 870 días había muerto casi un millón de per­
sonas. Luego, rápidamente, el Ejército Rojo expulsó al alemán de todos
los territorios ocupados, hasta llegar el 1 de agosto a las puertas de Var-
sovia. Ahí se quedó, permitiendo a los nazis aplastar el levantamiento
de Varsovia. Después de 62 días de una lucha tan heroica como des­
igual, Varsovia fue arrasada durante cinco meses, sus supervivien­
tes deportados y la elite polaca diezmada. Así, en prolongación del cri­
men de Katyn, Stalin preparaba el porvenir.
Preparando el porvenir, también, el Ejército Rojo dejó de perseguir
al Ejército alemán y se orientó, en el otoño de 1944, hacia los Balca­
nes, Hungría y Austria. En agosto había entrado en Rumania, cuyos
dirigentes firmaron un armisticio el 12 de septiembre: la URSS se apo­
deraba por segunda vez de Besarabia (Moldavia) y de la Bukovina sep­
tentrional; a cambio, Rumania recuperaba sobre Hungría la provincia
de Transilvania. En octubre, los soviéticos instalaron un Gobierno
húngaro provisional en Debrecen. Ya habían entrado en Yugoslavia,
con el acuerdo de Tito.
En el oeste, los aliados llegaban al Rin, pero cuando Churchill via­
jó a Moscú, en octubre, tuvo que tener en cuenta el control soviético
sobre Europa oriental y los Balcanes, con la sola excepción de Grecia.
La Conferencia de Yalta (4-11 de febrero de 1945) permitió una vez
más a Stalin mostrar su talento: jugó de nuevo la pieza Roosevelt con­
tra Churchill y volvió a ganar: tres escaños (Rusia, Ucrania, Bielorru-
sia) en las futuras Naciones Unidas; confirmación de las fronteras po­
lacas según sus planes; legitimación de un futuro Gobierno polaco
prosoviético; para la URSS, las islas Kuriles y el sur de Sajalín (a ex­
pensas de Japón), etcétera.
El 10 de marzo de 1945 las tropas soviéticas cruzaron el río Oder
y el 12 de abril Zhúkov lanzó dos millones de hombres contra Berlín.
El 25 de abril, soviéticos y estadounidenses se encontraron sobre el río
Elba. La noche del 8 al 9 de mayo, en Berlín, Keitel firmó la capitu­
lación sin condiciones de Alemania. La bandera soviética ondeaba so­
bre las minas de Berlín.

334
L a U R SS bajo elyugo nazi

Durante tres años, la parte europea de la URSS quedó cortada en


dos, a lo largo del meridiano 36 Este: los países bálticos, Bielorrusia y
Ucrania fueron ocupados por los alemanes, que estuvieron muy pocos
meses en tierra rusa. Esa ocupación no tuvo nada que ver con la de
1917-1919. Ahora los alemanes se consideraban definitivamente insta­
lados en lo que pertenecía a su «espacio vital» (Lebensraum). En las se­
manas que precedieron al 22 de junio de 1941, Rosenberg y Himmler
se habían enfrentado sobre la manera de gobernar las conquistas; Ro­
senberg, alemán del Báltico, se ufanaba de conocer a los «eslavos» y
era partidario de apoyarse en las naciones, concediéndoles gobiernos
que funcionarían como leales vasallos del Reich, algo así como un go­
bierno indirecto. Himmler compartía el desprecio absoluto de Hider
por los «esclavos» del este y consideraba todo el Ostland tierra de co­
lonización para los germanos. Hider optó por esta línea, ya que, según
él: «Rusia es nuestra África y los rusos son nuestros negros». Así, 60
millones de hombres, la tercera parte de los habitantes de la URSS, se
transformaron en untermenscben, infrahombres destinados a una des­
piadada explotación, cuando no al exterminio.
Bielorrusia fixe tratada como una colonia, mientras que el Báltico,
Ucrania y el Cáucaso (la parte brevemente conquistada) tuvieron algún
tipo de autoridad local. La población de esas regiones, anexionada a la
URSS en 1939-1940 o demasiado castigada por el Estado soviético
(Ucrania, las naciones montañosas del Cáucaso), había recibido a los
alemanes como libertadores; su desengaño fiie tanto mayor. Los cam­
pesinos esperaban la abolición de la colectivización, pero los nazis en­
contraron en el koljós un soberbio instrumento de explotación eco­
nómica que conservaron tal cual. En el invierno de 1943, después de
una mediocre cosecha, les resultó fácil llevársela toda y condenar a la
gente a la hambruna. Si se trataba de sustituir infrahombres por colo­
nos alemanes, la muerte por inanición no era un problema. Tanto del
campo como de la ciudad, el Reich se llevó a cientos de miles de hom­
bres a trabajar en las minas y las fábricas de Alemania. A todo esto se
añadieron, desde el primer día, la deportación y el exterminio de los
judíos (la cuarta parte de las víctimas de la Shoah provenía de esa zona),
y la tremenda represión contra los comunistas y cualquier tipo de in­
conformes, por no hablar de los guerrilleros. El sistema de represalias
diezmó la población, de tal manera que los resultados conjugados del

335
hambre, la Shoah y la represión sumaron ocho millones de víctimas,
una persona de cada ocho.
Aunque los alemanes pudieron reclutar colaboradores y milicias
entre todas esas naciones, su comportamiento convenció muy pronto
a la población de que había caído de Caribdis en Escila; por eso la
guerrilla adquirió tanta importancia en Ucrania y Bielorrusia, en espe­
cial en los bosques del río Berezina y la ciénaga del Pripets. Sus acti­
vidades desataron terribles represalias, atrocidades que escapan a la es­
tadística. Cientos y cientos de pueblos fueron arrasados y su población
exterminada. Hay cifras para la ciudad de Odesa: en tres años y me­
dio, los alemanes ejecutaron a 90.000 personas entre los 600.000 ha­
bitantes.

La U R SS no invadida

En 1941 se procedió a la leva en masa de todos los hombres en­


tre 16 y 50 años, lo cual puso a disposición del Ejército unos 12 mi­
llones de soldados; en febrero de 1942, toda la población urbana que­
dó movilizada en su trabajo; tres millones fueron enviados a trabajar
en otra parte. Las mujeres sustituyeron a los hombres en las fábricas,
los ferrocarriles, las minas.
Los combatientes sufrieron mucho más que en la primera guerra
mundial y, como en esa guerra, las pérdidas inútiles se debieron a un
alto mando que gastaba sin reparar en el número un material humano
considerado ilimitado. Así, en los últimos días de la guerra, 100.000
hombres cayeron inútilmente en la toma de Berlín. Las pérdidas fue­
ron mucho mayores que las de 1914-1917 (se tratará el tema en el sub­
capítulo siguiente: «Seis puntos de controversia». Al menos los solda­
dos sabían por qué luchaban.
Los civiles de las ciudades sitiadas, Leningrado y Stalingrado, vi­
vieron el infiemo. En la primera ciudad, al menos la tercera parte de
la población murió de hambre y de frío. En 1943-1944, el frente se
desplazaba rápidamente, afectando a muchas poblaciones. Detrás del
frente, la situación era mucho menos dura, sin llegar nunca a ser hol­
gada. Todo escaseaba: alimentos, ropa, combustible; 11 millones de
refugiados, movilizados y deportados (el Gulag siguió creciendo y tra­
gando víctimas) se trasladaron hacia el este, con las industrias des­
montadas. Toda la economía trabajaba para la guerra, de manera que
la escasez fue general, con la concomitante alza de los precios; el Go­
bierno tuvo que tolerar mercado negro y mercado koljosiano (a partir

336
del huerto privado, tan minúsculo como productivo). Eso no impidió
hambrunas locales, como en Asia central, y en 1946 una hambruna
bastante generalizada.
Pero la guerra, en Rusia y Siberia, se había transformado en la cau­
sa popular por excelencia, en la causa de la nación rusa. La propagan­
da oficial capitalizó el hecho, más que crearlo. El Partido Comunista
se convirtió en el símbolo de la resistencia y el gran Stalin, en el Pa­
dre de la Patria: «Nadie en Rusia fue tan popular como Stalin en este
corto periodo que va de Stalingrado al final de la guerra. Hablo de los
rusos y no de las minorías étnicas. Hasta parte de ellas compartía esos
sentimientos. No los ucranianos, pero sí los judíos. De repente los ras­
gos de Stalin se borraron en los espíritus y quedó un Dios vivo» (Alexan-
der Wat, pág. 679). Stalin fue el jefe supremo de los ejércitos. Existe
una teoría según la cual el «mariscal» Stalin era una nulidad militar
que no hacía más que estorbar a sus generales. A diferencia de Hitler, que
tuvo algún genio militar pero no pudo aprender nada, Stalin empezó
mal y aprendió mucho. Aun suponiendo que no fuese el caso, no se
puede olvidar que su nombre animaba a las tropas y que los hombres
morían «por Stalin» como antaño «por el zar».
Stalin hizo de la guerra germano-rusa «la gran guerra patriótica»,
mucho más rusa que soviética. Por eso, a la hora de la victoria levan­
tó su copa por «el gran pueblo ruso». Aceleró la conversión hacia el
nacionalismo empezada en los años treinta, dejó de hablar de «cama-
radas» para hablar de «hermanos y hermanas», suprimió los comisarios
políticos en el Ejército (1942), restableció los rangos y las insignias de
la antigua jerarquía militar, creó el título de mariscal y la Orden de Su-
vórov. Así como recuperó la gloria militar zarista, cooptó a la Iglesia
ortodoxa. El 22 de junio de 1941, el metropolitano Serguéi había lla­
mado a la «defensa de las fronteras sagradas de la Patria» y el Estado
había suspendido la propaganda antirreligiosa y la persecución. El 4 de
septiembre de 1943, Stalin recibió a tres prelados y les encargó elegir
un patriarca para ocupar la sede vacante desde 1924. Un mes después,
fundó el Consejo para los Asuntos de la Iglesia ortodoxa. Así Stalin
podía hablar, como la Iglesia, de «combatir por nuestra Santa Madre
Rusia». En la noche del 31 de diciembre de 1943 al 1 de enero de 1944,
el pueblo soviético oyó por primera vez el nuevo himno de la URSS.
En lugar de La Internacional, se cantaba: «La gran Rusia creó la unión
indefectible de las repúblicas libres... Lenin el Grande nos enseñó el
camino y Stalin nos formó».
Orwell, en su 1984, no imaginó que el «Gran Hermano» pudiese
utilizar la religión, corrompiéndola. Es lo que Stalin ideó y supo ha­

337
cer, retomando el breve ensayo leninista inicial de la Iglesia Viva. Aho­
ra no se trataba de debilitar con un cisma a la Iglesia, sino de proce­
der a «la falsificación del bien» (Alain Besançon), transformando a la
Iglésia misma en instrumento del sistema. Para empezar, se permitió
una edición limitada de la Biblia, a cargo de Mólotov y de Vyshinski.
Éstos confiaron al famoso escritor Nikolái Virta, hijo de un sacerdote
fusilado, premio Stalin de literatura, la «censura» de la Biblia. Dio el
visto bueno. Stalin, el antiguo seminarista, permitió la reapertura de
templos y seminarios. Completaba sus hazañas: mariscal, salvador de la
Patria, restaurador del Ejército, de la Nación y de la Fe.

Esperanza y decepción

«Todos, sin excepción, consideraban en Rusia esa guerra como una


guerra patriótica. Todos, sin excepción, creían en la derrota de Hider.
Esa fe en la victoria iba a la par con la fe en un cambio radical, ya que
todos estaban convencidos de que, cuando esa oleada de millones de
héroes y de mártires regresara del frente, ningún Stalin podría hacer
nada y Rusia cambiaría fundamentalmente. El pueblo ruso despertaría»
(Alexander Wat, pág. 632). En sus memorias, Iliá Ehrenburg apunta
que en esos años terribles de la guerra la gente se sintió más libre, más
autónoma, menos vulnerable. Grossman, en Vida y destino, atribuye la
misma impresión de solidaridad a la prueba común (ya no selectiva)
que unía a la gente en lugar de aislarla. La máquina represiva seguía
funcionando, pero con más discreción; el terror provenía de los nazis.
Yuri Orlov, en su autobiografía, confirma cómo todos sentían lo que
Tolstói llamaba «el calor secreto del patriotismo». Hasta ese obrero tor­
nero que había pasado dos años en los campos por haber llegado dos
horas tarde al trabajo. Pasternak, en el epílogo de E l doctor Zhivago,
evoca ese sentimiento: «La guerra apareció como una tormenta purifi­
cadera, un aire puro, un viento de liberación..., fue un bien después
del dominio inhumano del imaginario; nos alivió porque limitaba el
poder mágico de la letra muerta». Y concluye: «Aunque la liberación
esperada no haya llegado con la victoria, como lo pensábamos, hubo
en el aire en esos años algo parecido a un sabor anticipado de libertad
que les da su valor histórico único».
Rusia se salvó como nación, pero ni ella ni la URSS pudieron rom­
per sus cadenas. A partir de 1944, cuando la victoria se perfilaba, la re­
presión se redobló, cayendo sobre todos, sobre los rusos y sobre los
«pueblos castigados», alemanes, bálticos, ucranianos, bielorrusos, mol­

338
davos, chechenos, cherkeses, kalmukos, tártaros, etcétera. En la histo­
ria imperial de Rusia, las reformas nacieron siempre de las derrotas
(1860, 1906, la misma NEP); no se reforma un sistema cuando vence.
Por ello, estas líneas de Chaadáiev, escritas en 1829 y publicadas en
1836 en sus Cartasfilosóficas, resumen esa época de sangre y gloria, ho­
nor y miseria:

«Con nuestras victorias libertadoras [contra Napoleón, contra los


mongoles] hemos caído en una esclavitud más terrible aún, una es­
clavitud santificada además por el hecho mismo de nuestra libera­
ción».

Seis puntos de controversia

1. ° Una cuestión de cronología: los historiadores soviéticos y sus


herederos rusos adoptaron la secuencia temporal 1941-1945 y el enun­
ciado «la gran guerra patriótica». No hablan de «la URSS en la segun­
da guerra mundial». Eso tiene dos implicaciones: que la URSS libró
una guerra exclusivamente defensiva y que fue neutral entre 1939 y
1941. Y también una tercera consecuencia, implícita: que de 1941 en
adelante la lucha fue la guerra de Rusia, más que de la URSS.
Fue precisamente cuando el Ejército Rojo atacó de manera trai­
cionera a Polonia, el 17 de septiembre de 1939, cuando Churchill afir­
mó que «Rusia es una adivinanza envuelta en un misterio dentro de
un enigma» («Russia is a riddle wrapped in a mistery inside an enigma»). Ru-
sia/la URSS fue el mayor combatiente y el actor político más contro­
vertido de la guerra mundial, entre 1939 y 1945. Causó al Reich el 75
por ciento de sus bajas y sufrió pérdidas diez veces superiores a las de
los anglosajones. Pero sus dirigentes tuvieron una responsabilidad deci­
siva, con el Pacto Germano-Soviético, en la existencia misma de esa
guerra. Quien vivía en Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia o
Rumania en 1939-1941 no habría creído en la neutralidad soviética al
ver entrar el Ejército Rojo en su país.
2. ° La cuestión del «doble engaño»: en los últimos años un gran
debate retomó una vieja hipótesis según la cual Hitler lanzó su ofen­
siva contra la URSS de manera preventiva, justo antes de que Stalin
hiciera lo mismo. Más allá de la cuestión acerca de si Stalin había pre­
visto atacar el 6 de julio, como lo cree Víktor Suvórov, o en mayo de
1942, como lo dijo alguna vez el mismo Stalin, se trata de saber cómo

339
es que Stalin se negó a aceptar la evidencia de un inminente ataque
alemán, de cómo Hitler logró una sorpresa máxima.
El tituló del libro de James Barros y Richard Gregor, Double De-
ception, es excelente, porque tanto Hitler como Stalin pensaban enga­
ñar al otro. Stalin quería ganar tiempo, dos o tres años, a fin de pre­
pararse para el enfrentamiento inevitable. Estimaba que la URSS
estaría lista en mayo-junio de 1942. Para retrasar al máximo el inicio
de esa guerra, firmó el Pacto de No Agresión con Japón. Así se creyó
totalmente protegido y nunca pensó que Hider pudiese abrir dos fren­
tes de guerra. La confianza personal que parece haber depositado en
Hitler fue la consecuencia lógica de su convicción de que estaba en lo
cierto. Con ese cierre psicológico puesto, interpretó todo en el senti­
do de su teoría, de su apuesta.
En cuanto a Hitler, no podía sufrir semejante debilidad porque
nunca había creído, a diferencia de varios generales y políticos, en una
verdadera alianza germano-soviética; su viejo anticomunismo y su fo-
bia contra los eslavos fortalecían su realismo brutal; veía claramente
que las metas últimas de la URSS de Stalin iban en contra de los in­
tereses tanto del Reich como de las democracias occidentales. Por eso,
desde 1940 había tomado la decisión de atacar el primero. Las demo­
cracias habían experimentado esa realidad en los años treinta y, más
duramente aún, entre 1939 y 1941. La olvidaron en la emoción de la
«Gran Alianza», hasta el despertar muy amargo de 1945. Fueron la de­
bilidad occidental y, a la vez, la fuerza occidental las que lanzaron a
Hitler contra la URSS. La debilidad permitió una fácil victoria alema­
na en tierra firme: de haber sufrido pérdidas serias o de haberse atas­
cado en una guerra larga en el oeste, Hider no habría corrido el ries­
go de abrir el segundo frente. La moral de Churchill y de los británicos
rechazó las ofertas de paz de Hider, aun después del desastre de Dun-
querque, y lo obligó a buscar la eliminación del aliado soviético, del
cual desconfiaba absolutamente. De no haber caído tan pronto Fran­
cia, de no haber resistido Inglaterra como lo hizo, el asalto alemán
contra Rusia bien podría no haber ocurrido nunca.
Ese complicado juego triangular (Alemania, URSS, Inglaterra) aca­
bó de cegar a Stalin. El pensaba que los anglosajones querían utilizar­
lo contra Hider, del mismo modo que él pretendía usarlos a ellos.
Ciertamente, lo peor para los anglosajones era una coalición entre el
Reich y la URSS; por lo tanto, Stalin interpretó todas sus advertencias
sobre un ataque alemán como intoxicación, desinformación, provoca­
ción. Cabe señalar que Estados Unidos e Inglaterra apostaban por tal
ruptura; si no, no se entiende su actitud frente a la URSS después de

340
agosto de 1939. Cuando Alemania agrede a Polonia, Inglaterra y Fran­
cia le declaran la guerra; cuando lo hace la URSS, nadie dice nada
y la Unión Soviética se vale de esta anuencia tácita para apoderarse de
las repúblicas bálticas, Besarabia y Bukovina, y para atacar Finlandia.
Los partes de los servicios secretos occidentales habían perdido,
pues, toda credibilidad para los soviéticos; todo podía ser desinforma­
ción destinada a enemistar a la URSS y Alemania. Roosevelt leía las
cartas que Franco enviaba a Hitler y este último enviaba cartas a Mus-
solini calculando que serían leídas por Stahn... ¿Las informaciones in­
glesas sobre la Operación Barbarossa? ¡Provocaciones de Churchill!
¿Las de Sorge, desde Japón? ¡Un pobre tonto intoxicado por los japo­
neses, manipulados a su vez por los estadounidenses! Por eso Stalin no
pudo aprovechar las 84 revelaciones procedentes de 14 países, ni las
informaciones más que precisas de los ingleses, quienes, desde abril de
1940, habían logrado descifrar el código secreto alemán llamado Enig­
ma. Esá misma precisión despertaba las sospechas del desconfiado Sta­
lin. Tampoco hizo caso a las advertencias del embajador alemán Schu-
lenburg, un hombre desesperado por el camino que tomaba Hitler, un
hombré que terminaría en la horca en 1944 por haber participado en
el complot de julio. ¡Otro provocador!
Cuando los alemanes ya no pudieron disimular la enorme con­
centración de sus tropas sobre la frontera del Bug, Berlín informó a
Stalin que ellos mismos difundían los rumores de un pronto ataque
contra la URSS para despistar a los ingleses... Stalin interpretó el vue­
lo de Rudolf Hess a Inglaterra el 10 de mayo como una provocación
inglesa y eso lo tranquilizó definitivamente. Le habían anunciado el
ataque para el 14 de mayo, luego para el 15, el 20, el 15 de junio.
Cuando Sorge, el 12 de mayo, dijo que Barbarossa empezaría el 20 de
junio, cuando rectificó a los tres días y advirtió que empezaría el 22
de junio, nadie lo tomó en serio.
Efectivamente, la operación debía haber empezado el 15 de mayo,
pero los acontecimientos balcánicos habían llevado a Hitler, el 3 de
abril, a posponer la fecha contra su afirmación: «No cometeré el mis­
mo error que Napoleón. Cuando emprenda la marcha sobre Moscú,
atacaré lo suficientemente temprano para llegar antes del invierno». No
lo logró, pero consiguió una sorpresa total.
El coronel Víktor Danilov, profesor del Instituto de Historia Mili­
tar de Moscú, escribía, en 1995, que si bien Stalin tuvo la intención
de atacar a Hider, no se puede decir para cuándo estaba prevista la
operación. Hasta la fecha, el único documento fidedigno es un me­
morándum titulado «Reflexiones sobre el uso de las fuerzas armadas

341
soviéticas en caso de una guerra con Alemania y sus aliados». Fue pre­
parado en el Estado Mayor para Stalin, entre el 7 y el 15 de mayo de
1941. Dice: «Es indispensable impedir que el mando alemán tome la
iniciativa de anticipársenos para dar un golpe súbito; es indispensable
anticipar al enemigo en términos de posición y atacar al Ejército ale­
mán en el momento preciso en que se dispone a golpear, antes de que
pueda organizar un frente y coordinar la actividad de sus unidades».
Datiilov demuestra que por esas fechas había empezado «la moviliza­
ción secreta disfrazada como entrenamiento de los reservistas»; a fina­
les de mayo se llamó a 793.000 hombres bajo ese concepto. El 27 de
mayo se ordenó a todos los distritos occidentales la construcción in­
mediata de puestos de mando de combate; el 19 de junio se ordenó
camuflar aeropuertos, aviones, tanques, camiones... De eso no se pue­
de concluir que había una Operación Tormenta, prevista contra Ale­
mania para el 6 o el 8 de julio de 1941. En sus memorias, el mariscal
Konstantín Rokossovski escribe:

«Por la concentración de nuestras fuerzas aéreas en los aeropuer­


tos más avanzados y por la posición de los depósitos de material
justo detrás de la frontera, parecía que se preparaba un salto ha­
cia delante. Pero la posición de las tropas y la actividad de las
fuerzas terrestres no parecía corresponder a esa idea. De existir tal
plan, claramente no correspondía a la situación al principio de la
guerra».

3.° Es necesario tener una visión global de la guerra mundial. Se


desarrolló en dos teatros principales, Europa y el Pacífico, tan insepa­
rables que el factor japonés fue crucial en tres ocasiones. En septiem­
bre de 1939, la URSS tardó 15 días en atacar Polonia, ¿por qué? Des­
pués de las duras batallas con los japoneses en el Extremo Oriente, se
firmó una tregua el 15 de septiembre; el 17 de septiembre, el Ejército
Rojo invadió Polonia.
Luego, el alto mando japonés optó por la variante imperialista ha­
cia el sureste asiático, es decir, escogió como adversario ya no a la
URSS, sino a Estados Unidos. Eso permitió la firma del Pacto de No
Agresión entre la Unión Soviética y Japón, en 1941. Esa decisión ja­
ponesa liberó a Stalin de la hipoteca que suponía una guerra en dos
frentes y permitió la llegada decisiva de las divisiones de Siberia para
la batalla de Moscú, en diciembre.
¿Por qué en febrero de 1945, en Yalta, los anglosajones, ya seguros
de la victoria en Europa, abandonaron la Europa oriental a Stalin? Ja­

342
pón, otra vez. Estados Unidos aún no tenía la bomba atómica; la to­
ma de Iwo-Jima había costado 50.000 muertos; se estimaba que un mi­
llón de soldados estadounidenses moriría para conquistar el archipié­
lago. Para evitarlo, se pidió la intervención del Ejército Rojo en un
nuevo frente continental, en Manchuria. Stalin prometió intervenir en
los meses posteriores a la rendición alemana; a cambio, recibiría la par­
te de Europa que reclamaba desde que empezó la Gran Alianza, y terri­
torios japoneses.
El 6 de agosto, los estadounidenses lanzaron la bomba atómica so­
bre Hiroshima y el 9 sobre Nagasaki; el 8, el Ejército soviético entró
en Manchuria; el 10, Japón ofreció su rendición, que tuvo efecto el día
16... Los estadounidenses ya no necesitaban ni mucho menos desea­
ban el ataque soviético. Parece que los soviéticos planeaban la invasión
de la gran isla septentrional de Hokkaido para el 25 de agosto, o sea,
dos meses antes del desembarco previsto por los estadounidenses en
Kyushü, en el sur. El presidente Traman advirtió a Stalin que no in­
vadiera Japón y el líder soviético canceló la operación. La firmeza de
Traman tuvo su importancia, pero es difícil saber si los soviéticos en­
traron en Manchuria porque los estadounidenses habían lanzado la
bomba, o si los estadounidenses lanzaron las dos bombas, sin dar tiem­
po a una contestación japonesa, porque sabían de las intenciones so­
viéticas y quisieron pararlas. Stalin no pudo compartir la ocupación de
Japón, pero obtuvo sus ganancias, incluso cuatro islas que nunca per­
tenecieron al archipiélago de las Kuriles y que, para la causa, los so­
viéticos rebautizaron rápidamente como «pequeñas Kuriles». Inmedia­
tamente después de la conquista —nunca reconocida por Japón-, la
población japonesa fue deportada en su totalidad.
4.° La inmensidad de las pérdidas humanas: hubo que esperar has­
ta 1995, en el quincuagésimo aniversario de la victoria, para conseguir
cifras, que siguen siendo dudosas. Los soviéticos no las facilitaron nun­
ca. El problema se complica con las variaciones territoriales de la
URSS y las deportaciones, migraciones y exterminios, sin contar con
el problema de la amalgama entre las víctimas de la guerra y las de la
represión soviética. Además, cuando hay cifras, no tienen en cuenta
la geografía, sino que son globales.
En 1939, la URSS contaba con 170 millones de habitantes; en ju­
nio de 1941, con 193 millones; en 1959, el censo menciona 209 mi­
llones. Con un crecimiento demográfico normal (nulo de 1941 a 1945,
del 1 por ciento anual de 1945 a 1953, del 1,5 por ciento después), el
censo debería haber registrado 229 millones. Faltaban los famosos «20
millones de muertos durante la gran guerra patriótica», abusivamente

343
presentados muchas veces como «20 millones de rusos muertos». «Vein­
te millones de personas han muerto para que vosotros podáis vivir»,
rezaba el refrán patriótico de los años cincuenta. Hoy se habla de 26,4
millones de muertos, de los cuales 8,668 millones perecieron en com­
bate y un millón entre guerrilleros y sus familiares y vecinos, víctimas
de la represión. De los 5,4 millones de prisioneros de guerra, 1,836 mi­
llones salieron con vida de los campos y regresaron al país: 80.000 ca­
yeron en las brigadas de trabajo y en los campos del Gulag. De los 1,4
millones de desaparecidos, unos 500.000 lograron quedarse en Occi­
dente y evitar la temida repatriación (cifras de febrero de 1995, dadas
por la Comisión Estatal sobre Prisioneros de Guerra y Desaparecidos).
La altísima tasa de mortandad entre los combatientes se debió a la
indiferencia del alto mando. Oficialmente, 158.000 soldados fueron
ejecutados, con o sin juicio sumario, en virtud de la orden 227 del 28
de julio de 1942: «Los que causan pánico y los cobardes serán fusila­
dos en el acto». Entre los 14 millones de civiles se incluyen unos seis
millones de víctimas de la represión de Stalin entre 1939 y 1946. Los
no rusos son, en cifras absolutas y proporcionales, más numerosos que
los rusos, por la política de «limpieza étnica» entre 1939 y 1941 en los
territorios anexados y por la política de los ocho «pueblos castigados»
después.
La URSS sufrió una terrible sangría, cuyos efectos a largo plazo se
pueden leer en la pirámide de edades todavía hoy. El poeta chuvasio
Guennadi Aigui escribe en sus Conversations a distance (París, 1994):

«Mi generación creció sin padres. Basta con decir que en mi pue­
blo había trescientos hogares y que no volvieron de la guerra más
de doscientos hombres; parte de los supervivientes constituyó el
núcleo de la mafia del koljós y del soviet del pueblo, de eso soy
testigo; su violencia y su crueldad se ejercía justamente contra la
pobre feminidad cuya llama subsistía. Para mí, el verdadero "pue­
blo” es, sencillamente, mi madre y sus sufrimientos».

La catástrofe golpeó de manera selectiva a las diversas nacionali­


dades y modificó la composición nacional de la URSS. En 1926, un
soviético de cada cinco se declaraba ucraniano; en 1937, antes de los
grandes cambios territoriales de esa región, menos de un habitante de
cada seis se declaraba ucraniano. Por cada diez rusos, hay tres ucra­
nianos. Los kazajos sufrieron aún más; la población de los diversos
pueblos del Volga, del norte de Kazajistán y del país turkmeno tam­
bién disminuyó. Alemanes del Volga, mordovos, chuvasios, maris, tur­

344
kmenos conocieron el mismo descenso que los bielorrusos, ucranianos
y kazajos. Los censos no hablan de los dos millones de polacos que se
quedaron en la Ucrania occidental, alrededor de Lvov.
Una crisis demográfica de esa envergadura es difícil de medir por­
que las cifras no tienen en cuenta los efectos de las heridas, el debili­
tamiento de por vida de la gente que sufrió el sitio de Leningrado o
pruebas semejantes; la disminución del rendimiento de los trabajado­
res soviéticos (en 1954, la productividad sigue al nivel de 1940) se
debe a ese fenómeno. En la pirámide de edades, la generación de 1942
representa apenas un poco más de la mitad de la generación de 1940.
La guerra provocó además un desequilibrio entre los sexos que ha
marcado de manera duradera los dinamismos demográficos de la
URSS, especialmente la nupcialidad. Ese desequilibrio causó un triple
traumatismo: la ruptura inmediata de las familias, la dificultad para
casarse y la competencia entre matrimonio y segundas nupcias (de las
viudas).
5.° La deserción de los soldados soviéticos: «Entre nosotros no hay
prisioneros de guerra, sino sólo traidores de la patria», afirmó Stalin en
el verano de 1941, cuando firmó la orden 270 del 16 de agosto y la or­
den secreta 1919 del 12 de septiembre, que consideraban a los presos
como traidores (implicando a sus familias) y establecían en la reta­
guardia unidades del NKVD para disparar sobre las tropas en retirada.
De los tres millones de soldados del verano de 1941, quedaba en
septiembre, en retirada, apenas un millón. Los otros habían muerto, se
habían desbandado o se encontraban presos. Muchos se entregaron
muy pronto, sin ofrecer una verdadera resistencia. Ya hemos visto por
qué. En la primavera y el verano de 1942, el mismo fenómeno volvió
a presentarse, después de una resistencia mucho más seria. Stalin reac­
cionó con la tristemente célebre orden 227 del 28 de julio para impe­
dir que los soldados soviéticos siguieran entregándose.
En los campos alemanes, los soldados soviéticos fueron abando­
nados por su Gobierno, que no reconocía su existencia y no había fir­
mado las convenciones de Ginebra: los prisioneros de los otros países
recibían ayuda a través de la Cruz Roja, de acuerdo con dicha con­
vención, mientras los soviéticos morían de hambre.
En la guerra napoleónica, ningún ruso se entregó al enemigo. En
la «gran guerra patriótica», fueron divisiones enteras. Luego, entre los
presos, se reclutaron unidades para combatir contra el régimen sovié­
tico (véase el punto 6), sin hablar de los destacamentos reclutados por
los alemanes entre muchas naciones. «¿Cómo pudo ocurrir esto?», pre­
gunta Solzhenitsyn:

345
«Así era nuestro régimen, sólo esto lo explica. Pero, por otra par­
te, otros prisioneros que no habían ayudado a los alemanes, cuya
única culpa era continuar vivos, haber logrado huir y regresar con
los suyos, eran encarcelados y traicionados por tercera vez [la pri­
mera a la hora de la guerra; la segunda, a la del cautiverio]. En el
mejor de los casos pasaban por los campos de filtración y después
eran liberados. A otros les caían diez años, veinticinco años, o eran
fusilados» (1995).

La deserción o entrega de los soldados en 1941-1942 se explica


también por la indiferencia absoluta del alto mando por el precio en
vidas humanas. «Sin tener en cuenta las pérdidas» es la conclusión de
muchos telegramas. Era una vieja tradición rusa, pero hasta generales
duros como Zhúkov quedaban impresionados por la indiferencia total
de Stalin, sólo comparable con la de Hitler. «A cualquier precio» fue
la consigna que recibieron los generales y «éstos prendían en sus gue­
rreras la orden de Suvórov, la orden de Kutuzov, olvidando que en el
monumento a Kutuzov la inscripción rezaba: “Por haber alcanzado
gran éxito militar con mínimas bajas”» (Solzhenitsyn, 1995). Las bajas
no pudieron ser mayores: la relación de soldados muertos en comba­
te fue de 3,2 rusos por cada alemán.
Cuando a finales de noviembre de 1941 Guderian amenazaba
Moscú, Stalin contestó a Zhúkov, que pedía refuerzos: «Toma todo lo
que quieras, pero no toques la fuerza de trabajo de los buscadores de
oro» (los del Gulag), y a Beria le dio más tropas para que sirvieran
de guardias en los campos de concentración. A cambio, aceptó como
soldados a 450.000 detenidos del Gulag, voluntarios para el frente.
Muchos conocieron el destino del subteniente Iván Dmitrievich Perfi-
liev. Como «elemento socialmente peligroso» había sido condenado en
1937 y luego incorporado como voluntario en 1941; combatió toda la
guerra, ganó la medalla «Al honor» y dos medallas «Al valor» y, no obs­
tante, en 1945, fue enviado de vuelta a su lugar de destierro.
6.° Rusia no es la URSS: cuando se habla de los «20 millones de
muertos rusos», no se dice cuántos fueron víctimas de Stalin y menos
que los rusos representaban sólo el 55 por ciento de la población so­
viética. Tampoco se dice que la ocupación nazi afectó muy poco a Ru­
sia y sí, principalmente, al Báltico, a Bielorrusia y a Ucrania. Esa re­
gión fue realmente diezmada y sufrió millones de muertos bajo los
golpes nazis y soviéticos, a los cuales hay que añadir los propinados
por los combatientes de la «limpieza étnica», cuyas principales víctimas
fueron los judíos y los polacos.

346
En junio de 1941, el Reich invadió primero territorios que, en de­
recho internacional, eran polacos y rumanos, por más que los hubiera
invadido la URSS. Luego se apoderó de las provincias orientales de
Bielorrusia y Ucrania, de tal manera que, entre 1941 y 1944, fueron
esos territorios los que sufrieron la abominación nazi, principalmente
Ucrania. A los historiadores les cuesta trabajo ver y aceptar este hecho.
Los alemanes, obsesionados por la «raza», confundieron todas esas
naciones en un mismo desprecio y perdieron así la oportunidad de
quebrar políticamente a la URSS. La buena acogida que dichos pue­
blos les habían deparado inicialmente manifestaba la falsedad de la te­
sis según la cual la cuestión de las nacionalidades no existía en la
URSS. Su existencia explica la amplitud del fenómeno de la deserción
y el hecho de que el Ejército Rojo ostentase el récord absoluto de tasa
de deserción, lo cual no había ocurrido en el Ejército zarista. Sobre el
abanico de las naciones y la escala de su lealtad hacia la URSS hay
muchas variaciones a lo largo de los años 1941-1944.
Los ucranianos gozan de una fama muy mala entre los historiado­
res, que se han tragado la propaganda soviética posterior a la guerra
contra una guerrilla nacionalista ucraniana que no cesó hasta 1951.
Triunfó el cliché del ucraniano SS (no se dice que de las 39 divisiones
Waffen-SS, la mayoría no era alemana y que hubo una ucraniana, tres
holandesas, dos belgas, dos rusas, dos letonas, una francesa, etcétera)
o del ucraniano guardián de campos de exterminio. Para ser justo, ha­
bría que reconocer que Ucrania fue, con Polonia, el país de Europa
que tuvo más muertos.
La «limpieza étnica» asoló esas sociedades multinacionales que
contaban con bálticos, polacos, ucranianos y judíos. Entre 1939 y 1941,
los soviéticos deportaron masivamente y de manera pareja. A partir de
1941, los nazis se lanzaron contra los judíos; en 1942 empezó la ma­
tanza de los polacos católicos a manos de los nacionalistas ucranianos,
los cuales mataron también a muchos compatriotas. Se estima que
«limpiaron» entre 80.000 y 200.000 polacos. Entre 1944 y 1946 se rea­
lizó la purga de los «colaboracionistas», que se llevó a muchos inocen­
tes. Contra la interminable guerrilla nacionalista ucraniana, los sovié­
ticos aplicaron la estrategia de la tierra quemada. Todas las naciones
sufrieron horrores. Hubo guerra de todos contra todos.
El caso del llamado «Ejército Vlásov» no es más que un aspecto
del problema más general de la deserción. El gigantesco ejército de los
presos soviéticos despertó entre algunos oficiales alemanes, general­
mente no nazis, como Stauffenberg, la idea de reclutar voluntarios
para luchar contra el régimen comunista. Ese proyecto, lógicamente,

347
implicaba reconocer cierta autonomía y dignidad a esos eventuales
«aliados», pero no podía tener éxito cuando Hitler veía en Rusia, Ucra­
nia y Bielorrusia «las Indias germánicas», «el África alemana». Sin em­
bargo, en 1942 había ya 200.000 voluntarios soviéticos en el Ejército
del Reich; cuando empezó la batalla de Stalingrado eran 500.000 y más
de 800.000 en 1945.
\ El general Andréi Vlásov, exitoso y valiente militar soviético, ha­
bía caído preso en julio de 1942, después del sacrificio inútil de su
Ejército por un alto mando incapaz. Se dejó seducir por la idea de en­
cabezar la lucha contra Stalin, pero, como precisaba un memorándum
alemán, Vlásov «no será nunca un mercenario que comprar, no querrá
nunca mandar a mercenarios». Estaba dispuesto a aliarse con los ale­
manes para derrocar a Stalin. En marzo de 1943 elaboró un programa
democrático, llamado «Manifiesto de Smolensk», que disgustó a Hitler,
quien ordenó poner a Vlásov en situación de arresto domiciliario. En
1945, Vlásov no disponía de más de una división y media, en Che­
coslovaquia. Ayudó a los estadounidenses a liberar Praga. Entregado a
los soviéticos, fue torturado y ejecutado en 1946 con varios de sus co­
legas. En 1952, George Fischer hizo justicia a Vlásov y a los suyos, de­
mostrando que la conducta del «héroe de la defensa de Moscú y Le-
ningrado» no tenía nada que ver con la traición vulgar, menos aún con
la conversión al nazismo. Veinte años después, Solzhenitsyn lo confir­
maba, demostrando que el general y sus soldados fueron víctimas an­
tes que culpables. Los «vlasovianos» no fueron sino unos pocos miles
de hombres entre los dos millones de soldados soviéticos presos en
Alemania que los Aliados entregaron a Stalin en 1945 y 1946, conde­
nándolos al paredón o al Gulag.

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350
13
El imperio de Stalin

El periodo que discurre entre 1945 y 1953 sigue siendo mal cono­
cido; vio el apogeo de la lógica económica y política instaurada des­
pués de la NEP. Esos años no fueron caóticos como la década de los
treinta, sino que correspondían al «estalinismo maduro», con todo el
«misterio de la noche estaliniana», con su estilo pesado, colosal, im­
perial. En la persona del mariscal Stalin parecía reconciliarse el tiem­
po zarista con el momento bolchevique: del zar-padre (batiushka) al
«padre de los pueblos». Esos años fueron de dureza material en la vida
cotidiana y de dureza a secas, con el apogeo del Gulag y los procesos
en las «democracias populares», y con la preparación de un segundo
Gran Terror y de una tercera guerra mundial, ambos suspendidos por
la muerte de Stalin. El sistema, en su perfección, elaboró un fantásti­
co coqueteo ideológico monárquico-leninista; se dio una genealogía
que descendía de Iván hasta José, pasando por Pedro y Vladímir Ilich.
Stalin, el último héroe, figuraba como el Padre de la Victoria y de los
pueblos, el gran Unificador del Imperio. Hacia fuera, Stalin, en nom­
bre del internacionalismo, siguió su política de expansión; hacia den­
tro, ejerció el poder ilimitado de Supremo, Guía, Maestro. La idea im­
perial de Stalin fue la de un Estado totalitario, todopoderoso, servido
por todos, dirigido por el Poderoso divinizado.

Hacia fuera

En un principio, «Unele Joe» fascinó a los anglosajones: ¿no había


disuelto el Komintern y prometido en Yalta elecciones libres en los
países ocupados por sus ejércitos? No había abusado de su fuerza en
Finlandia: después de conseguir Carelia y el pago de reparaciones, ha-

351
bía retirado a sus soldados; en Grecia, había aceptado la intervención
inglesa contra los insurgentes comunistas. Además, no tenía la bomba
A y necesitaba toda la ayuda económica de Estados Unidos; estaba fra­
casando en su proyecto neozarista de crear en Irán las repúblicas «so­
cialistas» de Kurdistán y Azerbaiyán (1946), y también en China con
su república del Sinkiang; sus reclamaciones a Turquía para obtener el
control de los estrechos y los territorios perdidos en 1918 (Carso, Ar-
daham), habían cesado con la movilización de los turcos.
Roosevelt, al hablar de Stalin a William Bullitt, su amigo y emba­
jador, dijo: «Si le doy todo lo que sé que puedo darle, sin pedir nada
a cambio, noblesse oblige, no podrá pensar en anexionar nada y acepta­
rá trabajar conmigo por un mundo democrático y pacífico». Bullitt le
contestó que en cuanto a noblesse oblige, «no se trataba del duque de
Norfolk, sino de un bandido del Cáucaso que piensa, al obtener algo
gratis: mi socio es un burro», De Gaulle explicó en septiembre de 1959
al presidente Eisenhower, en París: «¿Cree usted que un Pedro el Gran­
de hubiera arreglado el asunto de las fronteras y de los territorios de
manera diferente?».
La victoria había dado a Stalin la posibilidad de multiplicar las
conquistas, de caminar hacia el oeste y restablecer una frontera que dos
zares habían edificado pacientemente, desde Pedro el Grande hasta
Alejandro I. Borró las consecuencias de la primera guerra mundial; reu­
nió a todas las Rusias, la grande, la pequeña, la blanca y la roja (Ga-
litzia); aplicó el viejo dicho: vae victis. Anexionó toda la gran isla de
Sajalín, las Kuriles y cuatro islas más, y tomó el control de Manchu-
ria, de Port Arthur y del ferrocarril transmanchú, dándole un triunfo
postumo a Nicolás II, el vencido de 1905. Anexionó también el terri­
torio mongol de Tuva.
Hacia el oeste, anexionó los países bálticos y Bielorrusia, Carelia,
Besarabia y Bukovina (Moldavia), Rutenia subcarpática y Galitzia, Kö­
nigsberg (Kaliningrado) y una buena parte de Prusia oriental. Dio Po-
merania, Silesia y la otra mitad de Prusia oriental a los polacos expul­
sados de Galitzia y Bielorrusia: dos millones de polacos y ocho millones
de alemanes fueron expulsados, contra todo derecho: vae victis!
«Todo el mundo impone su sistema social tan lejos como puede
alcanzar su Ejército», explicó Stalin cuando sus soldados terminaban
de ocupar la tercera parte de Alemania, después de haber ocupado Po­
lonia y toda la Europa central. A finales de 1944, Moscú se desenten­
dió del Gobierno polaco de Londres en favor del comunista Comité
de Lublin, fundado en julio. Los «órganos» y el Ejército Rojo em­
prendieron la liquidación violenta de la resistencia no comunista. Los

352
Aliados, Churchill muy especialmente, defendieron a los polacos has­
ta la Conferencia de Potsdam, pero, como dijo Andréi Gromyko, «Sta-
lin peleó como un león para que Polonia fuese un Estado socialista, y
lo logró».
El 27 de febrero de 1945, Vyshinski voló a Bucarest para nombrar
un Gobierno ramano-prosoviético. La resistencia del rey se mantuvo
hasta el día 2 de marzo, cuando el Ejército Rojo tomó posiciones en
las calles de la capital. Lo mismo ocurría en Sofía y Budapest. Chur­
chill fue el primero en abrir los ojos: el 12 de mayo de 1945 mandó a
Traman, el nuevo presidente estadounidense, el telegrama del «telón
de acero». Señalaba que los acuerdos de Yalta no habían sido respeta­
dos por Stalin, quien controlaba Europa central hasta Viena y todos
los Balcanes, menos Grecia: «Sobre el frente raso se ha corrido un te­
lón de acero y no sabemos lo que está sucediendo tras él. Parece se­
guro que todas las regiones al este de la línea Lübeck-Trieste-Corfií
pronto quedarán totalmente en sus manos». La fórmula del telón de
acero se popularizó después del discurso pronunciado por Churchill
en junio de 1946, en el Westminster College, de Fulton, Missouri.
Para Stalin, eso no era satisfactorio; a quien le felicitaba, el 9 de
mayo de 1945, por la entrada de sus tropas en Berlín, le contestaba
que Alejandro I había llegado hasta París. En una reunión en noviem­
bre de 1947 con el jefe del Partido Comunista francés, Maurice Tho-
rez, Stalin dijo: «Si Churchill hubiera retrasado un año la apertura del
segundo frente en el norte de Francia, el Ejército Rojo habría entrado
en Francia». «El camarada Stalin dice que consideramos llegar incluso
hasta París», comentó el intérprete, según la minuta de la sesión. «Tho-
rez dice que puede asegurar al camarada Stalin que los franceses ha­
brían dado una entusiasta bienvenida al Ejército Rojo.» El camarada
Stalin dice que en este caso «De Gaulle se habría ido», agrega el do­
cumento. Por eso terminó de digerir Europa central y lanzó a los par­
tidos comunistas nacionales a la toma del poder en Italia y Francia.
Esa última operación fracasó a finales de 1947, pero por entonces, fue­
ra de Checoslovaquia, no quedaba un solo Gobierno no comunista. La
«estrategia del salchichón», definida por el húngaro Matyas Rakosi
como la captura progresiva de Gobernación, Justicia, Defensa, los me­
dios y los sindicatos, había funcionado gracias a la presencia del Ejér­
cito Rojo y de los «órganos». El fraude electoral no presentaba el me­
nor problema en esas condiciones. El caso checo era un poco diferente
porque, mientras Bulgaria, Hungría y Rumania habían sido aliados del
Reich, Checoslovaquia había sido su primera víctima. Con paciencia
se usó la amistad raso-checa: en las elecciones libres de 1946, los co­

353
munistas obtuvieron el 38 por ciento de los votos, un récord europeo.
En 1947, el Partido Comunista perdió mucha popularidad, pero tomó
el control de las secretarías clave para acabar con todos los opositores.
Eñ febrero de 1948, el «golpe de Praga» terminó con la ficción de una
república checa pluralista e independiente. «¿Las elecciones? Tenemos
las armas y los métodos suficientes para corregir los votos puramente
mecánicos», dijo Klement Gottwald, el dirigente comunista.
Así, la pregunta de quién carga con la responsabilidad de haber
empezado la guerra fría no tiene sentido. Stalin, como el emperador
Napoleón, exportó la revolución y rodeó el imperio de una serie de sa­
télites, contestando la pregunta que se hacían tantos rusos en el siglo
pasado: «Ese coloso, ¿habrá sido creado para nada?». El coloso tenía
un sentido, y ¡qué sentido! Como las naciones con un destino impe­
rial, la Rusia soviética estaba más impaciente por resolver los proble­
mas de los demás que los suyos propios.

La guerra fría

Durante el verano de 1945 los estadounidenses habían empezado


a evacuar Europa y, sin el problema de los barcos, ningún soldado ha­
bría quedado en el continente a finales de año. Enfrente, la presencia
masiva del Ejército Rojo y la actuación de los partidos comunistas en
Europa occidental creaban un desequilibrio muy grande. Churchill lo
entendió enseguida. George Kennan, diplomático estadounidense que
conocía Moscú y tenía una buena cultura rusa (por tradición familiar),
redactó el 22 de febrero de 1946 el famoso «telegrama largo», que de­
sarrolló después en un artículo no menos célebre, firmado X.1 En él
señalaba que Stalin perseguía la eliminación de toda influencia de Es­
tados Unidos en Europa y la sovietización del continente. Predicaba el
«containment»: la contención defensiva de un ex aliado transformado
en peligroso enemigo. Kennan sabía que en 1943 el embajador sovié­
tico Maxim Litvínov, antes de regresar a Moscú caído en desgracia, ha­
bía confiado a Sumner Welles, subsecretario, que era muy pesimista en
cuanto al mantenimiento de la colaboración después de la victoria. El
23 de mayo de 1946, el mismo Litvínov dijo al embajador estadouni­
dense: «Al final de la guerra esperé una real cooperación internacional
[...] ahora creo que lo mejor que podemos esperar es una tregua pro­

1. «The Sources of Soviet Conduct», en Foreign Affairs, 1947. (N. del A.)

354
longada». Años después, le haría eco esta frase de Raymond Aron: «Paz
imposible, guerra improbable». El diplomático inglés Frank Roberts le
hizo notar, en septiembre de 1946, que los dirigentes soviéticos no po­
dían desear la guerra. Litvínov contestó: «Hitler tampoco la quiso, pero
los acontecimientos son demasiado fuertes para los que deberían
controlarlos, cuando les han imprimido un curso equivocado». Con­
cluyó que la URSS había ganado la guerra y perdido la paz: «Vosotros
tenéis que torear al toro».
«Torear al toro» es lo que hizo Estados Unidos cuando en 1947 sus­
pendieron la desmovilización y empezaron su rearme. El 12 de marzo
de 1947, Truman definió la «doctrina» que lleva su nombre, al anun­
ciar que Estados Unidos relevaba al Reino Unido para asegurar la de­
fensa de Grecia y Turquía frente a la URSS; en junio fue lanzado el
plan Marshall de financiamiento de la reconstrucción de toda Europa,
incluso la URSS. Checoslovaquia, Polonia y Hungría aceptaron ense­
guida,, hasta que Moscú se lo prohibió. A cambio, Stalin organizó el
saqueo de la economía de esos países. Todos, menos Polonia y Che­
coslovaquia, tuvieron que pagar reparaciones; todos sufrieron la im­
posición de acuerdos de intercambio con «precios de amigo» increí­
blemente bajos. En diez años, la URSS obtuvo 14.000 millones de
dólares, o sea, el equivalente de la ayuda estadounidense a Europa vía
el plan Marshall.
En septiembre de 1947 nació el Kominform, Buró de Información,
común a todos los partidos comunistas del Ural al Atlántico; en abril
de 1948 se creó la Organización Paralela de Cooperación Económica
Europea, la futura O C D E; Stalin replicó con el Comecon (Consejo de
Ayuda Económica Mutua). El bloqueo económico del campo socialis­
ta empezó en 1949, con el embargo sobre equipos y tecnologías sus­
ceptibles de modernizar la economía soviética.
Como los Aliados preparaban la unificación de sus tres zonas de
ocupación en Alemania Occidental, Stalin empezó el 24 de junio
de 1948 el bloqueo de Berlín Occidental; la firmeza de los Aliados, la
organización de un puente aéreo para alimentar a dos millones de per­
sonas y la sucesión de episodios dramáticos llevaron al fracaso del in­
tento y a su fin el 12 de mayo de 1949. El 23 de mayo nació la Re­
pública Federal de Alemania e, inmediatamente después, la República
Democrática de Alemania.
En 1949, la victoria de los comunistas chinos no alegró a Stalin,
pero preocupó mucho a los estadounidenses, que habían apoyado al
vencido Chiang Kai-shek. Francia estaba condenada a perder la guerra
de Indochina frente al comunista nacionalista Ho Chi-minh; el conflic­

355
to entre lito y Stalin salió a la luz pública en junio de 1948, pero ni las
amenazas militares, ni el bloqueo económico, ni los intentos de asesi­
nato intimidaron a Tito. El año 1949 vio también la explosión de la
primera bomba atómica soviética: la URSS y Estados Unidos obten­
drían la bomba H, al mismo tiempo, en 1953, pero los estadouniden­
ses construían una serie de pactos alrededor del mundo (OTAN en
1949, ANZUS en el Pacífico Sur, OTASE en el sureste de Asia, CEN-
TO en el Medio Oriente) que les permitían establecer un cinturón de
bases para los bombarderos del Strategic Air Command. Empezaba el
equilibrio del terror y el problema estratégico de cómo no utilizar la
bomba, cuando las estrategias indirectas favorecían a Estados Unidos.
En junio de 1950 empezó la guerra de Corea, esa península dividida
en dos, como Alemania; después de varias peripecias, la guerra termi­
nó en un empate. La ofensiva inicial de los norteños comunistas,1 apo­
yados por la URSS, provocó la desbandada de los sureños; luego, la
intervención estadounidense al mando de MacArthur empujó al Ejér­
cito norteño hasta la frontera con China; a la masiva intervención chi­
na, MacArthur pretendió contestar con 50 bombas atómicas; el presi­
dente Traman relevó al popularísimo general. Siguieron tres años de
una guerra de trincheras, a lo largo de la cual murieron 30.000 solda­
dos estadounidenses; unos miles de franceses, ingleses, turcos y lati­
noamericanos bajo la bandera de la O NU, que había condenado la
agresión comunista; 400.000 soldados surcoreanos, y 1,5 millones de
soldados chinos y norcoreános. En el aire, se enfrentaron pilotos esta­
dounidenses y soviéticos (en aviones con matrícula china o coreana).
Por esas fechas, Stalin preparaba la guerra mundial.
En enero de 1951, reunido en el Kremlin con los dirigentes de los
países socialistas, Stalin explicó que había llegado el momento de ata­
car la Europa capitalista. Afirmó que la debilidad de Estados Unidos
se estaba comprobando en Corea (el 4 de enero de 1951, las tropas chi­
nas habían tomado Seúl y Mao proclamaba su intención de «lanzar a
los estadounidenses al mar») y declaró que la URSS gozaría de supe­
rioridad militar sólo durante cuatro años y que, por lo tanto, había que
movilizar todas las energías para dar el golpe decisivo. Su discurso en
el XIX Congreso del Partido, el 14 de octubre de 1952, proporcionó
la base ideológica para la ofensiva. En 1953, Stalin murió y la guerra
de Corea se acabó.

1. Praga en 1948, China en 1949, la bomba rusa y enseguida la guerra de Corea


despertaron en la opinión estadounidense un reflejo histórico: «nos ganaron, nos roba­
ron los espías», lo cual explica la popularidad y violencia del macarthismo. (N. del A.)

356
George Kennan escribe en 1960:

«Frente a esas frustraciones (Corea, etcétera), los últimos años de


Stalin fueron de creciente locura y esterilidad. Sus ideas en políti­
ca exterior tendían a revivir viejas situaciones, a usar viejas recetas.
Lo mismo era cierto en los asuntos interiores. Stalin era un hom­
bre peligroso al final y hasta el final gozó de una autoridad in­
contestada».

Dentro

Durante la retirada, los alemanes destruyeron sistemáticamente


todo:, ciudades, pueblos, vías de comunicación, cosechas, animales.
Para el ganado, que aún no se recuperaba de la matanza de la colecti­
vización, fue una catástrofe; todo eso explica la pobre cosecha de 1945
y, con; la sequía de 1946, una producción tan baja que las estadísticas
oficiales no la registraron. La mala cosecha, la crisis de los transportes
y la indiferencia de las autoridades explican que en 1946-1948 una ver­
dadera hambruna matase a un millón de soviéticos. En 1948-1951, las
cosechas fueron buenas, pero la de 1952 volvió a ser insuficiente.
Mientras la hambruna devastaba las provincias de Kursk, Voronezh,
Tambov, Oriol, el Estado exportaba granos, costase lo que costase, y
lanzaba una campaña contra el «individualismo koljosiano»; luego
reactualizó la vieja legislación represiva y aumentó las requisas hasta
tal punto de que, en 1953, la crisis de los koljoses amenazó todo el
equilibrio económico.
En las ciudades, la vida también era dura. La crisis de la vivienda,
permanente antes de la guerra, se volvió espantosa. Muchas ciudades
habían sido arrasadas por la guerra; en 1945, 18 millones de soviéticos
vivían en chozas. El problema se agravó por un éxodo rural acelerado
tanto por la urbanización general como por el empeoramiento de la
situación del campo. En 1945 había 56 millones de habitantes urba­
nos. En 1953 eran 75 millones y los barrios de chabolas rodeaban las
urbes.
La URSS confirmaba su estatus de gran potencia pobre; a pesar
del crecimiento económico, su PNB alcanzaba apenas la tercera par­
te del de Estados Unidos; en cifras globales, en 1948 había recupe­
rado su nivel de 1940, pero la gente pasaba hambre, cuando no se mo­
ría de hambruna, y la ración cotidiana individual no era superior a la

357
de 1913; ahora se comía menos pan y más patata. En cuanto a la ofer­
ta de productos manufacturados, admitimos, como los contemporá­
neos, que es mejor olvidarse del tema. La industria pesada tradicional,
con el binomio carbón-acero, conservaba la prioridad absoluta, más
aún con la carrera armamentista. Cristalizaba el dualismo de un com­
plejo militar industrial perenne, siempre el primero en ser atendido, el
más moderno y todo lo demás: subdesarrollado, arcaico, olvidado. En
1953, la URSS no tenía una industria química verdadera; su produc­
ción petrolera era ridicula (38 millones de toneladas). Así como la te­
sis de «sólo carbón» ninguneaba el motor Diesel, en la agricultura el
triunfo de Lysenko y sus aberraciones eliminaba la genética.
Un refrán popular del tiempo de Iván dice: «Cerca del zar, cerca de
la muerte». El viejo Stalin no dejó nunca de ser terrible. Después
de castigar a los «pueblos traidores», se sintió confortado en su anti­
nacionalismo (menos el ruso) por la «traición» de Tito: deportó a los
bálticos, ucranianos, musulmanes, castigó en Georgia a los de Mingre-
lia; liquidó la dirección de todos los partidos comunistas de las «de­
mocracias populares»; Wladislaw Gomulka en Polonia salvó la vida,
pero no Lazslo Rajk en Hungría, ni T. Rostov en Bulgaria, ni tampo­
co Clementis y Slanski en Checoslovaquia. Según Boris Nicolaevski, el
proceso de los últimos, en 1951, estuvo ligado a la preparación de la
tercera guerra mundial. En 1948, desde Praga, la URSS había manda­
do armas a Israel; luego el giro pro árabe de la Unión Soviética, obe­
deciendo la lógica de la guerra fría, alentó el antisemitismo; Slanski,
Clementis, todos los acusados del proceso de Praga eran judíos y se les
acusó de «sionismo». Además, los procesos, organizados sobre el mo­
delo de los de Moscú en los años treinta, apuntaban a la integración
de las democracias populares a la URSS: nunca más un Tito. En todos
esos países, expertos soviéticos poblaban los órganos de seguridad. Las
dos capitales en las que los procesos tomaron la dimensión más trági­
ca fueron Budapest y Praga. En Berlín no fue necesario organizar nin­
gún proceso: el nacionalsocialismo había preparado el terreno del con­
formismo obediente con su Gleichschaltung (igualación).
El 6 de noviembre de 1943, Stalin había dicho: «Las lecciones de
la guerra nos dicen que el orden soviético de las cosas es no solamen­
te la mejor manera de organizar la reconstrucción económica y cultu­
ral en los años de paz, sino también de movilizar las fuerzas del pue­
blo en tiempo de guerra». En consecuencia, el sistema no fue cambiado
y la represión se redobló. El Gulag vio romperse todos los récords de
afluencia. Campos y colonias pasaron de 1,2 millones de personas en
1944 a 2,5 millones en 1953, mientras que «los desplazados especiales

358
en pueblos de colonización» subieron de 1,7 a 2,7 millones de perso­
nas. Llegaba gente nueva, más «dura» que los «enemigos del pueblo»
de los años treinta: vlasovistas, «banderistas» (nacionalistas ucranianos),
«occidentales» (uniatas de las iglesias greco-católicas suprimidas entre
1946 y 1949), «hermanos del bosque» (guerrilleros bálticos), chechenos,
etcétera. Las condenas se alargaron hasta ser, por lo menos, de veinti­
cinco años. En consecuencia, la indisciplina aumentó, como la des­
obediencia y el motín; la administración intentó estimular racional­
mente la producción con bonificaciones, salarios, alimentos extra: la
mortalidad disminuyó, pero la rentabilidad del Gulag no aumentó. Los
detenidos nacionalistas y religiosos no eran fáciles de manipular; en
cuanto a los delincuentes, se organizaron en bandas, agrupadas en dos
grandes familias: los «puros» y las «perras»; los puros no colaboraban
con las autoridades, a diferencia de las perras. Una verdadera guerra
ensangrentó todo el archipiélago, minando la autoridad del Estado.
Los problemas de la no rentabilidad y del creciente descontrol expli­
can en gran parte las apresuradas amnistías de 1953-1957, inmediata­
mente después de la muerte de Stalin.
Fuera del Gulag, los mil detalles de la opresión del sistema pare­
cen más anodinos: los perseguidos temían visitar a sus amigos, para no
comprometerlos; sus amigos dejaban de visitarlos, con vergüenza. El
infeliz proscrito, apestado y apartado del género humano, se encon­
traba en cuarentena, como Anna Ajmátova o Zoshchenko, a partir de
1946. No les quedaban más visitas que las de los espías que vigilaban
sus sentimientos, caminatas, peticiones. Lydia Chukovskaya, Nadejda
Mandelstam revelan los sufrimientos de una época en la cual los ta­
lentos eran siempre amenazados con la reclusión o el exilio, todos los
talentos: el físico y el poeta, el militar y el economista, el médico y el
biólogo. El glorioso mariscal Zhúkov vivió durante años con el male­
tín preparado para la cárcel. Al año de la victoria, dejó de ser vicemi­
nistro de la Defensa y comandante de las tropas de tierra; tuvo la for­
tuna del exilio, primero a Odesa y después a Siberia. Le pasó lo mismo
al almirante Kuznetsov; los generales del Estado Mayor de Zhúkov en
Alemania no tuvieron la misma suerte: fueron arrestados y varios fusi­
lados en los años cincuenta.
La política tuvo algo que ver con ese terror rampante. Parece que
los servidores de Stalin se habían dividido en dos facciones: la de An-
dréi Zhdánov y la de Lavrenti Beria. Stalin, como siempre, jugaba con
dos barajas. Zhdánov murió (¿de enfermedad?, ¿asesinado?) en 1948 y
Beria, con la ayuda de Abakúmov y de Malenkov, pasó enseguida a la
ofensiva. En 1948 Stalin había ordenado la creación de nuevos cam­

359
pos y de prisiones especiales suplementarias para los «trotskistas, men­
cheviques, SR, anarquistas, emigrados blancos». El lenguaje de 1928.
Beria introdujo entre los «neotrotskistas, mencheviques, etcétera...» el
llamado (neo)grupo de Leningrado. No se llamaban ya Zinóviev y Ká-
menev, sino Piotr Popkov y Alexéi Kuznetsov, los defensores de la ciu­
dad durante el sitio alemán. En el mismo grupo metió a Nikolái Voz-
nesenski, presidente del Plan en 1938, miembro del Comité Central en
1939, eficiente organizador de la economía de guerra, miembro del Po-
litburó en 1947. Fue arrestado a finales de 1949 y ejecutado en 1950
sin haber confesado nada, como los demás. Luego Stalin confió a Vík-
tor Abakúmov, ministro de Seguridad entre 1946 y 1951, la tarea de
investigar sobre Malenkov y Beria. Para entonces, Mólotov, el fiel ser­
vidor, había sido destituido (Vyshinski lo sustituyó en Relaciones
Exteriores) y su mujer, Paulina, arrestada por «sionista». Cuando Aba­
kúmov hubo cumplido con su tarea, fue arrestado en julio de 1951.
Mientras Beria caía en semidesgracia, ascendían los «jóvenes»: Malen­
kov, Ignatiev, Jruschov. A finales de 1952, la caída de Beria, Mólotov
y Mikoyán empezó a precisarse. Estalló el asunto de las «batas blan­
cas», la fantasmagoría de un complot judío para asesinar a Stalin,
«como asesinaron a Zhdánov». Los soviéticos comunes y corrientes de­
jaron de confiar en sus médicos; la gente pelirroja, o con pelo rizado,
o con nariz borbónica sufría insultos en la calle; les decían «yid asque­
roso». «Todo eso me huele feo. Yo, de ser judío, huiría hasta el Polo
Norte. Mejor: hasta el Polo Sur», decía un vecino de Yuri Orlov. «Es-
kin, uno de los estudiantes más brillantes de la universidad, escogió
otro medio de huir: saltó desde el sexto piso. En una reunión extraor­
dinaria del Komsomol, sus compañeros de generación, entre los cuales
la tercera parte era judía, condenaron su conducta como indigna.»
En esos días se desató una gran ofensiva contra la física, la mecá­
nica cuántica y la teoría de la relatividad. En una sesión (extraordina­
ria) de la Academia de Ciencias, los investigadores tuvieron que con­
denar los conceptos oscurantistas y subjetivistas de Einstein y Bohr.

Stalin

Más paranoico que nunca, Stalin se quedaba solo. En los últimos


meses de su vida se separó hasta de sus hijos, Vasili y Svetlana. En 1947
había mandado al Gulag a su cuñada Evguenia Zamlianina —su aman­
te, antes de la guerra—y a su hija. A las preguntas de su querida Svet-

360
lana sobre por qué arrestaban a sus tías, el padre se limitó a contestar:
«Han hablado demasiado». La esposa judía del director de su secreta­
riado particular, Poskrebychev, murió en el campo; luego Stalin persi­
guió al marido. A principios de 1953, Stalin «desenmascaró» a Mólo-
tov, Voroshilov y Mikoyán. Se quedó solo en la triste compañía de
Beria, Malenkov y Jruschov, entre otros, en cenas interminables, enve­
nenadas por la desconfianza recíproca.
Stalin murió a principios de marzo de 1953. Su hijo, el borracho
Vasili, fue a la cárcel un mes después porque gritaba que su padre ha­
bía sido asesinado. No se puede descartar totalmente la hipótesis de un
envenenamiento preventivo por parte de Beria, pero lo más probable
es que se tratara de «no asistencia a persona en peligro». Cuando des­
cubrieron a Stalin tirado en el suelo, había sufrido el principio del ata­
que muchas horas antes; doce horas más pasaron antes de la llegada
del primer médico. Demasiado tarde.
Después de cuatro años de guerra y de una difícil e inacabada re­
construcción, con la terrible perspectiva de una nueva guerra mundial,
el pueblo soviético no dejó de temblar hasta la muerte de Stalin, y, sin
embargo, Stalin era popular. El pueblo, obsesionado como su tirano
por la guerra, veía enemigos en todas partes; por eso el éxito de la cam­
paña antisemita contra el «cosmopolitismo sin raíces». El pueblo tenía
como único recurso la fuerza rígida, implacable del Vozhd, el Gran Ti­
monel; se amparaba detrás del escudo del Centinela que vigilaba in­
cansable.
Y, de repente, el 5 de marzo de 1953, Stalin murió. Como dice
Grossman, en Todo pasa:

«Sin que lo haya previsto ningún plan, sin instrucción de los ór­
ganos directores. Stalin murió sin orden del camarada Stalin. Esa
libertad, esa fantasía caprichosa de la muerte contenía alguna di­
namita que contradecía la esencia más secreta del Estado. ¡Stalin
ha muerto! En ciertas escuelas, los maestros obligaron a los alum­
nos a arrodillarse; luego, poniéndose de rodillas, en lágrimas, les
leyeron el comunicado oficial».

En las fábricas y oficinas mucha gente sufrió crisis de histeria, gri­


tando como dementes, rompiendo en llanto, desmayándose. Hasta en
los campos se manifestó la misma emoción. Pero también en los cam­
pos, decenas de miles de presos bajo escolta se pasaban el mensaje en
voz baja: «Ha reventado..., ha reventado». En algunos campos hubo
una explosión de alegría al grito de «¡Ha muerto Stalin!».

361
Muchos no supieron si llorar o bailar de alegría. Millones desfila­
ron para ver al difunto en la Casa de los Sindicatos en Moscú; 5 mi­
llones según el diplomático mexicano. El joven poeta Evgueni Yevtu­
shenko lloró, como muchos.

«Nunca olvidaré cómo marchamos hacia el féretro de Stalin. De


todas las calles circunvecinas, una marea humana convergía hacia
la plaza Tmbnoi para descender enseguida hacia la Casa de los So­
viets, donde estaba expuesto el cuerpo.
ȃramos ya decenas de miles de hombres apretados unos contra
otros. La muchedumbre era tan densa que su aliento formaba una
auténtica nube blanca. En este frío día de marzo, la nube queda­
ba suspendida por encima de nuestras cabezas y se deshilachaba
sobre los árboles desnudos, que parecían también llorar. Era un es­
pectáculo fantástico.
»Los hombres seguían llegando de todas partes, empujando a quie­
nes los precedían, como si tuvieran prisa por alcanzar el cadáver
del ídolo difunto. A su impulso, la multitud que descendía lenta­
mente la cuesta hacia la Casa de los Soviets se transformó, de gol­
pe, en un terrible torrente humano...
»Sentí que esa masa ciega me llevaba como un pedazo de madera
zozobrante, impotente, sobre el agua. Me llevaba derecho hacia un
poste de alumbrado. Tuve la impresión de que esa cosa metálica
marchaba implacablemente hacia mí. De pronto una niñita, apre­
sada contra el poste, gritó de horror. No oí su grito en medio de
las lamentaciones, de los suspiros, pero vi en su rostro algo como
una imagen inolvidable del Apocalipsis. Sentí en mi cuerpo el que­
brantamiento de sus huesos frágiles, y, horrorizado, cerré los ojos
para no ver la mirada azul de la niña agonizante.
»Cuando volví a abrirlos, ya estaba lejos del poste. Milagrosamen­
te, la ola humana me había salvado. Ya no estaba la niñita. Había
desaparecido bajo la muchedumbre. Otro hombre se debatía en su
lugar, abriendo sus brazos como un crucificado y suplicando va­
namente que se le permitiera soltarse.
»El torrente me impulsaba siempre. Bajo los pies sentí de pronto
una cosa blanda. Tardé un momento en darme cuenta de que mar­
chaba sobre un cuerpo humano. Agité las piernas con horror y per­
manecí suspendido en la muchedumbre que descendía la pendien­
te. Durante un largo momento traté de no marchar sobre los pies.
»Me salvó mi alta estatura. Los más bajos caían sofocados antes de
ser pisoteados por la muchedumbre. Estábamos metidos en una

362
auténtica ratonera. Los camiones militares, cerrados uno contra
otro, angostaban el camino y obstruían nuestro paso. La ola hu­
mana se golpeaba contra ellos con la violencia de una avalancha.»

Oficialmente hubo 1500 muertos. El día de la coronación del zar


Nicolás, que fue marcado por una catástrofe semejante en Jodynka, se
quedó pequeño comparado con el día del sepelio del dios terrestre
ruso, hijo del zapatero de Gori.
El 5 de abril la prensa anunció la liberación de los médicos: no
eran culpables, habían sido torturados. «El Estado divino e infalible ma­
nifestaba su carne terrenal, su carne mortal: el Estado, como Stalin, te­
nía un pulso intermitente y albúmina en los orines» (Grossman).
De Stalin, Robert Conquest dijo que si él no hubiera asumido el
poder a la muerte de Lenin, toda la empresa se habría desmoronado a
finales de los años veinte. «Stalin constituía una individualidad insóli­
tamente fuerte. Supo ejercer un perfecto dominio, manteniendo a todos
en un solo puño. Hasta sus mismos opositores del Partido solían decir:
“Si no fuera por ese cerdo, todo se habría derrumbado en pedazos”.»
En Todo pasa , Grossman escribió acerca de Stalin:

«Su crueldad inverosímil, su increíble perfidia, su facultad de fin­


gir y de hacer trampa, su espíritu rencoroso y vindicativo, su
grosería, su sentido del humor componen una personalidad de sá­
trapa. Su conocimiento de las doctrinas revolucionarias de la lite­
ratura y del teatro, sus citas de Gógol y de Saltykov-Shchedrin, su
arte de la conspiración y su amoralidad hacen de él un personaje
revolucionario del tipo de Nechaev. Su confianza en el papeleo bu­
rocrático y la fuerza policiaca, su desprecio sin par de la dignidad
humana [...] componen un personaje de policía: Stalin era esos
tres personajes».

Según Moshe Lewin, Stalin repitió el síndrome de Pedro el Gran­


de: un esfuerzo gigantesco de industrialización, al precio de la pérdi­
da de la libertad, de la instauración de un sistema bárbaro. Tras la vic­
toria de 1945 repitió el síndrome de Iván: medio loco, aislado tras una
guardia de la cual desconfiaba, conspiraba y desataba purgas cada vez
más delirantes.
Pero Martin Malia nos recuerda (1994) que hay que desconfiar de
la teoría del malo en la historia (Stalin) que permitió salvar a Lenin y
el bolchevismo hasta 1988-1989; a Lenin, el Partido y el sistema que
se esconde tras el hombre malo. Ciertamente fue malo, y peor con los

363
años, pero su psicología no explica nada. El tirano loco (Cómodo) no
perdura: Stalin se mantuvo en el poder veinticinco años y su éxito fue
inmenso y duradero. Construyó el socialismo real, venció a Hitler,
creó el Imperio soviético. Su política vino del sistema soviético. No
fue al revés. Verdadero leninista, continuó, salvó y extendió la obra de
Lenin sobre la tercera parte del mundo.
\ A principios del siglo, Jean Jaurès no sabía de quién hablaba cuan­
do escribió a Charles Péguy: «Una clase nacida de la democracia que,
en lugar de acatar las leyes de la democracia, prolongara su dictadura
más allá de los primeros días de la revolución, pronto sería una cua­
drilla acampada en el territorio y estaría abusando de los recursos del
país».

BIBLIOGRAFÍA

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mediatamente retirado de la circulación).
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Ulam, Adam B., Stalin: the Man and his Era, Nueva York, 1973.
Yevtushenko, Evgueni, Autobiografía precoz, México, 1963.

364
Cuarta parte
El bajo imperio
1953-1991
¡|
Se usa la expresión «bajo Imperio» en referencia a ese periodo del Imperio
romano que los historiadores, alguna vez, concibieron como «decadencia», an­
tes de que Oswald Spengler hablara de «seudomorfosis» y Henri-Irénée Marrou
de «nuevo Imperio» o de «Imperio en mutación». Con el bajo Imperio romano
la U R SS comparte una extensión demasiado amplia —hasta África y Améri­
ca en los años sesenta y ochenta- , una crisis económica permanente ligada a
ese esfuerzo militar excesivo, una crisis política con la búsqueda de diversas so­
luciones en form a de dirección colegiada (tetrarquía, diarquía) o no. E l Impe­
rio soviético, como el romano, termina con la derrota militar y la rebelión de
las naciones periféricas. Finalmente, los esfuerzos para reformar el sistema fra­
casan siempre, precisamente por tratarse de un «sistema».
Bajo la férula del georgiano se había sacrificado todo a la superpotencia
externa y a la omnipotencia interna de un poder central. La URSS , en 1953,
se encontraba en un callejón sin salida, con sus industrias anticuadas, su cam­
po asolado, sus ciudades sumidas en una terrible crisis de la vivienda, con un
consumo de miseria, millones de presos, la amenaza de una nueva guerra mun­
dial. Le tocó al posestalinismo atenuar esos excesos absolutos sin desarmar el
sistema. Protegido por elfuego nuclear, podía dirigir la economía de manera
menos peligrosa y más productiva. Se decidió lógicamente abandonar el terror
como principio de gobierno para conservar todo lo demás, para liberar energías
e ideas nuevas; por lo tanto, se explicó elpasado por la personalidad de Stalin,
que solía decir con su abrupto acentogeorgano: «Cuando hay un hombre, exis­
te un problema; cuando ese hombre no existe, y a no existe el problema».
¿Cómo movilizar de nuevo una sociedad paralizada? Los soviéticos ado­
raban el imperio, el socialismo, a lósifVisariónovich Stalin. Quedaba el impe­
rio, pero era mejor no hablar demasiado de él, mejor esconderlo tras lo intema­
cionalista del socialismo. Se hablaría, pues, del socialismo y de Lenin, pero ése
podría reanudar con elprogreso usando las viejas recetas leninistas que habían
llevado a tal situación? Esa fue precisamente la aporía soviética entre 1953

367
y 1991, la que no encontró solución, mientras Europa vivía los «cuarenta glo­
riosos» (años) de crecimiento sostenido y de prosperidad, cuando Estados Uni­
dos encabezaba la tercera revolución industrial, llevaba a N eil Armstrong a la
Luna (21 de julio de 1969) y seducía al mundo entero con su música, su cine,
¿/American way o f life; cuando Japón y Alemania, los dos vencidos de 1945,
terminaban por disputar a la U RSS la segunda posición después de la Unión
Americana. ¿ Y la U R SS?Jruschovpensaba «alcanzary rebasar» a Estados
Unidos en 1980, esperaba una «crisis general del capitalismo» que no llegó nun­
ca. Los dirigentes soviéticos no vieron que la U R SS conformaba una zona
atrasada que quedaba cada vez más lejos de un mundo en mutación acelerada:
«Un Alto-Volta con misiles nucleares», según una amarga broma moscovita.

368
I

14
Nikita Jruschov
1953-1964

La toma del poder (1953-1957)

Ninguna tiranía, después de la muerte del tirano, logra encontrar


un digno continuador; el tirano muere sin dejar un heredero capaz de
continuar su obra. La presencia, al lado del tirano, de un hombre que
sería sp igual, le es insoportable; por lo tanto, de manera inevitable, se
rodea de segundones, destinados por la tiranía misma a destruir su
obra cuando muera. A Jruschov, «el sembrador de maíz», le tocó muy
pronto la temible tarea de continuar después de Stalin.
El pueblo ruso acostumbra decir: «marzo quiebra el invierno»; mar­
zo de 1953 puso fin a un terrible invierno de muchos años. El amo ha­
bía muerto; por primera vez sus compañeros dejaban de temer el ine­
vitable enojo del gran Stalin. «A su muerte», escribe Jruschov en sus
Memorias, «Stalin nos dejó como herencia el miedo y la angustia.» No
sabían cómo repartirse el poder y regir el Estado sin aquel que lo deci­
día todo para todos. Cuatro de los más cercanos colaboradores de Sta­
lin, Malenkov, Beria, Jruschov y Bulganin, se unieron a un quinto: Mó-
lotov, fiel entre los fieles pero que había perdido el favor del Vozhd.
Esa «dirección colectiva» eliminó pronto a Beria, el nuevo secretario de
Gobernación. Beria, que pasó a la historia como un verdugo y un ma­
tón, era un político imaginativo. Tres semanas después del entierro de
Stalin decretó una amplia amnistía inmediata para más de un millón
de presos y lanzó una rehabilitación selectiva de las víctimas de Stalin.
No apuntaba únicamente al poder; tenía una visión más amplia: en po­
lítica exterior estaba dispuesto a ponerse de acuerdo con los occidenta­
les para reunificar las dos Alemanias y neutralizarlas, a cambio de un
nuevo Plan Marshall de 10.000 millones de dólares. Murió antes de rea­
lizar sus planes; si no, los historiadores hablarían del «deshielo de Be­
ria». El deshielo resultó jruschoviano y los historiadores olvidan fácil­
mente que el bueno de Nikita, según sus propias palabras, había metido
«las manos en la sangre, no hasta los codos sino hasta las espaldas».

