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El Dia Que Guardamos Los Abrazos 468278

Este documento presenta una antología de relatos cortos escritos durante la cuarentena obligatoria por el COVID-19 en Argentina a fines de marzo de 2020. Incluye un prólogo que contextualiza la recopilación y explica cómo surgió a partir de un desafío lanzado en las redes sociales para que la gente escriba sobre consignas diarias mientras dure el aislamiento. Presenta dos cuentos como ejemplo: "Encierro y libertad" de Ignacio Borthelle y "Tan solo un gato" de Nicolás Garay.

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Enrique Toledo
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El Dia Que Guardamos Los Abrazos 468278

Este documento presenta una antología de relatos cortos escritos durante la cuarentena obligatoria por el COVID-19 en Argentina a fines de marzo de 2020. Incluye un prólogo que contextualiza la recopilación y explica cómo surgió a partir de un desafío lanzado en las redes sociales para que la gente escriba sobre consignas diarias mientras dure el aislamiento. Presenta dos cuentos como ejemplo: "Encierro y libertad" de Ignacio Borthelle y "Tan solo un gato" de Nicolás Garay.

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EL DÍA QUE

GUARDAMOS
LOS ABRAZOS
KDP ISBN
ISBN: 9798578793783
Imprint: Independently published

Editorial Thelema
[email protected]

Convocatoria: M. Fernanda Bertonatti & Vanesa O' Toole


Coordinación editorial, maquetado, diseño y edición: Vanesa O' Toole

www.editorialthelema.com

Todos los derechos reservados.


Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

Este libro no puede reproducirse total o parcialmente, por ningún medio conocido o
por conocerse, así como tampoco se permite su almacenamiento, alquiler, transmisión
o transformación en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico, magne­
tofónico, mecánico, fotocopia y/o digitalización sin el expreso conocimiento, por escri­
to, de la editora.

Su infracción está penada por la ley 11.724 y 25.446.

Los hechos y/o personajes de la presente publicación son ficticios, cualquier semejan­
za con la realidad es pura casualidad.
"Hay que inyectarse cada día
una dosis de fantasía
para no morir de realidad".

Ray Bradbury
PRÓLOGO

N o podría presentar esta antología sin detenerme


en el contexto en el que fue creada: a fines de marzo
del 2020, en Argentina se decretó la cuarentena obli­
gatoria que nos mantuvo a todos dentro de nuestras
casas hasta nuevo aviso, mientras afuera se luchaba
silenciosamente contra el Covid19, enfermedad que se
ha llevado a un gran número de la población mundial.

El encierro nos obligó a todos a detenernos y a en­


contrarnos en medio de la incertidumbre. Sí, a encon­
trarnos a nosotros mismos, ya que el tiempo pareció
haberse detenido, dándonos una oportunidad para
observarnos.
No ha sido fácil para nadie reencontrarse con los
recuerdos, con las fantasías, con el miedo, con las
preocupaciones diarias y con un futuro incierto que
nos obligó a avanzar de a un día a la vez.
Por primera vez, estábamos juntos a la deriva, nau­
fragando en el mismo mar aunque en distintos botes.
La mayoría no supo qué hacer con el tiempo regalado
ni mucho menos, cómo desviar los pensamientos de
ese afuera que continuaba al acecho.
Poco a poco, llegaron los aplausos a las ocho para el
personal médico, el himno nacional en los barrios, los
recitales en balcones, los encuentros virtuales, como
así también las teorías conspirativas, los ruidos en el
cielo y toda clase de acontecimientos que han hecho
de este 2020 un año difícil de transitar y, mucho me­
nos, de olvidar.

El día que guardamos los abrazos | 7


Así fue como en medio de este 2020 apocalíptico,
decidimos aportar nuestro granito de arena para ayu­
dar a la gente a canalizar sus emociones a través de la
escritura.
Por eso, junto a María Fernanda Bertonatti, lanza­
mos el #desafíoquedateencasa, convocatoria que llamó
a escribir a quien quisiera, cada día de la cuarentena,
según una consigna brindada desde Editorial Thelema.
En esos catorce días de encierro, hemos recibido
una inmensa cantidad de escritos. Muchísimos han
participado durante el tiempo completo que duró la
cuarentena obligatoria y muchos nos pidieron que
continuemos con el desafío, una vez que la cuarentena
fue extendida.
Y es por todo esto que me encuentro en verdad sa­
tisfecha por lo generado, ya que hemos contribuido a
ponerle creatividad y palabras a un momento histórico
que nos mantuvo unidos en la incertidumbre.
El día que guardamos los abrazos fue el inicio de la
cuarentena obligatoria que creímos iba a durar solo
esos catorce días. Ilusos de nosotros. Aún hoy, en el
mes de diciembre de 2020, estamos batallando contra
esta pandemia mundial que no nos da respiro.
Pero así y todo, confío en que pronto terminará la
incertidumbre y que podremos volver a abrazar a
nuestros seres queridos, como antaño.
Mientras tanto, sigamos creando y transformando
las emociones en arte, porque, como siempre digo, el
arte es lo único que siempre nos mantiene a flote.
La presente antología es un regalo para el alma; es­
pero sepan disfrutarla y apreciar a aquellos que han
abierto sus corazones en cada una de estas letras,
muchos de los cuales se han reencontrado consigo
mismos y con el autor/a que en su interior perma­
necía dormido.

Vanesa O' Toole

8
Ignacio Borthelle

ENCIERRO Y LIBERTAD
ENCIERRO Y LIBERTAD
Por Ignacio Borthelle

H an pasado dos días desde que en todos los televi­


sores resonó la noticia que nadie quería escuchar, pero
que de alguna manera todos esperaban. El mandatario
supremo de este lugar que habitamos ha dictado el
aislamiento obligatorio de todo aquel que pertenezca
aquí.
Hay quienes lo tomaron con cautela; otros lo toma­
ron con alegría. Hay una parte que se niega a cumplir­
lo y, aun así, nadie está en peor situación que yo. Para
los demás es una orden, una medida tomada por al­
guien ajeno a elles, algo que si pueden evitar lo harán.
Pero, para mí…
Sí, han pasado dos días. Para elles. Pero yo llevo
aislado mucho más, años incluso, y no porque alguien
más lo decidiera por mí sino porque no tenía las fuer­
zas para enfrentarme al Carcelero. Ha pasado dema­
siado tiempo desde que contemplé el exterior por
última vez, tanto que he perdido contacto con la reali­
dad. Tanto tiempo, que incluso no me reconozco a mí
mismo.
Las primeras semanas fueron las más complejas.
El Carcelero era fuerte; me obligaba a quedarme
donde me había encerrado. Con el correr de los días,
perdí la motivación para continuar luchando por mi li­
bertad. Y los días se convirtieron en semanas, las se­
manas en meses, y así perdí todo rasgo de identidad.
Había momentos donde escuchaba al Carcelero mo­
verse, acercarse para vigilar si estaba donde me había
dejado.

El día que guardamos los abrazos | 11


Lo veía aparecer y mi desazón ante su imagen me
convertía en presa del miedo, en un esclavo de sus se­
cretas maquinaciones. Pero, a su vez, había ocasiones
en que percibía su enfado, como si él mismo fuera pre­
so de un poder superior, al que ninguno de los dos lle­
gaba a comprender.
Aislado de todo lo que me hacía ser quien era, con
este ser que escapaba a mi entendimiento y sin poder
reconocerme en el espejo de la realidad que me rodea­
ba. ¡Por supuesto que no me iba a reconocer!
¡ESTE NO SOY YO!
Y recordé…
Primero, un verso. Un verso que hablaba de romper
el espejo de la realidad. Y ni bien este verso llegó a mi
memoria, un espejo apareció en donde me encontraba.
¡Y LO ROMPÍ! Y esa “realidad” se deformó a mi alre­
dedor, mostrándome un camino que había olvidado.
Empecé a transitarlo con lentitud, aún con miedo de
lo que podía encontrar, y nuevas memorias fluyeron en
mí.
Con cada paso que daba, iba aprendiendo cosas que
creía ya perdidas. Y de repente, la oí. La melodía más
sincera y dulce que había escuchado en mucho tiempo.
Cuando empecé a tararear esta melodía que creía
olvidada, la música inundó el lugar y me abrió nuevos
pasos.
A medida que transitaba estas nuevas sendas que se
abrían ante mí, la melodía se hacía más fuerte. Y gran­
de fue mi sorpresa cuando la presión en mi pecho se
aligeró y descubrí que tenía voz.
Comencé a cantar, al inicio, con dificultad, para
luego hacerlo de manera fluida. Al unirse mi voz a la
melodía, la luz se hizo en todos los rincones y pude
observar una escalera que descendía, incontables es­
calones, hasta donde me alcanzaba la vista.
Los descendí, uno tras otro... incontables escalones
que dirigieron mis pasos a una estancia para mí des­
conocida.
Una sala donde solo se hallaba una mesa, en la cual
descansaban unas hojas, junto a una pluma y su co­
rrespondiente tintero.

12
Y, por supuesto, allí estaba él: el Carcelero.
Lo enfrenté:
—No te tengo miedo —le dije.
—Lo sé —me contestó en una voz que asemejaba un
gruñido.
—¿Qué quieres de mí? —le increpé, reuniendo todo
el valor que había en mi frágil existencia.
—Que escribas.
—¿Que escriba? —Dejé la idea asentarse y ex­
ploté—. ¿Y POR QUÉ HARÍA ESO? ¿POR QUÉ TE
HARÍA CASO DESPUÉS DE QUE ME ENCERRASTE?
—Y en esas dos preguntas, desaté una tormenta de ira
hacia este ser, que se mantenía impertérrito.
—Solo escribe —me repitió con un dejo de súplica
en sus palabras.
Anonadado por su respuesta empecé a escribir y, en
cuanto mi mano tomó la pluma, la tinta empezó a fluir
sobre las hojas formando pasajes enteros. Con cada
párrafo escrito, mi alma cobraba nuevos aires y mi
mente volaba cada vez más lejos de las paredes que me
encerraban.
Cuando terminé de escribir, con una sonrisa en mi
rostro, dejé la pluma a un lado. Alcé la vista de mi
obra terminada y no encontré al Carcelero en ninguna
parte; solo una persona que me miraba escribir.
Al posar mis ojos en los suyos, le reconocí.
Me dirigí hacia este ser y nos fundimos en un abra­
zo silencioso, carcelero y prisionero.
Y, al hacerlo, me encontré a mí mismo.
Me reencontré con aquello que una vez había olvi­
dado.

