100% encontró este documento útil (2 votos)
1K vistas480 páginas

Beatriz Albores Tules y Sirenas

libro sobre impacto aecologico
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
1K vistas480 páginas

Beatriz Albores Tules y Sirenas

libro sobre impacto aecologico
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
Está en la página 1/ 480

El impacto ecológico y cultural de la industrialización en el Alto Lerma

TULES Y SIRENAS
e El impacto ecológico y cultural

TULES Y SIRENAS
de la industrialización en el Alto Lerma
ste libro es un recorrido a través de la milenaria tradición
lacustre del sur del Valle de Toluca hasta su cierre por el comienzo del
desarrollo industrial que dio paso a la modernización económica y social. Beatriz A. Albores Zárate
Muestra el caso paradigmático de esta zona que, habiendo sido el área
principal de los matlatzincas del posclásico, enmarco (al igual que la
Cuenca de México) una variante del proceso —a partir de la conformación
de un modo de vida de orígenes preagrícolas, basado en la caza, pesca y
recolección de flora y fauna— que concluye a causa de la industrialización
y representa un tipo de desarrollo en Mesoamérica con base en el factor
lacustre.
Una de las consecuencias ecológicas de la industrialización del centro
de México ha sido la desecación de la laguna de Lerma. La otra cara del
mismo fenómeno implicó el despegue capitalista en los valles centrales
del país, en particular de las cuencas de México y del Alto Lerma (sede
del corredor industrial Lerma-Toluca, que actualmente se cuenta entre los
principales emporios industriales a nivel nacional).
Ambos acontecimientos repercutieron en el sur del Valle de Toluca
—cuya población mayoritaria había dependido de la actividad agrícola,
lacustre y ganadera—, provocando el cambio económico y cultural.
En el alto Lerma, de manera similar a lo que está ocurriendo en la
Cuenca de México, la industrialización ha traído aparejada la destrucción
de un valioso conocimiento tradicional respecto al aprovechamiento de

Beatriz A. Albores Zárate


los recursos del entorno, así como de formas socieconómicas muy
antiguas y un franco deterioro ambiental.
Al describir este panorama se intenta poner de manifiesto la necesidad
de rescatar las formas productivas y sociales de raíz indocolonial que
permitan estructurar propuestas conducentes al óptimo aprovechamiento
del potencial del medio para un desarrollo sostenido, y detener la
degradación ambiental y la destrucción del legado cultural de los
pobladores del Alto Lerma.

El Colegio Mexiquense, A.C.


ISBN 968-6341-55-2

Gobierno del Estado de México


Secretaría de Ecología
9 789 686 34 155 3
agradecimientos

12
Índice 3

Tules y sirenas
El impacto ecológico y cultural
de la industrialización en el Alto Lerma

3
4 Las viudas de la violencia política

Gobierno del Estado de México

Lic. Emilio Chuayffet Chemor


Gobernador Constitucional del Estado de México

Secretaría de Ecología

Ing. Enrique Tolivia Meléndez


Secretario

El Colegio Mexiquense, A.C.

Dra. Ma. Teresa Jarquín Ortega


Presidenta

Dr. Manuel Miño Grijalva


Encargado de la Secretaría General

Dr. Carlos Garrocho Rangel


Coordinador Académico

Lic. Ma. del Carmen Álvarez


Beatriz A. Albores
Edición y corrección

D.G. Luis Alberto Martínez López


Diseño
Antropólogo Ándrés Medina
Fotografía de portada
Ing. José Antonio Álvarez Lobato
Srita. Norma Patricia Ortega Valdés
Formación y tipografía

4
Índice 5

Tules y sirenas
El impacto ecológico y cultural
de la industrialización en el Alto Lerma

Beatriz A. Albores Zárate

El Colegio Mexiquense, A.C.

Gobierno del Estado de México


Secretaría de Ecología

5
6 Las viudas de la violencia política

305.872523 Albores Zárate, Beatriz A.


A 339t Tules y sirenas: el impacto ecológico
y cultural de la industrialización en el
Alto Lerma.--Toluca, Estado de México:
El Colegio Mexiquense: Gobierno del
Estado de México, 1995.

478p.
ISBN: 968-6341-55-2

1. Lerma – río 2. Lerma – México


(Estado) - Historia local 3. Sociología
histórica – Lerma – México (Estado)

Primera edición: 1995

D.R. © Secretaría de Ecología


Gobierno del Estado de México
El colegio Mexiquense, A.C.
Ex hacienda Santa Cruz de los Patos,
Zinacantepec, México
Correspondencia:
Apartado postal 48-D
Toluca 5120, México
Impreso y hecho en México
Printed and made in Mexico

Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra sin contar previamente
con la autorización expresa y por escrito del titular, en términos de la Ley Federal de Derechos de Autor,
y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La persona que infrinja esta disposición se hará
acreedora a las sanciones legales correspondientes.

ISBN: 968-6341-55-2

6
Índice 7

Contenido

agradecimientos 15
prólogo 17
introducción 21

parte primera
los planteamientos 39

el factor lacustre como base de una secuencia


de desarrollo en mesoamérica 41

parte segunda
los fundamentos 53

El papel histórico y las implicaciones


teóricas de la producción lacustre 55

I. Lo general. La zona de estudio: el sur del Valle


de Toluca 55

1. El contexto ambiental. la laguna de Lerma 57

7
8 Las viudas de la violencia política

2. La perspectiva teórica preliminar. Los orígenes del


modo de vida lacustre en el sur del Valle de Toluca 80

3. La perspectiva diacrónica. El papel de la


producción lacustre en la historia del sur del
Valle de Toluca. Antecedentes a la etapa final
de la laguna de Lerma 112

Los tiempos prehispánicos 112

La colonia 133

El cambio inicial de estructuras 135; La base lacustre del


desarrollo ganadero 140; La ganadería y las actividades de
transformación 165; La importancia de la producción acuática
como medio de subsistencia y fuente alimenticia 170.

La reforma y el porfiriato, y los regímenes


revolucionarios 179

El cambio final de estructuras 183

4. Las repercusiones sociales del ambiente acuático 188


II. Lo particular. La perspectiva sincrónica.
El modo de vida lacustre en San Mateo Atenco 195

5. Los aspectos económicos del modo


de vida lacustre 195

La base territorial acuática 195; Fauna lacustre 202; Flora lacustre


245; Forraje lacustre 250; Plantas industrializables 253;
Producción artesanal 264; Otras actividades económicas
relacionadas con el medio acuático 277; Sistema agrícola de
humedad y riego 280; Localización territorial de las actividades
lacustres 293.

6. Los aspectos económicos


y sociales del modo de vida lacustre 296

8
Índice 9

División, especialización y organización


del trabajo, y relaciones sociales de
producción 296

La trascendencia social del medio acuático 299

III. El cambio estructural


en San Mateo Atenco 313

Panorama industrial 314

El desarrollo zapatero en San Mateo Atenco 316

Desecación de la laguna de Lerma 350

Establecimiento del corredor industrial


Lerma-Toluca 357

El cambio social 359

El impacto ecológico y ambiental de la


industrialización 367

parte tercera
discusión teórica y síntesis 371

Los estudios sobre la cultura lacustre


de los otomianos sureños 373

Definición del concepto modo de vida lacustre 410

bibliografía 435

índice de mapas. ...................................................................... 473

9
10 Las viudas de la violencia política

índice de cuadros................................................................... 475

índice de figuras..................................................................... 477

10
agradecimientos

A la memoria de Andrés Fábregas Roca, Augusto Müch.


Heinrich Berlin, Karl Helbing, Paul Kirchhoff, Pedro
Armillas, Roberto Weitlaner, Pedro Bosch Gimpera y
Wigberto Jiménez Moreno.

Para André Medina Hernández, por su compañía en este


recorrido, signado por el diálogo y la aventura.

Para Alux, por su estímulo y su alegría.

A Coqui, Martha y Eduardo Javier, por lo de siempre.

11
agradecimientos

12
agradecimientos

Lume v’ é dato a bene ed a malizia


e libero voler; che, se fatica
nelle prime battaglie col ciel dura,
poi vince tutto, se ben si notrica.

La Divina Comedia, Purg. XVI, 75-78,


Dante Alighieri

Les ha sido dad luz para el bien y para el mal,


y el lire albedrío, que, fatigandose
en las primaras batallas con el destino,
puede vencer todo si está bien nutrido.

13
agradecimientos

14
agradecimientos

Agradecimientos

Expreso mi reconocimiento a los directivos de El Colegio


Mexiquense, A.C. —María Teresa Jarquín Ortega, presidente;
Roberto Blancarte y Xavier Noguez, que fueran, al término
de este trabajo, coordinador académico y secretario general,
respectivamente—, por haber hecho posible que la última etapa
de este trabajo fuera llevada a cabo en un contexto de estímulo,
frescura y afecto. Asimismo, al licenciado Jorge Guadarrama,
director del Instituto Mexiquense de Cultura, por su cooperación
al permitirme contar con la cuidadosa y fina labor de la señora
Raquel Chávez Cabrales en la revisión de estilo, lo cual constituye
un importante respaldo solidario interinstitucional.

Agradezco a la maestra Barbro Dahlgren, a Johanna Broda,


Alfredo López Austin, Manuel Miño Grijalva, Alba González
Jácome, Margarita Menegus Bornemann, Nadine Béligand, Luis
Fuentes Aguilar, Mari Carmen Serra y Emily McClung de Tapia,
la lectura cuidadosa de mis manuscritos, sus indicaciones y
comentarios críticos. A Yolanda Lastra, sus enseñanzas y ayuda
en diversas actividades académicas conjuntas y sus señalamientos.
A Isabel Hernández González, su colaboración y entusiasmo
en todas las jornadas del trabajo de campo —con inolvidables,
emocionantes y gratos episodios—, y su valor e inquebrantable
lealtad en las horas difíciles. De manera especial destaco el apoyo
de Roger Bartra, cuyas sugerencias a este trabajo constituyen un
estímulo más a lo largo de mi carrera académica.

15
agradecimientos

Gracias también a los doctores Gilou García Reynoso,


Juan Carlos Plá y Héctor Salama Penhos por acompañarme en
un recorrido trascendente. Con los dos primeros fue el inicio;
con Héctor el “cierre” —cuya cristalización es este trabajo—, y
fundamentalmente por los términos individuales en que aquél
fue realizado.

A Stella Quan Rosell, agradezco su inapreciable ayuda.

Reitero mi gratitud a Martha Esperanza Zárate y a Coqui y


Eduardo Javier Albores por su apoyo y cariño fecundos. Asimismo,
estoy en deuda con Andrés y Alux Medina, cuya actitud amorosa
y constructiva hizo posible que este arduo y prolongado proceso
fuera uno de los más fascinantes de mi vida.

16
prólogo

Prólogo

“Hombre, donde tú estás, donde tú vives


permanecemos todos”

(Presencia, Rosario Castellanos)

Este ensayo surgió en el Departamento (hoy Dirección) de


Etnología y Antropología Social del Instituto Nacional de
Antropología e Historia, en el año 1977, habiendo llegado a su fin
gracias al apoyo institucional de El Colegio Mexiquense A. C. en
el otoño de 1994.

Debo el inicio de esta investigación al etnólogo Fernando


Horcasitas, quien, con su profundo conocimiento de las fuentes
históricas y de la etnografía del centro de México, hizo interesantes
sugerencias sobre la importancia que revestiría el estudio del
municipio mexiquense de San Mateo Atenco. Asimismo, estimuló
mi entrada al trabajo de campo en la zona lacustre del Valle de
Toluca mediante las visitas iniciales que efectué en su compañía,
en 1977.

Subrayo la colaboración de la antropóloga social Isabel


Hernández González, en el desarrollo de los proyectos “Estudio
etnográfico en la zona lacustre del Valle de Toluca” e “Investigación
etnológica en San Mateo Atenco, municipio de la zona lacustre del
Alto Lerma”, así como mi agradecimiento por permitirme el acceso
a su información recopilada sobre el terreno. La etnohistoriadora
María Teresa Sánchez Valdés estuvo conmigo durante una parte
del trabajo de archivo que se efectuó en San Mateo Atenco, así
como el etnohistoriador Eustaquio Celestino Ramírez, con quien
profundicé algunos aspectos relativos al cultivo de chinampas.
Altamente enriquecedores resultaron los comentarios que hicieron a
17
prólogo

mis materiales el etnohistoriador Gabriel Espinosa y la arqueóloga


María Elena Ruiz, durante el seminario que coordiné en la
Maestría de Historia y de Etnohistoria de la Escuela Nacional de
Antropología, en el segundo semestre de 1993. Del mismo modo,
el etnohistoriador Espinosa hizo la identificación de fauna de
origen prehispánico y colaboró en la clasificación de la avifauna
acuática.

También me proporcionaron ayuda varios especialistas.


Principalmente el antropólogo Otto Schumann —sobre algunas
cuestiones lingüísticas, históricas y culturales de los otomianos
prehispánicos—, el geógrafo Narciso Barrera Bassols —en lo
relativo a la caracterización de la cuenca del Lerma—, y los
biólogos Gonzalo Medina —respecto a la clasificación de la fauna
acuática de la zona—, y Arturo Argueta —en la identificación de
una larva de libélula que conseguí en el trabajo sobre el terreno.
Conté, además, con el apoyo del geógrafo Lázaro Mejía Arriaga
en la confección de mapas y de los dibujos que realizó con base en
datos cartográficos y en mis bosquejos a partir de la información
de campo, así como en la composición que él y el diseñador
gráfico Luis Alberto Martínez López hicieron de las ilustraciones
que fueron tomadas de fuentes documentales y bibliográficas.
En el trabajo técnico en la microcomputadora tuve la asesoría
de Francisco Javier Landeros Albores, quien adecuó numerosos
materiales de las versiones de este ensayo y llevó a cabo las
pruebas correspondientes. Una parte de la labor de edición la
coordinó el ingeniero José Antonio Álvarez Lobato y tuve, en todo
momento, el respaldo básico de María Eugenia Valdés Hernández,
integrante de la unidad de informática, así como el de la licenciada
María del Carmen Álvarez L., del departamento de Publicaciones
y Difusión de El Colegio Mexiquense.

Invaluable ha sido el apoyo de los vecinos del sur del Valle


de Toluca, en particular de los habitantes de San Mateo Atenco,
Mexicaltzingo, Texcalyacac, Tultepec de Quiroga, Metepec,
Ocoyoacac, Chapultepec, San Antonio la Isla, Rayón, Tenango de
Arista, Lerma, los Atarasquillos, Almoloya del Río, El Cerrillo,
Chignahuapan, San Nicolás Peralta, San Pedro Techuchulco y

18
prólogo

Xonacatlán, a quienes simbólicamente representaré a través de


los inolvidables nombres de don Pedrito Pichardo y doña Leonor
Segura, don Moisés Núñez —de la Isla de los Pensamientos—
­doña Bertha Segura y doña Felipa Pérez, don Luis Bolaños,
la: señoritas Valverde, don Salomón Pichardo, doña María
Luisa González, los señores Blas Conde Morales y Milburgo
Palomares, doña Beatriz Aguas y Blanca Salazar Aguas, don
Salomón, Palomares y doña Pancha de Palomares, don Simeón
y Lupita Benavides, don Beto (juguero, antiguo “destrozador”
de pieles y “corralero de támbulas”) y doña Trini Barrón de
Zepeda (confeccionadora de dulces para la ofrenda de los niños
difuntos), don Antonio y Abigaíl Camacho, don Guadalupe
Palacios (cronista de Mexicaltzingo), don Magdaleno Albarrán
(viejo arriero), don Carlos Camacho, y don Juanito Medina. Casi
todos habitantes ribereños de los hoy extintos vasos lacustres.
Compartieron conmigo su casa y su comida, así como algunas de
sus tribulaciones y de sus alegrías. Me contaron parte de la historia
de sus pueblos, de sus costumbres y de su tradición oral. Por ellos
supe lo que había sido el antiguo modo de vida, y el significado
del desenlace del proceso histórico de larga duración de origen
indocolonial, que finalizó con el agostamiento de la milenaria
laguna de Lerma, a consecuencia del desarrollo industrial.

19
agradecimientos

12
introducción

Introducción

Los habitantes del sur del Valle de Toluca comenzaron la década


de 1940 con algunos indicios, pero sin la clara visualización de que,
durante su transcurso, habrían de presenciar las repercusiones
iniciales del acontecimiento que dio paso a la fase terminal de un
proceso histórico milenario. Entre las principales consecuencias
del desarrollo industrial del centro de México, la transformación
ecológica y del ambiente —a partir de la desecación de la laguna
de Lerma— se cuenta entre las que fueron percibidas por la
población local, de una manera más amplia y consciente que
otras —como las de tipo ideológico y social—, a pesar de que su
impacto no ha acabado de manifestarse aún en nuestros días, ni
de ser evaluado suficientemente.

¿Qué conocíamos de la ciénaga o laguna de Lerma, cuya


desecación, iniciada entre 1942 y 1951, finalizó en 1970? Si bien
contábamos con múltiples referencias de este depósito acuático
por lo menos desde los primeros tiempos coloniales, no fue sino
hasta casi una década después de su desaparición cuando empezó
a plantearse, de manera sistemática, lo relativo a su significado
histórico.

¿Qué papel jugó el medio lacustre en la historia del sur del


Valle de Toluca? ¿Cuál fue la importancia de este tipo de ambiente
en los procesos de desarrollo de los grupos del altiplano central,
y, en general, de los pueblos de Mesoamérica que tuvieron en
común dicho ambiente? Al inicio de los estudios que emprendí
21
introducción

en el Alto Lerma, a fines de 1977, en los trabajos antropológicos e


históricos sobre el Valle de Toluca existía un vado en lo tocante al
aspecto lacustre. Éste, de hecho, no se limitaba al valle mencionado,
sino que era un factor presente en distintas zonas dentro de
un territorio mucho mayor. Remontándonos al momento del
contacto con los hispanos, podemos apreciar que la población
de los estados principales del altiplano central —el de la Triple
Alianza, hegemonizada por los mexicas, y el de los purépechas— se
distribuía en torno a sendos lagos, al igual que los habitantes del
sur del Valle de Toluca, que habían estado dominados por sucesivos
grupos matlatzincas hasta antes del predominio mexica.

Dentro del mismo enfoque, cabe señalar que el Valle de


Toluca se ha distinguido, desde tiempos precortesianos, como
una de las regiones más productivas del centro de México. Hacia
fines de 1970 existían, ciertamente, cuantiosas referencias acerca
de su rica producción maicera en épocas prehispánicas, sobre la
relevancia de la ganadería en la Colonia, y la de la industria en
el siglo xx (Quezada, 1972:103; Velázquez, G., 1973:53; Gerhard,
1972:176-177, y Sistema Bancos de Comercio, 1968:34), pero poco
se sabía de la producción económica relacionada con el medio
lacustre. De manera similar, el grupo hegemónico del Valle de
Toluca, antes de la expansión de los mexicas, era conocido por
éstos como “gente de la red” (Carrasco, 1950:13); sin embargo, en
las especificaciones hechas por los investigadores de nuestro siglo
sobre la utilización de aquel instrumento —que aparece junto a
un hombre en la pictografía con la que los aztecas representaban
a los matlatzincas—, frecuentemente se aludía, conviniendo
con Sahagún, al desgranado del maíz, al transporte de carga y
a los sacrificios humanos (Carrasco, 1950:13), siendo pocas las
referencias al uso fundamental de la red: la pesca.

En la investigación —cuyos resultados se exponen por vez


primera de una manera global—1 se aborda lo relativo al pasado

1 Este trabajo es una versión de la tesis de doctorado en Antropología El modo de vida


lacustre en el alto Lerma, que sustenté en la Facultad de Filosofía y Letras, unam, 1993.

22
introducción

lacustre de un área geográfico-cultural de la cuenca alta del río


Lerma. El objetivo central es doble. En primer término, se intenta
conocer el papel histórico que tuvo entre la población de la zona
sur del Valle de Toluca (zsvt), de antiguo origen matlatzinca, el
recurso acuático, y, particularmente, el modo de vida lacustre
(mvl) a que aquél dio lugar. La otra finalidad consiste en definir
el significado teórico de la producción lacustre, en el marco del
desarrollo de Mesoamérica.

Cabe advertir que fue el estudio del papel histórico de la


producción acuática el que llevó a abordar lo relativo a su status
teórico a través de la investigación de una forma o modo de vida
que se sustentó en dicho tipo de producción: el modo de vida
lacustre. Es decir, el empleo del método histórico-comparativo
en el estudio de la producción’ acuática permitió visualizar la
existencia de un modo de, vida lacustre, a partir de lo cual quedó
abierto el camino para incursionar en sus implicaciones teóricas.
De esta manera, puesto que la conceptualización relativa al modo
de vida lacustre no formó parte del objetivo inicial del estudio, sino
que fue un resultado del análisis de los materiales, atendiendo a
la secuencia expositiva diseñada, lo que respecta a su definición
y a varios aspectos relacionados con ésta se verán en la parte m,
correspondiente a la discusión.

Se trata, entonces, de un estudio etnológico, en el sentido


de enfocar el proceso general de desarrollo, si bien sus principales
soportes son la antropología social y la etnohistoria. Mesoamérica
es el marco’ geográfico-cultural” amplio en el que se sitúa la
investigación, debido a que, hasta la etapa que tuvo lugar entre la
expansión mexica y el primer contacto con los españoles en el siglo
xvi, los grupos lingüísticos característicos de la zona de estudio
(el matlatzinca, sobre todo, el mazahua y el otomí) pertenecieron
a una de las más importantes familias, la otomangue, que, junto
con la mayance, la mixe-zoque, el totonacano, el utoaztecano y el
tarasco, “llevaron a cabo el desarrollo de la gran tradición cultural
mesoamericana” (Hopkins y Josserand, 1979:7). En relación con lo
anterior conviene recordar que el conocimiento de Mesoamérica,
y de su lugar dentro del desarrollo de la humanidad, ha sido el

23
introducción

objeto principal de investigación de los estudios antropológicos


en México, es decir, al que se han abocado las distintas ramas de
la antropología.

El concepto Mesoamérica fue formulado en 1943 por


Kirchhoff (1960), aplicándolo, para el momento del contacto con los
españoles en el siglo xvi, a una porción del continente americano
demarcada, aproximadamente, desde el río Pánuco hasta el Sinaloa,
pasando por el Lerma en el norte, y de la desembocadura del río
Motagua al Golfo de Nicoya, a través del lago de Nicaragua en el
sur.

Esta delimitación fue hecha por Kirchhoff considerando la


distribución de elementos culturales. En la precisión del concepto
de Mesoamérica, el autor tomó en cuenta la composición lingüística
de los grupos integrantes del territorio indicado a partir de tres
clases de elementos culturales. Un grupo de tales elementos son
los exclusivos del área mesoamericana o característicos de ésta. Un
segundo grupo comprende a los que son comunes a Mesoamérica
y a otras superáreas culturales del continente. El tercero está
integrado por elementos cuya ausencia en Mesoamérica es
significativa.

Kirchhoff (1960:4) caracterizó esta porción territorial


como una “superárea cultural de cultivadores superiores”
—con “correlaciones ecológicas” (Jiménez M., [1975]) —, Y la
circunscribió con base en que “sus habitantes, tanto los inmigrantes
muy antiguos como los relativamente recientes, se vieron unidos
por una historia común” que los define, como un conjunto,
frente a otras tribus del continente, “quedando sus movimientos
migratorios confinados por regla general dentro de sus límites
geográficos una vez entrados en la órbita de Mesoamérica”.

En 1957, Palerm y Wolf, partiendo de un criterio de


“grandes complejos o estructuras culturales, como estado,
urbanismo, agricultura hidráulica y clases sociales” (Palerm,
1990:445) plantearon una reducción de Mesoamérica en su parte
septentrional, contrayéndola hacia el sur, del Pacífico al Golfo

24
introducción

de México, a través de la línea acuática que demarcan los ríos


Lerma-Santiago y Tula-Pánuco. De esta manera, el territorio
mesoamericano quedó ubicado entre los diez y los veintidós grados
de latitud norte, abarcando (Palerm, 1967:233) “la zona central de
México (pero no la parte septentrional del país); la región ístmica
de Tehuantepec; la península de Yucatán; Guatemala, el territorio
de Belice (Honduras Británicas); Salvador, y partes de Honduras,
Nicaragua y Costa Rica”. Con todo, Palerm (1990:44) señala que
a “lo largo del tiempo... el territorio llamado Mesoamérica ha
mantenido una gran unidad cultural, favorecida por sus relaciones
internas. En este sentido, se puede hablar de Mesoamérica como
un área de contradicción cultural y como una unidad de desarrollo
histórico”.

Dado que los pueblos mesoamericanos comparten un


territorio, un sustrato cultural y una historia que los caracteriza,
y que su estudio se ha realizado por las distintas disciplinas
antropológicas, lo relativo a Mesoamérica, y a sus grupos, permite
comprender mejor el proceso específico ya sea de uno o de algunos
de aquéllos. De la misma manera que el resultado del estudio
particular de cada grupo puede contribuir a profundizar, y a
ampliar, el conocimiento general de la superárea.

El aspecto nuclear del planteamiento metodológico de las


investigaciones mesoamericanistas, sostén del presente trabajo,
es la perspectiva “histórico comparativa” (Kirchhoff, 1966:207-
208) que implica el estudio de la historia de la superárea “no
en el sentido de ‘acontecimiento del pasado’, sino de ‘procesos
históricos’, procesos que siguen hasta el presente”. La investigación
relacionada con éstos se refiere a los antecedentes y orígenes de
la civilización mesoamericana hasta su choque con la civilización
occidental; “los grandes procesos que se desarrollaron en el
encuentro de las dos civilizaciones, comenzando con la conquista y
terminando con la Revolución Mexicana y la industrialización... y...
el resultado de estos procesos históricos, es decir, la situación actual
y sus problemas y perspectivas”. Esto, en cuanto a 10 estrictamente
histórico del planteamiento, sobre lo cual Broda (1980:10) menciona
lo siguiente:

25
introducción

Es fundamental conectar el estudio del pasado prehispánico y


colonial, con la historia reciente hasta la actualidad a través del
tiempo. Un conocimiento de la problemática actual... nos ayuda a
entender la sociedad indígena del pasado, y al mismo tiempo que
el estudio del pasado da una perspectiva más profunda a nuestra
comprensión de la problemática actual. En este tipo de estudios se
necesita combinar el trabajo de campo con el estudio de archivo,
la interpretación de las fuentes históricas con las del testimonio
arqueológico, buscando una síntesis entre historia social y
económica y la antropología social. Tales investigaciones ofrecen
también la posibilidad de plantear interpretaciones teóricas más
amplias dentro del ámbito de las ciencias sociales.

En lo tocante al aspecto comparativo, por lo fragmentario


de los materiales prehistóricos, arqueológicos y etnohistóricos
con que contamos sobre los orígenes del modo de vida lacustre y
acerca del uso de los recursos acuáticos durante todo el periodo
que antecede a la etapa final de existencia de la laguna de Lerma
(entre 1900 y 1970), el análisis se ha efectuado considerando
la información relativa a otros grupos mesoamericanos —de
manera específica los lingüísticamente emparentados, es decir de
origen otomiano, así como de filiación nahuatl— que habitaron
la cuenca hermana de México. Ésta ha sido objeto de múltiples
investigaciones sistemáticas que han arrojado abundantes y
valiosos testimonios relacionados con el aspecto lacustre. Desde
otra vertiente, la zona de estudio se vincula con la Cuenca de
México por su cercanía física —elemento no trivial que habría
de acarrear consecuencias de carácter diverso— y por múltiples
vínculos a 10 largo de su historia, como los de tipo étnico,
económico, político y social. Asimismo, se hace referencia a dos
áreas (la de Pátzcuaro, sobre la que hay un sugerente estudio de
Carrasco, y la de Puebla-Tlaxcala) con las que el sur del Valle de
Toluca —además de compartir no sólo antecedentes geológicos
sino también recursos acuáticos similares— integra el conjunto de
depósitos lacustres de la Mesa Central —entre los que se cuentan
algunos que dejaron de existir en 10 que va del siglo xx— por
cuyas condiciones ambientales presentan procesos históricos
comparables. Es decir, el recurso metodológico lo usaré, en este
caso, a partir de las semejanzas del medio.

26
introducción

Para explicar los procesos evolutivos [anota Palerm, 1967:42] la


antropología pasa constantemente de lo singular, de lo individual
y particular, a lo general utilizando para ello, sobre todo, métodos
de comparación entre diversas culturas y grupos humanos y entre
secuencias diferentes de desarrollo.

Las implicaciones sociales de los acontecimientos


económicos y políticos, como una manifestación indirecta de las
repercusiones de la base material lacustre, pueden verse en el
devenir de numerosas formas de origen prehispánico, como el
idioma —que contrasta con la continuidad del proceso del modo
de vida lacustre—, la alimentación, el atuendo, y las expresiones
y creencias religiosas. A esto me referiré, haciendo hincapié en
algunas disimilitudes existentes entre las secuencias.

Lo anterior responde a la aplicación del enfoque histórico


de proceso tanto en lo que hace a sus antecedentes como a sus
resultados.

Es por... esta doble faz de permanencia y de cambio que


presentan los fenómenos socio culturales [señala Palerm, 1967:
9], que la teoría etnológica ha tenido que moverse sobre dos
planos “distintos, pero que forman parte inseparable de una
misma realidad... aquel en el que se produce el análisis estático
o casi estático... de la sociedad y de la cultura (dimensión
sincrónica), y aquel en el que se estudian los procesos de cambio
socio cultural en el tiempo (dimensión diacrónica).

En congruencia con lo que hasta aquí se ha expuesto, en


la investigación se toma en cuenta el planteamiento teórico del
estudio de áreas (Steward, 1955), y el marco holístico (integral) de las
disciplinas antropológicas, sobre todo la arqueología, la lingüística
y, en mucho menor proporción, la antropología física. No obstante,
la antropología social constituye la base principal de este ensayo.
La razón de lo anterior radica en que fue un trabajo de antropología
social, es decir, de la situación actual (1978) y de los problemas
y perspectivas del resultado del proceso que termina con la
Revolución Mexicana y la industrialización —en los términos

27
introducción

empleados por Kirchoff—, el que evidenció la necesidad de


abordar el aspecto etnohistórico y el que eventualmente condujo
al campo teórico de la etnología.

Fue también a través de la metodología y las técnicas


utilizadas por el antropólogo social, concretamente el trabajo de
campo, entrevistas abiertas y dirigidas, observación participante,
etcétera, como se visualizó que la información oral —el relato—
­constituía el medio más importante para conocer algunos aspectos
básicos de la historia reciente, es decir, la referida a la fase terminal
del modo de vida lacustre. Por otra parte, el relato proporcionó
información sobre diversas épocas históricas —formas de trabajo,
leyendas y creencias de origen colonial y prehispánico. Aun en lo
que respecta a este último período, algunas técnicas de obtención
de fauna y flora son posiblemente muy antiguas —como la de
corrales para atrapar pescado negro y la sacadura a mano del
chichamol.

Por último, el estudio de la fase terminal del modo de vida


lacustre, con el que se inició la investigación, tiene que ver con el
cambio socioeconómico que ha sido uno de los temas típicos de
análisis de los antropólogos sociales mesoamericanistas.

Respecto a la perspectiva histórica, se recurrió inicialmente


a tres referencias cronológicas, que expresan sendos niveles de
amplitud. Primero, el marco dilatado —que abarca desde los
antecedentes prehispánicos hasta 1970—, en el que se ubica
el proceso general de larga duración. Segundo, el período
comprendido entre la llegada de los hispanos y 1941-1970, con lo
que se indican los dos cortes principales dentro del proceso. En
tercer lugar, un marco restringido, de 1850 a 1950, donde se sitúa
la transición que concluyó con el cambio económico.

Ahora bien, aun cuando el manejo de material histórico


posibilitó caracterizar cultural mente a la población del sur del
Valle de Toluca a partir de las implicaciones del ambiente local, es
importante puntualizar lo siguiente: si bien este trabajo se plantea
en una perspectiva diacrónica —referida al corte cronológico

28
introducción

vertical, histórico—, el objetivo que se persigue no es hacer la


historia de la zona; ni siquiera se incluye una secuencia rigurosa,
innecesaria para ese estudio, puesto que de lo que se trata es de
mostrar, a partir de información concreta, la importancia histórica
y teórica que tuvo el recurso acuático.

Además del deslinde del objeto de estudio, o problema,


como lo llama Steward (1955), —el papel histórico y las
implicaciones teóricas de la producción lacustre— y del método de
análisis —histórico comparativo—, conviene precisar el “carácter
de la unidad de área”. De hecho, como apunta el autor mencionado,
tanto la unidad seleccionada —es decir, sus dimensiones— como
el carácter del área varían considerablemente de acuerdo con la
naturaleza del problema a estudiarse.

Unas veces pueden ser, estrictamente áreas culturales; pero


otras veces pueden ser áreas de conflicto o de presión política,
áreas de desarrollo planificado, etc., y a veces los límites del área
estudiada pueden coincidir con los de un área natural.
Por supuesto, cualquier área, independientemente de cómo se
la defina, presenta una variedad de problemas que interesarán a
diversos científicos, pero son grandes las probabilidades de que
cada científico enfoque su atención sobre una parte del área con
la finalidad de satisfacer sus propios intereses, que no siempre
coincidirán con los de sus colegas de otras disciplinas.
La única alternativa a esta situación parece ser la de definir
primero los problemas, y estudiados por medio de las áreas y
subáreas que parezcan pertinentes (Steward, 1955:4,5).

En este sentido, y como se verá con posterioridad, lo


lacustre fue el carácter que se consideró para demarcar el territorio
seleccionado, y el elemento para su diferenciación, mientras que
con base en el marco metodológico se limitó la unidad territorial
en términos de un criterio doble, a saber, geográfico-ecológico y
cultural.

Una vez establecido el problema, la zona, y el carácter


de ésta, la investigación se realizó en una subárea, considerando

29
introducción

algunos de los lineamientos del estudio de comunidad, sobre lo


cual, Steward (1955:26) indica que

... el concepto de área cultural se elaboró en relación con el estudio


de las tribus primitivas. En estas áreas limitadas los grupos tribales
son substancialmente semejantes en la totalidad de las formas
de vida; sin embargo, no guardan entre sí más que relaciones
mínimas o de dependencia mutua. Así, las tribus aborígenes de las
Grandes Llanuras de Norteamérica constituían un área cultural, y
las tribus del norte de las Llanuras formaban una subárea o región
cultural. Ahora bien, si aplicamos este concepto para definir las
regiones contemporáneas, considerándolas subáreas culturales,
el problema central al estudiar la región será el de establecer el
modo de vida del grupo característico de la región, ya sean...
comunidades, pueblos... u otros.

El estudio de comunidad se caracteriza metodológicamente,


además de los aspectos histórico y comparativo ya vistos, por ser
etnográfico, sobre 10 cual cabe mencionar tres consideraciones. En
primer término está la que se refiere a las bases para la selección de
la comunidad. En este sentido, dado que un “supuesto implícito
en los estudios de comunidad es que el pueblo [...] elegido no es
una entidad única, sino que exhibe rasgos de interés general”
(Steward, 1955:20), como subárea se escogió a San Mateo Atenco,
que es representativo de los municipios de la zona de estudio
desde el punto de vista social y particularmente del aspecto
lacustre de la economía, así como del proceso histórico general.
Con todo, es importante manifestar que aun cuando la mayor parte
del trabajo de campo se efectuó en un solo municipio de la zona,
ésta también se recorrió en varias ocasiones, pues fue el objeto
general del estudio, habiéndose recopilado, además, información
en numerosas localidades de la misma.

La segunda consideración tiene que ver con el empleo


de métodos cualitativos. Debido a que el objeto de estudio se
precisó a partir de los relatos históricos de los habitantes del
municipio y de la zona; a que en San Mateo Atenco no había
registros de archivo sobre las actividades lacustres; a que
en las estadísticas no se diferenciaba lo relativo a producción

30
introducción

lacustre y agrícola —excepto contada información sobre el actual


municipio de Texcalyacac—, y a que los estudios antropológicos
sólo mencionaban datos sueltos sobre el aspecto acuático de la
economía, no fue posible trabajar en esa etapa inicial con métodos
cuantitativos. Respecto a lo anterior, Steward (1955:21) indica lo
siguiente:

El método etnográfico no excluye necesariamente la


cuantificación, pero se preocupa esencialmente de las
características cualitativas, y en sus estadios iniciales debe
emplear un método cualitativo. Los patrones culturales no
pueden ser descritos matemáticamente... esto es, los rasgos que
deben ser medidos tienen que ser identificados antes de que
cualquier medida cuantitativa pueda ser aplicada.

Sobre la tercera consideración que se refiere a la relación


de la comunidad con el contexto social, a través del análisis de
una comunidad (San Mateo Atenco) puede verse un proceso
histórico: el que tuvo lugar en la zona de estudio. Como indica
Steward (1955:24), si

... se conceptualiza a la comunidad como un segmento cultural de


un conjunto mayor, se desprende que muchos de los problemas
del conjunto pueden ser más fácilmente estudiados en las
comunidades. La significación de los estudios de comunidad para
la investigación de áreas reside, en términos generales, en que la
comunidad puede mostrar la importancia local de las tendencias
económicas, de los efectos de la industrialización... etc.

De hecho, el autor en cuestión fundamentó ampliamente este


punto. Así, al referirse a los tres principales conceptos para delimitar
la subárea o región, menciona lo que en seguida se anota:

Es indiscutible que en todo estudio regional hay que analizar el


contenido cultural; pero si la atención se enfoca exclusivamente al
estudio del contenido cultural, se confunden entonces relaciones

31
introducción

de mayor importancia... Todas las regiones y comunidades


modernas están ligadas a una estructura de orden superior. Uno
de los problemas principales de los estudios regionales tiene que
ser, entonces, examinar la naturaleza de esas ligaduras y analizar
el proceso de desarrollo en ellas implícito (Steward, 1955:26).

Por último, el uso de datos provenientes de otras


disciplinas. Sobre esto, García Mora (1980:13-14) apunta que

... el antropólogo tiene un estilo propio de trabajo que ha


constituido un aporte para la investigación y estudio de
realidades concretas... la antropología ha contribuido al enfoque
interdisciplinario uniendo lo biológico con lo social y lo cultural,
en un mismo proceso intelectual... Y todo ello, bajo un estilo de
trabajo que tiene en la “investigación de campo”, el estudio sobre
el terreno, una de sus técnicas básicas. El acercamiento directo
y prolongado con el tema de estudio, observándolo sistemática
y meticulosamente, quizá obligado a limitarse al microestudio
o, cuando más, al regional, pero a cambio proporciona una
información cualitativamente valiosa.

Es importante aclarar que este estudio no es monográfico


ni exhaustivo en los términos de la etnografía tradicional que se
basaba en la pretensión —como menciona el autor— del estudio
total de la cultura, si bien, por lo demás, no iba más allá de la
mera intención, pues, como el mismo Steward (1955:9) recalca,
el “método etnográfico se propone cubrir todos los aspectos de
la cultura de la comunidad pero en realidad se omiten muchos
temas”, De esta manera, sólo considero aquellos aspectos del
planteamiento del estudio de áreas que, a mi juicio, permiten
abordar lo relativo al tema central.

La mención a varias unidades territoriales que aparecen en


este trabajo, se explica por el empleo necesario de distintos marcos
de referencia, ya sea de tipo netamente geográfico-ecológico o bien
político o cultural. Así, las unidades más amplias las constituyen
Mesoamérica —como superárea geográfico-cultural (Kirchhoff,
1943) de los tiempos prehispánicos—, la Nueva España y la nación

32
introducción

mexicana —en los períodos Colonial e Independiente. Asimismo,


la referencia al sistema hidrológico ancestral del río Lerma, a la
cuenca hidrológica Lerma-Santiago de los tiempos recientes, y a la
cuenca alta de dicha corriente fluvial, responde al único propósito
de ubicar a la región que se trata en contextos de distinta magnitud,
sin que esto implique su consideración como objeto de estudio.
Es decir, la investigación no se refiere a todo el alto Lerma sino a
su única zona lacustre, particularmente a la subárea de ésta que
corresponde al municipio de San Mateo Atenco.

Cabe también puntualizar que, si bien se ha seguido el


esquema de Steward en cuanto a que la zona lacustre representa
el área cultural y San Mateo Atenco la subárea o región, cuando se
alude a la ubicación de la zona de estudio en el contexto del Valle
de Toluca se emplea para éste el término región, el de sub-región
para la zona lacustre, y el de área para San Mateo Atenco.

El análisis se apoya, de manera básica, en datos reunidos


durante el trabajo de campo realizado, luego de las primeras
incursiones a fines de 1977, entre 1978 y 1991, y en diversas salidas
que he seguido efectuando con posterioridad.2 En vista de que la
información escrita no proporcionaba más que, si bien valiosos,
escuetos y fragmentarios datos o descripciones inconexas sobre lo
lacustre, y debido a que los vecinos del área de estudio poseían una
riquísima tradición oral y memoria colectiva, uno de los recursos
ampliamente utilizados fue el testimonio oral, es decir, el empleo
—como dice Joutard (1986:149)— de “la entrevista con un objetivo
histórico”. Sí, la importancia de la economía vinculada con la
laguna —que no aparecía en los estudios sobre los otomianos y
sobre el Valle de Toluca, ni en los relativos a los municipios de la
zona— se evidenció a partir del trabajo efectuado en el campo.
Además, provino de la fuente oral, y mediante el análisis del apego
de los vecinos del municipio por ese pasado lacustre, al que con
frecuencia se aludía con la frase introductoria “en tiempos de la

2
Datos más detallados sobre lo anterior, así como una parte metodológica, pueden
consultarse en la tesis de doctorado a la que me refiero en la nota anterior.

33
introducción

laguna”. Pasado éste que apariencia con mayor actualidad que los
acontecimientos recientes —como los relativos al establecimiento
del corredor industrial—, lo cual, después de una primera etapa,
hizo preguntarme si se trataría, en cierto modo, sólo de una
“idealización romántica” de mi parte, como lo advierte Joutard
(1986:183).

Sin embargo, en la medida en que se investigó con mayor


profundidad, la situación fue tal que cabe citar el señalamiento
que hace Joutard (1986:253-254) en cuanto a que “la fuente oral
reemplaza al documento escrito porque éste no existe o apenas
existe”. En consecuencia, aun cuando la utilización de las técnicas
de observación directa —como en lo concerniente al ciclo agrícola­
y de observación participante —como en lo relativo a la actividad
religiosa y a las costumbres alimenticias— fueron fundamentales
para la interpretación de los datos, el estudio se respaldó en buena
medida en la tradición oral, con base en la cual los vecinos de
San Mateo Atenco, y de la zona, narraron acerca de hechos que
habían presenciado o sobre los cuales les habían platicado sus
contemporáneos o sus mayores. Así, la fuente oral proporcionó
testimonios históricos directos e indirectos de las actividades
relacionadas con la ciénaga de Lerma.

La investigación bibliográfica se diseñó considerando


dos aspectos: el tema de estudio, es decir la producción lacustre,
y la zona en que aquél se efectuaría: el sur del Valle de Toluca, a
partir de dos trabajos antropológicos, el de Soustelle (1937) sobre
la familia Otomí-Pame desde los tiempos prehispánicos hasta
la actualidad, y el de Carrasco (1950) acerca de los otomianos
mesoamericanos anteriores a la conquista española. Otro trabajo
que formó parte de las primeras referencias fue el de Quezada
(1972), que se aboca particularmente a los matlatzincas de la
época prehispánica hasta mediados del siglo xvii. De los tres, es
el segundo autor6 el que proporciona la mayor información y
los comentarios más específicos respecto a la economía lacustre.
Además de los anteriores, existen numerosos trabajos que tocan
de alguna manera lo relativo a la obtención de productos de la
laguna de Lerma. Una parte menor, la correspondiente al estudio

34
introducción

documental, se llevó a cabo en los archivos municipal y parroquial


de San Mateo Atenco y de Mexicaltzingo, en el municipal de
Texcalyacac, y en el Archivo General de la Nación, así como la
relativa a la revisión cartográfica, que tuvo lugar en la mapoteca
Orozco y Berra.

El trabajo consta de tres partes, tres secciones y siete


capítulos. En la parte primera se presenta el tema nuclear del
estudio en el marco de la discusión amplia sobre la trascendencia
de los lagos en la evolución sociocultural de Mesoamérica, que ha
tendido a enfocarse en el desarrollo de la agricultura. También se
hace referencia al ambiente lacustre como integrante del contexto
en el que han aparecido algunos de los más importantes hallazgos
referidos al proceso de hominización en África y de la presencia
más antigua del hombre en América. Por último, se da acceso
al tema del vínculo hombre-naturaleza que constituye el eje del
enfoque ecologista de los estudios antropológicos.

En la segunda parte se utilizan distintos recursos


metodológicos y tipos de datos, con miras a fundamentar los
planteamientos principales y otras propuestas que se vierten a lo
largo del trabajo. Esto se realiza con el empleo de dos perspectivas.
Una general, abordada en la primera sección, que se refiere a la
zona de estudio, a través de cuatro capítulos. En el primero se
trazan los aspectos geológicos, geográfico-físicos, ambientales y
ecológicos, que permiten, a la vez que ubicar el área de estudio en
el marco vasto del altiplano central, diferenciada de otras zonas
lacustres, así como precisar los rasgos que la particularizan dentro
del contexto regional del Valle de Toluca. Aspectos geofísicos y
ecológicos, a partir de los cuales puede, por un lado, explicarse
el surgimiento de determinadas actividades, su despliegue, su
desarrollo dentro de ciertos límites y sus implicaciones históricas
y teóricas, y, por otro lado, tipificarse el proceso histórico de larga
duración.

En el segundo capítulo, mediante el empleo del método


histórico-comparativo, se utilizan materiales —que aportan
básicamente las disciplinas antropológicas— relativos a distintas

35
introducción

zonas y etapas del proceso sociocultural. Esto es con objeto de


apuntalar los planteamientos teóricos medulares sobre el origen del
modo de vida lacustre y el papel del factor lacustre en la historia
del sur del Valle de Toluca.

El capítulo tres da cabida a la dimensión diacrónica,


procurándose, en primer lugar, evidenciar la trascendencia que
tuvo la producción acuática, concretamente en la zona de estudio,
durante los tiempos prehispánicos, la Colonia, la Reforma, el
Porfiriato, y los regímenes revolucionarios. En segundo lugar, se
hace una incursión en el periodo de transición del proceso que,
habiendo comenzado con la llegada de los españoles, culminó,
entre 1941 y 1970, con la desecación de la laguna de Lerma.

En el capítulo cuarto se ve lo relativo al desplazamiento


del idioma matlatzinca en la zona de estudio, para ejemplificar las
repercusiones sociales del ambiente lacustre.

La perspectiva sincrónica es la que rige el análisis de la


segunda sección, dedicada al caso particular del modo de vida
lacustre en el municipio representativo de San Mateo Atenco. Se
enfoca, primeramente, lo referente al cimiento territorial acuático
del municipio, para después pasar a los aspectos económicos,
socioeconómicos y sociales, tratados respectivamente en los
capítulos sexto y séptimo.

La tercera sección, el cambio estructural en San Mateo


Atenco, tiene como fin mostrar una de las dos vías por las
que transitó el cambio económico en la zona, mediante la
industrialización; es decir, el cambio que tuvo lugar en algunos
municipios a partir de una actividad tradicional, en la que la
producción lacustre —el forraje acuático— tuvo un papel central,
aunque indirecto.

La tercera parte, la discusión teórica y la síntesis, constituye


un diálogo en el que los aportes de los autores considerados al
inicio y a lo largo del texto, sirven de telón de fondo en el que
expongo los resultados a que condujo mi propio análisis. En este

36
introducción

sentido, hago mención a algunos de los temas que, de acuerdo con


la opinión que me he formado después del manejo de los materiales,
convendría investigar a futuro. Por último, presento una síntesis de
los aspectos que desarrollé en torno al objeto de estudio.

37
parte primera: los planteamientos

40
el factor lacustre

Parte primera

Los planteamientos

39
agradecimientos

12
el factor lacustre

El factor lacustre como base de una


secuencia de desarrollo en Mesoamérica

a) La importancia de los lagos en Mesoarnérica

¿Qué importancia tuvo la producción lacustre en


Mesoamérica desde los tiempos preagrícolas, así corno en el origen
y desarrollo de la agricultura, en la emergencia del urbanismo
y formación de los primeros estados, y en las etapas siguientes
hasta el dominio de la industrialización, cuyo despliegue implicó
la desaparición de los viejos lagos y ciénagas de las cuencas del
Alto Lerma y de México? En torno a estas cuestiones, el aspecto
relativo a la determinante hidráulica en el surgimiento del Estado
en Mesoarnérica —en particular en la Cuenca de México— es
sobre el que, durante el presente siglo, empezaron a enfocarse
de manera sistemática los estudios antropológicos, con base en
posiciones neoevolucionistas multilineales.

b) Antecedentes

La investigación de Carl Sauer (1936) sobre la relación


del ambiente con el origen y el desarrollo de la agricultura en
América representa la primera plataforma. De ésta partirían los
estudios que consideraron, especialmente en la década de 1950,
la importancia del conocimiento empírico y del manejo que tuvo
la población prehispánica y su descendencia sobre el ambiente,
base de las estrategias económicas seguidas por las sociedades
mesoamericanas durante miles de años (González J., 1988: 63).

41
parte primera: los planteamientos

Otro apoyo teórico nodal fue aportado por Paul


Kirchhoff. A este autor se le debe, como se vio, la caracterización
de Mesoamérica como una superárea cultural de cultivadores
superiores, una de cuyas vinculaciones ecológicas Giménez M.,
1975: 21) se evidencia por las fronteras —de tipo acuático— que
le fueron asignadas, para el siglo xvi. Rasgo que se mantuvo en la
reformulación y redelimitación hechas por Palerm y Wolf (Palerm,
1990: 445).

Los trabajos de Karl Wittfogel,3 y específicamente el de


Julian Steward (1949) —“CulturalCausality and Law: A Trial
Formulation of the Development of Early Civilizations”—,
representan los antecedentes de los estudios sobre la relevancia
de la agricultura de riego en el origen de la civilización urbana
en Mesoamérica. El cuadro del segundo autor se centra —indica
Palerm— en las antiguas civilizaciones cuyo desenvolvimiento
se basó en la agricultura de regadío, mostrando que el desarrollo
general es multilineal —y no unilineal, como postulaban los
evolucionistas del siglo pasado— y que su carácter necesario
se aplica sólo a las sociedades “taxonómicamente semejantes”
(Palerm, 1972: 21).

En este planteamiento neoevolucionista multilineal la


Cuenca de México y el área maya se incluyen en el grupo de las
primeras grandes civilizaciones cuya particularidad, respecto a
otras sociedades contemporáneas, radica en que “fueron sociedades
de carácter urbano mantenidas por una agricultura de regadío. Los
especialistas [añade Palerm] insisten en que este rasgo produjo una
combinación de caracteres sociopolíticos que impregna toda su
historia y la hace radicalmente distinta de la de otras sociedades

3
Palerm se refiere a este autor en los términos siguientes: “Karl Wittfogel, en una
síntesis preliminar a la aparición de su libro Oriental Despotism (1957), ofrece un penetrante
análisis de las sociedades basadas en el riego” (1972: 23), en tanto que Julian Steward señala
que en “1949 me propuse extender la formulación de Wittfogel, mediante la investigación
de la posibilidad de que las sociedades de regadío (o hidráulicas) iniciaran su evolución
paralelamente con el uso de las plantas domesticadas y con el desarrollo de las comunidades
locales y de la tecnología, e incluso de los aspectos intelectuales, estéticos y religiosos, así
como de los patrones económicos y políticos” (1949, en Medina, 1986: 9).

42
el factor lacustre

urbanas” (Palerm, 1972: 14-22), o sea, taxonómicamente diferentes.


Entre éstas se encuentran las sociedades estratificadas de pastores,
las agrarias no basadas en el riego y no feudales de Grecia y de
Roma, así como las agrarias feudales no basadas en el riego del
medioevo europeo, y otras de menor rango.

El panorama teórico anterior fue el que cobijó numerosos


estudios generales que destacan la importancia decisiva de
la agricultura de regadío en el desarrollo cultural que lleva a
la civilización urbana en Mesoamérica. En la década de 1950
—siguiendo a González Jácome—, A rmillas descubrió la
complejidad, la alta productividad, la ininterrumpida fertilidad
de los sistemas agrícolas de la macroárea, y su relación con la
densidad de población. De esta manera, el empleo inicial del
concepto de sistema agrícola como una conjugación de aspectos
fisiográficos —básicamente suelo, agua, y altitud— con densidad y
aumento demográfico, tipo de asentamiento y organización social,
impulsó el proceso de elaboración teórica sobre el desarrollo de
las sociedades mesoamericanas (González J., 1988: 72). Tiempo
después se abordó el estudio del sistema agrícola de chinampas
en la Cuenca de México.

El mayor aporte de la década de 1950 residió, por un lado,


en una serie de investigaciones antropológicas, emprendidas a
partir de una concepción teórica que consideraba a los sistemas
de regadío como el motor básico de la evolución de las sociedades
mesoamericanas. Por otro lado, en el cotejamiento de éstas con
distintas civilizaciones hidráulicas del mundo. Así, se llevaron.
a cabo investigaciones con objeto de relacionar los principios del
regadío con los del urbanismo y el Estado, dándose, también, “las
primeras tentativas para estudiar la ecología mesoamericana para
lo cual se utilizaron elementos fisiográficos, sistemas agrícolas,
densidades de población y tipos de asentamiento. Se acuñaron
conceptos como los de área clave, o región simbiótica, aplicables
en la descripción y explicación del surgimiento del urbanismo
y la centralización del poder en las sociedades antiguas de
México” (González J., 1988: 73), para dar comienzo a los estudios

43
parte primera: los planteamientos

interdisciplinarios, mediante el uso del concepto de Mesoamérica,


en la década de 1960 (González J., 1988: 72).

Entre los autores más representativos de estos estudios


se encuentran Armillas (1948, 1951): “A Secuence of Cultural
Development in Mesoamerica”, y “Tecnología, formaciones sociales
y religión en Mesoamérica”, Palerm (1952, 1954, 1955, 1967, 1972):
“La civilización urbana”, “La secuencia de la evolución cultural
de Mesoamérica”, “The Agricultural Bases of Urban Civilization
in Mesoamerica”, “Agricultural Systems and Food Patterns”, y
Agricultura y sociedad en Mesoamérica; Wolf (1959): Sons of the Shaking
Earth; Millon (1959): “La agricultura como inicio de la civilización”,
y otros más.4 A estas investigaciones generales les seguirían otras
particulares que habrían de apuntar a la Cuenca de México,
considerando que —según los señalamientos de Palerm (1973)—,

[el] Valle de México constituye el área central y decisiva para el


entendimiento del proceso total del desarrollo de Mesoamérica... Si
se quiere probar la hipótesis de que una alta densidad y complejidad
hidráulica corresponde a un alto desarrollo urbano, social y político,
el mejor lugar para hacerlo es el Valle de México.

Algunos de los estudios particulares son los de Palerm


mismo (1961, 1973): “Sistemas de regadío en Teotihuacan y en el
Pedregal”, “Obras hidráulicas prehispánicas en el sistema lacustre
del valle de México”, Millon (1954): “Irrigation at Teotihuacan”,
Sanders (1962): “Cultural Ecology of Nuclear Mesoamerica”,
Palerm y Wolf (1972): Agricultura y civilización en Mesoamérica,
correspondiendo los más recientes a la etnohistoriadora Teresa
Rojas (1983): La agricultura chinampera. Compilación histórica. Esta
autora, en una publicación posterior en colaboración con Sanders
(Rojas y Sanders, 1985): Historia de la agricultura, ha ampliado su

4
Palerm incluye una relación más detallada sobre estos autores en las páginas 167-169
de su trabajo publicado en 1972.

44
el factor lacustre

investigación a los aspectos relacionados con diferentes sistemas


agrícolas del país.

En el mismo contexto intelectual —en el que surgió


la investigación de los sistemas agrícolas mesoamericanos
y en estrecha ligazón con la misma, en cuanto presenta una
continuidad—, se desarrolló el análisis de los fenómenos
económico—sociales desde una perspectiva ecológica. Dicho
análisis ha llegado a estar de tal modo presente en las investigaciones
antropológicas que ha dado lugar al surgimiento de un campo
especifico denominado “antropología ecológica”. Ésta se aboca
—tal como lo plantea uno de sus exponentes— al estudio de la
relación “sociedad—naturaleza”, es decir “de las características y
evolución de las relaciones de las sociedades humanas y su medio
[...] natural” (García M., 1980: 13).

Las posiciones respecto al papel del medio físico expresan


una amplia gama que va desde la consideración de aquél como
una constante que incide de manera directa en la cultura, hasta
la que lo postula como un factor determinante del desarrollo
histórico-social. La posición mayoritaria plantea que el ambiente,
más que determinante, es un aspecto limitante que debe tenerse
en cuenta al lado de otros factores que influyen en lo sociocultural
(McClung, 1979: 7).

Este t ipo de est udios i mpl ica u n acercam iento


interdisciplinario al tema, así como un enfoque global, es decir,
por una parte, no sólo en cuanto a lo meramente económico
—”como una relación entablada básicamente a través de la fuerza
humana de trabajo, como conducto primario y básico de mediación
y, por tanto, como parte del proceso de producción de bienes de
vida” (García M., 1980: 13)—, sino además en lo que respecta a lo
superestructural. Por otra parte, también se consideran las dos
dimensiones: la diacrónica —que se refiere al corte cronológico
vertical, histórico—, y la sincrónica —que se restringe a un
corte horizontal—; o sea, que abarca desde la más profunda
temporalidad en el proceso de hominización —partiendo de las
primeras agrupaciones de recolectores y cazadores— e incluye

45
parte primera: los planteamientos

a todos los grados de desarrollo social —hasta las formaciones


sociales contemporáneas.

En tanto el grado de incidencia de la acción humana sobre


el medio varía de acuerdo con el nivel de desarrollo sociocultural,
Lorenzo ha señalado que éste constituye el criterio fundamental
para la comprensión del proceso de interacción hombre—ambiente.
Considerando lo anterior, el autor expone ocho categorías globales
relativas a la creciente alteración ambiental por los distintos
niveles de desarrollo social. Cabe mencionar que para la tercera
y cuarta categorías, la alteración ambiental podría ser ínfima, es
decir, no correspondería a la señalada por el autor en el caso de
agrupaciones lacustres —basadas en la caza, pesca, y recolección
de fauna y flora acuáticas— y asentamientos sedentarios en torno
a los lagos. Las categorías que Lorenzo (1988, 3:433) indica son las
siguientes:

— Perturbación de fauna y flora.

— Las antes mencionadas y suelo, afectándose las primeras al


realizarse incendios para el acoso de animales.

— Alteración del ecosistema con la práctica de la agricultura.

— “Además de lo anterior, cuando se crean asentamientos


humanos estables”.

— Intervención hidrológica, al efectuarse control hidráulico.

— “Total, en paisaje inmediato”, con la aparición del urbanismo.

— “Magnificado”, por la revolución industrial.

— “Absoluto, como consecuencia del capitalismo imperialista”.

Los dos puntos iniciales —añade el autor— se refieren


“a una etapa de cazador recolector, en la que la alteración del
ambiente es mínima, no mayor que la que pueda producir otro

46
el factor lacustre

depredador”. Los dos incisos siguientes “se inscriben en la etapa


pre o protohistórica y afectan a regiones menores”. A partir
del penúltimo renglón “los efectos de la intervención humana
comienzan a ser aparentes y destructivos y culminan negativamente,
[en el último punto] en el que hoy nos encontramos”.5

El contexto lacustre y el desarrollo social

En cuanto a los otros aspectos de la producción vinculados


con un ambiente lacustre —aparte de las hipótesis de Carl
Sauer sobre el origen de la agricultura en América y de los
estudios limnológicos de Deevey—, sólo se cuenta con algunos
señalamientos hasta antes de la década de 1970, cuando dichos
aspectos empezaron a abordarse sistemáticamente.

Sauer plantea (1930) que, teniendo en cuenta el conocimiento


previo de los ciclos de las plantas y el arduo y prolongado proceso
de ensayos requeridos para su domesticación, los orígenes de
ésta implicaron un mínimo nivel de vida sedentaria. Lo anterior
habría de situarse entre el Paleolítico Superior y el Neolítico, en
lugares que contaban con climas variados que posibilitarían la
existencia de una multiplicidad de especies vegetales y animales,
particularidades que son propias de las regiones de monte de las
franjas templadas y subtropicales.

5
De acuerdo con Lorenzo (1987: 21) el “estudio del pasado de la Humanidad, en sus
variados aspectos, es el tema de la historia... Ahora bien, este estudio se circunscribe a los
pueblos o civilizaciones que en forma escrita han dejado huella de su devenir. Sin embargo,
la arqueología vino a demostrar la existencia de otros grupos humanos que no alcanzaron
la escritura o, que si la tuvieron, no ha podido ser descifrada o lo ha sido sólo parcialmente.
Para ellos se creó el término Prehistoria, lo anterior a la historia. Además se encontró el caso
de sociedades que, carentes de escritura, recibieron la visita, fueron invadidos o conquistados
por pueblos que sí la tenían, de tal manera que sus costumbres, organización social, religión
y todo lo que integra la cultura, fueron descritos por los que llegaron. Esto se ha llamado
Protohistoria”.

47
parte primera: los planteamientos

Por lo anterior, los primeros cultivadores habrían sido


recolectores y pescadores que habitaban los alrededores del mar, de
los lagos y ríos, lo que les permitiría el fácil acceso de transporte
acuático, y contar con una gran diversidad ecológica, como aves,
peces, y otros animales no acuáticos, así como con el amplio
abanico de vegetales del agua que se sumarían a los de las
subáreas que difieren conforme su ubicación se va distanciando
del medio acuoso. Sauer supone que, en sus principios, la
domesticación de vegetales pudo haberse hecho con fines que
se vincularían, más que con la consecución de alimentos, con la
actividad pesquera, como serían las materias para la fabricación de
instrumentos y productos para facilitar la pesca, como por ejemplo,
los barbascos.

Por su lado, Deevey (1956: 213, 220) no sólo ha mencionado


lo interesante que son —por derecho propio— los lagos de
Mesoamérica, como aspectos geográficos naturales y como medios
en que habitan los organismos. También ha llamado la atención
sobre dos cuestiones, una general, en cuanto a que los lagos,
donde quiera que existan, son de una “importancia extrema”
(extreme importance) para la economía doméstica, y que el papel
jugado por aquéllos en la conformación de la cultura “no ha sido
insignificante”. La otra cuestión está relacionada, particularmente,
con Mesoamérica:

The lakes of Mexico and Central America have not only played this role
to a degree that is out of the ordinary, but they are part of a scene that
has no parallel, either in importance or in drama, in the entire history
of western culture.

Después de haber transcurrido varias décadas de las


investigaciones limnológicas de este autor en la región boreal
de nuestro continente, pioneras en lo tocante a la trascendencia
de la relación del aspecto lacustre y la sociedad, y a la luz del
conocimiento revelado por numerosos estudios recientes, los
señalamientos de Deevey pueden, de hecho, aplicarse a diferentes

48
el factor lacustre

hitos de la evolución humana general y de la que tuvo lugar


en América. En efecto, como parte del resultado de los trabajos
que ha venido realizando en África un numeroso equipo que
originalmente estuvo encabezado por Louis Leakey, se ha
descubierto que el “frondoso medio lacustre de Hadar [Etiopía]”
fue uno de los lugares en que habitó la primera “raza” homínida,
con tres millones de años de antigüedad, el Australopitecus afarensis.
Esta “raza” o “rama” es la única de las tres líneas que, de acuerdo
con la determinación de White y Johanson, “comprendió las especies
del Horno y representa a nuestro ancestro directo”, es decir, que
esta tercera rama pertenece a la de los antepasados “de todos los
homínidos posteriores... así como a la línea que nos conduce a los
modernos humanos” (White, 1987: 40-41).

La significación que tiene lo anterior se refuerza con el


hallazgo de la primera evidencia humana de locomoción bípeda
con una antigüedad de cuatro millones de años, el cual fue hecho
en el valle de Awash Medio, situado inmediatamente al sur de
Hadar (White, 1987: 40-41). De manera similar, el más antiguo
testimonio cultural procede de un contexto lacustre, como lo
expresa White (1987: 41):

En Olduvai [Tanzania]... se encontró la primera y más primitiva


herramienta hecha en piedra. Dicha tecnología de Oldowan se encuentra
en las dos unidades geológicas en Olduvai, Bases 1 y n. Durante la
deposición de estas capas, hace unos 1.7 a 1.8 millones de años, Olduvai
era más húmedo, tenía ambiente tipo lacustre. Mary Leakey y otros
arqueólogos han demostrado que los homínidos estaban transportando
piedra, haciendo herramientas de piedra, cortando tejidos y rompiendo
huesos de mamíferos medianos y grandes en las superficies de la tierra
adyacente al lago.

Fue en la Base 1 del mismo Olduvai donde se encontró al


espécimen de las primeras especies de nuestro género, el Horno
habilis —”uno de los fósiles más importantes” que provienen de
ese sitio— que data de hace 1.8 millones de años, siendo también
África oriental la región en que se detectó —en los años setenta­la

49
parte primera: los planteamientos

presencia del “precursor directo del Homo sapiens”: el Homo erectus,


con una antigüedad de 1.6 millones de años. Ahora bien, un hecho
de singular importancia consiste en que tanto los descubrimientos
anteriores como la recuperación del “espécimen más importante
de Homo erectus que jamás se haya visto”, misma que fue
realizada en el lago Turkana por Richard Leakey en la década
de 1980, sugieren “que hubo una transición evolutiva abrupta
entre el Homo habilis y el Homo erectus, entre 1.6 y 1.8 millones
de años, en el este de África [...] aspecto en el que se concentrará
mucho de la investigación futura” (White, 1987: 42).

En relación con América, en un contexto lacustre fueron


descubiertos algunos de los materiales líticos prec1ovis con base
en los cuales McNeish postula la entrada del hombre al continente
antes de 12,000 años, mostrando, de manera inicial, una antigüedad
para tal acontecimiento en unos 50,000 años (McNeish, 1987:
57-67). Sobre lo anterior, al lado de los hallazgos hechos en
contextos acuáticos —ríos concretamente—, están los realizados en
Monteverde, un sitio “verdaderamente sorprendente” del norte de
Chile, que en su mayor parte se encuentra en un pantano. Uno de
esos descubrimientos consiste en “cinco puntitas con mordiditas en
los bordes” y en “un mango de madera, con una de estas puntitas
al final”, el cual presentó una antigüedad de 13,000 años. En ese
sitio se han encontrado “restos de algún pueblo; no solamente...
herramientas unifásicas, también ... varias herramientas y piezas
de madera atadas con mecatitos, que forman una especie de rejilla”
(1987: 60). McNeish señala que, tales rejillas —que se remontan
a 11 150 y 13 915 años antes de nuestra era (a.n.e.)— pudieron
ser utensilios, marcos, para trasladar la carne y los huesos de
mastodontes y sacados del pantano donde habían sido matados.
El último hallazgo, lo relata el autor (1987: 64) en los siguientes
términos:

... ya habían quitado todos estos artefactos unifásicos del pantano


y de la superficie de la terraza. En este momento [Oo’ Tom Beahy]
encontró puntas de tipo de cola de pescado. Y, cuando siguió excavando
por debajo de la grava vio que sobresalían tres o cuatro huesos de

50
el factor lacustre

mastodonte, arriba del área del pantano. Siguió excavando bajo la grava
y localizó los huesos de mastodonte y cuatro raspadores [...] Éstos tienen
dos fechas, 33 000 y 33 370.

Ahora bien, respecto a Mesoamérica —considerada ya como uno


de “los seis casos de formación estatal temprana en la evolución
de las sociedades humanas” (Lamerias, 1988, 3: 533)—, se sabe
que los principales estados del altiplano central se desarrollaron
en áreas lacustres, para dos de los cuales —el de los mexicas y el
de los purépechas— López Austin (1981:17, 55) ha indicado que,
a la llegada de los españoles, “el lago era el centro del mundo”.
Asimismo, antes de la expansión mexica, otros habitantes de
una zona lacustre, los matlatzincas del Alto Lerma, alcanzaron
su máximo desarrollo.

Contándose con el valiosísimo estudio de Deevey (realizado


entre las décadas de 1940 y 1950) Y los trabajos de Sauer, fue en los
años setenta cuando arrancó el conocimiento sistemático sobre la
importancia que tuvo el uso simultáneo de distintos ecosistemas
en los primeros tiempos del poblamiento de la Cuenca de México.
Mirambell (1988: 51-52) señala que junto “con los estudios
arqueológicos que han llevado al conocimiento certero de la
presencia del hombre en la Cuenca de México desde hace 22 000 ó
21 000 años, el trabajo interdisciplinario condujo al conocimiento
del medio geográfico y de las variaciones ecológicas en relación
con la presencia humana desde hace 35,000 años. Hacia esas
fechas, el área era magnífica para acampar, facilitaba la caza, pesca
y recolección, e inclusive, la misma roca del cerro proporcionaba
abundante materia prima para la elaboración de artefactos”.

Dentro de esta perspectiva, y continuando una rica


—aunque dificultosa— trayectoria de labor arqueológica realizada
por múltiples estudiosos mesoamericanistas, Niederberger
logró, a través de su investigación en Tlapacoya—Zohapilco,
una primera “perspectiva diacrónica profunda en los tiempos
postpleistocénicos” que se inicia en 5 500 a.n.e., y en la que el recurso
acuático es relevante (Niederberger, 1988, 14: 69). El trabajo de esta

51
parte primera: los planteamientos

autora, representa el inicio de las investigaciones sistemáticas


orientadas al conocimiento de la importancia diferencial que
tuvo el aprovechamiento de los recursos desde los principios del
poblamiento en algunas zonas de la Mesa Central.

Es éste el contexto temático en el que se ubica mi propuesta


sobre la importancia histórica de la producción acuática en el sur
del Valle de Toluca, y el significado teórico del factor lacustre en el
desarrollo sociocultural de algunas zonas de Mesoamérica, como
se verá con mayor detenimiento en la parte iii de este ensayo,
correspondiente a la discusión.

52
lo general. la zona de estudio

Parte segunda

Los fundamentos

53
agradecimientos

12
lo general. la zona de estudio

El papel histórico y las implicaciones


teóricas de la producción lacustre

“Resulta tentador preguntarse qué engendró, además de los lagos


y las montañas, la larga procesión de civilizaciones indígenas..., qué
secuencias de “estímulo y respuesta” convirtieron este valle [de México]
en la sede de culturas nativas tan altamente desarrolladas. Quizá las
alternativas estacionales de humedad y sequía despertaron la iniciativa
de pueblos cuya supervivencia dependía principalmente de los lagos”

Gibson, Los aztecas bajo el dominio español.

I
LO GENERAL. LA ZONA DE ESTUDIO: EL SUR DEL VALLE
DE TOLUCA

La zona de estudio presenta ciertas condiciones materiales


—conferidas por sus orígenes geológicos y su localización en un
lugar determinado del territorio mesoamericano— que hicieron
posible un tipo de secuencia sociocultural, cuyo papel histórico
y significado teórico son trascendentes. En este sentido, como
ha anotado Palerm (1967:233), aun cuando la superárea está
comprendida en la América intertrópica, debe considerarse “que la
altitud constituye un factor climático tan decisivo como la latitud”.
Razón por la cual el mismo autor (1990:446, 1967:234) indica que
más que tropical, a causa de la elevación, de las monumentales
cordilleras, de los vientos y de otros elementos, Mesoamérica
ha resultado un “mosaico” geográfico y climático. “Lo que
predomina en ella es la extrema diversidad, y las variaciones más
abruptas se encuentran con frecuencia a distancias mínimas: en
una misma zona montañosa se cambia de clima y estación del año
simplemente según su altitud”.

Debe también tenerse presente lo relativo al factor


geológico, responsable en ocasiones de los matices, o aun
verdaderos contrastes, que exhiben territorios colindantes.

55
parte segunda: los fundamentos

Es por esto que, en razón de los efectos plurales de su


origen geológico, la zona de estudio presenta notables diferencias
respecto a la zona septentrional aledaña, con la que integra el
actual Valle de Toluca. Al mismo tiempo, por sus antecedentes
geológicos, el sur de este valle muestra semejanzas (basadas en el
carácter lacustre) con otras regiones —como la Cuenca de México,
Pátzcuaro y Cuitzeo cuya lejanía o diferencia de altitud es mayor
que la que media entre ambas zonas del valle mencionado.

Las implicaciones teóricas de estas cuestiones son


trascendentes. Su explicitación —indica Palerm (1990:446)—
­responde no tanto a una “defensa de la originalidad” de
Mesoamérica, sino a “una explicación de la dificultad de analizar
y comprender el desarrollo de su civilización” ya no digamos en
los términos de los modelos teóricos derivados del estudio de Asia,
Europa y América, sino, como lo ha mostrado Niederberger (1979),
también de los modelos de la misma superárea geográfico-cultural
mesoamericana. Al respecto, la autora citada (1986:94) apunta que
deben “observarse esos diferentes paisajes y sus recursos particulares
para entender mejor los procesos de interacción entre un conjunto
natural determinado y el grupo étnico que lo explota”.

Dentro de esta parte del ensayo, en las secciones que la


integran se verá también lo relativo al vínculo propiciatorio de
la laguna de Lerma, como basamento territorial acuático, con el
origen del modo de vida lacustre, y con la secuencia general de
desarrollo en el sur del Valle de Toluca. Se incursionará, también,
en este tipo de modo de vida durante la última etapa de la laguna
de Lerma, en San Mateo Atenco, así como lo que atañe al cambio
económico en el municipio representativo. Como se estableció
previamente, no se trata de hacer una descripción histórica, sino
—en tanto el objetivo es mostrar la trascendencia del ambiente
lacustre en la historia local—, además de introducir los aspectos
ecológicos que definen el contexto, sólo se vertirán los de carácter
socioeconómico que son significativos, tanto a partir del material
comparativo, como del que se refiere a la zona de estudio y a San
Mateo Atenco.

56
lo general. la zona de estudio

1. EL CONTEXTO AMBIENTAL. LA LAGUNA DE LERMA

Los aspectos típicos y peculiares de la secuencia sociocultural


acaecida en la zona sur del Valle de Toluca, tuvieron como marco
y base fundamental, las características geográficas y ambientales
de aquélla. En el primer capítulo se bosquejará el panorama
geoecológico de la zona de estudio, dentro del paisaje general del
altiplano central, así como en relación con otras zonas de éste y
respecto al contexto restringido del Valle de Toluca. Con la mira
de redondear los puntos de referencia se listarán las sub-áreas
constitutivas o biótopos de la zona y los recursos naturales que
les eran propios durante la última etapa de vida de la laguna de
Lerma.

Ubicación, delimitación, el medio geofísico, topografía, hipsometría


y orografía del sur del Valle de Toluca:

El área de estudio se encuentra en la primera región


fisiográfica mesoamericana (Palerm, 1967:248), el altiplano central
que se extiende desde las sierras Madre Oriental y Occidental,
y de la frontera ecológico-cultural norte hasta la Cordillera
Neovolcánica. Es decir, corresponde a la porción montañosa, uno
de los cuatro ecosistemas principales que han sido diferenciados
por Niederberger (1986, t.I:94), y constituye la única zona
lacustre de la cuenca alta del río Lerma, misma que abarca
desde el nacimiento de esta corriente fluvial —en el municipio
de Almoloya del Río, Estado de México—, hasta la Presa Solís
—de la entidad guanajuatense (ver mapas 1 y 2). La subcuenca
del Alto Lerma conforma, de acuerdo con la división que han
hecho algunos autores (Chedid, 1990), la primera “fracción” del
sistema hidrológico Lerma-Santiago.6 En el ámbito mexiquense, el

6
La zona lacustre ocupa el 0.59% de la superficie total de la cuenca que mide 125,370
kilómetros cuadrados y que se extiende sobre la superficie de las entidades federativas
siguientes:

57
Mapa 1
Cuenca hidrográfica del Lerma-Santiago
(Zona lacustre del Alto Lerma)

58
parte segunda: los fundamentos
lo general. la zona de estudio

Mapa 2
Subcuenca de la zona lacustre del Alto Lerma

59
parte segunda: los fundamentos

Alto Lerma corresponde aproximadamente a lo que en nuestros


tiempos se denomina Valle de Toluca,7 dentro del cual la zona de
estudio integra su porción sureña (ver mapas 3, 4 y 5).

Comparada con el Valle de Toluca, que cubre 4,500 km2, Y


con la Cuenca de México, cuya extensión comprende 7,850 km2 de
los cuales correspondían entre 800 y 1,000 km2 al territorio acuático
(Sánchez c., 1951; López A., 1989; Rojas, 1985), la zona lacustre del
Alto Lerma (zlal) es pequeña.8 Mide aproximadamente 37 km de
longitud —que se orientan de sur a norte, desde las laderas del
volcán Nevado de Toluca, Xinantecatl, Zinantecatl, o Chiucnauhtecatl
(Nueve Cerros)—, por 20 km de anchura, comprendiendo
aproximadamente 740 km2. Esta superficie incluye, en forma total
o parcial, a 19 municipios mexiquenses (ver mapas 2 y 5), entre los

México 5,371 km2


Querétaro 2,569 km2
Guanajuato 25,441 km2
Michoacán 11,379 km2
Jalisco 35,740 km2
Aguascalientes 4,639 km2
Zacatecas 26,869 km2
Durango 2,447 km2
Nayarit 10,555 km2
TOTAL 125,370 km2

Fuente: Tamayo, 1962, v.l:413

7
El área ocupada por la antigua zona lacustre representa el 16.44% del ValIe de Toluca,
el cual abarca 4,500 km2 (Enciclopedia de Méxiro, 1978, v. VIII:552). Según Sánchez Colín (1951,
v.l:361), el valle se extiende en la actualidad sobre la superficie aproximada de los siguientes
municipios: Acambay, Aculco, Almoloya de Juárez, Atlacomulco, El Oro, IxtIahuaca,
Jiquipilco, Jocotitlán, San Felipe del Progreso, Temascalcingo, Temoaya, Villa Victoria y
Zinacantepec, englobando a los municipios que, de acuerdo con mi propia delimitación,
conforman la antigua zona lacustre del Alto Lerma, excepto Joquicingo y Xonacatlán, los
cuales no han sido incluidos en la lista del autor citado. Finalmente, la zona mencionada
ocupa el 13.62% de la cuenca del Lerma que corresponde al Estado de México (con 5,731
kilómetros cuadrados).

8
La delimitación de la zona se hizo con ayuda de la antropóloga Isabel Hernández, con
base en los mapas Tenango, Toluca, Volcán Nevado de Toluca, San Miguel Zinacantepec,
e Ixtiahuaca, de DETENAL, usando los datos sobre las superficies municipales que
proporciona Fabila, 1951, v.l, cartograma 1, así como a partir de los recorridos de campo
realizados.

60
lo general. la zona de estudio

que se encuentran algunos de los más pequeños de la entidad9


(ver cuadro 1).
CUADRO 1

Zona Lacustre del Alto Lerma. 1950


(municipios que quedan incluidos total o parcialmente)

A) Superficie total de los municipios:


Sup. total Alt. media Alt. de
Municipios
km2* msnm** cabeceras*
1. Almoya del Rio 11.88 2,592 2,730
2. Atizapán 33.65 2,680 2,285
3.Chapultepec 21.18 2,500 2,683
4.Mexicaltzingo 13.06 2,710 2,615
5.Rayón 14.45 2,600 2.595
6.San Antonio la Isla 13.46 2,570 2,700
7.San Mateo Atenco 27.71 2,600 2,291
8.Texcalyacac 24.15 2,600 2,820
Sub-total 159.54
B) Superficie parcial de los municipios:
Que están situados alrededor de los anteriores

Municipios
Sup. parcial Alt. media Alt. de
km2 msnm** cabeceras*
9.Calimaya 24 2,650 2,700
10.Capulhuac 20 2,700 2,700
11.Joquicingo 10 2,600 2,860
12.Lerma 100 2,599 2,610
13.Metepec 42 2,636 2.302
14.0coyoacac 60 2,800 2,700
15.Tenango 22 2,600 2,237
16.Tianguistenco 50 2,734 2,734
17.Toluca 197 2,680 2,640
Sub-total 525
Que se ubican en el norte, hacia donde el río Lerma sale de la zona:
Sup. parcial Alt. media Alt. de
Municipios
km2* msnm** cabeceras*
18.0tzolotepe, y 40 2,573 2,520
19.Xonacatlán 15 2,563 2,534
Sub-total 55
Total 739.54
Fuente: *Fabila, 1951, v. I. Cartogramas I y II.
**Gobierno del Estado de México, 1986-87.
Nota: En la zona queda incluido el pueblo del municipio de
Temoaya San José Buenavista, cuya superficie, por ser tan
pequeña, no se consideró en los cálculos efectuados.
9
El Estado de México mide 21,414 kilómetros cuadrados desde el año 1917 en que fue
constituido, y la superficie de los municipios que lo integran oscila entre 11.5 y 777 km2.

61
parte segunda: los fundamentos

Mapa 3
Cuenca del río Lerma en el contexto
del Estado de México

62
lo general. la zona de estudio

Mapa 4
Zona lacustre del Alto Lerma

63
parte segunda: los fundamentos

Mapa 5
Zonas norte y sur del Valle de Toluca

64
lo general. la zona de estudio

En la actualidad, la zona está compuesta por una llanura


lacustre central que se sitúa entre los 2,237 y los 2,600 metros sobre
el nivel del mar (msnm), y por una franja montañosa circundante
que se abre en el extremo noroeste, “puerta de salida para el río
Lerma” (Bataillon, 1972:27), donde la zona finaliza.

Al mismo tiempo que el cinturón montañoso forma parte


de la subregión (o zona sur del Valle de Toluca —zsvt—), la delimita
mediante numerosos macizos orográficos. Al oriente, la Sierra del
Ajusco, con 3,952 metros de altura máxima, da principio al eje
que se prolonga hacia el noreste con los nombres de Cerro de San
Miguel, Sierra de las Cruces, y Monte Alto. Al sur se encuentran,
desde el Ajusco, unos conos volcánicos pequeños que forman parte
de los montes de Ocuilan y de los lomeríos de Tenango, los cuales,
al seguir hacia el poniente, se elevan hasta llegar al volcán Nevado
de Toluca. Este último, situado en el suroeste y con 4,578 msnm,
constituye el centro de uno de los sistemas orográficos del Estado
de México. Finalmente, al occidente, los lomeríos y los montes
de Calimaya, que son estribaciones del Nevado, se continúan al
noroeste por la cadena de cerros del municipio de Toluca, entre
los que se encuentran el Tlacotepec, el San Felipe Tlalmimilolpan,
el Calixtlahuaca, y el Miltepec (Waitz, 1943:123-124; Bataillon,
1972:34; Enciclopedia de México, 1978, v. VlII:552; Fabila, 1951, v.I:11-
14; Sánchez Colín, 1951, v.I:43-44).

a) Geología

Geológicamente, la zona de estudio está integrada por rocas


del Terciario y por terrenos del Cuaternario (Waitz, 1943; Barbour,
1973; Tamayo, 1962, v.I:450-451; Enciclopedia de México, 1978, v.
VIII:551). Desde su origen, a fines del Cretácico —último período
del Secundario, aquélla comenzó a elevarse, por los plegamientos
resultantes de las presiones orientales y por las corrientes de lava
debidas a la actividad tectónica en la Sierra Madre Occidental y en
la Cordillera Neovolcánica. El relieve actual de la zona es en gran

65
parte segunda: los fundamentos

medida reciente; ha sido producto de la actividad que, habiéndose


iniciado a la mitad del Terciario, y luego de alcanzar su mayor
intensidad en el Pleistoceno, continúa de manera irregular hasta
el presente.

En el transcurso del primer período de ebullición volcánica


durante el Terciario empezó a configurarse, respectivamente al
final del Mioceno y al principio del Plioceno (Lara, 1953; Barbour,
1973:533), la Sierra de las Cruces y el Ajusco, serranías que están
integradas por un meollo muy grande de rocas andesíticas y daáticas,
En el segundo período siguió definiéndose el contorno montañoso,
en especial el Nevado de Toluca, ya lo largo del tercer período fue
característica la erupción del Jocotitlán, así como la aparición de
muchos conos laterales a los macizos más importantes.

Durante el Plioceno —último período del Terciario—


los valles centrales del país estaban ubicados dentro del
antiguo sistema hidrológico del Lerma, cuando el río ancestral
desembocaba hacia el Pacífico probablemente a través de una
serie de lagos. Las cuencas interiores de aquél eran las regiones
conocidas como Valle de México y Valle de Toluca, así como los
llanos de Puebla (Puebla-Tlaxcala), los llanos de Apan (Hidalgo),
los lagos de Zirahuén, Pátzcuaro y Cuitzeo (Michoacán), los lagos
de Atotonilco y San Marcos (Jalisco), los lagos Santa María y San
Pedro Lagunillas (Nayarit), y el lago Juanacatlán (Jalisco) y la
laguna de Santiaguillo del estado de Durango (Barbour, 1973:533).
Al parecer, primero se distanciaron Zirahuén y Pátzcuaro de
Cuitzeo y Lerma, separándose estos dos últimos bastante después
(Argueta, 1986:7, citando a De Buen),

El enorme y profundo lago que abarcaba a las actuales


cuencas del Alto Lerma y de México, habíase formado —según
indica Waitz (1943:125)— al obstruirse el paso por el que descendía
el antecesor del río Lerma, aproximadamente a la altura de la
antigua hacienda de Toxhi (Waitz, 1943: 125).

66
lo general. la zona de estudio

Con posterioridad, la zona sur del Valle de Toluca se


constituyó en un área de pantanos debido a las acumulaciones
de materiales detríticos y cineríticos, es decir, resultantes
respectivos de la acción de los agentes erosivos sobre las rocas
de los alrededores, y de las erupciones. Depósitos lacustres que
establecieron los terrenos del Cuaternario, y están formados
por estratos horizontales de productos eruptivos y aluviones
—calizas y lodos volcánicos, y materiales arcillosos, arrastrados
por las aguas y sedimentados en los valles y cauces de los ríos—
intercalados con capas de tizar o carapachos microscópicos de
diatomeas (Fabila, 1951, v.I:18).

Por su parte, “el lago de México fue convertido en


un depósito lacustre del que, a través de la alternancia de
los sedimentos fluviales, se formaron en tiempos recientes
los depósitos de Chalco, Texcoco, San Cristóbal, Xaltocan y
Zumpango” (Enciclopedia de México, 1978:551).

b) Características geohidrológicas de la zona

El Valle de Toluca, más alto aunque de menor amplitud


que los “valles” o cuencas de Puebla y de México, integra
con éstas —utilizando los términos del historiador Bernardo
García Martínez— (1976:29) “el corazón del México Central”.
En ese núcleo repercutió más profundamente el proceso de
acumulación originaria de capital que, habiéndose iniciado con
la conquista española, finalizó en la década de 1960, al despegar
la industrialización.

La formación geológica del Valle de Toluca es responsable


de algunas de sus generalidades —como su altitud media superior
a los 2,500 msnm—, a la vez que de ciertas particularidades que
facultan dividido en dos subregiones o zonas: la norte o serrana, y
la sur. La última cuenta con un régimen de lluvias más abundante,

67
parte segunda: los fundamentos

determinado por la presencia del principal macizo sagrado de


los pobladores regionales de antiguo origen otomiano: el volcán
Nevado de Toluca (4,578 msnm). En virtud de su altura, éste ha
sido llamado en los mitos “el hermano mayor”, distinguiéndolo
de la otra elevación sagrada, el volcán de Jocotitlán (3,950 msnm),
que se encuentra en la zona norte o serrana del valle, cuya
denominación es “el hermano menor”.

En este mismo sentido, aun cuando ambas zonas proceden


de un pasado geológico común, ciertas especificidad es, relativas a
la composición de sus respectivos suelos, han dado por resultado
que el sur ostente los factores necesarios para la existencia de
condiciones geohidrológicas excelentes, a saber, el alto índice de
permeabilidad de su suelo y subsuelo —debido al predominio
de cenizas volcánicas porosas del Cuaternario (contrariamente
a lo que sucede en la zona norte, donde hay un índice mayor de
arcillas lacustres del Terciario).

Con estos fundamentos peculiares, lo quebrado del


terreno y la densidad de los bosques hacen posible la absorción
del cuantioso líquido pluvial (que anualmente se desprende)
a través de la capa formada —a manera de “esponja”— por
las hojas y troncos que caen, por el estrato de humus, y por el
entrecruzamiento de las raíces (Rzedowski, 1975). Esto permite
que la corriente acuosa emerja en las laderas inferiores, después
de introducirse por la cubierta orgánica de las partes altas de los
cerros y profundizar por el subsuelo poroso hasta encontrar rocas
impermeables, en la confluencia del material volcánico con el
sedimentario (Gutiérrez, 1979:13).

Consecuentemente —gracias a la presencia del Nevado


de Toluca—, es el sur donde se origina el río Lerma, el cual
formaba con anterioridad la ciénaga, “lago” o “laguna” del mismo
nombre. Por tal razón, planteo que la parte meridional constituyó
propiamente, hasta la desecación de aquélla, la zona lacustre del

68
lo general. la zona de estudio

Valle de Toluca (zlvt). Al respecto, Carda Martínez (1976:29-30)


señala lo siguiente:

El Valle de Toluca [también tiene su gran volcán...] y también representa


éste un elemento de capital importancia para el clima y el régimen de
lluvias. De hecho, el régimen hidrológico de la parte sur del valle...
depende del Nevado. El norte... es algo más seco... Excepto en la parte
sur del Valle, donde las poblaciones tienden a ser ribereñas, los pueblos
se agolpan en las húmedas laderas de las montañas... Esta diferencia de
situación entre los dos tipos de población significa mucho en el aspecto
de los mismos... [teniendo, los del norte] un marcado aspecto serrano.

En cuanto a su apariencia, la zona lacustre es similar al


resto de la Mesa Central, misma que presenta llanuras a distintos
niveles que están limitadas por montañas volcánicas. Estas
llanuras son más altas, estrechas y fértiles que las de la Mesa del
Norte, habiendo sido también, en su mayoría, lagos ancestrales que
desaparecieron al rellenarse con aluviones y sedimentos lacustres,
y que, con posterioridad, fueron zanjados por una corriente. La
altitud de la Mesa Central oscila, de norte a sur, entre 1,800 y más
de 3,000 msnm, con un promedio de 2,000 a 2,500 msnm, y aun
cuando existen en esta mesa numerosas cuencas interiores, es
el sistema Lerma-Santiago el que la drena predominantemente
(Barbour, 1973:435).

Ahora bien, al igual que ciertas zonas de la Mesa Central,


la zona lacustre se diferenciaba del paisaje generalizado, por haber
tenido una laguna central. Ésta fue desecada, entre las décadas
de 1940 y 1960, a consecuencia de la captación del agua de los
principales manantiales que le daban origen para bombeada hacia
el Distrito Federal.

69
parte segunda: los fundamentos

c) Clima

El clima, y, como una de sus consecuencias, la hidrografía,


produjeron un tipo ambiental específico al que los habitantes de la
zona tuvieron que adecuar un conjunto de prácticas económicas
lacustres y agrícolas. Aspectos que son de particular importancia
por sus consecuencias históricas y sus implicaciones teóricas, como
habrá de verse posteriormente.

La zona lacustre presenta el más húmedo de los climas


templados, 10 con heladas y con lluvias en sus respectivas
temporadas anuales. Debido a las condiciones geofísicas expuestas
con anterioridad —que han permitido diferenciar ambas zonas
del Valle de Toluca—, las temperaturas en el sur son menores,
presentándose además una frecuencia más alta de heladas y
granizadas que en el norte.11 De esta manera, la zona lacustre
muestra una notable alternancia en cuanto a varios factores,
en relación con los que cabe establecer algunos contrastes,
aclarándose que, aun cuando éstos son más agudos en dicha
zona, no dejan de aparecer en el norte del valle. Así, lo relativo
al despliegue anual de la temperatura, que con base en Fabila
(1951, v.I:28-29) es de -7 a 31 grados,12 permite delimitar una época
carente de heladas y otra en la que éstas, comúnmente llamadas
“invernales”, pueden presentarse muy tempranamente en
septiembre y hasta tiempos tan tardíos como mayo. El número de

10
Fuchs (1972:2) señala que, según el sistema de clasificación de Köppen modificado
por García, la fórmula del clima de la zona es e (w2) b(i’).
11
La temperatura media varía de 9º e a 27” e en la parte norte del valle y de 8º e a 16º
e en la parte sur. La temperatura máxima se incrementa entre 23º e y 31º e en el sur y de
22º e a 37” e en el norte, descendiendo, la temperatura mínima, de -7” e a 8º e en el sur, y
de -6.5º e a 10º e en el norte. En cuanto a las heladas, en el sur se presentan 137 días con
heladas al año en Lerma y 37 días con granizo en Tianguistenco; en cambio en el norte,
Aculco con 55 días con heladas y 4 días con granizo al año (Fabila, 1951, v.l:28-30).
12
Giménez, se refiere a -5 y 42ºC (1985:249) para su zona de estudio que abarca 17
municipios (p. 256). De éstos, 16 municipios -es decir, exceptuando a XalatIaco-, son los
mismos que de acuerdo con mi propia delimitación integran, junto con Texcalyacac,
Otzolotepec y Xonacatlán, la antigua zona lacustre del Valle de Toluca.

70
lo general. la zona de estudio

días con heladas al año —que por 10 general se registran entre


noviembre y marzo— es de 60 en la parte sur de la zona, y entre 90
y 120 en algunas porciones del norte de la misma. La temperatura
media anual es de 17.5º C; los meses más fríos son diciembre y,
sobre todo, enero, y los de mayor calor, abril y mayo.

La precipitación pluvial es otro factor que posibilita


reconocer una temporada de secas, de octubre a abril, y otra
de lluvias, que localmente ocurre de mayo a septiembre —con
una intensidad más alta en julio y agosto. Sin embargo, algunas
lluvias caen ya desde abril, continuándose la temporada hasta
octubre, y en ciertas partes, como en Tianguistenco y Toluca,
aun en noviembre.13 La precipitación pluvial anual asciende a
más de 1,000 mm en el sur de la zona —como por ejemplo en
Tianguistenco que presenta 1,134.7 mm—, de 800 a alrededor de
más de 900 mm en la parte media —como en Toluca con 915 mm,
y Lerma con 801 mm—, y a menos de 800 mm en el norte de la
misma —como en Otzolotepec con 776 mm.14

d) Hidrología

La abundante precipitación pluvial, debida a la presencia


de sierras elevadas, y en particular a la del Nevado de Toluca,

13
Así, en Tianguistenco se acumulan 1,135 mm y hay 136 días con lluvia al año. En
cambio, en algunas localidades del norte, como Ixtlahuaca, hay 95 días con lluvia, y ésta
alcanza 603 mm al año, y, en Aculco, 69 días con lluvia y 725 mm al año.
14
De hecho, en Tianguistenco -que es el municipio que no sólo de la zona sur sino
de todo el Valle de Toluca presenta la mayor precipitación pluvial (1,134.7 mm anuales)-,
la temporada lluviosa abarca de marzo a octubre; su mayor precipitación pluvial es
entre julio y agosto, sobre todo en este último mes. En Toluca (915.4 mm), Lerma (801.2
mm), y Atizapán (795.7 mm) las lluvias se presentan de abril a octubre, con una mayor
intensidad en julio, y principalmente en agosto para los dos primeros municipios, y de
agosto a septiembre, en particular en este último mes para el tercer municipio mencionado.
Por último, desde fines de marzo a octubre llueve en Otzolotepec (776.4 mm), con una
mayor intensidad en julio, agosto y septiembre, sobre todo en el último mes. (Fabila, 1950,
cartograma X).

71
parte segunda: los fundamentos

favorece el surgimiento de manantiales y múltiples arroyos.


Algunos de éstos se forman con el agua de deshielo del Nevado,
en tanto que otras corrientes, y el propio río Lerma, se originan
en ojos de agua (Gobierno del Estado de México, 1955:31-32, y
1975:4; Fabila, 1950, v.I:26-34, y cartogramas V, VI y IX; Fuchs,
1972:2; Velázquez, 1981:31-32). De acuerdo con Waitz (1943:123),
Tamayo (1962, v.II:399), y numerosos autores más, el nacimiento
de aquél se ubica dentro del municipio de Almoloya del Río, en
el sureste de la llanura lacustre.

Hasta 1942 —año en que se inició la construcción del


acueducto al Distrito Federal (Lara, 1953:63; Enciclopedia de México,
1978, v.VIII:553)—, existían incontables manantiales en la zona,
los cuales, con variantes de temperatura, emanaban:

— Al pie de la franja montañosa, como los situados en la cabecera


municipal de Almoloya del Río, y los que, conformando numerosos
grupos, se distribuían por el resto del municipio; por ejemplo, el de
Texocuapan —con 73 veneros—, y el de Tecalco —con 95 ­(Sánchez
C, 1951, v.I:55-56).

— En las laderas montañosas, como eran, tan sólo del municipio


de Lerma, uno de agua caliente en el cerro Cocupa, uno de aguas
termales en El Cerrillo, cuatro en el rancho de Alta Empresa,
dos en San Miguel Ameyalco, dos en el barrio de Amomolulco,
uno en la ranchería de Alférez, y algunos en el Calvario (Lara,
1953:19).

— En la franja ribereña. Por ejemplo, los de San Pedro Tlaltizapán,


del municipio de Tianguistenco; los de Agua Blanca, del municipio
de Almoloya del Río; los del municipio de San Antonio la Isla, y
los del municipio de San Mateo Atenco.

La laguna o complejo de agua dulce, que formaba el


río entre su inicio y su salida de la zona, había sido contenido

72
lo general. la zona de estudio

desde el siglo pasado en tres vasos, cuya longitud alcanzaba unos


25 kilómetros (Sánchez, C, 1951, v.l:715; Rivera, 1972:39; Tamayo,
1962:399). El primero de aquéllos —llamado ciénaga de Almoloya
del Río, de Atenco, Chignahuapan (Nueve Aguas), Agua Blanca,
o Almoloyita (Huitrón, 1962:17; Salinas, 1929:116; Sánchez, C,
1950, v.l:71; Calderón, 1913; Rivera, 1972:37-40; Fabila, 1950,
v.l:13)—, medía alrededor de 50 km2 y se situaba desde San Pedro
Techuchulco hasta la antigua hacienda de Atenco. En ésta, el cauce
del río se angostaba para después expandirse hacia el occidente del
municipio de Tianguistenco, sobre los terrenos del poblado de San
Pedro Tlaltizapán, mismo que daba su nombre al segundo vaso
—llamado también ciénaga de Chimaliapan: Río de Chimallis o
Escudos.

El segundo vaso se extendía sobre una superficie de 25


km2, desde la hacienda mencionada hasta el pueblo de San Mateo
Atenco, entre cuyos límites y los de la ciudad de Lerma el río
volvía a estrecharse para luego formar el tercer y último vaso que
recibía el nombre de “laguna de Lerma”. Esta, con una amplitud
de 10 km2, se ubicaba en los municipios de Lerma y de Toluca,
rodeando a la cabecera del primero de éstos y ocupando parte
de las tierras de las haciendas de Doña Rosa y de San Nicolás
Peralta.

El río dejaba la zona después de pasar entre el municipio


de Lerma y los de Xonacatlán y Otzolotepec. Al sur de la ranchería
Las Trojes, del municipio de Toluca, el caudal se angostaba —luego
de abandonar el vaso lacustre—, pudiendo considerarse desde ahí
—como lo indican algunos autores— el “verdadero” comienzo
del río, pues hasta tal punto y desde el lugar en que brotaban los
manantiales que le daban origen, se “interponía” el vaso lacustre
(Calderón, 1913, citado por Sánchez C, 1951, v.l:123; Gobierno del
Estado de México, 1970, t.II:155; Fabila, 1950, Cartograma 1; Rivera,
1972:40).

73
parte segunda: los fundamentos

Las riberas de la laguna se intercomunicaban mediante tres


puentes. El primero —Atenco— unía a la hacienda de este nombre
con el municipio de Chapultepec; el segundo —de San Mateo
Atenco— cruzaba la ciénaga entre este municipio y el de Lerma,
y el último —de San Bartolo— se encontraba al finalizar el tercer
lago (Rivera, 1972; informante de San Mateo Atenco, y Calderón,
1913, citado por Sánchez, C., 1951, v.I:123).

El Lerma recogía a su paso por la zona, el agua de


múltiples afluentes (Huitrón, 1962:18; Valdés, M., 1955:20; Perea,
1954:13-14; Sánchez, c., 1951, v.I:57-58; Fabila, 1950, v.I:14). El
Acalote, uno de los más importantes, ha sido considerado por
varios autores —entre los que se encuentra Calderón y Barreda
­como el que en realidad da origen al río Lerma, en contraposición
a lo que sostiene el grupo de Waitz (Calderón, 1913, en Sánchez,
C., 1951, v.I:121-122).

En la zona existían islotes, como el de Mirafuentes, cercano


a Almoloya del Río (Salinas, 1929:115), habiendo también varias
islas, algunas temporales, a que daba lugar la afluencia de las
lluvias. Las más importantes de éstas eran los pueblos de San
Antonio la Isla, San Juan la Isla, San Pedro Tultepec de Quiroga
la Isla, y la ciudad de Lerma (Rivera, 1972:39-40).

e) Subregiones físicas. Flora y fauna

En la zona se localizaban tres subregiones, subáreas15


o biótopos: la ciénaga o vaso lacustre, la llanura ribereña, y la
montaña, cuya profusa flora y fauna han sido reportadas por
muchos autores (Piña Chan, 1975, t.I:540, 547; Sahagún, s.f.;
Ministerio de Fomento, 1854, y otros), no sólo en referencia a los
tiempos prehispánicos sino también para distintas épocas, como
habrá de verse más adelante. Las especies representativas o de

15
Fuchs, 1972; Perea, 1954, e información obtenida en trabajo de campo.

74
lo general. la zona de estudio

mayor importancia —por su relación con la dieta y con varios


aspectos socioeconómicos—, se anotan a continuación:

e.l) Vegetación acuática y del borde ribereño

Basándome en el esquema de Fuchs (s.f.) he dividido


en cuatro grupos los vegetales que cubrían el río, los pantanos
circundantes, la parte de los canales más próxima a la ciénaga,
así como las praderas cercanas a ésta y las franjas de terreno que
habían sido construidas en el borde de la misma.

— Vegetación “francamente” acuática:

Hidrófitas emergidas: fundamentalmente tulares (Scirpus


sp. y Thypha sp.).

Vegetales sumergidos, o hidrófitas sumergidas,


principalmente potamogetonáceas: P. angustissimus, P. foliosus,
P. pectinatus, y P. lucens, y otras como, Myriophyllum heterophylla,
Utricularia vulgaris, Ceratophyllum demersum, y Myriophyllum
hyppuroides.