369
La muerte de Stalin había salvado a Beria. Le permitió, en forma
de liberalización, desmantelar el aparato de represión que Stalin había
orientado contra él. Luego la situación se trastocó de nuevo y Beria
perdió de manera definitiva. Hay muchas versiones de las circunstan­
cias de su arresto y muerte. Jruschov cuenta, él solo, por lo menos cua­
tro versiones. Oficialmente, el 24 de diciembre de 1953 Pravda anun­
cia que Beria ha sido juzgado y encontrado culpable de ser, desde
1919, agente del Intelligence Service. El tribunal lo condenó, supues­
tamente, a muerte, así como a sus colaboradores; en 1954 se siguió con
la liquidación de sus hombres en la URSS, en Praga, Bucarest y Bu­
dapest. De hecho, unos días después del levantamiento de los obreros
alemanes en Berlín (17 de junio), aplastado por los tanques soviéticos,
los colegas de Beria habían decidido deshacerse de él. Lo responsabi­
lizaban de la crisis de Berlín, lo acusaban de «liberalismo» y al mismo
tiempo de «bonapartismo». Jruschov pretendió haberles vendido la
idea de que se trataba de «él o nosotros». El miedo fue determinante
y también el apoyo del mariscal Zhúkov. Beria fue arrestado el 26 de
junio de 1953, en plena sesión del Politburó, por Zhúkov y unos ge­
nerales armados. Parece claro que Beria no había conspirado para to­
mar todo el poder. Según su hijo Sergo, y según otras versiones, Beria
fue asesinado en el acto, sin instrucción ni juicio. Eli poder se con­
centró en un triunvirato: Malenkov, Jruschov y Bulganin. Malenkov
parecía el más fuerte, pero Jruschov se quedaba con el secretariado del
Comité Central, el verdadero centro del poder. Entre 1953 y 1956
cambió a 45 de los 84 primeros secretarios de república o región; en
febrero de 1955, Malenkov tuvo que renunciar a la presidencia del
Consejo de Ministros; en los meses ulteriores, Jruschov alejó a Lazar
Kagánovich y al inamovible secretario de Relaciones Exteriores de Sta­
lin, Mólotov.

E l «deshielo» exterior

En 1954, el versátil Iliá Ehrenburg publicó su novela E l deshielo sin


decir que había pedido prestado el título a Herzen o, mejor dicho, a
Tiutshev, que había usado esa palabra a la muerte de Nicolás I. El 27
de julio de 1953, por fin, se firmó el armisticio que puso fin a la
guerra de Corea. En 1954, soviéticos y chinos ejercieron una influen­
cia moderadora sobre Ho Chi-minh en la Conferencia de Ginebra,
que puso fin a la guerra de Indochina. En esos años de 1954 a 1956
las relaciones con China fueron excelentes.

370
Frente a Yugoslavia, el cambio diplomático fue espectacular. En los
últimos días de Stalin se trabajaba aún en la eliminación física de Tito;
en 1954, Jruschov empezó un acercamiento que se concretó con su
viaje a Belgrado, en 1955, con Bulganin y Mikoyán. El ganador era
Tito, ya que la declaración común del 2 de junio proclamaba que «las
cuestiones de organización intema, sistemas sociales y diferentes for­
mas de desarrollo socialista son de la competencia exclusiva de los pue­
blos de los diferentes países». Ese reconocimiento del pluralismo, de la
existencia de varias vías para construir el socialismo, abría la puerta a
una revisión dolorosa de las relaciones entre la U RSS y las democra­
cias populares. El año de 1955 vio también un cambio en las relacio­
nes con Occidente. Ciertamente, los acuerdos de París, en octubre de
1954, al incluir a la República Federal de Alemania en la Alianza
Atlántica, habían provocado la respuesta soviética en forma de Pacto
de Varsovia, legalizando a largo plazo la presencia permanente de las
tropas soviéticas en Europa oriental. Pero en mayo de 1955 la URSS
aceptó retirar sus tropas de Austria a cambio de la neutralidad de aquel
país. En julio del mismo año, en Ginebra, Bulganin y Jruschov se en­
contraron con Eisenhower y sus homólogos francés e inglés. El XX
Congreso del Partido, en febrero de 1956, oficializó la tésis de la «coe­
xistencia pacífica», atribuida a Lenin y modernizada de la siguiente ma­
nera: a Mao, quien afirmaba que el tigre imperialista era de papel, Jrus­
chov le contestó que si bien era de papel, tenía colmillos atómicos.
Frente a los Estados recién independizados de lo que se empeza­
ba a llamar «tercer mundo», la URSS adoptó una línea de apoyo a toda
manifestación de autonomía frente a Estados Unidos. Así, en 1955,
Bulganin y Jruschov visitaron India y ofrecieron apoyo financiero e in­
dustrial; empezaron a vender armas al coronel Nasser y, cuando los es­
tadounidenses le negaron los créditos para construir la presa de Asuán,
se dieron el gusto de hacerle el favor.

E l X X Congreso

Fue convocado en febrero de 1956, de manera anticipada, por el


secretario general Jruschov. El último día, a puerta cerrada, en presen­
cia únicamente de los soviéticos, Jruschov leyó su famoso informe, el
de la «desestalinización». Explicó cómo pudo triunfar el «culto a la per­
sonalidad»; leyó el «testamento» de Lenin, cuya existencia había sido
siempre negada; acusó a Stalin de haber organizado el asesinato de Kí-
rov, de haber diezmado a los dirigentes del Partido, de haber confiado

371
en Hitler (lo cual había permitido las derrotas de 1941), de haber de­
portado a los pueblos del Cáucaso sin razón. «Los ucranianos», añadió
Jruschov, «escaparon a tal suerte porque eran demasiado numerosos y
no sabían adonde mandarlos.» Lo responsabilizó de la ruptura con
Tito, de la invención de los falsos complots de Leningrado, de Min-
grelia, de los «batas blancas». Durante cuatro horas, frente a un audi­
torio atónito, Jruschov habló de un dictador incompetente «separado
dé su pueblo», responsable de todos los desastres.
Obviamente, la denuncia de los crímenes de Stalin y la rehabilita­
ción de algunas de sus víctimas eran armas en la lucha por el poder.
Jruschov, al pintar de negro a Stalin, se blanqueaba a sí mismo y se
proclamaba el único y verdadero heredero del gran Lenin. El informe
fue un instrumento para derrotar a sus adversarios, identificados con
el pasado, y para construir su propio aparato de poder. Por eso resul­
ta ocioso criticar el informe por lo que no fue. No fue un análisis del
bolchevismo, del Partido, de la línea de edificación del socialismo. Fue
la historia de la enfermedad de un hombre que, por su «mal genio»,
bajo las «malas influencias» de gente como Beria, se había vuelto un
déspota peligroso. El informe fue selectivo en el tiempo y con las víc­
timas. La «desviación» de Stalin empezó sólo en 1934; por lo tanto no
se aludió a la deskulakización, ni la colectivización, ni la hambruna de
1932-1933; las víctimas mencionadas fueron los dirigentes comunistas
ortodoxos (no Trotski, ni Bujarin) y nadie más. La responsabilidad del
Partido y de sus actuales dirigentes no se trató, ni siquiera por alusión.
Con todo, el informe «secreto», rápidamente impreso y repartido
a todos los comunistas, sacudió las columnas del templo. Las conse­
cuencias directas o indirectas fueron el «octubre» polaco de 1956, la
Revolución húngara, la ruptura con China y Albania, una crisis pro­
funda en la propia URSS. Esa crisis no llevó a un cambio radical,
como lo prueba la ascensión de Jruschov, que se prolongó con un nue­
vo «culto a la personalidad», fenómeno que volvería a repetirse con
Brezhnev. Stalin había sido el primero en demostrar que la mejor ma­
nera de tomar el poder era emprender «reformas», lo cual permitía sus­
tituir el aparato por el suyo propio, sin tocar el sistema.
¿Cuáles fueron las reacciones populares? Mólotov, en sus memo­
rias grabadas, explica la desestalinización como un fenómeno peque-
ñoburgués:

«Casi todos los dirigentes y las masas en general querían descansar


un poco después de la guerra. Estaban agotados. “Vivir tranquila­
mente” es algo que los bolcheviques no podían aceptar. Con gen­

372
te que gusta de una vida calmada, los bolcheviques son superfluos,
totalmente inútiles. Los socialdemócratas son más convenientes
porque se someten a este movimiento espontáneo de capitalismo».

Mólotov habría aceptado con orgullo el diagnóstico escrito en


1927, en un texto no publicado, por Sigismund Krzyzanowski:

«La historia dividió a los hombres en dos clases: los que están arri­
ba, sobre la silla, y los que se encuentran abajo, bajo la silla, los qui­
jotes y los rocinantes. Los don Q_galopan hacia su meta fantástica­
mente hermosa y fantásticamente alejada, derechos hacia el ideal, la
idea y el Zuhm ftstaat [Estado del futuro]. Todo el mundo, empe­
zando por Cervantes, no ve más que a don Q. Y nadie se fija en el
Rocinante agotado, golpeado hasta la sangre: las espuelas en forma
de estrella pasean sus puntas de acero por las costillas ensangren­
tadas. Es tiempo, más que tiempo, de que el jamelgo de la historia
oiga otra cosa que el eterno “¡Adelante!”».

Mólotov y los bolcheviques eran los don Q_y nunca asumirían la


Defensa de Rocinante.
Lo hizo Jruschov y eso provocó una confusión inverosímil en las
relaciones estatales y sociales. La actuación de los «órganos» había sido
tan criticada que el número de vocaciones cayó; las escuelas especiali­
zadas conocieron problemas de reclutamiento, cuando antes rechaza­
ban candidatos. Los «órganos», sin instrucciones precisas, se confun­
dían con las denuncias brutas, semiilegales, del jefe de Estado, y tenían
que tratar asuntos desagradables, como reparar injusticias cometidas y
ofrecer disculpas a los antiguos detenidos y a sus familias, lo cual ter­
minaba de paralizarlos. Fue una época de alto riesgo. Las masas recha­
zaban la fiebre que excitaba a unas minorías, especialmente a los inte­
lectuales, y eso provocó una fractura. La presencia en libertad de una
muchedumbre cuya vida había sido destruida, la liberación a su vez de
muchos delincuentes, la desorientación, muy real aunque breve, de las
autoridades frente a tantos destinos arminados y a las consecuencias de
los crímenes perpetrados por el Estado; todo complicaba la situación.
Por un lado crecía el furor de unos pocos que exigían luz y justicia,
y por el otro crecía el furor de los que no entendían nada. Los prime­
ros gritaban contra la «basura estalinista», los segundos contra los «ju­
díos». Éstos tenían la nostalgia de «todo el país unido» y esa orienta­
ción popular conservadora se oponía a las víctimas (léase Todo pasa de
Vasili Grossman), a los individualismos contradictorios e impotentes.

373
Aquéllos anunciaban a los «disidentes», éstos prefiguraban a los xenó­
fobos del nacional-bolchevismo, el neoestalinismo, tentación perma­
nente de los que quieren consignas claras como «¡Mueran los judíos!».
Vladímir Bukovski escribe en su Jugement a Moscou (París, 1995,
pág. 116):

\ «Había como un sobrecalentamiento que rayaba la crisis nerviosa.


Por un lado, las pomposas marchas estalinistas, los desfiles del pri­
mero de mayo, en los cuales participaba la mitad de la ciudad; por
el otro, la vida miserable de los barracones y los apartamentos co­
munitarios [...] Y cuanto más mediocre era la vida, más resonaban
los altavoces con el heroísmo oficial [...] El país quedó sumergido
por el romanticismo de la delincuencia, como “ideología domi­
nante”».

Fue un tiempo extraño en el que el jefe de Estado, heredero del


poder administrativo de Stalin, pero no de su poder moral, libró un
áspero combate contra el cadáver sagrado que yacía en el Mausoleo,
en el centro de Moscú, al lado de Lenin. El gordito nada fotogénico
intentaba despertar la rabia del pueblo, denunciando ciertas acciones
del difunto. En esa extraña época, la vida social había desertado de los
lugares oficiales para condensarse en las tertulias de la época, es decir,
en las famosas cocinas de los particulares, donde se reunían pequeños
grupos. El pueblo guardaba un silencio entre consternado y amenaza­
dor, como en Pushkin, o sucumbía a cualquier rumor, privilegiando los
chistes contra Jruschov, el «sembrador de maíz», o contra los judíos, lo
cual le permitía resistir las denuncias contra Stalin.
El abandono brutal de la rígida uniformidad ideológica no repor­
tó a Jmschov los beneficios esperados. La desconfianza, el desprecio
del pueblo, se dirigió no contra el ídolo caído, sino contra los diri­
gentes vivos, en todos los niveles. Tal tendencia, muy peligrosa, en es­
pecial en Rusia, tuvo, sin embargo, un contrapeso poderoso: ese pue­
blo temía su propia falta de respeto hacia los jefes y buscaba la manera
de sanar esa enfermedad. Brezhnev sería el remedio.
«Un tío mío pasó diez años entre rejas... Por fin salió y, al mes,
murió. Decía: “Qué le vamos a hacer, pueden decir lo que quieran,
Stalin es Stalin”.» ¿Cuántas veces se oyó algo así? Y siempre, hasta hoy,
«Stalin es Stalin». El amor mítico por el ídolo no puede aniquilarlo
ninguna lógica, ninguna verdad. No pudo aniquilarlo ese golpe de Es­
tado, único en su género, perpetrado por Jruschov: no se trataba de
derrocar a las fuerzas dominantes, éstas tenían que derrocar al ídolo

374
que ellas mismas habían instalado. La empresa era inalcanzable, como
lo estaba comprobando Jruschov, como lo comprobaría una segunda
vez, veinticinco años después, Mijaíl Gorbachov.
Según Friedrich Gorenstein, «la historia es una ciencia burlona con
un marcado gusto por la sátira, y periodos enteros de la vida de los
pueblos, periodos difíciles, complejos, llenos de sacrificios sinceros y
de contradicciones profundas, cuyas leyes intentan entender genios
profundos, caben a veces en un breve chiste» (La Place, París, 1991,
pág. 357, escrito en 1972). Un chiste como éste: «Han sorprendido a
Jruschov a un lado del Mausoleo: intentaba entrar con un catre bajo
el brazo». O: «¿Cómo encontrar la mina en la que trabajó Jruschov en
su juventud?».
Stalin cortejaba a los intelectuales y a los artistas; los colmaba de
favores y, como el sultán en su harén, mandaba de vez en cuando a
alguno al matadero. Pero se apoyaba, en cierta manera, sobre el mis­
mo pueblo al que hacía pasar hambre. Jruschov, lo veremos más ade­
lante, dio de comer al pueblo, pero no pudo ganarse nunca su favor y
tuvo que buscar el apoyo de los únicos que podían aprobar la deses-
talinización: el círculo estrecho de los intelectuales. Además, figura de
segunda, payaso en el círculo de los íntimos de Stalin, para afirmarse
contra compañeros más famosos tuvo que inventar su estilo de gober­
nar. Debía el poder a una conjura mal preparada de los herederos, a
mucha suerte y, también, a su inteligencia natural. No se lo debía a Sta­
lin. Jruschov entendió que si no encontraba algo nuevo, no duraría
mucho, o lo haría sólo como fantoche mientras lo permitieran las fuer­
zas que preferían mantenerse en la sombra. Después de la tremenda
crueldad de Stalin, el único estilo realmente diferente era el liberal, lo
cual condenaba a Jruschov a la impopularidad entre la masa, que no
entendía esa desacralización del Estado, de su jefe, del Jefe muerto.

Budapest y el «grupo antipartido»

En el verano de 1956, el Comité Central adoptó posiciones con­


servadoras frente a la desestalinización y recordó (30 de junio) que, a
pesar de sus «defectos personales», Stalin era un «gran teórico y orga-
nizador». En diciembre, el Comité Central mandó una circular a todas
las organizaciones del Partido para denunciar a «los grupos sociales
hostiles al socialismo que quieren, con el pretexto de la desestaliniza­
ción, poner en duda los logros de la revolución». Esa ofensiva de los
conservadores surgió después de la grave crisis que sacudió a Polonia

375
y a Hungría en octubre y noviembre. En Polonia, las revelaciones del
XX Congreso y el reconocimiento de la pluralidad socialista habían
despertado tanto a los comunistas como a la sociedad. En junio de 1956,
los motines obreros de Poznan terminaron en sangre. A mediados de
octubre, los estalinistas tuvieron que ceder el poder a Gomulka, diri­
gente comunista encarcelado en tiempos de Stalin y ahora campeón
de la «vía polaca hacia el socialismo». El 19 de octubre, Jruschov, Mó-
lotóv y Mikoyán fueron a Varsovia para impedir el cambio; ordenaron
la entrada de tanques soviéticos en la ciudad y luego, quizá bajo la pre­
sión de los chinos, que defendían su propia «vía hacia el socialismo»,
cancelaron la medida y reconocieron a Gomulka. Los polacos consi­
guieron además la salida del mariscal soviético Rokossovski (su minis­
tro de Defensa) y de los consejeros soviéticos.
Esa retirada debilitó a Jruschov, pero lo peor estaba por llegar. En­
valentonados por el éxito polaco, los húngaros aceleraron el paso. Ha­
bían conseguido la caída del odiado Rakosi, consiguieron la caída del
no menos duro Geroe. La eventualidad de una intervención militar so­
viética había sido evocada entonces por Geroe y el embajador soviéti­
co Yuri Andropov. En la noche del 23 al 24 de octubre, Imre Nagy, el
Gomulka húngaro, tomó la dirección del Gobierno. Su antecesor, An­
dreas Hegedus, comentó (1976): «Viendo por la ventana a los mani­
festantes, entendí al instante que se trataba de una insurgencia nacio­
nal dirigida contra la política del Partido y contra los hombres que la
aplicaban, entre los cuales estaba yo mismo. Entendí que esa revolu­
ción del pueblo nos iba a barrer». Los dirigentes húngaros, incluido
Nagy, presas del pánico, pidieron esa misma noche el apoyo del Ejér­
cito soviético. Esa primera intervención fue limitada y breve. Mikoyán
y Andropov negociaron un acuerdo según el cual Nagy dirigía el Go­
bierno y Janos Radar el Partido. Pero el movimiento popular, antico­
munista y antisoviético, alentado de manera irresponsable por Radio
Europa Libre (estadounidense), que permitió que se creyese en una in­
tervención militar occidental, era incontenible; desbordó a los diri­
gentes mismos.
El Gobierno y el Partido habían perdido el apoyo nacional al lla­
mar a los tanques soviéticos. Muchos oficiales, muchos comunistas hún­
garos desaprobaban la medida. Las tropas soviéticas, lejos de apagar el
incendio, lo atizaron; empezaron a ser contaminadas por el movimien­
to popular y el Gobierno de Nagy cedió en todo: democracia pluralis­
ta y representativa, autogestión, neutralidad exterior. Se trataba de una
revolución, de una «contrarrevolución» que, según Moscú y los pocos
comunistas leales, sólo una intervención militar masiva podría vencer.

376
La situación internacional era muy complicada: en julio, el coronel
Nasser, nuevo líder nacionalista de Egipto, había nacionalizado el canal
de Suez. En el momento de la revolución húngara, el Ejército israelí
atacó Egipto (el 29 de octubre), con la anuencia de los franceses y de
los británicos. Los chinos, al principio, habían seguido la misma línea
que en el asunto polaco y habían desaprobado la intervención militar.
Pero cuando vieron la naturaleza de esa revolución, cuando el 1 de no­
viembre Nagy anunció el pluralismo político, la salida de Hungría del
Pacto de Varsovia y su neutralidad, cambiaron de parecer y se trans­
formaron en furibundos abogados de la represión. Apoyado por todo
el campo socialista, incluida Yugoslavia, y convencido por el mariscal
Zhúkov, Jruschov dio la orden al Ejército de entrar por segunda vez en
acción. Casi al mismo tiempo (5 de noviembre), los franco-británicos
intervenían a su vez contra Egipto, en una breve campaña victoriosa
que de nada les sirvió: bajo la presión de la URSS —que habló de usar
el arma atómica- y de Estados Unidos —que debilitó de manera deci­
siva la libra esterlina-, tuvieron que reembarcar de manera vergonzo­
sa. La guerra del canal de Suez facilitó, a pesar de la condena interna­
cional, el aplastamiento de los húngaros, que resistieron, solos, de
manera heroica. La reconquista de Budapest y luego del resto del país
duró varias semanas y costó por lo menos veinte mil muertos. La re­
presión fue muy dura: hubo una cincuentena de matanzas masivas.
Nagy, refugiado en la embajada de Yugoslavia, fue secuestrado, juzga­
do por un tribunal militar soviético y ejecutado, igual que el general
Maleter. Cerca de doscientos soldados soviéticos fueron condenados a
muerte por la RGB, al haberse negado a combatir contra los insur­
gentes.
Pasado un mes, en diciembre, en Moscú empezó la conjura con­
tra Jruschov, acusado de poner en peligro no sólo a las democracias
populares, sino también a la URSS. Mólotov había vuelto al Gobier­
no y el Comité Central manifestó, en varias ocasiones, su desacuerdo
con Jruschov. En junio, aprovechando su viaje a Finlandia, sus colegas
convocaron al Politburó. En la reunión del 18 de junio de 1957, siete
de los 11 titulares pidieron la renuncia de Jruschov. Este exigió, como
se lo permitía el reglamento, el arbitraje del Comité Central. Gracias
al apoyo decisivo del mariscal Zhúkov, que organizó el transporte
en aviones militares de los miembros del Comité Central dispersos en
todo el país, éste pudo reunirse el 22 de junio; después de dos días de
debates, canceló el voto del Politburó y condenó «las actividades frac-
cionistas del grupo antipartido». Mólotov, Malenkov, Kagánovich y Sa-
burov fueron excluidos del Comité Central y sustituidos por Zhúkov,

377
Brezhnev, Shvernik y Furtseva, suplentes que habían apoyado a Jrus-
chov. Los vencidos no perdieron la vida, ni la libertad, ni sus preben­
das. Signo de los tiempos, Jruschov transformaba a sus enemigos en
ciudadanos ordinarios. De esa manera, golpeaba rudamente la autori­
dad soviética, y Mólotov, paseando su perrito por las calles de Moscú,
sacudía más los fundamentos del sistema que cualquier acción anties-
talinista. Antes, toda persona de la cumbre era inaccesible, ya fuera
como dirigente, ya fuera como criminal del Estado; ahora, resultaba
ser un mortal común y corriente.
Para que Zhúkov no pudiese nunca preguntarle «¿quién te hizo
rey?», Jruschov denunció el «culto a la personalidad de Zhúkov y su
tendencia a los riegos políticos, que abría la vía al bonapartismo». En
octubre de 1957 el Comité Central retiró al mariscal todas sus funcio­
nes políticas y lo obligó a hacer su autocrítica. Jruschov no tenía ene­
migo a la vista, pero su poder quedaba templado por el papel creciente
del Comité Central y de una Nomenklatura liberada de la amenaza de
las purgas. En ese sentido, la ruptura con el estalinismo era definitiva.

1958-1964: los límites del reformismo


E l deshielo cultural

Jruschov no tuvo nunca la pretensión de Stalin de ser el árbitro su­


premo en cuestiones estéticas, científicas o lingüísticas. De sus oríge­
nes populares conservó siempre una gran desconfianza hacia la «cul­
tura» y los «cultos», los cuales le reprocharon siempre ser «inculto». La
alianza entre los escritores y el primer secretario fue interesada y fluc-
tuante. Jruschov los buscaba cuando le convenía, y los olvidaba, los
castigaba cuando le convenía. El «deshielo» fue, sin embargo, un tiem­
po de preguntas y de primeras respuestas. La literatura pudo volverse
hacia el pasado e interrogarse sobre la naturaleza de la sociedad, del
poder soviético. A. Fadeev, secretario general de la Unión de Escrito­
res, se había suicidado dos meses después del XX Congreso; los «libe­
rales» tomaron control de las revistas N ovyi M ir y Yunost; los conser­
vadores se quedaban con Oktiabr, N eva y Literatura i Z hizn. Los
músicos Shostakóvich y Jachaturian, condenados en 1948-1949, recu­
peraron prestigio y posición; sin embargo, el «asunto Pastemak» fue
una primera llamada de atención. En 1955, Boris Pasternak había ter­
minado su novela E l doctor Zhivago. En la euforia del XX Congreso,
entregó el manuscrito para su publicación pero lo vio rechazado, en

378
tres ocasiones, por «impublicable». Pasternak pasó entonces su texto al
editor italiano Feltrinelli. Su éxito inmediato y mundial le valió el Pre­
mio Nobel de Literatura en octubre de 1958 y la condena del Polit­
buro: «La atribución del Nobel a la novela de Pasternak que represen­
ta de manera calumniosa la gran Revolución Socialista de Octubre y
el pueblo que la realizó, así como la construcción del socialismo, es
un acto de hostilidad y un arma en manos de la reacción internacio­
nal para atizar la guerra fría». Pasternak tuvo que renunciar al premio
y publicar el 5 de noviembre, en Pravda, un texto dictado por las
autoridades. Unos días antes había sido expulsado de la Unión de Es­
critores. El triste «asunto Pasternak» provocó un sentimiento de culpa­
bilidad entre varios escritores que entraron en un proceso de «renaci­
miento moral». En aquel entonces nació el Samizdat (autoedición);
esos textos, revistas, novelas, mecanografiados, copiados y recopiados
no dejarían de multiplicarse. Así apareció la primera generación de «di­
sidentes»: Alexandr Guinzburg —fundador de Sintaxis, la primera re­
vista del Samizdat, condenado a dos años de campo en 1960—, Ga-
lanskov, Bukovski, Gorenstein, Kuznetsov, Brodski...
Al lado de esos movimientos marginales, los historiadores profe­
sionales conocieron un prurito semejante. En el congreso, nacional de
1962, A. Snegov señaló que los historiadores habían mentido de ma­
nera consciente y metódica, que la falsificación de los documentos
y la deformación de los hechos habían tomado proporciones gigantes­
cas. Su denuncia no tuvo efectos y los historiadores abandonaron a lo$
escritores la tarea de resolver los enigmas del pasado: la revolución, el
papel de Lenin y de Stalin; la colectivización y sus horrores; el gran
terror de 1937-1938; la guerra y las terribles derrotas de los primeros
años. Entre los libros de la época que hacen esas preguntas, y más, des­
taca Un día en la vida de Iván Denisovich, el libro de un desconocido, de
un antiguo zek apenas regresado del exilio: Alexandr Isayevich Sol­
zhenitsyn.
Uno no entiende la publicación de esa obra devastadora, partea-
guas en la historia de la literatura soviética y rusa, si no tiene en cuen­
ta el momento político: 1962 y el XXII Congreso. Las dificultades eco­
nómicas y los fracasos relativos en política exterior sufridos por
Jruschov habían vuelto a movilizar a sus adversarios. En la segunda mi­
tad de octubre, el XXII Congreso vio enfrentarse a conservadores, di­
rigidos por R Kozlov y M. Suslov, y reformistas. Oficialmente, se tra­
taba de discutir los nuevos estatutos y el nuevo programa del Partido
para preparar el paso del socialismo al comunismo. A sus adversarios,
Jruschov respondió con una contraofensiva inesperada: una nueva de­

379
nuncia, mucho más virulenta que la de 1956, contra Stalin y los esta-
linistas Voroshilov, Kagánovich, Mólotov y Malenkov. El 27 de octu­
bre, Jruschov pronunció un largo discurso y señaló que la represión no
se había limitado sólo a los comunistas, sino que había golpeado a mu­
chos ciudadanos soviéticos. El 30 de octubre, el Congreso votó por la
expulsión inmediata del cadáver de Stalin del Mausoleo, después de es­
cuchar a la anciana bolchevique Lazurkina contar su sueño; Lenin se
le presentó y le dijo: «Me es muy pesado descansar al lado de Stalin,
que tanto daño hizo al Partido».
Las resoluciones finales del Congreso no reflejaron esa emoción.
Olvidaron la proposición de levantar un monumento a las víctimas,
no hablaban de «crímenes», sino de «faltas» y «desviaciones». «El Par­
tido ha dicho al pueblo toda la verdad sobre los abusos de poder du­
rante el periodo del culto a la personalidad.» Punto final. Después de
ese fracaso a medias, Jruschov siguió una línea en zigzag, alternando
«deshielo» y «glaciación». Deshielo: los poemas de Yevtushenko «Baby
Yar» (1961) y «Los herederos de Stalin» (1962), la novela Un día en la
vida de Iván Denisovich (noviembre de 1962). Glaciación: su ofensiva
contra la pintura abstracta (diciembre de 1962) y su invitación (dis­
curso del 18 de marzo de 1963) a los intelectuales para que se dejaran
guiar en su creación por «el espíritu del Partido». Buscando neutralizar
los efectos de su «liberalización», perdió el apoyo de los intelectuales,
mejor dicho, de su minoría inconforme. No era grave.
Más grave para él era la desconfianza de la mayoría de los intelec­
tuales, los «orgánicos», que tomaban la desestalinización como una trai­
ción o, en el mejor de los casos, como «un sufrimiento desgarrador». La
mayoría de los burócratas pensaba como ellos; por eso, la caída de Jrus­
chov no entristeció a mucha gente. Años después, el 12 de jubo de 1984,
en una sesión del Politburó, se decidió la reintegración de Mólotov en
el Partido. También la de Malenkov y Kagánovich. Ustinov comentó:

«En mi juicio sobre las actividades de Jruschov, me mantengo duro


como una piedra. Nos hizo mucho daño. Sólo hay que pensar en
lo que hizo con nuestra historia, con Stalin.
»Gromyko: Asestó un golpe irreparable a la imagen positiva de la
Unión Soviética en el mundo entero.
»Ustinov: No es un secreto para nadie que los occidentales nunca
nos quisieron. Jruschov les dio en mano argumentos, documentos
que nos ensuciaron durante mucho tiempo.
»Gromyko: De hecho, gracias a él apareció el supuesto “euroco-
munismo”.

380
»Tijonov: ¡Y lo que hizo de nuestra economía!
»Ustinov: Con motivo del cuarenta aniversario de la victoria sobre
el fascismo, ¿no deberíamos rebautizar Volvogrado como Stalin-
grado?
»Gorbachov: Hay en esa propuesta aspectos positivos y negativos».

Si tal era el sentir de los dirigentes, ¿qué opinaba la base? Si los


numerosos adversarios políticos de Jruschov tuviesen que hacerle un
solo reproche, entre los innumerables que le hacían, hubieran podido
decir:

«Creó al pequeñoburgués. Nuestro ciudadano soviético que aguan­


tó sin rechistar todas las pruebas, la colectivización y la hambru­
na, el terror y la guerra, no puede sufrir si su pena no está justifi­
cada por algo grande, por un gran misterio, tal como lo encamó
Stalin. Por sus acciones demasiado “plebeyas”, el populachero Ni-
kita desprestigió al Estado y la revolución».

Al hacer eso, al levantar un poco el velo que recubría el misterio,


rompió el encanto sagrado y transformó al pueblo en millones de pe-
queñoburgueses que exigían «pan y pan de especias», renegando del
eventual e improbable látigo.
En esa perspectiva se deben situar los motines populares de Novo-
cherkask (1962), Temir-tau, Karaganda, Iakutsk y otras ciudades de pro­
vincia. Cualquier incidente, como en Novocherkask el anuncio sorpre­
sivo del alza de los precios de la carne y de la leche, podía degenerar
en caos. En ese caso, finalmente, el Ejército tuvo que intervenir, ma­
tando oficialmente a 24 personas... Esos motines esporádicos, bastante
parecidos al pogromo ruso o ucraniano tradicional, transformaban de
repente a obreros ordinarios, a ciudadanos disciplinados, en hombres
violentos y frenéticos, en partidarios de Pugachov. Otra vez «el motín
ruso cruel y alegre» rompía el orden, aparentemente tan firme, del mun­
do soviético moderno.
Muchos oprimidos por Stalin no soportaron la brusca salida de la
cueva de Platón; por eso recibieron con gusto la noticia de la caída del
gordo Nikita. Muchos podían exclamar como éste: «¡No hay amo en
Rusia! ¿De quién es la culpa? De Stalin. Nosotros, que lo queremos,
aquí estamos, y él no ha dejado un amo».

381
Economía y sociedad

Hay que ser concretos. Veamos el censo de 1959 que daba a la


URSS 208,8 millones de habitantes; en 1964, la población pasó a 228
millones, o sea, un crecimiento rápido, después de la reparación del
desastre entre 1932-1945. En 1964, los informes oficiales, aceptados en
el mundo, no dejan de ser dudosos en su triunfalismo: esperanza de
vida de sesenta y ocho años (como Estados Unidos), tasa de mortali­
dad de 7,2 por mil (Francia, 11,6); un médico por cada 450 habitantes
(Francia, 1 por mil); una tasa de natalidad a la baja (22 por mil), com­
parable con la estadounidense y superior a la francesa (17,9). Esas me­
dias nacionales no reflejan el contraste entre la parte europea de la
URSS, con un modelo demográfico de tipo europeo, y los mundos del
Cáucaso y de Asia central, con esposas muy jóvenes, alta natalidad y
también alta mortalidad infantil. El control de la natalidad se practi­
caba recurriendo al aborto de manera sistemática, una práctica que se­
guirá distinguiendo, hasta el final, a la URSS del resto de Europa. En
las ciudades, la natalidad alcanzaba apenas el 14 por mil; al problema
cruel de la vivienda se sumaba el trabajo de la mujer fuera de casa. Ha­
bía guarderías para tres millones de niños cuando la URSS tenía 20
millones de menores de cuatro años. La baja tasa de natalidad urbana
tenía repercusiones muy grandes, ya que la mayoría de la población de
la URSS vivía en ciudades. En grandes metrópolis, como Moscú o Le-
ningrado, la inmigración tapaba un déficit demográfico real.
La juventud se beneficiaba de un sistema educativo que también
tenía sus sombras. A los siete años, los niños entraban en la educación
primaria. Faltaban locales, no profesores (mujeres en el 75 por ciento)
ayudados por auxiliares. El ciclo escolar de siete años obligatorios, pro­
longado por dos años facultativos (la tercera parte de los alumnos), fue
reformado entre 1958 y 1962, cuando se adoptó el ciclo obligatorio de
diez años para todos, cuatro de primaria, cuatro de secundaria y dos
de prácticas en fábricas y talleres. La reforma fracasó en el último ni­
vel: familias, estudiantes y profesores se resistieron a las prácticas. A la
universidad se entraba por concurso. Quien ingresaba recibía una beca
sustancial, condicionada al éxito permanente; los exámenes eran difí­
ciles y definidos por las necesidades de cada ramo: de hecho, eran con­
cursos. Dos millones de estudiantes se repartían en 800 universidades
y 3000 institutos. En las escuelas técnicas había otros dos millones.
Cada año se licenciaban 100.000 ingenieros y 400.000 técnicos. Esa
población estudiantil, después de los años de entusiasmo de los pio­
neros (a los nueve años) y de los komsomolski (a los catorce), descubría

382
la realidad del doble lenguaje en filosofía, historia y sobre todo en
ciencias: en el exterior, Lysenko; en el interior, en el laboratorio, Men-
del y Morgan. Fueron afectados por el octubre polaco y por la revo­
lución húngara de 1956, ya que en sus filas contaban con compañeros
de aquellos países. El jazz, el arte abstracto, el Samizdat tenían el atrac­
tivo de lo prohibido.
La URSS contaba con una población activa de 95 millones; 20 mi­
llones de jubilados vivían bien, aunque modestamente, menos los
campesinos, hasta 1965, cuando alcanzaron por fin la pensión. A esa
cifra había que añadir tres millones de inválidos de guerra (es una eva­
luación, la cifra era secreta), 75 millones de jóvenes y 15 millones sin
profesión, mujeres en su mayoría. Los campesinos, que formaban el 56
por ciento de la población económicamente activa en 1937, eran to­
davía el 38 por ciento en 1963, mientras que el sector secundario al­
canzaba el 38,5 por ciento y el terciario el 21,5 por ciento. Como dijo
Max Weber, «una vez implantada plenamente, una burocracia perte­
nece al' género de las formaciones sociales más difíciles de destruir».
Así era la burocracia soviética que, después de la muerte de Stalin, lo­
gró emanciparse, desmantelar el despotismo para instalar un absolutis­
mo burocrático inédito. A partir de Jruschov se puede hablar de una
clase consciente de sus intereses y capaz de defenderse. La burocracia,
inseparable de la «partitocracia» como el Estado es inseparable del Par­
tido, se encuentra coronada por la Nomenklatura, su elite. Etimológi­
camente, la Nomenklatura es la lista de los nombramientos para las
plazas importantes, establecida por el PCUS. Puebla los sectores de
educación, salubridad, economía, defensa y «comercio».
Los obreros y los que trabajan en minas, bosques y transportes son
37 millones, el doble de 1936. Ese crecimiento es normal, no tiene
nada que ver con el crecimiento prodigioso de la década 1925-1936;
está ligado al éxodo rural: entre 1956 y 1963, las ciudades acogieron a
25 millones de personas provenientes de zonas rurales. En la URSS
europea se puede hablar de una clase obrera, con su conciencia, su cul­
tura particular. A partir de 1956 gruñe, reclama; el problema salarial es
serio, porque desde 1946 el sueldo base no se ha movido; en conse­
cuencia, las bonificaciones representan casi la mitad de lo que gana el
trabajador. Cuando en 1956 el Gobierno pretendió reformar e) siste­
ma, tocar las bonificaciones y los bonos, los obreros fueron a la huel­
ga. El Gobierno prefirió ceder.
Cuando los soviéticos de la época afirmaban que en la URSS no
había más que dos clases (los obreros y los campesinos), que no exis­
tía la clase burocrática, tenían razón en cuanto al nivel de vida, a los

383
salarios. Lo que no decían, lo que no resultaba fácil de medir, era la
frontera entre quienes tenían las manos blancas y quienes las tenían
negras. El problema era que esa diferencia social, cultural, existía y re­
sultaba hereditaria. Todos compartían, eso sí, los problemas de la vi­
vienda, de la ropa y de la alimentación. La vivienda era muy barata,
cuando la había. Era el problema número uno de los habitantes de las
ciudades, hasta tal punto que en 1956 el Gobierno se asustó. Bajo el
impulso de Jruschov lanzó programas masivos de construcción barata
y rápida; demasiado barata, demasiado rápida. A finales de 1962, el 12
por ciento de las viviendas construidas después de 1958 ya eran inser­
vibles. Entre 1956 y 1959 se entregaron cinco millones de viviendas en
las ciudades, pero llegaron 13 millones de provincianos y la gente con­
tinuó amontonándose hasta alcanzar un promedio de cuatro o cinco
personas en 40 metros cuadrados. Alimentos y ropa consumían, res­
pectivamente, el 50 y el 20 por ciento del gasto familiar. Hasta 1962,
los precios se mantuvieron estables, pero las reformas en favor de la
agricultura provocaron el alza brutal de junio de 1962 de la carne,
la leche, etcétera. El motín de Novocherkask y otros lugares fue la con­
secuencia directa.
Los años de Jruschov fueron relativamente buenos para los cam­
pesinos. La URSS dejó de ser un país rural; sus campesinos dejaron de
ser a cambio infelices esclavos, los más infelices de los soviéticos. Has­
ta 1953 habían sido sometidos a un tributo agotador, recibiendo a
cambio salarios de miseria. Para resolver la crisis constante de la pro­
ducción agrícola, característica estructural de la economía soviética,
para alimentar mejor a una población urbana creciente, Jruschov deci­
dió mejorar la situación en el agro. Las ciudades, en 1953-1954, habían
dejado de ver satisfechas sus necesidades de carne, huevos y leche, e
incluso de patatas. En septiembre de 1953 se decretó la disminución
de las incautaciones, el alza de los precios agrícolas, la legalización de
un pequeño mercado libre «koljosiano», al lado del mercado oficial.
Creció enseguida la producción de verdura, carne, leche y derivados;
la producción de carne de cerdo aumentó ¡el 70 por ciento entre 1953
y 1959! Como decía Nikita: «Las ideas marxistas son muy buenas, pero
con tocino saben mejor aún».
Como ni la agricultura ni la industria tenían los medios para in­
tensificar la producción agrícola, se recurrió, como siempre, a la ex­
pansión en el espacio. Jruschov lanzó en 1954 el programa de coloni­
zación de las tierras vírgenes, en Kazajistán, para alimentar Asia central
y Siberia. Durante el primer año, 450.000 jóvenes entusiastas se lanza­
ron a la gran aventura. La improvisación caótica descorazonó a más

384
de cien mil en 1955; las tierras vírgenes dieron una o dos buenas co­
sechas, y, erosionadas, se agotaron. El programa, lejos de abrir una nue­
va frontera, fue un desastre ecológico que no creó una nueva base de
cerealicultura. En 1956, la URSS tuvo todavía una buena cosecha, lue­
go, una serie de cosechas malas o mediocres llevaron al poder a hacer
nuevas concesiones a los campesinos (las reformas de 1957-1958) para
asegurar la alimentación de las ciudades. ¡Cuán lejos parecían 1946,
1936 o 1928 con su violencia abominable! Ahora el Estado soviético
facilitaba la comercialización, más que en los mejores años de la do­
rada NEP; ahora las entregas obligatorias quedaban en casi nada, todo
empujaba al campesino a vender a la ciudad; ahora el Estado disolvía
las MTS y vendía las máquinas, deterioradas pero baratas, al koljós;
hasta se rumoreaba que se iba a disolver el koljós, que iban a resucitar
a la comunidad campesina... Eso no sucedió. A cambio, Jruschov pudo
enorgullecerse del año 1958, que dio a lá URSS la mejor cosecha de
cereales de su historia: 142 millones de toneladas. Luego, implacables,
los rendimientos bajaron y la cosecha de 1963 cayó a 108 millones,
preparando la jubilación de Jruschov. El pan fue racionado en las ciu­
dades y el descontento popular creció en proporción.
A lo largo de esos diez años, las reformas fueron permanentes, múl­
tiples y también contradictorias. Al final, la agricultura se concentró
en 59.000 grandes granjas colectivas, a medio camino entre el antiguo
koljós y el sovjós; casi todos los trabajadores recibían dinero y todos
conservaban su parcela individual, que cuidaban como a la niña de
sus ojos.
Los campesinos seguían siendo demasiado numerosos y trabajaban
menos de 200 días al año, despilfarrando su tiempo en el sistema de
la doble empresa, la colectiva y la individual, que se beneficiaba de to­
dos sus esfuerzos. No tardaría el campesino del Cáucaso en tomar el
avión (casi gratis) para vender sus tomates en el metro de Moscú. Se
mantenían las viejas disparidades geográficas entre norte y sur, Europa
y Siberia; los rendimientos seguían siendo muy bajos, en parte por fal­
ta de abonos. Como siempre, al campesino le quedaba el recurso de
irse a la ciudad. Se iban los jóvenes, los más dinámicos y las mucha­
chas, lo que condenaba a muchos hombres al celibato forzado o a to­
mar también el camino de la ciudad. En 1965, un observador lamen­
taba el hecho de que en muchos koljoses la edad media había subido
a cincuenta años. En 1964, un koljosiano ganaba la mitad del sueldo
de un obrero... En el mismo año, el hogar koljosiano medio gastaba
para comer un 15 por ciento más que el hogar obrero y consumía me­
nos carne, pescado, azúcar, pero más pan, patatas y huevos.

385
Cuando la cosecha de 1963 castigó el orgullo de Jruschov, éste,
atrapado entre el Escila del descontento popular (toda nueva alza era
impensable) y el Caribdis de la aún menos concebible privatización de
la tierra, encontró una salida en la importación de granos «capitalis­
tas». Inauguraba una práctica destinada a tener un gran porvenir. Por
lo menos Jruschov tuvo el mérito de preocuparse por el agro. Ningún
dirigente soviético lo había hecho, ningún otro volvería a hacerlo.
En cuanto a la política de las nacionalidades, Jruschov fue otra vez
innovador. Para empezar, permitió el regreso a su terruño de «los pue­
blos castigados», con la excepción de los tártaros de Crimea: el ucra­
niano Jruschov entregó en 1954 aquella península a Ucrania, para fes­
tejar el bicentenario de la unión (forzada) entre Ucrania y Rusia. En
esa época, después de la terrible nivelación estaliniana, parecía no exis­
tir el problema de las nacionalidades. No se manifestaba ningún des­
contento abierto en las 14 repúblicas no rusas; la oposición tomaba so­
lamente formas culturales y muchos intelectuales estaban dispuestos a
dejar al «libertador» Jruschov el beneficio de la duda. El desarrollo del
«comunismo nacional» en Europa del Este, a pesar de la tragedia hún­
gara, les daba una confianza que se mantuvo, por lo menos, hasta el
aplastamiento de la Primavera de Praga, en agosto de 1968.
Como la caída de Jruschov no tuvo ninguna influencia sobre el
problema, se puede abrazar una cronología más larga. Una compara­
ción entre los censos de 1959 y 1970 manifiesta la emergencia de una
identidad nacional no rusa, la reaparición de una identidad antigua y
la creación de una nueva identidad, como consecuencia de la política
soviética. En el primer caso, los países bálticos y Ucrania; en el se­
gundo, las repúblicas de Asia central. En 1960 hubo varios muertos
cuando los lituanos protestaron contra la visita de Serov, jerarca de la
KGB que había tristemente «pacificado» el país después de 1945. En­
tre 1958 y 1962, la KGB desmanteló cuatro grupos clandestinos en el
Báltico y doce en Ucrania occidental. Otros tantos en el Cáucaso y en
Armenia. En Ucrania, el año 1965 vio la mayor operación de la KGB
desde la muerte de Stalin. Los procesos de 1966 pusieron a las autori­
dades en apuros cuando Viacheslav Chomovil invocó a Lenin contra
el «chovinismo de gran potencia». El primer secretario del Partido Co­
munista de Ucrania, el «reformista» Pietr Shelest, tenía cierta debilidad
por las aspiraciones ucranianas, por lo menos en el campo cultural.
Pudo posponer la rusificación hasta su caída, en 1973.
Pasó algo semejante en Lituania, república que fue durante treinta
años el feudo de Anastas Snieskus, más hábil aún que Shelest. Cono­
cía perfectamente las reglas del juego y sabía cuándo parar. Usó las pre­

386
siones nacionalistas para conseguir concesiones de Moscú, y a Moscú
para contener el nacionalismo en prudentes límites. En Estonia, Jo ­
hannes (Iván) Kabin, jefe del Partido Comunista entre 1950 y 1978,
tuvo la tarea más fácil, por lo menos hasta 1970. Es un caso interesante
de «estoniano ruso», que hablaba con dificultad el idioma nacional
pero estaba cada día más «renaturalizado», y que funcionaba como
«colchón» entre Moscú y la Nomenklatura local. En Georgia, Armenia,
Azerbaiyán, las relaciones de parentesco y compadrazgo se entretejían
con los negocios y el Estado. La caída del «padrino» georgiano Mzha-
vanadze, en 1972, provocó 25.000 arrestos. Entre negocios y adminis­
tración empezaba un peligroso movimiento nacionalista.
Llegada esa fecha ya eran visibles todos los elementos de la evolu­
ción ulterior, la dialéctica centro-periferia, con los diversos niveles de
clientelas, y la postura de Moscú, que toleraba la existencia de redes
nacionales (étnicas) locales, incluso bajo la tutela de un «amo» nacio­
nal, siempre y cuando éste siguiese pagando tributo al PCUS. Una
forma dé indirect rule. Emergentes, también, las peligrosas tensiones ét­
nicas y los excesos chovinistas de todos. Al centro le quedaba la posi­
bilidad de lograr compromisos, de intervenir a tiempo para prevenir
crisis graves. Las elites burocráticas locales, muy metidas.en los nego­
cios y la corrupción, encontraban gran provecho en ese juego delica­
do entre un número demasiado grande de jugadores y sin reglas bien
establecidas. Quedaba siempre la solución de la represión. A partir de
1958, un número siempre creciente de «nacionalistas» tomó el camino
de los campos, entonces llamados «colonias». Algunos prefirieron el
suicidio público. El primero ocurrió en Kiev, en 1968, y el más famo­
so fue el caso del estudiante lituano R. Kalanta, en Kaunas, en 1972.
A lo largo de treinta años engrosaron esos elementos las filas de la di­
sidencia.
En conclusión, los años entre 1954 y 1958 fueron de inquietudes
y esperanzas, y los años entre 1958 y 1961 fueron los de las promesas y
ciertos éxitos, antes de que empezara la era de las decepciones. Hubo
progresos muy ciertos, pero la gente, impacientada por sus crecientes
expectativas, no veía más que los fracasos. La mística soviética había
muerto; el PCUS era una enorme máquina (10 millones en 1964; 19
millones en 1990) llena de funcionarios, disciplinada, sin militancia.
Cumplía con su papel controlando la sociedad, sin más. La vida era
gris, los cines aún escasos, los apartamentos demasiado estrechos. La
gente salía para participar en las grandes fiestas públicas y en los des­
files, visitaba las ferias y los parques de diversiones. La lectura era muy
apreciada y el alcohol también. La televisión fue recibida con alivio.

387
¿Podría considerarse la lucha contra las religiones y el repunte del an­
tisemitismo como un derivativo comparable al vodka o a la televisión?

La ofensiva contra la religión

La sinceridad personal y el oportunismo político llevaron a Jrus-


chov a emprender una verdadera persecución religiosa, para demostrar
que, como Lenin a la hora de la NEP, conjugaba el reformismo eco­
nómico con el endurecimiento ideológico. El poder soviético siguió
siempre la misma línea: a corto plazo, utilizar la Iglesia ortodoxa; a lar­
go plazo, destruirla como todas las otras iglesias y religiones, ya sea por
la fuerza, ya por «la falsificación del bien», usando la infiltración y la
manipulación. Entre 1918 y 1953 habían alternado la destrucción vio­
lenta y la tolerancia vigilante, los fusilamientos, las deportaciones, el
cisma y la cooptación. Siempre, la Iglesia ortodoxa rusa había servido
a la política exterior soviética y, a partir de 1939, para rusificar Ucra­
nia, Bielorrusia y los países bálticos. En derecho se afirmaba la liber­
tad de fe y de culto, se precisaba que la religión era un «asunto priva­
do», sin papel social ni político; los creyentes resultaron ser ciudadanos
de segunda clase, excluidos del Partido, del Estado, de la oficialidad
militar. En todas las escuelas y universidades, hasta en los seminarios,
se daban cursos de ateísmo. Teóricamente, el Estado estaba separado
de las iglesias, pero pagaba los sueldos del clero, censuraba sus textos,
administraba los edificios. El Estado decidía qué era legal o no, pro­
hibiendo así, después de 1945, las iglesias grecorromanas (uniatas), los
testigos de Jehová, algunas iglesias bautistas. Un Consejo de Estado vi­
gilaba los asuntos de la Iglesia ortodoxa y otro los de todas las demás
religiones.
En cuanto la victoria contra Hitler pareció asegurada, el Comité
Central pidió, en septiembre de 1944, la reanudación de la propagan­
da antirreligiosa. En 1947 se creó la Sociedad para la Difusión del Co­
nocimiento Político y Científico (Znanie). En 1970 contaba con 2,5
millones de miembros, de los cuales 100.000 eran universitarios. Sin
embargo, la Iglesia ortodoxa gozó unos años más de una paz y una li­
bertad antes desconocidas. En 1957 tenía unas 20.000 parroquias, 79
conventos y ocho seminarios. El islam, el judaismo y la Iglesia bautis­
ta, reconocida por el Estado, conocieron la misma bonanza. Terrible­
mente perseguidos desde 1945 fueron los testigos de Jehová, los otros
bautistas que poblaron los campos en compañía de los uniatas: en
1946, Stalin reunió un seudosínodo en Lvov (Ucrania) para abolir la

388
unión con Roma, celebrada en 1596 en Brest. La Iglesia uniata de
Ucrania contaba con 4,999 millones de fieles; también hizo desapare­
cer las iglesias uniatas de Rumania, Rutenia y Eslovaquia. La Iglesia or­
todoxa rusa vio con buenos ojos esa medida y apoyó al poder soviéti­
co en su lucha Contra el «imperialismo del Vaticano» y el nacionalismo
ucraniano. Esa violenta represión engendró las «iglesias de las cata­
cumbas». Como precio para ese cuasiconcordato, la Iglesia ortodoxa
rusa se transformó en anexo de la Secretaría de Relaciones Exteriores,
denunciando al Vaticano, participando en el ecumenismo antirroma-
no, entrando en el Consejo Mundial de las Iglesias, intentando su­
plantar el patriarcado de Constantinopla para ser un «Vaticano orto­
doxo». Por la misma razón, la Iglesia ortodoxa rusa sostuvo a fondo la
política exterior soviética, denunciando a Estados Unidos, la Revolu­
ción húngara, etcétera. Tuvo que negar la existencia de persecuciones
pasadas o presentes, aun cuando obispos leales al Patriarcado se en­
contraban en lá cárcel o en los campos, como Manuil Lemeshevski,
Atanasio Sajarov o Benjamín Novitski.
Jruschov lanzó una primera ofensiva antirreligiosa en julio de
1954, denunciando la influencia de la religión sobre la juventud. La
campaña no duró más de cien días porque Jruschov no controlaba aún
el Politburó. Éste puso fin a esa campaña en noviembre, quizá bajo la
influencia de Gueorgui Malenkov, el primer sucesor de Stalin. Años
después, converso, moriría en un convento ortodoxo. El ateísmo mili­
tante de Jruschov explotó después de su victoria contra el grupo «an­
tipartido». Declaró: «Agarraremos a Dios por la barba y enseñaremos
por televisión al último cristiano en 1980» (año de la prevista llegada
al comunismo). En 1957 empezó la ofensiva propagandística, en 1958-
1959 el cierre de los conventos, en 1959 el cierre de los templos.
Entre 1959 y 1964 las iglesias ortodoxas abiertas disminuyeron de
20.000 a 7000; los conventos de 79 a 17; los seminarios de ocho a tres.
Se dieron instrucciones secretas para limitar las entradas al seminario
y desalentar las vocaciones religiosas. Numerosos fieles y clérigos de
todos los credos fueron arrestados bajo mil pretextos económicos y fis­
cales. En 1965, un Consejo Único de Estado para los Asuntos Reli­
giosos se convirtió en controlador y director de las iglesias; podía reti­
rar la licencia para celebrar, o los permisos de residencia a los ministros
de los cultos; un templo sin ministro no tardaba en ser clausurado. Las
presiones de todo tipo llevaron a decenas de sacerdotes a colgar los há­
bitos, en medio de una gran publicidad. Los «reeducadores» se intro­
ducían en la vida familiar y privada de los creyentes; los bautizos, bo­
das y sepelios religiosos tenían que ser registrados con el número de

389
pasaporte de los interesados, y el clérigo que no cumplía con esa obli­
gación perdía el permiso de ejercer. En 1960, por ese motivo, el me­
tropolitano Manuil se encontraba en la cárcel, así como 46 de sus sa­
cerdotes de la diócesis de Orenburgo.
En 1960 la Iglesia ortodoxa rusa había protestado contra la nueva
ofensiva del Estado, pero éste le impuso, en 1961, una «reforma» que
quitó al clero todo poder en el seno de la Iglesia y delegó en unos
«consejos» laicos la administración de las parroquias. AL sacerdote le
quedaba el derecho a celebrar y, con muchas limitaciones, a predicar
bajo la vigilancia de los consejos, infiltrados por la KGB. Esta última
perforó las iglesias en todos los órdenes, logrando la colaboración bien­
intencionada, desesperada o cínica de varios prelados. El obispo Er-
mogen de Kaluga, sacerdotes como Gleb Yakunin y Nikolái Eshliman,
y laicos como Alexandr Solzhenitsyn se atrevieron a protestar contra
la conducta del patriarca y de la mayoría de los obispos. Ermogen, que
había sufrido encarcelamiento entre 1931 y 1939, fue recluido en un
convento en 1960 y de nuevo en 1965 cuando redactó, en el nombre
de diez prelados, una petición al patriarca Alexéi I. Privado de la di­
rección de su diócesis, vivió enclaustrado hasta su muerte en 1978. El
mundo exterior no prestó ninguna atención a la persecución de los cre­
yentes mientras se mantuvo el Gobierno de Jruschov, dirigente catalo­
gado como «bueno». Solamente después de su caída las noticias trans­
mitidas por el Samizdat empezaron a escucharse, pero el silencio sobre
las dimensiones de la persecución y sobre la responsabilidad directa de
Jruschov se mantuvo.
En 1965, el poder soviético hizo una evaluación de los resultados
de la campaña y concluyó, de manera negativa, que la persecución ha­
bía empujado a muchos clérigos, pastores y rabinos a la clandestini­
dad; en las «catacumbas» se encontraban no solamente los uniatas y
los testigos de Jehová, sino también bautistas y pentecostales en nú­
mero creciente, así como ortodoxos. Eso hacía más difícil el trabajo de
los órganos. Se estima que, entre 1960 y 1975, el 55 por ciento de los
sacerdotes ortodoxos, sin romper con el Patriarcado, trabajaban en la
clandestinidad. Eso explica la disminución oficial del número de sa­
cerdotes registrados: 30.000 en 1957; 6000 en 1975. Sin embargo, se
perseveró en la persecución hasta 1985. Ninguna de las 12.000 iglesias
cerradas fue reabierta, tampoco las sinagogas ni las mezquitas. Si en
1955 había 1300 seminaristas ortodoxos, en 1963 eran 400.
El Estado optó definitivamente por «la falsificación del bien», o
sea, la infiltración en las iglesias. La propaganda antirreligiosa subió de
tono a partir de 1967; en 1971, la Sociedad Filosófica Soviética se en­

390
cargó de una «incesante propaganda atea de materialismo científico»;
en abril de 1979, el Comité Central llamó al «perfeccionamiento del
trabajo ideológico y político-educativo»; en junio de 1983 pidió «dar a
todos los ciudadanos soviéticos una Weltanschauung marxista-leninista»
y Chernenko declaró que «los comunistas son ateos consecuentes». La
represión siguió la misma evolución ascendente, refinándose con la
aparición de los «pacientes» en clínicas psiquiátricas, «enfermos de es­
quizofrenia, desdoblamiento de la personalidad», más numerosos que
los detenidos en los campos. Padres creyentes fueron despojados de sus
derechos de paternidad y sus niños confiados a internados del Estado.
La Primavera de Praga había restaurado la Iglesia uniata en Eslovaquia
y despertado a los uniatas en Ucrania. Eso endureció la persecución y
acabó de consolidar la alianza anticatólica del Estado y de la Iglesia or­
todoxa. Así, el metropolitano Filareto de Kiev fue un verdadero fun­
cionario de la KGB. Cuando en 1970 el patriarca Alexéi I murió a los
92 años, su heredero fue Pimen, electo en 1971. Éste había pasado mu­
chos años en la cárcel en los años treinta y cuarenta antes de partici­
par en la guerra como oficial. Siguió la línea de su predecesor, vivien­
do, según sus propias palabras, «en una jaula dorada».
La persecución se centró sobre los jóvenes intelectuales. Así, Ogo­
rodnikov, fundador del Círculo de Moscú, fue expulsado de la uni­
versidad, condenado (1979) por «parasitismo» a seis años de campo y
luego a tres más. Salió en 1987. Vladimir Porech, joven bibliotecario
de Leningrado, recibió una sentencia de cinco años de cárcel en 1980
y luego tres más en 1984. El padre Gleb Yakunin, arrestado en 1979,
fue condenado a cinco años de campo y luego a otros cinco. Fue li­
berado en 1987. Su crimen era haber fundado el Comité Cristiano de
Defensa de los Derechos de los Creyentes. Lo peor fue la infiltración
de las iglesias. Vladimir Volkoff, en su novela Le Trétre (amalgama de
prêtre, sacerdote, y traître, traidor), hace una descripción sobrecogedo-
ra de esa Iglesia ortodoxa minada por la KGB, desmoronada interna­
mente. Al patriarcado le llamaban ¡«Metropolitburó»! Cruel paradoja
la de esa Iglesia que sufrió un martirio sin precedentes (habría que re­
montarse a la Revolución francesa para encontrar algo equivalente,
pero mucho más breve) y, al mismo tiempo, frente a los propios fie­
les, un descrédito total, por su colaboración con el césar teomaco.
Solzhenitsyn, en su carta a Pimen en 1972, denunció ese «voluntario
sometimiento interior —rayano en el suicidio— al que ha llegado la
Iglesia rusa». Todavía el 26 de noviembre de 1986, Mijaíl Gorbachov
llamó al «combate decisivo y sin concesiones contra la religión» y a
«fortalecer la labor atea». En febrero de 1987 empezó la liberación de

391
los primeros presos por motivos religiosos, como el padre Yakunin. En
esa fecha, dos millones de soviéticos iban al templo una vez por se­
mana y cuatro millones de vez en cuando; muchos asistían a las gran­
des liturgias anuales, y más aún recibían los tres sacramentos de bau­
tismo,1 matrimonio y funerales. La práctica era femenina (entre el 65
y el 86 por ciento según las fuentes) y observada por gente de edad;
Lenin dijo alguna vez: «Cuando hayan muerto las abuelas, nadie re­
cordará que hubo una Iglesia en Rusia». Un trovador anónimo inven­
tó el siguiente dicho: «Las abuelas nunca mueren».

La disidencia

Las decepciones, las desilusiones sufridas por una minoría de inte­


lectuales, artistas y nacionalistas, y por los creyentes perseguidos, en­
gendraron la «disidencia», fenómeno que después de diez años de in­
cubación discreta despertó un gran eco en Occidente y terminó por
obsesionar a los dirigentes de la URSS.
En los años sesenta, la KGB señaló un crecimiento de la actividad
«antisoviética»: 1300 personas en 1961, 2500 en 1962, 4500 en 1964.
Grupúsculos o individuos aislados se limitaban a mandar cartas anó­
nimas, a realizar pintadas contra el régimen. Eran jóvenes estudiantes
y obreros que no preocupaban mucho al director de la KGB, Yuri An-
dropov, quien en 1973 señalaba que «esos menores, enfermos menta­
les y criminales no perturban una situación globalmente normal». Los
que sí perturbaban eran los que exigían el respeto a la Constitución
y a la legalidad socialista. Eran opositores de una nueva especie, aje­
nos a la clandestinidad de los «antisoviéticos» clásicos. Buscaban trans­
parencia y audiencia, convocaban a conferencias de prensa, repartían
textos, se comunicaban con el extranjero. Su acción era posible por­
que el Estado había cambiado a partir de Jruschov y no le resultaba
tan fácil violar la famosa «legalidad socialista»; además, era sensible
a la opinión internacional, en una situación mundial definida por la
«coexistencia pacífica» y la «distensión». Sin embargo, «en Rusia, con­
versar es conspirar, pensar es rebelarse; pensar es no sólo un crimen,
sino también una desgracia», decía Custine, en 1839, en tiempos del
«zar de hierro». En 1960-1987 seguía siendo cierto. Por eso en 1964

1. En 1985, el 18 por ciento de los niños file bautizado; en 1988, lo fue el 33 por
ciento; en 1990, el 50 por ciento. En 1928, el 66 por ciento de los difuntos recibía fu­
nerales cristianos; en 1964, el 40 por ciento, y en 1989, el 70 por ciento. (TV. dd A .)

392
el heroico general Grigorenko, defensor de los tártaros de Crimea, aca­
bó en la cárcel antes de pasar por el manicomio (hasta 1974, cuando
partió para el exilio). Anatoli Marchenko pasó nueve años en un cam­
po entre los años cincuenta y sesenta antes de ser arrestado de nuevo
en 1975 y luego en 1981, cuando recibió una nueva condena de quin­
ce años que perduró hasta su muerte, en huelga de hambre, en 1986.
En 1965 ocurrió el «asunto Daniel-Siniavski», dos escritores condena­
dos por «propaganda antisoviética». El 5 de noviembre de 1965 unos
50 jóvenes y estudiantes se reunieron en la plaza Pushkin para pedir, en
favor de los dos hombres, el respeto a la Constitución y la publicidad
del proceso (glasnost). Nacía así una nueva forma de resistencia.
Los disidentes no tenían un programa político. Hacían circular tex­
tos literarios, filosóficos y políticos publicados en el extranjero antes
de volver clandestinamente a la URSS. Intentaban presionar al poder,
impedir el regreso del estalinismo, defender los derechos del hombre.
Los disidentes caían bajo los artículos 70 y 190-1 del código penal. En
1958 hulpo 1516 condenados, en su mayoría por haber protestado con­
tra la intervención militar en Hungría. Entre 1958 y 1966 hubo 3448
condenados, y entre 1967 y 1975, otros 1583, según el informe sobre
los «disidentes» presentado por Yuri Andropov el 29 de diciembre
de 1976.
Después del asunto Daniel-Siniavski, vino el caso Guinzburg-Ga-
lanskov, jóvenes acusados de haber propagado información sobre el
asunto anterior. Alexandr Yákovlev fue el encargado de la campaña
contra los dos muchachos (en tiempos de Gorbachov sería el ideólogo
de la perestroika, encargado de presidir la Comisión para la Rehabilita­
ción de las Víctimas de la Represión). El proceso resultó ser una derro­
ta para el régimen y, por lo tanto, fue el último proceso público. Otros
casos sonados fueron los de Bukovski (1967), canjeado en 1976 por
Luis Corvalán, dirigente del PC chileno; Leonid Pliuch, matemático y
nacionalista ucraniano condenado al Gulag psiquiátrico y liberado en
1976 bajo la presión internacional; Yakir y Krasin (1973), Solzhenitsyn
(1974) y Sajarov, confinado en Gorki (Nizhni-Nóvgorod) con su espo­
sa Elena Bonner por haber protestado contra la invasión de Afganis­
tán (1979). Irina Ratushinskaya fue sentenciada con siete años de cam­
po, más cinco de exilio, por haber escrito el verso: «Rusia da a luz
esclavos y miserables». No fue liberada hasta 1987.
La persecución no desalentó a los valientes; en 1970 fundaron el
Comité de los Derechos del Hombre de Moscú. Andréi Amalrik, his­
toriador, autor de éSobrevivirá la U R SS hasta 1984?, recibió una nueva
condena de tres años en un campo especial. Entre 1972 y 1983 logra­

393
ron publicar en el Samizdat 64 números de la Crónica de los aconteci­
mientos comentes; tan pronto como eran arrestados los redactores, otros
tomaban el relevo. En 1974, Solzhenitsyn, el «profeta» del movimien­
to, fue expulsado de su país, después de una larga resistencia. El Po-
litburó debatió largamente sobre su caso, pero después de la publica­
ción en Europa de su Archipiélago Gulag Andropov propuso el exilio
fuera de la URSS como un mal menor. Vale la pena señalar que en su
infórme a Brezhnev (7 de febrero de 1974) Andropov escribió: «El li­
bro del Archipiélago es indudablemente antisoviético, pero los hechos
descritos tuvieron efectivamente lugar». Unos días después Solzhe­
nitsyn fue arrestado, acusado de «alta traición», destituido de su na­
cionalidad soviética y deportado en avión hacia la República Federal
de Alemania.
La persecución contra Andréi Sajarov, «el santo» de la disidencia,
el padre de la bomba atómica soviética, se desató a partir de septiem­
bre de 1973 y no amainó hasta 1987. En octubre de ese mismo año,
Valentín Turchin fundó la sección soviética de Amnistía Internacional
con Irina Orlova y unos 25 o 30 científicos y escritores. Varios redac­
tores de la Crónica fueron a parar a los campos: el biólogo Serguéi Ko-
valiov y la matemática Tatiana Velikanova (1979-1987) entre otros. El
1 de agosto de 1975, la URSS firmó los acuerdos de Helsinki y, unos
meses después, Yuri Orlov, Ánatoli Shcharanski, Elena Bonner y An­
dréi Amalrik fundaron el grupo Helsinki de Moscú para denunciar las
violaciones de los derechos humanos en el marco de dichos acuerdos.
El grupo publicó 18 documentos hasta su destrucción final, pero an­
tes logró diseminarlos en Ucrania, Lituania, Armenia, Georgia. Una
misteriosa explosión en el metro de Moscú el 8 de enero de 1977 dio
a la KGB el pretexto para arrestar a Orlov y a Guinzburg. El físico Or­
lov fue sentenciado a siete años de campo más cinco de exilio en Si-
beria. Casi todos los miembros de los grupos mencionados, así como
del Comité Cristiano y del Fondo Social Ruso, fueron arrestados, ex­
pulsados, obligados a salir del país. ¿Cuántos disidentes menos cono­
cidos sufrieron la misma suerte? En los 97 procesos a puerta cerrada
de 1979-1980 hubo 217 condenas, casi la mitad a creyentes, 64 a de­
fensores de derechos humanos y 58 a nacionalistas, sin contar a los 500
tártaros deportados de Crimea.
El interés exclusivo que Yuri Andropov, los miembros del Politbu-
ró y el propio Brezhnev dedicaban a los disidentes era lúcido. Su sola
existencia constituía una amenaza para el régimen. La KGB bien po­
día espiar todos los instantes de la vida de un Sajarov (Premio Nobel
de la Paz en 1975), y sabía que perdía su omnipotencia tan pronto

394
como el disidente era conocido, adoptado por una organización hu­
manitaria internacional. Eso ponía frenéticos a los responsables, que
trataban de desesperar al adversario, imponiéndole un ciclo de resi­
dencia forzada, arresto, exilio o expulsión. Cuando la situación inter­
nacional ée tensaba (invasión de Afganistán en 1979, golpe de Estado
en Polonia, en 1981), la represión se endurecía. Como lo explicó An­
dropov a sus colaboradores, la meta era quebrar moralmente a los di­
sidentes, «neutralizarlos ideológicamente», sin recurrir a la cárcel. Eso
se llamaba «trabajo profiláctico para la prevención de los crímenes». En
1975, Andropov notificó que «en el periodo 1971-1974 fueron “profi-
lactizadas” 63.108 personas [...] otras medidas como la expulsión al ex­
tranjero han demostrado su eficacia. El saneamiento de la atmósfera
operacional se ha visto facilitado por la entrega de visados de salida
hacia Israel para varios extremistas».
Cuando a finales de 1979 Andréi Sajarov fue exiliado en Gorki, era
el último disidente famoso en libertad. Andropov pudo pensar que la
batalla había sido ganada por sus hombres, pero era demasiado inteli­
gente para ilusionarse. Los disidentes, poco numerosos, apartados de
las masas, despertaron la opinión internacional y quizá la mala con­
ciencia de ciertos dirigentes de la URSS. Curiosamente, los ideales de
la disidencia fueron retomados por Gorbachov y sus reformistas a par­
tir de 1986-1987. La URSS no dejó de existir en 1984, como predijo
Amalrik, pero duró pocos años más. En 1962, el joven Andréi Tarkovs­
ki dirigió la película La infancia de Iván y empezó a trabajar, en plena
persecución religiosa, en la realización de su soberbia Andréi Rubliov
(1966), una obra maestra congelada durante muchos años. Luego Tar­
kovski se quedó sin poder casi trabajar hasta que en 1983 aceptó una
invitación para filmar en Italia. No le permitieron volver y murió de
cáncer en 1986. Su vida y su obra pertenecen a la historia gloriosa de la
intelligentsia rusa, en su continuidad histórica, más allá del sovietismo.

¿ Y el Gulagf

El 27 de marzo de 1953, una gran amnistía liberó a todos los con­


denados a menos de cinco años (delincuentes comunes en su mayo­
ría), a los hombres de más de 55 años, a las mujeres embarazadas o
con niños pequeños y a los acusados de abuso de poder y prevarica­
ción (funcionarios de la hornada de 1952). En total, más de un millón
de personas fueron liberadas, de las cuales 600.000 llegaron a Rusia.
Luego, una serie de amnistías benefició a los «políticos», a los exilia­

395
dos y a otros «colonos especiales». Llegado 1959, 4,5 millones de per­
sonas habían sido liberadas de los campos o de la residencia forzada.
Las rebeliones masivas del verano de 1954 en los campos «especiales»
(sin amnistía) de la región de Karaganda tuvieron que ser aplastadas
por los tanques. Eran la culminación de una larga serie de huelgas que
habían empezado en 1953. Los nacionalistas ucranianos y bálticos del
campo de Kimguin resistieron del 16 de mayo al 25 de junio.
Esas rebeliones y el coste económico del Gulag explican las am­
nistías decretadas entre 1953 y 1957, y la profunda mutación que co­
noció el sistema. Sin embargo, éste no desapareció, se adaptó. El Gu­
lag posestalinista perduró hasta el final de la URSS, con un núcleo
duro de 500.000 personas (delincuentes comunes en su mayoría) y una
población flotante de alrededor de 1,5 millones. Los campos dejaron
de funcionar como colonias pioneras y mineras del gran norte y del
Lejano Oriente; se mudaron, en su mayoría, a la URSS europea; en lu­
gar de ser el instrumento de un proyecto grandioso, el Gulag se trans­
formó en agencia para proporcionar mano de obra barata, según las
necesidades de la economía.
Roger Brunet, en su Geografía del Gulag (1981), documentó y ana­
lizó ese cambio: el nuevo mapa del archipiélago refleja las densidades
demográficas y la economía. Los campos se encuentran en Europa, a lo
largo del Transiberiano, en los oasis de Asia central. El archipiélago de
Cheliabinsk, en el sur de los Urales, corresponde a la metalurgia y al
Ejército; el de Kemerovo, en Siberia central, al carbón y a la madera.
Brunet resume su geografía en el cuadro de la página siguiente.
Existe un Gulag «ordinario» ligado a las ciudades: cada ciudad tie­
ne una cárcel importante y por lo menos un campo que trabaja en la
construcción, las carreteras y la limpieza urbana. Moscú se beneficia
así de unos 40.000 zeks. Los campos abastecen además las fábricas lo­
cales con mano de obra complementaria. «Ordinarios» son también los
campos dispersos por todo el país ligados a la presencia de minas, can­
teras, bosques, etcétera.
En las zonas pioneras del gran norte y de una parte de Siberia exis­
ten campos especializados: bosques, minas, mantenimiento y construc­
ción de ferrocarriles, como el famoso BAM (Baikal-Amur Magistral). No
representan sino la tercera o la cuarta parte de la población del Gulag.
Finalmente, existe el Gulag estratégico de las minas de uranio y de las
plantas peligrosas para la salud, así como de las zonas militares. De 1726
campos, 120 son para las mujeres y los niños, de los cuales 35 se desti­
nan a los niños de 10 a 18 años. El campo femenino de Shiasjotan em­
plea a 6000 mujeres en la conserva de los famosos cangrejos de Ojotsk.

396
Cuadro 4. La economía del Gulag. Actividades por grandes regiones (número de empresas). Según cifras de 1977-1979. Fuente: Brunet.
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fitajSSaJSáia
Así, los nuevos zeks son el equivalente económico de los «trabaja­
dores inmigrantes» de Estados Unidos y de Europa occidental. Les toca
el trabajo duro y peligroso; les tocan los trabajos sucios y eventuales.
El Gulag es una enorme empresa de mano de obra barata, siempre dis­
ponible. Es la agencia de empleo más grande del mundo. Su rentabi­
lidad dudosa cumple funciones difíciles de cubrir de otro modo.

¿Una política exterior «de riesgo» o «voluntarista»?

. A lo largo de sus diez años de gobierno, Jruschov practicó siempre


una diplomacia dinámica, multiplicando los viajes al extranjero, cosa
que ni Lenin ni Stalin habían hecho. La política exterior tuvo un pa­
pel decisivo en la consolidación y la caída del primer secretario del
PCUS.
Las relaciones con Occidente conservaron la dualidad de siempre:
«coexistencia pacífica», pero «los enterraremos». La URSS, consciente
de su poderío militar, confortada por el lanzamiento de los primeros
satélites y de los misiles intercontinentales (la famosa «brecha» o des­
fase de los misiles a la que había aludido John F. Kennedy en su cam­
paña electoral), multiplicó las iniciativas diplomáticas, a menudo con­
tradictorias entre sí.
Berlín ocasionó la primera crisis verdadera. «Escaparate de Occi­
dente» en medio del «campo socialista», Berlín occidental seguía sien­
do para los dirigentes soviéticos una espina, un «cáncer», una amena­
za. Por Berlín salían, día tras día, cientos de alemanes que «escogían la
libertad», lo cual minaba la República Democrática Alemana. En 1958
la URSS pidió para la ciudad de Berlín un estatuto de ciudad libre y
desmilitarizada; dio a los occidentales un plazo de seis meses para
tratar con la RDA y amenazó, en caso de negativa, con firmar un tra­
tado de paz separado con aquel Estado, cediéndole plena soberanía so­
bre Berlín oriental. Para negociar eso, Jruschov deseaba una conferen­
cia-cumbre de los cuatro «grandes». En su viaje a Estados Unidos, en
1959, consiguió esa reunión, pero cuando ésta empezó el 16 de mayo
de 1960 en París, Jruschov la torpedeó enseguida: tomando como pre­
texto el vuelo por el espacio aéreo de la URSS, 15 días antes, de un
avión espía (el famoso U2 piloteado por Gary Powers, que fue abatir
do y apresado), exigió al presidente Eisenhower que presentara discul­
pas públicas. La negativa era de esperar y la delegación soviética aban­
donó la junta. Un año después, el encuentro en Viena del presidente

398
Kennedy con Jruschov fue otro fiasco. Frente a un presidente muy jo­
ven, electo con una pequeñísima ventaja, debilitado por el fracaso es­
pectacular de la expedición anticastrista organizada por la CIA (playa
Girón, 17 de abril de 1961), Jruschov se sintió en condiciones de plan­
tear un huevo ultimátum: la URSS firmaría la paz con la RDA antes
de que terminara el año.
Para poner fin al éxodo masivo de los alemanes orientales, el Go­
bierno de la RDA, con el apoyo total de la URSS, empezó, el 13 de
agosto de 1961, a levantar el muro que impidió el paso entre Berlín
Oeste y Berlín Este, en violación evidente de los acuerdos de Potsdam.
Tal medida no provocó entre los occidentales más que reacciones ver­
bales, lo cual convenció a Jruschov de la debilidad de Estados Unidos.
En el verano de 1962, la URSS tomó una iniciativa que tuvo gra­
ves consecuencias. Había aprovechado de manera normal y limitada la
crisis permanente entre la revolución castrista y Estados Unidos, igual
que había adelantado sus piezas en Egipto o en India; ciertamente, la
proclamación por Fidel Castro del carácter marxista-leninista de su Re­
volución había acercado más aún a Cuba y la URSS, pero sin que eso
provocara mayor tensión. De repente, Jruschov decidió instalar en
Cuba misiles nucleares de mediano alcance. ¿Por qué? La idea fue so-
viética, no cubana. En el Politburó (ahora llamado Presidium), todos
aprobaron a Jruschov, menos Mikoyán y Kuusinen, quienes, en térmi­
nos muy prudentes, le dijeron que si bien votarían a favor del pro­
yecto, lo harían únicamente por la confianza que le tenían. Jruschov,
en sus memorias, indica que esos dos hombres fueron los únicos que
le señalaron lo peligroso de aquel movimiento, y reconoce que la res­
ponsabilidad fue suya y que esa decisión «rayó en el aventurerismo».
En efecto. La tecnología estadounidense de fotografía aérea per­
mitió descubrir las rampas de lanzamiento construidas por los soviéti­
cos en Cuba. El 22 de octubre de 1962, después de intensas sesiones
de trabajo con todos sus colaboradores, el presidente Kennedy anun­
ció al mundo lo que pasaba, proclamó el bloqueo naval a Cuba para
impedir la llegada de más misiles soviéticos y exigió el desmantela-
miento de las rampas y la retirada de los cohetes.
Para Jruschov, siempre vigilado y amenazado por su «núcleo duro»,
la situación se puso muy difícil. Consciente del peligro, Kennedy lo
ayudó a salir del paso. Desde un principio había sido firme, pero pru­
dente. Sus colaboradores habían propuesto cuatro acciones posibles:
tratar el asunto diplomáticamente, sin medidas militares; intercambiar
los misiles estadounidenses en Turquía por los soviéticos en Cuba;
bombardear inmediatamente Cuba y, si era necesario, invadir la isla, o

399
establecer un bloqueo naval selectivo a Cuba. Todos estaban a favor
de obligar a los soviéticos a retirarse. Kennedy optó por la última so­
lución, que tenía la ventaja de dejar tiempo para negociar.
Los soviéticos habían engañado a Estados Unidos; los cohetes ha­
bían sido instalados secretamente, a pesar de las promesas repetidas de
la URSS de no hacer tal cosa. Ya instalados los misiles, el canciller
Gromyko había visitado a Kennedy sin mencionarle nada. Hasta la fe­
cha, la crisis de los misiles, que puso al mundo al borde de la guerra
nuclear, es tema de apasionadas discusiones. Unos le echan la culpa a
Jruschov, el «irresponsable»; otros a Kennedy, el «débil», el «entreguis-
ta». Lo cierto es que, tan pronto como Kennedy captó que su adver­
sario no quería pelear realmente por ese asunto y que no lo haría,
siempre y cuando tuviese el tiempo para retirarse con dignidad, hizo
todo lo necesario para evitar la explosión. Trató a Jruschov dignamen­
te, le dio tiempo, le hizo la promesa secreta de retirar sus misiles de
Turquía, permitiéndole así enfrentarse a su núcleo duro.
El 24 de octubre, la mitad de los 24 buques soviéticos que se di­
rigían hacia Cuba cambió de rumbo o se detuvo antes de llegar a la
barrera naval americana. Kennedy aceptó la palabra del comandante
del petrolero soviético Bucarest y dio la orden de dejarlo pasar. Durante
esa terrible semana, miles de militares soviéticos (había 40.000 en la
isla) trabajaron día y noche para volver operativos los 30 cohetes SS-4
y SS-5. Informados, los estadounidenses advirtieron que pasarían a la
fase militar activa pronto, el 30 de octubre. Fuera de sus armas nu­
cleares, Jruschov no tenía ninguna manera de contestar, en Cuba, a un
bombardeo seguido de un desembarco. ¿Una guerra nuclear? Durante
unos días el mundo contuvo el aliento.
En 1962 Estados Unidos había salvado la «brecha» de los misiles
y tenía 300 cohetes intercontinentales y 144 cohetes submarinos Pola-
ris, contra 75 y cero para la URSS, sin hablar de los 2000 bombarde­
ros gigantes estadounidenses, contra 150 soviéticos. El 26 y el 28 de oc­
tubre Fidel Castro pidió por escrito a Jruschov que lanzara un ataque
nuclear contra Estados Unidos para «no dejar que se crease una situa­
ción en la cual los imperialistas podrían dar a la URSS el primer gol­
pe en una guerra nuclear». Esos documentos fueron entregados en
1990 por Castro a Jean-Edern Hallier para su publicación integral en
Le M onde (París, 24 de noviembre de 1990). Tres cartas de Castro a
Jruschov, escritas del 26 al 31 de octubre, prueban la peligrosa incons­
ciencia del cubano. Las dos respuestas de Jruschov, «no te dejes llevar
por un sentimiento de indignación» (28 de octubre) y «no luchamos
para morir» (30 de octubre), aclaran muy bien su decisión de aceptar

400
el trato con Kennedy. Explica a un Castro indignado que la URSS ha
previsto siempre la invasión de la isla, que en una guerra nuclear la
URSS habría sufrido terriblemente y que «en el fuego de la guerra,
Cuba habría ardido».
Jruschov sabía que una guerra nuclear no hubiera dejado vence­
dores ni vencidos. Consciente de haber perdido la partida de póquer
que él mismo había empezado de forma «aventurera», supo usar el
puente de plata que le ofrecía el enemigo. La perspectiva del Apoca­
lipsis, tan alegremente aceptada por Castro, no la aceptaban Jruschov
ni sus generales, que sabían que el arma nuclear es eficaz siempre y
cuando no se use. La crisis pasó y cambió la naturaleza del sistema in­
ternacional, de tal manera que Estados Unidos y la URSS nunca vol­
vieron a encontrarse al borde del precipicio.
No faltaron «duros» en Estados Unidos que afirmaron que el país
había perdido frente a Fidel Castro, pero en el frente interior el per­
dedor fue Jruschov. Mao Zedong pudo acusarlo de haber pecado dos
veces, por «aventurerismo primero», por «capitulacionismo después».
Eso lo debilitó y contribuyó a su destitución dos años más tarde. Su
blanco inicial, en el asunto cubano, había sido Berlín Oeste, que ofre­
cía negociar en el otoño de 1962, con la ventaja del «comodín» cuba­
no. Se equivocó en sus cálculos. Para el mundo, el primer efecto de la
crisis fue la instalación del «teléfono rojo», comunicación directa entre
la Casa Blanca y el Kremlin; el segundo, la firma en 1963 del tratado
que suspendía los experimentos nucleares en la atmósfera.
En el campo socialista, la crisis de Cuba llevó el conflicto chino-
soviético a la ruptura final. Mao no dejaba de denunciar el «revisionis­
mo» y la tesis de la «coexistencia pacífica», interpretada como «capitu­
lación». En el verano de 1960, los soviéticos, impacientados, decidieron
castigar a los chinos y suspendieron sin aviso la cooperación técnica:
miles de ingenieros y consejeros que ayudaban a China en su industria­
lización se retiraron. Se exigió el pago anticipado de los créditos acor­
dados, se paralizó la entrega de equipo, material, recambios. Así que la
crisis de los misiles no hizo más que poner el punto final al enfrenta­
miento. Los chinos calificaron el acuerdo americano-soviético de «nue­
vo Múnich» y denunciaron (febrero-marzo de 1963) el «revisionismo
soviético» y los «tratados desiguales» impuestos por los zares y los so­
viéticos a China. Esa ruptura y el conflicto paralelo con los comunis­
tas rumanos dejaba el «campo socialista» en una división y confusión
profundas.