El día que guardamos los abrazos | 13


Nicolás Garay

TAN SOLO UN GATO


TAN SOLO UN GATO
Por Nicolás Garay

B randi reposa sobre sus patas delanteras como to­


das las mañanas, allí, en su balcón.
El revolotear de los pájaros, el ruido de los autos al
pasar, la brisa jugando con su pelaje y el mismísimo
sol recordándole sus propios ancestros frente a sus
ojos son cosas que a ella poco le importaban.
No, ella solo tiene en mente una cosa…
Sabe que no puede enamorarse, que no puede amar,
porque, después de todo, es tan solo un gato.
Y allí está, sin más que esperar, sin más que rogar
que su corazón comience a latir de nuevo, sin más que
sufrir ese vacío tan profundo en su pecho al recordar
—o más bien, al creer— que tendrá que pasar sus siete
vidas esperando por alguien a quien no le importó de­
jarla así, sin más. Entre cientos y miles de sombras
que se divierten al pasar, ella busca su felicidad; entre
monstruos de metal y fantasmas de humo, ella busca
su ilusión.
Entre ella y los demás, lo busca a él. Porque el ratón
de goma ya no suena tan atractivo cuando uno está
hundido en la tristeza, en la incertidumbre de no saber
qué es y qué no es, quién sos y quién no sos.
¿Cuántas cortinas más deberá romper para calmar
sus ansias y su pesar? ¿Cuánto más deberá caminar
para estar tranquila?
Que una pelota ruede no tiene ningún sentido si él
no está allí para verlo.
Una caja, una casa sin sentido, un plástico vivo y
muerto a la vez solo agrandan su dolor.

El día que guardamos los abrazos | 17


—¿Por qué debo sufrir así? ¿Qué hice mal? ¡¿Cuál
fue mi error?! ¿Por qué estoy sola? ¿Por qué mis lágri­
mas no me obedecen?
Siente que ya nada tiene sentido, que ya nada vale,
que todo es igual, ahora que no está ese puntito rojo
en el piso para iluminar su camino y ser la guía hacia
la felicidad.
Soportar tal dolor, sin una palabra, un abrazo, un
consejo, una esperanza, una amistad, es algo inaudito.
Por suerte, todos los días el color vuelve a su alma al
escuchar que la puerta se abre. Brandi solo tiene
energías para correr y ver que llega la razón de su
existir. Su infierno se apaga tan solo con esa caricia y
un ronroneo es todo lo que basta para que los demo­
nios la abandonen.
Brandi sabe muy bien que no puede enamorarse,
que no puede amar, porque después de todo…
Es tan solo un gato.

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Lucía Gregorczuk

AGUJERO DE GUSANO
AGUJERO DE GUSANO
Por Lucía Gregorczuk

Contento, me saqué los guantes y miré mi obra.


Estaba todo de punta en blanco, desinfectado, lim­
pio, impecable. Me había dedicado a dar vuelta la casa
entera. Desinfecté con lavandina. Probé con bicarbo­
nato, vinagre, limón. Intenté con químicos abrasivos
que me quemaron las fosas nasales. Refregué a con­
ciencia cada plato, cada rincón, cada utensilio. Nadie
adivinaría que allí cometí una masacre.
Dejé todo acomodado. Cada tarro clasificado. Las
cosas sin registro de vida anterior. Comenzábamos de
cero, de nuevo, una vez más. Un reseteo de limpieza
total. Nada tenía manchas, ni siquiera de mis huellas
digitales.
Una casa cuidada. Una cocina increíblemente blan­
ca, sin ningún resto de grasa o humo, con las venta­
nas cerradas con mosquiteros y la puerta con doble
entrada, para poder dejar la ropa de diario en la sala
intermedia, cambiarse y, ya desinfectado y limpio, en­
trar. Porque yo solo me exigía calidad, limpieza y exce­
lencia. Aunque solo cocinara para mí mismo.
Es que no aguanto los pelos, las manchas, ni otros
humanos, ni los bichitos dando vueltas sobre los res­
tos de comida. Para los alimentos tenía un excelente
compresor que convertía todo en compost, con una
puerta especial que llevaba los residuos hasta la má­
quina a través de un complejo sistema de tubos a pre­
sión que yo mismo había inventado.Afuera. Lejos de la
comida y de la cocina.
Ustedes se preguntarán: ¿y la basura?

El día que guardamos los abrazos | 21


Para los plásticos, aluminio, cartones y papel, había
creado otro tipo de compresor que lavaba los restos y
los terminaba convirtiendo en ecoladrillo, metal limpio
o papel reciclado. ¿Ven? Puro. Impoluto. Y, de paso,
ayudo al medio ambiente. Un genio de la limpieza y de
la ecología.
Comencé a cocinar mi cena, contento, tranquilo.Les
había ganado. La masacre daba sus frutos. Frutos
limpios. Malditos. Nunca volverán.

Los días pasan y he demostrado al mundo que se


puede tener la cocina más aséptica del mundo. Que los
alimentos pueden tener sabor a lo que deben tener.
Que no son necesarias las bacterias ni los gérme­
nes, que se puede tener a raya a los malditos gorgo­
jos… odio los malditos gorgojos.
Me suenan a escupitajo de diablo.
Abro la alacena, organizo todo para hacer una bue­
na pizza, con harina integral. Pongo Mozart. Mozart y
la cocina. Un manjar para los sentidos.
Estoy preparando la mezcla, cuando los noto.
Allí están.
En la alacena, entre la comida, en los frascos
herméticamente cerrados, retorciéndose burlones.
Reinando.
Nada los detiene. Renacen, se dividen y se multipli­
can, solos, por portales interdimensionales, por ósmo­
sis, desde mi piel. ¿De dónde? ¿Por dónde? ¡Alguien
que me explique! ¿Cómo?
Ni los frascos herméticamente cerrados, ni que haya
desahuciado a las polillas. O el que haya exiliado a las
moscas y mosquitas de mierda. Nada ha funcionado.
No se puede luchar contra ellos.
Mi cocina es el reino de los gusanos.
Ya llegué al punto de tomar medidas drásticas.
Es convivir con ellos o el fuego.
Fuego será.
En esta masacre ni siquiera yo seré su alimento.

22
Jorge Maceiras

¿VISTA PRIVILEGIADA?
¿VISTA PRIVILEGIADA?
Por Jorge Maceiras

S iempre me pareció injusto que me haya tocado


esta vista. Tengo sol durante la mañana, eso está bien,
se ve un poco la plaza si me pego bien, bien al vidrio.
Eso relaja la vista. Pero —y esto es lo que me desqui­
cia—, tengo justo frente a mí el balcón de su habita­
ción.
Podrán pensar que eso es una ventaja, yo también lo
pensé al principio, pero no. No lo es, para nada. Es
tremendo desear algo que no tenés modo de saber
cómo podrías conseguir. Nada más lejano para mí que
tratar de saber qué departamento es. O cómo encon­
trar la manera de decirle algo. Hacerle una seña, no sé.
Todo empezó hace un par de meses. Supongo que se
mudó en ese entonces, porque no recuerdo que haya
estado antes, me hubiera dado cuenta. Comenzó de a
poco. Me atrajo inmediatamente, sí, pero la obsesión
no se construyó en dos días. Requirió un par de sema­
nas por lo menos.
El punto de quiebre se dio hará hace un mes, cuan­
do noté que tenía compañía. Cabeceé el vidrio más de
una vez tratando de ver más de cerca. Me puse de la
cabeza. No tanto por lo que vi, sino más por lo que
imaginé y por saber que —como era de suponer—, no
era el único que sentía esa atracción desenfrenada. Y
para peor, en mi caso, no correspondida... al menos
hasta ahora.
Las pequeñas cosas son aún peores. Cuando toma
el desayuno, me imagino desayunando a su lado.
Cuando lee, pone una cara realmente única.

El día que guardamos los abrazos | 25


Puedo verle bien el rostro, ya que, ahora que los
días son agradables, sale a leer al balcón. Y cuando un
rayo de sol le alcanza la cara, cierra los ojos, alza el
rostro y sonríe. A veces me pregunto si algún día...
Pero no, no creo. Sería algo impensado. Jamás po­
dría fijarse en mí. Aunque puedo jurar que más de una
vez creo que hemos cruzado miradas.
Pero no, no me creo capaz de llegar hasta su balcón,
hasta su departamento, hasta su edificio. Ni siquiera
me creo capaz de salir de mi edificio, ni de mi departa­
mento.
No creo lograr salir de mi habitación.
Ni de mi pecera.

26
Marcos Martínez

EL ÁGUILA
Y LA SERPIENTE
EL ÁGUILA
Y LA SERPIENTE
Por Marcos Martínez

A penas puedo recordar lo que soñé, simplemente


puedo decirles que un águila con una serpiente en la
boca me indico que la siguiera, sin hablar, apenas con
un gesto.
Desde la cumbre a la que había llegado pude ver mi
infancia, mis juegos, mi risa, el abrazo y el amor que
recibí de personas que hoy ya no están. Fue un sueño
magnifico, del cual desperté entre lágrimas.
Estaba solo en casa, y la luz se había cortado. Me
senté en el colchón mirando un punto fijo unos minu­
tos, y oí en mi cabeza la voz optimista y entusiasta de
una mejor versión de mí mismo, alentándome a buscar
aquella esperanza soñada que el águila me prometió.
Tomé un té de un saquito que ya había usado ano­
che, y me senté en mi única silla sobre la pequeña
mesa plegable que era a la vez mi mesada para coci­
nar. Acá adentro hace mucho frío, incluso los días cá­
lidos, pareciera que la piedra de las paredes que me
separan del mundo, mantiene el calor alejado de mí,
como si su caricia fuese un regalo que se me negara
por algún pecado que me ha nublado el juicio y que no
recuerdo.
Sin embargo, aprendí a disfrutar un desayuno si­
lencioso, con apenas unas galletas que acompañen la
infusión insípida y amarga que bebo cada mañana.
Salgo del monoambiente pisando las tablas podridas
que aún no pude cambiar y en cuyas manchas veo el
mismísimo Génesis, lo cual me deja siempre pensativo.

