Peligro
Bob Woodward y Robert Costa
Traducción de
Ana Herrera, Elia Maqueda y Jorge Rizzo
PELIGRO
Bob Woodward y Robert Costa
PELIGRO ES LA EXTRAORDINARIA HISTORIA DEL FIN DE UNA
PRESIDENCIA Y EL COMIENZO DE OTRA, Y REPRESENTA LA
CULMINACIÓN DE LA TRILOGÍA DE BOB WOODWARD SOBRE LA
PRESIDENCIA DE TRUMP, JUNTO CON MIEDO Y RABIA. ES
ADEMÁS EL COMIENZO DE UNA COLABORACIÓN CON EL
TAMBIÉN REPORTERO DEL WASHINGTON POST ROBERT COSTA
QUE RECORDARÁ A LOS LECTORES LA COBERTURA DE
WOODWARD, CON CARL BERNSTEIN, DE LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL
PRESIDENTE NIXON.
La transición del presidente Donald J. Trump al
presidente Joseph R. Biden Jr. es uno de los períodos
más peligrosos de la historia de Esta¬dos Unidos. Pero
como revelan por primera vez el ganador del Premio
Pulitzer Bob Woodward y el aclamado reportero Robert
Costa, se trata¬ba de mucho más que una simple crisis
política interna.
Woodward y Costa entrevistaron a más de doscientas
personas en me¬dio de la confusión, lo que dio como
resultado más de seis mil páginas de transcripciones y
un retrato fascinante y definitivo de una nación al borde
del abismo.
Este estudio clásico de Washington lleva a los lectores a
lo más profun¬do de la Casa Blanca de Trump, a la
Casa Blanca de Biden, a la carrera electoral de 2020 y
al Pentágono y al Congreso, con vívidos relatos de
testigos presenciales de lo que realmente sucedió.
Peligro se complementa con material nunca antes visto
de órdenes secretas, transcripciones de llamadas
confidenciales, diarios, correos electrónicos, notas de
reuniones y otros registros personales y
guberna¬mentales, lo que lo convierte en una crónica
incomparable.
También es la primera mirada al interior de la
presidencia de Biden mientras afronta los desafíos de su
vida: la continua pandemia mortal y un mundo lleno de
amenazas bajo la sombra oscura del expresidente
Trump.
«Tenemos mucho que hacer en este invierno de
peligro», declaró Biden en su toma de posesión, un
evento marcado por una alerta de seguridad angustiosa
y la amenaza del terrorismo nacional.
ACERCA DE LOS AUTORES
Bob Woodward es editor asociado de The Washington
Post, donde ha trabajado durante cincuenta años. Ha
compartido dos Premios Pulitzer, uno por su cobertura
del Watergate y el otro por la cobertura de los ataques
terroristas del 11 de septiembre. Es autor de más de
veinte libros, todos ellos auténticos best sellers
mundiales.
Robert Costa es un reportero de política de The
Washington Post, donde ha trabajado desde 2014.
Anteriormente trabajó como moderador y editor gerente
de Washington Week en PBS y como analista político
para NBC News y MSNBC. Tiene una licenciatura por la
Universidad de Notre Dame y un máster por la
Universidad de Cambridge.
ACERCA DE LA OBRA
«Lo que es tan estimulante, estresante e importante de
este nuevo libro es lo que revela sobre lo peor que era
de lo que sabíamos, lo más cerca que estuvimos de un
desastre real de lo que habíamos conocido hasta
ahora.»
Rachel Maddow, MSNBC
«El libro detalla cómo la presidencia de Trump se
derrumbó esencialmente en sus últimos meses en el
cargo, particularmente después de su derrota electoral y
el inicio de su campaña para negar los resultados.»
Michael S. Schmidt, The New York Times
«Sabemos que el período entre las elecciones y la
investidura fue una época de gran agitación interna. Y lo
que hace Peligro es que muestra que esto también fue
una grave crisis de seguridad nacional.»
Isaac Stanley-Becker, NPR
«Nuevos detalles explosivos sobre las acciones del
expresidente Donald Trump en torno a las elecciones
del año pasado y la insurrección de enero.»
PBS
«Los extractos del libro de Woodward / Costa en The
Washington Post y CNN hacen que las operaciones de
la administración Trump en enero de 2021 parezcan una
mezcla desconcertante de El Rey Lear e Historia de la
decadencia y caída del Imperio romano.»
Olivier Knox, The Washington Post
«Como una entrega de una franquicia inmortal de
Marvel, a pesar de todo su espectáculo, Peligro termina
con una desalentadora sensación de prólogo.»
John Williams, The New York Times
Siempre para los padres:
Alfred E. Woodward y Jane Barnes.
Tom y Dillon Costa.
«Tenemos mucho que hacer, en este invierno de peligro.»
PRESIDENTE JOSEPH R. BIDEN JR.,
en su discurso de investidura,
el 20 de enero de 2021,
en el Capitolio de Estados Unidos
Nota de los autores
Claire McMullen, de veintisiete años, abogada y escritora
australiana, ha trabajado como nuestra ayudante en este
libro. Ha colaborado con nosotros en toda la cobertura
periodística y la investigación, impulsándonos a
profundizar más aún, a hacernos más preguntas y a ser
más precisos. En cada una de las fases se ha mostrado
centrada, llena de recursos y firme, incluso en los
momentos más difíciles, y decidida a llevar a cabo cada
fase con una atención meticulosa.
La devoción de Claire al trabajo duro no es algo que
nosotros le hayamos pedido. Fue ella quien decidió
dárnosla cada día, a todas horas. Estaba dispuesta a
llegar siempre temprano, a quedarse hasta tarde por la
noche, y trabajó incontables fines de semana con
nosotros. También ha aportado a nuestro proyecto sus
conocimientos sobre los derechos humanos, la política
exterior y la naturaleza humana. Su carrera ofrece
promesas sin límite. Es la mejor.
Siempre agradeceremos su amistad y su dedicación.
PRÓLOGO
Dos días después del violento ataque al Capitolio de
Estados Unidos del 6 de enero de 2021 por parte de los
seguidores del presidente Donald Trump, el general
Mark Milley, el oficial militar de mayor rango de la
nación y presidente del Estado Mayor Conjunto, hizo una
llamada urgente por una línea secreta extraoficial a las
7.03 de la mañana a su homónimo chino, el general Li
Zuocheng, jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército
de Liberación del Pueblo.
Por los informes de que disponía, Milley sabía que los
líderes chinos estaban sorprendidos y desorientados por
las imágenes televisadas del ataque sin precedentes a la
cámara legislativa americana.
Li acribilló a preguntas a Milley. ¿Era inestable la
superpotencia americana? ¿Se estaba hundiendo? ¿Qué
estaba ocurriendo? ¿Iban a hacer algo los militares de
Estados Unidos?
—Las cosas quizá parezcan inestables —dijo Milley,
intentando calmar a Li, a quien conocía desde hacía
cinco años—. Pero es la naturaleza de la democracia,
general Li. Somos estables al cien por cien. Todo va bien.
La democracia puede ser algo confusa, a veces.
Costó una hora y media (cuarenta y cinco minutos en
esencia debido al uso necesario de los intérpretes)
intentar tranquilizarlo.
Cuando Milley colgó, estaba convencido de que la
situación era grave. Li seguía inusualmente nervioso, y
las dos naciones se hallaban al filo del desastre.
Los chinos ya estaban en alerta sobre las intenciones
de Estados Unidos. El 30 de octubre, cuatro días antes de
las elecciones presidenciales, datos confidenciales
mostraban que los chinos creían que Estados Unidos
estaba conspirando secretamente para atacarles. Creían
que Trump, desesperado, crearía una crisis, se
presentaría a sí mismo como salvador y usaría esa táctica
para conseguir la reelección.
Milley sabía que la afirmación china de que Estados
Unidos planeaba un golpe secreto era ridícula. Había
llamado ya antes al general Li por el mismo canal
extraoficial para convencer a los chinos de que se
tranquilizaran. Invocó su relación duradera, e insistió en
que Estados Unidos no estaba planeando ningún ataque.
En aquel momento le pareció que había tenido éxito
tranquilizando a Li, que transmitiría el mensaje al
presidente chino, Xi Jinping.
Pero dos meses más tarde, el 8 de enero, era evidente
que los temores de China no habían hecho otra cosa que
intensificarse debido a la insurrección.
—No comprendemos a los chinos —dijo Milley al
personal de alto rango— y los chinos no nos entienden a
nosotros.
Eso mismo en sí ya era peligroso. Pero había más…
Milley había presenciado muy de cerca el
comportamiento de Trump, que era impulsivo e
impredecible por naturaleza. Para empeorar aún más las
cosas, Milley estaba seguro de que Trump había sufrido
un grave declive mental después de las elecciones, y
ahora se mostraba frenético, chillando a los funcionarios
y construyendo su propia realidad alternativa acerca de
interminables conspiraciones electorales.
Las escenas de un Trump vociferante1 en el Despacho
Oval parecían proceder de La chaqueta metálica, la
película de 1987 en la que aparecía un sargento de
artillería de la Marina que insulta ferozmente a los
reclutas gritándoles obscenidades deshumanizadoras.
—Nunca se sabe qué es lo que puede provocar la
reacción de un presidente —dijo Milley al personal de
alto rango. ¿En algún momento podían unirse los hechos
y las tensiones y hacer que el presidente ordenase una
acción militar?
Al convertir al presidente en comandante en jefe de
todo el ejército, se da una tremenda concentración de
poder en una sola persona, porque la Constitución
confiere al presidente la autoridad en solitario para
emplear a las fuerzas armadas como decida.
Milley creía que Trump no quería la guerra, pero
ciertamente estaba dispuesto a lanzar ataques militares,
como había hecho en Irán, Somalia, Yemen y Siria.
—Yo le recordaba continuamente —decía Milley— que,
dependiendo de dónde y cómo atacase, se podía
encontrar metido en una guerra.
Aunque la atención del público estaba puesta en las
secuelas políticas internas desde los disturbios del
Capitolio, Milley reconocía en privado que Estados
Unidos se había visto impulsado a un nuevo periodo de
un riesgo internacional extraordinario. Precisamente en
ese entorno de «gatillo fácil», un accidente o una
confusión podían complicarse catastróficamente.
Todo se estaba desarrollando con mucha rapidez, y en
algunos aspectos se parecía a las tensiones durante la
crisis cubana de los misiles de octubre de 1962, cuando
Estados Unidos y la Unión Soviética casi entran en
guerra.
Milley, de sesenta y dos años y antiguo jugador de
hockey de Princeton, robusto y erguido, con su metro
setenta y nueve de altura, no sabía qué haría China a
continuación. Pero sí que sabía, después de treinta y
nueve años en el ejército y muchos periodos de servicio
con combates sangrientos, que un adversario es mucho
más peligroso cuando está asustado y cree que podría ser
atacado.
Si un adversario como China lo deseaba, decía,
«podían decidir hacer lo que se llamaba “un primer
movimiento ventajoso” o un “Pearl Harbor” y llevar a
cabo un golpe».
Los chinos estaban invirtiendo2 en una expansión
arrolladora de su estatus militar a casi el de
superpotencia.
Justo dieciséis meses antes, en un desfile militar
extraordinario en la plaza de Tiananmén3 en Pekín, el
presidente Xi, el líder chino más poderoso desde Mao
Zedong, había dicho que «no hay fuerza que pueda
detener al pueblo chino e impedir a la nación china que
siga adelante». Los chinos revelaron también su última
arma de las que «cambian el juego»4, un misil
hipersónico que podía alcanzar cinco veces la velocidad
del sonido.
Milley informó al personal de alto rango: «Hay
capacidades en cibernética o en el espacio en las que se
podría hacer un daño realmente significativo a una
sociedad industrial grande y compleja como la de
Estados Unidos, y se podría hacer rápidamente mediante
unas herramientas muy potentes que ya existen. China
está construyendo todas esas capacidades».
China estaba también jugando a la guerra con mucha
agresividad, y enviando aviones de combate cada día5
hacia la isla de Taiwán, la nación exterior independiente
que China consideraba suya y que Estados Unidos había
jurado proteger. El año anterior, el general Li había
anunciado que China podía «aplastar decididamente6»
Taiwán, si era necesario. Taiwán sola ya era un polvorín.
En el mar de China Meridional7, China había apostado
fuerte, colocando bases militares en islas artificiales, con
mucha agresividad y a veces incluso adoptando grandes
riesgos, desafiando a los buques navales de Estados
Unidos en importantes rutas de navegación globales.
Los inminentes ejercicios de Libertad de Navegación
de la Marina de Estados Unidos en torno a Taiwán y el
mar de China Meridional, y un ejercicio de bombarderos
de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos preocupaban
muchísimo a Milley.
Tales ataques simulados replicaban en lo posible las
condiciones de guerra, y a menudo eran operaciones
llenas de bravuconería e incitaciones, en las cuales los
buques de la Marina de Estados Unidos ponían en
cuestión deliberadamente y a gran velocidad las
demandas de China sobre aguas territoriales
internacionales reconocidas.
Furiosos, los oficiaes chinos frecuentemente
intentaban empujar a los buques norteamericanos fuera
de su rumbo siguiéndolos de cerca o bien saliendo
velozmente frente a ellos. Debido al tamaño de los
buques, cualquier giro rápido era peligroso de por sí:
podían ocurrir accidentes que precipitasen una
desastrosa reacción en cadena.
El presidente del Estado Mayor Conjunto es el oficial
militar de mayor rango de las fuerzas armadas, y el
principal consejero militar del presidente. Por ley, su
papel es el de supervisor y consejero. El presidente del
Estado Mayor no está en la cadena de mando, pero en la
práctica el puesto implica un poder y unas influencias
enormes, y ha sido ocupado por algunas de las figuras
más icónicas de la historia militar, incluyendo a los
generales Omar Bradley, Maxwell Taylor y Colin Powell.
Poco después de hablar con el general Li, el 8 de enero,
Milley llamó por una línea segura al almirante Philip
Davidson, el comandante en Estados Unidos del mando
Indo-Pacífico que supervisa China.
—Phil —dijo Milley, recordándole que el presidente del
Estado Mayor no era comandante—, no puedo decirte lo
que debes hacer. Pero tienes que reconsiderar esos
ejercicios ahora mismo. Con lo que está pasando en
Estados Unidos, los chinos lo podrían considerar
provocativo.
Davidson pospuso los ejercicios de inmediato.
Las operaciones planeadas traían ecos de un incidente
similar de 1980 en el cual los líderes de la entonces
Unión Soviética creyeron que Estados Unidos y el Reino
Unido iban a lanzar un ataque nuclear preventivo. Un
ejercicio militar de la OTAN llamado Able Archer8
(Arquero Capaz) magnificó mucho las sospechas de los
soviéticos. Robert Gates, más tarde director de la CIA9 y
secretario de Defensa, dijo: «Lo más terrorífico de Able
Archer fue que quizá pudimos estar al borde de una
guerra nuclear».
Era ese borde lo que preocupaba a Milley. Vivía en él.
China era, de lejos, la relación más delicada y peligrosa
de la política exterior norteamericana. Pero la
inteligencia de Estados Unidos demostraba que los
disturbios del 6 de enero no solo habían alertado a
China, sino que habían hecho que Rusia, Irán y otras
naciones también se pusieran en alerta para controlar los
acontecimientos militares y políticos de Estados Unidos.
—Medio mundo estaba terriblemente nervioso —
aseguraba Milley.
Muchos países estaban aumentando el ritmo de sus
operaciones militares y dando entrada a los satélites
espías. Los chinos ya tenían a sus satélites de
Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR, por sus
siglas en inglés) observando atentamente para ver si
Estados Unidos hacía algo errático o inusual o se
disponía a llevar a cabo cualquier tipo de operación
militar.
Milley estaba en plena alerta constante, monitorizando
el espacio, las ciberoperaciones, los disparos de misiles,
los movimientos por tierra, mar y aire, y las operaciones
de inteligencia. Disponía de teléfonos seguros en casi
todas las habitaciones de Quarters 6, la residencia del
jefe en la Base Conjunta Myer-Henderson Hall, Virginia,
que le podían conectar instantáneamente con la sala de
guerra del Pentágono, con la Casa Blanca o con
comandantes de combate de todo el mundo.
Milley les pidió a sus jefes de servicio del Ejército, de la
Marina, de la Fuerza Aérea y de la infantería de Marina
(los jefes del Estado Mayor Conjunto) que lo vigilaran
todo «todo el tiempo».
Llamó al director de la Agencia Nacional de Seguridad
(NSA, por sus siglas en inglés), Paul Nakasone, y le
explicó su conversación con el general Li. La NSA
monitoriza las comunicaciones de todo el mundo.
—Estad alerta —dijo Milley—. Seguid vigilando y
examinándolo todo.
Debían centrarse en China, pero asegurarse también
de que los rusos no estaban explotando la situación para
«iniciar algún movimiento oportunista».
—Estamos vigilando nuestras rutas —confirmó
Nakasone.
Milley llamó a la directora de la CIA, Gina Haspel, y le
hizo una lectura de la conversación con Li.
—Vigiladlo todo con determinación, de cabo a rabo —
dijo Milley a Haspel—. No deis nada por sentado, ahora
mismo. Solo quiero llegar al veinte al mediodía. —Se
refería a la investidura de Joe Biden como presidente.
Ocurriera lo que ocurriese, Milley estaba supervisando
la movilización del estado de la seguridad nacional sin
que lo supiera ni el pueblo americano ni el resto del
mundo.
Milley había engañado al general Li al asegurarle que
Estados Unidos estaba «cien por cien tranquilo» y que
los disturbios del 6 de enero solo eran un ejemplo de que
la democracia a veces resultaba «confusa».
Por el contario, Milley creía que los hechos del 6 de
enero fueron un ataque planeado, coordinado y
sincronizado al auténtico corazón de la democracia
americana, destinado a derrocar al gobierno para evitar
la certificación constitucional de unas elecciones
legítimas ganadas por Joe Biden.
Era realmente un intento de golpe de Estado, y nada
menos que «traición», dijo, y Trump quizás estuviera
esperando lo que Milley llamó «un momento
Reichstag»10. En 1933, Adolf Hitler cimentó un poder
absoluto para sí mismo y para el partido nazi en el terror
callejero y el incendio del edificio parlamentario del
Reichstag.
Milley no podía descartar que el ataque del 6 de enero,
tan inimaginable y brutal, fuese un simple ensayo para
algo de mayor envergadura, mientras Trump se agarraba
pública y privadamente a su creencia de que las
elecciones habían sido amañadas por Biden y se las
habían robado.
Milley estaba centrado en la cuenta atrás
constitucional: doce días más de la presidencia de
Trump. Estaba decidido a hacer todo lo que pudiera para
asegurar una transferencia de poderes pacífica.
Inesperadamente, el oficial ejecutivo de Milley entró
en su despacho y le pasó una nota escrita: «A la
presidenta Pelosi le gustaría hablar con usted
inmediatamente. Tema: sucesión. Vigésimoquinta
enmienda».
La presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, demócrata
californiana, era la segunda en la línea de sucesión del
presidente, después del vicepresidente, y recibía
informes detallados del mando y control de las armas
nucleares de Estados Unidos. Aquella veterana que
llevaba treinta y cuatro años en el Congreso sabía
muchísimo de seguridad nacional, de temas militares y
de inteligencia.
Milley cogió la llamada de Pelosi en su móvil personal,
una línea no confidencial, y puso el altavoz para que uno
de sus asesores pudiera escuchar también.
Lo que sigue es una transcripción de la llamada
obtenida por los autores.
—¿Qué precauciones tenemos disponibles —preguntó
Pelosi— para evitar que un presidente inestable inicie
hostilidades militares accediendo a los códigos de
lanzamiento y ordenando un ataque nuclear? La
situación con este presidente desquiciado no podría ser
más peligrosa. Debemos hacer todo lo que podamos para
proteger al pueblo americano de su ataque
desequilibrado a nuestro país y a nuestra democracia.
Pelosi dijo que llamaba a Milley como funcionario
militar de más alto rango porque Christopher Miller,
instalado recientemente por Trump como secretario en
funciones de Defensa, no había sido confirmado todavía
por el Senado.
—Le aseguro que tenemos en alerta un montón de
controles en el sistema —dijo Milley—. Y le puedo
garantizar, y puede transmitir esto a las bancadas, que
los habrá, y que los disparadores nucleares están seguros
y no vamos a hacer… no vamos a permitir que ocurra
nada alocado, ilegal, inmoral o falto de ética.
—¿Y cómo van a conseguir eso? ¿Le van a quitar el
fútbol o lo que sea que tenga? —le preguntó ella.
Ella sabía muy bien que el «fútbol» es el maletín que
lleva un ayudante militar de alto rango al presidente
conteniendo los códigos de lanzamiento sellados y
autentificados para usar las armas nucleares, y un
llamado «libro negro» con una lista de opciones de
ataque y de objetivos.
—Bueno —contestó Milley—, tenemos procedimientos.
Se requieren códigos de lanzamiento y métodos
específicos para hacer tal cosa. Y puedo asegurarle, como
presidente del Estado Mayor Conjunto, puedo asegurarle
que «eso» no ocurrirá.
—Y si tuviera alguna preocupación de que pudiera
pasar, ¿qué pasos adoptaría usted?
—Si pensara eso por un nanosegundo… yo no tengo
autoridad directa —dijo—, pero tengo la capacidad de
evitar que pasen cosas malas a mi manera, aunque
pequeña…
Pelosi le interrumpió.
—El pueblo americano necesita tranquilidad a ese
respecto, general. ¿Qué piensa decir públicamente de
esto?
—Pues no puedo decir nada, con franqueza, señora
presidenta. Públicamente, no creo que deba decir nada,
ahora mismo. Creo que cualquier cosa que dijese como
individuo podría ser malinterpretada de diez maneras
distintas.
—Pues entonces hablemos de ello en general, y no
aplicado a un presidente en particular —dijo Pelosi—.
Con todo el poder que se le confiere al presidente para
tener ese poder (para usar el término dos veces), ¿qué
precauciones existen?
—Las precauciones son procedimientos que tenemos
instalados —dijo— y que requieren autentificación,
certificación, y cualquier instrucción tiene que venir de
una autoridad competente, y deben ser legales. Y ha de
haber un sentido lógico para cualquier uso de un arma
nuclear. Y no solo de las armas nucleares, sino de la
fuerza. Así que puedo asegurarle que tenemos en
funcionamiento unos sistemas sólidos como una roca.
Que no hay probabilidad alguna de una bola de nieve, de
que este presidente, o cualquier otro presidente, pueda
lanzar un ataque nuclear de una manera ilegal, inmoral,
sin ética y sin certificación por parte de…
—¿Ha dicho usted no solo nuclear, sino también del
uso de la fuerza? —le preguntó ella.
—Absolutamente —le respondió Milley—. Muchas
personas están preocupadas, y con razón, preocupadas
por un posible incidente, digamos en… Irán. Yo vigilo
todo eso como un águila. Cada hora lo examino todo en
el extranjero. Y lo mismo interiormente, con cosas como
la ley marcial, etcétera. O la Ley de Insurrección. Este es
uno de esos momentos, señora diputada, en que va a
tener que confiar en mí sobre esto. Se lo garantizo. Le
doy mi palabra. No puedo decir nada de esto
públicamente porque realmente no tengo autoridad, y
sería malinterpretado de cincuenta modos distintos, pero
le puedo asegurar que el estamento militar de Estados
Unidos es firme como una roca, y no vamos a hacer nada
ilegal, inmoral o no ético con el uso de la fuerza.
Sencillamente, no lo haremos.
Pelosi exclamó:
—Pero él ha hecho algo ilegal, inmoral y falto de ética y
nadie le ha detenido. Nadie. Nadie en la Casa Blanca.
Esto ha ido agravándose porque el presidente estaba
decidido a ello. El presidente lo ha incitado, y nadie en la
Casa Blanca ha hecho nada al respecto. Nadie en la Casa
Blanca ha hecho nada para detenerle.
—No estoy en desacuerdo con usted —replicó Milley.
—Entonces, ¿me está diciendo que va a asegurarse de
que no pase nada? —preguntó la presidenta—. Pero es
que ya ha pasado… un ataque a nuestra democracia, eso
ha pasado, y nadie ha dicho: «Oiga, usted no puede hacer
esto». Nadie.
—Bueno, señora presidenta, el lanzamiento de armas
nucleares y la incitación a disturbios…
—Ya sé que son dos cosas diferentes. Gracias. Lo que le
estoy diciendo es que si ni siquiera han podido evitar que
asaltara el Capitolio, ¿quién sabe qué otra cosa puede
hacer? ¿Hay alguien a cargo en la Casa Blanca que esté
haciendo otra cosa que besarle el gordo culo mientras
tanto?
»¿Existe algún motivo para creer que alguien, alguna
voz de la razón, pueda intervenir y hablar con él? Porque
estamos muy, muy afectados por todo esto. Esto no es un
accidente. Esto no es algo que pase y ya está, bueno, pues
ya está hecho, vamos a olvidarnos. Sigamos adelante. No,
no es así. Es muy fuerte lo que ha hecho. Ha dejado al
personal traumatizado. Ha asaltado el Capitolio y todo lo
demás. Y no va a salirse con la suya. No va a conseguir
poder para hacer nada más.
Pelosi mencionó al presidente Richard Nixon, que se
vio obligado a dimitir en 1974 por culpa del escándalo
Watergate.
—Nixon hizo mucho menos y los republicanos le
dijeron: «Tiene que dimitir». Ni siquiera estamos en la
misma liga, con respecto a los hechos. «Tiene que
dimitir.» Los republicanos son todos facilitadores de esta
conducta, y me pregunto: ¿alguien está cuerdo en la Casa
Blanca? Dígame que no va a pasar nada.
»Ellos pusieron ese vídeo fraudulento de ayer… eso
de… “eh, él dice que no ha tenido nada que ver con esto”
porque saben que tienen problemas. Y la cosa está mal,
pero quién sabe lo que podría hacer. Está loco. Sabe
perfectamente que está loco. Desde hace mucho tiempo.
Así que no me diga que no sabe cuál es su estado mental.
Está loco, y lo que hizo ayer es una prueba más de su
locura. Pero de todos modos aprecio lo que dice.
—Señora presidenta —dijo Milley—, estoy de acuerdo
con usted en todo.
—¿Y qué puedo decirles a mis colegas, que me están
exigiendo respuestas sobre lo que se está haciendo para
disuadirle de iniciar cualquier tipo de hostilidades de
cualquier forma, en cualquier sentido, incluyendo
apartarle las manos de ese poder? La única forma que
tenemos de hacerlo es expulsándolo, porque no hay
nadie a su alrededor con el valor suficiente para
detenerlo y evitar que asalte el Capitolio e inflame e
incite a la rebelión. Ahí está, es el presidente de Estados
Unidos. Y usted ha respondido a mi pregunta. Gracias,
general. Gracias.
Pelosi hizo una pausa y preguntó:
—¿Ese idiota del Departamento de Defensa, el
secretario en funciones, tiene algún poder a ese respecto?
¿Vale la pena por un segundo llamarle?
—Yo estoy de acuerdo al cien por cien en todo lo que
ha dicho —respondió Milley—. Lo único que puedo
garantizarle es que como presidente del Estado Mayor
Conjunto, quiero que sepa esto… quiero que sepa que en
lo más profundo de mi corazón le puedo garantizar al
ciento diez por ciento que el ejército, en uso del poder
militar, ya sea nuclear o un golpe en un país extranjero
de cualquier tipo, no va a hacer nada ilegal ni loco. No
vamos a hacer…
—Bien —preguntó, Pelosi—, ¿qué quiere decir con
ilegal o loco? ¿Ilegal, quién juzga lo que es o no ilegal? Ya
ha hecho algo, y nadie le ha dicho nada.
—Bueno, estoy hablando del uso del ejército de
Estados Unidos —dijo Milley—. Estoy hablando de
golpear, de atacar militarmente. Usar el poder militar de
Estados Unidos en el interior o internacionalmente.
—No voy a decir que eso me tranquilice —dijo ella—,
pero sí que diré que le he preguntado11 todo esto… solo
eso. Porque…
—Le puedo dar mi palabra —dijo Milley—. Lo máximo
que puedo hacer es darle mi palabra de que voy a evitar
que pase algo así con el ejército de Estados Unidos.
—Bueno —dijo ella—, espero que tenga usted éxito en
el nido de serpientes dementes del Despacho Oval y en la
familia loca también. La verdad es que tendría que haber
habido ya una intervención, a estas alturas. Los
republicanos tienen sangre en las manos, y todo el
mundo que le permite hacer lo que está haciendo tiene
sangre en las manos, y el efecto es traumático para
nuestro país. Y nuestra gente joven, idealistas que
trabajan aquí, a ambos lados del pasillo, está
traumatizada hasta la exageración, porque ese hombre es
un demente y todo el mundo lo sabe, pero nadie hace
nada. Así que seguiremos presionando para que se
cumpla la vigesimoquinta enmienda y para que algún
líder republicano reemplace al presidente.
»Pero es muy triste que pase esto en nuestro país, que
ha sido tomado por un dictador que ha usado la fuerza
contra otra rama del gobierno. Y que sigue ahí
aposentado. Tendrían que haberlo arrestado. Tendrían
que haberlo arrestado de inmediato. Ha dado un golpe
de Estado contra nosotros para poder seguir en el cargo.
Tendría que haber una forma de sacarlo de ahí. Pero no
sirve de nada perder tiempo con esto. Se lo agradezco.
Gracias, general. Gracias.
—Señora presidenta, ya tiene mi palabra con respecto
a este asunto. Conozco el sistema, y todo va bien. Solo el
presidente puede ordenar el uso de armas nucleares.
Pero no es él solo quien toma la decisión. Una persona
puede ordenarlo, varias personas tienen que lanzarlo.
Gracias, señora presidenta.
Pelosi tenía razón, y Milley se daba cuenta. Sus graves
preocupaciones estaban bien fundadas. Desde el
amanecer de la era nuclear, los procedimientos, técnicas
e incluso los medios y el equipo para controlar el posible
uso de las armas nucleares habían sido analizados,
debatidos y a veces incluso cambiados.
Milley decía a menudo que el uso de armas nucleares
tenía que ser «legal», y que los militares tenían unos
procedimientos rigurosos.
Pero ningún sistema era a prueba de tontos, por muy
afinado y practicado que estuviera. El control de las
armas nucleares implicaba a seres humanos, y él sabía
que los seres humanos, incluido él mismo, cometían
errores. En el aspecto práctico, si un presidente estaba
decidido a usar esas armas, era muy improbable que
ningún equipo de abogados o de funcionarios militares
pudiera detenerlo.
El antiguo secretario de defensa William J. Perry había
dicho desde hacía años12 que el presidente era el único
en Estados Unidos que tenía el control para el uso de
armas nucleares.
En un artículo publicado13 a principios de 2021, Perry
afirmaba: «En cuanto está en el cargo, el presidente
adquiere la autoridad absoluta para iniciar una guerra
nuclear. En solo unos minutos, Trump puede soltar
centenares de bombas atómicas, o una sola. No necesita
una segunda opinión».
Ahora, tras el cuestionamiento de Pelosi y la alarma de
China, Milley quería encontrar una forma de introducir,
de imponer incluso, esa segunda opinión.
Se le ocurrió una expresión, lo que llamó «el momento
más duro de la posibilidad teórica».
Era un asunto que había que matizar, pero real. Existía
la posibilidad teórica y espantosa de que al presidente
Trump se le fuese la cabeza y ordenase alguna acción
militar o el uso de armas nucleares sin pasar por los
procedimientos requeridos.
Milley no tenía ninguna certeza de que los militares
pudieran controlar a Trump. Creía que era trabajo suyo,
como oficial militar de alto rango, pensar en lo
impensable y adoptar cualquier precaución necesaria.
Se consideraba un historiador en secreto, y tenía miles
de libros en su biblioteca personal.
Lo que necesitaba era «sacar un Schlesinger» para
contener a Trump y mantener el control lo más estrecho
posible de las líneas de comunicación y de la autoridad
militar al mando.
Esta expresión hacía referencia a un mandato del
antiguo secretario de Defensa James Schlesinger a los
líderes militares en agosto de 1974, para que no siguieran
órdenes que vinieran directamente del presidente Nixon
—que se estaba enfrentando a un impeachment—, o de la
Casa Blanca, sin pedirle referencias directamente a él o a
su presidente del Estado Mayor Conjunto, el general
George Brown.
Dos semanas después14 de que dimitiese Nixon a
causa del escándalo Watergate, el New York Times sacó
este titular: «El Pentágono mantiene un control estricto
sobre los últimos días del gobierno de Nixon».
Schlesinger y el general Brown temían que Nixon
pudiese saltarse la cadena de mando y contactar
independientemente con funcionarios o con alguna
unidad militar y ordenase algún golpe, poniendo el país y
el mundo entero en peligro. No estaban dispuestos a
correr ese riesgo.
Milley veía alarmantes paralelismos entre Nixon y
Trump. En 1974, Nixon se había vuelto cada vez más
irracional15 y estaba cada vez más aislado, bebía
muchísimo y, desesperado, no dejaba de acudir a rogar y
suplicar al secretario de Estado Henry Kissinger.
Milley decidió actuar. Inmediatamente convocó a los
oficiales de mayor rango del Centro Nacional Militar de
Mando (NMCC, por sus siglas en inglés). Es la sala de
guerra del Pentágono, usada para comunicar órdenes de
acciones de emergencia desde la Autoridad Nacional de
Mando (el presidente o su sucesor) para acciones
militares o para el uso de armas nucleares.
El NMCC es parte del Estado Mayor Conjunto y se
trabaja en él las veinticuatro horas del día, con equipos
rotatorios de cinco turnos encabezados por un general o
almirante con una estrella.
De inmediato, el oficial de una estrella y los diversos
coroneles que estaban asignados a las operaciones sénior
del NMCC fueron desfilando por la oficina de Milley. La
mayoría no había estado jamás en ella. Parecían
nerviosos y asombrados por estar allí.
Sin darles explicación alguna, Milley dijo que quería
que repasaran los procedimientos y procesos del
lanzamiento de armas nucleares. Solo el presidente
podía dar la orden, dijo.
Pero luego dejó bien claro que «él», el presidente del
Estado Mayor Conjunto, debía estar implicado
directamente. Bajo el procedimiento en curso, se suponía
que tenía que haber una conferencia telefónica por una
red segura que incluyera al secretario de defensa, el
presidente de la Junta y los abogados.
—Si les llaman —dijo Milley—, no importa quién sea,
hay un proceso, hay unos procedimientos. Tienen que
seguirlos. Y yo formo parte de ese procedimiento. Tienen
ustedes que asegurarse de que en la red están las
personas adecuadas.
Por si existía alguna duda de lo que estaba intentando
recalcar, añadió:
—Asegúrense de que yo estoy en esa red. No se
olviden. Sencillamente, no se olviden.
Dijo que esto se aplicaba a cualquier orden para una
acción militar, y no solo para el uso de las armas
nucleares. Él tenía que estar implicado. Y como resumen
acabó diciendo:
—Los procedimientos estrictos están diseñados
explícitamente para evitar errores involuntarios o
accidentes o bien un lanzamiento nefando, involuntario,
ilegal, inmoral o no ético de las armas más peligrosas del
mundo.
Era su «Schlesinger», pero no lo llamó así ante los
oficiales del NMCC allí reunidos.
—Procuren que todos los que estén de guardia en
todos los turnos comprenden bien todo esto —dijo—.
Están de guardia las veinticuatro horas, todos los días,
todo el día.
Los equipos de guardia practicaban los procedimientos
múltiples veces todos los días. Ante cualquier duda o
cualquier irregularidad, tenían que llamarle a él directa e
inmediatamente. Y no actuar hasta haberlo hecho.
Se señaló a sí mismo.
Luego recorrió la sala, pidiendo confirmación a cada
oficial de que había comprendido sus palabras,
mirándoles a los ojos.
—¿Lo ha entendido? —preguntó Milley.
—Sí, señor.
—¿Lo ha entendido? —le preguntaba a otro.
—Sí, señor.
—¿Lo ha entendido?
—Sí, señor.
—¿Lo ha entendido?
—Sí, señor.
Milley lo consideró un juramento.
De repente, en torno a16 las 12.03, Milley vio que
aparecía una noticia en el televisor de su oficina que
estaba sintonizado sin volumen en la CNN:
PELOSI DICE QUE HA HABLADO CON EL PRESIDENTE DE LA
JUNTA DE JEFES PARA EVITAR QUE TRUMP «INICIE
HOSTILIDADES MILITARES» O BIEN «ORDENE UN ATAQUE
NUCLEAR».
—¿Qué cojones…? —preguntó un oficial.
Milley escuchó la noticia de la CNN y vio rápidamente
que Pelosi no había revelado lo que él le había dicho,
sino que solo había compartido parte de lo que ella le
había dicho. Ella no hacía ninguna referencia a Nixon.
Pero lo que había aireado públicamente era correcto,
hasta el momento.
En aquellos últimos días, se preguntaba Milley,
¿podría Trump provocar el debilitamiento de la
democracia americana y el orden mundial,
cuidadosamente construido en los años posteriores a la
Segunda Guerra Mundial?
Milley no iba a permitir que un comandante en jefe
inestable, que parecía que había incurrido en una
violación de su juramento, usase al ejército de una
manera impropia.
La reactivación de «Schlesinger», cuarenta y siete años
después de Nixon, había sido necesaria, un control
prudente, cuidadosamente calibrado, de eso Milley
estaba seguro.
¿Estaría socavando al presidente? Algunos podían
sostener que Milley había sobrepasado su autoridad y
había adquirido un poder extraordinario para sí.
Pero sus actos, le parecía, eran bienintencionados, una
precaución para asegurarse de que no hubiera una
ruptura histórica en el orden internacional, ni una guerra
accidental con China o con otros, y que no se usaran las
armas nucleares.
1
Casi cuatro años antes, Joe Biden estaba en su casa de la
playa de Rehoboth, en Delaware, el fin de semana del 12
de agosto de 2017, y oyó hablar al presidente Trump por
televisión. El presidente insistía en que las violentas
reyertas entre una manifestación de supremacistas
blancos y los contramanifestantes en Charlottesville,
Virginia, eran culpa de ambos bandos.
Ante cuatro banderas americanas17, en su club de golf
de Nueva Jersey, Trump declaró que había «odio,
fanatismo y violencia en muchas partes, en muchos
bandos».
Indignado, Biden cogió el teléfono y llamó a Mike D.,
Mike Donilon, su consultor político más cercano, que con
cincuenta y nueve años tenía el aspecto y los modales de
un sacerdote de parroquia18. Pelo gris, cejas pobladas,
gafas, voz suave…
Como Biden, Donilon se había criado en una familia
católica irlandesa. Su madre era organizadora en el
sindicato local19 del Sur de Providence, Rhode Island, y
su padre presidente de la junta escolar. Durante más de
cuatro décadas se había convertido en el consejero de
cabecera de Biden, una mezcla de los dos consejeros de
John F. Kennedy: su hermano menor y estratega, Robert
F. Kennedy, y Theodore Sorensen, el forjador de sus
palabras.
Donilon salió al porche de la parte trasera de su casa
porque su móvil tenía mala cobertura dentro de su hogar
de Alexandria, Virginia.
En las cadenas de noticias reproducían sin parar unos
vídeos agitados de los nacionalistas blancos. Muchos
llevaban antorchas encendidas, y salmodiaban: «Los
judíos no nos reemplazarán», y el eslogan nazi: «Sangre
y tierra».
Marcharon desafiantes por el campus de la
Universidad de Virginia justo antes del mitin «Unite the
Right», protestando contra la eliminación de una estatua
gigantesca del general confederado Robert E. Lee.
Heather Heyer, una contramanifestante de treinta y
dos años20, fue asesinada el 12 de agosto en los
enfrentamientos que todavía se producían, y un hombre
que se consideraba antisemita arrolló con su Dodge
Challenger a una multitud del centro que llevaba
pancartas en las que ponía AMOR, SOLIDARIDAD y BLACK
LIVES MATTER.
—Tengo que decir algo públicamente sobre esto —le
dijo Biden a Donilon—. Esto es distinto. Mucho peor y
mucho más peligroso. Es una auténtica amenaza
fundamental para el país.
Donilon notaba que en la voz de Biden sonaba una
profunda alarma. A menudo Biden se sentía agitado
emocionalmente y se explayaba con él, pero en
Charlottesville insistió sin parar, mucho más de lo
habitual.
—Lo que es distinto, en este momento de la historia, es
que el pueblo americano va a tener que ponerse de pie y
defender los valores del país y la Constitución, porque no
tienen un presidente que lo vaya a hacer.
Biden nunca había visto una respuesta como la de
Trump, seguramente en toda su vida. El presidente de
Estados Unidos había dado equivalencia moral a los que
se oponen al odio y a los que odian… es decir, había dado
un refugio seguro a los supremacistas blancos y a los
nazis que estaban dispuestos a salir a la luz.
—No tiene precedentes —dijo, usando una de sus
palabras favoritas—. Trump está insuflando vida a los
impulsos más oscuros y peores del país. ¡Ni siquiera se
han molestado en taparse la cara! —exclamaba Biden—.
Y si han creído que pueden hacerlo es porque piensan
que tienen al presidente de Estados Unidos de su parte.
No pensaba quedarse sentado sin hacer nada. ¿Podía
ayudarle Donilon a redactar algo… un artículo, un
editorial, un discurso?
Hasta entonces Biden, de setenta y cuatro años, más
de metro ochenta de altura, llevaba siete meses fuera del
cargo, después de ocupar durante ocho años el de
vicepresidente. Tenía el pelo de un blanco níveo y el
rostro curtido por los años.
Biden había intentado atenerse al papel tradicional de
la administración anterior: evitar los comentarios
públicos sobre un nuevo presidente. A ver cómo se iba
adaptando. Pero entonces le dijo a Donilon que aquella
norma ya no se podía aplicar.
—Tengo que hablar —dijo—. Tengo que expresarme
con toda claridad.
Biden aducía que, si la gente se quedaba callada, el
tejido cívico de la nación se iría deshilachando cada vez
más, y habría más terror en las calles. Trump estaba
atacando sistemáticamente a los tribunales, la prensa, el
Congreso… un movimiento ya clásico por parte de un
autócrata para desmantelar las instituciones que
constriñen su poder.
—Vale —dijo Donilon—. Me pongo a escribir.
El antiguo Biden estaba resurgiendo, como si todavía
estuviera en su cargo.
Mientras Donilon se ponía a trabajar, Biden publicó
un tuit21 a las 18.18 de aquel sábado: «Solo hay un
bando».
Era el clásico Biden, sentencioso y recto. Y consiguió
algo de adherencia en los medios sociales. Pero no fue
una sensación, ni mucho menos. Un antiguo
vicepresidente era una marca ya medio caduca.
Trump no cejó22. El 15 de agosto, durante una
conferencia de prensa en la Torre Trump de Nueva York,
sostuvo: «Hay culpas en ambos bandos» y que había
«gente excelente en ambos bandos».
Entre Biden y Donilon volaron los borradores a un
lado y otro.
Donilon reflexionó, preguntándose cómo transmitir la
urgencia de Biden. ¿Qué lenguaje debía usar? Estuvieron
de acuerdo en que tenía que transmitir alarma sin
parecer histérico. ¿Cómo podía enfrentarse mejor, para
usar una expresión que Biden había susurrado después
de que se aprobara la Ley de Asistencia Asequible de
2010, a ese inquietante momento americano, al «puto
problemón»23?
Buscaban un tema más importante, un entorno que
invocase la fe católica de Biden y su espiritualidad. Algo
visceral, con un componente de valores. Algo que captase
el optimismo de Biden y el espíritu de la nación. Pero…
¿el qué?
Donilon dio con el tema del «alma», una palabra que
nadie identificaba con Trump. A Biden le encantó.
Estaba muy bien.
Al cabo de dos semanas24, apareció un artículo de 816
palabras firmado por Biden en The Atlantic, con el
encabezamiento: «Vivimos una batalla por el alma de
esta nación».
«Los rostros enloquecidos y furiosos, iluminados por
antorchas. Los cánticos haciéndose eco de la misma bilis
antisemita que corrió por Europa en la década de 1930 —
escribía Biden—. Los neonazis, los hombres del Klan y
los supremacistas blancos surgiendo de nuevo de
habitaciones oscuras y campos remotos y el anonimato
de la red a la clara luz del día.»
Después de la marcha, afirmaba: «La conciencia moral
de América se empezó a remover».
Tras aparecer ese artículo hubo una nueva y creciente
intensidad en los discursos privados de Biden.
—¿Quién cree que la democracia es algo que nos viene
dado? —preguntó Biden a los líderes empresariales en un
acontecimiento cerrado el 19 de septiembre de 2017—. Si
alguien cree eso, que se lo piense mejor.
Conocido como Señor Silencioso, Donilon sabía
escuchar especialmente bien. Los ayudantes de Biden a
menudo olvidaban que Donilon estaba en una
conferencia telefónica, hasta que Biden preguntaba:
—Mike D., ¿estás ahí?
—Sí, sí que estoy, intentando enterarme de todo —
decía entonces Donilon.
Pero el silencio servía para algo: para cristalizar las
aspiraciones de Biden. Y esta vez Donilon sentía que
había dado con algo potente con lo del «alma». En los
discursos escritos a veces aciertas y a veces no.
«La batalla por el alma de la nación» no tenía la
misma resonancia que el famoso discurso inaugural de
JFK —«No te preguntes qué puede hacer tu país por ti.
Pregúntate qué puedes hacer tú por tu país»—. Atañía a
cuestiones más profundas, más fundamentales: ¿qué es
tu país? ¿En qué se ha convertido con Trump?
2
Los republicanos estaban en una encrucijada aquel
verano de 2017, complacidos de ostentar el poder en
Washington, pero cada vez más nerviosos por Trump y
su respuesta a lo de Charlottesville. Uno de ellos era Paul
Ryan, que había sido compañero de candidatura de Mitt
Romney en las elecciones presidenciales de 2012.
Ryan, originario del Medio Oeste, alto, con el pelo
oscuro, era lo contrario de Trump en muchos aspectos.
Era devoto del extenuante método de fitness p90X,
padre de familia puritano y habitual en el Capitolio desde
que tenía veintipocos años. Había sido elegido presidente
de la Cámara en octubre de 2015.
La personalidad de Trump confundía a Ryan, que
decía a los amigos que jamás había conocido a una
persona como él.
A lo largo de toda la campaña de 2016, Ryan había
apoyado al candidato republicano, que la mayoría de los
líderes republicanos dudaban que fuera capaz de ganar.
Pero su apoyo a Trump empezó a resquebrajarse aquel
octubre, cuando Ryan declaró públicamente que se
sentía «asqueado»25 por los comentarios lascivos de
Trump sobre las mujeres grabados en una cinta y
revelados por The Washington Post.
Cuando Trump ganó, a Ryan le pilló desprevenido. Y
ahora tenía relación con él. Como presidente de la
Cámara era el segundo en la línea de sucesión
presidencial, justo por detrás del vicepresidente Mike
Pence. No lo podía evitar.
Ryan empezó a investigar por su cuenta cómo tratar
con alguien que es amoral y negociador. Al principio ese
ejercicio le resultó difícil. A Ryan le gustaba considerarse
un «político de pies a cabeza»26, pero sus peculiaridades
no incluían la aceptación de la Seguridad Social, el
Medicare y la psiquiatría.
Entonces un adinerado doctor de Nueva York, donante
republicano, llamó a Ryan y le dijo:
—Tiene que comprender lo que es el desorden de
personalidad narcisista.
—¿El qué? —preguntó Ryan.
El doctor envió un memorándum a Ryan por correo
electrónico, con sus «ideas sobre cómo tratar mejor con
una persona que tiene un trastorno antisocial de la
personalidad». También le enviaba diversos vínculos a
densos artículos en The New England Journal of
Medicine.
El memorándum27 contenía material de la
Clasificación internacional estadística de enfermedades
y problemas relacionados con la salud, décima edición
llamada ICD-10. Ryan lo estudió durante semanas,
convencido de que Trump tenía aquel trastorno de la
personalidad.
Lo principal que aprendió Ryan entonces fue que no
hay que humillar a Trump en público. Si humillas a un
narcisista te arriesgas a un verdadero peligro, a una
respuesta frenética, si se siente amenazado o criticado.
Ryan probó el resultado de su investigación28 el 9 de
diciembre de 2016. Llegó junto con sus ayudantes de
mayor rango, incluyendo el que pronto sería jefe de
gabinete, Jonathan Burks, a la Torre Trump en
Manhattan para celebrar una reunión de transición con
el presidente electo.
Ryan, Burks y otros entraron en el brillante ascensor y
no dijeron nada. Burks se preguntaba si el ascensor
estaría pinchado. Se decía que Trump hacía grabaciones
secretas.
Una vez arriba, los condujeron a la oficina de Trump
en el piso 26. Burks se acercó a cerrar la puerta para que
el presidente de la Cámara y el presidente electo
pudieran mantener una reunión privada.
—Ah, no, dejémosla abierta —dijo Trump.
—Vale —dijo Burks, y se sentó.
Trump gritó a la que era su ayudante administrativa
desde hacía mucho tiempo, Rhona Graff:
—¡Rhona! ¡Rhona! Trae café. Del bueno, ¿eh? Es Paul
Ryan —aullaba Trump—. ¡Hemos comprado del bueno
para él!
Entraba sin parar gente de Trump, que luego volvía a
salir. Steve Bannon, el desaliñado estratega conservador
que había migrado a la órbita de Trump desde Breitbart,
una website de ultraderecha y anti-Ryan. El consejero de
seguridad nacional entrante, Michael Flynn. Ivanka
Trump.
«Bueno, esto es Nueva York», pensó Burks.
Trump asentía mientras Ryan hablaba muy serio de
impuestos y salud pública, y luego miró su móvil, que
estaba sonando. Era Sean Hannity, de Fox News.
Respondió la llamada mientras Ryan y sus consejeros se
quedaban allí callados.
—Sí, estoy aquí con Paul —dijo Trump a Hannity—.
¿Ah, sí? ¿Quieres hablar con él?
Trump miró a Ryan y luego puso el manos libres.
—Sean, habla con Paul —dijo al presentador, y
Hannity lo hizo así durante unos siete minutos.
Esta forma de conducta inconexa continuó cuando
Trump se convirtió en presidente. Seguía estallando y
adoptando decisiones erráticas, y se ponía furioso si creía
que le estaban haciendo un desprecio.
El 26 de abril de 2017, Ryan se enteró de que Trump
estaba a punto de anunciar29 que Estados Unidos
abandonaría el NAFTA, el Tratado para el Libre
Comercio de Norteamérica, un pacto que vinculaba a
Estados Unidos, Canadá y México. Ryan le dijo a Trump
que se arriesgaba a una humillación pública.
—Va a causar un crac en el mercado de acciones —le
advirtió Ryan.
Trump se echó atrás.
La ruptura más duradera llegó el 15 de agosto de 2017.
En una excursión con su familia en Colorado, un
miembro del equipo de seguridad de Ryan, que constaba
de ocho personas, se acercó con un teléfono por satélite.
En la línea, un consejero traía malas noticias: Trump
insistía de nuevo en lo de los «dos bandos» en
Charlottesville. Los medios le pedían que hiciera algún
comentario. Ryan suspiró. Esta vez tenía que replicar
públicamente a Trump.
Solo en la ladera de una montaña, Ryan empezó a
dictar30 una declaración cortante que luego fue
publicada en un tuit.
En cuanto pudieron volver a usar el móvil normal,
sonó el teléfono de Ryan. Era Trump.
—¡No estás en la trinchera conmigo! —chillaba Trump.
Ryan le chilló a su vez:
—¿Ha terminado? ¿Puedo hablar ahora? Usted es el
presidente de Estados Unidos. Tiene la obligación de
ejercer un liderazgo moral para arreglar esta situación, y
no puede declarar que hay una equivalencia moral.
—Pero esa gente me quiere. Son los míos… —replicó
Trump—. No puedo dar una puñalada por la espalda a la
gente que me apoya.
—Había supremacistas blancos y nazis en
Charlottesville —dijo Ryan.
—Sí, bueno, había gente mala —replicó Trump—. Eso
lo entiendo. No estoy con ellos. Estoy en contra de todo
eso. Pero también había algunas personas que me
apoyan. Algunos que son buena gente.
Ryan habló más tarde con John Kelly, el jefe de
gabinete de Trump y general de cuatro estrellas retirado
de la Marina. Kelly dijo que Ryan había hecho lo correcto
publicando ese tuit.
—Sí, hay que reñirle por esto —dijo Kelly—. No se
preocupe.
El 21 de marzo de 201831, Ryan pasó por otro episodio
agobiante cuando el presidente amenazó con vetar un
presupuesto de gastos de 1300 millones de dólares,
conocido en Washington como el «ómnibus». Trump
había oído a unos expertos analizarlo en Fox News. Un
veto podía paralizar al gobierno. Ryan se dirigió a la Casa
Blanca.
Cuando llegó, Trump se puso a chillar de inmediato.
Decía que le tenía sin cuidado el ómnibus, y que se
estaba enemistando con sus votantes básicos.
—¡Es terrible! ¿Quién ha redactado esta mierda? —
preguntaba Trump. Nadie le respondió—. Es una mierda
absoluta, un acuerdo horrible —dijo, poniéndose cada
vez más furioso—. ¡El muro! ¡Aquí no está!
—Tiene que firmar eso porque acabamos de votarlo —
dijo Ryan—. Ya lo hemos discutido antes. Es el ejército.
Es la reconstrucción. Son los veteranos.
Cuando Trump empezó a quejarse otra vez por dar
solo 1600 millones para la construcción del muro de la
frontera en el ómnibus, Burks dijo que la cifra que
aparecía en la ley era la que había pedido el presidente
para ese fin, en su propio presupuesto.
—¿Quién demonios aprobó eso? —preguntó Trump.
Nadie dijo nada.
Una hora después, Ryan preguntó:
—Bueno, ¿va a firmar esa ley o no?
—Sí, vale. La firmaré —dijo Trump.
Cuando se fueron Ryan y Burks, se acercaron a Marc
Short, consejero de Pence desde hacía décadas y que
había accedido a ocupar el cargo de director legislativo
de Trump.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Ryan.
—Este es nuestro pan de cada día —dijo Short.
—Dios mío… —exclamó Ryan.
Dos días después, un Trump enfadado volvió a vacilar
cuando llegó el momento formal de firmar la ley.
Aquella mañana, en Fox News32, el comentarista
conservador Pete Hegseth, un veterano, había dicho que
era el epítome de un «presupuesto empantanado». Steve
Doocy, uno de los copresentadores de Fox & Friends,
lamentaba que en la legislación «no hubiese muro».
Trump tuiteó33 que «estaba pensando en un veto».
Si Trump no firmaba la ley a medianoche, el gobierno
quedaría paralizado.
Ryan telefoneó a Jim Mattis, entonces secretario de
defensa. El presidente lo llamaba «Perro Loco».
—Tiene que mover el culo y sentarse allí con él y
asegurarse de que firma esa cosa —dijo Ryan—. Si está
ahí de pie delante de él, la firmará.
Mattis despejó su agenda y pasó varias horas con el
vicepresidente Pence y Marc Short, instando a Trump a
que firmase. Al final lo hizo.
A principios de 2018, Ryan ya no pudo más. La
reforma de impuestos había sido aprobada y firmada por
Trump. Los tres hijos de Ryan en Wisconsin todavía eran
lo bastante jóvenes para necesitar pasar tiempo con él.
Su propio padre murió cuando él era aún adolescente34.
El 11 de abril de 201835, Ryan anunció que no se
presentaría a la reelección. Tenía cuarenta y ocho años.
El mundo de la prensa política se quedó asombrado.
Ryan era considerado un posible candidato presidencial,
o al menos alguien a lo Bob Dole, que podía pasar varios
años a la cabeza del liderazgo republicano.
Ryan se reunió enseguida con el líder de la mayoría del
Senado, Mitch McConnell, de Kentucky. El orador y líder
había trabajado conjuntamente con él para manejar a
Trump. McConnell, de setenta y seis años y conocido por
ser muy precavido y calculador, también había
encontrado a Trump extravagante y resistente a la lógica
y al consejo.
Cuando Ryan entró en la oficina del líder de la
mayoría, pensó que McConnell se iba a echar a llorar.
—Eres un tipo con mucho talento —dijo McConnell—.
Tenemos una relación de primera.
Pero estaba muy alterado. Él y Ryan eran los dos
líderes del Partido Republicano en el Congreso. Los
entrenadores en el campo. Si Ryan se iba, ¿no quedaría
Trump sin límites? ¿Quién podría sujetarlo y contenerlo?
—No me gusta nada que abandone el terreno de juego
—dijo McConnell.
3
Las dos primeras veces que Joe Biden se presentó a la
presidencia, en 1988 y 2008, fueron verdaderos
desastres, hubo acusaciones de plagio36 en el primer
caso y de observaciones racistas en el segundo.
Tras su segunda candidatura malograda, Biden
escribió un nuevo prólogo para la versión en libro de
bolsillo de su autobiografía de campaña, que tenía 365
páginas37: Promesas que cumplir. Cuenta a su manera la
historia de un hombre que siguió avanzando a pesar de
los dramas impactantes que vivió tanto en la vida como
en la política presidencial, remontándose a la horrible
muerte de su primera esposa, Neilia, y de su hijita
Naomi, en un accidente de tráfico en 1972, cuando él
tenía solo treinta años y le acababan de elegir para el
Senado.
El padre de Biden, Joe sénior, nunca se rindió y nunca
se quejó durante la niñez de Biden en Scranton.
«No tenía tiempo para la autocompasión.
“¡Levántate!” Esa era su frase favorita, y ha tenido eco a
lo largo de toda mi vida. ¿El mundo te ha golpeado en la
cabeza? Mi padre diría: “¡Pues levántate!”. ¿Estás echado
en la cama, sintiendo una enorme lástima por ti mismo?
“¡Levántate!” ¿Te han dado una patada en el culo en el
campo de fútbol? “¡Levántate!” ¿Malas notas?
“¡Levántate!” ¿Los padres de la chica no la dejan salir
con un chico católico? «¡Levántate!»38
»Pero no lo aplicaba solo a las cosas pequeñas, sino
también a las grandes, cuando la única voz que podía oír
era la mía propia. ¿Después de la cirugía, senador, puede
perder la capacidad de hablar…? “¡Levántate!” ¿Los
periódicos te llaman plagiario, Biden? “¡Levántate!” ¿Tu
mujer y tu hija… lo siento, Joe, no hemos podido hacer
nada para salvarlas? “¡Levántate!” ¿Has suspendido una
asignatura en la facultad de Derecho? “¡Levántate!” ¿Los
niños se ríen de ti porque tartamudeas Bi-Bi-Bi-Bi-
Biden? “¡Levántate!”»
El fracaso de Biden en 2008 ofreció un premio de
consolación: el entonces senador por Illinois Barack
Obama, que pronto sería el primer presidente negro de la
nación, lo eligió para ser su compañero de candidatura.
Dio a Biden importantes papeles39 en política exterior y
en negociación de presupuestos, al parecer estableciendo
a Biden como su apuesta más clara para que se
presentara de nuevo para la presidencia.
Pero ya casi al final de su segundo mandato, el
presidente Obama aludía con insistencia40 a que era el
turno de Hillary Clinton. Ella casi había derrotado a
Obama para la nominación de 2008, y luego le sirvió con
habilidad como secretaria de Estado. También le dijo a
Biden rotundamente que sería difícil derrotarla.
Biden mantuvo la idea sobre la mesa. Le gustaba
Obama. Estaban muy unidos. Pero comentó a sus
ayudantes que nunca había tenido la sensación de estar
obligado a seguir sus indicaciones sobre si presentarse o
no a otras elecciones.
El hijo menor de Biden, Hunter Biden, y la que
entonces era su esposa, Kathleeen, fueron a cenar un
viernes por la noche, el 6 de febrero de 2015, a casa de
Bob Woodward en Washington. La mujer de Woodward,
Elsa Walsh, y Kathleen se habían hecho amigas a través
de Sidwell Friends, un colegio cuáquero privado al que
asistían sus hijos.
El alcoholismo, la adicción a las drogas y los
problemas financieros de Hunter generarían más tarde
muchos titulares. Pero ni Woodward ni Walsh eran muy
conscientes de todo ello entonces, aparte de una breve
noticia en octubre de 201441 que indicaba que Hunter,
graduado en Derecho por Yale y lobista, había sido
expulsado de la Reserva de la Marina de Estados Unidos
después de dar positivo por cocaína en una prueba.
Tampoco sabían nada del tumor cerebral que amenazaba
la vida del hermano de Hunter, Beau, un secreto
guardado celosamente por la familia.
En la cena, Walsh le preguntó:
—¿Va a presentarse tu padre para presidente?
Hunter, de cuarenta y cinco años, delgado, con el pelo
de un negro intenso, respondió rápidamente que sí.
Sentada ante la mesa del comedor, hablando con
confianza, Kathleen contó que varios días antes su
suegro la había llamado y le había dicho que quería ir a
cenar a su casa. Tenía noticias importantes.
Kathleen, que trabajaba con víctimas de la violencia
doméstica, dijo que volvió a guardar los espagueti, que ya
estaban servidos, de nuevo en la olla, para esperar la
llegada de «papi» a su casa, que estaba cerca.
Una vez allí, el vicepresidente explicó que había
decidido presentarse. Hunter y Kathleen parecían
encantados. Aquella podía ser por fin la ocasión de Joe
Biden.
En sus memorias de 202142, Beautiful Things, Hunter
Biden decía: «Beau y yo siempre supimos que papi no se
retiraría hasta conseguir ser presidente. Era el sueño
colectivo de los tres». Beau y Hunter, que también iban
en el coche aquel día, quedaron heridos, pero
sobrevivieron al accidente de coche de 1972. Hunter
también escribió que detestaba a los que dudaban dentro
del Ala Oeste y que «debilitaban» a su padre.
Woodward y Walsh no se sintieron especialmente
sorprendidos. La esperanza presidencial estaba muy
arraigada en el carácter de Biden. Al parecer iba a seguir
presentándose eternamente para la presidencia.
Cuando más tarde les hablaron de las afirmaciones de
Hunter aquel febrero, los consejeros de Biden insistieron
en que no eran conscientes de su decisión por aquel
entonces. A menudo guardaba sus pensamientos íntimos
estrictamente para la familia.
Pocos meses más tarde43, el 30 de mayo de 2015, Beau
Biden moría a los cuarenta y seis años, concluyendo así
una vida que incluía44 una Estrella de Bronce por su
servicio militar en Irak y dos mandatos como fiscal
general de Delaware.
Joe Biden quedó destrozado.
—Va a ser una época muy dura personalmente —le dijo
Biden a Steve Ricchetti, su jefe de gabinete durante casi
tres años y fundamental también en la hermandad
política de Biden—. La única forma de que pueda superar
esto, y de que consigamos sobrellevarlo como familia, es
que yo esté trabajando y muy ocupado.
Ricchetti, como Donilon con el pelo gris y ya medio
calvo, nada adepto a aparecer en televisión o ante los
focos, adoraba a Biden. Su resiliencia, su generosidad, su
amistad. Si Biden decía que necesitaba trabajar, él sabía
cómo mantener ocupado al vicepresidente. Agenda.
Acción.
Ricchetti más tarde contaba a otros que «a veces,
parecía casi cruel».
Pero mantenerse ocupado significaba estudiar
detenidamente otra campaña electoral presidencial.
Biden le pidió a Donilon que examinara con toda
honestidad si le quedaba el tiempo suficiente para
presentarse y ganar.
En la reunión final decisiva del 20 de octubre de 2015,
Donilon explicó que Clinton era vulnerable en unas
elecciones generales, y más vulnerable aún en la carrera
por las primarias demócratas contra Biden.
Donilon les recordó a los demás: «Yo nunca vacilé a la
hora de pensar que él podía presentarse, y creía que
podía ganar».
Pero cuando observó a Biden, vio que la muerte de
Beau era una pesada carga para él, la pérdida de un
segundo hijo y el tercer miembro de su familia que
desaparecía. Biden estaba desolado por el dolor, y su
habitual sonrisa fácil ahora era una mueca con la
mandíbula apretada.
—No creo que debas hacerlo —le dijo Donilon
finalmente.
Era la primera vez en años que le aconsejaba que no se
presentara. Biden lo tomó como un buen consejo que
procedía de un amigo, y Donilon recibió instrucciones de
preparar una declaración.
Al día siguiente45, Biden apareció en la rosaleda de la
Casa Blanca con el presidente Obama a su lado y anunció
que no se presentaría a la presidencia.
4
Biden empezó a contemplar la posibilidad de algo
tremendamente poco habitual para él: una vida sin cargo
alguno. Pero otros se mostraban escépticos. «El pez
siempre vuelve a nadar, las aves siempre vuelven a volar,
y Biden se volverá a presentar», le dijo una vez a Biden
un amigo suyo.
Biden le dijo a Ricchetti: «Lo único que quiero es
seguir haciendo lo que siempre he hecho. ¿Cómo dejar
de trabajar en las cosas a las que llevo dedicando toda mi
vida, las cosas que más me preocupan?».
Biden y Ricchetti esbozaron los pilares de lo que sería
su vida posterior: la Fundación Biden, la Iniciativa Biden
por el Cáncer, el Centro Penn Biden para la Diplomacia,
el Compromiso Global en la Universidad de Pensilvania y
el Instituto Biden en la Universidad de Delaware.
—Hillary va a ser elegida, y encontraremos una forma
de contribuir —dijo Biden.
Un año más tarde, el 8 de noviembre de 2016, Biden
reunía a sus principales consejeros en el Observatorio
Naval, la residencia del vicepresidente, para presenciar el
recuento.
La noche empezó bien, con las proyecciones señalando
una victoria de Clinton. La mujer de Biden, Jill, se relajó
y subió al piso de arriba con un libro y una copa de vino.
Jill y Joe Biden46 llevaban casados desde 1977. Él se
fijó en ella, que entonces era profesora y modelo a
tiempo parcial en la zona de Filadelfia, en un anuncio del
aeropuerto, y buscó su número de teléfono. Le propuso
matrimonio cinco veces antes de que ella accediera a
casarse con él.
Jill le ayudó a criar a sus dos hijos, y tuvieron una hija
a la que pusieron Ashley. Al final ella obtuvo un
doctorado en educación y se dedicó a enseñar lengua en
un Community College del norte de Virginia. Era una
corredora implacable, y se consideraba introvertida,
incómoda bajo los focos dando discursos, y sin embargo,
ardiente defensora de su marido.
A medida que iba pasando la noche47, la balanza se fue
inclinando hacia Trump. Joe Biden estaba muy inquieto.
Trump ganó Ohio a las 22.36 de la noche, y Florida a las
22.50. A las 2.29 de la mañana, la Associated Press
declaró ganador a Trump, y pronto una conmocionada
Hillary Clinton tuvo que reconocerlo.
Biden se sumergió en un mar de llamadas de teléfono.
—Dios mío, el mundo se ha vuelto del revés —decía él.
Mientras Biden deambulaba por el primer piso de su
casa, les decía a los amigos que había notado que Clinton
tendría problemas hacía mucho tiempo. Trump parecía
robar el apoyo al partido entre los obreros de base, sin
luchar demasiado.
—No se oyó48 ni una sola frase en la última campaña
sobre ese tipo que trabaja en una línea de producción y
gana 60 000 dólares al año, y su mujer que gana 32 000
como camarera en un restaurante —declaró Biden más
tarde, en una aparición en 2017 en Penn.
El 20 de enero, Biden se sentó a escuchar49 el crudo
discurso de toma de posesión de Trump sobre la
«masacre americana», y luego se puso a escribir unas
segundas memorias: Prométemelo, papá. Era la
oportunidad para pensar en Beau y hablar de él, una
«búsqueda de una forma de avanzar en su vida», como
explicó Ricchetti. Biden quería demostrar que una
persona podía sufrir una tragedia que la dejase
destrozada y aun así encontrar un propósito en la
memoria.
Pronto la familia Biden volvió a aparecer en las
noticias. La mujer de Hunter, Kathleen, había pedido el
divorcio discretamente en diciembre, alegando abuso de
drogas e infidelidad, y presentó una nueva petición
rogando al tribunal que congelara todos sus activos. El 1
de marzo, el New York Post 50informó por primera vez
de que Hunter estaba saliendo con la viuda de Beau,
Hallie.
Joe Biden hizo unas declaraciones al periódico de
Nueva York: «Tenemos mucha suerte de que Hunter y
Hallie se hayan encontrado el uno al otro mientras
intentaban rehacer su vida juntos de nuevo, después de
tanta tristeza. Tienen el apoyo total de Jill y mío, y nos
sentimos muy felices por ellos».
