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Jesús Es Nuestro Abogado

Jesús aparece como nuestro Abogado intercediendo en nuestro favor ante Dios: "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo"-1 Juan 2:1". A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su pecado, y por medio de la fe reclamen la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente a sus nombres en los libros del cielo; como llegaron a ser partícipes de la justicia de Cristo y su carácter está en armonía con la ley de Dio

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Jesús Es Nuestro Abogado

Jesús aparece como nuestro Abogado intercediendo en nuestro favor ante Dios: "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo"-1 Juan 2:1". A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su pecado, y por medio de la fe reclamen la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente a sus nombres en los libros del cielo; como llegaron a ser partícipes de la justicia de Cristo y su carácter está en armonía con la ley de Dio

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Jesús es nuestro Abogado, nuestro Sumo

Sacerdote, nuestro Intercesor


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Jesús aparece como nuestro Abogado intercediendo en nuestro favor ante Dios: “Si alguno
hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”—1 Juan 2:1”. A
todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su pecado, y por medio de la fe
reclamen la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente
a sus nombres en los libros del cielo; como llegaron a ser partícipes de la justicia de Cristo
y su carácter está en armonía con la ley de Dios, sus pecados serán borrados y ellos mismos
se considerarán dignos de la vida eterna. El Señor declara a través del profeta Isaías: “Yo,
yo soy aquel que borro tus transgresiones a causa de mí mismo, y no me acordaré más de
tus pecados”—Isaías 43:25

Jesús es nuestro Abogado


Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero
santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante de Dios en favor nuestro.
“Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios,
ya que vive siempre para interceder por ellos”—Hebreos 9:24; 7:25.
En su intercesión como nuestro Abogado, Cristo no necesita de la virtud del hombre, de la
intercesión del hombre. Cristo es el único que lleva los pecados, la única ofrenda por el
pecado. La oración y la confesión han de ofrecerse únicamente a Aquel que ha entrado una
sola vez para siempre en el lugar santo. Cristo representó a su Padre ante el mundo, y
delante de Dios representa a los escogidos, en quienes ha restaurado la imagen moral de
Dios. Son su heredad… Los hombres tienen únicamente un Abogado e Intercesor que
puede perdonar las transgresiones.

Cristo fue crucificado por nuestros pecados, y se levantó del sepulcro abierto para nuestra
justificación; y ha proclamado triunfalmente: “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús vive
como nuestro intercesor para suplicar delante del Padre. El ha llevado los pecados de todo
el mundo, y no ha hecho de ningún hombre mortal un portador de pecados para otros.
Ninguna persona puede soportar el peso de sus propias transgresiones. El Crucificado las
soportó todas y ningún alma que en él cree debe perecer, sino tener vida eterna.

Jesús es nuestro Intercesor


Por su gracia, el discípulo de Cristo será capacitado para enfrentarse con cada prueba y
dificultad mientras lucha por alcanzar la perfección del carácter. Al apartar su vista de Jesús
hacia otra persona, o hacia otra cosa, a veces puede cometer errores; pero tan pronto como
se le advierte del peligro, nuevamente fija sus ojos en Cristo, en quien se centra su
esperanza de vida eterna; coloca sus pies en las huellas de su Señor y continúa viajando
con seguridad. Se regocija en decir:

“Él es mi intercesor viviente delante de Dios. Oró en mi favor. Es mi abogado, y me viste con
la perfección de su propia justicia. Eso es todo lo que necesito para soportar la vergüenza
y la crítica por causa de su amado nombre. Si me permite sufrir persecución, él me dará la
gracia y el consuelo de su presencia, para que resulte en la glorificación de su nombre”.

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia

Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede “compadecerse de
nuestras flaquezas”, el apóstol dice: “Lleguémonos pues confiadamente al trono de la
gracia”. . . El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un
trono envuelve la existencia de un reino.

Lo que Dios nos indica y concede es ilimitado. El trono de la gracia es en sí mismo la


atracción más elevada, porque está ocupado por Uno que nos permite llamarle Padre. Pero
Dios no consideró completo el principio de la salvación mientras sólo estaba investido de
su amor. Por su propia voluntad, puso en su altar a un Abogado revestido de nuestra
naturaleza. Como intercesor nuestro, su obra consiste en presentarnos a Dios como sus
hijos e hijas. Cristo intercede a favor de los que le han recibido.
Cristo intercede en nuestro favor

En virtud de sus propios méritos, les da poder para llegar a ser miembros de la familia real,
hijos del Rey celestial. Y el Padre demuestra su infinito amor a Cristo, quien pagó nuestro
rescate con su sangre, recibiendo y dando la bienvenida a los amigos de Cristo como amigos
suyos. Está satisfecho con la expiación hecha. Ha sido glorificado por la encarnación, la vida,
la muerte y la mediación de su Hijo. Tan pronto como un hijo de Dios se acerca al
propiciatorio, llega a ser cliente del gran Abogado. Cuando pronuncia su primera expresión
de penitencia y súplica de perdón, Cristo acepta su caso y lo hace suyo, presentando la
súplica ante su propia súplica.

A medida que Cristo intercede en nuestro favor, el Padre abre los tesoros de su gracia para
que nos los apropiemos, para que los disfrutemos y los comuniquemos a otros. Pedid en
mi nombre -dice Cristo-, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros; pues el mismo
Padre os ama, porque vosotros me amasteis. Haced uso de mi nombre. Esto dará eficacia
a vuestras oraciones, y el Padre os dará las riquezas de su gracia; por lo tanto, “pedid, y
recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Juan 16: 24).

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