El día que guardamos los abrazos | 29


Llevo en mi morral las fotocopias de mis poemas,
para repartir en el subte a cualquiera que se sensibili­
ce un poco.
Aun así, es muy difícil hacer que la gente me mire a
los ojos, que no escapen al contacto y que me vean co­
mo una persona. Ante todo, me llevo como tesoro las
palabras amables y los buenos gestos de los pocos que
se detienen un minuto a leer la fotocopia.
Pasado el mediodía junto un poco de dinero como
para comer algo al pasar, algo que engañe el estómago
hasta la noche. Me quedo el resto de la tarde ayudan­
do a un anciano que vende libros en un puesto cerca
de la rural.
Mientras empiezo a guardar los libros en sus cajas
siento un pitido insoportable y agudo que me deso­
rienta. Me baja la presión y me llena la boca de saliva
salada.
Me siento muy mareado y a la vez, esa voz entusias­
ta adentro mío me pide que mire el cielo, y en él, veo la
figura del águila delante del sol haciendo que sus ra­
yos broten de sus alas.
Delante mío pasa un hombre con una remera azul y
un águila con una serpiente en la boca, se me queda
mirando mientras yo bajo la mirada del cielo y la dirijo
hacia él, entonces, sutilmente, veo la señal que estaba
esperando.
Al hacer contacto visual, supe que él estaba espe­
rando que lo siguiera. Eduardo, el dueño del puesto,
me grito algo mientras yo salía corriendo entre la mul­
titud, pero no lo escuche, no quería perder a mi guía.
Empecé a sudar, estaba nervioso, sabía que algo
pasaría, algo que sellaría mi destino. Entre empujones
e insultos que, por mi estado alterado, merecía, llegué
a verlo entrar a un edificio, tuve la suerte de que la
puerta quedo mal cerrada, no era otra cosa más que el
designio de la providencia que me abría las puertas.
¿Quién sería este hombre? ¿Qué mensaje tendría para
mí? ¿Qué bendiciones me esperaban tras nuestro en­
cuentro?

30
Escuché que subía las escaleras y lo seguí, seguí
sus pasos, piso tras piso sin detener mi marcha. Con
las piernas doloridas por el esfuerzo de subir a las co­
rridas, llegue a la oxidada puerta de la terraza, donde
alguien había dibujado una serpiente. Era el momento
de cruzar. Caminé por la verde terraza hasta ponerme
al lado de él, justo en la cornisa, quince pisos más
abajo, el mundo agitado continuaba su corrida ince­
sante y su ruido desquiciado.
Entonces oí un seseo viperino en mis oídos: "ahí
abajo se encuentra el amor que buscas".
Fue entonces cuando me convertí en águila, y ex­
tendí mis alas hacia el cielo, dejando que el viento me
transportara hacia aquel tiempo inocente en el cual
jugaba tiernamente antes de merendar junto a mi
abuela.
Volví a sentir el calor de una caricia y sorprendí al
mundo, recibiendo el asfalto con una alegre carcajada.

El día que guardamos los abrazos | 31


Diana Pasquinelli

AQUELLOS
VIEJOS VÍNCULOS
AQUELLOS
VIEJOS VÍNCULOS
Por Diana Pasquinelli

L a sirena del cuartel de bomberos sonó en la tarde


gris y lluviosa de ese primer día de cuarentena obliga­
da. Parecía un grito agónico que vaticinaba largas y
tediosas horas en la soledad de su hogar que, sin em­
bargo, parecía feliz de acogerla cálida como el regazo de
su madre. Marcia ya había acomodado las compras
que —supuso— alcanzarían para algunos días y se
dispuso a hacerse amiga de esos espacios que la
tendrían como compañera exclusiva durante varios
más. Se preparó un café y se sentó en su sillón favorito
frente a la ventana desde donde se veía el mar, dis­
puesta a acomodar unas cajas que hacía tiempo nece­
sitaban ser revisadas.
Frente a sus ojos aparecieron fotos grises y desteñi­
das: sus padres, el día de su boda, imágenes de la pri­
mera comunión, su hermano Germán vestido de
marinerito en algún acto escolar y... Leonardo.
Casi que se había olvidado de él. Habían pasado
tantos años… ¿qué sería de su vida?
El día gris le puso más nostalgia aún a ese lejano
recuerdo. Sus primeros besos, sus risas, el cabello
castaño y esos ojos marrones tan profundos que invi­
taban a sumergirse en ellos. Leonardo fue todo en su
adolescencia. Su primer amor, su primer hombre y
también su primer decepción aunque, en lo profundo
de su corazón, nunca dejó de sentir un cariño muy es­
pecial por él. Detrás de la foto aún podía verse un nú­
mero de teléfono y no pudo resistir la tentación de
llamar. Total, ¿qué podía perder?

El día que guardamos los abrazos | 35


—¡Hola! —pudo escuchar y en su memoria se en­
cendió una luz al reconocer la voz de su antiguo amor.
—Ho­hola —respondió titubeante Marcia—. ¿Leo­
nardo? Soy Marcia Gurray, ¿te acordás de mí?
Tras un breve silencio, hubo una sonora risa.
—¡¡¡Marcia!!! Pero, claro mujer, ¡cómo no recordarte!
¿Qué has hecho de tu vida??
Y así pasaron toda la tarde charlando y recordando
viejos tiempos en donde la juventud y la felicidad
inundaba sus vidas. Esas largas charlas hicieron que
los días de aislamiento se hiciesen más llevaderos y
cada tarde se preparaba para ese momento mágico en
que el pasado y el presente confluían para unirlos.
Una tarde, justo antes del toque de queda, sonó el
timbre. Sorprendida y un tanto alerta, Marcia fue has­
ta la puerta. Él estaba ahí; pudo adivinar esa sonrisa
dulce aún debajo del barbijo.
—Tengo autorización de libre tránsito —le dijo—. No
olvides que soy enfermero —aclaró al notar su sorpre­
sa. Esa noche cenaron juntos y todas las noches de
ese largo otoño. Recordaron, rieron, soñaron y disfru­
taron juntos muchos momentos que la vida les había
arrebatado en su juventud. Fue como volver a descu­
brirse en su adultez pero con los brios y el alma libre
como antaño. Aun así había algunas aristas que no
conocían uno del otro pero a Marcia no le interesaban;
ya habría tiempo para saber historias de su pasado. Lo
único que quería era recuperar esas horas perdidas y
disfrutar cada momento como si fuese el último.
Por fin la emergencia que había decretado ese aisla­
miento obligado estaba llegando a su fin. Las calles
comenzaron a poblarse de gente y el bullicio ganaba
las plazas y las playas. Y fue justamente allí, en la es­
collera, donde encontraron el cadáver de Marcia.
La policía se dispuso a revisar su departamento.
Allí, entre sus ropas, sus enseres, sus pertenencias,
encontraron indicios de que otra persona había estado
habitando ese lugar y al fin lo descubrieron, ahogado
en la bañera. Lo reconocieron al instante. Era Leonar­
do Janzi, condenado por ser un despiadado criminal
fugado de la cárcel estatal cuando la pandemia estalló.

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María del Pilar Barenghi

NARANJA EN EL TÉ Y LO
MEJOR ESTÁ POR LLEGAR
NARANJA EN EL TÉ Y LO
MEJOR ESTÁ POR LLEGAR
Por María del Pilar Barenghi

M edía las cantidades con precisión de geómetra.


La cacerola de cobre debía tener una circunferencia
determinada. Y no ser nueva, claro. Era necesario que
el recipiente ya hubiera hecho amistad con almíbares,
frutas y especies. Entonces, una vez preparados los
ingredientes, comenzaba su faena con la serenidad
que siempre ostentó aún en los momentos más oscu­
ros de su vida.
La calabaza era su mediadora preferida. Con ella
arreciaban los aplausos a la hora de los postres y los
comentarios sobre ese manjar. Atrás quedaban los
platos salados, también obra de ella, por los que todos
desfallecían. Ese dulce de calabaza arrasaba con todo
recuerdo olfativo y con todo sabor atesorado. Y desde
la fuente honda de porcelana deslumbraba a propios y
extraños que hubieran tenido el privilegio de ser sus
invitados.
Así era Emilia, mi abuela materna. Una indescripti­
ble mezcla de paisana montaraz y señora de gran ciu­
dad que de la misma forma en que confería el
privilegio de su afecto podía, también, convertirse en
una feroz enemiga, si la forma de ser del otro así lo
ameritaba.
El acto de cocinar nunca fue para ella un agobio.
Circulaba entre sartenes y ollas con la misma elegan­
cia con que lo hacia mientras cosía y planchaba los
pantalones que confeccionaba para sus clientes. Su
marido, un sastre catalán, le había dejado en herencia
varias deudas de juego y un pequeño taller en el cual