Fueron malos tiempos para Hunter. En sus memorias
escribió que sus hijas estaban nerviosas por su conducta
y sus negocios empezaban a hundirse. Los clientes le
abandonaban. «Y peor aún, empecé a caer de nuevo» en
las drogas51.
Prométemelo, papá, el segundo libro de Joe Biden, fue
publicado aquel noviembre, tres meses después de lo de
Charlottesville. Era muy crudo, y Biden registró en él
gráficamente el vacío interior que le abrumaba. Pero esta
vez fue Beau, al final de su vida, quien le dijo:
«¡Levántate!».
—Tienes que prometerme, papá, que no importa lo que
ocurra, te va a ir bien. Dame tu palabra, papá —dijo Beau
Biden, según el libro.
—Sí, me va a ir bien, Beau —replicó Biden.
—No, papá —insistió Beau Biden—. Dame tu palabra
como Biden. Dame tu palabra, papá. Prométemelo, papá.
«Y se lo prometí», escribió Biden.
Aunque Beau hablaba del bienestar de su padre,
muchos interpretaron el título del libro en el sentido de
que Beau le pedía a Biden que prometiera presentarse a
la presidencia.
Biden empezó la gira nacional de su libro a mediados
de la campaña del Congreso de 2018.
Cedric Richmond, de cuarenta y cuatro años, el único
miembro demócrata de la delegación del Congreso de
Louisiana y presidente del poderoso Caucus Negro, pidió
a Biden que se pusiera en marcha por los Demócratas
Negros.
Richmond era una estrella en ascenso52 en el partido y
un estratega muy habilidoso, cuyos colegas en el
Congreso pensaban que algún día quizá se convertiría en
el primer presidente de la Cámara negro. Le encantaban
las charlas entre bastidores sobre política, trazar el
recorrido de las relaciones entre el Congreso y el partido.
Richmond tenía también la constitución y los
movimientos gráciles de una estrella del atletismo. Había
sido centrocampista y lanzador53 en la facultad de
Morehouse, antes de asistir a la facultad de Derecho. En
el campeonato de béisbol anual del Congreso se había
ganado la reputación de ser el único jugador realmente
bueno.
Richmond observó que Biden era bienvenido en todas
partes. Otros grandes nombres despertaban
precauciones en determinadas partes del país. Pero a
Biden «no hay ni un solo distrito en todo el país que no
lo quiera». El liberal Nueva York, el Medio Oeste, los
enclaves de barrios residenciales conservadores, el Sur.
Mike Donilon también monitorizó la recepción de
Biden. Había una posibilidad política real para un
antiguo vicepresidente al que apoyaban activamente 65
candidatos en 24 estados. La cuestión clave que preguntó
Donilon fue: «¿Tiene Biden auténtico prestigio en el
partido y en el país?». La respuesta, concluyó, era que sí.
El libro alcanzó el número uno en la lista de más
vendidos del New York Times durante una semana54.
Biden atraía a las multitudes.
Donilon y Ricchetti seguían pinchando a Biden para
que considerase otra campaña. Le dijeron que los datos
mostraban un camino en un partido que sufría cambios
rápidos. Trump había cambiado las motivaciones y
prioridades de algunos votantes demócratas. Sobre todo
querían que se fuera Trump.
El encuestador de Biden, John Anzalone, hijo de un
Teamsters (miembro del sindicato más grande de
Estados Unidos) de Michigan que había trabajado con
Biden desde su fallida campaña de 1988 en Iowa,
preparó unas diapositivas conocidas como «barajas de
Anzo» para que Biden se las llevase cuando estuviera de
camino, y hojease candidatos y donantes.
En una de las diapositivas Anzalone escribió: «Los
votantes primarios demócratas tienden a apoyar a los
candidatos más tradicionales del establishment antes
que a los agitadores progresistas».
Una diapositiva final concluía: «Lo más importante es
que no hay demanda urgente por parte de la generación
más joven de liderazgo entre los votantes».
Biden no dijo si se presentaría o no. Se mostraba
reservado, y dejó que las dispositivas explicaran los
hechos.
—Cedric, ¿puedo hacer algo por ti, cuando haga la gira
del libro? —preguntó Biden a Richmond, antes de su
intervención de junio de 2018 para hablar del libro en
Nueva Orleans.
—No necesito un donante de fondos —dijo Richmond.
Su escaño estaba seguro. Por el contrario, le propuso que
jugara al golf en el campo Joseph M. Bartholomew, un
campo de golf histórico que recibía su nombre del
arquitecto negro55 que había diseñado gran parte de los
mejores clubes de campo de Louisiana pero no podía
jugar en ellos, ya que estaban en el Sur segregacionista.
Cuando apareció Biden, Richmond observó que lo
acompañó un representante de publicidad. Ni seguridad,
ni ayudantes.
Después de los nueve primeros hoyos empezó a llover,
y el grupo se trasladó al interior del edificio del club,
donde treinta golfistas negros de avanzada edad
esperaban a Biden. Richmond hizo que sirvieran
bandejas de comida y bebidas.
Richmond estudió a Biden mientras este recorría la
sala haciendo preguntas. ¿A qué se dedica usted? ¿Está
jubilado? La curiosidad parecía auténtica. Algunos eran
veteranos de Vietnam, y Biden les dijo que su difunto
hijo era abogado del Ejército, que se había presentado
voluntario para cumplir con su deber en Irak. Habló del
tumor cerebral de Beau y de la herida que había dejado
su pérdida. No dio ningún discurso político.
—Debería presentarse —dijo uno de los hombres. Otro
asintió, y luego otro más—. ¡Preséntese! —decían las
voces, aumentando su volumen cada vez más.
—No me comprometo a presentarme —dijo Biden—.
Simplemente quiero que llegue un momento en el que
podamos derrotar a Donald Trump. No tengo que ser yo
la persona que le derrote.
Biden pasó dos horas con aquellos hombres. Era el
encuentro más honrado y humano que había
presenciado jamás Richmond en un político.
5
Ese verano, Mitch McConnell luchó para mantener a
Trump a raya, sobre todo con los jueces. Virar la
judicatura federal a la derecha podía ser la piedra
angular de su legado.
Normalmente Trump se alineaba con McConnell y el
consejero de la Casa Blanca de Trump, Don McGahn, que
trabajaba estrechamente56 con el líder del Senado para
llenar la judicatura de candidatos conservadores. Pero el
compromiso de Trump con la empresa nunca se basó en
la ideología, sino solo en ganar, de manera que era
susceptible de cambiar de opinión.
Trump nombró a Brett Kavanaugh para ocupar la
vacante del magistrado Anthony M. Kennedy. Justo
antes de la vista del Comité Judicial del Senado para
Kavanaugh, una profesora universitaria, Christine Blasey
Ford, apareció ante el público el 16 de septiembre de
2018 y acusó a Kavanaugh57 de agredirla sexualmente
cuando ambos eran adolescentes.
Blasey Ford pronto fue convocada para testificar ante
el comité, el 27 de septiembre.
Trump llamó a McConnell aquella mañana. ¿Podía
activar el nombramiento de Kavanaugh?
—¿Por qué no hablamos después de que testifique la
doctora Ford? —preguntó McConnell—. Piense en ello
como en un intermedio.
Trump accedió. Esperaría.
Blasey Ford, precavida y con dudas, fue vista en
general como un testigo creíble durante su declaración.
Trump, inquieto, se mantuvo en contacto con
McConnell. Esperaría a ver qué decía Kavanaugh. El
testimonio de este, aquel mismo día, fue acusatorio y a la
defensiva, y muy alabado en la derecha.
Trump hizo otra llamada después de que testificaran
tanto Blasey Ford como Kavanaugh.
—¿Qué le parece el testimonio de Kavanaugh? —
preguntó Trump.
—Pues más fuerte que meado de mula —dijo
McConnell.
—¿Cómo? —exclamó Trump.
—En Kentucky no hay nada más fuerte que el meado
de mula —dijo McConnell.
—Deberíamos apoyarle. Tenemos que conseguirlo de
una manera u otra, porque no sabemos si todavía
tendremos mayoría, después de noviembre.
McConnell necesitaba un voto rápido de confirmación
sobre Kavanaugh. Estaba convencido de que sería la
única forma de tener el tiempo suficiente para aprobar a
otro candidato antes de las elecciones. Si Kavanaugh
carecía de apoyo, o bien dejaba la carrera, no había
garantía alguna de que pudieran conseguirlo.
El Senado votó para confirmar a Kavanaugh el 6 de
octubre, por 50 votos a 48.
La euforia de estar de nuevo en campaña llevó a Joe
Biden a visitar 13 ciudades en los últimos seis días de las
elecciones al Congreso de 2018. Y el 6 de noviembre trajo
consigo ganancias para los azules58. Los demócratas
consiguieron 40 escaños adicionales en el Congreso y
tomaron el control, entregando el mazo de presidenta a
Nancy Pelosi por segunda vez. Los republicanos
mantuvieron la mayoría del Senado.
Richmond y Virgil Miller, su jefe de gabinete, pidieron
una cita para ver a Biden en su despacho, en
Washington, en la avenida de la Constitución 101, a unos
pasos del Capitolio.
—Quizá sea usted la única persona que puede derrotar
a Donald Trump —dijo Richmond—. Creo que debería
hacerlo: presentarse y derrotarlo.
Richmond era amigo del senador Cory Booker de
Nueva Jersey y de Kamala Harris de California, dos
demócratas negros que se esperaba que se presentasen.
Pero seguía recurriendo a Biden. Para Richmond lo
principal era la capacidad de ser elegido. «No se puede
gobernar si no ganas primero», decía.
—No estoy seguro de ser la persona adecuada —
respondió Biden. Richmond sintió verdadera reticencia
por parte de Biden—. No tengo por qué ser yo. Esto no va
conmigo. Lo puede hacer algún otro.
Richmond dijo que el tema primordial del Caucus
Negro del Congreso era derrotar a Trump. «Muchos le
apoyarán —decía—. Tiene usted unas relaciones
fabulosas con la comunidad negra.»
Le recordó a Biden su visita al Campo de Golf
Bartholomew. Le presionó.
—Mire, los afroamericanos aprecian, en primer lugar,
su autenticidad. En segundo lugar, aprecian que usted
apoyase a Barack Obama. Y en tercero, saben que su
comunidad tiene mucho que perder si los demócratas no
derrotan a Trump.
Richmond añadió que el apoyo de Biden se extendía
no solo al Caucus Negro, sino también al Caucus
Hispano, y entre los moderados también. Tenía una
base.
En Acción de Gracias de 2018, todas las piezas
empezaron a encajar, aunque con vacilaciones. Greg
Schultz, un hombre nervudo que aún no había cumplido
los cuarenta, era el jefe de campaña informal para una
posible campaña de Biden. Era lo contrario de Donilon:
un joven táctico, centrado en la mecánica de la
organización de base, todo datos, nada de alma.
En su zona nativa de Cleveland, Schultz había ayudado
a Obama a conseguir victorias consecutivas en Ohio,
como director estatal suyo, y más tarde se unió a la
oficina de la vicepresidencia de Biden como consejero
sénior.
Biden lanzaba ideas y quejas a su antiguo personal,
pero ellos contaban con Schultz para mantener la
maquinaria política de Biden en funcionamiento. Schultz
se enfrentaba a sus propios desafíos. La máquina
chirriaba un poco, y todos los talentos de campaña
habían fichado con otros candidatos que pensaban que el
tiempo de Biden había pasado.
No era una valoración que careciese de motivos: Biden
era popular en la campaña, pero nunca fue un
recaudador de fondos con demasiado éxito. Su
seguimiento en las redes sociales era lo que se podría
esperar de un antiguo vicepresidente muy querido, pero
su presencia política era casi inexistente.
Schultz y su segundo, Pete Kavanaugh, enviaron a
Biden un memorándum muy detallado de once
páginas59 en diciembre de 2018 sobre los pasos
necesarios para establecer una campaña nacional.
Incluía decisiones sobre cuarteles generales, calendario,
viajes, personal. La campaña de Clinton en Brooklyn
cuatro años antes había sido auténticamente colosal60.
La de Biden en comparación era un pequeño grupito de
leales.
El anuncio de campaña y lanzamiento se propuso para
la primera semana de marzo de 2019.
Richmond seguía haciendo apariciones en la avenida
de la Constitución, 101.
—Estoy a un 74 por ciento —dijo Biden en un
momento dado. Poco después decía—: Estoy a un 82 por
ciento.
¿De dónde demonios salían esos porcentajes?, se
preguntaba Richmond. Qué absurdo.
A continuación fue el 85 por ciento, luego el 88 por
ciento.
Mierda, se presenta seguro, se dio cuenta Richmond.
Era la forma que tenía Biden de decir que sí.
6
Al acabar el año 2018, el presidente Trump nombró61 al
general Milley, entonces jefe del Ejército, presidente del
Estado Mayor Conjunto, un año antes del final oficial del
mandato del general de la Marina Joseph Dunford Jr.
Trump dejó muy claro62 a sus colaboradores que
sentía que Milley, con sus anchos hombros y su carácter
extrovertido, era el tipo de general que prefería. David
Urban, graduado de West Point y lobista63 a quien
Trump atribuía haberle ayudado a ganar en Pensilvania
en 2016, y que era un refuerzo constante para Trump en
la CNN, había recomendado calurosamente a Milley. Jim
Mattis, el secretario de defensa de Trump, presionó por
su parte para que fuera el jefe del Estado Mayor de las
Fuerzas Aéreas, David L. Goldfein. Trump se alineó con
Urban.
Durante la vista de confirmación de Milley64 ante el
Comité de Servicios Armados, el senador Angus King,
independiente de Maine, dijo:
—General Milley, dados los riesgos que ha articulado
usted y que articula también la Estrategia Nacional de
Defensa, considero que su cargo es el segundo más
importante del gobierno de Estados Unidos, porque
vivimos en un mundo peligroso. Y su posición como
consejero principal del presidente, en un tiempo de
tensión internacional elevada y alto riesgo, es
increíblemente significativo e importante. Ya sabe cuál
va a ser mi pregunta.
—Si me voy a dejar intimidar —respondió Milley.
—Sí, es la pregunta —dijo King—. ¿Y cuál es su
respuesta?
—Rotundamente no, por nadie, nunca. Daré los
mejores consejos militares que pueda. Será todo limpio,
honesto. Será riguroso. Será exhaustivo. Y eso es lo que
pienso hacer cada vez, siempre.
Milley alardeaba de superioridad moral y proclamaba
su independencia. Pero no estaba preparado para
enfrentarse a Trump. No hay ningún curso de
capacitación, ningún trabajo preparatorio, ninguna
escuela que te enseñe a manejar a un presidente que está
completamente fuera del sistema. Trump abrazaba la
imaginería y el lenguaje militar y simultáneamente podía
ser terriblemente crítico con los líderes militares. Trump
tenía instintos aislacionistas e impredecibles en lo que
respecta a la política. «América primero» a menudo
significaba «América sola».
Una vez instalado en su nuevo cargo, Milley creía que
su misión principal era impedir una guerra entre grandes
potencias. Una estantería enorme en el vestíbulo de
Quarters 6 contenía centenares de gruesos libros sobre
China.
El trabajo significaba también ser el consejero militar
de mayor rango de Trump, una responsabilidad que
impulsaba a Milley a pensar en una doctrina llamada
«movimiento por contacto», según la cual en un espacio
de combate vas desplazándote a través del humo e
intentas palpar lo desconocido paso a paso, aprendiendo
cosas a medida que avanzas. Milley lo había practicado
ya antes de Trump, pero entonces se convirtió en su
forma de vida.
Mattis bautizó65 esa tendencia de Trump a distraerse
durante las reuniones informativas como «rampas de
salida de la autopista de Seattle a ninguna parte». Los
reportajes de Fox News eran «lo más importante para
él».
Trump no aflojaba ni en los asuntos graves ni en los
más pequeños. Se obsesionó con el portaaviones USS
Gerald R. Ford, su coste y la ubicación de la «isla», el
centro de mando de vuelo, instalada en cubierta.
Trump se quejaba repetidamente de que el general y
los almirantes eran muy malos como hombres de
negocios, y especialmente nefastos a la hora de adquirir
grandes barcos y hacer tratos, de manera que el ejército
siempre acababa estafado.
El Ford, llamado así por el trigésimo octavo
presidente, era un ejemplo importantísimo de esas
prácticas de negocios ruinosas, decía Trump. Arremetía
contra casi todo a bordo del Ford: los ascensores que
subían y bajaban munición del barco, las catapultas
usadas para lanzar aviones desde cubierta…
—Yo estaba en el negocio de la construcción —decía
Trump a líderes militares, en una reunión—. Sé algo de
ascensores. Si les entra agua, se pueden estropear.
Pero era la ubicación rediseñada de la isla, más que la
popa, lo que ponía de los nervios al presidente.
—No queda bien. Yo tengo buen ojo para la estética —
dijo Trump en una cena con Milley. Entonces se tocó el
pelo—. ¿No le parece? —insistió, de una manera jovial.
Los oficiales navales de alto rango explicaron entonces
a Trump que la isla estaba situada en la parte trasera
para ampliar el espacio de pista para los aviones que
aterrizaban en la cubierta. Si la isla estuviera en el
centro, decían, canalizaría todo el viento de una forma
que dificultaría la función a los pilotos.
—Pero es que no me gusta cómo queda —dijo Trump.
Trump volvió a este tema del Ford en numerosas
ocasiones, y Milley le escuchaba siempre. ¿Qué podía
decir? Al presidente no le gustaba el aspecto de aquel
barco. Él tenía que aguantarse y dejar que se explayara.
Trump había anunciado el 7 de diciembre de 2018 que
nombraría a William Barr como fiscal general para
reemplazar a Jeff Sessions. Barr, de sesenta y ocho años,
había sido fiscal general veintiséis años antes para el
presidente George H. W. Bush, desde finales de 1991 a
principios de 1993, y luego sirvió como consultor
general66 para Verizon durante catorce años.
Republicano conservador, Barr era uno de los
defensores más acérrimos del poder ejecutivo del
presidente, y firme partidario de las políticas de Trump,
los recortes de impuestos y la desregulación. Había
criticado públicamente67 la investigación del fiscal
especial Robert Mueller por supuesta connivencia entre
Trump y Rusia, por infringir el poder de Trump; un gesto
que hasta algunos republicanos vieron como
deliberadamente obsequioso.
—Mi primera elección, desde el primer momento —
había dicho Trump—. No hay nadie más capaz ni
cualificado para este puesto.
En su entrevista con Trump, Barr había puesto de
relieve que el presidente y la Casa Blanca tenían que
mantener la distancia de las investigaciones criminales
que llevaba a cabo el Departamento de Justicia,
supervisadas por el fiscal general.
La interposición de acciones judiciales tenía unos
requisitos rigurosos: debía haber pruebas más allá de
toda duda razonable. Esa era la base sobre la cual alguien
era acusado o no. Barr decía que estaba en interés del
propio presidente, la Casa Blanca, el fiscal general y el
Departamento de Justicia mantener un muro entre las
decisiones de la justicia criminal y los políticos. Dijo que
había aprendido eso la primera vez que fue fiscal general.
No podía haber excepciones y no toleraría ningún
intento de atravesar ese muro, por parte de nadie. Era
algo definitivo.
Para que quedase bien claro, Barr dijo de nuevo que no
toleraría que el presidente intentase mangonear el
proceso de justicia criminal: a quién se acusaba, a quién
no se acusaba.
—Ni hablar de eso —dijo Barr—. Si hay algo que es
necesario que sepa, se lo diré.
Trump se hizo cargo de la declaración de Barr, pero
Barr no estaba seguro de que el presidente la hubiera
entendido.
—Según las normas68, Bob Mueller solo podía ser
despedido por una buena causa —testificó Barr un mes
más tarde, en la vista de su confirmación ante el Comité
Judicial del Senado. Conocía desde hacía décadas a
Mueller, que había sido director del FBI durante doce
años. La reputación de Mueller era impecable, era
independiente y adicto al trabajo—. Francamente, me
resulta inimaginable que Bob hiciera algo que pudiera
dar lugar a una buena causa.
Barr añadió:
—Creo que ahora mismo el interés público general es
permitirle terminar. —Y con más intención—: No creo
que el señor Mueller acabe implicado en una caza de
brujas.
Antes de nombrar a Barr, Trump había dicho que la
investigación sobre Rusia era «una caza de brujas»
ochenta y cuatro veces.
Barr no atacó a Mueller intencionadamente. Durante
una pausa de unas dos horas en la vista, volvió a una sala
de espera. Su equipo de consejeros le dijo que realmente
lo estaba haciendo de puta madre, un gran trabajo.
Apareció el jefe de gabinete de Barr y dijo que acababa
de recibir una llamada de Emmet Flood, quien
recientemente había sido consejero en funciones del
presidente en la Casa Blanca.
—Dice que tiene un cliente problemático.
—¿Por qué? —preguntó Barr.
—Porque el presidente está como loco. Cree que ha
cometido un error nombrándole, por lo que ha dicho.
Usted ha dicho cosas buenas de Bob Mueller.
En la Casa Blanca, la primera dama, Melania Trump,
opinaba lo contrario que el presidente.
—¿Estás loco? —le preguntó a su marido—. Ese
hombre da el tipo maravillosamente. Mira —y señaló a
Barr—, ese sí que es un fiscal general.
El contraste con Sessions, que era muy poquita cosa,
estaba bien claro.
Melania hablaba el mismo lenguaje que el presidente,
que daba gran importancia al aspecto de la persona.
William Barr, de metro ochenta y con un vientre
extraordinariamente abultado, daba la impresión de ser
un abogado formal, entendido, decía ella.
Más tarde, Trump habló a Barr de las observaciones de
su esposa, y de lo importantes que eran para él.
—Das muy bien el tipo.
Parecía excusar el aspecto de Barr, que era algo
dejado. Barr sabía que daba una imagen a lo Notorious
Big, con una voz potente y confiada.
Trump, también bastante voluminoso, habló a Barr de
su peso.
—Lo llevas bien, Bill. Lo llevas muy bien. Ten cuidado,
porque si pierdes demasiado peso, te va a empezar a
colgar la piel.
Mueller finalmente acabó su informe69 en marzo de
2019, y siguiendo la ley y las normas, entregó el
documento de 448 páginas a William Barr como fiscal
general. Barr y sus ayudantes de mayor rango lo leyeron.
—No se va a creer esto —dijo Barr en una llamada a la
presidenta del Comité Judicial, Lindsey Graham—.
Después de dos putos años, va y dice: «Pues no sé,
decida usted».
Barr dijo que Mueller no encontró prueba alguna de
que Trump o sus colaboradores trabajasen ilegalmente o
en connivencia con Rusia. Pero sobre la cuestión crítica
de si Trump había obstruido la justicia o no, Mueller
escribió una de las frases más retorcidas70 de la historia
de las investigaciones de alto perfil: «Aunque este
informe no concluye que el presidente haya cometido un
delito, tampoco lo exonera».
El fiscal general creía en lo que él llamaba la norma de
«haz lo que debas o si no lárgate» para los fiscales. O
acusaban o no acusaban. Los fiscales no podían emitir
juicio alguno sobre exoneración. Barr publicó una carta71
diciendo que él y su colaborador «habían concluido que
las pruebas encontradas durante la investigación del
fiscal especial no bastaban para establecer que el
presidente cometiera un delito de obstrucción a la
justicia».
La carta de resumen de cuatro páginas y esa
conclusión resultaron más controvertidas que el informe
de Mueller en sí mismo. Muchos se sintieron
escandalizados y dijeron que Barr era un adulador y un
lealista que protegía diligentemente al presidente, y que
limpiaba lo que ensuciaba Trump.
—Ha sido una exoneración absoluta y total72 —dijo
Trump, contradiciendo la carta de Barr, que afirmaba
que la declaración del informe de Mueller «no lo
exoneraba».
El propio Mueller se quejó73 de que la carta de Barr
distorsionaba sus conclusiones. A continuación
intervinieron setecientos antiguos fiscales federales74
diciendo que el informe de Mueller mostraba múltiples
actos de obstrucción a la justicia por parte del
presidente, y que no se le había acusado porque la
política del Departamento de Justicia era no acusar
jamás a un presidente en ejercicio.
En un pleito que atañía a la Ley de Libertad de
Información75, un juez federal dijo que Barr «había
distorsionado los resultados del informe de Mueller»,
otra crítica que acusaba a Barr de bailarle el agua a
Trump.
A efectos prácticos la investigación de Mueller había
terminado, pero sería debatida durante años. Trump no
fue acusado ni sufrió un impeachment como resultado de
los hallazgos de la investigación de Mueller.
Trump consiguió capear una auténtica amenaza a su
presidencia. Le dijo a Woodward en una entrevista
grabada en cinta: «Lo más bonito es que todo se evaporó.
Acabó en un suspiro. Fue asombroso. Quedó en nada76».
7
Biden continuaba deliberando si presentarse o no. A
principios de 2019, invitó a Anita Dunn, veterana de la
Casa Blanca de Obama77 y directora ejecutiva de SKDK,
una firma de política y comunicación en Washington, a
que se reuniera con él en la residencia que tenía
alquilada78 en la zona residencial de Virginia.
Dunn, casada con Bob Bauer, que había ocupado el
puesto de consejero en la Casa Blanca de Obama, era
ardiente defensora del ala centrista del partido. Se
consideraba una orgullosa liberal, pero no iba codo con
codo79 con los más progresistas que estaban
consiguiendo cada vez más poder después de que el
senador Bernie Sanders de Vermont construyera un
movimiento en su campaña de las primarias de 2016
contra Clinton.
Sanders y sus partidarios definían su política como
«progresista», a la izquierda de los «liberales». El
término «progresista» lleva en sí un espíritu de protesta
antiestablishment y antiempresarial, y un enfoque
mucho más contundente e izquierdista de los temas
económicos y culturales. Los progresistas a menudo
abrazaban ideas como «Medicare para todos» e
impuestos para los ricos, aunque la etiqueta carecía de
un credo específico.
Con sesenta y un años, Dunn tenía la misma edad más
o menos que Donilon y Richetti, y había empezado en la
política presidencial en la Casa Blanca de Jimmy Carter.
A Dunn se la consideraba formidable, con las ideas muy
claras, dura e inteligente.
Dunn tenía un mensaje fundamental para Biden: el
Partido Demócrata está malinterpretando las elecciones
de mitad de periodo de 2018 si cree que el partido ha
recuperado el control tras la oleada progresista que está
barriendo el país.
Aunque una demócrata socialista de veintiocho años,
Alexandria Ocasio-Cortez, de Nueva York, había
inquietado a un líder demócrata del Congreso en unas
primarias, y otros aliados de Sanders estaban haciendo
avances, tal oleada no existía, dijo Dunn.
«Prestemos atención a los demócratas tipo Biden80
que han ganado», dijo. Señaló a Abigail Spanberger, de
Virginia, antigua oficial de operaciones de la CIA, y otros
que habían ganado escaños que eran republicanos desde
hacía mucho tiempo.
Biden expresó sus dudas. ¿No será demasiado tarde
para mí? ¿Habrá talentos disponibles para esta
campaña? Estaba inquieto y nervioso, sin duda
recordando la gran cantidad de personal de Obama que
se había alineado con Clinton en 2015.
Le apoyaré si se presenta, le dijo Dunn. Biden tenía
una ventaja muy clara: la mayoría de los candidatos
tienen problemas para encontrar un mensaje. En su caso,
el mensaje era él.
Pero la falta de dirección de Biden preocupaba a Dunn.
Era notoriamente lento a la hora de tomar decisiones, y
no estaba consiguiendo el funcionamiento que habría
necesitado para empezar la carrera en una posición de
fuerza. Nadie parecía estar capacitado para ofrecer
trabajo, y a él se le veía muy incómodo pidiéndole a la
gente que se apuntara para una posible campaña.
Concluyó que, si surgía un candidato alternativo
destacado que Biden pensara que podía derrotar a
Trump, quizá no se presentase.
A principios de marzo, Biden convocó a Ron Klain, que
había sido jefe de gabinete en la oficina del
vicepresidente durante los dos primeros años de su
primer mandato.
—Ven y hablemos de la campaña —le dijo Biden.
Klain, de cincuenta y cinco años, con el pelo oscuro y
ondulado, parecía el rector de alguna universidad que
hubiese pasado años en el claustro. Cómodo con el
poder, pero más cómodo aún en la selva de la política. De
trato fácil y sociable, se mostraba muy duro si alguien
intentaba alterar su agenda.
Klain había entrado en la órbita de Biden más de dos
décadas antes, sirviendo como asesor principal para el
Comité Judicial del Senado cuando Biden era presidente.
Era uno de los triunfadores de la Ivy League de Biden,
magna cum laude en la facultad de Derecho de Harvard,
editor de la Law Review y secretario del Tribunal
Supremo con el juez Byron White.
También estaba entusiásticamente en sintonía con la
jerarquía de Washington y con Biden. Una vez observó
con franqueza:
—Joe Biden se presentó para presidente en 2008. Y
uno no se presenta si no cree que pueda ser presidente,
¿no? Obviamente, el 99 por ciento de los demócratas
pensaron que debía ser presidente otra persona, pero él
pensó que lo sería. Y seguía teniendo esa misma
sensación cuando se convirtió en vicepresidente.
Klain había respaldado81 la candidatura presidencial
de Hillary Clinton en 2016, cuando Biden tardó
demasiado en decidirse, y la ruptura fue dolorosa para
ambos.
«Ha sido un poco duro para mí representar semejante
papel en la desaparición de Biden —escribía Klain al jefe
de campaña de Clinton, John Podesta, en octubre de
2015, una semana antes de que Biden anunciase que no
se presentaría—. Definitivamente, estoy acabado para
ellos… pero me alegro de estar en el equipo de Hillary.»
Este mensaje de correo era parte del conjunto82 de
mensajes de Podesta que hackearon los rusos.
Klain, que trabajaba para una firma de inversiones
dirigida por el fundador de AOL, Steve Case, se metió en
su coche en su casa en Chevy Chase, Maryland, y se fue a
Wilmington, a dos horas de distancia.
Un par de horas analizando las alternativas de Biden
sería un ejercicio muy satisfactorio, intelectual y
políticamente, hierba gatera para Klain, que pertenecía a
ese club semipermanente de políticos de Washington que
accedían al sector privado pero acudían corriendo ante la
menor oportunidad de volver a la política presidencial.
—Parece que tendré que hacerlo —dijo Biden cuando
se sentaron—. Trump representa algo fundamentalmente
distinto y erróneo en la política.
Las siguientes palabras de Biden se le quedaron
grabadas para siempre a Klain: «Ese tipo no es
realmente un presidente americano».
La certeza de Biden sorprendió a Klain. Había
anticipado el habitual y agotador tira y afloja de Biden,
ese jugueteo con los más y los menos de las decisiones
importantes.
Klain también se quedó sorprendido de lo distinto que
parecía Biden al de aquella primera candidatura
presidencial a finales de los ochenta. Entonces las
conversaciones se centraban en apostar a ver qué
candidato podía ganar. La teoría era que Biden, entonces
de cuarenta y cuatro años, era de la generación adecuada
y tenía el aspecto adecuado, y el National Journal lo
había puesto en su portada como una figura kennediana,
un elogio significativo en aquella época.
Los cálculos en 1988 eran todos políticos, la versión
del departamento de marketing de lo que podía costar
conseguir la Casa Blanca. Fue un desastre.
Ahora Klain tenía una sensación muy distinta. No
estaban allí para discutir de política. Se trataba
simplemente de arreglar lo que había estropeado Trump,
de una misión. No hablaron de los estados en los que
podía ganar Biden, del muro demócrata azul ni de los
colegios electorales.
Otros que se presentaban estaban diciendo que el país
tenía que pasar página después de Trump. Biden decía
que iba a hablar de Trump regularmente, quizá de una
forma inacabable.
—Esto va a ser brutal para tu familia —le dijo Klain—.
Lo único que es seguro con Trump es que no hay normas.
Te echará encima todas las mentiras, las cosas más duras
y más malvadas que pueda, a ti y a tu familia.
El lado oscuro de Hunter ya había llegado a la prensa:
alcohol y adicciones, finanzas extranjeras confusas, una
relación con la viuda de Beau, una tarjeta de crédito muy
cargada y deudas por impuestos. Su antigua esposa,
Kathleen, le había acusado de despilfarrar83 su dinero
con drogas y otras mujeres.
Klain presionó.
—¿Está preparada tu familia realmente para lo que se
avecina?
Era una forma de apuntar delicadamente a los asuntos
de Hunter.
—Sí —dijo Biden—. Lo comprenden.
—¿Estás preparado para lo que se avecina? —le
preguntó entonces Klain—. No se parece a ninguna
campaña en la que te hayas presentado antes.
Cuando Biden se presentó en la candidatura de 2008,
él y el senador John McCain, entonces nominado
republicano, tuvieron conversaciones extraoficiales, por
canales alternativos, para suavizar las cosas.
—No habrá llamadas telefónicas aquí —dijo Klain—.
Va a ser una batalla a muerte. Nada está fuera de lugar.
Trump usará todas las herramientas que pueda, tanto
legítimas como ilegítimas, justas e injustas, verdaderas y
falsas, para intentar destruirte a ti y a tu familia.
Biden estaba bien afianzado. Había cruzado la línea de
la decisión. Se presentaba.
Se estaban quedando sin tiempo para hacer un
anuncio formal. Los empleados más importantes de la
campaña se habían volcado trabajando para el senador
Harris y la senadora Elizabeth Warren de Massachusetts,
cuyas credenciales progresistas la convertían en una
verdadera fuerza84. Pete Buttigieg, alcalde de South
Bend, Indiana, de treinta y siete años, gay, veterano y
alumno de Rhodes, estaba obteniendo entusiásticas
reseñas85. En privado, algunos donantes y rivales
desdeñaban a Biden, considerándolo el pasado.
Después de las cuatro de la tarde y tras hablar durante
seis horas, Biden y Klain acabaron.
—Ganaré —le dijo Biden a Klain.
8
—¿Sabes? —dijo una vez Joe Biden a Mike Donilon
durante ese periodo—. La familia será la que tome la
decisión.
Joe y Jill convocaron una reunión familiar a principios
de febrero de 2019 que incluía a sus cinco nietos, señal
para los consejeros de que se iba acercando.
—¿Qué opináis?86 —preguntó Jill a sus nietos—. El
abuelo se lo está pensando.
Los nietos de Biden estaban muy emocionados.
—¡Tiene que presentarse! Tiene que hacerlo.
Joe y Jill Biden se contuvieron. Sabían que, si Biden se
presentaba, la carrera se arriesgaba a volverse tortuosa,
con ataques maliciosos a la familia.
—Lo entendemos, abuelo87 —le aseguraron sus nietos.
Biden recordaba después que aquel año todos los
niños «escribieron cada uno su propia historia, una nota
explicando que sabían que la cosa iba a ser dura», pero
también por qué Biden y su familia debían estar unidos
en una candidatura.
El nieto de Biden, Robert Hunter Biden II le tendió
una foto que les hicieron a los dos en el funeral de su
padre, Beau. Él tenía nueve años, y Biden se había
agachado a consolarlo, cogiendo la barbilla del niño con
la mano. Los rincones más derechistas de Internet88 se
habían puesto al rojo vivo con aquel gesto de Biden,
sugiriendo que era un pedófilo. El joven Biden le dijo a
su abuelo que sabía que la campaña podía ponerse muy
fea.
—Lo hacemos todo con reuniones familiares89 —dijo
Biden al público en la Universidad de Delaware, el 26 de
febrero de 2019, explicando que había «consenso» en
que debía presentarse—. Ellos, las personas más
importantes de mi vida, quieren que me presente.
Lo que no desveló Biden90 fue que su familia también
se hallaba en una grave crisis. Hunter Biden estaba bajo
las garras del crack. Los amigos más íntimos de Biden se
confiaban entre ellos que Hunter estaba en la mente de
su padre a todas horas.
El joven había dejado su centro de tratamiento y se
había refugiado en un motel de New Haven, Connecticut.
Fumaba todo el crack que podía, recorriendo las calles
por la noche o haciendo largos recorridos con su
Porsche. Escribió en sus memorias que tenía un «deseo
de muerte», viendo su capacidad de «encontrar crack en
cualquier momento y en cualquier parte» como un
«superpoder. Era una depravación inacabable».
Joe Biden frecuentemente enviaba mensajes de texto y
llamaba a Hunter, preguntándole por su bienestar y su
paradero.
«Yo le decía que todo iba bien —escribió Hunter—.
Todo iba bien. Pero después de un tiempo, ya no se lo
creía.»
En marzo de 2019 la familia preparó una intervención.
«Un día, de repente91, tres o cuatro semanas después
de empezar aquella locura, me llamó mi madre —escribía
Hunter en sus memorias.
»Me dijo que estaba preparando una comida familiar
en casa, y que tenía que ir, e incluso quedarme unos
cuantos días en Delaware. Que sería fantástico, porque
no nos habíamos reunido desde hacía siglos. Yo estaba
hecho polvo, pero me pareció apetecible.
»Creo que llegué un viernes por la noche. Entré en la
casa, iluminada y acogedora como siempre.»
Se sorprendió al ver a sus tres hijas, Naomi, Finnegan
y Maisy.
«Supe que estaban tramando algo… Entonces vi a mi
madre y mi padre sonriendo de una manera rara, como
con dolor.»
Hunter vio a dos orientadores en la sala. Los reconoció
de un centro de rehabilitación en Pensilvania.
—Ni hablar —dijo Hunter. Recuerda que Joe Biden le
miró aterrorizado.
—Ya no sé qué otra cosa puedo hacer —le suplicó su
padre—. Tengo mucho miedo. Dime qué puedo hacer.
—Esto no, joder —dijo Hunter.
«Fue horrible. Horrible —relataba Hunter—. La velada
evolucionó hasta una debacle intensa y agónica.» Joe
Biden persiguió a su hijo hacia la entrada de la casa,
mientras él intentaba irse, lo agarró y lo abrazó muy
fuerte, llorando. Una de sus hijas le quitó las llaves del
coche.
Al final de la escena, Hunter accedió a acudir a un
centro de rehabilitación cercano en Maryland.
«Cualquier cosa, por favor», le suplicaba Joe Biden.
Pero minutos después de que lo dejaran allí, Hunter
llamó a un conductor de Uber y volvió a la habitación de
su hotel, donde fumó más crack.
«Durante los dos días siguientes, mientras todos los
que habían estado en casa de mis padres pensaban que
yo estaba bien y a salvo en aquel centro, me quedé en mi
habitación fumando el crack que llevaba en mi bolsa de
viaje.»
Entonces Hunter reservó un vuelo a California y lo
único que hizo fue «huir, huir y huir»92. Según escribió,
estaba «desapareciendo».
9
Con luz verde ya, Mike Donilon preparó un informe
sobre las trampas a las que podía enfrentarse Biden. En
resumidas cuentas, se trataba de ignorar el ruido de
Twitter y de los periodistas. La esencia del
memorándum: «Tiene que presentarse como Joe
Biden».
Donilon resumió verbalmente el memorándum a
Biden. Fue directo.
—Mire, tiene que presentarse como quien es. ¿Y sabe
qué? Ha sido vicepresidente de Estados Unidos, empieza
esta campaña con un perfil con los votantes que es
extraordinariamente fuerte, y que ha conseguido siendo
quien es. Y si trata de cambiarlo, más valdrá que se vaya
a su casa. No se preocupe.
Volvieron al concepto de «alma». Por aquel entonces
había arraigado no solo en la retórica de Biden, sino
como idea con un seguimiento enorme93, gracias al libro
de 2018 de Jon Meacham El alma de América.
Cuando Meacham moderó la conversación con Biden
en la Universidad de Delaware, aquel invierno, le dijo94:
«Escribí el libro por lo de Charlottesville».
Meacham, que vivía en Tennessee, también se había
hecho amigo de Biden y Donilon entre bastidores, y
hacía comentarios sobre el lenguaje y chismes históricos
cuando se llamaban. Tal y como lo definía Meachan, el
alma era un conjunto de valores, una fuerza que
empujaba a los norteamericanos hacia la bondad.
A Biden y a Donilon les encantó la referencia. Parecía
que Meacham entendía a Biden, a diferencia de muchos
de los expertos habituales en las noticias por cable, y
poco a poco se convirtió en un Arthur M. Schlesinger Jr.
informal95, investido como historiador del poder, para la
campaña todavía no anunciada de Biden.
—Voy a anunciarlo —dijo Biden a la delegación del
Congreso de Delaware, consistente en tres personas,
todas ellas demócratas, el 19 de marzo. Biden había
pedido a los dos senadores del estado, Chris Coons y
Tom Carper, y a la única miembro del Parlamento de
Delaware, Lisa Blunt Rochester, que comieran con él en
la avenida de la Constitución, 101.
Coons, que estaba licenciado en Derecho y Teología
por Yale, siempre sintió que comprendía a Biden. Ambos
eran hombres espirituales, hombres de Delaware.
Conocía a Biden desde hacía treinta años, y había sido
elegido para la Corporación del Condado de New Castle,
el mismo cargo en el que empezó Biden. Él y Beau Biden
también habían sido amigos, y Beau había pedido a
Coons que se presentara al escaño de su padre en el
Senado en 2010, cuando Joe Biden renunció para
convertirse en vicepresidente.
Coons no se sentía sorprendido de oír que Biden
estaba en marcha. Biden le habló de Charlottesville, de
las alarmantes divisiones del país. Su discurso básico se
estaba refinando.
Carper y Blunt Rochester se fueron después de comer,
pero Coons se quedó. Biden y él hablaron de Delaware.
—Joe —dijo Coons, mirando a Biden a los ojos—.
Tengo un consejo para ti. Y a lo mejor no te gusta lo que
te voy a decir, pero Lisa es congresista por derecho
propio. —Esta era la primera mujer96 y la primera negra
que ostentaba el escaño de Delaware—. Es una
funcionaria estatal electa.
—Sí —dijo Biden—. ¿Qué me quieres decir con eso?
—Has hablado de su padre, que fue presidente del
Ayuntamiento. Has hablado de lo unido que estabas a
John Lewis. —Congresista de Georgia e icono de los
derechos civiles—. Has hablado de que te iban a
respaldar tal persona y tal otra. Pero tenías que haberle
demostrado a ella el respeto suficiente para mirarla a los
ojos y decirle: «Congresista, me sentiría muy honrado de
tener su apoyo».
Biden parpadeó y se volvió a mirar hacia la ventana.
—Pensaba que lo había hecho… —dijo.
—No, no lo has hecho —dijo Coons—. Ya sé que te
resulta incómodo, porque no quieres que te diga que no.
También es incómodo para nosotros, porque no
queremos que nos den por sentados. Pero te lo digo,
tienes que invertir tiempo en respetarla y pedirle su
apoyo.
A Coons le preocupó durante un momento que Biden
se enfadara. Hizo una pausa y se calló. Biden miró a
Coons.
—¿Sabes? Eso es lo que me habría dicho Beau, si
hubiera estado aquí.
Biden se quedó callado.
—Va a ser mucho más duro de lo que pensaba, porque
no tengo a nadie que me dé este tipo de consejos. Quiero
que me prometas que cuando veas algo como esto me lo
dirás, aunque me cabree, aunque no quiera oírlo.
Coons se lo prometió.
—Bueno, ¿qué sensación tienes de cómo ha ido la
comida? —dijo más tarde Coons en una llamada
telefónica a Blunt Rochester.
Hubo un silencio. Coons le preguntó si pensaba que
Biden había sido respetuoso al pedirle su apoyo.
—Pues no, demonios —dijo ella—. Era como si me
estuviera diciendo que tengo que apoyarle porque mi
padre le apoyó. Y yo no soy mi padre.
—Sí —dijo Coons—, eso es lo que me ha parecido. —
Aunque ya había hablado con Biden, le preguntó—: ¿Te
ofendería mucho si transmitiera todo esto al
vicepresidente?
—Ayudaría mucho, porque me he quedado algo
preocupada —dijo ella.
Blunt Rochester fue invitada al cabo de poco tiempo a
visitar a Biden en su casa, un sábado. Ella tenía graves
dudas acerca del hecho de que Biden fuera candidato
presidencial. «¿Estará realmente preparado para ello?
¿Será el más adecuado?» Llamó a su puerta. Nadie
respondió, pero oía ladrar a sus perros.
De repente vio a Biden que bajaba por la colina en su
coche, con café y bollos. No sabía si querría comer algo,
le dijo. Fueron a su estudio. Ella vio una foto de Beau con
su cazadora.
Biden le dijo que le preguntara lo que quisiera, por
difícil que resultara.
Ella le preguntó cómo podría salvar el hueco existente
entre progresistas y moderados en el partido. ¿Qué tipo
de gente tiene usted para llevar esta campaña? ¿A quién
mira, para formar su gabinete?
Las respuestas de él no fueron especialmente
originales, pero ella se sintió afectada por la intensidad
de su compromiso. Él quería que ella le hiciera más
preguntas. Casi parecía sentir dolor al hablar de su
familia, del precio que tendrían que pagar y de cómo le
animaban para que se presentara a la presidencia. Sobre
la política interior, dijo que quería ampliar el
Obamacare.
—Quiero a una mujer como compañera de candidatura
—le dijo Biden. Fue una sorpresa para Blunt Rochester, y
no era algo que él hubiera dicho todavía públicamente.
Biden le dijo que la gente le presionaba para que dijera
que solo gobernaría durante un mandato, pero que él se
resistía.
Al cabo de dos horas y media, la acompañó hasta el
coche. Antes de irse, ella le pidió que rezaran un
momento juntos, y así lo hicieron. Ella se fue sintiendo
que Biden había nacido para ese momento.
Blunt Rochester pronto apoyó a Biden y fue a
múltiples estados e iglesias a hacer campaña por él,
desde Harlem al centro. Lo hizo mucho más
intensamente que Coons. Biden le pidió que fuera una de
las copresidentas de su campaña, y más tarde, que
estuviera en su comité de selección vicepresidencial.
Cuando Biden fue elegido, ella sabía que él ya tendría
muchas opiniones, consejos, ruegos especiales,
recomendaciones… Pero siguió cerca de él de todos
modos, con su buen criterio. «Siempre sentí que él me
escuchaba», dijo.
Los hábitos del pasado de Biden seguían presentes. Su
tendencia a abrazar97 y besar a las mujeres a las que
conocía, incluyendo candidatas y funcionarias electas,
fue escrutada de nuevo cuando el movimiento Me Too98
sacó a la luz los acosos y agresiones sexuales.
Biden había desestimado desde hacía mucho tiempo
las críticas a su conducta como un burdo intento de los
republicanos de sexualizar sus interacciones con las
mujeres. Pero el 29 de marzo de 2019 no fue una
republicana, sino una mujer que había estado en la
asamblea demócrata del estado de Nevada, quien acusó a
Biden de «conducta denigrante y poco respetuosa» por
besarle la coronilla en un acontecimiento en 2014.
«Un beso raro cambió mi forma de ver a Joe Biden»99,
decía el titular del artículo, escrito por Lucy Flores, la
demócrata de Nevada, para la revista New York. Biden se
quedó de una pieza.
En una llamada a su personal, Biden parecía herido y
exasperado.
—Yo nunca quise… —empezó, pero su voz desfalleció.
Luego, en un discurso100 unos días más tarde, Biden
bromeó sobre el hecho de que tenía permiso de la
presidenta de la asociación que le había presentado para
abrazarla. También dijo a los reporteros: «No lamento
nada de lo que he hecho». La reacción fue virulenta.
Biden dejó de hacer esas bromas.
En su libro101, Jill decía que su marido viene de una
familia a la que le gusta abrazar. Pero después del
episodio de Flores y de las quejas públicas de otras seis
mujeres, que dijeron que el hecho de que Biden las
tocara y las besara hizo que se sintieran incómodas, Jill
se puso firme con Joe. Tienes que cambiar, y rápido.
—Debe respetar el espacio de la gente102 —dijo más
tarde Jill Biden a CBS This Morning. Ella dijo que las
mujeres que habían dado un paso al frente eran muy
valientes—. Joe ha captado el mensaje.
10
En abril de 2019, Biden y Donilon estaban bajo presión
para lanzar la campaña. Diecinueve demócratas habían
entrado ya en la competición, el campo más amplio
desde hacía décadas103.
Al principio, Donilon pensaba que Biden debía dar un
discurso en Charlottesville. Pero surgieron
complicaciones a la hora de usar la Universidad de
Virginia como telón de fondo. Por el contrario, Biden
hizo algo que iba en contra de su costumbre: un vídeo
grabado de tres minutos y medio, muy controlado,
compartido en las redes sociales. Algo más joven y más
contemporáneo.
Vestido con traje pero con el cuello de la camisa
abierto104, con un fondo de música muy dramática,
Biden dijo: «Charlottesville, Virginia, es el hogar del
autor de uno de los documentos más importantes de
toda la historia de la humanidad», Thomas Jefferson.
También «es el hogar de un momento definitorio para
esta nación en los últimos años. Si le damos a Donald
Trump ocho años en la Casa Blanca, alterará
fundamentalmente y para siempre el carácter de esta
nación. Lo que somos. Y no podemos quedarnos quietos
contemplando cómo ocurre».
Lo más llamativo era lo que no se incluía. Nada de
biografía. Ningún comentario político. Solo
Charlottesville, el «alma de la nación», y Trump como
aberración moral.
La cobertura de ese anuncio en las noticias tuvo una
cualidad de simple trámite. El candidato eterno. Muchos
reporteros políticos encontraban a Biden poco
emocionante, como un abuelo al que uno quiere pero que
cuenta demasiadas batallitas. Los progresistas lo
detestaban abiertamente105 como reliquia de los errores
demócratas en Irak, y por la dura ley contra la
criminalidad de 1994, que afectaba
desproporcionadamente a los negros. Fue muy
recordada su forma de tratar las acusaciones de Anita
Hill de acoso sexual por parte del candidato del Tribunal
Supremo, Clarence Thomas.
Dentro del círculo de Biden, había quejas privadas por
la pulla sutil tras la cobertura de las noticias: un hombre
blanco y viejo, con un historial de fracasos y de
abandonos tempranos, se presenta a la competición
primaria presidencial más diversa de la historia. ¿No
veían acaso que él dirigía toda la lucha directamente
contra Trump?
Biden se subió al tren Amtrak106 que va desde
Washington a Wilmington, una ruta que había hecho
muchas tardes cuando estaba en el Senado para volver a
casa con su familia. Se detuvo en Gianni’s Pizza, pidió
una pizza de pepperoni para llevar y habló con la gente
de la localidad. Llamó a la madre de Heather Heyer,
Susan Bro, en torno a las 16.30, y hablaron de pérdidas.
Entonces Biden se dirigió107 a un acto de recogida de
fondos de campaña en Filadelfia. Al día siguiente su
campaña informó de que había recaudado 6,3 millones
de dólares en las veinticuatro horas que siguieron a su
anuncio, más que ningún otro candidato demócrata en
su primer día.
Donilon veía esperanza entre todo el negativismo,
particularmente sobre el tema del «alma», demasiado
vago y anticuado. Así era Biden. Lo último que quería
Donilon era que se presentase otro demócrata con otra
campaña típica presidencial con promesas sobre la
economía o la cobertura sanitaria. Había algo mucho
más importante en juego.
La Casa Blanca de Trump reaccionó con sorpresa.
«Qué oportunidad perdida para Joe Biden», le dijo al
presidente la controvertida consejera Kellyanne Conway,
diseccionando el vídeo de Biden. ¿Charlottesville?
Trump estuvo de acuerdo. Lo encontró ridículo.
—Su mayor oportunidad —dijo Conway a Trump—
habría sido recordarle a todo el mundo que él y solo él
fue el número dos de Barack Obama.
Tener ese respaldo. Recordarle a la gente que contaba
con el currículum perfecto de Washington. Por el
contrario, Biden no hizo referencia alguna a Obama ni a
su experiencia.
Ella vio un enfoque mejor y se puso automáticamente
en modo campaña.
—Biden tendría que haber dicho: «Trump es lo que
ocurre cuando no tienes suficiente experiencia en
Washington. Trump es lo que ocurre cuando no conoces
lo que tienes a tu alrededor en el Capitolio, como lo
conozco yo. Para aquellos que echáis de menos los años
de Obama, yo soy vuestro hombre».
Conway dijo que había desaprovechado el anuncio.
—Biden se ha perdido una segunda oportunidad —dijo
—. Tendría que haber hecho seis o siete paradas
enérgicas y entusiásticas el día del anuncio en los estados
que ganaron Obama-Biden dos veces y que usted ganó en
2016.
Conocían bien esos estados —Michigan, Wisconsin y
Pensilvania—, y sabían cuál era el margen de victoria de
Trump108.
—Debería haber tenido a chicos de los sindicatos
detrás de él. Tendría que haber dicho a los votantes:
«Quiero que volváis otra vez».
Trump asintió y clasificó a Biden como un candidato
de poca o ninguna importancia, enormemente
descolocado en su partido. Pero también sabía que tenía
una marca. Si alguien comprendía el poder de una marca
ese era Trump. Obama-Biden había ganado dos
competiciones nacionales. Lo seguiría de cerca.
«Bienvenido a la carrera de Sleepy Joe109 —dijo
Trump en Twitter—. Solo espero que tenga la
inteligencia, puesta en duda muchas veces, de hacer una
campaña de primarias con éxito. La cosa se pondrá fea…
estará tratando con gente que realmente tiene algunas
ideas muy locas y absurdas. Pero si lo consigue, ¡nos
veremos en la línea de salida!»
Unos días más tarde, Trump se detuvo a hablar con
unos reporteros en el jardín de la Casa Blanca antes de
subir al Marine One. Las aspas del helicóptero giraban.
El presidente estaba optimista, y su tono era provocador.
—Me siento como un hombre joven110. Soy muy joven.
Es increíble —les dijo Trump—. Soy un hombre joven y
lleno de entusiasmo. Y si miro a Joe… no veo nada de
eso.
Cuando a Biden, que aparecía111 en el programa The
View de la ABC aquel día, le hablaron del comentario de
Trump, inclinó la cabeza juguetonamente un segundo,
parpadeó dos veces exasperado y sonrió.
—Miren —bromeó—, si él parece joven y entusiasta
comparado conmigo, yo probablemente debería irme a
casa.
Los ojos de Biden estaban fijos en Trump. A finales de
abril de 2019, viajó a Pittsburgh para ofrecer sus
argumentos de clase media a una multitud bulliciosa en
Teamsters Local 249.
—Soy un hombre de los sindicatos112 —dijo a las bases
del partido—. Voy a derrotar a Donald Trump en 2020,
eso es lo que va a pasar.
Pero en verano, Anzalone volvió con resultados de una
votación113 de Iowa, la primera contienda. Lo del «alma»
era un fracaso. Los demócratas de Iowa ansiaban un
mensaje económico más potente.
Donilon no cedió y Biden nunca le pidió que cambiara.
«El alma de la nación», así quedó la cosa.
11
El mentor político de Cedric Richmond, responsable
disciplinario de la mayoría en la Cámara, James Clyburn,
tomó nota de las críticas. ¿Biden otra vez? ¿Por qué no
sangre nueva? ¿No debían unirse los Demócratas Negros
con uno de los suyos?
Pero ese no era un año normal para aquel demócrata
de Carolina del Sur, dos años mayor que Biden y el líder
negro de más alto rango del Congreso. Había que
derrotar a Trump.
Clyburn, orador resistente ya desde los tiempos de su
niñez y sus días como maestro de escuela114 en
Charleston, también valoraba su tiempo privado.
Últimamente había estado estudiando la historia de los
fascistas, centrándose en Italia. Veía a Trump como un
Benito Mussolini americano a la espera.
Clyburn se preguntaba si Trump dejaría la Casa Blanca
si perdía la reelección.
Un húmedo viernes 21 de junio de 2019, Biden llegó a
Columbia, Carolina del Sur, para asistir al pescado frito
anual de Clyburn, una reunión que se había convertido
en parada obligada para los demócratas que tenían
esperanzas presidenciales. Los asistentes eran negros,
sobre todo, y se les servían filetes de pescadilla frita115
con salsa picante.
Biden necesitaba vitalidad y una exhibición de apoyo
por parte del rey del partido en Carolina del Sur.
La cobertura de los medios de la campaña de Biden
había dado el peor giro imaginable. Aquella semana,
Biden había dicho que había una «cierta cortesía»116 en
sus años en Washington. Citaba su experiencia al
trabajar con senadores segregacionistas.
—Estuve en un caucus con James O. Eastland117 —dijo
Biden a un recaudador de fondos, refiriéndose al antiguo
senador de Misisipi y segregacionista—. Nunca me llamó
«chico», siempre me llamó «hijo».
Biden recordó también al antiguo senador de Georgia
segregacionista Herman Talmadge, «una de las personas
más malvadas que conocí en toda mi vida».
—Puedes repasar la lista de todos esos tipos. ¿Y sabes
qué? Al menos había cierta cortesía. Hacíamos cosas. No
estábamos de acuerdo en casi nada, pero hacíamos cosas.
Las rematábamos. Pero hoy en día, te despistas un
momento y resulta que eres el enemigo. No la oposición,
sino el enemigo. Ya no hablamos entre nosotros.
Cuando más tarde un montón de reporteros118 le
preguntó por sus comentarios, Biden se puso a la
defensiva.
—Yo me presenté al senado de Estados Unidos porque
no estaba de acuerdo con los puntos de vista de los
segregacionistas —dijo.
Entonces le preguntaron si pensaba disculparse.
—¿Disculparme por qué? —preguntó Biden,
levantando una ceja—. No tengo ni una pizca de racista.
Clyburn procuró defender a Biden119 cuando los
reporteros le acosaban por lo del pescado frito. Biden era
un buen hombre, y punto. Pero no le apoyó, siguiendo su
tradición de no anunciar a ningún favorito en la carrera
de las primarias.
Cuando Clyburn volvió a casa aquella noche, hizo un
resumen a su esposa Emily, de sesenta años, que se
aproximaba al final de una larga lucha de décadas contra
la diabetes. Él observó que la multitud rugía apoyando a
Joe Biden.
Emily, bibliotecaria120, era una observadora política
muy astuta, los ojos y los oídos de Clyburn. Cuando
asistían juntos a la iglesia, ella se llevaba una libreta y
anotaba cómo reaccionaban los demás a su marido. Le
gustaba hacerle una lectura.
—Si queremos ganar realmente, y derrotar a Trump,
nuestro candidato debería ser Joe Biden —le dijo aquella
noche Emily Clyburn, con voz suave.
—Probablemente en eso tengas razón —le dijo Clyburn
—. Pero eso sería en las generales. El problema es
conseguir que pase las primarias.
Una semana más tarde, en Miami, el mayor Buttigieg
vio a Biden, con la cabeza gacha, tocando el rosario que
llevaba en la muñeca antes de salir al escenario del
primer debate presidencial de las primarias demócratas.
Biden se volvió y le dijo a Buttigieg que era de Beau.
Biden parecía estar en el punto de mira de todos los
candidatos. Fue una salida dura. El golpe más fuerte vino
de la senadora Harris, que denunció la antigua oposición
de Biden al busing escolar (traslado de los estudiantes a
colegios fuera de su zona, en autobús, para favorecer la
integración racial).
—Sobre el tema de la raza121 —dijo Harris—, no podría
estar más de acuerdo en que es un tema que todavía no
se ha discutido con sinceridad y honradez. —Hizo una
pausa y miró a su derecha—. Voy a dirigir esta pregunta
ahora al vicepresidente Biden. No creo que usted sea
racista. Y estoy de acuerdo con usted cuando se
compromete en la importancia de encontrar un terreno
común. Pero ha sido muy doloroso oírle hablar de la
reputación de dos senadores de Estados Unidos que
construyeron sus respectivas carreras con la base de la
segregación de la raza en este país. Y no solo eso, sino
que usted trabajó con ellos para oponerse al busing. ¿Y
sabe usted? —prosiguió, con la voz llena de emoción—,
había una niñita en California que formaba parte de la
segunda clase integrada en su escuela pública, y a la que
llevaban en autobús al colegio cada día. Esa niñita era yo.
Harris causó impresión.
Los miembros de la familia de Biden se quedaron
sorprendidos e indignados. La senadora Harris, antigua
fiscal general de California, había estado muy unida a
Beau cuando él era fiscal de Delaware.
¿Cómo había podido?
A la semana siguiente122, una encuesta de la
universidad de Quinnipiac mostraba que Harris había
subido y había llegado a un empate virtual con Biden por
el liderazgo de la carrera, con él a un 22 por ciento y ella
a un 20 por ciento entre los votantes demócratas.
12
Los progresistas estaban en marcha, ansiosos de apartar
el partido de Wall Street y de los halcones de la política
exterior… y de Biden. La subida de la senadora Harris al
escalón superior no duró123, y a principios del otoño, los
senadores Sanders y Warren eran los dos faros
dirigentes124 del ala izquierda en la carrera.
Mientras Sanders tenía todavía unos seguidores
fervientes desde su campaña de 2016, cuando parecía
cerca de derrotar a Clinton, sus rivales progresistas
ahora lo veían vulnerable. Su ataque al corazón el 1 de
octubre125 durante una parada en la campaña, en Las
Vegas, a la edad de setenta y ocho años, suscitó muchas
preguntas sobre si debería permanecer en la carrera o
no.
Sin embargo, Sanders se recuperó rápidamente y se
centró en Biden126. Sanders, que había sido una antigua
estrella del atletismo, siempre se estaba presentando,
volviendo a las campañas con escasas posibilidades y sin
éxito a nivel estatal en los años setenta, y luego a su
victoria repentina127 en Burlington, la carrera para
alcalde en Vermont, en 1981.
Si cogía músculo a lo largo de la campaña de otoño,
Sanders y su equipo contemplaban un enfrentamiento
cara a cara con Biden, quizá ya entrado 2020.
—A lo largo del tiempo, senador, es el complemento
perfecto para usted —le dijo Faiz Shakir, el director de
campaña de confianza de Sanders. Podían colocar a
Sanders como progresista en el lado correcto de la
historia, y a Biden como el pasado.
Sanders estuvo de acuerdo. Buttigieg y otros se
esforzaban por ser la alternativa centrista a Biden.
También lo era el multimillonario Michael Bloomberg,
antiguo alcalde de Nueva York, que quería presentarse.
Pero Sanders nunca pensó que sobreviviría a su antiguo
colega del Senado.
—Joe Biden es el único al que vamos a tener que
derrotar —dijo Sanders.
Shakir dijo más tarde a otros que Sanders «siempre lo
creyó, y siempre lo sintió» en relación al liderazgo de
Biden.
—En todos los debates. En todas las conversaciones
que hemos tenido sobre la carrera electoral, siempre ha
sido Biden, Biden, Biden. No ha aparecido ni Bloomberg,
ni Warren, ni nadie más —dijo Shakir—. Siempre ha sido
eso de: «¿Qué está haciendo Joe Biden? ¿Qué tal van sus
operaciones?». Eso es lo que siempre quería saber.
Donilon seguía resistiéndose a persistentes
llamamientos para que hiciera una remodelación del
mensaje. Organizó un conjunto de grupos de sondeo en
Carolina del Sur, el estado que creía que era el
cortafuegos de Biden.
Donilon les enseñó vídeos: los vídeos del anuncio y
otro vídeo sobre el «alma de la nación».
Los participantes eran sobre todo mujeres ancianas
negras, votantes que Clyburn sabía que serían cruciales.
Cuando les proyectaron los vídeos, las mujeres se
echaron a llorar. Dijeron que aquella era la América en la
que ellas vivían. De eso tenemos miedo. Por eso estamos
preocupadas. Esa es nuestra vida. Por eso queremos que
gane Biden.
Donilon se sintió muy animado al discutir los
resultados con los colegas, y más tarde dijo: «Siempre
recordaré esa constatación de lo potente que era aquel
mensaje, y lo claro y resonante que resultaba para esos
votantes, en particular los votantes afroamericanos y las
mujeres afroamericanas de edad avanzada en Carolina
del Sur».
Fuera del intenso eco de la cámara en Twitter, dijo
Donilon: «Hay un miedo fundamental» sobre el quid de
la carrera presidencial.
Donilon informó a Biden, y le dijo: «Lloraban».
Pero Biden parecía abierto a otros consejos. Sabía que
estaba a caballo entre generaciones.
—Sé tú mismo —le dijo la presidenta Pelosi, en el
funeral del congresista por Maryland Elijah Cummings,
en octubre—. Hazlo de tal manera que muestre tu
autenticidad. Después de todo lo que se ha dicho y
hecho, es lo que quiere ver la gente. La sinceridad. Lo
genuino.
Ella había ido siguiendo la campaña, viéndole
debatirse desde un principio. Se mantuvo neutral en la
carrera de las primarias, pero no escondía su afecto por
él, personal y políticamente.
—¿Sabes? —añadió Pelosi—, esos jóvenes de ahora
tienen un tiempo de atención mucho más corto. Así que
tenemos que ser breves a la hora de hablar.
A final de año, antes de que se votase nada, la
senadora Harris y el antiguo congresista de Texas Beto
O’Rourke habían caído, a pesar de sus entusiastas
principios.
Biden había sobrevivido, pero su campaña todavía
estaba atascada, con Sanders, Warren y Buttigieg ahora
subiendo en los primeros estados con votaciones.
Para complicar más las cosas, Bloomberg, que se había
unido a la carrera en noviembre, estaba gastando
millones de dólares128 en anuncios y operaciones sobre
el terreno. Debido a su entrada tardía, apostaba por un
enfoque heterodoxo y sobrepasaba a sus competidores
en los primeros estados votantes.
Los aliados de Biden, como el congresista Tim Ryan,
en la demócrata Ohio, estaban nerviosos. Biden parecía
haber desaparecido por completo de las noticias.
—Confiemos en el plan —le dijo Biden a Ryan cuando
se cruzaron sus caminos en el aeropuerto de Pittsburgh.
Durante una entrevista del 5 de diciembre de 2019 en
el Despacho Oval129 para el libro de Woodward Rabia,
Trump le pidió a Woodward que hiciese una predicción
sobre quién sería su oponente demócrata. Woodward no
quiso responder.
—Para ser sincero con usted, creo que es un grupo de
candidatos terribles —dijo Trump—. Es muy vergonzoso.
Me avergüenzo de los candidatos demócratas. Quizá
tenga que competir con uno de ellos, y ¿quién sabe? Son
unas elecciones. Y a mí ahora mismo me va muy bien.
13
En enero de 2020, Biden estaba haciendo campaña a
tiempo completo en Iowa, por delante de los caucus.
Entre parada y parada se reunía regularmente con
Tony Blinken, su consejero de política exterior más
importante desde hacía mucho tiempo, para compartir
información sobre el mundo.
Blinken había trabajado como número 2130 en el
Departamento de Estado durante los años de Obama,
después de haberlo hecho para Biden en la oficina de la
vicepresidencia. Se mantenía en contacto con los
departamentos de política exterior y de inteligencia, así
como con todos los que estaban fuera del gobierno.
Aunque era conocido por su hábil diplomacia en sus
tratos personales y profesionales, Blinken seguía
llevando el pelo largo y tocaba en una banda de dad-
rock131.
Aquel enero surgió en China132 la noticia de un virus
muy violento. El 23 de enero China cerró Wuhan, una de
sus ciudades más pobladas, y confinó a toda su población
de once millones de personas en sus hogares, para
intentar controlar el brote.
Blinken le dijo a Biden que podía estallar una
emergencia de salud mundial, quizás incluso una
pandemia. Instó a Biden a que hablase de ello. Biden
habló con Klain, que supervisó133 la crisis del ébola para
la administración Obama a finales de 2014 y principios
de 2015. Klain dirigió el rastreo de individuos de los
países afectados por el ébola y trabajó estrechamente con
los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.
—Salga y hable en voz alta —sugirió Klain a Biden—.
Denuncie la situación bien alto. Esos brotes siempre son
más duros y cuestan más tiempo de lo que nadie piensa.
No terminan hasta que terminan del todo, y uno se
arriesga a responder en exceso o demasiado poco.
Estuvieron de acuerdo en que era precisamente un
tema de gobierno y de organización que Trump no sería
capaz de manejar. Pero Biden sí que podía.
Biden y su equipo redactaron un artículo de opinión134
y lo publicaron en el USA Today, el periódico diario
destinado a los viajeros que se podían sentir alarmados
ante una crisis sanitaria mundial. Salió el 27 de enero. El
titular era: «Trump es el peor líder posible para ocuparse
de un brote de coronavirus». Biden recriminó a Trump
que tuiteara «todo irá bien», y que propusiera «recortes
draconianos» a los CDC (Centros de Control y
Prevención de Enfermedades) y a los Institutos
Nacionales de Salud. Juraba que, si le elegían,
«defendería siempre la ciencia, no la ficción ni el
alarmismo».
