CALVINO J Institucion de La Religion Cristiana III
CALVINO J Institucion de La Religion Cristiana III
JUAN CALVINO
CAPITULO I.LAS COSAS QUE ACABAMOS DE REFERIR RESPECTO A
CRISTO NOS SIRVEN DE PROVECHO POR LA ACCIÓN SECRETA DEL
ESPÍRITU SANTO
Hemos de considerar ahora de qué manera los bienes que el Padre ha puesto
en manos de su Unigénito Hijo llegan a nosotros, ya que Él no los ha recibido
para su utilidad personal, sino para socorrer y enriquecer con ellos a los pobres
y necesitados.
Ante todo hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros
permanecemos apartados de Él, todo cuanto padeció e hizo por la redención
del humano linaje no nos sirve de nada, ni nos aprovecha lo más mínimo. Por
tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es
preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado
"nuestra Cabeza" y "primogénito entre muchos hermanos"; y de nosotros se
afirma que somos "injertados en Él" (Rom. 8,29; 11,17; Gál.3, 27); porque,
según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos
que ver con ellas, mientras no somos hechos una sola cosa con Él.
Si bien es cierto que esto lo conseguimos por la fe, sin embargo, como vemos
que no todos participan indiferenciadamente de la comunicación de Cristo, que
nos es ofrecida en el Evangelio, la razón misma nos invita a que subamos más
alto e investiguemos la oculta eficacia y acción del Espíritu Santo, mediante la
cual gozamos de Cristo y de todos sus bienes.
Ya he tratado1 por extenso de la eterna divinidad y de la esencia del Espíritu
Santo. Baste ahora saber que Jesucristo ha venido con el agua y la sangre, de
tal manera que el Espíritu da también testimonio, a fin de que la salvación que
nos adquirió no quede reducida a nada. Porque como san Juan alega tres
testigos en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu, igualmente presenta otros
tres en la tierra: el agua, la sangre y el Espíritu (1 Jn. 5, 7-8).
No sin motivo se repite el testimonio del Espíritu, que sentimos grabado en
nuestros corazones, como un sello que sella la purificación y el sacrificio que
con su muerte llevó a cabo Cristo. Por esta razón también dice san Pedro que
los fieles han sido "elegidos en santificación del Espíritu, para obedecer y ser
rociados con la sangre de Jesucristo" (1 Pe.1, 2). Con estas palabras nos da a
entender que nuestras almas son purificadas por la incomprensible aspersión
del Espíritu Santo con la sangre sacrosanta, que fue una vez derramada, a fin
de que tal derramamiento no quede en vano. Y por esto también san Pablo,
hablando de nuestra purificación y justificación, dice que gozamos de ambas en
el nombre de Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Cor. 6,11).
1
Cfr. Institución, 1, XIII, 14 y 15.
Resumiendo: el Espíritu Santo es el nudo con el cual Cristo nos liga firmemente
consigo. A esto se refiere cuanto expusimos en el libro anterior sobre su
unción2.
2. EN CRISTO MEDIADOR RECIBIMOS LA PLENITUD DE LOS DONES
DEL ESPÍRITU SANTO
Más, para que resulte claro este punto, singularmente importante, hemos de
saber que Cristo vino lleno del Espíritu Santo de un modo nuevo y muy
particular; a saber, para alejarnos del mundo y mantenernos en la esperanza
de la herencia eterna. Por esto es llamado "Espíritu de santificación" (Rom. 1,
4), porque no solamente nos alimenta y mantiene con su poder general, que
resplandece tanto en el género humano como en los demás animales, sino que
es para nosotros raíz y semilla de la vida celestial. Y por eso los profetas
engrandecen el reino de Cristo principalmente en razón de que había de traer
consigo un derramamiento más abundante de Espíritu. Admirable sobre todos
es el texto de Joel: "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, dice el Señor"
(J1.2, 28). Porque aunque el profeta parece que restringe los dones del Espíritu
Santo al oficio de profetizar, con todo, bajo esta figura da a entender que Dios
por la iluminación de su Espíritu haría discípulos suyos a los que antes eran
ignorantes y no tenían gusto ni sabor alguno de la doctrina del cielo. Y como
quiera que Dios Padre nos da su Espíritu por amor de su Hijo. Y sin embargo
ha puesto en Él toda la plenitud, para que fuese ministro y dispensador de su
liberalidad con nosotros, unas veces, es llamado "Espíritu del Padre", y otras
"Espíritu del Hijo". "Vosotros", dice san Pablo, "no vivís según la carne, sino
según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no
tiene el Espíritu de Cristo, no es de él" (Rom. 8, 9). Y queriendo asegurarnos la
esperanza de la perfecta y entera renovación, dice que "el que levantó de los
muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales por su
Espíritu, que mora en nosotros" (Rom. 8,11). Y no hay absurdo alguno en
atribuir al Padre la alabanza de los dones de los que es autor, y que se diga lo
mismo del Hijo, pues estos mismos dones le han sido confiados para que los
reparta entre los suyos como le plazca. Y por eso llama a sí a todos los que
tienen sed, para que beban (Jn. 7,37). Y san Pablo dice que "a cada uno de
nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo" (Ef. 4, 7).
Hemos también de saber que se llama Espíritu de Cristo, no solamente en
cuanto es Verbo eterno de Dios unido por un mismo Espíritu con el Padre, sino
además en cuanto a su Persona de Mediador; pues sería en vano que hubiera
venido, de no estar adornado con esta virtud. Y en este sentido es llamado
segundo Adán, que procede del cielo en Espíritu vivificante (1 Cor. 15,45). Con
lo cual san Pablo compara la vida singular que el Hijo de Dios inspira a sus
fieles para que sean una cosa con Él, con la vida de los sentidos, que es
también común a los réprobos. Igualmente, cuando pide que la gracia del
Señor Jesús y el amor de Dios sean con todos los fieles, añade también la
comunión del Espíritu Santo (2 Cor. 13,14), sin la cual nadie gustará el favor
paterno de Dios, ni los beneficios de Cristo. Como lo dice en otro lugar, "el
2
Institución, II, II, 16; xv, 2.
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que nos fue dado" (Rom. 5, 5).
3. TÍTULOS QUE LA ESCRITURA ATRIBUYE AL ESPÍRITU ES
CONVENIENTE NOTAR LOS TÍTULOS QUE LA ESCRITURA
ATRIBUYE AL ESPÍRITU SANTO, CUANDO SE TRATA DEL
PRINCIPIO Y DE LA TOTALIDAD DE LA RESTAURACIÓN DE
NUESTRA SALVACIÓN.
3
Institución, I, XIII, 14 y ss.
bautiza "en Espíritu Santo y fuego" (Lc.3, 16), iluminándonos en la fe de su
Evangelio y regenerándonos de tal manera que seamos nuevas criaturas; y,
finalmente, limpiándonos de todas nuestras inmundicias, nos consagra a Dios,
como templos santos.
Todas estas cosas serán muy fáciles de entender cuando demos una clara
definición de la fe, para mostrar a los lectores cuál es su fuerza y naturaleza.
Más antes es preciso recordar lo que ya hemos enseñado: que Dios al
ordenarnos en su Ley lo que debemos hacer, nos amenaza, si faltamos en lo
más mínimo, con el castigo de la muerte eterna, que caerá sobre nosotros.
Hay que notar asimismo que, como no solamente es difícil, sino que supera
nuestras fuerzas y facultades cumplir la Ley como se debe, si nos fijamos
únicamente en nosotros mismos y consideramos el galardón debido a nuestros
méritos, tenemos pérdida toda esperanza, y, rechazados por Dios, seremos
sepultados en condenación eterna.
Hemos expuesto, en tercer lugar, que solamente hay un medio y un camino
para librarnos de tan grande calamidad; a saber, el haber aparecido Jesucristo
como Redentor nuestro, por cuya mano el Padre celestial, apiadándose de
nosotros conforme a su inmensa bondad y clemencia, nos quiso socorrer; y
ello, siempre que nosotros abracemos esta su misericordia con una fe sólida y
firme, y descansemos en ella con una esperanza constante.
El fin único de toda fe verdadera es Jesucristo. Queda ahora por considerar
con toda atención cómo ha de ser esta fe, por medio de la cual todos los que
son adoptados por Dios como hijos entran en posesión del reino celestial.
Claramente se comprende que no es suficiente en un asunto de tanta
importancia una opinión o convicción cualquiera. Además, tanto mayor cuidado
y diligencia hemos de poner en investigar la naturaleza propia y verdadera de
la fe, cuanto que muchos hoy en día con gran daño andan como a tientas en el
problema de la fe. En efecto, la mayoría de los hombres, al oír hablar de fe no
entienden por ella más que dar crédito a la narración del Evangelio; e incluso
cuando se disputa sobre la fe en las escuelas de teología, los escolásticos, al
poner a Dios simplemente como objeto de fe, extravían las conciencias con su
vana especulación, en vez de dirigirlas al fin verdadero. Porque, como quiera
que Dios habite en una luz inaccesible, es necesario que Cristo se nos ponga
delante y nos muestre el camino. Por eso Él se llama a sí mismo "luz del
mundo"; y en otro lugar "camino, verdad y vida‖; porque nadie va al Padre, que
es la fuente de la vida, sino por Él; porque Él solo conoce al Padre, y después
de Él, los fieles a quienes lo ha querido revelar (1 Tim. 6,16; Jn. 8, 12; 14,6; Lc.
10, 22).
Conforme a esto afirma san Pablo que se propuso no saber cosa alguna sino a
Jesucristo (1 Cor. 2, 2); y en el capítulo veinte del libro de los Hechos se gloría
únicamente de haber predicado la fe en Jesucristo; y en otro lugar del mismo
libro presenta a Cristo hablando de esta manera: "los gentiles, a quienes ahora
te envío, para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de los pecados y
herencia entre los santificados" (Hch. 26,18). Y en otra parte afirma que la
gloria de Dios se nos hace visible en la Persona de Cristo, y que la iluminación
del conocimiento de la gloria de Dios resplandece en su rostro (2 Cor. 4,6).
Es cierto que la fe pone sus ojos solamente en Dios; pero hay que añadir
también que ella nos da a conocer a Aquel a quien el Padre envió, Jesucristo.
Porque Dios permanecería muy escondido a nuestras miradas, si Jesucristo no
nos iluminase con sus rayos. Con este fin, el Padre depositó cuanto tenía en su
Hijo, para manifestarse en Él y, mediante esta comunicación de bienes,
representar al vivo la verdadera imagen de su gloria. Porque según hemos
dicho que es preciso que seamos atraídos por el Espíritu para sentirnos
incitados a buscar a Jesucristo, igualmente hemos de advertir que no hay que
buscar al Padre invisible más que en esta su imagen.
De esto trata admirablemente san Agustín4, diciendo que para dirigir
rectamente nuestra fe nos es necesario saber a dónde debemos ir y por dónde;
y luego concluye que el camino más seguro de todos para no caer en errores
es conocer al que es Dios y hombre. Porque Dios es Aquel a quien vamos, y
hombre Aquel por quien vamos. Y lo uno y lo otro se encuentra únicamente en
Jesucristo.
Y san Pablo, al hacer mención de la fe que tenemos en Dios, no intenta en
modo alguno rebatir lo que tantas veces inculca y repite de la fe; a saber, que
tiene toda su firmeza en Cristo. E igualmente san Pedro une perfectamente
ambas cosas, diciendo que por Cristo creemos en Dios (1 Pe.1, 21).
2. LA FE NO PUEDE SER IMPLÍCITA, SINO QUE REQUIERE EL
CONOCIMIENTO DE LA BONDAD DE DIOS
Hemos, pues, de imputar este mal, como tantos otros, a los teólogos de la
Sorbona, que, en cuanto les ha sido posible, han cubierto con un velo a
Jesucristo; siendo así que si no lo contemplamos fijamente, no podremos hacer
otra cosa que andar errantes por interminables laberintos. Y, aparte de que con
su tenebrosa definición rebajan la virtud de la fe y casi la aniquilan, se han
imaginado una especie de fe, que llaman "implícita"5, o supuesta; y designando
con este nombre la más crasa ignorancia que se pueda concebir, engañan al
pobre pueblo con gran detrimento del mismo. Más aún; para decir abiertamente
las cosas como son: esta fantasía no sólo echa por tierra la verdadera fe, sino
que la destruye totalmente. ¿Puede ser creer no comprender nada, con tal que
uno someta su entendimiento a la Iglesia? La fe no consiste en la ignorancia,
sino en el conocimiento; y este conocimiento ha de ser no solamente de Dios,
4
La Ciudad de Dios, lib. XI, cap. 2.
5
"Implícito" se opone a "explícito". Es explícito lo que está claramente definido y expresado. Es
implícito lo que no está definido, expresado en términos formales, sino sólo admitido como
perteneciente a la fe de la Iglesia.
sino también de su divina voluntad. Porque nosotros no conseguimos la
salvación por estar dispuestos a aceptar como verdad todo cuanto la Iglesia
hubiere determinado, ni por dejar a su cuidado la tarea de investigar y conocer,
sino por conocer que Dios es nuestro benévolo Padre en virtud de la
reconciliación llevada a cabo por Jesucristo, y que Jesucristo nos es dado
como justicia, santificación y vida nuestra.
Por tanto, en virtud de este conocimiento, y no por someter nuestro
entendimiento, alcanzamos entrar en el reino de los cielos. Pues cuando dice el
Apóstol: "con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa
para salvación" (Rom. 10,10), no quiere decir que basta que un hombre crea
implícitamente lo que no entiende, ni siquiera procura entender, sino que exige
un conocimiento explicito y claro de la bondad de Dios, en la cual se apoya
nuestra justicia:
3. LA AUTORIDAD Y EL JUICIO DE LA IGLESIA NO PUEDEN
REEMPLAZAR LA VERDADERA FE DEL CREYENTE
Cuentan los evangelistas, que fueron muchos los que creyeron, únicamente
transportados de admiración por los milagros, pero no pasaron de ahí hasta
creer que Cristo era el Mesías prometido, bien que no habían sido nada o
apenas iniciados en la doctrina del Evangelio. Esta reverencia, que les llevó a
someterse de corazón a Cristo, es alabada con el nombre de fe, aunque no fue
más que un insignificante comienzo de la misma.
De esta manera aquel cortesano que creyó, según Cristo se lo prometía, que
su hijo sería sano, al llegar a su casa, conforme lo refiere el evangelista, tomó
de nuevo a creer, sin duda porque al principio tuvo como un oráculo del cielo lo
que había oído de la boca de Cristo, y luego se sometió a su autoridad para
recibir su doctrina (Jn.4, 53). Sin embargo, hemos de comprender que tuvo tal
docilidad y prontitud para creer, que este término "creer" en el primer sitio
denota cierta fe particular; en cambio, en el segundo se extiende más, hasta
poner a este hombre en el número de los discípulos de Cristo.
San Juan nos propone un ejemplo muy semejante a éste en los samaritanos,
que creyeron lo que la mujer samaritana les había dicho, y fueron con gran
entusiasmo a Cristo (lo cual es un principio de fe)6'; sin embargo, después de
haber oído a Cristo, dicen: "Ya no creemos solamente por tu dicho, porque
nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el
Salvador del mundo, el Cristo" (Jn.4, 42).
De estos testimonios se deduce claramente que, aun aquellos que no han sido
instruidos en los primeros rudimentos de la fe, con tal que se sientan inclinados
y movidos a obedecer a Dios, son llamados fieles; pero no en sentido propio,
sino en cuanto Dios por su liberalidad tiene a bien honrar con este título el
piadoso afecto de ellos.
Por lo demás, semejante docilidad junto con el deseo de aprender es una cosa
muy distinta de la crasa ignorancia en que yacen los que se dan por
satisfechos con una fe implícita cual se la imaginan los papistas. Porque si san
Pablo condena rigurosamente a los que aprendiendo de continuo no llegan sin
embargo a la ciencia de la verdad, ¿cuánto más no son dignos de censura los
que a sabiendas y de propósito no se preocupan de saber nada (2 Tim.3, 7)?
6. LA FE LLEGA A CRISTO POR EL EVANGELIO
6
El paréntesis no aparece en la edición latina de 1559, pero sí en la francesa de 1560.
(Rom.10,4), queriendo dar a entender con ello la nueva manera de enseñar
que el Hijo de Dios empleó desde que comenzó a ser nuestro Maestro,
haciéndonos conocer mucho mejor la misericordia del Padre, y dándonos
mucha mayor seguridad de nuestra salvación.
Sin embargo, nos resultará mucho más fácil de comprender el procedimiento, si
de lo general descendemos gradualmente a lo particular. Sin la Palabra no hay
fe. En primer lugar hemos de advertir que hay una perpetua correspondencia
entre la fe y la Palabra o doctrina; y que no se puede separar de ella, como no
se pueden separar los rayos del sol que los produce. Por esto el Señor
exclama por Isaías: "Oíd, y vivirá vuestra alma" (Is. 55,3). También san Juan
muestra que tal es la fuente de la fe, al decir: "Estas (cosas) se han escrito para
que creáis" (Jn.20, 31). Y el Profeta, queriendo exhortar al pueblo a creer, dice:
"Si oyereis hoy su voz" (Sal 95,8). En conclusión: esta palabra "oír" se toma a
cada paso en la Escritura por "creer". Y no en vano Dios por Isaías distingue a
los hijos de la Iglesia de los extraños a ella, precisamente por esta nota: "Y
todos tus hijos serán enseñados por Jehová" (Is. 54,13). (Porque si este
beneficio fuese general, ¿con qué propósito dirigir tal razonamiento a unos
pocos?)7.
Está de acuerdo con ello el hecho de que los evangelistas pongan
corrientemente estos dos términos, "fieles" y "discípulos", como sinónimos,
principalmente Lucas en los Hechos de los Apóstoles; e incluso en el capítulo
noveno lo aplica a una mujer (Hch. 6, 1-2.7; 9,1. 10.19 .25— 26.36.38;
11,26.29; 13,52; 14,20.22.28; 20,1).
Por ello, si la fe se aparta por poco que sea de este blanco al que debe tender,
pierde su naturaleza, y en vez de fe, se reduce a una confusa credulidad, a un
error vacilante del entendimiento. Esta misma Palabra es el fundamento y la
base en que se asienta la fe; si se aparta de ella, se destruye a sí misma.
Quitemos, pues, la Palabra, y nos quedaremos al momento sin fe.
La fe es un conocimiento de la voluntad de Dios. No trato ahora de si es
necesario el ministerio del hombre para sembrar la Palabra que produce la fe;
de ello se tratará en otra parte. Lo que afirmamos es que la Palabra, venga de
donde viniere, es como un espejo en el cual se con-templa a Dios. Sea, pues,
que Dios se sirva de la ayuda y el ministerio del hombre, o sea que Él solo
actúe en virtud de su potencia, siempre es verdad que se representa por su
Palabra a aquellos que quiere atraer a sí. Por esto san Pablo dice que la fe es
una obediencia que se da al Evangelio (Rom. 1, 5); y en otro lugar alaba el
servicio y la prontitud de fe de los filipenses (Flp.2, 17). Porque en la
inteligencia de la fe, no se trata solamente de que sepamos que hay un solo
Dios, sino, y más aún, que comprendamos cuál es su voluntad respecto a
nosotros. Porque no solamente hemos de saber qué es Él en sí mismo, sino
también cómo quiere ser para con nosotros.
Tenemos, pues, ya que la fe es un conocimiento de la voluntad de Dios para
con nosotros tomado de su Palabra. Su fundamento es la persuasión que se
concibe de la verdad de Dios. Mientras el entendimiento anda vacilando
respecto a la certeza de esta verdad, la Palabra tendrá muy poca, por no decir
7
El paréntesis no aparece en la edición francesa de 1560, pero sí en la latina de 1559.
ninguna, autoridad. Ni basta tampoco creer que Dios sea veraz, que no pueda
engañar ni mentir, si no aceptamos como indubitable que todo cuanto procede
de Él es la verdad sacrosanta e inviolable.
7. PARA BUSCAR A DIOS, LA FE DEBE CONOCER SU
MISERICORDIA, SU GRACIA Y SU VERDAD POR EL ESPÍRITU
SANTO
8
Para la teología tomista, que distingue la "materia" y la "forma", según los principios de
Aristóteles, la fe puede existir como materia, sin haber recibido su forma, que es la caridad
(Gál. 5, 6). Una fe "informe" (o informada) es la que solamente cree intelectualmente, como la
de los demonios de Santiago 2,19. Una fe "formada" por la caridad es una fe verdadera, una fe
viva. Cfr. P. Lombardo, Libro de las Sentencias, III, dist. 23, cap. 4 y ss., etc.
9
Institución, III, xi, 20.
como niños, cuando preguntan si la fe informada por la caridad que se le
añade, es una misma fe o una fe diferente y nueva. Por aquí se ve que ellos al
hablar de esta manera, nunca han considerado debidamente el singular don del
Espíritu Santo, por el cual la fe nos es inspirada. Porque el principio del creer
ya contiene en sí la reconciliación con la que el hombre se acerca a Dios. Si
ellos considerasen bien lo que dice san Pablo: "con el corazón se cree para
justicia" (Rom. 10, 10), dejarían de fantasear con esa vana cualidad que, según
ellos, compone la fe. Aunque no tuviésemos otras razones, sería suficiente
para poner fin a esta distinción, saber que el asentimiento que damos a Dios
radica en el corazón más que en el cerebro; más en el afecto que en el
entendimiento. Por eso es tan alabada la obediencia de la fe, que Dios no
antepone a ella ningún otro servicio. Y con toda razón, pues no hay cosa que Él
estime más que su verdad, que es sellada por los creyentes, según dice Juan
Bautista, como cuando se pone el sello propio a una carta (Jn. 3,33). Y como
sobre esto no es posible duda alguna, concluyo en resumen, que los que
afirman que la fe es formada cuando le sobreviene cualquier buen afecto, no
hacen más que decir desatinos, puesto que semejante asentimiento no puede
darse sin buena disposición afectiva; por lo menos como la Escritura lo
muestra.
Pero existe aún otro argumento más claro. Como quiera que la fe llega a
Jesucristo, según el Padre nos lo presenta, y Él no nos es presentado
únicamente para justicia, remisión de los pecados y reconciliación, sino
también para santificación y fuente de agua viva, nadie podrá jamás conocerlo
y creer en Él como debe, sin que alcance a la vez la santificación del Espíritu.
O bien, de una manera más clara: la fe se funda en el conocimiento de Cristo, y
Cristo no puede ser conocido sin la santificación de su Espíritu; por tanto se
sigue que de ninguna manera se puede separar la fe de la buena disposición
afectiva.
9. LOS QUE SUELEN ALEGAR LAS PALABRAS DE SAN PABLO
Si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor,
nada soy" (1 Cor.13, 2), queriendo ver en estas palabras una fe informe, sin
caridad, no comprenden lo que entiende el Apóstol en este lugar por fe.
Habiendo tratado, en efecto, en el capítulo precedente de los diversos dones
del Espíritu, entre los cuales enumeró la diversidad de lenguas, las virtudes y la
profecía, y después de exhortar a los corintios a que se aplicasen a cosas más
excelentes y provechosas que éstas; a saber, a aquellas de las que puede
seguirse mayor utilidad y provecho para toda la Iglesia, añade: "mas yo os
muestro un camino aún más excelente" (1 Cor. 12, 10 .31); a saber, que todos
estos dones, por más excelentes que sean en sí mismos, han de ser tenidos en
nada si no sirven a la caridad, ya que ellos son dados para edificación de la
Iglesia, y si no son empleados en servicio de ella pierden su gracia y su valor.
Para probar esto emplea una división, repitiendo los mismos dones que antes
había nombrado, pero con nombres diferentes. Así, a lo que antes había
llamado virtudes lo llama luego fe, entendiendo por ambos términos el don de
hacer milagros. Como quiera pues, que esta facultad sea llamada virtud o fe, y
sea un don particular de Dios que cualquier hombre, por impío que sea, puede
tener y abusar de él, como por ejemplo el don de lenguas, de profecía, u otros
dones, no es de extrañar que esté separada de la caridad.
Todo el error de éstos consiste en que, teniendo el vocablo "fe" tan diversos
significados, omiten esta diversidad y discuten acerca de él como si no tuviera
más que un único sentido. El texto de Santiago que alegan en defensa de su
error, será explicado en otro lugar.10
Aunque concedemos, por razón de enseñanza, que hay muchas clases de fe
cuando queremos demostrar el conocimiento que de Dios tienen los impíos, no
obstante reconocemos y admitimos con la Escritura una sola fe para los hijos
de Dios.
Es verdad que hay muchos que creen en un solo Dios y piensan que lo que se
refiere en el Evangelio y en el resto de la Escritura es verdad, según el mismo
criterio con que se suele juzgar la verdad de las historias que refieren cosas
pasadas, o lo que se contempla con los propios ojos.
Algunos van aún más allá, pues teniendo la Palabra de Dios por oráculo
indubitable, no menosprecian en absoluto sus mandamientos, y hasta cierto
punto se sienten movidos por sus amenazas y promesas. Se dice que esta
clase de personas no están absolutamente desprovistas de fe, pero hablando
impropiamente; sólo en cuanto que no impugnan con manifiesta impiedad la
Palabra de Dios, ni la rechazan o menosprecian, sino que más bien muestran
una cierta apariencia de obediencia.
10. SIN EMBARGO, COMO ESTA SOMBRA O SEMEJANZA DE FE
CARECE EN ABSOLUTO DE IMPORTANCIA, NO MERECE SER
LLAMADA FE.
Y aunque luego veremos más por extenso cuán lejos está de ser
verdaderamente fe, sin embargo no vendrá mal que de paso tratemos de ella
aquí.
De Simón Mago se dice que creyó, bien que en seguida dejó ver su
incredulidad (Hch. 8,13. 18). El testimonio que se nos da de su fe no lo
entendemos, como algunos, en el sentido de que simplemente fingió creer de
palabra, sin que tuviera fe alguna en su corazón; más bien afirmamos que
Simón, conmovido por la majestad del Evangelio, hasta cierto punto le dio
crédito, y de tal manera reconoció a Cristo como autor de la vida y la salvación,
que voluntariamente lo aceptó como tal.
Asimismo se dice en el evangelio de san Lucas que por algún tiempo creyeron
aquellos en los cuales la semilla de la Palabra fue sofocada antes de que
llegase a dar fruto, o bien, que se secó y se echó a perder antes de haber
echado raíces (Lc. 8, 7. 13 .14). No dudamos que éstos, movidos por un cierto
gusto de la Palabra, la desearon, y sintieron su divina virtud; de tal manera que
no solamente engañan a los demás con su hipocresía, sino también su propio
corazón. Porque ellos están convencidos de que la reverencia que otorgan a la
10
Sant. 2,14; Institución, III, xvii
Palabra de Dios es igual que la piedad, pues creen que la única impiedad
consiste en vituperar o menospreciar abiertamente la Palabra.
Ahora bien, esta recepción del Evangelio, sea cual sea, no penetra hasta el
corazón ni permanece fija en él. Y aunque algunas veces parezca que ha
echado raíces, sin embargo no se trata de raíces vivas. Tiene el corazón del
hombre tantos resquicios de vanidad, tantos escondrijos de mentira, está
cubierto de tan vana hipocresía, que muchísimas veces se engaña a sí mismo.
Comprendan, pues, los que se glorían de tales apariencias y simulacros de fe,
que respecto a esto no aventajan en nada al diablo (Sant. 2,19). Cierto que los
primeros de quienes hablamos son muy inferiores a éstos, pues permanecen
como insensibles oyendo cosas que hacen temblar a los mismos diablos; los
otros en esto son iguales a ellos, pues el sentimiento que tienen, en definitiva
se convierte en terror y espanto.
11. LA VERDADERA CERTIDUMBRE DE LA FE SOLAMENTE
PERTENECE A LOS ELEGIDOS
Sé muy bien que a algunos les parece cosa muy dura afirmar que los réprobos
tienen fe, puesto que san Pablo la pone como fruto de nuestra elección (1 Tes.
1,3-4). Pero esta dificultad es fácil de resolver, porque aunque no son
iluminados con la fe, ni sienten de veras la virtud y eficacia del Evangelio como
los que están predestinados a conseguir la salvación, sin embargo la
experiencia nos muestra que a veces los réprobos se sienten tocados por un
sentimiento semejante al de los elegidos, de suerte que en su opinión no
difieren gran cosa de los creyentes. Por ello no hay absurdo alguno en el aserto
del Apóstol: que "una vez gustaron del don celestial" (Heb. 6, 4); ni en lo que
afirma Jesucristo: que "tuvieron fe por algún tiempo" (Lc. 8,13). No que
comprendan sólidamente la fuerza de la gracia espiritual, ni que reciban de
verdad la iluminación de la fe; sino que el Señor, para mantenerlos más
convencidos y hacerlos más inexcusables, se insinúa en sus entendimientos
cuanto su bondad puede ser gustada sin el Espíritu de adopción.11
Si alguno objeta que no les queda a los fieles cosa alguna con que estar
seguros y tener certidumbre de su adopción, respondo a esto: aunque hay gran
semejanza y afinidad entre los elegidos y los que poseen una fe pasajera, sin
embargo la confianza de que habla san Pablo de atreverse a invocar a Dios
como Padre a boca llena (Gál. 4, 6), no existe más que en los elegidos. Y así
como Dios regenera para siempre con la semilla incorruptible únicamente a los
elegidos, y no permite que este germen de vida que Él ha sembrado en sus
corazones perezca jamás, de igual modo sella tan firmemente en ellos la gracia
de su adopción, que permanece inconmovible. Pero esto no impide en modo
alguno que el Espíritu Santo emplee otro modo inferior de obrar en los
réprobos. Sin embargo, hay que advertir a los fieles que se examinen a sí
11
Calvino habla aquí de aquellos que a veces son llamados "justos temporales", justos que no
lo son más que por algún tiempo. — Es necesario subrayar esta mención, porque los
jansenistas han hecho siempre hincapié en esta cuestión de los justos temporales para
separarse de los calvinistas, reprochándoles el no admitirla. Cfr. Arnauld, Le Renversement de
la Morale par les erreurs des Calvinistes touchant a la justification, p. 497. Calvino ha
respondido de antemano en las líneas siguientes a sus objeciones sobre la seguridad de la
salvación.
mismos con diligencia y humildad para que, en lugar de la certidumbre que
deban poseer, no penetre en su corazón un sentimiento de seguridad carnal.
Los réprobos sólo tienen un sentimiento confuso y temporal de la gracia. Hay
además otra cosa, y es que los réprobos jamás experimentan más que un
sentimiento confuso de la gracia de Dios, de suerte que más bien perciben la
sombra que el cuerpo o sustancia de la cosa. Porque el Espíritu Santo no sella
propiamente más que en los elegidos la remisión de los pecados, a fin de que
tengan una particular certidumbre y se aprovechen de ello. No obstante, se
puede decir con toda razón que los réprobos creen que Dios les es propicio,
porque ellos aceptan el don de la reconciliación, aunque de una manera
confusa y sin una recta resolución. No que sean partícipes de la misma fe y
regeneración que los hijos de Dios, sino que bajo el manto de la hipocresía
parece que tienen el mismo principio de fe que ellos. No niego que Dios ilumine
su entendimiento hasta el punto de hacerles conocer la gracia; sin embargo
distingue este sentimiento que les da del testimonio que imprime en el corazón
de los fieles, de tal manera que aquéllos nunca llegan a disfrutar de la firmeza y
verdadera eficacia de que éstos gozan. De hecho no se muestra por ello
propicio a los réprobos, como si los hubiera librado de la muerte tomándolos
bajo su protección, sino que únicamente les muestra al presente su
misericordia. Pero solamente a los elegidos otorga la merced de plantar la fe
viva en su corazón para que perseveren hasta el fin.
De esta manera se responde a la objeción que se podría formular a este
propósito: que si Dios les muestra su gracia debería permanecer para siempre
en ellos. Porque nada impide que Dios a algunos los ilumine por algún tiempo
con el sentimiento de su gracia, que poco después se desvanecerá.
12. LA FE DE LOS RÉPROBOS NO ESTÁ SELLADA POR EL ESPÍRITU
SANTO
12
Cfr. Jn. 4, 47 y ss.
13
Sección 9 del presente capítulo.
regenerados por el Espíritu de Dios, ni le honran con la debida sinceridad y
rectitud.
En otro lugar usa este nombre para designar la doctrina por la que somos
instruidos en la fe. Porque cuando dice que la fe cesará (1 Cor. 13,10), no hay
duda que se refiere al ministerio de la Iglesia, que ahora es útil y provechoso
para nuestra debilidad.
En todas estas maneras de expresarse se ve claramente la analogía y
conveniencia que existe. Más cuando el nombre de fe se aplica a una falsa
profesión o a un título ficticio, ello no debe parecer más duro y extraño que
cuando se toma el temor de Dios por un servicio confuso y malo que se le
hace. Así, en la Historia Sagrada se refiere que las gentes que fueron
trasladadas a Samaria y los lugares vecinos habían temido a los dioses falsos y
al Dios de Israel; lo cual es como mezclar el cielo con la tierra (2 Re.17, 41).
Pero lo que ahora preguntamos es en qué consiste la fe que diferencia a los
hijos de Dios de los incrédulos; por la cual invocamos a Dios llamándole Padre;
por la cual pasamos de la muerte a la vida, y por cuya virtud Cristo, nuestra
salvación eterna y nuestra vida, habita en nosotros. Respecto a esto, me
parece que breve y claramente he expuesto su naturaleza y propiedad.
14. LA FE ES UN CONOCIMIENTO
Queda ahora explicar por separado cada una de las partes de la definición, con
lo cual, a mi parecer, no quedará duda alguna.
Cuando decimos que es un conocimiento, no entendemos con ello una
aprehensión semejante a la que el hombre tiene al poseer las cosas en el
juicio. Porque de tal manera trasciende los sentidos humanos, que es preciso
que el entendimiento se levante sobre sí mismo para llegar a ella. E incluso, al
llegar, no comprende lo que siente; pero teniendo por cierto y persuadido por
completo de lo que no comprende, entiende mucho más con la certidumbre de
esta persuasión, que si comprendiera alguna cosa humana conforme a su
capacidad. Por eso se expresa admirablemente san Pablo, al decir que
necesitamos "comprender cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la
altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento" (Ef. 3,18-
19). Pues ha querido decir que es sobremanera inmenso lo que nuestro
entendimiento comprende, y que este género de fe consiste más en una
certidumbre, que en una aprehensión.
15. EL CONOCIMIENTO DE LA FE ES FIRME Y CIERTO
Añadimos que este conocimiento es firme y estable, para expresar cuán sólida
es la constancia de la persuasión. Porque como la fe no se contenta con una
opinión dudosa y mudable, tampoco se satisface con una idea oscura y
perpleja, sino que requiere una certeza plena y firme, cual se suele tener de las
cosas evidentes y bien fundadas. Pues la incredulidad está tan hondamente
arraigada en nuestros corazones, y tan inclinados nos sentimos a ella que,
aunque todos confiesan que Dios es veraz, ninguno se convence de ello sin
gran dificultad y grandes luchas. Principalmente cuando llega el momento de la
prueba y cuando las tentaciones nos oprimen, las dudas y vacilaciones
descubren el vicio que permanecía oculto.
Por eso, no sin motivo el Espíritu Santo ensalza con tan ilustres títulos la
autoridad de la Palabra de Dios, a fin de poner remedio a esta enfermedad y
que demos enteramente crédito a Dios en sus promesas. Y por esto dice
David: "Las palabras de Jehová son palabras limpias, como plata refinada en
horno de tierra, purificada siete veces" (Sa1.12, 6). Y: "acrisolada (es) la
palabra de Jehová; escudo es a todos los que en él esperan" (Sal 18, 30).
Salomón confirma esto mismo casi con idénticas palabras: "Toda palabra de
Dios es limpia" (Prov. 30, 5). Mas como el Salmo 119 casi todo él trata de este
tema, sería superfluo citar más lugares.
Por lo demás, cuantas veces Dios ensalza de esta manera su Palabra,
indirectamente nos echa en cara nuestra incredulidad, pues Él no pretende sino
desarraigar de nuestro corazón toda desconfianza y cualquier duda nociva.
Son también muchos los que se imaginan la misericordia de Dios de tal suerte,
que reciben muy poco consuelo de ella. Porque a la vez se sienten oprimidos
por una miserable congoja y dudan de si Dios será misericordioso con ellos,
pues ellos mismos limitan excesivamente la misma clemencia de la que creen
estar muy persuadidos. Piensan consigo mismo de esta manera: es verdad que
su clemencia es grande, abundante, y que se derrama sobre muchos, y está
dispuesta a darse a todos; pero dudan que les llegue a ellos; o más bien, que
ellos puedan llegar a ella.
Como este pensamiento se queda a medio camino, no es más que un
pensamiento a medias; en consecuencia, lejos de llevar al espíritu tranquilidad
y seguridad, lo perturba aún más con dudas y preocupaciones. Muy distinto es
el sentimiento de la certidumbre que en la Escritura va siempre unida a la fe,
puesto que pone fuera de toda duda la bondad de Dios, cual nos es propuesta.
Pero esto no se puede conseguir sin que sintamos verdaderamente su dulzura
y suavidad, y la experimentemos en nosotros mismos. Por lo cual el Apóstol
deduce de la fe la confianza, y de la confianza la osadía, diciendo que por
Cristo "tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él" (Ef.
3,12). Con estas palabras prueba que no hay verdadera fe en el hombre, más
que cuando libremente y con un corazón pletórico de seguridad osa
presentarse ante el acatamiento divino; osadía que no puede nacer más que de
una absoluta confianza en nuestra salvación y en la benevolencia divina. Lo
cual es tan cierto, que muchas veces el nombre de fe se toma como sinónimo
de confianza.
16. LA FE SE APROPIA LAS PROMESAS DE MISERICORDIA, Y SE
ASEGURA DE LA SALVACIÓN
Más dirá alguno, que es muy distinto lo que los fieles experimentan. No
solamente se sienten muchísimas veces tentados por la duda para reconocer la
gracia de Dios, sino que con frecuencia se quedan atónitos y aterrados por la
vehemencia de las tentaciones que sacuden su entendimiento. Esto no parece
estar muy de acuerdo con la certidumbre de, la fe antes expuesta. Es
menester, por lo tanto, solucionar esta dificultad, si queremos que la doctrina
propuesta conserve su fuerza y valor.
La batalla victoriosa de la fe. Cuando nosotros enseñamos que la fe ha de ser
cierta y segura, no nos imaginamos una certidumbre tal que no sea tentada por
ninguna duda, ni concebimos una especie de seguridad al abrigo de toda
inquietud; antes bien, afirmamos que los fieles han de sostener una
ininterrumpida lucha contra la desconfianza que sienten en sí mismos. ¡Tan
lejos estamos de suponer a su conciencia en una perfecta tranquilidad nunca
perturbada por tempestades de ninguna clase! Sin embargo negamos que, de
cualquier manera que sean asaltados por la tentación, puedan decaer de
aquella confianza que concibieron de la misericordia del Señor.
No hay ejemplo en la Escritura más ilustre y memorable que el de David;
especialmente si consideramos todo el curso de su vida; y sin embargo él
mismo se queja con frecuencia de cuán lejos ha estado de gozar siempre de la
paz del espíritu. Bastará citar algunos de sus numerosos testimonios. Cuando
reprocha a su alma el exceso de turbación que sentía, ¿qué otra cosa hace
sino enojarse con su propia incredulidad? "¿Por qué te abates, oh alma mía, y
te turbas dentro de mí? Espera en Dios" (Sal 42,4-5). Realmente aquel espanto
fue una evidente señal de desconfianza, como si hubiera pensado que Dios le
desamparaba. En otro lugar se lee una confesión más clara: "Decía yo en mi
premura: Cortado (arrojado) soy de delante de tus ojos" (Sal 31,22). Y en otro
lugar disputa consigo mismo con tal angustia y perplejidad, que llega incluso a
referirse a la naturaleza de Dios: "¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha
encerrado con ira sus piedades?" (Sal 77, 9). Y más duro aún es lo que sigue:
"Yo dije: lo que me hace sufrir es que la diestra del Altísimo no es la misma"14
Porque, como desesperado, se condena a sí mismo a muerte. Y no solamente
admite que se ve acosado de dudas, sino incluso, como si ya hubiera sido
vencido en la batalla, pierde toda esperanza, y da como razón que Dios le ha
desamparado y ha cambiado para ruina suya la mano con que antes solía
librarlo. Por ello no sin causa exhorta a su alma a que vuelva a su reposo
(Sa1.116, 7), pues se veía arrojado de un lado para otro en medio de las
tempestuosas olas de las tentaciones.
No obstante, es cosa que maravilla ver cómo en medio de estas sacudidas la fe
sostiene los corazones de los fieles. Como la palma, que resiste todo el peso
que le ponen encima y se yergue hacia lo alto, así David, cuando parecía que
iba a hundirse, reaccionando con enojo contra su propia debilidad no desiste de
levantarse hasta Dios. El que luchando contra su propia flaqueza se esfuerza
en sus penalidades por perseverar en la fe e ir siempre adelante, éste tiene
conseguido lo más importante y ha obtenido la mayor parte de la victoria. Es lo
que se deduce de este pasaje de David: "Aguarda a Jehová; esfuérzate, y
aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová" (Sal 27,14). Se acusa a sí mismo de
timidez, y al repetir una misma cosa dos veces confiesa que está sometido a
numerosas perturbaciones. Sin embargo, no solamente se siente descontento
de sus vicios, sino que se anima y esfuerza en corregirlos.
Si se compara, por ejemplo, con el rey Acaz, se verá perfectamente la
diferencia entre ambos. El profeta Isaías es enviado para poner remedio al
terror que se había apoderado de aquel rey hipócrita e impío, y le habla de esta
manera: "Guarda, y repósate; no temas" (Is. 7,4). Más, ¿qué hace Acaz? Como
su corazón, según se ha dicho, estaba alborotado, cual suelen ser agitados de
un lado para otro los árboles del monte, él, aunque recibe la promesa, no deja
de temblar. Es, pues, el salario propio y el castigo de la infidelidad temblar de
tal manera que, en la tentación, el que no busca la puerta de la fe, se aparta de
Dios. Al contrario, los fieles, aunque se ven agobiados y casi oprimidos por las
tentaciones, cobran ánimo y se esfuerzan en vencerlas, bien que no lo
consigan sin gran trabajo y dificultad. Y como conocen su propia flaqueza, oran
14
El Salmo 77, 10 presenta cierta dificultad de traducción. Aquí no incluimos el texto de nuestra
Versión Revisada, sino el de la versión francesa de Louis Segond, más de acuerdo con el
significado dado por Calvino. Éste, sin embargo, se percató totalmente del problema; cfr. J.
Calvino, in loc. Véase también Sal 77, 10 (Lxx).
con el Profeta: "No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad"
(Sal 119,43), con lo cual se nos enseña que los fieles a veces se quedan
mudos, como si su fe fuera destruida, pero que a pesar de ello, no desmayan ni
vuelven las espaldas como gentes derrotadas, sino que prosiguen y van
adelante en el combate y orando recuerdan su torpeza, por lo menos para no
caer en la locura de vanagloriarse.
18. LA LUCHA ENTRE LA CARNE Y EL ESPÍRITU
15
Institución, II, u, 27; tu, 1
y fundamental en la fe. Porque, así como si uno encerrado en una cárcel no
pudiese ver sino indirectamente los rayos del sol a través de una estrecha
ventana, no obstante, aunque no viese el sol, no dejaría de contemplar su
claridad y de valerse de ella; del mismo modo nosotros, aunque encerrados en
la prisión de este cuerpo terreno estemos rodeados por todas partes de gran
oscuridad, sin embargo el mínimo destello de la claridad de Dios que nos
descubra su misericordia nos ilumina lo bastante para tener firme y sólida
seguridad.
20. TESTIMONIOS DEL APÓSTOL SAN PABLO Y DE LA EXPERIENCIA
16
El mismo Calvino dice en su Adiós a los ministros de Ginebra: "He vivido aquí en medio de
combates sorprendentes". Opera Calvini, IX, 891.
defiende pensando que Dios, incluso al afligirla, es misericordioso, porque el
castigo proviene del amor, no de ira. Cuando se siente atacada por el
pensamiento de que Dios es justo juez que castiga la maldad, se defiende
oponiendo a modo de escudo, que la misericordia está preparada para
perdonar todos los pecados, siempre que el pecador se acoja a la clemencia
del Señor.
De esta manera el alma fiel, por mucho que se vea afligida y atormentada, al fin
supera todas las dificultades, y no consiente en manera alguna que le sea
quitada la confianza que tiene puesta en la misericordia de Dios. Al contrario,
todas las dudas que la afligen y atormentan se convierten en una mayor
garantía de esta confianza.
La prueba de esto es que los santos, cuando más se ven oprimidos por la ira y
el castigo de Dios, entonces es cuando más claman a Él; y aunque parece que
no han de ser oídos, sin embargo lo invocan. Ahora bien, ¿qué sentido tendría
quejarse, si no esperaran remedio alguno? ¿Cómo podrían determinarse a
invocarlo, si no creyesen que habían de recibir ayuda de Él? De esta manera
los discípulos a los cuales Cristo echa en cara su poca fe, gritaban que
perecían; y sin embargo, imploraban su ayuda (Mt. 8, 25). Ciertamente que al
reprenderlos por su poca fe no los rechaza del número de los suyos, ni los
cuenta entre los incrédulos, sino que los incita a que se desprendan de tal vicio.
De nuevo, pues, afirmamos que jamás puede ser arrancada del corazón de los
fieles la raíz de la fe, sin que en lo profundo del corazón quede algo adherido,
algo inconmovible, por más que parezca que al ser agitado va a ser arrancado;
que su luz jamás será extinguida de tal manera que no quede al menos algún
rescoldo entre las cenizas; y que por esto se puede juzgar que la Palabra, que
es simiente incorruptible, produce fruto semejante a sí, cuyo renuevo jamás se
seca ni se pierde del todo.
Y esto es tan cierto, que los santos jamás encuentran mayor motivo y ocasión
de desesperar que cuando sienten, al juzgar por los acontecimientos, que la
mano de Dios se alza para destruirlos. Sin embargo, Job afirma: "aunque él me
matare, en él esperaré" (Job 13,15).
Ciertamente todo sucede así. La incredulidad no reina dentro del corazón de
los fieles, sino que los acomete desde fuera; ni los hiere con sus dardos
mortalmente, sino que únicamente los molesta, o de tal manera los hiere que la
herida admite curación. Porque la fe, como dice san Pablo, nos sirve de
"escudo" (Ef. 6, 16). Poniéndola, pues, de escudo recibe los golpes, evitando
que nos hieran totalmente, o al menos los quebranta de modo que no penetren
en el corazón. Por tanto, cuando la fe es sacudida, es como si un esforzado y
valiente soldado se viese obligado, al recibir un fuerte golpe, a retirarse un
poco; y cuando la fe misma es herida, es como cuando del escudo del soldado,
por el gran golpe recibido, salta algún trozo, sin que sea por completo roto y
traspasado. Porque el alma fiel siempre podrá decir con David: "Aunque ande
en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo"
(Sal 23, 4). Ciertamente es cosa que aterra andar por oscuridades de muerte; y
por muy fuertes que sean los fieles, no podrán por menos de temerlas; mas
como se impone en su espíritu el pensamiento de que tienen a Dios presente y
que se cuida de su salvación, esta seguridad vence al temor. Porque, como
dice san Agustín17, por muy grandes que sean las maquinaciones y asaltos que
el Diablo dirija contra nosotros, mientras no se apodere de nuestro corazón en
el cual reina la fe, es expulsado fuera.
Asimismo, a juzgar por la experiencia, no solamente salen los fieles victoriosos
de todos los asaltos, de tal manera que, apenas recobrados, ya están de nuevo
preparados para renovar la batalla, sino que también se cumple en ellos lo que
afirma san Juan: "ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe" (1 Jn.
5, 4). No afirma que saldrá victoriosa solamente en una batalla, ni en tres o
cuatro, sino que triunfará frente a todo el mundo, todas y cuantas veces fuere
atacada por él.
22. EL TEMOR DE DIOS NO ALTERA LA CERTIDUMBRE DE LA FE
Hay otro género de temor y temblor, el cual tan lejos está de disminuir la
certidumbre de la fe, que más bien queda confirmada con ello. Tiene lugar esto
cuando los fieles, o bien consideran que los ejemplos del castigo con que Dios
aflige a los malvados deben servirles para que se guarden con toda diligencia
de no provocar la ira de Dios con semejantes abominaciones, o bien,
reconociendo su miseria, aprenden a estar por completo pendientes del Señor,
sin el cual comprenden que son más inseguros y vacilantes que un golpe de
viento.
Cuando el Apóstol trata de los castigos con que en el pasado afligió Dios al
pueblo de Israel, infunde terror a los corintios, para que no se hagan reos de
semejantes pecados; con lo cual de ningún modo deja de confiar en ellos, sino
que únicamente los sacude de su pereza, la cual suele destruir la fe, en vez de
confirmarla (1 Cor.10, 5 y ss.). Ni tampoco, cuando toma el ejemplo de la caída
de los judíos para exhortar a que "el que piensa estar firme, mire que no caiga"
(1 Cor. 10,12), nos manda que andemos vacilando, como si no estuviésemos
seguros de nuestra firmeza; únicamente quita la arrogancia, la confianza
temeraria y la presunción de nuestra propia virtud y de nuestras fuerzas, a fin
de que, por ser rechazados los judíos, los gentiles, que eran admitidos en su
lugar, no se ensoberbecieran y los escarneciesen. Aunque no se refiere
solamente a los fieles, sino también a los hipócritas, que se gloriaban de las
solas apariencias exteriores. Puesto que no amonesta a cada hombre en
particular, sino que, después de establecer la comparación entre los judíos y
los gentiles, y de mostrar que la expulsión de los primeros era justo castigo de
su incredulidad e ingratitud, exhorta a la vez a los gentiles a que no se
enorgullezcan y se gloríen de sí mismos, no sea que pierdan la gracia de la
adopción a que acababan de ser admitidos. Y así como en la general repulsa
de los judíos habían quedado algunos que no habían perdido el pacto de la
adopción, del mismo modo podría haber algunos gentiles que, careciendo de la
verdadera fe, se gloriasen con la loca confianza de la carne, y abusasen así de
la bondad de Dios, para su condenación. Sin embargo, aunque lo que dice san
Pablo se refiriese solamente a los fieles y a los elegidos, no se seguiría de ello
ningún inconveniente. Porque una cosa es reprobar la temeridad, por la que a
veces los santos se ven solicitados según la carne, a fin de que no se regocijen
17
Tratados sobre san Juan, III, 9.
con vana presunción, y otra, aterrar la conciencia de modo que no encuentre
reposo ni seguridad en la misericordia de Dios.
23. LA FE SE SIENTE LLENA DE ESTUPEFACCIÓN Y DE TEMOR ANTE
EL PODER Y LA GRACIA DE DIOS
Asimismo, cuando Pablo nos enseña que nos ocupemos de nuestra salvación
con temor y temblor (Flp. 2, 12), no pide sino que nos acostumbremos a poner
nuestros ojos y apoyarnos en el poder del Señor con gran desprecio de
nosotros mismos. Y ciertamente que ninguna cosa puede movernos tan
eficazmente a poner en el Señor la confianza y la certidumbre de nuestro
corazón, como la desconfianza de nosotros mismos y la pena que nos produce
reconocer nuestra calamidad.
En este sentido ha de entenderse lo que dice el Profeta: "Por la abundancia de
tu misericordia entraré en tu casa, adoraré en tu temor" (Sal 5, 7); donde muy
atinadamente une el atrevimiento de la fe cuando se apoya en la misericordia
de Dios, con un santo y religioso temor, que necesariamente ha de apoderarse
de nosotros cada vez que, compareciendo ante el acatamiento de la divina
majestad, comprendemos por su claridad cuán grande es nuestra suciedad e
impureza. También Salomón dice con toda verdad: "Bienaventurado el hombre
que siempre teme a Dios" (Prov. 28, 14), porque con el endurecimiento se
termina mal. Pero él se refiere a un cierto género de temor que nos hace más
cuidadosos y prudentes, sin que nos aflija hasta la desesperación; a saber,
cuando nuestro ánimo confuso en sí mismo, se reconforta en Dios; abatido en
sí mismo, se levanta; desconfiando de sí, se apoya en la esperanza que tiene
puesta en Él.
Por tanto, nada impide que los fieles tengan temor, y juntamente gocen del
consuelo de la plena seguridad, puesto que unas veces consideran su vanidad,
y otras elevan su mente a Dios.
Dirá alguno: ¿pueden habitar en la misma alma el temor y la fe? Respondo que
lo mismo que, contrariamente, la inquietud y la pereza se encuentran muchas
veces juntas. Porque aunque los impíos se armen de toda la insensibilidad
posible para no sentirse impresionados en absoluto por el temor de. Dios, sin
embargo el juicio de Dios los persigue de tal manera que nunca alcanzan lo
que desean y pretenden. Por tanto, no hay inconveniente alguno en que Dios
ejercite a los suyos en la humildad, a fin de que luchando valerosamente, sin
vacilar se mantengan dentro de los límites de la modestia, cual si fuera un
freno.
Que ésta ha sido la intención del Apóstol se ve claramente por el contexto, al
señalar como causa del temor y del temblor la benevolencia de Dios, por la
cual da la gracia a los suyos para que apetezcan lo bueno, y diligentemente lo
pongan por obra. En este sentido se debe tomar lo que dice el profeta:
"temerán (los hijos de Israel) a Jehová y a su bondad" (0s.3, 5); porque la
piedad no solamente engendra reverencia y temor de Dios, sino que la misma
suavidad y dulzura de la gracia hace que el hombre abatido en sí mismo tema y
a la vez se maraville, para que dependa enteramente de Dios, y se sujete
humildemente a su poder.
24. SEGUNDA OBJECIÓN, FUNDADA EN NUESTRA INDIGNIDAD,
CONTRA LA CERTIDUMBRE DE LA SALVACIÓN. RESPUESTA
18
De esta manera es condenada de antemano una concepción muy difundida en nuestros
días, que describe la vida religiosa como una tensión dialéctica entre la esperanza y la duda. Y
también es rechazada la acusación demasiado frecuente de "extrinsecismo" formulada contra
el pensamiento de Calvino.
mismos merecemos queda suprimida por la salvación de Cristo; y para probarlo
da la razón que antes he aducido: que Jesucristo no está fuera de nosotros,
sino que habita en nosotros; y no solamente está unido a nosotros por un lazo
indisoluble, sino que, merced a una unión admirable que supera nuestro
entendimiento, se hace cada día más un mismo cuerpo con nosotros, hasta
que esté completamente unido a nosotros.
Con todo no niego, como lo acabo de indicar19, que a veces hay ciertas
interrupciones de la fe, porque su debilidad entre tan rudos combates la hace
oscilar de un lado a otro. Y así la claridad de la fe se ve sofocada por la espesa
oscuridad de las tentaciones; pero en cualquier coyuntura, no deja de tender
siempre a Dios.
25. TESTIMONIO DE SAN BERNARDO
En cuanto al temor del Señor que la Escritura atribuye a todos los fieles, y que
unas veces es llamado "principio de la sabiduría" (Prov. 1,7; 9,10; Sal 111, 10),
y otras, "la sabiduría misma" (Job 28,28), aunque es uno solo, procede sin
embargo de un doble afecto. Porque Dios tiene en sí la reverencia tanto de
Padre como de Señor. Por tanto, quien quiera honrarlo como es debido ha de
procurar mostrarse hijo obediente y siervo dispuesto a hacer lo que dispusiere.
El Señor, por el profeta, llama a la obediencia que se le debe: en cuanto Padre,
honor; y al servicio que se le debe: como Señor, temor. "El hijo", dice, "honra al
padre, y el siervo a su señor. Si, pues, yo soy padre, ¿dónde está mi honra?; y
si soy señor, ¿dónde está mi temor?" (Mal 1,6). Sin embargo vemos que, por
más que los diferencie, los mezcla el uno con el otro, comprendiéndolos a
ambos bajo el término de "honrar". Por tanto, el temor del Señor debe ser una
reverencia, mezcla de honra y de temor.
Poco me preocupa lo que Pighio20 y otros perros como él ladran, diciendo que
la restricción que hemos introducido despedaza la fe, quedándonos únicamente
con un trozo. Yo admito, según lo he expuesto21, que la verdad de Dios, sea
que amenace, o que ofrezca esperanza de misericordia, es el blanco o, como
suele decirse, el objeto general de la fe. Por este motivo el Apóstol atribuye a la
fe que Noé temiera el diluvio antes de que ocurriera (Heb. 11,7). De aquí
deducen los sofistas, que si la fe produce en nosotros el temor a los castigos
que están para caer sobre nosotros, en la definición de la fe que nosotros
proponemos no debemos excluir las amenazas con las cuales Dios quiere
aterrar a los pecadores. Sin embargo nos desacreditan y calumnian
falsamente; como si nosotros dijéramos que la fe no tiene en cuenta la totalidad
de la Palabra divina. Lo único que pretendemos es hacer comprender estos
dos puntos: primero, que jamás la fe será firme y sólida, mientras no se apoye
en la promesa gratuita de la salvación; segundo, que únicamente somos
reconciliados por ella en cuanto que nos une a Cristo. Ambas cosas son dignas
de ser notadas.
Nosotros buscamos una fe que diferencie a los hijos de Dios de los réprobos, a
los fieles de los infieles. Porque alguno crea que Dios manda con toda justicia
cuanto manda, y que cuando amenaza, amenaza de veras, ¿ha de ser por esto
tenido por fiel? De ningún modo. Por tanto no tiene firmeza alguna la fe si no se
acoge a la misericordia de Dios.
Además, ¿con qué fin disputamos acerca de la fe? ¿No es para conocer el
camino seguro de la salvación? ¿Y cómo nos salva la fe, sino en cuanto nos
incorpora a Cristo? No hay, pues, absurdo alguno en que, al intentar definir la
fe, insistamos tanto en su efecto principal, y luego añadamos la nota que
diferencia a los fieles de los réprobos. Y, en fin, estos calumniadores no tienen
cosa alguna que echar en cara a nuestra doctrina, si no quieren a la vez
20
Pighius (Albert Pighi), teólogo de Lovaina, consejero del Papa, con quien Calvino se encontró
en el Coloquio de Ratisbona en 1541. Calvino refutó sus controversias contra los reformadores
en su Tratado sobre el Arbitrio Servil, contra las Calumnias de Albert Pighius, 1543, Opera
Calvini, t. VI, 225-404.
21
Institución, III, ir, 7.
censurar a san Pablo, quien llama al Evangelio "doctrina de fe" (Rom.10, 8), y
le atribuye este título especial.
31. LO PROPIO DE LA FE ES HONRAR SIEMPRE LA PROMESA
22
Institución, III, n, 6.
precisamente debemos levantar más alto nuestros sentidos y llevar nuestro
pensamiento más lejos, para que sus anteriores beneficios nos infundan
confianza, según se dice en otro salmo: "Me acordé de los días antiguos;
meditaba en todas tus obras" (Sal 143, 5). Y: "Me acordaré de las obras de
JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas" (Sal 77,11). Sin embargo,
como todo cuanto concibamos e imaginemos de la potencia de Dios y de sus
obras es vano y carece de fundamento sin su Palabra, por eso decimos que no
hay fe alguna posible hasta que Dios nos ilumina con su gracia.
Pero aquí podría suscitarse una cuestión. ¿Qué hay que pensar de Sara y de
Rebeca, las cuales, movidas por un recto celo de fe — por lo que se puede
juzgar — pasaron los límites señalados en la Palabra? Sara, por el ardiente
deseo que tenía de la descendencia prometida entregó a su marido como
mujer su criada (Gn.16, 2.5). Es indiscutible que ella había pecado de muchas
maneras; pero al presente me refiero solamente a este vicio: que llevada por su
celo no se mantuvo dentro de los límites de la Palabra de Dios. No obstante, es
cierto que este deseo le vino de la fe.
Rebeca, cerciorada por el oráculo divino de la elección de su hijo Jacob,
procura con engaño la bendición para él; engaña a su marido, que era testigo y
ministro de la gracia de Dios; obliga a su hijo a mentir; corrompe con sus
astucias y engaños la Palabra de Dios; finalmente, en lo que de ella dependía,
dio ocasión a que la promesa fuese menospreciada y destruida. Y sin embargo,
este acto, por más pecaminoso y digno de reprensión que sea, no careció de
fe, porque tuvo que superar grandes dificultades para conseguir una cosa tan
llena de molestias y peligros sin esperanza de comodidad terrena de ninguna
clase. E igualmente no podemos privar por completo de fe al santo patriarca
Isaac que, avisado por el mismo oráculo divino de que el derecho de
primogenitura era traspasado al hijo menor, sin embargo siguió más aficionado
a su hijo mayor Esaú.
Cierto, tales ejemplos nos enseñan que con frecuencia el error se mezcla con
la fe; de tal manera, sin embargo, que la fe, cuando es auténtica fe, se lleva
siempre la mejor parte. Pues así como el error particular de Rebeca no frustró
ni privó de su valor el efecto de la bendición, así tampoco disminuyó la fe que
generalmente dominaba en su corazón, y que fue principio y causa de aquel
acto. Sin embargo, Rebeca muestra con ello cuán deleznable es el
entendimiento humano y cuánto se aparta del recto camino tan pronto como se
permite, por poco que sea, intentar alguna cosa por sí mismo. Más, si bien la
falta y flaqueza no sofocan del todo la fe, se nos pone en guardia para que con
toda solicitud estemos pendientes de los labios de Dios. Al mismo tiempo se
confirma lo que hemos dicho: que la fe, si no se apoya en la Palabra, se
desvanece pronto; como se hubiera desvanecido el espíritu de Sara, de Isaac y
de Rebeca, de no haber sido retenidos por un secreto freno en la obediencia de
la Palabra.
32. LA PROMESA GRATUITA, EN LA CUAL SE FUNDA LA FE, NOS ES
DADA POR JESUCRISTO
Además, no sin razón incluimos todas las promesas en Cristo, pues el Apóstol
hace consistir todo el Evangelio en conocer a Cristo (Rom. 1.17); y en otro
lugar enseña que "todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén" (2
Cor. 1,20); es decir, ratificadas. La razón es muy clara. Si Dios promete alguna
cosa, muestra con ella su benevolencia para con nosotros, por lo que no hay
promesa alguna suya que no sea un testimonio y una certificación de su amor.
Nada dice contra esto el que los impíos, cuanto mayores y más continuos
beneficios reciben de la mano de Dios, se hagan más culpables y dignos de
mayor castigo. Porque, como no comprenden o no reconocen que los bienes
que poseen les vienen de la mano de Dios, o si lo reconocen no consideran su
bondad, no pueden comprender la misericordia de Dios más que los animales
brutos, que de acuerdo con su naturaleza gozan del mismo fruto de Su
liberalidad sin pensar en ello.
Tampoco se opone a ello, el que muchas veces menosprecien las promesas
que se les hacen, acumulando sobre sus cabezas por ello un castigo mucho
mayor. Porque, aunque la eficacia de las promesas quedará finalmente patente
cuando las creamos y aceptemos por verdaderas, sin embargo su virtud y
propiedad jamás se extingue a causa de nuestra incredulidad e ingratitud.
Por tanto el Señor, al convidarnos con sus promesas a que recibamos los
frutos de su liberalidad, y los consideremos y ponderemos como es debido,
juntamente con ello nos demuestra su amor. Por eso hay que volver sobre este
punto: que toda promesa de Dios es una prueba del amor que nos profesa.
Ahora bien, es indudable que nadie es amado por Dios sino en Cristo. Él es el
hijo amado en quien tiene todas sus complacencias (Mt. 3, 17; 17,5); y de Él se
nos comunican a nosotros, como lo enseña san Pablo: "nos hizo aceptos en el
amado" (Ef. 1, 6). Es necesario, pues, que por su medio e intercesión llegue su
gracia a nosotros. Por eso el Apóstol en otro lugar lo llama "nuestra paz" (Ef.
2,14), y en otro pasaje lo presenta como un vínculo con el cual Dios, por su
amor paterno, se une a nosotros (Rom.8, 3). De donde se sigue que debemos
poner nuestros ojos en Él, siempre que se nos propone alguna promesa, y que
san Pablo no se expresa mal cuando dice que todas las promesas de Dios se
confirman y cumplen en Él (Rom. 15, 8).
Parece que algunos ejemplos impugnan esto. No es verosímil que Naamán, el
sirio, cuando preguntó al profeta por el modo de honrar a Dios, fuera
adoctrinado respecto al Mediador (2 Re. 5, 17-19); sin embargo es alabada su
piedad. Tampoco es de creer que Cornelio, pagano y romano, entendiese lo
que muy pocos judíos entendían, y aun esos pocos oscuramente; sin embargo,
sus limosnas y oraciones fueron agradables a Dios (Hch. 10, 31), como los
sacrificios de Naamán fueron aprobados por el profeta; lo cual ninguno de los
dos hubiera logrado sino por la fe. Semejante a esto es lo que se refiere del
eunuco, al que se dirigió Felipe; porque, viviendo tan lejos de Jerusalem, jamás
se hubiera tomado la molestia de hacer un viaje tan largo, tan penoso y difícil
para ir a adorar a Jerusalem, de no tener alguna fe en su corazón (Hch. 8, 27.
31); sin embargo vemos cómo preguntado por Felipe respecto al Mediador,
confiesa su ignorancia.
Concedo de buen grado que la fe de éstos fue en cierta manera implícita y
oscura; no solamente respecto a la persona de Jesucristo, sino también a su
virtud y al oficio que el Padre le confió. Sin embargo, es evidente que todos
ellos tuvieron ciertos principios que les dieron algún gusto de Cristo. Y no debe
mirarse esto corno algo nuevo. Ni el eunuco hubiera jamás venido de una tierra
tan lejana para adorar en Jerusalem a un Dios al que no conocía; ni Cornelio,
habiendo profesado la religión judía, hubiera vivido tanto tiempo en ella sin
acostumbrarse a los rudimentos de la pura doctrina. En cuanto a Naamán,
sería cosa absurda que Eliseo le instruyese en lo que había de hacer referente
a cosas de menos importancia, y se olvidara de lo principal. Por tanto, aunque
el conocimiento que tuvieron de Cristo fue oscuro, sin embargo no se puede
decir que no tuvieran ninguno, ya que se ejercitaban en los sacrificios de la
Ley, que se diferenciaban de los falsos sacrificios de los paganos por su fin, es
decir, por Jesucristo.
33. EL CONOCIMIENTO DE LA GRACIA DE DIOS ES REVELADO A
NUESTRO ENTENDIMIENTO POR EL ESPÍRITU SANTO
23
Tal es la definición católica de la fe: ". un asentimiento verdadero de la inteligencia a una
verdad recibida de fuera y de oídas, asentimiento por el cual creemos como verdadero lo que
un Dios personal, Creador y Señor nuestro, ha dicho, atestiguado y revelado, y lo creemos a
causa de la autoridad de Dios soberanamente veraz". Juramento antimodernista de Pío X,
1910, Denzinger, No. 2145.
que los hombres no consideran cuán alta y cuán difícil de conseguir es la
sabiduría celestial, y cuánta es la ignorancia humana para comprender los
misterios divinos; y, en parte también, debido a que no tienen en cuenta la
firme y estable constancia del corazón, que es la parte principal de la fe.
34. ESTE ERROR ES FÁCIL DE REFUTAR
Como dice san Pablo, si nadie puede ser testigo de la voluntad del hombre más
que el espíritu que está en él (1 Cor. 2,11), ¿cómo las criaturas podrán estar
seguras de la voluntad de Dios? Y si la verdad de Dios nos resulta dudosa aun
en aquellas mismas cosas que vemos con los ojos, ¿cómo puede sernos firme
e indubitable cuando el Señor nos promete cosas que ni el ojo ve, ni el
entendimiento puede comprender? Tan por debajo queda la sabiduría humana
en estas cosas, que el primer paso para aprovechar en la escuela de Dios, es
renunciar a ella. Porque ella, a modo de un velo, nos impide comprender los
misterios de Dios, los cuales sólo a los niños les son revelados (Mt. 11,25; Le.
10,21). Porque ni la carne ni la sangre los revela (Mt. 16,17), ni "el hombre
natural percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son
locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente" (1
Cor. 2,14).
Por lo tanto, tenemos necesidad de la ayuda del Espíritu Santo, o por mejor
decir, solamente su virtud reina aquí. No hay hombre alguno que conozca la
mente de Dios, ni que haya sido su consejero (Rom. 11,34); sólo "el Espíritu lo
escudriña todo, aun lo profundo de Dios" (1 Cor. 2,10.16); y por Él entendemos
nosotros la voluntad de Cristo. "Ninguno puede venir a mí", dice el Señor, "si el
Padre que me envió no lo trajere". Así que todo aquel que oyó al Padre, y
aprendió de Él, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que
vino de Dios" (Jn. 6, 44. 46).
Por tanto, así como de no ser atraídos por el Espíritu de Dios, no podemos en
manera alguna llegar a Dios, del mismo modo, cuando somos atraídos por Él,
somos completamente levantados por encima de nuestra propia inteligencia.
Porque el alma, iluminada por Él, es como si adquiriera ojos nuevos para
contemplar los misterios celestiales, cuyo resplandor antes la ofuscaba. El
entendimiento del hombre, iluminado de esta manera con la luz del Espíritu
Santo, comienza a gustar de veras las cosas pertenecientes al reino de Dios,
ante las cuales antes no experimentaba sentimiento alguno, ni las podía
saborear. Por eso nuestro Señor Jesucristo, a pesar de exponer
admirablemente a dos de sus discípulos los misterios de su reino, no consigue
nada hasta que abre su entendimiento para que comprendan las Escrituras (Lc.
24,27; Jn. 16,13). Y así, después de ser instruidos los apóstoles por su boca
divina, es preciso aún que se les envíe el Espíritu de verdad, para que haga
entrar en su entendimiento la misma doctrina que ya antes habían oído.
La Palabra de Dios es semejante al sol: alumbra a cuantos es predicada, pero
los ciegos no reciben de ella provecho alguno. Naturalmente en este punto
todos nosotros somos ciegos; por eso no puede penetrar en nuestro
entendimiento sin que el Espíritu Santo, que enseña interiormente, le dé
entrada con su iluminación.
35. LA FE ES UN DON Y UNA OBRA DE DIOS
26
Sección 17 del presente capítulo.
condición de que la pureza de nuestra vida así lo merezca? Mas como he, de
tratar expresamente de esto en otro lugar, no me alargaré más en ello al
presente; sobre todo viendo que nada puede haber más contrario a la fe que la
conjetura o cualquier otro sentimiento que tenga algún parecido con la duda y
la incertidumbre.
Para confirmar este error, acuden siempre al dicho del Eclesiastés, que
indebidamente corrompen: ninguno sabe si es digno de amor o de odio (Ecl.
9,1). Porque dejando a un lado que este texto ha sido mal traducido en la
versión latina, llamada Vulgata, los mismos niños pueden ver lo que Salomón
ha querido decir; a saber, que si alguno quiere juzgar, por las cosas presentes,
a quiénes Dios aborrece, y a quiénes ama, tal trabajo es vano, puesto que la
prosperidad y la adversidad son comunes y pueden sobrevenir lo mismo al
justo que al impío; lo mismo al que sirve a Dios, que a quien no se preocupa de
Él. De donde se sigue que Dios no siempre da testimonio de su amor a
aquellos a quienes hace que todo les suceda prósperamente en este mundo; ni
tampoco que muestre su odio a los que aflige. Salomón dice esto para
confundir la vanidad del entendimiento humano, puesto que es tan tardo para
considerar las cosas necesarias y de gran importancia, Lo mismo que había
afirmado antes que no se puede discernir en qué difiere el alma del hombre de
la de la bestia, pues parece que ambos mueren con la misma clase de muerte
(Ecl. 3, 19). Si alguno quisiera deducir de aquí que la doctrina que profesamos
respecto a la inmortalidad del alma, se funda únicamente en una conjetura, ¿no
deberíamos con razón tener a este tal por loco? Entonces, ¿se hallan en su
sano juicio los que concluyen que no existe certeza alguna de la gracia de Dios
para con los hombres, porque no se puede comprender por el aspecto carnal
de las cosas presentes?
39. LA FE, SELLADA POR EL ESPÍRITU SANTO, JAMÁS ES
PRESUNTUOSA
Ahora bien, donde quiera que exista esta fe viva, necesariamente irá
acompañada de la esperanza en la vida eterna; o por mejor decir, ella la
engendra y produce. Y si no tenemos esta esperanza, por muy elocuente y
elegantemente que hablemos de la fe, es indudable que no existe asomo de fe
en nosotros. Porque si, según se ha dicho, la fe es una persuasión indubitable
de la verdad de Dios, la cual verdad no puede mentirnos, engañarnos o
27
Pedro Lombardo, Libro de las Sentencias, lib. III, dist. 25; Buenaventura, Comentarios a las
Sentencias, III, dist. 36, art. I ...
28
Sermón I, En la Fiesta de la Anunciación
29
Es decir: permaneciendo en el mismo punto. Perdón de Dios, buenas obras que Dios nos
concede hacer, recompensa que también viene de Él, otras tantas pruebas que nos aseguran
en esta fe que viene de Él y cuyo comienzo Él nos ha dado. Hay, pues, que seguir adelante, sin
detenernos ahí.
30
Cfr. Institución, III, xvm, 8.
burlarse de nosotros, los' que han llegado a la posesión de esta firme
certidumbre, a la vez esperan con toda seguridad que Dios habrá de cumplir
sus promesas, que ellos tienen por verdaderas. De manera que, en resumen, la
esperanza no es otra cosa sino una expectación de aquellas cosas que la fe
cree indubitablemente que Dios ha prometido. Así la fe cree que Dios es veraz;
la esperanza espera que a su debido tiempo revelará la verdad. La fe cree que
Dios es nuestro Padre; la esperanza confía que siempre se ha demostrar tal
con nosotros. La fe cree que nos es dada la vida eterna; la esperanza espera
que llegue el momento en que podamos gozar de ella. La fe es el fundamento
en el que reposa la esperanza; la esperanza alimenta y sostiene la fe. Porque
como nadie puede esperar cosa alguna de Dios, si antes no ha creído en sus
promesas, de la misma manera es necesario que la fragilidad de nuestra fe sea
mantenida y sustentada esperando pacientemente, a fin de que no desfallezca.
Por esta razón san Pablo, con toda razón hace consistir nuestra salvación en la
esperanza (Rom. 8, 24). Porque mientras ella espera al Señor en silencio
retiene a la fe, para que no camine apresuradamente y tropiece; la confirma,
para que no vacile en las promesas de Dios, ni admita dudas acerca de ellas; la
reconforta, para que no se fatigue; la guía hasta el fin, para que no desfallezca
en medio del camino, ni al principio de la jornada; en fin, continuamente la está
renovando y restaurando, infundiéndole fuerzas y vigor para que cada día se
haga más robusta a fin de que persevere.
Ciertamente se verá mucho más claramente de cuántas maneras es necesaria
la esperanza para confirmar la fe, si consideramos por cuántas clases de
tentaciones se ven acometidos y asaltados los que han abrazado la Palabra de
Dios.
Primeramente, difiriendo muchas veces el Señor sus promesas más tiempo del
que querríamos, nos tiene en suspenso. En este caso el oficio de la esperanza
es hacer lo que manda el profeta, que si las promesas se retrasan, no debemos
a pesar de ello dejar de esperar (Hab. 2, 3).
A veces Dios no solamente nos deja desfallecer, sino que incluso deja ver y
manifiesta cierta ira contra nosotros. En este caso es especialmente necesaria
la ayuda de la esperanza, para que, conforme a lo que otro profeta dice,
podamos esperar al Señor, aunque haya escondido su rostro (Is. 8,17).
Surgen también algunos "burladores", como dice san Pedro, "diciendo: ¿Dónde
está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres
durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la
creación" (2 Pe. 3, 8); e incluso la carne y el mundo sugieren estas mismas
cosas a nuestro oído. Aquí es necesario que la fe, apoyándose en la paciencia
de la esperanza, contemple fijamente la eternidad del reino de Dios, para que
tenga mil años como si fuesen un solo día (Sal. 90, 4).
43. EN LA ESCRITURA, LA FE Y LA ESPERANZA SON
FRECUENTEMENTE SINÓNIMOS
Por esta afinidad y unión, la Escritura confunde a veces estos dos términos de
fe y esperanza. Cuando san Pedro dice que el poder de la fe nos guarda hasta
el tiempo de la revelación (1 Pe. 1,5), lo que más bien pertenece a la
esperanza lo atribuye a la fe. Y ello no sin motivo, pues ya hemos probado que
la esperanza no es más que el alimento y la fuerza de la fe.
A veces también se ponen juntas ambas cosas. Así en la misma epístola: "para
que vuestra fe y esperanza sean en Dios" (1 Pe. 1, 21). Y san Pablo, en la
Epístola a los Filipenses, de la esperanza deduce la expectación (Flp. 1, 20);
porque esperando pacientemente reprimimos nuestros deseos hasta que llegue
el momento de Dios. Todo esto se puede comprender mucho mejor por el
capítulo décimo de la Epístola a los Hebreos que ya he alegado (Heb. 10, 36).
San Pablo en otro lugar, aunque habla distintamente, entiende lo mismo
cuando dice: "Nosotros por el Espíritu aguardamos por la fe la esperanza de la
justicia" (Gál. 5,5); en cuanto que habiendo recibido el testimonio del Evangelio
del amor gratuito que Dios nos tiene, esperamos que Dios muestre claramente
lo que al presente está escondido bajo la esperanza.
No es, pues, ahora difícil ver cuán crasamente yerra Pedro Lombardo al poner
un doble fundamento a la esperanza; a saber, la gracia de Dios y el mérito de
las obras, cuando no puede tener otro fin sino la fe. Y ya hemos probado que la
fe a su vez, no tiene más blanco que la misericordia de Dios, y que en ella
únicamente ha de poner sus ojos. Pero no estará de más oír la donosa razón
que da para probar su opinión: "si tú te atreves", dice, "a algo sin méritos, esto
no se debe llamar esperanza, sino presunción". Yo pregunto, amigo lector,
¿quién no condenará con toda razón a tales bestias que osan acusar de
temeridad y presunción a cualquiera que confía y tiene por cierto que Dios es
veraz? Puesto que, queriendo el Señor que esperemos de sus bondades todas
estas cosas, hay quien dice que es presunción apoyarse en ella. Tal maestro
es digno de los discípulos que ha habido en las escuelas de los sofistas de la
Sorbona.
Nosotros, por el contrario, cuando vemos que Dios abiertamente manda que
los pecadores tengan la esperanza cierta de la salvación, de muy buen grado
alardeamos tanto de su verdad, que confiados en su sola misericordia y
dejando a un lado la confianza en las obras, esperamos con toda seguridad lo
que nos promete. Al hacerlo así, no nos engañará aquel que dijo: "Conforme a
vuestra fe os sea hecho" (Mt. 9, 29).
31
En este capítulo, Calvino trata a la vez de la regeneración, del arrepentimiento, de la
conversión y de la santificación (accesoriamente también de la justificación, sobre la cual
volverá detalladamente en los capítulos IX a XIV). Solamente mucho más tarde estas diversas
partes fueron tratadas por separado en las dogmáticas reformadas. El presente capítulo es una
auténtica clave en la exposición de Calvino.
32
Calvino utiliza la palabra poenitentia tanto para referirse al arrepentimiento como a la
penitencia, al igual que sus predecesores medievales. Véase la explicación de penitencia
eclesiástica en III, IV, V; IV, XIX, 14-17; y de disciplina en IV, XII. El presente capítulo trata del
arrepentimiento en su relación con la fe.
33
Esta ultima clausula es propia de la edición francesa de 1560
"Arrepentíos, porque el reino de Dios está cerca", ¿no deducen ellos la razón
del arrepentimiento de la misma gracia y de la promesa de salvación? Con
estas palabras, pues, es como si dijeran: Como quiera que el reino de Dios se
acerca, debéis arrepentiros. Y el mismo san Mateo, después de referir la
predicación de Juan Bautista, dice que con ello se cumplió la profecía de Isaías
sobre la voz que clama en el desierto: "Preparad camino a Jehová; enderezad
calzada en la soledad a nuestro Dios" (Is.40, 3). Ahora bien, en las palabras del
profeta se manda que esta voz comience por consolación y alegres nuevas.
Sin embargo, al afirmar nosotros que el origen del arrepentimiento procede de
la fe, no nos imaginamos ningún espacio de tiempo en el que se engendre.
Nuestro intento es mostrar que el hombre no puede arrepentirse de veras, sin
que reconozca que esto es de Dios. Pero nadie puede convencerse de que es
de Dios, si antes no reconoce su gracia. Pero todo esto se mostrará más
claramente en el curso de la exposición.
Es posible que algunos se hayan engañado porque muchos son dominados
con el terror de la conciencia, o inducidos a obedecer a Dios antes de que
hayan conocido la gracia, e incluso antes de haberla gustado. Ciertamente se
trata de un temor de principiantes, que algunos cuentan entre las virtudes,
porque ven que se parece y acerca mucho a la verdadera y plena obediencia.
Pero aquí no se trata de las distintas maneras de atraernos Cristo a sí y de
prepararnos para el ejercicio de la piedad; solamente afirmo que no es posible
encontrar rectitud alguna, donde no reina el Espíritu que Cristo ha recibido para
comunicarlo a sus miembros. Afirmo además, que, conforme a lo que se dice
en el salmo: "En ti hay perdón para que seas reverenciado" (Sal 130, 3),
ninguno temerá con reverencia a Dios, sino el que confiare que le es propicio y
favorable; ninguno voluntariamente se dispondrá a la observancia de la Ley,
sino el que esté convencido de que sus servicios le son agradables.
Esta facilidad de Dios de perdonamos y sufrir nuestras faltas es una señal de
su favor paterno. Así lo muestra ya la exhortación de Oseas: "Volvamos a
Jehová; porque él arrebató y nos curará; hirió, y nos vendará" (Os 6,1), porque
la esperanza de obtener perdón se añade como un estímulo a los pecadores
para que no se enreden en sus pecados.
Por lo demás, está fuera de toda razón el desvarío de los que para comenzar
por el arrepentimiento prescriben ciertos días a sus novicios en los que han de
ejercitarse en él, pasados los cuales los admiten en la comunión de la gracia
del Evangelio. Me refiero con esto a muchos anabaptistas, sobre todo a los que
se glorían sobremanera de ser tenidos por espirituales34, y a otra gentuza
semejante, como los jesuitas y demás sectas parecidas. Tales son, sin duda,
los frutos de aquel espíritu de frenesí, que ordena unos pocos días de
arrepentimiento, cuando debe ser continuado por el cristiano todos los días de
su vida.
3. ANTIGUA DEFINICIÓN DEL ARREPENTIMIENTO
34
Calvino habla aquí de los que eran llamados los libertinos espirituales, contra los cuales
escribió un tratado: Contra la secta fanática y furiosa de los libertinos que se llaman
espirituales, 1545, Opera Calvini, t. VI
Algunos doctos, mucho tiempo antes de ahora, queriendo exponer sencilla y
llanamente el arrepentimiento de acuerdo con la Escritura, afirmaron que
consistía en dos partes; a saber, la mortificación y la vivificación. Por
mortificación entienden un dolor y terror del corazón concebido por el
conocimiento del pecado y el sentimiento del juicio de Dios. Porque cuando el
hombre llega a conocer verdaderamente su pecado, entonces comienza de
verdad a aborrecerlo y detestarlo; entonces siente descontento de sí mismo; se
confiesa miserable y perdido y desea ser otro distinto. Además, cuando se
siente tocado del sentimiento del juicio de Dios — porque lo uno sigue
inmediatamente a lo otro — entonces humillado, espantado y abatido, tiembla,
desfallece y pierde toda esperanza. Tal es la primera parte del arrepentimiento,
comúnmente llamada contrición.
La vivificación la interpretan como una consolación que nace de la fe, cuando el
hombre humillado por la conciencia y el sentimiento de su pecado, y movido
por el temor de Dios, contempla luego su bondad, su misericordia, gracia y
salvación que le ofrece en Jesucristo, y se levanta, respira, cobra ánimo, y
siente como que vuelve de la muerte a la vida.
Ciertamente que estas dos palabras, siempre que sean expuestas
convenientemente, manifiestan bastante bien lo que es el arrepentimiento. Pero
no estoy de acuerdo con ellos, cuando interpretan la "vivificación" como una
alegría que el alma recibe cuando se aquieta y tranquiliza su perturbación y
miedo; pues más bien significa el deseo y anhelo de vivir bien y santamente,
como si se dijese que el hombre muere a sí mismo para comenzar a vivir para
Dios, lo cual procede del nuevo nacimiento de que hemos hablado.
4. DISTINCIÓN ANTIGUA ENTRE ARREPENTIMIENTO LEGAL Y
ARREPENTIMIENTO EVANGÉLICO
Es preciso ahora explicar el tercer punto, puesto que hemos dicho que el
arrepentimiento consistía en dos partes: en la mortificación de la carne y la
vivificación del espíritu. Esto, aunque un poco simple y vulgar-mente de
acuerdo con la capacidad y mentalidad del pueblo, lo exponen con toda
claridad los profetas, cuando dicen: "Apártate del mal, y haz el bien" (Sa1.34,
14). Y: "Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de
mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio;
restituid al agraviado..." (Is. 1,16-17). Pues al recordar y ordenar a los hombres
que se aparten del mal, lo que nos piden es que nuestra carne, es decir,
nuestra naturaleza perversa y llena de maldad, sea destruida. Evidentemente
es un mandamiento difícil y arduo que nos despojemos de nosotros mismos y
que abandonemos nuestra natural condición. Porque no hemos de creer que la
carne está muerta del todo, mientras no esté abolido ni aniquilado cuanto
tenemos de nosotros mismos. Mas, "por cuanto la mente carnal es enemistad
contra Dios" (Rom. 8,7), el primer peldaño para llegar a la obediencia de la Ley
de Dios es la abnegación de nuestra naturaleza y voluntad.
Después de esto los profetas señalan la renovación por los frutos que de ahí
salen; a. saber, justicia, juicio y misericordia. Porque no basta con hacer obras
exteriormente, si el alma primeramente no se ha revestido del amor y el afecto
de la justicia, del juicio y de la misericordia. Ahora bien, esto tiene lugar cuando
el Espíritu Santo, purificando nuestras almas, con su santidad las enriquece de
tal manera con nuevos pensamientos y afectos, que con toda razón se puede
afirmar que no existían antes. Y realmente, según estamos nosotros alejados
de Dios, si no va por delante la abnegación, jamás nos esforzaremos por llegar
al recto camino. Por esto se nos manda tantas veces que nos despojemos del
hombre viejo, que renunciemos al mundo y la carne, que desechemos nuestra
concupiscencia, para renovarnos en el espíritu de nuestro entendimiento.
El mismo nombre de mortificación nos da a entender cuán difícil cosa es
olvidarnos de nuestra naturaleza primera; pues de él deducimos que para llegar
a aceptar el temor de Dios y aprender los primeros principios de la piedad, es
preciso que muertos violentamente por la espada del Espíritu, seamos
reducidos a la nada. Como si Dios dijese que para ser contados en el número
de sus hijos es necesario que muera nuestra naturaleza y todo cuanto hay en
nosotros.
9. EL ARREPENTIMIENTO ES EL FRUTO DE NUESTRA
PARTICIPACIÓN EN LA MUERTE Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
Así, pues, es cómo los hijos de Dios son librados de la servidumbre del pecado
por la regeneración. No que gocen ya de entera libertad, sin experimentar
molestia alguna por parte de su carne; más bien les queda materia y ocasión
permanente de lucha, a fin de ponerlos a prueba; y no sólo para esto, sino
además, para que aprendan mejor a conocer su flaqueza. Todos los escritores
de recto y sano juicio que han escrito sobre esto están de acuerdo en que en el
hombre regenerado queda un manantial de mal, de donde manan sin cesar los
deseos y apetitos que le incitan a pecar. Y admiten también que los fieles, de
tal manera están enredados en esta enfermedad de la concupiscencia, que no
pueden hacer nada para impedir el ser tentado de lujuria, de avaricia, de
ambición y de otros vicios semejantes.
No vale la pena entretenerse en averiguar lo que han sentido los doctores
antiguos respecto a este tema. Puede bastar por todos el testimonio de san
Agustín36, quien fiel y diligentemente recapituló cuanto los demás habían dicho
a este propósito. Por tanto, el que desee saber el parecer de los antiguos
referente a esto, lea a san Agustín.
Podría parecer que entre San Agustín y nosotros existe una diferencia. Él, si
bien confiesa que los fieles, mientras viven en este cuerpo mortal, de tal
manera están sujetos a la concupiscencia que no pueden verse libres de su
acicate, no obstante no se atreve a llamarla pecado; sino que al llamarla
enfermedad, añade que solamente es pecado, cuando además de la
concepción o aprehensión de la mente, se sigue la obra o el consentimiento; es
35
Staphylus, teólogo de Konisberg, que volvió al catolicismo en 1553
36
Contra dos cartas de los pelagianos, IV, X, 27; IV, XI, 31.
decir, cuando la voluntad sigue el primer impulso del apetito. Nosotros, al
contrario, decimos que toda concupiscencia con la que el hombre de algún
modo se siente tentado a hacer algo contra la Ley de Dios, es pecado; e
incluso afirmamos que la perversidad que engendran en nosotros tales
concupiscencias es también pecado. Enseñamos, pues, que en los fieles habita
siempre el pecado, mientras no se vean despojados de su cuerpo mortal,
porque en su carne reside la perversidad de codiciar, contraria a la rectitud.
Sin embargo, tampoco san Agustín se abstiene siempre de llamarla pecado.
Así cuando dice: "San Pablo llama pecado a aquello de donde manan y
provienen todos los pecados; a saber, la concupiscencia. Este pecado, por lo
que se refiere a los santos, pierde su dominio en este mundo, y perece en el
cielo"37. En estas palabras confiesa que los fieles, en cuanto están sometidos a
la concupiscencia de la carne, son culpables como pecadores.
11. SI EL PECADO NO REINA EN EL CORAZÓN DE LOS FIELES, NO
POR ELLO DEJA DE HABITAR EN ÉL
En cuanto a lo que se dice que Dios purifica a su Iglesia de todo pecado y que
por el bautismo promete la gracia de la libertad, y la lleva a cabo en sus
elegidos (Ef. 5,26-27), esto lo referimos más bien a la culpa38 del pecado que a
la materia del mismo. Es cierto que Dios hace esto al regenerar a los suyos,
para destruir en ellos el reino del pecado, porque los conforta con la virtud de
su Espíritu, con la cual quedan como superiores y vencedores en la lucha; pero
el pecado solamente deja de reinar, no de habitar. Por eso decimos que el
hombre viejo es crucificado y que la ley del pecado es destruida en los hijos de
Dios (Rom. 6, 6); de tal manera, sin embargo, que permanecen las reliquias del
pecado; no para dominar, sino para humillarnos con el conocimiento de nuestra
debilidad. Confesamos, desde luego, que estas reliquias del pecado no les son
imputadas a los fieles, igual que si no estuvieran en ellos; pero a la vez
afirmamos que se debe exclusivamente a la misericordia de Dios el que los
santos se vean libres de esta culpa, pues de otra manera serían con toda
justicia pecadores y culpables delante de Dios.