401
La caída de Jruschov. Evaluación de su obra

A las dificultades en política exterior se sumaron, a partir de 1962,


«errores» en política interior. En sus memorias, Jruschov considera «error»
haber permitido la publicación de Un día en la vida de Iván Denisovich;
otro «error» fue disminuir los créditos militares y reducir los efectivos
del Ejército; «error» también el intento de dividir al Partido en dos en
otoño de 1962. De hecho, para entonces, Jruschov estaba condenado;
sobrevivió hasta el 14 de octubre de 1964 porque su principal opo­
nente, Kozlov, fue eliminado por la enfermedad y el relevo tardó en
definirse. El 15 de octubre de 1964 la prensa publicó un breve comu­
nicado del Comité Central anunciando que, en su sesión del día an­
terior, éste «había aceptado la solicitud de Jruschov de ser liberado de
sus funciones [...] dada su avanzada edad y el agravamiento de su es­
tado de salud». Jruschov no era un Vozhd, ni un «padrino», ni un líder,
sino un director a quien su consejo de administración pudo tranqui­
lamente despedir.
Por primera vez en la historia soviética se trataba de una revolución
palaciega. La conjura había sido muy bien preparada y Jruschov, infor­
mado pero incrédulo o cansado, no hizo nada para defenderse. Leonid
Brezhnev lo relevó como primer secretario del PCUS y A. Kosyguin
como jefe del Gobierno. Todas las críticas que se le hicieron en esa se­
sión eran justas, menos una: la acusación de «voluntarismo». Jruschov no
fue más «voluntarista» que Stalin, Lenin o cualquiera de sus sucesores.
Yuri Orlov (1993) está en lo cierto cuando escribe: «No busque­
mos lo que no hizo Jruschov. Hizo pasar al país de un régimen de
autodestrucción total a un régimen totalitario moderado, en el cual el
ciudadano ordinario podía por lo menos morir tranquilamente en su
cama». El hombre se distinguía, entre todos los otros sucesores de Sta­
lin, por su fe ingenua en el triunfo del comunismo, en el preciso mo­
mento en que Occidente, ingenuo, veía en él a un liberal. No podía
equivocarse más; el estalinista arrepentido era un comunista sincero.
Consciente de los cambios de su tiempo, era partidario de la coexis­
tencia pacífica, pero para lograr el triunfo total del «campo socialista».
Aplastó la revolución húngara, asumió riesgos enormes en la crisis
cubana, intentó liquidar definitivamente la religión; ¿cómo pudo ver
Occidente algún «liberalismo», algún proceso de «democratización»?;
fue racional en su «modernización» del totalitarismo, en la Supresión
del terrorismo anterior.
Los politólogos aceptan que la gran purga era «contraproducente»,
desde que Jruschov se lo explicó en su «informe secreto». Se trataba de

402
eliminar o atenuar los peores abusos, las técnicas terroristas, siempre y
cuando se preservara la sustancia del poder soviético. Jruschov nunca
intentó construir un orden democrático; quiso volver eficiente el sis­
tema político, la economía, eliminando sus excesos y «aberraciones»;
sus contradicciones y sus fracasos proceden no sólo de la confusión,
de la prisa, del desorden, sino también del hecho de que muchas
«aberraciones» no eran tales, sino que obedecían a la lógica de un sis­
tema que no se podía reformar. Era un bloque que formaba un todo.
Así, tras un breve momento de ilusiones líricas (para una minoría
marginal), se abortan las esperanzas de un «socialismo con rostro hu­
mano». Los tanques pertenecen a la permanencia del proyecto bol­
chevique, mientras que la Primavera de Praga lo amenaza en su misma
existencia. Es el sistema de «todo o nada». Veinte años después de la
caída de Jruschov, le tocaría a Gorbachov echar a andar de nuevo el
mismo ciclo.
Tanto las reformas económicas como las reformas políticas tenían
como méta conservar los mecanismos de control de la economía y de
la sociedad, con el partido de Estado en su centro. Las formas clásicas
del terror bolchevique desaparecieron porque se habían vuelto inútiles
y también porque ya no se podían usar en la forma clásica de los gran­
des procesos públicos y de las grandes purgas. De ahí en adelante el
poder conseguiría la lealtad masiva de la intelligentsia científica y téc­
nica, canalizándola hacia sus intereses profesionales. Brezhnev lo con­
seguiría también con la mayoría silenciosa de la nación. En cuanto a
los escasos disidentes, excepción que confirmaba la regla, la clínica psi­
quiátrica se encargaría, en lugar del Gulag, de su «delirio reformista».
Las técnicas selectivas pertinentes, la «profilaxis social», sustituyeron al
«terror en masa».

Post scriptum

En 1969 hubo un intento de preparar la rehabilitación de Stalin,


con motivo de su 90 aniversario; en esa ocasión se ideó una leyenda
interesante: el general Vadim Udilov, colaborador de Filip Bobkov,
asistente de Yuri Andropov, director de la KGB, publicó un artículo en
Express Gazeta sobre un supuesto hijo de Jruschov, un tal Dmitri. Se­
gún el general, a principios de la guerra con Alemania, ese piloto fue
abatido, cayó preso y traicionó a la patria soviética militando entre las
filas vlasovistas. Un comando soviético, organizado por Sudaplatov,
secuestró a Dmitri y lo llevó a la URSS, donde fue condenado a muer­

403
te por traidor; Jruschov, sigue contando el general, pidió a Stalin que
le perdonara la vida a su hijo. Stalin le contestó que ni a su propio
hijo perdonaría semejante crimen. Ahora bien, Jruschov no tuvo nun­
ca ningún hijo llamado Dmitri. Su hijo Leonid, piloto de guerra, des­
apareció en combate en 1943. ¿Por qué se fraguó ese cuento? Para mos­
trar a Stalin en el noble papel de un Taras Bulba que ejecutaba a su
hijo, culpable de traición (a favor de los polacos), y hacer aparecer a
Jruschov como un hombre malo, que se venga después de la muerte
de Stalin, con la desestalinización, del castigo justamente impuesto a
sú hijo traidor.1

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1. Curiosamente, en noviembre-diciembre de 1994, Komsomolskaya Pravda pu­


blico très articulos de Evgueni Zhirnov, retomando la misma leyenda, con el titulo de
«Principe rojo». El autor, esa vez, no menciona a «Dmitri», sino que pone a Leonid
como el traidor. Véase, de Valeri Lébedev, «El falso Dmitri» (r), en Moskovskie Novos-
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406
15
El comunismo de la Nomenklatura
' 1964-1985

Los «compromisos» de Brezhnev (1964-1975)

«La salvación de Rusia se encuentra en una tiranía moderada. Es


el abecé de todo político ruso entrado en años. Empezamos por las
cumbres de la filosofía y terminamos con aquel abecé, y eso también
hace nuestra originalidad rusa. Hablo de una tiranía moderada, ya que
una tiranía poco razonable llevaría al mismo resultado que la libertad
democrática, o sea, al anverso, sencillamente.» A quien le pregunta qué
es lo que pide, el periodista Friedrich Gorenstein precisa: «Estanca­
miento. Rusia necesita, por lo menos, dos o tres siglos durante los cua­
les el tiempo se suspenda. Nada de palabras bruscas, de sobresaltos. To­
das las fuerzas deben orientarse hacia una maduración. No será más
que la fachada. Detrás, se desarrollarán procesos del más alto interés».1
Gorenstein escribía esto en 1972. En 1969, Andréi Amalrik había
publicado ya sü iSobrevivirá la U RSS hasta 1984?:

«Ya llegamos al callejón sin salida en el cual la noción de poder ya


no está ligada a una doctrina, tampoco a la personalidad de un lí­
der, ni a una tradición, sino sólo al poder como tal. Por supuesto,
la meta única de tal régimen, por lo menos en asuntos interiores,
es la defensa propia. El régimen no quiere restaurar el estalinismo,
ni perseguir a la intelligentsia, ni dar una ayuda fraternal a los que
la piden. Sólo quiere que todo quede como antes: que las autori­
dades sean reconocidas, que los intelectuales callen, que el sistema
no sea sacudido por reformas peligrosas o inesperadas. El régimen no
ataca, se defiende».

Leonid Ilich Brezhnev tenía 58 años cuando heredó el puesto de


su antiguo padrino, Nildta Jruschov. Sus pares, los que habían organi-

1. L a Place, París, 1991, págs. 775 y 585. (TV. del A .)

407
zado el golpe de Estado sin derramamiento de sangre, lo escogieron
porque era un moderado que tranquilizaba a todos, a diferencia de al­
guien como Alexandr Shelepin, el «Shurik de hierro», sospechoso de
admirar demasiado a Stalin. Brezhnev no decepcionó. Había empeza­
do tarde, en 1938, a la sombra de Jruschov; con él, poco a poco, as­
cendió el grupo de Dniepropetrovsk. En 1954 le tocó a Brezhnev la
campaña de las tierras vírgenes de Kazajistán. Lógicamente, traicionó
a su jefe y alcanzó el secretariado general del Comité Central. No era
una luminaria, pero manifestó un gran talento político y demostró que
tenía la capacidad para consolidar lentamente su poder y vencer a to­
dos sus adversarios; desgastarlos, más que vencerlos. Jamás manifestó
la menor arrogancia: cortés, amable, seductor, era «todo un artista», re­
conoció años después su rival, Shelepin. Su programa era reinar en paz
todo el tiempo posible. Lo logró. Conservador, como la mayoría de
los burócratas, como esa famosa Nomenklatura, elite de la burocracia,
supo dejar la dirección del Gobierno al reformista Alexéi Kosyguin;
enemigo de las reformas, fue prudente hasta el punto de no rechazar­
las nunca. Dejó a Kosyguin agotarse en la reforma económica. Un día,
cuando le mencionaban que los sueldos eran muy bajos, Brezhnev
comentó: «Vosotros no sabéis de la vida. Recuerdo cómo, en mi ju­
ventud, cuando estudiaba en el tecnológico, ganábamos unos centavos
descargando los vagones del tren. ¿Cómo? Pues tres costales o tres ca­
jas en su lugar y uno para nosotros. Así vive todo el país». No cabe
duda de que Brezhnev sabía cómo «arreglárselas».
Así llegó a ser el artista de los compromisos, el maestro de los «com­
promisos». Logró el consenso de la elite político-administrativa, sin usar
jamás la fuerza. La elite quería la tranquilidad; la tuvo. Pero, en diez
años, Brezhnev transformó la «dirección colectiva» en su muy personal
dirección: la mafia de Dniepropetrovsk controló todos los puestos
clave compartiendo los beneficios con clanes regionales y familiares.
Brezhnev tuvo mucho cuidado de controlar al Ejército, con su hombre,
el general Dmitri Ustinov, después de la muerte del poco fiable Grech-
ko, y a la KGB, con su leal Yuri Andropov a partir de 1967. Así se con­
firmaba una vez más la ley de Lenin (1918), «el mando de un solo
hombre». No tardó en desarrollarse un nuevo culto a la personalidad,
no temible como el del Vozhd, pero sí más ridículo aún que el de Ni-
kita. Cuando el 1 de marzo de 1973 Brezhnev ordenó el cambio ruti­
nario de carnets del Partido, el número 00000001 fue atribuido a Lenin
y el 00000002 a Brezhnev... Coleccionaba condecoraciones y terminó
luciendo el uniforme de mariscal de la URSS. En 1979 recibió el Pre­
mio Lenin de Literatura por sus tres libros autobiográficos (dictados y

408
corregidos): contaba en primera persona sus hazañas en la guerra, en el
frente industrial y en el frente agrícola. Lógicamente, la corrupción fo­
mentada por sus gustos dispendiosos se extendió a su familia y a la éli­
te; fue famoso el anillo de diamantes que un padrino de la mafia le dio
en Bakú a Gueidar Aliev, jefe del Partido Comunista de Azerbaiyán.
No hay que ser injustos. Brezhnev consiguió buenos «compromi­
sos» para la URSS, por lo menos durante los diez primeros años de su
gobierno.

E l gran decenio en política exterior

La magia verbal del general De Gaulle hizo que la palabra detente


(distensión) sustituyera poco a poco la expresión «coexistencia pacífi­
ca». Brezhnev siguió el juego ya iniciado con Occidente y, de manera
global, puede decirse que movió mejor sus piezas que Jruschov. Fue
muy prudente en América Latina al extraer sus conclusiones de la cri­
sis de Cuba (1962), de la intervención militar estadounidense en San­
to Domingo (1965), del fracaso del Che Guevara en Bolivia y del gol­
pe de Estado de Pinochet en Chile (1973).
El África negra tampoco era fiable, como confirmaba la caída de
los regímenes «progresistas». Sólo al final de 1974 las cosas se modifi­
caron radicalmente con el final del Imperio portugués y del milenario
Imperio etíope.
En el Oriente Próximo, la URSS siguió con su apuesta árabe. En
1962-1963 le había enviado a Nasser sus consejeros militares, pero en
junio de 1967 la guerra de los Seis Días barrió con Egipto, Siria y Jor­
dania. Moscú rompió sus relaciones diplomáticas con Israel, hasta...
1991. La llegada al poder de una nueva generación de líderes enarde­
cidos por la derrota abrió nuevas perspectivas: Sadam Hussein en Irak,
Hafez al-Assad en Siria y Gadafi en Libia recibieron armas y asesores
soviéticos. En Egipto, los mismos asesores volvieron en 1969 para sa­
lir en 1972, volver en 1973 y salir definitivamente en 1974, después de
la guerra del Yom Kipur. Para entonces, el Ejército Rojo y la flota to­
maban ya posiciones en Yemen, Somalia y Etiopía.
En el sureste de Asia la URSS conoció el éxito; Estados Unidos se
había hundido en los arrozales y la selva de Indochina. Entre 1965 y
1974, la URSS apoyó con material, técnicos y hasta combatientes a
Vietnam del Norte y a los comunistas de Laos, pero no a los de Cam-
boya, clientes del rival chino. La retirada de los estadounidenses en
1973 y la caída de Saigón en 1975 borraron el fracaso sufrido en In­

409
donesia, diez años antes, cuando Suharto había derrocado al «progre­
sista» Sukamo y masacrado al poderoso Partido Comunista.
En Europa, Brezhnev había heredado el problema alemán. Diplo­
máticamente, poco a poco, logró que la República Federal admitiese
las fronteras de 1945 y luego la existencia de la República Democráti­
ca, que dejó de ser «die sogennante DDR» (la así llamada República De­
mocrática Alemana). Ese éxito tuvo lugar en 1972. En 1975, la firma
de los acuerdos de Helsinki, negociados durante más de tres años, con­
sagró la división de Europa como resultado de los golpes de Stalin.
Europa occidental, Estados Unidos y Canadá daban su bendición a
una geografía política que no reflejaba en absoluto «el derecho de los
pueblos a disponer de sí mismos». De forma paralela, el comercio en­
tre la URSS, Europa, Estados Unidos y Canadá no dejó de prosperar.
La crisis del petróleo desencadenada por la guerra del Yom Kipur ha­
bía cuadruplicado el precio internacional de los productos energéticos,
lo que permitió a la URSS, gran exportador de petróleo y gas, sacar
verdadero partido de la situación.
Con Estados Unidos, Brezhnev firmó en 1968 el Tratado de No
Proliferación de Armas Nucleares. La llegada de los republicanos al po­
der en 1969 fue una oportunidad. El presidente Nixon quería poner
fin a la guerra de Vietnam y su canciller Kissinger quería ser un nue­
vo Bismarck, fundador de «estructuras estables de paz», basadas en una
«política de recíproca mesura», lo que en términos más cotidianos se
llamó linkage: me das, te doy.
Kissinger voló a Pekín para buscar la llave del problema vietnami­
ta. Entre 1967 y 1970 las relaciones diplomáticas entre la URSS y Chi­
na se habían suspendido; en 1969, la tensión había culminado en los
combates encarnizados sobre el río Usuri. Las iniciativas diplomáticas
de Estados Unidos hacia Pekín tuvieron como resultado mejorar las re­
laciones con la URSS; entre 1972 y 1973, Brezhnev y Nixon se en­
contraron tres veces para establecer un condominio sobre la gestión de
los asuntos mundiales. En el mismo año de 1972, casi cuatro años
de negociaciones llevaron a la elaboración de un Tratado SALT para li­
mitar el número de las armas estratégicas y de sus lanzaderas. Para la
URSS era un éxito incontestable, porque se veía reconocida su paridad
con Estados Unidos en el campo estratégico. Diez años después de la
crisis de los misiles cubanos, la afrenta había sido lavada. Como, ade­
más, la URSS había realizado de forma paralela un esfuerzo colosal en
el campo de las fuerzas armadas clásicas, se encontraba en una situa­
ción muy fuerte. Tenía una flota y una aviación casi equiparables a las
de Estados Unidos; en cuanto a los blindados, gozaba de una supe­

410
rioridad formidable en Europa, frente a la OTAN. Así, la Unión Sovié­
tica pudo darse el lujo de aceptar la apertura de negociaciones, en 1973,
sobre una reducción equilibrada de las fuerzas clásicas en Europa. Iba
para largo.
En un balance bastante positivo de la política exterior soviética, el
observador hubiera podido discernir algunos elementos potencialmen­
te peligrosos. La distensión había fomentado el comercio internacio­
nal: de 1971 a 1976 los intercambios con Occidente se quintuplicaron
y sólo con Estados Unidos se multiplicaron por ocho. Ciertamente,
Europa caía en la dependencia energética de la URSS, pero, además de
sucumbir a la tentación de lo fácil, ¿no se estaba poniendo la misma
URSS en una situación de dependencia? Eso, precisamente, cuando el
peso de su sector militar industrial se acercaba a los límites de lo so­
portable y cuando empezaba a manifestarse, hacia el tercer mundo,
una política arriesgada capaz de hacer peligrar la distensión.

E l método Brezhnev y los compromisos políticos

En la política interna, Brezhnev «corrigió» los «errores» de su pre­


decesor, pero lo hizo sin volver al estalinismo, sin inventar un neoes-
talinismo, como se temió cuando se acercó 1969, centenario del
nacimiento del Vozhd. Los trabajadores del Partido, miembros de la
Nomenklatura, quedaron agradecidos con la restauración del princi­
pio de la «profesión de por vida». En 1980 el PCUS contaba con algo
más de 17 millones de miembros, esto es, el 6,5 por ciento de la po­
blación, el 10 por ciento de los adultos. La Nomenklatura, esa «nueva
clase dirigente», según Milován Dzhilas, incluía a menos de 500.000
personas según el censo de 1970; con sus familias bien podrían repre­
sentar tres millones de personas entre 1975 y 1980. Mijaíl Voslenski, el
disidente emigrado que lanzó a la fama el concepto de «Nomenklatu­
ra», estimaba en 1980 que «ese 1,5 por ciento de la población se auto-
proclama la fuerza que dirige y guía al país, el organizador e inspirador
de todas las victorias». Dentro del Partido se podía distinguir entre «par-
titócratas» y «administradores», convencidos de que su talento de espe­
cialistas les permitiría siempre mantenerse o ascender. Estos formaban
una «meritocracia», para evitar el término, no tan malo, de «clase me­
dia de profesionales». Los militares y los agentes de la KGB, los dos sec­
tores más en contacto con el mundo moderno de la tecnología y con
el exterior, formaban parte de ese grupo, más que de la tropa numero­
sa de los «partitócratas».

411
Hombre de consenso, Brezhnev, por ello mismo, no podía tolerar
la disidencia, ni dentro de la URSS, ni dentro de un campo socialista
demasiado sacudido por China, Albania y Rumania. El proceso a los
escritores Andréi Siniavski y Yuli Daniel, en febrero de 1966, vino a re­
cordarlo, y entre 1967 y 1982 Andropov no se cansó de erradicar, con
su KGB, el más mínimo brote de disidencia (véase en el capítulo
sobre Jruschov el apartado «La disidencia»). Los acusados fueron con-
deiiados a siete y cinco años de campo por haber publicado obras li­
terarias en Occidente; no se podía ser más claro en la voluntad de res­
tablecer el «orden».
Tanto el Ejército como la KGB participaron en la intervención de
Checoslovaquia, en agosto de 1968, en nombre de la «doctrina Brezh­
nev», la de «la soberanía limitada»: «Cada Partido Comunista es res­
ponsable no sólo frente a su propio pueblo, sino también frente a
todos los otros países socialistas», dijo Brezhnev, en septiembre del
mismo año. Checoslovaquia se había movido tanto que un nuevo
equipo, capitaneado por Alexandr Dubcek, había lanzado reformas
económicas a la húngara, iniciativas diplomáticas a la rumana, y, lo que
no era admisible, un programa de «socialismo con rostro humano»
que afirmaba la posibilidad de reconciliarse con las «libertades bur­
guesas». Ulbricht y Gomulka, preocupados por el contagio de su Ale­
mania y su Polonia socialistas, pidieron a gritos la intervención sovié­
tica para poner fin al escándalo. La Polonia de Gomulka se encontraba
en plena regresión-represión antiintelectual y antisemita bajo la férula
del general Moczar, policía número uno.
Cuando Dubcek abolió la censura y aceptó el debate público, fir­
mó su condena. Según Gomulka, «la abolición de la censura significa
que la dirección del Partido renuncia a ejercer cualquier influencia so­
bre la vida del país». En la noche del 20 al 21 de agosto empezó la in­
vasión de Checoslovaquia por los Ejércitos del Pacto de Varsovia. En
la operación militar más importante desde 1945, 650.000 hombres ac­
tuaron bajo el mando soviético. Se dijo a los soldados rusos que ha­
bía que defender Praga de una inminente invasión alemana. Checos y
eslovacos optaron por la resistencia pasiva y aguantaron durante un
año; luego la Gleischschaltung (normalización) orquestada por Andro­
pov terminó poco a poco con ella. El 15 de septiembre Pravda expli­
có que «un Estado socialista pertenece a la comunidad socialista y no
puede, por lo tanto, ignorar los intereses en su conjunto de dicha co­
munidad». Brezhnev no inventaba nada, mucho menos una «doctrina
Brezhnev»; seguía la tradición leninista del «internacionalismo prole­
tario» y de la campaña de Polonia (1920).

412
En 1976, Brezhnev nombró a su leal Ustinov secretario de Defen­
sa y asumió el título de mariscal. Los dos hechos deben verse como el
símbolo de la convergencia, de la simbiosis de los intereses del Parti­
do y del Ejército.
En 1977 se adoptó la cuarta constitución soviética, después de 15
años de lenta preparación. Conservaba en su esencia la constitución es-
taliniana de 1936, «la más progresista del mundo», pero insistía sobre el
papel rector del PCUS, «fuerza dirigente y guía de la sociedad soviéti­
ca, núcleo de su sistema político, del Estado y de todas las organiza­
ciones sociales» (artículo 6). La otra innovación figuraba en el capítu­
lo 4, relativo a la política exterior, abocada a «asegurar condiciones in­
ternacionales favorables a la edificación del comunismo en la URSS». La
Constitución, en la misma inspiración, confiaba a las fuerzas armadas las
tareas de defender la patria socialista, todos los estados socialistas, de
ayudar a los estados «liberados» que pidiesen su auxilio y a defender la
paz en el mundo. Así, la Constitución tomaba nota de que empezaba
la fase de expansión a los cuatro vientos del Imperio socialista.

Los «compromisos» en la economía

En los diez años de Jruschov y en los primeros años de Brezhnev


se habló mucho de reformas económicas. En una economía centraliza­
da a ultranza, no puede haber más reforma que hacia la descentraliza­
ción y el mercado. Europa del Este lo estaba verificando prudente­
mente. El economista Yevsei Liberman lo había dicho y escrito a partir
de 1962. Kosyguin, como jefe del Gobierno, lanzó en 1965 una refor­
ma de empresa inspirada por sus ideas. Liberman pedía una «desregu­
lación» para acabar con la tutela excesiva de la administración sobre las
unidades de producción, para favorecer la productividad, eliminar el
despilfarro y tener en cuenta los costes reales. Quería para las empresas
la autonomía de gestión en cuanto a personal, proveedores y distribu­
ción. Para estimular a los trabajadores, aconsejaba dejar a la empresa
una parte de las ganancias. Experimentada en algunas fábricas, la refor­
ma se generalizó progresivamente. La burocracia multiplicó los obs­
táculos de tal manera que la pequeña alza de productividad de 1967 no
tuvo porvenir. A principios de los años setenta la economía empezó a
cansarse, algo que fue oportunamente disimulado por otros cambios.
Por primera vez desde la Revolución, el noveno plan apuntó entre
1971 y 1975 un crecimiento más alto para el sector B (consumo) que
para el A (bienes de producción). La penuria de mano de obra, otra

413
novedad ligada a la evolución demográfica, ya no permitía el creci­
miento extensivo, sino que obligó a un crecimiento intensivo, basado
en la productividad. Para lograrlo, la URSS tenía que compensar su
enorme atraso tecnológico, comprando tecnología a Occidente.
En 1970 empezó una apertura acelerada a Occidente para comprar
bienes de equipo, fábricas «llave en mano» y también cereales para cu­
brir las insuficiencias agrícolas. La crisis del petróleo de 1973 y el
aumento consecutivo de las exportaciones soviéticas de hidrocarburos
disimularon las dificultades y aumentaron la complementariedad eco­
nómica entre la URSS y Occidente. En 1970, el barril de petróleo se
vendía a 2,52 dólares; en 1982, a 40.
Sin embargo, por entonces (1975) ya se planteaba el dilema eco­
nómico entre el esfuerzo armamentista y las inversiones productivas.
Se consideró escapar al dilema con el desarrollo espectacular del co­
mercio exterior. Se pensó en comprar la mantequilla, los cañones, los
misiles y las fábricas: todo con el petróleo y el gas siberianos. Incluso
la URSS empezó a endeudarse, aunque poco. Compraba material y
tecnología para su sector químico, mecánico, electrónico y eléctrico,
para fines tanto militares como civiles. El resultado global parecía sa­
tisfactorio y el crecimiento económico más que honorable. En 1975,
el producto por habitante alcanzaba el 42 por ciento de Estados Uni­
dos y en 1973 se había recogido la cosecha récord de 222 millones de
toneladas. Brezhnev había finalizado la epopeya burlesca del maíz
de Nikita, la aventura desastrosa de las «tierras vírgenes»; había des­
pedido al fatal Lysenko y devuelto a los campesinos su huerto dismi­
nuido por Jruschov; había aumentado los precios de las entregas.
Numerosos tractores y abonos abundantes significaron inversiones cos­
tosas pero positivas. Finalmente, Brezhnev dio al campesino tanto el
pasaporte interior como el seguro social y la pensión; el koljosiano de­
jaba así de ser un ciudadano de segunda.
En cuanto al consumidor, empezó a comer mejor, a tener menos
problemas para vestirse, a acceder a los productos de «línea blanca»
que salían de las fábricas de armamento. La vivienda siguió siendo un
problema terrible y los coches se mantuvieron fuera del alcance, a pe­
sar de la apertura de la fábrica Fiat-Lada en Togliatti. Como promedio,
la URSS alcanzaba la cuarta parte del nivel de vida estadounidense: sin
tener en cuenta un elemento cualitativo esencial, la posibilidad de es­
coger entre varias marcas y la calidad del producto. Esos límites expli­
can el florecimiento de la «economía informal», del «mercado negro»
(o gris), de todos los tráficos de divisas, de productos escasos robados
por los obreros, de los servicios ilegalmente vendidos por médicos,

414
fontaneros, maestros, etcétera. El problema no era el dinero, pues éste
sobraba.
La mutación demográfica se tradujo en una baja de la natalidad en
siete puntos y un alza de la mortalidad en tres, entre 1960 y 1980. Las
poblaciones eslavas dejaron de crecer, mientras que las otras pasaron
de 22 a 42 millones entre 1959 y 1979 (del 10,7 al 16 por ciento del
total). La población urbana subió del 49 al 66 por ciento y las ciuda­
des millonarias de 3 a 23.
En conclusión, se puede hablar, para el periodo entre 1964 y 1975,
de éxito económico, a pesar del fracaso de las reformas; pero para que
el éxito fuese duradero habría sido necesario restaurar el mercado, cam­
biar de instituciones, cambiar de hombres. Antes de tres años empe­
zaría el desastre.

«Zastoi»: estancamiento (1975-1985)

En 1968, Leonid Vladimirov anunció la caída del «sistema» en su


libro Rusia, sin maquillaje n i tapujos (r); Andréi Amalrik se preguntaba si
la URSS alcanzaría el año de 1984; ambos consideraban que la Unión
Soviética había entrado en su periodo final y que iba a fenecer, sin
guerra, sin cataclismo. Nadie hizo caso a los profetas de mal agüero, pero
las ilusiones del primer decenio de Brezhnev empezaban a esfumarse.
Brezhnev se había convertido en el más condecorado de los ciu­
dadanos; a partir de 1976 empezaron a mencionarlo como el Vozhd,
palabra reservada a Stalin. Sus problemas de salud no le permitieron
disfrutar de tanta gloria. En agosto de 1968, en medio de las negocia­
ciones con los checos, había sufrido un ataque al corazón y en 1973
la arteriosclerosis empezó a afectar seriamente su sistema nervioso.
Poco a poco desesperó de la medicina y recurrió a curanderos, lo cual
empeoró las cosas. Andropov, desde la RGB, salvó las apariencias; se­
gún él no había que llevar el caso al Politburó para no «reactivar la pe­
lea por el poder»; en caso de renuncia de Brezhnev, hubieran sobrado
los candidatos: Shelepin, Suslov, Podgomy, Kirilenko... y, ¿por qué
no?, Andropov. «Para bien del país y del Partido», comentó alguna vez
Andropov al doctor Chazov, «debemos mantener todo tranquilo y tra­
tar de disimular las deficiencias de Brezhnev.» Según el mismo médi­
co, después de 1976, Brezhnev no pudo seguir trabajando.

415
E l fin a l de b s ilusiones económicas

El ritmo de las inversiones iba bajando desde 1970, lo cual ame­


nazaba el crecimiento futuro. Hasta 1985, la tasa anual de crecimien­
to no dejó de caer, pero los historiadores de la economía calculan que
el año de 1976 fue la culminación, el momento en el que ocurrió la
fractura en el corazón industrial de la economía soviética. Entre 1970
y 1985, la tasa de crecimiento industrial pasó del 8,4 al 3,5 por ciento
anual; en la agricultura bajó del 4,3 al 1,4 por ciento; las inversiones,
del 7,5 al 1,8 por ciento y la productividad del 6,3 al 2,9 por ciento.
Ese descenso generalizado corrió en forma paralela a la evolución de­
mográfica: a partir de 1974 la URSS dejó de publicar las cifras sobre
mortalidad infantil y esperanza de vida. Era maquillar la realidad,
como en el caso de la salud de Brezhnev. Eso no impidió que el
demógrafo francés Emmanuel Todd diagnosticara, en 1976, la crisis de­
mográfica y la interpretara como síntoma de una crisis global del sis­
tema. El maquillaje se vio facilitado por la situación de la URSS como
primer productor mundial de petróleo (1974) y de gas natural (1981),
pues disponía de un importante excedente exportable a un precio muy
alto. En una situación de crisis energética, la URSS se encontraba en
buena posición para negociar hidrocarburos a cambio de equipo y gra­
nos: en 1976, Estados Unidos firmó un contrato a largó plazo de in­
tercambio de petróleo por trigo.
La euforia empezó a disiparse con la estabilización del comercio
mundial y del coste de los hidrocarburos soviéticos, y el alza de los
productos occidentales. La explotación de Bakú III resultó muy cara y
los nuevos yacimientos siberianos y árticos también, justo cuando los
precios mundiales empezaban a bajar. Los ingresos petroleros declina­
ron de forma persistente a partir de 1983, precipitando la crisis sovié­
tica. A principios de los años ochenta la URSS se topó con bloqueos
internos que denunciaban claramente la existencia de una crisis autó­
noma, en absoluto atribuible a factores externos.
El peso del sector militar industrial terminaba por ser demasiado
grande; la agricultura, por razones estructurales (a diferencia de otros
países socialistas, la URSS no se resignaba a su privatización), seguía
siendo un desastre. Entre 1969 y 1984, ocho cosechas de 15 fueron fa­
tales, lo que obligó a importar, como promedio, 25 millones de tone­
ladas de cereales por año entre 1972 y 1979, y luego 40 millones por
año entre 1979 y 1984...
En noviembre de 1979, en uno de sus escasos momentos de luci­
dez, Brezhnev se quejó al Comité Central de la desaparición de las

416
«medicinas más sencillas, del jabón, del dentífrico, de los cepillos de
dientes, de las agujas, del hilo, de los pañales para bebés. ¡Pañales! Eso,
camaradas, es imperdonable». Las penurias afectaron al meollo de la
industria cuando las insuficiencias del ferrocarril dejaron a las fábricas,
de repente, sin materias primas ni recambios; el primer productor de
hidrocarburos del mundo sufrió una crisis energética y los ahorros
de energía se volvieron «un asunto de Estado de extrema importancia».
Según las cifras oficiales, el producto nacional bruto, que crecía un
3 por ciento al año entre 1971 y 1975, bajó al 1,8 por ciento en el quin­
quenio siguiente y al 1,7 por ciento en 1981-1985: la astenia total. En
Eko, la única revista económica seria, Abel Aganbeguian señaló en
1982 que el bloqueo de las inversiones se debía al coste devastador del
exceso de armamento de la URSS. En 1983, en su famoso Memorán­
dum de Novosibirsk, la economista Tatiana Zaslavskaya no dijo otra cosa.
No sólo las compras de bienes de equipo se estancaron a partir de
1976, sino que, sin ¿1 gasoducto eurosiberiano, habrían retrocedido. El
coste del imperio no ha sido calculado con precisión, pero la voluntad
de Moscú de asumir totalmente el precio de sus ambiciones geopolíti­
cas salía cada vez más cara. Mantener Vietnam y Cuba a flote resultó
tanto más oneroso cuanto los acuerdos de intercambio aumentaban el
coste: así, la URSS pagaba carísimo un azúcar cubano canjeado por un
petróleo malbaratado.
El problema era que la responsabilidad del estancamiento econó­
mico no se podía atribuir a un sector, sino al sistema en su conjunto,
al sistema económico, político, administrativo y, por ende, social e
ideológico. Cuando la economía es propiedad del Partido de Estado y
cuando éste quiere administrarla directamente con su burocracia, ¿qué
se puede hacer? La URSS era en aquel momento la ciudadela del con­
servadurismo económico, era incapaz de moverse como los húngaros o
los chinos, que descolectivizaban su agricultura y abrían zonas francas.
Tal conservadurismo resultaba trágico cuando se trataba del sistema.

La huida imperial hacia delante

Tiempo de marasmo económico, la segunda «era Brezhnev» vio la


expansión máxima del imperio, dentro y fuera de sus ámbitos tradi­
cionales. Esa huida hácia delante acrecentó el coste del imperio. Apro­
vechando la distensión y la debilidad de Estados Unidos, inmedia­
tamente después de la guerra de Vietnam y del Watergate, la URSS
coleccionó las victorias y dio forma al «segundo Imperio soviético».

417
En 1979, Boris Ponomarev, secretario del Comité Central, pudo leer la
larga lista de sus éxitos: Vietnam, Laos, Camboya, Angola, Mozambi­
que, Guinea-Bissau, Etiopía y Nicaragua, y concluir que «un proceso
ineluctable de reemplazo de los vetustos regímenes reaccionarios se da
a favor de regímenes progresistas que toman más y más una orienta­
ción socialista». i
Se trataba de aprovechar la retirada occidental («mejor rojos que
muértos») redoblando el paso; según el pensamiento estratégico de la
época, el mundo se dividía en cuatro círculos: la URSS, el campo so­
cialista, el tercer mundo y el campo capitalista; había llegado la hora
de entrar sin miedo en el tercer círculo, gracias al crecimiento ininte­
rrumpido del poderío militar. Si la URSS no creaba las circunstancias,
tampoco dejaba de aprovecharlas.
Así fue la portuguesa Revolución de los Claveles, que puso fin en
1974 a un imperio colonial. En 1975, un cuerpo expedicionario cuba­
no llegaba a Luanda (Angola), en el marco de la Operación Carlota,
para asegurar el triunfo de la guerrilla marxista contra la vieja guerrilla
nacionalista de Roberto Holden. Estados Unidos no hizo nada y no
ayudó a Holden, ni siquiera cuando, en 1976, los soviéticos organiza­
ron un puente aéreo entre Cuba y Angola. En Etiopía, tras la caída del
Negus en 1974, los soviéticos apostaron por Mengistu y abandonaron
a su anterior aliado de Somalia. Cuando la guerra opuso a Etiopía y
Somalia, cuando los insurgentes de Eritrea derrotaron a los etíopes,
Moscú organizó otro puente aéreo y de nuevo utilizó a los soldados
cubanos. Oficiales soviéticos; generales incluso, participaron en esas
dos guerras africanas. Mozambique, Congo, Benín se declararon «so­
cialistas y marxistas», otorgaron bases militares a la URSS y recibieron
a sus consejeros militares. Operaciones desestabilizadoras fueron lan­
zadas contra Zaire y Chad, con la cooperación de Angola y Libia.
Como había dicho Brezhnev en 1971, «la relación de fuerzas en la
arena mundial se ha desplazado a favor de las fuerzas del socialismo».
Nixon le hacía tristemente eco: «El mundo ve hoy, con aprensión y
nerviosismo, caer uno tras otro los bastiones contra la expansión so­
viética y Estados Unidos está tan atontado por la incertidumbre o tan
literalmente paralizado que no puede o no quiere actuar» (The Real
W ar, Nueva York, 1980, pág. 3).
¿Qué había pasado con «el código de buena conducta» de 1972?
La escalada estratégica acompañó ese intervencionismo creciente; a los
misiles de crucero estadounidenses contestó el Backfire, una aeronave
soviética impresionante; además, en 1976 la URSS ya había renovado
todos sus misiles en Europa: los SS-20 sustituyeron a los S-4 y S-5. Kis-

418
singer en 1976 y Helmut Schmidt (RFA) en 1977 se alarmaron, pero
Washington tardó en entender. Hasta 1979, cuando los acontecimien­
tos de Teherán y Managua convencieron al presidente Cárter de que
los tiempos habían cambiado. La caída de Somoza en Nicaragua, la
expansión consiguiente de la guerrilla marxista en El Salvador y Gua­
temala, la revolución iraní y la toma de rehenes (el asunto de la em­
bajada estadounidense) en Teherán, todo obligaba a dar una respuesta.
Noviembre de 1979: los rehenes de Teherán; diciembre, la OTAN ame­
naza a la URSS con desplegar frente a los SS-20 (el RSD soviético) 108
Pershing II y 464 misiles de crucero. Empezaba la larga «batalla de los
euromisiles». Moscú no se amedrentó e introdujo a sus tropas en Af­
ganistán unos días después.
Boris Ponomarev acababa (octubre) de celebrar los éxitos «socialis­
tas» cuando Moscú tomó esa decisión fatal. Afganistán había sido una
vieja historia anglo-rusa, antes de ser una breve historia americano-
soviética (1948-1959). A finales de los años cincuenta, en el marco de
su línea de pactos militares regionales, Washington escogió Islamabad
(Pakistán) en vez de Kabul y dejó el campo libre para la penetración
soviética en Afganistán. En 1978, una revolución en Kabul proclamó
la República Popular Comunista y la lucha empezó enseguida entre
duros de la fracción Jalk (pueblo) y moderados de la fracción Parsham
(bandera). Moscú apoyó al «duro» pero «realista» Taraki contra el duro
Amin. Éste mandó liquidar al primero, provocando la intervención mi­
litar soviética: Moscú deseaba un Gobierno más aceptable que el de
Amin. Unos pocos hombres, Gromyko, Kosyguin (en sus últimas),
Suslov, el mariscal Ustinov y Yuri Andropov (Brezhnev era un zombi)
tomaron la decisión, contra la opinión categórica de los expertos y de
la mayoría de los militares. Empezaba el «Vietnam soviético».
Cuando el 24 de diciembre de 1979 los soviéticos ocuparon el aero­
puerto de Kabul; cuando el 27 el comando Alfa tomó el palacio pre­
sidencial y mató a Hafizulah Amin, no se trataba de una marcha ha­
cia el golfo Pérsico, de la «tradicional marcha rusa hacia los mares
calientes». Afganistán se encontraba ya bajo control y sólo la guerra
entre las dos facciones del Partido Comunista afgano obligó a la URSS
a m andar a su Ejército para corregir cálculos erróneos. El general Bo­
ris Gromov lo cuenta muy bien en sus memorias (Contingente limitado,
Moscú, 1994).
Jacques Amalric, antiguo corresponsal de Le Monde en Moscú, pu­
blicó el 5 de enero de 1980 un editorial titulado «Los peligros de la
debilidad en la invasión de Afganistán»: «La situación en Kabul hoy
recuerda de manera extraña la de Saigón en 1963, justo después de la

419
eliminación del presidente Diem, con el acuerdo de Estados Unidos».
Concluía que «Afganistán no es Checoslovaquia, [...] los riesgos to­
mados por la URSS son considerables [...] Uno queda asombrado por
la magnitud de la apuesta soviética para salvar la cara en un país que
no le planteaba ningún problema hasta la “revolución” de 1978». En
los mismos días, el antropólogo Mike Barry, buen conocedor de Af­
ganistán, decía: «Sale muy caro hacer lo que los soviéticos hacen en
Afganistán por un país que económicamente no vale la pena. Sale muy
caro matar a varios millones de personas para someter a un país». Pro­
fetizaba trágicamente bien. En esa guerra murieron decenas de miles
de soldados soviéticos y más de un millón de afganos. Millones de fu­
gitivos emprendieron el camino del exilio.
Por primera vez, para asombro de la URSS, Occidente se molestó.
Frente a esa reacción inesperada, Moscú ya no podía retroceder. El pre­
sidente Cárter habló de «parar y rechazar el expansionismo soviético»,
impuso el embargo sobre cualquier venta suplementaria de trigo a los
soviéticos (esa medida fue levantada en abril de 1981) y llamó a boi­
cotear los Juegos Olímpicos de Moscú, en 1980. George Kennan criti­
có esas medidas. París y Bonn también, para «preservar la distensión».
Eso esperaba Moscú: la resignación después de algunas protestas. Lo
que no había previsto era la reacción de los afganos; ocho meses ha­
bían sido necesarios para «normalizar» Checoslovaquia; ocho años fue­
ron suficientes para perder la guerra en Afganistán y, quizás, acabar
con la URSS.
Los dirigentes de la URSS tuvieron luego que afrontar la enésima
rebelión polaca, la cual, por ser pacífica, resultó más peligrosa que la
Revolución húngara. Las revueltas obreras de 1970, 1976 y 1980 habían
engendrado un movimiento obrero original, Solidamosc, dirigido por
Lech Walesa, electricista de los astilleros de Gdansk. El 31 de agosto
de 1980, los acuerdos de Gdansk, firmados por el Gobierno y el mo­
vimiento, otorgaban el derecho de huelga y un sindicalismo indepen­
diente; la guerrilla política entre el Gobierno y Solidamosc tomó tales
proporciones que Moscú pensó en una intervención militar del tipo
Praga 1968. No fue posible porque la «batalla de los euromisiles» esta­
ba en su apogeo: ¿cómo disuadir a los europeos de recibir los Pershing
estadounidenses si el Ejército soviético entraba en Varsovia? La estra­
tegia de Moscú consistía en disociar Europa de Estados Unidos. El Po-
litburó fue categórico: «No deben entrar nuestras tropas en Polonia».
Por más que el general W. Jaruzelski diga lo contrario en sus memorias,
la documentación es abrumadora. G. Arbatov apunta en sus memo­
rias que la guerra de Afganistán impedía de todos modos una inter-

420
vención en Polonia. En 1993, Izvestia (21 de enero) y Moskovskie No-
vosti (12 de septiembre) publicaron documentos que prueban que
Jaruzelski era mucho más duro que Moscú y quería la intervención.
V. Bukovski dedica un capítulo al asunto y publica las deliberaciones
del Politburó. En agosto de 1993, Boris Yeltsin, en visita a Varsovia, en­
tregó al presidente Walesa documentos que confirmaban todo aquello.
Moscú encargó a Jaruzelski, ministro de Defensa, primer ministro, se­
cretario general del Partido Comunista polaco, la tarea de meter en
cintura a Solidarnosc mediante un golpe de Estado militar, que se pro­
dujo el 13 de diciembre de 1981.
Por entonces, Ronald Reagan no había terminado aún su primer
año en la presidencia de Estados Unidos y había acuñado la famosa
definición de la URSS como «el imperio del mal». Decidido a opo­
nerse a la URSS siempre y cuando hubiese una resistencia local, apo­
yó a Solidarnosc y a los muyahidines afganos, armó a los contras en
Nicaragua, equipó y entrenó al Ejército salvadoreño, a la guerrilla an-
goleña y a los combatientes somalíes o camboyanos. Se trataba de co­
brar lo más caro posible el expansionismo soviético.
En noviembre de 1983, los primeros cohetes Pershing quedaron
instalados en la República Federal de Alemania; Occidente ganó así la
batalla de los euromisiles. Luego, Estados Unidos aceleró la carrera ar­
mamentista, subiendo el presupuesto de Defensa de 160 millones de
dólares en 1981 a 224 en 1984. Además, en 1983 se lanzó la Iniciati­
va de Defensa Estratégica, más conocida como «Guerra de las Ga­
laxias»: un programa para neutralizar desde el espacio todos los cohe­
tes del adversario. Al mismo tiempo, Estados Unidos lograba reducir
más y más las transferencias de tecnología hacia la URSS. Para los di­
rigentes soviéticos, el año 1983 fue negro; la última mala noticia de la
serie llegó la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre cuando un caza
soviético recibió la orden de abatir un Boeing 747 de Korean Airlines,
al que confundieron con un avión espía estadounidense: 269 civiles
muertos y un terrible desprestigio para la URSS.
Una tensión semejante entre el poderío aparente de la URSS, su
expansión territorial y su miseria interna había tenido lugar 30 años
antes. El contraste en aquel entonces era mucho más terrible porque
el Vozhd no se llamaba Brezhnev, sino Stalin. Los ancianos del zastoi
se parecían muy poco a Stalin y mucho a los viejos reaccionarios de la
autocracia rusa del siglo XIX. Como ellos, eran asustadizos, cerrados,
decididos a «mantenerse» con una «inquieta severidad» (Custine).

421
Costes imponderables: el hombre y la naturaleza

Todos los indicadores sociales cayeron: nueva crisis alimentaria,


menos construcción de viviendas, degradación de las infraestructuras
urbanas, de la salud. Emmanuel Todd y Murray Feshbach señalaron en
su tiempo la asombrosa caída de los índices vitales de la población so­
viética, caso único en las sociedades industrializadas y urbanas. Entre
1965 y 1982, la mortalidad infantil dio un salto y la esperanza de vida
para los varones cayó de una manera increíble. Las epidemias de dif­
teria, tifus, sarampión, paperas y meningitis volvieron con una fuerza
anormal. ¿Diagnóstico? Personal médico y paramédico mal formado y
mal pagado; escasez espantosa de material, de medicinas, de instala­
ciones modernas: un 65 por ciento de los hospitales rurales no tenían
agua caliente y un 17 por ciento carecía de agua. La ciencia soviética
estaba prácticamente ausente en el campo de la medicina y de la far-
macoterapia. Ausente también lo estaba en física, química, biología, en
todo lo que no interesaba directamente al Complejo Militar Industrial,
el cual resultó finalmente, a su vez, víctima del retraso de la investi­
gación científica.
En 1974 la mortalidad infantil alcanzó el 40 por mil (13 en Esta­
dos Unidos); fue la última cifra disponible. El alcoholismo siguió su
curva ascendente y mortíferá. Contra una opinión generalizada, dicho
alcoholismo no es ruso desde siempre. En 1905, más. o menos el 50
por ciento de los hombres y el 95 por ciento de las mujeres eran abs­
temios, según la Bolshya Enyklopedya en su edición de 1907. Según un
documento del Samizdat (1979) publicado el 7 de febrero de 1985 por
Ruskaya Mysl, sólo eran abstemios el 0,6 por ciento de los hombres y
el 2,4 por ciento de las mujeres... Oficialmente, entre 1980 y 1985, el
alcoholismo aumentó el 10 por ciento y los alcohólicos tratados en
hospitales aumentaron el 37 por ciento. Eso no incluye los 18 millo­
nes de borrachos llevados en 1979 por la milicia a las «comisarías para
recuperar la sobriedad» (vytrezviteli). Sólo en la ciudad de Leningrado,
en 1979, el 11,6 por ciento de la población adulta fue a parar a esos
lugares.
El desastre ecológico, supuestamente reservado al «capitalismo sal­
vaje», desempeñó su papel en la tristeza del cuadro demográfico. Así,
la muerte del mar de Aral, en Asia central, tuvo como consecuencia,
entre otras, una mortalidad infantil terrible: en esa región, un niño de
cada 10 moría antes de cumplir el año. Entre 1965 y 1985, ese mar in­
terior perdió 15 metros de profundidad y el 50 por ciento de su su­
perficie; el último pez, muerto, se registró en 1983. Tal fue el resulta­

422
do del bombeo del agua de los ríos Amu Dana y Sir Daría para regar
los cultivos de algodón. La desecación del mar y el abuso de los ferti­
lizantes y pesticidas agravaron de manera singular la condición sanita­
ria de las poblaciones.
Esa historia se repite a lo largo y ancho de la URSS. El lema re­
volucionario «No cabe esperar favores de la naturaleza, pues nuestra
misión es arrancárselos» fiie demasiado bien escuchado. Sesenta años
más tarde ese programa resultó ser una catástrofe ecológica sin prece­
dentes. Contaminación urbana y rural, de la tierra, del agua, del aire,
radiactividad incontrolada, destrucción de los bosques y de los suelos...
el cuadro es tétrico. Véase, de Boris Kamarov, The Destruction o f Natu-
re in the Soviet Union (White Plains, Nueva York, 1980). La ecología de
los mares árticos, del mar Negro, del Caspio, del Báltico se ha visto
gravemente afectada. En tres generaciones se ha despilfarrado un capi­
tal natural incalculable. La catástrofe de Chemóbil, en 1986, no fue
tanto un accidente como un desastre predecible, el resultado de facto­
res sistémicos. Como bien dice John L.H. Keep: «La crisis ambiental
era el aspecto más dramático de una situación calamitosa que afecta­
ba hasta la reproducción de la sociedad» (1995, pág. 262).
El coste científico ha sido ya mencionado. El coste cultural no fue
menos importante porque la represión se aplicó siempre con rigor. Le-
nin tenía la doble obsesión de evitar el destino de los jacobinos y de
la Comuna francesa; según él, los primeros cometieron el error de gui­
llotinar demasiado poco y la Comuna pereció por haber fusilado in­
suficientemente. Por eso instauró el terror rojo como principio funda­
mental. Él y Stalin lo aplicaron a tal escala que sus herederos del bajo
imperio no tuvieron más que arrancar las hierbas que crecen en un
terreno desmontado. El punto se ha tratado en el párrafo dedicado
a la disidencia en el capítulo de Jruschov, pero vale la pena señalar
que, bajo la dirección del vigilante Andropov, la KGB pasó de 500.000
trabajadores en 1973 a 700.000 en 1986 (sin contar los 250.000 ele­
mentos de sus tropas fronterizas y los agentes secretos, seksoty [orejas],
etcétera). En esa época fue elaborado el Talmud, índice de 400 páginas
que daba a los censores la lista de las informaciones que no podían apa­
recer en la prensa, como la tasa de mortalidad infantil, la criminalidad,
los desastres naturales o los accidentes de aviación.
El proceso contra el famoso físico Yuri Orlov vino a recordar que
los acuerdos de Helsinki, en su capítulo de los derechos del hombre,
seguían siendo letra muerta en la URSS. Hasta los partidos comunis­
tas de Europa occidental tuvieron que criticar la parodia de juicio con­
tra Orlov y los miembros del Grupo Helsinki.

423
Joseph Brodski, en el exilio, escribía:

«Con la excepción de Nadejda Mandelstam y de Alexandr Sol-


zhenitsyn, la prosa rusa en ese momento tiene poco que ofrecer.
Hay algunas pocas obras aisladas que en su honestidad parten el
alma o en su excentricidad se acercan a la obra maestra. Todo lo
que pueden dar es una catarsis momentánea o bien una diversión
cómica. Aunque en última instancia confirmen a uno en su subor­
dinación al statu quo, es uno de los mejores servicios brindados por
la prosa; y qué bueno si podemos llegar a conocer (en Estados
Unidos) los nombres de Yuri Dombrovski, Vasili Grossman, Vene-
dikt Erofeev, Andréi Bitov, Vasili Shukshin, Fazil Iskander, Yuri
Miloslavski, Yevgeny Popov. Algunos tienen uno o dos libros nada
más, otros han muerto ya, pero con los más conocidos Serguéi
Dovlatov, Vladímir Voinovich, Vladímir Maximov, Andréi Sin-
yavski, Vladímir Maramzin, ígor Efimov, Eduard Limónov, Vasili
Aksyonov, Sasha Sokolov, constituyen una realidad que tarde o
temprano deberá reconocer toda persona a quien le importe tanto
la literatura rusa como las cosas rusas».

En cuanto a Friedrich Gorenstein, otro exiliado, como muchos de


los que figuran en la lista de Brodski, se consolaba así: ¡

«Si bien hoy en día Rusia se percibe en Moscú, su pasado y su fu­


turo se encuentran, sin embargo, en Petersburgo. El siglo XX no ha
logrado someter esa ciudad y, cuando uno la contempla desde la
ventana, cuando uno mira sus edificios, más o menos célebres pero
todos austeros, siente que la generación actual no reina aquí como
en Moscú o en otras ciudades; apenas está presente, no hace sino
pasar, antes de hundirse en la nada después de unos cincuenta
años» (1991, pág. 771).

Las naciones subyugadas

Reconquistadas entre 1918 y 1921, o en 1944-1945, castigadas en­


tre 1941 y 1954, cautivas y sometidas a una intensa rusificación, las na­
ciones no podían distinguir lo que era ruso y lo que era soviético en
un sistema que parecía destinado a la perpetuidad y provenir de la eter­
nidad. ¿Continuidad del imperialismo, continuidad del expansionis­
mo?, ¿de la guerra de Afganistán de 1883-1895 a la de 1979-1988?, con

424
M apa 5. La URSS, un Estado multinacional, en 1990. Las 15 repúblicas federadas y las principales repúblicas autónomas.
la paradoja de que la nación rusa no estaba menos oprimida que las
otras.
Brezhnev, ucraniano rusificado, estaba informado de la realidad de
la situación en las repúblicas periféricas. Supo combinar la centraliza­
ción, indispensable para la cohesión (evitar todo debilitamiento del
poder central que hubiera podido provocar disturbios étnicos o crisis
nacionalistas), con las concesiones otorgadas a las repúblicas en forma
de álianza, arreglo, división del trabajo con las «mafias» nacionales: así
se decía de la famosa mafia uzbeka o georgiana o azerí. En el Polit-
buró, además de Brezhnev, había 10 miembros titulares, ocho rusos,
un ucraniano y un armenio; asimismo, seis suplentes: tres rusos y tres
no rusos. A lo largo de los años, los efectivos del Politburó aumenta­
ron, pero se mantuvo siempre una sutil dosificación entre rusos y no
rusos: en 1981 eran 14 titulares y ocho suplentes; entre los primeros,
seis rusos, cinco ucranianos, un bielorruso, un kazajo y un letón; en­
tre los suplentes, cuatro rusos, un azerí, un georgiano, un uzbeko y un
bielorruso. Pero el secretariado del Comité Central contaba con diez
miembros, todos eslavos (seis rusos, tres ucranianos y un bielorruso).
El Comité Central, verdadero parlamento con sus 195 titulares y 165
suplentes, sobrerrepresentaba a los rusos y a los otros pueblos eslavos,
en detrimento de los bálticos, caucasianos y centro-asiáticos. Así se
mantenía la tradición inaugurada por Stalin y su corolario: la reacción
de los pueblos no eslavos, que identifican el poder soviético con el po­
der ruso.
La tradición estaliniana no se respetó, aparentemente, en lo que
respecta a dirección de las repúblicas: se estableció poco a poco la cos­
tumbre de confiar las funciones de primer secretario a un nacional y
las de segundo secretario a un ruso; en realidad, el segundo era más
importante que el primero, ya que representaba a la dirección central
de PCUS y proponía las ternas para todos los puestos importantes en
las repúblicas federadas. Además, todo dirigente nacional un poco «im­
prudente» recibía un castigo inmediato: el ucraniano Pietr Shelest, pri­
mer secretario de PCU K y miembro del Politburó entre 1964 y 1973,
perdió todas sus funciones por su «nacionalismo burgués», supuesta­
mente expresado en su libro ¡Oh, nuestra Ucrania soviética!
Durante los años de Brezhnev, la rusificación (unificar a través de
la lengua y del sistema de pensamiento a los pueblos y naciones de la
URSS) se intensificó. No era nada nuevo, pero el Centro tomaba con­
ciencia, al leer los censos de población, de la disminución persistente
del porcentaje de los rusos en el total (50 por ciento en 1979), mien­
tras que la proporción de las naóiones no eslavas aumentaba. Por la

426
misma razón se mantuvo la política tradicional de implantación de co­
lonos rusos en los países bálticos y en Asia central. Si en 1959 había
cuatro millones de rusos en Kazajistán, en 1979 eran 5,99 millones. Ni
siquiera eso fue suficiente: en el mismo tiempo, los kazajos pasaron de
2,795 a 5,3 millones. En Estonia, durante esos veinte años, el porcen­
taje de rusos subió del 20 al 28 por ciento y en Letonia del 26 al 33
por ciento, gracias a la permanencia de una gran inmigración orga­
nizada. En Ucrania, la misma política permitió pasar del 17 al 21 por
ciento de rusos.
La religión fue un factor importante de resistencia a la rusificación,
y eso vale para las Iglesias cristianas nacionales y católicas, tanto como
para el islam. Este último, que era además un estilo de vida, manifes­
tó una especial eficacia. La guerra de Afganistán provocó un recrude­
cimiento de la propaganda y de la persecución antiislámica, pero am­
bas fueron contraproducentes.
El único resultado fue el aumento de las tensiones entre los esla­
vos y los autóctonos en Asia central y en el Cáucaso musulmán. Esos
pueblos, en lugar de resistir abiertamente, se adaptaron a la nueva
ofensiva; y «perforaron» el Partido y todas las instancias del poder lo­
cal. La prensa local de la época denuncia con indignación la partici­
pación de jóvenes komsomol o de militantes del Partido' en los ritua­
les musulmanes tradicionales. Tanto el islam oficial como las sectas
místicas estaban en pleno desarrollo en los últimos años del imperio.
En cuanto a los judíos, nacionalidad oficialmente registrada, fue­
ron víctimas del nuevo antisemitismo oficial, disfrazado de antisionis­
mo. En los años setenta, Yuri Ivanov, miembro de la Academia de las
Ciencias, sección Ciencias Sociales, publicó muy oficialmente un vil
panfleto antisemita: /Peligrol Sionismo. El resultado fue una oleada de
emigración judía después del proceso de los judíos de Leningrado, en
1970, contra unos judíos que habían intentado secuestrar un avión
para salir de la URSS. La sentencia fue de dos condenas a muerte y
nueve condenas a un campo de concentración. El Estado soviético,
presionado por el argumento comercial norteamericano, alternó las po­
líticas de apertura y de cierre a la llave migratoria. En 1970 salieron
1000 judíos, en 1973 fueron 34.000, que cayeron a 13.000 en 1975 para
subir a 43.000 en 1979. De la misma manera, pero a una escala mucho
menor, se entreabrió la puerta a los alemanes del Volga, pueblo «casti­
gado». Dejar salir (¿expulsar?) a los judíos era una manera, decían los
propagandistas, de limpiar el país de elementos indeseables —la KGB
expulsó efectivamente a muchos criminales—, destruir una potencial
quinta columna. No es casualidad que la puerta abierta/expulsión fue­

427
se aplicada a los disidentes y que corriese el rumor de que el expulsa­
do Solzhenitsyn era judío.
El movimiento nacional ruso empezó a manifestarse desde los úl­
timos años de Jruschov. Al principio del siglo XX, los rusos habían que­
dado muy por detrás de los polacos, finlandeses y otros ucranianos en
cuanto a nacionalismo. Su elite se identificaba con el imperio multina­
cional, de tal manera que su sentir era más rossiiskii (rusiano) que russ-
kii (ruso).1 En cuanto al pueblo, aún rural en su gran mayoría, sus re­
ferencias eran sociales, religiosas y regionales, en absoluto nacionalistas.
De manera notable, el sentimiento nacional ruso como fenómeno
de masas surgió en los años treinta bajo la férula de Stalin. El nove­
lista Friedrich Gorenstein lo captó como nadie, de la misma manera
que percibió pronto la segunda ola nacionalista, la que empezó en los
años sesenta para culminar en los noventa. El poderoso y explosivo
cóctel elaborado por Stalin sigue teniendo sus efectos en la Rusia post­
soviética, como los tuvo a lo largo de los años de Brezhnev: era una
mezcla de marxismo-leninismo, de chovinismo ruso, de imperialismo
paneslavo y de antisemitismo popular. En los años setenta muchos ru­
sos empezaron a pensar que los intereses de su nación habían sido sa­
crificados a la causa del internacionalismo o del tercer mundo, cuan­
do no tenían por qué invertir en Asia central o en el Cáucaso, ni
mucho menos en Cuba o en Angola. Empezaron a preguntarse por
qué su república era la única sin su Partido Comunista propio, ni su Aca­
demia de Ciencias. Para todos resultaba muy difícil distinguir lo que
era ruso de lo que era imperial, en sus sentimientos hacia la URSS y
las otras repúblicas. La confusión facilitó el desarrollo de las emocio­
nes, preferentemente negativas.
Las dimensiones religiosas y culturales del fenómeno son las más
evidentes y van juntas. Rusos que no tomaban el camino del templo
empezaron a luchar por la conservación y la restauración de las igle­
sias y de los monasterios, criticando las campañas antirreligiosas como
otros tantos atentados contra el patrimonio cultural nacional. El mo­
vimiento cívico se organizó en la muy oficial Sociedad Panrusa para
Preservar los Monumentos Históricos y Culturales; en 1972 tenía siete
millones de socios; en 1982, 15 millones.
Dmitri Lijachev, el eminente universitario, hizo mucho por el re­
descubrimiento de la literatura y la cultura rusas antiguas. Ese nacio-

1. El término «rusiano» alude a la cultura, las costumbres, la raza y la religión


ortodoxa, mientras que con el término de «ruso» se hace referencia ante todo a la no­
ción de ciudadanía. (N. del A.)

428
nalismo cultural llevó a un nuevo interés por la filosofía religiosa y co­
pias de las obras de Shestov, Leontiev y Berdiáyev empezaron a circu­
lar en Samizdat. Pasó lo mismo con la literatura eslavófila del siglo XIX,
la cual inspiró una corriente que no dudó en considerarse como neo-
eslavófila. Por aquel entonces, tales tendencias no podían catalogarse
en términos de derechas y de izquierdas, como lo prueba la obra de
Alexandr Solzhenitsyn. En la misma época empezó a forjarse una
alianza nada santa entre la KGB y ciertos nacionalistas, entre la extre­
ma derecha y la extrema izquierda. En La plaza y en Salmo, Gorenstein
ilustra el fenómeno.

E l interregno (1982-1985)

En noviembre de 1982, Brezhnev «terminó» de morir a la edad de


76 años, después de varios años de vida vegetativa provocada por la ar­
teriosclerosis y, quizás, el mal de Alzheimer. Para entonces, la edad me­
diana del Politburo era de 71 años: seis de sus miembros murieron en­
tre 1981 y 1985. La situación no era mejor en el Comité Central, cuyos
miembros tenían en 1981 más de 60 años en el 70 por ciento de los
casos. El sistema, de por sí bloqueado, sufría de un Alzheimer colecti­
vo. Dos días después de la muerte de Brezhnev, la KGB, apoyada por
el mariscal Ustinov, llevó a su jefe Yuri Andropov (de 68 años) al po­
der supremo, contra el clan brezhneviano que tenía a Konstantin
Chernenko como candidato. ¿Quién era ese hombre elegido por una­
nimidad por el Comité Central? Embajador en Budapest a la hora de
la Revolución húngara, había sido el eficiente director de la KGB des­
de 1967. Bajo la férula de ese Fouché, la KGB no dejó de crecer y de
incorporar a los elementos más jóvenes, más dinámicos, mejor infor­
mados. Los «órganos» se transformaron realmente en la vanguardia del
Partido/Estado. Eso no significa en absoluto que Andropov fuese ja­
más un liberal. Terminator de la disidencia, organizador de la represión
en Afganistán, gozó enseguida de una extraña simpatía en Occidente.
Los sovietólogos norteamericanos lo presentaron como un reformista
liberal, algo que, ciertamente, nunca fue. La leyenda del anglófono y
liberal aficionado al whisky prosperó en un mundo exterior deseoso de
creer en el próximo cambio del sistema soviético.
Andropov empezó con una limpieza y poda en nombre de la mo­
ral: la emprendió contra Galina (la hija de Brezhnev) y su esposo, así
como contra la «mafia uzbeka del algodón», en este caso todos los di­
rigentes de Uzbekistán. Al mismo tiempo dijo: «Se necesita una deci­

429
dida perestroika» («arreglo», «reforma de un edificio», en sentido lite­
ral). Se mantuvo menos de quinientos días porque su enfermedad era
de las que no perdonan, así que no se puede especular si la perestroi­
ka, que le tocaría a Gorbachov, habría sido suya. Lo único seguro es
que Andropov se rodeó de un grupo de gente relativamente joven, bri­
llante y «abierta». Ahora bien, no pasaron de ser consejaros o consul­
tores que preparaban «memorandos». Por lo tanto, no hay que con-
futídir al viejo kagebista con una Tatiana Zaslavskaya (nacida en 1927),
economista de Novosibirsk que presentó en abril de 1983 su famoso
«memorándum» en un seminario secreto. La misma KGB se encargó
de difundir el texto por la vía del Samizdat. Zaslavskaya no proponía
soluciones concretas, pero sí hacía el diagnóstico impecable de la cri­
sis. Insistía sobre el «derrumbe de la calidad social» de los soviéticos
en todos los aspectos de la vida, empezando por el profesional. Criti­
cando mucho, proponiendo poco, empleaba diez veces la palabra «pe­
restroika».
Gueorgui Arbatov recuerda cómo

«escribimos “memorandos” [...] al final de algún proyecto im­


portante, todos los que participaban en él se reunían en,la ofici­
na de Andropov y luego se iniciaba un seminario tan interesan­
te como productivo [...] Andropov estableció desde un principio
la regla siguiente que nos repetía de vez en cuando: “En ese cuar­
to, ¡adelante y con valor!, hablen abiertamente, no escondan
sus opiniones. Ahora bien, del otro lado de la puerta, es dife­
rente. Aquí tienen que obedecer las reglas generales”» (1995,
págs. 88-89).

Evgueni Nóvikov, ex colaborador del departamento internacional


del Comité Central, confirma que «el proceso del “nuevo pensamien­
to” empezó de hecho a finales de los años setenta bajo Andropov, en
círculos intelectuales, para un público restringido y en un lenguaje so­
ciológico complejo». Durante sus 500 días puso a trabajar en la misma
línea a muchos institutos académicos; se les encargó la revisión de la
ideología («nuevo pensamiento»), la elaboración de modelos «alterna­
tivos», la racionalización del sistema. Nóvikov precisa que todo apun­
taba a un solo resultado político: «mantener en el poder a la elite del
Partido». Las ideas más atrevidas del círculo Andropov no se salieron
nunca del marxismo-leninismo. Los elementos más inquietos se en­
contraban en el grupo modemizador, tanto del Ejército y la KGB, pre­
ocupados por la situación en Afganistán y por la «guerra de las ga­

430
laxias», como del Complejo Militar Industrial, preocupado por su atra­
so tecnológico creciente.
El breve Gobierno de Andropov estuvo marcado por la destruc­
ción de un Boeing 747 de la Korean Airlines, el 31 de agosto de 1983.
El avión, confundido con un RC-135 (avión espía estadounidense), fue
abatido cerca de la isla de Sajalín, después de haberse alejado muchí­
simo de su plan de vuelo, que debía llevarlo de Anchorage, en Alaska,
a Seúl, en Corea del Sur. La tragedia, que causó 269 muertos, sacó a
la luz varias características de un sistema enfermo: el miedo irracional
a la violación de sus fronteras y una hipercentralización delirante (la
orden que se dio al piloto soviético provino de Moscú, del ministro
de la Defensa); unas deficiencias técnicas impresionantes: durante esas
largas horas, los soviéticos no fueron capaces de identificar al avión, ni
de comunicarse con él o con el mundo exterior; una falta total de con­
ciencia moral: había otras soluciones además de destruir la nave, en
tiempos de paz. Lo que sí queda claro veinte años después de la ca-
tástrofe, que endureció mucho las relaciones soviético-estadouniden-
ses, es que los soviéticos se equivocaron y que la destrucción del avión
por parte del teniente coronel Osipovich (el piloto del Sujoi 15) no fue
cínicamente deliberada. Eso no le resta gravedad al caso, dado que,
ahora se sabe, la confusión en Moscú fue tal durante esas horas, du­
rante esos días, que algunos pensaron que la tercera guerra mundial es­
taba a punto de empezar y aconsejaron a Andropov dar el primer gol­
pe (preventivo) termonuclear...
El 9 de febrero de 1984, Andropov murió y dejó la dirección a
Konstantín Chemenko (73 años), el más viejo de los candidatos po­
tenciales, la sombra de Brezhnev, un hombre muy enfermo. Fue el úl­
timo intento de los ancianos del Politburó por «mantenerse». Cher-
nenko murió el 10 de marzo de 1985. Los modemizadores, que habían
esperado su tumo durante esos 13 meses vacíos, lograron el nombra­
miento de Mijaíl Serguéievich Gorbachov (54 años) como secretario
general. El apoyo de la KGB fue decisivo.

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La perestroika (1985-1991)
Los bloqueos del sistema

Hasta 1985, la URSS seguía marcada por la herencia estaliniana; la


práctica' del poder no tenía nada que ver con la democracia y la so­
ciedad no vivía «ni igualdad, ni fraternidad, ni libertad»;1 la economía,
en su burocratización, era incapaz de responder a las necesidades de
una sociedad urbana más y más compleja. La sociedad había cambia­
do mientras que el sistema político lo hacía todo para no cambiar. En
los años veinte había ocurrido todo lo contrario: un Estado impacien­
te quería cambiar una sociedad que se resistía de manera pasiva.
En la URSS, como en todas las democracias populares, el Partido
Comunista era el esqueleto y el sistema nervioso de todo; organizado
de manera piramidal a partir de las células de base, el Partido obede­
cía a la regla del «centralismo democrático»: respeto absoluto a la lí­
nea definida por la dirección. El Partido, oficialmente, estaba dirigido
de manera colegial: arriba el Comité Central (481 miembros), el Polit­
buro con sus 13 titulares, y el secretariado del Partido, que controlaba
todo el aparato. Teóricamente, el secretario general no era más que el
ejecutante de un equipo. De hecho, Lenin, Stalin, Jruschov y Brezh­
nev dirigieron, tanto el Partido, como el Gobierno y el Ejército. Con
excepción de Jruschov, todos ejercieron el poder hasta su muerte. La
estabilidad y la concentración en una persona caracterizaban el poder
soviético.
Desde un principio, el régimen fue totalitario: identificación del
Estado con un partido monolítico, sin ningún pluralismo interno; con­
trol de toda la economía por el Estado-partido a través de una plani­

1. Título de un libro de Alexandr Zinóviev. (N. del A.)

433
ficación autoritaria y centralizada; vigilancia y represión poderosas por
los «órganos de seguridad». Además, el Estado-partido disponía de me­
dios eficientes de integración: la escuela, los movimientos de juventud,
el Partido, el Ejército, los medios de comunicación. La vigilancia esta­
ba completada por el sindicato (único) en las empresas y la milicia en
las ciudades. El departamento agitprop del Comité Central disponía de
cuatro millones de «agitadores», lectores, conferenciantes profesionales
qué intervenían en los lugares de trabajo o de residencia,
La ideología de legitimación mezclaba valores antiguos y moder­
nos, patriotismo, nacionalismo y bolchevismo, y el poder lanzaba pe­
riódicamente grandes campañas de «agitación» y explicación. Desde
1918, los momentos de gran rigor ideológico habían alternado con fa­
ses de relajamiento (la NEP, el «deshielo»).
Sesenta, setenta años después de su nacimiento, la URSS era con­
siderada como una superpotencia, el rival de Estados Unidos, un rival
en expansión continua, allende sus fronteras. Raymond Aron fue el
primero, en Francia por lo menos, en tener el valor y la lucidez de afir­
mar: no hay más que una superpotencia, Estados Unidos de América.
Muchos factores disimulaban esa realidad: la victoria del Ejército Rojo
en 1945, el impresionante desequilibrio de las fuerzas convencionales,
el ¿/«/^estadístico, éxitos espectaculares e inesperados como la bomba
A en 1949, el primer Sputnik en 1957, el control sobre Europa oriental,
el prestigio de la Revolución sobre las izquierdas del mundo entero y
una creciente influencia sobre el tercer mundo.
La realidad objetiva era muy diferente. La URSS estaba en segun­
da posición, muy lejos de Estados Unidos, y debía ese rango úni­
camente a su enorme masa territorial y demográfica, de ninguna ma­
nera en términos cualitativos de producción por habitante o por
kilómetro cuadrado. Hacia 1985, los resultados económicos de Japón
o de la República Federal de Alemania amenazaban ya esa segunda
plaza.
Además, Moscú se encontraba en la situación de «la Roma de una
cristiandad que atraviesa su siglo XVI» (Pierre Chaunu). La URSS no
controlaba la inmensa China comunista y había perdido la obediencia
ciega de muchos partidos comunistas en el mundo occidental. Los 70
millones de habitantes de la Europa oriental comunista se alejaban
poco a poco, cada nación a su manera, prudente, pasiva o agresiva­
mente. Existía ya el riesgo evidente para la URSS de verse cuestiona­
da en su papel de centro de un imperio recién construido. Como el
hipercentralismo del sistema soviético la volvía poco apta para el cam­
bio, la adaptación y el progreso, el riesgo era doblemente real.

434
En su discurso de abril de 1985 frente al pleno del Comité Cen­
tral, Gorbachov descartó la posibilidad de eludir un cambio radical en
la economía soviética (Pravda, 24 de abril). Cuando, a los pocos me­
ses, el Comité Central fue renovado, el 40 por ciento de sus miembros
resultaron ser realmente nuevos. Desde la muerte de Stalin no había
ocurrido tal cambio en el personal político. A esos novi homines les es­
peraba una tarea fabulosa: si el Partido mantenía su control sobre la
economía, la causa misma del socialismo peligraría. Para hablar como
Tatiana Zaslavskaya, si el Partido Comunista perdía el control de la
economía (y también de la sociedad, cosa que no decía la Zaslavska­
ya), el «socialismo real» bien podría desaparecer de la faz de la Tierra.
Examinando el implacable dilema com los instrumentos lógicos del
marxismo-leninismo (la dialéctica del desarrollo de las famosas «con­
tradicciones»), uno hubiera podido predecir el inevitable deceso del
«socialismo real».

