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Predicción, Prevención y Tratamiento Conducta Delictiva - Módulo 3 - El Tratamiento de Los Delincuentes

Este documento trata sobre el tratamiento de los delincuentes. Introduce el concepto de política basada en la evidencia, que busca determinar los tratamientos efectivos para diferentes tipos de delincuentes mediante investigación rigurosa. Explica que la efectividad se refiere a la reducción de la reincidencia en situaciones reales de aplicación de los programas. Finalmente, destaca la importancia de generar conocimientos a través de revisiones sistemáticas de la literatura para identificar programas efectivos.

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Predicción, Prevención y Tratamiento Conducta Delictiva - Módulo 3 - El Tratamiento de Los Delincuentes

Este documento trata sobre el tratamiento de los delincuentes. Introduce el concepto de política basada en la evidencia, que busca determinar los tratamientos efectivos para diferentes tipos de delincuentes mediante investigación rigurosa. Explica que la efectividad se refiere a la reducción de la reincidencia en situaciones reales de aplicación de los programas. Finalmente, destaca la importancia de generar conocimientos a través de revisiones sistemáticas de la literatura para identificar programas efectivos.

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El tratamiento de

los delincuentes
Vicente Garrido Genovés
Almudena González García
PID_00202654
CC-BY-NC-ND • PID_00202654 El tratamiento de los delincuentes

Los textos e imágenes publicados en esta obra están sujetos –excepto que se indique lo contrario– a una licencia de
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licenses/by-nc-nd/3.0/es/legalcode.es
Índice

Introducción............................................................................................... 5

Objetivos....................................................................................................... 6

1. La política basada en la evidencia................................................ 7

2. El logro del desistimiento en el delito......................................... 9

3. Técnicas de tratamiento cognitivo-conductuales..........................10


3.1. La terapia cognitivo-conductual..........................................................10
3.2. La búsqueda de los ingredientes más efectivos.................................13

4. El tratamiento de los delincuentes juveniles internados


(crónicos y violentos).....................................................................16

5. Tratamiento de los delincuentes que abusan de las drogas..........18


5.1. El abuso de sustancias, los trastornos de personalidad y la
violencia...............................................................................................18
5.2. Los programas de tratamiento...........................................................20

6. Programas para la inserción laboral de exdelincuentes................22

7. La técnica de la entrevista motivacional.......................................24

8. El tratamiento de los psicópatas...................................................27


8.1. ¿Qué es un psicópata?............................................................................27
8.2. ¿Psicópatas juveniles? ................................................................. 28
8.3. El tratamiento de los psicópatas........................................................30
8.4. Líneas prometedoras a seguir con los delincuentes psicópatas.........32

9. La relación terapéutica con el delincuente juvenil.....................34


9.1. Paso 1. Comunicar apoyo...................................................................34
9.2. Paso 2. Empatizar con o validar la posición del joven.......................34
9.3. Paso 3. Reforzar la realidad o la verdad de la situación.....................35
9.4. El control de la conducta: una reflexión............................................36

10. Conclusiones....................................................................................... 38

Actividades................................................................................................ 41

Bibliografía............................................................................................ 42
CC-BY-NC-ND • PID_00202654 5 El tratamiento de los delincuentes

Introducción

Este módulo se ocupa del tratamiento de los delincuentes, de sus diferentes


programas, de sus limitaciones y de sus éxitos. Incluimos también un aparta-
do dedicado a los delincuentes psicópatas, considerados muchas veces
como incurables o incorregibles.

Hemos pretendido que las páginas que siguen contengan tanto aspectos
am- plios sobre el tratamiento y sus ámbitos de aplicación, como aspectos
más concretos acerca de cómo se hace un tratamiento, y para ello hemos
incluido elementos específicos de ciertas estrategias encuadrables dentro de
las técnicas cognitivo-conductuales, ya que la investigación es concluyente a
la hora de señalar su superioridad en diferentes ámbitos y tipos de
delincuentes.

Sin embargo, no podemos presentar un catálogo de tipos o estrategias de


tra- tamiento de acuerdo a las escuelas o modalidades terapéuticas, ya que
ello implicaría o bien señalar solo unas generalidades poco clarificadoras, o
bien entrar en un detallismo que agotaría el espacio del que disponemos.

Sí que nos ha parecido importante dedicar unas páginas a comentar la rela-


ción terapéutica más idónea entre un educador o profesional del
tratamiento y los delincuentes juveniles, ya que es en este sector de la
delincuencia donde más se utiliza el tratamiento y donde más resultados se
pueden obtener, por cuanto que es más fácil producir cambios de
comportamiento antes de que la personalidad se consolide.

Hemos incluido unas reflexiones finales –que son aplicables en realidad a toda
la asignatura– acerca de la escisión existente entre los resultados de la investi-
gación y la política criminal. Esto es visible particularmente en España, pero
se trata de un fenómeno internacional. Remediar esta división debería ser una
prioridad entre los científicos sociales con vocación aplicada.
Objetivos

El alumno, al estudiar el módulo deberá ser capaz de alcanzar los siguientes


objetivos de aprendizaje:

1. Conocer en qué consiste la corriente denominada “intervención basada


en la evidencia” y cómo orienta la investigación más actual sobre la efec-
tividad del tratamiento.

2. Valorar las características de los programas efectivos en distintos ámbitos,


incluyendo la delincuencia en general y la delincuencia acompañada del
consumo de drogas.

3. Poder describir aspectos genéricos de algunas de las estrategias cogniti-


vo-conductuales que se mencionan.

4. Conocer los resultados del tratamiento en el ámbito específico de la


delin- cuencia juvenil.

5. Definir los puntos esenciales de la relación terapéutica entre el educador


(entendido en un sentido amplio) y el delincuente juvenil

6. Valorar las dificultades y limitaciones en el tratamiento de los delincuentes


psicópatas, tanto adultos como jóvenes, y pergeñar algunas de las líneas
prometedoras que aparecen en la actualidad.

7. Plantear las causas que producen la actual escisión entre la investigación


en criminología en materia de prevención (en un sentido amplio) del de-
lito y la política criminal que se hace efectiva.
1. La política basada en la evidencia

En los últimos años estamos asistiendo al desarrollo en la criminología


aplica- da del movimiento denominado política basada en la evidencia, cuyo
fin es generar un corpus de conocimiento que, fundamentado en una
investigación metodológicamente rigurosa, permita establecer cuáles son los
tratamientos efectivos disponibles para los diversos tipos de delincuentes,
así como las cir- cunstancias en las que aquellos deben de ser implementados
para resultar efi- caces.

En este módulo vamos a considerar como sinónimos los términos efectivo y


eficaz, si bien, como señala Redondo (2008),ambos pueden distinguirse entre
sí, así como con respecto a un tercero, eficiencia. De este modo, un programa
sería eficaz si, en condiciones ideales de evaluación, produce resultados posi-
tivos (validez interna del programa); hablaríamos en cambio de un programa
efectivo cuando observamos que la intervención tiene éxito en las situaciones
ordinarias donde se produce como práctica de trabajo consolidada (una insti-
tución o la comunidad), lo que afirmaría que su aplicación puede generalizarse
(validez externa) al campo donde ha de resultar útil y productivo. Finalmente,
el programa es eficiente cuando sus logros compensan los inconvenientes y
gastos en los que incurre al aplicarse (este es cada vez más un campo en ex-
pansión: el estudio de los costes/beneficios de los programas).

Por desgracia en la actualidad el ámbito de tratamiento de los delincuentes no


cuenta con una investigación tan extensa como para poder hilar fino
teniendo en cuenta esos diferentes conceptos, si bien se trabaja en cada
uno de ellos. Como tendremos oportunidad de ver en este módulo, todavía
estamos en la fase de desarrollar tratamientos que, en situaciones reales de
aplicación –lo que rara vez permite el control ideal de todas las posibles
variables extrañas– resultan efectivos, entendiendo por esto, generalmente
como criterio más vá- lido y empleado, la disminución de la reincidencia
delictiva. Pero sin duda esa diferencia entre eficaz y efectivo es relevante,
como lo prueba la investi- gación que señala que, cuando el investigador
desarrolla por vez primera un programa en un contexto como proyecto de
demostración, y él y su equipo se implica directamente en su
implementación y evaluación, los resultados son más positivos que cuando
la gestión del programa descansa únicamente en los profesionales
responsables, por su empleo en los servicios de tratamiento, de aplicarlos
(Lipsey, Landenberger y Wilson, 2007).

Para retomar la idea inicial, esto es, la evidence-based approach, podemos resu-
mir su naturaleza fundamental si la entendemos como el esfuerzo
desarrolla- do en los últimos años para generar conocimientos a través de la
investiga- ción mediante revisiones sistemáticas –promovidas
principalmente por una organización académica creada al efecto, la
colaboración Campbell (Campbell
Group in Crime & Justice)– en la búsqueda de programas efectivos.
Mediante un estudio exhaustivo de la metodología disponible acerca de un
tópico cual- quiera de la prevención del delito (la revisión sistemática), se
llega a derivar una serie de conclusiones cuyo alcance depende de la calidad
de las investi- gaciones originales que componen la revisión final (Farrington
y Petrosino, 2001). Una estrategia esencial en muchas de las revisiones
sistemáticas es el meta-análisis, que permite cuantificar en una unidad
común (llamado tama- ño del efecto) los resultados obtenidos en las
investigaciones originales que componen la revisión sistemática.

Como convención, se llega a decidir si un método de intervención


determina- do ha alcanzado un estatus de efectivo, prometedor o no
efectivo en la conse- cución de sus objetivos de prevención, de acuerdo a los
datos disponibles en el momento de la revisión (ver Sherman, Farrington,
Walsh y MacKenzie, 2002).

Bajo el planteamiento de la evidencia, se considera que la prevención del


de- lito podría ubicarse dentro del modelo de salud pública, en el que para
cada dolencia existe un tratamiento recomendable o, al menos, uno
preferible en comparación con los otros. Las intervenciones tienen que
ajustarse a los fac- tores de riesgo y de protección que presentan las personas
o los escenarios que van a ser objeto de las mismas.
2. El logro del desistimiento en el delito

Junto a este movimiento de búsqueda de la evidencia para orientar la toma de


decisiones políticas acerca de cuáles deberían ser los tratamientos a impulsar
y cuáles deberían abandonarse por falta de resultados positivos contrastados,
otra corriente de investigación se nos antoja de gran importancia para enten-
der el momento actual en el tratamiento de la delincuencia. Me refiero a los
estudios que buscan descubrir cuáles son los factores que resultan relevantes a
la hora de explicar el proceso de desistimiento o abandono de una carrera
delictiva (o trayecto de la vida de una persona en el que permanece activo
como delincuente), ya comentado en el módulo primero de la asignatura.

Este movimiento es claramente compatible con la investigación basada en la


evidencia. Mediante los estudios sobre desistimiento accedemos a la “caja ne-
gra” del cambio psicológico al que es difícil llegar mediante los metaanálisis,
necesariamente regidos por la obtención de valores promedios, aunque se in-
tente parcializar los resultados de acuerdo con diversas variables moderadoras
(edad y antecedentes de los sujetos, duración y tipo del tratamiento, etc.).