Y no es difícil confirmar esta doctrina, pues tenemos clarísimos testimonios de
la Escritura que la prueban. ¿Queremos algo más claro que lo que san Pablo
dice a los romanos (Rom. 7, 6. 14-25)? En primer lugar ya hemos probado que
se refiere al hombre regenerado; y san Agustín lo confirma también con
firmísimas razones. Dejo a un lado el hecho de que él emplea estos dos
términos: mal y pecado. Por más que nuestros adversarios cavilen sobre ellos,
¿quién puede negar que la repugnancia contra la Ley de Dios sea un mal y un
vicio? ¿Quién no concederá que hay culpa donde existe alguna miseria
espiritual? Ahora bien, de todas estas maneras llama san Pablo a esta
enfermedad.39
37
Sermón CLV, 1.
38
Latín: reatus; francés: imputation.
39
El francés: "Ahora bien, san Pablo dice que todas estas cosas están comprendidas en la
corrupción de que hablamos".
Existe además una prueba certísima tomada de la Ley de Dios, con la que se
puede solucionar toda esta cuestión en pocas palabras. La Ley nos manda que
amemos a Dios con todo el corazón, con toda la mente, y con toda el alma (Mt.
22, 37). Puesto que todas las facultades de nuestra alma deben estar
totalmente ocupadas por el amor a Dios, es evidente que no cumplen este
mandamiento aquellos que son capaces de concebir en su corazón el menor
deseo mundano, o pueden admitir en su entendimiento algún pensamiento que
les distraiga del amor de Dios y los lleve a la vanidad. Ahora bien, ¿no
pertenece al alma ser alterada por movimientos repentinos, aprehender con los
sentidos y concebir con el entendimiento? ¿Y no es señal evidente de que hay
en el alma unas partes vacías y desprovistas del amor de Dios, cuando en tales
afecciones se encierran vanidad y vicio? Por tanto, todo el que no admita que
todos los apetitos de la carne son pecado, y que esta enfermedad de codiciar
que en nosotros existe, y que es el incentivo del pecado, es el manantial y la
fuente del pecado, es necesario que niegue que la transgresión de la Ley es
también pecado.
12. LAS FALTAS Y LAS DEBILIDADES DE LOS CREYENTES SIGUEN
SIENDO VERDADEROS PECADOS
Si a alguno le parece que está del todo fuera de razón condenar de esta
manera en general todos los deseos y apetitos naturales del hombre, puesto
que Dios, autor de su naturaleza, se los ha otorgado, respondemos que no
condenamos en manera alguna los apetitos que Dios infundió al hombre en su
primera creación, y de los que no se le puede privar sin que al mismo tiempo
deje de ser hombre; únicamente condenamos los apetitos desenfrenados,
contrarios a la Ley y ordenación de Dios. Y como quiera que todas las
potencias del alma, en virtud de la corrupción de nuestra naturaleza están de
tal manera dañadas, que en todas nuestras cosas y en todo cuanto ponemos
mano se ve siempre un perpetuo desorden y desconcierto, en cuanto que
nuestros deseos son inseparables de tal desorden y exceso, por eso decimos
que son viciosos.
Para decirlo en pocas palabras, enseñamos que todos los apetitos y deseos del
hombre son malos y los condenamos como pecado; no en cuanto son
naturales, sino en cuanto están desordenados; y están desordenados, porque
de una naturaleza corrompida y manchada no puede proceder nada que sea
puro y perfecto. Y no se aparta san Agustín de esta doctrina tanto como a
primera vista parece. Cuando quiere evitar las calumnias de los pelagianos, se
guarda a veces de llamar pecado a la concupiscencia; mas cuando escribe que
mientras la ley del pecado permanece en los santos, solamente se les quita la
culpa, da suficientemente a entender que en cuanto al sentido está de acuerdo
con nosotros40
13. TESTIMONIOS DE SAN AGUSTÍN
Alegaremos aún algunos otros textos de sus libros, por los cuales se verá
mucho más claramente cuál ha sido su opinión en cuanto a esta materia. En el
40
De la Pena y de la Remisión de los Pecados, II, XXXIII, 53.
libro segundo de Contra Juliano41 dice: "Esta ley del pecado es perdonada por
la regeneración espiritual y permanece en la carne mortal; es perdonada, en
cuanto la culpa es perdonada en el sacramento con que los fieles son
regenerados; permanece, porque ella produce los deseos contra los cuales los
mismos fieles pelean". Y: "Así, que la ley del pecado, que residía incluso en los
miembros de tan grande apóstol, es perdonada por el bautismo, no
destruida"42. Y exponiendo la razón de por qué san Ambrosio la llama
iniquidad, dice que se debe a esta ley del pecado que reside en nosotros,
aunque la culpa sea perdonada en el bautismo, porque es algo inicuo que la
carne desee contra el espíritu43. Y: "El pecado queda muerto en cuanto a la
culpa en que nos tenía enredados ; pero, aun muerto, se rebela hasta que
quede purificado con la perfección del sepulcro"44.
Y aún mucho más claramente habla en el libro quinto : "Como la ceguera del
corazón es el pecado, en cuanto que por él no creemos en Dios; y es castigo
del pecado, en cuanto que el corazón orgulloso y altivo es así castigado; y es
causa del pecado, en cuanto engendra perniciosos errores, del mismo modo la
concupiscencia de la carne, contra la cual todo buen espíritu lucha, es pecado
en cuanto contiene en sí una desobediencia contra lo que manda el espíritu; y
es castigo del pecado, en cuanto nos fue impuesta por la desobediencia de
nuestro primer padre; y es causa del pecado, o pecado, o porque consentimos
en ella, o porque por ella desde nuestro nacimiento estamos contaminados"45.
En este lugar san Agustín muy claramente la llama pecado, porque después de
haber refutado el error de los pelagianos, no temía ya tanto sus calumnias. E
igualmente en la homilía XLI sobre san Juan, donde expone sin temor alguno lo
que siente: "Si tú", dice, "en cuanto a la carne sirves a la ley del pecado, haz lo
que el mismo Apóstol dice: No reine pecado en vuestro cuerpo mortal, para que
no obedezcáis a sus apetitos (Rom. 6,12). No dice: No haya, sino: no reine.
Mientras vivas, necesariamente ha de haber pecado en tus miembros, pero al
menos quítesele el dominio y no se haga lo que manda‖46.
Los que sostienen que la concupiscencia no es pecado suelen alegar el
testimonio de Santiago: la concupiscencia, después de haber concebido
engendra el pecado (Sant. 1, 15). Pero esta dificultad se resuelve fácilmente
porque si no interpretamos este texto únicamente de las malas obras, o de los
pecados que llaman actuales, ni siquiera la mala voluntad debe ser reputada
como pecado. Mas como Santiago llama a las malas obras "hijas de la
concupiscencia" y les atribuye el nombre de pecado, no se sigue de ahí que la
concupiscencia no sea algo malo y condenable ante Dios.
14. LA LOCA "LIBERTAD" DE LOS ANABAPTISTAS
41
Lib. II, cap. III, 5.
42
Ibid., cap. IV, 8.
43
Ibid., cap. V, 12.
44
Ibid., cap. IX, 32.
45
Lib. II, cap. III, 8.
46
Tratados sobre San Juan, XLI, 12
restituidos al estado de inocencia, que ya no es necesario pre-ocuparse de
refrenar los apetitos de la carne, sino que deben seguir únicamente al Espíritu
como guía, bajo cuya dirección nadie puede jamás errar. Parecería cosa
increíble que el hombre pudiera caer en semejante desvarío, si ellos
públicamente y con todo descaro no hubiesen pregonado su doctrina, en
verdad monstruosa. Mas es justo que el atrevimiento de los que de esta
manera osen convertir en mentira la verdad de Dios, se vea de esta manera
castigado.
Yo les pregunto: ¿Hay que suprimir, por tanto, toda diferencia entre lo honesto
y lo deshonesto, entre lo justo y lo injusto, entre lo bueno y lo malo, y entre la
virtud y el vicio? Responden ellos que esta diferencia viene de la maldición del
viejo hombre, de la cual nosotros quedamos libres por Cristo. Por ello ya no
habrá diferencia alguna entre la verdad y la mentira, entre la impureza y la
castidad, entre la sencillez y la astucia, entre la justicia y el robo. Dejad a un
lado, dicen, todo vano, temor; el Espíritu ninguna cosa mala os mandará hacer,
con tal que sin temor alguno os dejéis guiar por Él.
El creyente recibe un espíritu de santificación y de pureza. ¿Quién no se
asombrará al oír tan monstruosos despropósitos? Sin embargo, es una filosofía
corriente entre los que, ciegos por el desenfreno de sus apetitos, han perdido
todo juicio y sano entendimiento. Mas yo pregunto, ¿qué clase de Cristo se
forja esta gente? ¿Y qué espíritu es el que nos proponen?
Nosotros no conocemos más que a un Cristo y a su Espíritu, tal cual fue
prometido por los profetas, y como el Evangelio nos asegura que se manifestó;
y en él no vemos nada semejante a lo que éstos dicen. El Espíritu de la
Escritura no es defensor del homicidio, de la fornicación, de la embriaguez, de
la soberbia, de la indisciplina, de la avaricia, ni de engaños de ninguna clase;
en cambio es autor del amor, la honestidad, la sobriedad, la modestia, la paz, la
moderación y la verdad. No es un espíritu fantástico y frenético, inconsiderado,
que a la ligera vaya de un lado a otro sin pensar si es bueno o malo; no incita al
hombre a permitirse nada disoluto o desenfrenado; sino que, como hace
diferencia entre lo licito y lo ilícito, enseña al hombre discreción para seguir lo
uno y evitar lo otro.
Más, ¿para qué me tomo la molestia de refutar esta disparatada sin-razón? El
Espíritu del Señor no es para los cristianos una loca fantasía, que, forjada por
ellos en sueños, o inventada por otros, la acepten; sino que con gran
reverencia la reciben cual la describe la Escritura, en la cual se dicen de Él dos
cosas: primero, que nos es dado para la santificación, a fin de que, purificados
de nuestras inmundicias, nos guíe en la obediencia de la Ley divina; obediencia
imposible de lograr, si no se domina y somete la concupiscencia, a la que éstos
quieren dar rienda suelta. Lo segundo, que con su santificación quedamos
limpios, de tal forma sin embargo, que quedan en nosotros muchos vicios y
miserias mientras estamos encarcelados en este cuerpo mortal. De ahí viene
que, estando nosotros tan lejos de la perfección, tenemos necesidad de
aprovechar cada día algo, y también, como estamos enredados en los vicios,
nos es necesario luchar con ellos de continuo.
De ahí se sigue también que, desechando la pereza, hemos de velar con gran
cuidado y diligencia para que no nos asalten las traiciones y astucias de la
carne; a no ser que pensemos que hemos adelantado en santidad más que el
Apóstol, que se sentía molestado por el ángel de Satanás (2 Cor.12,7-9), para
que su poder fuese perfeccionado en la flaqueza47, y que no hablase como de
memoria al referir la lucha entre el espíritu y la carne, que sentía en su propia
persona (Rom.7,7 y ss.).
15. LOS FRUTOS DEL ARREPENTIMIENTO
Ahora podemos comprender cuáles son los frutos del arrepentimiento; a saber,
las obras de piedad o religión para con Dios, y las de caridad para con los
hombres, y, en fin, la perpetúa santidad y pureza de vida. En resumen, cuanto
mayor cuidado pone cada uno en conformar su vida con la regla de la Ley,
tanto mejores son las señales que da de penitencia. Por eso el Espíritu Santo,
queriendo exhortarnos a la penitencia, unas veces nos propone todos los
mandamientos de la Ley, otras lo que se prescribe en la segunda Tabla;
aunque en otros lugares, después de haber condenado la impureza de la
fuente del corazón, desciende luego a los testimonios externos del verdadero
48
Sermones sobre el Cantar de los Cantares, XI, 32.
arrepentimiento. De esto expondré a los lectores luego una viva imagen,
cuando describa cómo debe ser la verdadera vida cristiana49.
No quiero acumular aquí los testimonios de los profetas, en los que se burlan
de las vanidades de aquellos que se esfuerzan en aplacar a Dios con
ceremonias, diciendo que eso no son más que juegos de niños; y en los que
enseñan asimismo que la integridad exterior de nuestra vida no es lo principal
que se requiere para el arrepentimiento, porque Dios tiene puestos sus ojos en
el corazón. Cualquiera medianamente versado en la Escritura puede entender
por sí mismo y sin ayuda ajena, que cuando hay que tratar con Dios no se
adelanta nada, si no comenzamos por el afecto interno del corazón. El pasaje
de Joel ayuda a comprender los demás: "Rasgad vuestro corazón, y no
vuestros vestidos" (J1.2, 13) etc.... Y lo mismo dicen claramente las palabras
de Santiago: "Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo,
purificad vuestros corazones" (Sant. 4, 8). Es verdad que en estas palabras
primero se pone lo accesorio; pero luego se indica el principio y el manantial; a
saber, que las impurezas ocultas se han de purificar para que en el mismo
corazón pueda edificarse un altar en el cual ofrecer sacrificios a Dios.
Hay también algunos ejercicios externos de los que nos servimos como
remedios para humillarnos, para dominar nuestra carne, o para atestiguar
públicamente nuestro arrepentimiento. Todas estas cosas proceden de aquella
venganza de que habla san Pablo (2 Cor. 7, 11). Porque propio es de un
corazón dolorido, gemir, llorar, no tenerse en nada, huir de la pompa y la
ostentación, privarse de pasatiempos y deleites. Igualmente, el que siente de
verdad cuán grande mal es la rebeldía de la carne, pro-cura dominarla por
todos los medios posibles. Y el que reflexiona bien cuán enorme pecado es
transgredir la justicia de Dios, no logra tranquilizarse hasta que con su
humildad da gloria a Dios.
Los escritores antiguos mencionan con mucha frecuencia estas clases de
ejercicios cuando hablan de los frutos del arrepentimiento. Es cierto que no
constituyen el punto principal del arrepentimiento; sin embargo, los lectores me
perdonarán si digo lo que siento al respecto. A mi parecer, han insistido en ello
mucho más de lo que hubiera sido conveniente. Y creo que cuantos lo
consideren desapasionada y prudentemente, estarán de acuerdo conmigo en
que en dos cosas han pecado. La primera, porque al insistir tanto en ensalzar
excesivamente esta disciplina corporal, con ello conseguían que el pueblo la
admirase y tuviese en gran devoción. Y, mientras tanto, quedaba oscurecido lo
que debía tenerse en mayor estima. En segundo lugar, que fueron más
rigurosos y excesivos en sus correcciones de lo que pide la mansedumbre
cristiana, según luego se verá.
17. LOS AYUNOS PÚBLICOS DE PENITENCIA
49
Institución, III, vi a x.
ahí juzgan que las lágrimas y los ayunos son lo principal del arrepentimiento.
Bueno será que les mostremos su error.
Lo que se dice en ese pasaje de Joel sobre convertir todo el corazón a Dios y
rasgar, no los vestidos, sino el corazón, eso es lo que propia-mente constituye
el arrepentimiento. Las lágrimas y los ayunos no se mencionan como efectos
necesarios y perpetuos, sino más bien como circunstancias particulares, que
convenían especialmente entonces. Por-que como el profeta había anunciado
el terrible castigo que había de venir sobre los judíos, les aconseja que
aplaquen de antemano la ira de Dios, no solamente cambiando de vida, sino
también dando claras muestras de su dolor. Como el delincuente para poder
alcanzar misericordia del juez se suele dejar crecer la barba, no se peina, se
viste de luto, y con esto da pruebas de sus sentimientos de humildad,
igualmente convenía que el pueblo de Israel, acusado ante el tribunal de Dios,
diese evidentes muestras exteriores de que solamente pedía obtener el perdón
de la divina clemencia.
Y aunque puede que la costumbre de vestirse de sacos y echarse ceniza sobre
la cabeza estuviera más en consonancia con aquellos tiempos, sin embargo es
evidente que las lágrimas y los ayunos son también necesarios en nuestro
tiempo siempre que el Señor parece amenazarnos con algún gran castigo y
calamidad. Pues cuando Dios muestra algún peligro, nos anuncia que se
prepara y como que se arma para infligimos algún gran castigo. Con toda
razón, pues, habla el profeta, al exhortar a los suyos a que giman y ayunen; es
decir, a que se entristezcan por los pecados cometidos, contra los cuales había
profetizado que estaba preparado el castigo de Dios. Y tampoco harían mal
actualmente los ministros del
Evangelio, si cuando ven que se avecina alguna gran calamidad, como la
guerra, el hambre o la peste, exhortasen al pueblo a orar al Señor con lágrimas
y ayunos; con tal que insistiesen siempre con mayor diligencia y cuidado en lo
principal; a saber, que han de rasgar el corazón, y no el vestido.
No hay duda de que el ayuno no siempre está unido al arrepentimiento, sino
que se reserva especialmente para los tiempos de grandes adversidades. Por
esto Jesucristo lo une a la angustia y la tribulación, pues Él excusa a sus
apóstoles de que no ayunaran mientras estaban en su compañía, por ser
tiempo de gozo, diciendo que tendrían oportunidad de ayunar en el tiempo de
la tristeza, cuando se vieran privados de su compañía (Mt. 9, 15).
Me estoy refiriendo, por supuesto, al ayuno solemne y público; porque la vida
de los que temen a Dios debe estar regulada por la frugalidad y la sobriedad,
de modo que toda ella sea como una especie de ayuno perpetuo. Más, como
volveré a hablar de esta materia, al tratar de la disciplina de la Iglesia, baste al
presente con lo expuesto.
18. CONFESIÓN PÚBLICA Y SECRETA DE LOS PECADOS
Así como el odio contra el pecado, que es el principio del arrepentimiento, nos
abre la puerta para el conocimiento de Cristo, el cual no se manifiesta más que
a los miserables pecadores, que gimen, sufren, trabajan, se sienten
abrumados, padecen hambre y sed y desfallecen de dolor y miseria (I5.61,1;
Mt. 11, 5 . 28 ; Lc.4,18); del mismo modo conviene, después de haber
comenzado a andar por el camino del arrepentimiento, que sigamos por él
todos los días de nuestra vida y no lo dejemos jamás hasta la muerte, si
queremos permanecer en Cristo. Porque Él vino a llamar a los pecadores, pero
a que se arrepientan (Mt. 9,13). Fue enviado a bendecir a los que eran
indignos, pero para que se conviertan de su maldad (Hch.3, 26; 5,31). La
Escritura está llena de expresiones semejantes. Por ello cuando Dios ofrece la
remisión de los pecados, suele juntamente pedirnos el arrepentimiento,
dándonos a entender con ello, que su misericordia debe ser para los hombres
ocasión de cambiar de vida. "Haced justicia", dice, "porque cercana está mi
salvación" (Is. 56, 1). Y: "Vendrá el Redentor a Sión, y a los que se volvieren de
la iniquidad en Jacob" (Is. 59, 20). Asimismo: "Buscad a Jehová, mientras
puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su
camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual
tendrá de él misericordia" (Is. 55, 6-7). Y también: "Convertíos y mudad de vida,
para que vuestros pecados os sean perdonados" (Hch. 2,38; 3,19). En este
texto hay que notar que no se pone como condición la enmienda de nuestra
vida como si ella fuera el fundamento para alcanzar el perdón de nuestras
transgresiones; sino al contrario, que es el Señor quien quiere mostrarse
misericordioso con los hombres para que se enmienden, y les muestra hacia
dónde han de tender, si quieren alcanzar gracia y perdón.
Por tanto, mientras habitamos en la cárcel de nuestro cuerpo, debemos luchar
continuamente contra los vicios de nuestra naturaleza corrompida, e incluso
contra cuanto hay en nosotros de natural. A veces dice Platón50, que la vida del
filósofo es la meditación de la muerte. Con mucha mayor verdad podríamos
nosotros decir: La vida del cristiano es un perpetuo esfuerzo y ejercicio por
mortificar la carne, hasta que muerta del todo, reine en nosotros el Espíritu de
Dios. Por eso yo pienso que ha adelantado mucho el que ha aprendido a
sentirse insatisfecho de sí mismo; no para permanecer ahí estacionado sin
pasar adelante, sino más bien para darse más prisa y suspirar más por Dios, a
fin de que injertado en la muerte y en la vida de Cristo se ejercite en un
arrepentimiento perpetuo, como no lo pueden por menos de hacer cuantos han
concebido un odio perfecto del pecado. Porque jamás aborrecerá nadie el
pecado, sin amar antes la justicia. Esta sentencia, además de ser la más
50
Fedón, 64; Apología, 29,
simple de todas, me parece que está perfectamente de acuerdo con la verdad
de la Escritura.
21. EL ARREPENTIMIENTO NOS ES DADO POR DIOS MEDIANTE EL
ESPÍRITU SANTO
Para mejor explicar esto, es necesario investigar en qué consiste esta horrenda
abominación, que no alcanzará perdón alguno. San Agustín, en cierto lugar 52,
lo define como una obstinada contumacia hasta la muerte acompañada de la
desconfianza de alcanzar perdón, lo cual no está de acuerdo con lo que dice
nuestro Redentor: que no será perdonado en este mundo. Porque, o esto se
afirma en vano, o tal pecado puede ser cometido en esta vida. Si la definición
de san Agustín es verdadera, no se comete sino cuando se persevera en él
hasta la muerte.
En cuanto a lo que algunos afirman, que pecan contra el Espíritu Santo los que
tienen envidia de los dones de su prójimo, no veo en qué se fundan.
Pero procedamos a formular la verdadera definición. Cuando sea confirmada
con claros testimonios, fácilmente disipará por sí misma todas las demás
definiciones. Afirmo, pues, que pecan contra el Espíritu Santo los que de tal
manera son tocados por el Espíritu Santo que no pueden pretender ignorancia,
y sin embargo, se resisten con deliberada malicia, solamente por resistirse.
Porque Cristo, queriendo explicar lo que antes había afirmado, añade: "A
cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será
51
Novaciano, sacerdote de la iglesia de Roma en el siglo III, protestó contra la facilidad con
que se había recibido de nuevo en la Iglesia a los que habían cedido durante la persecución de
Decio, a los que se llamaba "lapsi". Varios otros siguieron su parecer, dando lugar a un cisma,
que constituyó la iglesia novaciana,
52
Explicación comentada a la Epístola a los Romanos, 22.
perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado"
(Mt. 12,31). Y san Mateo en lugar de blasfemia contra el Espíritu dice espíritu
de blasfemia.53
¿Cómo puede uno decir alguna afrenta contra el Hijo de Dios, sin que al mismo
tiempo esa afrenta recaiga contra el Espíritu Santo? Esto sucede cuando los
hombres imprudentemente pecan contra la verdad de Dios, que no han
conocido, o cuando por ignorancia hablan mal de Cristo, y sin embargo en su
ánimo no estarían de ningún modo dispuestos a extinguir la luz de la verdad si
les fuera revelada, ni querrían perjudicar lo más mínimo con sus palabras al
que ellos hubiesen reconocido como el Redentor. Estos tales pecan contra el
Padre y contra el Hijo. De éstos hay muchos en el día de hoy, que detestan
sobremanera la doctrina del Evangelio, pero que si conocieran que es el
Evangelio, la tendrían en gran veneración y la adorarían con todo el corazón.
En cambio, los que están convencidos en su conciencia de que la doctrina que
persiguen es la de Dios, y sin embargo no cejan en su persecución, éstos
pecan y blasfeman contra el Espíritu Santo. Tales eran algunos de los judíos,
que si bien no podían resistir al Espíritu Santo que hablaba por boca de san
Esteban, sin embargo se esforzaban cuanto podían en resistirle (Hch. 6, 10).
No hay duda que muchos de ellos obraban así movidos por el celo de la Ley;
pero es también cierto que otros, con malicia e impiedad ciertas se irritaban
contra el mismo Dios, quiero decir, contra la doctrina que no ignoraban que
procedía de Dios. Tales fueron los fariseos, contra los cuales dice Cristo que
para rebajar la virtud del Espíritu Santo, la infamaba como si procediera de
Belcebú (Mt. 9, 34; 12,24). Por tanto, hay espíritu de blasfemia cuando el
atrevimiento es tanto que adrede procura destruir la gloria de Dios. Así lo da a
entender san Pablo al decir por contraposición que él fue recibido a
misericordia, porque lo hizo por ignorancia, en incredulidad (1 Tim. 1,13). Si la
ignorancia acompañada de incredulidad hizo que él alcanzase perdón, se sigue
que no hay esperanza alguna de perdón cuando la incredulidad procede de
conocimiento y de malicia deliberada.
23. QUE EL APÓSTOL NO HABLE DE UNA FALTA PARTICULAR, SINO
DE UN ALEJAMIENTO GENERAL POR EL CUAL LOS RÉPROBOS
SE PRIVAR DE LA SALVACIÓN, ES FÁCIL DE VER CON UN POCO
DE ATENCIÓN
53
De acuerdo con el texto de Mt. 12, 31 de Froben, Basilea, 1538.
Se engañan, pues, los novacianos y sus secuaces respecto a las palabras caer
y pecar. Ellos entienden que cae el hombre que habiendo aprendido en la Ley
de Dios que no ha de hurtar, y que no ha de fornicar, sin embargo no deja de
cometer actos contra esos preceptos. Mas yo digo que es preciso hacer aquí
una oposición, en la que se contengan todos los elementos contrarios de las
cosas nombradas; de tal manera que aquí no se trata de ningún pecado
particular, sino de un alejamiento general de Dios, y de una apostasía total. Por
tanto, cuando dice el Apóstol que aquellos que han caído después de haber
sido iluminados, de haber gustado el don celestial y de haber sido hechos
partícipes del Espíritu Santo, y de haber también probado la Palabra de Dios y
las potencias del siglo venidero (Heb. 6,4-6), es necesario entender que
maliciosamente y a propósito han extinguido la luz del Espíritu Santo, han
menospreciado el gusto del don celestial, se han apartado de la santificación
del Espíritu, han rechazado la Palabra de Dios y las potencias del siglo
venidero.
De hecho, para mejor expresar que habla de una impiedad maliciosa y
deliberada, en otro lugar pone expresamente el término "voluntaria-mente"
(Heb. 10, 26). Afirma que no queda sacrificio alguno para los que
voluntariamente, después de haber recibido la verdad, han pecado. No niega
que Cristo sea un sacrificio perenne para destruir las iniquidades de los fieles
— lo cual casi a través de toda la carta lo afirma claramente al tratar del
sacrificio de Cristo —, sino que asegura que no queda sacrificio alguno cuando
este sacrificio es desechado. Y se desecha, cuando deliberadamente se
rechaza la verdad del Evangelio.
24. EL APÓSTATA SE PONE A SÍ MISMO EN LA IMPOSIBILIDAD DE
ARREPENTIRSE DE NUEVO
Sin embargo se podría preguntar — dado que el Apóstol niega que Dios se
aplaque por el arrepentimiento ficticio —, cómo Acab alcanzó el perdón y
escapó del castigo que Dios le tenía preparado (1 Re. 21, 27-29); cuando, por
lo que sabemos, no cambió de vida, sino que únicamente fue un momentáneo
terror lo que sintió. Es verdad que se vistió de saco, y echó ceniza sobre su
cabeza, y se postró en tierra, y que como lo atestigua la misma Escritura, se
humilló delante de Dios; pero muy poco le aprovechó rasgar sus vestiduras,
cuando su corazón permaneció endurecido y saturado de maldad. No obstante
vemos que Dios se movió a misericordia.
A esto respondo que Dios perdona a los hipócritas por algún tiempo, pero de tal
manera que su cólera no se aparte de ellos; y esto no tanto por causa de ellos,
cuanto para dar ejemplo a todos en general. Porque, ¿de qué le sirvió a Acab
que el castigo le fuera demorado, si no es que no lo sintió mientras vivió? Y así
la maldición de Dios, bien que oculta, no dejó de hacerse sentir perpetuamente
en la familia de Acab, y pereció para siempre.
Lo mismo se ve en Esaú; porque aunque fue desechado, con sus lágrimas
alcanzó la bendición de esta vida presente (Gn. 27,28-29). Mas como la
herencia espiritual estaba reservada por el oráculo y decreto de Dios para uno
solo de los dos hermanos, al ser rechazado Esaú y elegido Jacob, tal repulsa
cerró la puerta a la misericordia divina. Sin embargo, como a hombre brutal que
era, le quedó el consuelo de recrearse con la fertilidad de la tierra y el rocío del
cielo54. Y esto, según acabo de decir, se hace para ejemplo de los demás, a fin
de que aprendamos a aplicar nuestro entendimiento más alegremente y con
mayor diligencia al verdadero arrepentimiento. Porque no hay duda que Dios
perdonará fácilmente a los que de veras y con todo el corazón se convierten a
Él, pues su clemencia se extiende aun a los indignos, con tal que manifiesten
una muestra de disgusto de haberle ofendido.
54
En este pasaje, como en su Comentario al Génesis (27, 38-39), Calvino sigue la versión de
los LXX y la Vulgata. Las versiones modernas traducen por el contrario, que Isaac privó a Esaú
de la fertilidad de la tierra y del rocío del cielo. Sin embargo. Hebreos 11, 20 afirma que Esaú
recibió también una bendición.
Con esto se nos enseña también cuán horrible castigo está preparado para los
contumaces, que toman a broma las amenazas de Dios, y con gran descaro y
un corazón de piedra no hacen caso de ellas.
He aquí por qué muchas veces Dios ha tendido la mano a los hijos de Israel
para aliviar sus calamidades, aunque sus clamores fuesen fingidos y su
corazón ocultase doblez y deslealtad; como él mismo se queja en el salmo:
"Sus corazones no eran rectos con él" (Sal 78,37). Porque de este modo quiso
con su gran clemencia atraerlos, para que se convirtiesen de veras, o bien
hacerlos inexcusables. Mas no debemos pensar que cuando Él por algún
tiempo retira el castigo va a hacerlo así siempre; antes bien, a veces vuelve
con mayor rigor contra los hipócritas y los castiga doblemente; de modo que
por ello se pueda ver cuánto desagrada a Dios la hipocresía y la ficción. Sin
embargo advirtamos, según lo hemos ya señalado, que Él nos ofrece algunos
ejemplos de lo dispuesto que está a perdonar por su parte, para que los fieles
se animen a enmendar su vida y condenar más gravemente el orgullo y la
soberbia de los que dan coces contra el aguijón.
55
San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio, lib. II, hom. 14, 15; en Pedro Lombardo,
Libro de las Sentencias, lib. IV, dist. 14, sec. 1.
56
Pseudo-Ambrosio, Sermón XXV.
57
Pseudo-Agustín, De la verdadera y la falsa penitencia, cap. VIII, 22.
amargura del alma por los pecados que cada cual ha cometido o en los que ha
consentido.58
Aunque concediéramos que todo esto fue bien enunciado por los antiguos — lo
que no sería difícil de impugnar — sin embargo no fue dicho con ánimo de
definir el arrepentimiento; únicamente dijeron estas sentencias para exhortar a
sus penitentes a que no volvieran a caer de nuevo en los mismos pecados de
los que habían sido librados. Pero si se quisiera convertir en definiciones todas
estas sentencias, se debería citar también muchas otras que no tienen menor
fuerza que las mencionadas. Así lo que dice Crisóstomo: "El arrepentimiento es
una medicina que mata el pecado, es un don venido del cielo, una virtud
admirable y una gracia que vence la fuerza de las leyes".59
Además, la doctrina que de la penitencia exponen después los teólogos es
peor aún que estas definiciones. Porque están tan aferrados a los ejercicios
corporales y exteriores, que de sus grandes tratados sobre la penitencia no se
puede sacar sino que es una disciplina y una austeridad demuestran que jamás
se han despertado de su estulticia para siquiera de lejos reconocer una sola de
las innumerables faltas en que han incurrido.
2. ESTA CUESTIÓN ES CAPITAL: SE TRATA DE LA TRANQUILIDAD
DE NUESTRA CONCIENCIA
Quisiera que los lectores se diesen cuenta de que no disputamos de una cosa
de poca importancia, sino de algo de grandísima transcendencia; a saber, de la
remisión de los pecados. Ellos, al exigir tres cosas en el arrepentimiento:
contrición de corazón, confesión de boca y satisfacción de obra, enseñan que
todas estas cosas son necesarias para alcanzar el perdón de los pecados.
Ahora bien; si algo tenemos necesidad de comprender en nuestra religión es
precisamente saber muy bien de qué forma, con qué facilidad o dificultad, se
alcanza la remisión de los pecados. Si no tenemos conocimiento clarísimo y
cierto de este punto, la conciencia no podrá tener reposo alguno, ni paz con
Dios, ni seguridad y confianza de ninguna clase, sino que perpetuamente
andará turbada, se sentirá acosada, atormentada, fatigada, y temerá y evitará
comparecer ante Dios.
Ahora bien, si la remisión de los pecados depende de estas circunstancias, no
habrá nada más miserable ni desdichado que nosotros.
Los perjuicios de la contrición romana. La primera parte que ponen para
alcanzar el perdón es la contrición, que debe cumplirse debidamente; es decir,
justa y enteramente. Pero entretanto no determinan cuándo el hombre puede
tener la seguridad de que ha cumplido con su deber por lo que hace a la
contrición. Yo admito que cada uno debe con gran diligencia y fervor incitarse a
llorar amargamente sus pecados, a sentir disgusto de ellos y aborrecerlos. Una
tristeza de esta clase no se debe tener en poco, puesto que engendra la
penitencia para conseguir la salvación. Mas cuando se pide un dolor tan
intenso que corresponda a la gravedad de la culpa y que se ponga en la misma
58
Pseudo-Ambrosio, Sermón XXV, 1
59
Homilías sobre la Penitencia, VII, 1
balanza que la confianza del perdón, con esto se atormenta de modo
insoportable a las pobres conciencias, al ver que se les pide semejante
contrición de sus pecados y que ignoran qué es lo que deben hacer para saber
lo que ya han pagado y lo que les queda aún por saldar.
Si dicen que es menester hacer cuanto podamos, volvemos a lo mismo.
Porque, ¿cuándo podrá uno confiar en que ha llorado sus pecados como debe?
El resultado es que las conciencias, después de haber luchado largo tiempo
consigo mismas, no hallando puerto donde reposar, para mitigar al menos su
mal se esfuerzan en mostrar cierto dolor y en derramar algunas lágrimas para
cumplir la perfecta contrición.
3. LA VERDADERA CONTRICIÓN
Y si dicen que los calumnio, que muestren siquiera uno solo que con su
doctrina de la contrición no se haya visto impulsado a la desesperación, o no
haya presentado ante el juicio de Dios su fingido dolor como verdadera
compunción. También nosotros hemos dicho que jamás se otorga la remisión
de los pecados sin arrepentimiento, porque nadie puede verdadera y
sinceramente implorar la misericordia de Dios, sino aquel que se siente afligido
y apesadumbrado con la conciencia de sus pecados. Pero también dijimos que
el arrepentimiento no es la causa de la remisión de los pecados, y con ello
suprimimos la inquietud de las almas; a saber, que el arrepentimiento debe ser
debidamente cumplido. Enseñamos al pecador que no tenga en cuenta ni mire
a su compunción ni a sus lágrimas, sino que ponga sus ojos solamente en la
misericordia de Dios. Solamente declaramos que son llamados por Cristo los
que se ven trabajados y cargados, puesto que Él ha sido enviado "a predicar
buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a
publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a consolar
a todos los enlutados" (Is. 61,1; Lc. 4,18-19); de esta manera excluimos a los
fariseos, que contentos y hartos con su propia justicia no se dan cuenta de su
pobreza; y asimismo a los que no hacen caso alguno de Dios, que a su talante
se burlan de su ira y no buscan remedio para su mal. Todos éstos, ni trabajan,
ni están cargados, ni contritos de corazón, ni prisioneros.
Ahora bien, hay mucha diferencia entre decir que un pecador merece el perdón
de sus pecados por su contrición perfecta — lo cual nadie puede conseguir —,
e instruirlo en que tenga hambre y sed de la misericordia de Dios y mostrarle,
por el conocimiento de su miseria, su angustia y su cautividad, dónde debe
buscar su refrigerio, su reposo y libertad; en resumen, enseñarle a que con su
humildad dé gloria a Dios.
4. ESTA CONFESIÓN NO ES DE DERECHO DIVINO
60
En su origen. Los teólogos de que habla Calvino introducen aquí la distinción escolástica
entre la sustancia y la forma. En su esencia, la confesión estaría ordenada por Dios. En cuanto
a las reglas que actualmente la rigen, vendría de la Iglesia.
61
Calvino está aquí usando términos legales: exceptio es una objeción o ruego pre¬sentado
formalmente.
Y por eso en otro lugar dice: Este Evangelio será predicado en todo el mundo
como testimonio a todas las gentes (Mt. 26,13). Y: "Ante gobernadores y reyes
seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles" (Mt.
10,18); es decir, para que se convenzan del todo ante el juicio de Dios.
Y si prefieren atenerse a la autoridad de Crisóstomo, él mismo enseña que
Cristo hizo esto a causa de los judíos, para que no lo tuviesen por transgresor
de la Ley62 Aunque, la verdad, me da vergüenza en una cosa tan clara servirme
del testimonio de hombre alguno, cuando Cristo afirma que cede todo el
derecho legal a los sacerdotes, como a enemigos mortales del Evangelio, que
andaban siempre al acecho de todas las ocasiones posibles para difamarlo si
Él no les hubiera cerrado la boca.
Por tanto, si los sacerdotes papistas desean mantener tal posesión y herencia,
que se declaren abiertamente compañeros de aquellos que tienen necesidad
de que se les cierre la boca para que no puedan blasfemar contra Cristo.
Porque lo que Él deja a los sacerdotes de la Ley, de ningún modo pertenece a
los verdaderos ministros de Cristo.
5. NINGUNA ALEGORÍA PUEDE SER DEMOSTRATIVA
64
Es decir, en 1200.
65
El Concilio de Letrán tuvo lugar bajo el pontificado de Inocencio III en 1215. Es la primera vez
en la Historia de la Iglesia que se dio una ley sobre la necesidad de la confesión oral.
66
Calvino se burla aquí a propósito de una expresión ambigua: "Omnem utriusque sexos".
67
Buenaventura, Comentario a las Sentencias, IV, 17; Tomás de Aquino, Suma teológica, III,
suplem. qu. 8; art. 4-5.
común de todos los sacerdotes, sino de uno, al cual el obispo se lo había
encargado; y es el que, aún hoy en día, se llama en las iglesias catedrales
Penitenciario, o sea, el censor de los pecados más graves cuando el castigo ha
de servir de ejemplo a los otros. Dice asimismo que esta costumbre se guardó
también en Constantinopla, hasta que cierta dama, so pretexto de confesión,
pudo comprobarse que mantenía relaciones con uno de los diáconos. A causa
de este inconveniente, Nectario, obispo de Constantinopla, hombre de gran
santidad y erudición, suprimió la costumbre de la confesión. ¡Abran bien estos
asnos las orejas! Si la confesión auricular fuera ley de Dios, ¿cómo se hubiera
atrevido Nectario a quebrantarla? ¿Pueden acusar de hereje o cismático a
Nectario, hombre santo, y tenido por tal por todos los antiguos? Entonces, con
la misma sentencia deben condenar a la iglesia de Constantinopla, en la cual,
según el testimonio de Sozomeno, llegó a prohibirse del todo la costumbre de
confesarse. Y deberían también condenar a todas las iglesias orientales, las
cuales menosprecia-ron una ley — según ellos dicen — inviolable e impuesta a
todos los cristianos.
8. TESTIMONIOS DE SAN CRISÓSTOMO
68
Pseudo-Crisóstomo, Sermón de la Penitencia y la Confesión.
69
Ibid., Homilías sobre los Salmos, sal. 50, hom. II, 5.
70
Crisóstomo, Homilías sobre la Incomprehensibilidad de la Naturaleza de Dios, hom. V, 7.
71
Ibid., Homilías sobre Lázaro, IV, 4.
9. LA VERDADERA CONFESIÓN QUE NOS ENSEÑA LA ESCRITURA
Pero a fin de que todo esto sea más claro y manifiesto, enseñaremos
primeramente con toda la fidelidad posible qué clase de confesión es la que se
nos enseña en la Palabra de Dios. Luego mostraremos las invenciones de los
papistas por lo que se refiere a la materia de la confesión; no todas, porque,
¿quién podría agotar un mar tan profundo? Solamente aquéllas en las que se
contiene la suma de su doctrina.
Me resulta enojoso tener que advertir que con frecuencia tanto el traductor
griego como el latino ha traducido la palabra "alabar" por "confesar", puesto
que es algo evidente para los más ignorantes; pero no hay más remedio que
descubrir el atrevimiento de esta gente, que para con-firmar su tiranía, aplican
a la confesión lo que significa meramente una alabanza de Dios. Para probar
que la confesión vale para alegrar los corazones, citan lo que se dice en el
salmo entre voces de alegría y de confesión (Sal 42, 4). Mas, si es licito
cambiar de esta manera las cosas tendremos terribles "quid pro quod". Más,
como quiera que los papistas han perdido todo sentido del pundonor,
recordemos que por justo juicio de Dios, han sido entregados a un espíritu
réprobo, para que su atrevimiento sea más detestable.
Por lo demás, si nos acogemos a la estricta simplicidad de la Escritura, no
tendremos por qué temer que seamos engañados con tales patrañas Porque
en la Escritura se nos propone una sola manera de confesión; a saber, que
puesto que el Señor es quien perdona los pecados, se olvida de ellos, y los
borra, se los confesemos a Él para alcanzar el perdón de los mismos. Él es el
médico; descubrámosle, pues, nuestras enfermedades. Él es el agraviado y el
ofendido; a Él, por tanto, hemos de pedir misericordia y paz. Él, quien
escudriña nuestros corazones y conoce a la perfección todos nuestros
pensamientos; apresurémonos, por tanto, a descubrir nuestro corazones en su
presencia. Finalmente, Él es el que llama a los pecadores; no demoremos
llegarnos a Él. "Mi pecado", dice David, "te declaré, y no encubrí mi iniquidad.
Dije: confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi
pecado" (Sa1.32, 5). Semejante es la otra confesión de David: "Ten piedad de
mí, oh Dios, según tu gran misericordia" (Sal 51, 1). E igual también la de
Daniel: "Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente,
y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus
ordenanzas" (Dan 9,5). Y otras muchas que a cada paso se ofrecen en la
Escritura, con las cuales se podría llenar todo un libro. "Si confesamos", dice
san Juan, "nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar" (1 Jn. 1, 9). ¿A
quién nos confesaremos? Evidentemente a Él; es decir, si con un corazón
afligido y humillado nos postramos delante de su majestad, y acusándonos y
condenándonos de corazón pedimos ser absueltos por su bondad y
misericordia.
10. HABIÉNDOSE CONFESADO A DIOS, EL PECADOR SE CONFIESA
VOLUNTARIAMENTE CON LOS HOMBRES
Cualquiera que de todo corazón hiciere esta confesión delante de Dios, éste tal
estará sin duda preparado para confesar cuantas veces sea menester, y
anunciar entre los hombres la misericordia de Dios; y no solamente para
susurrar al oído de uno solo y por una sola vez el secreto de su corazón; sino
para declarar libremente y cuantas veces sea preciso, de tal manera que todo
el mundo lo oiga, su miseria y la magnificencia de Dios y su gloria.
De esta manera, cuando David fue reprendido por el profeta Natán, estimulado
por el aguijón de su conciencia, confiesa su pecado delante de Dios y de los
hombres: "Pequé contra Jehová" (2 Sm. 12,13); es decir, ya no me excuso, ni
ando con tergiversaciones, para que no me tengan todos por pecador, y que no
se manifieste a los hombre lo que quise que permaneciera oculto a Dios.
Así que de esta confesión secreta que se hace a Dios proviene también que el
pecador confiese voluntariamente su pecado delante de los hombres; y ello
cuantas veces conviene, o para la gloria de Dios, o para humillarnos. Por esta
causa el Señor ordenó antiguamente al pueblo de Israel, que todos confesasen
públicamente en el templo sus pecados, repitiendo las mismas palabras que el
sacerdote recitaba (Lv. 16, 21). Porque veía que esto sería una excelente
ayuda para que cada uno se sintiese más eficazmente inducido a reconocer
verdaderamente sus faltas. Y además es justo que confesando nuestra miseria
ensalcemos la bondad y la misericordia de Dios entre nosotros y ante el
mundo.
11. CONFESIÓN EXTRAORDINARIA, PÚBLICA Y SOLEMNE
72
Cartas XVI, 2.
amonestar a los que lo necesitaran, con tal que se evite siempre el despotismo
y la superstición.
14. LA GRACIA DEL EVANGELIO ES ANUNCIADA Y CONFIRMADA
POR LA POTENCIA DE LA PALABRA, A TODOS LOS QUE
CONFIESAN SUS PECADOS
El poder de las llaves tiene lugar en estos tres géneros de confesión; a saber,
cuando toda la comunidad pide perdón al Señor con un reconocimiento
solemne de sus pecados; cuando un particular, que ha cometido públicamente
una falta con la cual ha escandalizado a los demás, muestra su
arrepentimiento; en fin, cuando el que por tener su conciencia perturbada, tiene
necesidad de que lo consuele el ministro, y por esta razón le descubre su
miseria.
En cuanto a la reparación de las ofensas y la reconciliación con el prójimo, la
cuestión es distinta. Porque aunque también con esto se pretenda tranquilizar
las conciencias, sin embargo el fin principal es suprimir los odios y que los
ánimos se unan en paz y amistad; sin embargo, no hay que tener en poco el
otro fruto, a fin de que cada uno se sienta voluntariamente inclinado a confesar
su pecado. Porque cuando toda la comunidad se presenta como delante del
tribunal de Dios manifestándose culpable, confesando sus propios deméritos y
admitiendo que no tiene otro refugio ni ayuda que la misericordia de Dios, en
este caso no es pequeño consuelo tener a mano un embajador de Jesucristo
con autoridad para reconciliarlo y de cuya boca pueda escuchar su absolución.
En esto vemos cuánto es el valor de la autoridad de las llaves, cuando esta
embajada de reconciliación se hace con el concierto, orden y reverencia
debidos.
Asimismo, cuando el que de algún modo se había apartado de la iglesia, es
restituido a la unión fraterna, alcanzando el perdón, ¿no es un gran beneficio
que pueda obtenerlo, de aquellos a quienes Jesucristo dijo: "A quienes
remitiereis los pecados, les son remitidos"? (Jn. 20,23).
Y no es menos eficaz ni menos útil la absolución particular, cuando la piden los
que tienen necesidad de remedio con que ser socorridos en su miseria. Porque
muchas veces sucede que un hombre, que ha oído las promesas generales de
Dios, hechas a toda la Iglesia, tenga duda e inquietud de espíritu respecto a si
ha conseguido el perdón de los pecados. Si éste tal va a su pastor, le descubre
la llaga secreta de su corazón y oyere de su boca que las palabras del
Evangelio: "Tus pecados te son perdonados" (Mt. 9, 2), se le aplican a él,
entonces recobrará la confianza y adquirirá plena seguridad, desaparecerán su
duda y quedará su conciencia sosegada y libre de todo escrúpulo.
Sin embargo, siempre que se trata de la autoridad de las llaves, debemos de
evitar figurarnos una especie de autoridad que hubiera sido confiada a la
Iglesia y que esté separada de la predicación del Evangelio. En otro lugar se
expondrá73 esto más por extenso, al tratar del régimen de la Iglesia. Entonces
veremos que cuanta autoridad dio Cristo a su Iglesia respecto a ligar y
73
Institución, IV, X a XII
absolver, depende de la Palabra y va unida a ella. Y especialmente esta
sentencia debe referirse al ministerio de las llaves, cuya total virtud y fuerza
consiste en que la gracia del Evangelio sea confirmada y sellada, tanto en
general como particular, por aquellos a quienes Dios ha constituido para ello; lo
cual de ninguna otra manera se puede hacer, sino mediante la predicación.
15. ERRORES Y PELIGROS DE LA CONFESIÓN AURICULAR;
PRECISIONES RESPECTO A SU SENTIDO Y ALCANCE
¿Qué hacen los teólogos papistas? Determinan que toda persona de ambos
sexos, una vez que ha llegado a la edad del uso de razón, confiese por lo
menos una vez cada año todos sus pecados a su propio sacerdote; y declaran
que el pecado no puede ser perdonado más que a los que tuviesen firme
propósito de confesarse; y si no se cumple tal propósito cuando se presenta la
oportunidad, no se puede entrar en el paraíso. Asimismo, que el sacerdote
tiene la autoridad de las llaves, para con ellas ligar o absolver al pecador, por
cuanto la palabra de Cristo no puede ser vana: "Todo lo que atéis en la tierra,
será atado en el cielo" (Mt. 18,18).
Respecto a esta autoridad disputan vehementemente entre ellos. Unos dicen
que no hay esencialmente más que una llave; a saber, la autoridad de ligar y
de absolver; que la ciencia se requiere para el buen uso de la autoridad, pero
que es algo meramente añadido y en modo alguno esencial. Otros viendo que
esto era una licencia muy excesiva dijeron que había dos llaves, una de
discreción, y otra de poder.74 Otros, viendo, que con esta moderación se
refrenaba la temeridad de los sacerdotes, distinguieron dos llaves: autoridad de
discernir, mediante la cual dan sentencias definitivas, y autoridad de poder, con
la cual ejercitan las sentencias; la ciencia la añaden como un consejero.
No se atreven a interpretar simplemente que ligar y absolver sea per-donar los
pecados, puesto que oyen al Señor decir por su profeta: "Yo, yo Jehová, y
fuera de mí no hay quien salve; Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor
de mí mismo" (Is. 43,11 .25). Mas ellos dicen que al sacerdote corresponde
determinar a quién los pecados le son rete-nidos, y a quién absueltos; y que el
sacerdote hace esta declaración, o en la confesión cuando absuelve o retiene
los pecados, o por sentencia, cuando excomulga o absuelve de la excomunión.
Finalmente, viendo que ni de esta manera pueden evitar que cual-quiera pueda
objetar que muchas veces sus sacerdotes ligan o absuelven a personas
indignas, que sin embargo no son ligadas o absueltas en el cielo, responden
como último refugio, que se debe tomar el don de las llaves con cierta
limitación, en cuanto que Cristo prometió que la sentencia del sacerdote que
fuese justamente pronunciada, conforme lo exigen los méritos del que es ligado
o absuelto, será aprobada en su tribunal en el cielo. Dicen además que estas
llaves han sido dadas por Cristo a todos los sacerdotes, y que les son
entregadas cuando el obispo los ordena; pero que su uso pertenece solamente
a aquellos que tienen oficios eclesiásticos; -y que incluso los excomulgados o
suspendidos conservan las llaves, mas como si estuvieran oxidadas. Y los que
afirman esto pueden ser considerados como muy modestos y sobrios en
74
Esta opinión es citada y rechazada por Alejandro de Hales, Suma Teológica, IV, qu. 79.
comparación de los demás, que sobre un nuevo yunque se han forjado unas
llaves nuevas, con las cuales dicen que es encerrado el tesoro de la Iglesia.
Oportunamente trataremos este punto con más detenimiento.75
16. LA OBLIGACIÓN DE ENUMERAR TODOS LOS PECADOS ES
IMPOSIBLE Y CRUEL; DEJA AL PECADOR EN LA DUDA DEL
PERDÓN
75
Institución, III, v, 2.
76
Institución, IV, x.
almas, cuando se les ponían ante su consideración pensamientos como éstos:
He usado muy mal del tiempo; no puse la diligencia que debía; omití muchas
cosas por negligencia; el olvido que nace de la falta de cuidado no es
excusable.
Les ofrecían también otras medicinas para mitigar sus dolores : Haz penitencia
de tu negligencia; si no es excesiva, te será perdonada.
Pero todas estas cosas no podían cicatrizar la herida; y más que reme-dios
para mitigar el mal eran venenos endulzados con miel, para que su amargura
no se percibiera al principio, y penetraran hasta el fondo del corazón antes de
ser sentidos. De continuo suena en sus oídos el terrible eco de esta voz:
Confiesa todos tus pecados. Y este horror no se puede apaciguar más que con
un consuelo cierto y seguro.
Consideren los lectores si es posible dar cuenta de cuánto hemos hecho en el
año, y enumerar todas las faltas que hemos cometido cada día. La misma
experiencia nos prueba que cuando por la noche reflexionamos sobre los
pecados cometidos durante el día, la memoria lo confunde todo; ¡tanta es la
multitud que se nos presenta! No me refiero, claro está, a esos necios
hipócritas que creen haber cumplido con su deber cuando han advertido tres o
cuatro faltas graves, sino a los que son verdaderos siervos de Dios, quienes
después de examinarse, sintiéndose perdidos, siguen adelante y concluyen con
san Juan : "si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es
Dios" (1 Jn. 3, 20). Y así tiemblan ante el acatamiento de este gran Juez, cuyo
conocimiento excede con mucho todo cuanto nosotros podemos percibir con
nuestros sentidos.
18. EN CUANTO A QUE UNA BUENA PARTE DEL MUNDO SE
ENTREGÓ A ESTAS DULZURAS EN LAS CUALES ESTABA
MEZCLADO UN VENENO TAN MORTÍFERO, ESTO NO SUCEDIÓ
PORQUE LOS HOMBRES PENSASEN QUE ASÍ DABAN GUSTO A
DIOS, O PORQUE ELLOS MISMOS SE SINTIESEN SATISFECHOS Y
CONTENTOS.
Como los marineros echan el anda en medio del mar para descansar un poco
del trabajo de la navegación; o como un caminante fatigado se tiende en el
camino a descansar; del mismo modo aceptaban ellos este reposo, aunque no
les fuese suficiente. No me tomaré gran molestia en probar que esto es verdad.
Cada cual puede ser testigo de sí mismo. Diré en resumen cuál ha sido esta
ley.
En primer lugar es simplemente imposible. Por ello no puede sino condenar,
confundir, arruinar y traer la desesperación a los pecadores. Además, al apartar
a los pecadores del verdadero sentimiento de sus pecados los hace hipócritas
e impide que se conozcan a sí mismos. Porque ocupándose totalmente en
contar sus pecados, se olvidan de aquel abismo de vicios que permanece
encerrado en lo profundo de su corazón; se olvidan de sus secretas iniquidades
y de sus manchas interiores, con cuyo conocimiento ante todo debían llegar a
ponderar su miseria. Por el contrario, la regla adecuada de confesión es
reconocer y confesar que hay en nosotros tal abismo y número de pecados,
que nuestro entendimiento no los puede numerar. De acuerdo con esta regla
vemos que el publicano formuló su confesión: "Dios, sé propicio a mí, pecador"
(Lc. 18,13). Como si dijera: Todo cuanto soy, todo es en mí pecado; de tal
manera que ni mi entendimiento ni mi lengua pueden comprender la gravedad
y multitud de mis pecados; te suplico que el abismo de tu misericordia haga
desaparecer el abismo de mis pecados.
Entonces, dirá alguno, ¿no es preciso confesar cada pecado en particular? ¿No
hay otro modo de confesión agradable al Señor, sino la que se contiene en
estas dos palabras: Soy pecador? Respondo que ante todo debemos poner
toda nuestra diligencia en exponer, en cuanto nos fuere posible, todo nuestro
corazón delante de Dios; y que no solamente debemos confesarnos de palabra
como pecadores, sino que debemos reconocernos por tales de veras y de todo
corazón; y asimismo, con todo nuestro entendimiento debemos reconocer cuán
grande es la suciedad de nuestros pecados; y no solamente debemos
reconocer que estamos manchados, sino también cuál y cuán grande es
nuestra impureza y de cuántas deudas estamos cargados; que no solamente
estamos heridos, sino cuán mortales son las heridas que hemos recibido.
Sin embargo, cuando un pecador se reconoce tal de esta manera y se confiesa
delante de Dios, piensa con toda sinceridad que males mucho mayores quedan
en él de los que cree, y se ocultan en él rincones mucho más recónditos de lo
que parecen, y que su miseria es tan profunda, que no podría escudriñarla
como es debido, ni llegar a su fondo. Y por eso exclama con David : "¿Quién
podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos" (Sal
19,12).
En cuanto a la afirmación, que no son perdonados los pecados, sino a
condición de que el pecador tenga propósito deliberado de confesarse, y que la
puerta del paraíso está cerrada a todos aquellos que menosprecian la
oportunidad de confesarse, jamás podremos concedérselo. Porque la remisión
de los pecados no es hoy distinta de lo que siempre fue. De cuantos sabemos
que alcanzaron de Cristo perdón, de ninguno leemos que se confesase con
ningún sacerdote. Y ciertamente que no podrán hacerlo, puesto que entonces
ni había confesores, ni existía tal confesión. Y todavía muchos años después ni
se hace mención de esta confesión, y sin embargo, se perdonaban los pecados
sin esta condición que ellos imponen.
Más, ¿para qué seguir disputando de esto, como si fuera dudoso, cuando la
Palabra de Dios, que permanece para siempre, es evidente?: Todas las veces
que el pecador se arrepienta, me olvidaré de todas sus iniquidades (Ez. 18,
21). El que se atreva a añadir algo a estas palabras, éste no liga los pecados,
sino la misma misericordia de Dios. Porque lo que alegan que no se puede
emitir sentencia sin conocimiento de causa, y que por esto un sacerdote no
debe absolver a ninguno antes de haber oído su mal, tiene bien fácil solución; a
saber, que los que se han elegido jueces de sí mismos, temerariamente
usurpan esta autoridad. Y es cosa que asombra ver con qué seguridad se
atreven a forjar principios que ningún hombre de sano juicio les concederá. Se
jactan de que a ellos les ha sido confiado el cargo de ligar y de absolver; ¡como
si esto fuese una jurisdicción que se ejecuta en forma de proceso! Que esta
jurisdicción que ellos pretenden fue ignorada por los apóstoles, se deduce con
toda evidencia de sus escritos. Ni pertenece al sacerdote conocer ciertamente
si el pecador es absuelto, sino que más bien pertenece a aquel a quien se pide
la absolución, que es Dios; porque jamás el que oye la confesión puede saber
si la enumeración de los pecados ha sido exacta o no. Por eso la absolución
sería nula, de no limitarse a las palabras del que se confiesa. Además toda la
virtud y eficacia de la absolución consisten en la fe y el arrepentimiento; y
ninguna de estas dos cosas puede conocerlas un hombre mortal, para
pronunciar sentencia contra otro. De donde se sigue que la certidumbre de ligar
y absolver no está sujeta al conocimiento de un juez terreno; porque el ministro
de la Palabra, cuando ejecuta su oficio como debe, no puede absolver sino
condicionalmente. Mas esta sentencia : A quienes perdonareis los pecados en
la tierra, les son perdonados también en el cielo, se pronuncia en favor de los
pecadores, para que no duden que la gracia que se les promete por disposición
de Dios, será ratificada en el cielo.
19. ESTA PRÁCTICA NO SOLAMENTE NO ES DE NINGÚN PROVECHO,
SINO TAMBIÉN PELIGROSA
No hay, pues, por qué extrañarse de que condenemos y deseemos que sea
arrojada del mundo la práctica de la confesión auricular, tan pestilencial y
perjudicial a la Iglesia. Y aunque fuese por su naturaleza una cosa indiferente,
sin embargo, dado que no procura utilidad alguna, sino que por el contrario, es
causa de tantas impiedades, sacrilegios y errores, ¿quién no afirmará que debe
ser abolida en absoluto del mundo?
Evidentemente, ellos refieren ciertos beneficios que proporciona la confesión, y
los propalan como algo admirable; pero, realmente o son inventados, o son sin
importancia alguna. Tienen en suma veneración, por encima de todo, la
vergüenza del que se confiesa, que es una grave pena, con la cual el pecador
es advertido para el porvenir, y previene el castigo de Dios, castigándose a sí
mismo. ¡Como si no se confundiera al hombre con suficiente bochorno al
emplazarlo para comparecer ante el sumo tribunal del juicio de Dios! ¡Mucho
habríamos aprovechado si por vergüenza ante un hombre dejáremos de pecar,
y no sintiéramos vergüenza alguna de tener a Dios por testigo de nuestra mala
conciencia! Aunque incluso esto es gran mentira. Porque es cosa corriente ver
que los hombres de ninguna cosa toman mayor pretexto para su atrevimiento y
licencia de pecar, que de afirmar que, como se han confesado, pueden
vanagloriarse de no haber hecho cosa alguna. Y no solamente se toman mayor
atrevimiento para pecar durante el año, sino que, dejando a un lado la
confesión durante el mismo, jamás se preocupan de Dios, ni se llevan la mano
al pecho, para reflexionar sobre sí mismos y apartarse de sus pecados; antes
bien, no hacen más que amontonar pecados sobre pecados, hasta que —
según piensan — los echen todos fuera de una vez. Y cuando así lo han
hecho, les parece que se han descargado del gran peso que llevaban sobre sí,
y que han privado a Dios de su derecho de juez, transfiriéndoselo al sacerdote;
les parece que han conseguido que Dios se olvide de cuanto han manifestado
al sacerdote.
Además, ¿quién se alegra de que llegue el día de la confesión? ¿Quién va a
confesarse con alegría de corazón, y no más bien como al que llevan a la
cárcel a la fuerza? A lo sumo, los mismos sacerdotes, que se deleitan en
contarse sus bellaquerías los unos a los otros, como si se tratasen de cuentos
muy graciosos.
No quiero manchar mucho papel refiriendo las horribles abominaciones de que
está llena la confesión auricular. Solamente afirmo que si aquel santo obispo
Nectario, de quien hemos hecho mención, no obró inconsideramente al quitar
de su iglesia la confesión; o por mejor decir, en hacer que no se volviese a
hablar de ella, y esto por un solo rumor de fornicación, nosotros nos vemos hoy
en día mucho más solicitados a hacer otro tanto por los infinitos estupros,
adulterios, incestos y alcahueterías que de ella proceden.
20. LA FICCIÓN DEL PODER DE LAS LLAVES EN LA CONFESIÓN
ROMANA
Veamos ahora qué valor tiene la autoridad de las llaves de que ellos tanto se
jactan, en la cual hacen consistir toda la fuerza de su reino. Las llaves, dicen,
¿serían dadas sin finalidad ni razón alguna? ¿Se hubiera dicho sin motivo
alguno: "todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo" (Mt.
18,18)? ¿Queremos, por ventura, que la Palabra de Dios esté privada de
eficacia?
Respondo a todo esto, que hubo una razón muy importante para que las llaves
fuesen entregadas, según ya brevemente lo he manifestado, y luego más
ampliamente lo expondré al tratar de la excomunión. Pero, ¿qué sucederá si de
un solo golpe contesto bruscamente a todas sus preguntas, negando que sus
sacerdotes sean vicarios y sucesores de los apóstoles? Más esto se tratará en
otro lugar77. Ahora, en cuanto a la fortaleza que pretenden levantar se
engañan, construyendo con ello una máquina que destruirá todas sus
fortalezas. Porque Cristo no concedió a los apóstoles la autoridad de ligar y
absolver, antes de haberles dado el Espíritu Santo. Niego, pues, que la
autoridad de las llaves pertenezca a nadie antes de que haya recibido el
Espíritu Santo; niego que alguien pueda usar de las llaves sin que preceda la
guía y dirección del Espíritu Santo quien ha de enseñar y dictar lo que se ha de
hacer. Ellos se jactan de palabra de poner al Espíritu Santo; pero lo niegan con
los hechos. A no ser que sueñen que el Espíritu Santo es una cosa vana y sin
importancia, como evidentemente lo sueñan; pero no se puede dar crédito a
sus palabras.
Este es el engaño con el que son totalmente destruidos. Porque de cualquier
lado que se gloríen de tener la llave, les preguntaremos si tienen al Espíritu
Santo, el cual es quien rige y gobierna las llaves. Si responden que lo tienen,
les preguntaremos además si el Espíritu Santo puede equivocarse. Esto no se
atreverán a confesarlo abiertamente, aunque indirectamente lo dan a entender
con su doctrina. Debemos, pues, concluir que ninguno de sus sacerdotes tiene
la autoridad de las llaves, con las cuales ellos temerariamente y sin discreción
alguna ligan a los que el Señor quiere que sean absueltos, y absuelven a los
que Él quiere que sean ligados.
77
Intitucion, IV, V, 1 – 4; IV, VI.
21. AL VERSE CONVENCIDOS CON EVIDENTÍSIMAS RAZONES DE
QUE LIGAN Y ABSUELVEN SIN HACER DIFERENCIA ALGUNA LO
MISMO A LOS DIGNOS QUE A LOS INDIGNOS, SE ATRIBUYEN
ABUSIVAMENTE LA AUTORIDAD SIN LA CIENCIA.
78
Institución, IV, xu, 1-13.
pecadores, sin que anteriormente comparezcan ante el tribunal de ellos y allí
sean castigados.
24. RESUMEN DE LA PRESENTE REFUTACIÓN
El resumen de todo esto es que si quieren hacer que Dios sea el autor de esta
confesión que han inventado ellos, su mentira quedará bien pronto rebatida,
igual que he demostrado su falsía en los pocos textos que han citado para
probar su invención. No siendo, pues, más que una disposición inventada y
forjada por los hombres, afirmo que es una tiranía, y que al imponerla, se hace
una grave afrenta a Dios, quien, al reservar las conciencias a su Palabra,
quiere que estén libres del yugo y de la jurisdicción de los hombres.
Además, como quiera que para conseguir el perdón de los pecados ponen
como obligatorio lo que Dios dejó a la libertad de cada uno, afirmo que es un
sacrilegio insoportable, porque no hay cosa que más convenga a Dios ni que
sea más propia de Él, que perdonar los pecados; en lo cual se apoya toda
nuestra salvación.
He mostrado también que tal tiranía fue introducida en una época en la que la
barbarie no podía ser mayor.
Asimismo he probado que esta ley es una peste, puesto que si las almas se
sienten movidas por el temor de Dios, las precipita en una miserable
desesperación; y si se adormecen en la seguridad, halagándolas con vanas
caricias las entontece aún más.
Finalmente, he expuesto que todas sus mitigaciones y endulzamientos no
pretenden más que enredar, oscurecer y depravar la pura doctrina, y encubrir
con falsos pretextos y colores su impiedad.
25. LA DOCTRINA ROMANA DE LA SATISFACCIÓN SE OPONE A LA
REMISIÓN GRATUITA DE LOS PECADOS
79
Pedro Lombardo, Sentencias III, xix, 4. Cfr. Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, supl. xiv,
5.
Sin duda alguna habla Él con los fieles, y al proponerle a Jesucristo como
propiciación de sus pecados, demuestra que no hay otra satisfacción con la
que poder aplacar a Dios una vez que lo hemos ofendido. No dice san Juan:
Dios se ha reconciliado una vez con vosotros en Cristo; ahora es preciso que
busquéis otros medios de reconciliaros con Él; sino que lo constituye abogado
perpetuo, que por su intercesión nos restituye en la gracia y el favor del Padre.
Lo pone como propiciación perpetua, mediante la cual nos son perdonados los
pecados. Porque siempre será verdad lo que afirma el Bautista: "He aquí el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn. 1,29). Él es, digo yo, el
que quita los pecados del mundo y no hay otro que pueda hacerlo, puesto que
Él solo es el cordero de Dios, Él solo también, el sacrificio por nuestros
pecados; Él solo es la expiación; Él solo la satisfacción. Porque igual que la
autoridad y el derecho de perdonar los pecados propiamente compete al Padre,
en cuanto es persona distinta del Hijo, igualmente Cristo es constituido en
segundo lugar, porque tomando sobre sí el castigo y la pena con que debíamos
nosotros ser castigados, destruyó ante el juicio de Dios nuestra culpa. De
donde se sigue que no hay otra manera de participar en la satisfacción de
Cristo, que residiendo en Él, y atribuyéndole enteramente la gloria que
arrebatan para sí mismos aquellos que pretenden aplacar a Dios con sus
compensaciones.
27. ES PRECISO QUE CRISTO SEA PLENAMENTE GLORIFICADO
Aquí hemos de considerar dos cosas. La primera es dar a Cristo el honor que
se le debe, completamente y sin disminuirlo en nada. La segunda, que las
conciencias, seguras del perdón de los pecados, gocen de paz con Dios. Dice
Isaías que el Padre ha puesto sobre el Hijo todas nuestras iniquidades para
que Él sea herido y nosotros curados (Is. 53, 4-6). Y lo mismo repite san Pedro
con otras palabras: "llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el
madero" (1 Pe.2, 24). Y san Pablo afirma que el pecado fue condenado en la
carne de Jesucristo, al ser Él hecho pecado por nosotros (Rom. 8, 3 ; Gal 3,13);
es decir, que toda la fuerza y maldición del pecado fue muerta en su carne,
cuando Él fue entregado como sacrificio sobre el cual fue arrojada toda la carga
y el peso de nuestros pecados, con su maldición y execración, con el juicio
horrendo de Dios y la condena a muerte.
En esto que decimos no se ven las fábulas y mentiras que ellos inventan, al
afirmar que después del bautismo nadie será partícipe de la virtud de la muerte
de Cristo, sino en cuanto con su penitencia satisfaga por sus pecados; antes
bien, cuantas veces pecáremos somos llamados a la única satisfacción de
Cristo. He ahí, pues, su doctrina maldita: que la gracia de Dios obra sola
cuando los pecados son por primera vez perdonados; pero que si luego
volvemos a caer, actúan nuestras obras juntamente con la gracia, para que
podamos conseguir el perdón de nuevo. Si fuese verdad lo que dicen, ¿cómo
podrían aplicarse a Cristo los testimonios citados? ¿No hay una enorme
diferencia entre afirmar que todas nuestras iniquidades han sido puestas sobre
Él para que expiase por ellas, y decir que son purificadas por nuestras obras?
¿Es Cristo propiciación por nuestros pecados, o debemos aplacar a Dios con
nuestras obras?
Es necesario que nuestra conciencia tenga una paz verdadera. Y si se trata de
tranquilizar la conciencia, ¿qué tranquilidad le da al pobre pecador decirle que
ha de redimir sus pecados con su propia satisfacción? ¿Cuándo tendría
seguridad la conciencia de que ha cumplido enteramente su satisfacción?
Siempre estará en la duda de si permanece en la gracia de Dios o no ; siempre
estará en un perpetuo y horroroso tormento. Porque los que se contentan con
una ligera satisfacción, muy poco en serio y sin reverencia alguna toman el
juicio de Dios, y no advierten cuán grave y enorme cosa es el pecado, como lo
diremos en otro lugar.80 Y aunque concedamos que ciertos pecados se pueden
redimir con una satisfacción justa, sin embargo, ¿qué harán al verse gravados
con tantos, para cuya satisfacción no bastarían ni aun cien vidas empleadas
únicamente en satisfacer por ellos?
Además hay que considerar que no todos los textos en donde se habla de la
remisión de los pecados se refieren a los no bautizados aún, sino también a los
hijos de Dios que han sido regenerados y desde hace mucho admitidos en el
seno de la Iglesia. La invitación de san Pablo: "Os rogamos en el nombre de
Cristo : Reconciliados con Dios" (2 Cor. 5,20), no va dirigida a los extraños,
sino a los que desde hacía ya largo tiempo eran miembros de la Iglesia; a los
cuales, prescindiendo de satisfacciones, los envía a la cruz de Cristo. Y cuando
escribe a los colosenses que Jesucristo ha pacificado con su sangre las cosas
que están en el cielo y las que están en la tierra (Col. 1, 20), no lo limita al
momento y al instante en que somos admitidos en el seno de la Iglesia, sino
que lo extiende a todo el transcurso de la fe. Lo cual se verá muy claramente si
consideramos el contexto, donde el Apóstol dice a los fieles que tienen
redención por la sangre de Cristo (Col. 1,14); es decir, remisión de los pecados.
Pero sería cosa superflua acumular tantos pasajes como se ofrecen en la
Escritura a cada paso.
28. LA DISTINCIÓN ENTRE PECADOS MORTALES Y VENIALES ES
ERRÓNEA
Ellos se acogen a una vana distinción. Dicen que hay dos clases de pecados:
unos veniales, y otros mortales. Añaden que por los pecados mortales hay que
ofrecer una gran satisfacción; pero que los veniales se perdonan con cosas
mucho más fáciles ; por ejemplo, rezando el Padrenuestro, tomando agua
bendita, con la absolución de la misa. ¡He aquí cómo juegan con Dios y se
burlan de Él! Pero aunque siempre están hablando de pecados mortales y
veniales, aún no han podido diferenciar el uno del otro, sino que convierten la
impiedad y hediondez del corazón — que es el más horrible pecado delante de
Dios — en un pecado venial.
Nosotros, por el contrario, según nos lo enseña la Escritura — que es la norma
del bien y del mal — afirmamos que "la paga del pecado es la muerte" (Rom. 6,
23), y que el alma que pecare es digna de muerte (Ez. 18, 20). Por lo demás
sostenemos que los pecados de los fieles son veniales; no que no merezcan la
muerte, sino porque por la misericordia de Dios no hay condenación alguna
para los que están en Cristo, porque sus pecados no les son imputados, pues
al ser perdonados son destruidos.
80
Institución, III, XII, 1, 5.
Sé muy bien cuán inicuamente calumnian nuestra doctrina, diciendo que es la
paradoja de los estoicos, que hacían iguales todos los pecados. Pero serán
refutados con sus mismas palabras. Yo les pregunto, si entre los pecados que
ellos admiten como mortales reconocen que unos son mayores que otros, unos
más enormes que otros. Luego no se sigue que todos sean iguales por el
hecho de ser todos mortales. Como quiera que la Escritura determine que "la
paga del pecado es la muerte", y que si la obediencia de la Ley es el camino de
la vida, su trasgresión es la muerte, no pueden escapar de esta sentencia.
¿Qué salida encontrarán para satisfacer tal multitud de pecados? Si la
satisfacción de un pecado puede realizarse en un día, ¿que harán, puesto que
mientras están ocupados en esta satisfacción se encenagan en muchos más
pecados, ya que no pasa día en que aun los más santos no pequen alguna
vez? Y cuando quisieran satisfacer por muchos habrían cometido muchos más,
llegando de esta manera a un abismo sin fin. ¡Y hablo de los más justos! He
aquí cómo se desvanece la esperanza de la satisfacción. ¿En qué piensan
entonces, o qué esperan? ¿Cómo se atreven aún a confiar que puedan
satisfacer?
29. LA DISTINCIÓN ENTRE LA PENA Y LA CULPA ES IGUALMENTE
CONTRARIA A LA ESCRITURA
Es cierto que ellos se esfuerzan en desenredarse; pero jamás dan con el cabo
para por el hilo sacar, según se dice, el ovillo. Establecen una distinción entre
pena y culpa. Admiten que la culpa se perdona por la misericordia de Dios;
pero añaden que después de perdonada la culpa queda la pena, que la justicia
de Dios exige que sea pagada, y, por tanto, que la satisfacción pertenece
propiamente a la remisión de la pena.
¿Qué despropósito es éste? Unas veces admiten que la remisión de la culpa es
gratuita, y otras mandan que la merezcamos y alcancemos con oraciones,
lágrimas y otras cosas semejantes. Pero, además, todo lo que la Escritura nos
enseña respecto a la remisión de los pecados contradice directamente esta
distinción. Y aunque me parece que esto lo he probado suficientemente, sin
embargo añadiré algunos testimonios de la Escritura, con los cuales estas
serpientes que tanto se enroscan, quedarán de tal manera que no podrán
doblar ni siquiera la punta de la cola.
Dice Jeremías: Este es el nuevo pacto que Dios ha hecho con nosotros en su
Cristo : que no se acordará de nuestras iniquidades (Jer. 31, 31-34). Qué haya
querido decir con estas palabras nos lo declara otro profeta, por el cual el
Señor nos dice: "Si el justo se apartare de su justicia... ninguna de las justicias
que hizo le serán tenidas en cuenta". Si el impío se apartare de su impiedad, yo
no me acordaré de ninguna de sus impiedades (Ez. 18, 24.27). Al decir Dios
que no se acordará de ninguna de las justicias del justo, quiere decir
indudablemente que no hará caso ninguno de ellas para remunerarlas. Y, al
contrario, que no se acordará de ninguno de los pecados para castigarlos. Lo
mismo se dice en otro lugar: echárselos a la espalda (Is. 38,17); deshacerlos
como una nube (Is. 44, 22); arrojarlos a lo profundo del mar (Miq.7,19); no
imputarlos y tenerlos ocultos (Sal 32, 1). Con estas expresiones el Espíritu
Santo nos deja ver claramente su intención, si somos dóciles para escucharle.
Evidentemente, si Dios castiga los pecados, los imputa; si los venga, se
acuerda de ellos; si los emplaza para comparecer delante de su tribunal, no los
encubre; si los examina, no se los echa a la espalda; si los mira, no los ha
deshecho como a una nube; si los pone delante suyo, no los ha arrojado a lo
profundo del mar.
Todo esto lo expone san Agustín con palabras clarísimas : "Si Dios", dice,
"cubrió los pecados, no los quiso mirar; si no los quiso mirar, no los quiso
considerar; si no los quiso considerar, no los quiso castigar, no los quiso
conocer, sino que los quiso perdonar. ¿Por qué, entonces, dice que los
pecados están ocultos? Para que no fuesen vistos. ¿Qué quiere decir que Dios
no ve los pecados, sino que no los castiga?"81
Oigamos cómo habla otro profeta y con qué condiciones perdona Dios los
pecados: "Si vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán
emblanquecidos; si fuesen rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca
lana" (Is. 1,18). Y en Jeremías también se dice: "En aquellos días y aquel
tiempo, dice Jehová, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los
pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que yo hubiese
dejado" (Jer. 50,20). ¿Queréis saber en pocas palabras lo que esto quiere
decir? Considerad por el contrario lo que significan estas expresiones : El
Señor ata en un saco todas mis maldades (Job 14, 17); forma un haz con ellas
y la guarda (Os 13, 12); las graba con cincel de hierro, y con punta de diamante
(Jer. 17,1). Ciertamente, si esto quiere decir, como no hay duda alguna de ello,
que el Señor dará el castigo, del mismo modo, por el contrario, no se puede
dudar que por las primeras expresiones, opuestas a éstas, el Señor promete
que no castigará las faltas que Él perdonare. Y aquí he de pedir al lector que no
haga caso de mis interpretaciones, sino que escuche la Palabra de Dios.
30. SÓLO CRISTO SATISFACE LA PENA EXIGIDA POR NUESTROS
PECADOS
¿Qué nos habría dado Cristo, si todavía nos exigiese la pena por nuestros
pecados? Porque cuando decimos que Cristo "llevó él mismo nuestros pecados
en su cuerpo sobre el madero" (1 Pe. 2, 24), no queremos decir otra cosa sino
que Él aceptó sobre sí toda la pena y la venganza debidas por nuestros
pecados. Esto mismo más claramente aún lo da a entender Isaías al decir "el
castigo de nuestra paz fue sobre él" (Is. 53, 5). ¿Y qué es el castigo de nuestra
paz, sino la pena debida por los pecados, que nosotros debíamos pagar antes
de poder ser reconciliados con Dios, si Cristo tomando el lugar de nuestra
persona no la hubiera pagado? Vemos, pues, claramente que Cristo ha
padecido las penas de los pecados para eximir a los suyos de ellas. Y siempre
que san Pablo hace mención de la redención de Cristo la suele llamar en
griego "apolytrosis", término que no significa sólo redención, como
comúnmente se entiende, sino el mismo precio y satisfacción de la redención,
que en castellano llamamos rescate.82 Y por ello escribe en otro lugar que el
81
Sobre los Salmos, Sal. 31.
82
Como es obvio, el traductor ha hecho la translación apropiada. Hemos de ver aquí también
una referencia al término griego "antilytron".
mismo Cristo se entregó como rescate por nosotros 83 (Rom. 3, 24; 1 Cor. 1,
30; Ef. 1, 7; Col. 1, 14; 1 Tim. 2, 6). "¿Cuál es la propiciación para con Dios",
dice san Agustín, "sino el sacrificio? ¿Y cuál es el sacrificio, sino el que por
nosotros fue ofrecido en la muerte de Cristo?"84
Pero sobre todo tenemos un firmísimo argumento en lo que se ordena en la
Ley de Moisés en cuanto a la expiación de los pecados. Porque el Señor no
nos manda allí diversas maneras de satisfacer por los pecados, sino que como
única compensación nos pide los sacrificios. Y por eso enumera con toda
exactitud y en perfectísimo orden todas las clases de sacrificios con que los
pecados habían de ser perdonados. ¿Qué quiere decir, entonces, que no
mande al pecador que procure satisfacer con buenas obras por los pecados
que ha cometido, y que solamente le exija la expiación por medio de los
sacrificios, sino que de esta manera quiere atestiguar que únicamente hay un
género de satisfacción para apaciguar su justicia? Porque los sacrificios que en
aquel entonces ofrecían los israelitas no eran tenidos por obras de hombres; su
valor derivaba de su verdad; quiero decir, del único sacrificio de Cristo.
Respecto a la recompensa que recibe el Señor de nosotros, admirablemente lo
ha expuesto Oseas con estas palabras: "(Oh Jehová), quita toda iniquidad" (Os
14, 2). Aquí aparece la remisión de los pecados. "Y te ofreceremos la ofrenda
de nuestros labios" (Os 14, 2); he ahí la satisfacción ofreceremos la ofrenda de
nuestros labios" (Os 14, 2); he ahí la satisfacción.
Sé muy bien que ellos recurren a otra sutileza mayor, para poder escaparse,
distinguiendo entre penas temporales y pena eterna. Mas como enseñan que,
excepto la muerte eterna, todos los males y adversidades que sufrimos, tanto
en el cuerpo como en el alma, son pena temporal, de poco les sirve esta
restricción. Porque los lugares arriba mencionados quieren decir expresamente
que Dios nos recibe en su gracia y favor con la condición de que
perdonándonos la culpa nos perdona también toda la pena que habíamos
merecido. Y cuantas veces David y otros profetas piden perdón de los pecados,
suplican a la vez que les sea per-donada la pena; e incluso me atrevo a afirmar
que en su sentir, el juicio mismo de Dios les fuerza a ello. Por otra parte,
cuando ellos prometen que Dios hará misericordia, expresamente y como
adrede tratan siempre de las penas y del perdón de las mismas. Sin duda
cuando el Señor promete por Ezequiel poner fin a la cautividad de Babilonia, en
la que el pueblo estaba desterrado, y ello por amor de sí mismo y no a causa
de los judíos (Ez. 36, 21-22 . 32), demuestra claramente que esto lo hace
gratuitamente.
Finalmente, si por Cristo quedamos libres de la culpa, se sigue necesariamente
que cesen las penas que de esta culpa procedían.
31. NUESTROS SUFRIMIENTOS Y AFLICCIONES NO NOS VIENEN
JAMÁS COMO COMPENSACIÓN DE NUESTROS PECADOS
83
La edición francesa de 1560 añade: "es decir, que se constituyó fiador nuestro, a fin de
librarnos plenamente de todas las deudas de nuestros pecados".
84
Sobre los Salmos, Sal. 129
Mas como también ellos recurren a testimonios de la Escritura, veamos cuáles
son los argumentos que contra nosotros esgrimen.
David, dicen, cuando fue reprendió por el profeta Natán por su adulterio y
homicidio, alcanza el perdón de su pecado; y, no obstante, es después
castigado con la muerte del hijo engendrado en el adulterio (2 Sm. 12,13).
También se nos enseña que redimamos mediante la satis-facción las penas y
castigos que habíamos de padecer después de habernos sido perdonada la
culpa. Porque Daniel exhorta a Nabucodonosor a que redima con mercedes
sus pecados (Dan 4,24-27). Y Salomón escribe que "con misericordia y verdad
se corrige el pecado, y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal"
(Prov. 16, 6). Y: "el amor cubrirá todas las faltas"; sentencia que también
confirma san Pedro (Prov. 10,12; I Pe. 4, 8). Y en san Lucas el Señor dice a la
mujer pecadora que sus pecados le son perdonados, porque ha amado mucho
(Lc. 7, 47).
¡Oh cuán perversamente consideran siempre las obras de Dios! Si
considerasen, como debían, que hay dos clases de juicios de Dios, hubieran
advertido perfectamente en la corrección de David otra cosa muy diferente que
la venganza y el castigo del pecado. Y como nos conviene sobremanera
comprender el fin al que van dirigidas las correcciones y castigos que Dios nos
envía, para que nos corrijamos de nuestros pecados, y cuánto difieren los
castigos con que Él persigue indignado a los impíos y a los réprobos, me
parece que no será superfluo tratar brevemente este punto.
Distinción entre el juicio de venganza y el juicio de corrección. Por el término
"juicio" hemos de entender todo género de castigos en general.
De este juicio hay que establecer dos especies: a una la llamaremos juicio de
venganza; y a la otra, juicio de corrección. Con el juicio de venganza el Señor
castiga a sus enemigos de tal manera que muestra su cólera hacia ellos para
confundirlos, destruirlos y convertirlos en nada. Hay, pues, propiamente
venganza de Dios, cuando el castigo va acompañado de su indignación.
Con el juicio de corrección no castiga hasta llegar a la cólera, ni se venga para
confundir o destruir totalmente. Por lo tanto, este juicio propiamente no se debe
llamar castigo ni venganza, sino corrección o admonición. El uno es propio de
Juez; el otro de Padre. Porque el juez, cuando castiga a un malhechor, castiga
la falta misma cometida; en cambio un padre, cuando corrige a su hijo con
cierta severidad, no pretende con ello vengarse o castigarlo, sino más bien
enseñarle y hacer que en lo porvenir sea más prudente.
San Crisóstomo se sirve de esta comparación. Aunque un poco en otro sentido,
viene a parar a lo mismo. El hijo es azotado, se dice, igual que lo es el criado.
Mas el criado es castigado como siervo, porque pecó; en cambio el hijo es
castigado como libre y como hijo que necesita corrección; al hijo la corrección
se le convierte en prueba y ocasión de enmienda de vida; en cambio al criado
se le convierte en azotes y golpes.
32. DIOS AFLIGE A LOS IMPÍOS POR IRA; A LOS FIELES, POR AMOR
Para comprender fácilmente esta materia, es preciso que hagamos dos
distinciones. La primera es que dondequiera que el castigo es venganza, se
muestra la ira y la maldición de Dios, que Él siempre evita a sus fieles. Por el
contrario, la corrección es una bendición de Dios, y testimonio de su amor,
como lo enseña la Escritura.
Esta diferencia se pone de relieve a cada paso en la Palabra de Dios. Porque
todas las aflicciones que experimentan los impíos en este mundo son como la
puerta y entrada al infierno, desde donde pueden contemplar como de lejos su
eterna condenación. Y tan lejos están de enmendarse con ello o sacar algún
provecho de ello, que más bien esto les sirve a modo de ensayo de aquella
horrible pena del infierno que les está preparada y en la que finalmente
terminará.
Por el contrario, el Señor castiga a los suyos, pero no los entrega a la muerte.
Por esto al verse afligidos con el azote de Dios reconocen que esto les sirve de
grandísimo bien para su mayor provecho (Job 5,17 y ss.; Prov. 3,11-12; Heb.
12,5-11; Sal 118,18; 119,71). Lo mismo que leemos en las vidas de los santos
que siempre han sufrido tales castigos pacientemente y con ánimo sereno,
también vemos que han sentido gran horror de las clases de castigos de que
hemos hablado, en los que Dios da muestra de su enojo. "Castígame, oh
Jehová", dice Jeremías, "mas con juicio (para enmendarme); no con tu furor,
para que no me aniquiles; derrama tu enojo sobre los pueblos que no te
conocen y sobre las naciones que no invocan tu nombre" (Jer. 10, 24-25). Y
David: "Jehová, no me reprendas en tu enojo, ni me castigues con tu ira" (Sal
6, 1).
Ni se opone a esto lo que algunas veces se dice: que el Señor se enoja con
sus santos cuando los castiga por sus pecados. Como en Isaías se lee:
"Cantaré a ti, oh Jehová, pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se
apartó y me has consolado" (Is.12, 1). Y Habacuc: "En la ira acuérdate de la
misericordia" (Hab. 3, 2). Y Miqueas: "La ira de Jehová soportaré, porque
pequé contra él" (Miq.7, 9). Con lo cual amonesta que los que justamente son
castigados, no solamente no aprovechan nada murmurando, sino también que
los fieles encuentran ocasión de mitigar su dolor reflexionando sobre la
intención de Dios. Porque por la misma razón se dice que profana su heredad,
la cual, según sabemos, nunca profanará. Esto, pues, no debe atribuirse al
propósito ni a la voluntad que Dios tiene al castigar a los suyos, sino al
vehemente dolor que experimentan todos aquellos a quienes Él ha mostrado
algo de su rigor o severidad.
Y a veces no solamente estimula Dios a sus fieles con una mediana austeridad,
sino que incluso llega a herirlos de tal manera que a ellos mismos les parece
que no se hallan muy lejos de la condenación del infierno. Porque les deja ver
que han merecido su ira; lo cual es muy conveniente para que sientan disgusto
y descontento de sus males, y se sientan movidos a poner mayor cuidado en
aplacar a Dios y con gran solicitud se apresuren a pedir misericordia y perdón;
con todo lo cual, sin embargo, les da un testimonio evidente de su clemencia, y
no de su ira. Porque el pacto que ha establecido con nuestro verdadero
Salomón, Cristo Jesús, y con sus miembros, permanece inconmovible
conforme a su promesa de que su verdad no fallará jamás. "Si dejaren", dicen,
"sus hijos (de David) mi ley, y no anduvieren en mis juicios; si profanaren mis
estatutos y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su
rebelión y con azotes sus iniquidades, mas no quitaré de él mi misericordia"
(Sal 89, 30-33). Y para darnos mayor seguridad de su misericordia dice que las
varas con las que nos castigará serán varas de varones, y que los azotes serán
de hijos de hombres (2 Sm. 7, 14); queriéndonos dar a entender con estos
pormenores su moderación y suavidad; si bien al mismo tiempo nos advierte de
que quienes tienen a Dios por enemigo y ven que su omnipotencia los
persigue, no pueden evitar en modo alguno sentirse presa de un mortal y
terrible horror.
La gran benignidad que usa al castigar a su pueblo, la demuestra igualmente
por su profeta: He aquí te he purificado y no como plata, porque todo tú serías
consumido (Is.48, 9-10). Aunque muestra que los castigos que envía a sus
fieles son para purificarlos de sus vicios, con todo añade que los templa y
modera de tal manera que no se sientan más oprimidos por ellos de lo que
conviene.
Esto ciertamente es muy necesario. Porque cuanto más teme uno al Señor,
más le honra y se aplica a servirle, y tanto más costoso se le hace soportar su
enojo. Porque aunque los réprobos gimen cuando Dios los castiga, sin
embargo, como no consideran la causa, sino que vuelven la espalda a sus
pecados y al juicio de Dios, no hacen más que endurecerse; o bien, porque
braman y se revuelven, y hasta se amotinan contra su Juez, este desatinado
furor los entontece más y los lleva a mayores desatinos. En cambio los fieles, al
sentirse amonestados con el castigo de Dios, al momento se ponen a
considerar sus pecados, y fuera de sí por el temor, humildemente suplican al
Señor que se los perdone. Si el Señor no mitigase estos dolores con que las
pobres almas son atormentadas, cien veces desmayarían, aun cuando el Señor
no diese más que un pequeño signo de su ira.
33. LOS CASTIGOS DE LOS IMPÍOS SON UNA CONDENACIÓN; LAS
CORRECCIONES DE LOS FIELES, UN REMEDIO PARA EL FUTURO
La otra distinción es que cuando los réprobos son azotados con los castigos de
Dios, ya entonces en cierta manera comienzan a sufrir las penas de su juicio; y
aunque no escaparán sin castigo por no haber tenido en cuenta los avisos de la
ira de Dios, sin embargo no son castigados para que se enmienden, sino
únicamente para que comprendan que tienen, para mal suyo, a Dios por Juez,
quien no les dejará escapar sin el castigo que merecen.