El día que guardamos los abrazos | 39


ella ejerció con destreza su titulo de “pantalonera y
chalequera”.
Había estudiado en una escuela religiosa de un di­
minuto y, por ella, olvidado pueblo de Entre Ríos. Le
otorgaron el diploma y le requirieron al padre que no
volviera a pensar en enviarla a estudiar otro oficio. Su
mala conducta y su persistente descaro habían hecho
colapsar la resistencia de las monjas.
Emilia prefería por sobre todas las exquisiteces que
cocinaba, la sencillez de una taza de té. Pero, natural­
mente, mediante sus manos esa infusión se transfor­
maba en un viaje perfumado a universos no
imaginados. Lejana estaba aún la modalidad de té en
saquitos, de los cuales estoy segura hubiera abjurado
con horror. Todo comenzaba a las tres de la tarde,
cuando se levantaba de su breve y provinciana siesta,
y encendía la cocina para comenzar su ceremonia fa­
vorita.
Pava en el fuego, con el agua sin llegar a hervir y
una tetera que había conocido tiempos de mayores bo­
nanzas, marcaban el inicio de la liturgia vespertina. El
frasco en donde reposaban las hebras de té tenía tam­
bién su historia. Era de cristal facetado, y creo que
formaba parte de la vajilla, mínima, pero refinada que
le compró el marido catalán cuando se casaron.
Cumplía el ritual del té siguiendo el protocolo de los
ingleses. Eso se lo habían enseñado las monjas. Y
según ella no había otra forma de hacerlo. Pero agre­
gaba su toque personal. Una vez en reposo la infusión,
comenzaba a sumarle, con gran cuidado, mínimas
cantidades de especies que le añadían sabor. Canela, a
veces; jengibre, casi nunca; alguna hierba que no fuera
demasiado agresiva. Nunca faltaba el toque de miel, y
al final, como si se tratara de una sinfonía y a toda or­
questa, aparecía la ralladura de cáscara de naranja.
En general, no me gusta el té. Reniego de él en to­
das sus variantes. Hoy a mil años de la ceremonia de
la abuela, veo en góndolas, en negocios de delicatessen
y en, confiterías que destilan encanto, innumerables
variedades que nunca han despertado mi deseo.

40
Solo aquella infusión de mi infancia, logró que yo
esperara con ansiedad y ánimo goloso, que llegaran
las tres de la tarde para probar la variedad que la
abuela había inventado ese día. Para ella y para mí.
Nos sentábamos en el patio, cuando el clima lo per­
mitía. A la sombra del jazmín o cerca de la enredade­
ra, ella depositaba en la mesa de mármol una bandeja
de mimbre con todo el servicio de té como si estuvié­
ramos en la más elegante de las salas. Y comenzaba a
hablar.
De ella, de su infancia en el campo, de cómo cono­
ció a su marido que venia de la gran Barcelona en
busca de nuevos aires, de cómo se enamoró de él de
una vez y para siempre.
Yo entretanto disfrutaba de los sabores que se des­
prendían de mi taza. Me resultaba más interesante
escucharla hablar de su vida que leer algún libro de
cuentos, a pesar de que siempre fui una tenaz lectora.
Una tarde, cuando le faltaban pocos meses para
morir, pero nadie lo sabía, me dijo: "De todos los dul­
ces y de todas las comidas que he preparado, si tuviera
que elegir alguna para irme de este mundo, elegiría una
taza de té. De cualquier sabor y color. Pero con una
condición: que no le faltara el perfume de la naranja".
Yo era aún muy niña y la muerte no figuraba en
mis planes. Y estaba firmemente convencida de que
la muerte era algo transitorio y que sólo les ocurría a
los demás.
Por eso no le di demasiada importancia a la confe­
sión que tuvo algo de premonitorio. Pero si me inte­
resó saber por qué necesitaba ese determinado sabor.
Me contestó en voz muy baja, casi como si hablara
con ella misma: "Porque cada vez que tomo un té que
lleva ralladura de naranja, siento que se me llena el al­
ma de esperanzas. Que todo lo que me preocupa va a
desaparecer. Que lo mejor, finalmente, está por venir".
La encontró mamá, tres meses después, sentada
bajo el jazmín en una tarde de abril que se resistía al
ocre del otoño. Tenía, en una mano la foto de su ma­
rido catalán y en la otra el plato que sostenía el pocillo
de té, a medio beber.

El día que guardamos los abrazos | 41


Dijo mamá que le extrañó sobremanera, la fragancia
a naranjas que envolvía el patio. No teníamos ningún
árbol que lo justificara. Claro, mamá no estaba acos­
tumbrada al ritual de las tres de la tarde. Eso era algo,
casi privado entre Emilia y yo.

Desde el balcón de mi departamento, en un poco si­


lencioso primer piso, veo pasar, no obstante las reco­
mendaciones, algunas personas que por algún motivo
han salido de sus casas. Algunas van equipadas con
los elementos que hasta hace un mes nos eran ajenos:
barbijo, guantes de goma celestes o negros, anteojos de
toda clase y un apuro que no en todos se manifiesta
igual.
Son tiempos difíciles. El temor se cierne agazapado
entre noticias apocalípticas y discursos optimistas.
Me mantengo ajena a ambos.
En el living, la televisión recuerda números de telé­
fonos para cualquier emergencia. Me dejo estar en la
reposera mientras el reloj del banco de enfrente marca
con indiferencia las tres de la tarde. A mi lado, Emilia,
mi abuela, me convida con un té de naranja y me dice:
"Tranquila, no te olvides. Lo mejor está por llegar".

42
Damián Scokin

FLASH
FLASH
Por Damián Scokin

E stoy parado frente a un ventanal, aparentemente


en un piso bastante alto porque la vista es panorámi­
ca; debe ser la madrugada porque está todo en se­
mipenumbras.
La ciudad se ve como un domo. La luna, distante y
pálida, parece más un agujero de donde se filtra luz
del exterior que el satélite natural del planeta. Solo hay
silencio, extraño, pero silencio al fin.
Un fulgor rojo comienza en forma progresiva e in­
termitente a envolverlo todo, precedido de un sonido
mecánico y agudo; la ciudad ya no se ve…
Me despierto de un salto, enroscado entre las sába­
nas, con la conciencia aún levitando en el sopor del
sueño. Veo los números rojos titilando del despertador
con el sonido ronco in crescendo. Con esto de la cua­
rentena, me olvidé de cancelar la alarma semanal del
despertador; son las 5 AM y una eternidad por delante.
Dentro del caos que reina en la actualidad, casi en
forma irónica, no me queda otra que ordenar mi propio
mundo, que es el monoambiente en planta baja donde
vivo. Me mudé hace un mes; aún hay cajas amontona­
das contra la pared, pilas de libros y de revistas des­
plegadas por todos lados como si fuera un ejército
tomando territorio. Ni hablar de la torre de platos y de
vasos en la cocina tentando a las leyes de la gravedad.
Creo que fue Dostoievsky el que dijo:

Creo en la vida­eterna en este mundo. Hay momentos


en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a

El día que guardamos los abrazos | 45


la eternidad. ¿Por qué buscar lo absoluto fuera del tiem­
po y no en esos instantes fugaces pero poderosos en
que, al escuchar algunas notas musicales o al oír la voz
de un semejante sentimos que la vida tiene un sentido
absoluto?

Sumergido en la vorágine del trabajo, ciudad y vida


nueva, el tiempo pasó en forma tan sigilosa que no me
percaté de todos estos detalles mínimos, y su inercia
viene decantando como avalancha —algo similar a un
celular que estuvo un tiempo ausente de señal y de re­
pente es invadido por decenas de mensajes y notifica­
ciones—.
Empiezo por las cajas; encuentro en ellas cuader­
nos, álbumes de fotos y una especie de diario donde
registraba las curiosidades que creía descubrir.
Siempre me sentí ajeno a este planeta, pero jugando
de local. La ambigüedad y la contradicción de las nor­
mas me daban, por lo general, esa idea de artificiali­
dad, y de ser yo, el único en advertirlas —neurosis, le
dicen algunos—.
¿Será que la adultez silencia o adormece un poco
estas percepciones? Creo recordar algunas cosas tal y
como eran, y ahora se me hacen insignificantes, más
pequeñas o menos sorprendentes. En algún momento,
la ilusión recibe el tiro de gracia y se pierde en la ne­
bulosa de lo abstracto. Debo encontrar la forma de
distinguir entre el recuerdo y otras funciones de la
mente con las que también, hacen su aparición en
imágenes y recuerdos fantasmáticos, producto de la
imaginación de un niño alimentando el solipsismo.
Encuentro un álbum con las fotos de jardín de in­
fantes, y me detengo en la de 4ºB, donde estamos to­
dos juntos. Las dos maestras con su uniforme rojo y
azul con el bolsillo tipo marsupial, paradas a los costa­
dos, como paréntesis, de una treintena de niños proli­
jamente peinados, algunos mirando a la cámara; otros,
con la vista dispersa.
Mis ojos se clavan en Huguito, mi compañero de
banco, de quien siempre sospeché no era de este mun­
do.

46
Me llevaba muy bien con él, no me malinterpreten.
Sus meriendas eran extrañas, nunca me ofreció con­
vidarme y yo nunca se lo sugerí. Siempre hacía cosas
raras con plastilina o la masa de colores que nos da­
ban; sus dibujos eran extraños, aún tomando en
cuenta nuestra edad.
Jamás vi a sus padres. Lo venían a buscar en un
auto de donde no bajaba nadie; él subía solo.
Entre todas las fotos encontré una algo percudida
por el tiempo transcurrido, de seguro sacada por mi
madre con su cámara Pocket 110 y el flash celeste de
bombillas descartables. En la foto salgo con Huguito
haciendo dibujos con crayones en alguna de las acti­
vidades abiertas para padres. Recuerdo bien ese día,
porque fue cuando lo descubrí. Siempre guardé el se­
creto; él era mi amigo.
Le dije:
—¿Me pasás el color piel?
Y en un acto automático, me pasó el color verde.

