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Memorias de Voluntarios Británicos en La Guerra Civil Española

Este documento resume la rica tradición de autobiografías y memorias escritas por británicos sobre sus experiencias en España, desde el siglo XVII hasta la Guerra Civil Española de 1936. Destaca que aunque la participación militar británica en la guerra fue modesta, produjeron cientos de escritos personales sobre sus perspectivas y vivencias. Estos testimonios mezclaron consideraciones políticas con fascinación por la cultura española y deseos de escapar de la vida victoriana, influyendo en la opinión pública británica sobre el conf
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Memorias de Voluntarios Británicos en La Guerra Civil Española

Este documento resume la rica tradición de autobiografías y memorias escritas por británicos sobre sus experiencias en España, desde el siglo XVII hasta la Guerra Civil Española de 1936. Destaca que aunque la participación militar británica en la guerra fue modesta, produjeron cientos de escritos personales sobre sus perspectivas y vivencias. Estos testimonios mezclaron consideraciones políticas con fascinación por la cultura española y deseos de escapar de la vida victoriana, influyendo en la opinión pública británica sobre el conf
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MEMORIAS DE VOLUNTARIOS BRITÁNICOS EN LA GUERRA CIVIL

ESPAÑOLA: TESTIMONIOS Y PROPAGANDA.


Luis Arias González

1.-PRECEDENTES Y CONTEXTO

El género autobiográfico en el Reino Unido, goza desde hace siglos de un gran


arraigo y aceptación tanto por parte de autores como de editores y lectores; las razones
para ellos son múltiples: por una parte está la alta consideración social e ideológica que
se concede al individualismo en Gran Bretaña unida a una tradición educativa, comercial
y cultural que tanto fomentó en su día el uso de los diarios y dietarios personales por
cuestiones pedagógicas, sentimentales o meramente prácticas; en segundo lugar, la
diáspora que supuso la expansión imperial y naval para muchos británicos propició este
tipo de narrativa sobre sus experiencias vitales, más o menos exóticas, sucedidas en otros
lugares del mundo. Dentro de este género, un apartado especial e importantísimo lo
constituyen las obras de militares –y también en menor medida, de civiles- participantes
en las guerras exteriores. Añádase a este sustrato básico permanente, la atracción que
tanto España como lo español han ejercido sobre el Reino Unido 1 desde que, a finales del
XVII, la nobleza inglesa comenzase a incluir a nuestro país en el circuito formativo y
turístico del periplo iniciático y viajero conocido por el “Grand Tour”; a este selecto y
minoritario grupo aristocrático se le acabarían uniendo otros muchos que dejaron
constancia escrita de su paso por nuestro país a través de una peculiar literatura que
constituye por sí sola un extenso capítulo propio al que el hispanista Tom Burns 2 ha
definido acertadamente como el del “Yo estuve en España” y, en el que de algún modo,
participa también toda la ingente producción autobiográfica motivada por la Guerra Civil
del 36, ya sea en el formato periodístico 3, en el de diarios personales, de memorias o de
relato novelado. Se unirían así como un eslabón más –el más importante en cantidad y
calidad, sin duda- a la cadena de autores británicos que escribieron sobre España y cuyo
arranque podría ponerse en Sir Charles Cornwallis, embajador en 1604. Hasta inicios del
pasado siglo, la lista de escritores incluye también a comerciantes como el protestante
1
Vid. MITCHELL, David: Viajeros por España. De Borrow a Hemingway. Madrid, Mondadori, 1989.
En ella pueden encontrarse pormenorizadamente todos y cada uno de los títulos escritos por los autores
que se citan en el texto.
2
Sobre este personaje casado luego con la hija de Gregorio Marañón –Mabel- relacionado con Evelyn
Waugh y Graham Greeene y que se movió en los círculos británicos profranquistas vid. BURNS
MARAÑÓN, Jimmy: Papá espía. Amor y tradición en la España de los años 40. Barcelona, Debate,
2010.
3
Vid. PRESTON, Paul: Idealistas bajo las balas. Madrid, Debate, 2007.

1
escocés y “mártir de Málaga” William Lithgow y a los curiosos viajeros impenitentes
que nos describieron con minuciosidad posadas, caminos y las pintorescas costumbres de
otros tiempos que tanto les chocaban (James Howell, Lady Fanshawe, William
Dalrymple, Henry Swinburne, Richard Twiss, Lady Holland…); un segundo grupo lo
forman los estudiosos y poetas (Sir John Talbot Dillon, Robert Southey, Lord Byron -que
visitó Andalucía en 1809-, Richard Twiss, Joseph Towsend…) que buscaban en España
el marco para sus escritos y la inspiración de aire orientalizante y moruno que entonces
constituía el lugar común por excelencia. Coincidiendo precisamente con los inicios de la
Edad Contemporánea, aunque ya hubiera algún precedente aislado en la Guerra de
Sucesión4, van a ir apareciendo en las prensas británicas las primeras memorias de
soldados y combatientes británicos en la Península Ibérica – el duque de Wellington,
Lord Blayney…- que se continuarán con las de los periodistas y otros súbditos de su
Graciosa Majestad a los que sorprende el conflicto carlista que estalla poco después y a
los que aúna, por encima de todo, un marcado tardorromanticismo (Henry Inglis, Slidell
Mackenzie, George – ‘don Jorgito’- Borrow el famoso vendedor de Biblias y versado en
caló, Benjamín Disraeli, Richard Ford…) y que se extiende también a los numerosos pero
poco conocidos integrantes de “La Legión Británica”, venidos hasta aquí para ayudar a
los liberales –con poco éxito- y que estuvieron acantonados en Vitoria, 5; esta generación,
antecede a la del gran boom de finales del siglo XIX con nombres como los de Augustus
Hare, el reverendo Hugh Rose, el reverendo Samuel Manning, William Clark, Matilda
Betham-Edwards, William Pitt Byrne…Son, precisamente, estas personas y sus obras, las
que preparan el camino e influyen de manera decisiva en lo que vendrá a continuación
con el cambio de siglo y, sobre todo, tras la Iª Guerra Mundial, cuando nuestra Nación se
pone nuevamente de moda como destino para una selecta minoría. De esta etapa, tenemos
los testimonios reveladores de Havelock Ellis, Rafael Shaw y la pléyade de
extraordinarios literatos que encabezan Robert Graves, Gerald Brenan, su mujer Gamel
Woolse y buena parte del grupo de Bloomsbury (Ralph Partridge, Dora Carrington,
Osbert, Lytton Strachey, Virginia Wolf…) que buscaron en España el referente de una
vida barata y tranquila, con paisajes y gentes distintas, cargada de vino tinto e
inspiración; llegaron diciendo “adiós a todo eso”6, a todo lo que suponía la convencional

4
Las más interesantes de estas memorias, sin duda – LEÓN SANZ, Virginia (ed.): Memorias de guerra
del Capitán George Carleton. Los españoles vistos por un oficial inglés durante la Guerra de Sucesión,
Universidad de Alicante, Alicante, 2003-, resulta que son apócrifas y están escritas por el gran Daniel
Defoe.
5
Vid. SOMERVILLE, Alexander: History of the British Legion, Londres, 1839.
6
Vid. GRAVES, Robert: Adiós a todo eso. Barcelona, EDHASA, 1985.