En cambio, los hijos de Dios son castigados, no para satisfacer a la ira de Dios
o para pagar lo que deben, sino para que se enmienden y adopten una manera
mejor de vida. Por eso vemos que tales castigos más se refieren al futuro que
al pasado.
Prefiero exponer esto con las palabras de san Crisóstomo: "El Señor", dice él,
"nos castiga por nuestras faltas, no para obtener alguna recompensa de
nuestros pecados, sino para corregimos en lo porvenir".85
De la misma manera san Agustín: "Lo que tú sufres, y por lo que gimes, te es
medicina, no pena; castigo y no condenación. No rechaces el azote, si no
quieres ser arrojado de la herencia".86 Y: ―Toda esta miseria del género
humano bajo la cual el mundo gime, comprended, hermanos, que es un dolor
medicinal, y no una sentencia penal‖.87
He querido citar estos textos, para que nadie piense que esta manera de hablar
que yo he empleado es nueva y desusada. A esto mismo tienden los lamentos
llenos de indignación con que Dios acusa innumerables veces a su pueblo de
ingratitud por haber menospreciado insistentemente todos los castigos que El
le había enviado. Dice por Isaías: "¿Por qué querréis ser castigados aún?
Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana" (Is. 1, 5. 6).
Mas como los profetas están llenos de sentencias semejantes, bastará haber
demostrado brevemente que Dios no castiga a su Iglesia con otra finalidad que
la de que se enmiende, al verse humillada.
Por tanto, cuando Dios quitó el reino a Saúl lo castigó para vengarse; mas
cuando privó a David de su hijo, lo corregía para que se enmendase (1 Sm. 15,
23; 2 Sm. 12,15-18). Así debe entenderse lo que dice san Pablo: "somos
castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo" (1
Cor. 11,32). Quiere decir, que las aflicciones que el Padre celestial envía sobre
nosotros, sus hijos, no son un castigo para confundirnos, sino una corrección
con que ser instruidos.
También san Agustín está con nosotros de acuerdo referente a esto. Según él,
debemos considerar diversamente las penas y castigos con que el Señor aflige
a los buenos y a los malos. Para los santos son ejercicios después de haber
alcanzado la gracia; en cambio para los réprobos son castigo de su maldad sin
alcanzar perdón alguno. Y refiere el ejemplo de David y otras almas piadosas,
añadiendo que Dios, con los castigos que les imponía no pretendía sino
ejercitarlos en la humildad.88
En cuanto a lo que dice Isaías, que la iniquidad le era perdonada al pueblo
judío porque había recibido de la mano de Dios un castigo completo (Is. 40,2),
no hay que deducir de ello que el perdón de los pecados depende de los
castigos recibidos. Más bien esto es como si Dios dijese: Os he castigado de
tal manera que vuestro corazón se encuentra totalmente oprimido por la
angustia y la tristeza; ya es hora, pues, de que al recibir el mensaje de mi plena
misericordia, vuestro corazón se inunde de alegría, al tenerme a mí por Padre.
De hecho, en este pasaje de Isaías, Dios se reviste de la persona de un padre
que, obligado a mostrarse severo con su hijo, se duele de haber sido tan
riguroso, aunque haya sido con entera justicia.
85
Pseudo-Crisóstomo, Sobre la Penitencia y la Confesión, ed. Erasmo, 1530, V, pág. 514.
86
Sobre los Salmos, Sal. 103.
87
Ibid., Sal. 139.
88
De la Pena y la Remisión de los Pecados, lib. II, XXXIII, 53 a xxxiv, 56.
34. EL FIEL SABE QUE DIOS LE REPRENDE SIEMPRE COMO UN
PADRE
89
Consolaciones a Stagiro
Daniel en la exhortación al rey Nabucodonosor a que redimiese sus pecados
con justicias, y sus iniquidades haciendo bien a los pobres (Dan 4,24-27), no
quiso decir que la justicia y la misericordia son la propiciación de Dios y la
redención de la pena, puesto que jamás ha habido más rescate que la sangre
de Cristo. Más bien, al hablar de redimir, Daniel lo refiere a los hombres más
que a Dios, como si dijese: Oh rey, tú has ejercido un dominio violento e
injusto; oprimiste a los débiles, despojaste a los pobres, trataste dura e
inicuamente a tu pueblo; por las injustas exacciones, las violencias y
opresiones con que los has tratado, muéstrales ahora misericordia y justicia.
Igualmente al decir Salomón que "el amor cubrirá todas las faltas" (Prov.10,
12), no lo entiende respecto a Dios, sino en relación a los hombres. Porque la
sentencia completa, según él la pone, dice así: "El odio despierta rencillas; pero
el amor cubrirá todas las faltas". En ella Salomón, según su costumbre, por
oposición de contrarios coteja los males que nacen del odio con los frutos de la
caridad; y el sentido es: los que se aborrecen entre sí, se muerden los unos a
los otros, se critican e injurian, y en todo ven vicios y motivo de reproches; en
cambio, los que se aman entre sí, todo lo disimulan, lo pasan todo por alto, y se
perdonan los unos a los otros; no que el uno apruebe los defectos del otro, sino
que los toleran, y ponen remedio a ellos con sus consejos, en vez de
reprenderlos e irritarlos más. Y no hay duda de que san Pedro ha aducido este
pasaje de los Proverbios en este sentido, so pena de imputarle que ha
pervertido el sentido de la Escritura (1 Pe. 4, 8).
Cuando Salomón dice que "con misericordia y verdad se corrige el pecado"
(Prov.16, 6), no quiere decir que estas cosas sean recompensa de los pecados
ante la majestad divina, de tal manera que, aplacado Dios con esta
satisfacción, perdone la pena con que debía castigarnos; sencillamente prueba,
según la costumbre corriente de la Escritura, que todos aquellos que dejaren su
mala vida y se convirtieren a Él mediante la santidad y las buenas obras,
encontrarán a Dios propicio para con ellos; como si dijera que la ira de Dios
cesa y su justicia se da por satisfecha cuando dejamos de obrar mal. Pero él no
enseña la causa de por qué Dios nos perdona nuestros pecados; antes bien se
limita a describir la manera de convertirnos a El debidamente. Del mismo modo
que los profetas a cada paso declaran que en vano los hipócritas presentan
ante los ojos de Dios sus imaginaciones y falsos ritos y ceremonias, en lugar
del arrepentimiento, porque a Él no le agradan más que la integridad, la rectitud
y las obligaciones de la caridad.
También el autor de la Epístola a los Hebreos nos pone sobre aviso respecto a
este punto, recomendando la beneficencia y los sentimientos de humanidad,
pues "de tales sacrificios se agrada el Señor" (Heb.13, 16). Y nuestro Señor,
cuando se burla de los fariseos porque se preocupan únicamente de limpiar los
platos y menosprecian la limpieza del corazón, y les manda que den limosna,
para que todo esté limpio, lo de fuera y lo de dentro (Mt. 23, 25; Lc. 11,39-41),
no los exhorta con esto a satisfacer por sus pecados; solamente les enseña
cuál es la limpieza que agrada a Dios. De esta expresión ya se ha tratado en
otro lugar.90
90
Cfr. Calvino, Armonía evangélica, Comentario sobre Lucas, 7, 39.
37. EL EJEMPLO DE LA MUJER PECADORA
Por lo que hace al texto de san Lucas, nadie que con sentido común haya leído
la parábola que allí propone el Señor, disputará con nosotros. El fariseo
pensaba para sus adentros que el Señor no conocía a aquella mujer pecadora,
puesto que la admitía en su presencia con tanta facilidad. Pensaba él que, de
haberla conocido como realmente era, no le hubiera permitido que se le
acercara. Y de esto deducía que no era profeta, puesto que podía ser
engañado de esta manera. El Señor, para probar que ya no era pecadora
después de habérsele perdonado sus pecados, propuso esta parábola: "Un
acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro
cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar perdonó a ambos. Dime, pues,
¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquél a
quien perdonó más. Y él le dijo: rectamente has juzgado". Y luego concluye:
"Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amo
mucho". Con estas palabras, como claramente se ve, Cristo no propone el
amor de esta mujer como la causa de la remisión de sus pecados, sino
únicamente como la prueba de ello. Porque las toma de la comparación del
deudor a quien le habían sido perdonados los quinientos denarios, al cual no
dijo que le habían sido perdonados porque había amado mucho, sino que tal
deudor debía amar mucho, porque se le había perdonado tal cantidad de
dinero. Y hay que aplicar tales palabras a la comparación de esta manera: Tú
tienes a esta mujer por pecadora; sin embargo, debías haber comprendido que
no lo es, puesto que se le han perdonado sus pecados. El amor que ella
manifiesta debía servirte de prueba de la remisión de sus pecados, pues con su
amor da gracias por el beneficio que recibió. Este argumento se llama "a
posteriori"; con él probamos una cosa por las notas y señales que de ella se
siguen. Finalmente, el Señor abiertamente manifiesta por qué medio la
pecadora alcanzó el perdón de sus pecados: "Tu fe", dice, "te ha salvado, ve en
paz". Por la fe, pues, alcanzamos la remisión de los pecados; por el amor
damos gracias y reconocemos la liberalidad del Señor.
38. REFUTACIÓN DE LA SATISFACCIÓN POR EL TESTIMONIO DE LOS
PADRES Y LA PRÁCTICA DE LA IGLESIA
91
Pseudo-Crisóstomo, Sobre el Salmo 50, homilía II.
quieran retorcer, nunca podrán hacer que concuerden con la doctrina de los
escolásticos.
Asimismo, en el libro titulado De Dogmatibus ecclesiasticis, atribuido a san
Agustín92, se dice: "La satisfacción de la penitencia es, cortar las causas del
pecado, y no dar entrada a sus sugestiones". Aquí se ve que aun en aquellos
tiempos la opinión que defiende la necesidad de la satisfacción para
compensar los pecados cometidos, no era admitida, porque toda la satisfacción
se dirigía entonces a que cada uno procurase en el futuro abstenerse de obrar
mal.
Y no quiero aducir lo que dice Crisóstomo: que el Señor no pide de nosotros
sino que confesemos delante de Él nuestras faltas con lágrimas; porque
sentencias semejantes se hallan a cada paso en sus libros y en los de los otros
doctores antiguos.
Es verdad que san Agustín llama en cierto lugar a las obras de misericordia
"remedios para alcanzar el perdón de los pecados".93 Pero a fin de que nadie
encuentre obstáculo en lo que afirma, da en otro lugar una explicación más
extensa: "La carne", dice, "de Cristo es el verdadero y único sacrificio por los
pecados; no solamente por todos aquellos que nos son perdonados en el
bautismo, sino también por los que cometemos después por nuestra flaqueza,
y por los cuales toda la Iglesia ora cada día diciendo: Perdónanos nuestras
deudas. Y nos son perdonados por aquel único sacrificio".94
39. ADEMÁS, DE ORDINARIO ELLOS LLAMARON SATISFACCIÓN, NO
A LA COMPENSACIÓN HECHA A DIOS, SINO A LA PUBLICA
DECLARACIÓN POR LA QUE QUIENES HABÍAN SIDO CASTIGADO
CON LA EXCOMUNIÓN, CUANDO QUERÍAN SER DE NUEVO
ADMITIDOS A LA COMUNIÓN DABAN TESTIMONIO A LA IGLESIA
DE SU ARREPENTIMIENTO.
92
Pseudo-Agustín, De Dogmatibus Ecclesiasticis. Esta obra generalmente la atribuyen los
modernos a Gennadio de Marsella, que vivió en la segunda mitad del siglo V. 3
93
Enquiridión, XIX, 72.
94
Contra dos Cartas de los Pelagianos, lib. III, vi, 6.
95
Contra dos Cartas de los Pelagianos, xvn, 65.
¿qué antiguos nos proponen ellos? La mayor parte de las sentencias con las
que Pedro Lombardo, su portaestandarte, ha llenado su libro, se han tomado
de no sé qué desafortunados desatinos de frailes, que se han hecho pasar por
ser de Ambrosio, Jerónimo, Agustín y Crisóstomo.96
Así en esta materia el citado Pedro Lombardo toma prestado casi todo cuanto
dice de un libro titulado De la penitencia, que compuesto por algún ignorante
con trozos de buenos y malos autores confusamente revueltos, ha corrido
como de san Agustín; pero nadie medianamente docto podrá tenerlo por
suyo.97
Que los lectores me perdonen si no investigo más sutilmente las opiniones de
éstos, pues no quiero resultarles molesto. Ciertamente no me costaría gran
trabajo exponer con gran afrenta suya lo que ellos han vendido por grandes
misterios; podría hacerlo con gran aplauso de muchos; pero como mi deseo es
enseñar cosas provechosas, lo dejaré a un lado.
96
Cfr. Otto Baltzer, Die Sentenzen des Petrus Lombardas, ihre Quelle und ihre
dogmen¬geschichtliche Bedeutung, 1902, p. 3.
97
Esta opinión de Calvino está confirmada por la unanimidad de los historiadores modernos. La
obra sobre La verdadera y la falsa penitencia que Pedro Lombardo cita como de san Agustín,
ciertamente no es de ese Padre.
eran precisamente quienes menos caso hacían de ellas; veían que cada día
crecía más este monstruo, y que cuanto más crecía más tiranizaba al mundo;
que cada día se les traía plomo nuevo para sacar dinero nuevo; sin embargo
aceptaban las indulgencias con gran veneración, las adoraban y las
compraban; e incluso los que veían más claro que los otros las tenían por unos
santos y piadosos engaños, con los que podían ser engañados con algún
provecho. Pero al fin el mundo ha comenzado a tener un poco de cabeza y a
considerar mejor las cosas; las indulgencias se van enfriando, hasta que
finalmente desaparezcan y se reduzcan a nada.
2. SU DEFINICIÓN REFUTADA POR LA ESCRITURA
Mas como hay muchísimos que conocen los engaños, hurtos y robos que estos
mercaderes de indulgencias han ejercido y con los que nos han estado
engañando y burlándose de nosotros, y no ven la fuente de impiedad que ellas
esconden, es conveniente demostrar aquí, no solamente qué son las
indulgencias, según ellos las emplean, sino también en su naturaleza misma,
independientemente de toda cualidad o defecto accidental.
Las llaman tesoro de la Iglesia, méritos de Cristo y de los apóstoles y mártires.
Se figuran que se ha otorgado al obispo de Roma — según ya he indicado — la
guarda especial de este tesoro como en raíz, y que él tiene la autoridad de
repartir los grandes bienes de este tesoro, y que él por sí mismo puede
repartirlo y delegar en otros la autoridad de hacerlo. De aquí nacieron las
indulgencias que el Papa concede, unas veces plenarias, otras por ciertos
años; las de los cardenales, de cien días; y las de los obispos, de cuarenta.
Sin embargo todo esto, a decir verdad, no es más que una profanación de la
sangre de Cristo, una falsedad de Satanás para apartar al pueblo cristiano de
la gracia de Dios y de la vida que hay en Cristo, y separarlo del recto camino de
la salvación. Porque, ¿qué manera más vil de profanar la sangre de Cristo, que
afirmar que no es suficiente para perdonar los pecados, para reconciliar y
satisfacer, si no se suple por otra parte lo que a ella le falta? "De éste (Cristo)
dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán
perdón de pecados en su nombre", dice san Pedro (Hch. 10, 43); en cambio,
las indulgencias otorgan el perdón de los pecados por san Pedro, por san
Pablo y por los mártires. "La sangre de Jesucristo", dice Juan, "nos limpia de
todo pecado" (1 Jn. 1, 7); las indulgencias convierten la sangre de los mártires
en purificación de pecados. Cristo, dice san Pablo, "que no conoció pecado, por
nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de
Dios en él" (2 Cor. 5, 21); las indulgencias ponen la satisfacción de los pecados
en la sangre de los mártires. San Pablo clara y terminantemente enseñaba a
los corintios que sólo Jesucristo fue crucificado y murió por ellos (1 Cor. 1,13);
las indulgencias afirman que san Pablo y los demás han muerto por nosotros. Y
en otro lugar se dice que Cristo adquirió a la Iglesia con su propia sangre (Hch.
20,28); las indulgencias señalan otro precio para adquirirla, a saber: la sangre
de los mártires. "Con una sola ofrenda", dice el Apóstol, "hizo (Cristo) perfectos
para siempre a los santificados" (Heb. 10,14); las indulgencias le contradicen,
afirmando que la santificación de Cristo, que por sí sola no bastaría, encuentra
su complemento en la sangre de los mártires. San Juan dice que todos los
santos "han lavado sus ropas en la sangre del Cordero" (Ap. 7,14); las
indulgencias nos enseñan a lavar las túnicas en la sangre de los mártires.
3. TESTIMONIOS DE LEÓN I Y DE SAN AGUSTÍN
98
Epístola CXXIV.
99
Epístola CLXV, sermón 55.
100
Tratados sobre san Juan, LXXXIV, 2
101
Contra dos Cartas de los Pelagianos, lib. IV, cap. IV.
Más, oigamos sus argumentos. A fin, dicen, de que la sangre de los mártires no
haya sido derramada en balde, ha de ser comunicada para bien general de la
Iglesia. ¿Y por qué esto? ¿No ha sido, por ventura, un bien suficientemente
grande de la Iglesia que ellos hayan glorificado a Dios con su muerte; que
hayan sellado la verdad con su sangre; que, menospreciando esta vida terrena,
hayan dado testimonio de que buscaban otra mejor; que hayan confirmado la fe
de la Iglesia con su constancia, y que hayan quebrantado la obstinación de sus
enemigos? Pero sin duda, ellos no reconocen beneficio alguno, si solo Cristo
es el reconciliador, si solo Él ha muerto por los pecados, si Él solo es ofrecido
por nuestra redención.
Si san Pedro y san Pablo, dicen, hubieran muerto en sus lechos de muerte
natural, sin duda hubieran alcanzado la corona de la victoria. Como quiera que
hayan luchado hasta derramar su propia sangre, no sería conveniente que la
justicia de Dios dejara estéril ese esfuerzo, sin provecho ni utilidad alguna.
¡Como si Dios no supiera el modo de aumentar en sus siervos la gloria,
conforme a la medida de sus dones! Y suficientemente grande es la utilidad
que recibe la Iglesia en general, cuando con el triunfo de los mártires se inflama
en su mismo celo para combatir como ellos.
4. EXPLICACIÓN DE COLOSENSES 1,24
¡Cuán perversamente pervierten el texto de san Pablo en que dice que suple
en su cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo! Porque él no se refiere al
defecto ni al suplemento de la obra de la redención, ni de la satisfacción, ni de
la expiación; sino que se refiere a los sufrimientos con los que conviene que los
miembros de Cristo, que son todos los fieles, sean ejercitados mientras se
encuentran viviendo en la corrupción de la carne. Afirma, pues, el Apóstol, que
falta esto a los sufrimientos de Cristo, que habiendo Él una vez padecido en sí
mismo, sufre cada día en sus miembros. Porque Cristo tiene a bien hacernos el
honor de reputar como suyos nuestros sufrimientos. Y cuando Pablo añade que
sufría por la Iglesia, no lo entiende como redención, reconciliación o
satisfacción por la Iglesia, sino para su edificación y crecimiento. Como lo dice
en otro lugar: que sufre todo por los elegidos, para que alcancen la salvación
que hay en Jesucristo (2 Tim. 2, 10). Y a los corintios les escribía que sufría
todas las tribulaciones que padecía por el consuelo y la salvación de ellos (2
Cor. 1, 6). Y a continuación añade que había sido constituido ministro de la
Iglesia, no para hacer la redención, sino para predicar el Evangelio, conforme a
la dispensación que le había sido encomendada.
Y si quieren oír a otro intérprete, escuchen a san Agustín: "Los sufrimientos",
dice, "de Cristo están en Él solo, como Cabeza; en Cristo y en la Iglesia, están
como en todo el cuerpo. Por esta causa san Pablo, como uno de sus
miembros, dice: suplo en mi cuerpo lo que falta a las pasiones de Cristo. Si tú,
pues, quienquiera que esto oyes, eres miembro de Cristo, todo cuanto padeces
de parte de aquellos que no son miembros de Cristo, todo esto faltaba a los
sufrimientos de Cristo"102.
102
Sobre los Salmos, Sal. 62.
En cuanto al fin de los sufrimientos que padecieron los apóstoles por la Iglesia,
lo declara en otro lugar con estas palabras: "Cristo es la puerta para que yo
entre a vosotros; puesto que vosotros sois ovejas de Cristo compradas con su
sangre, reconoced vuestro precio, el cual no lo doy yo, sino que lo predico". Y
luego añade: "Como Él dio su alma (o sea, su vida), así nosotros debemos
entregar nuestras almas (es decir, nuestras vidas), por los hermanos, para
edificación de la paz y confirmación de la fe."103
Mas no pensemos que san Pablo se ha imaginado nunca que le ha faltado algo
a los sufrimientos de Cristo en cuanto se refiere a perfecta justicia, salvación o
vida; o que haya querido añadir algo, él que tan espléndida y admirablemente
predica que la abundancia de la gracia de Cristo se ha derramado con tanta
liberalidad, que sobrepuja toda la potencia del pecado (Rom. 5,15). Gracias
únicamente a ella, se han sal-vado todos los santos; no por el mérito de sus
vidas ni de su muerte, como claramente lo afirma san Pedro (Hch. 15, 11); de
suerte que cual-quiera que haga consistir la dignidad de algún santo en algo
que no sea la sola misericordia de Dios comete una gravísima afrenta contra
Dios y contra Cristo.
Mas, ¿a qué me detengo tanto tiempo en esto, como si fuese cosa dudosa,
cuando el solo hecho de descubrir tales monstruos ya es vencer?
5. TODA LA GRACIA VIENE EXCLUSIVAMENTE DE JESUCRISTO
103
Sobre San Juan, tratado 42, 2.
era llamado indulgencia. Pero al trasladarlo a las satisfacciones debidas a Dios
y decir que son compensaciones con que los hombres se libran del juicio de
Dios, un error ha originado el otro. Ellos pensaron que las indulgencias eran
remedios expiatorios, que nos libran de las penas merecidas. Y luego con toda
desvergüenza han inventado las blasfemias referidas, que no admiten excusa
ni, pretexto alguno.
6. LA DOCTRINA DEL PURGATORIO HA DE SER RECHAZADA
104
Sin duda se hace alusión a la confesión de Augsburgo que pasa en silencio la cuestión del
purgatorio, mientras que Lutero había dicho tajantemente: "El purgatorio no se puede probar
por la Sagrada Escritura" (Bula "Exsurge, Domine).
No trato aquí de los sacrilegios con que cada día es defendido; ni hago
mención de los escándalos que causa en la religión, ni de una infinidad de
cosas que han manado de esta fuente de impiedad.
7. EXPLICACIÓN DE LOS PASAJES DE LA ESCRITURA INVOCADOS
ENFAVOR DELPURGATORIO: MATEO 12,32
105
Contra los dos libros de Gaudencio, lib. I, cap. 38.
106
Prefacio a los libros de Samuel y de los Reyes.
107
Comentario sobre el Símbolo de los apóstoles, cap. 38. La obra fue compuesta por Rufino
de Aquilea a principios del siglo V.
Hay que añadir asimismo que el celo de Judas Macabeo es alabado no por otra
razón que por su firme esperanza de la última resurrección, al enviar a
Jerusalem la ofrenda por los muertos. Porque el autor de la historia,
quienquiera que sea, no interpreta el acto de Judas como si él hubiera querido
rescatar los pecados con la ofrenda que enviaba; sino para que aquéllos, en
nombre de los cuales hacía la ofrenda, fuesen asociados en la vida eterna a los
fieles que habían muerto para defender su patria y su religión. Este acto no
estuvo exento de un celo inconsiderado; pero los que en nuestros días lo
convierten en un sacrificio legal son doblemente locos; pues sabemos que
todos los usos de entonces han cesado con la venida de Cristo.
9. 1 CORINTIOS 3,12-15
Pero en san Pablo se encuentran con un argumento irrebatible cuando dice: "Y
si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas,
madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día
la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el
fuego la probará. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él
mismo será salvo, aunque así como por fuego" (1 Cor. 3, 12-15). ¿Cuál, dicen,
puede ser ese fuego, sino el del purgatorio, con el cual son lavadas las
impurezas de, los pecados, para que entremos limpios en el reino de los
cielos?
Sin embargo, la mayoría de los autores antiguos han entendido este pasaje de
otra manera muy distinta. Por el fuego entendieron la tribula-ción y la cruz con
que el Señor prueba a los suyos, para que no se de-tengan en la impureza de
la carne y se vean libres de ella. Desde luego, esto es mucho más probable
que la fantasía de un purgatorio. Aunque yo tampoco soy de esa opinión,
porque me parece que he llegado a una interpretación mucho más congruente
y cierta. Pero antes de exponerla, quisiera que me respondiesen si, a su
parecer, los apóstoles y todos los demás santos han de pasar por el fuego del
purgatorio. Sé muy bien que lo negarán. Porque sería una enorme sinrazón,
que aquellos que tienen tal cúmulo de méritos, que han podido, según ellos, ser
repartidos a toda la Iglesia, hayan tenido necesidad de ser purificados. Ahora
bien, el Apóstol no dice que la obra de algunos en particular será probada, sino
la de todos. Y este argumento no es mío; es de san Agustín, el cual me-diante
ello reprueba la interpretación que nuestros adversarios dan de este lugar. Y lo
que es mayor absurdo aún; san Pablo no dice que los que pasen por el fuego
soportarán esta pena por sus pecados; sino que los que hayan edificado la
Iglesia de Dios con la mayor fidelidad posible, recibirán el salario, cuando su
obra hubiere sido examinada por el fuego.
Primeramente vemos que el Apóstol se sirvió de una metáfora o semejanza, al
llamar a las doctrinas inventadas por el juicio de los hombres, madera, heno,
hojarasca. La razón de la metáfora es clara. Así como la madera, al ser
arrojada al fuego, en seguida se consume y se gasta, igual-mente las doctrinas
humanas no podrán de ninguna manera quedar en pie cuando fueren
sometidas a examen. Y nadie ignora que este examen lo ha de verificar el
Espíritu Santo; pues para desarrollar esta semejanza y hacer que se
correspondieran las diversas partes entre sí, llamó fuego al examen del Espíritu
Santo. Porque así como el oro y la plata, cuanto más cerca del fuego se ponen,
tanto mejor dejan ver su ley y su pureza, así la verdad del Señor, cuanto más
diligentemente se somete a examen espiritual, tanta mayor confirmación recibe
de su autoridad. Y como el heno, la madera y la hojarasca echadas al fuego, al
momento quedan consumidas y reducidas a ceniza, de la misma manera lo -
son las inven-ciones humanas, que no confirmadas por la Palabra del Señor,
no son capaces de sufrir el examen del Espíritu Santo, sin quedar al momento
deshechas y destruidas. Finalmente, si las doctrinas inventadas son
comparadas a la madera, al heno y a la hojarasca, porque son como si fueran
leña, heno y hojarasca abrasados por el fuego y reducidas a la nada y no son
deshechas y destruidas sino por el Espíritu del Señor, síguese que el Espíritu
es aquel fuego con que son examinadas. A esta prueba san Pablo la llama el
día del Señor, según es costumbre en la Escritura, que emplea tal expresión
cada vez que Dios manifiesta de alguna manera su presencia a los hombres;
pues, ante todo, brilla su faz cuando se nos descubre su verdad.
Hemos, pues, probado ya, que san Pablo por fuego entiende no otra cosa que
el examen del Espíritu Santo. Queda ahora por comprender de qué manera
serán salvados por este fuego aquellos que experimentarán algún detrimento
de su obra. No será difícil entenderlo, si nos damos cuenta de qué clase de
gente habla el Apóstol. Se refieren, en efecto, a aquellos que queriendo edificar
la Iglesia, mantienen el verdadero fundamento; pero sobre él ponen una
materia que no le va; es decir, que sin apartarse de los principios necesarios y
fundamentales de la fe, se engañan respecto a algunos puntos de menor
importancia y no tan peligrosos, mezclando sus vanas fantasías con la verdad
de Dios. La obra de éstos tales sufrirá detrimento, cuando sus fantasías
queden al descubierto; pero ellos se salvarán, aunque como por el fuego; en
cuanto que el Señor no aceptará sus errores e ignorancia, pero por la gracia de
su Espíritu los librará de ella. Por tanto, todos los que han contaminado la
santísima pureza de la Palabra de Dios con esta hediondez del purgatorio,
necesaria mente sufrirán detrimento en su obra.
10. POR MUY ANTIGUA QUE SEA, ESTA DOCTRINA NO SE APOYA EN
LA ESCRITURA
108
Confesiones, lib. X, cap. 1x.
109
San Agustín, Enquiridión, cap. xviii.
110
Sobre San Juan, tratado 49, 10.
lo demás, bastante tienen los fieles con lo que he dicho, para ver claro en sus
conciencias.
111
Institución, III, III, 9
112
Este capítulo con los cuatro siguientes ha sido publicado aparte en el Tratado de la Vida
Cristiana, desde 1545, y varias veces reeditado. - El presente capítulo forma la introducción
general; cada uno de los siguientes constituye una de sus partes.
113
El entre paréntesis se omite en francés. No obstante aparece en la edición latina de 1559.
obra que tengo entre manos exige que con la mayor brevedad posible
expongamos una doctrina sencilla y clara.
Así como en filosofía hay ciertos fines de rectitud y honestidad de los cuales se
deducen las obligaciones y deberes particulares de cada virtud, igualmente la
Escritura tiene su manera de proceder en este punto; e incluso afirmo que el
orden de la Escritura es más excelente y cierto que el de los filósofos. La única
diferencia es que los filósofos, como eran muy ambiciosos, afectaron a
propósito al disponer esta materia, una exquisita perspicuidad y claridad para
demostrar la sutileza de su ingenio. Por el contrario, el Espíritu de Dios, como
enseñaba sin afectación alguna, no siempre ni tan estrictamente ha guardado
orden ni método; sin embargo, cuando lo emplea nos demuestra que no lo
debemos menospreciar.
2. DIOS IMPRIME EN NUESTROS CORAZONES EL AMOR DE LA
JUSTICIA: A. POR SU PROPIA SANTIDAD
Y para más despertarnos, nos muestra la Escritura, que como Dios nos
reconcilia consigo en Cristo, del mismo modo nos ha propuesto en Él una
imagen y un dechado, al cual quiere que nos conformemos (Rom. 6,4-6.18).
Así pues, los que creen que solamente los filósofos han tratado como se debe
la doctrina moral, que me muestren una enseñanza respecto a las costumbres,
mejor que la propuesta por la Escritura. Los filósofos cuando pretenden con
todo su poder de persuasión exhortar a los hombres a la virtud, no dicen sino
que vivamos de acuerdo con la naturaleza. En cambio, la Escritura saca sus
exhortaciones de la verdadera fuente, y nos ordena que refiramos a Dios toda
nuestra vida, como autor que es de la misma y del cual está pendiente. Y
además, después de advertirnos que hemos degenerado del verdadero estado
original de nuestra creación añade que Cristo, por el cual hemos vuelto a la
gracia de Dios, nos ha sido propuesto como dechado, cuya imagen debemos
reproducir en nuestra vida. ¿Qué se podría decir más vivo y eficaz que esto?
¿Qué más podría desearse? Porque si Dios nos adopta por hijos con la
condición de que nuestra vida refleje la de Cristo, fundamento de nuestra
adopción, si no nos entregamos a practicar la justicia, además de demostrar
una enorme deslealtad hacia nuestro Creador, renegamos también de nuestro
Salvador.
Por eso la Escritura, de todos los beneficios de Dios que refiere y de cada una
de las partes de nuestra salvación, toma ocasión para exhor-tarnos. Así cuando
dice que puesto que Dios se nos ha dado como Padre, merecemos que se nos
tache de ingratos, si por nuestra parte no demostramos también que somos sus
hijos (Mal. 1, 6; Ef. 5,1; 1 Jn. 3, 1). Que habiéndonos limpiado y lavado con su
sangre, conmunicándonos por el bautismo esta purificación, no debemos
mancillamos con nuevas manchas (Ef. 5,26; Heb. 10, 10; 1 Cor. 5,11.13; 1 Pe.
1, 15-19). Que puesto que nos ha injertado en su cuerpo, debemos poner gran
cuidado y solicitud para no contaminarnos de ningún modo, ya que somos sus
miembros (1 Cor. 6,15; Jn. 15,3; Ef. 5,23). Que, siendo Él nuestra Cabeza, que
ha subido al cielo, es necesario que nos despojemos de todos los afectos
terrenos para poner todo nuestro corazón en la vida celestial (Col. 3,1-2). Que,
habiéndonos consagrado el Espíritu Santo como templos de Dios, debemos
procurar que su gloria sea ensalzada por medio de nosotros y guardarnos de
no ser profanados con la suciedad del pecado (1 Cor. 3,16; 6,1; 2 Cor. 6,16).
Que, ya que nuestra alma y nuestro cuerpo están destinados a gozar de la
incorrupción celestial y de la inmarcesible corona de la gloria, debemos hacer
todo lo posible para conservar tanto el alma como el cuerpo puros y sin
mancha hasta el día del Señor (1 Tes. 5,23).
He aquí los verdaderos y propios fundamentos para ordenar debida-mente
nuestra vida. Es imposible hallarlos semejantes entre los filósofos, quienes al
alabar la virtud nunca van más allá de la dignidad natural del hombre.
4. LLAMAMIENTO A LOS FALSOS CRISTIANOS; EL EVANGELIO NO
ES UNA DOCTRINA DE MERAS PALABRAS, SINO DE VIDA
Este es el lugar adecuado para dirigirme a los que no tienen de Cristo más que
un título exterior, y con ello quieren ya ser tenidos por cristianos. Mas, ¿qué
desvergüenza no es gloriarse del sacrosanto nombre de Cristo, cuando
solamente permanecen con Cristo aquellos que lo han conocido perfectamente
por la palabra del Evangelio? Ahora bien, el Apóstol niega que haya nadie
recibido el perfecto conocimiento de Cristo, sino el que ha aprendido a
despojarse del hombre viejo, que se corrompe, para re vestirse del nuevo, que
es Cristo (Ef. 4, 20-24).
Se ve pues claro, que estas gentes afirman falsamente y con gran injuria de
Cristo que poseen el conocimiento del mismo, por más que hablen del
Evangelio; porque el Evangelio no es doctrina de meras palabras, sino de vida,
y no se aprende únicamente con el entendimiento y la memoria, como las otras
ciencias, sino que debe poseerse con el alma, y asentarse en lo profundo del
corazón; de otra manera no se recibe como se debe. Dejen, pues, de gloriarse
con gran afrenta de Dios, de lo que no son; o bien, muestren que de verdad
son dignos discípulos de Cristo, su Maestro.
Hemos concedido el primer puesto a la doctrina en la que se contiene nuestra
religión. La razón es que ella es el principio de nuestra salvación. Pero es
necesario también, para que nos sea útil y provechosa, que penetre hasta lo
más íntimo del corazón, a fin de que muestre su eficacia a través de nuestra
vida, y que nos trasforme incluso, en su misma naturaleza. Si los filósofos se
enojan, y con razón, y arrojan de su lado con grande ignominia a los que
haciendo profesión del arte que llaman maestra de la vida, la convierten en una
simple charla de sofistas, con cuánta mayor razón no hemos de abominar
nosotros de estos charlatanes, que no saben hacer otra cosa que engañar y se
contentan simplemente con tener el Evangelio en los labios, sin preocuparse
para nada de él en su manera de vivir, dado que la eficacia del Evangelio
debería penetrar hasta los más íntimos afectos del corazón, debería estar
arraigada en el alma infinitamente más que todas las frías exhortaciones de los
filósofos, y cambiar totalmente al hombre.
5. DEBEMOS TENDER A LA PERFECCIÓN QUE NOS MANDA DIOS
De ahí se sigue el otro punto que hemos indicado; no procurar lo que nos
agrada y complace, sino lo que le gusta al Señor y sirve para ensalzar su
gloria.
La gran manera de adelantar consiste en que olvidándonos casi de nosotros
mismos, o por lo menos intentando no hacer caso de nuestra razón,
procuremos con toda diligencia servir a Dios y guardar sus manda-mientos.
Porque al mandarnos la Escritura que no nos preocupemos de nosotros, no
solamente arranca de nuestros corazones la avaricia, la ambición, y el apetito
de honores y dignidades, sino que también desa-rraiga la ambición y todo
apetito de gloria mundana, y otros defectos ocultos. Porque es preciso que el
cristiano esté de tal manera dispuesto y preparado, que comprenda que
mientras viva debe entenderse con Dios. Con este pensamiento, viendo que ha
de dar cuenta a Dios de todas sus obras, dirigirá a Él con gran reverencia todos
los designios de su corazón, y los fijará en Él. Porque el que ha aprendido a
poner sus ojos en Dios en todo cuanto hace, fácilmente aparta su
entendimiento de toda idea vana. En esto consiste aquel negarse a sí mismo
que Cristo con tanta diligencia inculca y manda a sus discípulos (Mt. 16,24),
durante su aprendizaje; el cual una vez que ha arraigado en el corazón,
primeramente destruye la soberbia, el amor al fausto, y la jactancia; y luego, la
avaricia, la intemperancia, la superfluidad, las delicadezas, y los demás vicios
que nacen del amor de nosotros mismos.
Por el contrario, dondequiera que no reina la negación de nosotros mismos, allí
indudablemente vicios vergonzosos lo manchan todo; y si aún queda algún
rastro de virtud se corrompe con el inmoderado deseo y apetito de gloria.
Porque, mostradme, si podéis, un hombre que gratuitamente se muestre
bondadoso con sus semejantes, si no ha renunciado a sí mismo, conforme al
mandamiento del Señor. Pues todos los que no han tenido este afecto han
practicado la virtud por lo menos para ser alabados. Y entre los filósofos, los
que más insistieron en que la virtud ha de ser apetecida por sí misma, se
llenaron de tanta arrogancia, que bien se ve que desearon tanto la virtud para
tener motivo de ensoberbecerse. Y tan lejos está Dios de darse por satisfecho
con esos ambiciosos que, según suele decirse, beben los vientos para ser
honrados y estimados del pueblo, o con los orgullosos que presumen de sí
mismos, que afirma que los primeros ya han recibido su salario en esta vida, y
los segundos están más lejos del reino de los cielos que los publicanos y las
rameras.
Pero aún no hemos expuesto completamente cuántos y cuán grandes
obstáculos impiden al hombre dedicarse a obrar bien mientras que no ha
renunciado a sí mismo. Pues es muy verdad aquel dicho antiguo, según el cual
en el alma del hombre se oculta una infinidad de vicios. Y no hay ningún otro
remedio, sino renunciar a nosotros mismos, no hacer caso de nosotros
mismos, y elevar nuestro entendimiento a aquellas cosas que el Señor pide de
nosotros, y buscarlas porque le agradan al Señor.
3. DEBEMOS HUIR DE LA IMPIEDAD Y LOS DESEOS MUNDANOS
San Pablo describe en otro lugar concreta, aunque brevemente, todos los
elementos para regular nuestra vida. "La gracia de Dios", dice, "se ha
manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que
renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo
sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la
manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo, quien se
dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y purificar para
sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tit. 2,11-14). Porque después de
haber propuesto la gracia de Dios para animarnos y allanarnos el camino, a fin
de que de veras podamos servir a Dios, suprime dos impedimentos que
podrían grandemente estorbarnos; a saber, la impiedad, a la que naturalmente
estamos muy inclinados; y luego, los deseos mundanos, que se extienden más
lejos. Bajo el nombre de impiedad no solamente incluye las supersticiones, sino
también cuanto es contrario al verdadero temor de Dios. Por deseos mundanos
no entiende otra cosa sino los afectos de la carne. De esta manera nos manda
que nos despojemos de lo que en nosotros es natural por lo que se refiere a
ambas partes de la Ley, y que renunciemos a cuanto nuestra razón y voluntad
nos dictan.
Debemos seguir la sobriedad, la justicia y la piedad. Por lo demás, reduce
todas nuestras acciones a tres miembros o partes: sobriedad, justicia y piedad.
La primera, que es la sobriedad, sin duda significa tanto castidad y templanza,
como un puro y moderado uso de los bienes temporales, y la paciencia en la
pobreza.
La segunda, o sea la justicia, comprende todos los deberes y obliga-ciones de
la equidad, por la que a cada uno se da lo que es suyo.
La piedad, que viene en tercer lugar, nos purifica de todas las manchas del
mundo y nos une con Dios en verdadera santidad.
Cuando estas tres virtudes están ligadas entre sí con un lazo indisoluble,
constituyen la perfección completa. Pero como no hay cosa más difícil que no
hacer caso de nuestra carne y dominar nuestros apetitos, o por mejor decir,
negarlos del todo, y dedicarnos a servir a Dios y a nuestro prójimo y a meditar
en una vida angélica, mientras vivimos en esta tierra, san Pablo, para librar a
nuestro entendimiento de todos los lazos, nos trae a la memoria la esperanza
de la inmortalidad bienaventurada, advirtiéndonos que no combatimos en vano;
porque así como Cristo se mostró una vez Redentor nuestro, de la misma
manera se mostrará en el último día el fruto y la utilidad de la salvación que nos
consiguió. De esta manera disipa todos los halagos y embaucamientos, que
suelen oscurecer nuestra vista para que no levantemos los ojos de nuestro
entendimiento, como conviene, a contemplar la gloria celestial. Y además nos
enseña que debemos pasar por el mundo como peregrinos, a fin de no perder
la herencia del cielo.
4. LA RENUNCIA A NOSOTROS MISMOS EN CUANTO HOMBRES:
HUMILDAD Y PERDÓN
Vemos, pues, por estas palabras que el renunciar a nosotros mismos en parte
se refiere a los hombres, y en parte se refiere a Dios; y esto es lo principal.
Cuando la Escritura nos manda que nos conduzcamos con los hombres de tal
manera que los honremos y los tengamos en más que a nosotros mismos, que
nos empleemos, en cuanto nos fuere posible, en procurar su provecho con toda
lealtad (Rom. 12,10; Flp. 2, 3), nos ordena manda-mientos y leyes que nuestro
entendimiento no es capaz de comprender, si antes no se vacía de sus
sentimientos naturales. Porque todos nosotros somos tan ciegos y tan
embebidos estamos en el amor de nosotros mismos, que no hay hombre
alguno al que no le parezca tener toda la razón del mundo para ensalzarse
sobre los demás y menospreciarlos respecto a sí mismo.
Si Dios nos ha enriquecido con algún don estimable, al momento nuestro
corazón se llena de soberbia, y nos hinchamos hasta reventar de orgullo. Los
vicios de que estamos llenos los encubrimos con toda diligencia, para que los
otros no los conozcan, y hacemos entender adulándonos, que nuestros
defectos son insignificantes y ligeros; e incluso muchas veces los tenemos por
virtudes. En cuanto a los dones con que el Señor nos ha enriquecido, los
tenemos en tanta estima, que los adoramos. Mas, si vemos estos dones en
otros, o incluso mayores, al vernos forzados a reconocer que nos superan y
que hemos de confesar su ventaja, los oscurecemos y rebajamos cuanto
podemos. Por el contrario, si vemos algún vicio en los demás, no nos
contentamos con observarlo con severidad, sino que odiosamente lo
aumentamos.
De ahí nace esa arrogancia en virtud de la cual cada uno de nosotros, como si
estuviese exento de la condición común y de la ley a la que todos estamos
sujetos, quiere ser tenido en más que los otros, y sin exceptuar a ninguno,
menosprecia a todo el mundo y de nadie hace caso, como si todos fuesen
inferiores a él. Es cierto que los pobres ceden ante los ricos, los plebeyos ante
los nobles, los criados ante los señores, los indoctos ante los sabios; pero no
hay nadie que en su interior no tenga una cierta opinión de que excede a los
demás. De este modo cada uno adulándose a sí mismo, mantiene una especie
de reino en su corazón. Atribuyéndose a sí mismo las cosas que le agradan,
juzga y censura el genio y las costumbres de los demás; y si se llega a la
disputa, en seguida deja ver su veneno. Porque sin duda hay muchos que
aparentan mansedumbre y modestia cuando todo va a su gusto; pero, ¿quién
es el que cuando se siente pinchado y provocado guarda el mismo continente
modesto y no pierde la paciencia?
No hay, pues, más remedio que desarraigar de lo íntimo del corazón esta peste
infernal de engrandecerse a sí mismo y de amarse desordenada mente, como
lo enseña también la Escritura. Según sus enseñanzas, los dones que Dios nos
ha dado hemos de comprender que no son nuestros, pues son mercedes que
gratuitamente Dios nos ha concedido; y que si alguno se ensoberbece por
ellos, demuestra por lo mismo su ingratitud. "¿Quién te distingue?", dice san
Pablo, "¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te
glorías como si no lo hubieras recibido?". Por otra parte, al reconocer nuestros
vicios, deberemos ser humildes. Con ello no quedará en nosotros nada de que
gloriamos; más bien encontraremos materia para rebajarnos.
Se nos manda también que todos los bienes de Dios que vemos en los otros
los tengamos en tal estima y aprecio, que por ellos estimemos y honremos a
aquellos que los poseen. Porque sería gran maldad querer despojar a un
hombre del honor que Dios le ha conferido.
En cuanto a sus faltas se nos manda que las disimulemos y cubramos; y no
para mantenerlas con adulaciones, sino para no insultar ni escarnecer por
causa de ellos a quienes cometen algún error, puesto que debemos amarlos y
honrarlos. Por eso no solamente debemos conducirnos modesta y
moderadamente con cuantos tratemos, sino incluso con dulzura y
amistosamente, pues jamás se podrá llegar por otro camino a la verdadera
mansedumbre, sino estando dispuesto de corazón a rebajarse a sí mismo y a
ensalzar a los otros.
5. EL SERVICIO AL PRÓJIMO EN EL AMOR Y LA COMUNIÓN MUTUOS
Por tanto, si creemos que el único medio de prosperar y de conseguir feliz éxito
consiste en la sola bendición de Dios, y que sin ella nos esperan todas las
miserias y calamidades, sólo queda que desconfiemos de la habilidad y
diligencia de nuestro propio ingenio, que no nos apoyemos en el favor de los
hombres, ni confiemos en la fortuna, ni aspiremos codiciosamente a los
honores y riquezas; al contrario, que tengamos de continuo nuestros ojos
puestos en Dios, a fin de que, guiados por Él, lleguemos al estado y condición
que tuviere a bien concedernos. De ahí se seguirá que no procuraremos por
medios ilícitos, ni con engaños, malas artes o violencias y con daño del
prójimo, conseguir riquezas, ni aspirar a los honores y dignidades de los
demás; sino que únicamente buscaremos las riquezas que no nos apartan de
la conciencia. Porque, ¿quién puede esperar el favor de la bendición de Dios,
para cometer engaños, rapiñas y otras injusticias? Como quiera que ella no
ayude más que a los limpios de corazón y a los que cuidan de hacer el bien, el
hombre que la desea debe apartarse de toda maldad y mal pensamiento.
Además, ella nos servirá de freno, para que no nos abrasemos en la codicia
desordenada de enriquecernos, y para que no anhelemos ambiciosamente
honores y dignidades. Porque, ¿con qué desvergüenza confiará uno en que
Dios le va a ayudar y asistir para conseguir lo que desea, contra su propia
Palabra? ¡Lejos de Dios que lo que Él con su propia boca maldice, lo haga
prosperar con la asistencia de su bendición!
Finalmente, cuando las cosas no sucedan conforme a nuestros deseos y
esperanzas, esta consideración impedirá que caigamos en la impaciencia, y
que maldigamos del estado y. condición en que nos encontramos, por
miserable que sea. Ello sería murmurar contra Dios, por cuyo arbitrio y voluntad
son dispensadas las riquezas y la pobreza, las humillaciones y los honores.
En suma, todo aquel que descansare en la bendición de Dios, según se ha
expuesto, no aspirará por malos medios ni por malas artes a ninguna de
cuantas cosas suelen los hombres apetecer desenfrenadamente, ya que tales
medios no le servirían de nada.
Si alguna cosa le sucediera felizmente, no la atribuirá a sí mismo, a su
diligencia, habilidad y buena fortuna, sino que reconocerá a Dios como autor y
a Él se lo agradecerá.
Por otra parte, si ve que otros florecen, que sus negocios van de bien en mejor,
y en cambio sus propios asuntos no prosperan, o incluso van a menos, no por
ello dejará de sobrellevar pacientemente su pobreza, y con más moderación
que lo haría un infiel que no consiguiera las riquezas que deseaba. Porque el
creyente tendría un motivo de consuelo, mayor que el que pudiera ofrecerle
toda la abundancia y el poder del mundo reunidos, al considerar que Dios
ordena y dirige las cosas del modo que conviene a su salvación. Y así vemos
que David, penetrado de este sentimiento, mientras sigue a Dios y se deja
dirigir por El, afirma que es "como un niño destetado de su madre", y que no ha
andado "en grandezas ni en cosas demasiado sublimes" (Sa1.131, 2. 1).
10. LA ABNEGACIÓN NOS PERMITE ACEPTAR TODAS LAS PRUEBAS
Es necesario además, que el entendimiento del hombre fiel se eleve más alto
aún, hasta donde Cristo invita a sus discípulos a que cada uno lleve su cruz
(Mt.16, 24). Porque todos aquellos a quienes el Señor ha adoptado y recibido
en el número de sus hijos, deben prepararse a una vida dura, trabajosa, y llena
de toda clase de males. Porque la voluntad del Padre es ejercitar de esta
manera a los suyos, para ponerlos a prueba. Así se conduce con todos,
comenzando por Jesucristo, su primogénito. Porque, aunque era su Hijo muy
amado, en quien tenía toda su complacencia (Mt. 3,17 ; 17,5), vemos que no le
trató con miramientos ni regalo; de modo que con toda verdad se puede decir
que no solamente pasó toda su vida en una perpetua cruz y aflicción, sino que
toda ella no fue sino una especie de cruz continua. El Apóstol nos da la razón,
al decir que convino que por lo que padeció aprendiese obediencia (Heb. 5,8).
¿Cómo, pues, nos eximiremos a nosotros mismos de la condición y suerte a la
que Cristo, nuestra Cabeza, tuvo necesariamente que someterse,
principalmente cuando Él se sometió por causa nuestra, para dejarnos en sí
mismo un dechado de paciencia? Por esto el Apóstol enseña que Dios ha
señalado como meta de todos sus hijos el ser semejantes a Cristo (Rom. 8,
29).
De aquí procede el singular consuelo de que al sufrir nosotros cosas duras y
difíciles, que suelen llamarse adversas y malas, comuniquemos con la cruz de
Cristo ; y así como Él entró en su gloria celestial a través de un laberinto
interminable de males, de la misma manera lleguemos nosotros a ella a través
de numerosas tribulaciones (Hch.14, 22). Y el mismo Apóstol habla en otro
lugar de esta manera: que cuando aprendemos a participar de las aflicciones
de Cristo, aprendemos juntamente la potencia de su resurrección; y que
cuando somos hechos semejantes a su muerte, nos prepararnos de este modo
para hacerle compañía en su gloriosa eternidad (Flp.3, 10). ¡Cuán grande
eficacia tiene para mitigar toda la amargura de la cruz saber que cuanto
mayores son las adversidades de que nos vemos afligidos, tanto más firme es
la certeza de nuestra comunión con Cristo, mediante la cual las mismas
aflicciones se con vierten en bendición y nos ayudan lo indecible a adelantar
en nuestra salvación!
2. POR LA CRUZ NOS SITUAMOS PLENAMENTE EN LA GRACIA DE
DIOS
Esto es lo que san Pablo enseña diciendo que "las tribulación engendra la
paciencia, y la paciencia prueba" (Rom. 5,3-4). Porque al prometer el Señor a
sus fieles que les asistirá en las tribulaciones, ellos experimentan la verdad de
su promesa, cuando fortalecidos con su mano perseveran en la paciencia; lo
cual de ningún modo podrían hacer con sus fuerzas. Y así la paciencia sirve a
los santos de prueba de que Dios les da verdaderamente el socorro que les ha
prometido, cuando lo necesitan. Con ello se confirma su esperanza, porque
sería excesiva ingratitud no esperar en lo porvenir las verdaderas promesas de
Dios, de cuya constancia y firmeza ya tienen experiencia.
Vemos, pues, cuántos bienes surgen de la cruz como de golpe. Ella destruye
en nosotros la falsa opinión que naturalmente concebimos de nuestra propia
virtud, descubre la hipocresía que nos engañaba con sus adulaciones, arroja
de nosotros la confianza y presunción de la carne, que tan nociva nos era, y
después de humillarnos de esta manera, nos enseña a poner toda nuestra
confianza solamente en Dios, quien, como verdadero fundamento nuestro, no
deja que nos veamos oprimidos ni desfallezcamos. De esta victoria se sigue la
esperanza, en cuanto que el Señor, al cumplir sus promesas, establece su
verdad para el futuro.
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El ejemplo de David, añadido por Calvino en las últimas ediciones, fue colocado por el
impresor entre las dos frases precedentes, que corta inoportunamente.
Ciertamente, aunque no hubiese más razones que éstas, claramente se ve
cuán necesario nos es el ejercicio de la cruz. Porque no es cosa de poca
importancia que el ciego amor de nosotros mismos sea desarraigado de
nuestro corazón, y así reconozcamos nuestra propia debilidad; y que la
sintamos, para aprender a desconfiar de nosotros mismos, y así poner toda
nuestra confianza en Dios, apoyándonos con todo el corazón en Él para que
fiados en su favor perseveremos victoriosos hasta el fin; y perseveremos en su
gracia, para comprender que es fiel en sus promesas; y tengamos como ciertas
estas promesas, para que con ello se confirme nuestra esperanza.
4. LA CRUZ NOS EJERCITA POR LA PACIENCIA Y LA OBEDIENCIA
El Señor persigue aún otro fin al afligir a los suyos, a saber, probar su paciencia
y enseñarles a ser obedientes. No que puedan darle otra obediencia sino la
que Él les ha concedido; pero quiere mostrar de esta manera con admirables
testimonios las gracias e ilustres dones que ha otorgado a sus fieles, para que
no permanezcan ociosos y como arrinconados. Por eso cuando hace pública la
virtud y constancia de que ha dotado a sus servidores, se dice que prueba su
paciencia. De ahí expresiones como que tentó Dios a Abraham; y que probó su
piedad, porque no rehusó sacrificarle su propio y único hijo (Gn.22, 1-12). Por
esto san Pedro enseña que nuestra fe no es menos probada por la tribulación,
que el oro lo es por el fuego en el horno (1 Pe. 1, 7).
¿Y quién se atreverá a decir que no conviene que un don tan excelente como
el de la paciencia, lo comunique el Señor a los suyos, y sea ejercitado y salga a
luz para que a todos se haga evidente y notorio? De otra manera jamás los
hombres lo tendrían en la estima y aprecio que se merece. Y si Dios tiene justa
razón para dar materia y ocasión de ejercitar las virtudes de que ha dotado a
los suyos, a fin de que no permanezcan arrinconadas y se pierdan sin provecho
alguno, vemos que no sin motivo les envía las aflicciones, sin las cuales la
paciencia de ellos sería de ningún valor.
Afirmo también que con la cruz son enseñados a obedecer; porque de este
modo aprenden a vivir, no conforme a su capricho, sino de acuerdo con la
voluntad de Dios. Evidentemente, si todas las cosas les sucedieran a su gusto,
no sabrían lo que es seguir a Dios. Y Séneca, filósofo pagano, afirma que ya
antiguamente, cuando se quería exhortar a otro a que sufriese pacientemente
las adversidades, era proverbial decirle: Es menester seguir a Dios; queriendo
decir que el hombre de veras se somete al yugo de Dios, cuando se deja
castigar, y voluntariamente presenta la espalda a los azotes. Y si es cosa
justísima que obedezcamos en todo a nuestro Padre celestial, no debemos
negarnos a que nos acostumbre por todos los medios posibles a obedecerle.
5. ES UN REMEDIO EN VISTA DE LA SALVACIÓN, CONTRA LA
INTEMPERANCIA DE LA CARNE
Este combate que los fieles sostienen contra el sentimiento natural del dolor,
mientras se ejercitan en la paciencia y en la moderación, lo describe
admirablemente el Apóstol: "Estamos atribulados en todo, mas no angustiados;
en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados;
derribados, pero no destruidos" (2 Cor. 4,8-9).
Vemos aquí cómo sufrir la cruz con paciencia no es volverse insensible, ni
carecer de dolor alguno; como los estoicos antiguamente describieron, sin
razón, como hombre magnánimo al que, despojado de su humanidad, no se
sintiera conmovido por la adversidad más que por la prosperidad, ni por las
cosas tristes más que por las alegres; o por mejor decir, que nada le
conmoviera, como si fuese una piedra. ¿De qué les sirvió esta sabiduría tan
sublime? Realmente pintaron una imagen de la paciencia, cual jamás se vio ni
puede ser encontrada entre los hombres. Más bien, persiguiendo una paciencia
tan perfecta, privaron a los hombres de ella.
También hoy en día existen entre los cristianos nuevos estoicos, que reputan
por falta grave, no solamente gemir y llorar, sino incluso entristecerse y estar
acongojado. Estas extrañas opiniones proceden casi siempre de gentes
ociosas, que más bien se ejercitan en especular que en poner las ideas en
práctica, y no son capaces más que de producir fantasías.
El ejemplo de Cristo. Por lo que a nosotros respecta, nada tenemos que ver
con esta rigurosa filosofía, condenada por nuestro Señor y Maestro, no
solamente con su palabra, sino también con su ejemplo. Porque Él gimió y lloró
por sus propios dolores y por los de los demás. Y no enseñó otra cosa a sus
discípulos, sino esto mismo. "Vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se
alegrará" (Jn. 16, 20). Y para que nadie atribuyese esto a defecto, Él mismo
declara: "Bienaventurados los que lloran" (Mt. 5, 4). No hay por qué
maravillarse de esto; porque si se condena toda clase de lágrimas, ¿qué
juzgaremos de nuestro Señor, de cuyo cuerpo brotaron lágrimas de sangre (Lc.
22, 44)? Si hubiésemos de tener como infidelidad todo género de temor, ¿qué
decir de aquel horror que se apoderó del mismo Señor? Si no es admisible
ninguna clase de tristeza, ¿cómo aprobar lo que Él confiesa al manifestar: "Mi
alma está muy triste, hasta la muerte" (Mt. 26, 38)?
10. PACIENCIA Y CONSTANCIA CRISTIANAS. GOZOSO
CONSENTIMIENTO A LA VOLUNTAD DE DIOS
Mas como hemos asentado que la causa principal para soportar y llevar la cruz
es la consideración de la voluntad divina, es preciso exponer la diferencia entre
la paciencia cristiana y la paciencia filosófica.
Es evidente que fueron muy pocos los filósofos que se remontaron hasta
comprender que los hombres son probados por la mano de Dios con
aflicciones, y que, en consecuencia, estaban obligados a obedecerle respecto a
ello. Y aun los que llegaron a ello no dan otra razón, sino que así era necesario.
Ahora bien, ¿qué significa esto, sino que debemos ceder a Dios, puesto que
sería inútil resistirle? Pero si obedecemos a Dios solamente porque no hay más
remedio y no es posible otra cosa, si pudiéramos evitarlo, no le obedeceríamos.
Por eso la Escritura nos manda que consideremos en la voluntad de Dios otra
cosa muy distinta; a saber, primeramente su justicia y equidad, y luego el
cuidado que tiene de nuestra salvación.
De ahí que las exhortaciones cristianas son como siguen: ya sea que nos
atormente la pobreza, el destierro, la cárcel, la ignominia, la enfermedad, la
pérdida de los parientes y amigos, o cualquier otra cosa, debemos pensar que
ninguna de estas cosas nos acontece, si no es por disposición y providencia de
Dios. Además de esto, que Dios no hace cosa alguna sin un orden y acierto
admirable. ¡Como si los innumerables pecados que a cada momento
cometemos no merecieran ser castigados mucho más severamente y con
castigos mucho más rigurosos que los que su clemencia nos envía! ¡Como si
no fuera perfectamente razonable que nuestra carne sea dominada y sometida
bajo el yugo, para que no se extravíe en la concupiscencia conforme a su
impulso natural! ¡Como si no merecieran la justicia y la verdad de Dios, que
padezcamos por ellas! Y si la justicia de Dios resplandece luminosamente en
todas nuestras aflicciones, no podemos murmurar o rebelarnos contra ella sin
caer en una gran iniquidad.
Aquí no oímos ya aquella fría canción de los filósofos: es necesario obedecer,
porque no podemos hacer otra cosa. Lo que oímos es una disposición viva y
eficaz: debemos obedecer, porque resistir es una gran impiedad; debemos
sufrir con paciencia, porque la impaciencia es una obstinada rebeldía contra la
justicia de Dios.
Además, como no amamos de veras sino lo que sabemos que es bueno y
agradable, también en este aspecto nos consuela nuestro Padre
misericordioso, diciéndonos que al afligirnos con la cruz piensa y mira por
nuestra salvación. Si comprendemos que las tribulaciones nos son saludables,
¿por qué no aceptarlas con una disposición de ánimo serena y sosegada? Al
sufrirlas pacientemente no nos sometemos a la necesidad; antes bien
procuramos nuestro bien.
Estas consideraciones hacen que cuanto más metido se ve nuestro corazón en
la cruz con el sentimiento natural del dolor y la amargura, tanto más se
ensancha por el gozo y la alegría espiritual. De ahí se sigue también la acción
de gracias, que no puede estar sin el gozo. Por tanto, si la alabanza del Señor
y la acción de gracias sólo pueden proceder de un corazón alegre y contento, y
nada en el mundo puede ser obstáculo a ellas, es evidente cuán necesario
resulta templar la amargura de la cruz con el gozo y la alegría espirituales.
Por tanto, sea cual sea el género de tribulación que nos aflija, siempre
debemos tener presente este fin: acostumbrarnos a menospreciar esta vida
presente, y de esta manera incitarnos a meditar en la vida futura. Porque como
el Señor sabe muy bien hasta qué punto estamos natural-mente inclinados a
amar este mundo con un amor ciego y brutal, aplica un medio aptísimo para
apartarnos de él y despertar nuestra pereza, a fin de que no nos apeguemos
excesivamente a este amor.
Ciertamente no hay nadie entre nosotros que no desee ser tenido por hombre
que durante toda su vida suspira, anhela y se esfuerza en conseguir la
inmortalidad celestial. Porque nos avergonzamos de no superar en nada a los
animales brutos, cuyo estado y condición en nada sería de menor valor que el
nuestro, si no nos quedase la esperanza de una vida inmarcesible después de
la muerte. Más, si nos ponemos a examinar los propósitos, las empresas, los
actos y obras de cada uno de nosotros, no veremos en todo ello más que tierra.
Y esta necedad proviene que nuestro entendimiento se ciega con el falaz
resplandor de las riquezas, el poder y los honores, que le impiden ver más allá.
Asimismo el corazón, lleno de avaricia, de ambición y otros deseos, se apega a
ellos y no puede mirar más alto. Finalmente, toda nuestra alma enredada y
entretenida por los halagos y deleites de la carne busca su felicidad en la tierra.
El Señor, para salir al paso a este mal, muestra a los suyos la vanidad de la
vida presente, probándolos de continuo con diversas tribulaciones. Para que no
se prometan en este mundo larga paz y reposo, permite que muchas veces se
vean atormentados y acosados por guerras, tumultos, robos y otras molestias y
trabajos. Para que no se les vayan los ojos tras de las riquezas caducas y
vanas los hace pobres, ya mediante el destierro, o con la esterilidad de la tierra,
con el fuego y otros medios; o bien los mantiene en la mediocridad. Para que
no se entreguen excesivamente a los placeres conyugales, les da mujeres
rudas o testarudas que los atormenten; o los humilla, dándoles hijos
desobedientes y malos, o les quita ambas cosas. Y si los trata benignamente
en todas estas cosas, para que no se llenen de vanagloria, o confíen
excesivamente en sí mismos, les advierte con enfermedades y peligros, y les
pone ante los ojos cuán inestables, caducos y vanos son todos los bienes que
están sometidos a mutación.
Por tanto, aprovecharemos mucho en la disciplina de la cruz, si comprendemos
que esta vida, considerada en sí misma, está llena de inquietud, de
perturbaciones, y de toda clase de tribulaciones y calamidades, y que por
cualquier lado que la consideremos no hay en ella felicidad; que todos sus
bienes son inciertos, transitorios, vanos y mezclados de muchos males y
sinsabores. Y así concluimos que aquí en la tierra no debemos buscar ni
esperar más que lucha; y que debemos levantar los ojos al cielo cuando se
trata de conseguir la victoria y la corona. Porque es completamente cierto que
jamás nuestro corazón se moverá a meditar en la vida futura y desearla, sin
que antes haya aprendido a menospreciar esta vida presente.
2. PARA QUE NO AMENOS EXCESIVAMENTE ESTA TIERRA, EL
SEÑOR NOS HACE LLEVAR AQUÍ NUESTRA CRUZ
Porque entre estas dos cosas no hay medio posible; o no hacemos caso en
absoluto de los bienes del mundo, o por fuerza estaremos ligados a ellos por
un amor desordenado. Por ello, si tenemos en algo la eternidad, hemos de
procurar con toda diligencia desprendernos de tales lazos. Y como esta vida
posee numerosos halagos para seducirnos y tiene gran apariencia de
amenidad, gracia y suavidad, es preciso que una y otra vez nos veamos
apartados de ella, para no ser fascinados por tales halagos y lisonjas. Porque,
¿qué sucedería si gozásemos aquí de una felicidad perenne y todo sucediese
conforme a nuestros deseos, cuando incluso zaheridos con tantos estímulos y
tantos males, apenas somos capaces de reconocer la miseria de esta vida? No
solamente los sabios y doctos comprenden que la vida del hombre es como
humo, o como una sombra, sino que esto es tan corriente incluso entre el vulgo
y la gente ordinaria, que ya es proverbio común. Viendo que era algo muy
necesario de saberse, lo han celebrado con dichos y sentencias famosas.
Sin embargo, apenas hay en el mundo una cosa en la que menos pensemos y
de la que menos nos acordemos. Todo cuanto emprendemos lo hacemos como
si fuéramos inmortales en este mundo. Si vemos que llevan a alguien a
enterrar, o pasamos junto a un cementerio, como entonces se nos pone ante
los ojos la imagen de la muerte, hay que admitir que filosofamos
admirablemente sobre la vanidad de la vida presente. Aunque ni aun esto lo
hacemos siempre; porque la mayoría de las veces estas cosas nos dejan
insensibles; pero cuando acaso nos conmueven, nuestra filosofía no dura más
que un momento; apenas volvemos la espalda se desvanece, sin dejar en pos
de sí la menor huella en nuestra memoria; y al fin, se olvida, ni más ni menos
que el aplauso de una farsa que agradó al público. Olvidados, no sólo de la
muerte, sino hasta de nuestra mortal condición, como si jamás hubiésemos
oído hablar de tal cosa, recobramos una firme confianza en nuestra
inmortalidad terrena. Y si alguno nos trae a la memoria aquel dicho: que el
hombre es un animal efímero, admitimos que es así; pero lo confesamos tan
sin consideración ni atención, que la imaginación de perennidad permanece a
pesar de todo arraigada en nuestros corazones.
Por tanto, ¿quién negará que es una cosa muy necesaria para todos, no que
seamos amonestados de palabra, sino convencidos con todas las pruebas y
experiencias posibles de lo miserable que es el estado y condición de la vida
presente, puesto que aun convencidos de ello, apenas si dejamos de admirarla
y sentirnos estupefactos, como si contuviese la suma de la felicidad? Y si es
necesario que Dios nos instruya, también será deber nuestro escucharle
cuando nos llama y sacude nuestra pereza, para que menospreciemos de
veras el mundo, y nos dediquemos con todo el corazón a meditar en la vida
futura.
3. SIN EMBARGO, NO DEBEMOS ABORRECER ESTA VIDA, QUE
LLEVA Y ANUNCIA LAS SEÑALES DE LA BONDAD DE DIOS
Es una cosa monstruosa que muchos que se jactan de ser cristianos, en vez de
desear la muerte, le tienen tal horror, que tan pronto como oyen hacer mención
de ella, se echan a temblar, como si la muerte fuese la mayor desventura que
les pudiese acontecer. No es extraño que nuestro sentimiento natural sienta
terror al oír que nuestra alma ha de separarse del cuerpo. Pero lo que no se
puede consentir es que no haya en el corazón de un cristiano la luz necesaria
para vencer este temor, sea el que sea, con un consuelo mayor. Porque si
consideramos que el tabernáculo de nuestro cuerpo, que es inestable, vicioso,
corruptible y caduco, es destruido para ser luego restaurado en una gloria
perfecta, permanente, incorruptible y celestial, ¿cómo no ha de llevarnos la fe a
apetecer ardientemente aquello que nuestra naturaleza detesta? Si
consideramos que por la muerte somos liberados del destierro en que
yacíamos, para habitar en nuestra patria, que es la gloria celestial, ¿no ha de
procurarnos esto ningún consuelo?
Alguno objetará que no hay cosa que no desee permanecer en su ser. También
yo lo admito; y por eso mantengo que debemos poner nuestros ojos en la
inmortalidad futura en la cual hallaremos nuestra condición inmutable; lo cual
nunca lograremos mientras vivamos en este mundo. Y muy bien enseña san
Pablo a los fieles que deben ir alegremente a la muerte; no porque quieran ser
desnudados, sino revestidos (2 Cor. 5,4). Los animales brutos, las mismas
criaturas insensibles, y hasta los maderos y las piedras tienen como un cierto
sentimiento de su vanidad y corrupción, y están esperando el día de la
resurrección para verse libres de su vanidad juntamente con los hijos de Dios
(Rom. 8,19-21); y nosotros, dotados de luz natural, e iluminados además con el
Espíritu de Dios, cuando se trata de nuestro ser, ¿no levantaremos nuestro
espíritu por encima de la podredumbre de la tierra?
Mas no es mi intento tratar aquí de una perversidad tan grande. Ya al principio
declaré que no quería tratar cada materia en forma de exhortación y por
extenso. A hombres como éstos, tímidos y de poco aliento, les aconsejaría que
leyeran el librito de san Cipriano que tituló De la Inmortalidad, si es que
necesitan que se les remita a los filósofos; para que viendo el menosprecio de
la muerte que ellos han demostrado, comiencen a avergonzarse de sí mismos.
Debemos, pues, tener como máxima que ninguno ha adelantado en la escuela
de Cristo, si no espera con gozo y alegría el día de la muerte y de la última
resurrección. San Pablo dice que todos los fieles llevan esta marca (2 Tim. 4,8);
y la Escritura tiene por costumbre siempre que quiere proponernos un motivo
de alegría, recordarnos: Alegraos, dice el Señor, y levantad vuestras cabezas,
porque se acerca vuestra redención (Lc.21,28). ¿Es razonable, pregunto yo,
que lo que el Señor quiso que engendrara en nosotros gozo y alegría, no nos
produzca más que tristeza y decaimiento? Y si ello es así, ¿por qué nos
gloriamos de Él, como si aún fuese nuestro maestro, y nosotros sus discípulos?
Volvamos, pues, en nosotros mismos; y por más que el ciego e insensato
apetito de nuestra carne se oponga, no dudemos en desear la venida del Señor
como la cosa más feliz que nos puede acontecer; y no nos contentemos
simplemente con desear, sino aspiremos también a ella con gemidos y
suspiros. Porque sin duda vendrá como Redentor; y después de habernos
sacado de profundo abismo de toda clase de males y de miserias, nos
introducirá en aquella bienaventurada herencia de vida y de su gloria.
6. APARTEMOS NUESTRA MIRADA DE LAS COSAS VISIBLES, PARA
DIRIGIRLA A LAS INVISIBLES
Es cierto que todos los fieles, mientras viven en este mundo, deben ser como
ovejas destinadas al matadero (Rom.8,36), a fin de ser semejantes a Cristo, su
Cabeza. Serían, pues, infelicísimos, si no levantasen su mente al cielo para
superar cuanto hay en el mundo y trascender la perspectiva de todas las cosas
de esta vida.
Lo contrario ocurre una vez que han levantado su cabeza por encima de todas
las cosas terrenas, aunque contemplen las abundantes riquezas y los honores
de los impíos, que viven a su placer y con toda satisfacción, muy ufanos con la
abundancia y la pompa de cuanto pueden desear, y sobrenadando en deleites
y pasatiempos. Más aún: si los fieles se ven tratados inhumanamente por los
impíos, cargados de afrentas y vejados con toda clase de ultrajes, aun
entonces les resultará fácil consolarse en medio de tales males. Porque
siempre tendrán delante de sus ojos aquel día, en el cual ellos están seguros
que el Señor recibirá a sus fieles en el descanso de su reino, y enjugando
todas las lágrimas de sus ojos los revestirá con la túnica de la gloria y de la
alegría, y los apacentará con una inenarrable suavidad de deleites, y los
elevará hasta su grandeza, haciéndolos, finalmente, partícipes de su
bienaventuranza (Is. 25,8 ; Ap. 7,17). Por el contrario, arrojará de su lado a los
impíos que hubieren brillado en el mundo, con suma ignominia de ellos; trocará
sus deleites en tormentos; su risa y alegría en llanto y crujir de dientes; su paz
se verá perturbada con el tormento y la inquietud de conciencia; castigará su
molicie con el fuego inextinguible, y pondrá su cabeza bajo los pies de los
fieles, de cuya paciencia abusaron. "Porque", como dice san Pablo, "es justo
delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que
sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor
Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder" (2 Tes. 1,6-7).
Éste es, ciertamente, nuestro único consuelo. Si se nos quita, por fuerza
desfalleceremos, o buscaremos consuelos vanos, que han de ser la causa de
nuestra perdición. Porque el Profeta mismo confiesa que sus pies vacilaron y
estuvo para caer, mientras persistió más de lo conveniente en considerar la
prosperidad de los impíos; y nos asegura que no pudo permanecer firme y en
pie hasta que, entrando en el Santuario del Señor, se puso a considerar cuál
había de ser el paradero de los buenos, y cuál el fin de los malvados (Sa1.73,2-
3 .17-20).
En una palabra: la cruz de Cristo triunfa de verdad en el corazón de los fieles
contra el Diablo, contra la carne, contra el pecado y contra los impíos, cuando
vuelven sus ojos para contemplar la potencia de su resurrección.
Con esta misma lección la Escritura nos instruye muy bien acerca del recto uso
de los bienes temporales; cosa que ciertamente no se ha de tener en poco
cuando se trata de ordenar debidamente nuestra manera de vivir. Porque si
hemos de vivir, es también necesario que nos sirvamos de los medios
necesarios para ello. Y ni siquiera podemos abstenemos de aquellas cosas que
parecen más bien aptas para proporcionar satis-facción, que para remediar una
necesidad. Hemos, pues, de tener una medida, a fin de usar de ellas con pura
y sana conciencia, ya sea por necesidad, ya por deleite.
Esta medida nos la dicta el Señor al enseñarnos que la vida presente es una
especie de peregrinación para los suyos mediante la cual se encaminan al
reino de los cielos. Si es preciso que pasemos por la tierra, no hay duda que
debemos usar de los bienes de la tierra en la medida en que nos ayudan a
avanzar en nuestra carrera y no le sirven de obstáculo. Por ello, no sin motivo
advierte san Pablo que usemos de este mundo, como si no usáramos de él;
que adquiramos posesiones, con el mismo ánimo con que se venden (1 Cor.7,
31). Mas, como esta materia puede degenerar en escrúpulos, y hay peligro de
caer en un extremo u otro, procuremos asegurar bien el pie para no correr
riesgos.
Ha habido algunos, por otra parte buenos y santos, que viendo que la
intemperancia de los hombres se desata como a rienda suelta si no se la
refrena con severidad, y deseando poner remedio a tamaño mal, no permitieron
a los hombres el uso de los bienes temporales sino en cuanto lo exigía la
necesidad, lo cual decidieron porque no veían otra solución. Evidentemente
este consejo procedía de un buen deseo; pero pecaron de excesivamente
rigurosos. Su determinación era muy peligrosa, ya que ligaban la conciencia
mucho más estrechamente de lo que requería la Palabra de Dios. En efecto,
afirman que obramos conforme a la necesidad cuando nos abstenemos de
todas aquellas cosas sin las cuales podemos pasar. Según esto, apenas nos
sería lícito mantenernos más que de pan y agua. En algunos, la austeridad ha
llegado aún más adelante, según se cuenta de Crates de Tebas, quien arrojó
sus riquezas al mar, pensando que si no las destruía, ellas habían de destruirlo
a él.
Por el contrario, son muchos los que en el día de hoy, buscando cualquier
pretexto para excusar su intemperancia y demasía en el uso de estas cosas
externas, y poder dejar que la carne se explaye a su placer, afirman como cosa
cierta, que de ningún modo les concedo, que la libertad no se debe limitar por
reglas de ninguna clase, y que hay que permitir que cada uno use de las cosas
según su conciencia y conforme a él le pareciere lícito.
Admito que no debemos, ni podemos, poner reglas fijas a la con-ciencia
respecto a esto. Sin embargo, como la Escritura nos da reglas generales sobre
su uso legítimo, ¿por qué éste no va a regularse por ellas?
2. DEBEMOS USAR DE TODAS LAS COSAS SEGÚN EL FIN PARA EL
CUAL DIOS LAS HA CREADO
El primer punto que hay que sostener en cuanto a esto es que el uso de los
dones de Dios no es desarreglado cuando se atiene al fin para el cual Dios los
creó y ordenó, ya que Él los ha creado para bien, y no para nuestro daño. Por
tanto nadie caminará más rectamente que quien con diligencia se atiene a este
fin.
Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos,
veremos que no solamente quiso proveer a nuestro mantenimiento, sino que
también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos,
además de la necesidad, pensó en el decoro y la honestidad. En las hierbas,
los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso
alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su
olor. De no ser esto así, el Profeta no cantaría entre los beneficios de Dios, que
"el vino alegra el corazón del hombre", y "el aceite hace brillar el rostro"
(Sa1.104,14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a
cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las mismas
propiedades naturales de las cosas muestran claramente la manera como
hemos de usar de ellas, el fin y la medida.
¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que
espontáneamente se ofrecen a la vista; y un olor tan suave que penetra los
sentidos, y que sin embargo no nos es lícito recrearnos con su belleza y
perfume? ¿No ha diferenciado los colores unos de otros de modo que unos nos
procurasen mayor placer que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al
oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de
mayor estima que el resto de los metales y las piedras? ¿No nos ha dado,
finalmente, innumerables cosas, que hemos de tener en gran estima, sin que
nos sean necesarias?
3. CUATRO REGLAS SIMPLES / PRIMERA REGLA
Pero no hay camino más seguro ni más corto que el desprecio de la vida
presente y la asidua meditación de la inmortalidad celestial. Porque de ahí
nacen dos reglas.
La primera es que quienes disfrutan de este mundo, lo hagan como si no
disfrutasen; los que se casan, como si no se casasen; los que compran, como
si no comprasen, como dice san Pablo (1 Cor. 7, 29-31).
La segunda, que aprendamos a sobrellevar la pobreza con no menor paz y
paciencia que si gozásemos de una moderada abundancia.
Usemos de este mundo como si no usáramos de él. El que manda que usemos
de este mundo como si no usáramos, no solamente corta y suprime toda
intemperancia en el comer y en el beber, todo afemina-miento, ambición,
soberbia, fausto y descontrol, tanto en la mesa como en los edificios y vestidos;
sino que corrige también toda solicitud o afecto que pueda apartarnos de
contemplar la vida celestial y de adornar nuestra alma con sus verdaderos
atavíos Admirable es el dicho de Catón, que donde hay excesiva preocupación
en el vestir hay gran descuido en la virtud; como también era antiguamente
proverbio común, que quienes se ocupan excesivamente del adorno de su
cuerpo apenas se preocupan de su alma.
Por tanto, aunque la libertad de los fieles respecto a las cosas ex-ternas no
debe ser limitada por reglas o preceptos, sin embargo debe regularse por el
principio de que hay que regalarse lo menos posible; y, al contrario, que hay
que estar muy atentos para cortar toda superfluidad, toda vana ostentación de
abundancia — ¡tan lejos deben estar de la intemperancia! —, y guardarse
diligentemente de convertir en impedimentos las cosas que se les han dado
para que les sirvan de ayuda.
5. SOPORTEMOS LA POBREZA; USEMOS MODERADAMENTE DE LA
ABUNDANCIA
La otra regla será que aquellos que tienen pocos recursos económicos, sepan
sobrellevar con paciencia su pobreza, para que no se vean atormentados por la
envidia. Los que sepan moderarse de esta manera, no han aprovechado poco
en la escuela del Señor. Por el contrario, el que en este punto no haya
aprovechado nada, difícilmente podrá probar que es discípulo de Cristo.
Porque, aparte de que el apetito y el deseo de las cosas terrenas va
acompañado de otros vicios numerosos, suele ordinariamente acontecer que
quien sufre la pobreza con impaciencia, muestra el vicio contrario en la
abundancia. Quiero decir con esto que quien se avergüenza de ir pobremente
vestido, se vanagloriará de verse ricamente ataviado; que quien no se contenta
con una mesa frugal, se atormentará con el deseo de otra más opípara y
abundante; no se sabrá contener ni usar sobriamente de alimentos más
exquisitos, si alguna vez tiene que asistir a un banquete; que quien con gran
dificultad y desasosiego vive en una condición humilde sin oficio ni cargo
alguno público, éste, si llega a verse constituido en dignidad y rodeado de
honores, no podrá abstenerse de dejar ver su arrogancia y orgullo.
Por tanto, todos aquellos que sin hipocresía y de veras desean servir a Dios,
aprendan, a ejemplo del Apóstol, a estar saciados como a tener hambre (Flp.
4,12); aprendan a conducirse en la necesidad y en la abundancia.
Somos administradores de los bienes de Dios: Además presenta la Escritura
una tercera regla, con la que modera el uso de las cosas terrenas. Algo
hablamos de ella al tratar de los preceptos de la caridad.117 Nos enseña que
117
Institución III, vil, 5.
todas las cosas nos son dadas por la benignidad de Dios y son destinadas a
nuestro bien y provecho, de forma que constituyen como un depósito del que
un día hemos de dar cuenta. Hemos, pues, de administrarlas como si de
continuo resonara en nuestros oídos aquella sentencia: "Da cuenta de tu
mayordomía" (Lc. 16, 2). Y a la vez hemos de recordar quién ha de ser el que
nos pida tales cuentas; a saber, Aquel que tanto nos encargó la abstinencia, la
sobriedad, la frugalidad y la modestia, y que detesta todo exceso, soberbia,
ostentación y vanidad; que no aprueba otra dispensación de bienes y hacienda,
que la regulada por la caridad; el que por su propia boca ha condenado ya
todos los regalos y deleites que apartan el corazón del hombre de la castidad y
la pureza, o que entontecen el entendimiento.
6. EN TODOS LOS ACTOS DE LA VIDA DEBEMOS CONSIDERAR
NUESTRA VOCACIÓN
Debemos finalmente observar con todo cuidado, que Dios manda que cada uno
de nosotros en todo cuanto intentare tenga presente su vocación. Él sabe muy
bien cuánta inquietud agita el corazón del hombre, que la ligereza lo lleva de un
lado a otro, y cuán ardiente es su ambición de abrazar a la vez cosas diversas.
Por temor de que nosotros con nuestra temeridad y locura revolvamos cuanto
hay en el mundo, ha ordenado a cada uno lo que debía hacer. Y para que
ninguno pase temerariamente sus límites, ha llamado a tales maneras de vivir,
vocaciones. Cada uno, pues, debe atenerse a su manera de vivir, como si fuera
una estancia en la que el Señor lo ha colocado, para que no ande vagando de
un lado para otro sin propósito toda su vida.
Esta distinción es tan necesaria, que todas nuestras obras son estimadas
delante de Dios por ella; y con frecuencia de una manera muy distinta de lo que
opinaría la razón humana y filosófica. El acto que aun los filósofos reputan
como el más noble y el más excelente de todos cuantos se podrían emprender,
es libertar al mundo de la tiranía; en cambio, toda persona particular que atente
contra el tirano es abiertamente condenada por Dios. Sin embargo, no quiero
detenerme en relatar todos los ejemplos que se podrían aducir referentes a
esto. Baste con entender que la vocación a la que el Señor nos ha llamado es
como un principio y fundamento para gobernarnos bien en todas las cosas, y
que quien no se someta a ella jamás atinará con el recto camino para cumplir
con su deber como debe. Podrá hacer alguna vez algún acto digno de
alabanza en apariencia; pero ese acto, sea cual sea, y piensen de él los
hombres lo que quieran, delante del trono de la majestad divina no encontrará
aceptación y será tenido en nada.
En fin, si no tenemos presente nuestra vocación como una regla permanente,
no podrá existir concordia y correspondencia alguna entre las diversas partes
de nuestra vida. Por consiguiente, irá muy ordenada y dirigida la vida de aquel
que no se aparta de esta meta, porque nadie se atreverá, movido de su
temeridad, a intentar más de lo que su vocación le permite, sabiendo
perfectamente que no le es lícito ir más allá de sus propios límites. El de
condición humilde se contentará con su sencillez, y no se saldrá de la vocación
y modo de vivir que Dios le ha asignado. A la vez, será un alivio, y no pequeño,
en sus preocupaciones, trabajos y penalidades, saber que Dios es su guía y su
conductor en todas las cosas. El magistrado se dedicará al desempeño de su
cargo con mejor voluntad. El padre de familia se esforzará por cumplir sus
deberes. En resumen, cada uno dentro de su modo de vivir, soportará las
incomodidades, las angustias, los pesares, si comprende que nadie lleva más
carga que la que Dios pone sobre sus espaldas.
De ahí brotará un maravilloso consuelo: que no hay obra alguna tan humilde y
tan baja, que no resplandezca ante Dios, y sea muy preciosa en su presencia,
con tal que con ella sirvamos a nuestra vocación.
Me parece que he explicado suficientemente más arriba que no les queda a los
hombres sino un único refugio para alcanzar la salvación; a saber, la fe; puesto
que por la Ley son malditos. También me parece que ha expuesto
convenientemente qué cosa es la fe, los beneficios y las gracias que Dios
comunica por ella a los hombres, y los frutos que produce.118 Resumiendo
podemos decir que Jesucristo nos es presentado por la benignidad del Padre,
que nosotros lo poseemos por la fe, y que participando de Él recibimos una
doble gracia. La primera, que reconciliados con Dios por la inocencia de Cristo,
en lugar de tener en los cielos un Juez que nos condene, tenemos un Padre
clementísimo. La segunda, que somos santificados por su Espíritu, para que
nos ejercitemos en la inocencia y en la pureza de vida. En cuanto a la
regeneración, que es la segunda gracia, ya queda dicho cuanto me parece
conveniente. El tema de la justificación ha sido tratado más ligeramente,
porque convenía comprender primeramente que la fe no está ociosa ni sin
producir buenas obras, bien que por ella sola alcanzamos la gratuita justicia por
la misericordia de Dios; y asimismo era necesario comprender cuáles son las
buenas obras de los santos, en las cuales se apoya una buena parte de la
cuestión que tenemos que tratar.
Ahora, pues, hemos de considerar por extenso este artículo de la justificación
por la fe, e investigarlo de tal manera que lo tengamos presente como uno de
los principales artículos de la religión cristiana, para que cada uno ponga el
mayor cuidado posible en conocer la solución. Porque si ante todas las cosas
no comprende el hombre en qué estima le tiene Dios, encontrándose sin
fundamento alguno en que apoyar su salvación, carece igualmente de
fundamento sobre el cual asegurar su religión y el culto que debe a Dios. Pero
la necesidad de comprender esta materia se verá mejor con el conocimiento de
la misma.
118
Institución II, XII, 1, III, II-X.
2. TRES DEFINICIONES FUNDAMENTALES
119
Es decir, lo declaró justo.
perfecta en Él, aunque todo el mundo se esfuerce y haga cuanto puede por
quitársela; ni tampoco quiere decir que los hombres puedan hacer justa la
doctrina de la salvación, la cual tiene esto por sí misma. Ambas expresiones
significan tanto como si se dijera que aquellos de quienes se habla allí
atribuyeron a Dios y a su doctrina la gloria y el honor que merecían. Por el
contrario, cuando Cristo reprocha a los fariseos que se justificaban a sí mismos
(Lc. 16, 15), no quiere decir que ellos adquirían justicia con sus obras, sino que
ambiciosamente procuraban ser tenidos por justos, siendo así que estaban
vacíos de toda justicia. Esto lo entenderán mucho mejor los que conocieren la
lengua hebrea, la cual con el nombre de "pecador" o "malhechor" designa, no
solamente a los que se sienten culpables, sino también a los que son
condenados. Así, cuando Betsabé dice que ella y su hijo Salomón serán
pecadores (1 Re. 1, 21), no pretende cargarse con el pecado, sino que se
queja de que ella y su hijo van a ser expuestos al oprobio y contados en el
número de los malhechores, si David no provee a ello. Y por el contexto se ve
claro que el verbo "ser justificado", tanto en griego como en latín, no se puede
entender sino en el sentido de "ser reputado por justo", y que no denota
cualidad alguna.
Por lo que se refiere a la materia que al presente tratamos, cuando san Pablo,
afirma que la Escritura previó que Dios había de justificar por la fe a los gentiles
(Gál.3, 8), ¿qué hemos de entender con ello, sino que Dios les imputa la
justicia por la fe? Igualmente, cuando dice que Dios justifica al impío que cree
en Jesucristo (Rom. 3,26), ¿qué sentido puede ofrecer esto, sino que Dios libra
por medio de la fe a los pecadores de la condenación que su impiedad
merecía? Y aún más claramente se expresa en la conclusión, cuando exclama:
"¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el
que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el
que también intercede por nosotros" (Rom. 8,33-34). Todo esto es como si
dijese: ¿Quién acusará a aquellos a quienes Dios absuelve? ¿Quién condenará
a aquellos a quienes Cristo defiende y protege? Justificar, pues, no quiere decir
otra cosa sino absolver al que estaba acusado, como si se hubiera probado su
inocencia. Así pues, como quiera que Dios nos justifique por la intercesión de
Cristo, no nos absuelve como si nosotros fuéramos inocentes, sino por la
imputación de la justicia; de suerte que somos reputados justos en Cristo,
aunque no lo somos en nosotros mismos. Así se declara en el sermón de san
Pablo: "Por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que todo aquello
de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado
todo aquel que cree" (Hch. 13,38-39). ¿No veis cómo después de la remisión
de los pecados se pone la justificación como aclaración? ¿No veis claramente
cómo se toma por absolución? ¿No veis cómo la justificación no es imputada a
las obras de la ley? ¿No veis cómo es un puro beneficio de Jesucristo? ¿No
veis cómo se alcanza por la fe? ¿No veis, en fin, cómo es interpuesto el satis-
facción de Cristo, cuando el Apóstol afirma que somos justificados de nuestros
pecados por Él?
Del mismo modo, cuando se dice que el publicano "descendió a su casa
justificado" (Lc. 18,14), no podemos decir que alcanzara la justicia por ningún
mérito de sus obras; lo que se afirma es que él, después de alcanzar el perdón
de sus pecados, fue tenido por justo delante de Dios. Fue, por tanto, justo, no
por la aprobación de sus obras, sino por la gratuita absolución que Dios le
dispensó. Y así es muy acertada la sentencia de san Ambrosio cuando llama a
la confesión de los pecados nuestra legítima justificación.120
4. SOBRE EL HECHO MISMO DE LA JUSTIFICACIÓN
120
Exposición sobre los Salmos, Sal. 119; sermón X, 47.