El día que guardamos los abrazos | 47


Willy Real

LA ESPERA DE ESTHER
LA ESPERA DE ESTHER
Por Willy Real

A hí está Esther. Otra vez. El mismo banco de la


plaza, a la misma hora de siempre se sienta en el mis­
mo lugar, camuflándose en la plaza, siendo parte de la
plaza. Ya olvidó aquellos tiempos de marcar tarjeta,
cumplir una jornada laboral. O no. Porque cumple su
horario sin falta alguna, sin llegadas tarde, aunque
llueva o haga un calor infernal. Y digo horario, porque
cuando entro a trabajar, la veo llegar y acomodarse en
el mismo banco de siempre. Y lo mismo ocurre cuando
me voy. Esther espera. No se qué, no sé a quién, tal
vez ella tampoco lo sepa. Pero espera.
A veces me preocupo, y desde mi lugar de trabajo la
espío como quien no quiere ver. Me intriga. La gente
pasa y no se da cuenta, ella es invisible para el resto.
Una mancha al costado de la pantalla del celular. Ella
no es trending topic. Pero ahí está. Otra vez como ayer.
Y como anteayer. El tiempo parece no importar para
ella, quizás somos nosotros que no sabemos qué es
esperar, que queremos todo ya, que trabajamos en lu­
gares asfixiantes para el alma sólo para poder tener
ese auto, ese celular. No sabemos del tiempo porque
dejamos de soñar, y ahí la veo a ella, ¿podré ser yo,
dentro de 50 años? ¿recién ahora venció al tiempo?...
Tantos signos de preguntas sobre Esther me hacen di­
vagar. Alguna vez quise ser escritor, pero bueno, la fal­
ta de tiempo, el embarazo de Mía.
Sé que se llama Esther por un compañero de trabajo
que se jubiló. Hace veinte años me dijo que viene y se
sienta ahí, en el mismo lugar de la plaza, como espe­
rando. La espera de Esther. Nadie sabe que espera. Es

El día que guardamos los abrazos | 51


más fácil señalarla de loca. Alberto, así se llamaba mi
compañero, fue el único que se cruzó para hablarle.
Solo respondió que se llamaba Esther, y que esperaba.
Nada más. El clásico argentino se aplicó en este caso y
el “no te metas” hizo invisible a Esther para todos. Me­
nos para mí, el nuevo, el que recién llega. “Ya te vas a
acostumbrar. Después ni la vas a notar”, me repetían.
Ya no me lo repiten me resigne a seguir preguntando.
No sea cosa que me calienten las orejas diciendo que
soy el loco novio de la loca. La gente prefiere inventar y
juzgar sobre lo que no conoce antes que decir “no sé”.
Otro día laboral llega a su fin. Mi condena diaria por
no perseguir mis sueños llega a su fin por hoy. Maña­
na seguiré cumpliendo la condena, pero antes de vol­
ver a casa quiero saludar a Esther. La encuentro
guardando sus botellitas de agua, su termo, su tupper
con guiso. Se pone un saquito. Le ofrezco mi ayuda y
acepta con una sonrisa dulce que me llevó a mi infan­
cia. Su fragancia emana bondad, descartando una de
las teorías de mis compañeros de que era homeless,
palabra estilizada para no sentirse mal al decir “sin te­
cho”. Bueno, los engaños del lenguaje, los modismos
que elegimos para no sentir culpa de tener cama, techo
y comida. Acompaño a la venerable anciana hasta la
parada del colectivo. Dos se toma desde su casa me
dice, tiene dos horas de viaje. Todos los días. Pregunto
el por qué de hacer ese viaje todos los días. La espera
me dice Esther con una sonrisa antes de subir a su
primer colectivo.
Otro día laboral. Otro día de condena, pero este día
tiene algo distinto. Conozco poco a esta señora, y su
presencia me da motivos para no ver tan pesada mi
condena. La saludo y me sonríe. Sus ojos están cansa­
dos, como quien carga un dolor muy grande. Se dice
que los ancianos son recuerdos vivientes, cada cicatriz,
cada arruga es una guerra ganada de seguro. No voy a
escarbar por ahí, no quiero abrir heridas que muevan
las placas tectónicas del corazón.
Me limito a sonreírle y desearle una buena espera.
Hoy es la última me responde. Me congelo en el acto.
Me doy vuelta y la miro tratando de entender el chiste.

52
¿Esperaba que alguien la note? ¿Esperaba que al­
guien la salude? Solo un gesto humano.
Feliz, no sabía por qué, me acerco para abrazarla,
para demostrarle que para mí también fue un hecho
gratificante entablar una charla, aunque escueta, con
ella. Pero Esther parecía apurada, cruzó la calle que
separa la plaza de mi trabajo sin ver. Le grité que ten­
ga cuidado, pero siguió como autómata con objetivo.
Algo cambió en Esther, caminaba firme, la sonrisa que
pintaba su cara con la paleta de colores más tierna
que vi fue suplantada por un rictus cadavérico que me
caló hondo, sus ojos inexpresivos estaban posados so­
bre mí cuando sacó una pistola que mantenía firme
sin sesgos artríticos en sus muñecas de papel. Unos
momentos antes el portón de mi trabajo se abrió se
par en par, puede ser la ayuda, pero el disparo ya sa­
lió. ¡Esther! fue lo último que logré gritar. Cerré los
ojos. Todo es negro y no llegué a cumplir la condena
del día.
Pero fue un instante. Abro los ojos y Esther está
frente a mí, con la misma sonrisa dulce de siempre en
la plaza de siempre en el mismo banco de siempre. Mi
cuerpo está limpio, y más aún con el sudor que me
baña. Escucho atrás el alboroto y noto que hay un
hombre tirado con un orificio en la frente cual tercer
ojo. Miro a Eshter, con los ojos más vivos que nunca
pasando películas de finales felices que nunca vi. El
arma está en su cien. Me sonríe.
Cierro los ojos. Todo es negro. ¡Bang!
Otro día de mi condena laboral. Esther ya no está
en el banco de la plaza. Una plaza más bien fea, y la
vista tampoco es bonita con la penitenciaria gris y he­
rrumbrosa que tiene enfrente. Pero, a Esther eso no le
interesaba. Los medios la hicieron visible, hace veinte
años asesinaron a su única hija, la única compañía en
su vida, y el asesino estaba en esta penitenciaría, el
hombre que salió por el portón ayer. Esther lo sabía.
La espera de Esther había terminado. Mi condena la­
boral seguirá… por ahora.
Quizás deba empezar a escribir.

El día que guardamos los abrazos | 53


Brenda Núñez Olvera

¿CUÁNDO DAR A LUZ


A UNA PROMESA?
¿CUÁNDO DAR A LUZ
A UNA PROMESA?
Por Brenda Núñez Olvera

E ra su primera vez estando tan cerca de un ave de


tales dimensiones, poco más de dos metros de enver­
gadura. Su pulso estaba en el cenit del júbilo, primer
registro de águila real para la zona.
De repente, una voz interrumpió su celebración in­
terna; no había llegado hasta ahí sola, pero su equipo
de trabajo se encontraba en la base del campamento.
Se trataba de una voz nueva en más de un sentido.
—¿Sabes? Existen aves que tienen la determinación
de hacer una sola elección de pareja para el resto de su
vida.
—¿Quién eres? ¿En dónde estás? —contestó miran­
do a sus costados con cierta torpeza, pues el terreno
era demasiado angosto para avanzar cómodamente.
Además, debía saber si se trataba de un aliado o de un
enemigo. Los asesinatos a grupos de investigadores en
terrenos aislados como ese eran cada vez más frecuen­
tes.
—No soy aliado ni enemigo. Tampoco quiero asesi­
narte, mucho menos a un grupo entero.
La sorpresa con la que contestó a todas sus inquie­
tudes mentales la hizo desequilibrarse. Tenía que cru­
zar hasta el otro extremo del nido para llegar a un
amplio terreno donde al menos podría mantenerse de
pie sin abrazar el acantilado. Conforme iba avanzando,
decidió hacer una pregunta mental: “¿oyes mis pensa­
mientos?”

El día que guardamos los abrazos | 57


—Claro, si no, ¿cómo podría seguir vivo en la mon­
taña? Como bien lo has razonado, aquí el mayor mal
es la inseguridad, tengo que saber cuándo se acerca la
muerte. Te sorprendería saber lo mucho que los asesi­
nos piensan en morir; es fácil identificarlos de esa for­
ma.
A unos pasos antes de llegar a la fuente de la voz, la
sobresaltó un jaloneo en su brazo. Intentaba ayudarla
a encontrarse con él o ella. Se trataba de una silueta
antropomorfa con ropajes largos de un símil casi per­
fecto al color de la roca; su cabeza era totalmente calva
y sus rasgos faciales, así como su voz, eran indescifra­
bles.
—Gracias —fue lo único que pudo pronunciar con
su cuerpo concentrado en no caer o en ser lastimada
por lo que fuera que la estuviera sosteniendo el brazo.
—Volviendo al punto importante, ahora puedo afir­
mar con seguridad que sabes que el águila real es mo­
nógama, ¿cierto?
—Sí ...lo sé —contestó aún consternada por no sa­
ber cuál era el punto al que tenían que llegar y por qué
de repente eso era lo más importante en su situación.
—Bien, entonces tú crees, dímelo, que estas aves
¿puedan hacer promesas? Permíteme explicarme. A la
luz de la ciencia, suena a una pregunta sin interés, las
promesas son de humanos, no de aves, pero la ten­
dencia a sellar un lazo con otro ser, se encuentra im­
preso biológicamente de alguna forma, ¿no es así? De
lo contrario, la monogamia sería un evento aleatorio;
solo unos cuantos individuos lo harían, no se trataría
de una característica de toda la especie.
—Bueno, es cierto lo que dices. Sí, hasta cierto
punto puedo apoyar que te interese tanto saberlo. Pero
espera, perdona, es solo que aún no puedo razonar lo
que dijiste. Tengo muchas preguntas que quisiera ha­
certe.
—Pero este es un cuestionamiento importante. Yo
no valgo nada, puedes preguntarme lo que quieras y te
podría dar respuestas en cinco minutos. Pero que la
capacidad de hacer una promesa se haya fecundado
en nuestros ancestros no humanos, es maravilloso,