2
vida postvictoriana a la que se veían irremediablemente condenados por su posición
social y su origen. A este núcleo pronto se unieron Evelyn Waugh, V.S. Pritchett, Walter
Starkie, Malcolm Lowry, Laurie Lee y la escritora Kate O’Brian, entre otros muchos
renombrados talentos. Se encontraba así plenamente preparado el terreno para lo que
luego vendría con la Guerra Civil cuando se multipliquen por millones las páginas
dedicadas a la tragedia española.

Los memorialistas, analistas militares y reporteros británicos que acudieron


llamados por la contienda, reproducirán en cierto modo en su país, aunque a menor escala
la misma división cainita de España pero trasladándola al Reino Unido y a sus especiales
circunstancias económicas, políticas y sociales del momento7. Aunque, obviamente, hubo
una indudable y abrumadora mayoría prorrepublicana, también hubo publicistas
partidarios de Franco y de la España nacional como Arnold Lunn, Douglas Jerrold, F.
Britten Austen, Tom Burns, Hilarie Belloc, Douglas Jerrold, Nigel Tangye, además de
militares como Maxwell Scott o el general Fuller. Debe resaltarse de manera muy
señalada, que la materialización impresa de todo este interés supera en proporción e
incluso en valores numéricos absolutos al que se dio en otros países teóricamente mucho
más implicados en el conflicto por cercanía geográfico o por intervención directa como lo
fueron Francia, Portugal, Alemania, Italia, Checoslovaquia, la URSS, etc. Resultó ser, a
la postre, todo un aluvión editorial el que inundó las Islas con una visión de la Guerra
Civil en la que se mezclaban, junto a los ecos del romanticismo anterior y a la fascinación
por el “Spain is different”, las consideraciones políticas omnipresentes en los años 30
sobre la crisis de la Democracia, las consideraciones militares sobre las nuevas
modalidades de hacer la guerra, las periodísticas y las estrictamente personales. También
hay que tener en cuenta que la participación directa de británicos –incluidos los
irlandeses recién independizados y los habitantes de los dominios y colonias de la British
Commonwealt –, no fue muy numerosa y es probable que no se superaran en ningún caso
los 5.000 voluntarios –y eso sumando a los combatientes los conductores, mecánicos,
auxiliares, médicos y enfermeras- en el bando gubernamental, mayoritariamente adscritos
al Batallón Británico de las Brigadas Internacionales 8 -2.300 hombres en su mejor
7
Vid. WATKINS, K.W.: Britain Divided: The Effect of the Spanish Civil War on British Political
Opinion. Londres, Nelson, 1963. También GARCÍA, Hugo: Mentiras necesarias. La batalla por la
opinión británica durante la Guerra Civil, Madrid, Biblioteca Nueva, 2008.
8
Vid., como obras más recientes, HOPKINS, James K.: Into the Heart of the Fire: The British in the
Spanish Civil War. California, Stanford, 1998. Y BAXELL, Richard. British Volunteers in the Spanish
Civil War: The British Battalion in the International Brigades, 1936-1939. Londres, Routledge/Cañada
Blanch Studies on Contemporary Spain, 2004.

3
momento- y, en mucho menor medida, a las milicias del POUM en que se encuadraron
los escasos centenares procedentes, como Orwell, del Partido Laborista Independiente o
del anarquismo anglosajón. En el bando de Franco, la aportación de voluntarios resultó
aún mucho menor pues, al margen de los pintorescos y desventurados seis centenares
largos de irlandeses republicanos -integrados en la Legión al mando del “general”
O’Duffy como XVª Bandera9-, no se llegó a completar del todo la veintena, aún
considerando en ella a aquellos combatientes hispano-británicos por su origen como los
Orleans Sajonia-Coburgo, los Kindelán o el pintor James Walford. A pesar de estas
modestas cifras, el inventario de escritos autobiográficos se nos antoja muy elevado: casi
cien entre los que acudieron a defender la República 10 y cinco por quienes apoyaron al
gobierno de Burgos11.

2.-APORTACIONES Y LÍMITES DE LAS MEMORIAS DE COMBATIENTES


BRITÁNICOS

El verdadero valor historiográfico de este heterogéneo conjunto de memorias


de guerra, en términos generales, va mucho más allá de la mera aportación de datos y
exposición de acontecimientos, por otra parte sobradamente conocidos, sobre la
actuación del Batallón Británico en la defensa de Madrid, la batalla del Jarama y demás
hechos de armas en los que participó hasta su licenciamiento en 1938; datos y
acontecimientos que, a veces, se ven lastrados por los errores naturales de la memoria,
la confusión entre los deseos y la realidad, la falta en algunos casos de dominio del
idioma o el propio desinterés por los detalles o por corroborarlos que muestran los
autores. Son todas estas limitaciones, características muy comunes a la modalidad
autobiográfica de los combatientes en general, al igual que la carga implícita de
subjetividad que se encuentra en ellos tan fuertemente ligada al género que pertenece y

9
Vid. STRANDLING, Robert: The Irish and the Spanish Civil War 1936-39: Crusades in conflict.
Manchester, Mandolin, 1999 y “Franco’s Irish Volunteer’s” History Today, 45, 1995, pp.40-47.
10
Hay una exhaustiva recopilación bibliográfica en BAXELL, Richard: Op. Cit. También pueden verse
recogidos casi la práctica totalidad de los títulos –inéditos incluidos- en la completa página web:
http://www.international-brigades.org.uk/british_volunteers . En cuanto a la mejor obra que existen en
español es la de CELADA I MARTÍ, Antonio, R., PASTOR GARCÍA, Daniel y GONZÁLEZ, Manuel:
Los brigadistas de habla inglesa y la Guerra Civil Española. Salamanca, Ambos Mundos, 2006. Su
equipo va a reeditar el Boadilla de Romilly y otras obras como Volunteer in Spain de Sommerfield y
Behind the Battle de Worsley.
11
A los mencionados por KEENE, Judit: “Relatos ingleses sobre la España de Franco” en Op.Cit., pp.75-
146, hay que añadir la obra fundamental de SCOTT-ELLIS, Priscilla: The Chances of Death. A Diary of
the Spanish Civil War. Norwich, Michael Russell Publishing Ltd, 1995 (hay traducción española: Diario
de la Guerra de España. Barcelona, Plaza y Janés, 1996).