121
Osiander, cuyo verdadero nombre era Andrés Hosemann, sostuvo en 1550, en Kónisberg,
ochenta y una tesis sobre la justificación que promovieron una gran controversia, y que Calvino
refuta aquí. Aseguraba que nuestra justicia proviene de la presencia de Cristo y de su justicia
En primer lugar, esta especulación proviene de una mera curiosidad. Es cierto
que acumula textos de la Escritura para probar que Jesucristo es una misma
cosa con nosotros y nosotros con Él; lo cual, evidentemente, es superfluo
probar. Pero como él no reflexiona sobre el nudo de esta unión, se enreda en
tales marañas que no puede salir de ellas. Más a nosotros, que sabemos que
estamos unidos a Jesucristo por el secreto poder del Espíritu Santo, nos será
bien fácil librarnos de tales enredos.
Este hombre de quien hablo se imaginó algo no muy diferente del error de los
maniqueos, para trasfundir la esencia de Dios a los hombres. De aquí surgió el
otro error: que Adán fue formado a la imagen de Dios porque ya antes de que
cayese estaba Cristo designado como patrón y dechado de la naturaleza
humana. Mas, como pretendo ser breve, insistiré solamente en lo que se refiere
al tema presente.
Dice Osiander que nosotros somos una misma cosa con Cristo. También yo lo
admito; sin embargo, niego que la esencia de Cristo se mezcle con la nuestra.
Afirmo además, que él cita sin razón para confirmar sus especulaciones el
principio de que Cristo es justicia nuestra porque es Dios eterno, fuente de
justicia, y la misma justicia de Dios. Que me perdonen los lectores, si toco
brevemente los puntos que reservo para tratarlos más ampliamente en otro
lugar, por exigirlo así el orden de la exposición.
Aunque él se excuse de que no pretende con éste nombre de justicia esencial
oponerse a la sentencia según la cual somos reputados justos a causa de
Cristo, sin embargo con ello da bien claramente a entender que, no contento
con la justicia que Cristo nos consiguió con la obediencia y el sacrificio de su
muerte, se imagina que nosotros somos sustancialmente justos en Dios, tanto
por esencia como por una cualidad infusa. Y ésta es la razón por la que con
tanta vehemencia defiende no solamente Cristo, sino también el Padre y el
Espíritu Santo habitan en nosotros. También yo admito que esto es así; y sin
embargo insisto en que él lo pervierte adrede para su propósito. Porque hay
que distinguir perfectamente la manera de habitar; a saber, que el Padre y el
Espíritu Santo están en Cristo; y como toda la plenitud de la divinidad habita en
Él, también nosotros en Él poseemos a Dios enteramente. Por lo tanto, todo lo
que dice del Padre y del Espíritu Santo de un lado, y por otro de Cristo, no
pretende otra cosa sino separar a la gente sencilla de Cristo.
Además de esto ha introducido una mezcla sustancial, por la cual Dios,
transfundiéndose en nosotros, nos hace una parte de sí mismo. Porque él tiene
como cosa de ningún valor que seamos unidos con Cristo por la virtud del
Espíritu Santo, para que sea nuestra Cabeza y nosotros sus miembros; sino
que quiere que su esencia se mezcle con la nuestra. Pero, sobre todo, al
mantener que la justicia que nosotros poseemos es la del Padre y del Espíritu
Santo, según su divinidad, descubre más claramente su pensamiento; a saber,
que no somos justificados por la sola gracia del Mediador, y que la justicia no
nos es ofrecida simple y plenamente en su Persona, sino que somos hechos
partícipes de la justicia divina cuando Dios se hace esencialmente una cosa
con nosotros.
en nosotros, por una especie de justificación mística. Con ello destruía la obra propia de Cristo
en la cruz.
6. OSIANDER DA DEFINICIONES ERRÓNEAS DE LA JUSTIFICACIÓN
Y DE SUS RELACIONES CON LA REGENERACIÓN Y LA
SANTIFICACIÓN
Si él dijera solamente que Cristo al justificarnos se hace nuestro por una unión
esencial, y que no solamente en cuanto hombre es nuestra Cabeza, sino
también que la esencia de su naturaleza divina se derrama sobre nosotros, se
alimentaría de sus fantasías, que tanto deleite le causan, con menor daño, e
incluso puede que este desvarío se dejara pasar sin disputar mayormente por
él. Mas como el principio del que él parte es como la jibia, que arroja su propia
sangre, negra como la tinta, para enturbiar el agua y ocultar la multitud de sus
colas, si no queremos que conscientemente nos sea arrebatada de las manos
aquella justicia que únicamente puede inspirarnos confianza para gloriamos de
nuestra salvación, debemos resistir valientemente a tal ilusión.
En toda esta controversia, Osiander con las palabras "justicia" y "justificar"
entiende dos cosas. Según él, ser justificados no es solamente ser
reconciliados con Dios, en cuanto que El gratuitamente perdona nuestros
pecados, sino que significa además ser realmente hechos justos de tal manera
que la justicia sea, no la gratuita imputación, sino la santidad e integridad
inspiradas por la esencia de Dios que reside en nosotros. Niega también
firmemente que Jesucristo, en cuanto sacerdote nuestro y en cuanto que
destruyendo los pecados nos reconcilió con el Padre, sea nuestra justicia; sino
que afirma que este título le conviene en cuanto es Dios eterno y es vida.
Para probar lo primero, o sea, que Dios nos justifica, no solamente
perdonándonos nuestros pecados, sino también regenerándonos, pregunta si
Dios deja a aquellos a quienes justifica, tal cual son por su naturaleza sin
cambiarlos absolutamente en cuanto a sus vicios, o no. La respuesta es bien
fácil. Así como Cristo no puede ser dividido en dos partes, de la misma manera
la justicia y la santificación son inseparables, y las recibimos juntamente en El.
Por tanto, todos aquellos a quienes Dios recibe en su gracia, son revestidos a
la vez del Espíritu de adopción, y con la virtud de la misma reformados a Su
imagen. Más si la claridad del sol no puede ser separada de su calor, ¿vamos a
decir por ello que la tierra es calentada con la luz e iluminada con su calor? No
se podría aplicar a la materia que traemos entre manos una comparación más
apta y propia que ésta. El sol hace fértil con su calor a la tierra y la ilumina con
sus rayos. Entre ambas cosas hay una unión recíproca e inseparable: y sin
embargo, la razón no permite que lo que es propio de cada una de estas cosas
se atribuya a la otra. Semejante es el absurdo que se comete al confundir las
dos gracias distintas, y que Osiander quiere meternos a la fuerza. Porque en
virtud de que Dios renueva a todos aquellos que gratuitamente acepta por
justos, y los pone en el camino en que puedan vivir con toda santidad y justicia,
Osiander confunde el don de la regeneración con esta gratuita aceptación, y
porfía que ambos dones no son sino uno mismo. Sin embargo, la Escritura,
aunque los junta, diferencia el uno del otro, para que mejor veamos la variedad
de las gracias de Dios. Porque no en vano dice san Pablo que Cristo nos ha
sido dado como justificación y santificación (1 Cor. 1,30). Y todas las veces que
al exhortarnos a la santidad y pureza de vida nos da como razón la salvación
que nos ha sido adquirida, el amor de Dios y la bondad de Cristo, claramente
nos demuestra que una cosa es ser justificados y otra ser hechos nuevas
criaturas.
Cuando se pone a citar la Escritura, corrompe todos los textos que aduce.
Interpreta el texto de san Pablo: "al que no obra, sino cree en aquél que
justifica al impío, su fe le es contada por justicia" (Rom. 4, 5), entendiendo que
Dios muda los corazones y la vida para hacer a los fieles justos. Y, en
resumen, con la misma temeridad pervierte todo ese capítulo cuarto de la carta
a los Romanos. Y lo mismo hace con el texto que poco antes cité: "¿Quién
acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica" (Rom. 8,33), como si
el Apóstol dijera que ellos son realmente justos. Sin embargo, bien claro se ve
que san Pablo habla simplemente de la culpa y del perdón de la misma, y que
el sentido depende de la antítesis u oposición. Por tanto Osiander, tanto en las
razones que alega como en los textos de la Escritura que aduce, deja ver lo
vano de sus argumentos.
Ni tiene más peso lo que dice acerca de la palabra "justicia": que la fe se le
imputó a Abraham a justicia después que, aceptando a Cristo, — que es la
justicia de Dios y el mismo Dios — había caminado y vivido justamente. Aquí
se ve que él indebidamente compone una cosa imperfecta con dos perfectas e
íntegras. Porque la justicia de Abraham de que allí se habla, no se extiende a
toda su vida, sino que el Espíritu Santo quiere atestiguar que, aunque Abraham
haya estado dotado de virtudes admirables, y al perseverar en ellas las haya
aumentado cada día más, no obstante no agradó a Dios por otra razón que
porque recibió por la fe la gracia que le fue ofrecida en la promesa. De donde
se sigue que en la justificación no hay lugar alguno para las obras, como lo
prueba muy bien san Pablo con el ejemplo de Abraham.
7. DEL SENTIDO DE LA LEY QUE NOS JUSTIFICA
122
Véanse sec. 2 y 3 del presente capítulo.
123
Calvino reprocha a Osiander que quiera hacer derivar el sacrificio de Cristo y su obra de
Mediador de su divinidad, cuando derivan de su naturaleza humana.
dice hablando en la persona del Padre: "Por su conocimiento justificará mi
siervo justo a muchos" (Is. 53, 11). Notemos que estas palabras las dice el
Padre, el cual atribuye al Hijo el oficio de justificar; y añade como razón que es
justo; y que constituye como medio de hacerlo, la doctrina por la que Jesucristo
es conocido.
Conclusiones de los párrafos 5 a 8. De aquí concluyo que Jesucristo fue hecho
justicia nuestra al revestirse de la forma de siervo; en segundo lugar, que nos
justifica en cuanto obedeció a Dios su Padre; y por tanto, que no nos comunica
este beneficio en cuanto Dios, sino según la dispensación que le fue
encargada. Porque, aunque sólo Dios sea la fuente de la justicia, y no haya
otro medio de ser justos que participando de Él, sin embargo, como por una
desdichada desgracia quedamos apartados de su justicia, necesitamos acudir
a un remedio inferior: que Cristo nos justifique con la virtud y poder de su
muerte y resurrección.
9. IMPORTANCIA DE LA ENCARNACIÓN PARA NUESTRA
JUSTIFICACIÓN
Pero, para que él con sus astucias y engaños no engañe a los ignorantes,
sostengo que permanecemos privados de este incomparable don de la justicia
mientras Cristo no es nuestro. Por tanto, doy la primacía a la unión que
tenemos con nuestra Cabeza, a la inhabitación de Cristo en nuestros
corazones, y a la unión mística mediante la cual gozamos de Él, para que al
hacerse nuestro, nos haga partícipes de los bienes de que está dotado. No
afirmo que debamos mirar a Cristo de lejos y fuera de nosotros, para que su
justicia nos sea imputada, sino en cuanto somos injertados en su cuerpo; en
suma, en cuanto ha tenido a bien hacernos una sola cosa consigo mismo. He
aquí por qué nos gloriamos de tener derecho a participar de su justicia. De esta
manera se refuta la calumnia de Osiander, cuando nos reprocha que
confundimos la fe con la justicia; como si nosotros despojásemos a Cristo de lo
que le pertenece y es suyo, al decir que por la fe vamos a Él vacíos y
hambrientos para dejar que su gracia obre en nosotros, y saciarnos de lo que
sólo Él posee.
En cambio Osiander, al menospreciar esta unión espiritual, insiste en una
mezcla grosera de Cristo con sus fieles — que ya hemos rechazado —; y por
esto condena y llama zwinglianos a todos aquellos que se niegan a suscribir su
fantasía de una justicia esencial, porque — según él — no admiten que
Jesucristo es comido sustancialmente en la Cena.
Por lo que a mí hace, tengo a mucha honra y gloria ser injuriado por un hombre
tan presuntuoso y fatuo. Aunque no me hace la guerra solamente a mí, sino
también a hombres excelentes, que han tratado puramente la Escritura, según
todo el mundo lo reconoce, y a los cuales él debería honrar con toda modestia.
Personalmente nada me importa, puesto que no trato de un asunto particular;
por eso me empleo en él tanto más sinceramente, cuanto más libre y ajeno
estoy de toda pasión y afecto desordenado.
El que él mantenga y defienda de una manera tan insistente la justicia esencial
y la esencial inhabitación de Cristo en nosotros, tiende primeramente a
defender que Dios se transfunde a nosotros en una especie de mezcla, al
modo como se incorporan a nosotros los alimentos que tomamos; he ahí la
manera como él se imagina que comemos a Cristo en la Cena.
Secundariamente pretende que Dios nos inspira su justicia, mediante la cual
realmente y de hecho somos hechos justos con Él; porque, según su opinión,
esta justicia es el mismo Dios, como la bondad, santidad, integridad y
perfección de Dios.
No emplearé ni mucho tiempo en contestar a los testimonios de la Escritura
que él cita, y que retuerce y trae por los cabellos para hacerles decir lo que él
quiere. Todos ellos deben entenderse de la vida celestial, pero él los entiende
de la vida presente. San Pedro dice que tenemos preciosas y grandísimas
promesas para llegar por ellas a ser partícipes de la naturaleza divina (2 Pe.
1,4). ¡Como si ya ahora fuésemos cuales el Evangelio promete que seremos en
la última venida de Cristo! Por el contrario, san Juan nos advierte que entonces
veremos a Dios como es, porque seremos semejantes a Él (1 Jn. 3,2).
Solamente he querido proponer a los lectores una pequeña muestra de los
desvaríos de este hombre, para que se hagan cargo de que renuncio a
refutarlos, no porque sea una tarea difícil, sino porque es enojoso perder el
tiempo en cosas superfluas.
11. REFUTACIÓN DE LA DOCTRINA DE LA DOBLE JUSTICIA,
ADELANTADA POR OSIANDER
Los lectores, sin embargo, han de estar muy sobre aviso para descubrir el gran
misterio que Osiander se ufana de no querer encubrir. Después de haber
ampliamente disertado acerca de cómo no alcanzamos favor ante Dios por la
sola imputación de la justicia de Cristo, dando como razón que sería imposible
que Dios tuviese por justos a aquellos que no lo son — me sirvo de sus mismas
palabras —, al fin concluye que Jesucristo no nos ha sido dado como justicia
respecto a su naturaleza divina; y que si bien esta justicia no es posible hallarla
más que en la Persona del Mediador, sin embargo no le compete en cuanto
hombre, sino en cuanto es Dios. Al expresarse de esta manera ya no entreteje
su acuerdo con la doble justicia como antes lo hacía; simplemente priva a la
naturaleza humana de Cristo del oficio y la virtud de justificar. Será muy
oportuno exponer la razón con la que prueba su opinión.
San Pablo, en el lugar antes citado, dice que Jesucristo "nos ha sido hecho
sabiduría" (1 Cor. 1, 30). Según Osiander, esto no compete más que al Verbo
eterno; y de aquí concluye que Cristo en cuanto hombre no es nuestra justicia.
A esto respondo que el Hijo Unigénito de Dios ha sido siempre su Sabiduría,
pero que san Pablo le atribuye este título en otro sentido, en cuanto que
después de revestirse de nuestra carne humana, todos los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia están escondidos en Él (Col. 2, 3). Así que Él nos
manifestó lo que tenía en su Padre; y por eso lo que dice san Pablo no se
refiere a la esencia del Hijo de Dios, sino a nuestro uso, y se aplica
perfectamente a la naturaleza de Cristo. Porque aunque la luz resplandecía en
las tinieblas antes de que Él se revistiese de nuestra carne, sin embargo era
una luz escondida hasta que Cristo mismo, sol de justicia, se manifestó en la
naturaleza humana; y por esto se llama a sí mismo "luz del mundo" (Jn. 8, 12).
Tampoco es muy juiciosa su objeción de que la virtud de justificar excede con
mucho la facultad de los ángeles y de los hombres, puesto que nosotros no
disentimos acerca de la dignidad de ninguna criatura; simplemente afirmamos
que esto depende del decreto y ordenación de Dios. Si los ángeles quisieran
satisfacer por nosotros a Dios, no conseguirían nada; la razón es que no han
sido destinados a esto. Este oficio es propio y peculiar de Cristo, quien se
sometió a la Ley para librarnos de la maldición de la Ley (Gál. 3, 13).
Injustamente también calumnia a los que niegan que Cristo según su
naturaleza divina sea nuestra justicia; afirma que no dejan en Cristo más que
una parte; y — lo que es peor — les acusa de que hacen dos dioses; porque
aunque confiesan que Dios habita en nosotros, sin embargo niegan que
seamos justos por la justicia de Dios. Porque yo le respondo, que si bien
llamamos a Cristo autor de la vida, en cuanto se ofreció a la muerte para
destruir al que tenía su imperio (Heb. 2,14), no por eso le privamos del honor
que se le debe en cuanto es Dios encarnado; simplemente nos limitamos a
distinguir de qué manera la justicia de Dios llega a nosotros, para que podamos
disfrutar de ella. En lo cual Osiander ha tropezado a lo tonto. No negamos que
lo que nos es dado manifiestamente en Cristo dimane de la gracia y virtud
oculta de Dios; ni nuestra controversia tiene tampoco como razón de ser que
neguemos que la justicia que Cristo nos da sea justicia de Dios y proceda de
Él. Lo que de continuo e insistentemente afirmamos es que no podemos
alcanzar justicia y vida sino en la muerte y resurrección de Cristo.
Paso por alto el cúmulo de textos de la Escritura con que desvergonzada y
neciamente molesta a los lectores. Según él, dondequiera que en la Escritura
se hace mención de la justicia hay que entender la justicia esencial; así por
ejemplo, cuando acomoda a su propósito lo que tantas veces repite David en
sus salmos: que tenga a bien Dios socorrerle según su justicia. ¿Qué
fundamento hay aquí, pregunto yo, para probar que tenemos la misma
sustancia de Dios? Ni tiene más fuerza lo que aduce, que con toda propiedad y
razón es llamada justicia aquella que nos incita a obrar rectamente.
De que Dios es el que produce en nosotros el querer y el obrar (Flp. 2, 13),
concluye que no tenemos más justicia que la de Dios. Pero nosotros no
negamos que Dios nos reforme por su Espíritu en santidad de vida y en justicia;
el problema radica en si esto lo hace Dios inmediatamente por sí mismo, o bien
por medio de su Hijo, en el cual ha depositado toda la plenitud de su Espíritu,
para socorrer con su abundancia la necesidad de sus miembros. Además,
aunque la justicia dimane y caiga sobre nosotros de la oculta fuente de la
divinidad, aun así no se sigue que Cristo, quien por causa nuestra se santificó a
sí mismo (Jn. 17, 19) en carne, no sea nuestra justicia sino según su divinidad.
No tiene mayor valor su aserto de que el mismo Cristo ha sido justo por la
justicia divina; porque si la voluntad del Padre no le hubiera movido, no hubiera
cumplido el deber que le había asignado. Aunque en otro lugar se dice que
todos los méritos de Cristo dimanan de la pura benevolencia de Dios, como
arroyos de su fuente, sin embargo ello no tiene importancia para confirmar la
fantasía con que Osiander deslumbra sus ojos y los de la gente sencilla e
ignorante. Porque, ¿quién será tan insensato que concluya con él que porque
Dios es la fuente y el principio de nuestra justicia, por eso somos nosotros
esencialmente justos, y que la esencia de la justicia de Dios habita en
nosotros? Isaías dice que Dios, cuando redimió a su Iglesia, se vistió con Su
justicia, como quien se pone la coraza. ¿Quiso con esto despojar a Cristo de
sus armas, que le había asignado para que fuese un Redentor perfecto y
completo? Mas el profeta simplemente quiso afirmar que Dios no tomó nada
prestado por lo que se refiere al asunto de nuestra redención, y que no recibió
ayuda de ningún otro (Is.59, 16-17). Esto lo expuso brevemente san Pablo con
otras palabras, diciendo que Dios nos ha dado la salvación para manifestación
de su justicia (Rom. 3, 24-25). Sin embargo, esto no se opone a lo que enseña
en otro sitio: que somos justos por la obediencia de un hombre (Rom. 5,19).
En conclusión, todo el que mezcle dos justicias, a fin de que las almas infelices
no descansen en la pura y única misericordia de Dios, pone a Cristo una
corona de espinas para burlarse de Él.
13. IMPUGNACIÓN DE LOS SOFISMAS DE LOS TEÓLOGOS
ROMANOS:
125
Libro de las Sentencias, III, dist. 19.
Sin duda quiso seguir la opinión de san Agustín; pero lo hace de lejos, e incluso
se aparta notablemente de él. En efecto, oscurece lo que san Agustín había
expuesto claramente; y lo que no estaba del todo mal, lo corrompe por
completo. Las escuelas sorbónicas fueron siempre de mal en peor, hasta caer
en cierto modo en el error de Pelagio. Por lo demás, tampoco hemos de admitir
sin más la opinión de san Agustín; o por lo menos no se puede admitir su
manera de hablar. Pues, aunque con toda razón despoja al hombre de todo
título de justicia, atribuyéndolo completamente a la gracia de Dios, sin embargo
refiere la gracia, mediante la cual somos regenerados por el Espíritu a una
nueva vida,126 a la santificación.127
16. ENSEÑANZA DE LA ESCRITURA SOBRE LA JUSTICIA DE LA FE
Ahora bien, la Escritura, cuando habla de la justicia de la fe, nos lleva por un
camino muy diferente. Ella nos enseña que, desentendiéndonos de nuestras
obras, pongamos únicamente nuestros ojos en la misericordia de Dios y en la
perfección de Cristo. El orden de la justificación que en ella aparece es:
primeramente Dios tiene a bien por su pura y gratuita bondad recibir al pecador
desde el principio,' no teniendo en cuenta en el hombre cosa alguna por la cual
haya de sentirse movido a misericordia hacia él, sino únicamente su miseria,
puesto que lo ve totalmente desnudo y vacío de toda buena obra, y por eso el
motivo para hacerle bien lo encuentra exclusivamente en Sí mismo. Después
toca al pecador con el sentimiento de Su bondad, para que desconfiando de sí
mismo y de todas sus obras, confíe toda su salvación a Su misericordia. Tal es
el sentimiento de la fe, por el cual el pecador entra en posesión de su
salvación, al reconocerse por la doctrina del Evangelio reconciliado con Dios,
en cuanto por mediación e intercesión de Jesucristo, después de alcanzar el
perdón de sus pecados, es justificado; y aunque es regenerado por el Espíritu
de Dios, sin embargo no pone su confianza en las buenas obras que hace, sino
que está plenamente seguro de que su perpetua justicia consiste en la sola
justicia de Cristo.
Cuando hayamos considerado una por una todas estas cosas, permitirán ver
con toda claridad la explicación que hemos dado; aunque será mejor
exponerlas en un orden diferente del que hemos presentado. Sin embargo,
esto poco importa con tal que se haga de tal manera, que la materia quede
bien explicada y perfectamente comprendida.
17. DOS TESTIMONIOS DEL APÓSTOL SAN PABLO: ROMANOS 10,5 .9-
10
126
Este pensamiento aparece constantemente en san Agustín, pero se puede señalar
especialmente su obra Del Espíritu y de la Letra.
127
Es, pues, igual que confundir, al menos en los términos, la justificación con la regeneración
y la santificación.
consideración de las obras. Es lo que san Pablo enseña clarísimamente en
diversos lugares, pero principalmente en dos pasajes.
Romanos 10,5 .9-10. Porque en la Epístola a los Romanos, comparando la Ley
con el Evangelio, habla de esta manera: "De la justicia que es por la ley Moisés
escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia
que es por la fe dice así: ... si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y
creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo." (Rom.
10, 5.9). Aquí vemos cómo él establece una diferencia entre la Ley y el
Evangelio, en cuanto que la Ley atribuye la justicia a las obras; en cambio el
Evangelio la da gratuitamente sin consideración alguna a las mismas.
Ciertamente es un texto admirable, que puede desembarazarnos de muchas
dudas y dificultades, si entendemos que la justicia que se nos da en el
Evangelio está libre de las condiciones de la Ley. Por esta razón opone tantas
veces como cosas
Es la justificación del impío cuando se hace creyente (Rom. 4, 5) contrarias la
promesa a la Ley: "Si la herencia", dice, "es por la ley, ya no es por la promesa"
(Gál. 3, 18); y el resto del capítulo se refiere a este propósito.
Es cierto que la Ley también tiene sus promesas. Por tanto es necesario que
en las promesas del Evangelio haya algo distinto y diferente, si no queremos
decir que la comparación no es apta. ¿Y qué puede ser ello sino que las
promesas del Evangelio son gratuitas y que se fundan exclusivamente en la
misericordia de Dios, mientras que las promesas legales dependen, como
condición, de las obras? Y no hay por qué argüir que san Pablo ha querido
simplemente reprobar la justicia que los hombres presumen de llevar ante Dios,
adquirida por sus fuerzas naturales y su libre albedrío; puesto que san Pablo,
sin hacer excepción alguna, declara que la Ley no adelanta nada mandando,
porque no hay quien la cumpla; y ello no solamente entre la gente corriente,
sino también entre los más perfectos (Rom. 8,3). Ciertamente, el amor es el
punto principal de la Ley, puesto que el Espíritu de Dios nos forma e induce a
él. ¿Por qué, entonces, no alcanzamos justicia por este amor, sino porque es
tan débil e imperfecto, aun en los mismos santos, que por sí mismo no merece
ser tenido en ninguna estima?
18. GÁLATAS 3,11-12.
El segundo texto es: "Que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es
evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El
que hiciere estas cosas vivirá por ellas" (Gál. 3,11-12). Si fuese de otra manera,
¿cómo valdría el argumento, sin tener ante todo por indiscutible que las obras
no se deben tener en cuenta, sino que deben ser dejadas a un lado? San Pablo
dice que la Ley es cosa distinta de la fe. ¿Por qué? La razón que aduce es que
para su justicia se requieren obras. Luego, de ahí se sigue que no se requieren
las obras cuando el hombre es justificado por la fe. Bien claro se ve por la
oposición entre estas dos cosas, que quien es justificado por la fe, es
justificado sin mérito alguno de obras, y aun independientemente del mismo;
porque la fe recibe la justicia que el Evangelio presenta. Y el Evangelio difiere
de la Ley en que no subordina la justicia a las obras, sino que la pone
únicamente en la misericordia de Dios.
Semejante es el argumento del Apóstol en la Epístola a los Romanos, cuando
dice que Abraham no tiene de qué gloriarse, porque la fe le fue imputada a
justicia (Rom. 4,2). Y luego añade en confirmación de esto, que la fe tiene lugar
cuando no hay obras a las que se les deba salario alguno. "Al que obra", dice,
"no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no
obra,... su fe le es contada por justicia" (Rom. 4,4-5). Lo que sigue poco
después tiende también al mismo propósito: que alcanzamos la herencia por la
fe, para que entendamos que la alcanzamos por gracia (Rom. 4,16); de donde
concluye que la herencia celestial se nos da gratuitamente, porque la
conseguimos por la fe. ¿Cuál es la razón de esto, sino que la fe, sin necesidad
de las obras, se apoya toda ella en la sola misericordia de Dios?
No hay duda que en este mismo sentido dice en otro lugar: "Ahora, aparte de la
ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los
profetas" (Rom. 3,21). Porque al excluir la Ley, quiere decir que no somos
ayudados por nuestros méritos ni alcanzamos justicia por nuestras buenas
obras, sino que nos presentamos vacíos a recibirla.
19. SOMOS JUSTIFICADOS POR LA SOLA FE
Ya pueden ver los lectores con qué ecuanimidad y justicia discuten los actuales
sofistas nuestra doctrina de que el hombre es justificado por la sola fe. No se
atreven a negar que el hombre sea justificado por la fe, pues ven que la
Escritura así lo afirma tantas veces; pero como la palabra "sola" no se halla
nunca en la Escritura, no pueden sufrir que nosotros la añadamos. Más, ¿qué
responderán a estas palabras, con las que san Pablo prueba que la justicia no
es por la fe, sino que es gratuita? ¿Qué tiene que ver lo gratuito con las obras?
¿Cómo podrán desentenderse de lo que el mismo Apóstol afirma en otro lugar:
"En el evangelio la justicia de Dios se revela" (Rom.1, 17)? Si la justicia se
revela en el Evangelio, ciertamente que no se revela a trozos, ni a medias, sino
perfecta e íntegra. Por tanto, la Ley nada tiene que ver con ella. Y su
tergiversación no sólo es falsa, sino también ridícula, al decir que añadimos por
nuestra cuenta la partícula "sola". ¿Es que al quitar toda virtud a las obras, no
la atribuye exclusivamente a la fe? ¿Qué quieren decir, pregunto, expresiones
como éstas: que la justicia se manifiesta sin la ley; que el hombre es
gratuitamente justificado sin las obras de la ley (Rom. 3, 21. 24)?
Incluso las obras morales son excluidas de la justificación. Recurren a un sutil
subterfugio, que no han sido los primeros en inventar, pues lo recibieron de
Orígenes y de otros antiguos escritores, aunque es bien fútil. Dicen que las
obras ceremoniales son excluidas, pero no las obras morales. ¡Salen tan
adelantados con tanta disputa en sus escuelas, que ni siquiera entienden los
primeros rudimentos de la dialéctica! ¿Piensan ellos que el Apóstol delira y no
sabe lo que dice, al citar en confirmación de lo que ha expuesto estos textos de
la Escritura: "El que hiciere estas cosas vivirá por ellas"; y: "maldito todo aquel
que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley para
hacerlas" (Gál. 3, 12. 10; Dt. 27, 26)? Si no están del todo fuera de sí, no
podrán decir que se promete la vida a aquellos que guardan las ceremonias, y
que solamente son malditos los que no las guardan. Si estos lugares hay que
entenderlos de la Ley moral, no hay duda de que las obras morales quedan
excluidas del poder de justificar. Al mismo fin tienden las razones que aduce,
cuando dice: "por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Rom. 3,20);
luego la justicia no lo es. "La ley produce ira" (Rom. 4, 15); luego no aporta la
justicia. La ley no puede asegurar las conciencias (Rom. 5,1-2); luego tampoco
puede dar la justicia. La fe es imputada a la justicia; luego la justicia no es el
salario de las obras, sino que se da gratuitamente (Rom. 4,4-5). Por la fe
somos justificados; por eso todo motivo de jactancia queda disipado (Rom. 3,
27). Si la Ley pudiese darnos vida, la justicia procedería verdaderamente de la
Ley; "mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es
por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes" (Gál. 3, 22). Repliquen
ahora, si se atreven, que todo esto se dice de las ceremonias, y no de las obras
morales. ¡Los mismos niños se burlarían de su desvergüenza!
Tengamos, pues, como incontrovertible que cuando se priva a la Ley de la
virtud de poder justificar, ello debe entenderse de la Ley en su totalidad.
20. EL VALOR DE NUESTRAS OBRAS NO SE FUNDA MÁS QUE EN LA
APRECIACIÓN DE DIOS
Y si alguno se extraña de que el Apóstol haya querido añadir las obras "de la
ley", no contentándose con decir simplemente "obras", la respuesta es bien
clara. Porque para que no se haga tanto caso de las obras, éstas reciben su
valor más bien de la apreciación de Dios, que de su propia dignidad. Porque,
¿quién se atreverá a gloriarse ante Dios de la justicia de sus obras, si no le
fuere acepta? ¿Quién se atreverá a pedirle salario alguno por ellas, de no
haberlo El prometido? Por tanto, de la liberalidad de Dios depende que las
obras sean dignas de tener el título de justicia y que merezcan ser
galardonadas. Realmente todo el valor de las obras se funda en que el hombre
se esfuerce con ellas en obedecer a Dios.
Por esta causa el Apóstol, queriendo probar en otro lugar que Abraham no
pudo ser justificado por las obras, alega que la Ley fue promulgada casi
cuatrocientos treinta años después de tener lugar el pacto de gracia hecho con
él (Gál.3, 17). Los ignorantes se burlarán de este argumento, pensando que
antes de la promulgación de la Ley podía haber obras buenas. Mas él sabía
muy bien que las obras no tienen más dignidad ni valor que el ser aceptas a
Dios; por eso supone como cosa evidente, que no podían justificar antes de
que fuesen hechas las promesas de la Ley. Vemos, pues, por qué el Apóstol
expresamente nombra las obras de la Ley, queriendo quitar a las obras la
facultad de justificar; a saber, porque sólo acerca de ellas podía existir
controversia. Aunque incluso a veces excluye simplemente y sin excepción
alguna toda clase de obras, como al citar el testimonio de David, quien atribuye
la bienaventuranza al hombre al cual Dios imputa la justicia sin obras (Rom.
4,5). No pueden, pues, lograr con todas sus sutilezas, que no aceptemos la
palabra exclusiva en toda su amplitud.128
Nuestra justificación no se apoya en nuestra caridad. En vano arguyen también
muy sutilmente, que somos justificados por la sola fe que obra por la caridad,
128
Lat. "Quin generalem exclusivam obtineamus".
queriendo dar con ello a entender que la justicia se apoya en la caridad. Desde
luego admitimos con san Pablo que no hay otra fe que justifique sino "la que
obra por el amor" (Gál. 5,6); pero no adquiere la virtud de justificar de esa
eficacia de la caridad. La única razón de que justifique es que nos pone en
comunicación con la justicia de Cristo. De otra manera de nada valdría el
argumento de san Pablo, en el que insiste tan a propósito, diciendo: "Al que
obra, no se le cuenta el salario por gracia, sino como deuda; mas al que no
obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia"
(Rom. 4, 4). ¿Podría por ventura hablar más claro de lo que lo hace? No hay
justicia alguna de fe, sino cuando no hay obras de ninguna clase a las que se
deba galardón; la fe es imputada a justicia, precisamente cuando la justicia se
da por gracia o merced, que de ningún modo se debe.
21. LA JUSTICIA DE LA FE ES UNA RECONCILIACIÓN CON DIOS, QUE
CONSISTE EN LA REMISIÓN DE LOS PECADOS
Lo uno y lo otro se ve muy claro en las citadas palabras de san Pablo, que
"Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo no tomándoles en
cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de
reconciliación"; y luego añade el resumen de su embajada: "Al que no conoció
pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos
justicia de Dios en él" (2 Cor. 5, 19-20). En este lugar pone indiferentemente
justicia y reconciliación, a fin de darnos a entender que lo uno encierra y
contiene en sí a lo otro recíprocamente.
La manera de alcanzar esta justicia nos la enseña cuando dice que consiste en
que Dios no nos impute nuestros pecados. Por tanto, que nadie dude ya en
adelante del modo como Dios nos justifica, puesto que san Pablo dice
expresamente que se realiza en cuanto el Señor nos reconcilie consigo no
imputándonos nuestros pecados. Y en la Epístola a los Romanos prueba
también con el testimonio de David, que al hombre le es imputada la justicia sin
las obras, al proponer el Profeta como justo al hombre al cual le son
perdonadas sus iniquidades y sus pecados cubiertos, y al cual Dios no le
imputa sus delitos (Rom. 4,6). Evidentemente
David emplea en este lugar el término bienaventuranza como equivalente al de
justicia. Ahora bien, al afirmar que consiste en la remisión de los pecados, no
hay razón para que nosotros intentemos definirla de otra manera. Y Zacarías,
padre del Bautista, pone el conocimiento de la salvación en la remisión de los
pecados (Lc. 1, 77). De acuerdo con esta norma, concluye san Pablo su
predicación en Antioquía, en que resume su salvación de esta manera: "Por
medio de él (Jesucristo) se os anuncia perdón de pecados; y de todo aquello
que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo
aquel que cree" (Hch. 13, 38-39). De tal manera junta el Apóstol la remisión con
la justicia, que demuestra que son una misma cosa. Con toda razón, por lo
tanto, argumenta que es gratuita la justicia que alcanzamos de la bondad de
Dios.
No debe extrañar esta manera de expresarse, como si se tratara de algo
nuevo, cuando afirmamos que los fieles son justos delante de Dios, no por sus
obras, sino por gratuita aceptación; ya que la Escritura lo hace muy
corrientemente, e incluso los doctores antiguos lo emplean a veces. Así, san
Agustín dice: "La justicia de los santos mientras viven en este mundo, más
consiste en la remisión de los pecados, que en la perfección de las virtudes";129
con lo cual están de acuerdo estas admirables sentencias de san Bernardo:
"No pecar es justicia de Dios; mas la justicia del hombre es la indulgencia y
perdón que alcanza de Dios".130 Y antes había afirmado que Cristo nos es
justicia, al perdonarnos; y por esta causa sólo son justos aquellos que son
recibidos por pura benevolencia. 131
23. NO SOMOS JUSTIFICADOS DELANTE DE DIOS MÁS QUE POR LA
JUSTICIA DE CRISTO
129
La Ciudad de Dios, lib. XIX, cap. 27.
130
Sobre el Cantar de los Cantares, sermón 23.
131
lbid., sermón 22.
Dios, con el cual es hecho justo. Esto es tan contrario a la doctrina expuesta,
que jamás podrá estar de acuerdo con ella. En efecto, no hay duda alguna de
que quien debe buscar la justicia fuera de sí mismo, se encuentra desnudo de
su propia justicia. Y esto lo afirma con toda claridad el Apóstol al escribir que "al
que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros
fuésemos hechos justicia de Dios en él" (2 Cor. 5,21). ¿No vemos cómo el
Apóstol coloca nuestra justicia, no en nosotros, sino en Cristo, y que no nos
pertenece a nosotros, sino en cuanto participamos de Cristo, porque en Él
poseemos todas sus riquezas?
No va contra esto lo que dice en otro lugar: "... condenó al pecado en la carne,
para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros" (Rom. 8, 3-4). Con
estas palabras no se refiere sino al cumplimiento que alcanzamos por la
imputación. Porque el Señor nos comunica su justicia de tal forma que de un
modo admirable nos transfiere y hace recaer sobre nosotros su poder, en
cuanto a lo que toca al juicio de Dios. Y que no otra cosa ha querido decir se ve
manifiestamente por la sentencia que poco antes había expuesto: "Como por la
desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así
también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos" (Rom.
5,19). ¿Qué otra cosa significa colocar nuestra justicia en la obediencia de
Cristo, sino afirmar que sólo por Él somos tenidos por justos, en cuanto que la
obediencia de Cristo es tenida por nuestra, y es recibida en paga, como si
fuese nuestra?
Por ello me parece que san Ambrosio ha tomado admirablemente como
ejemplo de esta justificación la bendición de Jacob. Así como Jacob por sí
mismo no mereció la primogenitura, y sólo la consiguió ocultándose bajo la
persona de su hermano; y poniéndose sus vestidos, que desprendían un grato
olor, se acercó a su padre para recibir en provecho propio la bendición de otro;
igualmente es necesario que nos ocultemos bajo la admirable pureza de Cristo,
nuestro hermano primogénito, para conseguir testimonio de justicia ante la
consideración de nuestro Padre celestial. He aquí las palabras de san
Ambrosio: "Que Isaac percibiera el olor celestial de los vestidos puede ser que
quiera decir que no somos justificados por obras, sino por fe; porque la
flaqueza de la carne es impedimento a las obras, mas la claridad de la fe, que
merece el perdón de los pecados, hará sombra al error de las obras".132
Ciertamente, es esto gran verdad. Porque para comparecer delante de Dios,
nuestro bien y salvación, es menester que despidamos aquel suavísimo
perfume que de Él se desprende, y que nuestros vicios sean cubiertos y
sepultados con su perfección.
132
Jacob y la Vida Feliz, lib. II, cap. 2
Aunque se ve sin lugar a dudas por numerosos testimonios, que todas estas
cosas son muy verdaderas, sin embargo no es posible darse cuenta de lo
necesarias que son mientras no hayamos demostrado palpablemente lo que
debe ser como el fundamento de toda la controversia.
En primer lugar, tengamos presente que no tratamos aquí de cómo el hombre
es hallado justo ante el tribunal de un juez terreno, sino ante el tribunal del Juez
celestial, a fin de que no pesemos de acuerdo con nuestra medida la integridad
y perfección de las obras con que se debe satisfacer el juicio divino.
Ciertamente causa maravilla ver con cuánta temeridad y atrevimiento se
procede comúnmente en este punto. Más aún; es bien sabido que no hay nadie
que con mayor descaro se atreva a hablar de la justicia de las obras, que
quienes públicamente son unos perdidos y están cargados de pecados de
todos conocidos, o bien por dentro están llenos de vicios y malos deseos.
Esto sucede porque no reflexionan en la justicia de Dios, de la que no se
burlarían tanto, si tuvieran al menos un ligero sentimiento. Y sobre todo es
despreciada y tenida en nada cuantas veces no es reconocida por tan perfecta,
que nada le agrada si no es totalmente perfecto e íntegro y libre de toda
mancha; lo cual jamás se ha encontrado ni podrá encontrarse en hombre
alguno.
Es muy fácil decir disparates en un rincón de las escuelas sobre la dignidad de
las obras para justificar al hombre; pero cuando se llega ante el acatamiento de
la majestad de Dios, hay que dejarse de tales habladurías, porque allí el
problema se trata en serio, y de nada sirven las vanas disputas y las palabras.
Esto es lo que debemos considerar, si queremos investigar con fruto sobre la
verdadera justicia. En esto, digo, debemos pensar: cómo hemos de responder
aseste Juez cuando nos llame para pedirnos cuentas. Debemos, pues,
considerarlo, no como nuestro entendimiento se lo imagina, sino como nos lo
propone y describe la Sagrada Escritura: tan resplandeciente, que las estrellas
se oscurecen; dotado de tal poder, que los montes se derriten, como le sucede
a la nieve por el calor del sol; haciendo temblar a la tierra con su ira; con tan
infinita sabiduría, que los sabios y prudentes son cogidos en sus sutilezas; con
una pureza tal, que en comparación suya todas las cosas son impuras y están
contaminadas, y cuya justicia ni los mismos ángeles la pueden sufrir; que no da
por inocente al malvado; y cuya venganza, cuando se enciende, penetra hasta
lo profundo del infierno. Entonces, cuando este Juez se siente para examinar
las obras de los hombres, ¿quién se atreverá a comparecer delante de su
tribunal sin temblar? "¿Quién", como dice el profeta, "morará con el fuego
consumidor?" ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? "El que
camina en justicia y habla lo recto" (Is. 33,14-16); ¿quién se atreverá a salir y
presentarse ante Él? Pero esta respuesta hace que ninguno se atreva a
intentarlo. Porque, por otra parte, se alza una voz terrible que nos hace
temblar: "Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse" (Sal.
130,3)? Luego sin duda todos pereceríamos, como está escrito en otro lugar:
"¿Será el hombre más justo que Dios? ¿Será el varón más limpio que el que lo
hizo? He aquí, en sus siervos no confía, y notó necedad en sus ángeles.
¡Cuánto más en los que habitan casas de barro, cuyos cimientos están en el
polvo, y que serán quebrantados por la polilla! De la mañana a la tarde son
destruidos" (Job 4,17-20). Y: "He aquí, en sus santos no confía, y ni aun los
cielos son limpios delante de sus ojos; ¡cuánto menos el hombre abominable y
vil, que bebe la iniquidad como agua!" (Job 15,15-16).
Confieso que en el libro de Job se hace mención de una especie de justicia
muy superior a la que consiste en la observancia de la Ley. Y es preciso notar
esta distinción, pues, dado el caso de que hubiese alguno que satisficiera a la
Ley —, lo cual es imposible — ni aun así ese tal podría sufrir el rigor del
examen de aquella justicia divina, que excede todo nuestro entendimiento. Así,
aunque Job tenía tranquila su conciencia y se sabía inocente, sin embargo se
queda mudo de estupor y estremecimiento, al ver que no se puede aplacar a
Dios ni con la santidad de los ángeles, si se propone examinar sus obras con
rigor. Pero dejo ahora a un lado esta justicia que he mencionado, por ser
incomprensible; solamente afirmo, que si nuestra vida fuese examinada
conforme a la regla y medida de la Ley de Dios, seríamos bien
incomprensibles, si tantas maldiciones con las que el Señor ha querido
estimularnos no nos atormentan y llenan de horror. Entre otras, debería
hacernos temblar esta regla general: "Maldito el que no confirmare las palabras
de esta ley para hacerlas" (Dt. 27, 26).
En conclusión: toda esta controversia sería muy fría e inútil si cada cual no se
siente culpable delante del Juez celestial y, solícito por alcanzar su absolución,
no se humilla por su propia voluntad.
2. LA JUSTICIA DE DIOS NO SE SATISFACE CON NINGUNA OBRA
HUMANA
A esto deberíamos dirigir los ojos, a fin de aprender a temblar, más bien que a
vanagloriamos de nuestros triunfos. Ciertamente nos resulta muy fácil, mientras
que nos comparamos con los demás hombres, pensar que poseemos algún
don particular que los demás no pueden menospreciar; pero tan pronto nos
ponemos frente a Dios, al punto se viene a tierra y se disipa aquella nuestra
confianza. Lo mismo le sucede a nuestra alma respecto a Dios, que a nuestro
cuerpo con este cielo visible. Mientras el hombre se entretiene en mirar las
cosas que están a su alrededor, piensa que su vista es excelente y muy aguda;
mas si levanta sus ojos al sol, de tal manera quedará deslumbrado por el
exceso de su claridad y resplandor, que le parecerá que la debilidad de su vista
es mucho mayor de lo que antes le parecía su fuerza de penetración, cuando
solamente contemplaba las cosas de aquí abajo.
No nos engañemos, pues, a nosotros mismos con una vana confianza. Aunque
nos consideremos iguales o superiores a todos los demás hombres, todo ello
es nada en comparación con Dios, a quien pertenece conocer y juzgar este
asunto. Mas si nuestra presunción no puede ser domada con estas
amonestaciones, nos responderá lo mismo que decía a los fariseos: "Vosotros
sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios
conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime,
delante de Dios es abominación" (Lc. 16,15). ¡Ea, pues; gloriaos y mostraos
orgullosos de vuestra justicia entre los hombres, mientras que Dios abomina de
ella en los cielos!
Pero, ¿qué hacen los siervos de Dios, de veras instruidos por su Espíritu? "No
entres en juicio con tu siervo", dicen con David, "porque no se justificará
delante de ti ningún ser humano" (Sal. 143, 2). Y con Job, aunque en un
sentido un tanto diverso: "¿Cómo se justificará el hombre con Dios? Si quisiere
contender con él, no le podrá responder a una cosa entre mil" (Job 9,2-3).
Vemos por todo esto cuál es la justicia de Dios; tal, que ninguna obra humana
le puede satisfacer, y que nos acusará de mil pecados, sin que podamos dar
satisfacción y lavarnos de uno solo. Ciertamente aquel vaso de elección de
Dios, san Pablo, había concebido de esta suerte en su corazón la justicia de
Dios, cuando aseguraba que aunque de nada tenía mala conciencia, no por
eso era justificado (1 Cor. 4, 4).
3. TESTIMONIOS DE SAN AGUSTÍN Y DE SAN BERNARDO
No sólo hay ejemplos semejantes en la Escritura, sino que todos los doctores
piadosos tuvieron los mismos sentimientos y hablaron de este modo.
San Agustín dice que todos los fieles que gimen bajo la carga de su carne
corruptible y en la miseria de la vida presente tienen la única esperanza de
poseer un Mediador justo, Cristo Jesús; y que Él es la satisfacción por nuestros
pecados.133 ¿Qué significa esto? Si los santos tienen esta sola y única
esperanza, ¿qué confianza ponen en sus obras? Porque al decir que ella sola
es su esperanza, no deja lugar a ninguna otra.
Igualmente san Bernardo dice: "Hablando con franqueza, ¿dónde hay
verdadero reposo y firme seguridad para los enfermos y los débiles, sino en las
llagas del Salvador? Yo tanto más seguro habito allí, cuanto más poderoso es
para salvarme. El mundo brama, el cuerpo me oprime, el Diablo me asedia. Yo
no caigo, porque me fundo sobre roca firme. Si cometo algún pecado grave, mi
conciencia se turba, pero no se quedará confusa, porque me acordaré de las
llagas del Señor".134 Y de todo esto concluye: "Por tanto, mi mérito es la
misericordia del Señor. Ciertamente no estoy del todo desprovisto de méritos,
mientras que a Él no le faltare misericordia. Y si las misericordias del Señor son
muchas, yo también por el hecho mismo, abundaré en méritos. ¿Cantaré yo,
por ventura, mis justicias? ¡Oh Señor, me acordaré solamente de tu justicia!
Porque ella también es mía, porque tú eres para mí justicia de Dios". Y en otro
lugar: "Éste es el mérito total del hombre: poner su esperanza en Aquel que
salva a todo el hombre".135 Y lo mismo en otro lugar, reteniendo para sí mismo
la paz, da la gloria a Dios. "A ti", dice, "sea la gloria entera y sin defecto alguno;
a mí me basta con gozar de paz. Renuncio totalmente a la gloria; no sea que si
usurpare lo que no es mío, pierda también lo que se me ofrece".136 Y todavía
más claramente en otro lugar: "¿Por qué ha de preocuparse la Iglesia por sus
méritos, cuando tiene motivo tan firme y cierto de gloriarse de la benevolencia
de Dios? Y así no hay por qué preguntarse en virtud de qué méritos esperamos
el bien; sobre todo cuando oímos por boca del profeta: yo no lo haré por
133
A Bonifacio, lib. III, cap. 5.
134
Sobre el Cantar de los Cantares, sermón 61.
135
Sobre el Salmo "Qui habitat", sermón 15.
136
Sobre el Cantar de los Cantares, sermón 13.
vosotros, sino por mí, dice el Señor (Ez.36, 22 .32). Basta, pues, para merecer,
saber que los méritos no bastan; mas como para merecer basta no presumir de
méritos, también carecer de méritos basta para la condenación."
En cuanto a que libremente emplea el nombre de méritos por buenas obras,
hay que perdonárselo por la costumbre de entonces. Su propósito era aterrar a
los hipócritas que, con su licencia sin freno, se glorían contra la gracia de Dios,
como luego lo declara él mismo diciendo: "Bienaventurada es la Iglesia, a la
que no le faltan méritos sin presunción, y que puede atrevidamente presumir137
sin méritos. Ella tiene de qué pre-sumir, mas no tiene méritos. Tiene méritos;
mas para merecer, no para presumir. Como no presumir de nada es merecer,
ella tanto más seguramente presume cuanto no presume, porque las muchas
misericordias del Señor le dan materia y motivo de gloriarse."138
4. ANTE DIOS NO HAY JUSTICIA HUMANA NINGUNA
137
Confiarse
138
Sobre el Cantar de los Cantares, sermón 68.
dignidad propia, no son sino estiércol y basura; y que lo que comúnmente es
tenido por justicia, no es más que pura iniquidad delante de Dios; que lo que es
estimado por integridad, no es sino impureza; que lo que se tiene como gloria,
es simplemente ignominia.
5. PARA RECIBIR LA GRACIA DE JESUCRISTO, HAY QUE
RENUNCIAR A TODA JUSTICIA PROPIA
Mas, ¿cuál es el medio para humillarnos, sino que siendo del todo pobres y
vacíos de todo bien, dejemos lugar a la misericordia de Dios? Porque yo no
juzgo que hay humildad si pensamos que aún queda algo en nosotros.
Ciertamente hasta ahora han enseñado una hipocresía muy perjudicial los que
han unido estas dos cosas139: que debemos sentir humildemente de nosotros
mismos delante de Dios, y sin embargo debemos tener nuestra justicia en
alguna estima. Porque si confesamos delante de Dios otra cosa que lo que
tenemos en nuestro corazón, mentimos desvergonzadamente. Y no podemos
sentir de nosotros mismos como conviene, sin que todo cuanto en nosotros nos
parezca excelente, lo pongamos debajo de los pies.
Por tanto, cuando oímos de los labios del Profeta: La salud está pre-parada
para los humildes; y, por el contrario, que Dios abatirá a los altivos (Sal 18,27),
pensemos primeramente que no tenemos acceso ni entrada alguna a la
salvación, más que despojándonos de todo orgullo y soberbia, y revistiéndonos
de verdadera humildad. En segundo lugar hemos de pensar que esta humildad
no es una cierta modestia, por la que cedemos de nuestro derecho apenas un
adarme, para abatirnos delante de Dios — como suelen ser comúnmente
llamados humildes entre los hombres aquellos que no hacen ostentación de
pompa y de fausto, ni desprecian a los demás, aunque no dejan de creer que
tienen algún valor —, sino que la humildad es un abatimiento sin ficción, que
procede de un corazón poseído del verdadero sentimiento de su miseria y
pobreza. Porque la humildad siempre se presenta de esta manera en la
Palabra de Dios. Cuando el Señor habla por Sofonías, diciendo: "Quitaré de en
medio de ti a los que se alegran en tu soberbia,... y dejaré en medio de ti un
pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová" (Sof. 3, 11-
12), nos muestra claramente cuáles son los humildes; a saber, los afligidos por
el conocimiento de su pobreza y de la miseria en que han caído. Por el
contrario, dice que los soberbios saltan de alegría, porque los hombres, cuando
las cosas les salen bien, se alegran y saltan de placer. Pero a los humildes, a
los que Él ha determinado salvar, no les deja otra cosa que la esperanza en el
Señor. Así en Isaías: "Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu y que
tiembla a mi palabra". Y: "Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y
cuyo nombre es santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el
quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes y
para vivificar el corazón de los quebrantados" (Is. 66,2; 57,15). Cuantas veces
oigamos el nombre de quebrantamiento, entendamos por ello una llaga del
corazón que no deja levantar al hombre que yace en tierra. Con este
quebrantamiento ha de estar herido nuestro corazón, si queremos, conforme a
lo que Dios dice, ser ensalzados con los humildes. Si no hacemos esto,
seremos humillados y abatidos por la poderosa mano de Dios para confusión y
vergüenza nuestra.
7. PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO
139
Los teólogos católico-romanos. Cfr. Cochlaeus, De libero arbitrio hominis (1525), fo. O 7a:
"Non sumus natura impii."
alejado sean señales de una falsa modestia, sino por el contrario, testimonios
del afecto de su corazón.
Por otra parte, nos presenta el Señor al fariseo, que da gracias a Dios porque
no es como la gente corriente, porque no es ladrón, ni injusto, ni adúltero;
porque ayuna dos veces en la semana y da el diezmo de todos sus bienes. El
declara abiertamente que su justicia es don de Dios; pero como confía que es
justo por sus obras, se hace abominable a Dios; en cambio, el publicano es
justificado por reconocer su iniquidad.
Por aquí podemos ver qué gran satisfacción da a Dios ver que nos humillamos
ante Él; tanta, que el corazón no es apto para recibir la misericordia de Dios
mientras no se encuentra del todo vacío de toda estima de su dignidad propia;
y si se encuentra ocupado por ella, al punto se le cierra la puerta de la gracia
de Dios. Y a fin de que ninguno lo ponga en duda, fue enviado Cristo al mundo
por su Padre con el mandamiento de predicar buenas nuevas a los abatidos,
de vendar a los quebrantados de corazón, de publicar libertad a los cautivos, y
a los presos apertura de la cárcel, de consolar a todos los enlutados, de
ordenar que a los afligidos de Sión se les dé gloria en vez de ceniza, óleo de
gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado (Is.
61,1-3). Conforme a este mandamiento Cristo no convida a gozar de su
liberalidad sino a aquellos que están "trabajados y cargados" (Mt. 11,28); como
dice en otro lugar: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al
arrepentimiento" (Mt.9, 13).
8. PARA PREPARARNOS A RECIBIR LA GRACIA, DEBEMOS
REPRIMIR LA ARROGANCIA Y LA PRESUNCIÓN
Por tanto, si queremos dar lugar a la llamada de Cristo, es preciso que nos
despojemos de toda arrogancia y presunción. La arrogancia nace de una loca
persuasión de la propia justicia, cuando el hombre piensa que tiene algo por lo
que merece ser agradable a Dios. La presunción puede darse incluso sin el
convencimiento de las buenas obras. Porque hay muchísimos que,
embriagados con la dulzura de los vicios, no consideran el juicio de Dios; y
adormecidos como presa de un sopor no aspiran a conseguir la misericordia
que Dios les ofrece.
Ahora bien, no es menos necesario arrojar de nosotros esta negligencia, que la
confianza en nosotros mismos, para poder correr desembarazada-mente a
Cristo y, vacíos por completo, ser saciados de sus bienes. Porque jamás
confiaremos en El cuanto debemos, si no desconfiamos del todo de nosotros
mismos. Solamente estaremos dispuestos para recibir y alcanzar la gracia de
Dios, cuando habiendo arrojado por completo la confianza en nosotros mismos,
nos fiemos únicamente de la certidumbre de su bondad y, como dice san
Agustín, olvidados de nuestros méritos, abracemos las gracias y mercedes de
Cristo;140 porque si Él buscase en nosotros algún mérito, jamás conseguiríamos
sus dones. De acuerdo con esto, compara muy adecuadamente san Bernardo
a los soberbios — que atribuyen a sus méritos cuanto les es posible — con los
siervos desleales; porque contra toda razón retienen para sí la alabanza de la
140
Sermón 174.
gracia, bien que no hace más que pasar por ellos; como si una pared se
jactase de haber sido la causa del rayo de sol, que ella recibe a través de la
ventana.
Para no detenernos más en esto, retengamos esta regla, que, si bien es breve,
es general y cierta: el que por completo se ha vaciado, no ya de su justicia —
que es nula —, sino también de la vana opinión de justicia que nos engaña,
éste se halla preparado como conviene para gozar de los frutos de la
misericordia de Dios. Porque tanto mayor impedimento pone el hombre a la
liberalidad de Dios, cuanto más se apoya en sí mismo.
Así es sin duda. Jamás nos gloriamos como se debe en Él, sino cuando
totalmente nos despojamos de nuestra gloria. Por el contrario, debemos tener
por regla general, que todos los que se glorían de sí mismos se glorían contra
Dios. Porque san Pablo dice que los hombres se sujetan finalmente a Dios
cuando toda materia de gloria les es quitada (Rom. 3,19). Por eso Isaías al
anunciar que Israel tendrá toda su justicia en Dios, añade juntamente que
tendrá también su alabanza (Is. 45,25); como si dijera: éste es el fin por el que
los elegidos son justificados por el Señor, para que en Él, y en ninguna otra
cosa, se gloríen. En cuanto al modo de ser nosotros alabados en Dios, lo había
enseñado en el versículo precedente; a saber, que juremos que nuestra justicia
y nuestra fuerza están en Él. Consideremos que no se pide una simple
confesión cualquiera, sino que esté confirmada con juramento; para que no
pensemos que podemos cumplir con no sé qué fingida humildad. Y que nadie
replique que no se gloría cuando, dejando a un lado toda arrogancia, reconoce
su propia justicia; porque tal estimación de sí mismo no puede tener lugar sin
que engendre confianza, ni la confianza sin que produzca gloria y alabanza.
Recordemos, pues, que en toda la discusión acerca de la justicia debemos
siempre poner ante nuestros ojos como fin, dejar el honor de la misma entero y
perfecto para Dios; pues para demostrar su justicia, como dice el Apóstol,
derramó su gracia sobre nosotros, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica
al que es de la fe de Jesús (Rom. 3,26). Por eso en otro lugar, después de
haber enseñado que el Señor nos adquirió la salvación para alabanza de la
gloria de su gracia (Ef. 1,6), como repitiendo lo mismo dice: "Por gracia sois
salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por
obras, para que nadie se gloríe" (Ef. 2, 8-9). Y san Pedro, al advertirnos de que
somos llamados a la esperanza de la salvación para anunciar las virtudes de
Aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pe. 2, 9), sin duda
alguna quiere inducir a los fieles a que de tal manera canten las solas
alabanzas de Dios, que pasen en silencio toda la arrogancia de la carne.
El resumen de todo esto es que el hombre no se puede atribuir ni una sola gota
de justicia sin sacrilegio, pues en la misma medida se quita y rebaja la gloria de
la justicia de Dios.
3. SÓLO LA CONSECUCIÓN GRATUITA DE LA JUSTICIA, SEGÚN LA
PROMESA, DA REPOSO Y ALEGRÍA A NUESTRA CONCIENCIA
141
Este párrafo se omite en la edición francesa de 1560, pero aparece en la latina de 1559.
para aquellos que la hubieren recibido por la fe. Por tanto, si la fe cae por tierra,
ningún poder tendrá la promesa. Por esta causa nosotros conseguimos la
herencia por la fe, a fin de que vaya fundada sobre la gracia de Dios, y de esta
manera la promesa sea firme. Porque ella queda muy bien confirmada cuando
se apoya en la sola misericordia de Dios, a causa de que su misericordia y su
verdad permanecen unidas con un lazo indisoluble, que jamás se deshará;
quiero decir, que todo cuanto Dios misericordiosamente promete, lo cumple
también fielmente. Así David, antes de pedir que le sea otorgada la salvación
conforme a la palabra de Dios, pone primero la causa en la misericordia del
Señor: Vengan, dice, a mí tus misericordias, y tu salud según tu promesa
(Sa1.119, 76). Y con toda razón; porque el Señor no se mueve a hacer esta
promesa por ninguna otra causa sino por su pura misericordia. Así que en esto
debemos poner toda nuestra esperanza, y a ello debemos asirnos fuertemente:
no mirar a nuestras obras, ni contar con ellas para obtener socorro alguno de
las mismas.
Testimonios de san Agustín y de san Bernardo. Así manda que lo hagamos san
Agustín. Aduzco su testimonio para que nadie piense que invento esto por mí
mismo. "Para siempre", dice, "reinará Cristo en sus siervos. Dios ha prometido
esto; Dios ha dicho esto; y por si esto no basta, Dios lo ha jurado. Así que
como la promesa que El ha hecho es firme, no por razón de nuestros méritos,
sino a causa de su misericordia, ninguno debe confesar con temor aquello de
que no puede dudar."142
San Bernardo dice también: "¿Quién podrá salvarse?, dicen los discípulos de
Cristo. Mas Él les responde: A los hombres es esto imposible, más no a Dios
(Lc.18, 27). Ésta es toda nuestra confianza; éste es nuestro único consuelo;
éste es el fundamento de toda nuestra esperanza. Mas si estamos ciertos de la
posibilidad, ¿qué diremos de la voluntad? ¿Quién sabe si es digno de amor o
de odio? (Ec1.9, 1). ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? (1
Cor. 2,16). Aquí ciertamente es necesario que la fe nos asista. Aquí conviene
que la verdad nos socorra, para que lo que tocante a nosotros está oculto en el
corazón del Padre, se revele por el Espíritu, y su Espíritu con su testimonio
persuada a nuestro corazón de que somos hijos de Dios; y que nos persuada,
llamándonos y justificándonos gratuitamente por la fe, que es como un medio
entre la predestinación de Dios, y la gloria de la vida eterna."143
Concluyamos en resumen como sigue: La Escritura demuestra que las
promesas de Dios no son firmes ni surten efecto alguno, si no son admitidas
con una plena confianza de corazón; doquiera que hay duda o incertidumbre
asegura que son vanas. Asimismo enseña que no podemos hacer otra cosa
que andar vacilantes y titubear, si las promesas se apoyan en nuestras obras.
Así que es menester que, o bien toda nuestra justicia perezca, o que las obras
no se tengan en cuenta, sino que sólo se dé lugar a la fe, cuya naturaleza es
abrir los oídos y cerrar los ojos; es decir, que se fije exclusivamente en la sola
promesa de Dios, sin atención ni consideración alguna para con la dignidad y el
mérito del hombre.
142
Conversaciones sobre los Salmos; Salmo LXXXVIII, I, cap. v.
143
Sermón sobre la Dedicación de la Iglesia, ser. V, 6 y ss.
Así se cumple aquella admirable profecía de Zacarías: cuando quitare el
pecado de la tierra un día, en aquel día, dice Jehová de los ejércitos, cada uno
de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su
higuera (Zac. 3,9-10). Con lo cual el profeta da a entender que los fieles no
gozarán de paz sino después de haber alcanzado el perdón de sus pecados.
Porque debemos comprender la costumbre de los profetas, según la cual
cuando tratan del reino de Cristo proponen las bendiciones terrenas de Dios
como figuras con las cuales representan los bienes espirituales. De aquí viene
también que Cristo sea llamado, bien "príncipe de paz" (Is. 9, 6), bien "nuestra
paz" (Ef. 2,14); porque Él hace desaparecer todas las inquietudes de nuestra
conciencia. Si alguno pregunta cómo se verifica esto, es necesario recurrir al
sacrificio con el cual Dios ha sido aplacado. Porque nadie podrá por menos que
temblar hasta que se convenza de que Dios es aplacado con la sola expiación
que Cristo realizó al soportar el peso de su cólera.
En suma, en ninguna otra cosa debemos buscar nuestra paz, sino en los
horrores espantosos de Jesucristo nuestro Redentor.
5. TESTIMONIO DE SAN PABLO
Más, ¿a qué alegar un testimonio en cierta manera oscuro, cuando san Pablo
claramente afirma a cada paso que las conciencias no pueden disfrutar de paz
ni satisfacción, si no llegan al convencimiento de que somos justificados por la
fe? De dónde procede esta certidumbre, lo explica él mismo; a saber, de que
"el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo" (Rom. 5, 5); como si dijera que nuestras almas de ningún modo pueden
sosegarse si no llegamos a persuadirnos completamente de que agradamos a
Dios. Y por eso exclama en otro lugar en la persona de todos los fieles:
"¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Rom. 8,35). Porque mientras no
hayamos arribado a este puerto, al menor soplo de viento temblaremos; mas si
Dios se nos muestra como pastor, estaremos seguros aun "en valle de sombra
de muerte" (Sal 23, 4).
Por tanto, todos los que sostienen que somos justificados por la fe, porque al
ser regenerados, viviendo espiritualmente somos justos, estos tales nunca han
gustado el dulzor de esta gracia para confiar que Dios les será propicio. De
donde también se sigue que jamás han conocido la manera de orar como se
debe, más que lo han sabido los turcos o cualesquiera otros paganos. Porque,
como dice el Apóstol, no hay otra fe verdadera, sino la que nos dicta y trae a la
memoria aquel suavísimo nombre de Padre, para invocar libremente a Dios; ni,
más aún, si no nos abre la boca para que nos atrevamos a exclamar alto y
claramente: Abba, Padre (Rom. 4,6). Esto lo demuestra en otro lugar mucho
más claramente, diciendo que en Cristo "tenemos seguridad y acceso con
confianza por medio de la fe en él" (Ef. 3, 12). Ciertamente, esto no acontece
por el don de la regeneración, el cual, como imperfecto que es mientras vivimos
en esta carne, lleva en sí numerosos motivos de duda. Por eso es necesario
recurrir a aquel remedio, que los fieles estén seguros de que el único y
verdadero título que poseen para esperar que el reino de los cielos les
pertenece es que, injertados en el cuerpo de Cristo, son gratuitamente
reputados como justos. Porque la fe, por lo que se refiere a la justificación, es
algo que no aporta cosa alguna nuestra para reconciliarnos con Dios, sino que
recibe de Cristo lo que nos falta a nosotros.
Para mejor explicar esto, consideremos cuál puede ser la justicia del hombre
durante todo el curso de su vida.
Para ello establezcamos cuatro grados. Porque los hombres, o privados de
todo conocimiento de Dios están anegados en la idolatría; o profesando ser
cristianos y admitidos a los sacramentos, viven sin embargo disolutamente,
negando con sus obras al Dios que con su boca confiesan, con lo cual sólo de
nombre lo son; o son hipócritas, que encubren la maldad de su corazón con
vanos pretextos; o bien, regenerados por el Espíritu de Dios, se ejercitan de
corazón en la verdadera santidad e inocencia.
El hombre, privado del conocimiento de Dios, no produce obra alguna buena.
En los primeros — que hemos de considerarlos conforme a sus dotes naturales
— no se puede hallar, mirándolos de pies a cabeza, ni un destello de bien; a no
ser que queramos acusar de mentirosa a la Escritura, cuando afirma de todos
los hijos de Adán, que tienen un corazón perverso y endurecido (Jer.17, 9); que
todo lo que pueden concebir desde su infancia no es otra cosa sino malicia
(Gn. 8, 21); que todos sus pensamientos son vanos (Sal 94,11); que no tienen
el temor de Dios ante sus ojos (Sal 36,1); que no tienen entendimiento y no
buscan a Dios (Sal 14,2); en resumen, que son carne (Gn. 6,3); término bajo el
cual se comprenden todas las obras que cita san Pablo : "adulterio, fornicación,
inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras,
contiendas, discusiones, herejías" (Gál. 5,19-21). He ahí la famosa dignidad, en
la cual confiados pueden enorgullecerse. Y si hay algunos entre ellos dotados
de honestas costumbres y con una cierta apariencia de santidad entre los
hombres, como sabemos que Dios no hace caso de la pompa exterior y de lo
que se ve por fuera, conviene que penetremos hasta la fuente misma y el
manantial de las obras, si queremos que nos valgan para alcanzar justicia.
Debemos, digo, mirar de cerca de qué afecto proceden estas Obras. Mas, si
bien se me ofrece aquí amplia materia y ocasión para hablar, como este tema
se puede tratar en muy pocas palabras, procuraré ser todo lo breve posible.
2. LAS VIRTUDES DE LOS INFIELES SE DEBEN A LA GRACIA
COMÚN
En primer lugar no niego que sean dones de Dios todas las virtudes y
excelentes cualidades que se ven en los infieles. No estoy tan privado de
sentido común, que intente afirmar que no existe diferencia alguna entre la
justicia, la moderación y la equidad de Tito y Trajano, que fueron óptimos
emperadores de Roma, y la rabia, la furia y crueldad de Cali-gula, de Nerón y
de Domiciano, que reinaron como bestias furiosas; entre las pestilentes
suciedades de Tiberio, y la continencia de Vespasiano ; ni — para no
detenernos más en cada una de las virtudes y de los vicios en particular —
entre la observancia de las leyes y el menosprecio de las mismas. Porque tanta
diferencia hay entre el bien y el mal, que se ve incluso en una imagen de
muerte. Pues, ¿qué orden habría en el mundo si confundiésemos tales cosas?
Y así el Señor, no solamente ha imprimido en el corazón de cada uno esta
distinción entre las cosas honestas y las deshonestas, sino que además la ha
confirmado muchas veces con la dispensación de su providencia. Vemos cómo
Él bendice con numerosas bendiciones terrenas a los hombres que se entregan
a la virtud. No que esta apariencia exterior de virtud merezca siquiera el menor
de los beneficios que Él les otorga; pero a Él le place mostrar cuánto ama la
verdadera justicia de esta manera, no dejando sin remuneración temporal
aquella que no es más que exterior y fingida. De donde se sigue lo que poco
antes hemos declarado; que son dones de Dios estas virtudes, o por mejor
decir, estas sombras de virtudes; pues no existe cosa alguna digna de ser
loada, que no proceda de Él.
3. ESAS VIRTUDES NO PROCEDEN DE INTENCIONES PURAS
A pesar de todo es verdad lo que escribe san Agustín, que todos los que están
alejados de la religión de un solo Dios, por más que sean estimados en virtud
de la opinión que se tiene de ellos por su virtud, no sólo no son dignos de ser
remunerados, sino más bien lo son de ser castigados, porque contaminan los
dones purísimos de Dios con la suciedad de su corazón. Porque, aunque son
instrumentos de Dios para conservar y mantener la sociedad en la justicia, la
continencia, la amistad, la templanza, la fortaleza y la prudencia, con todo
hacen muy mal uso de estas buenas obras de Dios, porque no se refrenan de
obrar mal por un sincero afecto a lo bueno y honesto, sino por sola ambición, o
por amor propio, o cualquier otro afecto. Comoquiera, pues, que sus obras
están corrompidas por la suciedad misma del corazón, que es su fuente y
origen, no deben ser tenidas por virtudes más que lo han de ser los vicios, que
por la afinidad y semejanza que con ellos guardan suelen engañarnos. Y para
explicarlo en breves palabras: comoquiera que nosotros sabemos que el único
y perpetuo fin de la justicia es que sirvamos a Dios, cualquier cosa que
pretenda otro fin, por lo mismo, con todo derecho deja de ser justa. Así que,
como esa gente no tiene en vista el fin que la sabiduría de Dios ha establecido,
aunque lo que hacen parezca bueno, no obstante es pecado, por el mal al que
va encaminado.144 Concluye, pues, san Agustín que todos los Fabricios,
Escipiones y Catones, y todos cuantos entre los gentiles gozaron de alta
estimación, han pecado en estos sus admirables y heroicos hechos; porque al
estar privados de la luz de la fe, no han dirigido sus obras al fin que debían. Por
lo cual dice que ellos no han tenido verdadera justicia, pues el deber de cada
uno se considera, no por lo que hace, sino por el fin por el que se hace. 145
144
San Agustín, Contra Juliano, lib. IV, cap. in, 16 y ss., 21.
145
Ibid., lib. IV, cap. ni, 25, 26.
4. PARA SER BUENA, UNA OBRA DEBE SER HECHA CON FE EN
CRISTO Y EN COMUNIÓN CON ÉL
Además de esto, si es verdad lo que dice san Juan, que fuera del Hijo de Dios
no hay vida (1 Jn. 5,12), todos los que no tienen parte con Cristo, sean quienes
fueren, hagan o intenten hacer durante todo el curso de su vida todo lo que se
quiera, van a dar consigo en la ruina, la perdición y el juicio de la muerte
eterna.
En virtud de esto, san Agustín dice en cierto lugar: "Nuestra religión no
establece diferencia entre los justos y los impíos por la ley de las obras, sino
por la ley de la fe, sin la cual las que parecen buenas obras se convierten en
pecado".146 Por lo cual el mismo san Agustín en otro lugar hace muy bien en
comparar la vida de tales gentes a uno que va corriendo fuera de camino.
Porque cuanto más deprisa el tal corre, tanto más se va apartando del lugar
adonde había determinado ir, y por esta causa es más desventurado. Por eso
concluye, que es mejor ir cojeando por el camino debido, que no ir corriendo
fuera de camino.147
Finalmente, es del todo cierto que estos tales son árboles malos, pues no hay
santificación posible sino en la comunicación con Cristo. Puede que produzcan
frutos hermosos y de muy suave sabor; pero, no obstante, tales frutos jamás
serán buenos. Por aquí vemos que todo cuanto piensa, pretende hacer, o
realmente hace el hombre antes de ser reconciliado con Dios por la fe, es
maldito; y no solamente no vale nada para conseguir la justicia, sino que más
bien merece condenación cierta.
Mas, ¿para qué discutimos de esto como si fuera cosa dudosa, cuando ya se
ha demostrado con el testimonio del Apóstol que "sin fe es imposible agradar a
Dios?" (Heb. 11,6).
5. PARA PRODUCIR BUENAS OBRAS, EL HOMBRE,
ESPIRITUALMENTE MUERTO, DEBE SER REGENERADO
Todo esto quedará mucho más claro si de una parte consideramos la gracia de
Dios, y de otra la condición natural del hombre.
La Escritura dice a cada paso bien claramente, que Dios no halla en el hombre
cosa alguna que le mueva a hacerle bien, sino que Él por su pura y gratuita
bondad le sale al encuentro. Porque, ¿qué puede hacer un muerto para volver
a vivir? Ahora bien, es verdad que cuando Dios nos alumbra con su
conocimiento, nos resucita de entre los muertos y nos convierte en nuevas
criaturas. Efectivamente, vemos que muchas veces la benevolencia que Dios
nos profesa se nos anuncia con esta metáfora; principalmente el Apóstol
cuando dice: "Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos
amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con
Cristo" (Ef. 2,4-5). Y en otro lugar, tratando bajo la figura de Abraham de la
vocación general de los fieles, dice: "(Dios) da vida a los muertos, y llama las
146
Contra dos cartas de los Pelagianos, a Bonifacio, lib. II, cap. v, 14.
147
Conversaciones sobre los Salmos; sobre el Sal XXXI, cap. si, 4.
cosas que no son, como si fuesen" (Rom.4, 17). Si nada somos, pregunto yo,
¿qué podemos? Por esta causa el Señor muy justamente confunde nuestra
arrogancia en la historia de Job, hablando de esta manera: "¿Quién me ha
dado a mí primero, para que yo restituya? Todo lo que hay debajo del cielo es
mío" (Job 41,11); sentencia que san Pablo explica en el sentido de que no
creamos que podemos presentar cosa alguna delante de Dios, sino la
confusión y la afrenta de nuestra pobreza y desnudez (Rom.11,35). Por lo cual,
en el lugar antes citado, para probar que Él nos ha venido primero con su
gracia a fin de que concibiéramos la esperanza de la salvación, y no por
nuestras obras, dice que "somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para
buenas obras; las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos
en ellas" (EL 2,10). Como si dijera: ¿Quién de nosotros se jactará de haber ido
primero a Dios con su justicia, siendo así que nuestra primera virtud y facultad
de obrar bien procede de la regeneración? Porque según nuestra propia
naturaleza, más fácilmente sacaremos aceite de una piedra, que una buena
obra de nosotros. Es en verdad sorprendente que el hombre, condenado por
tanta ignominia, se atreva aún a decir que le queda algo bueno.
Confesemos, pues, juntamente con ese excelente instrumento de Dios que es
san Pablo, que el Señor "nos llamó con llamamiento santo, no conforme a
nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en
Cristo Jesús" (1 Tim. 1, 9); y asimismo, que "cuando se manifestó la bondad de
Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó no por obras
de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, ...para
que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la
esperanza de la vida eterna" (Tit. 3,4-5 . 7). Con esta confesión despojamos al
hombre de toda justicia hasta en su mínima parte, hasta que por la sola
misericordia de Dios sea regenerado en la esperanza de la vida eterna; porque
si la justicia de las obras vale de algo para nuestra justificación, no se podría
decir ya con verdad que somos justificados por gracia. Ciertamente el Apóstol
no era tan olvidadizo, que después de afirmar en un lugar que la justificación es
gratuita, no se acordase perfectamente de que en otro había probado que la
gracia ya no es gracia, si las obras fuesen de algún valor (Rom. 11, 6). ¿Y qué
otra cosa quiere decir el Señor al afirmar que no ha venido a llamar a justos,
sino a pecadores? (Mt.9, 13). Si sólo los pecadores son admitidos, ¿por qué
buscamos la entrada por nuestra falsa justicia?
6. PARA SER AGRADABLE A DIOS HAY QUE ESTAR
JUSTIFICADO POR SU GRACIA
Muchas veces me viene a la mente este pensamiento: temo hacer una injuria a
la misericordia de Dios esforzándome con tanta solicitud en defenderla y
mantenerla, como si fuese algo dudoso u oscuro. Más, como nuestra malicia es
tal que jamás concede a Dios lo que le pertenece, si no se ve forzada por
necesidad, me veo obligado a detenerme aquí algo más de lo que quisiera. Sin
embargo, como la Escritura es suficientemente clara a este propósito,
combatiré de mejor gana con sus palabras que con las mías propias.
Isaías, después de haber descrito la ruina universal del género humano,
expuso muy bien el orden de su restitución. "Lo vio Jehová", dice, "y desagradó
a sus ojos, porque pereció el derecho. Y vio que no había hombre, y se
maravilló que no hubiese quien se interpusiese; y lo salvó con su brazo, y le
afirmó su misma justicia" (Is. 59, 15-17). ¿Dónde está nuestra justicia, si es
verdad lo que dice el profeta, que no hay nadie que ayude al Señor para
recobrar su salvación?
Del mismo modo lo dice otro profeta, presentando al Señor, que expone cómo
ha de reconciliar a los pecadores consigo: "Y te desposaré conmigo para
siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia.
Diré a Lo-ammi148: Tú eres pueblo mío" (Os. 2,19 .23). Si tal pacto, que es la
primera unión de Dios con nosotros, se apoya en la misericordia de Dios, no
queda ningún otro fundamento a nuestra justicia.
Ciertamente me gustaría que me dijeran, los que quieren hacer creer que el
hombre se presenta delante de Dios con algún mérito y la justicia de sus obras,
si piensan que existe justicia alguna que no sea agradable a Dios. Ahora bien,
si es una locura pensar esto, ¿qué cosa podrá proceder de los enemigos de
Dios que le sea grata, cuando a todos los detesta juntamente con sus obras?
La verdad atestigua que todos somos enemigos declarados y mortales de Dios,
hasta que por la justificación somos recibidos en su gracia y amistad (Rom. 5,
6; Col. 1,21-22). Si el principio del amor que Dios nos tiene es la justificación,
¿qué justicia de obras le podrá preceder? Por lo cual san Juan, para apartarnos
de esta perniciosa arrogancia nos advierte que nosotros no fuimos los primeros
en amarle (1 Jn.4, 10). Esto mismo lo había enseñado mucho tiempo antes el
Señor por su profeta: "los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de
ellos" (0s.14, 4). Ciertamente, si Él por su benevolencia no se inclina a
amarnos, nuestras obras no pueden lograrlo.
El vulgo ignorante no entiende con esto otra cosa sino que ninguno hubiera
merecido que Jesucristo fuera nuestro Redentor; pero que para gozar de la
posesión de esta redención nos ayudan nuestras obras. Sin embargo, muy al
contrario, por más que seamos redimidos por Cristo, seguimos siendo hijos de
tinieblas, enemigos de Dios y herederos de su ira, hasta que por la vocación
del Padre somos incorporados a la comunión con Cristo. Porque san Pablo
dice que somos purificados y lavados de nuestra suciedad por la sangre de
Cristo, cuando el Espíritu Santo verifica esta purificación en nosotros (1 Cor.
6,11). Y san Pedro, queriendo decir lo mismo, afirma que la santificación del
Espíritu nos vale para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo (1
Pe. 1, 2). Si somos rociados por el Espíritu con la sangre de Cristo para ser
purificados, no pensemos que antes de esta aspersión somos otra cosa sino lo
que es un pecador sin Cristo.
Tengamos, pues, como cierto que el principio de nuestra salvación es como
una especie de resurrección de la muerte a la vida; porque cuando por Cristo
se nos concede que creamos en Él, entonces, y no antes, comenzamos a
pasar de la muerte a la vida.
7. EL CRISTIANO DE NOMBRE Y EL HIPÓCRITA NO PUEDEN
PRODUCIR NINGUNA OBRA BUENA
148
Palabra hebrea que significa "no es mi pueblo".
En esta línea quedan comprendidos el segundo y el tercer género de hombres
que indicamos en la división propuesta. Porque la suciedad de la conciencia
que existe tanto en los unos como en los otros denota que todos ellos no han
sido aún regenerados por el Espíritu de Dios. Asimismo, el no estar
regenerados prueba que no tienen fe. Por lo cual se ve claramente que aún no
han sido reconciliados con Dios, ni justificados delante de su juicio, puesto que
nadie puede gozar de estos beneficios sino por la fe. ¿Qué podrán producir por
sí mismos los pecadores, sino acciones execrables ante su juicio?
Es verdad que todos los impíos, y principalmente los hipócritas, están
henchidos de esta vana confianza: que, si bien comprenden que todo su
corazón rezuma suciedad y malicia, no obstante, si hacen algunas obras con
cierta apariencia de bondad, las estiman hasta el punto de creerlas dignas de
que el Señor no las rechace. De aquí nace aquel maldito error, en virtud del
cual, convencidos de que su corazón es malvado y perverso, sin embargo no
se deciden a admitir que están vacíos de toda justicia, sino que reconociéndose
injustos — porque no lo pueden negar —, se atribuyen a sí mismos cierta
justicia. El Señor refuta admirablemente esta vanidad por el profeta: "Pregunta
ahora", dice, "a los sacerdotes acerca de la ley, diciendo: Si alguno llevare
carne santificada en la falda de su ropa, y con el vuelo de ella tocare pan, o
vianda, o vino, o aceite, o cualquier otra comida, ¿será santificada? Y
respondieron los sacerdotes y dijeron: No. Y dijo Hageo: Si un inmundo a
causa de un cuerpo muerto tocare alguna cosa de éstas, ¿será inmunda? Y
respondieron los sacerdotes y dijeron: Inmunda será. Y respondió Hageo y dijo:
Así es este pueblo y esta gente delante de mí, dice Jehová; y asimismo toda
obra de sus manos; y todo lo que aquí ofrecen es inmundo" (Hag. 2,11-14).
Ojalá que esta sentencia tuviese valor entre nosotros y se grabase bien en
nuestra memoria. Porque no hay nadie, por mala y perversa que sea su
manera de vivir, capaz de convencerse de que lo que aquí dice el Señor no es
así. Tan pronto como el hombre más perverso del mundo cumple con su deber
en alguna cosa, no duda lo más mínimo de que eso se le ha de contar por
justicia. Mas el Señor dice por el contrario, que ninguna santificación se
adquiere con esto, si primero no está bien limpio el corazón. Y no contento con
esto afirma que toda obra que procede de los pecadores está contaminada con
la suciedad de su corazón.
Guardémonos, pues, de dar el nombre de justicia a las obras que por la boca
misma del Señor son condenadas como injustas. ¡Con qué admirable
semejanza lo demuestra Él! Porque se podría objetar que es inviolablemente
santa cualquier cosa que el Señor ordena. Mas Él, por el contrario, prueba que
no hay motivo para admirarse de que las obras que Dios ha santificado en su
Ley sean contaminadas con la inmundicia de los malvados, ya que la mano
inmunda profana lo que era sagrado.
8. IGUALMENTE EN ISAÍAS TRATA ADMIRABLEMENTE LA MISMA
MATERIA.
Como lo afirma el profeta (Ez. 18,24); con lo cual está de acuerdo Santiago:
Cualquiera que ofendiere en un punto la ley, se hace culpable de todos (Sant.
2,10). Y como esta vida mortal jamás es pura ni está limpia de pecado, toda
cuanta justicia hubiésemos adquirido, quedaría corrompida, oprimida y perdida
con los pecados que a cada paso cometeríamos de nuevo; y de esta manera
no sería tenida en cuenta ante la consideración divina, ni nos sería imputada a
justicia.
Finalmente, cuando se trata de la justicia de las obras no debemos considerar
una sola obra de la Ley, sino la Ley misma y cuanto ella manda. Por tanto, si
buscamos justicia por la Ley, en vano presentaremos una o dos obras: es
necesario que haya en nosotros una obediencia perpetua a la Ley. Por eso no
una sola vez — como muchos neciamente piensan — nos imputa el Señor a
justicia aquella remisión de los pecados, de la cual hemos ya hablado, de tal
manera que, habiendo alcanzado el perdón de los pecados de nuestra vida
pasada, en adelante busquemos la justicia en la Ley; puesto que, si así fuera,
no haría otra cosa sino burlarse de nosotros, engañándonos con una vana
esperanza. Porque como nosotros, mientras vivimos en esta carne corruptible,
no podemos conseguir perfección alguna, y por otra parte, la Ley anuncia
muerte y condenación a todos aquellos que no hubieren hecho sus obras con
entera y perfecta justicia, siempre tendría de qué acusarnos y podría
convencernos de culpabilidad, si por otra parte la misericordia del Señor no
saliese al encuentro para absolvemos con un perdón perpetuo de nuestros
pecados.
Por tanto, permanece en pie lo que al principio dijimos: que si se nos juzga de
acuerdo con nuestra dignidad natural, en todo ello seremos dignos de muerte y
de perdición, juntamente con todos nuestros intentos y deseos.
11. DEBEMOS INSISTIR FIRMEMENTE Y HACER MUCHO HINCAPIÉ
EN DOS PUNTOS.
El primero, que jamás se ha hallado obra ninguna, por más santo que fuera el
que la realizó, que examinada con el rigor del juicio divino, no resultase digna
de condenación. El segundo, que si por casualidad se encontrara tal obra — lo
cual es imposible de hallar en un hombre —, sin embargo, al estar manchada y
sucia con todos los pecados de la persona que la ha hecho, perdería su gracia
y su estima.
En qué diferimos de los católico-romanos. Éste es el punto principal de
controversia y el fundamento de la disputa que mantenemos con los papistas.
Porque respecto al principio de la justificación, ninguna con-tienda ni debate
existe entre nosotros y los doctores escolásticos que tienen algo de juicio y
razón.
Es muy cierto que la gente infeliz se ha dejado seducir, hasta llegar a pensar
que el hombre se preparaba por sí mismo para ser justificado por Dios; y esta
blasfemia ha reinado comúnmente tanto en la predicación como en las
escuelas; aun hoy día es sostenida por quienes quieren mantener todas las
abominaciones del papado. Pero los que tienen algo de sentido, siempre han
estado de acuerdo con nosotros, como lo acabo de decir, en este punto:150 que
el pecador gratuitamente liberado de la condenación es justificado en cuanto
alcanza el perdón.151
Pero en esto otro no convienen con nosotros. Primeramente ellos bajo el
nombre de justificación comprenden la renovación o regeneración con la que
por el Espíritu de Dios somos reformados para que obedezcamos a su Ley. En
segundo lugar, ellos piensan que cuando un hombre ha sido una vez
regenerado y reconciliado con Dios por la fe de Jesucristo, este tal es
agradable a Dios y tenido por justo por medio del mérito de sus buenas obras.
Ahora bien, el Señor dice por el contrario, que Él imputó a Abraham la fe a
justicia, no en el tiempo en que Abraham aún servía a los ídolos, sino mucho
después de que comenzara a vivir santamente (Rom. 4, 3. 13). Así que hacía
ya mucho tiempo que Abraham venía sirviendo a Dios con un corazón limpio y
puro, y había cumplido los mandamientos de Dios tanto cuanto pueden ser
cumplidos por un hombre; y, sin embargo, su justicia la consigue por la fe. De
aquí concluimos con san Pablo, que no es por las obras. Asimismo cuando el
150
El párrafo: "Es muy cierto — en este punto:" lo omite Cipriano de Valera.
151
Tomás de Aquino, Suma Teológica, pte. II, cu. 113, art. 1.
profeta dice: "El justo por su fe vivirá" (Hab. 2, 4), no trata en este lugar de los
impíos ni de gentes profanas, a los que el Señor justifica convirtiéndolos a la fe,
sino que dirige su razonamiento a los fieles, y a ellos les promete la vida por la
fe.
También san Pablo quita toda ocasión y motivo de duda cuando para confirmar
la justicia gratuita cita el pasaje de David: "Bienaventurado aquel cuya
transgresión ha sido perdonada" (Rom.4, 7; Sal 32, 1). Es del todo indiscutible
que David no habla aquí de los infieles e impíos, sino de los fieles: de sí mismo
y otros semejantes; pues él hablaba conforme a lo que sentía en su conciencia.
Por tanto, esta bienaventuranza no es para tenerla una sola vez, sino durante
toda la vida.
Finalmente, la embajada de reconciliación de la que habla san Pablo (2 Cor. 5,
18-19), la cual nos asegura que tenemos nuestra justicia en la misericordia de
Dios, no nos es dada por uno o dos días, sino que es perpetúa en la Iglesia de
Cristo. Por tanto, los fieles no tienen otra justicia posible hasta el fin de su vida,
sino aquella de la que allí se trata. Porque Cristo permanece para siempre
como Mediador para reconciliarnos con el Padre, y la eficacia y virtud de su
muerte es perpetua; a saber, la ablución, satisfacción, expiación y obediencia
perfecta que El tuvo, en virtud de la cual todas nuestras iniquidades quedan
ocultas. Y san Pablo, escribiendo a los efesios, no dice que tenemos el
principio de nuestra salvación por gracia, sino que por gracia somos salvos...;
no por obras; para que nadie se gloríe (Ef. 2, 8-9).
12. REFUTACIÓN DE LA "GRACIA ACEPTANTE"
Los subterfugios que aquí buscan los escolásticos para poder escabullirse, de
nada les sirven.