Al día siguiente, el consejero nacional de seguridad
Robert O’Brien advirtió a Trump, en una sesión
informativa diaria presidencial de alto secreto, de que el
brote del misterioso virus similar a la neumonía sería un
verdadero cataclismo.
Sentado ante el escritorio Resolute, Trump miró de
hito en hito a O’Brien.
—Será la amenaza a la seguridad nacional más
importante135 a la que se enfrentará en su presidencia —
dijo O’Brien.
—¿Y qué hacemos, pues? —preguntó Trump,
volviéndose hacia Matthew Pottinger, el consejero
adjunto de seguridad nacional que fue reportero del Wall
Street Journal en China. Pottinger dijo que sus
excelentes fuentes allí creían que Estados Unidos podía
sufrir centenares de miles de muertes por el virus.
—Prohíba los viajes de China a Estados Unidos. Se
avecina una crisis de salud muy grave —dijo Pottinger—.
Esto podría parecerse a la epidemia de gripe española
que hubo en 1918, y que se estima que mató a unos
675 000 americanos.
Tres días más tarde Trump restringió los viajes desde
China, pero el presidente seguía poco centrado. Estaba la
Super Bowl, que iba a empezar, el campo demócrata
presidencial, su discurso del Estado de la Unión… y su
juicio por impeachment ante el Senado.
En el corazón del juicio se encontraba el agobio que
sentía Trump ante Biden136. Lo despreciaba
públicamente, pero tanto él como sus consejeros de
mayor rango sabían que Biden, a diferencia de Hillary
Clinton, tenía una fuerte base entre los votantes de cuello
azul (blue collar, trabajadores manuales o de fábricas,
menos cualificados, en contraposición a los white collar
—de cuello blanco—, dirigentes y cuadros superiores).
Dado que Trump había derrotado a Clinton por un
escaso margen, cualquier erosión al apoyo de Trump
entre esos votantes podía resultar fatal para sus
posibilidades de reelección.
El 25 de julio de 2019, Trump había llamado al primer
ministro de Ucrania recientemente elegido, Volodymyr
Zelensky, y estaba buscando un compromiso de ayuda
militar de Estados Unidos en el conflicto de Ucrania con
Rusia.
En la llamada, cuya transcripción137 más tarde Trump
ordenó que se hiciera pública, el presidente pedía a
Zelensky que hablase con el fiscal general William Barr y
el abogado presidencial personal Rudy Giuliani sobre
una investigación de los Biden, sobre todo del trabajo de
Hunter Biden para Burisma, una compañía de energía
ucraniana que se enfrentaba a problemas legales.
A principios de febrero, Trump fue absuelto138 por el
Senado controlado por los republicanos en el proceso de
impeachment de la acusación de abusar de su poder y
obstruir al Congreso, quedándose a 10 votos de distancia
de los 67 votos, dos tercios de la mayoría, requeridos por
la Constitución para sacar al presidente de su cargo.
Jake Sullivan, antiguo colaborador de alto rango de
seguridad nacional con Biden y con Hillary Clinton, era
otro supertriunfador de los que estaban dentro de la
campaña de Biden.
Sullivan, de cuarenta y dos años, era licenciado en la
facultad de Derecho de Yale, becario de Rhodes y
secretario judicial del juez del Tribunal Supremo
Stephen Breyer. Era un hombre muy delgado, precavido
y serio. En las reuniones Biden a menudo le preguntaba:
«¿Qué opinas, Jake?».
Sullivan había estudiado los caucus y las próximas
primarias. Obviamente era un terreno poco amistoso
para Biden, con preeminencia de votantes blancos y del
mundo rural.
Enseguida, Sullivan dio con una estrategia que diseñó
y mantuvo luego: 4-3-2-1. Cuarto en Iowa, tercero en
New Hampshire, segundo en Nevada y primero en
Carolina del Sur, donde tenían que ganar.
En febrero de 2020, el plan 4-3-2-1 estaba a punto de
derrumbarse del todo, y el director de campaña Greg
Schultz estaba bajo una presión creciente139.
Biden, nada adicto al dramatismo de una
remodelación total, mantenía a Schultz a bordo, pero
envió a Anita Dunn al cuartel general de la campaña en
Filadelfia para que se hiciera cargo de una campaña
desmoralizada con un presupuesto reducidísimo. Ella se
convirtió en directora de campaña de facto.
Los caucus de Iowa del 3 de febrero fueron una
auténtica paliza140: el esperado cuarto puesto final.
Biden consiguió solo el 16 por ciento de los votos, y
quedó por detrás de Buttigieg, Sanders y Warren. El trío
consiguió el 70 por ciento del voto en el estado.
Cuando se acercaban ya las primarias de New
Hampshire, Dunn advirtió a los demás de que Biden
quizá no fuera capaz de competir si Bloomberg
empezaba a hacer avances nacionales. El supermartes,
una batalla con 1357 delegados en catorce estados, se
encontraba muy cerca, el 3 de marzo, después de las
cuatro primeras competiciones.
Biden no señalaba a nadie con el dedo ni culpaba a
nadie. Dunn no vio autocompasión en él. Por el
contrario, preguntó: «¿Cuál es nuestro plan, y cómo
vamos a hacerlo?».
Como los fondos eran muy escasos, Dunn suspendió la
participación de Biden en el supermartes. El personal de
campo del este de Misisipi fue enviado a Carolina del
Sur. Los que estaban al oeste del Misisipi fueron
enviados a Nevada, donde Biden buscaba el apoyo de los
trabajadores.
Buttigieg, resurgiendo en las encuestas141 después de
ganar apretadamente por un delegado en Iowa, vio las
primarias de New Hampshire del 11 de febrero como una
oportunidad de ponerse en cabeza.
Para intentar frenarlo, la campaña de Biden preparó
un brutal vídeo de ataque llamado «El historial de
Pete»142, comparando su historial con el de Biden. El
narrador del anuncio decía que tanto Biden como
Buttigieg habían participado en «combates muy duros».
«Bajo la amenaza del Irán nuclear, Joe Biden ayudó a
negociar el trato con Irán —decía el narrador. Luego la
música de fondo se volvía más ligera, como de dibujos
animados—. Y bajo la amenaza de la desaparición de los
animales domésticos, Pete Buttigieg negoció
regulaciones de licencias más permisivas para los
escáneres de chips de los animalitos.»
Y seguía así, alternando la música, promocionando el
trabajo de Biden sobre la economía y el paquete de
incentivos de Obama «salvando nuestra economía de
una depresión» mientras «Pete Buttigieg revitalizaba las
aceras del centro de South Bend colocando ladrillos
decorativos».
La campaña, sin embargo, no tenía dinero suficiente
para pasar el anuncio por televisión. Donilon le dijo a
Biden que era necesario políticamente ponerlo en los
medios de comunicación y en YouTube. La mejora podía
hacer que valiera la pena pagar un anuncio.
—No me gusta nada —dijo Biden, pero estuvo de
acuerdo en que se podía emitir el vídeo.
Unas seis horas más tarde, Biden llamó a Donilon:
—Quítalo. Quítalo ahora mismo. ¡No quiero que se siga
emitiendo! ¡Quítalo!
Era demasiado tarde. Los medios de comunicación
estaban pasando el anuncio, y algunos comentaristas
decían que aquello mostraba la desesperación de Biden.
Los ayudantes de Buttigieg etiquetaron aquel ataque
como el clásico ejemplo de política mordaz y sucia de
Washington.
Biden quedaba el quinto en las encuestas de New
Hampshire. Además, las finanzas de la campaña iban
disminuyendo.
A punto de votar en New Hampshire, la directora de
comunicación de Jake Sullivan y Biden, Kate
Bedingfield, se sentó en un bar de Mánchester, New
Hampshire. Sullivan escribió una nueva secuencia en
una servilleta:
4-5-2-1
New Hampshire fue una catástrofe. Sanders y
Buttigieg recibieron cada uno el 25 por ciento de los
votos, y la senadora Amy Klobuchar de Minnesota, otra
moderada, superó sus expectativas y consiguió el 20 por
ciento. Warren acabó el cuarto.
Biden, con un 8 por ciento de los votos, en quinto
lugar, dejó New Hampshire aquella noche y se dirigió a
Carolina del Sur.
14
El domingo 23 de febrero, el Caucus Negro del Congreso
celebró una reunión143 en el USS Yorktown, un
portaaviones enorme y retirado del servicio fondeado en
Charleston. Faltaban seis días para las primarias de
Carolina del Sur.
Biden necesitaba que Clyburn se mojara ya, de
inmediato, y le apoyara. Llegó al barco tarde, por la
noche. Clyburn le esperaba en una habitación apartada.
Fue directo al grano. Aquella reunión era sobre
política dura. Si Clyburn iba a jugar al salvador, a cambio
quería unas ciertas garantías políticas: Biden convertiría
a los votantes negros en su prioridad, en la campaña y en
la Casa Blanca.
Clyburn pensaba también que Biden estaba algo
oxidado, y que necesitaba recibir una buena patada en el
culo.
—Hay tres cosas que me gustaría que hiciera y creo
realmente que harían que funcionase mi apoyo —dijo
Clyburn a Biden.
—Le escucho —dijo Biden.
—Lo primero que tiene que hacer es acortar mucho sus
discursos, e ir más al grano.
Biden no dijo nada.
—Es el consejo que me dio mi padre —dijo Clyburn,
recordando a su padre, que era pastor—. Que sea
sencillo, que sea breve. Él me decía: «Cuando hables,
acuérdate del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No
vayas más allá de esas tres cosas». Mi segundo punto es
el 10-20-30144.
Biden conocía la referencia. Era el plan antipobreza
típico de Clyburn para el gasto federal, adjudicando «al
menos un 10 por ciento de fondos de cualquier programa
federal a condados donde el 20 por ciento de la
población ha vivido por debajo del umbral de la pobreza
durante treinta años o más».
—Tiene que adoptar el 10-20-30 —le dijo Clyburn—.
Sí, ya sé que está en su plataforma, pero tiene que insistir
en ello. Y finalmente, la tercera cosa es que tengo tres
hijas. Estoy muy orgulloso de mis tres hijas, y es un poco
extraño para nosotros estar en este momento de nuestra
historia y que nunca haya habido una sola mujer
afroamericana en el Tribunal Supremo. Cuatro mujeres.
Ninguna afroamericana. Algo no cuadra en todo esto.
—Yo desempeñé un papel a la hora de tener a la
primera latina en el Tribunal Supremo, y me gustaría
hacer lo mismo con una mujer afroamericana —dijo
Biden.
Biden y Clyburn se estrecharon la mano.
Los demás demócratas se reunieron en Charleston el
25 de febrero para el debate final, antes de las primarias.
Biden estaba en el punto de mira. Pero también lo
estaba Sanders, que ganó los caucus de Nevada el 22 de
febrero, donde Biden quedó en segundo lugar. Con dos
victorias totales en New Hampshire y Nevada, y una casi
a punto en Iowa, resultaba imaginable algo que parecía
una fantasía solo cinco años antes: una nominación de
Sanders145.
En el debate, Clyburn se sentó delante. Había ofrecido
su apoyo a Biden con condiciones, y no estaba sellado
todavía. Pero hasta el momento no se había filtrado
nada. Si Biden fracasaba o no lo respetaba, Clyburn
podía retirarse.
Se empezó a agobiar, pues Biden había desperdiciado
numerosas ocasiones para mencionar su promesa con
respecto al Tribunal Supremo.
Durante un intermedio, Clyburn le dijo a un amigo que
iba al lavabo. Por el contrario, se fue entre bastidores y
llevó a Biden a un lado.
—Hombre, ha habido un par de veces esta misma
noche en que podía haber mencionado lo de tener a una
mujer negra en el Tribunal Supremo —le dijo Clyburn—.
No puede dejar el escenario sin hacerlo. Tiene que
hacerlo.
Biden le dijo que sí, que lo haría. En su discurso final,
Biden cumplió por fin.
—Todo el mundo tiene que estar representado146.
Todo el mundo —dijo—. Lo que deberíamos estar
haciendo… hemos hablado del Tribunal Supremo.
Quiero asegurarme de que haya una mujer negra en el
Tribunal Supremo para que podamos tener toda la
representación efectiva.
La multitud rugió. Clyburn asintió. Al día siguiente,
este habló en North Charleston147.
Con traje oscuro y una corbata dorada, veía a dos de
sus hijas, Jennifer y Angela. Estaban sentadas aparte,
con un asiento libre entre ellas. Clyburn pensó en su
difunta esposa, Emily, que había muerto en septiembre.
—Yo conozco a Joe —dijo Clyburn—. Todos conocemos
a Joe. Pero lo más importante es que Joe nos conoce a
nosotros. Sé dónde está su corazón. Lo sé muy bien. ¡Le
conozco! Y también sé dónde está este país.
Biden estaba de pie a la derecha de Clyburn, con las
manos entrelazadas. Los ojos de Biden se llenaron de
lágrimas por la emoción al escuchar a Clyburn ofrecer su
apoyo apasionado. Era lo que necesitaba en aquel
momento. Y fue una auténtica explosión política.
Durante meses hubo quejas constantes148 por la
campaña de Biden. Era demasiado viejo, demasiado
lento, no tenía la energía suficiente. Era demasiado
centrista. Era el pasado. Los funcionarios del partido, el
cuerpo de la prensa… todos habían utilizado esa
cantinela. Pero ya no lo harían nunca más. Biden era
ahora el candidato posicionado para derrotar a Sanders.
El único que podía unir a los Demócratas Negros. El
único que podía derrotar a Trump.
Durante una entrevista149 con la CNN aquel viernes,
justo antes de las primarias, Clyburn hizo una
declaración impactante: Biden tenía que ganar al menos
por 15 o 16 puntos. Cedric Richmond le reprendió
tomando unas copas, aquella noche.
—No nos hace ningún favor —dijo Richmond—. No
hemos ganado nada todavía. ¿Y ahora de repente quiere
una victoria aplastante por quince o dieciséis puntos? Ha
subido mucho las apuestas.
Clyburn estaba seguro de que Biden acabaría muy por
encima.
—Yo conozco Carolina del Sur —dijo. También conocía
a Sanders, que aunque había hecho grandes progresos
con los votantes negros desde su traspiés en 2016, no
había encontrado la forma de galvanizarlos de la misma
manera que emocionaba a los progresistas blancos.
Un día más tarde, el 29 de febrero, Biden ganó por un
48,7 por ciento el voto de Carolina del Sur, una victoria
colosal. Sanders se despeñó, de ir en cabeza a atraer
solamente el 19,8 por ciento del voto, un segundo lugar
muy deslucido. Buttigieg y Klobuchar acabaron con un
solo dígito.
En el mitin nocturno de Biden de las primarias, una
sonriente Jill Biden dio un abrazo a Clyburn mientras
ella y Joe Biden subían al escenario. Sonaba a todo
volumen «Move on Up», de Curtis Mayfield, y sus
partidarios levantaban los pósteres azules de Biden.
—¡Mi colega, Jim Clyburn! ¡Él me ha vuelto a traer! —
dijo Biden a la multitud—. Y estamos todavía muy vivos.
Buttigieg y Klobuchar corrieron a reunirse con Biden
en Dallas y darle su apoyo. También lo hizo Beto
O’Rourke, el joven texano al que le gustaba subirse a las
mesas a dar discursos.
Sería un mitin de unión, el 2 de marzo, el día antes del
gran enfrentamiento del supermartes.
El temor de Sanders de repente se había hecho
realidad. Muchos demócratas corrían a respaldar a Biden
y para que terminara la carrera… y evitaban un retorno
de Sanders. Este, creían, perdería contra Trump en unas
elecciones generales.
Biden estaba conmovido150 cuando llegaron sus
rivales.
—Creo que nunca antes había hecho esto, pero me
recuerda a mi hijo, Beau —dijo Biden, en un acto justo
antes del mitin, de pie junto a Buttigieg, muy arreglado
con su camisa blanca impoluta y su corbata oscura.
Buttigieg había servido en Afganistán, en la Reserva de la
Marina—. Sé que quizás esto no signifique mucho para la
mayoría de la gente. Pero para mí, es el cumplido más
grande.
Entre bastidores, Klobuchar y su marido, John
Bessler, se reunieron con Joe y Jill Biden. Su charla fue
cortés. Entonces Klobuchar observó que Cameron Smith,
la joven fotógrafa de su campaña, estaba llorando.
—Cam, no importa —dijo Klobuchar—. Todo va bien.
Biden se acercó a Smith y la rodeó con el brazo de una
manera paternal.
—Cam, vamos a trabajar todos juntos. Estarás bien.
Jill Biden también lloró entre bastidores. Era una
catarsis. Todo se había juntado al final.
Klobuchar le dijo a Jill Biden que a menudo miraba a
Jill durante los debates porque ella tenía una «cara
buena», cálida y optimista. Y, observó con una sonrisa,
Jill asentía de una forma muy agradable, de vez en
cuando, al responder ella.
Después del mitin, O’Rourke y su mujer, Amy, se
unieron a Biden y fueron a tomar algo a última hora en
Whataburger, una cadena de comida rápida. Biden
estaba efervescente, estrechó la mano a todos los
trabajadores que estaban detrás del mostrador y firmó
autógrafos.
Tomando hamburguesas y batidos, hablaron de sus
hijos. Los de O’Rourke estaban creciendo muy rápido.
Biden observó que se acercaba la universidad, y recordó
el momento en que visitó algunos campus, décadas atrás.
Biden recordaba también que a su padre no le gustaba
la facultad de Amherst de Massachusetts, muy elitista,
una de las pequeñas «Ivies», aunque Biden sí estaba
interesado en asistir a ella.
—Me dijo: «Tendrías que trabajar en el comedor,
sirviendo a los chicos ricos» —les contó Biden. Y añadió
que su padre, que había ido al instituto en St. Thomas
Academy, en Scranton, sencillamente no quería visitar
Amherst. Se habría sentido incómodo allí, fuera de lugar.
—Eso me llegó al alma —observaba más tarde
O’Rourke, que se graduó en la Universidad de Columbia
—. Porque obviamente fue algo que afectó a Biden —
Sentía la vergüenza de su padre, cincuenta años después.
O’Rourke anotó en su diario aquella noche que «parte
del mérito de Biden consiste en comprender ese
sentimiento de su padre».
15
Faiz Shakir, director de campaña de Sanders, pronto
recibió una llamada telefónica de su antiguo jefe, el
anterior líder de la mayoría del Senado, Harry Reid, de
Nevada. Apoyaba a Biden.
—Escucha, Faiz —dijo Reid—. Espero que seas
consciente de que he recibido un montón de presión.
Shakir llamó a Sanders. «Si Harry Reid se desplaza
hacia Joe Biden, eso significa que están ocurriendo
muchos otros movimientos. Harry Reid no se mueve
solo.» Los líderes del partido, donantes y funcionarios…
todos querían que terminase aquello.
El supermartes151 consiguió diez estados más para
Biden, recogiendo sus ganancias desde el Sur al Medio
Oeste y Nueva Inglaterra, y ganando en Texas. Las
primarias de Michigan, el 10 de marzo, eran críticas, y
Biden ganó también allí. No eran solo los mandamases
los que hacían una declaración formal. Eran los votantes.
Aquella noche, en un vuelo, Sanders hizo señas a
Shakir de que se acercara. Era hora de llamar a la gente
de Biden.
—Simplemente, pregúntales si los progresistas tienen
un papel que representar en esta campaña —dijo Sanders
en voz baja—. Pregúntales eso, nada más. A ver hasta
dónde quieren llegar.
A diferencia de 2016, cuando él y sus aliados
guerrearon con la campaña de Clinton152 todo el tiempo
hasta la convención, y la veían como elitista y moderada,
Sanders quería cooperar y apoyó a Biden. Quizá pudiera
incitar a Joe a que hiciera alguna transformación grande,
hacia una agenda que incorporase ideas progresistas.
Biden se ahorraría una guerra civil demócrata. Fue
uno de los cambios más espectaculares en la historia de
las campañas presidenciales.
Biden se enfrentaba a un nuevo mundo: ya era,
efectivamente, el candidato presidencial demócrata. Pero
la pandemia tumbó sus planes de campaña.
Biden suspendió la campaña en persona153 a mediados
de marzo, a medida que el virus se iba extendiendo y los
gobernadores de todo el mapa empezaron a prohibir las
reuniones grandes. Se centró en los eventos virtuales.
El cambio fue raro154, de unos días maratonianos y
frenéticos con vuelos y mítines a una vida de reclusión,
trabajando desde su casa en Delaware rodeado por el
servicio secreto. Hablaba con ayudantes y partidarios
suyos a lo largo del día, por teléfono y por
videoconferencia, en lugar de asistir a actos. Hizo
muchas entrevistas por televisión. Trump se reía de
Biden155, y le llamaba «Biden el del sótano».
Incluso con Sanders en el redil, unir a los demócratas
era una prioridad. Biden necesitaba mantener cerca a sus
antiguos rivales, para asegurarse de que la izquierda se
sentía bienvenida. Para derrotar a Trump no se podía
quedar nadie al margen.
El hermano mayor de la senadora Elizabeth
Warren156, Don Reed, murió a finales de abril de 2020
por el coronavirus. Era un veterano de las Fuerzas
Aéreas que había participado en la guerra de Vietnam.
Warren, descolgada después del supermartes en
marzo, recibió docenas de llamadas de condolencias
estereotipadas.
Y luego la llamó Joe Biden.
—Esto es horrible. ¡Es horrible, maldita sea! —le dijo
Biden.
Biden dijo que no conocía a Don Reed, pero que estaba
«seguro de que se sentía terriblemente orgulloso» de
ella.
Le dijo que hermanos y hermanas tienen una relación
especial. Habló de su hermana, Valerie, y de que iban
juntos en bicicleta.
—Esas relaciones internas que creas cuando eres
pequeño son para siempre —dijo. Y luego rio—. Y
andamos ya todos por los setenta… Pero estas cosas que
nos unieron de niños nos unen como seres humanos,
incluso después de la muerte.
Biden desvió la conversación hacia la pandemia y la
economía. Dijo que el país estaba al borde del precipicio
y de la calamidad en ambos casos, a menos que se
emprendieran acciones significativas.
Warren, una progresista que había construido una
campaña sobre «planes» de reformas económicas
generales y un influjo de gastos federales, se animó.
¿Estaba señalando acaso Biden que se iba a desplazar
hacia ella?
—Es malo, y estamos al borde —le dijo Biden—. Y este
tipo —Trump— intenta negarlo.
Biden dijo que estaba desesperado por hacer algo. Algo
que tuviese impacto.
Expresó su agradecimiento a ella y a otros en el
partido por respaldarle. Significaba mucho ver que los
demócratas se unían. Warren notaba que estaba
conmovido.
—No podría hacer esto sin ti, chica —le dijo Biden. La
conversación había durado treinta minutos.
El 27 de abril de 2020, Tony Fabrizio, encuestador
principal republicano que trabajaba para el presidente,
envió un memorándum muy mordaz de tres páginas157 a
Brad Parscale, entonces director de campaña de Trump.
Era un documento que merecía acabar en los anales de
las campañas políticas.
«Hemos visto al enemigo, y el enemigo somos
nosotros», escribía Fabrizio. No conseguían definir a
Biden y le estaban permitiendo que expresara libremente
su propia imagen.
El memorándum ofrecía una previsión ominosa de la
campaña de Trump: este iba de camino hacia una
derrota épica:
Probablemente esté harto de mi alarmismo, pero creo que lo que he
expuesto aquí nos da una razón de peso para incrementar
inmediatamente nuestros intentos de definir a Biden.
Estamos en un punto muy bajo… El colapso del optimismo sobre la
economía y el impacto del CV [coronavirus] en todas partes, y más
específicamente la percepción de cómo está manejando este asunto el
POTUS, han sido un triple revés para nosotros. Inversamente, Biden ha
estado prácticamente desaparecido en combate, y moviéndose todo el
tiempo en los medios nacionales y en los medios del mercado local, y ha
rehabilitado sistemáticamente su imagen en todo el tablero de juego.
Si no se da una recuperación milagrosa de la economía en dos meses, o
Biden literalmente se hunde solo, existen pocas posibilidades de que nos
encontremos de nuevo en la posición en que estábamos en febrero, sin
un compromiso pleno de Biden.
Fabrizio resumía las encuestas de la campaña y la
investigación hasta el momento en 10 puntos. Advertía
de que el liderazgo de Trump en la pandemia era una
desventaja.
Y aunque el POTUS empezó en una posición fuerte, por su manejo [del
coronavirus], aunque continuase dominando el terreno y atrajese a
enormes audiencias con sus informes diarios, las controversias y
conflictos que han surgido de ellos a menudo han sido el único resultado
para los votantes.
Fabrizio subrayaba su conclusión:
Como hemos visto muchas veces antes, no son las políticas del POTUS
las que causan el mayor problema, sino las reacciones de los votantes a
su temperamento y su conducta.
Fabrizio desdeñaba el rumor de que los demócratas
reemplazarían a Biden158 en su convención. Ese cotilleo
se había extendido en los círculos de los medios de
derechas y derivó hasta el Despacho Oval. Trump lo
fomentaba constantemente.
«Sé que el POTUS tiende a expresar esta opinión»,
señalaba Fabrizio. Pero decía que la idea era absurda.
«A no ser que se derrumbe por completo él solo, Biden
será el candidato», aseguraba Fabrizio. En mayo, era
necesario un «ataque sostenido de varias semanas con
un peso significativo para mover números».
Fabrizio no esperaba que Parscale siguiera su consejo.
Este estaba muy unido al yerno y consejero de Trump159,
Jared Kushner, que, según creía Fabrizio, ocultaba
sistemáticamente todas las verdades políticas incómodas
del presidente.
Fabrizio, un hombre recio con la barba gris, decidió
entregar las malas noticias directamente a Trump en el
Despacho Oval.
—Señor presidente, cada día que la campaña trata de
usted, vamos perdiendo —le dijo—. El día que la
campaña va de Joe Biden, ganamos. Y ahora mismo Joe
Biden no está haciendo nada, de modo que la carrera va
constantemente de usted.
16
Después de quince meses llevando el Departamento de
Justicia para el presidente, al fiscal general Bill Barr
también le preocupaba en abril de 2020 que Trump
estuviera saboteando sus posibilidades de reelección.
Necesitaba una reunión reveladora.
Barr consultó a dos personas lo que debía decir a
Trump. Primero a su mujer, de cuarenta y siete años,
Christine, bibliotecaria, muy amiga de la mujer de
Robert Mueller160, Ann.
—No puedes salvar a nadie de sí mismo —le dijo
Christine a su marido—. Ese tipo está obcecado con su
manera de hacer las cosas, y es como es, y tú no puedes
cambiar eso.
—Ya lo sé —dijo Barr—. Pero voy a intentarlo.
Continuaría llevando el Departamento de Justicia de la
manera en que creía que debía hacerlo, en mejor interés
tanto de Trump como de la administración, y entonces,
«es de esperar que tendrá una posibilidad de ser
reelegido».
Barr confió a su mujer, sin embargo, que se sentía un
poco frustrado.
—Llevo el tiempo suficiente por aquí para saber que no
se debe guardar rencor, pero creo que muchos otros y yo
vinimos aquí para ayudar a ese hombre, para conseguir
que se aclimatase al sistema de Washington, para guiar a
Trump y enseñarle los límites. El problema es la propia
testarudez y ceguera de Trump.
Barr recordaba que se montó una intervención similar
veintiocho años antes con el presidente George H. W.
Bush, cuando Barr fue fiscal general por primera vez.
Jack Kemp, entonces secretario de Vivienda, y Barr,
fueron a ver a Bush161 después de una reunión del
gabinete, en marzo de 1992, cuando Bush era líder en las
encuestas para su reelección.
—Señor presidente, sobre la trayectoria actual,
pensamos que va a perder usted —dijo Barr. Kemp se
hizo eco también. Bush se quedó boquiabierto. Su
mensaje era que tenía que prestar mucha más atención a
los asuntos internos y a la economía. Resultó ser un buen
consejo. Bush perdió en parte porque no consiguió
hilvanar un mensaje coherente sobre la economía.
Barr habló con Jared Kushner, que dijo que el camino
estaba libre para ir a hablar con Trump a solas. Kushner
admitió que Trump tenía que oír aquello, y que le
apoyarían también otros funcionarios. Pero Barr sería el
primer bateador, porque podía conseguir un tanto.
Barr se acercó al pequeño comedor del Despacho Oval
y tomó asiento. Se preparó, porque el enfoque habitual
de Trump cuando detectaba que alguien venía con una
recomendación no deseada o algo que no quería oír era
usar maniobras dilatorias.
—No se haga el despistado, señor presidente, por favor
—dijo Barr—. Realmente espero que se tome en serio lo
que le digo, porque es importante para mí que me
escuche.
Trump asintió y dijo que escuchaba.
—Señor presidente, creo que está usted en camino de
perder las elecciones. Yo viajo probablemente más que
cualquier otro secretario del gabinete en el país. Y le
estoy hablando de la gente corriente. Ya sabe, policías y
gente así. Todavía tengo que encontrar a uno de nuestros
partidarios que no venga y me diga: «Me encanta el
presidente, y le queremos. Queremos un selfi con él.
Gracias a Dios. Dios les bendiga».
»Pero luego, esa gente susurra: “Por favor, ¿podría
decirle al presidente que baje un poco el volumen?
¿Podría decirle que no tuitee tanto? Él mismo es su peor
enemigo”.
»Estas elecciones dependerán de los barrios
residenciales. Sabe que tiene que atraer a sus bases, y no
ganará nada si resulta cada vez más insultante. Creo que
tiene que hacer un cierto trabajo de reparación entre los
republicanos y los votantes independientes a los que en
general les gustan sus políticas.
Barr hizo una pausa y acabó por pronunciar su
resumen:
—Simplemente, piensan que es usted un puto
gilipollas.
Trump no parecía desconcertado ni insultado.
—En mi opinión —añadió Barr—, en estas elecciones lo
que importa no son las bases. Tiene usted una buena
base, y con ellos se las arreglará bien. Pero hay muchas
personas por ahí fuera, independientes y republicanos,
en los barrios residenciales de los estados críticos, que
creen que es usted un gilipollas. Creen que actúa como
un gilipollas, y tiene que empezar a tener en cuenta esto.
Ya sabe, usted se enorgullece de ser un luchador, y eso
funcionó en 2016, cuando querían que entrase un
disruptor. Todavía quieren un disruptor, pero no a
alguien que sea un completo gilipollas. Por lo tanto, tiene
usted que recurrir a la otra cosa que hace mejor, que es
seducir a la gente. Creo que estas elecciones van de eso.
¿Y sabe?, me preocupa que de alguna forma se convierta
en cautivo de todos los que se han autoproclamado
portavoces de sus bases, que vienen y le dicen lo que
quieren. Le están asfixiando con sus necesidades.
Barr pensaba en algunos grupos de interés que tenían
la puerta del Ala Oeste siempre abierta, como los
defensores de las armas, el líder de la Judicial Watch
(Observación Judicial) que perseguía a los liberales
dentro de la burocracia federal, las personalidades de la
Fox News…
—El otro tema básico —siguió hablando Barr—, y sé
que esto es oportuno porque está usted impaciente por el
trabajo que estamos haciendo en el departamento… La
cuestión es que a la gente, las mamás y papás de
Wisconsin y Pensilvania y Michigan, le importa una
mierda y en realidad no quieren procesar al antiguo
director del FBI James Comey y a otros por la forma de
manejar la investigación de Rusia; sus bases quieren que
Comey y todos los demás sean responsables, pero esa
otra gente, no. No les importan sus putos agravios. Y
parece que, cada vez que sale usted ahí, habla de sus
malditos agravios. A ellos les preocupa su futuro. Están
preocupados por la economía, con la covid y ese tipo de
cosas.
»Usted debería estar hablando de lo que hablaba antes
de la covid, de que es el hombre que va a remontar el
país después, de que tiene un historial demostrable, y
darles una visión de adónde quiere llevar al país. De eso
es de lo que debería estar hablando, y no de toda esa
mierda, no de los agravios que sufre.
—Bill —le respondió Trump—, esa gente es mala.
Tengo que luchar. Necesito a mis bases. Mis bases
quieren que sea fuerte. Esa es mi gente.
—Esta es mi valoración, señor presidente —dijo Barr—.
Creo que usted fue capaz de rehacerse en el último
momento, después de «agarrarlas por el coño» la última
vez, porque se serenó un poco y se dio cuenta de que no
lo sabía todo, y empezó a escuchar a gente como
Kellyanne y otros. Se portó usted bien durante un mes y
eso bastó, porque el electorado era fluido. Me temo que
aquí hay dos cosas distintas, esta vez, y por eso estoy
hablando con usted ahora.
»El electorado no es tan fluido. La última vez no le
conocían como figura pública y estaban dispuestos a
darle una oportunidad. Ahora, mucha gente ya se ha
decidido sobre usted. Piensan que saben quién es. De
modo que ya no es tan fluido. Y hay otra cosa que
también es diferente, y yo creo que es el problema
principal, y es que usted cree que es un puto genio
políticamente hablando.
»Usted cree que es un genio y por lo tanto no piensa
escuchar a nadie. Cree que sabe lo que quieren todos. Y
creo que está usted equivocado. Todavía tengo que
encontrar a uno de sus partidarios que no me haya dicho
eso. Gente a la que usted le gusta y que tolera sus
mierdas. Pero solo las toleran. No le apoyan porque
usted actúa de esa manera. Y creo que a menos que… en
fin, a menos que emprenda una ofensiva de amabilidad y
empiece a intentar recomponer parte del daño que ha
provocado en algunos de esos barrios residenciales, creo
que va a perder.
—Tengo que ser un luchador —dijo Trump—. He
llegado adonde estoy porque estoy dispuesto a luchar. A
ellos les gusto así. Tengo que luchar.
Sus consejeros, decía, le habían dicho que si conseguía
65 millones de votos, ganaría.
A Barr le pareció que los consejeros pensaban que
Trump podía ganar azuzando a la base y consiguiendo
que se registrase más gente en las zonas rurales.
—Este no es un terreno de juego estático —le advirtió
Barr—. El otro lado está trabajando también.
17
A pesar de los ruegos de Barr, Trump no cambió.
Trump convocó una reunión162 en la Sala Roosevelt el
4 de mayo de 2020, con sus consejeros políticos y legales
de mayor rango, sobre la Ley de Asistencia Asequible, la
ley sanitaria más conocida como Obamacare.
El Tribunal Supremo había aceptado un recurso contra
las medidas de cuidados sanitarios que proporcionaban
cobertura médica a más de 20 millones de americanos.
—Señor presidente —dijo Barr, irrumpiendo de pronto
—, este caso no se va a ganar. Tendrá usted suerte si
obtiene más de un 9-0 en esto.
El Obamacare ya había sobrevivido a dos recursos del
Tribunal Supremo. Trump quería que el gobierno federal
se uniera al caso contra el Obamacare presentado por
Texas y otros diecisiete fiscales generales en los estados
dominados por el Partido Republicano.
—No, no, no, no —dijo Barr—. Señor presidente, es
año de elecciones. Los liberales del Tribunal Supremo
han votado para ocuparse de este caso porque se dan
cuenta de que lo va a perder. Estamos en medio de una
epidemia de covid. Y está usted creando incertidumbre
en cuanto a la cobertura médica de la gente. No hay plan
para sustituirlo y vamos a perder el caso. Ya nos hemos
cargado el mandato.
En 2017, el Congreso controlado por los republicanos
consiguió anular una de las provisiones fundamentales
de la LAA, el mandato individual, de modo que ya no
había penalización impositiva sobre los individuos que
no lo comprasen.
—Esa es nuestra victoria —argumentó Barr—. Declare
la victoria y diga que va usted a presentar una ley mejor
la próxima vez. Pero esto ¿por qué lo hacemos? No
vamos a ganar. Son solo inconvenientes políticos.
—Tenemos que estar con Texas —dijo Trump—. Son
mis bases.
—El fiscal general de Texas no es el presidente de
Estados Unidos —le dijo Barr—. Tiene su
circunscripción. Y usted tiene la suya. No veo que
debamos externalizar nuestra política para el puto estado
de Texas.
—Bueno, me lo pensaré —dijo Trump. De nuevo
invocó a sus bases.
—Señor presidente —le dijo Kellyanne Conway—, creo
que ahora conozco un poquito a sus bases. He sido
encuestadora para el Partido Republicano desde hace
décadas. Esto se va a perder. No le ayudará nada. El
tema de la salud es el motivo por el cual perdimos
escaños en 2018, señor presidente. ¿Por qué estamos
trabajando de nuevo para el otro bando?
Parecía indecoroso que el presidente de Estados
Unidos formase parte de una cruzada legal para quitarle
el seguro médico a 20 millones de americanos.
El consejero de la Casa Blanca Pat Cipollone dijo que
estaba de acuerdo, pero no dio argumentos adicionales.
La cosa volvió a Barr.
—Señor presidente, este caso huele fatal —dijo—. Es
difícil no reírse ante nuestra argumentación.
Texas y los otros diecisiete estados dirigidos por los
republicanos afirmaban que, como el Congreso había
revocado la multa por mandato individual, toda la ley
entera de salud, su cobertura y protecciones debían ser
eliminadas.
—Reduzcamos en lo posible las pérdidas en este caso
—dijo Barr—. Nadie va a echar abajo esa ley.
Barr impulsó a Trump a que adoptara un enfoque más
centrado que considerase conservar partes de la ley.
Otros republicanos también meneaban la cabeza163 ante
la recusación.
—El argumento del Departamento de Justicia en el
caso de Texas es lo más descabellado que he oído jamás
—dijo el senador Lamar Alexander, republicano de
Texas.
Como predecía Barr, el Tribunal Supremo rechazó
después el argumento de la administración de Trump y
mantuvo la ley por 7 votos a 2, el 17 de junio de 2021.
—¿Cuándo van a presentar esa ley sobre la ciudadanía
como derecho de nacimiento? —preguntó Trump a Barr
y a Cipollone un día. Se había convertido en su cantinela
constante en la primavera de 2020, cuando empezó a
patinar en las encuestas electorales.
Barr negó con la cabeza, sin sonreír. Pero Trump no
paraba. Barr decía que parecía Atrapado en el tiempo164,
su versión de la película de 1993 de Bill Murray en la que
está cautivo en un bucle temporal interminable y
torturante, viviendo siempre el mismo día.
La ciudadanía por derecho de nacimiento tiene sus
raíces en la decimocuarta enmienda, adoptada en 1868, e
indica que todas las personas nacidas o naturalizadas en
Estados Unidos «son ciudadanos de Estados Unidos».
Trump quería una orden ejecutiva que negase la
ciudadanía a las personas nacidas en Estados Unidos
cuyos padres estuvieran ilegalmente en el país. Estados
Unidos no les entregaría documentos de ciudadanía.
Tal orden pondría patas arriba la historia política y
constitucional. Semana tras semana, Barr y Cipollone le
decían al presidente que era un asunto legal muy
complicado. Se podía crear una gran discusión, decía
Barr.
—La única forma de hacerlo es pedir al Congreso que
apruebe esa legislación. Este tendría el poder de
ajustarla, refinar la definición de una enmienda
constitucional. Pero si se hace con una orden ejecutiva,
no va a funcionar. La van a rechazar. No sobrevivirá a la
prueba de los tribunales —dijo el fiscal general—. Y
además en un año electoral, lo que hará es cuestionar la
ciudadanía de diez millones de personas americanas o
más.
—No la haré retroactiva —dijo Trump. La orden solo se
aplicaría a los hijos futuros de inmigrantes ilegales.
—No, no puede decir que no la hará retroactiva —
replicó Barr—. Básicamente está diciendo que no son
ciudadanos, ¿no? Por lo tanto, todos aquellos que
estuvieron en la misma situación en el pasado tampoco
son ciudadanos. De modo que ¿cómo va a
tranquilizarlos, en ese sentido?
Trump no quería tranquilizarlos en absoluto. Esas
personas eran sobre todo demócratas, creía Trump, y si
no tenían la ciudadanía, no podrían votar.
—Existen todo tipo de leyes que requieren que las
personas sean ciudadanos para tener determinadas
licencias y otras cosas —dijo Barr, incluyendo el hecho de
votar.
A Trump parecía que no le importaba que aquello
pareciese Atrapado en el tiempo. Insistía una y otra vez,
una y otra vez. En un momento dado Cipollone se hartó.
—Bill —le dijo Cipollone a Barr en privado—, hemos
estado andando por un campo de minas. ¿Crees que
vamos a salir bien de todo esto?
Después de toda aquella resistencia, ¿no debían darle
algo al presidente? Ciertamente, la ley no soportaría la
prueba de los tribunales…
Barr previamente había sido jefe de la poderosa
Oficina de Asesoría Jurídica en el Departamento de
Justicia, que asesora legalmente al presidente y a todos
los departamentos y agencias ejecutivas. Ostentaba el
puesto ya en los tiempos de la administración de Bush
padre, y como abogado de treinta y nueve años entonces,
pudo empaparse de temas constitucionales sobre el
poder presidencial.
—No, no lo vamos a hacer —dijo Barr—. Yo conseguiré
desactivar este asunto.
La mañana del 14 de mayo, Trump declaró165 a Fox
News que antiguos jueces y funcionarios del FBI
merecían ser acusados.
—Si yo fuera demócrata en lugar de republicano, creo
que todo el mundo estaría en la cárcel hace mucho
tiempo con sentencias de cincuenta años —dijo—. La
gente debería ir a la cárcel por este asunto… La culpa fue
de Obama. Y de Biden también.
Se refería a la investigación que estaba llevando a cabo
el fiscal de Connecticut John Durham, quien
exploraba166 cómo manejó el FBI su investigación sobre
la campaña de Trump y la supuesta connivencia con
Rusia.
Para Barr esto era una absoluta exageración por parte
de Trump. Le había dicho que tenía que ser paciente con
la investigación de Durham, especialmente dado que la
pandemia retrasaba las operaciones de todo el
departamento. Que Durham cumpliera su cometido.
Barr preparó un pequeño discurso167 para dar una
conferencia de prensa al día siguiente. Dijo que estaba
harto de que los políticos usaran el «sistema judicial
como arma política». Poniendo a Biden y a Obama como
blancos, Trump, en efecto, estaba desacreditando el
trabajo de Durham. Barr sabía que si Trump seguía
insistiendo, Durham acabaría por dimitir.
—Sé que la gente quiere que se exijan
responsabilidades, y estamos trabajando en ello, pero no
se va a hacer así, políticamente no, y tampoco será ojo
por ojo, diente por diente —dijo Barr a Trump. Y le
recordó que el presidente del Tribunal Supremo
recientemente había legislado que no todo lo que se
considera un abuso de poder equivale a un delito legal.
Trump dijo que esa respuesta no le gustaba nada.
18
«En lo más profundo de Delaware168, Joe Biden está
sentado en su sótano. Solo. Escondido. Acobardado»,
decía un anuncio de Trump. «Punxsutawney Joe»169, era
otra pulla, refiriéndose a la marmota de Pensilvania,
Phil, que surge de su madriguera subterránea una vez al
año para predecir lo largo que será el invierno. Y la
campaña de Trump tuiteaba cada día los días que habían
pasado desde la última rueda de prensa de Biden.
También los demócratas estaban preocupados por la
desaparición de Biden de la campaña electoral, meses
atrás. Era un candidato conocido por relacionarse con los
votantes en las pequeñas ciudades y estrecharles la
mano. Su ventaja de 6 puntos en marzo de 2020 era
mucho más pequeña que la de Hillary Clinton en aquel
mismo marcador en 2016.
Pero la estrategia de dejar que Trump jugase contra sí
mismo parecía ir funcionando. La ventaja de Biden se
amplió170 a dos dígitos mientras el presidente seguía sin
manejar bien la pandemia. En una conferencia de prensa
el 23 de abril de 2020, Trump dijo que había que
inyectarse lejía171 para combatir el virus.
Mientras tanto, Biden, que podía ser también un poco
gafe, estaba usando el confinamiento como un regalo
inesperado. Normalmente los candidatos apenas tienen
un momento de descanso debido a los viajes de sus
campañas.
Sin que lo supieran el público y los medios de
comunicación, Biden estaba recibiendo informaciones
diarias sobre el virus por parte de los dos expertos
médicos más importantes del país: el doctor Vivek
Murthy, antiguo director general de Salud Pública de
Obama, y el doctor David Kessler, antiguo comisionado
de la Administración de Alimentos y Medicamentos
(FDA, por sus siglas en inglés), conocido por su guerra
contra el tabaco.
Cada día, Murthy y Kessler preparaban un informe
escrito sobre la covid-19 para Biden, basado en la
información más actualizada y recogido tras horas y
horas de investigación al teléfono con expertos del
gobierno y de la industria de todo el país, y
suplementados con datos proporcionados por un
pequeño equipo de voluntarios confidenciales que
peinaban información pública y privada. Inicialmente el
informe diario constaba de unas ochenta páginas con
mapas, gráficos y diagramas.
Programadas para un total de cuarenta y cinco
minutos por teléfono o por Zoom, las reuniones
informativas orales duraban habitualmente una hora y
media. Kessler y Murthy se mostraban los dos
tremendamente alarmados por la actitud de Trump y por
su incapacidad de comprender a lo que se estaba
enfrentando el mundo.
—Yo intenté minimizarlo siempre172 —le dijo Trump a
Woodward, en una entrevista de marzo de 2020—.
Todavía intento minimizarlo, porque no quiero que
cunda el pánico.
Trump había tuiteado aquel mismo mes173 sus puntos
de vista: «Bueno, pues el año pasado murieron 37 000
americanos a causa de la gripe común. Es un promedio
de entre 27 000 y 70 000 personas por año. No se cerró
nada, la vida y la economía seguían. En este momento
hay 546 casos confirmados de coronavirus, con veintidós
muertes. ¡Pensadlo!».
Trump cerró el país una semana más tarde, pero casi
de inmediato empezó a hablar de volverlo a abrir.
—Nuestro país no está hecho para estar cerrado174.
Este no es un país que se haya hecho para eso —dijo
Trump el 23 de marzo, durante una conferencia de
prensa en la Casa Blanca—. América ha estado y estará
siempre abierta para los negocios.
Murthy sabía que Trump se equivocaba de medio a
medio. Un coronavirus era un iceberg. Si había tan pocos
casos registrados de un virus transportado por el aire,
altamente contagioso y para el que solo había pruebas
limitadas, eso quería decir que había muchos, muchos
casos sin detectar. Ya estaba en Estados Unidos y pronto
se extendería.
Biden estudió los datos científicos con Murthy y
Kessler, buscando un tutorial diario. Era una máquina de
hacer preguntas. Preguntaba: «¿Cómo ataca el cuerpo
este virus?».
«Las gotitas de saliva de una persona infectada cuando
tose o estornuda, o incluso con el aliento normal, entran
en la nariz y la garganta y atacan los muchos receptores
de superficie celular llamados ACE2175, se apoderan de
la célula y se multiplican —le dijeron—. Como los
pulmones son como un árbol respiratorio que acaba en
unos pequeños sacos aéreos, también ricos en receptores
ACE2, el virus se mueve hacia allí y puede destruir las
células pulmonares.»
También le describieron cómo puede atacar el virus a
los distintos tipos de células y tejidos, incluyendo los
vasos sanguíneos y el corazón.
«¿Y las vacunas que se están desarrollando?»,
preguntó Biden.
Hay dos tipos, dijeron los doctores. La primera era una
vacuna basada en el adenovirus, que permite a las células
producir proteínas spike (espícula) que construyen
anticuerpos, soldados muy efectivos, para defenderse
contra el virus.
La segunda era la ARNm (ARN es ácido ribonucleico, y
la «m» es de mensajero). Esta vacuna activa las
respuestas inmunitarias dando a las células las
instrucciones para producir una proteína spike. Es como
una receta de tu ADN. Si posteriormente se infecta, el
cuerpo recuerda cómo luchar contra el virus. La
formulación del ARNm se puede cambiar en la vacuna si
aparece una variante del virus. Los virus mutan a
menudo.
«No es lo bastante detallado», decía Biden, en un
momento dado. «No lo entiendo», decía en otra ocasión.
O bien: «¿Por qué?» o «¿Cómo funciona esto
científicamente?».
Durante una entrevista con Trump176, el 19 de marzo,
Woodward preguntó al presidente si alguna vez se había
sentado con el doctor Anthony Fauci, el director del
Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades
Infecciosas, para que le hiciera un tutorial de los datos
científicos que se hallaban detrás del virus.
—Sí, supongo que sí —dijo Trump—, pero la verdad es
que no tengo demasiado tiempo para eso, Bob. Estamos
muy ocupados en la Casa Blanca. Han pasado muchas
cosas. Y luego ha ocurrido esto.
Woodward le preguntó si había un momento en el que
se hubiera dicho a sí mismo: ¿será esta la prueba del
liderazgo de una vida?
—No —respondió Trump.
Murthy se sorprendió por el nivel de detalle que quería
Biden. Iba examinando sus explicaciones y le hacía más y
más preguntas. Por qué el virus afectaba más
severamente a la gente de color, afroamericanos y
americanos de otras razas.
Los doctores explicaron que las desigualdades muy
arraigadas en el cuidado de la salud, la educación y los
recursos financieros hacían que las poblaciones ya
vulnerables todavía lo fuesen más. Era mucho más
probable que los negros y otros fueran hospitalizados o
murieran del virus.
Si se podía crear una vacuna, la distribución equitativa
sería esencial, dijo Biden.
—Si por fortuna tenemos la oportunidad de liderar,
hemos de pensar cómo ejecutar esto juntos y cómo
ocuparnos de esta pandemia y darle la vuelta por
completo.
Empezó a desarrollar un plan detallado de respuesta al
virus.
Murthy estaba seguro de que sus informes diarios
pronto llegarían a su fin. Ocupaban demasiado tiempo de
campaña. Por el contrario, las sesiones informativas se
hicieron más largas y detalladas.
—Señor —decía Murthy—, nos estamos quedando sin
tiempo. No tenemos problema en guardarnos parte de
todo esto hasta mañana…
—No, no, no —decía Biden. Quería hablarlo todo.
—¿Quiere usted que intentemos apartar a esos,
restringirlos? —le preguntó Murthy a Jake Sullivan, el
director de política de la campaña de Biden.
—Es él quien lleva su propio barco —les respondió
Sullivan—. Quiere enterarse de esas cosas. Le preocupa
mucho. Así que dejemos que lo dirija él mismo.
Murthy ya veía que el candidato Biden parecía
entender que el virus iba a definir no solo la campaña,
sino toda su presidencia si ganaba.
Murthy era el Doctor Agradable y tenía una voz muy
relajante. Como médico en ejercicio, sabía por
experiencia que hay que pasar mucho tiempo
escuchando a los pacientes, porque había averiguado que
a menudo te dan un autodiagnóstico preciso.
Antes de que Biden hubiese anunciado su decisión de
presentarse a la presidencia por tercera vez, Murthy le
había visitado en Wilmington. Estaba escribiendo un
libro177: Juntos: el poder de la conexión humana, y le
dijo a Biden que la soledad y el aislamiento afectan a la
salud mental y física.
En sus sesiones informativas sobre el virus, Biden
aludía frecuentemente a algunos amigos que le llamaban
para conversar, ya que tenía la costumbre de dar su
número de móvil a la gente con la que hablaba en la
campaña. Era evidente, dijo, que el virus estaba aislando
a la gente y afectando a su salud mental. Los niños
echaban de menos el contacto social en las aulas, igual
que los trabajadores de las oficinas. La pandemia estaba
devorando el tejido social, dijo Biden.
19
A finales de mayo surgieron protestas airadas en más de
140 ciudades178 de todo el país. El oficial de policía de
Minneapolis Derek Chauvin fue grabado en un vídeo
apretando con la rodilla el cuello de George Floyd, un
hombre negro de cuarenta y seis años, durante 7 minutos
y 46 segundos179, hasta que murió.
Algunas de las protestas se convirtieron en violentos
enfrentamientos con la policía y saqueos, a medida que
caía la oscuridad por las tardes. Las escenas se
retransmitían sin parar en las noticias por cable.
En una entrevista de aquella época, Trump le dijo a
Woodward180: «Son pirómanos, ladrones, anarquistas,
mala gente. Gente muy peligrosa. Es gente muy bien
organizada. Los lidera Antifa». Señalaba al movimiento
antifascista que se enfrentaba con los supremacistas
blancos y otros.
Stephen Miller, de treinta y cuatro años, director de
redacción de discursos de la Casa Blanca y uno de los
consejeros de alto rango más conservadores de
Trump181, se mostró partidario de la línea dura en el
tema de los disturbios. Varios colegas creen que fue el
responsable de azuzar al presidente y echar leña al fuego
sobre la violencia.
Duro y capaz de expresarse muy bien, conocido por
sus trajes a medida y sus corbatas finas, Miller ayudó a
redactar el discurso de toma de posesión de Trump
conocido como «Masacre americana», y fue el arquitecto
de la polémica prohibición de viajar para los países de
mayoría musulmana. Parecía que siempre estaba
presente en el Despacho Oval, esperando una
oportunidad para potenciar su agenda.
Si hubo alguna vez un Rasputín moderno, concluía
Milley, el presidente del Estado Mayor conjunto, ese era
Miller.
Milley hacía que su personal le preparase un informe
diario clasificado como SECRETO, «Panorama Nacional de
Disturbios Internos». Dicho informe seguía el rastro de
los últimos hechos violentos en ciudades americanas con
una población de más de 100 000 personas.
Menos de una semana después del asesinato de Floyd,
Milley fue repasando el informe con Trump en el
Despacho Oval.
—Señor presidente —dijo Miller de repente desde uno
de los sofás del Despacho Oval—, están quemando
América. Antifa, Black Lives Matter, están quemándolo
todo. Tiene usted entre sus manos una insurrección. Los
bárbaros están ante las puertas.
Milley se dio la vuelta desde su asiento frente al
escritorio Resolute.
—Cállate la puta boca, Steve. Señor presidente —dijo
entonces Milley, volviéndose hacia Trump—, no lo están
quemando todo. —Extendió sus manos de manera que
quedasen planas ante él, y luego se las llevó a los
hombros y las fue bajando despacio con un movimiento
tranquilizador. Citó datos del informe secreto diario—.
Señor presidente, en Estados Unidos hay 276 ciudades
con más de 100 000 habitantes. Ha habido dos ciudades
en las últimas veinticuatro horas con protestas graves.
En todos los demás sitios había de 20 a 300
manifestantes. Aunque las imágenes de fuego y violencia
estaban en televisión, la mayoría de las protestas eran
pacíficas, un 93 por ciento de ellas, según un informe
neutral.
»Han usado pintura en espray, señor presidente —dijo
Milley—. Eso no es insurrección. Ese tipo de ahí —y
señaló el retrato de Abraham Lincoln que estaba en la
pared del Despacho Oval—, ese tipo de ahí, Lincoln, ese
sí que vivió una insurrección. —Citó el bombardeo de la
milicia del Fuerte Sumter del ejército de Estados Unidos
en 1861, que dio inicio a la Guerra Civil—. Eso sí que fue
una insurrección. Somos un país de 330 millones de
personas. Y usted soporta unas protestas insignificantes.
Añadió que la situación ni siquiera se acercaba a
resultar amenazante, como los disturbios de 1968 en
Washington D.C.182 y en otras partes después del
asesinato del reverendo Martin Luther King.
Barr, que también asistió a esa reunión, comprendía lo
frustrado que se sentía Milley con Miller. También le
había dicho una vez a Miller que cerrase la puta boca.
Milley había ido llamando a Barr regularmente las
últimas semanas, pidiéndole que presionara durante las
reuniones en el Despacho Oval como escudo térmico y
protector para los militares.
—Mira, Steve —dijo Barr—, tú no tienes experiencia
operativa para hablar de estas cosas, ¿de acuerdo? Son
asuntos muy delicados. Por cada vez que acaba con éxito,
tienes un Waco. —Se refería al asedio y asalto del FBI en
1993183 a la secta religiosa de la rama de los davidianos,
que acabó con la muerte de 76 miembros de la secta,
incluyendo 25 niños y mujeres embarazadas—. Hay que
tener muchísimo cuidado. Debes saber lo que estás
haciendo. Así que deja de decir esas cosas. Los incidentes
que hay podemos manejarlos muy bien. Pero ahora
mismo no se requiere a los militares. No voy a apostar
nunca por eso; llevar a los militares es solo una opción de
emergencia, un último recurso.
Milley se volvió hacia el general retirado del ejército
Keith Kellogg, consejero de seguridad nacional de Pence
y leal a Trump, que también estaba allí sentado en un
sofá.
—Keith —dijo Milley—, esto no se parece en nada a lo
de 1968. Entonces eras el teniente Kellogg, sentado en
uno de esos edificios de ubicación compartida con el
general al mando de la 82.ª División Aerotransportada.
—El presidente Lyndon B. Johnson había desplegado184
tropas de combate en Washington—. Esto no está al
mismo nivel que todo el asunto de 1968, cuando decenas
de miles de manifestantes y alborotadores campaban por
Detroit, Chicago y Los Ángeles.
—Eso es verdad, señor presidente —dijo Kellogg.
—Hay que vigilar a los manifestantes —dijo Milley—.
Prestarles atención. Es importante. Pero es un asunto de
la policía local y de orden público local, de los alcaldes y
los gobernadores. No se trata de que el ejército de
Estados Unidos despliegue fuerzas en las calles de
Estados Unidos, señor presidente.
Milley había mencionado con muchas precauciones el
tema del racismo sistémico y las políticas de Trump.
—Se da en comunidades que han venido
experimentando lo que perciben como brutalidad
policial —dijo.
Trump no respondió nada.
El 1 de junio de 2020, Trump estaba furioso.
Las protestas habían ido aumentando de tamaño e
intensidad en todo el país. Trump estuvo muy agitado
todo el fin de semana por las sonoras protestas ante las
puertas de la Casa Blanca. Una zona peatonal de la calle
Dieciséis, que conducía a la Casa Blanca y que pronto se
rebautizaría como «Black Lives Matter Plaza», se había
convertido en foco de atención para distintos grupos, con
presencia policial en aumento.
La noche anterior, la del 31 de mayo, se había iniciado
un fuego en la guardería que había en el sótano de la
iglesia histórica episcopal de St. John, apenas a
trescientos metros de la Casa Blanca, llamada a menudo
la Iglesia de los Presidentes. En un momento dado, el
servicio secreto incluso llevó a Trump al búnker
subterráneo185.
Cerrada con tablas y carbonizada, la iglesia y la zona
circundante fuera de ella llevaron los disturbios raciales
que convulsionaban todo el país ante la puerta delantera
de Trump.
Trump convocó a sus funcionarios de mayor rango a
una reunión en el Despacho Oval el 1 de junio, en torno a
las 10.30 de la mañana.
Trump les dijo que quería una ofensiva de ley y orden,
10 000 tropas regulares en activo en la ciudad. Preguntó
por la Ley de Insurrección, una ley de 1807 que daba
autoridad al presidente para usar tropas en servicio
activo a nivel nacional simplemente declarando que
había una insurrección.
—Parecemos débiles —dijo Trump, furioso—. No
parecemos fuertes.
Estaba sentado con los brazos cruzados ante el
escritorio Resolute.
El secretario de defensa Mark Esper encajaba la
mayoría de las preguntas de Trump. Esper sabía que el
«nosotros» de Trump significaba «él».
Esper, de cincuenta y seis años, de mandíbula
cuadrada y con gafas, podía haber sido un extra de la
serie de televisión Mad men sobre ejecutivos del mundo
de la publicidad en los años sesenta. Mantenía una
actitud muy discreta, pero era una de las personas con
más experiencia en defensa de su tiempo, habiéndose
graduado en West Point en 1986 y luego servido veintiún
años en el ejército. Se había desplegado con la 101.ª
División Aerotransportada «Screaming Eagles» como
oficial de infantería en la guerra del Golfo en 1991, donde
ganó una Estrella de Bronce. Más tarde estuvo en la
Guardia Nacional y consiguió un máster en la Kennedy
School de Harvard, y un doctorado en administración
pública.
Esper había trabajado en el Congreso como
funcionario de presidencia, y como lobista de Raytheon
(gran grupo empresarial industrial, uno de los
contratistas militares más importantes de Estados
Unidos) antes de que Trump lo nombrara secretario del
Ejército, luego vicesecretario en funciones y finalmente
secretario.
—Señor presidente, no hay necesidad de invocar la Ley
de Insurrección —dijo Esper—. La Guardia Nacional está
sobre el terreno, y es más adecuada.
La Guardia Nacional, compuesta por reservistas
voluntarios, a menudo ayudaba en los desastres
nacionales.
Barr lanzó una interjección y dijo que podía aportar
una respuesta policial adicional, que era la forma
tradicional de manejar las protestas nacionales. Barr
tenía a los fiscales del FBI y de Estados Unidos
trabajando juntos para recopilar entre todos lo que
estaba ocurriendo en diversas ciudades, y hablaba casi
cada día con Milley.
—Señor presidente —dijo Barr—, si se tratase de
mantener la ley y el orden en las calles, yo no dudaría en
usar las tropas regulares si tenemos que hacerlo. Pero no
tenemos por qué. No son necesarias. Están pasando
muchas cosas en distintas ciudades, pero son manejables
si las ciudades redoblan su actuación. Tienen los
recursos adecuados para hacerlo, especialmente si usan
su Guardia Nacional o su policía estatal.
»Parece muy grave por la forma que tienen los medios
de cubrirlo. Pero en algunas de esas ciudades hay solo
300 personas en la esquina de una calle y un coche
ardiendo al fondo. No es necesaria la 82.ª División
Aerotransportada.
Pero Trump se mostraba inflexible: quería que la
histórica 82.ª División Aerotransportada, estacionada en
Fort Bragg, Carolina del Norte, la respuesta militar de
élite para las crisis, llegase a Washington antes de que se
pusiera el sol, momento en que había una protesta
convocada en la plaza Lafayette, el parque de tres
hectáreas de terreno entre la Casa Blanca y la iglesia de
St. John.
Esper explicó a Trump que la 82.ª División
Aerotransportada estaba entrenada para luchar contra el
enemigo con las armas más potentes y modernas. No
tenían entrenamiento para tratar con multitudes ni
disturbios civiles. Eran los menos adecuados para ese
trabajo.
El presidente se mostraba cada vez más obstinado, y a
Esper le preocupaba que, si no ponía algo encima de la
mesa, Trump pudiera ordenarle formalmente que trajera
a la 82.ª División Aerotransportada a Washington D. C.
Tenía que conseguir que el presidente se calmase.
—Señor presidente —dijo Esper—, hagamos lo
siguiente. Alertamos a las tropas y empezamos a
transportarlas hacia el norte desde Fort Bragg. Pero no
las traigamos todavía a la ciudad. Podemos convocar a la
Guardia aquí a tiempo. Si no podemos, si la cosa se
descontrola, tenemos esas otras fuerzas.
Milley estuvo de acuerdo con el enfoque que había
propuesto Esper. Ni él ni Esper querían una
confrontación en las calles sangrienta e impredecible
entre los manifestantes de Black Lives Matter y unas
fuerzas militares de combatientes de Estados Unidos
altamente letales.
Trump se quedó allí sentado, todavía con los brazos
cruzados. Empezó a chillar y su rostro se acaloró. Esper
notaba que los engranajes de Trump se iban moviendo.
Se quedó muy quieto.
Un funcionario entró a toda prisa:
—Señor presidente, los gobernadores están al teléfono
por conferencia.
Trump se puso de pie y fue a la Sala de Crisis. Dijo a
los gobernadores186 que debían tomar medidas
enérgicas contra los manifestantes. No les hizo la pelota
como de costumbre. Su tono era beligerante.
—Tienen que dominarlos187 —les dijo Trump, casi
como si fuera una orden—. Si no los dominan, estarán
perdiendo el tiempo. Les pasarán por encima. Ahora
mismo están quedando como un montón de idiotas.
Tienen que dominar esto y arrestar a gente, y juzgarla, y
que vayan a la cárcel mucho tiempo.
—La respuesta policial no va a funcionar a menos que
dominen las calles, como ha dicho el presidente —dijo el
fiscal general Barr a los gobernadores, adoptando el
mismo lenguaje—. Tenemos que controlar las calles.
Esper se hizo eco.
—Estoy de acuerdo, necesitamos dominar el campo de
batalla —dijo en la conferencia.
Milley salió de la Casa Blanca y se dirigió al centro de
la ciudad para visitar el puesto de mando del FBI que
seguía las manifestaciones. Previendo que la cosa se iba a
alargar aquella noche, se puso su uniforme de camuflaje
para estar más cómodo.
20
Esper se fue y llamó al director de la Guardia Nacional, el
general Joe Lengyel, jefe188 de los casi 460 000
miembros de la Guardia Nacional del ejército y del aire.
—Joe, necesitamos llevar a unos cuantos guardias a la
ciudad, enseguida —dijo Esper—. ¿A quién tengo que
llamar?
Esper llamó a los gobernadores de Maryland, Virginia
y Pensilvania. Al final, él y Lengyel convencieron al
menos a diez estados de que enviasen unidades de
guardias.
Esper no les dijo que Trump quería inundar la ciudad
con fuerzas en activo, si no se movían con rapidez.
Cerca de las seis de la tarde, Esper se dirigió al centro
de mando del FBI para reunirse con Milley. Planeaban
visitar a la guardia en las calles, darles las gracias y ver
un poco qué era lo que estaba ocurriendo sobre el
terreno. Ir a la escena, averiguarlo ellos mismos.
Pero de camino hacia el FBI, llegó una llamada para
Esper.
—El presidente le reclama en la Casa Blanca.
En cuanto llegaron al Ala Oeste, Esper preguntó:
—¿Dónde es la reunión?
—No hay reunión, señor —le dijeron.
—¿Cómo que no hay reunión?
Así que Esper tuvo que esperar.
Hacia las 18.30189, la Policía de Parques de Estados
Unidos condujo a un grupo de agentes de la ley, vestidos
con uniforme antidisturbios y a caballo, entre la
multitud, y empezó a desalojar a los manifestantes de la
plaza Lafayette a la fuerza. Aunque ese movimiento se
había planeado días antes con el propósito de construir
una verja en torno al parque, rápidamente se convirtió
en una escena caótica.
Los oficiales de policía de Washington D.C. usaban
dispositivos de control de disturbios, creando fuertes
explosiones, fogonazos y humo. Se arrojaron a los
manifestantes «bolas de pimienta»190 que irritaban los
ojos y la nariz. Algunos policías tiraron a los
manifestantes al suelo. Otros, que iban a caballo,
apartaron a la gente.
A las 6.48 de la tarde, cuando los manifestantes se
dispersaron, Trump habló durante siete minutos191 en la
rosaleda de la Casa Blanca. Lucharé para protegeros.
—Soy vuestro presidente, defiendo la ley y el orden, y
aliado de los manifestantes pacíficos —dijo—, y juro que
controlaré todos los tumultos y desórdenes que se han
extendido por nuestro país. Si una ciudad o estado se
niega a adoptar las acciones necesarias para defender la
vida y la propiedad de sus residentes, desplegaré a los
militares de Estados Unidos y rápidamente resolveré el
problema. Mientras hablamos estoy enviando a miles y
miles de soldados fuertemente armados, personal militar
y agentes de policía para que detengan los tumultos,
saqueos, vandalismo y asaltos y la destrucción gratuita
de propiedades.
Uno de los ayudantes de bajo nivel de Trump en la
Casa Blanca se volvió hacia Esper y otros funcionarios de
alto rango que habían asistido al discurso de Trump y
dijo:
—Pónganse en fila.
—¿Que nos pongamos en fila? ¿Para qué? —preguntó
Esper.
—Bueno, señor, vamos a ir andando a través de la
plaza Lafayette —dijo el funcionario—. El presidente
quiere ir a través del parque y ver la iglesia de St. John.
Quiere que todos ustedes, los miembros de su gabinete,
se unan a él.
Milley había llegado con su uniforme de camuflaje.
—Vamos a la iglesia —les dijo Trump.
Casi toda la Casa Blanca parecía haberse unido a ellos
esa tarde: Esper y Milley, el consejero de seguridad
nacional Robert O’Brien y Barr, consejeros de alto rango,
miembros de la familia como Jared Kushner e Ivanka
Trump, asesores sénior de Trump, Hope Hicks y el jefe
de gabinete, Mark Meadows.
Fue uno de los desfiles más fotografiados y grabados
en vídeo de toda la presidencia de Trump.
Esper de repente se sintió fatal al ver una multitud de
reporteros y cámaras que venían corriendo, filmando y
disparando sus flashes, mientras el desfile avanzaba a
toda prisa a través del parque. Trump seguía
moviéndose, atrayendo a todo el mundo hacia él como
un imán.
—Nos han embaucado —dijo Esper a Milley mientras
iban andando hacia la iglesia—. Nos han utilizado.