4
que, en algunos casos –especialmente en el de la frívola y alocada enfermera ‘Pipp’
Scott-Ellis, el fantasioso y megalómano O’Duffy12 o el impulsivo Fred Copeman13- llega
a ser excesiva hasta el extremo, cayendo en flagrantes mixtificaciones. También todos
tienen, al margen de sea cual sea su ideología de partida, la clara intención de justificar
la actuación personal en la Guerra, con un grado de sinceridad variable pero muy
superior, en cualquier caso, a la que se encuentra en las obras procedentes de
intervinientes de otras nacionalidades extranjeras. Entre los voluntarios de izquierdas se
tendió a sublimar por encima de todo el componente político del compromiso como el
verdadero motor de su venida a España en un arco que va desde el comunismo
estalinista más dogmático de un Frank Ryan o de John Conford 14, por ejemplo, hasta
posturas mucho menos maximalistas y más abiertas –o quizás confusas- como las del
sobrino de Churchill, Esmond Romilly15 y el conocido y citado por antonomasia George
Orwell16; pero tampoco se escondieron ni disimularon otros motivos, como el afán de
aventuras, el tener que huir de difíciles situaciones económicas, domésticas o familiares
y hasta la mayor de las inconsciencias juveniles tal y como nos confiesa con una total
sinceridad no exenta de humorismo nihilista Laurie Lee: “una de las muchas
17
estupideces que cometí por entonces” . Por parte de los voluntarios británicos
profranquistas, se intentó aparentar, por razones obvias tras el estallido de la IIª Guerra
Mundial, un distanciamiento de todo aquello que pudiera sonar a simpatías fascistas y
se buscaron unos argumentos mucho más digeribles y, a la vez, difusos focalizados en
el anticomunismo y en la defensa de valores tradicionales como la religión, la familia, el
orden público18, la propiedad, etc., y asumiendo, en mucha mayor medida y sin
complejo alguno, el afán de aventuras o hasta el móvil económico y la iniciación a la
madurez personal, como hace de manera muy evidente el legionario desertor galés
12
Vid. O’DUFFY, Eoin: Crusade in Spain. Clonskeagh, Browne and Nolan, 1938.
13
Vid. COPEMAN, Fred: Reason in Revolt. Londres, Blandford Press, 1948 (especialmente capítulos V,
VI y VII).
14
RYAN, Frank: The Book of the XVth Brigade: Records of British, American, Canadian and Irish
Volunteers in the XV International Brigade in Spain 1936-1938. Madrid, War Commissariat, 1938.
CORNFORD, John: Collected Writings. Manchester, Carcanet, 1986.
15
ROMILLY, Esmond: Boadilla. Londres, Hamish Hamilton, 1937.
16
Vid. ORWELL, George: “Spilling the Spanish Beans”, New English Weekly, 1937, “Eye Witness in
Barcelona”, Controversy, 11, 1938; por supuesto, su clásico: Homage to Catalonia, Londres, Secker &
Warburg, 1938 y el muy esclarecedor artículo “Looking Back on the Spanish Civil War’” en England
your England. Londres, Secker and Warburg, 1953.
17
Vid. LEE, Laurie: A moment of war. Londres, Penguin, 1991 (traducción española: Díptico español –
incluye también Una mañana de verano de 1934. Barcelona, ed. Península, 2002).
18
Con planteamientos muy similares a los de los esgrimidos por los escritores del bando nacional más
propagandísticos. Vid. GARCÍA, Hugo: “Relatos para una guerra. Terror, testimonio y literatura en la
España nacional”. Ayer, nº76, 2009, pp.143-176.

5
Frank Thomas19; resulta difícil saber hasta qué punto fueron realmente veraces en su
distanciamiento del totalitarismo o todo se debió a una mera imposición de los tiempos,
pues con el estallido de la IIª Guerra Mundial en septiembre de 1939 resultaba
imposible editar en el Reino Unido –no tanto en Irlanda- ninguna obra que simpatizara
lo más mínimo con lo que representaba el eje Berlín-Roma; lo cierto, es que habrá que
esperar muchos años –hasta 1957 no salió el Mine were of Trouble de Peter Kemp y
todas las otras son de la década de los 90- a que estas memorias de voluntarios
profranquistas vieran la luz, excepción hecho de la de MacKee 20 que apareció antes
puesto que fue promocionada por la propia izquierda inglesa al tratarse de un alegato en
contra de los nacionales. En cualquier caso, el propagandismo político tan fomentado
por el aparato de “Agit-prop” comunista nunca llegaría a alcanzar los extremos
sonrojantes que se encuentran en otras memorias y casi todas ellas están animadas,
como ya se ha dicho, por un apego a la veracidad muy de agradecer por lo que las
inexactitudes, exageraciones y omisiones deliberadas que se deslizan son más fruto de
la desinformación sufrida que de una manipulación consciente. Quedaría por mencionar
el último gran inconveniente que las afecta a todas ellas: su carácter fragmentario, lo
que viene a ser también un rasgo prácticamente universal en las autobiografías y
memorias de militares de baja graduación. No sería tampoco justo exigir a un
combatiente que, en el mejor de los casos, alcanzó a mandar una unidad tipo Batallón
que fuera capaz de contextualizar su intervención bélica o asistencial en un marco
histórico mucho más amplio y, sin embargo, tal y como veremos, hubo quiénes fueron
capaces de hacerlo con unos análisis tan esclarecedores como globales, superando la
mera visión circunscrita a su campo de actuación y a su experiencia vital limitada.
Pero si estos son algunos de los inconvenientes achacables, las ventajas que
este conjunto presenta para el estudioso de la Guerra Civil española, son inmensas. A
pesar –o quizás gracias a eso- de que ninguno de ellos sabía español previamente, salvo
Laurie Lee, y de que tenían un conocimiento muy somero de España, se zambulleron de
pleno en el conflicto y lo hicieron con los ojos muy abiertos, lo que no obsta para que
aflorasen en sus escritos buena parte de sus prejuicios raciales, educativos y políticos,
de los que no pudieron sustraerse tan fácilmente, ni siquiera los brigadistas
internacionales quienes, por cierto, fueron los que menos contacto mantuvieron con la

19
Vid. THOMAS, Frank: “A Professional Soldier in Spain” en STRADLING, Robert (ed.): Brother
against brother. Sutton Publishing Limited, Gloucestershire, 1998.
20
Vid. MACKEE, Seumas: I was a Franco Soldier. Londres, United Editorial Ltd, 1938.

6
población nativa y a los que más les va a costar aprender el idioma debido al
aislamiento formativo, organizativo y táctico en el que se desenvolvieron casi siempre,
en claro contraste con la inmersión forzosa que les tocó vivir a los escasos voluntarios
del bando nacional rodeados constantemente de españoles. Los juicios comparativos
que establecen en todo momento y su valoración del carácter hispano –que se hace
extensivo por igual, en muchas ocasiones, al enemigo- en que se mezclan la admiración
sincera con los tópicos y los lugares más comunes sobre nuestra forma de ser, consiguen
ofrecer un panorama tan distante como original sobre muchos aspectos menores y sobre
los personajes más conocidos de la Guerra Civil de ambos bandos. Lo mejor del caso, es
que no son visiones en ningún momento monolíticas sino que nos muestran y reflejan la
variedad socio-cultural de la Gran Bretaña de los años 30, por lo que constituyen todo
un tesoro para el historiador de las mentalidades que puede asomarse así a las distintas
formas de pensar y concebir el mundo que tenían grupos tan diversos como la élite
comunista universitaria, los revolucionarios profesionales a sueldo del Partido, los
intelectuales y escritores independientes de izquierdas, los curtidos sindicalistas del
laborismo, la marea de desclasados y parados por culpa de la gran crisis del 29, los
veteranos de la Iª Guerra, la alta nobleza tradicional, los cultos snobs conservadores, las
clases medias filofascistas cercanas al BUF –British Union of Fascists- de Mosley, los
católicos nacionalistas irlandeses de origen rural… Pero por encima de esta enorme y
enriquecedora diversidad, hay algo que les une a todos y que es su propia experiencia
como combatientes en mayor o menor grado21. Si dejamos a un lado los tonos épicos
propagandísticos –e inevitables- ya mencionados, lo que subyace en todos y cada uno
ellos es la misma lucha encarnizada por la supervivencia en medio de una contienda
fratricida a la que acabaron sintiendo como propia aunque al principio les resultara
totalmente ajena. También les unen las vivencias del frente y la retaguardia que son
reflejadas de manera muy similar, especialmente cuando hablan de los padecimientos
físicos y, sobre todo, morales inherentes a cualquier guerra, incluidos el sufrimiento
propio y el ajeno, las heridas y el cautiverio o, simplemente, las dificultades de
adaptación a las comidas –ninguno de ellos pudo enfrentarse con el chorizo, el bacalao
seco y los ajos- y a las costumbres del lugar, o los rigores del clima; junto a todos estos
sinsabores, está también el consuelo permanente que les supone la camaradería,
especialmente en campaña y combate, con referencias constantes a los camaradas y