Gorbachovy los tres tiempos de la perestroika


I : ’
El «joven» Gorbachov tenía 54 años al llegar al poder. Encantador,
enérgico, inteligente, elocuente, era a su vez astuto y natural. Su carre­
ra había sido de un clasicismo ejemplar y su prudencia muy ordinaria.
Como todo secretario general principiante, tuvo que empezar por la
consolidación de su poder en el Partido, en la KGB y en el Ejército.
Como la situación era la de un callejón sin salida, la de un sistema en­
trampado en una crisis de baja intensidad, los conflictos en el seno de
la elite, si bien eran suaves, no dejaban de existir. Los cambios mayo­
res del mundo exterior planteaban a los más lúcidos problemas an­
gustiosos de seguridad. Sin los cambios en la tecnología militar y la
incapacidad creciente para hacerles frente, nadie hubiera sentido la ne­
cesidad de «hacer» algo: desde 1983 se discutía en el Estado Mayor so­
bre la necesidad de retirar las tropas soviéticas tanto de Afganistán
como de Europa. A diferencia de China, no hubo un consenso entre
los políticos y los militares para idear verdaderas reformas económicas.
Unos pocos segmentos de la elite comunista vieron la necesidad e in­
tentaron el cambio; entre ellos, algunos elementos de la KGB y mi­
litares.
Para entender la disolución tan rápida de la inexpugnable fortale­
za soviética, nada mejor que leer a los llamados «disidentes», esos va­
lientes que se atrevieron a «disentir», poniendo en peligro su vida. Una
novela puede ser más útil que un tratado de ciencias políticas. De este

435
modo, E l primer círculo, de Solzhenitsyn, escrito entre 1955 y 1958, re­
escrito en 1968 después de su mutilación a manos de la censura, es una
verdadera enciclopedia sobre la URSS. Nos da, además, la clave para
entender lo que pasó entonces; nos la dio con veinticinco, con trein­
ta y cinco años de anticipación. Solzhenitsyn resultó un profeta y los
«especialistas» hicieron el ridículo. Leamos al profeta: en el campo, dos
presos hablan:

«—No necesitamos más que tres mil o cinco mil hombres valero­
sos, con iniciativa, capaces de manejar las armas, y además, alguien
de la intelectualidad técnica [...] y establecer contacto con la cú­
pula militar...
»—... es decir, con esas pieles de tambor...
»—... para conseguir su benévola neutralidad. Además, sólo habría
que eliminar a Stalin, Molotov, Beria y a algunos más. Y anunciar
inmediatamente por radio que las capas altas, medias y bajas con­
tinúan en su sitio.
»—¿Continúan? ¿Y ésa es su elite?
»—¡De momento! De momento. Ésta es la peculiaridad de los países
totalitarios: en ellos es difícil dar un golpe de Estado, pero no cues­
ta nada gobernar después del golpe. Maquiavelo dijo que echando
al sultán se podría glorificar a Cristo en todas las mezquitas al día
siguiente».

No hubo necesidad de dar el golpe de Estado. La plaza fuerte cayó


sola cuando sus últimos defensores intentaron un putsch el 19 de agos­
to de 1991. El verdadero golpe de Estado lo había dado el séptimo y
último secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviéti­
ca. La perestroika, revolución desde arriba, acabó con un sistema tota­
litario apolillado que Estados Unidos y Europa consideraban eterno.
El intento de reforma interna que el comunista Gorbachov emprendió
en 1985 dio la libertad de expresión (glasnost) a los 5000 valerosos in­
telectuales, científicos y artistas que despertaron a la sociedad civil y
lograron así una verdadera y pacífica revolución política, que culminó
con el desmantelamiento de la URSS.
En E l primer círculo, Nerzhin contesta a Guerasimov:

«—No lo sé, no lo sé [...]. Mientras no había bombas atómicas, el


sistema soviético, mal organizado y poco flexible, roído por los pa­
rásitos, estaba condenado ante las pruebas del tiempo. Pero ahora,
si “los nuestros” tienen la bomba será una desgracia. [...] Quizás...

436
un nuevo siglo... con la información filtrándose por todas partes...
[...] descubra el procedimiento siguiente: La palabra destruye el ce­
mento».

Así fixe.
Sin Gorbachov no habría sido posible. Pero sin los hombres que
lo aprovecharon y lo llevaron por caminos que él nunca había antici­
pado, tampoco. Así se dio el fenómeno clásico de la bola de nieve, así
despertó la sociedad después de setenta años de represión, terror y con­
gelamiento. El movimiento iniciado por los disidentes perseguidos,
asesinados, encarcelados, exiliados, ganó pequeños círculos de artistas
y ecologistas (los «informales»), y después los medios científicos y uni­
versitarios (los institutos), y despertó a las cien naciones del imperio,
empezando por la periferia: la báltica y el Cáucaso. Se acabó la indi­
ferencia del pueblo. Uno de los dos personajes de la novela citada, si­
tuada en 1949, dice:

«La indiferencia, la última reacción salvadora del organismo, se ha


convertido en nuestro rasgo característico. De ahí la popularidad
del vodka, inaudita incluso a escala rusa. [...]. Han bastado trein­
ta años para estropear al pueblo. ¿Se conseguirá corregirlo en tres­
cientos? Por eso hay que darse prisa».*

Después de una fase revolucionaria (1917-1928), dividida entre el


comunismo de guerra y la nueva política económica (NEP), vino la
construcción del Estado soviético (1929-1953) sobre la base del comu­
nismo de guerra, luego el momento imperial (1953-1991). En esa últi­
ma etapa, la URSS conoció la alternancia: NEP (Jruschov, Gorbachov)
y comunismo de guerra «blando» (Brezhnev). En cada uno de los cam­
bios bruscos de orientación, la decisión se tomó desde arriba, de ma­
nera consciente, sin que el responsable pudiese conocer las conse­
cuencias ulteriores.
El choque que provocó la caída final de la URSS no escapó a
la regla. Así como el nombre de Lenin está ligado al comunismo de
guerra o a la NEP, así como el final de la NEP y la colectivización fue­
ron sellados por Stalin, la perestroika es Gorbachov. A él le tocó la ta­
rea cíclica, la roca de Sísifo, de remediar los defectos estructurales del

* Los fragmentos citados de E l prim er círculo corresponden a la traducción espa­


ñola, publicada por Tusquets Editores, col. Andanzas 175, Barcelona, 1992, págs. 675,
678 y 674-675. (N . delE .)

437
sistema, y decidió afrontarla. Sin embargo, él no fue el Deus ex machi­
na, el demiurgo que lo inventa y lo realiza todo. Como tampoco lo
fueron Stalin ni Lenin. Gorbachov surgió y trabajó en la lógica del sis­
tema soviético, pero a él le tocó la diástole final que terminó con la
muerte. En seis años, el tiempo que necesitó Lenin para triunfar y con­
solidarse (1917-1923), Gorbachov vio al PCUS y a la URSS disolverse
entre sus manos.
En 1985 empezó en la URSS un proceso llamado «perestroika», se­
gún una palabra muy usada en tiempos de Stalin, que se hizo umver­
salmente famosa y que significa, en la vida cotidiana, «reestructura­
ción» de una casa o «remodelación» de un apartamento. La perestroika
pasó por dos fases y entró, a mediados de 1990, en una tercera y peli­
grosa etapa. Entre 1985 y 1987 ocurrió el deshielo y triunfó, poco a
poco y luego de manera acelerada, la «glasnost» (transparencia, infor­
mación clara y pública). Sin la glasnost, no se puede entender todo lo
que siguió. La glasnost engendró una libertad de prensa, si no com­
pleta, por lo menos asombrosa, la cual condujo a la revisión radical de
la historiografía soviética.1 Dos botones de muestra son el reconoci­
miento del Pacto Germano-Soviético de 1939 y, en 1990, de la ma­
tanza de Katyn como crimen estalinista.
En esa primera fase, la mayoría de los presos políticos («presos de
conciencia») recobró su libertad. Simbólicamente, la muerte trágica
de Anatoli Marchenko, en diciembre de 1986, marcó un antes y un
después: unos pocos días después, Gorbachov puso fin al exilio de Sa-
jarov en Gorki (hoy Nizhni-Nóvgorod).
La tercera aportación de la primera fase es la liberación de la polí­
tica migratoria de la URSS. Emigrar o viajar se hace mucho más fácil.
Esa fase dinámica culminó con la firma, en diciembre de 1987, de
un tratado entre Estados Unidos y la URSS para eliminar misiles
de corto y medio alcance, y con la decisión, anunciada en febrero de
1988, de poner fin a la intervención soviética en Afganistán. Esa nue­
va política tuvo aspectos económicos fundamentales, pero las reformas
adoptadas desestabilizaron el sistema existente sin mejorar una situa­
ción de por sí crítica.
En la segunda etapa (1988-1990), Gorbachov adelantó su diplo­
macia de los «pasos positivos» hacia el desarme, una política que le
ganó una inmensa popularidad en Europa y Estados Unidos. La nue­
va línea diplomática de la URSS, bautizada por Guennadi Guerasimov

1. Jean Meyer, «Perestroika y revisión de la historia», H istoria y G rafía, 3, Méxi­


co, 1994. (N . del A .)

438
como «doctrina Sinatra» («A tu manera»), se tradujo en el abandono de
la doctrina Brezhnev, doctrina intervencionista ejemplificada por la in­
vasión de Checoslovaquia en 1968. Permitió la caída del muro de Ber­
lín y el triunfo de Vaclav Havel en 1989, en Praga.
Los cambios políticos culminaron en 1990 con la instauración de
un régimen presidencial en beneficio de Gorbachov. La verdadera re­
forma constitucional reclamada por Sajarov nunca se llevó a cabo. La
Constitución de Stalin, retocada por Brezhnev, siguió funcionando, y
no se elaboró un nuevo «pacto federal» ni tampoco una verdadera de­
claración de derechos.
Esa falta se hizo sentir cruelmente a partir de 1988, cuando la san­
gre empezó a correr en el Cáucaso. Por desgracia, el enfrentamiento
entre azeríes y armenios no fue sino el primero de una larga serie de
conflictos étnicos y nacionales. La decisión de los tres países bálticos
de recobrar en 1990 la independencia perdida en 1940, en virtud de
los tratados germano-soviéticos, desembocó en un diálogo de sordos y
represión. La violencia se debía, en gran parte, al manejo de tales con­
flictos por el Gobierno. En vez de idear una reforma constitucional,
optó por la manipulación de las tensiones, alternada con la represión
y, a veces, con una extraña y larga indulgencia hacia los provocado­
res y los matones.
Los errores cometidos en el manejo de la cuestión del Alto Kara-
baj, manzana de la discordia entre las repúblicas de Armenia y Azer-
baiyán, son ejemplares. Ejemplares y trágicas, también, las matanzas de
Tiflis (Georgia) en abril de 1989, y de Riga y Vilnius a principios
de 1991.
Al mismo tiempo, el Ejército soviético intervino en Azerbaiyán, en
Bakú, en 1990, para poner fin a la masacre de armenios, después de
haber intervenido en Georgia y Armenia (en Armenia en el momento
del terrible terremoto de diciembre de 1988).
En ese tiempo, a finales de 1990, empezó la tercera etapa, yá no
de la perestroika sino del Gobierno de Gorbachov, que coincidió con
el inicio de su presidencia y, simbólicamente, con la muerte de Andréi
Sajarov. Ese «tercer» Gorbachov estuvo más amenazado y fue más ame­
nazador que los dos anteriores. Después del joven y prometedor bu­
rócrata, vino el fabuloso «Gorby», el hombre de los milagros en Afga­
nistán, en Europa central y en el desarme nuclear; ahora, asomaba la
mano dura que golpeaba tanto en Eriván, Tiflis y Bakú, como en Vil­
nius y Riga; afloraba el señor presidente que acumulaba los poderes,
pero también un hombre que dejaba de resolver los problemas, mien­
tras aumentaban los nubarrones y se hundía la economía.

439
Cuando en 1985 Gorbachov se lanzó primero a la «aceleración» y
después a la perestroika, no tenía un plan de reformas, sino una idea
global de que había que «acelerar» una economía peligrosamente apá­
tica. Tomó una serie de iniciativas en ese sentido, contra la lógica pro­
funda del sistema que pretendía dinamizar. Es fácil decirlo cuando uno
conoce el desenlace. Entre 1985 y 1989 no era tan evidente; en tal me­
dida no lo era que muchos observadores siguieron negando la realidad
del cambio cuando éste, sin embargo, empezaba a manifestarse. Prefi­
rieron suponer una trampa maquiavélica incluso cuando, claramente,
Gorbachov había dejado de controlar los acontecimientos.
Esa dimensión de improvisación permanente, de huida hacia de­
lante, la captó bien en 1987 un joven reformista, en el clásico lengua­
je leninista todavía vigente: «En el XXVII Congreso del Partido pre­
guntamos ¿qué hacerf y la contestación fue la reforma económica
radical; en el pleno de junio, preguntamos ¿cómo hacerlo? y la contes­
tación fue: precios para la ganancia, y en el pleno siguiente, del oto­
ño, íbamos a decidir ¿con quién hacerlo?, pero jamás pudimos reunir di­
cho pleno». Ese primer guión abortó, y cuando Gorbachov se dio
cuenta de que el Partido no servía para realizarlo, lanzó la campaña de
la glasnost; ésta tampoco sirvió para alcanzar tales fines, por lo cual
Gorbachov se lanzó a la batalla política, apoyándose sobre la base del
Partido contra el aparato: abrió el paso a las elecciones y a la «demo­
cratización»; «Necesitamos la democracia como el aire», dijo en enero
de 1987, cuando por fin pudo reunir el pleno tres veces cancelado.
Chemóbil significa «ajenjo». En el libro del Apocalipsis (8, 10-11)
se lee: «Tocó la trompeta el tercer ángel y cayó del cielo un astro gran­
de, ardiendo como una tea [...] El nombre de ese astro es Ajenjo, con­
virtiéndose en ajenjo la tercera parte de las aguas y muchos hombres
murieron». El accidente nuclear de la central de Chernóbil en Bie-
lomisia ocurrió el 25-26 de abril de 1986. Diez años después, Gorbachov
dijo: «Nadie me informó del Apocalipsis». En el incendio murieron 31
personas y 200.000 fueron expuestas a «sustanciales radiaciones». Diez
años después de aquella catástrofe, el cáncer de tiroides entre los ni­
ños seguía aumentando y, según los científicos, no alcanzará su ápice
hasta 2010. La cuarta parte de Bielorrusia y una buena parte de Ucra­
nia fueron contaminadas y una nube radiactiva afectó a toda Europa.
Esa dimensión y las noticias de un Occidente afectado y alarmado por
el alza espectacular de la radiactividad «abrieron los ojos» de Gorba­
chov. Algunos han escrito que la catástrofe contribuyó a la caída del
sistema soviético. Más que una causa de la crisis final, Chemóbil es un
síntoma de dicha crisis. Manifestó las insuficiencias de la tecnología so­

440
viética, pero también las características del sistema. La censura funcio­
nó durante varios días; el Partido evacuó en trenes hacia Moscú a las
familias de sus cuadros, mientras que los ciudadanos lo ignoraban todo,
se quejaban del olor y no entendían por qué tantas barredoras echa­
ban tanta agua en las calles; la parálisis de la administración llegó al
colmo: la evacuación de los habitantes de la ciudad de Pripiat no em­
pezó sino dos días después del desastre.
Chernóbil confirmó a Gorbachov en su convicción de que había
que «hacer algo». Seguían las preguntas leninistas: «¿qué?, ¿cómo?,
¿con quién?». Unos días después de la muerte de Anatoli Marchenko,
preso ucraniano que persistió hasta el fin en su huelga de hambre, Gor­
bachov le anunció personalmente a Andréi Sajarov, por teléfono, su li­
beración. Era la primera de una serie de «medidas de clemencia» que
le ganaron a Gorbachov la confianza occidental.

Adiós a las armas

La prudencia interna de Gorbachov contrastó con su audacia in­


ternacional. Necesitaba levantar la hipoteca de la carrera .armamentista
para afrontar el verdadero problema, el de la economía. Necesitaba
«respirar», necesitaba un «Brest-Litovsk». Por eso se retiró de manera
unilateral, para asombro de Estados Unidos, de la guerra fría. En 1987
renunció a la competencia nuclear. En octubre de 1986, el encuentro
de Reikiavik con el presidente Reagan no había tenido éxito, pero los
acuerdos de Washington, en diciembre de 1987, ratificaron la «opción
OO», propuesta por Moscú: retiro o destrucción de todas las armas
nucleares cortas o intermedias estadounidenses y soviéticas en Europa.
De repente, para Reagan, la URSS dejó de ser «el imperio del mal». Para
Occidente, poner fin a la guerra fría era una prioridad desde hacía mu­
chos años. Eso explica la extraordinaria popularidad de Gorbachov en
Europa y en Estados Unidos. Las negociaciones sobre el desarme lle­
varían a los acuerdos START en agosto de 1991 sobre la reducción del
número de cabezas nucleares. En noviembre de 1990 se firmó en Pa­
rís un acuerdo sobre la destrucción de 100.000 piezas de armamento
convencional.
Al mismo tiempo, Gorbachov ponía fin a las aventuras soviéticas
en el tercer mundo. La retirada del Ejército Rojo de Afganistán se cum­
plió entre mayo de 1988 y febrero de 1989. En diciembre de 1988, cu­
banos, sudafricanos y angoleños aceptaron poner fin a la intemacio-
nalización de la guerra de Angola. La URSS obligó a Fidel Castro a

441
retirar su cuerpo expedicionario de 50.000 soldados. De la misma ma­
nera, la URSS dejó de intervenir en otras regiones de África. Esa nue­
va línea permitió la paz en Nicaragua, en 1989-1990: desarme de la
Contra a cambio de elecciones libres, que dieron la victoria a la opo­
sición. Nadie en el mundo podía ya dudar más de la; sinceridad de
Gorbachov. De ahí en adelante tanto el nuevo presidehte de Estados
Unidos, George Bush (1989), como los dirigentes europeos fueron sus
mejores aliados. ¡
El georgiano Eduard Shevardnadze, en su calidad de canciller de
la URSS, fue un colaborador muy valioso para Gorbachov. Preparó la
reconciliación a la vez con Arabia Saudi y con Israel, abandonando a
los antiguos aliados sirio e iraquí. A la hora de la guerra del Golfo con­
tra el agresor Sadam Hussein, la URSS se alineó con la coalición en­
cabezada por Estados Unidos para liberar a Kuwait (1991).

¿Salir o no salir de la economía soviética?

Andropov y su equipo habían diagnosticado la gravedad de la crisis


económica de la URSS. Para uso intemó, la KGB elaboró estadísticas en
las cuales probaba que, desde 1960, el crecimiento estaba disminuyen­
do de manera constante y que pronto apuntaría hacia cero. De una tasa
del 9,3 por ciento anual en la década de los cincuenta, del 4,2 por cien­
to en los años sesenta, del 2,1 por ciento en los setenta, bajaba al 0,6
por ciento para el periodo entre 1981 y 1985. No existen cifras poste­
riores fiables, pero, oficialmente, desde 1989 la URSS se encontraba en
recesión: el decrecimiento en 1990 fue de un 4 por ciento.
La perestroika había nacido para modernizar la economía de la
URSS, para que pudiese conservar su condición de superpotencia; el
cambio de política exterior y la «democratización» no figuraban en los
objetivos iniciales; surgieron en el camino como medios para lograr la
meta económica, con la ayuda de Occidente.
Gorbachov se resistió a entender —la economía no fue nunca su
fuerte, tampoco fue muy bien asesorado— lo que Lenin había descu­
bierto sesenta y cinco años antes, a saber: «El mercado es más fuerte
que el socialismo» (Obras completas, XXVII, págs. 67-68). Tuvo que en­
frentarse con una crisis financiera acelerada por la caída del precio del
petróleo. La inflación golpeó duramente a una ciudadanía que no en­
tendía mejor que sus dirigentes lo que estaba pasando. Dentro de la
doctrina económica imperante, era imposible pasar del crecimiento ex­
tensivo al crecimiento intensivo. El peso del Complejo Militar Indus­

442
trial (CMI) y el fetichismo de la planificación hacían abortar todos los
intentos de reforma.
Se ha señalado el papel decisivo del análisis andropoviano del cre­
cimiento cero en el acceso al poder de Gorbachov y en el lanzamien­
to de la perestroika, como último intento de «revolución desde arriba».
Los dirigentes soviéticos buscaron nuevas vías para recuperar el creci­
miento perdido, pero, como no se atrevieron a abandonar su marco
teórico, no pasaron de las reformas microeconómicas sectoriales. Así,
la ley de junio de 1987 otorgó a las empresas (que seguían siendo es­
tatales) la autonomía de gestión y la responsabilidad financiera, con ac­
ceso al comercio exterior. Como no modificaba el modo de formación
de los precios ni el sistema de pedidos por conducto del Estado, ni
tampoco el estatuto de las empresas, la reforma afectó a la estabilidad
del sistema anterior, pero no lo mejoró.
Continuó la inversión exagerada en ciertos sectores, el despilfarro
de enetgía y materias primas, la primacía del CM I y la destrucción ace­
lerada del medio ambiente. Aparecieron nuevos problemas, como los
desequilibrios monetarios. En 1989 los economistas soviéticos enten­
dieron claramente que la crisis económica no podría resolverse sin
cambiar las bases del sistema, sin llegar al mercado y a la propiedad
privada. Se trataba de una verdadera revolución que necesitaba deci­
siones políticas. Se presentaron varios proyectos: en 1989, por Abal­
lan; en 1990, por Bocharov, Shatalin, Shemeliev. Todos se toparon con
la resistencia muy normal del demasiado prudente Gobierno de Niko-
lái Rizhkov y con las indefiniciones de Gorbachov.
Así, en la primavera de 1990, Rizhkov se decidió por fin por la
liberación de precios para empezar la transición hacia la economía
de mercado, pero desvirtuó enseguida la reforma. Afirmó que «ni el
país ni la conciencia social estaban listos para un pasaje rápido a la
economía de mercado»; por tanto, invitó al Gobierno central, a las
repúblicas, a los soviets locales y a las empresas a dar prestaciones
para compensar el alza de los precios. La falta de legitimidad políti­
ca del Gobierno le prohibió la «terapia de choque» aplicada en Po­
lonia por el Gobierno de Lech Walesa y de Solidarnosc.
Mientras tanto, la República rusa de Boris Yeltsin adoptaba (sep­
tiembre de 1990) un «programa de 500 días» de transición hacia el mer­
cado. Ese plan firmado por Shatalin rompió, por primera vez, con las
ilusiones de que era posible remendar el sistema soviético. El plan em­
pezaba con una evaluación devastadora de la economía y la sociedad
soviéticas, luego con una definición revolucionaria de los derechos del
ciudadano, de la empresa, de las repúblicas. Propiedad privada y mer­

443
cado libre deberían llevar a la privatización y a la desmonopolización.
No entraremos en detalle en este plan radical (¡500 días!) porque no
fue aplicado en la Unión, después de la adopción por el Parlamento
soviético del último proyecto de reforma de Gorbachov (y Aganbe-
guian, economista, consejero de Kosyguin en los años sesenta). La
alianza provisional entre Gorbachov y Yeltsin se acabó én ese momen­
to. Entre diciembre de 1990 y enero de 1991, el régimen se orientó cla­
ramente hacia la derecha (renuncia de Shevardnadze, intervención mi­
litar en los países bálticos) y sus reformas sectoriales (cambio de
billetes, reforma de precios) dieron la razón a Shatalin: «La sociedad
soviética ha acumulado una gran experiencia negativa de reformas eco­
nómicas, reformas en las cuales la gente no ve, hasta la fecha, más que
un empeoramiento de sus condiciones de vida» (agosto de 1990).
Durante 1990-1991 la recesión se agravó drásticamente en la URSS
(-21 por ciento), mucho más que en Europa central, pero sin reforma
coherente alguna. El símbolo del fracaso económico de la perestroika
se encontró en las dificultades alimentarias y en las peticiones de ayu­
da urgente lanzados hacia Occidente, en los inviernos de 1989, 1990
y 1991, a pesar de que la cosecha de 1990 había resultado magnífica.
El año 1991 terminó en la recesión económica y la bancarrota del era­
rio, tanto de la URSS como de las repúblicas.

I860 1910 1989

Gran Bretaña 1 2 6
Estados Unidos 2-3 1 1
Bélgica 2-3 3 8
Suiza 4 4-5 2
Francia 5 6 7
Alemania 6 4-5 4
Suecia 7 7 3
España 8 8 10
Italia 9-10 9 9
Rusia/URSS 9-10 10 11
Japón 11 11 5

Cuadro 5. Jerarquía mundial de la riqueza por habitante. Nota: Para 1989 la


base es el producto nacional bruto por habitante en paridad de poder adqui­
sitivo. Para 1860 y 1910 es una evaluación del nivel industrial por habitante
a partir de indicadores físicos. (Autor del cuadro: Gerard Wild.)

444
En diciembre de 1991, la URSS se acabó. Dejaba a las nuevas ge­
neraciones una herencia nada envidiable después de siete años de crisis
económica en espiral, final de una crisis permanente de setenta años.
De manera curiosa, la Rusia/URSS volvía a encontrarse en la mis­
ma posición que la Rusia zarista, en la jerarquía mundial de la rique­
za por habitante.

E l principio de la «smuta» (el «tiempo de los disturbios»)

«A finales de octubre, las provincias bálticas estaban en plena re­


belión, el Cáucaso ardía en las violencias étnicas y nacionalistas [...] y
Polonia era completamente ingobernable.» Esas líneas de William Fu-
11er no describen 1989 sino 1905. En 1989, la retirada pasó del tercer
círculo al segundo, del tercer mundo al «campo socialista», e incluso
al primer círculo, dentro de la URSS.
Al principio, la iniciativa vino de Moscú. Gorbachov quería ex­
tender la perestroïka a todas las democracias populares. Françoise
Thom cuenta cómo, a finales de 1987, la KGB ofreció su ayuda a los
dirigentes de Solidarnosc, en Polonia. El año 1989 fue el annus mira-
bilis en Europa y en la URSS, con el despertar de las naciones de
Europa central y de las nacionalidades en la periferia de la URSS. Las
elecciones soviéticas de marzo de 1989 para el Congreso de Diputados
del Pueblo, las primeras desde 1918, se dieron en ese marco; en junio,
una semana después de la primera reunión del Congreso, las elecciones
polacas anunciaron el fin: la reestructuración iba a ser la desintegración
del comunismo. Los comunistas chinos lo entendieron enseguida y pu­
sieron fin a la Primavera de Pekín, sin escuchar a su visitante, Gorba­
chov, con la matanza de la plaza de Tiananmen. La matanza señalaba
los límites de la reforma dentro del sistema.
Como no hubo un Tiananmen soviético, la cadena se rompió por
su eslabón más débil, las democracias populares, y entre éstas Polonia,
que tardó diez años (1979-1989) en derrotar al sistema; gracias a ella,
Hungría necesitó diez meses, la República Democrática Alemana 10 se­
manas y Praga diez días, según apuntó Timothy Garton Ash. Por más
que en sus memorias (1996) Gorbachov se atribuya el mérito de esa li­
beración, la verdad es que «se le desbocaron los bueyes».
El 9 de noviembre cayó el muro de Berlín; en noviembre, una
provocación policial desató la «revolución de terciopelo», que había de
«llevar al castillo», en Praga, al disidente Vaclav Havel; en diciembre
fusilaron en Rumania al «genio de los Cárpatos», Nicolae Ceausescu.

445
En todas partes es posible encontrar la actuación inicial de los «órga­
nos», pero, con la excepción rumana, el intento de instalar en el po­
der a comunistas «liberales» para poner en marcha la perestroika, re­
chazada por los viejos aparatchiki al estilo de Honecker o Ceausescu, se
transformó en una estampida, en una avenida incontrolable. Hay que
recordar, a quien dudara de la realidad de la manipulación, que hasta
19?0-1991 la URSS siguió financiando los partidos comunistas euro­
peos y americanos.
Frente al nuevo escenario y confortado por la angustia de los go­
biernos occidentales ante los cambios inesperados, Gorbachov prepa­
ró un nuevo guión: en convergencia con los socialistas alemanes, en­
carrilar la reunificación alemana hacia la neutralización de la futura
Alemania y la desaparición de la OTAN. Helmut Kohl hizo fracasar
esa última gran maniobra, que era vista con simpatía en Europa. La
miopía de muchos dirigentes reacios a cualquier novedad es más
asombrosa que la incomprensión normal del fenómeno por parte de
un Gorbachov. «El otoño de los pueblos» de Europa central signifi­
caba la liquidación del antiguo sistema de poder edificado por la
URSS.

E lfin a l del imperio


Es imposible reformar la práctica comunista que ac­
tualmente existe en la Unión Soviética y en la Euro­
pa del Este. Este sistema debe ser liquidado.

Imre Pozsgay, miembro del Politburó


del Partido Comunista húngaro, 1988

No hay fuerza capaz de detener la caída del imperio.


La pregunta es: ¿vendrá el cambio pacífico, gradual y
políticamente, o acabará en sangre?

Bogdan Horyn, líder nacionalista ucraniano,


31 de diciembre de 1990

En 1985 los observadores no preveían gran cosa. Analizaban el ca­


llejón sin salida en el cual se encontraban metidos el gigante soviético
y sus satélites de Europa oriental. Las sociedades no alcanzaban su li­
bertad y el poder no lograba acabar con los «disidentes». La expedición
militar de Afganistán resumía en sí todos los aspectos del impasse. Bien
podía Hélène Carrère d’Encausse anunciar Vempire éclaté (el imperio re­
ventado); su profecía, por razonable y razonada que fuese, no tenía fe­

446
cha. Habíamos olvidado el interrogante de Andréi Amalrik: «¿Existirá
la URSS en 1984?».
Siete años después de 1984, la tesis según la cual el totalitarismo
comunista era indestructible y sus fracasos no tenían consecuencias se
demostró falsa. Tras el agotamiento del fanatismo ideológico, de la es­
peranza milenarista, la renuncia al terror masivo tardó en producir
efectos visibles, pero tuvo consecuencias decisivas a largo plazo. El co­
munismo soviético no era indestructible ni tampoco reformable, ya
que su dureza y su incapacidad para adaptarse lo debilitaban. La «fuga
hacia delante» —eso fue la perestroika de Gorbachov—condujo rápida­
mente a la quiebra, en 1989 en Europa central, y dos años después en
lo que fue la Unión Soviética.
Los últimos acontecimientos no sorprendieron por su naturaleza,
sino por su amplitud y su rapidez, acelerada por el fallido golpe pala­
ciego de agosto de 1991. Como explica Pierre Chaunu:

«El Este enseña varias lecciones: la solidez del Homo religiosus, la


fragilidad de los sistemas a priori simplistas, como el comunismo
de áparato. El Este comprobó dos efectos aparentemente inespera­
dos: la firmeza de los modos de transmisión de los valores —trans­
misión oral, gestual, familiar, efectiva—, la victoria de las babas [las
abuelas] sobre los comisarios políticos. No se acaba fácilmente con
la religión. El sistema soviético, que se creía protegido por su ba­
luarte occidental, pero que en realidad estaba debilitado por él, se
derrumbó bajo el fuego cruzado de las abuelas de la transmisión
subterránea informal y de la transmisión electrónica por satélites y
transistores. Y también porque el fracaso económico en tales con­
diciones no se puede disimular más, ni mantenerse el mito de la
voluntad agresiva de un mundo capitalista generador de pobreza»
(Colere contre colere, París, 1991, pág. 217).

éMarcha hacia delante o salto hacia atrás?


¿Con la désintegración del imperio se iba hacia el régimen de la
democracia o hacia el triunfo de los odios tribales que los comunistas
habían congelado? A esa pregunta, Leszek Kolakowski contestó en ene­
ro de 1990, en un aula de la Sorbona:

«Se dice a menudo que el nacionalismo ha reemplazado a la di­


funta ideología comunista. La expresión está mal escogida. En
efecto, la ideología comunista había muerto desde hacía tiempo y
el nacionalismo estaba bien presente. Sencillamente, no tenía me­

447
dio de expresarse. El debilitamiento de los medios de represión y
los cambios en los medios informativos han permitido a esta fuer­
za nacionalista salir del dominio subterráneo en el que había vivi­
do sin debilitarse. Hoy, esos nacionalismos están en marcha y es
imposible saber cuál será el nuevo equilibrio tras el desplome del
Imperio comunista. En Afganistán, la barbarie coníunista puede
ser reemplazada por una teocracia bárbara. ¿Qué es mejor? Proba­
blemente, la teocracia bárbara tenga la ventaja de no romper la
continuidad cultural del país».

Se acusa a Gorbachov de haber abierto la caja de Pandora de los


nacionalismos, en lugar de sentarse encima. ¿Nacionalismos? No hay
que exagerar. En marzo de 1991 todavía, en el referéndum sobre el
«mantenimiento de una Unión renovada», el «sí» recibió el 76 por
ciento de los votos (con una participación del 80 por ciento). Si bien
es cierto que Armenia, Georgia, Moldavia y las tres pequeñas repúbli­
cas bálticas se habían negado a participar, la gran Ucrania votaba a fa­
vor de la Unión. La cuestión nacional no figuraba en el programa de
la perestroika; empezó en la periferia, en el Báltico y en el Cáucaso,
entre azeríes y armenios, a propósito del Alto Karabaj, no contra Mos­
cú. En Asia central, lo misino: las violencias fueron interétnicas, no
contra los rusos, menos aún contra el centro.
La cosa se puso seria en 1989 en el Báltico y en Moldavia, con la
memoria despertada por el 50 aniversario del Pacto Germano-Soviéti­
co, preludio a la anexión violenta de las cuatro repúblicas. Pero Ucra­
nia siguió dormida hasta el verano de 1991; en marzo votó en un 80
por ciento a favor de la URSS; el 1 de diciembre, en más de un 84 por
ciento a favor de la independencia. ¿Oportunismo realista?, ¿conversión
de los líderes comunistas locales, que lo apostaron todo al caballo na­
cionalista? Ya no había centro y todos imitaron a Boris Yeltsin, el ex co­
munista, ahora presidente nacionalista de Rusia. Gorbachov no enten­
dió el movimiento o lo entendió demasiado tarde. La idea de negociar
un nuevo tratado de unión no era mala, sino tardía. El golpe de Esta­
do de agosto de 1991 aceleró la huida centrífuga.
Retrospectivamente, el proceso de desintegración imperial fue no­
table por la ausencia de violencia mayor. Con excepción del Báltico,
donde a principios de enero de 1991 corrió la sangre cuando los
«órganos» pusieron en marcha, en Vilnius y Riga, el guión clásico de
«ayuda» a un movimiento «popular» contra la «reacción», el poder so­
viético no intentó nunca emplear la fuerza para impedir la secesión.
Asistió sin rechistar al «desfile de las soberanías» y, luego, de las inde­

448
pendencias en cadena. Los lituanos fueron los primeros, en marzo de
1990; los georgianos proclamaron su independencia en abril de 1991.
Unos días después de la intentona golpista de agosto, casi todas las re­
públicas federadas proclamaron su independencia. Lituania, Letonia y
Estonia, además, se secesionaron de la URSS y de cualquier nueva
Unión.
En la República rusa de Boris Yeltsin el nacionalismo despertó a
consecuencia de las manifestaciones nacionalistas de Europa central y
de las repúblicas federadas. Dejemos a un lado el espectacular pero mi­
noritario ultranacionalismo de los grupúsculos derechistas y nacional-
comunistas; el nacionalismo ruso mayoritario encontró su campeón en
Boris Yeltsin; ese sentimiento de defensa psicológica reaccionaba tam­
bién frente al despertar de los no rusos (un 18,4 por ciento en 1989)
en el Estado multiétnico de Rusia: chechenos del Cáucaso, tártaros del
Volga y de Crimea, baskires, chuvasios, mordovos, maris, udmurtos,
komis, kalmukos, buriatos, yakutos y otros grupos más pequeños.
En Rusia, frente al gorbachovismo modernizante, el nacionalismo
ruso no dejaba de crecer, sin llegar a adoptar una forma violenta.
Según Kolakowski, la perestroïka fue la cuarta tentativa de moder­
nización de Rusia. La primera fue la de Pedro el Grande, la segunda la
de Alejandro II, y la tercera la de Lenin y Stalin. La tentativa de mo­
dernización por el comunismo fue bárbara y, por lo demás, Lenin lo
reconocía expresamente: «Hemos de modernizar, de civilizar, y ser tan
bárbaros como lo fue Pedro el Grande».
La modernización emprendida por Alejandro II era una moderni­
zación occidentalizante: un movimiento lento que se aceleró con Ni­
colás II y que, probablemente, si no hubiese habido revolución, habría
desembocado en una especie de monarquía constitucional. De acuer­
do con Kolakowski:

«En cambio, el comunismo, en cierto sentido, volvió a introducir


la esclavitud y la servidumbre y procedió a una modernización de
tipo bárbaro. Hoy, ese proceso se encuentra en un callejón sin sa­
lida y los dirigentes se esfuerzan por salvar el comunismo o al me­
nos las instituciones esenciales del comunismo, por conservar la
categoría mundial de la Unión Soviética, mientras intentan mo­
dernizar el país. Es la cuadratura del círculo. El imperio se des­
ploma, pero no se sabe aún exactamente lo que de él saldrá».

Hélène Carrère d’Encausse dijo en la Sorbona:

449
«El comunismo fue, en 1917, la respuesta de Lenin a un viejo de­
bate: ¿dónde está Rusia?, ¿en Europa o fuera de Europa? Incapaz
de escoger, Lenin cortó por lo sano de manera singular: Rusia era
el porvenir de Europa, por sí sola. La desaparición del comunismo
reinicia este debate y pone a Rusia frente a sí misma. Como lo dijo
un filósofo georgiano, Mirab Mamardashvilli, de nuevo estamos
en tiempos de “la cuestión rusa”. La cuestión rusa también es la
cuestión del imperio. El comunismo ha sido el manto de Noé de
un imperio de los zares reconstruido y mantenido con la esperan­
za de que un día se borrarían las diferencias nacionales. La desa­
parición del comunismo saca a la luz el problema de la relación
entre esos pueblos y de la elección que debe operar entre una Ru­
sia que se encontraría en sus límites o un imperio que habría que
mantener a toda costa. Mantener el imperio es apartarse de Euro­
pa y frenar la democracia: el repliegue sobre Rusia, por el contra­
rio, favorecería la democracia».

Gorbachov y el leninismo: el putsch


Gorbachov empezó de manera muy leninista, aplicando la lección
aprendida por el maestro en Port Arthur y aplicada en Brest-Litovsk:
la retirada estratégica para reagrupar sus fuerzas antes de dar el golpe
final. Manifestó un gran valor en los asuntos internacionales y una
gran prudencia en los asuntos internos.
Después de 1989, año del levantamiento (pacífico) de las naciones
cautivas en la periferia occidental del imperio, Boris Yeltsin ya era una
figura y mantenía sus pleitos con un Gorbachov que había perdido
tanto la iniciativa como el control de los acontecimientos.
Su último año en el poder, desde agosto de 1990, no fue más que
un largo epílogo. Incapaz de abandonar los postulados políticos y eco­
nómicos soviéticos, Gorbachov siguió siendo un comunista reformista
sincero hasta el final. Después de renunciar al plan económico de los
demócratas, se apoyó sobre el viejo aparato. Ese endurecimiento, a su
vez, radicalizó los movimientos nacionales y los demócratas. La elec­
ción triunfal de Yeltsin a la presidencia de Rusia, el 12 de junio de
1991, no hizo más que acelerar el proceso que culminó con el inten­
to golpista de agosto de 1991. El putsch había sido anunciado diez ve­
ces y su fracaso también. En febrero de 1991, en el programa 60 mi­
nutes (CBS, Mike Wallace), el ex general de la KGB, Oleg Kaluguin,
había profetizado: «La mina del imperio es inevitable. Estoy seguro de
que va a caer y pronto. Gorbachov es un reformador..., pero va a de­
jar intacto el sistema. Quiere mejorar su imagen, quitar algunos de sus

450
aspectos que dan miedo. Pienso que es un producto del Partido Co­
munista que seguirá leal hasta el fin».
Por eso el putsch de agosto de 1991 se deshizo solo, se perdió como
el agua en las arenas del desierto. Así como el fracaso de Kornilov en
1917 reveló que la derecha ya no existía y permitió a los bolcheviques
lanzarse a la conquista del poder, el golpe de agosto de 1991 reveló
que la derecha (en este caso el PCUS) había dejado de existir y per­
mitió que Yeltsin llegara al poder. A las 9 de la noche del 18 de agos­
to, en Jacona (estado de Michoacán, en México), mis hijos llegaron
corriendo para decirme que la televisión anunciaba el arresto de Gor­
bachov, un golpe de Estado militar en Moscú, el reconocimiento del
hecho por el presidente francés Mitterrand... Eso me sorprendió a me­
dias, pues en un artículo publicado en Unomásuno, en marzo, anun­
ciaba yo un putsch militar. Lo que sí me sorprendió fue la velocidad
con la cual el golpe se deshizo.
El intento golpista del 18-19 de agosto de 1991 fue realizado por
los própios ministros del Gobierno de Gorbachov. El único que no
participó (por lo menos abiertamente) en él fue el propio Gorbachov,
de vacaciones en la playa. Desde la renuncia de Shevardnadze en di­
ciembre de 1990 —se fue denunciando la derechización.del Gobierno
y la existencia de un golpe de Estado rampante—, el gran chiste mos­
covita era: «¿Cuál es la etapa que sigue a la perestroika? Respuesta: la
perestrelka (tiroteo)». En junio de 1991, en una sesión del Soviet Su­
premo, el primer ministro Pavlov pidió poderes excepcionales; luego,
a puerta cerrada, se escuchó el informe del jefe de la KGB, Kriuchkov,
del secretario de la Defensa, Yazov, y del de Gobernación, Pugo. El in­
forme era un llamamiento abierto al golpe. A Gorbachov le sobraron
las advertencias nacionales e internacionales, desde Shevardnadze y
Alexandr Yákovlev, hasta el presidente Bush. No hizo caso. ¿Desesti­
mó el peligro?, ¿no lo vio como tal?, ¿quiso dejar el camino libre a los
golpistas para que le sacaran las castañas del fuego? O, ¿en caso de fra­
caso, presentarse como el libertador?
El golpe duró unas horas, menos de tres días, no tanto por la inep­
titud de los golpistas, según la versión común, como por su timidez,
su incertidumbre, la conciencia que tenían de su falta de legitimidad.
Por eso necesitaban a Gorbachov y, al final, fueron a refugiarse con él;
por eso cometieron tantos «errores» estratégicos; por eso a última hora
los militares, la KGB, los comandos se negaron a tomar por asalto la
Casa Blanca, edificio del Congreso en el cual se había refugiado el pre­
sidente ruso Yeltsin, para encabezar una resistencia que se transformó
en revolución. La suerte fue también un factor importante. Para su

451
mala suerte, los golpistas se toparon con Boris Yeltsin, que orientó to­
das las resistencias y paralizó los «órganos» y el Ejército. Su gloriosa
elección a la presidencia, al sufragio universal (12 de junio, 57,3 por
ciento de los sufragios), le había dado una legitimidad que no tenía
Gorbachov, quien no se había atrevido a enfrentarse a los electores. Por
eso, los golpistas no se atrevieron a dar la orden de dispárar. La buena
suerte para todos quiso que ningún provocador disparara contra los
soldados, tampoco lo hizo algún ciudadano presa del pánico. Eso ex­
plica que «un putsch simbólico haya podido ser vencido por una resis­
tencia simbólica, porque lo último que querían los conspiradores era
una guerra civil» (John L.H. Keep).
El golpe precipitó lo que pretendía evitar: una revolución, porque
eso fue lo que ocurrió a partir de aquel día de la Transfiguración, fies­
ta cristiana que coincidía en el calendario litúrgico con el golpe. En
unos meses se acabaron el Partido, la URSS y el comunismo. Seme­
jante mutación de dimensión internacional, realizada en un lapso tan
breve, es precisamente la definición de la revolución. Por una extraña
coincidencia, en 1925, Mijaíl Bulgákov había anunciado la fecha del
derrumbe del sistema; no el año, pero sí el día, mejor dicho la noche
del 19 al 20 de agosto: en su cuento filosófico «Los huevos fatídicos».1
Una vez muerto el Partido, no quedaba nada para mantener la Unión
Soviética. Yeltsin entendió que, después de haberse montado en el ca­
ballo nacional ruso, era inútil resistir a la secesión generalizada. Tomó
la delantera y liquidó las viejas estructuras de la URSS, dejando así el
camino abierto a una eventual federación o confederación, reconstrui­
da de manera consensual y no de manera militar (acuerdo de Minsk el
7 de diciembre de 1991). En los primeros días de septiembre, los po­
deres del Centro habían sido recortados y Gorbachov se encontraba
fuera de la jugada, mientras las repúblicas multiplicaban las declara­
ciones de independencia total o moderada. Las negociaciones sobre el
futuro de la URSS se empantanaban rápidamente y la Federación Rusa
proponía una confederación laxa que, de hecho, anunciaba la futura
Comunidad de Estados Independientes (CEI).
El referéndum de autodeterminación celebrado el 1 de diciembre
en Ucrania aceleró el desenlace, cuando los ucranianos votaron masi­
vamente a favor de la independencia (90,6 por ciento); unos días des­
pués, los presidentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania sacaron la con­
clusión de que la Unión Soviética había dejado de existir. Gorbachov

1. El lector escéptico encontrará la fecha en la página 119 de la edición france­


sa de 1987, Les oeufsfatidiques. (N. del A.)

452
no había sido invitado a esa reunión en el bosque de Bialowieza, cer­
ca de Minsk. Después de una larga discusión, en compañía de expertos
en Derecho, proclamaron la disolución de la URSS y la plena sobera­
nía de cada una de las repúblicas. Eso significaba la desaparición, no
sólo de la URSS, sino del viejo imperio de los zares: Rusia regresaba a
sus fronteras de 1620. Eso había ocurrido brevemente en 1917-1918,
pero los bolcheviques no tardaron en reconstruir el imperio. En 1992 no
tuvieron herederos para repetir la hazaña.
El acuerdo de Minsk creaba la Comunidad de Estados Indepen­
dientes (CEI), que fue poco después ratificada por todas las repúblicas
de la antigua Unión, menos las tres bálticas y Georgia (que entró en
la CEI a finales de 1993, casi a la fuerza).
El derrumbe intemo de la Torre de Babel dio la razón a los estali-
nistas-leninistas, cuyo mensaje nunca dejó de ser: «No trates de reali­
zar un comunismo más ameno, humano y liberal, porque terminarás
destruyéndolo». Sin embargo, Gorbachov fue «el hombre de la situa­
ción» hasta 1989, como lo reconoce su archienemigo y vencedor, Bo­
ris Yeltsin: «Lo que ha hecho pasará a la historia. No me gustan las pa­
labras sonoras, pero todo lo que ha empezado Gorbachov merece la
alabanza. Pudo haber seguido el mismo camino que Brezhnev y Cher­
nenko. Creo que los recursos naturales del país y la paciencia de su
gente habrían alcanzado para que él hubiera gozado de una larga vida
feliz como líder de un Estado totalitario» (1990).
Sin Gorbachov, Yeltsin no hubiera existido. Gorbachov le abrió el
paso. Como decía el general Kaluguin: «Cinco años de perestroika han
cambiado el ambiente, la política, la conciencia de la gente». Los dos
hombres, juntos y enemistados, hicieron lo que nadie había soñado:
destmyeron la Torre de Babel que pretendía cubrir toda la Tierra y lle­
gar hasta el cielo. Lo hicieron sin derramamiento de sangre y tan rá­
pido que el acontecimiento ni siquiera fue anunciado. Basta recordar
a los jefes de Estado occidentales prediciendo la perennidad de la di­
visión de Alemania unos días antes de la caída del muro, o al Parla­
mento europeo maltratando a Yeltsin en vísperas de su triunfo.

Los profetas delfin y un sinfín de causas

La desintegración nos tomó por sorpresa, tanto por su velocidad


como por su modo interno y (casi) sin violencia. Unos, por tener una
visión socialdemócrata del «comunismo real», pensaban que podía re­
formarse; otros, por defender contra una mayoría «revisionista» la te­

453
sis de la naturaleza totalitaria de dicho comunismo, habían terminado
por creer que era invencible.
Por lo tanto, nadie hizo caso a los profetas. Sin embargo, Alexandr
Solzhenitsyn había anunciado la ruina final en E l primer círculo, sin po­
ner fecha. En 1968 hizo lo mismo Leonid Vladimirov.
En 1969, Z. Brzezinski editó D ikm m as o f Change in Soviet Politics
(Nueva York). Él, Robert Conquest, Merle Fainsod, Eugene Lyons,
Gioígio Galli e Isaac Don Levine consideraban «el derrumbe como
una seria posibilidad, aunque no inmediata». Cuatro de los seis no
eran académicos. Seis de los ocho que apostaban a favor del manteni­
miento del sistema eran académicos. En el mismo momento, Andréi
Amalrik publicó su panfleto devastador, <?Sobrevivirá la Unión Soviética
hasta 1984?, en el cual anunciaba que la liberalización llegaría como
consecuencia de la decrepitud y no de la regeneración: «su resultado
lógico será la muerte y después la anarquía».
En 1972, I.E Stone se preguntaba «Can Russia Change?» (New York
Review ofBooks, 17 y 24 de febrero) y contestaba que el sistema no se po­
día reformar. En 1976, un joven historiador francés, Emmanuel Todd,
pronosticaba claramente el desastre: The Final Fall: Essay on the Decompo-
sition ofthe Soviet Sphere (Nueva York, 1979). En 1977, Bemard Lévin pre­
dijo en The Times (septiembre) que el derrumbe ocurriría el 14 de julio
de 1989, sin combates callejeros ni barricadas ni huelga general. Jean Bap-
tiste Duroselle, en el marco de su teoría general de las relaciones inter­
nacionales, Tout empire périra, anunció en 1981 el final de la URSS.
Ronald Reagan señaló la mina próxima en cuatro discursos mayo­
res en 1982, 1983, 1987 y 1988. En la izquierda, Daniel Patrick Moyni-
han había dicho en 1979 que el sistema soviético bien podía reventar.
En el Senado afirmó, en octubre de 1984: «Ganamos la guerra fría... La
Unión Soviética se derrumbó. (Como sociedad no funciona. Nadie cree
ya en ella.)» Gorbachov aún no había llegado.
En 1984, Richard Pipes anunciaba la perestroika, pero no creía en
la posibilidad de una reforma exitosa. Brzezinski, convencido de la im­
posibilidad de reformar el sistema, publicó The Birth and Death o f Com-
munism in x x th Century (Nueva York, 1989).
En 1989, Martin Malia diagnosticaba el fracaso de la perestroika y
la ruina consecuente del sistema en su ensayo To the Stalin Mausoleum,
firmado «Z». El epígrafe de Alexis de Tocqueville no pudo ser más cla­
ro: «El momento más peligroso para los malos gobiernos es el del
principio de la reforma».
Lo interesante es que la mayoría de los que acertaron no eran aca­
démicos, mientras que los sovietólogos profesionales se equivocaron

454
rotundamente hasta el final, abrazando con entusiasmo la causa de
Gorbachov. Los universitarios que apostaron bien eran deviant cases,
marginados por el gremio.
El lector encontrará un estudio detallado del fracaso de los sovie-
tólogos profesionales, más precisamente de los universitarios, tanto en
el artículo de Seymour Lipset y Gyorgy Bence, «Anticipations o f the
Failure o f Communism» (Theojy and Society, núm. 23, 1994) como en
el de Martin Malia, «From under the Rubble, What?» (Problems o f Com­
munism, enero-abril de 1992).

Consideraciones
En 1883, el conde Dmitri Tolstói, uno de los hombres más inteli­
gentes de su época aunque fuese reaccionario, o quizá precisamente
porque era reaccionario, dijo al diplomático alemán Bülow:

«Todos los intentos por instaurar las formas parlamentarias de la


Europa occidental en Rusia acabarán en fracaso. Si algún día de­
biera caer el régimen zarista, en su lugar surgiría el comunismo, el
coníunismo llano y sencillo de monsieur Marx, su compatriota, que
acaba de morir en Londres hace poco y a quien he leído con aten­
ción e interés».

La profecía del conde se cumplió al pie de la letra. El último zar


hizo todo lo necesario para que fracasara el intento de transición ha­
cia la monarquía constitucional. Cuando transformó a su pueblo cam­
pesino en Ejército, a la hora de la guerra mundial, levantó un puente
de plata para el advenimiento del comunismo. Tres generaciones des­
pués, el proyecto comunista se fue con el viento. ¿Por qué?, ¿por qué
esa implosión, asombrosamente no sangrienta?
Después del fracaso del breve intento reformista de Jruschov, la
economía soviética no dejó de acumular problemas y carencias, disi­
mulados por estadísticas falsas e importaciones masivas de alimentos y
bienes de equipo, pagados con exportaciones de materias primas, gas
y petróleo, como en un país subdesarrollado cualquiera. Los éxitos en
los campos muy especializados de la conquista espacial y el arma­
mento, y la importancia cuantitativa de la producción global permi­
tían que la URSS apareciera como el segundo poder económico del
mundo.
Encerrada en su esclerosis económica y cultural, la del capitalismo
de Estado ultracentralizado que el leninismo-estalinismo presentó como
la realización de la utopía socialista del siglo xix, la Unión Soviética

455
de Brezhnev quedó atrapada en su inmovilidad sociopolítica, buscan­
do la salida en las aventuras político-militares, cuya serie había sido
inaugurada por Jruschov en Cuba. Sus aparentes victorias en Etiopía,
Mozambique y Angola, su papel en la guerra civil centroamericana y
la invasión de Afganistán fueron resultado de esa huida hacia delante.
La URSS aparentaba ser una superpotencia mundial cuando no era
más que una superpotencia militar.
Al historiador se le ocurre comparar 1985 con 1855 y a Gorbachov
con Alejandro II. Gorbachov es un hombre del aparato, representati­
vo de la tercera generación de dirigentes comunistas, tecnócratas me­
jor formados que sus predecesores, pero siempre dóciles a las reglas de
la oligarquía soviética. Su nombramiento manifiesta la clara concien­
cia que tiene la cúpula, especialmente la KGB mejor informada, sobre
la crisis que amenaza el sistema y la necesidad de realizar una profun­
da reforma. Por eso se encontraba en la misma situación que la del jo­
ven zar en 1855: tanto Mijaíl como Alejandro heredan un sistema pa­
ralizado, en el cual buscan su legitimidad, y son su producto. Ambos
critican la ineficacia del sistema, pero no ponen en duda sus principios.
Al contrario, quieren reformar la práctica para salvar los fundamentos
ideológicos: la autocracia en 1855, el comunismo en 1985.
Ahí termina la comparación. La empresa de Alejandro II, el zar li­
bertador, no fue un fracaso; retomada entre 1905 y 1910, de no ha­
berse perdido en la guerra mundial, hubiera permitido una evolución
positiva hacia la monarquía constitucional. Las medidas puestas en
marcha por Gorbachov después de 1987 provocaron en cuatro años la
dislocación externa del imperio y el derrumbe interno del comunismo.
Sobre las causas profundas del fracaso de la perestroika (palabra
del siglo XIX, por cierto) todo está dicho. A diferencia de la autocracia
decimonónica, el comunismo no se podía reformar. El sistema había
alcanzado un punto de esclerosis tal que cualquier intento de rees­
tructuración tenía que provocar el derrumbe. Con razón se habló de
implosión: ruina interna y no destrucción, resultado de una agresión
externa. Además, el fracaso económico no tenía remedio. En ese pun­
to esencial tampoco vale compararlo con el reinado de Alejandro II,
preludio al vigoroso despegue económico de los últimos veinticinco
años del zarismo.
Gorbachov no podía emprender reformas económicas profundas
porque eso habría significado condenar el comunismo. Pretendía «rees­
tructurarlo», no acabar con él. Por eso no pudo aceptar el plan eco­
nómico de los 500 días elaborado por Shatalin, por eso se encontró en
la situación del aprendiz de brujo incapaz de controlar el diluvio que

456
él mismo había desatado al abrir las compuertas. Los golpistas de agos­
to de 1991 tenían la lógica de su lado cuando denunciaban lo que con­
sideraban la incapacidad o la traición del secretario general del PCUS.
Sin embargo, se equivocaban por completo cuando creían ser los nue­
vos Brezhnev que pondrían fin a las locuras del nuevo Jruschov. No
entendían nada de nada y la inmensidad de su ceguera manifiesta que
la crisis terminal del comunismo tenía también una dimensión cultu­
ral e intelectual.
Asfixia de la reflexión económica y política en la elite, ausencia de
conciencia política entre las masas, sentimiento de impotencia para to­
dos, desesperanza y depresión al descubrir la inmensidad del desastre
y perder todas las referencias ideológicas, mentales y psíquicas macha­
cadas durante más de setenta años, la «fortaleza URSS» cayó sola.
Cuando Gorbachov y su grupo intentaron salvar al enfermo de
muerte, descubrieron que el régimen descansaba sobre la nada, que la
sociedad estaba totalmente desestructurada y vivía en estado de ano-
mia. Ahí está la causa fundamental de su fracaso: ¿cuántos se movili­
zaron en agosto de 1991 a fin de parar la intentona golpista de los úl­
timos comunistas? Unas decenas de miles en Moscú y Piter... Nada
que ver con las movilizaciones masivas, de cientos de miles, de millo­
nes, en 1905 y marzo de 1917. El régimen cayó solo, no fue derriba­
do por un inmenso movimiento popular contra la tiranía. La revolu­
ción de agosto de 1991 fue la victoria de Boris Yeltsin, pero ocurrió al
final de una larga serie de luchas palaciegas en la mejor tradición de
las intrigas y de los misterios del Kremlin.
Alexis de Tocqueville observó que el momento más peligroso para
un régimen malo es cuando empieza a reformarse. En 1991, Jean Ca-
thala, viejo conocedor de la URSS, apuntó en su Lefantóm e de la Pla­
ce Rouge: «Gorbachov llevó a su país al desastre al querer evitárselo, ya
que lo perfecto no se perfecciona [...] El Estado totalitario no se re­
forma. O bien él destruye a los que tienen esa pretensión, o bien ellos
deben destruirlo a él». Gorbachov fue un comunista reformista since­
ro. No podía entender que el sistema mismo bloqueara sus intentos de
reformarlo y que, al insistir, lo único que hacía era descomponerlo. Le
tocó el papel del aprendiz de brujo. El poder de la ideología fue más
grande de lo que imaginamos y su desaparición más devastadora de lo
que hubiéramos podido esperar.
Gorbachov comprobó por última vez que en la URSS el cambio
tenía que venir desde arriba. Muchos años antes, Bazhanov, el ex se­
cretario de Stalin, había reflexionado sobre este punto: «El cambio
vendría sólo del Comité Central. Pero eso es casi imposible; para lo-

457
grafio, la gente que quiera liquidar el comunismo tendrá que disimu­
lar su anticomunismo y conquistar a la mayoría en el Comité Central».
Fue posible, precisamente porque Gorbachov no era un anticomunis­
ta enmascarado. El Termidor tan temido por los bolcheviques llegó
con él, ya no como pererozhdmia (decadencia, degeneración), sino
como idea democrática de un poder sometido periódicamente a con­
sulta (y por lo tanto, incierto). Empezaba la Segunda República rusa.
Walter Laqueur, en E l sueño que falló (1994), observa que se discu­
ten todavía las causas de la caída de Roma; por lo tanto, entre 1991 y
2006 se han publicado cientos de libros y artículos sobre las causas de
la caída de la tercera Roma, que no debía caer y que cayó sin derrota
militar, sin invasión de los bárbaros. Seguirán publicándose muchos
más. Dos generaciones, casi tres, de historiadores han especulado so­
bre la inevitabilidad de la Revolución de 1917. Más de una va a es­
pecular sobre la inevitabilidad de 1991. Son los riesgos y las debilida­
des del oficio. Mientras tanto, los historiadores revisionistas y sus
colegas de las otras ciencias sociales, los «sovietólogos» defensores de
la URSS y admiradores de Gorbachov, han olvidado hacer su mea cul­
pa a la rusa, a la Karamazov. En Rusia y en las otras repúblicas de la
difunta Unión es normal: en Italia, en 1943, todos amanecieron de­
mócratas, de la misma manera que en Francia en 1944 todos desper­
taron résistants; así, en Rusia, los comunistas se volvieron ortodoxos y
patriotas. La conducta de los universitarios norteamericanos y otros es
más sorprendente porque no tiene las mismas necesidades psicológi­
cas, pero se entiende también: es la academia, que no constituye la me­
jor preparación para la lucidez. Kipling dijo alguna vez: «¿Qué podría
saber de Inglaterra quien sólo conoce Inglaterra?». Andréi Amalrik ha­
bía previsto la caída de la Unión Soviética sin ser sovietólogo, quizá
porque no era sovietólogo.
Ahora bien, ¿lo había previsto o lo había deseado? Una vez sella­
do el destino, después de la muerte del individuo, sea éste una perso­
na o un ente como la URSS, todo alcanza la dignidad causal, sin que
esto sea muy convincente. Por ejemplo: el coste del imperio, el coste
de las fuerzas armadas fueron factores, pero su carácter decisivo no re­
sulta tan evidente. Un nivel de vida bajo, un estado sanitario a la baja
inclinaban a la gente al pesimismo, sin más. La guerra de Afganistán
era una molestia, de ninguna manera la causa de la caída final. No de­
bemos sobrestimar ningún factor. En 1987, el imperio era más fuerte
que en 1916, mucho más fuerte que el Imperio otomano o austro-hún­
garo en 1918. Existía, es cierto, una crisis de confianza compartida por
Andropov y Sajarov, los cuales proponían remedios diferentes. Pero de

458
ahí a la implosión... Tenemos que aceptar el realismo algo escéptico de
Peter Laslett, quien escribía, a propósito de la Revolución inglesa, que
no es necesario encontrar grandes causas a los grandes acontecimientos;
que se debe huir de la explicación única; que los accidentes existen en
la historia de los hombres como en la del cosmos, y que, finalmente,
el acontecimiento ocurre cuando algo, que tal vez sea mínimo (puede
ser una personalidad), amarra, funde en un solo haz un conjunto de
fuerzas paralelas o divergentes. Quizá la URSS vivió no una gran cri­
sis, sino muchas crisis que entraron de repente en un proceso de fu­
sión, cada una nutriéndose de las demás y alimentándolas. La interac­
ción de muchas evoluciones negativas fue posible por el «factor
Gorbachov», que explica el no empleo de la solución brutalmente re­
presiva. Ese factor fue la sorpresa, el azar, el accidente.
La naturaleza sistémica de la URSS explica luego las dos parado­
jas de la perestroika: fue más efectiva en política, tanto internacional
como interior, que en la economía, cuando su meta era económica; no
consolidó la fuerza estratégica político-militar de la URSS, sino que
provocó su mina y la formación de una poderosa Alemania unida, he­
cho que da estrategia soviética quiso impedir desde 1945. La ciencia po­
lítica, la teoría de las relaciones internacionales, más «modelistas» que
la historia, han tenido siempre grandes dificultades para explicar (ni ha­
blemos de predecir) los grandes cambios en el sistema internacional.
La sorpresa,! el asombro, la incomprensión y el miedo sentidos frente
al ocaso de la URSS se deben al hecho de que no se habían tenido en
cuenta ni el papel central de factores domésticos (como el estado de­
mográfico y sanitario, el peso negativo del Complejo Militar Industrial
sobre una economía incapaz de ser exitosa), ni la realidad de la deci­
sión soviética de retirarse de la política internacional (desde Afganistán
hasta Alemania), ni los cambios estratégicos radicales y pacíficos en
Europa: el Ejército Rojo empezó a retirarse tan pronto como cayó el
muro de Berlín, ubicado 1200 kilómetros hacia el este; Moscú aceptó
la pérdida de la fachada sobre el mar Báltico y de un control de tres
siglos sobre Ucrania; finalmente, last but not least, nadie intentó apro­
vechar la debilidad de una URSS que se estaba convirtiendo en Rusia.
Todo eso no cabía en los esquemas de los «sovietólogos» y de los
«realistas», quienes piensan que la estructura (binaria) del sistema in­
ternacional lo explica todo, con el juego de los Estados como actores
unitarios que maximizan su poder en un sistema internacional anár­
quico.
Lo que maximizó el impacto del «factor (accidental) Gorbachov»
fue la naturaleza política de un sistema centralizado, arbitrario. Esas

459
características lo llevaban a la ineficacia y al estancamiento, pero tam­
bién a intentos periódicos de reforma masiva, desde arriba. Las mismas
características producen tanto el estancamiento como la renovación, y
cierran el paso a la evolución lenta pero constante. Eso remite a una
característica de la historia en la larga duración: Iván, Pedro, Alejan­
dro II, Lenin, Stalin, Jruschov, Gorbachov. Tales estructurás pueden, en
un momento dado, proporcionar al dirigente una capacidad para mar­
car su tiempo, que no se da en otras sociedades. Contra lo que se dice
muchas veces, la retirada soviética se explica fácilmente como un fe­
nómeno inscrito en la continuidad histórica. Esa potencia (derzhava)
era «supergrande» gracias a su extensión territorial, herencia de los za­
res, y a una ideología revolucionária que le había ganado simpatías y
entregas absolutas en el mundo entero. Luego, después de 1945, «la
idea fija de Estados Unidos, según la cual necesitaban un socio agresi­
vo para desempeñar el papel del dragón fiente a San Jorge» (Martin
Malia), contribuyó a mantener esa potencia. El derrumbe imprevisto-
previsto y merecido manifiesta que la URSS, más que una superderz-
hava, fue el milagro voluntarista de un puñado de revolucionarios: Le­
nin y sus compañeros.
Según Gueorgui Arbatov, la URSS ño era un país ni un imperio,
sino un sistema. Totalitario, fue radicalmente distinto de todo lo que
le precedió, y en Occidente y en Rusia la extraordinaria logomaquia de
su discurso hizo de él una «ideocracia», un ensayo tan fantástico como
surrealista de «utopía en el poder» (Heller y Nekrich). Martin Malia
(1994) subraya que «la paradoja suprema del experimento es que jamás
en la historia occidental semejante fracaso monumental ha sido a la
vez un éxito tan irresistible [...] Esa utopía era la propiedad ideológi­
ca común de la Edad Moderna y la experiencia fixe llevada a cabo no
sólo para Rusia, sino también para toda la humanidad». En ese senti­
do, es la «ilusión» de la cual habla François Furet, encuentro entre la
idea de progreso y nuestra tradición revolucionaria.
El guión de la decadencia siguió un esquema familiar a los histo­
riadores, con una pequeña guerra perdida en una frontera lejana, el le­
vantamiento progresivo de las colonias periféricas, el surgimiento
abierto de tensiones centrífugas, antes tranquilamente aplastadas; fi­
nalmente, surgió el salvador, que, al intentar rescatar el barco, precipi­
tó, con tantos movimientos, su hundimiento. La historia ya registró se­
mejantes naufragios y Rusia seguirá desempeñando un papel principal
en su zona, entre Alemania y Asia. Vale recordar la exclamación del
otomano Mohamed V, en el siglo xix: «¿Derrotar definitivamente a
Rusia? ¡Olvídenlo! Su mero cadáver nos aplastaría».

460
Los historiadores señalan que en tres ocasiones, a lo largo de los
dos últimos siglos, ha ocurrido un reacomodo mayor del sistema de
relaciones internacionales: en 1815, después de la derrota final de Na­
poleón; en 1919, cuando diversos tratados acabaron con los imperios
alemán, austro-húngaro y turco, y cuando el antiguo Imperio ruso
tuvo que renunciar a Finlandia, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania,
y en 1945, después del apocalipsis desatado por el Tercer Reich y su
aliado japonés. En los tres casos, una guerra mundial acabó con un sis­
tema mundial o casi mundial.
La desintegración de la URSS cierra el siglo xx, pero en este caso
la guerra no fue la partera polémica, aunque la carrera armamentista
haya tenido un efecto económico y la guerra de Afganistán un coste
psicológico que no se ha medido. Dirán que no se trata de un cambio
del orden mundial comparable a los que correspondieron al Congreso
de Viena, al Tratado de Versalles, a los tratados de 1945-1948, a la crea­
ción dé la O NU. ¿Quién sabe? Si no es tan decisivo el año 1991 como
lo fue 1815 o 1919, por lo menos corresponde a la liquidación del sub­
sistema que conformaba la mitad del orden mundial. Por tanto, nos
encontiamos a medio camino y lo bueno falta por venir; lo bueno o
lo malo.
En su bodega de analogías, el historiador tiene la tentación de evo­
car la situación de 1821 en América Latina, cuando, sin violencia, la
Nueva España se transformó en México, o cuando, en 1822, Brasil se
independizó de Portugal. En un mundo exterior que experimentaba
grandes cambios, un imperio fenecía de manera no sangrienta. Los rea­
listas, defensores del sistema imperial hasta la víspera, proclamaban la
independencia y asumían la dirección de los nuevos Estados. Así, en
1991 los comunistas abolían la URSS para proclamar la democracia y
el mercado. Así como los realistas pro España se transformaban de la
noche a la mañana en republicanos independentistas, así los comunis­
tas se han transformado en empresarios y demócratas nacionalistas.
Como este libro es de historia, cabe recordar que se debe evitar la
tentación de Pedro el Grande o de Lenin: «del pasado hagamos tábu-
la rasa». En 1917 los bolcheviques tiraron «al basurero de la historia»
todo el siglo xix ruso; hoy en día, los rusos conocen la tentación de
decir que entre 1917 y 1991 no pasó nada, no hay nada más que un
agujero negro.
El historiador tiene algo que decir: por más radical que sea una
ruptura, siempre existe lo que Pierre Renouvin, creador de la historia
de las relaciones internacionales, bautizó como «las fuerzas profundas»
que trabajan antes y después de cualquier seísmo. De hecho, el derrum­

461
be de «la fortaleza URSS», como un castillo de naipes, no es más que
la terminación de un largo proceso. «Del pasado hagamos tábula rasa»,
cantaba el himno La Internacional; no se pudo, no se puede. Quien
olvide el sistema imperial soviético, quien no lo tome en serio, fraca­
sará en su necesario intento de pasar a la economía de mercado: Re­
petirá el error del voluntarismo leninista al pretender modificar la eco­
nomía a decretazos.
Quien olvide el imperio en su historia comunista y en su prehisto­
ria zarista, fracasará en el indispensable intento de construir la demo­
cracia y con ella una verdadera Federación Rusa.
Cuando el 9 de mayo de 1995 Boris Yeltsin, primer presidente de
la Segunda República rusa, celebra con banderas rojas y tricolores el
cincuentenario de la victoria soviética de 1945, redescubre el camino
seguido por Francia después de 1815, después del derrumbe del impe­
rio revolucionario: la nueva Rusia heredará la gloria militar, la grande­
za del Imperio soviético. Por eso, el 7 de noviembre de 1996, Boris
Yeltsin, reelecto en julio, firmó un decreto en el cual precisaba que la
jomada del 7 de noviembre -día en que comenzó Octubre de 1917—
sería, de ahí en adelante, una fiesta de «entendimiento y reconcilia­
ción». Dicho decreto señaló que 1997 sería el año de lo mismo. «El
presidente puso fin así a la época de discordias y de cataclismos que
desgarraron el país de 1905 a 1993», comentó su portavoz.
Ninguna sociedad europea cambió tanto en el siglo XX, ningún
pueblo sufrió tanto. Quizás ésa sea la originalidad más clara de Rusia,
entre las otras potencias contemporáneas:

«La historia crece como un árbol y la razón, para ella, es un hacha


—escribía Solzhenitsyn en Agosto 14.0—; si prefieren, la historia es
un río, tiene sus leyes que rigen su curso, sus torbellinos, sus
corrientes. Pero algunos listos vienen a decir que es una laguna es­
tancada, que hay que trasvasarlo a otro lecho; mejor: que basta
con escoger bien el lugar donde cavar el canal. Pero el río corre y
no se puede interrumpir su marcha. Basta una pulgada de diferen­
cia, para que se acabe. ¡Y nos proponen una herida de 10.000 va­
ras! La continuidad de las generaciones, de las instituciones, de las
tradiciones, eso es lo que hace la corriente».

Pasternak había dicho lo mismo en E l doctor Zhivago:

«Nadie hace la historia, no se ve, no más que lo que se ve crecer


la hierba [...] Las revoluciones producen hombres de acción, faná­

462
ticos con anteojeras, que en unas horas, en unos días, derrumban
el orden antiguo de las cosas. Las revoluciones duran unas sema­
nas, unos pocos años; luego, durante decenas y cientos de años,
se adora como algo sagrado el espíritu de mediocridad que las sus­
citó».

Ahora resulta que aquel inmenso país que De Gaulle se obstinaba


en nombrar «Rusia» realizó la profecía del general francés: «Absorberá el
comunismo como el papel secante absorbe la tinta».
¿Qué ha sido de la herencia imperial soviética durante la Segunda
República rusa? Se necesitaría otro libro para contar esa historia. Ru­
sia fue lanzada, como las otras repúblicas federadas, a las aguas turbu­
lentas del cambio. En más de una ocasión se ha visto al borde del de­
sastre y las fuerzas del caos aún no han sido domadas. Los rusos, como
los ucranianos, los bielorrusos y tantos pueblos de la extinguida URSS
están aprendiendo a ser libres y el «síndrome del preso» es terrible.
Después de un largo cautiverio, el hombre liberado conoce una breve
euforia antes de sumirse en la angustia y de echar de menos la seguri­
dad carcelera.
Vivimos una gran sorpresa: la ruina de la URSS, el final del co­
munismo. ¿Por qué no nos tocaría vivir otra gran sorpresa? El obser­
vador de la Rusia contemporánea se siente como Alicia, del otro lado
del espejo, en el país de las maravillas, «v stranié chudes», como dicen
los rusos. Sin zarismo, sin sovietismo, ¿llegará el pueblo raso a las for­
mas parlamentarias de la Europa occidental? ¿O será de veras tan «ex­
cepcional» qué este camino le siga vetado o que no lo quiera tomar
nunca jamás?
Para bien o para mal, estancada o cambiante, Rusia tiene, con su
peso específico, un impacto internacional mayor. El porvenir es in­
cierto, las estructuras políticas y económicas que han llegado después
del comunismo son frágiles, pero lo que ha pasado es irreversible. Sin
ideología para sustituir el marxismo-leninismo, sin imperio, en un
mundo que ya no se interesa por ellos, los rasos, por primera vez en
mucho tiempo, se encuentran solos y libres.

«Hace cinco años que Rusia toma, día a día, una decisión difícil y
valiente. Esa decisión es una manera de interpelamos. Demasiadas
veces, nuestra única respuesta es la crítica negativa de una Rusia
que inventa su propia manera de ser libre, a pesar de la herencia
de la tiranía y las dificultades de la innovación total que es una sa­
lida del comunismo. Por más que ciertos rasos tengan la tentación

463
de repetir la frase de W. Weidlé: “la historia de Rusia no es un éxi­
to” no debemos desesperar de esta nueva Rusia.»1

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465
I I
Quinta parte
La Segunda República
1991-2005
Advertencia

Para los años 1991-2005', además de toda la literatura académica, utili­


zo mis cuadernos de bitácora, en los cuales apunté, cada día, lo que pasaba en
Rusia y en todas las repúblicas de la antigua Unión; empleo también la lectu­
ra obsesiva de la prensa rusa e internacional, y , más recientemente, el segui­
miento de los sitios rusos en Internet, que son mucho más independientes que la
prensa (con unas pocas, valientes y muy estimables excepciones). Ahora, cuan­
do escribo, catorce años después de la desintegración de la URSS, entiendo un
poco mejor la historia soviética que cuando escribía en 1996,, antes y después
de la reelección de Yeltsin. La entiendo mejor porque sólo cuando ha terminado
un capítulo de la historia podemos captar su sentido, o, mejor dicho, una buena
parte de su sentido, pero no todo, no enseguida. Puedo decir lo mismo para el
capítulo siguiente, el de la presidencia de Yeltsin, desde 1991 hasta el 31 de di­
ciembre de 1999. Si puedo ofrecer un primer saldo global de esos ocho años, dis­
to mucho de pretender hacer lo mismo para el primer mandato presidencial de
Vladímir Vladímirovich Putin y para los primeros dos años de su segundo pe­
riodo en el Kremlin. Esa historia es demasiado inmediata, está en marcha y no
me atrevería a decir que entiendo lo que está pasando, que conozco su sentido.
Bien lo dijo Hegel, la lechuza de M inerva alza su vuelo sólo al crepúsculo.

469
I

¡
¡

i
16
La presidencia de Boris Yeltsin
1991-1999

El «zar Boris», fallecido en abril de 2007, nos ha dejado tres tomos


de memorias, el último sólo en ruso, y ha sido tratado y maltratado
en un sinnúmero de publicaciones. El hombre era una fuerza de la na-
turalezá y gozó de la buena suerte que Maquiavelo habría deseado para
su Príncipe: nacido en los Urales en 1931, estuvo a punto de morir
ahogado en la pila bautismal, cuando un sacerdote borracho lo dejó
caer. Lá afición de Yeltsin por el alcohol es bien conocida, sin embar­
go, nunca se ahogó, si bien estuvo a punto varias veces. Astuto, im­
pulsivo, populachero, populista, voluble, versátil, rebelde, fuerte en la
adversidad, deprimido después de la victoria, fue más que un demo­
ledor, contra lo que muchos han escrito. Aliado de Gorbachov, lo in­
comoda por su rebeldía y eso le vale una destitución humillante en
1987; resucita en 1988 y en el Congreso es el «ariete» (palabra de An-
dréi Sajarov) del grupo interregional, de los demócratas que critican a
Gorbachov. Se vuelve su líder después de la muerte de Sajarov y enca­
beza el radicalismo ruso que quiere llevar la perestroika hasta sus ex­
tremos, justo cuando Gorbachov intenta frenarla.
En 1990, durante la «batalla por Rusia», aprende a escuchar y a tra­
bajar en equipo, sin perder nada de su ruda combatividad; en las elec­
ciones de marzo, su gente gana Moscú y Leningrado y ocupa el 35 por
ciento de los escaños en el Congreso de Rusia; llevan la misma bata­
lla al nivel de la URSS y algunos sondeos presentan a Yeltsin como el
hombre más popular. En mayo de 1990 el Soviet Supremo (Congreso)
de Rusia lo elige como su presidente y, bajo su impulso, vota, el 12 de
junio, por 907 votos contra 13 y 9 abstenciones, por la soberanía de Ru­
sia. Luego, Yeltsin da un golpe espectacular, al salir del XXVIII Con­
greso del PCUS acompañado por 56 diputados de su Demrossiya (Ru­
sia Democrática). Ahora, su radicalismo a favor de la perestroika y su
combate contra Gorbachov son abiertamente anticomunistas y Gorba-

471
chov tiene razón cuando denuncia que ese hombre quiere «destruir la
URSS, alejando a Rusia del socialismo». El duelo entre los dos dura
hasta agosto de 1991, hasta el golpe comunista fracasado que hunde a
Gorbachov. Cada crisis es aprovechada por Yeltsin, que gana el 12 de
junio de 1991 la presidencia de Rusia, con el 57 por ciento de los vo­
tos; el presidente es jefe del Estado y también del ejecutivo; los alcal­
des de Moscú y de San Petersburgo (ciudad que recupera su antiguo
nombre después de un referéndum) son suyos, y, simbólicamente, to­
das las ciudades de Rusia abandonan sus nombres soviéticos: Gorki es
ahora Nizhni-Nóvgorod, Kalinin es Tver, Sverdlovsk es Ekaterimburgo
y Kuibishev, Samara. Ordjonikidze se llama otra vez Vladikavkaz y las
calles de Moscú conocen el mismo cambio. ¿Minucias? ¡De ninguna
manera! Gorbachov tiene razón: eso anuncia el final de la URSS.
El putsch fracasado de tres días es el momento de gloria de Yeltsin,
y su foto, encaramado a un tanque, para arengar al pueblo, da la vuel­
ta al mundo. Su popularidad en Rusia y en la URSS alcanza el cénit
y su Llamamiento a los ciudadanos de Rusia pasa a la historia. Un nuevo
capítulo empieza para Rusia, y para todos los países, de lo que no tar­
da en ser la antigua Unión Soviética.