Como quiera que este módulo trata singularmente sobre el tratamiento de los
delincuentes y las técnicas y programas más relevantes, lo hemos
vertebrado siguiendo los estudios actuales sobre la efectividad de los mismos.
No obstante, queremos repetir aquí la importancia de atender a las
investigaciones sobre el desistimiento del delito en su tarea de entender lo
que sucede desde el punto de vista experiencial en aquellas personas que lo
logran, algo que va más allá del análisis de las técnicas empleadas en el
tratamiento.
3. Técnicas de tratamiento cognitivo-conductuales

Diversos estudios en Europa y en Estados Unidos han demostrado que los


tra- tamientos o técnicas cognitivo-conductuales (en adelante, TCC) son los
más eficaces en la reducción de la reincidencia de los delincuentes, tanto
juveniles como adultos. Así, Pearson y otros (2002), realizaron un
metaanálisis de 69 estudios originales, que incluían técnicas cognitivo-
conductuales y otras ex- clusivamente conductuales (como el contrato de
contingencias y la economía de fichas). Sus resultados mostraron que las
TCC eran más efectivas que las exclusivamente conductuales, alcanzando
una reducción promedio de la rein- cidencia de en torno al 30 por ciento, en
comparación con los grupos control. De igual modo, otro metaanálisis que
examinó el efecto de 20 investigaciones sobre TCC aplicadas en grupos de
delincuentes encontró una reducción de la reincidencia del 20 al 30 por
ciento mayor en los grupos tratados que en los grupos control. Otros
metaanálisis realizados por Lipsey y su grupo (Lipsey, Chapman y
Landenberger, 2001; Lipsey y Landenberger, 2005), que incluye- ron un
mayor control en variables diversas (como el diseño empleado y la exi-
gencia de comprobar la meta de un cambio cognitivo como elemento
inclusi- vo del programa en la revisión), no hicieron sino certificar de nuevo
que los programas basados en TCC reducían de un modo significativo la
reincidencia de los delincuentes.

En el ámbito de los estudios realizados en Europa, Redondo, Sánchez-Meca y


Garrido (2002), hallaron el mismo resultado general de mayor eficacia de los
programas cognitivo-conductuales, si bien también demostraron ser útiles
los programas de educación y conductuales: “Así, se observa que los
programas terapéuticos que enseñan a los delincuentes nuevos modos de
pensamiento y de valoración de su propia realidad y nuevas habilidades de
vida (...) suelen lograr una mayor eficacia”. (Redondo, 2008, pág. 276)

3.1. La terapia cognitivo-conductual

La terapia cognitivo-conductual se basa en la asunción de que los déficits y dis-


torsiones cognitivas características de los delincuentes son patrones de pensa-
miento aprendidos. En efecto, en la actualidad conocemos bien el modo típico
distorsionado que presentan los delincuentes, donde las actitudes autojusti-
ficatorias, la interpretación errónea de las claves sociales, la proyección o
desplazamiento de la culpa a otros, el deficiente razonamiento moral y los
esquemas mentales de dominación y autoindulgencia constituyen, entre
otros, filtros de percepción de la realidad que facilitan la comisión de delitos
al tiempo que obstaculizan una vida responsable (por ejemplo, Garrido,
1993; Redondo, 2008; Yochelson y Samenow, 1976).
De este modo, los delincuentes suelen percibir determinadas situaciones be-
nignas o neutrales como si fueran amenazas personales, y en su comporta-
miento muestran la urgencia de obtener una gratificación inmediata, confun-
diendo sus deseos con auténticas necesidades. Por otra parte, y como conse-
cuencia de lo expuesto, es también habitual hallar que muchos de ellos adop-
tan la postura de víctimas, como se observa cuando se consideran injustamen-
te perseguidos por la justicia y tratados por la sociedad, haciendo difícil que
consideren cómo su propia conducta antisocial fue un elemento relevante en
llevarles a enfrentarse a todos esos problemas legales y sociales.

Basándose en esa investigación, la TCC busca, precisamente, corregir tales mo-


dos desadaptados de pensar. Por ello, en sus programas estructurados persi-
guen, entre otras metas, que los sujetos tratados adquieran responsabilidad
sobre sus actos y aprendan a considerar que sus comportamientos antisociales
son el producto de sus estilos de pensamiento y de sus decisiones que
prece- dieron a la comisión de los delitos.

El primer paso es habitualmente el autorregistro de pensamientos y decisiones,


y sobre la base de la comprensión personal de cómo uno piensa y actúa, se
procede con diferentes terapias dirigidas a un doble objetivo:

a) Técnicas de reestructuración cognitiva orientadas a que el delincuente co-


rrija sus distorsiones cognitivas (“yo no tuve la culpa de que la mujer forcejea-
ra y se hiriera con el cuchillo”), y

b) Técnicas para el aprendizaje de habilidades cognitivas que estén subdesa-


rrolladas en el sujeto (como el juicio moral y el control de la ira).

Las TCC generalmente incluyen el entrenamiento en habilidades cognitivas,


el control de la ira (anger management) y varios elementos complementarios
relacionados con las habilidades sociales, el desarrollo moral y la prevención
de la recaída (ver la tabla 1).

Tabla 1. Algunos programas de TCC representativos (elaboración propia)

Entrenamiento de ha- Control de la ira Otros componentes


bilidades cognitivas

• Solución de problemas interpersonales • Se centra en que el sujeto observe sus • Los programas que emplean TCC varían
(pasos habituales son recoger informa- patrones de pensamientos automáticos en su énfasis. Así, hay programas que se
ción, desarrollar soluciones alternativas asociados a los accesos de cólera. centran en que el delincuente asuma la
y evaluar las consecuencias). • Luego ensaya varias estrategias para va- responsabilidad de sus delitos (culpando
• Pensamiento abstracto. lorar qué hay de verdad en esos pen- a otros o a la víctima), o que desarrolle
• Razonamiento crítico. samientos “en caliente”, al tiempo que la empatía hacia la víctima (corriendo su
• Perspectiva social. aprende técnicas de control corporal tendencia a minimizar el daño causado).
• Pensamiento causal. (relajación). • Otros componentes que se suelen em-
• Planificación. • Finalmente, el sujeto aprende a plear son el entrenamiento en
• Establecimiento de metas. sustituir esas ideas por otras más habilidades sociales, el desarrollo del
realistas y adap- tadas, donde se excluye juicio moral me- diante dilemas, y la
la respuesta vio- lenta. prevención de la re- caída.
Dos de los ejemplos más característicos de programas que emplean TCC son
el de Razonamiento y Rehabilitación, de Ross y Fabiano (1985). Organizado
alrededor de diferentes módulos que incluyen ejercicios sobre diversas habi-
lidades cognitivas, como pensamiento creativo, solución de problemas inter-
personales, razonamiento crítico, habilidades sociales, razonamiento moral y
control de la ira, constituye hasta la fecha uno de los programas más evalua-
dos y que presenta más éxito en la disminución de la reincidencia de los de-
lincuentes. En concreto los principales elementos de este programa son:

1) La evaluación de los déficits cognitivos y de las habilidades de interacción


de los participantes.

2) El aprendizaje de habilidades.

3) La identificación de problemas interpersonales.

4) La búsqueda de alternativas de solución.

5) El control de emociones como la ira.

6) El razonamiento crítico que enseña a ser reflexivo sobre uno mismo y


sobre los demás.

7) El desarrollo de valores que invita a ponerse en el lugar de otras personas


y resolver dilemas morales.

8) Las habilidades de negociación como alternativa a la confrontación y la


violencia.

9) El pensamiento creativo que ayuda a pensar formas distintas a la


violencia para afrontar los problemas.

10) Utilización de técnicas, como las discusiones de grupos, el modelado, la


retroalimentación, el refuerzo social y la instrucción. Se puede trabajar a ni-
vel individual, pero también es importante el trabajo grupal y la exposición a
situaciones sociales para poner en práctica lo que se aprende, durante el
pro- grama.

El otro es el desarrollado por Goldstein y Glick (1987), titulado Entrenamien-


to en Sustitución de la Agresión, que comprende tres módulos o técnicas:
habilidades sociales, control de la ira y razonamiento o educación moral. A
continuación se detalla la idea general que subyace al tratamiento de habili-
dades sociales, que es probablemente uno de los más empleados en todo el
mundo en la intervención con delincuentes.
Con las habilidades sociales se pretende elevar el nivel de capacidad de los jóvenes
para relacionarse con los demás de modo eficaz. Siguiendo los trabajos de Bandura
(1973) sobre la importancia de los modelos para adquirir conductas sociales, en
esta técnica se muestra un procedimiento estructurado para aprender diferentes
habilida- des. El procedimiento que se sigue es el siguiente:

1) Un modelo (educador) enseña una habilidad, es decir, comportamientos


eficaces para lograr una determinada interacción social (por ejemplo, pedir un
favor).

2) Los alumnos del grupo practican esa habilidad, poniendo ejemplos personales (role
playing).

3) Los otros alumnos y el monitor dan feedback a los practicantes de la habilidad


(que se llaman actores y coactores, en función de si protagonizan a la persona que
está mostrando el uso de la habilidad –los actores– o apoyan que la situación y esa
habilidad se desarrollen en el juego de roles –los coactores.

4) Se proporcionan oportunidades para que el aprendizaje se generalice en el tiempo


(mantenimiento) y a otros contextos reales de la vida del sujeto (transferencia).

Finalmente, una de las estrategias más empleadas en los últimos años es la


prevención de las recaídas, inicialmente diseñado para el tratamiento de al-
cohólicos y drogadictos (Marlatt y Gordon, 1985), pero pronto adaptado a
de- lincuentes violentos y sexuales.

3.2. La búsqueda de los ingredientes más efectivos

Así pues, como hemos tenido oportunidad de leer en las páginas anteriores,
hay una investigación abundante que muestra que la TCC reduce de modo
efectivo la reincidencia de los delincuentes una vez que estos han cumplido
Mark W. Lipsey
sus condenas. No obstante, hay una gran variabilidad en los porcentajes de
reincidencia mostrados por los diferentes programas cognitivo-
conductuales, de tal modo que se hace necesario saber qué es lo que hace
que algunos programas de esta orientación terapéutica sean más efectivos
que otros. Esta es la pregunta que intentaron contestar Mark Lipsey, N.
Landenberger y
S. Wilson (2007) mediante una revisión sistemática realizada para el Grupo
Campbell en Crimen y Justicia, es decir: ¿qué factores logran que unas inter-
venciones cognitivo-conductuales sean más eficaces que otras?