21
Vid. SEIDMAN, Michael: “Las experiencias de los soldados en la Guerra Civil Española”, Alcores, 4,
2007, pp.101-123.

7
amigos caídos, sin que falten ni la admiración ciega ni tampoco los recelos y suspicacias
hacia los mandos superiores que les tocaron en suerte y hacia algunos subordinados. No
es nada extraño, tampoco, encontrar angustiosas reflexiones sobre las responsabilidades
que se tuvieron que asumir de golpe por las circunstancias bélicas y, casi siempre, sin
una preparación precisa ni previa para ello. En muchas de estas obras, se palpa un más
que evidente desencanto y un cansancio anímico que afecta por igual tanto a los
vencedores como a los vencidos, con distintas gradaciones y formas de expresarlo. En el
dietario de Sidney Hamm (un estudiante galés de ingeniería, miembro de las Juventudes
Comunistas, que con poco más de veinte años murió en la batalla de Brunete nada más
pisar las trincheras), podemos leer cómo suplica reiteradamente que le dejen volver a
casa apenas quince días después de su llegada a la famosa base de las Brigadas
Internacionales en Madrigueras, Albacete, tras quedar asqueado por la vida cuartelera y
por todo cuanto lo que le rodeaba, tan distinto de lo que había supuesto y de lo que,
paradójicamente, reflejaba en los triunfalistas artículos que enviaba semanalmente a la
prensa obrera británica22. Obviamente, George Orwell no fue el único en darse cuenta
del peligro que suponía la creciente sovietización en la zona republicana, ni el único en
denunciarlo a los cuatro vientos; también lo harán de manera abierta en sus páginas
autobiográficas Fred Copeman, Laurie Lee, Peter Elstob 23 o el enigmático y magnífico
escritor Humphrey Slater24 al igual que, si bien de una manera más encubierta y
solapada, otros muchos. En cuanto a los participantes en el bando nacional, la decepción
adquiere parecidos tintes y tiene como blancos fundamentales de sus ataques la Falange,
la brutalidad de los mandos militares y su forma de llevar a cabo la Guerra
-especialmente la represión entre los civiles- y el ambiente ñoño, pacato y agobiante
para un extranjero –más aún si se era una mujer independiente “que fumaba, llevaba
pantalones y conducía un coche” como ‘Pip’ Scott-Ellis- que se respiraba en la
retaguardia franquista; una decepción que, en el caso de Peter Kemp, llegará hasta la
persona misma del Caudillo cuando consigue una audiencia privada con él. Todos
quedarán marcados para siempre por esta experiencia que determinó en muchos el
posterior rumbo de sus vidas y, en bastantes, un cambio radical de las mismas y de sus
creencias y convicciones políticas y morales más profundas.

22
Vid “The Diary of Sid Hamm, 1937” en STRANDLING, Robert: Op.Cit., pp.155-177.
23
Acusado de espionaje, como Lee, por los servicios de información republicano y preso en Barcelona.
Vid. ELSTOB, Peter: Spanish Prisoner. Londres, Macmillan, 1939.
24
Vid. The Heretics. Londres, Harcourt, Brace, 1946 (hay traducción española reciente: Los herejes.
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009).

8
3.-DOS INGLESES FRENTE A FRENTE: LOS TESTIMONIOS
AUTOBIOGRÁFICOS DE THOMAS WINTRINGHAM Y PETER KEMP.

Aunque a una escala mucho menor que los alemanes, los italianos e, incluso,
franceses y portugueses, los británicos también sostuvieron una guerra civil propia,
aunque no buscada, en suelo español. Esta situación ya había sido apuntada en su día
por el historiador Robert Stradling y es lo que me ha llevado al estudio comparativo y a
la recuperación editorial conjunta, con una clara intención paradigmática 25, de dos de las
más importantes memorias sobre la Guerra de España, escritas por dos de los más
importantes participantes y testigos directos extranjeros: Thomas Wintringham y Peter
Kemp. Cada uno estuvo en lados opuestos de las trincheras en el Jarama y en la
campaña de Aragón, aunque ninguno de ellos fuera plenamente consciente de este
hecho. Sus dos visiones son tan opuestas desde el punto de vista político, personal y
hasta literario como a la vez plenamente complementarias, compartiendo en el fondo
una serie de rasgos comunes que acabarán por hermanarlos y es que nada hay tan
parecido entre sí como los diarios de un combatiente cuando recogen sus impresiones
más íntimas y se olvidan de todo lo demás que rodea y enmascara la Guerra.

3.1.-El English Captain de Thomas Wintringham: ortodoxia comunista y


subjetivismo personal.

Thomas Henry Wintringham (1898-1949), nació en el Lincolnshire, en el seno


de una familia acomodada, tuvo una educación liberal y exquisita y una vida convulsa 26
que le llevó a ser mecánico y correo motorista en la Iª Guerra Mundial, licenciado en
Historia en Oxford, miembro de peso en el Partido Comunista Británico del que
acabaría siendo expulsado en 1938 –por sus críticas a Stalin y por sus relaciones con la
periodista americana ‘Kitty’ Wise Bowler, acusada de trotskista- , comandante en jefe
del Batallón Británico de las Brigadas Internacionales en el Jarama, referente por
antonomasia de la izquierda intelectual anglosajona, fundador de la “Home Guard” en la
IIª Guerra Mundial y del “Common Wealth Party”; ha sido, sin duda, uno de los

25
ARIAS GONZÁLEZ, Luis (ed.): Dos ingleses frente a frente (incluye KEMP, Peter: Mis reflexiones
sobre el conflicto y WINTRINGHAM, Thomas: Un Capitán inglés). II vols., Astorga, Ed. Akrón, 2009:
26
Vid. PURCELL, Hugh: The Last English Revolutionary: A Biography of Tom Wintringham 1898-
1949. Gloucestershire, Sutton Publishing Limited, 2004. La mayor documentación existente sobre él y su
ingente producción escrita está depositada en el Liddell Hart Centre for Military Archives, del King’s
College de Londres.