«Hay algo que el pueblo ruso no quiere en absoluto, menos que


cualquier otro pueblo en el mundo: la rebelión y el knut [látigo]
que la castiga. Probó demasiado de ambos y, aunque parezca ex­
traño, conserva de ellos una memoria histórica. Entiende perfecta­
mente cuán insensata es la rebelión y es inútil cantarle las delicias
1 del knut [...] Lo que cuenta ahora en el alma rusa es que la vio­
lencia es tabú. ¡Muchas gracias, señores bolcheviques! [...] Después
de setenta y cuatro años de colectivismo, igualitarismo, patriotis­
mo [...] nuestro arquetipo nacional se ha vuelto el pequeñobur-
gués hambriento [...] sin fortuna, ni práctica del mercado o del
trabajo bien hecho, es cierto; pero aspira a la paz, a la evolución,
no a la revolución.»1

Boris Yeltsin sueña con una Rusia «normal», democrática, próspe­


ramente capitalista, amiga de Europa y de Estados Unidos, y se lanza
a esa batalla con una impaciencia típicamente bolchevique. No es sólo
un demoledor, el destructor de la URSS, como lo pintan muchos auto­
res; es un constructor —que viene del gremio de la construcción, por

1. Leonid Radzizhovskii, «Boris Yeltsin como espejo de la evolución rasa», Ogo-


niok, núm. 24-26, 13 de junio-4 de julio, 1992. (N. del A.)

472
cierto—que no ha tomado la medida del caos que amenaza, de la pro­
fundidad de la crisis heredada del sovietismo. Si se emplea la metáfo­
ra de un gran río ruso crecido, puede decirse que Yeltsin intenta cana­
lizar el torrente, recuperar materiales abandonados en las riberas para
reconstruir y construir. El hombre es moderado, pero la Historia no lo
es tanto. Todo está por hacerse en la política, en la economía, en la so­
ciedad. Yeltsin da la prioridad a la Rusia interior y limita su política ex­
terior a la causa de la paz y a la defensa de los intereses económicos
del país: a conseguir el apoyo del rico Occidente.
Un Occidente que ve a Rusia con severidad, sin indulgencia; de
toda la indulgencia que tenía para su querido y admirado Gorbachov,
no queda nada para ese «borracho siberiano, ese campesino malcria­
do», nada para su pueblo. No tiene en cuenta el peso terrible del pa­
sado soviético y denuncia desde el primer día la barbarie y la incapa­
cidad rusa: el servilismo, la corrupción, la mafia. Algunos observadores
echan de menos el «socialismo», otros denuncian la omnipresencia de
los comunistas en todos los sectores dirigentes; ciertamente, las anti­
guas elites se mantienen en el poder para formar con las nuevas los
«nuevos¡rusos», pero no es posible negar unos cambios fundamenta­
les. Si bien al nuevo orden ruso se le puede llamar «capitalismo de
Nomenklatura», lo importante es que se trata de una sociedad de No­
menklatura con mercado, propiedad privada, libertad de expresión.
Eso sí que es un cambio revolucionario.
Un buen conocedor de la URSS me decía en Moscú, en junio de
1995: «De hecho, casi no hay Estado ruso. Decir que Yeltsin es presi­
dente de un Estado que gobierna efectivamente su territorio no es cier­
to. Hay una administración, hay un rublo, hay un sistema ferroviario,
una red aérea para todo el país, hay pasaportes -soviéticos todavía para
muchos—pero no hay lo que se llama un Estado bien asentado. Ade­
más, es un cajón de sastre que mezcla elementos soviéticos con un ca­
pitalismo salvaje, más salvaje que el de los robber barons de Estados
Unidos». Juicio duro, algo injusto, pero que corresponde a la realidad.
¿Gomo hubiera podido ser de otra manera? ¿Lograr de un día para
otro la metamorfosis? Eso quisieron Yeltsin y sus jóvenes asesores, sin
tener en cuenta el largo, larguísimo derrumbe de la producción, ante­
rior y posterior a 1991; la disminución demasiado real de la fuerza ma­
terial de Rusia, y, para empezar, la caída de su vitalidad demográfica,
que suponía una amenaza a corto y largo plazo.
Para bien o para mal, Rusia vive entre 1991 y 2000 una metamor­
fosis espectacular, incompleta, frustrante para los que la sufren sin re­
cibir los beneficios que otros gozan. Todo está por hacerse, hay que

473
crear instituciones, un derecho, nuevas reglas cuando los «usos y cos­
tumbres», las mentalidades, se resisten al cambio. La apertura al mundo
exterior y la irrupción de vientos foráneos engendran angustia, miedo y
reacciones defensivas; el derrumbe de la gran potencia soviética lo su­
fren los rusos en came propia, mientras que los bálticos, ucranianos,
georgianos y otros tienen, por lo menos, la satisfacción ide una inde­
pendencia muy preciada. Los rusos han perdido la brújula del destino
imperial y sufren la humillación de la grandeza perdida.
Esa grandeza tenía una base militar: las reformas económicas, el
lanzamiento brutal y sin freno a la economía de mercado necesita una
reconversión del Complejo Militar Industrial (CMI) para la produc­
ción civil. Ese fenómeno, desconocido en Europa del Este, en las an­
tiguas «democracias populares», explica la profundidad de la depresión
económica de los años noventa en Rusia y la profundidad paralela de
las decepciones de muchos ciudadanos: piensan que así como la pe­
restroika fue un vil engaño, el Gobierno de Yeltsin, con sus reformas,
es otro engaño. Así es como rápidamente las palabras «demócrata» y
«reformador» se transforman en insultos.
Para realizar su sueño de una Rusia «normal», Yeltsin pasa tres ve­
ces a la ofensiva, entre septiembre de 1991 y octubre de 1994, en
1995-1996, y en 1997-1998; las tres veces se topa con resistencias tan
fuertes que tiene que replegarse, antes de entregar su despacho, a fi­
nales de 1999, a un hombre joven prácticamente desconocido: Vladi­
mir Putin.
Su meta principal, reformar Rusia, debe ceder el paso, las tres
veces, a un objetivo mucho más limitado y exclusivamente defensi­
vo: impedir el regreso al poder de los partidarios del antiguo régimen.
Eso se logra y, después de 1999, el mero cambio generacional archiva
la amenaza. Para «el zar Boris» —y para Mijaíl Gorbachov- el diag­
nóstico de Alexis de Tocqueville, emitido en 1856, es tristemente vá­
lido: «Sólo un genio puede salvar al príncipe que pretende aliviar a
sus súbditos después de una larga opresión. El mal que se sufría con
paciencia por ser inevitable parece insoportable tan pronto como sur­
ge la idea de sustraerse a él». Bien lo escribe Georges Sokolov: «Por
primera vez en toda su historia, los rusos viven en libertad. Les toca
a ellos, de aquí en adelante, saber cuidarla» (Metamorphose de la Rus-
sie, 2003).

474
La ofensiva a ultranza (hasta 1994)
Rusia

Al acercarse el primer aniversario del golpe fracasado de agosto de


1991, crecía el temor en Moscú. Yeltsin dijo: «No pasará nada», se fue
de vacaciones y regresó para festejar el primer aniversario de la demo­
cracia rusa.
La revolución democrática se prolongó de agosto a diciembre: en
unos meses, Yeltsin desmanteló el híbrido formado por el Partido Co­
munista y la URSS. Rusia se liberó de manera inesperada del fardo im­
perial zarista y soviético; fue Rusia quien empezó a liquidar el impe­
rio y dio su independencia a las 14 repúblicas. De no haber dado este
paso, hubiera sido imposible pensar en la democracia.
El nacionalchovinismo «rojipardo», como lo bautizó Yeltsin, arras­
traba todavía a muchos partidarios, pero Yeltsin no tenía ambiciones
imperiales. Lo manifestó al negociar el desarme nuclear y resistir a las
presiones del Ejército, tanto en el asunto de los países bálticos, como
en el avispero de Transnistria, en Moldavia, o en los problemas con
Ucrania (la flota del mar Negro) y Georgia (Abjasia).
El problema más serio estaba dentro. Los demócratas ganaron sin
combate y recibieron la victoria como una divina sorpresa. Por lo tan­
to, no destruyeron al adversario a lo largo de una lucha devastadora.
El PCUS se desmoronó solo, en unas horas; la revolución se hizo de
un plumazo.
Fue democrática, sin violencia, sin caza de brujas. La democracia
rusa fue generosa. Los golpistas estaban mejor tratados en la cárcel que
el narco colombiano Pablo Escobar. Daban conferencias de prensa, en­
trevistas televisivas, publicaban sus libros, declaraban que nadie tenía
derecho a juzgarlos. El viejo aparato administrativo siguió casi intacto
así como sus dueños, la Nomenklatura y el grupo militar e industrial.
Los demócratas estaban en la situación del presidente mexicano. Ma­
dero en 1911-1912, y sus adversarios confundieron su generosidad con
debilidad.
En su quinta sesión (octubre de 1991), en la sexta (primavera de
1992) y en la séptima, el Congreso de los Diputados de Rusia y su pre­
sidente Jasbulátov, mal elegidos antes del golpe, bloquearon las refor­
mas económicas y políticas, cerraron el paso a la elaboración de una
nueva Constitución y frenaron la reforma agraria. Finalmente, ataca­
ron a la nueva prensa libre. El resultado fue que el Estado ruso no exis­
tía, mejor dicho, no tenía Constitución, ni Gobierno, ni Administra­
ción que sucediese al antiguo sistema Estado-Partido Comunista. Lo

475
I
I
'1 :

¡ único que tenía era al presidente Boris Yeltsin, y un sondeo señaló, en


i julio de 1992, que más de la mitad de la gente pensaba que éste no con-
| trolaba la situación.
El error de los demócratas fue no haber disuelto ese Soviet inme­
diatamente, en agosto de 1991, para convocar nuevas elecciones a un
Congreso Constituyente. Así, Yeltsin tuvo que esperar seis meses antes
de lanzar una reforma económica incompleta, después de seis años de
caos. Eso significó un salto pavoroso a lo desconocido, en forma
¡j de liquidación del desastre heredado.
!| Los tiempos eran difíciles. Dijo Yeltsin: «Este año es muy duro
para el pueblo, especialmente para los que ganan poco, los ancianos,
los jubilados, los asalariados de lá educación, la salud, la defensa». Los
I demócratas ofrecían como solución el mercado y la democracia, pero
| les faltaba un Estado y tenían en su contra al Congreso, heredado del
|í antiguo régimen. Como tenían (teóricamente) el poder, el presidente y
í sus hombres cargaron con la responsabilidad de todos los males.
| Sus adversarios eran los vencidos, los nostálgicos del imperio, los
I huérfanos del Partido. Muchos soñaban con una Rusia desaparecida
hacía cien años. Su remedio era la dictadura, la religión y la comuna
i! rural. Odiaban a «Occidente», denunciaban el «complot judéo-masó-
! nico», se consideraban los únicos «patriotas». El 4 de agosto, Pravda re-
| prochó a Yeltsin haber aceptado la condecoración de comendador de
la Orden de Malta porque: «Es una organización bien conocida por su
j afiliación a la masonería». ¡Hubiera dicho al Vaticano!
Lo asombroso eran el estoicismo y la paciencia del pueblo ruso;
reinaba una calma social impresionante. La «extraña revolución» había
abierto caminos desconocidos que daban miedo. Se encontraba en una
jí encrucijada tremenda: el peligro estaba a la derecha, tanto como a la
j| izquierda, delante tanto como detrás.

¡
La Comunidad de Estados Independientes

Por lo pronto, Rusia no ardió, pero ardió la casa común de los Es­
tados que vivían entre los escombros del imperio. Cada día uno abría
el periódico con el temor de enterarse de que había empezado una
nueva guerra y exclamaba: «¡Bendito sea Dios!». Seguía la guerra entre
Armenia y Azerbaiyán, seguía la guerra en Afganistán, seguía la guerra
entre Georgia y Abjasia, seguía la guerra en Yugoslavia, desde luego; se
suspendió la guerra en Moldavia y seguía la guerra en Tayikistán, pero
no había guerra con Ucrania, no había guerra en los tres países bálti-

476
eos, y en Rusia se había controlado el enfrentamiento entre ingusetas
y osetas.
Cinco guerras en serio en el territorio de la antigua URSS, más
otras dos guerras en serio, la guerra civil afgana en las fronteras de Ta­
yikistán, con peligro de contagio para Uzbekistán, y la matanza en la
ex Yugoslavia. La guerra tayika amenazaba con convertir toda Asia cen­
tral en un polvorín cuya explosión tendría consecuencias incalculables.
En cuanto a la guerra en Georgia, ya estaba afectando directamente a
Rusia en la vertiente norteña del Cáucaso, ya que la docena de pue­
blos montañeses, muchas veces musulmanes, habían volado a defen­
der a sus hermanos abjasios, atacados por la Guardia Nacional de
Georgia. Esos montañeses viven dentro de las fronteras de Rusia y su
intervención a favor de Abjasia, victoriosa entonces, además de llevar
a Georgia y a Rusia al enfrentamiento directo bien podría exacerbar el
problema nacional y étnico dentro de Rusia.
Rusia era de hecho una Federación, pero seguía esperando una
Constitución. Paralizada por el conflicto entre su presidente y el Con­
greso, la república se instaló en el vacío institucional. Eso era una seria
desventaja en el preciso momento en que el incendio, hasta ahora con­
tenido fuera de las fronteras, tocaba peligrosamente las casas de made­
ra del Cáucaso. Era el momento de recordar la profecía del general De
Gaulle, que había exclamado hacía treinta años: «El drama de la URSS
es que tiene su Argelia dentro». El presidente francés estaba precisa­
mente reconociendo la independencia de Argelia, después de una terri­
ble guerra (1954-1962). La URSS no tenía una Argelia, como Francia,
sino más de una docena. Rusia aprovechó acertadamente la tentativa
golpista de 1991 para dar su independencia a 14 repúblicas. Pero Rusia
seguía con una docena de pequeñas Argelias dentro de su territorio.
Los problemas internos de Georgia —federación de muchos pue­
blos entre los cuales los osetas y los abjasios no aceptaban la hegemo­
nía del grupo georgiano mayoritario— se habían desbordado ya, por
desgracia, sobre la Federación Rusa. El 7 de octubre de 1992, el líder
parlamentario de Abjasia llamó a su gente, apoyada por los «monta­
ñeses» de Rusia, a mantener la «guerra santa» (yihad) contra Georgia.
Usó la palabra «mantener» porque de hecho los montañeses ya habían
entrado en combate y habían dado a los abjasios sus primeras victorias.
Se prendió así un nuevo foco de agitación en el Cáucaso. En 1991,
el general Dudáyev había tomado el poder en la República Autónoma
de Chechenia y proclamado su soberanía. Moscú no pudo hacer nada
para meter en cintura a este militar que entró inmediatamente en con­
flicto con Georgia. Dudáyev estimuló a la movilización de los trece

477
pueblos montañeses unidos en una confederación no reconocida por
Moscú. Afloraron entonces todos los viejos odios, descritos en Los co­
sacos, de Tolstói, y en el soberbio Cautivo del Cáucaso, de Pushkin, o en
E l correo del zar, de Julio Veme, un libro prohibido en los imperios za­
rista y soviético... Esos clanes indomables, musulmanes en su mayoría,
odiaban a los rusos, especialmente desde que, a finales de la segunda
guerra mundial, Stalin los deportó masivamente a Oriente, lejos de sus
cordilleras.
Chechenos, kabardinos, cherkeses, adigueses, balkares, ingusetas,
osetas, y otros pueblos de nombres «impronunciables», todos valientes,
simpáticos e insoportables, como sus enemigos de hoy, los georgianos.
Los cuatro primeros pertenecen a la misma familia étnica que los ab-
jasios, los cuales viven también en Turquía. Cuando en agosto de 1992
las tropas georgianas empezaron a castigar brutalmente la rebelión
de la minoría abjasia, los montañeses del Cáucaso septentrional se mo­
vilizaron política y militarmente. Su intervención fue decisiva en la
derrota sufrida por los georgianos.
El alto el fuego concertado a principios de septiembre en Moscú
no fue respetado. Georgia acusó a Rusia de intervenir en sus asuntos
intemos y no se pudo descartar lo peor. Ya una vez, entre 1914 y 1921,
una guerra, sangrienta había sumergido en una oleada de sangre a to­
dos los pueblos caucásicos y transcaucásicos, así como á los ejércitos
rusos y turcos, sin contar con las intervenciones de Alemania e Ingla­
terra.

¿Arde Rusia?

En octubre de 1992, la sangre corrió por primera vez en el terri­


torio de la Federación al enfrentarse, en Osetia septentrional, osetas e
ingusetas. Al norte del Transcáucaso, devastado por las guerras (Azer-
baiyán, Armenia, Georgia), el mosaico caucásico parecía demostrar la
validez de la vieja teoría del dominó, esto es, de la reacción en cade­
na. Después del golpe fallido de agosto de 1991, pueblos, naciones y
etnias empezaron a moverse, a inquietarse y a enfrentarse.
Esa región montañosa aloja a decenas de grupos de lenguas y orí­
genes diferentes; algunos tienen una presencia milenaria, otros llega­
ron en el siglo XVII, pero los movimientos de población siguieron has­
ta el final de la gran guerra del Cáucaso (1865) y se reanudaron con
las deportaciones ordenadas por Stalin en 1944. Ese mosaico musul­
mán y cristiano resistió con tenacidad a la colonización rusa del siglo

478
pasado. Los setenta años de dominio soviético significaron nuevos su­
frimientos y nuevas complicaciones. Lo que ahora ocurre y lo que se­
guirá ocurriendo, por desgracia durante años, se debe a la herencia so­
viética en forma de bomba de tiempo. La tristemente famosa «política
de las nacionalidades» creó, dentro de Rusia, repúblicas, regiones y
territorios autónomos, cuyas fronteras son, todas ellas, conflictivas. En­
tre 1918 y 1958 hubo muchos cambios de Estados y de límites. Así,
en 1944, cuando Stalin acusó a los ingusetas y a los chechenos de co­
laboración con el invasor alemán, la república de Ingusetia-Chechenia
desapareció y los pueblos fueron deportados (no sin una tenaz resis­
tencia guerrillera). Parte de su territorio, que pertenecía a los ingusetas,
fue atribuida a la República de Osetia del Norte. Por cierto, Stalin
había dividido maliciosamente la nación oseta (400.000 habitantes),
cristiana y montañesa, en dos repúblicas autónomas, la del norte, atri­
buida a Rusia, y la del sur, atribuida a Georgia.
A finales de 1992, Osetia del Norte (capital Vladikavkaz) tenía pro­
blemas con Georgia: los osetas del sur vivían una tregua precaria des­
pués de sufrir más de un año de guerra con Georgia, desde que habían
pedido su unión con Osetia del Norte y su incorporación a Rusia; te­
nían problemas con los vecinos ingusetas musulmanes (250.000) por la
cuestión fronteriza. A finales de 1991, la República de Chechenia
(1,3 millones de habitantes, de los cuales 300.000 eran rusos) procla­
mó su independencia y se separó de los primos ingusetas, que afirma­
ron su soberanía, pero aún dentro de la Federación Rusa...
Los osetas aprovecharon (parece, no es fácil desentrañar las «infor­
maciones», como lo comprobó el liberal radical Yegor Yákovlev, diri­
gente de la televisión rusa, despedido por Yeltsin por «falsas informa­
ciones» sobre este conflicto) la situación para empezar la «limpieza
étnica», al estilo yugoslavo, de su territorio.
El pretexto fue la reivindicación inguseta sobre el distrito de Pri-
gorod, cerca de la capital oseta, regalado en 1944 por Stalin a su pe­
queña patria oseta. Los choques empezaron el 30 de octubre de 1992,
causando 250 muertos. En unos pocos días, 35.000 de los 80.000 in­
gusetas de Osetia tuvieron que refugiarse en las repúblicas vecinas. El
general oseta Gueorgui Kantemirov, secretario de Gobernación, afirmó
que los ingusetas debían salir «de una vez y para siempre».
Parece que Moscú, al principio, tuvo una reacción en forma de re­
flejo condicionado, de solidaridad con los «cristianos» osetas. Después
recapacitó, desmintió la primera versión según la cual los ingusetas ha­
bían sido los agresores, proclamó el estado de emergencia y mandó el
Ejército ruso para poner fin a la cacería humana. No le convenía una

479
«segunda guerra del Cáucaso»; la situación era demasiado complicada
con la guerra de Abjasia y los conflictos político-étnicos de Tartaristán
y Baskiria (para no hablar del papel del Ejército ruso en la guerra civil
de Tayikistán). Además, la crisis hacía rebotar el conflicto con el ge­
neral-presidente de Chechenia, Dzhojar Dudáyev.
Dudáyev denunció la «intervención militar rusa», afirmó que los
distritos ingusetas ocupados pertenecían a Chechenia y llamó a la
guerra santa contra el «colonialista» ruso. Negociaciones ulteriores evi­
taron un enfrentamiento armado, pero todas las crisis amenazaban con
fusionarse: Dudáyev no quería pertenecer a la Federación Rusa y apo­
yaba a los osetas y a los abjasios contra Georgia, y a la confederación
de pueblos del Cáucaso. Los ingusetas musulmanes no querían saber
nada de él, pero acusaban a Rusia de pagar muy mal su lealtad hacia
la Federación.
Todo esto provocó una crisis en el Gobierno de Yeltsin, quien cesó
al director de la televisión, a la socióloga Galina Starovóitova, asesora
para la cuestión nacional (que denunció el apoyo inicial del Ejército
ruso a los osetas) y, por fin, a Jorge Jizha, viceprimer ministro, encar­
gado de negociar los problemas étnicos. Al nuevo responsable, Serguéi
Shajrai, un joven reformista aborrecido por los conservadores, le tocó
desatar el nudo gordiano.

Cómo reorganizar Rusia

Con ese título, Alexandr Solzhenitsyn presentó en julio de 1990


unas proposiciones que fueron ampliamente difundidas en la Unión
Soviética, pero en absoluto en un Occidente que lo catalogó como un
«chovinista “granruso”, un fanático partidario de la monarquía, un cris­
tiano xenófobo y antisemita». De sus 16 páginas, muy densas (edición
de Komsomolskaya Pravda), dedica las cuatro primeras al problema del
imperio y de las nacionalidades, y lo hace en términos muy parecidos
a los usados por Sajarov en 1989. Sobre este asunto, por lo menos, no
había oposición entre los dos hombres.
Empieza por decir que Rusia no es la URSS, esa «mentira impe­
rial de la amistad socialista de los pueblos». Para él, la URSS es la cruel
realidad de la opresión de las naciones por el poder soviético. Profe­
tiza: «Así es, por lo tanto, como veo las cosas: [...] las tres repúblicas
bálticas, las tres repúblicas del Cáucaso, las cuatro repúblicas del Asia
central, y Moldavia. [...] serán independientes de forma absoluta e irre­
sistible». «Nuestro problema», dice él, es Rusia, la vieja «Rus» que unía

480
a todos los rusos (pequeño rusiano, gran rusiano, bielorrusiano), que
empezó a llamarse Rusia en el siglo xvill y cuyo verdadero nombre de­
bería ser «Unión Rusa».
En cuanto a la «Gran Rusia», exclama Solzhenitsyn:

«¿Para qué necesitamos esta aleación abigarrada? ¿Para que los ru­
sos pierdan su identidad irrepetible? [...] Con la independencia de
esas doce repúblicas que puede parecer un sacrificio, Rusia, por el
contrario, se liberará para su valioso desarrollo intemo, y por fin
prestará atención a sí misma. [...] ¿Acaso Rusia se empobreció tras
la independencia de Polonia y de Finlandia? [...] La periferia se
está realmente desprendiendo. No debemos esperar a que nos lle­
guen a la desbandada millones de refugiados de esas regiones. [...]
Cabe entender que después de todo aquello que no hizo sentir
merecidamente orgullosos, nuestro pueblo sufrió la catástrofe es­
piritual de 1917 (o más ampliamente: de 1915 a 1932)».

Luego habla de Ucrania y Bielorrusia, recordando que él es casi en


un 50 por ciento ucraniano y que ama profundamente también al pue­
blo bielorruso.

«Creo en la Unión rusiana. [...] Todos provenimos de la preciosa


ciudad de Kiev, [...] de donde nos llegó el cristianismo. [...] Sí, es
doloroso y vergonzoso recordar los decretos de los tiempos de Ale­
jandro II (1863, 1876) sobre la prohibición de la lengua ucraniana
[...] Naturalmente, si el pueblo ucraniano desease realmente inde­
pendizarse, nadie debería retenerlo por la fuerza [...] ¡Hermanos,
hay que evitar esta cruel división, porque se trata de una ofusca­
ción de los años del comunismo! Hemos sufrido juntos la época
soviética, estamos sumidos en el mismo foso, y juntos saldremos
de él. Hay que abrir el camino a las culturas ucraniana y bielorru­
sa no sólo en el territorio de Ucrania y Bielorrusia, sino también
en el de la Gran Rusia. La rusificación no debe ser forzada.»51·

Así habla el «chovinista»... antes de dedicarles un capítulo a los pe­


queños pueblos y demás grupos étnicos. Pide el respeto para todos y
cada uno, hasta para el más pequeño. La independencia de las quince

' * Las citas de Cómo reorganizar Rusia, de Solzhenitsyn, han sido tomadas de la
traducción española publicada por Tusquets Editores, col. Ensayo 14, Barcelona, 1992,
págs. 17-18 y, con modificaciones, 21-23, 25, 26 y 29. (N. delE.)

481
repúblicas no resolverá el problema de los tártaros, baskires, udmurtos,
komis, chuvasios, mordovos, yakutos, etcétera. Todos merecen respeto
y justicia, empezando por los pueblos deportados: los tártaros de Cri­
mea deben tener el derecho a regresar enseguida a Crimea (sin que por
eso Crimea se transforme en «reserva india»). Concluye que todos y
cada uno han sido creados por Dios y cita a Vladímir Solóviov: «Amad
a todos los demás pueblos como a vosotros mismos». Es el único cri­
terio.
Inteligencia, sabiduría, amor, no hay otro recurso para arreglar la
herencia maldita de las fronteras y, dentro de las fronteras, respetar
la «piel de leopardo», el mosaico étnico. De no ser así, para 20 millo­
nes de rusos y otros tantos no rusos será la tragedia del éxodo. Si no
se quiere lanzar sobre los caminos a 50 millones de refugiados, hay que
garantizar el derecho de las minorías. La independencia de Georgia no
debe ser una tragedia para osetas y abjasios, la de Moldavia no debe
ser la catástrofe para gagauces y rusos de Transnistria, etcétera. El triun­
fo egoísta de los «intereses» sería mortal.
Se debe empezar con el reconocimiento de todas las independen­
cias para negociar, después de ese preámbulo indispensable, un espa­
cio económico común y una seguridad militar continental. Se puede
imaginar una cooperación estrecha entre las tres repúblicas eslavas: Ru­
sia, Ucrania y Bielorrusia, y acuerdos con las demás.

La economía

Tuve la suerte de poder leer el Courrierfinancier de Moscou, un aná­


lisis realizado por Michel Ungemuth, que, antes de Moscú, había tra­
bajado en los servicios financieros de la embajada de Francia en Méxi­
co. Los análisis de ese brillante economista son extraordinarios. Uno
puede seguir paso a paso la historia de esos años. Cuando Yeltsin se
decide por la «terapia de choque a la polaca» que le ofrece su joven
ministro (35 años) Yegor Gaidar, la economía, en declive desde 1960
—si es que se puede hablar de economía en el sentido occidental de la
palabra, Pierre Giraud piensa que no—, se encuentra en una caída en
picado, al borde del colapso. Ungemuth le explica a París que Rusia
no es Polonia, por su gigantismo, por la duración del sistema soviético,
por la debilidad del sector de la industria civil de transformación, por
la colectivización de la agricultura que, desde 1930, había acabado
con la existencia de un campesinado independiente, por la ausencia
de un verdadero sistema monetario, bancario, comercial etcétera. Todo

482
conspira para que la «transición» amenace con ser permanente, inter­
minable, dolorosa, sin luz al final del túnel.
En enero de 1992 se da «el gran salto hacia delante», con la libe­
ración frutal de los precios; un monetarismo no menos violento, para
lograr la estabilización financiera; un programa de privatizaciones que
consiste en acabar lo más pronto posible, aunque la ganancia sea nula,
y, finalmente, la liberalización del comercio exterior. Es como decirle
al paralítico: levántate, toma tu camilla y anda.
La otra cara de la moneda es que un Estado pobre deja de sub­
vencionar todo lo que es social y tarda meses en pagar sueldos y pen­
siones. El último año de Gorbachov había anunciado ese problema: en
doce meses de inflación galopante, los ingresos se habían multiplica­
do por 8 y los precios por 13,5. A partir de enero de 1992 las cosas no
mejoran en absoluto y, si bien la población, noqueada por la situación,
no reacciona de manera colectiva, el Congreso, el mismo que había
adoptado unas semanas antes el programa de Gaidar, se vuelve contra
el Gobierno y contra el presidente durante la sesión del mes de abril.
Curiosamente, adopta en junio el programa de privatizaciones y acep­
ta que Gaidar sea primer ministro... En diciembre, el Congreso ataca
de nuevo y consigue la cabeza de Gaidar: Viktor Chernomyrdin lo sus­
tituye y desempeña durante años esa función.
Antes de que termine el año, la reforma se encuentra bien frena­
da. La mejor prueba es el nombramiento como director del Banco
Central de Víktor Guerashenko, el antiguo presidente del Banco de Es­
tado (Gossbank) de la URSS. Arregla los problemas financieros a la so­
viética, multiplicando la masa monetaria: derrumbe del rublo, despe­
gue de los precios, mientras que las empresas se quedan atrasadas entre
el postsovietismo y el precapitalismo.
El descontento, el sufrimiento popular que no amenaza al Estado,
encuentra un portavoz en el Congreso que, de reformista, se transfor­
ma en conservador. El Partido Comunista resucita, bajo la dirección de
Guennadi Ziuganov, quien coquetea con la Iglesia ortodoxa: cierta iz­
quierda forma coalición con una extrema derecha violenta, antisemita,
neonazi (el ex general Albert Makashov, Víktor Ampilov; el escritor ta­
lentoso Eduard Limónov predica las virtudes revolucionarias del na­
cional-bolchevismo).
El pueblo refunfuña, pero no se mueve. El milagro es que en tal
situación Rusia no se hunda en una guerra civil, o en guerras entre las
repúblicas de la Federación, como en Yugoslavia. No hay desastres ma­
yores porque el pueblo no sigue al Congreso, ni a los candidatos, a la
violencia. Aun así, a principios de 1993, la mitad de los rusos aceptan

483
las reformas, mientras que el 20 por ciento está en contra y el 20 por
ciento no sabe qué pensar. Y eso que en 1992 sufren una hiperinfla-
ción (2318 por ciento) mientras que la producción sigue en la caída en
picado de la perestroika: menos el 17 por ciento en 1991, menos el 19
por ciento en 1992, menos el 16 por ciento en 1993, menos el 17 por
ciento en 1994. El sector industrial sufre un desplome todavía peor:
menos el 25 por ciento de promedio anual. Muchas empresas cierran,
el desempleo crece. Lo único que salva a los rusos del desastre total es
que la vivienda y los transportes siguen siendo casi gratuitos y que la
gente había aprendido en la era soviética el arte de sobrevivir, de ha­
cer cola, de encontrar alimentos y medicinas. Eso sí, las privatizacio­
nes a toda prisa suscitan el coraje de los ciudadanos, que se deshacen
inmediatamente de sus vouchers: en lugar de la utopía de un «capita­
lismo popular» surge la realidad de un capitalismo salvaje y depreda­
dor en manos de los antiguos «barones rojos» y de unos jóvenes tibu­
rones que no tardan en recibir el nombre de «oligarcas». Se produce
una fusión entre la vieja Nomenklatura soviética, que se vuelve tran­
quilamente capitalista, y ese pequeño grupo emergente. Los reformis­
tas reconocen el hecho pero lo consideran como inevitable para lograr
la entrada a una verdadera economía de mercado.

Rusia: crónica de unos acontecimientos muy ordinarios

Los observadores y los periodistas extranjeros son demasiado pesi­


mistas, pero no cabe duda de que a Yeltsin y a Rusia les va mal. Hubo
una época en que se temía que el desconocido Yeltsin fuera a manifes­
tarse como un tirano, como un dictador de mano de hierro; ahora to­
dos lamentan o denuncian su impotencia y su indecisión. Nadie obe­
dece, las regiones hacen lo que quieren, San Petersburgo no hace caso
a Moscú, y Siberia mucho menos; las grandes empresas industriales tra­
bajan - o no trabajan- como antes; al director del Banco Central no le
preocupa la política económica de su Gobierno y alienta la hiperinfla-
ción; la mafia y los padrinos locales saquean el país; en 1992 se «ex­
travían» 2000 millones de dólares en la Secretaría del Comercio Exte­
rior... Yeltsin grita, patalea, firma decretos y nadie le hace caso.
Europa se asusta y Estados Unidos se preocupa como si, frente
a la perspectiva del caos, de la balcanización eventual de Rusia, año­
rase la dictadura y el Imperio soviético. Esa preocupación les confirma
en su mala voluntad de siempre hacia Yeltsin. En el fondo, nunca le
perdonaron la caída de Gorbachov y la desaparición de la URSS. Ilus-

484
tran perfectamente el dicho popular «Más vale malo conocido que
bueno por conocer». En febrero de 1993, Richard Armitage, coordina­
dor de la asistencia estadounidense a las ex repúblicas soviéticas, duda
públicamente de que Yeltsin pueda concluir su mandato presidencial
y afirma: «Carece de una “gran visión” y de habilidad para trabajar con
el Congreso. Creo que está a punto de dejar de ser útil para Rusia y
que alguien va a entrar en escena». Añade, sin embargo, que Yeltsin
podría durar ya que sus rivales se complacen en dejarle empuñar «el
arpón de las decisiones difíciles».
Por otra parte, en los mismos días, Mijaíl Poltoranin, colaborador
de Yeltsin, odiado por el Congreso, que no le perdona su radicalismo, de­
nuncia que el Congreso ha reducido al presidente ruso a una figura
decorativa similar a la reina de Inglaterra. «Si el poder ejecutivo no es
fortalecido, avanzaremos inexorablemente hacia la desintegración de
Rusia.»
En efecto, la lucha entre el Congreso, encabezado por el virulen­
to Rusilán Jasbulátov, y el presidente, desgasta mucho a Yeltsin; a fina­
les de diciembre de 1992 tiene que separarse de su jefe de Gobierno,
Yegor Gaidar, y de sus ministros radicales; no controla ni la KGB, ni
las fuerzas armadas, ni a las regiones. Dispuesto a buscar un compro­
miso político para dedicarse a su programa económico, se ha dejado
entrampar por sus adversarios.
En diciembre de 1992, marca un tanto cuando lanza la idea de un
referéndum popular: «¿Qué prefiere usted? ¿El programa del presiden­
te Yeltsin o el programa del Congreso y de su presidente Jasbulátov?».
Luego acepta un compromiso que lo lleva a un callejón sin salida.
Se fija una fecha (11 de abril de 1993) pero sin texto preciso. Según la
Constitución (todavía soviética) le corresponde al Congreso aprobar el
texto sometido a referéndum. Jasbulátov, decidido a acabar con el pre­
sidente Yeltsin, elabora un texto larguísimo, de más de diez preguntas,
que volvía el referéndum incomprensible para los ciudadanos; además,
plantea una pregunta muy tramposa que propone la organización de
elecciones legislativas y presidenciales anticipadas, cuyo efecto sería re­
cortar dos años el mandato de Yeltsin.
Atrapado, Yeltsin ofrece renunciar a su proyecto de referéndum,
que de hecho había dejado de ser suyo, a cambio de concesiones. Sus
amigos radicales le aconsejan el enfrentamiento abierto: un Gobierno
provisional, una Asamblea Constituyente, nueva Constitución, nuevas
elecciones. Pero Yeltsin, formado en la vieja escuela soviética, es muy
formalista y teme la acusación de «dictador». Como no quiere vencer
a Jasbulátov, le ofrece un compromiso. El pleito parece ir para largo.

485
Lo malo es que el pueblo se cansa de esos juegos estériles que des­
prestigiaban una democracia que aún no tenía base institucional. El
descontento de los oficiales hace un eco siniestro a esa desafección
progresiva. No es una casualidad que el diario Nezavisimaya Gazeta,
bajo la firma de su director Vitali Tretiakov, pida la salida de Yeltsin el
26 de febrero. El director de ese periódico demócrata dice que Yeltsin
ha frustrado las esperanzas rusas de abandonar el pasado comunista.
Se pregunta: ¿qué pasó con el intrépido zar blanco?, ¿cómo es que se
transformó en un dirigente desesperado, cuyas decisiones nadie cum­
ple? «No controla la situación, no comprende la correlación de fuer­
zas, ni tiene clara su estrategia en la lucha política.» Tretiakov conclu­
ye que «es un hecho que la actual generación de políticos agotó sus
capacidades. La única esperanza consiste en que una nueva generación
llegue al poder, mediante unas elecciones que deben celebrarse cuan­
to antes».
Por lo tanto, todo está parado, las reformas no se aplican, las fuer­
zas centrífugas se desatan. La situación se parece en algo a la de 1917,
cuando la revolución democrática fue paralizada por la existencia de
un doble poder, el del Gobierno provisional de Kerenski y el del So­
viet. Por fin llega la hora del referéndum. El 53 por ciento de los vo­
tantes quiere que Yeltsin siga de presidente y aprueba las reformas eco­
nómicas. Pero eso no resuelve nada. «Final, el acabóse, callejón sin
salida, crisis, golpe...» ¿Quién gobierna Rusia? Tal es la pregunta que
desde hace más de un año se hace todo el mundo. ¿Yeltsin, el presi­
dente electo? Obviamente, no. Da órdenes, firma decretos que caen en
el vacío. En el reciente asunto de la reforma monetaria (un cambio re­
pentino de billetes que espanta y enoja a la gente), ¿quién había to­
mado la decisión? Lo había hecho el director del Banco Central, el
conservador Guerashenko, que había bloqueado durante meses las re­
formas económicas. El secretario de Hacienda protestó violentamente
y afirmó que no le habían consultado. En cuanto a Yeltsin, apenas le
habían notificado algo que se hizo mientras él se encontraba de vaca­
ciones. Yeltsin nombra, cesa asesores, ministros, consejeros, directores
y, a pesar de sus aspavientos, no parece fortalecer su actividad. Los úl­
timos meses de Gorbachov habían estado sellados con la misma acti­
vidad.
¿El Congreso? El Congreso es muy eficiente para paralizar al Eje­
cutivo, pero eso es todo lo que sabe hacer, porque vale más olvidar süs
arranques de locura, como cuando afirma que Sebastopol (puerto, ar­
senal y ciudad situada en territorio ucraniano) es ruso. Su presidente,
el checheno Ruslán Jasbulátov, ambicioso e hiperactivo, se encuentra

486
en campaña todo el año contra Yeltsin. Mientras, su vicepresidente y
enemigo, el general Rutskoi, hace campaña abierta para la presidencia
con una demagogia exitosa, ya que se proclama demócrata, seduce a
los nacional-comunistas y afirma que la monarquía podría ser una bue­
na solución. «El poder se toma», muchos lo dicen abiertamente. Inna
Vasilkova relata cómo, en uno de los mítines en Moscú, una abuela sa­
lió con una pancarta: PARA y e l t s in , u n i m p u c h m e n t , o sea un impeach-
ment, a la brava, un cuartelazo, un nuevo putsch que devuelva el país a
su «gloria» comunista.
Ahora bien, aunque es cierto que Yeltsin no dispone de un partido
en el que apoyarse, tampoco existe un verdadero partido de oposición.
Los rojipardos, alianza de comunistas y de ultranacionalistas, antigua­
mente anticomunistas y siempre profascistas, existen, se mueven, se ven,
pero no están, aún, organizados como los pardos en la República de
Weimar o los rojos en la efímera República rusa de 1917.
Entonces, ¿qué está viviendo Rusia? ¿Un nuevo «Tiempo de los
disturbios»? La famosa era del caos, conocida por todos los niños de
enseñanza primaria, que tuvo lugar cuando, a principios del siglo XVII,
Rusia, a falta de un poder central, se desintegró y por poco pasó a ser
vasallo de los polacos. El caos no llega a tanto y demuestra que Rusia
es la más democrática de las 15 repúblicas ex soviéticas. La democra­
cia se manifiesta allí y entonces en la libertad de expresión y en el caos
de los sistemas de poder. No hay misterio: sencillamente Rusia no
cuenta con una Constitución. La que tiene sigue siendo soviética y los
300 parches que le pegó el Congreso, que hace y deshace, no sirven.
El vacío institucional es el principal problema y, en varias ocasiones,
Yeltsin ha retrasado la hora de rellenarlo. Pospone el inevitable en­
frentamiento final con el Congreso, porque no sabe cómo puede y
debe portarse un presidente democrático. Sinceramente convertido a
la democracia, teme que la afirmación de su autoridad sea una mani­
festación de cesarismo. Por lo tanto, 300 alborotadores en el Congre­
so gritan por mil y siguen sus perpetuas reyertas, pretendiendo impo­
nerse al Gobierno, al país, al mundo...
El mexicano Justo Sierra escribió en 1899 que si bien Inglaterra
gozaba de un parlamentarismo sano:

«el parlamentarismo en Francia no es el gobierno del Parlamento,


es su omnipotencia; un gobierno significa la acción perfectamente
definida de un órgano limitado a su función, y eso no es allí el
parlamentarismo. En Inglaterra puede serlo, pero no lo es; la opi­
nión se lo impediría [...] estas tiranías de las asambleas producen

487
las anarquías de las dictaduras, terribles aunque gloriosas, de los
Cromwells y los Napoleones. El parlamentarismo, considerado
como el poder ilimitado de una asamblea que tenga a sus pies el
poder Ejecutivo y el Judicial, no es un gobierno normal».

¿Inmadurez del sistema político o inmadurez política de la nación?


Ciertamente, la nación no estaba «preparada» para la democracia, pues­
to que el régimen comunista practicaba la sobrepolitización retórica
(«el rollo») hasta la náusea, y le convenía infantilizar de manera siste­
mática a la sociedad. Durante setenta y cinco años la sociedad rusa no
ha podido nunca gobernarse a sí misma, es decir, afrontar una realidad
hecha de divisiones y de intereses opuestos. Por lo tanto, a la gente le
cuesta entender qué es la política, aceptar que es el reino del conflic­
to y que la sociedad es un cuerpo normalmente dividido. Por culpa del
pasado, la sociedad rusa no quiere verse como es, por lo tanto existe
(¿para muchos?, ¿para pocos?) la nostalgia de la Unión soviética.
Pero ese pueblo ruso manifiesta, al mismo tiempo, una gran ma­
durez, como lo demuestra en el referéndum de abril de 1993, apoyan­
do, con lucidez y sin ilusiones, a Boris Yeltsin. Vota a favor del cam­
bio, conserva una sangre fría admirable y se adapta con una plasticidad
asombrosa. Por lo tanto, nadie tiene derecho a decir que «no está pre­
parado» para la democracia. Quien no está preparado es el Parlamen­
to, es la Constitución. Vasili Rozanov, al reflexionar sobre la caída del
Imperio zarista, escribía en 1919: «Una matrona borracha que pasa,
tropieza y se cae como una masa». Así también cayó el comunismo,
de tal manera que su caída prolongó la caída que había empezado en
febrero de 1917. Después de setenta y cinco años de «anarquía conge­
lada», Rusia sufre la «anarquía descongelada». ¿Quién no se espantaría
frente a la magnitud del reto? Todo es posible, pero todo es imprevi­
sible. El momento es tan fabuloso como angustioso. Yeltsin, que ha­
bía prometido en abril: «El compromiso se acabó», tarda cinco meses
en coger al toro por los cuernos.

La extraña batalla de M oscú

En 1992, la producción había continuado cayendo en picado y el


producto interior bruto había bajado un 14,50 por ciento (las inver­
siones habían descendido en 42 por ciento). Sin embargo, esto no fue
suficiente para abrir los ojos de los diputados, los cuales, a lo largo de
1993, prefieren seguir en su lucha estéril para acabar con el presiden-

488
te. Le quitan los poderes económicos especiales otorgados a finales de
1991, intentan destituirlo, le prohíben utilizar el referéndum y, cuan­
do tienen que permitírselo, son ellos los que redactan las cuatro pre­
guntas. Les duele la victoria de Yeltsin en la consulta del 25 de abril
de 1993.
Aunque respaldado por los electores, como no tiene mayoría par­
lamentaria, Yeltsin tiene que seguir gobernando por decreto y sus ad­
versarios no se cansan de paralizar al Gobierno. Yeltsin, después de una
espera de cinco meses, el martes 21 de septiembre, decide poner fin al
empate violentamente: disolver el Congreso, celebrar nuevas eleccio­
nes, proponer a la nación la nueva Constitución cuyo proyecto había
publicado en mayo. Había anunciado claramente sus intenciones de
modo que, cuando publica el famoso decreto 1400 que disuelve el an­
tiguo Soviet Supremo, entonces Congreso, Rutskoi y Jasbulátov se ale­
gran: ¡por fin empujaron al presidente a cometer el error mortal! Con
cientos de diputados y partidarios, se atrincheran en la Casa Blanca (el
palacio legislativo) que con anticipación habían guarnecido de armas,
municiones y alimentos. No era inevitable el derramamiento de san­
gre, pero ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a ceder. Yeltsin
ordena al Ejército sitiar el edificio, algo que éste realiza de manera tan
relajada que la gente entra y sale como de un hotel. El iluso Rutskoi
se proclama presidente y el día fatídico 3 de octubre, sus bandas ar­
madas (las del ex general Makashov) intentan tomar por asalto la sede
de la televisión Ostankino. Rutskoi cree que ha empezado un nuevo
Octubre (1917) que le va a dar la victoria, y llama a sus partidarios a
tomar el Kremlin. Eso decide el secretario de la Defensa, general Pável
Grachov («Pasha Mercedes», por su gusto por esos coches), hasta en­
tonces muy reticente en su defensa de Yeltsin. Al alba del lunes 4 de
octubre, unos tanques disparan contra la Gasa Blanca, que los coman­
dos Alfa, Vitiaz y Wimpel toman por asalto. Rendición, encarcela­
miento, seguido muy pronto por una amnistía general. ¿Cuántos
muertos?, ¿87, 500, 127? 146 será la cifra oficial. «¡Qué locura tan irres­
ponsable!», exclama Gorbachov, mientras un decepcionado Jásbulátov
declara: «Nunca pensé que Yeltsin hiciera esto [...] ¿Por qué nadie vino
a ayudamos?».1 Apunté entonces en mi diario que lo más notable era
la indiferencia de la población y la reticencia (es poco decir) del Ejér­
cito a intervenir. En esos mismos días, la guerra asolaba Georgia y la
rebelde Abjasia: fuertes por el apoyo abierto del Ejército ruso y de los
voluntarios chechenos, entre los cuales se encontraba un tal Shamil Ba-

1. Jean Meyer, L a extraña batalla de Mosca, México, 1994. (N. del A .)

489
sáyev, los abjasios derrotan a los georgianos: el 27 de septiembre la ciu­
dad de Sujumi cae en sus manos, mientras las diferentes milicias geor­
gianas se destrozan. La «limpieza étnica» expulsa a 250.000 georgianos
de Abjasia. Los diversos conflictos armados del Cáucaso fortalecen la
influencia de Moscú: tres días después de la toma de la Casa Blanca,
los presidentes de Georgia, Azerbaiyán y Armenia se reúnen en Mos­
cú con Yeltsin. Quince días antes, Azerbaiyán integraba lá Comunidad
de Estados Independientes; ahora es el turno de una Georgia golpea­
da por el Ejército ruso. Su presidente Shevardnadze, el secretario de
Relaciones Exteriores de la perestroika, dice con amargura: «Para Geor­
gia, el sol sale por el norte».

Am arga victoria

Muchos editorialistas en México claman que el incendio del Par­


lamento en Moscú fue peor que el incendio del Reichstag por Goe-
ring, peor que el bombardeo de la Moneda por Pinochet. No tienen
en cuenta que Yeltsin tuvo que hacer frente - y lo hizo titubeando, a
regañadientes- a un verdadero putsch, aquel domingo. Durante casi 24
horas, la capital pareció estar en manos de los amotinados; entre la
toma del Ayuntamiento y el asalto a la televisión, todo quedó en sus­
penso, hasta tal punto que los alzados pensaron que habían ganado.
Yeltsin tardó en llegar, tardó más aún en manifestarse. Estaba contan­
do las unidades militares que le eran fieles. La mañana del lunes 4, el
Ejército dejó a un lado, con desgana, su neutralidad, e intervino con­
tra los rebeldes. Yeltsin, después de dos años de cavilaciones, había he­
cho lo que Jasbulátov y Rutskoi pensaban que no haría nunca. A mí,
la rebelión me sorprendió menos que su desenlace; la verdad, nunca
pensé que los lobos se habían vuelto vegetarianos en Rusia y, desde el
1 de mayo, las bandas rojipardas habían revelado su capacidad para da­
ñar. Intentaron un nuevo Octubre rojo y negro; fallaron.
Era la resaca de agosto de 1991. La peligrosa indulgencia manifes­
tada en aquel entonces, después de una victoria inesperada, demasia­
do rápida, no pagó. Si en agosto de 1991 Yeltsin hubiese disuelto el
Parlamento, si no hubiese buscado a lo largo de 25 meses un com­
promiso con una clase política empeñada en sobrevivir, si el Congre­
so soviético se hubiese autodisuelto como el Parlamento franquista
supo hacerlo, habría nacido una nueva legalidad. Ahora bien, la deci­
sión de disolver el Soviet Supremo (Parlamento) fue anticonstitucio­
nal, fue un golpe de Estado. Yeltsin lo sabía muy bien, por eso dudó

490
tanto, por eso dudó demasiado, envalentonando a sus adversarios, de­
sesperando a sus partidarios. Así perdió dos años para Rusia, dos años
que se suman a los seis de la indecisa perestroika. El 24 de septiembre,
tres días después de esa decisión, un sondeo revelaba que el 41 por
ciento de los interrogados consideraban que la ley estaba a favor de
Yeltsin y el 18 a favor del Soviet; el 28 por ciento pensaba que ambas
partes estaban equivocadas y el 13 por ciento no expresaba su opinión
o no sabía. El domingo 26 de septiembre, en Moscú, 8000 personas se
manifestaron a favor del Soviet; 15.000 lo hicieron a favor de Yeltsin,
mientras 50.000, en la plaza Roja, escuchaban un concierto con Ros­
tropovich y el hijo músico de Solzhenitsyn. En primera fila, Yeltsin...
Todo el mundo preguntaba entonces: ¿salió Yeltsin fortalecido o
debilitado? Los militares obedecieron al presidente, ¿pasarán la cuen­
ta? La liquidación del sistema soviético era necesaria, no suficiente. Por
primera vez se plantea la pregunta seria: ¿cómo gobernar Rusia demo­
cráticamente? Cuando los hebreos salieron de Egipto, donde vivían
como esclavos, sufrieron un éxodo de cuarenta años bajo la dirección
de Moisés. Pasaron ese tiempo en el desierto, echando de menos las
ollas dé came de Egipto y olvidando cómo gemían bajo el yugo. Tarda­
ron cuarenta años en llegar a la tierra prometida; es más, eso le tocó a
la generación siguiente. Bien dijo Justo Sierra: «Nada termina fácilmen­
te, nada termina deprisa: hay que hacer esta corrección al “todo acaba”
del sabio Perogrullo». Gramsci nos dice: «Lo viejo muere, lo nuevo no
quiere nacer». Lo viejo muere, pero no ha terminado aún de fenecer y
los países de la antigua URSS se parecen al México de 1919 o, peor aún,
a la incipiente República de Weimar: un Ejército humillado, un imperio
en ruinas, una crisis económica mayor, una nación desmoralizada, vete­
ranos dispuestos a cualquier aventura, arrastrando en los «cuerpos fran­
cos» a la inquieta juventud para librar combates callejeros, cometer aten­
tados y emprender expediciones guerreras en la periferia...
Bien lo advirtió Solzhenitsyn en 1991: «El comunismo no ha caí­
do de una manera definitiva. Sólo se han desmoronado sus cúspides,
pero la parte central ha quedado intacta». Unos días antes del Do­
mingo Rojo de Moscú, profetizó en Liechtenstein: «El huracán rojo es
capaz de levantarse de nuevo, ya que, si bien naufragó el ideal terre­
nal del comunismo, los problemas que pretendía resolver subsisten...
No, la tranquilidad no llegará pronto y no nos será otorgada tan fá­
cilmente». La tragedia de Moscú confirmó sus palabras.
Stalin, el genial barman, inventó cócteles inéditos que, en ciertas
circunstancias, funcionan como una poción mágica; le gustó en espe­
cial la mezcla de nacionalismo y de bolchevismo, de leninismo y de

491
religión ortodoxa, y a ambos brebajes les puso sangre. Esa bebida exó­
tica ha intoxicado a mucha gente. ¿Quienes se lanzaron, el 3 de octu­
bre, a la aventura golpista? Barkashov, que tuvo el valor de encabezar
personalmente sus comandos, había concedido unos días antes una en­
trevista a lo largo de la cual exaltaba a Hitler y se proclamaba nazi y,
por ello, revolucionario. Sus banderas rojas con la esvástica ondearon
en'las barricadas del Parlamento; en cuanto a Iliá Konstantinov, diri­
gente del Frente de Salvación Nacional (FSN), ligado tanto a la extre­
ma derecha internacional como a los partidos comunistas ruso, italia­
no, español y francés, denunciaba desde hacía cosa de dos años la
«economía sionista» de Yeltsin y afirmaba la necesidad de una «dicta­
dura patriótica imperial». Los dirigentes del Partido Comunista ruso fi­
guraban en el FSN que integraba realmente el nacional-bolchevismo
rojo y pardo. Denunciaban al Gobierno de Yeltsin como un «régimen
de ocupación», impuesto por el capitalismo y el extranjero, confabu­
lado con los masones, los judíos y la Iglesia romana. Los ortodoxos de
Unidad Rusa, metidos en esa coalición, proclamaban que el cristiano
debía tomar las armas y que había que «aniquilar a Caín». Lo intenta­
ron y, por más que nos cueste creerlo, el peligro fue real.
Nos es difícil admitir la unión del fascismo y el comunismo, porque
la mitología progresista en la cual nos criamos nos enseñó, de manera
errónea, que representan dos extremos opuestos, a partir del ejemplo de
la batalla de Stalingrado, olvidando todos los ejemplos contrarios, como
el Pacto Germano-Soviético. Exaltados y amenazadores, ridículos y terri­
bles, ahí salieron a la luz los antisemitas y los nostálgicos del interna­
cionalismo proletario, los veteranos de Afganistán y los mercenarios de
Moldavia y Abjasia, las ancianitas y los pensionistas, los zaristas y los
bolcheviques, los camisas negras y los cristianos barbudos.
Al principio del conflicto, la prensa y la televisión se burlaron de
ellos, de sus contradicciones, de su folclore, de su debilidad numérica.
Yo los tomé en serio desde un principio. Además, el historiador co­
noce el papel decisivo de los «accidentes» en la historia. Los trenes des­
carrilan a veces por una piedra puesta por un niño entre dos raíles.
Una guerra civil siempre empieza así, de manera progresiva, según un
proceso que pasa inadvertido hasta el momento del demasiado tarde.
Los primeros pasos no se notan, la violencia se acumula de manera
subterránea y, de repente, se sueltan de manera paroxística todas las
fuerzas contenidas. La historia de la extraña batalla de Moscú es ejem­
plar de este punto de vista. Mientras, la provincia veía tranquilamente
los interminables episodios de Santa Bárbara. Después, pero sólo des­
pués, aplaudió al vencedor: un 75 por ciento a favor de Yeltsin, según

492
un sondeo realizado por la agencia no oficial Post Factum. En Moscú,
el 71 por ciento por Yeltsin, el 4 por ciento a favor del Soviet, el 19
por ciento contra ambos y el 6 por ciento sin opinión.

Apuesta imperial

El fracaso estruendoso del golpe rojinegro de octubre de 1993 en


Moscú hizo pasar inadvertido un acontecimiento muy significativo
que ocurrió unos días después: los tres presidentes del Transcáucaso
(Georgia, Armenia y Azerbaiyán) volaron a Moscú para entrevistarse
conjuntamente con Yeltsin. Presidentes de repúblicas con menos de
dos años de independencia regresaron a sus patrias respectivas en cali­
dad de... ¿procónsules de la Roma moscovita?, ¿vasallos del zar Boris?
Lo único seguro es que a dos de los tres, al georgiano y al azerí, no les
quedaba otra salida sino la reconciliación total, que podía significar la
sumisión parcial o incondicional a los deseos de Rusia, que volvía a
ser la potencia tutelar. Derrotados militarmente por minorías étnicas
apoyadas por los militares rusos, el georgiano Shevardnadze y el azerí
Aliev tuvieron que solicitar el apoyo de Moscú. El armenio Ter Petro-
sián, desde la primera hora de la independencia, había apostado por
que la seguridad nacional implicaba buenas relaciones con Moscú. Tal
manipulación de los conflictos étnicos para mayor provecho de los «in­
tereses rusos» ha funcionado también a expensas de Moldavia y de Ta­
yikistán, y podría afectar a los países bálticos y a Ucrania. Se plantea
en toda su crudeza el problema de la «cuestión rusa», a saber ¿qué es
Rusia y qué quiere? La esperanza es que Rusia vaya siendo una de­
mocracia y que esa democracia no vaya a ser imperial. Porque, de otra
manera, la cuestión rusa volvería a ser «la cuestión imperial», como
señalan los movimientos de la diplomacia rusa y la «nueva doctrina
militar».
En 1992, los conservadores rusos reprochaban a Yeltsin su «atlan-
tismo» y su abandono de la defensa de los «intereses tradicionales» de
Rusia; pedían la cabeza del titular de la Secretaría de Relaciones Exte­
riores, Andréi Kózirev. Ni Yeltsin ni Kózirev cayeron, pero ambos cam­
biaron de discurso. Manifestaron su desagrado frente a una eventual
entrada de Polonia, Hungría, Chequia, etcétera, en la OTAN; pidieron
que las eventuales intervenciones de su Ejército en los países de la
Comunidad de Estados Independientes (como en Tayikistán, Molda­
via, Georgia, etcétera) fuesen reconocidas como equivalentes a opera­
ciones de cascos azules de la O N U ; manifestaron, en varias ocasiones,

493
que los países bálticos (que no pertenecen a la Comunidad de Estados
Independientes), Ucrania y Polonia afectan a su seguridad nacional;
frenaron la salida de sus tropas de Letonia, alegando la existencia de
leyes persecutorias para la fuerte minoría rusa: la existencia de millo­
nes de rusófonos fuera de Rusia serviría de pretexto a muchas inter­
venciones...
i ¿Por qué ese cambio diplomático-militar? No es que Yeltsin caye­
se f>reso de los militares. Había empezado meses antes del último
putsch; construir la democracia, dar a los rusos la prosperidad era muy
difícil. Reconstruir el imperio, por desgracia, parecía demasiado fácil y
permitiría dar a la nación rusa, humillada y desorientada, satisfaccio­
nes inmediatas a bajo coste.

Las elecciones de diciembre de 1993

Después de la toma de la Casa Blanca, Yeltsin convoca elecciones


legislativas, acompañadas del referéndum sobre la nueva Constitución,
para el 12 de diciembre. Un sondeo en Moscú, publicado el 25 de oc­
tubre, señala que un 33 por ciento tiene confianza en Yeltsin y otro 33
por ciento desconfía él, mientras que el 23 por ciento duda y el resto
no sabe qué pensar. En vísperas de las elecciones, hay un 60 por cien­
to de indecisos que el domingo 12 se decide a castigar al Gobierno,
pero con prudencia, dando el 37 por ciento de los escaños a la oposi­
ción social-nacionalista, el 28 por ciento a los centristas y el 35 por
ciento a los reformadores (pero el grupo Yabloko anuncia que no apo­
yará al Gobierno). Si bien Yeltsin se beneficia de una Constitución que
refuerza la presidencia, no ha conseguido una mayoría parlamentaria,
de modo que sus relaciones con un Parlamento democráticamente ele­
gido no son menos conflictivas que las que tuvo con el Soviet Supre-
mo/Congreso de 1990. En 1992 Alexandr Tsipko escribía: «Se puede
afirmar que, en las primeras elecciones democráticas sobre la base del
multipartidismo, los demócratas que denunciaron a la Nomenklatura
comunista sufrirán la derrota. Yeltsin lo sabe muy bien; no ha toma­
do el riesgo de disolver el Congreso y ha pospuesto las elecciones lo­
cales».
Tsipko tenía razón y Solzhenitsyn también, igual que Yeltsin, que
se cuidó de identificarse con cualquiera de los cuatro bandos demó­
cratas. La extrema derecha de Vladímir Zhirinovski obtuvo el 24 por
ciento de los votos; el Partido Comunista, el 12 por ciento; el Partido
Agrario, cercano al Partido Comunista, el 9 por ciento; los demócra-

494
tas, todos juntos, el 33 por ciento, pero Opción de Rusia, el bando de
Gaidar, logró apenas el 13,5 por ciento. La Unión de Mujeres consi­
guió un nada despreciable 8 por ciento. No cabe duda de que aunque
la Constitución quedó aprobada por el 60 por ciento de un electora­
do que ¡participó (oficialmente) en un 53 por ciento, el campo de los
reformadores y de la democracia sufrió una terrible derrota. A todos
sorprendió la victoria del Partido Liberal Demócrata de Zhirinovsld.
¿Qué decían los sondeos?
Múltiples y variados, rusos y extranjeros, tenían el defecto de in­
teresarse por San Petersburgo y Moscú, más que por las regiones. To­
dos despreciaron a Zhirinovski, que no apareció, por lo menos hasta
el 30 de noviembre, en ninguno de los sondeos que pude consultar.
Así las cosas, entre el 21 de octubre y el 30 de noviembre observamos
mucha contradicción en cuanto al total de votantes: desde el 53 hasta
el 70 por ciento, según las fuentes; un claro descenso de la populari­
dad dé Opción de Rusia (el bloque reformista radical de Gaidar) des­
de un 40 a un 20 por ciento, compensado por el ascenso paralelo del
reformista rival Grigori Yavlinski. El Partido Comunista subió de un 4
a un 15 por ciento, y aunque su socio agrario no estaba cotizado, un
analista le anunció un 8 por ciento. Los ultranacionalistas merecían
apenas un 4,5 por ciento. Los sondeos, además de a Zhirinovski, olvi­
daron a la Unión de Mujeres de Rusia.
Los sondeos atinaron en cuanto al Partido Comunista. Para todos
los demás se equivocaron rotundamente. ¿Quién era Zhirinovski? Este
hombre de 47 años, abogado, nacido en Kazajistán, había sido anun­
ciado por Gavril Popov, demócrata marginado, ex alcalde de Moscú.
A finales de noviembre declaró a Ruskaya M ysl que había que fijarse
en ese hombre que iba a aunar a todos los «lumpen» de la antigua URSS.
Popov aclaró que por «lumpen» no entendía solamente a los así defi­
nidos, social y económicamente, por Marx, sino a todos los frustrados
por la caída de la grandeza soviética: los militares; los trabajadores del
complejo militar industrial, que efectivamente votaron en masa por
Zhirinovski; los rusos de las fronteras, que se sentían amenazados
por los bálticos, polacos, rumanos, chinos, japoneses, turcos, etcétera;
la juventud sin brújula, que conjugaba el rock duro con el nacionalis­
mo duro y participaba en la cacería contra los «morenos» en las gran­
des ciudades; todas las víctimas de un cambio que no había dado nin­
gún beneficio material a la población. El fascismo ha pescado siempre
en esas aguas. El fascismo se ha presentado como el recurso, y no so­
lamente para las clases medias, sino para los campesinos y los obreros
tam b ién , para todos los que, en un momento dado, se sienten aban-

495
donados y humillados. En Rusia no tuvo lugar una gran revolución
popular que hubiera puesto fin a la dictadura soviética. El sistema se
derrumbó y la gente no entendía qué había pasado, ni se sentía res­
ponsable del acontecimiento. Más bien se sentía traicionada, traicio­
nada por Gorbachov y traicionada por Yeltsin, por los comunistas y
por los demócratas. Zhirinovski representaba la novedad: No fue co­
munista nunca, a diferencia de todos los demás. Echaba pestes contra
todos, se presentaba solo, con un estilo espectacular, sabía utilizar la
televisión y hablar con trazos gruesos.
Prometía mano dura, el paredón para los criminales y los narco-
traficantes, la bomba atómica para los enemigos de Rusia, la recupera­
ción del imperio. Alaska y los países bálticos, incluyendo a Finlandia,
aparecían en su mapa del imperio. «Quisiera ver a los soldados rusos
lavar sus botas en las aguas tibias del océano índico; veremos a las ex
repúblicas soviéticas suplicamos que las reincorporemos. Pondré a Ru­
sia en pie.» También prometía elevar el nivel de vida en un ciento por
ciento en 6 meses, parar la reconversión de la industria militar y rea­
nudar las ventas de armas, especialmente a Irak. Se decía capaz de po­
ner a Ucrania de rodillas en tres meses.
Rusia no escapó a la tendencia antidemocrática que se manifesta­
ba tanto en las elecciones bálticas, polacas e italianas, cpmo en la cri­
sis socioeconómica de Europa. En los periodos de desilusión no es fre­
cuente que el Gobierno sea confirmado por el electorado. Se puede
decir de Yeltsin lo que se le decía a Aníbal: «Sabes vencer, Aníbal, pero
no sabes aprovechar tu victoria». El imprevisible Boris, después de su
victoria de agosto de 1991 contra los golpistas del Partido Comunista,
desapareció tres semanas, en lugar de disolver el Soviet Supremo y fun­
dar la democracia. Pasó lo mismo en abril de 1993, cuando triunfó en
el referéndum. Por lo menos, cuando aplastó el putsch de octubre, supo
decidirse, proponer una Constitución, convocar elecciones legislativas.
Tuvo la prudencia de no adelantar las elecciones presidenciales y de no
identificarse con ninguno de los partidos en la contienda. Si hubiera
afirmado que el partido de Gaidar era el del presidente, ¿con qué le­
gitimidad habría contado? Ahora tenía que vérselas con un Legislativo
nada dispuesto a hacerle favores, tenía que aprender a presidir y go­
bernar en tales condiciones.
El presidente nombra al primer ministro, a los ministros, al direc­
tor del Banco Central; la Duma debe confirmar esos nombramientos.
En caso de conflicto, el presidente puede disolver la Duma y convo­
car nuevas elecciones. Es poco probable en breve, pero el conflicto se
antoja permanente.

496
Las elecciones de diciembre inquietan a Europa mucho más que a
Estados Unidos; los discursos de Zhirinovski, al reclamar Alaska, no
impresionan a Washington, pero en Praga, Varsovia, Sofía, Bucarest,
Kíev y en los países bálticos, una mezcla de estupor y de alarma fue
la reacción frente a ese nacionalismo agresivo: Jirinik (su diminutivo)
desea un nuevo pacto germano-ruso, con restauración de Prusia, pero
al mismo tiempo amenaza a Bonn con un «Chernóbil en Alemania».
Ese nacionalismo y el deseo de fórmulas autoritarias pernean muchas
de las fuerzas políticas rusas, tanto en la oposición como en el Go­
bierno.

1994, un año de pam a

Yeltsin tiene en cuenta el veredicto electoral, baja la velocidad de


la reforma económica y prefiere a su primer ministro Chemomyrdin,
quien denuncia el «romanticismo de mercado», antes que al fogoso
Gaidar. De manera a veces contradictoria, el presidente busca com-
promisoís entre las diversas fuerzas políticas y adopta varias de sus
ideas, además de su lenguaje, en especial el de Vladímir Zhirinovski.
La meta es, a principios del año, fomentar los cambios económicos,
pero teniendo en cuenta la sensibilidad del electorado. En política ex­
terior se busca proteger, fuera de Rusia, en la antigua URSS, los dere­
chos de los rusos y de los msófonos, y consolidar la Comunidad de
Estados Independientes. La guerra que enfrenta a Armenia y Azerbai-
yán, a propósito del territorio del Alto Karabaj,1 así como la guerra ci­
vil en Tayikistán y el conflicto que opone a Georgia y Abjasia permi­
ten a Moscú mover sus piezas. De Occidente, se esperan comprensión
y apoyo. El secretario de Relaciones Exteriores, Andréi Kózirev, seña­
la que «una ampliación precipitada de la OTAN hacia el este podría
provocar un renacimiento del imperialismo ruso» (11 de enero de
1994).
A lo largo del año, los combates siguen entre Abjasia y Georgia,
Armenia y Azerbaiyán, mientras la guerra perdura en Tayikistán. Los
adversarios se reúnen en Moscú bajo la égida del Gobierno ruso para
buscar vanamente la paz; el Ejército ruso participa activamente en Ta-

1. El Alto Karabaj (Nagomi Karabaj), poblado en su mayoría por armenios, per­


tenece institucionalmente a Azerbaiyán. La guerra se produce entre 1988 y 1995, pero
hoy nada está solucionado. Los armenios victoriosos ocupan el Karabaj y parte de Azer­
baiyán (2006). (N. del A .)

497
yikistán y directamente, como fuerza de interposición en Georgia,
arma a los armenios. Aunque el corazón de Moscú está del lado de los
serbios en la guerra de Bosnia, aunque la diplomacia rusa protesta con­
tra la OTAN, los excesos de los serbios hacen que Yeltsin y su secre­
tario de Relaciones Exteriores terminen el año sosteniendo una posi­
ción mucho más moderada. Con los Estados bálticos, la tensión es la
regla: para proteger a la importante minoría rusa, Moscú amenaza con
no retirar sus tropas. Sin embargo, da satisfacción a los occidentales y
el 31 de agosto ha retirado todas sus tropas de Alemania y del Bálti­
co. Normaliza sus relaciones con Ucrania y se habla de unión con Bie-
lorrusia. Así, Rusia recupera un papel internacional, lo cual permite
contestar a los gritones como Zhirinovski y a ciertos comunistas que
acusan a Yeltsin de ser un lacayo de los americanos. Todavía en febre­
ro «Jirinik» decía que una intervención occidental contra Serbia sería
el inicio de la tercera guerra mundial; él mismo afirmaba que había
que repartir Rumania entre sus vecinos porque «es un Estado artificial
poblado de gitanos y de italianos» (27 de enero) y que esperaba ver al
Ejército ruso dar un salto hacia el sur. La realidad es que sólo el 12
por ciento de los rusos quería vivir en una superpotencia, mientras que
el 85 por ciento deseaba que el Gobierno resolviese sus problemas con­
cretos.
La Duma (el Congreso toma el nombre tradicional, prerrevolucio-
nario) manifiesta desde el primer día que no está dispuesta a ningún
compromiso. En febrero vota la amnistía para los golpistas de 1991 y
los violentos de 1993; en marzo, le faltan unos pocos votos para can­
celar la disolución de la URSS; contra Ucrania, a propósito de Crimea,
de la base naval de Sebastopol y de la flota del mar Negro, mantiene
una inverosímil batalla verbal. No acepta el pacto cívico de concordia
que le propone el presidente durante varios meses.
En la página 455 he comentado cómo se cumplió al pie de la le­
tra la profecía del conde Dmitri Tosltói, y cómo el último zar hizo
todo lo necesario para que fracasara el intento de transición hacia la
monarquía constitucional; cuando además transformó a su pueblo en
Ejército, a la hora de la primera guerra mundial, levantó un puente
de plata para el advenimiento del comunismo. Tres generaciones des­
pués, el proyecto comunista se derrumbó con la URSS. Sin zarismo,
sin Partido Comunista, ¿llegará el pueblo ruso a instaurar «las formas
parlamentarias de la Europa occidental»? ¿Será de veras tan «excepcio­
nal» que este camino le sigue vetado o que no quiere, en absoluto, to­
marlo?
Peor aún le fue a la democracia en las elecciones locales de la pri-

498
mavera. Ganaron los representantes del antiguo régimen; pero el abs­
tencionismo subió al 70 y al 75 por ciento. Hasta tal extremo, que las
elecciones fueron anuladas en muchos lugares por no haber votado el
mínimo legal del 25 por ciento de los electores. En San Petersburgo,
ciudadéla de los movimientos democráticos, apenas se presentó, en la
segunda vuelta, el 18 por ciento de los votantes.
La cifra media nacional de entre el 25 y el 30 por ciento no sig­
nifica nada. Votaron principalmente los pueblos, las aldeas rurales y las
pequeñas ciudades de provincia. Allí sí que votó el 80, el 90, el 99,9
por ciento, como en los viejos buenos tiempos. En esos lugares, los
partidos estuvieron totalmente ausentes y no hubo lucha. Todo seguía
organizado y controlado como antes. A quien se presentaba por la tar­
de, le contestaban: «¿Por qué te molestas? Si tú ya has votado...». El
cacique local, director del koljós, de la fábrica, hombre del Complejo
Militar Industrial o del Agroprom, era el único candidato. Ganó sin
dificultad. En las ciudades medias y grandes, ahí sí, hubo un absten­
cionismo masivo, y también una lucha violenta entre reformistas y an­
tirreformistas, y un sinnúmero de candidatos. Tal abstencionismo
debe entenderse no como pasividad, sino como protesta. Los electo­
res comprendieron muy bien cuál era la realidad de las .fuerzas políti­
cas. No eran tontos, sabían que el poder no se encontraba en las ur­
nas, sino que lo tenían los «barones» del CM I, del lobby agrario, de la
antigua Nomenklatura. Sabían que, por el momento, el elector no po­
día nada.
En un sondeo de marzo de 1994 se preguntaba: «¿Necesita Rusia
un orden duro (dictadura) en las presentes condiciones?». Contestó
que sí el 24 por ciento; no, el 44 por ciento, y el 32 por ciento en­
contró difícil contestar. Según el mismo sondeo, la popularidad de
Ifeltsin bajó de un 34 por ciento, en octubre de 1993, a un 19 por cien­
to en marzo del siguiente año, pero siguió siendo el menos impopular
de todos. Mientras en noviembre un 32 por ciento ponía sus esperan­
zas en la futura Duma, en febrero de 1994 apenas lo hacía el 8 por
ciento.
Otro sondeo, hecho en enero, permite comparar las expectativas. El
63 por ciento pensaba que 1994 sería más duro que 1993. En enero de
1993, el 81 por ciento pensaba que el año que empezaba sería peor que
1992. En cuanto a las condiciones de vida, el 7 por ciento pensaba
que 1993 no iba a ser tan malo; el 11 por ciento lo creía de 1994. El
50 por ciento pensaba que 1993 iba a ser duro pero soportable; el 57
por ciento suponía eso de 1994. El 37 por ciento pensaba que no iba
a poder aguantar el año 1993; en 1994 lo cree el 28 por ciento.

499
Una última encuesta, de febrero, preguntaba a los moscovitas
cómo había cambiado su vida con la desaparición de la URSS. El 82
por ciento dio una respuesta negativa, pero, al mismo tiempo, a la pre­
gunta de si Rusia debía esforzarse para restaurar la Unión Soviética,
sólo el 29 por ciento contestó que sí, y el 48 por ciento prefirió que
cada quien viviese en paz, por separado. El 43 por ciento estimó
que Rutskoi y Jasbulátov deberían haber sido juzgados y condenados
como responsables de la violencia de octubre; sólo el 18 por ciento es­
taba a favor de su amnistía. El 44 por ciento pensaba que, después de
las elecciones de diciembre, las esperanzas de una pronta solución ha­
bían disminuido; sólo el 7 por ciento creía que habían aumentado.
El 61 por ciento estimaba que la situación económica, política y psi­
cológica de la sociedad empujaba a la gente a beber...
Como se ve, el pueblo ruso no es en absoluto «inverosímil» ni «ex­
cepcional». Sus reacciones son bastante sensatas y, si se puede hablar
de «inmadurez política», hay que tener en cuenta que eso es el resul­
tado de una larga ausencia de vida política. Una sociedad que no ha
podido, que no ha tenido que gobernarse a sí misma, es decir, que no
ha tenido que hacer frente, colectivamente, a una realidad hecha de di­
visiones y de intereses opuestos, tiene muchas dificultades para reco­
nocer la política por lo que es.
A finales de mayo, Alexandr Solzhenitsyn regresó a Rusia, después
de pasar veinte años en el exilio. Entró por Vladivostok y viajó muy len­
tamente, por tierra, hacia Moscú, para reencontrar la Rusia profunda.
Cuando finalmente se presentó a la Duma, a finales de octubre, recon­
vino a todos, comunistas y reformistas, nacionalistas y liberales, como
el buen profeta del Antiguo Testamento que era. Se entrevistó una sola
vez con Yeltsin (que no apreció sus críticas) y no se dejó manipular
por nadie.
El estado de salud del presidente no facilitaba los diálogos: desa­
parecía periódicamente, muchas veces cuando las cosas no le salían
bien, y lo hacía de manera misteriosa; se hablaba de resfriado, de neu­
monía, de estrés, nunca del corazón; en la segunda mitad del año, se
habló abiertamente de su gusto por el vodka y sus antiguos colabora­
dores como Guennadi Burbulis y Yegor Yákovlev, e incluso el alcalde
de San Petersburgo, Anatoli Sobchak, dijeron que debía dejar la bote­
lla. Y es que el 31 de agosto en Berlín, en la ceremonia de final de la
retirada de las tropas rusas, se le había ocurrido dirigir a la banda que
tocaba en su honor. No pasaba una semana sin que se dijese que Yelt­
sin no terminaría su mandato, si es que alcanzaba el fin del año en
curso... Sin embargo, para sorpresa general, después de las elecciones

500
que barrieron a los reformistas Gaidar y Fiodorov, el nuevo Gobierno
«conservador» de Chemomyrdin mantuvo la misma política, resistió al
poderoso complejo militar industrial y redujo la inflación al 4 por
ciento mensual. No había ocurrido ni la hiperinflación anunciada, ni
el desastre general, ni la explosión social. La prensa internacional ya
no hablaba de la criminalidad urbana, o de la (mala) salud del presi­
dente Yeltsin, o de su afición al vino. Buena señal.
Ironía de la situación, mientras el ex general Rutzkoi intentaba
transformar el aniversario del «octubre sangriento», en una demostra­
ción de fuerza contra Yeltsin, de quien reclamaba la renuncia, el otro
líder de la rebelión del año anterior, el ex presidente del Soviet Su­
premo, Ruslán Jasbulátov, estaba en Moscú para pedir la ayuda de Yelt­
sin en la lucha que encabezaba en Chechenia, su país natal, contra el
general-presidente Dudáyev...
¿Y Boris Yeltsin? El «zar» Boris, «peleando con los enemigos, iba
escribiendo las cosas que sucedían», como decía Torquemada hablan­
do del «invictísimo» Julio César. Publicó sus Apuntes de un presidente: al
filo de la navaja, tomo segundo de sus memorias. Reconocía sus erro­
res: no haber disuelto el Soviet en 1991, haberse dedicado únicamen­
te a la economía. Se describía a sí mismo:

«Terribles momentos de depresión, angustias nocturnas, el insom­


nio, la migraña, las lágrimas y la desesperación, la tristeza horri­
ble al ver el espectáculo de Moscú y de las otras ciudades, el di­
luvio cotidiano de críticas, los ataques en el Congreso... Y no
hablo del putsch de octubre». [...] No aguanto el linchamiento mo­
ral. Cuando los ataques vienen por todos lados [...] es la repeti­
ción del trauma que viví después del pleno del Comité del Parti­
do (1987) [...] ¿Soy fuerte o débil? En las situaciones extremas soy
fuerte. En las ordinarias puedo perder todo resorte [...] puede pa­
sar que explote, tontamente, como un niño... Ciertamente, es una
debilidad».

Después de contar su versión de octubre, que sonaba plausible,


que encajaba hasta con lo que han dicho sus enemigos, concluía, so­
bre la tragedia:

«Tan amargo epílogo, tan insensato. La gran victoria moral del re­
feréndum manchada por la sangre vertida, por las víctimas, por la
pavorosa realidad de la guerra civil. ¿Por qué? ¿Por qué nuestros
debates parlamentarios terminaron bajo los tiros de los tanques?

501
¿Quién quiso eso? ¿Quién lo premeditó? No, no necesitaba yo tal
victoria. Pero, de todos modos, tuvimos que pagar ese precio es­
pantoso [...] para que no corriera más sangre, poner fin a la locu­
ra de un putsch».