Dicen que el que las buenas obras tengan algún valor para justificar al hombre
no les viene de su propia dignidad — que ellos llaman intrínseca —, sino de la
gracia de Dios, que las acepta.152
En segundo lugar, como se ven obligados a admitir que la justicia de las obras
es siempre imperfecta mientras vivimos en este mundo, conceden que durante
toda nuestra vida tenemos necesidad de que Dios nos perdone nuestros
pecados, para suplir de esta manera las deficiencias que hay en nuestras
obras; pero afirman que este perdón se obtiene en cuanto que las faltas que
cometemos son recompensadas por las obras que ellos llaman
supererogatorias.153
A esto respondo que la gracia que ellos llaman "aceptante" no es otra cosa que
la graciosa bondad del Padre celestial mediante la cual nos abraza y recibe en
Cristo, cuando nos reviste de la inocencia de Cristo, y la pone en nuestra
cuenta, para con el beneficio de la misma tenernos y reputamos por santos,
limpios e inocentes. Porque es necesario que la justicia de Cristo — la única
justicia perfecta y, por tanto, la única que puede comparecer libremente ante la
152
Duns Scoto, Comentario a las Sentencias, lib. I, dist. 17, cu. 3, 25, 26, etc.
153
Buenaventura, Comentario a las Sentencias, lib. IV, dist. 20, pár. 2, art. 1; cu. 3 ; Tomás de
Aquino, Suma Teológica, pte. III, supl. cu. 25, art. 1.
presencia divina — se presente por nosotros y comparezca en juicio a modo de
fiador nuestro. Al ser nosotros revestidos de esta justicia, conseguimos un
perdón continuo de los pecados, por la fe. Al ser cubiertos con su limpieza,
nuestras faltas y la suciedad de nuestras imperfecciones no nos son ya
imputadas, sino que quedan como sepultadas, para que no aparezcan ante el
juicio de Dios hasta que llegue la hora en que totalmente destruido y muerto en
nosotros el hombre viejo, la divina bondad nos lleve con Jesucristo, el nuevo
Adán, a una paz bienaventurada, donde esperar el día del Señor; en el cual,
después de recibir nuestros cuerpos incorruptibles, seamos transportados a la
gloria celestial.
13. REFUTACIÓN DE LA JUSTICIA PARCIAL Y DE LAS OBRAS
SUPEREROGATORIAS
¿Cómo puede estar de acuerdo con lo que está escrito, que cuando
hubiéremos hecho todo lo que está mandado, nos tengamos por siervos
inútiles que no han hecho sino lo que debían (Lc.17, 10)? Y confesarlo delante
de Dios no es fingir o mentir, sino declarar lo que la persona tiene en su
conciencia por cierto. Nos manda, pues, el Señor que juzguemos sinceramente
y que consideremos que no le hacemos servicio alguno que no se lo debamos.
Y con toda razón; porque somos sus siervos, obligados a servirle por tantas
razones, que nos es imposible cumplir con nuestro deber, aunque todos
nuestros pensamientos y todos nuestros miembros no se empleen en otra
cosa. Por tanto, cuando dice: "cuando hubiereis hecho todo lo que os he
mandado" (Lc.17, 10), es como si dijera: Suponed que todas las justicias del
mundo, y aun muchas más, estén en un solo hombre. Entonces, nosotros entre
los cuales no hay uno solo que no esté muy lejos de semejante perfección,
¿cómo nos atreveremos a gloriamos de haber colmado la justa medida?
Y no se puede alegar que no hay inconveniente alguno en que aquel que no
cumple su deber en algo haga más de lo que está obligado a hacer por
necesidad. Porque debemos tener por cierto, que no podemos concebir cosa
alguna, sea respecto al honor y culto de Dios, sea en cuanto a la caridad con el
prójimo, que no esté comprendida bajo la Ley de Dios. Y si es parte de la Ley,
no nos jactemos de liberalidad voluntaria, cuando estamos obligados a ello por
necesidad.
15. FALSA INTERPRETACIÓN DE 1 COR. 9
Muy fuera de propósito alegan para probar esto la sentencia de san Pablo,
cuando se gloría de que entre los corintios, por su propia voluntad, había
cedido de su derecho, aunque le era lícito usar de él de haberlo querido; y que
no solamente había cumplido con su deber para con ellos, sino que había
llegado más allá de su deber, predicando gratuitamente el Evangelio (1 Cor.
9,6.11-12.18). Evidentemente debían haber considerado la razón que él aduce
en este pasaje; a saber, que esto lo habla hecho a fin de no servir de
escándalo a los débiles. Porque los malos apóstoles que entonces turbaban la
Iglesia se ufanaban de que no aceptaban cosa alguna a cambio de su trabajo y
sus fatigas; y ello para que su perversa doctrina fuese más estimada y así
suscitara el odio contra el Evangelio; de tal manera que san Pablo se vio
obligado, o a poner en peligro la doctrina de Cristo, o a buscar un remedio a
tales estratagemas. Por tanto, si es indiferente para el cristiano dar ocasión de
escándalo cuando lo puede evitar, confieso que el Apóstol dio algo más de lo
que debía; pero si está obligado a esto un prudente ministro del Evangelio,
afirmo que él hizo lo que debía.
Finalmente, aunque esto no se demostrase, siempre será una gran verdad lo
que dice san Juan Crisóstomo, que todo cuanto procede de nosotros es de la
misma condición y calidad que lo que un siervo posee; es decir, que todo ello
es de su amo, por ser él su siervo.154 Y Cristo no disimuló esto en la parábola.
Pregunta qué gratitud mostraremos a nuestro siervo cuando después de haber
trabajado todo el día con todo ahincó vuelve de noche a casa (Lc. 17, 7-10). Y
puede que haya trabajado mucho más de lo que nos hubiéramos atrevido a
pedirle. Sin embargo no ha hecho otra cosa sino lo que debía por ser siervo;
porque todo cuanto él es y puede, es nuestro.
La supererogación se opone al mandato de Dios. No expongo aquí cuáles son
las obras supererogatorias de que éstos quieren gloriarse ante Dios.
Realmente no son sino trivialidades, que El jamás ha aprobado y que, cuando
llegue la hora de las cuentas, no admitirá. En este sentido concedemos muy a
gusto que son obras supererogatorias; como aquellas de las que Dios dice por
el profeta: "¿Quién demanda esto de vuestras manos?" (Is. 1,12) Pero
recuerden lo que en otro sitio se ha dicho de ellas: "¿Por qué gastáis el dinero
en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?" (Is.55, 2). Estos
nuestros maestros pueden disputar enhorabuena acerca de estas materias
sentados en sus cátedras; mas cuando aparezca aquel supremo Juez desde el
cielo en su trono, todas estas determinaciones suyas de nada valdrán y se
convertirán en humo. Ahora bien, lo que deberíamos procurarnos es la
confianza que podremos llevar para responder por nosotros cuando
comparezcamos delante de su tribunal; y no qué se puede discutir o mentir en
los rincones de las escuelas de teología.
16. NO DEBEMOS TENER CONFIANZA EN NUESTRAS OBRAS, NI
SENTIRNOS ORGULLOSOS DE ELLAS
154
Comentario a Filemón, hom. XI, 4.
riesgo de combatir contra su rigor, sino que no reconoce en sí mismo una
justicia capaz de no derrumbarse tan pronto como comparezca delante del
juicio de Dios. Al desaparecer la confianza, es necesario también que todo
motivo de gloria perezca. Porque, ¿quién será el que atribuya la alabanza de la
justicia a las obras, cuando al considerarlas temblaría delante del tribunal de
Dios?
Siendo, pues, esto así, debemos llegar a la conclusión de Isaías: que toda la
descendencia de Israel se alabe y gloríe en Jehová (Is.45, 25); porque es muy
verdad lo que el mismo profeta dice en otro lugar: que somos "plantío de
Jehová, para gloria suya" (Is. 61, 3).
Por tanto nuestro corazón estará bien purificado cuando no se apoye de ningún
modo en la confianza de sus obras, ni se gloríe jactanciosamente de ellas. Este
es el error que induce a los hombres necios a la falsa y vana confianza de
constituirse causa de su salvación mediante sus propias obras.
17. TODAS LAS CAUSAS DE NUESTRA SALVACIÓN PROVIENEN
DE LA GRACIA, NO DE LAS OBRAS.
Mas si consideramos los cuatro géneros de causas que los filósofos ponen en
la constitución de las cosas, veremos que ninguno de ellos conviene a las
obras, por lo que respecta al asunto de nuestra salvación. Porque a cada paso
la Escritura enseña que la causa eficiente de nuestra salvación está en la
misericordia del Padre celestial y el gratuito amor que nos profesa. Como
causa material de ella nos propone a Cristo con su obediencia, por la cual nos
adquirió la justicia. Y ¿cuál diremos que es la causa formal o instrumental, sino
la fe? San Juan ha expresado en una sola sentencia estas tres causas al decir:
"De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn. 3,16).
En cuanto a la causa final, el Apóstol afirma que es mostrar la justicia divina y
glorificar su bondad (Rom. 3, 22-26); y al mismo tiempo expone en ese lugar
juntamente las otras tres. Porque, he aquí sus palabras: "Todos pecaron y
están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su
gracia". Aquí tenemos el principio y la fuente primera: que Dios ha tenido
misericordia de nosotros por su gratuita bondad. Sigue después: "mediante la
redención que es en Cristo Jesús". Aquí tenemos la sustancia o materia en la
que consiste nuestra justicia. Luego añade: "por medio de la fe en su sangre".
Con estas palabras señala la causa instrumental, mediante la cual la justicia de
Cristo nos es aplicada. Y por fin pone la causa final al decir: "para manifestar su
justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de
Jesús". E incluso, para significar como de paso que la justicia de que habla
consiste en la reconciliación entre Dios y nosotros, dice expresamente que
Cristo nos ha sido dado como propiciación.
Igualmente en el capítulo primero de la Carta a los Efesios enseña que Dios
nos recibe en su gracia por pura misericordia; que esto se verifica por la
intercesión de Cristo; que nosotros recibimos esta gracia por la fe; que todo
esto tiene como fin a que la gloria de su bondad sea plenamente conocida (Ef.
1, 5-6). Al ver, pues, que todos los elementos de nuestra salvación están fuera
de nosotros, ¿cómo confiaremos y nos gloriaremos de nuestras obras?
En cuanto a la causa eficiente y la final, ni aun los mayores enemigos de la
gracia de Dios podrán suscitar controversia alguna contra nosotros, a no ser
que quieran renegar de toda la Escritura.
Respecto a las causas material y formal, discuten como si nuestras obras
estuviesen entre la fe y la justicia. Mas también en esto les es justicia y nuestra
vida, y que poseemos este beneficio de la justicia por contraria la Escritura, que
simplemente afirma que Cristo es nuestra la sola fe.
18. LA SEGURIDAD DE LOS SANTOS NO SE FUNDA EN SU PROPIA
JUSTICIA
Por tanto, cuando los santos confirman su fe con su inocencia y toman de ella
motivo para regocijarse, no hacen otra cosa sino comprender por los frutos de
su vocación que Dios los ha adoptado por hijos.
Lo que dice Salomón, que "en el temor de Jehová está la fuerte confianza"
(Prov. 14, 26), y el que los santos, para que Dios los oiga, usen algunas veces
la afirmación de que han caminado delante de la presencia del Señor con
integridad (Gn.24,40; 2 Re. 20,3); todas estas cosas no valen para emplearlas
como fundamento sobre el cual edificar la conciencia; sólo entonces, y no
antes, valen, cuando se toman como indicios y efectos de la vocación de Dios.
Porque el temor de Dios no es nunca tal que pueda dar una firme seguridad; y
los santos comprenden muy bien que no tienen una plena perfección, sino que
está aún mezclada con numerosas imperfecciones y reliquias de la carne. Mas
como los frutos de la regeneración que en sí mismos contemplan les sirven de
argumento y de prueba de que el Espíritu Santo reside en ellos, con esto se
confirman y animan para esperar en todas sus necesidades el favor de Dios,
viendo que en una cosa de tanta importancia lo experimentan como Padre.
Pues bien, ni siquiera esto pueden hacer sin que primeramente hayan conocido
la bondad de Dios, asegurándose de ella exclusivamente por la certidumbre de
la promesa. Porque si comienzan a estimarla en virtud de sus propias buenas
obras, nada habrá ni más incierto ni más débil; puesto que si las obras son
estimadas por sí mismas, no menos amenazarán al hombre con la ira de Dios
por su imperfección, que le testimoniarán la buena voluntad de Dios por su
pureza, aunque sea inicial.
Finalmente, de tal manera ensalzan los beneficios que han recibido de la mano
de Dios, que de ninguna manera se apartan de su gratuito favor, en el cual
atestigua san Pablo que tenemos toda perfección en anchura, longitud,
profundidad y altura (Ef.3,18-19); como si dijera que dondequiera que
pongamos nuestros sentidos y entendimiento, por más alto que con ellos
subamos, y por más que se extiendan en longitud y anchura, no debemos
pasar del límite que consiste en reconocer el amor que Cristo nos tiene, y que
debemos poner todo nuestro entendimiento en su meditación y contemplación,
ya que comprende en sí toda suerte de medidas. Por esto dice que "el amor de
Cristo excede a todo conocimiento", y que cuando entendemos con qué amor
Cristo nos ha amado somos llenos de toda la plenitud de Dios (Ef. 3,19). Como
en otro lugar, gloriándose el Apóstol de que los fieles salen victoriosos en todos
sus combates, da luego la razón diciendo: "por medio de aquél que nos amó"
(Rom. 8, 37).
20. TESTIMONIO DE SAN AGUSTÍN
Vemos, pues, que los santos no conciben una opinión y confianza de sus obras
tal, que atribuyan a las mismas el haber merecido alguna cosa; pues no las
consideran sino como dones de Dios, por los cuales reconocen su bondad, y
como señales de su vocación, que les sirven para recordar su elección; ni
tampoco que quiten lo más mínimo a la gratuita justicia de Dios que
conseguimos en Cristo, puesto que de ella depende y no puede sin ella
subsistir.
Esto mismo lo da a entender san Agustín en pocas palabras, pero
admirablemente dichas, cuando afirma: "Yo no digo al Señor: No menosprecies
las obras de mis manos. Yo he buscado al Señor con mis manos, y no he sido
engañado. Lo que digo es: Yo no alabo las obras de mis manos, porque me
temo que cuando Tú, Señor, las hayas mirado, halles muchos más pecados
que méritos. Esto solamente es lo que digo; esto es lo que ruego; esto es lo q e
deseo: que no menosprecies las obras de tus manos. Mira Señor en mí t obra,
no la mía. Porque si miras mi obra, Tú la condenas; más si miras la tuya, Tú la
coronas. Porque todas cuantas buenas obras yo tengo, son tuyas, de ti
proceden."155
Dos razones aduce él por las que no se atreve a ensalzar sus obras ante Dios.
La primera es porque si tiene algunas obras buenas, ve que en ellas no hay
nada que sea suyo. La segunda, porque si algo bueno hay en ellas, está corno
ahogado por la multitud de sus pecados. De aquí que la conciencia, al
considerar esto, concibe mucho mayor temor y espanto que seguridad. Por eso
este santo varón no quiere que Dios mire las buenas obras que ha hecho, sino
para que reconociendo en ellas la gracia de su vocación, perfeccione la obra
que ha comenzado.
21. EN QUÉ SENTIDO HABLA LA ESCRITURA DE UNA
REMUNERACIÓN DE LAS OBRAS
En cuanto a lo que dice la Escritura, que las buenas obras de los fieles son la
causa de que el Señor les haga beneficios, esto se debe entender de tal
manera que no se perjudique en nada cuanto hemos dicho; a saber, que el
origen y el efecto de nuestra salvación consiste en el amor del Padre celestial;
la materia o sustancia, en la obediencia de Cristo, su Hijo; el instrumento, en la
iluminación del Espíritu Santo, o sea, la fe; y al fin, que sea glorificada la gran
bondad de Dios.
Esto no impide que el Señor reciba y acepte las obras como causas inferiores.
Más, ¿de dónde viene esto? La causa es que aquellos a quienes el Señor por
su misericordia ha predestinado a ser herederos de la vida eterna, El conforme
a su ordinaria dispensación los introduce en su posesión por las buenas obras.
Por tanto, a lo que precede en el orden de su dispensación lo llama causa de lo
que viene después.
Por esta misma razón la Escritura da algunas veces a entender que la vida
eterna procede de las buenas obras; no porque haya que atribuirles esto, sino
porque Dios justifica a aquellos que ha escogido para glorificarlos finalmente
155
Conversaciones sobre los Salmos, Sal. CXXXVII, 18.
(Rom. 8,30). La primera gracia, que es como un escalón para la segunda, es
llamada en cierta manera causa suya.
Sin embargo, cuando es necesario mostrar la verdadera causa, la Escritura no
nos manda que nos acojamos a las buenas obras, sino que nos retiene en la
meditación de la sola misericordia de Dios. Porque, ¿qué otra cosa quiere decir
el Apóstol con estas palabras: "la paga del pecado es la muerte, mas la dádiva
de Dios es vida eterna"? (Rom.6, 23). ¿Por qué él no opone la justicia al
pecado, como opone la vida a la muerte? ¿Por qué no constituye a la justicia
causa de la vida, como constituye al pecado causa de la muerte? Pues de esa
manera la oposición caería muy bien, mientras que es un tanto imperfecta
según está expuesta. Es que el Apóstol quiso con esta comparación dar a
entender cuál es la verdad; a saber, que los méritos de los hombres no
merecen otra cosa sino muerte; y que la vida se apoya en la sola misericordia
de Dios.
Finalmente, con estas expresiones en las que se hace mención de las buenas
obras no se propone la causa de por qué Dios hace bien a los suyos, sino
solamente el orden que sigue; o sea, que añadiendo gracias sobre gracias, de
las primeras toma ocasión para dispensar las segundas, y ello para no dejar
pasar ninguna ocasión de enriquecer a los suyos; y de tal manera prosigue su
liberalidad, que quiere que siempre tengamos los ojos puestos en su elección
gratuita, la cual es la fuente y manantial de cuantos bienes nos otorga. Porque
aunque ama y estima los beneficios que cada día nos hace, en cuanto
proceden de este manantial, sin embargo nosotros debemos aferrarnos a esta
gratuita aceptación, la única que puede hacer que nuestras almas se
mantengan firmes. Conviene sin embargo poner en segundo lugar los dones de
su Espíritu con los que incesantemente nos enriquece, de tal manera que no
perjudiquen en manera alguna a la causa primera.
156
Se trata de Tertuliano; cfr. Del ayuno, III; De la resurrección de la carne, XV; Apologética,
XVIII; De la Penitencia, VI; Exhortación a la castidad, I.
157
De la Predestinación de los Santos, XV, 31.
158
Conversaciones sobre los Salmos, Sal. CXXXIX, 18.
159
Ibid., Sal. LXXXIV, 9.
También Crisóstomo: "Todas nuestras obras, que siguen a la gratuita vocación
de Dios, son recompensa y deuda que le pagamos; mas los dones de Dios son
gracia, beneficencia y gran liberalidad".160
Sin embargo, dejemos a un lado el nombre y consideremos la realidad misma.
San Bernardo, según lo he citado ya en otro lugar, dice muy atinadamente que
como basta para tener méritos no presumir de los méritos, de la misma manera
basta para ser condenado no tener mérito ninguno. Pero luego en la
explicación de esto, suaviza mucho la dureza de la expresión, diciendo: "Por
tanto, procura tener méritos; teniéndolos, entiende que te han sido dados;
espera la misericordia de Dios como fruto; haciendo esto has escapado de todo
peligro de la pobreza, la ingratitud y la presunción. Bienaventurada la Iglesia, la
cual tiene méritos sin presunción, y tiene presunción sin méritos".161 Y poco
antes había demostrado suficientemente en qué piadoso sentido había usado
este término, diciendo: "¿Por qué la Iglesia va a estar preocupada por los
méritos, cuando tiene un motivo mucho más cierto y firme para gloriarse en la
benevolencia de Dios? Dios no puede negarse a sí mismo; Él hará lo que
prometió. Así que no hay por qué preguntarse en virtud de qué méritos
esperamos la salvación; principalmente cuando Dios nos dice: Esto no será por
amor de vosotros, sino por amor de mí (Ez. 36, 22.32). Basta, pues, para
merecer, entender que no bastan los méritos".162
3. MOVIDAS POR LA GRACIA, NUESTRAS OBRAS NO SON EN MODO
ALGUNO MERITORIAS
160
Homilía sobre el Génesis, hom. XXXIV, 6.
161
Sobre el Cantar de los Cantares, serm. LXVIII, 6.
162
Sobre el Cantar de los Cantares, serm. LXVIII, 6.
163
Cfr. Pedro Lombardo, Libro de las Sentencias, II, dist. 27, secc. 5.
las mismas a Dios. Lo único que atribuimos al hombre es que con su impureza
mancha y ensucia incluso las mismas obras que de por sí son buenas, en
cuanto provienen de Dios. Porque por más santo y perfecto que sea un
hombre, todo cuanto de él procede está afectado de alguna mancha. Si el
Señor, pues, llamare a juicio aun a las mejores obras que hayan realizado los
hombres, ciertamente hallará en ellas Su justicia, pero además, la deshonra y
afrenta que de parte del hombre les viene.
Si reciben una recompensa, también esto se debe únicamente a su gracia. Así
que las buenas obras agradan a Dios, que se alegra de ellas, y no son inútiles
a los quedas hacen; antes bien, reciben muy grandes beneficios del Señor
como salario y recompensa; no porque ellas merezcan esto, sino porque el
Señor, movido por su liberalidad, les atribuye y señala ese precio. ¿Cuál, pues,
no es nuestra ingratitud, que no satisfechos con la liberalidad de Dios, que
remunera las obras con recompensas tales que jamás pudieron ellas merecer,
todavía procuramos con sacrílega ambición pasar adelante, queriendo que lo
que es propio de la liberalidad divina y a nadie más compete, se pague a los
méritos de las obras?
Llamo aquí como testigo al sentido común de cada cual. Si un hombre al cual
otro, movido de pura liberalidad, le concediera coger los frutos de su heredad,
quisiera juntamente con ello usurparle el título de la misma diciendo que era
suya, ¿no merecería por tamaña ingratitud perder incluso la posesión que
tenía? Asimismo, si un esclavo al que su amo hubiese otorgado la libertad,
negándose a reconocer su baja condición quisiera hacerse pasar por noble,
como si nunca hubiera servido, ¿no merecería que se le volviera de nuevo a la
esclavitud primera? Pues ciertamente, el uso legítimo de los beneficios que se
nos hacen es no atribuirnos con arrogancia a nosotros mismos más de lo que
nos es dado, y no privar de su alabanza a quien nos ha hecho el beneficio;
antes bien conducirnos de tal manera que lo que nos ha traspasado a nosotros
parezca que aún reside en El. Si debemos usar tal modestia con los hombres,
considere cada uno consigo mismo cuánta más debemos usar tratando con
Dios.
4. REFERENCIAS ERRÓNEAS; EL VERDADERO TESTIMONIO DE LA
ESCRITURA
Sé muy bien que los sofistas164 abusan de ciertos lugares de la Escritura para
probar con ellos que este nombre de mérito para con Dios se encuentra en ella.
Aducen aquel pasaje del Eclesiástico: "La misericordia hará lugar a cada uno
conforme al mérito de sus obras".165 También de la Carta a los Hebreos: "De
hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se
agrada el Señor" (Heb.13, 16).
Aunque puedo rechazar la autoridad del libro del Eclesiástico, porque tal libro
no es canónico, sin embargo cedo en esto de mi derecho, y respondo que no
aducen fielmente las palabras del mismo, sea quien fuere su autor. En griego,
164
Cfr. Juan Eck, Enguiridión, V; Alfonso de Castro, Adv. Haereses, fol. 159 B.
165
Eclesiástico 16, 14.
la lengua en que el libro fue escrito, se lee así: "Dará lugar a toda misericordia;
cada cual conforme a sus obras hallará". Y que ésta sea la lectura de este lugar
que en la traducción latina llamada Vulgata está corrompido, se ve claramente
tanto por el sentido mismo de la sentencia tomada en sí misma, como por el
contexto que antecede.
En cuanto al pasaje de la Carta a los Hebreos, no hay por qué poner trampas
por una mera palabra; puesto que la palabra griega que emplea el Apóstol no
significa otra cosa sino que tales sacrificios son gratos y aceptos a Dios.
Esto solo debería bastar para reprimir y deshacer cuanta arrogancia y soberbia
hay en nosotros, para no atribuir a nuestras obras más dignidad que la
prescrita y ordenada por la Escritura. Ahora bien, la doctrina de la Escritura es
que nuestras buenas obras están perpetuamente manchadas con toda clase de
imperfecciones, por las cuales Dios justamente se ofende e irrita contra
nosotros — tan lejos están de poder reconciliarnos con Dios, o incitarlo a
hacernos bien. -; aunque El, por ser misericordioso, no las examina con sumo
rigor y las admite como si fuesen puras; y por esta razón las remunera con
infinitos beneficios, 'tanto en esta vida presente, como en la venidera; y esto lo
hace aunque ellas no lo merezcan. Porque yo no admito la distinción
establecida por algunos, incluso piadosos y doctos, según la cual las buenas
obras son meritorias respecto a las gracias y beneficios que Dios nos hace en
esta vida presente; en cambio, la salvación eterna es el salario exclusivo de la
fe; porque el Señor casi siempre nos otorga la corona de nuestros trabajos y de
nuestras luchas en el cielo.
También se debe a la gracia que Dios honre los dones de la misma. Por el
contrario, atribuir al mérito de las obras las nuevas gracias que cada día
recibimos de manos del Señor, de tal manera que ello se quite a la gracia,
evidentemente va contra la doctrina de la Escritura. Porque aunque Cristo dice
que "al que tiene le será dado", y que el siervo bueno que se haya conducido
fielmente en las cosas pequeñas será constituido sobre las grandes (Mt. 25,29
.21), sin embargo Él mismo en otro lugar demuestra que el crecimiento de los
fieles es don de su pura y gratuita liberalidad. "A todos los sedientos: Venid a
las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad
sin dinero y sin precio, vino y leche" (Is. 55,1). Por tanto, todo cuanto se da a
los fieles para aumentar su salvación, aunque sea la bienaventuranza misma,
es pura liberalidad de Dios. Sin embargo, lo mismo en los beneficios que al
presente recibimos de su mano, como en la gloria venidera de que nos hará
partícipes, da testimonio de que tiene en cuenta las obras; y ello por cuanto
tiene a bien, para demostrar el inconmensurable amor que nos profesa, no
solamente honrarnos a nosotros de esta manera, sino también a los beneficios
que de su mano hemos recibido.
5. S. EN CRISTO SOLO ESTÁ EL PRINCIPIO Y EL FIN DE NUESTRA
SALVACIÓN
Empero, hace ya mucho tiempo que el mundo ha sido instruido de otra manera.
Se han encontrado no sé qué obras morales mediante las cuales los hombres
son hechos agradables a Dios antes de ser incorporados en Cristo. ¡Como si la
Escritura mintiera al decir que todos cuantos no tienen al Hijo, están en la
muerte (1 Jn.5, 12)! Si están en la muerte, ¿cómo podrán engendrar materia de
vida? ¡Como si no tuviera valor alguno lo que dice el Apóstol, que "todo lo que
no proviene de fe, es pecado" (Rom. 14, 23)!; ¡y como si el árbol malo pudiera
producir buenos frutos!
Y ¿qué han dejado estos perniciosos sofistas a Cristo, para que pueda mostrar
su virtud y poder? Dicen que Cristo nos ha merecido la gracia primera; o sea, la
ocasión de merecer; pero que en nuestra mano está no desperdiciar la ocasión
que se nos brinda. ¡Qué desvergonzada impiedad! ¿Quién podría esperar que
gente que hace profesión de cristiana se atreviese a despojar de esta manera a
Jesucristo de su virtud para pisotearlo con sus pies? La Escritura afirma a cada
paso que todos los que creen en El son justificados; éstos, en cambio, enseñan
que el único beneficio que nos viene de Cristo es que por El se nos han abierto
la puerta y el camino para que cada uno se justifique a sí mismo.
¡Ojalá supiesen gustar lo que quieren decir estas sentencias: "El que tiene al
Hijo, tiene la vida" (1 Jn. 5,12); el que cree ha pasado de muerte a vida (Jn. 5,
24), y es justificado por su gracia para ser constituido heredero de la vida
eterna (Rom. 3,24); que los fieles tienen a Cristo morando en ellos, y por El
están unidos con Dios (1 Jn. 3,24); que quienes participan de la vida de Cristo
están sentados con El en el cielo, han sido ya transportados al reino de Dios, y
han alcanzado la salvación (Ef. 2, 6; Col. 1,13); y otras semejantes a éstas!
Porque ellas no solamente significan que la facultad de conseguir justicia y de
adquirir la salvación nos viene por la fe en Cristo, sino además que ambas
cosas nos son dadas en Él. Por tanto, tan pronto como por la fe somos
incorporados a Cristo, por lo mismo somos hechos hijos de Dios, herederos del
reino de los cielos, partícipes de la justicia, poseedores de la vida; y — para
mejor refutar sus mentiras — no solamente hemos alcanzado la oportunidad de
merecer, sino además todos los méritos de Cristo, pues todos ellos nos son
comunicados.
7. SAN AGUSTÍN Y SAN PABLO HAN REFUTADO DE ANTEMANO A
PEDRO LOMBARDO
He aquí cómo las escuelas sorbónicas, madres de todos los errores, nos han
quitado la justificación por la fe, que es la suma de toda nuestra religión
cristiana. Es verdad que de palabra confiesan que el hombre es justificado por
la fe formada;166 pero luego lo explican diciendo que esto se debe a que las
obras toman de la fe el valor y la virtud de justificar;167 de manera que parece
que no nombran la fe más que por burlarse de ella, porque no pueden sin gran
escándalo omitirla, ya que tantas veces se repite en la Escritura.
Y no satisfechos aún con esto, roban a Dios en la alabanza de las buenas
obras una buena parte, para transferirla al hombre. Porque viendo que las
buenas obras valen muy poco para ensalzar al hombre, y que propiamente no
pueden ser llamadas méritos si son tenidas como fruto de la gracia de Dios, las
deducen de la facultad del libre albedrío, desde luego como quien saca aceite
de una piedra. Es verdad que no niegan que la causa principal es la gracia;
pero no quieren que sea excluido el libre albedrío, del cual, dicen, procede todo
mérito.
Y esto no es sólo doctrina de los nuevos sofistas, sino que su gran maestro
Pedro Lombardo dice lo mismo; aunque si lo comparamos con ellos es mucho
más sobrio y moderado. Desde luego ha sido una inconcebible obcecación que
este hombre haya leído tantas veces a san Agustín y no haya advertido con
166
La fe formada (lides formada) se opone a la fe informe (fides informata). Es la distinción
entre una fe operante por la caridad (Gál. 5, 6) o, para emplear la terminología tomista, formada
por la caridad y una fe muerta (Sant. 6, 26).
167
Tomás de Aquino, Suma, pte. II, cu. 113, art. 4; cu. 114, art. 3, 4, 8. 9
qué cuidado y solicitud se guarda de no atribuir al hombre ni aun la mínima
parte de la gloria de las buenas obras.
Al tratar del libre albedrío adujimos ya algunos pasajes suyos referentes a esto;
y semejantes a ellos se encuentran otros muchos a cada paso en sus escritos.
Así, cuando nos prohíbe que nos jactemos de nuestros méritos, porque ello
mismos son dones de Dios;168 y cuando dice que todo nuestro mérito no
proviene sino de la gracia, y que lo ganamos, no por nuestra suficiencia, sino
que nos es dado enteramente por gracia, etc.169
No es de extrañar que el mencionado Pedro Lombardo no haya sido iluminado
con la luz de la Escritura, puesto que no se ha ejercitado mucho en ella. Sin
embargo, no se podría desear cosa más clara contra él y contra sus discípulos
que lo que dice el Apóstol, cuando después de prohibir a los cristianos toda
vanagloria, da la razón de por qué no es lícito gloriarse: "Porque somos", dice,
"hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios
preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Ef.2, 10). Si, pues,
ningún bien procede de nosotros, sino en cuanto somos regenerados, y nuestra
regeneración toda ella, sin hacer excepción alguna, es obra de Dios, no hay
motivo para que nos atribuyamos un solo grano de alabanza de las buenas
obras.
Sólo el perdón sin mérito consuela y fortalece nuestras conciencias.
Finalmente, aunque estos sofistas hablan sin cesar de las buenas obras,
instruyen las conciencias de tal manera que jamás se atreven a fiarse de que
Dios sea propicio y favorable a ellas. Nosotros, por el contrario, sin hacer
mención alguna del mérito, levantamos con nuestra doctrina el ánimo de los
fieles con una admirable consolación, enseñándoles que agradan a Dios con
sus obras, y que sin duda alguna le son gratos y aceptos. Y además exigimos
que ninguno intente o emprenda obra alguna sin fe; es decir, sin haberse
primero asegurado bien en su corazón de que comprende que la obra agradará
a Dios.
8. LA RENUNCIA TOTAL A TODA PRETENSIÓN DE MÉRITO
FUNDAMENTA A LAS MIL MARAVILLAS, SEGÚN LA ESCRITURA,
LA DOCTRINA, LA EXHORTACIÓN Y LA CONSOLACIÓN
168
Conversaciones sobre los Salmos, Sal. CXIV, 11.
169
Carta CXCIV, 5, 19, A Sixto Romano
Mas todo queda encerrado en aquellas palabras en que se dice que Cristo
quiere discípulos que, negándose a sí mismos y tomando su cruz, le sigan (Lc.
9, 23). El que se ha negado a sí mismo ha cortado todos los males de raíz,
para no buscar ya en adelante su comodidad y su interés. El que ha tomado a
cuestas su cruz está ya dispuesto y preparado a toda paciencia y
mansedumbre. Mas el ejemplo de Cristo comprende en sí todas estas cosas, y
además todas las obligaciones de la piedad y santidad. Porque Él se mostró
obediente a su Padre hasta la muerte; se dedicó íntegramente a cumplir las
obras de Dios con todo su corazón; procuró ensalzar la gloria del Padre; dio su
vida por sus hermanos; hizo bien a sus propios enemigos, y oró por ellos.
Si necesitamos consuelo, estos mismos maestros de la obra del templo de Dios
nos lo dan admirable: "Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en
apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados;
derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes
la muerte de Jesucristo, para que también la vida de Jesucristo se manifieste
en nuestros cuerpos" (2 Cor. 4, 8-10). "Si somos muertos con él, también
viviremos en él; si sufrimos, también reinaremos con él" (2 Tim. 2,11-12).
Somos semejantes a Él en su muerte, para llegar a serlo en la resurrección
(Flp. 3, 10-11), porque el Padre ha determinado que todos aquellos a quienes
ha elegido sean hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que El sea el
primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8, 29). Por lo cual, ni la muerte, ni
la vida, ni lo presente, ni lo por venir nos podrá separar del amor de Dios que
es en Cristo (Rom. 8, 38-39); antes bien, todas las cosas nos sucederán para
nuestro bien y salvación.
He aquí cómo no justificamos al hombre ante Dios por sus obras, sino que
afirmamos que todos los que son de Dios son regenerados y hechos nuevas
criaturas, para que del reino del pecado pasen al reino de la justicia, y con tales
testimonios hagan firme su vocación (2 Pe. 1,10) y, como los árboles, sean
juzgados por sus frutos.
170
Crisostomo, Homilía sobre el Génesis, horn. XXVI, 5 y 6.
de esta manera con Dios: "En ti hay perdón, para que seas reverenciado" (Sal
130, 4). Con esto demuestra que los hombres no tienen reverencia alguna a
Dios, sino después de conocer su misericordia, sobre la cual aquélla se funda y
establece. Y esto debe advertirse cuidadosamente para que veamos que no
sólo la confianza en la misericordia de Dios es el principio del debido servicio a
Él, sino que incluso el temor de Dios, el cual los papistas quieren que sea
meritorio de la salvación, no puede ser conseguido por mérito, ya que se funda
sobre el perdón y la remisión de los pecados.
4. LEJOS DE INCITAR AL PECADO, EL PERDÓN GRATUITO POR EL
PRECIO DE LA SANGRE DE CRISTO ES LA FUENTE DE LAS
BUENAS OBRAS
VOLUMEN I ↑ / VOLUMEN II ↓
Prosigamos ahora con los otros argumentos mediante los cuales Satanás se
esfuerza, con ayuda de sus ministros, en destruir o disminuir la justificación por
la fe171.
Me parece que ya hemos quitado a nuestros calumniadores la posibilidad de
que puedan acusarnos de ser enemigos de las buenas obras. Porque nosotros
negamos que las obras justifiquen, no para que no se hagan buenas obras, ni
tampoco para negar que las buenas obras son buenas, y que no se las tenga
en ninguna estima; sino para que no confiemos en ellas, ni nos gloriemos de
ellas, ni les atribuyamos la salvación. Porque nuestra confianza, nuestra gloria
y el áncora única de nuestra salvación es Jesucristo Hijo de Dios es nuestro, y
que también nosotros somos en El hijos de Dios y herederos del reino de los
cielos, llamados a la esperanza de la bienaventuranza eterna; y ello no por
nuestra dignidad, sino por la benignidad de nuestro Dios. Mas como ellos nos
acometen aún con otros engaños, según ya hemos dicho, preparémonos para
rechazar sus ataques y sus golpes.
En primer lugar se arman con las promesas legales que Dios ha hecho a todos
aquellos que guardan su Ley; nos preguntan si son vanas y sin fruto alguno, o
si tienen eficacia y valor. Como sería cosa fuera de razón decir que son vanas,
ellos mismos se responden diciendo que son de algún valor y eficacia. De aquí
concluyen que no somos justificados por la sola fe; porque el Señor habla de
esta manera: Y si oyeres estos decretos y los guardares y pusieres por obra,
Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus
padres; y te amará, te bendecirá y te multiplicará... (Dt. 7,12-13). E igualmente:
"Si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad
hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimiereis al extranjero, al
huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni
anduviereis en pos de dioses ajenos, os haré morar en este lugar" (Jer. 7, 5-7).
No quiero alegar muchos otros pasajes semejantes a éstos; pues siendo su
171
A primera vista, este capítulo podría parecer una disputa polémica en la que Calvino se
esfuerza por corregir diversas interpretaciones erróneas de la Escritura, presentadas contra la
doctrina bíblica de la justificación mediante la sola fe por los teólogos católico-romanos y otros
semipelagianos. Sin embargo, este capítulo nos ofrece un notable ejemplo de exégesis según
el principio de la "analogía de la fe", es decir, la Escritura explicada por sí misma. El lector
reformado seguramente sentirá un vivo interés. Podrá constatar que este capítulo supera con
mucho el estrecho cuadro de una discusión con lectores no reformados, porque le ofrece la
solución de numerosas cuestiones que se le presentan, sea en la lectura de la Biblia, sea entre
el fuego del combate de la vida cristiana. Esta lectura será para él ocasión de una
profundización espiritual, y su conciencia y su paz se sentirán robustecidas.
sentido el mismo, a todos se puede aplicar idéntica solución. En resumen, es
que Moisés atestigua que en la Ley se nos propone la bendición y la maldición;
la muerte y la vida (Dt.11, 26; 30,15). Ellos argumentan de esta manera: o esta
bendición está de más y no produce fruto alguno, o la justificación no viene sólo
de la fe.
Ya antes hemos demostrado cómo, si nos aferramos a la Ley, nos veremos
despojados de toda bendición, y no nos quedará más que la maldición
anunciada a todos los transgresores de la misma (Dt. 27,26). Porque el Señor
no promete nada sino a aquellos que entera y perfectamente guardan su Ley,
lo cual ningún hombre puede hacer.
Por eso siempre es verdad que cuantos hombres existen son convencidos de
culpa por la Ley, y que están sujetos a la maldición y a la ira de Dios, para ser
librados de la cual es necesario que salgan de la sujeción a la Ley, y que de
esclavos seamos declarados libres; no con una libertad carnal que nos aparte
de la observancia de la Ley, nos invite a permitirnos cuanto queramos y deje
que nuestra concupiscencia camine a rienda suelta y por donde se le antojare
como caballo desbocado; sino una libertad espiritual, que consuele y confirme
la conciencia perturbada y desfallecida, mostrándole que está libre de la
maldición y de la condenación con que la Ley le atormentaba teniéndola
encerrada y aprisionada. Esta libertad la conseguimos cuando por la fe
alcanzamos la misericordia de Dios en Cristo, por la cual estamos seguros de
que nuestros pecados nos son perdonados; sentimiento con el que la Ley nos
punzaba y mordía.
2. ESTAS PROMESAS SÓLO SON VÁLIDAS POR LA GRACIA DEL
EVANGELIO
Por esta razón las mismas promesas que en la Ley se nos ofrecían eran
ineficaces y sin poder alguno, de no socorrernos la bondad de Dios por el
Evangelio: Pues la condición de la cual ellas dependen — que cumplamos la
Ley de Dios — y por la cual nos ha de venir su cumplimiento, jamás se
realizará. El Señor nos ayuda de tal forma, que no pone una parte dé justicia en
la obras que hacemos, y la otra en lo que El supliere por su benignidad; sino
que toda la hace consistir en señalarnos a Cristo como cumplimiento de
justicia. Porque el Apóstol, después de decir que él y todos los demás judíos,
sabiendo que el hombre no puede ser justificado por las obras de la Ley,
habían creído en Jesucristo, da luego la razón: no porque hayan sido ayudados
por la fe de Cristo a conseguir la perfección de la justicia, sino para ser
justificados por esta fe, y no por las obras de la Ley (Gá1.2, 16). Si los fieles se
apartan de la Ley y vienen a la fe para alcanzar en ella la justicia, que ven no
es posible encontrar en la Ley, ciertamente renuncian a la justicia de la Ley.
Amplifiquen, pues, cuanto quisieren las retribuciones que la Ley promete a
todos aquellos que la guardaren y cumplieren, con tal de que juntamente con
esto consideren que nuestra perversidad es la causa de que no recibamos fruto
ni provecho alguno, hasta que por la fe hubiéremos alcanzado otra justicia.
Así David, después de haber hecho mención de la retribución que el Señor
tiene preparada para sus siervos, desciende al reconocimiento de los pecados
con los cuales es destruida. Muestra también los admirables beneficios que
debían venirnos por la Ley; pero luego prorrumpe en esta exclamación:
"¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son
ocultos" (Sal 19,12). Este lugar está totalmente de acuerdo con el otro, en el
cual el profeta, después de haber dicho que todos los caminos del Señor son
verdad y bondad para los que le temen, añade: "Por amor de tu nombre, oh
Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande" (Sal 25,11).
De esta misma manera también nosotros hemos de reconocer que la
benevolencia de Dios se nos propone en su Ley, con tal que podamos
merecerla por nuestras obras; pero que con el mérito de las mismas jamás la
conseguiremos.
3. LA EFICACIA DE ESAS PROMESAS NO SE REFIERE AL MÉRITO
DE NUESTRAS OBRAS, SINO A LA GRACIA DE DIOS
¿Entonces, dirá alguno, las promesas de la Ley han sido dadas en vano para
que sin dar fruto alguno se redujesen a humo? No hace mucho he demostrado
ya que no soy de este parecer. Lo que digo es que no extienden su eficacia
hasta nosotros, mientras son referidas al mérito de nuestras obras; y, por tanto,
que si se las considera en sí mismas, en cierta manera quedan abolidas.
De este modo el Apóstol dice que la admirable promesa del Señor: Os he dado
buenos mandamientos; el hombre que haga estas cosas vivirá por ellos (Rom.
10, 5; Lv.18, 5; Ez.20, 11), carece de todo valor si nos detenemos en ella, y no
nos aprovechará en absoluto, lo mismo que si nunca hubiera sido dada. Porque
ni aun los más santos y perfectos siervos de Dios pueden hacer lo que ella
exige, ya que todos están muy lejos de poder cumplirla y se hallan cercados
por todas partes de numerosas transgresiones. Pero cuando en lugar de ellas
se nos proponen las promesas evangélicas que anuncian la gratuita remisión
de los pecados, no solamente hacen que seamos gratos y aceptas a Dios, sino
también que nuestras obras le plazcan y agraden; no solamente para que las
acepte, sino además para que las remunere con las bendiciones que por el
pacto que había establecido se debían a aquellos que cumpliesen enteramente
la Ley.
Confieso, pues, que las obras de los fieles son remuneradas con el mismo
galardón que el Señor había prometido en su Ley a todos aquellos que viviesen
en justicia y santidad; pero en esta retribución habremos de considerar siempre
la causa en virtud de la cual las obras son agradables a Dios. Ahora bien, tres
son las causas de ello.
La primera es que el Señor, no mirando las obras de sus siervos, las cuales
merecen más bien confusión que alabanza, los admite y abraza en Cristo; y
mediante la sola fe, sin ayuda ninguna de las obras, los reconcilia consigo.
La segunda, que por su pura bondad y con el amor de un padre, de tal manera
honra las obras, sin mirar si ellas lo merecen o no, que las tiene en cierta
estima y les presta cierta atención.
La tercera, que con su misericordia las recibe, no imputándoles ni teniendo en
cuenta sus imperfecciones, que de tal manera las afean que más bien deberían
ser tenidas por pecados que no por virtudes.
Por aquí se ve hasta qué punto se han engañado los sofistas, al pensar que
habían evitado todos los absurdos diciendo que las obras tienen virtud para
merecer la salvación, no por su intrínseca virtud, sino por el pacto en virtud del
cual el Señor por su propia liberalidad tanto las estimó. Pero entretanto no
advierten cuán lejos están, las obras que ellos querrían que fuesen meritorias,
de poder cumplir la condición de las promesas legales, si no precediese la
justificación gratuita que se apoya en la sola fe y el perdón de los pecados, con
el cual aun las mismas buenas obras tienen necesidad de ser purificadas de
sus manchas.
Así que de las tres causas de la divina liberalidad que hemos señalado, por las
cuales las obras de los fieles son aceptas a Dios, no han tomado en
consideración más que una, callándose las otras dos, que eran las principales.
4. ¿CÓMO ES AGRADABLE A DIOS QUIEN PRACTICA LA JUSTICIA?
Alegan el texto de san Pedro, que san Lucas refiere en los Hechos: "En verdad
comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación
se agrada del que le teme y hace justicia" (Hch. 10, 34-35). De estas palabras
creen poder deducir un firmísimo argumento: que si el hombre por sus buenas
obras alcanza favor y gracia ante Dios, el que consiga la salvación no depende
sólo de la gracia de Dios, sino que más bien socorre Dios al pecador con su
misericordia de tal manera, que se mueve a mostrarse misericordioso por las
buenas obras de aquél.
a. Aceptación del pecador por la bondad de Dios. Pero será imposible conciliar
los numerosos pasajes de la Escritura, si no consideramos las dos maneras
que Dios tiene de aceptar al hombre. Pues éste, considerado según su propia
naturaleza, no tiene nada que pueda mover a Dios a misericordia y compasión;
nada, sino su pura miseria. Si, pues, es evidente que el hombre al cual Dios
inicialmente recibe en su gracia, está desnudo y privado de todo bien y, por el
contrario, se halla cargado y atestado de cuantos males existen, ¿en virtud de
qué, digo yo, merece que Dios lo llame a sí? Por tanto, dejemos a un lado toda
idea de méritos, ya que el Señor tan claramente nos muestra su gratuita
clemencia.
Lo que en el mismo lugar de los Hechos antes citado dice el ángel a Cornelio,
que sus oraciones y limosnas han sido recordadas delante de Dios, ellos lo
retuercen injustamente para hacerlo servir a su propósito, y dicen que el
hombre mediante las buenas obras es preparado para recibir la gracia de Dios.
Porque fue necesario que ya antes Cornelio fuese iluminado por el Espíritu de
sabiduría, ya que estaba instruido en la verdadera sabiduría; es decir, en el
temor de Dios. Y asimismo fue necesario que estuviera santificado con el
mismo Espíritu, puesto que amaba la justicia; la cual, según el testimonio del
Apóstol, es Su fruto (Gál. 5, 5). Por tanto, todas estas cosas con las cuales se
dice que agradó a Dios, las tenía él de Su gracia; luego, difícilmente podía
prepararse por sus propios medios a recibirla.
Ciertamente, no se podrá citar una sola palabra de la Escritura que no esté
conforme con esta doctrina; que no hay otra razón para que Dios reciba al
hombre en su favor, sino el verlo totalmente perdido si lo deja en manos de su
albedrío para que obre a su antojo; pero como El no quiere que el hombre se
pierda, ejerce su misericordia para librarlo.
Vemos, pues, cómo el que Dios reciba al hombre no proviene de la justicia de
éste, sino que es un puro testimonio de la bondad de Dios para con los
miserables pecadores, quienes por su parte son más que indignos de gozar de
un beneficio tan señalado.
5. LA ACEPTACIÓN DE LOS FIELES, INCLUSO EN VISTA DE SUS
OBRAS
Será muy conveniente notar aquí de paso la diferencia que existe entre estas
expresiones y las promesas legales.
Llamo promesas legales, no a aquellas que a cada paso ocurren en labios de
Moisés — pues en ellas se contienen también muchas promesas evangélicas
—, sino a las que propiamente pertenecen a la doctrina de la Ley. Tales
promesas, como quiera que las llaméis, prometen remuneración y salario a
condición de hacer lo que está mandado.
En cambio, cuando se dice que el Señor guarda la promesa de su misericordia
a aquellos que le aman, esto es más para demostrar cuáles son los siervos que
de corazón y sin ficción han recibido su pacto, que para exponer la causa de
por qué les es propicio. Y la razón que lo demuestra es que, como el Señor
tiene a bien llamarnos a la esperanza de la vida eterna a fin de ser amado,
temido y honrado, igualmente todas las, promesas de su misericordia que se
encuentran en la Escritura; se dirigen evidentemente a este fin: que
reverenciemos y honremos a quien tanto bien nos hace.
Por tanto, siempre que oigamos que El hace bien a los que guardan su Ley,
recordemos que con ello la Escritura nos muestra cuáles son los : hijos de Dios
por la marca que perpetuamente debe encontrarse en ellos; a saber, que nos
ha adoptado por hijos suyos, para que le reverenciemos como a Padre. Así
pues, para no renunciar al derecho de la adopción debemos esforzarnos en
llegar a donde nuestra vocación nos llama. Mas, por otra parte, tengamos, por
seguro que el cumplimiento de la misericordia de Dios no depende de las
obras de los fieles, sino que El cumple: la promesa de salvación con los que
responden a su vocación mediante " una vida recta, porque reconoce en ellos
la verdadera señal de hijos; es el ser regidos y gobernados por su Espíritu.
A esto hay que referir lo que dice David de los ciudadanos de Jerusalén
"Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte
santo? El que anda en integridad y hace justicia", etc. (Sal 15,1-2). Y lo mismo
Isaías: "Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? El que camina en
justicia y habla lo recto", etc. (Is. 33, 14-15). Porque aquí:; no se describe el
fundamento sobre el cual los fieles han de apoyarse, sino:: la manera como el
Padre clementisimo los llama y atrae a su compañía y los mantiene, defiende y
ampara en ella. Porque como El detesta el pecado y ama la justicia, aquellos a
quienes quiere unir a si los purifica con su Espíritu, para hacerlos semejantes a
Él y a los que pertenecen a su reino.
Por tanto, si queremos saber la causa primera de que los santos tengan
entrada en el reino de Dios, y de dónde les viene que perseveren y
permanezcan en él, la respuesta es bien fácil: que el Señor los ha adoptado
una vez por su misericordia, y perpetuamente los conserva. Y si se pregunta de
qué manera ocurre esto, entonces debemos descender a la regeneración y a
los frutos de la misma, de los cuales habla el salmo citado.
7. PASAJES DE LA ESCRITURA QUE CALIFICAN DE JUSTICIA A LAS
BUENAS OBRAS
Sin embargo, parece que ofrecen mucha mayor dificultad los pasajes que
honran a las buenas obras con el título de justicia, y declaran que el hombre es
justo por ellas.
En cuanto al primer grupo, son muy numerosos los textos en que el guardar los
mandamientos se llama justificación y justicia.
Respecto al segundo, tenemos un ejemplo en Moisés, cuando dice: "Y
tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos
mandamientos" (Dt. 6,25). Si se objeta que ésta es una promesa legal, a la cual
va añadida una condición imposible y que, por lo tanto, no viene a propósito,
existen otros pasajes que no se solucionan de esta manera; como cuando se
dice: Te será justicia delante de Jehová, tu Dios, volver prenda al pobre ... (Dt.
24,13). E igualmente lo que el profeta dice: que el celo que movió a Fineas a
vengar la afrenta del pueblo de Israel se le imputó a justicia (Sal 106, 30-31).
Por eso los fariseos de nuestro tiempo creen tener ocasión y motivo de mofarse
de nosotros respecto a este punto: Porque al decir nosotros que establecida la
justicia de la fe, es necesario que se destruya la justicia de las obras, ellos
argumentan del mismo modo, pero al contrario: que si la justicia es por las
obras, se sigue que es falso que seamos justificados por la fe sola.
Aunque les concedo que los mandamientos de la Ley son llamados justicia, no
hay en ello nada sorprendente, porque ciertamente lo son. Pero los lectores
han de advertir que los traductores griegos no han vertido con mucha
propiedad el término hebreo "hucim", que quiere decir edictos o constituciones,
por "dicaiómata que significa justificaciones. Pero no quiero discutir sobre la
palabra, pues no niego que la Ley de Dios contiene justicia perfecta. Sin
embargo, aunque seamos deudores de todo cuanto ella exige de nosotros;
aunque seamos siervos inútiles, incluso después de haber hecho todo cuanto
en ella se nos manda; como el Señor quiere honrar con el titulo de justicia el
guardarla, no debemos nosotros quitarle lo que Él le atribuye. Confesamos,
pues, de buen grado que hacer perfectamente lo que la Ley manda es justicia,
y que guardar en particular cada uno de los mandamientos es parte de la
justicia, siempre que no falte ninguna de las otras partes. Pero lo que negamos
es que pueda existir tal justicia en el mundo. Y ésta es la causa de que no
atribuyamos la justicia a la Ley; no porque ella en sí misma sea débil e
insuficiente; sino porque a causa de la debilidad de nuestra carne no se puede
encontrar en ninguna parte del mundo.
Es cierto que la Escritura no sólo llama simplemente justicia a los
mandamientos del Señor, sino que incluso aplica este mismo nombre a las
obras de los santos. Así cuando dice que Zacarías y su mujer andaban en las
justicias del Señor (Lc.1, 6). Pero al hablar de esta manera la Escritura
considera las obras más bien por la naturaleza de la Ley, que no por lo que son
en sí mismas. Aunque también hay que advertir aquí lo que no hace mucho he
notado: que no debe servirnos de norma la impropiedad con que se ha hecho
la traducción griega del hebreo. Mas como san Lucas no quiso alterar la
traducción usada en su tiempo,172 no insistiré yo tampoco en esto.
Es verdad que el Señor por el contenido de la Ley ha mostrado cuál es la
justicia; pero nosotros no llevamos a cabo esta justicia sino guardando toda la
Ley, porque la menor transgresión la corrompe. Ahora bien, como la Ley no
manda nada que no sea justicia, si la consideramos en sí misma cada uno de
sus mandamientos es justicia; pero si consideramos a los hombres que los
guardan, evidentemente no merecen la alabanza de justos por guardar un
mandamiento y faltar a los demás; y más viendo que no hacen obra alguna que
de algún modo no sea viciosa a causa de su imperfección.
Nuestra respuesta, pues, es que cuando las obras de los santos son llamadas
justicia, ello no proviene de sus méritos, sino de que van dirigidas a la justicia
que Dios nos ha encargado, la cual de nada vale si no es perfecta. Ahora bien,
perfecta es imposible hallarla en hombre alguno; luego, de aquí se sigue que
una buena obra no merece por sí misma el nombre de justicia.
8. OTROS PASAJES EN QUE SE DECLARA QUE EL HOMBRE ES
JUSTIFICADO POR LAS OBRAS
172
La versión de los Setenta
Yo conjuro aquí a todos los que temen al Señor, para que, ya que ellos saben
que es necesario tomar como regla verdadera de justicia la Escritura sola,
diligentemente y con corazón humilde consideren conmigo el modo como se
puede conciliar la Escritura consigo misma sin andar con sutilezas.
Sabiendo san Pablo que la justicia de la fe es un refugio para los que están
privados de justicia propia, concluye resueltamente que quedan excluidos de la
justicia de las obras todos aquellos que son justificados por la fe. Sabiendo
también por otra parte que la justicia de la fe es común a todos los fieles,
concluye de aquí con la misma seguridad que antes, que ninguno es justificado
por las obras, sino al revés, que somos justificados sin ayuda de obra ninguna.
Pero es cosa muy distinta discutir acerca del valor que las obras tienen en sí
mismas, o de la estima en que han de ser tenidas delante de Dios, después de
que la justicia de la fe queda establecida. Si se trata de estimar las obras según
su propia dignidad, decimos que no son dignas de comparecer ante el
acatamiento divino; y por eso afirmamos que no existe hombre alguno en el
universo que tenga nada en sus obras de que pueda gloriarse ante Dios; por lo
cual sólo queda que, estando todos privados de toda ayuda de las obras, sean
justificados por la sola fe.
Enseñamos que esta justicia consiste en que, siendo el pecador recibido en la
comunión y compañía de Cristo, por su gracia e intercesión es reconciliado con
Dios, en cuanto que purificado con su sangre alcanza la remisión de sus
pecados; y revestido de la justicia del mismo Cristo como si fuese suya propia,
puede con toda seguridad comparecer ante el tribunal divino. Una vez
establecida la remisión de los pecados, las buenas obras que después siguen
son estimadas de otra manera muy distinta de lo que en sí mismas merecían;
porque toda la imperfección que en ellas hay queda cubierta con la perfección
de Cristo; todas sus manchas y suciedad se quitan con la pureza de Cristo,
para que todo ello no sea tenido en cuenta en el juicio de Dios. Y así, destruida
de esta manera la culpa de las transgresiones que impedían a los hombres
hacer cosa alguna grata a Dios, y sepultado el vicio de la imperfección que
suele mancillar aun las mismas obras buenas, entonces las obras buenas que
realizan los fieles son tenidas por justas,; o, lo que es lo mismo, son imputadas
a justicia.
9. REFUTACIÓN DE LA IDEA DE UNA JUSTICIA PARCIAL,
INTRÍNSECA A LAS OBRAS
173
Es decir, la objeción del principio del párrafo precedente.
Pero pasando adelante, pregunto además si existe obra alguna buena, siquiera
una sola, en que no se pueda notar alguna imperfección o mancha. Ahora bien,
¿cómo podría ser así ante los ojos de Dios, en cuya presencia ni las mismas
estrellas son lo bastante puras y claras, y ni los mismos ángeles
suficientemente justos (Job 4, 18)?
Por consiguiente, nuestro adversario se verá forzado a confesar que no es
posible hallar obra alguna que no esté manchada y corrompida, tanto por las
transgresiones que su autor habrá cometido en otros aspectos, como por su
propia imperfección; de tal manera, que no puede ser digna de llevar el nombre
de justicia.
Mas si es evidente que de la justificación de la fe proviene que las obras, que
por otra parte serían impuras, inmundas, imperfectas e indignas de comparecer
ante el acatamiento divino — ¡cuánto más de serle gratas y aceptas! — sean
imputadas a justicia, ¿por qué gloriándose de la justicia de las obras, procuran
destruir la justicia de la fe, cuando de no existir ella, en vano se gloriarían de su
justicia de las obras? ¿Es que quieren hacer lo que suele decirse de las
víboras, que los hijos al nacer matan a la madre?174 Porque lo que nuestros
adversarios dicen va encaminado a eso. No pueden negar que la justificación
es el principio, fundamento, materia y sustancia de la justicia de las obras; sin
embargo, concluyen que el hombre no es justificado por la fe, porque también
las obras buenas son imputadas a justicia.
Dejemos a un lado todos estos despropósitos, y confesemos la verdad
sencillamente como es. Si toda la justicia de las obras depende de la justicia de
la fe, yo afirmo que la justicia de las obras, no solamente no queda rebajada ni
aminorada en nada por la justicia de la fe, sino que más bien es confirmada por
ella, para que de esta manera resplandezca más clara y evidentemente su
virtud.
No pensemos tampoco que, después de la justificación gratuita, de tal manera
son estimadas las obras, que la justificación del hombre se verifique por ellas, o
que entren a medias con la fe para conseguirlo. Porque si la justificación por la
fe no permanece íntegra y perfecta, se descubrirá la impureza de las obras, de
modo que no merecerán sino condenación.
Ni hay absurdo alguno en que el hombre sea justificado por la fe, de forma tal
que no solamente sea justo, sino también que sus obras sean reputadas justas
sin que lo merezcan.
10. SOLAMENTE LA FE JUSTIFICA LAS OBRAS DE LOS FIELES
De esta manera concedemos que no solamente hay una cierta parte de justicia
en las obras que es lo que nuestros adversarios pretenden — sino también que
la justicia de las obras es aprobada por Dios como si fuese una justicia perfecta
y absoluta, siempre que tengamos presente sobre qué se funda y asienta la
174
Así aquí su razonamiento destruiría la justificación por la fe mediante las obras, que de ella
proceden.
justicia de las obras; y esto será suficiente para resolver todas las dificultades
que acerca de esta materia se pudieran suscitar.
Ciertamente, la obra comienza a ser agradable a Dios cuando El por su
misericordia la acepta, perdonando la imperfección que en ella hay. ¿Y de
dónde viene este perdón, sino de que El nos mira a nosotros y a nuestras
cosas en Cristo? Y así, desde que somos incorporados a Cristo parecemos
justos delante de Dios, porque todas nuestras maldades están cubiertas con su
inocencia; y por eso nuestras obras son justas y tenidas por tales, porque no
nos es imputado el vicio que hay en ellas, por estar cubierto con la pureza de
Cristo.
Por tanto, podemos decir con toda justicia que no solamente nosotros somos
justificados por la fe, sino también lo son nuestras obras. Por consiguiente, si la
justicia de las obras, tal cual es, depende y proviene de la fe y de la justificación
gratuita, evidentemente debe ser incluida en ella, y ha de reconocerla y
someterse a ella, como el efecto a su causa, y como el fruto a su árbol, y en
modo alguno ha de levantarse para destruirla o empañarla.
Por eso san Pablo, para probar que nuestra bienaventuranza descansa en la
misericordia de Dios y no en las obras, insiste principalmente en lo que dice
David: "Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos
pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de
pecado" (Rom. 4, 7-8 ; Sal 32,1-2).
Si alguno quisiere alegar en contrario los numerosos testimonios de la Escritura
que parecen hacer consistir la bienaventuranza del hombre en las obras, como
por ejemplo: "Bienaventurado el hombre que teme a Jehová" (Sal.112,1) "que
tiene misericordia de los pobres" (Prov. 14,21); "que no anduvo en consejo de
malos" (Sal.1,1); "que soporta la tentación" (Sant. 1,12); "dichosos los que
guardan juicio, los que hacen justicia en todo tiempo" (Sal 106, 3; 119,1);
"bienaventurados los pobres en espíritu", etc. (Mt. 5,3-12); todo cuanto puedan
alegar no conseguiría que no sea verdad lo que dice san Pablo; porque como
quiera que las virtudes citadas en todos estos textos jamás podrán darse en el
hombre de forma que por sí mismas sean aceptas a Dios, se sigue de aquí que
el hombre es siempre miserable e infeliz hasta que es liberado de su miseria, al
serle perdonados sus pecados.
Conclusión. Por tanto, si todas las clases de bienaventuranza que cita la
Escritura quedan anuladas de forma que de ninguna de ellas puede el hombre
percibir fruto alguno hasta que ha alcanzado la bienaventuranza mediante el
perdón de sus pecados, que da lugar a todas las restantes bendiciones de
Dios, se sigue que esta bienaventuranza no solamente es la suprema y
principal, sino la única; a no ser que nos empeñemos en mantener que las
bendiciones de Dios que en ella sola se apoyan y de ella reciben su
consistencia, la destruyen y anulan.
Mucho menos debe inquietarnos y causarnos escrúpulo el que los fieles sean
llamados muchas veces en la Escritura justos. Confieso que este título lo tienen
por su santidad y honestidad de vida; mas como su afán por ser justos es más
eficaz que su positiva realización de la justicia, es muy razonable que esta
justicia de las obras ceda y se someta a la justicia de la fe, sobre la cual se
funda, y de la que tiene todo cuanto es.
Mas nuestros adversarios, no satisfechos con esto, dicen que aún nos queda
entendernos con Santiago, el cual nos contradice en términos irrefutables. El
enseña que Abraham fue justificado por las obras, y que también todos
nosotros somos justificados por las obras, y no solamente por la fe (Sant. 2,14-
26).
¿Es que por ventura pretenden que san Pablo contradiga a Santiago? Si tienen
a Santiago por ministro de Cristo es preciso que interpreten sus palabras de
forma que no esté en desacuerdo con lo que Cristo ha dicho. El Espíritu, que
ha hablado por boca de san Pablo, afirma que Abraham consiguió la justicia
por la fe, y no por las obras. De acuerdo con esto nosotros también enseñamos
que todos los hombres son justificados por la fe sin las obras de la Ley. El
mismo Espíritu enseña por Santiago que la justicia de Abraham y la nuestra
consiste en las obras, y no solamente en la fe. Es evidente que el Espíritu
Santo no se contradice a sí mismo. ¿Cómo, pues, hacer concordar a estos dos
apóstoles?
A nuestros adversarios les basta con poder desarraigar la justicia de la fe, la
cual nosotros queremos ver plantada en el corazón de los fieles; en cuanto a
procurar la tranquilidad y la paz de las conciencias, esto les tiene a ellos sin
cuidado. Por eso todos pueden ver cómo se esfuerzan en destruir la justicia de
la fe, sin que se preocupen de ofrecernos justicia alguna a la que las
conciencias se puedan atener. Triunfen, pues, en hora buena, con tal de que
no pretendan gloriarse más que de haber destruido toda certeza de justicia.
Evidentemente podrán gozar de esta desventurada victoria, cuando extinguida
la luz de la verdad, el Señor les permita que cieguen al mundo con las tinieblas
de sus mentiras. Pero dondequiera que la verdad de Dios subsista, no podrán
conseguir nada.
Niego, pues, que lo que afirma Santiago, y que ellos tienen siempre en la boca,
sirviéndose de ello como de un escudo fortísimo, sirva a su propósito lo más
mínimo. Para aclarar esto es preciso ante todo considerar la intención del
apóstol, y luego señalar en qué están ellos equivocados.
Como aquel tiempo había muchos — mal que suele ser perpetuo en la Iglesia
— que claramente dejaban ver su infidelidad menospreciando y no haciendo
caso alguno de las obras que todos los fieles deben realizar, gloriándose a
pesar de ello, falsamente, del título de fe, Santiago se burla en este texto de su
loca confianza. Por tanto, su intención no es menoscabar de ningún modo la
virtud y la fuerza de la verdadera fe, sino declarar cuán neciamente aquellos
pedantes se gloriaban tanto de la mera apariencia de la fe, y satisfechos con
ella, daban rienda suelta con toda tranquilidad a toda clase de vicios,
dejándose llevar a una vida disoluta.
Fe viva y fe muerta. Una vez comprendida la finalidad del apóstol, es cosa fácil
comprender en qué se engañan nuestros adversarios. Y se engañan de dos
maneras: la primera en el término mismo de fe; la segunda, en el de justificar.
Que el apóstol llame fe a una vana opinión, que nada tiene que ver con la fe
verdadera, lo hace a manera de concesión; lo cual en nada desvirtúa su causa.
Así lo muestra desde el principio de la discusión con estas palabras:
"Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene
obras?" (Sant. 2,14). No dice : si alguno tiene fe sin obras, sino si alguno se
jacta de tenerla. Y aún más claramente lo dice después, cuando burlándose de
esta clase de fe afirma que es mucho peor que el conocimiento que tienen los
demonios; y finalmente, cuando la llama "muerta". Más por la definición que
pone se puede entender muy fácilmente lo que quiere decir: Tú crees, dice, que
Dios es uno. Ciertamente, si todo el contenido de esta fe es simplemente que
hay Dios, no hay motivo para sorprenderse de que no pueda justificar. Y no es
preciso pensar que esto quite nada a la fe cristiana, cuya naturaleza es muy
distinta. Porque, ¿cómo justifica la fe verdadera, sino uniéndonos con Cristo,
para que hechos una misma cosa con El, gocemos de la participación de su
justicia? No nos justifica, pues, por poseer cierto conocimiento de la esencia
divina, sino porque descansa en la certidumbre de la misericordia de Dios.
12. SAN PABLO DESCRIBE LA JUSTIFICACIÓN DEL IMPÍO; SANTIAGO
LA DEL JUSTO
Aún no hemos llegado a lo principal, hasta haber descubierto el otro error. 175
Porque parece que Santiago pone una parte de nuestra justificación en las
obras. Pero si queremos que Santiago esté de acuerdo con toda la Escritura y
consigo mismo, es necesario tomar la palabra justificar en otro sentido del que
la toma san Pablo. Porque san Pablo llama justificar cuando, borrado el
recuerdo de nuestra injusticia, somos reputados justos. Si Santiago quisiera
decir esto, hubiera citado muy fuera de propósito lo que dice Moisés: Creyó
Abraham a Dios, y esto le fue imputado a justicia. Porque él enhebra su
razonamiento como sigue: Abraham por sus obras alcanzó justicia, pues no
dudó en sacrificar a su hijo cuando Dios se lo mandó; y de esta manera se
175
El lector debe estar muy atento a una distinción a la que con frecuencia se presta poca
atención en los medio reformados: "Todo creyente es objeto de una doble justificación". En uno
de sus cuatro "Sermones sobre la justificación de Abraham" (Op. Calvini, XXIII, pp. 718-719) es
donde mejor precisa Calvino su pensamiento: "Cuando Dios nos justifica al principio ... , usa un
perdón general. Y luego, cuando nos justifica después ... nos justifica en nuestras personas, y
nos justifica incluso en nuestras obras por la pura fe ...; es decir, que nos hace agradables a El
como sus hijos, y luego justifica nuestras obras ... ¿Y cómo? Por su pura gracia,
perdonándonos las faltas y las imperfecciones que en ellas hay. Y así, lo mismo que existe
diferencia entre un hombre fiel y un hombre al que Dios llama al principio al Evangelio, así la
justificación se puede extender con toda propiedad a la marcha continua de la gracia de Dios
desde la vocación hasta la muerte" (Comentario a Romanos 8, 30). Pablo trata de la primera;
Santiago, de la segunda. En el plano psicológico, la justificación del fiel o del justo perdonado
es la certidumbre que, por el testimonio de su conducta y de sus obras, obtiene ese fiel de la
sinceridad de su fe y de la realidad del estado de gracia justificante en que se encuentra. Como
dirá Calvino, "es una declaración de justicia ante los hombres, y no la imputación de la justicia
en cuanto a Dios".EI fiel tiene, él también, necesidad de ser justificado tanto ante el tribunal de
su propia conciencia, como ante los hombres.
cumplió la Escritura que dice: Creyó Abraham a Dios y le fue imputado a
justicia. Si es cosa absurda que el efecto sea primero que la causa, o Moisés
afirma falsamente en este lugar que la fe le fue imputada a Abraham por
justicia, o él no mereció su justicia por su obediencia a Dios al aceptar sacrificar
a Isaac. Antes de ser engendrado Ismael, que ya era mayor cuando nació
Isaac, Abraham había sido justificado por la fe. ¿Cómo, pues, diremos que
alcanzó justicia por la obediencia que mostró al aceptar sacrificar a su hijo
Isaac, cuando esto aconteció mucho después? Por, tanto, o Santiago ha
cambiado todo el orden — lo cual no se puede pensar — o por justificado no
quiso decir que Abraham hubiese merecido ser tenido por justo. ¿Qué quiso
decir entonces? Claramente se ve que habla de la declaración y manifestación
de la justicia, y no de la imputación; como si dijera: los que son justos por la
verdadera fe, dan prueba de su justicia con la obediencia y las buenas obras, y
no con una apariencia falsa y soñada de fe. En resumen: él no discute la razón
por la que somos justificados, sino que pide a los fieles una justicia no ociosa,
que se manifieste en las obras. Y así como san Pablo pretende probar que los
hombres son justificados sin ninguna ayuda de las obras, del mismo modo en
este lugar Santiago niega que aquellos que son tenidos por justos no hagan
buenas obras.
Esta consideración nos librará de toda duda y escrúpulo. Porque nuestros
adversarios se engañan sobre todo al pensar que Santiago determina el modo
como los hombres son justificados, siendo así que no pretende otra cosa sino
abatir la vana confianza y seguridad de aquellos que para excusar su
negligencia en el bien obrar, se glorían falsamente del nombre y del título de la
fe. Y así, por más que den vueltas y retuerzan las palabras de Santiago, no
podrán concluir otra cosa que estas dos sentencias: que la vana imaginación
de fe no justifica; y que el creyente declara su justicia con buenas obras.
De nada les sirve lo que alegan de san Pablo a este propósito; es decir, que
"no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley
serán justificados" (Rom.2, 13).
No quiero esquivar la dificultad con la solución que da san Ambrosio, según el
cual esto se dijo porque el cumplimiento de la Ley es la fe de Cristo,176 pues me
parece que esto no es más que un subterfugio, al que no hay por qué recurrir
cuando el camino está franco.
El Apóstol en este lugar rebate la vana confianza de los judíos, los cuales se
gloriaban de ser los únicos que conocían la Ley, siendo así que por otra parte
la escarnecían gravemente. Por eso, para que no se ufanasen tanto con el
mero conocimiento de la Ley, advierte el Apóstol que si buscamos nuestra
justicia por la Ley hemos de guardarla, y no simplemente saberla. Ciertamente
nosotros no dudamos que la justicia de la Ley consiste en las obras; como
tampoco negamos que su justicia consista en la dignidad y los méritos de las
mismas; mas, aun concediendo todo esto, todavía no se ha probado que
176
Comentario a Romanos 2, 13.
seamos justificados por las obras, si no muestran siquiera el ejemplo de uno
que haya cumplido la Ley.
Ahora bien, que san Pablo no ha querido decir otra cosa, el mismo contexto lo
da a entender bien claramente. Después de haber condenado de injusticia, así
a los judíos como a los gentiles indistintamente, desciende a particularizar y
afirma que los que pecaron sin Ley, sin Ley perecerán; lo cual se refiere a los
gentiles. Por otra parte, dice, que los que pecaron en la Ley serán condenados
por la Ley, refiriéndose con ello a los judíos. Mas como ellos cerraban los ojos
a las transgresiones y se mostraban muy engreídos con la sola Ley, añade muy
a propósito que la Ley no les fue dada para que con sólo oír su voz fuesen
justos, sino que lo serán cuando obedecieren a sus mandamientos. Como si
dijera: ¿Buscas tu justicia en la Ley?; no alegues el mero hecho de haberla
oído, lo cual muy poco hace al caso, sino muestra las obras mediante las
cuales declares que la Ley no te ha sido dada en vano. Pero como todos
estaban vacíos de esto, se guíase que estaban privados de la gloria que
pretendían. Por tanto, de la intención del Apóstol hay que deducir más bien un
argumento en contra, como sigue: la justicia de la Ley consiste en la perfección
de las obras; ninguno se puede gloriar de haberla satisfecho con sus actos;
luego, de ahí se sigue que ninguno es justificado por la Ley.
14. PASAJES EN LOS CUALES LOS FIELES OFRECEN SU JUSTICIA A
DIOS
Hay también otros pasajes no muy diferentes de éstos en los que algunos
podrían enredarse. Salomón dice que el que anda con integridad es justo
(Prov. 20, 7). Y: "En el camino de la justicia está la vida; y en sus caminos no,
hay muerte" (Prov.12, 28; 28,18). También Ezequiel declara que el que hiciere
juicio y justicia vivirá (Ez. 18, 9.21; 33,15).
Respondo que no queremos disimular, negar ni oscurecer ninguna de estas
cosas. Pero presentadme uno solo entre todos los hijos de Adán con tal
integridad. Si no hay ninguno es preciso que, o todos los hombres sean
condenados en el juicio de Dios, o bien que se acojan a su misericordia.
Sin embargo, no negamos que la integridad que los fieles poseen les sirva
como de peldaño para llegar a la inmortalidad. Más, ¿de dónde proviene esto,
sino de que cuando el Señor recibe a alguna persona en el pacto de su gracia
no examina sus obras según sus méritos, sino que las acepta con su amor
paternal sin que ellas en sí mismas lo merezcan? Y con estas palabras no
entendemos sólo lo que los escolásticos enseñan: que las obras tienen su valor
de la gracia de Dios que las acepta, con lo cual entienden que las obras, en sí
mismas insuficientes para conseguir la salvación, reciben su suficiencia de que
Dios las estima y acepta en virtud del pacto de su Ley. Yo, por el contrario,
afirmo 'que todas las obras, en cuanto están mancilladas, sea por otras
transgresiones o por la suyas propias, no pueden tener valor alguno sino en
cuanto el Señor no les imputa sus manchas y perdona al hombre todas sus
faltas, lo cual es darle la justicia gratuita.
También aducen fuera de propósito las oraciones que algunas veces formula el
Apóstol, en las que desea tan grande perfección a los fieles, que sean santos y
sin mancha delante de Él en el día del Señor (Ef. 1,4; Flp.2,15; 1 Tes.3,13,
etc.). Los celestinos, antiguos herejes, insistían mucho en estas palabras y las
tenían siempre en la boca para probar que el hombre puede, mientras vive en
este mundo, conseguir perfecta justicia. Mas nosotros respondemos con san
Agustín — y nos parece que es suficiente - que todos los fieles deben tener
como, blanco comparecer una vez delante de Dios limpios y sin mancha
alguna; pero como el estado mejor y el más perfecto que podemos alcanzar en
esta vida presente consiste en que de día en día vayamos aprovechando cada
vez más, sólo llegaremos a dicho blanco cuando, despojados de esta carne
pecadora, estemos del todo unidos a Dios.177
Tampoco discutiré obstinadamente con el que quiera atribuir a los santos el
título de perfección, con tal de que la defina como lo hace san Agustín. Dice él:
"Cuando llamamos perfecta a la virtud de los santos, para su perfección se
requiere el conocimiento de su imperfección; o sea, que de veras y con
humildad reconozcan cuán imperfectos son". 178
Pasemos ahora a exponer los pasajes que afirman que Dios dará a cada uno
conforme a sus obras (Mt.16, 27), como son los siguientes: Cada uno recibirá
según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo (2
Cor. 5,10). "Vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y
honra e inmortalidad; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo
malo" (Rom. 2,7. 9). "Los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida"
(Jn. 5,29). "Venid, benditos de mi Padre., porque tuve hambre, y me disteis de
comer; tuve sed, y no me disteis de beber" (Mt. 25, 34-35).
177
De la perfección de la justicia del hombre, IX, 20.
178
Contra dos cartas de los pelagianos, A Bonifacio, lib. III, vii, 19.
Añadamos a éstos los pasajes en que la vida eterna es llamada salario de las
obras. Así cuando se dice: "le será pagado (al hombre) según la obra de sus
manos"; y: "el que teme el mandamiento será recompensado" (Prov. 12,14;
13,13). Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos
(Mt.5, 10; Lc.6, 23). "Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor" (1
Cor.3, 8).
Respecto a que el Señor dará a cada uno conforme a sus obras, es cosa de
fácil solución. Al hablar de esta manera más bien se designa un orden de
consecuencia que no la causa por la que Dios remunera a los hombres. Es
evidente que nuestro Señor usa estos grados de misericordia al consumar y
perfeccionar nuestra salvación: que después de elegimos nos llama; después
de llamarnos nos justifica; y después de justificarnos nos glorifica (Rom. 8,30).
Y así, aunque Él por su sola misericordia recibe a los suyos en la vida, como
quiera que los introduce en su posesión por haberse ejercitado en las buenas
obras, a fin de cumplir en ellos su benevolencia de acuerdo con el orden que Él
ha señalado, no hay por qué maravillarse de que afirme que son coronados
según sus obras, ya que con ellas sin duda alguna son preparados para recibir
la corona de la inmortalidad. Más aún: por esta misma razón se dice con toda
verdad que se ocupan de su salvación (Flp.2, 12) cuando aplicándose hacer el
bien meditan en la vida eterna. Y en otro lugar se les manda que trabajen por el
alimento que no perece (Jn. 6,27), cuando creyendo en Cristo alcanzan la vida
eterna; sin embargo luego se añade que el Hijo del hombre les dará ese
alimento. Por donde se ve claramente que la palabra trabajar no se opone a la
gracia, sino que se refiere al celo y al deseo. Por tanto no se sigue que los
fieles mismos sean autores de su salvación, ni que ésta proceda de las buenas
obras que ellos realizan. ¿Qué, entonces? Tan pronto como por el
conocimiento del Evangelio y la iluminación del Espíritu 'Santo son
incorporados a Cristo, comienza en ellos la vida eterna; y luego es necesario
que la obra que Dios ha comenzado en ellos se vaya perfeccionando hasta el
día de. Jesucristo (Flp. 1, 6). Ahora bien, esta obra se perfecciona en ellos
cuando, reflejando con la justicia y la santidad la imagen de su Padre celestial,
prueban que son hijos suyos legítimos y no bastardos.
2. CÓMO ES LLAMADA LA VIDA ETERNA RECOMPENSA
Y sin embargo el Señor ni nos engaña ni se burla de nosotros cuando dice que
paga a las obras lo que gratuitamente había dado antes de que las hagamos.
Porque como quiera que Él desea ejercitamos en las buenas obras, para que
meditemos en el cumplimiento y el gozo de las cosas que nos ha prometido y
mediante ellas nos apresuremos a llegar a aquella bienaventurada esperanza
que se nos propone en los cielos, con toda razón se les asigna el fruto de las
promesas, pues son como medios para llegar a gozar de ellas.
El Apóstol expresó excelentemente ambas cosas al decir que los colosenses
se empleaban en ejercitar la caridad a causa de la esperanza que les estaba
guardada en los cielos, la cual ellos habían ya oído por la palabra verdadera
del Evangelio (Col. 1,4-5). Pues al decir el Apóstol que los colosenses hablan
comprendido por el Evangelio la herencia que les estaba guardada en .los
cielos, denota con ello que esta esperanza se fundaba únicamente en Cristo, y
no en obras de ninguna clase.
Está de acuerdo con esto lo que dice san Pedro, que los fieles son guardados
por la virtud y potencia de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que
está preparada para ser manifestada a su tiempo (1 Pe. 1, 5). Al decir que ellos
se esfuerzan por esta causa en obrar bien, demuestra que los fieles deben
correr durante toda su vida para alcanzarla.
Y para que no creyésemos que el salario que el Señor nos promete se debe
estimar conforme a los méritos, el mismo Señor nos propuso una parábola en
la cual se compara a un padre de familia que envía a todos sus operarios a
trabajar en su viña; a unos a la primera hora del día, a otros a la segunda, a
otros a la tercera y, en fin, a otros a la undécima; y cuando llega la tarde paga a
todos los jornaleros el mismo salario (Mt. 20, 1-16). La exposición de esta
parábola la hizo perfectamente y con brevedad el antiguo doctor que escribió el
libro titulado "Sobre la vocación de los gentiles", comúnmente atribuido a san
Ambrosio. Prefiero usar sus palabras a las mías. "Con esta semejanza", dice el
referido autor, "el Señor quiso demostrar que la vocación de todos los fieles,
aunque haya alguna diferencia en la aplicación externa, pertenece a su sola
gracia, en la cual, indudablemente, los que yendo a trabajar a la viña durante
una hora son igualados en el jornal a los que trabajaron todo el día,
representan la condición y suerte de aquellos a quienes Dios, para ensalzar la
excelencia de su gracia, llama al declinar el día, hacia el fin de su vida, para
remunerarlos según su clemencia, no pagándoles el salario que por su trabajo
merecían, sino derramando la riqueza de su bondad sobre aquellos a quienes,
había elegido sin sus obras; para que los que habían trabajado mucho y no
habían, recibido más salario que los últimos comprendiesen también que
habían recibido don de gracia, y no salario de obras".179
Finalmente, hay que notar también que en los lugares en que la vida eterna es
llamada salario de las obras no se toma simplemente por aquella comunicación
que tenemos con Dios para gozar de aquella bienaventurada inmortalidad
cuando El con su paternal benevolencia nos abraza en Cristo para que seamos
sus herederos, sino que se toma por la posesión misma y el gozo de la
bienaventuranza que en su reino tenemos. Lo cual también dan a entender las
palabras mismas de Cristo, cuando dice: "En el siglo venidero (tendréis) la vida
eterna" (Mc. 10, 30). Y en otra parte: "Venid, heredad el reino" (Mt. 25, 34). Por
esta razón san Pablo llama adopción a la revelación que tendrá lugar en el día
de la resurrección; y luego explica esta palabra diciendo que es "la redención
de nuestro cuerpo' (Rom.8, 23). Porque así como el estar apartado de Dios es
muerte eterna, así, cuando el hombre es recibido por Dios en su gracia para
comunicar y ser unido y hecho una misma cosa con Él, es transportado de
muerte a vida; lo cual se hace por la sola gracia de la adopción. Y si ellos
insisten, como suelen, con pertinacia en la expresión "salario de obras",
nosotros saldremos a su encuentro con lo que dice san Pedro, que la vida
eterna es el salario de la fe (1 Pe. 1,9).
4. LAS PROMESAS DE RECOMPENSA AYUDAN NUESTRA
DEBILIDAD Y LAS MISERIAS DE ESTA VIDA PRESENTE
Por tanto, no pensemos que el Señor, por las promesas que hemos aducido,
quiere engrandecer la dignidad de nuestras obras, como si ellas mereciesen tal
salario; porque la Escritura no nos deja cosa alguna con la que podamos
gloriamos ante Dios. Por el contrario, todo su empeño es confundir nuestra
arrogancia y altivez, humillarnos, abatirnos y aniquilarnos del todo. Mas el
179
Pseudo-Ambrosio, Op. cit., lib. I, v.
Espíritu Santo con las promesas mencionadas socorre nuestra debilidad, que al
momento decaería y se vendría por tierra, si no fuera sustentada con esta
esperanza y no mitigase sus dolores e insatisfacción con este consuelo.
Primeramente, que cada uno considere en su interior cuán dura y difícil cosa es
renunciar, no solamente a todas nuestras cosas, sino además a sí mismo. Y sin
embargo, ésta es la primera lección, el abecé que Cristo enseña a sus
discípulos; es decir, a todos los fieles. Después los tiene durante el curso de
toda su vida bajo la disciplina de la cruz, a fin de que no se aficionen ni pongan
su corazón en la ambición y confianza de los bienes presentes. En una palabra,
los trata de tal suerte, que doquiera pongan sus ojos en toda la amplitud del
mundo, no vean otra cosa que desesperación. De tal manera que san Pablo
dice: "Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos
de conmiseración de todos los hombres" (1 Cor. 15,19). A fin de qué no
desmayemos con tales angustias, nos asiste el Señor, el cual nos advierte, que
levantemos la cabeza y miremos mucho más allá y hacia arriba,
prometiéndonos que en él hallaremos nuestra bienaventuranza, que en este
mundo no podemos ver. A esta bienaventuranza la llama premio, salario y
retribución; no estimando el mérito de las obras, sino dando a entender que es
una recompensa de las miserias, tribulaciones y afrentas que padecemos en
este mundo. Por tanto, no hay peligro alguno en que nosotros, a ejemplo de la
Escritura, llamemos a la vida eterna remuneración, puesto que el Señor recibe
en ella a los suyos del trabajo al reposo, de la aflicción a la prosperidad, de la
tristeza al gozo, de la pobreza a las riquezas, de la afrenta a la gloria y la
honra. Finalmente, que El cambia todos los males que han padecido en bienes
mucho mayores. De esta manera no hay inconveniente alguno en pensar que
la santidad de vida es el camino; no que ella sea quien nos abre la puerta para
entrar en la gloria del reino de los cielos, sino que por ella Dios encamina y
guía a sus escogidos a la manifestación de esta gloria, pues su beneplácito es
glorificar a aquellos a quienes ha santificado (Rom. 8, 30).
Ninguna correspondencia entre mérito y recompensa. Testimonio de san
Agustín. No queramos, pues, imaginarnos correspondencia alguna entre mérito
y salario, en la cual los sofistas insisten importunamente por no considerar el fin
que hemos expuesto. Ahora bien, ¿qué desorden no es, cuando Dios nos llama
a un fin, poner nosotros los ojos en otra parte y no querer ir a donde Él nos
llama? No hay cosa más cierta y clara que a las buenas obras se promete el
salario; y esto no para henchir de vanagloria nuestro corazón, sino para ayudar
la debilidad de nuestra carne. Cualquiera pues, que de esto deduzca que las
obras tienen su propio mérito, o contrapese obras y méritos, se aparta mucho
del verdadero blanco que Dios nos propone.
5. POR TANTO, CUANDO LA ESCRITURA DICE QUE DIOS, COMO
JUEZ JUSTO QUE ES, HA DE DAR A LOS SUYOS LA CORONA DE
JUSTICIA (2 TIM. 4, 8)
No solamente respondo como san Agustín: "¿A quién daría el justo Juez la
corona, si el Padre misericordioso no le hubiese primero dado la gracia? ¿Y
cómo habría justicia, si no hubiese precedido la gracia que justifica al impío?
¿Y cómo estas cosas que nos son debidas nos serían concedidas, si las cosas
que no nos son debidas no nos fuesen primero dadas?"180; sino añado además:
¿cómo el Señor imputaría a justicia nuestras obras, si Él con su clemencia no
encubriera toda la injusticia que hay en ellas? ¿Cómo las juzgaría dignas de
salario y de recompensa, si Él con su inmensa benignidad no borrase todo lo
que en ellas hay que merece castigo? Y añado esto a la opinión de san
Agustín, porque él tiene por costumbre llamar gracia a la vida eterna, debido a
que nos es concedida por los dones gratuitos de Dios, cuando nos es dada
como paga de las obras.
Pero la Escritura nos humilla aún más, y a la vez con esto nos levanta. Porque
además de prohibir que nos gloriemos en las obras por ser dones gratuitos de
Dios, nos enseña también que siempre están llenos de inmundicias, de tal
manera que no pueden ser gratas a Dios si se las examina con el rigor del
juicio divino. Pero a fin de que nuestro celo y buen deseo no desfallezcan, la
misma Escritura dice también que son agradables a Dios, porque Él las apoya.
Aunque san Agustín se expresa hasta cierto punto de otro modo que nosotros,
sin embargo, en cuanto al sentido y a la sustancia, por sus mismas palabras se
ve que no estamos en desacuerdo en nada importante. Porque en el libro
tercero que escribió a Bonifacio, después de comparar entre sí a dos hombres,
suponiendo que uno fuese de vida muy santa y perfecta, y que el otro, también
de vida buena y honesta, pero no tan perfecto como el otro, al fin concluye que
el que parece no ser tan perfecto como el otro, por la rectitud de su fe en Dios
por la cual vive y según la cual se acusa de todos sus pecados, alaba a Dios en
todas sus obras buenas, atribuyéndose a sí mismo la ignominia y a Dios la
honra, y recibiendo de Él la remisión de los pecados y el ansia de bien obrar,
cuando llega la hora de dejar esta vida será recibido en compañía de Cristo.
¿Por qué esto, sino por la fe, la cual, si bien no salva al hombre sin obras —
puesto que ella es verdadera y viva, y obra por la caridad —, sin embargo es la
causa de que los pecados sean perdonados? Porque, como dice el profeta, "el
justo por su fe vivirá" (Hab.2, 4); y sin ella, incluso las obras que son tenidas
por buenas se convierten en pecado.181
Evidentemente él confiesa en este lugar con toda claridad aquello por lo que
tanto nosotros luchamos; a saber, que la justicia de las obras depende y
procede que Dios las aprueba al usar de su misericordia y perdonar las faltas
que hay en ellas.