9
mayores analistas militares de todos los tiempos y, sin embargo, cuando murió de un
ataque al corazón, a su ceremonia de cremación en Leeds sólo asistieron un puñado de
personas a la vez que su obituario quedó reducido a una breve emisión de la BBC y a
una columna de Alan Word en The Times, poco más que “una nota a pie de página en la
Historia”, según las afortunadas palabras de su biógrafo Hugh Purcell. En 1939, al
aparecer su libro de memorias, English Captain27, en las librerías, Thomas ya no
pertenece al Partido pero sigue “pensando en comunista” y creyendo que la propaganda
resultaba ser un arma tan eficaz como las ametralladoras para derrotar al fascismo en el
mundo cuando se daba ya casi por perdida este primer asalto en España dentro de una
larga confrontación. Así es como concibe su obra y así nos lo dice con el tono irónico y
distanciado que le caracterizó toda su vida: “Cuatro días de combate en quince meses de
guerra no es un balance como para presumir en exceso; en realidad, este libro no es ni
sobre mí mismo ni sobre mis experiencias”; pero el resultado lleva su sello personal y
trasluce buena parte de sus vivencias. La obra se estructura en quince capítulos que van
desde el inicio de la Guerra hasta la retirada de las Brigadas Internacionales; posee su
escrito un carácter muy abierto, lo que le permite hacer referencias a otros momentos en
el tiempo, intercalar reflexiones íntimas sobre su estado de ánimo en cada momento al
lado de las más variadas consideraciones de todo tipo, conformando una mezcla
ponderada del género propiamente memorialístico con el del ensayo multitemático –
militar28, histórico y filosófico- y, en muchos momentos, con el del reportaje
periodístico y los episodios narrativos convencionales. Buena parte de estos episodios
narrativos vividos en primera persona están dedicados a las Brigadas Internacionales, de
una forma que resulta sorprendentemente desmitificadora (“[…]jugaron una parte
necesaria en la construcción de los ejércitos de España y en la defensa de los campos de
España –una parte necesaria, pero no ‘la’ gran parte-“) puesto que incluye jugosas
anécdotas de desertores, espías, ladrones, borrachines, falsarios y mandos
incompetentes, sin que por ello se renuncie a una apasionada defensa del buen nombre
del Batallón Británico y de sus mejores hombres y amigos, especialmente de aquellos
que, como él, se dedicaron a las letras y al arte: Ralph Fox, Hugh Slater, John Cornford,
Julian Bell, St.John Springg, Charles Donnelly, Ralph Bates, Miles Tomalin, el

27
English Captain. Londres, Faber&Faber, 1939 y Londres, Penguin, 1941.
28
Sobre su aportación como analista militar, especialmente en la consideración de la Guerra Civil como
Guerra Total y las enseñanzas derivadas del uso de la aviación y el arma acorazada, vid. ARIAS
GONZÁLEZ, Luis: “El English Captain de Thomas Wintringham (1939). Memoria y olvido de un
brigadista británico”, Studia Historica, 26, 2008, pp.273-303. También, SEARLE, Alaric: “Gran Bretaña,
los ideólogos militares y la experiencia de la Guerra Civil española”, Alcores, 4, 2007, pp.75-99.

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arquitecto Bee, los inquietos sobrinos de Churchill -Giles y Esmond Romilly-, Lewis
Clive, etc. Las páginas dedicadas a los episodios bélicos propiamente dichos huyen del
tono heroico y panegirista que emplea Erns Jünger en Tempestades de acero, aunque
tampoco caen en el realismo expresionista lleno de cadáveres putrefactos, barro y ratas
de Harry Patch - The Last Fighting Tommy- o en el pacifismo panfletario de Sin
novedad en el frente de Remarke; Wintringham ve en la guerra una vorágine de
violencia que lo envuelve todo y que trastorna los principios éticos y morales del
individuo y de la Civilización a la vez que coloca a cada combatiente en su sitio sacando
de él lo mejor de su persona o, al contrario, sus debilidades más ocultas y así lo
presentará siempre, incluyendo en esto su propia actuación personal como jefe del
Batallón o como instructor de oficiales, si que se muestre nada complaciente en su
autocrítica, aunque silencia algunos episodios de su cometido en nuestra Nación como,
por ejemplo, su papel de espía al servicio del Komintern. Su espíritu crítico le lleva a
analizar fríamente las características de la Guerra Civil española, apuntando con gran
valor los defectos militares de la República que la llevarán a la derrota. En vísperas de
la batalla del Jarama, Wintringham impartió una conferencia a la tropa recogida de
memoria en el capítulo 6, “La confusión de la guerra”. Es toda una exposición magistral
de lo que había sido la Guerra desde las confusas jornadas de julio hasta la batalla por
Madrid y la situación en que se encontraba el conflicto en enero de 1937;
probablemente, a pesar del esfuerzo pedagógico y divulgativo que hizo y de su
proverbial capacidad de comunicación, la mayoría de sus interlocutores no entendieron
gran cosa de esta fantástica síntesis y de las consideraciones anexas de alta estrategia
que en ella iban contenidas y que ponían de manifiesto la enorme preparación del autor
en este campo; una preparación hecha a base de múltiples lecturas que tenían como
cimiento las propias de una formación humanística impecable de Oxford y las
interpretaciones marxistas clásicas de Engels –sobre todo-, Marx y Lenin, pero que se
extendía también a los manuales de obligado estudio en las academias militares
británicas y en las soviéticas del “Ejército Rojo”, pasando por las obras de Clausewitz –
del que, por cierto, discrepa-, su admirado von Moltke “el viejo” o Sunt-Tzu, y
terminando con los estudios y las memorias de las grandes figuras de la Guerra Mundial
(Foch, Petain, Liddell Hart, Ludendorff …). En el capítulo 11, “todavía resistiendo”,
lleva su análisis hasta la ofensiva republicana del Ebro a la que considera el colofón de
una evolución lógica que ha hecho que la Guerra Civil pasase de ser la escaramuza
artesanal y casi guerrillera de un principio a un marco bélico ultramoderno, mecanizado

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y cambiante en donde la experimentación permanente y la ausencia de rigidez marcarán
toda una nueva forma del arte de la guerra. Otro aspecto pionero de English Captain es
que en él se establecen las fases de la Guerra Civil que acabarán por alcanzar carácter
canónico, reproduciéndose tal cual o con muy ligeras variantes en multitud de obras
posteriores: la primera fase la de la guerra de Columnas y la Batalla por Madrid que se
quiebra en el Jarama y Guadalajara, la segunda referida a la Campaña del Norte
incluyendo en ella las fallidas ofensivas republicanas, la tercera que hace relación a la
llegada a Castellón de las tropas de Franco y la ruptura del territorio republicano en dos,
la cuarta que corresponde a la decisiva Batalla del Ebro en el verano-otoño del 38 y la
quinta y última con la Campaña de Cataluña y el final precipitado de la Guerra que se
producen justamente cuando el libro sale de prensas y no pudieron ser incluidos. Pero,
con esto no se agotan sus decisivas contribuciones; Thomas efectúa un análisis
comparativo y riguroso entre las estrategias seguidas por ambos bandos, a pesar de su
compromiso prorrepublicano y de la repulsa que le produce todo lo que tiene que ver
con los sublevados y sus aliados fascistas; esto le sirve a la vez para contraponer, con
carácter universal, dos principios enfrentados de configuración militar. El primer
principio es el que rige en aquellos ejércitos fundamentados en el mando indiscutible y
la obediencia ciega (el Fuehrer-prinzip prusiano), tendentes a la reglamentación y a la
rigidez y que consideran que la función principal del soldado es la de servir como
peones o “carne de cañón” y que hace extensivo al bando franquista y a los ejércitos de
muchas de las grandes potencias -incluyendo a Francia y Gran Bretaña- reacios a todo
cambio y anclados en el axioma de responder a los interrogantes del combatiente con un
permanente y tajante ‘su función no es razonar el porqué’. En oposición a esto, él
defiende la operatividad manifiesta de los “ejércitos democráticos”, que no quiere decir,
ni mucho menos que sean aquéllos donde no haya atisbo alguno de disciplina o los
mandos sean electos al modo anarquista y trotskista que tanto satiriza y zahiere. Según
Wintringham :
“Sólo un ejército democrático que sepa no sólo por qué está luchando sino todo lo que pueda
saberse sobre el cómo, el porqué y el dónde de cada detalle de la contienda, podrá ejercer la espontánea –
pero a la vez controlada- y rápida -pero coordinada- presión que resultará totalmente decisiva […]
Fueron los países menos democráticos [referidos a la Gran Guerra] aquéllos cuyos ejércitos quedaron
destrozados más pronto en el transcurso de la guerra. […] Una Democracia puede producir unidad
interna, confianza mutua y respeto entre las diferentes armas y unidades, lo que es algo esencial en las
tácticas modernas. […]Sólo una Democracia puede evitar el irreparable error de tratar a su infantería