Milley estuvo completamente de acuerdo. Se volvió
hacia su jefe de seguridad personal y dijo:
—Esto es una absoluta mierda y es un acto político, así
que tengo que irme de aquí. Nos vamos ahora mismo. Se
ha acabado esta puta mierda.
Milley se apartó del grupo.
Pero era demasiado tarde para que escapara sin ser
visto. Fue fotografiado con su ropa de camuflaje, como si
estuviera dispuesto para el combate. También recibió
una llamada de teléfono que algunos interpretaron como
una llamada para coordinar la ofensiva contra los
manifestantes. Pero en realidad era su mujer, Hollyanne.
—¿Qué está pasando? —le preguntó ella. Había visto la
escena por televisión—. ¿Estás bien?
Milley dijo que sí, que estaba bien, pero no era cierto.
En cuarenta y cinco segundos, Milley se dio cuenta de
que había cometido un error que amenazaba con
comprometer su posesión más preciada, forjada a lo
largo de décadas: su integridad e independencia como
funcionario militar de rango superior de Estados Unidos
de América.
Andar junto a Trump cuando este iba en misión
política, aunque hubiera sido solo un segundo, era algo
completamente equivocado. «Este es mi momento del
camino hacia Damasco», pensó Milley, sintiendo como si
se estuviera asomando a un abismo personal.
Milley no estaba en la iglesia cuando Trump se quedó
allí de pie un par de minutos, sosteniendo una Biblia,
incómodo, y agitándola de un lado a otro. Pero no
importaba: el daño ya estaba hecho.
El presidente le había utilizado y había politizado a los
militares de Estados Unidos. Se habían convertido en
peones de Trump.
Esper, que reconocía que sus antenas políticas eran
menos sensibles que las de Milley, tendría que soportar
las inevitables secuelas de ir caminando junto al
presidente mientras miles de americanos se reunían
junto a la iglesia coreando consignas y pidiendo reformas
policiales.
Pero a Esper le preocupaba mucho más la institución
mejor considerada de todo el país, la maquinaria militar,
muy afinada y orgullosamente independiente, que estaba
en peligro de verse arrastrada por una tormenta política.
La república parecía poco firme. ¿Cómo calmar las
cosas? ¿Cómo quebrar lo que solo se podía describir
como una fiebre?
—¡Bill! ¡Bill! ¡Bill! —había chillado Trump a Barr en un
momento del paseo—. ¡Ven aquí!
En ese momento Barr quiso que lo tragase la tierra. A
diferencia de Milley, él tenía un nombramiento político,
y quería que Trump consiguiese un poco de buena
prensa y ganara. Pero sabía que aquel espectáculo, que
según le habían dicho antes sería una simple «salida»
junto al presidente, era absolutamente ridículo. No había
otra palabra que pudiera describirlo.
Tenía la sensación de que sabía por qué lo había hecho
Trump: se sentía avergonzado por haber bajado al
búnker de la Casa Blanca. Quería mostrar fortaleza.
Para colmo de males, Barr vio que Trump volvía
andando a la Casa Blanca y vio a la rama uniformada del
servicio secreto alineada en dos filas, sujetando los
escudos. Parecía una guardia de honor, con todo el boato
de una operación militar vistosa.
—No voy a pasar entre esa puta guardia de honor —
murmuró Barr.
Aquella misma noche, Esper y Milley finalmente
hicieron una ronda por la ciudad para pasar revista al
resto de la Guardia. Docenas de tropas de la Guardia
Nacional192 con su armadura, con los rostros casi
completamente cubiertos por máscaras grises y gafas de
sol oscuras, fueron fotografiadas más tarde en los
escalones del monumento a Lincoln. Parecían
amenazadores, una versión militarizada de la declaración
de ley y orden de Trump.
—Hay que reducir esto —dijo Milley a Esper.
Esper no podía estar más de acuerdo. Había traído un
batallón, unas 600 tropas de combate regulares de la
82.ª División Aerotransportada, a la Base Conjunta
Andrews en Maryland, junto a Washington. Estaba
manteniéndolos intencionadamente fuera de la ciudad.
Pero ¿cuánto tiempo los podría contener? La mecha de
Trump ya estaba encendida… y ya los había manipulado
una vez.
Al día siguiente, 2 de junio, Milley emitió un
memorándum de una página: «TEMA: Mensaje al Estado
Mayor Conjunto», para los jefes de todos los servicios
militares y mandos de combatientes. Les recordaba a los
militares su deber, y le permitía recomponerse él mismo,
un día después del caos junto a Trump en la plaza
Lafayette.
Junto a su firma, Milley garabateó un mensaje
adicional escrito a mano: «Todos hemos dedicado
nuestras vidas a la idea que es América… y seguiremos
fieles a ese juramento y al pueblo americano».
DESCLASIFICADO
Presidente del Estado Mayor Conjunto
Washington D.C., 20318-9999
MEMORÁNDUM PARA EL JEFE DE GABINETE DEL EJÉRCITO;
COMANDANTE DEL CUERPO DE MARINES; JEFE DE
OPERACIONES NAVALES; JEFE DE GABINETE DE LAS FUERZAS
AÉREAS; JEFE DEL DEPARTAMENTO DE LA GUARDIA
NACIONAL; COMANDANTE DE LA GUARDIA COSTERA; JEFE DE
OPERACIONES ESPACIALES; COMANDANTES DE LOS
COMANDOS DE COMBATE
TEMA: Mensaje al Estado Mayor Conjunto
1. Todos los miembros del ejército de Estados Unidos han hecho el
juramento de apoyar y defender la Constitución y los valores
contenidos en ella. Este documento se funda en el principio
esencial de que hombres y mujeres han nacido libres e iguales, y
deben ser tratados con respeto y dignidad. También da a los
americanos el derecho a la libertad de expresión y a la reunión
pacífica. Nosotros, los uniformados, de todas las ramas y
componentes, y de todos los rangos, seguimos comprometidos
con nuestros valores y principios nacionales contenidos en la
Constitución.
2. Durante la crisis actual, la Guardia Nacional está operando bajo
la autoridad de los gobernadores estatales para proteger vidas y
propiedades, preservar la paz y procurar la seguridad pública.
3. Como miembros del Estado Mayor Conjunto, comprendidas
todas las razas, colores y credos, ustedes representan los ideales
de nuestra Constitución. Por favor, recuerden a todas nuestras
tropas y líderes que mantengan los valores de nuestra nación, y
actúen en concordancia con las leyes nacionales y con nuestros
propios y elevados estándares de conducta en todo momento.
(a mano) Todos hemos comprometido nuestras vidas con la idea que es
América… y seguiremos fieles a ese juramento y al pueblo americano.
MARK A. MILLEY
General del ejército de Estados Unidos
c.c.:
Secretario de Defensa; subsecretario de Defensa; vicepresidente del
Estado Mayor Conjunto; director del Estado Mayor Conjunto
DESCLASIFICADO
21
«Debemos estar muy atentos hacia la violencia193 que
está ejerciendo el presidente en ejercicio sobre nuestra
democracia y la prosecución de la justicia», dijo Biden
durante un discurso en el City Hall de Filadelfia, el 2 de
junio. Tenía varias banderas americanas detrás. Fue su
primer discurso ante un público en vivo desde marzo y el
inicio de la pandemia.
El mensaje: presidencial. La única y solitaria señal de
campaña era la que tenía en su atril. Después de la
muerte de George Floyd, Biden mostró una nueva
disposición a decidirse a avanzar y mostrarse más
agresivo. Muchos de sus consejeros lo vieron como un
punto de inflexión para él, al recordar cómo estaban las
apuestas a sus votantes.
—No podemos dejar este momento pensando que una
vez más podemos apartarnos y no hacer nada. Porque no
podemos —dijo Biden a la multitud en Filadelfia—. Ha
llegado el momento de que nuestra nación se ocupe del
racismo sistémico. Que se ocupe de la creciente
desigualdad económica. Y de que se ocupe de la negación
de las promesas de esta nación para tantos.
Esper se quedó muy nervioso el 3 de junio. Como las
protestas continuaban en Washington, Trump todavía
quería a 10 000 tropas en activo desplegadas en la
ciudad.
Igual que Milley, Esper era muy consciente de lo que
podía significar aquello. Los tumultos de 1968 hacían
erupción entre plagas similares de pobreza urbana,
racismo e ira por la brutalidad policial. Poner militares
en activo en las calles, en una época de medios de
comunicación sociales y televisión global, podía provocar
una tragedia humana.
Esper decidió que debía actuar antes de que las cosas
se deteriorasen aún más con Trump. Pero su consejo
privado no significaba demasiado. Este presidente
trazaba su capital político mediante declaraciones
públicas e intervenciones mediáticas. Esper decidió que
declararía pública e inequívocamente que no veía razón
alguna para invocar la Ley de Insurrección.
Sugirió que Milley apareciese junto a él.
—No deberías hacer tal cosa —dijo Milley—. Estás a
punto de hacer una declaración política significativa, y yo
no debería aparecer ahí de uniforme. Pero es uno de esos
momentos, ya sabes…
Esper apareció ante el cuerpo de prensa del Pentágono
solo. Milley escuchaba desde el fondo de la sala.
—Siempre he creído194 y sigo creyendo que la Guardia
Nacional es la más adecuada para dar apoyo interno a las
autoridades civiles, para reforzar la policía local —dijo
Esper—. Y digo esto no solo como secretario de Defensa,
sino también como antiguo soldado y antiguo miembro
de la Guardia Nacional.
»La opción de usar fuerzas en activo en un papel de
policía debería ser solamente un último recurso, y solo
en una situación de gran urgencia y dureza. No estamos
en una de esas situaciones ahora mismo. No apoyo que
se invoque la Ley de Insurrección.
Milley pensaba que habría que agradecer siempre a
Esper que trazase esa línea tan clara. Era un momento
muy importante.
Empezaron a sonar sus teléfonos a lo loco.
—El presidente está muy enfadado —dijo Mark
Meadows, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, al cabo
de unos minutos, a Esper—. Está como loco. Te va a
partir la cara.
Esper y Milley tenían que asistir a las diez de la
mañana a la Casa Blanca a una reunión del Consejo de
Seguridad Nacional sobre los planes para retirar las
tropas de Estados Unidos de Afganistán. El general
Frank McKenzie, el comandante central que supervisaba
la guerra, con diecinueve años en el cargo, estaba en
Washington para informar al presidente.
—¿Puedes ocuparte tú de la información? —preguntó
Esper a Milley—. Frank y tú solos, porque esto se va a
poner muy feo.
—Podemos hacerlo, claro —dijo Milley—. Pero no
debería ser así. Tendrás que ir.
Esper suspiró audiblemente.
—La cosa se va a poner mal de verdad. Me va a chillar
e insultar…
—Sí —dijo Milley. Se conocían muy bien los dos.
Ambos habían trabajado estrechamente antes de ocupar
sendos cargos militares en el gobierno de Estados
Unidos. Esper había sido secretario del ejército, y Milley
jefe de gabinete del ejército durante dieciocho meses.
—Eso es cierto —dijo Milley—, pero a veces hay que
enfrentarse al dragón. Fingir que estás de vuelta en «El
llano» (el campo de entrenamiento) de West Point y te
están dando para el pelo.
Cuando se dirigieron al Despacho Oval, casi todo el
mundo estaba allí con la cabeza gacha, mirándose los
zapatos.
«Debe de estar ocurriendo algo malo —pensó Milley—.
Una emboscada.»
Las sillas estaban dispuestas en semicírculo frente al
escritorio Resolute, donde Trump estaba sentado con los
brazos cruzados. Pence ocupaba una de las sillas.
Meadows otra. La silla del centro estaba reservada para
Esper. Otra para Milley.
Un grupo del personal de Trump estaba sentado en los
sofás y en otras sillas. Trump estaba sentado muy tieso.
Tenía la cara roja. Fulminó con la mirada a Esper, que le
miró a su vez.
—¿Qué has hecho? —chilló Trump—. ¿Por qué has
hecho eso?
—Señor presidente, se lo dije —respondió Esper—. Lo
que le dije antes es que no creo que esta situación
requiera invocar la Ley de Insurrección. Creo que sería
terrible para el país y terrible para los militares.
—¡Me has quitado mi autoridad! —chilló Trump.
—Señor presidente, yo no le he quitado su autoridad.
Su autoridad es suya. Me he limitado a expresar cuáles
eran mis creencias al respecto, y si lo apoyo o no.
Trump respondió furioso, citando una versión
tergiversada de los comentarios de Esper a los medios
aquel mismo día.
Esper sacó una transcripción de su conferencia de
prensa de su carpeta. Había subrayado sus comentarios
sobre la ley y tiró el dosier encima del escritorio
Resolute. Luego lo empujó hacia el presidente.
—¡Esto es lo que he dicho!
Trump lo miró.
—Me importa una mierda tu puta transcripción.
Esper no estaba seguro de que Trump fuera a leer los
comentarios, pero tuvo la sensación de que al menos
había conseguido que el presidente se diera por
enterado. La cara de Trump se fue poniendo más roja
cada vez, y a Esper le dio la sensación de que el
presidente pensaba que ya no tenía la capacidad de
invocar la Ley de Insurrección. Y a Esper le parecía muy
bien que fuera así. Habían contenido a Trump.
—¿Quién te crees que eres? —chilló Trump a Esper—.
Me has quitado mi autoridad. ¡Tú no eres el presidente!
¡Yo soy el maldito presidente!
Milley, sentado en silencio junto a Esper, observó a
Trump detenidamente. Creía que la escalada de la rabia
que estaba contemplando de primera mano era
inquietante, otra bronca que le recordó a La chaqueta
metálica.
Seguía la avalancha de insultos. Cuando el presidente
se hubo despachado a gusto con Esper, se volvió a los
demás que estaban sentados en el Despacho Oval.
—¡Sois unos cabrones! —les chilló—. Todos. Unos
verdaderos cabrones. Todos y cada uno de vosotros.
—Robert —susurró Milley a O’Brien—. Creo que
tenemos que informar al presidente de lo de Afganistán.
—Se suponía que la reunión iba a empezar pronto.
—Está bien —dijo Trump al final, como si hubiera
cambiado de repente el canal de televisión—. Fuera de
aquí todos. Largaos todos.
A Milley le gustaba pensar que él y Esper no habían
subvertido la autoridad del presidente, sino que habían
cumplido con su deber de proporcionarle el mejor
consejo, sin adornos. Tenían la obligación constitucional
de que el presidente estuviese plenamente informado de
las opciones que tenía. Pero una vez Trump decidía y
emitía una orden, a ellos se les requería que la
ejecutasen.
La única excepción era una orden ilegal, inmoral o
falta de ética. Ese sería el punto en el cual alguien podía
considerar dimitir, razonaba Milley. Pero este no
recordaba ninguna época de la historia en que un
funcionario de gabinete, tan esencial como por ejemplo
el secretario de Defensa, hubiese arrojado un papel con
ira al escritorio Resolute.
«Le hemos dado jaque mate», pensaba Milley, con un
alivio aún indeciso. Habían atado las manos de Trump, le
habían superado en el juego, y por eso se había puesto
tan furioso.
De camino hacia la Sala de Crisis, Milley le dijo a
Esper:
—Tú quédate ahí sentado, sin decir nada. Deja que
Frank y yo manejemos este asunto.
Minutos más tarde, en la Sala de Crisis, el presidente
tomó asiento a la cabecera de la mesa.
El general McKenzie, un marine con vasta experiencia
de mando, empezó a revisar las opciones para la retirada
de Afganistán, una de las promesas fundamentales en la
campaña de Trump. Los generales seguían afirmando
que querían luchar contra los terroristas en Afganistán, y
no en casa. Regularmente invocaban el recuerdo de la
trama del 11 de septiembre, que se había originado en
Afganistán, y aseguraban que la presencia de tropas de
Estados Unidos era una póliza de seguros contra otro
atentado como el del 11 de septiembre.
Esa discusión empezó siendo muy tranquila y racional,
sin ningún exceso notable de fuegos artificiales a lo
Chaqueta metálica en el Despacho Oval.
Luego alguien sacó a colación la amenaza de Irán.
—Vale —dijo Trump—. Habladme de Irán. Decidme
qué planes tenemos, qué opciones tenemos para Irán.
Irán se encontraba bajo el mando central del general
McKenzie, que tenía la responsabilidad de Oriente Medio
y Afganistán. Sin embargo, no estaba en su agenda. Pero
McKenzie conocía los planes de ataque y de guerra sin
necesidad de preparación alguna.
—Frank, adelante —dijo Milley—, informa al
presidente de lo que tenemos para Irán.
McKenzie recitó de un tirón un montón de opciones:
ataques aéreos, ataques por mar, sabotaje, ciberataques,
infiltración e invasión por tierra, si era necesario.
—Hala… —respondió Trump—. ¿Y cuánto tiempo
costaría hacer eso?
Queriendo mostrarse receptivo, McKenzie hizo que
algunas de las versiones sonaran apetecibles.
—Pues sí, señor —dijo McKenzie—, podemos hacerlo.
—Eh, eh, eh… —dijo Milley, levantando la mano—.
Frank, cuéntale el resto de la historia.
Milley entonces recitó rápidamente una lista de
afirmaciones y preguntas, todas ellas suscitando dudas
sobre el hecho de lanzar un ataque en Irán.
—Háblale del coste.
—Háblale de las bajas.
—Cuéntale cuánto tiempo costaría.
—¿Cuántos barcos acabarían hundidos?
—¿Cuántos soldados morirían?
—¿Cuántos pilotos serían abatidos?
—¿Cuántas bajas civiles?
—¿Y las familias en Baréin? —El puerto base de la
Quinta Flota de la Marina de Estados Unidos.
—¿Cuánto tiempo cree que costaría? ¿Serían treinta
días o treinta años?
—¿Se convertiría esto en otra guerra?
El presidente iba mirando a uno y otro, a Milley y a
McKenzie. Las respuestas iban telegrafiando
consecuencias y resultados desconocidos.
Uno de los halcones sobre Irán era O’Brien, el
consejero de seguridad nacional. Si Irán golpeaba los
objetivos militares de Estados Unidos, las represalias
tenían que ser rápidas y masivas, dijo.
—Golpeémosles bien fuerte, señor presidente —dijo
O’Brien varias veces—. Tenemos que darles fuerte.
—Es fácil meterse en una guerra —intervino Milley,
usando una de sus frases favoritas, también favorita de
Esper—. Pero es difícil salir.
A lo largo de los años, Milley había estudiado la
Primera Guerra Mundial, cuyo desencadenante había
sido el asesinato del archiduque Francisco Fernando en
Sarajevo, en 1914.
Sin embargo, aquel año hubo muchos asesinatos en la
política del mundo entero. ¿Por qué había sido aquel el
desencadenante? Milley seguía preguntándoselo. Los
historiadores intentaban responder esa pregunta, pero
en aquel momento ninguno podía haber predicho las
ramificaciones globales. Con cualquier ataque se puede
tener un plan, pero el resultado nunca es seguro. Y con
las grandes potencias siempre era posible una guerra, si
Estados Unidos no tenía cuidado.
Milley sabía que Meadows le había dicho al presidente
que una guerra sería una mala noticia para la campaña
de reelección de Trump. Meadows también le había
dicho que despedir a otro secretario de defensa no
serviría a Trump políticamente.
—No le conviene que haya una guerra, señor —había
dicho Milley a Trump en una reunión previa.
Y aun entonces, sentado en la Sala de Crisis, Milley no
pensaba que el presidente estuviese buscando una
guerra. Pero un ataque parecía estar siempre encima de
la mesa. Había que procurar manejar bien su curiosidad.
Atacar a Irán o cualquier otra acción se volvía cada vez
menos apetecible, cuando acabó la sesión.
22
Milley siguió acosado por los hechos del 1 de junio. Sus
críticos estaban por todas partes: en los canales de
noticias por cable, en los medios de comunicación social,
en los artículos de opinión.
Milley sabía que había hecho el ridículo. Le habían
fotografiado con traje de faena junto a un presidente que
estaba decidido a politizar a los militares. Había sido un
desastre.
Llamó a muchos de sus predecesores para buscar
consejo.
—¿Debería dimitir? —le preguntó a Colin Powell, que
había sido presidente del Estado Mayor Conjunto desde
1989 a 1993, bajo el mandato George H. W. Bush.
—¡Joder, no! —exclamó Powell—. Te dije que no
cogieras ese cargo. No tendrías que haber aceptado el
cargo. Trump es un puto maníaco.
Milley recibió consejos similares, aunque no tan
expresivos, de una docena de antiguos secretarios de
Defensa y presidentes.
Decidió disculparse públicamente195, pero no advirtió
previamente de ello a Trump.
El 11 de junio, en una charla grabada en vídeo en la
graduación de la Universidad de Defensa Nacional,
Milley dijo: «Como líderes de alto rango, todo lo que
hagan será observado muy de cerca, y yo tampoco soy
inmune. Como muchos de ustedes vieron, el resultado de
la foto que me hicieron en la plaza Lafayette la semana
pasada fue suscitar un debate nacional sobre el papel de
los militares en la sociedad civil. No tendría que haber
estado allí. Mi presencia en ese momento y en ese
entorno creó la percepción de que los militares están
implicados en asuntos de política interior. Como oficial
uniformado al mando, fue un error del que aprendí, y
sinceramente espero que todos podamos aprender de él.
Abracen la Constitución, llévenla muy cerca de su
corazón. Es nuestra Estrella del Norte».
Varios días más tarde, Trump detuvo a Milley después
de una reunión de rutina en el Despacho Oval.
—Eh, ¿qué pasa, no estás orgulloso de andar al lado de
tu presidente? —le preguntó Trump.
—¿A la iglesia? —preguntó Milley.
—Sí. ¿Por qué te has disculpado?
—Señor presidente, en realidad no tiene nada que ver
con usted.
Trump seguía escéptico.
—Tenía que ver conmigo —dijo Milley—. Tenía que ver
con este uniforme. Tenía que ver con las tradiciones de
los militares de Estados Unidos, y el hecho de que somos
una organización apolítica. Usted es político, usted es un
actor político. Para usted hacer eso es su deber. Pero yo
no puedo formar parte de los acontecimientos políticos,
señor presidente. Es una de nuestras tradiciones más
antiguas.
—Pero ¿por qué te disculpaste? —le preguntó el
presidente de nuevo—. Es una señal de debilidad.
—Señor presidente —respondió él, mirando
directamente a Trump—, no es así de donde yo vengo. —
Era nativo de la zona de Boston—. Donde yo nací, y
según me educaron, cuando cometes un error, lo
reconoces.
Trump inclinó la cabeza a un lado como el perro del
gramófono196, el famoso perrito representado mirando
un fonógrafo mecánico y usado durante mucho tiempo
como mascota por RCA Records.
—Hum… —dijo—. Vale.
Más tarde, Trump llamó a Milley dos veces para
preguntarle cómo podían tratar los militares el asunto de
las banderas confederadas197, estatuas y bases militares
con nombres de generales confederados. Milley dijo que
él era partidario de hacer cambios.
Durante una reunión en el Despacho Oval, Trump
volvió al tema. Dijo que no quería cambiar nada.
—No vamos a prohibir las banderas confederadas. Es
el orgullo y la herencia del Sur.
Meadows decía que las banderas confederadas no
podían ser prohibidas. Era un tema de libertad de
expresión, y los abogados del Pentágono estuvieron de
acuerdo con él.
Trump le preguntó a Milley:
—¿Qué opinas?
—Ya se lo he dicho dos veces, señor presidente.
¿Seguro que lo quiere oír otra vez?
—Sí, venga, dilo —dijo Trump.
—Señor presidente, yo creo que debería usted prohibir
las banderas, cambiar el nombre de las bases y echar
abajo las estatuas.
»Yo soy de Boston, y todos esos tipos eran unos
traidores.
Alguien preguntó:
—¿Y los muertos confederados enterrados en el
Cementerio Nacional de Arlington?
—Es interesante —dijo Milley—. De los casi quinientos
soldados confederados enterrados allí, resulta que están
en círculo, y los nombres de las tumbas dan hacia dentro,
y eso simboliza que volvieron la espalda a la Unión.
Fueron traidores en sus tiempos, son traidores hoy y
serán traidores en la muerte para toda la eternidad.
Cambie los nombres, señor presidente.
Hubo un breve silencio en el Despacho Oval.
Pence, que casi siempre adoptaba una actitud muy
seria apoyando a Trump, medio bromeó:
—Creo que yo mismo he encontrado mi ser unionista.
Pat Cipollone, consejero de la Casa Blanca, añadió:
—¡Yo también soy yanqui!
Sin decir nada, Trump pasó al siguiente tema que le
vino a la cabeza.
David Urban, lobista y aliado cercano de Trump con
Esper, intentó más tarde otro enfoque con Trump.
—Si no lo hace usted —dijo, abogando por el cambio de
nombres—, los demócratas los cambiarán de todos
modos. ¿Está usted familiarizado con el USNS Harvey
Milk?
—¿Qué es eso? —preguntó Trump.
—Es un buque de la Marina de Estados Unidos que ha
recibido el nombre de un concejal gay de San Francisco
que fue asesinado en 1978. ¿Cree que lo hicieron los
demócratas o los republicanos?
—Vale. De acuerdo —refunfuñó Trump—. Déjame
pensarlo.
Urban sugirió que volvieran a nombrar las bases con
nombres de condecorados con la Medalla de Honor.
—Así celebrarán lo mejor de América.
Como Trump seguía sin decidirse, Urban le echó la
culpa a Meadows. Otro error en una campaña muy dura.
—Es un maldito retraso —le dijo Urban a Esper—.
¿Qué ha hecho Meadows, coger a ochocientos tíos del
Sur y llamar al presidente diciendo que todos son
héroes?
Milley decidió que necesitaba desarrollar una
estrategia para el periodo previo a las elecciones y para
después.
La curiosidad de Trump y los comentarios sobre un
posible ataque a Irán habían hecho mella en Milley, y
también la rabia de Trump, al parecer siempre dispuesta
a emerger. Milley tenía que mantenerse firme, ser un
baluarte. Tenía que estar preparado para cualquier cosa,
incluyendo una súbita crisis en la conducta de Trump y
el orden en el interior del Ala Oeste.
—Así es como veo el próximo periodo de tiempo —
manifestó Milley en una reunión privada—. Mi
obligación con el pueblo americano es asegurarme de
que no tenemos una guerra innecesaria en el extranjero.
Y que no se da el uso ilegal de la fuerza en las calles
norteamericanas. No vamos a volver nuestras armas
contra el pueblo americano, ni tampoco vamos a tener
un escenario tipo La cortina de humo198 en el
extranjero.
La cortina de humo era una película de 1997 sobre un
presidente que usaba la guerra para distraer de un
escándalo.
Milley creía que había que seguir presionando a
Trump, porque, efectivamente, Trump no podía
despedirle.
Si a Trump no le gustaban los consejos de Milley,
podía ignorarlo sin más. Pero el poder simbólico del
cargo seguía teniendo peso. Despedir a un presidente del
Estado Mayor podía ser un terremoto político… y Milley
había sido confirmado por el Senado por 89 votos a 1,
sugiriendo un apoyo casi unánime por parte de ambos
partidos.
En el Tanque, la sacrosanta sala de reuniones del
Estado Mayor conjunto en el Pentágono, donde los
líderes militares podían hablar francamente, Milley
esbozó su plan para los jefes.
—La fase 1 es desde ahora hasta las elecciones, el 3 de
noviembre —dijo Milley—. La fase 2 es la noche de las
elecciones, a través de certificación. —Cuando el
Congreso formalmente certificaba las elecciones, el 6 de
enero de 2021—. La fase 3 es la certificación a través de
la toma de posesión, el 20 de enero. Y la fase 4 son los
primeros cien días de quien quiera que gane las
elecciones.
»Vamos a hacer esto paso a paso. Vamos a estar en
contacto constante. Vamos a trabajar conjuntamente. Yo
estaré al tanto. Ustedes, los jefes del Estado Mayor
Conjunto, tendrán que estar codo con codo… todo el
mundo. Y la consigna de hoy es mantenerse firmes en la
silla. Vamos a mantener los ojos clavados en el horizonte,
y vamos a hacer lo que sea bueno para el país, sin
importar el coste que tenga para nosotros.
23
A finales de junio de 2020, los casos de coronavirus iban
en aumento. Pero Trump estaba decidido a revivir sus
mítines característicos, repletos de partidarios
vitoreándole con sus gorras rojas y llevando carteles. Los
echaba muchísimo de menos.
En un mitin multitudinario en Tulsa, Oklahoma,
tenían preparado un centro BOK con 19 000 asientos
para el 20 de junio, el primero en sesenta días. Los
funcionarios de sanidad de la ciudad199, sin embargo,
estaban preocupados de que se celebrase un «evento
supercontagiador» y le instaron a que lo cancelase.
Un día antes, Trump le dijo a Woodward200 en una
entrevista que el mitin sería un enorme éxito.
—Tengo un mitin mañana por la noche en Oklahoma
—dijo Trump—. Ya se han apuntado más de 1,2 millones
de personas. Solo podrán entrar 50 o 60 000. Porque es
un recinto muy grande, ¿sabe? Pero podemos meter a
22 000 en un recinto, y 40 000 en otro. Vamos a tener
dos recintos bien cargados. Piénselo. Nadie había hecho
mítines como estos.
En el mitin, el recinto estaba lleno solo a medias, como
mucho, y un mar de asientos azules vacíos201 se
enfrentaba a Trump, en parte como resultado de una
broma en las redes sociales organizada por adolescentes
críticos con Trump. Miles de ellos se registraron
pidiendo entrada, con la intención de no aparecer por
allí.
Más tarde Trump estalló en cólera con su jefe de
campaña, Brad Parscale. Con más de dos metros de alto
y barbudo, Parscale parecía un luchador profesional
vestido con traje y corbata. Había conseguido notoriedad
nacional por sus campañas digitales y por organizar a los
partidarios de Trump en plataformas de redes sociales
como Facebook.
—Un enorme error de mierda —dijo Trump en una
reunión en su despacho—. No tendría que haber ido a ese
maldito mitin —se lamentó, y añadió que Parscale era
«un puto gilipollas».
Parscale fue despedido como jefe de campaña el 16 de
julio y degradado a consejero sénior.
No mucho después, en otra reunión de julio en el
Despacho Oval, su encuestador Tony Fabrizio dijo que
los votantes, especialmente los independientes, estaban
exhaustos emocionalmente.
—Bueno, para ser sinceros, señor presidente —dijo
Fabrizio—, los votantes están muy cansados,
sencillamente. Están hartos de caos. Están hartos de
tumultos.
Normalmente solícito con Fabrizio, que había ayudado
en su campaña de 2016, esta vez Trump saltó al oírlo.
—Ah, ¿o sea, que están cansados? —preguntó Trump
en voz muy alta, rabioso—. ¿Que están cansados, me
cago en todo? Bueno, pues yo también estoy cansado y
fatigado, joder.
Todo el Despacho Oval quedó en silencio.
Entonces Fabrizio sacó el tema de Biden, y Trump de
inmediato se mostró desdeñoso.
—Es viejo —dijo Trump—. No está en forma. Ya sabes,
ni siquiera es capaz de decir una frase seguida.
—No lo puede considerar usted como un liberal loco —
dijo Fabrizio—. No creo que la gente se lo trague.
Fabrizio sabía que había estropeado sus posibilidades
con Trump, pero el presidente seguía buscando algo o a
alguien que reforzase su desfalleciente campaña.
La Casa Blanca y la campaña llegaban a todos los
rincones, consultando con el antiguo presidente del
Congreso Newt Gingrich e incluso con Dick Morris, un
desacreditado consejero de campaña de Bill Clinton.
«Si se percibe que usted ha fallado en tiempos de
crisis, no podrá volver. Piense en Neville Chamberlain, o
en Herbert Hoover», escribió Morris en verano en un
mensaje a los consejeros de mayor rango de Trump,
refiriéndose al primer ministro británico conocido por
sus desastrosas reuniones con Hitler y al presidente
recordado por la Gran Depresión.
Trump seguía desafiante en medio de la crisis sanitaria
mundial. El 7 de agosto decidió, aparentemente por
capricho, dar una conferencia de prensa en su club de
golf de Nueva Jersey.
«La pandemia está desapareciendo —insistía—.202 Va
a desaparecer.» En Estados Unidos se había alcanzado la
cifra de casi 4,9 millones de casos confirmados, y más de
160 000 muertes. Los colegios, en su mayor parte, no
estaba previsto que abrieran de momento.
«El Estado profundo203 —tuiteó Trump dos semanas
más tarde—, o quienquiera que esté en la FDA, está
poniendo difícil a las empresas farmacéuticas que
consigan gente para probar las vacunas y las terapias.
Obviamente, esperan retrasar la respuesta hasta después
del 3 de noviembre. ¡Deben centrarse en acelerar y salvar
vidas!»
Ese «quienquiera que esté» era el doctor Stephen
Hahn, de sesenta años, comisionado para la
Administración de Alimentos y Medicamentos.
Nombrado por Trump, Hahn había sido el prestigioso
jefe médico ejecutivo del Centro de Cáncer Anderson
MD, en la Universidad de Texas, y había publicado más
de 220 artículos revisados por pares durante su carrera
médica. También era donante habitual204 de los
candidatos republicanos.
Hábil jugador político desde sus años en el mundo
competitivo de la medicina académica, Hahn tenía una
tensa relación con Meadows, que estaba bajo presión de
Trump para que acelerase el proceso.
—Decididamente, quería que yo acelerase y quería los
datos. Deseaba información para poder hablar con el
presidente —explicó Hanh a un colega—. Cuando hablé
con él del proceso que estábamos usando, mencionó que
trabajaba para una firma de consultoría y que tenía
experiencia en procesos y mejora de procesos. Y que lo
habíamos hecho todo mal, que teníamos demasiados
pasos intermedios en este análisis. No se molestó en
preguntar por qué se requerían determinados pasos. No
veía que tuviera ninguna validez lo que yo estaba
diciendo con respecto a nuestro proceso.
Después del tuit de Trump del «Estado profundo»,
Hahn llamó de inmediato al presidente.
—Quiero reiterarle que nadie está bloqueando nada —
dijo. Producir una vacuna es un procedimiento
complicado, gobernado por las leyes, y los fabricantes de
vacunas y las agencias del gobierno ya estaban
acelerando el proceso a velocidad de vértigo, trabajando
en colaboración con la iniciativa de la administración
Trump «Operación Warp Speed».
—No estamos entorpeciendo la inscripción en las
pruebas. Estamos haciendo todo lo que podemos para
obtener datos e información —dijo. Y eso no tenía nada
que ver con la política. Intentó explicarle el proceso de
pruebas clínicas a Trump.
La FDA es un organismo regulador, que sigue unas
guías estrictas para determinar cuándo es segura una
vacuna y eficaz para su uso por parte del público en
general en Estados Unidos. No produce la vacuna. Crear
una vacuna normal lleva habitualmente entre diez y
quince años. La vacuna de las paperas, la más rápida que
se ha desarrollado jamás, tardó cuatro años.
—Mire —dijo Hahn—. Estos ensayos clínicos están
organizados por empresas, por el NIH (Instituto
Nacional de Salud).
La vacuna estaba siendo desarrollada por empresas
como Pfizer-BioNTech, Johnson & Johnson y Moderna.
Ellos llevaban a cabo el estudio científico, incluyendo
investigación de laboratorio y ensayos no clínicos en
animales, y luego presentaban una solicitud a la FDA
para obtener el permiso de empezar los ensayos clínicos
multifases en humanos.
—Aunque la FDA supervisa la investigación clínica, no
lleva a cabo los ensayos —volvió a decir Hahn. Su papel
era evaluar los datos suministrados por las empresas,
para determinar su seguridad y su eficacia.
—Estoy orgulloso de vosotros —contestó Trump,
cambiando completamente de tercio y poniendo fin a la
conversación. Parecía avergonzado, y no dijo nada de su
tuit.
Hahn se dio cuenta de que el presidente no tenía ni
idea de cómo funcionaba la FDA, y no había hecho
esfuerzo alguno para enterarse, antes de enviar el tuit.
Era un clásico exabrupto en forma de tuit, ignorante y
perturbador. Trump no comprendía el poder que tenían
sus palabras. La fe pública en los procedimientos seguros
era crítica para convencer a la gente de que se vacunase.
Hahn no preguntó al presidente si alguna vez había
considerado lo que podían pensar miles de trabajadores
de la FDA al leer aquel comentario atacando su trabajo
por parte del presidente de Estados Unidos.
24
Jim Clyburn continuaba teniendo un prestigio único ante
Biden, que siempre recordaba el triunfo en las primarias
de Carolina del Sur. Biden derrotó al corredor favorito,
Bernie Sanders, casi por un 30 por ciento de puntos,
después de que Clyburn le ofreciera su apoyo sincero y
memorable. Había salvado su candidatura.
En marzo, Biden juró públicamente205 que pondría a
una mujer como compañera de candidatura. Clyburn
tuvo mucho cuidado de no pedir nunca a Biden que fuese
una mujer negra. Escoger a una mujer negra sería «un
plus, no un deber», una frase que él repetía a menudo en
privado con Biden y con otros. Ya había hecho un trato
con Biden para un puesto en el Tribunal Supremo, y este
prometió nombrar a una mujer negra para el alto
tribunal.
Pero Clyburn sabía que una mujer negra podría ser
una ventaja enorme en el Partido Demócrata, según su
propia lógica. Él tenía a varias mujeres negras en su lista,
incluyendo a dos distinguidas miembros del Congreso y
una senadora.
Clyburn no conocía a la senadora Kamala Harris tan
bien como sus colegas del Congreso. Pero una cosa
sobresalía en Harris: era exalumna de la Universidad de
Howard en Washington (una de las HBCU, las más
prominentes universidades históricas negras). Y era
miembro también206 de una de las sororidades negras
más antiguas históricamente: la Alfa Kapa Alfa.
Cuando Biden mencionó a Harris en una llamada
aquel verano, Clyburn dijo que se trataba de una
graduada de una HBCU. Clyburn, que se había graduado
también en una universidad histórica negra, la del estado
de Carolina del Sur, explicó el significado a Biden.
—Eso significa algo para la gente de las HBCU —
explicó—. Aunque los afroamericanos muy brillantes
ahora van también a facultades de la Ivy League, la gente
tiende a olvidar que los padres de esa gente fueron a
alguna HBCU, y sus abuelos también. En el caso de los
abuelos, muy pocos podrían haber ido a alguna otra
parte.
El título de Harris era más que una licenciatura. Tenía
peso político entre la gente adecuada que Biden
necesitaba que fuera a votar, le informó Clyburn.
—Creo que la gente no piensa en eso, no piensa en la
historia —dijo—. Todo consiste en «yo fui a Yale, yo fui a
Harvard». Pues muchos de nosotros hicimos lo que
pudimos, en unos momentos en que esas oportunidades
no existían. Ya fuera la universidad de Carolina del Sur,
la de Carolina del Norte A&T, o lo que sea.
Clyburn había mantenido esa postura desde hacía
años. Para él las HBCU eran el núcleo de identidad y
poder de la comunidad negra, aparte de la educación.
Tenía la sensación de que la mayoría de los americanos
tendían a olvidar que, durante gran parte de su
generación, los hombres y mujeres negros no tuvieron
acceso a la participación cívica en Clubes Rotarios,
Clubes de Leones y otros grupos. La gente negra
contemplaba entonces las hermandades y sororidades
como uno de los pocos lugares donde podían contribuir.
También había otro asunto presente en el corazón de
la decisión de Biden: ¿a quién le habría recomendado su
difunto hijo, Beau Biden?
Confió a otras personas que la respuesta sería, casi con
toda seguridad, Kamala Harris.
Kamala y Beau habían trabajado juntos como fiscales
generales estatales, Harris por California y Biden por
Delaware. Durante la crisis de la vivienda y la recesión
económica de una década antes, los dos colaboraron207
en una investigación en los bancos más importantes.
«Nos guardábamos las espaldas el uno al otro»208,
escribió Harris en sus memorias de 2019 tituladas
Nuestra verdad.
Cuando murió Beau en 2015, Harris asistió a su
funeral. Publicó una foto en Instagram209 el 8 de junio
de 2015 y dijo que la ceremonia fue «un tributo muy
emotivo» para «mi querido amigo».
En 2016, Joe Biden apoyó a Harris para que ocupara el
escaño vacío de la senadora Barbara Boxer de California.
«Beau siempre la apoyó»210, escribió en una
declaración. Ella se convirtió en la primera persona
negra elegida para representar a California en el Senado.
Harris era hija211 de madre india, Shyamala, y padre
jamaicano, Donald, que habían emigrado a Estados
Unidos antes de que naciera su hija. Ambos se
conocieron como activistas de derechos civiles en
Berkeley, Donald como economista, Shyamala como
científica.
Harris proyectaba una gran valentía interna, un
espíritu luchador que había alimentado la trayectoria
meteórica de su carrera. Había sido la primera mujer en
ocupar el cargo de fiscal del distrito de San Francisco, y
la primera persona negra y la primera mujer que fue
fiscal general del estado.
Aunque su historial de voto era invariablemente
liberal212, en un partido donde Bernie Sanders ahora
representaba el ala izquierda, ella parecía estar más en el
centro. Siguió cercana al presidente Obama, y le apoyó
desde el principio en su candidatura de 2008.
La campaña presidencial que ella emprendió, iniciada
en Oakland ante 20 000 partidarios, fracasó. Pero como
Biden había dejado dos carreras electorales, dijo a otros
que no contemplaba la decisión de retirarse de Harris
como un fallo. Era parte del camino que se recorre para
llegar a la presidencia.
Como antiguo presidente del Comité Judicial del
Senado, también admiraba que ella se hubiese
convertido desde el principio en una voz de alto perfil en
ese comité. Sus preguntas directas durante la vista de
confirmación de Kavanaugh en 2018 habían atraído
nueva atención.
Y aunque sus golpes le habían escocido a Biden
durante la campaña, él sabía que no era una persona fría,
en absoluto. Era confiada y atlética, de risa fácil, y
calzaba unas zapatillas Converse deportivas y clásicas en
campaña, en lugar de zapatos planos o de tacón.
Biden le dijo al antiguo senador de Connecticut, Chris
Dodd, que encabezaba el comité de búsqueda
vicepresidencial, que había superado cualquier posible
herida sufrida en el debate de 2019, cuando Harris se
metió con su política sobre los autobuses escolares. Dodd
entonces trasladó al comité de investigación que si Biden
podía superarlo, todo el mundo debería hacerlo también.
En un acto de campaña en Wilmington, Delaware, el
28 de julio, fue fotografiada la ficha que tenía Biden213.
«Kamala Harris —decía la ficha—. No alimento ningún
rencor. Hizo campaña conmigo y con Jill. Mucho talento.
Gran ayuda en la campaña. Gran respeto por ella.»
Cuando Clyburn habló con Biden por teléfono, durante
la última semana de la búsqueda vicepresidencial, tuvo la
sensación de que era la gran oportunidad para ella.
Las protestas para que hubiera cambios esenciales de
política para encarar el racismo sistémico estaban
barriendo todo el país después del asesinato de George
Floyd. Se hicieron cada vez más intensas las peticiones
de que Biden eligiese a una mujer negra. Hasta los
rivales de Harris214, incluida la senadora Elizabeth
Warren y la gobernadora de Michigan, Gretchen
Whitmer, ambas competidoras para la elección, lo
dijeron también. Esa pasión era compartida por muchos
otros en el partido, que querían reconocer el poder y la
vitalidad de las mujeres negras no solo en el partido, sino
también en la política americana.
La lógica de elegir a Harris era evidente.
El 11 de agosto Biden se sentó frente215 a su portátil en
su escritorio de Wilmington disponiéndose a llamar a la
senadora Harris por Zoom. En su escritorio
descansaba216 una postal de felicitación enmarcada,
regalo de su padre, con el personaje de cómic «Olaf el
amargado». Olaf chillaba a los cielos tormentosos: «¿Por
qué yo?» y el cielo replicaba: «¿Por qué no?»
—¿Dispuesta para trabajar? —preguntó Biden a
Harris.
Ella hizo una pausa.
—Ay, Dios mío, claro que sí, estoy preparada para
trabajar.
El marido de Harris, el abogado Doug Emhoff, se unió
a Harris en la pantalla y Jill apareció también junto a
Biden.
—Nos vamos a divertir mucho —dijo la doctora Biden.
Poco después de la llamada Biden anunció
formalmente que Harris sería su compañera de
candidatura.
Los medios cubrieron la elección considerándola un
momento americano histórico, y un movimiento político
muy astuto que podía atraer a nuevos votantes a la
coalición demócrata. Había unos 10 millones más de
mujeres que de hombres registradas para votar217.
Harris también aportaría su energía fiscalizadora cuando
se uniese al vicepresidente Mike Pence en su debate.
Harris era muy popular en las encuestas. La campaña
recaudó 48 millones de dólares en las cuarenta y ocho
horas218 que siguieron al anuncio, y 365,4 millones en
agosto, todo un récord, más que cualquier recaudación
de fondos total en anteriores elecciones presidenciales.
El 12 de agosto219, Harris y Biden aparecieron en
Delaware juntos.
—A Joe le gusta decir que el carácter está en la
papeleta, y es cierto —dijo ella—. Cuando vio lo que
ocurrió en Charlottesville, hace ahora tres años, supo que
tendríamos que librar una batalla por el alma de nuestra
nación.
25
Trump llevaba semanas furioso por la cobertura en las
noticias de su retirada al búnker de la Casa Blanca. Su
rabia volvió a aparecer otra vez el 10 de agosto, cuando
estaba en la sala de conferencias de la Casa Blanca
respondiendo preguntas.
Un agente del servicio secreto interrumpió220 a
Trump y lo sacó de la sala, llevándolo hacia una zona de
espera para la prensa de la Casa Blanca.
—Hay disparos fuera —contestó el agente al
presidente.
Trump frunció el ceño.
—No me voy a meter en el puto búnker —dijo.
Un día más tarde, poco después del anuncio
vicepresidencial de Biden, Trump tuiteó221: «Kamala
Harris empezó fuerte en las primarias demócratas y
acabó débil, huyendo al final de la carrera con casi nulo
apoyo. ¡Ese es el tipo de oponente con el que sueña todo
el mundo!».
La campaña de Trump emitió un vídeo222 («Joe el
Lento y Kamala la Falsa», y una voz de narrador decía:
«Perfectos juntos, un error para América»).
El consejero exterior de Trump Dick Morris mandó
más tarde unos correos electrónicos a los encuestadores
y funcionarios de campaña del presidente. Se preguntaba
si podrían instrumentalizar la elección de Harris.
—¿Es Biden fácil de manipular? Sabemos que es débil
y frágil, pero ¿de ahí se deduce que puede verse influido
de una manera indebida por el personal, consultores y
donantes? ¿Podemos decir que eligió a Harris porque los
líderes negros le dijeron que lo hiciera? ¿Podemos citar
que ha abrazado la agenda radical tras una manipulación
exitosa por parte de la gente de Bernie?
Dentro de la campaña de Trump, que ahora llevaba el
agente político veterano de Nueva Jersey Bill Stepien —
después de haber despedido a Brad Parscale—,223 la
frustración era creciente. Las cifras de Trump iban
decayendo. Gente de fuera como Dick Morris y Sean
Hannity tenían demasiada influencia, y le daban ideas y
consejos que iban en contra de la estrategia ya probada
en las urnas.
El miércoles 23 de septiembre, a las 8.20 de la
mañana, el consejero de Trump Jason Miller mandó un
mensaje de correo a Stepien y a los encuestadores de
campaña John McLaughlin y Tony Fabrizio. El tema era:
«¿¿¿Se ha compartido esta nueva encuesta con Dick
Morris???».
Fabrizio respondió a las 11.23 de la mañana,
escribiendo: «El presidente me ha dicho que le enseñe
las cifras».
Miller respondió tres minutos más tarde:
Pues vaya mierda.
Ahora está «amenazando» con decirle al presidente que nuestras cifras
se han «venido abajo».
Ya no quiero volver a hablar nunca más de nada con Dick Morris.
A finales de septiembre, la FDA envió224 unas líneas
generales sobre su proceso de aprobación de emergencia
de las vacunas contra el coronavirus a la Casa Blanca.
Durante dos semanas esperaron un comentario. El
culpable del retraso era Mark Meadows. Le preocupaba
que hubiera demasiados pasos innecesarios en el proceso
de autorización de la FDA. Costaría demasiado tiempo.
Para Hahn era otra intervención de Meadows, el
antiguo hombre de negocios de Carolina del Norte,
excesivamente desenvuelto, que intervenía como
supuesto experto en el proceso de la FDA, aunque no
fuera doctor.
Las directrices requerían unos estudios de fase 3 que
incluían un periodo de seguimiento de dos meses para
ver si los participantes informaban de algún efecto
secundario grave.
Peter Marks, director del Centro para la Evaluación
Biológica e Investigación de la FDA, tenía un doctorado
en biología celular y molecular, y estaba trabajando codo
con codo con Hahn en el proceso de aprobación.
—Me asombró mucho que Mark Meadows pensara que
sabía más que Peter Marks con respecto a cómo evaluar
la seguridad y la eficacia de una vacuna —había
comentado Hahn a otros—. Cree que sabe cosas que en
realidad no sabe, y que es experto en cosas que en
realidad desconoce.
Siete antiguos miembros de la FDA publicaron225 un
artículo de opinión en The Washington Post el 29 de
septiembre, pidiendo a la Casa Blanca que dejase a la
FDA hacer su trabajo:
La Casa Blanca ha dicho que podía intentar influir en los estándares
científicos para la aprobación de vacunas presentados por la FDA.
Esa afirmación vino justo después de que algunos líderes importantes
de la FDA, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades y
el Instituto Nacional de Salud, apoyaran todos públicamente la guía. Los
fabricantes de medicamentos también han jurado que se atendrán a los
estándares científicos de la FDA.
Aquella misma tarde226, en el primer debate
presidencial sostenido en Cleveland, Trump dijo: «He
hablado con Pfizer, he hablado con toda la gente con la
que había que hablar, con Moderna, con Johnson &
Johnson, y otros. Estamos todavía a semanas de tener
una vacuna». Insistía en que las empresas «podían ir
más rápido». A pesar de haberle quitado importancia, de
forma retórica, al virus, Trump sabía que una vacuna
antes de las elecciones podía ayudarle políticamente.
El jefe ejecutivo de la Pfizer Albert Bourla se unió al
coro de voces227 de la comunidad científica intentando
cambiar las tácticas y el tono del presidente.
«Una vez más, me decepcionó mucho que la
prevención para una enfermedad mortal se discutiese en
términos políticos, en lugar de tener en cuenta los
hechos científicos», decía Bourla en una carta abierta a
sus colegas.
Durante una sesión preparatoria de debate en otoño,
Biden le preguntó a Ron Klain:
—¿Ha pensado en qué es lo que quiere hacer cuando
acabe la campaña?
—Si gana —contestó Klain—, me interesaría volver.
—¿Querría ser mi jefe de gabinete?
—Me siento muy honrado, muy halagado de que
piense en mí —dijo Klain—. Creo que tendremos un buen
follón entre manos si gana. Me encantaría formar parte
de todo ello.
—Mire, soy supersticioso —dijo Biden, guardándose
todas las opciones para sí—. No voy a ofrecer a nadie
ningún puesto hasta después de ser elegido. Pero es
importante para mí tener en mente que le gustaría
hacerlo.
—Sí —confirmó Klain—. Si me ofrece ese puesto,
aceptaré.
La predicción anterior de Klain, durante la reunión
privada en Delaware, se convirtió en un hecho real en el
primer debate Trump-Biden. No quedó nada fuera, ni
siquiera la familia de Biden.
Trump se mostró agresivo y furioso, incordiando e
interrumpiendo a Biden todo el rato.
—¿Se quiere callar de una vez, hombre?228 —le
interpeló Biden, exasperado.
Fue la frase de la noche.
La hospitalización del presidente Trump con
coronavirus, a última hora del viernes 2 de octubre,
rompió brevemente el tramo final de su campaña.
Condujeron a Trump en helicóptero al Centro Médico
Militar Nacional Walter Reed, en Bethesda, Maryland.
Trump se había resistido a ir229, pero cuando sus
niveles de oxígeno en sangre se desplomaron hasta los
80 mm Hg, una zona potencialmente fatal, y el
presidente empezó a tener problemas para respirar, su
médico tuvo que ponerle oxígeno. Varios consejeros le
dijeron que era posible que tuvieran que sacarlo en silla
de ruedas o algo peor, si no se iba ya. Accedió a abordar
un Marine One y se dirigió a Bethesda.
Una vez hospitalizado, el estado de Trump se
estabilizó. A Trump le dieron lo que sus médicos
llamaban un «cóctel de anticuerpos»230, incluyendo
Regeneron, un tratamiento de anticuerpos que todavía
estaba en fase de experimentación. Los funcionarios de
salud de Estados Unidos hicieron frenéticos esfuerzos231
para asegurarse de que la FDA aprobaba el uso de la
droga por parte de Trump, y debatieron si era apropiada
para él, con su obesidad y sus setenta y cuatro años,
tomar el cóctel, según Yasmeen Abutaleb y Damian
Paletta, del Washington Post.
—Disfrute de su comida de hospital —le dijo Kellyanne
Conway a Trump al teléfono, durante el periodo de tres
noches que pasó en el hospital.
Meses antes, cuando Conway había estado en
cuarentena en casa después de contraer el virus, Trump
la animó.
—Tienes cero por ciento de grasa corporal, cariño —
dijo Trump—. Cariño, si tienes cero por ciento de grasa
corporal, estarás bien.
Le dieron el alta el 5 de octubre, y se quitó la
mascarilla teatralmente en el balcón de la Casa Blanca,
luego levantó el pulgar y saludó al Marine One.
La Casa Blanca seguía siendo una zona caliente232
para las infecciones. Meadows y otros miembros del
personal de alto rango evitaban las mascarillas y al
personal de bajo nivel le parecía que las normas de la
casa les animaban a ignorar las directrices de salud
pública. Asistían a una reunión tras otra en las cuales
Trump y sus consejeros se burlaban de Fauci y
compañía, considerándolos sermoneadores liberales. En
octubre, al menos «34 miembros del personal de la Casa
Blanca y otros contactos» habían contraído el virus,
observaba un memorándum interno de la FEMA, la
Agencia Federal para el Manejo de Emergencias.
El líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell,
vigilaba atentamente la campaña para las elecciones
generales de Biden, muy sobria. Pensaba que era muy
astuta, porque le estaba presentando como un moderado
(el abuelo tranquilo de Delaware, frente a un salvaje
titular republicano). Casi todos los demócratas estaban
seguros de que saldría elegido, después de que los
votantes observaran la conducta de Trump.
—Ser Donald Trump —vaticinó McConnell— basta
para que pierda en noviembre. La personalidad de
Trump ha sido siempre su mayor problema, y desde el
punto de vista de la personalidad, Joe es lo contrario de
Trump.
McConnell veía aquella dinámica como una tragedia
republicana. Habían presentado una reforma de los
impuestos. Habían pisado el acelerador a fondo para
llenar todas las judicaturas federales de conservadores.
La economía iba viento en popa antes de que la
pandemia se apoderase de todo en marzo. Nada de todo
aquello era un accidente. En todo ello se veía la mano de
Trump.
—Hemos tenido cuatro años condenadamente buenos
—anunció McConnell.
Pero ahora, todo dependía de la personalidad. La de
Trump.
Biden, que nunca había ganado más del 1 por ciento
del voto en sus dos anteriores intentos presidenciales,
tenía suerte y un sentido de la oportunidad perfecto.
—No estoy diciendo que sea solo eso, pero la verdad es
que sí ha tenido buena suerte —remarcaba McConnell.
En cuanto a Trump, McConnell no quería una guerra
pública con el presidente. Pero tampoco albergaba
ninguna esperanza de que este pudiera cambiar.
Durante casi cuatro años, McConnell había conseguido
lo que llamaba una «hermandad» con funcionarios del
gabinete, como el antiguo secretario de Defensa James
Mattis y el antiguo jefe de gabinete de la Casa Blanca
John Kelly, y ahora con el fiscal general, William Barr.
Todos habían intentado empujar a Trump hacia la
normalidad.
Era un ejercicio sistemáticamente perdedor. Fútil. Y en
su tramo final, la supuesta hermandad había visto cómo
muchos de sus miembros salían de escena.
Entre bastidores, en el Partido Republicano, una
broma que le gustaba mucho repetir a McConnell era
sobre el antiguo secretario de estado Rex Tillerson, un
miembro del gabinete que le caía muy bien.
En 2017, el Departamento de Estado negó
categóricamente233 que Tillerson hubiera llamado
«idiota» a Trump.
—¿Sabe por qué Tillerson pudo decir que no había
llamado «idiota» al presidente? —preguntaba McConnell
a sus colegas, con su acento arrastrado de Kentucky—.
Porque le llamó «puto idiota».
26
El viernes 30 de octubre, cuatro días antes de las
elecciones, el jefe del Estado Mayor Milley examinó los
últimos datos confidenciales. Lo que leyó era alarmante:
los chinos creían que Estados Unidos iba a atacarles.
Milley sabía que aquello no era cierto, pero los chinos
estaban en alerta máxima, y cuando una superpotencia
está en alerta máxima, el riesgo de guerra aumenta
vertiginosamente. Las noticias asiáticas estaban llenas de
rumores y comentarios sobre tensiones entre los dos
países por los ejercicios de libertad de navegación en el
mar de la China Meridional, un lugar donde la Marina de
Estados Unidos navega habitualmente, por
determinadas zonas, para desafiar las exigencias
marítimas de los chinos y promover la libertad de los
mares.
Había sospechas de que Trump podía querer crear una
guerra estilo Wag the Dog antes de las elecciones para
galvanizar a sus votantes y derrotar a Biden.
Las malas comunicaciones son a menudo semillas de
la guerra. En 1987, el almirante William J. Crowe234,
presidente del Estado Mayor Conjunto con el presidente
Ronald Reagan, estableció una relación extraoficial con
el jefe del ejército de la Unión Soviética para evitar una
guerra accidental. Crowe no había informado al
presidente Reagan de su decisión de tomar la seguridad
nacional en sus propias manos y trabajar directamente
con el mariscal Serguéi Ajroméyev, jefe del Estado Mayor
soviético.
Milley era consciente de que sus predecesores
inmediatos, los generales Martin Dempsey y Joseph
Dunford, habían establecido similares arreglos
extraoficiales con los jefes del ejército de Rusia y de
China.
Y en tiempos de crisis, Milley sabía que podía llamar al
general ruso Valery Gerasimov o al general Li Zuocheng
del Ejército de Liberación del Pueblo.
Aquel era precisamente uno de esos momentos.
Aunque a menudo lo que hacía era detener
provisionalmente o suspender algunos ejercicios
militares tácticos y de rutina de Estados Unidos que
podían parecer provocativos al otro lado, o se podían
malinterpretar, aquel no era el momento para
detenciones provisionales. Preparó una llamada con el
general Li.
Trump atacaba a China cada vez que podía, en
campaña, echándole la culpa del coronavirus. «Yo
derroté a ese loco y horrible virus chino»235, dijo en Fox
News, el 11 de octubre. Milley sabía que los chinos
podían confundirse perfectamente y no saber dónde
acababa la política y dónde empezaba la posible acción.
Para darle a la llamada a Li un aire mucho más
rutinario, Milley primero se ocupó de temas triviales,
como las comunicaciones entre el personal de ambos
países y los métodos para asegurarse de que siempre
podían encontrarse el uno al otro con rapidez.
Finalmente Milley fue al grano y dijo:
—General Li, querría asegurarle que el gobierno
americano es estable, y que todo va a ir bien. No vamos a
atacar ni llevar a cabo ninguna «acción cinética» contra
ustedes. General Li, usted y yo nos conocemos desde
hace ya cinco años. Si fuéramos a atacar, yo le llamaría
por adelantado. No va a haber ninguna sorpresa. No va a
aparecer ningún relámpago de repente. Si hay una
guerra o algún tipo de acción cinética entre Estados
Unidos y China, habrá una escalada, igual que ha pasado
siempre en la historia. Y también habrá tensión. Y yo me
voy a comunicar con usted con mucha regularidad. No
estamos en uno de esos momentos. Todo va a ir bien. No
vamos a pelearnos.
—De acuerdo —contestó el general Li—. Le tomo a
usted la palabra.
Milley se dio cuenta al instante de lo valioso que era el
canal que tenía. En unos pocos minutos había sido capaz
de reducir la tensión y evitar una mala comunicación que
podía conducir a un incidente o incluso a una guerra
entre Estados Unidos y China.
Milley veía el Monumento a Lincoln desde Quarters 6,
su hogar. El Cementerio Nacional de Arlington estaba
cerca.
—He enterrado a 242 chicos allí —comentó a sus
acompañantes, un sábado por la mañana—. No me
interesa entrar en guerra con nadie. Defenderé a mi país,
si es necesario. Pero la guerra, el instrumento militar,
debe ser un último recurso, no un primer recurso.
No habló a Trump de su conversación con el general
Li.
Justo antes de las elecciones, Milley recordó a los jefes
que el periodo poselectoral (lo que etiquetó como «Fase
2» en el Tanque, unos meses antes) sería el periodo más
peligroso para el país, con una espera enervante entre las
elecciones y la certificación de los resultados el día 6 de
enero.
—Si el presidente Trump gana, va a haber una
explosión de tumultos y desórdenes civiles en las calles.
Si el presidente Trump pierde, habrá también cuestiones
importantes sobre la impugnación de las elecciones —
informó Milley, en una reunión.
Había ya señales de futuros tumultos en las calles. En
las redes sociales, la campaña de Trump estaba
infiltrando la idea de un enfrentamiento político al estilo
militar. Las papeletas enviadas por correo, que se usaban
en muchos estados debido a la pandemia, se estaban
calificando de fraudulentas y de herramientas
conspirativas.
«¡Necesitamos que te unas al EJÉRCITO DE TRUMP para
la operación de seguridad de las elecciones!»236, rezaba
uno de los mensajes oficiales de la campaña de Trump a
finales de septiembre, en el cual Donald Trump Jr.
suplicaba a «todo hombre o mujer capacitados» que se
alistasen para la campaña de «seguridad» del presidente.
«No dejéis que nos lo roben —dijo Trump Jr.—.
Alistaos hoy mismo.»
27
La noche de las elecciones empezó como otras fiestas de
Trump237 en los cuatro años anteriores en la Casa
Blanca: pidiendo comida basura. Pizzas y bolsas de
bocadillos de pollo Chick-fil-A se apilaron en la Sala
Roosevelt. La Sala de los Mapas, donde Franklin
Roosevelt iba siguiendo las batallas en la Segunda
Guerra Mundial, servía como centro neurálgico.
Los miembros de la familia Trump y sus colaboradores
de mayor rango iban y venían ansiosamente por allí, y la
Fox News sonaba en todas las pantallas de televisión en
torno al Ala Oeste.
Los meses anteriores a la elección, Trump aseguró
sistemáticamente que el resultado estaría amañado. Si
no ganaba, sería que le habían robado las elecciones.
Eran suyas, a menos que hubiera un fraude masivo.
El 22 de junio tuiteó238: «MILLONES DE PAPELETAS POR
CORREO SERÁN IMPRESAS EN PAÍSES EXTRANJEROS Y OTROS.
¡SERÁ EL ESCÁNDALO DE NUESTROS TIEMPOS!».
En su discurso ante la Convención Nacional
Republicana239 del 27 de agosto, Trump declaró: «La
única forma de que puedan quitarnos estas elecciones es
con unas elecciones amañadas».
Por la tarde del 3 de noviembre, los aliados de Trump
estaban eufóricos. Trump había ganado un montón de
estados rojos hacia las ocho de la noche: Kentucky,
Virginia Occidental y Tennessee, entre otros. A las once
de la noche había ganado también Misuri y Utah. Luego,
diecinueve minutos después de la medianoche240, la
Associated Press adjudicó Ohio a Trump. Luego Iowa,
Florida y Texas. Los vítores se dejaron oír en la Sala Este,
donde se habían reunido cientos de partidarios.
James Clyburn estaba nervioso viendo la televisión
desde casa. Cuando Biden lo llamó para hacer un
seguimiento, Clyburn le dijo que no le gustaba nada lo
que estaba viendo.
Biden se mostraba optimista. Dijo que sus consejeros
sabían muy bien que muchos estados iban atrasados a la
hora de contar las papeletas. La campaña de Biden había
estimulado mucho el voto por correo, mientras que
Trump había promocionado el voto en persona, dijo, de
modo que los números iniciales siempre tenderían a
inclinarse a favor del presidente.
—Creo que nos va a ir bien —manifestó Biden.
El ánimo en la Sala de Mapas estaba empezando a
ensombrecerse.
Tres de los hijos de Trump (Donald Trump Jr., Eric
Trump e Ivanka Trump, su consejera principal) seguían
apareciendo por allí y molestando a los colaboradores.
Eric pidió datos que pudiera citar su padre en su
discurso. Se frustró mucho cuando le dijeron que las
cifras seguían cambiando. Los estados seguían con el
recuento.
La mesa de decisiones de Fox News adjudicó Arizona a
Biden241 poco antes, a las 11.30 de la noche, dejando
boquiabiertos a los seguidores de Trump. Este presionó a
los miembros de su familia y consejeros para que le
dijeran a la cadena televisiva que rectificara. La Fox se
negó, lo cual puso muy furioso al presidente, que dijo
que Fox News estaba de acuerdo en el robo.
Biden empezó a acumular triunfos. La Associated
Press le adjudicó Wisconsin y Michigan. Pensilvania y
Georgia, dos de los premios gordos de la noche, también
estaban a escaso margen. A las 12.26 de la madrugada
del 4 de noviembre, el recuento electoral era de 214 para
Biden y 210 para Trump, ambos aún a horas de distancia
todavía de conseguir los 270 votos electorales necesarios
para ganar las elecciones.
Poco antes de las 12.45, Biden se subió a un escenario
en Wilmington. Predijo su victoria242, pero no la declaró
directamente. La multitud estaba sobre todo en coches
aparcados fuera del Chase Center, debido a las normas
de distancia social. Los conductores hicieron sonar sus
bocinas.
—Vuestra paciencia es admirable —dijo Biden—. Pero
mirad, nos sentimos muy orgullosos de dónde estamos.
De verdad que sí. Estoy aquí para deciros esta noche que
creemos que estamos en camino de ganar estas
elecciones.
Les pidió paciencia mientras esperaban el voto por
correo y a que se contara hasta la última papeleta.
A las 2.30 de la madrugada del 4 de noviembre,
mientras sus ventajas en otros estados iban
desapareciendo, el presidente Trump se acercó a grandes
zancadas a un atril en la Sala Este. Llevaba un traje
oscuro con corbata de seda azul y la bandera en la solapa.
La primera dama, Melania Trump, y el vicepresidente
Pence estaban a su lado.
Sonó muy fuerte «Hail to the Chief», y luego él empezó
a hacer sus observaciones ante una pared llena de
banderas americanas y una multitud que había esperado
una celebración.
—Este es un fraude243 al público americano —dijo. El
tono de Trump era despectivo, indignado—. Es una
vergüenza para nuestro país. Estábamos preparados para
ganar estas elecciones. Francamente, la verdad es que
hemos ganado estas elecciones. Así que tendremos que ir
al Tribunal Supremo de Estados Unidos.
—¿Cómo demonios hemos perdido los votos ante Joe
Biden? —preguntó Trump a Kellyanne Conway, unas
horas más tarde, el 4 de noviembre. Conway,
encuestadora veterana, había abandonado la Casa Blanca
en agosto, pero seguía muy cercana a Trump.
Se negaba a aceptarla públicamente, pero al parecer
estaba dispuesto, al menos en privado, a reconocer su
derrota.
—Han sido las papeletas por correo —dijo ella—. La
covid. Su campaña además se ha quedado sin dinero. Y
los debates.
—Sí, sí —dijo él, preocupado—. Pero es que no lo
entiendo… Es terrible.
Había dos formas de mirar los resultados. Por una
parte, Biden había ganado por 7 millones de votos: 81
millones ante los 74 de Trump. Por otra parte, un cambio
de 44 000 votos244 en Arizona, Wisconsin y Georgia
había dado a Trump y a Biden un empate en el Colegio
Electoral.
Un análisis del Washington Post observaba245 que
Biden había acabado haciendo lo que no pudo hacer
Hillary Clinton en 2016: encontrar apoyo en la clase
trabajadora americana que raramente participaba en la
política. Algunos habían votado antes a Trump. Además,
Biden había generado un fuerte incremento de votos
entre los demócratas tradicionales de toda la nación.
«Esos votantes que han ido de Trump a Biden estaban
terriblemente preocupados por la covid-19, y un 82 por
ciento incluso lo consideraban un “factor fundamental”
en su elección presidencial», concluía el análisis,
basándose en encuestas a la salida de la votación.