6. CÓMO LAS BUENAS OBRAS SON COMPARADAS A FUTURAS
RIQUEZAS
Hay otros textos casi semejantes a los que acabamos de exponer. Así cuando
se dice: "Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando
éstas falten, os reciban en las moradas eternas" (Lc. 16,9). Y: "A los ricos de
este mundo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las
riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las
cosas en abundancia... Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras,
dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir,
180
De la gracia y el libre:albedrío, VI, 14.
181
Contra dos cartas de los pelagianos; a Bonifacio, lib. III, y, 14.
que echen mano de la vida eterna" (1 Tim. 6,17-19). Vemos que las buenas
obras son comparadas a las riquezas, de las cuales gozaremos en la vida
eterna.
A esto respondo que jamás lograremos comprender el verdadero sentido de
estos pasajes si no ponemos nuestros ojos en el final que el Espíritu Santo
dirige y encamina sus palabras. Si es verdad lo que dice Cristo : "Donde esté
vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mt. 6,21), de igual modo
que los hijos de este siglo tienen por costumbre emplear todo su entendimiento
en adquirir y amontonar las cosas que pueden procurarles el regalo y la
felicidad de esta vida presente, así también es preciso que los fieles, viendo
que esta vida ha de pasar como un sueño, transfieran las cosas de las que de
veras quieren gozar al lugar donde han de vivir para siempre. Debemos, pues,
imitar a aquéllos que quieren mudarse a otro sitio, en el cual han determinado
establecer su morada permanente. Estos envían por delante toda su hacienda
y cuanto poseen, y no les causa pena carecer de ello durante algún tiempo,
pues se tienen por tanto más dichosos, cuanto mayores bienes tienen en el
lugar donde han de pasar toda su vida.
Si creemos que el cielo es nuestra tierra, allá debemos enviar todas nuestras
riquezas, y no retenerlas aquí, donde habremos de dejarlas de un momento a
otro, cuando debamos partir. ¿Y cómo las transportaremos? Ayudando a los
pobres en sus necesidades, ya que el Señor tiene en cuenta todo cuanto se les
da, como si a Él mismo le fuese dado (Mt. 25,40). De ahí aquella hermosa
promesa: "A Jehová presta el que da al pobre" (Prov. 19,17). Y: "El que
siembra generosamente, generosamente también segará" (2 Cor. 9, 6). Porque
todo cuanto por caridad empleamos con nuestros hermanos, queda depositado
en las manos del Señor. Él, que con toda fidelidad guarda lo que se deposita
en sus manos, restituirá en lo venidero con grande ganancia lo que le
hubiéremos confiado.
¿Entonces, dirá alguno, las obras de caridad que hacemos merecen tanta
estima delante de Dios, que son a modo de riquezas depositadas en sus
manos? ¿Quién, digo yo, puede tener inconveniente en hablar de esta manera,
cuando la Escritura tantas veces y con tanta claridad así lo afirma? Pero si
alguno, oscureciendo la pura benignidad de Dios, prefiere ensalzar la dignidad
de las obras, a éste de nada le servirán tales testimonios para confirmación de
su error. Porque ninguna otra cosa podemos concluir de ellos, sino que la
bondad y regalo con que Dios nos trata son inmensos; ya que para animarnos
e incitarnos a obrar bien, promete que no dejará sin recompensa y satisfacción
ninguna buena obra que hagamos, aunque en sí mismas sean indignas de
comparecer ante su acatamiento.
7. CÓMO NUESTROS SUFRIMIENTOS NOS HACEN DIGNOS DEL
REINO
Pero ellos insisten aún en la palabra del Apóstol, quien consolando a los
tesalonicenses en sus tribulaciones afirma que les son enviadas para que sean
tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual padecen (2 Tes. 1, 5). Porque,
añade, es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a
vosotros que sois atribulados, daros reposo, cuando se manifieste el Señor
Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder.
Igualmente el autor de la epístola a los Hebreos: "Dios no es injusto para
olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su
nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún" (Heb. 6, 10).
Al primer texto respondo que en él no se indica dignidad alguna de los méritos,
sino que únicamente quiere decir que como el Padre celestial quiere que
nosotros, a quienes ha elegido por hijos, seamos conformes a la imagen de su
Hijo primogénito (Rom. 8,29); que así como fue necesario que primeramente
padeciese antes de entrar en la gloria que le estaba preparada (Lc. 24,26), de
la misma manera es necesario que nosotros "a través de muchas tribulaciones
entremos en el reino de Dios" (Hch. 14, 22). Por tanto, cuando padecemos
tribulaciones por el nombre de Cristo, es impresa en nosotros la marca con que
el Señor suele señalar a las ovejas de su aprisco. Por esta razón somos
tenidos por dignos del reino de los cielos, pues llevamos en nuestro cuerpo las
marcas del Señor Jesús (Gal 6,17), que son las marcas de los hijos de Dios.
A este fin se refieren también las siguientes sentencias: que llevamos en
nuestro cuerpo la mortificación de Jesucristo, para que su vida se manifieste en
nosotros (2 Cor. 4,10); que somos semejantes a Él en su muerte, a fin de
participar del poder de su resurrección (Flp. 3,10-11). La razón que añade san
Pablo, a saber, que es cosa justa ante Dios conceder reposo a los que han
trabajado, no tiene como fin probar la dignidad de las obras, sino solamente
confirmar la esperanza de la salvación. Como si dijera: así como conviene que
el justo juicio de Dios tome venganza de vuestros enemigos por los agravios y
molestias que os han hecho, de la misma manera lo es que os dé descanso y
reposo de vuestras miserias.
De qué manera se acuerda Dios de nuestras buenas obras. El otro lugar según
el cual es razonable que la justicia de Dios no eche en olvido los servicios que
se le han hecho, de tal manera que casi da a entender que sería injusto si los
olvidase, se debe entender en este sentido: que Dios nos ha dado, para
despertarnos de nuestra pereza, la esperanza de que todo el esfuerzo que
hagamos por la gloria de su nombre no se perderá ni será en vano. Tengamos
siempre presente que esta promesa, como todas las demás, de nada nos
aprovecharía si no procediera de la gratuita alianza de la misericordia, sobre la
cual se funda toda la certeza. Teniendo esto por cierto debemos sentir una
absoluta confianza de que la liberalidad de Dios no negará su retribución y su
premio a los servicios que le hubiéremos hecho, aunque ellos de por sí no
merezcan tal premio.
El Apóstol, para confirmarnos en esta esperanza, afirma que Dios no es injusto,
de suerte que no haya de mantener su palabra y cumplir la promesa que una
vez hubiere hecho. Así que esta justicia de Dios más se ha de referir a la
verdad de su promesa, que no a la equidad de pagarnos lo que nos debe. En
este sentido hay un notable dicho de san Agustín, el cual no dudó en repetirlo
muchas veces como digno de tenerse en cuenta; y por tal lo tengo yo. "Fiel",
dice, "es el Señor, el cual se hace nuestro deudor, no tomando cosa alguna de
nosotros, sino prometiéndonoslo todo liberalmente".182
8. CÓMO LA CARIDAD ES MÁS EXCELENTE QUE LA FE
Aducen también nuestros adversarios los siguientes textos de san Pablo: "Si
tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor,
nada soy. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor; pero el mayor de
ellos es el amor" (1 Cor.13, 2.13). Igualmente: "Sobre todas estas cosas
vestíos de amor, que es el vínculo perfecto" (Col. 3, 14).
De los dos primeros lugares, nuestros adversarios se esfuerzan en probar que
somos justificados por la caridad más bien que por la fe; a saber, porque la
caridad, a su entender, tiene una virtud mucho mayor que la fe. Pero esta
sutileza se puede refutar muy fácilmente. Ya antes hemos explicado que el
primer texto no tiene nada que ver con la verdadera fe. En cuanto al segundo,
también nosotros lo interpretamos de la verdadera fe, y que el Apóstol prefiere
la caridad como superior a ella; no porque sea más meritoria, sino porque es
más fructífera y provechosa, porque llega más allá, pues sirve a muchos más,
ya que siempre conserva su fuerza y vigor; mientras que el uso de la fe sólo
tiene vigencia durante un determinado tiempo. Si atendemos a la excelencia,
ocupará el primer lugar y será el principal el amor de Dios, del que san Pablo
nos habla en este lugar; porque esto es en lo que ante todo insiste, que nos
edifiquemos los unos a los otros con una caridad recíproca.
Pero supongamos que la caridad es más excelente que la fe desde todos los
puntos de vista; ¿quién será el hombre de sentido común y de mente sensata
que de esto deduzca que la caridad justifica más? La fuerza de justificar que
tiene la fe no consiste en la dignidad de las obras, sino en la sola misericordia
de Dios y en los méritos de Cristo. Cuando la fe alcanza esto, entonces se dice
que justifica.183
Si ahora preguntamos a nuestros adversarios en qué sentido atribuyen ellos la
justificación a la caridad, responderán que en virtud de que es una virtud
agradable a Dios, por cuyo mérito y mediante la aceptación de la divina bondad
nos es imputada a nosotros la justicia.184 Por aquí vemos qué bonita manera
tienen de argumentar. Nosotros decimos que la fe justifica, no porque ella con
su dignidad nos merezca la justicia, sino por ser el instrumento mediante el cual
gratuitamente alcanzamos la justicia de Cristo. Ellos, sin hacer siquiera
mención de la misericordia de Dios, ni tener para nada en cuenta a Cristo — en
el cual consiste toda nuestra justicia —sostienen que somos justificados por la
caridad, debido a que es mucho más excelente que la fe. Como si alguien
pretendiese que el rey es mucho más apto y competente que un zapatero, para
hacer un par de zapatos, por ser sin compensación mucho más noble y
182
Conversaciones sobre los Salmos, Sal 32, cony. II, serm. 1, 9; Sal 109, 1; Sal 83, 16;
etcétera.
183
Luego la fe no tiene valor en sí misma. Es una relación. Nos salva porque nos une al que es
plena justicia, y permite así que su justicia nos sea imputada y se convierta en el fundamento
de nuestro perdón.
184
Duns Scoto, Comentario a las Sentencias, lib. I, dist. 17, cu. 3, par. 22.
excelente que él. Este solo argumento es suficiente para hacer ver claramente
que las escuelas sorbónicas jamás han tenido ni idea de lo que es la
justificación por la fe.
Mas si alguno, amigo de discutir, replica contra lo que he afirmado que yo tomo
el nombre de fe en muy distinto sentido que san Pablo sin justificación alguna,
respondo que tengo muy buena razón para hacerlo así. Porque como quiera
que todos los dones que cita, en cierta manera se reducen a la fe y a la
esperanza por pertenecer al conocimiento de Dios, al hacer él el resumen y
recapitulación al fin del capítulo, los comprende todos en estas dos palabras.
Como si dijera: la profecía, las lenguas, el don de interpretar, la ciencia; todos
estos dones van encaminados al fin de guiamos al conocimiento de Dios.
Ahora bien, nosotros no conocemos a Dios en esta vida mortal sino por la fe y
la esperanza; por tanto, al nombrar la fe y la esperanza comprendo todos estos
dones juntamente. Así que estas tres cosas permanecen: la fe, la esperanza y
la caridad; es decir, que por mayor diversidad de dones que haya, todos se
refieren a estos tres, entre los cuales la caridad es el principal.
Del tercer texto deducen que si la caridad es el vínculo de la perfección,
también será vínculo de dar justicia, la cual no es otra cosa que la perfección.
Primeramente, dejando a un lado que san Pablo llama perfección en este lugar
a que los miembros de una iglesia bien ordenada estén concordes entre sí, y
admitiendo además que somos perfeccionados ante Dios por la caridad, ¿qué
pueden concluir de nuevo de aquí? Yo siempre replicaré, por el contrario, que
nunca llegaremos a esa perfección, si no cumplimos cuanto nos manda la ley
de la caridad; de lo cual concluiré que como los hombres están muy lejos de
poder cumplirlo, pierden toda esperanza de perfección.
9. COMO SE PROMETE LA VIDA ETERNA A LA OBEDIENCIA
185
El tema de la libertad cristiana, que Lutero expuso magistralmente en 1520 en su tratado
Sobre la libertad del hombre cristiano aparece en la Institución cristiana desde la primera
edición de 1536, en la que forma el capítulo VI. Ese capítulo es como una conclusión después
de la exposición sobre los cinco puntos clásicos, tomados del Catecismo de Lutero: la ley, la fe,
la oración, los sacramentos. Calvino, como Lutero, considera que "toda la suma de la vida
cristiana está contenida ahí, si se comprende su sentido". La libertad cristiana no es la libertad
en el sentido metafísico, la libertad de elegir y de poner un comienzo nuevo. Más exactamente
es la liberación de las autoridades exteriores que pretenden esclavizar el alma; de las tiranías
espirituales y de las coacciones religiosas.
burlas; porque en aquella su embriaguez espiritual, en laque pierden el sentido,
cualquier desvergüenza y descaro les parece lícito. Este, pues, es el lugar
oportuno para tratar de esta materia.
Si bien ya anteriormente he tocado el tema de paso, ha sido muy oportuno
reservarlo de propósito para este lugar. En efecto, tan pronto como se
menciona la libertad cristiana, al momento unos dan rienda suelta a sus
apetitos, y otros promueven grandes alborotos, si oportunamente no se pone
freno a estos espíritus ligeros, que corrompen y echan por completo a perder
cuanto se les pone delante por excelente que sea. Pues los unos, so pretexto
de libertad, dejan a un lado toda obediencia a Dios y se entregan a una licencia
desenfrenada; otros se indignan y no quieren oír hablar de esta libertad,
creyendo que con ella se confunde y suprime toda moderación, orden y
discreción.
¿Qué hacer en tal situación, viéndonos cercados por todas partes y colocados
en tal apuro? ¿Será quizá lo mejor no hacer mención de la libertad cristiana ni
tenerla en cuenta, para evitar así estos peligros? Pero ya hemos dicho que sin
su conocimiento, ni Cristo, ni la verdad de su Espíritu, ni el reposo y la paz del
alma pueden ser conocidos de veras. Siendo, pues, así, debemos por el
contrario poner toda nuestra diligencia para que una doctrina tan necesaria
como ésta no sea sepultada y arrinconada, y que a la vez, queden refutadas
todas las absurdas objeciones que tocante a esta materia se suelen suscitar.
2. LA LIBERTAD CRISTIANA NOS LIBERA DE LA SERVIDUMBRE DE
LA LEY
Casi todo el argumento de la epístola a los Gálatas versa sobre este tema. Es
muy fácil probar, por el modo de argumentar de san Pablo, la necedad de los
intérpretes, según los cuales el Apóstol no combate en esta carta más que la
libertad de las ceremonias; como cuando dice: "Cristo nos redimió de la
maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición" (Gál. 3,13). Y: "Estad, pues,
firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos
al yugo de la esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de
nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico que todo hombre que se
circuncida está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis los que
por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído" (Gál. 5,1-6). En estos
razonamientos del Apóstol sin duda se contiene otra cosa de mucha mayor
importancia que la libertad de las ceremonias.
Confieso de buen grado que san Pablo trata en esta epístola de las
ceremonias; en efecto, en ella combate a los falsos apóstoles que intentaban
meter a la Iglesia en las viejas sombras de la Ley, que con la venida de Cristo
habían quedado anuladas y destruidas. Pero para explicar bien esta cuestión
sería preciso subir mucho más alto; o sea, a la fuente de donde brota toda esta
cuestión.
Primeramente, como la claridad del Evangelio era oscurecida con estas
sombras y figuras judaicas, demuestra que en Jesucristo tenemos una plena y
firme manifestación de todas aquellas cosas figuradas en las ceremonias
mosaicas.
En segundo lugar, como aquellos falsarios sembraban en el corazón de los
fieles la perniciosa opinión de que la obediencia en el cumplimiento de la
ceremonias de la Ley valía para merecer la gracia de Dios, insiste
principalmente sobre este punto: que no crean los fieles alcanzar justicia
delante de Dios por ninguna obra de la Ley, y mucho menos por las
menudencias de las ceremonias exteriores. Y a la vez enseña que por la
muerte de Jesucristo estamos libres de la condenación de la Ley (Gál. 4, 5), la
cual pesa de otra manera sobre todo el linaje humano, a fin de que tengan
completa tranquilidad de conciencia; argumento que viene muy a propósito
para lo que aquí tratamos.
En conclusión; él defiende la libertad de las conciencias, declarando que no
están obligadas a guardar cosas innecesarias.
4. LIBERADOS DEL YUGO DE LA LEY, OBEDECEMOS LIBREMENTE
A LA VOLUNTAD DE DIOS
He aquí de qué manera todas nuestras obras están bajo la maldición de la Ley,
si, fuesen examinadas con el rigor que ella pide. ¿Cómo las pobres almas se
sentirían con ánimo para hacer aquello con lo que estaban seguras de no
conseguir sino maldición? Por el contrario, si libres de tan severa disposición
de la Ley, o más bien de todo su rigor, oyen que Dios con dulzura paternal las
llama, responderán con grande alegría y gozo a este llamamiento y lo seguirán
a donde quiera que las lleve.
En resumen: todos los que están bajo el yugo de la Ley son semejantes a los
siervos, a los cuales sus amos cada día les imponen tareas que cumplir. Éstos
no piensan haber hecho nada, ni se atreven a comparecer delante de sus amos
186
Se trata de una suposición imposible.
sin haber primero realizado plenamente la tarea que les han asignado. En
cambio los hijos, que son tratados más benigna y liberalmente por los padres,
no temen presentar ante ellos sus obras imperfectas y a medio hacer, e incluso
con algunas faltas, confiados en que su obediencia y buena voluntad les serán
agradables, supuesto que no hayan realizado su obra con tanta perfección
como quisieran. Así conviene que seamos nosotros y que nos convenzamos de
que nuestros servicios son gratos a Dios nuestro Padre misericordioso, aunque
sean imperfectos. Así nos lo confirma Él mismo por el profeta: "Y los
perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve" (Mal 3,17),
donde claramente se ve que perdonar se toma por soportar benignamente y
pasar por alto las faltas, puesto que hace mención de servicio.
No es poca la necesidad que tenemos de esta confianza, sin la cual en vano
emprenderíamos cosa alguna. Porque Dios con ninguna obra nuestra se siente
honrado, sino con aquellas con que de verdad intentamos honrarlo. ¿Y cómo
se puede lograr esto, cuando el alma se siente presa del temor y de la duda de
si Dios con nuestra obra se dará por ofendido en vez de honrado?
6. TAL, ES EL TESTIMONIO DEL NUEVO TESTAMENTO
"Yo sé, "dice san Pablo," que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que
piensa que algo es inmundo, para él lo es" (Rom. 14, 14). Con estas palabras
coloca bajo nuestra libertad todas las cosas exteriores, con tal de que nuestra
conciencia esté segura ante Dios de esta libertad. Más si alguna opinión
supersticiosa nos suscita escrúpulos, las cosas que por sí mismas y por su
naturaleza eran puras, están manchadas para nosotros. Por eso añade:
"Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el
que duda en lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo
que no proviene de fe es pecado." (Rom. 14, 22-23).
Los que encerrados en tales estrecheces se atreven, no obstante, a hacer
cualquier cosa contra su conciencia, ¿no se alejan por lo mismo de Dios? Por
otra parte, los que sienten algún temor de Dios, aunque forzados a hacer
muchas cosas contra su conciencia, se ven oprimidos por el temor, y al fin caen
por tierra. Todas estas gentes ningún don ni beneficio reciben de Dios con
gratitud, único modo, según san Pablo, de que todas las cosas queden
187
Subrayemos esta liberación, que enseila Calvino, del escrúpulo, en lo cual a veces se ve,
erróneamente, una enfermedad del Protestantismo. Aquí y en otras partes, la doctrina de
Calvino es del todo opuesta a la idea que comúnmente se tiene.
santificadas para nuestro uso y servicio (1 Tim. 4,4-5) Me refiero a una acción
de gracias que salga del corazón, que reconozca la bondad y la liberalidad de
Dios en sus dones. Porque muchos de ellos comprenden que son beneficios de
Dios aquello de que gozan y alaban a Dios en sus obras; más como no están
convencidos de haberlos recibido de Él, ¿cómo pueden agradecérselo, como si
lo hubieran recibido?
Conclusión. Vemos, pues, en resumen, cuál es el fin de esta libertad; a saber,
que usemos de los dones de Dios sin escrúpulo alguno de conciencia y sin
turbación de nuestra alma, para el fin con que Dios nos los dio ; y con esta
confianza nuestra alma tenga paz y reconozca su liberalidad para con nosotros.
Y aquí se comprenden todas las ceremonias cuya observancia es libre, para
que las conciencias no se vean forzadas a guardarlas por necesidad de
ninguna clase, sino más bien entiendan que su uso, por beneficio gratuito de
Dios, queda sometido a su discreción, según pareciere conveniente para
edificación de los demás.
9. NATURALEZA Y EFICACIA DE LA LIBERTAD CRISTIANA
Hay, pues, que considerar que la libertad cristiana, con todas sus partes, es
una realidad espiritual cuya firmeza consiste totalmente en aquietar ante Dios
las conciencias atemorizadas; sea que estén inquietas y dudosas del perdón de
sus pecados, o acongojadas por si las obras imperfectas y llenas de los vicios
de la carne agradan a Dios, o bien atormentadas respecto al uso de las cosas
indiferentes.
Por tanto, la interpretan perversamente aquellos que quieren dorar con ella sus
apetitos para de este modo abusar de los dones de Dios para sus deleites
carnales, o que piensan que no hay libertad en absoluto si no la usurpan ante
los hombres, y por ello, en su uso no tienen en cuenta para nada la flaqueza de
sus hermanos.
Ella modera todos los abusos. Del primer modo se peca mucho actualmente.
Porque casi no hay, si tiene posibilidades, quien no viva entregado a los
placeres de la comida, al lujo en el vestir, a la suntuosidad de los edificios;
quien no desee exceder a los demás y superarlos en delicadezas y no se
sienta muy satisfecho de su magnificencia. Y todas estas cosas se defienden
bajo pretexto de libertad cristiana. Dicen que son cosas indiferentes. También
yo lo confieso, si el hombre usa de ellas con indiferencia. Pero como se
apetecen en demasía, cuando los hombres se jactan de ellas con arrogancia,
cuando desordenadamente se desperdician, es claro que las cosas que en sí
mismas eran indiferentes quedan mancilladas por todos estos vicios.
San Pablo distingue muy bien entre las cosas indiferentes. "Todas las cosas",
dice, "son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada
les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas" (Tit. 1,
15). ¿Por qué se maldice a los ricos que ya tienen su consuelo, que están ya
saciados, que ahora ríen, que duermen en camas de marfil, que añaden
heredad a heredad, y en sus banquetes hay arpas, vihuelas, tamboriles, flautas
y vino (Lc. 6, 24-25; Am. 6, 1-6; Is. 5, 8)? Ciertamente el marfil, el oro y las
riquezas son buenas criaturas de Dios, permitidas para que el hombre se sirva
de ellas, e incluso ordenadas por la providencia divina a este fin; reírse, saciar
el apetito, añadir nuevas posesiones a las antiguas recibidas de nuestros
antepasados, deleitarse con la armonía de la música, y el beber vino, en ningún
sitio está prohibido; todo esto es verdad. Pero cuando uno tiene riquezas en
abundancia, el revolcarse entre deleites, embriagar su entendimiento y su
corazón con los pasatiempos presentes y andar siempre en busca de otros
nuevos, todo esto está muy lejos del uso legítimo de los dones de Dios.
Quiten, pues, lo desmedido del deseo, quiten la vanidad y la arrogancia, y con
pura conciencia usen puramente de los dones de Dios. Cuando sus corazones
estuvieren preparados de esta manera, entonces estarán en posesión de la
regla para usar legítimamente de, los dones divinos. Más si falta esta
moderación y templanza, el modo mismo corriente de vivir pasará la medida.
Pues es muy verdadero el refrán: "Debajo de mala capa suele haber buen
bebedor"; debajo de la ropa pobre suele haber afán de púrpura; y, al contrario,
debajo de la púrpura y la seda se esconde a veces un corazón humilde.
Viva, pues, cada uno conforme a su estado y condición, en la pobreza,
pasablemente, o con abundancia, con tal de que comprenda que Dios a todos
mantiene y sustenta para que puedan vivir, no para encenagarse en deleites. Y
piensen que en esto consiste la libertad cristiana: si han aprendido con san
Pablo a contentarse con cualquier situación; si saben vivir humildemente y
tener abundancia; si en todo y por todo están enseñados, así para tener
abundancia como para padecer necesidad (Flp. 4, 11-12).
10. SE EJERCE EN EL AMOR, TENIENDO EN CUENTA A LOS DÉBILES
Son muchos también los que se engañan en la segunda falta que hemos
señalado. Como si su libertad no pudiera ser verdadera y perfecta si los
hombres no son testigos de ella, hacen uso de la misma imprudentemente y sin
discernimiento, escandalizando muchas veces con su proceder inconsiderado a
sus hermanos más débiles.
Se puede ver actualmente muchos hombres a quienes parece que no gozan
bien de su libertad si no usan de ella para comer carne los viernes. Yo no los
condeno porque la coman; pero es necesario quitar de su mente la falsa
opinión de que no tienen verdadera libertad si no van haciendo ostentación de
ella por todas partes; pues deberían considerar que con nuestra libertad no
adquirirnos cosa alguna ante los hombres, sino ante Dios; y que tanto existe en
comer carne como en abstenerse de ella. Si ellos creen que ante Dios es
indiferente comer carne o comer huevos, vestirse de color o de negro, es
suficiente; ya está libre la conciencia, que es a quién pertenece el fruto de esta
libertad. Por tanto, aunque después se abstengan durante toda su vida de
comer carne y usen siempre el mismo color en sus vestidos, no por eso
tendrán menos libertad; porque son libres, por eso se abstienen con libertad de
conciencia. Pero esta clase de personas corre mucho peligro de no tener en
cuenta la flaqueza de los hombres, que debe ser de tal manera ayudada, que
no hagamos temerariamente nada de que se puedan escandalizar.
Más dirá alguno, que alguna vez conviene que mostremos nuestra libertad.
También yo lo confieso así. Pero es preciso tener gran diligencia para no pasar
la raya, menospreciando el cuidado que se ha de tener con los más débiles,
que el Señor tan encarecidamente nos ha recomendado.
11. DIVERSAS CLASES DE ESCÁNDALO; ESCÁNDALO DADO Y
ESCÁNDALO TOMADO
Trataré, pues, aquí algo acerca de los escándalos: qué cuidado hay que tener
de ellos, cuáles son aquellos de los que hemos de guardarnos y aquellos de los
que no hemos de preocuparnos. Con ello todos podrán comprender cuál es la
libertad que pueden permitirse los hombres.
Me agrada la distinción corriente de dos clases de escándalos, el uno dado y el
otro tomado, ya que tal distinción se confirma con el testimonio evidente de la
Escritura, y porque expone con toda propiedad lo que se quiere decir.
Si tú, por importunidad, ligereza, intemperancia o temeridad, y no
ordenadamente y en su tiempo y lugar oportunos haces algo con que los
ignorantes o débiles puedan quedar escandalizados, a esto se le llamará
escándalo que tú has dado, ya que por culpa tuya ha tenido lugar dicho
escándalo. Y en general, se dice que se ha dado escándalo en alguna cosa
cuando la falta procede del autor de la misma.
El escándalo se llama tomado cuando la cosa que ni en sí misma es mala ni se
ha hecho indiscretamente, se toma con mala voluntad y cierta malicia como
ocasión de escándalo. Porque en este caso el escándalo no fue dado, sino que
sin motivo ninguno indebidamente lo interpretan como tal.
Con la primera clase de escándalo no se ofende más que a los débiles; con
esta segunda se ofende la gente descontentadiza y los espíritus farisaicos. Por
tanto, al primero lo llamaremos "escándalo de los débiles", y al segundo,
"escándalo farisaico"; y moderaremos el uso de nuestra libertad de modo que
ceda ante la ignorancia de los hombres que son débiles, pero no al rigor de los
fariseos.
Cuánto debemos preocuparnos de los hermanos que son más débiles, lo
demuestra ampliamente san Pablo en muchos pasajes. Así: "Recibid al débil en
la fe"; "ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no
poner tropiezo y ocasión de caer al hermano" (Rom. 14,1.13); y muchas otras
cosas a este propósito, que es mejor leerlas en el texto que citarlas aquí. El
resumen de todo ello es que "los que somos fuertes debemos soportar las
flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos; cada uno de
nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación" (Rom. 15,1-
2). Y en otro lugar: "Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser
tropezadero para los débiles" (1 Cor.8, 9). "De todo lo que se vende en la
carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. La
conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a
gentiles, ni a la iglesia de Dios" (1 Cor. 10, 25. 29.32). Asimismo en otro pasaje:
"A libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión
para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros" (Gál. 5,13).
Así es, en verdad. Nuestra libertad no se nos ha dado contra nuestros prójimos
débiles, de los cuales la caridad nos hace ser servidores del todo; sino para
que, teniendo tranquilidad de conciencia ante Dios, vivamos también en paz
entre los hombres.
Respecto al caso que hemos de hacer del escándalo de los fariseos, lo
sabemos por las palabras del Señor, en las cuales ordena que los dejemos sin
preocuparnos de ellos; porque "son ciegos guías de ciegos" (Mt.15, 14). Los
discípulos le habían advertido de que los fariseos se habían escandalizado con
sus palabras; el Señor les responde que no hagan caso de ellos, ni se
preocupen por su escándalo.
12. LOS DÉBILES Y LOS FARISEOS
A pesar de todo, este tema queda oscuro si no comprendemos quiénes son los
que hemos de tener por débiles, y quiénes por fariseos. Sin esta diferencia no
veo cómo se pueda usar de nuestra libertad cuando se trata de escándalo, ya
que su uso sería muy peligroso.
Me parece que san Pablo ha determinado con toda claridad, así en su doctrina
como en sus ejemplos, cuándo debemos moderar nuestra libertad, y cuándo
debemos hacer uso de ella. Cuando tomó por compañero a Timoteo lo
circuncidó; pero jamás le pudieron convencer para que circuncidase a Tito
(Hch.16, 3; Gál. 2,3). Su proceder fue diverso; sin embargo no hubo cambio
alguno en su mente ni en su voluntad. Porque en la circuncisión de Timoteo,
siendo libre de todos, se hizo siervo de todos para ganar a mayor número. Se
hizo a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a
la Ley — aunque él no estaba sujeto a ella — como sujeto a la Ley, para ganar
a los que están sujetos a la Ley; a todos se hizo de todo, para de todos modos
salvar a algunos, como él mismo lo dice (1 Cor. 9,19-22). He aquí la justa
moderación de la voluntad; a saber, cuando indiferentemente podemos
abstenernos con algún fruto.
Cuál fue su intención al rehusar tan obstinadamente circuncidar a Tito, lo
declara él mismo con estas palabras: "Mas ni aun Tito, que estaba conmigo,
con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse; y esto a pesar de los falsos
hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad
que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud, a los cuales ni por
un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio
permaneciese con vosotros" (Gál. (2,3-5). Tenemos aquí asimismo un caso en
que es necesario guardar nuestra libertad, si por la inicua coacción de los
falsos apóstoles hubiese de sufrir detrimento en la conciencia de los débiles.
Siempre debemos servir a la caridad; siempre hemos de procurar edificar a
nuestro prójimo. "Todo, dice en otra parte, me es licito, pero no todo conviene;
todo me es licito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el
del otro" (1 Cor.10, 23-24). No puede haber cosa más clara que esta regla: que
usemos de nuestra libertad, si de ello resulta provecho para el prójimo; pero
que nos abstengamos de la misma, si es perjudicial para él.
Hay algunos que simulan imitar la prudencia de san Pablo en el abstenerse de
su libertad, cuando lo que menos buscan es servir a la caridad; porque
preocupados por su tranquilidad y reposo, desearían que fuese sepultado hasta
el recuerdo de la libertad, siendo así que no menos conviene usar de ella para
bien y edificación de nuestros prójimos, que abstenernos a su debido tiempo
por los motivos expuestos. Por tanto, la obligación y el deber de un cristiano
piadoso es considerar que se le ha concedido la libre potestad de las cosas
exteriores para que así esté más pronto a realizar todas las exigencias de la
caridad.
13. NUESTRA LIBERTAD DEBE SOMETERSE AL AMOR DEL PRÓJIMO,
COMO A LA PUREZA DE LA FE
Todo cuanto he enseñado respecto a evitar los escándalos debe referirse a las
cosas indiferentes, que de suyo no son ni buenas ni malas. Porque las que son
obligatorias no se pueden dejar de hacer por más peligro de escándalo que
haya. Porque así como debemos someter nuestra libertad a la caridad, del
mismo modo la caridad debe someterse a la pureza de la fe. Es verdad que
hay que tener en cuenta la caridad; pero de tal manera que por amor del
prójimo no se ofenda a Dios.
No se debe aprobar el desenfreno de los que nada hacen sino con tumultos y
alborotos, y prefieren desgarrar a descoser. Ni tampoco se puede admitir a los
que, induciendo a los otros con el ejemplo a infinidad de blasfemias, fingen que
les es necesario obrar así para no escandalizar a sus hermanos. Como si no
estuviesen ya dando mal ejemplo a la conciencia de sus prójimos;
especialmente cuando permanecen encenagados sin esperanza alguna de salir
de él.188 Si se trata de instruir al prójimo con doctrina o con el ejemplo de la
vida, dicen que es necesario alimentarlo con leche; y a este fin lo mantienen en
impías y perniciosas opiniones. San Pablo refiere que alimentó a los corintios
con leche (1 Cor.3, 2); mas si en aquel tiempo hubiera existido entre ellos la
misa papista, ¿la hubiera él celebrado para ellos, a fin de darles a beber leche?
No; porque la leche no es veneno. Mienten, pues, fingiendo alimentar a los que
cruelmente matan con la apariencia de tal dulzor. Y aunque concediendo que
semejante disimulo se puede admitir por algún tiempo, sin embargo, ¿hasta
cuándo van a estar dando esta leche a sus niños? Porque si nunca crecen lo
suficiente para soportar algún alimento ligero, claramente se ve que jamás han
sido mantenidos con leche.
Dos razones hay que me impiden combatir al presente a tales gentes de una
manera más a propósito. La primera, que sus desatinos no merecen respuesta
ni ser refutados, pues ningún hombre de sano entendimiento hace caso de
ellos. La segunda, por no repetir la misma cosa, pues ya he tratado de
propósito este tema en otros libros.189 Simplemente, que los lectores tengan
por indubitable que con cualquier clase de escándalos que Satanás y el mundo
188
Calvino se yergue aquí contra los partidarios del compromiso en materia religiosa. Contra
ellos escribió sobre todo su Disculpa a los Señores Nicomeditas (1544).
189
Además de la Disculpa a los Srs. Nicomeditas, cfr. De fugiendis impiorum illicitis sacris; De
papisticisacerdotiis vel administrandis vel obiiciendis (1537); De vitandis superstitionibus (1545),
y Tratado de los escándalos (1550).
procuren apartarnos de lo que Dios nos manda, o de detenernos para que no
sigamos la norma de su Palabra, a pesar de todo hemos de emplear toda
nuestra diligencia en seguir adelante. Asimismo, que cualquiera que sea el
peligro, no nos es lícito apartarnos de los mandamientos de Dios ni en una
tilde, ni bajo ningún pretexto hemos de intentar cosa alguna que él no permita.
14. EN LAS COSAS INDIFERENTES EL CRISTIANO ESTÁ LIBRE DEL
PODER DE LOS HOMBRES
Dado, pues, que la conciencia de los fieles, por el privilegio de la libertad que
tienen de Jesucristo están libres de los lazos y observancias de las cosas que
el Señor ha querido que fuesen indiferentes, concluimos de aquí que están
libres de toda autoridad y poder de los hombres. Porque no está bien que la
alabanza que Jesucristo debe recibir por semejante beneficio sea oscurecida,
ni que las conciencias pierdan su fruto y provecho. Y no debemos estimar
como de poca importancia lo que sabemos que tanto ha costado a Cristo; pues
lo adquirió no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con su sangre
preciosa (1 Pe. 1,1&-19); de modo que san Pablo no duda en decir que la
muerte del Señor no conseguiría efecto alguno si nos ponemos bajo la sujeción
de los hombres. Porque no se trata de otra cosa en los últimos capítulos de la
epístola a los Gálatas, sino de que Cristo queda para nosotros oscurecido, e
incluso del todo desaparece, si nuestra conciencia no permanece en libertad;
de la cual sin duda alguna ha caído, si puede ser enredada en los lazos de las
leyes y constituciones conforme al capricho de los hombres (Gál. 5, 1. .4).
Mas como .esto es cosa muy digna de ser comprendida, será preciso
exponerlo más por extenso y con mayor claridad. Porque tan pronto como se
dice una sola palabra respecto a abolir las constituciones humanas, se suscita,
infinidad de revueltas, una parte por gentes sediciosas, y otra por
calumniadores ; como si toda obediencia a los hombres quedase de un
plumazo abolida y desterrada.
15. HAY QUE DISTINGUIR DOS JURISDICCIONES: LA ESPIRITUAL Y
LA TEMPORAL
Para no tropezar en esta piedra, advirtamos en primer lugar que hay un doble
régimen del hombre: uno espiritual, mediante el cual se instruye la conciencia
en la piedad y el culto de Dios; el otro político, por el cual el hombre es instruido
en sus obligaciones y deberes de humanidad y educación que deben presidir
las relaciones humanas. Corrientemente se suelen llamar jurisdicción espiritual
y jurisdicción temporal; nombres muy apropiados, con los que se da a entender
que la primera clase de régimen se refiere a la vida del alma, y la otra se aplica
a las cosas de este mundo; no solamente para mantener y vestir a los
hombres, sino que además prescribe leyes mediante las cuales puedan vivir
con sus semejantes santa, honesta y modestamente. Porque la primera tiene
su asiento en el alma; en cambio la otra solamente se preocupa de las
costumbres exteriores. A lo primero lo podemos llamar reino espiritual; a lo
otro, reino político o civil.
Hemos de considerar cada una de estas cosas en sí mismas, según las hemos
distinguido: con independencia cada una de la otra. Porque en el hombre hay,
por así decirlo, dos mundos, en los cuales puede haber diversos reyes y leyes
distintas. Esta distinción servirá para advertirnos de que lo que el Evangelio nos
enseña sobre la libertad espiritual no hemos de aplicarlo sin más al orden
político; como si los cristianos no debieran estar sujetos a las leyes humanas
según el régimen político, por el hecho de que su conciencia es libre delante de
Dios; como si estuviesen exentos de todo servicio según la carne por ser libres
según el espíritu.
Además, como incluso en las mismas constituciones que parecen pertenecer al
reino espiritual se puede engañar el hombre, conviene también que aun en
éstas se distinga cuáles deben ser tenidas por legítimas por estar conformes a
la Palabra de Dios, y cuáles, por el contrario, no deban en modo alguno ser
admitidas por los fieles.
Respecto al régimen político hablaremos en otro lugar. Tampoco hablaré aquí
de las leyes eclesiásticas, porque su discusión cae mejor en el libro cuarto,
donde trataremos de la autoridad de la Iglesia. Demos, pues, aquí, por
concluida esta materia.
Definición de la conciencia. Ésta no se refiere a los hombres, sino a Dios. No
habría dificultad alguna respecto a esta materia, como ya he dicho, si no fuera
porque muchos se sienten embarazados por no distinguir bien entre orden civil
y conciencia; entre jurisdicción externa o política y jurisdicción espiritual, que
tiene su sede en la conciencia. Además, la dificultad se aumenta con lo que
dice san Pablo al ordenarnos que nos sometamos a las autoridades superiores,
no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia
(Rom. 13,1. 5). De donde se sigue que las conciencias está sujeto incluso a las
leyes políticas. Lo cual, de ser así, echaría por tierra toda cuanto poco antes
hemos dicho del régimen espiritual, y lo que ahora vamos a decir.
Para resolver esta dificultad, primeramente hemos de comprender qué es la
conciencia, cuya definición ha de tomarse de la etimología misma y de la
derivación del término mismo. Porque así como decimos que los hombres
saben aquello que su espíritu y entendimiento han comprendido, de donde
procede el nombre de ciencia; de la misma manera, cuando tienen el
sentimiento del juicio de Dios, que les sirve como de un segundo testimonio
ante el cual no se pueden ocultar las culpas, sino que les cita ante su sede de
Juez supremo y allí los tiene como encarcelados, a este sentimiento se llama
conciencia. Porque es a modo de medio entre Dios y los hombres, en cuanto
que los hombres con esa impresión en su corazón no pueden destruir por
olvido la idea que tienen del bien y del mal; sino que los persigue hasta
hacerles reconocer su falta.
Esto es lo que quiere dar a entender san Pablo cuando dice que la conciencia
da testimonio a los hombres, acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos
(Rom. 2, 15). Un simple conocimiento podía estar en el hombre como
sofocado. Por eso este sentimiento que coloca al hombre ante el juicio de Dios,
es como una salvaguarda que se le ha dado para sorprender y espiar todos sus
secretos, a fin de que nada quede oculto, sino que todo salga a luz. De lo cual
nació aquel antiguo proverbio: La conciencia es como mil testigos.190 Por esta
misma razón san Pedro pone el testimonio de la buena conciencia para reposo
y tranquilidad de espíritu, cuando apoyados en la gracia de Cristo nos
atrevemos a presentarnos ante el acatamiento divino (1 Pe. 3,21). Y el autor de
la epístola a los Hebreos, al afirmar que los fieles no tienen ya más conciencia
de pecado (Heb. 10,2), quiere decir que están libres y absueltos para que el
pecado no tenga ya de qué acusarlos.
16. LA CONCIENCIA DICE RELACIÓN A DIOS EN LAS COSAS DE SUYO
BUENAS O MALAS
Así como las obras tienen por objeto a los hombres, la conciencia se refiere a
Dios; de suerte que la conciencia no es otra cosa que la interior integridad del
corazón. De acuerdo con esto dice san Pablo el cumplimiento de la ley "es el
amor nacido de corazón limpio y de buena conciencia, y de fe no fingida" (1
Tim. 1, 5). Y después en el mismo capítulo prueba la diferencia que existe entre
ella y un simple conocimiento, diciendo que algunos por desechar la buena
conciencia naufragaron en la fe (1 Tim. 1,19), declarando con estas palabras
que la buena conciencia es un vivo afecto de honrar a Dios y un sincero celo de
vivir piadosamente.
Algunas veces la conciencia se refiere también a los hombres; como cuando el
mismo san Pablo — según refiere san Lucas — afirma que ha procurado "tener
siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres" (Hch. 24,16);
pero esto se entiende en cuanto que los fruto§ de la buena conciencia llegan
hasta los hombres. Pero propiamente hablando, solamente tiene por objeto y
se dirige a Dios. De aquí que se diga que una ley liga la conciencia, cuando
simplemente obliga al hombre, sin tener en cuenta al prójimo, como si
solamente tuviese que ver con Dios. Por ejemplo: no sólo nos manda Dios que
conservemos nuestro corazón casto y limpio de toda mancha, sino también
prohíbe toda palabra obscena y disoluta que sepa a incontinencia. Aunque
nadie más viviese en el mundo, yo en mi conciencia estoy obligado a guardar
esta ley. Por tanto, cualquiera que se conduce desordenadamente, no sólo
peca por dar mal ejemplo a sus hermanos, sino también se hace culpable
delante de Dios por haber transgredido lo que Él había prohibido.
La conciencia es libre en las cosas indiferentes, incluso cuando se abstiene por
consideración hacia el prójimo. Otra cosa es lo que en sí es indiferente.
Debemos abstenernos, si de ello proviene algún escándalo; pero con libertad
de conciencia. Así lo demuestra san Pablo hablando de la carne sacrificada a
los ídolos: "Si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo
comáis...por motivos de conciencia. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del
otro" (1 Cor.10, 28-29). Pecaría el fiel que, avisado de esto, comiese tal carne.
Mas aunque Dios le mande abstenerse de tal alimento a causa de su prójimo y
esté obligado a someterse a ello, no por esto su con- ciencia deja de ser libre.
Vemos, pues, cómo esta ley sólo impone sujeción a la obra exterior, y que, sin
embargo, deja libre la conciencia.
190
Cfr. Quintiliano, Instituciones oratorias, V, 11, 41.
CAPÍTULO XX: DE LA ORACIÓN. ELLA ES EL PRINCIPAL EJERCICIO DE
LA FE, Y POR ELLA RECIBIMOS CADA DÍA LOS BENEFICIOS DE DIOS
Por lo que hasta ahora hemos expuesto se ve claramente cuán necesitado está
el hombre y cuán desprovisto de toda suerte de bienes, y cómo le falta cuanto
es necesario para su salvación. Por tanto, si quiere procurarse los medios para
remediar su necesidad, debe salir de sí mismo y buscarlos en otra parte.
También hemos demostrado que el Señor voluntaria y liberalmente se nos
muestra a sí mismo en Cristo, en el cual nos ofrece la felicidad en vez de la
miseria y toda clase de riquezas en vez de la pobreza; en el cual nos abre y
presenta los tesoros del cielo, a fin de que nuestra fe ponga sus ojos en su
amado Hijo; que siempre estemos pendientes de Él y que toda nuestra
esperanza se apoye y descanse en Él. Esta, en verdad, es una secreta y oculta
filosofía que no se puede entender por silogismos; solamente la entienden y
aprenden aquéllos a quienes Dios ha abierto los ojos, para que vean claro con
su luz.
Sabiendo, pues, nosotros por la fe, que todo el bien que necesitamos y de que
carecemos en nosotros mismos se encuentra en Dios y en nuestro Señor
Jesucristo, en quien el Padre ha querido que habitase la plenitud de su
liberalidad para que de Él, como de fuente abundantísima, sacásemos todos,
sólo queda que busquemos en Él y que mediante la oración le pidamos lo que
sabemos que está en Él. Porque de otra manera, conocer a Dios por autor,
señor y dispensador de todos los bienes, que nos convida a pedírselos, y por
otra parte, no dirigirnos a Él, ni pedirle nada, de nada nos serviría. Como si una
persona no hiciese caso y dejase enterrado y escondido bajo tierra un tesoro
que le hubieran enseñado.
Y así el Apóstol, para probar que no puede existir verdadera fe sin que de ella
brote la invocación, señaló este orden: como la fe nace del Evangelio,
igualmente por ella somos instruidos para invocar a Dios (Rom. 10,14). Que es
lo mismo que poco antes había dicho: El espíritu de adopción, el cual sella en
nuestros corazones el testimonio del Evangelio, hace que se atrevan a elevar a
Dios sus deseos, suscitando en nosotros gemidos indecibles, y que clamen
confiadamente: Padre (Rom. 8,15 .26).
Debemos, pues, tratar ahora más por extenso este último punto, del que hasta
ahora sólo incidentalmente hemos hablado.
2. DEFINICIÓN, NECESIDAD Y UTILIDAD DE LA ORACIÓN
Así que por medio de la oración logramos llegar hasta aquellas riquezas que
Dios tiene depositadas en sí mismo. Porque ella es una especie de
comunicación entre Dios y los hombres, mediante la cual entran en el santuario
celestial, le recuerdan sus promesas y le instan a que les muestre en la
realidad, cuando la necesidad lo requiere, que lo que han creído simplemente
en virtud de su Palabra es verdad, y no mentira ni falsedad. Vemos, pues, que
Dios no nos propone cosa alguna a esperar de Él, sin que a la vez nos mande
que se la pidamos por la oración; tan cierto es lo que hemos dicho, que con la
oración encontramos y desenterramos los tesoros que se muestran y
descubren a nuestra fe por el Evangelio.
No hay palabras lo bastante elocuentes para exponer cuán necesario, útil y
provechoso ejercicio es orar al Señor. Ciertamente no sin motivo asegura
nuestro Padre celestial que toda la seguridad de nuestra salvación consiste en
invocar su nombre (J1. 2,32); pues por ella adquirimos la presencia de su
providencia, con la cual vela, cuidando y proveyendo cuanto nos es necesario ;
y de su virtud y potencia, con la cual nos sostiene a nosotros, flacos y sin
fuerzas ; y asimismo la presencia de su bondad, por la cual a nosotros
miserablemente agobiados por los pecados, nos recibe en su gracia y favor ; y,
por decirlo en una palabra, lo llamamos, a fin de que nos muestre que nos es
favorable y que está siempre con nosotros.
De aquí nos proviene una singular tranquilidad de conciencia, porque habiendo
expuesto al Señor la necesidad que nos acongojaba, descansamos
plenamente en Él, sabiendo que conoce muy bien todas nuestras miserias
Aquel de quien estamos seguros que nos ama y que puede absolutamente
suplir a todas nuestras necesidades.
3. OBJECIÓN SACADA DE LA OMNISCIENCIA DE DIOS. RESPUESTA
Nos dirá alguno: ¿Es que no sabe Él muy bien sin necesidad de que nadie se
lo diga las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario? Por
ello podría parecer en cierta manera superfluo solicitarlo con nuestras
oraciones, como si Él hiciese que nos oye, o que permanece dormido hasta
que se lo recordamos con nuestro clamor.
Los que así razonen no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado la
oración tanta por razón de Él, cuanta por nosotros. El que quiere, como es
razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo ; es decir,
que los hombres comprendan, confiesen y manifiesten en sus oraciones, que
todo cuanto desean y ven que les sirve de provecho les viene de Él. Sin
embargo todo el provecho de este sacrificio con el que es honrado revierte
sobre nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más atrevidamente se
gloriaban de los beneficios que Dios a ellos y a los demás les había concedido,
tanto más vivamente se animaban a orar.
En confirmación de esto basta alegar el solo ejemplo de Elías, el cual, seguro
del consejo de Dios, después de haber prometido sin temeridad al rey Acab
que llovería, no por eso deja de orar con gran insistencia; y envía a su criado
siete veces a mirar si asomaba la lluvia (1 Re. 18, 41-43); no que dudase de la
promesa que por mandato de Dios había hecho, sino porque sabía que su
deber era proponer su petición a Dios, a fin de que su fe no se adormeciese y
decayera.
Seis razones principales de orar a Dios. Por tanto, aunque Dios vela y está
atento para conservarnos, aun cuando estamos distraídos y no sentimos
nuestras miserias, y si bien a veces nos socorre sin que le roguemos, no
obstante nos importa grandemente invocarle de continuo.
Primeramente, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo
de buscarle, amarle y honrarle siempre, acostumbrándonos a acogernos
solamente a Él en todas nuestras necesidades, como a puerto segurísimo.
Asimismo, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo, del
cual no nos atrevamos al momento a ponerlo como testigo, conforme lo
hacemos cuando ponemos ante sus ojos todo lo que sentimos dentro de
nosotros y desplegamos todo nuestro corazón en presencia suya sin ocultarle
nada.
Además, para prepararnos a recibir sus beneficios y mercedes con verdadera
gratitud de corazón, y con acción de gracias; ya que por la oración nos damos
cuenta de que todas estas cosas nos vienen de su mano.
Igualmente, para que una vez que hemos alcanzado lo que le pedimos nos
convenzamos de que ha oído nuestros deseos, y por ellos seamos mucho más
fervorosos en meditar su liberalidad, y a la vez gocemos con mucha mayor
alegría de las mercedes que nos ha hecho, comprendiendo que las hemos
alcanzado mediante la oración.
Finalmente, a fin de que el uso mismo y la continua experiencia confirme en
nosotros, conforme a nuestra capacidad, su providencia, comprendiendo que
no solamente promete que jamás nos faltará, que por su propia voluntad nos
abre la puerta para que en el momento mismo de la necesidad podamos
proponerle nuestra petición y que no nos da largas con vanas palabras, sino
que nos socorre y ayuda realmente.
Por todas estas razones nuestro Padre clementísimo, aunque jamás se duerme
ni está ocioso, no obstante muchas veces da muestras de que es así y de que
no se preocupa de nada, para ejercitarnos de este modo en rogarle, pedirle e
importunarle, porque ve que esto es muy conveniente para poner remedio a
nuestra negligencia y descuido.
Muy fuera, pues, de camino van aquellos que a fin de alejar a los hombres de
la oración objetan que la divina providencia está alerta para conservar todo
cuanto ha creado, y que, por tanto, es superfluo andar insistiendo con nuestras
peticiones e importunidades; ya que el Señor por el contrario afirma: "Cercano
está Jehová a todos los que le invocan" (Sal 145,18).
No ofrece más consistencia la otra objeción, de que es cosa superflua pedir al
Señor lo que Él está pronto a darnos por su propia voluntad; ya que Él quiere
que atribuyamos a la oración todo cuanto alcanzamos de su liberal
magnificencia. Lo cual confirma admirablemente aquella sentencia del salmista:
"Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de
ellos" (Sal. 34, 15). Esto demuestra que Dios procura la salvación de los fieles
por Su propia voluntad, de tal manera que sin embargo, desea que ejerciten su
fe en pedirle, a fin de purificar sus corazones de todo olvido o negligencia.
Velan, pues, los ojos del Señor para socorrer la necesidad de los ciegos; pero
quiere, no obstante, que nosotros de nuestra parte gimamos, para mejor
mostrarnos el amor que nos tiene. De esta manera ambas cosas son verdad:
No se dormirá el que guarda a Israel (Sa1.121, 3); y que no obstante, se retira
como si nos hubiese olvidado cuando nos ve perezosos y mudos.
4. EL ENTENDIMIENTO Y EL CORAZÓN
Los pensamientos requeridos para hablar con Dios. Sea, pues, ésta la primera
ley para orar conveniente y debidamente: que vayamos preparados con tal
disposición y voluntad, cual deben tenerla los que han de hablar con Dios.
Por lo que respecta a nuestra alma tendría efecto, si libre de los pensamientos
y cuidados de la carne, con los cuales puede apartarse o estorbarse para ver
bien a Dios, no solamente toda ella se entrega a orar, sino además, en cuanto
fuese posible, se levanta y sube sobre sí misma.
Por lo demás, tampoco exijo yo un ánimo tan desprendido, que no tenga cosa
alguna que le acongoje ni le apene; ya que, por el contrario, es preciso que
nuestro fervor para orar se inflame y encienda en nosotros con las angustias y
pesares. Como lo vemos en los santos siervos de Dios, quienes aseguran que
se encontraban entre grandísimos tormentos — ¡cuánto más entre inquietudes!
—, cuando dicen que desde lo profundo del abismo claman al Señor (Sal.
130,1). Más sí creo que es necesario arrojar de nosotros todas las
preocupaciones ajenas, que pueden desviar nuestra atención hacia otro lado y
hacer que descienda del cielo para arrastrarse por la tierra. Asimismo sostengo
que es preciso que el alma se levante por encima de sí misma; quiero decir,
que no debe llevar ante la presencia divina ninguna de las cosas que nuestra
loca y ciega razón suele forjarse; y que no debe encerrarse dentro de su
vanidad, sino que ha de elevarse a una pureza digna de Dios y tal como Él la
exige.
5. SERIA APLICACIÓN Y CONCENTRACIÓN DEL ESPÍRITU ANTE LA
MAJESTAD DE DIOS HAY QUE ADVERTIR MUY BIEN DOS COSAS.
La segunda regla debe ser que cuando oremos sintamos siempre de veras
nuestra necesidad y pobreza y considerando conscientemente que tenemos
necesidad de todo lo que pedimos, acompañemos nuestras peticiones de un
ardiente afecto. Porque son muchos los que murmuran entre dientes sus
oraciones, leyéndolas o recitándolas de memoria, como si cumpliesen con
Dios. Y aunque confiesan que la oración debe proceder de lo íntimo del
corazón, porque sería un gran mal carecer de la asistencia y ayuda de Dios
que le piden, sin embargo se ve claro que hacen esto como por rutina, ya que
entretanto, sus corazones están fríos y sin calor alguno, y no prestan atención
a lo que piden. Es verdad que un sentimiento confuso y general de su
necesidad los lleva a orar, pero no les urge como si sintiesen su necesidad en
el momento y pidiesen en consecuencia ser aliviados de su miseria. Ahora
bien, ¿qué cosa pensamos puede haber más odiosa y detestable a la majestad
divina que este fingimiento, cuando el que pide perdón de sus pecados, al
mismo tiempo está pensando que no es pecador, o no piensa que lo es?
Evidentemente con esta ficción abiertamente se burlan de Dios. De hecho, todo
el mundo, según poco hace lo he dicho, está lleno de esta perversidad; cada
cual pide a Dios, solamente como por cumplir con Él, aquello que ya están
seguros de conseguir de otros, o de tenerlo ya en la mano como cosa propia.
El defecto de otros que voy a exponer parece ser más ligero, pero tampoco se
puede tolerar: consiste en que muchos recitan sus oraciones sin reflexión
alguna. La causa de esto es que no se les ha instruido más que en que deben
ofrecer a Dios sus sacrificios de esta manera. Es, pues, necesario que los fieles
tengan mucho cuidado de no presentarse jamás delante de la divina majestad
para pedir cualquier cosa, a no ser que la deseen de corazón y quieran
obtenerla de Él. Y más aún; incluso aquellas cosas que pedimos solamente
para gloria de Dios y que no nos parecen a primera vista decir relación con
nuestras necesidades, no obstante es necesario que las pidamos con no menor
fervor y vehemencia. Como cuando pedimos que su nombre sea santificado
debemos, por así decirlo, tener hambre y sed de esta santificación.
7. SIEMPRE ES OPORTUNO ROGAR
Si alguno replicare que no siempre nos vemos oprimidos por una necesidad de
idéntica manera, sino unas veces más que otras, admito que es así. Santiago
ha notado muy bien esta distinción. "¿Está alguno de vosotros afligido?", dice,
"Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas" (Sant. 5,13). Así pues,
el mismo sentido comun nos enseña que por ser nosotros tan excesivamente
perezosos, según es la necesidad, así nos incita Dios a rogarle. Este es el
tiempo oportuno de que habla David (Sal. 32,6): porque, como él en muchos
lugares lo enseña, cuanto más fuertemente nos oprimen las molestias, las
incomodidades, los temores y todos los demás géneros de tentaciones, tanto
más libre entrada tenemos a Dios como si Él nos llamase personalmente a ello.
No obstante no deja de ser muy cierto lo que dice san Pablo, que en todo
tiempo debemos orar (Ef. 6,18; 1 Tes. 5,17); porque aunque todo nos suceda a
pedir de boca y conforme a nuestros deseos, y nada nos dé más contento, a
pesar de ello no hay un solo momento en el que nuestra miseria no nos incite a
orar. Si uno tiene gran abundancia de vino y trigo, no podrá disfrutar de un solo
pedazo de pan si la bendición de Dios no continúa sobre él; ni sus graneros le
dispensarán de pedir el pan de cada día. Además, si consideramos cuántos
son los peligros que nos amenazan a cada momento, el mismo miedo nos
enseñará que no hay instante en que no tengamos gran necesidad de orar.
Esto podemos conocerlo mucho mejor en las necesidades espirituales. Porque,
¿cuándo tantos pecados de los que nuestra propia conciencia nos acusa nos
permitirán estar ociosos sin pedir humildemente perdón? ¿Cuándo las
tentaciones harán treguas con nosotros, de suerte que no tengamos necesidad
de acogernos a Dios, buscando socorro? Además, el deseo de ver el reino de
Dios prosperado y su nombre glorificado de tal manera debe apoderarse de
nosotros, y no a inervarlos, sino de manera continua, que tengamos siempre
presente la oportunidad y ocasión de orar. Por eso no sin causa, tantas veces
se nos manda que seamos asiduos en la oración. No hablo aún de la
perseverancia, de la cual luego haré mención. Mas la Escritura, al exhortarnos
a orar de continuo, condena nuestra negligencia, porque no sentimos hasta qué
punto nos es necesaria esta diligencia y cuidado.
La verdadera oración exige el arrepentimiento. Con esta regla se cierra, del
todo la puerta a la hipocresía y a todas las astucias y sofismas que los hombres
inventan para mentir a Dios. Promete el Señor que estará cerca de todos los
que le invocaren de verdad, y dice que lo hallarán aquéllos que de corazón le
buscaren (Sa1.145, 18; Jn.9, 31). No ponen sus ojos en esto los que se sienten
tan contentos con su suciedad.
Así que la legítima oración requiere penitencia. De ahí aquello tan corriente en
la Escritura: que Dios no oye a los malvados; que sus oraciones le son
abominables, como también sus sacrificios. Porque es justo que hallen
cerrados los oídos de Dios los que le cierran sus corazones; y que los que con
su dureza y obstinación provocan el rigor de Dios, lo sientan inexorable. Dios,
por el profeta Isaías los amenaza de esta manera: "Cuando multipliquéis la
oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos" (Is. 1, 15). Y por
Jeremías: "Solemnemente protesté: oíd mi voz; pero no oyeron;...y clamarán a
mí, y no los oiré" (Jr. 11,7-8.11); porque Él considera como muy grave injuria
que los impíos, que durante toda su vida manchan su nombre sacrosanto, se
gloríen de ser de los suyos. Por esta causa se queja por Isaías, diciendo que
los judíos se acercan a Él con su boca y con sus labios le honran, pero su
corazón está lejos de Él (Is.29, 13). El Señor no limita esto a las solas
oraciones, sino afirma que aborrece todo fingimiento en cualquier parte de su
culto y servicio. A esto se refiere lo que dice Santiago: "Pedís y no recibís,
porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites" (Sant. 4,3). Es verdad —
como algo más abajo lo trataremos otra vez — que las oraciones de los fieles
no se apoyan en su dignidad personal; no obstante no es superfluo el aviso de
san Juan: "Cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque
guardamos sus mandamientos" (1 Jn. 3,22), ya que la mala conciencia nos
cierra la puerta. De donde se sigue que ni oran bien, ni son oídos, más que los
que con corazón limpio sirven a Dios.
Por tanto, todo el que se dispone a orar, que se arrepienta de sus pecados y se
revista de la persona y afecto de un pobre que va de puerta en puerta; lo cual
nadie podrá hacer sin penitencia.
8. LA HUMILDAD: NI SENTIMIENTO DE PROPIA JUSTICIA, NI
CONFIANZA EN SÍ MISMO
A estas dos reglas hay que añadir una tercera: que todo el que se presenta
delante de Dios para orar se despoje de toda opinión de su propia dignidad, y,
en consecuencia, arroje de sí la confianza en sí mismo, dando con su humildad
y abatimiento toda la gloria a Dios; y esto por miedo a que si nos atribuimos a
nosotros mismos alguna cosa, por pequeña que sea, no caigamos delante de
la majestad divina con nuestra hinchazón y soberbia.
Tenemos innumerables ejemplos de esta sumisión, que abate toda elevación
en los siervos de Dios; de los cuales cuanto más santo es alguno, tanto más, al
presentarse delante de Dios se abate y humilla. De esta manera Daniel, tan
ensalzado por boca del mismo Dios, dice: "No elevamos nuestros ruegos ante ti
confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor;
oh Señor, perdona; presta oído Señor, y hazlo y no tardes por amor de ti
mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu
pueblo" (Dan 9,18-19). Ni tampoco se debe decir que, según la costumbre
común, él se pone entre los demás contándose como uno de ellos, sino más
bien que en su propia persona se declara pecador y se acoge a la misericordia
de Dios, como él mismo abiertamente lo atestigua diciendo: después de haber
confesado mis propios pecados y los de mi pueblo. De esta humildad también
David nos sirve de ejemplo: "No entres en juicio con tu siervo, porque no se
justificará delante de ti ningún ser humano" (Sal. 143, 2).
De la misma forma oraba Isaías: "He aquí, tú te enojaste porque pecamos; en
los pecados hemos perseverado por largo tiempo: ¿podremos acaso ser
salvos? Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras
justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y
nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu
nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de
nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades.
Ahora, pues, oh Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, .y tú el que nos
formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros. No te enojes
sobremanera, Jehová, ni tengas perpetua memoria de la iniquidad; he aquí,
mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros" (Is. 64, 5-9). He aquí cómo ellos
en ninguna otra confianza se apoyan más que en ésta: que considerándose del
número de los siervos de Dios, no desesperan que Dios haya de mantenerlos
debajo de su amparo y protección.
No habla de otra manera Jeremías cuando dice: "Aunque nuestras iniquidades
testifican contra nosotros, oh Jehová, actúa por amor de tu nombre" (Jr. 14,7).
Por tanto, lo que está escrito en la profecía de Baruc, — aunque no se sabe
quién es su autor — es muy grande verdad y está dicho muy santamente: "El
alma triste y desolada por la grandeza de su mal, el alma agobiada, débil y
hambrienta, y los ojos que desfallecen te dan a ti, oh Señor, la gloria. No según
las justicias de nuestros padres presentamos delante de ti nuestras oraciones,
ni pedimos ante tu acatamiento misericordia; mas porque tú eres
misericordioso, ten misericordia de nosotros, puesto que hemos pecado
delante de ti".191
9. ES NECESARIO, POR EL CONTRARIO, CONFESAR NUESTRAS
FALTAS Y PEDIR PERDÓN
En suma; el principio y preparación para orar bien es pedir perdón a Dios de
nuestros pecados humilde y voluntariamente, confesando nuestras faltas.
Porque no debemos esperar que nadie, por más santo que sea, alcance cosa
alguna de Dios, hasta que gratuitamente haya sido reconciliado con Él. Ahora
bien, es imposible que Dios sea propicio más que a aquellos a quienes perdona
los pecados. Por lo cual no es de extrañar que los fieles abran con esta llave la
puerta para orar, según se ve claramente por muchos pasajes de los salmos;
porque David, al pedir otra cosa distinta de la remisión de los pecados, con
todo dice: "De los pecados de mi juventud y de mis rebeliones, no te acuerdes;
conforme a tu misericordia acuérdate de mí por tu bondad, oh Jehová". Y: "Mira
mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados" (Sal. 25, 7. 18). En lo
cual asimismo vemos que no basta llamarse a sí mismo a cuentas cada día por
los pecados cometidos durante él, sino que es también necesario traer a la
191
Baruc, 2, 18-20.
memoria aquellos de los que por el mucho tiempo pasado podríamos haber
olvidado. Porque el mismo profeta, habiendo en otro lugar confesado un grave
delito, con este motivo se mueve a volver hasta el seno de su madre, en el cual
ya mucho antes recibió la corrupción general (Sal. 51,5): y ello, no para
disminuir la culpa con el pretexto de que todos estamos corrompidos en Adán,
sino para amontonar todos los pecados que durante toda su vida había
cometido, a fin de que cuanto más severo se muestra contra sí mismo, tanto
más fácil encuentre a Dios para perdonarle.
Confesión general y confesión especial. Y aunque no siempre los santos pidan
con palabras expresas perdón de sus pecados, sin embargo, si consideramos
diligentemente las oraciones que de ellos refiere la Escritura, en seguida
veremos que es verdad lo que digo: que siempre han cobrado ánimos para orar
por la sola misericordia de Dios, y que han comenzado procurando apaciguar
su ira y aplacarlo. Porque si cada uno se pone la mano en el pecho y pregunta
a su conciencia, tan lejos está de atreverse familiarmente a descargar ante
Dios sus congojas, que sentirá horror de dar un paso adelante para acercarse a
Él, a no ser que confíe que Dios por su pura misericordia lo ha recibido en su
favor.
Es verdad que hay otra confesión especial, cuando pidiendo a Dios que aparte
su mano y no los castigue, reconocen el castigo que han merecido. Porque
sería gran absurdo y confusión de todo orden, querer quitar el efecto dejando la
causa. Pues debemos guardarnos muy bien de imitar a los enfermos
ignorantes, los cuales procuran cuanto pueden quitar lo accidental y no tienen
cuidado alguno de la causa y raíz de la enfermedad. Por tanto, lo que ante
todas las cosas debemos procurar es que Dios nos sea propicio y no que nos
muestre su favor con señales externas; porque él quiere guardar este orden; y
poco nos aprovecharía sentir su liberalidad, si nuestra conciencia no lo sintiese
aplacado e hiciese que nos fuera amable. Lo cual se nos declara por lo que
dice Jesucristo, cuando habiendo determinado curar al paralitico, declara: "Tus
pecados te son perdonados" (Mt. 9, 2). Al hablar de esta manera levanta el
corazón a lo que principalmente debemos desear; a saber, que Dios nos reciba
en su gracia y después nos muestre el fruto de nuestra reconciliación
ayudándonos.
Además de esta confesión especial que los fieles hacen de sus culpas y
pecados, la introducción general por la que se confiesan pecadores y que hace
que la oración sea acepta, en modo alguno ha de omitirse; porque jamás
nuestras oraciones serán oídas, si no van fundadas en la gratuita misericordia
de Dios. A este propósito puede referirse lo que dice san Juan: "Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y
limpiarnos de toda maldad" (1 Jn. 1,9). De aquí nació que en la Ley, las
oraciones para ser aceptas, eran consagradas con efusión de sangre, a fin de
que el pueblo fuese advertido que no merecía tan excelente privilegio como es
invocar a Dios, hasta tanto que, limpio de todas sus manchas, pusiese toda su
confianza para orar, en la sola misericordia divina.
10. ¿EN QUÉ SENTIDO LOS SANTOS ALEGAN SU BUENA
CONCIENCIA AL ORAR?
Es verdad que algunas veces parece que los santos alegan su propia justicia
como ayuda, a fin de alcanzar más fácilmente de Dios lo que piden; como
cuando dice David: "Guarda mi alma, porque soy piadoso" (Sal. 86, 2). Y
Ezequías: "Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he
andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las
cosas que te agradan" (2 Re. 20,3). Sin embargo, tales expresiones no querían
significar otra cosa, sino testimoniar que ellos eran por su regeneración siervos
e hijos de Dios, a los cuales Él promete serles propicio. El enseña por su
profeta, según lo hemos visto, que tiene sus ojos sobre los justos y sus oídos
atentos a su clamor (Sal. 34,17). Y por un apóstol, que alcanzaremos cuanto
pidiéremos, si guardamos sus mandamientos (1 Jn. 3,22); expresiones, que no
quieren decir que las oraciones serán estimadas conforme a los méritos de las
obras, sino que de esta manera quiere establecer y confirmar la confianza de
aquellos que sienten sus conciencias puras y limpias y sin hipocresía alguna, lo
cual debe realizarse en todos los fieles en general. Porque lo que dice san
Juan al ciego, al cual le había sido devuelta la vista, está tomado de la verdad
misma: que "Dios no oye a los pecadores" (Jn. 9,31); sí por pecadores
entendemos, conforme a la manera común de hablar de la Escritura, los que se
adormecen y reposan totalmente en sus pecados sin deseo alguno de obrar
bien; puesto que jamás brotará del corazón una invocación, si a la vez no
anhela la piedad y aspira a ella y a servir a Dios. Estas protestas, pues, que
hacen los santos, con las que traen a la memoria su santidad e inocencia,
responden a tales promesas, a fin de que sientan que se les concede aquello
que todos los siervos de Dios deben esperar.
Además se ve claramente que ellos han usado esta manera de orar cuando
ante el Señor se comparaban con sus enemigos, pidiendo a Dios que los
librase de su maldad. Ahora bien, no hay que extrañarse de que en esta
comparación hayan alegado la justicia y sinceridad de su corazón, a fin de
mover a Dios a que a la vista de la equidad y justicia de su causa, los
socorriese.
No quitamos, pues, al alma fiel que goce delante del Señor de la pureza y
limpieza de corazón para consolarse en las promesas con que el Señor
sustenta y consuela a aquellos que con recto corazón le sirven; lo que
enseñamos es que la confianza que tenemos de alcanzar alguna cosa de Dios
se apoya en la sola clemencia divina sin consideración alguna de nuestros
méritos.
11. LA FIRME SEGURIDAD DE SER OÍDOS
La cuarta regla será que estando así abatidos y postrados con verdadera
humildad, tengamos sin embargo buen ánimo para orar, esperando que
ciertamente seamos escuchados. Parecen cosas bien contrarias a primera
vista unir con el sentimiento de la justa cólera de Dios, la confianza en su favor;
y, sin embargo, ambas cosas están muy de acuerdo entre sí, si oprimidos por
nuestros propios vicios, somos levantados por la sola bondad de Dios. Porque,
como ya hemos enseñado, la penitencia y la fe van siempre de la mano y están
atadas con un lazo indisoluble; aunque no obstante, de ellas, una nos espanta
y la otra nos regocija; y así de la misma manera es preciso que vayan
acompañadas y de la mano en nuestras oraciones.
Esta armonía y conveniencia entre el temor y la confianza, la expone en pocas
palabras David: "Yo", dice, "por la abundancia de tu misericordia entraré en tu
casa, adoraré hacia tu santo templo en tu temor" (Sal. 5,7). Bajo la expresión
bondad de Dios, David entiende la fe, sin excluir, sin embargo, el temor. Porque
no solamente Su majestad nos induce y nos fuerza a que nos sometamos a Él,
sino incluso nuestra propia indignidad, haciéndonos olvidar toda presunción y
seguridad, nos mantiene en el temor. Y hay que saber que por confianza yo no
entiendo una cierta seguridad que libre al alma de todo sentimiento de congoja
y la mantenga en un perfecto y pleno reposo; porque semejante quietud es
propia de aquellos a quienes todo les sucede a pedir de boca; por lo que no
sienten cuidado ninguno ni deseo alguno los angustia, ni el temor los
atormenta. Ahora bien, el mejor estímulo para mover a los fieles a que le
invoquen es la gran inquietud que les atormenta al verse apretados por la
necesidad, hasta tal punto, que se sienten desfallecer mientras no reciben la
oportuna ayuda de la fe. Porque entre tales angustias, de tal manera
resplandece la bondad de Dios, que, agobiados por el peso de los males que
en el momento padecen, aún temen otros mayores y se sienten atormentados;
y. sin embargo, confiados en la bondad de Dios, superan la dificultad y se
consuelan esperando llegar a buen término
Es necesario, pues, que la oración fiel proceda de estos dos afectos y que los
contenga a ambos; a saber, que gima por los males que sufre al presente, y
tema otros nuevos; pero a la vez, que se acoja a Dios sin dudar en modo
alguno que él está preparado y dispuesto a ayudarle. Porque ciertamente Dios
se irrita sobremanera con nuestra desconfianza, si le pedimos algún favor,
pensando que no lo podremos alcanzar de Él. Por tanto, no hay nada más
conforme a la naturaleza de la oración que imponerle la ley de que no traspase
temerariamente sus límites, sino que siga como guía a la fe.
A este principio nos conduce nuestro Redentor cuando dice: "Todo lo que
pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis" (Mt. 21, 22). Y lo mismo confirma
en otro lugar: "Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os
vendrá" (Mc.11, 24). Con lo cual está de acuerdo Santiago cuando dice: "Si
alguno de vosotros tiene falta, de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos
abundantemente y sin reproche, y le será dada; pero pida con fe no dudando
nada" (Sant. 1, 5-6); donde oponiendo el apóstol la fe a la duda, con toda
propiedad declara la fuerza y naturaleza de la fe. Y no menos se debe notar lo
que luego añade' que no en vano se esfuerzan y emprenden alguna cosa los
que invocan a Dios entre dudas y perplejidades, y no deciden en sus corazones
si serán oídos o no; a los cuales compara con las olas del mar, que son
llevadas por el viento de acá para allá; y ésta es la causa de que en otro lugar
llame "oración de fe" a aquella que es legítima y bien regulada para ser oída
por Dios (Sant. 5,15). Además, como quiera que Dios tantas veces afirma que
dará a cada uno conforme a su fe (Mt. 8, 13; 9,29), con ello nos da a entender
que nada podremos alcanzar sin la fe. En conclusión; la fe es quien alcanza
todo cuanto se concede a nuestras oraciones.
Eso es lo que quiere decir aquella admirable sentencia del apóstol san Pablo,
que los hombres insensatos no consideran debidamente: "¿Cómo, pues,
invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de
quien no han oído?... Así que la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios"
(Rom. 10,14 .17). Porque deduciendo de grado en grado el principio de la
oración de la fe, demuestra con toda claridad que no es posible que nadie
invoque sinceramente a Dios, excepto aquellos de quienes su clemencia y
bondad es conocida por la predicación del Evangelio; e incluso, familiarmente
propuesta y declarada.
12. CON LA ESCRITURA, HAY QUE MANTENER SIEMPRE ESTA
SEGURIDAD EN LA ORACIÓN
En primer lugar, al mandarnos orar nos acusa con ello de impía contumacia: si
no le obedecemos. No se podría dar mandamiento más preciso y explícito, que
el que se contiene en el salmo: "Invócame en el día de la angustia" (Sal.
50,15). Mas como en todo lo que se refiere a la religión y al culto divino no hay
cosa alguna que más insistentemente nos sea mandada en la Escritura, no hay
motivo para detenerme mucho en probar esto. "Pedid", dice el Señor, "y se os
dará;...11amad, y se os abrirá" (Mt. 7,7). Aquí, además del precepto se añade
la promesa, como es necesario. Porque aunque todos confiesan que hemos de
obedecer al mandamiento de Dios, sin embargo la mayor parte volvería las
espaldas cuando Dios los llamase, si Él no prometiese ser accesible a ellos, y
que incluso saldría a recibirlos. Supuesto, pues, esto, es absolutamente cierto
que los que andan tergiversando o con rodeos para no ir directamente a Dios,
son rebeldes y salvajes, y además reos de incredulidad, pues no se fían de las
promesas de Dios. Y esto se debe notar más, porque los hipócritas, so pretexto
de humildad y modestia, desvergonzadamente menosprecian el mandamiento
de Dios y no dan crédito a su Palabra, cuando Él tan afablemente los llama a
sí; y, lo que es peor, le privan de la parte principal de su culto. Porque después
de haber repudiado los sacrificios, en los cuales entonces parecía consistir toda
la santidad, Dios declara que lo sumo y lo más precioso ante sus ojos es que
en el día de la necesidad se le invoque. Por tanto, cuando Él pide lo que es
suyo y nos insta a que le obedezcamos alegremente, no hay pretextos, por
bonitos y hermosos que parezcan, que nos excusen.
Así que todos los testimonios que nos presenta la Escritura a cada paso, en los
que se nos manda invocar a Dios, son otras tantas banderas puestas ante
nuestros ojos, para inspirarnos confianza. Ciertamente sería una gran
temeridad presentarnos delante de la majestad divina sin que Él mismo nos
hubiera invitado con su llamada. Por eso Él mismo nos abre y muestra el
camino, asegurándonos por el profeta: "Diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es
mi Dios" (Zac.13, 9). Vemos cómo previene a sus fieles y cómo quiere que le
sigan; y por esto no debemos temer que esta medida que Él mismo dicta, no le
resulte gratísima. Traigamos principalmente a nuestra memoria aquel insigne
título que con toda facilidad nos hará superar todo impedimento: "Tú oyes la
oración; a ti vendrá toda carne" (Sa1.65, 2). ¿Qué puede haber más suave y
amable que el que Dios se revista de este título para asegurarnos que nada es
más propio y conforme a su naturaleza que despachar las peticiones de
aquellos que le suplican? De ahí deduce el profeta que la puerta se abre, no a
unos pocos, sino a todos los hombres, puesto que a todos los llama con su voz:
"Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás" (Sal. 50,15).
Conforme a esta regla David, para alcanzar lo que pide, le recuerda a Dios la
promesa que le había hecho: "Porque tú,...Dios de Israel, revelaste al oído de
tu siervo...por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante
de ti esta súplica" (2 Sm. 7,27); de donde deducimos que él estaba perplejo, a
no ser por la promesa que le daba seguridad. Y en otro lugar, lo confirma con
esta doctrina general: "Cumplirá (el Señor) el deseo de los que le temen"
(Sa1.145, 19).
También podemos notar en los salmos, que se corta el hilo de la oración
mediante una digresión acerca de la potencia de Dios, de su bondad o de la
certeza de sus promesas. Podría parecer que David al entrelazar estas
sentencias interrumpe las oraciones; pero los fieles, por el uso y la experiencia
que tienen, comprenden que su fervor se enfría bien pronto, si no atizan el
fuego procurando confirmarse. Por tanto, no es superfluo que mientras oramos
meditemos acerca de la naturaleza de Dios y de su Palabra. No desdeñemos,
pues, entremezclar, a ejemplo de David, todo aquello que pueda confirmar y
enfervorizar nuestro espíritu debilitado y frío.
14. DEJEMOS QUE NOS TOQUEN TANTAS GRACIAS; OBEDEZCAMOS
Y OREMOS CON ATREVIMIENTO Y SEGURIDAD
Ciertamente maravilla que la dulzura de tantas promesas no nos conmueva
sino muy fríamente o nada en absoluto, de manera que la mayor parte prefiere
dando vueltas de un sitio para otro cavar cisternas secas y dejar la fuente de
agua viva, a abrazar la liberalidad que Dios tan magníficamente nos ofrece (Jr.
2,13). "Torre fuerte", dice Salomón, "es el nombre de Jehová; a El correrá el
justo y será levantado" (Prov. 18,10). Y Joel, después de haber profetizado la
horrible desolación que muy pronto había de acontecer, añade aquella
memorable sentencia: "Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será
salvo" (J1.2, 32), la cual sabemos que pertenece propiamente al curso del
Evangelio (Hch. 2,21). Apenas uno, de ciento, se mueve a salir al encuentro de
Dios. Él mismo clama por Isaías diciendo: Me invocaréis y os oiré; incluso
antes que claméis a mí, yo os oiré (Is. 58,9; 65,24). En otro lugar honra con
este mismo título a toda su Iglesia en general; porque lo que Él dice se aplica a
todos los miembros de Cristo: "Me invocará y yo le responderé; con él estaré yo
en la angustia" (Sal. 91,15).
Pero tampoco es mi intento — según ya lo he dicho — citar todos los textos
concernientes a este propósito, sino solamente entresacar algunos de los más
notables, para que por ellos gustemos cuán gentilmente nos convida a sí el
Señor y cuán estrechamente encerrada se encuentra nuestra ingratitud sin
poderse escabullir, ya que nuestra pereza es tanta, que estimulada por tales
acicates, aún se queda parada. Por tanto, resuenen de continuo en nuestros
oídos estas palabras: "Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos
los que le invocan de veras" (Sal. 145,18). Y asimismo las que hemos citado de
Isaías y de Joel, en las cuales Dios afirma que está atento a escuchar las
oraciones y que se deleita como con un sacrificio de suavísimo olor, cuando en
él descargamos nuestros cuidados y congojas. Este fruto singular recibimos de
las promesas de Dios: que no hacemos nuestras oraciones con dudas y
tibiamente, sino confiados en la Palabra de Aquel, cuya majestad de otra
manera nos aterraría; nos atrevemos a llamarle Padre, puesto que Él tiene a
bien ordenarnos que le invoquemos con este suavísimo nombre. Sólo queda
que nosotros, convidados con tales exhortaciones, nos persuadamos por esto
que tenemos motivos de sobra para ser oídos, cuando nuestras oraciones no
van fundadas ni se apoyan en ningún mérito nuestro, sino que toda su dignidad
y la esperanza de alcanzar lo que pedimos descansa en las promesas de Dios
y de ellas depende; de modo que no es necesario otro apoyo ni pilar alguno, ni
es preciso andar mirando de un lado a otro.
Convenzámonos, por tanto, de que aunque no sobresalgamos en santidad, tal
cual la que se alaba en los santos patriarcas, profetas y apóstoles, no obstante,
como el mandato de orar nos es común con ellos e igualmente la fe, si nos
apoyamos en la Palabra de Dios, somos compañeros suyos en disfrutar de
este privilegio. Porque, como ya lo hemos dicho, Dios al declarar que será
propicio y benigno para con todos, da una cierta esperanza aun a los más
miserables del mundo, de que alcanzarán lo que pidieren. Por eso han de
notarse estas sentencias generales por las que ninguno, del más bajo al más
alto, queda excluido; solamente tengamos sinceridad de corazón, disgusto de
nosotros mismos, humildad y fe, a fin de que nuestra hipocresía no profane con
una falsa invocación el nombre de Dios. No desechará nuestro buen Padre a
aquellos a quienes no solamente Él mismo exhorta y convida a que vayan a Él,
sino que de todas las formas posibles les induce a ello.
De ahí aquella forma de orar de David, que poco hace cité: "Tú. . . Dios de
Israel, revelaste al oído de tu siervo ...por esto tu siervo ha hallado en su
corazón valor para hacer delante de ti esta súplica. Ahora, pues, Jehová Dios,
tú eres Dios, y tus palabras son verdad, y tú has prometido este bien a tu
siervo; ten ahora a bien bendecir la casa de tu siervo... porque tú Jehová lo has
dicho" (2 Sm. 7,27-29). Y todo el pueblo de Israel en general, siempre que se
escudan en la memoria del pacto que Dios había hecho con ellos, deja ver bien
claramente que no se debe orar tímidamente cuando Dios nos manda que le
pidamos. En esto los israelitas imitaron el ejemplo de los santos patriarcas, y
principalmente de Jacob, el cual, después de haber confesado que estaba muy
por debajo de todas las gracias que había recibido de la mano de Dios, no
obstante dice que se atreve a pedir cosas aún mayores, por cuanto Dios le
había prometido escucharle (Gn. 32,10-12).
Por excelentes, pues, que parezcan los pretextos que aducen los incrédulos, al
no acogerse a Dios siempre que la necesidad los fuerza, no de otra manera
privan a Dios del honor que se le debe, que si fabricasen nuevos dioses e
ídolos; porque de este modo niegan que Dios haya sido el autor de todos sus
bienes. Por el contrario, no hay cosa más eficaz para librar a los fieles de todo
escrúpulo, que animarse del sentimiento de que al orar obedecen el precepto
de Dios, el cual afirma que no hay cosa que más le satisfaga que la obediencia;
por lo cual no debe existir cosa alguna que nos detenga.
Por aquí se ve también más claramente lo que arriba he expuesto, que el
atrevimiento para orar que en nosotros causa la fe, está muy de acuerdo con el
temor, reverencia y solicitud que en nosotros engendra la majestad de Dios, y
que no debe resultarnos extraño que Dios levante a los que han caído.
De esta manera concuerdan perfectamente las diversas expresiones que usa la
Escritura, y que a primera vista parecen contradecirse. Jeremías y Daniel dicen
que presentan sus ruegos en presencia de Dios (Jr. 42,9; Dan 9,18); y en otro
lugar dice el mismo Jeremías: caiga mi oración delante del acatamiento divino,
a fin de que tenga misericordia del residuo de su pueblo (Jr. 42,2-4). Por el
contrario, muchas veces se dice que los fieles elevan su oración. Ezequías,
rogando al profeta Isaías que interceda por Jerusalén, habla de la misma
manera (2 Re.19, 4). David desea que su oración suba a lo alto como perfume
de incienso (Sal. 141,2). La razón de esta diversidad es que los fieles, aunque
persuadidos del amor paternal de Dios, alegremente se ponen en sus manos y
no dudan en pedir el socorro que Él mismo voluntariamente les ofrece, con
todo no se ensoberbecen con una excesiva seguridad, como si ya hubieran
perdido el pudor; sino que de tal manera van subiendo grado por grado, de
escalón en escalón por las promesas, que siempre permanecen abatidos en la
humildad.
15. POR QUÉ ESCUCHA DIOS A VECES PLEGARIAS NO CONFORMES
A SU PALABRA
También hay que notar que lo que he expuesto referente a las cuatro reglas
para orar bien, no se ha de entender tan rigurosamente como si Dios rechazara
las oraciones en las que no hallare fe o penitencia perfecta juntamente con un
ardiente deseo y tal moderación, que no se les pueda achacar falta alguna.
Hemos dicho que aunque la oración sea un coloquio familiar entre los fieles y
Dios, no obstante deben mantenerse respetuosos y reverentes; que no deben
192
La Ciudad de Dios, 1, XXII, cap. II, 25.
aflojar las riendas a cualquier deseo y pedir cuanto se les ocurra, y que no han
de desear más que lo que Él permitiere; asimismo, para no despreciar la
majestad divina, debemos elevar a lo alto nuestro espíritu, y dejando a un lado
las preocupaciones terrenas, honrarle pura y castamente. Esto no lo ha hecho
ninguno de cuantos han vivido-en este mundo con la integridad y perfección
que se requieren. Porque, dejando aparte la gente corriente, ¿cuántas quejas
no vemos en David, que nos dejan ver una cierta demasía? No que él
deliberadamente haya querido quejarse de Dios y murmurar de sus juicios ;
sino en cuanto que al verse desfallecer por su flaqueza, no halló mejor remedio
y alivio que descargar de esta manera sus dolores. E incluso Dios soporta
nuestro balbucir y perdona nuestra ignorancia y necedad, cuando algo se nos
escapa involuntariamente; pues realmente ninguna libertad tendríamos para
orar, si Dios no condescendiese con nosotros.
Por lo demás, aunque David estaba bien decidido a someterse a la voluntad de
Dios y oraba con no menor paciencia que deseo tenía de alcanzar lo que
pedía, no obstante a veces manifestaba, incluso hasta el exceso, ciertos
deseos turbulentos, que se alejaban no poco de la primera regla que hemos
expuesto. Se puede ver, principalmente al fin del salmo treinta y nueve, la
vehemencia del dolor por el que este santo profeta se sintió arrastrado, hasta el
punto de no poderse contener y guardar la medida: Retírate, dice a Dios, hasta
que me vaya y perezca (Sal. 39,13). Se diría que era un hombre desesperado
que no deseaba otra cosa que pudrirse en su mal, con tal de no sentir la mano
de Dios. No que con un corazón obstinado y endurecido se arrojara en tal
desesperación, ni que quisiera, como suelen los réprobos, que Dios se apartara
de él y le dejara; sino solamente que se quejaba de que la ira de Dios le
resultaba insoportable.
Del mismo modo en semejantes tentaciones se les suelen escapar a los fieles
muchas veces ciertos deseos no muy de acuerdo con la Palabra de Dios, y en
los cuales no consideran bien qué es lo bueno y lo que les conviene.
Ciertamente, todas las oraciones mancilladas con tales vicios merecen ser
repudiadas. Mas Dios perdona semejante faltas, si los fieles se duelen de su
miseria, se corrigen y vuelven en sí mismos.
Igualmente pecan contra la segunda regla, porque muchas veces han de luchar
contra su tibieza, y su necesidad y miseria no les incitan de veras a orar como
debían. Les ocurre lo mismo muchas veces que su espíritu anda vagando de
un lado para otro, y como extraviado; es, pues, necesario que también Dios les
perdone esto, a fin de que sus oraciones débiles, imperfectas y lánguidas no
dejen de ser admitidas. Dios naturalmente ha imprimido en el corazón de los
hombres este principio de que las oraciones no son legítimas y como debieran
si nuestros espíritus no están levantados hacia lo alto. De aquí surgió, según lo
hemos ya dicho, la ceremonia de alzar las manos, que en todo tiempo y en
todos los pueblos ha sido usada y perdura hasta el presente. Más, ¿quién es el
que mientras eleva sus manos no se siente culpable de indolencia y torpeza,
viendo que su corazón está aún encenagado en la tierra?
En cuanto a pedir perdón de sus pecados, aunque ningún fiel se olvide de este
punto cuando ora, no obstante aquellos que de veras tienen práctica de oración
saben que apenas ofrecen la décima parte del sacrificio de que habla David: "El
sacrificio grato a Dios es el espíritu quebrantado; al corazón contrito y
humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Sal. 51,17). Así que continuamente
debemos pedir doble perdón; el primero, que al sentir que sus conciencias les
acusan de muchos pecados y, sin embargo, no los sienten tan a lo vivo como
debieran para aborrecerlos, suplican a Dios no les tenga en cuenta en su juicio
esta tardanza y negligencias; y luego, que penetrados de muy justo dolor por
los pecados que han cometido, según lo que han adelantado en la penitencia y
el temor de Dios, le piden ser admitidos en su favor.