como a mera carne de cañón”.

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Esta dicotomía será una constante de su producción escrita ulterior y la retomará
en todas aquellas obras que publica en el transcurso de la IIª Guerra Mundial
encaminadas a levantar la moral y a convencer a los aliados de que era posible la
victoria contra una Alemania que parecía, por entonces, militarmente invencible,
especialmente en Freedom is our Weapon (1941) y Politics of Victory (1941). Cuando
habla de la estrategia de Franco no tiene empacho alguno en destacar sus logros que
concreta en la consideración global que tiene siempre de los teatros de operaciones, el
plan para ahogar Madrid con un ataque combinado, la capacidad de mover las tropas a
gran velocidad y de concentrar en un punto determinado hombres y material en cantidad
suficiente como para romper las líneas enemigas con eficacia (especialmente en la
Campaña del Norte y en la de Aragón que le lleva hasta las orillas del Mediterráneo).
Pero, obviamente se siente mucho más a gusto señalando sus errores estratégicos que
hicieron que la Guerra se alargase durante tres años; errores que él achaca, sobre todo y
fundamentalmente a su formación africanista 29 lo que le hace ver la Guerra como una
sucesión interminable de largas y pequeñas operaciones tácticas, de su conservadurismo
atroz de raigambre medieval que considera como el mayor de los males la pérdida de
terreno propio y que da una exagerada preeminencia a la defensiva y la dependencia que
tiene de italianos y alemanes que se sirven de la Guerra como de campo de pruebas
experimental para estrategias motorizadas y acorazadas no siempre eficaces; sostiene
que no resulta, en este aspecto, nada difícil “engañar” a Franco y a sus generales que
siempre acuden prestos a cualquier “ataque señuelo” que se les hace y, por tanto, la
estrategia más adecuada sería la de prolongar la Guerra, desgastarle en estas
operaciones defensivas lo que haría que fuera puesto en cuestión por los otros militares
y por el conglomerado de fuerzas políticas que le apoyaban, haciendo insostenible, por
su elevado coste económico, la decisiva ayuda material de Mussolini y de Hitler.
Cuando, por el contrario, se refiere a la República, no puede evitar el uso de un tono
apologético propio de un libro que fue concebido como parte de un programa
propagandístico mucho más amplio y bien dirigido30. Esto hace que exagere bastante los

29
Vid., sobre este asunto del peso del africanismo en la Guerra Civil a NERÍN, Gustau: La Guerra que
vino de África. España colonizada. Barcelona, Ed. Crítica, 2005.
30
Vid. PIZARROSO QUINTANA, Alejandro: “Intervención extranjera y propaganda. La propaganda
exterior de las dos Españas”, Historia y Comunicación Social, 2001, nº6, pp.63-96; NÚÑEZ DÍAZ-
BALART, Mirta: La Disciplina de la Conciencia. Las Brigadas Internacionales. Madrid, Flor del Viento,
2006, pero, sobre todo, SEPÚLVEDA LOSA, Rosa Mª. y REQUENA GALLEGO, Manuel: Las
Brigadas Internacionales: el contexto internacional, los medios de propaganda, literatura y memorias.
Cuenca, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2003, especialmente en lo
referente a los escritores y las memorias y autobiografías generadas en el seno de las Brigadas.

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logros estratégicos de la República, siendo para él el más importante, la creación de su
propio y novedoso “Ejército Popular”, surgido de sí mismo y que había trasformado a
los milicianos en un verdadero y paradigmático “Ejército del Pueblo” con sus
correspondientes mandos dotados de gran inteligencia y valor provenientes tanto del
profesionalismo (Miaja y Rojo) como de los combatientes comunistas comprometidos y
aupados por el aparato del Partido (Líster, Modesto, “El Campesino”); en esto, sigue sin
cuestionamiento alguno las consignas del departamento de “Agitprop” del Partido
Comunista, al igual que lo hace cuando se refiere a la defensa de Madrid y la
prolongación de la Guerra en el tiempo concebida por el doctor Negrín a quien estima
mucho más que a Largo Caballero. En lo que sí resulta bastante más original es cuando
analiza el modelo estratégico que el ejército republicano comienza, presuntamente, a
aplicar tras la Campaña de Aragón y en la posterior Batalla del Ebro; se trata de lo que
él considera como el mecanismo más apropiado para la guerra terrestre contemporánea
en general y que se basaría en la combinación de la infiltración profunda a gran
velocidad –tipo “Guerra Relámpago”- y la defensa escalonada; lo malo es que tales
principios existieron más sobre el papel y en sus deseos de victoria que en la realidad.
Su decidido compromiso no le impide llevar a cabo una autocrítica bastante sincera de
la estrategia republicana en la que destaca fundamentalmente estos aspectos negativos:
la absoluta desorganización y la tendencia dominante a la improvisación que hace que,
por ejemplo, no se plantee la existencia de un mando militar único (propone a Miaja
para tal desempeño), la incapacidad de movilización económica en la retaguardia –
achacada, en gran medida, a los anarquistas –lo que contrarrestaría cualquier esfuerzo
de convertir la Guerra en una “Guerra total” y, por último, la aplicación de modelos
estratégicos suicidas tanto por los españoles como por muchos de los altos mandos
brigadistas –el coronel “Gal”, entre otros-, basados en el principio de “resistir a toda
costa” y en el de “tomar a cualquier precio” una posición que tan desastrosos resultados
habían dado ya en la Gran Guerra por entronizar falsamente el valor y el heroísmo por
encima de la maniobra y la inteligencia; también hay una crítica velada sobre la práctica
ausencia de una logística que pudiera recibir tal nombre y hacia la ineptitud de los
organismos gubernamentales encargados de obtener armamento y material del
extranjero, si bien esta incompetencia se justifica en múltiples ocasiones echando las
culpas al Comité de “No Intervención”, el otro, junto al POUM, gran chivo expiatorio.