Los consejeros de Trump intentaron transmitirle
optimismo.
Brian Jack, director político de Trump de treinta y dos
años, que le mantenía al día acerca de todos los
miembros del Congreso, informó al presidente en su
comedor privado el 5 de noviembre.
Los republicanos del Congreso habían ganado 10
escaños246, de 13 escaños que antes eran demócratas, y
habían perdido solo tres escaños republicanos, dijo Jack,
examinando las cifras. Se había elegido un número
récord de mujeres republicanas, elevando el total de
mujeres republicanas a más de 25 en la Cámara.
—Usted las ayudó en las teleasambleas públicas, tuiteó
a su favor —comentó Jack. Trump estaba deprimido.
—¿Me lo han agradecido? —preguntó—. ¿Se han
mostrado agradecidas?
Jack le aseguró que sí.
Trump hizo docenas de llamadas más, los días
siguientes, y muchos aliados suyos le insistieron
fervientemente en que había ganado. Que se lo habían
robado delante de sus narices, le dijeron muchos.
«Hemos oído contar cosas terribles de Pensilvania y de
Michigan.»
Algunos aliados muy antiguos entonces fueron a Fox
News y siguieron con el mismo soniquete. Amaños.
Fraudes.
Uno de ellos era Rudy Giuliani, antiguo alcalde de
Nueva York y abogado personal de Trump. En tiempos
héroe de la Gran Manzana, tras los atentados del 11 de
septiembre, ahora era un combatiente habitual en la
órbita de Trump que fumaba puros regularmente. Le dijo
al presidente que necesitaba una estrategia mejor. Le
ofreció ayuda.
Trump dejó de decir en privado que había perdido las
elecciones. Y le dio su bendición a Giuliani para que
empezase a fisgonear por ahí.
28
Giuliani llegó al cuartel general de la campaña de Trump
en Arlington el 6 de noviembre y se dirigió a una sala de
conferencias, rodeado por amigos y colaboradores.
Cerca, el abogado general de la campaña, Matt
Morgan, estaba observándoles. Morgan había trabajado
con Pence y se asemejaba a este en muchas cosas.
Tranquilo, profundamente conservador, cuidadoso.
Morgan preguntó qué estaba haciendo allí Giuliani. Su
equipo legal tenía un plan. Ya estaban presentando
demandas en algunos estados y trabajando con varias
firmas de abogados externas. La estrategia poselectoral
de la campaña llevaba meses en estudio con la
aprobación del presidente.
Los amigos de Giuliani y los responsables de la
campaña de Trump parloteaban muy alterados, en un
frenesí de documentos, memorándums y iPhones.
Giuliani empezó a hablar, confiado, sobre enormes
pucherazos de votos tardíos en los estados demócratas y
las ciudades azules. Las cifras eran imposibles, insistía.
Tenían que habérselo robado.
Morgan no dijo nada. Cualquier abogado electoral
curtido sabía que algunos condados eran famosos por
transmitir sus resultados tardísimo, años y años después.
Nada nuevo.
Giuliani dijo que a los observadores de la campaña de
Trump no se les permitió el acceso a las mesas de
recuento. «¡Los echaron de malos modos porque estaban
haciendo trampas! Todo esto forma parte de un plan
coordinado por los demócratas.»
Agitó un fajo de papeles.
—Tengo ocho declaraciones juradas —dijo—. Tengo
ocho declaraciones juradas que dicen que echaron fuera
a los observadores de Michigan. Ha habido trampas.
Aquel mismo día, Trump convocó al grupo de Giuliani
y a sus abogados al Despacho Oval, donde se les unieron
los abogados de la Casa Blanca. Giuliani de nuevo se
lanzó a su teoría de la conspiración.
Trump preguntó:
—¿Cómo nos enfrentaremos a esos abusos de los que
habla Rudy ante los tribunales?
—No será fácil —replicaron los abogados—. Necesitará
usted una posición, una base legal que demuestre el
derecho del partido a demandar. Estar preocupado no es
algo que se recoja en términos legales.
—Bueno, ¿y por qué no vamos directamente al
Tribunal Supremo, sin más? —preguntó Trump—. ¿Por
qué no podemos ir a ellos directamente y ya está?
—Hay que seguir un proceso legal —le repetían los
abogados.
—Averiguad cómo se podría hacer —les dijo Trump.
El grupo se fue por el pasillo hacia la Sala Roosevelt.
Dentro, los abogados de campaña de Trump y los de la
Casa Blanca mantenían una discusión tensa y muy
básica, de primero de facultad de Derecho, sobre lo que
debían decirle al presidente. Trump tendría que
presentar una demanda en tribunales de distrito, luego
conseguir que un tribunal de apelaciones entendiera
sobre el caso, y luego recurrir al Tribunal Supremo. Todo
ello costaría mucho tiempo.
Entró Giuliani. Venía gritando.
—¡Tengo veintisiete declaraciones juradas! —decía,
agitando las reclamaciones electorales en diversos
estados.
«Qué raro», pensó Morgan. Una hora antes, Giuliani
había asegurado que solo tenía ocho declaraciones
juradas.
Pronto Trump volvió a llamar a todo el mundo al
Despacho Oval. El grupo rodeó al presidente. Giuliani
seguía chillando y atacando violentamente a Michigan
por un supuesto fraude.
Giuliani levantó la mano.
—Si me pone a cargo a mí —le dijo a Trump—,
podemos arreglar esto. Tengo ochenta declaraciones
juradas —aseguró con certeza.
El sábado 7 de noviembre247, la Associated Press
declaró ganador a Biden a las 11.25 de la mañana,
después de concluir que el candidato había ganado
Pensilvania y sus 20 votos electorales, impulsándole por
encima del umbral de 270 votos necesarios para
conseguir la Casa Blanca.
«Joe Biden es elegido 46.º presidente de Estados
Unidos»248, decía el titular de la web del New York
Times. Aunque no se habían contado aún todos los votos
en algunos estados, el resto de los medios nacionales,
que normalmente siguen a AP a la hora de transmitir los
resultados electorales, empezaron a decir lo mismo, una
conclusión de sentido común en vista de los datos
disponibles.
Dentro del círculo interno del líder de la mayoría en el
Capitolio, McConnell era el menos sorprendido. Lo había
visto todo bien de cerca. «Hubo muchísimos momentos
de antiácido durante esos cuatro años», dijo a su
personal.
Mientras Trump protestaba descaradamente por los
resultados, McConnell dijo que le daría espacio a Trump
para que se desahogase y no reconociese públicamente a
Biden como presidente electo. Seguía necesitando
mantener una relación de trabajo con Trump, y lo más
importante, a McConnell le preocupaba que Trump
pudiera reaccionar negativamente y tumbar las próximas
elecciones al Senado en Georgia, una segunda votación
ferozmente reñida. Aquellos escaños eran necesarios
para mantener la mayoría republicana, y a McConnell
como líder de la mayoría.
También dijo que no quería que Biden, que era muy
adicto al teléfono, le llamase. Si Biden hablaba con él por
teléfono, seguramente Trump se pondría rabioso y le
llamaría, algo que no le apetecía nada, preguntándole si
creía o no que Biden había ganado la presidencia. Era
mejor mantener la línea desocupada.
McConnell encargó al senador John Cornyn,
republicano de Texas, antiguo segundo suyo en el
liderazgo e íntimo amigo, que hablase en privado con el
senador Chris Coons, aliado íntimo de Biden de
Delaware. Coons había buscado a McConnell después de
las elecciones y le había ofrecido actuar como canal
extraoficial si McConnell quería hablar con Biden.
Le pidió a Coons que le dijera a Biden que no le
llamara… una petición firme.
McConnell quería que su estrategia fuera confidencial.
No deseaba que hubiese un aluvión de noticias en la
prensa diciendo que no pensaba cogerle el teléfono a
Biden. Este lo entendería. Ambos eran políticos muy
curtidos, que comprendían el juego a largo plazo.
—Estamos en una situación muy delicada —dijo
Cornyn a Coons—. Reconozco que vuestro hombre será
probablemente el próximo presidente electo de Estados
Unidos. Y ambos sabemos que él y el líder de la mayoría
tienen una relación larga y personal. Y este no quiere que
el vicepresidente se ofenda, al no llamarle directamente.
Pero no ayudará nada que el vicepresidente llame al líder
de la mayoría. El presidente Trump supondrá entonces
que están haciendo un trato a espaldas suyas para
eliminarle, y se irritará mucho más todavía.
Coons le trasladó el mensaje a Biden.
Biden se dirigió a sus partidarios en Wilmington la
tarde del 7 de noviembre. Una vez más, en un
aparcamiento junto al Chase Center, con filas de coches
tocando el claxon, era un mitin de victoria,
inequívocamente.
Los principales colaboradores de la campaña de Biden
le dijeron que tenía que mostrarse decidido y claro: todo
ha terminado.
—Amigos, la gente de esta nación ha hablado. Nos han
entregado una victoria clara, una victoria convincente —
dijo Biden, sonriendo, con un traje oscuro249 y corbata
azul empolvado—. La comunidad afroamericana me ha
apoyado. Siempre habéis estado respaldándome, y yo os
respaldaré a vosotros.
Adoptando un lema250 ya usado por Gerald Ford
cuarenta y seis años antes, al asumir la presidencia en
agosto de 1974, después de la dimisión de Nixon, Biden
dijo: «Ya es hora de que América se cure».
—Dejemos que esta época de culpabilización en
América acabe, aquí y ahora —dijo, leyendo el sugerente
texto que habían preparado Mike Donilon y Jon
Meacham, los guardianes del tema del alma—. Para
todos aquellos que habéis votado por el presidente
Trump, comprendo que estéis desilusionados esta noche.
Yo mismo he perdido un par de veces. Pero ahora
démonos una oportunidad los unos a los otros.
Empezó a sonar la canción clásica de R&B de Jackie
Wilson251 «(Your Love Keeps Lifting Me) Higher and
Higher», y en los coches se oyeron de nuevo los cláxones.
Los partidarios se subieron a la caja de las camionetas y
los camiones, agitando banderas y carteles. Explotaron
fuegos artificiales en el cielo oscuro.
La familia Biden se abrazaba en el escenario. Jill
Biden, Hunter Biden, Ashley Biden, los nietos. Kamala
Harris y su familia se les unieron también. Todos
miraban al cielo, y las chispas de colores resplandecían
reflejadas en sus rostros.
Margaret Aitken, que había sido secretaria de prensa
de Biden en el Senado durante diez años252, estaba entre
el público. Seguía siendo muy amiga del presidente
electo y era un centro de intercambio de información
para un enorme número de conexiones de Biden en
Delaware, aún uno de los centros de su vida.
Aitken había enviado un mensaje de texto a Biden:
Elaine Manlove, comisionada de elecciones de Delaware
durante doce años, y su marido, Wayne, se habían
matado en un accidente de coche la semana antes, justo
después de celebrar su quincuagésimo primer
aniversario de boda. Se habían detenido con su Chevrolet
Equinox ante un semáforo en rojo en la carretera 13 y un
camión con remolque, cuyo conductor se quedó
dormido, los atropelló y murieron.
Aitken dijo a Biden que se celebraría una misa funeral
el 9 de noviembre en St. Elizabeth, la iglesia católica más
grande de Wilmington.
Elaine había trabajado en la primera campaña de
Biden para el Senado en 1972, y siempre lo llamaba «mi
senador». Era una institución en el estado. Vivía en la
playa, en Sussex County, Delaware, un enclave
republicano. Cada vez que alguien de su vecindario ponía
un cartel de Trump, ella ponía otro de Biden en su
césped. Acabó con diecisiete carteles. Al final Biden ganó
en su estado natal, que tiene una población de menos de
un millón, por 19 puntos y los tres votos electorales del
estado.
El domingo 8 de noviembre, en su primer día como
presidente electo, Biden llamó a Aitken.
—Te vi anoche —dijo Biden.
—¿Ah, sí?
—Te estaba haciendo señas.
—Pensaba que saludabas a la multitud.
—No puedo ir al funeral de Elaine —informó Biden—.
Hay demasiadas restricciones. La gente a mi alrededor
tiene que hacerse la prueba de la covid. He de tener
muchísimo cuidado. Y está todo eso del servicio secreto.
No puedo interrumpir algo tan importante como un
funeral.
Aitken dijo que todo el mundo lo comprendería.
—Elaine tenía un hijo —recordó Biden—. ¿Cuál es su
número de teléfono?
Aitken le dio el número de Matthew Manlove. Aquella
noche, Biden lo llamó. Matt, de cuarenta y dos años,
recibió una llamada hacia las siete de la tarde, de un
número desconocido. Como se aproximaba el funeral,
respondió.
—Hola, Matt, soy Joe Biden.
—Joe —dijo Matt, que de repente se dio cuenta de que
estaba hablando con el presidente electo. Pidió permiso
para poner su llamada en manos libres, y que así sus dos
hermanos, Joseph, de treinta y nueve, y Michael, de
treinta y cinco, pudieran unirse.
—Siento muchísimo lo de tu madre y tu padre —dijo
Biden—. Tu madre, a quien conocía muy bien, era una
fuerza viva para el bien y el honor en la política. Una leal
servidora de Delaware. Fue enormemente generosa
conmigo y con todo el mundo. Tenía muy buen concepto
de ella.
»Estoy muy apenado por vuestra pérdida. Debe de ser
un momento terrible para todos vosotros. Hace casi
cincuenta años, en 1972, yo también perdí a mi mujer y
mi hija en un accidente de coche. Entiendo por lo que
estáis pasando. El dolor más intenso. Todo parece que va
a ir mal en vuestras vidas. Pero os aseguro, lo sé muy
bien, que irá mejorando un poco cada día. Lo superaréis.
Siguió hablando. No parecía tener prisa.
—Quería asistir al funeral de vuestros padres mañana,
pero no podré a causa de la covid. Mis médicos no me
permiten estar a menos de treinta metros de una
multitud. Tendría que hacerse pruebas todo el mundo.
Además está lo del servicio secreto. Siento muchísimo no
poder estar allí. Pero estaré con vosotros en espíritu. Que
Dios os bendiga a vosotros y a vuestros padres, para
siempre.
Biden dijo entonces que quería recitar253 algunos de
sus versos favoritos del gran poeta irlandés Seamus
Heaney. Los consideraba una oración y los citaba a
menudo, recientemente para cerrar su discurso de
aceptación de la nominación demócrata, en agosto.
La historia dice: No esperéis nada
de este lado de la tumba.
Sin embargo, una vez en la vida,
el ansiado maremoto
de la Justicia puede alzarse
Y la historia rimar con la esperanza.*
—Gracias, presidente Biden —dijeron los tres jóvenes.
Matt pensó que había sido una llamada inolvidable254
y que había durado unos cuantos minutos, y entonces
miró el reloj de su teléfono. Biden había hablado durante
casi veinte minutos. Notó una explosión de emociones.
La primera persona a la que pensó llamar para explicarle
que había hablado con el presidente Biden fue a su
madre. Biden más tarde envió a los tres jóvenes una
carta personal.
29
—Soy el perro que atropelló al coche —bromeaba Biden
al teléfono con su viejo amigo el senador Lindsey
Graham, los días posteriores a las elecciones.
Graham rio con ganas.
—Antes éramos amigos… —dijo Biden.
—Joe, seguimos siendo amigos —contestó Graham—.
Sabes que te ayudaré en todo lo que pueda.
Graham esperaba apoyar a varios de los candidatos del
gabinete de Biden, especialmente para puestos de
seguridad nacional de alto rango.
Una docena de años antes, Biden, mientras era
vicepresidente, le había dicho al presidente Obama255:
«Lindsey Graham tiene las mejores intuiciones en el
Senado». Obama estuvo de acuerdo, y Graham, que era
abogado, estaba soltero y era coronel en la reserva de las
Fuerzas Aéreas. Él y Biden habían viajado por el mundo
en diversas misiones diplomáticas y militares durante la
presidencia de Obama. Era un vínculo mutuo, realmente.
La amistad se había deteriorado durante la presidencia
de Trump debido al apoyo de Graham a los ataques de
Trump a Hunter Biden y a sus negocios.
Graham no se disculpó nunca.
En la llamada telefónica con Biden, le dijo: «No tengo
problemas contigo. Pero Joe, si el hijo de Mike Pence o
alguien de Trump hubiera hecho lo que hizo Hunter,
sería juego, set y partido».
Para Biden, cualquier cosa relacionada con su
familia256 era algo tremendamente personal. Graham,
que no tenía hijos, había cruzado la línea roja.
Biden y Graham no se hablaron durante meses… y si
hubiera sido por Biden, probablemente no habrían
vuelto a hablar nunca más.
Hope Hicks, antigua modelo que en 2017 se había
convertido en directora de comunicaciones estratégicas
de la Casa Blanca de Trump a los veintiocho años, fue la
colaboradora más cercana al presidente durante la
campaña de 2016, y se volvió a unir a la Casa Blanca en
febrero de 2020, después de una temporada como jefa de
comunicaciones de la Fox.
Debido a su historia y a su estrecha relación de
trabajo, Hicks tenía la sensación de que podía ser sincera
con el presidente. A diferencia de la mayoría de los otros
colaboradores, no tenía responsabilidades directas.
El 7 de noviembre, el día que los medios de
comunicación adjudicaron las elecciones a Biden, Hicks
se reunió con el yerno de Trump y consejero principal,
Jared Kushner, y con otros consejeros de campaña de
Trump aquella mañana en el cuartel general en
Arlington. Trump estaba jugando al golf en su propio
club allí cerca, en Virginia.
¿Quién le iba a comunicar al presidente que la carrera
había terminado, cuando acabase de jugar al golf? Nadie
se presentó voluntario.
Kushner, muy delgado y con una voz suave, que servía
como confidente del presidente, habló entonces.
—Hay momentos para un médico y momentos para un
sacerdote —dijo. Miró a diversos colaboradores
importantes de la campaña. Quizá pudieran ser los
médicos quienes le dieran el duro diagnóstico al
presidente.
La extremaunción política, si llegaba, se la daría la
familia, indicó Kushner.
—La familia entrará cuando tenga que entrar —dijo
Kushner—. Pero todavía no es la hora.
Otros afirmaron que la lucha legal no había hecho más
que empezar. Quizá Trump consiguiera algunos
triunfos… Pero nadie confiaba en que pudiera reclamar
la presidencia.
Hicks habló entonces.
—¿Por qué no nos limitamos a decirle la verdad? —
preguntó—. Puede darle la vuelta a un resultado malo.
No ha sido una derrota aplastante. No ha sido un rechazo
total —afirmó, señalando los más de doce escaños
recuperados en la Cámara.
La mayoría demócrata de 232 escaños se había
reducido a un puñado por encima de los 218, el mínimo
imprescindible para tener el poder en la cámara.
—Esto ha sido un respaldo a su política, aunque no
personal; a veces las cosas simplemente van de otro
modo —dijo Hicks, y añadió que había una forma de
cerrar las cosas con dignidad, en lo posible. Los
contratos para libros, mítines nostálgicos, ostentosos
programas de televisión y discursos pagados quizá
pudieran hacer que Trump aceptase mejor la pérdida.
Podía ser el rey de Palm Beach, dirigiendo el Partido
Republicano.
Otros colaboradores de campaña de alto nivel
estuvieron de acuerdo en hablar con Trump aquella
tarde, incluyendo al consejero de comunicación Jason
Miller y al director de campaña Bill Stepien, que habían
ascendido como figuras fundamentales después de que
fuera despedido Parscale.
Trump no quiso ni oír hablar de reconocer la derrota.
Rudy Giuliani dio una conferencia de prensa en
Northeast, un barrio de Filadelfia de cuello azul conocido
por sus talleres mecánicos y bocadillos baratos de carne
con queso, en el aparcamiento de la empresa Paisajismo
Four Seasons.
Las fotografías de Giuliani y consejeros de Trump con
aspecto muy serio257 de pie en un aparcamiento cutre se
difundieron pronto por Twitter y las noticias.
De pie en el exterior del pequeño garaje de la empresa,
junto a un edificio pintado de un verde desvaído, y con
un autoproclamado observador de las votaciones que los
noticiarios más tarde identificaron como un agresor
sexual convicto, Giuliani divagó a sus anchas258,
hablando de tramas conspirativas y soltando refranes
ingeniosos.
—Joe Frazier todavía vota aquí… algo muy raro, ya que
murió hace cinco años —bromeó Giuliani, refiriéndose a
la difunta leyenda del boxeo—. Pero Joe sigue votando.
Si no recuerdo mal, Joe era republicano. Así que no
deberíamos quejarnos. Pero deberíamos ir a ver si Joe
está votando republicano o demócrata ahora, desde la
tumba.
También aseguraba que el padre del actor Will Smith,
que murió en 2016, había votado dos veces desde su
muerte.
—No sé a quién vota, porque el voto es secreto. En
Filadelfia mantienen en secreto los votos de las personas
muertas.
Cuando un reportero le dijo a Giuliani259 que Biden
había ganado las elecciones, se echó a reír.
—Venga, hombre, no sea ridículo —dijo—. Las redes
sociales no deciden las elecciones. Los tribunales sí.
Aquella noche, en la residencia de la Casa Blanca,
Trump dijo a un grupo de aliados y consejeros que no
estaba complacido con la actuación de Giuliani en
aquella ubicación de mala muerte, de la cual se burlaban
en la televisión por cable. Pensaba que Rudy iba a estar
en el lujoso hotel Four Seasons.
La cobertura de los medios de la victoria de Biden y
Paisajismo Four Seasons pareció decidir más aún a
Trump a seguir adelante, de modo que preguntó:
—¿Cuál es el plan? ¿Qué plan tenemos en cada estado?
¿Qué opciones nos quedan?
Estaba centrado en cómo obtener decenas de miles de
votantes en varios estados. Eso le daría un segundo
mandato, otros cuatro años.
—Pues va a ser un poco duro —dijo un consejero
político externo de Trump, David Bossie—. Tenemos que
hacerlo de la manera correcta, metódicamente, y el
trabajo es duro. Podemos luchar y ganar, pero va a ser
difícil. Va a ser una batalla muy ardua.
Bossie, político muy batallador y curtido, había sido
subdirector de campaña de Trump en 2016.
—¿Ah, sí? —le preguntó Trump—. ¿No crees que
deberíamos luchar?
—No, eso no —dijo Bossie—. Hay que luchar por cada
papeleta legal.
El personal de servicio trajo unas bandejas con
albóndigas y salchichas envueltas en hojaldre. Trump
tomó su habitual Coca-Cola light.
—¿Cómo encontramos los 10 000 votos que
necesitamos en Arizona? ¿Cómo encontramos los 12 000
que necesitamos en Georgia? —preguntó Trump—. ¿Y los
votos militares? ¿Están contados todos?
A la mañana siguiente, el 8 de noviembre, Trump
convocó a Bossie otra vez en la Casa Blanca. Quizás este
pudiera ponerse al mando, dejando que Rudy hiciera de
Rudy. Bossie podía mantener las cosas en
funcionamiento. Era la habilidad que tenía.
Cuando llegó aquella tarde, le hicieron la prueba del
coronavirus y entró en la residencia. Pero antes de
dirigirse arriba para ver a Trump, un funcionario de la
Casa Blanca se llevó abruptamente a Bossie a un lado.
Tenía que dirigirse de nuevo a la unidad médica. Su
prueba estaba mal.
—Joder, joder, joder, joder —pensaba Bossie mientras
entraba en el consultorio médico. Su prueba de
coronavirus dio positivo, uniéndose así a una larga lista
de colaboradores leales de Trump en la Casa Blanca que
habían contraído el virus.
Bossie se hizo unas cuantas pruebas más, solo para
asegurarse. Se quedó sentado en los escalones del
edificio de la antigua oficina ejecutiva hablando con
Peter Navarro, consejero comercial de línea dura de
Trump, hablando de política, un domingo tranquilo.
Estaba furioso. Sabía que Trump estaba a punto de
entregarle las riendas de la lucha por las elecciones y era
un papel público importantísimo. Pero ahora tenía que
aislarse y dejar la Casa Blanca. Esas eran las reglas.
Desde los escalones, a medida que caía la tarde, vio a
Giuliani y a Sidney Powell. Esta, una abogada muy seria
de derechas, en tiempos una fiscal muy bien
considerada, recientemente había empezado a afirmar
cosas raras diciendo que las máquinas de votar estaban
amañadas.
Hablando con el presentador de Fox Business, Lou
Dobbs, a quien Trump veía regularmente, el 6 de
noviembre Powell afirmó260 que había una «gran
probabilidad de que el 3 por ciento del voto total se
cambiara en las preelecciones, unas papeletas de voto
que se habían recogido digitalmente. Eso habría
producido un enorme cambio en el voto en todo el país, y
explicaría muchas cosas de las que estamos viendo».
Afirmaba que habían aparecido cientos de miles de
papeletas de la nada para dar ilegalmente a Biden la
presidencia.
Bossie vio a Powell y a Giuliani entrar en la Casa
Blanca juntos. Le entró el pánico.
Powell era una vendedora de motos, pensó. Y no podía
detenerla. Ella y Giuliani eran ahora mismo los que
estaban dentro.
30
El 9 de noviembre, Meadows llamó a Esper por la tarde
para decirle que Trump le iba a despedir.
—Sirve usted para estar a la disposición del presidente.
No le ha apoyado lo suficiente —dijo Meadows, sin
disculparse por aquel juicio sumario.
Esper siempre había seguido su propio rumbo y
recientemente había escrito una carta confidencial
oponiéndose a la retirada de las tropas de Estados
Unidos de Afganistán. Según lo veía Meadows, Esper no
había aprendido los juegos políticos necesarios que iban
con el cargo de secretario de defensa de Trump.
—Mi juramento es a la Constitución —replicó Esper—.
Aunque reconozco que el presidente tiene su autoridad.
Unos ocho segundos más tarde261, a las 12.54, Trump
tuiteó: «Mark Esper ha sido despedido como secretario
de Defensa. Me gustaría agradecerle sus servicios».
Esper estaba sorprendido de haber durado tanto,
sabiendo que andaba siempre en la cuerda floja. Llevaba
todo el verano diciéndole a la gente que le despedirían en
cualquier momento.
Anticipando el hecho de que le despidieran262 más
tarde o más temprano, había dicho al Military Times en
una entrevista: «¿Y quién vendrá después de mí? Tiene
que ser un auténtico “hombre sí señor”. Que Dios nos
coja confesados entonces».
Trump nombró a Chris Miller, jefe del Centro
Contraterrorista, como secretario de defensa en
funciones.
«¡Chris hará un gran trabajo!», tuiteó Trump.
David Urban, que era amigo íntimo de Esper, llamó a
Jared Kushner. Estaba furioso.
—Jared, ¿qué cojones ha pasado? Esto es una mierda,
una locura.
Kushner le dijo que no tenía nada que ver con él.
—Yo no soy el que conduce el autobús —dijo.
—¿Pues quién lo lleva entonces?
Kushner no respondió.
—Es repugnante lo que le ha hecho a Esper. —Urban
recordó a Kushner que Esper siempre había estado
dispuesto a renunciar, si se lo pedían—. ¡Es un soldado!
—Ya lo sé —dijo Kushner.
Urban colgó. Luego comentó que Miller y sus aliados
seguramente empezarían a intentar ejercer más
influencia sobre la política de seguridad nacional. Gente
a la que conocía y en la que confiaba ya no estaba en
disposición de hacerlo.
«Ese fue el día en que la puta música dejó de oírse
para mí», dijo.
El despido de Esper quedó eclipsado aquel día por un
súbito y gran avance médico. Pfizer anunció que las
pruebas de su vacuna tenían un 90 por ciento de
efectividad a la hora de prevenir el virus, y señaló que se
trataba de «un momento histórico».
Kathrin Jansen263, jefa de investigación de vacunas y
desarrollo en Pfizer, dijo al New York Times que se
enteró de los resultados el día anterior, domingo, a la
una de la mañana, y mantenía que las elecciones no
tenían ninguna influencia en la publicación de aquella
información.
—Siempre hemos dicho que la ciencia es lo que guía
nuestro comportamiento —dijo—, y no la política.
Pero Trump se negaba a creerlo264. «La FDA de
Estados Unidos y los demócratas no querían que fuera
un GANADOR con la vacuna antes de las elecciones —tuiteó
más tarde—, de modo que, por el contrario, salió cinco
días más tarde… ¡como yo había dicho desde siempre!»
Pfizer siguió trabajando en su solicitud a la FDA de
una Autorización de uso urgente para distribuir la
vacuna al público en general, un proceso riguroso.
El vicepresidente Mike Pence, buen jugador de equipo,
también se negó a aceptar públicamente que Biden había
ganado. Había hipotecado su futuro político al ser
abrazado por los votantes de Trump como el devoto
segundo del presidente y su sucesor más lógico.
«Las cosas no terminan hasta que terminan265 —
tuiteó Pence el 9 de noviembre—. ¡Y todavía NO han
terminado!»
Pero el equipo de Pence no quería verle arrastrado
hacia la lucha por las elecciones de Trump.
—Sacadlo cagando leches de D.C., de Loquilandia —
aconsejó el veterano consejero político de Pence, Marty
Obst, a Marc Short, nuevo jefe de gabinete de la
vicepresidencia.
Short, que era un conservador intenso con muchos
vínculos profundos con el mundo de los negocios y con el
Congreso, que llevaba la cabeza afeitada, empezó a
planear viajes diarios para Pence. El vicepresidente, que
todavía encabezaba el grupo operativo de la Casa Blanca
contra el coronavirus, viajaría para vacunar en
urbanizaciones y fábricas.
Pompeo, un hombre grueso y gregario, con poca
tolerancia hacia los liberales, siempre fue considerado
uno de los partidarios más acérrimos de Trump en el
gabinete. Fue a ver a Milley a Quarters 6 la tarde del 9 de
noviembre y se sentaron a la mesa de la cocina para
hablar del presidente.
—Los locos se están haciendo cargo —dijo Pompeo.
Cada vez le preocupaba más ver reunirse a Trump con el
circo ambulante de Giuliani. Ahora Sidney Powell,
Michael Flynn y el tipo de My Pillow (Mike Lindell,
campechano antiguo drogadicto y gerente millonario de
My Pillow, una empresa de colchones y almohadas)
tenían acceso a la Casa Blanca.
Primero de su clase en West Point en 1986, Pompeo
era un militar como Milley. Era compañero de clase de
Esper, y le preocupaba cómo llevaba este el despido por
parte de Trump. Había sido cruel e injusto. Despedir al
secretario de defensa era simbólicamente distinto a
despedir a cualquier otro secretario del gabinete, debido
al enorme poder y armamento del ejército.
Milley recordaba vivamente una afirmación que había
hecho Trump a Breitbart News,266 en marzo de 2019:
«Puedo asegurarles que tengo el apoyo de la policía, el
apoyo de los militares, el apoyo de los motoristas. Tengo
a la gente más dura, pero no se hacen los duros hasta que
llegan a un punto determinado, y en ese momento se
pueden volver malos, muy malos».
Parecía una amenaza. Milley pensó en el ejército, la
policía, el FBI, la CIA y otras agencias de inteligencia, así
como en los ministerios del poder. Esos centros de poder
a menudo habían sido las herramientas usadas por los
déspotas.
Sentados en la cocina de Quarters 6, Milley le confió
que creía que Trump estaba sufriendo un declive mental.
Cualquiera que buscara la presidencia ya de por sí tenía
un ego enorme. El de Trump estaba más hipertrofiado
todavía, observó. Y Trump había sufrido el rechazo más
cruel imaginable. Le dolería con una intensidad que
otros nunca llegarían a comprender del todo.
—¿Sabe? —replicó Pompeo—, ahora mismo está
completamente ausente…
—Pues no sé… —dijo Milley, vagamente. Dijo que se
estaba centrando en la estabilidad. En la transición.
Para Milley, el despido de Esper en el momento álgido
de la agitación de las elecciones había sido un punto de
inflexión. El peligro para el país se estaba acelerando,
empeñado en una marcha descabellada hacia los
desórdenes, más y más cada vez.
Pompeo dijo que las cosas estaban adquiriendo un
cariz que era peligroso para la república.
—Tenemos que permanecer muy unidos, codo con
codo —dijo Pompeo—. Somos los últimos mohicanos.
Al día siguiente, en una sesión pública del
Departamento de Estado con reporteros267, le
preguntaron a Pompeo sobre la transición con Biden.
—Habrá una transición muy suave a una segunda
administración de Trump —dijo Pompeo. Luego sonrió y
añadió, con un guiño—: Ya verán.
El 10 de noviembre a las 8.10 de la mañana, la
directora de la Agencia Central de Inteligencia, Gina
Haspel, la primera mujer que encabezaba la CIA de
manera permanente, llamó a Milley.
Haspel, que había trabajado treinta y cinco años en la
CIA, era una funcionaria muy experta, dura y hábil a la
hora de controlar a líderes inestables en el extranjero.
Estaba preocupada por el despido de Esper, y creía que
Trump quería despedirla a ella también.
—Ayer fue horrible —le dijo a Milley—. Estamos al
borde de un golpe de Estado de derechas. Todo esto es
una verdadera locura. Ese hombre está actuando como
un niño de seis años con una pataleta.
—Vamos a mantenernos firmes —Milley repitió su
mantra—. Como una roca. Tendremos los ojos puestos
en el horizonte. Alertas ante cualquier riesgo o peligro.
Mantendremos los canales de comunicación abiertos.
¿Qué otra cosa podían hacer? Trump todavía era
presidente, y ellos no eran más que subordinados,
constitucional y legalmente.
Aquel martes por la tarde, Hope Hicks visitó a Trump
en el Despacho Oval.
—Hay oportunidades —dijo ella, alegremente,
sugiriendo que se guardaran las armas políticas y que se
abrieran hacia el futuro—. Tiene usted una enorme
cantidad de buena voluntad, y puede capitalizarla de
muchísimas formas distintas. No podemos
desaprovecharla.
Trump no quería oír hablar de nada que se acercara ni
remotamente a una concesión. La fulminó con la mirada
y frunció el ceño, mostrando decepción, pero no
sorpresa. Llevaba días notando que ella se mostraba
reservada.
—Yo no soy de los que se rinden —le dijo Trump—. No
soy de los que hacen eso. No me importa mi legado. Mi
legado no tiene importancia. Si pierdo, ese será mi
legado. Mi gente espera que luche, y si no lo hago, los
perderé.
—Ya sé que es duro —le dijo Hicks—. Es muy duro. No
me gusta perder. A nadie le gusta perder. Pero se puede
ganar mucho siguiendo adelante.
31
Milley, Pompeo y Meadows hablaban regularmente a las
ocho la mayoría de las mañanas de noviembre, por una
línea telefónica segura, solo los tres, para evaluar la
situación internacional diplomática y militar.
El objetivo de aquellas conferencias era preservar la
estabilidad durante un periodo de posible inestabilidad,
y evitar cualquier cosa perjudicial o provocativa.
Chris Miller no estaba invitado a unirse a ellos. Milley
también sospechaba de Meadows, que parecía formar
parte del grupo que apoyaba las afirmaciones de Trump
de que le habían robado las elecciones.
—Tendremos que hacer aterrizar ese avión —dijo
Milley precavidamente en una de las primeras llamadas
de la nueva troika en el poder—. Hay que asegurarse de
que se da una transferencia del poder pacífica.
Milley dispuso las cosas para hablar268 en una
celebración del Día de los Veteranos en el Museo del
Ejército, el 11 de noviembre.
—No hacemos un juramento de lealtad a un rey, ni a
una reina —dijo Milley a la multitud—, ni a un tirano o
un dictador. Nosotros no juramos fidelidad a un
individuo. No, nosotros no juramos lealtad a un país, a
una tribu o una religión. Nosotros juramos lealtad a la
Constitución. Cada uno de nosotros protegerá y
defenderá ese documento, sin tener en cuenta el precio
que pueda pagar personalmente.
Después de este discurso, el secretario del ejército,
Ryan McCarthy, dijo:
—Tiene unas cinco horas antes de que Trump lo
averigüe y lo despida.
Hollyanne, la mujer de Milley269, supuso lo mismo.
—¡Y no nos hemos comprado una casa siquiera!
Pero al parecer Trump no se enteró de esos
comentarios. No dijo nada a Milley y no ocurrió nada.
Aquel mismo día, Milley subió las escaleras hasta el
despacho del secretario en funciones Miller a la una de la
tarde y se sentó. Se le unieron el jefe de gabinete de
Miller, Kash Patel, un fiscal y un antiguo consejero de
inteligencia del congresista de California Devin Nunes,
poco conocido pero muy controvertido, uno de los
defensores más incondicionales de Trump.
El columnista David Ignatius decía que Patel era «casi
una figura tipo Zelig»270 en las filas de la administración
Trump, y creía que había un «estado en la sombra» que
operaba contra el presidente. Después de trabajar con
Nunes, Patel se había unido al Consejo Nacional de
Seguridad de Trump y más tarde obtuvo otro puesto
importante de inteligencia antes de terminar como jefe
de gabinete de Miller.
Una vez, mientras hablaba con Barr, Mark Meadows
dejó caer la idea de que Trump nombrase a Patel
subdirector del FBI. Meadows, feroz crítico de la
investigación de Rusia y de la forma en que había llevado
el asunto el FBI, pensó que Patel podría ser un aliado
dentro de una oficina cuyo liderazgo creía que era
corrupto.
—Por encima de mi cadáver —dijo Barr.
—Tiene que entender una cosa —reflexionó Meadows
—. Todo el mundo en este edificio es un «agente». Todos
han pasado por la academia. Todos han llevado ciudades,
contraterrorismo, crimen. Tienen el mismo entorno. La
única persona aquí que no es un agente es el director.
Barr le preguntó a Meadows:
—¿Cree que ese hijo de puta aparecerá allí y que esa
gente lo respetará? Se lo comerán vivo.
Meadows insistía en intentar encajar a la fuerza a Patel
en el puesto del FBI. Pero aquel era el mundo de Barr, y
este no cedía. Finalmente Meadows se olvidó del tema.
Luego intentó meter a Patel en la CIA.
La directora de la CIA, Gina Haspel, le dijo a Barr que
Meadows, al parecer responsable de la inserción
profesional de facto de Patel, le dijo que despidiera a su
actual subdirector, Vaughn Bishop, e hiciera sitio para el
nuevo. Era un hecho consumado.
Haspel explicaba la reunión que tuvo con Meadows en
la Casa Blanca.
—Vale, pues me voy al otro lado del pasillo —le dijo
ella.
—¿Por qué? —le preguntó Meadows.
—Voy a decirle al presidente que no pienso tolerar esto
—dijo ella—. Dimito.
Entonces Meadows la respaldó por segunda vez.
El 11 de noviembre, Patel dejó un memorándum de
una página en la mesa y se lo pasó a Milley.
Memorándum del 11 de noviembre de 2020 para el secretario de
Defensa en funciones: Retirada de Somalia y Afganistán. Por la presente
le encomiendo que retire todas las fuerzas de Estados Unidos de la
República Federal de Somalia no más tarde del 31 de diciembre de 2020
y de la República Islámica de Afganistán no más tarde del 15 de enero de
2021. Informe a todos los aliados y fuerzas aliadas de las directrices. Por
favor, confirme la recepción de esta orden.
Iba firmado «Donald Trump», con grandes trazos de
su celebrado rotulador negro.
—¿Tiene usted algo que ver con esto? —preguntó
Milley a Patel.
—No, no —contestó Patel—. Acabo de verlo,
presidente.
—¿Está usted detrás de esto? —preguntó Milley al
subsecretario de Defensa en funciones.
—No, no, no —dijo Miller.
Trump había intentado conseguir una retirada
completa de Afganistán durante toda su presidencia. Los
militares se habían resistido, año tras año. Ahora, en sus
últimos cinco meses, Trump iba a dar la orden… si es que
el memorándum era auténtico.
Por una parte era sospechoso, porque el formato no
era el adecuado y no tenía el estilo tradicional de un
NSM (Memorándum de Seguridad Nacional, por sus
siglas en inglés), que a menudo eran largos y formales.
Por otra parte, Milley dudaba de que le hubiesen
presentado una falsificación en el despacho del
secretario de Defensa, aunque Miller era nuevo, y solo
secretario de defensa en funciones.
—Bueno, voy a ponerme el uniforme —dijo Milley,
porque entonces iba vestido de camuflaje—. Voy a ver al
presidente, pues ha firmado algo que concierne a las
operaciones militares y lo ha hecho sin la debida
diligencia y consejo militar que se supone que tengo que
darle por ley. Este es un asunto muy jodido, y tengo que
ir a ver al presidente. Voy para allá. Ustedes pueden
venir si quieren o no.
Decidieron acompañarle. Una vez Milley se hubo
cambiado y puesto su uniforme, se presentaron sin
previo aviso en la Casa Blanca, donde los acompañó la
seguridad.
—Robert, ¿qué cojones es esto? —dijo Milley después
de que Miller, Patel y él hubieran entrado en el despacho
esquinero del consejero nacional de Seguridad O’Brien,
en el Ala Oeste. Keith Kellogg, consejero de seguridad
nacional de Pence y aliado de Trump, también estaba
allí.
Milley tendió la copia de la orden a O’Brien, que se
puso de pie junto a su escritorio.
—¿Cómo ha podido pasar esto? —preguntó Milley—.
¿Se ha seguido algún proceso? ¿Cómo ha podido hacer
esto el presidente?
O’Brien miró el memorándum y lo leyó.
—No tengo ni idea —dijo.
—¿Qué quiere decir con que no tiene ni idea? Usted es
el consejero de seguridad nacional del presidente. ¿Me
está diciendo que no sabe nada de esto?
—No, no sabía nada de esto —le confirmó O’Brien.
—¿Y el secretario de Defensa tampoco sabía nada? ¿Y
el jefe de gabinete del secretario de Defensa, tampoco
sabía nada? ¿Y el presidente de la junta tampoco lo
sabía? ¿Cómo demonios ha podido pasar?
—Déjame que lo consulte —dijo Kellogg, teniente
general retirado. Lo cogió y lo escaneó—. Esto es una
mierda. El encabezamiento está mal. No se ha hecho
correctamente. Esto no viene del presidente.
—Keith —dijo Milley a Kellogg—, ¿me está diciendo
que alguien ha falsificado la firma de una directriz
militar del presidente de Estados Unidos?
—No lo sé —decía Kellogg—, no lo sé.
—Déjeme que lo mire —dijo O’Brien—. Vuelvo
enseguida.
Lo dejó allí varios minutos. Por lo que sabía O’Brien, el
Consejo Nacional de Seguridad, el secretario de gabinete
y el abogado de la Casa Blanca no estaban implicados ni
habían sido consultados.
—Señor presidente, tiene usted una reunión con los
jefes —dijo O’Brien.
El presidente no dijo que la firma fuera una
falsificación. Sí, lo había firmado él, pero accedió a tener
una reunión de jefes de departamento antes de que se
tomara ninguna decisión de política formal.
—Está bien —dijo O’Brien, volviendo a su oficina—, ya
nos hemos hecho cargo de esto. Ha sido un error. El
memorándum queda anulado.
Efectivamente, era un memorándum falso y no tenía
validez. El presidente más tarde se reuniría con los jefes
de departamento para tomar una decisión sobre las
tropas de Afganistán.
—De acuerdo, bien —dijo Milley, aceptando las
explicaciones.
Miller, Patel y él se fueron, sin haber visto en ningún
momento al presidente.
Caso cerrado.
Más tarde, en mayo de 2021, Jonathan Swan y Zachary
Basu271 de Axios pudieron establecer que John McEntee,
antiguo guardaespaldas del presidente y exquarterback
universitario que ahora llevaba el Departamento de
Personal, y el coronel retirado del ejército Douglas
Macgregor, consejero de alto rango de Miller,
representaron algún papel a la hora de redactar y firmar
ese memorándum.
Al día siguiente, jueves272 12 de noviembre, los grupos
de seguridad de las elecciones, incluyendo el
Departamento de Ciberseguridad Nacional, la Agencia de
Infraestructuras de seguridad (CISA, por sus siglas en
inglés) y la Asociación Nacional de Directores de
Elecciones Estatales, emitieron un comunicado conjunto
que decía: «Las elecciones del 3 de noviembre fueron las
más seguras de toda la historia de Estados Unidos. Todos
los estados con resultados reñidos en la carrera
presidencial de 2020 tienen registros en papel de cada
voto, permitiéndoles así volver atrás y recontar todos los
votos, si fuera necesario. Esto supone un beneficio
añadido en cuanto a seguridad y resistencia. Este
proceso permite la identificación y corrección de
cualquier error u omisión».
En negrita, añadía: «No existe prueba alguna de que
ningún sistema de votación borrase o perdiese votos,
cambiase votos o resultase comprometido en ningún
aspecto».
Trump despidió inmediatamente273 al presidente de
Ciberseguridad Nacional, Chris Krebs, mediante un tuit.
A las cinco de la tarde del 12 de noviembre, Trump
convocó a su equipo de seguridad nacional para otra
reunión sobre Irán.
La Agencia Internacional de Energía Atómica acababa
de informar274 el día antes de que Irán había acumulado
2442 kilogramos de uranio poco enriquecido, doce veces
la cantidad permitida bajo el tratado nuclear de Obama
con Irán, que Trump había abandonado.
Era el uranio suficiente para producir dos bombas
nucleares, pero le costaría meses a Irán enriquecer más
el uranio, hasta llegar al calibre de una bomba.
La directora de la CIA Haspel confirmó que sus
informes mostraban que Irán estaba a muchos meses de
distancia de tener armamento nuclear.
Milley revisó la lista estándar de opciones, desde el
aumento de ciberataques hasta el uso de fuerzas
terrestres de Estados Unidos.
—Aquí están los costes en bajas y en dólares —dijo—.
Alto y nada cierto. Aquí están los riesgos: muy alto e
incierto. Y estos son los posibles resultados. Los golpes
militares dentro de Irán significarían la guerra.
Significan que vamos a la guerra. Está usted en una
escalada de la que no puede salir. No tiene
necesariamente el control del resultado y el fin.
Milley se dio cuenta de que una de las variables
permanentes era que ni él ni nadie más quizá sabía cuál
era el punto que ponía a un presidente en el disparadero.
Quizá ni siquiera el propio presidente lo supiera,
especialmente en el caso de Trump.
—Recomiendo que rechacemos todas las opciones —
dijo Milley—. Demasiado arriesgadas e innecesarias.
Milley se volvió hacia Pompeo.
—¿Qué opinas, Mike? —desde hacía tiempo, Pompeo
defendía la acción militar contra Irán.
—Señor presidente —dijo Pompeo—, el riesgo no vale
la pena.
Pompeo y Milley fueron de aquí para allá como una
pareja de lucha libre, subrayando los motivos por los que
no había que emprender ninguna acción militar.
El vicepresidente Pence y el secretario de Defensa en
funciones, Miller, que solo llevaba tres días en el cargo,
parecían de acuerdo en que no se debía emprender
ninguna acción militar.
—De acuerdo, gracias —dijo Trump.
Él no iba a decir «hagámoslo», ni tampoco «no lo
hagamos». La decisión quedaba en el aire, una forma de
actuar desesperante y no concluyente, especialmente tras
la experiencia del memorándum de Afganistán nulo.
Como dijo una vez Milley a un consejero, «todo el asunto
de Irán va y viene, va y viene, va y viene».
Haspel estaba preocupada por la falta de una decisión
clara, así que llamó a Milley.
—Es una situación altamente peligrosa. ¿Vamos a
atacar por su ego?
Más tarde, aquella noche, Pompeo llamó a Milley y le
dio las gracias por sus argumentos en contra de un
ataque, y por poner énfasis en los resultados negativos.
—Todos estamos bien —dijo Milley. Puso de relieve la
importancia de la calma y exageró las metáforas—.
Tranquilos. Respiremos por la nariz. Firmes como una
roca. Vamos a hacer aterrizar este avión a salvo.
Tenemos un avión con cuatro motores, y tres de ellos
están estropeados. No tenemos tren de aterrizaje. Pero
vamos a conseguir aterrizar este avión y vamos a hacerlo
con total seguridad. —Y añadió—: Subida al Suribachi.
Hacía referencia a la montaña de 168 metros en Iwo
Jima donde los marines levantaron una bandera
americana en 1945, momento recogido en una icónica
fotografía. En la célebre batalla murieron casi 7000
marines y 20 000 quedaron heridos.
Pompeo dijo que el momento para la acción militar
había pasado.
—Es demasiado tarde —dijo—. No podemos atacar
Irán ahora. Dejémoslo al siguiente que venga. No quiero
volver a hablar nunca más del puto Irán.
32
Rudy Giuliani, a través de su ayudante, pidió a la
campaña de Trump que le diera una compensación. En
una carta275, el ayudante escribió que su equipo
necesitaría 20 000 dólares al día.
Varios funcionarios de campaña de Trump fueron a
verle y le preguntaron: ¿qué quiere que hagamos?
—No, no, no, no —les dijo Trump—. Rudy apuesta al
ganador —dijo, usando el lenguaje de sus días como
director del casino Trump Plaza, en Atlantic City. Dijo
que todo era un ejercicio de contingencia. Si Trump
terminaba ganando, se pagaba a Rudy. La campaña le
dijo a Giuliani que le reembolsaría sus gastos.
Trump y Graham continuaron hablando por teléfono.
Graham intentaba empujar a Trump hacia la aceptación
de la derrota, aunque afirmaba que comprendía su lucha
legal.
El 18 de noviembre, en una llamada matutina de
primera hora, Graham le dijo:
—Señor presidente, trabajar con Biden le ayuda a
usted, vuelve loca a la izquierda. Usted ha expandido el
Partido Republicano —le dijo Graham—. Ha conseguido
votos de las minorías. Ha conseguido muchas cosas de
las que estar orgulloso. Va a ser usted una fuerza en la
política americana durante mucho tiempo. Y la mejor
manera de mantener ese poder es ir dejando todo esto de
manera que le dé a usted un segundo acto, ¿de acuerdo?
Trump se resistía a ese consejo. Graham le encontró
furioso, decepcionado y a veces nostálgico.
Al día siguiente, 19 de noviembre276, Rudy Giuliani y
Sidney Powell mantuvieron una conferencia de prensa
en el cuartel general del Comité Republicano Nacional,
en Washington.
Giuliani sudaba y parecía casi una caricatura.
—¿Habéis visto todos Mi primo Vinny? —preguntó a
los reporteros, vinculando una referencia legal con una
comedia de 1992.
En un momento dado, un líquido de un color marrón
oscuro, mezclado con gotas de sudor, bajó por su mejilla.
El titular277 en Vanity Fair: «El tinte capilar de Rudy
Giuliani chorreándole por la cara fue la parte menos
estrafalaria de esa conferencia de prensa absolutamente
loca».
Powell, que llevaba un jersey con estampado de
leopardo, fue más allá aún que Giuliani, insistiendo en
que las máquinas de votar fabricadas por Dominion, una
empresa que tiene sus oficinas principales en Toronto y
Denver, formaban parte de una conspiración comunista
global.
—A lo que nos estamos enfrentando realmente aquí —
dijo Powell—, y vamos descubriendo más y más cada día,
es a la influencia masiva del dinero comunista a través de
Venezuela, Cuba y probablemente China en la
interferencia de nuestras elecciones.
En Fox News, el presentador de máxima audiencia
Tucker Carlson miraba a Powell.
—Si Sidney Powell tiene esa información, si tiene
pruebas de fraude, le damos una semana entera de
programas. Le daríamos la hora entera —dijo Carlson a
sus productores—. Sería la mayor noticia presentada
jamás en la política americana. Un Watergate 2.0. Pero
esperemos primero a ver si tiene las pruebas.
Pronto quedó claro que no las tenía. Carlson mandó un
mensaje de texto a Powell y ella se mostró vaga y evasiva.
Carlson notó que ella dirigía a la gente a su website,
donde se podía donar dinero.
«Seguimos presionando278 y ella se puso furiosa —
escribió Carlson en un comentario para FoxNews.com—,
y nos dijo que dejáramos de contactarla.»
Los titubeos de Powell hicieron poco por calmar el
fervor. Aquella noche Graham les dijo que los medios
tenían un doble rasero para los problemas en las
elecciones. «Cuando Stacey Abrams cuestionó sus
elecciones, era una patriota. En cambio Trump
cuestionándose las suyas es un dictador.»
Abrams279, la primera mujer negra en ser nominada
por el Partido Demócrata como gobernadora en Georgia,
se negó a reconocer al republicano Brian Kem en 2018,
acusándole de suprimir votos, y dijo que su campaña
tenía pruebas «bien documentadas». Su negativa irritó a
los republicanos, aunque finalmente ella reconoció que
Kemp se podía certificar como ganador.
Aun así, dijo Graham, el espectáculo de Rudy y Sidney
fue un momento decisivo. «Fueron algo más que
estrambóticos. Creo que quitó mucho aire al globo que
las quejas fueran tan poco centradas, tan incoherentes y
conspirativas.» La conferencia de prensa «aceleró el
principio del fin».
Trump desdeñó todas las advertencias y
preocupaciones.
—Sí —dijo Trump a sus consejeros, hablando de
Giuliani—, está loco. Dice locuras. Pero ninguno de los
abogados cuerdos puede representarme, porque los han
presionado. A los abogados normales les han dicho que
no pueden representar mi campaña.
Dentro de la oficina de prensa de la Casa Blanca se
acumulaban las preguntas sobre Powell y Giuliani. Un
nuevo refrán hizo furor entre el personal de menor
rango: «No dejes que Rudy entre en el edificio. No dejes
que Sidney entre en el edificio».
Pero las risas se fueron desvaneciendo. John McEntee
dejó bien claro entre muchos colaboradores de Trump
que nadie debía empezar a buscar nuevos trabajos. Se
avecinaba un segundo mandato, juró. Sin sonrisas.
McEntee era conocido como el responsable de
seguridad favorito de Trump… y tenía toda la pinta. Era
alto, estaba en forma y podía pasar por agente del
servicio secreto. Había perdido su trabajo en la Casa
Blanca en 2018280 por un motivo de seguridad, que más
tarde se averiguó que era la preocupación por su afición
al juego, a veces apostando incluso miles de dólares de
una sola vez.
Pero cuando Trump volvió a admitir a Hicks, en
febrero de 2020, este volvió a llevar con él a McEntee
también. Quería su núcleo duro de leales a su alrededor.
La directora de comunicaciones de la Casa Blanca,
Alyssa Farah, se cansó de toda aquella farsa y de la
presión de McEntee. A ella le parecía muy bien vender
los objetivos de Trump, pero el Ala Oeste estaba
derivando hacia una extraña nueva realidad. Una
fantasía.
—Me sentía como si estuviera mintiendo al público —
dijo Farah a un conocido—. A una gente realmente buena
y muy trabajadora que apoyaba al presidente, que no
tiene ni mucho tiempo ni dinero ni energías para invertir
en política, le están contando una sarta de mentiras.
Farah, que era joven y conservadora, había sido
secretaria de prensa de Pence y había trabajado para
Esper. Había sido amiga de Hicks, y fue una de las
primeras personas a las que contrató Meadows como jefe
de gabinete de la Casa Blanca. Pero Trump ya no la
escuchaba.
—Puedes tener todo tipo de estructuras y mecanismos
de información —dijo ella—, pero al final él llamará a
gente desde el comedor de su casa. Hará acudir a quien
le dé la gana. O los tendrá en la propia residencia, y ni
siquiera te enterarás hasta que te dé la alarma el servicio
secreto.
Era demasiado. Dimitió.
Barr cogió una llamada de Cipollone el 23 de
noviembre.
—Bill —dijo Cipollone—, es todo un poco extraño. Él
pregunta por ti. No has aparecido.
Barr fue a la Casa Blanca.
—Señor presidente —dijo—, hizo usted un gran trabajo
aquí al final, y no me parece bien que salga de la forma
en que lo está haciendo.
—Bueno, es que hemos ganado. Hemos ganado por
mucho. Y además hay un fraude. Bill, no podemos dejar
que se salgan con la suya en esto. Nos están robando las
elecciones. He oído que os estáis echando atrás. Pero tú…
no sé por qué, no crees que sea tu papel controlar esto.
—No, señor presidente, eso no es verdad. ¿Sabe?, lo
que no es nuestro papel es tomar partido. El
Departamento de Justicia no puede tomar partido, como
sabe muy bien, entre usted y el otro candidato. Por eso
tenemos elecciones que lo deciden. Pero si hay un delito
de una magnitud suficiente, o información específica y
creíble que indique un posible fraude a una escala que
pueda afectar al resultado, estoy dispuesto a echarle un
vistazo. Por cierto —dijo Barr—, mucha gente de Justicia
cree que no deberíamos hacerlo, pero yo no les he hecho
caso. Y he dicho que sí lo haremos, caso por caso.
En cinco estados donde las cifras eran muy reñidas
pidió a los fiscales de Estados Unidos que echaran un
vistazo a las cosas más importantes cuando alguien había
hecho una reclamación de fraude sistémico que pudiera
afectar al resultado. Esos estados eran Arizona,
Wisconsin, Michigan, Georgia y Pensilvania. Barr les
ordenó que no abrieran una investigación en toda regla,
pero que hicieran un análisis o informe preliminar. Si
había algo y la base era suficiente, entonces debían ir a
hablar con él.
—Pero el problema es que todo eso de las máquinas de
votación es mentira —dijo Barr.
Una semana antes, el 16 de noviembre, Barr dijo que el
director del FBI, Chris Wray, y él celebraron una reunión
con expertos informáticos, el FBI y el Departamento de
Seguridad Nacional. Tuvieron dos reuniones, y los
expertos les explicaron todas las operaciones de las
máquinas y cómo los microchips y los métodos hacían
que el engaño fuese completamente imposible.
—Es todo una gilipollez —dijo Barr—. Esas
reclamaciones no funcionaban.
—Pero ¿has visto lo que hicieron en Detroit y
Milwaukee? —le preguntó Trump—. Esos pucherazos a
primera hora de la mañana, con todos esos votos… —
Sacó unos gráficos y otros materiales que había estado
acumulando de consejeros y amigos—. Te voy a entregar
estos gráficos.
—Pues muy bien, señor presidente, echaré un vistazo a
esos gráficos. Pero es lo normal, en esos estados. Lo que
ocurre siempre. De todos modos, yo me lo miraré.
Barr sacó una versión de su mensaje de abril, cuando
pasó por el comedor del Despacho Oval. Trump debía
concentrarse en esos asuntos.
—Señor presidente, la mejor forma de proteger su
legado es que usted recuerde al pueblo americano todas
las grandes cosas que ha conseguido, ¿de acuerdo? Sea
positivo. Y luego vaya a Georgia y asegúrese de que los
republicanos mantienen el Senado. Esa es la forma de
conservar su legado.
Barr habló enseguida con Meadows y Kushner.
—¿Cuánto tiempo va a durar todo esto? —preguntó
Barr—. Se nos está yendo de las manos.
Ellos le dijeron que Trump era consciente y que
controlaba la situación. Dijeron que pensaban que
empezaba a preparar el terreno para una salida digna, y
que se daba cuenta de que podía estar yendo demasiado
lejos. Aquel mismo día, Trump autorizó un
procedimiento para la transición con Biden. Parecía una
señal de que podía empezar a aceptar su derrota.
Pero entonces Trump empezó a llamar a legisladores
de Pensilvania, y a líderes legislativos del estado en
Michigan y a funcionarios en Georgia. No había señal
alguna de que estuviera dejándolo ya. A Barr le parecía
que, al revés, la cosa iba en aumento.
Barr habló a continuación con McConnell, que le dijo:
—Bill, sabe que tenemos esas elecciones pendientes en
Georgia. No puedo permitirme un gran ataque frontal al
presidente, en este momento. Tengo que ser amable.
Trump seguía apareciendo en Fox News diciendo que
le habían robado las elecciones. Que las elecciones
estaban amañadas. El Departamento de Justicia estaba
desaparecido en combate.
—Esos putos locos —dijo Barr. Giuliani, Powell y todos
los demás—. Semejantes payasos…
La vicepresidenta electa Harris llamó al móvil de
James Clyburn un fin de semana de noviembre, cuando
él estaba en el campo de golf.
—Hágame un favor —le pidió él—, hable con mis
colegas del golf. Ellos la mantendrán al tanto de los
cotilleos políticos en Charleston o en Holly Hill y
Orangeburg.
Clyburn le tendió su móvil a sus «chicos de la
barbería», como los llamaba, y Harris habló muy
contenta con ellos.
Más tarde, Clyburn animó a Biden a que llamase a
Jaime Harrison, de Carolina del Sur, aliado negro y
presidente del Comité Demócrata Nacional. Harrison
había perdido sus elecciones al Senado ante Lindsey
Graham por 10 puntos, pero había gastado el récord de
130 millones de dólares y se había construido un perfil
nacional.
Al teléfono, Clyburn se metió a fondo en el asunto,
como antiguo jefe que era. Le dijo a Biden que se
asegurase de que no le pagaran menos a Harrison que al
anterior presidente del CDN.
Clyburn dijo que a Biden no le convenía nada que
apareciera algún titular diciendo que al presidente negro
le pagaban menos que al cargo saliente, Tom Pérez, que
era latino.
—Tiene toda la razón —dijo Biden a Clyburn—. No sé
cuánto cobra, pero le prometo que no será menos.
—Mire, hace mucho tiempo que pertenezco a los Black,
y sé cómo sería el titular —explicó Clyburn—. No me
discutan de cosas que no saben. Yo lo he vivido en mis
propias carnes.
El salario de Harrison fue el mismo que el de Pérez.
Ahora que ya habían llegado tan lejos, Clyburn no
pensaba parar. Se quejó públicamente de la falta de
nombramientos negros para puestos del gabinete.
«Hasta el momento la cosa no va bien»281, dijo Clyburn
al periódico The Hill el 25 de noviembre.
Al final, Biden eligió a cinco afroamericanos para
puestos importantes o de gabinete. El general de cuatro
estrellas retirado del ejército, Lloyd Austin, se convirtió
en el primer secretario de Defensa negro.
Clyburn le dijo a Biden que pensara en el presidente
Harry S. Truman, no solo en Roosevelt. Truman era el
mejor amigo de los negros americanos, dijo. Los
programas del New Deal de Roosevelt habían
discriminado a los negros y dado preferencia a los
blancos, dijo, mientras que Truman desegregó a los
militares.
—Ahora, el hombre de Delaware puede ser
exactamente igual que el hombre de Misuri —le dijo
Clyburn a Biden.
33
Biden llamó a Mike Balsamo, el reportero de justicia de
Associated Press, y comieron juntos el 1 de diciembre. La
retórica de Trump estaba derivando a toda marcha. El
presidente estaba escuchando a abogados que le metían
conspiraciones en la cabeza.
—Hasta el momento —le dijo Barr—, no hemos visto
fraudes en una escala que pudiera haber afectado a un
resultado distinto de las elecciones.
Balsamo escribió un artículo282 poco después y los
comentarios de Barr se leyeron en todo el mundo.
Aquel mismo día, cuando acudió a la Casa Blanca a las
tres de la tarde para asistir a una reunión sobre la agenda
de la administración para el mes siguiente, Barr recibió
el mensaje de que el presidente quería verle en su
comedor privado. Barr fue y encontró a Trump sentado
en su lugar habitual, en la cabecera de la mesa.
Cipollone y su ayudante, Pat Philbin, y Meadows
estaban sentados los tres en un lado de la mesa. Eric
Herschmann, otro abogado de la Casa Blanca, se
encontraba de pie a un lado, igual que Will Levi, el jefe
de gabinete de Barr.
Barr no se sentó. Puso las manos en el respaldo de la
silla que quedaba frente a los tres de la Casa Blanca. El
gran televisor de la pared, a la derecha de Barr, estaba
sintonizado en un debate o discusión de fraude electoral
en One American News, la cadena de televisión de
extrema derecha pro-Trump.
—¿Has dicho tú esto? —preguntó el presidente, que
tenía en la mano un informe de las observaciones de Barr
sobre el hecho de que no habían encontrado fraudes
electorales.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque es verdad. No hemos visto ninguna prueba,
señor presidente.
—No tenías que haber dicho eso. Podías haber dicho
sencillamente que no había comentarios.
—Durante el fin de semana usted estuvo diciendo que
el Departamento de Justicia estaba «desaparecido en
combate» y que sabe que le han robado las elecciones. El
periodista me preguntó lo que habíamos averiguado, y le
dije lo que habíamos averiguado, que hasta el momento
es eso, nada.
Trump contestó:
—Habrás dicho eso porque odias a Trump, porque
debes de odiar a Trump de verdad.
—No, señor presidente, yo no le odio. Creo que usted
sabe que, con un significativo sacrificio personal por mi
parte, vine a ayudarle en su administración y he
intentado servirle con honradez. Déjeme que le diga por
qué está usted donde está ahora mismo. Solo tenemos
cinco o seis semanas después de unas elecciones para
resolver cualquiera de estos temas, porque el Colegio
Electoral tiene unas reglas muy estrictas.
»Lo que necesita usted es un equipo de abogados de
primera dispuestos a todo que formulen rápidamente
una estrategia para que pueda decir: “Vamos a ir a por
esos votos de ahí, esos de allá, y aquí están nuestros
argumentos”, y ejecutarlo. Por el contrario, ha puesto
usted en marcha un verdadero circo.
»Todos los abogados que se respetan en este país han
huido a las montañas. Su equipo no es más que un
montón de payasos.
»No tienen escrúpulos en presentar las cosas con toda
firmeza y todo detalle como si fueran hechos
incuestionables. Y no lo son. Ha perdido usted cuatro
semanas con una teoría que es una locura demostrable:
la de las máquinas.
—¿Qué quieres decir?
—Señor presidente, esas máquinas son como
máquinas de sumar. Son solo tabuladores. Si guarda
usted billetes de veinte dólares y los pasa por una
máquina para contarlos, salen por el otro lado y luego se
les pone una goma elástica a cada mil dólares.
»¿Sabe qué? La ley requiere que las papeletas reales se
guarden, igual que se guarda el dinero con las gomas
elásticas. Así que si usted dice que la máquina no ha
contado bien, simplemente se saca el dinero y se ve si
hay mil dólares. Y si hay mil dólares y la máquina dice
que hay mil dólares, nadie quiere saber ya nada más de
todo ese rollo sobre, ya sabe, que su funcionamiento era
así o asá.
»Demuéstreme dónde se ha contado mal. Hasta el
momento no se ha encontrado discrepancia alguna en
ninguna parte. Eso es una locura.
—¿Qué pasó con los votos de Detroit? —preguntó
Trump—. Ya lo sabes, yo iba por delante por muchos
miles. Y llegaron todos esos votos a las cuatro de la
mañana, o cuando sea. Y esa ventaja desapareció.
—Señor presidente, ¿comprobó usted cómo fue, y lo
comparó con lo que ocurrió la última vez, en 2016?
Realmente usted estuvo más fuerte ese año en Detroit
que la última vez. Los márgenes eran los mismos,
excepto que a usted le fue mejor, y a Biden un poco peor
en Detroit.
—Bueno, pero había unas cajas —dijo Trump—. La
gente vio las cajas que llegaron todas de golpe, horas
después de que se cerraran los colegios electorales.
—Señor presidente, hay quinientas tres
circunscripciones electorales en Detroit. Michigan es el
único estado donde los votos no se cuentan en las
circunscripciones. En todos los demás estados se
cuentan en las circunscripciones. En Detroit, sin
embargo, tienen una estación central de recuento. Por lo
tanto, todas las noches esas cajas van hacia allí. Es un
hecho que las cajas van a la estación de recuento a
primera hora de la mañana, eso no es sospechoso. Es que
lo hacen así. Los votos siempre entran a esa hora, y la
proporción de votos es la misma que la última vez. No
existe indicación alguna de una afluencia masiva de
votos extra para Biden.
—¿Y qué pasa con Fulton County, Georgia?
—Lo estamos revisando. Pero hasta el momento lo que
parece es que son votos legítimos. Señor presidente,
estamos revisándolo todo, pero las cosas no están
saliendo como pensábamos.
Trump habló entonces de otras deficiencias.
—¿Cuándo va a llegar a una conclusión Durham?
Trump no podía olvidar la investigación del fiscal de
Estados Unidos John Durham sobre la conducta del FBI
en la investigación de Rusia.
—No lo sé, señor presidente. ¿Sabe?, no es de esas
cosas que se pueda decir: entregue ya el producto. —Barr
chasqueó los dedos—. Va a su ritmo, dependiendo de las
pruebas que aparezcan. De modo que no lo sé. Pero me
imagino que el resultado saldrá en la primera parte de la
administración Biden, quizás en los primeros seis meses.
Trump gritó:
—¿Cómo que «la primera parte de la administración
Biden»?
«Ay, mierda», pensó Barr. Trump estaba desbocado.