Pero sobre todo la flaqueza de la fe y la imperfección de los fieles echan a
perder las oraciones, si la bondad de Dios no les asistiese. Y no hay que
extrañarse de que Dios les perdone esta falta, ya que a veces los prueba tan
ásperamente y les ocasiona tales sobresaltos, que no parece sino que
deliberadamente quiere extinguir su fe. Durísima tentación es aquella en la que
los fieles se ven obligados a exclamar: "¿Hasta cuándo mostrarás tu
indignación contra la oración de tu pueblo?" (Sal. 80,4); como si las mismas
oraciones le irritasen más. Así cuando Jeremías dice: "Cuando clamé y di
voces, cerró los oídos a mi oración" (Lam. 3,8), no hay duda de que el profeta
estaba profundamente turbado. Son infinitos los ejemplos semejantes a éstos
que se hallan en la Escritura, por los cuales se ve claramente, que la fe de los
fieles se vio muchas veces mezclada de dudas y de tal manera acosada, que
aun creyendo y esperando, descubrieron que existían en ellos todavía ciertos
indicios de incredulidad. Pero cuando los fieles no llegan a aquella perfección
que debieran, han de esforzarse tanto más en corregir sus faltas, a fin de poder
acercarse más a la regla de la perfecta oración; y entretanto han de
comprender en qué piélago de miserias están anegados, pues aun buscando el
remedio no hacen más que caer en nuevas enfermedades, y que no hay
oración que Dios no debiera rechazar justamente, si no cerrara los ojos y
disimulara las numerosas manchas que la afean.
No digo esto para que los fieles se empeñen en tener la seguridad de que no
dejan pasar por alto la mínima falta; lo digo para que, acusándose a sí mismos
con severidad, se animen a superar todos los obstáculos e impedimentos. Y
aunque Satanás se esfuerce en cerrarles todos los caminos para que oren,
sigan ellos adelante, convencidos de veras de que aunque no les falten
dificultades en el camino, sin embargo su afecto y deseo no dejan de agradar a
Dios, ni sus oraciones de ser aprobadas, con tal que se esfuercen y animen a
ganar el puesto al que no pueden llegar tan pronto.
17. JESUCRISTO ES NUESTRO ÚNICO MEDIADOR ANTE EL PADRE
Mas como no hay hombre alguno que sea digno de presentarse delante de
Dios, el mismo Padre celestial, para hacernos perder este temor que podría
abatir nuestro ánimo, nos ha dado a su Hijo, Jesucristo nuestro Señor, a fin de
que sea Abogado y Mediador (1 Tim. 2,5; 1 Jn. 2,1) delante de su majestad y
bajo cuya guía podamos llegar seguramente a Él, confiados en que no
pediremos cosa alguna en su nombre que nos sea negada, puesto que nada le
puede negar a Él el Padre.
A esto hay que referir cuanto hasta aquí hemos enseñado de la fe. Porque
como la promesa nos muestra a Jesucristo como Mediador nuestro, si la
esperanza de alcanzar lo que pedimos no se funda sobre Él, se priva del
beneficio de orar. Pues tan pronto como se nos representa la terrible majestad
de Dios, no podemos por menos de aterrarnos, y el conocimiento de nuestra
propia indignidad nos rechaza muy lejos, hasta que Jesucristo nos sale al
camino para cambiar el trono de gloria aterradora en trono de gracia; como el
Apóstol nos exhorta a acercarnos "confiadamente al trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Heb. 4, 16). Y
así como se nos manda que invoquemos a Dios, y se ha prometido a todos los
que le invocan que serán oídos, igualmente se nos manda particularmente que
le invoquemos en nombre de Cristo, y tenemos la promesa de que
alcanzaremos todo lo que en su nombre pidiéremos. "Hasta ahora", dice
Jesucristo, "nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis". "Todo lo que
pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el
Hijo" (Jn. 16, 24; 14,13).
De aquí se concluye sin duda alguna, que todos aquellos que invocan a Dios
en otro nombre que en el de Jesucristo, quebrantan el mandamiento de Dios,
no hacen caso de su voluntad, y no tienen promesa alguna de alcanzar lo que
pidieren. Porque, como dice san Pablo, "todas las promesas de Dios son en él
Sí, y en él Amén" (2 Cor. 1, 20); es decir, que en Cristo son firmes, ciertas y
perfectas.
18. CRISTO GLORIFICADO ES NUESTRO ÚNICO INTERCESOR
193
Hay que tomar aquí "santos" en el sentido, que le dan las epístolas, de creyentes, miembros
de la Iglesia de Cristo. No se trata aquí de los santos ya difuntos, que continúan una intercesión
en favor de los vivos
194
Como intercesores podemos obrar los unos por los otros, ocuparnos de los intereses de los
demás. También aquí emplea Calvino un término jurídico. El latín dice "patronos", que significa
abogados, defensores de los otros.
merecemos ser rechazados al orar por nosotros mismos, abusemos sin
embargo de tal merced oscureciendo el honor de Jesucristo?
20. LOS CRISTIANOS NO SON DE NINGÚN MODO LOS MEDIADORES
DE SU INTERCESIÓN
No es, pues, otra cosa que ficción y mentira lo' que propalan los sofistas, que
Cristo es Mediador de redención, y los fieles lo son de intercesión. Como si
Cristo, habiendo ejercido el oficio de Mediador, por algún tiempo haya dejado
de serlo y haya confiado en lo porvenir pará siempre tal cargo a los suyos.
¡Gran honor el que le hacen al asignarle una pequeña parte de todo lo que se
le debe!
Pero de muy distinta manera procede la Escritura, a cuya simplicidad han de
atenerse los fieles sin hacer caso de estos falsarios. Porque cuando san Juan
dice: "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a
Jesucristo" (1 Jn. 2,1), no quiere decir que Cristo nos haya sido dado en el
pasado como Abogado, sino afirma que es un perpetuo Intercesor. ¿Y qué
diremos a lo que afirma san Pablo, cuando dice que Cristo, aun cuando
sentado a la diestra de Dios intercede por nosotros? (Rom. 8,34). Y cuando en
otro lugar lo llama único Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2,5), ¿por
ventura no lo hace así teniendo en cuenta las oraciones de que poco antes
había hecho mención? Porque después de decir que se debe orar a Dios por
todos los hombres, luego, para confirmar esta sentencia, añade que hay un
solo Dios y un solo Mediador para dar entrada a Él a todos los hombres.
San Agustín no expone esto de otra manera, cuando dice: "Los cristianos se
encomiendan a Dios en sus oraciones rogando los unos por los otros; pero
Aquel por quien ninguno intercede, sino Él por todos, Ése es el único y
verdadero Mediador".2195 Y el Apóstol san Pablo, aun siendo uno de los
principales miembros, sin embargo, como era miembro del cuerpo de Cristo y
sabía que el Señor Jesús, sumo y verdadero pontífice, había entrado por toda
la Iglesia en lo íntimo del santuario de Dios, no en figura sino en realidad, se
encomienda también a las oraciones de los fieles, y no se constituye a sí
mismo mediador entre Dios y los hombres sino suplica que todos los miembros
del cuerpo de Cristo oren por él, como él también ora por ellos; puesto que los
miembros deben preocuparse los unos de los otros, y si un miembro padece,
los otros han de padecer también con él (Rom.15,30 ; Ef. 6,19 ; Co1.4, 3 ; 1
Cor. 12, 25). De esta manera las oraciones de todos los miembros que aún
militan en la tierra, y que hacen unos por otros, deben subir a su Cabeza, que
les precedió al cielo, en la cual tenemos la remisión de los pecados. Porque si
san Pedro fuese mediador, sin duda lo serían también los demás apóstoles; y
si hubiese muchos mediadores, no estaría de acuerdo con lo que el Apóstol
había dicho, que hay "un solo Mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim. 2, 5),
en el cual nosotros también somos una misma cosa si procuramos "guardar la
unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef. 4,3). Todo esto está tomado de
san Agustín en el libro segundo contra Parmeniano.1196 De acuerdo con esta
195
Contra Parmeniano, lib. II, cap. vm, 16.
196
Contra Parmeniano, lib. II, cap. VIII, 16.
doctrina, él mismo dice sobre el salmo noventa y cuatro: "Si tú buscas a tu
sacerdote, en los cielos está; allí ora por ti, el que en la tierra murió por ti".197
Es verdad que no nos imaginamos que esté postrado de hinojos delante del
Padre orando por nosotros, sino que, de acuerdo con el Apóstol, entendemos
que de tal manera se presenta delante de Dios, que la virtud y eficacia de su
muerte vale para interceder perpetuamente por nosotros; y que habiendo
entrado en el santuario del cielo, Él solo presenta a Dios las oraciones del
pueblo que permanece en el patio a lo lejos.
21. LA INTERCESIÓN DE LOS SANTOS NO SE ENSEÑA EN LA
ESCRITURA; TAL INTERCESIÓN DESHONRA AL PADRE Y AL HIJO
Por lo que toca a los santos que han pasado de este mundo y viven con Cristo,
si les atribuimos alguna oración, no nos imaginemos que tengan otro modo de
orar que a Cristo, que es el único camino; ni supongamos que sus oraciones
sean aceptas a Dios en nombre de nadie más que Cristo.
Siendo, pues, así que la Escritura nos aparta de todos los demás para que
acudamos solamente a Cristo, porque el Padre celestial quiere reunir todas las
cosas en Él, sería gran necedad, por no decir locura, pretender tener acceso y
entrada a Él por medio de ellos y que nos apartásemos de Aquel sin el cual ni
ellos mismos tendrían acceso. ¿Y quién puede negar que esto se venga
haciendo desde hace ya muchos años, y que actualmente se practique
dondequiera que reina el papismo? Para tener a Dios propicio le ponen delante
los méritos de los santos, y se invoca a Dios en su nombre sin hacer de
ordinario mención de Cristo. ¿No es esto, pregunto yo, transferir a ellos el oficio
de intercesión exclusiva, que ya hemos probado conviene a Cristo solo?
Además, ¿quién, sea ángel o demonio, les ha revelado jamás a ninguno de
ellos, ni siquiera una sola palabra de esta intercesión de los santos, que ellos
se forjan? Porque en la Escritura no se hace mención alguna. ¿Qué razón
tuvieron, pues, para inventarla? Ciertamente cuando el ingenio del hombre
busca socorros que no están conformes con la Palabra de Dios, bien a las
claras descubre su desconfianza. Y si se llama como testigo a la conciencia de
aquellos que se apoyan en la intercesión de los santos, veremos que esto
viene únicamente de que están perplejos, como si Cristo les fuese a faltar o
fuese muy severo. Con semejante perplejidad deshonran a Cristo y lo despojan
del título de único Mediador; honor que por habérselo dado como singular
prerrogativa, no se debe atribuir a nadie más que a Él. De esta manera
oscurecen la gloria de su nacimiento, anulan su cruz, y, en fin, lo despojan del
honor de cuanto ha hecho y padecido; porque todo ello tiende a que sea
reconocido como único Mediador.
Además tampoco tienen en cuenta la voluntad de Dios, que les demuestra ser
un Padre para ellos. Porque Dios no es su Padre si no reconocen a Cristo
como hermano; lo cual claramente niegan si no estiman que Cristo los ame con
un amor fraterno y tan tierno como no puede haber otro en el mundo. Por esto
singularmente nos lo presenta la Escritura, a Él nos envía y en Él se para, sin
197
Conversaciones sobre los Salmos, Sal. XCVI, 6.
pasar adelante. "Él", dice san Ambrosio, "es nuestra boca, con la que hablamos
al Padre; nuestros ojos, con los que vemos al Padre; nuestra mano derecha,
con la que ofrecemos al Padre; si Él no intercediese, ni nosotros, ni ninguno de
cuantos santos existen tendrían acceso a Dios".198
Se defienden alegando que cuantas oraciones hacen en sus iglesias terminan
pidiendo que sean aceptas a Dios por Jesucristo nuestro Señor. Es éste un
refugio muy frívolo. Porque no menos se profana la intercesión de Cristo
cuando la mezclan con las oraciones y méritos de los muertos, que si la
dejasen completamente a un lado y no hiciesen mención más que de ellos.
Además de esto, en todas sus letanías, himnos y prosas, engrandecen cuanto
pueden a los santos, y no hacen mención alguna de Cristo.
22. LLEVA CONSIGO NUMEROSOS ERRORES Y SUPERSTICIONES
198
Isaac, o del Alma, cap. viiI, 75.
Mas, aunque procuren lavarse las manos de tan grave sacrilegio, diciendo que
eso no se hace ni en la misa ni en las horas canónicas, ¿qué pretexto les,
servirá para encubrir lo que ellos rezan o a voz en cuello cantan, cuando
ruegan a san Eloy o a san Medardo, que miren desde el cielo y ayuden a sus
siervos, y que la Virgen María mande a su Hijo que haga lo que ellos piden?
Se prohibió antiguamente en el concilio cartaginense que ninguna oración que
se hace en el altar se dirigiera a los santos.199 Es verosímil que los buenos
obispos de aquel tiempo, no pudiendo reprimir por completo el ímpetu de la
mala costumbre procuraran al menos poner esta limitación, de que las
oraciones públicas no fuesen mancilladas con esta desatinada forma de orar
que los santurrones habían introducido: "Sancta María, o Sancte Petre, ora pro
nobis". Pero la diabólica importunidad de los demás fue tanta, que no duda en
atribuir a uno u otro lo que, es propio de Dios y de Jesucristo.
23. LOS SANTOS FALLECIDOS NO SON ÁNGELES
199
Concilio III Cartaginense, 337, 23.
que los muertos no oran por los vivos. Porque ¿quién entre los santos
podemos pensar que esté solicito y preocupado por la salvación de su pueblo,
si Moisés no se preocupa, siendo así que mientras vivió sobrepasó con mucho
en este aspecto a todos los demás? Por tanto si ellos buscan estas nimias
sutilezas para concluir que los muertos oran por los vivos, porque Dios dijo, si
intercediesen; yo argumentaré, al contrario, y con mayoría de razón: en la
extrema necesidad del pueblo Moisés no intercedía, — pues se dice "si
intercediese" —, luego es verosímil que ninguno otro lo hiciera, dado que todos
los demás eran muy inferiores a Moisés por lo que hace a humanidad, bondad
y paterna solicitud.
He aquí lo que ganan con sus cavilaciones; ser heridos por las mismas armas
con que pensaban defenderse. Ciertamente es bien ridículo querer retorcer una
sentencia clara; porque el Señor no dice otra cosa, sino que no perdonaría las
iniquidades del pueblo, aunque tuviesen por abogados a otro Moisés u otro
Samuel, por cuyas oraciones Él en el pasado tanto había hecho.
Que éste es el sentido se puede concluir claramente de otro pasaje semejante
de Ezequiel "Si estuviesen", dice, "en medio de ella (Jerusalén) estos tres
varones, Noé, Daniel y Job, ni a sus hijos ni a sus hijas librarían; ellos solos
serían librados" (Ez. 14, 14.16). En este texto no hay duda que Dios ha querido
decir que si aconteciese que los dos resucitasen y viviesen en la ciudad;
porque el tercero aún vivía, y es sabido que estaba en la flor de la edad y había
dado una admirable muestra de su piedad.
Replican a esto si los queremos despojar de todo afecto, cuando durante todo
el curso de su vida fueron tan afectuosos y compasivos.
Como no quiero andar investigando sobre lo que hacen o lo que dejan de
hacer, respondo que no es verosímil que los agiten una multitud de deseos; al
contrario, sí lo es que con firme y constante voluntad buscan el reino de Dios,
el cual no menos consiste en la destrucción de los impíos que en la
conservación de los fieles. Y si esto es verdad, no hay duda que su caridad se
contiene en la comunión del cuerpo de Cristo; y que no se extiende más de lo
que esta comunión permite. Pero aunque yo les concediera que oran de esa
manera por nosotros, aun así no se seguiría que pierdan su tranquilidad y que
anden distraídos con preocupaciones de aquí abajo; y mucho menos, que por
esto hayan de ser invocados por nosotros. Tampoco se sigue que se haya de
hacer así, porque los hombres que viven en el mundo pueden encomendarse
los unos a los otros en sus oraciones, pues este ejercicio sirve para mantener
entre ellos la caridad y el amor, al repartirse entre sí sus necesidades, y cada
uno toma parte en ellas. Y ciertamente esto lo hacen por el mandamiento que
tienen de Dios, y no está desprovisto de promesa, que son los dos puntos
principales de la oración.
Todas estas razones no se dan en los muertos con los cuales el Señor, al
separarlos de nosotros, nos dejó sin comunicación alguna; ni tampoco’, por lo
que se puede conjeturar, se la dejó a ellos con nosotros (Ecl. 9,5-6).
Y si alguno replica que es imposible que no nos amen con la misma caridad
con que nos amaron cuando vivieron, porque están unidos a nosotros en una
misma fe, preguntaré quién nos ha revelado que tengan orejas tan largas, que
se extiendan hasta nuestras palabras, y ojos tan perspicaces, que vean
nuestras necesidades. Es verdad que los sofistas se imaginan y fingen que el
resplandor del rostro de Dios es tan grande, que despide ingentes destellos, y
que los santos, contemplando este resplandor ven en él desde el cielo, como
en un espejo, todo cuanto pasa aquí abajo.'200 Pero afirmar esto, y
principalmente con el atrevimiento con que ellos lo hacen, ¿qué otra cosa es
sino querer con nuestros desvaríos y sueños penetrar en los secretos juicios de
Dios sin su Palabra y poner bajo nuestros pies la Escritura, la cual tantas veces
nos advierte que "la mente carnal es enemistad contra Dios" (Rom. 8,7) y que,
echando por tierra nuestra razón, quiere que solamente pongamos nuestros
ojos en la vida de Dios?
25. EN QUÉ SENTIDO EL NOMBRE DE LOS PATRIARCAS DEL
ANTIGUO TESTAMENTO ERA INVOCADO POR SUS SUCESORES
200
Tomás de Aquino, Suma Teológica, supl. cu. 72, art. 1.
que Dios había establecido con él, les desea lo que él sabía que había de
darles la felicidad; que fuesen contados y tenidos por hijos suyos. Lo cual no es
otra cosa que entregarles en la mano la sucesión del pacto.
Por su parte también los sucesores cuando sus oraciones tienen este recuerdo,
no se acogen a la intercesión de los difuntos, sino que presentan al Señor la
memoria del pacto que Él había hecho, en el cual prometió que les sería Padre
propicio y liberal por causa de Abraham, Isaac y Jacob. Pues por lo demás,
cuán poca confianza han depositado los fieles en los méritos de sus padres se
ve claramente por el profeta, cuando en nombre de toda la Iglesia dice: "Tú
eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce; tú, oh
Jehová, eres nuestro padre; nuestro redentor perpetuo es tu nombre". Y no
obstante, aunque la Iglesia habla- de esta manera, añade luego: "Vuélvete por
amor de tus siervos" (Is.63, 16-17); con lo cual no quiere decir que tenga en
cuenta intercesión, de ninguna clase, sino que traiga a la memoria el beneficio
del pacto. Y como ahora tenemos al Señor Jesús, por cuya mano el eterno
pacto de misericordia ha sido no solamente verificado, sino también
confirmado, ¿qué otro nombre podemos pretender en nuestras oraciones?
Mas como estos venerables doctores querrían con estas palabras constituir a
los patriarcas como intercesores, quisiera saber cuál es la causa de que entre
tal multitud de santos, Abraham, padre de la Iglesia, no haya encontrado un
hueco. Es bien sabido de qué chusma sacan ellos sus abogados. Que me
digan si es decente que Abraham, al cual Dios prefirió a todos los demás y a
quien ensalzó con el supremo honor y dignidad, sea de tal manera
menospreciada, que no se haga caso alguno de él. La causa es ciertamente
que todos sabían muy bien que esta costumbre jamás se usó en la Iglesia
antigua; por eso para encubrir su novedad, prefirieron no hacer mención alguna
de los patriarcas del Antiguo Testamento, como si la diversidad de los nombres
excusase la nueva y bastarda costumbre.
En cuanto a lo que algunos alegan del salmo en el que los fieles ruegan a Dios,
que por amor de David tenga misericordia de ellos (Sal. 132,1 .10), tan lejos
está de confirmar la intercesión de los santos, que el mismo salmo es
precisamente muy eficaz y apto para refutar tal error. Porque si consideramos
el lugar que ha ocupado la persona de Dios, veremos que en este lugar es
separado de la compañía de todos los santos, para que Dios confirmase y
ratificase el pacto que con él había establecido. De esta manera el Espíritu
Santo tuvo el pacto más en cuenta que el hombre, y bajo esta figura dejó
entrever la intercesión única de Jesucristo. Porque es del todo cierto que lo que
fue singular y propio de David en cuanto figura de Cristo, no pudo convenir a
los otros.
26. LA EFICACIA DE LAS SÚPLICAS DE LOS SANTOS AQUÍ ABAJO NO
PRUEBA SU INTERCESIÓN EN EL OTRO MUNDO
Pero lo que a muchos mueve es el hecho de que muchas veces se lee que las
oraciones de los santos han sido escuchadas. ¿Por qué? Ciertamente, porque
oraron. "En ti", dice el profeta, "esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los
libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron
avergonzados" (Sal. 22,4-5). Oremos, pues, nosotros como ellos oraron, para
ser también oídos como ellos. Mas, ¡cuán fuera de razón argumentan nuestros
adversarios, cuando dicen que nadie será oído, sino solamente aquel que ya lo
haya sido! ¡Cuánto mejor argumenta Santiago! "Elías", dice, "era hombre sujeto
a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no
lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y
el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto" (Sant. 5,17-18). ¿Vamos a decir
que Santiago deduce una cierta prerrogativa de Elías, a la cual nos debemos
acoger? Evidentemente que no; sino que nos enseña la continua y gran virtud
que tiene la oración piadosa y pura, exhortándonos con ello a que oremos
como él. Porque entenderíamos muy mal la prontitud y liberalidad con que Dios
oye a los suyos, si con tales experiencias de los santos no nos confirmamos en
una mayor confianza en sus promesas, en las cuales afirma que su oído estará
atento para oír no a uno o dos, o a unos pocos, sino a cuantos invocaren su
nombre. Y por esto tanto menos admite excusa su ignorancia, pues parece
como si deliberadamente despreciaran los avisos de la Escritura.
David fue muchas veces librado por la virtud y poder de Dios; ¿acaso fue para
atraerle a sí, y que por su intercesión fuésemos nosotros librados? Muy de otra
manera habla él: En mí tienen los justos puestos sus ojos, por ver cuándo me
oirás (Sal. 142,7). Y: "Verán esto muchos y temerán, y confiarán en Jehová;
bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza" (Sal. 40,3-4).
"Este pobre clamó, y le oyó Jehová" (Sal. 34, 6).
Muchas oraciones hay en los salmos semejantes a éstas, en las que suplica a
Dios que le oiga, a fin de que los fieles no sean confundidos, sino que con su
ejemplo se animen a esperar. Bástenos por ahora uno: "Por esto orará a ti todo
santo en el tiempo en que puedas ser hallado" (Sa1.32, 6). Este texto lo cito
con tanto mayor placer, porque estos indoctos abogados que han vendido su
lengua para defender la tiranía del papado, no han tenido vergüenza de
alegarlo para sostener su intercesión de los difuntos. Como si Dios quisiera
hacer otra cosa, que mostrar el fruto que se sigue de la clemencia y facilidad de
Dios cuando concede lo que se le pide. En general hemos de notar que la
experiencia de la gracia de Dios, tanto para nosotros como para los demás, es
una ayuda no pequeña para confirmar la fidelidad de sus promesas.
No citaré los numerosos textos en los que David expone los beneficios que de
la mano de Dios ha recibido, para tener motivo de confianza, porque todo el
que leyere los salmos los encontrará a cada paso. Esto lo había aprendido
David del patriarca Jacob, quien decía: "Menor soy que todas las misericordias
y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado
pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos" (Gn. 32,10). Es
verdad que alega la promesa; pero no solamente ella, pues juntamente añade
el efecto, a fin de confiar más animosamente, que Dios había de ser para él en
el futuro el mismo que había sido antes. Porque Dios no es como los mortales,
que les pesa haber sido liberales y que se les acaben sus riquezas, sino que
hemos de considerarlo de acuerdo con su naturaleza, como prudentemente lo
hace David: "Tú me has redimido, Jehová, Dios de verdad" (Sa1.31, 5).
Después de haber atribuido David a Dios la gloria de su salvación, añade que
es veraz, porque si no fuese perpetuamente semejante a sí mismo, el
argumento que se tomaría de sus beneficios no sería lo suficientemente firme
para confiar en Él e invocarle. Mas sabiendo que siempre que nos socorre y
nos ayuda nos da una muestra y una prueba de su bondad y fidelidad, no hay
motivo para temer que nuestra esperanza se vea confundida, ni que nos
veamos burlados cuando nos presentemos delante de Él.
27. CONCLUSIÓN DE LOS PÁRRAFOS 1 A 26
Sea la conclusión de todo esto, que siendo así que la Escritura nos enseña que
invocar a Dios es la parte principal y más importante del culto con que le
debemos honrar — pues estima en más este deber que todos los restantes
sacrificios — es un manifiesto sacrilegio que dirijamos nuestras oraciones a
otro que no sea Él. Por esta razón se dice en el salmo: "Si hubiésemos alzado
nuestras manos a dios ajeno, ¿no demandaría Dios esto? (Sal. 44, 20-21).
Asimismo, como quiera que Dios no desea ser invocado sino con fe, y que
expresamente manda que nuestras oraciones se funden en la regla de su
Palabra; y finalmente, puesto que la fe fundada en su Palabra es la madre de la
verdadera oración, por fuerza, tan pronto como nos apartamos de su Palabra
nuestra oración ha de ser bastarda y no puede agradar a Dios. Y ya hemos
demostrado que en todo la Escritura se reserva este honor exclusivamente a
Dios.
Por lo que se refiere a la intercesión, también hemos visto que es oficio peculiar
de Cristo y que ninguna otra oración le agrada, sino la que este Mediador
santifica.
Hemos demostrado también que aunque los fieles hagan oraciones
recíprocamente los unos por los otros, esto en nada deroga la intercesión
exclusiva de Cristo; porque todos, desde el primero al último, se apoyan en ella
para encomendarse, a sí mismos y a sus hermanos, a Dios.
Asimismo hemos probado que esto se aplica muy neciamente y sin propósito a
los difuntos, a los cuales jamás vemos que se les haya encargado el orar por
nosotros. La Escritura nos exhorta muchas veces a que oremos los unos por
los otros; pero en cuanto a los difuntos, no hace mención de ello ni por asomo ;
por el contrario, Santiago al unir estas dos cosas : que confesemos nuestros
pecados y que oremos los unos por los otros (Sant. 5, 16), tácitamente excluye
a los difuntos. Basta, pues, para condenar este error, la sola razón de que el
principio de orar bien y como es debido nace de la fe, y que la fe procede de oír
la Palabra de Dios, en ninguna parte de la cual se hace mención de que los
santos ya difuntos intercedan por nosotros. Pues no es más que una mera
superstición atribuir a los difuntos el oficio y el cargo que Dios en modo alguno
les ha confiado. Porque si bien en la Escritura hay muchas formas de oración,
no se encontrará en ella ni un solo ejemplo, que confirme la intercesión de los
santos difuntos, sin la cual en el papado ninguna oración se tiene por valedera
y eficaz.
Además se ve claramente que esta superstición ha nacido de una cierta
incredulidad, porque o no se han dado por satisfechos con que Cristo fuese el
Mediador, o que lo han despojado por completo de este honor. Y esto último
ciertamente se deduce de su desvergüenza; porque no tienen otro argumento
más fuerte que alegar para probar y sostener esta fantasía de la intercesión de
los santos, sino que son indignos de tratar familiarmente con Dios. Lo cual
nosotros no negamos, sino que lo tenemos por muy gran verdad; pero de ahí
concluimos que ellos no hacen caso alguno de Jesucristo, pues tienen su
intercesión por de ningún valor, si no la acompañan con la de san Jorge, la de
san Hipólito y otros espantajos semejantes.
28. LA ALABANZA Y ACCIÓN DE GRACIAS DEBEN IR SIEMPRE
UNIDAS A NUESTRAS ORACIONES
201
Sacan una ganancia exagerada de su cargo (por alusión a las conchas que se llevan de las
peregrinaciones).
cielo en cualquier lugar que sea, siempre que fuere menester. También hemos
de estar convencidos de que todo el que rehúsa orar en la congragación de los
fieles no sabe lo que es orar a solas, o en un lugar apartado, o en su casa. Por
el contrario, el que no hace caso de orar a solas, por mucho que frecuente las
congregaciones públicas, sepa que sus oraciones son vanas y frívolas. Y la
causa es, porque da más valor a la opinión de los hombres, que al juicio
secreto de Dios.
Necesidad de las oraciones públicas. Sin embargo, para que las oraciones
públicas de la Iglesia no fuesen menospreciadas, Dios las ha adornado de
títulos excelsos, sobre todo al llamar a su templo "casa de oración" (Is. 56,7).
Pues con esto nos enseña que la oración es el elemento principal del culto y
servicio con que quiere ser honrado; y que a fin de que los fieles de común
acuerdo se ejercitasen en este culto, El les había edificado el templo, que había
de servirles a modo de bandera, bajo la cual se acogieran. Y además se añadió
una preciosa promesa: "Tuya es la alabanza en Sión, oh Dios, y a ti se pagarán
los votos" (Sal. 65,1); palabras con las que el profeta nos advierte que nunca
son vanas las oraciones de la Iglesia, porque Dios siempre da a su pueblo
motivo para alabarle con alegría. Ahora bien, aunque las sombras de la Ley
han cesado y tenido fin, no obstante, como Dios ha querido mantenernos con
esta ceremonia en la unidad de la fe, no hay duda que también se refiere a
nosotros esta promesa que por lo demás Cristo mismo ha ratificado por su
boca y san Pablo afirma que tendrá perpetuamente fuerza y valor.
30. ORACIONES PÚBLICAS Y LITÚRGICAS EN EL CULTO DE LA
IGLESIA
Y como Dios en su Palabra ha ordenado que los fieles oren unidos, por la
misma razón, es necesario que haya templos designados para hacerlo, y que
de ese modo todos los que rehúsen orar en ellos en compañía de los fieles, no
puedan excusarse con el pretexto de que van a orar en sus aposentos,
conforme al mandamiento del Señor, a quien pretenden que obedecen. Porque
Cristo, que promete que hará todo cuando dos o tres congregados en su
nombre le suplicaren (Mt. 18,19-20), da a entender bien claramente que no
rechazará las oraciones hechas por toda la Iglesia, con tal de que se excluya
de ellas toda ambición y vanagloria, y, por el contrario, haya un verdadero y
sincero afecto, que resida en lo íntimo del corazón.
Si tal es el uso legítimo de los templos, — como evidentemente así es —,
debemos también guardarnos de tenerlos — como durante mucho tiempo se
ha hecho — por morada propia de Dios, en los que mucho más de cerca puede
oírnos. Guardémonos de atribuirles una cierta especie de santidad oculta, que
haga nuestra oración mucho más pura delante de Dios. Porque siendo
nosotros los verdaderos templos de Dios, es menester que oremos dentro de
nosotros mismos, si queremos invocar a Dios en su santo templo. Dejemos esa
opinión vulgar y carnal a los judíos y gentiles, pues nosotros tenemos el
mandamiento de invocar a Dios "en espíritu y en verdad" sin distinción alguna
de lugar (Jn. 4,23).
Es cierto que el templo antiguamente se dedicaba por mandato de Dios, para
en él invocarle y ofrecerle sacrificios; pero eso era cuando la verdad estaba
escondida bajo las sombras que la figuraban; pero ahora que se nos ha
manifestado claramente y a lo vivo, no consiente que nos detengamos en
ningún templo material. Además, el templo no fue recomendado a los judíos
con la condición de que encerrasen la presencia de Dios entre las paredes del
templo; sino a fin de ejercitarlos en contemplar la forma y figura del verdadero
templo. Por eso son duramente reprendidos por Isaías y Esteban todos
aquellos que creían que Dios de algún modo habitaba en los templos
edificados por mano de hombres (Is. 66,1; Hch. 7, 48).
31. LA PALABRA Y EL CANTO EN LA ORACIÓN
202
Confesiones, lib. IX, cap. vn, 15.
203
Cap. IX.
204
Confesiones, lib. X, cap. XXXIII, 50.
sabe lo que has dicho. Porque tú, a la verdad, bien das gracias; pero el otro no
es edificado" (1 Cor.14, 16). ¿Quién, pues, podrá extrañarse de la
desenfrenada licencia que se han tomado los papistas, quienes, contra la
manifiesta prohibición del Apóstol no temen cantar en lengua extraña lo que ni
siquiera ellos mismos muchas veces entienden? Pero muy distinto es el orden
que el Apóstol nos manda seguir, cuando dice: "¿Qué, pues? Oraré con la voz,
pero oraré también con el entendimiento" (1 Cor.14, 15). En ese texto el
Apóstol usa el término espíritu — que traducimos por voz —, por el cual
entiende él el singular don de lenguas del que muchos, queriéndose gloriar,
abusaban separándolo del entendimiento.
El ardor del corazón es quien debe mover la lengua. Concluyamos, pues, que
es imposible, se trate de oración pública o privada, que la lengua sin el corazón
no desagrade a Dios en gran manera. Y además, que el corazón debe
estimularse con el fervor de lo que piensa e ir mucho más allá de lo que la
lengua puede pronunciar. Finalmente, que en la oración particular la lengua no
es necesaria, sino en cuanto el entendimiento es insuficiente para elevarse por
sí solo, o bien con la vehemencia de la elevación fuerce a la lengua a hablar.
Porque aunque algunas veces las mejores oraciones se hagan sin hablar,
sucede sin embargo muchas veces que cuando el afecto del corazón está muy
encendido, la lengua se suelta, y los demás miembros igual; y esto sin
pretensión alguna, sino espontáneamente. De ahí sin duda aquel movimiento
de labios (1 Sm. 1,13) de Ana, la madre de Samuel, cuando oraba; y los fieles
experimentan continuamente lo mismo, que cuando oran se les escapan
impensadamente algunas palabras y suspiros.
En cuanto a los gestos y actitudes exteriores del cuerpo que se suelen hacer al
orar — como arrodillarse y descubrirse — son ejercicios con los que
procuramos elevarnos a una mayor reverencia de Dios.
34. AL DARNOS ESTA ORACIÓN, EL PADRE NOS ATESTIGUA SU
BONDAD, Y ASEGURA NUESTRA ORACIÓN
205
Alcibiades, I, 142 E, 143 A.
206
San Agustín, Enquiridión, cap. xxx, 13.
fue molesto ni duro no mirarse a sí mismos, sino con un vehemente y ardoroso
celo desear su propia muerte y destrucción a fin de que aun a costa de ellos la
gloria de Dios fuese ensalzada y su reino multiplicado.
Por otra parte cuando pedimos que nos sea dado nuestro pan de cada día,
aunque esto lo hacemos principalmente para nuestro provecho, con todo
debemos buscar primeramente en ello la gloria de Dios.
Y ahora, comencemos a explicar esta oración.
36. LO QUE ENCIERRA EN SÍ LA INVOCACIÓN "PADRE NUESTRO"
El que aquí no se nos enseñe que cada uno en particular le llame Padre, sino
más bien todos en común, es una exhortación de cuán fraterno afecto debemos
tener los unos para con los otros, pues todos somos hijos de un mismo Padre,
y con el mismo título y derecho de gratuita liberalidad. Porque si todos tenemos
por Padre a Aquel de quien procede todo cuanto bien podemos recibir (Mt. 23,
9), no es licito que nada en nosotros halla dividido y separado, que no estemos
dispuestos y preparados de corazón y con toda alegría a comunicarla a los
demás, en cuanto la necesidad lo requiera. Y si estamos preparados como se
debe, a asistirnos y ayudarnos los unos a los otros, no hay nada con que más
podamos aprovechar a nuestros hermanos, que encomendarlos al cuidado y
providencia de nuestro buen Padre, pues, si nos es propicio y favorable, nada
nos puede faltar. Y ciertamente esto se lo debemos también a Él. Porque así
como todo el que de veras y de corazón ama al padre de la familia, ama
también a todos los que la integran; de la misma manera nosotros, si amamos
a nuestro Padre celestial y deseamos servirle, es necesario que mostremos
nuestro afecto y amor a su pueblo, a su familia y posesión, que Él ha honrado,
y a la que llama plenitud de su Hijo Unigénito (Ef. 1, 23).
Regulará, pues, el cristiano y adaptará su oración a esta regla de modo que
sea común y comprenda a todos aquellos que son hermanos suyos en Cristo; y
no solamente a los que él sabe y ve que son tales, sino a cuantos viven sobre
la tierra, acerca de los cuales no sabemos lo que Dios les ha deparado, sino
solamente que debemos desearles todo bien y esperar para ellos cada día lo
mejor.
Pero de modo particular estamos obligados a amar y servir a los que son
domésticos de la fe; a los cuales especialmente nos manda san Pablo que los
tengamos muy presentes (Gál. 6, 10).
En suma, todas nuestras oraciones deben ser de tal manera común, que
tengan siempre los ojos puestos en aquella comunidad que nuestro Señor
estableció en su reino y su casa.
39. CON QUÉ ESPÍRITU DEBEMOS ORAR POR NOSOTROS MISMOS Y
POR LOS DEMÁS
Esto no impide que nos sea lícito orar por nosotros y por otras personas en
particular; con tal que nuestro entendimiento no aparte su consideración de
esta comunidad, sino que todo lo refiera a ella. Porque aunque esas oraciones
se hagan en particular, como tienden a este blanco, no dejan de ser comunes.
Todo esto lo podremos fácilmente entender con un ejemplo. El mandamiento
de Dios de socorrer a los pobres en sus necesidades es general; sin embargo,
a este mandamiento obedecen los que con este fin ejercitan la caridad para
con aquellos que ven y saben que se encuentran necesitados; y ello, porque o
no pueden conocer a todos los que lo están, o porque sus recursos no son
suficientes para socorrerlos a todos. Así de la misma manera, no obran contra
la voluntad de Dios los que considerando la comunidad de la Iglesia, usan tales
oraciones particulares, con las cuales, con palabras particulares, pero con un
afecto común y público, se encomiendan a Dios a sí mismos, y a los otros,
cuya necesidad Dios ha querido que conocieran más de cerca.
Sin embargo no todo es semejanza entre la oración y la limosna; porque la
liberalidad no la podemos ejercer más que con aquellos cuya necesidad
conocemos; en cambio podemos ayudar con nuestra oración aun a los más
extraños y alejados de nosotros, por grande que sea la distancia. Esto se hace
por la generalidad de la oración, en la que están contenidos todos los hijos de
Dios, en el número de los cuales quedan también comprendidos aquéllos. A
esto se puede reducir lo que san Pablo recomienda a los fieles de su tiempo,
que levanten al cielo sus manos santas, sin ira ni contienda (1 Tim. 2,8); pues
al advertirles que cuando existen diferencias se cierra la puerta a la oración, les
manda que oren unánimes en toda paz y amistad.
40. QUÉ SIGNIFICA: "QUE ESTÁS EN LOS CIELOS"
Sigue luego: "Que estás en los cielos". De lo cual no debemos concluir que
Dios está encerrado y contenido en el circuito del cielo, como dentro de un
límite o término Pues el mismo Salomón confiesa que los cielos de los cielos no
le pueden contener (1 Re. 8,27). Y el mismo Dios dice por su profeta: "El cielo
es mi trono, y la tierra estrado de mis pies" (1s. 66,1). Con lo cual sin duda
quiere decir que no está limitado ni contenido en un lugar determinado, sino
que se encuentra en todas partes, y que todo lo llena. Mas como nuestro
entendimiento según su debilidad no puede comprender de otra manera su
gloria inefable, El nos la da a entender por el cielo, que es la cosa más alta y
más llena de gloria celestial y de majestad que podemos imaginar y concebir. Y
como quiera que nuestros sentidos, donde aprehenden una cosa, la suelan
ligar a aquel lugar, Dios nos es colocado por encima de todo lugar, a fin de que
cuando queramos buscarlo nos elevemos por encima de todos los sentidos del
alma y del cuerpo. Además, con esta manera de expresarse queda libre de
toda corrupción y cambio. Finalmente se nos da a entender que Él contiene
todo el mundo y que con su potencia lo rige y gobierna todo. Por lo cual: "que
estás en los cielos", es tanto como si dijera, que eres de un tamaño y altura
infinitos, de una esencia incomprensible, de una potencia inmensa y de una
eterna inmortalidad.
Por tanto, cuando oigamos esta expresión, nuestro entendimiento y espíritu
deben elevarse, puesto que hablamos de Dios; y no debemos imaginarnos en
Él cosa alguna carnal y terrena, ni hemos de querer acomodarlo a nuestra
razón humana, ni supongamos que su voluntad se rige de acuerdo con
nuestros deseos. Juntamente con esto hemos de confirmar nuestra confianza
en Él, por cuya providencia y potencia vemos que el cielo y la tierra son
gobernados.
La conclusión, pues, es que bajo este nombre de Padre se nos propone aquel
Dios que se nos manifestó en la imagen de su Hijo, para que con la
certidumbre de la fe lo invoquemos; y que ha de servirnos este nombre de
Padre, según lo familiar que es, no solamente para confirmar nuestra
confianza, sino también para retener nuestro espíritu, a fin de que no se
distraigan con dioses desconocidos o imaginarios, antes bien, que guiados por
su Unigénito Hijo, suban derechos a Aquel que es único Padre de los ángeles y
de los hombres.
En segundo lugar, cuando se coloca su trono en el cielo se nos advierte que
puesto que Él gobierna el mundo, de ninguna manera nos acercaremos a Él en
vano, ya que espontáneamente se presenta y ofrece a nosotros. "Es
necesario", dice el Apóstol, "que el que se acerca a Dios crea que le ahí, y que
es galardonador de los que le buscan" (Heb. 11, 6). Ambas cosas atribuye
Cristo en este lugar a su Padre, a fin de que nuestra fe se funde y apoye en Él,
y para que nos convenzamos de veras que se preocupa de nuestra salvación,
puesto que tiene a bien extender su providencia hasta nosotros. Tales son los
principios con los que san Pablo nos dispone a orar bien. Porque antes de
exhortarnos a manifestar nuestras peticiones a Dios, pone esta introducción:
"Por nada estéis afanosos". "El Señor está cerca" (Flp. 4, 6. 5). Por donde se
ve que los que no están bien convencidos de que los ojos del Señor están
sobre los que le temen (Sal. 33,18), revuelven en su corazón sus oraciones con
grandes dudas y perplejidades.
41. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
La primera petición es que el Nombre del Señor sea santificado; necesidad que
debiera de darnos vergüenza. Porque, ¿qué cosa se puede pensar más vil ni
más baja que ver la gloria de Dios oscurecida, parte por nuestra ingratitud,
parte por nuestra malicia? Y lo que es más de considerar, que por nuestro
atrevimiento, orgullo y desenfreno, en cuanto de nosotros depende, sea
destruida y aniquilada. Es cierto que la santidad del Nombre de Dios
resplandece a despecho de todos los impíos, aunque ellos con su sacrílega
disolución revienten. Y no sin motivo exclama el Profeta: "Conforme a tu
nombre, oh Dios, así es tu loor hasta los fines de la tierra" (Sal. 48,10). Porque
dondequiera que Dios se dé a conocer es imposible que no se manifiesten sus
virtudes; su potencia, bondad, sabiduría, justicia, misericordia y verdad, las
cuales nos fuerzan a maravillarnos, y nos incitan a alabarlo. Mas ya que tan
indignamente se le quita a Dios su santidad en la tierra, si no la podemos
mantener como debiera, se nos manda que al menos tengamos cuidado de
pedir a Dios que la mantenga.
En resumen, que pidamos que le sea dado a Dios el honor que se le debe, de
modo que nunca hablen ni piensen de Él los hombres, sino con gran
reverencia; a lo cual se opone la profanación que siempre ha reinado en el
mundo, como incluso hoy en día lo vemos. De aquí la necesidad que tenemos
de hacer esta petición, que sería superflua, si en nosotros hubiese alguna
piedad y religión.
Y si el Nombre del Señor es santificado, ensalzado y glorificado como conviene
cuando es separado de todos; no solamente se nos manda aquí rogar a Dios
que conserve su nombre en su integridad y perfección libre de todo
menosprecio e ignominia, sino también que obligue a todo el mundo a honrarlo
y reconocerlo por Señor. Y como Dios se nos ha manifestado, parte en su
Palabra, y parte en sus obras, no es santificado por nosotros como conviene, si
en alguno de ambos aspectos no le damos lo que es suyo y de esta manera
comprendemos todo cuanto hemos recibido de Él, y que su severidad no sea
menos estimada por nosotros que su clemencia, puesto que en la variedad de
sus obras ha imprimido por todas partes clarísimas huellas de su gloria,
capaces de forzar con toda razón a todos las lenguas a que le alaben. De esta
manera la Escritura tendrá entre nosotros todo su valor y autoridad; y suceda lo
que quiera, nada impedirá que Dios sea glorificado como se debe en todo el
curso del gobierno del mundo.
También tiende esta petición a que toda la impiedad que profana este
sacrosanto Nombre cese y tenga fin; que todas las detracciones y
murmuraciones, y todos los escarnios que oscurecen esta santificación y
atentan contra ella, sean exterminados, y que Dios, reprimiendo y poniendo
bajo sus pies todo género de sacrilegios, haga que su majestad y excelencia
crezcan de día en día.
42. VENGA TU REINO
207
Alusión a la traducción de la Vulgata: "panero supersubstantialem", para Mt. 6, 11. Hay que
notar que en Lucas 11, 3, la misma petición es traducida en la Vulgata: "panem quotidianum".
Parece, pues, que san Jerónimo estuvo perplejo entre las dos traducciones.
deliberadamente pródigos en placeres, deleites, ostentación y otros géneros de
prodigalidad. Por esta causa se nos manda, que tan sólo pidamos lo que se
requiere para satisfacer nuestra necesidad, como durante la jornada; y con la
confianza de que cuando nuestro Padre celestial nos haya mantenido ese día
tampoco nos olvidará al siguiente. Por tanto, por mucha abundancia que
tengamos, incluso aunque nuestras bodegas y graneros estén rebosantes,
siempre debemos pedir nuestro pan cotidiano; porque debemos estar seguros
de que cuantos bienes hay en el mundo de nada valen, ni nada son, sino en
cuanto el Señor los multiplica y aumenta, derramando sobre ellos su bendición;
y que la misma abundancia de que gozamos no es nuestra, sino en cuanto le
place al Señor repartírnosla de hora en hora, y permitirnos su uso.
Mas como la soberbia de los hombres difícilmente se convence de esto, el
Señor declara que ha dado un ejemplo muy notable, que sirva para siempre; y
es cuando mantuvo a su pueblo en el desierto con maná; para advertirnos que
no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de
Dios (Dt. 8, 3; Mt. 4, 4). Con lo cual se nos da a entender que solamente su
virtud es con lo que nuestras vidas se mantienen y robustecen; aunque Él nos
la dispensa y da por elementos corporales. Como por el contrario nos los
muestra cuando quita la fuerza al pan, de tal manera que incluso los que lo
comen perecen de hambre (Lv. 26,26); y a la bebida su sustancia, de modo
que los mismos que la beben, se mueren de sed.
En cuanto a los que no contentos con su pan de cada día apetecen por su
desenfrenada codicia una infinidad de ello; o los que hartos con su abundancia,
y seguros y confiados en sus grandes riquezas, no obstante dirigen esta
petición a Dios, lo único que hacen es burlarse de Él. Porque los primeros
piden lo que no querrían que les fuese concedido y en gran manera aborrecen,
a saber, el solo pan cotidiano; y en lo que pueden disimulan y ocultan a Dios su
insaciable avaricia, cuando en la verdadera oración se debe manifestar a Dios
nuestro corazón y cuanto en él se esconde. Los otros piden lo que no esperan
de Él, pues creen que ya tienen lo que piden.
Al llamarle pan nuestro, se muestra y da a entender mucho más ampliamente
la gracia y liberalidad de Dios, la cual hace nuestro lo que por ningún derecho
se nos debe. Aunque tampoco me opongo mucho a aquellos que piensan que
con esta palabra "nuestro", se entiende ganado con nuestro justo trabajo y
sudor, sin engañar ni hacer daño alguno al prójimo; porque todo lo que se gana
injustamente, jamás es nuestro; siempre es ajeno.
Cuando decimos "danos", se nos quiere significar que es puro y gratuito don de
Dios, venga de donde viniere, por más que parezca que lo hemos ganado con
nuestro ingenio, nuestra industria y nuestras manos; porque Su bendición sola
es la que hace que nuestros trabajos tengan éxito.
45. PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS
La sexta petición responde, como hemos dicho, a la promesa que Dios nos ha
hecho de imprimir su Ley en nuestros corazones. Más por cuanto no
obedecemos a Dios sin una continua batalla y con duros y crueles encuentros,
208
Quizás Lc. 6, 37-38.
pedimos aquí que nos provea de fuertes armas, y que nos ampare con su
asistencia para que podamos alcanzar la victoria. Con ello se nos advierte que
no solamente tenemos necesidad de que la gracia del Espíritu Santo ablande
nuestros corazones, los enderece y encamine en el servicio de Dios, sino que
también necesitamos su socorro, que nos haga invencibles contra las
asechanzas de Satanás y sus violentos ataques.
Son muchas y de muy diversas clases las tentaciones. Porque todos los malos
pensamientos de nuestra mente que suscita nuestra concupiscencia o los atiza
el Demonio, que nos inducen a transgredir la Ley, son tentaciones; y las
mismas cosas que en sí no son malas, sin embargo por arte e industria de.
Satanás se convierten en tentaciones cuando se nos ponen ante los ojos, a fin
de que mediante ellas nos apartemos de Dios (Sant. 1, 2. 14; Mt. 4, 1 .3; 1 Tes.
3, 5). De éstas últimas, unas están a la derecha, y otras a la izquierda. A la
derecha, las riquezas, el poder, el honor y otras semejantes, que muchas veces
bajo la apariencia de bien y majestad que parecen tener, ciegan los ojos y
engañan con sus halagos, para que cogidos en tales astucias y embriagados
en su dulzura, se olviden de Dios. A la izquierda, cosas como la pobreza, la
ignominia, el menosprecio, las aflicciones y otras por el estilo, con cuya
aspereza y dificultad se desaliente, pierda el ánimo y toda confianza y
esperanza, apartándose finalmente por completo de Dios.
Así que pedimos en esta sexta petición a Dios nuestro Padre, que no permita
que seamos vencidos por las tentaciones que luchan contra nosotros, bien sea
aquellas que nuestra concupiscencia produce en nosotros mismos, bien
aquellas a las que somos inducidos por la astucia de Satanás; sino que con su
mano nos mantenga y levante, para que animados por su esfuerzo y virtud,
podamos mantenernos firmes contra todos los asaltos de nuestro maligno
enemigo, sean cuales sean los pensamientos a los que nos quiera inducir. E
igualmente, que todo cuanto se nos presenta de una parte o de otra, lo
convirtamos en bien; es decir, que no nos ensoberbezcamos con la
prosperidad, ni perdamos el ánimo en la adversidad.
Sin embargo no pedimos aquí que no sintamos tentación alguna, pues nos es
muy necesario que seamos estimulados y aguijoneados por ellas, para que no
nos durmamos en el ocio. Porque no sin razón deseaba David ser tentado (Sal
26, 2), y no sin motivo prueba el Señor a los suyos, castigándolos cada día con
afrentas, pobreza, tribulación y otros géneros de cruces (Gn.22, 1; Dt. 8, 2;
13,3; 2 Pe. 2,9). Pero Dios tienta de otra manera que Satanás. Éste tienta para
perder, destruir, confundir y aniquilar; Dios tienta para probar y experimentar la
sinceridad de los suyos, para corroborar su fuerza con el ejercicio, mortificar su
carne, purificarla y abrasarla; pues si no fuese tratada de esta manera, se
revolvería y desmandaría. Además Satanás acomete a traición a los que están
desapercibidos, desarmados, para destruirlos. Pero Dios no permite que
seamos tentados más de lo que podemos resistir, y hace que la tentación
termine felizmente para que los suyos puedan sufrir con paciencia todo cuanto
les envía (1 Cor.10, 13).
Más líbranos del Maligno. Que entendamos por este nombre de Maligno al
Diablo o al pecado, poco hace al caso; porque el Diablo es el enemigo que
maquina nuestra ruina y perdición; y el pecado, las armas que emplea para
destruirnos (2 Pe. 2, 9).
Nuestra petición es, pues, que no seamos vencidos y arrollados por ninguna
tentación, sino que con la virtud y potencia de Dios permanezcamos fuertes
contra todo el poder enemigo que nos combate; o sea, no caer en las
tentaciones, para que recibidos bajo Su amparo y defensa, y asegurados con
ello, quedemos vencedores contra el pecado, la muerte, las puertas del infierno
y contra todo el reino de Satanás. Esto es ser librado del maligno. En lo cual
hemos también de notar, que nuestras fuerzas no son tan grandes que
podamos pelear con el Demonio, tan gran guerrero, ni podamos resistir a su
fuerza. Pues de otra manera sólo en vano o por burla pediríamos a Dios lo que
por nosotros mismos poseeríamos
Ciertamente, los' que confiados en sí mismos se disponen a pelear con el
Diablo no saben bien con qué enemigo han de entenderse; lo fuerte y bien
pertrechado que está. Aquí pedimos vernos libres de su poder, como de la
boca de un león cruel y furioso (1 Pe. 5, 8), por cuyas uñas y dientes seríamos
al momento despedazados, si el Señor no nos librara de la muerte;
entendiendo a la vez, que si el Señor está presente y pelea por nosotros sin
nuestras fuerzas, en su poder haremos proezas (Sal 60,12). Confíen los otros,
si les place, en las facultades y fuerzas de su libre albedrío, las cuales en su
opinión proceden de ellos mismos; a nosotros bástenos permanecer firmes en
la sola virtud del Señor, y en Él poder cuanto podemos.
Esta petición contiene mucho más de lo que parece a primera vista.
Porque si el Espíritu de Dios es nuestra fuerza para pelear contra Satanás,
evidentemente no podremos conseguir la victoria, sin que, despojados de la
flaqueza de nuestra carne, estemos llenos de Él. Por eso, cuando pedimos ser
liberados de Satanás y del pecado, pedimos que de continuo se aumenten en
nosotros nuevas gracias de Dios, hasta que llegando a su plenitud triunfemos
de todo mal.
Duro les parece a algunos pedir a Dios que no nos deje caer en la tentación,
puesto que es contrario a su naturaleza tentarnos, como lo asegura Santiago
(1,13-14). En cierto modo ya hemos contestado a esta cuestión. La solución es
que propiamente hablando, nuestra concupiscencia es la causa de todas las
tentaciones por las que somos vencidos, y, por tanto, que a ella se le debe
echar la culpa. Realmente Santiago no quiere decir otra cosa, sino que en vano
e injustamente se echa la culpa a Dios de los vicios y pecados, que debemos
achacarnos a nosotros mismos, puesto que nuestra propia conciencia nos
acusa de ellos.
De todas formas, esto no impide que Dios, cuando le parece, nos someta a
Satanás y nos precipite en un sentido réprobo y en enormes concupiscencias,
poniéndonos de esta manera en la tentación; y ciertamente por justo juicio,
muchas veces oculto; porque con frecuencia los hombres ignoran la causa de
que Dios haga esto, aunque Él la conoce muy bien.
De aquí se concluye que no es una manera impropia de hablar, si nos
convencemos de que no son amenazas de niños, cuando Dios tantas veces
anuncia que ejecutará su ira y su venganza sobre los réprobos hiriéndolos con
ceguera y dureza de corazón.
47. RESUMEN DE LA SEGUNDA PARTE
209
Esta doxología no se encuentra, en efecto, en la Vulgata, como tampoco en Tertuliano y san
Cipriano. Se encuentra en los Padres griegos a partir de san Juan Crisóstomo, pero falta en la
mayoría de los manuscritos antiguos griegos de lo; evangelios (Sinaiticus, Vaticanus, Codex
Bezae).
Y es tan perfecta y completa esta oración, que todo cuanto se le añada, que a
ella no se pueda referir ni en ella se pueda incluir, va contra Dios, es impío y no
merece que Dios lo apruebe. Porque Él en esta oración nos ha demostrado
todo lo que le es agradable, todo cuanto nos quiere otorgar.
Por tanto, aquellos que se atreven a ir más allá y presumen pedir a Dios lo que
no se contiene en esta oración, primeramente pretenden añadir algo a la
sabiduría de Dios, lo cual es una grave blasfemia; y en segundo lugar, no se
someten a la voluntad de Dios, sino al contrario, se apartan mucho de ella y no
hacen caso de la misma. Finalmente, jamás alcanzarán lo que piden, puesto
que oran sin fe. Y que tales oraciones son hechas sin fe es indudable, porque
falta en ellas la Palabra de Dios, en la cual si no se funda la fe, no puede ser
auténtica. Ahora bien, los que sin tener en cuenta la norma que su Maestro les
ha dado siguen sus propios apetitos y piden lo que se les antoja, no solamente
no tienen la Palabra de Dios, sino en cuanto está en ellos, se oponen a ella.
Por eso Tertuliano210 se expresó admirablemente al llamarla oración legítima,
dando tácitamente a entender que todas las demás oraciones son ilegítimas e
ilícitas.
49. EL ESPÍRITU DE LA ORACIÓN DOMINICAL DEBE PRESIDIR TODAS
NUESTRAS ORACIONES
Aunque ya arriba hemos dicho que hay que tener siempre el corazón elevado a
Dios y debemos orar sin cesar, sin embargo como nuestra debilidad es tal, que
muchas veces necesita ser ayudada, y nuestra pereza tan grande, que ha de
Ser estimulada, conviene que cada uno de nosotros determine ciertas horas
210
La Huida en las Persecuciones, cap. II.
para ejercitarse, en las cuales no dejemos de orar y de concentrar todo el
afecto de nuestro corazón; a saber, por la mañana al levantarnos antes de
comenzar ninguna acción; cuando nos sentamos a tomar el alimento que Dios
por su liberalidad nos ofrece, y después de haberlo tomado; y cuando nos
vamos a acostar. Con tal, no obstante, que todo esto no se convierta en una
observancia de horas supersticiosa; y como si con ello hubiésemos ya
cumplido nuestro deber para con Dios, pensemos que ya es suficiente para el
resto del día; sino más bien, que ello sea una especie de disciplina y
aprendizaje de nuestra debilidad con que se ejercite y estimule lo más posible.
Principalmente hemos de tener cuidado siempre que nos veamos oprimidos por
alguna aflicción particular, de acogernos al momento a Él con el corazón, y
pedirle su favor. Asimismo no hemos de dejar pasar ninguna prosperidad que
nos sobreviniere, o que sepamos que ha sucedido a otros, sin que al momento
reconozcamos con alabanzas y acción de gracias que procede de su mano
liberal.
Nuestras oraciones no deben imponer ley alguna a Dios. Finalmente, debemos
guardarnos con toda diligencia en todas nuestras oraciones de no sujetar ni
ligar a Dios a unas determinadas circunstancias, ni limitarle el tiempo, el lugar,
ni el modo de realizar lo que le pedimos; como en esta oración se nos enseña a
no darle leyes, ni imponerle condición alguna, sino dejar del todo a su
beneplácito que haga lo que debe, de la forma, en el tiempo y el lugar que lo
tuviere a bien. Por esta razón, antes de hacer alguna oración por nosotros
mismos, le pedimos que se haga su voluntad; con lo cual ya sometemos
nuestra voluntad a la suya, a manera de freno, para que no presuma de
someter a Dios a sí misma, sino que lo constituya árbitro y moderador de todos
sus afectos y deseos.
51. PERSEVERANCIA Y PACIENCIA EN LA ORACIÓN
211
Se advertirá que Calvino pone su enseñanza sobre la doctrina de la elección en el libro que
trata de la salvación y de la participación de la gracia de Jesucristo, y no en el libro primero,
que contenía la doctrina sobre Dios. No se trata, pues, para él de una doctrina metafísica.
la salvación, sino por la mera liberalidad de Dios, los que pretenden sepultar
esta doctrina, en cuanto en su mano está, oscurecen indebidamente lo que a
boca llena deberían engrandecer y ensalzar, y arrancan de raíz la humildad.
San Pablo claramente afirma que cuando la salvación del pueblo es atribuida a
la elección gratuita de Dios, entonces se ve que El por pura benevolencia salva
a los que quiere, y que no les paga salario ninguno, pues no se les puede
deber.
Los que cierran la puerta para que nadie ose llegar a tomar gusto a esta
doctrina, no hacen menor agravio a los hombres que a Dios; porque ninguna
cosa fuera de ésta, será suficiente para que nos humillemos como debemos, ni
tampoco sentiremos de veras cuán obligados estamos a Dios. Realmente,
como el mismo Señor lo afirma, en ninguna otra cosa tendremos entera firmeza
y confianza; porque para asegurarnos y librar-nos de todo temor en medio de
tantos peligros, asechanzas y ataques mortales, y para hacernos salir
victoriosos, promete que ninguno de cuantos su Padre le ha confiado perecerá
(Jn. 10, 27-30).
De aquí concluimos que todos aquellos que no se reconocen parte del pueblo
de Dios son desgraciados, pues siempre están en un continuo temor; y por eso,
todos aquellos que cierran los ojos y no quieren ver ni oír estos tres frutos que
hemos apuntado y querrían derribar este fundamento, piensan muy
equivocadamente y se hacen gran daño a sí mismos y a todos los fieles. Y aún
más; afirmo que de aquí nace la Iglesia, la cual, como dice san Bernardo,212
sería imposible encontrarla ni reconocerla entre las criaturas, pues que está de
un modo admirable escondida en el regazo de la bienaventurada
predestinación y entre la masa de la miserable condenación de los hombres.
Pero antes de seguir adelante con esta materia es preciso que haga dos
prenotandos para dos clases diversas de personas.
En guardia contra los indiscretos y los curiosos. Como quiera que esta materia
de la predestinación es en cierta manera oscura en sí misma, la curiosidad de
los hombres la hace muy enrevesada y peligrosa; porque el entendimiento
humano no se puede refrenar, ni, por más limites y términos que se le señalen,
detenerse para no extraviarse por caminos prohibidos, y elevarse con el afán,
si le fuera posible, de no dejar secreto de Dios sin revolver y escudriñar. Mas
como vemos que a cada paso son muchos los que caen en este atrevimiento y
desatino, y entre ellos algunos que por otros conceptos no son realmente
malos, es necesario que les avisemos oportunamente respecto a cómo deben
conducirse en esta materia.
Lo primero es que se acuerden que cuando quieren saber los secretos de la
predestinación, penetran en el santuario de la sabiduría divina, en el cual todo
el que entre osadamente no encontrará cómo satisfacer su curiosidad y se
meterá en un laberinto del que no podrá salir. Porque no es justo que lo que el
Señor quiso que fuese oculto en sí mismo y que Él solo lo entendiese, el
hombre se meta sin miramiento alguno a hablar de ello, ni que revuelva y
escudriñe desde la misma eternidad la majestad y grandeza de la sabiduría
divina, que Él quiso que adorásemos, y no que la comprendiésemos, a fin de
212
Sermón sobre el Cantar de los Cantares, ser. LXXVIII, 4.
ser para nosotros de esta manera admirable. Los secretos de su voluntad que
ha determinado que nos sean comunicados nos los ha manifestado en su
palabra. Y ha determinado que es bueno comunicarnos todo aquello que veía
sernos necesario y provechoso.
2. LA ADVERTENCIA DE SAN AGUSTÍN
Hay otros, que queriendo poner remedio a este mal se esfuerzan en sepultar
todo recuerdo de la predestinación; por lo menos enseñan que los hombres se
deben guardar de cualquier cuestión sobre la predestinación, como de algo
muy peligroso. Y aunque esta modestia de querer que los hombres no se
metan en investigaciones sobre los secretos misterios de Dios, sino con gran
sobriedad es mucho más digna de alabanza, sin embargo como descienden
213
Agustín, Evangelio de Juan, LIII, 7.
demasiado bajo, de poco aprovecha al espíritu humano, a quien no es fácil
vendarle los ojos.
Por tanto, para guardar también aquí la mesura y el orden debidos, es preciso
que nos volvamos a la Palabra del Señor, en la cual tenemos una regla
ciertísima para una debida inteligencia. Porque la Escritura es la escuela del
Espíritu Santo en la cual ni se ha dejado de poner cosa alguna necesaria y útil
de conocer, ni tampoco se enseña más que lo que es preciso saber. Debemos,
pues, guardarnos mucho de impedir que los fieles quieran saber todo cuanto en
la Palabra de Dios está consignado referente a la predestinación, a fin de que
no parezca que queremos defraudarlos o privarles del bien y del beneficio que
Dios ha querido comunicarles, o acusar al Espíritu Santo de haber manifestado
cosas que hubiera sido preferible mantener secretas.
Permitamos, pues, al cristiano que abra sus oídos y su entendimiento a todo
razonamiento y a las palabras que Dios ha querido decirle, con tal que el
cristiano use tal templanza y sobriedad, que tan pronto como vea que el Señor
ha cerrado su boca sagrada, cese él también y no lleve adelante su curiosidad
haciendo nuevas preguntas. Tal es el límite de la sobriedad que hemos de
guardar: que al aprender, sigamos a Dios, dejándole hablar primero; y si el
Señor deja de hablar, tampoco nosotros queramos saber más, ni pasar más
adelante.
El peligro que éstos temen no es tampoco de tanta importancia que por eso
debamos dejar de oír todo cuanto el Señor quiera decirnos. Célebre es el dicho
de Salomón: "Gloria de Dios es encubrir un asunto" (Prov. 25,2). Mas como la
piedad y el sentido común nos enseñan que esto no se debe entender en
general de todas las cosas, debemos hacer alguna distinción para no
engañarnos bajo pretexto de modestia y sobriedad, y contentarnos con una
ignorancia brutal. Esta distinción en pocas y muy breves palabras la establece
Moisés, cuando dice: "Las cosas secretas pertenecen a Jehová, nuestro Dios;
mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre" (Dt.
29,22). Vemos, pues, cómo él exhorta a su pueblo a que se aplique al estudio
de la Ley, porque Dios ha tenido a bien manifestársela. Pero, no obstante,
mantiene a ese mismo pueblo dentro de los límites y términos de la enseñanza
que se le había dado, en virtud de esta única razón: que no es lícito a los
mortales la curiosidad de saber los secretos de Dios.
4. OTROS SE ESCANDALIZAN DE TODO
214
Calvino adopta la cronología tradicional de su época para establecer el origen del mundo.
Los descubrimientos científicos todavía no han obligado a los exégetas de este siglo XVI a
abondonar la interpretación literal de esta cuestión. Cfr. Institución, I, xiv, 1.
215
Caps. XV a XX.
216
Ibid., cap. XVI, 34 y ss. ; XX, 52 etc. ; Carta CCXXVI, 8 — De Hilario a Agustín.
217
Sobre el Génesis en sentido literal, lib. V, cap. in, 6. el
5. LA DOCTRINA DE LA PREDESTINACIÓN SE FUNDA EN LA
ESCRITURA Y EN LA EXPERIENCIA
Nadie que quiera ser tenido por hombre de bien y temeroso de Dios se atreverá
a negar simplemente la predestinación, por la cual Dios ha adoptado a los unos
para salvación, ya destinado a los otros a la muerte eterna; pero muchos la
rodean de numerosas sutilezas; sobre todo los que quieren que la presciencia
sea causa de la predestinación. Nosotros admitimos ambas cosas en Dios,
pero lo que ahora afirmamos es que es del todo infundado hacer depender la
una de la otra, como si la presciencia fuese la causa y la predestinación el
efecto. Cuando atribuimos a Dios la presciencia queremos decir que todas las
cosas han estado y estarán siempre delante de sus ojos, de manera que en su
conocimiento no hay pretérito ni futuro, sino que todas las cosas le están
presentes; y de tal manera presentes, que no las imagina con una especie de
ideas o formas — a la manera que nos imaginamos nosotros las cosas cuyo
recuerdo retiene nuestro entendimiento —, sino que las ve y contempla como si
verdaderamente estuviesen delante de Él. Y esta presciencia se extiende por
toda la redondez de la tierra, y sobre todas las criaturas.
Definición. Llamamos predestinación al eterno decreto de Dios, porque ha
determinado lo que quiere hacer de cada uno de los hombres. Porque Él no los
crea a' todos con la misma condición, sino que ordena a unos para la vida
eterna, y a otros para condenación perpetua. Por tanto, según el fin para el cual
el hombre es creado, decimos que está predestinado a vida o a muerte.
La elección de las naciones. Pues bien, Dios ha dado testimonio de esta
predestinación, no solamente respecto a cada persona particular, sino también
a toda la raza de Abraham, a la cual ha propuesto como ejemplo para que todo
el mundo comprenda que es Él quien ordena cuál ha de ser la condición y
estado de cada pueblo y nación. "Cuando el Altísimo", dice Moisés, "hizo
herederar a las naciones; cuando hizo dividir a los hijos de los hombres,
estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel.
Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó" (Dt.
32, 8-9). Aquí se ve clara-mente la elección; y es que en la persona de
Abraham, como en un tronco seco y muerto, un pueblo es escogido y apartado
de los demás, que son rechazados. Pero la causa no aparece, sino que
Moisés, a fin de suprimir toda ocasión de gloriarse, enseña a sus sucesores
que toda su dignidad consiste únicamente en el amor gratuito de Dios. Porque
pone como razón de su libertad, que Dios amó a sus padres y escogió a su
descendencia después de ellos (Dt.4, 37). Y en otro lugar habla todavía más
claramente: No por ser vosotros más en número que todos los pueblos os ha
escogido, sino porque Jehová os amó (Dt. 7, 7-8). Esta advertencia la repite
muchas veces: "He aquí, de Jehová, tu Dios, son los cielos, y los cielos de los
cielos, la tierra y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se
agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a
nosotros, de entre todos los pueblos" (Dt. 10,14-15). Y en otro lugar les manda
que sean puros y santos, porque son elegidos como pueblo peculiar de Dios
(Dt. 26,18-19). Y lo mismo en otro pasaje repite que el amor que Dios les
profesaba era la causa de que fuera su protector (Dt. 23,5). Lo cual los fieles
también confiesan a una voz: Él nos eligió nuestra heredad, la hermosura de
Jacob, al cual amó (Sal 47, 4). Pues ellos atribuyen a este amor gratuito todos
los ornamentos con que Dios les había adornado. Y esto no solamente porque
sabían que no los habían adquirido por ningún mérito suyo, sino también
porque conocían que ni el mismo santo patriarca Jacob tuvo virtud suficiente
para adquirir para sí y para su posteridad tan singular prerrogativa y dignidad. Y
para mejor suprimir toda ocasión de orgullo y de soberbia, les echa en cara a
los judíos que ninguna cosa han merecido menos que ésta de ser amados por
Dios, puesto que eran un "pueblo duro de cerviz" (Dt. 9, 6).
También los profetas hacen muchas veces mención de esta elección para más
afrentar a los judíos por haberse apartado de ella tan vilmente.
Como quiera que sea, respondan ahora los que quieren ligar la elección de
Dios a la dignidad de los hombres, o a los méritos de las obras. Al ver que una
nación es preferida a las demás, y comprender que Dios no se movió por
consideración de ninguna clase a inclinarse a una nación tan pequeña y
menospreciada, y lo que es peor, de gente mala y perversa, ¿van a
emprenderla con Dios porque tuvo a bien dar tal ejemplo de misericordia? Mas
con todas sus murmuraciones y lamentos no podrán impedir la obra de Dios; ni
arrojando contra el cielo su despecho, cual si fueran piedras, herirán ni
perjudicarán Su justicia; antes bien les caerán en la cara.
Se les recuerda también a los israelitas este principio de la elección gratuita
cuando se trata de dar gracias a Dios, o de confirmarse en una esperanza
respecto al futuro. "Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo
somos, y ovejas de su prado" (Sa1.100, 3). La negación que emplea no es
superflua, sino que se añade para excluirnos a nosotros mismos, a fin de que
entendamos que de todos los bienes de que gozamos no solamente es Dios el
autor, sino además que Él mismo se ha movido a hacernos estas mercedes,
pues no había nada en nosotros que las mereciera.
Nos exhorta también a que nos contentemos con el solo beneplácito de Dios,
diciendo: "Descendencia somos de Abraham, su siervo, hijos de Jacob, sus
escogidos" (Sal 105,6). Y después de haber enumerado los continuos
beneficios que habían recibido como fruto de su elección, concluye que Dios se
ha portado tan liberalmente con ellos por haberse acordado de su pacto. A esta
doctrina responde el cántico de toda la Iglesia: Tu diestra y tu brazo, y la luz de
tu rostro dieron esta tierra a tus padres, porque te complaciste en ellos (Sal
44,3). Sin embargo hemos de notar que cuando se hace mención de la tierra,
se da como señal y marca visible de la secreta elección de Dios; por la que
fueron adoptados.
A la misma gratitud exhorta David al pueblo: "Bienaventurada la nación cuyo
Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí" (Sal 33,12). Y
Samuel los anima a tener esperanza: "Jehová no desamparará a su pueblo, por
su grande nombre; porque Jehová ha querido hacernos pueblo suyo" (1 Sm.
12, 22). De la misma manera se anima a sí mismo David, pues viendo su fe
asaltada, se arma para poder resistir, diciendo: "Bienaventurado el que tú
escogieres y atrajeres a ti para que habite en tus atrios" (Sal 65,4).
Mas como la elección que de otra manera permanecería escondida en Dios ha
sido ratificada, tanto con la primera libertad del cautiverio de los judíos, como
con la segunda y con otros diversos beneficios que tuvieron lugar, la palabra
elegir se aplica algunas veces a estos testimonios manifiestos, los cuales, sin
embargo, llevan implícita esta elección. Como en Isaías: "Jehová tendrá piedad
de Jacob y todavía escogerá a Israel" (Is. 14, 1). Porque hablando del futuro
dice que la reunión que verificará del resto del pueblo, al que parecía haber
desheredado, será una señal de que su elección permanecerá firme y estable,
aunque parecía que ya había perdido su fuerza y valor. Y cuando en otro lugar
dice: "Te escogí, y no te deseché" (Is. 41, 9), engrandece el curso
ininterrumpido de su amor paternal, que con tantos beneficios y mercedes
había mostrado. Y aún más claramente lo dice el ángel en Zacarías: "Y Jehová
poseerá a Judá su heredad en la tierra santa, y escogerá aún a Jerusalén"
(Zac. 2,12), como si al castigarla ásperamente la hubiese reprobado, o que el
destierro y cautiverio hubiese interrumpido la elección, que siempre queda en
su integridad e inviolable, aunque no siempre se vean las señales.
6. LA ELECCIÓN EN EL SENO MISMO DE LAS DOCE TRIBUS DE
ISRAEL
218
Calvino tratará de la vocación general externa y de la vocación particular, interior y eficaz,
en el capitulo XXIV.
muestran su falsedad y mentira con el simple enunciado de sus opiniones.
Solamente me detendré a considerar las razones que se debaten entre la gente
docta, o las que podrían causar algún escrúpulo o dificultad a las personas
sencillas, o los que tienen cierta apariencia, que podría hacer creer que Dios no
es justo, si fuese tal como nosotros creemos que es referente a esta materia de
la predestinación.
220
Sermón CLXXIV, 2.
Para que la prueba sea más cierta debemos notar detalladamente todas las
partes de este pasaje, las cuales, todas juntas, quitan cualquier ocasión de
dudar.
Cuando él habla de los "elegidos" no hay duda que entiende los fieles, como
luego lo explica. Por tanto, indebidamente tuercen este nombre los que lo
aplican al tiempo en que fue publicado el Evangelio.
Al decir san Pablo que los fieles fueron elegidos antes de la fundación del
mundo suprime toda consideración de dignidad. Porque ¿qué diferencia podría
existir entre aquellos que aún no habían nacido, y que luego habían de ser
iguales a Adán?
En cuanto a lo que añade, que fueron elegidos en Cristo, se sigue no
solamente que cada uno fue elegido fuera de sí mismo, sino también que los
unos fueron distinguidos de los otros, pues vemos que no todos los hombres
son miembros de Cristo.
En lo que sigue, que fueron elegidos para ser santos, claramente refuta el error
de aquellos que dicen que la elección procede de la pureza, puesto que
claramente les contradice san Pablo diciendo que todo el bien y virtud que hay
en los hombres, es efecto y fruto de la elección.
Y si se busca una causa más profunda, responde san Pablo que Dios así lo ha
predestinado; y esto según el puro afecto de su voluntad; palabras con las que
echa por tierra todos los medios que los hombres han inventado para ser
elegidos. Porque él afirma que todos los beneficios que Dios nos hace para
vivir espiritualmente proceden y nacen de esta fuente; a saber, que ha elegido
a quienes ha querido, y que antes de haber nacido les había preparado y
reservado la gracia que les quería comunicar.
3. SOMOS ELEGIDOS POR GRACIA, SIN CONSIDERACIÓN DE OBRA
ALGUNA PRESENTE O FUTURA, PARA GLORIFICAR A DIOS CON
NUESTRAS OBRAS
Doquiera que reina esta decisión de Dios no se hace caso alguno de las obras.
Es verdad que el Apóstol no lleva adelante aquí la antítesis existente entre
estas dos cosas; pero la debemos entender tal cual él mismo la supone en otro
lugar: "Nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras,
sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo antes de
los tiempos de los siglos" (2 Tim. 1, 9). Ya hemos demostrado que lo que sipo a
continuación: para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él, nos libra
de todo escrúpulo; pues decir, que porque Dios ha previsto que seríamos
santos, por eso nos ha escogido, es trastornar el orden que guarda san Pablo.
Podemos, pues, concluir con toda seguridad: Si Dios nos ha escogido para que
fuésemos santos, entonces no nos ha escogido por haber previsto que lo
seríamos; pues son dos cosas contrarias, que los fieles tengan su santidad por
la elección, y que por esta santidad de sus obras hayan sido elegidos.
Y de nada valen los sofismas a los que corrientemente se acogen sosteniendo
que es verdad que Dios comunica la gracia de su elección no por los méritos
que hayan podido preceder, sino por los que habían de venir. Porque cuando
dice el Apóstol que los fieles fueron escogidos para que fuesen santos, a la vez
da a entender que la santidad que habían de tener trae su origen y principio de
la elección. Más, ¿cómo concordar que lo que es el efecto de la elección haya
sido causa de la misma? Además el Apóstol confirma aún más claramente lo
que había dicho, añadiendo que Dios nos ha escogido según el puro afecto de
su voluntad, que en sí mismo había decretado. Porque esto vale tanto como
decir, que ninguna cosa consideró fuera de sí mismo al hacer esta deliberación.
Por esta razón prosigue luego que toda la suma de nuestra elección se debe
referir al fin de ser "para alabanza de la gloria de su gracia" (Ef. 1,6).
Ciertamente la gracia de Dios no merecería ser ella sola glorificada en nuestra
elección, si ésta no fuera gratuita; y no sería gratuita, si Dios al elegir a los
suyos, tuviese en cuenta cuáles habían de ser las obras de cada uno.
Así pues, lo que decía Jesucristo a sus discípulos vemos que es muy gran
verdad en todos los fieles: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí
a vosotros" (Jn. 15, 16). Con lo cual Jesucristo no solamente excluye los
méritos pasados, sino que además da a entender a sus discípulos que nada
tenían por lo que merecieran ser elegidos, si Su misericordia no se les hubiera
adelantado. De esta manera se ha de entender lo que dice san Pablo: "¿Quién
le dio a él primero para que le fuese recompensado?" (Rom. 11,35). Porque él
quiere probar que la bondad de Dios de tal manera previene a los hombres,
que no haya cosa -alguna en lo pasado ni en el futuro por la cual poder
reconciliarse con ellos.
4. ROM.9, 6-8 AFIRMA LA ELECCIÓN PARTICULAR GRATUITA
Oigamos ahora qué es lo que sobre toda esta materia nos dice el supremo
Juez y Señor, que todo lo sabe y entiende.
Viendo tanta dureza en sus oyentes, que casi no sacaba provecho de ninguno,
para remediar este escándalo que podrían recibir los débiles, exclama: Todo lo
que el Padre me da vendrá a mí; porque ésta es la voluntad del Padre que me
envió, que de todo lo que me diere no pierda yo nada (Jn. 6, 37. 39). Notad
bien que el principio para ser admitidos bajo la protección y amparo de nuestro
Señor Jesucristo proviene de la donación del Padre.
Alguno puede que dé la vuelta al círculo y replique que Dios reconoce en el
número de los suyos solamente a aquellos que de buen grado se entregan a Él
por la fe. Pero Jesucristo solamente insiste en que, suponiendo que todo el
mundo anduviese trastornado y hubiese en él infinitos cambios, no obstante el
consejo de Dios permanecerá más firme que el mismo cielo, de forma que su
elección subsista firme e íntegra.
Se dice que los elegidos pertenecían al Padre celestial antes de darlos a su
Hijo Jesucristo. La cuestión es si esto se hace así por naturaleza, o, por el
contrario, Él somete a sí mismo a los que les eran extraños y estaban
apartados de Él, atrayéndolos a sí. Las palabras de Jesucristo son tan claras,
que por más vueltas que den los hombres, jamás las podrán oscurecer.
"Ninguno", dice, "puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere" (Jn.
6, 44 .65); mas "todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí" ((Jn.
6,45). Si todos indistintamente se postrasen delante de Jesucristo, la elección
sería común; pero, por el contrario, en el pequeño número de los creyentes
aparece esta grandísima distinción. Por eso, el mismo Jesucristo después de
decir que los discípulos que le habían sido dados eran la posesión de su Padre,
poco después añade: "No ruego por el mundo, sino por éstos que me diste;
porque tuyos son" (Jn. 17,9). De donde se sigue que no todo el mundo
pertenece a su Creador, sino en cuanto que la gracia de Dios retira a unos
pocos de la maldición y la ira de Dios y de la muerte eterna; los cuales de otra
manera se perderían; en cambio el mundo es dejado en la ruina y perdición a la
que fue destinado.
Por lo demás, aunque Cristo media entre el Padre y los hombres, con todo no
deja de atribuirse el derecho de elegir que juntamente con el Padre le compete:
"No hablo", dice, "de todos vosotros; yo sé a quiénes he elegido" (Jn. 13,18). Si
alguno pregunta de dónde los ha elegido, Él mismo responde en otro lugar: "del
mundo" (Jn. 15,19), al cual excluye de sus oraciones cuando encomienda sus
discípulos al Padre. Notemos, sin embargo, que al decir que Él sabe a quiénes
ha escogido, indica y entiende una cierta parte de los hombres, a la cual no
diferencia de los demás por razón de las virtudes de que puedan estar
adornados, sino a causa de que están separados por decreto divino. De lo cual
se sigue que todos aquellos que pertenecen a la elección de la que Jesucristo
es autor, no exceden a los otros por su propia industria y diligencia.
En cuanto a que en otro lugar cuenta a Judas en el número de los elegidos (Jn.
6, 70), aunque era un diablo, esto ha de entenderse con respecto al cargo de
apóstol, el cual, aunque es como un espejo excelente del favor divino — como
san Pablo muchas veces lo reconoce en su propia persona — no por eso lleva
consigo la esperanza de la vida eterna. Puede, pues, Judas usando
impíamente de su oficio de apóstol, ser peor que un demonio; pero aquellos
que Cristo incorporó una vez a sí mismo, no permitirá que ninguno de ellos
perezca (Jn. 10, 28), ya que para conservarlos en vida hará cuanto ha
prometido; es decir, desplegará la potencia de Dios, que supera a cuanto
existe.
Respecto a lo que en otro lugar dice Cristo: De los que me diste, ninguno de
ellos se perdió, sino el hijo de perdición (Jn. 17,12), aunque es una manera
difícil de hablar, sin embargo no contiene ambigüedad alguna.
En resumen: que Dios por una adopción gratuita crea a aquellos que quiere
tener por hijos, y que la causa de la elección, que llaman intrínseca, radica en
Él mismo, pues no tiene en cuenta más que Su benevolencia.
8. REFUTACIÓN DE LAS OBJECIONES FUNDADAS SOBRE LOS
PADRES. TESTIMONIO DE SAN AGUSTÍN
Más alguno dirá que san Ambrosio, Jerónimo y Orígenes han escrito que Dios
distribuye su gracia entre los hombres según Él sabe que cada uno ha de usar
bien de ella.221 Yo voy aún más allá, y afirmo que san
Agustín también tuvo la misma opinión;222 pero después de haber aprovechado
más en la Escritura, no solamente la retractó como evidentemente falsa, sino
incluso la refutó con todo su poder y fuerza.223 Y todavía después de haberla
retractado, viendo que los pelagianos persistan en este error, emplea estas
palabras: "¿Quién no se maravillará de que el Apóstol no haya caído en la
cuenta de esta gran sutileza? Porque después de exponer un caso bien
extraño tocante a Esaú y Jacob, considerándolos antes de que hubiesen
nacido, y habiéndose formulado a sí mismo la pregunta: ` ¿Qué, pues,
diremos? ¿Que hay injusticia en Dios?' (Rom. 9,14), lo propio sería responder
que Dios había previsto los méritos del uno y del otro; sin embargo no dice eso,
antes se acoge a los juicios de Dios y a su misericordia".224 Y en otro lugar,
después de haber demostrado que el hombre no tiene mérito alguno antes de
su elección, dice: "Cierta-mente, aquí no tiene lugar el vano argumento de
aquellos que defienden la presciencia' de Dios contra su gracia, asegurando
que hemos sido elegidos antes de la creación del mundo porque Dios supo que
seríamos buenos, y no porque Él nos hacía tales. No habla de esta manera el
que dice: 'No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros' (Jn.
221
Pseudo-Ambrosio — Ambrosiaster —, Comentario a Romanos 8, 29; pseudo-Jeró¬nimo —
Juan Diácono —, Exposición de Romanos 7, 8.
222
Exposición de la proposición 60 sacada de la carta a los Romanos.
223
Retractaciones, lib. I, cap. xxm, 205, etc.
224
Carta CXCIV, CVII, 35.
15,16). Porque si Él nos hubiera elegido porque sabía que seríamos buenos,
juntamente hubiera sabido que nosotros lo habíamos de elegir." 225
Valga este testimonio de san Agustín entre aquellos que dan mucho crédito a lo
que dicen los Padres. Por más que san Agustín no consiente ser separado de
los otros Doctores antiguos, sino que prueba con claros testimonios que los
pelagianos le calumniaban al acusarle de que él solo mantenía aquella opinión.
Cita, pues, en su libro De la Predestinación de los Santos, el dicho de san
Ambrosio, que Jesucristo llama a aquellos a quienes Él quiere hacer
misericordia.226 Y: "Si Dios hubiera querido, a los que no lo eran los hubiera
hecho devotos; pero Dios llama a aquellos a quienes tiene a bien llamar, y
convierte a quienes le place" (Ibíd.). Si quisiera llenar un libro con los dichos
notables de san Agustín tocantes a esta materia, me sería fácil hacer ver a los
lectores, que no tengo necesidad de usar otras palabras que las del mismo san
Agustín; pero no quiero serles molesto con mi prolijidad.
Más supongamos que ni san Agustín ni san Ambrosio hablaran de esta
materia, y considerémosla en sí misma. San Pablo suscitó una cuestión bien
difícil, a saber, si Dios obra justamente al no conceder la gracia más que a
quien le parece. La hubiera podido solucionar con una sola palabra, diciendo
que Dios considera las obras. Pero, ¿cuál es la razón de que no lo haga así,
antes bien continúa con su argumento, que sigue envuelto en la misma
dificultad? ¿Por qué, sino porque no debía hacerlo así? Pues el Espíritu Santo,
que habló por boca de su Apóstol, no estaba expuesto a olvidarse de lo que
había de responder. Responde, pues, claramente y sin lugar a
tergiversaciones, que Dios admite en su gracia a los elegidos, porque así le
place; que les hace misericordia, porque así le parece. Porque el testimonio de
Moisés que él alega: "Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré
clemente para con el que seré clemente" (Ex 33,19), vale tanto como si dijera
que Dios se mueve a misericordia, no por otra razón, sino porque quiere hacer
misericordia. Por eso permanece verdadero lo que san Agustín dice en otro
lugar,227 que la gracia de Dios no halla a nadie al que deba elegir, sino que ella
hace a los hombres aptos para que sean elegidos.
9. UNA SUTILEZA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
No hago caso de la sutileza de, Santo Tomás de Aquino, el cual dice que,
aunque la presciencia de los méritos no pueda ser llamada causa de la
predestinación por lo que se refiere a Dios, que predestina, sin embargo sí se
puede por lo que a nosotros respecta, como cuando afirma que Dios ha
predestinado a sus elegidos para que con sus méritos alcancen la gloria;
porque ha determinado darles su gracia para que con ella merezcan la
gloria228.2 Mas como el Señor no quiere que consideremos otra cosa en su
225
Tratado sobre san Juan, tr. LXXXVI, 2.
226
Se trata aquí del segundo libro sobre La predestinación de los Santos, cuyo título más
corriente es Del don de la perseverancia, cap. XIX, 49. Cfr. Ambrosio, Exposi¬ción del
evangelio de Lucas, 1, 10.
227
Carta CLXXXVI, cap. y, 15.
228
Sobre las Sentencias, lib. I, dist. 41, cu. 1, art. 3.
elección que su pura bondad, si alguno quiere ver alguna otra cosa,
evidentemente se propasa excesivamente.
Si quisiéramos oponer a una otra sutileza, no nos faltaría el modo de abatir lo
de Santo Tomás. Él pretende probar que la gloria es en cierta manera
predestinada a los elegidos por sus méritos, porque Dios les predestina la
gracia con la que merezcan la gloria. Pero yo replico que por el contrario, la
gracia que el Señor da a los suyos sirve para su elección y más bien le sigue
que no la precede; puesto que se da a aquellos a quienes la herencia de la vida
había sido ya asignada. Porque el orden que Dios sigue consiste en justificar
después de haber elegido. De donde se sigue que la predestinación de Dios
con la que delibera llamar a los suyos a su gloria es precisamente la causa de
la deliberación que tiene de justificarlos, y no al contrario.
Pero dejemos a un lado estas disputas que son superfluas para los que creen
que tienen suficiente sabiduría en la Palabra de Dios. Porque muy bien dijo un
doctor antiguo que los que atribuye la causa de la elección a los méritos,
quieren saber más de lo que les conviene.229
10. ¿LA VOCACIÓN UNIVERSAL NO CONTRADICE LA ELECCIÓN
PARTICULAR?
229
Las antiguas ediciones de la Institución ponen aquí en nota: "Ambrosius, De voca¬tione
Gentium, lib. I, cap. II". La referencia no se encuentra en ninguno de los dos libros del Pseudo-
Ambrosio sobre la vocación de los gentiles.
de vida a quien le agrada (Hch. 16,6-10). Sin embargo, demuestra más
claramente aún de qué modo particular ordena sus promesas para sus
elegidos; porque sólo de ellos, y no indistintamente de todo el género humano,
afirma que serán sus discípulos (Is. 8,16). Por donde se ve claro que los que
quieren que la doctrina de vida se proponga a todos, para que todos se
aprovechen eficazmente, se engañan sobremanera, puesto que solamente se
propone a los hijos de la Iglesia.