En el verano de 1994, Anatoli Chubais lanzaba la segunda ola de


priyatización, que el humor negro popular calificó de «predatización».
Yeltsin confió más tarde, el 22 de enero de 1996, que «se malbarató
todo a unos precios fijados de manera arbitraria y el Estado no recibió
nada» (La Russie sous l’avalanche, pág. 44).

¿El cirujano de hierro?

ígor Birman, economista famoso, ruso emigrado a Estados Unidos,


declaraba en una entrevista con la prensa rusa que Rusia se encontra­
ba en «una situación desesperada». Tenía una visión pesimista del es­
tado de la economía y criticaba con sagaz dureza la política económi­
ca seguida por los diversos gobiernos de 1992 hasta la fecha. «La
situación es inverosímil. Un país enorme fue lanzado a una nueva po­
lítica económica que afecta las bases mismas de su existencia, no sólo
sin discusión preliminar, sino también sin una formulación más o me­
nos clara de dicha política.» Después de criticar al Gobierno ruso, al
grupo de los países industrializados y al Fondo Monetario Internacio­
nal, concedía que para disculparlos un poco había que reconocer que
«no existe en el mundo receta para pasar de la economía socialista a la
economía capitalista».
Solzhenitsyn escribió durante esos mismos días:

«Gorbachov dejó pasar siete años en los que se podría haber


dado inicio a esta transición con una progresión razonable. [...]
A partir de enero de 1992 lanzaron precipitadamente sobre el
país el proyecto del Consejo de Ministros (del Fondo Monetario
Internacional y de Gaidar). Más tarde el presidente habría de re­
cordar: “Decidíamos sobre la marcha”, “Nunca había tiempo para
buscar las mejores opciones”. Era un proyecto no para “la salva­
ción del pueblo”, sino para infligirle un duro choque [...]. Este es
el punto donde vomitamos hasta el fin todas las consecuencias
del comunismo. No había estímulo alguno a la producción, que
cayó en picado, al tiempo que los precios subían vertiginosa­
mente y el pueblo quedaba sumido en una profunda pobreza. En

502
I

los años que han pasado éste sigue siendo el principal efecto de
la reforma».*

Birman insistía en su conclusión sobre la profundidad del foso que


se estaba formando entre el 15 por ciento de la población, que vivía
muy bien, y la mayoría de la nación. Según la Secretaría de Trabajo,
30 millones de rusos vivían por debajo de la línea de pobreza. Según
Birman, «el desorden impera y no se puede esperar que el orden se ins­
taure solo. La corrupción y la criminalidad prosperan. Es difícil espe­
rar que el país pueda a la vez construir y organizar una verdadera eco­
nomía y volverse democrático». Citaba a un empresario ruso según el
cual sería mejor un régimen fuerte, siempre y cuando llevara a cabo las
reformas económicas necesarias. Birman comentaba entonces: «Bien
puede ser que tenga la razón, dado que de manera muy evidente los
demócratas, que llegaron al poder después del putsch de 1991, han fra­
casado en su gestión. Conocemos un buen número de países con eco­
nomía' capitalista que no tienen un régimen político democrático, pero
no hay una sola democracia sin economía capitalista».
Llama la atención el diagnóstico del economista ruso-americano
porque repite una opinión que parece bastante difundida en Rusia y
que remite a una vieja tradición: la necesidad de un Estado fuerte, muy
fuerte. Hace unos años, cuando Gorbachov empezaba a perder el con­
trol de la situación, el politólogo Andronik Migranian reclamaba «un
cirujano con mano de hierro», expresión usada por los progresistas es­
pañoles a finales del siglo XIX y después, con el éxito que sabemos, por
los enemigos de la República. Le tocó a Franco ser ese cirujano. En
Chile se llamó Pinochet y sus «éxitos» llaman la atención de muchos
rusos, incluyendo a los jóvenes oficiales y a los antiguos comunistas.
Ironías de la historia. El éxito electoral de Zhirinovski el año anterior
se debía a esa nostalgia, que fue notada a finales de junio en un se­
minario internacional organizado por la Escuela de Estudios Políticos
de Moscú. Mientras un español cantaba las bondades de la «transición
democrática» lograda por España después de la muerte de Franco, los
rusos manifestaron su preocupación por la «debilidad de nuestro Esta­
do». Vitaly Naishul, presidente de un grupo de reflexión, expresó: «El
Estado es incapaz de aplicar las leyes, no hay regulación y debemos
cambiar a todos los jueces». Los políticos presentes señalaron que para
ganar una elección o reelección, lo más importante es «aparentar ser

* E l «problema ruso» alfin al del siglo XX, Tusquets Editores, col. Ensayo 25, Bar­
celona, 1995, págs. 134-135. (TV. delE.)

503
fuerte, aparecer como un ruso típico y ofrecer el modo de reconstruir
un Estado fuerte». En esta conferencia, el empresario citado en otra
ocasión por Birman, Kaja Bendukidze, exclamó: «Si usted llega a un
pueblo, todo el mundo sabe lo que es el vodka. Quizás uno de cada
tres podrá decirle quién fue Pushkin. Lo más seguro es que nadie sea
capaz de explicar qué es la democracia».
Lo malo es que todo esto remite a la solución fácil de «demasiado
Estado». Si, por desgracia, llegase al poder en Rusia, por la vía demo­
crática o por la violencia, un «hombre fuerte», mezcla de Pinochet y
de Zhirinovski, con algo de Stalin, eso sería darle la razón a la teoría
expuesta hace casi dos siglos por una «mujer fuerte», Catalina la Gran­
de, amiga y corresponsal de Voltaire y Diderot, quien la llamó la «Se­
miramis del norte». Indignada por las observaciones de un francés so­
bre Rusia, la emperatriz tomó la pluma y redactó un texto intitulado
Antídoto, del cual se destaca la teoría siguiente: «El genio de Rusia hace
que sus revoluciones terminen siempre por fortalecer al poder en lu­
gar de debilitarlo. Las revoluciones ocurren cuando el pueblo siente
el debilitamiento del poder, nunca cuando siente el reforzamiento del
despotismo. Con impaciencia, apenas toleramos un poder débil. Diri­
gir nuestro país exige energía. Si ésta falta, el descontento se vuelve ge­
neral y culmina en revolución».

La guerra de Chechenia y otros accidentes (1994-1996)

El producto interior bruto, que había perdido el 18,5 por ciento


en 1992 y el 12 por ciento en 1993 (o el 16 por ciento), acelera su caí­
da durante el primer semestre de 1994. El rublo, que se cotizaba a 350
por un dólar en enero de 1993 y a 1356 en enero de 1994, cae en pi­
cado cuando el Banco Central deja de defenderlo a finales de sep­
tiembre: pierde el 21,7 por ciento en 15 días y está a 3926 por un dó­
lar el 10 de octubre, hasta el punto de que se habla de un «putsch
financiero» contra el Gobierno. Eso despierta al oso Yeltsin, que abre
una crisis política en dos frentes, contra la inflación y contra el Go­
bierno separatista de Chechenia, encabezado por el general Dzhojar
Dudáyev. Quiere, ordena estabilizar las finanzas (el Estado es misera­
ble, recibe sólo el 55 por ciento de los ingresos previstos) y parar en
seco la inflación, para lo cual se necesitan importantes cambios mi­
nisteriales. Como su coqueteo con la Duma no le ha servido, regresa
con los «demócratas» reformistas. Pero, para ganarse a los «rojinegros»

504
(él dice «pardos y rojos») nacional-comunistas, decide acabar con el
presidente checheno. En el tercer tomo de sus memorias, Yeltsin cuen­
ta cómo la decisión se tomó en el Consejo de Seguridad el 29 de no­
viembre de 1994, de manera precipitada, después del fracaso de un
asalto ruso-checheno sobre Grozni, la capital de Chechenia, el 26 de
noviembre (Maratón presidencial, págs. 67-69).
En una jugada típicamente yeltsiniana, pretende conjugar las dos
líneas opuestas, la reformista demócrata y la militar nacionalista, que
corresponden a dos electorados muy diferentes. Típicamente yeltsinia­
na no por su refinado maquiavelismo, sino por su impulso de cortar
el nudo gordiano, de lanzarse incluso al vacío. No parece haber pre­
parado con tiempo esa doble decisión financiera y militar. La primera
le fue dictada por el desastre monetario, la segunda por la sangrienta
humillación sufrida por un comando de militares rusos disfrazados de
guerrilleros chechenos. El secretario de Guerra, «Pasha Mercedes» Gra-
chov, había prometido la caída de Dudáyev al primer disparo y la vic­
toria de los chechenos pro rusos. Su fracaso obligó a Yeltsin a doblar,
triplicar, multiplicar por cien la apuesta, no con 200, sino con 20.000
soldados.
Su objetivo declarado era «restaurar en Chechenia el.orden consti­
tucional», roto desde el otoño de 1991, acabar con el separatismo y con
las actividades criminales de ciertos chechenos. Pero, si se había espera­
do tres años, ¿por qué ahora? El general Grachov puede haber tenido
su propia agenda, y algunos otros con él. Sus colegas lo despreciaban
porque sus hojas de servicio anteriores no se podían comparar con las
de generales como Boris Gromov o Alexander Lébed, ni a los del pre­
sidente de Chechenia, el general Dudáyev, veterano de Afganistán y ex
co m an d an te de un escuadrón de bombarderos estratégicos. Además,
Grachov estaba metido en escándalos financieros y quizás en el asesi­
nato de varios periodistas. Pudo soñar con una victoria-relámpago en
Chechenia. A falta de información no hay que responsabilizarlo de
todo. En sus memorias, Yeltsin asume la responsabilidad y dice que
aceptó la propuesta de poner a Chechenia bajo el control directo de
Moscú.

E l avispero checheno

El general Dudáyev había proclamado la independencia de la pe­


queña república caucásica a finales de 1991, después de apoyar a Yelt­
sin contra los golpistas de agosto. Chechenia, con 1,3 millones de ha-

505
hitantes, de los cuales 250.000 eran rusos, rica en petróleo, se había
transformado durante esos tres años en paraíso de todos los negocios
sucios habidos y por haber: falsa moneda, falsos documentos finan­
cieros, contrabando, tráfico de armas, drogas, etcétera. Sus aeropuertos
servían a las diversas «familias» de las mafias rusa y chechena. Dudá-
yev había ayudado a Moscú contra Georgia en los conflictos de Ose-
tia del Sur y de Abjasia, a favor de los rusos de Transnistríá contra Mol­
davia y en el Alto Karabaj. A cambio, Yeltsin había renunciado a una
solución de fuerza y había ofrecido una autonomía muy amplia, como
la que finalmente había aceptado Tartaristán en 1993-1994. Las nego­
ciaciones se mantuvieron hasta septiembre de 1994 y es una tragedia
que no tuviesen éxito.
En julio y agosto, en septiembre de 1994, gánsteres chechenos rea­
lizaron varios secuestros en el extremo sur de Rusia, en balnearios de
Osetia del Norte. Fue entonces cuando algunas personas en Moscú
empezaron a hablar de la necesidad de acabar con la secesión. Dudá-
yev había perdido bastante popularidad y ciertas facciones buscaban
en Moscú apoyos para quitarle el poder. Los conflictos entre clanes
chechenos dieron malas ideas a Grachov y sus amigos. El 15 de agos­
to, Yeltsin se declaraba todavía en contra del empleo de la fuerza y el
1 de septiembre Jasbulátov, el presidente del Soviet Supremo entre
1990 y 1993, su aliado de 1991, su enemigo de 1993, advirtió de que
los enemigos de Yeltsin intentaban llevarlo a la guerra y que éste de­
bía evitar las provocaciones. A principios de septiembre hubo varios
levantamientos contra Dudáyev y el propio Jasbulátov se unió a los re­
beldes. Dudáyev acabó pronto con los insurrectos pero cometió el
error de facilitar a los halcones rusos un espectáculo chocante: las ca­
bezas de los rebeldes ejecutados, sobre unos palos, alrededor del pala­
cio presidencial en Grozni...
Fue entonces cuando Grachov vendió la facilísima solución: si una
columna de tanques conducidos por militares rusos disfrazados de
chechenos apoyaba a los combatientes chechenos y entraba en Groz­
ni, tomaría el palacio presidencial en 20 minutos y no se volvería a ha­
blar de Dudáyev. El 26 de noviembre la columna de tanques fue ani­
quilada en las calles de Grozni y la televisión chechena presentó a
los oficiales y tanquistas rusos. Después de este fracaso se optó por la
guerra el 29 de noviembre y Grachov prometió un paseo militar.
Para entonces, el 57 por ciento de los rusos no confiaba en Yelt­
sin, el 12 por ciento sí y el 20 por ciento sólo a medias. Un 66 por
ciento de los rusos estaba contra la guerra, por más impopulares que
fuesen los chechenos. Yeltsin lanzó un ultimátum a Dudáyev el 15 de

506
diciembre: al principio tenía el apoyo de los comunistas y de los na­
cionalistas, mientras que los demócratas condenaban la guerra, en la
muy honorable compañía de varios generales. Así, el general Boris
Gromov predijo: «La guerra será no menos sangrienta que la de Afga­
nistán y al final habrá que retirarse igual que lo hicimos de allí» (4 de
diciembre). El general Lébed fue más brutal aún al denunciar la «estu­
pidez criminal»...
El sábado 10 de diciembre Yeltsin desapareció en una clínica para
una «intervención en el tabique nasal». Nueve días. Los demócratas
como Gaidar y Yavlinski exigieron la renuncia de Grachov y conde­
naron el recurso a la fuerza; todos los intentos de mediación fracasa­
ron; Dudáyev sintió que, gracias a la guerra que se avecinaba, recu­
peraba el apoyo de su nación y proclamó un Estado islámico. Elena
Bonner, la viuda de Andréi Sajarov, renunció a la Comisión de Dere­
chos Humanos.
Las tropas rusas, agrupadas en esos 15 días, entraron en acción
el 18 dé diciembre, un día antes de que Yeltsin saliese del hospital. El
día 14 Zhirinovski había preguntado si el presidente estaba vivo o
muerto. El gran semanario demócrata, punta de lanza de la perestroi-
ka, Moskovskie Novosti, declaró en un editorial de su director Víktor
Loshak: «No suscribimos la guerra civil. Hay que negociar como se
hizo con Tartaristán. Le hemos apoyado a usted, Boris Yeltsin, en todas
las crisis del año pasado. Ahora no» (11-18 de diciembre). Denuncia­
ba a un Yeltsin que hacía «la política de Zhirinovski, Ziuganov, Ruts-
koi». El general Babichev, comandante de la columna occidental, repi­
tió que no acataría la eventual orden de atacar Grozni, y el general
Kondratiev, que había apoyado a Yeltsin en el asalto a la Casa Blanca
en 1993, presentó su renuncia; cesaron al general Eduard Vorobiev, co­
mandante en jefe de las fuerzas de tierra, cuando se negó a dirigir la
ofensiva contra Chechenia. El general paracaidista Alexandr Chinda-
rov se negó a avanzar y pidió una orden por escrito del general Gra­
chov; lo llamaron a Moscú.
Después de los bombardeos aéreos, la batalla de Grozni empezó
con 20.000 hombres y 400 tanques. El presidente de la Comisión de
Derechos Humanos, Serguéi Kovaliev, ex disidente, ex deportado, fue
a Grozni en compañía de varios diputados demócratas para compartir
la suerte de los civiles chechenos y rusos; denunció «las mentiras man­
chadas de sangre, el asombroso cinismo» de Grachov (23 de diciem­
bre); los ex zeks como él, Lev Ponovarev y el padre Gleb Yakunin tam­
bién protestaron. La batalla de Grozni se empantanó y duró dos meses,
hasta el 20 de febrero de 1995. Empezó la guerra de guerrillas.

507
Se sabe que la decisión de hacer la guerra en Afganistán fue toma­
da por un puñado de ancianos malvados, alrededor de Brezhnev, con­
tra la opinión de la mayoría de los expertos. No había viejos alrededor
de Yeltsin en la reunión del Consejo de Seguridad aquel fatídico 29 de
noviembre, pero la decisión se tomó con la misma ligereza, contra las
advertencias de los expertos civiles y militares, como en 1904, cuando
el «partido de la guerra» embarcó al zar Nicolás II en la guerra desas­
trosa contra Japón. Grachov dijo que él, con un regimiento de para­
caidistas, tomaría Grozni en dos horas... Diez años después, Chechenia
seguiría en guerra. Así, en 1994, empezó la tercera guerra del Cáucaso.
La primera duró desde 1825 hasta 1878, la segunda desde 1918 hasta
1944. El mundo, asombrado, descubrió a un Ejército ruso formado por
adolescentes de 18 años, frágiles, mal nutridos, proletarios (las familias
que tienen recursos evitan a sus hijos el temible servicio militar); un
Ejército pobre e ineficaz que contrata «mercenarios» dispuestos a ha­
cer esta guerra sucia.
El 26 de diciembre Yeltsin hizo su primera aparición en televisión
desde el principio del mes. Explicó durante 25 minutos que se trataba
de «la defensa de la integridad de Rusia, de la premisa fundamental de
la existencia del Estado ruso»:

«La república de Chechenia es parte de la Federación Rusa, cuya


composición está establecida por la Constitución. Ningún territo­
rio tiene el derecho de secesión [...] Los criminales han usado y
abusado de parte de la población, engañándola, estimulando sus
sentimientos patrióticos y religiosos, con promesas de dinero y
amenazas. Hay terroristas profesionales y mercenarios extranjeros.
[...] El orden y la paz en Chechenia se restablecerán. Además, se
adoptarán las medidas correspondientes para no dilatar la solución
de este complicado problema».

Al día siguiente el secretario de Relaciones Exteriores, Andréi Kó-


zirev, insistía: «El presidente ha sido claro, no permitiremos el derrum­
be de Rusia, no preservaremos un caldo de cultivo de criminales».
Washington y París lamentaron la situación, la Unión Europea «pedi­
rá explicaciones [...] es un asunto interno ruso, aunque los medios son
desproporcionados» (AFP, 4 de enero 1995). En cuanto a la CIA, co­
menta: «Yeltsin tiene aún la situación bajo control, pero no ejerce su
liderazgo» (5 de enero).

508
1995 en Rusia

Efectivamente, la guerra de Chechenia hunde a Yeltsin en la de­


presión. (En su discurso de despedida, la noche de Año Nuevo de
1999/2000, pedirá perdón por esa guerra.) Su salud se deteriora, cami­
na con dificultad y a veces le cuesta trabajo articular las palabras, sin
que el alcohol pueda explicarlo todo. En julio de 1995 sufre un pri­
mer (oficialmente) infarto; internado el 11 de julio, sale el 7 de agos­
to para descansar en una clínica, pero se deja ver en televisión hasta el
24 de agosto, antes de tomar un mes de largas vacaciones; el 26 de oc­
tubre, un segundo infarto consterna a sus partidarios: ¿podrá ser can­
didato a la presidencia en 1996? ¿No sería prudente posponer las legis­
lativas de diciembre? Yeltsin sigue internado hasta finales de noviembre
y luego pasa un mes en una clínica, antes de regresar al Kremlin el 29
de diciembre. En total, más de cuatro meses de enfermedad en el se­
gundo semestre del año.
1995 es el año de la guerra de Chechenia, guerra total hasta junio,
entrecortada por negociaciones infructuosas después; es también el
año de la estabilización financiera, que ve bajar fuertemente la infla­
ción y repuntar por fin la producción, todo eso bajo la dirección de
un excelente equipo de economistas dirigidos por Anatoli Chubais,
«Tolia el pelirrojo». Se manifiesta claramente el joven capitalismo ruso,
compuesto por los antiguos «barones rojos», ahora propietarios de sus
antiguas empresas soviéticas -eran los directores y el mejor ejemplo es
el primer ministro Chernomyrdin, director del sector del gas- y de una
nueva generación de jóvenes empresarios como Vladímir Gusinski, Bo-
ris Berezovski, Mijaíl Jodorkovski; todos crean grupos industriales y fi­
nancieros que se apoyan sobre las regiones dinámicas como Tiumen
(el petróleo), Samara, Ekaterimburgo, Nizhni-Nóvgorod (el feudo del
muy joven Boris Nemtsov), Tartaristán... Los puntos débiles de la eco­
nomía son el sector bancario y la agricultura; la reforma agraria está
congelada y la sequía conduce a la peor cosecha de los últimos trein­
ta años: de 80 millones de toneladas en 1994, se cae a 66. Un farmer
—así llaman a los pocos que se atreven a salir del koljós- comenta:
«Hemos combinado estupidez y mala suerte y ahora nos encontramos
en un bache enorme». Todo eso no impide que el Fondo Monetario
Internacional, el Club de Londres, el Club de París manifiesten su sa­
tisfacción y, como premio, reestructuren la deuda rusa.
¿Cómo vive la nación ese éxito relativo de las reformas? Global­
mente, la gente es pesimista y le preocupan las dificultades de su vida
cotidiana; según los sondeos, la criminalidad inquieta mucho porque,

509
si bien las reformas no la han engendrado —la mafia rusa era anterior
y siempre coexistió con el sistema soviético—, la han vuelto más visi­
ble y le han creado nuevas oportunidades. Si a uno se le ocurre com­
parar la criminalidad y la corrupción rusa con las de América Latina y
de Estados Unidos, Rusia sale mejor parada. La mayoría de los asesi­
natos no tiene nada que ver con la mafia y los gánsteres: ocurren es­
pecialmente en el campo y el 80 por ciento de los homicidas y el 60
por ciento de las víctimas se encontraban en estado de ebriedad. Lo
que la gente no puede perdonar es la impunidad de que gozan los cri­
minales y los ladrones. Los rusos y los observadores occidentales esta­
blecen una relación de causa y efecto entre las reformas, el Gobierno,
Yeltsin y el crimen, la muerte de un pariente o amigo, o el robo sufri­
do en persona.
El nivel de vida es la segunda preocupación. La nueva Rusia se ca­
racteriza por el crecimiento de las desigualdades sociales, sectoriales, re­
gionales. El Estado no puede hacer gran cosa porque los grandes gru­
pos, como Gazprom o las petroleras, se quedan con sus ganancias.
En tales condiciones, no puede ni financiar una verdadera política de
desarrollo, ni una red de protección social. No puede pagar a tiempo sa­
larios y pensiones, mantener los servicios de salud y educación, pro­
porcionar a su Ejército lo que necesita y a sus soldados una vida de­
cente. Si bien la gente vive menos mal, la mayoría condena las reformas
(y, por lo tanto, a Yeltsin): el 59 por ciento a finales de noviembre. Cues­
ta trabajo entender cómo se las arreglan los asalariados para sobrevivir.
Los sueldos son tan extraordinariamente bajos que no sirven de nada.
Y sin embargo... La explicación es el segundo empleo no declarado, que
rinde mucho más y que practica la mitad de las parejas. Según estima­
ciones, representaría el 40 por ciento de los ingresos. ¿Se puede men­
cionar la parcelita de tierra, el huerto que trabajan muchos habitantes
de las ciudades? Se puede, opina quien se encontró un viernes por la
tarde en la estación de metro Komsomolskaya, en Moscú, casi llevado
en volandas por la multitud que se precipitaba hacia las estaciones del
ferrocarril, las tres estaciones hermanas de San Petersburgo, Kazán y Ya-
roslav. Ese día de mayo, la gente se precipitaba para pasar el fin de se­
mana trabajando su parcela, algunos a 30 kilómetros de Moscú, otros a
40 o, incluso, a 80 kilómetros. Todos cargaban mochilas, enseres, cajas
de cartón con preciosas matitas de tomate de 50 centímetros de alto.
Camino del aeropuerto de Sheremetievo o del Vaticano ortodoxo de
San Sergio, uno veía a hombres y mujeres trabajar con mucho cuidado
los jardincitos que les proporcionarían conservas para todo el invierno
y entradas nada despreciables para la economía familiar.

510
La situación de los jubilados es mucho más difícil, por no decir
trágica. Representan el 20 por ciento de la población en Rusia, Ucra­
nia y Bielorrusia, y su pensión es trágicamente ridicula. Excluidos por
la edad de la dinámica esfera de la economía informal, esas personas
no tienen más que el eventual jardín, el eventual apoyo de la fam ilia
-que no tienen las muy numerosas viudas sin hijos—y todos los pe­
queños oficios del llamado «comercio hormiga», que no dista mucho
de la frecuente mendicidad, triste privilegio de las abuelitas.
Se vive mejor en Moscú y en San Petersburgo que en Bielorrusia
y Ucrania, cuyos trabajadores cruzan la frontera todos los días, acep­
tando salarios inferiores a los que reciben los rusos. Rusia parece un
paraíso para muchos ciudadanos de la antigua URSS y eso explica que
en mayo de 1995 los bielorrusos hayan votado en un 80 por ciento a
favor de una integración económica con Rusia.
Muchos rusos que viven en repúblicas de la Comunidad de Esta­
dos Irídependientes emigran a Rusia, no por razones políticas ni ideo­
lógicas, no por miedo al nacionalismo de naciones recién independi­
zadas, sino sencillamente para mejorar su nivel de vida.
Eri la economía tanto como en la política, los rusos caen en la
cuenta de lo acertado que era el discurso de Maquiavelo:

«Nada es más difícil que inventar un nuevo sistema, nada más pe­
ligroso, ya que las posibilidades de éxito son pocas. Quien quiere
construir el nuevo sistema hace enemigos suyos a todos los que go­
zaban de privilegios en el antiguo, y recibe poco apoyo de los que
se beneficiarán con la llegada del orden nuevo. Sus reservas son el
resultado, por un lado, del miedo frente a los opositores, los de­
fensores del antiguo régimen, y, por el otro, de su escepticismo; no
creen en el nuevo orden mientras su superioridad no quede de­
mostrada en la práctica».

Tal escepticismo puede devolver su validez a aquella afirmación


demasiado olvidada de Sigmund Freud, según la cual «esos rusos son
como el agua, que puede llenar cualquier recipiente, sin conservar la
forma de n in g u n o». Para el desconsuelo de Alexandr Solzhenitsyn.
El verano abrasa Moscú y la pelusa de los álamos, llamada «la mal­
dición de Stalin», porque fueron plantados en su época, vuela por
todas partes. La revista Cosmopolitan ha estrenado su edición rusa y
vende ya 400.000 ejemplares. Moscú está llena de Mercedes, BMW,
Jeep Cherokee y barras de chocolate Snickers; en el parque Gorki, al
lado del río Moscova, el equivalente del Luna Park exhibe un Monte

511
Rushmore de cartón con las efigies de Lincoln, Jefferson y Roosevelt.
Los franceses pueden comprar su baguette y sus croissants en la tienda
kukuriku: un quebequense cuece en sus hornos franceses masa impor­
tada de Francia... Moscú sigue ofreciendo un sinfín de conciertos,
obras de teatro, óperas, ballets; sus museos son fabulosos y la galería
Tretyakov acaba de reabrir después de una completa renovación. En
más de 60 galerías bien iluminadas puede uno admirar el arte ruso des­
de los primeros iconos hasta los años veinte. Rusia, su historia, su cul­
tura, está ahí presente, como en ningún otro museo. En la sala 48 es­
tán los cuadros de Kandinsld y de Malévich que no aparecían desde los
últimos diez años. No hay que creer a los que dicen que es demasiado
peligroso caminar por las calles de Moscú o de San Petersburgo. Es me­
nos peligroso que en cualquier gran ciudad de Estados Unidos. Sin em­
bargo, el tema de la inseguridad preocupa a los rusos y los políticos lo
explotan con ganas. Así, los crímenes espectaculares que sacuden pe­
riódicamente la opinión pública, si bien no afectan al ciudadano co­
mún y corriente en su vida cotidiana, sí contribuyen a una angustia
que se transforma en capital político para los partidarios de «la mano
de hierro».
El politólogo Andronik Migranian es un hombre inteligente y tie­
ne constancia en sus ideas. En 1987 o 1988, cuando apoyaba la peres-
troika y asesoraba a Gorbachov, solía decir que la URSS no estaba pre­
parada para la democracia y que, para evitar el caos, el dirigente debía
tener «la mano de hierro». Ocho años después, como consejero políti­
co de Yeltsin, repite el mismo discurso. Tiene razón cuando dice que
Rusia no tiene partidos políticos, sin los cuales difícilmente puede ha­
ber democracia; tiene razón cuando señala la aparente apatía de la na­
ción. Ciertamente, la gente está decepcionada, está cansada. Se acabó
el entusiasmo vivido a la hora de la ruptura con el pasado, de la críti­
ca al sistema, de su derrumbe. Ahora no quieren hablar de política ni
de reformas; muchos usan la palabra «demócrata» como un insulto. Su
problema es ganarse el pan de cada día y su enojo se dirige contra la
corrupción y la famosa inseguridad. La inseguridad afecta, principal­
mente, a los llamados «nuevos rusos», esos nuevos ricos que manejan
la corrupción y pueden terminar siendo su víctima a la hora del ajuste
de cuentas; son muchos los ajustes de cuentas en forma de matanzas y
los asesinatos de banqueros, empresarios y mafiosos son espectaculares.
Los demócratas son minoritarios; Yeltsin los ha utilizado antes de
echarlos a un lado. Rompieron con él por el asunto de Chechenia,
pero no ganaron con ello ninguna popularidad y demostraron su ais­
lamiento. Además siguen estando más divididos que nunca. Los pe-

512
riodistas persisten en su valiente combate a favor de los valores de­
mocráticos. Pueden hacerlo y es asombroso leer las páginas que dedi­
can Moskovskie Novosti o el Nezavisimaya Gazeta para denunciar tanto
la decisión política de entrar a sangre y fuego en Chechenia como la
ejecución de esa decisión por parte del Ejército. Así, los reportajes so­
bre la matanza de 225 civiles en el pueblo de Samashki, después de la
batalla, merecen todo respeto.
Sin embargo, el ambiente tiende hacia el autoritarismo, por no de­
cir la dictadura. En esto, Rusia no hace más que seguir el ejemplo de
los otros países de la antigua URSS. Todos los presidentes de los paí­
ses de Asia central han prolongado sus periodos de Gobierno a fuerza
de un referéndum triunfal: en Turkmenistán, Saparmurad Niazov, co­
nocido por su culto a la personalidad, ha sido confirmado en su car­
go hasta 2002 por el 99,9 por ciento de los electores. De manera más
moderada, los presidentes de Bielorrusia y de Ucrania acaban de for­
talecerse, por la vía del referéndum, frente a sus Parlamentos respecti­
vos. Hay que situar en esa perspectiva el rumor de cancelación o de
postergación de las elecciones legislativas (diciembre de 1995) y presi-
denciáles (junio de 1996). En su lugar se organizaría eventualmente un
referéndum. Como en las otras repúblicas de la Comunidad de Esta­
dos Independientes, en nombre de la «estabilidad». Entre Yeltsin y el
«partido del poder», los comunistas, que vencen en las elecciones lo­
cales, y los nacionalistas, que quieren que Rusia sea una «gran poten­
cia», queda poco espacio para una cultura política democrática.
No se puede subestimar la nostalgia de la grandeza internacional
perdida. El general Alexandr Lébed bien lo dice: «Quien no extraña la
URSS, no tiene corazón; quien quiere restablecerla, no tiene cerebro».
Por cierto, a finales del año, Lébed ganó una gran popularidad que, en
algunos sondeos, lo situó en primera fila y lo convenció para anunciar
su candidatura a la presidencia para 1996. El Gobierno intenta sanar
esa herida, protestando enérgicamente, a partir de mayo de 1995, con­
tra los occidentales, cuando la crisis de Bosnia se agrava; defiende ver­
balmente a los serbios y cuando la OTAN, amparada por la O NU ,
bombardea por primera vez seriamente a las fuerzas serbias alrededor
de Sarajevo (29 y 30 de agosto), Yeltsin denuncia la «agresión» y orde­
na a su ministro Kózirev que proteste en la O N U , mientras la Duma
denuncia el «genocidio contra los hermanos serbios». Felizmente, los
acuerdos de paz firmados en Dayton, Ohio, a finales de noviembre,
ponen fin a esa tensión permanente.
Si la guerra en Chechenia deprime tanto al presidente es porque
contaba con una victoria relámpago para satisfacer al orgullo nacional.

513
La guerra es dura, muy dura, y el éxito no llega; por lo tanto, la guerra
es impopular. Tres meses de feroces combates son necesarios para to­
mar la capital, Grozni, y otros cuatro para tomar, uno por uno, cada
pueblo, cada ciudad de la pequeña república. Cuando a principios de
junio el Ejército ruso llega a los pies de la sierra meridional, Moscú
cree que finalmente se ha logrado la victoria y propone úna mesa re­
donda a los «rebeldes» del presidente Dudáyev. El 14 de junio, Shamil
Basáyev, el temible guerrillero, golpea en Rusia, a 200 kilómetros de
Chechenia. Apunto en mi diario:

«El día 13, Moscú anuncia la caída de Chatoi, el último bastión


checheno. Miércoles 14: Shamil Basáyev, el número 3 de Cheche­
nia, después de Dudáyev y del general Aslán Masjádov, toma en
la ciudad de Budionovsk (50.000 habitantes) el hospital general
con 2000 rehenes. Parece tener un comando de 170 hombres.
¿Cómo pudo llegar sin intercepción? De 50 a 100 muertos en el
asalto. Las fuerzas rusas asaltan dos veces el 17 de junio, lo que
cuesta la vida a 120 rehenes (cifras oficiales). En ausencia de Yelt-
sin, el primer ministro Chemomyrdin, el mismo día, habla por te­
léfono con Basáyev. El 18 toma la decisión de suspender los com­
bates de Chechenia y abrir negociaciones; garantiza el transporte y
la seguridad del comando hacia Chechenia. El lunes 19 el diálogo
empieza en Grozni y Basáyev libera a sus cientos de rehenes. Se
va con un escudo civil de 150 voluntarios en un convoy automó­
vil, llevando en una cámara frigorífica a sus 16 muertos».

Eso provoca un terremoto político, la primera verdadera confron­


tación entre la nueva Duma y el presidente, al que responsabiliza de
la increíble humillación sufrida por Rusia. La Duma vota la censura
del Gobierno por 241 votos contra 72, y 107 diputados piden un jui­
cio contra Yeltsin. Yegor Gaidar es el único líder político que apoya a
un Gobierno que manejó bien la crisis, a diferencia de las fuerzas de
seguridad; pide a la vez el castigo de los ministros responsables de la
guerra. El 30 de julio se firma un acuerdo puramente militar con los
chechenos: alto el fuego, desarme de los chechenos, retirada de las tro­
pas rusas, intercambio de prisioneros. Ni una palabra sobre el estatuto
político de la república. El Ejército no respeta la tregua, los chechenos
tampoco. A consecuencia de esa guerra Rusia no puede ingresar en el
Consejo de Europa. En diciembre, la guerra cumple su primer año y
Dudáyev advierte que está apenas empezando. Efectivamente, para
protestar contra las elecciones organizadas por el Ejército ruso el 17 de

514
diciembre, Aslán Masjádov lanza una gran ofensiva que se prolonga
una semana. Se combate en el centro de Grozni y en las principales
ciudades. Muchos jóvenes soldados rusos, adolescentes del servicio mi­
litar, lanzados sin preparación, pierden la vida.

Las elecciones legislativas de diciembre de 1995

Ahí tenemos a un gran país que conoció una privatización real y


efectiva, pero que está lejos de tener verdaderos mercados; una demo­
cracia formal en la cual hay elecciones, pero que sufre la ausencia de
vida política: no hay partidos dignos de este nombre, con excepción
del Partido Comunista; tampoco hay una verdadera vida parlamenta­
ria. Si bien Rusia vive una calma asombrosa, no se puede afirmar que
haya encontrado la estabilidad.
¿Será Yeltsin el problema? Según los sondeos su popularidad no
pasa del 6 por ciento, pero ninguna personalidad tiene más crédito. No
falta quien diga que la impopularidad de Yeltsin no es tal, que es un
jefe como los que quieren los rusos: que beba mucho, que sea grose­
ro, brutal, no importa, por el contrario, prueba que es. una fuerza de
la naturaleza. En ese sentido, si la gente no está de acuerdo con la
guerra en Chechenia, no es que tenga simpatías por los chechenos, ni
que condene el uso del Ejército, sino que no quiere perder a sus hijos
o verlos regresar inválidos.
La guerra de Chechenia es considerada por muchos especialistas
como un antes y un después en la historia de la República rusa. En re­
alidad, el cambio político real se dio aquella noche del 3 al 4 de
octubre de 1993, cuando el Gobierno decidió cambiar de medios y
emplear el ejército contra los diputados recalcitrantes. Desde aquel en­
tonces, Yeltsin empezó a cambiar de estilo, tanto en política interior
como exterior, y se distanció de los demócratas, acusados de ser unos
vendepatrias. Como escribe Rosiiskaya Gazeta, diario progubemamen-
tal: «Antes había un bando “demócrata” y, del otro lado, los “rojipar-
dos”. Hoy en día esa división ya no tiene sentido. La división pasa en­
tre los que se oponen a un Estado fuerte y los que apoyan el
fortalecimiento del Estado ruso, por más que se alejen en cuanto a la
política económica». Otra vez «la mano de hierro».
Muchos son los que la exigen; unos piden despotismo ilustrado,
otros despotismo a secas, otros una democracia con músculos; hasta
los liberales quieren «medidas liberales con un poder fuerte». Algunos
piensan que no pasará nada, con o sin elecciones legislativas en di-

515
ciembre, con o sin Yeltsin después de junio de 1996. Tienen una teo­
ría maquiaveliana del complot, según la cual desde hace muchos años,
desde Andropov, si no desde antes, un grupo, en la penumbra, mueve
los hilos de las marionetas; según ellos, Gorbachov y Yeltsin no fue­
ron sino sus peleles. Dicho grupo habría hecho y deshecho a Górba-
chov; luego hizo a Yeltsin y lo conservó mientras fue útil a sus planes.
Apoya esa teoría el hecho de que algunos hombres jóvenes, elementos
de la KGB a principios de los años ochenta, trabajaron muy cerca de
Gorbachov y siguen hasta la fecha en el primer círculo presidencial;
también la sostiene el hecho de que existe un aparato presidencial en
expansión que controla mucho, cada día más, incluido al propio pre­
sidente. Tal sistema, hasta la fecha, parece convenir a los grandes inte­
reses, a los nuevos imperios económicos, a los bancos, a los industria­
les, a los «nuevos rusos», campeones del consumo ostentoso y de la
corrupción que funciona, a veces, como redistribución de la riqueza.
Si es cierto, como dicen, que el sistema conviene a mucha gente, lo
más probable es que Rusia se instale en él para un buen rato.
Al insistir sobre la estabilidad, el orden y la grandeza nacional, el
grupo en el poder puede ignorar las críticas, olvidar a los demócratas
y actuar con mano dura en Chechenia o en algún otro lado. Nacio­
nalismo y estatismo obedecen a una larga tradición y despiertan ecos
favorables a todos los niveles. Basta recordar el gran desfile militar del
9 de mayo y la convergencia nacionalista de la derecha al estilo Zhiri-
nik, del Partido Comunista de Ziuganov, que bien podría llamarse na­
cional-popular, y de la corriente nacional-ortodoxa, que exclama: «¡So­
mos rusos y Dios está con nosotros!».
Eso puede explicar el realismo melancólico de Dmitri Volkov, edi-
torialista de Sevodnya, cuando concluye:

«Claro, el Estado va a seguir siendo corrupto y creciendo más aún.


Pero Rusia es un país hecho de relaciones personales íntimas, más
que de relaciones independientes regidas por la ley. Una versión
rusa de la democracia no eliminaría la corrupción, sino que aumen­
taría, más bien, el número de gongs, de clanes en violenta compe­
tencia para controlar recursos escasos. Si no queda más que un
clan, el del Kremlin, por lo menos podría controlar a sus mucha­
chos y regir los otros clanes con un puño de hierro».

«No cabe duda, nadie en Rusia escapa hoy a la metáfora de la


mano de hierro. Apoyado por los grandes intereses económicos, apo­
yado por los gobernadores de las provincias, apoyado por los presi-

516
dentes-déspotas de las otras repúblicas de la Comunidad de Estados
Independientes, el poder que reside en el Kremlin (que no en la per­
sona del presidente de turno) parece tener mucho futuro.» Eso escribía
el autor de este libro un mes antes de las elecciones del 17 de diciem­
bre de 1995. Por entonces el presidente Boris Yeltsin había recuperado
su petulancia, impulsaba iniciativas espectaculares, entre otras a favor
de la paz en Chechenia, y parecía abrir la campaña para su reelección
en 1996. En Nueva York regalaba a Clinton una chaqueta reversible
que decía por un lado «Clinton 96» y por el otro «Yeltsin 96». Luego
le dio un infarto, el segundo en cuatro meses, lo cual planteó serias
dudas en cuanto a una segunda presidencia Yeltsin.
Con Yeltsin como verdadero presidente, las elecciones del 17 de
diciembre no sólo quedaban garantizadas, sino controladas. Ahora
bien, con un Yeltsin en segunda fila, si no incapacitado, y ante la even­
tualidad de un interinato presidencial impredecible, algunos se asustan.
Un grupo de poderosos empresarios pide que se pospongan las elec­
ciones, por miedo a una victoria comunista, o nacional-comunista, que
acabaría con los logros económicos; temen también que Yeltsin, en­
fermó pero aún presidente, tenga la tentación de volverse «rojo» de
nuevo, para corresponder a la posible nueva mayoría. .
Más cerca de Yeltsin, «los hombres del presidente», los duros due­
ños del aparato de seguridad, identificados con la guerra de Chechenia,
han empezado a moverse contra el primer ministro, Viktor Cher­
nomyrdin, al que no quieren ni como interino, ni como presidente en
1996. Con un Yeltsin demasiado enfermo, pierden la pantalla tras la
cual se escondían. A ellos se puede atribuir el intento de sabotear las
elecciones a través de la cancelación del registro electoral del partido
del ex vicepresidente y golpista Rutskoi, y del bloque reformista Yablo-
ko. Fue necesaria la intervención, desde el hospital, del presidente Yelt­
sin, a instancias de su primer ministro, para derrotar esa provocación.
La República rusa fondada en 1991, duramente golpeada por el en­
frentamiento de 1993 entre el Congreso y el presidente, es frágil. El
presidente tiene, por la Constitución instaurada hace dos años, pode­
res muy amplios, tanto que, de hecho, puede gobernar sin el poder le­
gislativo. Ahora resulta que, por accidente, no hay presidente. Eso, en
una sociedad a la que los brutales cambios socioeconómicos han vuel­
to más frágil y que está escandalizada por la minoría de nuevos ricos
y por el coste social de las reformas. Los beneficiarios, incluyendo a
los «amigos» de Yeltsin y la vieja Nomenklatura comunista que supo
enriquecerse, temen mucho a las elecciones. Temen que un general Lé-
bed, aliado con los comunistas y los agrarios, sea capaz de encarcelar-

517
los, de quitarles su dinero. El primer ministro Chernomyrdin es un
obstáculo serio en su camino. Ciertamente, sus éxitos económicos
(control de la inflación, estabilización del rublo, repunte de la pro­
ducción por la primera vez en diez años) no le aportan ninguna po­
pularidad, pero se ha manifestado «peligrosamente» demócrata frente
al problema checheno, al tomar, en ausencia de Yeltsin, la iniciativa de
abrir negociaciones con los insurgentes y de lograr una suspensión
de los combates. ¿Podría ganar la presidencia en buena lid, en 1996?
Eso no es lo importante. Rusia necesita que la transmisión del poder
se haga de manera institucional para no perder lo que costó tanto.
Chernomyrdin, por lo pronto, lucha para que las elecciones del 17 de
diciembre tengan lugar y para ejercer el poder, todo el poder, en nom­
bre de Yeltsin.
En las legislativas de diciembre, los rusos se dieron el gusto de ma­
nifestar su descontento contra el Gobierno, reservando la decisión di­
fícil para las presidenciales, que se iban a celebrar seis meses después.
Quince días antes, el diario Izvestia titulaba: UN FANTASMA VAGA POR
RUSIA, e l FANTASMA DEL COMUNISMO; un Partido Comunista que pro­
metía cambios «explosivos» como la revocación de la disolución de la
URSS. Obtuvo una innegable victoria, con 157 de los 450 escaños de
la Duma, y tomó control de la mayoría de los comités parlamentarios.
El único partido que representaba al Gobierno, Nuestra Casa Rusia,
fundado por Víktor Chernomyrdin, apenas alcanzó un 10 por ciento
de los votos, frente al 22,30 por ciento del Partido Comunista; el Par­
tido Liberal Demócrata de Zhirinovski obtuvo un 11,1 por ciento,
mientras que Yabloko, del demócrata Yavlinski, decepcionaba con su
6,9 por ciento. La participación electoral, al llegar a un 64,5 por cien­
to, 10 puntos más que en las elecciones anteriores, daba una buena
señal. De hecho, la coalición opositora Partido Comunista, Partido Li­
beral Demócrata y agrarios bajó del 44 por ciento en 1993 al 38 por
ciento, pero los reformistas, estables en su 29 por ciento, se encontra­
ban más divididos aún, y la guerra de Chechenia empujaba a varios a
estar en la oposición.
Envalentonada por el notable éxito del Partido Comunista, la opo­
sición anuncia la derrota inevitable de Yeltsin en las próximas presi­
denciales y se prepara para la victoria. Pero lo hace sin contar con el
despertar del luchador Yeltsin, el de todas las crisis, que sacrifica in­
mediatamente a su fiel Secretario de Relaciones Exteriores, Kózirev, y
lo sustituye por Evgueni Primakov, el jefe del contraespionaje, bien vis­
to por el Partido Comunista; cesa a Anatoli Chubais, patrón de las re­
formas, al que declara «culpable de todo» (¿todo qué?). Pero aunque

518
los ministros cambian, la política sigue siéndo la misma, la guerra es
cada día más dura en Chechenia y ni la admisión de Rusia en el Con­
sejo de Europa, a finales de febrero de 1996, ni el apoyo del G7 y del
Fondo Monetario Internacional en marzo logran restablecer la popu­
laridad de Yeltsin: ¡del 6 por ciento!

Hacia las presidenciales

En 1991, Solzhenitsyn advirtió: «El comunismo no ha muerto». Sí


y no. Tanto en Rusia como en 13 de las repúblicas nacidas de la ex
URSS, los presidentes son ex comunistas, la mayoría de ellos en el po­
der antes de la caída de la Unión. En muchos países de Europa del Este,
los comunistás volvieron democráticamente al poder. Este fenómeno no
se puede comparar con el primero y no frena la democratización de di­
chas sociedades. En el caso de Rusia y de los países de la Comunidad
de Estádos Independientes, muchos analistas son escépticos.
A. Kiva, especialista en los países del tercer mundo, piensa que a
Rusia le tocará un régimen nacional-autoritario que, a diferencia del
comunismo, «tiene una posibilidad de evolucionar en dirección de la
democracia». El ex disidente Lev Timofeyev cree que la democracia no
dispone de ninguna base social. Señala que el poder sigue en manos
de los mismos hombres y de las mismas estructuras que antes de las
reformas. Con una diferencia: «Ahora no tienen tanto las riendas del
poder político y administrativo sobre la persona del trabajador, como
el látigo del poder económico, a través de la red bancaria, financiera,
industrial controlada de manera monopolística». Del matrimonio en­
tre la Nomenklatura soviética y los negocios actuales nació un sistema
basado en las relaciones entre los políticos (Gobierno y oposición) y
las nuevas compañías. Esas relaciones corruptoras incluyen a muchos
comunistas y los intereses así creados no se dejarán desplazar fácil­
mente. Se prestarán, sin problemas, a cualquier régimen autoritario.
Parados demócratas, las elecciones presidenciales son una trampa
para tontos. El juego parece limitado a dos candidatos, Ziuganov y
Yeltsin. Ni Ziuganov ni Yeltsin quieren que haya una tercera opción.
Ambos proceden del viejo PCUS, comparten las mismas raíces, los
mismos genes, la misma mentalidad. Ziuganov es un Yeltsin más jo­
ven, con menos carisma. Los demócratas no han sido capaces de tener
un candidato propio, de modo que tanto ellos como los indecisos (en­
tre el 30 y el 40 por ciento) se encuentran en la trampa: escoger entre
Ziuganov y Yeltsin. No hay alternativa.

519
No pueden votar comunista, pero ¿cómo votar Yeltsin? Si es el
hombre de la guerra de Chechenia, si se esfuerza en copiar el progra­
ma comunista. El asunto de la guerra es central. Los demócratas, mil
veces humillados por Yeltsin, se decidieron a romper con él por la
guerra. Pero el Partido Comunista no ha luchado contra esa guerra y
sobre este punto se puede esperar lo peor de un Gobierno nacional-
comunista. Además, ¿qué hará con Ucrania cuando el 40 por ciento
de los rusos desapmeba su independencia? El 40 por ciento es indife­
rente ó no sabe y apenas el 20 por ciento la aprueba. ¿Qué hará con
Kazajistán, que tiene una gran minoría rusa? ¿Qué hará con Estonia y
Letonia?
Yeltsin se presenta como el mal menor y su chantaje («yo o Ziu-
ganov») irrita, desespera a los numerosos rusos que no quieren que los
manipulen como marionetas. Como dice Anatoli Kurchatski, «la patria
peligra, el destino de Rusia está en juego». Hasta ahora, Rusia no ha
logrado romper el círculo vicioso en el cual alternan fases de despo­
tismo, totalitario o no, y fases de autoritarismo menos implacable,
pero siempre favorable al poder del Estado.
¿Será cierto lo que dice el «patriota» S. Kurguinian? «Nuestra so­
ciedad es de tipo oriental. Una sociedad oriental aceptará las reformas
con meta colectiva, en el marco corporativista. Aceptará sólo una mo­
dernización autoritaria. Lo que Stalin logró hacer.»
Toda la atención política del primer semestre de 1996 se centra en
las presidenciales. El candidato Yeltsin, para ganarse a la parte necesa­
ria del electorado de su rival comunista Guennadi Ziuganov, sigue la
lógica electoralista, populista, en su política económica y social: el
ukaz (decreto presidencial) 66 lanza la «operación salarios» (cueste lo
que cueste, hay que pagar a tiempo sueldos y pensiones, incluidos to­
dos los atrasos), que abre una seria crisis presupuestal. Busca vana­
mente la paz en Chechenia, para poner fin a una guerra cada día más
impopular, y firma en abril un proyecto de unión con el autoritario
presidente de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko.
Su único rival amenazador, Ziuganov, contesta con una propa­
ganda hábil que da de él la imagen de un hombre moderado y capaz,
que no reniega de Stalin pero se lleva bien con la Iglesia ortodoxa, que
promete seguridad intema y extema, y la reconstrucción del servicio
de salud y de la industria. En marzo comete, sin embargo, un grave
error. El día 15 el Partido Comunista hace que la Duma anule el acuer­
do de diciembre de 1991 que disolvía la Unión Soviética, por 250 vo­
tos a favor y 98 en contra. Justo cuando el Ejército ruso está atrapado
en duras batallas en Chechenia. Yeltsin, enfurecido, denuncia una re-

520
solución «sin fundamento jurídico que viola de manera flagrante la
Constitución». Recibe inmediatamente el apoyo de los presidentes de
Ucrania, Kazajistán, Bielorrusia, Georgia, Armenia, Kirguistán y Mol­
davia. El núcleo duro del círculo presidencial, especialmente Alexandr
Korzhakov, su hombre de confianza de los últimos años, alientan su
enojo. La primera reacción de Yeltsin es disolver la Duma. Cuenta en
sus memorias: «Siempre me he inclinado hacia las decisiones simplo­
nas. Dije a mi gabinete: “¡Preparen los documentos!”. ¿Cuáles? Poner
fuera de la ley al Partido Comunista, disolver la Duma, posponer las
elecciones presidenciales».
Una primera reunión con los ministros más importantes lo confir­
ma en esa decisión, que no comparten el primer ministro Chemomyr-
din y el secretario de Gobernación; los demás la apoyan. En sus me­
morias, Yeltsin cuenta que el 23 de marzo, su hija, la influyente Tatiana
Diachenko, le pide que escuche un consejo diferente, el de Anatoli
Chubais. «“Boris Nicoláyevich, no vivimos en 1993 [...] Deshacerse de
los comunistas es una idea loca. La ideología comunista se encuentra
en la cabeza de la gente. Usted no va a injertarle otra cabeza a la gen­
te con un ukaz presidencial. Acabaremos con el comunismo sólo cuan­
do hayamos construido un país normal, fuerte, próspero.' No se deben
posponer las elecciones.” Nuestra conversación duró una hora. Argu­
menté, levanté la voz, casi grité, algo que no hago nunca. Sin embar­
go, cancelé la decisión ya tomada» (Maratón presidencial, pág. 33).1
Por la misma fecha se sitúa el encuentro decisivo entre Yeltsin y
los más grandes empresarios rusos: Berezovski, Gusinski, Potanin, Frid-
man, Jodorkovski y otros dos. Para mayor asombro del presidente, le
dicen que corre hacia el fracaso y, que de seguir así, le regalará la pre­
sidencia a Ziuganov. «Algunos empresarios buscan un acuerdo con los
comunistas, los otros hacen las maletas. Nosotros no podemos lograr
un acuerdo, los comunistas nos colgarán de los postes. Si usted no
hace un cambio radical ahora, dentro de un mes será demasiado tar­
de.»12 Yeltsin acepta su consejo y su apoyo; Anatoli Chubais y su hija
asumen la dirección de una campaña que cambia totalmente de esti­
lo. Parece que dos estadounidenses, especialistas en mercadotecnia
electoral, trabajan en el equipo, con mucho éxito.
Mientras Ziuganov asciende en los sondeos del 20 al 27 por cien­
to en intención de voto, Yeltsin sube del 7 al 28 por ciento, con la se­

1. Confirmado por Chubais a Michael McFaul, Russia’s Unfinished Revolution.


Political Changefrom Gorbachov to Putin. (N. del A .)
2. B. Yeltsin, «Maratón...», op. cit, págs. 29-31. (N. del A .)

521
guridad de ganar en una segunda vuelta. Parte de su campaña es bus­
car la paz en Chechenia, que vive un recrudecimiento de combates,
más y más costosos. El 31 de marzo presenta un plan de paz que es
rechazado, pero el 22 de abril los servicios secretos rusos logran matar
a Dudáyev. El 27 de mayo Yeltsin recibe en el Kremlin a su sucesor,
Yandarbiev, y, después de concluir un alto el fuego, vuela a Chechenia
el día 28. Allí dice a los soldados: «la guerra ha terminado y vosotros
habéis ganado», anuncia un proyecto de estatuto para Chechenia, al
estilo «Tartaristán más algo», antes de seis días, y libera con seis meses
de anticipación a los conscriptos que ya habían cumplido 18 meses.
Mientras, las negociaciones prosiguen con dificultad, y la viuda de Du­
dáyev anuncia que votará por Yeltsin, porque es el menos malo para
los rusos y para los chechenos.
Yeltsin recupera su instinto político; ha perdido 11 kilos, se aleja de
su núcleo duro -los «tres cerditos», Grachov, Korzhakov, Barsukov—, re­
corre toda Rusia, baila durante un concierto de rock en Rostov y una
nueva encuesta (8 de junio) le da la ventaja sobre Guennadi Ziuganov.
El día 10 de junio se firma un acuerdo de desmilitarización de Che­
chenia; el domingo 16 la participación electoral en las presidenciales al­
canza un 70 por ciento. Yeltsin logra el 35 por ciento de los votos; Ziu­
ganov, el 32, y el general Lébed, el 15, seguido por el demócrata
Yavlinski y el nacionalista Zhirinovski. Gorbachov recoge el 0,51 por
ciento... Yavlinski se niega a aliarse con Yeltsin, el cual gana el apoyo de
Lébed: dos días después, cesa a Grachov como secretario de Defensa y
nombra a Lébed consejero del presidente y secretario del Consejo de Se­
guridad; dos días más y destituye a Barsukov y Korzhakov. Gracias a
esos movimientos, Yeltsin gana la segunda vuelta, el 3 de julio, con un
53,8 por ciento de los votos, con 10 millones de votos de ventaja sobre
Ziuganov, que obtiene un 41 por ciento. La participación es del 69 por
ciento. Fue Bismarck quien dijo que «nunca miente tanto la gente como
después de una cacería, durante la guerra o antes de las elecciones». En
los últimos meses, en Rusia, la inflación monetaria había caído hasta el
nivel histórico del 1,6 por ciento mensual, pero las mentiras alcanzaron
una tasa hiperinflacionaria. Alguna vez el desaparecido poeta Joseph
Brodski dijo: «La ambivalencia, creo, es la principal característica de mi
nación». Así, en las elecciones presidenciales Boris Yeltsin era el más
ruso de los candidatos, seguido de cerca por Guennadi Ziuganov, de
quien no se sabe si es ambivalente o tranquilamente mentiroso.
Lo que parece claro es que no existe el tan mencionado creci­
miento del electorado comunista. En las tres elecciones federales entre
1991 y 1995, el Partido Comunista es estable e importante y obtiene

522
entre 19 y 22 millones de votos, pero frente a él hay siempre entre 43
y 46 millones de votos no comunistas. La estabilidad es impresionan­
te, como el hecho de que el electorado comunista sea de edad madu­
ra y que predomine en las ciudades pequeñas y en el campo. En 1995,
el Partido Comunista obtuvo el 32,2 por ciento de los votos (el 21 por
ciento de los inscritos) pero sólo el 23 por ciento en las grandes ciu­
dades, mientras que el 47 por ciento procedía del campo. La ilusión
de un crecimiento acelerado del voto comunista se explica por una ley
electoral que retribuyó el 32,2 por ciento de los votos con el 45 por
ciento de los escaños, mientras que un 45 por ciento de los votos, dis­
persos entre pequeños partidos, no recibió ni un escaño.
Yeltsin y Ziuganov explotaron a fondo el mito del inminente re­
tomo de los comunistas para limitar la pugna presidencial a ellos dos.
Yeltsin decía: «Democracia o dictadura Comunista». Ziuganov respon­
día: «Vais a favor de Rusia y de los msos, o en contra». Yavlinski, can­
didato liberal de la oposición, tenía razón cuando llamaba a votar
«contra la estupidez», contra ambos candidatos, pero no pudo sacar al
electorado de la alternativa bipolar. No logró unificar a los demócratas
y tenía un «defecto», en un país donde el antisemitismo tiene fuertes
raíces: su madre era judía. Con sentido del humor, declaró: «Siempre
dicen que los judíos han destruido este país; denle a un medio-judío la
oportunidad de reconstruirlo». No fue escuchado.
Ziuganov manejaba pocas veces el chiste, pero una vez lo hizo
bien: «Bebo mucho menos que Mister Yeltsin y un poco más que Gor-
bachov» (impopular, entre otras cosas, por haber impuesto la ley seca).
Siempre decía Mister Yeltsin para subrayar que lo consideraba «un
agente occidental que ha traicionado los intereses del país». En Novo-
sibirsk, Ziuganov apareció bajo dos enormes iconos de la Virgen.
Yeltsin negoció con el número 3 de la primera vuelta, el general
Lébed. Cuando llegó a México, Evgueni Ambartsumov, el embajador
de Rusia, dijo que, de todos los generales msos, el más interesante era
el entonces comandante del XIV Ejército, acantonado en Moldavia. El
joven general, con físico de boxeador, veterano de Afganistán —como
su colega y archienemigo Pável Grachov, secretario de Defensa hasta el
18 de junio-, acababa de imponer la paz en la pequeña república in­
dependiente de Moldavia, destrozada por la guerra entre moldavos y
msos de Transnistría. Alexandr Lébed trató por igual a los dos bandos,
impuso e hizo respetar el alto el fuego y no dudó en denunciar a los
ministros corruptos, fuesen msos o moldavos.
Lébed había causado muchos dolores de cabeza al Gobierno, es­
pecialmente a su ministro de Defensa; desde el principio, siendo un

523
general con tropas a su mando, no dudó en acusarlo de inepto y
corrupto. Renunció antes de aceptar un cambio que hubiera podido
interpretarse como un castigo aceptado y multiplicó sus críticas. Me­
ses antes de que empezara la guerra en Chechenia, anunció, denunció
lo que iba a suceder. Al primer disparo, declaró que era una vergüen­
za criminal, que el Ejército iba a perder su alma y su honor en una
guerra colonial y que al final, como en Afganistán, tendría que salir
con el rabo entre las piernas. Antes de que eso sucediera, Ambartsu-
mov le había dicho en francés al franco-mexicano que lo entrevistaba:
«Puede ser nuestro Bonaparte». El 16 de junio obtuvo el 15 por cien­
to de los votos.
Dos días después, Yeltsin y Lébed se pusieron de acuerdo: Yeltsin
nombró al general secretario del comité de Seguridad Pública que
coordina los llamados «ministerios de fuerzas» (Defensa, Gobernación,
Policía) en relación también con la Secretaría de Relaciones Exteriores.
El mismo día 18, en conferencia de prensa, Lébed mencionó que va­
rios generales presionaban a su adversario ahora derrotado, Grachov, el
secretario de Defensa, para dar un golpe de Estado. Poco después cayó
la noticia del cese de Grachov. Con esa novedad, el presidente, en lu­
gar de descansar sobre un círculo íntimo de favoritos nefastos, parece
apoyarse sobre los cónsules. Cónsul, el primer ministro; cónsul, el ge­
neral Lébed.
¿Por qué un Yeltsin enfermo y cansado, agobiado por la guerra de
Chechenia y las dificultades económicas, gana con más de 13 puntos
de ventaja sobre el jefe de la «oposición popular y patriótica»? El fan­
tasma de Yeltsin derrotó al fantasma de Stalin, pero la batalla de la su­
cesión ya empezaba. Las arcas estaban vacías, la crisis financiera era
aguda, y Yeltsin desaparecía, como lo había hecho después de su vic­
toria de agosto de 1991. El 26 de junio había sufrido un infarto, pero
el secreto de Estado había sido bien guardado; no había vuelto a apa­
recer en público -unas breves apariciones en televisión- y entre el 13
de julio y el 23 de diciembre, fecha de su regreso definitivo al Krem­
lin, estuvo casi siempre en la clínica, el hospital y el sanatorio o, a ve­
ces, en su casa. El 5 de noviembre, finalmente, un quíntuple puente
en las arterias coronarias le salva la vida y lo devuelve a la actividad.
Mientras, a lo largo de casi seis meses, el vacío de poder permite man­
tener todas las intrigas y especulaciones. ¿Terminaría el año el presi­
dente? ¿Quién es el delfín, el primer ministro Chemomyrdin o el ge­
neral Lébed? Anatoli Chubais había vuelto al lado de Yeltsin, en
calidad de poderoso «visir», aliado a la «princesa Tatiana», la hija del
presidente.

524
Lébed tiene que dedicarse enseguida al asunto checheno: en julio
la tregua es inexistente y el Ejército ruso lanza una gran ofensiva. El
11 de julio, el secretario de Estado adjunto de Estados Unidos, Strobe
Talbott, buen conocedor de Rusia, señala que «retomar la solución mi­
litar lleva a la catástrofe». Así es. El 6 de agosto el general checheno
Aslán Masjádov, veterano de Afganistán, infiltra 4000 combatientes en
Grozni y lanza un asalto general contra la capital, Gudermes y Argun,
las tres principales ciudades de Chechenia. Las tropas rusas reconocen
247 muertos y 1000 heridos, y Lébed viaja cuatro veces en 18 días para
negociar con Masjádov, su ex compañero de guerra. Así salva al Ejér­
cito ruso copado en Grozni, para mayor enojo de varios generales que
no respetan el alto el fuego. Finalmente, el 30 de agosto, los dos mi­
litares firman en Jasav Yurt un acuerdo que propone durante cinco
años la más amplia autonomía para Chechenia, la evacuación de las
tropas rusas antes del día de Reyes de 1997, y un referéndum en 2001
sobre una eventual independencia. Mientras, Lébed lamenta la muer­
te «inútil» de los «muchachos rusos» («es un crimen», afirma), los na­
cionalistas lo denuncian como «traidor y amigo de los terroristas», los
comunistas critican una «secesión inadmisible» y hasta los liberales
piensan que Lébed «cedió demasiado». Yeltsin no sabe qué pensar y le
cuesta mucho apoyar a Lébed.
En septiembre, la aviación estadounidense bombardea Irak; los ta-
libanes toman Kabul y masacran al ex presidente Najibullah, el anti­
guo aliado de la URSS. Lébed quiere intervenir y denuncia con luci­
dez la amenaza para los Estados vecinos y para el pueblo afgano. Dado
que en los sondeos aparece como el preferido en caso de elecciones
presidenciales, empieza un fuego cruzado contra él y el secretario de
Defensa lo acusa de preparar un golpe de Estado. El 17 de octubre,
Yeltsin lo destituye bajo las presiones de su primer círculo, que no
quiere tener a Lébed en el poder a la hora de la cercana operación de
Yeltsin. ¿Y si llega a morir en el quirófano? Por cierto, la intervención
es notablemente exitosa, pero se realiza tres semanas antes de la fecha
anunciada. Sale el «marciano en la corte de Yeltsin», como lo llamó la
brillante corresponsal de E l País, Pilar Bonet. En vísperas de la Navi­
dad, Yeltsin regresa por fin al Kremlin y vuelve a trabajar.
El general Lébed (pronúnciese Liebed, «el cisne», en ruso) no cayó,
sino que como buen paracaidista que había sido decidió saltar antes
de que lo empujaran. No se fue vergonzosamente, sin avisar, sino que
presentó seis veces su renuncia en 120 días, hasta que le tomaron la
palabra. Lébed dice que no quiere ser el burro de la fábula que patea
al león viejo, que respeta al viejo campeón enfermo, aunque no a su

525
«gran visir», el «regente» Anatoli Chubais, a quien atribuye ambiciones
presidenciales y, por lo tanto, toda la responsabilidad de su despido.
Los «regentes» Chubais (41 años) y Tatiana Diachenko (36 años), la hija
menor de Yeltsin, son muy amigos; fueron los artesanos de la ree­
lección de Yeltsin y el premio de Chubais, de quien se dice que «será
asesinado o llegará a la presidencia», tan fuertes son las pasiones que
desata, ha sido la dirección de la Administración presidencial. De he­
cho, controla todas las actividades del Estado, por encima del primer
ministro, y es la única persona con Tatiana que tiene acceso directo al
presidente, desde su infarto del 26 de junio.
¿Qué hizo Lébed para que lo despidieran? Todo. Multiplicó tanto
las provocaciones como las hazañas. Pasó el tiempo criticando abier­
tamente al presidente y ofreciendo su renuncia; exigiendo mayores po­
deres y control sobre los ministerios de seguridad y demandando, en
varias ocasiones, la renuncia del secretario de Gobernación, el general
Kulikov, a quien acusó de criminal responsabilidad en el desastre che-
cheno. En una palabra, fue más que conflictivo. Al mismo tiempo, ma­
nifestó un raro talento para la conciliación y el sentido común, lo que
le valió el reconocimiento de un liberal como Yavlinski. Fue Lébed y
sólo Lébed quien supo ganarse en unas horas la confianza de los in­
surgentes chechenos y quien logró, en unos días, primero la tregua y
después una paz en forma, congelando durante cinco años la decisión
sobre el estatuto definitivo de Chechenia. Lébed habla fuerte y al mis­
mo tiempo se revela como un hombre de diálogo y de compromiso,
bastante centrista.
Alexandr Lébed, de 46 años, nació en Novocherkask, en tierra co­
saca, de padre ucraniano y madre rusa. Hijo de proletarios, no pudo
entrar en la escuela de aviación militar por razones médicas y terminó
ingresando en el cuerpo de paracaidistas. Capitán al principio de
la guerra de Afganistán, le tocó participar como general en todas las
guerras étnicas desde 1988 hasta 1992: Bakú, Karabaj, Georgia y Mol­
davia; en Moldavia, como jefe del XIV Ejército se dio a conocer pri­
mero aplastando a los moldavos que reprimían la secesión rusa en
Transnistría y después metiendo en cintura de forma salomónica a los
mismos secesionistas. Sin partido y con poco dinero, en diciembre de
1996 va en primera posición, con el 40 por ciento de la intención
de voto en una eventual elección presidencial. Le sigue el comunista
Ziuganov, desde muy lejos, con un 20 por ciento.
Todo eso confirma que había que eliminarlo. Dime quiénes son
tus enemigos y te diré quién eres. Cuando el 17 de octubre Yeltsin des­
pide a Lébed, Zhirinovski y el comunista Ziuganov dan una conferen-

526
cia de prensa juntos, aprobando la medida. Los apoyan el secretario de
Gobernación y el general Kulikov y todos los hombres políticos, me­
nos el liberal Yavlinski y el joven gobernador de Nizhni-Nóvgorod, Bo-
ris Nemtsov. Según Nemtsov, Lébed es «muy popular; es como el
Boris Yeltsin de 1987», es decir, el de cuando Gorbachov creía haber
acabado con Yeltsin. Los chechenos consideraron que «el partido de la
guerra ha vencido a Lébed [...] de un Kulikov se puede esperar lo peor;
este hombre es una vergüenza para el Ejército y para Rusia. Seguimos
en la vía abierta por Lébed, pero listos para la guerra en cualquier ins­
tante», dice Aslán Masjádov.

Los años 1997-1999

Pueden calificarse como el ocaso de la era Yeltsin por el baile de


ministerios, las rotaciones en la cúpula, la crisis financiera de 1998, las
amenazas en el frente checheno, las tensiones con Occidente a propó­
sito de la expansión de la OTAN y de las provocaciones y errores de
los antiguos protegidos Sadam Hussein y Milosevic. Sin embargo, no
todo es negativo; no hay vacío institucional, por más que lo diga la
Duma cada vez que Yeltsin se enferma y convalece; tampoco existe el
peligro rojo. Mayoritaria en la Duma, la oposición no aceptó nunca
el riesgo de ejercer el poder o de hacer frente a una disolución. Prac­
ticó muy bien la ciencia de saber hasta dónde ir para no llegar dema­
siado lejos. No se puede hablar de ocaso, porque Yeltsin supo mane­
jar muy bien y de manera sorprendente su retiro y la consecuente
sucesión presidencial. Lo que dejó a medias fue la reconstrucción del
Estado y unas ambiciosas reformas económicas, lanzadas en marzo de
1997, que se toparon con el huracán financiero venido de Asia al año
siguiente; tal fracaso no se debió a la política rusa, ni a la oposición
interna, sino a los flujos de capitales volátiles. La sorpresa fue que des­
pués de un desastre inesperado, vino una recuperación en absoluto
esperada. El único verdadero fracaso de esos tres años es que desem­
bocaron en la segunda guerra de Chechenia.

Los oligarcas

Poco después de la eliminación de Lébed, su enemigo y sucesor en


el Consejo de Seguridad, el empresario Boris Berezovski se lanzó a rea-

527
lizar una serie de entrevistas altisonantes; al Financial Times le contó va­
rias veces, en octubre y noviembre, que él, Boris Berezovski, y otros
seis magnates habían hecho a Yeltsin presidente.
Los siete magnates que se manifiestan por aquel entonces no son
más que la flor y nata de una oligarquía estable y cerrada «de unas 150
a 200 personas, que maneja los destinos del país» (Solzhenitsyn). Há­
biles representantes de la antigua Nomenklatura comunista, la confor­
mari en compañía de jóvenes nuevos ricos, poseedores de fortunas gi­
gantescas, logradas en unos pocos meses o años. Esos «oligarcas» están
unidos tanto por sus intereses económicos como por su lógica sed de
poder. La promoción entonces de uno de los siete al puesto de secre­
tario del Consejo de Seguridad lo manifiesta claramente: Boris Bere­
zovski es uno de los empresarios que trabajaron de manera decisiva en
la reelección de Yeltsin. Dueño de Logobaz (sector automoción), de
empresas petroleras, de bancos, de la ORT (antigua televisión del Es­
tado) y de periódicos, Boris Berezovski ha sido acusado por el general
Lébed de ser uno de los artesanos de su caída, por los grandes intere­
ses que tendría en la guerra de Chechenia.
Los otros miembros del grupo pertenecen también a ese mundo
de las finanzas, de los negocios y de la política. En enero de 1996 se
reúnen en Davos, Suiza, para aliarse y trabajar por la reelección de
Yeltsin, que, en aquel entonces, parece perdido con el 5 por ciento
de intención de voto, en decimocuarta posición. Según Boris Bere­
zovski, hacen un pacto, idean un plan y lo aplican. Funciona y su
hombre, Anatoli Chubais, se encarga con maestría de la campaña pre­
sidencial. El dinero, evidentemente, nunca falta. Es más, sobra, con
circulación de maletas y portafolios llenos de dólares.
Se dice que el grupo se reúne cada semana para elaborar la políti­
ca del Kremlin. De ser cierto, pierde toda prudencia al colocar a algu­
nos de sus socios en posiciones demasiado visibles: el hablador Bere­
zovski en el Consejo de Seguridad, el banquero Vladímir Potanin en
el gabinete como viceprimer ministro. Sus empresas controlan buena
parte de la economía rusa, los canales televisivos más importantes, las
emisoras de radio más populares y casi todos los grandes diarios y se­
manarios nacionales. El liberal Grigori Yavlinski señala que «nuestro
nuevo régimen reproduce las características del antiguo. Esos nuevos
imperios financieros y mediáticos son más que trusts y holdings. Su
nombre es algo más que banca y televisión: es oligarquía y mafia».
Chubais, su aliado, le había dicho algunos años atrás a Serguéi Kova-
liev, entonces defensor de los derechos humanos, nombrado por Yelt­
sin: «Roban, roban y roban. Roban absolutamente todo y es imposi-

528
ble pararlos. Pero hay que dejarles robar; se volverán propietarios y lue­
go administradores decentes de su propiedad». ¿O sea que serían
los Rockefeller, los Morgan, los Kennedy de la primera generación, «los
barones bandidos» del primer capitalismo norteamericano? Nada ga­
rantizaba que de esa mezcla explosiva de negocios, política y crimen
saliese una verdadera economía de mercado; mucho menos la demo­
cracia y una sociedad no demasiado injusta. Como escribe Solzhe­
nitsyn, «el sistema de Estado oligárquico y cerrado está rematado por
los dictados económicos del gran capital».
Berezovski es un parlanchín y muy exagerado, como cuando dice
que los siete controlan el 50 por ciento del producto interior bruto,
pero también un hombre poderoso y peligroso que contribuye, a tra­
vés de su prensa y su televisión, y de las de su ayer adversario y hoy
aliado Vladimir Gusinski, a destruir a los reformadores, al equipo de
Anatoli Chubais: consigue y publica kompromati, documentos com­
prometedores. ¿Por qué? Él y los otros seis pensaban que el Estado les
debía todo y que había llegado la hora de cobrárselo con las grandes
privatizaciones y con una casi división geográfica de Rusia en gran­
des félidos económicos. Chubais y Boris Nemtsov, los dos encargados
de la economía, con rango de viceprimeros ministros, pensaban al re­
vés, que el Estado no les debía nada y que era inconcebible privatizar
el Gobierno de Rusia; que las reformas apuntaban a la competición y
a la apertura, no a la constitución de cotos protegidos. Contra los re­
formadores, Gusinski y Berezovski lanzaron la «guerra de los bancos»,
hasta hundirlos.

Última ofensiva

Antes, un Yeltsin repuesto de una doble neumonía que lo había si­


lenciado desde el 6 de enero hasta el 6 de marzo de 1997 anuncia las
reformas económicas en su mensaje sobre el estado de Rusia. Aquel 6
de marzo lee el texto preparado por Chubais y Nemtsov: racionaliza­
ción del gasto público, reforma de las pensiones, nuevo código del tra­
bajo, reforma fiscal, privatización de la tierra (no agrícola), control de
los monopolios, restauración de los pagos, ofensiva contra la corrup­
ción y el crimen económico. Con su equipo de jóvenes, el presidente
lanza una apuesta arriesgada. La crisis presupuestaria del Estado es ca­
tastrófica esa primavera, pero Chubais no se acobarda y logra resistir
el descontento social y la oposición de la Duma y de los oligarcas.
Como si no tuviese ya bastantes enemigos, lanza una ofensiva centra-

529
lizadora contra los gobernadores: ésta dura unos pocos meses y en oc­
tubre Yeltsin le obliga a pararla.
Buenas noticias: el 27 de enero Aslán Masjádov gana las eleccio­
nes presidenciales en Chechenia (ahora llamada Ichkeria), con el 60
por ciento de los votos, frente al radical Shamil Basáyev, que obtiene
el 15 por ciento. El 11 de mayo, Masjádov y Yeltsin firman en el Krem­
lin un tratado de paz que «pone fin a cuatrocientos años de guerra en­
tre los dos países». En mayo también termina una larga crisis de casi
un año entre Rusia y la OTAN. Rusia acepta la expansión de la Alian­
za en su antigua zona de influencia (Alemania oriental, Polonia, etcé­
tera) pero se forma el Consejo Conjunto Permanente OTAN-Rusia y
se firma una Carta de Cooperación y Consulta. En el mismo mes de
mayo, Ucrania y Rusia encuentran por fin un acuerdo sobre la flota
del mar Negro y el puerto de Sebastopol. Yeltsin realiza el viaje a Kíev
que había sido cancelado seis veces. En el campo de la actividad eco­
nómica llegan las primeras buenas noticias en muchos años; en 1997
la inflación se reduce al 10,5 por ciento y el producto interior bruto
sube un 0,9 por ciento. En enero de 1998 entra en circulación el nue­
vo rublo, que vale mil viejos rublos.
Entre las malas noticias figura el nombramiento de Boris Bere-
zovski, el 29 de abril, como secretario ejecutivo de la Comunidad de
Estados Independientes. La relativa inexistencia de dicha Comunidad
no resta importancia a la noticia, puesto que Berezovski, «BB», es tam­
bién secretario en el Consejo de Seguridad de Rusia. Se siente intoca­
ble y ataca con rudeza a los reformadores.
Durante la semana del 23 al 28 de octubre ocurre la quiebra bur­
sátil de Hong Kong, después de Tailandia e Indonesia. En noviembre
afecta a Japón, Corea y América Latina. Al final, la ola llega a Rusia,
lo cual demuestra que ésta pertenece al mercado internacional y es frá­
gil como todos los «países emergentes». No es una crisis rusa, pero gol­
pea duramente a Rusia, con la única excepción del sector petrolero: en
el momento de la privatización y de la apertura, de las alianzas con las
compañías internacionales, los Jodorkovski y otros Abramovich cons­
truyen sus imperios.
El año 1997 termina con la gran ofensiva de Berezovski contra
Chubais y su equipo, una lucha intestina que surge en muy mal mo­
mento para el Gobierno: nubarrones financieros, desorden creciente
en la vecina Chechenia, atentados en Daguestán y en la República
rasa, organizados por Shamil Basáyev, y una ofensiva talibán que ame­
naza Tayikistán y Asia central. Del 10 de diciembre al 17 de febrero,
Yeltsin desaparece, víctima de una aguda infección respiratoria. Todo

530
eso retrasa seis meses las reformas fiscales: cuando la Duma las adop­
ta en abril de 1998, es demasiado tarde para el año fiscal en curso y la
caja del Estado no tardará en quedar vacía. Para colmo, el precio del
petróleo en el mercado mundial cae de 20 a 14 dólares el barril en fe­
brero. En marzo, cuando Yeltsin ha recuperado su vigor, embiste como
un toro. Exasperado por la guerra civil entre sus ministros y por la
prensa rusa y mundial, que lo ve ya muerto y presenta al primer mi­
nistro Chemomyrdin como el futuro presidente, el 23 de marzo Yelt­
sin cesa al Gabinete en pleno.
Ese mes de marzo, en Kosovo, los independentistas y el Ejército
serbio empiezan el combate. Yeltsin tarda un mes en imponer a la
Duma al primer ministro de 35 años que ha encontrado: Serguéi Ki-
rienko, alias «Bambi» por su cara seria e inquieta. Amigo de los refor­
madores, no gusta a los oligarcas y tampoco a los comunistas; por pri­
mera vez, la prensa de Berezovski ataca al presidente. En mayo,
Indonesia se derrumba; el 15 de mayo el Banco Central se lanza a la
batalla para salvar al rublo y Kirienko tiene que olvidar su prioridad,
que era pagar todos los sueldos y las pensiones, que acumulaban me­
ses y meses de retraso. En esa batalla tiene, durante un tiempo, el
apoyo de la comunidad financiera internacional. Bien lo dice The Eco-
nomist: RUSSIA IS TOO BIG TO FAIL, es demasiado grande para quebrar.
Y, sin embargo, ésa es la primera sorpresa; el 17 de agosto de 1998, la
debacle financiera, la quiebra de Moscú, anunciada (¿acelerada?) por el
famoso especulador George Soros: «La debacle de los mercados finan­
cieros msos entró en su fase terminal» (Financial Tintes, 13 de agosto). En
julio, el Fondo Monetario Internacional había aprobado una importan­
te ayuda para Rusia, pero, al mismo tiempo, la Duma había rechazado
el plan contra la crisis presentado por Kirienko, provocando así la es­
tampida de los inversionistas. De todos modos, la suerte estaba echada.
Para la sociedad rusa significa una nueva etapa de sufrimientos; los
rusos están furiosos, pero no dispuestos a alzarse. Cuando a finales de
año los índices económicos y sociales señalan que Rusia está en su
peor momento desde 1988, los expertos del mundo entero piensan que
es el derrumbe final, que Rusia no podrá recuperarse. R.I.P.
Y entonces llega la segunda sorpresa. No hay mal que por bien no
venga. La ruina financiera impide las importaciones y favorece la pro­
ducción nacional, con una devaluación inicial del 70 por ciento. No
fue la muerte sino una recaída accidental provocada por factores ex­
ternos, en un muy mal momento.
Pero antes de la recuperación económica, aparece la crisis política.
Después de la quiebra financiera, Yeltsin se encierra a cal y canto diez

531
días en su casa de campo. Ya lo dan por liquidado y le buscan un su­
cesor; hace varios meses que la Duma trabaja para poder destituirlo le­
galmente, hay rumores de golpe de Estado. El 24 de agosto, Yeltsin
anuncia en televisión que se queda, cesa a su primer ministro y recu­
pera a Chernomyrdin, pero la Duma lo rechaza dos veces. Un tercer
rechazo permitiría al presidente disolver el Parlamento. ¿Correrá Yelt­
sin ?! riesgo?, ¿ló correrá la Duma?, ¿aceptará Chernomyrdin una nue­
va humillación? Yeltsin, una vez más, sorprende al sacarse un as de la
manga. Nombra a Evgueni Primakov, de 69 años, un hombre notable
-lo conocí en México, en visita oficial—, políglota, erudito, especialis­
ta en el Oriente Próximo, de los servicios de información y análisis
(«un maestro-espía», se indigna la prensa internacional), excelente ad­
ministrador, secretario de Relaciones Exteriores desde 1996, ajeno a los
clanes y a las camarillas del poder. Tanto es así que fue muy difícil con­
vencerlo de presentar su candidatura. Como la izquierda, la derecha y
el centro lo aceptan sin la menor crítica. Él se resigna y el 11 de sep­
tiembre la Duma lo ratifica a la primera por 317 votos contra 63. Su
llegada al poder no significa la revancha comunista, como dicen mu­
chos; tampoco el fracaso, ni mucho menos la cancelación de las re­
formas. Sorpresas hubo, sorpresas están por llegar.