Barr nunca lo había visto tan furioso. Si un ser humano
podía expulsar llamas por la boca, era él en ese
momento. Barr hasta se imaginaba las llamas. Nunca
había visto más enloquecido a Trump. Pero estaba claro
que aun así trataba de controlarse. Intentaba ir apagando
sus propias llamas, aunque seguía ardiendo.
En otro momento, Trump dijo:
—Bill, no sé si lo has notado, pero no te he llamado
mucho. —Trump lo dijo como si fuera una pérdida para
Barr no recibir aquellas llamadas regulares.
«Gracias a Dios», pensó Barr. No pudo evitar pensar
en el personaje de la comedia negra Teléfono rojo,
volamos hacia Moscú que habla de retirar su «esencia» a
las mujeres.
—¡Comey! No acusaste a Comey cuando podías hacerlo
—gritó Trump—. No quisiste.
—Se lo dije cien veces, señor presidente, no se podía
hacer nada.
—Pero el inspector general del Departamento de
Justicia —dijo Trump— derivó a Comey dando dos
memorándums283 a su abogado de Nueva York que
contenían información clasificada. Los memorándums
aparecieron luego en los medios.
Comey había examinado los memorándums y había
quitado el material confidencial, le recordó Barr al
presidente. Ahí había discrepancias.
—Se podía decir que algunas de las frases eran
confidenciales.
—Era información clasificada —dijo el presidente.
—Lo siento, señor presidente, pero no voy a acusarle.
No vamos a acusar, en este caso.
—El inspector general recomendó que se acusara, y tú
lo invalidaste —dijo Trump.
—No —replicó Barr—, no fue eso lo que ocurrió. El
inspector general no recomienda acusaciones; envía el
resultado de su investigación a la división criminal, para
ver qué quieren hacer ellos, y como fiscal general, yo
tengo la última palabra.
—¿Y los de criminal no quieren hacer nada? —
preguntó Trump.
—No —contestó Barr. Y luego dijo que tenía que irse.
Iba a cenar con Pompeo.
—Creo que se ve un cierto método en esto —dijo
Meadows hablando por teléfono con Barr, después del
encontronazo del 1 de diciembre con Trump.
—¿Ah, sí? —replicó Barr, escéptico.
—Ya sabes, a él no le gusta que la gente le abandone —
dijo Meadows—. Hace un ataque preventivo. Le
preocupa, y a la gente le preocupa también, que puedas
retirarte de repente, antes del 20 de enero próximo. Así
pues, ¿te quedas o no? ¿Te comprometes a quedarte?
Barr se enfrentaba a una difícil elección:
comprometerse o posiblemente acabar despedido. Le
dijo a Meadows:
—En primer lugar, yo no engañaría a nadie. No me iría
sin decírtelo por anticipado. Y en segundo lugar, me
quedaré todo el tiempo que se me necesite.
Barr, abogado a fin de cuentas, sentía que así se daba a
sí mismo un poco de espacio para moverse, porque no
decía exactamente quién iba a juzgar esa necesidad.
—Vale, vale —dijo Meadows, aceptando los términos al
parecer. No habría dimisiones por sorpresa.
De inmediato Barr lamentó haber dicho que se
quedaría. Nada había cambiado. Trump no le escuchaba,
y el fiscal general era una figura decorativa, en el mejor
de los casos.
Barr tenía sentimientos encontrados con respecto a su
papel en la presidencia de Trump. Por una parte apoyaba
entusiásticamente los principios conservadores: un
ejecutivo fuerte, impuestos bajos, menos regulaciones y
aversión hacia los progresistas. También creía que las
críticas a Trump le habían transformado y endurecido.
Los demócratas, los medios de comunicación y la
investigación de Mueller habían «sacado un Clarence
Thomas de Trump», refiriéndose a la creencia entre
muchos conservadores de que las durísimas vistas de
confirmación del Tribunal Supremo de 1991 habían
empujado a Thomas hacia la extrema derecha.
Según su opinión, compartida por los amigos más
íntimos y la familia de Thomas, era mucho más
moderado antes de que Anita Hill le acusara de acoso
sexual, y a partir de entonces Thomas se endureció.
—Cuando la izquierda hubo acabado con Thomas, él ya
había cambiado —dijo Barr.
Creía que Trump también se había vuelto más
pragmático, excepto por los ataques incansables. Lo
mismo se podía decir de Barr, que había dejado su
primer periodo como fiscal general con una reputación
de fortaleza, pero había recibido ataques virulentos por
proteger a Trump que le habían convertido en aliado
acérrimo del presidente.
Barr continuó siendo ferozmente criticado por
proteger a Trump. Durante la campaña presidencial de
2020, apoyó activamente y amplificó el impulso de
Trump en contra de las papeletas por correo. A los
republicanos no les gustaba el voto por correo, ni
tampoco a Barr. Y lo dijo públicamente, asegurando que
el posible fraude era «obvio» y que era de «sentido
común», pero ni él ni nadie proporcionaron prueba
alguna.
Cuando el presidente Milley oyó que Barr podía
dimitir, le llamó rápidamente.
—Hombre, no te puedes ir —le dijo Milley—. Sabes que
no te puedes ir. Te necesitamos.
—¿Sabéis qué? —les preguntó Trump a sus
colaboradores en el Air Force One, en el viaje de vuelta a
Washington, el 5 de diciembre, tras un mitin de campaña
en Valdosta, Georgia—. Ha sido perfecto. No creo que
necesitemos volver.
Trump estaba ya aburrido de las elecciones en dos
vueltas para el Senado que se llevarían a cabo en Georgia
el 5 de enero. Les dijo a sus colaboradores que los
senadores republicanos Kelly Loeffler y David Perdue
eran republicanos empresariales, que no eran lo bastante
duros. Haría campaña por ellos, pero sin pasarse. Tenía
otras cosas que hacer.
Su equipo legal se estaba desmoronando. Estaban
perdiendo casos. Y el 6 de diciembre, Giuliani ingresó en
el hospital de la Universidad de Georgetown con
coronavirus.
Al día siguiente, Trump estaba solo reconcomiéndose
en el Despacho Oval mientras abajo, en el salón, estaba a
punto de empezar una fiesta navideña. Pocos de los
asistentes llevaban mascarilla mientras evolucionaban en
torno a un enorme abeto de Navidad en la Sala Azul,
aunque los casos estaban repuntando, incluso en la Casa
Blanca.
«Lo hemos pasado de maravilla»284, escribía Donald
Trump Jr. en un post de Instagram, posando con su
novia, antigua famosa de la Fox News, Kimberly
Guilfoyle. Ambos iban sin mascarilla.
El comentarista conservador Steve Cortés, un inversor
de Chicago que se había convertido en una presencia
constante en la lucha por las elecciones de Trump, fue
invitado a visitar al presidente. El perfil de Cortés en
Twitter285 lo describía como una «Voz de los
Deplorables. Hispano. Nacido en una tormenta». Los
«deplorables»286 es un término que utilizó Hillary
Clinton al describir a algunos de los partidarios de
Trump en 2016.
No había nadie más por allí. Cortés dijo más tarde a
otros que le sorprendió lo vacía que estaba el Ala Oeste,
mientras iba andando al Despacho Oval, y que se
encontró a Trump solo.
Cuando entró, Trump le estaba chillando a Rudy
Giuliani por videoconferencia. Estaba acalorado y siguió
chillando, diciendo que le habían robado las elecciones y
que su campaña tenía muchos problemas legales.
—Ah, Cortés está aquí. Tengo que dejarte. —Apagó el
vídeo.
—Todavía lo puede resucitar… —dijo Cortés,
tranquilizador. Había venido a evitar que Trump se
echara atrás—. Pero nos va a costar un montón de
aliados. Va a costar muchísima lucha y habrá que
recaudar mucho dinero.
Trump estuvo de acuerdo. Al parecer, es lo que quería
oír. A alguien que viera alguna esperanza.
Cortés dijo que Trump necesitaba salir y moverse.
—Ha estado muy escondido desde las elecciones —dijo
Cortés.
—No, no es verdad.
—Sí que es verdad.
Trump se puso a gritar. Estaba furioso.
—¡He estado tuiteando muchísimo!
—Tuitear no cuenta. Tuitear desde la residencia no es
ser el presidente de Estados Unidos.
Cortés insistió. Quería que Trump reaccionase. Los
Deplorables anhelaban que Trump se enfureciera con el
establishment.
—Vaya a meterse con la CNN, con Brian Williams, a la
MSNBC —le dijo Cortés—. Los hechos están de su parte.
Que aparezca por allí Lester Holt. Plántele cara y
explique sus razones.
Trump desestimó la idea. Daban noticias falsas, dijo.
Nunca iría. Se metió con Fox News y empezó a chillar
otra vez. Habían adjudicado Arizona a Biden. Estaban de
acuerdo con el fraude, igual que los demás. Eran
horribles, dijo.
—Tenemos que pelear —le dijo Cortés—. Tenemos que
presionar públicamente a las legislaturas. Tenemos que
ponernos en la línea de fuego.
Trump habló de Giuliani, de los casos en los
tribunales.
—Ningún juez en todo el país quiere dictaminar sobre
esto, y mucho menos el Tribunal Supremo —dijo Cortés
—. Lo que importa es el tribunal de la opinión pública.
34
McConnell seguía centrado en las elecciones para el
Senado de Georgia. Le preocupaban mucho las encuestas
que mostraban que los dos candidatos demócratas se
mantenían bien, hacia el 50 por ciento o por encima
incluso.
Su aliado, el senador Todd Young, de Indiana, que
llevaba la campaña del Senado del Partido Republicano,
reclutó al veterano Karl Rove, consejero de George W.
Bush, para que encabezara una operación especial
conjunta de recaudación de fondos tanto para Perdue
como para Loeffler. Rove llamó a casi todos los donantes
importantes republicanos, pidiéndoles que soltaran la
pasta a miles.
Rove oyó por radio macuto que a Trump y la Casa
Blanca no les hacía demasiado felices ver a una persona
tan ligada a George W. Bush, a quien Trump odiaba y del
que se burlaba, llevando las elecciones de Georgia. Rove
también despreciaba públicamente287 el grito de
combate de Trump «Parad el robo», y el titular de su
columna del 11 de noviembre en The Wall Street Journal
había sido: «El resultado de estas elecciones no será
invalidado».
Rove llamó a Jared Kushner y le preguntó si Trump
estaba disgustado por su implicación. Kushner le dijo
que continuase. «Yo no sé de qué demonios me está
hablando», dijo Kushner.
Pero el eje Rove-McConnell no estaba transmitiendo el
mensaje en Georgia, a pesar de coordinar los gastos. Por
el contrario, un abogado muy desenvuelto llamado Lin
Wood, que tenía unas ideas muy conspirativas sobre las
elecciones, se estaba convirtiendo en una figura clave.
Sobresalía en los mítines y en las redes sociales,
asegurando que la victoria de Biden era ilegal.
Asombrosamente, en un mitin de principios de
diciembre con Sidney Powell, les dijo a los republicanos
de Georgia que se quedaran en casa.
—No se han ganado vuestro voto288 —dijo Wood de
los dos senadores del Partido Republicano—. No se lo
deis a ellos. ¿Por qué ibais a volver a votar en otras
elecciones amañadas, por el amor de Dios? ¡Arreglad
esto!
Rove se quedó estupefacto. El abogado del presidente
y Lin Wood estaban procurando desanimar el voto del
Partido Republicano. A propósito.
—Tienes a Sidney Powell y a Lin Wood por ahí
arrojando esas acusaciones indignantes de que las
máquinas de votar Dominion eran de una firma creada
por Hugo Chávez —se quejó Rove, refiriéndose al difunto
presidente de Venezuela. Estaba nervioso porque veía
avecinarse un desastre para el Partido Republicano.
Rove tenía una larga experiencia de cruzadas contra el
fraude electoral. Aquí no era aplicable. Las máquinas
eran fiables y seguras, repetía a los demás, cuando
arreciaron las preguntas.
—No están conectadas a Internet, y tabulan los votos
tomando una unidad de memoria, codificada en una
máquina específica, en un distrito específico, y llevan eso
a una ubicación central para transferir los votos y
contarlos.
Trump estaba perdiendo289 por todas partes.
«Trump y el Partido Republicano han perdido más del
50 por ciento de las demandas legales poselectorales»,
decía el titular del Forbes el 8 de diciembre, después de
que el Tribunal Supremo hiciera un esfuerzo por parte de
su aliado, el congresista de Pensilvania Mike Kelly, para
bloquear al estado y evitar que certificara la elección de
Biden.
El rechazo del alto tribunal290, por parte de uno de los
jueces más conservadores, Samuel Alito, se expresaba en
una sola frase: «Se rechaza la petición de desagravio
judicial presentada ante el juez Alito y referida por él al
tribunal».
Frustrado, Trump llamó al senador Ted Cruz, el
animoso republicano de Texas. Cruz, que se había
graduado en Derecho en Harvard, había sido secretario
del presidente del Tribunal Supremo William H.
Rehnquist desde 1996 a 1997.
Los dos habían sido enemigos durante la campaña
republicana de las primarias presidenciales de 2016, y en
Twitter, Trump había comparado crudamente el
atractivo de la mujer de Cruz, Heidi, con la glamurosa
Melania.
«Una imagen vale más que mil palabras»291, decía el
mensaje de Trump, retuiteando una frase de un
partidario. Luego, debajo del texto había dos fotos. Una
era de Melania como una supermodelo en un estudio
perfectamente iluminado. La otra era de Heidi Cruz, con
expresión desdeñosa, en un interior crudamente
iluminado.
Trump dijo más tarde a la columnista Maureen Dowd
del New York Times292 que lo lamentaba, una de las
poquísimas veces que se ha disculpado jamás por un tuit.
También había acusado al padre de Cruz de estar
asociado con Lee Harvey Oswald, el asesino de JFK.
Trump y Cruz habían dejado el pasado atrás y habían
creado una alianza de conveniencia durante la
presidencia de Trump: eran dos políticos que podían
resultarse útiles el uno al otro.
Cruz estaba en una churrasquería, en plena comida,
cuando le llamó el presidente.
—Me siento frustrado también —dijo Cruz.
—Pero ¿está sorprendido?
—No —contestó Cruz—. Hay muchísimas razones
institucionales por las cuales podrían declinar coger el
caso. Existe un riesgo real al coger ese caso. —Cruz había
apoyado públicamente llevar el caso al Tribunal
Supremo, pero en privado reconocía que las
posibilidades eran remotas.
—Bueno —dijo Trump—, se ha presentado otro caso de
Texas al Tribunal Supremo. ¿Estaría dispuesto a
defenderlo?
—Claro —dijo Cruz—. Encantado de ayudar. Pero quizá
no lo cojan tampoco.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no iban a cogerlo?
Cruz le explicó que, si el Tribunal Supremo no cogía el
caso de Pensilvania, era muy probable que rechazara
también el de Texas.
Tres días más tarde, el 11 de diciembre, Trump reunió
a un gran grupo de abogados de su campaña en el
Despacho Oval. Recorrió la sala, pidiendo los últimos
chismes sobre los casos y los recuentos.
—¿Qué opinan de Nevada? ¿Qué opinan de
Pensilvania?
Las respuestas eran medidas, cuidadosas.
De pronto sugirió que se hicieran una foto juntos. Las
sonrisas eran forzadas. Matt Morgan y Justin Clark, otro
abogado importante de campaña, se quedó después de
que se fueran los otros.
Trump les preguntó por Pensilvania. Les preguntó por
el caso de Texas. Cruz podía defenderlo.
—¿Qué opinan? ¿Cuáles son nuestras posibilidades de
conseguir recusaciones legales en esos estados que se
pudieran presentar ante el Tribunal Supremo?
—Creo que es un camino muy empinado —contestó
Morgan. No creía tener los votos suficientes en el
tribunal.
—No tienen valor —dijo Trump.
Las perspectivas eran deprimentes. Trump dio por
terminada la reunión y los despachó. Tenía otros
abogados. Estos le estaban diciendo que podía conseguir
de nuevo la Casa Blanca, malditos fueran los tribunales.
Barr creía que Trump había adquirido el peor equipo
posible de abogados para cuestionar las elecciones. Rudy
Giuliani estaba en ascenso, junto con algunos como la
abogada conservadora Jenna Ellis, que Barr creía que era
una boba. Y pensaba que Sidney Powell estaba para que
la encerraran. Pero Giuliani era el peor, «un puto idiota»
que había hecho que Trump fuera sometido a
impeachment. Giuliani «bebía demasiado y necesitaba
dinero desesperadamente, y representaba a delincuentes
y pelotas como Lev Parnas», el hombre de negocios
americano nacido en Ucrania que estaba implicado en
diversas iniciativas para ayudar a Trump.
—Ahí sentado con las camisas abiertas y cadenas de
oro en el Hotel Trump… —resumió Barr.
El fin de semana después del 1 de diciembre, Barr
redactó una carta de dimisión293 para tenerla preparada.
Conocía todos los botones de la consola psicológica de
Trump. Matarlo a halagos: «Su récord es mucho más
histórico porque lo ha cumplido frente a una resistencia
sin tregua, implacable». Si bien seguían presentando
quejas por fraude electoral, la Operación Warp Speed y el
desarrollo de las vacunas «indudablemente salvará
millones de vidas». La ofensiva contra el crimen violento
interno en Estados Unidos e internacionalmente el
comercio con China eran logros singulares de Trump.
Fue a ver a Trump en privado el 14 de diciembre con la
carta en la mano.
—Ya sé que está decepcionado conmigo —dijo Barr—.
Sé que está preocupado por muchas cosas que he hecho.
Me lo ha dejado bien claro. Hemos ido a peor, después
de un buen principio. Creo que sabe que he intentado
con todas mis fuerzas servirle honradamente como fiscal
general. Tuvimos una buena relación durante un tiempo,
pero ahora estamos chocando gravemente. Y no creo que
la cosa vaya a terminar. Por lo tanto, me gustaría irme e
intentar dejar todo esto en términos amistosos. No
quiero hacer nada que le ponga violento, o que le hiera.
Creo que he servido a mis objetivos aquí. No puedo hacer
nada más positivamente.
Barr dijo que quería irse el 23 de diciembre, para
poder pasar las vacaciones de Navidad con su familia.
Trump aceptó su dimisión y tuiteó294: «Nuestra relación
ha sido muy buena, y ha hecho un trabajo
sobresaliente».
El 14 de diciembre, los electores de los cincuenta
estados y Washington D.C. votaron formalmente, dando
a Biden 306 votos electorales y a Trump 232. Pero,
debido a los diferentes procesos legales y legislativos de
Trump,295 el resultado final tuvo que esperar tres
semanas más, hasta una sesión conjunta el 6 de enero,
cuando el Congreso contaría formalmente los votos
electorales que certificarían el resultado constitucional.
Trump todavía exhortaba al Congreso a que rechazara
la certificación. Muchos republicanos se estaban
apuntando a esa lucha. Días antes de que los electores
votaran, casi dos tercios de los republicanos de la
Cámara296, incluido el líder de la minoría en el
Congreso, Kevin McCarthy, dijeron que apoyaban un
informe de un «amigo del tribunal» que respaldaba una
demanda en Texas para que el Tribunal Supremo
bloquease los votos electorales de Pensilvania, Michigan,
Wisconsin y Georgia, evitando así que fuesen
adjudicados a Biden.
Pero Lindsey Graham creía que los ánimos exaltados
en el Congreso no correspondían al deseo político del
Partido Republicano en el Senado. Basándose en lo que
le contaba su responsable de disciplina personal, al
parecer no existía interés en invalidar el Colegio
Electoral, y esperaba que los senadores republicanos se
resistieran a verse arrastrados. Él y otros republicanos
del Senado escondieron todo esto a Trump para intentar
evitar que se pusiera furioso otra vez.
En una llamada con Trump, Graham alimentó el ego
de Trump, diciendo:
—Ningún presidente en la historia americana ha
dejado el cargo en una posición tan poderosa como la
que tiene usted ahora mismo. Es usted un presidente en
la sombra, señor presidente, está sentado encima de una
máquina de hacer dinero. Ha recaudado cientos de
millones en las últimas cinco o seis semanas. Puede
bloquear la nominación del Partido Republicano si lo
quiere así.
»Repare los daños con las mujeres universitarias —le
recomendó Graham, una perspectiva muy improbable.
El voto del Colegio Electoral bastó para McConnell,
que llamó a Mark Meadows la mañana del 15 de
diciembre.
—Advierta al presidente de que voy a reconocer que
Biden ha ganado —le dijo McConnell.
Pronto McConnell fue al hemiciclo del Senado.
—Muchos millones habíamos esperado297 que las
elecciones presidenciales dieran un resultado diferente.
Pero nuestro sistema de gobierno tiene procesos para
determinar quién jurará el cargo el 20 de enero —dijo—.
El Colegio Electoral ha hablado. De modo que hoy quiero
felicitar al presidente electo Joe Biden.
Trump llamó de inmediato a McConnell vomitando
improperios.
—Señor presidente —le dijo McConnell a Trump—, El
Colegio Electoral ha hablado. Así es como elegimos a un
presidente en este país.
Trump insultó a McConnell. ¡Desleal! ¡Débil! Aseguró
que McConnell había conseguido la reelección en
Kentucky, hacía unos meses, gracias al apoyo de Trump.
—¿Y así me lo agradeces? —preguntó Trump. Estaba
furioso. Incrédulo—. En realidad nunca has estado de mi
parte. No me entiendes.
McConnell se quedó callado. Pero lo que aseguraba
Trump de que le había ayudado era absurdo. Señaló a
sus colaboradores que en 2014, cuando Trump todavía
era presentador del reality show El aprendiz en la NBC,
él había ganado en Kentucky por un margen de 15
puntos, igual que en 2020.
Al teléfono, la observación final de McConnell a
Trump fue una recapitulación de hechos muy breve.
—Usted ha perdido las elecciones —dijo—, y el Colegio
Electoral ha hablado.
Colgó. Esperaba que aquella fuese la última vez que
Trump y él hablaban.
Biden llamó a McConnell.
—Señor presidente —dijo McConnell con intención,
aunque Biden todavía no era más que presidente electo.
Los dos mantuvieron una charla agradable, pero nada
concluyente.
McConnell y Biden tenían una relación amistosa desde
hacía años. McConnell admiraba a Biden como
panegirista de primera, que siempre elogiaba con
ecuanimidad. Había hablado incluso en el funeral de
Strom Thurmond, el difunto senador que en tiempos fue
segregacionista. Biden era un hombre que se llevaba bien
con sus colegas, que formaba vínculos, aunque sus
visiones políticas fueran discrepantes.
Los dos habían trabajado estrechamente para
establecer acuerdos con respecto al presupuesto durante
los años de Obama. Biden había visitado el McConnell
Center en la Universidad de Louisville, en 2011. Era lo
más cerca que podía estar un líder del Senado de un
archivo y lugar de reunión estilo biblioteca presidencial.
Biden decía que la multitud298 había acudido porque
quería «ver si un republicano y un demócrata se pueden
llevar realmente bien».
—Pues sí, nos llevamos bien —dijo Biden, mientras
McConnell miraba y sonreía.
35
Meadows llamó al delegado de la FDA Stephen Hahn
una mañana de mediados de diciembre y los acusó a él y
a Peter Marks, su adjunto encargado del tema de la
vacuna, de no estar esforzándose lo suficiente para
acelerar el proceso de su aprobación. No se lo estaban
tomando en serio ni dedicando los recursos necesarios.
—Al ciudadano medio no le importa que la FDA haya
empleado un proceso u otro —dijo Meadows. Eso no
afectaba a la confianza en la vacuna.
Hahn se quedó de piedra. Se había reunido de manera
asidua, hasta tres veces por semana, con el presidente y
con Meadows.
«Eso es como decir que no tenemos suficientes
neurocirujanos, así que vamos a poner a un asistente
sanitario a realizar una craneotomía para extirpar un
tumor cerebral —dijo Hahn más tarde a otras personas
—. Eso no se puede hacer.»
—No sabéis lo que estáis haciendo —le gritó Meadows
a Hahn.
—Mark, no estoy de acuerdo contigo en absoluto —
contestó Hahn.
—Te equivocas.
Meadows murmuró algo sobre la resignación.
—Perdona, ¿qué has dicho? —preguntó Hahn.
—Nada. No he dicho nada —repuso Meadows—. Yo me
encargo.
Meadows colgó y luego volvió a llamar media hora
después para disculparse.
Pero pronto Trump publicó un tuit299:
«A pesar de que he impulsado la inversión a espuertas
en la enormemente burocrática FDA con la idea de
acelerar cinco años la aprobación de VARIAS vacunas
nuevas, sigue siendo lenta como una tortuga. Saque YA
las malditas vacunas, doctor Hahn. ¡¡¡Déjese de juegos y
empiece a salvar vidas!!!»
Pfizer-BioNTech recibió la aprobación300 aquel
mismo día para su uso en mayores de dieciséis años en
Estados Unidos. Una semana más tarde301, la vacuna de
Moderna fue autorizada para mayores de dieciocho años.
El desarrollo de dos vacunas de alta efectividad en un
tiempo récord fue un logro sin precedentes.
Pero la distribución no iba tan bien302.
A Ron Klain, el jefe de gabinete entrante, se le
acumulaba el trabajo. Aquello era lo que Klain
consideraba la prosa de gobernar en medio de varias
crisis. Tenían que hacerlo bien.
Los contagios y las muertes por coronavirus303 se
habían disparado desde noviembre, e iban camino de
alcanzar máximos históricos. El 2 de diciembre, las
hospitalizaciones alcanzaron un récord absoluto —más
de 100 000— y se registraron al menos 2760
fallecimientos en un mismo día, lo que superaba el
récord diario anterior (2752 muertos, el 15 de abril).
Aunque la vacuna se había desarrollado a una
velocidad sin precedentes, a menos que empezaran a
inocularse las dosis en suficientes brazos de la gente, el
impacto positivo se vería mitigado.
Klain fue testigo304 del inicio de la vacunación el 14 de
diciembre, cuando 3913 trabajadores sanitarios de
primera línea recibieron la primera dosis. Se
distribuyeron en torno a 2,9 millones de dosis en todos
los estados, y se alcanzaron los 12,4 millones el 30 de
diciembre, muy por debajo del objetivo inicial, que eran
veinte millones. La mayoría de los estadounidenses no se
vacunarían hasta 2021. El sistema de distribución era
clave, y no era el adecuado. ¿Podrían solucionarlo ellos?
¿Y cómo iban a impulsar la economía, que estaba por
los suelos? La economía, que había empezado a
recuperarse en mayo, ahora hacía aguas. Más de 140 000
estadounidenses305 perdieron su trabajo en diciembre, y
en los bares y restaurantes se produjeron numerosos
despidos, ya que casi nadie salía a comer ni a beber
fuera.
Klain había pasado horas con Biden debatiendo acerca
de las importantes lecciones que había aprendido en su
época de «zar» (coordinador de las tareas
gubernamentales en cierto ámbito) del ébola de Obama
en 2014. Separar la ciencia de la política. Cada cosa en su
sitio.
—Esto es como los incendios forestales —le dijo Klain
a Biden—: Solo con que queden un par de ascuas, los
árboles volverán a arder. Hay que eliminarlo por
completo, de arriba abajo.
—Cuando era «zar» del ébola306 —le recordó Klain a
Biden— decidí construir diecisiete unidades de
tratamiento en África Occidental, en todas las zonas
susceptibles de sufrir un brote. De las diecisiete
unidades, nueve nunca llegaron a usarse. Luego me
largaron por derrochar el dinero. Pero como la
construcción de las unidades llevaba dos meses, si
hubiesen esperado a ver si eran necesarias, habría sido
demasiado tarde. Así es como funcionan las epidemias.
Hay que ir siempre por delante.
Ahora lo crucial era, según Klain, avanzar en todos los
frentes. Avanzar y estar preparados. Comprar todo lo que
Estados Unidos pudiera necesitar, para no arriesgarse a
no tener acceso a ello cuando fuera necesario. La falta de
provisiones al principio de la pandemia —de mascarillas,
de equipos de protección para los sanitarios, de
respiradores— había sido un factor clave en la agresiva
expansión de un virus que se transmitía por el aire.
Biden absorbía las enseñanzas de Klain y ordenaba
constantemente a su equipo que pensara a lo grande.
Mostraba signos de frustración cada vez que oía hablar
de fallos operativos.
—¿Cuántas dosis de la vacuna vamos a necesitar? —
preguntaba Biden—. ¿A cuántas personas tendremos que
contratar para inocularlas?
Quería saberlo todo, decía.
—Escuchad —dijo Biden en una reunión de transición
—, no calculéis a la baja. Calculad al alza. Si al final
tenemos demasiadas vacunas, si al final tenemos
demasiados puntos de vacunación, si tenemos
demasiado de todo, yo asumiré la responsabilidad. Pero
no pienso asumirla si nos quedamos cortos.
A principios de diciembre, Biden había nombrado a su
director de transición, Jeff Zients, de cincuenta y cuatro
años, coordinador de la estrategia de respuesta al
coronavirus de la Casa Blanca.
Zients no era médico ni científico, sino un gurú de la
gestión que también había ocupado puestos económicos
importantes en la administración Obama, incluido el de
director en funciones de la Oficina de Gestión y
Presupuesto (OMB, por sus siglas en inglés).
Entre sus tareas previas tuvo la de rectificar el
calamitoso funcionamiento del sitio web Healthcare.gov
en el que había que registrarse para el Obamacare. El
entonces vicepresidente Biden lo había apartado.
—Esto es estresante —dijo Biden—, y puede que
funcione o que no funcione. Pero tú dinos siempre la
verdad sin tapujos y ya nos las apañaremos.
Zients sabía que coordinar la respuesta a la covid-19
era una tarea de mayor magnitud y responsabilidad.
Como hombre de negocios, la filosofía de Zients307 era
atajar los problemas, planificarlo todo, dedicar recursos,
reevaluar y reajustar a diario si era necesario, y luego
dedicar más recursos. Esta forma de abordar las cosas le
había proporcionado una fortuna individual de al menos
cien millones de dólares.
Zients y su equipo enseguida se pusieron manos a la
obra para desarrollar la estrategia nacional de respuesta
al virus de Biden y todas las órdenes ejecutivas
necesarias para acelerar su puesta en marcha.
Necesitaban empezar a trabajar el 20 de enero a
mediodía. El plan escrito alcanzó las doscientas páginas.
Natalie Quillian, una experta en seguridad nacional y
exasesora principal de la Casa Blanca y el Pentágono, fue
nombrada adjunta de Zients. Ambos se pasaron semanas
intentando entender cómo tenía planeado Trump
inocular las vacunas, pero la cooperación y la
información de la administración Trump era irregular e
insuficiente. Y lo que era aún peor, el equipo de Trump
no parecía tener un plan global de distribución de las
vacunas.
Pero, dada la envergadura del problema, Zients y Klain
asumieron que tenía que haber un plan secreto que el
equipo de Trump no quería compartir. Al final, llegaron
a la conclusión de que sencillamente no había nada que
contar, ni público ni secreto.
Klain informó a Biden.
—La han cagado por completo —le dijo Klain.
Para armar su estrategia nacional, Quillian dividió su
tarea en tres fases.
Una, incrementar la producción y el suministro de
vacunas. Dos, conseguir al personal necesario para
inyectar las dosis. Tres, encontrar los centros, clínicas o
puntos de vacunación.
La administración Trump había promovido y
financiado el desarrollo de la vacuna, un logro
encomiable en un tiempo récord, pero pretendía mandar
los viales a los distintos estados y dejar que cada uno
ideara su propio plan de distribución.
—Era la peor decisión posible —le dijo el doctor
Anthony Fauci al equipo de Zients en una reunión por
Zoom. Dejaba a los estados a su suerte.
Fauci era el rostro visible del equipo médico en la
estrategia de respuesta al coronavirus en Estados
Unidos. Biden le había ofrecido al científico octogenario
el puesto de asesor médico jefe.
Fauci decía que el mayor reto sería llegar a la horquilla
entre el 70 y el 85 por ciento de la población vacunada
para alcanzar la «inmunidad de rebaño», un marcador
que indica que el número de contagios comienza a
disminuir rápidamente sin necesidad de medidas
drásticas adicionales para frenar la propagación. Harían
falta varios meses de vacunación eficaz para alcanzar
dicho objetivo. Advirtió de que habría una «ola tras otra»
después de las vacaciones, y que los hospitales
posiblemente se saturasen.
—Lo que necesitamos es que el gobierno federal
trabaje en colaboración con los estados —dijo Fauci—.
No les digáis a los estados: «Tomad el dinero, apañáoslas
por vuestra cuenta». Generalmente necesitan directrices.
Necesitan recursos.
¿Qué recursos tenía Biden a su disposición para hacer
llegar una respuesta federal a las distintas comunidades
y ayudar sobre el terreno? El equipo de Zients preparó
una hoja de cálculo con todas las agencias y subagencias
federales.
¡La FEMA! Se le encendió la bombilla, le dijo Zients a
su equipo. La Agencia Federal de Gestión de
Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) se creó
para responder en caso de emergencias como la
pandemia. Mientras que Trump había intervenido la
FEMA y sus medios de financiación a base de órdenes
ejecutivas a principios de año, Zients estaba convencido
de que no se estaba aprovechando lo suficiente.
Se puso en contacto con Tim Manning, que había
trabajado como administrador en funciones de la FEMA
durante los ocho años del mandato de Obama. Zients le
preguntó a Manning si la FEMA podría ayudar a montar
y poner en funcionamiento centros de vacunación
masiva en todo el país.
Y sí, la FEMA podía, dijo Manning, quien poco
después pasó a ser el coordinador de suministros de
Zients.
Durante el periodo de transición, Zients y Quillian
sabían que no podían meterle prisa a la FEMA para que
iniciara los preparativos. En lugar de eso, les enviaban
una consulta tras otra, dejando así bien concretado el
plan que la FEMA pondría en marcha el 20 de enero a
mediodía.
También planearon utilizar la Ley de Producción para
la Defensa, que confiere al presidente extensos poderes
de emergencia para movilizar los recursos y la capacidad
de fabricación de las empresas privadas
estadounidenses, de cara a aumentar la producción de
vacunas, pruebas y equipos. Trump había hecho uso de
este mecanismo para incrementar la producción de
respiradores.
El 20 de enero sería el día del lanzamiento de un
nuevo plan nacional de respuesta al virus. «Justicia y
equidad», ese era el mantra de Biden. Quería que fuera el
eje central de su plan, junto con la eficiencia.
Podrían utilizar los 1385 centros de salud
comunitarios que había en todo el país, le dijo Zients a
Biden. Estos son centros sanitarios gestionados a nivel
estatal y local308 que proporcionan servicios de atención
primaria a alrededor de treinta millones de
estadounidenses en las comunidades más afectadas y de
más difícil acceso.
—Más del 91 por ciento309 de sus pacientes viven por
debajo del umbral de pobreza y más del 60 por ciento
pertenecen a minorías raciales o étnicas —explicó Zients
—. El gobierno federal podría asociarse con estos centros
de salud para facilitar el acceso al suministro, la
financiación y el personal sanitario necesarios para la
administración de la vacuna.
El equipo de Biden pronto le presentó los primeros
cálculos para las prioridades que él había planteado en
su paquete de gasto inicial: más de 150 000 millones de
dólares para la compra de vacunas, otros 150 000
millones para la administración de las dosis y 150 000
millones más para reabrir las escuelas que permanecían
cerradas.
Brian Deese, que había ayudado a liderar el rescate de
la industria automovilística de Obama en 2009, cuando
tan solo tenía treinta y un años, era ahora el director
designado del Consejo Económico de la Casa Blanca.
Tenía barba y una voz profunda, como un profesor.
Deese dijo que la administración también necesitaba
ampliar los subsidios por desempleo. La economía
estaba maltrecha, con millones de personas por debajo
del umbral de pobreza desde el verano anterior y otro
receso en las contrataciones en noviembre. Ese coste
podía ascender hasta 350 000 millones de dólares.
Harían falta más de 400 000 millones para garantizar
cheques de estímulo para millones de estadounidenses.
Hacía falta más dinero para alimentar a la gente con un
programa de nutrición.
Después de que el Congreso aprobara un paquete de
estímulo económico de 900 000 millones de dólares en
diciembre, Trump parecía casi demócrata cuando tachó
los nuevos cheques de estímulo de 600 dólares de
«vergüenza» y «ridículamente escasos». Dijo que los
cheques debían ser310 de «2000 o 4000 dólares por
unidad familiar».
Biden y Klain agradecieron el comentario, si bien la
postura de Trump tenía su razón de ser en su enfado
ante la negativa de McConnell de secundar sus denuncias
de fraude electoral. El líder de la minoría del Senado,
Chuck Schumer, de Nueva York, que siempre había
soñado con destituir a McConnell y convertirse en líder
de la mayoría por primera vez en su carrera, argumentó
que los cheques podían ayudar a conseguir votos de cara
a las dos elecciones en segunda vuelta al Senado en
Georgia.
En aquel momento, los demócratas contaban con 48
escaños en el Senado. Pero si Jon Ossoff y el reverendo
Raphael Warnock conseguían ganar en Georgia el 5 de
enero, tendrían 50 escaños.
Y después del 20 de enero, en virtud de la
Constitución, la vicepresidenta Kamala Harris podría
emitir un voto de desempate. La cosa estaría muy
ajustada, pero tendrían el control de la cámara senatorial
y de los comités.
Biden y Schumer decidieron utilizar las palabras de
Trump en su beneficio y convirtieron los cheques de
2000 dólares en la piedra angular de las campañas de
Georgia. La única forma de garantizar esos cheques era
una mayoría demócrata en el Senado, aducían.
36
Kevin McCarthy, el republicano de mayor rango de la
Cámara de Representantes y líder de la minoría,
mantuvo una reunión en su suite del Capitolio con un
montón de diputados y asesores el 16 de diciembre por la
tarde.
Sentado en una silla de respaldo alto delante de una
chimenea encendida, McCarthy, de cincuenta y cinco
años, se dedicó a contar chistes e intercambiar
anécdotas. Reinaba un ambiente de celebración, incluso
de victoria. Biden podía tener grandes planes, pero
McCarthy y los republicanos de la Cámara habían
reducido la mayoría de Nancy Pelosi. ¡Les habían ganado
13 escaños a los demócratas! Un récord histórico de
mujeres republicanas311.
—¿Qué mandato? —preguntó McCarthy a los allí
presentes, desacreditando la posición de Biden en 2020
—.Él es el pasado; nosotros, el futuro —añadió McCarthy
sobre el presidente electo, un título que hasta entonces
se había mostrado reacio a pronunciar—. Se trae a todo
el mundo de antes. Está malinterpretando las elecciones.
»La gente se va a aburrir de él —prosiguió burlándose,
hablando de cómo algunos votantes describían los
mítines de campaña de Biden—: Dicen que hay círculos.
No círculos de personas, sino círculos donde tiene que
colocarse la gente para mantener la distancia social.
McCarthy, oriundo de Bakersfield, California, de
cabello plateado e hijo de un subjefe de bomberos, había
pasado toda su vida adulta dedicado a la política. Estaba
particularmente orgulloso de sus cuatro reelecciones en
su estado natal, que el New York Times calificó de «duro
revés»312 y de «advertencia para los demócratas».
—Gané cuatro escaños en California —les dijo
McCarthy a quienes estaban reunidos con él—. Cuando
todo el mundo decía que iba a perder quince, no perdí ni
uno solo.
Recitó una lista de ganadores.
Aquella era la próxima encarnación del Partido
Republicano en la Cámara en una exhibición privada:
desafiante y altivo. McCarthy había sido líder de la
mayoría de 2014 a 2019. Creía que podía volver a
medrar, esta vez como portavoz.
McCarthy se aseguró de citar a Trump. Su alianza con
él le había acercado mucho a recuperar la mayoría.
Tenía todas las miras puestas en 2022. Aguantar dos
años y luego hacerse con la portavocía.
—Obtener la mayoría —contestaba sin rodeos
McCarthy a cualquiera que le preguntara por sus
prioridades.
Para conseguirlo, McCarthy preveía una resurrección
parcial del ya difunto estandarte de recorte del gasto del
Tea Party, la alarma sobre la deuda, la guerra contra la
cultura y la apelación a los votantes hartos de las
medidas políticamente correctas. Llevaría a Trump a los
mítines de los candidatos a la Cámara.
—Opino que la deuda se va a convertir en un problema
mayor de lo que la gente cree porque es como una resaca:
te das cuenta tarde y de golpe —dijo McCarthy—. Creo
que la gente va a despertar.
»¿Sabéis a quiénes voy a reclutar? A los pequeños
empresarios. Tendrán una pasión; ellos saben cómo
pueden influir los abusos del gobierno en tu vida
privada.
»Somos el partido de la clase trabajadora. Ellos son los
elitistas que nos dicen dónde comer, cómo comer, qué
beber, qué pensar, qué leer, qué noticias sí y cuáles no. Al
final eso no vende.
McCarthy veía con pesimismo cualquier posible
relación con Biden.
—Es un hombre del Senado. Siempre va a acudir al
Senado.
Biden todavía no lo había llamado, apuntó McCarthy,
y varios aliados le habían dicho que la razón era su
negativa a reconocerlo como presidente electo. Nada
personal.
37
Sidney Powell tenía una idea para ampliar el poder de la
presidencia: Trump podía emitir una orden presidencial
para controlar el recuento de votos. Los sistemas de
recuento de cada estado estaban amañados, los medios
también. El presidente tenía que hacer algo.
Powell le presentó su estrategia a Trump el 18 de
diciembre por la tarde. La acompañaban su excliente y
exconsejero de seguridad nacional, Michael Flynn, que
acababa de recibir el indulto de Trump, y el exdirector
ejecutivo de Overstock.com, Patrick Byrne. La reunión
no estaba en la agenda, y los tres habían acudido a la
Casa Blanca aquella tarde para una supuesta visita
guiada por un miembro del personal que conocían, pero
acabaron en el Despacho Oval con Trump.
Byrne, un moscardón de negocios313 pelirrojo, había
dejado su empresa en 2019 tras admitir que mantenía
una relación con una mujer que después sería
encarcelada en Estados Unidos, acusada de trabajar
como agente rusa no registrada.
También afirmó314 en una declaración que el FBI lo
había utilizado para implicarse en una trama de
«espionaje político» contra Hillary Clinton y Donald
Trump durante las elecciones de 2016.
—¿Sabéis lo fácil que sería para mí dejar que llegara el
20 de enero, subirme al Marine One y largarme de aquí?
—les dijo Trump. Parecía cansado—. Tengo mis campos
de golf. Tengo a mis amigos. Tengo una vida estupenda.
Pero luego les dijo que le habían robado la presidencia,
así que iba a pelear.
El trío aconsejó al presidente que nombrara a Powell
fiscal especial para investigar las elecciones, quizá desde
la oficina del fiscal o incluso del Departamento de
Justicia.
Trump asintió con la cabeza. Parecía tomarse la idea
en serio. Convocó a otros asesores. Meadows y el fiscal
de la Casa Blanca Pat Cipollone no lo veían claro, al igual
que otros abogados de campaña de Trump. En privado
manifestaban que las ideas de Powell eran una locura, un
peligro, y que sacaba lo peor de Trump.
Trump no descartaba la idea. Quería actuar. Powell le
dijo que podía confiscar las máquinas de votación. Decía
que era necesario, porque las máquinas habían sido
manipuladas por las fuerzas corruptas y antitrumpistas.
Varios abogados argumentaron acaloradamente que
Trump no podía hacer eso. Eric Herschmann, abogado y
asesor principal en el Ala Oeste, advirtió al presidente
que no dejara su capital político en manos de Powell.
Sería un desperdicio.
—Sidney Powell hace muchas promesas y nunca las
cumple —dijo Herschmann mirando a Powell, lo que
hizo que Flynn y otros mostraran su desacuerdo.
—Abogados —suspiró Trump—; lo único que tengo a
mi alrededor son abogados impidiéndome hacer
cualquier cosa. Me avergüenzan mis abogados y el
Departamento de Justicia. —Miró a Powell—. Al menos
ella me está dando una oportunidad.
El canto de sirena de una acción presidencial
declarativa.
Trump llamó a Meadows y puso el manos libres.
—Nombra a Powell fiscal especial —dijo. Meadows
esquivó la cuestión, dejando claro que apoyaba la lucha
de Trump pero sin hacer promesas—. Hay que hacerlo
bien. Tiene que aprobarlo el Departamento de Justicia.
No se puede ordenar esto así sin más.
—A mí lo que me importa es hacerme con esas
máquinas —anunció Trump al grupo—. Quiero esas
máquinas y tengo derecho a confiscarlas por ley —dijo,
haciendo referencia a la Ley de Emergencias Nacionales,
que activa una serie de poderes presidenciales en caso de
necesidad.
Franklin Delano Roosevelt se había acogido a esta ley
para gestionar la Gran Depresión, y Truman había
intentado utilizarla315 para enfrentar una huelga del
acero durante la Guerra de Corea, pero el Tribunal
Supremo terminó diciéndole a Truman, en un caso
histórico, Youngstown Sheet & Tube Co. contra Sawyer,
que un presidente no podía entrar por la fuerza en las
acerías ni en ninguna otra propiedad privada.
Los abogados de campaña de Trump y los abogados
del consejo de la Casa Blanca intercambiaron miradas de
preocupación. Confiscar las máquinas de votación a
través de una acción ejecutiva tendría consecuencias
drásticas. ¿Cómo lo iba a hacer? ¿Usando al ejército? En
una entrevista con Newsmax el día anterior, Flynn había
mencionado la opción de la «ley marcial».
Trump echaba humo.
—Necesito abogados en televisión. Necesito que vaya
gente a la televisión. Que Sidney salga en televisión. Que
Rudy salga en televisión. Llamad a Rudy.
Trump le ordenó al operador de la Casa Blanca que
llamara a Giuliani.
—¡Tranquilos todos! —dijo Giuliani por el manos
libres. Podía oír la algarabía en la estancia.
Se oía mucho ruido de fondo. Trump le preguntó a
Rudy acerca del ruido.
—¿Rudy? ¿Eres tú?
Giuliani les dijo a los que estaban a su lado que se
callaran.
—Estoy hablando. ¿Quiere que vaya a la Casa Blanca?
Trump dijo que sí.
—¿Estás cerca?
—Bueno, estoy en Georgetown. —Estaba cenando en
un restaurante italiano—. Puedo estar ahí en unos quince
minutos. Tengo chófer.
—De acuerdo —dijo Trump—. Ven.
Trump se volvió hacia la congregación reunida en el
Despacho Oval. Giuliani seguía al teléfono. Trump miró a
Powell.
—Me encantaría verla en televisión —dijo—. Hará una
buena defensa.
Habló con Meadows y lo convocó también.
—Voy a nombrar a Sidney fiscal especial del
presidente. Mark, encárgate del papeleo —dijo Trump—.
Prepara todo lo necesario.
Cuando Giuliani oyó la orden de Trump, se pronunció
de inmediato. Estaba orgulloso de ser el abogado
principal de Trump. ¿Qué era todo aquello de la fiscal
especial? No le gustaba lo que oía.
—Voy de camino —dijo Giuliani.
Trump le dijo que muy bien, y luego informó a los
demás de que la reunión se reanudaría en la residencia
en unos treinta minutos. Antes de subir las escaleras, se
giró hacia el trío. Para que aquello saliera bien, les dijo,
tenéis que colaborar con Rudy.
Cuando los demás se hubieron marchado, Powell,
Flynn y Byrne esperaron en la Sala de Gabinete a que
llegara Giuliani antes de reunirse con Trump. Cuando
Giuliani había hablado por el manos libres, Byrne notó
que al exalcalde no le había agradado que Powell
estuviera intentando hacerse cargo. Él era el jefe jurídico.
Byrne esperaba poder hablar con él y ver cómo trabajar
juntos.
Cuando Giuliani llegó, aún ajustándose la corbata,
quedó claro que no habría entendimiento. Giuliani le dijo
a Powell con brusquedad que tenía que incluirla en todos
los asuntos legales que abordara. Sin más sorpresas. Ella
fue mordaz en su respuesta:
—Nunca me contestas cuando lo hago. Lee tus
mensajes.
Giuliani negó con la cabeza.
—¡Eso no es verdad! ¡Eres tú quien intenta
mantenerme al margen!
—¡A mí no me hables así, Rudy Giuliani! —dijo Powell
casi gritando.
La reunión en la residencia no llegó a buen puerto.
Giuliani y Powell no querían tratos el uno con el otro.
Powell nunca llegó a ser nombrada fiscal especial.
Aquel lunes, 21 de diciembre316, el fiscal general Barr,
que había anunciado una semana antes que dejaría el
cargo y se marcharía a finales de diciembre, les dijo a los
periodistas que no hacía falta ningún fiscal especial y que
no existían indicios de que se hubiese producido ningún
fraude «sistémico ni masivo» en las elecciones.
—Si creyera que un fiscal especial en este momento
fuese la herramienta apropiada, nombraría a uno, pero
no lo he hecho ni voy a hacerlo —dijo Barr, y añadió que
tampoco designaría a ningún fiscal especial para
investigar a Hunter Biden, quien había revelado en
diciembre que estaba siendo investigado por fiscales
federales en Delaware.
Trump estaba furioso.
«No se preocupe —lo tranquilizaron Giuliani y los
demás—, tenemos otro as en la manga.»
Mike Pence.
38
A finales de diciembre, Pence llamó al exvicepresidente
Dan Quayle. A sus setenta y cuatro años, Quayle, que
siempre había tenido un aspecto muy juvenil, llevaba
una tranquila vida de golfista en Arizona.
Los dos hombres tenían el mismo perfil: republicanos
de Indiana que habían llegado a vicepresidentes.
Pence buscaba consejo. A pesar de que el Colegio
Electoral había votado a Biden el 14 de diciembre, Trump
estaba convencido de que Pence podría inclinar la
balanza de las elecciones hacia el lado de Trump el 6 de
enero, cuando el Congreso ratificara el recuento final.
Pence le explicó a su paisano que Trump le estaba
presionando para que interviniera y garantizara que
Biden no se asegurara los 270 votos durante la
ratificación, y someter así las elecciones a votación en la
Cámara de Representantes.
Si llegaba a la Cámara, se produciría un giro
inesperado. Y Trump estaba obsesionado con el giro, dijo
Pence. Era la disposición que podía mantenerlo en el
poder.
Aunque los demócratas tenían mayoría en la Cámara,
la Duodécima Enmienda a la Constitución estipulaba que
la votación de unas elecciones impugnadas no se podía
resolver por mayoría simple.
Por el contrario, la enmienda317 dispone que la
votación debe contarse por bloques de «delegaciones
estatales», con un voto por estado:
Si nadie obtuviera dicha mayoría, […] la Cámara de los Representantes
elegirá de manera inmediata, por votación directa, al presidente. Pero,
para elegir al presidente, se emitirá un voto por estado, y el conjunto de
representantes de cada estado constituirá un único voto.
Los republicanos controlaban más delegaciones en la
Cámara de Representantes318, lo que significaba que
Trump tenía opciones de ganar si finalmente iba a ser la
Cámara quien decidiera al vencedor.
Quayle creyó que la sugerencia de Trump era absurda
y peligrosa. Recordó su propio 6 de enero veintiocho
años antes, en 1993. En calidad de vicepresidente y
presidente del Senado, tuvo que ratificar la victoria de
Bill Clinton y Al Gore, que habían derrotado a Bush y al
propio Quayle. Había estudiado sus obligaciones. Se
había leído varias veces la Duodécima Enmienda. Lo
único que tenía que hacer era contar los votos.
El presidente del Senado, en presencia del Senado y de la Cámara de
Representantes, abrirá todos los certificados y se procederá al recuento
de votos.
Eso era todo.
Los esfuerzos de Trump para persuadir a Pence eran
una fantasía oscura y propia de Rube Goldberg, en
opinión de Quayle, y podían precipitar una crisis
constitucional.
—Mike, no tienes ninguna flexibilidad a este respecto.
Nada. Cero. Olvídalo. Déjalo estar —le dijo Quayle.
—Ya lo sé, es lo que he estado intentando decirle a
Trump —repuso Pence—. Pero él cree que sí puede. Y hay
más gente que dice que tengo ese poder. He…
Quayle lo interrumpió.
—No lo tienes, así que déjalo —dijo.
Pence presionó una vez más. Para Quayle era fácil
hacer una declaración general desde el ocaso político.
Quería saber, de vicepresidente a vicepresidente, si había
aunque fuera un mínimo rayo de luz, tanto desde la
perspectiva legislativa como de la constitucional, para
siquiera aplazar la ratificación en la tesitura de haber
casos judiciales y desafíos legales en proceso.
—Olvídalo —repitió Quayle.
Pence por fin reconoció que intervenir para anular las
elecciones sería poco ético según la visión tradicional del
conservadurismo. Un hombre no podía trasladar las
elecciones a la Cámara de Representantes.
Quayle le dijo a Pence que lo dejara estar.
—Mike, es que ni te lo plantees —dijo.
Pence hizo una pausa.
—No sabes en qué posición me encuentro —repuso.
—Sí que sé en qué posición te encuentras —le corrigió
Quayle—. Y también sé qué dice la ley. Escuchar a los
parlamentarios. Eso es lo que tienes que hacer. No tienes
ningún poder. Así que olvídalo.
Pence le dijo a Quayle que había analizado a fondo el
vídeo319 del 6 de enero de 1993. Estaba en el archivo de
la web de C-SPAN. Muchas de las personas que
aparecían en la grabación ya habían muerto, incluido el
entonces presidente de la Cámara, Tom Foley, un
demócrata que le estrechó la mano a Quayle cuando el
vicepresidente inauguraba la sesión.
—En mi caso fue muy sencillo —dijo Quayle riéndose
entre dientes—. Lo anuncias y sigues.
Quayle hacía referencia a la afirmación de Trump de
que le habían robado las elecciones. Le dijo a Pence que
esas declaraciones eran ridículas y desgastaban la
confianza del electorado.
—No hay pruebas —dijo Quayle.
—Bueno, algo pasó en Arizona —repuso Pence, y le
puso al corriente de los esfuerzos legales de la campaña
de Trump en aquel estado. Había una demanda
interpuesta en el tribunal federal320 que instaba al
gobernador de Arizona a «desratificar» la victoria de
Biden en el estado, que tanto enfureció a Trump desde el
mismo momento en que Fox News declaró Arizona en
manos de Biden a las 23.20 de la noche electoral.
—Mike, vivo en Arizona —dijo Quayle—. Ahí no pasó
nada.
Quayle sabía que Pence era consciente, pero este
último se cuidó de repetir algunas líneas copiadas
directamente de los argumentos de Trump sobre cómo el
procedimiento debía seguir su curso en los tribunales.
Quayle sospechaba que Pence tenía por delante una
maratón de conversaciones con Trump.
—No tiene sentido decir que le han robado las
elecciones, ni mucho menos fantasear con la idea de
bloquear a Biden en enero.
Al rato pasaron a temas de conversación más
agradables, como el interés por cómo es la vida de un
exvicepresidente.
Mientras miraba por la ventana, cerca de los verdes
campos de golf de Scottsdale y los riscos de la cordillera
McDowell, Quayle le aseguró a Pence que todo saldría
bien. Eran conservadores. Solo había que seguir la
Constitución.
Por la misma época del mes de diciembre, el senador
Mike Lee, de Utah, habló con el líder McConnell y
resumió lo que llevaba semanas diciéndoles a sus colegas
sobre los intentos de no ratificar los resultados de las
elecciones:
—Tenemos la misma autoridad que la reina de
Inglaterra. Ninguna.
—Coincido contigo —dijo McConnell—. Coincido.
Lee, uno de los senadores más conservadores, había
elegido sentarse en el escaño que antes utilizara el
senador Barry Goldwater, de Arizona, que había sido la
conciencia del Partido Republicano durante el
Watergate, uno de los principales partidarios de
convencer a Nixon para que dimitiera.
Lee era uno de los miembros del Partido Republicano
más fiables que tenía Trump, pero también era un
estudioso del derecho y exsecretario judicial del
magistrado Samuel Alito en el Tribunal Supremo. Había
estado entre los candidatos de Trump para los
nombramientos al Tribunal Supremo y tenía un pedigrí
jurídico impecable. Su padre, Rex Lee, había sido
procurador general en la administración Reagan y era
decano fundador de la facultad de Derecho de la
Universidad Brigham Young.
Se consideraba a sí mismo un constructivista estricto,
es decir, que creía que la Constitución otorgaba poderes
específicos al Congreso, pero ninguno más allá de lo
dispuesto en el texto original.
Antes de Navidad, Lee fue a ver a Ted Cruz. Los dos
eran exsecretarios judiciales del Tribunal Supremo, y
ambos eran constructivistas estrictos… «empollones del
Derecho», como decía Lee. Les encantaba debatir sobre
quién detentaba el poder en cada caso y por qué. Y en
una larga conversación, Lee sintió que llegaban a la
misma conclusión: que el Congreso no tenía ninguna
capacidad de actuación.
Pero Cruz creía que podía encontrar una vía
alternativa para evitar la ratificación. Estaba en
conversaciones con aliados de Trump como el
congresista Mo Brooks, de Alabama, quien estaba
pidiéndoles a otros conservadores su voto en contra en la
sesión del 6 de enero. Solo necesitaban a un senador.
Si un único senador se oponía formalmente a la
ratificación, los cien senadores en pleno tendrían que
votarla. En lugar de una ratificación rutinaria, que
llevaba apenas unas horas, la sesión podría convertirse
en una pesadilla política que obligaría a los senadores
republicanos a elegir entre la Constitución y Trump.
Cruz le pidió a su equipo que empezara a investigar el
recuento de los electores, la historia de la Ley de
Recuento Electoral. En su estado corrían rumores. No se
fiaba del resultado de las elecciones. Pero McConnell y
otros líderes estaban presionando a los miembros. Nada
de objetar.
Lee no flaqueó. Durante todo el mes de diciembre
siguió diciéndole lo mismo y cada vez con más
intensidad a Mark Meadows y a cualquiera que le
preguntara su opinión:
—El presidente no debe asumir que el Congreso puede
arreglar esto. No tenemos ese poder.
»Tienes que darte cuenta de que, básicamente, has
perdido a menos que ocurra algo extraordinario —decía
Lee, refiriéndose a un fenómeno poco probable o a un
pucherazo—, algo que sería sorprendente y muy, muy
preocupante.
»Pero, a la luz de los hechos y las pruebas, no lo veo.
Lee volvió a Utah por Navidad. Al igual que le había
pasado a Cruz, empezó a oír de boca de amigos, vecinos y
familiares que les habían robado las elecciones. Constató
el alcance del poder de persuasión de Trump.
Había gente de la que no se podía decir que estuviera
al margen de la sociedad —alcaldes, funcionarios,
delegados del condado, sheriffs— que le decía que
esperaban que volviera a Washington e «impidiera aquel
robo». Mensajes de texto, publicaciones en las redes
sociales, gente que tenía su número de teléfono y que
quería saber qué estaba pasando. «¿Cómo han podido
robaros las elecciones? ¿Qué vais a hacer?»
Lee acudió a John Eastman, otro abogado de Trump.
Hablaron sobre ello.
—Se va a redactar una circular —le dijo Eastman—. Te
la enviaré en cuanto pueda.
39
Trump jugaba al golf en Florida con Lindsey Graham el
día de Navidad.
—Señor presidente —le dijo Graham—, no me cabe la
menor duda de que en Georgia y en otros sitios están
encontrando chanchullos, pero la cosa no va a llegar
hasta el punto de revertir las elecciones.
La estrategia de Graham en aquel momento no era
convencer a Trump de que había perdido —esa batalla ya
no iba a emprenderla—, sino de que no podía cambiar el
resultado.
Trump insistió. No podía entender cómo había
conseguido 74 millones de votos y había perdido. Los
sondeos y su equipo de campaña le habían dicho que, si
conseguía 74 millones de votos, tenía que ganar. Eran
más votos de los que había conseguido en la historia
cualquier candidato a la presidencia…, excepto Joe
Biden. Trump había ganado muchos condados
barómetro. Había ganado Ohio y Florida.
—Señor presidente, ha perdido unas elecciones muy
reñidas. Tiene que pensar en «el retorno del gran
americano».
—¿Por qué no me dejas desarrollarlo? —le preguntó
Trump a Graham dos veces durante la vuelta.
—Le voy a dejar desarrollarlo —le contestó Graham a
la segunda—. Hay cosas que no puedo hacer, y usted sabe
cuáles son. Pero vamos a desarrollarlo. Sigamos
poniendo el foco en los procesos electorales que cree que
estuvieron amañados.
Graham afirmó que él también creía que algunos votos
por correo eran sospechosos.
—Sigamos peleando en los tribunales —dijo—, pero no
lo llevemos al extremo.
Dieciocho hoyos después, Trump y un prodigio del golf
de origen ruso estaban empatados con Graham y el
número uno del club.
—Sigamos jugando —dijo Trump.
Siguieron empatando varios hoyos. En un par 4, el
viento soplaba a cincuenta kilómetros por hora.
En el segundo golpe, Trump le dijo a su compañero:
—Dale ahí. Usa el club.
Al joven se le fue la pelota al agua antes de llegar al
green.
Graham pensó que el muchacho se iba a cortar las
venas por haber decepcionado al presidente.
—Bueno, no pasa nada —dijo Trump—. Eres un gran
jugador. Pero piensa un poco la próxima vez. Así es la
vida.
Graham pensó que el joven recordaría aquel
comentario de Trump durante el resto de su vida. Estuvo
a punto de decirle: «Yo no lo habría dicho mejor: piensa
un poco la próxima vez».
Pero Trump no conseguía sacarse de la cabeza aquellos
74 millones de votos y seguía sacándolos a relucir. No se
creía que Biden hubiese conseguido 81 millones, siete
más que él.
Graham oscilaba entre el apoyo y la mano dura, la
amistad y el realismo.
—Señor presidente —le dijo Graham—, no voy a
discutir con usted. Ha ganado 19 de 20 condados
barómetro. Ha ganado Florida y Ohio. Cuando uno
consigue 74 millones de votos y pierde, debe de ser difícil
de asimilar.
—¡Ya lo creo que es difícil de asimilar!
—Pero así son las cosas —repuso Graham—. Así es la
vida.
El jefe de gabinete de Pence, Marc Short, y su
taciturno fiscal, Greg Jacob, le informaron a Pence de
que no había ninguna base legal ni constitucional que le
permitiera alterar el recuento de los votos electorales.
Los parlamentarios podían objetar, pero no el
vicepresidente. Pero sabían que su jefe estaba entre la
espada y la pared. Pence solo contaba sesenta y un años y
tenía ambiciones presidenciales. No podía cortar su
relación con Trump.
El riesgo se hizo patente cuando el senador Josh
Hawley de Misuri, un novato licenciado en Derecho por
Yale y exsecretario judicial del presidente del Tribunal
Supremo John Roberts, anunció el 30 de diciembre que
se opondría a la ratificación del colegio electoral el 6 de
enero; fue el primer senador en hacerlo321.
—Como mínimo, el Congreso debería investigar las
acusaciones de fraude electoral y tomar medidas para
garantizar la integridad de las elecciones. Hasta el
momento, el Congreso no ha hecho nada —dijo Hawley.
En Houston, después de ver cómo Hawley dirigía la
atención hacia su plan de cuestionar el recuento, Cruz
cogió su portátil y empezó a concretar su propia idea:
una comisión electoral creada por el Congreso para
investigar el resultado. Siguió tecleando en un vuelo de
Southwest Airlines a Washington.
«Puede que lo haga solo o puede que se sumen otros»,
le dijo Cruz a su equipo en una reunión telefónica. Ya en
Washington, le comentó la idea de la comisión al senador
John Kennedy, de Luisiana, que le dijo que contara con
él. Cruz fue hablando con todos los conservadores.
El senador Lee, su mejor amigo en el Senado, no quiso
involucrarse. Cuando Lee opinó que una comisión no era
viable, Cruz le contestó que sentía no estar de acuerdo
con él.
No había salida. Pence se iba a ver obligado a
presentar su propia derrota, y la de Trump, en la
televisión nacional, mientras los rivales y los aliados
aporreaban los atriles.
«¡EL SEIS DE ENERO NOS VEMOS EN DC!»322, tuiteó Trump
el 30 de diciembre desde Mar-a-Lago, donde estaba
pasando las vacaciones.
Sus aliados323, liderados por un grupo llamado
«Women for America First» (Mujeres por América
primero), habían solicitado un permiso al Servicio de
Parques Nacionales el 22 y el 23 de enero en
Washington. Pero cambiaron la solicitud de permiso por
la de una manifestación, y reservaron un espacio en
Freedom Plaza, cerca de la Casa Blanca, para el 6 de
enero.
Si Trump albergaba alguna duda, la disiparon sus
seguidores en televisión y en las páginas de extrema
derecha que seguía en Twitter. Los deplorables, la gente
de MAGA (Make America Great Again), «mi gente»
estaba dispuesta a pelear.
El exjefe de estrategia de la Casa Blanca, Steve
Bannon, estaba en el primer piso de su casa en Capitol
Hill el 30 de diciembre, al teléfono con Trump.
Trump y Bannon habían tenido un desencuentro dos
años antes por el perfil alto de este último, pero se
habían reconciliado a pesar de los problemas legales de
Bannon.
En agosto, Bannon había sido condenado324 en un
tribunal federal de Manhattan por defraudar a los
inversores de un proyecto privado llamado «We Build
the Wall» (Nosotros Construimos el Muro), un intento
de pasar por encima del gobierno y levantar el muro de
Trump en la frontera de México con Estados Unidos. A
Trump no pareció importarle. Quizá Bannon recibiera el
indulto.
Trump se quejó de que los republicanos no estaban
esforzándose lo suficiente para mantenerle en el poder.
—Tiene que volver a Washington y hacer una entrada
triunfal hoy —le dijo Bannon.
Bannon tenía el pelo canoso despeinado e iba vestido
con varias capas de ropa, toda negra. Tenía los ojos
hundidos e inyectados en sangre porque llevaba varios
días quedándose despierto casi hasta el amanecer,
hablando y conspirando con amigos de todo el mundo, o
anotando ideas para su podcast de extrema derecha.
—Tiene que decirle a Pence que cuelgue los putos
esquís y que venga aquí ahora mismo. Esto es una crisis
—dijo Bannon en referencia al vicepresidente, que estaba
de vacaciones en Vail, Colorado.
Bannon le dijo a Trump que se centrara en el 6 de
enero. Aquel era el momento de un ajuste de cuentas.
—La gente va a decir: «¿Qué coño pasa aquí?» —
señaló Bannon—. Vamos a enterrar a Biden el 6 de
enero, vamos a enterrarlo, joder.
Si los republicanos conseguían ensombrecer lo
suficiente la victoria de Biden el 6 de enero, dijo Bannon,
le sería difícil gobernar. Millones de americanos lo verían
como un presidente ilegítimo. Lo ignorarían. Lo echarían
y esperarían a que Trump volviera a presentarse.
—Vamos a cargárnoslo ahora que todavía está en
pañales. Vamos a matar la presidencia de Biden antes de
que empiece —dijo.
El 31 de diciembre, Trump volvió pronto de Florida,
interrumpiendo su viaje y ausentándose de la fiesta de
Año Nuevo en Mar-a-lago. Al bajar del Marine One,
Trump, con un abrigo negro de invierno y una corbata
roja, se quedó mirando a los periodistas. No iba a aceptar
preguntas.
40
A principios de enero, Lee y Graham iniciaron sendas
investigaciones personales por separado de las
acusaciones de fraude electoral del presidente. Si había
algo de cierto en ellas, habría pruebas, concluyeron.
Lee recibió una circular de dos páginas325 de la Casa
Blanca el sábado 2 de enero, firmada por el jurista John
Eastman, que estaba trabajando con Trump.
CONFIDENCIAL
Escenario del 6 de enero
Siete estados han informado de listas electorales duales al presidente
del Senado.
Lee estaba sorprendido. No había oído hablar hasta
entonces de listas electorales alternativas.
En el proceso secreto establecido en la Constitución,
los electores emitían los votos finales para la presidencia,
como habían hecho el 14 de diciembre. Y cuatro días más
tarde, el Senado debía contar formalmente esos votos
para ratificar la elección.
La posibilidad de listas alternativas o duales sería una
noticia de calado nacional. Y no había habido tal noticia.
Lee sabía desde hacía semanas que algunos aliados de
Trump en varios estados se habían estado ofreciendo
como «electores alternativos». Pero esos gestos eran más
bien una campaña en redes sociales, una tentativa de
andar por casa, sin respaldo legal alguno.
También se habían recibido llamadas de los seguidores
de Trump para que se liberase a los electores
comprometidos con Biden, para que pudieran votar a
otro. Pero aquel asalto de última hora también era difícil
desde una perspectiva legal, ya que la mayor parte de los
estados prohibían a los llamados electores «sin fe»326
cambiar su voto.