Baste, pues, por el momento que aunque la voz del Evangelio llame a todos en
general, sin embargo el don de la fe es muy raro. La causa la da Isaías: que no
a todos es manifestado el brazo de Dios (Is. 53,1). Si dijera que el Evangelio es
maliciosamente menospreciado, porque muchos con gran contumacia lo
rehúsan oír, puede que esto ofreciera alguna apariencia para probar la
vocación general. Y no es la intención del profeta disminuir la culpa de los
hombres, diciendo que la fuente de su ceguera es que Dios no ha tenido a bien
manifestarles su brazo, su virtud y potencia. Solamente advierte que como la fe
es un don singular de Dios, en vano se hieren los oídos con la sola predicación
externa de la Palabra.
Mas yo querría que estos doctores me dijeran si la mera predicación nos hace
hijos de Dios, o bien la fe. Sin duda, cuando en el capítulo primero de san Juan
se dice: "A los que creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de
Dios" (Jn. 1, 12), no se propone una mezcla y confusión de todos los oyentes,
sino que se mantiene un orden especial con los fieles, los cuales no son
engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino
de Dios.
El consentimiento mutuo entre la Palabra y la fe. Si replican que hay un
consentimiento recíproco entre la fe y la Palabra, respondo que es verdad
cuando hay fe. Pero no es cosa nueva ni nunca vista, que la semilla caiga entre
espinas y en lugares pedregosos; no solamente porque la mayor parte de los
hombres se muestra rebelde y contumaz contra Dios, sino porque no todos
tienen ojos para ver, ni oídos para escuchar.
Si preguntan a qué fin llama Dios a sí a aquellos que Él sabe no irán, responde
por mí san Agustín: "¿Quieres", dice, "disputar conmigo de esta materia? Más
bien maravíllate conmigo y exclama: ¡Oh alteza! Convengamos ambos en el
temor, para que no perezcamos en el error".230
Además, si la elección, como lo afirma san Pablo, es madre de la fe, vuelvo el
argumento contra ellos, y digo: la fe no es general, porque la elección de la que
ella procede es especial. Pues cuando dice san Pablo que los fieles están
llenos de todas las bendiciones espirituales según que les escogió antes de la
fundación del mundo (Ef. 1,3-4), es muy fácil concluir según el orden causa-
efecto, que estas riquezas no son comunes a todos, puesto que no ha elegido
más que a aquellos que Él ha querido. Esta es la razón por la que en otro sitio
ensalza expresamente la fe de los elegidos (Tit. 1,1), a fin de que no parezca
que cada uno adquiere la fe por sí mismo, sino que esa gloria reside en Dios,
que Él ilumina gratuitamente a aquellos a quienes antes había elegido. Porque
muy bien dice san Bernardo, que a los que Dios tiene por amigos los oye
230
Sermón XXVI, cap. xii, 13.
aparte, y que a ellos les dice: "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro
Padre le ha placido daros el reino" (Lc. 12,32). Luego pregunta: "¿Quiénes son
éstos? Ciertamente los que El antes había conocido y predestinado para que
fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo. He aquí un grande y secreto
consejo, que nos ha sido manifestado: Sabe el Señor quiénes son los suyos;
pero lo que Él sabía, se ha manifestado a los hombres, y no permite que nadie
entienda este misterio, excepto aquellos que Él antes supo y predestinó que
serían suyos" (Rom. 8, 29). Y poco después concluye: "La misericordia de Dios
de eternidad en eternidad sobre los que le temen; de eternidad por la
predestinación; en eternidad por la bienaventuranza; la una no tiene principio, y
la otra jamás tendrá fin".231
Pero, ¿qué necesidad hay de alegar a san Bernardo como testigo, puesto que
de la boca misma de nuestro Maestro oímos que no hay nadie que haya visto
al Padre, sino los que son de Dios? (Jn. 6, 46) 232 Palabras con las que quiere
significar que todos aquellos que no son engendrados de Dios quedan
deslumbrados y estupefactos con el resplandor de su cara. Ciertamente unen
muy bien la fe con la elección; con tal que permanezca en segundo lugar. Este
orden lo muestran claramente las palabras de Cristo: "Ésta es la voluntad del
Padre: que de todo lo que me diere, no pierda yo nada" (.1n. 6,39). Si quisiera
que todos se salvasen, le daría a su Hijo para que los guardara y los
incorporara a todos a Él con el santo nudo de la fe. Pero la fe es una prenda
singular de su amor paterno que reserva en secreto para los que El adoptó
como hijos. Por esta razón dice Cristo en otro lugar: "Las ovejas siguen al
pastor, porque conocen su voz; pero no siguen al extraño, porque no conocen
la voz de los extraños" (Jn. 10,4-5). ¿De dónde les viene este discernimiento,
sino de que Cristo ha taladrado sus oídos? Porque nadie se hace a sí mismo
oveja, sino que Dios es el que da la forma y lo hace. Y ésta es la razón de por
qué nuestro Señor Jesucristo dice que nuestra salvación está bien segura y
fuera de todo peligro para siempre, porque es guardada por la potencia
invencible de Dios (Jn. 10, 29). De donde concluye que los incrédulos no son
del número de sus ovejas, porque no son del número de aquellos a quienes
Dios ha prometido por medio del profeta Isaías, que serían sus discípulos (Jn.
10,26; Is. 8,18; 54,13).
Por lo demás, como en los testimonios que he citado, se hace notablemente
mención de la perseverancia, esto muestra que la elección es firme y constante
sin que se halle sometida a variación alguna.
11. LOS RÉPROBOS
233
Recordemos los capítulos I a V del libro segundo de la Institución. Dejados a sí mismos,
todos los hombres llevan en ellos su propia condenación. La reprobación no es, pues, el
doloroso reverso de la elección ; por el contrario, ésta es la luz consoladora de la gracia de
Dios proyectada sobre las tinieblas humanas.
Hace poco hemos oído que no menos está en manos de Dios y depende de su
voluntad el endurecimiento que la misericordia. Ni tampoco san Pablo se
esfuerza mayormente en excusar a Dios — como lo hacen muchos de éstos de
quienes he hecho mención — de falsedad y mentira; solamente se limita a
advertir que no es lícito que el vaso de barro alterque con el que lo formó (Rom.
9,20-21).
Además de esto, los que no admiten que Dios repruebe a algunos, ¿cómo
podrán librarse de aquel notable dicho de Cristo: "Toda planta que no plantó mi
Padre celestial, será desarraigada"? (Mt. 15, 13). Oyen que todos aquellos que
el Padre no ha tenido a bien plantar en su campo como árboles sacrosantos,
están claramente destinados a la perdición. Si niegan que esto sea señal de
reprobación, no habrá cosa por más clara que sea, que no les resulte oscura.
Mas si no cesan de murmurar, que nuestra fe se dé por satisfecha al oír el
aviso que nos da san Pablo: que no hay motivo para querellarse con Dios,
porque queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha
paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y por otra parte, hizo
notorias las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia que Él preparó
de antemano para gloria (Rom. 9,22-23). Noten los lectores cómo san Pablo,
para quitar toda ocasión de murmurar, atribuye a la ira y la potencia de Dios el
sumo poder y autoridad; porque está muy mal querer pedir cuentas a los
profundos y ocultos secretos de Dios que sobrepujan todo nuestro
entendimiento.
La respuesta que dan nuestros adversarios, que Dios no desecha por completo
a los que soporta con su mansedumbre, sino que suspende su voluntad para
con ellos para ver si luego se arrepienten, es muy frívola. Como si san Pablo
atribuyera a Dios la paciencia para esperar la conversión de los que dice que
están preparados para la muerte. San Agustín dice muy bien explicando este
pasaje, que cuando la paciencia se junta con su potencia y virtud, Dios no
permite, sino que gobierna actualmente.234
Replican también que san Pablo cuando dice que los vasos de ira están
preparados para destrucción, luego añade que Dios ha preparado los vasos de
misericordia para salvación, como si por estas palabras entendiese que Dios es
el autor de la salvación de los fieles y que a Él se le debe atribuir la gloria de
ello; mas que aquellos que se pierden, ellos por sí mismos y con su libre
albedrío se hacen tales, sin que Dios los repruebe. Mas, aunque yo les
conceda que san Pablo con tal manera de hablar ha querido suavizar lo que a
primera vista pudiera parecer áspero y duro; sin embargo es un despropósito
atribuir la preparación, según la cual se dice que los réprobos están destinados
a la perdición, a otra cosa que no sea el secreto designio de Dios; como el
mismo Apóstol poco antes lo había declarado, afirmando que Dios suscitó a
Faraón; y luego añade que Él "al que quiere endurecer, endurece" (Rom. 9,
18); de donde se sigue que el juicio secreto de Dios es la causa del
endurecimiento.235 Por lo menos yo he deducido esto, — lo cual es también
234
Contra Juliano, lib. V, cap.III, 13.
235
Sin la menor contradicción, Calvino dirá con la Escritura, al fin del párrafo 3, "que la causa
de su condenación está en ellos mismos". En efecto; hay dos planos que no se deben
confundir: el de Dios y el del hombre.
doctrina de san Agustín — que cuando Dios, de lobos hace ovejas, los reforma
con su gracia todopoderosa dominando su dureza; y que no convierte a los
obstinados porque no les otorga una gracia más poderosa, de la que Él no
carece, si quisiera ejercitarla.236
2. ¿NO SERÍA INJUSTO QUE DIOS DESTINARA A LA MUERTE A
CRIATURAS QUE NO LE HAN OFENDIDO AÚN?
Con esto bastaría para personas modestas y temerosas de Dios que tienen
presente que son meros seres humanos. Mas como estos perros rabiosos
profieren contra Dios no sólo una especie de blasfemia, es necesario que
respondamos en particular a cada una de ellas; pues los hombres carnales en
su locura disputan con Dios de diversas maneras, como si Él estuviese
sometido a sus reprensiones.
Preguntan primeramente por qué se enoja Dios con las criaturas que no le han
agraviado con ofensa de ninguna clase. Porque condenar y destruir a quien
bien le pareciere es más propio de la crueldad de un verdugo, que de la
sentencia legítima de un juez. Y así les parece que los hombres tienen justo
motivo para quejarse de Dios, si por su sola voluntad y sin que ellos lo hayan
merecido, los predestina a la muerte eterna.
Dios no hace nada injusto: su voluntad es la regla suprema de toda justicia. Si
alguna vez entran semejantes pensamientos en la mente de los fieles, estarán
debidamente armados para rechazar sus golpes, con sólo considerar cuán
grave mal es investigar los móviles de la voluntad de Dios, puesto que de
cuantas cosas suceden, ella es la causa con toda justicia. Porque, si hubiera
algo que fuera causa de la voluntad de Dios, sería preciso que fuera anterior y
que estuviera como ligada por ello: lo cual es grave impiedad sólo concebirlo.
Porque de tal manera es la voluntad de Dios la suprema e infalible regla de
justicia, que todo cuanto ella quiere, por el solo hecho de quererlo ha de ser
tenido por justo. Por eso, cuando se pregunta por la causa de que Dios lo haya
hecho así, debemos responder: porque quiso. Pues si se insiste preguntando
por qué quiso, con ello se busca algo superior y más excelente que la voluntad
de Dios; lo cual es imposible hallar. Refrénese, pues, la temeridad humana, y
no busque lo que no existe, no sea que no halle lo que existe. Este, pues, es un
freno excelente para retener a todos aquellos que con reverencia quieran
meditar los secretos de Dios.
Contra los impíos, a quienes nada les importa y que no cesan de maldecir
públicamente a Dios, el mismo Señor se defenderá adecuadamente con su
justicia, sin que nosotros le sirvamos de abogados, cuando quitando a sus
conciencias toda ocasión de andar con tergiversaciones y rodeos, les haga
sentir su culpa.
Dios, siendo la bondad y la justicia, es su propia ley para sí mismo. Sin
embargo, al expresarnos así no aprobamos el desvarío de los teólogos
236
La referencia indicada en las antiguas ediciones es errónea: De Praedestinatione
Sanctorum, lib. I, cap. ii. En san Agustín la expresión: "lobos trasformados en ovejas", se
encuentra en particular en: Sermón XXVI, cap. n/, 5; Tratados sobre S. Juan, tr. XLV, 10.
papistas en cuanto a la potencia absoluta de Dios; error que hemos de
abominar por ser profano.237 No nos imaginamos un Dios sin ley, puesto que Él
es su misma ley; pues — como dice Platón — los hombres por estar sujetos a
los malos deseos, tienen necesidad de la ley; mas la voluntad de Dios, que no
solamente es pura y está limpia de todo vicio, sino que además es la regla
suprema de perfección, es la ley de todas las leyes. Nosotros negamos que
esté obligado a darnos cuenta de lo que hace; negamos también que nosotros
seamos jueces idóneos y competentes para fallar en esta causa de acuerdo
con nuestro sentir y parecer. Por ello, sí intentamos más de lo que nos es licito
temamos aquella amenaza del salmo que Dios será reconocido justo y tenido
por puro cuantas veces sea juzgado por hombres mortales (Sal 51, 4).
3. DIOS NO ESTÁ OBLIGADO A CONCEDER SU GRACIA AL
PECADOR QUE ENCUENTRA EN SÍ MISMO LA CAUSA DE SU
CONDENACIÓN
He aquí cómo Dios con su silencio puede reprimir a sus enemigos. Mas para
que no permitamos que su santo Nombre sea escarnecido, sin que haya quien
lidie por su honra, Él nos da armas en su Palabra, para que les resistamos. Por
tanto, si alguno nos ataca preguntándonos por qué Dios desde el principio ha
predestinado a la muerte a algunos, que no podían haberla merecido, porque
aún no habían nacido, la respuesta será preguntarles en virtud de qué piensan
que Dios es deudor del hombre si lo consideran según su naturaleza. Estando,
como todos lo estamos, corrompidos y contaminados por los vicios, Dios no
puede por menos de aborrecernos; y esto no por una tiranía cruel, sino por una
perfecta justicia. Ahora bien, si todos los hombres por su natural condición
merecen la muerte eterna, ¿de qué iniquidad e injusticia, pregunto yo, podrán
quejarse aquellos a quienes Dios ha predestinado a morir? Vengan todos los
hijos de Adán; discutan con Dios por qué antes de ser engendrados han sido
predestinados por su providencia eterna a perpetua miseria; ¿qué podrán
murmurar contra Dios cuando les traiga a la memoria quiénes son ellos? Si
todos están hechos de una masa corrompida, no podemos extrañarnos de que
estén sujetos a condenación. No acusen, pues, a Dios de injusticia, si por su
juicio eterno son destinados a muerte; a la cual, mal que les pese, su propia
naturaleza le lleva, como ellos perfectamente comprenden.
Por aquí se ve claramente cuán perversa es la inclinación de esta gente a
murmurar contra Dios, pues a sabiendas encubren la causa de su
condenación, la cual se ven forzados a reconocer en sí mismos; y así, por más
que lo doren, no se podrán justificar. Aunque yo confesase cien veces que Dios
es el autor de su condenación — lo cual es muy verdad —, no por ello se
purificarán del pecado que está esculpido en sus conciencias y que a cada
paso se presenta ante sus ojos.
4. A LOS QUE DIOS REPRUEBA, ¿NO ESTÁN DE ANTEMANO
CONDENADOS AL PECADO?
237
Alusión a la doctrina de Duns Scoto. Calvino ha refutado de antemano a los que en nuestros
días le han reprochado haber estado sometido a la influencia de ese pensador.
Preguntan también si han sido predestinados por disposición de Dios a esta
corrupción, que afirmamos es la causa de su ruina. Porque si es así, cuando
perecen en su corrupción no hacen otra cosa que llevar sobre sí la calamidad
en que por haber sido predestinados para esto, cayó Adán y precipitó consigo a
toda su posteridad. ¿No será, pues, injusto Dios, que tan cruelmente se burla
de sus criaturas?
El querer de Dios nos es incomprensible; pero conocemos su justicia: odia toda
iniquidad. Confieso que se debe a la voluntad de Dios el que todos los hijos de
Adán hayan caído en este miserable estado y condición en que al presente se
encuentran. Y es que, como al principio decía, es necesario en definitiva volver
siempre al decreto de la voluntad divina, cuya causa está en Él escondida.
Pero de aquí no se sigue que los hombres deban discutir con Dios; pues con
san Pablo les salimos al paso diciendo: "Oh hombre, ¿quién eres tú, para que
alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿por qué me has
hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la
misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" (Rom. 9, 20-21).
Ellos negarán que de esta manera se defienda verdaderamente la justicia de
Dios y que no es más que un mero subterfugio del que suelen echar mano los
que no encuentran excusa suficiente; porque parece que aquí no se dice otra
cosa, sino que a la potencia de Dios no se le puede impedir hacer lo que bien
le pareciere; mas yo sostengo que se trata de otra cosa muy diferente. Porque,
¿qué razón se puede aducir más firme y más sólida que mandarnos considerar
quién es Dios? Pues, ¿cómo podría cometer iniquidad alguna el que es Juez
del mundo? Si es propio de su naturaleza hacer justicia, naturalmente ama la
justicia y aborrece la iniquidad. Por eso el Apóstol no anduvo con subterfugios
ni buscó falsas excusas, como si no encontrara otra salida; simplemente
demostró que la justicia de Dios es demasiado profunda y sublime para poder
ser determinada con medidas humanas, y ser comprendida por algo tan
limitado como es el entendimiento del hombre. Es verdad; el Apóstol enseña
que los juicios de Dios son tan secretos, que en ellos se hundirían todas las
inteligencias de los hombres, si pretendieran penetrar en ellos; pero juntamente
enseña que es un absurdo despropósito querer someter las obras de Dios a tal
condición que en el momento en que no entendamos la razón y causa de las
mismas nos atrevamos a condenarlas. Existe a este propósito una sentencia
muy notable de Salomón, que muy pocos la entienden bien: "El creador de
todos", dice, "es grande: dará a los locos y a los transgresores su salario"
(Prov. 26,10).238 Se admira en gran manera de la grandeza de Dios en cuya
mano y voluntad está castigar a los transgresores, aunque Él no les haya dado
su Espíritu. El furor de los hombres es realmente sorprendente, al pretender
comprender lo que es infinito e incomprensible, con una medida tan pequeña
como es su entendimiento. San Pablo llama "escogidos" (1 Tim. 5,20, a los
ángeles que permanecieron en su integridad; si su constancia se fundó en la
benevolencia de Dios, la rebelión de los demonios prueba que no fueron
detenidos, sino que se les consintió; de lo cual no se puede aducir otra causa
que la reprobación, que permanece escondida en el secreto consejo de Dios.
238
El texto bíblico es conjeturable. Las versiones modernas dan una traducción totalmente
distinta de la de Calvino. Ésta aparece también en la antigua versión inglesa de 1611.
5. ACEPTEMOS SIN AVERGONZARNOS EL MISTERIO DE UNA
VOLUNTAD INCOMPRENSIBLE, PERO JUSTA
239
Discípulo de Celestius, el pelagiano.
240
Carta CLXXXVI, cap. VII, 23. A Paulino.
241
Sermón XXVII, cap. III, 3, 4; vi, 6
considerar, nos olvidamos de hablar bien, siempre que dejamos de hablar
según Dios.
6. SEGUNDA OBJECIÓN: ¿POR QUÉ DIOS VA A CASTIGAR AQUELLO
CUYA CAUSA ES SU PREDESTINACIÓN?
Los enemigos de Dios disponen aún.de otro absurdo, el tercero, con el que
infaman su predestinación. Porque como nosotros, al referirnos a aquellos que
el Señor ha apartado de la general condición de los hombres para hacerlos
herederos de su reino, no señalamos otra causa que su benevolencia; de aquí
deducen que hay acepción de personas en Dios, lo cual niega la Escritura a
cada paso; y así dicen que una de dos: o la Escritura se contradice, o que Dios
tiene en cuenta los méritos en su elección.
La acepción de personas según la Escritura. En cuanto a lo primero, que la
Escritura afirma que Dios no es aceptador de personas, ha de entenderse en
otro sentido del que ellos lo hacen; porque con esta palabra de "personas", no
entiende al hombre, sino las cosas que se muestran a los ojos del hombre, y
que suelen ganar favor, gracia y dignidad, o bien odio, menosprecio y afrentas;
como son las riquezas, la abundancia, la potencia, nobleza, poder, patria,
hermosura y otras semejantes; o, por el contrario, pobreza, necesidad, humilde
linaje, no tener crédito, ni honra, etc. En este sentido san Pedro y san Pablo
niegan que Dios sea aceptador de personas (Hch. 10, 34; Rom. 2,10; Gál. 3,
28), porque no hace diferencia entre el judío y el griego, para aceptar a uno y
rechazar al otro solamente a causa de la nacionalidad. Santiago usa también
las mismas palabras, cuando dice que Dios, en su juicio no tiene en cuenta las
riquezas (Sant. 2, 5). San Pablo en otro lugar afirma que cuando juzga no hace
diferencia alguna entre amo y criado. Por tanto, no habrá contradicción alguna,
si decimos que Dios, según el decreto de su benevolencia elige como hijos a
aquellos a quienes les place; y esto sin mérito alguno de ellos, reprobando y
rechazando a los demás.
No hay acepción alguna de personas en la elección. Sin embargo, para
satisfacerles más perfectamente se puede exponer esto como sigue: Preguntan
cómo se explica que de dos, entre los cuales no hay diferencia alguna en
cuanto a los méritos, Dios en su elección deje pasar a uno y escoja a otro,. Por
mi parte, les pregunto también, si creen que hay algo en el que es elegido por
Dios, a lo que Él se aficione y por ello le elija. Si confiesan, como deben
hacerlo, que no hay cosa alguna, se seguirá que Dios no tiene en cuenta al
hombre, sino que toma de Su misma bondad la materia para hacerle
beneficios. Así que bien elija a uno, bien rechace al otro, ello no se hace por
consideración al hombre, sino por Su sola misericordia, la cual debe ser libre
de manifestarse y ejercerse siempre y donde le pluguiere. Porque ya hemos
visto que Dios al principio no ha elegido a muchos nobles, sabios y poderosos;
y esto lo ha hecho para abatir la soberbia de la carne; tan lejos está que su
favor se haya apoyado en apariencia de ninguna clase.
11. AL ELEGIR A UNOS DESPLIEGA SU MISERICORDIA; AL CASTIGAR
A LOS OTROS, SU JUSTICIA
Por tanto, erróneamente acusan algunos a Dios de no obrar con justicia porque
en su predestinación no usa una misma medida con todos. Si a todos, dicen,
los ve culpables, castigue a todos por igual; y si los halla sin culpa, que no
castigue a ninguno.
Ciertamente se conducen con Dios como si le estuviese prohibido usar de
misericordia, o como si al querer usar de ella se viese obligado a no hacer en
absoluto justicia. ¿Qué es lo que exigen? Que si todos son culpables, todos
sean igualmente castigados. Nosotros admitimos que la culpa es general; sin
embargo, sostenemos que la misericordia de Dios socorre a algunos. Que
socorra, dicen ellos, a todos. Pero les replicamos que también es razonable
que se muestre como justo juez castigando. Al no poder ellos sufrir esto, ¿qué
otra cosa pretenden, sino despojar a Dios del poder y facultad que tiene de
ejercer la misericordia, o permitírselo, pero a condición de que se desentienda
por completo de hacer justicia?
Testimonio de san Agustín. Por eso vienen muy a propósito las siguientes
sentencias de san Agustín:246 "Siendo así", dice, "que toda la masa del linaje
humano ha caído en la condenación en el primer hombre, los hombres
tomados para ser vasos de honra no son vasos por su propia justicia, sino por
la misericordia de Dios. Y que otros sean vasos de afrenta, no se debe imputar
a iniquidad, pues no la hay en Dios, sino a su juicio". Y: "Que Dios dé a
aquellos que ha reprobado el castigo que merecen, y a los que ha elegido la
gracia que no merecen, se puede mostrar que es justo e irreprensible por el
ejemplo de un acreedor, al cual le es licito perdonar la deuda a uno y exigirla al
otro.247 Así que el Señor puede muy bien dar su gracia a los que quiera, porque
es misericordioso; y no darla a todos, porque es justo juez. En dar a unos la
gracia que no merecen, muestra su gracia gratuita; y al no darla a todos,
muestra lo que todos merecen.248 Porque cuando dice el Apóstol que Dios
"sujetó a todos a desobediencia para tener misericordia de todos", ha de
añadirse a la vez, que a ninguno es deudor; porque ninguno le dio primero,
para después exigirle lo prestado (Rom. 11,32 .35).
12. CUARTA OBJECIÓN: LA PREDESTINACIÓN FAVORECE LA
DESPREOCUPACIÓN Y LA DISOLUCIÓN
Se sirven también los enemigos de la verdad de otra calumnia para echar por
tierra la predestinación. Afirman que si prevalece esta doctrina estaría de más
toda solicitud y preocupación por vivir bien. Porque, ¿quién es el que al oír que
su vida y su muerte están ya determinadas por el eterno e. inmutable consejo
de Dios, no le viene en seguida al pensamiento que poco importa que viva bien
o mal, puesto que la predestinación de Dios no se puede evitar ni anticipar con
lo que uno haga? Y así nadie se preocupará de sí mismo y cada cual hará lo
que le pareciere dando rienda suelta a los vicios.
Es verdad que lo que dicen no es del todo falso; porque son muchos los
puercos que con estas horribles blasfemias encenagan la predestinación de
246
Carta CLXXXVI, cap. vi, 18. A Paulino.
247
Pseudo-Agustín, De la predestinación y de la gracia, cap. III.
248
Agustín, Del don de la perseverancia, cap. XII, 28.
Dios y con este pretexto se burlan de todas las amonestaciones y
reprensiones. Dios, dicen ellos, sabe muy bien lo que una vez ha determinado
hacer de nosotros; si ha determinado salvarnos, cuando llegue la hora nos
salvará; y si ha decidido condenarnos, es inútil atormentarse en vano para
salvarse.
Pero la Escritura, al mandarnos con cuánta reverencia y temor debemos
meditar en este gran misterio, instruye a los hijos de Dios en un sentido muy
diferente y condena el maldito descomedimiento de tales gentes. Porque la
Escritura no nos habla de la predestinación para que nos permitamos
demasiado atrevimiento, ni para que presumamos con nuestra nefanda
temeridad de escudriñar los inaccesibles decretos de Dios; sino más bien para
que con toda humildad y modestia aprendamos a temer su juicio y a ensalzar
su misericordia. Por tanto, todos los fieles han de apuntar a este blanco.
El fin de nuestra elección es vivir santamente. San Pablo trata
convenientemente de los sordos gruñidos de aquellos puercos. Dicen que no
les importa vivir disolutamente, porque si son del número de los elegidos sus
pecados no serán obstáculo para que al fin se salven. Sin embargo san Pablo
nos enseña lo contrario cuando dice que Dios nos ha escogido para que
llevemos una vida santa e irreprensible delante de Él (Ef. 1, 4).
Si el fin y la meta de la elección es la santidad de vida, ella debe más bien
despertarnos y estimularnos a emplearnos alegremente en la santidad, que no
a buscar pretextos con que encubrir nuestra pereza y descuido. Porque es muy
grande la diferencia entre estas dos cosas: dejar de obrar bien y no
preocuparse de ello porque la elección basta para salvarnos, y que el hombre
es elegido para que se ejercite en obrar bien. No tengamos, pues, nada que ver
con tales blasfemias, que trastornan de arriba abajo el orden de la elección.
En cuanto a la otra afirmación, que el hombre reprobado por Dios perdería el
tiempo y no conseguiría nada si procurase agradarle con la inocencia y
promesa de vida, en esto se les convence de que hablan
desvergonzadamente. Pues, ¿de dónde les podría venir este deseo, sino de la
elección? Porque todos aquellos que son del número de los réprobos, siendo
como son vasos hechos para afrenta, no dejan de provocar contra sí mismos la
ira de Dios con sus perpetuas abominaciones, ni cesan de confirmar con
manifiestas señales que el juicio de Dios está ya pronunciado contra ellos; ¡tan
lejos están de resistirle en vano!
13. POR TANTO, LA PREDICACIÓN Y LAS EXHORTACIONES SON
ABSOLUTAMENTE NECESARIAS
Sin embargo, como este santo Doctor tenía un singular celo y deseo de edificar
las almas, tiene cuidado de moderar la manera de enseñar la verdad de tal
forma, que se guarda con gran prudencia en cuanto es posible de escandalizar
a nadie; pues advierte que la verdad se puede decir también con gran
provecho.
Si alguno hablase de esta manera al pueblo: Si no creéis es porque Dios os ha
predestinado ya para condenaros; éste no sólo alimentaría la negligencia, sino
también la malicia. Y si alguno fuese más allá y dijese a sus oyentes que ni en
el futuro habían de creer por estar ya reprobados, esto sería maldecir en vez de
enseñar. Esta clase de gente, san Agustín quiere,253 y con toda razón, que no
tenga nada que ver con la Iglesia, puesto que carecen del don de enseñar y
atemorizan a las personas sencillas e ignorantes. Pero en otro lugar254 dice que
"el hombre aprovecha la corrección cuando Aquel que hace aprovechar aun sin
corrección, se compadece y le ayuda; pero, ¿por qué Él ayuda a uno o a otro?
No digamos que el juicio es del barro, y no del alfarero."
251
Ibid., cap. XVI, 40.
252
Del don de la perseverancia, cap. XX, 51.
253
Ibid., cap. XXII, 61.
254
De la corrección y de la gracia, cap. V, 8.
Poco después: "Cuando los hombres por medio de la corrección vuelven al
camino de la justicia, ¿quién es el que obra en sus corazones la salvación, sino
Aquel que da el crecimiento, sea uno u otro el que plante y el que riega? (1
Cor. 3, 6). Cuando a Dios le place salvar a un hombre, no hay libre albedrío de
hombre que lo impida y resista". "Por tanto no hay lugar a dudas, sino que debe
tenerse por absolutamente cierto, que las voluntades de los hombres no
pueden resistir a la voluntad de Dios, el cual hace en el cielo y en la tierra todo
cuanto quiere, e incluso ha hecho lo que ha de suceder, puesto que con las
mismas voluntades de los hombres hace todo cuanto quiere".255 Y también:
"Cuando Él quiere atraer a los hombres, ¿los ata quizás con ligaduras
corporales? Obra interiormente; interiormente retiene los corazones;
interiormente mueve los corazones, y atrae a los hombres con la voluntad que
ha formado en ellos".256
Sobre todo no se puede omitir en manera alguna lo que luego añade; a saber,
que como nosotros no sabemos quiénes son los que pertenecen o dejan de
pertenecer al número y compañía de los predestinados, debemos tener tal
afecto, que deseemos que todos se salven; y así, procuraremos hacer a todos
aquellos que encontráremos partícipes de nuestra paz.257
Por lo demás, nuestra paz no reposará más que en los que son hijos de paz. 258
En conclusión: nuestro deber es usar, en cuanto nos fuere posible, de una
corrección saludable y severa, a modo de medicina; y esto para con todos, a fin
de que no se pierdan y no pierdan a los otros; mas a Dios le corresponde hacer
que nuestra corrección aproveche a aquellos que Él ha predestinado.259
Mas, para que se entienda esto mejor, será conveniente tratar aquí tanto del
llamamiento de los elegidos, como de la obcecación y endurecimiento de los
impíos.
En cuanto a la primera parte, ya he dicho algo cuando refuté el error de
aquellos que al socaire de la generalidad de las promesas querían igualar a
todo el género humano. Pero Dios se atiene a su orden, declarando finalmente
por su llamamiento la gracia que de otra manera permanecía escondida en ÉL,
a la cual se puede llamar por esta razón su testificación. "Porque a los que
255
Ibid., cap. XIV, 43.
256
Ibid., cap. XIV, 45.
257
Subrayemos esta conclusión, que responde al reproche formulado con frecuencia de que la
doctrina de la elección sería un obstáculo al fervor de la evangelización.
258
De la corrección x de la gracia, cap. XV, 45.
259
Ibid., cap. XVI, 49.
antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la
imagen de su Hijo". "Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que
llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó"
(Rom. 8, 29-30).
El Señor, al elegir a los suyos, los ha adoptado por hijos; sin embargo, vemos
que no entran en posesión de tan grande bien sino cuando los llama; por otra
parte, vemos también que, una vez llamados, comienzan a gozar del beneficio
de su elección. Por esta causa el apóstol san Pablo llama, al Espíritu que los
elegidos de Dios reciben, "espíritu de adopción" (Rom.8, 15-16), y sello y arras
de nuestra herencia (Ef. 1,13-14; 2 Cor. 1,22; y otros pasajes); porque Él
confirma y sella en su corazón, con Su testimonio, la certeza de esta adopción.
Pues aunque la predicación del Evangelio mane y proceda de la fuente de la
elección, como quiera que aquella sea común incluso a los réprobos, no les
serviría por sí sola de prueba suficiente de la misma. Pero Dios enseña
eficazmente a los elegidos para atraerlos a la fe, según lo dice Cristo en las
palabras que ya hemos alegado : Nadie ha visto al Padre, sino aquel que vino
de Dios (Jn. 6,46); siendo así que en otro lugar dice: "Ninguno puede venir a
mí, si el Padre que me envió no le trajere" (Jn. 6, 44); palabras que san Agustín
considera muy prudentemente como sigue: "Si, como dice la Verdad, todo
aquel que ha aprendido, vino; cualquiera que no ha venido, ciertamente no ha
aprendido. No se sigue, pues, que el que puede venir venga de hecho, si él no
lo quisiere y lo hiciere; en cambio, cualquiera que hubiere sido enseñado por el
Padre, no solamente puede venir, sino que viene de hecho. Porque éste ya
está adelantado para poder, está aficionado para querer, y tiene el deseo de
hacer".260
Y en otro lugar lo dice aún más claramente: "¿Qué quiere decir: Todo aquel
que hubiere oído a mi Padre y hubiere aprendido de Él viene a mí, sino que no
hay nadie que oiga a mi Padre y aprenda de Él, que no venga a mí? Porque si
cualquiera que ha oído a mi Padre y ha aprendido de El viene, sin duda todo el
que no viene, ni ha oído al Padre, ni ha aprendido de Él; porque si hubiera oído
y aprendido vendría. Muy lejos está de los sentidos de la carne esta escuela,
en la cual el Padre enseña y es oído, para que los creyentes vengan al Hijo". 261
Y poco después dice: "Esta gracia que secretamente se da al corazón de los
hombres no es recibida por ningún corazón duro; pues la causa por la que se
da es para que, ante todo, se quite del corazón esta dureza. Así que cuando el
Padre es interiormente oído, quita el corazón de piedra, y da uno de carne. He
aquí cómo hace Él con los hijos de la promesa y los vasos de misericordia, que
ha preparado para gloria. ¿Cuál es, pues, la causa de que no enseñe a todos
para que vayan a Cristo, sino que a todos los que enseña les enseña por
misericordia, y a todos los que no enseña, no les enseña por juicio? Pues de
quien quiere tiene misericordia, y a quien quiere endurece".262 Así que Dios
señala por hijos suyos y establece ser Padre para ellos, a aquellos que Él ha
elegido. Más al llamarlos los introduce en su familia y se une a ellos para que
sean una misma cosa. Y así, cuando la Escritura junta el llamamiento con la
elección, muestra bien claramente de este modo que en él no se debe buscar
260
De la Gracia de Jesucristo y del Pecado Original, XIV, 15; XXXI.
261
De la Predestinación de los Santos, VIII, 13
262
Ibid., VIII, 13 y 14.
ninguna otra cosa sino la gratuita misericordia de Dios. Porque si preguntamos
quiénes son aquellos a quienes llama _y la razón por la que los llama, El
responde que aquellos a quienes El ha elegido. Más cuando se llega a la
elección, entonces la sola misericordia resplandece por todas partes. Y
ciertamente aquí se verifica lo que dice san Pablo: "No depende del que quiere
ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia" (Rom. 9, 16). Y no se
debe entender esto — como comúnmente se entiende —, estableciendo una
división entre la gracia de Dios y la voluntad del hombre; porque ellos explican
que el deseo y el esfuerzo del hombre no sirven de nada por sí mismos si la
gracia de Dios no los bendice y hace prosperar; pero además añaden que
cuando Dios los bendice y ayuda, ambos hacen también su parte en la obra de
adquirir y alcanzar la salvación. Esta sutileza prefiero refutarla con palabras del
mismo san Agustín en vez de las mías propias. "Si el Apóstol", dice él, "no
quiso decir otra cosa sino que no estaba solamente en la facultad del que
quiere y del que corre, sino que es el Señor quien ayuda con su misericordia,
nosotros podríamos retorcer el argumento y decir que no pertenece sólo a la
misericordia, si no es ayudada por la voluntad y el concurso del hombre. Y si
esto es evidentemente impío, no dudemos de que el Apóstol atribuye todo a l
misericordia del Señor, sin atribuir cosa alguna a nuestra voluntad y deseo."1
263
Tales son las palabras del santo varón.
No me preocupa en absoluto la sutileza de que se sirven al decir que san Pablo
no hablaría de esta manera si no hubiera algún esfuerzo y voluntad en
nosotros. Porque él no tuvo en cuenta lo que hay en el hombre, sino que
viendo que algunos atribuían una parte de su salvación a su industria,
simplemente condena en el primer miembro el error de los mismos, y luego
aplica e imputa totalmente la salvación a la misericordia de Dios. ¿Y qué otra
cosa hacen los profetas, sino predicar de continuo el gratuito llamamiento de
Dios?
2. EN EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA ILUMINACIÓN DEL ESPÍRITU
SANTO ESTÁ UNIDA A LA PREDICACIÓN DE LA PALABRA
Por tanto, como proceden muy mal quienes enseñan que la virtud y eficacia de
la elección depende de la fe en el Evangelio por la cual sentimos que ella nos
pertenece, nosotros guardaremos el orden debido si, al procurar la certidumbre
de nuestra salvación, nos asimos a las señales que de ello se siguen como a
unos testimonios ciertos de la misma
Con ningún género de tentaciones acomete más grave y peligrosamente
Satanás a los fieles, que cuando inquietándolos con la duda de su elección los
induce a la vez, con un desatinado deseo, a buscarla fuera de camino. Y la
buscan fuera de camino, cuando se esfuerzan por penetrar en los
incomprensibles secretos de la sabiduría divina, y cuando, a fin de comprender
lo que está establecido sobre ellos en el juicio de Dios, se esfuerzan en
penetrar hasta la misma eternidad. Porque entonces se arrojan de cabeza a un
piélago insondable donde se ahogarán; entonces se enredan en una infinidad
de lazos de los que no podrán desatarse; entonces se hundirán en un abismo
de oscuridad. Pues es justo que el desvarío del ingenio del hombre sea
castigado con una ruina horrible y una total destrucción, cuando
espontáneamente y por su propia voluntad procura levantarse tan alto, que
pueda incluso llegar a la sabiduría divina. Y esta tentación es tanto más nociva
cuanto que a ella más que a ninguna otra estamos casi todos muy inclinados.
Porque hay muy pocos; por no decir ninguno, que no experimente alguna vez
esta tentación: ¿De dónde te viene la salvación, sino de la elección? ¿Y quién
te ha revelado que eres elegido? Si esta tentación ataca alguna vez al hombre,
lo atormenta en gran manera, o lo deja del todo aterrado y abatido. Ciertamente
no podría desear mejor argumento que esta experiencia, para probar y
demostrar cuán perversamente se imagina la predestinación esta clase de
gente. Porque el entendimiento humano no puede verse infectado con un error
más pestilente que perder la tranquilidad, la paz y el reposo que debería tener
en Dios, cuando la conciencia se ve alterada y turbada de esta manera.
Por tanto, si tememos naufragar, guardémonos con gran cuidado y solicitud de
dar contra esta roca, contra la que no se puede chocar sin que se siga la total
ruina y destrucción. Y aunque esta disputa de la predestinación sea temida
como un mar peligrosísimo, sin embargo, navegar por él y tratar de ella es bien
seguro y, me atrevo a decir, deleitable; a no ser que uno a propósito quiera
meterse en el peligro. Porque así como aquellos que, para estar ciertos de su
elección, penetran en el secreto consejo de Dios sin su Palabra, dan consigo
en un abismo del que no podrán salir; del mismo modo, por el contrario, los que
la buscan como se debe y conforme al orden que la Palabra de Dios nos
muestra, sacan de ello muy grande consolación.
Sigamos, pues, este camino para buscarla; comencemos por la voluntad de
Dios, y terminemos por la misma. Mas esto no impide que los fieles sientan que
los beneficios que cada día reciben de la mano de Dios proceden y descienden
de aquella oculta adopción, como ellos mismos lo dicen por el profeta Isaías:
"Has hecho maravillas; tus consejos antiguos son verdad y firmeza" (Is. 25,1);
ya que el Señor quiere que ella nos sirva de testimonio para hacernos entender
todo aquello que nos es lícito saber sobre su consejo.
Testimonio de san Bernardo. Y a fin de que este testimonio no parezca débil y
de poca importancia, consideremos cuán grande claridad y certidumbre trae
consigo. A este respecto san Bernardo se expresa muy a propósito. Después
de haber hablado de los réprobos, dice estas palabras: "El propósito de Dios
permanece firme, la sentencia de paz está asegurada sobre los que le temen,
disimulando sus males y remunerando sus bienes, para que de una extraña
manera, no solamente sus bienes, sino aun sus males se conviertan en bien.
¿Quién acusará a los elegidos de Dios? A mí me basta solamente para poseer
la justicia tener propicio y favorable a Aquel contra quien pequé. Todo cuanto Él
ha determinado no imputarme es como si nunca hubiera existido".264 Y poco
después: " ¡Oh lugar de verdadero reposo, al cual no sin razón podría llamar
cámara en la que Dioses visto, no como turbado por la ira o angustiado por la
preocupación, sino en la que se conoce que su benevolencia es buena,
agradable y perfecta. Esta visión no espanta ni asombra, sino que sosiega y
halaga; no suscita curiosidad alguna llena de inquietud, sino que la apacigua;
no turba los sentidos, sino que los aquieta. He aquí donde de veras se
consigue reposo: que Dios estando apaciguado nos tranquiliza, porque nuestro
reposo es verlo y tenerlo apacible."265
5. EL FUNDAMENTO, LA REALIDAD Y LA CERTEZA DE NUESTRO
LLAMAMIENTO Y DE NUESTRA ELECCIÓN ESTÁ EN CRISTO SOLO
264
Sermones sobre el Cantar de los Cantares, XXIII, 15.
265
Ibíd., XXIII, 16.
eso Cristo es para nosotros a modo de espejo en quien debemos contemplar
nuestra elección, y en el que la contemplaremos sin llamarnos a engaño.
Porque siendo El Aquel a cuyo cuerpo el Padre ha determinado incorporar a
quienes desde la eternidad ha querido que sean suyos, de forma que tenga
como hijos a todos cuantos reconoce como miembros del mismo, tenemos un
testimonio lo bastante firme y evidente de que estamos inscritos en el libro de
la vida, si comunicamos con Cristo.
Ahora bien, Él se nos ha comunicado suficientemente, cuando por la
predicación del Evangelio nos ha testimoniado que es Él a quien el Padre nos
ha dado, a fin de que Él con todo cuanto tiene sea nuestro. Se dice que nos
revestimos de Él al unirnos con Él para vivir, porque Él es el que vive. Esta
sentencia se repite muchas veces: que el Padre "no escatimó ni a su propio
Hijo" (Rom. 8, 32), "para que todo aquel que en él cree, no se pierda" (Jn.
3,16). Y también se dice que el que en Él cree ha pasado de la muerte a la vida
(Jn. 5,24). En este sentido se llama a sí mismo pan de vida, del cual el que lo
comiere no morirá jamás (Jn. 6,35.38). Y afirmo también que El es quieta ha
testificado que a todos los que lo hubieren recibido por la fe, el Padre los tendrá
por hijos. Si deseamos algo más que ser tenidos por hijos y herederos de Dios,
será necesario que subamos más alto que Cristo. Si tal es nuestra meta y no
podemos pasar más adelante, ¡cuán descaminados andamos al buscar fuera
de Él lo que ya hemos conseguido en Él, y sólo en Él se puede hallar! Además,
siendo Él la sabiduría inmutable del Padre, su firme consejo, no hay por qué
temer que lo que Él nos dice en su Palabra disienta lo más mínimo de aquella
voluntad de su Padre que buscamos; Antes bien, Él nos la manifiesta fielmente,
cual ha sido desde el principio y como siempre ha de ser.
La práctica de esta doctrina debe tener también fuerza y vigor en nuestras
oraciones. Porque aunque la fe de nuestra elección nos anima a invocar a
Dios, sin embargo, cuando hacemos nuestras súplicas y peticiones estaría muy
fuera de propósito ponerla delante de Dios y hacer como un pacto con Él,
diciendo : Señor, si soy elegido, óyeme; siendo así que Él quiere que nos
demos por satisfechos con sus promesas, sin buscar en ninguna otra cosa si
nos será propicio o no. Esta prudencia nos librará de muchos lazos, si sabemos
aplicar debidamente lo que está conveniente-mente escrito, no torciéndolo
inconsideradamente ya hacia una parte, ya hacia otra, de acuerdo con nuestro
capricho.
6. CRISTO, QUE NOS LLAMA, ES NUESTRO PASTOR Y CONFIRMA
NUESTRA ELECCIÓN
Puede que alguno replique que es cosa ordinaria que los que parecían ser de
Cristo se aparten de Él y perezcan. Más aún: que en el mismo lugar en que
Cristo afirma que ninguno de los que el Padre le dio se perdió, exceptúa, no
obstante, al hijo de perdición (Jn.17,12). Esto es cierto; pero también es verdad
que esos tales nunca se llegaron a Cristo con una confianza cual aquella en la
cual yo afirmo que nuestra elección nos es certificada. "Salieron de nosotros",
dice san Juan, "pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros,
habrían permanecido con nosotros" (1 Jn. 2,19). No niego que tengan señales
de su llamamiento semejantes a las que poseen los elegidos; pero que tengan
aquella firme certeza que los fieles deben obtener — según lo he dicho — del
Evangelio, eso no se lo concedo.
Por tanto, que semejantes ejemplos no nos alteren ni nos impidan descansar
confiados en la promesa del Señor, cuando dice que el Padre le ha dado a
todos aquellos que con verdadera fe lo reciben, de los cuales ni uno solo
perecerá por ser Él su guardián y pastor (Jn. 3,16 ; 6,39). Por lo que se refiere
a Judas, luego hablaremos de él.
En cuanto a san Pablo, él no nos prohíbe tener una seguridad sencilla, sino la
seguridad negligente y desenvuelta de Ia carne, que lleva consigo el orgullo, el
fausto, la arrogancia y el menosprecio de los demás, que extingue la humildad
y reverencia para con Dios y engendra el olvido de la gracia que hemos
recibido. Porque él habla con los gentiles, enseñándoles que no deben burlarse
soberbia e inhumanamente de los judíos, por haber sido aquéllos colocados en
el lugar del que éstos fueron arrojados. Ni tampoco exige el Apóstol un temor
que nos haga ir vacilando a ciegas ; sino tal, que enseñándonos a recibir con
humildad la gracia de Dios, no disminuya en nada la confianza que en Él
tenemos, conforme lo hemos ya dicho.
Asimismo debemos notar que no habla con cada uno en particular, sino con las
sectas que por entonces había; pues como estuviera la Iglesia dividida en dos
bandos y la envidia ocasionase divisiones, advierte san Pablo a los gentiles
que el haber sido puestos en lugar del pueblo santo y peculiar del Señor debía
inducirlos al temor y la modestia; pues ciertamente entre ellos había algunos
muy infatuados, y era preciso abatir su orgullo.
Por lo demás, ya hemos visto que nuestra esperanza se proyecta sobre el
futuro, incluso después de nuestra muerte, y que no hay nada más contrario a
su naturaleza y condición que estar inquietos y acongojados sin saber lo que va
a ser de nosotros.
8. DISTINCIÓN ENTRE LLAMAMIENTO UNIVERSAL Y LLAMAMIENTO
ESPECIAL
Ésta es la causa de que Cristo haga la excepción mencionada cuando dice que
ninguna de sus ovejas perecerá, excepto Judas (Jn. 17,12). Porque él no era
contado entre las ovejas de Cristo por serlo verdaderamente, sino porque
estaba entre ellas.
Lo que el Señor dice en otro lugar, que Él lo había elegido juntamente con los
otros apóstoles, debe entenderse solamente del oficio: "¿No os he escogido yo
a los doce, y uno de vosotros es diablo?" (Jn. 6,70); quiere decir, que lo había
elegido para que fuese apóstol. Pero cuando habla de la elección para
salvarse, lo excluye del número de los elegidos; como cuando dice: "No hablo
de todos vosotros; yo sé a quiénes he elegido" (Jn. 13,18). Si alguno
confundiese el término elección en estos dos pasajes, se enredaría
miserablemente; lo mejor y más fácil es hacer distinción.
Por eso san Gregorio se expresa muy desacertadamente cuando dice que
nosotros conocemos solamente nuestra vocación, pero que estamos inciertos
de la elección; por lo cual exhorta a todos a temer y temblar; y en confirmación
de ello da como razón que, aunque sepamos cómo somos al presente, sin
embargo no podemos saber cómo seremos en el porvenir.266 Mas con su
manera de proceder da a entender bien claramente cuánto se ha engañado en
esta materia. Porque como fundaba la elección en los méritos de las obras,
tenía motivo suficiente para abatir los corazones de los hombres y hacerlos
desconfiar; confirmarlos no podía, pues no los induce a que sin confiar en sí
mismos se acojan a la bondad de Dios.
La predestinación fortalece la fe de los fieles. Con esto los fieles comienzan a
sentir cierto gusto de lo que al principio hemos dicho; que la predestinación, si
bien se considera, no hace titubear la fe, sino que más bien la confirma.
No niego por ello que el Espíritu Santo se adapte a hablar conforme a la bajeza
y pocas luces de nuestro entendimiento, como cuando dice: "No estarán en la
congregación de mi pueblo, ni serán inscritos en el libro de la casa de Israel"
(Ez.13,9). Como si Dios comenzase a escribir en el libro de la vida a los que
cuenta en el número de los suyos; cuando sabemos, de labios del mismo
Cristo, que los nombres de los hijos de Dios están desde el principio escritos en
el libro de la vida (Lc.10,20; Flp. 4,3). Más bien con estas palabras se indica la
exclusión de los judíos, los cuales durante algún tiempo fueron tenidos por los
pilares de la Iglesia, y como los primeros entre los elegidos, conforme a lo que
se dice en el salmo: "Sean raídos del libro de los vivientes, y no sean escritos
entre los justos" (Sal 69, 28).
10. MIENTRAS ESPERA A LLAMARLOS, DIOS PRESERVA A LOS
ELEGIDOS DE TODA IMPIEDAD DESESPERADA
266
Homilías sobre los Evangelios, lib. II, hom. Xxxviii, 14
arraigada en su corazón desde su nacimiento y que en virtud de ella se inclinan
a la piedad y al temor de Dios, no tienen testimonio alguno con que defenderse,
y la misma experiencia les convence de ello.
Citan algunos ejemplos para probar que los elegidos, aun antes de su
iluminación, no estaban fuera de la religión; dicen que san Pablo vivió de
manera irreprensible en su fariseísmo (Flp. 3, 5-6); y que Cornelio fue acepto a
Dios por sus limosnas y sus oraciones (Hch. 10, 2).
Respecto a san Pablo, admito que están en lo cierto; pero se engañan en el
caso de Cornelio; pues bien claro se ve que estaba iluminado y regenerado, de
forma que nada le faltaba, sino que le fuese revelado manifiesta y claramente
el Evangelio. Pero, aun cuando esto fuese así, ¿qué podrían concluir de aquí?
¿Que todos los elegidos han tenido siempre el Espíritu de Dios? Esto sería
como si alguno, después de demostrar la integridad de Arístides, Sócrates,
Escipión, Curión, Camilo y otros personajes semejantes, concluyera de ahí que
cuantos han vivido ciegamente en su idolatría han llevado una vida santa y
pura. Pero además de que su argumento no vale nada, la Escritura les
contradice abiertamente en muchos lugares. Porque el estado y condición en
que los efesios, según san Pablo, vivieron antes de ser regenerados, no
muestra un solo grano de esta simiente: "Estabais", dice, "muertos en vuestros
delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la
corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu
que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos
nosotros vivimos en otro tiempo en las obras de nuestra carne, haciendo la
voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos -por naturaleza hijos de
ira, lo mismo que los demás" (EL 2,1-3). Y también: "En otro tiempo erais
tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz" (Ef. 5,8).
Puede que alguno diga que esto ha de referirse a la ignorancia del verdadero
Dios en la cual también ellos confiesan que los elegidos han vivido antes de su
llamamiento. Pero esto sería una insolente calumnia, puesto que san Pablo
concluye de lo dicho que los efesios no deben en adelante mentir ni robar (Ef.
4, 25-28). Más, aunque fuese como ellos dicen, ¿qué responderán a otros
pasajes de la Escritura? Así cuando el mismo Apóstol, después de advertir a
los corintios de que "ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los
que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos
...heredarán el reino de Dios", inmediatamente añade que ellos se vieron
envueltos en los mismos crímenes antes de conocer a Cristo; pero que al
presente estaban lavados en la sangre de Jesucristo y habían sido liberados
por su Espíritu (1 Cor. 6,9-11). Y a los romanos: "Así como para iniquidad
presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad,
así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la
justicia. Porque, ¿qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os
avergonzáis?" (Rom. 6, 19-21).
11. ANTES DE SER LLAMADOS, TODOS LOS ELEGIDOS SON OVEJAS
DESCARRIADAS
267
Tanto en un caso como en el otro apela a la experiencia en cuanto a la historia de la
humanidad y la actualidad. La doctrina de la elección, que revela la Escritura, no es una teoría
especulativa y abstracta, sino que corrobora la realidad que cada día experimentamos.
268
Del Génesis en sentido literal, lib. XI, x, 13.
269
Homilías sobre la conversión de san Pablo, III, 6.
Por eso su Palabra los endurece y les parece oscura. Ciertamente no se puede
poner en duda que el Señor envía su Palabra a muchos cuya ceguera quiere
aumentar. Pues, ¿con qué fin dispuso que se avisase tantas veces al faraón?
¿Fue quizá porque pensaba que su corazón se había de ablandar al enviarle
una embajada tras otra? Muy al contrario; antes de comenzar ya sabía el
término que el asunto iba a tener, y así lo manifestó antes de que llegase a
efecto. Ve, dijo a Moisés, y declárale mi voluntad; pero Yo endureceré su
corazón de modo que no dejará ir al pueblo (Ex 4, 21). Del mismo modo,
cuando suscita a Ezequiel le advierte que lo envía a un pueblo rebelde y
obstinado, a fin de que no se asombre al ver que era como predicar en el
desierto, y que teniendo oídos para oír, no oían (Ez. 2,3; 12,2). Igualmente
predice a Jeremías que su doctrina sería como fuego para destruir y disipar al
pueblo como paja (Jer. 1, 10).
Pero la profecía de Isaías es aún más terminante, pues tal es la embajada que
Dios le da: "Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto,
mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos,
y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su
corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad" (Is. 6,9-10). Aquí
vemos cómo les dirige la palabra, pero para que se hagan más sordos; les
muestra su luz, pero para que se cieguen más; les propone su doctrina, pero
para que se aturdan más con ella; les ofrece el remedio, pero para que no
sanen. Citando san Juan este pasaje del profeta Isaías, afirma que los judíos
no podían creer la doctrina de Jesucristo, porque pesaba sobre ellos la
maldición de Dios (Jn. 12,39).
Tampoco se puede poner en duda que a quienes Dios no quiere iluminar, les
propone su doctrina llena de enigmas, a fin de que no les aproveche, y caigan
en mayor embotamiento y extravío. Porque Cristo afirma que sólo a sus
apóstoles explicaba las parábolas que había usado hablando con el pueblo,
porque a ellos se les concedía la gracia de entender los misterios del reino de
Dios, y no a los demás (Mt. 13, 11). ¿Entonces, me diréis, pretende el Señor
enseñar a aquellos que no quiere que le comprendan? Considerad dónde está
el defecto y no preguntaréis más. Porque cualquiera que sea la oscuridad de su
doctrina, siempre tiene luz suficiente para convencer la conciencia de los
impíos.
14. POR SU JUSTO JUICIO, PERO PARA NOSOTROS
INCOMPRENSIBLE, LOS RÉPROBOS, RESPONSABLES DE SU
PÉRDIDA, ILUSTRAN LA GLORIA DE DIOS
Queda ahora por ver cuál es la razón por la que el Señor hace esto, una vez
probado que indudablemente lo hace.
Si se responde que la causa es que los hombres, por su impiedad, maldad e
ingratitud, así lo merecen, es ciertamente una gran verdad; mas a pesar de
esta diversidad, por la que el Señor inclina a unos a que le obedezcan y hace
que los otros persistan en su obstinación y dureza, para solucionar
debidamente esta cuestión debemos acogernos necesariamente al pasaje que
san Pablo citó de Moisés; a saber, que Dios desde el principio los suscitó para
anunciar su nombre sobre la tierra (Rom. 9, 17). Por tanto, que los réprobos no
obedezcan la doctrina que se les ha predicado, ha de imputarse con toda razón
a la malicia y perversidad que reina en su corazón; con tal, sin embargo, que se
añada que han sido entregados a esta perversidad en cuanto que por el justo,
pero incomprensible juicio de Dios han sido suscitados para ilustrar su gloria
mediante su propia condenación.
Asimismo, cuando se dice de los hijos de Eh que no oyeron los saludables
consejos que su padre les daba porque Jehová quería hacerlos morir (1 Sm. 2,
25), no se niega que la contumacia y obstinación procediera de su propia
maldad; pero a la vez se advierte la causa de que hayan sido dejados en su
contumacia, ya que Dios podía haber ablandado su corazón; a saber, porque el
inmutable designio de Dios los había predestinado a la perdición. A este
propósito se refiere lo que dice san Juan: "A pesar de que (El Señor) había
hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese
la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quien ha creído a nuestro
anuncio?" (Jn. 12, 37-38). Porque aunque no excusa de culpa a los
contumaces, se contenta con decir que los hombres no encuentran gusto ni
sabor alguno en la Palabra de Dios, mientras el Espíritu Santo no se las haga
gustar. Y Jesucristo, al citar la profecía de Isaías: "Serán todos enseñados por
Dios" (Jn. 6, 45; Is. 54, 13), no intenta sino probar que los judíos están
reprobados y no son del número de su Iglesia, por ser incapaces de ser
enseñados; y no da otra razón sino que la promesa de Dios no les pertenecía.
Lo cual confirma el apóstol san Pablo diciendo que Cristo crucificado, para los
judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura, es para los llamados
poder y sabiduría de Dios (1 Cor. 1,23-24). Porque después de haber dicho lo
que comúnmente suele acontecer siempre que se predica el Evangelio; a
saber, que exaspera a unos y otros se burlan de él, afirma que sólo entre los
llamados es estimado y tenido en aprecio. Es verdad que poco antes había
hecho mención de los fieles; pero no para abolir la gracia de Dios, que precede
a la fe; antes bien, añade a modo de declaración este segundo miembro, a fin
de que los que habían abrazado el Evangelio atribuyesen la gloria de su fe a la
vocación de Dios que los llamó, como lo dice después.
Al oír esto los impíos se quejan de que Dios abusa de sus pobres criaturas,
ejerciendo sobre ellas un cruel y desordenado poder, como si se estuviera
burlando. Más nosotros, que sabemos que los hombres de tantas maneras son
culpables ante el tribunal de Dios que de ser interrogados sobre mil puntos no
podrían responder satisfactoriamente a uno solo, confesamos que nada
padecen los impíos que no sea por muy justo juicio de Dios. El que no
podamos comprender la razón, debemos llevarlo pacientemente; y no hemos
de avergonzarnos de confesar nuestra ignorancia, cuando la sabiduría de Dios
se eleva hacia lo alto.
15. EXPLICACIÓN DE ALGUNOS PASAJES DE LA ESCRITURA
ALEGADOS CONTRA EL DECRETO DE DIOS
Me dirá alguno270 : Si es así, muy poca certeza ofrecen las promesas del
Evangelio, las cuales, hablando de la voluntad de Dios, dicen que quiere lo que
repugna a lo que ha determinado en su inviolable decreto.
Respondo que no es así: Porque aunque las promesas de vida sean
universales, sin embargo no son contrarias en modo alguno a la pre-
destinación de los réprobos, con tal que pongamos nuestros ojos en su
cumplimiento. Sabemos que las promesas de Dios consiguen su efecto cuando
las recibimos con fe; por el contrario, cuando la fe se extingue, las promesas
son abolidas.
Si ésta es la naturaleza y condición de las promesas, veamos ahora si
repugnan a la predestinación divina. Leemos que Dios desde toda la eternidad
ha elegido a aquellos que quiere recibir en su gracia y a aquellos en que quiere
ejecutar su ira; y que, sin embargo, sin distinción alguna propone a todos la
salvación. Yo respondo que todo esto está muy de acuerdo entre sí. Porque el
Señor, al prometer esto no quiere decir otra cosa sino que su misericordia se
ofrece a todos cuantos la buscan y piden su favor; lo cual, sin embargo, no
hacen sino aquellos a quienes El ha iluminado. Ahora bien, Él ilumina a
quienes ha predestinado para ser salvos. Éstos son los que experimentan la
verdad de las promesas cierta y firmemente; de manera que en modo alguno
puede decirse que hay contradicción entre la eterna elección de Dios y el
hecho de que ofrezca el testimonio de su gracia y favor a los fieles.
Sin embargo, ¿por qué nombra a todos los hombres? Evidentemente nombra a
todos a fin de que la conciencia de los fieles goce de mayor seguridad, viendo
que no hay diferencia alguna entre los pecadores, con tal que crean; y a fin de
que los impíos no pretexten que no tienen refugio alguno al que acogerse para
escapar a la servidumbre del pecado, cuando ellos con su ingratitud lo
rechazan. Así pues, como quiera que a los unos y a los otros se les ofrece por
el Evangelio la misericordia de Dios, no queda otra cosa sino la fe, es decir, la
iluminación de Dios, que distinga entre los fieles y los incrédulos, de suerte que
los primeros sientan la eficacia y virtud de su iluminación, y los otros no
consigan fruto alguno. Ahora bien, esta iluminación se regula según la eterna
elección de Dios.
La queja de Jesucristo que alegan: Jerusalén, Jerusalén; cuántas veces quise
juntar a tus hijos y no quisiste (Mt. 23,37), de nada sirve para con-firmar su
opinión. Admito que Jesucristo no habla aquí como hombre, sino que reprocha
a los judíos el que siempre y en todo tiempo hayan rehusado su gracia; sin
embargo, debemos considerar cuál es esta voluntad de Dios de la que se hace
aquí mención, pues es cosa bien sabida la gran diligencia que puso Dios en
conservar a este pueblo; y también se sabe con cuanta obstinación, ya desde
los primeros hasta el fin, se han resistido a ser elegidos, entregándose a sus
270
Es el párrafo 17 de la edición latina, 1561.
desordenados deseos. Sin embargo, de aquí no se sigue que el inmutable
designio de Dios fuer a nulo y vano debido a la maldad de los hombres.
Dios no tiene dos voluntades contradictorias. Replican que no hay cosa que
menos convenga a la naturaleza de Dios que afirmar que tiene dos voluntades.
De buena gana se lo concedo, con tal que lo entienda bien. Pero, ¿por qué no
consideran tantos textos de la Escritura donde atribuyéndose sentimientos
humanos habla como hombre, descendiendo, por así decirlo, de su majestad?
Dice que extendió sus manos todo el día a un pueblo rebelde (Is. 65,2); que ha
procurado mañana y tarde atraerlo así. Si quieren entender esto al pie de la
letra sin admitir figura de ninguna clase, abrirán la puerta a innumerables
cuestiones vanas y superfluas, las cuales se pueden solucionar todas diciendo
que Dios por semejanza se atribuye lo que es propio de los hombres. Pero es
suficiente la solución que ya antes hemos dado; a saber, que aunque la
voluntad de Dios sea diversa a nuestro parecer, no obstante Él no quiere esto o
aquello en sí, sino dejar atónitos nuestros sentidos con su multiforme sabiduría,
como dice san Pablo (Ef. 3,10), hasta que en el último día nos haga
comprender que Él de un modo admirable y oculto quiere lo mismo que al
presente nos parece contrario a su voluntad.
¿No es Dios Padre de todos? Echan mano también de otras sutilezas que no
merecen respuesta. Dicen que Dios es Padre de todos, y que como Padre no
es razonable que desherede sino a aquel que por su culpa propia se hiciere
merecedor de ello. ¡Como si la liberalidad de Dios no se extendiera incluso a
los puercos y los perros! Y si nos limitamos al género humano, que me
respondan cuál es la causa de que Dios haya querido ligarse a un pueblo para
ser su Padre, prescindiendo de los demás; y por qué de este mismo pueblo ha
entresacado un pequeño número como flor, Pero el rabioso deseo que esta
gente desenfrenada tiene de maldecir, le impide considerar que como Dios
hace brillar el sol sobre los buenos y los malos (Mt. 5, 45), así también reserva
la herencia eterna para el pequeño número de sus elegidos, a los que dirá :
"Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino" (Mt. 25,34).
Ultimas objeciones. Objetan también que Dios no aborrece cosa alguna de
cuantas ha creado. Aunque se lo concedo de buena gana, esto en nada está
contra lo que enseñamos: que los réprobos son odiados por Dios y con toda
razón; porque desprovistos de su Espíritu, no pueden mostrar otra cosa sino
causa de maldición.
Dicen también que no hay diferencia alguna entre judío y gentil, y que por esto
Dios propone su gracia indiferentemente a todos. También yo lo admito, con tal
que se entienda, como lo expone san Pablo, que Dios, tanto de los judíos como
de los gentiles, llama a aquellos que bien le parece sin ser obligado por nadie
(Rom. 9, 24).
Esta misma respuesta vale también para los que alegan que Dios en-cerró
todas las cosas debajo de pecado, a fin de tener misericordia de todos (Rom.
11,32). Esto es muy cierto; pues Él quiere que la salvación de los
bienaventurados se impute a Su misericordia, aunque este beneficio no sea
común a todos.
Conclusión. En conclusión: después de mucho discutir y de acumular razones
de un lado y de otro, es preciso concluir como san Pablo, llenos de
estupefacción ante tal profundidad; y si ciertas lenguas desenfrenadas vomitan
su veneno contra esto, no nos avergoncemos de exclamar: " ¡Oh hombre!
¿Quién eres tú, para que alterques con Dios?" (Rom. 9, 20). Porque dice muy
bien san Agustín que quienes miden la justicia de Dios por la de los hombres
obran muy mal.271
Otros dos desvaríos hay, que hombres demasiado curiosos han introducido.
Unos pensaron que las almas habían de resucitar juntamente con el cuerpo,
como si todo el hombre pereciese al morir. Otros, concediendo que las almas
son inmortales, creyeron que habían de ser revestidas de cuerpo nuevo, con lo
cual niegan la resurrección de la carne.
En cuanto a los primeros, como ya he tratado algo de esta materia al hablar de
la creación del hombre, me bastará advertir a los lectores cuán craso error es
reducir nuestro espíritu, hecho a imagen de Dios, a un soplo que se desvanece,
que solamente en esta vida caduca mantenga al cuerpo; reducir a nada el
templo del Espíritu Santo, y despojar a la parte más noble y excelente que hay
en nosotros de las notables huellas que Dios ha impreso en ella de su
divinidad, para mostrar que es inmortal, y de tal manera prevenirlo todo, que
sea la condición y estado del cuerpo más excelente que la del alma.
Muy diverso es el lenguaje de la Escritura, la cual compara nuestro cuerpo a
una frágil morada, de la cual dice que partimos al morir, mostrando así que el
alma es la parte principal del hombre y lo que nos diferencia de las bestias. Por
esto san Pedro, viéndose cercano a la muerte, dice que le ha llegado el
momento de dejar su tabernáculo (2 Pe. 1, 14). Y san Pablo, hablando con los
fieles, después de decir que al deshacerse nuestra morada terrena tenemos un
edificio de Dios en los cielos, añade que "entre tanto que estamos en el cuerpo,
estamos ausentes del Señor; pero confiamos, y más quisiéramos estar
ausentes del cuerpo, y presentes al Señor" (2 Cor. 5, 1. 6. 8). Si las almas no
sobreviviesen a los cuerpos, ¿qué es lo que estaría presente a Dios, después
de haberse separado del cuerpo? Esta duda la suprime el Apóstol diciendo que
somos semejantes a los espíritus de los justos hechos perfectos (Heb. 12,23),
entendiendo con estas palabras que estamos asociados a los santos
patriarcas, quienes aun muertos no dejan de honrar a Dios juntamente con
nosotros; porque ciertamente no podemos ser miembros de Jesucristo, si no
estamos unidos a ellos. Además, si las almas separadas del cuerpo no
conservasen su ser y no fuesen partícipes de la gloria celestial, Jesucristo no
hubiera dicho al ladrón: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". (Lc. 23,43).
Confirmados, pues, con tan evidentes testimonios, no dudemos en encomendar
nuestra alma a Dios al morir, a ejemplo de Jesucristo (Lc. 23,46), y entregarla,
como hizo Esteban, a la custodia de nuestro Redentor, Jesucristo, el cual no
sin razón es llamado "Pastor y Obispo de nuestras almas" (1 Pe. 2,25).
Los que investigan el lugar donde moran las almas, y su condición. Querer
investigar curiosamente el estado y condición de las almas desde que se
separan del cuerpo hasta la resurrección final no es lícito ni provechoso.
Muchos se atormentan grandemente disputando acerca del lugar que ocupan,
y si gozan o no de la bienaventuranza. Ciertamente es cosa temeraria y loca
querer saber respecto a las cosas secretas más de lo que Dios nos permite.
La Escritura, después de decir que Cristo les está presente y que las recibe en
el paraíso (Jn.12, 32) para darles reposo y consuelo, y que las almas de los
réprobos padecen los tormentos que han merecido (Mt. 5,8.26), se para ahí.
¿Qué doctor, pues, o maestro nos aclarará lo que Dios nos oculta?
También es frívola y vana la cuestión del lugar, pues sabemos que las almas
no tienen las dimensiones de longitud y anchura que poseen los cuerpos. Que
el bienaventurado reposo de las almas santas sea llamado seno de Abraham,
debe sernos suficiente; pues con ello se nos enseña que al partir las almas de
su peregrinación terrena son recibidas por el padre de todos los creyentes,
para que juntamente con nosotros partícipe del fruto de su fe.
Por lo demás, puesto que la Escritura a cada paso nos manda que estemos
pendientes de la venida de Cristo, y que nos dice que difiere la corona de la
gloria hasta ese momento, démonos por satisfechos y no pasemos los límites
que Dios ha puesto, a saber, que las almas de los fieles, al concluir su lucha en
esta vida mortal, van a un descanso bienaventurado, donde con gran alegría
esperan gozar de la gloria que se les ha prometido; y que de esta manera todo
queda en suspenso hasta que Jesucristo aparezca como Redentor.
En cuanto a los réprobos, no hay duda de que su estado y condición es tal cual
lo describe san Judas; a saber, el mismo que el de los diablos, en prisiones
eternas para el juicio del gran día (Jds. 6).
7. LOS QUE HACEN DE LA RESURRECCIÓN UNA NUEVA CREACIÓN
DEL CUERPO
No es menos enorme el error de los que se imaginan que las almas no han de
recibir los mismos cuerpos que antes tuvieron, sino otros nuevos. La razón con
que los maniqueos lo probaban es bien inconsistente; afirmaban que no es
cosa conforme a la razón que la carne, que es inmunda, resucite. Como si no
hubiese almas que también lo son, y sin embargo, según ellos mismos
confesaban, serán partícipes de la vida eterna. Esto es ni más ni menos igual
que si dijesen que Dios no puede limpiar lo que está infectado y manchado por
el pecado.
El otro error diabólico, según el cual la carne es naturalmente sucia, porque el
diablo la creó, lo paso por alto por ser demasiado brutal. Solamente advierto de
que cuanto en nosotros hay indigno del cielo no impedirá la resurrección, en la
cual todo será reformado. Cuando san Pablo manda a los fieles que se limpien
de toda contaminación de carne y de espíritu (2 Cor. 7,1), de aquí se sigue lo
que en otro lugar él mismo declara; a saber, que cada uno recibirá según lo
que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo (2 Cor. 5,
10). Con lo cual está de acuerdo lo que dice a los corintios: "Para que también
la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos" (2 Cor. 4, 10). Por lo cual
ruega en otro lugar que Dios guarde los cuerpos enteros hasta el día del juicio,
así como las almas y los espíritus (1 Tes. 5,23). Y no hay por qué maravillarse;
pues sería del todo absurdo que los cuerpos que Dios ha consagrado como
templo suyo, se corrompieran sin esperanza alguna de resurrección. Y aún
más, porque son miembros de Cristo (1 Cor. 6, 15); y Dios manda y ordena que
todas sus partes sean santificadas para Él; y quiere que su nombre sea
ensalzado por nuestra lengua, y que los hombres eleven al cielo sus manos
limpias y puras (1 Tim. 2, 8), y que sean instrumentos para ofrecerle sacrificios.
Ahora bien, si el Juez celestial de tal manera honra nuestro cuerpo y nuestros
miembros, ¿qué locura lleva al hombre mortal a convertirlos en podredumbre,
sin esperanza alguna de que sean restaurados en su ser? Igualmente san
Pablo, exhortándonos a llevar al Señor en nuestra alma y en nuestro cuerpo,
porque uno y otro son de Dios (1 Cor. 6,20), no permite que sea para siempre
condenado a la corrupción lo que Dios con tanta estimación y diligencia se ha
reservado para sí.
Realmente no hay en la Escritura artículo de fe más claro y nítido que éste: que
resucitaremos con la misma carne que tenemos. "Es necesario", dice san
Pablo, "que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de
inmortalidad" (1 Cor.15, 53). Si Dios formase nuevos cuerpos, ¿dónde estaría
este cambio y alteración de que habla san Pablo? Si el Apóstol dijera que es
necesario que seamos renovados, pudiera suceder que su ambigua manera de
expresarse diera lugar a alguna vacilación; mas al hablar del cuerpo que
tenemos y prometerle la incorrupción, claramente niega que Dios haya de
formar otro nuevo. Más claramente no podía expresarse, como dice Tertuliano,
a no ser que tuviera su propia piel en la mano para demostrarlo.274
Por más que discurran no podrán librarse de ser condenados por lo que en otro
lugar afirma, cuando san Pablo, para probar que Jesucristo será Juez del
mundo, aduce el testimonio de Isaías : "Vivo yo, dice el Señor, que ciertamente
se doblará toda rodilla" (Rom. 14,11; Is. 45,23); porque abiertamente declara
que aquellos mismos a quienes habla serán llamados a rendir cuentas; lo cual
no concordaría si ellos hubiesen de comparecer ante el tribunal de Dios, no con
su propio cuerpo, sino con otro formado de nuevo.
Además, las palabras del Daniel tampoco ofrecen oscuridad alguna. "Muchos",
dice, "de los que duermen en el polvo serán despertados, unos para vida
eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua" (Dan 12,2). Porque no
dice que Dios tomará materia de los cuatro elementos para formarles cuerpos
nuevos, sino que los llamará de los sepulcros en que habían sido colocados. La
misma razón lo dicta así. Porque si la muerte, que comenzó con la caída del
hombre, es accidental, la restauración verificada por Cristo pertenece a aquel
mismo cuerpo que comenzó a ser mortal. Del hecho de que los atenienses se
rieran cuando san Pablo les habló de la resurrección, podemos ciertamente
deducir cuál era su doctrina; sin duda su risa y sus burlas tienen mucho valor
para confirmar nuestra fe.
También es digno de consideración lo que dice Jesucristo: "No temáis a los que
matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que
puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno" (Mt. 10, 28). Pues no habría
motivo para temer, si el cuerpo que llevamos con nosotros no estuviese
sometido al castigo de que se habla. Ni es más oscuro lo que dice el Señor en
otra parte: Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán la
voz del Hijo de Dios ; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de
vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación (Jn. 5, 28-
29). ¿Diremos por ventura que las almas descansan en el sepulcro, para desde
allí oír la voz de Cristo? ¿No será más exacto decir que los cuerpos al mandato
del Señor volverán a tomar la fuerza y el vigor que habían perdido?
Además, si Dios hubiese de darnos cuerpos nuevos, ¿dónde estaría la
conformidad entre la Cabeza y los miembros? Cristo resucitó. ¿Resucitó quizás
haciéndose un cuerpo nuevo? Al contrario; según Él mismo lo había dicho:
"Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" (Jn.2, 19), el mismo cuerpo
mortal que había tenido es el que volvió a sí. Pues de muy poco nos serviría, si
en su lugar hubiera sido puesto otro nuevo, y aquel que fue ofrecido en
sacrificio de expiación por nosotros hubiera sido destruido. Porque hemos de
conservar la unión y comunión de la que habla el Apóstol; a saber, que
nosotros resucitaremos porque Cristo resucitó (1 Cor. 15,12 y ss.). Pues no hay
cosa más desprovista de razón que privar de la resurrección de Cristo a
nuestra carne, cuando en ella llevamos la mortificación de Cristo (2 Cor.4, 10).
Lo cual se puso de manifiesto con un ejemplo notable, cuando en la
resurrección de Cristo muchos cuerpos de los santos salieron de sus sepulcros
(Mt. 27, 52). Pues no se puede negar que esto fue una muestra, o mejor dicho,
una prenda de la última resurrección que esperamos, como ya antes se había
274
De la resurrección de la carne, LI
manifestado en Enoc y Elías, los cuales Tertuliano dice que fueron asignados
para la resurrección, en cuanto que libres de toda corrupción así en el cuerpo
como en el alma, fueron recibidos bajo la tutela de Dios.
8. VERGÜENZA ME DA, EN UNA COSA TAN CLARA Y MANIFIESTA,
EMPLEAR TANTAS PALABRAS
Pero pido a los lectores que tengan paciencia juntamente conmigo, a fin de que
las mentes perversas y desvergonzadas no encuentren resquicio alguno por
donde penetrar para engañar a la gente sencilla.
Esta gente levantisca contra la que disputo, afirma, según lo han inventado en
su cerebro, que en la resurrección Dios creará nuevos cuerpos. ¿Qué razón les
mueve a pensar así, sino que les parece increíble que un cuerpo hediondo,
tanto tiempo hace corrompido, pueda tomar su primitivo estado? Así que sólo la
incredulidad es madre de esta opinión.
Nuestro propio cuerpo es el que resucita. Más, por el contrario, el Espíritu de
Dios a través de toda la Escritura nos exhorta a esperar la resurrección de
nuestra carne. Por esta causa, como san Pablo lo asegura, el Bautismo nos es
dado como un sello de la resurrección futura (Col. 2,12); y no menos la Santa
Cena nos convida a esta confianza cuando en nuestra boca recibimos los
símbolos y señales de la gracia espiritual. Realmente la exhortación de san
Pablo, que presentemos nuestros miembros para servir a la justicia (Rom. 6,13
.19), sería vana si no se aplicase lo que luego sigue: "El que levantó de los
muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales" (Rom.
8,11). Porque, ¿de qué serviría aplicar nuestros pies, manos, ojos y lengua al
servicio de Dios, si no fuesen partícipes del fruto y del galardón? Lo cual san
Pablo claramente atestigua, diciendo que el cuerpo no es para la fornicación,
sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo ; y que quien resucitó a Cristo nos
resucitará a nosotros también por su virtud y potencia. Y más claro es aún lo
que sigue: que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y miembros de
Cristo (1 Cor. 6,13 .15.19). Vemos, pues, cómo junta la resurrección con la
castidad y la santidad; porque poco después extiende el principio de la
redención hasta los cuerpos. Y no sería razonable que el cuerpo de san Pablo,
que llevó las marcas de Jesucristo (Gál. 6,17), y en el cual admirablemente lo
glorificó, se viera privado de la corona. Y por eso él se gloría diciendo:
Esperamos de los cielos al Salvador Jesús, el cual transformará el cuerpo de
nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya (Flp. 3,
21).
Y si es verdad que "es necesario que a través de muchas tribulaciones
entremos en el reino de Dios" (Hch. 14, 22), no hay razón alguna para prohibir
que entren los cuerpos, a los cuales Dios ejercita bajo la bandera de la cruz y
los honra con el loor de la victoria. Por eso jamás dudaron los fieles en esperar
que hubieran de acompañar en esta entrada a Jesucristo, el cual transfiere a su
misma persona todas las aflicciones con que somos probados, para mostrar
que ellas son vivificantes.
Y aun afirmo que Dios confirmó en esta fe a los patriarcas con una ceremonia
visible. Porque, ¿de qué serviría, según lo hemos dicho, el rito del entierro, sino
para que supiesen que había otra nueva vida para los cuerpos que se
enterraban? Esto mismo se significaba con los ungüentos aromáticos y otras
figuras de la inmortalidad, que suplían, no menos que los sacrificios, a la
oscuridad de la doctrina en tiempo de la Ley. Porque la superstición no produjo
esta costumbre, ya que vemos al Espíritu Santo insistir en que se diera
sepultura, con tanta diligencia como en los demás artículos fundamentales de
la fe. Y Cristo recomienda encarecidamente este acto de humanidad de
enterrar a los muertos, como cosa digna de gran alabanza (Mt. 26,12); y ello no
por otra razón, sino porque por este medios nuestros ojos no se detienen en el
sepulcro, que consume todas las cosas, sino que se elevan a contemplar el
espectáculo de la renovación futura.
Además, la diligente observancia de esta ceremonia, por la que son alabados
los patriarcas, prueba suficientemente que les sirvió de ayuda preciosa para su
fe. Porque Abraham no hubiera cuidado con tanta solicitud de la sepultura de
su mujer (Gn. 23,4 .19), de no haberle incitado a ello la piedad, y si no hubiera
visto en ello algún provecho superior a las cosas de este mundo; a saber,
adornando el cadáver de su mujer con las señales de la resurrección, confirmar
su fe y la de su familia.
Esto se ve más claramente en el ejemplo de Jacob, quien para testimoniar a
sus descendientes que incluso al morir no había perdido la esperanza de ir a la
tierra de promisión, manda que sus restos sean transportados allá (Gn. 47, 30).
Si él, pregunto yo, había de ser revestido de un cuerpo nuevo, ¿no sería su
disposición ridícula y vana, al tener tanta consideración con un poco de polvo y
ceniza que se había de reducir a nada? Así que, si hacemos caso de la
Escritura, no hay artículo más claro y más cierto que éste.
Esto mismo significan las palabras resurrección y resucitar, incluso para un
niño; pues nunca diríamos que resucita lo que es creado de nuevo; ni sería
verdad lo que dice Cristo: De todo lo que me dio el Padre, nada perecerá; sino
que yo lo resucitaré en el último día (In. 6,39). Y lo mismo significa la palabra
"dormir", que no conviene más que al cuerpo. De ahí procede también el
nombre de cementerio, que quiere decir dormitorio.
Modo de nuestra resurrección. Queda ahora por tratar brevemente del modo de
resucitar. Expresamente pretendo dar un simple gusto de ello; porque san
Pablo, al llamarlo misterio (1 Cor.15, 51), nos exhorta a la sobriedad y mesura,
y nos frena, para que no nos tomemos la libertad de especular atrevidamente
en cuanto a este misterio.
En primer lugar debemos retener lo que ya hemos dicho: que resucitaremos
con la misma carne que ahora tenemos, en cuanto a la sustancia; pero no en
cuanto a la calidad. Igual que resucitó la misma carne de Jesucristo que había
sido ofrecida en sacrificio, pero con otra dignidad y excelencia, como si fuera
totalmente distinta. Lo cual san Pablo explica con ejemplos familiares; porque
como la carne del hombre y la de los animales es de la misma sustancia, pero
no de idéntica calidad; y como la materia de las estrellas es la misma, pero su
claridad es diversa (1 Cor. 15, 39-40), de la misma manera dice que, aunque
conservaremos la sustancia del cuerpo, sin embargo habrá cambio, para
hacerlo de condición más excelente. Así que nuestro cuerpo corruptible no
perecerá ni se deshará para ser nosotros resucitados; sino que, despojándose
de la corrupción, se vestirá de incorrupción. Y como Dios tiene a su disposición
todos los elementos, ninguna dificultad podrá impedir que mande a la tierra, a
las aguas y al fuego que devuelvan lo que parecía que habían destruido. Así lo
atestigua Isaías, aunque figuradamente: "He aquí que Jehová sale de su lugar
para castigar al morador de la tierra por su maldad contra él; y la tierra
descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá ya más a sus
muertos" (Is. 26,21).
Los muertos resucitarán; los vivos serán transformados. Pero hay que hacer
una diferencia entre los que fallecieron mucho tiempo atrás y los que aquel día
permanecerán con vida. Porque, como lo dice san Pablo: "No todos
dormiremos; pero todos seremos transformados" (1 Cor. 15, 51). Quiere decir
que no será necesario que haya intervalo alguno de tiempo entre la muerte y el
principio de la segunda vida; porque "en un momento, en un abrir y cerrar de
ojos,... se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles y
nosotros seremos transformados" (1 Cor. 15, 52). Y en otro lugar consuela a
los fieles que habían de morir; dice que los que en aquel día se hallaren vivos
no precederán a los que ya han muerto, sino que quienes hubieren muerto en
Cristo resucitarán los primeros (1 Tes. 4,15-16).
Si alguno objeta lo que dice el Apóstol: "Está establecido para los hombres que
mueran una sola vez" (Heb. 9,27), la solución es clara; cuando el estado de la
naturaleza es transformado tenemos una especie de muerte, y muy bien se la
puede llamar así. Por tanto, se pueden conciliar perfectamente estas dos
cosas: que todos serán renovados por la muerte cuando se despoja del cuerpo
mortal, y, sin embargo, que no será necesario que el alma se separe del
cuerpo, pues este cambio se hará de repente.
9. LOS JUSTOS Y LOS INJUSTOS RESUCITARÁN DEL MISMO MODO
Pero aquí se plantea una cuestión mucho más difícil. ¿Con qué derecho
resucitarán los impíos, que son malditos de Dios, dado que la resurrección es
un beneficio singular de Cristo? Bien sabemos que todos fueron condenados a
muerte en Adán, y que Jesucristo vino para ser la resurrección y la vida (Jn.
11,25). ¿Fue ello por ventura para vivificar indiferentemente a todo el género
humano? No parece muy razonable que los incrédulos alcancen en su
obstinada ceguera aquello que los verdaderos siervos de Dios consiguen por la
sola fe. Lo que sí queda fuera de toda duda es que unos resucitarán para vida
y los otros para muerte, y que Jesucristo vendrá a apartar las ovejas de los
cabritos (Mt. 25,32. 41).
Respondo que no nos debe parecer tan extraño, pues cada día tenemos
ejemplos de ello. Sabemos que en Adán fuimos privados de la herencia del
universo y que con no menor razón se nos prohíben los alimentos, pues se nos
prohibió el fruto del árbol de la vida. ¿De dónde viene, pues, que Dios haga
salir su sol no menos sobre los malos que sobre los buenos (Mt. 5, 45), sino
que además ejerza su inestimable liberalidad dándonos con toda abundancia
cuanto necesitamos en esta vida presente? Por esto vemos que las cosas que
son propias de Cristo y de sus miembros se extienden también en parte a los
impíos; no porque las posean más legítimamente, sino para que sean más
inexcusables. Ciertamente, Dios se muestra muchas veces tan liberal con los
impíos, que las bendiciones que de Él reciben los fieles quedan oscurecidas;
sin embargo todo esto se les convertirá en hiel; todo será para mayor
condenación suya.
Si alguno objeta que la resurrección se compara indebidamente a los
beneficios caducos y terrenos, a esto respondo que tan pronto como se
apartaron de Dios, que es la fuente de la vida, merecieron ser arruinados con el
Diablo y totalmente destruidos como él; pero que por un admirable designio
divino se halló el medio de que vivan en la muerte fuera de la vida. Por esto no
debe parecernos extraño que la resurrección sea accidentalmente común a los
impíos, para con ella llevarlos contra su voluntad delante del tribunal de Cristo,
a quien ahora desdeñan de tener por maestro e instructor. Porque sería una
pena muy leve perecer con la muerte, si no hubiesen de comparecer ante el
Juez para ser castigados por su contumacia, cuando tantas veces han
provocado su ira contra sí mismos.
Por lo demás, aunque hemos de mantener lo que hemos dicho, y que se
contiene en aquella célebre confesión de san Pablo ante Félix, que él esperaba
que había de haber resurrección, así de justos como de injustos (Hch. 24,15),
sin embargo la Escritura muchas veces propone la resurrección, y juntamente
con ella la bienaventuranza, solamente a los hijos de Dios; porque propiamente
hablando, Cristo no ha venido para condenar, sino para salvar al mundo. Ésta
es la causa por la cual en el Símbolo de la Fe solamente se hace mención de la
vida eterna.
10. NUESTRA FELICIDAD ETERNA
Como quiera que ninguna descripción bastaría para dar a entender bien el
horror de la venganza que Dios tomará de los incrédulos, los tormentos que
han de padecer se nos presentan bajo la figura de cosas corporales, como
tinieblas, llanto, crujir de dientes, fuego inextinguible, gusano que sin cesar roe
el corazón (Mt. 3, 12; 8,12; 22,13; Mc. 9,43-44; Is. 66, 24). Pues es evidente
que el Espíritu Santo quiso con estas maneras de hablar poner de relieve un
horror tal, que fuera capaz de conmover nuestros sentidos; como cuando dice
que una gehenna profunda les está preparada desde toda la eternidad con
ardiente fuego, para mantener el cual hay siempre preparada leña, y que el
soplo de Jehová, como torrente de azufre, lo enciende (Is. 30, 33).
Aunque con estas expresiones se nos instruye para que en cierta manera
sintamos la miserable condición de los impíos, sin embargo debemos fijar
principalmente nuestra consideración en la desgracia que es estar totalmente
separado de la compañía de Dios; y no solamente esto, sino además sentir su
majestad tan contraria y enemiga, que el hombre no puede escapar de ella, sin
que lo persiga donde quiera que se encontrare. Porque en primer lugar Su ira e
indignación es como "hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios"
(Heb. 10, 27). Y además, todas las criaturas de tal manera le sirven para
ejecutar su juicio, que han de sentir al cielo, la tierra, el mar, las bestias y el
resto de las cosas como inflamadas y armadas contra ellos para su perdición;
de esta manera manifestará Dios su ira hacia ellos. Por eso el Apóstol no dijo
una cosa sin importancia, al declarar que los infieles serán castigados siendo
"excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder" (2 Tes. 1, 9). Y
siempre que los profetas amenazan a los impíos con semejanzas corporales
para aterrarlos, aunque ellos no se exceden al hablar, sin embargo insinúan en
sus expresiones ciertos indicios del juicio futuro al afirmar que el sol se
oscurecerá, la luna perderá su claridad y todo el edificio del mundo será
disipado y confundido.
Por eso las miserables conciencias no hallan reposo alguno, viéndose
atormentadas e impulsadas como por una gran tempestad, sintiéndose como
desgarradas por Dios, que es enemigo suyo, y traspasadas por heridas
mortales, temblando por los rayos del cielo y despedazadas por la mano del
Señor; de tal manera que preferirían verse arrojadas al más profundo golfo, que
padecer un solo momento aquellos terrores. ¡Qué horrible castigo ser de esta
manera atormentados para siempre sin remedio posible! Sobre lo cual hay una
sentencia notable en el salmo noventa: que aunque Dios con su furor y con su
ira extermina a todas las criaturas mortales, no obstante estimula a los suyos
cuanto más temerosos viven en este mundo; y ello para incitarlos a que, aun
agobiados bajo el peso de la cruz, sigan hasta que Él sea todo en todos (1 Cor.
15, 28).
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