58
¿no crees? Esperé tanto tiempo a encontrarme con al­
guien que valorara la vida tanto como para debatir mis
inquietudes con seriedad, pero solo se acercaban estos
sujetos extraños con olor a opio —contestaba con tal
rapidez que era evidente lo larga que había sido su es­
pera.
—Muy bien, bueno, déjame pensarlo. Veo que de
verdad es muy urgente para ti.
—Debería ser más importante para ti. Fundamen­
talmente, para más de uno.
—Bueno, basta, que haces que surjan cada vez más
preguntas. Déjame concentrarme; en realidad, desde
que se incorporó la visión evolutiva en la etología, esto
que me planteas rompió con uno de los principales
paradigmas acerca del origen de las emociones y de­
más cualidades que hasta ese momento se creían eran
exclusivas del humano y lo enaltecían dentro del reino
animal. Como es de esperarse, la “promesa” que re­
presenta que un ave conserve la misma pareja, me pa­
rece que atiende a un nivel de consciencia que no
rebasa el instinto. Aunque el instinto no es tan simple
como suena en realidad. En fin, ahí tienes la diferencia
más relevante, pero claro que un ave y otros animales
muestran los atisbos de lo que evolucionó de tal ma­
nera en los humanos que para nosotros ahora tiene un
profundo significado de unión y compromiso en otros
ámbitos, además de procrear y de cuidar de la descen­
dencia.
“Un instinto se convertiría en un proceso consciente
para asegurar que los pensamientos, y en especial
aquellos que se desean firmemente, se materialicen”.
—¿Estás dentro de mi cabeza? Ese pensamiento no
fue mío, ¿o sí?
—Pregúntalo de nuevo y mírame bien ¿Alguna vez
habías escuchado el tono, el timbre y la intensidad de
la voz de tus ideas o visto la fuente de dónde emergen?
—Nunca antes, pero juro que voy a descubrirlo
—respondió ella después de un largo silencio. Justo el
tiempo suficiente para dar a luz a una promesa.

El día que guardamos los abrazos | 59


Vanesa O' Toole

PERDIDA
PERDIDA
Por Vanesa O' Toole

La busqué por todas partes.


No sé por cuánto estuvo perdida, pero cuando me di
cuenta, ya era tarde. La culpa es mía, por supuesto.
La perdí por distraída. Entre los exámenes virtuales,
el trabajo remoto, las noticias, el encierro y el mundo
que parece venirse abajo...
Me olvidé por completo de ella.
Creí que estaba dormida. ¿Qué iba a imaginar que
no se había escondido debajo de las sábanas, como
siempre hace cuando tiene frío? Tampoco estaba al la­
do de la estufa ni en los almohadones chinos que
compré para ella.
Veinte horas por día duerme. Veinte. ¿En qué mo­
mento de esas veinte horas se escapó de este departa­
mento de dos ambientes sin que yo me enterara? ¿Y
por dónde? Si el balcón tiene la red intacta y la venta­
na de la habitación siempre está cerrada...
Por el pasillo tampoco pudo haber salido; ni siquiera
abrí la puerta para asomarme a saludar al vecino.
En el baño no está, ni atrás de los muebles, ni de­
bajo de la cama, ni adentro del horno ni mucho menos
adentro de la heladera. Sí, me fijé en todos los rincones
de la casa, hasta en los más inverosímiles. Los revisé
una y mil veces... pero tampoco aparece.
No puedo creer que me esté pasando esto. Valentina
es mi única compañía; mi amiga, mi bebé de diez años.
Con ese pelo gris y largo, y esos ojos amarillos con mi­
rada asesina... La amo. Valentina no es mi gata. Es mi
amiga. Es mi todo. Y te juro que no sé cómo voy a ha­
cer para vivir sin ella.

El día que guardamos los abrazos | 63


Es loca nuestra historia.
Todo empezó cuando yo era chiquitita. En la casa
no nos dejaban tener gatos, aunque sí perros. A mi
mamá no le gustaban los felinos, por eso, cuando la
gatita de la esquina empezó a venir por los techos con
intenciones de instalarse en nuestra casa, mamá la
amenazaba con la escoba y tirándole chorros de soda.
Todavía me acuerdo y me río.
Angie —como le pusimos a la gatita—, venía todos
los días buscando mimos y comida. Era obvio que
queríamos que se quedara con nosotros, pero mi
mamá era difícil de convencer. Hasta que un día, nos
dimos cuenta de que Angie estaba preñada y al poco
tiempo, no la vimos más.
Había tenido cría en los techos. Nos enteramos,
porque un día apareció con los gatitos y se los fue de­
jando, uno por uno, en las manos de mi hermana. En
ese momento, Angie ganó la batalla y mi mamá ter­
minó enternecida al ver semejante acto de amor.
Angie era igual a Valentina. Gris, peluda, con ojos
amarillos y cara de mala. Pero la maldad era solo en
apariencia, porque Angie era la gata más buena y dul­
ce del mundo. Con los humanos, porque a los perros
los odiaba.
No tenía que hacer nada más que quedarse sentada
en medio del camino y mirando al horizonte, para que
los perros lloraran de miedo al verla. Porque si alguno
osaba a pasarle por al lado, Angie enseguida los ca­
cheteaba y les enseñaba quién era la dueña de la casa.
Vivió veinticinco años con nosotros y se murió de
viejita, en mis brazos. Estoy orgullosa de decir que
crecimos juntas; éramos muy amigas y compañeras. A
veces la extraño, pero tener a Valentina me reconfor­
ta.Fue muy curioso cómo apareció Valentina. Vino
también por los techos también para presentársele a
mi hermano, igual que hizo la Angie en el pasado.
Debo confesar que me impactó un poco la primera
vez que la vi; era el doble exacto de la Angie, que había
muerto hacía más de diez años.
La noche en que la conocí, la levanté a upa, la miré
y le dije:

64
—Algún día vas a vivir conmigo.
Y así fue.
Hace dos años que vivimos juntas. Y esta es la pri­
mera vez que Valentina desaparece. No sé qué hacer, a
quién llamar, por dónde más buscar...
Ya pregunté a los vecinos si la habían visto en el
edificio, pero tampoco tuve suerte. Solo me queda salir
a la calle y ver si la encuentro por algún lado.
Hace meses que no salgo. Hago las compras por in­
ternet y vienen a traerme la comida por delivery. Desde
que empezó esto de la pandemia, decidí encerrarme
dentro de mi casa y, poco a poco, me olvidé del mundo.
Sé más o menos lo que pasa por las noticias, pero,
la verdad, no tengo idea de cómo está la calle. Después
de todo, hacía mil que no veía a nadie y amigos casi no
tengo. Salvo los virtuales; esos siempre están. ¿Los de
carne y hueso...? Me pregunto si todavía me queda al­
guno. No me queda alternativa: tengo que salir a bus­
carla.
Me pongo el barbijo, bajo por escalera y, al asomar­
me a la vereda, tengo una sensación extraña. No me
preguntes qué. Algo raro, en el aire, un aroma que me
recuerda a... No, nada. Hace mucho que no salgo; eso
me confunde un poco.
Camino hasta la esquina y llamo a Valentina por su
nombre. Los pasos me van llevando por algunas cua­
dras conocidas, aquellas que transitaba para visitar a
mis hermanos o a mis amigos del barrio.
No hay nadie en la calle. Me da tranquilidad, pero a
la vez, me siento un tanto inquieta.
Paso por mi antiguo colegio y veo el mural que pinté
hace casi veinte años con la profe de Biología, todavía
intacto. Siempre me enorgulleció saber que ese dibujo
fue el único sobreviviente al paso del tiempo. Todos los
demás dibujos fueron reemplazados por otros distin­
tos, pero el mío, siempre ahí. Un enorme Pegaso que
invitaba, desde entonces, a nunca dejar de soñar.
Sonrío ante los recuerdos y camino unas cuadras
más. Valentina no contesta. Sí, cada vez que la llamo
ella viene corriendo, como si fuese un perro. Me maú­
lla, primero sin voz, y después con un sonido agudo

El día que guardamos los abrazos | 65


inconfundible. Pero hasta ahora, nada. Empiezo a
perder las esperanzas.
Entonces llego a la cuadra de mi antigua casa, don­
de solía vivir con mi mamá, mi papá, mi abuela y mis
hermanos. Ahora solo quedan mis papás y los recuer­
dos de la infancia. Mis hermanos tienen sus propias
familias y mi abuela —quiero creer—, nos mira desde
el cielo. Decido pasar. Después de todo, siempre tengo
la llave encima. Abro la puerta de calle, subo las esca­
leras y cuando abro la puerta de la casa...
Valentina.
No entiendo ni cómo ni cuándo ni por qué, pero ahí
está esa gata desgraciada. La abrazo, la lleno de besos,
la reto y la vuelvo a besar. Llamo a mis papás para
preguntarles, pero nadie contesta. Deben haber ido a
comprar o a la farmacia. No importa.
La abrazo de nuevo y me la llevo para casa. Todavía
no puedo creer haberla encontrado, ahí, como si nada.
Bajamos las escaleras, cierro la puerta de calle y em­
prendo camino hacia el departamento.
Pero entonces, escucho a alguien llamarme por mi
nombre, con una voz lejanamente conocida. Me deten­
go, mientras un escalofrío me recorre la espalda. Al no
obtener respuesta, aquella voz refuerza la pregunta:
—¿A dónde llevás a la gata? ¿Está enferma?
No quiero darme vuelta; no quiero que me vea.
Tengo miedo de que sepa que tengo casi cuarenta
años, cuando la última vez que nos vimos recién había
cumplido los veinte. Entonces me miro en el vidrio de
un auto. Mi cara es la misma. Y sin embargo, la voz
que me sigue llamando y que viene de ahí atrás, se oye
tan presente como si nunca se hubiese ido. No me
queda otra que contestarle:
—Angie está bien... abuela.
Entonces me busco. Me busco por todas partes. Y
en mis recuerdos se deshacen los exámenes virtuales,
el trabajo remoto, las noticias, el encierro y el mundo
que parece venirse abajo...
Pobre mi Valentina...
Cuando aparezca en el departamento, se va a pre­
guntar por qué nunca volví.