Los autores revisaron 58 estudios en los que se evaluaba la eficacia del trata-
miento cognitivo-conductual empleando mayoritariamente un diseño expe-
rimental con selección al azar, junto a un pequeño grupo que incluía otros
diseños con grupo de control. La variable dependiente fue la reincidencia, y
el tiempo promedio de seguimiento de los delincuentes en la comunidad fue
de un año. Todos los estudios originales fueron realizados en EE. UU.,
Canadá, Reino Unido y Nueva Zelanda, y fueron publicados entre 1980 y el
2004.

Todos los programas de TCC incluían sesiones estructuradas, en su mayoría


con una duración inferior a las 20 semanas. Aproximadamente la mitad de
los programas fueron implementados en los centros penitenciarios, y la otra
mi- tad en la comunidad, como parte de las condiciones establecidas en su
libertad condicional o programa de reingreso en la comunidad (transitional
aftercare).
Los profesionales a cargo del tratamiento tenían antecedentes laborales diver-
sos, pero algunos eran bastante inexpertos y habían recibido un
entrenamien- to poco exigente en las técnicas de la TCC.

Los resultados de los programas señalaron que, en promedio, las TCC lograban
una reducción del 25 por ciento en comparación con los grupos no tratados
(media de reincidencia de los grupos control: .40; media de reincidencia de los
grupos de tratamiento: .30; una diferencia de .10 equivale al 25% de .40).
Sin embargo, los programas más efectivos conseguían una media de
reincidencia de .19 en los grupos de tratamiento, es decir, una reducción en
torno al 50% de la reincidencia registrada en los grupos control.

¿Qué explicaba esta diferencia? Con respecto al principal objetivo de esta


re- visión sistemática –averiguar qué factores en la implementación
explicaban la mayor o menor efectividad de los programas– , los resultados
mostraron que las siguientes variables se asociaban con un mejor
resultado:

• incluir en los grupos de tratamiento a delincuentes con alto riesgo de re-


incidencia,

• emplear las técnicas de la solución de problemas interpersonales y de con-


trol de la ira, y

• aplicar el programa con gran integridad (es decir, con pocos abandonos
por parte de los participantes, una buena formación en los terapeutas y
realizando el programa con fidelidad a su filosofía).

Por otra parte, utilizar técnicas de modificación de conducta (como


economía de fichas) y estrategias para que los delincuentes se aproximaran
a los efectos de sus delitos en las víctimas se asociaron con una menor
reducción de la reincidencia.

Es interesante resaltar que, quizás de modo contrario a como se podría ima-


ginar, los delincuentes de mayor alto riesgo resultan ser los que más se
bene- fician de los programas. Sin embargo, de acuerdo a los principios de la
inter- vención efectiva de Andrews y Bonta (2002), este es uno de esos
ingredientes de la efectividad: para estos autores los mejores resultados se
logran cuando se interviene con delincuentes que presentan un mayor riesgo
de reincidir, toda vez que estos sujetos tienen muchas necesidades que
necesitan atención, las llamadas necesidades criminógenas (como las
actitudes y valores procrimina- les), y por ello se verán más afectados por los
programas de tratamiento efica- ces, que en su opinión son de naturaleza
cognitivo-conductual (más adelante volveremos sobre este punto).

Finalmente, merece destacarse que no hubo diferencias en la efectividad pro-


medio entre dos variables que a priori podrían marcar diferencias relevantes
en los porcentajes finales de reincidencia: la edad de los sujetos (es decir, ser
delincuente juvenil o adulto no afectó al resultado) y el lugar de
implementa- ción del programa (tampoco marcó diferencias que el programa
se realizara en reclusión o en la comunidad: libertad condicional o similares).
4. El tratamiento de los delincuentes juveniles
internados (crónicos y violentos)

Precisamente, dos de las características analizadas en la revisión sistemática


de Lipsey y otros (2007) (estar encerrado mientras se recibe el programa de in-
tervención, y ser un delincuente juvenil con una carrera delictiva consolida-
da) fueron el principal foco de interés de la revisión sistemática realizada por
Garrido y Morales (2007). La atención prestada a los delincuentes juveniles
crónicos está del todo justificada: numerosos estudios muestran que en torno
al 15% de los delincuentes juveniles son responsables de cerca del 80% de to-
dos los delitos cometidos a esa edad. Estos jóvenes, que cometen numerosos
delitos, entre los que se encuentran frecuentemente delitos de violencia y el
consumo de drogas, tienen por consiguiente una alta probabilidad de regresar
al centro de internamiento o a la cárcel si no se hace algo al respecto mientras
cumplen sus condenas.
Interior de una cárcel de menores en
Latinoamérica

En la revisión sistemática realizada por los autores se incluyeron 30 estudios


originales, que representaban 6.658 delincuentes comprendidos entre los 12
y los 21 años, a los cuales se les aplicó un programa de tratamiento
efectuado al menos en un 50 por ciento en situación de internamiento. Para
ser incluido en la revisión sistemática al menos la mitad de la muestra debía
incluir a de- lincuentes crónicos o “serios”, concepto que se refería a haber
cometido tres o más delitos y/o un delito grave contra las personas.

Los programas de tratamiento de esos 30 estudios representaban diversos


ti- pos de intervención: unas eran de tipo psicológico, otras de naturaleza
forma- tiva-vocacional, y otras de naturaleza ambiental, es decir, generando
espacios que fomentaban y reforzaban el comportamiento prosocial.

La reincidencia fue evaluada en los estudios revisados mediante informes ofi-


ciales, es decir, provenientes de la policía y de los servicios correccionales. La
duración media del seguimiento en libertad de los sujetos fue de 31 meses.

Los resultados obtenidos fueron modestos pero esperanzadores. Si atendemos


al efecto de los programas sobre todos los tipos de delitos, los delincuentes
juveniles tratados reinciden un 6 por ciento menos que los grupos control. Y si
consideramos los delitos más graves, ese beneficio sube hasta un 9 por ciento
menos de reincidencia. Estos valores pueden parecer escasos, pero sin duda
suponen un ahorro importante en términos de dinero y daño emocional para
el Estado y las víctimas, respectivamente.

¿Qué programas mostraron ser más efectivos? De nuevo los de naturaleza cog-
nitivo-conductual destacaron por encima de los demás, particularmente si
in- cluían diversos focos de intervención (es decir, diversos aspectos del
compor-
tamiento personal y social y del ámbito cognitivo-emocional del sujeto). En
contraste, aquellos programas que se centraban principalmente en mejorar
el grado educativo y el rendimiento escolar no mostraron mejoras
significativas. De igual modo, tampoco demostraron efectividad las
intervenciones centra- das en terapia individual o terapia de grupo.

Figura 1. Estrategia global para la intervención con los delincuentes juveniles.

Fuente: Howell y otros (2009).

Finalmente, en la figura 1 vemos el modelo diseñado por Howell para


orientar a los sistemas de justicia juveniles en el manejo e intervención de
los jóvenes delincuentes. Las dos filas de flechas han de interpretarse como
una sola, que comienza en “programas para todos los jóvenes” y termina en
“seguimiento”, ya que narra la evolución de las medidas de intervención
desde la prevención hasta la intervención. Por eso en la primera de las
partes de esta figura vemos que esa intervención se inicia, en la prevención,
con los problemas de con- ducta, mientras que los centros de reforma y los
programas de seguimiento posterior se dirigen a los jóvenes con violencia
crónica y/o grave.
5. Tratamiento de los delincuentes que abusan de las
drogas

La relación existente entre abuso de drogas y delincuencia es muy importan-


te: los delincuentes que consumen drogas tienen muchas más dificultades en
rehabilitarse, al añadir a los problemas habituales que solucionar para vivir de
modo integrado (como un empleo y un contexto prosocial) los derivados de
la adicción psíquica y/o física y los efectos perniciosos que esta acarrea sobre
la salud mental.

5.1. El abuso de sustancias, los trastornos de personalidad y


la violencia

Entre todos los trastornos mentales, el consumo abusivo de sustancias destaca


por su fuerte asociación con el delito, y en particular el delito violento. Por
ejemplo, los individuos con este único diagnóstico comenten de 12 a 16
veces más actos de violencia que los sujetos diagnosticados de esquizofrenia
o de trastorno bipolar (Swanson y otros, 1990). Sin embargo, lo habitual es
que el abuso de sustancias aparezca junto a otros diagnósticos, en particular
con el grupo B de los trastornos de personalidad, y dentro de este, con el
trastorno antisocial de la personalidad. De hecho el trastorno antisocial de la
persona- lidad y su precursor en la infancia –el trastorno disocial o conduct
disorder– muestran una correlación muy fuerte con el consumo de
sustancias, particu- larmente con el alcohol (Heltzer y Pryzbeck, 1988). Otros
dos cuadros que también suelen asociarse al consumo de sustancias y al
trastorno antisocial de la personalidad son la ansiedad y los trastornos
depresivos (pero no con la psicopatía, ver más adelante) (O'Connor y otros,
1998).

Un importante estudio longitudinal que probó la relación existente entre el


trastorno antisocial de la personalidad, el consumo abusivo de sustancias y los
trastornos depresivos lo realizaron McGue y Iacono (2005). Estos autores
par- tieron de la siguiente base teórica. Hay diversas líneas de evidencia que
sugie- ren que la relación existente entre los problemas de conducta en la
niñez y la patología adulta es el resultado de mecanismos de riesgo
generales, en lugar de mecanismos específicos. En primer lugar, existe una
fuerte concurrencia de indicadores múltiples de problemas de conducta en
la adolescencia, lo que implicaría la existencia de una dimensión subyacente
genérica de problemas de conducta. De modo semejante, hay una evidencia
creciente de que la fuer- te comorbidad existente entre numerosos
trastornos psiquiátricos y el abuso de drogas puede ser el resultado de una o
más dimensiones subyacentes de la salud mental. Y finalmente, al menos un
indicador de problema de conducta en la adolescencia (uso precoz del
alcohol, antes de los 15 años) está asocia-
do con muchos problemas en la edad adulta, es decir, es un factor general
de riesgo, me refiero a problemas como trastorno antisocial de la
personalidad, alcoholismo y abuso de drogas (McGue y otros, 2001).

En esta investigación, los autores examinan si la asociación entre los proble-


mas de conducta y el uso de sustancias en la edad adulta y otros trastornos
se debe a un mecanismo de riesgo general, de modo tal que los problemas de
conducta en la adolescencia elevan también el riesgo para diferentes trastor-
nos en la edad adulta, o por si el contrario se trata de un mecanismo específico,
de manera que un problema de conducta se asocia con un trastorno que está
relacionado clínicamente con esa conducta (lo que sucedería si, por ejemplo,
el consumo de alcohol en la adolescencia se relacionara con el consumo de
alcohol en la edad adulta).

McGue y Iacono entrevistaron a 578 varones y 674 mujeres que tenían 17


años (gemelos idénticos, aunque en esta investigación no se evaluó el carácter
hereditario de las conductas evaluadas), preguntándoles su grado de partici-
pación y edad de inicio (antes y después de los 15 años) en las siguientes
con- ductas: consumo de alcohol, consumo de drogas, consumo de tabaco,
contac- tos con la policía y relaciones sexuales. Igualmente, los participantes
también completaron una entrevista clínica estructurada a esa misma edad
de los 17 años, y posteriormente a los 20 años (seguimiento de tres años).