Vegetación microscópica (sobre todo en los canales):


Spirogira y Oedogonium, y por varias especies de Lemna sp. y Wolffia
sp. mezclados con Azolla carolina y Spirodela polyrhiza.

Vegetación flotante, compuesta por las hidrófitas


emergentes de hojas flotantes, sobre todo las asociaciones de
Limnanthemum humboldtianum, Nymphae flavovirens, y Eichornia
crassipes, con otras especies intercaladas como Spiranthes sp.,
Limnobium stoloniferum y algunas más.

— Vegetación litoral, de asociaciones en las partes poco profundas


de la ciénaga y de los canales: Eleocharis palustris, Leersia hexandra,
Thypha latifolia, Sagittaria macrophylla, Echinochloa holciformis, Scirpus
lacustris, Hydrocotyle vulgaris, Juncus effusus, Sparganium sp., Carex
sp., Panicum sp., Polygonum sp., y Bidens sp.

75
parte segunda: los fundamentos

— Vegetación ruderal —en la laguna, canales y praderas:


Amaranthus hybridus, Taraxacum officinale, Datura stramonium, y
Solanum rostratum.

— Cultivos de huerta o chinampa que se encontraban en el borde


ribereño de algunas localidades del sur de la zona, como San Mateo
Atenco, Techuchulco y Jajalpa.

En referencia al área lacustre, la fauna era abundantísima.


Fuchs señala que proliferaba “multitud de phyla diferentes” y
menciona algunas de las familias representativas:

Phyllum Mollusca, con los géneros Lymnaea sp., Physa sp.,


y Planornis sp.

Phyllum Arthropoda, existiendo muchos organismos de la


Clase Crustacea, y dentro de la Clase Insecta eran particularmente
importantes las larvas y los adultos.

Clase Anfibia, con los géneros Ambystoma sp. y Rana

Clase Reptilia, con el género Thamnophis sp. (culebra de


agua).

Clases de peces.

Aves acuáticas originarias de la zona y las migratorias del


continente americano.

e.2) Vegetación de la llanura ribereña

— De los espacios muy húmedos o anegados: sauces (Salix


bomplandiana y S. babilonica), eucaliptos (Eucalyptus globulus), pirules
(Schinus molle), saucos (Sambucus mexicana), tejocotes (Crataegus
mexicana), tepozanes (Buddleia sp.), y ahuejotes, así como especies
cuyos nombres científicos son los siguientes: Eleocharis palustris,
Panicum sp., Agrostis sp., Polygonum punctatum, Cologamia sp.,

76
lo general. la zona de estudio

Polygonum persicarioides, Geranium sp., Lopezia racemosa, Sisyrinchium


sp., y Dalea sp. (Fuchs,sJ.; Perea, 1954 e información de campo).

— De las partes menos húmedas: gramíneas como Pon annua,


Lolium multiforum, Sporobolus indicus, Bromus pendulinus, y
Avena sativa, así como, en forma aislada, trueno, mimbre, fresno,
casuarina, álamo, chopo, madroño, sauz, ocote, cedro y oyamel.

Aun cuando los vegetales citados eran representativos


del área correspondiente a la llanura, ésta se encontraba ocupada
en su mayoría por campos cultivados con múltiples plantas, las
cuales abarcaban también buena parte de la tercer área, la de la
franja montañosa. Dichas plantas procedían no sólo de las parcelas
de labor —que podían estar más o menos cercanas a la casa
habitación— en las que se sembraba una o pocas especies, sino
también de los solares anexos a aquélla, donde por lo general se
intercalaban numerosos vegetales, mismos que se han agrupado de
acuerdo con su uso (Información de campo; Gobierno del Estado
de México, 1970, 1972 a, b, c, y d, y 1975 a, b, c, d, y e).

— Comestibles: maíz, frijol, haba, chícharo, trigo, papa, calabaza,


quelite, chilacayote, cebolla, cilantro, perejil, col, rabanito, arvejón,
ejote, quintonil, coliflor, nabo, huauzontle, y verdolaga. También
había agaves —de los que destaca el pulquero— y frutales:
capulín, tejocote, peral, manzano, ciruelo (rojo y amarillo), nogal
de Castilla, higo, membrillo, durazno, perón y chabacano.

— Forrajeros: alfalfa, la cebada y la avena, y, del innumerable


grupo de ornato pueden citarse los principales representantes:
cempasuchil, dalia, margarita, gladiola, canario, geranio, rosa,
clavel, begonia, bugambilia, pensamiento, alcatraz, azucena,
malvón, hortensia, coronilla o mercad el a, violeta, geranio, bola
de nieve, vara de San José, crisantemo, flor de mayo, espárrago,
helecho, corazón de Jesús y María, margaritón, tuberosa, flor de
nube, girasol, heliotropo, malva, madreselva, huele de noche,
mastuerzo, pajarito, campánula, perro, y nopalillo.

77
parte segunda: los fundamentos

— Medicinales: yerbabuena, manzanilla, gordolobo, istafiate,


moricilla, borraja, golondrina, cardosanto, zacatillo, alfiderillo o
alfilerillo, lanté, endibia, hinojo, yerba de San Juan, ruda, ámbar,
poleo, albahaca, romero, ajenjo, rosa de castilla, mostaza, malva,
árnica, yerba de santa María, yerba blanca, cedroán, zoapatle,
yerba del ángel, hipecacuana, flor de sauco, carricillo, excarcionera,
quebrapalo, flor de sauce, camote del gato, peshtó, chilacayote,
apio, siempreviva, salvia, epazote del perro, chicalota, toronjil
(blanco y morado), menta, mirto, manrubio, jarilla y rosa de
Castilla.

Tanto en la segunda área de la zona como en la tercera


se recolectaban diversos vegetales. Algunos de éstos procedían
del bosque, como era el caso, por ejemplo, de la raíz de zacatón
(Muhlenbergia macroura) —la cual también era cultivada—, y de
numerosas especies de hongos temporaleros; en cambio otras
especies, como la “hierba de pollo”, los chivatitos, y muchas más,
se localizaban en la milpa.

En la llanura lacustre y en una parte de la franja montañosa


circundante se criaba ganado de pelo, de cerda y de lana, así como
conejos (Sylvilagus floridanus), liebres, y varias aves —gallinas,
guajolotes, patos y gansos.

e.3) Vegetación del cinturón montañoso

Bosques de coníferas —pino, acote, abeto, cedro y oyamel.


Bosques mixtos de coníferas y de árboles de hojas caducifólias:
álamo, encina, sauce, castaño, roble y abedul (Perea, 1954:35-36).

Finalmente, la fauna estaba representada por el conejo


(Romerolagus diazt), liebre (Lepus mexicanus), venado (Odocoileus
virginianus), zorra gris (Urocyon cinereoargenteus), gato montés, lobo
y coyote.

78
lo general. la zona de estudio

Éste es el marco geofísico y ambiental en el que, como


veremos, tuvo lugar uno de los procesos socioculturales típicos
del altiplano central.

79
parte segunda: los fundamentos

2. LA PERSPECTIVA TEÓRICA PRELIMINAR. LOS


ORÍGENES DEL MODO DE VIDA LACUSTRE EN
EL SUR DEL VALLE DE TOLUCA

Al atravesar la zona de sureste a noroeste y dar origen a la


ciénaga, el río Lerma ha constituido históricamente un eje no sólo
hidrológico sino también económico y social. Desde las expresiones
culturales más tempranas —que, de acuerdo con resultados
recientes, han sido fechadas por ahora entre 1250-1000 y 1000-
800 a.n.e. (Sugiura, 1980)—, hasta la desaparición de la ciénaga,
las evidencias muestran una profunda relación del hombre con
el ambiente acuático. Si se tiene en cuenta que es mucho lo que
falta por hacer en términos antropológicos, es altamente posible
que futuros trabajos muestren que la zona, como hábitat, posea
una profundidad temporal mucho mayor que la reportada hasta
la fecha, corroborando los indicios existentes ligados a las etapas
iniciales del desarrollo social —de caza, pesca y recolección—, con
ciertas particularidades. Es decir, las características hidrológicas
de la zona —abundancia de agua no sólo en forma de corrientes
sino de manera fundamental en el depósito lacustre— apuntan
hacia una sedentarización temprana, previa a la etapa agrícola.

Un caso representativo de la situación anterior lo


constituye el actual municipio de San Mateo Atenco, donde los
estudios sistemáticos sobre el pasado prehispánico están en sus
principios. San Mateo cuenta con dos sitios arqueológicos, cuya
ubicación respectiva, próxima a la ribera, y en plena laguna,
manifiesta la trascendencia del medio acuático desde tiempos
antiguos. El primer sitio, San Pedro Cuauhtenco, que hasta la
fecha no ha sido investigado, cuenta con un notable promontorio
rematado por la capilla construida en sustitución de la ermita de los
tiempos coloniales, mencionada por Vetancourt (1870-71). Aunado
a lo anterior, la importancia del sitio se evidencia en que, según la
tradición oral, el barrio donde está situado fue “el primero” y en
que ahí “iba a ser el mero pueblo”. El otro sitio, clasificado con el
número 181 por Sugiura (1988) y denominado localmente como El
Espíritu Santo, formó parte del área cuyo trabajo, realizado por esta
autora (1990) mediante arqueología prospectiva, abarcó el recorrido

80
lo general. la zona de estudio

de una porción del Alto Lerma, la recolección de materiales de


superficie y la apertura de pozos estratigráficos. Con base en su
investigación, Sugiura (1979, 1988) reportó tiestos y figurillas
del Formativo procedentes de las colecciones particulares de los
lugareños y de uno de los pozos.

La realización de un trabajo arqueológico futuro en San


Mateo promete fructíferos resultados pues los restos de fauna
pleistocénica, los artefactos líticos y la infinidad de materiales
arqueológicos, que los vecinos del pueblo han recogido y
conservan, además de la ubicación junto al agua que tuvo el
municipio, en medio de la zona, dentro del área óptima de ésta y
sobre la ribera más amplia, hacen pensar que San Mateo fue un
lugar sumamente propicio para el asentamiento de los primeros
habitantes del Alto Lerma.

Respecto a lo anterior, la base principal para plantear


la importancia histórica de la producción lacustre la constituye
el trabajo etnográfico que he realizado sobre la última etapa de
existencia de la laguna de Lerma (1900-1970), en relación con
lo cual, la parte nuclear corresponde a tres aspectos. Primero,
el testimonio oral sobre la producción lacustre —caza, pesca,
y recolección de fauna y flora acuáticas—, que abordaré en la
Sección II que corresponde al modo de vida lacustre en San Mateo
Atenco. Segundo, tres elementos culturales a los que me referiré
posteriormente. Por último, vinculado con el punto primero se
encuentran algunas frases clave que manifiestan la trascendencia
de la laguna de Lerma como venero originario del sustento
alimenticio, en primer término, y de otros recursos básicos o
importantes para diversos usos, a saber:

—”La laguna era una mina”.


—”Cuando teníamos hambre entrábamos a la ciénega a comer de
todo lo que íbamos encontrando”.
—”Las canoas regresaban tan cargadas de pescado que casi se
hundían”.
—”Se ennegrecía el cielo de tanto pato que llegaba en invierno”.

81
parte segunda: los fundamentos

—”Cuentan las antigüitas que en El Espíritu Santo [el sitio


arqueológico mencionado previamente] hubo una ciudad en plena
laguna”. Sobre esto, cabe señalar que la relevancia del testimonio
oral como fuente histórica es posible confirmada mediante los
resultados arqueológicos en tanto que, como hemos visto, el
origen de este sitio desciende, por lo menos, al Formativo Medio
—alrededor de 800 a.n.e.—, según lo registrado por Sugiura (1988),
mientras que su auge, de acuerdo con el estudio de los materiales
arqueológicos realizado por Rubén Nieto (comunicación personal,
1993), tuvo lugar durante el Clásico [fase Tlamimilolpa, 200-400
de nuestra era (n.e.), de Teotihuacan, a partir de la cronología de
Millon (1979) adaptada por Rattray].

Las frases representativas constituyeron, a manera de


“puntas de la madeja”, una especie de reflectores en la búsqueda
que orientaron mi acceso al conocimiento del modo de vida
lacustre local.

También he recurrido a numerosos autores, cuyas


investigaciones integraron un apoyo para bordar mi propio
planteamiento, aun cuando el soporte amplio estuvo conformado
por:

— Los señalamientos de Deevey, que fueron expuestos


previamente, sobre la “importancia extrema” de los lagos,
donde quiera que existan, para la economía doméstica, y del
papel “fuera de lo ordinario” —y sin paralelo en la historia de
la cultura occidental— que aquéllos han jugado en la historia
de Mesoamérica, tanto en lo concerniente a los “momentos
culminantes” como a los “dramáticos”.

— Los trabajos de antropología física realizados en África,


donde, como se apuntó, las principales evidencias del proceso de
hominización se han encontrado en un medio lacustre.

— Los descubrimientos de McNeish de implementos líticos


preclovis asociados también a un ambiente de lagos, con base en

82
lo general. la zona de estudio

los cuales el autor postula la entrada del hombre a América cuando


menos hace 50,000 años.

— Los señalamientos de Sauer (al referirse a la domesticación de


plantas en América) acerca de que los orígenes de la agricultura
requirieron un mínimo nivel de vida sedentaria; que los primeros
cultivadores serían recolectores y pescadores lacustres y de otros
entornas acuáticos, y que la agricultura pudo realizarse con fines,
más que alimenticios, de adecuación de la pesca, como sería la
búsqueda de materias para confeccionar instrumentos y medios
que facilitaran la captura.

En este marco general introduciré los aspectos específicos


en los que fundamento mis planteamientos. Éstos se vinculan
con la discusión original acerca de si es la agricultura o bien la
actividad productiva lacustre en la que descansan los inicios de la
conformación de Mesoamérica, es decir, el modo de subsistencia
de los grupos del Formativo. Discusión que puede resumirse en
el comentario que hace Palerm (1954) a la síntesis de los trabajos
arqueológicos de Armillas, Caso, y Bernal, sobre la evolución
en Mesoamérica. Palerm señalaba que la diferencia básica entre
éstos residía en la importancia que asignaban a las actividades
económicas no agrícolas. El primero se inclinaba por la agricultura
como el medio fundamental de vida de las sociedades “arcaicas”,
correspondientes a los inicios del desarrollo mesoamericano,
mediante asentamientos estables, es decir, de núcleos sedentarios,
en tanto que los autores restantes aceptaban cierta dependencia
en la caza, pesca y recolección. Teniendo en cuenta que éstas —en
especial la captura de aves acuáticas— fueron trabajos importantes
hasta una época “tan tardía” como lo es la conquista española,
y que tal hecho resulta “particularmente cierto en las regiones
lacustres”, Palerm (1972:39) sitúa el problema en la necesidad o no
de recurrir a aquellas actividades “como un requisito indispensable
para su subsistencia”. En relación con esto, el autor (1972:39) hacía
la siguiente reflexión:

83
parte segunda: los fundamentos

Si juzgamos por lugares como Zacatenco, parece que la respuesta podría


ser afirmativa. Los restos hallados de fauna silvestre son importantes y,
en cambio, la variedad de las plantas cultivadas (hasta donde sabemos)
fue escasa. Probablemente la población (aunque ya sedentaria) tuvo que
recurrir a la caza, pesca y recolección, no sólo para aumentar la cantidad
de alimentos, sino también para completar y variar la dieta. Sin embargo,
parece cierto que el eje económico estaba ya en la agricultura. Es decir, no
se trata de grupos primordialmente recolectores-cazadores-pescadores
con cultivo secundario, sino de sociedades recolectoras y de caza y pesca
importantes pero secundarias.

Por lo visto, Palerm compartía el planteamiento de Armillas


en cuanto a la preeminencia agrícola, y el de los otros dos autores,
en tanto el papel importante, aunque secundario, de las actividades
no agrícolas. Pocos años habrían de pasar solamente para que se
iniciara una mayor comprensión de este complejo panorama, a
partir de los trabajos de varios autores, entre los que destaca el de
Christine Niederberger.

La información fragmentaria sobre los orígenes del modo


de vida lacustre en el Alto Lerma —que acá se aborda en el marco
histórico comparativo—, conviene visualizarla en la perspectiva
del trascendente papel que tuvo la producción acuática en la última
etapa de ese modo de vida. Si durante ésta, dicha producción
—sobre todo de tipo alimenticio— fue fundamental, su importancia
debe aumentar en un alto grado conforme nos remontamos a las
etapas más tempranas del desarrollo sociocultural, en la medida en
que la relación hombre-naturaleza se va estrechando (Mirambell,
1988).

Como parte del material que proporciona la etnografía


moderna —además de la tradición oral sobre el modo de vida
lacustre—, uno de los soportes locales más fuertes de mis
argumentos lo constituyen tres elementos de la cultura material,
que utilizo para representar al modo de vida mencionado. Me
refiero a la honda y a la red, así como a los petates, en sentido
amplio el tejido del tule, es decir, por extensión, la rica y variada
producción a partir de esta juncácea: icpales, etcétera, cuyas

84
lo general. la zona de estudio

profundas implicaciones religiosas e ideológicas, así como su


complejo simbolismo que abarcaba el ámbito político, están aún
por acabar de desentrañarse (Sahagún, s.f.; López Austin, 1973;
Broda, ms; Heyden, 1983).

Para estos elementos, y en general para el modo de vida


lacustre, planteo un origen preagrícola basándome en datos
comparativos de tipo etnográfico, lingüístico, arqueológico,
paleobotánico y etnohistórico. Mis fundamentos consisten, en
primer término, en la información procedente de los trabajos de
Amador y Casasa (1979), Niederberger (1976, 1988), y Carrasco
(1986), sobre la trascendencia de la producción no agrícola
entre los hablantes de proto-otomangue mesoamericanos, y en
particular, la que se refiere a la importancia de la caza, la pesca, y la
recolección de flora y fauna acuáticas en el desarrollo histórico de
la Cuenca de México y de Pátzcuaro. De hecho, la zona lacustre del
Alto Lerma muestra, en lo general, un paralelismo con la Cuenca
de México. En ésta, a raíz de los estudios efectuados sobre todo
desde 1970, se cuenta con las evidencias suficientes para plantear
que los recursos lacustres fueron un medio fundamental de
subsistencia desde antes de la sedentarización, y que continuaron
siéndolo durante todo el Formativo, y después, hasta el término
de los lagos.

Las cuencas de México y del Lerma y la zona de Pátzcuaro,


entre otras regiones de la Mesa Central, presentan varios aspectos
en común, uno de los cuales es el relativo a sus antecedentes
geológicos. Como antes se indicó, para el último período del
Terciario —el Plioceno—, aquéllas conformaban, parte del antiguo
sistema hidrológico del Lerma. Además de estos antecedentes,
las zonas mencionadas han compartido la denominación de
“anáhuac”, cuyo significado: tierra al borde del agua —como
lo ha indicado Bataillon (1972:7)—, más que una delimitación
o —como el propio autor ha interpretado— una referencia al
ambiente primitivo, pareciera aludir al territorio original. El sur
del Valle de Toluca tiene en común con otras áreas lacustres del
altiplano central el haber constituido el asiento del antiguo sistema
hidrológico del Lerma, si bien presenta la particularidad de ser la

85
parte segunda: los fundamentos

zona madre del río principal de la entidad mexiquense, y uno de


los más importantes de la República (Fabila, 1950).

Dentro del contexto mesoamericano, la zona sur del Valle


de Toluca integró, con la Cuenca de México, una sección del
antiguo territorio ocupado por los hablantes de proto-otomangue,
y, más específicamente, del que fue asiento de los otomianos de
cultura mesoamericana. Aparte de este sustrato etnolingüístico
y cultural, las cuencas de México y del Alto Lerma ostentan
una similitud ambiental y económica con base en la presencia
de los lagos. Tal presencia es característica en la historia de las
dos cuencas hasta ya bastante iniciada la acumulación originaria
de capital, en el primer caso, y hasta el despegue industrial en
el segundo, aspectos del mismo proceso que fue determinante
en la desecación de las ciénagas respectivas. Esta dependencia
histórica de los lagos, mayor para los tiempos prehispánicos,
se hace patente tan sólo si consideramos el papel atribuido a
la determinante hidráulica en el surgimiento de los primeros
Estados mesoamericanos. Determinante en la que el sistema
agrícola —lacustre— de chinampas ha quedado en el centro de las
elaboraciones teóricas respectivas, cuya importancia se manifiesta
por ser uno de los rasgos típicos de Mesoamérica que Kirchhoff
(1960:8) incluyó en su caracterización de la superárea.

Las semejanzas culturales tienden a mostrar no sólo


un origen compartido —macro-otomangue y otomiano— sino
también, durante el desarrollo social, distintos vínculos estrechos
que se explican, en principio, por la vecindad entre ambas cuencas.
Los nexos más antiguos se registran, por ahora, desde el Formativo
Inferior 1250-1000 a.n.e. (Sugiura, 1990), siendo a partir del Clásico,
y conforme el proceso histórico se acerca al momento del contacto
con los hispanos, cuando aumentan los testimonios de relaciones
económicas y políticas muy importantes (Albores, 1985).

Respecto a las diferencias que presentan las cuencas del


Alto Lerma y de México, tenemos, para empezar, la dimensional,
pues en tanto la primera abarca sólo 740 km 2, la segunda
comprende 7,850 km2. Después está la altitud; cada cuenca se

86
lo general. la zona de estudio

encuentra en su mayor parte, de manera respectiva, por arriba


y por debajo de los 2,400 msnm, lo cual matiza su producción
económica. La primera cuenca está cruzada diagonalmente por
la corriente acuática principal del Valle de Toluca: el río Lerma,
el cual, al abandonar la zona en el noroeste, ha establecido una
especie de puerta, es decir, se trata de una cuenca casi cerrada.
La composición del agua del depósito lacustre era uniforme, y
portaba en su superficie un manto de rica vegetación acuática. En
cambio, la segunda cuenca fue endorreica hasta su drenamiento
artificial a principios del siglo xvii. Recibía la descarga de varias
corrientes fluviales, y la composición del agua variaba de un vaso
a otro, desde la considerable salinidad del embalse de Texcoco
—carente de cubierta vegetal—, hasta la dulce del depósito de
Chalco-Xochimilco —que contaba, de manera similar a la ciénaga
de Lerma, con una cubierta protectora de yerbas acuáticas—,
pasando por las dulce-salobres de los lagos septentrionales de
Xaltocan y Zumpango.

Los lagos del sur [apunta Rojas (1985:4)] eran los más estables y sus
bordes presentaban menos variaciones durante el año, a causa de esa
capa de vegetación que los cubría y protegía, al constante drenaje de
sus aguas hacia el lago de Tetzcoco y a la permanente alimentación de
aguas de sus propias fuentes. El más inestable era el de Tetzcoco, y los
del norte mantenían una posición intermedia.

En el marco más reducido del Valle de Toluca, su zona sur


o lacustre (que contuvo las más importantes sedes matlatzincas)
constituye el territorio central de los grupos otomianos de
Mesoamérica, junto con otras dos zonas, la del extremo sur,
con la que antiguamente conformó aquel valle, que es un
área de tradición matlatzinca antigua, aunque posteriormente
nahuatizada, así como ocuilteca, y asiento de las cabeceras de
Malinalco y Tenancingo, y, en particular, con la que lo integra
actualmente: la zona norte o serrana, donde se situaron algunos
de los centros principales otomíes y mazahuas (Carrasco, 1950;
Albores, 1985). Sin embargo, las divergencias socioculturales en los
trayectos de las dos zonas del actual valle —que en el transcurso

87
parte segunda: los fundamentos

del siglo xx aparecen opuestos— se establecen, en mi opinión, a


partir de las condiciones más propicias que prevalecieron en el
sur, como es la laguna de Lerma, sobre todo, además de la calidad
de sus suelos. En efecto, algunas peculiaridades edafológicas, que
distinguen a ambas subregiones del valle, hacen que la meridional
cuente con suelos óptimos desde el punto de vista agrícola, como
podemos apreciar a través de una cita de Bataillon (1972:34-35):

La topografía volcánica [de la zona sur], toda reciente, se halla intacta...


Visto desde el paso de las Cruces, viniendo de México, [su] aspecto... es
muy sencillo. El centro está ocupado por los tintes pardos y los reflejos
brillantes de las manchas lacustres, al norte y al sur de Lerma. Grandes
[tulares] pueblan los pantanos de las márgenes, e hileras de mimbres
de ramas púrpuras y bosquecillos de abedules grises disimulan una
parte de las lagunas. Las llanuras bajas que bordean este sector húmedo
se extienden sobre todo al oeste, en la ladera del Nevado de Toluca¡
llanuras bien desecadas [no obstante la presencia de cursos de agua]
pues el suelo y el subsuelo están compuestos de cenizas porosas. La
explotación de estas hermosas tierras es monótona: el maíz cubre casi
todo con tupido manto [...].
[En cambio, hacia la zona norte del valle...], la Sierra de las Cruces se
hace más tupida y se refuerza con algunos volcanes recientes, como
el... Jocotitlán. Si la topografía no se eleva hacia el noroeste... las buenas
tierras son reemplazadas en este sector por colinas recortadas en arcillas
lacustres grises y blancas... el relieve se anima en colinas: nos alejamos
del sector volcánico reciente... y las arcillas lacustres son mediocres
tierras agrícolas, mucho más frágiles que los suelos porosos derivados
de los basaltos y de las cenizas. Las elevaciones sirven con frecuencia
de pastizales, y en ciertos fondos dispuestos en bordas escalonados a lo
largo de los thalwegs se abreva el ganado, o se utilizan para regar algunos
vallecitos situados aguas abajo. Pero la mayoría de las pendientes son
presa de una erosión vigorosa: las arcillas lacustres se esculpen en bad
lanas que con frecuencia atacan las vertientes de abajo arriba, dejando
desnuda la roca friable y acumulando en los bajos fondos la escasa tierra
vegetal mezclada con el cieno.

Agua y tierra, recursos que fueron el sostén del que partió


el entramado material de una tradición económica y una peculiar
visión del mundo.

88
lo general. la zona de estudio

Los hallazgos de Amador y Casasa (1979) relacionados


con la reconstrucción lingüística del proto-otomangue, del
que derivaron eventualmente los idiomas matlatzinca, otomí
y mazahua, hablados en la zona lacustre del Alto Lerma, y su
comparación con materiales arqueológicos, muestran el probable
origen preagrícola de varios textiles —entre los que se encuentran
las redes y los petates, siendo posible incluir, de acuerdo con mi
interpretación, para el caso del Alto Lerma, a las hondas—, así
como de las actividades asociadas: hilado, tejido y cestería.

La reconstrucción del vocabulario de la familia proto­-


otomangue, junto con otros estudios lingüísticos, tiene la finalidad
de enriquecer el conocimiento de la prehistoria de sus habitantes.
De acuerdo con Hopkins (1979:8), la familia proto-otomangue
tuvo un papel nodal en el desenvolvimiento de la cultura
mesoamericana, ya que la ubicación de sus lenguas coincide con
el área de distribución central de los elementos culturales que
caracterizan a la superárea.

Los antiguos pobladores de la zona lacustre del Alto Lerma


(hablantes de matlatzinca, otomí y mazahua) pertenecen al tronco
lingüístico otopame. Este forma parte de la familia otomangue, la
cual, para el siglo xvi se encontraba desde el norte de la frontera de
Mesoamérica, hasta el límite sur de ésta. El otomangue, con 6,500
años en cuanto a su proceso de diversificación lingüística, presenta
la mayor profundidad histórica en Mesoamérica, cuya relevancia
salta a la vista al comparada con la antigüedad de la familia
que ocupa el segundo lugar, la mayance, con 4,500 años. “La
importancia de este hecho... radica en que, al reconstruir el léxico
del proto-otomangue, se reconstruye el vocabulario de una lengua
hablada [por un] pueblo que empezaba a diversificarse temprano,
en los primeros siglos del desarrollo cultural mesoamericano”
(Amador y Casasa, 1979:14, Hopkins, 1979:8).

Así, comparando los resultados de los estudios


arqueológicos con las reconstrucciones lingüísticas realizadas por
Amador y Casasa —que han provisto de mayores datos que los
emanados de aquéllos—, las autoras obtuvieron, para 5800-4150

89
parte segunda: los fundamentos

a.n.e., los términos fibra de maguey, hilo, tejer, mecapal, petate y


canasta, entre otros. Este bloque cronológico enmarca al proto-
otomangue, el cual, como unidad cultural, ha sido situado de
acuerdo con la glotocronología, entre 4600 y 4150 a.n.e. Respecto
a una profundidad temporal más grande, 7400-5800 a.n.e.,
algunos de los restos textiles —posiblemente más antiguos que los
primeros vegetales cultivados— son los correspondientes a cordón
tejido, cestería, y petates, al parecer empleados para envolver a
los muertos. Amador y Casasa (1979:16-17) señalan que en esos
tiempos también se confeccionaron redes o mallas con nudo y
carentes de éste. Si bien las investigadoras infieren que las redes
pudieron haberse utilizado como bolsas para el transporte de
objetos, es probable que tuvieran funciones múltiples, una de las
cuales, considero, pudo haber sido la pesca.

Este vocabulario proto-otomangue es sumamente


interesante pues tiene una mutua relación que converge en un
punto, como puede verse: fibra de maguey-hilo-tejer-cordón
tejido. Es decir, alude al proceso de confección de los primeros
instrumentos y artefactos de los que, hasta ahora, tenemos noticia,
no sólo para el área de distribución de aquella familia, sino de
manera específica para la zona lacustre del Alto Lerma, en tanto
queda incluida en aquélla. A partir del proceso técnico mencionado
se derivan los productos tejidos sin nudo y con éste, que para el
Alto Lerma serían la honda, en primer término, y la red, y, por otra
parte, los petates.

“Cestería” es la técnica de tejido de elementos duros o


semiduros, realizado generalmente a mano y por mujeres, para
obtener objetos planos y contenedores (Serra, con base en Mason,
1988). Por ejemplo, trampas para peces, petates, canastos y bolsas,
y en relación con estos tres últimos objetos, en tanto el primero
es bidimensional, el segundo es tridimensional, quedando el
tercero en una posición intermedia debido a que, vacío, presenta
dos dimensiones, y tres cuando contiene algo. Las técnicas de
cestería muestran una continuidad desde el pasado hasta la
actualidad aun en cuanto a las variantes locales, los colores y los
detalles ornamentales. Una de las técnicas de mayor antigüedad

90
lo general. la zona de estudio

e importancia, la “enrollada”, ha subsistido hasta nuestros días,


como en el caso típico de la que se lleva a cabo en el municipio de
Toluca. Se sabe que algunas plantas tuvieron una “importancia
primordial” en la producción cestera, en la que se emplearon
gramíneas de áreas pantanosas, juncos, y tules.

En cuanto a la técnica de tejido del ixtle, la honda, en sus


dos tipos (sencillo y elaborado), y la red, se vinculan con el mecapal,
reportado en el vocabulario proto-otomangue. Atendiendo ahora a
la técnica de confección del tule, el canasto posiblemente implique
una segunda etapa —después de la primera representada por la
hechura de petates, si bien ambos, y aun la red, pueden tejerse
por la simple técnica de entrecruzamiento—, al igual que la honda
elaborada y el mecapal, que implican una etapa posterior a la
hechura de la honda sencilla. El vínculo que guardan todos los
artefactos anotados es que, en distintas etapas o como variantes,
pueden servir para el transporte de productos: honda, mecapal,
red, petate, canasto. Cabe mencionar también que uno de los usos
de los canastos ha sido, históricamente, la pesca.

Los datos anteriores, referentes a los implementos


característicos de un tipo de modo de vida en el Alto Lerma
—honda, red, y tejido de tule (petates)—, se complementan
con algunos de los hallazgos en Mesoamérica, realizados en un
contexto lacustre.

El proyecto realizado por investigadores del Departamento


de Prehistoria, de 1965 a 1973, en Tlapacoya —que se ubica sobre
un volcán a orillas del extinto lago de Chalco—, rindió importantes
frutos (Mirambell, 1988). Uno de éstos consistió en la evidencia de
habitación humana en la Cuenca de México entre 22,000 y 21,000
a.n.e., de acuerdo con fechamiento radiométrico. Para estos tiempos
(que se sitúan en el horizonte más antiguo del país: el Arqueolítico,
de ? a 14,000 a.n.e., según la división de Mirambell, 1986), en
concordancia con las posibilidades de caza, pesca y recolección,
que hacían del lugar un “área magnífica para acampar”, los restos
encontrados incluyen los de numerosas aves acuáticas, tales como
gallaretas (Aechmophorus sp.), garzas (Eggettanycticoras y Nycticorax

91
parte segunda: los fundamentos

nycticorax), pelícanos (Pelecanus erythrorhynchos), y cormoranes de


doble cresta (Phalacrocorax auritus). “Los peces eran igualmente
abundantes; entre ellos figuran pescado blanco (Chirostoma
humbolidana) y juil (Algancea tincella)”. Con posterioridad, hacia
15,000 a.n.e., aparece una alta presencia de tortugas (kinosternon)
(Mirambell, 1988, t. 14:52).

Dentro de la etapa lítica en México, algunos indicios


permiten saber que durante el horizonte Cenolítico Inferior —que
Mirambell (1986) ha situado entre 14,000 y 9,000 a.n.e.— se usaron
lazos para trampas, redes de carga, bolsas tejidas, al igual que
otros objetos confeccionados con fibras vegetales (Mirambell,
1986, t.l:70). De éstos, cabe destacar el empleo de cordeles para
enhebrar ornamentos de concha y de hueso.

Una de las tradiciones culturales desarrolladas en el


transcurso del Cenolítico Superior —que García Bárcena (1993)
ubica de siete mil a dos mil a.n.e.—, está representada nuevamente
en Tlapacoya, concretamente en el sitio de Zohapilco, sobre lo cual
el autor (1993:34) anota lo siguiente:

En el sitio de Zohapilco... se ha localizado evidencia de poblaciones


especializadas en el aprovechamiento de los recursos presentes en
la ribera del lago de Chalco, los derivados del lago mismo y los que
podían obtenerse mediante la caza y recolección en las tierras vecinas.
Tecnológicamente estos grupos se asemejan a los del Cenolítico superior
de las regiones semiáridas y áridas pero, a diferencia de ellos, parecen
haber sido sedentarios o, por lo menos, semisedentarios, aun cuando no
conocían la agricultura; al parecer este asentamiento fue posible como
resultado del aprovechamiento sucesivo de gran variedad de recursos
estacionales obtenidos del lago, sus orillas y las tierras vecinas mediante
la recolección, la caza y la pesca a lo largo del año; entre estos recursos
son de especial importancia las aves migratorias que en gran número
y variedad llegaban en invierno al lago, procedentes del norte.

García Bárcena hace alusión al resultado de los estudios


realizados por la arqueóloga Christine Niederberger sobre la
transición de la sociedad preagrícola hacia una con agricultura

92
lo general. la zona de estudio

plenamente desarrollada, con base en la producción lacustre que


siguió empleándose hasta los tiempos modernos.

La investigación realizada por esta autora en los años


1969 y 1970, en Tlapacoya-Zohapilco, junto con un equipo
multidisciplinario: “aportó datos imprescindibles para el
entendimiento de las paleoeconomías y los ecosistemas lacustres
antiguos” (Niederberger, 1988, 14:69), pudiendo, así, establecerse
una secuencia temporal que abarca las sucesivas fases: Playa
I:5500-4500 a.n.e., Playa II:4500- 3500 a.n.e., y Zohapilco 2500-2000
a.n.e. Además, mostró que, desde entonces, los recursos lacustres
aparecen de modo relevante.

[El testimonio arqueológico, indica Niederberger (1988, 14:69)]­ ...


permitió observar la excepcional riqueza ambiental del sur de la Cuenca
de México en los tiempos postpleistocénicos, en oposición con la
parsimonia biótica observada en las zonas semiáridas contemporáneas,
como en el Valle de Tehuacán. El estudio de la adaptación específica...
de los grupos humanos del sur de la Cuenca de México a sus diferentes
biótopos cercanos (bosques, lagos de agua dulce y suelos aluviales
riparios), condujo a... considerar como totalmente inadecuado para
el sur de la Cuenca de México el modelo de macrobandas estivales y
microbandas invernales seminómadas, propuesto por McNeish (1972),
para las culturas precerámicas del Altiplano en general.
En efecto, los datos de artefactos y los procedentes de otras evidencias
convergen para indicar que los habitantes de las zonas lacustres
meridionales ocuparon su territorio de manera permanente y sedentaria
en el marco de una economía pre o protoagrícola, por lo menos desde
el sexto milenio a.C.

Respecto a la etapa protoagrícola en Mesoamérica, González


Quintero (1986, t.I:86) ha señalado que, al parecer, fue en las riberas
lacustres donde tuvo lugar el conjunto de prácticas que condujo
a la aparición de la agricultura. Las retracciones estacionales del
nivel acuático habrían liberado una franja carente de vegetación lo
suficientemente húmeda para satisfacer los requerimientos de los
cultivos iniciales.

93
parte segunda: los fundamentos

En asociación a contextos cenolíticos, Zohapi1co constituye


uno de los dos lugares de localización —en términos nacionales­
de los restos más antiguos de teosintle (Zea mexicana) —que se
remontan a siete mil año5—, mismo que parece ubicarse como
ancestro directo del maíz domesticado. ¿Cuál pudo ser el estímulo
—plantea González Quintero (1986, t.I:86-88)— para cultivar maíz
(resultante, quizá, de la cuarta o quinta mutación del teosintle),
cuyas mazorcas originales eran bastante reducidas? El incentivo
—prosigue el autor— no fue procurarse el grano sino los tallos, con
objeto de extraer su jugo dulzón al masticarlos, tal como después
se haría con los del maíz, al ocurrir la aparición de éste. “Llevando
este asunto a sus últimas consecuencias, podría admitirse que
el teosintle fue transportado de su hábitat natural a los campos
ocupados por Setaria, es decir, a terrenos aluviales más ricos que
donde normalmente prosperaba”. La Setaria —continúa el autor—,
una hierba productora de semillas harinosas, pudo tratarse del
primer cultivo americano, “aunque cabe la posibilidad de que éste
fuera el pasto que invadiera las tierras dejadas por la retracción o
quizá total desaparición de los espejos lacustres”.

En un marco más amplio, Niederberger (1986, t.I:106)


se refiere al hallazgo de los niveles de ocupación de la cueva
tamaulipeca de La Perra —que constituye “una excepcional
documentación” sobre la actividad textil de la época (3,000-2,200
a.n.e.). Representan el resultado de una milenaria tradición cestera
y de tejido de fibras de maguey y de yuca, y abarcan cuerdas finas,
ya sea “atadas mediante nudos sencillos, nudos de envergue o
nudos corredizos, cordajes torcidos en Z, compuestos de 2 ó 3
cabos torcidos en S, redes y mantas fabricadas en basta de torcido
completo”. Una manta de éstas sirvió de envoltura mortuoria de
un niño que contenía una ofrenda consistente en tres mazorquitas
de maíz atadas con un cordel. Respecto a los petates, Niederberger
(1986, t.I:106) menciona lo siguiente:

Las esteras, de tejido liso cuadriculado oblicuo o las de asargado


oblicuo, constituían una artesanía muy desarrollada, a tal grado que

94
lo general. la zona de estudio

ciertos prehistoriadores sugieren designar a los pueblos arcaicos de


América Media, de cultura precerámica, por el término de “fabricantes
de esteras”.

Uno de los recursos metodológicos utilizados por la


arqueóloga Mari Carmen Serra (1988) en su estudio sobre
TErremote-Tlaltenco es el “etnoarqueológico”, a partir del cual
incorpora varios aaspectos contemporáneos sobre el “modo
de subsistencia lacustre”, con base en el tyrabajo realizado
conjuntamente con la arqueóloga Yoko Sugiura (1983) en el
municipio de Santa Cruz Atizapán, de la zona lacustre del
Alto Lerma. De acuerdo con Serna (1988:257), Terremote debió
tratarse, en sus inicios, de una aldea autosuficiente de pescadores
y fabricantes de redes, cuerdas y canastas. En el transcurso de
los 500 años de ocupación y hasta su abandono —situados sobre
todo durante el Formativo Tardío (250 a.n.e. -200 n.e.)—, hubo
una gradual especialización de tipo artesanal.

Terremote aporta al sistema de redistribución [indica Serra (1988:145)]


productos no transformables como peces, aves acuáticas, y
manufacturados considerados como artesanales, tales como canastas,
petates, cuerdas, bolsas, redes, etcétera, utilizadas para el propio trabajo
de explotación del lago. La cantidad localizada tanto de herramientas
como de productos ya elaborados, permiten establecer claramente la
presencia de un intercambio de bienes que con el tiempo propician una
especialización artesanal.

Dejando para después lo relativo a los productos alimenticios,


abordaré a continuación la parte del estudio de Serra sobre
la producción artesanal, una de las referencias histórico-
comparativas que he utilizado para interpretar la información
histórica fragmentaria sobre el Alto Lerma.

De los objetos de maguey tule encontrados en Terremonte, es el


último material el que presenta una frecuencia mayor. Aparece
como elemento constructivo de los motículos habitacionales y
como cubierta de los pisos de ocupación. Se identificaron distintos
tipos de tejido de petates —de tule en su mayoría—, cuyo uso fue

95
parte segunda: los fundamentos

no sólo como mobiliario —para sentarse, dormir—, sino como


elemento de la vivienda —muro de división, cortina, puerta—,
y como envoltura mortuoria. La asociación que en Terremote
presentaron los petates con cantos rodados —que en el Alto
Lerma siguen usándose para tejer las esteras— hace pensar,
indica Serra, en la existencia de una manufactura local. La técnica
de confección, simple y elaborada, y los diseños realizados en
Terremote (de tafetán, tejido de ajedrez, cuatro, dos en dos, y
de costilla), que en la actualidad todavía se encuentran en el
Alto Lerma, dan pie para plantear una continuidad en términos
geográficos más amplios. Las cuerdas, de ixtle, hechas con dos
cabos entrelazados, sirvieron como amarre de canoas, de postes
—empleados en la construcción de los montículos—, de bultos, de
petates —utilizados a manera de puertas, ventanas y divisorias—,
y de los fardos mortuorios. Las canastas están hechas de tule y
cuerdas de ixtle, al parecer con la técnica de espiral, si bien con
fondo plano.

Debido “a la proximidad del lago [indica Serra (1988:149)],


donde crecen los tules, la obtención de materia prima para la
realización de canastas y petates era relativamente fácil”. Las
evidencias en Zacatenco y Ticomán, de petates fino y grueso de
tule o ixtle a manera de esteras y como envolturas mortuorias;
en Tlapacoya, tules para acolchonar pisos y como envolturas
mortuorias, y cestos; en Zohapilco, un cesto hecho con un tulmo,
y en Tlatilco, un tejido en el fondo de un cajete (fechado para
1400-800 a.n.e.), así como otros más, que apuntan hacia una
especialización en cestería y tejido de petates durante el Preclásico
Medio (hacia 800 a.n.e.), permiten visualizar la antigüedad del uso
del tule, mismo que ha tenido una permanencia hasta nuestros
tiempos.

En el Alto Lerma se tejen en la actualidad dos tipos básicos


de hondas, de ixtle —mediante las fibras torcidas, hiladas, o con
lazos— o de material plástico. Si consideramos que la honda
está conformada por una parte nuclear y dos tirantes, el primer
tipo es el de “tres hilos” (como se le denomina localmente) que,
en su variante más simple consiste en un núcleo de sólo tres

96
lo general. la zona de estudio

cordoncillos —de ixtle torcido, uno de los cuales cruza a los dos
restantes­ sujetos con sendos nudos en su confluencia de la que
parte cada tirante. En la otra variante, su núcleo es totalmente
trenzado, aunque los tirantes son hechos, de manera similar a
las cuerdas de Terremote, con dos cabos entrelazados. Así, la
primera variante parece ser más antigua no sólo que las redes sin
nudos —que representarían un segundo escalón de complejidad
consistente en el simple entramado por cruzamiento, sin fijadura
anudada— sino probablemente también que la honda del otro tipo
que exhibe un parecido con el mecapal. Aun cuando este último
tipo se hace mediante lazadas, es llamado en algunos lugares
—como Mexicaltzingo— “de petatillo”, nombre que muestra un
obvio vínculo con el tejido de esteras. En otras localidades —como
Texcalyacac—, al describirse el segundo tipo de honda se hace una
asociación con los sacos por su forma, que es como una especie
de red abolsada, señalándose que se “parece a los bozales” de los
asnos.

La honda es un instrumento que, de acuerdo con la


información etnográfica moderna que obtuve en la zona lacustre
del Alto Lerma, se reporta básicamente para la cacería de aves
acuáticas, así como para la captura de fauna terrestre. Sin embargo,
se trata de un instrumento muy versátil; “coatlatl, nombre de los
matlatzincas [señala un informante de Texcalyacac (Trabajo de
campo, 1991)] significa honda. Los niños usaron la honda, en sus
juegos... cuando los mandaban a espantar a los cuervos de los
campos de labor. Entre pueblos se peleaban con honda. Se usaba
mucho con terrones secos”. Por los datos recogidos durante el
trabajo de campo, se sabe que este instrumento era empleado de
manera planeada —por ejemplo en el combate— y circunstancial
—como cuando, en los momentos de descanso durante la jornada
de labor, se presentaba la posibilidad de atrapar alguna presa:
“algún conejo o cualquier otro animalito que pasara”. Así, parece
del todo probable que este instrumento haya sido utilizado en la
zona desde los inicios del proceso social si, agregado a lo anterior,
consideramos:

97
parte segunda: los fundamentos

— que se cuenta con datos sobre la presencia de restos de aves


acuáticas para todos los tiempos en el Alto Lerma y la Cuenca de
México;

— que los voladores aparecen en un número significativamente


alto desde los primeros registros arqueológicos hasta la desecación
de los lagos de la Cuenca de México;

— que en la última etapa de existencia del modo de vida lacustre


(1900 1970) el consumo de avifauna era cotidiano y, como lo he
señalado, la cantidad de aves procedente de los Estados Unidos
y del Canadá que pasaban el invierno en la laguna de Lerma era
tan alta que los lugareños aún recuerdan cómo, a su llegada, “se
ennegreáa el cielo de tanto pato”;

— que en el Alto Lerma, las aves acuáticas no sólo eran comida


de todos los días sino también festiva (en las celebraciones de
los ciclos de vida y de los santos) y ritual (nada menos que en la
ofrenda de muertos, cuyo culto era particularmente importante
entre los matlatzincas pues los muertos se vinculaban de una
manera compleja con Otonteuctli, dios principal del grupo étnico
en cuestión —como se verá con más detalle posteriormente;

—los datos sobre las distintas especies de aves, su sabor y calidad


—proporcionados por los cronistas, como Sahagún, por ejemplo—,
remiten a un refinamiento tal que sólo puede explicarse a partir
de una profunda tradicionalidad.

En la zona lacustre del Alto Lerma, la confección y el uso de


redes ha tenido una continuidad desde el remoto pasado hasta los
tiempos contemporáneos y aún el día de hoy. Velázquez (1973:93)
menciona que “de la fibra del maguey [los matlatzincas] obtenían
el hilo para las redes que les dieron fama y que producían para
las pesquerías de México”. Por su parte Soustelle (1937:71), al
describir las redes elípticas o maclas del Alto Lerma, menciona que

98
lo general. la zona de estudio

“[...] este tipo de red es seguramente muy viejo, pues se le encuentra


como jeroglífico de la tribu matlaltzinca, exactamente con las mismas
características: bolsa de red, montura de madera y manga. Es una técnica
que ha debido desenvolverse alrededor de las lagunas de Lerma”.

El autor aclara que estas redes se tejen con lanzadera,


habiendo otras en cuyo tejido se prescinde de ésta pues los nudos
se hacen a mano: “son las redes de carga de cuerdas de ixtle, de las
que se sirve para transportar la paja, los odres de pul que, etc. “, y
que aun cuando las mallas son amplias y las cuerdas teñidas, en
todo lo demás “son absolutamente idénticas a las redes de pesca,
el nudo es el mismo”, y finaliza señalando que incluso “conviene
observar que estas técnicas están en relación con las del tejido y de
la cordelería.

Por lo anterior, es posible percibir que los tres elementos


culturales —honda, red, petate— aparecen originalmente
en un contexto no agrícola. De hecho, la red y la honda son
respectivamente instrumentos típicos de pesca y caza, la cual, para
la zona lacustre del Alto Lerma se relaciona con la captura de aves
acuáticas. De manera tal que estos elementos —que han tenido una
continuidad hasta el presente— serían representativos del modo
de vida lacustre.

La riqueza ambiental de la zona sur del Valle de


Toluca ha sido mencionada por numerosos autores que la han
estudiado, desde arqueólogos y cronistas hasta investigadores
contemporáneos, pasando por viajeros y escritores. Así, no sólo
en los trabajos de antropólogos e historiadores —como El camino
de México a Toluca de Luis Chávez Orozco (1956), y Viaje a través del
estado de México de Manuel Rivera y Cambas (1972)— sino también
en relatos y crónicas —como en los de la Emperatriz Carlota y
Carlos María de Bustamante (1969), entre otros— se narran las
riquezas naturales de la zona. Un ejemplo muy interesante es lo
expuesto por Fernando Benítez en su crónica sobre el centro de
México (1975:151-152), cuyos señalamientos son tan emotivos, como
analíticamente certeros.

99
parte segunda: los fundamentos

Todo lo que se halla disperso en las sierras parece concentrarse [en el


área lacustre]; visto desde la más remota antigüedad ya semejanza de
su gemelo el valle de México, como un paraíso, es decir, como un lugar
particularmente sagrado, fuente de un gran río y morada de las diosas
lunares de la fertilidad.
Poseedor de un volcán y circundado de altas montañas arboladas, sus
tres lagos [formados por] un complicado laberinto de ríos, canales,
arroyos, [integraban] vastos espejos de agua donde se reflejaban las
masas oscuras de los pinares, de los ahuehuetes, sauces y ahuejotes
ribereños y aun la distante nieve del Xinantécatl.
Es dudoso que los primeros pobladores... vivieran fundamentalmente
de la caza del mamut... Sí, daban muerte al mamut con mucha fatiga
y riesgo de su vida, pero el enorme espacio que va de la época de los
recolectores y cazadores a la de la agricultura, lo llenó, facilitando la
transición, la inagotable reserva alimenticia de los lagos. Ahí se daban
los acociles —diminutas langostas— el salmiche, un pececillo negro
que después se cocinaría en forma de tamales, el atepocate, una rana
pequeña y la gran rana sápida llamada tulera por vivir entre los tules,
el pescado blanco, tan fino como el famoso de Pátzcuaro, el ajolote, ese
extraño batracio negro que puede a voluntad cambiar sus branquias en
pulmones y treparse a los árboles o vivir en los lechos del lago, el tejón
acuático, y sobre todo, una multitud asombrosa de patos, gallinetas y
ánsares venidos del extremo norte.
Los lagos proporcionaban además huauxontles, los bledos americanos
que tanto llamaron la atención de los conquistadores y cronistas, berros,
cresones, nutritivas papas de agua y espesos tulares. El tule, muchos
milenios antes que apareciera la cerámica, creó el arte de la cestería...
Una variedad resistente y flexible, propia de estas lagunas, permitió
fabricar no sólo cestos y canastas, sino redes, cuerdas y petates. A
partir de estos recursos los hombres pudieron llegar a la agricultura,
enterrar a los muertos cargados de ofrendas para su viaje a lo largo del
inframundo, inventar una religión y construir pueblos y pirámides.

En cuanto al material comparativo, en la Cuenca de México


se encuentran restos que demuestran el amplio aprovechamiento,
durante el Formativo, de la fauna acuática (Niederberger, 1976;
Serra, 1988:28-36). Ésta incluye a crustáceos, anfibios, reptiles y
aves —que destacan por su diversidad y alto número, en particular
para Zohapilco, Terremote y Tlalchinolpa—. Acá, la presencia
de fúlicas, gallaretas o fochas en los vestigios arqueológicos

100
lo general. la zona de estudio

tempranos, parecen indicar —señala Teresa Rojas, con base en


Starbuck (1980:6)— que la cacería de fauna vQladora se efectuaba
en forma permanente a lo largo del año, incrementándose durante
el invierno con la captura de aves migratorias. En cuanto a los
peces, el blanco, el amarillo y el charal, destacan en varios sitios
del Formativo.

En lo que se refiere a los alimentos de origen animal [anota Serra


(1988:117) al referirse a Terremote], las frecuencias importantes de aves
acuáticas de la familia Anatidae, de tortugas de las especies kinosternon
hirtipes y de peces tales como charoles, peces blancos y juiles, señalan
una explotación y dependencia importante del lago.

Esta autora (1988) menciona la especialización de las


distintas actividades relacionadas con el medio acuático que se
había desarrollado en distintas localidades de la Cuenca de México,
durante el Prec1ásico Tardío. Tlapacoya se había especializado
en la consecución de fauna acuática, en tanto que en Cuanalan
existía una diversificación de actividades lacustres, de recolección
y agrícolas.

Un planteamiento muy sugerente respecto a la importancia


de la producción acuática no agrícola en el área tarasca, ha sido
realizado por Carrasco (1988) en su estudio sobre la “situación
hidráulica y la base material en general de la civilización
purépecha”. El autor discute el papel específico de la tierra y el
agua en cuanto al posible poblamiento del Bajío por núcleos de
alta cultura y su posterior desalojo y rehabilitación por grupos
chichimecas, y al surgimiento del imperio tarasco y la ubicación de
sus territorios importantes. Carrasco (1988:66) anota que “hay una
relación evidente entre las distintas zonas lacustres y los centros
principales de Michoacán” como Zacapu, Cuitzeo, la región de
Zamora, y Jacona —sede de uno de los cuatro señores principales
de las fronteras de dicho imperio. Asimismo, en cuanto a la
emergencia del estado tarasco, señala que la presencia de “todas
estas ciénegas y lagunas” no apunta hacia una respuesta de tipo
“chinampista” puesto que, para la llegada de los españoles, “es

101
parte segunda: los fundamentos

indudable que en la laguna de Pátzcuaro no había chinampas o,


si las había, eran de mínima importancia”.

Más específicamente en tomo a la cuestión de la


preeminencia de Pátzcuaro sobre las otras regiones michoacanas,
y del desarrollo del centro político en este lago, Carrasco (1986:66-
67) externa que la respuesta debe buscarse en primer lugar en la
pesca, y añade lo siguiente:

[...] puede ser que el nombre náhuatl, Michoacán [lugar de peces]


esté muy bien justificado por la importancia de la laguna. Un estudio
reciente de Gorestein y Pollard... trata de medir la producción de pesca
en [...] Pátzcuaro comparándola con la producción de todos los demás
mantenimientos. Sus datos indican que la laguna rendía un excedente,
es decir, que producía más pescado del necesario para alimentar a toda
la población que existía en la laguna de Pátzcuaro, mientras que había,
por el contrario, un déficit en la producción de maíz.
La importancia de la laguna [...] como productora de pesca alcanzaba
no únicamente a los pueblos ribereños, sino a [...] gente que vivía a
bastante distancia [...] a unos 30 kilómetros.

Respecto a la Cuenca de México, en lo relativo al origen de


la división en clases sociales y del Estado como forma de gobierno
—en el que, además del sedentarismo, hacen acto de presencia
la arquitectura y la cerámica—, ha sido también en la parte de
Zohapilco donde Niederberger realizó el hallazgo de “la más
antigua figurilla antropomorfa en barro cocido” de Mesoamérica,
cuya antigüedad se remonta aproximadamente a 2300 a.n.e.
Con posterioridad, a pesar de la falta de un conocimiento
amplio sobre las primeras culturas cerámicas en la macroárea,
y específicamente en la Cuenca de México, en ésta, las primeras
evidencias arqueológicas fueron, de igual manera, encontradas
en Tlapacoya-Zohapilco, y corresponden a la fase Nevada 1400-
1250 a.n.e. Las ocupaciones de este sitio son ya de “sociedades
plenamente agrarias, herederas de tradiciones milenarias en el
cultivo de plantas”, con una producción alfarera de “excelente
factura”, que habían domesticado, entre otros vegetales, amaranto,
maíz, calabaza, chile, chayote y tomate. También utilizaban

102
lo general. la zona de estudio

mamíferos terrestres como el venado cola blanca, el perro, el conejo


y, lo que es especialmente interesante, “densos recursos lacustres”,
tales como peces, con predominancia del género Chirostoma,
tortugas, anfibios, así como “una abundante avifauna residente
o visitante hibernal”, vigente desde la primera fase —Playa I—, y
que estuvieron “siempre presentes en los sistemas de subsistencia”
(Niederberger, 1988, 14:71).

La caza, la pesca, así como la captura de quelonios


siguieron siendo de gran importancia para los habitantes de
Teotihuacan durante el Clásico. Los abundantes restos de
aves acuáticas, de pescado blanco y de tortugas, muestran la
trascendencia que tuvo el recurso acuático en esa época (Rojas,
con base en Starbuck, 1980:6).

Se sabe que para el Posclásico Tardío la fIora y la fauna


lacustres fueron extraordinariamente bien conocidas por los
habitantes de la cuenca, de manera específica por los mexica,
“muchos de los cuales [indica Deevey], pasaron la mayor parte
de su vida sobre la canoa y dependieron de su conocimiento
limnológico para su subsistencia”. La extracción de recursos
acuáticos no se redujo a la pesca y a la caza de volatería. Deevey
menciona que si éste hubiera sido el caso, “no tendríamos razón
para atribuirles ningún conocimiento limnológico especial [a
los mexicas], sino que el uso que hicieron del medio lacustre va
mucho más allá del que es común en una sociedad ‘primitiva’.
Además de renacuajos y ranas, y del axolotl... Sahagún... enlista
un número de alimentos invertebrados”. Con todo —siguiendo
a este autor—, y aun cuando las fuentes accesibles remarcan la
base económica de tal conocimiento, ello no quiere decir que éste
fuera exclusivamente estimulado por la explotación de los recursos
limnológicos, ya que “el énfasis en los asuntos prácticos fue una
particularidad [del grupo en cuestión], más aún... una base esencial
del interés [mexica] en la historia natural, al menos en vertebrados
y plantas, fue mágico y totémico”. El autor se refiere, también, al
control práctico de lo lacustre similar al que tenían sobre otros
componentes de su medio, siendo de “particular importancia...

103
parte segunda: los fundamentos

la demostración que el simbolismo azteca para agua proviene


directamente y con pequeño cambio desde los tiempos clásicos,
como se representaba en los murales de Teotihuacan” (Deevey,
1956:222-224, 237).

De hecho, Sahagún aporta los elementos suficientes en


los que puede fundamentarse la magnitud que, para el momento
del contacto con los españoles, tenían las actividades no agrícolas
—caza, pesca, y recolección de productos terrestres y acuáticos—,
específicamente entre los mexicas. Al respecto, menciona a las
“aves que viven en el agua o que tienen alguna conversación
con el agua”, señalando sus características y usos principales.
Sobre su consumo, el autor hace una distinción entre las aves
que únicamente “son de comer”, las que son de “buen comer”,
y aquéllas que son de “muy buen comer”. Igualmente, incluye
a tres voladores, dos de los cuales, además de presentar alguna
de las dos últimas cualidades, “no tienen resabio de peces como
otras aves del agua”, y un tercero que tiene “en cantidad” buen
comer, como luego se verá.

En primer término, Sahagún (L. XI, p. 30., ff.26r-27v, 30v-


31v, 32v-41v, 32v-41v, 61r; p. 4o., ff.66r y v; p. 5o, f.67r) se refiere
a numerosas aves que “van a criar a diversas partes y vienen al
invierno por estas partes, al tiempo de los mahizales”:

Canauhtli.

Canauhtli tzoniaiauhqui, “Todas estas aves ya dichas —indica


Sahagún— son de comer”.

Tlalalacatl, “tienen buena carne, tienen debaxo plumas blancas y


blandas: de estas plumas se aprovechan para hazer mantas, las
plumas de encima son recias, tiene cañones para escrevir”.

Tocuilcoiotl, “son zancudas, tienen buen comer”.

Xomotl, “tienen pluma muy blanda, hazese della mantas”.

104
lo general. la zona de estudio

Tezoloctli.

Atotoli, que significa “gallina de agua”, y es “rey de todas las aves


del agua”.

Las aves restantes se enlistan a continuación:

Concanauhtli, “son grandecillos... crian en las lagunas, entre las


espadañas, haze su nido, y alli pone sus huevos, y los enpollan y
sacan sus hijos; este es el mayor de todos los patos”.

Quachilton, “criase entre las espadañas en el agua”.

Iacacintli, “son buenas de comer. Comen peces, crian se en el agua”.

Uexocanauhtli.

Azolin, “codorniz de agua” o “zoquiazolin” “cordoniz de lodo o


que vive en el lodo”.

Atzitzicuilotl, “nacen en la provincia de Anaoac, vienen a esta


laguna de Mexico entre las aguas o lluvia; son muy buenos de
comer”.

Acoiotl, “es de muy buen comer”.

Acitli, “es de buen comer”.

Teniztli, “la carne de esta ave es de buen comer”.

Quapetlauac o quapetlanqui, “tiene muy buen comer su carne”.

Quatezcatl, no menciona si era o no comestible.

Tolcomoctli, atoncuepotli, ateponaztli.

Couixin, “es advenediza... y tiene buen comer”.

105
parte segunda: los fundamentos

Icxixoxouhqui, “es de comer y.., se va cuando las otras aves se van”.

Quetzaltezolocton, “no se cria en estas partes, es buena de comer”.

Metzcanauhtli, “es buena de comer”.

Quacoztli, “son de muy buen comer”.

Hecatotol, “tienen buen comer”.

Amanacoche, “son de buen comer”.

Atapalcatl o acatexotli, “son de buen comer”,

Tzitzioa, “tienen muy buen comer”, y es una de las que no tiene


“resabio de peces”.

Xalcuan, “que quiere decir quien come arena”, “son de muy buen
comer”.

Yacapitzaoac, nacaztzone, “no tiene sabor de peces... son de buen


comer”.

Tzoniauiauhqui, “son de buen comer; estas aves son muy gordas”.

Zolcanauhtli, “comen las yerbas del agua que llaman atatapalacatl,


y las otras que llaman achichilacachtli o lendexuelas del agua... en
cantidad tienen buen comer estas aves”.

Chilcanauhtli, “vienen muchas destos a esta laguna: son de buen


comer”.

Achalalactli, “buenas de comer”.

Yacapatlaoac, “son de comer y ay muchas”,

Oactli, “es de comer”.

106
lo general. la zona de estudio

Pipitztli, “buenas de comer”.

Acachichictli, “es de comer”.

Zoquicanauhtli.

Sahagún señala que “ay aviones en esta tierra” y “tambien


golondrinas” y que el aztatl o teuaztatl “no es comestible”.

De los “peces de río o lagunas”, Sahagún (LXI, f.67r)


menciona a los siguientes:

Topotli, “pececillos, anchuelos... son pardillos: crianse en los


manantiales: son buenos de comer y sabrosos”.

Amilotl. Por la información que vierte Sahagún parece que aquél era
el principal pez blanco, pues indica que a “los peces blancos llaman
amilotl, o xouili; su principal nombre es amilotl: especialmente de
los grandes y gruesos”, y luego añade que los “peces blancos que
se llaman amilotl tienen comer delicado”.

Xouili. Otro pez que el autor describe como “bogas pardillas que
se crian en el cieno y tienen muchos huevos”.

Xalmichi, “pececillos pequeñuelos”.

Cuitlapetotl, “pececillos barrigudillos, que se crian en el cieno...


son medicinales para los niños”.

Michzaquan, “pecesitos q1uy pequeños”.

Tenzonmichi, “crianse en los rios y en los manantiales... tienen


escamas y... barbas”. De acuerdo con el etnohistoriador Gabriel
Espinosa (comunicación personal, 1993), cabe la posibilidad de que
se trate del pez llamado bagre, el cual parece no ser lacustre sino
de lugares con agua corriente y emergente, tal como lo puntualiza
Sahagún.

107
parte segunda: los fundamentos

Los “renacuajos y otras savandijas del agua que comen


estos naturales” son los siguientes:

Atepocatl, “renacuajos”

Sahagún señala que el nombre genérico de las ranas era


cueiatl, y menciona a tres en particular.

Tecalatl, “ranas grandes”.

Acauiatl, “ranillas... manchadas de verde y prieto: crianse en los


cañaverales”.

Zoquicuiatl, “quiere dezir ranas de cieno... crianse en las cienagas”.

Axolotl, “animalejos... es muy buena de comer”.

Acocili, “animalejos del agua”.

Aneneztli, “animalejo del agua... son de comer, vuelvense aquellos


coquillos que tienen quatro alas y voelan”.

Axaxaiacatl o quatecomatl, “coquillos del agua... son por la mayor


parte negros y del tamaño del pulgon de Castilla y de aquella
hechura y boelan en el ayre, Y nadan en el agua, comenlos”.

Amoiotl, “musquillas en el agua, andan en haz del agua, y


comenlos”.

Ocuiliztac, “gusanos en el agua... son muy ligeros... y comenlos”.

Michpilli, “coquillos.., muy pequeñitos, como aradores: pescanlos


y dizen que son de muy buen comer”.

Michpiltetei o amilotetl, “coquitos”.

Izcauitli, “gusanos del agua... no tienen cabezas sino dos colas, son
coloradillos, hazen dellos comida”.

108
lo general. la zona de estudio

Tecuitlatl, acuitlatl, azoquitl, o amomoxtli, “urroras que se crian en


el agua”, las que, en realidad se trata de un alga, como lo señala
Teresa Rojas (1965: 102).

Por último, se mencionan a continuación (L. XI, p.50, f.67r)


algunos de los vegetales acuáticos de variados usos:

Acaxilotl, era el meollo de las espadañas.

Atzatzamolli, era la “raíz negra” —que en San Mateo Atenco


de mediados del siglo xx le llamaban “xaxamol”, “sasamol”, o
“chachamol”— de la planta acuática llamada atlacuezona.

Tzibunquilitl o tziuenquilitl.

Tzaianalquilitl.

Achochoquilitl.

Tentzonquilitl.

Mamaxtla.

Ytztolli, “juncias” cuyas flores y raíz eran medicinales.

Acaxilotl, son las raíces de las “espadañas” que “llaman Tolpatlactli”,


Se comían cocidas o crudas.

Tolmimilli, “juncias”, “a lo blanco que tienen debajo del agua”


nombraban aztapilli u oztopili, que era utilizado en la confección
de petates ceremoniales.

Petlatolli, “juncias medianas de que hazen petates”.

Nacacetoli, “juncias... de que se hazen petates... son trianguladas


y son rrecias”.

Tolyaman o atoli, “no son rrecias. Tambien hazen dellas petates”.

109
parte segunda: los fundamentos

Tolnacochtli, “cortas y delgadas y son corres as y rrecias, hazen


dellas petates”.

Xomali, “juncos”.

Atetetzon, “yerbazuelas que son comestibles que nacen en el agua...


como junquillos”.

Acacapacquilitl, “cañuelas que se hazen en el agua”.

Amamalacotl o amalacotl, “yerbazuelas” acuáticas “que tienen la


hoja como tomin anchuela y estendida sobre el agua”.

Acazacatl, “cañas altas y delgadas... son vellosas y asperas y cortan”.

Achili, “yervas... largas y correosas”.

Cañas, “que se hazen a la orilla del agua”.

Mediante estos datos —no exhaustivos— que proporciona


Sahagún, es posible apreciar que, a la llegada de los españoles,
la producción lacustre era muy importante en la dieta y en la
economía de la población de la Cuenca de México. La información
que aportan otros autores robustece este planteamiento, y lo
amplía en lo que atañe a épocas subsecuentes, lo cual habrá de
abordarse en el capítulo 4.

Como ha podido verse, los materiales expuestos, tanto


histórico-comparativos como los que provienen de la etnografía
moderna, sugieren que el complejo lacustre es evolutivamente
anterior al origen y desarrollo de la agricultura. De esta manera,
el vocabulario proto-otomangue tiene una importante implicación
teórica al evidenciar el origen preagrícola del modo de vida lacustre.
Sobre la emergencia de la agricultura en Mesoamérica, Amador y
Casasa postulan, con base en sus investigaciones, que aquélla se
ubica entre la población otomangue. En torno a esto, y considerando
los señalamientos de Deevey y Sauer así como la información
procedente de la Cuenca de México, que proporcionan González

110
lo general. la zona de estudio

Quintero y Niederberger, y la relativa al Alto Lerma que veremos


un poco después, me parece que la presencia del lago confiere a
la zona lacustre del Valle de Toluca las características para ser, si
no de hecho, en términos hipotéticos y teóricos, una de las áreas
del despunte agrícola; es decir, donde pudo ocurrir una de las
transiciones de la situación nomádica de las agrupaciones del
Arqueolítico —30,000 o más-9,500 a.n.e., de acuerdo con el corte
cronológico de García Bárcena (1993:22)— a otra que implicaría
establecimientos permanentes de pescadores-cazadores-recolectores
lacustres, ubicables dentro del Cenolítico. Etapa ésta que habría
de conducir al surgimiento de aldeas agrícolas incipientes,
con una economía mixta que en buena parte descansaría en
actividades acuáticas no agrícolas. Es decir, que corresponderían,
de acuerdo con la clasificación de García Bárcena (1993:22), a la
etapa Protoneolítica (o subetapa final del Cenolítico, que abarca
entre 5,000 y 2,000 a.n.e.), relativa a los “grupos con economía de
subsistencia basada en diversas combinaciones de caza, recolección
y pesca, pero que ya conocían la agricultura”.

111
parte segunda: los fundamentos

3. LA PERSPECTIVA DIACRÓNICA. EL PAPEL DE LA


PRODUCCIÓN LACUSTRE EN LA HISTORIA DEL SUR DEL
VALLE DE TOLUCA. ANTECEDENTES A LA ETAPA
FINAL DE LA LAGUNA DE LERMA

LOS TIEMPOS PREHISPÁNICOS

La relación del ambiente acuático con el proceso histórico


de los otomianos del sur del Valle de Toluca y, en concreto, la
trascendencia histórica de la caza (honda), pesca (redes) y del
tejido de tule (Albores y Hernández, 1978b), y más ampliamente
del modo de vida lacustre (mvl) —que integra también productos
de recolección—, es posible visualizarlo desde las evidencias más
antiguas, con las que contamos por ahora, relativas a los comienzos
del proceso de larga duración. Dentro de la perspectiva del
planteamiento de Kirchhoff, he dividido en dos grandes períodos
la era precapitalista que contiene a todo el proceso —desde los
inicios hasta el término del mvl. El primero, que corresponde a los
tiempos prehispánicos, será objeto de atención en este apartado.
Abarca a un gran bloque del desarrollo histórico cuyo arranque
aún no es posible fijar en términos cronológicos, si bien podemos
empezar a contextualizar desde los tiempos del predominio
de la lengua madre proto-otomangue hasta la consolidación y
despliegue del estado matlatzinca (4,500 a.n.e.-1,162 n.e.), y su
violento declive a raíz de la expansión de los mexica (1476). Forma
parte del primer período otro bloque temporal, bastante corto,
ubicado entre 1476 y la conquista española (1550).

Como hemos visto, la zona lacustre del Alto Lerma formó


parte del territorio habitado por la familia proto-otomangue, la de
mayor profundidad histórica (6,500 años) en Mesoamérica, cuyo
vocabulario reconstruido manifiesta el uso de redes, petates, cestos,
y de las actividades conexas: hilado, tejido y cestería —lo cual
permite plantear una alta posibilidad de la presencia de hondas.
Considerando que las lenguas habladas en la zona de estudio
hasta tiempos recientes, el matlatzinca, el otomí y el mazahua,
pertenecen al tronco Otopame, no menos importante resulta

112
lo general. la zona de estudio

mencionar que éste es el que presenta una diversificación mayor


—45 siglos mínimos—, de las siete en que se divide el otomangue.
Esto viene a colación debido a que la zona lacustre —y más
ampliamente el Valle de Toluca y montañas que lo circundan por el
norte— ha sido considerada por Carrasco (1950:283) “corno centro
de caracterización y de dispersión de los idiomas otomianos” (a
partir de que su antigüedad se establece en proporción directa al
número de variantes dialectales). Y, puesto que para el siglo xvi,
del territorio de distribución de los principales idiomas otomianos
de Mesoamerica —matlatzinca, otomí y mazahua—, que abarcaba
los actuales estados de México y de Hidalgo, al Distrito Federal,
y parte de las entidades de Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Morelos,
Michoacán, Guerrero, Jalisco, y Colima, la zona lacustre constituía
el área de contacto de los mismos.

Los tres idiomas principales de la familia otomiana [indica Carrasco


(1950:27-28)] que se encuentran en territorio mesoamericano —otomí,
mazahua y matlatzinca— tienen una zona de contacto situada en el
Valle de Toluca, donde se mezclan de tal manera que es imposible fijar
linderos entre ellos... Esa mezcla de gente de diferentes idiomas era
más notable en los pueblos de NE del Nevado en los que se hablaba
conjuntamente matlatzinca, otomí, mazahua, y mexicano. Tal era el caso
de: Toluca (Tollocan)... Metepec y Calimaya.

A esta situación se ha referido Jacques Soustelle (1937:14,


15) cuando menciona a

... los manantiales del Lerma que brotan de la tierra de Almoloya... [y


al] río estancado en la superficie de la meseta, formando la laguna de
Lerma, el único lugar que yo sepa donde [los otomianos] han adoptado
el transporte por agua. En sus canoas de fondo plano, cargadas
de plantas acuáticas, se deslizan con habilidad sobre la superficie
pantanosa... [y, añade] siempre esta meseta fértil, de un clima agradable
a pesar del frío, ha sido una encrucijada de pueblos.

113
parte segunda: los fundamentos

En un señalamiento final sobre la “macla”, Soustelle señala


(1937:17), como quedó anotado, que este tipo de red elíptica “es
seguramente muy viejo”, y que su técnica “ha debido desarrollarse
alrededor de las lagunas de Lerma”.

Me parece, pues, que existen bases firmes de apoyo para


plantear que los componentes culturales que caracterizan al
modo de vida lacustre —honda, red, y tejido de tule— guardan
un estrecho vínculo no sólo con la población proto-otomangue,
sino también con el proceso histórico implicado, tanto desde sus
inicios como el que devino hasta la desecación de la ciénaga del
Alto Lerma. Es decir, que en torno a tales componentes culturales,
el modo de vida lacustre habría sido conformado por la población
proto-otomangue (con 6,500 años de profundidad temporal), y
desarrollada por la rama proto-otopame —con una antigüedad
de 4,500 años (Amador y Casasa, 1979:14)—, pasando a ser típico
del grupo matlatzinca, a raíz de su separación lingüística del
otomí, hace alrededor de 2,500 años (Schumann, 1975, t.II:534).
Otro argumento que también fundamenta la propuesta de los
orígenes tan lejanos del modo de vida lacustre en el Alto Lerma
consiste en que, aun para los tiempos históricos, los principales
nombres de aquel grupo hacen mención a la honda, al tule, y
principalmente a la red, como se verá más ampliamente después.
El que este instrumento de pesca sea, nada menos, el que aparece
en el jeroglífico usado por los mexica para representar a los
matlatzincas (ver figura 1) —de matIa, cuyo significado nahuatl es
red—, y el que este nombre sea el que ha persistido hasta nuestros
días, considero que prueba de manera suficiente la importancia
fundamental de la pesca, así como la remota antigüedad —en mi
opinión, desde los tiempos preagrícolas— del origen del modo de
vida lacustre en el Alto Lerma.

Puesto que no existe una periodización para el Valle de


Toluca ni para su zona meridional que abarque toda la época
prehispánica, a fin de situar temporalmente algunos de los
acontecimientos históricos significativos en el contexto lacustre,
he tomado como marco amplio las secuencias cronológicas
correspondientes a la Cuenca de México de Millon (1979) adaptado

114
lo general. la zona de estudio

por Rattray; las del Teotihuacan Mapping Project y Teotihuacan


Valley Project, utilizadas por López Austin (1989), relativas a
Teotihuacan, así como la de Niederberger (1976) para Tlapacoya-
Zohapilco. Éstas son las referencias de uso más generalizado por
los arqueólogos que trabajan sobre el Valle de Toluca.

Figura1

Jeroglífico de Tollocan-matlatzinco

Fuente: Códice Mendocino

115
parte segunda: los fundamentos

En Tecaxic y en Teotenango, las manifestaciones de la


cultura material permiten inferir una evolución cultural continua
desde el Preclásico hasta el Posclásico Tardío y la conquista
española (Reinhold, 1981:71). Otro de los pocos lugares —para el
cual se cuenta con datos provenientes de distintos asentamientos
que proporcionan una secuencia, desde el llamado Formativo
hasta los inicios de la Colonia española— es la porción central
de la zona lacustre, sobre la franja occidental; concretamente,
el pueblo de Metepec y una extensión circundante que —en mi
concepto—­ puede eventualmente llegar a incluir, como parte
de una micro-zona, a San Mateo Atenco. En el sitio Bravo de
esta área, situado a un kilómetro del cerrito de Metepec, se
han ubicado restos de megafauna pleistocénica, los cuales se
encuentran aún bajo estudio a cargo de la antropóloga física Silvia
Murillo Rodríguez. En esta área de Metepec la secuencia se ha
establecido, en primer término en el sitio 193, cuyos fragmentos
han sido fechados “en el Formativo Inferior y Medio, a partir
de 1200 a.n.e. aproximadamente” (Sugiura, 1988:118). Para el
Formativo Tardío (150-200/300 n.e.) se cuenta con los materiales
del sitio El Cerro de los Magueyes, que está aún en proceso
de estudio por el arqueólogo Raúl Carlos Aranda Momoy. El
sitio teotihuacano La Providencia, trabajado por la arqueóloga
Norma Leticia Rodríguez Carcía, estuvo habitado durante la fase
Metepec (650-750 n.e.). Las dos excavaciones hechas, por el mismo
arqueólogo Aranda Momoy, en la cima del cerrito de Metepec,
proporcionaron evidencias correspondientes al Posclásico Tardío
(alrededor de 1,428 a inicios de 1,502 n.e.). En fin, el rescate “5
de Mayo” (a unos 400 metros del ex convento de Metepec),
realizado por la arqueóloga Cuizzela Castillo Romero, se refiere
a un depósito de desechos de obsidiana (raspadores y raederas),
ubicado cronológicamente en el Posclásico tardío (1,400-1,500
n.e.) en contacto con la Colonia, que muestran huellas de uso
relacionado con el trabajo de fibras —posiblemente de maguey
y quizá de yuca. Están aún por conocerse los resultados sobre
fechamiento de los restos arqueológicos provenientes de los 21
pozos estratigráficos, efectuados por Raúl Aranda, en la ladera
oriental del cerrito de Metepec.

116
lo general. la zona de estudio

El empleo de flora y de fauna de la ciénaga durante la


época prehispánica ha sido mencionada por Piña Chan (1975a,
t.I:23), quien ha reparado en lo propicio del ambiente la laguna
y los manantiales. Esto hacía de la zona un “lugar ideal para los
asentamientos humanos” puesto que proporcionaba “mucho”
pescado blanco, zacamichi, ahuauhtli, ajolotes, juiles, ranas,
atepocates, y acociles, a la vez que se cazaban patos, alcatraces,
ánsares, gallinas de agua y múltiple volatería; distintas especies de
tules o juncias y de flora comestible eran colectadas, lo cual, según
mi planteamiento, posibilitó una temprana sedentarización.

Los señores que usaban la red [menciona Velázquez, 1973:25], ese artefacto
en que todavía son tan diestros en tejer los habitantes de San Pedro
TotoItepec, de San Mateo Atenco y de otros pueblos ribereños del río
Lerma, superaron la etapa de recolección y de caza, pudieron agregar
a su alimentación las proteínas que se encuentran en los pescados...
acociles... ajolotes... batracios... insectos y coleópteros que vivían en las
márgenes de su río y de su laguna.

En este contexto, el aprovechamiento de los recursos


acuáticos en el Alto Lerma vuelve a señalado Piña Chan (1975b:29,
30), al referirse al período de la agricultura incipiente (5,000-2,400
a.n.e.) en el que

... algunas bandas de recolectores especializados comenzaron a vivir


en aldeas temporales, ubicadas en lugares ricos en plantas y productos
silvestres a efecto de contar anualmente con una provisión alimenticia
segura, sin abandonar la cacería y la pesca como actividades cotidianas...
A partir de entonces comienza a manifestarse una vida plenamente
sedentaria... como se observa en Tecaxic.

El uso de los productos procedentes de la ciénaga se percibe


en la información que presenta Sugiura (1990:376) para los grupos
aldeanos del Formativo Inferior, correspondiente a la última fase,
la AyotIa, de 1,250 a 1,000 a.n.e. del Formativo Temprano, del sitio
Zohapilco, en la Cuenca de México, de acuerdo con la cronología

117
parte segunda: los fundamentos

de Niederberger, 1976. No obstante, de acuerdo con Sugiura


(1980:137), no es sino hasta la primera fase (Manantial, 1,000-800
a.n.e. del Formativo Medio de la Cuenca de México), cuando se
tiene una base más sólida sobre la cultura de esa etapa.

Aparte del área de Metepec —situada entre los 2,500 y los


2,600 msnm—, también se han descubierto restos arqueológicos de
asentamientos del Formativo en Almoloya del Río y, a manera de
islotes, a lo largo del río Lerma (Sugiura, comunicación personal,
1988).

Los emplazamientos del Formativo de la zona tienden a


situarse, según lo observado por Sugiura (1990:372, 373), sobre la
ribera occidental, que es la que contaba con “condiciones bióticas
favorables para la sobrevivencia del hombre, equipado con una
tecnología agrícola aún no desarrollada”. En particular, para
el Formativo Medio (800-250 a.n.e.), en el que los pobladores
ascienden de los “tlateles” —corno se les llama localmente—,
mogotes, o islotes del lago y de la planicie aluvial a los primeros
escalones serranos, la autora plantea que no hay certeza de que
“el hombre ya había desarrollado una tecnología agrícola... o...
se sostenía primordialmente por las actividades extractivas
naturales, es decir, la caza, la recolección y la pesca”. En fin, lo
que caracteriza a los asentamientos formativos es su propensión
a ubicarse en la franja ribereña de la laguna de Lerma, a la que
se le asocian, de manera destacada, las actividades lacustres. En
varios sitios de la zona se encontraron restos de animales pequeños
—correspondientes, al parecer, a aves, quizá acuáticas—, así corno
tules “aplastados” y una envoltura mortuoria vegetal que tal
vez se trate de un petate (Sugiura, [1979]). Elementos todos que
recuerdan los hallazgos realizados por Amador y Casas a para los
proto-otomangues.

De acuerdo con Sugiura, durante el Formativo Inferior


(correspondiente al Formativo Temprano, 2,500-1,000 a.n.e., para
Tlapacoya-Zohapilco, de la Cuenca de México), la población de la
zona habitaba un espacio pequeño en torno, sobre todo, a la superficie
que rodea a los actuales pueblos de Metepec y Ocotitlán.

118
lo general. la zona de estudio

Posteriormente, en el transcurso del Formativo Medio (1,000-400


a.n.e., de la Cuenca de México), los asentamientos predominantes
continuaron en la parte baja de la zona, iniciándose el poblamiento
de las primeras escarpaduras montañosas a partir de un incremento
demográfico. Por último, durante el Formativo Superior
(correspondiente al Formativo Tardío y Terminal, 400 a.n.e.-0,
para Tlapacoya-Zohapilco, de la Cuenca de México) continuó el
aumento de la población y su establecimiento a una mayor altitud,
alcanzando los 2,880 msnm.

De manera similar a los registros sobre la economía lacustre


durante el Formativo en el Alto Lerma, disponemos de datos que,
a pesar de su carácter disperso, dan cuenta de la tradición lacustre
—alimenticia y relativa a otros rubros— para el Clásico (150-750
n.e., de la Cuenca de México), el Epiclásico (750-950/1,000 n.e.,
de la Cuenca de México) y el Posclásico (950/1,000-1,521 n.e.,
de la Cuenca de México). La rica producción lacustre —aunada
a la abundancia agrícola ampliamente conocida— reviste una
importancia específica no sólo en lo que atañe al proceso de
desarrollo interno de la zona, sino también en lo relativo al papel
que ésta jugó hacia el exterior, como punto de atracción para la
población y los sectores hegemónicos de otras zonas del altiplano
central, en particular de la Cuenca de México durante todo el
período prehispánico. Asimismo, como territorio que, a la vez que
receptor, en distintos momentos pudo haber sido también emisor
de influencias con base en los movimientos poblacionales, entre
cuyas causas sobresalen las de orden económico y político (Albores,
1985; Sugiura, 1990).

Si bien Tecaxic-Calixtlahuaca y el área de Metepec


mantuvieron una continuidad del Preclásico al Posclásico el
primero, y del Formativo hasta los tiempos coloniales la segunda,
algunos puntos de la zona descollaron en distintas épocas. El
área de San Mateo Atenco tuvo su auge durante el Clásico; las
de Ocoyoacac y de Toluca a la mitad del Clásico; el sitio de Ojo de
Agua (del área de Teotenango) de fines del Clásico a mediados del
Epiclásico; el área de Santa Cruz Atizapán en el Epiclásico, y la de
Teotenango en el Posclásico.

119
parte segunda: los fundamentos

San Mateo Atenco, Teotenango y Metepec se ubican


en la ribera más amplia de la ciénaga de Lerma, que en parte
corresponde a la “microrregión” que Sugiura (1990:234, 238)
ha calificado como “la más fértil de toda la Cuenca del Alto
Lerma”. Según la autora, esta microrregión es también con la
que Tecaxic-Calixtlahuaca “debe haber mantenido una relación
estrecha”. Ocoyoacac se ubica en la microrregión cuya “topografía
beneficia el fácil acceso a las lagunas y, por consiguiente, la mayor
posibilidad de explotación de su riqueza ambiental... se cazaban
anátidos, garzas, patos y otras aves migratorias... se pescaban...
diversas especies... El medio lacustre estimuló la explotación
específica de algunas plantas acuáticas, para fines artesanales,
como el tule” (Sugiura, 1990:231). En este mismo sentido, con
base en el proveimiento de productos lacustres que, durante
la etapa terminal de la ciénaga, hacían de manera cotidiana los
pueblos de pescadores a los que no lo eran, mediante relaciones
de distinto tipo —amistosas, familiares, rituales, comerciales—, es
de suponerse que tal situación prevaleció desde la antigüedad.

En torno a los nexos de Teotihuacan con la zona lacustre


del Alto Lerma, Sugiura (1990:376, 307-308, 378) destaca la gran
riqueza ambiental de aquélla como una de las características que
constituyeron una “razón fuerte para que Teotihuacan se interesara
en incorporar [la zona lacustre] a sus regiones simbióticas”. La
autora plantea que Santa Cruz Azcapotzaltongo, del municipio
de Toluca, pudo haberse “convertido en una colonia teotihuacana,
o por 10 menos en un punto de control” durante la fase Xolalpan
(400- 650 n.e.) del Clásico, “cuya función primordial era concentrar
los productos agrícolas para canalizados, posteriormente, hacia
Teotihuacan”. Igualmente, indica haber “detectado ciertas
evidencias, como el caso del sitio de Dorante, municipio de
Ocoyoacac”, a 10 largo de las fases Xolalpan Tardío (hacia 600
o 650 n.e.) y Metepec (de 650 a 750 n.e.); es decir, que “existen
evidencias irrefutables, que nos señalan la importancia cada vez
mayor de [... la zona lacustre del Alto Lerma] como una de las
regiones simbióticas que [por 10 menos hacia la segunda mitad
del Clásico] conformaron el macrosistema teotihuacano”.

120
lo general. la zona de estudio

De hecho, a partir del estudio de los materiales extraídos


de los pozos estratigráficos hecho por Sugiura en el sitio El
Espíritu Santo, del municipio ribereño de San Mateo Atenco,
el arqueólogo Rubén Nieto (comunicación personal, 1993)
considera que el florecimiento de éste tuvo lugar durante el
Clásico —Tlamimilolpa, 200-400 n.e.—, como quedó apuntado.
El análisis del papel que jugó la zona lacustre del sur del Valle de
Toluca durante la hegemonía mexica, como un importante objeto
codiciable a partir de su alta productividad lacustre y agrícola
(Albores, 1985), permite interpretar los resultados de Nieto, en
el sentido de una estrecha relación de Teotihuacan con la zona
lacustre del Valle de Toluca, misma que debió comenzar desde
tiempos mucho más antiguos. Relación que, a mi entender, no se
restringe a los aspectos económico y político, dentro del ámbito del
auge expansivo teotihuacano, sino que es de carácter más amplio,
pues implica un sustrato étnico y cultural común, cuyos orígenes
posiblemente se remonten a la ocupación proto-otomangue (4,500
a.n.e.). Uno de los movimientos poblacionales hacia la Cuenca de
México es reportado por Sugiura (1990:307)

[...] durante el Formativo Tardío y el terminal, [que] coincidió con el


surgimiento de Teotihuacan como el futuro megacentro en el Valle
de México. Entonces, sería válido conjeturar que la fundación de
Teotihuacan absorbió no sólo la población de la cuenca misma, sino la
de las regiones circunvecinas.

En esta perspectiva podemos interpretar los acontecimientos


acaecidos durante el período preteotenanca Rawi Tawi (1 Agua)
600-750 n.e. —de acuerdo con la periodización de Piña Chan (1975)
y Vargas (1979) para la zona lacustre—, relativo a la parte final
del Clásico que fue protagonizado por hablantes de matlatzinca.
Muestras arqueológicas correspondientes al apogeo, y sobre todo
a la conclusión de la cultura teotihuacana —fase Metepec, 650 a
750 n.e., o Teotihuacan IV—, han sido encontradas en Tecaxic,
Ocoyoacac, Calimaya, Almoloya del Río, Techuchulco, Los Cerritos,
Teotenango, Rayón, San Francisco Atepetlac y Ojo de Agua. Estas
poblaciones, “cuya lengua [otomiana] se relacionaría también

121
parte segunda: los fundamentos

con los teotihuacanos, fueron el substratum étnico y cultural del


que salieron varios centros ceremoniales, conocidos después
como teotenancas, matlatzincas e inclusive tolocas” (Piña Chan,
1975b:126-127).

Al referirse al Epiclásico, 650/750-950/1,000 n.e., de acuerdo


con Sugiura (correspondiente a las etapas Metepec y Coyotlatelco de
la Cuenca de México) y relativo al período Tenowi Hani (2 Tierra) 750-
900 n.e. de Piña Chan, la autora (1990:231, 241-242) hace hincapié en
lo privilegiado del ambiente acuático, particularmente en algunas
porciones de la zona, en los siguientes términos:

[En la parte centro-oriente y sureste] se recolectaban abundantes recursos


alimenticios propios de la zona lacustre, como insectos, crustáceos,
moluscos y plantas acuáticas.
Las lagunas eran fuentes muy ricas y estables para la sobrevivencia
humana, ya que permitía las múltiples formas de explotaciones [sic] de
los recursos bióticos estables.

También hace mención al variado uso del tule en el


techamiento y en la confección de canastas y de petates. El empleo
de éstos sobre los pisos, y el de las hondas en la cacería, cuyos
resultados, al igual que los de la pesca y los de la producción
artesanal del tule, se destinaban tanto para el consumo doméstico
como para la venta.

Con base en el trabajo arqueológico prospectivo —en un


territorio ligeramente mayor que la zona lacustre del Alto Lerma—,
a partir de la presencia mínima de tres fragmentos de cerámica,
Sugiura (1990) delimitó 230 sitios de ocupación que arrojaron un
total de 10,070 tiestos. Los sitios fueron divididos en cuatro niveles
jerárquicos, correspondiendo 106 (45.5%) del total al primer nivel,
101 (44%) al segundo, 14 sitios (6%) al tercero, y 9 asentamientos
“focales” (3.5%) al cuarto. Tres de los últimos se encuentran en la
planicie aluvial o sobre la margen de la exlaguna de Lerma y son
el sitio 50, cabecera del municipio de Tenango del Valle; el sitio 63,
Techuchulco, municipio de Joquicingo, y el sitio 106, La Campana-

122
lo general. la zona de estudio

Tepozoco del municipio de Atizapán. Éste corresponde a “una


etapa de transición sociocultural desde el final del Clásico hasta
el Epiclásico”, aproximadamente 600-1,000 d.c. (Sugiura, 1988:115)
y es de particular interés para el objetivo de mi exposición
debido a que —en tanto constituye el principal de los 230 centros
estudiados— el medio acuático en el que fue construido y los
materiales empleados, ponen de relieve la trascendencia que
tuvo el ambiente lacustre en la configuración del espacio ritual y
cotidiano habitacional en la vida de los lugareños. Importancia
que puede ampliarse a todo el proceso histórico de la zona hasta
la desecación de la ciénaga.

El rango y la complejidad del sitio fueron asignados por


Sugiura por la cantidad de restos arquitectónicos monumentales
de carácter público, por las técnicas de construcción y por las
características de los materiales de superficie. El centro —que
contaba con manantiales caudalosos— se ubica en la orilla sureste
de la ciénaga de Lerma, la cual “ofrece condiciones excepcionales,
ya que es posible extraer los recursos lacustres y desarrollar
actividades artesanales con los materiales propios de la laguna”.
Su construcción se realizó sobre una terraza artificial —“nivelada
con tierra y en parte, extendida sobre una base o cama gruesa de
tules”— y abarcaba estructuras piramidales y otras de carácter
público. Al parecer, la zona de sostenimiento del centro ceremonial
la constituía una serie de asentamientos que fueron erigidos sobre
“un número considerable de islotes [artificiales] que parecían flotar
sobre las lagunas”.

Estos islotes parecen haberse habitado en forma ininterrumpida desde


los finales del Clásico y durante el Epiclásico...
La técnica constructiva de estos islotes nos recuerda un tanto la de
algunos sitios formativos de la cuenca de México; primero, se coloca
una gruesa capa de tule sobre la que se depositan otras capas de lodo.
De esta forma, se prepara el terreno en donde se levanta una casa-
habitación... el tamaño de estos islotes varía, aunque el más común se
reduce apenas lo necesario para construir una casa en él. [Las] personas
que habitaban en estos islotes... se dedicaban a explotar los recursos
acuáticos (Sugiura, 1990:241).

123
parte segunda: los fundamentos

Parece probable que la técnica constructiva de estos


islotes fuera conocida a nivel de toda la zona lacustre del Valle de
Toluca quizá desde el Formativo, ya que, “desde los tiempos de
las antigüedades”, según reza la tradición oral, es básicamente la
misma que empleaban en nuestro siglo los habitantes ribereños
de San Mateo Atenco, para “ganar” terrenos a la laguna mediante
la sobreposición de “planchas” o capas de vegetales lacustres y
lodo (Albores y Celestino, 1983). Más adelante veremos cómo esta
técnica era utilizada en la elaboración de un tipo de chinampa,
denominada de “laguna adentro” en términos técnicos, y para
“altar” —como se dice localmente— o subir las áreas habitacionales
con objeto de evitar anegamientos durante el período de lluvias.
Habría que rastrear la posible utilización de la misma técnica en la
edificación de la ciudad que, de acuerdo con los relatos, estuvo “en
plena laguna” en lo que hoyes el sitio arqueológico de El Espíritu
Santo —cuyos inicios se ubican en el Formativo y su auge durante el
Clásico—, y, en general, por los ocupantes originales de Atenco.

Entre los asentamientos ribereños de fines del Clásico y del


Epiclásico se encuentra Ojo de Agua, el cual es un poco anterior
a La Campana-Tepozoco pues se circunscribe, según Sugiura, de
fines del Clásico Tardío (500 n.e.) a la primera mitad del Epiclásico
(850 n.e.). Este sitio “ejercía un papel rector en las comunidades
aldeanas vecinas, hasta que el surgimiento del centro en el cerro
Tetépetllo desplazó como sitio focal” (Sugiura, 1990:255).

Entre 850 y 1050 d.C. [apunta Piña Chan (1975:129)] la población de la


parte baja de Tenango ha crecido, pues estaba ubicada en un rico valle
de tierras aluviales sedimentarias, cerca de las lagunas de Jajalpa y de
Almoloya del Río [en el extremo sur y sureste de la zona lacustre]...
entonces la gente comenzó a ocupar el Cerro Tetépetl, todavía con un
sentido teocrático o ceremonial, iniciando la construcción de un modesto
centro, mas bien disperso.

Durante el período Roxu Hupi (3 Viento) 900-1162 n.e. de


Piña Chan, relativo al Posclásico Temprano, 950-1150 n.e., tuvo
lugar la consolidación del estado matlatzinca y el florecimiento

124
lo general. la zona de estudio

del centro ceremonial, bajo el gobierno de los teotenancas, así


como el inicio de su expansión dentro del Valle de Toluca y
hacia la Cuenca de México. Hasta el comienzo de este período, la
zona lacustre —habitada preponderantemente por hablantes de
matlatzinca— ­habría estado dividida en dos secciones, una sureña,
de los teotenancas, y otra del norte ocupada por los tolocas, grupos
ambos que —siguiendo a Piña Chan— en el período siguiente
ya serían llamados con el término genérico de matlatzincas. El
florecimiento y la expansión de los teotenancas se habrían dado
a partir de la llegada a Teotenanco, alrededor de 984, de los
eztlapictin (un grupo de antiguos o verdaderos chichimecas), con
quienes principió el cambio hacia el militarismo en la organización
de Teotenanco.

Según las fuentes escritas, es en este período cuando


la zona lacustre del Alto Lerma fue una de las veinte naciones
aliadas que integraron las “manos” y los “pies” de la gran Tollan
(Hernández, citando a Ixtlilxochitl, 1988:28), constituyendo, como
lo plantea Kirchhoff (1971:12, 13), la región sur del imperio tolteca.
Ésta contenía a Chiuhnautlan al norte, Quauhchichinoko al este,
Zacango al sur, y Cuixcoac al occidente. Pueblos que correspondían
a los cuatro subgrupos de los tenanca o teotenanca, a saber,
Zacanca, Cuixcoca o Cuixcoac, Quauhchichinoka, y Chiuhnauteca.
La capital del grupo meridional era Teotenanco (el “actual Tenango
del Valle”) y teotenanca el nombre de sus habitantes.

El período Rokunhowi Chuhuta’a (4 Fuego) 1162-1476,


relativo al Posc1ásico Medio (1150-1350) es el que marca el punto
culminante de la hegemonía matlatzinca local. En efecto, Piña
Chan (1975a, t.II:555, 1977:33) consigna el año 1162 como la fecha
más temprana que señala la militarización de la zona y, más
ampliamente, de todo el Valle de Toluca. Asimismo, es indicativo
del status de Teotenanco como centro militar o guerrero, y el
principio de la expansión general de los matlatzincas. De manera
similar, el período en cuestión es cuando ocurre la dilatación
máxima de los señoríos matlatzincas —Tollocan, Teotenanco,
Calixtlahuaca, Calimaya, Joquicingo, Malinako, etcétera— hacia
el occidente del estado mexiquense, hacia la Cuenca de México,

125
parte segunda: los fundamentos

y hacia Michoacán, asentándose algunos núcleos de otomianos


sureños en el centro de esta entidad a raíz de la ayuda que otorgan
a los purépechas en sus batallas. Así, por 1162, los teochichimecas,
ya con el nombre de teotenancas, abandonan el centro militar y
emigran a la Cuenca de México bajo la dirección de Totoltecatl
Zonpachtli, para asentarse en Cha1co.

Dentro del mismo enfoque, de las relaciones de la zona


de estudio con otras áreas del altiplano central, particularmente
las cuencas del Alto Lerma y de México, tenemos que, de 1172 a
1219, entre las localidades chichimecas de las inmediaciones del
río Lerma o de sus afluentes, englobadas en el dominio de Xolotl,
se encuentran Atenco (San Mateo Atenco), Metepec, Ocoyoacac y
Capulhuac.

Otro hecho histórico significativo, que muestra las


relaciones que sostuvieron las poblaciones de las cuencas
del Alto Lerma y de México, se refiere a los matlatzincas que
(procedentes del Valle de Toluca junto con los grupos otomianos
de Xillotepec-Chiapa) en su migración hacia la Cuenca de México,
formaron parte de las llamadas “tribus nauatlaca que salen de
Chicomoztoc”. Entre ese grupo se encuentran los tepaneca —cuyo
caudillo, Acolhua, desposó a una hija de Xolotl— fundadores del
señorío de Azcapotza1co (Carrasco, 1950:248, 250, 14-15; López
Austin, 1981:56). Es decir, los matlatzincas participaron en el gran
movimiento migratorio de población otomiana hacia el oriente
que tuvo lugar de 1220 a 1272 —después de la expansión de los
chichimecas de Xolotl—, siendo, en términos más amplios, entre la
caída de Tula y el enseñoreamiento de los mexica cuando —como
10 ha indicado Carrasco (1950:283-291)— los otomianos afianzaron
su poderío sobre el área que se extiende hacia el oriente del Valle
de Toluca. Después de la hegemonía y ocaso del “reino” otomí de
Xaltocan —de 1220 a 1396— se inició la expansión y suprema de
los tepanecas de Azcapotza1co, creadores del “imperio” que llegó
a abarcar al valle de Matlatzinco, cuyo final ocurrió en 1474-1476
con la conquista de los mexica.

126
lo general. la zona de estudio

De los pocos datos sobre la tributación que se hacía a los


señores matlatzincas, está uno que aporta Menegus (citando a
Zorita, 1991:46) sobre las ocasiones en que aquéllos realizaban
fiestas, cuando los “maceguales” llevaban “animales de caza”
—entre los que, posiblemente, se contaban las aves lacustres. Indica
la autora asimismo, que “la única referencia que tenemos de los
tributos que daban a Toluca los calpulli, sujetos antes de la llegada
de los mexica, es el caso de Totoquitlapilco”, los que se empleaban
“para hazer petates y icpales”.

La producción acuática, y más ampliamente la riqueza que


confería a la zona la presencia de la ciénaga, fueron también un
factor fundamental para los acontecimientos que tuvieron lugar en
el último periodo Rokuta-Tuwi (5 Muerte) —relativo al PoscIásico
Tardío, 1350-1520 de la Cuenca de México. Su inicio se fija con la
conquista de Teotenanco por los mexica (1474-1476), y su término,
señalado con el primer contacto (1519), la sujeción española (1521)
y el establecimiento de la Villa de Tenango del Valle (1550-1562),
ha sido extendido —menciona Reyes (1975, t.I:142)— hasta el
año 1582 en el que se escribió la relación de Teutenango. Estos
acontecimientos los he tomado yo misma como marcadores del
predominio español en la zona lacustre.