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Con respecto a la imagen que se nos brinda de España en el libro, se aleja en
mucho de las descripciones y del colorido local tan propio de las guías turísticas; la
España de Wintringham retrata un rincón del mundo sumido en un atraso de siglos y sin
atractivo alguno, con muy pocas infraestructuras diseminadas en medio de un paisaje
feroz, duro y reseco que impide el desarrollo de cualquier actividad humana elevada y
que está castigado además con un clima insufrible por lo extremoso. Apenas se
relacionó con soldados españoles ni aprendió nuestro idioma más allá de cuatro palabras
ni en su libro haya la más mínima referencia a personajes literarios o históricos de
nuestro país a pesar de su enorme conocimiento de las letras universales –Wintringham
fue un magnífico poeta31- y es que para él, España, era sólo un telón de fondo de la
lucha universal, algo que le sucedió también a otros muchos combatientes extranjeros.

3.2.-Mine were of trouble o “¿qué hace Mr. Peter aquí?”.

Peter Mant McIntyre Kemp32 (1915-1923), puede considerarse como el prototipo


del aventurero del siglo XX. Nacido en la India, en el seno de una familia posvictoriana
de clase media-alta vinculada con la administración del Imperio. Estudió en la
metrópolis ingresando en el afamado Trinity College de Cambridge, fue allí donde se
adscribió al conservadurismo Tory, se hizo un anticomunista visceral y llevó a cabo
estudios de lenguas clásicas. A los 21 años se enrola en las fuerzas de Franco hasta el
final de la Campaña. Cuando estalla la Contienda Mundial en 1939 se las arregla para
entrar en el Servicio Militar de Inteligencia británico y, luego, en el Cuerpo de
Operaciones Especiales, lo que le llevó a las islas del Canal, a Albania, el sur de Polonia
y Siam en donde contrajo la tuberculosis que le retiraría finalmente del ejército con el
grado de Comandante. Dedicado oficialmente a la venta de seguros y bajo la tapadera
de actuar como periodista freelance, llevó a cabo una amplia labor hasta casi los años 90
dentro de los servicios secretos británicos y por medio mundo (Checoslovaquia,
Vietnam, El Congo, Nicaragua, Paraguay, Filipinas…).

31
Su biógrafo, Porcell, ha publicado We're Going On - Collected Poems. Londres, Smokestack Books,
2006 y se incluyen traducciones de dos de sus poemas de Guerra – “The Splint” (“el entablillado”) y
“Barcelona Nerves” (“Aguantar en Barcelona”) en Poesía anglo-norteamericana de la Guerra Civil
española. Antología bilingüe. Salamanca, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Ciencia,
1986.
32
Vid. su autobiografía The Torrns of Memoy. Londres, Sinclair-Stevenson, 1990. Su documentación
militar española está depositada en el Archivo del Tercio Gran Capitán I -agradezco al Subteniente don
Luis Márquez Torre, la ayuda que nos ha brindado en la búsqueda de la misma.

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Lo primero que salta a la vista de este libro de memorias es que lo escribe casi
veinte años después de su participación en la Guerra33, cuando la Contienda Civil
Española había perdido atractivo entre los medios culturales y políticos británicos y
estaba casi sumida en el olvido. Lo cierto es que hasta entonces su agitada vida no le
había permitido ni un respiro, ni el más mínimo sosiego imprescindible para poder
escribir; por otra parte, es muy de agradecer esta distancia temporal existente entre los
hechos narrados y el momento en que se hacen públicos puesto que ahora Peter Kemp,
posee una madurez y una formación, tanto teórica como práctica, privilegiadas y muy
por encima de la de sus fogosos veintiún años en que llegó a España con una, según sus
propias palabras, “deplorable tendencia a sonreír bobaliconamente”. Esto se traduce en
mejores análisis que incluyen hasta referencias a obras de pensamiento político y
geoestratégico en notas a pie de página, mejores comparaciones diacrónicas y cierta
autocrítica e ironía socarrona. Sin embargo, la elección del momento -1957- también
está inserta en la campaña que durante estos años se lleva a cabo para lavar la cara del
Régimen de Franco y hacer digerible su vuelta a los foros internacionales presentándolo
como un firme y adelantado bastión del anticomunismo, mientras se silenciaban sus
pasados coqueteos con nazis y fascistas. Aún así, la obra no es en modo alguno una
apología propagandística de la Dictadura, a pesar de sus indisimuladas simpatías; más
bien, se trata de una justificación de la propia actuación personal de Kemp. Él mismo se
presenta como un luchador contra el bolchevismo, un adelantado a su tiempo y que
además tiene la “stendhaliana” intención de hacer que su narración actúe como el
espejo a la vera del camino a fin de reflejar de forma fidedigna la imagen de la España
nacional y de una Guerra, que a sus ojos, fue mucho más confusa y poliédrica que la
que presentaba la visión única –y hasta entonces dominante- ofrecida por los brigadistas
internacionales británicos y americanos, que parecían tener la exclusividad
interpretativa sobre la misma.

Cada uno de sus diez capítulos no hacen otra cosa que desvelarnos la iniciación
a la vida de un joven snob británico en medio del caos, la confusión y el horror de una
Guerra que pasará de ser una contienda romántica llena de hechos y personajes

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Mine were of trouble fue editado en Londres, por la editorial Cassell en 1957; su acogida por parte del
público fue bastante discreta y pasó sin pena ni gloria para la crítica; en España, se tradujo en 1959 por
parte de C. Payluvi para la editorial Luis Caralt, una de las grandes editoras populares barcelonesas,
dentro de su colección “La vida vivida”. La transformación del título, Legionario en España, se hizo con
toda la intención posible para aumentar su tirón comercial, aunque esto supusiera perder buena parte de su
ironía y de la carga nostálgica que encerraba originalmente.

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pintorescos a un antecedente, a pequeña escala, de la posterior Guerra Mundial con todo
el horror provocado por el uso masivo de los adelantos técnicos y la estandarización de
la guerra total. El inquieto y descontento estudiante de Cambridge, espoleado por las
conversaciones con los profesores participantes en la Gran Guerra, unido a su peculiar
dandismo y a la veneración que profesaba hacia lo heroico le predispusieron a tomar
esta extraña decisión de luchar a favor de los sublevados. Bastaron unas pocas noticias
sobre el Alzamiento militar español, los rumores e informaciones llegados sobre el
asesinato de sacerdotes, monjas, frailes y propietarios acaecidos en la zona
gubernamental para que tomara la decisión a bote pronto de irse como voluntario a
España sin saber ni una palabra del idioma y sin apenas conocimientos sobre el país.
Salió de Londres en noviembre de 1936 con una carta de presentación en el macuto y un
carnet de periodista, del Sunday Dispatch, para despistar a las autoridades fronterizas
francesas. Una vez llegado a Burgos, consigue enrolarse con los carlistas, siendo
destinado a la unidad de la caballería carlista establecida en el pueblecito de Santa
Olalla en los alrededores de Maqueda y Torrijos pertenecientes al recién ganado frente
de Talavera. Con la precariedad de medios propia de estos momentos iniciales de la
Guerra queda encuadrado como jinete y tiene lugar su primera intervención bélica que
es una carga contra… ¡un rebaño de cabras! Enseguida empieza a aprender español con
entusiasmo y es nombrado sargento regimental mientras sigue conociendo a otros
extravagantes voluntarios como el ruso blanco Olken. En la Nochevieja de 1936 entrará
en contacto por vez primera con la Guerra de verdad en los alrededores de Madrid y a la
vez y de forma meteórica se le estampilla como alférez carlista con su insignia de flor
de lis de plata aunque no se le da mando de tropa, participando así en la batalla del
Jarama en febrero. Pasó al frente del Norte, entrando con las tropas en Bilbao el mismo
20 de junio de 1937 y participa como testigo en la toma de Santander en donde se
confunde y entra en coche en plenas líneas enemigas ante el estupor de todos y sin que
le pase absolutamente nada. Durante un permiso que pasa en San Sebastián, donde
cansado de la inacción decide en uno más de sus arranques bruscos alistarse en la
Legión. Se le destina a la Legión como alférez provisional el 26 de octubre de 1937,
teniendo que ir a Illescas –Toledo-, para ponerse bajo el mando directo del peculiar
Coronel Yagüe, falangista y uno de los mejores estrategas, sin duda, del bando
franquista. Era, nuestro escritor, el tercer oficial de origen británico que hubo en la
Legión tras los tenientes FitzPatrick y Neagle. Siguiendo los destinos de la XIV
Bandera, retorna de nuevo a Getafe y desde allí es destinado primero al frente de