Los autores hallaron que los problemas de conducta en la adolescencia, espe-


cialmente cuando aparecen antes de cumplir 15 años, están asociados con un
riesgo incrementado de presentar dependencia del tabaco, abuso y dependen-
cia del alcohol y abuso o dependencia de las drogas en la edad adulta. Por otra
parte, además de estos cuadros relacionados específicamente con los predicto-
res en la adolescencia, se observó también un riesgo mayor de desarrollar dos
trastornos diferentes, como son el trastorno de personalidad antisocial y una
depresión mayor, cuando los jóvenes tenían 20 años. Por consiguiente, cada
uno de los cinco problemas de conducta evaluados en la adolescencia se rela-
cionó con cada uno de los cinco diagnósticos investigados tres años después.

Esta relación fue especialmente importante en el caso de los diagnósticos de


abuso de sustancias y trastorno antisocial de la personalidad, con valores de
odds ratios que superaban generalmente el valor de 4,0. Así, entre los hombres
que informaron haber participado en cuatro de los cinco problemas antes de
cumplir 15 años, las tasas de diagnóstico de abuso de sustancias y de trastorno
antisocial de la personalidad excedieron el 80% cuando cumplieron 20 años,
mientras que solo se llegó a un 30% en el caso del trastorno depresivo. Como
conclusión, los autores aportaron una importante evidencia de que los proble-
mas de conducta en los jóvenes obedecen a mecanismos de riesgo generales
que se concretan en diagnósticos diversos en la edad adulta.
El abuso de sustancias puede incrementar el riesgo de violencia a través de
di- ferentes mecanismos, tal y como se ve en la figura 2. El primer
mecanismo es directo: el consumo de sustancias provoca desajustes en la
capacidad que tie- ne el individuo de controlar sus emociones y su
impulsividad. Son los efectos químicos de la droga (por ejemplo, depresores
del sistema nervioso central), por consiguiente, los que inducen al sujeto a la
violencia al alterar su compe- tencia social en el enfrentamiento ante las
dificultades o los conflictos inter- personales. El segundo mecanismo sería
indirecto, a través de la potenciación de los síntomas característicos de otros
trastornos, como el trastorno antisocial de la personalidad o el trastorno
límite de la personalidad.

Figura 2. Dos vías de relación entre abuso de sustancias y violencia

Fuente: Elaboración propia.

5.2. Los programas de tratamiento

De ahí la importancia de la revisión sistemática desarrollada por Mitchell,


Wil- son y MacKenzie (2006), quienes evaluaron los efectos de cuatro tipos
de tra- tamiento aplicados a delincuentes consumidores de drogas
encarcelados. La medida de eficacia considerada de los programas fue la
disminución de la re- incidencia en el delito y en el consumo de drogas.

Los cuatro tipos de tratamiento analizados fueron los siguientes:

a) Comunidad terapéutica: unidades especializadas dentro de la cárcel


donde los participantes tienen una alta responsabilidad en el
mantenimiento de las reglas de convivencia. En estos lugares existe un
equipo de profesionales que emplean un estilo de apoyo y de confrontación
para que los internos asimilen cambios importantes en su forma de pensar y
actuar.

b) Counselling: una variedad de programas (cognitivos, alcohólicos


anónimos y sus variaciones en el abuso de drogas, educación compensatoria,
habilidades de vida, etc.) que emplean formatos de terapia grupal e
individual.
c) Campos militares (boot camps): centros donde los delincuentes son trata-
dos al modo de un programa de entrenamiento militar, con predominio de
ejercicios físicos y tareas con plena obediencia a los mandos (puede existir
complementos de terapia psicológica o counselling).

d) Mantenimiento con sustitutos de drogas: se emplea medicación opiácea


sintética para evitar consumir la droga, como el caso de la administración de
metadona.

La revisión de Mitchell y su grupo tomó en cuenta a una gran variedad de


delincuentes encarcelados, incluyendo hombres y mujeres, jóvenes y
adultos, y delincuentes violentos y no violentos. Se evaluaron 66 estudios
originales, que incluían un total de 165.000 delincuentes, la mayoría de ellos
realizados en los Estados Unidos.

Los autores encontraron que, en conjunto, los programas lograban reducir la


reincidencia entre un 28 y un 35 por ciento, es decir, aproximadamente en
un quinto. Sin embargo, aparecieron diferencias notables entre los efectos
de esos cuatro tipos de tratamiento. Las comunidades terapéuticas
mostraron la mayor eficacia, ya que la mejora en la reincidencia y el abuso
de drogas se logra con independencia del tipo de sujeto tratado (hombre o
mujer, adulto o joven, tipo de delito) y de otras variables de la intervención
(por ejemplo, si el internamiento es seguido o no por un periodo de
seguimiento en la comu- nidad, o si la duración del programa es superior o
inferior a 90 días).

Los programas de counselling fueron también efectivos, pero los estudios


ori- ginales tenían un diseño metodológico menos adecuado. Además, se
obser- vó una reducción en la reincidencia delictiva, pero no en el abuso de
las dro- gas. Por otra parte, los programas no resultaron efectivos en sujetos
jóvenes, o cuando se aplicaba en grupos compuestos de hombres y mujeres.

Finalmente, las experiencias derivadas de los campos militares no fueron po-


sitivas ni para la reincidencia ni para la recaída en las drogas, al igual que los
resultados de los programas de sustitución de droga, si bien en este último
ca- so los datos fueron menos claros, porque solo se pudo analizar cinco
estudios originales con una muestra pequeña.

Una conclusión importante de esta revisión es que –con la excepción de las


comunidades terapéuticas– los programas para el tratamiento de delincuentes
encarcelados que abusan de las drogas no parece que consigan esa reducción
del consumo, aunque sí influyen en la disminución de la reincidencia delicti-
va. Por otra parte, es claro que en este campo queda pendiente mucha inves-
tigación, como se demuestra al comprobar que la gran mayoría de los estudios
originales revisados por los autores era de una fecha posterior a 1996, a pesar
de que la investigación tomaba en cuenta los trabajos publicados desde 1980.
6. Programas para la inserción laboral de
exdelincuentes

El disponer de un empleo estable es un predictor crítico del éxito en dejar


atrás la delincuencia una vez el sujeto sale de la cárcel. En efecto, un empleo
satisfactorio le pone en contacto con nuevas redes sociales y le facilita un
es- tilo de vida convencional, algo esencial en el proceso de desistimiento
del de- lito (Sampson y Laub, 2003). Sin embargo, los programas que sirven
para la obtención de un empleo parece que solo son efectivos cuando el
exrecluso está realmente motivado para trabajar. En este sentido, la
investigación que presentamos a continuación pone de relieve que los
programas habituales de obtención de empleo no suelen producir ese
cambio motivacional.

Lo cierto es que los exreclusos habitualmente tienen pocas habilidades labora-


les, lo que se suma a su condición de haber sido “huéspedes” en la cárcel
para hacer realmente difícil la obtención de un empleo y, con ello,
mantenerse a sí mismos y a sus familias. Por no hablar de otras necesidades
que pueden tam- bién ser igualmente relevantes, como problemas de drogas y
alcohol o patolo- gías de personalidad o mentales. Cuando este es el caso,
tales problemas han de ser convenientemente atendidos antes de que el
sujeto pueda encontrar o mantener con un mínimo de garantías un empleo.

Visher, Winterfield y Coggeshall (2006) realizaron una revisión sistemática y


definieron como el objetivo de su estudio el “evaluar los efectos de los progra-
mas diseñados para incrementar las probabilidades de obtener un empleo me-
diante actividades de formación laboral y de búsqueda de trabajo, de
aquellos sujetos que salieron recientemente de la cárcel, todo ello con la
meta última de mejorar laboralmente y reducir la reincidencia” (pág. 6).
Ahora bien, como quiera que había un número escaso de estudios que se
ocuparan de este ob- jetivo de investigación, Visher y otros (2006) ampliaron
su ámbito incluyen- do aquellos estudios que analizaban los efectos de
programas de formación laboral o de búsqueda de empleo sobre individuos
que habían sido arrestados, condenados o encarcelados por haber cometido
un delito. Es decir, ya no se trataba solo de exreclusos, sino de delincuentes
que podían no haber sido si- quiera condenados (pero sí arrestados).

Los autores midieron el éxito del programa en términos de reincidencia (un


nuevo arresto o condena, e incluso delincuencia autoinformada). En total
fue- ron evaluados ocho estudios independientes, el primero siendo
implementa- do en 1971 y el último en 1994: todos ellos debían de contar
con un grupo de tratamiento y otro de control con asignación de los sujetos
al azar. Más de
6.000 sujetos mayores de 16 años participaron en los ocho estudios evaluados,
con un periodo de seguimiento de entre los 6 y los 36 meses.
Los resultados fueron decepcionantes:

“Esos ocho estudios hallaron efectos escasos o solo modestos en la disminución de la


reincidencia de los exdelincuentes que participaron en los programas laborales. En al-
gunos de esos estudios los sujetos de los grupos experimentales mostraron una menor
reincidencia que los sujetos control, pero la diferencia no fue estadísticamente significa-
tiva.” (pág. 13)

¿Qué pudo originar esos resultados decepcionantes? Los autores señalaron que
se trataron de investigaciones muy heterogéneas, tanto en términos del tiem-
po en el que fueron realizadas (con diferencias de hasta 25 años), en la natura-
leza de las intervenciones efectuadas, que incluían desde programas de prepa-
ración para el empleo bien diferentes (algunos constaban de educación bási-
ca), como en la edad de los sujetos que componían los tratamientos (desde los
16-17 años hasta mediados los 40). Finalmente, los exdelincuentes también
tenían antecedentes delictivos muy variados.

Por ello, los autores señalan que es posible que un estudio que tuviera en cuen-
ta un mayor número de trabajos analizados (no solo ocho) podría permitir
hallar resultados más positivos si ello posibilitara analizar los efectos del tra-
tamiento en grupos más homogéneos de sujetos, tanto en términos de sus ca-
racterísticas (por ejemplo, su edad o sus antecedentes penales) como en fun-
ción del tipo de intervención desarrollado.

A pesar de ese número escaso de estudios evaluados, los autores procedieron


a realizar un metaanálisis, y encontraron que las diferencias en los
resultados eran escasas entre los grupos tratados y los grupos control:
mientras que los primeros mostraron una tasa de reincidencia del 44,2%, los
segundos alcan- zaron un valor de 45,7%, una diferencia no significativa.