Un paréntesis: estimado lector, al autor cada vez le hace más falta


una distancia temporal que proporcione la perspectiva necesaria; no se
trata de falta de información (más que abundante), sino de déficit de
análisis: sólo cuando uno conoce las consecuencias, puede ponderar la
importancia de los acontecimientos. Al escribir a finales de 2005, uno
se siente miope.

Vals de gobiernos

Desde el 17 de agosto de 1998 hasta el 1 de diciembre de 1999,


Rusia y su Gobierno no dejan de sorprender al mundo; el tiovivo de
primeros ministros no se detiene: Kirienko dura cuatro meses; Evgue­
ni Primakov, ocho, cuando todo el mundo lo veía en el cargo hasta las
presidenciales de junio 2000, cuando no sentado en la silla del zar; Ser-
guéi Stepashin no pasa de los tres meses, y el desconocido Vladímir

532
Putin... cumple el vigésimo mes de su segundo mandato presidencial
en el mes de diciembre de 2005.
Rusia sorprende también por su calma en el curso de esos agitados
meses políticos; y ¿qué decir de una economía diagnosticada como
moribunda y que resurge pronto? ¿Y de la política económica de un
Gobierno dirigido por un nada liberal (en economía) Primakov, apo­
yado por una Duma controlada por los comunistas? Pues bien, ese Go­
bierno mantiene las reformas, respeta las privatizaciones, juega el jue­
go del mercado, presenta un presupuesto de una severa ortodoxia
monetaria, de una terrible austeridad. La Duma lo aprueba. Eso per­
mite que en julio de 1999 el Fondo Monetario Internacional preste por
fin dinero a Rusia, lo que permite renegociar, en buenas condiciones,
la deuda con la banca internacional, con el Club de París.
El extranjero se impresiona con la ofensiva permanente de la
Duma contra un Yeltsin al que quiere, o cree que quiere, destituir,
y su amabilidad con el primer ministro, su sucesor, y con el sucesor de
su sucesor, Putin. ¡Qué contraste entre una pelea sin tregua y, final­
mente, el respeto absoluto a las instituciones democráticas! Y eso que
la situáción de Rusia en el concierto internacional no es buena: Rusia
traga sapos, recibe ofensa tras ofensa de Occidente, la OTAN camina
hacia su frontera, en diciembre de 1998 los anglosajones bombardean
Irak y en marzo de 1999 la OTAN empieza a bombardear Serbia, du­
rante meses. ¡Serbia!, ¡la hermana eslava por la cual Rusia fue a la
guerra en agosto de 1914! Es poco decir que la Duma, el Gobierno,
Boris Yeltsin, el pueblo ruso y su Iglesia ortodoxa montaron en cóle­
ra. Exasperados, el 17 de abril de 1999, los diputados votaron la Unión
entre Serbia y Rusia; Primakov, que volaba hacia Occidente para ne­
gociar con el Fondo Monetario Internacional, dio la orden a su pilo­
to de dar media vuelta; Yeltsin rechinó los dientes y tronó. Rusia no
podía hacer nada. Eso sí, contribuyó con Chemomyrdin, enviado es­
pecial de Yeltsin, al acuerdo de paz de junio de 1999; Yeltsin asustó a
Occidente y salvó el honor ruso al mandar una brigada rusa al aero­
puerto de Prístina (Kosovo), antes de que llegaran las fuerzas de la
OTAN. Luego, 4000 soldados rusos se incorporaron a las fuerzas de
la KFO R de Naciones Unidas.
Tanto la diplomacia rusa como la gestión interior están marcadas
por el pragmatismo, la prudencia, el sentido común, características to­
das de Evgueni Primakov. ¿Resultados? Desde octubre de 1998 (hasta
la actualidad) el sector industrial crece, estimulado por la demanda in­
terna (con una devaluación del 70 por ciento, se deja de importar); el
alza del precio del petróleo llega a tiempo para salvar a las finanzas del

533
Estado, la Bolsa sube un 60 por ciento en los primeros cinco meses
de 1999.
En la columna negativa: el crecimiento industrial no es suficiente
para levantar el producto interior bruto —tardará dos años—y el paro
oficial sube del 11 al 14 por ciento de la población activa entre la quie­
bra económica y el despido de Primakov. Los pobres son más pobres,
terriblemente pobres: los botnzhi (sin hogar), los niños de la calle, los
ancianos sin familia. Según las estimaciones, entre el 10 y el 30 por
ciento de los rusos se encuentra por debajo de la línea de pobreza. Los
demás viven mejor según criterios objetivos de consumo y equipo do­
méstico: escapan a la pauperización con todas las antiguas tácticas so­
viéticas para sobrevivir; la mitad de la economía sigue siendo «gris»,
fuera del alcance de los indicadores estadísticos y fiscales.
Negativo también: los capitales siguen huyendo, los oligarcas no
repatrían sus dólares, la burocracia asfixia, la corrupción, si bien no es
mayor que antes, es más visible. Los problemas de salud de Yeltsin no
tienen fin: prácticamente ausente desde el 25 de diciembre de 1998
hasta el 15 de marzo de 1999, regresa para darse cuenta de que Pri­
makov ha crecido tanto que todos lo ven muy pronto como presi­
dente. Se enfurece y no tarda en destituirlo. Los escándalos llenan la
televisión y la prensa, gracias a Berezovski y a los demás. Yeltsin in­
tenta echar a su procurador general, Yuri Skurátov, quien, de repente,
en un prurito de virtud, empieza a cazar a los corruptos, empezando
por Berezovski, por colaboradores cercanos a Yeltsin, acercándose a la
«Familia», el pequeño clan alrededor de la hija del presidente, Tatiana,
al cual pretende pertenecer Berezovski. Yeltsin, exasperado, espoleado
por la Duma, no logra acabar con un Skurátov defendido por el Se­
nado. En televisión aparece un vídeo que muestra al procurador en la
cama con dos prostitutas... El vodevil anuncia la tragedia, pero la tra­
gedia no se presenta. El Partido Comunista amenaza: si Yeltsin se atre­
ve a tocar a Primakov, «tomaremos la calle». En plena crisis de Koso-
vo, con problemas con el Fondo Monetario Internacional y con los
chechenos, todos piensan que Yeltsin no se atreverá. Pero Yeltsin se
atreve. Dos días después de la advertencia comunista, el 12 de mayo,
se separa cortésmente de Primakov. No pasa nada. Primera bofetada
para los «kremlinólogos». Segunda bofetada: nombra a Serguéi Ste-
pashin, secretario de Gobernación de Primakov; la Duma acata. La
prensa internacional anuncia EL ú l t im o s u s p i r o (de Yeltsin); el edito­
rial del Financial Times, uno de los diarios mejor informados sobre Ru­
sia, se titula e l d is p a r a t e DE y e l t s in (13 de mayo). Error. La Duma se
desinfla, no logra votar la destitución de Yeltsin, ratifica a Stepashin y

534
a su Gabinete reformista. El 23 de junio vota finalmente el Código
fiscal tan esperado y siempre vetado. Ese mes de junio, el producto
interior bruto crece un 1,5 por ciento. ¿La luz al final del largo
túnel?

La segunda guerra de Chechenia

Por desgracia, ese verano de 1999 que pinta bien asiste de repente
a dos ofensivas chechenas en la república autónoma (rusa) de Dagues-
tán, en agosto y en septiembre. El jefe del ataque, que pretende crear
un Ejército Islámico del Cáucaso y un Califato de todo el Cáucaso, es
el temible Shamil Basáyev. El primer ministro Stepashin, consciente de
la gravedad del caso, corre a Daguestán y allá recibe la noticia de su
destitución y su reemplazo por Vladímir Putin. La noticia es oficial el
9 de agosto; el día 16, la Duma aprueba el nombramiento de este hom­
bre de 46 años, director del FSB (el antiguo KGB). Entró en el KGB
en 1975, sirvió en Alemania oriental desde 1986 hasta la caída del
muro, luego trabajó con su antiguo profesor, Anatoli Sobchak, el al­
calde demócrata de San Petersburgo, hasta su derrota electoral en
1996; entró en la administración presidencial en marzo de 1997, antes
de pasar a la dirección del FSB en julio de 1998. En marzo de 1999,
Yeltsin lo nombra secretario del Consejo de Seguridad. Un desconoci­
do con una carrera últimamente meteórica.
Yeltsin, que no hace nunca las cosas a medias, lo presenta ense­
guida como su candidato para la presidencia en 2000: OTRO REGALO
SORPRESA (Financial Times del 10 de agosto). El 11 de agosto Putin
anuncia: «Liquidaremos a los rebeldes», mientras que la Duma vota
por unanimidad la necesidad de combatirlos. Agosto es siempre calien­
te en Rusia; 1999 no falla a la tradición, aunque la agobiante canícula
de julio haya bajado un poco; lo grave es la guerra en Daguestán, esa
república autónoma, atrapada entre el Cáucaso y la costa semidesérti-
ca del Caspio. Con sus 50.000 kilómetros cuadrados y dos millones de
habitantes, no pesa mucho frente a la inmensidad de Rusia, pero po­
dría ser la mecha en el polvorín caucásico. Quince días antes, guerri­
lleros venidos de la vecina Chechenia se habían apoderado de varios
poblados en un distrito serrano y fronterizo de Daguestán. Pasaban de
mil, eran combatientes fogueados en guerras anteriores (Afganistán,
Abjasia, Chechenia), posiblemente chechenos en su mayoría, con al­
gunos jóvenes daguestaníes. Su jefe era Shamil Basáyev, el del golpe
maestro en Budionovsk en 1995, el hombre que encabezó la toma de

535
Grozni un año después, en el verano de 2000; lo acompañaba el le­
gendario guerrillero jordano, el emir Jattab el Manco.
Basáyev, después de haber sido el rival electoral del presidente As-
lán Masjádov, es brevemente su vicepresidente y luego su jefe de las
Fuerzas Armadas; brevemente, porque no acepta esa subordinación en
bien de la reconciliación nacional y mucho menos la política de mo­
deración realista frente a Rusia. De hecho, se convierte en enemigo
mortal de Masjádov y hacía meses que se esperaba un golpe suyo.
Daguestán no es Chechenia. La nación chechena, dentro de su re­
pública, tiene una homogeneidad étnica, cultural y religiosa sólo com­
parable, en la región, a la de los armenios, mientras que Daguestán alo­
ja a 35 grupos étnicos, de los cuales el más numeroso, el ávaro, sólo
alcanza el 25 o 30 por ciento de la población; luego siguen los dar-
guines, kumikos, lezguines, rusos, lakos, tabasaranos, azeríes, nogais,
sin contar unos 40.000 chechenos y 25 grupúsculos. Esas pequeñas na­
ciones se encuentran además presentes fuera de las fronteras de Da­
guestán, en Rusia y Azerbaiyán. Lo único que tienen en común es la
tradición musulmana suní, el uso de la lengua rusa como lengua fran­
ca y la ciudadanía rusa.
Otra diferencia notable con Chechenia es que no hay un movi­
miento independentista serio y es el Gobierno de la república quien
pide enseguida la intervención de las fuerzas de la Federación Rusa.
Eso explica la unanimidad de la clase política rusa en condenar la in­
vasión y la proclamación por Basáyev de una República islámica que
sueña con unir a la de Chechenia, para, algún día, unificar todo el
Cáucaso bajo su mando. Tanto el general Lébed, opuesto a la guerra
con Chechenia desde el primer momento, como el demócrata Grigori
Yavlinski y una Duma unánime apoyan al Gobierno en este caso.
Cuando en Kirguistán surge una ofensiva de guerrilleros islámicos
se necesita la intervención de fuerzas rusas. Duramente golpeados en
Daguestán, los comandos se retiran pero Basáyev anuncia que puede
golpear a Rusia en cualquier parte. En septiembre vuelve a atacar en Da­
guestán; una serie de bombas en Moscú y en las provincias dejan cer­
ca de 300 muertos civiles entre el 9 y 16 de septiembre. En Moscú la
policía persigue a los «culos negros», la gente del Cáucaso, mientras las
primeras bombas rusas caen en Chechenia. La popularidad de Putin
crece rápidamente cuando dice que, si es necesario, «los coserán a ba­
lazos». Un mes después, el 18 de octubre, goza de una popularidad del
70 por ciento, él, que había obtenido un 3 por ciento el 10 de agosto.
Mientras que la opinión pública no había aceptado la primera
guerra de Chechenia, la indignación ahora es general, todos los parti-

536
dos políticos piden medidas drásticas. El presidente Yeltsin dice no­
blemente que habría que distinguir entre el pueblo checheno y el is­
lam por un lado, y los criminales por el otro, pero prensa y televisión
no hacen caso, proclamando frases del estilo de «el único buen che­
cheno, es el checheno muerto», «hay que arrasar el nido de bandidos»,
«matadlos hasta acabar con el último» o «una sola solución: bombar­
dear Chechenia».
Es inútil que el presidente Masjádov proteste porque Basáyev no
representa ni a Chechenia, ni a los chechenos; es inútil que pida diez
veces un encuentro con las autoridades rusas; es inútil que el gran muf-
tí declare que la guerra de Basáyev no es «la guerra santa», sino un en­
gaño: el partido de la guerra gana fuerza. Vladímir Putin declara que
los acuerdos de Jasav Yurt fueron un error y que Rusia ya no se con­
sidera ligada por ellos. Yendo más lejos, el inefable Zhirinovski pro­
pone arrestar al autor de dichos acuerdos, el general Lébed..., el cual
es partidario de la fuerza contra Basáyev y de la diplomacia con Che­
chenia.
Durante diez días la aviación rusa bombardea Chechenia cada
veinticuatro horas, destruyéndolo todo sistemáticamente, repitiendo
(dice el alto mando) la estrategia de la OTAN contra Serbia... Pero
Grozni no es Belgrado, no hay ningún Milosevic y Masjádov no opri­
me ningún Kosovo. Además, los bombardeos rusos han causado en
una semana tantas víctimas civiles como los de la OTAN en dos me­
ses. Cuando Estados Unidos y Europa manifiestan su preocupación,
Moscú responde que se trata de «un problema intemo de Rusia» y de
la lucha contra el terrorismo internacional. Luego sus tropas entran en
Chechenia. Durante la primera guerra, el general Lébed dijo: «Guando
llegamos a Afganistán, el 90 por ciento de la población nos recibió con
los brazos abiertos. Cuando salimos, el ciento por ciento nos odiaba.
¿Por qué? Un día, dispararon sobre una de nuestras columnas. El co­
mandante arrasó la aldea vecina, luego arrasamos otros pueblos, más
tarde fue la guerra total y los campesinos locales ya no tenían nada que
perder. Pasará lo mismo en Chechenia». Parece que la lección no ha
servido.
Circulan rumores según los cuales los atentados en Moscú y en las
otras ciudades fueron obra de los servicios rusos, que la guerra estaba
programada desde marzo, que Berezovski financia a Shamil Basáyev...
Otros dicen que la actividad repentina de los islamistas en Afganistán,
Kirguistán y Daguestán se debe a las compañías petroleras anglosajo­
nas que quieren sacar a Rusia del «gran juego» de los hidrocarburos de
Asia central y del mar Caspio.

537
La primera guerra de Chechenia costó la vida de 4000 soldados ru­
sos (cifras oficiales) y de otros tantos combatientes chechenos, más la
de 50.000 civiles (estimaciones), sin contar el éxodo de 200.000 che­
chenos y de 150.000 rusos. Entre 1996 y 1999, el presidente Masjádov
no pudo construir un Estado sobre las minas materiales y sociales, en
medio de la miseria; un típico drama de la descolonización, cuando un
Gobierno de repente independiente debe asumir todos los asuntos.
Su Gobierno se hundió en el caos y en la guerra entre los clanes, y el
secuestro se desarrolló como una industria lucrativa, practicada al más
alto nivel. La segunda guerra de Chechenia restableció la unión contra
el enemigo ruso.
Un antiguo proverbio persa decía: «Cuando el sha enloquece, se
va de campaña al Cáucaso»; ése aplica esto al Gobierno ruso? Si bien
la primera guerra había sido totalmente impopular, la segunda tiene el
apoyo de todo el país. «Nos hemos ido de Chechenia, tienen su in­
dependencia y ellos nos atacan en casa», tal es la reacción popular.
Solzhenitsyn, que había condenado la primera guerra como una locu­
ra, dice que ahora se trata de una necesidad defensiva (pero sigue
indicando que Chechenia debe ser independiente). Cuando termina
1999, la segunda guerra de Chechenia cumple más de dos meses y pa­
rece que la Segunda República rusa no ha encontrado otra manera de
cimentarse sino a sangre y fuego.
Lento en conmoverse, Occidente ha acabado por indignarse y casi
todos los 53 países de la Organización para la Seguridad y la Coope­
ración en Europa (OSCE) reunidos en Estambul en diciembre denun­
cian a Rusia, llenando así de gozo al presidente Yeltsin, quien, en sor­
prendente forma física, defiende firmemente a las tropas rusas y se da
el lujo de dar un portazo muy aplaudido en su país. El secretario de
Relaciones Exteriores, ígor Ivanov, denuncia la hipocresía occidental y
su «doble criterio». El ex embajador en Washington y presidente de la
Comisión de Relaciones Internacionales en la Duma, Vladímir Lukin,
se deleita recordando las intervenciones militares norteamericanas en
Santo Domingo, Granada y Panamá; los recientes bombardeos (por
error) en Sudán y Afganistán; la guerra de Kosovo. Todos invocan esa
última guerra: Yeltsin, Putin y el patriarca, el secretario del Partido Co­
munista, Ziuganov, que dice: «Si el Gobierno mantiene su firme línea
en Chechenia, entonces es natural esperar del Partido Comunista
comprensión, diálogo constructivo y solidaridad activa».
Lukin prosigue: «Si Occidente, que gustosamente emplea la fuer­
za cuando se le antoja, sabe cómo resolver el problema por vía ex­
clusivamente política, manteniendo la integridad territorial de Rusia

538
y liquidando en Chechenia el foco de terrorismo internacional, Mos­
cú prestará oído a tal consejo. Si no tiene la llave del problema, Ru­
sia irá arreglándolo por cuenta propia, actuando como considere ne­
cesario».
El otro argumento ruso, que no se puede descartar sin más, es que
Rusia está acosada, si no agredida, por Estados Unidos de mil mane­
ras: el 18 de noviembre, el mismo día de la reunión de la O SCE en
Estambul, el presidente Clinton presenció la firma del acuerdo entre
Turquía, su aliado consentido, Georgia y Azerbaiyán, dos ex repúbli­
cas soviéticas, para crear un oleoducto capaz de extraer petróleo del
mar Caspio, sin pasar por Rusia. El secretario norteamericano de Ener­
gía, Hill Richardson, dijo entonces, imprudentemente: «Eso es una
victoria mayor de nuestra política extranjera, es un acuerdo estratégi­
co en provecho del interés nacional americano».1 Ciertamente, ahí es­
tán las compañías petroleras como BP y Amoco, pero Rusia piensa
que su «interés nacional estratégico» está en riesgo. Ese pleito acaba de
empezar.
Además, Estados Unidos favorece una alianza entre Georgia y
Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia (GUAM), y Georgia habla de entrar
en la OTAN. El rechazo del Senado norteamericano al tratado nuclear
y el deseo de Washington de construir un nuevo sistema de defensa,
violando el tratado antibalístico de 1972, no pueden llegar en peor mo­
mento. Sumándolo todo, los rusos piensan que es demasiado y con­
cluyen que el «interés humanitario» de Occidente por los chechenos es
una hipocresía mayúscula que disimula mal su deseo de eliminar a Ru­
sia del Cáucaso, en el nuevo «gran juego» de los hidrocarburos.
Mientras tanto, 200.000 civiles acampan a la intemperie de un pre­
coz invierno y el cañón retruena sobre Grozni. Ineficaz y desorgani­
zado en la primera guerra, el Ejército ruso no está mucho mejor en la
segunda; como siempre, envía al principio muchachos sin formación,
pobres conscriptos que sufren muchas bajas frente a los guerreros che­
chenos, combatientes natos, conocedores del terreno y fogueados en
varios años de guerra. Sometida a esa dura prueba, la tropa rusa se
transforma eri una soldadesca cruel, mientras que una extraordinaria
corrupción hace que los chechenos puedan comprar de todo, armas y
vehículos, a los rusos. Según los expertos rusos, la segunda guerra es
más cruel y criminal si cabe que la primera. Serguéi Kovaliev, diputa­
do y ex defensor de los derechos humanos en Rusia, declara el 11 de
diciembre:

1. El oleoducto fue terminado en 2005. (N. del A .)

539
«No es una operación antiterrorista, el objetivo de esta guerra es
restablecer el poder central y tomarse la revancha por la derrota
de 1996. Pero Chechenia es también el elemento más sangrien­
to de la nueva línea de política interior, destinada a instalar un ré­
gimen duro y un orden nuevo... El resultado de esta campaña será
un nuevo Afganistán, con un estado de emergencia no declarado
en toda Chechenia, emigración masiva, actuación siri control de
militares y terroristas; habrá muchos años de una guerra sin re­
glas».

Guerra y urnas

En 1831, cuando el Ejército ruso entró en Varsovia y puso fin a


una insurrección polaca de ocho meses, Europa se puso de duelo. El
sentimiento antirruso fue tan violento que provocó una profunda reac­
ción nacionalista en Rusia. El gran poeta Alexandr Pushkin exclamó:
«¿Acaso es impotente la palabra del zar ruso? / ¿Acaso es nuevo para
nosotros discutir con Europa? / ¿Acaso somos pocos?». La segunda
guerra de Chechenia causa la misma situación, el mismo malentendi­
do, y nadie se sorprende al saber que bálticos y polacos apoyan a lo
que queda del Gobierno checheno. ¡
Las elecciones parlamentarias del domingo 19 de diciembre ex­
presan la reacción del pueblo ruso ante lo que considera como el
odio eterno de Occidente hacia Rusia. Los resultados habían sido
anunciados por todos los sondeos de los últimos dos meses; todos,
los partidos y la inmensa mayoría de los ciudadanos, apoyan al Go­
bierno federal en su guerra contra los chechenos. Y un partido in­
ventado a última hora, identificado con el Gobierno, el Partido Uni­
dad, apodado el Oso, por un juego de palabras sobre su acrónimo, es
capaz, en 40 días, de surgir de la nada y conseguir el 23 por ciento
de los votos. El Partido Comunista, con el 24 por ciento de los su­
fragios, se mantiene como se había previsto pero sin posibilidad de
controlar la Duma como lo había hecho hasta ahora. La sorpresa es
el 9 por ciento de votos obtenidos por la flamante Unión de Fuerzas
de Derechas, otro aliado del Gobierno. Zhirinovski sobrevive con el
6 por ciento y el demócrata Yavlinski con otro tanto. De los 26 par­
tidos, sólo seis pasan la barrera del 5 por ciento y tienen represen­
tantes en la Duma.
¿Qué significan esos resultados? Una victoria para el primer mi­
nistro Putin, ayer dirigente del FSB (el antiguo KGB). Tanto es así que

540
otro ex general de la KGB, el ex primer ministro Primakov, al anun­
ciar su candidatura a la presidencia promete incorporar a Putin a su
equipo.
La guerra de Chechenia y sus prolongaciones electorales manifies­
tan que el famoso «puño fuerte», la «mano de hierro», «el cirujano de
hierro» pedido por Andronik Migranian desde 1989 corresponde, aho­
ra, al deseo de la mayoría. No faltan contradicciones: los mismos ru­
sos no quieren volver al pasado y afirman su anhelo por tener las prin­
cipales libertades democráticas. De la misma manera, aunque el 75 por
ciento aprueba la guerra, el 85 por ciento sabe que ésta no va a ter­
minar tan pronto; aunque la inmensa mayoría desea la derrota de los
chechenos, el 55 por ciento piensa que no hay lugar para ellos dentro
de la Federación Rusa. ¿Y los chechenos? ¿Qué piensan, qué quieren,
más allá de paz y trabajo?
Cuando termina el año, la batalla de Grozni, empezada a finales
de octubre, no baja de intensidad; es el Stalingrado checheno; se ha­
bla de 22.000 muertos desde el principio de la guerra. El 31 de diciem­
bre, Yeltsin, repuesto de su última pulmonía (entre el 29 de noviembre
y el 7 de diciembre) da una sorpresa mayúscula. En lugar de presentar
las felicitaciones tradicionales de Año Nuevo, anuncia su retiro antici­
pado e inmediato. Deja a Putin de presidente interino .hasta las elec­
ciones, que deben tener lugar antes de tres meses. Sorprende también
su discurso de despedida:

«[...] quiero pedirles perdón. Por nuestros muchos sueños que no


se realizaron; por haber creído fácil lo que se reveló duro. Quiero
pedirles perdón por no haber cumplido las esperanzas de los que
pensaban que podríamos llegar a salir, de un solo salto, fuera de
nuestro pasado gris, mediocre y totalitario, hacia un futuro lumi­
noso, próspero y civilizado. Yo también lo creía, que un buen
arranque y triunfaríamos [...] Muchos han sufrido en estos tiem­
pos difíciles, pero quiero que lo sepan, nunca lo he dicho pero es
importante para mí decirlo hoy... Sentí como un sufrimiento mío,
en mi corazón, el dolor de cada uno de vosotros. Noches sin sue­
ño, tormentos rumiados: “¿Qué hacer para que la gente pueda vi­
vir un poquito mejor?”. No tenía idea más importante. Me voy.
Hice todo lo que pude. Una nueva generación toma el relevo, la
generación de los que pueden hacer más y mejor».

Yeltsin se va de verdad. El patriarca Alexéi bendice al presidente


interino, la Bolsa sube un 17 por ciento, el 19 de enero Obshaya Ga-

541
zeta pregunta: «¿Qué sentido tiene participar en unas presidenciales
cuyo resultado se conoce de antemano?». Los candidatos de más peso,
Primakov, Luzhkov, el todopoderoso alcalde de Moscú, se retiran; el
único candidato serio frente a Putin es el comunista Ziuganov. El 26
de marzo Putin triunfa en la primera vuelta con 52,9 por ciento de los
votos, Ziuganov le sigue con el 29,2 por ciento. En Chechenia la
guerra continúa.

542
17
El cirujano de hierro
2000-2005

La vida política

Esta historia es demasiado actual y candente para que se pueda for­


mular una evaluación acertada de los acontecimientos que arrancan a
partir del verano de 1999. Hubo tantas sorpresas en los años anteriores,
que la prudencia debería ser la regla, pero, sin riesgo de equivocarse,
uno puede señalar el contraste entre lo accidentado, caótico y conflic­
tivo dé la historia política en tiempos de Yeltsin, y la calma, absoluta si
no fuese por la guerra de Chechenia, que caracteriza la primera presi­
dencia de Putin y los dos primeros años de su segundo mandato. En
1993, cuando los electores dieron el éxito masivo a- Zhirinovski, y
en 1995, cuando se movieron hacia el Partido Comunista, manifesta­
ron su desesperación, incapaces, con ese gesto de revuelta impotente,
de corregir su destino. En el año 2000 encontraron en el joven Vladí-
mir Putin lo que buscaban.
En la Nochevieja de 1999, «noche nueva» de 2000, Yeltsin, al re­
nunciar a la presidencia, deja a un buen delfín, joven, nuevo, con «la
fuerza enorme de un golpe político inesperado» (Maratón presidencial,
págs. 312, 362-363). Lo primero que hace Putin es volar esa misma no­
che a Chechenia para condecorar a unos soldados, que a su vez le re­
galan un puñal de comando.1 Su antiguo profesor y luego superior,
como alcalde de San Petersburgo, Anatoli Sobchak declara a E l País (19
de febrero de 2000) que «Putin pondrá en su sitio a la Familia y a los
oligarcas». En el fragor de la batalla por Grozni (diciembre-febrero),
Putin forma su equipo con gente de su ciudad, San Petersburgo, y de
su gremio, el FSB (antiguo KGB). Aleja a la Familia, la corte de Yelt­
sin, y tiene su primera fricción con algún oligarca imprudente. El 1 de
marzo cae la última plaza en poder de los combatientes chechenos. Es

1. Paul Mitchel y Tañía Rajmanova, L a prise du pouvoir p ar Vladimir Poutine,


2005, documental, Arte. (N. del A .)

543
el final de la guerra y el principio de la guerrilla. Por lo pronto, Putin
cosecha los frutos de esa victoria y arrasa en las presidenciales del 26
de marzo con el 53 por ciento de los votos.
Tres meses antes había publicado un texto titulado «Rusia a la en­
trada del milenio», verdadero programa de Gobierno en tres puntos:
consolidación de la estabilidad, crecimiento económico (alcanzar el
nivel de Portugal en 2015), restauración del Estado. Efectivamente,
consolida las reformas de la época de Yeltsin y, por haber asistido a la
humillación de Sobchak, de Chubais y de Yeltsin, trabaja tenazmente
para disciplinar a todos los enemigos del Estado central: los cheche-
nos, los políticos, los gobernadores que se sentían reyes en sus regio­
nes, los oligarcas, los medios de comunicación de masas... Todo eso le
vale una popularidad inesperada al principio, luego inteligentemente
cultivada, que explica una tasa de popularidad nunca inferior al 60 por
ciento, casi siempre alrededor del 70 por ciento, y una reelección triun­
fal en marzo de 2004.

La sombra checbena

Entre 1997 y 1999 los comandantes chechenos demostraron que


podían ser peores, mucho peores que Dudáyev, violentos, corruptos,
delincuentes. El secuestro causó 1400 víctimas, sin consideración de
nacionalidad; el saqueo de todos los recursos impidió la construcción
de un Estado, y, en medio del caos, los islamistas venidos de lejos
instalaron campos de formación y reclutamiento para la yihad. El pre­
sidente Masjádov no pudo proteger ni al enviado personal de Yeltsin,
Valentín Vlásov, en mayo de 1998, ni al representante de Gobernación,
el general Guennadi Shipgun, en marzo de 1999. Ayudados por los
talibanes afganos, huéspedes de Ben Laden, los islamistas no luchaban
por la independencia de Chechenia, sino por la conquista de todo el
Cáucaso y la instauración de un califato. En 1998 y 1999 golpearon
en varias ocasiones dentro de Rusia, hasta que sus ataques en Dagues-
tán, seguidos por los atentados en Moscú y Rostov, provocaron una
reacción rusa bastante justificada. Moscú debió seguir entonces el plan
de Serguéi Stepashin: establecer una «zona de seguridad» al estilo is­
raelí, o turco (contra la guerrilla kurda), al norte del río Terek, en la
planicie prorrusa de Chechenia, aguardando la invasión total de Che­
chenia como un último recurso. Sin preparación, se escogió la inva­
sión inmediata, en lugar de ensayar una alianza ofrecida por Masjádov,
presidente legal y popular, contra Shamil Basáyev y el jordano Jattab,

544
el Manco. El deseo de revancha de los generales se mezclaba con los
cálculos electorales de Putin: ganar la guerra antes de las presidencia­
les de marzo de 2000.
Cinco años después, Masjádov había muerto y Shamil Basáyev se­
guía golpeando con ferocidad. A los nacionalistas y a los islamistas
se han unido muchos criminales y las víctimas (o sus parientes) que
buscan venganza. Surge así una conducta inédita en Chechenia, al es­
tilo palestino: la de las mujeres suicidas, las «viudas negras». La táctica
msa de implacable y ciega represión no sirve de mucho. «Combatir el
terrorismo» en la confusión total ha sistematizado las exacciones con­
tra los civiles y agravado la corrupción del Ejército; esa criminalización
de la guerra le ha valido a Rusia duras críticas y varias condenas en el
Parlamento europeo, y no ha facilitado el intento de «chechenizar» la
guerra y el Gobierno. Esas condenas contrastan con el silencio casi per­
manente de los gobiernos de Estados Unidos y de Europa a partir del
11 de septiembre de 2001, día fatídico de los atentados de Al Qaeda
contra Nueva York y Washington. Al solidarizarse inmediatamente con
Estados Unidos, el presidente Putin integra la guerra de Chechenia en
la güerra contra el terrorismo en el mundo entero.
En octubre de 2002, un comando checheno ejecuta en el teatro
Dubrovka de Moscú el plan diseñado por Shamil Basáyev: la toma de
1800 rehenes. Pide la retirada inmediata de las tropas rusas. «Con los
terroristas no se negocia», tal es la línea definitiva del Gobierno. En el
asalto por parte del Gobierno, los 53 miembros del comando y 119 re­
henes pierden la vida. Este atentado, como los siguientes, llevan a Es­
tados Unidos a declarar «terroristas» a varias organizaciones chechenas
y Colín Powell califica (agosto de 2003) a Basáyev de «terrorista inter­
nacional». Mujeres-bomba operan en Moscú en 2003 y 2004, y hacen
explotar en vuelo dos aviones, pero la tragedia mayor ocurre en Bes-
lan, pequeña ciudad de Osetia del Norte. En septiembre de 2004, el
día de la vuelta a clase, Shamil Basáyev manda un comando que se­
cuestra, con lujo de crueldad, durante 52 horas, a más de un millar de
niños, maestros y madres. El violento desenlace deja medio millar
de muertos, entre ellos numerosos niños. Frente a la tragedia de Bes-
lan, el espectacular asesinato del presidente pro ruso de Chechenia,
Ahmed Kadírov, pierde su importancia.
Ya no hay guerra en Chechenia, sino golpes terroristas espectacu­
lares, allí, en todo el Cáucaso y en Moscú, que provocan duras repre­
salias. Después de las batallas iniciales del invierno y de la primavera
de 1999 y 2000, todo degenera en vendettas, robos, torturas, secuestros,
venta de esclavos y «chechenización» de la guerra: una guerra civil di-

545
vide a los chechenos. Eso explica que en noviembre de 2005 las pri­
meras elecciones legislativas en ocho años diesen la victoria absoluta al
partido del presidente Putin, Rusia Unida. La prensa europea habló de
«farsa electoral», sin tener en cuenta el cansancio de una población que
ha sufrido lo indecible. «Sé una sola cosa. Voto para que nuestra re­
pública tenga un Parlamento porque la ley debe ser restaurada. Sin ley,
vamos a desaparecer, a matarnos.»1
El Gobierno checheno se beneficia por fin de las fuertes inversio­
nes federales y emprende, cinco años después, la reconstrucción de
Grozni; la influyente y rica diáspora chechena apoya ese principio
de renacimiento económico. ¿Luz al final del túnel? En junio de 1995,
Yuri Afanásiev, rector de la Universidad de Humanidades de Moscú,
parecía muy pesimista cuando me dijo que la guerra de Chechenia du­
raría treinta años, como la guerra apache de finales del siglo xix. Se­
gún él, los chechenos, como los apaches, iban a ser diezmados, pero
no dejarían de luchar y de sembrar periódicamente el terror a partir de
su montañoso reducto. Ya han pasado más de diez años. El hijo de Ah-
med Kadírov se perfila como futuro presidente de Chechenia en 2006.
Oficialmente, entre octubre de 1999 y noviembre de 2005, 3419
militares rusos cayeron en combate en Chechenia. El Comité de Ma­
dres de Soldados menciona 14.000 soldados y policías. Un soldado de
26 años dice: «¡Qué rabia cuando vi al presidente Putin condecorar
a Ramzan Kadírov! Créame, un día habrá una tercera guerra de Che-
cheriia y tendremos que pelear contra ese Kadírov».12 ¿Cuántas víctimas
civiles? No se sabe, más de 100.000 para el periodo 1994-1996 y 1999-
2005. ¿Cuántas personas desplazadas? ¿Cuántos refugiados? Cientos
de miles.
En febrero de 2006, el clan Kadírov, que gobierna en Grozni, re­
cibió de Moscú un poder superior al que deseaba al principio el ge­
neral Dudáyev (muerto en 1996). Chechenia dispone de la autonomía
más amplia de toda la Federación y se puede decir que forma una con­
federación con Rusia, con una moneda y una defensa comunes. Por
haber negado esa autonomía hace doce años, Rusia desató una guerra
cuyos efectos tardarán en borrarse.
La guerra de Chechenia ha sido el telón de fondo de los primeros
seis años de presidencia de Vladímir Putin. Ha contribuido de manera
decisiva al deseo de «la mano de hierro», de un «zar bueno», de un or­
den imperial. Ha provocado el aumento de la xenofobia, primero con-

1. Entrevista en Le Fígaro, 28 de noviembre de 2005, pág. 7. (N. del A .)


2. Vladímir X, citado por Le Fígaro, 30 de noviembre de 2005, pág. 9. (N. del A .)

546
tra los chechenos, luego contra los pueblos no rusos de la Federación.
Según un sondeo de marzo de 2005, el 60 por ciento de los rusos
aprueba el lema «Rusia para los rusos».

La toma de control

Como Bonaparte, Putin ofrece tanto la síntesis entre el pasado y


el presente, como un gobierno desde arriba —habla de la necesidad de
reconstruir «la vertical del poder»—y desde el centro. Seduce por igual
a comunistas y ultranacionalistas nostálgicos del pasado, pero también a
los «nuevos rusos» y a la juventud. Así como Bonaparte sintetizaba la
antigua monarquía y la revolución, Putin integra la grandeza soviética
a la Segunda República rusa: da a Rusia, como himno nacional, la mú­
sica del tiempo de Stalin con una nueva letra. Eso corresponde a sus
conyicciones personales y satisface a la mayoría de los rusos, viejos y
jóvenes. Cruza el orgullo soviético con el patriotismo ruso y un cris­
tianismo ortodoxo ostentoso; su éxito desemboca en un verdadero cul­
to a ;la personalidad.
Putin, que había asistido al calvario de un Yeltsin hostigado sin tre­
gua por la Duma, saca provecho de las legislativas de diciembre de
1999 cuando, en medio de la batalla de Grozni, su flamante partido,
Unidad de Rusia, triunfa. Construye enseguida una mayoría que le per­
mite, a finales de 2000, reformar la ley electoral. Reduce el Partido Co­
munista a ser la «oposición leal de Su Majestad», mientras que Unidad
de Rusia se transforma rápidamente en partido hegemónico: así, a fi­
nales de enero de 2006 un sondeo da el 24 por ciento de la intención
de voto a Unidad de Rusia y el 9 por ciento al Partido Comunista;
ningún otro partido alcanza la barrera eliminatoria del 7 por ciento, si
bien el 19 por ciento no sabe cómo votar y el 19 por ciento se abs­
tiene. Ya han pasado más de seis años en los que la Duma no ha ma­
nifestado el menor mal humor: de entrada, Putin le hizo ratificar el
Tratado START II (Strategic Arms Reduction Treaty), cosa que Yeltsin
no había logrado en siete años.
Pasó lo mismo con el Consejo de la Federación, el equivalente de
un Senado. No le había dado mucha guerra a Yeltsin, pero se había
constituido en un poderoso grupo de intereses regionales. Sorpren­
dentemente, Putin reformó su Constitución y en julio de 2000 había
acabado con todas las resistencias. Desde 2002, los «senadores» ya no
son electos sino nombrados. La reforma del Consejo, acompañada de
la creación de un Consejo de Estado sin poderes, fue el principio del

547

L
desmantelamiento de los feudos regionales; desde julio de 2000, el pre­
sidente puede cesar al gobernador acusado de algún delito y disolver
los congresos locales cuando tramitan una ley que va en contra de la
Constitución o de las leyes federales; lo mismo para los alcaldes de las
ciudades de más de 50.000 habitantes.
Al mismo tiempo, Putin lanzó una ofensiva contra los medios de
comunicación. En tiempos de Yeltsin, la prensa independiente, crítica,
plurálista, hija de la perestroika, se había fortalecido. Si bien el Estado
controlaba en parte ORT y totalmente RTR (dos importantes canales
de televisión), existía una televisión privada y crítica, NTV, cuyos due­
ños eran los oligarcas, en especial Vladímir Gusinski. Como NTV cri­
ticaba la guerra de Chechenia, en mayo de 2000 la policía fiscal entró
violentamente en sus oficinas y Gusinski fue arrestado; para recobrar
la libertad y salir al extranjero, tuvo que ceder al Estado su imperio
mediático (Mediamost: diarios, revistas, radio, sus acciones en NTV).
Enseguida, la ofensiva se orientó hacia Boris Berezovslá, accionario mi­
noritario de ORT, quien tuvo que huir del país. Al mismo tiempo, los
órganos oficiales empezaron a denunciar a las O N G y a los defenso­
res de los derechos humanos como «espías del extranjero»; el acoso no
ha cesado nunca, y a finales de diciembre de 2005 Putin aprobó la ley
votada por la Duma sobre, o mejor dicho contra, las ONG.
En unos pocos meses, etítre abril y julio de 2000, el nuevo presi­
dente había disciplinado a la Duma, el Consejo de la Federación, los
gobernadores y los medios, y la emprendía contra los oligarcas incon­
formes Gusinski y Berezovski, con investigaciones fiscales y crimi­
nales. Los demás entendieron el mensaje: si desean conservar sus ne­
gocios, no critiquen, no se metan en política. Esa consolidación rapi­
dísima del Estado sorprendió a los observadores. ¿Cómo es que en tres
meses este joven desconocido ha logrado lo que Yeltsin no pudo con­
seguir en tantos años? Cierta inquietud acompañaba su asombro: ¿esa
energía, digna de admiración, no llevará al despotismo? El pueblo ruso
manifestaba su confianza con entre un 70 y un 75 por ciento de apro­
bación. Se esperaba en Chechenia la repetición del desastre militar
de 1996 y la consecuente impopularidad del presidente. Nada de eso.
Sin ilusiones en cuanto a la duración de la guerra, el pueblo aproba­
ba en un 72 por ciento (contra un 6 por ciento en 1996) una
guerra que se vivía como defensiva. ¿Las violaciones de los dere­
chos humanos? No se puede hacer una tortilla sin romper los hue­
vos...
Entre enero y junio de 2000, la economía crece un 7,5 por ciento,
algo que no se había visto en treinta años; por primera vez los opti-

548
mistas son más numerosos (46 por ciento) que los pesimistas (30 por
ciento). En los años siguientes se confirma todo lo ocurrido en los pri­
meros meses de la presidencia: «Consolidación de la vertical del po­
der» (la expresión es de Vladímir Putin); liquidación de las últimas y
pocas oposiciones: el capítulo más espectacular es el arresto del oli­
garca Mijaíl Jodorkovski en octubre de 2003, su proceso y condena a
9 años de cárcel en mayo de 2005, y el desmantelamiento de su im­
perio petrolero Yukos, para mayor beneficio del sector estatal de hi­
drocarburos. El crimen de Jodorkovski: no haber entendido que su
fortuna era insuficiente para protegerlo del destino de Gusinski y Be-
rezovski; criticar al presidente, financiar al Partido Comunista y a los
liberales, aludir a su candidatura a la presidencia en 2008. Por eso su­
fre (febrero de 2006) una dura reclusión en la extrema Siberia oriental,
en la frontera con China.
«Los hombres del presidente», muchas veces compañeros del FSB,
ocupan todos los puestos importantes, las gobernaciones, el Banco
Central y Gazprom, el gigante del gas. Las reformas, deseadas desde
1991 y atoradas hasta 1999, son votadas por la Duma, una tras otra:
pensiones, impuestos, seguro social, trabajo, bienes inmuebles. Sólo
dos sectores parecen imposibles de reformar, el Ejército y la agricultu­
ra. La guerra de Chechenia se prolonga y es una de las causas de la cri­
sis permanente de las fuerzas armadas. En julio de 2002 se toma la de­
cisión de privatizar las tierras (con la prohibición de venderlas a
extranjeros), pero se deja a las regiones la libertad de reglamentar la
medida, que tarda mucho en concretarse.
Europa y Estados Unidos no saben qué pensar de Putin, «el mejor
amigo de Occidente», después de los atentados del 11 de septiembre
de 2001. ¿Será un reformador enérgico pero democrático?, ¿o un dés­
pota disfrazado de demócrata? Los suspicaces dicen que el FSB (anti­
guo KGB) es una excelente escuela de disfraces. De no ser por el dra­
ma checheno, los gobiernos extranjeros en su totalidad le darían un 10
al presidente Putin y muchos no dudan en hacerlo, como el presiden­
te George W. Bush, el canciller alemán Gerhard Schroeder, el italiano
Berlusconi, el español Aznar, el francés Chirac...
Las elecciones legislativas de diciembre de 2003 dan la mayoría ab­
soluta al partido del presidente y sus aliados; en marzo de 2004, Putin
es reelegido en la primera vuelta con un 71 por ciento de los votos y
una participación del 64 por ciento. Es algo así como un referéndum
triunfal; el arresto del oligarca Jodorkovski dos meses antes de las le­
gislativas, cinco meses antes de las presidenciales, tiene el mismo efec­
to positivo que la guerra contra los chechenos cuatro años antes.

549

L
Durante los dos primeros años del segundo periodo presidencial
Putin encabeza una «democracia dirigida» (son sus palabras), sin más
dolor de cabeza que los golpes asestados por Shamil Basáyev, de los
cuales el peor es el de Beslan en septiembre de 2004. Controla la Duma,
los partidos y los hidrocarburos reconquistados sobre los oligarcas, por
no mencionar los media. Los «kremlinólogos» siguen perplejos. ¿Es Pu­
tin el señor KGB? ¿O es un demócrata autoritario porque los rusos
piden mano dura? En el primer discurso de su segundo mandato Pu­
tin dice: «En Rusia, un presidente es más que un presidente». Aparen­
temente no queda ningún freno al poder presidencial. ¿Quién lo po­
dría amenazar? Desde marzo de 2004 la gente piensa en las elecciones
de 2008 y muchos se asustan porque la Constitución prohíbe un ter­
cer mandato y cuesta trabajo imaginar un futuro sin Putin. Pero ese
gran poder no basta para resolver los inmensos problemas de la in­
mensa Rusia.
Después de la masacre de Beslan, el presidente habla a la nación,
el 4 de septiembre: «Hemos manifestado debilidad y los débiles reci­
ben golpes [...] Rusia se enfrenta a un ataque del terrorismo interna­
cional, una guerra total, cruel, a gran escala [...]. Vivimos después del
derrumbe de un Estado inmenso, un Estado que por desgracia no re­
sultó viable en un mundo en plena evolución». El 13 de septiembre,
para «reforzar la unidad del país» y la lucha contra el terrorismo, anun­
cia que los presidentes de las repúblicas y los gobernadores de las
regiones ya no serán cargos electos, sino designados por las asambleas
locales, a partir de una propuesta del presidente; luego, una nueva ley
electoral (en diciembre) elimina los pequeños partidos por debajo del
7 por ciento y las personalidades independientes. Las O N G son de­
nunciadas como «quinta columna». En el presupuesto de 2005, la ter­
cera parte de los gastos se destina a los siloviki (los hombres de la fuer­
za: Ejército, policía, seguridad). Entre 2000 y 2005 el presupuesto del
FSB se ha triplicado y el de Gobernación ha crecido un 250 por cien­
to. El presupuesto militar crece un 28 por ciento por año, mientras que
los de Salud y Educación se estancan o descienden.

«La lectura occidental de la situación remite constantemente a una


Rusia eterna. Los rusos la interpretan como un cierto desdén y eso
significa, incluso para los que se oponen a la política de Putin, una
real humillación [...] lo cual explica en parte las reacciones muy
antioccidentales que surgen en el país. El culturalismo extremo de
ciertos analistas, frente a una “Rusia eterna” imaginaria, es absur­
do. Vladímir no es un zar; un conjunto vago de actores políticos,

550
oriundos de la estructura política soviética, lleva esas transforma­
ciones. Nos encontramos frente a una historia que si bien está mar­
cada por la larga duración, aún lo está más por las formas políticas
del posestalinismo. Sale de él, sin ser su reproducción. Profunda-
riiente marcada por él, expresa transformaciones.»1

2004 se termina, 2005 empieza con la «revolución naranja» en la


vecina Ucrania, con la derrota del candidato presidencial apoyado por
Moscú, y eso despierta en el Kremlin el temor de ver surgir en Bie-
lorrusia, en Asia central y en la misma Rusia un movimiento político
equivalente (esa historia se trata más adelante, en el párrafo dedicado
a la política exterior). Putin vive esos acontecimientos como su prime­
ra y única derrota; los interpreta como un complot de Occidente y tra­
baja en preparar la revancha.
El año 2005 es el año del petróleo y del gas en el mundo, de una
repentina alza del precio de todas las fuentes de energía que parece
destinada a durar mucho tiempo, dado el enorme apetito de dos nue­
vos gigantes económicos, China e India. El presidente Putin tiene suer­
te, en ese sentido, como Brezhnev en el tiempo en que podía com­
prarlo todo con el petróleo soviético, después de la primera crisis del
petróleo. A lo largo del Gobierno de Putin, el precio del barril no ha
dejado de crecer y en 2005 se pone por las nubes. Lo que es una ri­
queza natural puede tener efectos negativos, los del llamado dutch di-
sease: la renta petrolera debilita la economía real, evita resolver los pro­
blemas, genera la tentación de desplegar un gran juego estratégico más
político que económico, como se verá más adelante.
En enero-febrero de 2005, hay por primera vez manifestaciones
contra el Gobierno en todo el país: los pensionistas protestan contra
el final de las prestaciones gratuitas (a cambio de un subsidio insufi­
ciente), pero los observadores constatan que «Putin es verdaderamente
popular y que Occidente tendrá que aprender a vivir con lo que quie­
re Rusia».12 En marzo, la muerte violenta de Aslán Masjádov, el presi­
dente independentista de Chechenia, parece abrir la vía a la «cheche-
nización» del Gobierno en Grozni, si bien Shamil Basáyev golpea a lo
largo del año en todo el Cáucaso.
En abril, en su discurso anual sobre el estado de la Federación, Pu­
tin afirma que no hay más economía que la de mercado; luego dice

1. Alain Blum, «Comprendre le soviétisme», Le Monde, 30 de noviembre de


2004. El autor es especialista en la URSS y en Rusia, especialmente en demografía.
(N. del A .)
2. Eric Kraus, en Financial Times, 21 de enero de 2005. (N. del A .)

551
que «la caída de la URSS fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo
pasado y para el pueblo ruso un verdadero drama»; concluye que Ru­
sia desarrollará el sistema democrático a su manera, a su ritmo. En
mayo, la celebración del 60 aniversario de la victoria sobre la Alema­
nia nazi da a Putin la ocasión para justificar el Pacto Germano-Sovié­
tico de 1939, para gran disgusto de los países bálticos y de Polonia.
Alienta además la campaña a favor de la rehabilitación de Stalin (en
varias provincias le han levantado monumentos), campaña que no
disminuye y lleva a Mijaíl Gorbachov a manifestar su inquietud (Ga-
zeta.ru , 13 de febrero de 2006). En Moscú, la estatua del «Félix de
hierro» Dzerzhinski, el fundador de la Checa, abuela de la KGB, reti­
rada en 1991, ha regresado al jardín de un ministerio.
En septiembre, el petróleo aporta un ingreso récord al fondo de
estabilización y permite al presidente anunciar cuatro grandes progra­
mas sociales (vivienda, sanidad, educación y agricultura) para 2006. La
meta es duplicar el producto interior bruto en el año 2010, lo que exi­
giría un crecimiento anual del 11 por ciento, algo «poco realista» se­
gún el ministro de Desarrollo, Hermán Gref.
Octubre y noviembre están marcados simbólicamente; primero,
por el entierro en el panteón Donskoi de Moscú de los restos del ge­
neral blanco Denikin: es una operación de Estado organizada por el
ministerio de Cultura y la Iglesia ortodoxa, a modo de reconciliación
de los blancos y los rojos; luego por la proclamación de una nueva
fiesta nacional, el 4 de noviembre. Ese día, en 1612, el invasor polaco
tuvo que evacuar Moscú; así terminó el Tiempo de los disturbios y se
fundó la dinastía de los Romanov. Putin pone fin al nuevo Tiempo de
los disturbios (1986-1999) y funda la nueva Rusia. El año acaba con
una ley férrea contra las O N G que la Duma aprueba con 370 votos
contra 18; con las elecciones en Chechenia y el triunfo del partido de
Putin, y con la guerra del gas contra Ucrania, Georgia y otros países
«no amigables».

La economía

La Rusia de Putin, hasta el momento, mantiene la orientación li­


beral de las reformas económicas; a pesar del progreso, sufre aún una
economía traumatizada, fundada sobre la renta petrolera y la venta de
las abundantes materias primas de su suelo y subsuelo. La línea segui­
da por el presidente y sus economistas ha sido racional y realista: para

552
formar una economía de mercado y atraer las inversiones extranjeras
es necesaria una colaboración activa con Europa y Estados Unidos. El
asunto Jodorkovski-Yukos no significa un cambio económico, su sen­
tido es político. El crecimiento económico ha sido sostenido, la lucha
contra la inflación ha logrado ciertos resultados, como muestra el si­
guiente cuadro:

1999 36
2000 20,2
2001 18,6
2002 15,1
2003 12
2004 11.7

Cuadro 6. Evolución de la inflación en Rusia. (Fuente: Moskovskie Novosti,


3-9 de febrero de 2006.)

Por otra parte, Rusia no ha podido cumplir dos viejos anhelos: su


ingreso en la Organización Mundial del Comercio ha quedado pos­
tergado y aunque preside el G8 en 2006, no es miembro de pleno de­
recho del club de los países más ricos. De hecho, es difícil contarla
entre los países más ricos cuando uno piensa que, según la O NU ,
se encuentra en la categoría de lower-middle income economies, cerca de
Perú. Exporta el 90 por ciento de su aluminio, el 45 por ciento de su
petróleo bruto, el 40 por ciento de su gas; la productividad es de­
masiado baja. Así, Rusia, que ocupa el 11,47 por ciento del mapa­
mundi, representa sólo un 1,6 por ciento del producto nacional bru­
to mundial, el equivalente al de Bélgica, un país 14 veces menos
poblado.

Unas cifras en movimiento

Tras el derrumbe del sistema soviético, el paso a la economía de


mercado ha sido doloroso. El derrumbe de la producción, iniciado du­
rante la perestroika, después del largo estancamiento anterior, se ace­
leró hasta tocar fondo en 1994. El crecimiento sostenido desde 1999
ha perdido algo de su dinamismo en 2004 y 2005, en que el produc­
to interior bruto apenas alcanzó el nivel de 1992. Sin embargo, los ex­
pertos están de acuerdo en que existe una importante economía «gris»

553
o subterránea que escapa a las estadísticas y que oscilaría entre el 20 y
el 40 por ciento de la economía del país.
Una gestión rigurosa de las finanzas públicas ha permitido la re­
ducción de la inflación, pero no su eliminación, así como el pago an­
ticipado de la deuda externa; los beneficios del crecimiento, sostenido
por los precios ascendentes del petróleo, han rescatado de la pobreza
a parte de la población: el 40 por ciento de los hogares se encontraba
en situación de pobreza en 1998; esa cifra bajó al 25 por ciento en
2004; Pero el 40 por ciento de las entradas del Estado y casi todas las
divisas provienen del sector del petróleo y el gas. Esa riqueza natural,
combinada con la demanda energética mundial, ha acrecentado aún
más el aspecto rentista de la economía. Mientras tanto, la baja pro­
ductividad de las empresas rusas no les permite resistir la competencia
extranjera, la cual es la primera beneficiaria del fuerte crecimiento del
consumo. Las inversiones rusas son pocas y la huida de los capitales
nacionales es permanente. Antes de 2003 no se puede hablar seria­
mente de inversiones extranjeras; la crisis de Yukos (2003-2005) las fre­
nó un tiempo, pero parece que no se van a resistir a las grandes ofer­
tas prometidas para 2006: entre 18 y 25 billones de dólares, tal sería el
valor de las compañías rusas colocadas en el mercado. Además, los ca­
pitales podrán controlar hasta el 49,9 por ciento de Gazprom. Aparte
del sector energético, los alimentos, las bebidas, el tabaco, la industria
automotriz, las telecomunicaciones y los supermercados también atraen
al extranjero.
En noviembre de 2000 Putin presentó al Consejo de Estado su «Es­
trategia para el Desarrollo del Estado hasta el año 2010»,1 inspirado en
parte por el economista Friédrich List (siglo xix) y el primer ministro
de Nicolás II, Serguéi Witte, y en parte por el voluntarismo soviético:
se necesita un Estado fuerte y directivo para dinamizar la economía en
ausencia de verdaderos capitalistas y de una fuerte clase media. A ese
Estado le toca definir y orientar las inversiones, el sistema bancario, et­
cétera. De esa manera, a seis años de distancia, Putin se encuentra más
cerca de Brezhnev —sin embargo, no se trata de una restauración so­
viética— que de Gorbachov y Yeltsin, los atrevidos aprendices de bru­
jo. Quizá porque, como Brezhnev, se beneficia de una altísima renta
petrolera. Por eso mismo, la relativa prosperidad actual tiene unas ba­
ses frágiles y el dinamismo a largo plazo de la economía rusa no está

1. Jonathan Tennenbaum, «The Ishayev Report: an economic mobilization plan


for Russia», en Executive Intelligence Review, vol. 28, num. 9 (2 de marzo de 2001).
(N. del A .)

554
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10 -

T— 'íl­ Is- O CO CO 05 CV1 LO 00 ■t— 1^ O CO


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t— i— ' t— t— t— 1“ t— t— i- 1“ t— i- CM CM

Fuente: 1961-1988: A.N. Ponomarenko, «Comptes nationaux rétrospectifs de la Rusie: 1961-1990», Ekonomitcheskiï
Jurnal Vysheï chkoly ekonomiki, tomo 5, núm. 2,2001, pág. 256.1989-2002: Banque européenne pour la reconstruction
et le développement, «Transition Report Update 2001» et Ministère du Développement économique et du Commerce,
«Résultats du développement socio-économique de la Fédération de Russie, 200-2002», Moscú, febrero de 2003.
2003: Prévisions du Ministère du Développement économique et du Commerce du 18 novembre 2003.

Gráfico 8. El producto interior bruto ruso entre 1961 y 2003. Tasa de variación anual
en porcentaje.

asegurado. La fragilidad, por no decir más, del sector industrial —con


la única excepción del armamento, que hace de Rusia el segundo ex­
portador mundial—y el terrible atraso de la agricultura manifiestan cla­
ramente que las autoridades federales no han podido o no han queri­
do realizar las reformas estructurales necesarias. Las materias primas
exportadas siguen suponiendo entre el 50 y el 60 por ciento del creci­
miento industrial, lo cual significa que Rusia está profundamente an­
clada en el modelo exportador rentista. En 2005, la baja del creci­
miento global se debe a la recesión de todas las industrias, con
excepción de la de armamento y la siderúrgica.

Los hidrocarburos

El Banco Mundial estima en 2003 que ese sector, que emplea a


menos del 1 por ciento de la población activa, puede representar la
cuarta parte del producto interior bruto. Con las otras materias primas

555

L
alimentan las dos terceras partes de todas las exportaciones. En junio
de 2006, en San Petersburgo, Putin presidió la sesión del G8 sobre la
cuestión energética. No es casualidad en la coyuntura mundial de una
energía cara, puesto que Rusia tiene las reservas más importantes de
gas natural, las segundas de carbón, las octavas de petróleo. En 2005,
es el mayor exportador de gas y el segundo de petrólep. En 2004
aumenta su producción de petróleo en un 9 por ciento, bombeando
9,3 millones de barriles por día cuando en 1997 había caído a 6 mi­
llones. El transporte de los líquidos exportados constituye un cuello de
botella; está a cargo del monopolio estatal Transneft, que controla to­
dos los canales. Barcos y ferrocarriles transportan el 35 por ciento de
las exportaciones de bruto, mientras se decida y realice el trazado
de varios oleoductos hacia China y Japón.
En el marco de la ofensiva victoriosa del Estado contra Mijaíl Jo-
dorkovski, entre 2003 y 2005, el Kremlin asumió el control del 30 por
ciento de la producción de petróleo y la importancia de la compañía
estatal Gazprom creció de manera impresionante. Como cubre el 50
por ciento de las necesidades de gas de la Unión Europea, es un actor
estratégico de primera clase y el brazo económico de Moscú. Primer
productor y exportador mundial de gas, el sector emplea a 330.000
personas, representa el 8 por ciento del producto interior bruto de Ru­
sia y el 25 por ciento de las entradas fiscales. Rusia tiene el monopolio
de las exportaciones de gas y controla la «corriente azul» (Blue Stream)
que lleva el gas de Uzbekistán y Turkmenistán cuando pasa por sus oleo­
ductos. Ejerce la misma hegemonía sobre el resto del antiguo espacio
soviético: Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, el Báltico, Azerbaiyán, Ar­
menia. Y también sobre las antiguas «democracias populares» del Pac­
to de Varsovia: Polonia, Hungría, Chequia, etcétera. Lo demostró a fi­
nales de 2005, principios de 2006, cuando cerró la llave del gas hacia
Ucrania y Georgia para imponer una alza considerable de las tarifas a
los países «no amistosos»; ese breve cierre afectó a Europa, que tendrá
que remediar su dependencia excesiva del gas ruso.
El mayor accionista de la compañía es el Estado ruso (51 por cien­
to), con el cual se confunde hasta el punto de decirse que, en 2008, el
ex presidente Putin será su director, y de preguntarse, también, si Ru­
sia administra Gazprom o Gazprom administra Rusia. Putin ha traba­
jado tenaz y enérgicamente para retomar el control del sector energé­
tico, puesto que en las condiciones actuales del mercado mundial es
la única palanca para reafirmar el poder de Moscú en el antiguo espa­
cio soviético y en el mundo. Eso explica la confiscación/nacionaliza-
ción de Yukos, la principal petrolera, después del arresto de su dueño

556
Mijaíl Jodorkovski. Todos los dirigentes del sector son ahora incondi­
cionales del presidente; casi todos han nacido, como él, en San Pe-
tersburgo.
Hace tiempo que los europeos denuncian la posición monopolís-
tica de Gazprom y eso ha frenado la entrada de Rusia en la Organiza­
ción Mundial del Comercio. La compañía tiene grandes proyectos:
trabaja en la construcción de tres terminales en el mar de Barents que
mandarán gas a la costa oriental de Estados Unidos; para abastecer su
costa occidental y Asia, está construyendo Sajalín II, al sur de la gran
isla del mismo nombre. China, Corea y Japón piden a gritos la cons­
trucción de gasoductos y oleoductos. En noviembre de 2005, Rusia y
Japón firmaron acuerdos para un oleoducto de 4100 kilómetros que
llegará al puerto de Najodka, frente al archipiélago. Podría tener un
ramal hacia China. Gazprom inauguró en 2003 el gasoducto Blue
Stream, que conecta directamente Turquía por el mar Negro. En no­
viembre de 2005 empezó la construcción del gasoducto de Europa del
norte, por el mar Báltico —lo cual elimina a Ucrania, Polonia y los
países bálticos—para servir en 2010 a la mitad de Europa, de Francia
hacia arriba. El director de la compañía ruso-alemana encargada del ne­
gocio es el amigo del presidente Putin, el ex canciller alemán Gerhard
Schroeder, designado por Moscú unos días después de su derrota elec­
toral, algunas semanas después de la firma del convenio entre Rusia y
Alemania, en presencia de los dos presidentes, el 9 de septiembre.
La guerra del gas entre Rusia y Ucrania, aparentemente terminada,
puso en evidencia la estrategia energética de Putin para devolver a Ru­
sia su estatus de gran potencia. En 2010, Europa estará al borde de la
crisis del gas: los yacimientos del mar del Norte que la alimentan se
están acabando, y en Noruega y Gran Bretaña la producción disminu­
ye; el aumento de las entregas rusas (33 por ciento) con la llegada del
gasoducto de Europa del norte será la salvación.
Ahora bien, Gazprom tiene el 51 por ciento de las acciones de la
compañía. Además, en 1997 empezó la construcción del gasoducto
Blue Stream que asocia Rusia, Turquía e Italia. Llegó a Samsun, Turquía,
en 2002, y atravesará Grecia para desembocar en el sur de Italia. Será
el oleoducto de Europa del sur. En tal caso, toda Europa dependerá del
gas ruso. Los pesimistas piensan que entonces Moscú tratará a Europa
como trata a los países de la antigua región soviética: pan para los ami­
gos (Bielorrusia), palo para los otros. Los optimistas piensan que
Europa ha entendido la lección de la «guerra del gas» de enero de 2005
y se dotará de un programa energético global; además, dicen ellos, la
necesidad de Rusia de los ingresos de la exportación y de grandes in-

557
versiones extranjeras en el sector,1 también la llevará a depender de
Europa. Ahora bien, la lección del golpe dado a Ucrania, en vísperas
de sus elecciones legislativas de marzo de 2006, es que si bien Rusia
no es la potencia energética que podría parecer, Europa haría bien en
empezar a diversificar sus fuentes de abastecimiento.
A principios de 2006, ¿cuál es el resultado económicó de los últi-
inos veinte años, años caóticos de cambios acelerados? ¿Han servido
para\ producir el cambio? ¿Ha terminado la «transición»? Si ha termi­
nado, ¿adonde ha llegado? Es difícil contestar. Rusia inicia el siglo XXI
en condiciones difíciles y su economía sigue convaleciente. Su pro­
ducto interior bruto es el de Bélgica, próspero pero pequeño país, pero
es doce veces inferior al de Estados Unidos. No faltan los aspectos
positivos, pero el crecimiento sostenido desde 1999 está demasiado
ligado al alza de la energía en el mercado mundial, lo cual lleva a al­
gunos «liberales» rusos a decir que el papel de los hidrocarburos, su­
mado al «autoritarismo burocrático» del Gobierno de Putin, permite
comparar el momento presente con la era de Brezhnev entre 1973 y
1983. Rusia sigue dependiendo de la renta de sus materias primas. El
equilibrio presupuestal ha sido posible gracias a las entradas fiscales
que en un 40 por ciento corresponden al gas y al petróleo. El exce­
dente comercial se debe también a la venta de hidrocarburos, mine­
rales y madera, lo que vuelve al país dependiente del precio de las
materias primas. Hacen falta inversiones y la fuga de capitales se man­
tiene.
Por lo pronto, la dimensión del atraso económico del país no per­
mitirá, ni en el mejor de los casos, llevar pronto a Rusia al nivel de las
naciones posindustriales de Occidente. El despilfarro de los recursos
naturales bien podría, además, hipotecar el futuro. Sólo un nivel de
vida elevado y un potencial humano desarrollado pueden asegurar,
hoy en día, un despegue tecnológico rápido. Esos dos factores faltan
en la Rusia actual.12

1. Gazprom necesita invertir 240 billones de dólares entre 2006 y 2020. (N.
del A .)
2. Para este párrafo se han privilegiado fuentes primarias O inmediatas (estadís­
ticas del Goskomstat raso, boletines de las embajadas, prensa, Internet). En particular,
France Presse, B B C Monitoring Internacional Reports, CIA World Factbook, Counter des Pays
de l’Est, Cunent Digest o f the Post-Soviet Press, The Economist, The Financial Times, Interna­
cional Petroleum Finance, ITAR-TASS News Agency, The Moscow Times, Moskovskie Novós-
ti, RosBusiness Consulting Database, Russian Economic News y The Russian Oil and Gas Re­
port. (N. del A .)

558
I
I

$ por barril

Gráfico 9. Precio trimestral mundial del petróleo, en dólares por barril (Brent). (Fuen­
te: Petroleum Econom ista Report CFE.)

La sociedad

Hasta 1986, la sociedad soviética se quedó estancada y aislada bajo


la vigilancia del Partido Comunista. La disidencia existía, pero era du­
ramente combatida, incluso más que nunca en el tiempo final de
Brezhnev. Se pretendió, hasta 1988, edificar una sociedad atea. Con
la perestroika todo cambió de manera explosiva, empezando por las
«superestructuras», para utilizar la terminología marxista. Todo empe­
zó con la libertad de discusión, reunión, difusión; la población seguía
con pasión las informaciones difundidas primero por radio, luego por
televisión; los periodistas se apoderaban de las redacciones; todos los
libros antiguamente prohibidos se editaban, entre ellos muchos textos
religiosos; se revisaban los manuales escolares, especialmente los de
historia y filosofía.
Tras el golpe fallido de agosto de 1991, los rusos entraron en una
sociedad completamente liberal a la cual se adaptaron más o menos fá­
cilmente según la edad, la categoría social, el lugar de residencia. Pero
a partir del año 2000 el Estado retoma el control absoluto de la tele­
visión y el control casi total de la prensa. Desde 2001, la Academia de

559

L
Ciencias pide a los directores de laboratorios que informen sobre las
visitas de científicos extranjeros; los investigadores rusos deben infor­
mar de la misma manera a su regreso del exterior.
Oficialmente, a la sociedad soviética le faltaba muy poco para ser
una sociedad sin clases; en 1989, el 88 por ciento de la población en­
traba en la categoría de obreros y empleados, todos al servicio de y
protegidos por el Estado. Esa versión oficial disimulaba (mal) la exis­
tencia de un grupo de privilegiados, la Nomenklatura, que gozaba de
tiendas especiales, alojamientos, segundas residencias, hoteles, playas,
etcétera.
En la dura sociedad actual, las diferencias sociales aparecen a la luz
del día y «los nuevos rusos» ostentan un lujo insolente. En 2000, los
ingresos del 10 por ciento más rico representan 14 veces los del 10 por
ciento más pobre. El 50 por ciento de los ingresos va al 20 por cien­
to más rico y el 6 por ciento al 20 por ciento más pobre. La tercera o
la cuarta parte de la nación vive por debajo de la frontera de la po­
breza fijada en los 55 dólares por mes. No se puede hacer este cálcu­
lo para 1989, por desgracia. El sector económico controlado por el Es­
tado sigue siendo muy importante,1 pero se puede hablar de una
economía de mercado con un capitalismo salvaje que deja a la mayo­
ría de la población lejos de la mesa del festín.
Normalmente, se define la corrupción como el intento de los par­
ticulares de sobornar a gente del Gobierno, o el intento de gente del
Gobierno de sacar dinero a los particulares o, más bien, a los empre­
sarios. La Rusia actual ofrece ejemplos de funcionarios que van más le­
jos y toman control de las empresas para el Estado o para ellos. El sec­
tor de los hidrocarburos proporciona muchos ejemplos tan recientes
como espectaculares. Según un sondeo de 2005, siete de cada 10 poli­
cías de tráfico sobornan a los automovilistas, ocho de cada 10 rusos
piensan que en el tribunal «quien paga, gana», y un juego de palabras
asimila «privatización» a «predatización».
La revista Forbes registra, en 2005, 35.000 millonarios y 27 multi­
millonarios rusos, en dólares; Paris Hilton participa en Moscú en el
torneo de polo ruso en julio de 2005. La novela Casual, de Oksana
Robski, cuenta la vida de los nuevos ricos de la capital en sus increí­
bles casonas de la autopista occidental Rublyovo-Uspenskoye; de las
«primeras niñas ricas de Rusia», que gastan 12.000 dólares en una ma­
ñana de compras en tiendas de ropa antes de probar cocaína en fies-

1. Además, los burócratas se multiplican. En 2005 son dos veces más numero­
sos en Rusia que en toda la URSS (Argumenti i Fakty, 25 de mayo de 2005). (N. del A .)

560
tas de hoteles de cinco estrellas. Casual, más que literatura, es perio­
dismo documental. Esos 12.000 dólares representan dos años de un sa­
lario relativamente correcto para la mayoría de los rusos. Eso explica
la aprobación casi unánime cuando el presidente Putin manda encar­
celar al multimillonario Jodorkovski, el cual, por cierto, nunca había
llevado ese tipo de vida.
Entre 1986 y 1998 la gran mayoría de la población lo pasó mal y
tuvo la sensación de vivir en los escombros, sin posibilidad de salir
adelante. Eso explica cierta nostalgia por los tiempos de la URSS, aho­
ra revestida del mito de una edad de oro perdida, y también el deseo
de un poder fuerte que ponga en cintura el capitalismo bandolero. La
población ha sufrido duramente el abandono de la red de protección
social por parte del Estado (hasta la fecha): 12 millones de rusos ca­
recen de atención médica y la tuberculosis y el sida progresan de ma­
nera alarmante. Lo que sigue no es el resultado de los veinte últimos
años, sino la factura de la URSS: 50 millones de rusos viven en ciu­
dades cuya concentración de sustancias dañinas supera entre cinco y
diez veces la norma internacional considerada como aceptable; el país
tienej el mayor nivel de contaminación radiactiva del mundo y se pue­
den multiplicar los parámetros negativos; en 2006, más de un millón
de niños viven en la calle, 600.000 son huérfanos o abandonados y
25.000 menores de edad están en la cárcel. ¿Cuál es el porvenir de una
nación que abandona a su juventud?
La pensión de un ruso jubilado —1800 rublos de promedio, entre
55 y 60 dólares—equivale al precio de una comida en uno de los res­
taurantes de Moscú, y no de los más caros. En el sistema soviético exis­
tían diferencias semejantes, pero eran invisibles (aunque no ignoradas)
y existía además un sistema de ayudas diversas del cual casi todos se
beneficiaban: no se pagaba alquiler por el alojamiento, o era simbóli­
co, y lo mismo ocurría con la luz, el agua, la calefacción y el trans­
porte. Los jubilados lo pasaban mal, pero esos servicios gratuitos para
ellos incluían también el teléfono, las medicinas y estancias en casas
de descanso. Cuando en el invierno de 2004-2005 el presidente Putin
pretendió cambiar todos esos servicios por una cantidad mensual de
rublos, provocó, por primera vez en todos sus años de gobierno, gran­
des y duraderas manifestaciones callejeras en toda la república; tuvo
que dar parcialmente marcha atrás y diluir las medidas previstas. La su­
presión de las prestaciones gratuitas había sido aprobada por la Duma
en agosto de 2004; en enero de 2005, su aplicación logró lo que nun­
ca pudieron conseguir la oposición a la guerra de Chechenia, las me­
didas contra la libertad de prensa y expresión, y la supresión de la elec-

561
ción de gobernadores y alcaldes: decenas de miles de manifestantes
y una caída espectacular (si bien momentánea) de la popularidad de
Putin.
El presidente tuvo la habilidad de presentarse como el padre de los
pobres y regañó a los «burócratas», aparatchiki insensibles que habrían
desvirtuado su buen proyecto. No podía desestimar el descontento de
entre 30 y 40 millones de jubilados, inválidos, veteranos de guerra y
víctimas de Chemóbil afectados por la nueva legislación. Según los
autores de la ley, se trataba de poner fin al despilfarro y de completar
la monetarización de la economía... Ahora bien, el aumento del 10 por
ciento de las pensiones para compensar los servicios gratuitos perdidos
era ridículo.
No se deben menospreciar los progresos realizados desde 1998.
A principios de 2001, el salario promedio era de 80 dólares al mes; un
año después alcanzaba 115 dólares. En 2003, 2004 y 2005, según el
sondeo anual de Moskovskie Novosti, entre el 60 y el 66 por ciento de
los rusos veía el porvenir con confianza y consideraba que su situación
económica mejoraba.
Según la Academia Rusa de Ciencias, a finales de 2005 la clase me­
dia representaba el 20 por ciento de la población; según una nueva de­
finición, pertenece a la clase media la persona que ejecuta un trabajo
que no es físico, que ha hecho estudios universitarios, que cuenta úni­
camente con sus propias fuerzas y no espera ayuda del Estado, y que
tiene conciencia de pertenecer a la clase media. El 84 por ciento de esa
categoría estima que ha progresado en los últimos tres años. Merece la
pena señalar que la mitad trabaja en el sector público y que las dos ter­
ceras partes consideran la igualdad social como algo esencial; en la
misma proporción, piensan que el Estado debe conservar un papel im­
portante en los sectores clave de la vida nacional.
Sin embargo, Rusia tardará en alcanzar a Portugal si uno conside­
ra el siguiente cuadro del producto interior bruto por habitante com­
parado de Estados Unidos y de la Unión Europea.

Con respecto a 1990 1998 2002

Estados Unidos 35% 17% 21«/o


Unión Europea 50% 26% 32«/o

Cuadro 7. Comparación del producto interior bruto entre Rusia, Estados Uni­
dos y la Unión Europea.

562
Teóricamente, la sociedad rusa tiene ahora la posibilidad de recla­
mar —como hicieron los jubilados y en febrero de 2006 las familias de
los conscriptos cuando se conoció el escándalo del joven soldado An-
dréi Sychev, víctima de terribles novatadas hasta el punto de serle ampu­
tadas. las piernas y el sexo—,1 tiene también la posibilidad de crear
sindicatos, asociaciones de vecinos, O N G —hay una vida asociativa in­
tensa, aunque en 2005-2006 la Duma y el presidente promulgaron una
ley muy dura contra las O N G —. Sin embargo, tiene todavía mucho por
hacer y un abismo separa Moscú y San Petersburgo de las provincias.
Tampoco existe un auténtico movimiento sindical.

«Los días alciónicos del entusiasmo y la disputa sobre la propiedad


y la forma del Estado, las estatuas abatidas, el cambio del nombre
de calles y ciudades, el millón de personas que aquí, en San Pe­
tersburgo, se echaron a las plazas para oponerse al golpe de Esta­
do [de 1991] [...] constituyen, o bien un paréntesis en el atávico
comportamiento de la población, o bien un brote postizo y espu­
rio, por hechizo injertado en sus hábitos ancestrales.»12

A ese juicio pesimista y duro hay que añadir el análisis de Sta-


nislas Belkovski, presidente del Instituto de Seguridad Nacional de
Moscú:

«En cuanto a las respuestas a las preguntas actuales, el país, el pú­


blico realmente las necesita; la única manera de evitar contestar se­
ría endureciendo la naturaleza autoritaria del régimen, pero la in­
fraestructura necesaria falta [...] No hay un Stalin, tampoco un
Partido Comunista Soviético, tampoco un sistema de cuerpos de
seguridad. Nada que permita apretar las cinturas hasta el punto ne­
cesario para no tener que contestar a las preguntas del pueblo. Eso
ya no es posible».3

1. Cada año, mil reclutas de menos de 20 años pierden la vida en el ejército a


consecuencia de novatadas y accidentes (fuente: Moskovskie Novosti, febrero de 2006).
(N. del A .)
2. Antonio Pérez Rangos, «El patrón y el silencio interrogado», E l País, 5 de di­
ciembre de 2005, pág. 14. (TV. del A .)
3. Citado por Alison Smale, «Rolling in Rubíes», The New York Times, 21 de agos­
to de 2005. (TV. del A .)