El asesor de Trump Stephen Miller327 había
considerado, no obstante, la posibilidad de una
insurrección electoral. En Fox News, en diciembre, había
defendido que «una lista alternativa de electores en los
estados reñidos va a votar, y vamos a enviar esos
resultados al Congreso».
En privado, Eastman insistía en que el Congreso debía
considerar legítimos a los grupos de personas en los
distintos estados que querían ser electores. Estaban
organizados y decididos, les dijo a los demás, y existía un
precedente del reconocimiento de una segunda lista.
Hawái había enviado dos listas competidoras en las
elecciones de 1960 tras una disputa entre el gobernador
republicano y los demócratas estatales.
Pero, a diferencia de lo ocurrido en 1960, esta vez no
había habido una tentativa formal de ofrecer a las listas
duales ninguna tracción a nivel legislativo estatal. Las
solicitudes de sesiones especiales de votación a los
gobernadores fueron desestimadas. No era más que una
protesta, en su mayoría proveniente de los seguidores de
Trump en varios estados que querían que el Congreso
reconociera a otro grupo de electores.
El 2 de enero, Lee ya sabía que no había pasado nada.
Habían sido todo habladurías, pura cháchara, ya que
todo estaba perfectamente dispuesto en la Constitución.
—¿Qué es esto? —se preguntó Lee mirando el
documento de Eastman.
Lee también sabía que cualquier intento de convertir
al vicepresidente en el jugador clave de la ratificación
sería una distorsión deliberada de la Constitución.
Lee había insistido delante de Mark Meadows y de
otras personas de la Casa Blanca y el Partido
Republicano en que el vicepresidente era un mero
contador de votos, y punto. No tenía otra función que
esa. Era un poder articulado y delimitado por aquellas
siete palabras de la Duodécima Enmienda: «Y se
procederá al recuento de votos».
La circular de dos páginas de Eastman le daba la
vuelta al proceso de recuento estándar. A Lee le
sorprendió que viniera de Eastman, un catedrático de
Derecho que había sido secretario del magistrado
Clarence Thomas cuando este era presidente del
Tribunal Supremo.
Lee siguió leyendo. «Este es el escenario que
proponemos.» La circular planteaba seis pasos
potenciales que debía seguir el vicepresidente. El tercero
llamó la atención del senador.
3. Al final, anuncia que, debido a las disputas en curso en los siete
estados, no hay electores que puedan ser designados de manera válida en
dichos estados. Eso significa que el número total de «electores
designados» —según lo estipulado en la Duodécima Enmienda— es de
454. Esta interpretación de la Duodécima Enmienda también ha sido
propuesta por el catedrático de Derecho de Harvard Laurence Tribe
(aquí). La «mayoría de los electores designados» sería, por lo tanto, 228.
En este momento hay 232 votos a favor Trump y 222 a favor de Biden.
Entonces, Pence declara a Trump presidente reelecto.
Volvió a leerlo, solo para asegurarse. Pence «anuncia
que, debido a las disputas en curso en los siete estados,
no hay electores que puedan designados de manera
válida en dichos estados». O sea, que Pence reduciría el
número de estados cuyos votos se iban a contar en las
elecciones a tan solo 43, dejando la decisión de quién
ganaba en manos de 454 electores. «En este momento
hay 232 votos para Trump y 222 para Biden —había
escrito Eastman a modo de posible escenario—.
Entonces, Pence declara a Trump presidente reelecto.»
¿Una actuación procesal del vicepresidente para
desechar decenas de millones de votos legalmente
emitidos y declarar un nuevo ganador? A Lee la cabeza le
daba vueltas. No existía una intervención como aquella
en la Constitución, en ninguna ley ni en la práctica
anterior. Eastman parecía habérsela sacado de la manga.
Eastman también había previsto la consiguiente
indignación y el miedo a un posible golpe de Estado.
4. Por supuesto, los demócratas protestan y alegan, en contra del
planteamiento previo de Tribe, que son necesarios 270 votos. Pence
acepta sus protestas. En virtud de lo estipulado en la Duodécima
Enmienda, ningún candidato cuenta con la mayoría necesaria. Eso
significa que deberá dilucidar el asunto la Cámara, donde «los votos se
emitirán por estado, y el conjunto de representantes de cada estado
constituirá un único voto». Los republicanos controlan actualmente 26
de las delegaciones estatales, la mayoría simple necesaria para ganar la
votación. Así, el presidente Trump es igualmente reelegido.
Aquella era su estrategia. O Pence declaraba ganador a
Trump o bien se aseguraba de trasladar el proceso en la
Cámara, donde Trump tenía garantizada la victoria.
La Cámara había decidido las elecciones presidenciales
únicamente en dos ocasiones en la historia de Estados
Unidos. Lee leyó el resto de la circular de Eastman, que
también afirmaba que «Pence debe hacer todo esto sin
pedir permiso».
«La realidad es que la Constitución otorga el poder al
vicepresidente en calidad de árbitro en última
instancia», decía.
Nada estaba más lejos de la verdad, y Mike Lee lo
sabía. El vicepresidente no era el «árbitro en última
instancia». Como Quayle, se sabía de memoria la frase de
la Duodécima Enmienda que decía que el presidente del
Senado tan solo «abrirá todos los certificados y se
procederá al recuento de votos».
Qué desastre. Lee se había pasado casi dos meses
intentando dejarles claro a Trump y a Meadows que
podían seguir cauces legales, pedir auditorías, recuentos
u otras reclamaciones. Podían presentar todas las
demandas que quisieran. «Pero recordad que tenéis un
tiempo de posesión del balón limitado», les dijo.
Si nada de aquello funcionaba, Pence solo podía contar
los votos. Nada más.
De niño, Mark Meadows era «gordo y empollón», en
sus propias palabras328, además de un marginado. A los
sesenta y un años, había adelgazado hasta el punto de
que ya se le podía definir sencillamente como fornido, y
de marginado no tenía un pelo; más bien era un
infiltrado en el círculo de Trump. Se había convertido en
la persona a la que Trump siempre acababa llamando.
Sus compañeros, en privado, recalcaban lo mucho que se
enorgullecía de las llamadas del POTUS, como se refería
siempre al presidente.
Meadows también trabajaba «por lo bajini», y le
encantaban las reuniones a puerta cerrada y los apartes.
Pero no era una persona reservada. En todo caso,
algunos asesores de Trump lo encontraban demasiado
sentimental. Había llorado abiertamente329 en el Ala
Oeste en varias ocasiones al enfrentarse a decisiones
personales y políticas complicadas.
Meadows convocó una reunión en su despacho de la
Casa Blanca el sábado 2 de enero para que Giuliani y su
equipo pudieran informar a Graham, en calidad de
abogado y presidente de la Comisión de Justicia del
Senado, de los problemas relativos a la votación y al
fraude que decían haber encontrado.
Los hallazgos eran suficientes para cambiar las tornas
de las elecciones en favor de Trump, dijo Giuliani,
refiriéndose a las pruebas que le habían entregado.
Giuliani llevó a un informático que presentó una
fórmula matemática que demostraba la práctica
imposibilidad de una victoria de Biden. Varios estados
habían registrado330 más votos por Biden de los que
había recibido Obama en 2008 y 2012. Dado que, según
las encuestas, Obama había gozado de mayor
popularidad en esos estados, era casi matemáticamente
imposible que Biden hubiese superado a Obama en
número de votos en las elecciones presidenciales de
2020, sostenía el experto de Giuliani.
Demasiado abstracto, concluyó Graham. Unas
elecciones presidenciales no se podían revertir
basándose en una teoría. Aunque no se fiaba de los
medios de comunicación, que aseguraban
categóricamente que las demandas de Trump eran falsas,
quería más seguridades.
—Dadme pruebas contundentes —pidió Graham.
Giuliani y su equipo concluyeron que tenían pruebas
definitivas e irrefutables de que personas fallecidas,
menores de dieciocho años y presos habían votado en
masa.
Graham dijo que estaba seguro de que parte de aquello
podía ser cierto, pero que necesitaba pruebas.
—Soy un tipo sencillo —dijo—. Si estás muerto, se
supone que no puedes votar. Si tienes menos de
dieciocho años, se supone que no puedes votar. Si estás
en la cárcel, se supone que no puedes votar. Vamos a
centrarnos en esas tres cosas.
Unos 8000 presos habían votado en Arizona, dijeron.
—Dadme nombres —pidió Graham.
Sostenían que 789 personas fallecidas habían votado
en Georgia.
—Nombres —dijo Graham. Le prometieron darle
nombres el lunes. Dijeron que habían encontrado a
66 000 menores de dieciocho años que habían votado
ilegalmente en Georgia.
—¿Sabéis lo difícil que es hacer que vote la gente de
dieciocho años? Tenéis a 66 000 menores que han
votado, ¿correcto?
—Correcto.
—Dadme nombres. Tiene que ser por escrito. Necesito
ver las pruebas.
Le prometieron que el lunes.
—Estáis perdiendo en los tribunales —dijo Graham.
Los abogados de Trump habían perdido331 ya casi
sesenta impugnaciones. Al final, unos noventa jueces,
incluidos los designados por Trump, fallaron contra las
impugnaciones auspiciadas por Trump.
El vicepresidente Pence entró en su despacho cerca de
la cámara del Senado para reunirse en privado con la
experta en procedimientos parlamentarios del Senado,
Elizabeth MacDonough, a última hora de la tarde del
domingo 3 de enero, después de que juraran el cargo los
nuevos miembros del Senado.
McConnell y su jefa de gabinete, Sharon Soderstrom,
una autoridad en políticas y procedimientos, habían
animado a Pence a organizar esta reunión. No querían
sorpresas y creían que, incluso con un guion, Pence tenía
que ensayar.
Sentado junto a su jefe de gabinete, Marc Short, y su
fiscal, Greg Jacob, Pence le pidió a MacDonough que le
detallara el plan del 6 de enero.
—Cuéntame cómo será.
Tomó notas mientras MacDonough le explicaba cómo
podía enfrentarse a los posibles desafíos y cuáles eran
sus opciones presidiendo la sesión.
Pence la acribilló a preguntas:
—¿Qué pasa si hacen esta objeción?; ¿cómo funciona
esto?; ¿cuáles son los textos que debo leer al pie de la
letra y cuáles aquellos en los que tengo algo de margen?
Short y Pence llevaban semanas discutiendo si era
posible que Pence evitara tener que hacer una especie de
anuncio televisivo de la derrota de Trump ante el mundo
entero. Aquello sería echar leña al fuego para tenerlo
como rival de Pence en 2024.
—¿No podría expresar algo de comprensión para con
alguna de las denuncias? —preguntó Pence.
MacDonough fue concisa, profesional.
—Cíñase al guion —le aconsejó—. Es usted un mero
contador de votos.
Pence se mostró de acuerdo.
41
Graham estaba en la Casa Blanca el lunes 4 de enero,
donde recibió varias circulares que apoyaban las
reclamaciones de Trump. Mandó a su chófer a recoger a
Lee Holmes, el fiscal jefe de Graham en la Comisión de
Justicia, que llevaba siete años con él.
El primer memorándum332 de Giuliani a Graham
tenía veinte páginas con 39 nombres en cada una, y
nueve nombres adicionales. Impresionaba.
Holmes leyó que un equipo de auditores había
identificado «789 personas fallecidas que habían votado
en Georgia en las elecciones generales de 2020». El
análisis era de los votos por correo y en ausencia.
MEMORÁNDUM
PARA: PRESIDENTE LINDSEY GRAHAM
DE: ALCALDE RUDY GIULIANI
FECHA: 4 DE ENERO DE 2021
ASUNTO: FALLECIDOS QUE VOTARON EN LAS ELECCIONES DE
2021 EN GEORGIA
Resumen
Muchos grupos de interés independientes han llevado a cabo análisis
para revisar los votos por correo y en ausencia denunciados por varios
secretarios de Estado para determinar si dichos votos fueron
solicitados, emitidos y registrados a nombre de personas fallecidas.
Aunque hay multitud de informes en todo el país que demuestran que
un número significativo de fallecidos participaron en la votación en
varios estados, el número del que tenemos absoluta certeza es del
facilitado por una firma independiente dirigida por Bryan Geels y Alex
Kaufman, con sede en Georgia.
Georgia - Margen — 11 779
Se ha identificado a 789 personas fallecidas que votaron en Georgia en
las elecciones generales de 2020. El equipo antes citado realizó un
análisis exhaustivo de los nombres de los votantes por correo y en
ausencia y lo contrastó con los obituarios, lo que dio como resultado
este número. Adjunta se facilita una lista completa de los votantes en
cuestión.
Holmes no veía claro cómo se podía conseguir una
lista tan extensa de personas fallecidas y contrastarla con
éxito con sus votos emitidos recientemente. Pero quizá
varias de las personas de la lista de Giuliani habían
votado de manera fraudulenta.
En cualquier caso, cuando Holmes empezó a
comprobar cientos de los nombres, no encontró pruebas
fiables de fraude.
Robert Drakeford, por ejemplo, tenía ochenta y ocho
años, y recibió la documentación para emitir el voto por
correo el 18 de septiembre. El voto fue enviado cinco días
después. Falleció el 2 de noviembre, según el documento.
Otra persona que había votado y luego se había muerto,
lo cual no demostraba nada por mucho que el
documento fuera riguroso.
Pero Giuliani le había dicho en su circular a Graham
que los datos eran «definitivos». Lo cual era una
afirmación imprudente.
Holmes estaba impresionado ante las discrepancias
flagrantes de lo que le había enviado Giuliani. Hasta
donde había comprobado, casi todos los 789 fallecidos
que supuestamente habían votado en Georgia habían
recibido la documentación para emitir el voto por correo
antes de morirse. Las fuentes no eran claras. No sabía
qué documentos del gobierno podían haber utilizado.
Había gente en Georgia que había votado y luego se
había muerto, sin duda. Eso no probaba nada. Era
ridículo. Holmes entendía perfectamente por qué los
tribunales de Georgia habían desestimado las
reclamaciones de Trump.
Un segundo memorándum333 de Giuliani decía así:
Para: Senador Lindsey Graham (R-SC)*
De: Rudolph Giuliani
Asunto: Irregularidades, imposibilidades e ilegalidades en las
elecciones generales de 2020
Fecha: 4 de enero de 2020
Introducción
Las elecciones generales estadounidenses de 2020 presentaron
diversas anomalías que contribuyeron a múltiples irregularidades, lo
que suscita inquietudes acerca de la integridad del proceso electoral.
Dichas inquietudes se repiten en numerosos estados, y siguen
patrones consistentes en todos ellos. Las leyes estadounidenses, así
como las leyes de cada uno de los estados, disponen un conjunto de
normas que determinan quién tiene derecho al voto, así como la
forma y el plazo en el que pueden emitirse los votos conforme a la
legalidad. La información que se proporciona a continuación detalla
falacias demostradas que invalidan el recuento de votos y los
resultados de los respectivos estados. Conforme a su solicitud, este
informe se limita al fraude electoral tradicional en una muestra de los
estados más disputados, y no aborda ningún asunto relativo a las
máquinas, los algoritmos ni la manipulación tecnológica.
La información detallada incluida en este memorándum es tan solo
un ejemplo de la información verificable disponible. Conforme a su
solicitud, hemos limitado el número de nombres e identidades a una
muestra reducida, ya que este memorándum pretende ejemplificar el
hecho de que los votos ilegales son demostrables e identificables, y
están documentados.
Georgia (Difusión del recuento = 11.779)
En Georgia, 66 248 personas menores de dieciocho años solicitaron y
emitieron su voto ilegalmente en las elecciones generales de 2020; o,
mejor dicho, alguien votó ilegalmente en su nombre. Las pruebas
sugieren que 10 315 personas fallecidas votaron en Georgia y que 2650
presos con penas inconclusas también solicitaron y emitieron su voto.
4502 personas no registradas emitieron su voto. 2506 delincuentes
convictos votaron en Georgia.
Después leyó un PowerPoint impreso334 que también
le enviaba Giuliani donde ponía: «Análisis
independientes realizados por auditores expertos y
especializados en estadística licenciados en
universidades de la Ivy League demuestran un número
suficiente de votos ilegales […] se emitieron y se
registraron al menos 27 713 votos ilegales en Georgia».
¿Quiénes serían aquellos cerebritos sin nombre?, se
preguntó Holmes. Esa cifra suponía más del doble del
margen de 11 779 votos que le había otorgado el estado a
Biden.
El análisis «confidencial» de la circular también decía
que 18 325 votos se habían enviado desde «domicilios
catalogados como vacíos según el USPS» (el servicio de
correos estadounidense, por sus siglas en inglés).
¿Cómo podía alguien, aunque fuera un equipo de
estadísticos de la Ivy League, revisar un censo de 7,6
millones de votantes, contrastarlo con el historial de
envíos de correos y encontrar 18 325 votos remitidos
desde casas vacías?
Holmes era un sabueso en Internet y buscó en
numerosos censos electorales públicos. No encontró
nada que permitiera el acceso a datos que pudieran
posibilitar esa búsqueda. No obstante, según los
memorándums de Giuliani, toda aquella información
estaba en archivos públicos.
El análisis de Giuliani también sostenía que había
«305 701» instancias de «solicitudes de voto por correo
realizadas antes del inicio del plazo permitido por las
leyes de Georgia».
Pero eso, una vez más, implicaba haber examinado un
censo de 7,6 millones de votantes. Hasta donde sabía
Holmes, la información de las solicitudes de voto por
correo solo estaba disponible en algunos condados de
Georgia. Era tarea casi imposible intentar aplicar algo así
a 7,6 millones de votantes.
Y otra circular «confidencial»335 decía que «4502»
personas habían votado «pero no figuran en el censo
electoral del estado». ¿Cómo podía votar gente que no
estaba registrada? ¿Y cómo podía averiguarse algo así?
Holmes recibió un correo336 de un equipo de
abogados conservadores veteranos que trabajaban con
Giuliani en Georgia. Decía así:
A los funcionarios electorales de Georgia no les salen las cuentas
Pillados: o mienten o ignoran los datos electorales
Los funcionarios electorales de Georgia anunciaron el lunes 4 de
enero que el resultado era válido porque siempre existe un ligero
margen de error, y que las personas que lo cuestionaban estaban
equivocadas. Con estas declaraciones, o bien han mentido o han
demostrado una profunda ignorancia de los datos electorales. A
continuación se adjunta un gráfico que contrasta la postura oficial del
secretario de Estado de Georgia con la verdad.
Holmes volvió a consultar los memorándums de
Giuliani y vio que muchos de los datos más recientes
remitían a la investigación realizada por Christina Bobb,
de One America News Network, un canal de televisión de
la cuerda de Trump que pregonaba conspiraciones337
como que era «de sobra conocido» que las «máquinas de
votación» eran fraudulentas. Él creía que el número de
los supuestos votantes menores de dieciocho años en
Georgia era excepcionalmente alto.
Con respecto al estado de Nevada, el informe decía que
«42 284 votantes censados votaron más de una vez».
Holmes se preguntaba cómo era aquello posible. ¿En
colegios electorales distintos? ¿En el mismo colegio
electoral? Votar dos veces era ilegal a todas luces, pero
¿quién iba a haber registrado algo así, y según Giuliani
en documentos oficiales?
En Nevada, decía también el informe, «2468 votantes
habían abandonado el estado de Nevada 30 días antes de
la fecha de las elecciones y no tenían, por lo tanto,
derecho a voto». Y 1506 figuraban como «fallecidos
según el registro oficial de decesos de la Administración
de la Seguridad Social, proveedores de datos de
consumidores, comprobaciones de los obituarios
públicos, datos de fallecimientos de la Oficina de
Crédito».
«8111 votantes se habían empadronado en domicilios
inexistentes —según el informe—. Votaron 15 164
personas de fuera del estado.»
Holmes no conseguía encontrar documentos públicos
de donde pudieran extraerse estas conclusiones.
En Arizona, según el informe, «había 36 473 personas
que no pudieron certificar su nacionalidad, pero cuyos
votos fueron aceptados y contabilizados».
Holmes sabía que las pruebas de nacionalidad no se
solicitaban, ni siquiera se permitían, en las elecciones
federales. Encontró un caso del Tribunal Supremo de
2013338, Arizona contra el Inter Tribal Council, donde se
sostenía que la Ley de Registro Nacional de Votantes de
1993 disponía que los estados no podían solicitar
ninguna prueba de nacionalidad en las elecciones
federales. Holmes llamó a los funcionarios electorales de
Arizona, que confirmaron que no solicitaban la prueba
de nacionalidad, ateniéndose a la sentencia del caso del
Tribunal Supremo.
Otro dato sin fundamento y, lo que era más
importante, sin nombres.
La falacia más grave era la afirmación de que había
habido 11 676 sobrevotos en Arizona. Los «sobrevotos»
hacían referencia a los casos en los que se marcaban más
candidatos de los permitidos. Se basaba en un informe
de cinco páginas que detallaba los sobrevotos de 220
elecciones estatales, incluidas las elecciones a juez del
Tribunal de Apelaciones, alguacil, tasador del condado,
concejal de Phoenix y alcalde de Phoenix. En el informe
se habían añadido todos estos sobrevotos de manera
acumulativa hasta alcanzar el total de 11 676.
Pero los supuestos «sobrevotos» en las elecciones
presidenciales eran solo 180, los únicos que contarían en
la contienda Trump-Biden. Ese era el único ámbito
relevante. Esos 180 votos no iban a cambiar el resultado
de las elecciones en Arizona, porque Biden había ganado,
según el último recuento, por 10 457.
En Wisconsin, el informe afirmaba que 226 000
personas que podían haber estado «confinadas
indefinidamente» votaron, y que otras «170 140 personas
votaron por correo sin haberlo solicitado previamente».
El informe decía que en Pensilvania «682 777 votos
por correo fueron contabilizados la noche del 3 al 4 de
noviembre en unas circunstancias que no cumplían la ley
estatal», que disponía que el recuento debía ser
supervisado por representantes de ambos partidos. La
afirmación se basaba en la declaración jurada de un
observador electoral.
«Todos los votos fraudulentos deben ser
descontados», sostenía el informe. Holmes volvió a
sorprenderse ante la exageración. ¿Fraudulentos? No
había pruebas.
El informe proseguía: «Si se descuentan estas
papeletas, el presidente Trump ganaría el estado por
cientos de miles de votos».
Holmes pensó que la chapucería, el tono autoritario de
certidumbre y las inconsistencias resultaban
descalificantes. Las tres circulares eran agua de borrajas.
Aun así, uno de los informes dirigidos a Graham decía
lo siguiente: «La información detallada incluida en esta
circular es tan solo un ejemplo de la información
verificable disponible. Conforme a su solicitud, hemos
limitado el número de nombres e identidades a una
muestra reducida, ya que esta circular pretende
ejemplificar el hecho de que los votos ilegales son
demostrables e identificables, y están documentados».
Holmes informó a Graham de que los datos de las
circulares eran un batiburrillo, y que mostraban un tono
amenazador y la redacción de un chaval de secundaria.
Graham miró por encima los documentos.
—Más bien de primaria —dijo.
Holmes le informó de que parte de las afirmaciones
estaban basadas en una declaración jurada.
—Mañana mismo puedo hacer una declaración jurada
afirmando que la Tierra es plana —adujo Graham.
Aunque Trump seguía furioso por el hecho de que
tanto Arizona como Fox News le hubieran dado la
victoria a Biden al principio de la noche electoral,
Graham estaba convencido de que el gobernador de
Arizona, Doug Ducey, republicano, se había asegurado
de que las elecciones fueran justas y con un sistema
eficaz de verificación de firmas.
Graham le dijo a Trump que había perdido Arizona
por sus ataques al difunto John McCain, que seguía
gozando de gran popularidad en su estado natal. Su
viuda, Cindy, había apoyado a Biden, que era amigo suyo
y había hablado en el funeral de McCain.
—Creo que los motivos de que haya perdido en Arizona
es que se puso a machacar a un muerto —le dijo Graham.
El senador Lee y su mujer, Sharon, volaron a Georgia
para asistir al mitin que daba Trump el 4 de enero para
apoyar a los senadores republicanos Loeffler y Perdue de
cara a sus respectivas elecciones.
Lee se reunió con el equipo de abogados de Georgia
que estaba encargado de impugnar el resultado estatal de
las presidenciales. Se mostraron entusiastas y afirmaron
que tenían pruebas ingentes de que muchos votos por
correo se habían recibido en domicilios que no eran
residenciales, y por lo tanto no eran legales para
registrarse en el censo en Georgia. Dijeron que se habían
emitido de forma inapropiada los suficientes votos por
Biden para que las elecciones se revirtieran en favor de
Trump.
—Si están en lo cierto —dijo Lee—, ¿por qué no están
ahora mismo en los tribunales exigiendo una orden de
alejamiento? ¿O medidas cautelares? ¿O dándoles esta
charla a los funcionarios electorales de Georgia? ¿Al
secretario de Estado? ¿O al gobernador, o al fiscal
general, o a su asamblea legislativa?
La asamblea legislativa del estado tenía toda la
autoridad.
—¿Por qué me la dan a mí? —preguntó—. Expónganle
su caso a la reina Isabel II. El Congreso no puede hacer
nada de esto. Están perdiendo el tiempo.
Los abogados indicaron que un tribunal o la asamblea
legislativa estatal aún podían actuar.
—Seguro que si eso ocurre será una gran noticia —
repuso Lee—, y yo seré debidamente informado.
42
El teniente general retirado Keith Kellogg era partidario
de Trump desde que trabajara en su campaña de 2016.
Trump lo había tomado en serio y le había hecho caso.
Kellogg tenía las espaldas anchas y la mandíbula fuerte, y
sus formas eran bruscas, tal y como le gustaba a Trump
que fueran sus generales.
Pero en los últimos años, Kellogg había estado
dividido entre dos mundos: el mundo de Pence, ya que
Kellogg era consejero de seguridad nacional del
vicepresidente, y el mundo de Trump.
—No tengo reparos en reconocerlo. Soy fiel a Trump —
les decía Kellogg a otras personas.
Aunque trabajaba directamente para Pence, en un
puesto que había aceptado tras un breve periodo como
consejero de seguridad nacional del propio Trump,
cuando dimitió Michael Flynn.
—Tengo mis motes para ambos —decía Kellogg—.
Fuego y Hielo.
Trump se sentía cómodo con Kellogg. Podía decir tacos
sin preocuparse lo más mínimo.
—Estoy tratando con un puto lunático —dijo Trump en
una reunión con Kellogg, refiriéndose a su trato con el
dictador norcoreano Kim Jong-un.
Pence era todo lo contrario de Trump. Tenía una Biblia
abierta sobre la mesa del despacho y rezaba a diario.
Organizaba reuniones de estudios bíblicos con sus
amigos y su círculo se limitaba a Marc Short, su mujer,
Karen Pence, y poco más. En los cuatro años que llevaba
trabajando con Pence, Kellogg nunca le había oído un
solo improperio, y Kellogg cuidaba su lenguaje delante
de él.
Desde noviembre, Kellogg lo estaba pasando mal al ver
cómo Pence sufría en silencio la presión de Trump para
impugnar las elecciones. En un viaje en el Air Force Two
para ver el lanzamiento de un cohete, Kellogg lo llevó
aparte.
—Señor, tiene que acabar con esto y le voy a decir
cómo —le aconsejó Kellogg—: entre ahí y dígale que no
va a hacerlo. No solo que no puede hacerlo, sino que no
va a hacerlo.
Le aseguró que para Trump no había mejor cualidad
que ser duro. Así estaría hablando su idioma.
Pence no contestó.
Pence había volado a Georgia para hacer campaña por
los dos senadores del Partido Republicano el 4 de enero.
La Casa Blanca había planeado un doble juego político:
Pence iría por la mañana y luego Trump acudiría por la
tarde. En viajes separados.
Tras largas conversaciones con sus asesores, Pence se
inclinaba a creer que en las elecciones había habido
problemas, pero evitaba palabras como «amañadas» y
«fraude». Era su forma de quedar bien con Trump sin
ponerse en plan Giuliani.
—Sé que todos339, todos tenemos nuestras dudas con
respecto a las pasadas elecciones —le dijo Pence al
público congregado en Milner, Georgia, de pie delante de
una enorme bandera estadounidense—, y quiero que
sepáis que comparto la preocupación de millones de
americanos acerca de las irregularidades electorales.
»Y os lo prometo, acudid el miércoles —dijo. La
multitud empezó a agitarse al oír aquellas palabras—.
Será nuestro día en el Congreso.
Los asistentes empezaron a vociferar.
—Escucharemos las objeciones. Escucharemos las
pruebas. Pero mañana es el día de Georgia.
En su vuelo de vuelta a Washington, Pence y sus
asesores trabajaron en el borrador de la carta que quería
hacer pública el 6 de enero explicando su decisión de
contar los votos electorales como era debido.
A Short no le gustaba demasiado la idea, y en un
momento dado sugirió que Pence podía actuar sin
publicar ninguna carta. ¿Por qué quieres crear un
blanco? Pero Pence quería redactar una carta.
Sentados en la cabina del Air Force Two, decidieron no
emplear la palabra «fraude» en ningún caso. En lugar de
eso, en su discurso hablaría de «irregularidades». Tenían
puesto Fox News en voz baja, donde estaban hablando de
Pence.
—Va a haber gente a la que no le guste esto —dijo su
asesor principal, Marty Obst, previendo la respuesta
conservadora si Pence se ceñía a su plan de no interferir
en el recuento—. Pero mucha menos gente de la que cree.
Obst estaba intentando levantarle el ánimo.
—No estoy tan seguro —dijo Pence.
Obst habló con Pence a solas más tarde. Estaba
preocupado por el que había sido su jefe durante tanto
tiempo.
—Estoy en una buena posición —lo tranquilizó Pence
—. Creo que habrá represalias. Pero ya nos las
apañaremos.
Pence miró a Obst. Sabía que su asesor, robusto y de
lengua certera, tenía tendencia a calentarse. Podía estar a
la que saltaba, como buen perro de presa de Pence, en los
días siguientes.
—Tendrás la tentación de entrar al trapo —le dijo
Pence, pero ignórala—. No sería útil.
De vuelta en Washington, Trump estaba esperando a
que Pence volviera. Les dijo a sus asesores que no saldría
hacia Georgia para su mitin de aquella tarde hasta que
tuviera un momento para hablar con el vicepresidente.
En cuanto aterrizó en la Base Conjunta Andrews, a
Pence le informaron de que el presidente quería verlo.
Short llamó a Meadows y le dijo que se pasarían, pero
pidió que el número de asistentes fuera reducido para
que la cosa no se fuera de madre. Meadows accedió.
Cuando Pence entró en el Despacho Oval con Short y
Jacob, Trump y Eastman estaban esperándolos.
Trump estaba entusiasmado. Se pasó varios minutos
repasando las credenciales de Eastman como uno de los
mejores juristas del país. Dejó claro que Pence podía
actuar. Eastman tomó la palabra y dijo que así era: Pence
podía actuar.
—Yo me he informado y me han dicho que no puedo —
dijo Pence dirigiendo una breve mirada a su fiscal, Greg
Jacob.
—Pues sí que puede —afirmó Eastman.
Su memorándum del 2 de enero dirigido a Lee se había
ampliado hasta alcanzar las seis páginas. La idea era que
Pence interrumpiera el proceso en el Congreso para que
los republicanos de las asambleas legislativas estatales
pudieran intentar convocar sesiones especiales y
consideraran la posibilidad de remitir una nueva lista
electoral.
También afirmaba que había listas duales y proponía
un escenario en el que «el vicepresidente Pence abre los
sobres con los votos» y «determina cuáles son válidos».
Pero Eastman reconoció que aquellas listas alternativas
eran objetivos, no algo legalmente tangible.
—Tienes que escuchar a John. Es un reputado experto
en derecho constitucional. Escucha lo que tiene que decir
—le instó Trump—. Escucha. Escucha a John.
El Marine One estaba zumbando a pocos metros en el
exterior, listo para despegar. Jacob y Eastman acordaron
reunirse en privado al día siguiente.
Pence le dio las gracias a Trump por ir a Georgia y le
dijo que era importante, que era un viaje clave para
conservar el Senado. Trump se encogió de hombros.
Aquella noche en Georgia, Trump atacó340 a los
demócratas y dio alas a las teorías conspirativas en torno
a las elecciones en un discurso de casi hora y media.
Apenas mencionó las elecciones al Senado, y se centró en
sus propias esperanzas de conservar la presidencia.
—No van a robarnos la Casa Blanca. Vamos a pelear
con todas nuestras fuerzas, os lo digo muy en serio —dijo
Trump a las miles de personas que abarrotaban las
tribunas rematadas por grúas donde ondeaban enormes
banderas estadounidenses.
Lee asistió al mitin.
—Mike Lee está aquí también —dijo Trump—. Pero
hoy estoy un poco enfadado con él. Quiero que Mike Lee
escuche lo que estamos diciendo, porque, ¿sabéis qué?,
necesitamos su voto.
Le lanzó una indirecta a Pence. Su reunión con él unas
horas antes no había arreglado nada.
—Espero que Mike Pence acuda en nuestra ayuda. Os
diré una cosa —dijo Trump—: es un tipo estupendo.
Claro que, si no nos ayuda, ya no me va a caer tan bien.
Dio un golpe en el lateral del atril y el público estalló
en carcajadas.
Mike Lee se fue a la cama aquella noche con un
profundo sentimiento de frustración y desconcierto.
¿Había algo que no estaba viendo? ¿O era todo tan
extraño como parecía?
Mientras tanto, multitud de desconocidos seguían
llamándolo a su móvil, urgiéndolo a que «detuviera
aquel robo». Le llamaban de estados donde la gente
insinuaba que los tribunales o las asambleas legislativas
estatales estaban a punto de pasar a la acción.
¿Era posible?, se preguntaba Lee. Veía sin dificultad
que la estrategia dependía de la afirmación de John
Eastman, el abogado de Trump, de que «siete estados
han enviado listas electorales duales». No se lo había
oído a nadie más. No había salido en las noticias.
¿Habría aunque fuera un solo estado que lo estuviese
haciendo? «Tengo que averiguar si esto es cierto»,
concluyó Lee.
En las cuarenta y ocho horas siguientes, Lee rastreó los
números de teléfono de los funcionarios electorales de
Georgia, Pensilvania, Michigan y Wisconsin; y, a través
de terceros, buscó información sobre Arizona.
Todos tenían asambleas legislativas republicanas.
Habló con sus líderes. Un senador estadounidense podía
conseguir hablar casi con quien se propusiera. Lee hizo
montones de llamadas.
Todas y cada una de las personas con las que habló le
dijeron lo mismo: no había opción de conseguir una
mayoría en el Parlamento de ninguno de estos estados
para decir que las elecciones habían sido ilegítimas ni
para anular la ratificación de su lista electoral. En
ninguna de las cámaras de representantes de ninguno de
estos estados.
Lee se cansó enseguida de oír lo mismo una y otra vez.
43
La tarde del 5 de enero, mientras esperaba a que Pence
regresara de una reunión de la comisión especial del
coronavirus, un asesor informó a Trump de que sus
partidarios se estaban reuniendo cerca de la Casa Blanca
en Freedom Plaza, cerca de la avenida Pensilvania.
A pesar del frío implacable, los seguidores de Trump
entonaban cánticos y coreaban su nombre. Ondeaban
banderas con el mensaje «Make America Great Again».
Cuando Pence llegó, Trump le contó lo de aquellos
miles de simpatizantes.
—Me adoran —le dijo.
Pence asintió.
—Claro, están aquí para mostrarle su apoyo —dijo—.
Le adoran, señor presidente. Pero también adoran la
Constitución.
Trump hizo un mohín.
—Puede ser —repuso Trump, pero estaban de acuerdo
con él: Pence podía y debía expulsar a los votantes de
Biden. Hacer justicia. Recuperar lo que era suyo—. Es lo
único que quiero que hagas, Mike. Que la Cámara decida
el resultado.
Trump no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer, y
menos frente a un hombre al que llamaba «Joe el
soñoliento».
—¿Qué piensas, Mike? —le preguntó Trump.
Pence recurrió a su mantra: no tenía autoridad para
hacer nada que no fuera contar los votos electorales.
—¿Y qué pasa si toda esta gente dice que sí? —
preguntó Trump señalando el exterior de la Casa Blanca,
a la multitud que había fuera. Los gritos estridentes y los
megáfonos atronadores se oían a través de las ventanas
del Despacho Oval.
»—Si esta gente te dijera que tienes ese poder, ¿no
querrías ejercerlo? —inquirió Trump.
—No querría que nadie tuviese esa autoridad —
contestó Pence.
—Pero ¿no sería casi divertido tener ese poder? —le
preguntó Trump.
—No —dijo Pence—. Mire, he leído esto y no veo la
forma de hacerlo. Hemos agotado todas las vías. He
hecho todo lo que estaba en mi mano y más para
encontrar la manera. Sencillamente no es posible. Mi
interpretación es que no.
»Me he reunido con toda esta gente y todos dicen lo
mismo. Personalmente, creo que estos son los límites de
lo que puedo hacer. Así que, si tiene una estrategia de
cara al día 6, no debería involucrarme a mí, porque mi
único cometido es abrir los sobres. Debería hablar con la
Cámara y con el Senado. Su equipo debería hablar con
ellos para ver qué tipo de pruebas van a presentar.
—¡No, no, no! —gritó Trump—. No lo entiendes, Mike.
Sí que puedes. No quiero seguir siendo tu amigo si no
haces esto.
—No va a ser investido el día 20. No existe ninguna
opción de que sea investido el día 20 —dijo Pence—.
Tenemos que pensar cómo gestionarlo, cómo vamos a
hacer esto. Cómo queremos comunicarlo.
Trump parecía furioso. El hombre que había accedido
a todas sus peticiones, que nunca había discrepado con él
ni lo había criticado en público desde que era
vicepresidente, no quería hacerle aquel último favor. El
poder que le había conferido a Pence durante cuatro
años y la lealtad que parecía un rasgo inherente a su
carácter parecían desvanecerse en cuestión de segundos.
La voz de Trump subió de volumen.
—Eres débil. Te falta valor. Nos has traicionado. Eres
quien eres gracias a mí. Antes no eras nada. Si haces
esto, tu carrera está acabada.
Pence no vaciló.
Un asesor de Pence, Tom Rose, lo vio saliendo del
Despacho Oval. Rose era uno de sus mejores amigos, y
más tarde contó que Pence estaba blanco como la pared,
como alguien que acabara de recibir una noticia terrible
en un hospital.
Rose, judío conservador y exlocutor de radio de
Indiana, que se ponía la kippa en el trabajo y compartía
las políticas y la pasión de Pence por el Medio Oeste, dijo
que se le cayó el alma a los pies. Quería mucho a Mike
Pence. No se merecía aquella humillación.
Pence, que bromeaba con sus asesores y decía que
estaba «en un nivel 9» de 10 cuando estaba estresado,
parecía haber alcanzado el nivel 15.
—Me he dejado la piel en el terreno de juego —le dijo
Pence a un puñado de asesores cuando volvió a su
despacho en el Ala Oeste—. He defendido mi postura. Lo
he dado todo ahí dentro.
La sala guardó silencio. No había mucho que decir.
Cuando el vicepresidente caminaba hacia su comitiva, le
dijo a Marc Short que no había flaqueado. Que no se
había roto.
Pence se inclinó para meterse en el coche.
Cuando Pence se hubo ido, Trump abrió una puerta
junto al escritorio Resolute. Una corriente de aire frío
irrumpió en la sala.
La temperatura fuera era de 0,5 ºC bajo cero, y el
viento intensificaba la sensación de frío. Trump se quedó
allí de pie, quieto, escuchando.
A través del ulular de las sirenas de policía y el
zumbido de la ciudad, podía oír a su gente. Parecían
contentos. Aspiró el aire frío y sonrió.
Trump dejó la puerta abierta para que la banda sonora
amortiguada de los gritos emocionados y los cánticos de
sus seguidores inundara la sala.
Llamó a su secretaria de prensa, Kayleigh McEnany, y
a sus adjuntos al despacho. Su director de redes sociales
y exdirector de su club de golf en Westchester, Nueva
York, Dan Scavino, se sentó en un sillón junto al
presidente.
A medida que iban entrando, algunos empezaban a
tiritar. Aun así, Trump no cerró la puerta. Un par de ellos
susurró que estaban congelados, aunque se mantuvieron
firmes.
El ruido de fuera cada vez era más fuerte, casi como
una fiesta.
—¿No es genial? —exclamó Trump—. Mañana va a ser
un gran día. Hace muchísimo frío, y ahí están, millares
de personas —añadió.
Judd Deere, el leal secretario de prensa adjunto de
Trump, tomó la palabra.
—Están deseando saber algo de usted, señor
presidente —dijo.
Otro miembro del equipo dijo que esperaban que el
miércoles fuese un día tranquilo. Otros asintieron y
dijeron que opinaban lo mismo.
Trump los miró y dijo:
—Sí, pero hay mucha ira ahí fuera.
Trump caminó por la sala pidiendo consejo acerca de
republicanos congresistas.
—¿Cómo podemos conseguir que hagan lo correcto? —
preguntó.
Nadie le dio una respuesta satisfactoria.
—Los republicanos y los RINO* son débiles —dijo
Trump, enfurecido—. Necesitan valor. Valor.
»El vicepresidente, los miembros del Congreso, ¡todos
deberían hacer lo correcto!
Advirtió que secundaría las amonestaciones a aquellos
que apoyaran la ratificación de Biden en el Congreso.
Trump repitió la pregunta:
—¿Cómo podemos conseguir que hagan lo correcto?
Pidió sugerencias sobre qué podía tuitear, y Scavino
abrió su portátil, listo para teclear.
Todos los allí reunidos se miraban unos a otros
incómodos, algunos con las manos en los bolsillos para
tratar de entrar en calor. Casi ninguno expresó palabras
de ánimo.
McEnany se volvió hacia su equipo y les preguntó si
querían hacerse una foto con el presidente. Se pusieron
todos a su alrededor y sonrieron para la foto.
Más tarde, Trump llamó al senador Ted Cruz, de
Texas. Quería que lo pusiera al día. ¿Iban los
republicanos a ceder a dar su brazo a torcer y a objetar
ante todo?
Cruz y diez senadores republicanos más estaban
ejerciendo presión para crear una comisión
parlamentaria con el fin de investigar las elecciones. Era
su condición para apoyar la objeción al recuento
electoral. Arizona, Pensilvania y Georgia debían sumarse
al día siguiente. Pero Cruz no había planeado presentar
objeciones en masa al recuento de cada estado.
—Tenéis que objetar a todos los estados que puedan
ser formulados por la Cámara —dijo Trump.
—Señor presidente, yo estoy centrado en mantener
este grupo de once senadores unido, y el consenso del
grupo no tiene nada que ver con eso.
—¿Entonces solo se oponen a uno o dos? —preguntó
Trump.
Cruz dijo que su grupo se opondría al primer estado
que saliera, Arizona, y debatiría sobre la comisión
propuesta como parte del proceso.
Trump no se quedó nada satisfecho al oír aquel plan.
—Objeten sea como sea —ordenó.
No le interesaba la comisión de Cruz. Quería
agresividad, objeción a todos los estados que salieran.
—No —dijo Cruz.
Marc Short se quedó en la Casa Blanca hasta las diez
de la noche. Pence tuvo que recomponerse para una cena
que tenía con los CEO de varias empresas y otros
simpatizantes en el Observatorio Naval. Tenía que estar
allí a las seis y media de la tarde, pero llegó con casi una
hora de retraso.
Obst estaba con la segunda dama, Karen Pence,
charlando con los invitados mientras esperaban a que
llegara el vicepresidente. Obst también estaba
contestando mensajes del socio de Giuliani, Boris
Epshteyn, amigo íntimo de Eric Trump, que estaba
instándole a que les ayudara a convencer a Pence.
Cerca de Freedom Plaza, en una suite en el famoso
hotel Willard, Epshteyn estaba con Rudy Giuliani y Steve
Bannon, presionando por teléfono a los republicanos
para que sumaran fuerzas con Trump el 6 de enero y
bloquear así la ratificación de Biden.
A medida que se aproximaba la medianoche, la
multitud en la calle se alteraba cada vez más. Los agentes
de policía tuvieron encontronazos con activistas
organizados de extrema derecha y con los llamados
Proud Boys (los «chicos orgullosos»), que inundaban las
calles habitualmente vacías de la capital. Las papeleras
estaban atestadas de restos de comida. La Policía
Metropolitana detuvo a cinco personas341 por agresión o
posesión de armas.
La gente en la calle gritaba, emocionada y casi
eufórica, ante la perspectiva de que el resultado de las
elecciones pudiera revertirse en favor de Trump el
miércoles. Esperaban para ver a Giuliani y a otras
estrellas del mundo Trump saliendo del Willard. Se
hacían gestos unos a otros, todos con sus gorras rojas, un
grupo en total solidaridad.
Epshteyn le dijo a Obst que Giuliani iría encantado a
casa de Pence para charlar con él. A Obst la sugerencia le
pareció sacada directamente de una película mala de
mafiosos.
Cuando Pence llegó parecía agotado. El antaño
presentador de radio y televisión local esbozó una
sonrisa, les dio a todos una cálida bienvenida y agradeció
su apoyo a los adinerados ejecutivos. No dijo nada
respecto del día siguiente. Se limitó a charlar
animadamente.
Obst se acercó a él al final de la cena.
—¿Está usted bien?
—Estoy bien —dijo Pence—. Estoy bien.
La noche del martes 5 de enero, a medida que se
extendían los rumores en la prensa de que Pence se
estaba resistiendo, Trump ordenó a su equipo de
campaña342 que hiciera circular una declaración
afirmando que Pence y él estaban «en total sintonía con
respecto a que el vicepresidente tenía la capacidad de
actuar».
Short no daba crédito. El presidente acababa de hacer
una declaración en nombre del vicepresidente sin
consultarlo antes con él ni con su equipo. Además,
afirmaba justo lo contrario de la postura de Pence.
Short llamó a Jason Miller, que estaba con Bannon y
con Giuliani en el Willard.
—Esto rompe todos los protocolos —dijo Short en tono
seco.
Miller se negó a retirar ni una sola palabra.
—El vicepresidente tiene la capacidad de hacer esto,
tiene que demostrar lealtad —dijo Miller.
Trump llamó a Giuliani, y luego a Steve Bannon, que
también estaba en el Willard con el exalcalde de la
ciudad de Nueva York. Trump sacó a relucir su reunión
con Pence. Dijo que el comportamiento de Pence había
cambiado por completo, que ya no era el hombre que él
conocía desde hacía mucho tiempo.
—Fue muy arrogante —dijo Trump.
Bannon se mostró de acuerdo. Aquellas tres palabras
de boca de Trump daban que pensar. Estaba admitiendo
que le había salido mal una jugada. Pence no iba a
flaquear. Si Mike Pence había sido arrogante, la ofensiva
de Trump estaba agotada.
—Muy arrogante —repitió Trump.
Trump siguió tuiteando toda la noche.
A la una de la madrugada, el presidente tuiteó: «Si el
vicepresidente @Mike_Pence343 hace lo que tiene que
hacer por nosotros, ganaremos la presidencia. Muchos
estados quieren retirar su ratificación de números
incorrectos e incluso fraudulentos en un proceso NO
aprobado por sus asambleas legislativas (como debería
ser). ¡Mike puede devolverles la pelota!».
Trump había prometido una manifestación
«salvaje»344 el 6 de enero, y en las semanas previas a la
ratificación, el Pentágono y otros organismos de orden
público habían empezado a buscar indicios de violencia.
El FBI creó una unidad para supervisar los informes de
inteligencia.
Las publicaciones en Twitter y otras redes sociales
eran cada vez más virulentas: voy a matar a esta persona;
a disparar a esta otra; a ahorcar a este tipo; a poner una
bomba. El FBI hizo un seguimiento de cada amenaza y
las vigiló de cerca, pero ninguna parecía creíble.
Bienvenidos a Estados Unidos, 2021.
Ken Rapuano, el funcionario civil del Pentágono que
coordinaba los servicios de seguridad para aquel día,
hablaba a menudo con más de una docena de unidades
policiales y de seguridad del área de Washington
mediante conversaciones telefónicas interinstitucionales.
«¿Alguien necesita efectivos de la Guardia Nacional?»,
preguntó. Se esperaban entre diez y veinte mil personas,
que no era poco pero tampoco muchísimo. En respuesta,
el mantra era: «Lo tenemos todo bajo control». Los
representantes aseguraban que manejaban multitudes de
ese tamaño a menudo. Solo la Policía Metropolitana de
Washington, D.C. pidió un pequeño suplemento de
trescientos cuarenta soldados de la Guardia Nacional,
sobre todo para encargarse de puntos concretos
alrededor del Ellipse y la Casa Blanca.
El uniforme iría acorde con sus funciones: chalecos
naranjas y gorras. Nada de cascos, uniformes
antidisturbios ni armas. Se envió también un pequeño
grupo de respuesta rápida llamado QRF (Fuerzas de
Reacción Rápida, por sus siglas en inglés), de unos
cuarenta efectivos, como contingencia de los mecánicos
de los F-16 del ejército y la Guardia Nacional aérea. No
eran equipos SWAT.
El mensaje era tajante: no debía volver a emplearse el
uso de la fuerza como había ocurrido en la plaza
Lafayette. Nada de soldados con pistolas. Nada de
militarización. Nada de helicópteros ni operaciones por
satélite o radar.
«Para que quede claro345 —escribió la alcaldesa de
Washington, D.C., Muriel Bowser, el 5 de enero al fiscal
general adjunto Jeffrey Rosen y a otros altos
funcionarios del Pentágono—, el distrito de Columbia no
solicita más agentes federales y desestima cualquier
despliegue adicional sin previa notificación y solicitud»
al Departamento de Policía Metropolitana.
Pero a medida que se acercaba el 6 de enero, se
detectaron señales preocupantes, incluida una posible
versión reducida del ataque terrorista del 11 de
septiembre. El FBI recibió un informe de una posible
amenaza aérea sobre la región de la capital de la nación
por parte de una aeronave privada.
El general Milley le pidió a Christopher Miller, el
secretario de Defensa adjunto, que ordenara un ejercicio
rápido de la Noble Eagle, una unidad de entrenamiento
con aviones de combate y vuelos de reconocimiento
desarrollado después del 11-S a modo de respuesta ante
ataques similares.
—Estén preparados para cualquier cosa —dijo Milley
—. Hagan el ejercicio de entrenamiento Noble Eagle con
los F-16 y otros dispositivos de defensa aérea.
—Con los datos que tenemos, deberíamos sacudirnos
las telarañas y ya está.
Milley le confirmó a Miller que tenía autorización para
derribar cualquier aeronave que amenazara el área de
Washington. Y, si Miller no estaba disponible, los
generales del mando norteamericano de defensa aérea
tenían autorización para ordenar abrir fuego.
44
Trump se levantó temprano el 6 de enero y siguió
tuiteando y exigiéndole a Pence que rechazara los votos
electorales.
«Lo único que tiene que hacer Mike Pence346 es
devolvérselos a los estados, y GANAMOS —tuiteó Trump a
las 8.17—. Hazlo, Mike, ¡es el momento de demostrar
valor de verdad!»
Marc Short y Greg Jacob se reunieron con Pence a las
nueve de la mañana para terminar la carta.
Jacob llevaba semanas trabajando en la carta. Era
exsocio del despacho de Washington O’Melveny &
Myers, miembro de la Sociedad Federalista y experto en
doctrina jurídica conservadora.
Al principio del proceso, Jacob había recurrido al
abogado conservador John Yoo, de la Universidad de
Berkeley, California, donde él había dado clase. Yoo
gozaba de una fama excelente en los círculos legales
conservadores. Era alumno del Departamento de Justicia
de George W. Bush, autor de los «memorándums de la
tortura», que proporcionaban fundamento legal para
torturar a los detenidos en la guerra contra el terrorismo,
y también había sido secretario judicial del magistrado
Clarence Thomas en el Tribunal Supremo.
—Mi opinión es que el vicepresidente Pence no tiene
autoridad. No debe preocuparse, ni siquiera pensar en
ello —le dijo Yoo a Jacob—. Lo lamento por tu jefe,
porque el suyo va a enfadarse mucho —añadió,
refiriéndose a Trump.
Jacob siguió buscando consejo. Llamó a Richard
Cullen, exfiscal de Estados Unidos en Virginia, que había
sido abogado personal de Pence en 2017 durante las
investigaciones sobre las interferencias electorales de
Rusia. Coincidía con Yoo.
El 6 de enero, al alba, Cullen llamó a J. Michael Luttig,
un juez federal jubilado muy popular entre la derecha.
Años antes, Luttig había contratado a John Eastman
como secretario judicial. Su opinión podía ser una
herramienta poderosa para el vicepresidente.
—Hoy es el día —dijo Cullen—. Me han pedido que le
pregunte si puede ayudarnos.
—¿Para cuándo lo necesita? —preguntó Luttig.
—Para ya —respondió Cullen.
—Dígale al vicepresidente que creo que tiene que
ratificar el voto del colegio electoral hoy —dijo Luttig.
Luego empezó a redactar una declaración en su
iPhone, a oscuras en la sala de estar.
Luttig se la envió a Cullen, que la incluyó directamente
en la carta de Pence.
Los altos cargos del gabinete celebraron una reunión
de dirigentes de treinta minutos sin el presidente Trump
a las 9.30 de la mañana del 6 de enero. Habían llegado
del extranjero nuevos informes de inteligencia y
confidenciales aquella mañana que parecían
preocupantes pero, una vez revisados, la tensión de la
sala se relajó.
Los miembros del gabinete fueron informados del
mitin que Trump tenía programado en el Ellipse. Se
habían establecido puntos de tráfico para controlar a los
asistentes. La Guardia, con chalecos naranja y sin casco,
apoyaría a la Policía Metropolitana.
Milley dijo que esperaba un día rutinario, al menos en
términos de amenazas de seguridad. Trump había dado
muchos mítines agitados, pero nunca habían derivado en
crisis.
El presidente Trump llamó a Pence sobre las diez de la
mañana del 6 de enero, mientras este estaba reunido con
Short y Jacob. Pence se excusó para contestar la llamada
en la planta de arriba, a solas.
—Voy a salir enseguida hacia el Capitolio —le dijo
Pence a Trump—. Ya le dije que lo iba a consultar con la
almohada y que lo estudiaría con mi equipo.
Escucharemos todas las objeciones y pruebas. Pero,
cuando vaya al Capitolio, haré mi trabajo.
—¡Mike, muy mal! —le dijo Trump, que lo llamaba
desde el Despacho Oval—. Mike, de verdad que puedes
hacerlo. Cuento contigo. Si no lo haces, quedará claro
que hace cuatro años elegí al hombre equivocado.
Mientras Trump seguía presionando a Pence, el
guardaespaldas del presidente, Nick Luna, entró y le
pasó una nota. Estaba todo listo para que acudiera al
mitin. Su gente lo estaba esperando.
—¡Vas a desertar! —dijo Trump.
Su enfado era visible para el resto de las personas que
estaban en el Despacho Oval, incluida su hija Ivanka.
Esta se giró hacia Keith Kellogg.
—Mike Pence es un buen hombre —le dijo Ivanka
Trump a Kellogg.
—Lo sé —dijo Kellogg.
Más adelante, Kellogg se esforzó para que todo el
mundo supiera de la simpatía de Ivanka por Pence.
Antes de que Trump saliera al escenario347 el 6 de
enero, Giuliani empleó un lenguaje militarista en su
propia intervención en el mitin.
—Celebremos un juicio por combate —dijo mientras la
muchedumbre vociferaba en señal de aprobación.
Iban embutidos en gruesos abrigos, pero estaban
eufóricos. Llevaban pancartas hechas a mano. Gorras
rojas de Trump. «Marcha por la salvación de América»,
ponía en las pantallas del escenario. Los familiares y los
asesores de Trump estaban juntos entre bastidores,
aturdidos.
—Esto es increíble —dijo el presidente Trump un poco
antes de mediodía al ver a los miles de personas allí
reunidos—. Los medios de comunicación no enseñarán la
magnitud de esta convocatoria. Girad las cámaras, por
favor, que se vea lo que está pasando aquí, porque esta
gente no está dispuesta a aguantar más. No van a
aguantar más.
Igual que Giuliani, solo hablaba de luchar.
—No recuperaréis el país siendo débiles. Tenéis que
demostrar fuerza, tenéis que ser fuertes —dijo—. Hemos
venido a exigirle al Congreso que haga lo correcto y solo
cuenten los votos electorales lícitos, solo los lícitos.
»Sé que pronto iréis todos al edificio del Capitolio a
manifestaros de manera pacífica y patriótica para
haceros oír.
Justo antes de la una del mediodía, Trump hizo un
último intento de que Pence diera su brazo a torcer y
cumpliera la voluntad del presidente.
—Mike Pence, espero que te plantes por el bien de
nuestra Constitución y por el bien de nuestro país. Y si
no lo haces, me decepcionarás mucho. En serio te lo
digo. No quiero excusas.
Pence publicó su carta de dos páginas348 poco antes
de la una, y luego la tuiteó a las 13.02. Ni él ni su equipo
se la enviaron previamente a Meadows ni al fiscal de la
Casa Blanca Pat Cipollone.
«Como estudiante de la historia que adora la
Constitución y venera a sus autores, no creo que los
Padres Fundadores de nuestro país quisieran investir al
vicepresidente con la autoridad unilateral de decidir qué
votos electorales deberían contarse durante la sesión
conjunta del Congreso, y ningún vicepresidente en la
historia de América ha ejercido nunca dicha autoridad»,
escribió Pence.
La carta terminaba con una breve plegaria: «Que Dios
me ampare».
Tras el discurso de una hora de Trump349, miles de
asistentes siguieron su consejo. Bajaron por la avenida
Pensilvania hasta el Capitolio y, cuando llegaron,
encontraron grupos reducidos de agentes de la policía
del Capitolio reunidos junto a unas barreras y vallas que
parecían aparcabicicletas.
La multitud saltaba las vallas y se acercaba cada vez
más al Capitolio, a pesar de las súplicas de los agentes.
A las 13.30, parte de los manifestantes se había
convertido en una turba enfurecida que aporreaba las
puertas y exigía entrar. A las 13.50, Robert Glover, el
responsable de la Policía Metropolitana encargado,
declaró que aquello era una revuelta. Se habían
encontrado posibles artefactos explosivos de fabricación
casera en las inmediaciones.
Poco después de las dos de la tarde, empezaron a
romper los cristales de las ventanas del Capitolio.
Estaban dentro. Muchos buscaban a Mike Pence.
—¡Hay que colgar a Mike Pence! —gritaban corriendo
por los pasillos—. ¡Traednos a Mike Pence! ¿Dónde está
Pence? ¡Encontradlo!
Fuera habían levantado una horca improvisada.
Cuando la policía del Capitolio se acercó a la
presidenta Nancy Pelosi en la sala, ella, de entrada, se
negó a que se la llevaran de allí. Tenía el edificio a su
cargo. Estaba dispuesta a pasar la tarde escuchando las
quejas de los republicanos. Sería una vergüenza para la
nación, un papelón político, pero era su deber
aguantarlo.
—Han asaltado el edificio —le dijeron—. Tenemos que
sacarla de aquí.
—No, quiero estar aquí350.
—Tiene que marcharse.
—No, no voy a irme.
—De verdad, tiene que irse.
Al final accedió.
Cerca de allí, en la Cámara de Representantes, los
agentes de la policía del Capitolio estaban diciéndole lo
mismo a Jim Clyburn. Él no daba crédito a lo que oía.
Dirigió una mirada dubitativa a sus agentes: ¿no se
suponía que la Cámara de Representantes era el lugar
más seguro de todo el país?
Rodeándola como un enjambre protector, el equipo de
seguridad de Pelosi la condujo fuera de la sala a toda
prisa. Lo mismo hizo el de Clyburn, que lo sacó por la
puerta en la que la asaltante del Capitolio y veterana de
la Fuerza Aérea Ashli Babbitt recibiría un disparo y
moriría más tarde. Clyburn llevaba en el Congreso desde
1993 y era el tercer miembro de la Cámara, pero no
conocía aquella parte del edificio. Lo montaron en su
SUV, su «camión», como él lo llamaba.
—No podemos llevarle a su casa —le dijo un agente—.
Nos han ordenado trasladarle a una ubicación secreta.
Tras un trayecto de cinco minutos, Pelosi y Clyburn,
por separado, llegaron al fuerte Lesley J. McNair, un
pequeño puesto seguro del Ejército situado a pocas
manzanas del estadio de béisbol de los Washington
Nationals. Toda una comitiva de vehículos negros.
Estaba lloviendo. Salieron de los coches y entraron.
Pelosi pensó en sus compañeros y en su equipo…, y
también en su difunto padre, que había sido miembro de
la Cámara varias décadas antes, representando a
Baltimore. Había presenciado el discurso de Winston
Churchill. A su padre le habría horrorizado aquel
espectáculo. Era antiamericano.
Llamó a su equipo. Estaban escondidos en cuclillas
debajo de las mesas. Habían bloqueado la puerta y
apagado las luces, y estaban en silencio, a oscuras.
Los asaltantes al final consiguieron entrar en el
despacho de Pelosi y robaron documentos y algunos
enseres personales. Arrasaron su espacio de trabajo en el
primer piso y se dedicaron a hacer fotos con sus
teléfonos móviles y a poner los pies encima de la mesa.
—¿Dónde está la presidenta? —gritó alguien—.
¡Encontradla!
Clyburn también llamó a su equipo. Estaban en su
despacho privado y habían parapetado la puerta con
varios muebles pesados. «Están intentando entrar en el
despacho por la fuerza», le dijeron sus aterrorizados
asesores.
Clyburn estaba preocupado. ¿Iban a por él? ¿Estaría
todo aquello organizado desde dentro? Su despacho
privado no estaba ni mucho menos limpio. ¿Por qué no
habían ido los asaltantes a su despacho público, el que
tenía su nombre en una placa en la puerta? ¿Cómo
conocían aquella ubicación?
Los asaltantes rompieron más ventanas y un espejo.
Las esquirlas alfombraban el suelo.
—Esto es violencia organizada —les dijo Pelosi a los
demás en McNair—. No son cuatro gatos
manifestándose. Es violencia organizada.
McConnell estaba escuchando al senador James
Lankford, de Oklahoma, cuando se fijó en que los
agentes de seguridad entraban en tromba en la cámara
del Senado. En cuestión de minutos, tenía al lado a un
agente empuñando un rifle de asalto. A él también se lo
llevaron a McNair.
McConnell llamó a Milley.
—Necesitamos a la Guardia Nacional. Ahora —dijo.
Habló con Pence, a quien también habían sacado de la
cámara del Senado.
—Estamos buscando ayuda. Necesitamos ayuda para
proteger el edificio —dijo McConnell—, hay que sacar a
estos payasos de aquí.
A McConnell le pareció que la respuesta de las fuerzas
de seguridad era desesperantemente lenta.
Meadows llamó varias veces a McConnell y le prometió
que les ayudaría, y le dio al Departamento de Defensa el
número de móvil del líder para que McConnell pudiese
establecer contacto directo.
En McNair, McConnell le pidió a su jefa de gabinete,
Sharon Soderstrom, que fuera a buscar a los demócratas.
Los demócratas y los republicanos estaban en zonas
separadas. Le preocupaba que la agitada policía del
Capitolio tratara de retrasar su regreso al edificio una vez
despejado.
—Averigua dónde están y díselo como sea —dijo
McConnell—. Vamos a volver a entrar esta tarde. Quiero
hacerlo en horario de máxima audiencia para que todo el
país nos vea regresar ahí dentro y terminar el recuento
de los votos electorales.
»Es importante que la gente sepa en primicia que el
asalto ha fracasado.
McConnell se había criado en el Capitolio. Hizo sus
prácticas en el Senado en el verano de 1964. Adoraba
aquel sitio. Era su lugar de trabajo. Era su casa.
45
Pence, que había llegado al Capitolio con una mascarilla
color azul marino, estaba presidiendo la sesión conjunta
del Congreso cuando los agentes del servicio secreto lo
sacaron de la sala a las 14.13351. Lo llevaron a su
despacho cerca del Senado, en el primer piso, donde se
reunieron con él su mujer Karen y su hija Charlotte, que
lo habían acompañado al Capitolio.
A medida que corría la voz de que los manifestantes
estaban asaltando el edificio y se dirigían por los pasillos
hacia la cámara del Senado, Tim Giebels, uno de los
agentes del servicio secreto que le habían asignado aquel
turno, le informó que tenían que trasladarlo a un lugar
seguro en la planta baja, cerca de la comitiva
vicepresidencial. Una vez allí, Giebels siguió recibiendo
información. Los asaltantes estaban por todo el
Capitolio. Nadie tenía el control.
—No voy a irme —dijo Pence.
Sabía que el servicio secreto se lo llevaría de allí si se
metía en el coche. Parecería que estaba huyendo.
—¡Tenemos que irnos ya! —exclamó Giebels, e invitó a
Pence a entrar en el vehículo.
—No voy a subir —insistió Pence.
Dijo que se quedaría allí haciendo llamadas con el
motor en marcha, listo para marcharse si la crisis se
agravaba.
Pence habló por teléfono con McConnell y otros líderes
que decían que necesitaban que la Guardia Nacional
fuera más rápida. Había que asegurar el Capitolio.
—¿Dónde están los soldados? —preguntó McConnell.
—Voy a ponerme en contacto con ellos y te llamo —
dijo Pence.
Keith Kellogg, que se encontraba en el Ala Oeste
durante el asalto, se fijó en que el presidente estaba
viendo la televisión en su comedor privado junto al
Despacho Oval.
Estaban empezando a emitir imágenes de los
asaltantes del Capitolio. No solo deambulaban por el
edificio. Trepaban por las paredes, se enfrentaban a la
policía y vociferaban amenazas por los pasillos de
mármol. Aquello ya no era una manifestación. Algunos
diputados y otras personas allí presentes lo tachaban de
insurrección.
«Mierda —pensó Kellogg—. ¿Qué está pasando?»
Mientras los asaltantes se dispersaban por el Capitolio,
muchos miraban el móvil y estaban pendientes de
Trump. La muchedumbre estaba cada vez más agitada.
Rompieron más ventanas.
Trump publicó un tuit352 a las 14.24. Culpaba a Pence
de no haber tenido «el valor de hacer lo que había que
hacer para proteger nuestro país y nuestra
Constitución».
Kellogg fue a ver a Trump al comedor presidencial.
Acababa de intercambiar algunos mensajes con el equipo
de Pence en el Capitolio.
—Señor, el vicepresidente está a salvo —le dijo Kellogg
a Trump.
—¿Dónde está Mike? —preguntó Trump.
—Con el servicio secreto. Están abajo, en el sótano.
Están bien y él no quiere entrar en su vehículo. Sabe que
si consiguen que se meta en el coche, se lo llevarán de
allí.
»Señor presidente —añadió—, debería publicar un tuit.
En el Capitolio nadie lleva un televisor a cuestas. Tiene
que tuitear algo cuanto antes, ayudar a calmar a la gente.
Están fuera de control
»No pueden controlar esto. Señor, no están
preparados. Cuando una multitud se subleva así,
estamos perdidos.
—Ya —dijo Trump.
Pestañeó y siguió viendo la televisión.
Kellogg observó a su alrededor y se dio cuenta de que
el Ala Oeste estaba casi vacía. Meadows estaba en su
despacho, pero Trump estaba prácticamente solo. El
consejero de seguridad nacional, Robert O’Brien, se
encontraba en Florida. Y Kushner no estaba.
Kellogg fue a buscar a Ivanka Trump.
Los agentes de policía habían desenfundado sus armas
dentro de la Cámara de Representantes y apuntaban a
las puertas mientras los manifestantes aporreaban la
madera maciza sin dejar de gritar.
El congresista Joe Neguse, un demócrata de treinta y
seis años de Colorado, le mandó un mensaje a su mujer,
Andrea. Ella le advirtió que la turba estaba en la Sala de
las Estatuas, a pocos metros de él. Neguse le dijo que la
quería, que quería a su hija y que todo saldría bien.
Pero Neguse y otras personas que estaban con él, en
cuclillas en el suelo, no estaban tan seguros. La cámara
estaba sellada. La policía conminó a los parlamentarios a
que cogieran las máscaras de gas, profiriendo órdenes a
voces. ¡Todo el mundo al suelo! ¡Pónganse las máscaras!
Mientras los diputados abrían las máscaras de gas,
sonó un fuerte ruido. Un zumbido. Una cacofonía de
gritos y pitidos inundó la Cámara de Representantes.
—¡Prepárense para ponerse a cubierto!
Neguse podía oír a los asaltantes golpeando las
puertas.