Como conclusión, Visher y otros (2006) señalan la importancia de investigar


en el futuro próximo cuál podría ser el efecto de programas de más amplio
espectro que los que han sido evaluados hasta la fecha, es decir, programas que
no se limiten solo a dar cursos de formación o de ayuda para obtener un em-
pleo, sino que se preocupen también por ofertar formación continua
después de obtenido el empleo, que atiendan con anterioridad necesidades
primarias como educación básica, habilidades de vida (vivir de modo
autónomo), que oferten ayuda eficaz en problemas de alcohol y drogas y
patologías psíquicas, y que ofrezcan asistencia de un modo más directo y en
estrecha vinculación con los empleadores.
7. La técnica de la entrevista motivacional

En los últimos veinte años se han popularizado entre los estudiosos del trata-
miento de los delincuentes los llamados tres principios del tratamiento efec-
tivo (Andrews y Bonta, 2002) que, en pocas palabras, plantean lo siguiente: se
obtiene la mayor efectividad en un programa de intervención con delincuen-
tes cuando el tratamiento se orienta a los sujetos de más alto riesgo, se centra
en influir sobre las necesidades –objetivos–que mayor relación guardan con la
conducta delictiva (como las actitudes procriminales, el abuso de sustancias
o las compañías antisociales) y se ajustan a las características, capacidades y
circunstancias de los individuos tratados, ya que incrementa así la motivación
de los sujetos por permanecer en él y acelera su aprendizaje.

Hay una importante investigación que señala (aunque con ciertas discrepan-
cias con respecto al principio del riesgo) que los programas que respetan estos
principios son más efectivos (es decir, disminuyen en mayor medida la
reinci- dencia) que aquellos que no los contemplan (Andrews y Dowden,
2005). Son los siguientes:

a) Principio del riesgo: Asume que se requieren niveles más elevados de in-
tervención en los casos de mayor riesgo. La intervención intensiva se reserva
para los casos de mayor riesgo porque responden mejor que con una interven-
ción menos intensiva, mientras que los casos de bajo riesgo responden igual
de bien o mejor con una intervención mínima. El principio del riesgo propor-
ciona, por tanto, una conexión entre las necesidades criminógenas y el nivel
de intervención que se debe proporcionar.

b) Principio de las necesidades: El principio de las necesidades se resume en


que los objetivos de la asistencia programada deben ser los adecuados para
resolver las necesidades criminógenas del delincuente. Esas necesidades son
aquellas características que, al sufrir una modificación, se obtienen cambios
en la probabilidad de reincidencia, o lo que es lo mismo, si se tiene como meta
la reducción de esta probabilidad la asistencia más efectiva es aquella que re-
duce las necesidades criminógenas; estas, por consiguiente, se establecen co-
mo objetivos intermedios de la intervención. Las necesidades son factores de
riesgo dinámico, favorables al cambio, que, si se consiguen modificar, tendrán
como consecuencia la reducción de la actividad antisocial futura. Las actitudes
antisociales, el desarrollo de relaciones con iguales antisociales y las relaciones
deficientes con los padres son algunas de las necesidades criminógenas iden-
tificadas en este modelo. El principio de las necesidades indica que el foco de
la intervención debe centrase en este tipo de factores de riesgo (dinámicos).
c) Principio de la capacidad de respuesta (o de responsividad): Se refiere a
las habilidades y estilos de aprendizaje de los delincuentes y a la necesidad de
considerarlos factores de protección o recursos, que pueden servir para mode-
rar el impacto de los factores de riesgo. Los factores implicados en la capaci-
dad de respuesta son aquellos que no están necesariamente relacionados con
la actividad delictiva pero que son relevantes en la forma en que los jóvenes
reaccionan a los diferentes tipos de intervención. Ejemplos de factores que se
incluyen en la capacidad de respuesta son: niveles altos de madurez emocio-
nal, el estilo de aprendizaje (por ejemplo: verbal y no verbal), el apoyo efectivo
por parte de los adultos, las habilidades lectoras, la autoestima, la ansiedad y
la motivación para el tratamiento. El principio de la capacidad de respuesta
asume que estos factores deben tenerse en cuenta cuando se quiere diseñar el
mejor programa de Intervención.

La entrevista motivacional es una estrategia que podríamos encuadrar como


útil para implementar el principio de la capacidad de respuesta, ya que bus-
ca motivar al sujeto para que se implique en programas de tratamiento que,
finalmente, se espera que le ayude a cambiar el comportamiento. Se trata
de un asunto crucial, ya que querer participar en un programa de
tratamiento y permanecer en él son pasos ineludibles antes de lograr
cambiar la conducta. McMurran y Theodosi (2007) condujeron un
metaanálisis de programas cog- nitivo-conductuales con delincuentes con un
diseño metodológico exigente, y hallaron que los individuos que
abandonaban el tratamiento reincidían en mayor medida que los que lo
terminaban y, lo que es todavía peor, vieron que los que abandonaban el
tratamiento reincidieron más que los sujetos a los que no se les había ofrecido
el tratamiento.

Aunque la entrevista motivacional (en adelante, EM) fue desarrollada por


Mi- ller y Rollnick (1991) para fomentar la voluntad de cambio de
consumidores de alcohol y drogas, en los últimos años se ha empleado
también con delin- cuentes con el propósito general de facilitar el cambio de
comportamiento. Por otra parte, dado que muchos delincuentes también
consumen alcohol y drogas, se trata de una extensión de un campo a otro
La entrevista motivacional se suma a la filosofía
que parece natural. de la práctica basada en la evidencia.

Digamos, en pocas palabras, que la EM lo que pretende es que el sujeto (de


forma individual o en grupo) formule expresiones de cambio, provocadas
por el uso del profesional de técnicas de relación terapéutica, como expresión
de la empatía, clarificar lo escuchado, solicitar aclaraciones, evitar sermonear
sobre la importancia de que el sujeto cambie, y particularmente ocupándose
de la ambivalencia que todo sujeto muestra ante un cambio relevante en
sus vidas para fortalecer su compromiso con el cambio.
McMurran (2009) llevó a cabo una revisión sistemática con objeto de clarificar
cuál ha sido el empleo de la EM en delincuentes; en particular su efectividad
en motivar hacia el cambio, en retener a los individuos dentro del programa
sin abandonarlo y, finalmente, como estrategia de cambio directo, es decir,
como agente activo de la disminución de la reincidencia de los delincuentes.

Para tal fin revisó 19 estudios originales, y observó que la EM se aplicaba en


mayor medida con programas de tratamiento de la adicción, aunque también
aparecieron aplicaciones con maltratadores, con delincuentes de tráfico y de-
lincuentes comunes. Esta variedad impidió el uso de un metaanálisis y, con
ello, la obtención de conclusiones sólidas que tuvieran apoyo en datos cuan-
tificables; sin embargo, algunas conclusiones generales relevantes fueron las
siguientes:

1) Con respecto al objetivo de retener a los participantes de un programa de


tratamiento (y evitar con ello que lo abandonen antes de que concluya), los
resultados parecen prometedores en los casos de tratamientos de drogodepen-
dientes, aunque no cuando los sujetos son agresores de mujeres. Por ahora,
el uso de técnicas conductuales, como el refuerzo material de la asistencia y
un esquema de contingencia por el que el participante va siendo reforzado si
permanece en el tratamiento, parece ser superior a la EM.

2) Por lo que respecta a fomentar la motivación para el cambio (logrando que


el sujeto se decida a iniciar pasos para modificar su conducta negativa), la evi-
dencia apoya que la EM es una estrategia útil. El problema es que esa motiva-
ción –medida generalmente mediante inventarios, que evalúa el tránsito del
sujeto de una etapa a otra en su determinación de llegar a implicarse en el
cambio–no siempre se relaciona con el propio cambio.

3) Finalmente, por lo que respecta a la EM como inductora directa del cambio,


los efectos son por ahora equívocos: hay resultados positivos y negativos en
los programas de atención a drogodependientes, mientras que los efectos con
agresores de mujeres no fueron significativos. Una posible explicación –apunta
McMurran– es que tanto los programas usados en los grupos control como el
grupo de EM lograran ambos disminuir la reincidencia, lo que tendría como
consecuencia que la EM no se mostrara superior a las actividades realizadas
con los sujetos con los que se comparaba.

Como conclusión, la autora señala que se hace necesario profundizar en la


definición precisa de la técnica que implica la EM, ya que es muy posible que se
estén realizando aplicaciones denominadas genéricamente de “EM” pero
que en realidad incluyan variaciones muy sustanciales, cuando no
definitivamente incorrectas. Igualmente, recomienda que se desarrolle más
la teoría de base sobre la que sustenta la técnica, lo que supone avanzar en
el conocimiento de la psicología de la motivación sobre el cual refinar su
aplicación práctica.
8. El tratamiento de los psicópatas

Si el tratamiento de los delincuentes es motivo de controversia –si bien hemos


visto que las investigaciones de las últimas dos décadas están siendo
clarifica- doras acerca de lo que funciona y no funciona–, el asunto se
complica mucho más cuando nos ocupamos del tratamiento del delincuente
más persistente y violento: el psicópata.

En parte, las dificultades provienen desde el plano del significado del


concep- to de psicópata y por ello mismo de su medición. Otros problemas
son si po- demos hablar de psicópatas cuando nos referimos a niños o
jóvenes, y en qué medida podemos esperar de ellos una mejor respuesta al
tratamiento en com- paración con las intervenciones desarrolladas con adultos.
Finalmente, hemos de considerar los resultados obtenidos hasta el momento Robert Hare

en el tratamiento de tanto los psicópatas juveniles como adultos y si tales


tratamientos o interven- ciones pueden progresar en el futuro.

8.1. ¿Qué es un psicópata?

Una de las definiciones de psicopatía más aceptadas en la actualidad es la ofre-


cida por Cooke y su equipo (Cooke y Michie, 2001), que conforma una cons-
telación con tres importantes dimensiones:

1) Un estilo interpersonal arrogante y manipulador, que define a un indi-


viduo con labia o encanto superficial, con un sentido desmesurado de la au-
tovalía, que estafa, manipula y engaña a los demás.

2) Una experiencia afectiva deficiente, caracterizada por la falta de senti-


mientos de culpa, insensibilidad emocional, falta de empatía, afecto superfi-
cial y el fracaso en la aceptación de la responsabilidad de las propias
acciones (negación de las acusaciones, excusas, etc.).

3) Un estilo de comportamiento irresponsable e impulsivo que implica ca-


racterísticas como tendencia al aburrimiento, búsqueda de excitación, incapa-
cidad para establecer metas a largo plazo, impulsividad, y un estilo de vida
parasitario (deudas, incapacidad para mantener un trabajo, etc.).

Por su parte, Robert Hare (2003) añadiría una cuarta faceta: la conducta an-
tisocial o delictiva.