La conquista mexica se manifestó de manera


particularmente violenta en todos los órdenes. Aquéllos
invadieron la zona debido, en buena medida, a la implicación
de su emplazamiento geográfico: estratégicamente importante
por su vecindad con los purépechas —cuyo estado se hallaba
también en expansión—, ante el temor de una posible alianza
entre matlatzincas y purépechas. En este sentido, Velázquez
(1973:93,94) menciona la relación de los matlatzincas con sus
vecinos de la Cuenca de México y la que posiblemente sostenían
con los purépechas, a través de un producto que alude al rico
ambiente acuático de las tres zonas y a su eventual situación
conflictiva. En primer término señala que “de la fibra de maguey
[los matlatzincas] obtenían el hilo para las redes que les dieron
fama y que producían para las pesquerías de México y, tal vez,
también para los tarascos, con quienes, a pesar de la guerra

127
parte segunda: los fundamentos

florida periódica, sostenían activo comercio”. En seguida hace un


comentario que denota el diferente trato de los matlatzincas con
los tarascos y mexica.

La guerra que sostenían los matlatzincas con los tarascos en lugares


fronterizos... tenía un carácter ritual. A pesar de esta guerra anual,
puramente ritual, los matlatzincas tuvieron buenas relaciones y amistad
con los tarascos, lo que no aconteció con los mexicanos... de quienes
se defendieron siempre, sin aceptar vasallaje, hasta... que Axayacatl
dominó... la provincia de Matlatzinco.

De igual forma, la enorme riqueza ambiental de la zona


la hacía un codiciable objeto de conquista y colonización. Al
respecto, una cita de Vetancourt (en Béligand, Ms:10) alude a los
excedentes de la producción pesquera del Alto Lerma que, tal
como sucedía en los tiempos modernos, se canalizaba hacia la
Cuenca de México: de la laguna de Lerma “llevan los naturales a
México ranas y pescado en abundancia”.

De acuerdo con Menegus (1991:66), la conquista mexica


causó una “feroz reorganización del territorio matlatzinca” así
como cambios profundos de distinto orden. Las repercusiones
correspondientes fueron importantísimas puesto que, según
la autora, posibilitaron la introducción de formas sociales y
económicas hispanas —antes que en otras partes del centro de
México—, y, por ende, que el proceso de acumulación originaria
de capital en la zona revistiera una forma característica que se
ejemplifica en el caso de San Mateo Atenco.

En este sentido conviene mencionar la existencia de dos


grupos de cronistas, analizados por Menegus (1991), quienes
aportan sendas versiones sobre la conquista mexica. En ambas se
señalan las pugnas existentes en el sector hegemónico matlatzinca,
lo cual sirve de pretexto para la intervención mexica. En casi todas
las versiones de los integrantes de ambos grupos se indica que, al
término de la incursión armada, Axayacatl ratifica en su puesto
a ChimaltecuhtIi, señor de Tollocan, en tanto que los dos señores

128
lo general. la zona de estudio

restantes —el de Teotenango y el de Tenancingo— dejan de figurar.


Sin embargo, con base en las versiones del primer grupo —en el
que se encuentran Durán, Acosta, Alvarado Tezozomoc, Sahagún e
Ixtlilxochitl—, el nexo que se establece con el tlatoani de la Cuenca
de México es netamente tributario.

El segundo grupo lo encabeza Zorita, e incluye a


Torquemada. Zorita conoció el señorío matlatzinca en la década
de 1560 en su calidad de oidor de la Real Audiencia de México;
visitó y tasó varios pueblos de la región y participó en el litigio
entre el pueblo de Atenco (San Mateo Atenco) y el marquesado. De
acuerdo con la versión de este autor, hubo una segunda incursión
al Matlatzinco (Albores, 1985), que, como apunta Menegus
(1991:49), “tuvo como consecuencia más importante la destitución
de Chimaltecutli como señor de Toluca”, y su sustitución por un
pariente del propio Axayacatl. Es decir, hay un rompimiento de la
dinastía matlatzinca mediante la introducción de un descendiente de
la casa de Axayacatl y un control directo de los señores mexica.

Las implicaciones de cada versión son muy importantes. En


efecto, a partir de lo expuesto por el primer grupo de cronistas, se
“desprende que la conquista mexica no alteró la integración política
y social de los señoríos matlatzincas, tan sólo se convirtieron en
tributarios del imperio Mexica” (Menegus, 1991:49). En cambio, la
versión de Zorita, que es la que estimo más convincente (Albores,
1985) —compartiendo la opinión de Menegus (1991:49)—, “nos
proporciona elementos que indican una guerra más cruenta”. En
efecto, los mexicas siguieron una política poco usual, aplicada sólo
en casos extremos.

Así, como ya se expuso, los mexica se apoderaron del


gobierno matlatzinca al destituir a los señores naturales. Al
respecto, Carrasco señala (1950:275-276) que de las localidades,
anteriormente habitadas sólo por otomianos, que reciben población
nahua como consecuencia de la dominación mexica:

129
parte segunda: los fundamentos

[...] se encuentran aquellos pueblos en los que los señores locales se


substituyen por príncipes mexicanos. Sabemos, por ejemplo, que los
reyes que en el momento de la conquista había en Xillotepec y en Tollan
pertenecían a la misma casa real de México. Los Anales de Cuauhtitlan,
y algo menos del Códice asuna, dan una relación de los pueblos que a
la llegada de los españoles tenían reyes (tlatoani) a su cabeza, es decir
que eran pequeños reinos aliados o medio sometidos a los azteca y que
en la mayoría de los casos tendrían como estamento superior elementos
mexicanos. Entre ellos hay varias regiones otomianas.

Esto, de acuerdo con los procedimientos habituales —por


los que generalmente se respetaba a los gobernantes, las costumbres
y formas locales—, implica una suma violencia (Albores, 1985).

Las fuentes de las regiones conquistadas... [anota Carrasco (1950:274-275)]


señalan que [en algunos casos] el dominio de los mexicanos era más
intenso en cuanto que mataban al señor natural poniendo un recaudador,
o imponiendo un señor nuevo, y además en que obligaban a rendir culto
a los dioses conquistadores... Estos distintos grados de rigor para tratar a
los conquistados explican por qué algunos pueblos aparecen sometidos
en las fuentes varias veces seguidas: a cada nueva conquista se les
imponía nuevas obligaciones hasta dejados completamente sometidos
o gobernados por un rey incondicional de la tribu conquistadora.

Creo que tal actitud es atribuible, sobre todo, al pasado


mexica en el duro contexto del predominio tepaneca de filiación
matlatzinca, y, con una importancia de tipo más específico, a la
rebelión que encabezó Zinacantepec. A partir de ese hecho, de
acuerdo con Menegus (1991):

a) Se rompió el flujo tributario local que hacían los macehuales


matlatzincas a sus señores locales.

b) Se creó, al parecer, un sistema tributario distinto al que


prevaleció en tiempos del dominio matlatzinca. Una parte de las
percepciones se canalizó hacia el Huey Tlatoani mexica —señor
supremo— y constituyó el tributo “imperial”, y otra parte se
destinó a los señores aliados.

130
lo general. la zona de estudio

c) Ocurrió un despoblamiento —entre otras causas por el


repoblamiento que se hizo con gente matlatzinca de algunos
lugares destruidos por los mexica, por ejemplo, los de la región
chontal de Guerrero (Carrasca, 1950:275,276-277). La consecuencia
de esto puede percibirse en el señalamiento del juez indio Pablo
González en 1547: “toda la tierra de Toluca se desorganizó mucho,
ya no están bien los dueños de las tierras y ya muchas de sus tierras
están abandonadas; los que no eran dueños de tierras no pocas
tenían, y los que eran dueños ya no tenían tierras” (Menegus,
1991:67). El abandono fue parcial en algunos casos —Toluca,
Metepec, Tepemaxalco— y total en otros —Atenco (San Mateo),
Zinacantepec y Tlacotepec. La jurisdicción territorial quedó, en
principio, en manos de los mexica, quienes la dividieron:

— para el pago del tributo “imperial”,


— como bienes patrimoniales de Axayacatl,
— para el pago del tributo de los aliados,
— para el repoblamiento con gente hablante de nahuatl
procedente de la Cuenca de México,
— para reubicar —en los lugares de origen o en otros— a
los matlatzincas que habían emigrado y que, de acuerdo
con lo acostumbrado tenían la posibilidad de regresar,
aunque ya no como macehuales libres sino como
mayeques renteros.

d) Hubo una redefinición en los términos de algunos pueblos, y


la creación de otros.

Otra de las repercusiones negativas de la invasión mexica


se produjo en el ámbito lingüístico. Aparte de esto,

... quizá el legado [mexica] que tiene mayor significación para la


comprensión de estos pueblos después de la conquista española es la
desarticulación de las etnias en relación con sus casas señoriales o con
sus Uatoque [gobernantes]. Lo anterior permitió la introducción del
modelo de república de indios y del cabildo indígena en fechas que
anteceden al resto del centro de México. Por otra parte, la restitución
que hace Cortés del señorío de Toluca a Tuchcoyotzin [de la dinastía

131
parte segunda: los fundamentos

de Chimaltecuhtli] provocará la discordia entre los pueblos del valle,


conduciéndolos a interminables litigios (Menegus, 1991:72).

Dentro de este panorama, Atenco (San Mateo) fue el que


“sufrió una reorganización más profunda” (Menegus, 1991:69, 70).
En efecto, de los 36 pueblos que fueron repartidos por los mexica
—20 para los aliados, 13 para Moctezuma, y 3 para su hermano
“Ahuycocin”—, Atenco fue el único lugar donde se instalaron las
cuatro “sementeras imperiales” de Moctezuma. Cada sementera
era labrada respectivamente por gente de Matlatzinco, Malinalco,
Tacuba y Coyoacán. A la primera sementera _e 800 brazas
cuadradas— acudían los pueblos de Toluca, Xalatlaco, Metepec,
Calimaya, Capulhuac, acuilan, y otros situados en el centro y sur
del Valle de Toluca. Según testimonios del siglo xvi, en Atenco había
trojes para guardar el maíz de las sementeras, así como más de 40
casas de indios de origen otomí y matlatzinca, habiendo llegado
también los hijos de los calpixques —que vivían en Toluca. Algo
muy significativo, fue lo mencionado por uno de los informantes
indígenas en cuanto a que Axayacatl “había puesto un indio
mexicano” en Atenco “para que pescase en el dicho río y laguna a
que junta a él está y estuviese así poblado”. Atenco fue, asimismo,
uno de los pueblos redefinidos y amojonados por Moctezuma —y
que éste dejó para sí—, al lado de Toluca, Teotenango, Calimaya,
Metepec, Xiquipilco, Xalatlaco, Tepemaxalco, San Bartolomé,
San Pedro Totoltepec, San Miguel Totocuitlapilco, Tlacotepec,
Atlatlauca y Tecualoya. Información toda que muestra, aparte
del carácter típico de San Mateo Atenco en términos de la zona
lacustre, algunos de sus aspectos característicos.

Por los datos vertidos es posible visualizar la importancia


histórica local de la producción lacustre, así como su trascendencia
en términos externos, puesta de manifiesto en sus implicaciones
económicas, políticas, y sociales. Éstas dan cuenta de las complejas
relaciones que la zona mantuvo en distintas épocas no sólo con
la Cuenca de México, sino también con otras zonas, como las de
Morelos, Hidalgo y Guerrero.

132
lo general. la zona de estudio

LA COLONIA

El segundo período precapitalista ha sido dividido en dos etapas,


como habrá de especificarse posteriormente. En este sentido, lo
relativo al papel de la producción lacustre a partir de la conquista
esp_ñola se ubica en el marco cronológico amplio en el que tuvo
lugar el proceso histórico de disociación entre el productor y
sus medios de producción. Es decir, en lo que a la zona lacustre
se refiere, entre los dos tipos de productor fundamentales: el
trabajador lacustre y el agrícola, y el objeto y medio de producción
respectivos: el agua y la tierra. Dicho proceso ha sido denominado
“acumulación originaria” o “acumulación previa”, mismo que, de
acuerdo con Marx, debiera llamarse “expropiación originaria”.
Según este autor (1971, t.I:406¡ 1972:608), se “la llama ‘originaria’
porque forma la prehistoria del capital y del régimen capitalista
de producción”. Al respecto, si bien desde los siglos XIV y
XV ocurrieron algunos despuntes esporádicos de producción
capitalista, no es sino hasta el siglo xvi cuando, a la vez que empieza
el fin de la era precapitalista de las sociedades mesoamericanas en
general —y del modo de vida lacustre en el Alto Lerma—, arrancan
los orígenes de la “era de producción capitalista”. Ésta comenzó
con la conquista española y el establecimiento del sistema colonial,
los cuales constituyeron la primera etapa de la acumulación
originaria y uno de los factores fundamentales de la misma (Marx,
1972:609), tanto en términos mundiales, como en México.

A nivel mesoamericano, la desarticulación de la sociedad


indígena precolombina se llevó a cabo como parte del proceso
que condujo a la formación de la nacionalidad mexicana, cuya
consolidación ocurrió con el inicio de la industrialización del país.

La teoría de la acumulación originaria de capital aborda,


pues, el proceso de transformación de la sociedad precapitalista
a la sociedad capitalista, explicando tal transformación en su
conjunto, en sus características generales. Proceso, en lo que atañe a
la zona de estudio, por el que los productores lacustres y agrícolas
serían despojados de manera paulatina del objeto y medio de

133
parte segunda: los fundamentos

producción respectivos —agua y tierra—, para finalmente quedar


privados de éstos durante un lapso que concluyó hacia mediados
del siglo xx. Lo anterior significaría la posibilidad de incorporar
a la población del sur del Valle de Toluca al trabajo industrial, a
la vez que traería aparejado el cambio económico, lo que habría
de marcar el final del proceso de origen indocolonial.

Este proceso, por el que se llega a la hegemonía de la


producción capitalista, implica en términos teóricos, como
condición fundamental, la relación de dos tipos de poseedores
de mercancías, que son, en primer lugar, el propietario de dinero
interesado en valorizado a través de compra de fuerza de trabajo.
En segundo lugar, el vendedor de fuerza de trabajo, es decir, el
obrero libre en cuanto a un par de aspectos, a saber, que aquél
no se considera como medio de producción —como los esclavos,
etcétera—, y que tampoco es dueño de medios de producción.
Para la ‘periodización de este proceso general en México me
he basado en el esquema de Sergio de la Peña (1984), aunque
recurriendo a algunos argumentos de la propuesta de Semo (1973),
así como al análisis de Bartra (1974, 1978). Otro apoyo importante
lo constituyen los estudios de Menegus (1980, 1986, 1989, 1990,
1991a, y 1991b).

Con base en el planteamiento de Sergio de la Peña, en


México pueden reconocerse dos períodos particulares del proceso
general de acumulación originaria de capital. El primero —que
se abordará en este apartado— abarca desde el principio de la
Colonia hasta 1850, y es la forma inicial de acumulación originaria
o acumulación originaria en sentido estricto, que se caracterizó
por la intervención de los particulares, puesta de manifiesto en los
desacatos a los dictados Reales, y en la anteposición de los intereses
individuales frente a los de la Corona. El inicio cronológico de
este período lo he situado, simbólicamente, en 1519, que fue
cuando tuvo lugar el primer contacto de la población nativa de
la zona lacustre con los españoles. El segundo período, el de
acumulación capitalista —que habrá de verse posteriormente—,
se ubica cronológicamente desde mediados del siglo xix hasta la

134
lo general. la zona de estudio

mitad del siglo xx, y se particulariza por el papel básico que tuvo
el Estado.

Los aspectos significativos de este proceso, en lo relativo


al terna que aquí se trata, son los siguientes:

a) La trascendencia del ambiente acuático en la formación —y


en el carácter precoz que ésta revistió— de las dos unidades
socioeconómicas principales de la zona: la república de indios, que
integró a los sectores lacustre y agrícola —mismos que resultaron
desigualmente perturbados, en cuanto a tiempo y como proceso—,
y la empresa ganadera (y agro-ganadera). Su vigencia se mantuvo
hasta un poco antes del final de la etapa de acumulación originaria
en sentido estricto (1850), en cuanto a la primera unidad, y hasta
ya entrada la etapa de acumulación capitalista, en lo que atañe a
la segunda unidad.

b) La importancia de la producción acuática corno medio de


subsistencia y fuente alimenticia.

El cambio inicial de estructuras

La destrucción del señorío indígena o el proceso de


homogeneización o macehualización:

La acumulación originaria de capital en la zona lacustre


del Alto Lerma tuvo un comienzo muy incipiente, y se efectuó
de manera particularmente profunda y violenta. En este proceso
sobresalió la pronta incursión de españoles y el notable descenso
de la población indígena -corno parte de la alteración demográfica.
Por último, se caracterizó por el temprano quiebre de la estructura
prehispánica que, de acuerdo con Menegus (1991b), tuvo
lugar gracias a la destrucción inmediata del sistema tributario
central que había sido impuesto por los mexica, y mediante el
desmantelamiento de las relaciones tributarias locales del señorío
indígena a partir del proceso llamado de macehualización u
homogeneización. Éste se efectuó, un poco más lentamente durante

135
parte segunda: los fundamentos

el siglo xvi, a la par que la introducción de los elementos con base


en los cuales se estructuraría la república de indios.

De hecho, en términos más amplios, el proceso de


acumulación originaria de capital comenzó con la destrucción de
la organización sociocultural aborigen, y la sucesiva adecuación
de los elementos, complejos e instituciones sobrevivientes, en
una estructura nueva, que se creó conforme al modelo español
basado en el cabildo. Esta secuencia inicial se llevó a cabo a
través de la sustitución del señorío indígena por la república de
indios, tal como ha sido planteada por Menegus (1989, 1991b).
La nueva estructura o “despotismo tributario”, como la ha
nombrado Semo (1973:253, 16) —que tuvo como base económica
a la comunidad indígena—, predominó al inicio de la Colonia.
No obstante, hacia fines del siglo xvi fue cediendo su lugar a la
estructura “feudal-capitalista embrionaria”, cuyo sostén principal,
en 10 que a la zona lacustre se refiere, radicó en las unidades
ganaderas, principalmente, y agrícolas. Lo anterior, vale la pena
subrayado, implicó el reajuste de la comunidad indígena de origen
prehispánico, aun cuando ésta presentó una continuidad formal.
La destrucción del señorío indígena es, pues, por una parte, el
fundamento de toda la secuencia que habría de desembocar en el
cambio económico hacia el capitalismo. Por otra parte, significa el
cimiento que posibilitó la integración de la república de indios y
de los establecimientos ganaderos. Así, el reemplazo del señorío
indígena por la república de indios es el proceso particular de
transformación de la estructura prehispánica a la colonial.

Si bien la forma que revistió el proceso en la zona


—en cuanto a los aspectos implicados—, y su rapidez, le
asignan representatividad de un tipo de desarrollo en términos
mesoamericanos, su contenido le confiere un carácter sui generis
en el contexto del centro del país. En mi opinión, esto se debió
de manera fundamental —aunque no única— a las excelentes
condiciones ambientales para el establecimiento de estancias
ganaderas y agrícolas, como era la existencia de la ciénaga en
primer término —en particular la abundancia de pastos lacustres
que representaron un óptimo forraje. También tuvo que ver

136
lo general. la zona de estudio

el incontable número de manantiales y arroyos; la presencia de


numerosos ríos y la fertilidad del suelo, así corno la cercanía de
la zona con la ciudad de México, su cuantiosa población nativa,
y su ubicación sobre la ruta hacia las áreas mineras de Sultepec,
Temascaltepec, Tejupilco y Zacualpan (Gerhard, 1972; Albores, 1985,
y Lockhart, 1991). Elementos que atrajeron desde un principio a los
peninsulares (Gobierno del Estado de México, 1970:412; Gerhard,
1972:168, 170, 175, 271; Loera, 1977:9; Menegus, 1991b:91). Lo
anterior se manifiesta en que pasados pocos años de la conquista
del valle de Matalcingo —como se designara, durante la Colonia,
al antiguo MatIatzinco, una porción del cual se conoce en nuestros
días como Valle de Toluca—, y una vez que Cortés lo asignó como
centro principal de experimentación para la crianza de ganado
(Zavala, 1988), fue en la zona sur de aquél —concretamente en
Atenco (San Mateo)— donde el conquistador extremeño puso su
primer estancia, y la primera, “según se dice”, de la Nueva España
(Gerhard, 1972:176). Hechos que denotan la peculiaridad de la zona
por la base lacustre del desarrollo ganadero. El primer contacto con
los hispanos habíase producido en 1519, efectuándose dos años
después el sojuzgamiento local, por Gonzalo de Sandoval, Andrés
de Tapia y Martín Dorantes.

De acuerdo con Menegus (1989, 1991b), la destrucción del


señorío indígena significa la sustitución del gobierno del tlatoani
—señor natural o indígena— por el cargo de gobernador, o, lo
que es lo mismo, la introducción del cabildo. De igual modo, la
ruptura en la sucesión del tIatoani al cargo de gobernador. Éste,
a diferencia de aquél, presidirá el gobierno indígena por elección
y por el término de un año, rompiéndose así con el sistema de
sucesión por linaje. La destrucción se llevó a cabo en el siglo
xvi, en dos etapas —ubicadas respectivamente en la primera y
segunda mitad de ese siglo— que corresponden a sendas políticas
indigenistas de la Corona de España. La primera fue la que
aplicó de manera infructuosa Carlos V a favor de la continuidad
del señorío indígena, al menos para la fase transicional. En la
segunda etapa de la política indigenista, a raíz del asolamiento
de la población indígena y de la cada vez mayor incapacidad de
dicha comunidad para proveer de bastimentos a la población

137
parte segunda: los fundamentos

novohispana, Felipe II emprendió acciones deliberadas para


destruir el señorío de origen prehispánico y fortalecer las unidades
económicas de la república de españoles.

En la destrucción del señorío indígena incidió también


la arbitraria situación creada por las concertaciones para el pago
del tributo, así como las autoasignaciones iniciales de Cortés y el
otorgamiento de encomiendas. La parte medular de este proceso
descansó en una serie de restricciones llevadas a cabo, entre 1521 y
1570, con objeto de quitarle al señor natural el poder y homologarlo
con el común de naturales, a partir del fortalecimiento de éstos.
Tales restricciones fueron de tres tipos. Primero, la de orden
jurisdiccional, realizada mediante el nombramiento, entre 1521 y
1550, de los primeros funcionarios: los jueces y los alcaldes. Dos
ejemplos del inicio del proceso lo constituyen Acazulco y San
Mateo Atenco, donde se nombró a los primeros funcionarios: de
ordenador comisario, regidor, ola de agua, y ayudante de campo,
en 1534 en el primer caso, y de los primeros alguaciles en 1544-45
en el segundo.

La segunda restricción fue la de tipo territorial, que tuvo


como antecedente la reasignación de las antiguas sementeras de
Moctezuma, y que en concreto se realizó a través de la transferencia
de las tierras de los señores naturales a la comunidad.

La última restricción, de tipo tributario, tuvo como


base la reorganización hecha entre 1550 y 1564, que trajo como
consecuencia la disminución del tributo asignado a los señores,
quienes además perdieron la mano de obra indígena que aún les
correspondía.

De acuerdo con Menegus (1991b:100), la ausencia de


cohesión política, económica y social del señorío matlatzinca, a
causa del sojuzgamiento mexica, favoreció la rápida introducción
del cabildo. Su implantación es muy importante pues es la que
marca el cambio por el que acaba de quitársele el poder al tlatoani
y éste queda relegado. Y es, además, la institución que sirvió “para
reorganizar a la población indígena conforme al modelo de los

138
lo general. la zona de estudio

pueblos campesinos de Castilla”. Fue Ocoyoacac donde en 1550


tal evento ocurrió por primera vez.

Un complemento importante residió en el nuevo patrón


de asentamiento a través de la congregación voluntaria, que fue
alentada en 1540, y por la disposición emitida en 1546 —un año
después de la epidemia general. Esta última tuvo por finalidad
el reordenamiento de las tierras con miras a su desalojo para la
fundación de poblados de españoles y mestizos.

La labor proselitista de franciscanos y agustinos fue


fundamental en el encauzamiento de la violenta y profunda
transformación socioeconómica, y en la construcción de la
república de indios, al lograr que la religión conformara el eje de
la vida social de las comunidades indígenas. Cabe pensar que la
acción evangélica en la zona estuvo influida, de alguna manera,
por el proyecto de comunidad utópica de Vasco de Quiroga
quien, habiendo ya fundado el hospital de Santa Fe en la Cuenca
de México, luego de un intento de ponerlo en práctica en una
pequeña isla del sur del Valle de Toluca: San Pedro Tultepec —hoy
de Quiroga—, lo plasmó posteriormente en la zona lacustre de
Pátzcuaro. No obstante, fue en San Mateo Atenco, otro pueblo del
Alto Lerma, donde los franciscanos lograron fundar una república
de indios ejemplar.

Los pueblos de la zona padecieron el proceso de “regresión


económica” —usando la terminología de Semo—, que consistió
en el retroceso y confinamiento de dicha población a actividades
de tipo primario con fines de autoconsumo, y para la venta
de excedentes, con base en la cual se estableció un sistema de
intercambio desigual con la población hispana.

La desaparición de los grandes centros urbanos indígenas [indica Semo


(1973:93)] y el marginamiento de las comunidades de los mercados más
dinámicos, implicaron la desaparición de los calpullis especializados en
el comercio, las artesanías y las actividades intelectuales. El resultado
inevitable fue el regreso a la vida agraria más primitiva. Mecanismos
económicos y prohibiciones directas compelían al indígena a permanecer

139
parte segunda: los fundamentos

en la agricultura, mientras que la artesanía, el comercio y la manufactura


pasaban a manos de los españoles.

La zona lacustre del Valle de Toluca es un área representativa


donde muy tempranamente se dieron todos los pasos por los
cuales la Corona hizo el cambio de estructuras prehispánicas a las
coloniales. Esto implicó un proceso de homogeneización social
(Semo, 1973:92-93) que significó el enfrentamiento del común de
naturales a los tlatoques (señores indígenas). De esta manera, hacia
fines del siglo xvi, el señorío indígena había sido destruido; su lugar
lo ocupaba la república de indios basada en los derechos concedidos
al común (Menegus, 1989, 1991b). Políticamente la nueva sociedad
indígena tuvo su representación en el cabildo, mientras que, en
cuanto a lo económico, se sostuvo en los bienes comunales. Un
ejemplo de lo anterior lo representa San Mateo Atenco, que, como
ya se dijo antes, a partir de la labor religiosa de los franciscanos
llegó a constituir una muy populosa y próspera república de indios
(Jarquín, 1986:112-113). Ésta integró no sólo a los productores
agrícolas sino también a los lacustres, en cuya actividad tuvo una
de sus bases económicas (Vetancourt, 1870-71:228).

La base lacustre del desarrollo ganadero

Aun cuando es ampliamente conocida la importancia de la


ganadería en la zona lacustre del Valle de Toluca, no he encontrado
ninguna referencia bibliográfica moderna del papel de la ciénaga
como proveedora del principal elemento del desarrollo ganadero:
los pastos lacustres. En torno a lo anterior, fue a través de la
observación directa y del testimonio oral como se obtuvo en un
principio la información respectiva (Albores y Hernández, 1978a,
1978b; Albores, 1979). Las actividades cotidianas de corte de
“zacate” acuático o “pastura”, que presencié durante mi trabajo
de campo, y la cantidad considerable de forraje que extraían los
pobladores ribereños de los manchones y aun gotones lacustres,
llamaron inicialmente mi atención. Sin embargo, fue no sólo mi

140
lo general. la zona de estudio

observación sino también los relatos que escuché sobre el corte de


yerbas acuáticas, lo que evidenció la trascendencia de la ciénaga
en el desarrollo ganadero. Es decir, el corte de este tipo de “zacate”
—y éste mismo, mediante el forrajeo directo— estaba tan integrado
a la cría de ganado que ambos constituían una forma tradicional
de ganadería que sólo es posible mediante un largo proceso de
adecuación.

Así, a pesar de la falta casi total de noticias bibliográficas


sobre el nexo de la cría de ganado y el forraje lagunero —que
llenara el hueco histórico desde el siglo xvi hasta el comienzo de
la etapa final de la ciénaga (1900-1970)—, el testimonio etnográfico
moderno me pareció, en principio, un fundamento suficiente
para establecer que la pastura acuática fue la base principal del
desarrollo ganadero en la zona lacustre del Alto Lerma. En este
sentido una formulación similar habría sido expuesta de no existir
datos sobre la trascendencia histórica de la ganadería; es decir, la
muestra palpable de ésta la constituye la práctica generalizada de
cría de ganado en la zona durante el presente siglo. Ahora bien,
uno de los resultados de la temporada de campo —que realicé de
abril a julio de 1991— en el área de estudio, fue una serie de datos
encontrados en el archivo municipal de Texcalyacac que constituyen
las primeras bases documentales de mi planteamiento.

En seguida vertiré información sobre tres aspectos. En


primer lugar, material histórico sobre la base acuática de la
ganadería en Texcalyacac —municipio de la zona lacustre— que se
consigna bajo el inciso a), con datos de los tipos que a continuación
se enumeran: i) descriptivo del siglo xvi; ii) cuantitativo del siglo
xix; iii) descriptivo del siglo xx. Otros cinco datos, dos directos:
iv) del siglo xx, sobre corte y expendio de pastos lacustres en
Texcalyacac; v) del siglo xvii, relativos a la Cuenca de México,
aportado por Vetancourt. Finalmente, los últimos tres datos,
indirectos: vi) del siglo xvii, sobre San Mateo Atenco; vii) del siglo
xviii, sobre Lerma, y viii) del siglo xx, sobre Lerma.

La información sobre los dos aspectos restantes,


consignados bajo los incisos b) y c), es etnográfica moderna, y fue

141
parte segunda: los fundamentos

recopilada durante el trabajo de campo que hice en San Mateo


Atenco. El primer inciso se refiere a los “zacateros” —o cortadores
de yerbas acuáticas— y a la ganadería en el contexto de las
actividades del municipio de San Mateo Atenco durante el presente
siglo. En el inciso c) se toca lo relativo al desarrollo ganadero en la
zona, como aspecto significativo de la acumulación originaria de
capital por parte del sector no aborigen y de sus implicaciones, en
cuanto a la separación de los productores lacustres y agrícolas de
sus respectivos medios de trabajo: el agua y la tierra. La información
expuesta en los incisos a) y b), perteneciente sobre todo a los dos
“polos” temporales (siglos xvi y xix-xx), servirá de marco para
el último inciso en tanto constituye el apoyo de mi formulación
relativa al proceso histórico de la ganadería.

a) La base acuática de la ganadería en Texcalyacac

i) El “Testimonio de las mercedes y demás propiedades del


pueblo de San Mateo Texcalyacac” (1862) —que reúne
documentos e informes de la tradición oral—, se refiere a
las pérdidas del territorio acuático y terrestre que sufrió
el pueblo en cuestión y a los enfrentamientos, recursos, y
litigios en torno a los acontecimientos que se llevaron a
cabo para su recuperación. En una de las “averiguaciones”
que incluye este “testimonio” (1862:43-45) —conocido
localmente como “El Documento Barona”—, además de
numerosas referencias sobre la pesca, la caza acuática, y
el corte del tule en el siglo xvi, se menciona un dato que
muestra claramente el vínculo del forraje acuático y la
ganadería, como se verá en seguida.

“A pedimento de los de [Texcalyacac] con los de Toluca


sobre la ciénega... Por cuanto por parte de los indios
caciques y principales del pueblo [de Texcalyacac] me
fue hecha relación que bien sabía como entre ellos y los
indios del pueblo de Toluca hubo cierta diferencia sobre
una ciénega y tierras que dicen Chiconaguapan la cual
había averiguado Mateo Juárez, principal de Tepaca

142
lo general. la zona de estudio

[?] según constaba por la averiguación que ante mí


presentaron firmada del Secretario infrascrito su tenor
de la cual de dicha averiguación es este que se sigue en
la ciudad de [México] diez y siete días del mes de enero
de mil quinientos y cincuenta años... item que [en] la
dicha cienega los de Toluca se aprovechan de zacate para
caballos de la justicia que tuvieren en el dicho pueblo y
para el gobernador y principal que tuvieren facultad de
tener caballos y no para vender”.

ii) Del Archivo Municipal de Texcalyacac, Sección de


Estadística (caja 1, exp.1, 1885, exp. 2, 1886, exp. 7, 1891, exp.
8, 1892, exp. 25, 1904) procede valiosísima aunque escasa
información sobre “plantas forrajeras” correspondiente a
cinco años, con base en la cual puede constatarse que los
zacates laguneros superaban en cantidad a los rastrojos,
según se aprecia en el cuadro 2.

CUADRO 2

Producción y costos de rastrojo y zacate de laguna

Rastrojo Valor Zacate de laguna valor


Año (arrobas) (centavos) (arrobas) (centavos)
(kilos) (pesos) (kilos) (pesos)
1885 100,000 (a) 0,6 (cs.) 200,000 12 (c)
1886 20,000 (a) 5,0 ($) 30,000 3 (c)
1891 4,000 (a) 200 ($) 12,000 130 ($)
1892 4,400 (a) 200 ($) 12,000 150 ($)
1904 200,000 (k) 1 (c) 400,000 (k) 3 (c)

iii) En la misiva enviada el 16 de noviembre de 1925 al


secretario federal de Agricultura y Fomento, los síndicos,
como representantes legales, de Almoloya del Río, Santa
Cruz Atizapán, Santa María Rayón, San Antonio la
Isla y San Mateo Texcalyacac, al exponer su “absoluta

143
parte segunda: los fundamentos

inconformidad de los pueblos ribereños de la laguna de


Lerma, nuestros representados, para que se lleve a cabo la
desecación de la expresada laguna”, señalan en el punto
octavo su desacuerdo en los términos siguientes:

“De llevarse adelante la pretendida desecación de la laguna


de Lerma se nos ocasionaría gravísimos perjuicios por la
desaparición de una importantísima fuente de riqueza
pública, consistente en la explotación de los recursos de
pesca, caza y productos del tule existente en el lago, así como
los forrajes que son indispensables para el sostenimiento de
los semovientes empleados en las labores de los pequeños
terrenos que poseemos” (Archivo municipal de Texcalyacac,
Presidencia, caja 8, exp. 1, 1925).

iv) Información sobre corte y expendio de pastos laguneros.


Archivo Municipal de Texcalyacac, Sección Presidencia,
caja 7, expediente 4, 1925.

“El H. Ayuntamiento que me honro en presidir en vista de


que muchos de los vecinos de esta Municipalidad se han
negado a contribuir con la cuota asignada de un peso por
cada uno para defender sus legítimos títulos [para evitar
la desecación de la ciénaga], ha tenido a bien ordenar a
los comandantes, jefes y demás personal de veintenas,
prohíban a partir de mañana el corte de tule y pastos en la
laguna ... En la inteligencia de que a cualquier individuo
que no acate esta orden se le decomisarán cualesquiera de
los productos extraídos. Esta orden se expide con el carácter
de enérgica y se deberá cumplir sin excusa ni pretexto”.

“El que suscribe tiene la honra de participar á Ud. que con


esta fecha se me concede licencia para poner un mesón de
pasto y tule en el paraje denominado Upitzauco de esta
población...”

144
lo general. la zona de estudio

v) Un dato de Vetancourt (citado en Velázquez, 1973:93) para el


siglo xvii, quien señala, refiriéndose a la cuenca de México,
que “hay tule que sirve para las bestias de yerba”.

vi) En el primer informe del convento de San Mateo Atenco


de 1677 se reporta que los vecinos entregaban “siempre
que era necesario... para alimentar a las bestias, paja o
zacate” (Jarquín, 1986:118).

vii) En las Noticias Económicas de 1784 sobre Lerma


(Florescano y Gil, 1973:19) se menciona “las siembras,
engorda de ganado, algunas curtidurías, y ciénegas para
ganado mayor”, con lo que, juzgo, debe aludirse al alimento
del ganado que se produce en el lago o bien al forrajeo
directo que se acostumbraba realizar en las proximidades
acuáticas del borde ribereño.

viii) Lara (1953:62) hace mención de los extensos terrenos


ocupados por “las lagunas pantanosas [de Lerma] cubiertas
de tule y zacate”.

Los datos contenidos en los incisos VII y VIII se refieren


indirectamente al forraje lacustre puesto que éste era denominado
con el término de zacate sobre todo, así corno con los de pasto y
yerbas. Ahora bien, el tule se incluía entre la pastura acuática que
servía de alimento del ganado.

b) Los “zacateros” de San Mateo Atenco

En el barrio de San Pedro del municipio de San Mateo


Atenco se encontraba “la mata de los raneros”, habiendo además
muchos pescadores y “tiradores” (cazadores de aves acuáticas),
y tuleros. También cultivaban hortalizas y había uno que otro
“canoero” (artesano especializado en la confección de canoas).

145
parte segunda: los fundamentos

Los de San Pedro —señala un vecino del pueblo— se dedicaban a la


recolección de forraje en la ciénega, a la pesca, a sacar rana, a cazar aves
y a sembrar verduras.

El corte de pastura era uno de los oficios principales de este


barrio. “Las gentes de este barrio iban todo el año a cortar pastura”.

Los zacateros de oficio cortaban e iban a vender la pastura,


ofreciéndola a los dueños de ganado.

En San Pedrito había unos hombres a los que les decían “yerberos”.
Cortaban pastura que llevaban a los ranchos. También vendían en el
puente de Lerma, y acarreaban para el Cuesillo, a Doña Rosa.

También entregaban por encargo a los ganaderos. “De


Toluca venían los Grafes... Santiago Grafe... a traer romerillo y
pastura para los animales”.

Otros zacateros eran contratados para el sajamiento de


pastura. “Antes había contratistas que venían de Toluca y acá
alquilaban peones para cortar la pastura”.

Hacia 1918, en la parte ribereña del barrio de San Juan,


del mismo municipio, sus habitantes pescaban acocil, carpa,
pescado blanco, pescado negro, atepocate; cazaban ranas y patos
silvestres, existiendo además zacateros que cortaban pastura, tul
eras y cortadores de palma, y algunos chinamperos. En todo el
barrio cada familia tenía dos o tres cabezas de ganado.

En el barrio de San Nicolás había chinamperos, pescadores,


raneros, tuleros y zacateros. Entre los cortadores de oficio, un
grupo entraba todos los días a la ciénaga.

Con una hoz cortaba yo la pastura y la iba echando a la canoa. En


ocasiones bajaba yo de la canoa a cortar la pastura... en un día cortaba

146
lo general. la zona de estudio

yo cien manojos y los vendía a diez centavos cada manojo en el centro


de San Mateo.

Aun cuando algunos eran zacateros de oficio, también


sacaban otros productos lacustres.

En la época de la laguna yo era zacatero y lograba ingresos para mi


mantenimiento vendiendo los pastos que iba a cortar a la ciénega. Traía yo
doscientos manojos de zacate y, en un carro de mulas que tenía, entregaba
los pedidos de zacate a personas de los barrios de La Magdalena y otros
barrios. También sacaba yo chiquihuites de rana y pescaba yo juiles.
Sacaba yo además patos y chichamoles.

Los niños del barrio de San Juan, como muchos del pueblo,
también participaban en el corte de forraje acuático. “De seis a ocho
de la mañana iba yo al lago a traer pastura...para volver a entrar
a las cinco de la tarde, después de comer un taco”.

En el barrio de Santiago eran pescadores, sacaban pastura


y tule, y otros sólo aquélla. Haáan petates y salían a trabajar en
el jornal como actividad ocasional o, en pocos casos, como una
de las labores principales. Había también algunos chinamperos
y raneros, y unos cuantos constructores de canoas.

Antes, los de mi barrio vivían de lo que sacaban de la laguna. Iban a


cortar pastura y tule. Hacia 1920 se vivía del tule y, aún más de la pesca.
Se pescaba a diario.

Las principales ocupaciones en el barrio de San Lucas


eran la pesca, el corte de pastura y de tule, el tejido de petates
y el trabajo agrícola. Este último se llevaba a cabo en terrenos
propios que se encontraban sobre la franja ribereña, en la parte
menos baja del barrio, y en las chinampas construidas en el borde
de la ciénaga, sobre la porción denominada “terrenos de común
repartimiento”, efectuándose también en predios ajenos, sobre

147
parte segunda: los fundamentos

todo en los ranchos y en las haciendas de la zona. Entre los jefes


de familia había algunos raneros y cazadores de patos; casi todas
las familias tenían unas cuantas cabezas de ganado vacuno y
numerosas aves de corral.

Se trabajaba en sacar pastura, cortar tule, mantener a los animales,


arreglar los terrenos. Hacían petates y se dedicaban a la pesca y al
campo.

En este barrio había un grupo numeroso de pescadores,


la mayoría de los cuales atendía, además, el cultivo de las huertas
que generalmente tenían al lado de su casa. En éstas cultivaban
maíz, haba y frijol. Algunos pescadores eran también cazadores de
ranas; otros laboraban únicamente de raneros, y otros más corno
pescadores y cortadores de pastura. Un grupo de trabajadores se
dedicaba unos días a la semana a la extracción de yerbas acuáticas
comestibles, y los días restantes al corte de pastura. También se
combinaba la extracción de yerbas lacustres con el corte de tule
y de palma.

Desde pequeño empecé a trabajar en la laguna; sacaba yo yerbas para


que mi padre las fuera a vender... lo mismo papas de agua y chichamoles.
El sábado me ponía a cortar pastura para las cuatro vacas que teníamos
en mi casa; ocupaba yo cuatro días en traer la pastura. A los diez y siete
años fui jornalero... Ya de adulto dedicaba yo un día para traer tule y
palma, y otro día para cortar chichamoles y papas de agua.

En el barrio ribereño de Guadalupe —con una sección en


la parte “alta” del municipio—, la mayoría de las familias contaba
con un poco de ganado (dos o tres cabezas). Las ocupaciones de
sus vecinos eran la pesca, principalmente de “támbula”, acocil y
pescado blanco; corte de tule; tejido de petates; trabajo agrícola
en terrenos propios de tierra firme y en las chinampas, así corno
peonaje; comercio, efectuado por los productores directos, por
intermediarios con establecimiento fijo o mediante arriería;

148
lo general. la zona de estudio

recolección de flora lacustre, esencialmente tule y pastura,


además de otras hierbas, como por ejemplo jaras, papa de agua y
berro; caza diurna y nocturna de ranas; cacería de pato silvestre;
fabricación de canoas; tejidos de redes; albañilería, ganadería y
venta de leche y derivados.

Aun cuando el barrio de La Concepción no era ribereño,


había gente que entraba a la laguna, sobre todo a recoger pastura
que se destinaba básicamente al autoabastecimiento, ya que la
mayor parte de las familias tenía unas cuantas cabezas de ganado.
“Antes todos tenían cinco o seis vaquitas y entraba uno a sacar
pastura”.

Había algún trabajador que cortara pastura para la


venta, además de utilizada para alimentar a sus vacas, siendo
una práctica común que las familias poseedoras de poco ganado
vendieran la leche a los intermediarios. “Mi papá se dedicaba
a traer pastura de la laguna para entregada a la gente que tenía
ganado. El tenía unas vaquitas y entregaba leche”.

En el barrio no ribereño de San Francisco pocos eran los


que poseían “algo” de terreno, debiendo “alquilar” a un peón
para su cultivo; la mayoría “teníamos nuestras tierritas como de
cien metros, unos diez o quince surquitos, en donde cultivábamos
maíz, frijol, haba, trigo y cebada para el consumo”. Aparte de esto,
las ocupaciones principales eran las de tulero, petatero, jornalero y
arriero, habiendo otras actividades lacustres que se realizaban en
menor proporción.

Unos trabajaban en el campo, otros iban a la laguna a sacar tule; algunos


hacían petates, otros sacaban pastura, otros más sacaban pescado, berro,
jara. También había arrieros que llevaban loza a Tacubaya.

Numerosos vecinos entraban a la ciénaga por pastura


lacustre, misma que vendían, o la usaban como forraje de sus
propios animales.

149
parte segunda: los fundamentos

Los pobladores del barrio no ribereño de La Magdalena


se dedicaban principalmente al jornalerismo, a la zapatería, al
corte de zacate y, en menor proporción, al corte de tule, habiendo
también algunos tejedores de petates. La ganadería era un aspecto
económico importante, ya que casi todas las familias tenían dos
o más “vaquitas”, efectuándose, en relación con dicha actividad,
el corte de zacate y la venta de leche a intermediarios del mismo
barrio, quienes la mandaban por tren a Toluca y a México. También
había un grupo de “bueyeros”, integrado en buena medida por
niños y adolescentes, que se encargaba de cuidar al ganado y de
llevado a pastar. Durante la temporada en que llegaban los patos
silvestres, algunos vecinos se dedicaban a cazados.

Finalmente, en el barrio de La Concepción —ubicado en


la sección de arriba—, un grupo pequeño sacaba pastura para
alimentar a las dos o tres “cabecitas de ganado” que algunos
poseían, y algo de tule ancho para el tejido de sillas.

c) La ganadería lacustre en el sur del Valle de Toluca. Su


importancia socioeconómica

Este inciso está dedicado al papel que tuvo la pastura


lacustre en el sur del Valle de Toluca, durante la Colonia (Albores,
1993). Al constituir un óptimo forraje, aquélla fue el componente
básico en el origen y en la expansión del establecimiento ganadero.
El forraje lacustre fue, también, el factor que asignó a la ganadería
de la zona su carácter sui generis, en tanto predominó sobre la
pastura agrícola, y terrestre en general, compuesta por las yerbas
verdes (silvestres y propiciadas) y el rastrojo de la milpa (integrado
por los restos secos de la planta del maíz), principalmente, y por
cultivos como la cebada, la alfalfa, y el mismo maíz en grano y la
planta verde.

Se abordará lo más significativo sólo respecto a dos


cuestiones del proceso de acumulación originaria. En primer
lugar, dos de los aspectos que, a manera de otras tantas caras de
un mismo fenómeno, estuvieron relacionados con el desarrollo

150
lo general. la zona de estudio

de la actividad pecuaria: el origen y el incremento numérico de la


empresa ganadera, así como su importancia económica y social,
y el despojo de tierras de la comunidad indígena. En segundo
lugar, y de manera sucinta, se verá lo relativo a las principales
“industrias” o rubros de transformación que se desarrollaron a
partir de la ganadería.

Origen y expansión de la empresa ganadera:

Dentro de las “muy limitadas” (Menegus, 1991:36)


apropiaciones de tierras que los españoles llevaron a cabo en la
primera mitad del siglo xvi, se encuentra el reparto —que inició
Cortés de motu proprio, entre ocho meses y un año después de la
caída de Tenochtitlan, es decir, muy tempranamente—, de los
depósitos de encomiendas, para recompensar a su tropa por los
trabajos y sufrimientos padecidos en la conquista, y con objeto
de organizar la producción agrícola y ganadera de los españoles
(Matesanz, 1965).

La actitud inicial de la Corona se manifestó contraria a las


medidas de Cortés, por el temor de una repetición en el territorio
novohispano del daño causado en las Antillas, en particular el
despoblamiento, y para evitar el desarrollo en América de un
sector independiente y feudal que ya había sido desarticulado
en la vieja España. No obstante, ante una situación de facto, la
Corona transigió, aunque de manera temporal.

Tenemos aquí el inicio de uno de los forcejeos más constantes y tenaces


entre la corona y los conquistadores... que habría de provocar crisis muy
agudas, como la producida por las Leyes Nuevas de 1542 y la conjura
de Martín Cortés y que habría de prolongarse hasta finales del siglo
xvi y aún a principios del xvii. (Matesanz, 1965:534).

Dejando para la Corona varias localidades —además de la


ciudad de México—, el conquistador se adjudicó vastas provincias
de las que formó parte la zona lacustre del Alto Lerma. Cortés

151
parte segunda: los fundamentos

reclamó la porción más poblada del valle de Matalcingo, la ribera


centro-occidental de la “Laguna de Matalcingo o Río Grande”
y la sujetó a su villa de Toluca (Zavala, 1984b, t.I:368, 371). Este
reparto de tierras —autoasignadas y encomendadas— tiene
varios significados. Representa en primer lugar, el acontecimiento
histórico inicial, a la vez que en el quiebre de estructuras —que
daría lugar al establecimiento de la república de indios, como
se ha señalado—, en el despojo de tierras de los indígenas, base
territorial del desarrollo ganadero.

El soldado extremeño erigió su primer sitio ganadero en


Atenco (San Mateo Atenco a partir de la Colonia), existiendo al
menos tres distintas referencias respecto a la ubicación temporal
de dicho acontecimiento. La primera (Menegus, 1990:47) lo
sitúa poco después de la derrota de Tenochtitlan, lo cual remite
a la etapa en que Cortés hizo los otorgamientos iniciales y sus
autoadjudicaciones, es decir, entre 1521 y 1522. La segunda
referencia (García M., 1969:140) indica el lapso entre 1525 y
1526, Y la tercera (Gerhard, 1986:181) apunta el año 1528. Citas
temporales sobre las que volveré después. En este último año
Cortés encomendó Metepec, Calimaya y Tepemaxalco con sus
sujetos (agn, Vínculos, va, exp.1:23r, 79r-84v, 87r-89v, 92r- 96v), a
su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, quien fundó su
propia estancia en un paraje nombrado igual que el lugar donde
Cortés puso la suya: Atenco —cuyo santo patrono fue también San
Mateo.

Estas acciones del conquistador representan sólo algunas


de las evidencias de la forma típica que revistió la acumulación
originaria de capital en la zona lacustre del Valle de Toluca.
En efecto, la apropiación de Cortés, “sin otro título que la
propia voluntad de su fundador”, de la que fuera “calificada
de inalienable y de señorío” y “una de las más importantes
propiedades rurales de los dos primeros marqueses del Valle de
Oaxaca” (Chevalier, 1956:106), es decir, la estancia de Atenco (San
Mateo), y la adjudicación a Gutiérrez Altamirano del otro sitio de
Atenco, constituyen una muestra palpable de las contradicciones
que emergieron durante la conformación del nuevo orden

152
lo general. la zona de estudio

socioeconómico, poniendo de manifiesto el predominio de los


intereses de los españoles como particulares con respecto a los
dictados y al beneficio de la Corona Española. Fenómeno que
caracterizó, como se dejó anotado, al primer periodo de la forma
inicial de acumulación originaria en México. Muestra también
de manera típica lo que Lockhart (1991:54) ha llamado “la
manifestación más temprana de la sociedad española” del Valle
de Toluca, y el que éste fuera convertido por Cortés “casi en un
enclave personal, que contenía no sólo una gran parte de sus
propiedades privadas, sino también las encomiendas de algunos
de sus más próximos allegados”, cuya “consecuencia final fue que
varias de las familias más importantes tuvieron sus principales
posesiones en Toluca” (Lockhart, 1991:55, 56, 16).

Siguiendo el mismo hilo conductor, lo relativo al Valle


de Toluca como una de las regiones en que las propiedades al
inicio de la Colonia “estaban profundamente dominadas por
los encomenderos”, también encuentra su manifestación típica
en la zona sur, donde se dio un despliegue original de aquéllos.
En efecto, de los tres encomenderos más destacados del Valle de
Toluca (Lockhart, 1991), uno de su zona norte (Sámano), y los
restantes de la zona lacustre (Cortés y Gutiérrez Altamirano), los
casos notables corresponden indudablemente a estos dos últimos,
tratándose, nada menos, que de los fundadores respectivos del
marquesado del Valle de Oaxaca y del eventual condado de
Santiago Calimaya.

En relación con las distintas referencias temporales sobre la


instauración de la estancia de Atenco de Cortés, tengo la impresión
de que aquéllas señalan varios momentos de introducción de
ganado. Al parecer, Cortés puso unos cuantos cerdos en San Mateo
Atenco desde una etapa tan temprana que, con base en los datos
aportados por Menegus, podría situarse entre 1521 y 1522. Al
respecto, esta autora indica lo siguiente:

Las fuentes coinciden en señalar que “al poco tiempo que el marqués
don Fernando Cortés hubo ganado la ciudad de México, envió a llamar

153
parte segunda: los fundamentos

a don Fernando Cuitzio, indio principal y señor de Toluca, y a los demás


indios principales al pueblo de Coyoacán”. Cuando regresaron los
matlacingas de Coyoacán, el testigo declaró haber oído a los matlacingas
decir que “el dicho Fernando Cortés le avia preguntado que tierras
tenia por este valle propias suyas el dicho Monteçuma y le avia dicho y
señalado donde al presente está asentado y poblado el dicho Atengo...
y el dicho Fernando avia dicho al dicho Fernando que quería enbiar alla
ciertos puercos para que se criasen alli y assi vio este testigo que los envió
y con ellos a un Joan Serrano para que los tubiese a cargo y los curase y
criase” (Menegus, 1990:47).

El ganado lanar pudo haber llegado casi en seguida que


el porcino, o entre 1525 y 1526, al levantarse la prohibición del
tránsito de animales de las Antillas por decreto de 1525 y luego
por cédula real de 1526, cuando pareciera que Cortés inició
la introducción de ganado mayor en Atenco, siendo a partir,
del último año en que su ganado en general pudo aumentar
significativamente. Matesanz (1965:539) señala que el “abasto de
carne de res en la ciudad de México se inició en pequeña escala
en 1526, y no fue sino hasta 1528 cuando empezó a hacerse notar
con fuerza la presencia en la Nueva España de mayores cantidades
de ganado vacuno”. Hacia 1531, el tributo que los indios de la
localidad de Toluca y de su sujeto Atenco (San Mateo) daban al
marqués del Valle de Oaxaca ya incluía el mantenimiento de sus
“hatos de vacas” (Zavala, 1984a:71).

Aunada a la crianza de ganado, el cultivo del maíz pasó de


las comunidades indígenas a los establecimientos españoles, donde
también se introdujo el del trigo y el de la cebada, principalmente.
A fines de la década de 1520 San Mateo había quedado adscrito,
como pueblo independiente del marquesado, dentro de la
jurisdicción de Toluca (Jarquín, 1986:112). En ésta progresaban,
alrededor de 1540, abundantes estancias ganaderas, y Cortés
hacía mención de la existencia, en Toluca, de muchos peninsulares
propietarios de crianzas de ganado y labranzas de pan de donde
no sólo se abastecía dicha villa, sino que también representaban
un importante suministro para la Nueva España. Asimismo, fray

154
lo general. la zona de estudio

Antonio Vázquez se refiere a que tanto la villa de Toluca como


todo el valle se encontraba “muy poblado de estancias de ganados
y sembrados” (Quezada, 1972:91; Gobierno del Estado de México,
1970, tII: 632).

La ganadería tuvo un desarrollo explosivo en la zona, y


hacia las últimas décadas del siglo xvi ya era practicada también
por un grupo de pequeños propietarios “estancieros o empleados
rurales de los encomenderos durante el periodo de la conquista
[...es decir] estancieros que se habían independizado y, en muchos
casos, estaban aún en semi dependencia” (Lockhart, 1991:64).

Lockhart (1991:64-65) se ha referido a un probable número


mayor de unidades ganaderas que agrícolas en el área de Toluca.
Después de puntualizar la “asombrosamente elevada” cantidad de
empresarios y de ganado existentes hacia 1600, y ante su dificultad
en continuar con el análisis de una muestra cuantitativa, el autor
indica que

... me queda una fuerte impresión de que había más estancias de


ganado que granjas productoras de trigo o maíz... Estaban por
doquier en el valle, de sur a norte y de este a oeste, predominando
las ovejas en la parte norte que era la más seca del valle y los cerdos
principalmente en el centro y en el sur. Una indicación de la densidad
relativa es que muchas de las propiedades se solapaban... [una de las
dos concentraciones mayores] debía haber sido en el área más cercana
a Toluca.

Como hemos visto, El Documento Barona (1862:43-45)


incluye una averiguación de principios de 1550, donde se consigna
que en la porción de “ciénega [perteneciente a Texcalyacac] los
de Toluca se aprovechan de zacate para caballos de la justicia que
tuvieren en el dicho pueblo [de Toluca] y para el gobernador y
principal que tuvieren facultad de tener caballos”. Lo anterior, y los
datos cuantitativos sobre una mayor utilización de forraje acuático
que zacate de la milpa en el municipio de Texcalyacac durante el
siglo pasado, sugieren que la prosperidad ganadera en la zona

155
parte segunda: los fundamentos

respondió a la abundancia de pastos laguneros, cuyo empleo,


ya fuera solo o mezclado con el pienso procedente de la milpa,
continuó usándose hasta la desaparición de la ciénaga de Lerma
en el siglo xx.

En 1550, el alcalde mayor de Toluca recibió un mandamiento


para que viera que el marqués pagara por la guarda de sus ganados
un peso mensual a cada indio pastor (Gobierno del Estado de
México, 1970, tII:244). No obstante, al cabo de seis años, los vecinos
de “Atengo” daban por tasación cuarenta indios para el cuidado
de las ocho mil ovejas que en la estancia tenía doña Catalina
Pizarro, hija de Cortés.

Lo relativo a la ganadería en el sur del Valle de Toluca


constituye un complejo, debido a que en esta zona confluyeron
múltiples aspectos sumamente interesantes de la forma inicial
de acumulación originaria, que rebasaron el ámbito local. La
ganadería es, en primer término, el meollo al que se articuló la
agricultura por la vía del uso simultáneo o alterno de una rica
gama de plantas forrajeras —que para el caso de los predios de
la población indígena podía tratarse de silvestres, inducidas y
cultivadas—, entre las que destaca el maíz, empleado como alimento
porcícola. En segundo término, en relación con estas dos actividades
se llevó a cabo el despojo del territorio (tierras, sobre todo, yaguas)
para el establecimiento de estancias y labranzas, que ocasionó
interminables conflictos y pleitos. A aquellas actividades se vinculó,
también, una extensa utilización de mano de obra indígena y de
origen africano —y asiática, en bastante menor medida—, a partir
de diferentes formas de obtención y numerosas maneras en cuanto
a su empleo. En lo que a la fuerza de trabajo indígena se refiere,
ésta participó en las dos unidades sociales básicas de los tiempos
novohispanos: la comunidad indígena y la estancia ganadera (y
agrícola, con su variante agro-ganadera). También fue trascendente
la ligazón de los productos ganaderos y agrícolas con numerosos
rubros empresariales —específicamente la minería—, que en
múltiples ocasiones incluyeron diferentes unidades económicas
de un mismo propietario, lo que significó, además del movimiento

156
lo general. la zona de estudio

de productos y de considerable población aborigen, el enlace de


distintas áreas geográfico-culturales.

Lo anterior puede ejemplificarse, de nuevo, con los casos


de Cortés y Gutiérrez Altamirano. El primero no sólo promovió
el desarrollo ganadero en la Nueva España sino también la
explotación minera, pues, como señala Xóchitl Martínez B.
(1989:24), las

... primeras noticias que tenemos sobre la adquisición de minas se


refieren a las del marqués del Valle, quien tomara parte activa en la
explotación de yacimientos de Taxco y Sultepec y, además, estimulara,
luego de la conquista, la explotación minera en su carácter de gobernador
y capitán general.

En las minas en torno al Valle de Toluca —algunas de


las cuales quedaron dentro del primer gran distrito minero
novohispano— se empleó mano de obra indígena proveniente
de la zona lacustre. Al respecto, Menegus (1991a) anota que
vecinos de los pueblos de Almoloya, Calimaya, Chapultepec,
Metepec y Toluca, iban a las minas de Temascaltepec, situadas
en el actual Estado de México, y descubiertas en 1531. Habitantes
de San Mateo Atenco enfilaban hacia las minas de Sultepec
(descubiertas, al igual que las de Amatepec y Zacualpan, en
1552), y los de Capultitlán, San Miguel Totocuitlapilco y San
Bartolomé Tlaltelulco (sujetos de Toluca), lo hacían rumbo a las
de Zacualpan y Amatepec. A la mina de Tlalpujahua (del actual
estado de Michoacán), descubierta en 1560, llegaba gente de los
pueblos de Metepec, Calimaya y Chapultepec, y a las minas de
Taxco (del actual estado de Guerrero), descubiertas en 1534, iban
indios de Metepec, Tepemachalco, Calimaya y Toluca. Hasta la
mitad del siglo xvi se trató, para estos enclaves mineros (Menegus,
1991) —con excepción de Taxco, donde se empleaba trabajo de
indios naboríos—, de mano de obra sobre todo esclava a partir del
tributo ordinario o de “rescate” (es decir, prisioneros de guerra),
entre los que se incluyó a menores de 15 años y a mujeres y niños,
contraviniendo las disposiciones reales, concretamente la del 20 de

157
parte segunda: los fundamentos

febrero de 1534, emitida por Carlos V (Martínez B., 1989:24). Se


utilizó también a indios libres, como parte del servicio personal
a favor de los encomenderos.

De los indios encomendados a Cortés, éste empleó


(Menegus, 1991a):

— En 1537, 60 indios de servicio en sus minas de Taxco, a las que


mensualmente 20 indios llevaban frijoles, 20 ollas, 20 carnales y
20 panes de sal.

— De su sementera de Atenco se llevaba una parte del maíz


recogido, así como aves, huevos y comida, y los indios de esta
estancia obtuvieron una carga de cacao por hacer 5,000 ladrillos
para su mina de Sultepec.

— A sus minas de Taxco y Sultepec, los indios de Toluca llevaban


tajamaniles por los que recibían una carga de cacao (de 16,000
almendras), y otra (de 24,000 almendras) por 300 fanegas de maíz.

Como ha podido verse, entre otros aspectos que


caracterizan a los primeros propietarios, son particularmente
importantes los siguientes:

a) El destino hacia afuera del capital acumulado, con base en la


no ubicación de aquéllos en la zona, pues, como indica Lockhart
(1991:56), estos encomenderos eran “vecinos de la ciudad de
México, donde tenían su residencia habitual. Sin excepción
poseían tierras y criaban ganado alrededor de sus encomiendas”.
Eran además, entre 1580 y 1600/ hijos o nietos de los propietarios
iniciales, aparte de los conquistadores para cuyos privilegios
dependieron de Cortés.

b) El vínculo “orgánico”, principalmente, aunque no de manera


exclusiva entre la producción ganadero-agrícola y la de la plata,
que se estableció a través de las haciendas y/ con frecuencia, de
la propiedad directa de éstas por los dueños de minas.

158
lo general. la zona de estudio

c) En términos más amplios, “una estructura de articulaciones


múltiples [como ha sido apuntado por Palerm (1979:115, 116)],
capaz de combinar y de utilizar los recursos... más variados, y de
transferidos y canalizados hacia la producción de plata”.

Lo anterior pone de manifiesto otro aspecto económico


típico sobre la zona lacustre del Alto Lerma. Esto es, lo relativo
a su papel dentro de la economía novohispana, por lo que toca a
la articulación de aquélla en el proceso mundial de acumulación
originaria de capital mediante la platería, lo que ha sido expresado
por Palerm (1972:102, 103) en los siguientes señalamientos:
i)”la plata colocó a México no en las márgenes del desarrollo
del capitalismo, sino en su mismo centro, aunque con un papel
especializado”; ii)”la articulación económica del sistema mexicano
con el mundial... se basó casi exclusivamente en la exportación de
plata, imprescindible para la expansión del comercio mundial y
el desarrollo del capitalismo, y se mantuvo de esta manera desde
principios del siglo xvi hasta la segunda mitad del siglo xix”,
y iii)”la hegemonía de la plata y su papel estratégico le dieron
el rango de principio organizador y dominante de la economía
colonial”.

Lo relativo a los Altamirano ilustra muy bien, en lo


que a la zona lacustre se refiere, la estructura de articulaciones
múltiples que menciona Palerm, y los nexos con Cortés, señalados
por Lockhart, mediante la combinación y el uso de los recursos
más variados —canalizándolos básicamente a la minería— para
incrementar el capital de los grandes empresarios. En efecto,
ya he mencionado que el origen de las vastas propiedades de
los Altamirano se encuentra en la encomienda que recibiera
Gutiérrez Altamirano de Cortés, quien, luego de que aquélla
pasara a manos de Lope de Samaniego, Cristóbal de Cisneros y
Alonso de Á vila, la recobró en 1536 (Gerhard, 1986:180). En 1558
la encomienda la recibió su hijo Hernán Altamirano, erigiéndose
en 1560 el mayorazgo de esta familia, por el que un solo individuo
heredaría, de manera inalienable e indivisible, todos los pueblos
encomendados y las propiedades y gracias adquiridas.

159
parte segunda: los fundamentos

El nieto del primer propietario, Juan Altamirano y Castiela,


caballero de la Orden de Santiago, contrajo nupcias con doña María
de Turcio —hija del segundo don Luis de Velasco, virrey de México
y Perú (Paso y Troncoso y Dorantes, en Lockhart, 1991). De este
enlace resultó la encomienda en tercera vida (1594) y la erección
del condado de Calimaya en 1616 (AGN, Hospital de Jesús, Leg.
382, 1, Exp. 3, f. 18v), siendo nombrado Fernando Altamirano y
Velasco —nieto del virrey—, primer conde de Santiago Calimaya.
“Estos no son datos [como anota Palerm (1979:114)] de interés
puramente biográfico. Indican claramente la combinación de
varios papeles en personas concretas, y el enorme poder que les
concedía el uso de recursos de muchas fuentes”.

Para 1594, de la estancia de los Altamirano procedieron


1,000 becerros, 1,000 vacas y 2,000 terneros que fueron vendidos
a través de un tal Hernando Altamirano y Saavedra, al parecer,
pariente de la familia avecindado en el valle, y uno de los
empleados que trabajaba en la estancia entre los que además había
otros españoles y mulatos. Otro pariente de los propietarios de
la estancia de Atenco, don Juan Altamirano, radicó en ocasiones
en la zona lacustre, siendo en 1594 alcalde mayor en Metepec. De
esta manera, los Altamirano, como otros grandes empresarios,
“parecen haber tenido la misma división de funciones entre
heredero, tío y pariente pobre” que Lockhart (1991:62) ha detectado
entre los Sámano.

Altamirano recibía 30 indios de servicio que destinaba a los trabajos


en Taxco y 100 cargas de maíz, tributados cada cuarenta días, llevados
también a la mina... el pueblo de Metepec le daba en 1543, 27 indios
para el servicio de las minas y hacia 1550 debía enviar a las minas 70
fanegas de maíz cada mes. Finalmente, el pueblo de Tepemachalco
también,le proporcionaba indios de servicio para las minas. En 1543
solicitó Altamirano conmutar las cinco cargas de ropa que le tributaban
indios de servicio por quince indios en Taxco, y en lugar de los doce
indios que tenía para el servicio de su casa pidió se conmutaran éstos
para que acudieran al servicio de sus minas. (Menegus, 1991a:33-34).

160
lo general. la zona de estudio

En fin, el peso de los Gutiérrez Altamirano puede


visualizarse mediante la comparación con el de los Sámano, a lo
que Lockhart (1991:62) se refiere en los términos siguientes:

Aunque los intereses de los Sámano eran muy extensos, no eran


probablemente los más amplios entre los de su clase social. La
encomienda de los Altamirano incluía un número mayor de tributarios
nominales... y... hacían aun matrimonios de más alcurnia. Don Juan
Altamirano, el nieto del primer propietario, fue un caballero de la Orden
de Santiago y se casó con la hija del segundo don Luis de Velasco, virrey
de México y Perú. Su estancia [llamada Atenco, igual que la de Cortés)
parece haber sido una empresa más amplia, más intensiva y dirigida
más directamente que cualquier otra de los Sámano.

Estas unidades ganaderas, y las agro-ganaderas, revisten


una importancia particular para la historia de las actividades de
transformación en el sur del Valle de Toluca, debido a que fue
principalmente en su seno que se realizó la acumulación originaria.
Asimismo, porque la producción en aquéllas se vinculó con la
extracción minera —en especial de la plata— y con varios giros
“industriales”, cuya distribución rebasó los límites locales, algunos
de los cuales sirvieron de soporte para una de las vías por las que
transitó el cambio económico en la zona lacustre, lo cual habrá de
ejemplificarse con el caso de San Mateo Atenco.

La apropiación de tierras y la expansión de las unidades


ganaderas:

Los pueblos de indios de la zona quedaron divididos


entre la Corona, el futuro marqués del Valle de Oaxaca y otros
encomenderos. Aun cuando la posesión de la tierra no iba
implícita en el otorgamiento de la encomienda, ésta posibilitó su
obtención, por lo que con el tiempo los encomenderos acapararon
tierras a expensas, en cierta medida, de las propiedades de sus
encomendados. Chevalier (1965:167) menciona casos en que los
indios pagaron el tributo con una porción de sus tierras. Además,

161
parte segunda: los fundamentos

al ocurrir cualquier eventualidad que impidiera el pago de aquél,


los nativos recurrían a la venta de sus propiedades contándose
los encomenderos o sus intermediarios entre los principales
compradores (Loera, 1977:23; Zorita, 1963:137). Así, los beneficios
obtenidos a través de la encomienda, en producto, trabajo y luego
en dinero, permiten entender por qué, desde su comienzo hasta
que fueron suprimidas, las poblaciones encomendadas y aun las
del marquesado pasaron, por herencia o mediante pleitos —a
veces prolongados—, de unos encomenderos a otros y de éstos a
la Corona.

Las concesiones de mercedes reales de tierras otorgadas a indios y


españoles [señala Jarquín (1987:138) refiriéndose a Metepec] durante
los siglos xvi y xvii, fueron adquiriendo diversos matices. Las que se
dieron a los indios conservaron su calidad de concesiones públicas...
[en cambio] las hechas a los españoles... se convirtieron en propiedades
privadas, dando lugar a la concentración de grandes extensiones de
tierra en manos de españoles, lo que a su vez incidió en la formación
de las haciendas.

Haciendo a un lado el reparto inicial que realizó Cortés, la


consecución de los primeros predios, y su posterior ampliación,
fue a través de estancias que en numerosas ocasiones se situaron
dentro de los límites de los pueblos. Además de esto último, hubo
una ausencia de acatamiento a la disposición real de que cada
encomienda que se diese a los primeros pobladores no pasara
de quinientos indios ni debiera producir arriba de dos mil pesos
anuales. A partir de 1535, luego de la correspondiente autorización,
los peninsulares —entre ellos el propio Hernán Cortés— pudieron
efectuar la compra directa de terrenos a caciques y principales
indígenas. Lo anterior fue el comienzo por el que, a partir de
la segunda mitad del siglo xvi, muchos españoles obtuvieron
cuantiosas superficies generalmente a precios ínfimos (Loera, 1981;
Jarquín, 1987; Chevalier, 1956).

Teniendo como base la política indigenista española


tendente a la conservación de la comunidad de origen prehispánico,

162
lo general. la zona de estudio

en la recopilación de las leyes de separación del indio del resto de


la población se expresa la prohibición de que españoles, “negros”,
mulatos o mestizos pudieran vivir en las reducciones y pueblos de
indios. No obstante lo cual, no sólo las principales ciudades —como
Toluca— sino toda la zona se caracterizó por la temprana llegada
de numerosa población no aborigen (Albores, 1985; Lockhart, 1991;
Menegus, 1989), como ya se ha mencionado. El otorgamiento de
mercedes en términos de los pueblos fue el mecanismo mediante
el cual empezó a infringirse dicha prohibición, sucediéndose con
posterioridad, además, el desarrollo del comercio asimétrico.

Debido a lo anterior, una de las primeras consecuencias


que ocurrió al inicio de la transformación socioeconómica, fue la
violenta alteración demográfica. Ésta se produjo por el descenso de
la población nativa, por el cambio de los patrones de asentamiento,
y por la introducción en la zona de españoles, quienes —como
indican Zavala y Miranda— eran seguidos por los “negros” y
mulatos, así como luego de la llegada de los terratenientes hacían
su aparición los comerciantes. De acuerdo con Loera (1981:37), no
sólo africanos sino también chinos fueron llevados a la zona lacustre
para ocupados en las empresas españolas. El que Cortés escogiera
al valle de Matalcingo como centro principal de experimentación
ganadera, fue una causa indudable de que “muchos españoles
y castas” fueran a vivir allá (Gerhard, 1972:176).

Respecto al proceso general, Zorita —quien, como se


recordará estuvo en esta zona en la década de 1560— hacía
mención al despojo de tierras de los aborígenes a cuya costa se
efectuaron las actividades ganaderas y agrícolas emprendidas
por los peninsulares. Despojo que se ubicó, en buena medida,
en el contexto de las congregaciones efectuadas en 1550-1564 y
1598-1605.

En 1558, una sección de las propiedades del primer


encomendero Gutiérrez Altamirano se hallaba en términos de
pueblos indígenas de la zona lacustre, como eran Metepec, Lerma,
Chapultepec, Capulhuac, y Jajalpa. Además de los inmuebles

163
parte segunda: los fundamentos

de algunos rancheros situados en demarcaciones de Calimaya y


Tepemaxalco, dentro de estos mismos, el condado de Santiago
Calimaya incluía el rancho de San Nicolás, así como las haciendas
de Cuautenco, Almoloya y Atenco. Tan sólo una porción de la
última hacienda abarcaba los ranchos de Tepemaxalco, Zasacuala,
San Agustín y Santiaguito, así como la estancia de Chapultepec
(Loera, 1981:45-46).

En 1585 el sector no indígena en Toluca era grande, y en


1697 las familias de españoles, mestizos y mulatos, al parecer
ascendía a 1,300. En este último año, respecto a las jurisdicciones
en las que quedaba incluida la zona lacustre, en un solo reporte se
menciona que la jurisdicción de Toluca abarcaba 37 haciendas y
ranchos, y para 1791 se anota a 23 haciendas; 110 haciendas —sobre
todo de ganado— y ranchos para la jurisdicción de Metepec, y
para la de Malinalco, 28 haciendas, tres estancias de ganado y 15
ranchos (Gerhard, 1972:331, 172, 177). De acuerdo con el cálculo
que registra un padrón de 1797, más de la mitad de los habitantes
que residían en la villa de Toluca eran españoles.

En el siglo xviii, aparte de las propiedades del conde


de Santiago Calimaya, situadas dentro de las jurisdicciones de
Tepemaxalco y Calimaya, estas cabeceras se encontraban casi
rodeadas por la hacienda de Zacango de la familia Martínez en
el norte; el rancho de los Rojas y el de don Bartolomé al oriente, y
los ranchos de los Gómez y los López en el sur. Loera menciona
que estos predios se formaron en “terrenos que originalmente
pertenecían a los indios [de aquellas demarcaciones]” (Loera,
1981:47).

A mediados del siglo pasado, en los juzgados de paz


donde se ubicaba la zona lacustre había 46 haciendas y 64 ranchos,
mismos que en 1889 habían aumentado a 86, y aquéllas a 150.
Para el periodo de 1908-1910, el número de ranchos era de 186,
habiendo descendido el de las haciendas a 84; sin embargo, en
total, la cifra mostraba un incremento. En esta época, la ganadería
en la zona lacustre era uno de los renglones en que destacaba la
producción económica (Albores, 1988). Había “suficiente” ganado

164
lo general. la zona de estudio

de pelo, cerda y lana para el sustento y para las labores del campo,
silla y carga, haciéndose “cría de ganado de cerda... los pueblos
y en las haciendas, pero sin duda [se indicaba en la Estadística
del Departamento de México (Ministerio de Fomento, 1854:172-
173)] hoy está reducido a una tercera parte de lo que fue en otro
tiempo”.

Durante 1893 el porcentaje de la extensión territorial de las


haciendas de Lerma con relación a la superficie total del municipio
era de 63%. Como puede apreciarse, a lo largo de la Colonia y del
periodo independiente, la merma territorial de las comunidades
indígenas se había llevado a cabo no únicamente, pero sí de manera
significativa, en vinculación con el establecimiento y desarrollo de
las unidades ganaderas y agrícolas. En este sentido, los últimos
acontecimientos, durante el Porfiriato, pueden ejemplificarse
con San Mateo Atenco. Tan sólo entre 1900 y 1913, su territorio se
contrajo de ochenta a trece kilómetros cuadrados (Basurto, 1901:48;
Gobierno del Estado de México, 1955:240), quedando rodeado
por las haciendas de Buenavista al norte, La Asunción al noreste,
San Antonio al poniente, y la de Atizapán al sur, las cuales eran
básicamente ganaderas.

La ganadería y las actividades de transformación

A partir de los tres tipos de ganado —de cerda, de lana, y de pelo—


que Cortés introdujo en el sur del Valle de Toluca tuvo lugar el
desarrollo de varios rubros de transformación —y de numerosas
actividades colaterales—, que trascendieron a toda la estructura
social, rebasando los límites locales en cuanto al aspecto económico
(Albores, 1993).

Ligado a la ganadería porcina, es en relación con los ramos


alimenticio y de la jabonería que la villa de Toluca adquirió fama
muy tempranamente. Aun cuando la “industria” de alimentos,
al parecer, estuvo originalmente confinada a la elaboración de
jamones, tocinos, y uno que otro embutido como el chorizo, con
el paso del tiempo se expandió impresionantemente. Otro rubro

165
parte segunda: los fundamentos

notable, desarrollado a partir del cerdo, estuvo representado por


la producción jabonera. Ambos giros tuvieron un importante
despliegue —desde el primer siglo de la Colonia hasta las primeras
décadas de la presente centuria—, sobre lo cual nos han dado
noticia varios autores (Vázquez de Espinosa, 1944; Ponce, 1873;
Béjar, 1970; García, 1976).

Las actividades basadas en la ganadería lanar, que han


trascendido hasta nuestros tiempos, revistieron dos formas
principales: la industria textil y la gastronomía. La primera se
impulsó, por una parte, al adecuarse la tecnología prehispánica
a la nueva fibra, y, por la otra, a través de la incorporación de
la tecnología europea a la tradición prehispánica del tejido, con
lo que se alcanzó un alto desarrollo de los productos de lana. Si
bien el trabajo de esta fibra dio lugar al surgimiento del obraje,
la expansión de éste en la zona lacustre no alcanzó niveles
altos, comparados con los que tuvieron lugar en otras zonas
novohispanas, como algunas de Puebla y Querétaro. Esto se debió
a que, a diferencia de la ganadería y de la industria de embutidos
que permanecieron fundamentalmente en manos de los españoles,
la elaboración de productos de lana tendió a prevalecer como una
actividad doméstica del sector indígena.

Por otra parte, el ganado lanar integró desde el siglo xvi una
fuente alimenticia, renglón económico que mantuvo un importante
vínculo con la minería. Asimismo, el destino gastronómico del
ganado lanar dio lugar a la barbacoa, al conjugarse con la técnica
de cocimiento en horno subterráneo, herencia de los grupos
cazadores-recolectores prehispánicos. Su ingestión se extendió
ampliamente en la zona, donde alcanzó un lugar privilegiado
entre los platos típicos de los días de asueto, así como de algunas
celebraciones del ciclo de vida y de los festejos anuales en honor
a los santos, llegando a superar en prestigio al infaltable mole, de
origen prehispánico (Albores, 1993:32).

Desde sus inicios la ganadería mayor entabló una liga


con la minería, mediante la curtiduría, con base en la cual se
confeccionaron distintos implementos, tales como las bolsas de

166
lo general. la zona de estudio

cuero para el acarreo del mineral, y las botas y sogas empleadas en


el desagüe de las minas. Otro nexo se sostuvo en la canalización
del sebo (que incluyó el de los carneros) para la iluminación de
los socavones (Mentz, 1989).

La ganadería fue el centro de un tupido tejido de relaciones


que abarcó, en un complejo abanico con múltiples matices, a todo
el ámbito social. A esto, que está siendo objeto de una investigación
particular (Albores, 1993), únicamente me referiré en forma muy
resumida. La crianza de ganado no sólo permitió la fundación
de las grandes empresas de los primeros encomenderos, sino
también fue una actividad económica en la que, tiempo después,
se ocuparon pequeños propietarios y las repúblicas de indios. En
términos socioeconómicos tenemos las relaciones establecidas en
torno a la consecución de productos forrajeros —lo que nos remite
a los pleitos entre españoles y los pueblos de indios, y entre estos
últimos—, a la comercialización del ganado y de sus derivados, al
ganado usado en la arriería. Los tipos de cuidadores de ganado, así
como de propietarios y de trabajadores empleados en la “industria”
alimenticia y la jabonera, en los obrajes, en la curtiduría, y en la
peletería.

El ganado constituyó un objeto de la actividad comercial


y un medio de su realización. También tuvo desde el siglo xvi
una ligazón indirecta con la zapatería, a través de un importante
producto que distribuían los arrieros, llamado cascalote
(Caesalpinia cacalaca y C. cariaria). Se trata de un curtiente de origen
prehispánico, cuya distribución rebasó el ámbito local.

En la zona lacustre, la crianza de ganado mayor incluyó al


de lidia, al que se destinó a la charrería, y al de tipo lechero —que
dio pie a la emergencia de numerosos derivados. La producción
lechera tuvo una trascendencia sustancial en cuanto a su venta, pero
no por su consumo, el cual no se extendió entre los descendientes
de la población nativa sino hasta bastante entrada la segunda
mitad del siglo xx. Por el contrario, los derivados de la leche
permearon en todos los sectores de la sociedad, a través de una
amplia gama productiva —quesos, crema, mantequilla, requesón,

167
parte segunda: los fundamentos

jocoleche (leche agria)— llevada a cabo con procedimientos


“industriales” y caseros.

La ganadería fue importante no sólo en términos


económicos y sociales, también lo fue desde el punto de vista
cultural. Con base en la producción y el consumo, los tres
tipos de ganado y, sobre todo, la elaboración de sus derivados,
imprimieron a la zona un matiz característico. Es perceptible
la influencia sociocultural del carnero, del ganado mayor y del
cerdo —cuya principal manifestación se resume en la industria
salchichonera—. Como lo señala Sánchez García (1976:44), los
derivados del cerdo y los productos de cremería “fueron las dos
especialidades de obrador y cocina que desde los tiempos más
remotos, se convirtieron en Toluca en artesanía e industria”.

La zona lacustre muestra aspectos representativos y otros


que le confieren un carácter peculiar. Lo típico se manifiesta por el
establecimiento de dos unidades económicas básicas: las ganaderas
y las agrícolas, con el predominio del primer tipo de unidad; por
la utilización que hicieron los españoles de ambas unidades en
el financiamiento de otras empresas suyas, en particular mineras
—cuya peculiaridad radica en su ubicación externa respecto a la
zona—; por el mantenimiento del estado precapitalista dentro
de las repúblicas de indios que contrasta con la capitalización
en las unidades de los peninsulares. La principal característica
estructural radica en que, en sus comienzos, el sector que acumula
capital no es ni originario ni residente de la zona.

En suma, la magnitud que la producción lacustre alcanzó


durante la Colonia a partir del forraje acuático se manifiesta
porque posibilitó el origen y el desarrollo de la empresa más
importante en la zona: la estancia y la hacienda ganadera. De
manera similar, por la ganadería, y a través de la actividad
empresarial de los principales encomenderos, en la zona lacustre
estuvieron representadas las otras unidades básicas de la república
de los españoles, así como una estructura compleja de relaciones
que abarcó a todos los sectores sociales. En forma directa, el obraje,
estableciéndose un vínculo indirecto con otra unidad igualmente

168
lo general. la zona de estudio

importante, la mina. Elementos que se encuentran en el esquema de


Semo (1973:16), quien señala que la “república de los españoles ha
surgido del proceso de colonización y mestizaje por los elementos
de capitalismo embrionario. Las unidades básicas son la estancia,
la hacienda, el taller artesanal, el obraje, la mina”. Es decir, gracias
a la base lacustre, la forma inicial de acumulación de capital en el
sur del Valle de Toluca es representativa de un tipo de secuencia,
que abarca a la que tuvo lugar en la Cuenca de México.

Por otra parte, teniendo como punto de partida a la


producción forrajera acuática, este proceso en la zona muestra
también aspectos económicos característicos, que están dados por
la producción jabonera, la curtiduría y la peletería, la elaboración
de derivados lecheros y de la barbacoa, y, sobre todo, por la
empresa y confección doméstica sa1chichonera.

A pesar de que los despojos territoriales fueron padecidos


por los productores agrícolas y lacustres durante la primera etapa
de acumulación originaria de capital, ambos sectores fueron
alterados de manera diferente. En efecto, la base territorial se
mantuvo como propiedad comunal de jure hasta el liberalismo, en
el caso de la tierra, en tanto que la nacionalización del territorio
acuático en 1933 no impidió que dejara de utilizarse comunalmente,
de acuerdo con la costumbre, hasta la desaparición de la ciénaga
hacia la década de 1960. Asimismo, el sector de trabajadores del
agua fue tocado estructuralmente sólo hasta cierto punto, debido
a que pudo conservar porciones y rescatar partes lacustres, y,
en última instancia, porque los despojos laguneros, y la nueva
situación, no incidieron en el cambio tecnológico ni en las formas
de explotación acuáticas. Por lo anterior, el modo de vida lacustre
pudo mantener una continuidad hasta el final del proceso
general de acumulación, o punto de arranque del despliegue
industrial, siendo a raíz de éste cuando la base material acuática
desapareció abrupta y relativamente rápida (entre 1942 y la
década de 1960).

En cambio, a lo largo de la Colonia el sector agrícola


sufrió una reestructuración, misma que se agudizó en las etapas

169
parte segunda: los fundamentos

independientes del liberalismo y del Porfiriato, cuando fue


encauzado en los cambios que implicaba el próximo despegue
capitalista —lo que no ocurrió con los productores lacustres. Así,
fue en los tiempos posrevolucionarios y dentro del contexto del
desarrollo industrial, que para el caso representativo del municipio
de San Mateo Atenco, un grupo de agricultores incursionó en la
producción de calzado, iniciando tiempo después, ya dentro de
la zapatería, su propio proceso.

La importancia de la producción acuática como medio de subsistencia y


fuente alimenticia

Vetancourt ha aludido a la producción lacustre como un medio de


vida, al referirse a la laguna de San Mateo Atenco. Ésta se forma
—indica el fraile— de las fuentes del río que va por la ciudad de
Lerma, y “es de toda recreación... de donde llevan los Naturales a
México ranas y pescado en abundancia”, (en Béligand, Ms.:10).

En El Documento Barona (1862: 22-23, 40, 19) existen por lo


menos tres menciones a las actividades lacustres del pueblo de
Texcalyacac, correspondientes a 1550:

a) Sobre don Juan Altamirano, quien, primero se “apoderó” de


cinco caballerías de territorio en el paraje registrado con el nombre
de Chiconagua (perteneciente al actual Texcalyacac), e hizo que,
a su costa, los de éste pueblo levantaran un puente de calicanto e
instalaran las mojoneras correspondientes.

Formadas estas señales... lo primero mandó en nombre del Rey, que


ninguno pescara dentro de los términos que quedaban señalados, ni
usaran de la caza de patos; el segundo establece por algún tiempo
guardas con armas de fuego, y los tiros que arrojaban los negros
centinelas, aterrorizaban al pueblo... amenazando de muerte al que
osase entrar a la pesca.

170
lo general. la zona de estudio

Algo similar sucedía con los habitantes de Santa Cruz


Atizapán, “porque [indica Béligand, Ms.:12] los mayordomos de
la hacienda de Atenco “les embarasaban... la pesca en el río”...La
amenaza al Conde de Santiago de una multa de 1000 pesos ilustra
la gravedad del perjuicio”.

b) Después de numerosos despojos realizados por la familia


Altamirano, se señala que

Sin las suficientes tierras que cultivar para su sustento los Matlatlzincas,
Mexicanos y Otomites de Texcayacac, adoptaron rescatar por compra
cuanto pudieron de sus antiguas posesiones, y cuanto les era importante
conservar para no confundir otras propiedades, como las aguas; ora
mediando voluntad para formar los conciertos; ora formando pleito
porque entrañaba mayor interés como la caza y pesca de la laguna de
Chiconahuapan [sic pro Chignahuapan].

c) Acerca del pleito entre Texcalyacac y Toluca —por “la propiedad


de la laguna de Chiconahuapan donde [los segundos] venían a
pescar mucho antes de la conquista” (1865:24)—, y el arreglo al
que se llegó.

... que todos los domingos y fiestas del año puedan sacar tule y rosas
para las iglesias de la fiesta que hicieren... cada un año puedan ir dos
veces [una en verano y otra en invierno] treinta indios de Toluca a la
dicha cienega cinco días en cada vez a sacar... para hacer petates y gozar
estas dos veces en el año cinco días arco de las yerbas y pescado y otras
cosas de aprovechamiento en la dicha cienega.

Un amparo muy interesante —no porque evidencie, como


otros, los despojos sufridos por los indígenas, sino debido a que
muestra muy elocuentemente, la hostilización que se hacía a los
aborígenes dentro de sus propios términos territoriales—, es el que
expidió don Luis de Velasco en Calimaya, en 1560, a favor de los
pobladores de Almoloya. Éste, según lo expuesto en El Documento

171
parte segunda: los fundamentos

Barona (1862:11, 47-49), había sido un “barrio” formado “dentro


de los términos de Texcalyacac”.

A pedimento de los naturales de la estancia de Almoloya, Yo V.A. Por


cuanto por parte de los naturales de la estancia de Almoloya... que es
cerca de la estancia de Atengo de Altamirano me fue relación que ellos
son pescadores y cazadores y que los españoles, negros y mulatos de la
dicha estancia les impiden el aprovechamiento de la caza y pesquería
que tienen de costumbre, so color que entran en el término de la dicha
estancia y le toman las mantas de lana que traen diciendo que es de
la lana de las ovejas de la dicha estancia y les hacen otros muchos
agravios y malos tratamientos sobre que me pidieron les mandase dar
mi mandamiento de amparo en la dicha razón y por mi visto atento
lo susodicho por la presente mando a las personas que están en la
dicha estancia de Atengo que no impidan a los naturales de la dicha
estancia de Almoloya el aprovechamiento de la laguna y pesquerías
que tienen de costumbre y por granjería ni les hagan ningún agravio ni
maltratamiento ni les quiten sus mantas ni aparejos de caza so pena que
se procederá contra ellos y serán castigados y mando a la justicia más
cercana a la dicha estancia de Almoloya que tenga cargo del amparo
de los dichos naturales deBa y de castigar a los que los maltrataren o
agraviaren. Fecho en el pueblo de Calimaya a treinta días del mes de
octubre de mil quinientos sesenta años, don Luis de Velasco.

Quezada indica que, durante la Colonia, en la zona lacustre


del Alto Lerma continuó practicándose la pesca de manera similar
a los tiempos prehispánicos, en lo que se refiere a los lugares y
a las especies, las cuales se destinaban al autoconsumo y para la
venta.

Algunos pueblos [menciona la autora (1972:106)] tenían que entregar,


según su tasación, cierta cantidad de pescado como: Mexicalcingo... Sobre
la venta existía cierto control, a petición de los indígenas que comerciaban
con pescado se solicitó protección de las autoridades de México, quienes
para evitar abusos, especialmente en las fiestas religiosas que requerían
vigilia, dictaron medidas a las autoridades locales de Toluca para que
no se pidiera a los indios pescadores en los viernes de cuaresma más
de 20 juiles por un real y 20 ranas por un tomín.

172
lo general. la zona de estudio

San Mateo Atenco constituye un caso representativo


de la zona sur del Valle de Toluca por la base lacustre de su
economía y, a partir de ésta, por su riqueza. El primer punto se
fundamenta en que durante la Colonia fue llamado “San Mateo de
los Pescadores” (Romero, 1981:111-112). En este mismo contexto
Vetancourt (1870-71:228), al referirse a los oficios que existían en
esa república de indios hacia 1625, menciona a los “pescadores”
y a la “laguna que tienen de agua dulce los del barrio de S. Pedro
mas vezinos pescan ranas, pescado, y patos”. Hacia 1677, entre los
productos que los lugareños daban a los frailes del convento se
encuentran 20 ranas cada domingo y, “siempre que era necesario
zacate para las bestias” (Jarquín, 1986:117).

El segundo punto —la riqueza de San Mateo Atenco— se


sustenta en la respuesta del alcalde mayor de Metepec a mediados
del siglo xvi (Jarquín, 1986), quien, al ser interrogado, dijo que “en
honor a la verdad San Mateo Atenco sí tenía una población muy
numerosa”; porque en 1574 sus pobladores solicitaron separarse
de Metepec y el rango de cabeza de doctrina manifestando que
el número de habitantes y su status de república de indios lo
justificaba; porque los vecinos y sus autoridades propusieron
a los provinciales franciscanos la construcción de un convento
para sede de la doctrina, misma que concluyó en 1575. También
se comprometían, de nombrarse guardián ministro de doctrina, a
pagarle por servicios de bautizos, casamientos, entierros, así como
a sostener a los frailes residentes. Porque, al respecto, el alcalde
mayor de Metepec declaró que la economía de los habitantes de
San Mateo era más que suficiente para que pudieran mantener
a varios frailes en la localidad; porque el guardián de Metepec,
“consciente de lo que significaba la separación”, aun cuando
reconoció que la congregación era tan numerosa como para
sostener al ministro que solicitaba, dio una respuesta negativa para
evitar que el convento de Metepec perdiera una “fuente constante
y segura de ingresos”; por la considerable limosna entregada a
Metepec en efectivo —tres pesos— y en productos, desde 1651
hasta 1677, año en que finalmente se logró la separación; por los
ingresos anuales del convento —nada menos que ocho pesos—,
y por la impresionante variedad de productos que los vecinos le

173
parte segunda: los fundamentos

entregaban a diario, cada domingo, al año, además del tributo


quincenal. Porque, hacia 1625, San Mateo era una próspera
república de indios en la que ya prevalecía una homogeneización
económica, como puede verse por los datos aportados por
Vetancourt (1870-71:227), lo cual denota el trabajo arduo de los
franciscanos para su consecución a la vez que la importancia no
sólo económica que Atenco debió tener.

De comunidad tienen su sementera para pagar tributos, y para gastos


de fiestas y pleytos de republica, para esso tienen trecientos bueyes, que
assi para el comun, como para particulares con igualdad se reparten, sin
que dexe de tocar al mas pobre; el boyero que los guarda por semanas
empieza desde el Govemador, que da quien le haga semana, hasta al
mínimo del Pueblo... [además de labradores], en distintos barrios ay
distintos oficios... si algun labrador necessita de segadores, hecho el
concierto con el govemador entriega con puntualidad los que pide, y si
alguno sin que el Govemador lo sepa se acomoda es castigado, porque
lo que ganan se les reparte con justicia, y si la muger necessita de algun
vestuario, dello le socorren.

En 1721 el número de habitantes de San Mateo seguía


siendo grande; había una cantidad considerable de carpinteros,
pintores, albañiles, y varios funcionarios religiosos. En el convento
trabajaban, además, pastores, cocineros, hortelanos, porteros,
aguadores y mozos. Para la segunda década del siglo xviII, la
república de indios se había afianzado; la administración de
la doctrina se encontraba, al igual que a fines del siglo xvii, en
manos de tres religiosos: un padre guardián y dos coadjutores.
Éstos habían logrado acabar con la estratificación prevaleciente
en tiempos prehispánicos, concluyendo exitosamente el proceso
de “regresión económica”, en torno a actividades agrícolas,
lacustres, ganade_as y artesanales, cuyo objetivo primordial era
el autoconsumo y la venta de excedentes, en la que se asentó el
sistema de intercambio desigual con la población española Jarquín,
1986:122; Vetancourt, 1870-71:227). Así, los frailes encauzaron la
violenta y profunda transformación económica y social habiendo
logrado, para esas fechas, la entronización de la religión católica.

174
lo general. la zona de estudio

Al respecto, Jarquín (l986:123) indica que el convento de San Mateo


Atenco

... había cobrado mucha importancia no sólo como centro espiritual,


sino como fuente de trabajo. Alrededor de él giraba la vida social y
económica de la república de indios. Los doce barrios estaban pendientes
de las necesidades del convento; prestaban sus servicios a manera de
tributo personal y veían en este acto la unión que su espíritu comunitario
necesitaba.

En lo tocante a la zona, para la segunda mitad del


siglo xviii, Loera (1981:85) indica que la porción lacustre de
Calimaya y Tepemaxalco había sido afectada “por el desarrollo
de la economía dominante” debido a que aquélla se encontraba
englobada en los terrenos de las haciendas pertenecientes a
españoles y criollos.

En 1764 Y en 1786 los naturales de San Lorenzo y Mexicaltzingo solicitaron


al gobierno virreinal que les permitiera continuar pescando y explotando
el tule que... se obtenía en sus términos territoriales. Los de San Lorenzo
denunciaron incluso que no poseían tierras de cultivo y que únicamente
subsistían de la explotación de la laguna. Pero para poder hacer uso de
ella tenían que pagar una pensión semanal a las haciendas.

A pesar de esto, la autora indica que “la explotación del


tule y la pesca en la zona lacustre [era] otra forma de aumentar los
fondos comunitarios”.

Durante el siglo pasado, la extracción de productos de


la ciénaga constituyó uno de los principales medios comunes de
subsistencia. Así, se sabe de numerosas aves y animalillos acuáticos
—juil, acocil, ajolote, ranas— que integraban parte de renglones
tan importantes como la caza y la pesca. En este sentido, se señala
que la laguna de “la hacienda de Atenco produce el pescado blanco
de la mejor calidad que se vende en las plazas de Toluca y de los
lugares inmediatos” (Ministerio de Fomento, 1854:222). Asimismo,

175
parte segunda: los fundamentos

un sector de la población ribereña de numerosos “juzgados de paz”


como, por ejemplo, Lerma, Ocoyoacac, Capulhuac y Almoloya,
además de sacar productos de la ciénaga, tejían petates y otros
artefactos de tule (Gobierno del Estado de México, 1970, t.I:220).

En lo concerniente a la alimentación, de acuerdo con lo


reportado por el Ministerio de Fomento (1854:174), no sólo en la
zona lacustre sino en todo el Distrito de Toluca, “la generalidad,
los indígenas, y gentes miserables” casi nunca comían carne
sino tortillas, chile, frijoles, arvejones, habas, gusanos, acociles,
pescaditos y otros animales de esta clase, lo cual muestra la presencia
básica de la producción lacustre en la dieta local popular. En
relación con esto mismo aunque concretamente sobre la prefectura
de Capulhuac, en la respuesta —publicada por Brígida von Mentz
(1986:121)— al interrogatorio que, en 1865, envió el Ministerio de
Gobernación del Imperio Mexicano a los departamentos y a las
prefecturas del Imperio, se lee lo siguiente:

Hace su comercio con el pueblo de Santiago Calima ya, la ciudad de


Toluca, la de Cuernavaca, el pueblo de Tenancingo y consta de los
productos que sacan de la agua, como son pescados, ajolotes, ranas y
en ciertas temporadas del año, pato y el tule con que hacen los petates
pues aunque también espenden algunas cemillas de las pocas que se
cosechan, esto es por cubrir sus necesidades.

Entre otra información similar se encuentra la que


corresponde a la prefectura de Almoloya del Río, que a
continuación transcribo.

El principal artículo de consumo es el maíz y poco la carne de rez


pues por lo regular se hace uso de los animales que se pescan en la
laguna propiedad común... La subsistencia es barata pues ya se ha
dicho que el elemento principal es el maíz, y lo demás queda reducido
a los productos que sacan de la laguna (Mentz, 1986:122-123).

Ahora bien, considero que algunos datos procedentes de la


Cuenca de México complementan y enriquecen el panorama aquí

176
lo general. la zona de estudio

esbozado sobre el Alto Lerma. Al respecto, Gibson (1967:349-350)


indica que la presencia de lo lacustre en la dieta de la población de
dicha cuenca tuvo una continuidad desde tiempos inmemoriales
hasta los modernos, aun cuando algunos productos del lago
sufrieron una merma a lo largo de la Colonia. Hace hincapié en
lo anterior mencionando que, además del pescado, el régimen
tradicional en todo ese lapso incluyó salamandras, larvas de
libélula, camarones y cangrejos de agua dulce, ranas, culebras,
chinches de agua, diversos gusanos, insectos como el axayacatl,
y sus huevecillos —ahuauhtli— que se preparaban en tortitas, los
izcauitli, el axolotl, blanco o negro, las plantas del lago verdes o
de color rojo púrpura —tecuitlatl— que, ya secas, se consumían
como el “queso verde”, y más de cuarenta variedades de patos,
gansos y otras aves, cuya carne y huevos constituyeron un
recurso permanente e importante de proteínas aprovechado por
los indígenas.

Para el inicio del siglo xvi se ha calculado que, en la ciudad


de México, el consumo de peces —procedentes únicamente de
los lagos de Xochimilco y Texcoco— pasaba del millón al año.
Y, no obstante que en la Cuenca de México hubo, desde el siglo
xvii, una disminución en la producción lacustre en general, ésta,
y particularmente la cacería de aves continuó siendo relevante
en la economía regional. Algunas estimaciones para el siglo xvii
consignan un consumo anual de patos que va de dos millones
hasta 900 mil (Gibson, 1967:351).

Sobre la especialización en las actividades acuáticas durante


el siglo xvi, de acuerdo con la información proporcionada por
este mismo autor (1967:348-351), en Cuitlahuac, Huitzilopochco,
Mixquic, Chalco, Mexicaltzingo, México y en muchas comunidades
más, existía un sector dentro de la población indígena especializado
en la pesca de agua dulce. Otro sector realizaba la misma actividad
en el territorio salado de los lagos de Texcoco, Chimalhuacan,
Tequicistlan, Chiconauhtla, Zumpango, Citlaltepetl y Xaltocan.
La captura de aves era el trabajo al que, de tiempo completo, se

177
parte segunda: los fundamentos

dedicaban pobladores de numerosas localidades, como, por


ejemplo, Tepotzotlán, que fue conocida por los españoles como
“pueblo de patos”, así como La Candelaria o Candelarita, el barrio
de la ciudad de México al que, para finales de la Colonia, se le
designó Candelaria de los Patos, cuyo organismo corporativo era
un común de tiradores.

De esta forma, sobre la zona lacustre del Alto Lerma


sabemos, por la tradición oral, que entre fines del siglo pasado y
hasta la desaparición del depósito acuático en 1970, las actividades
lacustres se practicaron en los pueblos ribereños de manera
generalizada aunque no en la misma medida. Por ejemplo, el corte
del tule, aun cuando se efectuaba profusamente, era sobrepasado
por la extracción de zacate acuático destinado al forrajeo del
copioso ganado.

Respecto a la pesca —que era otro renglón relevante—,


algunas localidades donde tenía lugar eran San Mateo Atenco,
San Mateo Texcalyacac, Almoloya del Río, San Antonio la
Isla, San Pedro Techuchulco, Santa Cruz Atizapán, San Mateo
Atarasquillo, San Pedro Tultepec y San Mateo Mexicaltzingo.
Sin embargo, su importancia aumentaba a partir del último
pueblo, desde una cobertura primordial aunque incompleta de
las necesidades domésticas —como era el caso de Mexicaltzingo
y en mayor medida el de TuItepec—, hasta un nivel que, además
de asegurar la demanda corriente, tenía por objeto básico la
obtención de excedentes para su comercialización, como acontecía
en Techuchulco, y un poco menos en Texcalyacac y en Atizapán, en
tanto que San Mateo Atenco constituía “el pueblo de pescadores
por excelencia” (Albores, 1994a).