66
Álvaro Astudillo Mattalia

CONFESIÓN
CONFESIÓN
Por Álvaro Astudillo Mattalia

“Si es cuestión de confesar,


no sé preparar café
y no entiendo de fútbol”.

Inevitable, Shakira

No puedo respirar.
La mente llena de imágenes escarba mis carnes.
Carcome. Como ese virus que anda allá afuera.
Yo no quise matarle. Se acercó con su barbijo y sus
guantes de látex amenazante, y sacó un bisturí, yo le
vi.
Le sigo viendo.
Tric, tric, tric... Raspa el hueso.
Bien deshuesado lo quiero. Que no tenga que mas­
ticarlo. Lo pico bien finito y lo paso dos veces por el
triturador.
Lavá bien los platos, bien limpitos, quiero poder co­
mer de ellos después.
Escucháme. ¿Qué te dijo la abuela? ¿Va a venir o
no?
Esa viejita hace lo que quiere.
Algún día me voy a cansar y...
Hola, vengo a denunciar un crimen. Yo maté a Roger
Rabbit. El conejo rabito me obligó, me hablaba por las
noches al oído, creo que me hipnotizó.
Así, bien, el cuchillo siempre perpendicular al hue­
so. Con la carcasa hacés un caldo, te va a venir ideal
para el virus ese que anda dando vueltas.
¿Qué vamos a comer?

El día que guardamos los abrazos | 69


Estoy podrido de las lentejas y garbanzos, quiero un
pedazo de carne. El delivery ya no hace entregas a do­
micilios y las motos, cadáveres de un tiempo que ya
fue, están por toda la ciudad, apenas se puede circular.
El otro día me picó el bichito de la curiosidad y me
puse a investigar. ¡Para qué! ¿Me querés decir?
Menos averigua Dios y perdona.
Está bien, sí, fui yo, yo me comí toda la carne. ¡Qué
querés que haga! Vos hacés todo y yo aquí, inútil. Así
me siento. Basta. Ya no quiero hablar porque vos me
tirás de la lengua y después la usás en mi contra.
Le sigo viendo, doctor.
Ahí está, con sus grandes orejas, su sonrisa de di­
bujo animado, el bisturí, los guantes y el barbijo.
Y la verdad es que sí, quise matarle.
¿Cómo no querer matar a alguien tan parecido a mí?

70
Maximiliano Petazzi

PASATIEMPOS
PELIGROSOS
PASATIEMPOS
PELIGROSOS
Por Maximiliano Petazzi

S iempre me entretuvo observar a mis vecinos, su


rutina y su vida diaria. De esta forma, conocía su ver­
dadera personalidad y todos sus secretos.
Mi casa tenía tres pisos, y mi habitación tenía una
ventana de marco azul que daba a la pared del edificio
126 de la calle B. Follow.
Sin que nadie sospechara, oculta entre las ramas
sin hojas del un árbol muerto, mi pequeña ventana me
daba el poder de vigilarlos.
Siempre contaba con mi café amargo y con mis bi­
noculares. El trabajo de un diseñador independiente
permite placeres como este.
Me gustaba la chica del 2°B, joven, rubia y con her­
mosas piernas. Tenía una predilección por cambiarse
con la ventana abierta. Siempre a la misma hora, a las
cuatro de la tarde, cuando volvía de la universidad. A
veces, luego de la cena a las nueve de la noche, subía y
se masturbaba frente al espejo.
La señora González, tenía dos amantes, uno para los
martes y otros para los jueves, tenía sexo con ellos,
podía escucharlos y divisar sus figuras a través de las
cortinas amarillentas. El Señor González nunca tenía
sexo en aquel departamento. Me daba curiosidad el in­
quilino del 6°C, era un sujeto religioso. Siempre casti­
gaba a su familia por cosas tontas, se lo veía muy
enojado. Pero cuando lo encontraba en el mercado,
parecía el tipo más amable del mundo. La familia del
5°A estaba demente, no conversaban entre sí. El padre
veía pornografía en su oficina, mientras su mujer to­

El día que guardamos los abrazos | 73


maba pastillas en la habitación contigua. Sus hijos pa­
saban horas frente a una pantalla.
Sabía más cosas y conocía más familias. Pasaban
los años y los vecinos iban y venían. Todos estaban ro­
tos, todos aparentaban. ¿No había nadie real en el
mundo?
Cierta noche llegó al 4°B una nueva inquilina de ca­
bello negro y cuerpo voluptuoso. No sé si era prostituta
o adicta al sexo, pero siempre llevaba gente a su cama.
Hombres, mujeres, tríos. Se dejaba ver, a veces pa­
recía observarme. Pero siempre cerraba la persiana
antes del final de la cópula.
Aquella ventana se convirtió en mi obsesión, me ol­
vidé de las demás personas en el edificio. Siempre es­
peraba que la inquilina del 4°B subiera su persiana y
se mostrara en aquella sensual lencería gótica.
Parecía un sueño, una diosa, con medias largas que
superaban sus rodillas, con ropa íntima de encaje
purpúreo, con rebosantes senos que parecían llamar­
me, y con un maquillaje oscuro que hacía su mirada
aún más penetrante. ¡Ojos negros! Sus ojos negros se
posaban en mi ventana todas las tardes.
¿Acaso quería que fuera a su departamento? No, eso
no me importaba. Solo quería ver, observar… Eso era lo
mío.
Si hubiera sido más listo… Si hubiera cerrado mi
ventana. La tendría que haber sellado con cemento y
ladrillos, pero… estaba hipnotizado.
La noche en que la inquilina del 2°B, mi anterior fa­
vorita, fue al 4°B, sentí la realización de un sueño; sin
embargo, me arrepiento tanto de haber deseado que,
en aquella ocasión, no cerrara la ventana.
Todo empezó bien. Roces de lengua, caricias, besos,
y de vez en cuando, la chica gótica me dedicaba unas
miradas y unos gemidos. Me imaginaba estar ahí con
ellas. Sentía el calor en mi nuca, en mi cuerpo. Trataba
de ajustar mi respiración a la suya… Pero entonces,
vino el acto final; no cerró la ventana. Se acomodó
frente a su vecina, quien la esperaba con las piernas
abiertas, y la engulló completamente.

74
¡Un enorme pico apareció en la lechucesca cara de
la nueva inquilina para devorar a su presa!
No pude ahogar el grito. Sentí pánico. Horror. Y el
vómito subiendo por mi pecho hasta mi garganta.
No pude dejar de mirar, estaba obsesionado. Atra­
pado en sus garras.
Todas las tardes, vuelvo a mi ventana. Ahora llevó
un balde, además de mis binoculares.
La mujer­ave lleva nuevas víctimas todos los días.
Se alimenta. Ya no cierra las cortinas. Disfruta sentir­
se observada. ¡No puedo dejar de mirar! Quiero hacer­
lo, ¡pero no puedo resistirme a sus ojos negros!

El día que guardamos los abrazos | 75


Silvia Velozo

ESPEJOS
ESPEJOS
Por Silvia Velozo

D e su abuela había heredado la maldita obsesión


por los muebles, los espejos, los libros viejos, los pa­
seos por los anticuarios, buscando, descubriendo y
comprando cuánto enigmático objeto pasara frente a
sus ojos. De su abuela heredó también la casa, para
disgusto de todos los parientes. Ellos entendieron que
la casa era un premio. Nunca comprendieron que era
en realidad un castigo, una cárcel, o tal vez una puer­
ta, una salida... La casa se convirtió poco a poco en su
refugio, allí se sentía segura con sus gatos y sus libros.
No necesitaba nada más.
Ni bien leyeron el testamento, preparó todo para la
mudanza, en realidad sólo llevó objetos personales
más preciados: una colección de cajitas de música y de
muñecas de porcelana. Detestaba los muebles moder­
nos, fríos, sin historia, sin alma. Conservó solamente
el espejo de su habitación. No podía deshacerse de él.
Una vez instalada en la casa de su abuela, ahora su
casa, se ocupó de los gatos. Los había heredado junto
con la mansión, después eligió de entre las veinte ha­
bitaciones una que daba a un jardín interno. Colocó
allí su espejo.
Siempre le había gustado viajar y no iba a dejar de
hacerlo. Su abuela sabía… porque muchas veces había
insistido en la necesidad absoluta de cubrirlos con al­
go mientras dormía, per la conversación siempre que­
daba por la mitad. Su abuela no se decidía en dar un
paso más en la confesión de su terrible secreto y ella
se sentía cómoda con el suyo. No les temía y no iba a
cubrirlos como había hecho su abuela con todos los de
la casa.

El día que guardamos los abrazos | 79


Emilia había sido una mujer alegre, muy sociable, a
la que le encantaban las fiestas, sin embargo, luego del
accidente comenzó a cambiar. Su transformación se dio
de manera tan pero tan lenta que todos se dieron
cuenta cuando ya era demasiado tarde.
Lo del accidente había sido antes de la muerte de la
abuela y de la mudanza. Mucho antes: diez años
habrían de pasar entre aquel día en el que Emilia vol­
vió de la muerte y su último viaje. Su viaje definitivo.
Yo tenía dieciséis cuando pasó.
La abuela organizó una gran fiesta para darle la
bienvenida a su nieta predilecta, después de dos se­
manas en el hospital, Emilia sonreía y bailaba como
siempre, pero algo en sus ojos había cambiado.
Desde entonces no pude dejar de estar atenta a ello.
Sólo yo me di cuenta de que se le fueron perdiendo de
a poco los ojos.
Solo le brillaban, sólo volvían a ser los mismos
cuando se peinaba frente a los espejos, no sé cómo ex­
plicarlo, pero se le fueron vaciando.
Cuando se mudó a la casa, ya casi no salía, no iba a
fiestas, ni al cine, ni de shopping, dejó de comprarse
ropa, zapatos y carteras y se obsesionó con las joyas y
la ropa de corte medieval. Se los mandó a confeccionar
con la excusa de que eran para una obra de teatro que
estaba escribiendo y que iba a protagonizar a fin de
año.
Con el correr del tiempo, dejó de darme excusas y yo
me acostumbré a verla así vestida. Ella también se
acostumbró a mí, me quería, le gustaba estar conmigo,
y a mí, con ella. Sobre todo por las historias que me
contaba.
Cada vez que me despertaba, me contaba un nuevo
cuento, una nueva novela. Su imaginación desbordaba.
Se hizo famosa, escribió muchos libros, un éxito to­
dos, ganó mucho dinero. Empezó a salir nuevamente
pero solo para las presentaciones y los premios. Se
volvió cada vez más ermitaña, comenzó a dormir mu­
cho y en distintos lugares de la casa donde hubiese un
espejo.