Las primeras descripciones de psicopatía juvenil las podemos encontrar en va-


rios estudios de caso único presentados por Hervey Cleckley en 1941 (Cleckley,
última edición de 1976), en su clásico libro La máscara de la cordura (The mask
of sanity), aunque sin entrar en profundidad sobre las experiencias infantiles
descritas de los sujetos que investiga. En los casos de adolescentes
psicópatas que presentó intentó demostrar la existencia del mismo tipo de
rasgos que atribuía a los adultos, lo que contribuyó a la hipótesis de que los
adolescentes con rasgos de psicopatía son incapaces de apreciar el sentido y
el significado del comportamiento humano y, por ello, no experimentan
emociones con la misma profundidad y riqueza que los no psicópatas.
Tampoco hacen uso del contenido afectivo en su lenguaje y otras funciones
cognitivas, como las de- más personas. Cleckley sugirió que cuando son
adultos este déficit afectivo profundo queda oculto por las expresiones
verbales aprendidas que proporcio- nan una “máscara de cordura”. Especuló
sobre la dificultad del procesamiento de la emoción durante la adolescencia
en los individuos con psicopatía y la consecuente multitud de déficits sutiles
del procesamiento emocional, mien- tras que los demás jóvenes son
sensibles y se hacen más capacitados en el re- conocimiento y la respuesta a
las emociones.

8.2. ¿Psicópatas juveniles?

En los últimos años, investigadores clínicos y profesionales de varios ámbitos


han demostrado un creciente interés por la aplicación del constructo de psi-
copatía en los jóvenes, en parte, por su utilidad en predecir el desarrollo de
un estilo de comportamiento agresivo y violento (Hare y Newman, 2008). Tal
como sucede en la mayoría de los trastornos diagnosticados en la edad adulta,
se cree que el síndrome psicopático consiste en un conjunto estable de
rasgos de personalidad, actitudes y comportamientos desadaptativos que
tienen su origen en la infancia. Todo ello se ha acompañado de un extenso
debate sobre la validez de este constructo (ver Silva, 2008).

En base a lo anterior, los diferentes estudios con poblaciones delincuentes


se fueron consolidando sobre un supuesto básico fundamental: los
comporta- mientos exhibidos por los psicópatas adultos pueden, cuando los
manifiestan los jóvenes, identificar a un pequeño grupo de delincuentes que
seguirán man- teniendo comportamientos antisociales graves y frecuentes
en la edad adulta (Morales, 2010).

Gran parte del cuerpo empírico sobre psicopatía en jóvenes y adolescentes se


ha construido a lo largo de varios frentes (Silva, 2008):

1) El desarrollo de instrumentos especialmente diseñados para evaluar el cons-


tructo en estas franjas de edad, al que subyace la pregunta: ¿Puede evaluarse
la psicopatía de forma fiable y válida en estos grupos de edad?

2) La identificación de rasgos psicopáticos que se corresponden a la nosología


de los trastornos disruptivos de la conducta propuestos en el DSM (Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). La pregunta ahora es la si-
guiente: ¿La identificación de los rasgos de psicopatía en niños y jóvenes
pue- de ayudar a identificar con precisión un subgrupo de estos que
evolucionarán hacia la psicopatía en la edad adulta?

A la especificación del síndrome tal y como se define en la escala de


psicopatía de hare revisada (PCL-R, psychopathy checklist - revised; Hare, 2003),
se le ha da- do gran énfasis. La adopción generalizada de la PCL como criterio
reconocido para la medición de la psicopatía ha contribuido sin duda a la
consistencia de los hallazgos empíricos encontrados a lo largo de la última
década.

Actualmente se considera que la psicopatía está relativamente bien validada


en poblaciones forenses de varones adultos y la evidencia sobre la validez de
constructo en cuanto medido por la PCL-R incluye la asociación significativa
con la violencia, la reincidencia, el consumo de drogas, otros trastornos de la
personalidad, anomalías psicopatológicas, y con déficits de actuación en
con- textos específicos como la evitación pasiva –aprender a escapar de un
estímulo aversivo–, la modulación de la respuesta –cambiar una respuesta
ineficaz por otra más adaptada cuando cambia la situación– y el
procesamiento emocio- nal –fracaso en discriminar entre estímulos agradables
y desagradables–, entre otros.

Y al igual que con población adulta, en los jóvenes se ha encontrado impor-


tante evidencia que relaciona la psicopatía y el comportamiento delictivo.
De acuerdo con algunas revisiones las principales características en las que
se en- cuentran diferencias entre jóvenes psicópatas y no psicópatas
vinculados al sistema de justicia, pueden resumirse como sigue:

• Empiezan su conducta antisocial a más temprana edad, tanto violenta


co- mo no violenta, con alrededor de dos años de diferencia comparados
con jóvenes sin rasgos psicopáticos.

• Cometen más delitos y de mayor gravedad.

• Abandonan con mayor probabilidad los esfuerzos de intervención


correc- cional y tienen menos logros en ella.

• Se involucran en más problemas durante la institucionalización.

Estas características y su persistencia asociadas con los rasgos de personalidad


se han relacionado a lo largo de la historia con el fracaso en el tratamiento.
Los jóvenes con características psicopáticas son parte nuclear del grupo de
los delincuentes con carreras delictivas crónicas y violentas. La evaluación
del tratamiento con esta población también resulta crítica, dado que
representan el extremo del comportamiento delictivo en adolescentes.
Sin embargo, una lectura crítica de estos trabajos exige que tal supuesto sea
confirmado en investigaciones longitudinales, pues determinadas característi-
cas de los psicópatas adultos (como la búsqueda de sensaciones y la
irrespon- sabilidad) son características temporales (esto es, transitorias) en la
adolescen- cia (Silva, 2008), y no todos los jóvenes calificados de psicópatas
mantienen ese diagnóstico cuando llegan a la edad adulta (Salekin y otros,
2010).

8.3. El tratamiento de los psicópatas

Tradicionalmente se ha considerado a los psicópatas como intratables. Su


de- finición como personas que no aprenden de la experiencia (debido a que
no obtienen retroalimentación emocional en términos de los efectos de sus
ac- tos en los demás, ya que no se pondrían en el lugar de las personas a las
que dañan –ausencia de empatía– y serían poco receptivos ante el temor del
casti- go), su capacidad para manipular y engañar, su deseo de no aburrirse
y vivir experiencias de riesgo y su narcisismo exagerado, les harían clientes
reacios a implicarse en una relación terapéutica con el deseo genuino de
cambiar y abandonar sus conductas perniciosas.

En efecto, las primeras revisiones sobre la efectividad en la intervención de los


delincuentes psicópatas consideraban que esta era ineficaz, o incluso contra-
producente, ya que el psicópata tratado podría aprender habilidades cogniti-
vas y sociales que lo harían más diestros para engañar a los profesionales de la
intervención e incluso para cometer nuevos delitos con mayor habilidad.

Investigación de Olver y Wong

En esta investigación, Olver y Wong (2009) examinaron la respuesta de 135 delincuentes


sexuales (entre los cuales había un número de psicópatas) al tratamiento durante un
periodo de seguimiento de 10 años. Se halló una reducción significativa en reincidencia
violenta y sexual en aquellos delincuentes psicópatas que terminaron satisfactoriamente
el tratamiento.

En los últimos diez años, sin embargo, esta tendencia parece estar cambiando.
Los modernos estudios de Salekin (2002; Salekin y otros, 2010) indican que
existen nuevos programas de intervención, tanto en delincuentes juveniles
como adultos, que han obtenido resultados mucho más prometedores. En el
caso de los delincuentes psicópatas adultos, de su análisis de ocho
programas de tratamiento realizados entre 1990 y 2009, concluyen lo
siguiente (Salekin y otros, 2010, pág. 248):

“Los resultados del tratamiento oscilan entre malos o ligera y moderadamente buenos.
Sin embargo, no sabemos si la mala respuesta al tratamiento significa que, en el caso de
algunos estudios, no hubo ningún tipo de mejora o que simplemente los sujetos psicó-
patas mejoraron menos (…). En dos de los estudios mejor diseñados hay al menos un
horizonte de esperanza en el sentido de que un número de sujetos tratados obtuvieron
una mejora significativa. En otros dos estudios igualmente bien diseñados, sin embargo,
los resultados fueron negativos, por lo que es claro que se necesita realizar la suficiente
investigación para determinar cuáles son los métodos que arrojan resultados positivos
y negativos”.
Por otra parte –siguen comentando Salekin y otros, 2010)–, es necesario seña-
lar también que ninguna de las intervenciones desarrolladas con psicópatas
adultos fueron diseñadas específicamente para este tipo de sujetos, lo que
debe de sumarse al hecho de que la mayoría (cinco de los ocho) de aquellas
presen- taron problemas metodológicos relevantes.

Por lo que respecta al tratamiento de los delincuentes juveniles psicópatas (que


incluye también un estudio con niños preadolescentes que ya mostraban un
comportamiento agresivo y desafiante), los autores concluyen (pág.255):

“(…) cinco de los cinco programas de intervención revisados hallaron que la psicopatía
se asociaba significativamente con conductas perturbadores del orden en las unidades
donde estaban siendo tratados. Sin embargo, con respecto al progreso en la intervención,
seis de los ocho estudios evaluados indicaron que los psicópatas se beneficiaron del
tra- tamiento o bien no se comportaron peor que los jóvenes no psicópatas. Estos
resultados sugieren que los jóvenes con psicopatía pueden ofrecer más problemas en su
manejo que aquellos que no presentan esta condición, pero también que pueden
mejorar si reciben un tratamiento adecuado”.

Probablemente el programa desarrollado por Caldwell y otros (2006) sea el


más representativo a la hora de significar que el tratamiento efectivo de los
delincuentes juveniles psicópatas tiene un futuro esperanzador. Estos autores
realizaron una investigación con 151 jóvenes (n = 56 en el grupo tratado y n
= 85 en el grupo de comparación) que puntuaron más de 27 en la PCL: YV,
es decir, que se podían considerar con importantes rasgos psicopáticos. Los
citados investigadores aplicaron un tratamiento cognitivo-conductual
basado en la teoría del desafío, que propone romper la cadena de
imposición de san- ciones y el subsiguiente aumento de la rebelión por parte
de los jóvenes, lo que normalmente se traduce en el incremento de la
frecuencia, persistencia o seriedad de la conducta criminal.

El programa de Caldwell

Su utilización del modelo de descompresión enfatiza la respuesta positiva de los


jóvenes: se les da protagonismo y beneficios a medida que abandonan los desafíos y
no ven su conducta de rebelión como la que espera la institución de ellos.

Como alternativa a esta forma usual de proceder en respuesta a los jóvenes


violentos institucionalizados, el programa utilizó un modelo denominado de
descomprensión, que tiene el objetivo de fortalecer los roles y expectativas
convencionales de los jóvenes, en vez de incidir en el castigo que les
esperaba cada vez que actuaran desafiando las normas. Dicho de otra
manera, en el programa los terapeutas estaban pendientes de reforzar
positivamente cada actitud y comportamiento orientado en un sentido
positivo, al tiempo que se quitaba peso a la amenaza de una sanción como
advertencia por un posible futuro mal comportamiento.

Al cabo de un periodo de seguimiento de dos años, el 56% (n = 31) de los


jóvenes que recibieron el tratamiento reincidieron, comparados con el 73%
(n
= 62) de quienes estaban en el grupo de comparación (lo cual fue
significativo desde el punto de vista estadístico). Además, hubo una clara
relación entre el tratamiento y la reincidencia violenta subsiguiente. Solo el
18 % (n = 10) de
jóvenes tratados se involucraron en nuevos actos de violencia en la comuni-
dad, comparados con el 36% (n = 31) de los casos de comparación. Los jóvenes
del grupo de comparación tuvieron cerca de dos veces más probabilidad de
reincidir violentamente que quienes recibieron el tratamiento.