Con base en el material expuesto, tanto comparativo


como local, puede plantearse que en el sur del Valle de Toluca, la
producción lacustre, basada en la caza, la pesca y la recolección de
fauna y flora de la laguna de Lerma, fue en todos los tiempos hasta
la desecación de ésta, en primer término una fuente alimenticia
elemental y un medio de subsistencia, estructura a partir de la
cual se conformó el modo de vida lacustre. Tuvo además una

178
lo general. la zona de estudio

importante relación con varios aspectos económicos y sociales.


En fin, como fuente alimenticia representó el sostén en última
instancia de todas las formas económicas subsecuentes.

LA REFORMA Y EL PORFIRIATO, y LOS REGÍMENES


REVOLUCIONARIOS

El tercer apartado está dedicado a los aspectos significativos de la


acumulación capitalista —o segundo período del proceso general
de acumulación originaria de capital, situado cronológicamente
entre 1850 y 1950. En este marco restringido ocurrió el tránsito
hacia la industrialización en la zona lacustre del Alto Lerma,
cuya principal manifestación (el desecamiento de la ciénaga
y la instalación del corredor industrial Lerma-Toluca) estuvo
determinada por los acontecimientos que tuvieron lugar a nivel
nacional y específicamente en el ámbito regional. El periodo en
cuestión también contextualiza el cambio de los productores
agrícolas en el que los trabajadores laguneros jugaron un
importante papel, y porque, a fin de cuentas, este mismo proceso
es el que acabaría también con una de las formas de origen
prehispánico más persistentes: el modo de vida lacustre.

De la Peña (1984:16) plantea que con el triunfo del


liberalismo a mediados del siglo xix, después de una ardua
y prolongada batalla es cuando comienza la “verdadera”
acumulación capitalista —es decir, en su forma inicial y con sentido
parcial y limitado. Entonces, el Estado inicia su intervención
“enérgica y propositiva” en la construcción del capitalismo. Este
periodo —que abarca hasta la mitad del siglo xx— es el más
“espectacular” de todo el proceso de acumulación originaria, y
concluye al establecerse el capitalismo como régimen dominante.
“La acumulación termina, no por un cambio de rumbo del estado...
sino porque se ha transformado el medio social en capitalista y la
acumulación deja de tener el carácter de originaria”.

Después de la destrucción de la estructura socio-


económica indígena que encontraron los españoles, múltiples

179
parte segunda: los fundamentos

elementos y varias formas de origen prehispánico que tuvieron


una continuidad a lo largo del periodo de acumulación originaria
en sentido estricto, llegaron al periodo correspondiente a la
acumulación capitalista. Entre aquéllos destaca la propiedad
comunal, y numerosas formas de producción lacustre y agrícola.
También lograron subsistir varias formas religiosas y algunas
lenguas indígenas, como el mazahua, el otomí y el nahuatl, y algo
del matlatzinca. En la zona sur del Valle de Toluca, fue al final
del periodo de acumulación capitalista cuando “desapareció” la
ciénaga —base en que se sustentaba el modo de vida lacustre— al
abrirse paso la nueva economía. Ésta empezaría su desarrollo a
partir de una población diferente no sólo en cuanto a lo económico,
sino también desde el punto de vista social.

La desamortización de los bienes corporativos:

Al finalizar la época colonial aún quedaban, como acabo


de mencionar, terrenos de propiedad comunal, siendo a partir de
la segunda mitad del siglo xix cuando comenzó su destrucción
sistemática y acelerada. Lo anterior se llevó a cabo, a diferencia
de lo ocurrido durante la Colonia, a iniciativa del Estado.

La estructura económica colonial [indica Bartra (1974:111)] destruyó en


gran parte a la propiedad comunal, pero fue la república liberal la que
le dio el golpe mortal que la liquidó; lo que no pudo lograr el sistema
semifeudal lo alcanzó la república burguesa. La base del proceso de
desintegración de las propiedades comunales fueron los intereses de la
burguesía agraria e industrial, cristalizados en el conjunto de leyes sobre
la desamortización... y la constitución de 1857.

Después de la revolución de Ayutla, el gobierno liberal


triunfante decretó, en 1856, la ley de desamortización de
bienes corporativos o “Ley Lerdo”, con lo que empezaron las
transformaciones de las formas de propiedad que habían estado
vigentes desde la Colonia. El proceso para afianzar las bases en
que habría de iniciarse el desarrollo capitalista nacional tuvo una

180
lo general. la zona de estudio

continuidad durante los regímenes de Juárez, Lerdo, Manuel


González y Porfirio Díaz a través de las medidas concernientes
a la enajenación de terrenos baldíos. Así, la destrucción de la
propiedad comunal se efectuó durante la República liberal,
dando paso a la nueva o aumentada concentración de la tierra,
cuando las grandes extensiones pasaron del poder de la Iglesia
a las manos de viejos hacendados y latifundistas recientes,
proceso cuya máxima expresión ocurrió durante el Porfiriato.
Los despojos a las comunidades indígenas que tuvieron lugar con
base en la parcelación y venta de los bienes que pertenecían a las
corporaciones civiles —de manera particular los terrenos de común
repartimiento y los ejidos—, comenzaron fundamentalmente a
raíz de la aplicación de la Ley Lerdo. Powell (1974:76-77, 78-79)
menciona que en el verano y en el otoño de 1856 los poblados
indígenas del país “sufrieron la catástrofe” de perder una parte
de sus tierras comunales, las que arrendaban a particulares para
allegarse recursos para los gastos civiles y religiosos, y añade lo
siguiente:

[Muchos] funcionarios locales... se confabulaban con los hacendados y


especuladores para privar a los indígenas de sus tierras impidiéndoles
que se enteraran de la Ley Lerdo hasta que ellos mismos habían
denunciado y comprado las tierras de que se trataba... Aun en los
casos en que se aplicó sin fraude, la Ley Lerdo produjo resultados
catastróficos para los pueblos indígenas. Grandes superficies de tierras
comunales cuyos beneficios anteriormente alcanzaban a todos los
residentes, pasaron a manos de una élite indígena local o de fuereños
no indígenas. Durante los seis últimos meses del año de 1856... gente
rica del Estado de México compró tierras de los pueblos y algunos
de ellos gastaron de 5 mil a 15 mil pesos en una sola transacción. En
contraste con tan grandes adquisiciones, la mayoría de los campesinos
indígenas tenían la posibilidad de comprar una pequeña parcela de
terreno agrícola (probablemente la misma que tenían en usufructo) o,
en casos peores, eran demasiado pobres y no podían comprar nada. Tal
desigual distribución de la tierra agravó las distinciones económicas
y sociales que ya existían entre los indígenas y, creando gran tensión
debilitó la solidaridad comunitaria.

181
parte segunda: los fundamentos

De esta manera, como lo señala Menegus (1980:38), “el


status legal precapitalista de las comunidades desapareció con
la Ley Lerdo, y la propiedad capitalista de la tierra quedó fijada
por ese mismo ordenamiento jurídico”. Esto fue así debido a
que, con la citada ley, se estableció el fundamento jurídico para
la destrucción de la comunidad indígena de origen prehispánico
que había tenido una continuidad en la Colonia a través de la
conformación de la república de indios.

En 1861 el gobierno del Estado de México ordenó que


los terrenos de las cofradías pasaran al dominio del municipio
para que fueran repartidas entre los pobladores respectivos. La
medida se reforzó en 1875 al estipularse que los edificios de manos
muertas fueran dispuestos por los ayuntamientos sin ningún
obstáculo. Ahora bien, el grueso de las adjudicaciones en la entidad
ocurrieron entre 1885 y 1898.

La aplicación de las Leyes de Reforma [indica Menegus (1980:46, 51)],


significó una ruptura histórica en la vida de las antiguas comunidades
indígenas. Con ella se desarticularon las anteriores formas de
organización comunal y se abrió paso tanto a la propiedad capitalista
de la tierra cuanto a la condición ciudadana de sus poseedores... La
desintegración de las comunidades condujo al nacimiento de un
sinnúmero de pequeños propietarios que se relacionaron de manera
independiente entre sí. Estos dejaron de gozar sus anteriores derechos
comunales... quedando por tanto, confinados en sus pequeñas parcelas
familiares. Así, la comunidad agraria perdió entidad histórica y, por
supuesto, capacidad de reproducción. En adelante, la reproducción de
la economía campesina dependería de las propias unidades familiares
de cada labrador.

En la zona lacustre del Valle de Toluca hubo comunidades


que sufrieron en mayor medida el despojo de sus tierras, como
son los casos de Capulhuac, Atenco y San Mateo Atenco. En otros
pueblos la situación no fue tan drástica; por ejemplo, Ocoyoacac
no sólo retuvo sus terrenos sino que, además, pudo recuperar,
mediante compra, una parte de las tierras de la hacienda de
Texcaltenco que había perdido en épocas anteriores (Menegus,

182
lo general. la zona de estudio

1980:55). Sin embargo, el proceso tuvo los mismos resultados en


términos generales, en cuanto a que hubo una parcelación de los
terrenos y una adjudicación de los mismos a título personal.

Bartra (1974:111) señala que las Leyes de Reforma


—particularmente la Ley Lerdo de 1856 y la Constitución de 1857—
­tuvieron dos objetivos. En primer lugar, poner en circulación las
tierras de la Iglesia, que se encontraban al margen de los procesos
de valorización, y, en forma complementaria, destruir la propiedad
comunal de los indígenas que obstaculizaba la introducción de
relaciones mercantiles en ese sector de la población.

Durante el Porfiriato se siguió con el programa de


transformación capitalista dirigido por el Estado, dictándose, entre
1883 y 1910, las leyes que profundizarían la modificación en la
estructura agraria del país (Gutelman, 1971:33). Así, señala Bartra
(1974:114),

... después de una lucha que duro varios siglos, el desarrollo del
capitalismo logró eliminar el obstáculo que significaba la propiedad
comunal de la tierra; con ello eliminó las relaciones sociales que la
sustentaban, destruyó los vínculos de trabajo colectivo de los pueblos
indígenas, erosionó la economía natural y lanzó a la población indígena
al ámbito del mercado y de la producción capitalista.

El cambio final de estructuras

Siguiendo a De la Peña, de 1910 a 1940 —periodo en el que tuvo


lugar la Revolución Mexicana en sentido amplio—, finalizarían las
transformaciones por las que estaba ocurriendo, desde mediados
del siglo xix, la transición en el país al capitalismo industrial. Dentro
de ese periodo se sucedieron la etapa armada entre 1910 y 1917,
y de 1917 a 1938 la etapa correspondiente a la “revolución de las
relaciones sociales básicas” en la que se efectuó el ajuste de éstas con
objeto de posibilitar el sostenimiento del desarrollo industrial.

183
parte segunda: los fundamentos

Durante la etapa armada, un sector escindido del grupo


burgués —que encabezó la revolución liberal y, a diferencia de éste
que eventualmente se había aliado con los grandes terratenientes,
proponía la continuación del proyecto de desarrollo capitalista
terminó por enfrentarse con dicho grupo y ocupar, en su lugar, el
poder. En la etapa en cuestión se llevó a cabo, sucesivamente, la
ruptura del poder político y la destrucción de las fuerzas militares
porfiristas, así como la derrota del vi1lismo y del zapatismo y
la subordinación de éste —como aglutinador de las corrientes
populares— a la corriente burguesa, la cual plasmó su proyecto
social en la Constitución de 1917. A partir de ese año se inició
la transición al nuevo régimen, mediante la destrucción de las
reminiscencias locales del porfirismo en el país, tanto en las
estructuras de poder, como en las relaciones económicas y en la
ideología.

En 1920 surgió el Estado del sector burgués revolucionario,


y, aun cuando se había iniciado una alteración en la estructura
productiva, la hacienda seguía determinando las relaciones básicas
sin que se hubieran logrado implantar las correspondientes al
capitalismo industrial. Entre 1920 y 1940 se aceleró el proceso de
transición de acumulación originaria final; de 1920 a 1930, la lucha
política y social del Estado se efectuó en el campo mexicano, con
objeto de terminar con los reductos porfiristas, efectuándose el
rompimiento de las formas ideológicas porfiristas y la elaboración
de otras nuevas acordes con los cambios estructurales. En este
sentido, se llevó a cabo la labor de creación de la nacionalidad
por medio de una identidad propia, a través de la escuela rural,
las misiones culturales y el rescate del pasado indígena. Como
parte del enfrentamiento entre el sector burgués revolucionario
y el porfirismo sobreviviente, en este lapso se efectuó la lucha
armada entre el Estado y la Iglesia, en la que finalmente ésta salió
derrotada y tuvo que aceptar al nuevo régimen.

La dotación de tierras, como un aspecto de la lucha


contra el latifundismo porfirista, se había iniciado desde los
primeros gobiernos revolucionarios; sin embargo, su momento
culminante tuvo lugar durante el cardenismo, siendo éste un

184
lo general. la zona de estudio

lapso importantísimo en el proceso de acumulación originaria,


lográndose destruir los restos de la hacienda en cuanto a su papel
determinante de las relaciones básicas.

Las resoluciones presidenciales para la dotación de terrenos


ejidales en la zona lacustre se emitieron entre 1919 y 1943 a favor
de 15 municipios, en tanto que a Capulhuac, Almoloya, Joquicingo
y Texcalyacac nunca se les entregó ejido alguno. La obtención de
tierras ejidales fue un factor que posibilitó un eventual e incipiente
profundización de la estratificación económica en los municipios
de la zona.

Entre 1930 y 1940 se consolidó el Estado de la burguesía


revolucionaria, finalizando la destrucción del régimen anterior, y
terminando, también, el establecimiento de las nuevas estructuras,
con base en lo cual el capitalismo industrial inició su desarrollo.
“La relación capital-trabajo quedó firmemente establecida como
dominante y ordenadora de la reproducción social mientras que las
otras formas entraron en un proceso más acelerado de disolución
(De la Peña, 1984:96)”.

Desde 1941, en México se efectuó la instauración de las


tendencias básicas de la industrialización, tanto en lo relativo
a la formación de una planta industrial como en cuanto a la
transformación con un carácter industrial de las relaciones básicas
y los procesos —en la agricultura, el comercio y la administración.
Lo anterior acabaría de llevarse a cabo en la década de los
cincuenta, en tanto que, al inicio de ésta, había llegado a su fin el
cambio social fundamental para sostener el desarrollo capitalista
industrial en forma regular, y no bajo condiciones excepcionales
—como sucedió durante el periodo revolucionario.

En este sentido, aunque el Estado permitió la continuidad


del agrarismo y del populismo, los frenó hasta donde le fue posible
y los utilizó sólo como parte de los mecanismos estabilizadores
para retener a la población en el campo, cuidando de que no
obstaculizaran a la gran. empresa privada ni que impidieran la
apertura de espacios de rápido desarrollo capitalista.

185
parte segunda: los fundamentos

Durante el régimen alemanista —de 1946 a 1952— se


propició la identificación del sector burgués —que había llegado
al poder mediante la revolución de 1910— con la mayor parte de
la burguesía.

Esta convergencia se realizó en parte porque la gran derrota de los


movimientos obrero y agrario mostraba hasta al más tozudo, el carácter
del Estado y del régimen. Pero no menos por las oportunidades de
ganancia que se abrieron al extenderse las ventajas y protección a las
empresas en todas las actividades aunque con privilegio en el caso de
la industria. En esta forma la ampliación de las clases objetivas del
capitalismo se aceleró con la expansión de la acumulación a partir de
1950, sobre todo las explotadas en industrias y servicios, a costa de la
importancia relativa de campesinos, trabajadores por cuenta propia y
artesanos. De todas formas eran procesos capitalistas iniciales en muchos
sentidos. Todavía persistían los mecanismos de la acumulación originaria
y la violencia del Estado, aunque el modo de producción dominante (y
tal vez ya para entonces el único), era el del capitalismo industrial (Peña,
(1984:126-127).

En el contexto de la acumulación capitalista, en algunos


municipios de la zona lacustre, como es el caso de San Mateo
Atenco, tres acontecimientos constituyeron la base para el cambio
económico. El primero consistió en la nueva concentración
aumentada de la tierra —que arrancó con el triunfo del liberalismo
y tuvo una agudización durante el Porfiriato— con lo que
comienza de manera regular la proletarización de los indígenas,
particularmente del sector agrícola.

El segundo acontecimiento lo representó la Reforma


Agraria, en cuanto a que la obtención de tierras ejidales fue un
factor que posibilitó un eventual e incipiente profundización de
la estratificación económica en los municipios de la zona. Por
una parte, cuando se dotó, y en los casos en que hubo una o más
ampliaciones, con frecuencia varió la cantidad de tierra otorgada a
cada ejidatario, y por la otra, también tuvo lugar el acaparamiento
de varias parcelas entre algunos ejidatarios y sus familiares. Entre
los agricultores que pudieron reunir más tierra ejidal que el resto,

186
lo general. la zona de estudio

y en buena medida los que, dentro de este grupo, combinaron la


actividad agrícola con el comercio o alguna actividad artesanal,
empezaría a detectarse posteriormente un ascenso económico. El
último acontecimiento fue la desecación de la ciénaga, con lo que
los productores lacustres perdieron su objeto de trabajo.

187
parte segunda: los fundamentos

4. LAS REPERCUSIONES SOCIALES DEL


AMBIENTE ACUÁTICO

Como ha podido verse, la ciénaga de Lerma fue un aspecto


importante por el que la zona sur del Valle de Toluca se convirtió en
un objetivo estratégico. Esto, por un lado permitió su poblamiento
desde tiempos antiguos, así como el establecimiento de densas
concentraciones demográficas y la interacción de diversos grupos.
Pero, por otro, trajo aparejadas situaciones que implicaron una
gran violencia en varias etapas del proceso histórico, como es lo
relativo al desplazamiento del matlatzinca (Albores, 1985).

Este idioma pertenece a la rama otomí-pame, misma


que abarca a dos grupos, el primero de los cuales, el pameano,
incluye al pame del norte, al pame del sur y al chichimeco-jonaz,
que se hablaron fundamentalmente fuera de Mesoamérica, en el
momento del contacto con la población hispana. El segundo grupo,
denominado otomiano, abarca a dos subgrupos, el otomiano central
—integrado por el otomí y el mazahua— y el otomiano del sur
—compuesto por el matlatzinca y el ocuilteco, idiomas ubicados
dentro del territorio mesoamericano a la llegada de los españoles.

La zona lacustre formó parte del MatIatzinco, que fue el


territorio central de los matlatzincas hasta antes de la expansión
de los mexica, siendo Tollocan su cabecera más importante. Según
Carrasco (1950:30), aquél abarcaba al Valle de Toluca y zonas
aledañas, y dentro de su jurisdicción se localizaban pueblos
que no eran matlatzincas, como Xiquipi1co. El mismo nombre
de Matlatzinco se le daba a Toluca o a una de sus parcialidades.
De los principales centros otomianos de Mesoamérica, los de los
otomíes eran los únicos que se encontraban fuera de la región
conocida como Matlatzinco, mientras que los centros de los
mazahuas y aun de los ocuiltecas quedaban respectivamente
en el norte y en el sur, localizándose el de los matlatzincas en
la parte media de aquella región (Carrasco, 1950:30; Sahagún,
1956, v.III:201).

188
lo general. la zona de estudio

Desde 1162 hasta 1474, año en el que se inició la expansión


mexica hacia las regiones occidentales ocupadas por otomianos,
el matlatzinca fue el idioma del grupo mayoritario y hegemónico
de un amplio territorio. Éste abarcaba principalmente, a la llegada
de los hispanos, el sur y el occidente del Estado de México, el
oriente de Michoacán, el norte de Guerrero, y algunas localidades
de Morelos y del Distrito Federal. Sin embargo, al correr de los
siglos dicho territorio se redujo de una manera tal que, en el
transcurso de la presente centuria, el matlatzinca ha desaparecido
prácticamente de la antigua zona lacustre. Acá sólo sobreviven
—dentro del municipio de Mexicaltzingo— algunos hablantes
pasivos, como se denomina en términos técnicos a quienes aun
cuando entienden dicho idioma ya no lo hablan, y un grupo
reducido cuya lengua materna fue el matlatzinca. Asimismo,
después de haber ocupado una extensa área, el matlatzinca
ha quedado confinado, a la fecha, a una localidad del Estado
de México, que es San Francisco Oxtotilpan del municipio de
Temascaltepec.

Llama poderosamente la atención lo sucedido con el


matlatzinca al ver la persistencia, ya no digamos del otomí y
del mazahua, sino sobre todo del ocuilteca, debido a que desde
tiempos prehispánicos el centro de esta lengua lo constituyó
Ocuilan, donde se encontraba rodeado por otras comunidades
de habla conformando un islote lingüístico, no obstante lo cual,
o quizá debido a ello, ha sobrevivido hasta nuestros tiempos. A
pesar de que el mazahua fue prácticamente desterrado y de que
el otomí ha sido desplazado en alto grado de la antigua zona de
contacto, ambas lenguas todavía siguen hablándose en parte de
sus respectivos territorios centrales, que se ubican en la zona norte
del Valle de Toluca y constituyen un porcentaje importante en el
contexto nacional.

El idioma matlatzinca fue, de manera inicial, parcialmente


desplazado de la zona lacustre por el nahuatl. Aunque aquél
sobrevivió, destaca el corto periodo en que tuvo lugar su
desbancamiento a un segundo término: entre 1474 y 1519; el
contexto en el que acaeció: la ampliación bélica de los mexicas

189
parte segunda: los fundamentos

–de 1474 a 1476—, y la considerable magnitud del acontecimiento


lingüístico, a tal punto que _egún Harvey (1972, v. 12, part
one:302)— “if the spanish Conquest had come at the end of the
16th century, the conquerers and missionaries would not even have
found traces of the Matlatzinca”.

A partir de la invasión armada, varios acontecimientos


sociales causaron el inicio del desplazamiento del matlatzinca. En
primera instancia, el descenso de la población hablante de esta
lengua en la zona producido por los muertos en combate, por
los prisioneros sacrificados y por la emigración de matlatzincas,
quienes, al ser invadidos y derrotados, huyeron hacia otras áreas.
En fin, por el traslado de sectores hablantes de matlatzinca, a los
cuales —como parte de la política demográfica de los mexica
hacia los dominados— se les obligó a repoblar lugares ubicados
fuera de la zona lacustre. Además, en el contexto de la política
cultural e ideológica de los conquistadores hubo, como se
anotó, una inmigración a la zona de hablantes de nahuatl —que
fueron ubicados en ciertos lugares estratégicos, entre los que
destacan San Mateo Atenco, Mexicaltzinco (hoy Mexicaltzingo),
Totocuitlapilco, Tlaltelulco y Capulhuac. Contándose con esta base,
el nahuatl comenzó a ganar terreno debido a que, en respuesta a los
estímulos y presiones del estado mexica, la población bilingüe de
matlatzinca y nahuatl oriunda de la zona lacustre empezó a hablar
prioritariamente el idioma de los conquistadores (Albores, 1985).

Por lo que antecede, el desplazamiento del idioma


matlatzinca por el nahuatl se debió no sólo al descenso
demográfico del grupo aborigen, sino, de manera particular, a que
una parte de los bilingües de matlatzinca y nahuatl empezaron a
hablar este último, en detrimento del idioma nativo. Esto ocurrió
a consecuencia de la presión social a partir del aumento de la
población nahua y por el prestigio que alcanzó la lengua del grupo
invasor (Albores, 1985).

De esta manera, respecto a la época prehispánica, en


relación con el panorama lingüístico de la zona lacustre es posible
hablar de dos etapas; una anterior a la expansión colonizadora de

190
lo general. la zona de estudio

los gobernantes de la Cuenca de México en la que el matlatzinca


era el idioma de la población mayoritaria y del grupo hegemónico,
y otra posterior al dilatamiento del poderío mexica, en la que la
zona se encontraba ya invadida por los “mexicanos” (Soustelle,
1937:49). Para la llegada de los españoles, el idioma predominante
en aquélla era el nahuatl, el cual coexistía con el matlatzinca, el
otomí y el mazahua (Cazés, 1967:15; Quezada, 1972:10, 27-28;
Albores, 1985:25).

Durante la Colonia se acentuó el desplazamiento del


matlatzinca. Esto se debió fundamentalmente al desplome
demográfico, a la política lingüística seguida por los misioneros
y por la Corona respectivamente, y por último, al aumento de
población hablante de español en la zona (Albores, 1985). Las
principales causas de la baja poblacional fueron la guerra de
conquista y el hambre consecuente que causaron la muerte de
una parte de la población matlatzinca (Quezada, 1972:73-73;
Mendizábal, 1947, v.VI:82), las epidemias, y el trabajo impuesto
por los conquistadores.

Otro factor que contribuyó a la disminución de la lengua


matlatzinca fue el predominante uso del nahuatl que hicieron
los frailes, tanto franciscanos como agustinos, en la labor
evangelizadora iniciada en 1523. Esta utilización tuvo el respaldo
de Felipe 11, quien en 1570 declaró al nahuatl como idioma oficial
de los indios novohispanos (Heath, 1972:18-20). Posteriormente,
sobre todo durante el siglo xviii, los reyes de España procuraron
estimular la enseñanza del español; sin embargo, poco se
consiguió en la práctica. Esto se debió a la renuencia de laicos
y religiosos; los primeros para impedir que el conocimiento del
español disminuyera la distancia social existente entre indios y
peninsulares, que favorecía a estos últimos. Los frailes, por su
parte, consideraban que la mejor manera de lograr la penetración
entre la población indígena era comunicándose en su lengua nativa
(Heath, 1972:32).

No obstante lo anterior, la llegada de cuantiosa población


hispana, desde la primeras décadas de la Colonia, influyó para que

191
parte segunda: los fundamentos

el idioma de los conquistadores empezara a abrirse paso. Así, el


español junto con el nahuatl desplazaron, primero, al matlatzinca
y, después, aquél a los otros idiomas indígenas en general.

[En] la zona lacustre, las tendencias sociolingüísticas durante la Colonia


fueron en sentido de reforzar la generalización del nahuatl, situación
que ya encontraron los españoles y que existía, como se ha visto, desde
el dominio mexica, proceso en el que el matlatzinca disminuyó hasta
casi desaparecer. Pero, a lo largo de la Colonia se fue consolidando
también otra tendencia por la cual el español iría ganando terreno sobre
los idiomas nativos en general (Albores, 1985:32).

Durante el período de acumulación capitalista, mediante la


política económica se establecieron las bases para la transformación
del indio, de pequeño productor a la vez que peón de campo, en
proletario, acentuándose esta tendencia a la descampesinización
en la etapa porfirista. Fue entonces cuando empezó a aumentar la
emigración estacional a las plantaciones y a otros centros agrícolas
del país, así como la que a diario se efectuaba a las grandes
ciudades (Albores, 1985).

Debido a lo anterior, sin que hubiera una política


lingüística gubernamental, el indígena comenzó a tener más
necesidad de hablar español en forma preferente, tanto para
establecer la comunicación con los “ladinos” como para obtener de
éstos un mejor trato y un salario mayor. Así, el cambio económico
principiaría a incidir con mayor fuerza en la desaparición o
disminución acelerada de las lenguas indígenas de la zona.

En el censo nacional de 1878 (Quezada, 1974:19-22) los


habitantes fueron clasificados bajo la denominación de “razas”. La
población total de la zona en ese año ascendía a 133,191 habitantes,
de los cuales, el 63% correspondió a la raza indígena, el 33% a la
raza mixta, y el 4% a la raza blanca. En el censo se mencionan
los idiomas de cada municipio aunque no se precisa el número
de hablantes bilingües. Sin embargo, no cabe duda de que la
población hablante de lenguas indígenas —monolingüe, y sobre

192
lo general. la zona de estudio

todo la bilingüe— era aún la mayoritaria. No obstante lo anterior,


el panorama lingüístico muestra una franca disminución de los
idiomas indígenas, particularmente del mazahua y del matlatzinca,
mismo que entró a su etapa final.

De esta manera, de acuerdo con el censo mencionado y con


la información etnográfica complementaria (Quezada, 1974:19-20,
33; Soustelle, 1934:491), en los diecinueve municipios de la zona
se hablaba español y una lengua indígena. El mazahua no es
mencionado en el censo, lo cual nos indica que, más que significar
su desplazamiento total, manifiesta el grado de su disminución.
En relación con los idiomas que se citan en el censo, el matlatzinca
era el que tenía una distribución menor pues sólo se ubicaba en
Mexicaltzingo, en Calimaya y en los pueblos cercanos a Toluca. El
otomí, más extensamente distribuído que el matlatzinca, se hablaba
en ocho municipios. Por último, el nahuatl se hablaba en catorce
municipios, por lo que, si bien era la lengua más extendida, se
observa ya una disminución respecto a la amplitud que presentaba
en el siglo xviii.

Los efectos sociales de la transición al capitalismo se


presentaron agudamente entre 1910 y 1940, lapso en el que, como
se ha visto, tuvo lugar la Revolución Mexicana en sentido amplio.
Uno de aquéllos se manifestó en el idioma. En 1930, la situación
lingüística era totalmente contraria a la que prevalecía en 1878, ya
que, ahora, los monolingües de español representaban la mayoría
(78%) respecto de los bilingües (18%) Y de los monolingües de
lenguas indígenas (4%). En ese año, de los tres idiomas indígenas,
el matlatzinca contaba con 162 habitantes —del municipio de
Mexicaltzingo— que representaban el1 % del total. En cuanto a
los otros idiomas, cabe destacar un fenómeno muy interesante que
consistió en el desplazamiento parcial del nahuatl por el otomí
—en el transcurso de cincuenta años—, puesto que el segundo era
hablado por el 74% contra sólo el 25% que alcanzó el nahuatl. Este
último, a diferencia de 1878, dejó de ocupar el primer lugar.

En 1950, de la población total de la zona —283,987


habitantes—, el 14% —38,688 habitantes— era hablante de

193
parte segunda: los fundamentos

lenguas indígenas. De éstos, 78% hablaba otomí y 23% nahuatl,


siendo entonces cuando el matlatzinca dejó de consignarse en la
información censal por haber casi desaparecido.

194
lo particular. la perspectiva sincrónica

II

LO PARTICULAR. LA PERSPECTIVA SINCRÓNICA.


EL MODO DE VIDA LACUSTRE EN SAN MATEO ATENCO

5. LOS ASPECTOS ECONÓMICOS DEL MODO


DE VIDA LACUSTRE

El Municipio. Ubicación geográfica y conformación política:

El municipio de San Mateo Atenco se localiza en la parte media


de la zona lacustre del Alto Lerma —al noreste del volcán Nevado
de Toluca. Su cabecera está situada a una altitud de 2,219 msnm,
a 18 kilómetros de la capital mexiquense, sobre la autopista que
conduce a ésta desde el Distrito Federal (Gobierno del Estado
de México, 1970, t.I:245) (Ver mapa 6). En la actualidad limita
al norte con el municipio de Toluca, al oriente con el de Lerma,
y al occidente y sur con el de Metepec. Si bien durante la etapa
estudiada San Mateo estuvo integrado políticamente por doce
barrios de origen indocolonial, a partir de 1983 el barrio de
Guadalupe ascendió a la categoría de pueblo. En el municipio
se ubica también el fraccionamiento Santa Elena y las siguientes
colonias, que surgieron por el reparto agrario: Álvaro Obregón,
Emiliano Zapata, Reforma, Francisco I. Madero e Isidro Fabela.

La base territorial acuática

Hasta antes del desarrollo industrial, San Mateo Atenco era


socialmente similar a los otros pueblos de la zona lacustre, siendo
aun más representativo de las localidades ribereñas no sólo en lo
tocante al aspecto geofísico, sino también desde el punto de vista
económico.

195
parte segunda: los fundamentos

Mapa 6
Localización del municipio de
San Mateo Atenco
en el contexto estatal

196
lo particular. la perspectiva sincrónica

San Mateo se encuentra sobre lo’ que fue la margen


izquierda de los vasos lacustres de Chimaliapan y de Lerma, y
frente al municipio de este último nombre —que se sitúa en la
antigua margen opuesta. A través de la ciudad de Lerma y del
pueblo de San Mateo —un poco más al norte de la actual carretera
México— Toluca, precisamente en la parte en que ambos vasos
confluían— pasaba el viejo camino real que unía a la capital del
virreinato con Toluca.

El río Lerma, luego de recibir uno de sus afluentes,


llamado río Chico —o Arroyo de San Nicolás que nace en San
Miguel Totocuitlapilco (Gobierno del Estado de México, 1955:31)
—, descendía por el oriente del municipio y formaba los vasos
mencionados. Éstos quedaban parcialmente conformados dentro
de la jurisdicción municipal, constituyendo —hasta 1933, año
en que se nacionalizaron— los bienes comunales destinados al
usufructo de todos los habitantes de San Mateo. A partir de las
reformas liberales del siglo pasado, la mayor parte del territorio
restante, ubicado en tierra firme, se dividió en predios de propiedad
privada, y para principios del presente siglo subsistían además
numerosos terrenos, denominados fincas de los santos, que eran
bienes corporativos.

Uno de los aspectos que más denota la importancia


ambiental en el sur del Valle de Toluca es el relativo a las
demarcaciones territoriales, que son acuáticas. Estas delimitaciones
reciben distintos nombres —por ejemplo, zanjas o escurrideras en
San Mateo Atenco, carriles en San Pedro TuItepec, barrancas en
Mexicaltzingo—, debido a que fragmentan diferentes tipos de
unidades y a que expresan variantes locales. A nivel de la zona,
las líneas acuáticas dividen unidades mayores, ya sea municipios
o pueblos, a manera de divisorias externas, y en el contexto
municipal o de las localidades separan también unidades menores,
como la de los barrios, a modo de límites internos.

En lo tocante al municipio de San Mateo Atenco, el estrecho


vínculo con lo lacustre puede percibirse por su nombre mismo de
origen nahuatl: Atenco, que significa “al borde del agua” (Peñafiel,

197
parte segunda: los fundamentos

1885:58). De manera similar, porque su ubicación ribereña había


propiciado que en su territorio se reconocieran dos mitades,
secciones, o “partes” —como se dice localmente—, que eran la de
tierra firme, o “parte de arriba”, y la que se encontraba sobre la
ciénaga, o “parte de abajo” —construida artificialmente. “Casi la
mitad del municipio [menciona Valdés M. (1955:22)] se encuentra
en plena laguna”.

Además, porque tanto el eje que servía para separar,


de oriente a poniente, las dos mitades territoriales, como los
linderos de los barrios, que se establecían de norte a sur, estaban
constituidos por agua.

En efecto, la parte de arriba —conformada por los barrios


de La Concepción, La Magdalena, Santa María la Asunción, San
Isidro, San Miguel, y San Francisco— y la de abajo —compuesta
por los barrios de San Pedro, San Juan, San Nicolás, Santiago, San
Lucas, y Guadalupe— se localizaban a ambos lados de lo que fue
la Calle Real en los tiempos coloniales. De hecho, ésta marcaba el
límite entre la tierra firme y la porción territorial acuática que, cabe
decir, albergaban respectivamente a los habitantes terrestres y a los
que vivían sobre el agua.

Por otro lado, de poniente a oriente del municipio bajaban


las llamadas “escurrideras” a los lados de cada calle, y entre una y
otra, aproximadamente a cada sesenta metros de distancia, siendo
las “zanjas”, no las calles, las que delimitaban a los barrios de norte
a sur.

La complejidad que presentan estas demarcaciones


acuáticas en Atenco, la forma generalizada en que aparecen en la
zona lacustre, conformando una verdadera trama, y las referencias
con que se cuenta —de las que cabe citar una para 1594 (mencionada
en El Documento Barona, 1862:66-69), y otra para 1704, reportada
por Béligand (MS.:8-9), hacen pensar en un origen prehispánico
antiguo.

198
lo particular. la perspectiva sincrónica

El modo de vida lacustre:

Al comienzo de la etapa final del modo de vida lacustre


(1900-1970), la antigua república de indios de San Mateo Atenco
—que había adquirido el status de municipio en 1872— albergaba
principalmente a un sector de agricultores que transitaba hacia
una estructura capitalista, y a otro sector de productores lacustres
precapitalistas. La destrucción de las formas de propiedad
—vigentes desde la Colonia—, que comenzó a raíz de la
promulgación de la Ley Lerdo en 1856, había penetrado en San
Mateo Atenco, excepto en la porción acuática de su territorio. Es
decir, mientras que los agricultores desarrollaban buena parte
de su actividad laboral en predios de propiedad privada, la base
lacustre en la que los trabajadores del agua desplegaban la suya
se había mantenido como propiedad comunal. El cierre de la
transformación habría de darse en el transcurso de esta etapa.

Aun cuando el marco de referencia jurídico es ya


el municipio, durante la transición todavía puede hablarse
de la “comunidad” —que había sido constreñida al ámbito
municipal. A pesar de los cambios territoriales, económicos y
sociales, los distintos sectores productivos —cuyos modos de
vida tendían a diferenciarse cada vez más como consecuencia
de la diferenciación económica y social— se identifican por su
pertenencia “comunitaria” al municipio, por sus obligaciones
hacia el santo patrono del pueblo, y por la cohesión a partir del
“nosotros los de San Mateo” frente a los “otros” que se establece
en los términos delimitados por el municipio.

Durante la última etapa de la ciénaga, si bien la ganadería,


el trabajo artesanal, la elaboración manufacturera, la recolección de
vegetales terrestres y el comercio formaron parte de la economía
municipal, la principal base de ésta descansó en el trabajo lacustre
y el agrícola. Esta sección está dedicada al modo de vida de los
productores ribereños.

El modo de vida lacustre en San Mateo Atenco se apoyaba,


a partir de la base territorial acuática, en dos fundamentos. Uno

199
parte segunda: los fundamentos

económico, que consistía en las actividades que realizaba el sector


mayoritario de la población municipal ribereña para la obtención
y elaboración de variadas especies animales y vegetales, en
particular alimentos. El otro fundamento era socioeconómico e
implicaba la canalización de diversos productos entre los que
destacan dos tipos. En primer lugar, los comestibles, que se usaban
directamente —por los productores y sus respectivas familias—,
y en forma indirecta mediante las relaciones comerciales,
principalmente. En segundo lugar se encontraba la distribución
de plantas forrajeras —representadas por diversas especies
acuáticas— y otros vegetales —concretamente algunas variedades
de tule­empleados en la producción artesanal.

Producción lacustre:

En San Mateo Atenco, el conjunto de actividades lacustres


se circunscribía en el término “sacar” o en la expresión “ir” o “entrar
a la laguna a sacar”, y abarcaba la pesca, la “caza”, la recolección,
la extracción de fauna y de flora, y la captura de aves. Eran por un
lado trabajos a los que se dedicaba, total o parcialmente, un sector
de la población municipal que estaba integrado por pescadores,
cazadores y recolectores “de oficio”, quienes destinaban el producto
obtenido fundamentalmente para la venta.

De los trabajadores de oficio, los de tiempo completo


entraban diariamente a la laguna, habiendo algunos especializados
en la obtención de una o dos especies, en tanto que otros “sacaban”
animales y vegetales en forma diversificada trayendo de la ciénaga
“todo 10 que Dios socorría”. En cambio, los trabajadores temporales
sólo en ciertas épocas del año se ocupaban en la consecución de
frutos lacustres. La sacadura de fauna y de flora acuáticas también
se efectuaba con objeto de adquirir alimentos para el consumo
doméstico. Es decir, entre la población había un sector más, formado
por individuos que, aun cuando no eran trabajadores de oficio,
entraban a recoger productos lacustres para el gasto familiar.

200
lo particular. la perspectiva sincrónica

Para ejemplificar lo antes expuesto, mencionaré el caso


de la rana. Ésta era “cazada” —como se dice en San Mateo— por
especialistas y por gente no especializada; los primeros eran
individuos que se mantenían del apresamiento de ese batracio,
a cuya obtención se aplicaban todo el año. En 1950, a ocho años
de haberse iniciado el entubamiento del agua del Alto Lerma
hacia el Distrito Federal, el barrio de Guadalupe aún albergaba a
unos treinta o treinta y cinco hombres que del diario ingresaban
al lago para sacar ranas. Los cazadores no especializados se
consagraban a varias tareas a lo largo del año, acudiendo a “raniar”
en determinadas épocas, como la que comenzaba después de las
primeras lluvias y que abarcaba de mayo a agosto, siendo entonces
cuando aquella labor podía realizarse más fácilmente a la orilla de
la ciénaga.

Aparte de las especializaciones, existía un conocimiento


generalizado sobre las faenas lacustres entre la gente del pueblo
que trabajaba en la laguna. De esta manera, para 1940 (dos años
antes de que empezara la desecación de la ciénaga), “en el barrio
de Gudadalupe... la mayoría de los hombres sabía cazar ranas”, y
en toda la sección ribereña había pescadores de acocil. Asimismo,
la captura de la carpa era una de las tareas diversificadas que se
llevaba a cabo en San Mateo.

En el municipio la sacadura de productos lacustres era


realizada casi exclusivamente por los hombres. Las mujeres
participaban, a veces ellas solas en la orilla de la ciénaga y en otras
ocasiones junto con los hombres y los niños, en las tareas que se
llevaban a cabo en el borde ribereño y en las zanjas.

En San Mateo Atenco había muchas familias de pescadores


y cazadores, así como de recolectores de fauna y de flora acuáticas,
oficios que se transmitían de padres a hijos. La edad a la que
los hombres se iniciaban en estas operaciones era entre los ocho
y los catorce años, cuando aprendían con familiares o amigos,
empezando a trabajar “por su lado” de los quince a los diecisiete
años.

201
parte segunda: los fundamentos

Fauna lacustre

En relación con la fauna lacustre se desplegaban tres tipos de


actividades: la obtención del producto, la preparación para el
consumo o para la venta, y la comercialización, que se llevaban a
cabo mediante una división del trabajo con base en el sexo y en la
edad.

Como se ha señalado, la obtención del producto la


efectuaban primordialmente los hombres. En las actividades
realizadas en la ciénaga aquéllos llevaban en ciertas ocasiones o
en casos particulares a algún niño, o aún con menor frecuencia a
una niña, para que ayudara a separar y a acomodar el producto, y
en el primer caso, para que además fuera aprendiendo el oficio.

Entre las principales especies comestibles que constituían


la fauna lacustre local se encontraban las siguientes: carpa
(Cyprinidae sp.), juil (Cyprinidae sp.), ajolote (Ambystoma mexicanum),
rana, ahuilote o pescado blanco (Chirostoma sp.), acocil (Cambarellus
montezumae), salmiche (Chirostoma sp.), “támbula” —del orden
de los Godeidos— (nombre que, de acuerdo con El Documento
Barona (1862:31), es de origen matlatzinca), también llamado
pescado negro, atepocate, zacamiche, “pícaro” o “alacrancito”
(larva de libélula Odonata), mojarra, espejillo, popochas, charal
(Chirostoma sp.), “cucaracha”, “habita”, “padrecito” y almeja, como
puede verse en el cuadro 3, en el que se han agrupado de acuerdo
con los instrumentos y medios utilizados en su captura.

La carpa, que mide de 40 a 60 centímetros de largo, era la


especie más grande dentro de la fauna lacustre de toda la zona.
El juil, de veinte a treinta centímetros de largo; el ajolote, cuya
longitud varía entre veinte y veinticinco centímetros de largo,
y algunas ranas que medían de quince a veinte centímetros de
“ruedo” como se dice en San Mateo, o diámetro, pueden ubicarse
como las especies medianas. Finalmente, entre las especies
pequeñas se encontraban el acocil, de dos a seis centímetros de
largo; el “alacrancito”, de seis centímetros de longitud; el pescado
negro, de tres a cinco centímetros de largo; el salmiche y la almeja,

202
lo particular. la perspectiva sincrónica

de cinco centímetros de largo; algunas ranas con un diámetro de


cinco centímetros, y el pescado blanco que mide diez centímetros
de longitud.

CUADRO 3
Fauna Lacustre
Instrumentos y medios utilizados en su captura

Nombre común Nombre científico 1 2 3 4 5


Acocil CambareIlus montezumae X
Ahuilote Chirostoma sr. X
Ajolote Ambystama maicanum X
Almeja X
Atepocate X
Carpa Cyprinidae sr. X X X X X
Cucaracha X
CharaJ Chirostoma sr. X
Espejillo X
Habita X
Juil Cyprinidae sr. X X X
Mojarra X
Padrecito X
Plcaro X
Popochas X
Rana X X
Salmiche Chirostoma sr. X
Támbula Godeidae X
Zacamiche X

1: macla
2: chinchorro
3: fisga
4: anzuelo
5: a mano

El “alacrancito” y el zacamiche eran las dos únicas especies


temporaleras de la zona, habiendo mucho de este último en los
pueblos de San Lucas Tunco, San Pedro Tlaltizapán, Capulhuac

203
parte segunda: los fundamentos

y Lerma. Mientras que al sacamiche se le atrapaba entre mayo


y diciembre, encontrándosele en abundancia sólo de junio a
septiembre, el primero hada su aparición únicamente en época de
lluvias.

Con excepción de estos dos animalitos, “todo el año” era


posible encontrar cualquier otra especie comestible del lago. Gran
número de los capturadores ocasionales y de los pescadores de
oficio temporales iban a la laguna durante las épocas en que había
mayor cantidad de determinados productos, o cuando era más
fácil su captura, o bien, tratándose de los primeros, cuando sus
actividades principales les permitían dedicarse a sacar animales
acuáticos. Por lo general, la temporada en que esta parte de la
población entraba a la ciénaga era de mayo a septiembre, es decir,
en época de lluvias. Algunos pescadores y cazadores temporales,
particularmente “los que no eran del oficio”, acostumbraban ir a El
Espíritu Santo, correspondiente a uno de los sitios arqueológicos
del municipio.16

Para los que se ocupaban de tiempo completo en prender


fauna lacustre la época de secas era la mejor para su consecución,
pues en tiempo de lluvias o cuando había viento las olas que
se formaban en la ciénaga obstaculizaban la pesca. Debido a
que algunas especies, como el pescado negro, se atrapaban más
fácilmente que otras, como el pescado blanco, la mayor parte de
los trabajadores se especializaba en la captura del primero. Así,
aun cuando era posible efectuar la pesca, la caza y la recolección
a lo largo del año, de día y de noche, laguna adentro y en la orilla,
en lo bajo y en lo hondo, sobre la canoa y afuera de ésta, en forma
individual, en grupo, y colectivamente, había diversos factores
que propiciaban una u otra opción.

16
Este sitio estuvo dentro del área en la que Sugiura realizó su segunda temporada
de campo en 1979, y al que esta autora hace referencia con el nombre del “sitio 181, San
Mateo Atenco”. 1979:10-15.

204
lo particular. la perspectiva sincrónica

Por ejemplo, contándose con una presencia de ranas a


lo largo del año en la mayor parte de los espacios acuáticos y
ribereños de la zona, su caza se realizaba más frecuentemente
durante la noche, porque entonces se localizaba a las presas con
mayor facilidad, misma que no era tan extensible a su captura. La
extracción diurna la efectuaba sólo uno que otro cazador “muy
fino”, quien, con base en una larga experiencia, llegaba a aventajar
en productividad a los cazadores nocturnos. De esta manera se
clasificaba en dos grupos a los cazadores de tan apreciado anfibio,
a saber, “raneros de día” y “raneros de noche”.

Otro ejemplo lo constituye el ahuilote, en relación con


el cual, a nivel de todo el pueblo había un grupo de pescadores
diurnos que de vez en cuando también entraba de noche a “pescar
lo que cayera en la red”, pudiendo sacar, ocasionalmente, pescado
blanco tanto en la noche como en la madrugada. En general, la
pesca nocturna se realizaba mejor cuando había luna, ocasiones
en las que numerosos pescadores prescindían de su lámpara.

Dentro del sector de trabajadores de tiempo completo


había quienes pescaban en forma individual debido a que “cuando
íbamos en grupo algunos trabajaban menos y, de todos modos,
teníamos que repartirnos por igual el pescado”.

Al támbula podía encontrársele en toda la zona. En algunas


partes escaseaba; en otras, era fácilmente localizable, abundando
sólo en ciertos sitios. Un gran número de pescadores iba a los
llamados “vasos” u ojos de agua de la hacienda de San Nicolás
Peralta, como eran, por ejemplo, La Manga, Charco del Hada, San
Lorenzo, San Ignacio, Tenería, Los Cerritos, y Agua Blanca (en
cuyo fondo se encontraba también mucho juil). Había támbula en
Santa María Atarasquillo, San Mateo Atarasquillo, los ejidos de la
hacienda de Santín, por la carretera a Xonacatlán y por la carretera
a Naucalpan. Los ejidos de Chapultepec, San Pedro Tlaltizapán,
hacienda de Atenco, San Antonio la Isla, y Rambata, un antiguo
embarcadero del municipio de Texcalyacac, eran algunos de los
lugares donde se cogía mucho pescado negro.

205
parte segunda: los fundamentos

Los támbulas andaban en manchas, pudiendo hallárseles


tanto en lo hondo de la ciénaga como en lo bajito, en medio o en la
orilla. De manera similar a lo que sucedía con el ahuilote, más que
en cualquier otro tiempo, era durante la época de reproducción,
en mayo, cuando afluía el pescado negro a las yerbas lacustres,
a donde “llegaban las hembras a echar sus crías”.

Sin embargo, no siempre podían pescarse támbulas con


la misma facilidad, existiendo épocas y condiciones más o menos
propicias. La condición meteorológica óptima para su captura
la constituía el sol radiante, tanto porque entonces el pececito
emergía a la superficie de la laguna para asolearse como porque
el ambiente favorecía a los propios trabajadores. La hechura de las
trampas, llamadas “corrales”, con las que comúnmente se atrapaba
al pez negro, requería que los productores lacustres entraran a la
ciénaga con el mínimo de ropa. Ésta era la razón por la que no
todos los pescadores estaban dispuestos a meterse, en invierno,
al agua helada pues, en ocasiones, los “corraleros” salían de la
ciénaga “morados de frío”. El viento levantaba olas en la laguna,
que espantaban al pez negro, dificultándose su captura. Durante
el día, sobre todo con sol radiante, el támbula acostumbraba
“calentarse” —como lo indican los vecinos de Atenco— entre la
yerba de los lugares bajos de la ciénaga.

En la hacienda de San Nicolás Peralta cundía el ahuilote


o pescado blanco, habiendo poco en Almoloya del Río y en
Guadalupe, barrio de San Mateo Atenco.

Al igual que el támbula, se hallaba carpa en todo tiempo,


aumentando durante el mes de octubre, cuando ya había subido el
nivel de la ciénaga y las hembras buscaban los “llanitos” de yerba
lacustre para desovar, tal como sucedía con el pescado negro, el
ahuilote y el juil. Algunos de los lugares con mucha carpa eran el
sitio El Espíritu Santo y el barrio de Santiago, ambos del municipio
de San Mateo, y un área lacustre conocida como Agua Blanca.

También, todo el año se encontraba pato silvestre, si bien


entre fines de agosto y marzo, y sobre todo desde octubre, se

206
lo particular. la perspectiva sincrónica

abría la temporada de caza más importante porque eran los meses


en que llegaba el mayor número de especies. Los voladores se
atrapaban mediante varias formas.

a) Medios e instrumentos de trabajo

En la captura de fauna lacustre se empleaban diversos


medios e instrumentos que pueden ubicarse en dos categorías. En
primer término, los de uso generalizado como, en lo que se refiere a
los medios, la canoa (grande y pequeña); dos tipos de remos, la pala
y la garrocha, el “cajete” y el “hachón” —que fueron sustituidos
por la lámpara—, y, en cuanto a los instrumentos más importantes,
las redes y las fisgas (ver figura 2). En segundo término, los de
empleo restringido a ciertas formas específicas de obtención de
cada producto, a los que me referiré posteriormente.

Era común que los pescadores y cazadores no especializados


trabajaran más a bordo de la canoa y con un mayor número de
instrumentos que los trabajadores de oficio, llevando una o dos
redes y una fisga, además de la canoa, la garrocha y la pala de
remar.

Canoa. Se usaba la canoa chica en sus dos variantes,


la “chalupita” y la “chalupa”, que daban cabida a una y a
dos personas, respectivamente. La primera la utilizaban con
mayor amplitud los trabajadores de oficio, particularmente los
especialistas; en cambio, los productores no especializados tendían
a emplear el segundo tipo de canoa, el cual, si bien tenía cupo para
dos individuos, era utilizado por una sola persona. Con excepción
de los “raneros de día”, quienes manejaban la canoa más chica
acostados boca abajo, las dos variantes de canoa pequeña, es decir,
tanto la chalupa como la chalupita se propulsaban mediante varias
posiciones: arrodillada, de pie, en cuclillas, o sentada, utilizándose,
en el último caso, “una tablita” o un banquito. Estas canoas debían
remarse por la parte media pues no “aguantaban” a una persona
en sus “puntas”.

207
Figura 2
Captura de fauna lacustre:
medios e instrumentos de trabajo

208
parte segunda: los fundamentos
lo particular. la perspectiva sincrónica

Remo. El remo con un remate aplanado, llamado también


pala de remar, servía para impulsar la canoa en las partes hondas
de la ciénaga, y era de dos tamaños. Uno “grande” —según la
clasificación local—, que medía de metro y medio a dos metros, y
otro “chico”, de alrededor de metro y diez centímetros de longitud.
La manipulación del remo se hacía mediante una posición sentada,
de paxclales (acurrucada), o hincada, a diferencia del uso de la
garrocha, que implicaba una permanencia de pie.

Garrocha. En San Mateo, “garrocha” era el término con


el que se nombraba, en sentido amplio, a maderos cilíndricos,
livianos, de diferente grosor y longitud que se empleaban con
fines diversos. En sentido restringido, el mismo término se refería
a un medio utilizado en el transporte lacustre: el remo rollizo,
de unos diez centímetros de grueso y de dos metros y medio a
cuatro metros de longitud. La garrocha se ocupaba para empujar
la canoa o para dar la vuelta en las partes poco profundas de la
ciénaga no sólo durante el tránsito que realizaban los trabajadores
hasta los lugares en los que desempeñaban sus actividades,
sino también durante algunas de éstas; por ejemplo, durante
la realización de ciertas formas de pesca, cuando se “arriaba” a
la presa para que cayera en las redes. Como ya se mencionó, el
individuo que utilizaba la garrocha en la navegación debía estar
de pie. Las garrochas se ocupaban también en la confección de
dos instrumentos: la fisga, y la macla.

Fisga. La fisga se utilizaba para atrapar animales grandes,


como las carpas adultas, y medianos, como el ajolote, el juil y la
rana, así como para atrapar patos silvestres. La fisga consistía en
una garrocha de tres o cuatro metros de longitud que constituía el
cuerpo del instrumento. En uno de sus extremos portaba ya fuera
sólo una, o de tres a seis puntas metálicas, llamadas agujas, de
aproximadamente treinta centímetros, con las cuales se “ensartaba”
la presa. En San Mateo, todas las agujas eran lisas y casi siempre
del mismo tamaño, excepto en algunos instrumentos en los que
había una más pequeña. En la hechura de las fisgas de una aguja
se empleaban garrochas delgadas, y gruesas en las de tres a seis
agujas. En San Mateo Atenco la fisga de una aguja se utilizaba

209
parte segunda: los fundamentos

exclusivamente para la caza diurna de la rana. En cambio, en la


nocturna se empleaban fisgas de tres a seis agujas, al igual que
en la caza de los otros animales que han sido mencionados. De
estas últimas fisgas, la que se usaba con mayor frecuencia era la
de cinco agujas de un mismo tamaño.

Redes. a) Macla. Es la red elíptica que varía tanto en la


dimensión de la red en sí como en el tamaño de los “ojos” o
espacios de la malla. Se utilizaba en la captura del pescado negro,
del salmiche, del acocil, del pescado blanco, del atepocate, del
ajolote, del juil y de la carpa. La macla estaba formada por la red
propiamente dicha o malla, el aro de la red que se hacía con una
garrocha delgada y era de donde pendía la malla, y la “pata” de la
red que se confeccionaba con una garrocha gruesa y consistía en
el mango o parte por donde se sostenía la macla. b) Chinchorro.
Es la red rectangular que se utilizaba únicamente en la pesca de
carpas grandes.

Cajete. Se utilizaba en el trabajo nocturno para iluminar


el camino y “para deslumbrar a algunas presas”. Consistía en
una olla chica de barro, la cual, a la vez que era la base en la que
se quemaría el ocote, se empotraba en una media olla grande,
también de barro. Ésta se ponía “parada”, pues hacía las veces de
“pantalla”, para que la luz no molestara al conductor de la canoa.
El cajete se instalaba sobre varias piedras para evitar que la chalupa
se quemara. Este medio auxiliar fue reemplazado por la lámpara
de “calburo” o carburo.

Hachón. Era un recipiente que se confeccionaba con una


cazuela, con una hoja de lata o con una lata, en el que se ponía estopa
o hilachos y combustible, y se sujetaba a la parte delantera de la
canoa mediante un alambre que pendía de un tubo de fierro.

Aparte de la cacería de aves, sobre la que se tratará


posteriormente, en la captura de algunas especies podían utilizarse
diferentes instrumentos o medios de trabajo. Por ejemplo, la pesca
de la carpa se realizaba con chinchorro, macla, o fisga, y estos dos
últimos instrumentos servían para la del juil y la del ajolote. En el

210
lo particular. la perspectiva sincrónica

caso de la rana se usaba preponderantemente la fisga; sin embargo,


en algunas ocasiones el atrapamiento de ésta se efectuaba con
piedras o sólo con las manos, actividades a las que no únicamente
se les denominaba “caza” (“la caza de la rana con piedras” o “caza
de la rana con las manos”) sino que, con frecuencia se les llamaba
“agarradura” (“íbamos a agarrar ranas con piedras o con las
manos”).

La fauna del lago era atrapada con el empleo de técnicas


especializadas o de técnicas generales (ver figura 3); entre las
primeras están, por ejemplo, los “corrales” para pescar támbulas,
la pesca del ahuilote con manojos de tule, la caza diurna de la rana
y la pesca de carpa con chinchorro. Las técnicas generales eran
principalmente las siguientes:

b) Técnicas

Las que se efectuaban de día, afuera de la canoa:

En las partes bajas de la ciénaga. Generalmente la pesca del


acocil y del atepocate tenían lugar afuera de la canoa, debido a
que estas especies se encontraban con frecuencia cerca de la orilla
de la ciénaga. El pescador, una vez en el agua, colocaba la macla
adelante de él, apoyando la “pata” de la red en su pecho, después
de lo cual empezaba a pescar .al ir caminando hacia el frente.

Al borde de la ciénaga. a) Presas. Éstas se hacían en las zanjas


que canalizaban el agua de las partes altas de la zona hasta la laguna.
Las presas eran hechas generalmente por quienes no tenían canoa
para entrar al lago, y, en las ocasiones en que los peces abundaban
en las zanjas, también por los pescadores que contaban con dicho
medio de trabajo. b) Sobre el bordo. Sentado el pescador en el bordo
(que, como ya se ha visto, era una franja construida cerca de la
ribera con tierra del fondo del lago y capas de vegetales lacustres)
o en la orilla de la laguna, sosteniendo la macla, esperaba a que
cayeran los peces.

211
parte segunda: los fundamentos

Formas de pesca
Figura 3

212
lo particular. la perspectiva sincrónica

Las que se efectuaban indistintamente de día o de noche, sobre la


canoa:

Cuando el pescador trabajaba sobre la canoa se “sentaba


de paxclales” (es decir, se acurrucaba) o se hincaba, viendo hacia
la parte delantera de la canoa. La pesca sobre la canoa se hacía
de dos maneras.

En la primera forma se utilizaba la macla de “ojo” chico,


la cual “nada más se sumergía y se sacaba todo tipo de pescado,
desde lo más chico hasta lo más grande”. Mediante esta forma se
empleaban dos técnicas: Cuando había presa a la vista. En este
caso se metía la red en el agua con un movimiento al frente, y
luego se sacaba ya con el producto. Cuando no había presa a la
vista. El pescador metía la red en el agua a un lado de la canoa y
esperaba a que cayera la presa, esto es, hasta que sentía pesada la
red. Entonces, sacaba la red, sacudía la hierba lacustre que venía
adentro de ésta y echaba el pescado directamente a la canoa, o
en un recipiente. Después, al encontrarse ya en su casa, apartaba
las distintas clases de animales capturados. Los pescadores no
especializados podían tener dos redes: una de ojo grande para la
carpa y otros peces grandes, y otra de ojo chico para el acocil y
los peces pequeños.

La otra técnica general se llevaba a cabo utilizando la fisga,


“picando la hierba lacustre [que se encontraba en la superficie de la
laguna y, cuando después de ensartar se sentía que algo forcejeaba,
se sacaba la garrocha inmediatamente”. Este procedimiento se
efectuaba para atrapar, peces grandes y ranas.

Mediante las técnicas de pesca nocturnas, que no eran


especializadas, “se atrapaba lo que cayera en la red”.

Algunos de los trabajadores que entraban a la ciénaga a


sacar fauna lacustre en el día, partían a las siete de la mañana y
terminaban a las tres de la tarde, que era cuando se disponían a
regresar, llegando de nuevo a su casa como a las seis de la tarde.
Un grupo de pescadores del barrio de Guadalupe, especializado

213
parte segunda: los fundamentos

en la captura del ahuilote, salía a las cinco de la mañana para


llegar a “buena hora” a San Nicolás Peralta a iniciar la pesca.
Por su parte, los corraleros se ponían en camino comúnmente
a las siete de la mañana y terminaban hacia las tres de la tarde,
emprendiendo, entonces, el regreso. “Cuando íbamos a los charcos
de San Nicolás Peralta, llegábamos al barrio de Guadalupe a las
seis de la tarde”.

Las personas que recogían zacamiche se ausentaban


como a las cinco; a esa hora, “cuando aún no calienta el sol,
encontrábamos a los zacamiches durmiendo, luego, con el sol,
el zacamiche caminaba hacia arriba y hacia abajo en las hojas de
zacate”.

Entre los pescadores nocturnos había quienes salían de su


casa a las cinco de la tarde, llegando al lugar de pesca alrededor de
las siete de la noche. Entonces cenaban, y a continuación pescaban
toda la noche hasta cerca de las cuatro de la madrugada, “cuando
salía el lucero de la mañana”, hora en que emprendían el regreso.
Luego de tres horas de navegación alcanzaban su casa, donde,
después de almorzar dormían durante el día para levantarse
alrededor de las tres de la tarde a preparar de nuevo su salida.
Ésta habría de efectuarse al igual que la precedente, a las cinco de
la tarde. Desde luego, había otros que salían más temprano.

c) Captura de fauna lacustre

Carpa (Cyprinidae sp.): La carpa era el pez de mayor


longitud de toda la zona, y por lo común pesaba seis o siete kilos;
a veces un poco más, y excepcionalmente hasta veinticinco kilos.
Su captura se hacía con fisga, con anzuelo, o con las manos, o bien
con redes de “ojo” grande, tanto elíptica o macla como rectangular
o chinchorro.

Con macla. En la pesca de la carpa se utilizaba macla de


“ojo” grande, que medía un poco más de cuatro centímetros de
lado. El procedimiento se llevaba a cabo individualmente, aunque

214
lo particular. la perspectiva sincrónica

con frecuencia se reunían de seis a siete pescadores que formaban


el tlatehui o “grupo de pescadores” para entrar juntos a la laguna,
no obstante que cada quien pescaba por separado.

Otra técnica de pesca con macla era la “presa”, que se


hacía con hierbas lacustres generalmente en la desembocadura
de las zanjas. Las presas también se “ponían” en las partes de
las escurrideras que estaban un poco más alejadas de la laguna,
cuando los lugares cercanos a ésta se encontraban ocupados, o
en las ocasiones en que hubiera una mayor cantidad de peces
en dichas partes. Los pescadores se metían a la zanja o desde
la orilla juntaban, con una “garrocha” (de agujas) o un azadón,
“tamborcillo”, “lantejilla” u otras plantas lacustres para tapar los
lados de aquélla.

Después de hacer la presa, los trabajadores lacustres,


adentro del agua o desde las orillas de la escurridera, “rebotaban”
el agua para que las carpas se “marearan”, es decir, para que
se asustaran y subieran a la superficie, momento en que los
pescadores metían las maclas para atrapadas. Para rebotar el
agua desde las orillas de la zanja se amarraba una piedra con un
lazo, cuyos extremos dejaban lo suficientemente largos para que
pudieran ser agarrados por dos pescadores, quienes se colocaban
a cada lado de la zanja. Y así, sosteniendo cada pescador un
extremo del lazo empezaban a caminar, yendo y viniendo a lo
largo de la presa, con lo que “rebotaban” el agua.

Una variante de la presa consistía en cerrar un extremo de la


zanja, asustar luego a los peces conduciéndolos al extremo opuesto,
donde se colocaban las redes para que aquéllos cayeran.

La presa era una de las formas en que se atrapaba mayor


cantidad de carpa, y una vez que determinado pescador la había
puesto nadie más debía utilizada.

Con chinchollo. La técnica de pesca con chinchorro se


efectuaba de manera individual en las partes poco profundas del
lago. Las redes aplanadas, que medían de dos a quince metros por

215
parte segunda: los fundamentos

aproximadamente una brazada de ancho, se colocaban abajo de la


superficie de la ciénaga “metiéndose el sol”. Se fijaban a lo largo
con varias estacas a cada dos o más metros; por ejemplo, “para un
chinchorro de quince metros se necesitaban unas ocho estacas y,
para otro de ocho metros unas tres o cuatro estacas”.

Las carpas caían durante la noche al introducir la cabeza


en los “ojos” de la red, y en la madrugada del día siguiente el
pescador regresaba a recogerlas. Para matarlas sacaba carpa por
carpa y les daba un golpe en la cabeza con un “palo o garrotito”,
echándolas en seguida a la canoíta. Al terminar, estando aún en la
ciénaga el pescador enrollaba el chinchorro en torno de la primera
estaca que había quitado para transportarlo hasta su casa. Al llegar
a ésta, extendía el chinchorro con objeto de que se secara a tiempo
para cuando fuera de nuevo a ponerlo en la tarde.

Con fisga. En San Mateo Atenco las carpas se atrapaban


con fisga o garrocha de cuatro, o, con mayor frecuencia, de cinco
agujas. La forma de pesca era individual, mediante la utilización de
la técnica general que se ha mencionado en párrafos anteriores.

Con anzuelo. En la pesca de la carpa, los que no tenían redes


o “los que pescaban por gusto” utilizaban anzuelo metálico de dos
centímetros, el cual iba sujeto a una “jareta” de aproximadamente
cuatro o cinco metros de largo.

A mano. El atrapamiento de carpa con las manos se


efectuaba en las partes bajas de la ciénaga, en particular en las
grietas que se formaban en las paredes de las zanjas, en las cuales
se acostumbraba buscar a las carpas introduciendo las manos en
aquéllas.

Juil (Cyprinidae sp.). El juil, al cual se le llama también cuil,


y, en plural, cuiles, juiles y juilas, “era como pescado sierra, pura
carne; se pareda a la sardina”. Era delgado, “de color blanco o,
mejor dicho plateado”. En la época de desove, “los pescadores no
comían las huevas... porque eran muy pegajosas, pero tampoco
las destruían”. El juil se pescaba con macla, con fisga, y en

216
lo particular. la perspectiva sincrónica

menor proporción con anzuelo, usando las técnicas generales


mencionadas.

Ajolote (Ambystoma mexicanum). “El ajolote habitaba en


aguas profundas y claras, sin hierba, y ahí iba a cazarse”. En San
Mateo Atenco el ajolote se cazaba con fisga de cinco agujas lisas.
El pescador tomaba una fisga en cada mano y, sentado en su
canoa, las llevaba metidas en el agua, paralelas a la canoa, como si
fueran remos. y todo era ver a un ajolote y “ensartado” o, cuando
sentía que alguno quedaba atrapado en una de las garrochas
rápidamente la sacaba del agua. El ajolote “que va en proceso de
cambio, cuando ya le están saliendo sus extremidades y está a
punto de perder la cola se le denomina ‘achupín’, pescándosele
entonces con la misma red que se utilizaba para el acocil”.

Rana. En la zona lacustre había distintas clases de ranas


comestibles que eran objeto de caza. El “ruedo” o diámetro de
las ranas más grandes era de 15 a 20 centímetros, y su peso hasta
de un kilo; en cambio, las pequeñas medían alrededor de cinco
centímetros. Algunas de las ranas más comunes eran las que en
seguida se nombran:

Rana negra grande, de unos quince o veinte centímetros


de diámetro. “Antes se agarraba casi pura negra”.

Rana parda, “color’ tierra”, grande, de unos quince


centímetros de diámetro.

Ranilla “ranacuajo”, chica, de color verde.

Rana “cuaja”, verde con negro.

“Habían otras ranas chicas, de unos cinco centímetros


de diámetro; unas de color verde oscuro y otras de color
verde claro con manchas pardas”.

La cacería de ranas se efectuaba laguna adentro o en la


orilla de la ciénaga, y los medios de trabajo que se usaban eran la

217
parte segunda: los fundamentos

chalupita (canoa pequeña, para un solo individuo); una pala para


remar y dos tipos de garrochas con agujas para cazar.

Caza diurna con “fisga de una aguja”. En la “cacería” de la


rana con fisga, lo común era que el “cazador” divisara o detectara
a su presa por los ojos de ésta, pues era lo único que la rana
sacaba sobre la superficie del agua. En la noche era fácil ver a
las ranas “porque sus ojos brillaban con la luz de los hachones
o de las lámparas de calburo” que los cazadores llevaban en su
chalupita. En cambio, de día era muy difícil percibir los ojos de
la rana, debido a lo cual la cacería que se efectuaba con la luz del
sol requería una alta especialización. En efecto, el cazador debía
permanecer, sobre la chalupita, tendido boca abajo con objeto de
que sus ojos estuvieran lo más próximos a la superficie del agua
para enfocar mejor a su presa. Además, al ir acostado, el cazador
podía más cómodamente llevar la fisga debajo de la superficie
del agua, sosteniéndola con una mano a un lado de la canoa, o
simplemente dejándola flotar, lo que facilitaba la acción.

Al mismo tiempo que navegaba, el cazador iba alerta.


Luego de divisar alguna rana, la ensartaba con la fisga, la dejaba
flotando y se aproximaba a agarrarla. La separaba de la fisga,
procediendo después a quebrarle sus patas traseras para que
no pudiera regresar al agua. Mediante el mismo procedimiento
el ranero fisgaba cada una de sus presas. Las ranas cazadas se
colocaban en un chiquihuite o en un “huacal”, consistente en una
especie de caja con tapa.

Caza diurna “sobre la espuma”. Una técnica de caza diurna y


no especializada, a la que se ha hecho referencia con anterioridad,
se realizaba ocasionalmente de manera individual cuando el ranero
navegaba laguna adentro. Consistía en clavar la garrocha de varias
agujas a través de las burbujas que se formaban sobre la superficie
de la ciénaga “pues podía tratarse de una rana sumergida”.

Caza diurna a mano. En una forma de cacería con las manos,


por parejas, intervenían dos hombres, o bien un hombre junto con
una mujer o un niño o niña. Se efectuaba durante el día en las

218
lo particular. la perspectiva sincrónica

partes poco profundas de la orilla, “tentando o tenteando el fondo


del lago... En el lodo se tacteaba y se agarraban [las ranas]”. Si al
asir una rana con una mano aprisionaba una segunda con la otra
mano, se sacaba del agua a la primera y se le mordía la cabeza o
las dos patas traseras, “no la parte superior de la pata, que era a
la que llamábamos pata, sino la parte inferior, llamada patilla, con
lo cual, aunque la rana no moría ya no podía moverse”. Cuando
se prendía s6lo una rana era posible romperle sus patas traseras
con la mano que quedaba libre. Después de inutilizar a las ranas
el cazador las echaba afuera, hacia el bordo, y la otra persona, que
iba sobre aquél, se encargaba de recogerlas.

Caza nocturna. Por la noche, las ranas podían cazarse de


manera individual en la orilla o laguna adentro; los que no eran
cazadores de oficio lo hadan por lo general en la orilla, en tanto
que los raneros de oficio cazaban en ambas partes, es decir, en la
orilla y en “las partes de adentro” de la ciénaga. Los raneros de
noche que cazaban laguna adentro utilizaban una garrocha de
cinco agujas, una canoa pequeña y angosta con tres separaciones
en la que cabía una sola persona, y un hachón de ocote. El cazador,
que debía tener buena puntería, iba sentado en un banquito. Asía
en una mano la garrocha y la pala de remar en la otra. Navegaba
despacio y silenciosamente, pues si se producía algún ruido o si
llegaban a formarse algunas olas, las ranas se ahuyentaban. Al
descubrir una presa el ranero se ponía en cuclillas y ensartaba a la
rana con la garrocha.

Como ha podido verse, tanto de día como de noche a las


ranas se las detectaba de dos formas. La primera era de manera
directa por los ojos que aquéllas sacaban del agua, a ras de la
superficie de la laguna, y que de noche con la luz del cajete o la
lámpara “brillaban”, siendo entonces el momento de ensartarla
con la fisga. La otra forma, indirecta y menos segura que la
primera, era mediante una especie de espuma que se veía en la
superficie de la ciénaga, la cual generalmente era producida por
una rana sumergida, “entonces se clavaba la garrocha y bien podía
sacarse una rana o una culebra”.

219
parte segunda: los fundamentos

Después de que la rana era fisgada, se le rompían las patas


para que no saltara a la laguna, o se le “quitaban las cuerditas de
la espalda, y en seguida se moría”. Las ranas se ponían en cubetas
o en otros recipientes.

Caza nocturna sobre el pasto. La cacería nocturna también se


acostumbraba efectuarla a pie, sobre el pasto. Esta forma colectiva
de caza, en la que participaban conjuntamente no sólo hombres
sino también mujeres y niños, se realizaba sobre todo después de
que había llovido, ya que durante la lluvia la rana “subía” o salía
al llano a la parte donde el agua estaba más baja, lo que facilitaba
su captura.

Caza nocturna en aguas bajas de la orilla. Otra manera


colectiva de cazar ranas, en la que además de los hombres tomaban
parte las mujeres y los niños, era la que se realizaba en la orilla
de la laguna, a poca profundidad. Consistía en seguir las huellas
que las ranas dejaban sobre el pasto, al final de las cuales era fácil
descubrir dónde se habían sumergido pues la rana “hacía burbujas,
como espuma”.

La caza en la orilla, sobre el pasto o a poca profundidad,


se llevaba a cabo con las manos (que era como, por lo general,
participaban mujeres y niños) o con garrocha de cinco agujas. Para
alumbrarse se usaba un hachón o una lámpara de carburo. Después
de ser atrapadas, a las ranas se les quebraban las patas y se ponían
en una canasta. “Por 1950 se cazaba mucha rana; yo podía llenar
un costal”.

Captura en la milpa. Algunos tipos de rana, como la “rana


cuaja”, se encontraban frecuentemente en las milpas, donde “se
agarraban con las manos o a piedrazos”, participando hombres,
mujeres, y niños.

Ahuilote o pescado blanco (Chirostoma sp.). Conocido con


los nombres de ahuilote, amilote, y pescado blanco, “aunque en
realidad es plateado y brilloso”, este pez, de aproximadamente
diez centímetros de largo, abundaba todo el año en la ciénaga. Al

220
lo particular. la perspectiva sincrónica

contrario de la hembra del pescado negro, que “saca los pececitos


ya formados”, la hembra del pescado blanco, de mayor tamaño
que el macho, “echa huevera”. En ambas especies la época de
reproducción es en mayo, tiempo en que el ahuilote “echa la
huevera al agua”, o mejor dicho, sobre la hierba lacustre y, en
pocos días salen los pececitos blancos.

El ahuilote se pescaba en agua profunda y “donde estaba


más limpio”, es decir, donde no había mucha yerba. Este pececito
nadaba muy rápidamente, lo cual hada que su captura fuera
más difícil que la del támbula, por lo que relativamente pocos
pescadores se especializaban en su sacadura.

A diferencia de la pesca del támbula, que con frecuencia


tenía lugar colectivamente, la del ahuilote era individual y se
efectuaba durante el día desde la canoa. Se utilizaba una chalupita
o canoa pequeña, una garrocha y una red de metro y medio de
fondo, y de ojo más grande que la empleada para el pescado negro
debido a que el ahuilote medía el doble que éste.

En la captura del pescado blanco se utilizaba una garrocha


de cuatro o cinco metros de largo, la cual llevaba, desde poco
después del principio de uno de sus extremos hasta donde el
otro extremo finalizaba, unos manojos de tule “ancho”. Éstos se
amarraban a la garrocha con mecate o hilo aproximadamente a
cada medio metro.

La garrocha con manojos se afianzaba en la “punta”


delantera de la canoa, “sosteniéndola fuertemente con una tablita
atravesada” de manera que los tules quedaran flotando en el
agua. Los manojos se hadan de la parte “blanca” del tule que se
hallaba sumergida en la ciénaga y que medía alrededor de un
metro, es decir, era la parte que iba desde la raíz de la planta, que
penetraba en el lodo del fondo de la laguna, hasta la superficie de
la misma. Parece que estos tules corresponden al tolmimilli, citado
por Sahagún (L.XI, f.183r), que son unas “juncias, a lo blanco que
tienen debajo del agua llaman aztapilli o oztopili”.

221
parte segunda: los fundamentos

Los tules “blancos” se empleaban con objeto de que el


reflejo de la luz solar, que aquéllos producían “ya en manojos y en
movimiento”, “espantara” a los ahuilotes cuando el pescador se
les acercaba y nadaran hacia la macla que se había preparado de
manera previa con mucho cálculo. Esta forma de pesca únicamente
podía llevarse a cabo durante los días con sol brillante, cuya luz no
sólo “se utilizaba para deslumbrar al ahuilote” sino también para
que el pescador tuviera suficiente visibilidad al atajar con su red
a la presa.

El pescador iba solo, sentado en la parte media de su canoa,


llevando además de ésta su macla y su pala de remar, sin que
necesitara la garrocha para empujarse puesto que el atrapamiento
del ahuilote tenía lugar en lo hondo de la ciénaga. Sosteniendo
la red en la mano derecha, el pescador remaba poco a poco con
la izquierda. Al ver una mancha de ahuilotes, colocaba la red y
esperaba a que la garrocha con tules llegara hasta los peces. Éstos,
al “asustarse” con el reflejo del sol nadaban de inmediato hacia la
macla, siempre que ésta hubiera sido puesta de la manera correcta
y se la maniobrara adecuadamente.

En la pesca del ahuilote sólo era necesaria la participación


de un pescador, aunque podían ir dos pescadores juntos para
acompañarse, pero no un grupo mayor. Como ha podido
verse, esta técnica de atrapamiento implicaba un alto grado de
especialización.

Acocil (Camberellus montezumae). El acocil es un pequeño


crustáceo parecido al camarón; mide de dos a seis centímetros de
longitud encontrándose todo el año en la ciénaga, principalmente
en las orillas. Se dice que en ciertos lugares, como por ejemplo en
el barrio de San Pedro, “el acocil era más chico que el que vivía
en otras partes cercanas”. Es decir, tratábase al parecer de dos
variedades diferentes.

Para pescar acocil se usaba una macla de ojo chiquito, de


centímetro y medio, en tanto que la red medía un metro, metro
y veinte o metro y medio de ancho y de profundidad. Una de las

222
lo particular. la perspectiva sincrónica

formas de pesca consistía en sacar al acocil” de la hierba lacustre


“hendiendo” en ésta la red y subiéndola en seguida para vaciarla
“a puños”, pasando el acocil al chiquihuite. Con frecuencia, el
acocil se encontraba en las partes bajas de la ciénaga, por lo que su
captura también se efectuaba afuera de la canoa, procediéndose de
la siguiente manera: “El pescador se subía el pantalón y se bajaba
de la canoa. Ya en el agua, se ponía la red por delante, apoyando
la pata de la red en su pecho y empezaba a pescar al caminar hacia
adelante”. “Yo pescaba acociles con red en las orillas de la laguna.
Llevaba yo una canastita para idos echando”.

Salmiche (Chirostoma regam). Estos pececitos, como de cinco


centímetros de largo, eran “iguales que el pescado negro pero más
huesudos”. Los vecinos de San Mateo que no tenían red, que era
con lo que comúnmente se atrapaba al salmiche, se valían de unos
anzuelos de centímetro y medio sujetos a una jareta de cuatro o
cinco metros de largo.

Támbula o pescado negro (Godeidea sp.). El pescado negro,


pescado prietito, o “támbula”, se ubicaba, como ya se indicó, entre
los peces pequeños de la zona lacustre. La hembra medía de tres
y medio a cinco centímetros y era “panzoncita”, a partir de cuya
característica se había derivado el nombre de támbula, término más
comúnmente utilizado para designar este animalito. El macho, en
cambio, era alargado y medía de cuatro a cinco centímetros.

El támbula se atrapaba con mayor facilidad que el


pescado blanco, debido a que, como se ha señalado, la mayor
rapidez con que nadaba este último dificultaba su captura. La
pesca del támbula se efectuaba de día o de noche, individual o
grupalmente. Se utilizaba canoa para un solo individuo, pala para
remar, garrocha para impulsarse y macla de ojo chico de un metro
o metro y cuarto de profundidad, llevándose, además, botes para
echar el pescado, y en la pesca mediante “corrales”, también platos,
ollas o “bateas” de madera que servían de medida para repartirse
el pescado.

223
parte segunda: los fundamentos

Pesca diurna. Había dos formas de pesca diurna, que eran


en grupo, la de los llamados corrales que se efectuaba afuera de
la canoa, y la individiual, en la que el pescador procedía sobre la
canoa.

a) En grupo, con corral de yerbas o zacate. Los pescadores


del barrio de Guadalupe que se dedicaban exclusivamente a
la obtención del támbula, con frecuencia utilizaban la técnica
denominada “corral”, por lo que dichos especialistas eran llamados
“corraleros”. El corral era una trampa formada por dos “brazos”
de hierbas lacustres que se hacían converger en uno de sus
extremos, dejando una salida, para colocar las maclas. Esta trampa
demarcaba un espacio triangular sobre la superficie de la ciénaga,
de manera que los peces eran introducidos a aquélla por la base del
triángulo, desde donde se conducían hasta la “punta” del mismo
para que cayeran en las redes. El acorralamiento era una técnica
especializada, cuya aplicación se hacía en grupo, solamente para
atrapar pescado negro. Su uso se restringía a la pesca diurna, a
lugares poco profundos, donde no había corriente, y que estaban
cercanos a la orilla de la laguna.

Los pescadores hacían los corrales con las hierbas que


crecían en la laguna, entre las que comúnmente se encontraban
berros, romerillo, tamborcillo, aholote, azacate, y papalacate o
apapalacate. La raíz de algunas plantas, como las tres últimas, “se
encontraba en tierra, en el fondo de la laguna”; en cambio otras,
como el tamborcillo y el romerillo, “andaban en la superficie”.
Todas estas yerbas se “jalaban y juntaban para hacer los brazos
del corral” en lugares poco prof4ndos, donde los pescadores
podían meterse al lago a recogerlas. Así, el agua debía llegarles,
cuando mucho, hasta el cuello, ya que gran parte de los pescadores
no sabía nadar. De largo, los “brazos” medían de doce a quince
metros, dependiendo del tamaño de la mancha de peces que
se fuera a acorralar, y de grueso medirían alrededor de diez
centímetros. Respecto a la altura, los “brazos” debían tejerse, bien
“tupidos” —como indican los lugareños—, desde la superficie
hasta el fondo del lago para que los peces no se escaparan
por abajo. “Como es un pescado de cinco centímetros o poco

224
lo particular. la perspectiva sincrónica

más de grande era fácil que las yerbas, colocadas corno corral,
impidieran su escape”.

En el barrio de Guadalupe se formaban, para la captura con


corrales, “grupos de tres a diez integrantes”. Corno ya se mencionó,
cada pescador llevaba su red, su chalupa, o canoa pequeña para
un solo individuo, garrocha para impulsarse en los lugares bajos,
y remo para la navegación en las partes hondas.

Los pescadores buscábamos los lugares en donde hubiera harto pescado;


al encontrados, nos quitábamos nuestros pantalones y nos metíamos a la
laguna, y mientras unos se ponían a hacer los corrales otros colocaban las
madas. Aprisa, pero sin hacer ruido para que los peces no se espantaran,
empezábamos a hacer el corral, cercando a los támbulas. Se hacían
dos brazos... abiertos en un extremo y, de ahí se iban cerrando hacia el
extremo opuesto, para que los peces quedaran atrapados.

En la punta de los corrales se ponía de una a cuatro redes,


metiendo sus respectivas “patas” o mangos (partes de donde
aquéllas se sostenían) a través de las yerbas en el fondo de la
laguna. Cada pata era atrancada con una pala de remar que le
servía de “recargad era”. Las redes se amarraban entre sí de los
aros (de donde cuelgan las mallas de la red), sujetándose también a
los brazos de hierbas lacustres para que quedaran tan cerca de los
mismos corno fuese posible, de modo que no restara salida alguna
por donde pudieran escaparse los peces. Asimismo, alrededor de
los aros se ponían vegetales tanto para sostenerlos corno también
para cubrirlos y “engañar” así a los támbulas. Era muy importante
que las redes quedaran bien colocadas, respecto a lo cual había
que tener un gran cuidado. “Era un secreto colocar la red y era
necesario tener habilidad pues se colocaban yerbas en la red para
engañar al pescado”.

Al terminar de hacer los corrales y de poner las redes,


algunos pescadores se quedaban a los lados de aquéllos, en tanto
que otros se subían a sus respectivas canoas y se disponían a
“arriar” al pescado. Con esta finalidad empezaban a chiflar, a

225
parte segunda: los fundamentos

cantar, a gritar, y a patear rítmicamente el piso de la canoa para


“espantar” a los peces y así poder conducirlos hacia la trampa, bien
para que entraran al corral o para que, los que ya estaban adentro,
llegaran hasta las redes. Cuando los támbulas se aproximaban
a éstas, por cada red que se hubiera colocado se bajaban de sus
canoas dos pescadores para alzar las maclas, impidiendo la evasión
de los peces. “Algún pescado lograba escapar, pero la mayoría
quedaba atrapado en la red”.

Quien había puesto la macla debía también vaciarla, así


como “limpiar” ésta y el pescado, es decir, quitarles las yerbas
con objeto de dejar lista la red para poder usarla en el siguiente
corral. Por su parte, el pescado se echaba en una canoa que había
sido escogida para tal fin. Mientras tanto, los demás pescadores
buscaban otros lugares para empezar a hacer un nuevo corral
y repetir el procedimiento, el cual era efectuado una y otra vez
durante toda la jornada de trabajo.

Muchas veces, después de limpiar y de llevar al pescado


a la canoa, el corralero se percataba de que la trampa siguiente
ya estaba lista, ante lo cual “nada más se subía a su chalupa para
ayudar a arriar al támbula”. Cuando el fondo del lago era muy
bajo los pescadores en vez de espantar a los peces desde las canoas,
lo hacían a pie.

Yo salía en un grupo de cinco o seis pescadores. Colocábamos las redes


en la punta de los brazos, los que tirábamos sesgados, a manera de que
el corral fuera haciéndose más angosto hasta llegar hasta donde estaban
las redes. Luego, cuando el agua nos daba a la rodilla, empezábamos
a corretear a los pescados hacia la red y, cuando llegaban a la red, la
alzábamos, y así agarrábamos este pescado.

Dependiendo del tamaño del corral y del número de


pescadores, los brazos se hacían en mayor o menor tiempo y, por
ende, podían ponerse más o menos corrales durante una jornada.
Cuando eran entre ocho y diez pescadores, éstos tardaban de diez
a quince minutos en hacer el corral y alrededor de veinte minutos

226
lo particular. la perspectiva sincrónica

en realizar todo el procedimiento. En cambio, los grupos de cinco


o seis pescadores en cuatro horas hacían seis corrales y colocaban
tres o cuatro redes por corral.

Al término de la jornada la pesca se dividía entre todos


los participantes utilizando como medida platos, ollas o bateas
de madera; estas últimas eran de cuarenta centímetros de ancho
por setenta u ochenta centímetros de largo. Cada pescador llevaba
consigo tres o más botes de cinco kilos cada uno para poner el
producto que le correspondía. Cada pescador regresaba en su
propia canoa.

b) Individual. Había pescadores que preferían entrar solos


a la laguna. Iban en su canoa a los lugares con yerbas de las orillas
del lago, donde por lo general el agua les llegaba a la rodilla. El
pescador abandonaba su canoa, y procedía a sostener su macla
con las dos manos y a empujarla hacia adelante, esperando a que
los peces cayeran en la red para sacarla rápidamente. Durante la
jornada podía llenarse una batea de támbulas.

Pesca nocturna. La pesca nocturna se efectuaba por parejas


o individualmente, y siempre sobre la canoa.

a) En parejas. Era común que la captura nocturna la


realizaran dos pescadores, llevando cada quien su canoa. Los
del barrio de Guadalupe salían alrededor de las tres de la
tarde; al llegar al lugar elegido cenaban, y como a ocho de la
noche comenzaban a trabajar. Desde su propia canoa uno de los
pescadores tiraba la macla sosteniéndola fuertemente sin moverla,
mientras que el otro también en su canoa espantaba a los peces,
“arriándolos” hacia la red. Aproximadamente a las tres de la
mañana emprendían el regreso llegando cerca de las seis al barrio
de Guadalupe. De noche pescaban donde había agua “limpia”,
sin yerba, y algunos podían llegar a sacar igual cantidad de peces
que con la técnica de los “corrales”.

b) Individual. Algunos pescadores nocturnos iban solos,


“cada quien por su lado”, procediendo de la manera siguiente: al

227
parte segunda: los fundamentos

mismo tiempo que el pescador sostenía la macla con una mano, a


la altura de la punta delantera de la canoa, en la otra mano llevaba
la garrocha con la que iba empujando despacio la canoa.

Atepocate. “Las ranas ponían los huevecillos en un zacatito


de la laguna llamado pelillo. Ponían bolas de huevecillos y, luego,
salían los atepocates”. El atepocate se pescaba con una “macla
de ojo chiquito” —de centímetro o centímetro y medio—, y de
metro y veinte o metro y medio de diámetro y de profundidad.
Los ojos de esta red eran un poco más grandes que los de la macla
que se usaba para el acocil, si bien, en la captura del atepocate,
el diámetro de la red era menor que la empleada para el pescado
en general.

La captura del atepocate se hacía de manera similar a la


del acocil, afuera de la canoa y en las partes bajas de la ciénaga.
El pescador se arremangaba el pantalón, se bajaba de su canoa, y
después, apoyando la pata de la red en su pecho para que la macla
quedara al frente, empezaba a pescar al caminar hacia adelante.

Zacamiche o zacamichi. El zacamichi es un gusano lanudo y


negro, parecido al gusano llamado azotador. Su época de captura se
situaba durante las lluvias, de junio a septiembre, que era cuando
abundaba; “en octubre empezaban a morirse los zacamiches y
sólo algunos sobrevivían hasta diciembre, antes de que cayeran
las heladas”. El zacamiche se encontraba en los zacatales de la
ciénaga, sobre todo en el zacate llamado cortador, que es una
variedad de tule que tiene en la punta de sus hojas una especie
de sierra cortante que puede .lastimar. El zacamiche también se
encontraba en otro zacate, del que había mucho en la zona, llamado
“socanual”. Después de recolectados, los zacamiches vivos eran
puestos en unos canastos grandes o en unos cántaros, que eran
tapados al finalizar la tarea para que los gusanos no huyeran.

“Pícaro” o “alacrancito” Con estos nombres se denomina,


durante una etapa de su desarrollo, a una larva de libélula Odonata
de unos seis centímetros de largo, de cabeza aplastada y pequeñas
tenazas, que salía en época de aguas. Con sus tenazas “podía

228
lo particular. la perspectiva sincrónica

apretar duro aunque sin consecuencias graves”. Se recolectaba vivo


agarrándo10 por la parte posterior del cuerpo para que no mordiera,
y se ponía en un recipiente.

De los otros animales 1acustres, las “habitas” (que se


asemejan a las habas negras) y las “cucarachas” salían en la red
cuando se pescaba acocil; las almejas se recogían del fondo de las
partes bajas de la ciénaga, teniéndose noticia de que el espejillo se
pescaba con macla de ojo chiquito, y que también había chara1es,
mojarras y unos llamados “popochas”, que eran “pescados
grandecitos, pegados”.

Cacería de aves:

En estrecha vinculación con el ambiente cenagoso, la


cacería de aves, fundamentalmente acuáticas, fue otra actividad
importante en la zona lacustre del Valle de Toluca.

La cacería de aves incluía sobre todo a las que se destinaban


a la alimentación, así como a otras que no eran comestibles, siendo
las principales —aunque no todas acuáticas—1as que se anotan
en seguida. Los nombres entrecomillados corresponden a los que
proporcionaron los vecinos del municipio de San Mateo Atenco.

+ Familia de los chichicuilotes o familia Scolopacidae17. Conocidos en


San Mateo como “chichicuilotes” o “chilcuilotes” o “chicuilotes”,
son aves limíco1as (de la orilla de la ciénaga) y la familia incluye
a varias especies.
“Aparrador”, “agachona”. Capella gallinago delicata.

17
La clasificación de las especies de la zona, de acuerdo con su nombre científico y con
la familia correspondiente, la hizo el biólogo Gonzalo Medina, quien además proporcionó
los nombres con los que algunos voladores se conocen en otros lugares de la zona, así
como varios nombres con los que se ha llamado originalmente a las aves respectivas.
El etnohistoriador Gabriel Espinosa proporcionó la identificación de fauna de origen
prehispánico, y colaboró en la clasificación de la avifauna acuática.

229
parte segunda: los fundamentos

“Chicuilote” o “chilcuilote”. Erolia minutilla. Llamado también


chichicuilote o suspirito.

+ Familia de los Caradridos o familia Charadriidae. Son aves


limícolas.

“Tildillo”. Charadrius vociferans. El nombre original es tildío.

+ Familia Rallidae. Conocidos en San Mateo como “grandes patos”


y, en general, como gallinas dellodo¡ son nadadoras, es decir, que
se las encuentra laguna adentro, a diferencia de las limícolas cuyo
radio de acción se restringe a la orilla de la ciénaga.
“Coachilillo”, “cuachilillo”, o “cuachililla”. Gallinula chloropus. Es
conocida como gallinita azul.
“Coachilillo azul”. Porphyrula martinica. Conocida como gallineta
tornasol.
“Gallareta”, “gallina negra”, “pato de agua”. Fulica americana.
“Gallineta”, “gallina”. Incluye a varias especies, llamadas también
gallitos.

+ Familia Ardeiidae. Familia de las garzas.


“Garza parda”. Ardea herodias. Llamada también garza morena.
“Garza colorada”. Incluye a varias especies, una de las cuales es
la Dichromanassa rufescens.

“Garza blanca. Hay como tres especies, siendo una de éstas la


Ardea amencana.
“Pájaro perro de agua”. Nycticorax nycticorax (significa cuervo de
la noche). De pequeño es de color pardo y ya de adulto es gris del
lomo y blanco del pecho.
“Turco” o “torcumo”. Bota14rus lentiginosus. Llamado también
torcomún, alcarabán, gamuza, o torcomón. De acuerdo con el
etnohistoriador Gabriel Espinosa (comunicación personal, 1993),
también era conocido como teponaztli de agua, y ateponaztli, y —con
base en las fuentes históricas— emitía un sonido como toro. Servía
de referencia para predecir la lluvia.

+ Familia Gruiidae o familia de las grullas.


“Grulla blanca”. Grus americana. Está casi en extinción.

230
lo particular. la perspectiva sincrónica

“Grulla gris”. Grus canadensis. En la zona nunca ha sido abundante


por lo que se la ve sólo ocasionalmente.

+ Orden de los anseriformes, familia de los patos. Llegan, por lo


general, entre septiembre y noviembre escalonadamente y se van
a fines de marzo y principios de abril.
“Coaco” o “cuaco”. Aythya valisineria.
“Cuchara”, “bocón”, “paleta”, o “pato cuchara balona”. Anas
clypeata. Llamado también cuaresmeño porque llega por la
cuaresma. “Chaparro”. Aythya affinis.
“Pato golondrina” o “golondril”. Anas acuta tzitzihoa.
“Pato real”. Anas diazi. Llamado también pato triguero. Es un pato
mexicano al que raramente se le ve.
“Panadero” o “shalcuan”. Anas americana, mareca americana.
Llamado también chalcuani.
“Tapalcate” o “telpacate”. Oxiura jamaicensis. Llamado también
yecatextli y atapalcatl, es un pato de cola tiesa, del color de los
tepalcates, rojizo.
“Zarceta azul” o “cerceta azul”. Anas discors. Conocido como
cerceta alas azules y metzcanauhtli.
“Zarceta o cerceta verde”. Anas carolinensis. Conocida como
cerceta alas verdes o quetzaltecololton.
“Zarceta o cerceta café”. Anas cyanoptera. Conocida como
cerceta alas cafés o corota.
“Tordo”. Xantocephalus xantocephalus. El tordo —aunque no
es acuático forma parte de la fauna típica de la zona— incluye a dos
especies, una que es comestible que corresponde al Xantocephalus,
conocido como tordo cabeza amarilla, y otra especie, el Molothrus
ater (llamado también zanate) que no es .comestible.
“Cola prieta”, “zocanacle” o “cocanacle”. Anas strepera.
Conocido como pinto o colcanauhtli, zolcanauhtli, y concanauhtli.

+ Familia Podicipediidae o familia de los zambullidores.


“Zambullidor”. Podylimbus podiceps.

231
parte segunda: los fundamentos

+ Familia Recurvirostridae.
“Candelero”. Himantopus mexicanus. Conocido como patas
de ocote, debido a que el color de las patas es rojizo, o monjita,
porque es de color negro con pecho blanco.

+ Familia Columbidae o familia de las palomas. No son


acuáticas. “Huilota”. Zenaida macroura. Conocida como paloma o
tórtola chillona.

+ Familia ThreSkiornithidae o familia de los ibis. No


son acuáticos. “Atotola”. Plegadis falcinellus. Conocida como
chupalodos o atotola.

+ Familia Accipitridae o familia de las águilas, aguilillas,


milanos y azores. No son acuáticos.
“Aguililla”. Circus cyaneus hudsonius. El macho es gris
plomo y la hembra es de color beige.
“Gavilán viejo”. Buteo jamaicensis. Llamado también
aguililla de cola roja.
Aguililla. Buteo harrisii.18

+ Familia Falconidae. No es acuática.


“Ceceto”. Falco sparverius. El nombre ceceto proviene del
otomí. También es llamado gavilán chitero (porque come carne
seca o “chito”) y gavilancito colorado.
“Ligero”. Falco columbarius. Conocido como esmerejón o
Merlín.

+ Familia Strigidae. No es acuática.


Lechuza patona. Spacotyto cunicularius.
Tecolote. Bubo virginianus.

+ Familia Tytonidae. No es acuática.


Lechuza blanca, monera o campanario. Tyto alba.

18
La información, en cuanto a las familias Falconidae y Stridigae y a sus
especies, fue proporcionada por el doctor Salas Cuevas.

232
lo particular. la perspectiva sincrónica

+ Familia Alcedinidae.
“Martín pescador”. Ceryle alcyon. Conocido como Martín
pescador de banda o guarda río.

Otros, que no fue posible identificar:

“Clarín
“Cuesto”
“Shimishiga”
“Tres dedos”
“Garza concubo”
“Garza turca”
“Ditomate”
“Azopilote”.

Con el nombre de “pato criollo” o “pato de la ciénega”


se conocía en San Mateo Atenco a las aves que, como la garza,
la huilota o el tordo, por ser originarias de la zona lacustre del
Alto Lerma, se encontraban en ésta todo el año. En cambio, la
denominación de “pato partideño” lo recibía el que estaba en la
zona sólo de “entrada por salida”; es decir, eran los voladores que
iban en diferentes épocas del año, destacando los que llegaban a
pasar el invierno, procedentes sobre todo de los Estados Unidos
y del Canadá. Así, en mayo ingresaba la “cuchara balona”, y en
agosto empezaban a venir los tordos y las gallinitas; el golondrino
o pato real hacía su aparición a fines de la época de lluvias, “más
o menos por los meses de septiembre y octubre”. El chicuilote
entraba en agosto, “se estaba todo septiembre y se iba a mediados
de octubre, por el frío”; en cambio, “las zarcetas llegaban en
septiembre, y en octubre, noviembre y diciembre, ya estaban
muy gordas”. La gallareta y otras aves más se presentaban entre
octubre y noviembre.

233
parte segunda: los fundamentos

Formas de caza e instrumentos utilizados:

La cacería de avifauna se realizaba de día y de noche, así


como “al vuelo”, en tierra, en la superficie de la ciénaga, o bajo el
agua. Con excepción de la armada, cuya práctica era colectiva, las
formas restantes se efectuaban individualmente. Los principales
medios auxiliares utilizados eran la “canoíta”, los remos y la fisga
(ver figura 4).

Caza con fisga o “garrocha”. Las aves acuáticas se cazaban


con fisga o garrocha de cinco agujas, sobre la canoa, o afuera de
ésta, en las partes bajas de la ciénaga.

Vara y gaza o “chonhuascles”. Otro instrumento utilizado


en toda la zona para capturar aves acuáticas era el que se llamaba
“chonhuascles” en San Mateo Atenco, y “vara y gaza” en Almoloya
del Río. La cacería de patos con chonhuascles se efectuaba durante
la noche, en una parte de la ciénaga de poca profundidad donde
crecía una planta llamada apipilote, cuya semilla es un alimento
muy apetecido por el pato. En los lugares de “fondo bajo” se
clavaban entre cien y ciento cincuenta varas de mimbre, otate
o cincolote; a cada vara se le amarraba un torzal hecho con seis
cerdas largas, de cola de buey o de caballo, tejidas con tres cerdas
de cada lado.

El torzal quedaba, aproximadamente, de sesenta centímetros


de longitud y se sujetaba a la vara por uno de sus extremos,
mientras que con el extremo opuesto se hacía una gaza o “círculo”
corredizo, de unos quince centímetros de circunferencia, que
quedaba flotando en la superficie del lago, con la que se atrapaba
al pato. Cuando éste llegaba en la noche y se “clavaba” para comer
las semillas que estaban en el fondo de la ciénaga, al atravesar la
gaza “quedaba sujeto”, pudiendo ahorcarse o quedar únicamente
aprisionado, ya fuera del ala, de la pata o del pescuezo mismo. Las
varas se colocaban en la tarde y, al otro día, el cazador recogía las
presas.

234
lo particular. la perspectiva sincrónica

Captura de aves
Figura 4

235
parte segunda: los fundamentos

Caza con chinchorro. El chinchorro, o red rectangular, que


se utilizaba en la caza de aves acuáticas medía entre veinte y
cincuenta metros de largo por un metro y cuarto de ancho, siendo
mucho más largo que la red que se empleaba para la pesca de la
carpa. En cambio, esta última era de “ojo” más grande, pues medía
cinco centímetros por lado.