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Aragón (Calamocha) y luego a la abortada ofensiva sobre Guadalajara que quedó en
suspenso por la toma republicana de Teruel y la posterior y terrible contraofensiva
nacional. Peter se enamora totalmente de la Legión, de su férrea disciplina y de su
espíritu de cuerpo; admira a sus integrantes, especialmente a los caballeros legionarios
sin graduación, su valor a raudales y el desprecio nihilista hacia la muerte; se adapta a
este tipo de vida con gran facilidad a pesar de su dureza. Mediante sus palabras
desgrana toda una serie de significativas anécdotas y episodios de la vida legionaria en
campaña que van de lo bufo a lo trágico sin solución alguna de continuidad. Los
legionarios, por el contrario, ven en él a un sujeto curioso de difícil clasificación y
todos, desde el capellán que le afea su fe protestante hasta el ordenanza que vela
continuamente por él le tratan con una mezcla de deferencia y simpatía no exenta a
veces de cierta burla benévola. Al frente de su Sección y agobiado en parte por su falta
de conocimientos técnicos y en parte también porque se considera indigno de mandar a
hombres mucho más curtidos que él en la batalla participa en medio de un frío atroz en
los combates de Sierra Palomera, en donde se enfrenta a los brigadistas canadienses de
la “Mackenzie-Papenac”. Prosigue su actuación en la Campaña de Aragón durante la
primavera de 1938; en ese marco tiene lugar el episodio de Belchite en el que luchará
contra sus compatriotas del Batallón británico de las Brigadas Internacionales, siendo
herido en dos ocasiones, primero en un costado y luego en un brazo lo que obligará a
evacuarle al hospital de Bilbao. Vuelve de nuevo al frente en mayo, tras pasar por
Zaragoza en donde conoce a la inefable enfermera y aventurera inglesa Pip Scott-Ellis.
En el verano de 1938, en el frente de Lérida, un proyectil de mortero cae a su lado en la
trinchera y le fractura gravemente la mandíbula; todos le darán por muerto. Le envían
al hospital de Fraga en Huesca y de ahí al de Zaragoza en donde poco a poco comenzará
a recuperarse mientras tiene lugar la gran Batalla del Ebro a la que no puede asistir. De
Zaragoza, al ir mejorando milagrosamente, se le lleva a San Sebastián en donde
permanecerá tres largos meses. En octubre viaja a Burgos para solicitar un permiso que
le permita pasar su convalecencia en Inglaterra, lo que se le concede en noviembre del
38 y allí estará durante casi medio año pues no regresa hasta la primavera del 39, con la
Guerra ya vencida. Antes de que se le conceda la licencia absoluta con todos los
honores pudo concertar una entrevista privada con Franco en el mes de julio. La
entrevista duró media hora y en ella Franco no paró de hablar de… ¡el sistema
educativo de enseñanza inglés!, ante su asombro; apenas le dejó intervenir y vaticinó
que no habría una guerra mundial en un corto espacio de tiempo. El aspecto físico, la

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verborrea del Caudillo de voz atiplada y sus opiniones le causaron una impresión muy
pobre; aún así, al regresar al Reino Unido participará en todas las campañas de
propaganda que se hicieron a favor del nuevo Régimen surgido tras el 1 de abril.
España, para Peter Kemp, quedará para siempre como su otra patria a la que amará no
sólo por todo lo que ha vivido en ella sino por su cultura, historia, arte y forma de ser de
sus gentes de las que destaca el sentido de la hospitalidad y la presencia aún de la
hidalguía. Logró en este tiempo hablar español perfectamente, incluso dominaría con
propiedad los “tacos” y juramentos indispensables para hacerse respetar en la Legión,
iniciando así un poliglotismo del que se sentirá muy orgulloso. No hay más que
aproximarse a las descripciones que hace de los paisajes castellanos y norteños o las que
efectúa de las ciudades que tanto le impactaron como Burgos, Ávila y Toledo para
poder sentir algo de esa pasión. A la vez, su cosmopolitismo queda patente cuando nos
habla del ambiente que había en una Salamanca llena de espías y agentes extranjeros
llenando los hoteles y las casas de tolerancia del “barrio chino” o cuando se complace
en contarnos las excelencia del bar de cócteles que instaló Perico Chicote en San
Sebastián y la elegancia de las mujeres que allí acudían.

Aunque la visión de conjunto sobre la Guerra es mucho más limitada y parcial


que la que ofrece Wintringham, su tendencia al detalle y la extensa nómina de
personajes de todo tipo que aparecen descritos, incluyendo a los periodistas ingleses
más famosos del momento (Steer, Holme, Massock, Pembroke Stevens, Reynolds
Packard, Cardozo, el luego descubierto espía Philby…), hacen de él un testigo
fundamental. Por otra parte, su propia aventu ra personal convierte al libro en un
documento de primer orden para conocer de verdad la vida cotidiana de las tropas
nacionales, el carácter de los combates en los frentes de Madrid, el Norte, Guadalajara y
Aragón, la situación de los hospitales militares y las peculiaridades de la retaguardia
franquista. Pero la brutalidad de la Guerra Civil le impresiona; especialmente crudo y
triste es el episodio en que se le obliga a fusilar a un brigadista de su misma
nacionalidad o el de la lectura de las cartas capturadas a sus paisanos ingleses. Este
revulsivo, junto con el trato con gentes de muy distintas ideologías y sensibilidades
dentro de los sublevados, irán atemperando sus presupuestos políticos de partida y
alejándole progresivamente del dogmatismo reaccionario de un principio. Así, es muy
significativo que dedica pasajes laudatorios al genio militar de Vicente Rojo y al de
Líster y que cita con verdadera admiración a Salvador de Madariaga, el intelectual

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republicano, liberal y filobritánico que representó como nadie una “Tercera España” que
podría cerrar la brecha abierta por la Guerra a la que considera, coincidiendo totalmente
con Thomas Wintringham, como uno de los acontecimientos más decisivos de la
historia reciente en general y de la historia militar en particular pero, sobre todo, de su
devenir vital como individuo.

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