A pesar de que el tratamiento no tuvo un efecto significativo sobre la reinci-


dencia general, sin embargo el tratamiento claramente predijo una tasa más
baja y lenta de reincidencia violenta en estos jóvenes. Además, otro dato re-
levante fue que la probabilidad de actos violentos en la comunidad, una vez
liberados y tras dos años de seguimiento, fue de aproximadamente el 16% para
el grupo tratado y del 37% para el grupo de comparación.

Con relación a la falta de efecto en la reincidencia general, los autores


explica- ron que los delitos menores no violentos (principalmente contra la
propiedad y de drogas) pueden explicarse más por las circunstancias a las
que regresan los jóvenes (por ejemplo, el vecindario o su situación socio-
económica), que por características personales asociadas a la psicopatía. El
programa de trata- miento fue específicamente dirigido a reducir la
agresividad interpersonal, así como la reincidencia seria y violenta, y
claramente este objetivo se logró (Sa- lekin, 2002).

8.4. Líneas prometedoras a seguir con los delincuentes psicópatas

Salekin y otros (2010) hacen las siguientes propuestas para el desarrollo futuro
de los delincuentes psicópatas:

1) El rechazo de los psicópatas a ser tratados debe considerarse como un


pro- blema de tipo técnico; otros sujetos son reacios a acudir a terapia y no
por ello son inhábiles para cambiar, como por ejemplo los consumidores de
drogas.

2) Lo mismo podemos decir acerca del argumento de no tratar a los psicópatas


porque son manipuladores y saben engañar. Se hace necesario considerar este
hecho como un objetivo de la investigación, y ver en qué medida tal
habilidad es en realidad un impedimento insalvable o simplemente un hecho
más que dificulta (pero no impide) el tratamiento.

3) Es necesario tener en cuenta cuál es la definición de “psicópata” que está


empleando el investigador, así como la teoría acerca de los déficits y carac-
terísticas que presenta, con objeto de valorar adecuadamente el tratamiento.
Por ejemplo, algunos investigadores ponen más énfasis en el tratamiento de
los aspectos de conducta (delincuencia y vida irresponsable) que de personali-
dad, mientras otros hacen lo contrario (se ocupan más de modificar el aspecto
afectivo e interpersonal del trastorno). Ello supone que hay diferencias en el
énfasis de lo que significa realmente presentar una psicopatía.
4) El tratamiento no debería fijar como único criterio de éxito la
reincidencia. Aunque en toda intervención con delincuentes este resultado
es el más rele- vante, desatender otros criterios de éxito más intermedios
como el cese del consumo de drogas, la obtención de un empleo o la mejora
de la relación con la familia puede dificultar el progreso en el diseño de los
esfuerzos para tratar al psicópata, porque es posible que el éxito último (no
reincidir) pase necesa- riamente por obtener las metas anteriores.

5) Hay que esforzarse por obtener los ingredientes críticos en el éxito de los
programas de intervención. Por ejemplo, Salekin encontró que la comunidad
terapéutica era menos efectiva que las estrategias dinámicas (orientadas hacia
el insight o comprensión interior) y cognitivo-conductuales en los
psicópatas.
¿Cuál es la razón de esto? ¿Por qué algunas terapias son mejores que otras
para superar determinados déficits de los psicópatas? Por ahora, los mejores
candidatos para ser considerados ingredientes posiblemente efectivos en el tra-
tamiento de los psicópatas serían el entrenamiento en control cognitivo y en
la toma de decisiones, así como en la regulación emocional.

6) Adoptar una visión realista y progresiva en el diseño y objetivos de las in-


tervenciones: “Una meta realista en el tratamiento de los sujetos que presen-
tan rasgos de psicopatía no implicaría intentar erradicar todos los síntomas
de esta a la vez, sino más bien lograr un progreso gradual a medida que se
aplica la terapia, reconociendo que habrá seguramente algunos retrocesos en
el camino” (pág. 261).
9. La relación terapéutica con el delincuente juvenil

En su libro de 1989, I Hate You; Don’t Leave Me (Te odio; no me abandones),


Kreisman y Straus recomendaron el uso de tres pasos, una aproximación es-
tructurada denominada AER (SET; support, empathy, truth) a la hora de comu-
nicarnos con clientes diagnosticados con trastornos de personalidad límite.
Esta perspectiva, desarrollada por el personal del Medical Center de Sant Louis,
puede ser adaptada para ayudarnos a relacionarnos con personas que presen-
tan problemas de conducta resistentes, en concreto, jóvenes que hacen de-
mandas poco razonables o presentan conflictos a la hora de expresar sus emo-
ciones de manera constructiva, lo que es habitual en los delincuentes juveni-
les. La estructura puede ayudarnos a mantenernos firmes y reducir nuestras
propias defensas mientras intentamos redirigir la plétora de emociones de
los jóvenes en conflicto (miedo, soledad, sentimientos de incomprensión, y
pér- dida de control). Además, podemos usar los pasos para reforzar y
establecer límites y hacer cumplir las consecuencias.

9.1. Paso 1. Comunicar apoyo

El primer paso del modelo se representa por la “A” de apoyo. La mayoría de


nosotros, independientemente de nuestro grado de perturbación
emocional, hay veces en que nos sentimos insoportables y solos. Este tipo
de jóvenes no tienen con quien compartir estos momentos, su bote salvavidas
está hundién- dose y, desde su perspectiva, a nadie le importa, mucho
menos a los adultos. Sienten como si ignorásemos su situación, como si
fuéramos verdaderos des- conocedores de sus problemas, o como si
estuviéramos demasiado ocupados por nuestras cosas como para
preocuparnos de ellos. A menudo, estas percep- ciones son erróneas, y por
ello nos incumbe como profesionales la tarea de continuar mostrando una
nueva perspectiva frente a esa visión de abandono. Por consiguiente, es a
menudo un buen punto de partida ofrecer una declara- ción personal del
asunto: “Juan, realmente estoy preocupado por ti, y ahora quisiera saber
qué ha pasado” (apoyo).

Muchos jóvenes antisociales están desacostumbrados a legitimar estas expre-


siones de interés personal. Por consiguiente, puede que las rechacen en esos
momentos, pero si esa expresión de preocupación por el sujeto es genuina
tendrá su valor sin duda en la relación, aunque inicialmente la reacción del
joven sugiera otra cosa.

9.2. Paso 2. Empatizar con o validar la posición del joven

Después de ofrecer apoyo, es importante que intentemos comunicar


nuestra comprensión sobre la situación del joven y lo que siente; el paso de
la “E” viene a continuación. Ya hemos hablado de la importancia de la
empatía. El
mejor momento para intentar comprender es cuando tenemos la necesidad
de confrontar. Ahora bien, es fácil validar o empatizar con alguien que está
sintiendo o pensando las mismas cosas que nosotros, pero es extremadamen-
te difícil empatizar con alguien que está continuamente desafiándonos o ha-
ciendo demandas poco razonables. Así, tras haber ofrecido una declaración de
apoyo, necesitamos focalizar nuestra energía en oír realmente y entender los
sentimientos y perspectivas del joven. Entonces intentamos comunicar esta
comprensión a través de una breve declaración empática: “Veo que estás muy
harto de pasar por todo esto (por ejemplo, un nuevo ingreso en un centro)
otra vez”.

9.3. Paso 3. Reforzar la realidad o la verdad de la situación

Este último paso representa la verdad o la realidad (la “R”). Empatizar no


significa –digámoslo otra vez– aceptar la validez de la conducta del sujeto. No
ayudamos a nadie si negamos la realidad de vivir en un mundo con proble-
mas, consecuencias y limitaciones. Justificar y excusar a los chicos solo sirve
para confundirles. Es típico en los profesionales o en los padres de los jóvenes
tomar el camino más fácil y aceptar sus excusas, en lugar de mantenerse firmes
o enseñarles responsabilidades. Necesitamos encontrar el modo de reafirmar
la valía del joven al tiempo que también le transmitimos de forma clara nues-
tras expectativas. Cuando confrontamos a este tipo de jóvenes, es importante
que les transmitamos que los aceptamos como son pero que queremos que
mejoren. Les debemos explicar que mientras entendemos que pueden haber
pasado por muchas dificultades, y que algunas personas no les han ayudado
como quizás deberían haberlo hecho, siempre es más fácil cambiar nuestra
conducta que la de los demás. Una declaración efectiva y verdadera (o realista)
comunica al joven lo que podemos o no hacer como educadores, pero que al
final, el único responsable, el que decide es el joven. Así pues, el modelo AER
es un proceso estructurado para mostrar preocupación y comprensión mien-
tras el educador enseña y modela conducta responsable.

¿Cómo se lleva a cabo la “declaración realista”? Evitemos el sarcasmo y los aires


de superioridad: buscamos satisfacer las necesidades del joven. A continuación
figuran ejemplos adecuados e inadecuados de este tercer paso del modelo
de confrontación AER:

• Apropiado: “Si eliges escaparte, tendré que llamar a la policía”.


• Inapropiado: “Te prohíbo que te escapes” (no señala las consecuencias; no
apunta a la decisión del sujeto).

• Apropiado: “Estas son las reglas, y espero que las respetes”.


• Inapropiado: “Si no haces las cosas a mi manera, tendrás que marcharte
de aquí” (lucha de poder).

• Apropiado: “Tengo problemas para seguirte. Por favor, cálmate y así podré
ayudarte”.
• Inapropiado: “Nadie te puede ayudar cuanto te pones así” (es un
mensaje “tú”, no muestra implicación ni dirección en la ayuda).

• Apropiado: “Esa silla en la que estás sentado cuesta 100 euros, y si la


rom- pes habrá que sustituirla”.
• Inapropiado: “Si rompes esa silla pagarás una nueva” (es una frase
puniti- va, supone un coste mayor para la relación).

9.4. El control de la conducta: una reflexión

Solo podemos controlar lo que hacemos nosotros; nos podemos controlar a


nosotros mismos, esta es una de las grandes aseveraciones de la moderna
te- rapia de la realidad, y este principio tiene diferentes ramificaciones en
cómo interaccionamos con los jóvenes antisociales.

Desafortunadamente, creer que podemos controlar la conducta de los demás


e incluso cambiarla forma parte de nuestras creencias sociales más firmes. Por
esta razón,a menudo no reconocemos lo fútil que todo ello resulta (Glasser,
1998), y desgraciadamente esta creencia es habitual en los educadores, por eso
normalmente obtienen reacciones contrarias de los jóvenes cuando intentan
cambiarlos. Por otro lado, olvidamos siempre que los seres humanos somos
seres capaces de elegir, y esas elecciones son las que nos permiten establecer
cambios.