563
Cuerpos y almas, demografía y religión
Demografía: Ha catástrofe?

Los indicadores demográficos están en números rojos y en 2005 el


presidente Putin advierte que Rusia podría tener cien millones de ha­
bitantes en 2050 si pierde, como ahora, un millón de personas al año.

Años Millones de habitantes

1989 147
1993 148,3
1998 146,7
2002 144
2005 142 [estimación]

Cuadro 8. Disminución de la población en Rusia. (Fuente: Goskomstat de Rusia.)

La disminución de la población habría sido mucho más pronun­


ciada de no haber llegado a Rusia millones de rusos que vivían antes
de 1991 en la URSS, pero fuera de la República de Rusia. Entre 1991
y 2000, el saldo inmigrantes-emigrantes fue positivo en tees millones,
pero después del año 2000 es casi nulo.
El declive biológico empezó en tiempos soviéticos, cuando, entre
1960 y 1970, la tasa de natalidad bajó del 25 al 17,4 por mil. En el año
2000 había llegado al 8,7. Para que una población mantenga sus efec­
tivos necesita una tasa de fecundidad de 2,1 niños por mujer. Entre
1990 y 2000, en Rusia, pasó de 1,9 a 1,2. Una evolución no muy di­
ferente de la conocida por los países de Europa occidental, como Gre­
cia, España, Italia. La originalidad trágica de Rusia es la evolución de
su tasa de mortalidad, que también arraiga en la sociedad soviética.

1960 7,1
1988 10
1992 12,2
1996 14.2
2000 15,3

Cuadro 9. Mortalidad (por mil habitantes).

564
Ese aumento se debe al envejecimiento progresivo de la población
y a una elevada mortalidad masculina propiciada por un consumo ele­
vado de alcohol y tabaco, así como por los accidentes de trabajo, la
degradación del sistema sanitario a partir de 1970 (la mortalidad in­
fantil también crece en esas fechas), y la pésima calidad del medio am­
biente, tanto en la ciudad como en el campo. En los años noventa, la
crisis generalizada lo agrava todo con la caída del nivel de vida y el co­
lapso sanitario. El resultado es que la esperanza de vida de los rusos es
desesperante.

Años Promedio Hombres Mujeres

1992 67,9 62 73,8


1994 64 57,6 71,2
1996 65,9 59,8 72,5
1998 67 61,3 72,9
2000 65 58,9 72,4
2002 64,9 58,4 71,5
2005 65,5 59 72

Cuadro 10. Esperanza de vida de la población rusa. (Fuente: Goskomstat de Rusia.)

Así se explica que haya 77,6 millones de mujeres y sólo 67 millo­


nes de hombres.
La situación demográfica del hombre ruso es la de los hombres de
Pakistán o Bangladesh, mientras que en Francia la esperanza de vida
masculina es de setenta y cinco años y la femenina de ochenta y tres.
Los millones de rusas que renuncian a la maternidad mediante el ruti­
nario aborto, heredado de la URSS (en lugar de la píldora y otros mé­
todos de control de la natalidad), el abandono del hijo a la mortífera
asistencia pública o el frecuente infanticidio parecen conspirar para di­
ficultar el renacimiento demográfico. Es el caso único de un gran pue­
blo que se ve a sí mismo bajando a la tumba. Advertencias y diagnós­
ticos no han faltado desde que en 1976 el demógrafo y sociólogo francés
Emmanuel Todd señaló el anormal repunte de la mortalidad infantil a
partir de 1971. La RGB entregó el mismo diagnóstico a Andropov y
a Gorbachov, y ahora el presidente Putin lanza el grito de alarma. Sin
embargo, no se aprecia ninguna política demográfica, social, sanitaria o
económica para remediar un déficit anual de 800.000 a 950.000 vidas.

565
Hoy Rusia es un país subpoblado y muy desigualmente poblado.
El 20 por ciento de la población total y el 25 por ciento de la pobla­
ción urbana viven en la región económica de Moscú, que ocupa el 3
por ciento del territorio. El 70 por ciento de sus 17 millones de kiló­
metros cuadrados es tierra de emigración: el norte y toda Siberia se
despueblan mientras que Moscú, San Petersburgo y el sur atraen gen­
te. El país se caracteriza por un vacío general mientras que la pobla­
ción se concentra en el centro y el sur de la Rusia europea. Entran los
clandestinos de Afganistán, África, China, el Cáucaso, Irak, Próximo
Oriente, Somalia. La economía los necesita en Siberia: 600.000 brace­
ros temporales chinos trabajan en la construcción, la agricultura, la pes­
ca, el bosque, las fábricas manufactureras.
Hay 17.000 pueblos fantasma y 38.000 con menos de 10 habitan­
tes; eso es el final de la Rusia rural.
Finalmente, de los 142 millones de personas que viven en Rusia,
118 millones son rusos (el 80 por ciento), 5,5 tártaros y 4 ucranianos;
hay 160 naciones, de las cuales siete tienen más de un millón de ha­
bitantes. Con 14,5 millones, los musulmanes, practicantes o no, re­
presentan el 10 por ciento de la población.1

La religión

Con tantos esfuerzos por acabar con todas las religiones entre 1918
y 1988, cuando llegó la perestroika una quinta parte de la población
aún se sentía poco o muy concernida. La terrible persecución que cau­
só decenas de miles de mártires está hoy olvidada o quizá discreta­
mente silenciada por un presidente que venera a la vez la gloria de la
URSS y la de la Iglesia ortodoxa de Rusia (IOR). Hay que recordar esa
tenaz persecución para entender de qué destrucción, de qué humilla­
ciones, de qué expolios resurgen hoy la Iglesia ortodoxa rusa, las mi­
norías protestantes y católica, los viejos creyentes, el islam, los judíos,
los budistas. Hay que entender la debilidad de una Iglesia ortodoxa
que por esta misma razón busca la protección del Estado; eso preocu­
pa a los que creen que eso lleva a una alianza entre el trono y el altar,
como en tiempos del zar, y al debilitamiento del espíritu de la Iglesia.

1. Además de las estadísticas oficiales y de la prensa rusa, se ha utilizado, de Eli-


zabeth Brainerd y David M. Cutler, Autopsy of an Empire. Understanding Mortality in
Russia and the Former Soviet Union, Cambridge, Mass., octubre de 2004, y Morir dema­
siado pronto, Banco Mundial, 2005; además, Anne de Tinguy, La grande migration. La
Russie et les Russes, París, 2004. (TV. del A.)

566
2000 -r

1500 ■
1
1000 ■

500 *

0
¡n
-500 ■ ·

■1000 ±

Crecim iento natural Migración — ■— Resultado demográfico

Gráfico 10. Movimiento anual de la población rasa y su composición.


(Fuente: censo raso de 2002.)

Los mismos piensan que esa gran Iglesia que posiblemente no tarde
—gracias a la mediación del presidente Putin, un hombre que hace re­
tiros espirituales, en el Monte Atos por ejemplo—en reconciliarse con
la Iglesia ortodoxa rusa del exterior, nacida en los años veinte contra
el poder soviético, no debería entrar en conflicto con las otras Iglesias
cristianas, contra las otras religiones; que debería ser socialmente acti­
va, como ellas.
Solzhenitsyn reclama a Putin que no haya manifestado el menor
arrepentimiento por las persecuciones pasadas contra los viejos cre­
yentes, los greco-católicos unidos a Roma, los católicos; se preocupa
por el bajo nivel de los seminarios, por el conservadurismo cerrado del
joven clero, sacerdotes, monjes y obispos; señala el riesgo: «Cuando la
Iglesia se encierra sobre sí misma, se petrifica» (La Russie sous Vavalan-
che, pág. 314).
El retoño religioso es una de las manifestaciones más visibles de las
transformaciones sociales en Rusia. Se manifiesta a la vez con el rena­
cimiento de las iglesias ortodoxas (y su rivalidad), con el éxito de los
católicos y de los protestantes, con el surgimiento de las sectas así como
de diversas corrientes orientales, gnósticas y pararreligiosas. Frente a
tanto exotismo, la ortodoxia, como aparato eclesiástico y como religión,
se afirma como la religión nacional. Como tal, tiene más simpatías por
el judaismo —a pesar de su antisemitismo tradicional—y por el islam,
gracias a su implantación secular en Rusia, que por las otras confesio­
nes cristianas, consideradas francamente extranjeras y rivales desleales.

567
Esa dispersión de las prácticas y de las referencias religiosas obe­
dece a un movimiento universal, por lo menos en Europa y América,
pero también a elementos rusos: la historia reciente, soviética y post­
soviética, ha engendrado una situación de anomia, favorable al fenó­
meno religioso pero a la vez desfavorable a la institución eclesiástica
ortodoxa, demasiado marcada por su colaboración con ejl sistema so­
viético. La Iglesia ortodoxa rusa intenta rehacerse, restablecer la conti­
nuidad de su presencia en el siglo xx en Rusia y participa en el gran
movimiento de relectura y reescritura de la historia que anima Rusia.
Ese interés por el pasado no obedece a una preocupación científica
sino al deseo de justificar los compromisos con el poder soviético: cier­
tos episodios son privilegiados, otros siguen ocultos.
La lectura de nuestros colegas rusos, historiadores, sociólogos y
teólogos, si bien es esencial, no simplifica la tarea. Todos sienten la ur­
gente necesidad de asumir una postura clara frente a las instituciones
religiosas, frente al lugar que ocuparon antaño en la sociedad y al que,
según cada uno, deberían ocupar hoy. Ese compromiso activista seña­
la un cambio radical en las ciencias sociales rusas. Hasta 1988, tanto la
sociología como la historia soviética fueron sinónimo de ateísmo cien­
tífico; ahora, en la mayoría de los casos, se ponen al servicio de la Igle­
sia ortodoxa rusa.
Además, ni todo lo qué se dice religioso lo es, ni tódo lo que es
religioso se manifiesta como tal. Es notable el contraste relativo entre
unos templos bastante vacíos y la afirmación generalizada de perte­
nencia a la ortodoxia. La realidad religiosa presente no se correspon­
de con los discursos oficiales y su triunfalismo evidente en la recons­
trucción del templo de Cristo Salvador, en Moscú, con dinero público.
La realidad es mucho más cambiante, proteiforme, ubicua. Tiene que
ver con la demasiado famosa «crisis de la identidad rusa» de la cual es
parte y parcialmente solución, o, por lo menos, expresión. El fenóme­
no religioso manifiesta por fin el eterno regreso de problemas y debates
antiguos, lo cual permite relativizar las ideas de cambio y de renovación
para ponderarlas con los temas de permanencia y continuidad.
En 1990, el 22 por ciento de los msos se dicen creyentes. En 2000,
el 53 por ciento. Entre los jóvenes, la proporción es más alta (véase el
cuadro de la página 569 para ver el número de fieles que las diferen­
tes religiones afirman tener).
En ese marco general, la Iglesia ortodoxa rusa sufre una crisis pro­
funda y sus éxitos materiales pueden ser equívocos. Tolstói deseaba la
muerte de la Iglesia institucional que lo perseguía y lo siguió persi­
guiendo después de su muerte. La Iglesia ortodoxa rusa no murió, a

568
Iglesia ortodoxa rusa 60 millones
Islam 14,5 millones
Viejos creyentes (cristianos) Se habla de 4 millones, pero deben de ser
muchos más.
Budismo 2 millones
Judaismo 1 millón
Iglesia católica 660.000 / 1 millón
Iglesia luterana 250.000
Iglesia bautista 200.000
Evangélicos 200.000
Nuevas corrientes 5 millones de feligreses (esta evaluación
incluye testigos de Jehová, mormones, gnosis,
«cultos orientales», etcétera).

Cuadro 11. La población religiosa en Rusia.

pesar de las persecuciones abiertas y la putrefacción interna, pero hoy


presenta dos caras: la de la ortodoxia triunfante y cerrada sobre sí mis­
ma, confundida con el «ortodoxismo», conglomerado ideológico que
confunde la religión con la nación, y la de una ortodoxia minoritaria
pero abierta desde el triple punto de vista teológico, ecuménico y po­
lítico.
En su tiempo, frente a los retos del mundo, los católicos, sorpren­
didos, asustados, rebasados, se encerraron en una reacción mental, bien
conocida por los militares con el nombre de «fortaleza sitiada». Final­
mente, lograron vencer su miedo y salir a campo abierto, dejando atrás
lo que se llamó «el integrismo». Ahora, muchos cristianos ortodoxos su­
fren la misma enfermedad, que puede llevar a fenómenos extraños pero
bien conocidos por el historiador.
Así, a principios de mayo de 1998 el obispo msó de Ekaterimbur-
go (la ciudad del presidente Yeltsin) organizó un verdadero auto de fe
de libros, quemando públicamente, en presencia de su clero y de algu­
nos fieles, los libros escritos por varios teólogos ortodoxos liberales,
progresistas, condenados como heréticos; aquel día 5 de mayo, el joven
obispo Nikon quemó todo lo que, dentro de la ortodoxia rusa, repre­
senta desde hace cuarenta años una auténtica renovación, una fidelidad
abierta e inteligente: Jean Meyendorff, Alexandr Schmemann, Alexandr
Men, el sacerdote mártir, asesinado en condiciones oscuras en 1990. Si
bien Men no es muy conocido fuera de Europa, los otros dos sacerdo­
tes son teólogos de fama mundial.

569
Esa quema siniestra forma parte de una larga serie de aconteci­
mientos que confirma, por desgracia, los pronósticos de los pesimistas
en cuanto a la regresión conservadora de la Iglesia rusa. Ciertamente,
una Iglesia es un mundo, pero, por lo pronto, el conservadurismo del
Patriarcado, de la jerarquía y de gran parte del clero no deja lugar a du­
das. Así, la Iglesia se encuentra en la triste compañía de la extrema de­
recha, de los antisemitas y de los neocomunistas. Cultiva una versión
patológica de la historia rusa según la cual existe una conspiración ju-
deo-católica y una alianza entre Roma y el islam para destruir la orto­
doxia, es decir Rusia.
Fuera de Rusia, otras Iglesias ortodoxas no gozan de mejor salud:
en Serbia y Grecia el odio por los latinos es muy fuerte; durante la
guerra de Yugoslavia y la guerra de Bosnia, explicaban los aconteci­
mientos por la actuación del «judío polaco Wojtila» (el Papa) a favor
de los croatas (católicos) y de los bosnios (musulmanes). En Serbia,
igual que en Rusia, encontramos la nostalgia neurótica del pasado (la
grandeza de la URSS, la grandeza de Yugoslavia) que lleva a la sor­
prendente comunión entre ortodoxos y antiguos comunistas: ambos
aborrecen el mundo moderno.
Por haberse encerrado en ese callejón, esas Iglesias no pueden
aceptar las aperturas hechas tanto por Roma como por las Iglesias pro­
testantes. Curiosamente, las relaciones habían sido buenas entre la Igle­
sia rusa y las Iglesias protestantes desde la segunda guerra mundial y
hasta la caída de la URSS. Stalin había ordenado la entrada de la Igle­
sia en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, de fundación protestan­
te, sin la participación de uña Roma muy hostil, entonces, a tal em­
presa. Se trataba, precisamente, de usar una tribuna internacional, de
manipular la Iglesia rusa y de aislar a la romana. Tan pronto como
desapareció la URSS, los ortodoxos volvieron a su antigua descon­
fianza frente a los otros cristianos.

La política exterior
E l gran juego mundial

Gorbachov y Yeltsin habían dado prioridad a la integración de Ru­


sia a Occidente y a sus instituciones: G7, Organización Mundial del
Comercio, Unión Europea y hasta OTAN. En cierta manera, Putin
toma el mismo camino. Él se define siempre como un occidentalista,
en absoluto como un eslavófilo, mucho menos como un eurasianista;

570
desde el 11 de septiembre de 2001, le gusta oponer el «Occidente ci­
vilizado» al «terrorismo islámico». En general, Occidente ha sido favo­
rable, hasta indulgente con el Gobierno de Putin, pero tres factores ne­
gativos se han interpuesto: Rusia ha dejado de ser una prioridad para
Washington desde que George W. Bush llegó a la presidencia, unos
meses después de Putin, y más aún después del ataque aéreo del 11 de
septiembre por Al Qaeda. En cuanto a la Unión Europea, se encuen­
tra paralizada, tanto por su extensión hacia el este como por su crisis
institucional. Finalmente, el desliz hacia el autoritarismo del Gobierno
de Putin, a lo largo de su segundo mandato, despierta cierta inquietud.
Putin tuvo algún mérito cuando en 2000 y en 2001 manifestó en
varias ocasiones que era el «mejor aliado» de Occidente. Después de la
euforia de los primeros años de su Segunda República, los rusos, decep­
cionados, habían perdido confianza: un sondeo en diciembre de 1999
apunta que el 55 por ciento de los rusos piensa que Estados Unidos
representa una amenaza para su país. No aprecian en absoluto las crí­
ticas contra la guerra de Chechenia, están muy molestos por el papel
de la OTAN y de Europa contra Serbia y aprueban la construcción de
una' central nuclear rusa en Irán y el acercamiento a China contra «la
hegemonía americana».
Putin había manifestado su satisfacción ante la elección de Geor­
ge W. Bush. En su primer encuentro en mayo-junio de 2001, los dos
hombres simpatizaron; en la tarde del fatídico 11 de septiembre, Pu­
tin fue el primer jefe de Estado en llamar al presidente Bush. Le ofre­
ció el apoyo de su país en la lucha contra «el terrorismo». Luego fue a
encerrarse en su residencia de Sochi con los militares y, más tarde, con
los líderes de todos los partidos. Les anunció, para mayor asombro y
disgusto de los generales, la apertura de corredores aéreos, en el espa­
cio ruso, para los aviones americanos; la transmisión de todas las in­
formaciones sobre Afganistán, los talibanes y Osama ben Laden, y, fi­
nalmente, el acuerdo ruso para la utilización de las bases militares de
Asia central. Por eso, el 3 de noviembre, antes de ir a Dushanbe para
concertar con los tayikos el uso de dichas bases, el secretario america­
no de Defensa se detuvo primero en Moscú para dejar bien claro que
Estados Unidos reconocía que Asia central pertenece a la zona de in­
fluencia rusa. Para confirmar ese giro espectacular, Putin no tardó en
anunciar el cierre de las bases rusas de Cuba y Vietnam.
Unos días después, la breve y victoriosa ofensiva capitaneada por
Estados Unidos contra los talibanes debió mucho a la ayuda rusa; sus
aliados afganos de la Coalición del Norte y la información de los
servicios secretos rusos contribuyeron a la instalación en Kabul de un

571
Gobierno prooccidental. Para el presidente Bush, Rusia se había vuel­
to un socio, un amigo, un aliado en la lucha global contra el terroris­
mo, aun cuando vendía armas y equipo nuclear a Irán. También evitó
criticar la guerra de Chechenia, pero tampoco manifestó mucha grati­
tud: el 13 de diciembre de 2001 anunció su retiro del acuerdo ABM
(sobre los misiles antibalísticos): buen perdedor, Putin se limitó a de­
cir: «no afecta a nuestra seguridad». En mayo de 2002 se firmaron va­
rios tratados con Washington sobre la reducción de los armamentos es­
tratégicos ofensivos, sobre la segunda ola de ampliación de la OTAN
hasta el Báltico y sobre la creación de un Consejo OTAN-Rusia como
premio de consuelo. Para los militares rusos, la píldora era amarga:
Gorbachov perdió Europa del Este —refunfuñaban—, Yeltsin abandonó
el Báltico y ahora permitimos la presencia militar yanqui en nuestro
patio de atrás de Asia central y Georgia. No contaban con la astucia
de Putin: dos pasos atrás, tres adelante. Por lo pronto, en Afganistán
los americanos le habían sacado las castañas del fuego a Moscú al aca­
bar con el talibán que amenazaba a toda Asia central, el talibán que
había reconocido la independencia de Chechenia. Y se había ganado
el silencio de Washington sobre la crisis chechena. Era a la vez adap­
tarse con lucimiento al nuevo papel de potencia secundaria, en un or­
den mundial marcado por el unilateralismo americano, y sacar prove­
cho de la situación. A su enojado establishment militar y político, el
yudoca Putin bien puede haberles dicho: «El que ríe el último...».
La calurosa relación entre Bush y Putin no resistió a la crisis ira­
quí de 2002-2003. Putin se manifestó contra la invasión de su viejo y
buen cliente y se alió con «la vieja Europa» franco-alemana, mientras
que Bush montaba su guerra con el apoyo de Londres y Madrid. Pero
logró la eficacia de reconciliarse pronto con Washington; de realizar,
en junio de 2003, una visita triunfal a Londres que colmó de gusto al
78 por ciento de los rusos; de reforzar las relaciones con India y Chi­
na; de prestar sus buenos oficios en los espinosos asuntos nucleares de
una Corea del Norte y un Irán decididos a dotarse de la bomba ató­
mica; de llevarse bien con los árabes, y de mantener excelentes rela­
ciones con Israel.
El 3 de abril de 2003, en vísperas de la toma de Bagdad por los
americanos, el presidente Putin había dicho: «Rusia no se permitió el
lujo de implicarse directamente en ninguna crisis reciente y haré todo
lo posible para que no se vea arrastrada a la crisis iraquí. [...] Estados
Unidos y Rusia son las potencias nucleares más fuertes del mundo y
tenemos una responsabilidad especial en mantener la paz internacio­
nal en general». Ese pragmatismo ha sido la regla hasta ahora (febrero

572
de 2006) y ha sido confirmado con el grave problema planteado por
el programa nuclear iraní. Durante años, la Rusia de Yeltsin y de Putin
construyó la central de Bushehr y ha mantenido buenas relaciones con
Irán: los dos países, que controlan el 40 por ciento de las reservas mun­
diales de gas y el 25 por ciento de las petroleras, comparten proyectos
energéticos en el mar Caspio. Sin embargo, Rusia, que afirmó hasta
2005 que Irán no tenía un programa militar secreto, de repente empe­
zó a dudar y se ofreció para encontrar un compromiso que fue acep­
tado por Estados Unidos, Europa, China e India: el uranio necesitado
por Irán para alimentar sus centrales nucleares sería enriquecido en Ru­
sia. Moscú no quiere que Irán logre el arma nuclear pero tampoco
quiere romper sus antiguos lazos comerciales y estratégicos.
Una única excepción a la regla de oro del pragmatismo: el asunto
de las islas Kuriles, que Stalin arrebató a Japón, «revela hasta qué pun­
to nuestros dirigentes manifiestan una estupidez imperdonable y terca.
Abandonaron sin pestañear amplias provincias rusas a Ucrania, a Ka-
zajistán [...] y se obstinan en no devolver a Japón unas islas que
nunca nos pertenecieron [...] En 1855 Rusia reconoció precisamente
como frontera la que reivindica hoy Japón. Nos agarramos de esas is­
las como si de ellas dependiera todo el porvenir de Rusia» (La Russie
sous Vavalanche, págs. 78-79). Resultado: aún no se ha firmado un tra­
tado de paz entre los dos países y muchos acuerdos e inversiones que­
dan pendientes.
Es la excepción que confirma la regla. El juego diplomático de Pu­
tin ha sido exitoso. Si bien considera a Europa como un buen vecino
(débil) y un socio económico importante, presta toda su atención a Es­
tados Unidos, que es el gran partner estratégico. El tiempo le ha dado
la razón en Asia central: en 2005, después de la «revolución» de Kir-
guistán y de los disturbios en Uzbekistán, la influencia rusa es más
fuerte que nunca y los militares americanos han tenido que evacuar las
bases uzbekas.

E l antiguo espacio soviético o «Gazputin»

Los especialistas pensaron, entre 1991 y 2003, que la Comunidad


de Estados Independientes era inexistente y que Rusia perdía toda in­
fluencia en la antigua URSS. Efectivamente, el poder central soviético
desapareció y las repúblicas de Asia central recibieron una independen­
cia irreversible (con la cual no soñaban) mientras que los países bálticos
y caucásicos, hasta Ucrania, la tomaban. Sin embargo, el antiguo espa-

573
ció soviético existe en gran parte y Rusia no ha renunciado a reconstruir
su influencia en las zonas occidentales y meridionales más reacias.
En Asia central fue fácil: en 2006 siguen en el poder, como presi­
dentes a veces vitalicios, los dirigentes que eran comunistas hasta 1991.
La única excepción es la de Kirguistán, que, en 2005, vio cómo la ca­
lle derrocaba al presidente Akaev, que era por cierto el único que no
había sido secretario general del Partido Comunista local antes de
1991. Esos déspotas se llevan bien con Moscú, como su colega,
Alexandr Lukashenko, de Bielorrusia (en el poder desde 1994), y mu­
cho mejor con Vladímir Putin que con Boris Yeltsin. De manera prag­
mática, Moscú ha construido pacientemente una red de relaciones
bilaterales o con dos o tres Estados en lo que llama su «extranjero próxi­
mo» y que coincide con el antiguo espacio soviético. La regla es me­
jorar las relaciones con todos (menos con Georgia), con elasticidad y
determinación, sin perder de vista la meta final: hacer de Rusia una
potencia respetada en el mundo, a partir de su influencia restablecida
sobre la antigua URSS.
Los conflictos interétnicos ofrecen una palanca muy útil desde
siempre: Yeltsin apoyó a Armenia en el conflicto del Alto Karabaj con­
tra un Azerbaiyán desafiante hasta lograr la instalación de la dinastía
Aliev, favorable a Moscú; el conflicto de Transnistría debilita a Mol­
davia desde 1991; a la rebelde Georgia se la castiga con lá secesión de
las provincias de Abjasia y Osetia del Sur. ¿Por qué la hostilidad siste­
mática y permanente contra Georgia desde 1991? Es el más frágil, qui­
zás, de los Estados de la antigua URSS por su naturaleza de mosaico
étnico. Su primer presidente, Gamsajurdia, enemigo feroz de la URSS,
fue el aliado de los chechenos; el segundo, Eduard Shevardiíadze era
más que odiado en Moscú por haber sido secretario de Relaciones Ex­
teriores de Gorbachov: los militares lo consideraban el traidor que ha­
bía destruido el Pacto de Varsovia. Su caída en noviembre de 2003,
con la «revolución de las rosas», no mejoró la situación y el joven pre­
sidente Mijaíl Saakashvili busca el apoyo de Estados Unidos y Europa
contra Moscú. Moscú, que se niega a evacuar sus últimas bases mili­
tares, apoya a los secesionistas y cierra la llave del gas siempre en in­
vierno, la última vez en enero de 2006. Esa bmtalidad contra Georgia
es el equivalente de la cerrazón en el caso de las Kuriles. Hay mucha
pasión y poca razón en estos dos asuntos.
El caso de Ucrania es ejemplar porque a lo largo de los años todos
los casos de figura se han presentado en esa gran república de 50 mi­
llones de habitantes. En realidad, Moscú y muchos rusos consideran
que, tarde o temprano, Ucrania volverá a ser parte de la Federación Rusa,

574
puesto que Kíev, según ellos, es la cuna de la rusidad. El patriarcado
de Moscú piensa lo mismo, controla la mitad de las parroquias orto­
doxas, si no más, y se niega a otorgar la autocefalia (autonomía reli­
giosa) a Ucrania.
En los primeros años de Yeltsin, Ucrania se alejó de Rusia y luego
el presidente Kuchma volvió hacia Moscú hasta preparar con Putin su
sucesión á finales de 2004; la maniobra, en la cual el presidente ruso
desempeñó un papel decisivo, fracasó al provocar la llamada «revolu­
ción naranja» durante el invierno de 2004 a 2005, el fracaso del can­
didato oficial y la elección a la presidencia de Víktor Yushchenko, apo­
yado por Europa y Estados Unidos. A finales de 2005 y en vísperas
de las legislativas de marzo de 2006, la crisis política en Ucrania y la
«guerra del gas» llevada a cabo por Gazprom y Gazputin, bien podrían
provocar una resaca favorable a Moscú.
Entre 1992 y 2006 el contencioso ha sido permanente sobre el gas.
Ucrania depende totalmente de Rusia pero controla (y «ordeña») los
oleoductos que llevan el gas ruso a Europa. En los últimos años, Ru­
sia ha logrado la reconquista económica del país, controla cuatro de
sus seis refinerías y trabaja para lograr el control de los gasoductos.
La «revolución naranja» fue para Moscú el equivalente del 11 de
septiembre para Washington; revolucionó su política exterior. Se trata­
ba no sólo de tomar una revancha en Kíev, sino de evitar que ocurriese
en Rusia una «revolución de color»; por eso se elaboró una ley contra
las O N G independientes en Rusia y se crearon, en Ucrania y en otras
partes, O NG para trabajar contra los gobiernos «inamistosos», «prooc­
cidentales», como los de Tbilisi, de Kíev, etcétera.
En marzo de 2005, el presidente creó un departamento encargado
de promover la influencia rusa en el exterior próximo. La crisis ener­
gética actual ofrece a Moscú una oportunidad fantástica: superpoten-
cia militar moribunda renace como superpotencia energética y experi­
menta su nueva fuerza lanzando la «guerra del gas», de los precios del
gas contra Ucrania, Georgia, Moldavia, Lituania, Letonia, Estonia. Ucra­
nia pagaba el gas ruso a 50 dólares los 1000 metros cúbicos: pagará 160
si no 220, y Georgia 210 en lugar de 60, igual que Moldavia. Quizá re­
nunciarán a proclamar a gritos su deseo de entrar a la OTAN. Al alia­
do bielorruso se le recompensa con el mantenimiento del precio de 47
dólares, muy por debajo del precio en el mercado mundial.
Así, exactamente seis años después de su llegada al poder, Vladí-
mir Putin declara su programa geopolítico. La crisis ucraniana ha de­
mostrado la fuerza potencial de Rusia y ha lavado la humillación del
año anterior, de la «revolución naranja», para gusto de la opinión pú-

575
blica, excitada por una violenta campaña antiucraniana y una vio­
lentísima campaña antigeorgiana. Eso puede tener un coste: que Euro­
pa tema que Rusia se convierta en un socio intransigente, dispuesto a
dictar sus condiciones; que Europa despierte por fin. La reunión del
G8 en San Petersburgo, en el verano de 2006, será presidida por Putin
y el principal tema en la agenda será la cuestión energética.
En contra de lo que muchos pensaban en 1991, la independencia
de tódos los Estados del antiguo espacio soviético se ha mantenido.
Hasta Lukashenko ha desistido de unir su Bielorrusia a Rusia, porque
no puede aceptar que sea apenas el sujeto número 90 de la Federación
Rusa. El conflicto permanente entre Moscú y Tbilisi no amenaza la in­
dependencia de Georgia pero sí su integridad territorial. No se puede
descartar que Rusia integre Abjasia y Osetia del Sur. Para restablecer la
influencia rusa, Putin usa todos los medios y apoya a las fuerzas más
reaccionarias y represivas, tanto en Asia central como en Bielorrusia,
en Ucrania como en Chechenia. La guerra de Chechenia ha contri­
buido a la agresividad rusa contra Georgia, contra las O N G rusas, con­
tra la libertad de prensa y de circulación en Rusia. La política interna es
inseparable de la externa.

Conclusión

Vaclav Havel, ex presidente de la República checa, comentaba el


24 de febrero de 2005 en una entrevista en Le Monde:

«Rusia no sabe exactamente dónde empieza, ni dónde termina. En


la historia, Rusia se extendió y se redujo. Cuando convengamos
tranquilamente dónde termina la Unión Europea y dónde empie­
za la Federación Rusa, entonces la mitad de la tensión entre las dos
desaparecerá [...] De hecho, la línea de fractura pasa a lo largo de
Ucrania. Ucrania es un gran país que, durante mucho tiempo, pa­
recía no saber dónde situarse. Quince años después de la caída del
muro, Ucrania parece indicar hoy que se inclina hacia el mundo
euro-atlántico. No creo que los occidentales hayan captado la im­
portancia de la “revolución naranja”».

Vladímir Putin, sí.


Hace más de veinte años que el régimen soviético, que parecía in­
sumergible, se hundió para los 250 millones de personas que eran sus

576
«obligados» habitantes. El humor soviético había inventado la expresión
«la zona grande» para hablar de la URSS, en relación con la «pequeña»
zona del Gulag con sus campos de «reeducación por el trabajo».
Los años que acaban de pasar han visto nacer muchas ilusiones y
disiparse muchas esperanzas. ¿Qué ha sido de la esperanza de 150 mi­
llones de rusos que hoy no son más que 142, de 50 millones de ucra­
nianos, de los habitantes de las repúblicas de Asia central, del Cáuca-
so, del Báltico, de Bielorrusia? En Asia central y en Bielorrusia, por
desgracia, la situación es igual o peor que antes. El Cáucaso vive en
una tensión permanente, amenazado por la guerra civil y extranjera.
Ucrania, Georgia y Moldavia, después de unos años terribles, han vuel­
to tímidamente a la esperanza al tomar el camino de la «revolución de
color». Sólo los tres pequeños países del Báltico han podido salir ade­
lante. ¿Y la gran Rusia?
Los ciudadanos de la Federación Rusa soñaban con vivir en un
país común y corriente, al estilo de Europa occidental. Para muchos
existió la ilusión de que esa transformación se podía lograr pronto y
sin dolor; esa ilusión, perdida una primera vez en tiempos de Boris
Yéltsin, renació después del año 2000, en los primeros años del presi­
dente Vladímir Putin.
Esperanzas e ilusiones se esfumaron frente a la dura realidad de la
herencia de setenta y cinco años de sovietismo, frente a la magnitud
de los cambios por realizar. Sin embargo, cambios hubo, cambios ma­
yúsculos. Así como la revolución bolchevique transformó la vida, las
costumbres, las tradiciones de Rusia, así el terremoto que acabó con la
URSS afectó a todos los sectores de la vida social. Las generaciones ac­
tivas de Rusia, las que nacieron después de 1940-1945, tienen que re­
construirlo o construirlo todo. Para esa obra titánica disponen de las
grandes riquezas naturales del inmenso país: el petróleo, los minerales,
la tierra de labor, el bosque, los hombres y las mujeres, con su energía
y sus talentos.
La construcción de una Rusia democrática, próspera y justa se topa
con un obstáculo mayor: la ausencia de estructuras jurídicas y de in­
dicadores morales para orientar y canalizar iniciativas y conductas. De­
bilitada por tres generaciones de persecución religiosa, la Iglesia rusa
no ha logrado aún afrontar el reto y dialogar en profundidad con una
sociedad civil cuyo desarrollo está frenado por el autoritarismo cre­
ciente del actual Gobierno.
Es indudable que la economía de mercado ha producido ciertos
resultados y la nueva generación para la cual el «socialismo» pertenece
a la prehistoria, no tiene nada que pedir a los yuppies occidentales. En-

577
tre 1999 y 2004, el producto interior bruto ha crecido el 40 por cien­
to; las inversiones y el consumo de las familias, respectivamente, el 70
y el 50 por ciento. Ese boom del consumo es una revolución después
del desastre de los años 1987 a 1997. Las calles de Moscú ganan en lujo
y actividades a las de París, Londres y Nueva York. Para la minoría de
los «nuevos rusos», la opulencia es la regla. Pero su riqueza no debe
disimular la miseria y la desesperación de los que no pueden subir a
bordo del avión de la modernidad.
El número de las víctimas del tiempo soviético y de la cruel mu­
tación presente es muy alto: ancianos, campesinos, niños de la calle,
víctimas de la enfermedad, de la delincuencia, del abandono. No es fá­
cil salir de setenta y cinco años de una ideología impuesta, de la prác­
tica del «doble lenguaje», de las promesas incumplidas, de la represión
de alta y baja intensidad, de la deportación de pueblos enteros, entre
otros de los chechenos, de una despiadada persecución religiosa, del ci­
nismo corruptor... Todo eso deja una huella profunda y duradera que
no se va a borrar tan pronto. Y el futuro demográfico es amenazador.
La evolución política reciente no va en el sentido de la curación.
Desde el año 2000, el autoritarismo presidencial no ha dejado de cre­
cer y la influencia del FSB es enorme. Cuando Mijaíl Kasianov, que fue
durante cuatro años el leal primer ministro de Vladímir Putin, preten­
dió formar con Gari Kasparov, el famoso campeón de ajedrez, vetera­
no demócrata de todos los combates desde 1987, un movimiento para
las elecciones presidenciales de 2008, fue inmediatamente inculpado
por un juez por «compra fraudulenta» de una casa. Después de unas se­
manas de presiones, Kasianov salió del país con toda su familia.
Vladímir Putin tomó el relevo de Boris Yeltsin en 2000 y el mun­
do se sigue preguntando: ¿estableció un sistema de poder fuerte, efi­
ciente y duradero, o bien ese autoritarismo está tocando sus límites?
Es un lugar común decir que el autoritarismo burocrático, moderada­
mente represivo, corresponde al contexto ruso, a una sociedad que ha
conocido siempre la mano dura. Lugar común también repetir que el
gas y el petróleo contribuirán para rato a esa estabilidad.
Es cierto que la instalación del busto de bronce del «Félix de hierro»,
el fundador de la Checa, en la Secretaría de Gobernación en noviem­
bre de 2005, es un símbolo; simbólica también la digestión de setenta
años de sovietismo por la conciencia histórica oficial: en los manuales
de historia no hay un solo remordimiento (a la manera alemana), todo
se justifica por las necesidades del Estado y de la defensa nacional. En
los años noventa esos libros de texto empezaron a exaltar a los gran­
des zares autoritarios, Pedro el Grande, Alejandro III. Entre 2000 y

578
2006, poco a poco, han rehabilitado a Lenin, Dzerzhinski, y ahora Sta-
lin... Liubé, el grupo pop que aparece continuamente al lado del pre­
sidente y es el preferido de los rusos, canta: «Devuélvanos la tierra de
Alaska, ¡es nuestra patria!» (Estados Unidos compró Alaska a Rusia en
1867), canta la gloria de Rusia, de Moscú, de los comandos Alfa. Su
último disco se llama Rusia y en la portada figura un mapa del in­
menso imperio de 1866. Según el cineasta Nikita Mijailkov, incondi­
cional del presidente, Liubé es para los rusos lo que los Beatles para
los ingleses.
Entre la población, la opinión mayoritaria es que el régimen so­
viético no era tan malo; sólo había que corregirlo un poco, pero unos
tontos lo arruinaron. El presidente Putin ha realizado este sueño po­
pular al reconstruir un Estado tradicionalmente fuerte pero moderni­
zado. Acabó con la enfermedad que arruinó a la URSS, la economía
planificada, estatalizada. Hace varios años que la economía crece. Cier­
tamente, el producto nacional bruto ruso alcanza apenas la tercera par­
te del de China y se sitúa al nivel de Bélgica o 4e México. Pero se es­
pera un torrente de inversiones extranjeras y el petróleo y el gas son
«nuestros» de nuevo, gracias al presidente, que se los quitó a los oli­
garcas y ha devuelto «Rusia a los rusos».
La gran pregunta que se hacen los msos es: ¿qué pasará si en 2008
Putin no se presenta a las elecciones, puesto que la Constitución se lo
prohíbe? ¿Asumirá la dirección de Gazprom?, ¿será el poder tras el tro­
no, antes de volver en 2010 al Kremlin, como lo permite la constitución?
Rusia seguirá siendo un problema para Europa, para el mundo y
para sí misma. El problema de la formación de la nación no es menos
agudo para los rusos y para el 20 por ciento de no rusos de la Federa­
ción, que para los ucranianos. La diferencia es que los rusos deben
crear una nación moderna a partir de una comunidad posimperial,
mientras que los ucranianos deben hacerlo a partir de una comunidad
poscolonial. Como decía don Ezequiel Mendoza Barragán, viejo cam­
pesino mexicano, muerto en 1976: «¡Alabado sea el Señor por haber
creado un mundo tan variado!».

24 de febrero de 2006

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582
Apéndice
índice onomástico

Abakúmov, Víktor, 359, 360 Ampilov, Viktor, 483


Abalkin, Leonid, 443 Andreas-Salomé, Lou, 91, 110
Abramovich, Roman, 530 Andropov, Yuri, 376, 392-395, 403,
Adler, Victor, 152 408, 412, 415, 419, 423, 429-431,
Afanásiev, Yuri, 305, 546 442,458
Afinoguenov, Alexandr, 235, 253 Annenski, 69
Agafangel (metropolitano), 158 Antonov, Alexandr, 138-140, 193
Aganbeguian, Abel, 417, 444 Arbatov, Gueorgui, 420, 430, 460
Agustín de Hipona, 164 Arendt, Hannah, 300-303
Aigui, Guennadi, 344 Armand, Inessa, 118
Ajmátova, Anna, 16, 70, 234, 243, Armitage, Richard, 485
302, 359 Armstrong, Neil, 368
Akaev, Askar, 574 Aron, Raymond, 300, 355, 434
Aksyonov, Vasili, 424 Arquimedes, 255
Akulov, 200, 252 Augusto (emperador), 231, 244
al-Asasd, Hafez, 409 Avdeev, 107
al-Gadafi, Muammar al, 409 Awakum, Grigorovo, 241
Alejandra (zarina), 85-87, 88 Aznar, José María, 549
Alejandro I (zar), 38, 39, 85, 352, 353
Alejandro II (zar), 40, 42, 449, 456,
460 Babel, Isaac, 137, 236, 237, 265, 268
Alejandro III (zar), 40, 46, 86, 206, Babichev (general), 507
578 Bacon, Edwin, 294
Alexandrov, Grigori, 235, 267 Bagritski, Eduard, 241
Alexéi (zarevich), 87 Baitin, Mijail, 15, 109, 165, 281
Alexéi I (patriarca), 390, 391, 541 Bakst, Lev, 70
Aliev, Guediar, 409, 493, 574 Ballod, 174
Aliluyeva, Nadia, 200 Balmont, Konstantin, 43, 69, 240,
Amalric, Jacques, 419 247
Amalrik, Andréi, 269, 393-395, 407, Barka, Vasili, 207, 210
415, 447, 454, 458 Barkashov, Alexandr, 492
Ambartsumov, Evgueni, 523 Barros, James, 340
Amin, Hafizulah, 419 Barry, Mike, 420

585
Barsukov, 522 439, 453, 456, 457, 551, 554,
Basàyev, Shamil, 489, 514, 530, 535, 558, 559
536, 537, 544, 545, 550, 551 Briusov, Valeri (general), 69
Bazhanov, Boris, 457 Brodski, Joseph, 379, 424, 522
Beck, E, 271 Bronch-Bruevich, Vladimir, 230
Belkin (general), 287 Brunet, Roger, 396
Belkovski, Stanislas, 563 Brusilov, Alexéi, 82, 101
Bence, Gyorgy, 455 Bryant, Louise, 161
Benckendorff, Maria, 257 Brzezinski, Zbigniew K., 300, 454
Bendukidze, Kaja, 504 Budiónny (comandante), 139, 185
Benjamin (metropolitano), 158 Bujarin, Nikolái, 118, 145, 163-165,
Benois, 71 169, 170, 172, 173, 179, 227, 236,
Berberova, Nina, 247, 257 242, 251, 253, 257-261, 264, 271,
Berdiâyev, Nikolai, 71, 72, 160, 161, 372
164, 167, 247, 248, 300, 306, 429 Bukovski, Vladimir, 13 y n, 14, 305,
Berezovski, Boris, 509, 521, 527, 528- 374, 379, 393
531, 534, 537, 548, 549 Bulgákov, Mijail, 71, 149, 234, 244,
Bergson, Henri, 71 245, 452
Beria, Lavrenti, 250, 265, 268, 283n, Bulgákov, Serguéi, 71, 161, 247, 305
288, 359, 360, 369, 370, 372, 436 Bulganin, Nikolái, 369-371
Beria, Sergo, 370 Bullitt, William, 352
Berlusconi, Silvio, 549 Bullock, Alan, 255
Berzin, Eduard, 280, 315 Bülow (embajador), 41, 455
Besançon, Alain, 269, 338 Bunin, Iván, 70, 73, 137, 154, 240,
Biela, Andréi, 44 247
Bielinski, 72 Burbulis, Guennadi, 500
Biely, Andréi, 69, 70, 73 Bush, George, 442, 451, 549, 571, 572
Birman, Igor, 502-504
Bismarck, Otto von, 64, 65, 67, 315,
410, 522 Caillaux, Joseph, 101, 102
Bitov, Andréi, 424 Calder, Alexander, 233
Blok, Alexandr, 16, 69, 73, 160, 234 Caridad (madre de Ramón Merca­
Bloy, Léon, 71 der), 327
Blücher, 261-263 Carrère d’Encausse, Hélène, 446, 449
Blum, Alain, 205, 206, 294, 55 In Carter, Jimmy, 419, 420
Bobkov, Filip, 403 Casement, Roger, 102
Bocharov, 443 Castro, Fidel, 399-401, 441
Bogdanov, Alexandr, 230 Catalina la Grande, 17, 18, 24, 27, 39,
Bohr, Niels, 360 504
Bonet, Pilar, 525 Cathala, Jean, 457
Bonner, Elena, 393, 394, 507 Ceausescu, Nicolae, 445, 446
Borodin, Alexandr, 253, 287 Cézanne, Paul, 70, 235
Brainerd, Elisabeth, 566n Chaadáiev, Piotr Yàkolevich, 73, 339
Brezhnev, Galina, 429 Chaikovski, Piotr, 132
Brezhnev, Leonid, 34, 305, 372, 374, Chappe d’Hauteroche, Jean, 39
378, 394, 402, 403, 407-419, Chateaubriand, François René de, 298
421, 426, 428, 429, 432, 437, Chaunu, Pierre, 23, 434, 447

586
Chayánov, Alexandra 215, 216 Derain, André, 70
Chazov (doctor), 415 Diachenko, Tatiana, 521, 524, 526
Cheboldayev, 192, 264 Diâguilev, Serguéi, 70
Chéjov, Antón, 16, 42, 278 Diderot, Denis, 39, 504
Chernenko, Konstantin, 391,429, 431, Dmitrievich, Perfiliev Ivan, 346
453 Dobroliubov, Nikolai, 72
Chernichevski, Nikolái, 72 Dokuchayev, Vasily, 69n
Chernomyrdin, Viktor, 483, 497, 501, Dombrovski, Yuri, 424
509, 514, 517, 518, 521, 524, Donato, 160
531-533 Dostoïevski, Fiodor, 42, 69, 72, 306
Chernov, Viktor, 136 Dovlatov, Serguéi, 424
Chiang Kai-shek, 171, 312, 355 Dovzhenko, Alexandr, 235
Chicherin, Boris, 73 Draule, Milde, 255
Chicherin, Gueorgui, 311 Dreyfus, Alfred, 269
Chindarov, Alexandr, 507 Dubcek, Alexandr, 412
Chirac, Jacques, 549 Dudayev, Dzyojar, 477, 480, 501,
Chjeidzé, 93 504-507, 514, 522, 544, 546
Chornovil, Viacheslav, 386 Dunsterville, L.C, 120
Chubais, Anatoli, 502, 509, 518, 521, Duranty, Walter, 212
524, 526, 528-530, 544 Durkheim, Émile, 307
Chukovskaya, Lydia, 243, 359 Durnovô, Piotr, 58, 80
Churchill, Winston, 179, 192, 197, Duroselle, Jean Baptiste, 454
332, 334, 339-341, 353, 354 Dzerzhinski, 105, 188, 160, 171, 250,
Cirilo, 20 260, 277, 280, 579
Clementis, 358 Dzhilas, Milovân, 411
Clinton, Bill, 517, 539 Dzhugashvili, Yâkov (hijo de Stalin),
Cohen, Stephen, 264, 301 329
Cómodo (emperador), 364
Comte, Auguste, 69
Conquest, Robert, 203, 301, 363, 454 Eastman, Max, 235
Corvalán, Luis, 393 Efimov, Igor, 424
Coulondre, 318 Ehrenburg, Iliá, 338, 370
Custine (marqués de), 32, 39, 41, Eideman (general), 262
305, 392, 421 Einstein, Albert, 232, 360
Cutler, David M., 566n Eisenhower, Dwight, 352, 371, 398
Eisenstein, Serguéi, 235, 237
Eisner, Kurt, 126
Daniel, Yuli, 412 Eitingon, Leonid, 287, 327
Danilov, Viktor, 203, 341 Eliodoro, 87
Davis, Nathaniel, 191 Elizabeth (gran duquesa), 154
De Gaulle, Charles, 352, 353, 409, Engels, Friedrich, 42, 213, 231, 232
463, 477 Enukidze, 264
De Maistre, Joseph, 27, 42, 113 Erlich, Alexandr, 172
Degas, Edgar, 235 Ermogen (obispo de Kaluga), 390
Demidov, Gueorgui, 242 Ermogen (obispo), 87
Denikin (general), 123, 124, 128, Erofeev, Venedikt, 424
130, 132, 144, 552 Escobar, Pablo, 475

587
Esenin, Serguéi, 234 Goebbels, Joseph, 315
Eshliman, Nikolai, 390 Goering, Hermann, 316, 490
Eskin, 360 Goethe, Johann Wolfgang, 245
Gógol, Nikolái, 363
Golodied, 192
Fadeev, A., 378 Gomulka, Wladislaw, 358, 376, 412
Fainsod, Merle, 191, 301, 454 Gorbachov, Mijail, 221, 305, 375,
Fedko (comandante), 139 381, 391, 393, 395, 403, 430,
Fedotov, 247 431, 435-446, 448, 450-460, 471,
Feldman (comandante), 262 473, 474, 483, 484, 486, 489,
Feltrinelli, Giangiacomo, 379 496, 502, 503, 505, 512, 516,
Feshbach, Murray, 422 522, 523, 552, 554, 565, 570,
Filareto, 391 572, 574
Fiodorov, Boris, 501 Gorenstein, Friedrich, 375, 407, 424,
Fischer, George, 348 428, 429,
Fitzpatrick, Sheila, 204, 301 Goriev, 315
Florenski, Pável, 71, 242, 243 Gorki, Máximo, 70, 72, 73, 105, 109,
Francisco Fernando (archiduque), 74 115, 125, 138, 160, 161, 216,
Franco, Francisco, 259, 314, 341, 503 232, 233, 240, 247, 257, 264, 278,
Frank, Simon, 71, 161, 247 280,297,511
Freud, Sigmund, 110, 232, 250, 511 Gottwald, Klement, 354
Fridman, 521 Grachov, Pável, 489, 505-508, 522-524
Friedrich, Carl J., 300 Gradenigo, Sergio, 201
Frunze (comandante), 139, 233 Gramsci, Antonio, 491
Fuller, William, 445 Graziosi, Andrea, 194, 195, 204
Furet, François, 308, 460 Grechko, Andréi, 408
Furtseva, 378 Gref, Hermnan, 552
Gregor, Richard, 340
Grigorenko (general), 195, 393
Gaidar, Yegor, 482, 483, 485, 495-497, Gromov, Boris, 419, 505, 507
501, 502, 507, 514 Gromyko, Andréi, 353, 380, 400, 419
Galanskov, Yuri, 379 Grossman, Vasili, 182, 183, 207, 210,
Galiev, Sultán, 251, 252 266, 287, 299, 302, 308, 338,
Galli, Giorgio, 454 361, 363, 373, 424
Gamárnik, Yan (general), 262 Guderian, Heinz, 346
Gamelin (general), 317 Guehenno, Jean, 269
Gamsajurdia, Zviad, 574 Guerashenko, Viktor, 483, 486
Gapone, Yuri, 52 Guerasimov, Guennadi, 438
Garton Ash, Timothy, 445 Guillermo de Orange, 99
Gauguin, Paul, 70, 235 Guillermo II, 42, 79, 92, 315, 324
Gengis Jan, 164, 173, 247, 304 Guinzburg, Alexandr, 379, 394
Geroe, 376 Gumiliov, Lev, 16, 234, 243
Getty, J. Arch, 301 Gumiliov, Nikolái, 16, 70, 160, 243
Gide, André, 307 Gurian, Waldemar, 300
Giraud, Pierre, 482 Gusinski, Vladimir, 509, 521, 529, 548,
Godin, W , 271 549
Godunov, Boris, 17 Gutenberg, Johannes, 20

588
Haile Mariam, Mengistu, 418 Jachaturian, 235, 378
Hailie Selasi I (el Negus), 418 James, William, 71
Haimson, Leopold, 301 Jandzhian, A., 257
Hajnal, John, 20 Jaruzelski, W., 420, 421
Hallier, Jean-Edem, 400 Jasbulátov, Ruslán, 475, 485, 486,
Havel, Vaclav, 445, 576 489, 490, 500, 501, 506
Hegedus, Andreas, 376 Jaspers, Karl, 308
Hegel, Georg Wilhelm, 469 Jattab (emir), 536, 544
Heller, Mijail, 148, 152, 301, 302, Jaurès, Jean, 91, 364
460 Jefferson, Thomas, 512
Herling, Gustav, 326 Jesucristo, 436
Herriot, Edouard, 212 Jizha, Jorge, 480
Herzen, Alexandr, 164, 370 Jlebnikov, Velemir, 234
Hess, Rudolf, 323, 341 Jodakovski, 247
Hilferding, Rudolf, 307 Jodasevich, Vladislav, 70, 73
Hilton, Paris, 560 Jodorkovski, 509, 521, 530, 549, 556,
Himmler, Heinrich, 335 557, 561
Hippius, Zinaida, 69, 247, 183, 212, Joublanc, Luciano, 261, 263, 274
244, 250, 252, 257, 259, 260, Jruschov, Dmitri, 403, 404 y n
263, 266, 272, 282, 287, 295, Jruschov, Leonid, 403, 404 y n
301, 304-308, 313-315 Jruschov, Nikita, 221, 254, 256, 263,
Hitler, Adolf, 316-328, 330-333, 335, 273, 301, 360, 361, 368-370, 372-
337-341, 346, 348, 355, 364, 372, 381, 383-386, 388-390, 392, 398-
388, 492 404, 407-409, 413, 414, 423, 428,
Ho Chi-minh, 355, 370 432, 437, 455-457, 460
Holden, Roberto, 418 Julio César, 501
Honecker, Erch, 446
Hoover, Herbert, 206
Horyn, Bogdan, 446 Käbin, Johannes, 387
Hough, Jerry, 301 Kadar, Janos, 376
Hussein, Sadam, 409, 442, 527 Kadirov, Ahmed, 545, 546
Kadirov, Ramzan, 546
Kaganovich, Lazar, 200, 254, 273,
Ibsen, Henrik, 70 370, 377, 380
Ignatiev, 360 Kalanta, R., 387
Innitzer, 212 Kalinin, 176, 183, 193, 194, 327
Ioffe, Abram, 118 Kaluguin, Oleg, 450, 453
Isayevich, Alexandr, 285, 379 Kamarov, Boris, 423
Iskander, Fazil, 424 Kamenev, Lev, 105, 163, 169, 251,
Istrati, Panait, 212, 213 252, 255, 257, 258, 272, 274, 360
Ivan III (zar), 17, 44 Kamkov, Boris, 264
Ivan IV el Terrible (zar), 13, 16, 17, Kandelaki, David, 316, 318
44, 45, 110, 273, 305, 306, 351, Kandinski, Vasili, 70, 512
358, 363, 460 Kanneguiser, 154
Ivanov, Igor, 538 Kantemirov, Gueorgui, 479
Ivanov, Venceslav, 69 Kaplan, Fanny, 115
Ivanov, Yuri, 427 Karajan, 264

589
Karsavin, Lev, 161 Kozirev, Andrei, 493, 497, 508, 513,
Kasianov, Mijail, 578 518
Kasparov, Gari, 578 Kozlov, R, 379, 402
Kautski, Karl, 99 Krankine, 44
Keep, L.H. John, 423, 452 Krasin, Leonid, 230, 393
Keitel, Wilhelm, 334 Krasnitski, Vladimir, 158
Kemal Atatiirk, Mustafa, 312 Kraus, Eric, 55In
Kennan, George, 120, 323, 324, 354, Kravchenko, Viktor, 210
357, 420 Krestinski, 118, 264
Kennedy, John Fitzgerald, 398-401 Kriegel, Annie, 273
Kerenski, Alexandr, 97, 98, 102-106, Kriuchkov, Piotr, 257, 451
136,257,486 Krivitski, Walter, 265, 317
Kipling, Rudyard, 458 Kropotkin, Piotr, 40, 89, 91
Kirienko, Serguei, 415, 531, 532 Krüger, Friedericke, 210
Kirov, Serguei, 200, 253-256, 258, Krupskaya, Nadejda, 265
268, 371 Krylenko, Nikolai, 152, 235, 264
Kirshon, Vladimir, 235 Krymov (general), 103
Kissinger, Henry, 410, 418 Krzyzanowski, Sigismund, 373
Kiva, A., 519 Kuchma, Leonid, 575
Kleber, 315 Kuibyshev, Valerian, 256, 264
Kliuchevski, Vasili O., 15, 19, 43, 48, Kulikov (general), 526, 527
167 Kun, Bela, 126
Kliuyev, Nikolai, 241 Kuprin, Alexandr, 247
Koestler, Arthur, 199, 212, 226, 228, Kurchatski, Anatoli, 520
269 Kurguinian, S., 520
Kohl, Helmut, 446 Kurski, 153,272
Kolakowski, Leszek, 214, 221, 447, Kuusinen, Otto, 399
449 Kuybishev, 200
Kolchak, Alexandr, 125, 130, 132, Kuzmin, Mijail, 70
144 Kuznetsov, Anatoly, 379
Kollontai, Alexandra, 118, 212 Kvitko, Lev, 287
Koltsov, Mijail, 236, 268, 315
Kondratiev, Nikolai, 216, 233, 251,
507 Laden, Osama Ben, 544, 571
Konstantinov, Ilia, 492 Ladynina, Marina, 267
Kopelev, Lev, 210 Laqueur, Walter, 458
Kork (general), 262 Laski, Harold, 269
Kornilov, Lavr (general), 102, 103, Laslett, Peter, 459
105, 315 Latsis, Martyn, 153
Kornilov, Lavr, 451 Lavrov, 41
Korzhakov, Alexandr, 521, 522 Lawrence, T.E., 216
Kosior, 200 Lazarevski, 239
Rostov, T., 358 Lazurkina, 380
Kosyguin, Alexei, 402 408, 413, 419, Lebed, Alexandr, 505, 507, 513, 517,
444 522-527, 536, 537
Kovaliev, Serguei, 507, 539 Lebedev, Valeri, 404
Kovaliov, Serguei, 394 Lebon, Gustave, 306

590
Lemeshevski, Manuil, 389, 390 Majno, Néstor, 123,128,132,138,140
Lenin (Vladimir Illich Uliänov), 16, Makashov, Albert, 483, 489
37, 41, 42, 44, 52, 54, 64, 66, 71, Maklin, Neil, 269
72, 79, 91-93, 96-107, 109, 110, Malenkov, Albert, 359-361, 369, 370,
113, 115-122, 125, 133, 134, 377, 380, 389, 483, 489
136, 137, 139-141, 144, 145, 148, Maleter (general), 377
151-157, 159-161, 163-165, 169, Malévich, Kasimir, 70, 231, 512
170, 180, 188, 198, 201, 206, Malia, Martin, 145, 301, 363, 454,
223, 224, 227, 230-232, 234, 237, 455, 460
240, 243, 246, 264, 265, 270, Malinovski, Román, 263
272, 297, 301, 303, 305, 306, Malleson, Wilfrid, 120
308, 311, 315, 317, 337,351, 363, Mamardashvilli, Mirab, 450
364, 371, 372, 374, 379, 386, 388, Mandelstam, Nadejda, 359, 424
392, 398, 402, 408, 423, 432, Mandelstam, Ósip, 70, 234, 241-244,
437, 442, 438, 449, 450, 460, 265, 296, 302
461, 579 Mann, Thomas, 307
Leontiev, Alexei, 429 Manontov, 70
Levin, Bernard, 454 Mao Zedong, 271, 297, 301, 356, 371,
Levinem, Isaac, 454 401
Lewin, Moshe, 196,198,227, 301, 363 Maquiavelo, Nicolás, 436, 471, 511
Liberman, Yevsei, 413 Maramzin, Vladimir, 424
Lijachev, Dimitri, 16, 240, 281, 428 Marchenko, Anatoli, 393, 438, 441
Limonov, Eduard, 424, 483 Markish, 287 s
Lincoln, Abraham, 512 Marx, Karl, 41, 105, 134, 154, 214,
Lipset, Seymour, 455 231, 232, 297, 305, 306, 308,
List, Friedrich, 554 455, 495
Litvinov, Maxim, 311, 319, 354, 355 Masjádov, Aslán, 514, 515, 525, 527,
Lockhart, Robert, 255 530, 536-538, 544, 545, 551
Loshak, Viktor, 507 Matisse, Henri, 70
Losski, L., 161 Mauss, Marcel, 307
Ludendorff, Erich, 119, 134, 174 Maximov, Vladimir, 424
Luis XIV, 38 Mayakovski, 233, 234, 238, 245
Luis XVI, 59 Maynard, John, 213
Lukashenko, Alexandr, 520, 574 McFaul, Michael, 52In
Lukin, Vladimir, 538 Medvedev, Roy, 204
Lunacharski, 230, 231 Men, Alexandr, 569
Lutero, 213 Menchikov, 69n, 231
Luxemburg, Rosa, 91, 115, 122, 151 Mendel, Gregor, 232, 383
Luzhkov, 542 Mendeleyev, Dmitri, 69n
Luznetsov, 359 Menzhinski, 250
Lvov (principe), 88 Mercader, Ramón, 327
Lyons, Eugene, 454 Merezhkovski, Dmitri, 71, 247
Lysenko, Trofim, 232, 358, 383, 414 Metodio, 20
Meyendorff, Jean, 569
Meyer, Alexandr, 240
MacArthur, Douglas, 356 Meyerhold, Vsevolod, 70,237,265,268
Madero, Francisco, 475 Miasnikov, 272

591
Michelet, Jules, 305 Nasser, Gamal Abdel, 371, 377, 409
Michels, Robert, 306 Nechaev, Serguéi, 109, 363
Michurin, Ivan, 232 Nekrich, Alexandr, 301, 302, 460
Migranian, Andronik, 503, 512, 541 Nemirovich-Danchenko, 69
Miguel (gran duque), 154 Nemtsov, Boris, 527, 529
Mijailkov, Nikita, 579 Ngo Dinh Diem, Jean-Baptiste, 420
Mijoels, Solomon, 287 Nicolaevski, Boris, 358 |
Mikoyan, 200, 254, 256, 361, 371, Nicolás I (zar), 39, 40, 43, 370
376, 399 Nicolás II (zar), 27, 37, 38, 40, 42, 46,
Miliukov, Pavel, 72, 89, 96, 99 51, 54, 63, 74, 79, 85, 86, 88, 89,
Milosevic, Slobodan, 527, 537 92, 96, 154, 352, 363, 449, 508,
Miloslavsld, Yuri, 424 554
Milosz, Czeslaw, 300, 302 Nietzsche, Friedrich, 308
Miró, Joan, 233 Nijinski, Vaslav, 70
Mitterrand, François, 451 Nikoláyev, Leonid, 253-256
Mochulski, 247 Nikoláyevich, Mijaíl, 138
Moczar, 412 Nikon (obispo), 569
Mohamed V, 460 Nin, Andreu, 314
Moisés, 274, 491 Nixon, Richard, 410, 418
Molotov, Paulina, 360 Nove, Alec, 203, 223-228
Molotov, Polina, 287 Novikov, Evgueni, 430
Molotov, Viacheslav, 173, 186, 200, Novitski, Benjamin, 389
254, 255, 270, 273, 287, 293, 311,
319, 320, 322, 327, 338, 360,
361, 369, 370, 372, 373, 376> 377, Ogorodnikov, Valeri, 391
380, 436 Olminski, 153
Mondrian, Pietr, 233 Ordzhhnikidze, Sergo, 193, 195, 196,
Montesquieu, 91 200, 216, 252, 254, 259, 260
Moore, Henri, 233 Orlov, Alexandr, 263
Moreau, Gustave, 235 Orlov, Mitia, 184
Morgan, 232, 383 Orlov, Yuri, 184, 267, 338, 360, 394,
Morozov (hermanos), 70 402, 423
Moullec, Gaël, 192-194, 197, 293, 294 Orlova, Irina, 394
Moynihan, Daniel Patrick, 454 Orlova, Liubov, 267
Mussolini, Benito, 170, 259, 265, 314, Orwell, George, 216, 269, 303, 337
316, 322, 331, 341 Osinski, 118
Mzhavanadze, 387 Osipovich, 431
Osorguin, Gueorgui, 240
Ostrovski, Nikolai, 234
Nabokov, Vladimir, 246 Ovseenko, Vladimir Antonov, 137,
Nagy, Imre, 376, 377 139, 263, 264, 314
Nahman, Rabbi, 308
Naishul, Vitaly, 503
Najibullah, Mohamed, 525 Pablo de Tarso, 100
Napoleon Bonaparte, 39, 64, 66, 85, Pareto, Vilfredo, 306
98, 102, 103, 231, 245, 261, 331, Pascal, Pierre, 157, 213
339, 341, 354, 461, 524, 547 Pasternak, Boris, 91, 127, 137, 140,

592
155, 242, 244, 245, 259, 338, Pospielovski, Dmitri, 191
378, 379 Postyshev, 200-202
Pasteur, Louis, 232 Potanin, 521, 528
Patton, George, 285 Potemkin, 318
Paulus, Friedrich yon, 333 Powell, Colin, 545
Pavlov, Iván, 69n, 304 Powers, Gary, 398
Pavlov, Valentin, 451 Pozsgay, Imre, 446
Pecherin, 43 Preobrazhenski, 118
Pedro I el Grande, 13, 14 n, 16, 18, Prieto, Carlos, 238
19, 24, 27, 30, 34, 39, 40, 44, 72, Primak, Evgueni, 263
93, 164, 190, 221, 222, 230, 244, Primakov, Evgueni, 262, 518, 532-
305, 306, 351, 352, 363, 449, 534, 541, 542
460, 461, 578 Prokofiev, Serguéi, 233
Péguy, Charles, 364 Pudovkin, Vsevolod, 235
Peretz, 287 Pugachov, Yemelian, 27, 39, 40, 42,
Pérez Rangos, Antonio, 563n 70, 116, 138, 164, 165, 381
Peshkov, Maxim, 257 Pugo, 451
Petliura, Simón, 123, 124, 128 Purishkevich, Dmitri, 88
Petrosián, Ter, 493 Pushkin, Alexandr, 42, 73, 264, 478,
Piatakov, 163, 258 540
Picasso, Pablo Ruiz, 70, 233 Putin, Vladimir, 469, 474, 533, 535-
Pilniak, Boris, 79, 137, 233, 235, 236, 538, 540-552, 554, 556-558, 561,
265 562, 564, 567, 571-579
Pilsudski, Jósef, 123, 124, 144 Putna (general), 262
Pimen (patriarca), 391
Pinochet, Augusto, 490, 503, 504
Pipes, Richard, 107, 155, 301, 454 Rádek, Karl, 117-119, 236, 258-260,
Pisarev, 72 274, 315
Piatakov, 259 Radzizhovskii, Leonid, 472n
Platón, 161, 381 Raij, Zinaida, 265
Platónov, Andréi, 148, 244, 234, 302, Rajk, Lazslo, 358
Plejánov, Georg, 42, 71, 72, 89, 91, Rakosi, Matyas, 353, 376
99, 115, 152, 306 Rakovski, Jristian, 236, 258, 264
Pleve, 37, 51, 67, 109 Raskolnikov, Fiódor, 266
Pliuch, Leonid, 393 Rasputin, Grigori, 86-89, 92, 96
Pobedonóstsev, Konstantin, 47 Rathenau, Walter, 134, 174
Podgorny, 415 Ratushinskaya, Irina, 393
Poincaré, Raymond, 216 Razgon, Lev, 276
Pokrovski, Mijaíl Nikoláevich, 138, Razin, Stenka, 116, 138
161, 240 Reagan, Ronald, 421, 441, 454
Poltoranin, Mijaíl, 485 Reed, John, 105, 161, 180
Ponomarev, Boris, 418, 419 Reiss, Ignace (Poretski), 266
Ponovarev, Lev, 507 Remizov, Alexéi, 70, 247
Popov, Gavril, 495 Renoir, Auguste, 235
Popov, Yevgeny, 424 Renouvin, Pierre, 461
Porech, Vladimir, 391 Riazanov, David, 145
Poskrebychev, 361 Ribbentrop, Joachim von, 319

593
Ribov, 253, 264 Scout, Jack, 222
Richardson, Hill, 539 Scriabin, Alexandr, 70
Richelieu, 244 Seeckt, Hans von, 331
Riefenstahl, Leni, 237, 238 Serge, Victor, 130, 134, 155, 191, 213,
Riepin, Iliá, 71 236, 252, 254, 269, 300, 315
Rikov, Alexéi, 186, 196, 236, 259 Serguei (obispo), 159, 337
Rimski-Korsakov, Nikolái, 70 Sergueievna, Anna, 207
Riutin, Martemian, 200, 251, 260 Serov, 386
Rizhkov, Nikolái, 443 Service, Robert, 164
Roberts, Frank, 355 Shagal, Marc, 70
Robespierre, Maximilien, 41,118,145, Shajrai, Serguei, 480
297 Shakespeare, William, 42, 235, 287,
Robski, Oksana, 560 302
Rodriguez, Guadalupe, 312 Shalamov, Varlam, 276-278, 280-282,
Roehm, Ernst, 250 294,296
Rokossovski, Konstantin, 342, 376 Shaliapin, Fiodor, 70, 105
Rolland, Romain, 240, 307 Shataevich, Mendel, 200
Roosevelt, Franklin D., 212, 213, 334, Shatalin, 443, 444, 456
341, 352, 512 Shatunovskaya, Olga, 263
Ropert, André, 230 Shaumian, S.C., 120, 125
Rosemberg, 315, 335 Shayanov, Alexandr, 173, 251
Rosenmark, 269 Shcharanski, Anatoli, 394
Rostropovich, Mstislav, 491 Shchukin, 70
Rousseau, Jean Jacques, 48 Shelepin, Alexandr, 408, 415
Rozanov, Vasili, 71, 488 Shelest, Pietr, 386, 426
Rozanov, Vladimir, 95 Shemeliev, 443
Rutskoi (general), 487, 489, 490, 500, Shentalinski, Vitali, 236
501, 507, 517 Sherley, Anthony, 18
Ryazanov, 215 Shestov, Lev, 429
Shevardnadze, Eduard, 442, 444, 451,
490, 493, 574
Saakashvili, Mijail, 574 Shipgun, Guennadi, 544
Saburov, Alexandr, 377 Shirvindt, B., 280
Sacco, Nicola, 239 Shliapnikov, Alexandr, 93
Sajarov, Andrei, 239, 393-395, 438, Sholojov, Mijail, 137, 186, 201
439, 441, 458, 471, 507 Shostakovich, Dmitri, 201, 233, 235,
Sajarov, Atanasio, 389 238, 378
Saltykov-Shchedrin, 363 Shukshin, Vasili, 424
Schacht, Hjialmar, 318 Shulguin, 85, 94
Schaprio, Leonard, 301 Shvernik, Nikolai, 378
Schellenberg, Walter, 262 Sidorov, A.L., 83n
Schiller, Friedrich, 110 Sierra, Justo, 487
Schitz, I.I., 175, 177, 185, 188, 228 Simonov, Konstantin, 244, 263, 268
Schmemann, Alexandr, 569 Siniavski, Andrei, 412, 424
Schmidt, Helmut, 419 Skoropadski, 123
Schroeder, Gerhard, 549, 557 Skrypnyk, Mykola, 199, 201, 204, 252
Schulenburg, 323, 327, 341 Skuratov, Yuri, 534

594
Skvortsov, 153 415, 421, 426, 428, 432, 435,
Slanski, 358 437-439, 449, 457, 460, 478, 479,
Slinko, Ivan, 193, 194 491, 504, 511, 520, 524, 547,
Smale, Alison, 563 552, 563, 573, 579
Smirnov, 252, 258 Stalin, Svetlana, 360, 361
Smirnova, Lydia, 267 Stalin, Vasili, 360, 361
Smith, Andrew, 256 Stanislavski, Konstantin, 69
Snegov, A., 379 Starovoitova, Galiana, 480
Snieskus, Anastas, 386 Stepashin, Serguei, 532, 534, 535,
Sobchak, Anatoli, 500, 535, 543, 544 544
Sokolnikov, 236, 260 Stepun, Fiodor, 161
Sokolov, Georges, 34, 222, 223, 474 Stolypin, Piotr, 33, 64-67, 73, 109
Sokolov, Sasha, 424 Stone, I.F., 454
Sologub, Fiodor, 69, 70, 73 Stravinski, Igor, 70
Soloviov, Serguei, 15 Strindberg, August, 70
Soloviov, Vladimir, 69, 72, 246, 482 Strobe Talbott, 525
Solzhenitsyn, Alexandr, 43, 48, 139, Strumilin, Stanislav, 228
152, 231, 239, 276, 281, 285, Struve, Piotr, 71
301, 302, 330, 345, 346, 379, Sudaplatov, 262, 270, 287, 327, 403
390, 391, 393, 394, 424, 428, Suharto, 410
429, 436, 454, 462, 480, 481 y n, Sujanov, Nikolai, 233
491, 494, 500, 502, 511, 519, Sukarno, 410
528, 529, 538, 567 Suslov, M., 379,v415, 419
Somoza, Anastasio, 419 Sutin, Chaim, 70
Sorel, Georges, 306 Suvarin, Boris, 213, 255, 269
Sorge, Richard, 341 Suvorov, Viktor, 339, 346
Sorlin, Pierre, 146, 203 Sverdlov, Yakov, 160
Sorokin, Pitirim, 161 Swift, Jonathan, 136
Soros, George, 531 Sychev, Andrei, 563
Speer, Albert, 320
Spencer, Herbert, 306
Spengler, Oswald, 367 Taibalin, G., 240
Stalin (Iosif Visarionovich Dzhugas­ Tamerlán, 88
hvili), 16, 23, 45, 105, 118, 120, Tan-Bogoraz, 137
122, 124, 150, 152, 163-165, Taneiev, Serguéi, 70
169, 170-174, 179, 180, 183-186, Taraki, 419
188, 190, 192-202, 206, 208, Tarkovski, Andréi, 395
214, 215, 221-228, 230-232, 234- Tatlin, Vladimir, 231
238, 242, 244-246, 250-253, 255- Tennenbaum, Jonathan, 554n
262, 265, 267, 268, 270-274, 278, Thom, Françoise, 445
282, 283, 283n, 285-288, 294, Thorez, Maurice, 353
297, 298, 301, 303-306, 308, 311- Tijon (patriarca), 156, 158, 159
315, 316-325, 328, 329, 330, Tijonov, 203, 381
332-334, 337, 338, 340-346, 348, Tijvinsld, 160
351, 352, 354-364, 367, 369-372, Timofeyev, Lev, 519
374-376, 378-381, 383, 386, 388, Tito, 356, 358, 371, 372
389, 398, 402-404, 408, 410, Tiuchev, 92, 370

595
Tkachev, 40 Velikanova, Tatiana, 3 94
Tocqueville, Alexis de, 68, 454, 457, Venturi, Franco, 42
474 Vernadski, Gueorgui, 15, 247
Todd, Emmanuel, 416, 422, 454, 565 Verne, Julio, 478
Tolstoi, Dmitri, 41, 42, 69, 71, 72, Vertov, Dziga, 237, 238
164, 236, 240, 455, 478, 568, 498 Virta, Nikolai, 338
Tolstoi, Lev, 338, 455, 478, 498 Vladimirov, Leonid, 415, 454
Toipski, 251, 253, 259 Vlasov, Andréi, 270, 285, 332, 348
Torquemada, 501 Vlasov, Vladimir, 544
Tretiakov, Vitali, 70, 486 Voinovich, Vladimir, 424
Trotski, 67, 105, 106, 109, 113, 115, Volkoff, Vladimir, 391
117-119, 122, 126, 129, 130, 133, Volkogonov, Dmitri, 164
141, 146, 150, 151, 155, 157, Volkov, Dmitri, 516
159, 161, 163-165, 169, 171, 174, Voltaire, 39, 504
188, 196, 221, 251, 252, 254, Vorobiev, Eduard, 507
257, 260, 262, 265, 271, 272, 274, Voroshilov, 185, 235, 254, 255, 261,
277, 306, 317, 318, 372 262, 317, 361, 380
Trubetskoi, 247 Voslenski, Mijail, 411
Truman, Harry, 343, 353, 355, 356 Voznesenski, Nikolai, 360
Tsipko, Alexandr, 494 Vrubel, Mijail, 70
Tsvetaeva, Marina, 234 Vycheslâvtsev, 247
Tujachevski (comandante), 124, 139, Vyshinski, 256, 258, 259, 264, 265,
261-263, 268, 274, 316, 317, 327, 338, 353, 360
328
Turchin, Valentín, 394
Turgueniev, Ivan, 42 Walesa, Lech, 420,-421, 443
Wallace, Mike, 450
Wat, Alexander, 269, 270, 298-300,
Uborevich (general), 262 302-304, 306, 317, 325, 329, 331,
Udilov, Vadim, 403 337, 338
Ulam, Adam, 301 Weber, Max, 37, 57-59, 61, 63-65, 92,
Ulbricht, Walter, 412 93, 98, 117, 383
Ulrich, 265 Weidlé, Wladimir, 42, 116, 463
Ungemuth, Michel, 482 Weismann, 232
Uritski, 154 Welles, Sumner, 354
Ustinov, Dmitri, 380, 381, 408, 419, Werth, Nicolas, 192-194, 197, 293,
429 294
Wild, Gerard, 444
Wiles, Peter, 203, 270
Valéry, Paul, 91 Witte, Serguéi, 32, 33, 35-37, 52-54,
Vanzetti, Bartolomeo, 240 57, 58, 62, 64, 68, 73, 554
Vareikis, I., 193 Wojtila, Karol, 570
Vasilievski, Alexandr M., 263 Wrangel (general), 128
Vasilkova, Inma, 487
Vatsetis, 129
Vavilov, N., 232 Yagoda, Hénrich, 200, 245, 250, 252,
Vedenski, Alexandr, 158 253, 255, 257-261, 264, 268, 298

596
Yakir (general), 139, 262, 263, 393 Zaitsev, 70, 247
Yakovlev, Alexandr, 393, 451 Zamiatin, Evgueni, 233, 234, 244,
Yakovlev, Yegor, 479, 500 247, 271, 302
Yakunin, Gleb, 390-392, 507 Zamlianina, Evguenia, 360
Yandarbiev, Salim Jan, 522 Zaslavskaya, Tatiana, 417, 430, 435
Yaney, George, 215 Zemskov, Viktor, 294
Yavlinski, Grigori, 495, 507, 518, 522, Zhdanov, Andréi, 233, 244, 255, 256,
523, 526, 528, 536, 540 359, 360
Yazov, 451 Zhirinik, 516
Yeltsin, Boris, 421, 443, 444, 448- Zhirinovski, Vladimir, 494-498, 503,
453, 457, 462, 469, 471-476, 480, 504, 507, 518, 522, 526, 537, 540,
482, 484-494, 496, 497, 500, 501, 543
502, 504-510, 512-521, 521n, Zhirnov, Evgueni, 404n
522-535, 537, 538, 543, 544, Zhukov, Gueorgui, 273, 333, 334,
547, 548, 554, 569, 570, 572-575, 346, 359, 370, 377, 378
577 Zhvylovy, Mykola, 201
Yeltsin, Tatiana, 524 Zinoviev, Alexandr, 105, 125, 153,
Yevtushenko, Evgueni, 362, 380 158, 163, 169, 171, 251, 252,
Yezhov, 236, 250, 257, 259, 260, 265, 254, 255, 258, 259, 271, 272,
268, 273, 293, 305, 317 274, 360, 433n
Yudenich, Nikolai, 120, 130 Ziuganov, Guennadi, 483, 507, 516,
Yushchenko, Viktor, 575, 576 519-523, 526, 538, 542
Yusupov, Felix, 88 Zoshchenko, 359

597

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