Para colocar el chinchorro se buscaba un lugar similar al


que se requería para poner las “gazas” o “chonhuasc1es”, es decir,
una parte de la ciénaga de poca profundidad y donde hubiera
plantas cuyas semillas eran buscadas por los patos. El chinchorro
se colocaba con unas varas de encina que medían metro y medio,
metiendo unos treinta centímetros de cada vara en el fondo del
lago, así como, aproximadamente, tres de las hileras inferiores
del chinchorro abajo de la superficie del agua. Para poner un
chinchorro que midiera unos cuarenta metros de largo se requerían
alrededor de veinte varas, a las cuales se sujetaba el chinchorro
mediante unas “jaretas”.

La red se ponía como a las seis de la tarde y se dejaba


durante toda la noche, para cuando el pato llegara al lugar en
busca de comida, al tratar de alcanzar las semillas que estaban en
el fondo del lago, quedara atrapado en alguno de los “ojos” de la
red. Al día siguiente los cazadores regresaban, como a las cinco
de la mañana, a recoger las presas y sus chinchorros. Algunos de
los lugares a donde. iban los productores de San Mateo a poner
chinchorros eran los Potreros, La Manga, San Ignacio, La Tenería,
y El Potrero de en medio, que pertenecían a la hacienda de San
Nicolás Peralta.

Red circular corrediza. En algunos pueblos de la zona, como


en San Pedro Tultepec de Quiroga del municipio de Lerma, entre
los instrumentos que fueron utilizados en la caza de aves acuáticas
se encuentra un tipo de red circular.

Se tejía con cerdas una especie de red corrediza... o sea que sus ojos se
cerraban al haber presión en un punto de la red. Esta red era circular y

236
lo particular. la perspectiva sincrónica

medía como tres o cuatro metros de diámetro. Se colocaba en los claros


de agua rodeados de pasto y se regaba avena, aprovechándose también
una semilla, el apipilote, que se daba en el lago y que era una de las
comidas favoritas del pato. El pato, cuando veía el claro en el lago, iba
en busca de comida, de tal forma que, al entrar en contacto con la red,
la presión que hacían los patos en varios puntos de la red hacía que
los ojos se cerraran y que los patos quedaran atrapados. Algunos se
ahogaban mientras otros quedaban vivos.

Liga. Algunas aves, como el chicuilote, se cazaban con liga.


Esta forma de caza se practicaba en lugares de la ciénaga de muy
poca profundidad, o sea, menor que la de los lugares donde se
ponían los chinchorros.

Los chicuilotes no son de la ciénaga sino que vienen por


temporadas; llegan en agosto, están todo septiembre y se van a
mediados de octubre. “Son larguitos de patas y de pico, pecho
blanco, y las alitas entre negro y gris. Miden alrededor de quince
centímetros y buscan el agua clara”.

El procedimiento para cazados con liga era el siguiente: se


conseguía el camote, del cual se sacaba la liga —se molía y se hervía
en poquita agua “a modo que quedara como engrudo”. Aparte, se
adquirían de cien a doscientas varitas de un zacatito muy delgadito
“para que “o se notara”, que midieran de veinte a cincuenta
centímetros de largo, pues donde había poca agua y estaba muy
bajo se necesitaban varas chicas para que no sobresalieran mucho.
Antes de salir de cacería se metían las varitas en el recipiente en
el que se había preparado la liga y se llevaban juntas, en montón.
Llegando al agua se despegaba una por una, cada varita, y se
ensartaban en el fondo de la laguna, a una distancia entre sí de
diez a quince centímetros, poniéndose las cien o las doscientas
varitas en un mismo lugar.

“Para atraer a la parvadita de chicuilotes se ponían unos


pájaros de estos mismos disecados, unos cinco o seis o más”.
Por ejemplo, si el pedazo en que se ensartaban las varitas medía
más de tres metros de diámetro, entonces podían ponerse “unos

237
parte segunda: los fundamentos

diez chicuilotes disecados”. Se colocaban en la mañana, y ya por


la tarde, el cazador se escondía atrás de un bordo para cuando
apareciera una parvada, “que puede ser de cuarenta, cincuenta
o cien chicuilotes, empezara a chiflar lo más parecido al chiflido
de las chicuilotas” para que los machos se aproximaran. Al llegar
los chicuilotes al lugar en que estaban las varitas con la liga, con
sólo rozadas se les pegaban las plumas de las alas y, al tratar de
quitarse el pegamento, éste se adhería aún más. Mediante la técnica
de liga, los chicuilotes se agarraban vivos, y, entretejiéndoseles en
seguida las alas, se procedía a colgados de un palo.

Como ha podido verse, en la captura de aves con liga, el


cazador se escondía atrás de un bordo. En otras formas cinegéticas,
como en las que se emplean armas de fuego, se utilizan las
llamadas “manpuestas”, que “son ranchos de tule en donde uno
se mete para protegerse... para que el pato no lo vea a uno”.

Palo. Las aves se cazaban también con un palo que medía


aproximadamente un metro de longitud, con el cual, estando los
patos en tierra, no al vuelo, se pegaba a la parvada, “y se llegaba
a matar hasta veinte de una vez”.

Honda. La cacería de patos con honda se realizaba sobre la


superficie de la ciénaga. Este instrumento era confeccionado por
los propios productores con ixtle o con jareta —cordoncillo de lana.
En la zona —y aun en la región del Valle de Toluca— todavía se
encuentran dos tipos de honda: la llamada de “tres hilos” y la de
“petatillo” (ver figura 5).

A mano. El pato se atrapaba, también, con las manos. Lo


anterior se llevaba a cabo en determinados momentos, uno de los
cuales era, por ejemplo, el que se presentaba cuando el ave emergía
de la ciénaga después de haberse zambullido para esconderse o
para recoger alimento.

238
lo particular. la perspectiva sincrónica

Tipos de ondas
Figura 5

239
parte segunda: los fundamentos

Yo era muy buen cazador; en ocasiones, cuando iba a sacar pastura,


llegaba a agarrar uno que otro pato. Cuando veían a un cazador, los
patos se sumían en la laguna, pero se descubrían por el rastro que
dejaban y, entonces, esperaba uno a que el pato saliera... y, cuando
salía podía cazarse con la escopeta o bien, si no se llevaba escopeta, lo
agarraba uno con las manos.

Escopeta. Anteriormente se cazaba con escopeta de


retrocarga o de mecha. Ésta “se carga con pólvora, se ataca con
baqueta, y luego se le pone un casquillo pa’la chimenea, munición
y taco de costal o papel”. A veces, la retrocarga era de veinte
municiones.

Durante el día la caza podía ser al vuelo: “Yo era muy


buen cazador de patos; los cazaba al vuelo con escopeta”; o sobre
la superficie de la laguna: “Por las mañanas, con una escopeta y
retrocarga, se cazaban patos: golondrina, gallaretas. Al llegar y
mantenerse en un claro se mataban”.

La caza nocturna se efectuaba a ras de la superficie de


la ciénaga, ayudándose con una linterna de carburo. De noche
se juntaban las “parvas” pues era cuando, por lo general, los
patos bajaban al lago a comer la semilla del apipilote. Con la luz
de la lámpara, que el cazador llevaba en su canoa, los patos se
amontonaban, deslumbrándose, y entonces se les disparaban
muchas municiones.

Yo cazaba pichones tiernos en el día, y también cazaba en la noche ayudado


de una linterna de carburo. En una ocasión en que iba en mi canoa, llevaba
yo la lámpara de carburo colgada a un lado de la canoa, cerca del agua
para que no se viera y los patos no se espantaran.. en eso descubrí a un
grupo de patos que dormían y recuerdo que, ya cerca de ellos puse la luz
y se espantaron, me falló la escopeta y no cacé ninguno.

Armada. “Echar armada” o “cazar por armada con cañones”


era una forma colectiva de matar masivamente a los patos con
municiones. La armada consistía en dos partes: una base de “estacas

240
lo particular. la perspectiva sincrónica

de morillo” y de encino que sostenía a la otra parte llamada


“tarima” o “cama” hecha con vigas —de cuatro o cinco metros—
amarradas con alambre. En la tarima, que quedaba como a treinta
centímetros de la superficie del agua, se colocaban los “cañones”
de dos metros de largo cargados con “un kilo de pólvora” y
municiones. De los cañones se amarraban dos cordones para poder
dispararlos desde una distancia de doscientos metros.

Después de poner la armada se procedía a “arriar” a los


patos hacia la trampa o lugar próximo a la “tarima” en el que
se había regado “harta avena” para atraer a las aves. Una vez
que éstas se acercaban a la armada y se aprestaban a comer, los
individuos que habían sido encomendados “jalaban los cordones...
la armada se apuntaba a una altura de cincuenta centímetros... al
ver que se prendía la mecha, los patos levantaban el vuelo y, en
ese momento, se disparaban los cañones”.

La cacería con armada era una práctica que se efectuaba


colectivamente a nivel del pueblo. Algunas de las localidades en las
que se ponían armadas eran Santa Cruz Atizapán, Atenco, Santín,
Almoloya del Río, La Asunción de María Atarasquillo y San Mateo
Atenco. Hacia 1949, el empleo de la armada era bastante común.

Los hombres ponían la armada usando veinticuatro cañones. Se


obtenían seiscientos o setecientos montones de patos; cada montón
como de doscientos patos chicos o cien grandes. En San Mateo Atenco
las armadas se sacaban a las nueve de la mañana, y en otros pueblos a
la una de la tarde.

Entre las características del buen cazador se contaba, en


primer término, la de saber reconocer las huellas de los patos: a) en
la tierra, y en la hierba terrestre: “Yo cazaba los patos al vuelo... y
también podía cazar siguiendo las huellas que dejaban en la tierra
o en la hierba”. b) en el agua, y en la vegetación acuática:

241
parte segunda: los fundamentos

Cuando se dice que el pato “va tentado” significa que va herido.


Cuando se cazaba, algunos patos no morían y venían a caer a unos seis
metros a la redonda, o a trescientos metros y, como había tule, tenía
uno que ser conocedor para saber en dónde caían. El pato dejaba un
rastro en la laguna, en la lantejilla [hierba lacustre] hasta donde iba a
esconderse, o bien, cuando no había hierba, se estiraba sobre el agua.

Aparte de saber localizar a los patos en general mediante el


rastro que dejaban, era preciso reconocer, en los casos particulares,
el canto de las aves.

La zarceta es un pato que viene a la ciénega para pasar el invierno.


Su canto es inconfundible y, aunque se oculta en el zacate no hay que
perderla de vista para poder atravesarle el pecho con la fisga.

En relación con este mismo aspecto, se dejó anotado que


en la captura con “liga” el cazador era capaz de imitar el canto de
la “chicuilota” para atraer a la parvada.

De acuerdo con el instrumento utilizado, las aves podían


capturarse:

Vivas, como cuando se atrapaban con liga o a mano.

Vivas y algunas muertas, como sucedía al utilizar


chinchorro o chonhuascles pues el ave, al quedar atrapada,
podía ahorcarse. Sin embargo, había probabilidades de
que únicamente quedara aprisionada ya fuera de una pata,
del ala, o del cuello, sin que llegara a morir.

Muertas o heridas, como cuando se empleaban armadas,


escopetas o fisgas. Con la utilización de estos instrumentos
el pato caía muerto en la mayoría de los casos, aunque a
veces sólo quedaba “tentado” o herido.

242
lo particular. la perspectiva sincrónica

En ciertos casos no era necesario matar a las aves debido


a que éstas habrían de venderse vivas. No obstante, la actividad
cotidiana implicaba que el cazador matara a los patos, para lo
cual, obtuviéranse las presas vivas o heridas, aquél recurría a las
siguientes formas: a) a mano, “retorciéndoles el pescuezo”; b) con
la boca: “Cuando se agarran los patos al vuelo, con chinchorro o
con lazo, se les muerde la cabeza para que mueran. Esto es más
fácil que retorcerles el pescuezo, lo cual consiste en agarrarlos de la
cabeza y darles varias vueltas hasta tronarles el pescuezo”; c) con
un garrote: “Cuando echan armadas para cazar patos, al pato que
queda herido se mata golpeándole la cabeza con un garrotito”.

Cuando los cazadores de oficio entraban a la ciénaga a


efectuar alguna actividad que no fuera la cacería, procuraban
que no escapara ningún pato que se les presentara en el camino,
echando mano de lo que hubiera a su alcance, en caso de no llevar el
instrumento adecuado. Lo mismo procuraban hacer los lugareños
que no estaban especializados en la caza ,de aves, quienes, al
encontrar por casualidad alguna parvada, aprovechaban la ocasión
para atrapar uno que otro pato. “A veces agarraba dos, o a veces,
tres patos, pero eran para la casa, los agarraba cuando iba a la
laguna por pastura”.

Limpia, preparación y venta de la fauna lacustre:

Aun cuando puede decirse que a las mujeres les tocaba


limpiar el producto, prepararlo para el consumo y/o para la
venta, y venderlo, los trabajos típicamente femeninos eran los dos
primeros.

Los productos lacustres de origen animal se vendían de


dos maneras: tal como salían de la ciénaga, o “preparados”. En esta
última forma, el pescado, por ejemplo, se “limpiaba” quitándole las
vísceras y lavándolo, después de lo cual era destinado directamente
a la venta o sometido a un proceso de guisado para su posterior
distribución.

243
parte segunda: los fundamentos

Era costumbre realizar la distribución por parejas o


individualmente. En este caso participaban las mujeres, o algún
familiar masculino del trabajador lacustre o aun este mismo
en ciertas ocasiones, en particular tratándose del producto no
elaborado. Comúnmente las mujeres salían a vender mientras
los hombres —esposos, hijos, hermanos, padres, o cualquier otro
pariente—, trabajaban en la laguna. A veces los progenitores del
pescador se encargaban de la venta, o este mismo destinaba uno o
dos días a la semana para acompañar a su mujer en la realización
de dicha actividad. La expedición del producto se llevaba a cabo
en San Mateo, en los mercados locales, entre los que destacaba el
de los viernes de Toluca, o en los de Ocoyoacac o Atarasquillo, por
ejemplo, así como en algunas localidades de la zona norte del Valle
de Toluca, o fuera de la región, específicamente, en numerosos
mercados del Distrito Federal.

El ajolote se despachaba crudo, ya limpio. En esta misma


forma o en tamal es —envueltos en “totomoxcle”— se vendían la
carpa, el juil y el támbula o pescado negro, costando este último
quince centavos en 1952. El ahuilote o pescado blanco era más caro
que el támbula debido a la dificultad que representaba su captura.
En lo que respecta a la rana, cualquier mujer, pariente del pescador,
esperaba en el embarcadero a que aquél sacara el producto para
llevarlo a su casa, donde lo preparaba para el consumo familiar
o para la venta, o para ambos. Las ranas eran distribuidas, vivas
o muertas (ya peladas). En la década de 1920 la docena de rana
se vendió a doce centavos, en 1930 subió a treinta y, después, a
cuarenta centavos la docena, precios que variaban de acuerdo con
el tamaño y el peso de la rana.

El zacamiche se preparaba, tanto con fines comerciales


como para el consumo doméstico, hirviéndolo en cazuelas, al igual
que el acocil, o tostándolo en el comal. En 1940, ambos animalitos
se expendían por cuartillos (que son los mismos que servían para
medir el maíz) y por “botecitos”, costando $2.50 una de estas
medidas de zacamiche. Algunos recolectores de ambos animalitos
los entregaban por pedido a ciertas personas que se dedicaban a
revenderlos en distintos mercados de la zona, del Valle de Toluca,

244
lo particular. la perspectiva sincrónica

o en la Cuenca de México. En el barrio de Guadalupe radicaban


algunos revendedores (llamados “resgatadores”) de zacamiches
y acociles que introducían el producto a Toluca. “Yo vendía el
zacamiche a doña Lorenza del barrio de San Pedrito y a doña
Andrea del barrio de La Concepción, y ellas iban a venderlo a La
Merced. Esto era por 1940”.

Las aves acuáticas, que en su mayoría se cazaban con fines


alimenticios, se destinaban al consumo y a la venta —en cuyo caso
podían desplumarse o dejarse con plumas.

Flora lacustre

Entre la gran variedad de flora lacustre destacan los


diferentes tipos de tule por su relación con múltiples actividades en
la zona, algunas de las cuales fueron muy importantes. Por ejemplo,
la tejedura de petates y de innumerables productos —cuya práctica
se remonta a la época prehispánica—, y la ganadería, que se inició
poco después de la conquista española.

Con el nombre de tule se designa a numerosas plantas de


la familia de las ciperáceas (Martínez, Maximimo, 1991), sobre
todo del género cyperus, aunque también se asigna a otras especies
como Eleocharis, Scirpus y Typha. En San Mateo, la palabra tule tenía
dos significados; en sentido ampli0 era un término que abarcaba
varios vegetales, entre los que se encontraba el que servía para
tejer petates, mismo que, en sentido restringido, se le denominaba
“tule”, espeáficamente tItule redondo”. En la tejedura de sillas y de
las capas de lluvia se usaba otra variedad, el tule “ancho”, conocido
comúnmente como “palma”, que se empleaba en la construcción
de las chinampas y se daba de forraje al ganado.

La sacadura de flora lacustre fue ampliamente practicada en


toda la zona. En su realización se obtenían múltiples especies (ver
cuadro 4) que pueden dividirse en dos grupos. El primero abarcaba
a las que eran utilizadas, por lo general, sin ninguna elaboración, o
sólo mediante alguna preparación casera, como las que se empleaban

245
parte segunda: los fundamentos

en la construcción de las chinampas, en la alimentación familiar,


como forraje, con fines curativos, ornamentales y rituales. En el
segundo grupo se incluían las que eran objeto de un procesamiento
ulterior, a través de algún tipo de trabajo artesanal, como el tule
redondo y el tule ancho.

CUADRO 4
Flora Lacustre
Nombre común Nombre cientlfico 1 2 3 4 5 6 7
Acasuchil x
Achilillo Poligonum acre x
Aholote x
Apac1olillo Sagitaria macrophylla x
Apipilote x
Berro Nasturtium officinalae x
Caña de pollo x x x
Cebadilla x
Cebolla morada x
Chichamol Nympahae elegans x
Chivitos x x
Endivia x
Jara x
Lantejilla l.emna minar x
Lirio acuático Nimpahae sp. x
Mamalacate Hydrocotyle ranunculoides x x x
Malva x
Mamaxc1e Iresinae ca/ea x
Navajilla x
Papa del Agua Sagitaria mexicana x x
Papalacate Limnobium stoniferum x x x
Pelillo x
Romerillo x x
Tule ancho x x x
Tule bofo Scirpus lacustris x
Tule esquinado Scirpus americanus x x
Tule redondo x
Verduguillo x
Yerba apestosa x
Zacate cortador Cyperus semiochraceus x x

1: comestibles
2: medicinales
3: construcción de chinampas
4: forraje
5: ornamentales y rituales
6: artesanales
7: otros usos, como, por ejemplo, en algunas técnicas de pesca y en la fabricación de adobes.

246
lo particular. la perspectiva sincrónica

Aparte de la pastura, de la vegetación utilizada en


la confección de las chinampas y varias especies vegetales
comestibles y medicinales, la mayoría de la flora acuática restante
—como por ejemplo el tule redondo y el ancho— se recolectaba por
temporadas, como se verá más adelante. Asimismo, con excepción
del corte del tule, el cual podía realizarse en grupo, la extracción
de los vegetales lacustres se llevaba a cabo en forma individual.
Las actividades se efectuaban generalmente durante el día con un
horario de trabajo en la ciénaga que abarcaba entre siete y doce
horas o más.

Lo relativo al corte de planchas de vegetación lacustre que


se utilizaban en la construcción de las chinampas se verá en la
parte correspondiente al sistema agrícola de humedad y riego. A
continuación abordaré lo que se refiere a la flora inscrita en los
otros rubros.

Medios e instrumentos de trabajo utilizados en la obtención


de flora lacustre:

Se empleaban las dos variantes de canoa chica —la


chalupita y la chalupa—, los remos, y dos tipos de hoces, la que
se llamaba hoz en sentido estricto y la que se denominaba hoz
alargada o segadera.

Papa del agua (Sagitaria mexicana). La papa del agua o


apaclol, al igual que el mamalacote, que el chichamol y que el apaclolillo,
es un camote comestible que crecía en el fondo de las partes bajas
de la laguna; sus guías salían a la superficie dé ésta y daban una
flor de color amarillo. En los tiempos de la ciénaga, la papa del agua
era abundante y muy apreciada.

La papa del agua se sacaba desde diciembre hasta mediados


de junio siguiéndose dos procedimientos. El primero radicaba en
que el recolectar, situado adentro de la ciénaga, “limpiaba” con una
hoz un área del fondo de aquélla, que estaba formado “de lodo
bofo”, llamado “cueple”. En seguida, con una pala de madera

247
parte segunda: los fundamentos

—de las “que sirven para arriar las artesas y que también se usan
para mover el chicharrón”— “revoloteaba” el fondo del lago para
que la papa, al ser liberada, empezara a “botar”, es decir, para que
flotara y subiera a la superficie donde era recogida. Una variante
de este procedimiento consistía en remover con los pies el fondo de
la laguna. En La Asunción de María Atarasquillo, y otros pueblos,
en lugar de la pala de madera utilizaban un azadón.

El segundo procedimiento se llevaba a cabo en algunos


pueblos como en San Pedro Tultepec, donde el apaclol era uno de
los productos que se recogían “a tenteando”, es decir “tentando”
la base de la laguna para encontrar las guías de la papa.

Chichamol (Nymphae elegans). Esta planta, llamada también


sasamol, xaxamol (shashamol) y “cabeza de negro”, abundaba en
la época de la laguna. El chichamol nada en el fondo de las partes
bajas del lago, dándose en matas como de veinte centímetros de
diámetro.

Del chichamol se comía la raíz y el fruto. La primera es un


camote que, por su forma, se “parece a un pulpo pero con brazos
cortados, es decir, como si fuera una chirimoya; tiene la cáscara
negra pero por dentro es blanquito”. A veces estaba a un metro de
profundidad y a la superficie sólo salía el tallo que era como una
varita con flor blanca. Para sacado se utilizaba la pala de madera,
empleándose, igualmente, la garrocha de cuatro agujas, con las
que se removía el fondo del lago con el fin de extraer los bulbos.
El fruto consistía en unas “pepitas cafecitas y dulces” contenidas
en unas vainas pequeñas.

La flor de chichamol —”que se abre con la luz solar y se


cierra al oscurecer”— tenía el centro o “corazón” amarillo. Llamada
“estrella” en San Mateo Atenco, y “ninfa” en el Distrito Federal, se
utilizaba de manera ornamental. Se acostumbraba cortada cuando
estaba aún cerrada para evitar su deterioro durante el transporte.
Los lugareños recuerdan un lugar situado en la actual carretera
México-Toluca, que se “inundaba” con flor de sasamol, al igual que

248
lo particular. la perspectiva sincrónica

la orilla de la laguna, donde “había tanta que blanqueaba... parecía


como sábana toda la orilla de la ciénega”.

Berros (Nasturtium officinale). Existen diferentes tipos de


berros. El llamado berro de palma o de palmita es una yerba con
propiedades curativas de cincuenta centímetros de largo, cuyo
tallo y “palmitas” u hojas se comen crudos, ya sea en ensalada o en
taco con tortilla y sal. “La guía que echa es más dulce que el tallo”,
y es igualmente comestible. Este berro también era medicinal; se
“comía la hojita en ayunas” y se usaba para “los alcohólicos y para
los que están malos del hígado y los riñones”. Otros berros eran el
rojo, el blanco, y el redondo. Los berros se utilizaban en algunas
técnicas de pesca, como en la de corrales para atrapar al támbula.

Apaclolillo (Sagitaria macrophylla). El apaclolillo es un camote


comestible “de la familia de la papa del agua”. Para preparado,
primero se lava y luego se tuesta en el camal. Se come en taco y su
sabor recuerda el del haba.

Cebolla morada. La cebolla morada o cebolla de agua era


una palmita que crecía en la superficie de la ciénaga, junto a las
planchas de yerba lacustre. Si bien su color era morado, esta
“cebolla” no era redonda sino que su apariencia era similar a la
de un diente de ajo, es decir, era angosta y pareja, más o menos
del mismo grosor que su tallo, el cual era comestible.

Cresones. Planta acuática de la que se come el tallo. Se corta


por febrero o en mayo.

Caña de pollo. Es una yerba pequeña, con hojas largas, a la


que se le nombra “caña de pollo” por lo delgado de su tallo.

Jara. Yerba larguita, de unos cincuenta centímetros, con


hojas alrededor del tallo y flor amarilla.

Mamalacate o mamalacote (Hydrocotyle ranunculoides). Camote


que da unas guías con hojas redondas, comestibles y agridulces.

249
parte segunda: los fundamentos

“Chivitos”. Yerba comestible.

Endivia. Planta medicinal. Existían dos tipos de endivia, la


china y la lisa, que se tomaban en té y servían “para los borrachos y
para la bilis”, de manera similar a la raíz de malva, la cual se usaba
para lavados intestinales y se empleaba para bajar la fiebre.

Mamaxcle (Iresimae calea). El mamaxcle se usaba “para el


histérico o lumbago”, y, previa revoltura con jarilla, alcohol y
vinagre, se hacía una cataplasma con hilo de bolsa para ponerla
en el ombligo.

Lirio acuático (Nimphae sp.). Una de las flores que


comúnmente se recolectaban en la ciénaga era la “flor de
tamborcillo” o lirio acuático, el cual crecía mucho y abarcaba
amplias extensiones. Era “una planta que echa guías y flotaba
en la superficie del agua”, alcanzando una altura hasta de
veinticinco centímetros. Su flor, parecida a la orquídea, es de
color lila y se cortaba con las manos. El lirio acuático se usaba
también para alimentar al ganado, y en la técnica de altado para la
construcción de las chinampas y para subir el nivel de los terrenos
habitacionales.

Acasuchil. El acasuchil crecía junto a la pastura y, en


septiembre, daba unas varitas en cuyas puntas salían las flores
pequeñas, de color guinda.

Forraje lacustre

Los términos zacate, pastura, yerba, y pasto, se usan para


designar diversos vegetales acuáticos que servían de alimento
para el ganado y para algunas aves domésticas.

En San Mateo se acostumbraba dar al ganado forraje


acuático, solo o mezclado con caña de maíz, aparte de varias
especies vegetales cultivadas. De los vecinos que entraban a la
ciénaga a cortar pastura para el consumo de su propio ganado,

250
lo particular. la perspectiva sincrónica

es posible distinguir a dos grupos. El primero estaba compuesto


por los individuos que no tenían milpa, y que iban al lago a lo
largo del año a sacar forraje. No todos los integrantes de este grupo
entraban diariamente a la laguna, pues, el número de vueltas al día
o a la semana que hubiera que realizar, dependía de la cantidad
de animales que se tuviera y del volumen de yerba lacustre que se
trajera en cada ocasión. Algunos vecinos entraban a la laguna cada
domingo, de cinco a nueve de la mañana, lapso en el que cortaban
cincuenta manojos que eran suficientes para darles de comer a
dos o tres vacas durante la semana. Dentro de este mismo grupo
había otros individuos que tenían entre quince y veinte cabezas
de ganado, a quienes los dueños de los ranchos circunvecinos les
daban la hierba que crecía en la milpa y la caña de maíz que quedaba
después de la cosecha a cambio de trabajo a realizar en alguna o
algunas fases del ciclo agrícola. Así, además de contar con esta
pastura, dichos individuos entraban durante una época del año a
la laguna a cortar zacate, llevando, algunos de ellos, ayudantes a
quienes pagaban por su trabajo.

El otro grupo estaba integrado por los que tenían milpa, los
cuales, después de la pixca aprovechaban el rastrojo que quedaba
para dar de comer al ganado durante una temporada. Debido
a esto, algunos no tenían que entrar a la ciénaga todo el año a
cortar pastura sino sólo durante ciertas épocas, dependiendo de
la cantidad de ganado que tuvieran que alimentar y de la cantidad
de rastrojo que hubieran levantado de su milpa.

Entre los cortadores de oficio, estaban los de tiempo


completo que iban todos los días a cortar pastura. Trabajaban, tan
sólo en la ciénaga, de siete a ocho horas diarias, por lo general de
tres a diez u once de la mañana.

El otro sector de yerberos de oficio entraba por pastura


ciertos días a la semana, o cada tercer día, o durante determinadas
épocas del año, una de las cuales era de marzo a septiembre.
Algunos de estos yerberos no especializados cortaban zacate
durante la noche.

251
parte segunda: los fundamentos

Para el corte de zacate se utilizaba la mayor de las canoas


pequeñas, denominada chalupa, en la que cabían dos invididuos,
aunque para esta actividad era manejada por uno solo; con menor
frecuencia se empleaba la canoíta, que era para un individuo. Se
utilizaba además la pala de remar y la garrocha para impulsar la
canoa, y la segadera. Los zacateros, como también se llamaba a
los cortadores de pastura, sacaban de cien a doscientos manojos
de yerba en cada jornada.

Los vegetales que se empleaban comúnmente como


pastura eran el papalacate o apapalacate, el pelillo, el romerillo,
el achilillo, la yerba apestosa, el apipilote, el cual “es parecido a
la avena; crecía en cualquier parte del lago, y daba en una espiga
una semilla silvestre” que era ampliamente usada como cebo para
atrapar a las aves acuáticas. La lentejilla, lantejilla o grama, se
trataba de una yerba de hojas pequeñitas que servía de alimento
para los patos domésticos, y hasta hace algunos años era muy
común en el agua de las pocas zanjas que quedaban en San Mateo,
y en la del “canal del río Lerma”.

También servían de pastura varias especies de tules, entre


las que se encuentran el tule bofo, “que no sirve para tejer”, y el
tule esquinado, de “tres caras”, que “crecía con tres costillas” en
forma de triángulo.

Había otras especies de zacate cuyas hojas eran cortantes,


y algunas eran, además, urticantes, siendo algunos ejemplos
el verduguillo, que era una “yerba de hoja larga y cortante”; la
navajilla, “de hoja larga y ancha que no sólo cortaba sino que,
además, producía ardor”; la cebadilla o cebadillo, la cual, “al rozada
se pega en la piel enronchándola”; el cortador o cortadillo, que
era un “zacate delgado y largo, de sesenta a noventa centímetros
de alto, al que se le nombra cortadillo porque corta mucho las
manos” si no se protegen adecuadamente, y, aun, con sólo rozado
cortaba la piel. El cortadillo “es muy macizo”, por lo que, además
de utilizado como forraje en general, se empleaba específicamente
para que no le diera diarrea al ganado. También era usado para la
confección de adobes.

252
lo particular. la perspectiva sincrónica

De los tipos de tule más empleados .como forraje están la


palma o tule ancho, y el tule esquinado.

Plantas industrializables

Tule ancho. El tule ancho”, “lirio” o “palma” —llamado


“palma del agua” en otros pueblos, como TuItepec de Quiroga—,
generalmente crecía junto al tule redondo, o cerca de éste, y en la
misma temporada, por lo que el sajamiento de ambos era paralelo.

Así, de julio a octubre, hasta antes de las heladas, no era


raro que los que ingresaban al lago, además de tule redondo
sacaran palma. Luego del corte venía el secamiento, que se
realizaba en unas tarimas llamadas “acamaderos”, “porque eran
como camas”, o en el suelo.

Tule redondo. Dejando para después la actividad comercial


y la elaboración artesanal, los trabajos efectuados en relación con el
tule redondo eran el corte, la amarradura, el “atrincheramiento”, el
“embalse”, el transporte, el “desembalse”, el secado o secamiento,
y el “harcinamiento” de las cañas secas.

Corte del tule. El tule empezaba a brotar durante el mes de


mayo y en junio algunos juncos “ya estaban buenos para tejerse”.
Con éstos empezaba el corte que realizaban los tajadores, llamados
“tuleros”, quienes dejaban las varas pequeñas en espera de que
alcanzaran su óptimo crecimiento. La mejor temporada de sajadura
era de julio a principios de septiembre, cuando la mayor parte del
tule estaba “grande” y listo para el tejido. Dependiendo de las
condiciones climáticas anuales, podía encontrarse algunos tules
grandes hacia mediados de septiembre, y aún en octubre, hasta
la caída de las heladas. Los juncos debían desprenderse verdes
pues de lo contrario —si se dejaban madurar o “pasar”— ya no
servían para el tejido, pues con el amacizamiento se ponían duros
y quebradizos.

253
parte segunda: los fundamentos

En algunos pueblos, como San Pedro Tultepec de Quiroga,


se llamaba “xoquitos” a los tules que para octubre estaban todavía
pequeños, razón por la cual ya no amarillarían, quedando verdes
por haber brotado tardíamente. Dichos tules se usaban para la
confección de juguetes y de otros objetos pequeños y finos.

Comúnmente, en agosto el tule era atacado por un gusano


que se “lo iba comiendo por dentro”, echándolo a perder pues los
juncos se ponían tiesos y se trozaban al ser “planchados” durante
el tejido.

El tule crecía en las partes bajas de la ciénaga,


encontrándose tanto en la orilla como laguna adentro. Durante
la temporada de corte, los tuleros de oficio y numerosos vecinos
empezaban a sacar del tule contiguo al pueblo, por lo que, al dar
pronto cuenta de aquél, conforme transcurría la temporada los
cortadores tenían que ir a tulares cada vez más lejanos.

El junco se daba grande y espeso, como si fuera “milpa”;


un tular podía llegar a medir dos o más kilómetros de largo
y alrededor de dos metros de alto. Las varas chicas no eran tan
buscadas como las mayores, siendo éstas las que servían para hacer
los petates que, hacia 1930, se usaban de manera generalizada para
dormir.

Si bien los tuleros o zacateros cortaban el tule que


ocasionalmente encontraban entre el forraje, en las inmediaciones
de San Mateo, cuando entraban a la ciénaga con objeto de cortar
tule redondo se iban directamente a los grandes tulares.

En época de corte de tule salía yo de mi casa a las tres de la mañana


porque tenía siete reses y tenía que traerles pastura. Volvía yo con la
pastura a las nueve de la mañana y, de ahí, me iba de nuevo a cortar
tule.

254
Figura 6
Medios e instrumentos de trabajo
en el corte del tule

255
lo particular. la perspectiva sincrónica
parte segunda: los fundamentos

La duración de la jornada de trabajo variaba. Unos tuleros


salían a las siete de la mañana y regresaban a las cuatro de la tarde,
en tanto que otros permanecían trabajando hasta doce horas. “Por
lo regular nos llevábamos todo el día cortando tule; nos íbamos
a las cinco de la mañana y regresábamos a las cuatro o cinco de
la tarde”. “Para comer, algunos cortadores sólo llevaban tortillas
pues “la pasábamos con lo que íbamos encontrando en la ciénega:
berros, jaras, y otros vegetales”.

Medios e instrumentos de trabajo. En San Mateo, los


principales medios e instrumentos utilizados en el corte de tule
eran la chalupa o canoa grande, la canoíta, el remo, la garrocha y
la hoz o segadera (ver figura 6).

En San Pedro Tultepec de Quiroga se usaba una variante de


dicha segadera que consistía en “una hoz larga, como de ochenta
centímetros, con una curvita en la punta, como ganchito”. Algunos
cortadores de San Mateo iban a pie a sajar el tule de las orillas,
transportando los manojos ellos mismos o a lomo de burro.

Los tuleros entraban a l a l a g u n a e n g r u p o o


individualmente.

Corte de tule por grupos. Los grupos estaban formados por


cinco o seis cortadores, uno de los cuales llevaba a los tulares una
trajinera o canoa grande, mientras que los demás iban, cada quien,
en su canoíta. Al llegar se separaban para tronzar por su lado sus
“brazadas” de tule. El término “brazada” estaba relacionado con la
forma en que se tajaba la caña ya que el tulero rodeaba y sujetaba
los juncos que le cabían al cerrar el brazo contra su pecho, en tanto
que con el brazo que le quedaba libre cortaba con la hoz.

El sajamiento del tule no era difícil, pero sí cansado


porque los tuleros tenían que agacharse para realizado. El junco
se cortaba por la parte inferior, y luego, ahí mismo en el tular,
algunos le desprendían la punta, que era donde estaba la flor, a la
altura que el tulero consideraba más conveniente; otros en cambio
“despuntaban”, es decir, quitaban las flores estando ya en su

256
lo particular. la perspectiva sincrónica

casa, o bien sólo efectuaban una parte de esta operación antes de


transportar los manojos.

Amarradura y atrincheramiento.- Después de hacer la


sajadura el tulero amarraba cada brazada, y en seguida pasaba a
“atrincherar” el junco, o procedía a “embalsado”. En el primer caso,
acomodaba, en el mismo tular en el que había hecho la tajadura,
los manojos previamente atados o “rollos”, para volver al día
siguiente para “embalsados”. Cuando no se truncaba mucho tule,
esto es, cuando el trabajador no empleaba toda la jornada en el
corte, entonces, en lugar de dejar los manojos, después del amarre
los preparaba para el transporte.

“Embalse”.- “El tule se embalsaba ajilando los rollos”, es


decir, atándolos en fila uno por uno para formar unas “balsas”.
Estas podían ser muy largas, llegando a estar constituidas por
veinte o treinta manojos.

Transporte.- Para “traer el tule en balsa” había que


remolcar los rollos, para cuyo propósito se amarraba el primero
de éstos a la punta de la trajinera, misma que sería conducida por
uno de los cortadores. Los otros tuleros, desde sus canoítas, venían
cuidando la balsa de tule. “Nos veníamos por la orilla de la ciénega,
empujándonos con las garrochas. A veces, en lugar de una balsa de
tule traíamos dos o más”. (Ver figura 7).

Cuando llegaban de vuelta al pueblo “desembalsaban el


tule”. Al ir descargándolo, cada tulero reconocía sus brazadas
por la forma en que las había desprendido; unos tajaban el junco
transversal mente, otros en forma inclinada y, así, cada uno tenía
una manera peculiar de truncar.

En el sajamiento y transporte del tule, los grupos trabajaban


tres o cuatro días a la semana; un día lo dedicaban para cortar y
atrincherar, y al día siguiente hacían la balsa y la remolcaban hasta
San Mateo, después de lo cual, en esa misma semana, repetían la
operación.

257
Figura 7
Corte y transporte del tule

258
parte segunda: los fundamentos
lo particular. la perspectiva sincrónica

Corte de tule individual. Algunos tuleros de oficio entraban


solos a la ciénaga, yendo por lo general diariamente durante la
temporada del corte. Entre estos tuleros existía un grupo que
tronchaba arriba de la canoa, de cinco a diez de la mañana, sacando
un manojo grande por cada hora de trabajo.

Otros tuleros solían tronchar de doce a quince brazadas al


día y conducidas “en balsa” hasta San Mateo; en cambio, existía
un sector más de sajadores quienes no “embalsaban” sino que
transportaban los manojos sobre la canoa.

Yo nunca tiraba los manojos de tule a la laguna; cortaba el tule y paraba


los manojos en la canoa para despuntado, luego cargaba mi canoa
rápido y, cuando los demás estaban cargando las canoas yo ya venía
de regreso. Llevaba una canoa grande y ya sabía lo que aguantaba; la
traía bien cargada y, cuando venía de regreso, la canoa iba casi al ras
del agua. En mi canoa traía de siete a ocho manojos de una brazada
de hombre cada uno.

Antes de amarrar y estando aún en el tular algunos


tajadores escogían el tule “bueno”, desechando las cañas negras,
“manchadas”, con las cuales no se podía tejer. En cambio, otros
cortadores amarraban todas las varas que habían desprendido y
no las escogían hasta que estaban en su casa. Los tuleros sajaban
no sólo los juncos grandes sino también los de menor tamaño.
“Traíamos surtido, sólo el negro no se traía”.

En relación con el transporte que se hacía desde el tular


hasta el pueblo, los que laboraban en grupo siempre embalsaban.
Ahora bien, algunos trabajadores individuales embalsaban aunque
lo más común era que condujeran los manojos grandes arriba de
la canoa.

Secado. Después del corte había que secar el junco verde al


sol para que amarillara y quedara listo para su tejido. En el pueblo
subsistían tres formas de secamiento.

259
parte segunda: los fundamentos

— Directamente sobre el suelo. Para secar las cañas lo más


común era colocarlas afuera de las casas, en los solares y
en la calle. Las varas se extendían formando “abanicos”
o “medios círculos”, “cuadros” o “ruedas”.

— “Acamaderos”. Eran unas bases hechas con vigas de


madera que conformaban una especie de “camas”, hasta
de cuarenta o cincuenta metros, sobre las que se extendía
el tule.

— Contra la pared. En ciertos barrios, como era el de


Guadalupe, donde casi todas las familias tejían tule,
cuando ya no había lugar en las calles para seguir
extendiendo los manojos de varas, los juncos se recargaban
sobre las paredes de las casas.

En el barrio de Guadalupe, las calles de 1932 se llenaban de tule cuando


se ponía a secar. De un lado y otro de la calle se colocaba el tule y sólo
se dejaba un caminito para que pasara la gente. No se dejaba pasar
carretas; había tanto tule secándose en las calles del barrio que la gente
se peleaba por los lugares para poner su tule. ¡Las calles amarillaban
y se veían bonitas!

Toda la familia participaba en el cuidado del tule durante


el secado. En la mañana, el junco se llevaba afuera de la casa para
ponerlo al sol, y por la noche se metía, en rollo, a algún cuarto
donde era extendído haciendo “alteros” grandes que se llamaban
“harcinas”. Durante el tiempo que duraba el secado se tenía mucho
cuidado para evitar que las varas quedaran expuestas a la lluvia,
pues al mojarse se ponían negras, se “humeaban”, y ya no servían
para ser tejidas. Cuando se avecinaba la lluvia, todos los de la casa
ayudaban a recogerlas.

El secamiento tardaba como quince días, o cuando mucho


veinte, dependiendo del tamaño del tule y del estado del tiempo.
Durante este lapso, había que ir volteando los juncos o cañas para
conseguir un mejor y más rápido proceso de secado. El tule que iba
amarillando se apartaba, dejándose nada más los juncos verdes.

260
lo particular. la perspectiva sincrónica

Secado y almacenado del tule


Figura 8

261
parte segunda: los fundamentos

Harcinamiento. Cuando el junco ya estaba seco se ponía,


vara por vara, sobre unas tarimas de unos cuatro metros de largo,
formando “alteros” o “harcinas”. Dichas tarimas se hacían con
unos morillos (palos o vigas) puestos en forma transversal sobre
tres hileras que tenían, cada una, tres bancos de madera. La harcina
podía llegar hasta el techo y, por lo general, se instalaba en el cuarto
donde solía efectuarse el tejido (ver figura 8).

Venta de flora lacustre. El tule redondo verde, que era el


que aún no se había puesto a secar, se expendía por brazadas en
diversas localidades de la zona en una proporción mucho menor
que la del junco seco. La venta de este último se efectuaba en
primer término con los compradores que llegaban desde Texcoco,
Tultepec de Quiroga, Zumpango y otros lugares, hasta la casa
de los tuleros. Éstos también acostumbraban salir a vender a
los pueblos de tejedores de tul e; por ejemplo, iban a San Pedro
Tultepec, donde aun cuando sus habitantes se dedicaban, además
del tejido, al sajamiento del junco, éste no les alcanzaba para cubrir
toda la demanda de objetos tejidos. En la década de 1930, tan s610
en el barrio de Santiago del municipio de San Mateo Atenco había
entre cincuenta y sesenta tuleros que hacían “entregos” a los de
Tultepec. Otros trabajadores iban a los “expendios” de tule del
Distrito Federal, uno de los cuales se encontraba en Santa Julia.

El tule seco se vendía por manojos que eran llamados


“medidas de cabeza”. Cada una de éstas consistía en la cantidad
de juncos, o, como se acostumbraba decir en el pueblo, “culatas”
que cabían en un “bejuco o cinta que se necesita para amarrar el
cráneo humano”, o, con mayor precisión, “la cabeza de un hombre
adulto”. La cinta se colocaba en la parte media del manojo de
tule que iba a medirse. “Culata” es el nombre con el que en San
Mateo se designaba a la base del tule, fuera redondo o ancho,
cuyo extremo opuesto se llamaba “punta”. Hacia 1940 el manojo
costaba veinticinco centavos, y en 1950, setenta y cinco.

El tule ancho o palma seca se distribuía a los silleteros,


como se nombraba a los tejedores de sillas, del barrio de Santa
María del municipio de San Mateo o a compradores que venían

262
lo particular. la perspectiva sincrónica

de otros pueblos. Estos pueblos eran, por lo general, los mismos


de donde procedían los compradores de tule redondo, y también
se llevaba a vender a varias partes de la zona lacustre y al Distrito
Federal. La palma era más barata que el tule redondo, y se vendía
por cargas. Cada una de éstas constaba de dieciséis manojos,
midiéndose el manojo, de manera similar que el tule redondo, con
“medida de cabeza”. Hacia fines de los años cuarenta la carga de
tule ancho se vendía a seis pesos.

Los vegetales comestibles y medicinales se expendían, de


una manera más amplia que los tules, en pueblos no sólo de la
zona y de la región —entre los que se encontraban, además de los
que han sido citados, Malinalco, Tianguistenco y Metepec— sino
también de otras regiones diferentes. La venta de flores abarcaba
un radio mucho menor que la de los vegetales restantes. En
1940, la flor de chichamol se despachaba en manojos y en ramos
grandes de a doce y quince centavos, respectivamente, siendo los
zacateros los que más se dedicaban al corte de aquélla. Era común
que la plumilla se enviara por tren al Distrito Federal envuelta en
petates de tule.

La pastura se vendía por manojos, por cargas, por cientos


y por trajineradas; la carga contenía cuarenta manojos u ochenta
“puños”. En 1930, el manojo costaba un centavo; después costó
diez centavos, luego dos pesos, y posteriormente cinco pesos.
Hacia 1928, “pagaban a sesenta centavos la trajinerada”, que era
la cantidad de pastura que cabía en una trajinera. En seguida se
abordará lo relativo a la distribución del producto.

— Venta en el pueblo:

El día de mercado en San Mateo, que es el domingo, y que,


desde principios del presente siglo hasta hace unos años
se efectuó en la plaza central del municipio.

Por entrega de encargos a personas que iban a San Mateo


desde Toluca, Metepec, Lerma y otros pueblos cercanos,

263
parte segunda: los fundamentos

y que traían sus “carritos de cémilas o de jumentos” para


llevarse la pastura.

Haciendo salidas para dejar los pedidos, en carros de mulas


o de “cémilas”, a los distintos barrios de San Mateo.

— Venta afuera del pueblo:

Por entrega a los dueños de varios ranchos y haciendas


cercanas, como el Cuesillo, Doña Rosa, etcétera.

En ciertos lugares, como era el puente de Lerma, donde


establecían sus puestos.

Producción artesanal

En estrecho vínculo con las actividades lacustres se efectuó, en


San Mateo Atenco, una variada elaboración artes anal que incluía
la hechura de fisgas, de redes y de canoas. Al parecer, desde las
primeras décadas del presente siglo la hechura de canoas —y no
se tiene la certeza si también la de las puntas metálicas para las
fisgas— fue dejando de realizadas el mismo productor para quedar
cada vez más en manos, de manera respectiva, del carpintero y
del herrero. Es decir, sin que se excluya la existencia previa de
trabajadores especializados, lo común en San Mateo era que el
productor confeccionara sus propios medios e instrumentos. Otros
trabajos artesanales consistían en el tejido de petates y de varios
productos de tule, y la elaboración de sillas.

Confección de fisgas. En San Mateo Atenco, la fisga o


garrocha de tres a seis agujas o “abujas” consistía en una garrocha
o “mango” de “oyamel de los montes” de dos a tres metros de
longitud. En uno de sus extremos se le introducían las puntas de
acero, y se amarraba con “hilo de pita o de algodón”. El productor
lacustre compraba la garrocha con diferentes vendedores y
encargaba al herrero las agujas, realizando él mismo la confección

264
lo particular. la perspectiva sincrónica

del instrumento. En el caso de la fisga de cinco agujas, una de éstas


se colocaba en medio y las cuatro restantes alrededor, dos de un
lado y dos del otro lado.

La “fisga de una aguja” o “fisga ranera de día” estaba


formada por una garrocha delgadita de otate, llamada también
“vara”, de cinco o seis metros de largo por dos centímetros de
grueso. La vara tenía, en uno de ‘sus extremos, una aguja o “varita”,
que medía de veinte a veinticinco centímetros de largo.

El cazador de ranas hacía su propia fisga, para lo cual


debía conseguir la aguja y la garrocha. Esta última era cortada por
aquél o comprada con las personas que iban a traerla a los montes,
quienes en su mayoría procedían de Tianguistenco. Las garrochas
eran vendidas en varias localidades, entre las que se encontraba
el mismo Tianguistenco y San Mateo Atenco. La aguja metálica o
“varita” la hacía el herrero o era adecuada por el cazador de ranas
a partir de algún alambre, corno, por ejemplo, el de los rayos de
las ruedas de bicicletas.

Después de reunir los componentes, el cazador procedía


a “arreglar” o adelgazar un extremo de la garrocha, en el que, en
ocasiones, colocaba un “casquillo de máuser” para que la aguja
quedara bien sostenida. A veces se empalmaban dos garrochas
para obtener el largo necesario.

Tejido de redes. En San Mateo, corno en toda la zona, era


común que cada pescador tejiera sus propias redes. De acuerdo con
la forma de éstas, y por la clase del tejido, puede mencionarse dos
tipos: la macla y el chinchorro.

Macla. Aun cuando localmente se dice que la macla es


circular, en realidad su forma es elíptica. Este tipo de red variaba
en cuanto al tamaño de la red en sí y en cuanto al tamaño del
“ojo” o espacio de la malla, dependiendo del animal que fuera
a pescarse. Las madas que comúnmente se encontraban en San
Mateo eran la de pescado negro, la cual tenía el “ojo” más chico,
de medio centímetro, y medía un metro o metro y medio de

265
parte segunda: los fundamentos

profundidad; la “acocilera”, cuyo “ojo” era de un centímetro; la de


pescado blanco o ahuilote, que era una red con una profundidad
similar a la anterior aunque sus “ojos” medían un centímetro y
medio, y la “ajolotera”, que también era utilizada en la pesca del
juil. Los “ojos” de esta macla medían de tres a cuatro centímetros.

Para 1978, en el tejido de las maclas (ver figura 9) se


empleaba cáñamo, hilo “crochet” o hilaza, que se conseguían en
Toluca o en el Distrito Federal, y que posiblemente entre fines del
siglo pasado y principios del presente, sustituyeron a la fibra de
ixtle. La “aguja de red” o “aguja pa’ tejer redes”, era de madera
de oyamel y presentaba alrededor de quince centímetros de largo;
lo más común era que cada tejedor elaborara este instrumento,
aunque algunos lo compraban ya hecho o se lo encargaban al
carpintero.

Para el tejido se requería además un alambre u otate,


con el que se determinaba el tamaño del “ojo” de la red; en
consecuencia, el “grueso” de este instrumento variaba con la
dimensión de la malla. Anteriormente, en vez del alambre se usó
una varita de otate denominada simplemente “otate”, y ambos
eran confeccionados o adecuados por el tejedor.

El “aro” conformaba el armazón en el que se sujetaba


la circunferencia de la red, y se hacía con una vara o garrocha
delgada de monte, es decir, de oyamel, de cedro, o de otros
árboles. La “pata de la red” era otra garrocha, aunque gruesa, de
tres o cuatro metros de largo, a la que en uno de sus extremos se
le sujetaba el “aro”, de manera que éste quedaba atravesado, a
lo ancho de la elipse. A partir del extremo opuesto, el pescador
manipulaba la macla.

Tanto la vara como la garrocha que se empleaban para el


aro y la pata de la red, se confeccionaban especialmente para su
venta en Santiago Tianguistenco, Capulhuac, Calimaya y otros
pueblos. Los tejedores de redes las compraban en esas localidades
o, con mayor frecuencia, con los vendedores que las traían a San
Mateo, sobre todo, los días de mercado.

266
lo particular. la perspectiva sincrónica

Tejido de redes
FIGURA 9

267
parte segunda: los fundamentos

Por último, en la hechura de la red se utilizaban una jareta


o cordón para meter en la circunferencia de la red, y “tirantes” de
hilo o “jaretas” de tela o de tule ancho con los que se amarraba
aquélla al aro, y éste a la pata de la red.

Tejido de la red.- La macla consta de dos partes: el


“ombligo” y el “umento”; el primero es no sólo la parte con la que
se comienza el tejido, sino también el centro de la red y el fondo
de la misma. La hechura principia al tejerse quince “ojos” con los
que, mediante su unión, se forma una especie de anillo o círculo
denominado “ombligo”. Los “ojos” se tejen con la aguja de madera
teniendo como base el alambre o el otate alrededor del cual se
pone el hilo y, al final, se cierra con un “ñudo” o nudo; así, la red
va quedando con espacios, que son los “ojos”, y con “ñudos”.

A partir de los “ojos”, que conforman el “ombligo”, se


hace lo que en sentido amplio se llama “umento” cuyo tejido lleva,
además del “ojo”, el llamado “hijo del ojo”, o “umento”, en sentido
estricto, de manera que la red va quedando con más ruedo. La
diferencia entre el ombligo, que constituye la primera vuelta del
tejido, y las vueltas subsiguientes que conforman el “umento”,
estriba en que aquél se teje únicamente con “ojos”; en cambio, el
“umento” lleva, además de “ojos”, los “hijos de los ojos”. Éstos
se tejen sin el alambre, sólo con la aguja y las manos. De acuerdo
con uno de los tejedores de redes, después de hacer el ombligo,
la segunda vuelta “la hago de un ojo y un hijo, luego [la tercera
vuelta] de dos ojos y un hijo y, después, ya ni los cuento: ya
revuelto, ya van pocos hijos”.

Una vez tejida la red pueden distinguirse dos partes


constitutivas: las “vueltas” —llamadas así por los propios
tejedores—, que quedan en un plano horizontal a manera de
círculos concéntricos, y que están formadas por los “ojos”, y, por otro
lado, las denominadas “carreras”, integradas por los “ñudos”, los
cuales quedan en un plano oblicuo, a manera de líneas oblicuas.

Cuando se finaliza el tejido de la red se ensarta, en el


extremo opuesto al ombligo, una jareta “a todo el ruedo, ojo

268
lo particular. la perspectiva sincrónica

por ojo”, como se indicó, mediante la cual se une la red al aro,


amarrándola con tirantes de hilo o con jaretas cortas. La garrocha
con la que se forma el aro, se remoja previamente para poder
“doblarla” al darle forma. Después de amarrar la red en el aro, éste
se sujeta a la “pata” de la red.

En relación con el tamaño de las maclas, algunos


tejedores se referían a la cantidad de carretes utilizados en la
hechura de cada red; por ejemplo, una red se llevó “dos carretes
de cuatrocientos cincuenta y siete metros”, en cambio en otra se
emplearon tres carretes de cáñamo. Sin embargo, lo común era
que el tejedor señalara la medida correspondiente al largo del aro
o, en términos estrictos, a la distancia del eje mayor de la elipse,
diciendo que “hay redes de metro y medio”, si bien medían de
ancho sólo un metro en la parte del centro, o eje menor, y como
sesenta centímetros en las orillas, a la altura de la distancia focal
de la elipse.

Chinchorro. El chinchorro es la red de forma rectangular de


“ojo” grande que, en cuanto a la obtención de fauna lacustre, se
utilizaba únicamente en la caza de carpas grandes y en la captura
de aves acuáticas. Se tejía “atravesado”, con puros “ojos”, los cuales
medían dos y medio, ocho o quince centímetros de lado; de ancho,
el chinchorro medía “catorce ojos”, o una brazada o un metro, por
ocho o más metros de largo, habiendo algunos de sólo dos a tres
metros de largo.

En el tejido de chinchorros se empleaba hilaza y aguja; la


hilaza correspondía al “carrete del ocho”, es decir, del número ocho,
el cual, como ya no existe en la actualidad, ha sido reemplazado
por el “hilo de bola”. La aguja era la misma que se utilizaba en el
tejido de las maclas.

Tejedura de objetos de tule. En relación con el destino que los


tul eras le daban al junco ya seco, aquéllos pueden ubicarse por lo
menos en tres grupos. Los integrantes del primero efectuaban el
corte, el secado y la venta de tule seco; los del segundo cortaban
el tule, lo ponían a secar y lo guardaban para tejerlo. Este tule les

269
parte segunda: los fundamentos

duraba desde unos cuantos meses hasta un año, cuando iban de


nuevo a cortar más junco. Algunos tejedores terminaban su tule
antes de tiempo; en cambio otros, que tejían eventualmente, en
ocasiones se quedaban con sobrantes. El tercer grupo de tuleros
sajaba el junco, lo secaba, y guardaba una parte para tejer, dejando
otra parte para venderla.

El tejido de tule era una actividad que se efectuaba en


muchos pueblos de la zona lacustre; por ejemplo, San Mateo
Atenco, San Pedro Tultepec de Quiroga, Santa Cruz Atizapán, La
Asunción de María Atarasquillo, San Pedro Totoltepec, San Pedro
TlaItizapán, San Pedro Techuchulco y San Andrés Ocotlán. En
algunos de éstos, el tejido de tule se realizaba como uno más de los
oficios locales, a diferencia de otros pueblos donde dicha actividad
artesanal se situaba en el primer plano. Así, en San Mateo Atenco,
aun cuando la confección de objetos de tule constituía uno de los
oficios preponderantes en cuatro de sus barrios, en éstos no se tejía
tanto, proporcionalmente, como en San Pedro TuItepec de Quiroga,
donde aquella actividad era la más importante.

En San Mateo Atenco se tejían principalmente petates,


canastas en menor cantidad, y uno que otro aventador. Después del
secado, el artesano “escogía los juncos” para separar de acuerdo
con el tamaño los que le servirían para hacer petates grandes o
chicos, petates alargados, canastas y aventadores. Posteriormente
remojaba el tule que sería utilizado durante la jornada para que
se ablandara y no se rompiera en el momento de tejerlo. Por
último, una vez que ya tenía listo su material, iniciaba la tejedura
auxiliándose con una piedra llamada “plancha” que ocupaba para
aplanar las cañas que iba entrelazando. Con frecuencia, el tejedor
realizaba su labor sentado en un banquito de tule que él mismo
había confeccionado.

En el mismo municipio se hacían comúnmente esteras


de cuatro tules; “también se tejía el petate de dos tules”, pero en
menor cantidad. Para los petates chicos se empleaba desde los
juncos de tamaño medio hasta los pequeños y finos. En la hechura
de petates grandes se utilizaban tules “con culata gruesa y punta”

270
lo particular. la perspectiva sincrónica

—nombres que, como se ha señalado, designaban los extremos


de cada junco.

El tule empleado en el tejido de las esteras grandes


comprendía, por lo menos, una “medida de cabeza”, a la que
ya se ha hecho referencia con anterioridad. Para determinar las
dimensiones se recurría a otra medida tradicional que era el
“pie” o “punto”, equivalente a la longitud de la planta del pie de
un hombre adulto, en concreto, al pie del tejedor adulto. Así, el
menor de los petates grandes contenía cinco pies o cinco puntos
de largo, “que era igual a cinco pies de hombre, midiéndolo con
los pies juntos, uno tras otro, hasta llegar a los cinco pies”. Además
de este petate había otros de seis y de siete puntos, así como el
llamado “camero o matrimonial” que era de ocho puntos; el petate
de nueve puntos se tejía en cantidades reducidas, y el último de los
petates grandes era el “pasillo”, que se confeccionaba solamente por
encargo. Dentro de esta categoría, la estera más pequeña no medía
menos de cuatro pies de ancho.

El tipo de tejido de la mayoría de los petates se conocía con


el nombre de “rústico”, el cual podía ser de “trama” —en el que “el
tule se tendía y se levantaban tres tulitos”—, o de “cruzado” —en
el que “un tule quedaba abajo y otro tule quedaba arriba”. Había
otro tipo de petate más elaborado que el anterior, el de “grecas”,
que sólo era tejido por algunos petateros.

Petates chicos. A las esteras de pequeñas dimensiones se


les llamaba “esquinados”. Se tejían con tules de menor longitud y
grosor que los que se empleaban para los petates grandes, y tenían
la peculiaridad de que uno de sus lados era más ancho que el lado
opuesto, presentando así una forma de trapecio isósceles. Los
esquinados medían hasta un metro de un lado, ochenta centímetros
del lado opuesto y ochenta centímetros de alto. El uso de estos
petatitos era muy versátil pues se destinaban tanto para sentarse a
descansar como para realizar múltiples actividades; para colocar
cosas encima, como era el maíz que se iba desgranando; para
hincarse cuando se molía en piedra, para sentarse o hincarse cuando
se echaba la tortilla o mientras se trabajaba junto al “clecuil” u

271
parte segunda: los fundamentos

hogar; para poner la ofrenda de muertos, y, cuando los esquinados


envejecían, para recoger la basura.

Aventadores. Hasta la fecha se tejen unos abanicos


rectangulares, llamados aventadores o sopladores, que sirven para
echar aire al encenderse la lumbre, o para avivada, impidiendo que se
apague. Miden veinte centímetros de largo por quince de ancho.

División del trabajo. A diferencia del corte del tule que era
un trabajo masculino, en la tejeduría, al igual que en el secado,
intervenía casi toda la familia. Los niños empezaban a los doce
años, o antes aun, haciendo primero los sopladores, y luego los
esquinados, “para que se fueran enseñando”. Los petates grandes
eran tejidos por mujeres y hombres adultos.

Los petateros se “ponían” a trabajar desde las cinco o seis


de la mañana hasta las tres, cuatro o cinco de la tarde. Del diario,
algunos tejedores únicamente lograban hacer un petate grande,
siendo los más adiestrados quienes tejían una cantidad mayor.
Los que empleaban cinco horas en hacer una estera, podían
confeccionar dos al día, y los que se tardaban alrededor de tres
horas en acabar una sola, llegaban a producir hasta tres petates
grandes durante la jornada de trabajo.

Yo me casé en 1922. Mi esposa me enseñó a tejer el tule... Ella me


ayudaba, hacíá dos petates al día y las labores de la cocina, y yo hacía
tres petates al día de ocho, siete y de seis puntos de largo y de cinco
puntos de ancho.

Venta de productos tejidos. Los petateros hacían “entregas”


de sus productos en su propia casa a los intermediarios o
“resgatadores”, o iban a las plazas de los pueblos de la región
en las que vendían directamente a los consumidores. Algunos
vendedores (tanto artesanos como “resgatadores”) llegaban a varios
lugares del Distrito Federal, como Tacubaya, Jamaica, Contreras e
Ixtapalapa.

272
lo particular. la perspectiva sincrónica

A la edad de nueve años mi papá me llevaba a vender petates a


Tacubaya. Llevábamos doce petates entreverados, es decir, de ocho,
seis y hasta de siete puntos.

“El viaje” era como los petateros y los “resgatadores”


llamaban a las salidas que hacían para vender sus productos en
las plazas de la región; la mayoría efectuaba el recorrido a pie,
cargando los petates a sus espaldas. Otros utilizaban burros para
transportar las esteras. “Al viaje” iban en grupo, y, con frecuencia,
petateros y “resgatadores” llevaban como acompañante a alguno
de sus hijos menores.

Cuando tenía yo ocho o nueve años, mi papá se dedicaba a “resgatar”


petates y los íbamos a vender a México. No llevábamos burro y mi papá
se juntaba con otros señores que también se iban caminando... Nosotros
llevábamos una docena de petates, cargándolos con un mecapal en la
espalda... íbamos por subidas y bajadas y era muy pesado.

La comercialización de productos de tule estaba


fundamentalmente en manos de los hombres, a diferencia de la
venta de productos lacustres obtenidos mediante la caza, la pesca
y la recolección de fauna y algo de flora de la ciénaga, la cual era
comercializada básicamente por las mujeres. No obstante, algunas
parejas y pocas mujeres solas también vendían sus productos de
tule. Los artesanos iban cada ocho días a los mercados regionales,
en cambio, los intermediarios salían hasta dos veces por semana.

Por 1932, cuando era yo chico primero sólo acompañaba a mi papá a


vender petates; después, a los catorce años ya le ayudaba yo a cargados.
Salíamos del barrio de Guadalupe a las tres de la mañana y nos íbamos
caminando por la carretera que iba a México. Nos quedábamos a dormir
en San Bartolo Tlaltenango; al día siguiente amaneciendo, ya íbamos
caminando por Tetelpa o adelante. A México llegábamos por San Angel
y seguíamos luego hasta Ixtapalapa.

273
parte segunda: los fundamentos

Otros vendedores se iban de San Mateo hasta Santa Fe, y


al día siguiente continuaban su camino a la ciudad de México.

Hacia 1920, los petates de ocho puntos se expendían a


veinte centavos, los esquinados a cinco y los aventadores a tres. En
1925 el precio de los petates grandes osciló entre treinta y cuarenta
y cinco centavos de acuerdo con el tamaño de cada uno, y de 1949
a 1952 los de ocho puntos fueron vendidos a dos pesos con cinco
centavos. En la década de 1930, algunos intermediarios de San
Mateo adquirían los petates a treinta o treinta y cinco centavos,
en el cercano pueblo de Tultepec de Quiroga, para revenderlos en
el Distrito Federal a cincuenta o a sesenta centavos.

El proceso relativo al tule podía realizarla un solo


individuo que se dedicara, a lo largo del año o durante una época
de éste, a todas las etapas implicadas, o bien por varios individuos
especializados en una o dos de las actividades desplegadas en
torno a la juncácea. Así, en relación con el trabajo que se llevaba a
cabo en forma fraccionada, existían los siguientes especialistas:

Tulero o cortador independiente. El que únicamente


cortaba para que el tule fuera tejido por otro u otros
miembros de su familia.

Tulero asalariado. El que cortaba tule mediante un


salario.

Cortador y vendedor. El que cortaba y vendía tule verde


o bien el que cortaba el tule, lo ponía a secar con la ayuda
de su familia, y lo vendía ya seco.

Artesano o tejedor independiente. El que tejía, ya fuera


porque compraba el tule o porque en su familia hubiera
quien lo cortara.

Tejedor asalariado. El que tejía petates a cambio de un


salario.

Vendedor de productos tejidos. En ocasiones el marido, la


mujer o algún otro familiar del que tejía llevaba a vender

274
lo particular. la perspectiva sincrónica

los objetos de tule.

Intermediario o “resgatador”, quien se dedicaba a comprar


tule verde o seco, y los productos tejidos, o únicamente
estos últimos, para revenderlos.

Algunas de las actividades combinadas que realizaba un


solo individuo, eran las siguientes:

Tulero y vendedor de tule verde.

Tulero y vendedor de tule seco.

Tulero, vendedor de tule, verde o seco, y tejedor.

Tulero, vendedor de tule verde o seco, tejedor y vendedor


de objetos tejidos.

Cortador, contratador de cortadores, tejedor, y vendedor


de objetos tejidos.

Cortador y tejedor en pequeño, “resgatador” de objetos


tejidos y vendedor.

Cortador de tule, contratador de tejedores, y vendedor


de objetos tejidos.

Yo cortaba tule y traía a un peón de San Pedro Tultepec que me cobraba


tres pesos por una docena de petates. Salía yo a vender a varias partes:
a Toluca, a Lerma, a San Martín Texmelucan.

De esta manera, en las actividades relacionadas con el tule


participaban casi todos los miembros de la familia, habiendo unas
fases en las que existía una división del trabajo por sexo o por

275
parte segunda: los fundamentos

edades, y otras que eran efectuadas indistintamente por cualquiera


de los integrantes de aquélla, como se resumirá a continuación.

Corte. Trabajo exclusivo de los hombres quienes


empezaban su aprendizaje alrededor de los diez años.

Venta de tule verde. Por lo general lo efectuaban los


mismos tuleros en seguida del corte.

Secado. Intervenía casi toda la familia, desde los niños


pequeños hasta los ancianos.

“Harcinamiento”. Colaboraba casi toda la familia.

Tejeduría. Era una actividad tanto femenina como


masculina, y aun cuando tomaban parte casi todos los
integrantes del grupo familiar, a menor experiencia
del ejecutante mayor sencillez del artículo a elaborar.
Los niños, desde los seis u ocho años, se iniciaban en la
tejedura haciendo aventadores, y cuando eran un poco
mayores confeccionaban esquinados, tal como se dejó
anotado. Los petates grandes eran hechos por jóvenes y
adultos, y algunos de éstos hacían canastas.

Venta. Si bien la efectuaba una que otra mujer, era un


trabajo preponderantemente masculino.

Tejedura de la palma o tule ancho. La palma se utilizaba


para tejer la base o asiento de las sillas de madera. Antes de
la desecación de la ciénaga, él único barrio de San Mateo que
albergaba a los “silleteros”, como se llamaba a los tejedores de
sillas, era el de Santa María. En las primeras décadas del presente
siglo sólo se tejían las bases, adquiriéndose el armazón de madera
en otras localidades. Tiempo después comenzó a hacerse la silla
completa, en la que además del trabajo de carpintería y “la tejida”
del tule había que efectuar “la pintada” con laca, y, por último, “la
floreada” o decorado —”flores o pajaritos” que se pintan en la silla
para adornarla.

276
lo particular. la perspectiva sincrónica

La fabricación de sillas estaba en manos de los hombres


adultos y algunos jóvenes de la familia, quienes las distribuían en
los pueblos de la zona y de zonas aledañas. En el Distrito Federal
se vendían en varios lugares, entre los cuales se encontraban
Tacubaya, San Angel y Mixcoac.

Pachones. Con el tule ancho o palma se tejían los “pachones”


o capas circulares que se usaban para protegerse de la lluvia.

El pachón se hacía de palma y se usaba a manera de capa para que


pudiera uno cubrirse cuando lloviera. En tiempo de aguas también lo
llevábamos a la laguna.., podía uno pescar con el pachón puesto.

Otras actividades económicas relacionadas con el medio acuático

En San Mateo, los oficios relacionados con la ciénaga de manera


directa —corno la caza, la pesca y la recolección de flora y fauna
acuáticas— o indirecta —corno el tejido de tule—, se vinculaban
a su vez, de una u otra forma, con la mayoría de las actividades
económicas restantes del municipio, corno las siguientes:

Confección de canoas. La canoa fue un medio fundamental


utilizado en la sacadura de productos lacustres y un recurso
muy importante para el transporte de individuos y de objetos.
Antiguamente hubo dos tipos’ de canoas, la de tablones o de varias
piezas, y la de una sola pieza. Ésta se confeccionaba ahuecando los
troncos de los árboles, procedimiento que lo llevaba a cabo tanto el
carpintero especializado, con fines comerciales, como individuos
que se dedicaban a sacar productos del lago y que, con fines de
autoabastecimiento, elaboraban algunos de sus medios de trabajo.

Debido a la importancia que tuvo San Mateo desde tiempos


prehispánicos, y a la no menor trascendencia que desde aquella
época presentó la producción lacustre, es posible que ya para
entonces se contara con la presencia de carpinteros especializados
en la construcción de canoas, además de que tal medio de trabajo

277
parte segunda: los fundamentos

fuera elaborado por los mismos productores. Para 1721 “el pueblo
tenía —bastantes... carpinteros... que vienen a trabajar al convento
cuando se ofrece—” (Jarquín, 1986:120).

Las canoas de una pieza no sólo eran confeccionadas en


San Mateo, sino que también procedían de San Pedro Techuchulco,
de donde las traían por agua. En 1925 ya se hada en el pueblo la
canoa de tablones, que estaba constituida por una “cama” o pieza
central, dos “brazos” o piezas laterales, y dos “puntas” o extremos.
Unicamente los carpinteros especializados elaboraban este tipo
de canoa, la cual, a pesar de que tenía una menor duración, fue
prevaleciendo hasta desplazar a la canoa de una pieza.

Los carpinteros especializados en la construcción de canoas


—nombrados “canoeros”— abastecían a los trabajadores lacustres
del pueblo y de otras localidades. Laboraban en sus talleres con
algunos trabajadores asalariados.

Si bien las canoas eran de varios tamaños, localmente se


dividían en grandes o canoas, en sentido estricto, como la artesa
y la trajinera, y en pequeñas, como la chalupa y la canoíta. Ya se
mencionó que estas últimas eran respectivamente para una y para
dos personas; la individual se denominaba chalupita, canoíta,
canoitita o cainotita y medía un metro cincuenta, un metro setenta
y cinco centímetros o dos metros. Las canoas con cupo para dos
personas, llamadas chalupas, tenían una longitud de dos treinta,
dos cincuenta, dos setenta y cinco centímetros o tres metros de
largo; la altitud de las chalupas y las canoítas era de alrededor de
veinte centímetros en la parte central, y una anchura de cincuenta
a sesenta centímetros en la parte media de la canoa.

Como ya se mencionó, aun cuando las chalupas eran


para dos personas, en ciertas ocasiones las utilizaba un solo
individuo. Por lo general, la canoíta era empleada en la caza, pesca
y recolección de fauna lacustre, mientras que la chalupa se destinaba
para sacar vegetales de la laguna, básicamente el tule redondo,
la palma, el forraje, y las “planchas” usadas en la confección de
chinampas.

278
lo particular. la perspectiva sincrónica

Entre las canoas grandes, como eran las artesas y las


trajineras, había unas que medían tres metros y medio o cuatro
metros de largo y eran para cuatro o cinco personas, y otras de seis
metros para seis u ocho personas. De ancho medían alrededor de
un metro.

Las canoas que servían para el transporte de pasajeros eran


de mayores proporciones que las anteriores, llegando a medir de
siete a nueve metros de largo por un metro con diez centímetros
de ancho. En las haciendas empleaban canoas hasta para cincuenta
ocupantes, que también se usaban para cargar carbón. En el pueblo,
como en toda la zona, existieron numerosos embarcaderos.

Los canoeros confeccionaban ocasionalmente las “agujas”


utilizadas en el tejido de redes.

Ganadería. Actividad directamente vinculada con la


extracción de pastos acuáticos.

Herrería. Fue sobre todo a partir de este siglo cuando el


herrero empezó a encargarse de la hechura de las “agujas” para
las fisgas.

Comercio. Éste se realizó a través del grupo de


intermediarios llamados “resgatadores” de productos lacustres
y artesanales de tule. Los arrieros, otro de los grupos de
comerciantes, adquirían pastura lacustre para sus recuas durante
su estancia en el pueblo.

Zapatería. Sólo de manera indirecta, por su origen, la


zapatería se relaciona históricamente con el forrajeo acuático.
Éste representó la base de la ganadería que, a su vez, hizo
posible la aparición del trabajo de curtiduría, la venta de cueros
—inicialmente empleados en la minería—, la peletería, y la
confección de calzado (Albores, 1993).

El ambiente acuático se vincula también con los dos


sistemas agrícolas practicados en San Mateo Atenco. Por una

279
parte segunda: los fundamentos

parte, el de humedad y temporal —que se llevaba a cabo en


la sección territorial más alejada de la laguna—, mediante la
humedad adquirida del agua que bajaba hasta la ciénaga a través
de numerosas “zanjas”, y por el “azolve”. Era éste un abono
orgánico que consistía en una mezcla del lodo. de las “zanjas”
con los residuos y desechos de los animales y plantas acuáticas
que en ellas habitaban. Y por otra parte, el sistema de “humedad
y riego”, que será tratado a continuación.

Sistema agrícola de humedad y riego

El sistema de humedad y riego19no formaba parte del modo de


vida lacustre, no obstante lo cual considero conveniente abordado
dado su relación directa con el ambiente cenagoso, y porque
constituye una especie de sistema intermedio que puede ubicarse
entre dos tipos de formas productivas: la acuática (producción
lacustre no agrícola) y la terrestre (agricultura de tierra firme).
Lo anterior conlleva interesantes implicaciones teóricas, que no
tocaré en esta ocasión por exceder los objetivos de la presente
investigación.

Este sistema agrícola se efectuaba en el borde ribereño de


la parte municipal de abajo, mediante la confección de parcelas
que en San Mateo se denominan huertas20, camellones, y menos
frecuentemente chinampas, nombre con el que se las conoce
técnicamente (West y Armillas, 1983:88-114; Rojas, 1983:9-13;
Palerm, 1967, v.6:37). El último autor se ha referido a este tipo de
parcelas en los siguientes términos:

19
Este tema fue parcialmente tratado en la ponencia titulada “Situación actual de los
sistemas agrícolas en San Maleo Atenco, Estado de México”, expuesta conjuntamente con
el etnohistoriador Eustaquio Celestino en el simposio Modo de Vida Lacustre: economía y
sociedad en dos zonas del Altiplano Central que tuvo lugar el 18 de agosto de 1983 en la ciudad de
Taxco, Guerrero. Para dicha ponencia, el etnohistoriador Celestino investigó, particularmente
los diferentes tipos de almácigos.
20
El término huerta también se emplea, como ha podido verse, para las parcelas situadas
al lado de la casa habitación.

280
lo particular. la perspectiva sincrónica

La chinampa no necesita irrigación, ya que es angosta y está rodeada


de agua, la infiltración provee suficiente humedad; si se requiere más
humedad, el agua del lago se vierte con cubetas y otros recipientes.
Tampoco necesita fertilización; la composición orgánica del suelo,
reemplazada constantemente con más lodo y vegetación acuática, hace
prácticamente innecesaria la fertilización. En la chinampa encontramos
los más avanzados sistemas de rotación y de mezcla de cultivos, así
como el uso más intenso de almácigos y semilleros. La chinampa .
produce todo el año, y año tras año, y posiblemente es uno de los
sistemas de cultivo más estable, intensivo y productivo del mundo.

Confección de la huerta o chinampa. En San Mateo Atenco


había dos tipos de huertas, llamadas localmente “altada” y
“zanjeada”, que corresponden a sendos tipos de chinampas
mesoamericanas conocidas respectivamente como “de laguna
adentro” y de “tierra adentro”.

Huerta “altada”.- Como su nombre lo indica, la construcción


de este tipo de huerta se llevaba a cabo mediante la técnica de
“altado” —que significa elevamiento o levantamiento—, que
consistía en superponer de manera alterna capas de “planchas”
de yerbas lacustres y de lodo del fondo de la ciénaga. Es decir,
como señalan los vecinos de San Mateo, se trataba de “rellenar
los terrenos [del piso cenagoso] altándolos por medio de capas de
planchas con tierra encima, con objeto de ganados a la laguna”.

— Etapa de construcción de la huerta. Para confeccionar la huerta


“altada” se requerían los siguientes materiales:

“Planchas” de “esquinado” (Scirpus americanus,


“cortadillo” (Cyperus semiochraceus) y otras yerbas
acuáticas —fundamentalmente diferentes especies de
tule (Scirpus sp.).

Tamborcillo o lirio acuático (Nimphae sp.).

Lodo del fondo de la laguna, llamado “azolve” o


“enzolve.

281
parte segunda: los fundamentos

Palos de llorón (Salix acumilata).

El tamborcillo y el lodo se sacaban de la ciénaga, mientras


que las ramas de sauce llorón se cortaban de los árboles de
chinampas ya consolidadas o de los plantados a ambos lados de
las zanjas o escurrideras que, provenientes de la parte alta del
pueblo, lo cruzaban, hasta desembocar en la laguna.

“Planchas” lacustres.- La huertas o chinampas se construían


con unos “entramados” de planchas de zacate formadas de “lama
o pastos de yerbas”, varios tipos de tule — “esquinado”, “palma”
y “ancho”—, y de raíces que crecían en la laguna. Las planchas
podían medir más de trescientos metros de largo, y se encontraban
flotando en la laguna. En época de secas, las planchas bajaban al
disminuir el nivel de la ciénaga, subiendo en la temporada lluviosa
por el ascenso de la superficie acuática.

En lo hondo de la laguna se daban las planchas de mayor


grosor —de un metro aproximadamente. Las de la orilla tendían
a ser delgadas.

Corte de las planchas.- Los chinamperos acostumbraban


entrar a la laguna en agosto y septiembre a traer las planchas.
Éstas abundaban en ciertas áreas, como Los Pozos, lugar cercano
a la antigua hacienda de Atenco.

En el lago, los hortelanos escogían una “media hectárea


de esquinado” —especie de tule “cortador”, que era usado como
pastura—, de donde cortaban .las planchas con una hoz especial,
llamada segadera.

De ancho y de largo las planchas se cortaban como uno quisiera pues


eran muy grandes las planchas de la laguna. Había unas planchas de
siete metros de ancho por ochenta metros de largo y, hasta un metro de
altura o grosor. Había otras de siete u ocho metros de largo por setenta
centímetros de ancho y cincuenta centímetros de alto.

282
lo particular. la perspectiva sincrónica

El trabajo de corte se efectuaba ocasionalmente en grupo.

Íbamos varios a traer las planchas pues es un trabajo pesado.


Acostumbrábamos ir a cortar las planchas por la tarde, regresándonos
después de haberlas cortado. A la mañana siguiente íbamos de nuevo
con nuestras canoas para llevadas hasta nuestra casa.

Traslado de las planchas cortadas.- Había tres formas de


transporte: el remolque; arriba de la canoa —no siempre adentro
de ésta, pues a veces los rectángulos vegetales rebasaban las
artesas—, y la conducción directa, subiéndose el hortelano a la
plancha con todo y canoa. El empleo de cada forma dependía del
tamaño de las planchas; las pequeñas se acarreaban sobre la canoa,
y separadamente las grandecitas. Las delgadas, una sobre otra, y
las gruesas, en fila, sujetando la última a la canoa, para arrastrar a
todo el conjunto.

Después de cortar algunas planchas las iba yo encimando, por lo regular


tres delgadas. Luego, [con mecates] amarraba yo las puntas de las
planchas a la canoa y las traía jalando con mi canoa. A veces eran varias
planchas amarradas en hilera.

... nos veníamos despacio, con la corriente. Podía subirse un hombre


a una plancha y no se hundía; a veces nos veníamos encima de las
planchas y sobre ellas colocábamos las canoas. Nos empujábamos con
la garrocha.

Para unir una plancha con otra se ponía, en los extremos de ellas una
estaca, como de cincuenta centímetros, ‘bien clavada y, así, se amarraban
las estacas con mecate.

En su casa, los cultivadores cortaban las planchas


grandes en distintas porciones, que variaban de acuerdo con el
terreno que habría de altarse, donde aquéllas serían colocadas
posteriormente.

Hechura de la huerta.- Los plancha, como también se


llamaba cada pedazo cortado del entramado vegetal, se colocaba

283
parte segunda: los fundamentos

junto al borde ribereño, sobre el agua del lago, para conformar


el “esqueleto” de la huerta. Le seguía una capa de “tamborcillo”
o lirio acuático, “con lo que la superificie de la plancha quedaba
como a unos sesenta centímetros por encima de la superficie del
agua” y, a la vez, rodeada por ésta. Para cubrir las capas precedentes,
desde uno de los lados del rectángulo se sacaba lodo del fondo
del lago. Con esta secuencia generalmente se alcanzaba la altura
prevista, pasándose a plantar los palos de sauce llorón en varios
puntos alrededor del bloque. En caso de que la elevación no fuera
aún la conveniente, antes de poner las ramas de sauce se repetían los
pasos precedentes hasta que el terreno quedara listo para sembrarse,
concluyéndose así la fase de construcción de la huerta.

Las planchas las podían poner encima de las zanjas, sobre el agua y
luego les echaban tierra, con lo que la plancha se hundía como a la
mitad, pero quedaba flotando y se sembraba encima de ella. En la época
de lluvias, las planchas subían ...y se veía bonito porque las hortalizas
sembradas también subían.

— Etapa de consolidación de la huerta. La técnica de “altado


por sobreposición de planchas” servía también para consolidar
la huerta construida, mediante el levantamiento del terreno
que se realizaba año tras año hasta alcanzar el nivel adecuado.
Asimismo, con objeto de que la huerta, al aumentar de peso,
llegara eventualmente a asentarse en el. fondo de la ciénaga. Este
proceso podía prolongarse por un lapso de tiempo considerable.
Por ejemplo, un vecino del barrio de Santiago estuvo “altando” su
terreno durante veinticuatro años, y le llevó siete años “subir” otra
huerta, “para que no se hundiera con el agua de la laguna”.

De manera similar, se acostumbraba altar los terrenos


anualmente para evitar su anegamiento durante la temporada
lluviosa. Además, la superficie de la huerta podía agrandarse
al acoplar varias planchas ya cultivadas por medio de la técnica
de “altado”, con lo que a partir de varias huertas pequeñas se
conformaba otra de mayor tamaño.

284
lo particular. la perspectiva sincrónica

Bordos.- Con la misma técnica de sobreposición de capas


se levantaban los bordos, que consistían en cuatro camellones
rectangulares, de unos seis u ocho metros de ancho por un largo
variable. Los bordos se utilizaban para sembrar. Simultáneamente,
el rectángulo encerraba una porción cenagosa que contenía diversas
plantas lacustres: comestibles, de ornato, artesanales, etcétera,
usadas con fines de autoconsumo o para su venta.

Huerta “zanjeada”.- En oposición a la huerta altada y los


bordos —construidos encima de la superficie acuática contigua
a la ribera—, la huerta “zanjeada” o camellón se hacía a la orilla
de la ciénaga, sobre el borde ribereño, mediante la técnica de
“zanjeado”. En torno a una superficie demarcada, y previamente
escogida como terreno de labor, se horadaba una zanja para
llenarla posteriormente con agua de la laguna. Una variante
consistía en “zanjear” en época de secas para inundar durante las
lluvias. Algunos camellones medían ocho metros de ancho por
veinte o treinta metros de largo.

Después de que la huerta “zanjeada” quedaba lista para


la siembra, era común que, pasado algún tiempo, se procediera
a subir su nivel superficial alternando capas de pastos lacustres
y capas de lodo. O con el procedimiento, llamado igualmente
“zanjeado”, que por lo regular se efectuaba cada año, o en lapsos
variables de acuerdo con los requerimientos particulares, tanto
en la huerta altada como en la “zanjeada”. Consistía en echar el
lodo del fondo de las zanjas que rodeaban a las huertas sobre la
superficie de éstas. Como se indicó previamente, en San Mateo
Atenco el lodo era llamado “enzolve” o “azolve”.

El “zanjeado” también se efectuaba con objeto de abonar


la huerta, con este fin “el lodo se amontonaba sobre los cuatro
costados de la huerta”, donde se dejaba secar, para después
“escarmenarse”. El polvo resultante era esparcido sobre la superficie
de la chinampa que iba a cultivarse.

Finalmente, se acostumbraba “zanjear” cada cierto tiempo


para “desenzolvar” las zanjas o para evitar su azolvamiento.

285
parte segunda: los fundamentos

CUADRO 5
Plantas cultivadas en las chinampas

Nombre común Nombre cientifico 1 2 3 4


Acelga Beta vulgaris x
Ajenjo Artemisa laciniata x
Ajo Allium sativum x
Alhelí Matthioca incana x
Amapola Papaver somniferum x
Avena Avena sativa x
Apio Apium graveolens x
Calabaza Cucurbita pepo x
Cebada Hordeum vulgare x
Cebolla Sallium x
Cilantro Cariandrum sativum x
Cempasúchil Tagetes erecta x
Clavel Dianthus carophyllus x
Col Brasica oleracea x
Coliflor Brasica oleracea x
Coronilla x
Crisantemo Chrisantemum indicum x
Chlcharo Pisum sativum x
Encaje x
Epazote Chenopodium ambiosioides x
Espinaca Spinacea oleracea x
Espuela de caballero Delphinium calcarequitis x
Flor de perrito x
Flor de nube x
Frijol Phaseolum vulgaris x
Gladiola GaIadiolus grandis x
Haba Vicia faba x
Huauzontle Chenopodium nuttallie x
Lechuga Latuca saliva x
Malz Zea mays X
Manzanilla Matricaria chamomilla x
Margaritón x
Mercadela CaIendula officinallis x
Nabo Brassica napus x
Nomeolvides Myosotis scorpioides x
Papa Solanum tuberosum x
Pensamiento Viola tricolor x
Perejil Patroselinum sativum x
Poro x
Quelite Amaranthus hybridus x
Rábano Raphanus sativus x
Rosa Rosa sp. x
Ruda Ruta chapelensis x
Tomate Physalis ixocarpa x
Toronjil Agastache mexicana x
Yerbabuena Mentha sp. x
Zanahoria Ducus carota x

l:Comestibles 2:Medicinales 3:Ornamentales 4:Forrajeras

286
lo particular. la perspectiva sincrónica

Dimensiones de las chinampas.- Las huertas medían de


ocho a veinte metros de ancho, y entre quince y treinta metros de
largo. Algunas eran mucho más reducidas; otras, en cambio, luego
de su agrandamiento llegaban a constituir pequeños predios de
cincuenta por sesenta o setenta metros.

Plantas cultivadas.- Los principales cultivos de humedad y


riego de San Mateo pueden agruparse, atendiendo a su empleo, en
comestibles, medicinales, de ornato y forrajeros, como se muestra
en el cuadro 5.

Entre las plantas con más de una utilización se encuentra


el maíz, que era comestible y forrajero; la amapola, de propiedades
ornamentales y farmacéuticas, y la yerbabuena, empleada
cotidianamente como condimento, también se cultivaba con fines
medicinales.

Proceso de cultivo. El proceso de cultivo comprendía, en


términos generales, i)la preparación del terreno, ii)la hechura de
almácigos, iii)la siembra, iv)el trasplante, v)los deshierbes, y vi)
la cosecha.

Es posible establecer dos categorías de plantas hortícolas.


La primera, que abarca al mayor número de especies, se caracteriza
por el comienzo de su cultivo en dos etapas, la de germinación de
la semilla y principio del crecimiento de la planta, y la de trasplante
de las matas para el término de su desarrollo. La segunda categoría
incluye a las plantas que no requieren de una etapa de germinación
en almácigo sino que se siembran directamente en el terreno donde
se efectuará todo su proceso.

— Preparación del terreno. La preparación del almácigo y del


terreno para todas las especies chinamperas era básicamente la
misma, tanto para las plantas de siembra directa cuanto para las
trasplantables. ,El acondicionamiento de la superficie de labor
consistía en “terronear y aplanar, o sea aflojar la tierra y aplanada”,
y abarcaba los pasos siguientes:

287
parte segunda: los fundamentos

Voltear. La tierra se “aflojaba y se volteaba” con una pala


de fierro o una coa.

Picar. Con un mazo o azadón se deshacían los terrones;


“la tierra se picaba o escarmenaba para que quedara
desmoronada”, ya que debía estar lo más fina posible para
permitir el adecuado crecimiento de la semilla.

— Almácigos. Entre las plantas de la primera categoría, que


requieren trasplante, se encuentran la col, la lechuga, la cebolla,
el huauzontle, la coliflor y la manzanilla. Subdividí esta categoría
a partir de los tipos de almácigo en que las semillas se echaban
a germinar, a saber, el almácigo “terroneado”, y el almácigo de
“chimpachol”.

Almácigo “terroneado”.- En este tipo de almácigo se


hacían germinar las semillas de algunas plantas, como la
lechuga, echándolas al voleo sobre el terreno preparado.
El almácigo “terroneado” se caracteriza por la ausencia
de tratamiento a la semilla, así como por la simpleza de
la siembra misma, que es al voleo, al contrario de lo que
sucede en la confección del almácigo de “chimpachol”.

Almácigo de chimpachol21.- En este otro tipo de almácigo


transcurría .la germinación de las semillas de ciertas
especies, como el huauzontle, por ejemplo. El almácigo
de chimpachol se diferencia del “terroneado” por el
manejo particular que se daba a las semillas al abrirse
una cepa para una o unas cuantas de éstas. El almácigo
era confeccionado en unos cubos o “banquitos” que se

21
De acuerdo con Alfredo López Austin (comunicación personal-1995), la palabra
“chinpachol” —aproximándonos a la pronunciación en nahuatl— o “chimpachol” —en
su dicción ya castellanizada— proviene de tzintli —raíz— y pachoa—apretar, oprimir-,
significando literalmente “la apretura de la raíz”, lo cual alude a la técnica de confección de
este tipo de almácigo, es decir, a la manera de hacer el nicho donde se mete la semilla.

288
lo particular. la perspectiva sincrónica

diseñaban sobre el terreno preparado y teniendo como base


unos surcos previamente marcados. En cada “banquito” se
abría un agujero en cuyo fondo se colocaba lirio acuático,
después, éste se cubría con un poco de lodo de la ciénaga
en el que se enterraba una o pocas semillas.

— Siembra directa. El segundo grupo de plantas —que no deben


germinar en almácigo con antelación— integraba, entre otras, a
la calabaza japonesa, la flor de nube, el perejil y el cilantro. Las he
subdividido teniendo en cuenta sus dos formas de siembra.

Esparciendo sobre el surco.- Algunas especies, como el


cilantro, se sembraban dejando caer la semilla, es decir,
espolvoreándola a lo largo de los surcos, los cuales se
marcaban sobre el terreno que había sido preparado con
anterioridad.

Al voleo. Con cordeles atados a unas estacas, se


demarcaban las “melgas” o superficies menores en los
camellones de cultivo, preparándolas en seguida para la
siembra. Ésta se hacía esparciendo al aire la semilla sobre
los camellones. Finalmente, en algunos casos, la superficie
del terreno se aplanaba o emparejaba con un rastrillo de
madera o con un “bielgo” (bieldo) con objeto de cubrir la
simiente.

— Trasplante. Planta por planta p conjunto por conjunto de matitas


se sacaban del almácigo utilizando almocafre, “bielgo” o pala.
A continuación se procedía a la siembra, una a una o sólo unas
cuantas plántulas, en un terreno preparado donde terminarían su
desarrollo.

Sembraba yo la manzanilla en armácigo [sic]... al mes y medio sacaba


las matas y las trasplantaba a diez o quince centímetros de separación
por lado y veinticinco centímetros de ancho.

289
parte segunda: los fundamentos

Riego.- La ubicación de la” huerta en un medio cenagoso, y


las dimensiones del terreno, por lo general reducidas, posibilitaban
la humedad suficiente a partir de la infiltración del agua que
rodeaba a los camellones. Para una mayor humidificación se
recurría a las “regadoras”, como se llamaba a unos recipientes de
madera o de hoja de lata, y a las bolsas de piel de borrego, que
pendían del extremo de una vara larga o garrocha. También se
cavaban pozos.

Había mucha humedad por lo que se ‘consumían’ las zanjas para las
siembras. En el mismo terreno se hacían los pozos para regar la tierra,
que medían tres o cuatro metros de hondo.

— Deshierbes. Esta etapa incluía “la escarda y la corriente”, en


cuya realización se utilizaba una pala de punta o azadón.

— Cosecha. Se llevaba a cabo cortando con un cuchillo o con pala


de punta, o bien arrancando el producto directamente con las
manos.

El ciclo agrícola de las especies cultivadas en las chinampas


duraba entre cuarenta días y seis meses, variando, además, en el
caso de las plantas “de almácigo”, tanto el tiempo que permanecían
las semillas germinadas en el almácigo como el que tardaban las
matas para cosecharse, después del trasplante.

De las plantas chinamperas, la flor de nube se caracterizaba,


por un lado, porque su cultivo se realizaba mediante el
procedimiento más sencillo. Consistía en preparar el terreno y
sembrar la semilla, el mismo día, mediante esparcimiento. Por otro
lado, debido a lo siguiente:

la semilla no necesitaba ser tratada antes de sembrarse;

la semilla, luego de sembrada, no se cubría con tierra;

290
lo particular. la perspectiva sincrónica

las matas no necesitaban trasplantarse.

De las especies de almácigo, el rábano criollo era la que


menor cantidad de tiempo requería para cosecharse, ya que “de
almácigo duraba veinte días y otros veinte días para cosechado”.
La lechuga romanita y el huauzontle permanecían dos meses en el
almácigo, y un mes, en el primer caso, y dos en el segundo, para
cosecharse. La cosecha de la papa, la lechuga orejona, la coliflor y
la col se efectuaba a los tres meses del trasplante, y, en cuanto a las
dos últimas, también “duraban tres meses en el almácigo”.

En algunas especies, tanto de siembra directa como de


almácigo, se llevaban a cabo ciertos procedimientos, ya fuera
previamente a la germinación, durante su crecimiento o al
trasplantadas. Por ejemplo, las semillas de haba eran remojadas
antes de “echadas” al almácigo; “el cuidado que se daba a la
lechuga romanita consistía en que, después del trasplante, cuando
ya estaba grandecita, se amarraba durante una semana para
que amacoyara... para que las hojas no se abrieran y quedara
redondita”. En el caso de la cebolla, luego de sacada del almácigo
había que “despicada”, cortándole una parte de la raíz y otra del
“rabito”, para, después, “pasar a sembrada”.

Si se considera que algunas especies, como la espinaca y el


cilantro, podían sembrarse en cualquier temporada del año, en la
rotación de cultivos que se hada anualmente en las chinampas eran
tomados en cuenta varios factores, siendo los más importantes los
climatológicos, los económicos y los sociales. Entre los primeros
están las heladas y las lluvias, ya que ambos factores ambientales
podían perjudicar a los cultivos, en ocasiones de manera
irreparable. Así, durante el invierno era necesario proteger los
sembradíos en las primeras fases del crecimiento, para lo cual, las
plantas debían ser “tapadas” por la tarde con una capa de zacate
lacustre, procediéndose a “destapadas” a la mañana siguiente.
Además de lo anterior, debía regárselas diariamente “para evitar
que se helaran al perder humedad”.

En la época de heladas el trabajo era de tapar y destapar. Las legumbres

291
parte segunda: los fundamentos

debían regarse, pues de lo contrario... el cilantro se picaba, se ponía


moradito; la cebolla se helaba de la punta del rabo. La col, al igual que
el rabanito, resistía siempre que tuviera humedad.

Aparte de las heladas, las lluvias podían acabar con varios


plantíos, como ocurría con las verduras, las cuales quedaban
mortalmente afectadas cuando se anegaban. Asimismo, todo el
tiempo era posible cultivar algunas plantas medicinales “mientras
no subiera mucho el agua de la ciénega”. Respecto al cultivo del
maíz en las chinampas, se tomaba la siguiente precaución: “El maíz
se cultivaba bien, pues aunque llegaran las lluvias no resultaba
dañado ya que se amarraban cuatro matas con palma de tule para
que el maíz no cayera en el agua”.

En el segundo tipo de factores se incluía la demanda,


que tenía lugar por varios motivos. Por ejemplo, una parte de la
manzanilla se cosechaba de enero a agosto porque en ese tiempo
era mayormente solicitada. Entre los aspectos sociales estaban las
principales celebraciones populares, en las que se empleaban flores
procedentes del lago.

Formas de cultivo. Mediante el sistema de humedad y riego


se llevaban a cabo cultivos:

a) Solos: por lo general, el cultivo de una sola especie en


un campo de labor se realizaba cuando la producción se
destinaba para el mercado. “Si se quería se sembraba todo
un camellón completo de verdura, de eso se mantenían
mis abuelitos, de vender verdura”.

b) Asociados: en mosaico e imbricados. Con frecuencia,


las parcelas se dividían para sembrar en mosaico y, en
parte, imbricar varias especies, algunas de las cuales se
canalizaban hacia el mercado. “Mis abuelitos tenían cuatro
camellones que medían cincuenta metros de largo por

292
lo particular. la perspectiva sincrónica

ocho metros de ancho. En lo más bajo sembraban verdura,


y en lo más alto el maíz, haba y frijol”.

Los productos hortícolas se distribuían en el mercado del


pueblo, en los mercados locales y en los que quedaban afuera de
la zona. Los hortelanos, o algunos de sus familiares, vendían los
productos directamente a los consumidores o a intermediarios,
tanto de la misma localidad como de otros pueblos.

Localización territorial de las actividades lacustres

En lo que respecta a la ubicación territorial de las actividades


económicas, en general, puede decirse que el trabajo lacustre se
efectuaba en la sección ribereña del municipio. Sin embargo, esto
no pasa de ser un primer esbozo, ya que la situación era mucho
más compleja debido a que las combinaciones de las distintas
labores integraban una gama muy amplia, lo cual se verá aquí
esquemáticamente, restringiéndome lo más posible a lo lacustre.

Los vecinos de la sección de abajo o ribereña —que, como


se recordará estaba compuesta por los barrios de San Pedro, San
Juan, San Nicolás, Santiago, San Lucas y Guadalupe— entraban
cotidianamente a la ciénaga a pescar, a cazar aves y ranas, ya sacar
otros animales y vegetales acuáticos, tanto para la venta como
para el gasto diario. San Pedro y Guadalupe eran los principales
barrios de pescadores; en éste no sólo habitaba la mayor parte de
los trabajadores especializados en la pesca de “támbulas”, sino
también se encontraba la “mata” de los pescadores en general
y de los mejores acocileros. Por su parte, en San Pedro residía la
“mata” de los raneros.

La confección de redes, fisgas y otros instrumentos


empleados en la captura de fauna lacustre la hacían los propios
trabajadores, como fue señalado anteriormente.

En Guadalupe, Santiago y San Lucas —así como en


San Francisco, que era un barrio de la parte de arriba— había

293
parte segunda: los fundamentos

numerosas familias que vivían del tule redondo y realizaban,


de principio a fin, todas las actividades relacionadas con éste.
También tenían lugar las distintas combinaciones del trabajo del
tule, como puede verse en el cuadro 6. Otras familias laboraban
sólo temporalmente en cada una de las etapas o en unas cuantas
de éstas, si bien, año con año, durante la llamada “época del tule”,
cuando el junco era cortado y se dejaba al sol en “todas las casas
se tejía”.

En San Pedro había muchos cortadores de tule redondo,


y pocos en los barrios de San Nicolás y de San Juan, aunque
en ninguno de los tres se tejiera mayor cosa. Santiago, San
Lucas, Guadalupe y San Pedro, eran los principales barrios de
cortadores de tule ancho o palma, mientras que San Nicolás era
poco importante. En la parte de arriba de San Juan, Santiago y
Guadalupe había fabricantes de canoas.

CUADRO 6

Trabajos del tule por barrios

Barrios ubicación actividades


Guadalupe ribereño Cortaban y vendían. Cortaban, tejían y vendían.
Santiago ribereño Cortaban y empleaban a cortadores, tejían y
San Lucas ribereño vendían. ‘Resgataban’ y tejían en pequeño. Cortaban,
San Francisco no ribereño empleaban a tejedores y vendían.
San Miguel no ribereño Igual que los barrios antes mencionados, pero en menor
proporción.

San Nicolás ribereño Algunos cortadores y tejedores. Varios ‘resgatadores’.


Magdalena no ribereño Uno que otro cortaba, tejía y resgataba. Algunos
revendedores.
San Juan ribereño Uno que otro cortaba y vendía.

San Pedro ribereño Muchos cortadores que vendían tule verde.

El corte de pastura lacustre se llevaba a cabo en todo


San Mateo, aunque en mayor medida en la sección de abajo que
en la de arriba. En ésta casi siempre se hacía con la finalidad de

294
lo particular. la perspectiva sincrónica

alimentar al ganado propio, mientras que en aquélla se efectuaba


fundamentalmente para la venta, siendo el barrio de San Pedro
donde se encontraba el principal grupo de zacateros o cortadores
de pastura. Los que se ocupaban en esta actividad eran quienes
también extraían gran parte de los vegetales acuáticos comestibles,
medicinales y de ornato.