La investigación con grupos de pares indica que dar poder a los jóvenes dis-
ruptivos posee un efecto recíproco. Los programas que respetan la autonomía
de los jóvenes tienden a tener más jóvenes receptivos a la autoridad legítima
de los adultos. Y es irónico que estos programas que reconocen las limitacio-
nes sobre el control de los demás tienden a estar mejor controlados, porque el
joven comparte y apoya el tratamiento de los profesionales (Brendtro y Bro-
kenleg, 1996). Estas filosofías sobre el control son válidas para cualquier lugar
en el que se trabaje con menores.

En su libro La teoría de la elección, Glasser (1998) señaló que el creer que pode-
mos controlar a los demás, incluido a los jóvenes delincuentes y la creencia
de que los demás pueden controlarnos , son dos de los precursores
primarios de la miseria humana. Estas creencias desmantelan el proceso
terapéutico per- petuando ciclos destructivos y expectativas no realistas. Por
consiguiente, en aquellas áreas en las que el cambio es deseado, dos
soluciones son válidas: 1) cambiar lo que uno quiere (la meta), o 2) cambiar
la estrategia para conseguir eso que se quiere. Glasser (1998) usó esta
filosofía para describir por qué fun- ciona la amistad, a diferencia del modo
habitual de tratar a nuestras familias o parejas, a los que intentamos
cambiar continuamente para que no nos enojen o para resolver los
problemas que pudiéramos tener. En cambio, a un buen amigo le respetamos
en sus elecciones; le tomamos o le dejamos, tal y como es.

Para ilustrar la naturaleza del control, Glasser extiende el significado de la con- y fisiología. Cada uno de esos
ducta a través de las tradicionales conductas de acción. Nuestra conducta total componentes siempre a
está compuesta de 4 componentes: acciones, pensamientos, sentimientos compaña a los otros. Pero
tenemos un control directo sobre nuestras acciones y (menos) nuestros
pensamientos, pero muy poco control sobre nuestros sentimientos y fisiolo-
gía. Por consiguiente, debemos focalizar la mayor parte de nuestras energías
en aquellas áreas en la que tenemos un control directo.

Glasser (1998) usó una metáfora de un coche para explicar esta teoría de la
conducta total. Las dos ruedas frontales (actuar y pensar) son las únicas
sobre las que tenemos control, aunque al conducir el coche,
inevitablemente, tira- remos de las traseras (los sentimientos y la fisiología).

Debido al énfasis en las acciones y pensamientos, la terapia de la realidad


El terapeuta William Glasser
está a menudo mal representada como un acercamiento que ignora el papel
que ejercen nuestros sentimientos. Glasser (1998) afirmó que toda conducta
es un intento por sentirse mejor. Nunca intentamos hacer cosas que nos
hagan sentir mal. Por consiguiente, la mayoría de los terapeutas de la realidad
prestan una atención especial a los sentimientos de los jóvenes. Sin
embargo, es más probable que ayuden a los jóvenes a sentirse mejor
facilitando un proceso que conduce a actuar y pensar mejor y que por tanto
mejora los sentimientos.

Ahora bien, los educadores habilidosos son también flexibles en sus


aplicacio- nes. Reconocen que en ocasiones los jóvenes necesitan compartir
sus historias y sentimientos. La cantidad de atención que prestamos a los
sentimientos de- pende de la situación y del estilo preferido del profesional.
Sin embargo, to- marse el tiempo necesario para llevar una escucha empática
es habitualmente el mejor primer paso para abordar una situación. De esta
manera reduciremos el número de malentendidos y seremos más capaces de
involucrar a los jóve- nes en un proceso de interrelación de ayuda honesto
en el que explorar cómo sus pensamientos y conductas les ayudan –o no– a
conseguir lo que quieren.
10. Conclusiones

Pasamos ahora a señalar algunas de las conclusiones más relevantes de este


módulo, al tiempo que exponemos algunas consideraciones finales que cree-
mos de interés para la investigación y actuación práctica futuras.

1) En primer lugar, parece claro que contamos con programas que tienen éxito
en el tratamiento de los delincuentes, y que las técnicas más prometedoras
son de tipo cognitivo-conductual.

2) En segundo lugar, en ese viaje en el que se ha embarcado la moderna cri-


minología aplicada de encontrar los programas más efectivos para los diferen-
tes tipos de delincuentes en los diversos momentos y circunstancias de su
pa- so por el sistema de justicia criminal, ha habido importantes hallazgos,
pe- ro también resulta obvia la importancia del trabajo que queda por hacer.
Por ejemplo, hemos visto que las comunidades terapéuticas son la mejor
opción para tratar a los delincuentes convictos que abusan de las drogas, sin
embar- go, cuando analizamos los programas que se emplean para obtener un
empleo y desarrollar una vida integrada en la sociedad, los datos nos dicen
que, por ahora, ninguna de las intervenciones es particularmente efectiva.

3) Otra cuestión singular es la de motivar a los delincuentes. Dado que son


muchos los sujetos que no terminan un programa de tratamiento, y que tal
circunstancia se relaciona con peores cifras de reincidencia, ¿cómo podríamos
disminuir la magnitud de ese problema? Por un lado, técnicas como la entre-
vista motivacional, aunque ha levantado mucha expectación en años recien-
tes, no parece ser particularmente útil más allá de su empleo con delincuentes
que abusan de las drogas. En la actualidad sabemos pocas técnicas útiles al
respecto, más allá del uso de incentivos de acuerdo a cierto esquema de refor-
zamiento.

4) Y, sin embargo, este asunto ilustra la importancia de sumar los esfuerzos de


la política basada en la evidencia con los derivados de la investigación sobre
el desistimiento en el delito. En estos, mediante estudios de caso de
muestras diversas, buscamos averiguar la génesis y desarrollo de las tomas de
decisiones que realizaron los individuos que abandonaron el delito o se
hallan en ese proceso del final de su carrera delictiva. De este modo, podremos
comprender, por ejemplo, por qué los estudios cuantitativos nos dicen que
los programas de búsqueda y obtención de un empleo parecen no
funcionar, cuando sabe- mos que tal hecho es crucial en la reinserción de un
exdelincuente. Si se trata de saber cuándo un delincuente se halla realmente
motivado para cambiar y aprovechar el empleo que una agencia le ha
proporcionado, es necesario ana- lizar precisamente qué lleva a que el
individuo en particular alcance esa acti-
tud o cambio cognitiv, que haga que ya no desee seguir cometiendo delitos,
y que, en contraposición, ahora se incardina con una nueva perspectiva o es-
cenario vital (Maruna y otros, 2004).

5) Esta es la razón por la que Petersilia (2004) reivindica el empleo de la


rein- tegración como criterio de éxito superior al de reincidencia: junto a los
datos sobre si el delincuente comete nuevos delitos, es necesario averiguar
de qué modo el sujeto ha logrado instaurar (o rehacer) vínculos significativos
con la sociedad convencional; o, en palabras de Sampson y Laub (1993), su
acepta- ción dentro del control social informal de su comunidad.

6) El tratamiento de los delincuentes psicópatas debe de plantearse como un


objetivo específico de investigación, en particular en el caso de los delincuen-
tes juveniles, ya que contamos con resultados prometedores.

7) Es necesario introducir la política de intervenir basando los resultados en


la mayor evidencia disponible. La tabla siguiente muestra de qué modo el
Reino Unido exhorta a esta tarea exigiendo que todo programa de tratamiento
cum- pla con una serie de requisitos antes de ser aprobado.

Tabla 2. Criterios para la acreditación de programas de tratamiento en sujetos en libertad


condi- cional y en las prisiones de Reino Unido

Modelo de cambio El programa debe estar basado en un modelo teórico claro


basado en la evidencia que explique cómo se propone tener
impacto sobre los factores relacionados con la conducta de-
lictiva.

Factores de riesgo dinámicos El contenido del programa debe identificar los factores rela-
cionados con el comportamiento delictivo especificados en
el modelo y que si se cambian se logrará una reducción del
comportamiento delictivo. Además, los contenidos del pro-
grama deben reflejar estos objetivos.

Rango o cantidad de objetivos a El programa debe especificar la cantidad de objetivos a


los que va dirigido el programa los que va dirigido y sus interrelaciones.

Métodos efectivos Los métodos de cambio utilizados en el programa deben te-


ner apoyo empírico con respecto a la efectividad y coordi-
narse de manera apropiada.

Orientado a habilidades Para capacitar a los delincuentes en evitar actividades crimi-


nales y mantener grandes efectos en estudios de resultados.
Las habilidades a las que se dirija el programa deben
explicar las relaciones con el riesgo de reincidencia y su
reducción.
Intensidad, secuencia y Número de horas de contacto, el modo en que se llevarán a
dura- ción cabo las sesiones y la duración total del programa deben ser
apropiados a la luz de la evidencia disponible, los objetivos y
contenidos de los programas y el nivel de riesgo de los gru-
pos de los delincuentes a los que se aplicará el programa.

Selección de los participantes Se debe especificar claramente la población de delincuentes


a quienes se dirigirá el programa. Debe contarse con proce-
dimientos realistas de identificación y selección de esta po-
blación y para la exclusión de los no apropiados.

Fuente: McGuire (2001, pág. 38) Morales y Garrido (2010).


Compromiso y participación Se refiere al principio de “responsividad” o de capacidad de
respuesta, se debe describir cómo se comprometerá y moti-
vará a los delincuentes a tomar parte en el programa y a
ad- herirse a este.

Manejo de caso Se debe especificar si habrá un profesional o persona


encar- gada de vigilar el plan individual de tratamiento
incluido en la sentencia de los delincuentes.

Monitorización del proceso Cómo se hará la monitorización y qué sistemas se


establece- rán para revisar el programa y hacer los ajustes
que se consi- deren necesarios.

Evaluación Los programas deben incluir medidas que se tomaran en las


evaluaciones tanto del impacto a corto como largo plazo.

Fuente: McGuire (2001, pág. 38) Morales y Garrido (2010).


Actividades
1. ¿Podríais averiguar si en los centros de menores a los que tenéis acceso se emplea algún
método de tratamiento, y describirlo?

2. Haced lo mismo con respecto a las prisiones que sean cercanas a donde residís o trabajáis.

3. ¿Qué obstáculos más importantes creéis que tienen en la actualidad los exreclusos para
reinsertarse? ¿Cómo podrían eliminarse o al menos reducirse?

4. ¿Qué formas de prevención (en un sentido amplio: primaria, secundaria o terciaria) em-
plearíais para luchar contra el crimen organizado?

5. Realizad un pequeño ensayo acerca de la presencia de las drogas en las cárceles y de qué
forma se intenta luchar contra ese problema, estudiad también los programas para drogadic-
tos en las prisiones en España o en alguna prisión en particular a la que podáis tener acceso.
Bibliografía
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A pesar de su fecha de publicación, incluye un catálogo de técnicas descritas con detalle


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Nuevas técnicas de intervención con delincuentes juveniles, y varios capítulos acerca de la


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Un clásico, siempre interesante de leer y reflexionar.

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