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Cuento Adaptado Ernesto Castor

Ernesto el castor construye una cabaña con la ayuda de su nueva amiga, la osita. Sin embargo, una inundación se lleva la cabaña a la otra orilla del río, separando a Ernesto de la osita. La osita se entristece pensando que Ernesto se ha ido para siempre, pero lo encuentra sano y salvo en la otra orilla. Ernesto le explica lo sucedido y le dice que durante todo este tiempo alguien lo buscaba, refiriéndose a la propia osita.

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Cuento Adaptado Ernesto Castor

Ernesto el castor construye una cabaña con la ayuda de su nueva amiga, la osita. Sin embargo, una inundación se lleva la cabaña a la otra orilla del río, separando a Ernesto de la osita. La osita se entristece pensando que Ernesto se ha ido para siempre, pero lo encuentra sano y salvo en la otra orilla. Ernesto le explica lo sucedido y le dice que durante todo este tiempo alguien lo buscaba, refiriéndose a la propia osita.

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Ernesto castor

Ernesto no quería hacerse mayor, pero no paraba de crecer.


Creció tanto que un día sus padres se sorprendieron

de verlo aún en casa.

- Ernesto, hijo mío – dijo el padre castor -, ya es hora de que construyas tu

propia casa , como hice yo en su día para todos nosotros. Ten, toma mi

hacha , la he afilado esta misma mañana. Ve al bosque y elige un buen árbol

, ni demasiado grueso ni demasiado tranquilo a la orilla del río


donde instalarte y formar tu propia familia.
- ¡Pero yo ya tengo una familia! protestó Ernesto - ¿por qué quieres que me vaya? -

porque ha llegado la hora de que te cases - respondió la madre castora.

- ¿Casarme? ¡pero si yo no me quiero casar!

- Anda, no discutas tanto – dijo el padre castor – y haz caso de lo que te


decimos.

Ernesto no quería disgustar a sus padres, así que no insistió más. Tomó el hacha de

manos de su padre y le prometió que construiría una bonita cabaña.


Después besó tiernamente a su madre

y se marchó camino al bosque.


- Buen viaje, hijo mío.
- Adiós, y no te olvides de nosotros.
Una vez en el bosque , Ernesto buscó un

árbol que no fuera ni demasiado grueso


ni demasiado fino.
«Este servirá», pensó deteniéndose frente

a un abeto.

Levantó el hacha y chic-chac, chic-chac,


se puso manos a la obra.
¿Pero qué ocurre ahí abajo? exclamó

de repente una voz que hablaba desde lo alto.

¡Vas a talar mi casa!


Ernesto paró de inmediato y alzó la vista.
-Vaya, ¡lo siento! dijo mirando hacia

la osita que estaba sentada en una rama


No sabía que viviera nadie aquí.
La osita bajó del árbol rápidamente.
-No pasa nada, no es grave

-dijo después de inspeccionar el tronco-


-. Se recuperará.
Sólo le quedará una pequeña cicatriz.
-Lo siento mucho- susurró Ernesto-

pero es que tengo que cortar un árbol.


Bueno, eso no es motivo para cortar
el mío, ¿no? Además, ¿para qué necesitas
un árbol?

Para construir una cabaña.


¿Una cabaña? Eso es genial! Siempre
he querido construir una.
Si te apetece, podríamos hacerla juntos.
¡Pues sí, claro que sí!
Exclamó Ernesto
Aunque para poder construirla

necesitamos madera.
La osita tomó al castor por la pata y lo

llevó a un viejo árbol muerto.


Aquí tienes un árbol... Además, está casi
caído. ¿A qué esperas? Venga, empieza ya a
cortar!
Animado por su nueva amiga, Ernesto alzó

de nuevo el hacha y chic-chac, chic-chac,


volvió a la tarea.

Pero enseguida surgió una voz del interior


del tronco hueco del árbol que gritaba:
Ya voy... ¡ya voy! ¡No hace falta llamar
tan fuerte!

Y apareció un viejo búho,


Bastante despeinado.
-¡Señor búho!

exclamó là osita
Creía que se había mudado.

El viejo búho abrió los ojos como platos.


-¿Mudarme? Menuda ocurrencia! Todo
lo contrario, me encuentro muy a gusto en
esta madriguera.

¿Señor búho?
-dijo Ernesto.
-Dime, jovencito.

Osita y yo íbamos a construir una cabaña.


-¿Una cabaña? ¿Y dónde vais a construirla?
¡Espero que en mi árbol no!
¡Oh, no, señor búho! Vamos a construirla
en la orilla.
¡Pues claro.... Qué cabeza, la mía.

No caí en la cuenta de que los castores siempre

construyen sus madrigueras a la orilla del río.

Aunque, por desgracia, señor búho,


no tenemos los materiales necesarios.
Entonces echémosle un vistazo al
almacén. Seguro que encontramos un par

de tablones viejos y algunos clavos sin oxidar.


Eso sí, no es importe que nos acompañe

hasta el río . Allí hay mucha humedad, y


esto es poco recomendable para vejestorios
como yo.
Gracias al señor búho y a la osita , sus

nuevos amigos del bosque , Ernesto empezó

por fin a construir la cabaña junto al río, tal


y como sus padres deseaban.
-Pero bueno, ¡qué maravilla de casa!

-dijo la osita.
-Sí, respondió Ernesto. La verdad es que no ha quedado nada mal.
Espero que me invites a menudo.

-Puedes venir siempre que quieras, osita.


Precisamente mañana tenía intención

de ir de pesca..
¡Perfecto! Pues pásate y nos vamos
juntos.
-Entonces hasta mañana, Ernesto.
-Hasta mañana, osita.
La osita se llevó un buen chasco a la mañana siguiente cuando descubrió que la

casita y su amigo habían desaparecido.

- No puedo haberlo soñado – se repetía –

- La cabaña estaba aquí, me acurdo perfectamente.


¿Dónde estará Ernesto?

- ¡Ernesto! ¡!Ernesto, contesta! ¡Soy yo, osita!


La osita caminaba tristemente por la orilla cuando,

de repetente, oyó un suave grito.


- Por aquí, en el otro lado!
- Ernesto ¿eres tú, verdad?
- Pues claro ¿quién quieres que sea?
Anda, acércate.

Sin dudarlo, la osita se lanzó al agua y cruzó el río.

- Ernesto, menos mal! – excla,ó mientras se sacudía el pelaje-. No deberías haberte


marchado nunca de esa manera.

- Pero si no es culpa mía! – respondió el castor -. Anoche el lecho del río se

desbordó .
Se lo llevó todo por delante, incluida mi casa. Al despertarme esta mañana me he
encontrado aquí, en la otra orilla.
- ¡Ah!, ¿si? Qué emocionante, ¿no? – dijo la osita al descubrir que la cabaña

se había salvado de milagro.


- ¿Quieres saber algo realmente emocionante? – añadió Ernesto-. Pues durante todo
este tiempo alguien me buscaba …alguien de quien no me voy a separar nunca más.

- Vaya… debe de ser muy guapa – contestó la osita tratando de ocultar su

decepción.

- Bueno, no nada tan bien como un castor – continúo Ernesto riendo

-. Claro que tampoco lo hace nada mal para ser una … ¡osita!

FIN

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