Numerosos habitantes de los barrios “de abajo” practicaban


—sin ningún descanso— el sistema agrícola de humedad y riego
en las huertas o chinampas, por lo que entraban al lago a sacar las
planchas de vegetación lacustre usadas en su elaboración, además
de otros productos —comestibles, de ornato, etcétera.

Cabe especificar que aun cuando el sector básicamente


agrícola del pueblo se situaba en la sección que se encontraba más
alejada de la ciénaga —integrada por los barrios de La Concepción,
La Magdalena, San Miguel, San Francisco, Santa María y San
Isidro—, en ésta también se llevaban a cabo algunas actividades
lacustres y tejido de tule. Un pequeño sector de trabajadores de
oficio —temporales y de tiempo completo— realizaba su actividad
central en la ciénaga; además, los vecinos entraban al lago, de vez
en cuando, a sacar productos comestibles para el uso doméstico.

San Francisco era uno de los principales barrios del pueblo


donde existía toda la gama de trabajos relacionados con el tule,
ocurriendo lo mismo, aunque en menor proporción, en San Miguel,
mientras que en La Magdalena y en Santa María se hacían sólo
unos cuantos de aquéllos. En San Francisco también se cortaba tule
ancho o palma, si bien el tejido de ésta se efectuaba únicamente en
el barrio de Santa María.

En fin, la hechura de canoas se llevaba a cabo


—refiriéndome ahora únicamente a la sección de arriba— en los
barrios de San Francisco y La Magdalena.

295
parte segunda: los fundamentos

6. LOS ASPECTOS ECONÓMICOS Y SOCIALES


DEL MODO DE VIDA LACUSTRE

DIVISIÓN, ESPECIALIZACIÓN Y ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO,


Y RELACIONES SOCIALES DE PRODUCCIÓN

Durante la última etapa de existencia de la ciénaga, la forma de


procurar la subsistencia entre los productores lacustres implicaba
varios tipos de organización, de división y de especialización del
trabajo, así como las relaciones sociales correspondientes.

En torno a la fauna lacustre existía una división del trabajo


—como quedó expuesto— en cuanto a la captura, que consistía
en un oficio básicamente masculino, y la de separación y la venta,
que eran labores femeninas. Si bien los especialistas en atrapar
una o dos especies se distribuían en todo el pueblo, algunos se
concentraban en ciertos barros —como se anotó en el capítulo
anterior.

La obtención de fauna lacustre se hacía mediante


formas especializadas o formas generales; las primeras eran el
atrapamiento de támbulas’ con”“corrales”, la caza diurna de la
rana, la pesca del ahuilote con manojos de tule, la de la carpa con
chinchorro, y la caza de “chicuilote” con liga. Las formas generales
eran, en el caso de las aves, excepto la que acaba de mencionarse,
todas las restantes. En lo que respecta a los otros animales acuáticos
estaban conformadas, por un lado, por las que se efectuaban
de día, afuera de la canoa: en las partes bajas de la ciénaga y al
borde de la misma, existiendo dos posibilidades en este último
caso, que eran las presas, y la captura sobre el bordo. Por otro
lado se encontraban las formas generales, que se llevaban a cabo
sobre la canoa mediante dos formas; la primera era utilizando la
macla de “ojo” chico, ya fuera con presa a la vista o bien sin que
aquélla estuviera en la mira. La segunda se consumaba con el uso
de la fisga o garrocha. Las formas especializadas eran diurnas
o vespertinas, en cambio, las formas generales se realizaban
indistintamente de día o de noche.

296
lo particular. la perspectiva sincrónica

Mediante las formas de pesca nocturnas se atrapaba “lo que cayera


en la red”.

En cuanto a la organización del trabajo, existían cuatro


tipos de trabajo: individual, en parejas, en grupo y colectivo. El
trabajo individual se ejecutaba con macla o anzuelo en la pesca
de casi toda la fauna lacustre, excepto la rana, el zacamiche y
el “alacrancito”; en la caza con fisga de los animales grandes y
medianos como la carpa, el juil, el ajolote y la rana, así como la
de aves acuáticas; en la captura con las manos de zacamiche y de
“alacrancito”, y, usando chinchorro, en el atrapamiento de carpa y
de aves acuáticas. De hecho, con excepción de la “armada” —que
implicaba un trabajo colectivo—, las otras formas de cacería de
aves se llevaban a cabo individualmente.

El trabajo en parejas era el que se efectuaba con macla en


la captura del pescado blanco y de la carpa —la presa—, y con
las manos en el atrapamiento de la rana. El trabajo en grupo se
desplegaba en la pesca de la carpa —mediante el tlatehui—, en
la caza nocturna de la rana sobre el pasto o en aguas bajas de la
orilla y en la pesca con “corrales” del támbula o pescado negro.
Por último, el trabajo colectivo se realizaba en la cacería de aves
con armada. Las mujeres y los niños participaban únicamente en
la formas que se llevaban a cabo en las partes bajas del lago, en la
ribera y en las zanjas.

El corte de vegetales lacustres era una actividad


masculina. El tule redondo es el único que se sajaba en grupo o
individualmente, mientras que la consecución de la flora restante
implicaba esta última forma. El trabajo del tule y su división —por
edades y sexual— aparece en el cuadro 7. La venta de pastura
acuática era de la incumbencia exclusiva de los hombres, en
tanto que la de los demás vegetales, con excepción del tule, podía
efectuada casi cualquier integrante del grupo familiar.

En lo que respecta al sistema de humedad y riego,


practicado en las chinampas del borde ribereño, el corte y el
traslado de las planchas de vegetación lacustre se hacía de manera

297
parte segunda: los fundamentos

individual o en grupo, mientras que la construcción propiamente


dicha se verificaba individualmente o con la ayuda de familiares
y amigos. Las labores implicadas en las distintas fases del cultivo
las realizaban el propietario y sus familiares. Por último, la venta
la desempeñaban hombres o mujeres.

CUADRO 7

División por sexo y edad del trabajo del tule

Fases Participantes
Corte y venta Casi toda la familia
Secado y harcinamiento Casi toda la familia
Tejido Mujeres y hombres, y algunos
ancianos y niños
Venta Hombres en su mayoría, algunos niños
o adolescentes, y pocas mujeres

Como se ha visto, el medio en el que se llevó a cabo el


trabajo lacustre fue la ciénaga. Ésta era propiedad de “mancomún
repartimiento”, es decir, constituía los bienes comunales que se
destinaban al usufructo de todos los habitantes del municipio. En
lo tocante a las chinampas —aun cuando las de tipo altado habían
sido construidas sobre las aguas poco profundas de la ciénaga—,
en tanto terrenos que fueron “ganados a la laguna” gracias al
trabajo de determinado individuo en un momento específico, se
usufructuaban a nivel individual.

Respecto a la actividad lacustre, las relaciones de


producción se establecían entre individuos del mismo pueblo,
siendo la familia la unidad productiva fundamental.

Del trabajo acuático, era en las labores vinculadas con el


tule redondo donde existían algunas relaciones asalariadas; es
decir, era en el grupo dedicado a las actividades del tule en el
que estaba ocurriendo una incipiente estratificación económica.
La diversidad de tules incluía a las dos únicas plantas acuáticas en
las que además de la obtención de la materia prima, se daba una

298
lo particular. la perspectiva sincrónica

elaboración artesanal. Ésta, en el caso del tule redondo, podía ser


efectuada íntegramente por una sola familia, ya fuera nuclear
—que incluye a la pareja y a sus hijos— o extensa —formada por
los cónyuges, los procreadores de alguno de éstos, un número de
hijos, y descendientes de los últimos—; en cambio, en los trabajos
del tule ancho o palma, intervenían dos unidades de producción:
la que estaba implicada en el corte, que era individual, y la que se
encargaba de su elaboración artesanal (el tejido de sillas), que era
grupal y de tipo familiar.

No obstante lo anterior, era el sector lacustre el que


congregaba a la mayor parte de productores independientes de
todo el municipio. Sus relaciones de trabajo con la familia nuclear
eran cotidianas. Asimismo, entre aquéllos subsistían las siguientes
formas: dos de trabajo grupal, una —que tenía lugar en todas
las jornadas—, que era la captura de pez negro con “corrales”,
y otra que consistía en la pesca de la carpa —el tlatehui—, y tres
colectivas: dos —efectuadas con frecuencia en la temporada de
lluvias— en las que participaba prácticamente toda la población:
la caza nocturna de rana sobre el pasto y la que se realizaba en
aguas bajas de la ciénaga, y una estacional, que era la caza de aves
partideñas con armada en la que —al parecer continuando una
vieja costumbre— intervenían varios poblados. En fin, entre los
productores lacustres ocurría no sólo la unidad del trabajador con
sus medios de producción, sino también la persistencia de la mayor
parte de instrumentos de origen prehispánico.

LA TRASCENDENCIA SOCIAL DEL MEDIO ACUÁTICO

La influencia del ambiente lacustre en al ámbito social


abarcó los siguientes aspectos:

a) Vivienda

Las casas de principios de siglo —en San Mateo, al igual


que en toda la zona— aún se hacían en su mayoría mediante

299
parte segunda: los fundamentos

el aprovechamiento directo de gran parte de los materiales del


entorno. En este pueblo las paredes eran de pasto lacustre llamado
shumalillo. “íbamos al lago... traíamos como planchas en forma
de adobe; los cuadritos se alineaban para hacer las cuatro paredes
de tres por cuatro metros o de cinco por cuatro metros”. En otras
localidades, como San Pedro Tultepec —cuyo nombre significa en
nahuatl “cerro en el tular”— y El Cerrillo, “había casitas de tule
redondo” —según indican sus habitantes. Se “entejaba” con pastos
lacustres, como el “cortadillo” o el tule ancho o palma.

b) Mobiliario

El mobiliario abarcaba petates para dormir y algunas


esteras destinadas a diversas labores como el desgranado del maíz,
la preparación del nixcomil y la hechura de tortillas, así como para
sentarse. Con esta última finalidad se usaban también banquitos
de tule “redondo” y una que otra silla de madera tejida con tule
“ancho” o “palma”.

c) Transporte

El transporte acuático revistió una gran importancia


desde tiempos prehispánicos con fines económicos —laborales
y comerciales— y sociales —de diferente índole. Esta forma de
transporte hizo posible la realización de múltiples relaciones
personales —amistosas, de parentesco, de compadrazgo, de
actividades rituales (diversas, conmemoraciones de los ciclos
anuales, y las peregrinaciones) y de mero esparcimiento. Creó
además una actividad especializada mediante la confección de
distinto tipo de embarcaciones.

d) Alimentación

Hasta el desecamiento del lago, la dieta de los vecinos de


San Mateo, y de toda la zona, se caracterizó por el consumo de

300
lo particular. la perspectiva sincrónica

productos lacustres. “Yo nací en el barrio de San Pedrito; me crié


con puras cosas de ‘choquiaque’ —de la laguna—: atepocates,
ranas, acociles, papas del agua...”

Con excepción del zacamiche y del “alacrancito” —que eran


las únicas especies temporal eras de la ciénaga—, se consumían, a
lo largo del año, carpa, ajolote, juil, ranas, pescado blanco, acocil,
salmiche, “támbula”, atepocate, mojarra, criolla, espejillo, charal,
salmón, “cucaracha”, “padrecito”, “habita” y almeja. La carpa, el
juil, el pescado blanco y el negro se comían en tamales, fritos o
guisados con chilacas, cebolla, y yerbas de la milpa o de la ciénaga;
el acocil se hervía, al igual que el salmiche —que también podía
tostarse—, para la preparación de ensaladas; la rana, el atepocate
y el ajolote se guisaban —en torta— con huevo, jitomate y chile.
Las aves acuáticas se guisaban en todo tiempo, si bien su consumo
aumentaba de agosto a marzo y, sobre todo, a partir de octubre,
cuando hacían su aparición varias especies temporal eras. Se
preparaban en mole o en salsa con pepita de calabaza, y en
tamales. Igualmente, a la mesa se llevaban numerosos vegetales
acuáticos, entre los que destacan la papa del agua, varios tipos
de berro, jara, chichamol, apaclolillo, cebolla morada, cresones,
chivitos y mamalacote.

e) Medicina tradicional

Varios productos lacustres se utilizaron con fines


medicinales. Por ejemplo, el lodo de la ciénaga —para evitar
el ampollamiento de las quemaduras—, la lantejilla —para la
diarrea—, el ajolote —que es “bueno para el pulmón”—, y el
ajolote “sordo” —”para los niños que están éticos, que es una
especie de anemia”.

f) Atuendo

Como parte del atuendo se utilizó la llamada “capa de


lluvia” hecha con tule ancho.

301
parte segunda: los fundamentos

g) Religión

Por lo que toca a la última etapa del mvl, llama la atención


que el trabajo con el que se vinculaba, directamente, la mayoría
de las fechas del calendario religioso en San Mateo Atenco fuera
sólo el agrícola, específicamente el cultivo del maíz (Albores, 1984,
1987b), cuando que la extracción de flora y fauna acuáticas es, de
hecho, la actividad ligada a los primeros asentamientos de la zona
lacustre, y su papel histórico se mantuvo de manera significativa
hasta la desecación de la laguna. No obstante, en relación con el
quehacer lagunero no existía, para la etapa que nos ocupa, ninguna
conmemoración oficial explícita.

A pesar de lo anterior, la trascendencia religiosa de lo


lacustre puede detectarse mediante dos formas, una indirecta y
otra directa, correspondientes respectivamente a ciertos rasgos en
la religión oficial (mismos que desaparecieron alrededor de 1970)
y en las manifestaciones populares, como son, en cuanto a estas
últimas, un conjunto de relatos —aun de primera mano— sobre dos
seres sobrenaturales llamados “Clanchana” y “Clanchano” o Sirena
y Sireno, y que han tenido una continuidad hasta nuestros días.
Lo relativo a la forma indirecta puede ejemplificarse con algunos
aspectos relacionados con el culto al santo patrón y a la Virgen de
Guadalupe, protectora del pueblo, como veremos en seguida.

Aun cuando históricamente la agricultura y la ganadería


destacan entre las diversas ocupaciones desarrolladas en San
Mateo Atenco, éste fue conocido hasta la desecación de la ciénaga
como un pueblo de pescadores. Con esta expresión se hacía
referencia, en el presente siglo, a la rica gama de oficios a que
daba lugar la combinación de caza, pesca y extracción de fauna y
flora acuáticas. El nombre que recibiera durante la Colonia, “San
Mateo de los pescadores” (Romero, 1981:11-12), alude de manera
significativa no sólo al quehacer típico de sus habitantes: la pesca,
sino también a la relación entre ésta y el santo titular.

Partiendo de una práctica característica de las actividades


acuáticas desde tiempos prehispánicos, es probable que la deidad

302
lo particular. la perspectiva sincrónica

principal de Atenco haya sido una advocación de Tlaloc, como


“nombre genérico” del grupo de tlaloque, y éstos, como el
despliegue múltiple de Tlaloc en tanto cumplían la misma función
que Tlaloc (Broda, 1971:254-255). Los tlaloque, menciona la autora,
“eran dioses locales”. Lo anterior se refuerza con la referencia
específica que hace Carrasco (1950:133) al señalar que

[la] religión de los pueblos otomianos giraba alrededor de la adoración


de dioses personales. Cada dios simbolizaba un oficio o fuerza natural y
cada pueblo tenía un dios patrón que se identificaba con un antepasado
y que probablemente era el dios del oficio característico del pueblo.

La deidad prehispánica más importante de Atenco, al


parecer se refiere a un tipo de Opocht1i u Opucht1i, dios de los
pescadores. Éste se trataba de “otro de los Tlaloques y patrono de
la gente que vivía al borde del agua; se le atribuía la invención de
los utensilios para pescar y las armas para cazar aves acuáticas”
(Broda, 1971:311). La base de este planteamiento la encontramos
en los escasos elementos que sobrevivieron hasta alrededor de
1950, y que en el desfile de origen indocolonial llamado de “locos
y mojigangas” —hombres disfrazados de mujeres o de animales,
o portando atuendos estrafalarios (Albores, 1979), que tenía por
objeto anunciar la celebración de San Mateo, aparecían vinculados
al santo evangelista.

Durante el paseo sacaban a San Mateo adentro de una


chalupa que colocaban en un carro con tule y yerbas lacustres, y
unos patos que daban la impresión de estar volando. Los rasgos
culturales anteriores no aparecen aislados sino integrando una
unidad conformada por el santo patrón y los elementos que
representan a las actividades acuáticas —canoa (pesca), patos
(caza), y tule y lama del lago (recolección de flora acuática) que
implican a otro elemento medular, la laguna. Ésta pareciera
enmarcar o contextualizar al santo; sin embargo, se trata de
un complejo simbólico en el que se muestra el trabajo lacustre

303
parte segunda: los fundamentos

efectuado por el antepasado mítico, el propio dios de la pesca o


santo titular que, a la vez que representa al grupo confiere a las
labores acuáticas un carácter sagrado. Es decir, se establecen los
límites, en alusión a una etapa determinada y a un tipo de trabajo,
a partir de los cuales se reconoce la continuidad social hasta el
presente, mediante un entramado cultural particular y una historia
específica, que constituyen el núcleo de la identidad.

Durante las celebraciones de San Mateo, el 21 de


septiembre, y de la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre,
se realizaba una manifestación religiosa de la tradición popular
conocida como “regada de flores”, que consistía en limpiar las
tumbas de los parientes muertos y cubrirlas con flores. Este rito
se hacía con objeto de conmemorar al titular y a la protectora del
pueblo, y para invitar a los muertos a venir a las celebraciones del
2 de noviembre, dado que, de acuerdo con las creencias locales, en
ambas fechas las almas de los difuntos tenían licencia para llegar
al pueblo. De la noche del día primero a la madrugada del dos
de noviembre tenía lugar, con la participación de todo el pueblo,
otro rito, la “alumbrada”, que se trataba de una impresionante
iluminación con velas en el cementerio.

Mediante el culto a los muertos o antepasados se aprecian


reminisencias de un vínculo de los protectores divinos con la pareja
creadora de los tiempos precolombinos, la Madre Vieja y el Padre
Viejo. Éste, siguiendo a Carrasco, se identifica con dos antepasados
de los tepanecas, Huehueteotl y Otontecuht1i —llamado también
Cuecuex y Xocotl—, dios otomiano del fuego, el cual, “bajo sus
diferentes nombres es el dios principal de todos los otomianos,
[el] más importante y más característico” (Carrasco, 1950:135-138,
179). Con el nombre de Otontecuht1i, el dios del fuego se distinguía
notablemente de otras representaciones suyas por el vínculo de
sus aspectos característicos y de mayor importancia con el culto
a los muertos.

Quiero señalar aquí, sin profundizar ni extenderme


(puesto que lo relativo a varios aspectos religiosos está siendo
objeto de otro trabajo), que la confluencia en San Mateo de ciertas

304
lo particular. la perspectiva sincrónica

características de una deidad acuática y del dios Viejo muestra


un elemento muy antiguo, el carácter terrestre de Tlaloc. En este
sentido, Broda (1991:487, 489), citando a Sullivan, señala que
“Tláloc era fundamentalmente un dios de la tierra que puede
haber tenido en sus orígenes una naturaleza dual representando
a la tierra y al agua”, y de manera específica concluye que en “el
aspecto de Tláloc como Tlaltecuhtli o ‘Señor de las entrañas de la
tierra’.. comparte, además rasgos con el más viejo de los dioses,
Huehueteotl o Xiuhtecuhtli, el dios del fuego, del centro de la
tierra, y del tiempo”.

En el culto moderno a los muertos en San Mateo vemos


también esta convergencia de la tierra (en relación concreta a
lo agrícola) y el agua (lo lacustre) —ya sea en sentido amplio,
de territorio, que abarca a la tierra y al agua o como aspectos
duales—, apreciándose la trascendencia cultural de lo lacustre
en las flores que se ofrecían a los muertos en la “regada”, como
el acasuchil y la flor de chichamol —traídas de la laguna— y el
cempasúchil —cultivado en las huertas de tierra firme anexas a
la casa habitación. Este último era uno de los que predominaban,
junto con la flor de nube y las amapolas —procedentes de las
chinampas—, entre las flores que se ofrendaban el 2 de noviembre.
Asimismo, la presencia de los productos lacustres y agrícolas se
manifestaba en la comida para los difuntos que se ponía en el altar
ese mismo día, consistente en tamal es (maíz) de varios animales
acuáticos: patos silvestres, carpa y atepocate.

La casi total ausencia de vínculos del culto institucionalizado


con los aspectos lacustres de la economía, durante la segunda
mitad del siglo xx, es posible que sea resultado del movimiento
promovido por los frailes franciscanos para desterrar la religión
local prehispánica. Ésta, seguramente estuvo relacionada con las
actividades realizadas en la ciénaga dado el enorme peso que
aquéllas tuvieron, como se ha mostrado. Al respecto, se sabe que
uno de los propósitos por el que se nombró al primer alguacil
de San Mateo Atenco desde 1544 fue el de evitar la práctica de
sacrificios y cualquier idolatría (Menegus, 1989).

305
parte segunda: los fundamentos

Mediante aquel proceso debieron privilegiarse los rasgos


agrícolas de la religión aborigen que fueran más fácilmente
asimilables al catolicismo, teniendo en consideración los propios
antecedentes agrícolas de éste. Del mismo modo, me parece
que debió efectuarse un deliberado reforzamiento oficial de las
expresiones religiosas en que se manifestaba el vínculo acuático
con la agricultura de manera simultánea a un menosprecio o
indiferencia hacia la parte religiosa correspondiente al trabajo
lacustre en general, y en particular al nexo que —de manera similar
al que existía entre el agua y la agricultura— se presentaba entre
el líquido vital y la pesca, caza y recolección de fauna y flora de la
ciénaga. A esto puede responder la presencia —bastante marcada
todavía durante la primera mitad del presente siglo— de múltiples
elementos agrícolas de origen prehispánico en la religión oficial del
municipio (Albores, 1984, 1987, 1990).

Así, la probable oposición del clero para dar cabida a las


expresiones religiosas que se vinculaban con la producción lacustre
—debido seguramente a su relevancia— debió de traducirse en
una actitud oficial de aquél hacia su eliminación. A pesar de esta
posible acción, a principios del siglo xx aún sobrevivían algunos
aspectos en el culto institucionalizado, como los relacionados con
la conmemoración de San Mateo, que ya fueron mencionados. Tales
situaciones ya no existen en la actualidad, habiendo desaparecido
las últimas manifestaciones en la religión oficial de lo que debió
haber sido un importante culto.

La forma directa de expresión de la trascendencia religiosa


de la economía lacustre —significativa porque deja entrever
lo relativo a una posible acción deliberada para sacar del culto
institucionalizado los elementos conectados con el trabajo en la
ciénaga— es la supervivencia en San Mateo Atenco, y en toda la
zona, de relatos acerca de la Clanchana y el Clanchano. Conocidos
también como Sirena y Sireno, eran “habitantes de la ciénega”,
“padre y madre del agua”, así como “dueños o creadores de todo
lo que hay en la ciénega”, es decir, de la vida lacustre —y aun, en
cuanto a aquélla se refiere, de la producción agrícola, aspecto sobre
el cual no me extenderé.

306
lo particular. la perspectiva sincrónica

A estos seres se les describe con la mitad del cuerpo —de


la cintura para arriba— humana, y con la otra mitad, según unos
relatos, en forma de pez, “con cola de pez”, o, de acuerdo con otros,
en forma de víbora, “con cola de víbora”, si bien podían aparecerse
bajo un aspecto totalmente humano. A veces se transformaban
en una “enorme víbora negra”, o en un gran pez, y el Clanchano
también podía adquirir la apariencia de pato. Éste era “el rey de
todos los animales de la ciénega, de los patos, de los peces...”,
y el “papá de todo lo que había en la laguna”. Se decía que la
Clanchana —nombre que proviene del término nahuatl atlanchane
(habitante del agua) — era la esposa del Clanchano, y era la “mamá
de todo lo lacustre” y “la que daba todo el alimento que había en
la ciénega”.

En el ojo de agua que está por Atenco y en otro, por San Nicolás
Peralta, llamada Agua Blanca, dicen que ahí mero vivía la Oanchana
y el Oanchano. Eran la madre y el padre del agua, porque ellos daban
de comer, daban la abundancia... La Oanchana y el Oanchano eran
marido y mujer, eran la mitad de gente y la mitad de pescado. Había
una piedra d’ahuizote donde salían a calentarse... a las doce del día
salían a bañarse. Por ellos había mucha abundancia de pescado. Una
vez fui con mi papá a traer pastura... ellos estaban en un tlatil (mogote
de raíces de plantas) calentándose, y al acercamos se metieron al agua
y vi las colas de pescado enormes que tenían. (Informante oriunda del
barrio de San Pedro).

El cabello de la Clanchana era largo, “mitad pelo y mitad


animales de la laguna”, a los que aquélla llamaba “mis hijitos”,
y a quienes llevaba en los “sobacos” y en el pubis o, según otras
versiones, en la cintura. Es decir, que además de aparecer con la
cola de pescado y de víbora, también se mostraba con todo tipo de
animales de la ciénaga colgándole desde la cintura —a manera de
Cihuacoatl—, de la cabeza y de las axilas. Aunque a ambos seres
se los veía, eran más frecuentes las apariciones de la Clanchana,
la cual salía del agua a una piedra para bañarse y para peinarse.
El sitio arqueológico “El Espíritu Santo” era uno de los lugares
donde la veían los pescadores de San Mateo, ante quienes tenía

307
parte segunda: los fundamentos

una actitud ambivalente, en ocasiones propiciadora y en ocasiones


malintencionada.

A algunos pescadores, después de permitirles la captura de


muchos peces, les pedía que se fueran con ella y, ante su negativa,
a veces los castigaba impidiéndoles que cayera presa en sus redes
durante algún tiempo.

Mi abuelito me contó que, cuando existía la laguna, había una sirena


a la que veían en la madrugada cuando iban a traer la pastura. Una
noche fue a pescar y no agarraba nada; luego vio que, en la monera
[mojonera] estaba una muchacha bañándose, que se veía muy guapa,
y, de momento, desapareció. Mi abuelito se quedó intrigado. Se fue a
seguir tratando de pescar y volvió a verla; se acerco y ella le preguntó
—”¿qué quieres?”, él le respondió —”quiero conocerte, si eres cosa
buena o cosa mala”, —ella le dijo: “no soy cosa buena ni cosa mala”,
y se mostró tal cual era: sirena, y le preguntó —”¿no puedes pescar?,
si quieres pescar mucho pon tu red”; él la puso y cayó tanto pescado
que se llenó su canoa. Y le dijo a la sirena —”¿me puedes dar más?”,
—”sí, —respondió ella— “siempre y cuando me des algo”, —no puedo
darte nada” dijo él. —”Vente conmigo” repuso ella, —”no puedo ir a
tu mundo”, dijo él, —”yo te adaptaría —dijo ella—, veré que en poco
tiempo le des a tu familia todo lo que pueda necesitar, pero ya no vas
a regresar”. “No”, contestó él, y se vino a su casa. Después regresó de
nuevo a la laguna en donde volvió a ver a la Clanchana bañándose y
le dijo que no iría con ella; —”vas a tardar mucho en agarrar pescado”.
Luego, quiso verla... fue a buscarla y la vio en forma de mujer, pero
volvió a decide que no iría con ella, y la sirena le dijo que iba a seguir
pescando, y así fue, mi abuelito volvió a agarrar pescado.

La Clanchana frecuentaba todo el territorio de la ciénaga.


Se cuenta que algunos pescadores, después de ver el animalero
que llevaba consigo, pasado algún tiempo, morían del susto; en
cambio, hubo otros que lograron sobrevivir. Asimismo, relatan
que la sirena “era una mujer muy guapa” y que se presentaba
“por todos los rumbos, por lo que no era extraño para nadie que
se le apareciera”.

308
lo particular. la perspectiva sincrónica

Uno de los lugares donde solían encontrada estaba situado a unos


quince metros de la casa de mi esposa [en referencia al hogar paterno
de ésta antes de casarse]; en ese lugar había una gran piedra y ahí
se sentaba la mujer, se peinaba... Tenía un cabello muy largo y muy
bonito. Ella era muy coqueta, cuando veía a algún hombre lo llamaba
y le decía que se quería casar con él; algunos, los más valientes, se le
acercaban cuando los llamaba, ya sabían a qué hora salía durante el
día y, uno que otro, le contestaba que sí se casaría con ella; entonces
ella le decía: —”pero ¿vas a’querer mantener a todos mis hijos?, —¿y,
quiénes son tus hijos?” decía él, —”¿los quieres conocer?” seguía ella,
—”sí”— contestaba él. Entonces ella alzaba los brazos y en los sobacos
había montones de ranas, culebras, patos, atepocates y de todo lo que
hay en la laguna... ¡pero era montones de todo esto! Entonces el hombre
le decía que eran muchos hijos y ella le respondía: —”ya ves, no vas a
querer mantenerlos... entonces no te puedes casar conmigo; ¡para qué
vienes a malorearme!” Y, así, los hombres ya se iban, pero, en ocasiones
ella los envolvía con su plática y los ahogaba; algunos que lograron
salvarse cuentan que de repente se veían en el agua. La sirena... cuando
se salía a peinar se sentaba con su cola en el agua. De la cintura para
arriba... no estaba cubierta con nada, los pechos estaban desnudos. Ella
era la que daba toda la riqueza.

Con las mujeres, la Clanchana tenía una actitud de


benevolencia.

La sirena no sólo daba la riqueza. A las mujeres les daba el pelo largo,
les permitía que les creciera... (ahora ya no les crece tanto el pelo) el que
fueran bonitas... antes había muchas mujeres muy bonitas. A las mujeres
no les hacía daño, al contrario... sólo a los hombres los perdía.

En muchas ocasiones la Clanchana era dadivosa con los


hombres.

Cuenta mi abuelo (quien acostumbraba ir a la laguna desde media noche


hasta la madrugada a cortar zacate y a pescar) que en una ocasión vio
que en una parte del lago había mucho pescado y puso su red y agarró
muchas carpas inmensas. Se llevó las carpas a su casa y regresó a la
laguna como a las cinco y media de la mañana y vio a la sirena que
le dijo: —”¿te fue bien con la pesca?” Él, al verla se espantó, entonces
ella le dijo— ¿te gustaría pescar más?.. Vas a pescar más”, y él volvió

309
parte segunda: los fundamentos

a llenar su canoa, y regresó a su casa .como a las seis y media de la


mañana. Luego, más tarde regresó de nuevo a la laguna al lugar en
donde había sacado tanto pescado y vio que ya no había tanta agua
sino unos charqui tos. Pasó el tiempo... él quería verla de nuevo, pero
nunca más la vio.

Estos seres acuáticos, de indudable origen prehispánico,


muestran un vínculo con los viejos dioses del agua, Chalchiuhtlicue
y Opucht1i, en tanto proveedores de los “mantenimientos”lacustres,
y porque a aquélla “pintábanla como a mujer... decían que... tenía
poder sobre el agua..., para ahogar los que andan en estas aguas”
(Sahagún, L1, c.2, f.5r). La Clanchana también presenta algunos
rasgos de Xochiquetzal, la diosa joven de la tierra y de la luna,
que deriva de la Madre Vieja, a la que otomíes y matlatzincas le
rendían culto, festejándola estos últimos en el mes de “Ueypacht1i”
(Carrasco, 1950:145-146). En uno de los relatos —reproducidos por
el antropólogo Edgar Samuel Morales (Ms:ll)— sobre el origen de
la Clanchana, se cuenta que, antes de transformarse en sirena era
una joven originaria del barrio de abajo de Almoloya del Río, y
pertenecía a una familia apellidada Luna.

Carrasco (1950:146) señala que bajo la férula de Xochiquetzal


estaban, de manera particular, el tejido y la licencia sexual,
actividades que además de encontrarse entre los otomíes, eran
importantes para éstos. “La licencia sexual [de la diosa] explica
por qué en diferentes fuentes y probablemente entre distintos
pueblos aparece casada a diversos dioses”. Este autor —citando
los anales de Cuauhtitlan— menciona a Acpaxapo, una diosa
de los xaltocamecas que presenta _aracterísticas similares a las
de la Clanchana. Carrasco (1950:157) expresa la posibilidad de
que aquélla fuera —de manera similar a Xochiquetzal— una
forma de la luna, dado que los xaltocamecas eran adoradores del
astro nocturno. Acpaxapo era una enorme culebra con “rostro
de mujer y su cabello enteramente igual al de las mujeres, así
como su suave olor”; en ocasión de guerra con frecuencia salía a
hablar “humanamente” con los de Xaltocan para comunicarles sus
predicciones.

310
lo particular. la perspectiva sincrónica

Si bien al Clanchano y a la Clanchana se les atribuía un


carácter sobrenatural, estos seres no eran considerados como
dioses. Me parece que esto y el hecho de que todo lo relacionado
con aquellos seres se ubicara para los tiempos en que hice el
trabajo de campo, en el contexto informal de la religión popular
son, precisamente, los aspectos que refuerzan mi planteamiento
sobre la acción intencional del clero católico, desde los principios
de su actividad en San Mateo, para sacar del culto lo relativo a lo
lacustre, lo cual debió integrar un aspecto particular dentro de la
labor general en contra de la religión prehispánica.

De cualquier forma, hayan tenido o no su origen en las


deidades específicas mencionadas, la creencia en los “padres del
agua” —el Clanchano y la Clanchana—, “dueños de todo lo que
hay en la ciénega”, que daban “todo el alimento” y “la abundancia”,
y los relatos aun de primera mano sobre sus apariciones en
la laguna y sobre el trato personal, directo, que tenían con los
trabajadores del lago, muestran que los elementos lacustres de
la religión prehispánica sobrevivieron. Son también indicadores
de que éstos siguieron vigentes en el nivel más informal de la
tradición popular, a pesar, o quizá debido a que, desde la llegada
de los españoles fueron desterrándose las correspondientes
manifestaciones religiosas institucionalizadas. Asimismo —y lo
que es significativo—, muestran la forma —puede decirse— más
viva y concreta en que tales elementos acuáticos superestructurales
subsistieron, a diferencia de .10 ocurrido con los elementos del
antiguo culto agrícola que, si bien tuvieron una continuidad en la
religión oficial, para el siglo xx persistían como meros símbolos.

311
parte segunda: los fundamentos

312
lo particular. la perspectiva sincrónica

III

EL CAMBIO ESTRUCTURAL EN SAN MATEO ATENCO

En la zona lacustre, el cambio económico a causa de la


industrialización tuvo lugar mediante dos vías. La primera ocurrió
por la inversión de capital externo, a partir del establecimiento del
corredor Lerma— Toluca, y tuvo una repercusión global. La otra vía
consistió en el cambio producido en algunos municipios con base
en una actividad tradicional. San Mateo Atenco es representativo
de esta segunda vía que fue abierta a través de la confección
zapatera.

En primer término abordaré lo relativo al contexto de


la transición hacia el despegue industrial a nivel de la zona de
estudio, para pasar después a lo que se refiere al cambio económico
en San Mateo. Esta parte la he elaborado con cierto detalle pues
es la única en la que, fundamentándome en datos de trabajo de
campo, he adecuado información de tipo estadístico con objeto
de mostrar, en términos cuantitativos, por una parte, la ubicación
de los productores lacustres en el marco de los otros sectores
económicos del municipio; por otra parte, la emergencia del grupo
de zapateros —que realizó el despegue capitalista— desde el sector
agrícola, y, por último, el gradual desplazamiento económico que
habrían de sufrir los agricultores y los trabajadores del agua por
los zapateros.

313
parte segunda: los fundamentos

PANORAMA INDUSTRIAL

Los antecedentes relacionados con el desarrollo industrial de la


zona corresponden a las “fábricas” de gas, aceite, jabón, chocolate,
cerveza, y de teja y ladrillo, que existían en la ciudad de Toluca
a mediados del siglo pasado (Ministerio de Fomento, 1854). Para
1880 ya se hablaba de “fábricas” —con una “cierta organización,
cierto número de obreros, y un lugar apropiado para la producción”
(Béjar, 1974:146)—, algunas de las cuales consistían, en realidad,
en centros de producción manufacturera.

Durante el Porfiriato el desarrollo industrial fue incipiente


aun cuando en ese lapso se realizaron importantes obras para
impulsarlo, tanto a nivel nacional como en el Estado de México.
En la entidad se tomaron numerosas medidas proteccionistas como
la liberación de impuestos en la producción y en la importación
de materias primas y de maquinaria, así como la prohibición de
importar artículos competitivos. Desde entonces, el Estado de
México se caracterizó por la actitud de sus gobernantes y por sus
acciones consecuentes a favor de la industrialización.

No obstante lo anterior, de 1910 a 1930 el desarrollo


industrial en todo el Estado de México se mantuvo muy bajo,
correspondiendo al último año mencionado, 3,392 establecimientos.
De éstos, en 1,443 no trabajaba ningún obrero, y en 1,817 sólo uno
o dos, por lo que únicamente 132 establecimientos podrían quedar
incluidos en el robro de empresas industriales más o menos
formalizadas (Béjar, 1974:167). Dentro de este panorama, Toluca
representó el centro industrial más importante de la entidad hasta
1930.

La serie de disposiciones emitidas de 1929 a 1933 por el


entonces gobernador del estado, Filiberto Gómez, tendentes a
facilitar el establecimiento de industrias en la entidad, fueron la
base legal para la acción de gobiernos posteriores, destacando
la Ley de Protección de las Nuevas Industrias. Ésta se sustituyó
durante el gobierno de Isidro Fabela —de 1942 a 1945—, quien
habría de impulsar la nueva etapa del crecimiento industrial al

314
lo particular. la perspectiva sincrónica

tomar medidas no sólo legales sino también de incremento del


presupuesto estatal, de comunicaciones y obras públicas, y en
general de infraestructura.

Estas acciones, y particularmente la ley mencionada,


posibilitaron que el distrito de Tlalnepantla, únicamente en cuatro
años, superara a la ciudad de Monterrey en el monto total de las
inversiones. Después de Fabela se sostuvo el crecimiento industrial
gracias a la política económica a nivel nacional, y por la actuación
específica de los gobernantes que lo sucedieron (Béjar, 1974:160,
175, 178).

Así, la industrialización en el Estado de México empezó


entre 1940 y 1950. Al respecto, Fabila (1950, v.II:117) menciona
que la “historia económica del Estado, en el futuro, señalará la
época entre 1944 y 1950 como la más trascendental en la vida de
la entidad, pues en ese periodo es cuando el Estado se encarrera
definitiva y sólidamente, hacia su industrialización”. En 1944
había 822 empresas en la entidad con un capital de $68’370,474.00,
y, de 1945 a 1950, se añadieron otras 108 industrias y un capital de
$262’995,372.00 (Béjar, 1974:183). Sin embargo, no fue sino a partir
de 1950 cuando tuvo lugar el denominado “despegue” industrial.

De acuerdo con el padrón industrial de 1944 sobre las


“características principales de las industrias en 1944”, el municipio
de Toluca era el que presentaba el mayor desarrollo de la zona. En
este municipio había tenido lugar, entre 1930 y 1940, un incremento
y una diversificación en la producción manufacturera e industrial,
aunque no de mayor trascendencia. De. esta manera, señala Fabila
(1950, v.II:114) que

Toluca siguió siendo, hasta 1944, un centro industrial de mediana


importancia y, principalmente, destinado a producciones de consumo
inmediato y para el abastecimiento de sus mercados muy cercanos.
Después de 1944 mejoró un poco su situación. pero no lo suficiente
para que Toluca encauzara su conjunto industrial por rutas más
importantes.

315
parte segunda: los fundamentos

Aparte de Otzolotepec y de Tenango, a Toluca le seguían


en importancia Metepec y Lerma. Luego de 1944, en estos dos
últimos se instalaron otras industrias, si bien de menores alcances,
siendo a partir de 1950 cuando, como en toda la zona, empezaría
a incrementarse la planta industrial, acelerándose en la década de
1960.

EL DESARROLLO ZAPATERO EN SAN MATEO ATENCO

Aun cuando los orígenes de la zapatería en la zona lacustre


se remontan a la centuria inicial de la colonización española
(Lockhart, 1991; Albores, 1993), la primera noticia que se tiene de
aquella actividad en San Mateo corresponde al año 1873 (Archivo
municipal de S.M. Atenco, Libro de Matrimonios, 1873). Durante
la segunda mitad del siglo xx tuvo lugar, en el municipio, la
transformación del taller manufacturero en fábrica de calzado,
con lo que la zapatería, además de presentar una continuidad en el
contexto del desarrollo industrial de la zona, constituye la actividad
con base en la cual se produjo el cambio económico en San Mateo
Atenco.

Durante los primeros sesenta años del presente siglo la


zapatería puede dividirse en tres etapas, tomando en cuenta,
específicamente, la ausencia o presencia de máquinas, el tipo de
éstas y la menor o mayor utilización de las mismas.

a) Primera etapa. 1900-1912. Trabajo Manual:

El lapso comprendido entre 1900 y 1912 constituye la última parte


de una época de la zapatería en la que todo el proceso de trabajo
se llevó a cabo manualmente, con el empleo de instrumentos y sin
el uso de máquinas, y en la que las dos formas de organización
del trabajo —individual y colectiva— fueron cuantitativamente
importantes.

316
lo particular. la perspectiva sincrónica

El proceso general de elaboración de zapatos se efectuaba


mediante las fases de cortado, cosido y ensuelado. En la forma
de organización individual, el proceso de trabajo lo realizaba un
individuo “de todo a todo” —como se dice en San Mateo—, o sea,
de principio a fin. Así, la estructura productiva estaba integrada
por el productor independiente, el cual era dueño de su fuerza
de trabajo y de los medios de producción.

Durante la primera etapa de la zapatería existieron, además


del productor independiente, numerosos talleres en los cuales el
trabajo estaba organizado en forma colectiva. Ésta, a diferencia
de la organización individual, implicaba una división del trabajo
que consistía, mínimamente, en las tres fases correspondientes al
proceso general de elaboración de zapatos, al frente de cada una
de las cuales se encontraba un trabajador especializado.

En resumen, la primera etapa de la zapatería se caracterizó


por los aspectos siguientes:

— Todas las fases del proceso de trabajo se hacían a mano,


sin la utilización de máquinas, sólo con la ayuda de
instrumentos.

— Algunos de los instrumentos empleados, a la vez que


sencillos, eran hechos o adecuados por el trabajador.

— En esta época todavía era cuantitativamente significativo


el productor individual. Sin embargo, aun estando
presente, la forma de producción individual manifestaba
una tendencia a disminuir y a dejar de ser numéricamente
importante.

— En lo relativo a la organización colectiva, el fraccionamiento


de las labores era mínimo y correspondía a las tres fases del
proceso de trabajo. Debido a lo anterior, era peculiar que
en la primera etapa, el cortador y el ensuelador, quienes
tenían a su cargo dos de las tres fases en que se dividía
el proceso, llevaran a cabo numerosas operaciones. El
primero, además de cortar la piel, realizaba el rebajado y
el corte del forro, mismos que, en etapas posteriores, se

317
parte segunda: los fundamentos

dejaron en manos de distintos trabajadores especializados.


Por su parte, al ensuelador le competía no sólo todo lo que
implicaba el ensuelamiento sino también el acabado, cuyos
pasos fueron efectuados después por otros operarios.

Durante la primera etapa, como se ha anotado, la forma de


trabajo individual presentó una tendencia a desaparecer, dando
paso, en etapas posteriores, a otras formas de organización en las
cuales el fraccionamiento del trabajo se incrementó como resultado
de la entrada de máquinas. Esto constituye parte del proceso a
través del cual, al mismo tiempo que conduce a la transformación
del taller artesanal en fábrica, la situación inicial tiende a invertirse,
es decir, conforme se utilizan nuevas máquinas aumenta la
división del trabajo, y un mayor número de especialistas realizará
las operaciones que llevan a cabo los tres artesanos iniciales.
Mediante el proceso referido, el trabajador irá evolucionando de
productor manufacturero a obrero calificado.

b) Segunda etapa. 1913-1931. Empleo de máquinas mecánicas:

El tránsito hacia el capitalismo en el centro del país es el


que enmarcó la segunda etapa de la zapatería. Ésta dio comienzo
con la llegada de máquinas mecánicas para la hechura de
zapatos, que eran movidas a mano o .con el pie, lo que implicó
que el proceso de trabajo dejara de ser totalmente manual. La
utilización de máquinas puso fin a la época en que la producción
del trabajador independiente era cuantitativamente importante,
iniciándose el despliegue de la segmentación del trabajo que ya
existía en la primera etapa. .

Con la máquina para coser el “corte”, que fue la primera


que llegó a San Mateo en 1913, hizo su aparición el “maquinista”,
como se llamó al trabajador especializado en su manejo.
Posteriormente, hacia 1915 se introdujo una máquina mecánica

318
lo particular. la perspectiva sincrónica

para coser la suela, antecesora de la Stitcher que funcionaría


mediante energía eléctrica.

Durante esta etapa, el trabajo del productor independiente


disminuyó significativamente. En cambio, el número de talleres
se elevó al cobrar cada vez más importancia el trabajo efectuado
en los mismos, tanto el que se realizó totalmente en esos centros
laborales como el que se ejecutaba parcialmente en éstos y, en
parte, en el domicilio del trabajador especializado.

Durante la segunda época de la zapatería, además de


que aumentaron los talleres —sobre todo los llamados “chicos”,
que daban cabida a dos o cuatro especialistas—, el número de
zapateros que conformaban las unidades productivas tuvo un
ascenso. Aparte de los talleres “medianos” —que albergaban a
seis o siete empleados— y “grandecitos” —cuyos operarios eran
entre ocho y diez— de la etapa previa, arrancaron algunos que
albergaron entre doce y veinte trabajadores.

Después de la introducción de la máquina para coser


suelas, llegó a San Mateo la máquina de pedal para coser corte
que representó un avance respecto a la máquina de manivela. Con
ésta, el cosedor debía usar una mano para mover la manivela y
la otra para ir acomodando el corte, lo cual era lento y cansado;
en cambio, con la máquina de pedal fue posible incrementar la
rapidez del proceso de cosido ya que, al quedar libres ambas
manos para acomodar el corte, se facilitaba su ejecución.

c) Tercera etapa de la zapatería. 1932-1959. Empleo de máquinas


eléctricas:

La tercera etapa de la zapatería se caracterizó por la


utilización de máquinas que posibilitaron la transición en la
unidad productiva, de un tipo de taller —manufacturero— a otro
que desembocaría en la fábrica de zapatos. Esto implicó el cambio
que tendría lugar en el trabajador —de empleado manufacturero

319
parte segunda: los fundamentos

a obrero calificado—, así como un aumento considerable en la


productividad.

En 1932 se utilizó por primera vez en San Mateo Atenco


una máquina eléctrica —la Stitcher para coser suelas. Los pocos
dueños de talleres que en esos tiempos pudieron comprar
una de las nuevas máquinas, apostaron al frente de éstas a un
especialista asalariado, quien, además de trabajar para el propio
taller, costuraba para otras unidades. En aquella década también
entraron en escena el banco de acabar y la máquina eléctrica para
coser el corte.

Respecto al nivel tecnológico, en la tercera etapa de la


zapatería hubo, por una parte, un aumento cuantitativo, puesto
que se añadió una máquina más —el banco de acabar— en la
fase del ensuelado. Y por otra, un cambio cualitativo, ya que, al
sustituirse la fuerza humana por la energía eléctrica se obtuvo una
mayor rapidez que con las máquinas mecánicas. Asimismo, se logró
que el esfuerzo desplegado fuera incomparablemente menor que el
requerido por las máquinas previas, ya no digamos la de manivela,
sino aun la de pedal. El resultado fue un importante aumento de
la productividad.

En esta etapa hubo en San Mateo un auge de la zapatería,


contándose alrededor de cincuenta talleres grandes donde se
confeccionaban de ,cien a doscientos pares de zapatos a la semana.
Fue entonces cuando aquella actividad llegó a ser el oficio de
mayor prestigio en el pueblo.

La tercera etapa de la zapatería se ubica en el contexto


regional del llamado “despegue industrial”, en cuyo transcurso
se instaló la fábrica de calzado como unidad de producción. El
establecimiento de ésta representó la culminación de un proceso,
sobre el cual cabe mencionar tres momentos que corresponden a las
dos últimas etapas a las que me he referido, así como a una cuarta
etapa que empezó en 1960 y que se continúa hasta nuestros días.

320
lo particular. la perspectiva sincrónica

Con la utilización de máquinas mecánicas —en la segunda


etapa— ya se habían sentado las bases tecnológicas para el inicio
del proceso de industrialización. Sin embargo, se requirió el
empleo de máquinas eléctricas para que tuviera lugar, en la tercera
etapa, el cambio por el que la unidad productiva, aun cuando
había dejado de ser el antiguo taller manufacturero en el cual el
proceso de trabajo se efectuaba totalmente a mano, todavía no era
la fábrica con la presencia de maquinaria en todas las fases del
proceso de producción. Se trataba de un taller donde el uso de tres
máquinas eléctricas —las máquinas para coser el corte, la Stitcher
para coser suela y el banco de acabar— había posibilitado elevar
considerablemente la productividad, y en el que se había hecho
necesaria la participación de trabajadores especializados para su
manejo.

La tercera etapa de la zapatería es la última dentro del


periodo que abarca el presente estudio, que concluye al iniciarse
la industrialización en el Alto Lerma. Ésta habría de enmarcar a la
cuarta etapa, durante la cual, el uso de maquinaria ha tenido un
incremento sin precedentes, habiendo aumentado, en consecuencia,
la división del trabajo. En el transcurso de esta última etapa surgió
la fábrica de calzado, con la utilización de máquinas en todas las
fases del proceso de producción. Cabe señalar que el desarrollo
tecnológico no se generalizó, por lo que la fábrica altamente
tecnificada coexistiría al lado de otras unidades que presentan una
amplia gama en cuanto al mayor o menor empleo de maquinaria.

— La acumulación capitalista

Dentro de este periodo, que en San Mateo Atenco


se prolongó hasta fines de la década de 1960, tuvo lugar el
proceso de transición que condujo al cambio económico. Esto
es, la entronización del trabajo en la industria, a la par que el
deslizamiento de las actividades primarias principales —la
obtención de productos lacustres y la agricultura— a un lugar
secundario.

321
parte segunda: los fundamentos

En tal proceso es posible distinguir tres etapas, a saber: i) la


proletarización de los campesinos, con la que Se inicia la transición,
ii) la acumulación capitalista regular en la sección de arriba de San
Mateo, con la que empieza el cambio, y iii) la proletarización del
sector lacustre, con la que el cambio finalizaría.

Antecedentes.- Entre 1821 y la década de 1850 al parecer


tuvo lugar una incipiente acumulación de capital en San
Mateo Atenco dentro del sector formado por artesanos, que se
dedicaban sobre todo a la herrería y, en una escala mucho menor,
a la carpintería. Asimismo, por un grupo de comerciantes que
integraba a los que expendían sus productos de manera fija en la
localidad, y a un número apreciable de arrieros. Una vez lograda
la independencia del país —al dejar de actuar los mecanismos
mediante los cuales se mantenía un nivel económico determinado
dentro de la comunidad indígena—, la acumulación de capital
fue posible, en cierta medida, por las transferencias de valor, que
ocurrieron con base en el intercambio desigual de los productores
lacustres y los campesinos hacia los artesanos y comerciantes.

Los trabajadores de la ciénaga distribuían los productos que


sacaban del lago a los herreros, a los carpinteros y a los campesinos,
mientras que éstos vendían a los primeros principalmente maíz,
así como en ciertos casos o de manera eventual a los dos grupos
restantes. Los productores lacustres compraban a los carpinteros
algunas canoas, palas de remar, y, de vez en cuando, agujas para
tejer redes, y a los herreros, hoces largas para cortar vegetales
lacustres y anzuelos, y posiblemente ya desde entonces una que
otra aguja de fisgas.

Por su parte, los campesinos compraban a los carpinteros


las coas para la siembra y otros implementos agrícolas como las
orejeras del arado criollo, llegando en caso necesario, tanto éste
como aquéllas, a ser reparado por los artesanos referidos. Los
campesinos encargaban al herrero varios aperos de labranza, como
eran “rejas”, escarramanes, hoces criollas y pixcadores, siendo tal
artesano el que componía la punta de fierro del arado. La población
en general adquiría con los herreros: machetes, hachas, cuchillos,

322
lo particular. la perspectiva sincrónica

frenos para los caballos, espuelas,” herraduras, y las puntas de los


garguses que servían “para arriar a las bestias”; también compraba
diversos productos a los comerciantes y arrieros.

Parece posible que ciertas transferencias de valor ocurrieran


de los productores lacustres hacia los campesinos, herreros,
carpinteros y comerciantes en general, y de los campesinos hacia
los tres últimos grupos, con base en el menor nivel de desarrollo
tecnológico de los trabajadores lacustres en primer lugar y de los
campesinos en segundo, como se verá posteriormente.

Al transcurrir la etapa comprendida entre 1821 y la década


de 1850, en San Mateo aumentaron los herreros,’ algunos de los
cuales, a partir de la promulgación de la Ley Lerdo, en 1856,
lograron multiplicar el número de terrenitos si es que poseían
algunos o bien pudieron conseguir uno o más de éstos. Pero, al
mismo tiempo, tuvieron que empezar a compartir las ventajas
que en su mayor parte habían gozado desde el inicio de la vida
independiente de México. En efecto, tales ventajas también serían
aprovechadas, al ocurrir la agudización del despojo de tierras
comunales, por los rancheros y hacendados de la zona quienes,
además de la extracción de trabajo excedente, se ahorrarían lo
relativo a una parte de la reproducción de la fuerza de trabajo de
los agricultores que debieron emplearse como asalariados.

Esto tuvo lugar en una medida cada vez mayor conforme


comenzó la proletarización sistemática de los campesinos, a
consecuencia de la pérdida de las tierras de la comunidad que
ocurrió particularmente desde mediados del siglo pasado. Por su
lado los comerciantes, tanto los fijos como los arrieros, obtenían
ganancias considerables en las diferentes transacciones de “reventa”
que llevaban a cabo.

Así, para el lapso comprendido entre 1873 y 1877 en el


pueblo había por lo menos 26 herreros, así como numerosos
arrieros y varios comerciantes y carpinteros (Archivo municipal de
S.M. Atenco, Libro de Matrimonios, 1883, y Actas de Defunción,
1874).

323
parte segunda: los fundamentos

a) La proletarización de los campesinos. 1850-1920

La penetración sistemática de relaciones capitalistas en


San Mateo Atenco se inició a partir de los últimos despojos de
terrenos comunales. Éstos tuvieron lugar entre 1850 y 1920 en el
contexto de la República liberal y del autoritarismo porfiriano, y
aun después, y provocaron la proletarización de una parte de los
habitantes del municipio.

En 1872, al surgir como municipio, a San Mateo Atenco le


fue segregado por lo menos el barrio de San Gaspar Tlahueililpan
—que se anexó al municipio de Metepec—, perdiendo unos
cuantos años más tarde, en 1883, las dos terceras partes del llano
de Guadalupe. Posteriormente quedó confinado a su mínima
expresión territorial, al disminuir, en poco menos de dos décadas,
de 82 kilómetros cuadrados que medía en 1900, a 13.5 kilómetros
cuadrados con que llegó a contar en 1919 (Gobierno del Estado de
México, 1955:23-24; Velasco, 1889:121).

Por estos tiempos, el municipio había quedado circunscrito


por las haciendas de Buenavista al norte, La Asunción al noreste,
San Antonio al poniente, y la de Atizapán al sur (Gobierno del
Estado de México, 1955:23), las cuales eran fundamentalmente
ganaderas. A principios de la última década del siglo pasado,
Velasco (1889:122) hada el señalamiento de que San Mateo
“produce cereales y pastos. En sus haciendas se cría gran cantidad
de ganado bovino y vacuno, siendo de gran fama la raza del que
se emplea en la lidia de toros”.

Hasta entonces, la mayor parte de la población


económicamente activa ( pea ) de la sección de arriba había
dependido en buena medida, en cuanto a lo económico, de la
agricultura de humedad y temporal. Sin embargo, debido a los
despojos que sufrió el municipio en los últimos tiempos de su
historia, aquélla tuvo que empezar a dedicarse, de manera regular
y como actividad principal, al trabajo asalariado en las haciendas
de la zona.

324
lo particular. la perspectiva sincrónica

Al iniciarse el segundo periodo del proceso general de


acumulación originaria, llamado de acumulación capitalista
en sentido estricto —que en términos municipales abarcó de
1850 a 1970—, en el contexto de los últimos desalojos de tierras
se beneficiaron, sobre todo, antiguos y nuevos hacendados y
rancheros que en su mayor parte no residían en San Mateo.
De esta manera, dentro de la pea municipal, al lado de los
productores lacustres fue definiéndose el círculo de campesinos
semiproletarios por un lado, y por otro, un pequeñísimo grupo
de rancheros y medianos agricultores, así como otro sector muy
reducido de artesanos —carpinteros y herreros— y productores
manufactureros —zapateros (Vera, 1880; Gobierno del Estado de
México, 1955:23).

La transición económica. 1900-1920:

Para 1900, el 90% de la pea se ocupó en la agricultura


y en el trabajo lacustre, el 2% en el comercio, y el 8% lo hizo
en diversos oficios (Dirección General de Estadística, Censo
General de Población, Estado de México, 1900). De la población
dedicada a actividades primarias, aproximadamente el 35% (756
individuos) de los 2,152 habitantes que constituían la pea de, San
Mateo correspondía a los productores lacustres, y el 53% (1,134
individuos) a los peones de campo.22

En el censo no se considera a las mujeres —unas 600—


que preparaban y vendían los productos lacustres, o sea, el 31
% de las cónyuges de los hombres dedicados a las actividades
primarias, cuyo total —alrededor de 1,900— aparece bajo el rubro
de “quehaceres domésticos”. Tampoco se toma en cuenta el trabajo
de los miembros de la familia que, sobre todo en ciertas fases del
ciclo agrícola (siembra, escarda y cosecha), realizaban junto al jefe

22
En realidad, tanto los trabajadores lacustres como los peones de campo
venían agrupados en el censo de 1900 bajo el rubro de peones de campo, por lo
que el desglose lo he hecho con base en aproximaciones a partir de la información
obtenida en trabajo de campo y en la que proporciona el Ensayo económico de una
comunidad, Gobierno del Estado de México, 1955 relativa a 1873 y 1919.

325
parte segunda: los fundamentos

de la unidad doméstica. Sin embargo, dicho trabajo familiar era,


dado el amplio espaciamiento con que se hada y debido a la cada
vez menor porción de tierra con que contaban las cabezas de
familia, bastante más reducido que el trabajo desempeñado, casi
todos los días, por las esposas de los trabajadores lacustres. De
esta manera, si se incluye al sector femenino antes mencionado,
el porcentaje de los que trabajaban en la obtención, preparación y
venta de productos acuáticos aumenta significativamente.

El sector que venía efectuando la acumulación de capital


estaba integrado por el 1.3% correspondiente a 28 rancheros y
medianos propietarios, y por el 2.4% relativo a 43 comerciantes
—entre los que se encuentran los arrieros, cuya cifra era mayor
que la consignada en el censo de aquel año. Ahora bien, de los que
aparecen allí bajo el rubro de “oficios”, los 27 zapateros (o sea, el
1 % de la pea total —cifra que está subevaluada—), 23 carpinteros
(1 %), y 9 herreros (0.4%), incluían a algunos individuos que eran
dueños de pequeños talleres donde trabajaban algunos asalariados.
Los trabajadores restantes se dedicaban a diversos oficios, mismos
que cito para mostrar que los datos del censo son aproximativos
y deben tomarse sólo como una ayuda en la interpretación de
información más amplia y detallada. El registro censal es el
siguiente: 26 albañiles (1 % de la pea total), 24 filarmónicos (1 %), 13
panaderos (0.6%), 10 tejedores de palma (0.46%), así como 5 sastres,
4 arrieros, 3 adoberos, 2 coheteros, 2 curtidores, 2 hojalateros, 2
jarcieros, 2 ladrilleros, un carretonero, un cerero, un matancero, un
talabartero y un dulcero.

Los tejedores de palma y los arrieros aparecen bastante


subevaluados puesto que, refiriéndome únicamente a estos
últimos, por la información de campo, su número arribaría a un
mínimo de 30 para el año considerado. La producción dulcera
se realizaba por temporadas —como en la conmemoración de
los muertos—, por numerosas mujeres. Por otro lado, en aquella
fracción de trabajadores también se mencionan actividades
significativas —como la de los curtidores y la del talabartero— en
cuanto a la tradición del trabajo de cueros que se relaciona con el
futuro desarrollo zapatero en el municipio. De manera similar, el

326
lo particular. la perspectiva sincrónica

reporte de los adoberos muestra el cambio que entonces estaba


ocurriendo en las casas populares que tradicionalmente se habían
construido con “planchitas” de yerbas lacustres, por el adobe, que
con anterioridad había sido un material de construcción de las
pocas casas del sector de mayor rango económico. Finalmente,
el dato sobre los filarmónicos manifiesta un aspecto que, por la
información recabada y la observación participante, caracterizó
a San Mateo y a toda la zona, al parecer desde tiempos muy
antiguos. El gusto por la música y su disfrute y empleo en las
actividades ceremoniales se evidencia de manera particular en la
tradición otomiana, habiendo trascendido hasta nuestros tiempos
en varios pueblos de la zona, en la conformación de diversos tipos
de conjuntos —desde integrantes de bandas de música, hasta los
grupos de rock.

En 1915, los vecinos del municipio realizaron, sin éxito,


un trámite para solicitar al presidente de la sección de agricultura
la restitución de las tierras que, de acuerdo con aquéllos, habían
sido arrebatadas por los poblados de Lerma, Tultepec, Cholula,
Capulhuac, Metepec, San Miguel Toto, San Lucas Tunco, San Pedro
Tlaltizapán, las haciendas de Texcaltenco, La Asunción, Atizapán
y Doña Rosa, y el rancho de San Antonio.23

Para 1919, de los 13.5 km2 que abarcaba el municipio de


San Mateo Atenco24, aproximadamente 9.5 km2 eran de tierra
firme y 4 km2 de ciénaga. Ahora bien, del 50% (1,038 individuos)
de “cabezas de familia”, el 37% (388 individuos) contaba con un
promedio de 0.1 ha., y el 63% (650 individuos) poseía un promedio
de 0.32 ha. Aparte de éstos, el otro 50% (1,047 individuos) de los
jefes de familia sólo tenía uno que otro metro cuadrado.

23
Referencia tomada del Ensayo socioeconómico de una comunidad.
24
Toda la información correspondiente a dicho año procede del Ensayo económico
de una comunidad.

327
parte segunda: los fundamentos

b) La acumulación capitalista regular en la parte de arriba de San


Mateo Atenco. 1921-1950. Inicio del cambio económico

Dentro del periodo de acumulación capitalista, en la etapa


final—comprendida entre 1900 y 1970—, los trabajadores lacustres
jugaron un importante papel en la reproducción de la fuerza de
trabajo situada en la parte de arriba, así como en la acumulación
de capital que se inició en forma regular en esta sección durante
la etapa referida. Lo anterior tuvo lugar con base en una situación
explicable no sólo en términos económicos, sino particularmente
por factores extraeconómicos. Plantearé en primer lugar lo
meramente económico.

Podemos visualizar el contexto de la transición económica


(1850-1950/1970) al comparada con el panorama descrito por
Vetancourt para la república de indios del siglo xvii. En ésta, el
trabajo colectivo en las parcelas de comunidad —del territorio en
general—, representaba el sostén de las relaciones de reciprocidad
y de distribución equitativa. A diferencia de tal condición, hacia
1850 ya existían en San Mateo Atenco, relaciones de intercambio
comercial entre los trabajadores de las dos secciones territoriales
del pueblo.

En esta nueva situación, en que los agricultores y


los trabajadores lacustres se presentan como productores y
vendedores de mercancías, la disparidad habría de establecerse
por la mayor capacidad productiva de los primeros (y de los
otros sectores económicos de San Mateo) con base en el desarrollo
tecnológico alcanzado a través de su proceso histórico. Este esbozo
implica que el papel jugado por los productores lacustres en la
acumulación y despegue capitalista —protagonizados por un
grupo de agricultores— podría explicarse por las transferencias
de valor. Éstas se efectuarían, a partir del intercambio desigual,
del sector de trabajadores lacustres hacia los campesinos y los
productores artesanales y manufactureros.

Las transferencias mencionadas constituyen la manera


en que las formas y modos de producción precapitalistas son

328
lo particular. la perspectiva sincrónica

articulados al modo de producción capitalista mediante la llamada


“subsunción formal del trabajo en el capital”. Ésta ocurre en la
estructura de transición al capitalismo en la que, si bien este modo
de producción es ya dominante, las antiguas formas económicas
aún permanecen como tales.

En este contexto estructural, el modo de producción


capitalista articula a otras formas preexistentes, sin modificar
las condiciones no capitalistas de producción, subordinándolas
formalmente a través de la plusvalía absoluta. Es decir —de
acuerdo con Roger Bartra (1978:73- 74)—, el modo de producción
capitalista, mediante una relación meramente monetaria,
transforma a los modos precapitalistas de producción en procesos
de producción de capital al situar al productor directo como
“personificando al trabajo subordinado al capital”.

[Sobre] la base de un modo de producción preexistente, o sea de un


desarrollo dado de la fuerza productiva del trabajo y de la modalidad
laboral correspondiente a esa fuerza productiva, sólo se puede producir
plusvalía recurriendo a la prolongación del tiempo de trabajo, es decir
bajo la forma de la plusvalía absoluta. A esta modalidad, como forma
única de producir la plusvalía, corresponde pues la subsunción fonnal
del trabajo en el capital. (Marx, 1974:56).

Sucede, teóricamente, de la misma manera en que el antiguo


campesino independiente y el artesano, luego de convertirse en
asalariados, se encaran como vendedores de fuerza de trabajo al
capitalista, quien, a su vez, se relaciona con aquéllos únicamente
como poseedor de capital. Antes del proceso de producción, tanto
unos como el otro se sitúan como “poseedores” de mercancías
mediando una “relación monetaria”, mientras que “dentro del
proceso de producción se hacen frente como agentes personificados
de los factores que intervienen en ese proceso: el capitalista como
‘capital’, y el productor directo como ‘trabajo’, y su relación está
determinada por el trabajo como simple factor del capital que se
autovaloriza”:

Denomino subsunción farmal del lrabajo en el capital a la forma que

329
parte segunda: los fundamentos

se funda en el plusvalor absoluto, puesto que sólo se diferencia


formalmente de los modos de producción anteriores sobre cuya base
surge. (Marx, 1974:56).

Aun cuando lo esencial de esta subordinación o


“subsunción” estriba en la relación únicamente monetaria, y
en el hecho de que las condiciones objetivas y subjetivas de
trabajo —medios de producción y medios de subsistencia
respectivamente— se le oponen al productor como capital,
las condiciones del modo de producción precapitalista no son
modificadas. En esta etapa todavía no ocurre ninguna diferencia
en el modo de producción mismo; en cuanto a lo tecnológico, el
proceso laboral continúa realizándose igual que antes, aunque ya
subordinado al capital.

La diferencia entre las relaciones de subordinación al


capital y las relaciones previas radica en que a aquéllas se las
ha despojado de los vestigios religiosos, patriarcales y políticos,
quedando circunscritas únicamente a un carácter monetario. Tal
diferencia constituye, a la vez, el núcleo de la subordinación real
o plusvalía relativa en que se cobijan las formas de explotación
típicas del capitalismo desarrollado. .

Esta relación monetaria manifiesta —siguiendo a Bartra


(1978:75)—:

... la sustitución de la coacción extraeconómica sobre el productor directo


por una forma nueva de dominación puramente económica, en la que
el capitalista consume, vigila y dirige la fuerza de trabajo. Sin embargo,
la relación monetaria revela —al mismo tiempo— que la relación de
dominación sólo ha cambiado formalmente, purificándola de elementos
políticos y sociales extraeconómicos; pero constituye la base necesaria
de la reducción del tiempo de trabajo necesario (plusvalía relativa).
En fin, la relación monetaria entre modos de producción constituye,
en realidad, una forma de plusvalía (absoluta), por tanto, una forma
de explotación que no se explica al nivel de la circulación, sino por
las condiciones de la producción. Estas condiciones indican que la

330
lo particular. la perspectiva sincrónica

dominación del capital aún no cambia las formas de producción “típicas


de otros modos de producción previos. La circulación puramente
monetaria no hace más que expresar esta particular articulación de la
producción, que se encuentra aún en proceso de transición.

De esta manera, en la estructura de transición en la que


la producción lacustre está subordinada formalmente al modo
de producción capitalista, los trabajadores de la ciénaga —al
igual que los campesinos y artesanos quienes, al no emplear
trabajadores, no producen como capitalistas— son productores
de mercancías, presentándose como vendedores de mercancías
—no como vendedores de su fuerza de trabajo. Así, por ser dueños
de sus medios de producción, los productores independientes
aparecen como capitalistas, en tanto que como dueños de su
fuerza de trabajo aparecen como su propio trabajador asalariado.
Por lo anterior, el pago a su trabajo reviste la forma que Marx ha
denominado “salario autoatribuido”.25

Considerando que a lapsos iguales corresponden las


mismas cantidades de valor, las transferencias de éste ocurren
debido a que en el régimen capitalista la capacidad productiva
es mayor que en las formas precapitalistas de producción. Así,
teniendo como base el aumento de la capacidad productiva, al
disminuir la magnitud del valor de las mercancías en general
—por el descenso del valor de la media de los medios de vida
necesarios para asegurar la subistencia del poseedor de la fuerza
de trabajo (lo cual es el valor de la fuerza de trabajo misma)—, el
precio que se le paga al productor independiente es menor que el
que correspondería a la magnitud del valor de su producción. .

[Lo] determinante es siempre el tiempo de trabajo socialmente necesario,


y la capacidad productiva del trabajo influye en el valor a través de
dicho tiempo de trabajo en una relación inversa (a mayor capacidad de

25
Sobre la articulación de modos y formas precapitalistas al modo de producción
capitalista ver el capítulo III de la obra de Roger Bartra El poder despótico burgués, 1978,
así como, del mismo autor, Estructura agraria y clases sociales en México, 1974.

331
parte segunda: los fundamentos

trabajo, menor magnitud del valor, siempre y cuando varíe el tiempo


de trabajo necesario invertido)... La esencia de estas relaciones está
constituida por el intercambio desigual (o cambio de no equivalentes).
El intercambio desigual procede de una diferencia entre la magnitud
del valor y el precio de las mercancías: cuando el campesino vende
su mercancía a un precio inferior al de su valor, está realizando una
operación de cambio de no equivalentes. (Bartra, 1978:79, 81).

Aun cuando los agricultores destinaban el maíz cosechado


principalmente para el autoconsumo, vendían una fracción del
mismo a los habitantes ribereños. Tal situación tuvo una mayor
preponderancia antes de la agudización de los despojos de tierras
—ocurrida de 1900 a 1913 por lo menos— ya raíz de la dotación
ejidal, la cual se ubica temporalmente entre 1921 y 1929.

Los carpinteros y herreros también fueron vendiendo


—cada vez más conforme transcurrió la etapa mencionada—
algunos de sus productos. Éstos consistían, respectivamente, en
canoas y remos, y segaderas, anzuelos, machetes, hoces, y agujas
para fisgas. Por su parte, los productores ribereños cotidianamente
entregaban a los habitantes de la sección de arriba diversos
productos acuáticos comestibles, medicinales y forrajeros, y, por
temporadas, tule redondo, tule ancho y flores.

Mediante estos intercambios, las transferencias de valor


ocurrirían, como antes se indicó, por el menor nivel de desarrollo
de las fuerzas productivas de los trabajadores lacustres frente
a los campesinos y trabajadores artesanales, y eventualmente
también respecto de los zapateros. En efecto, en primer término,
en la sacadura de algunas especies acuáticas el productor no
necesitaba más medio que sus propias manos, como en el caso
de varios vegetales comestibles —el berro— y de ornato —el
lirio, que simplemente se extraía del contexto lacustre sin previo
corte. Sucedía algo parecido en los tipos de caza de voladores y de
captura de la carpa. En este mismo sentido, la mayor parte de los
instrumentos y medios utilizados en la obtención de productos de
la ciénaga eran —como se vió— de origen prehispánico. Consistían
en la canoa, los remos, y el cajete o el hachón, así como, para la

332
lo particular. la perspectiva sincrónica

captura de fauna, en redes, fisgas, honda, vara y gaza, liga y palos,


siendo por lo general el mismo productor quien los confeccionaba
manualmente con materiales locales. El rifle también se usó sin
que llegara a desplazar a los instrumentos tradicionales.

La economía [precapitalista, menciona Bartra al referirse a los


campesinos ya los artesanos] se encuentra en condiciones para su
reproducción, para su permanencia... en condiciones de reproducir los
medios de producción que requiere, a menos que se encuentre en un
avanzado estado de descomposición; en el seno de su incipiente división
del trabajo, los campesinos y artesanos son capaces de fabricar sus propios
útiles de trabajo... Desde luego, la absorción de este modo de producción
al mercado interno capitalista provoca que se destruya paulatinamente
la capacidad de reproducir sus propios medios de producción, los cuales
son sustituidos por productos industriales. (Bartra, 1978:88).

Algunos vegetales comestibles (como la papa del agua) se


sacaban a mano con la ayuda del remo o la garrocha de agujas, y
la sajadura de otros vegetales comestibles y de los que servían para
el trabajo artesanal (tules redondo y ancho), se hacía con segadera,
instrumento fabricado por los herreros del pueblo, en tanto que el
corte de flores lacustres se efectuaba por lo general con la hoz.

En la confección de redes, el trabajador lacustre tallaba


la aguja de madera y el “otate” o “estanquillón” (nombre que,
parece ser, se deriva de estaquilla, estaca pequeña) por medio de
los cuales realizaría el tejido. En vez de comprar las garrochas,
para la pata y el aro de la macla, y las estacas de encino en que
se sostendría el chinchorro, era común que aquél fuera al monte
a cortadas, y que confeccionara con tule ancho, y posteriormente
también con “jareta” o cordoncillos de lana los tirantes con los que
sujetaba a las redes. El material que servía para la elaboración de
la honda era ixtle —y posiblemente también la fibra de la yuca—y­
“jareta”, siendo quizá durante la primera mitad de este siglo
cuando en la hechura de la red el hilo manufacturado sustituyó
al ixtle.

333
parte segunda: los fundamentos

A principios de siglo, algunos trabajadores de la ciénaga


hacían sus canoas ahuecando troncos de árboles; otros adquirían la
canoa y los remos con el carpintero, empezando a extenderse esta
última forma hacia 1925. Las garrochas o remos rollizos se cortaban
en el monte, aunque, con el tiempo, se generalizó su compra.

No he podido precisar si fue a principios del presente


siglo cuando las fisgas dejaron de ser confeccionadas totalmente
por el producto lacustre a partir de varas—para la fisga de una
aguja—, de otates—para la elaboración de esta última—, y de
maderos más gruesos —para la fisga de varias agujas. Sin embargo,
en los nombres de las partes constitutivas de las fisgas (que han
sobrevivido hasta nuestros tiempos): vara y otate —para la de una
sola aguja— y garrocha y aguja —para la de varias puntas— están
implicados los materiales con los cuales se hacían. Quizá sólo
devastando un poco el otate para hacer la única punta de la fisga
ranera de día, y, en el caso de las agujas múltiples, posiblemente
mediante un trabajo más tardado que habría requerido labrar un
trozo de madera, de modo semejante a como se confeccionaba la
“aguja” que se empleaba en el tejido de redes.

Posteriormente, en la década de 1920, al introducirse la


bicicleta como medio de transporte individual, los rayos de las
ruedas de los vehículos inservibles comenzaron a adecuarse para
su uso como agujas metálicas. Al transcurrir el tiempo, éstas se
compraron cada vez más a los herreros del pueblo, adquiriéndose,
igualmente por compra, las garrochas o maderos y los otates.
Con todo, parece, que de manera similar a lo que pasaba en la
Cuenca de México, desde los tiempos, prehispánicos se efectuaba
la venta de agujas en forma paralela a las que elaboraba el propio
productor.

Como ya ha sido referido, los torzales o gazas de los


chonhuascles —al igual que la red circular corrediza— eran tejidos
con cerdas de cola de caballo o de buey —que quizá sustituyeron
al ixtle— por el cazador, quien recolectaba en el campo las varas
de mimbre, otate o cincolote a las que aquéllas se amarraban.
Asimismo, el productor confeccionaba la jareta y el anzuelo, y

334
lo particular. la perspectiva sincrónica

conseguía el zacate delgadito y el camote para atrapar a las aves


con liga. Por último, el cajete que servía para alumbrarse durante
la pesca nocturna constaba de dos cazuelas de barro, usándose
ocote como combustible, mientras que el hachón se confeccionaba
con una cazuela vieja, o con un pedazo de hoja de lata y ocote o
bien con hilachos o estopa— y combustible.

No obstante que en su mayoría los medios e instrumentos


eran sencillos, su hechura requería de una cantidad considerable
de tiempo, habiendo además que recorrer, en numerosas ocasiones,
largos trayectos en la búsqueda de los productos. Debido a lo
anterior, y a que el trabajo se desarrollaba en la ciénaga, y por
no contar con más medio de propulsión para el transporte que
la energía humana, la duración de la jornada y la intensidad
del trabajo desplegado en ésta eran relativamente mayores que
las empleadas en la producción agrícola. De igual forma, los
familiares de los trabajadores ribereños —en particular las mujeres­
participaban en forma regular durante casi todo el año, a diferencia
de las familias del sector agrícola.

Los agricultores dependían, en gran parte, de su propio


trabajo; sin embargo, éste era comparativamente menor que el
desplegado por los trabajadores del agua debido a que contaban
con un mayor nivel tecnológico. En el desempeño de casi todo el
ciclo agrícola los campesinos usaban tracción animal, instrumentos
de fierro y de madera, y aun aparatos. Algunos de éstos, que hacia
1900 eran de madera, fueron después mixtos, como es el caso
del arado de madera con punta de fierro cuyas orejeras de aquel
material se sustituyeron por otras metálicas.

En lo que respecta al medio de tracción, durante la primera


mitad del presente siglo, las acémilas sustituyeron a los bueyes que
tiraban del arado y de la carreta, con objeto de acelerar el proceso
de trabajo. Ahora bien, aparte de la coa y del garabato, que estaban
hechos con madera en su totalidad, el resto de los instrumentos
agrícolas eran de fierro, como, por ejemplo, el bieldo, el azadón,
la hoz y el pixcador. En fin, la coa llegó a coexistir durante el
lapso señalado con la máquina sembradora, y alrededor de 1950

335
parte segunda: los fundamentos

se introdujo el tractor. En relación con los medios de trabajo, las


relaciones mercantiles habían penetrado más entre los campesinos
que entre los pescadores, pues aquéllos en lugar de confeccionar
sus instrumentos los compraban.

Otro factor que influía en un menor gasto de energía y


en un mayor aprovechamiento de la jornada consistía en que los
campesinos no tenían que recorrer tan grandes distancias —como
los pescadores— para la realización de sus actividades, ya que sus
campos generalmente se hallaban contiguos a la casa—habitación.
A pesar de que tal situación se modificó en muchos casos a raíz de
las dotaciones ejidales, no llegó a compararse con las condiciones
que enfrentaban los trabajadores lacustres.

Es importante señalar también que las condiciones


ambientales propiciaban una alta productividad y aligeraban las
labores agrícolas, ya que, al contar con el agua que bajaba por las
escurrideras, los terrenos contenían un índice óptimo de humedad.
Asimismo, de las zanjas más cercanas se extraía el “azolve” para el
abonamiento. Sin embargo, algunos factores meteorológicos, como
la lluvia, el granizo, los vientos y las heladas, contrarrestaban en
ocasiones los rendimientos —generalmente excelentes—, pudiendo
llegar a nulificarlos.

Por su parte, los herreros y los carpinteros no sólo contaban


con instrumentos de fierro sino que era común que laboraran al
lado de unos cuantos asalariados en pequeños talleres, donde la
organización colectiva hada menos pesado y más productivo el
trabajo.

No obstante lo anterior, la alta productividad del recurso


acuático compensaba el bajo nivel tecnológico y la consecuente
menor capacidad productiva de los trabajadores lacustres frente
a los agriculores. Es más, considero que con base en la riqueza de
la ciénaga —que se nos muestra plenamente a través del uso que
hacían los lugareños del término “mina” al hablar del lago—, los
productores lacustres estarían no sólo en un plano de igualdad
con los agricultores —en cuanto a la magnitud de valor de sus

336
lo particular. la perspectiva sincrónica

mercancías— sino que, incluso, les llevarían ventaja. Ante este


panorama, existen, a mi entender, razones extraeconómicas de
tipo histórico por el que la mercancía de los trabajadores del agua
era pagada por debajo de su valor.

Parto del planteamiento teórico de que el modo de vida


lacustre es no sólo previo, sino que posibilitó la emergencia de la
agricultura y fue un factor importante —como fuente alimenticia
básica de los sectores mayoritarios— en el surgimiento del
Estado. Así, en la división que entonces emana entre agricultores
y productores lacustres —en la que éstos quedan relegados a un
status económico inferior—, entre los mecanismos extraeconómicos
que justifican tal situación, los de tipo ideológico —en particular
religiosos, a los que luego me referiré con un poco más de detalle—
­tuvieron un papel primordial.

Este factor ideológico, que, como veremos después, en San


Mateo Atenco implicaba un prejuicio de los agricultores respecto a
una “inferioridad” en cierta medida intrínseca de los trabajadores
lacustres, se manifestaba en una actitud despectiva de aquéllos.
En mi opinión, dicho mecanismo ideológico se mantuvo en buena
parte por la persistencia —hasta cierto punto—, a través del
tiempo, de las condiciones objetivas de trabajo de los productores
lacustres. Esto es así, que aun en nuestro siglo los trabajadores
del agua conservaban instrumentos, técnicas, y, en fin, un modo
de vida básicamente similar al del momento del contacto con los
españoles, lo cual los hacía parecer como suspendidos en el tiempo.
Lo anterior explica también su sorprendente tradicionalidad, sobre
cuya causa principal abordaré con posterioridad. En resumen,
puede decirse que había un tipo de traslado de excedentes (o
plusvalor) de los productores lacustres a los agricultores por
razones extraeconómicas. Con todo el planteamiento previo no es
más que aproximativo, quedando su desarrollo como uno de los
temas para un trabajo futuro.

Por otra parte, los trabajadores lacustres proporcionaron


un importante apoyo económico a los agricultores y a los sectores
económicos restantes por la canalización gratuita de productos

337
parte segunda: los fundamentos

acuáticos a partir de las relaciones sociales: amistosas, rituales,


religiosas y de parentesco.

Dotación ejidal.- Como resultado de la Revolución Mexicana


se produjo la dotación ejidal y se disminuyó la jornada de trabajo
agrícola de doce y trece a nueve horas. Con sólo la reducción del
tiempo de labor algunos campesinos dispusieron de algunas
horas para empezar a trabajar, como ocupación secundaria
o complementaria, en la confección de zapatos —actividad
tradicional, de origen colonial. Por su lado, los agricultores que
recibieron tierras ejidales empezaron a disminuir el tiempo de
trabajo en las haciendas no únicamente por el acortamiento de la
jornada, sino también de acuerdo con la mayor o menor cantidad
de tierra obtenida. Debido a lo anterior, se dedicaron, en mayor
o menor medida también, al cultivo de sus terrenitos, pudiendo
además, al contar en esta última labor con la ayuda de la familia,
trabajar en la zapatería.

De esta manera, un grupo de campesinos reorientó su


actividad hacia la manufactura de calzado, con base en lo cual
–y en los traslados de plusvalor del sector precapitalista de
productores lacustres, que ya no llegó hasta los hacendados sino
que tendió cada vez más a permanecer en aquel grupo— en San
Mateo comenzó la acumulación de capital en forma regular.

El municipio recibió terrenos ejidales en dos ocasiones


durante los primeros cincuenta años del siglo xx. Después de la
infructuosa solicitud de restitución de tierras, hecha en 1915, los
vecinos pidieron dotación en 1919 al presidente de la comisión
local agraria y al gobernador del Estado de México, indicando que
eran afectables las haciendas de Atenco, Atizapán, San Antonio,
Totoltepec, Buenavista y La Asunción.

La superficie que finalmente fue dotada, mediante la


posesión definitiva en 1925, se fraccionó en 1,404 parcelas,
tocándole a cada ejidatario un cuarto de hectárea. Al año
siguiente, los habitantes de San Mateo solicitaron ampliación del
ejido, obteniendo una respuesta satisfactoria del presidente de la

338
lo particular. la perspectiva sincrónica

República Emilio Portes Gil, quien, el 29 de junio de 1929, resolvió


que el ejido se ampliara en una extensión ‘de alrededor de 780
hectáreas (Gobierno del Estado de México, 1955:117), mismas que
fueron dadas en posesión definitiva y deslindadas en ese mismo
año.

En el censo que fue elaborado se registraron 89 individuos


capacitados, por lo que a cada uno de éstos le correspondió,
oficialmente, un predio que medía un poco más de ocho hectáreas.
Acerca de los terrenos correspondientes a dicha’ ampliación, la
persona que fungía en 1978 como presidente del comisariado ejidal
señaló lo siguiente:

[Que) la ampliación... consistió en los terrenos conocidos como San


Antonio, San Luis, la Bomba, y el Garitón. Se dieron 316 hectáreas, 30
áreas y 22 centiáreas de propiedad de la nación, o sea la ciénega, y con
estas tierras se creó el ejido Isidro Fabela. Otras tierras de la ampliación
fueron expropiaciones hechas a las haciendas de Metepec, la Asunción,
la de San Antonio Totoltepec; 76 hectáreas del terreno del señor Negrete,
y 74 hectáreas del rancho de la señorita Margarita G. de Salceda. En
1942 vino la desecación y empezó a bajar el nivel de la laguna, y para
1960 salieron a flote los terrenos laborables. En 1944 se repartieron los
terrenos que habían salido y se formó el ejido Isidro Fabela; para 1946
se repartió todo el terreno. Primero fueron 50 hectáreas, y luego el resto
hasta completar las 316 hectáreas. Una parte de esos terrenos se habían
empezado a sembrar en 1938, en la parte menos cenagosa; en 1944
todavía había agua en algunas partes del ejido Isidro Fabela, Pero lo
más alto, que eran de 40 a 50 hectáreas, se podía sembrar. Primero, en
esas partes altas de los terrenos de la antigua laguna que se anegaban
en la época de lluvias, se sembraba haba tempranera, que se siembra en
febrero y se cosecha en junio. En las primeras hectáreas se empezaron
a hacer zanjas para que corriera el agua y se empezó a altar el terreno
para poder sembrar.

En cuanto a la propiedad ejidal, se tiene noticia de que


algunos ejidatarios perdieron sus terrenos.

339
parte segunda: los fundamentos

Cuando se repartieron las haciendas La Asunción y Buenavista, a mi


papá le tocó de la hacienda de La Asunción; el terreno era de un cuarto
de hectárea, medía cuarenta metros de largo y veinte metros de ancho,
tenía veinticinco surcos; mi papá sembraba maíz en el terreno. Después,
como a los cinco años de habérselo dado, el comisariado ejidal se lo
quitó porque se atrasó en sus pagos.

[participé en] la Revolución... para obtener un pedacito de tierra. Obtuve


una parcela pero se enfermó mi hija y tuve que empeñada por doce
pesos y se la adjudicó el señor al que se la empeñé.

También se menciona que el reparto de los predios de la


ampliación no fue uniforme.

El reparto fue desigual, a unos les tocó de a una hectárea, a otros de


a dos, a otros de a tres... y, como eran terrenos que se anegaban poca
importancia le dieron pues algunos no los trabajaban.

En 1950,26el municipio medía 27.71 km2 y contaba con


una población total de 9,224 habitantes, de los cuales, 12,016
estaban al frente de núcleos familiares (que podían incluir a un
número variable de individuos económicamente activos) o del
sostenimiento propio. De la pea que ascendía a 2,832 habitantes,
siete eran patronos o empresarios, 1,042 trabajaban por su cuenta
y 1,057 eran obreros o empleados. El resto de la fuerza de trabajo
estaba integrada por 436 empleados u obreros y por 437 sin
retribución. De acuerdo con la ocupación principal, la fuerza
de trabajo se distribuía en las actividades que aparecen en el
cuadro 8.

Sobre este cuadro cabe precisar lo siguiente: de los 2,106


individuos que estaban al frente de unidades domésticas, 1,768 se

26
El presente apartado está basado en la información recopilada en trabajo de campo,
así como en la que proporciona el 70. Censo General de Población de 1950, el Jer. Censo
Agrícola, Ganadero y Ejidal de 1950, y el Ensayo económico de una comunidad, Gobierno
del Estado de México, 1955.

340
lo particular. la perspectiva sincrónica

dedicaban a actividades primarias y 338 a las otras ocupaciones


anotadas; es decir, 248 trabajaban por su cuenta (101 en la
industria, 137 en el comercio, nueve en servicios, y uno en tareas
insuficientemente especificadas) y 90 como empleados u obreros.

De los 2,049 individuos que constituían la fuerza de trabajo


dedicada a actividades primarias, en la sección ribereña vivían 892
individuos (44%). Entre éstos, el 70% (700 individuos) se dedicaba
fundamentalmente al trabajo lacustre, mismo que llevaba a cabo el
22% restante (192 individuos) aunque en una proporción variable.
En la otra sección territorial, la de arriba, vivían aproximadamente
1,157 individuos (56%) que trabajaban principalmente en la
agricultura, aunque en gran parte también realizaban, de manera
secundaria, otras tareas —lacustres, industriales o comerciales.27

CUADRO 8

Distribución de la fuerza de trabajo por actividades, según la ocupación principal. San


Mateo Atenco. 1950

p e t f Total %
Agric, silv. caza y pesca 4 970 794 281 2,049 72
Industria 3 318 101 42 464 16
Comercio 8 137 20 165 6
Transporte 17 17 1
Servicios 66 9 75 3
Ins. especificada 57 1 7 65 2
Total 7 1,436 1,042 347 2,832 100

p= patrón o empresario
e= empleado u obrero
t= trabaja por su cuenta
f= familiar sin retribución

Fuente: VII Censo General de Población, 1950.

27
Las cifras para 1950 sobre la población ribereña en general y los trabajadores lacustres
en particular, representan una aproximación y se obtuvieron con base en los datos reunidos
en el campo y a los que proporcionan los censos generales de población de 1950 y 1%0, Y
el Ensayo económico de una comunidad, Gobierno del Estado de México, 1955.

341
parte segunda: los fundamentos

Ahora bien, de las 1,941 hectáreas de tierra laborable que


había en San Mateo en 1950, 1,199 has. eran terrenos ejidales y
742 has. eran de propiedad privada, y estaban divididas en 2,424
predios (1,418 de propiedad privada y 1,006 ejidales). Así, de
los 1,768 individuos que, a la vez que laboraban en actividades
primarias, estaban al frente de unidades domésticas, 78 carecían
de tierras, en tanto que 1,690 contaban con dicho medio de
producción. Por otra parte, 1,013 vivían en la sección de arriba, y
737 en la sección ribereña (Dirección General de Estadística, tercer
Censo Agrícola, Ganadero y Ejidal, 1950).

De estos 737 individuos, 700 se dedicaban


fundamentalmente a actividades lacustres e integraban un
segmento de la pea que trabajaba por su cuenta en San Mateo
—que hacía un total de 794 individuos. Los 37 vecinos restantes
combinaban, en mayor o menor medida, las labores en la ciénaga
con el trabajo artesanal, el agrícola asalariado, el trabajo asalariado
en la zapatería, y otros, y están clasificados en el censo de población
de 1950 (Dirección General de Estadística, VII Censo General
de Población) como empleados u obreros. Asimismo, los 737
individuos mencionados formaban parte del grupo que poseía
menor cantidad de tierra —uno o más terrenitos de propiedad
privada de menos de una hectárea o uno o más predios ejidales
generalmente de un cuarto de hectárea, como veremos más
adelante.

De los 794 individuos que trabajaban por su cuenta


en actividades primarias, los 94 que no se han incluido eran
agricultores. Entre éstos y los cuatro “patrones” que se consignan
en el Censo General de Población de 195,0 se ubicaban los únicos
ocho propietarios de un predio mayor de 5 hectáreas que había en
el municipio, y que se sitúan como se indica en el cuadro 9.

Los otros 90 individuos —del grupo de agricultores que


trabajaban por su cuenta— contaban con dos o más predios de los
149 que existían en el municipio, de 1.1 h. a 5 ha, que abarcaban
una superficie de 252 ha, así como una parte de los predios
ejidales que ocupaban una superficie de 1,119 hectáreas.

342
lo particular. la perspectiva sincrónica

CUADRO 9

Propietarios de predios mayores de cinco hectáreas

1 propietario de 60 hectáreas

1 propietario de 30 hectáreas

1 propietario de 6 hectáreas

5 propietarios de 32 hectáreas

Fuente: III Censo Agrícola, Ganadero y Ejidal 1950.

Del total de 1,690 propietarios o usufructuarios de tierra,


los 1,592 restantes —855 agricultores de la sección de arriba y 737
individuos de la sección ribereña— poseían la otra parte de los
predios ejidales ya referidos y/o uno o dos terrenos de los 1,261
predios menores de una hectárea que había en el municipio sobre
una superficie de 362 hectáreas. La mayoría de estos individuos
contaba con un cuarto de hectárea, algunos aun con menos, otros
hasta con una hectárea, y, uno que otro con varias hectáreas.

La actividad industrial más importante era, sin duda, la


zapatería28, la cual representaba casi la totalidad del 16% (464
individuos) que, según el censo de 1950, le correspondía al sector
industrial del municipio. En la “industria de transformación”
se encontraban ubicados algunos herreros y tejedores de sillas,
habiendo además, dentro del sector industrial, 17 albañiles, un
electricista, y de acuerdo con el censo mencionado, 21 individuos
que se aplicaban a la industria extractiva. Se registraban 165
individuos dedicados a la actividad comercial, 17 choferes se
ubicaban en la rama de transporte, y en la de servicios había 66

28
Aun cuando en el censo sólo se mencionan las ramas de actividad sin señalarse los
trabajos específicos, éstos pudieron ser determinados con base en la información recopilada
durante el trabajo de campo y a la que proporciona para 1955 el Ensayo Económico de una
romunidad, Gobierno del Estado de México, 1955.

343
parte segunda: los fundamentos

individuos entre empleados públicos y los que trabajaban en


labores domésticas.

Como puede observarse, durante la primera mitad del siglo


xx las actividades primarias fueron disminuyendo debido a que
una parte de la pea que antes laboraba en aquéllas había pasado a
emplearse, sobre todo, en la zapatería, mientras que a principios
de siglo, en esta ocupación trabajaba sólo un grupo reducido,
que, de acuerdo con el censo de 1900, ascendía a 27 individuos.
Es probable que dicha cifra se refiera sólo a una porcion de los
que se dedicaban de tiempo completo a las actividades zapateras
—algunos de los cuales eran dueños de talleres—, y que hubiera
quedado sin incluirse en el censo un número considerable de
individuos que trabajaban como empleados de tiempo completo.
A un lado quedaron también los que, laborando principalmente
en la agricultura o —en una ínfima proporción— en distintos
oficios lacustres se dedicaban por las tardes a trabajar en forma
independiente o como asalariados en la zapatería. “Primero trabajé
como jornalero —nos dice un vecino de San Mateo—, y después me
dediqué a la zapatería comenzando por aprender a ensuelar”.

En el lapso transcurrido entre 1877 y 1900, la cifra


correspondiente a los zapateros en relación con los herreros se
había invertido, ya que la proporción de los últimos —que se
obtuvo de las actas matrimoniales y de defunción entre 1873 y 1877
y que por lo tanto puede considerarse sólo como una muestra—
es mucho mayor, habiendo resultado en este tiempo 26 herreros
contra cuatro zapateros. En cambio, en el censo de 1900 se consigna
a 21 zapateros y sólo a nueve herreros.

Considero que, a pesar de que en 1900 los herreros al


igual que los zapateros fueron probablemente subevaluados,
la proporción es correcta. Es más, tengo la impresión de que el
aumento de los segundos fue en parte a costa de la disminución
proporcional de los herreros potenciales, quizá a través de sus
descendientes. Al respecto, más de la mitad de los apellidos
—como Arzaluz, Manjarrez, González, Segura, y Silva— que
en 1873-77 aparecen entre los herreros —residentes sobre todo

344
lo particular. la perspectiva sincrónica

del barrio de La Concepción, mismo que sería el principal


barrio manufacturero de calzado hacia 1900—, eran los que
correspondían a los zapateros de principios del siglo xx, según los
datos proporcionados por los informantes de San Mateo. “Hacia
1920 había más talleres de zapatos en [el barrio de] La Concha;
en La Magdalena sólo habían unos cuantos, y de ahí se fueron
extendiendo”.

El incremento del grupo de zapateros ocurrió entre 1913 y


1932, etapa en la que empezó a usarse la máquina mecánica con lo
cual la producción se elevó, facilitándose enormemente el trabajo
del cosedor. Sin embargo, no fue sino entre 1932 y 1950 cuando
la hechura de zapatos alcanzó un gran desarrollo —con base en
la utilización de diversas máquinas eléctricas que posibilitaron el
aumento de la productividad—, llegando a ser el trabajo de mayor
prestigio en el municipio, tal como lo expresaron los vecinos del
pueblo.

La zapatería se fue extendiendo como una herencia en la familia al ver


que se ganaba bien.

Cuando me tocó crecer, me decía mi papá: “órale, apúrate en la escuela


ya aprender el oficio [de zapatero]”.

En 1936, ser zapatero era lo mejor a que podía aspirarse, era un trabajo
elegante.

En 1948, cuando un chamaco salía de la escuela lo mandaban a aprender


la zapatería porque era lo fuerte, el oficio favorito.

Hubo una época, como en 1950, que tuvo mucha bonanza la zapatería
porque todos se dedicaban a esta fabricación.

Considerando que la época en que la industria zapatera


alcanzó el mayor auge desde sus inicios se ubica entre 1932 y
1950, llama la atención que, según el censo de 1950, la fuerza de
trabajo adscrita a la industria fuera sólo del 16%, correspondiendo
alrededor del 15% a la zapatería, mismo porcentaje que se

345
parte segunda: los fundamentos

encontraba para dicho sector desde 1930. Con base en la


información obtenida en el campo, cabe pensar que el grupo de
zapateros aparece nuevamente subevaluado en el censo de 1950,
habiéndose, quizá, clasificado bajo el cubro de actividades agrícolas
los casos en que la zapatería ocupaba el primer lugar. Debido a lo
anterior, juzgo que ésta pudo haber representado aproximadamente
el 22%, para 1950.

La disminución en el porcentaje correspondiente a las


actividades primarias —del 90%, en 1900 y 1919, al 80% en 1930­
se debió primordialmente, de acuerdo al censo, al incremento de
la zapatería —del 1.2% en 1900 al 16% en 1930— , y, en segundo
término, al aumento del porcentaje relativo al comercio —del 2%
en 1900 al casi 4% en 1930.

Según mi cálculo, entre 1930 y 1950 la zapatería ascendió,


aproximadamente, al 22%, en tanto que el comercio alcanzó
sólo el 6%. Las actividades primarias representaron en 1950, de
acuerdo con el censo de ese año, el 72%, aunque al parecer, por el
cómputo hecho para el porcentaje de la zapatería, dicha ocupación
únicamente alcanzó el 66%. En relación con esto es importante
mencionar que el sector de actividades primarias disminuyó a
partir, no de los trabajadores de la ciénaga, sino del grupo de los
agricultores. Fue entre éstos —particularmente los que vivían ,en
los barrios de La Concepción, La Magdalena y San Miguel— que
ocurrió el cambio al empezar a trabajar en la zapatería, primero
de manera complementaria y después como función principal, sin
abandonar del todo las faenas agrícolas.

El sector zapatero en el municipio de San Mateo Atenco,


con un probable origen colonial, tuvo una continuidad hasta
la entronización de las relaciones correspondientes al modo de
producción capitalista. De manera contraria a lo que ocurriría
con los trabajadores lacustres, aquel sector se cuadró a las pautas
marcadas por el desarrollo —que acceda en la región—, mediante
el cambio del trabajo que efectuaba el productor independiente de
calzado por el que habría de realizarse en la fábrica de zapatos,
pasando por el que tuvo lugar en el taller manufacturero.

346
lo particular. la perspectiva sincrónica

Este proceso muestra el despunte y desarrollo de la


producción capitalista dentro del municipio, la cual surge al
emplearse un número relativamente grande de obreros y trabajar
simultáneamente en un mismo lugar, fabricando una determinada
mercancía bajo las órdenes del mismo capitalista. En cuanto al
régimen de producción, la manufactura presenta en sus orígenes
una leve distinción respecto de la industria gremial del artesanado
que radica en un número mayor de obreros empleados, por lo que
únicamente —indica Marx (1971, v.I:259)— se ha ampliado el taller
artesanal.

El objetivo de la producción capitalista es la generación


de plusvalía; en el cambio de manufactura a fábrica, se procura
y se logra una mayor valorización del capital y, en tanto que éste
en la manufactura tiene como punto de arranque la fuerza de
trabajo, en la fábrica lo tiene en el instrumento de trabajo, dándose
un cambio de la plusvalía absoluta a relativa, vía incremento de
la productividad. Por cuanto el obrero no ofrece a cambio sus
mercancías, o sea, los productos de su trabajo, sino su fuerza de
trabajo, el valor de ésta manifiesta “a diferencia del valor de las
demás mercancías [señala Rozemberg (s.f., v.II:26)], no solamente
unas relaciones mercantiles, sino relaciones mercantiles que
se hicieron capitalistas. Relaciones mercantiles que recibieron
una nueva cualidad”. Aun cuando el grado de explotación ha
aumentado durante el capitalismo, la particularidad de éste
no es la explotación ni la existencia del tiempo excedente, sino
que consiste en que dicho tiempo reviste la forma de plusvalía,
mientras que la relación del tiempo excedente con el necesario
toma la forma de relación de plusvalía con capital variable.

De acuerdo con el censo de 1950, las actividades lacustres


en San Mateo habrían constituido el 31%, en tanto que las agrícolas
el 40%. En cambio, con base en mi propio cálculo las primeras
representaron el porcentaje anotado en dicho censo, pero las
segundas significaron únicamente el 34.9%, como se muestra en
el cuadro 10.

347
parte segunda: los fundamentos

CUADRO 10

Distribución de la fuerza de trabajo por actividades principales

I II
Agricultura 40.9 34.9
Trabajo lacustre 31.1 31.1
Zapatería 16.0 22.0
Total 88.0 88.0

I : Información censal correspondiente a 1950.


II: Cálculo basado en la información del trabajo de campo y en la que proporciona la
monografía socioeconómica de una comunidad, Gobierno del Estado de México, 1955.