80
Solo éramos dos en la casa, pero éramos más que
dos almas solitarias porque las innumerables habita­
ciones comenzaron a poblarse de voces, de suspiros,
de miradas sin ojos, de extrañas presencias que se
deslizaban como entre dos mundos. Yo me fui acos­
tumbrando a las eternas noches, a sus eternas siestas,
a oírla hablar interminablemente en sueños, me acos­
tumbré a buscar su sonrisa en los espejos, y a sus si­
lencios cada vez más y más largos. Mientras tanto sus
ojos continuaban vaciándose, hasta que una noche se
cerraron eternamente para abrirse también eterna­
mente del otro lado de los espejos,. Lo recuerdo como
si fuera hoy.
Volví a la casa después de un fin de semana libre,
puse la llave en la puerta, la abrí como presintiendo.
Los gatos salieron a recibirme famélicos. Llevaban días
sin comer. Recorrí la casa con una mezcla de asombro
y horror pisando vidrios rotos. Todos los espejos de la
casa estaban hecho añicos incluso el de la habitación
donde la encontré vestida de novia. Parecía dormida.
Una semana más tarde cuando el escribano me en­
tregó su testamento donde me heredaba la casa, com­
prendí que lo tenía todo planeado desde hacía mucho
tiempo atrás.
En el velatorio, se comentó lo del vestido de novia y
lo de los espejos rotos. Se intentaron muchas razones.
Todas explicaciones erróneas, todas alejadas de la
increíble verdad.
Ese fin de semana, Emilia había realizado su último
viaje y se aseguró de no volver, por eso, por eso, rom­
pió todos los espejos, menos uno: el de su habitación,
el que cubrí para siempre con un paño después de leer
la carta que me había dejado debajo de mi almohada.
La carta en la que me explicaba todo con lujo de deta­
lles. A pesar de haberla destruído, siguen resonando
en mí las últimas palabras que leí y cada vez que paso
frente a su habitación eternamente cerrada con llave,
donde se encuentra el espejo clausurado, resuenan en
mí las últimas frases, casi como una invitación a la
que tal vez, algún día cederé:

El día que guardamos los abrazos | 81


“Ya sabés donde encontrarme, por si acaso… por si
alguna vez te gana la soledad. Ya sabés donde se en­
cuentra la puerta. Dónde encontrar la salida. Ahí te es­
taremos esperando por siempre… por siempre…”

Igual que a ella, sus parientes me odiaron, creyendo


que la casa era un premio cuando en realidad era un
castigo, una cárcel, o tal vez una puerta, una salida…

82
Fernando Villaseñor Ulloa

NO PERMITAS
QUE SE APAGUE
NO PERMITAS
QUE SE APAGUE
Por Fernando Villaseñor Ulloa

D esde hace más o menos año y medio, Diana y


Fernando se reúnen todos los sábados a las 7 de la
noche.
El encuentro ocurre siempre en el mismo lugar,
buscando la complicidad de las circunstancias. Los
objetos y las cosas permanecen estáticas como para no
descomponer el tiempo. El humo del cigarro, las luces
tenues, la pasión, y dos tasas de café, son ingredientes
indispensables, que hacen de la atmósfera algo que
asemeja a una gran cantina.
Al encontrarse en sus soledades, se miran con ojos
de cristal y después de los titubeos iniciales que pare­
cieran requisito, se suceden en ríos interminables de
palabras.
Diana luce su boca sin pinturas, no las necesita, un
escote profundo que señala el camino al cielo, un ves­
tido negro y corto, que ceñido a su cuerpo deja poco a
la imaginación y unas sandalias mínimas, que forman
parte de sus más apreciados fetiches. Su actitud y
enigmática sonrisa hipnotizan a Fernando quien la en­
cuentra más atractiva e irresistible que de costumbre.
Ese día, sin preámbulo, Fernando toma la iniciativa
y despoja a Diana de sus miedos, ella no se queda
atrás y se desprende de sus ropas, le muestra todo de
sí, espacios que quieren ser besados.
Desde su silla, Fernando la mira con lujuria. El es­
pectáculo cobra vida en formas, colores, logotipos y
ritmos. Diana explora su cuerpo lentamente, hábil­
mente, deletrea uno a uno sus deseos.

El día que guardamos los abrazos | 85


Fernando le recorre la piel con vocablos, le muestra
la urgencia de su cuerpo y finalmente consagran el
instante y la plenitud sostenida en el vacío.
Es todavía de noche, todo transcurre en silencio
mientras se habitan como rictus de sombras, el mundo
queda suspendido en el espasmo. Agua y piel, amarras
de misterio, entre sábanas sus nombres.
Después se acarician y al sentir la frialdad de sus
pieles tras el frío cristal, Diana rompe en llanto y apaga
su PC de un manotazo, siente que su cuerpo cae en un
abismo y que el mundo volverá a ser la misma por­
quería de siempre hasta el próximo sábado.
Al otro lado del cable, a muchos kilómetros de dis­
tancia Fernando sólo atina a murmurar:
—No permitas que se apague la pantalla.
Pero ya es muy tarde, la videollamada ha terminado.

86
Jorge Gómez

FUI YO
FUI YO
Por Jorge Gómez

Papá, mamá, fue mi culpa. Yo no sabía. Yo no…


Sí, de todo. Cuando apareció no pensé que…
Bueno, me calmo. Respiro. Sí. Hondo.
Fue en la casa de los abuelos. Creo que fue el año
pasado. O este. Fue antes de ir a la playa. Estaba ju­
gando a las escondidas con los primos. Y subí ahí,
arriba del techo, donde el abuelo no quería que vaya­
mos.
Sí, eso, ático. Era el mejor escondite, siempre lo su­
pimos, pero el abuelo, antes de ir al cielo siempre nos
atrapaba cuando queríamos trepar ahí. Le teníamos
miedo, sobre todo yo. Aparecía y te miraba con los ojos
así… Sí, así. Y no decía nada. Parecía que ni respiraba.

Y ahora que él ya no está, aproveché. Subí despaci­


to, para que él no se de cuenta. El abuelo. No quería
que él bajase del cielo y me mirara.
Encontré una caja grande, de madera y pensé que
era buena idea meterme. Tenía un candado, pero esta­
ba abierto. Lo abrí y adentro había una sola cosa.
Era como… Como una de esas teteras que la abuela
nunca quiere que toquemos porque se pueden romper.
Algo así, pero como alargada y de metal. No era dora­
da. Era del color de las monedas chiquititas.
Estaba muy sucia, así que la limpié un poco. De a
poco empezó a salir de adentro humo. Sí, humo, un
humo negro como cuando quemamos las hojas, pero
más negro.
Me asusté, pero no me pude mover. El humo tomó
forma y me habló. Era como un mono gigante, pero sin

El día que guardamos los abrazos | 89


piernas. Y me dijo con voz fuerte. No sé si alguien más
la escuchó. Por ahí me habló solo a mí.
“Tenés tres deseos, podés pedir lo que quieras”.
Me puse nervioso y dije lo primero que se me ocu­
rrió. Si no me asustaba, hubiese pedido otra cosa, pero
me asusté. Pedí no ir a la escuela, que mis papás se
queden conmigo en casa y armar rompecabezas todos
los días.
Dijo: “hecho” y desapareció.
No pasó nada. Guardé la cafetera mágica, bajé y me
encontraron. Después me olvidé. Hasta que pasó esto.
Me los cumplió los tres juntos.
Todos los días yo quería decirles, pero no quería que
se enojen. Por eso no dije nada. Ahora la gente se
muere en la calle, no podemos salir y yo sé que fui yo.
Y…
Y…
Ya no quiero armar rompecabezas. Los dibujos ya
casi no se ven, hay piezas que faltan. No quiero. Estoy
cansado. Todos los días. Basta. Por favor.
Hace horas que estamos con ese. Ya no quiero. No
entiendo el dibujo. No lo vamos a terminar más.
Quiero dormir, por favor.
Basta, mamá, papá.
Basta.

90
ÍNDICE

Prólogo ................................................................... 7

Encierro y libertad
Por Ignacio Borthelle ............................................. 11

Tan solo un gato


Por Nicolás Garay .................................................. 17

Agujero de gusano
Por Lucía Gregorczuk ............................................ 21

¿Vista privilegiada?
Por Jorge Maceiras . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25

El águila y la serpiente
Por Marcos Martínez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29

Aquellos viejos vínculos


Por Diana Pasquinelli .......................................... 35

Naranja en el té y lo mejor está por llegar


Por María del Pilar Barenghi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39

Flash
Por Damián Scokin ............................................... 45

La espera de Esther
Por Willy Real ..................................................... 51

¿Cuándo dar a luz a una promesa?


Por Brenda Núñez Olvera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
Perdida
Por Vanesa O' Toole .................................................. 63

Confesión
Por Álvaro Astudillo Mattalia .................................... 69

Pasatiempos peligrosos
Por Maximiliano Petazzi ............................................ 73

Espejos
Por Silvia Velozo ........................................................ 79

No permitas que se apague


Por Fernando Villaseñor Ulloa .................................. 85

Fui yo
Por Jorge Gómez ....................................................... 89

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