Así, para 1950, cuando ocurrió —usando las palabras de


los lugareños— el “auge de la zapatería”, la actividad lacustre era
importante, como aún lo era la agrícola, pero esta última había
empezado a perder terreno. En ese año, además de los agricultores
se encontraban definidos dos sectores, a saber, el que abarcaba
a los pequeños y a los medianos productores, así como a los
obreros de la industria del calzado —que recientemente se había
consolidado—, y el sector tradicional precapitalista de productores
lacustres.

La comparación de los sectores —correspondientes a 1900


y a 1950— en que se dividía la pea, de acuerdo con las ramas de
la producción, se muestra en el cuadro 11.
CUADRO 11

Población económicamente activa en 1900 y 1950

1900 1950
PEA TOTAL: 2152 individuos PEA TOTAL: 2832 individuos
54.3% = agricultura 34.1 % = agricultura
35% = producción lacustre 31.1% = producción lacustre
2% = comercio 6% = comercio
1 % = zapatería 22% = zapatería
7.7% = productores independientes 1% = transporte
3% = servicios
2% = insuficientemente especificada

348
lo particular. la perspectiva sincrónica

Ahora bien, según la información censal, en 1900 el 1.3%


de la pea correspondió a los “patrones” agrícolas, en tanto que el
53% estaba conformado por los peones de campo y el 1 % por los
zapateros. En cambio, para 1950, el 0.3% de la pea representaba a
los patrones agrícolas (0.2%) e industriales (0.1 %) que se aplicaban
sobre todo a la fabricación de calzado. En fin, mientras que el
7.8% trabajaba “por su cuenta” en la agricultura (3.3%) Y en la
industria (3.5%), el 38% correspondía a los jornaleros agrícolas y
el 13% estaba integrado por los obreros industriales, dedicados
fundamentalmente a la zapatería. Es decir, para 1950 se aprecia,
en primer término, la presencia de un grupo económicamente
importante que se ocupa ya no en una actividad primaria: la
zapatería, que ha surgido de manera básica del sector campesino.
En segundo término, se evidencia el despliegue de los estratos
económicos dentro de cada rama de la producción, agrícola por
un lado e industrial por el otro; o sea, que junto a los denominados
“patrones” y del grupo de los individuos que “trabajan por su
cuenta” se encuentra el que está constituido por los asalariados,
que laboraban para los primeros: “jornaleros agrícolas” y “obreros
industriales”. Por último, junto a los grupos de zapateros y de
agricultores, permanece casi inalterado el sector de productores
lacustres independientes. La persistencia de éstos, aun después del
inicio de la acumulación de capital dentro del sector agrícola, fue
posible porque el principal objeto de trabajo, la ciénaga, permaneció,
como se ha planteado con anterioridad, como propiedad comunal
o, en términos locales, “bienes mancomunales” —que pasarían a
ser, al desecarse el lago, “terrenos de la nación”.

La base material, que al parecer no sufrió cambios a través


de la Colonia ni posteriormente —durante el periodo de la Reforma
y del Porfiriato en el que se quebró el andamiaje que sustentaba a
las formas agrícolas comunales de origen indocolonial—, permitió
la supervivencia de la estructura económica tradicional de los
habitantes de la sección ribereña del municipio. En consecuencia,
para 1950, al lado de los agricultores de la parte de arriba —donde
la acumulación capitalista estaba en marcha— se encontraba el
sector lacustre de la sección de abajo, entre el que aún prevalecían
las relaciones precapitalistas.

349
parte segunda: los fundamentos

c) La proletarización del sector lacustre. 1951-1970. Fin del cambio


económico municipal

La industrialización del centro de México, como parte


del desarrollo capitalista nacional, transformó a la economía de
la zona lacustre mediante dos acontecimientos: la captación del
agua de los manantiales de los municipios de Almoloya del Río
y de Lerma, y la creación del corredor industrial Toluca-Lerma.
En forma particular, estos acontecimientos pusieron fin a las
relaciones precapitalistas que aún existían, hacia 1950, en el sector
de trabajadores ribereños de San Mateo Atenco, con lo que terminó
el ciclo de acumulación capitalista y de transición, ocurriendo el
cambio a nivel municipal.

De 1850 a 1950 —durante casi todo el periodo de


acumulación capitalista que tuvo lugar en el centro del país—,
el grupo de trabajadores ribereños había resistido la penetración
sistemática de relaciones capitalistas, la cual iba ganando terreno
entre el sector agrícola de la sección municipal de arriba. En ésta
ya había concluido la acumulación originaria y se encontraba en
proceso la acumulación capitalista. La nueva economía sentaba sus
reales en el contexto local.

Es decir, el nuevo modo de producción —que dominaba


el panorama nacional y se expandía hacia todos los rincones del
país— estaba acabando de erosionar en San Mateo Atenco las
formas sobrevivientes de los modos de producción basados en
las actividades primarias. Sin embargo, los productores lacustres se
aferraban a su antiguo modo de vida. Para que el cambio ocurriera,
fue necesario despojarlos de su principal medio de producción: la
ciénaga.

DESECACIÓN DE LA LAGUNA DE LERMA

Nosotros nada tenemos. Pensamos que la tierra es nuestra, pero si no


le pagamos al gobierno nos la quita. También creíamos que era nuestra

350
lo particular. la perspectiva sincrónica

la laguna, pero por disposición del gobierno la perdimos. (Antiguo


pescador de Almoloya del Río).

Muchos viejitos murieron de tristeza al ver que la laguna se secaba.


Dijeron que si eso había pasado, ya estaba próximo el fin del mundo.
(Viejo campanero del barrio de San Pedro, San Mateo Atenco).

Una consecuencia de la acumulación capitalista en el país


—cuyas repercusiones trascendieron violentamente en términos
locales— fue el desecamiento de la ciénaga de Lerma por la
captación del agua de los principales manantiales que le daban
origen, para conducirla al Distrito Federal. Se trataba de abastecer
de agua potable a la población de la ciudad de México que
experimentó un impresionante incremento a causa del desarrollo
industrial.

Entre 1930 y 1950 la industrialización del área urbana de


la capital del país se intensificó, particularmente en los últimos
diez años, ocasionando un aceleramiento sin precedentes en la
urbanización, que se puso de manifiesto mediante altas tasas de
crecimiento demográfico (Unikel, 1957:187). Debido a lo anterior,
el agua con que contaba la ciudad de México se volvió insuficiente,
por lo que se tomaron las medidas necesarias para la realización
del Plan Lerma.

El proyecto para desecar la ciénaga de Lerma se remonta


a 1757. Entonces, Jacobo García atendió al llamado del gobierno
español para el desagüe y ulterior utilización de los extensos
terrenos ocupados por “las lagunas pantanosas cubiertas de tule y
zacate”, y con objeto de obtener una parte de las tierras desecadas
que aquél ofrecía en recompensa, desplegó en vano múltiples
esfuerzos (Lara, 1953:62). En ese tiempo, el lago se extendía desde
el inicio de las colinas meridionales de la zona, hasta los llanos del
norte de San Bartolo y Buenavista, abarcando amplias extensiones
(Rivera, 1972:39).

Un siglo más tarde, el ingeniero Francisco Garay fue


designado por el gobernador Mariano Riva Palacio para efectuar

351
parte segunda: los fundamentos

los estudios y recorridos pertinentes, después de cuya realización


elaboró un proyecto para dar salida al agua de la ciénaga que
“causaba inundaciones anuales”. Las obras correspondientes se
iniciaron el primero de marzo de 1879 en la confluencia de los ríos
Lerma y Santa Catarina, en el norte de la zona (Rivera, 1972:40).
A pesar de que los trabajos no fueron concluidos —a causa de las
“guerras civiles” (Lara, 1953:62)—, logró represarse la laguna en
tres vasos que quedaron divididos por los puentes de Atenco,
San Mateo Atenco y San Bartolo. En 1899, la zona lacustre volvió
a ser objeto de estudios geohidrológicos basados en el proyecto
que presentó Mackensie, con objeto de captar el agua de los
manantiales del río Lerma para conducida a la capital del país.
Sin embargo, el proyecto se vino abajo ante la demostración del
ingeniero Manuel Marroquín y Rivera sobre la mayor conveniencia
de obtener el agua de Xochimilco (Gobierno del Estado de México,
1970, t.I:625).

El estudio de Juan de Dios Villarelo y Rafael Orozco


—entregado en 1931 al Departamento Central (hoy del Distrito
Federal), y uno de los más completos de los que se habían
expuesto hasta entonces—, así como el que efectuó una comisión
nombrada por el mismo departamento que encabezó el ingeniero
Guillermo Terrés, sirvieron de base al Plan Lerma. Una primera
parte consistía en captar el agua de los manantiales situados al sur
y al oriente de la ciénaga, en los municipios de Almoloya del Río
y de Lerma. Aprovechando la diferencia de altitud de 273 metros
entre ambas cuencas, el agua se conduciría por gravedad mediante
un acueducto de 60 kilómetros, desde la población de Almoloya
del Río hasta el Distrito Federal (Gobierno del Estado de México,
t.I:625; Perea, 1954:41-42; Funes, 1968:65).

El proyecto se ejecutó al hacerse impostergable la


consecución de mayor cantidad de agua potable para la ciudad
de México. Su inició tuvo lugar en 1942 durante el régimen
presidencial de Manuel Ávila Camacho, y finalizó en 1951, año
en que el presidente Miguel Alemán inauguró el traslado de agua
del Alto Lerma a la capital de la República. El caudal que se tomó
al comenzar el bombeo ascendió a 2,500 litros por segundo, los

352
lo particular. la perspectiva sincrónica

cuales se aumentaron a 4,300 litros por segundo en 1966. Con


posterioridad, al intensificarse la necesidad del líquido, se llevaron
a cabo otros estudios y nuevas obras en la cuenca Alta del Lerma,
abarcando una superficie mayor a la inicial. Así, después de
haberse realizado ciento veinticinco perforaciones, se obtuvieron,
en 1%8, 5,000 litros por segundo. Para 1970, el agua que se extraía
era de 14,000 litros por segundo, habiéndose llegado a aumentar
en ciertos periodos hasta 16,000 litros por segundo, con lo que se
ha utilizado al máximo la capacidad del dispositivo (Lara, 1953:65,
64i Perea, 1954:43).

La desecación de la ciénaga de Lerma comenzó desde el


inicio de las obras de captación, debido al descenso de las capas
freáticas. Esto se debió a los explosivos que se emplearon al
perforar el sitio donde se ubicaban los veneros de Almoloya del
Río.

La desaparición de la laguna empezó por un error de los ingenieros


quienes dinamitaron los manantiales, por lo que se fue el agua para
abajo, con lo que tuvieron que bombear a mayor profundidad. (Vecino
del pueblo de Almoloya del Río).

Los ingenieros pusieron “buenamita” [sic pro dinamita] y, al explotar,


el agua se fue aminorando. (Vecino de San Mateo Atenco que trabajó
en Almoloya del Río en la construcción del acueducto).

A pesar de esta incipiente mengua, causada en forma


prematura por un mal comienzo en las obras, el nivel de la ciénaga
permitió aún la continuidad de las labores acuáticas. Así, no fue
sino a raíz del bombeo del agua hacia la ciudad de México, en 1951,
cuando aquél empezó a bajar drásticamente. La desecación acabó,
en términos generales, hacia 1960, quedando algunos manchones
lacustres que siguieron siendo alimentados por varias corrientes
y por el agua pluvial.

Para ese mismo año (1953), no obstante que los manantiales de


Almoloya del Río fueron captados y ya no llegaban a la ciénega de...

353
parte segunda: los fundamentos

Chignahuapan, ésta se mantenía pues seguía recibiendo aportes del


arroyo de Coatepec (que nace en Rancho Viejo y Cañada de los Pastores
al sureste de Jalatlaco) además de otros escurrimientos. A la segunda
ciénega llegaban los arroyos de Jalatlaco (que atraviesa Jalatlaco y pasa
por Tianguistenco y Capulhuac) y el de Ocoyoacac. (Hernández, G.,
1987:101)

Del proceso de agotamiento del “lago”, la etapa situada


entre 1951 y 1960 tuvo consecuencias trascendentes para la
economía de San Mateo Atenco. En ese lapso, gran parte de los
trabajadores lacustres siguieron manteniéndose de la ciénaga
en mayor o menor medida. Sin embargo, un sector de aquéllos,
integrado sobre todo por jóvenes, empezó a dedicarse a otras
actividades, destacando la zapatería principalmente, y el trabajo
en el corredor industrial. De esta forma, en 1951 comenzó la
liberación de fuerza de trabajo del sector de productores del agua
al privárseles de manera gradual de su objeto básico de trabajo: la
laguna.

Al transcurrir la década de 1950 la pea que laboraba en


la industria ascendió considerablemente, llegando a representar
para 1960 el 35% del total de dicha población. Esto se debió, por
un lado, al aumento de los trabajadores de la sección de arriba
que se dedicaban a la zapatería, y por el otro, a que los productores
lacustres empezaron a laborar en la misma actividad. Además,
una parte poco numerosa de la pea de ambas secciones comenzó a
trabajar en el corredor industrial.

A pesar de que tanto la agricultura como, ahora también,


el trabajo lacustre sufrieron un descenso importante, en 1960 aún
constituyeron la actividad principal del municipio al representar
el 58% de la pea. De acuerdo con el censo de ese año, de la pea total
sólo el 5% trabajó en el comercio, y el 2% restante en servicios.
Al comienzo de esa década, la mayor parte de los que seguían
entrando al laga —en particular los jóvenes, y algunos habitantes
de edad avanzada— empezaron a dedicarse a la zapatería, y, en
una proporción reducida, al pequeño comercio. Mientras tanto,
los viejos pescadores continuaron asiéndose a la pequeña porción

354
lo particular. la perspectiva sincrónica

de ciénaga que quedaba en San Mateo Atenco y a los “gotones” y


charcos que subsistían en la zona. No obstante, en tales casos fue
común que uno o más hijos de aquéllos cambiaran las antiguas
actividades en el lago por el trabajo en la industria zapatera. En el
barrio de Guadalupe resaltó el que muchos de los que habían sido
pescadores, tanto jóvenes como ancianos, se dedicaran al tejido de
sillas —labor que hasta entonces se había efectuado exclusivamente
en el barrio de Santa María— o al pequeño comercio, mismos que
combinaron con trabajo agrícola y con todo lo que fue posible de
actividad lacustre.

De esta manera, el proceso —que se había prolongado


hasta la desaparición de la ciénaga en 1960, cuando la transición se
aceleró drásticamente en la sección ribereña, y por ende en todo el
municipio— finalizó en 1970. La pérdida de la laguna perjudicó a
la pea de ambas secciones, tanto a quienes en forma total o parcial
trabajaban en aquélla, como a los que consumían los productos
acuáticos. Asimismo, se suspendieron los beneficios en favor de
la población que vivía en la parte de arriba, al dejar de percibir los
traslados de plusvalor.

Con lo anterior, la proletarización que tuvo lugar entre los


productores del agua reforzó la que continuaba dándose en medio
de los agricultores. Así, la transición —que se había profundizado
en la sección de arriba en 1930— dio paso al cambio en 1951. Por
último, éste se amplió a todo el municipio en 1970, después de que
los trabajadores lacustres se vieron obligados a buscar un nuevo
modo de vida en la actividad industrial principalmente, con lo que
el cambio económico llegó a su fin.

Al desaparecer la laguna de Lerma el trabajo en la industria


pasó a ocupar el primer lugar, desplazando a las actividades
primarias a un status inferior. En 1970, éstas representaron sólo
el 28% mientras que aquél significó el 42%. El comercio y los
servicios también tuvieron un incremento —del 12% y 10%,
respectivamente— en relación con el que habían mostrado diez
años atrás.

355
parte segunda: los fundamentos

El desarrollo ininterrumpido de la zapatería se vio


menguado en la segunda mitad de 1960, con la llegada del
Seguro Social al pueblo. Numerosos talleres pequeños se vinieron
abajo, debido a que sus dueños no pudieron pagar las cuotas
correspondientes.

Hará unos veinte años [en 1959] habían muchos tallercitos de zapatos,
todo el pueblo vivía de hacer zapatos, y ya entonces era difícil conseguir
trabajadores. Los talleres del barrio de San Miguel tenían de veinte
a treinta trabajadores; en unos talleres los trabajadores no cabían en
las casas y salían a los patios a trabajar. En 1968 entro al pueblo de
San Mateo el Seguro Social y se quería, además, sindicalizar a los
trabajadores. El Seguro Social es para ayudar al trabajador, y, a esa
institución se tiene que pagar una cuota mensual por cada trabajador.
Cuando entro el Seguro Social a los patrones se les dio un fuerte golpe
económico ya que no podían soportar el pago de las cuotas. Por esta
causa, sólo en el barrio de San Miguel cerraron de veinticinco a treinta
talleres; únicamente los talleres grandes pudieron sobrevivir a esta
situación.

Hubo una época, como en 1950, que tuvo mucha bonanza la zapatería,
y era libre, no tenía ningún impuesto. Cuando entró el Seguro, por 1965,
todas las fábricas suspendieron sus labores; yo tenía un taller y tuve
que cerrar porque se me hacía incosteable. Muchos, en cambio, desde
la llegada del Seguro tienen sus talleres escondidos. [1978]

Dicha situación fue temporal, ya que una parte de la


producción zapatera se reorganizó con base en la producción
clandestina.

Desde que entró el Seguro, los operarios, y, a veces, los cortadores


trabajaban en sus casas, pues si trabajaran en el taller, el dueño se
arriesgaría a ser denunciado y tener que pagar seguro y sindicato. Estos
tallercitos son clandestinos. Anteriormente todo el proceso del calzado
se hacía en el taller; fue al llegar el Seguro Social y el sindicato cuando se
desmembraron los talleres, pues ya no convino al dueño pagar a todos
los operarios.

356
lo particular. la perspectiva sincrónica

En este lapso el trabajo asalariado en el corredor industrial


empezó a tomar la delantera y a desplazar, en prestigio, a la
zapatería. Al respecto, cabe recordar que la industrialización del
Estado de México logró su afianzamiento al término de la etapa de
acumulación capitalista, entre 1940 y 1950, siendo a partir de este
año cuando tuvo lugar el denominado “despegue” industrial.

ESTABLECIMIENTO DEL CORREDOR INDUSTRIAL LERMA-


TOLUCA

Hacia 1940 empezó la instalación del llamado “corredor industrial”.


Se le ubicó en el tramo de la carretera México-Toluca que va de la
ciudad de Lerma a la capital mexiquense, pasando por San Mateo
Atenco.

Entre 1940 Y 1970, la producción industrial del Estado de


México llegó a ocupar el segundo lugar en la República, a la vez
que constituía, junto con el Distrito Federal, el complejo económico
del Valle de México. En éste se producían, hacia el inicio del último
año, alrededor del 40% de los bienes y servicios del país, y se
albergaba casi a la quinta parte de la población nacional (Sistema
Bancos de Comercio, 1968:32).

De las tres zonas de la entidad donde la industria


fue concentrándose, la del corredor Lerma-Toluca ocupó el
segundo lugar por su producción. En 1965, tenía el 12% de los
establecimientos industriales, el 8% del personal, el 9% del capital
invertido y cerca del 8% de la producción estatal, correspondiendo
a Toluca más de las cuatro quintas partes, Además de la capital
del estado, de Lerma y de San Mateo Atenco, esta zona abarcaba
a Zinacantepec y Huixquilucan. Si bien la instalación del corredor
se remonta a 1940, no fue sino entre 1960 y 1970 cuando se inició
su crecimiento sostenido.

Desde que se empezó a colocar el corredor industrial en San Mateo


hace más o menos unos doce años [hacia 1966], las nuevas generaciones

357
parte segunda: los fundamentos

han ido a trabajar en las fábricas. Yo anteriormente era zapatero, pero


cuando llegó el Seguro Social, mi patrón no pudo resistir las cuotas
que pedían y cerró el taller, y tuve después que pasarme como obrero
en una fábrica.

Muchos no resistieron la disciplina que impone la fábrica pues el


horario debe ser cumplido; las horas de trabajo deben ser completas
y el trabajo era pesado. Cuando era yo zapatero había días que no
trabajaba, al igual que otros compañeros y, en esos días, nos poníamos
a jugar pelota. Pero ahora no se puede porque el trabajo no lo permite;
mi día de descanso es entre semana y tuve también que acostumbrarme
a ello pues, antes, los domingos podía yo descansar.

La ventaja que había empezado a sacar la industria del


corredor sobre la zapatería duró en San Mateo hasta 1980, cuando
ésta no sólo recuperó las posiciones perdidas sino que entró en
una etapa de producción explosiva cuyo aumento continúa hasta
nuestros días.

En los restos de la antigua ciénaga, que en buena medida


se mantienen por el agua pluvial, siguen realizándose en la zona,
aunque de manera reducida, algunas actividades, como la pesca
(casi sólo de acocil), cacería de patos, y recolección de yerbas
comestibles, algo de tule y de pastura o, cuando baja el agua de
lluvia que se acumula, el forrajeo directo —introduciéndose al
ganado a pastar.

En San Mateo Atenco se sigue practicando la agricultura


de humedad y temporal —que ha venido siendo cada vez más de
temporal—, habiéndose incluso extendido sobre algunos de los
terrenos ganados a la ciénaga. La antigua agricultura de humedad
y riego sufrió una reducción sustancial y ha quedado sólo como
una agricultura de riego. La ganadería mayor casi ha desaparecido,
efectuándose en cambio la cría de animales de patio y de corral.

En fin, a pesar de que las actividades primarias en el


municipio dejaron de ser la ocupación principal, todavía son
importantes, aunque ahora como formas económicas subordinadas
al capitalismo. El grupo doméstico —en tanto encargado de las

358
lo particular. la perspectiva sincrónica

labores de tipo primario en las que descansa la reproducción parcial


de la fuerza de trabajo empleado en la industria­ —proporciona
a ésta una mano de obra barata, superexplotada. Es decir, la
persistencia de dichas actividades —que se basan en gran parte
en formas familiares de producción— actualmente es aprovechada
por el capital en su beneficio.

En última instancia todos los modos de producción modernos, todas


las sociedades de clase, para proveerse de hombres, vale decir de fuerza
de trabajo, descansan sobre la comunidad doméstica, y, en el caso del
capitalismo, a la vez sobre ella y sobre su transformación moderna, la
familia, la cual está despojada de funciones productivas pero conserva
siempre sus funciones reproductivas (Meillassoux, 1977:9).

EL CAMBIO SOCIAL

La transición económica hacia el capitalismo tuvo repercusiones


en el ámbito social mediante diversos cambios significativos que
empezaron a percibirse entre 1900 y 1950. Estos cambios tendieron,
en concreto, a sustituir las diferencias que se establecían entre los
dos grupos socioeconómicos a partir de contenidos de tipo étnico
y racial, por las que eventualmente han tendido a establecerse
con base en el poder adquisitivo de tipo económico. En términos
sociales, la población municipal se dividía hacia 1900 en un
sector reducido que se autonombraba “gente de razón”, y que era
llamado “los ricos” por los integrantes del otro grupo. Este abarcaba
a la población mayoritaria —autodesignada “nosotros, los de San
Mateo”—, al que aquéllos calificaban de “indios”.

En seguida ejemplificaré (en los casos de la vivienda,


la indumentaria y el idioma) los cambios que se dieron en las
distintas esferas sociales, como en la alimentación, la medicina
tradicional, y aun en el aspecto religioso —mediante la
simplificación en la estructura tradicional—, en el que, a partir
de la persistencia de algunos cargos de origen indocolonial
(como ,el de fiscal y el de topil) tuvo lugar el fortalecimiento de

359
parte segunda: los fundamentos

la organización en tomo al cargo de mayordomo y con base en


las aportaciones —ya no de trabajo colectivo sino monetarias—,
resultantes sobre todo de la actividad industrial (Albores, 1979,
1984, 1987).

a) La vivienda

Ya mencioné que todavía a principios de siglo en la


construcción de la vivienda del sector mayoritario se hacía un uso
directo de los materiales del ambiente, entre los que destacaban los
pastos lacustres en las paredes y el techo en tanto que la estructura
se confeccionaba con troncos. Por otra parte, unas cuantas casas en
el pueblo —de la gente que tenía una posición económica mejor­—
eran de adobe, es decir, de un material ya elaborado. “A principios
de siglo sólo los ricos tenían casas de adobe. Eran superiores, más
resistentes y abrigadoras. Tenían techos de tejamanil”.

Hacia 1922, el tejamanil, “tabla muy delgada, de un árbol


especial que se compraba en Santiago Tianguistenco”, empezó
a sustituirse por tejas, las cuales fueron traídas desde San Pedro
Teja, una localidad del municipio de Metepec.

Habían pocas casas con techo de teja, ... los que tenían dinero ponían
esos techos. Para 1930 sólo en el centro del poblado había casas regulares
con columnas de adobe. Eran casas amplias con grandes portones;
tenían patios interiores y una entrada a manera de porche.

Estas casas tenían un “terrado” o tapanco para guardar


el maíz. Poco después de 1930 empezó a predominar el adobe,
haciéndose, en algunos casos, una combinación de aquél, de
tule y de teja. “Las casas se hacían con cuatro pilares de adobe y
manojos de tule alrededor, formando las paredes. El techo era de
tejas, sostenido con vigas, y la puerta de petate”.

360
lo particular. la perspectiva sincrónica

En esa década se construyeron en San Mateo las primeras


casas cuyas paredes eran de adobe y tabique; y hacia 1940 algunas
fueron totalmente de este último material. “Al principio, el temor
que teníamos era que se iban a caer las casas de tabique, porque
estábamos acostumbrados a que fueran de adobe, y decíamos,
“cómo, si el tabique es tan pequeño, cómo v’aguantar“.

En el censo de 1950 se menciona que 1,983 casas (99%)


eran de adobe con techos de teja o de tejamanil.

b) La indumentaria

En 1900 el atuendo masculino era de manta. Ésta se


compraba en Toluca o en las pocas tiendas del pueblo, siendo las
mujeres las encargadas de confeccionar el traje.

Los ceñidores de algodón para la cintura, de tradición


indocolonial, se adquirían con las vendedoras que iban a Toluca
desde Temoaya u Ocoyoacac. Desde la niñez se usaba el sombrero
de palma comprado en las tiendas locales, y durante las lluvias se
portaba la capa de tule ancho llamada “pachón”.

El atuendo tradicional masculino empezó a sustituirse


durante la Revolución.

Cuando la Revolución empezaron a usar pantalón porque los que


andaban de blanco eran considerados zapatistas... los desconocían si
los veían en calzoncillos, en blanco, decían que eran voluntarios y los
recogían y les pegaban.

El uso de manta blanca implicaba, además del riesgo a las


palizas, como acabamos de ver en la cita previa, el peligro de ser
fusilado. Tal como ocurrió entre algunos vecinos de San Mateo.

A mi papá lo mataron en Xocheapan, estado de Morelos; lo confundieron

361
parte segunda: los fundamentos

con zapatista porque vestía calzón de manta... lo mataron enfrente de


mí y de mi mamá.

En los años que siguieron al término de la Revolución de 1910-1917,


los hombres de San Mateo cuando iban al Distrito Federal tenían que
cambiarse su ropa de manta por pantalón y camisa porque si no lo
hacían y entraban con calzón se arriesgaban a que los confundieran
con zapatistas y los fusilaran.

Al principio el cambio de indumentaria sólo fue definitivo


en pocos casos, pues los hombres, en general, se ponían el nuevo
atuendo únicamente para salir del pueblo.

Cuando los hombres se empezaron a quitar el calzón de manta —allá


por 1930—, muchos lo hacían por necesidad, ya que los confundían
con zapatistas. Cuando iban a vender sus petates a México, antes de
llegar se ponían pantalón de mezclilla.

Pero dentro de un contexto más amplio, del que la


situación descrita conformaba un aspecto parcial, el nuevo
atuendo —como parte del modo de vida que, en su proceso de
expansión, incursionaba a nivel local— se abría paso de otra
manera: al empezar a connotar —a los ojos de los lugareños— un
prestigio más elevado. Así, aquél se usó inicialmente en ocasiones
especiales, como eran las ceremonias del ciclo de vida —en
particular el casamiento. A continuación se incluye un ejemplo
muy interesante, sobre el papel que jugaban los padres como
agentes del cambio, al estimular a su descendencia a efectuar la
sustitución de los valores tradicionales por los “modernos”.

Ya era yo grandecito —como de unos trece años—, cuando empecé a


usar pantalón. Mis papás fueron a Metepec a comprarme un pantalón
que costó seis reales; cuando me lo dieron me dijeron que tenía yo que
apurarme a trabajar.

362
lo particular. la perspectiva sincrónica

No era común el uso del calzado; pocos se ponían


huaraches y zapatos. Hacia la mitad de la década de 1920
empezó a incrementarse el grupo intermedio, cuyos integrantes
confeccionaban, en su mayoría, sus propios huaraches.

Hacia 1930 o 1935 se introdujo el pantalón de mezclilla.


“Mi papá se quitó el calzón de manta como por 1935 y empezó a
usar pantalón de mezclilla. Por ese tiempo, los jóvenes empezaron
a ponerse. este tipo de pantalón y huaraches, y otros andaban
descalzos”.

Un sector masculino integrado por “los ricos” del pueblo,


vestían desde pequeños pantalón de diferentes telas, diseños
y colores, y usaban zapatos comprados o mandados a hacer
especialmente.

El atuendo de la población femenina mayoritaria era


de dos tipos. Casi todas las mujeres adultas —entre las que se
encontraba el grupo más grande de hablantes de nahuatl—, así
como numerosas jóvenes y niñas usaban “chincuete” a manera de
falda. “En todo el pueblo se veía señoras, grandes con esa ropa”.

El chincuete —una pieza rectangular de manta blanca,


bordada en la parte de abajo, que llegaba hasta los pies— se
colocaba con unos pliegues delanteros, dejándose lisa la parte
posterior. Se sostenía en la cintura con una faja también de
algodón, de color generalmente azul con rayitas blancas. Junto con
el chincuete se usaba una blusa de manta blanca con escote circular
bordado, y sobre ésta, algunas mujeres acostumbraban ponerse el
keskemitl.

El otro grupo, integrado también por mujeres adultas,


jóvenes y niñas (correspondientes, al parecer, al sector hablante
de otomí), vestía “enaguas” y saco de percal o de cambaya, de
distintos colores (Gobierno del Estado de México, 1955:63), a
diferencia del chincuete y de la blusa que eran iguales no sólo
por el diseño sino también por el color. Las enaguas eran largas
y “plisadas” —con pliegues—, al igual que el escote del saco. Las

363
parte segunda: los fundamentos

mujeres de este grupo y las que, aun portando chincuete no usaban


keskemitl, completaban el atuendo con un rebozo “corriente, de hilo
de otate” con franjas de varios colores, “rojo con azul, blanco...”.
Estos rebozos eran comprados, por lo general, si bien algunas
mujeres los tejían para su propio uso. “Mi abuela sabía tejer en
telar de cintura y hacía unos rebozos de colores. No vendía, sólo
los hilaba para ella”.

Se tranzaban el cabello con cordones, y, en su mayoría,


las mujeres andaban descalzas; sólo algunas traían huaraches.
“Después se usó zapato”.

Hacia 1935 se inició el cambio de la indumentaria


femenina. El chincuete sólo permaneció “entre algunas señoras...,
pero las muchachas empezaron a usar faldas hasta los tobillos, de
tela comprada”.

El grupo de mujeres “ricas” se caracterizaba por el uso de


vestidos de diferentes modelos y porque, desde pequeñas, calzaban
zapatos. No usaban rebozos ni trenzaban su cabello. A dicha forma
de vestir, al igual que al uso del castellano, se le denominaba “de
razón”. “Unas usaban chincuete y otras de razón”.

Para 1955 únicamente alrededor del 15% de los hombres


usaba calzón y camisa de manta, mientras que el resto vestía
pantalón de mezclilla, camisa o playera. En invierno algunos se
cubrían con chamarras o. jorongos. El uso de calzado —zapatos
o huaraches— se había generalizado, reportándose un 20% de
mujeres descalzas. El atuendo de éstas consistía en falda, blusa
o vestido de percal, mandil o rebozo. ,”Las familias de clases
acomodadas visten mejores ropas” (Gobierno del Estado de
México, 1955:65).

c) El idioma

En San Mateo Atenco se habló, desde antes de la llegada de


los españoles, matlatzinca, otomí y nahuatl (Menegus, 1990; Zorita,

364
lo particular. la perspectiva sincrónica

1941:282). Es factible que a partir de la invasión mexica en la zona,


se haya iniciado en el pueblo el predominio del nahuatl sobre una
probable mayoría previa de hablantes de matlatzinca, panorama
lingüístico que encontrarían los conquistadores españoles en San
Mateo. Al menos, a ése se refiere Ciudad Real (1976, t.I:21) en 1585,
al narrar su paso por San Mateo.

En el primer cuarto del siglo xviii la lengua de la mayor


parte de la población era el nahuatl. Para 1880, aun cuando una
proporción considerable de aquélla era de hablantes de español,
los idiomas indígenas —otomí, y sobre todo nahuatl— eran
todavía mayoritarios (Gerhard, 1972:176- 177), lo cual habría de
invertirse para 1950.

A principios del siglo xx existía un considerable bilingüismo


de español-nahuatl (“mexicano”), si bien éste era el idioma de la
población mayoritaria. El otomí también se hablaba, aunque en
una proporción menor. “En mi niñez se hablaba casi puro dialecto
y algo de español. Se habló mexicano y otomí”.

La Revolución Mexicana amplió el panorama social en el


que debieron empezar a moverse los habitantes de San Mateo,
tanto los que necesitaban salir del pueblo por diversos motivos,
como por el mayor contacto que se tuvo con fuereños quienes,
por la violencia de las contiendas, se vieron obligados a emigrar
a aquél. En este contexto, hacia 1910 comenzó la sustitución de
las lenguas a partir de la actitud preferencial hacia el español
que tendió a prevalecer entre la mayoría de los vecinos, y que se
manifestó de múltiples maneras. Un ejemplo lo constituye el caso
de los niños cuyos padres, siendo bilingües, empezaron a hablarles
en español, reservándose el uso del nahuatl para la comunicación
exclusiva en ciertas ocasiones y con determinadas personas, en
particular coetáneos. “En las fiestas, mi padre y mis tíos hablaban
entre ellos mexicano, pero a mí y a mis hermanos nos hablaban
en castellano y no aprendimos mexicano”.

365
parte segunda: los fundamentos

Durante la transición, algunos pequeños no aprendieron


el idioma indígena aun cuando éste fue el que les hablaron sus
progenitores.

Soy del barrio de San Francisco... Toda la gente del pueblo hablaba
mexicano... luego se hablaron los dos idiomas, mexicano y castellano.
Los hablantes de mexicano se fueron acabando por 1910. Mis papás
me hablaron en este idioma pero no pude aprenderlo.

También sucedió que el nahuatl fuera reemplazado por el


español en un lapso de la infancia del individuo.

Nací en 1902, en el barrio de Guadalupe y aprendí a hablar mexicano


con mi abuelita, la mamá de mi papá, con quien viví hasta los ocho
años. Luego me fui a la casa de mi mamá; al llegar, mi madre me quitó
el chincuete con el que me vestía mi abuela y ya no me hablaron en
mexicano.

Después de la etapa armada de la Revolución el español


empezó a ganar terreno. Esto se debió a que algunos bilingües,
que habían usado de manera preferencial el nahuatl, murieron
durante los combates, y, principalmente, a causa de la epidemia
de “gripa” que padeció la población, la cual, de acuerdo con la
información oficial, tuvo una baja de 1,165 habitantes entre 1900
y 1930. “Cuando yo era chica se hablaba puro mexicano y unos
cuantos hablaban castellano. Desde 1910 ya se hablaban las dos
lenguas pero, como mucha gente murió sólo quedó la nueva gente
que no entiende mexicano”.

Así, para 1940 el nahuatl ya era considerado el “idioma de


los viejitos” y de numerosos hombres “de edad”, en tanto que la
mayor parte de los adultos y niños se expresaban cotidianamente
en español. En 1950, una buena cantidad de vecinos de Guadalupe
—el barrio más tradicional del pueblo— aún hablaba nahuatl,
que era también el idioma de no pocos ancianos del municipio.
Pero, para ese año, muchos adultos y jóvenes, como casi todos los

366
lo particular. la perspectiva sincrónica

niños, eran únicamente monolingües de españ.ol. Por esas fechas


quedaban poquísimos hablantes de otomí. “Vivo en el barrio
de Santa María. Mis abuelos hablaban mexicano; mis papás lo
entendían pero no lo hablaban. Yo ya no lo hablé”.

E L I M PA C T O E C O L Ó G I C O Y A M B I E N TA L D E L A
INDUSTRIALIZACIÓN

Me he referido al desecamiento del lago a causa del desarrollo


industrial, cuya repercusión inmediata fue el término del mvl,
subsistiendo ciertas actividades que fueron desarticulándose cada
vez más del contexto socioeconómico que se conformó a raíz de la
instalación del corredor Lerma-Toluca en la década de 1940.

Ahora bien, entre 1940 y la década de 1970 hubo otras


manifestaciones de dicho desarrollo a nivel de la zona, algunas de
las cuales mencionaré, en forma resumida, a continuación:

En primer término29, se presentó una perturbación en el


ocupamiento territorial de la zona por la condensación demográfica
en algunos espacios. En éstos, la pea creció en los sectores industrial
(II) y de comercio y servicios (III), contrayéndose en el sector
agropecuario (I). Toluca, Metepec y San Mateo Atenco ocuparon,
entre 1960 y 1980, los tres primeros lugares en el contexto de la
región I Valle de Toluca —que está comprendida en su mayor parte
por la ZLAL. Asimismo, Lerma obtuvo (con el 5.8%) el quinto
lugar en cuanto al municipio más poblado entre 1980 y 1987, al
albergar a 59,283 y 78,181 habitantes respectivamente.

De manera similar, Lerma, junto con Toluca, Tenango del


Valle, Metepec y tres municipios más, representó a nivel de la
región I, Toluca, los porcentajes de 18% y 69% entre 1950 y 1980 en
cuanto al sector secundario. En cambio, las actividades del primer

29
Basado en Contreras et al.., 1989.

367
parte segunda: los fundamentos

sector significaron el 68% en 1950 y sólo el 24% en 1980; el sector


terciario varió del 14% de 1950 al 34% en 1980.

A estas fechas, tanto el incremento de la planta industrial


como el demográfico —resultante en buena medida de la incursión
de oleadas de inmigrantes—, ha implicado la pérdida de las
mejores tierras, debido a que el crecimiento se ha orientado al
área plana del vaso lacustre.

Lo anterior ha ocasionado una disminución de la superficie


cultivable de la llanura, y una relativa expansión de aquélla sobre
la que anteriormente ocupaba el bosque, que sufre —por varios
motivos entre los que destaca la alteración climática— una erosión
en incremento.

También se ha dado una pulverización de las parcelas


ejidales, lo cual,

... aunado a los demás factores como la falta de financiamiento y


tecnología adecuada, entre otros, reducen al ejidatario a un estado
permanente de pobreza. Esta circunstancia orilla al campesino a
abandonar sus tierras y emigrar a los centros urbanos (Contreras, el
al., 1989:248).

Por otro lado, los recursos hídricos de la región enfrentan


graves problemas por la sobreexplotación de los acuíferos a
causa del envío del agua al Distrito Federal, lo cual ha originado
un resecamiento del terreno en general que ha provocado
grietas en viviendas, carreteras y otras obras, al. igual que un
paulatino hundimiento de la ciudad de Toluca; y también, por la
contaminación que producen las fábricas del corredor industrial,
las emisiones de más de 100 industrias, y el avenamiento de las
aguas negras de las áreas urbanas, todo lo cual ha hecho del río
Lerma un drenaje, donde con dificultad sobrevive una mínima
parte de la antigua y riquísima vida lacustre.

368
lo particular. la perspectiva sincrónica

El clima también se ha perturbado a causa de la


disminución de humedad en el ambiente, por el acortamiento de
la temporada de lluvias, por la ausencia de nieve en el Nevado de
Toluca, y por un aumento en la temperatura. Si bien el volumen de
precipitación pluvial presenta una relativa estabilidad, las lluvias
caen torrencialmente, ocasionando no sólo alteraciones climáticas,
sino efectos negativos en la agricultura que representan pérdidas
económicas para el productor y escasez de alimentos para los
consumidores.

El aumento de superficie cultivable por la pérdida de


la ciénaga no se tradujo en un incremento de la productividad,
debido a que aquél fue contrarrestado por el abatimiento del nivel
del acuífero a causa del descenso del agua subterránea. Como
consecuencia, los costos de la agricultura de riego ascendieron, lo
que orilló al campesino a refugiarse en la agricultura de temporal.
“En estas condiciones [indica Contreras (1989:247)] no se compensa
el incremento de las tierras de cultivo, ya que continúa siendo una
agricultura de temporal, tradicional y donde el cultivo principal
es el maíz”.

Como ha podido apreciarse, de manera sucinta, esta


desarticulación tiene su origen en el impacto negativo que el sector
primario ha sufrido por el crecimiento del sector secundario, al
abarcar tierras de buena productividad; al restar posibilidades
de ampliación de las zonas de riego, por resecar los terrenos, por
disparar las diferencias de ingreso entre obreros y campesinos y
elevar el costo de la vida para los últimos; por no contribuir en
forma explícita al mejoramiento de los cultivos, su diversificación
o cambio; por el agua que, habiendo sido originalmente limpia
y potable, la devuelve contaminada e inutilizable para fines
agropecuarios y pesqueros. En suma, puntualiza Contreras
(1989:309) “al generar un telón de progreso que no ha sido capaz
de alentar el desarrollo de la sociedad y su espacio”.

369
parte segunda: los fundamentos

370
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Parte tercera

Discusión teórica y síntesis

371
parte segunda: los fundamentos

372
parte tercera: discusión teórica y síntesis

En esta parte se introducen inicialmente los materiales, sobre todo


etnohistóricos, de algunos autores que consulté desde el inicio
de la investigación, a partir de los cuales, y de otros estudios
sobre el Valle de Toluca y la Cuenca de México, refiero mi propio
estudio etnográfico en la ZLAL. Después, se incluye una discusión
crítica en torno a los planteamientos de Sahagún sobre el papel
de las actividades no agrícolas en el modo de vida otomiano,
particularmente matlatzinca —tanto por su propia importancia
cuanto porque la obra del fraile es el punto de partida de los
principales estudios etnohistóricos y etnológicos modernos sobre el
Valle de Toluca, en algunos de los cuales se muestra un total apego
a los señalamientos del autor. Por último se expone el resultado
del análisis de los materiales que fueron la base para fundamentar
mis planteamientos, así como algunas sugerencias sobre ciertos
aspectos que aún falta investigar, y una pequeña síntesis sobre el
tema estudiado.

LOS ESTUDIOS SOBRE LA CULTURA LACUSTRE DE LOS


OTOMIANOS SUREÑOS

Si bien los autores de las principales obras antropológicas sobre los


otomianos expusieron algunos aspectos de la economía lacustre
del Valle de Toluca, esta parte de la producción, de hecho, no fue
abordada sistemáticamente. Soustelle (1937), Carrasco (1950), y
Quezada (1972), han registrado algunos datos relativos a la caza

373
parte segunda: los fundamentos

y recolección acuáticas y a la pesca, refiriéndose en menor medida


al cultivo de chinampas y a otras formas agrícolas de humedad.

Aparte de estas investigaciones, se cuenta con numerosos


estudios arqueológicos y fuentes históricas que proporcionan
rica información con base en la cual es posible apreciar el origen
prehispánico de la fauna y flora de la laguna de Lerma, de su
respectiva explotación (Rojas, 1985:26), y de casi la totalidad de
los medios e instrumentos empleados en la ZLAL y en el caso
representativo de San Mateo Atenco.

Respecto a las actividades acuáticas precortesianas, resulta


interesante comparar los términos del diccionario otomí y del
vocabulario matlatzinca de Basalenque que cita Carrasco (1950:67-
68), y los que proporciona Quezada (1972:106). Los instrumentos
de uso común en ambos grupos otomianos son la red para peces
—sal abre o red cuyo nombre matlatzinca aportado por esta autora
es inhueh—, varas o caña, sedal, y anzuelo —nigiggi—, habiendo
formas de pesca en las que únicamente intervienen las manos
—”pescar con las manos entre las piedras” que anota Carrasco
y “simplemente con la mano” o qhethoxbi que cita Quezada.
Estos tres medios continuaban vigentes en San Mateo Atenco
a mediados del siglo xx, con la variante, en cuanto a la pesca
de carpa a mano, que se realizaba en las hendiduras de las
zanjas. La nasa aparece sólo en el primer grupo, y las chorreras
—nicaxthoho—, el arpón de garrocha —nipuexbizu—, y “el canal
donde pescan” en el segundo. Carrasco anota que los matlatzincas
modernos de Temascaltepec practicaban la pesca con arco y flecha
con horqueta.

Soustelle reporta la pesca con redes entre los otomianos


contemporáneos y señala, al igual que Carrasco, el origen
seguramente prehispánico de aquéllas pues figuran en pinturas
de códices —como por ejemplo, el jeroglífico de Tollocan
Matlatzinco— exactamente con las mismas características. El
método de “canal... donde pescan”, citado por el segundo autor, al
parecer se trata de la forma de captura de carpa por presas, en uso

374
parte tercera: discusión teórica y síntesis

en San Mateo Atenco durante la etapa final de la laguna de Lerma


(Soustelle, 1937:71; Quezada, 1972:57; Carrasco, 1950:67).

De acuerdo con Sahagún, a Opuchtli, dios de la pesca, le


atribuían la invención de los remos y de todos los instrumentos
empleados en esta labor. De aquéllos, el autor menciona a las redes
y a la fisga o minacachalli —para atrapar peces y aves—, misma
que, en San Mateo Atenco, era llamada con el primero de estos
últimos nombres y también “garrocha”, y es a la que Carrasco
designa, basándose en el vocabulario de Basalenque, “arpón de
garrocha”. El otro instrumento citado por Sahagún —y con el
mismo nombre por Carrasco— es el “lazo” para atrapar aves
—”cazar aves con lazo” según el diccionario otomí y “armar lazo
a los pájaros” de acuerdo con el matlatzinca— (Sahagún, L.1,
c.17, f.15v, y apéndice del mismo libro, cap.16, f.39r; Carrasco,
1950:60-68), que en San Mateo le nombraban chonhuascles y en
Almoloya del Río, “vara y gaza”.

Carrasco se refiere al uso de la “red tendida” y de la “red


que se cierra” —que según se juzga corresponden a la “red circular
corrediza” que se usó en los tiempos contemporáneos en algunos
pueblos del sur del Valle de Toluca, como San Pedro Tultepec de
Quiroga. Menciona también el “palo con que hiere” —quizá el
moderno “palo” para la caza de patos sobre la superficie de la
tierra—, así como “la liga”, que en la forma reciente contiene todos
los elementos que señala el autor para la región otomiana en el
siglo xvi, como son el uso de la liga o unto, el de la añagaza, y el
canto de la hembra que imita el cazador.

Entre las redes —notificadas por, Carrasco (1950:61-64)


que no fueron consignadas durante mi trabajo de campo, por no
encontrarse vigentes en la zona, están la “red tapadera”, y la “red
que cae sobre los pájaros y los toma debajo”. Tampoco ha podido
encontrarse hasta ahora ningún registro en la tradición oral del
empleo de arco y flecha en la caza de aves —”los matlatzincas de
Atlatlauhca usaban arco y flecha para cazar aves montesas”— ni de
la cerbatana, misma que es mencionada en el diccionario otomí así
como, específicamente por Tezozomoc, para pueblos de la zona

375
parte segunda: los fundamentos

lacustre del Alto Lerma: “La cerbatana para pájaros se cita entre los
regalos que presentan a Auizotl los pueblos cercanos a Atlapulco.
Además vemos en Basalenque... cerbatana para tirar a pájaros...
bodoque de cerbatana”. Con todo, el uso de ambos instrumentos
es referido, en el segundo caso, a aves pequeñas, quizá terrestres,
lo cual es obvio en el primero; sin embargo, su empleo en la caza
de avifauna acuática no queda excluido.

A pesar de que el texto de Carrasco no contiene datos sobre


la caza de aves mediante el empleo de la honda —instrumento
de uso cotidiano muy extendido en toda la zona lacustre, por lo
menos hasta 1950—, se sabe, como lo indica el mismo autor, que
aquélla “era el arma característica de los matlatzinca”.

Respecto a la moderna red rectangular o “chinchorro”,


la forma de su empleo, extendida a manera de red para el juego
de tennis —no abolsada—, es similar a la que aparece en el
Códice Azcatitlan, y en el documento Cargo y descargo ante don
Esteban, citados por Teresa Rojas (1985:72-73) (ver figura 10). La
información etnográfica moderna muestra que la forma de caza
con este instrumento en el Alto Lerma era crepuscular y nocturna,
lo que no se hace explícito en la mencionada para la Cuenca de
México en el siglo xvi por Ciudad Real—citado también por Rojas,
que aparece como fundamentalmente matutina.

Otros datos recabados sobre el terreno muestran la


forma en que la etnografía moderna puede ayudar, no sólo a
complementar y a dar pistas, sino además a “colorear” o “matizar”
la información etnohistórica, ya dar vida al material arqueológico,
que en ocasiones es expuesto como hermético, frío y distante. Un
ejemplo sobre el posible uso de un instrumento no identificado,
al que alude Rojas (1985), es el siguiente: en la captura de carpas
y de aves con chinchorro, en la caza de éstas con fisga o con
chonhuascles, y en las formas de atrapamiento en que las aves
quedaban heridas, se utilizaba un “palo o garrotito” —términos
empleados por los vecinos de San Mateo—, con la finalidad
de golpearles la cabeza para darles muerte. En este “garrotito”
pareciera consistir el instrumento desconocido —una especie de

376
parte tercera: discusión teórica y síntesis

maza— que porta uno de los pescadores que, junto a otros tres
con sendos instrumentos, se encuentra al lado de Opuchtli en una
ilustración del Códice Florentino (Sahagún, ap. al L.1, c. 16, f.39r).
(Ver figura 11).

Una información concreta es la relativa a las fisgas o


garrochas, pues por la etnografía moderna se sabe de la manera
particular en que las fisgas de una y de dos agujas se usaban
respectivamente en San Mateo Atenco y en Almoloya del Río
en la captura diurna de la rana, mientras que las fisgas de tres a
seis puntas se empleaban, en toda la zona, para la caza nocturna
de aquélla, así como en las diversas formas de pesca diurna de
carpa, de juil y de ajolote, y en la captura de aves acuáticas. (Ver
figura 12).

Si bien Sahagún (L.1, c.17, f.15v; ap. del mismo libro, c.6,
f.39r; L.11, f.29v y f.23v) especifica que el instrumento “como fisga”
llamado minacachalli no tenía “sino tres puntas” —dispuestas en
triángulo, no como tridente (ver figura 13)—, de que lo reitera al
hablar de la captura y muerte del ave atotolin, refiriéndose a aquél
también con la denominación de “dardo de tres puntas”, y de que
es el que ilustra a esta descripción y a otra que alude a la comarca
de México Mexicatlalli; en una tercera ilustración, en la que figuran
el dios Opuchtli y los pescadores, se muestra una fisga de cinco
agujas. (Ver figura 11).

Por la rica diversidad de fisgas —no únicamente del Alto


Lerma sino también de la Cuenca de México— que representan
sólo algunos ejemplos de instrumentos modernos, cabe pensar en
una mayor variedad de aquéllas para los tiempos prehispánicos.
En cuanto a la primera región, el tipo de fisga para la caza diurna
de la rana se caracterizaba de todos los demás porque era de
pequeño grosor. En San Mateo Atenco se le llamaba “fisga de una
aguja”, y el mango con el que se sostenía el instrumento era de
otate y llevaba una aguja lisa¡ en cambio, en Almoloya del Río se le
nombraba “fisga ranera de día”, estaba hecho con garrocha de ocote
y tenía dos agujas lisas del mismo tamaño. (Ver figura 12).

377
parte segunda: los fundamentos

Figura 10
Chinchorro: abolsado y aplanado

378
Figura 11
Instrumento de pesca no identificado

379
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Fuente: Rojas, 1985a


parte segunda: los fundamentos

Fisgas modernas
Figura 12

380
parte tercera: discusión teórica y síntesis

En San Mateo la fisga de tres a seis agujas lisas era


comúnmente del mismo tamaño, aunque existían las respectivas
variantes en las que una de las puntas era más pequeña —como
se anotó en la parte correspondiente. Para la pesca de carpa se
empleaba la fisga de cuatro agujas, y aún más la de cinco, siendo
esta última la que, en mayor medida que la de tres, cuatro y seis
agujas, se utilizaba en la captura del resto de animales que han
sido mencionados (véase figura 12).

En La Asunción de María Atarasquillo, la “fisga carpera”


aunque tenía cinco agujas del mismo tamaño, la que iba en medio
era “tipo arpón” y sólo las que se colocaban “al ruedo” eran lisas.
En Almoloya del Río, la “fisga de gancho” o “aguja de ganchos de
carpa” consistía en una garrocha de ocote de tres metros de largo
con cuatro agujas lisas del mismo tamaño “de alambre o alambrón
galvanizado”, en tanto que la “fisga ranera y ajolotera” llevaba seis
agujas lisas del mismo tamaño (véase figura 12).

Por su disposición, un tipo de fisgas modernas de tres


agujas (del mismo tamaño) era similar a la que menciona Sahagún,
ya que éstas se colocaban en triángulo —equilátero—, en tanto que
el otro tipo de fisga moderna presentaba sus tres agujas —siendo
la de en medio de menor tamaño— en línea recta. Por el contrario,
la fisga de cinco agujas que se muestra en el Códice Florentino da
la impresión de tener en ruedo sus cinco puntas, careciendo de
una aguja central, mientras que en las modernas fisgas del mismo
número de agujas del Alto Lerma, dos de éstas se encontraban
frente a las otras dos, demarcando un cuadrado, en medio del
cual iba la quinta aguja, de manera que en total conformaban dos
triángulos equiláteros (véase figura 12).

José Genovevo Pérez (1985:16) señala que las fisgas


contemporáneas de San Luis Tlaxialtemalco, de la delegación
de Xochimilco, consisten en un instrumento para la pesca de
animales grandes —carpa, trucha, juil y rana— al que también se
le denomina “carrizo” por el tipo de “vara”, de tres a cinco metros
de longitud, que se utiliza en su confección, aun cuando pueda
optarse por el ahuejote. En uno de sus extremos la fisga “original”

381
parte segunda: los fundamentos

lleva trece púas o puras de alambre, si bien algunas sólo tienen


ocho o diez. Una de las trece púas que por lo general termina
en una especie de ganchito o codito, “para que ahí se atoren los
peces”— se coloca en el centro y se amarra con cabello femenino
“para que dure... más tiempo”, y es a la que se le llama “nana”.
Las puras restantes pueden ser de codito o lisas y se las sujeta con
un lazo formando un círculo en torno a la nana.

En lo referente al “tzonuaztli” que para Rojas es el


“nombre más probable” del sedal (véase figura 14) que se
usaba en la pesca anexo a la caña—, con los términos respectivos
de chonhuascles y de “vara y gaza” en San Mateo Atenco y en
Almoloya, se utilizaba —en el Alto Lerma, y parece ser que
también en la Cuenca de México— en el sentido de la traducción
de Molina —mencionado igualmente por Rojas— como “lazo
para cazar algo”, en cuanto a lazada o “gaza” corrediza con la
que se prendía a las aves, cuya descripción se ha hecho en la parte
correspondiente (véase figura 4).

Un último ejemplo consiste en el animalito, llamado


“alacrancito” en San Mateo Atenco, que aparece dibujado al lado
izquierdo, junto al acocil, en el Códice Florentino (Sahagún, L.ll,
f.68r) —que Rojas (1985:85) reproduce en su trabajo bajo el nombre
de acocili o acocil para ambos (ver figura 15)—, el cual concuerda
con la interpretación de Deevey —citado por Rojas— en el sentido
de que “es casi seguramente una larva de libélula (Odonata)”. De
hecho, el “alacrancito” corresponde a esta última con base en el
reconocimiento que hizo el biólogo Arturo Argueta de un ejemplar
que colecté durante el trabajo sobre el terreno.

A pesar de que las canoas de varias piezas —llamadas de


“fondo plano” por Soustelle (1937:14), sobrevivientes aún en el
Alto Lerma, y sustitutas de las labradas en troncos de árboles— no
muestran parecido con las figuras sobre todo de los dos primeros
libros del Códice Florentino, es de presumirse que desciendan
directamente de las que se usaron antes de la llegada de los
españoles. Los remos aplanados —o “pala” de remar— son, en
cambio, similares (véase figura 16).

382
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Figura 13

Fisgas del siglo xvi

Fuente: Rojas, 1985a

383
parte segunda: los fundamentos

Figura 14
Caña de pescar

384
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Figura 15
Acocil y alacrancito

Fuente: Rojas, 1985a

Aun cuando Sahagún no menciona a la garrocha o


remo cilíndrico, ni Rojas incluye ilustración particular de este
instrumento que servía —hasta recientemente en las cuencas de
Lerma y de México— para impulsar la canoa y para dar vuelta en
las partes bajas de la ciénaga, parece tratarse de ese tipo de remo
que sostiene en su mano derecha el “joven de 14 años” de la figura
16. En todo caso, su empleo tan extenso y la forma tan diversificada
en que variantes del mismo se utilizaron en la actividad lacustre,
hacen pensar en un seguro origen prehispánico.

Lo mismo puede decirse de los procedimientos de


obtención de flora y de fauna acuáticas, las cuales han sido
descritas en la parte respectiva y representan otro aporte de la
investigación etnográfica moderna. Por ejemplo, diversas formas
de uso generalizado en las que se empleaba la macla, las técnicas
manuales para extraer animales y vegetales del agua; numerosas
maneras de cacería de ranas, y las especializadas para la captura
del pescado negro mediante “corrales” de yerbas acuáticas, y en
el atrapamiento del ahuilote con manojos de tule blanco.

385
parte segunda: los fundamentos

Figura 16

Remo aplanado. Siglo XVI

Fuente: Rojas, 1985a

386
parte tercera: discusión teórica y síntesis

En relación con la última técnica, el uso que hacían los


pescadores precisamente de la parte blanca del tule —cuyo color
se debía a su permanencia debajo de la superficie de la ciénaga ­es
muy interesante porque manifiesta un conocimiento tradicional y
por sus implicaciones rituales antiguas. Los juncos de los hacecillos
son similares a los utilizados en tiempos prehispánicos en el tejido
de petates y asientos ceremoniales. De acuerdo con el relato de
Sahagún (L.2, c.25, f.38-39v, L.ll, c.70, f.183r), estas cañas o juncias,
“muy largas y todo lo que esta dentro del agua es muy blanco”,
recibían el nombre de aztapilli u oztopilli, y representaban el objetivo
de un recorrido que hacían los sacerdotes —al inicio de la fiesta
Etzalqualiztli en honor de los tlaloque— hasta un sitio acuático
del pueblo de Citlaltepec donde esos juncos crecían. Hasta allá
llegaban los “satrapas de los ydolos” a cortar las cañas para traerlas
al Calmecac, donde las cosían con raíces de maguey. Colocábanlas
“contrapuestas y entrepuesto, lo blanco a lo verde”, “a manera de
mantas pintadas”, a las que nombraban “aztapitpetlatl que quiere
decir petates jaspeados, de juncias blancas y verdes”, y hacían
también “sentaderos” con y sin “respaldares”.

En seguida discutiremos lo relativo a la caracterización


económico-cultural de los otomianos a partir de los términos utilizados
por los principales autores que han abordado su estudio.

Soustelle (1937:70-71, 65-70) define a los otomianos de


Mesoamérica como “agricultores”. Respecto a la pesca, el autor
menciona sólo la forma moderna de captura con “red circular” del
acocil —que se encuentra en todas “partes donde existen lagunas
de escasa profundidad y fondo cenagoso” y del cual los otomíes
distinguen dos especies: xode y xiso—; describe la confección del
instrumento, refiriéndose a su seguro origen “muy antiguo”, y,
por último, comenta sobre el tejido de petates y la confección de
capas de lluvia.

Quezada (1972:104, 56-57, 59) trata de la agricultura de riego


en Toluca y Metepec e indica que debido a “la abundancia de ríos
que se nutren del Nevado de Toluca era natural que las cosechas
levantadas en las zonas aledañas fueran abundantes y de excelente

387
parte segunda: los fundamentos

calidad, utilizando el sistema de riego por medio de canales”.


También apunta —aludiendo a Sahagún— que entre los otomíes,
matlatzincas y mazahuas la ocupación masculina “fundamental”
fue la agricultura, si bien se dedicaron además a la cacería —para
complementar la “alimentación” y para “obtener otros productos
secundarios”— mediante lazos, liga, y arco y flecha. La pesca
—”fuente económica de menor importancia en la vida indígena”­
—se llevó a cabo con redes y sal abres hechos con ixtle “en aquellas
regiones propicias para ello”, y, citando a Sahagún sobre uno de
los significados de Toluca, se refiere a la antigua “manufactura de
esteras como se realiza en el presente en la región de Lerma”.

Carrasco, por un lado, no establece explícitamente —a


diferencia de Soustelle y Quezada— la prioridad económica de
la agricultura. El autor empieza el apartado sobre esta actividad
mencionando los señalamientos de Sahagún acerca de los otomíes,
matlatzincas y mazahuas en el sentido de que “eran grandes
cultivadores”, y aborda en seguida los tipos de sistemas existentes,
haciendo hincapie en el uso del riego:

La base de la agricultura era naturalmente el maíz. La mayoría de


las milpas eran de temporal, es decir que dependían del cielo para el
suministro de agua, pero se regaba la tierra en casi todos los lugares
en que era posible, o se sembraba a la orilla de los ríos en terrenos de
humedad (Carrasco, 1950:48).

Por otro lado, de los tres autores contemporáneos recién


aludidos, Carrasco es también el único que advierte de manera
explícita la relevancia de la pesca y de la caza de aves (algunas no
acuáticas) —señalando a la vez que la de animales terrestres “fue
muy importante” entre los otomianos. Así, indica textualmente
lo siguiente:

La caza de aves tenía importancia particular en el lago de Xaltocan y


Zumpango y es de suponer que también en otras regiones de recursos
naturales semejantes. En el arte matlatzinca de Guevara se listan entre
las cosas comestibles las siguientes aves: pato de laguna, grulla, tórtola,

388
parte tercera: discusión teórica y síntesis

paloma torcaza, pájaro carpintero, pajarillo de agujero, pájaro cardenal,


golondrina prieta, centzontli, golondrina casera y pavo montés... También
hay noticias importantes sobre la caza con liga... Algunos de los métodos
de caza citados se ven ilustrados en los dibujos de la obra de Sahagún
y en el mapa del Valle de México que se conserva en Upsala (Carrasco,
1950:61).

Al referirse a la preparación de la caza, Carrasco menciona


a los “pájaros en cecina”. Sobre las otras actividades relacionadas
con el agua y sus productos, el autor anota que los otomianos
“pescaban en lagunas y ríos, pero [que] son muy escasos los datos
que nos han llegado sobre este punto”, que entre “los tejidos se
hadan redes para pesca en Tollocan”, y que en “varios lugares” se
confeccionaban petates (Carrasco, 1950:67-69).

La obra de Sahagún constituye una de las fuentes


importantes no sólo a nivel general sino, particularmente, de los
tres autores mencionados. Considerando lo anterior, la propia
descripción de aquél es, de hecho, sumamente interesante. En
referencia concreta a los otomíes, el autor (LX, c.29, f.129r) expone,
de entrada, un planteamiento contradictorio: “Los mesmos
otomies eran muy perezosos: aunque eran rezios y para mucho,
y trabajadores en labranzas, no eran muy aplicados a ganar de
comer, y usar de continuo el trabajo ordinario”. Sahagún menciona
también dos aspectos que aparecen como característicos de los
otomíes. El primero tiene que ver con la costumbre de no dejar que
los frutos del maíz madurasel1, al cortar una parte de los elotes con
fines alimenticios y comerciales, realizándose este último como un
medio para adquirir productos —”carne o pescado y el vino de la
tierra”— que eran destinados igualmente para el consumo. El otro
aspecto se refiere tanto al resultado de la costumbre anterior —”y
ansi al tiempo de la cosecha no cogian sino muy poco, por averlo
gastado y comido antes que se sazonasse”—, como al consumo
del maíz que se había dejado en la planta hasta el término de su
maduración, consumo que era inmediato, exhaustivo, y que se
efectuaba no con el objetivo de satisfacer necesidades básicas
únicamente de subsistencia —o cuya satisfacción no se apegaba a

389
parte segunda: los fundamentos

las formas usuales para quien las califica—, sino también de otro
tipo, o a través de una forma distinta: festivas.

Y luego que avian cogido lo poco, compravan gallinas, y perrillos, para


comer y hazian muchos tamales colorados... y hechos, hazian banquetes
y combidavanse unos a otros, y luego que avian comido bevian su vino.
(Sahagún, L.X, c.29, f.l28v)

Ahora bien, lo que Sahagún dice pero que, de alguna


manera, queda opacado en el texto es lo referente a la importancia
fundamental que tenían la caza y la recolección en el modo de vida
otomiano. Lo anterior se debe a que el párrafo en el que el autor
caracteriza a los otomíes queda enmarcado por su frase inicial
—acerca de la gran pereza de los integrantes de este grupo— y
por las líneas con las que lo finaliza.

Y ansi del que en breve se comía lo que tenía, se dezia y por injuria que
gastava su hazienda al uso y manera de los otomites, como si dixeran
dél que bien parecia ser animal (Sahagún. L.X, c.29, f.l28r).

Es decir, partiendo de una posición etnocéntrica, que en el


caso de Sahagún evidencia una influencia mexica como después
veremos, el hecho de que la agricultura fuera tenida como la
actividad que daba para comer y como el “trabajo ordinario”,
condujo por una parte a considerar como “pasa tiempo de ellos
[los otomíes]” —no como trabajo productivo—la práctica de la
cacería y la recolección, y, por otra, a dejar de percibir a éstas
como lo que eran: una labor cotidiana en la que, de manera
considerable, se sustentaba la economía de los otomíes, tal como
se plantea en el propio texto de Sahagún. En efecto, éste, luego
de indicar la razón para calificados de perezosos: “Porque en
acabando de labrar sus tierras, andavan hechos holgazanes, sin
ocuparse en otro exercicio de trabajo”, acota lo siguiente: “salvo
que andavan cazando conejos, liebres, codornices, y venados con
redes o flechas o con liga, o con otras corcherias que ellos usavan
para cazar” (Sahagún, L.X, c.29, f.128r). Asimismo, al mencionar

390
parte tercera: discusión teórica y síntesis

la base filosófica en que se fundamentaba tal actitud ante la vida,


introduce una frase por la que uno puede percatarse, además
de la importancia, de la forma cotidiana en que las labores no
agrícolas se llevaban a cabo.

[...] y dezian unos a otros: gastese todo nuestro mahiz, que luego
daremos tras yervas, tunas, y rayzes, y dezian que sus antepasados
avian dicho: que este mundo era assi, que unas vezes lo avia de sobra
y otras vezes fultava lo necesario (LX, c.Z9, f.l28r).

En otro lugar, Sahagún (LX, c.29, ff.127r, 129r) señala que


su

[...] comida y mantenimientos era el mahiz y frisoles, y axi, sal y


tomates; usavan por comida mas que otra cosa los tamales colorados
que llaman xocotamales, y frixoles cozidos, y [añade] comian perritos,
conejos, venados, o topos... zorrillos que hieden, y culebras, y lirones,
y todo género de ratones, y las comadrejas, y otras savandijas del
campo y monte, y lagartijas de todas suertes, y abejones, y langostas
de todas maneras.

De los matlatzincas Sahagún indica que “eran grandes


trabajadores en labrar sus sementeras” y que en su tierra
únicamente “se da mahiz, frisoles y unas semillas que son de
mantenimiento, llamadas hoauhtli”. Sin embargo, los diferentes
nombres de aquéllos —quaquatas, matlatzincatl, toloques, y lo
referente a sus significados, que es con lo que el autor principia
la parte correspondiente a los indígenas citados— aluden a otras
actividades básicas, como eran la caza y la recolección de fauna y
de flora, tanto de especies terrestres como acuáticas —destacando
el tule entre los vegetales lacustres—, y la pesca.

Así, Sahagún (L.X, c.29, ff.130v-131r) menciona que uno de


los significados del primer apelativo hacía referencia a su calidad
de “fundibularios” —de tematlatl u hondas— porque “de ordinario
las trayan consigo... y siempre andavan tirando con ellas”, “ansi

391
parte segunda: los fundamentos

matlatzincas, por otra interpretacion, quiere dezir honderos”,


y que el nombre alternativo con el que tambíén se les llamaba
—Quaquata— “es porque siempre trayan su cabeza ceñida con la
honda... quiere dezir... hombre que trae la honda en la cabeza por
guirnalda”.

El nombre de tolucas lo tomaban de la “sierra que se llama


tolutzin, o tolotepetl” y “también se dizen tolucas, del tuli, que es
la juncia de que se hazen petates, porque en el dicho pueblo [de
Toluca] se dan mucho las juncias” (L.X, c.29, f.131v).

El tercer nombre —matlatzinca— “tomose de matlatl, que


es la red”, y Sahagún lo asocia, en primer lugar, con la actividad
agrícola del desgranado que se hacía mediante el aporreamiento de
las mazorcas previamente introducidas en las redes. En segundo
lugar, con el transporte de maíz y otras cosas, para lo cual la red
se usaba, tapizada de paja, a manera de costal. Finalmente, lo
vincula con el sacrificio humano que hacían los matlatzincas a su
dios Coltzin.

También les llamavan del nombre de red por otra razon, que es la mas
principal: porque quando a su ydolo le sacrificavan alguna persona... le
hechavan dentro de una red y... lo estruxavan tanto que por las mallas
de la red salian los huesos de los brazos y pies y derramavan la sangre
dél ante de su ydolo (L.X, c.29, ff.13Ov, 132r).

Debido tal vez al etnocentrismo del autor, una de cuyas


manifestaciones sería pasar por alto lo que no correspondía a
un modo de vida “civilizado” (como el de los mexica), con lo
que Sahagún no relaciona el nombre de la red es con su uso
fundamental: la pesca, siendo precisamente éste el sentido del
comentario crítico de Huitrón (1962:22-23) a la parte en que
Sahagún alude a los significados de los nombres del grupo
otomiano en cuestión.

Es indudable que Fray Bernardino de Sahagún se equivoca respecto

392
parte tercera: discusión teórica y síntesis

a las redes que siempre acompañaban a los matlatzincas. En efecto,


siendo en aquella época el Valle del Matlazingo una región donde
abundaban los lagos, —geográficamente toda esa vasta región fue en un
tiempo una depresión lacustre— entonces debe aceptarse que las redes
distintivas de los matlatzincas, y que se observan en su jeroglífico, no
servían precisamente para desgranar maíz, como lo asienta Sahagún,
sino que ellas eran signo de su actividad económica y de la habilidad
para fabricarlas, pero sobre todo aludía a su ocupación principal que
en el caso era la pesca.

Tanto de los ocuiltecas como de los mazahuas el autor


indica que eran de la misma “vida”, “calidad”, y “costumbres”
que los matlatzincas (Sahagún, L.X, c.29, f.132v).

Cabe hacer referencia también a la caracterización y


descripción que hace Sahagún en el capítulo 29 que “trata de
todas las generaciones que a [a estas partes que llaman tierras
de Mexico o tierras de chichimecas] han venido a poblar”. Luego
de su narración sobre los “tulteca” —quienes “tambien por su
nombre se llamavan chichimecas y ansi se nombravan tultecas
chichimecas” (L.X, c.29, f.119v)—, explica lo relativo a los tres
“generas” de chichimecas. Los tamime, cuyo nombre proviene del
vocablo “tami que quiere dezir tirador de arco y flechas... porque
de ordinario trayan sus arcos y flechas por todas partes para tirar
y cazar con ellos” (L.X, c.29, f.l20r yv). Estos tamime “son deudos
y de la generacion de los que llamavan teuchichimecas, y fueron
algo republicanos” (L.X, c.29, f.l2Or).

[...] eran vasallos de señores... y les davan... en lugar de tributo la caza...


de conejos, venados y culebras, y eran grandes conoscedores de muchas
yervas y rayzes... y solían andar... vendiendo las yerbas medicinales
que llaman patli (L.X, c.29, f.l20v).

El nombre de los teuchichimecas significaba “del todo


barbaros”, “habitaban lexos y apartados del pueblo por campos,

393
parte segunda: los fundamentos

zabanas, montes y cuevas y no tenian casa cierta” (L.X., c.29,


f.121v).

[…] tenían su señor... y la caza que matavan se la davan... [y] era para
su sustento... y davan... tambien arcos y flechas... de ordinario trayan
consigo sus arcos y carcajes de flechas quando caminavan, y quando
comian los tenían consigo, y quando dormian ponían los arcos en sus
cabeceras y dezian que les guardavan (L.X, c.29, f.120v-121r, 122r).

Su “condición y calidad” consistía en ser labradores de


pedernales —haciendo navajas para las puntas de flechas— y de
turquesas —teuxiuhtl— eran excelentes conocedores de “yervas
y rayzes”, entre las que el autor incluye algunos cactos y hongos
—peyotl, nanacatl. Su comida abarcaba productos de caza y
recolección.

[...] hojas de tunas y las mesmas tunas, y la rayz que llaman cimatl, y
otras que sacavan debaxo de tierra, que llaman tzioactli, nequametl,
y mizquites, y palmitos, y flores de palmas que llaman yczotl, y miel
que ellos sacavan de muchas cosas: la miel de palmas, miel de maguei,
miel de abejas, y otras rayzes que conocian y sacavan debaxo de tierra,
y todas las carnes de conejo, de liebre, de venado, y de culebras, y de
muchas aves (L.X, c.29, f.l23r).

De los teochichimecas, “unos había que se decían nahua


chichimeca” debido a que hablaban “algo” la lengua de los
mexicanos y la chichimeca; los oton chichimecas eran hablantes
de otomí y chichimeca, y los cuesteca chichimecas, lo eran de
chichimeca y guasteca. “Todos los quales bivian en policia, y tenian
sus republicas, señores, caciques y principales, poblados con sus
casas... cuyo officio era tambien traer y usar flechas y arcos” (L.X,
c.29, f.l24v).

Los “mazaoas” y los “naoas” —los cuales “tenian su


republica”— “también se llamaban chichimecas”, y los michoaque
—que significa “hombres abundantes de peces porque en su

394
parte tercera: discusión teórica y síntesis

provincia, es la madre de los pescados que es Michoacan”— “de


continuo trayan sus arcos, y sus flechas, y cargajes de saetas” (L.X,
c.29, f.l28v, 138r y v).

Al hablar de la historia de los mexica y del largo peregrinaje


a partir del desembarco en “Panutla” (Pánuco) de los “primeros
pobladores a esta parte de la Nueva España”, pasando entre otros
lugares por la provincia de Quatimalla, por Tamoanchan—”donde
estuvieron mucho tiempo”—, por el pueblo de Teutioacan, y
Coatepec —de donde los otomíes no siguieron con los demás
porque “su señor los llevo a las sierras, para poblarlos”—, hasta
llegar al valle de las “siete cuevas”. De acá, por orden de sus
dioses, se inició el retorno de los “tultecas”, en primer término;
de los “michoaques”, de los “naoas” y de los “mexicanos”, en
último lugar. Éstos, luego de un tardado recorrido se asentaron
entre los cañaverales, donde “aora se dize Tenuchtitlan Mexico”.
Sahagún señala que todos los grupos que retornaron de las siete
cuevas se llaman chichimecas —”y todos trayan arcos y flechas”
(L.X, c.29, f.149r)—, “y aun de tal nombre se jactan y se glorian”
debido a que anduvieron “peregrinando, como chichimecas... que
son gentes barbaras, que se sustentan de la caza que toman y no
pueblan” (L.X, c.29, f.148v). De esta manera, se llaman chichimecas
los naoas —que son las gentes “que entienden la lengua mexicana...
y son las que se nombran aqui tepanecas, acolhoacas, chalcas, y los
hombres de tierra caliente, y los tlateputzcas que... viven... hazia
el oriente como son los tlaxcaltecas y uexotzincas y choloItecas
y otros muchos” (L.X, c.29, f.148v)—, los “tuItecas tambien se
llaman chichimecas, y los otomies y michoacas ni mas ni menos”,
y los mexicanos, quienes se autonombran también chichimecas
“empero se dizen atlacachichimeca, que quiere, dezir pescadores,
que vinieron de lexas tierras” (L.X, c.29, f.148v).

Es decir, que todos los grupos que retornaron desde las


siete cuevas, al autodesignarse chichimecas reconocían su propia
situación anterior parcialmente errante que había estado vinculada
con la caza y la recolección. Pero, por otro lado, si bien la situación
nomádica era cosa del pasado no lo era totalmente lo relacionado
con las actividades no agrícolas. En efecto, tanto los grupos “del

395
parte segunda: los fundamentos

todo barbaros”, los “algo republicanos”, como los que “bibian


en policia y tenian sus republicas” —según la terminología de
Sahagún—, conservaban en mayor o menor medida las actividades
de caza y recolección, y, para el caso de los mexica, de pesca.

En este mismo sentido interpreto la división que ha hecho


Soustelle (1937:511-513) de la familia otomí-pame en tiempos del
contacto con los españoles, en dos grupos “de niveles culturales
muy diferentes”. Clasifica a los otomíes, mazahuas y matlatzincas
como “agricultores” y a los integrantes del otro grupo (pames
y chichimeco-jonaces) como “nómadas o semi-nómadas”. Sin
embargo, el autor introduce un matiz importante —después de
referirse a los productos de caza que Sahagún incluye en la dieta
de los otomíes y a la insistencia del fraile “sobre la buena calidad”
de la alimentación de aquéllos— cuando menciona que aun “en
tiempo ordinario, la caza constituía uno de los principales medios
de procurarse el alimento. Los otomíes cazaban mediante redes,
pegamentos (ligas) [usadas específicamente para aves], y sobre todo
con arcos y flechas. Estas armas caracterizaban tanto a los otomíes
cuanto a los chichimecas...”. “El género de vida de los mazahuas
y... matlatzincas no debía diferir de la de los otomíes”.

La trascendencia del recurso lacustre en el sur del Valle


de Toluca se hace perceptible si consideramos que —de manera
similar al señalamiento de Carrasco respecto al significado de
Michoacán—, para la última etapa precortesiana la palabra
“matlatzinca”, con la que los mexica nombraron al principal grupo
de la cuenca aledaña, representa “gente de la red”. Igualmente,
según opinión de algunos autores, el término otomí ma-tha —que
tiene el mismo significado que el anterior_ habría quedado oculto
bajo la designación de Mateo, con el que los franciscanos llamaron
a varios pueblos de la zona. En concreto, a San Mateo Atenco se
le llamó, en tiempos coloniales, San Mateo de los pescadores,
apelativo que podría ampliarse —por el importante papel que
éstos jugaron— hasta el inicio de la desecación de la ciénaga.

Si bien en este trabajo se ha vertido información con base


en la cual puede apreciarse la relevancia histórica que, en general,

396
parte tercera: discusión teórica y síntesis

tuvo la producción lacustre en la zona sur del Valle de Toluca,


habrá que determinar aún, mediante futuras investigaciones
específicas, la importancia diferencial de dicha producción en
las etapas previas a la etapa final de la ciénaga de Lerma. En este
sentido, puede señalarse que los variados tipos de tule tuvieron
una utilización más amplia en tiempos prehispánicos que, al
menos en el siglo xx, cuando el uso del adobe se amplió como
material de construcción de las casas populares. En tiempos
precolombinos, esta juncácea fue empleada en la construcción
parcial de la vivienda —como en el uso para techos y puertas—,
o total —como cuando las paredes se confeccionaban también con
uno de los tipos de junco—, y para el mobiliario cotidiano y ritual
(asientos y esteras).

Para tener una idea de la variada utilización que debió


haber tenido el tule, baste mencionar, a guisa de ejemplo, la
información que proporcionan tres autores. Quezada (1972:109)
señala, en su trabajo sobre los matlatzincas, que la palma, la juncia
y el bejuco siguieron tejiéndose en la Colonia sin ningún cambio
tecnológico, encontrándose entre los objetos elaborados, los
petates de palma imuhihui y los labrados con “juncia inpitheuqui”.
Por su parte, Carrasco (1950:69), al mencionar la confección de
petates entre los otomianos del siglo xvi, cita varios términos
del diccionario otomí que se refieren a la estera en general, a las
labradas, y a las hechas con palma, con juncia, con juncos gordos,
con tallos de las espadañas.

Finalmente, en cuanto a lo relativo a la Cuenca de México


durante el siglo xvii , Vetancurt (en Velázquez, G., 1973:93)
menciona que “hay tule que sirve para las bestias de yerba; hay
tule para hacer esteras, otro que sirve de colgar las puertas de
los templos; otro por ser más denso sirve para hacer toldos para
los que andan en canoa... y hay otro tule más grueso y alto que...
sirve de techo para sus casas”, y hace referencia a los “petacos”
–unos petates usados para enfardar productos en ocasión de
ser transportados. Otro caso lo son las yerbas lacustres, que
empezaron a tener en la Colonia, y siguieron teniendo hasta la

397
parte segunda: los fundamentos

desecación de la ciénaga, una amplia e intensiva utilización como


forraje para el ganado.

También está por estudiarse lo concerniente a la


especialización por localidades, por barrios, y aun por estratos
sociales, en las diferentes etapas históricas. Por ejemplo, el poblado
ribereño de San Antonio la Isla tuvo en la pesca y en la recolección
de tules sus principales labores hasta 1947 (Béligand, 1993). En
este mismo sentido, desde el siglo pasado, al menos hasta la
desaparición de la laguna de Lerma hubo en la zona varios pueblos
especializados en la confección de petates, como eran San Pedro
Tultepec de Quiroga, San Pedro Tlaltizapán y San Pedro Totoltepec;
en otras localidades, como San Pedro Techuchulco y San Mateo
Atenco, donde también se llevaba a cabo el tejido de tule, éste se
combinaba con otras actividades, como era, restringiéndome a lo
que se refiere a las actividades lacustres, el cultivo chinampero
de verduras en el primer caso y, en el segundo, sobre todo la
sacadura de fauna y de flora del lago.

Por lo que toca a la innumerable flora de la laguna, es


probable que, tal como ocurría en tiempos prehispánicos en la
Cuenca de México y en los tiempos modernos en el Alto Lerma, la
utilización en esta última zona de múltiples vegetales hubiera sido,
desde antiguo, no sólo con fines dietéticos sino también por sus
propiedades medicinales y con objetivos rituales y de ornato.

El consumo de comida procedente de la ciénaga tuvo


implicaciones sociales en el transcurso del tiempo. Antes de la
llegada de los españoles, la ingestión de algunos alimentos acuáticos
era “señal de situación inferior” entre los indios; en cambio, otros
se tenían por “comida de señores”, De éstos, Sahagún (L.VIII,
c.13, ff.23v-24r) ha mencionado los amilotl o peces blancos;
xouilli —juiles— o peces pardos; atepocatl, renacuajos; michpilli,
“pecezillos colorados”; “topotli “; tlacamichi, “pescados grandes”,
y los iztacmichi, “pecezillos blanquecinos”. En su mayoría eran
preparados en “cazuela” con “chilli” amarillo, bermejo, verde,
o chiltecpitl, y, en algunos casos, incluían tomates y pepitas de
calabaza molidas; uno de los platillos consignados por el fraile, el

398
parte tercera: discusión teórica y síntesis

mazaxocomulli, consistía en una “cazuela de ciruelas no maduras con


unos pecezillos blanquecinos y con chilli amarillo y tomates”.

La diferenciación dietética por estratos sociales de los


tiempos precortesianos se expresó en la Colonia en una preferencia
restringida de parte del grupo dominante, ya que la mayoría de
los productos lacustres no gustaba a los “paladares españoles”
(Gibson, 1967:512). En estos tiempos se inicia, por un lado, la
tendencia a mencionar a los indígenas como si se tratara de un
bloque homogéneo, sin distinción de sectores, y, por el otro,
el señalar a éstos como a “la gente baja”, a la manera en que,
para el momento del contacto con los hispanos, los agricultores
sedentarios —concretamente los mexica— solían referirse al
consumo de alimentos —serpientes, ratas, lagartijas, etcétera— de
los cazadores recolectores, y a los grupos que, aun siendo de alta
cultura, conservaban una base económico—cultural importante
de caza, pesca y recolección —los otomianos en concreto—, como
“costumbre de gente pobre y rústica” (Soustelle, 1937:512). Así, por
los años 1570, a los indígenas se les atribuía una alimentación casi
“panfófaga” (Rojas, citando a Francisco Hernández, 1985:81).

De los gusanos blancos, ocuiliztac, Rojas menciona que eran


considerados “alimento de gente común, baja”, e incluye al respecto
dos citas, una de las cuales, la que corresponde a Hernández para
1570, se transcribe parcialmente a continuación:

Son alimento malo y deben clasificarse entre las comidas groseras y viles,
por lo que no se hallan en las mesas de los ricos o pulidos, sino en las de
quienes no tienen abundancia de alimentos mejores o más agradables, o
para cuyo paladar nada es demasiado grosero o repugnante, con tal que
tenga algún sabor (Rojas, citando a Hernández, 1985:81).

Los atepocates o renacuajos fueron, en esos tiempos,


alimento de “gente baja”, tal como sucedía con el alga tecuitlatl,
cuyas tortillas, al decir de Hernández (en Rojas, 1985:104), eran
tenidos por “alimento malo y rústico”, no apreciado por los
peninsulares. En cambio, el gusto por los ajolotes —que tuvieron

399
parte segunda: los fundamentos

siempre una gran demanda entre los indígenas— fue compartido


por los españoles, quienes, además de chile, los condimentaban
con clavo. Asimismo, los huevos de peces, michpilli, eran
frecuentemente paladeados por los españoles, al igual que el
ahuauhtli, el cual, como lo indica Rojas (1985:84), “a diferencia de
otros muchos... productos recogidos en los lagos como moscos,
chinches o gusanos, que sólo los indios comían con placer, era
muy gustado también por, los españoles, quienes lo incorporaron
a su dieta desde el siglo xvi”. A fines de este siglo, las criollas lo
preparaban para sazonar la torta de huevo, y para mediados del xix
se acostumbraba su uso en sustitución de la carne en días de Jueves
Santo y en Navidad, ya fuera solo, en torta, o condimentando
algunos guisos entre los que destaca el “revoltillo”.

De forma similar la volatería se consumió, tanto por


indígenas como por los nuevos pobladores de la Cuenca de México
y sus descendientes, desde principios de la Colonia hasta el siglo
xx, tal como lo reportaron varios cronistas para el siglo xvi, Ulloa
para el xviii, y Payno para el xix (Rojas, 1985:51, 52).

Para este último siglo, en la zona sur del Valle de Toluca la


fauna y flora de la ciénaga era, junto con los frijoles, las habas, las
tortillas y el chile, la comida de “la generalidad”, “los indígenas”
y “gentes miserables”, los cuales, como lo registra el Ministerio de
Fomento (1854:117, 122-123), nunca consumían carne. En cambio,
según la misma fuente, la gente “acomodada” tenía en su mesa
carnes de res, de cerdo y carnero, de gallina y de otras aves, así
como pan de todas clases, tortillas de maíz y legumbres.

Al igual que lo antes señalado, en la década de 1930,


el ahuautle constituía un alimento corriente entre los sectores
populares de la capital del país, pues, como decía Ancona
(citado por Rojas, 1985:91), era común que la gente de nuestro
pueblo consumiera los huevecillos de aquél. El propio ahuautle
se compraba previamente molido, “martajado”, y hecho tortitas,
mismas que, tostadas, eran muy apetecidas.

400
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Del mismo modo, y en relación con la zona lacustre del


Alto Lerma, en las primeras décadas del presente siglo Soustelle
(1937:74) indicaba que “sólo los indios consumen los pequeños
crustáceos [acociles]”, y, para los años 1960, Huitrón (1962:45)
relata lo siguiente:

El ama de casa busca [...] el recaudo para su cocina y los vegetales que no
han de faltar en la comida popular indígena, como los quelites, la malva,
los quintoniles, las verdolagas, los cresones, los chivatitos, las papas
de agua, las cabezas de negro, el pápalo quelite, los nopalitos [...], los
corazones, el huitlacoche, etc... y... los charales, los juiles, los acociles, los
atepocates, los sacamichis, los ahuatles, las ranas, los gusanos de maguey
y muchos otros raros animales tan gratos al paladar indígena.

Como puede verse, la diferenciación socioeconómica


ocurrida a través de la historia repercutió en el destino de
los productos lacustres, ya que de ser probablemente en sus
orígenes un medio común de alimentación, la mayor parte de la
fauna y flora procedentes del lago fue siendo fundamental sólo
en la dieta popular, es decir, en la alimentación de los estratos
mayoritarios. En otras palabras, la ciénaga representó el soporte
económico precortesiano como fuente alimenticia primigenia,
cuya generalización tendió a restringirse cada vez más sólo a los
sectores bajos a medida que se desplegó la división original del
trabajo y la estratificación social a favor de los agricultores. Habría
que desglosar, en investigaciones particulares, este meollo teórico
entre los grupos mesoamericanos que compartieron un ambiente
acuático, así como, específicamente, en lo relativo al surgimiento
de la agricultura (como lo señalara Sauer), en la emergencia del
urbanismo y en las etapas sucesivas (como lo indicaran Deevey y
Palerm) hasta el despliegue de la producción industrial (como se
ha planteado en la presente investigación). Habría también que
indagar sobre los factores económico-sociales a los que respondió
la preferencia por determinados productos y el rechazo por los
restantes.

401
parte segunda: los fundamentos

La importancia no únicamente económica sino también


social del recurso acuático se muestra en la mitología y en el
complejo simbolismo de la flora lacustre en el México prehispánico,
específicamente del tule, que han sido estudiados por la arqueóloga
Doris Heyden (1983).

El lugar donde se encuentran los tules [indica la autora (1983:141-148)],


llamado tallan, llegó a tener el significado de “metrópoli”. El concepto
de paraíso terrenal, de la tierra prometida, está descrito en las fuentes
históricas como un lugar asociado con el agua, generalmente dentro,
o junto a un lago:
“se derramó aquel agua y se tendió por todo aquel llano, haciéndose
una gran laguna, la cual cercaron los sauces, sabinos y alamos; pusieron
la llena de juncia y espadañas; empezase a henchir de pescado de todo
género... Empezaron a venir aves... de que se cubrió toda aquella
laguna”.

El templo de Huitzilopochtli [era] “una ermita pequeña, toda de carrizo


y tule”... al entronizar al soberano se define la investidura no solamente
como el sentarse en la estera y silla del dios, o tener esteras... sino estar
“en la casa pajiza”.

La abundancia se reflejaba en parte de la riqueza de los tulares.


Simplemente con ir a la orilla del lago se podía recoger las espadañas
que proveían al hombre de material que se convertía en casa, techo,
vestido y comida... el tule llenaba muchas de las necesidades básicas.

Ya que el tular está asociado con el lugar de creación, el lugar divino,


el petate y el icpalli son atributos del dios supremo, de Tezcatlipoca...
La estera y el asiento también representan el poder... En el caso del
soberano, se asocian, además, con Xiuhtecuhtli, patrón de los huey
tlatoani, “madre y padre de los dioses y de los hombres”. El huey tlatoani,
el máximo gobernante, se concibe como la flauta de Tezcatlipoca: el
dios habla al pueblo a través del soberano. La estera y el asiento son
en realidad la propiedad del dios... tu esfera y tu asiento de tules. El
soberano es la imagen del dios supremo: en el cielo, en el lugar de los
muertos, los escogieron para ocupar el petate y el icpalli, el lugar de
honor del Señor que está en Todo Lugar.

Se muestra de igual manera en los nombres de muchas


localidades del altiplano central cuya representación glífica hace
referencia al agua. Estos son los casos de Atenco, Almoloya, Atlán,

402
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Hueyapan, e innumerables pueblos más. También aparece en el


simbolismo de la unidad territorial en la Cuenca de México para
los tiempos previos a la Conquista y los que le siguieron poco
después, cuyo nombre —altepetl: agua y cerro (Wood, 1984:2)— es
significativo.

Si bien se cuenta con los primeros estudios sistemáticos


sobre el papel diferencial que tuvo la producción lacustre desde
el punto de vista económico, queda todavía mucho por hacer en
términos sincrónicos e históricos. Esta carencia es todavía mayor en
cuanto a las implicaciones religiosas y sociales de dicha producción,
en tomo a las cuales habrá que continuar analizando la información
histórica y proseguir con las investigaciones de campo.

La zona lacustre del Alto Lerma presentaba una situación


similar a la de la Cuenca de México, donde —como lo indica Gibson
(1967:349-351)— “[en la sociedad indígena] las jurisdicciones de
pesca estaban tan cuidadosamente demarcadas y tan celosamente
guardadas como las jurisdicciones de tierra”. En el trabajo que
ha realizado sobre un códice del grupo Techialoyan, procedente
del pueblo de San Antonio la Isla, Béligand ha interpretado las
anotaciones en nahuatl, asociadas —junto con varios elementos
pictográficos— a unos “nobles señores” alguaciles, “pescadores
de caña”, sugiriendo que éstos, a la vez que encargados de la
protección de las tierras, pudieron haber tenido también bajo su
férula el cuidado de las aguas de la laguna. El fundamento radica
en que los espacios ocupados debían controlarse, teniendo también
que vigilar la entrada de fuereños a la ciénaga perteneciente
al pueblo, y que el corte de tule realizado por gente de otras
localidades no fuera excesivo.

No obstante, la autora indica la dificultad para esclarecer


el significado del dibujo de la piedra que está relacionado con el
“ojo” o “cara de pescado”. Puede tratarse de una posible alusión
al glifo Techialoyan, cuya acepción es “un lugar de observación”,
desde donde se controla el territorio terrestre y acuático.

403
parte segunda: los fundamentos

Inclusive ¿por qué no suponer que se había establecido una torre de


observación sobre la laguna? ¿Tal vez era precisamente la función del
lugar de Atlanpan, “en la laguna”, uno de los toponimos del Códice?
Una construcción de este tipo justificaría la asociación pictográfica de los
conceptos alguacil, protector de las tierras, pescador de caña con el nombre
de Techialoyan, “torre de observación”. Estas sugerencias le atribuyen
todavía más valor al Códice como documento de tierras, ya que el
nombre mismo de la comunidad... es absolutamente representativo
de la protección del terruño” (Béligand, 1993:205).

Es conocido que las comunidades ribereñas de la zona


lacustre del Valle de Toluca sufrieron, durante la Colonia, el despojo
de una parte de su territorio, en el cual quedaban comprendidas
no sólo las tierras sino también las aguas. Asimismo, por lo
menos entre las últimas décadas del siglo pasado y las primeras
del siglo actual, los hacendados permitían el corte del tule en
las porciones de ciénaga que les pertenecían, ya fuera mediante
pago en efectivo o a cambio de un tipo de “pago” en trabajo
que el indígena debía realizar posteriormente, por lo general en
las faenas agrícolas. No obstante lo anterior, los pleitos por las
aguas que desataron los peninsulares contra los aborígenes no
fueron, en general, tan encarnizados, ni compitieron con éstos en la
práctica de la cacería de aves con fines comerciales ni de la pesca,
como ocurrió en la Cuenca de México (Gibson, 1967:349, 351).

Lo anterior pudo deberse a que, en primer lugar, el


producto lacustre posiblemente más codiciado por los españoles
de la cuenca del Lerma, consistente en las yerbas empleadas para
alimentar al ganado, lo tenían en sus propias áreas de ciénaga, y, en
segundo lugar, a que tanto la pastura lacustre como los contados
alimentos procedentes del lago que pudieran haber apetecido
los conquistadores hispanos y sus descendientes, probablemente
fueron objeto de tributo en las primeras épocas y, en tiempos
postreros, lo fueron de tan gran oferta por parte de los comuneros
que los integrantes de los estratos hegemónicos y de las capas
intermedias no se vieron en la necesidad de incursionar en el ramo
de la actividad pesquera y de la recolección lacustre.

404
parte tercera: discusión teórica y síntesis

En cierta medida, el hecho de que el territorio acuático


que pudieron retener los indígenas no fuera objeto, en sí, de la
codicia de los españoles y de sus descendientes, permitió que
aquél se conservara como “bienes comunales”, lo cual posibilitó
la continuidad no sólo de los trabajadores de la ciénaga, sino
también del modo de vida lacustre que fue característico de San
Mateo Atenco mientras el lago existió.

A diferencia de lo sucedido con algunas especies


alimenticias de origen acuático en la Cuenca de México, en el Alto
Lerma siempre hubo una alta productividad de los recursos del
lago, lo cual—como acaba de anotarse— parece explicar el que los
peninsulares se hubieran mantenido al margen de las operaciones
lacustres —excepto, al parecer, de cierta práctica deportiva de
cacería de aves. Consecuentemente, cabe suponer que la suficiencia
del instrumental con que contaban los trabajadores de la ciénaga,
puesta a prueba por tan elevada productividad, no hizo necesaria
la introducción de medios de trabajo de origen europeo —con
excepción de las armas de fuego—, como ocurrió en el caso del
cultivo del maíz, para el que se adoptaron numerosos implementos
agrícolas.

Lo anterior permitió el proseguimiento de la forma de


propiedad del principal objeto de trabajo, es decir, de la propiedad
comunal de la ciénaga, así como de la mayor parte de los otros
medios e instrumentos de trabajo y de las técnicas de origen
prehispánico. En mi opinión esto explica, en cierto modo, la
recalcitrante tradicionalidad de los trabajadores lacustres, quienes,
escudados por la fuerza de los orígenes milenarios de su actividad,
ante la continuidad de las condiciones materiales de su existencia,
siempre se aferraron a su antigua forma de vida.

Antes de concluir, es necesario hacer referencia al minúsculo


nivel social que se confería, en San Mateo Atenco, a las actividades
lacustres frente a la agricultura. Por lo menos durante la última
etapa de existencia de la ciénaga, el trabajo acuático, a la vez que
era realizado por el sector de la población más tradicional, ocupó
siempre, hasta el desecamiento de aquélla, el lugar más bajo en

405
parte segunda: los fundamentos

cuanto a prestigio social, siendo, primero la herrería, la carpintería,


la albañilería y la agricultura, las que ostentaban el nivel superior.
Éste pasó después a la zapatería —cuando acaeció su auge—, y
finalmente, en los años sesenta, al irse consolidando el desarrollo
industrial en el corredor Lerma—Toluca, la zapatería también se
relegó a una posición secundaria, aunque sólo temporal, debido
al desplazamiento en favor del trabajo en las fábricas aledañas.

A medida que creció la pea, el grupo de asalariados dentro


de los ramos de la herrería y de la carpintería tendió a quedar
como un sector reducido —en comparación con el adscrito a la
producción zapatera—, si bien tales labores eran ubicadas en
un nivel más alto que el de la agricultura. Algunos propietarios
de talleres, sobre todo de herrería, al igual que los comerciantes
que despachaban en expendios fijos, constituían parte del
sector económicamente superior de San Mateo, en el cual se
encontraban los dueños de los ranchos y de los medianos predios
del pueblo, algunos de los cuales constituían, de acuerdo con el
reconocimiento público, el pequeñísimo remanente aún detectable
de los así llamados “descendientes de españoles”.

En cuanto a la discusión más amplia, una actitud general


de menosprecio hacia el quehacer lacustre debió originarse en
épocas antiguas a raíz de la inicial división social del trabajo por
la que los recolectores, cazadores, y pescadores permanecieron en
una parte, y los cultivadores se ubicaron en otra.

Brigitte B. de Lameiras (1988, 3:535) se ha referido a tal


división en Mesoamérica, de manera específica en la Cuenca de
México, que ha ubicado de 3000 a 2400 a.n.e., representando el
último de tres periodos. El primero de éstos —el “preagrícola en
toda la macroárea”— abarcaría desde la entrada del hombre al
continente hasta alrededor de 7000 a.n.e.

De acuerdo con el esquema de la autora, en el segundo


periodo, de menor longitud, habría ocurrido el cambio en el cultivo
a partir de una actividad marginal a otra dominante. Mi propia
posición radicaría en que, aun cuando dicha actividad no dominó

406
parte tercera: discusión teórica y síntesis

—durante una etapa transicional— respecto a la satisfacción de


las necesidades de subsistencia (en particular olas vinculadas a
los estratos mayoritarios, base, en última instancia, de toda la
estructura económico-social), sí habría sido dominante en cuanto
al status adquirido por quienes estuvieron a cargo de su control.
Sobre esto, B. de Lameiras (1986:157) señala que el complejo
proceso, mediante el cual “la agricultura maicera” es puesta en
marcha, implica una interacción tal entre los factores básicos
—hombre, planta, tierra y agua— que altera la relación “con el
resto del equipo geográfico y humano”.

El cultivador, creador de un medio artificial, tomó posesión de él y


no lo compartió con los demás productores. Dejó de participar en la
secuencia anual completa del trabajo de subsistencia y, sin perder la
necesidad de los nutrientes y materias procedentes de la naturaleza
prístina, se encargó de reprogramar el ciclo estacional de trabajo. Se
instaló como centro rector, en torno al cual giraron los demás grupos
para realizar su intercambio.
La caza, la pesca y la recolección se convirtieron también en actividades
especializadas dependientes del intercambio y obligadas a incrementar
su eficiencia productiva.

Esta secuencia, que condujo a la original división del


trabajo social en la que los agricultores pudieron ya constituir
el grupo dominante, presenta dos momentos. En el primero, la
creación de una “naturaleza secundaria” y su consecuente control
se expresa en el apropiamiento del trabajo intelectual requerido
para la reorganización de las actividades de subsistencia cíclicas.
Como parte del proceso, el grupo dominante “[interpuso] en
sus relaciones con los demás hombres la idea religiosa y creó,
imaginativamente, a los dioses como responsables de las diferencias
resultantes del proceso de trabajo humano” (Lameiras, 1986:157).

El segundo momento se inicia al diversificarse los sistemas


de cultivo mediante la incorporación del control hidráulico,
de tal modo que las necesidades surgidas por las respectivas
variantes marcó una diferencia entre los agricultores. Ante

407
parte segunda: los fundamentos

estas circunstancias, el sector dominante se consagró de lleno al


trabajo intelectual, e institucionalizó su labor política e ideológica.
Asimismo, a través del manejo religioso con fines políticos,
pudo descargar en el trabajador manual la tarea de construcción,
ornamentación y conservación de los edificios públicos.

Ahora bien, considerando concretamente a los pescadores


de Atenco, la actitud de superioridad, que en los tiempos modernos
implicaba desprecio, debió de haberse manifestado de un modo
hostil por parte de los hijos de los calpixque (gobernadores)
“mexicanos”, quienes llegaron a aquella localidad, desde Toluca-
Calixtlahuaca, tiempo después del establecimiento de las trojes
para el acopio del tributo imperial. Éste empezó a pagarse por los
matlatzincas de la región a consecuencia de la derrota infligida
por Axayacatl en las batallas de 1474 y 1476, tal como se vio en
la parte histórica.

Durante la Colonia, el sector agrícola de San Mateo Atenco


debió de haber reforzado su sentimiento de superioridad, a partir,
por un lado, del desarrollo tecnológico que llegaron a alcanzar
los agricultores frente a los productores lacustres, mediante la
incorporación de varios medios de trabajo, como por ejemplo
el arado, el ganado, y los instrumentos metálicos. Por otro lado,
a partir del deliberado estímulo que al parecer el clero dio a las
expresiones religiosas vinculadas con la agricultura a la vez que
una acción de socavamiento, junto con una actitud despectiva,
respecto a las que se relacionaban con las actividades lacustres.

De esta manera, no obstante la importante trascendencia


de la producción vinculada con la laguna, los trabajadores del
agua ocuparon el peldaño más bajo en la escala de prestigio social.
Así, para la época moderna eran objeto de opiniones despectivas
por parte de los campesinos, tales como la siguiente: “Entraban a
trabajar desnudos al lago para agarrar támbulas. Nomás se ponían
un taparrabo... De al tiro como salvajes”. Esta expresión, que uno
podría situar en el contexto del siglo xvi por lo menos —y que
conserva un vocablo de origen matlatzinca: támbula, que designa
al pescado negro y cuya raíz (ram, tam) parece ser la misma que

408
parte tercera: discusión teórica y síntesis

la del antiguo nombre matlatzinca del río Lerma: rambata—,


alude a la técnica de corrales para atrapar a aquel pez. En su
realización, los productores debían bajarse de las canoas para
trabajar directamente en la ciénaga, para cuyo fin los pescadores
generalmente acostumbraban quitarse sus prendas de vestir,
conservando únicamente su ropa interior. Los términos empleados
para señalar la forma en que los “corraleros” efectuaban la
captura del pescado negro o “támbula”, traen a la memoria la que,
proporcionada por Sahagún, se refiere al dios de los pescadores
Opucht1i: “La ymagen deste dios, es un hombre desnudo, y teñido
de negro todo, y la cara pardilla, tirante a las plumas de la codorniz”
(Sahagún, L.l, f.15r).

Los otomianos —matlatzincas, otomíes, y mazahuas—


l­ legaron a ser considerados por los mexicas como inferiores, a
partir del diferente tono que presentaba la cultura de aquellos
grupos por comprender elementos antiguos (costeños) y modernos
(chichimeca) (Carrasco, 1950). Además de la acepción chichimeca
de pueblo nómada cazador del norte opuesto a pueblo sedentario
de cultura mesoamericana (esto es, cazador, pescador, recolector,
frente a agricultor), el vocablo otomí se usó como “despectivo” y
“denigrante” (Carrasco, 1950), implicando, por extensión, el sentido
de inhábil, villano, torpe, holgazán, bárbaro y salvaje (Albores,
1994b).

Esta imagen de los grupos otomianos, que propiamente se


trata de una caracterización, (respecto a la cual, la ruda y dolorosa
etapa que vivieron los mexicas, y luego también otros pobladores
de la Cuenca de México, bajo el gobierno tepaneca —con una
composición otomiana, específicamente matlatzinca—, debió
integrar un factor de particular importancia, aunado a lo que
aduce Carrasco), ha sobrevivido hasta nuestros días al menos por
tres vías, dos directas y una indirecta. El primer semillero directo,
del siglo xvi, lo constituye por una parte Sahagún, quien muestra
la visión de los mexica acerca de los otomianos y representa el
venero no local más importante etnográficamente. Por otra parte,
las fuentes históricas, tampoco de origen otomí (Carrasco, 1950:24-
25), como Ixtlilxochitl, Los Anales de Cuauhtitlan, Tezozomoc,

409
parte segunda: los fundamentos

Durán, y Chimalpain, que, representando la tradición de Texcoco,


Cuautitlan, Tenochtitlan y Chalco, “son manifestaciones anti-
otomíes y sobre todo anti-tepaneca”. Numerosos autores de
nuestro siglo, apoyados en su mayoría en Sahagún, ocasionalmente
transmiten, de manera indirecta, la implicación despectiva, o
“chichimeca”, del término otomí. La tercera vía, directa, está
integrada por una fuente sumamente conservadora del siglo xx
que ha mantenido una continuidad desde tiempos antiguos. Se
trata de la tradición oral, emitida por los residentes actuales de
los poblados del Valle de Toluca adonde, como parte de la política
demográfica impuesta por los conquistadores mexica, llegaron
inmigrantes de habla nahuatl que procedían de la Cuenca de
México (Albores, 1985), y que ocuparon sitios, como Mexicaltzingo
y San Mateo Atenco, originalmente habitados por otomianos, o
para coexistir con ellos.

Las actividades de caza, pesca y recolección en las que


se apoyaron los mexica para estigmatizar a los otomianos, en su
versión acuática (adaptada a los lagos) constituyeron el núcleo
del inicio y desarrollo de un modo de vida que caracterizó a los
matlatzincas, encontrándose también en la raíz de un tipo de
secuencia sociocultural en Mesoamérica, con base en el factor
lacustre.

DEFINICIÓN DEL CONCEPTO MODO DE VIDA LACUSTRE

La elaboración del concepto modo de vida lacustre lo hice a través


de varias versiones del trabajo global, sustentándome en el análisis
de los materiales, cuyos antecedentes pueden ubicarse en cuatro
etapas.

a) En la primera etapa de la investigación, apoyada en


los sondeos realizados sobre el terreno (Albores y
Hernández, 1978a), se delimitó el área de estudio con
base en su carácter lacustre: la “región lacustre del río
Lerma” (Albores y Hernández, 1978a:5). Se planteó
su trascendencia económica con un enfoque histórico,

410
parte tercera: discusión teórica y síntesis

es decir, en un proceso de larga duración desde los


tiempos prehispánicos hasta la década de 1940. Empezó
a evidenciarse la importancia de la producción lacustre
—pesca, tule, presencia de chinampas, forraje acuático,
producción artesanal. La riqueza natural, en particular la
que procedía de la ciénaga, se relacionó con la conformación
en San Mateo Atenco de una’ república igualitaria, que
fue denominada por los españoles “la república utópica
de los indios” (Horcasitas, comunicación personal, 1977).
Asimismo, se vinculó el carácter lacustre de la economía
con la consolidación de formas comunitarias de origen
prehispánico, a través de la labor de los misioneros,
portadoras de un resistente conservatismo. En fin, se
percibió que la zona conformaba una unidad ecológica.

b) Luego del trabajo de campo preliminar (Albores y


Hernández, 1978b) se precisó la localización geográfica
de la zona de estudio: “la región lacustre del río Lerma
está ubicada en la parte superior de la cuenca hidrográfica
más importante del país... en el valle que se denominó
Matalcingo, y posteriormente, Toluca” (Albores y
Hernández, 1978b:1, 2). Se visualizó la base económica
del sector ribereño de San Mateo Atenco: la extracción de
los productos del lago y la producción artesanal, al lado
de las actividades agropecuarias. Pudo observarse que la
“industrialización del centro de México, como parte del
desarrollo capitalista nacional, transformó la economía
de la región lacustre, a través de dos acontecimientos: la
captación del agua de los manantiales de Almoloya del
Río, y la creación del corredor industrial Toluca-Lerma”
(1978:3).

Durante algún tiempo se contempló de manera integral la


economía municipal: “en San Mateo Atenco, hasta el inicio del proceso
de industrialización en esta zona en 1940, sus habitantes se dedicaron
principalmente a la agricultura, y de la ciénaga que formaba el río
Lerma obtenían productos alimenticios, para la producción artesanal
y para el pequeño comercio” (Albores, 1979a).

411
parte segunda: los fundamentos

Fue con posterioridad que empezó a enfocarse el aspecto lacustre


y a verse la continuidad de formas religiosas relacionadas con
el ciclo agrícola, misma que contrastaba con la ausencia de
manifestaciones religiosas institucionalizadas relacionadas con
la actividad lacustre (Albores, 1979b).

c) Por primera vez, en 1981, utilicé el concepto “modo de


vida” de tipo lacustre con un carácter operativo, es decir,
una especie de plataforma —con implicaciones teóricas—­
que habría de orientar todo el análisis posterior (Albores,
1981; 1984:537, 541, 542). Inicialmente se enfoca el nexo
de la producción lacustre con numerosas actividades, lo
que origina un entramado muy complejo.

Antes del desarrollo industrial, la economía de esta zona se basó en


diversas actividades primarias, siendo particularmente importantes las
que se realizaron en tomo a los recursos de la ciénaga, la agricultura
y la ganadería. La explotación de productos lacustres se efectuaba
principalmente por medio de la caza, la pesca y la recolección; sin
embargo, el trabajo agrícola y ganadero, así como gran parte de las
actividades restantes, como el pequeño comercio y las artesanías,
estaban relacionadas con el medio ambiente lacustre.

La obtención de productos y las actividades artesanales,


así como sus técnicas, fueron descritas, y se contempló todo el
complejo en movimiento.

... había diversas actividades relacionadas con la explotación lacustre;


ya mencionamos el corte de pastura y la ganadería, el corte de tule y
la confección de petates y de sillas, la pesca y la venta de productos
elaborados. Pero también se hacían redes, artesas y canoas, remos,
anzuelos, garrochas (y sus correspondientes agujas), todo lo cual
implicaba un complejo sistema de trabajo artesanal. Asimismo, la venta
de los productos en diferentes momentos de su elaboración concatenaba
el pequeño comercio con la explotación lacustre. Y esto, sin referimos a
otras actividades, como por ejemplo, la zapatería, la curtiduría, el trabajo
de cuerno y la herrería... varias [actividades] se llevaban a cabo por parte
de la población, alternando el trabajo a lo largo del año, o dedicándose
a distintas actividades por semanas o bien, durante las incursiones

412
parte tercera: discusión teórica y síntesis

diarias [a la ciénaga]... También existía especialización por individuos,


por barrios y por pueblos.

Por último, se exponen los elementos estructurales y


superestructurales integrantes del concepto mvl.

... consideramos que lo lacustre jugó un papel fundamental en la


economía de esta zona hasta el inicio de la industrialización. La
explotación lacustre es altamente productiva y diversa, proporciona
múltiples productos que posibilitan el desarrollo de otras ramas
económicas como la ganadería, la producción artesanal y el pequeño
comercio, además de que buena parte de la producción agrícola en
general—sin excluir la maicera— depende del medio ambiente lacustre.
Es decir, lo lacustre no sólo es importante en cuanto a la productividad,
sino también porque imprime un carácter específico a la economía, y
por ende, a lo social y a lo ideológico; es un modo de vida que difiere de
aquellos cuya economía es fundamentalmente agrícola, y su estudio
puede ayudamos a entender: 1) la especificidad de la proletarización
en esta zona industrial que constituye actualmente una de las más
importantes de México, y 2) el papel que jugó lo lacustre en: a) el
desarrollo ganadero regional, y b) en el desarrollo económico y social de
los principales grupos mesoamericanos del centro de México anteriores
a la conquista española: los mexicas, los matlatzincas y los purépechas;
étnicamente diferentes, los tres tuvieron un modo de vida apoyado en una
economía lacustre (Albores, 1981:10; 1984:542).

d) Lo lacustre como factor de diferenciación de las zonas


norte y sur del actual Valle de Toluca (Albores, 1988,
1990).

El concepto modo de vida fue originalmente utilizado por


Marx y Engels, como veremos más adelante. Con posterioridad se
cuenta con el antecedente representado por Steward (1955), quien
lo emplea vinculado a su planteamiento sobre el estudio de áreas.
Después, el concepto se encuentra en las obras de varios autores
marxistas, así como de otras tendencias en relación con estudios,
como el de Sahlins (1972) sobre “modo de producción doméstica”, y
el de Meillassoux (1975) relativo al “modo de producción doméstico”
—donde analiza y define este concepto críticamente.

413
parte segunda: los fundamentos

“Modo de vida”, al igual que “forma de vida”, se ha


usado sobre todo como un concepto descriptivo en relación con
expresiones tales como modo de vida de los recolectores, modo
de producción comunitario simple o apropiador, modo de vida de
los cazadores, modo de producción tribal, modo de vida cacical,
y otras más. En términos generales no se ha profundizado en
la caracterización de estos conceptos y no existe, tampoco, un
acuerdo unánime en cuanto a su contenido.

Así, el concepto ha sido ampliamente usado por numerosos


arqueólogos (Veloz, 1987; Veloz y Pantel, 1988, 1989) vinculado a
las etapas líticas, pre y protoagrícolas del área antillana. Son dos
autores (Sanoja y Vargas, 1978), dentro de este grupo, a quienes
corresponde una de las pocas definiciones que se han elaborado
en los tiempos recientes. Al respecto, Vargas—Arenas (1985:7)
señala que el concepto modo de vida ha sido definido

... como aquel que permite conocer la praxis de un modo de producción


en tanto que representa una respuesta social de un grupo humano a las
condiciones objetivas de un ambiente determinado. La contradicción
grupo humano—ambiente se soluciona dentro de coyunturas históricas
que dependen tanto de la dinámica interna de dicho grupo, como
también de su relación con otros grupos. Este último elemento es muy
importante, ya que los resultados de la interacción varían según cuáles
sociedades interactúan y cuáles son sus niveles de desarrollo.

Tocante a Mesoamérica, si bien existen antecedentes


relacionados con el concepto modo de vida (Bate, 1977, 1978), fue
Niederberger quien utilizó el término modo de vida sedentario
pre-agrícola, “pre-agricultural sedentary way of life” (1979),
con implicaciones teóricas para mencionar las “evidencias de
un modo de vida bastante estable” en las antiguas riberas de
Zohapilco durante la fase cultural “Playa”, desde el milenio
VI a.n.e. (Niederberger, 1986). Respecto a lo anterior, la autora
(1979:137) señala que “the lake site of Zohapilco represents, in
my view, an American example of territorial permanence within
a pre or proto-agricultural context”. Es decir, Niederberger utilizó

414
parte tercera: discusión teórica y síntesis

el término en alusión a los inicios (correspondientes a la etapa pre


o protoagrícola) y al Formativo —concretamente en la Cuenca de
México— de una probable secuencia en Mesoamérica con una
base lacustre.

C o n t a n d o c o n u n a n t e c e d e n t e re l a t i v o a u n a
conceptualización operativa sobre un modo de vida de tipo lacustre
(Albores, 1981, 1984), fue a partir de tres simposios —”Modo de vida
lacustre: ecología y sociedad, economía y sociedad, y continuidad
y cambio”, organizados por la arqueóloga Mari Carmen Serra, la
bióloga Cristina Mapes, y la antropóloga social Beatriz Albores en
el marco de la xviii Mesa Redonda de Antropología (1983)—, que
el concepto empezó a usarse más ampliamente, sobre todo con
un sentido descriptivo —no operativo—, y de manera alterna al
de forma o modo de subsistencia lacustre (Sugiura y Serra, 1983;
Serra, 1988; Sugiura, 1990).

Los conceptos mencionados han sido utilizados,


descriptivamente sobre todo, en su mayoría por arqueólogos y
paleoarqueólogos (Mirambell, 1986), para referirse a contextos
líticos, pre y protoagrícolas, y en un estudio “etnoarqueológico”
(Sugiura y Serra, 1983).

Partiendo básicamente de información etnográfica moderna


y de la tradición oral, en este ensayo utilizo el concepto mvl —con
un significado etnológico— en referencia a una secuencia histórica
desde los tiempos preagrícolas hasta el despegue industrial
que tuvo lugar en el sur del Valle de Toluca en 1970. Asimismo,
con implicaciones teóricas, en alusión a un tipo de desarrollo
sociocultural en Mesoamérica. La definición del concepto la he
construido apoyándome en buena medida en las elaboraciones
marxistas sobre “modo de vida”. Marx y Engels (1966:19) señalan
que

... el modo como los hombres producen sus medios de vida depende,
ante todo, de la naturaleza misma de los medios de vida con que se

415
parte segunda: los fundamentos

encuentran y que se trata de reproducir. Este modo de producción


no debe considerarse solamente en cuanto es’ la reproducción de la
existencia física de los individuos. Es ya, más bien un determinado
modo de la actividad de estos individuos, un determinado modo de
manifestar su vida, un determinado modo de vida de los mismos. Tal y
como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo que son coincide,
por consiguiente, con su producción, tanto lo que producen como el
modo cómo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto,
de las condiciones materiales de su producción.

En torno a esto mismo, Sandoval (1980:23) menciona lo


siguiente:

La actividad productiva... resulta en algo más que la mera supervivencia


física de los productores; formada por las condiciones existentes,
objetivas de la producción, la actividad de ésta misma es en sí un modo
de vida. Como actividad productiva, ésta resulta en la continuación
de ese modo de vida; la producción resulta en la continuación de la
producción. Por lo tanto, en la producción se dice que los hombres
no sólo reproducen su vida física, sino también su modo de vida,
incluyendo el complejo social en el cual actúan cooperativamente sobre
la naturaleza. Esto no es un resultado incidental. La producción de la
vida física del hombre requiere de la reproducción de las condiciones
de producción esenciales en la fabricación de “valores de uso y la
reproducción de aquellas condiciones es la reproducción del modo
de vida”.

Aun cuando la economía constituye la raíz del modo


de vida, éste es más conservador, mientras que aquélla es más
dinámica (Tecla, 1992). “El modo de vida se construye sobre la
espalda de las personas y en gran parte de forma no consciente...
es terriblemente conservador... en particular respecto a la familia...
en general, el modo de vida es inmóvil y difícil de cambiar”
(Trotski, 1977:45).

Ahora bien, Heller (1977:23) indica que en “el ámbito


de una determinada fase de la vida el conjunto (el sistema, la
estructura) de las actividades cotidianas está caracterizado... por

416
parte tercera: discusión teórica y síntesis

la continuidad absoluta, es decir, tiene lugar precisamente ‘cada día’.


Éste constituye el fundamento respectivo del modo de vida de los
particulares”. Así, señala Rutkevich (1989), en “el concepto modo
de vida se generalizan, sintetizan todos los rasgos esenciales de
la actividad de los hombres”.

En resumen, el concepto modo de vida tiene que ver,


en primer término con la reproducción humana, de la fuerza
de trabajo, y se caracteriza por ser “terriblemente conservador”
(Trotski, 1977), por estar determinado por lo económico, y por su
vínculo con las representaciones sociales colectivas (Tecla, 1992).

Con base en estos autores y a partir del análisis de los


materiales que han sido presentados en este ensayo, el concepto
mvl lo he definido, con un carácter operativo, como: el conjunto
de actividades económicas y de aspectos sociales cuya base
la constituye la laguna. Mediante tales actividades no sólo se
producen los medios de vida, la supervivencia y la reproducción
física de los individuos, sino también la continuación de
la producción y la continuidad del mismo modo de vida
junto con la trama social en la que los hombres, de manera
organizada, interactúan con la naturaleza y que comprende a
las representaciones sociales colectivas. El mvl es muy antiguo
y sumamente conservador; su categoría fundamental es la
comunidad30, y su unidad económica la familia. En términos
estructurales —en tanto constituye una unidad de análisis—,
el mvl se caracteriza por su, origen preagrícola y porque su
despliegue se circunscribe a un contexto precapitalista.

La trascendencia histórica del ambiente acuático y de la producción


lacustre, y sus implicaciones teóricas:

El modo de vida de los pobladores ribereños durante la


etapa final de la laguna de Lerma (1900-1970) lo he definido, a

30
Heller (1979”30-31) menciona que hasta “el capitalismo en el plano de la vida cotidiana la
categoría fundamental es la comunidad; a partir de la aparición del capitalismo es la clase.

417
parte segunda: los fundamentos

partir del fundamento territorial acuático, por su soporte


económico: la producción lacustre de origen prehispánico, cuya
unidad económica es la familia, y se realiza con base en una
división por sexo, edad y especialización. El modo de vida supone
también los aspectos socioeconómico, social y superestructural.

La producción implica tres aspectos: la sacadura del


producto, su preparación, y su venta. La primera consiste en las
actividades que realizaba, a lo largo del año, la población ribereña
y un sector de la mitad territorial de arriba para la obtención
y elaboración, de flora y fauna de la ciénaga, en particular
alimentos. Asimismo, se efectuaba mediante formas generales o
especializadas, ya fuera de tiempo completo o temporalmente,
con fines comerciales o de autoconsumo, con instrumentos de
aplicación amplia o específica, y a través de distinta organización
del trabajo, a saber, individual, en pareja, grupal, y colectiva.

La sacadura de productos se caracteriza por lo siguiente:

a) Porque el objeto acuático de trabajo es de propiedad


“mancomunal”, o es usufructuado comunalmente;

b) porque es humana la fuente de energía en la elaboración de


medios e instrumentos; en el proceso productivo, y en el medio
de propulsión en el transporte;

e) porque uno de los “instrumentos” es la mano;

d) porque las técnicas, los instrumentos y los medios empleados


son de origen prehispánico. Los confecciona generalmente el
mismo productor con materiales locales del entorno, sin previa
elaboración. Al respecto, ya he mencionado las excepciones,
como son, entre otras, la segadera, la hoz y el rifle. Algunos de
los medios, instrumentos, materia prima o materiales, muestran
una transición gradual, como las cerdas de cola de caballo para
las “gazas” de los chonhuascles, y la “jareta” (hecha en algunos
casos con lana de oveja) para las hondas que quizá se remonte
a los tiempos coloniales. Sin embargo, la mayor parte de las

418
parte tercera: discusión teórica y síntesis

sustituciones es más reciente, ubicada en el marco de la transición


económica global (1850-1950, sobre todo en este siglo), coino por
ejemplo, el reemplazo del “cajete” y el “hachón” por la lámpara de
carburo, ubicada tal vez en el siglo pasado, la del hilo de ixtle de
las redes por hilo o hilaza de algodón manufacturados; la del otate
(para la fisga de una aguja), la de la aguja (para la fisga de varias
agujas) y el otate (para la confección de los “ojos” de la red) por
sus equivalentes metálicos, y el desplazamiento de la canoa de una
pieza por la de tablones hecha por el carpintero especializado, que
al parecer ocurrieron en este siglo.

Es decir:

— El nivel de las fuerzas productivas de los trabajadores laguneros


es bajo. De hecho, es el más bajo de todos los sectores de la
comunidad o categoría fundamental de la que forma parte el mvl
durante la etapa final de la laguna de Lerma.

— Existe la unión del trabajador con sus condiciones materiales de


producción, a saber, propiedad comunal de la ciénaga y propiedad
individual de sus medios de producción. Se trata de productores
independientes.

Considerando la base material y las condiciones en que


despliegan su acción los trabajadores del agua, o sea: el objeto —la
ciénaga—, la unión con sus medios de producción y el bajo nivel
de fuerzas productivas, la producción lacustre implica no sólo una
dedicación constante —a diferencia del espaciamiento inherente al
ciclo agrícola— sino también una íntima, relación con el ambiente
lacustre —pues éste es bastante más envolvente que el medio
agrícola—, siendo ambas mucho mayores que las que encierra el
vínculo que establecen los agricultores con sus respectivas labores
y su medio. Es esta situación la que confiere al productor lacustre
su recalcitrante tradicionalidad, misma que lo tipifica aun frente a
los agricultores.

419
parte segunda: los fundamentos

Ahora bien, sobre los aspectos restantes de la producción


lacustre, en primer término debo mencionar, por su importancia,
lo relativo a la transmisión oral, de generación en generación
—no sólo en los términos familiares sino también dentro del
círculo de amigos y conocidos—, del saber involucrado en las
distintas labores acuáticas. Se encuentra además lo que atañe a
la preparación y venta del producto, que conlleva una división
sexual del trabajo —vista ya en la parte correspondiente—, y que
nos remite al otro factor por el que se define el mvl: la familia como
unidad económica.

En este sentido, también el proceso productivo lacustre es


característico, respecto del agrícola, en tanto el primero implicaba
una relación de trabajo —laboral— con la familia —ya sea nuclear o
extensa—, cotidiana, regular, durante casi todo el año, a diferencia
de la que sostenía el agricultor con la suya, referida a las etapas
del ciclo agrícola y con una mayor o menor participación en cada
una de las mismas. Esta situación reforzaba el tradicionalismo
de los productores lacustres.

Lo que concierne a los aspectos socioeconómico, social


y superestructural, conviene tratado en el marco de la categoría
fundamental de inserción del mvl durante la etapa final de éste
(1900-1970), en el contexto de la transición —ubicada en el marco
temporal restringido (1850-1950)—: el paso de la comunidad de
origen indocolonial al municipio. Durante la etapa en cuestión,
en términos económicos la producción lacustre coexistía con
otras actividades, como eran: agricultura, ganadería, producción
artesanal —carpintería y herrería— y manufactura de calzado. La
realización de esas actividades, entre las que además se contaba
la recolección de vegetales de la milpa y el campo, entrañaba
combinaciones muy complejas en las que no voy a entrar, por no
competer al objeto de estudio. Es decir, se trata únicamente de
ubicar a los productores lacustres dentro de la unidad jurídico-
política en la que fueron colocados a raíz de la transición al
capitalismo que significó otro cambio estructural: el municipio.

420
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Esto es, como se vio en la parte respectiva a la acumulación


capitalista, a partir de la Ley Lerdo desapareció el status legal de la
comunidad y se fijó la propiedad capitalista del territorio, lo cual
cristalizó en el contexto de la transición en la entidad municipal;
o sea, el cambio de comunidad indocolonial precapitalista a
municipio independiente (“libre”), como base de las nacientes
relaciones de tipo capitalista. Esquema que en el caso de San Mateo
Atenco —representativo de la zona, donde los municipios que la
integran son en general pequeños— resulta adecuado para los
fines ahora perseguidos. Con base en dicho cambio los productores
lacustres quedan referidos, en términos jurídico-administrativos,
al municipio como unidad territorial, al ayuntamiento como
instancia política, y a la institución oficial —la Iglesia— y a la
organización tradicional —los cargos en tomo a la celebración a
los santos— en lo relativo a la superestructura religiosa. Respecto
a esto último, cabe mencionar que, en el contexto de la transición
al capitalismo, la religión siguió jugando un papel dominante,
social e ideológicamente, siendo el punto de referencia de los
acontecimientos sociales más importantes y de las principales
actividades económicas.

Por lo que atañe al aspecto socioeconómico, éste


implicaba la canalización de productos comestibles (ya fueran
usados directamente por el productor y su familia o de manera
indirecta a través de diversas relaciones, que se mencionaron con
anterioridad), así como plantas forrajeras y vegetales empleados
en la producción artesanal.

Como se ha observado, desde los primeros tiempos del


poblamiento de la zona lacustre se percibe una gradual adecuación
tanto del territorio como en términos económicos y sociales a
las particularidades ecológicas del ambiente. La adaptación
a éstas se pone de manifiesto en el agudo conocimiento del
entorno en cuanto a los distintos momentos —buenos, óptimos,
o inapropiados— de consecución de los productos, la manera de
enfrentar las limitantes, como la lluvia, el granizo, el viento y las
heladas, en la práctica cotidiana de la explotación acuática. Así,
el agua fue una constante en los modos de vida de los habitantes

421
parte segunda: los fundamentos

de San Mateo. La ubicación del municipio, al que alude su


nombre —Atenco—, posibilitó la existencia de sendas porciones
territoriales o mitades —la de tierra firme y la de la ciénaga—, cuya
división se establecía por un eje acuático: la antigua calle Real. De
igual forma, aquellas porciones confirieron el carácter particular de
los dos grupos demográficos a los que sirvieron de asentamiento:
los habitantes “terrestres” de la sección de arriba, y los que vivían
“sobre el agua” en la sección de abajo. La conformación territorial
—agua y tierra— fue también, en primera instancia, la base de las
principales actividades económicas locales: la producción lacustre
y la agricultura.

Igualmente, las prácticas agrícolas específicas, mediante


los sistemas de humedad y riego y de humedad y temporal,
pudieron realizarse a partir del agua de la ciénaga y de la que
descendía por las escurrideras, algunas de las cuales marcaban los
límites de los barrios. Es decir, cada tipo de actividad agrícola estuvo
condicionada por la presencia inmediata del agua. De manera
similar, dos materiales empleados en el abonamiento provenían
también de las escurrideras; del fondo se extraía el “azolve”, y, de
su superficie, el “tamborcillo” o lirio acuático.

La agricultura de humedad y riego dependía de la


laguna. Ésta proporcionaba no sólo el medio en el que se fincaba
la chinampa “altada”, sino también los variados vegetales
empleados en su construcción y en la del otro tipo de chinampa
—la “zanjeada”. El lago permitía, además, en ambos tipos de
chinampas, el mantenimiento constante de la humedad del suelo
y la obtención del lodo para la renovación de los componentes
orgánicos. Asimismo, con una especie acuática —el zacatón
cortador— que se traía de aquélla se protegía de las heladas a
las plantitas que germinaban en los camellones, y con otra —el
lirio acuático— se preparaban los almácigos de “chimpachol”.
La agricultura de humedad y riego puede considerarse como
una actividad intermedia entre las realizadas en tierra firme —la
agricultura de humedad y temporal— y las que tenían lugar en
el medio acuático; puede decirse que era un tipo de agricultura
acuática.

422
parte tercera: discusión teórica y síntesis

En torno a la ciénaga se desarrollaron diversas labores


vinculadas directamente con la misma, como la pesca, la caza,
y la recolección de flora y de fauna, la elaboración de mac1as y
chinchorros, de agujas para su tejido, de canoas, remos, fisgas,
hoces, segaderas, y demás instrumentos y medios de trabajo, a
través de algunos de los cuales se asociaban las tareas lacustres
con la carpintería y la herrería. Otras labores, indirectamente
relacionadas con aquélla, fueron la diversa producción artes anal del
tule, y la ganadería, que se desarrolló gracias al aprovechamiento
de diversos vegetales acuáticos.

La productividad de la ciénaga era tan alta que posibilitaba


a los trabajadores lacustres, además de cubrir sus necesidades
de consumo, canalizar una parte de los resultados al pequeño
comercio más allá del ámbito del pueblo, de la zona, y de la región;
es decir, la laguna constituía el medio en el que se desplegaba
la actividad productiva de un amplio grupo demográfico de
San Mateo. Esta importancia económica trascendía al ámbito
social, en primer lugar, al permitir la satisfacción parcial de
las necesidades alimenticias de todos los sectores populares
del municipio. Pero los productos del lago no únicamente se
destinaban a la alimentación; muchos también —o únicamente—
poseían propiedades medicinales, y otros se empleaban con fines
ornamentales o rituales. Con las planchas usadas en la elaboración
de las chinampas se altaban los terrenos que servían de asiento
para las viviendas de la sección de abajo, y las huertas anexas
a las mismas. De manera similar, de la ciénaga procedieron los
vegetales con los que se construyó la mayoría de las viviendas
a principios de siglo: pasto “shumalillo” para las paredes y para
el techo tule ancho y pasto cortadillo, habiéndose utilizado este
último para la confección de adobes. En fin, petates, esquinados,
aventadores, sillas y capas de lluvias formaban parte de los
enseres, del mobiliario, y del atuendo de la población general.

A nivel religioso, se ha visto la trascendencia de lo lacustre


en los relatos sobre La Clanchana y El Clanchano, y en el culto
a San Mateo, patrono del pueblo. En los festejos de éste aparece
una relación directa del mismo con las actividades realizadas en

423
parte segunda: los fundamentos

el lago, mediante el paseo del santo en una chalupa en la que se


colocaban patos en posición de vuelo, y se le ofrendaban flores de la
laguna. También ha podido establecerse una relación de lo acuático
con el culto a la Virgen de Guadalupe y con el culto a los muertos o
antepasados, a los cuales, en su día, se les ofrecían tamales de pato
silvestre, de atepocate y de carpa. En lo tocante a esta parte de la
superestructura, cabe precisar que, si bien lo lacustre siguió siendo
fundamental desde el punto de vista alimenticio de los sectores
mayoritarios, dejó de serlo gradualmente, a partir de la Colonia, en
lo que respecta a la religión oficial, quedando relegado al ámbito
informal de las expresiones populares.

Los otomianos prehispánicos de la ZLVT —matlatzincas,


otomíes y mazahuas— han sido caracterizados como agricultores
por los principales estudiosos —al haber sido tratados, en cuanto a
lo económico, como una parte similar al resto del grupo otomiano
de Mesoamérica, sin considerar las implicaciones
económico—sociales de las diferencias ambientales de los hábitats
ocupados. La caracterización expuesta puede caber muy bien en
lo que respecta al sector hegemónico en tanto éste seguramente
procedió del grupo de cultivadores —de manera similar a lo
sucedido en San Mateo Atenco, en el que a partir de dicho grupo
habría de surgir el sector zapatero de futuros industriales.

La cuestión del origen del mvl se relaciona con los


elementos culturales —honda, red, petate/tule— como
significativos de las actividades de caza, pesca y recolección los
dos primeros, y el tule, con la construcción del territorio en el
que se asientan los productores lacustres. Teóricamente, a partir
de ese origen la producción lacustre permaneció como la base
fundamental alimenticia en todo el desarrollo subsecuente, desde
el despliegue del grupo original de pescadores y recolectores y
cazadores acuáticos en agricultores, hasta la emergencia del grupo
de zapateros, desde el propio sector agrícola.

Sobre esto sería importante investigar lo relativo a


cada época, a las etapas cronológicas y a las áreas territoriales
específicas. En primer término, en lo que se refiere a los

424
parte tercera: discusión teórica y síntesis

mantenimientos y en cuanto a su vinculación con otros rubros


de la economía, o sea, a la relación de la producción lacustre
con la elaboración artesanal y la actividad comercial, y con los
aspectos superestructurales —religiosos, ideológicos y políticos.
En segundo término, no restringiéndose a una región sino en lo
que respecta a estudios que abarquen a las distintas regiones en
términos histórico-comparativos y, en principio, teniendo como
objetivo el conocimiento de la situación que presentan unidades
culturales más dilatadas. Esto se justifica por el hecho de que en
diferentes épocas amplias regiones han formado parte o han sido
excluidas de determinado centro político-cultural.

También convendría contemplar las variantes


mesoamericanas del mvl que parecen presentar elementos
comunes. La producción lacustre es importante no sólo en cuanto
a su alta productividad, sino también porque confiere un matiz
peculiar a lo económico, a lo social, y a la superestructura. Por
lo tanto, su estudio puede posibilitar un mejor entendimiento
sobre la especificidad de los procesos en diferentes pueblos de
la superárea, cuyas formas de vida tuvieron una base lagunera.
Por último, porque la información expuesta permite plantear la
existencia en Mesoamérica de un tipo de secuencia sociocultural,
con base en el factor lacustre.

Por lo que hemos visto en lo que cabe al Alto Lerma,


desde el punto de vista teórico, el significado del término
matlatzinca —gente de la red— presenta una validez para la era
que abarca desde antes de la aparición de la agricultura hasta
que las actividades primarias —de caza, pesca y recolección
acuáticas, y la misma agricultura— fueron localmente desplazadas
por la industria. Ésta, como lo indica Lorenzo al referirse a
la culminación negativa de los efectos en la etapa actual del
desarrollo socioeconómico, además de destronar a las primeras, ha
sido la causa del creciente deterioro que no sólo afecta a los sectores
mayoritarios sino a toda la población.

El abordaje de los antecedentes y la revisión histórica,


así como lo relativo al cambio hacia la industrialización, y el

425
parte segunda: los fundamentos

señalar los aspectos que muestran la importancia de la zona


lacustre y de San Mateo Atenco, ha sido, por una parte, con
objeto de fundamentar los planteamientos empezando por el
origen preagrícola mismo del mvl, y, desde el punto de vista
teórico, la separación: producción lacustre-agricultura con base
en la separación agricultura-manufactura de calzado-industria
zapatera. Por otra parte, para evidenciar la trascendencia histórica
de la producción lacustre. Es decir, ésta no sólo es significativa por
constituir la base del mvl sino también porque repercutió en todo
el conjunto social de la comunidad. Elementos aquéllos en tomo a
los cuales se integró el complejo cultural relativo al mvl, típico de
los matlatzincas, con base en el cual planteo que éstos pueden ser
clasificados propiamente como otomianos sureños lacustres. En fin,
para mostrar, siguiendo el planteamiento de Kirchhoff, el proceso
de un grupo (indígena) mesoamericano, desde sus antecedentes
hasta sus resultados, cuyo final se fija con el despegue de la
industrialización.

Por otro lado, el ámbito de acción de los trabajadores del


agua —envueltos en alto grado en el medio acuático, sobre todo,
y en el familiar—, relegados al círculo productivo, explica su
recalcitrante tradicionalidad, a la vez que su limitada participación
en el campo social y político, y, por ende, su permanencia en la base
económica y social dentro de su comunidad, es decir ocupando
siempre un papel subordinado económicamente, así como el más
bajo escalón del edificio social.

Lo que son [señalan Marx y Engels (1966), como hemos visto] coinciden,
por consecuencia, con su producción, tanto lo que producen como el
modo cómo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto,
de las condiciones materiales de su producción.­

Sin embargo, lo anterior no explica del todo la cuestión, a


menos que se considere el gozo que producía el trabajo lacustre,
la estancia en la ciénaga.

426
parte tercera: discusión teórica y síntesis

Era un gozo tan acendrado que a décadas del comienzo


de la desecación del lago provocaba una emoción muy grande
—próxima al llanto—, haciéndose presente —perceptible y aun
compartible por cuantos hemos incursionado en el tema— en los
relatos sobre “la época de la laguna”; en particular, la narración
que se refiere a la captura del támbula con corrales. Esta forma
de pesca es representativa del complejo cultural que constituye el
mvl, porque contiene elementos técnicos y rituales antiquísimos
que, como se vio, se encuentran simbólicamente en el dios de
los pescadores —Opuchtli— y, al parecer, en la raíz del nombre
matlatzinca del río y de su lugar (quizá mítico) de origen: el
embarcadero llamado rambata.

Tal sentimiento se manifiesta claramente en el simbolismo


de La Clanchana (Arteaga, 1992); en su belleza y atracción casi
irresistible; en su papel de madre pródiga de todo lo lacustre y de
seductora mortal. Los “encuentros” de este ser con los trabajadores
del agua denotan también el encanto, el misterio, el riesgo y el
placer que tanto parecen haber disfrutado los pescadores modernos
de antiguo origen matlatzinca, durante sus incursiones al lago.

Por último, a causa del desarrollo centralizado que


particularizó al proceso de acumulación originaria de capital en
el país —que tuvo lugar a la par que la progresiva reducción de
los lagos de la Cuenca de México y de otras áreas del Altiplano
Central, como la de Puebla Tlaxcala—, el despegue de la industria
repercutió en la desecación de la laguna de Lerma. Es por esto que
el mvl presenta un despliegue que, remontándose a los tiempos
preagrícolas, se restringe a la era precapitalista.

La síntesis

Aun cuando cabría preguntarse, en vista de las evidencias con


que se cuenta, sobre la pertinencia del planteamiento global del
papel decisivo de los lagos en las primeras etapas generales del
progreso socio-cultural, no hay duda de que el hombre ha actuado
de manera directa en cuanto al fin de aquéllos, en lo que se refiere

427
parte segunda: los fundamentos

a las cuencas del Alto Lerma y de México. Hay, pues, una doble
incidencia directa, la del lago, que da vida a lo largo del desarrollo
histórico-social, hasta un determinado grado de éste, en que la
influencia humana sobre su ambiente se vuelve tan negativa que
acaba con la vida de aquél.

En el sur del Valle de Toluca, la laguna de Lerma fue


básica como fuente de alimentos, e importante por su relación con
numerosos aspectos económicos y sociales. A partir de un origen
preagrícola, el complejo productivo lacustre constituyó, como
recurso alimenticio, la plataforma de todas las formas económicas
subsecuentes hasta la industrialización regional, cuyo despliegue
incidió en el quebrantamiento del mvl. Es decir, el medio cenagoso
y su aprovechamiento hicieron teóricamente posible el comienzo
y desarrollo de la agricultura, siendo ambos rubros productivos,
el lacustre y el agrícola, las formas primigenias características a
partir de las cuales se desenvolvió la historia prehispánica local
—por medio de la etapa de la Comunidad Sedentaria y de los
períodos Formativo, Clásico y Posclásico. Las actividades lacustre
y agrícola también fueron las formas que estuvieron en estrecho
vínculo hasta el final del proceso, por lo que el estudio de los
productores laguneros abarcó lo relativo a los agricultores hasta el
cambio estructural. En efecto, los trabajadores del agua integraron
un factor específico de la transformación económica en la que
algunos agricultores iniciaron la etapa industrial del municipio
representativo de San Mateo Atenco.

En el proceso de larga duración (?-1970) se distinguen


dos bloques. Uno se refiere al desarrollo histórico, cuyo inicio
se ha contextualizado a partir de la diversificación de la lengua
madre proto-otomangue (ca. 4500 a.n.e.). Presenta un hito en el
afianzamiento y la dilatación del estado matlatzinca (1162 n.e.), y
luego de su derrumbe a causa de la expansión mexica (1476), finaliza
en 1550, con la llegada de los europeos. El otro bloque temporal
(1550-1970) parte de la Conquista y del sojuzgamiento españoles,
con los que se destruye la estructura de la civilización prehispánica
de tipo precapitalista y comienza la integración de otro modo de
producción. El despegue de éste —hacia 1970—, al afianzarse la

428
parte tercera: discusión teórica y síntesis

industrialización, implicó en la zona de estudio el reemplazo del


modo de vida lacustre por un modo de vida nuevo.

Como parte del último bloque se delimitó la etapa terminal


del mvl —de 1900 a 1970—, definida por el cambio económico. Éste
cerró en la zona la era precapitalista en cuyo transcurso la ciénaga
de Lerma constituyó no sólo la parte característica del ambiente,
sino también un soporte importante de lo económico y de lo social.
La era precapitalista terminó, localmente, con la desecación de
la laguna, poniendo en evidencia el distanciamiento del hombre
o, mejor dicho, del sector hegemónico de la naturaleza. Como
hemos visto, aquélla llegó a su fin a consecuencia del desarrollo
industrial de la región, aun cuando su nacimiento se debe a las
grandes transformaciones geológicas del pasado.

La etapa —de 1900 a 1970, con la que concluyó el mvl—,


enlaza a dos eras. Por una parte, es aquélla con la que finaliza la
era precapitalista de orígenes milenarios de la sociedad indígena,
cuyo proceso fue alterado por la Conquista y la colonización
españolas. Marca también la terminación de los principales
elementos, sistemas, y complejos culturales —que habían
sobrevivido a la destrucción de la estructura de la civilización
indígena al ocurrir el choque con los peninsulares, en el siglo
xvi —, como son el idioma, el atuendo, las representaciones
colectivas religiosas, la estructura escalonada de cargos cívico-
religiosos, la conciencia étnica y el mvl. Por otra parte, es la
etapa donde arranca la nueva era capitalista, es decir, en su
decurso (1900-1970) concluye la transición entre ambos ciclos,
ocurriendo, a su término (1970), el cambio económico mediante
el despegue industrial.

En cuanto al aspecto temático, por el carácter lacustre se


delimitó el territorio seleccionado, diferenciándose dos zonas del
Valle de Toluca —que había sido considerado tradicionalmente
como una unidad cultural y geográfica—. De hecho, el carácter
lacustre constituyó el factor prioritario para la determinación del
problema a estudiar y de la unidad territorial. Esto se explica por
el peso que adquirió, en el contexto del análisis de los materiales

429
parte segunda: los fundamentos

de campo, el planteamiento de Deevey acerca del papel “fuera de


lo ordinario” que jugaron los lagos de México y Centroamérica en
la historia de la superárea mesomericana.

Con base en el marco metodológico se fijó la unidad


territorial en términos de un criterio doble, geográfico-ecológico
y cultural.” En respuesta al primer criterio (geográfico-ecológico),
el área se definió como la primera zona lacustre de todo el sistema
hidrológico Lerma-Santiago, y como la única de la cuenca Alta del
río Lerma. Atendiendo al criterio cultural, la zona lacustre es parte,
en términos amplios, del territorio de distribución de la lengua
(proto-otomangue) más antigua de Mesoamérica. En términos
restringidos constituyó, para el siglo xvi, el centro de contacto de
los principales idiomas otomianos de Mesoamérica, y, en términos
particulares, fue el hábitat por excelencia de los matlatzincas del
Valle de Toluca, donde se ubicaron sus cabeceras más importantes, y
en el que desarrollaron un complejo económico y cultural —a partir
del recurso acuático— que caracterizan a dicho grupo étnico.

La estructura nativa local, erigida sobre el basamento


integrado por el agua y la tierra, se destruyó en el transcurso del
siglo xvi. Si bien muchos elementos tuvieron una continuidad
dentro de la sociedad colonial, irían transformándose o
desapareciendo a lo largo de la etapa novohispana.

Fue, pues, el magnífico contexto ambiental lo que


estimuló el precoz ingreso a los pueblos de indios de numerosa
población no aborigen, uno de cuyos objetivos consistió en el
establecimiento de empresas agrícolas. La profusión de pastos
lacustres representó el factor específico por el que Cortés, además
de fundar su primera estancia, utilizó a la zona como centro de
experimentación de las actividades pecuarias, y por el que se
desarrollaron explosivamente las unidades ganaderas. Con base
en éstas florecieron otros rubros de transformación importantes,
como los obrajes, la jabonería, el trabajo de curtiduría y la
elaboración de cueros y pieles, la producción de lácteos, y
sobre todo la industria alimenticia basada en el ganado menor,
particularmente la derivada del cerdo, que ha impreso un sello
característico a la cultura de la zona. Asimismo, los principales

430
parte tercera: discusión teórica y síntesis

encomenderos pudieron trasladar capital, productos y mano de


obra hacia diferentes empresas suyas, entre las que destaca la
minería argentífera, mediante la cual la zona se vinculó con el
proceso mundial de acumulación originaria de capital.

Entre 1850 Y 1950 tuvo lugar el tránsito hacia la


industrialización en la zona. Si bien la Colonia constituyó una
primera gran etapa, la República liberal y el Porfiriato integraron
otro espacio del proceso general de acumulación en cuyo marco
se expropiaron los terrenos comunales. La otra transformación
—causada básicamente por el desecamiento de la ciénaga, y la
instalación del corredor industrial— tuvo lugar en la etapa final
del periodo particular de acumulación capitalista, en el contexto
de los regímenes que sucedieron a la Revolución de 1910.

La visión panorámica de la zona durante el siglo pasado


denota un uso intensivo de los recursos naturales. Entre éstos, los
procedentes del ambiente acuático siguieron siendo fundamentales
como medio de subsistencia de los pueblos indígenas, que
constituyeron el núcleo de los sectores populares.

El centro de la zona lacustre fue la óptima ubicación de


San Mateo Atenco. Sus antecedentes se remontan al Formativo,
aunque es posible que sus orígenes desciendan tanto como la misma
presencia humana en la zona. Sabemos poco de los tiempos previos
a la invasión mexica, a raíz de la cual establecióse en su territorio
la cementera regional de Moctezuma. Atenco integró después una
de las autoasignaciones de Hernán Cortés, siendo la sede de una
populosa república de indios altamente próspera de los tiempos
novohispanos.

La misma fuente de riqueza —agua y tierra— que


había posibilitado una alta concentración demográfica, fue el
fundamento que primero movió al conquistador mexica, y luego
atrajo al soldado español y al predicador religioso. Con el tiempo
también sería el estímulo de audaces y emprendedores civiles que
durante la Colonia, y posteriormente con mayor intensidad, fueron
despojando al pueblo de su antiguo territorio, hasta dejado, en el

431
parte segunda: los fundamentos

año 1919, con una superficie de 13.5 km2, rodeada por completo
de haciendas.

El proceso histórico general, habiendo tenido lugar en un


territorio con características ambientales tan favorables, repercutió
en contra de los pobladores de la zona lacustre. El idioma de la
población mayoritaria y del grupo hegemónico hasta el dominio
mexica desapareció de la zona en el transcurso del proceso general,
y, al término de éste, la extensa base trabajadora se vio privada
de su principal medio de trabajo: la ciénaga. En este sentido el
proceso histórico muestra dos tendencias contrapuestas: la relativa
a la estructura socioeconómica de la comunidad otomiana sureña
lacustre, cuya transformación se inició desde la invasión mexica
que, en cuanto a lo social, puede ejemplificarse con lo ocurrido
a nivel lingüístico —el desplazamiento del matlatzinca. La otra
tendencia está representada por el modo de vida del sector más
tradicional—los trabajadores del agua—, que tuvo una continuidad
hasta el despegue industrial.

En síntesis, puede decirse que la producción lacustre fue


fundamental en la economía de la zona sur del Valle de Toluca
hasta que comenzó el capitalismo. Específicamente, la ciénaga
de Lerma fue el medio de producción más importante en la zona
—a la par que la tierra— desde antes del advenimiento de los
conquistadores hispanos hasta el inicio de la industrialización.
A partir de ésta, el agua de la ciénaga ya no fue útil, como objeto
de trabajo, en la inversión capitalista, empleándose como agua
potable para beneficio externo. Esto significó el despojo del que
había sido desde tiempos ancestrales el recurso de la mayor
importancia económica para la población mayoritaria de la zona,
en correspondencia con el cual se llevó a cabo su historia, y por el
que sus expresiones sociales contienen aspectos originales.

De esta manera, después de haber sobrevivido a lo largo de


su historia a tantas “catástrofes” —como califica Powell la pérdida
de terrenos comunales en el siglo xix—, los productores lacustres
sólo desaparecieron como tales a partir del momento en que la
ciénaga llegó a su fin en aras del “progreso” que representaba el

432
parte tercera: discusión teórica y síntesis

desarrollo industrial, el cual, con una fuerza mayor que la tradición


milenaria, se hizo sentir de manera incontenible en el Alto Lerma.
Así, fue preciso que los despojaran de su ciénaga —que a los ojos
de los viejos pescadores constituía una riquísima “mina”—para
que los trabajadores del agua hicieran a un lado la canoa, el remo,
las redes, y las fisgas, “instrumentos del pescar” que —como
pudo averiguar Sahagún en el siglo xvi— habían sido dados a los
productores lacustres por el dios Opuchtli.

433
agradecimientos

12
Bibliografía

Bibliografía

ALBORES, Beatriz

1976 “Trilingüismo y prestigio en un pueblo del Estado


de México”, Anuario de Letras, vol. XIV, pp. 239- 254,
México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras,
Centro de Lingüística Hispánica.

1977 “La ubicación de la población indígena en la


estructura socioeconómica nacional”. Ms.

1979 “La mayordomía en un pueblo del Valle de Toluca”,


Boletín de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la
Universidad de Yucatán, Año 7, núm. 38, septiembre-
octubre, pp.2-17, Mérida.

1981 “La economía lacustre del Valle de Toluca”,


ponencia expuesta durante la XVII Mesa Redonda.
Investigaciones recientes en el área maya, 21-27 de
junio de 1981, San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
Sociedad Mexicana de Antropología.

1984a “La economía lacustre del Valle de Toluca”, XVII


Mesa Redonda. Investigaciones recientes en el área maya,
21-27 de junio de 1981, tomo 111, pp. 537- 544, San
Cristóbal de las Casas, Chiapas, Sociedad Mexicana
de Antropología.

435
Bibliografía

1984b “Formas de origen tributario en el sistema de


mayordomías en San Mateo Atenco, Edo. de
México”, en Alfredo Barrera Rubio (ed.), El modo
de producción tributario en Mesoamérica, pp. 163-
179, Mérida, Universidad de Yucatán, Escuela de
Ciencias Antropológicas. (Serie ANALTE, 3).

1985a “El desplazamiento de las lenguas indígenas en la


antigua zona lacustre del Alto Lerma”, Cuicuilco,
Revista de la Escuela Nacional de Antropología e
Historia, Año IV, núm. 16, enero-junio, pp. 23-35,
México, inah, sep.

1985b “Los otomianos del Alto Lerma”, Memoria del Primer


encuentro sobre la cultura de la región mazahua, pp.
61-70, Toluca, Facultad de Humanidades de la
UAEM.

1987a “Trabajo y relaciones sociales en un pueblo lacustre


del Valle de Toluca”, ponencia presentada en el
Primer encuentro interdisciplinario el hombre y los lagos
en el centro y occidente de México, 18-20 de junio,
México, D. F.

1987b “Notas sobre la organización religiosa de San Mateo


Atenco, Estado de México”, en Barbro Dahlgren,
(ed.), Historia de la religión en Mesoamérica y áreas afines,
1 coloquio, pp. 199- 204, México, unam, Instituto de
Investigaciones Antropológicas. (Etnología/Historia,
serie Antropológica, 78).

1988 “Repercusiones geofísicas en la historia del Valle de


Toluca”, ponencia presentada en el II Encuentro sobre
la región mazahua y 1 Encuentro sobre los grupos étnicos
del Estado de México, 19-23 de noviembre, Toluca.

436
Bibliografía

1990 “La producción lacustre en el sur del Valle de


Toluca”, en Manuel Miño, (coord.), Mundo rural,
ciudades y población del Estado de México, pp. 219-
232, México, El Colegio Mexiquense, A.c. Instituto
Mexiquense de Cultura.

1993a El modo de vida lacustre en el Alto Lerma, tesis de


doctorado, México, Universidad Nacional Autónoma
de México, Facultad de Filosofía y Letras.

1993b “¿Antiguas deidades del agua en la religión de


San Mateo Atenco, Estado de México?, en Barbro
Dahlgren (comp.), III Coloquio de historia de la
religión en Mesoamérica y áreas afines, pp. 260-267,
México, Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones Antropológicas.

1994a “El modo de vida lacustre en el sur del Valle de


Toluca. Su importancia histórica y sus implicaciones
teóricas”, en Carmen Viqueira Landa y Lydia
Torre Medina Mora, (coords.), Sistemas hidráulicos,
modernización de la agricultura y migración, pp.
299-338, México, El Colegio Mexiquense, A.C.,
Universidad Iberoamericana.

1994b “Ambiente lacustre e industrialización en el Alto


Lerma”, en Roberto Blancarte, (coordinador), Estado
de México, perspectivas para la década de los 90, pp. 33-
47, México, El Colegio Mexiquense, A.C., Instituto
Mexiquense de Cultura.

ALBORES, Beatriz e Isabel Hernández

1978a “Investigación etnográfica en la región lacustre


del Alto Lerma, Edo. de México”, proyecto de
investigación expuesto en el seminario interno del
Departamento de Etnología y Antropología Social
del inah, el 28 de febrero. Ms.

437
Bibliografía

1978b “Investigación Etnológica en San Mateo Atenco,


pueblo de la región lacustre del río Lerma, Edo. de
México”, proyecto de investigación expuesto en el
seminario interno del Departamento de Etnología y
Antropología Social del inah, el 4 de julio. Ms.

ALBORES, Beatriz y Eustaquio Celestino

1983 “Situación actual de los sistemas agrícolas de San


Mateo Atenco, Edo. de México”, ponencia expuesta
en la XVIII Mesa Redonda de Antropología, Taxco,
Guerrero.

AMADOR HERNÁNDEZ, Mariscela y Patricia Casasa

1979 “Un análisis cultural de juegos léxicos reconstruidos


del proto-otomangue”, en Nicholas A. Hopkins y
J. Kathryn Josserand, (coords.), Estudios lingüísticos
en lenguas otomangues, pp. 13-24, México, sep/inah,
Programa de Lingüística CIS- inah . (Colección
Lingüística, 68).

ARGUETA, Arturo et al.

1986 “Japondarhu anapu, o de la pesca en los lagos


michoacanos”, en La pesca en aguas interiores, pp.
1-127, México, sep , Centro de Investigaciones
y Estudios Superiores en Antropología Social
(Cuadernos de la Casa Chata, 122).

ARMILLAS, Pedro

1948 “A sequence of cultural development in


Mesoamerica”, A Reprisal of Peruvian Archaeology,
núm. 4, pp. 105-111.

1951 “Tecnología, formaciones socioeconómicas y religión


en Mesoamérica”, The civilization of Ancient America:

438
Bibliografía

Selected Papers of the XXIXth International Congress of


Americanists, pp. 19-30, The University of Chicago
Press.

ARTEAGA BOTELLA, Nelson

1992 La Tlanchana: interpretación de un mito de la Zona Sur


del Valle de Toluca, tesis de licenciatura en Sociología,
Toluca, México, uaem, Facultad de Ciencias Políticas
y Administración Pública.

BARBOUR, Clyde D.

1973 “A Biogeographical history of Chirostoma (pisces:


Atherinidae): A species flock from the Mexican
Plateau”, COPEIA, núm. 3, August 28, pp. 533-556.

BARTRA, Roger

1974 Estructura agraria y clases sociales en México, México,


Ediciones Era (Serie popular Era, 28).

1978 El poder despótico burgués, México, Ediciones Era (Serie


popular Era, 60).

BASURTO, Trinidad

1977 El Arzobispado de México, jurisdicción relativa al


Estado de México, México. Edición facsimilar,
México, Biblioteca Enciclopédica del Estado de
México.

BATAILLON, Claude

1972 La ciudad y el campo en el México central, México, Siglo


XXI Editores.

439
Bibliografía

BATE, Luis F.

1977 Arqueología y materialismo histórico, México, Ediciones


de Cultura Popular.

1978 Sociedad, formación económico social y cultura, México,


Ediciones de Cultura Popular.

BÉJAR NAVARRO, Raúl y Francisco Casanova Álvarez

1970 Historia de la industrialización del Estado de México,


México, Biblioteca Enciclopédica del Estado de
México.

BÉLIGAND, Nadine

1993 Códice de San Antonio Techialoyan A 701, manuscrito


pictográfico de San Antonio la Isla, Estado de México,
México, Gobierno del Estado de México, Instituto
Mexiquense de Cultura.

s/f “Litigios por aguas y pastos en la zona de la Laguna


de Chicnahuapan, Valle de Toluca”. Ms.

BENÍTEZ, Fernando

1975 Viaje al centro de México, México, Fondo de Cultura


Económica. (Colección popular, 150).

BRODA, Johanna

1980 “Reflexiones en torno a la Etnohistoria de


Mesoamérica: Problemáticas e interpretaciones”,
Atlachinolli, (órgano de difusión de la licenciatura de
etnohistoria de la Escuela Nacional de Antropología
e Historia), pp. 8-10, México, inah.

440
Bibliografía

1989 “Geografía, clima y observación de la naturaleza


en la Mesoamérica prehispánica”, en Ernesto
Vargas, (editor), Las máscaras de la cueva de Santa
Ana Teloxtoc, pp. 35-51, México, Universidad
Nacional Autónoma de México. (Arqueología.
Serie Antropológica, 105).

1991 “Cosmovisión y observación de la naturaleza: el


ejemplo del culto a los cerros en Mesoamérica”,
en Johanna Broda et al., (eds.), Arqueoastronomía y
etnoastronomía en Mesoamérica, México, Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto de
Investigaciones Históricas (Serie de historia de la
ciencia y la tecnología, 4), pp. 461-500.

BUSTAMANTE, Carlos María de

1969 Viaje a Toluca en 1834, Versión paleográfica,


Introducción, notas y anexos documentales por
Ernesto Lemoine, Edición facsimilar, México,
Biblioteca Enciclopédica del Estado de México.

CALDERÓN Y BARREDA, Manuel

1913 Monografía de la cuenca hidrográfica de los ríos Lerma


y Santiago, México, Secretaría de Comunicaciones y
Obras Públicas.

CARRASCO PIZANA, Pedro

1950 Los Otomíes. Cultura e historia prehispánicas de los


pueblos mesoamericanos de habla otomiana, México,
unam, Instituto de Historia e Instituto Nacional de
Antropología e Historia. (Publicaciones del Instituto
de Historia, primera serie, 15).

1976 El catolicismo popular de los tarascos, México, Secretaría


de Educación Pública. (Sepsetentas, 298).

441
Bibliografía

1986 “Economía y política en el reino tarasco”, en La


sociedad indígena en el Centro y Occidente de México,
pp. 63-102, Zamora, El Colegio de Michoacán.

CAZES, Daniel

1967 “El pueblo matlatzinca de San Francisco Oxtotilpan


y su lengua”, Acta anthropologica, segunda época, vol.
III, núm. 2, México, Escuela Nacional de Antropología
e Historia, Sociedad de Alumnos.

CIUDAD REAL, Antonio

1976 Tratado curioso y docto de las grandezas de la


Nueva España, 2 vols. México, unam, Instituto de
Investigaciones Históricas. (Serie de historiadores
y cronistas de Indias 6).

CONTRERAS D., Wilfrido, et al.

1989 Situación actual y perspectivas de los recursos forestales,


suelo yagua de la región Valle de Toluca, Toluca,
Universidad Autónoma del Estado de México,
Escuela de Planeación Urbana y Regional.

CORONA SÁNCHEZ, Eduardo

1976 “Matlatzinco, una región cultural del México


prehispánico”, Histórica, t.I, núm. 1, pp. 72-99, Toluca.

CHÁVEZ OROZCO, Luis

1956 “El camino de México a Toluca”, Revista Goodrich


Euzkadi, núm. 23, México, impresor Galas de México.

442
Bibliografía

CHEDID ABRAHAM, José E.

1990 “Programa de restauración de la Cuenca Alta del


río Lerma”, ponencia presentada el 1o. de junio
de 1990 en la ciudad de Toluca, durante el Primer
congreso estatal de ecología, organizado por el Grupo
Ecologista de Toluca, A.C.

CHEVALIER, François

1956 “La formación de los grandes latifundios en México”.


Problemas agrícolas e industriales de México, 1, vol.
VIII, pp. 3-258, México.

DEEVEY, Edward S. jr.

1956 “Limnological Studies in Middle America with a


Chapter on Aztec Limnology” Transactions of the
Connecticut Academy of Arts and Sciences, vol. 39, pp.
213-328.

Detenal

s/f Mapas Tenango, Toluca, Volcán Nevado de Toluca,


San Miguel Zinacantepec, e Ixtlahuaca, México,
Dirección de Estudios del Territorio Nacional,
Secretaría de la Presidencia.

DIRECCIÓN GENERAL DE ESTADÍSTICA

Censos generales de población de 1900, 1930, 1940, 1950,


1960 y 1970. Tercer censo agrícola, ganadero y ejidal,
1950.

ENCICLOPEDIA DE MÉXICO

1978 Doce vols., México, Impresora y Ed. Mexicana.

443
Bibliografía

ESCOBAR TOLEDO, Saúl

1980 La acumulación capitalista en el Porfiriato, México,


inah,Departamento de Investigaciones Históricas.
(Cuadernos de trabajo, 31).

FABILA, Alfonso y Gilberto

1951 México. Ensayo socioeconómico del estado, 2 vols.


México.

FLORESCANO, Enrique e Isabel Gil (compiladores)

1973 Descripciones económicas generales de Nueva


España, 1784-1817, México, Instituto Nacional
de Antropología e Historia, Departamento de
Investigaciones Históricas, Seminario de Historia
Económica. ( sep / inah , fuentes para la historia
económica de México 1).

FUCHS QUINTANA, Frida Maricela

s./f. “Hábitos alimenticios de nueve especies de anátidos


invernantes en las ciénagas del Lerma, Estado
de México”, tesis de licenciatura en Biología,
Cuernavaca, Universidad Autónoma del estado de
Morelos, Escuela de Ciencias Biológicas.

FUNES CARBALLO, Luis Ignacio

1968 Introducción al estado de la cuenca Lerma Chapala


Santiago, tesis de licenciatura en Geografía, México,
unam, Facultad de Filosofía y Letras.

GARCÍA-BÁRCENA, Joaquín

1993 “Prehistoria, sedentarización y las primeras


civilizaciones”, en Lourdes Arizpe, (coord.),

444
Bibliografía

Antropología Breve de México, pp. 13-55, México,


Academia de la Investigación Científica, A.C, Centro
Regional de Investigaciones Multidisciplinarias,
unam.

GARCÍA CUBAS, Antonio

1888-81 Diccionario geográfico, histórico y biogeográfico de los


Estados Unidos Mexicanos, 5 vols., México, Antigua
Imprenta de Murguía.

GARCÍA LUNA, Margarita

1981 Haciendas poifiristas en el Estado de México, Toluca,


Universidad Autónoma del Estado de México.

GARCÍA MARTÍNEZ, Bernardo

1969 El marquesado del Valle. Tres siglos de régimen señorial en


Nueva España, México, El Colegio de México, Centro
de Estudios Históricos. (Nueva Serie, 5).

1976 “Consideraciones corográficas”, Historia General


de México, vol. 1, pp. 5-89, México, El Colegio de
México.

GARCÍA MORA, Carlos

1980 “Sociedad y naturaleza en antropología”, Atlachinolli


(órgano de difusión de la licenciatura de Etnohistoria
de la Escuela Nacional de Antropología e Historia),
pp. 13-14, México, inah.

1987 Naturaleza y sociedad en Chalco-Amecameca (Cuatro


apuntes), México, Biblioteca Enciclopédica del Estado
de México.

445
Bibliografía

GERHARD, Peter

1972 A Guide to the Historical Geography of New Spain,


Cambridge, University Press. (Cambridge Latin
American Studies, 14).

1986 Geografía histórica de la Nueva España 1519-1821,


México, unam, Instituto de Investigaciones Históricas,
Instituto de Geografía.

GIBSON, Charles

1967 Los Aztecas bajo el dominio español 1519-1810, México,


Siglo XXI Editores.

GOBIERNO DEL ESTADO DE MÉXICO (gem)

1955 Ensayo socioeconómico de una comunidad. San Mateo


Atenco, Toluca, gem.

1970 Panorámica socioeconómica en 1970, Toluca. Dos


tomos.

1972a Monografía del municipio de Almoloya del Río, México.

1972b Monografía del 111unicipio de Capulhuac, México.

1972c Monografía del municipio de Ocoyoacac, México.

1973a Monografía del municipio de Metepec, México.

1973b Monografía del municipio de Mexicaltzingo, México.

1973c Monografía del municipio de Otzolotepec, México.

1973d Monografía del municipio de San Antonio la Isla,


México.

446
Bibliografía

1973e Monografía del municipio de Santa Cruz Atizapán,


México.

1975 “Metodología para el diagnóstico urbano. Municipio


de San Mateo Atenco”, Secretaría de Asentamientos
Humanos y Obras Públicas, gem. Ms.

GONZÁLEZ JÁCOME, Alba

1987 Orígenes del hombre americano (Seminario), México,


sep.

1988 “La agricultura mesoamericana”, en Carlos García


Mora, Martín Villalobos Salgado (coords.), La
Antropología en México. Panorama histórico, 4, Las
cuestiones medulares (Etnología y Antropología
Social), pp. 55-189, México, Instituto Nacional de
Antropología e Historia. (Colección Biblioteca del
inah).

GONZÁLEZ QUINTERO, Lauro

1986 “Origen de la domesticación de los vegetales en


México”, Historia de México, t. 1, pp. 77-92, México,
Salvat Mexicana de Ediciones.

GUTELMAN, Michel

1974 Capitalismo y reforma agraria en México, México,


Ediciones Era. (Colección Problemas de México).

GUTIÉRREZ DE LIMÓN, Sylvia

1979 Arqueología del Valle de Ixtlahuaca, Estado de México,


México, Biblioteca Enciclopédica del Estado de
México.

447
Bibliografía

HARVEY, Herbert R.

1964 “Cultural Continuity in Central Mexico: a Case for


Otomangue”, Actas y Memorias del XXXV Congreso
Internacional de Americanistas, tomo 2, pp. 525- 532,
México.

HEATH, Shirley Brice

1972 La política del lenguaje en México: de la Colonia a la


Nación, México, sep, INI. (SepIni, 13).

HELLER, Agnes

1977 Sociología de la vida cotidiana, Barcelona, Ediciones


Península.

HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, María Isabel

1987 “El catolicismo popular en el barrio de Santa María


la Asunción Atenco, México”, tesis para optar al
título de Etnólogo y al grado de Maestro en Ciencias
Antropológicas, México, sep, Escuela Nacional de
Antropología e Historia.

HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Rosaura

1954 “El Valle de Toluca. Su historia, época prehispánica y


siglo xvi”, tesis de maestría, México, unam, Facultad
de Filosofía y Letras.

HERREJÓN PEREDO, Carlos

1986 “La información en Derecho de Vasco de Quiroga


como fuente para el estudio de los indios”, en
Pedro Carrasco et al., La sociedad indígena en el
Centro y Occidente de México, Zamora, El Colegio de
Michoacán, pp. 129-147.

448
Bibliografía

HOPKINS, Nicholas y J. Kathryn Josserand

1979 “Introducción”, en Nicholas Hopkins y Kathryn


Josserand (coords.), Estudios lingüísticos en
lenguas otomangues, pp. 7-9, México, sep, Instituto
Nacional de Antropología e Historia, Programa de
Lingüística cis-inah, (Colección Científica 68,
Lingüística).

HUITRÓN, Antonio

1962 Metepec, miseria y grandeza del barro, México, unam,


Instituto de Investigaciones Sociales.

JARQUÍN ORTEGA, Ma. Teresa

1986 Fonnación y desarrollo de un pueblo novohispano en


el Valle de Toluca: Metepec, México, El Colegio de
México.

1987 “La formación de una nueva sociedad siglos XV y


XVII”, Breve historia del Estado de México, pp. 77-139,
Toluca, El Colegio Mexiquense, Gobierno del Estado
de México.

1990 Formación y desarrollo de un pueblo novohispano: Metepec


en el Valle de Toluca, México, El Colegio Mexiquense,
A.C., H. Ayuntamiento de Metepec.

JIMÉNEZ MORENO, Wigberto

1975 “Mesoamérica”, Enciclopedia de México, sobretiro especial


del t. VIII, pp. 471-483, México, edición facsimilar de
la Sociedad Mexicana de Antropología.

449
Bibliografía

JOUTARD, Philippe

1986 Esas voces que nos llegan del pasado, México, Fondo de
Cultura Económica (Colección popular, 345).

KIRCHHOFF, Paul

1960 “Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición


étnica y caracteres culturales”, Tlatoani (Suplemento
3), México, Escuela Nacional de Antropología e
Historia, Sociedad de Alumnos.

1966 Summa Anthropologica, México, inah.

1971 “El imperio Tolteca y su ocaso”, copia mecanográfica


de un trabajo inédito, 34 cuartillas.

LAFAYE, J.

1977 Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia


nacional en México, México, Fondo de Cultura
Económica, 1977. (Sección de obras de historia).

LAMEIRAS, Brigitte B., de

1986 “El origen del Estado en el Valle de México:


Marxismo ecológico en la investigación del México
prehispánico”, en Andrés Medina et al., (editores),
Origen y Formación del Estado en Mesoamérica, pp.
151-160, México, unam, Instituto de Investigaciones
Antropológicas. (Etnología/Historia, Serie
Antropológica, 66).

LAMEIRAS, Brixi B., de

1988 “El origen de las sociedades clasistas y el Estado”,


en García Mora, Carlos (coord.), La Antropología en

450
Bibliografía

México, Panorama histórico, pp. 533- 573, México,


Instituto Nacional de Antropología e Historia.
(Colección biblioteca del inah).

LARA, Salguero Felipe

1953 “Estudio geográfico del municipio de Lerma, Estado


de México”, tesis para obtener el grado de Maestro
en Geografía, México, Escuela Normal Superior.

LEÓN, Maximiliano y Ángeles Segura

s./f. “Artefactos y ornamentos de Huamango, Estado


de México”, Investigaciones sobre Huamango y región
vecina (Memoria del Proyecto), s. l., Secretaría
de Desarrollo Económico, Dirección General de
Turismo, Gobierno del Estado de México.

LOCKHART, James

1991 “Españoles entre indios: Toluca a fines del siglo


xvi”, en Manuel Miño, (comp.), Haciendas, pueblos
y comunidades, México, Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, pp. 52-116.

LOERA y Chávez, Margarita

1977 Calimaya y Tepemaxalco. Tenencia y trasmisión


hereditaria de la tierra en dos comunidades indígenas.
Época Colonial, México, inah, Departamento de
Investigaciones Históricas. (Cuadernos de Trabajo
del Departamento de Investigaciones Históricas,
inah, 18).

1981 Economía campesina indígena en la Colonia, un caso


en el Valle de Toluca, México, Instituto Nacional
Indigenista.

451
Bibliografía

LÓPEZ AUSTIN, Alfredo

1973 “La cruz y el petate en la simbología Mesoamericana


y la relación entre un dios patrono y el oficio de
su pueblo”, Notas Antropológicas, vol. 1, nota 2,
octubre, México, unam, Instituto de Investigaciones
Antropológicas, pp. 7-9.

1981 Tarascos y mexicas, México, Fondo de Cultura


Económica. (Sep/80, 4).

1989 “La historia de Teotihuacan”, Teotihuacan, México-


Madrid, El Equilibrista-Turner, pp. 13-35.

LORENZO, José L.

1987 “Historia de la prehistoria en México”, en Alba


González Jácome, (compiladora), Orígenes del hombre
americano, (Seminario), pp. 21-37, México, Secretaría
de Educación Pública.

1988 “El hombre y su ambiente”, en Carlos García Mora,


(coord.), La Antropología en México, Instituto Nacional
de Antropología e Historia, pp. 431-449 (Colección
biblioteca del inah).

MACNEISH, Richard

1987 “La importancia de los primeros doce sitios del Nuevo


Mundo”, en Alba González Jácome, compiladora,
Orígenes del hombre americano (Seminario), México,
Secretaría de Educación Pública, pp. 57-67.

McCLUNG DE TAPIA, Emily

1979 Ecología y cultura en Mesoamérica México, Universidad


Nacional Autónoma de México, Instituto de

452
Bibliografía

Investigaciones Antropológicas (Cuadernos Serie


Antropológica, 30).

MAPOTECA OROZCO y BERRA

1872 Carta General del Arzobispado de México. Formada


por Antonio García Cubas.

1927 Mapa, escala 1:200,000, elaborado por la Dirección,


de Estudios Geográficos y Climáticos de la Secretaría
de Agricultura y Fomento.

1958 Mapa Toluca Mex-14 Q-h (4) SRH-]efatura de


operación, escala 1:100,000

1971 Carta del Estado de México.

MARTÍNEZ B., Xóchitl

1989 “El descubrimiento de las minas. Siglo xvi”, en


Brígida von Mentz, (coord.), Sultepec en el siglo xix,
pp. 17-29, México, El Colegio Mexiquense, A. C,
Universidad Iberoamericana, Departamento de
Historia.

MARTÍNEZ, Maximino

1991 Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas


mexicanas, México, Fondo de Cultura Económica.

MARX, Carlos

1971 “Salario, precio y ganancia”, Obras escogidas en dos


tomos, t. I, pp. 378-428, Moscú, Editorial Progreso.

1972 El Capital, México, 3 ts., Fondo de Cultura


Económica.

453
Bibliografía

1974 El Capital, Libro 1, Capítulo VI (Inédito), Buenos Aires,


Siglo XXI editores.

MARX, C. y F. Engels

1966 La ideología alemana, La Habana, Editora


Revolucionaria.

MATESANZ, José

1965 “Introducción de la ganadería en la Nueva España,


1521-1535”, Historia Mexicana, abril-junio, v. xvi, núm.
4, pp. 533-566, México, El Colegio de México.

MAYA AMBIA, Carlos Javier

1977 “Doña Rosa”, Siete ensayos sobre la hacienda


mexicana, pp. 42-66., México, Instituto Nacional
de Antropología e Historia, Departamento de
Investigaciones Históricas, Seminario La hacienda
mexicana en el siglo xix (Colección Científica, 55,
Historia).

MEDINA, Andrés

1986 “Presentación”, en Andrés Medina et al., (eds.), Origen


y formación del Estado en Mesoamérica, México, unam.
(Serie Antropología, 66), pp. 7-31.

MEILLASSOUX, Claude

1975 Femmes, grenier, capitaux, Paris, Librairie Franc;ois


Maspero. (Edición en español: Mujeres, graneros y
capitales, 1977, México, siglo xxi).

454
Bibliografía

MENDIZÁBAL, Miguel Othón de

1947 “Evolución económica y social del valle del


Mezquital”, Obras completas, vol. VI, México, pp.
7-195.

MENEGUS B., Margarita

1986 “La parcela de indios”, en Carrasco et al., La sociedad


indígena en el Centro y Occidente de México, Zamora,
El Colegio de Michoacán, pp. 103-128.

1989 “De los Señores naturales al cabildo indígena,


Nueva España, siglo xvi”, en José Peset (coord.),
Ciencia, vida y espacie en Iberoamérica, vol. II, Madrid,
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pp.
345-362.

1990 “La propiedad indígena en la transición, 1519- 1577.


Las tierras de explotación colectiva”, en Manuel
Miño Grijalva (coord.), Mundo rural, ciudades y
población del Estado de México, Toluca, El Colegio
Mexiquense, A.C., Instituto Mexiquense de Cultura,
pp. 41- 68.

1991a “La organización económico-espacial del trabajo


indígena en el Valle de Toluca, 1530-1630”,
en Manuel Miño (comp.), Haciendas, pueblos y
comunidades, México, Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, pp. 21-51.

1991b Del Señorío a la República de Indios. El caso de Toluca


1500-1600, Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca
y Alimentación, Secretaría General Técnica. (Serie
Estudios).

455
Bibliografía

1980 “Ocoyoacac, una comunidad agraria en el siglo xix”,


Historia Mexicana, núm. 117, julio-sept., vol.XXX,
núm. 1, México, El Colegio de México, pp. 33-78.

MENTZ, Brígida Von

1986 Pueblos en el siglo xix a través de sus documentos. 1.La


prefectura de Cuernavaca en 1850, 2.Pueblos al pie
del Nevado de Toluca en 1865, 2 vols., México, sep,
Centro de Investigaciones en Antropología Social.
(Cuadernos de la Casa Chata 130. Serie Documentos
para la historia del medio rural mexicano).

1989 “Los trabajadores mineros en la Nueva España”, en


Brígida von Mentz, coordinadora, Sultepec en el siglo
xix, México, El Colegio Mexiquense Universidad
Iberoamericana, Departamento de Historia, México.

MILLON, Rene F.

1954 “Irrigation at Teotihuacan”, American Antiquity, núm.


20, pp. 176-180.

1959 “La agricultura como inicio de la civilización”,


Esplendor del México Antiguo, vol. 2, pp. 997-1018,
México.

MINISTERIO DE FOMENTO

1854 Estadística del departamento de México, México,


(Anales del Ministerio de Fomento. Industria
agrícola, minera, fabril, manufacturera y comercial
y estadística general de la República Mexicana).

MlÑO GRIJALVA, Manuel

1987 “La consolidación y el ocaso del sistema colonial”,


Breve historia del Estado de México, pp. 141-189,

456
Bibliografía

Toluca, El Colegio Mexiquense, A. C. Gobierno del


Estado de México.

MIRAMBELL, Lorena

1986 “La etapa lítica”, Historia de México, t. I, pp. 55-76,


México, Salvat Mexicana de Ediciones.

1988 “La arqueología prehistórica en la Cuenca de México”,


en Carlos García Mora, (coord.), La antropología en
México, panorama histórico, pp. 39-58, México, Instituto
Nacional de Antropología e Historia. (Colección
Biblioteca del inah).

MORALES SALES, Édgar Samuel

s/f “Atlan chaneque”. Ms.

NIEDERBERGER, Cristina

1976 Zohapilco. Cinco milenios de ocupación humana en un


sitio lacustre de la Cuenca de México, México, Instituto
Nacional de Antropología e Historia. (Colección
Científica, 30).

1979 “Early Sedentary Economy in the Basin of Mexico”,


Science, v.203, pp. 132-142, Washington, American
Association for the Advancement of Science.

1986 “Inicios de la vida aldeana en la América Media”,


Historia de México, t. I, pp. 93-120, México, Salvat
Mexicana de Ediciones.

1988 “La arqueología sobre el periodo Formativo y la


época pre-Cuicuilco en la Cuenca de México”, en
Carlos García Mora, (coord.), La Antropología en
México. Panorama histórico, México, Instituto Nacional

457
Bibliografía

de Antropología e Historia, pp. 59-80 (Colección


Biblioteca del inah).

PALERM, Ángel

1952 “La civilización urbana”, Historia Mexicana, vol. II,


núm. 2, México, El Colegio de México.

1954 “La secuencia de la evolución cultural en


Mesoamérica”, Boletín bibliográfico de Antropología
Americana, 17.

1955 “The agricultural Bases of Urban Civilizations in


Mesoamerica”, en J. H. Steward et al. (eds.), Irrigation
Civilizations: a Comparative Study, Washington, D.C.,
Pan American Union, pp. 28-42.

1961 “Sistemas de regadío en Teotihuacan y en el


Pedregal”, Ciencias Sociales, segunda época, vol. I.

1967 “Agricultural Systems and Food Patterns”, Handbook


of Middle American Indians, Social Anthropology, vol.
6, pp. 26-52, Austin, University of Texas Press.

1967 Introducción a la teoría etnológica, México, uia, Instituto


de Ciencias Sociales. (Colección del estudiante de
Ciencias Sociales, 1).

1972 Agricultura y sociedad en Mesoamérica, México,


Secretaría de Educación Pública. (SepSetentas, 55).

1973 Obras hidráulicas prehispánicas en el sistema lacustre


del valle de México, México, Instituto Nacional de
Antropología e Historia. (sep-inah).

1979 “Sobre la formación del sistema colonial: apuntes


para una discusión”, en Enrique Florescano (comp.),
Ensayos sobre el desarrollo económico de México y

458
Bibliografía

América Latina (1500-1975), México, Fondo de


Cultura Económica, pp. 93- 127.

1990 México prehispánico. Evolución ecológica del valle de


México, México, Consejo Nacional para la Cultura y
las Artes, Dirección General de Publicaciones.

PALERM, Ángel y Eric Wolf

1972 Agricultura y civilización en Mesoamércia, México,


Secretaría de Educación Pública. (Sepsetentas, 32).

PARÉ, Luisa

1977 El proletariado agrícola en México. Campesinos sin tierra


o proletarios agrícolas?, México, Siglo XXI Editores.

PEÑA, Sergio de la

1984 Trabajadores y sociedad en el siglo xx, México, Siglo


XXI, unam, Instituto de Investigaciones Sociales.
(La clase obrera en la historia de México, 4).

PEÑAFIEL, Antonio

1885 Nombres geográficos de México. Catálogo alfabético de


los nombres de lugar pertenecientes al idioma nahuatl.
Estudio jeroglífico de la matrícula de los tributos del
Códice Mendocino, México, Oficina tipográfica de la
Secretaría de Fomento.

PEREA SANDOVAL, Ana María

1954 “Geografía del municipio de Lerma”, tesis para


obtener el grado de Maestro en Geografía, México,
Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de
Geografía.

459
Bibliografía

PÉREZ, José Genoveno

1985 “La pesca en el medio lacustre y chinampero de San


Luis Tlaxialtemalco”, Cuadernos de la Casa Chata, núm.
17, México, Centro de Investigaciones y Estudios
Superiores en Antropología Social, Museo Nacional
de las Culturas Populares (Serie los Pescadores de
México, v. 7), pp.1l3-129.

PIÑA CHAN, Román

1975a Teotenango. El antiguo lugar de la muralla, Memoria


de las excavaciones arqueológicas, 2 ts., México,
Gobierno del Estado de México, Dirección General
de Turismo.

1975b El Estado de México antes de la conquista, México,


Universidad Autónoma del Estado de México,
Dirección de Difusión Cultural.

1977 Teotenango. Guía de la zona arqueológica, Gobierno del


Estado de México, Dirección de Turismo, México.

PIÑA CHAN, Román y Rosa Margarita Brambila

1972 Primera Carta Arqueológica del Estado de México,


México, Gobierno del Estado de México, Dirección
de Turismo.

POWELL, T.G.

1974 El liberalismo y el campesinado en el centro de México


(1850 a 1876), México, Secretaría de Educación
Pública. (SepSetentas, 12).

460
Bibliografía

QUEZADA RAMÍREZ, María Noemí

1972 Los Matlatzincas. Época Prehispánica y Colonial hasta


1650, México, Instituto Nacional de Antropología
e Historia, Departamento de Investigaciones
Históricas. (Serie investigaciones, 22).

REINHOLD, Manfred

1981 Exploraciones arqueológicas en Valle de Bravo, México,


Biblioteca Enciclopédica del Estado de México.

REYES V., Virgilio

1975 “Arquitectura y poblamiento”, Teotenango. El antiguo


lugar de la Muralla, t. I, México, Gobierno del Estado
de México, Dirección de Turismo, pp. 117-188.

RIVERA CAMBAS, Manuel

1972 Viaje a través del Estado de México (1880-1883), (ed.


facs.), México, Biblioteca Enciclopédica del Estado
de México.

ROJAS RABIELA, Teresa (ed.)

1983 La agricultura. chinampera. Compilación histórica,


México, Universidad Autónoma de Chapingo,
Dirección de Difusión Cultural. (Colección Cuadernos
Universitarios. Serie Agronomía, 7).

1985a “La Cosecha del agua en la Cuenca de México”,


Cuadernos de la Casa Chata 116, México, Centro
de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropología Social, Museo Nacional de Culturas
Populares.

461
Bibliografía

1985b “La tecnología agrícola mesoamericana en el siglo


xvi”, en Rojas Rabiela, Teresa y William T. Sanders,
(comps.), Historia de la agricultura, época prehispánica-
siglo xvi, México, inah. (Colección Biblioteca del
inah, 1), pp. 129-236.

ROJAS RABIELA, Teresa y William Sanders

1985 Historia de la agricultura. Época prehispánica- siglo


xvi, México, Instituto Nacional de Antropología e
Historia. (Colección Biblioteca del inah).

ROMERO QUIROZ, Javier

1981 San Mateo Atenco, México, H. Ayuntamiento de San


Mateo Atenco.

ROSENZWEIG, Fernando

1987 “La formación y el desarrollo del Estado de México”,


Breve historia del Estado de México, México, El Colegio
Mexiquense, A.C. Gobierno del Estado de México,
pp. 191-252.

ROZEMBERG, D.I.

1978 El Capital de Carlos Marx: comentarios al primer tomo,


México, unam, Escuela Nacional de Economía.

RUIZ CHÁVEZ, Glafira y Raúl Gómez Montero

1981 Acerca de los Mazahuas del Estado de México, México,


Gobierno del Estado de México, Secretaría de
Desarrollo Económico, Dirección General de
Turismo, Talleres Gráficos de la Nación.

462
Bibliografía

RUTKEVICH, M.N., E. Glezerman y S.S. Vishnevsky (eds.)

1989 Socialismo y modo de vida, La Habana, Editorial de


Ciencias Sociales.

RUTSCH, Mechthild

1984 La ganadería capitalista en México, México, Editorial


Línea. (Serie Primera Línea).

RZEDOWSKI, ]erzy

1975 “Flora y vegetación en la cuenca del Valle de


México”, Memoria de las obras del sistema de drenaje
profundo del Distrito Federal, t. I, pp. 79-130, México,
Departamento del Distrito Federal.

SAHAGÚN, Bemardino

1979 Códice Florentino [1577-1579], edición facsimilar del


Gobierno de la República, México, Presidencia de la
República.

SAHLINS, M.

1972 Stone-age economics, Chicago, Aldine-Atherton.

SALINAS, Miguel

1929 “Las fuentes del río Lerma”, Boletín de la Sociedad


Mexicana de Geografía y Estadística, t. 41, pp. 113-117,
México.

SÁNCHEZ COLÍN, Salvador

1951 El Estado de México. Su historia, su ambiente, sus


recursos, México, t.I, Editorial Agrícola Mexicana.

463
Bibliografía

SÁNCHEZ GARCÍA, Alfonso

1976 Toluca del chorizo. Apuntes gastronómicos, Toluca,


Gobierno del Estado de México, Fonapas (Serie de
Arte Popular y Folklore).

SÁNCHEZ VALDÉS, María Teresa

1992 Guía del archivo parroquial de San Mateo Atenco,


Zinacantepec, Estado de México, El Colegio
Mexiquense, A.C.

SANDERS, William

1962 “Cultural Ecology of Nuclear Mesoamerica”,


American Anthropologist, 64.

SANDOVAL PALACIOS, Juan Manuel

1980 “Materialismo cultural y materialismo histórico en


los estudios de la relación sociedad-naturaleza”,
Antropología y Marxismo. Sociedad y Naturaleza, núm. 3,
abril-septiembre, pp. 11-33, México, Ediciones Taller
Abierto.

SAUER, C. O.

1936 “American Agricultural Origins: a Consideration of


Nature and Culture”, Essays in Anthropology in Honor
of Alfred Louis Kroeber, pp. 279-297.

SCHUMANN G., Otto

1975 “Notas sobre la lengua ocuilteca y sus relaciones”,


Teotenango: El antiguo lugar de la muralla. Memoria
de las excavaciones arqueológicas, t. II, pp. 527-539,
México, Gobierno del Estado de México, Dirección
de Turismo.

464
Bibliografía

SEGURA, Ángeles y Maximiliano León

s./f. “Cerámica y escultura de Huamango, Estado de


México, Investigaciones sobre Huamango y región
vecina (Memoria del proyecto), s.1., v. I, pp. 85-
129, Dirección General de Turismo, Secretaría de
Desarrollo Económico, Gobierno del Estado de
México.

SEMO, Enrique

1973 Historia del capitalismo en México. Los orígenes/1521-


1763, México, Ediciones Era. (El hombre y su
tiempo).

SERRA PUCHE, Mari Carmen

1988 Los recursos lacustres de la Cuenca de México durante el


Formativo, México, unam, Coordinación General de
Estudios de Posgrado, Instituto de Investigaciones
Antropológicas. (Colección Posgrado, 3).

SISTEMA BANCOS DE COMERCIO

1968 La economía del Estado de México, México, Sistema


Bancos de Comercio.

SOUSTELLE, Jacques

1937 La famille otomi-pame du Mexique central, París,


Université de Paris, Instiut d’Ethnologie (Travaux
et mémoires de l’lnstitut d’Ethnologie, XXI).

STEWARD, Julian H.

1949 “Cultural Causality and Law: A Trial Formulation of


the Development of Early Civilizations”, American
Anthropologist, LI, pp. 1-27.

465
Bibliografía

1955 Teoría y práctica del estudio de áreas, Washington, D.C.,


Unión Panamericana.

SUGIURA YAMAMOTO, Yo

1979 “Informe del proyecto El Valle de Toluca. Segunda


temporada de campo”, México, unam, Instituto de
Investigaciones Antropológicas. Ms.

1980 “El material cerámico formativo del sitio 193, Metepec,


Edo. de México. Algunas consideraciones”, Anales
de Antropología, t. I, Arqueología y Antropología
Física, México, unam, Instituto de Investigaciones
Antropológicas, pp. 129-148.

1990 El Epiclásico y el Valle de Toluca. Un estudio de patrón


de asentamiento, Tesis de doctorado en Antropología,
México, unam, Facultad de Filosofía y Letras.

SUGIURA YAMAMOTO, Yoko y Mari Carmen Serra Puche

1983 “Notas sobre el modo de subsistencia lacustre.


La laguna de Santa Cruz Atizapán, Estado de
México”, Anales de Antropología, t. I, Arqueología y
Antropología Física, México, unam, Instituto de
Investigaciones Antropológicas, pp. 9-25.

SUGIURA, Yoko y Emily McClung de Tapia

1988 “Algunas consideraciones sobre el uso prehispánico


de recursos vegetales en la cuenca del Alto Lerma”,
Anales de Antropología, v. XXV, México, Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto Nacional
de Investigaciones Antropológicas, pp. 111- 125.

466
Bibliografía

TAMAYO, Jorge

1962 Geografía general de México, 2 vols. México, Instituto


Mexicano de Investigaciones Económicas.

TECLA JIMÉNEZ, Alfredo

1992 El modo de vida y la clase obrera en México, México,


Ediciones Taller Abierto.

TROTSKI, Lev Davidovich

1977 Sobre la vida cotidiana, Barcelona, Editorial Icaria.

UNIKEL, Luis

1974 “La dinámica del crecimiento de la ciudad de


México” Ensayos sobre el desarrollo urbano de
México, México, Secretaría de Educación Pública
(SepSetentas, 143), pp. 175-206.

VALDÉS MONDRAGÓN, Francisco

1955 “Monografía del municipio de San Mateo Atenco,


Estado de México”, tesis para optar por el título
de Maestro en Geografía, México, Escuela Normal
Superior.

VARGAS-ARENAS, Iraida

1985 “Modo de vida; categoría de las mediaciones entre


formación social y cultural”, Boletín de Antropología
Americana, núm. 12, pp. 5-16, México, Instituto
Panamericano de Geografía e Historia.

467
Bibliografía

VELOZ MAGGIOLO, Marcio y Bernardo Vega

1987 “Modos de vida en el precerámico antillano”, Boletín


de Antropología Americana, núm. 16, pp. 135-145,
México, Instituto Panamericano de Geografía e
Historia.

VELOZ MAGGIOLO, Marcio y Gus Pantel

1988 “El modo de vida de los recolectores en la arqueología


del Caribe” (parte 1), Boletín de Antropología Americana,
núm. 18, pp. 149-117, México, Instituto Panamericano
de Geografía e Historia.

1989 “El modo de vida de los recolectores en la arqueología


del Caribe” (parte 11), Boletín de Antropología
Americana, núm. 19, pp. 83-117, México, Instituto
Panamericano de Geografía e Historia.

VARGAS P., Ernesto

1975 “La cerámica”, en Teotenango. El antiguo lugar de la


muralla, t. I, pp. 188-265, México, Gobierno del Estado
de México, Dirección de Turismo.

VELASCO, Alfonso Luis

1889 Geografía y estadística de la República Mexicana, t. I,


“Geografía y estadística del Estado de México”,
México, Oficina Tipográfica de la. Secretaría de
Fomento, Edición facsimilar, México, Biblioteca
Enciclopédica del Estado de México, 1980.

VELÁZQUEZ G. Gustavo

1973 Quiénes fueron los Matlatzincas, México, Biblioteca


Enciclopédica del Estado de México.

468
Bibliografía

VELÁZQUEZ TORRES, David

1981 El Valle de Toluca. Asentamientos humanos/Espacio


geográfico, Toluca, Universidad Autónoma del Estado
de México.

VERA, Fortino Hipólito

1889 Erecciones Parroquiales de México y Puebla, Amecameca,


Tipografía del Colegio Católico, [1981] Edición
facsimilar, México, Biblioteca Enciclopédica del
Estado de México.

VETANCOURT, Agustín de

1870-71 Teatro Mexicano. Descripción breve de los sucesos


ejemplares, históricos, políticos, militares y religiosos del
Nuevo Mundo Occidental de las Indias, México 1698 id.
en Biblioteca Historia de la Iberia, México, vols. VII
y VIII.

WAGNER, Philip

1964 The human use of the Earth. An examination of the


interaction between man and his physical environment,
Nueva York, The Free Press, London, Collier, Mac-
Millan Limited.

WAITZ, Paul

1943 “Reseña geológica de la cuenca del Lerma, México”,


Boletín Informativo de la Sociedad Mexicana de Geografía
y Estadística, tomo LVIII, núms. 1 y 2, enero y abril,
pp. 123-138, México.

469
Bibliografía

WEST, Robert y Pedro Armillas

1983 “Las chinampas de México. Poesía y realidad de


los ‘jardines flotantes”’, en Rojas Rabiela, Teresa
(compiladora), la agricultura chinampera. Compilación
histórica, México, Universidad Autónoma de
Chapingo, Dirección de Difusión Cultural (Colección
Cuadernos Universitarios, serie Agronomía, 7), pp.
99-114.

WHITE, Timothy D.

1987 “Una perspectiva africana del origen del hombre en


América”, en Alba González Jácome, compiladora,
Orígenes del hombre americano (seminario), pp. 39- 44,
México, sep.

WOOLF, Eric

1959 Sons of the Shaking Earth, Chicago, University of


Chicago Press.

WOOD, Stephanie Gail

1984 “Corporate Adjustments in Colonial Mexican Indian


Towns: Toluca Region, 1550-1810”, P.H.D., Los
Ángeles, University of California.

ZAVALA, Silvio

1984a Tributos y servicios personales de indios para Hernán


Cortés y su familia (Extractos de documentos del siglo
xvi), México, Archivo General de la Nación.

1984b El servicio personal de los indios en la Nueva España,


3 tomos. México, El Colegio de México, El Colegio
Nacional.

470
Bibliografía

1988 “Apuntes sobre la región de Toluca en el siglo xvi”,


en María Teresa Jarquín O. (coordinadora), Temas
de Historia Mexiquense, Zinacantepec, El Colegio
Mexiquense, A.C, H. Ayuntamiento de Toluca, pp.,
79-90.

ZORITA, Alonso de

1941 Breve y sumaria relación de los señores de la Nueva


España. Nueva Colección de documentos para la historia
de México, editada por Joaquín García Icazbalceta,
vol. III, México, pp. 198-204.

Documentos consultados

Archivo General de la Nación:

Vínculos, v. 4, exp. 1: 23r, 79r-84v, 87r-89v, 92r-96v. Sobre la


encomienda de Metepec, Calimaya y Tepemaxalco, que hizo
Cortés al licenciado Juan Gutiérrez Altamirano.

Vínculos, v. 4, exp. 1: 23r, 79r-84v, 87r-98v, 92r-96vo

Hospital de Jesús, Lego 382, 1, exp. 3, f. 18v.

Archivo Municipal de San Mateo Atenco:

Libro de Matrimonios, 1873.

Actas de Defunción, 1874.

Libro de Matrimonios, 1883

471
Bibliografía

Archivo de la Presidencia de Bienes Comunales del Municipio de


Texcalyacac:

El Documento Barona. Testimonio de las mercedes y demás


propiedades del pueblo de San Mateo Texcalyacac, Estado
de México, 1862.

Archivo Municipal de Texcalyacac:

Sección de Estadística, (Caja 1, exp. 1, 1885; exp. 7, 1891; exp.


8, 1892; exp. 25, 1904), Texcalyacac, Estado de México.

472
Bibliografía

Índice de mapas

Mapa 1. Cuenca hidrográfica del Lerma-Santiago (Zona


lacustre del Alto Lerma) 58

Mapa 2. Subcuenca de la zona lacustre del Alto Lerma 59

Mapa 3. Cuenca del río Lerma en el contexto del Estado


de México 62

Mapa 4. Zona lacustre del Alto Lerma 63

Mapa 5. Zonas norte y sur del Valle de Toluca 64

Mapa 6. Localización del municipio de San Mateo


Atenco en el contexto estatal 196

473
Bibliografía

474
Bibliografía

Índice de cuadros

Cuadro 1. Zona Lacustre del Alto Lerma. 1950


(municipios que quedan incluidos total o
parcialmente) 61

Cuadro 2. Producción y costos de rastrojo y zacate de


laguna 143

Cuadro 3. Fauna Lacustre: Instrumentos y medios


utilizados en su captura 203

Cuadro 4. Flora Lacustre 246

Cuadro 5. Plantas cultivadas en las chinampas 286

Cuadro 6. Trabajos del tule por barrios 294

Cuadro 7. División por sexo y edad del trabajo del tule 298

Cuadro 8. Distribución de la fuerza de trabajo por


actividades, según la ocupación principal.
San Mateo Ateneo. 1950 341

Cuadro 9. Propietarios de predios mayores de cinco


hectáreas 343

Cuadro 10. Distribución de la fuerza de trabajo por


actividades principales 348

Cuadro 11. Población económicamente activa en 1900


y 1950 348

475
Bibliografía

476
Bibliografía

Índice de figuras

Figura 1. Jeroglífico de Tollocan-matlatzinco 115

Figura 2. Captura de fauna lacustre: medios e


instrumentos de trabajo 208

Figura 3. Formas de pesca 212

Figura 4. Captura de aves 235

Figura 5. Tipos de ondas 239

Figura 6. Medios e instrumentos de trabajo


en el corte del tule 255

Figura 7. Corte y transporte del tule 258

Figura 8. Secado y almacenado del tule 261

Figura 9. Tejido de redes 267

Figura 10. Chinchorro: abolsado y aplanado 378

Figura 11. Instrumento de pesca no identificado 379

Figura 12. Fisgas modernas 380

477
Bibliografía

Figura 13. Fisgas del siglo xvi 383

Figura 14. Caña de pescar 384

Figura 15. Acocil y alacrancito 385

Figura 16. Remo aplanado. Siglo xvi 386

478
Bibliografía

Tules y sirenas, se terminó de imprimir en el mes de junio


de 1995, en los talleres de Jiménez Editores e Impresores
S.A. de C.V. 2o. Callejón de Lago Mayor 53 Col.
Anáhuac, México 11320 D.F. Se tiraron 1000 ejemplares
más sobrantes para reposición.

479
El impacto ecológico y cultural de la industrialización en el Alto Lerma
TULES Y SIRENAS
e El impacto ecológico y cultural

TULES Y SIRENAS
de la industrialización en el Alto Lerma
ste libro es un recorrido a través de la milenaria tradición
lacustre del sur del Valle de Toluca hasta su cierre por el comienzo del
desarrollo industrial que dio paso a la modernización económica y social. Beatriz A. Albores Zárate
Muestra el caso paradigmático de esta zona que, habiendo sido el área
principal de los matlatzincas del posclásico, enmarco (al igual que la
Cuenca de México) una variante del proceso —a partir de la conformación
de un modo de vida de orígenes preagrícolas, basado en la caza, pesca y
recolección de flora y fauna— que concluye a causa de la industrialización
y representa un tipo de desarrollo en Mesoamérica con base en el factor
lacustre.
Una de las consecuencias ecológicas de la industrialización del centro
de México ha sido la desecación de la laguna de Lerma. La otra cara del
mismo fenómeno implicó el despegue capitalista en los valles centrales
del país, en particular de las cuencas de México y del Alto Lerma (sede
del corredor industrial Lerma-Toluca, que actualmente se cuenta entre los
principales emporios industriales a nivel nacional).
Ambos acontecimientos repercutieron en el sur del Valle de Toluca
—cuya población mayoritaria había dependido de la actividad agrícola,
lacustre y ganadera—, provocando el cambio económico y cultural.
En el alto Lerma, de manera similar a lo que está ocurriendo en la
Cuenca de México, la industrialización ha traído aparejada la destrucción
de un valioso conocimiento tradicional respecto al aprovechamiento de

Beatriz A. Albores Zárate


los recursos del entorno, así como de formas socieconómicas muy
antiguas y un franco deterioro ambiental.
Al describir este panorama se intenta poner de manifiesto la necesidad
de rescatar las formas productivas y sociales de raíz indocolonial que
permitan estructurar propuestas conducentes al óptimo aprovechamiento
del potencial del medio para un desarrollo sostenido, y detener la
degradación ambiental y la destrucción del legado cultural de los
pobladores del Alto Lerma.

El Colegio Mexiquense, A.C.


ISBN 968-6341-55-2

Gobierno del Estado de México


Secretaría de Ecología
9 789 686 34 155 3

También podría gustarte