Los agentes se dispersaron para proteger a los
diputados por grupos. ¡Salgan! ¡Sígannos!
Los evacuaron a un emplazamiento seguro.
Paul Ryan, expresidente de la Cámara, estaba solo en
el despacho de su casa, en el área de Washington. Tenía
puesta la televisión. Sobre la mesa tenía una pila de
trabajo pendiente. Aquellos días estaba de exámenes y
dando clase. Por Zoom.
Miró la pantalla. ¿Un motín? ¿En el Capitolio? Subió el
volumen. Enseguida reconoció a los agentes de la policía
del Capitolio. «Dios mío —pensó—. Conozco a esos
hombres.» No solo de su antiguo equipo de seguridad,
sino también de todas las décadas que había trabajado
allí, primero como empleado y más tarde como diputado,
desde 1992 hasta 2018.
Vio cómo un manifestante con barba le quitaba el
escudo antidisturbios a un policía y lo estampaba contra
una ventana del Capitolio. El cristal se rajó. Otro golpe.
Más rajas. Otro golpe. Había roto la ventana. Los
asaltantes vociferaban, se encaramaban a las ventanas y
entraban en el edificio.
Estaba convencido de que la lucha de Trump era una
pantomima, pensó Ryan. Que Trump daría su mitin y les
diría a sus seguidores que no había perdido. Que haría
una pirueta poselectoral. No creía que pudiera llegar tan
lejos.
Pero estaba ocurriendo. Seguía viendo caras de
policías conocidos. Era difícil de encajar. Se puso a
llamar a amigos diputados y empleados del Capitolio.
Algunos le dijeron que estaban esquivando a los
asaltantes por el hueco de la escalera. Estaban
destrozando la Sala de las Estatuas, la misma que él
cruzaba diez veces al día cuando era presidente de la
Cámara de Representantes.
—Espero que estéis bien —les dijo Ryan.
Y también que se sentía culpable por no estar allí.
—Donald Trump ha fomentado esto, los ha
revolucionado —les aseguraba Ryan enfadado a varios
amigos—. Los ha enviado él. Él les ha metido esto en la
cabeza. Ha decidido creer a sus asesores más chalados.
Podía haber elegido escuchar a Pat Cipollone o a Bill
Barr, pero prefiere hacerle caso a Rudy Giuliani.
Más tarde, Ryan se sentó ante su ordenador. Redactó
un correo dirigido a un reducido grupo de agentes de la
policía del Capitolio que habían formado parte de su
equipo de seguridad. Les dijo que él y su mujer, Janna,
estaban «horrorizados y consternados» ante la violencia
ejercida contra los agentes y la profanación del Capitolio.
Ryan levantó la vista hacia el televisor de nuevo y
contempló la escena. Se frotó los ojos.
—Dios mío —dijo, sobresaltándose.
Los asaltantes seguían vociferando y escalando las
paredes exteriores. Golpeaban a los policías con barras
metálicas.
Ryan empezó a llorar desconsoladamente.
Llamó a su asistente y le dijo que cancelara todas sus
reuniones de aquel día.
—Hoy no puedo con nada más —dijo.
—¿Dónde está el presidente?
El líder de la minoría Kevin McCarthy estaba llamando
a la Casa Blanca y pidiéndoles a los asesores que le
pusieran con el presidente.
Estaban arrasando el despacho de McCarthy en el
primer piso del Capitolio. Habían roto las ventanas. Su
equipo de seguridad lo había sacado de allí a toda prisa.
Trump se puso al teléfono.
—Tiene que salir y decirle a esta gente que pare. Estoy
fuera del Capitolio. Esto es un atropello —dijo McCarthy.
Estaba muy alterado—. Acaban de disparar contra una
persona.
McCarthy había oído un disparo. A las 14.44, la
veterana de la Fuerza Aérea Ashli Babbitt recibió un
tiro353 por parte de un agente de policía en el interior del
Capitolio mientras intentaba derribar una puerta junto a
otros asaltantes cerca de donde estaban los diputados.
—Publicaré un tuit —dijo Trump.
—Nunca he visto nada igual —dijo McCarthy—. Tiene
que decirles que paren. Tiene que sacarlos de aquí.
Sáquelos de aquí. Ahora mismo.
Trump no parecía entender la gravedad de la
situación. Ni siquiera le preguntó a McCarthy si él estaba
bien. E hizo el siguiente comentario354:
—Bueno, Kevin, supongo que esta gente está más
indignada por las elecciones que tú.
Kellogg encontró a Ivanka Trump.
—Tiene que hablar con su padre acerca del motín en el
Capitolio —le dijo.
Ella podía acceder a su padre mejor que otros. Podía
hablarle como hija.
Ivanka entró en el Despacho Oval. Cuando salió unos
minutos después, Kellogg se fijó de inmediato en la
expresión de su rostro. Había visto ese mismo gesto
alguna vez en su propia hija. Acababa de tener una
conversación difícil.
Durante meses, Ivanka Trump y su marido, Jared
Kushner, habían visto cómo Trump se entregaba a las
teorizaciones legales y a las conspiraciones congresistas
que le contaban sus aliados. Habían decidido ir con pies
de plomo con Trump: Kushner les hizo ver a los asesores
que la presidencia era de Trump, y que él era el único
que podía decidir cómo ponerle fin.
Kushner no quería ser el punto de contacto en una
intervención. Les decía a todos que respetaran a Trump y
le dieran espacio. Kushner había viajado a Oriente Medio
en noviembre, y luego otra vez en diciembre.
Mientras Kellogg y otras personas miraban, Ivanka
entró dos veces más a ver a su padre.
—Déjalo ya —le dijo—. Olvídalo.
Trump no llegó a llamar a Pence aquel día.
Marc Short, que estaba con Pence, llamó a Meadows
más tarde para informarle del estado de la cuestión.
—El vicepresidente está trabajando con los líderes
para asegurarse de que volvamos para la votación —dijo
Short.
—Probablemente sea lo mejor —dijo Meadows—.
¿Podemos hacer algo más por vosotros?
Short estaba profundamente frustrado. «¿Podemos
hacer algo más por vosotros?» ¿Estaba de broma?
¿Dónde estaba la urgencia?
A las 15.13 Trump publicó un tuit355: «Quiero pedirles
a todas las personas que están en el Capitolio que
mantengan la calma. ¡No a la violencia! Recordad que
NOSOTROS somos el partido de la ley y el orden: respetad
la ley y a los hombres y mujeres que trabajan para las
fuerzas de seguridad. ¡Gracias!».
Dentro del gabinete de prensa de la Casa Blanca, la
asesora de Trump Sarah Matthews no sabía dónde
meterse. Ella y los demás asesores estaban pegados a los
ordenadores, conscientes de que se estaba presionando
al presidente para que tuiteara algo. Pero, cuando leyó el
tuit, les dijo a sus compañeros que aquello no haría nada
por detener el motín. Aquello era un gesto insignificante,
no una exigencia.
—La situación está fuera de control —dijo Matthews.
Bajó al gabinete de prensa de la planta baja, cerca de la
sala de prensa—. Esto es muy grave.
La congresista Elissa Slotkin, una demócrata de
Michigan de cuarenta y cuatro años, llamó al presidente
Milley por teléfono a las 15.29. Antes de ser elegida
diputada, Slotkin era analista en la CIA, había trabajado
en Irak en tres ocasiones distintas y más tarde había sido
funcionaria en el Pentágono durante la presidencia de
Obama.
Slotkin conocía bien a Milley. Tenían un trato de
mutua confianza, familiar.
—Mark, tienes que enviar a la Guardia —dijo con
severidad.
Estaba alterada y alerta. Como en Bagdad. El Capitolio
estaba en estado de sitio, y ella y los demás diputados
estaban escondidos en sus despachos.
—Lo sé —dijo Milley—. Estamos en ello.
—Ya sé que me enfadé contigo por lo que pasó en junio
—dijo Slotkin, refiriéndose al episodio en la plaza
Lafayette—. Pero ahora te necesitamos, y te necesitamos
ya. Tenéis que mandar al ejército. Y todo lo que podáis.
—Elissa, lo entiendo.
—Sé lo hipócrita que suena esto —dijo.
La diputada había criticado duramente la intervención
militar en las manifestaciones por George Floyd en la
plaza Lafayette.
—Tienes razón —dijo Milley—, un poco sí. Pero vamos
para allá.
—Estás en una posición ridícula —dijo Slotkin.
—Congresista, vamos a enviar todo lo que podamos y
lo antes posible.
—¿Es verdad que Trump ha dicho que no? —le
preguntó Slotkin.
¿Se había negado el presidente a enviar a la Guardia
Nacional? Esa posibilidad planeaba sobre Capitol Hill.
—No he hablado con Trump, y lo he hecho adrede —le
dijo Milley—. He hablado con Pence. He informado a
Pence de que vamos a mandar a la Guardia. Pence lo ha
celebrado.
—Es muy inteligente no haber involucrado a Trump —
dijo Slotkin—. Muy bien hecho.
—No sé si Trump hubiese contestado forzosamente
que no —repuso Milley.
—¿Por qué no? —preguntó Slotkin.
Milley le explicó que, unos días antes, en una reunión
de seguridad nacional que no tenía nada que ver con
aquello, le había dicho a Trump que iban a asignar
algunos efectivos de la Guardia para apoyar a la policía
del Capitolio y a la de Washington, D.C., el 6 de enero. Y
Trump se había mostrado de acuerdo y había dicho:
«Muy bien, haced lo que tengáis que hacer».
Milley matizó acto seguido aquella afirmación
añadiendo:
—No sé.
Biden pospuso sus planes356 de hablar sobre la
economía aquel día y preparó un discurso breve. Salió al
escenario en su sede transicional en Wilmington a las
16.05 de la tarde. Detrás de él había enormes pantallas
digitales azules que proyectaban el mensaje «OFICINA DEL
PRESIDENTE ELECTO» en letras blancas. Habló en voz baja,
casi un susurro.
—En este preciso instante, nuestra democracia está
siendo objeto de un ataque sin precedentes, nada que
hayamos visto en nuestra época. Un asalto a la ciudadela
de la libertad, el mismísimo Capitolio.
»Esto no son discrepancias, son disturbios. —Empezó
a elevar la voz, enfadado—. Es caos. Raya en la sedición.
Biden instó a Trump a «comparecer en la televisión
nacional de inmediato» y «cumplir con su juramento,
defender la Constitución y exigir el fin de este asedio».
Cuando hubo terminado, dio media vuelta y se
encaminó a la zona entre bastidores, alejándose de los
focos deslumbrantes que iluminaban el atril. Un
reportero gritó:
—¿Está preocupado por su investidura, señor?
Otro reportero dijo:
—¿Ha hablado con McConnell hoy?
De pie entre las sombras, cerca de la parte posterior
del escenario, Biden se dio la vuelta y levantó la mano
derecha para hacerse oír. Su rostro apenas era visible en
pantalla. Habló en voz bien alta.
—No me preocupan ni mi seguridad personal ni la
investidura —dijo—. El pueblo americano va a
levantarse. Ahora.
Hizo una pausa.
—¡Ya basta! —exclamó Biden, y dio una especie de
puñetazo al aire con la carpeta en la mano. Dio media
vuelta de nuevo, agachó la cabeza y salió de la sala.
46
Poco después de las cuatro de la tarde, mientras los
asaltantes seguían entrando en el Capitolio y
desbordando a las fuerzas policiales, Pence llamó a
Christopher Miller357, el secretario de Defensa adjunto, y
le dijo:
—Evacúen el Capitolio.
Miller le aseguró a Pence que estaba en ello y que la
cosa avanzaba.
En la Casa Blanca, Kellogg permaneció cerca del
presidente, que seguía en el Despacho Oval. Meadows
estaba allí también.
El viceconsejero de seguridad nacional Matthew
Pottinger, experiodista y asesor clave de Trump acerca
de China y la pandemia, se presentó allí.
Meadows se desahogó con Pottinger. La Guardia
Nacional estaba tardando mucho.
—Maldita sea —soltó Meadows. Explicó que le había
dicho a Miller que se dieran prisa—. ¿Dónde está la
Guardia?
Pottinger, que estaba al habla con sus contactos en el
Pentágono y otras agencias involucradas, dijo que Miller
recelaba de utilizar a la Guardia de forma agresiva para
contener los disturbios. Le parecía militarizarlo todo
demasiado, le parecía una provocación.
Meadows no quiso ni oír aquella excusa.
—Le dije que movilizara a la Guardia. Salga ahí fuera y
hágalo —dijo Meadows. Le dijo a Pottinger que llamara a
Miller y lo presionara.
Kellogg intentó intervenir y llamó al jefe de gabinete
de Miller, Kash Patel.
—¿Qué coño estáis haciendo? —le increpó Kellogg—.
Meadows está furioso porque la Guardia no está allí ya.
—Ah, están en marcha, ya están en marcha —dijo
Patel.
Anthony Ornato, un oficial del servicio secreto que
había sido jefe de operaciones de la Casa Blanca con
Trump, le recordó a Kellogg otra opción.
—Tenemos a 2000 marshals a los que podemos
convocar ahora mismo —dijo Ornato.
—Eso es bastante inteligente, llamadlos también —dijo
Kellogg.
Cada vez llegaba más gente al Despacho Oval.
Circulaban ideas sobre la gestión de daños. Publicar más
tuits. Grabar un vídeo. Celebrar una rueda de prensa.
—Eso probablemente sea lo más estúpido que puede
hacer ahora mismo —aseveró Kellogg—. Si haces una
rueda de prensa, habrá preguntas, y no tendremos el
control de las mismas. Hay que tener la situación
controlada.
Meadows y Kellogg, junto con otros asesores, entraron
a ver al presidente. Se decidieron por el vídeo358. Se
grabó enseguida, fuera de la Casa Blanca, Trump
hablando frente a una única cámara. Sin disculpas ni
concesiones. Se publicó a las 16.17.
—Las elecciones han sido fraudulentas, pero no
podemos caer en su juego —dijo Trump—. Tenemos que
tener paz, así que marchaos a casa. Os queremos. Sois
muy especiales.
Siete minutos más tarde359, el cuerpo de alguaciles de
Estados Unidos publicó un tuit: «El Cuerpo de Alguaciles
de Estados Unidos va a sumarse a otras fuerzas del orden
para apoyar a la policía del Capitolio en las operaciones
en Washington, D.C.».
En una sala enorme de uno de los edificios de
despachos del Senado, los senadores de ambos partidos
recibieron la orden de estar quietos; la policía del
Capitolio montaba guardia en la puerta. Había poca
comida, y los senadores murmuraban que tenían
hambre. Mientras miraban las noticias en sus móviles y
se juntaban en pequeños grupos, empezaron a estallar
tensiones entre ellos. El senador de Ohio Sherrod Brown,
demócrata, mandó callar en un momento dado a Lindsey
Graham.
Nadie hablaba con el senador Hawley, a quien muchos
culpaban de haber instigado la revuelta al anunciar su
oposición a la ratificación una semana antes.
Una fotografía de Hawley con el puño cerrado y
levantado360 fuera del Capitolio, como si apoyara a los
seguidores de Trump, circulaba por Internet. Se había
convertido en el rostro del bloque trumpista en el
Senado.
Al final, todos los senadores observaron cómo Cruz se
dirigía hacia donde estaba Hawley.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Cruz.
Unos diez senadores republicanos habían planeado
objetar la ratificación del voto electoral de Arizona. Pero
con los disturbios, algunos senadores del Partido
Republicano, incluida la senadora Kelly Loeffler, que
había perdido en Georgia, estaban dispuestos a acabar
con aquel drama361 y apoyar la ratificación de la victoria
de Biden.
McConnell les comunicó a varios senadores que quería
acelerar el proceso. Reunirse y acabar con lo de Arizona,
seguir adelante. Pero sabía que, si Hawley se mantenía
en sus trece e impugnaba el recuento de Pensilvania,
sería imposible avanzar rápido. Según las reglas del
Senado, cualquier objeción suscitaría un nuevo debate.
Hawley no quiso hablar demasiado con Cruz ni con el
senador Roy Blunt, compañero republicano de Misuri,
que también se acercó a él y le preguntó cómo estaban
las cosas.
Al final, incluso con el asedio y la presión de varios
colegas para que dimitiera, Hawley decidió mantener su
objeción tanto a Arizona como a Pensilvania. Se
mantendría fiel a Trump.
Cuando les informaron de la decisión de Hawley,
muchos de sus colegas republicanos protestaron. Lo que
veían como un espectáculo político, todo por un
presidente que no aceptaba su derrota, ahora iba a
extenderse hasta más allá de la medianoche. Seguro que
otros republicanos iban a seguir los pasos de Hawley,
temerosos de que los acusaran de no cerrar filas con los
votantes de Trump.
A medida que caía la noche, Trump siguió tuiteando
mientras la policía y el ejército trabajaban para asegurar
el Capitolio. Los extremistas militantes radicales y los
supremacistas blancos, como los identificaría más tarde
el FBI, rompían ventanas y rasgaban carteles por los
pasillos. Plantaron banderas de colores donde ponía
«TRUMP» y «AMERICA FIRST» junto a los bustos de los
vicepresidentes, cerca del Senado.
Los soldados de la Guardia Nacional, que ya habían
llegado, patrullaban el edificio despejando la multitud
mientras la policía realizaba detenciones. Se oían gritos.
Un clamor desafiante.
«Esto es lo que pasa362 cuando se arrebata una
victoria electoral aplastante de forma tan brusca y vil a
los grandes patriotas que han recibido un trato mezquino
e injusto durante tanto tiempo —tuiteó Trump a las 18.01
—. Marchaos a casa en paz y amor. ¡Recordad este día
siempre!»
Poco después de las ocho de la tarde, los miembros del
Senado volvieron a la cámara.
El senador Tim Scott, de Carolina del Sur, el único
republicano negro del Senado, se acercó a Pence.
—En un momento como este me gustaría ponerme a
rezar —dijo Scott.
—Pues venga —dijo Pence—, recemos.
El senador de Montana Steve Daines, otro
republicano, se sumó a ellos.
Cuando llegó la hora de la votación de Arizona, 93
senadores rechazaron las objeciones de Hawley y cinco
senadores más: Cruz, más los senadores Cindy Hyde-
Smith (Misisipi), Tommy Tuberville (Alabama), Roger
Marshall (Kansas) y John Kennedy (Luisiana).
La senadora Loeffler no objetó.
—Cuando llegué a Washington esta mañana363, estaba
dispuesta a presentar mi objeción a la ratificación de los
votos electorales —dijo, bajando la mirada—. Sin
embargo, los acontecimientos del día de hoy me han
obligado a replantear mi postura, y no puedo objetar con
la conciencia tranquila.
Pero Hawley objetó a los votos electorales de
Pensilvania, lo que derivó en varias horas de debate
adicional. La mirada asesina del senador Romney a
Hawley —Romney estaba sentado justo detrás del
senador republicano de cuarenta y un años— quedó
grabada en la retina de los millones de personas que
siguieron la sesión por televisión.
El debate continuaba y los senadores tomaban la
palabra por turnos. Muchos parecían exhaustos,
derrengados.
El senador Mike Lee se mostró solemne364 pero firme.
—Todos los aquí presentes debemos recordar que
hemos jurado apoyar, proteger y defender este
documento —dijo Lee levantando una copia de la
Constitución—. El vicepresidente de Estados Unidos
abrirá los sobres y procederá al recuento de los votos.
Esas son las palabras que describen, definen y limitan la
autoridad que tenemos en este proceso. Nuestro
cometido es abrir y contar. Y ya. Eso es todo.
»Me he pasado una cantidad ingente de tiempo
hablando con los funcionarios del gobierno de esos
estados, y en ninguno de los estados disputados (en
ninguno) he detectado ni un solo indicio de que ninguna
asamblea legislativa, ningún secretario de estado, ningún
gobernador ni ningún vicegobernador tuvieran intención
alguna de alterar las listas electorales.
»Nuestra labor consiste en reunirnos, abrir los votos y
contarlos. Eso es todo.
El turno de palabra de Lindsey Graham fue un
monólogo interior de angustia personal y realismo
político.
—Trump y yo hemos recorrido un largo camino
juntos365. Detesto que termine así. Dios mío, es que lo
odio. Desde mi punto de vista, ha sido un presidente
relevante, pero hoy, lo primero que verán es su obituario.
El 6 de enero quedará grabado a fuego en el legado de
Trump. Lo único que puedo decir es que conmigo no
cuenten. Hasta aquí he llegado.
»Me dijeron que en Georgia votaron 66 000 menores
de dieciocho años. ¿Quién puede creerse eso? Les pedí
que me dieran diez nombres, y solo me dieron uno. Me
dijeron que votaron 8000 presos en Arizona. Les pedí
que me dieran diez nombres, y no me dieron ni uno solo.
»Tenemos que acabar con esto.
»Mike, señor vicepresidente, mucho ánimo.
»Tiene un hijo que pilota un F-35. Tiene un yerno que
pilota un F-18. Están ahí fuera pilotando aviones para
que nosotros hagamos lo correcto.
»Joe Biden, he viajado por todo el mundo con Joe.
Esperaba que perdiera. Recé para que perdiera. Pero ha
ganado.
Al igual que había ocurrido con Arizona, el Senado
rechazó la objeción a los votos electorales de Pensilvania,
esta vez por 92 votos en contra y 7 a favor. El rechazo a
Pensilvania de la Cámara fue de 282 frente a 138.
Poco después de las 3.40 de la madrugada366 del
jueves 7 de enero, Pence anunció que Biden había sido
ratificado como ganador.
Pence se encaminó hacia su comitiva de vehículos367.
Short le mandó un mensaje de texto al vicepresidente: «2
Timoteo 4,7».
Pence se lo sabía de memoria.
«He librado una gran batalla, he llegado hasta el final,
he conservado la fe.» Esos eran los versículos de la Biblia
a los que hacía referencia.
47
Pelosi y Schumer368 llamaron a Pence la mañana del 7
de enero para instarle a acogerse a la Vigesimoquinta
Enmienda, que permite que «el vicepresidente y una
mayoría de los principales funcionarios de los
departamentos ejecutivos» declaren ante el Congreso
que «el presidente está incapacitado para ejercer los
poderes y obligaciones que corresponden a su cargo».
Dicha acción permitiría al vicepresidente «asumir de
inmediato los poderes y obligaciones del gobierno en
calidad de presidente en funciones».
—Creo que no se va a poner al teléfono. Alguien no
quiere pedírselo —les dijo Pelosi a sus asesores.
Creía que su habitual rechazo a hablar las cosas
acentuaba su debilidad.
Pence no contestó a la llamada. En lugar de eso, Short
llamó al jefe de gabinete de Schumer, Michael Lynch,
para preguntarle por qué llamaban. Short quería apartar
a Pence de cualquier intento de destituir a Trump del
cargo.
—¿Cuál es el motivo de la llamada? ¿Puedo ayudar en
algo? —preguntó Short a Lynch mientras los líderes de
los diputados demócratas estaban en espera.
—Nos dejaron veinticinco minutos en espera y luego
dijeron que el vicepresidente no se iba a poner —dijo
Schumer más tarde.
—Si el vicepresidente contesta a la llamada, se van a ir
por las ramas —les dijo Short a sus compañeros,
refiriéndose a los micrófonos que había dentro del
Capitolio—, y dirán que han hablado con el
vicepresidente de la posibilidad de acogerse a la
Vigesimoquinta Enmienda, lo que lo pondría en una
posición extremadamente comprometida.
Pence nunca se planteó dimitir ni acogerse a la
Vigesimoquinta Enmienda para destituir a Trump de su
cargo. Greg Jacob le advirtió de que esta enmienda
estaba concebida para ser utilizada en el caso de que un
presidente estuviera incapacitado, y que aquella
situación, por grave que fuera, no cumplía aquella
condición. Pence estuvo de acuerdo.
El vicepresidente trabajó369 todo el día desde su
residencia y no fue a la Casa Blanca. No habló con
Trump, que estaba lidiando con las dimisiones de
algunos republicanos e incluso de la junta editorial
conservadora del Wall Street Journal.
La secretaria de transportes de Trump370, Elaine
Chao, la mujer de Mitch McConnnell, dimitió alegando
estar «profundamente afectada» por los acontecimientos
ocurridos el 6 de enero. Barr manifestó en una
declaración que Trump había orquestado una «turba
para presionar al Congreso» y tachó su conducta de
«traición a su gobierno y a sus partidarios».
Más tarde, el jueves, Pence llamó a su abogado,
Richard Cullen, y le agradeció sus consejos. Le dijo que
estaba en casa con la señora Pence.
—¿Cómo fue? —preguntó Cullen.
Cullen oyó que Pence se dirigía a su mujer.
—Cariño, ¿nos asustamos?
No pudo oír la respuesta.
—Estoy rezando por el presidente —dijo Pence.*
Graham vio que la venganza era algo a lo que a Trump
le iba a costar mucho renunciar. Por el bien de Trump y
el de todos, Graham esperaba que sus diferencias con
Pence no siguieran consumiendo al presidente.
Más tarde, en el aeropuerto371, Graham fue el blanco
de gritos y persecuciones por parte de los seguidores de
Trump.
—¡Traidor! ¡Traidor! —le gritaban mientras este
cruzaba la terminal mirando el teléfono.
—¡¿No hiciste un juramento?! —le chilló un hombre.
—Sí —contestó Graham.
—Pues te has meado en él.
Los cuerpos de seguridad se lo llevaron a una sala de
espera donde Pence lo llamó para agradecerle sus
amables palabras en el Senado acerca del hijo y el yerno
del vicepresidente.
Graham creía que el trato que Trump le estaba dando a
Pence era una de las peores cosas que había hecho el
presidente. Cualquier demócrata sensato, creía Graham,
podía entender ahora que Trump se había hecho un gran
daño a sí mismo y que la mejor estrategia era hacerse a
un lado mientras el presidente atropellaba a sus
personas de confianza.
Graham le dijo a Trump:
—Esto ha hecho que todas las críticas tengan razón de
ser.
Más tarde, observó:
—Creo que aún hoy sigue sin ser consciente del efecto
de sus palabras.
—Acabo de vivir la experiencia más inverosímil y
desconcertante de mi vida —le aseguró el diputado Adam
Smith por teléfono a las 11.30 de la mañana del 8 de
enero al general Milley.
Smith, el presidente de la Comisión de Servicios
Armados de la Cámara de Representantes, era un
veterano diputado del estado de Washington, con
veinticuatro años de servicio a sus espaldas. Demócrata
moderado, poco conocido y nada amigo de las cámaras.
Pero, en los círculos militares y del Pentágono, era una
persona con gran poder entre bastidores.
Smith, de cincuenta y cinco años, describió cómo fue
estar sentado en el asiento del pasillo en la fila 26 del
vuelo operado por Alaska Airlines que despegó a las
cinco de la tarde del Aeropuerto Nacional Reagan de
Washington rumbo a Seattle un día después del asalto al
Capitolio. Estaba rodeado de casi un centenar de
simpatizantes de Trump con gorras de «Make America
Great Again».
Él, que era un habitual de aquel vuelo de casi seis
horas con el que volvía a casa los fines de semana o en
los recesos del Congreso, se había acostumbrado a viajar
en un avión casi vacío durante todo el año anterior
debido a la pandemia. Pero aquella vez le costó encontrar
un asiento libre. La gente charlaba animadamente, y
nadie se dio cuenta de que aquel hombre, que parecía un
amable ejecutivo, era en realidad un congresista.
El avión se llenó de conversaciones desagradables
acerca de las conspiraciones para robarle las elecciones a
Trump. También se hablaba del grupo QAnon, que según
afirmaban los pasajeros era un bastión contra una
camarilla de pedófilos contrarios a Trump que veneraban
a Satanás y dirigían una trama internacional de tráfico
de menores con fines sexuales.
Varios pasajeros utilizaron el acrónimo «6MWE».
Smith no sabía a qué se referían. Se quedó horrorizado al
enterarse, por unos tipos que lo explicaron abiertamente,
que eran las siglas de la frase «seis millones no fueron
suficientes» (six million weren’t enough), una referencia
a los seis millones de judíos exterminados en los campos
de concentración nazis.
Manifestaban una profunda decepción por el hecho de
que el motín no hubiese conseguido revertir el resultado
de las elecciones presidenciales. Aquella había sido la
lucha final por un nuevo orden. Muchos asentían con la
cabeza.
Smith, sentado en silencio con su mascarilla puesta, se
sentía como si estuviera en el vestuario del equipo
perdedor después de un partido. Estaban tan abatidos
que Smith, por un momento, sintió cierta satisfacción. El
país acaba de irse al infierno, decían, es horrible, se ha
convertido en un lugar terrible.
—América está tan mal, tan perdida —dijo un joven—,
que yo voy a mudarme a Corea del Sur.
¿A Corea del Sur?, pensó Smith, confuso. ¿Por qué? El
mismo joven respondió a la pregunta que Smith nunca
formuló en voz alta cuando les dijo a otros pasajeros:
—Corea del Sur es un país cristiano en un noventa por
ciento.
En realidad, confirmó más tarde, Corea del Sur tiene
un 29 por ciento de población cristiana.372
—Deberías mudarte a Idaho —sugirió una mujer.
—No creo que haya buen marisco en Idaho —repuso el
joven.
Smith pensó que aquel muchacho quería que el
fascismo tomara Estados Unidos, pero a la vez creía que,
si no podía comer sushi, tal vez no merecía la pena.
Los asaltantes del Capitolio del día anterior tenían que
haber salido de algún sitio, pero Smith se sorprendió de
que hubiera tantos regresando a su estado,
tradicionalmente demócrata.
Smith, que acababa de ponerse la primera dosis de la
vacuna, se quedó allí sentado con su mascarilla, sin decir
palabra, mientras la cháchara descarnada continuaba a
su alrededor. «Si en algún momento pillo el coronavirus
—pensó—, será ahora.»
En el asiento del centro, a su lado, una mujer menuda
de unos cincuenta años, ataviada con toda la parafernalia
trumpista, sin duda había tenido el mismo pensamiento
que él, porque estaba limpiando frenéticamente toda la
zona de su asiento.
Como presidente de los Servicios Armados, varias
personas habían acudido a él después del 6 de enero para
expresar su preocupación por la seguridad de los códigos
de lanzamiento de los misiles nucleares de alto secreto.
Trump los tenía. ¿Había manera de contener al
presidente? Smith le había transmitido todas aquellas
inquietudes a Pelosi.
Un miembro del Congreso le había dicho que le
preocupaba que Trump robara el Air Force One en sus
últimos días de mandato, volara con él a Moscú y le
vendiera los secretos estadounidenses a Putin. Otra
inquietud de los diputados era que el Capitolio sufriera
un ataque durante la investidura de Biden. ¿Cómo iban a
garantizar que Trump no pudiera impedir que las fuerzas
de seguridad protegieran a Biden?
Mientras el avión sobrevolaba el país, la cháchara
supremacista y antisemita seguía fluyendo sin cesar. Una
cosa era leer y hablar acerca de algo todo el día, y otra
muy distinta estar allí durante horas en el meollo del
asunto. La experiencia era desagradable, como lo había
sido el propio motín. Smith estaba convencido de que
muchas de las personas que iban en aquel vuelo, y que
habían estado en el Capitolio, habían intentado revertir
el resultado legítimo de unas elecciones presidenciales.
Sin la menor duda.
Pero Smith también sentía que la revuelta tenía una
parte de evasión de la realidad. Como si alguien
intentara marcar un gol de campo lejano en el fútbol
americano. ¿Tan poco realista es intentar anotar un gol
de campo? Puede ser, pero tampoco es imposible. Trump
y sus seguidores no iban a revertir unas elecciones
legítimas, pero eso no significaba que no fueran a
intentarlo. A la desesperada.
A Smith le gustaba pensar en Donald Trump como en
el diluvio universal de la historia de la democracia. Pero
les dijo a sus compañeros que el Congreso no podía
promulgar ninguna ley para proteger el país si un
lunático ocupaba la Casa Blanca. La autoridad sobre las
cuestiones bélicas correspondía al presidente como
comandante general. El único poder que tenía el
Congreso, en términos pragmáticos, era cortar el grifo
del dinero. Creía que el sistema para controlar el uso de
las armas nucleares era vulnerable.
—Hay que centrarse en no volver a dejar que entre
ningún loco en la Casa Blanca —dijo Smith—. Doscientos
años de historia atestiguan que el presidente de Estados
Unidos utiliza al ejército como quiere.
»Trump no está bien de la cabeza. Es un psicópata
narcisista. El mayor miedo era que utilizara el Pentágono
y el Departamento de Defensa para dar un golpe de
estado.
Aquella era una conclusión, alarmante y
desalentadora, que sobrevolaba el Congreso el 8 de
enero. Un día antes, Trump había publicado un vídeo
donde decía que «una nueva administración se
inaugurará el 20 de enero», y dijo que quería una
«transición fluida, ordenada y tranquila». Pero el
comunicado era débil, plano y falso. No tranquilizó a
muchos congresistas.
—Mi miedo con respecto a Trump siempre fue que
organizara una conquista fascista del país —dijo Smith—.
Nunca me preocupó de verdad que pudiera desatar una
guerra. Es un cobarde. No quiere asumir esa
responsabilidad.
48
Karen Pence llevaba varios días preparando unos
paquetes de regalos para los miembros del gabinete de su
marido; dentro de cada lote había metido unas copas de
champán, miel de su panal y unas tablas de picar
alimentos con el sello vicepresidencial. También incluyó
una lámina de su cuadro del Observatorio Naval, un
gesto que hacía referencia a su interés por la arteterapia,
iniciativa para mejorar la salud mental en la que llevaba
años involucrada.
Y es que, a pesar del terror vivido el 6 de enero, Karen
Pence estaba dispuesta a seguir adelante con la fiesta de
despedida para el personal que tenían organizada a las
cuatro de la tarde del 8 de enero, en el despacho
vicepresidencial arrasado en el edificio de oficinas
ejecutivas Eisenhower.
Cuando ella y Pence entraron en el despacho del
vicepresidente aquel viernes por la tarde para asistir a la
fiesta, unos setenta empleados prorrumpieron en
aplausos. Ella se echó a llorar.
A Mike Pence también se le saltaron las lágrimas, se
ruborizó y no dejó de sonreír mientras su equipo seguía
aplaudiendo durante varios minutos. Aquel era un
mundo donde los sentimientos que les provocaba Trump
no se verbalizaban, donde se amontonaba el desasosiego.
El aplauso expresaba todo lo que querían decirle a Pence,
y él pareció entenderlo.
—Ha sido una semana muy emotiva —empezó a decir
Pence, mirando a Karen. Le dio las gracias a ella y a su
familia por su apoyo—. Es la mejor segunda dama de la
historia, y ha estado conmigo a las duras y a las maduras
—dijo Pence mirando a su mujer—. Siempre está a mi
lado.
Karen Pence lloró un poco más.
La congregación guardó silencio mientras los Pence se
recomponían.
Pence pasó a dar un breve discurso de despedida. No
dijo nada especial sobre Trump ni sobre el asalto al
Capitolio. Lo hizo a su manera. Les pidió a todos que
pensaran en el tiempo que habían pasado con él, y en el
gobierno, sin arrepentimiento ni odio.
—Espero que se enorgullezcan de haber servido en este
gobierno. Hay mucho por lo que estar orgullosos —dijo
Pence—. Espero que vuelvan a ejercer el servicio público
en otros momentos de su trayectoria profesional. No hay
mayor honor que el de servir a los ciudadanos.
»Yo no tuve el honor de trabajar en la Casa Blanca
cuando era joven —prosiguió Pence—. Y cuando uno
trabaja aquí a diario, a veces no se para a pensar en la
maravillosa oportunidad que eso supone.
Pence miró a Short, cuyo estoicismo era uno de sus
rasgos característicos. Contó cómo Short le había
mandado un mensaje con el versículo de Timoteo
después de la ratificación de Biden. Pence dijo que Short
era un amigo de verdad, algo parecido a un hermano. A
Short también se le humedecieron los ojos.
—Fue muy importante para mí y para mi familia en
aquel momento —declaró Pence—. Este gobierno ha
librado una gran batalla. Hemos conservado la fe.
»Ahora, lleguemos hasta el final en estas dos últimas
semanas y lleguemos bien, con una transición ordenada
al equipo de Harris.
Pence bromeó que quizás él y Karen consiguieran
relajarse aquella noche después de una semana tan larga.
—A lo mejor nos lanzamos y nos tomamos una pizza y
unas O’Douls —dijo, en referencia a una marca de
cerveza sin alcohol.
Todo el gabinete rebuznó, porque a Pence le encantaba
hacer aquella misma broma casi todos los viernes por la
tarde, y la incluía siempre en sus discursos para disgusto
de sus redactores.
Short informó a Pence de que todo el equipo había
puesto dinero para regalarle su silla de gabinete. Les
había costado 1200 dólares comprársela al gobierno
federal.
Short apuntó que años antes, cuando trabajaba para el
entonces presidente de la conferencia en la Cámara,
Pence puso sus principios de base en la pared del
despacho: «Honra a Dios, diviértete y asciende a todos
los republicanos de la Cámara».
—Bueno, el último lo dejamos estar después de la
demanda de Louie Gohmert —dijo Short, refiriéndose a
los inútiles esfuerzos del congresista Louie Gohmert, de
Texas, de denunciar a Pence en diciembre para intentar
impugnar las elecciones presidenciales mediante la
objeción de los electores de los estados.
—Tenemos unos regalos para todos a modo de
agradecimiento —intervino Karen Pence, enseñándoles
el contenido del paquete. El equipo se relajó.
A continuación, Mike Pence firmó en el interior del
cajón de su escritorio, una tradición presidencial antes
de dejar el cargo. Biden había firmado en 2017.
Garabateó su nombre a pocos centímetros del de Biden,
del de Dan Quayle, del de Nelson Rockefeller y el de
George H. W. Bush.
Marty Obst tuvo un momento distendido con Pence y
su esposa cuando terminó la fiesta de despedida.
Intercambiaron una charla trivial y algunas sonrisas.
Pero Obst estaba furioso y triste. Los paquetitos con los
regalos, el esfuerzo tácito por normalizar aquella
despedida, le confería un brillo opaco a la tragedia.
Obst se sinceró con un compañero y le dijo que aquel
momento era consecuencia de la «toxicidad del poder».
—¿Te imaginas qué habría pasado si Trump hubiese
reaccionado a la derrota con elegancia y se hubiese
marchado con una reverencia y la mirada puesta en
2024?
»Tendría el control absoluto del Partido Republicano.
Estaría completamente galvanizado. Y el vicepresidente
sería el primero en decir: «Me voy. ¿Cómo puedo
ayudarte durante cuatro años para garantizar que
vuelvas a conseguir la presidencia?».
49
Ron Klain estaba en su habitación de hotel en
Wilmington cuando los resultados finales llegaron de la
mano de los funcionarios de Georgia el 6 de enero, poco
después de las cuatro de la tarde. Ossoff y Warnock
habían ganado. Los demócratas controlaban el Senado.
Biden, que había seguido horrorizado la cobertura del
suceso en el Capitolio, se animó cuando Klain le puso al
día. «Esto cambia sin duda las cosas», dijo Biden. El
presidente electo llamó enseguida a Warnock y a Ossoff
para felicitarlos. Los dos senadores electos tenían un
mensaje: «Ahora tenemos que darles esos cheques a la
gente».
Biden se echó a reír. «Sí, es cierto», dijo. Los cheques
de 600 dólares habían empezado a llegar a manos de los
estadounidenses en diciembre, una vez que el Congreso
hubo aprobado los presupuestos. Ahora había llegado la
hora de garantizar un cheque adicional de 1400 dólares.
Un total de 2000 dólares para millones de
estadounidenses en situación de necesidad.
Los cheques inyectarían un dinero muy necesario en la
economía, pero Klain también creía que eran un símbolo
de la toma de control de Washington por parte de los
demócratas. La gente le había dado al partido un poder
ingente. El de repartir. Georgia disipó cualquier atisbo de
duda.
Biden organizó una reunión del gabinete principal
desde su residencia en Wilmington el viernes 8 de enero.
Antes de Georgia, su plan de rescate inicial ascendía a
unos 1,4 billones de dólares, una cifra pasmosa después
de la inyección de 900 000 millones de dólares en la
economía nacional del mes de diciembre. Biden ahora
quería hablar con sus asesores para apuntar aún más
alto.
Klain era el único miembro del gabinete de transición
que estaba físicamente presente con Biden. Los demás
asistieron por videollamada.
Deese, que iba a ser el director del Consejo Económico
Nacional de Biden, presentó una serie de diapositivas, y
Klain empezó a sentir que estaban diseñando un plan de
envergadura. Le dijo a Biden que prepararían una
planificación más formal para revisarla al día siguiente.
Deese hizo otra presentación el sábado. Se barajaban
opciones que iban desde los 1,4 billones de dólares hasta
casi los dos billones.
Biden los acribilló a preguntas.
—¿De verdad creéis que podemos apuntar tan alto? —
preguntó.
Biden había sido senador toda su vida y sabía que la
mayoría simple no era garantía de nada. No quería estar
empantanado durante meses.
—¿Esto me va a consumir mis primeros cien días, el
primer año entero? —preguntó—. ¿Cuánto tardaremos?
¿50/50 en el Senado? ¿Y con un margen mínimo en la
Cámara?
Biden añadió:
—Sé que esto es sin duda lo que tenemos que hacer
para vencer al virus y levantar la economía. Pero ¿de
verdad podemos hacerlo?
—Es que no tenemos otra opción —contestó Klain.
Klain sacó a colación la experiencia de Obama en
2009, cuando los republicanos se opusieron al plan de
estímulo de su administración durante una recesión
mundial, lo que provocó que Obama acabara aceptando
un paquete de 787 000 millones de dólares, una cifra
más baja de lo que sus economistas creían necesario para
la recuperación. Esta vez, dijo, necesitaban un boom
económico.
—En vez de negociar con nosotros mismos, en vez de
preguntarnos qué se puede y qué no se puede hacer, en
vez de quedarnos aquí sentados a presupuestarlo todo
desde un prisma político, vamos a poner sobre la mesa lo
que necesitamos —dijo Klain—. Y, si el Congreso lo
rechaza, pues qué le vamos a hacer. Los demócratas no
deberían recoger velas por una cuestión de lo que es
políticamente factible o posible.
Varios asesores de Biden expresaron sus inquietudes, y
abordaron dos puntos clave. Primero, Anita Dunn dijo
que existía el riesgo de que, si pedimos demasiado,
empezamos con mal pie. Desestabilizamos el sistema.
«Joder, es que puede que incluso algunos demócratas se
echen atrás.»
El segundo punto, dijo, era que si pedían demasiado se
lo ponían fácil a los republicanos para lloriquear sobre el
gasto deficitario, la inflación y la carga que les íbamos a
dejar a nuestros nietos.
Dunn ya tenía encima a los progresistas, pero decidió
que Biden tenía que conocer los riesgos.
Biden lo asimiló todo. El país estaba sumido en una
crisis. Morían unas 4000 personas373 al día por culpa
del coronavirus; estaba siendo el mes con la tasa de
mortalidad más alta de toda la pandemia en Estados
Unidos. El país podía alcanzar el millón de muertos a
finales de aquel año, y llevaban ya dos años de pandemia
a las espaldas. La economía hacía aguas, se habían
perdido 140 000 puestos de trabajo en diciembre374 y
Trump se había condecorado con la distinción375 de ser
el primer presidente desde Herbert Hoover en destruir
empleo durante su mandato.
Biden dijo que aquella crisis era algo extraordinario y
como tal tenía que abordarse.
Al final aprobó un paquete de 1,6 billones de dólares.
—Vamos a proponer lo que sea mejor para el país, para
el Congreso, para lo realmente necesario.
Biden había pasado décadas en el Senado y luego en la
vicepresidencia, constreñido por los límites de esos
puestos. Le había dicho a su amigo y exsenador Ted
Kaufman, de Delaware, que siempre había creído que la
presidencia era lo único que te brindaba la oportunidad
de garantizar un cambio transformador.
Ahora tenía la presidencia, y más que suficiente
experiencia en los lances del destino.
—Me podría atropellar un autobús esta tarde y todo
habría terminado. Así que voy a hacer todo lo que pueda,
y lo voy a hacer lo más rápido posible. Intentad empezar
a vendérselo a los demócratas en Capitol Hill y yo
pronunciaré un discurso para el país, ya sabéis,
explicándolo todo —les dijo Biden a sus asesores.
Para enfatizar la importancia del asunto, los asesores
de Biden discutieron la posibilidad de que el presidente
electo se dirigiera a la nación el 14 de enero, unos días
antes de la investidura.
Por una parte, un discurso previo a la investidura
parecía una ruptura grave del protocolo. Biden todavía
no era presidente. La mayoría de los presidentes electos
organizaban ritos ceremoniales antes de la investidura a
mediados de enero. Tradicionalmente, era el momento
de enterrar los rencores partidistas.
Pero Trump seguía afirmando que les habían robado
las elecciones. La cooperación y la transición estaba
siendo irregular, incluso obstruccionista.
Biden no estaba seguro, pero tampoco descartaba la
idea. ¿Sería poco recomendable dar un gran discurso?
¿Se vería como un intento de acceder al poder antes de
tiempo?
Sus asesores repasaron el calendario. Los días
siguientes a la investidura la agenda ya estaba atestada
de compromisos. Podía hacerlo el 14 o el 25 de enero.
Esos eran los huecos disponibles.
Biden al final se plegó a la urgencia. Esperar
significaría transmitir el mensaje equivocado, dijo. Eligió
el 14 de enero.
Klain los mandó a todos —a Deese, a la futura
directora de asuntos legislativos de la Casa Blanca,
Louisa Terrell, a Ricchetti y a Dunn, entre otros— a ver a
Pelosi, a Schumer y a los demás demócratas veteranos
del Congreso y el Senado. Era hora de escuchar.
La respuesta fue positiva pero acuciante. Después de
anotarse las victorias en Georgia, los líderes demócratas
sentían que tenían el capital político para hacer más.
Presionaron a Biden y a sus asesores para añadir dos
componentes centrales más: entre 100 000 y 200 000
millones de dólares en ayudas locales y estatales, y un
aumento significativo del crédito tributario por hijo.
Una ampliación del crédito tributario por hijo376 —que
equivalía a más liquidez para las familias con hijos— era
una red de seguridad que podía sacar a millones de niños
de la pobreza. Si se aprobaba, casi cuarenta millones de
familias estadounidenses podrían optar a ayudas
federales mensuales: 300 dólares por cada hijo menor de
seis años y 250 por hijo a partir de los seis años. Directos
a la cuenta bancaria familiar.
La congresista Rosa DeLauro, de Connecticut, y la
senadora Patty Murray, de Washington, eran dos de las
mayores defensoras del programa entre los demócratas
de Capitol Hill. Era transformador, decían, conscientes
de que ese planteamiento podía despertar el interés de
Biden. Ambas mujeres lideraban también las cruciales
comisiones de gasto en sus respectivas cámaras,
encargadas de la asignación de los gastos federales.
DeLauro, que llevaba casi treinta años en el Congreso
representando a New Haven, era una de las fundadoras
del Caucus Progresista y siempre había destacado como
una decidida defensora de la infancia377.
—Es el momento —le dijo a Klain en una reunión
telefónica el 12 de enero—. Tenéis que hacerlo.
Biden añadió 100 000 millones de dólares a su
propuesta.
Ahora, el plan inicial de Biden era de 1,7 billones de
dólares, más los 200 000 dólares en ayudas estatales y
locales propuestos por Schumer.
El total ascendía a 1,9 billones de dólares.
Biden les dijo a sus asesores que se quedaba así.
Rozando los 2 billones. Bastante atrevido para los
progresistas, pero algo que creía que podía venderle a la
mayoría. Les suplicó que se esforzaran, que siguieran
presionando, no solo a la legislación, sino también al
virus. Cien millones de vacunas en cien días y aprobar el
plan de rescate: esas eran sus prioridades.
50
El 9 de enero, un día después de las tensas
conversaciones con el general Li de China y la presidenta
de la Cámara Pelosi, el presidente del Estado Mayor
Conjunto Mark Milley garabateaba ideas en su cuaderno.
Le salían casi a borbotones.
Con ocasión del asalto del día 6, escribió: «¿Qué es
esta cosa amorfa que ha ocurrido el día 6? ¿Quién es esa
gente?».
Anotó:
«6MWE».
«Tea Party extremista.»
«QAnon», añadió, tomando nota de la desacreditada
teoría conspiranoica.
«Movimiento Patriota», un grupo armado de
ultraderecha.
«Movimiento We the People.»
«Nazis.»
«Proud Boys.»
«Oath Keepers.»
«Newsmax», la web de noticias de ideología
conservadora que siempre había simpatizado con
Trump.
«Epoch», en referencia al Epoch Times, una
publicación de ultraderecha muy crítica con el régimen
comunista chino.
Milley resumió y escribió:
«Amenaza extrema: terrorismo nacional».
Algunos eran los nuevos Camisas Pardas, una versión
estadounidense —concluyó Milley— de la sección
paramilitar del partido nazi que apoyaba a Hitler. Era
una revolución planeada. El proyecto de Steve Bannon
haciéndose realidad. Derribadlo todo, hacedlo saltar por
los aires, quemadlo y resurgid con el poder.
Milley empezó a redactar una circular pública para el
ejército. «El 6 de enero de 2021 se perpetró un asalto
directo al Congreso de Estados Unidos, al edificio del
Capitolio, y a nuestro proceso constitucional […] El 20 de
enero de 2021 […] el presidente electo Biden será
investido y se convertirá en nuestro 46.º comandante
general.»
Tradicionalmente, no era el deber del jefe del Estado
Mayor Conjunto hacer este tipo de declaraciones.
Milley llevó su borrador a una reunión confidencial en
el Tanque, en el Pentágono. Le dio una copia a cada uno
de los jefes de Estado Mayor.
—No tienen que firmarlo —dijo—. Puedo firmarlo yo
mismo en calidad de presidente del Estado Mayor
Conjunto en nombre de los jefes. O podemos firmar
todos. Échenle un vistazo y díganme qué opinan.
Lo leyeron378 y todos dijeron que firmarían la carta. Se
envió el 12 de enero.
La cobertura de la carta de Milley en los medios379 fue
escasa, pero Vox señaló que era una «declaración
notoria» y que parecía que «los altos mandos del ejército
estadounidense no van a tolerar ningún intento de
derrocar la democracia de América por la fuerza».
Aun así, Milley seguía preocupado. Volvió a pensar en
cómo se relacionaba Trump con los aliados de Estados
Unidos. No había ningún líder mundial que conectara
con él, que pudiera contenerlo.
Recordó otras salidas de tono que había presenciado
en el Despacho Oval.
—¡Esa zorra alemana, Merkel! —había gritado Trump
un día en una reunión refiriéndose a la canciller
alemana, Angela Merkel.
Trump se dirigió a Milley y a los demás presentes.
—A mí me crio el alemán más alemán de todos, Fred
Trump —aseguró. Se dio la vuelta en la silla y señaló la
fotografía de su padre que colgaba detrás del escritorio
Resolute.
Algunos de los allí presentes se quedaron sin habla.
No respetaba ni a su propia familia.
—Que sepan —bromeó Trump en otra reunión,
burlándose de su yerno, Jared Kushner, que venía de una
familia de judíos ortodoxos modernos y trabajaba por la
paz en Oriente Medio— que Jared es más leal a Israel
que a Estados Unidos.
El 15 de enero, con la cooperación del servicio secreto,
Milley llamó a los directores de todos los departamentos
o a sus adjuntos para ensayar la investidura de Biden. Se
reunieron en el auditorio Conmy Hall, en la Base
Conjunta Myer-Henderson. El lugar era histórico, una
antigua caballeriza enorme que el ejército utilizaba desde
hacía muchos años. Pero se había transformado
recientemente en un espacio moderno con una pantalla
de cuarenta y cuatro metros por cuatro380 y varias
hileras de focos que le daban el aspecto de un plató de
Hollywood.
El Departamento de Seguridad Nacional había
diseñado inicialmente la investidura de Biden en el
marco de un evento especial de seguridad nacional que
iría del 19 al 21 de enero. Pero después de los
acontecimientos del 6 de enero, el evento especial se
revisó de modo que empezara el 13 de ese mismo mes.
Eso implicaba que el servicio secreto, el principal
organismo responsable, tendría más tiempo para
garantizar que la ciudad estaba bien asegurada.
Mediante un proyector elevado, Milley les mostró un
mapa brillante de toda la ciudad en el suelo, donde se
veían todas las calles y los puentes, los monumentos y
otros edificios, incluidos el Capitolio y la Casa Blanca.
—Lo que sucedió el 6 de enero no va a volver a pasar —
le dijo Milley al grupo—. Vamos a garantizar que el
traspaso de poderes se lleve a cabo en condiciones
pacíficas. La ciudad tendrá varias capas de seguridad.
Joe Biden será investido presidente de Estados Unidos a
las 12:00 del mediodía y se hará pacíficamente.
Milley empezó a desgranar lo que en el ejército se
conoce como un «simulacro ROC» (rehearsal of
concept), un repaso de los conceptos y las
responsabilidades de cada uno.
La Guardia Nacional tendría 25 000 efectivos en la
ciudad, y estarían presentes todos los cuerpos de policía
y fuerzas de seguridad del estado. Nadie podría moverse.
—Los Proud Boys vienen por el puente de la calle
Catorce —dijo Milley. Preguntó a cada líder de los
distintos departamentos—: ¿Qué harían?
»¿Hay una amenaza aérea? ¿Qué harían? ¿Sobre quién
recae la responsabilidad?
»¿Y una amenaza de coche bomba?
»¿Un vehículo aéreo no tripulado? ¿Un dron?
»¿Una amenaza a un monumento en concreto?
Algunos tenían respuestas, otros no.
—Espero que haya algún abogado presente, porque
mis respuestas se acogen al reparo formal —dijo un
director adjunto del FBI en un momento dado. Ensayar
las decisiones en materia de seguridad era difícil, dijo el
agente del FBI—. No es una ciencia exacta. Lo hacemos
lo mejor que podemos.
Otros coincidieron con él.
Un agente de la policía del Capitolio preguntó:
—¿Y si se organizaran protestas armadas previas a la
investidura?
Se hojearon e intercambiaron libros, mapas y páginas
de datos mientras el debate proseguía. Milley les dijo que
se centraran en quién tomaba las decisiones. Aquella
operación requería coherencia.
—¿Dónde estará el puesto de mando único? —
preguntó.
Tras una ronda de respuestas, acordaron una
ubicación clasificada.
¿Qué tipo de armas usaría la Guardia?
La carabina M4, el arma principal de la nfantería.
Alguien preguntó:
—Si aparece un tipo con cuernos, la cara pintada y una
piel de oso e intenta desarmarles, ¿qué es lo que harán
nuestros soldados?
—Estamos entrenados para eso —contestó un general
de brigada.
La proyección de Milley mostraba dos círculos de
seguridad alrededor del Capitolio: una línea de puntos
verde, que controlaría la Guardia Nacional, y una
segunda línea de puntos roja, a una manzana de
distancia hacia el interior.
—Podríais encontraros con doscientas, trescientas
personas, los Boogaloo Boys381, con camisetas nazis y
banderas de los Estados Confederados, que os dijeran:
«Vamos a derribar el monumento a Martin Luther
King». ¿Necesitáis soldados o agentes de seguridad?
La respuesta correcta eran agentes de seguridad que
pudieran efectuar detenciones. La policía de parques dijo
que tendrían vehículos patrulla tipo carrito de golf
circulando por la Explanada Nacional desde las ocho de
la mañana del 20 de enero, vigilando todos los
monumentos y museos.
A medida que avanzaba la reunión, se empezaron a oír
gruñidos y más preguntas múltiples y largas. En la sala
reinaban la incertidumbre y el malestar. No había
manual de instrucciones para garantizar la seguridad en
una investidura tras una insurrección. Había demasiados
agentes implicados, demasiadas agencias federales.
—El dolor de la preparación es mucho más llevadero
que el dolor del arrepentimiento —dijo Milley.
Y, para subrayar sus palabras, volvió a enunciar el
objetivo de la misión.
—Hay mucho en juego. El día 20, a las 12.01, Joe
Biden jurará el cargo. Y nosotros vamos a permitir que
eso suceda.
51
En la Casa Blanca, Keith Kellogg fue a ver a Ivanka
Trump a su despacho. El teniente general retirado quería
presentarle un informe posterior a la acción.
También buscaba pasar página. A diferencia de otras
personas del círculo de Pence, él seguía convencido de
que Trump era un buen hombre, un presidente que había
dejado que la situación se descontrolara. No quería que
sus años de servicio junto a Trump quedaran marcados.
—Creo en el presidente de Estados Unidos. Soy un
creyente convencido. Siempre lo he sido —le dijo Kellogg
a Ivanka—. Cuando me declaro partidario de Donald J.
Trump, lo hago para lo bueno y para lo malo. He tomado
esa decisión.
»Me habría gustado que hubiesen prevalecido las
opiniones más serenas. Hay voces que preferiría que no
se hubieran dejado oír.
—Ya sabe que es una persona muy terca —repuso
Ivanka.
—Debe de ser cosa de familia —dijo Kellogg, que
agradecía su disposición para enfrentarse a su padre el 6
de enero.
Era una mujer tranquila, controlada y profesional.
Siempre empleaba respuestas breves.
Kellogg le sugirió a Ivanka y a Jared Kushner que
Pence debía recibir la Medalla Presidencial de la
Libertad para limar asperezas.
Su respuesta fue:
—Buena idea, pero tenemos que dejar que pase un
tiempo. Ya veremos.
El exvicepresidente Dan Quayle llamó a Pence en los
días posteriores al motín.
—Enhorabuena —dijo Quayle—. Sin duda hizo lo
correcto.
Pence estaba agradecido pero fue parco en palabras.
—¿Cómo están las cosas con Trump? —le preguntó
Quayle.
—Pues no lo sé —contestó.
Trump y Pence se reunieron en el Despacho Oval de la
Casa Blanca el lunes 11 de enero; era la primera vez que
hablaban desde el día 6.
Trump había estado de mal humor toda la mañana, y
había arremetido contra la Asociación de Golfistas
Profesionales de Estados Unidos por cancelar sus planes
de organizar un futuro gran torneo382 en su club de golf
de Nueva Jersey. Parecía haberse tomado aquella noticia
peor que las numerosas dimisiones del gabinete después
del 6 de enero, y no paraba de decir lo mucho que había
trabajado durante años para garantizar la celebración de
un torneo de golf por todo lo alto.
Otro duro golpe383 fue que el entrenador de fútbol
americano de los New England Patriots, Bill Belichick,
decidiera cancelar su viaje a Washington para recibir la
Medalla Presidencial de la Libertad por parte de Trump.
«La semana pasada tuvieron lugar sucesos trágicos, y he
tomado la decisión de no aceptar la condecoración», dijo
Belichick en una declaración.
Trump estaba muy enfadado. Su entrenador preferido,
la PGA, las empresas…, todos le daban la espalda por lo
del 6 de enero. Dijo que era una desgracia.
En el Despacho Oval, Trump no le pidió perdón a
Pence. La conversación fue breve, con declaraciones
secas y vagas acerca de cómo habían cumplido servicio
juntos durante el mandato. Pence casi se limitó a
escuchar. Duró cerca de una hora.
—Solo quiero que sepa que sigo rezando por usted,
señor presidente —le dijo Pence—. Hemos pasado por
muchas cosas, han sido tiempos difíciles para todos, pero
yo no he dejado de rezar.
—Gracias, Mike —repuso Trump.
Al día siguiente, la Cámara solicitó formalmente a
Pence que se acogiera a la Vigesimoquinta Enmienda
para destituir a Trump del cargo. Pence, con una carta
inusualmente emotiva384, rechazó la solicitud.
«La semana pasada no cedí a las presiones para ejercer
un poder que excedía mi autoridad constitucional a la
hora de determinar el resultado de las elecciones, y ahora
no voy a ceder a los intentos de la Cámara de
Representantes de jugar a juegos políticos en un
momento tan importante de la historia de nuestra nación
—escribió Pence—. La Biblia dice que “en esta vida todo
tiene su momento; hay un tiempo para todo…, tiempo de
curar…, y tiempo de edificar”. Ese momento es este.»
El segundo movimiento385 contra Trump se presentó
el 11 de enero como «Alta resolución 24», «Solicitud de
impeachment de Donald John Trump, presidente de
Estados Unidos, por crímenes y delitos». Se le acusaba
de «incitación a la insurrección».
—Tiene que irse386 —dijo la presidenta de la Cámara,
Nancy Pelosi, el 13 de enero, en referencia al debate del
impeachment—. Es un claro peligro para la nación que
todos amamos.
Los líderes demócratas de la Cámara esperaban que el
impeachment ganara fuerza después de que sus
propuestas a Pence fracasaran.
—Imperaba la idea general de que, si conseguíamos
forzar una dimisión o instar a los secretarios del gabinete
y a Mike Pence a acogerse a la Vigesimoquinta
Enmienda, era el camino más directo —dijo en privado el
congresista Hakeem Jeffries, de Nueva York, miembro
de la mayoría. Era cercano a Pelosi y se barajaba como
posible sucesor—. Pero para conseguirlo, teníamos que
estar preparados para ir adelante con el impeachment.
Crear un entorno propicio para la acción, si no podía
ser en la administración Trump, al menos en el
Congreso.
Las fisuras en el Partido Republicano se hicieron
visibles durante la votación del impeachment en la
Cámara. Diez diputados republicanos se sumaron a los
demócratas, incluidas la congresista Liz Cheney, de
Wyoming, número tres de la Cámara e hija de Dick
Cheney, el que fuera vicepresidente en la administración
Bush.
Trump fue destituido por 232 a 197 votos, lo que lo
convertía en el primer presidente en ser destituido en
dos ocasiones. Los 222 demócratas y 10 republicanos
emitieron su voto a favor.
McConnell no dijo387 si iba a votar para condenar a
Trump en el Senado. «No he tomado una decisión
definitiva acerca de mi voto, y pretendo escuchar los
alegatos cuando se presenten ante el Senado», dijo en
una carta a los senadores republicanos.
Pence se reunió con Short, Obst y otros exasesores,
incluidos los jefes de gabinete Nick Ayers y Josh Pitcock,
en su despacho del Ala Oeste el 13 de enero.
Las emociones seguían estando a flor de piel. Les
disgustaba enormemente que Meadows y Kushner
siguieran pareciendo ignorar la gravedad de lo ocurrido,
así como lo mal que había tratado Trump a Pence.
Ayers, que había estado a punto de aceptar una oferta
para convertirse en el jefe de gabinete de la Casa Blanca
de Trump en diciembre de 2018, había volado a
Washington desde su casa en Georgia para la reunión.
Estaba enfadado e insatisfecho ante la respuesta de
Pence, que le parecía blanda y demasiado abierta. Le dijo
a Pence que no tenía ningún interés en ir a ver a Trump.
Jared Kushner se asomó al despacho de Pence y le dijo
que le gustaría hablar con él para instar al presidente a
que publicara una declaración confirmando su
compromiso a ejercer un gobierno adecuado los últimos
días de su mandato, y a realizar una transición ordenada.
—¿Me ayudaría a convencer al presidente para hacer
esto? —preguntó Kushner.
—Claro —dijo Pence, sonriente, asintiendo con la
cabeza. Dijo que luego pasaría por el despacho de
Kushner.
Cuando Kushner se hubo ido, Pence se giró hacia su
círculo más íntimo y dijo que le parecía muy amable por
parte de Jared que lo involucrara en aquel proceso. Los
asesores pusieron cara de incredulidad.
—¿Está de broma? —le preguntó Ayers a Pence—.
¿Para esto nos ha llamado? Señor, esta gente es
puramente transaccional. Han dejado muy claro lo que
piensan de usted. ¿Cuántas veces lo llamaron mientras
estaba en el Capitolio?
Obst tildó los esfuerzos de Kushner de «propaganda» y
un intento de limpiar su imagen después del 6 de enero y
posicionarse como la persona que rompió el hielo con
Pence.
—Esto al final tiene que ver con su situación financiera
personal, no con el país —les dijo Obst a sus colegas. Dijo
que probablemente Kushner estuviera preocupado por
que le pudieran vincular con la insurrección cuando
volviera al sector privado.
Aun así, Pence fue más tarde al despacho de Kushner y
le dio algunas ideas. Aquella noche, la Casa Blanca
publicó un vídeo de Trump, sentado al escritorio
Resolute, con las manos juntas. Varios asesores que
trabajaron con Trump en el vídeo recordaron después
que parecía nervioso al hablar del impeachment. Dijo
que no podía fiarse de los senadores republicanos. Que
podían condenarle.
«Por eso es tan importante que grabe este vídeo —le
dijeron sus asesores—. Tiene que darles a los
republicanos algo útil, un argumento sólido.»
—Queridos compatriotas388 —dijo Trump en el vídeo
del 13 de enero—, voy a ser muy claro. Condeno sin
matices la violencia de la que fuimos testigos la semana
pasada. La violencia y el vandalismo no tienen cabida
alguna en nuestro país ni en nuestro movimiento.
»Como todos vosotros, estoy consternado y
profundamente entristecido por la desgracia que tuvo
lugar en el Capitolio la semana pasada. Quiero expresar
mi agradecimiento a los cientos de millones de
fantásticos ciudadanos americanos que han respondido a
todo esto con calma, moderación y elegancia.
Superaremos este momento, como siempre lo hacemos.
Hacia el final, Trump hizo referencia a «los intentos de
censurar, cancelar y poner en una lista negra a nuestros
conciudadanos».
Pareció un guiño a sus seguidores, como si les dijera
que, a pesar de estar leyendo aquella declaración
presidencial tan rígida, en el fondo estaba con ellos.
52
Biden presentó al país su plan de 1,9 billones de dólares
el 14 de enero. Lo formuló como una respuesta de
emergencia389 a una crisis; una respuesta con alma.
—No solo tenemos la obligación económica de actuar
cuanto antes, sino también la moral —dijo Biden—. No
podemos dejar que la gente pase hambre en esta
pandemia. No podemos dejar que la gente sea
desahuciada. No podemos quedarnos parados mientras
el personal de enfermería, los docentes y muchos otros
pierden su trabajo.
Los componentes principales del plan390 eran:
Cheques de 1400 dólares para millones de americanos.
400 dólares semanales adicionales al subsidio por desempleo federal
hasta septiembre, como un extra de la prestación de 300 dólares que
terminaba en marzo.
400 000 millones de dólares para la respuesta a la pandemia.
350 000 millones de dólares en ayudas estatales y locales.
La prolongación del programa de los cupones federales de comida
hasta septiembre.
30 000 millones de dólares destinados a ayudar a los americanos
con dificultades para pagar el alquiler y los recibos de los servicios
básicos.
Una ampliación sustancial del crédito tributario por hijo.
Klain se sentía reconfortado por la respuesta, y
reconoció el mérito de Anita Dunn por liderar la labor de
comunicación y buscar apoyo del sector empresarial, los
demócratas de Capitol Hill y los gobernadores. Se lo
tomaron en serio, y los republicanos parecían distraídos
por los efectos colaterales del 6 de enero, con sus tácticas
de halcones fiscales y el cansancio después de cuatro
años apoyando a Trump.
—Creo que quizás hayamos subestimado hasta qué
punto el país necesitaba a alguien que dijera: «Lo que
hay que hacer es esto» —dijo Klain—. Sí, es fuerte. Sí, es
audaz. Sí, es todas esas cosas. Pero ¿sabéis qué? Estamos
un poco cansados de medidas a medio gas. Estamos un
poco cansados de que no nos digan las cosas claras, ¿no?
No obstante, la cobertura fue mucho menos
vehemente en algunos programas de la MSNBC y en los
hilos de Twitter donde los progresistas seguían
atentamente cada uno de los movimientos de Biden.
Algunos miembros de la Cámara criticaron391 los
cheques de 1400 dólares por quedarse cortos frente a los
2000 dólares que había sugerido Trump. A otros les
gustaba que Biden planteara las cosas así, a lo grande,
pero ¿sería capaz de llevarlo a cabo? ¿No estaría
haciendo un gesto grandilocuente para luego llegar a un
trato con Mitch McConnell?
Cuando McConnell vio el discurso de Biden del 14 de
enero, pensó que había sido inteligente al presentar todo
aquello cuanto antes.
—Quieren hacer todo lo que puedan lo más rápido
posible —dijo McConnell en privado— porque el capital
político siempre es fugaz.
Él probablemente habría hecho lo mismo de haber
estado en el lugar de Biden.
Pero, a pesar de que entendía392 la estrategia de
Biden, McConnell les recordó a sus compañeros que su
propio libro de memorias, publicado en 2016, se llamaba
The Long Game (algo así como «El juego a largo plazo»).
Aquel seguiría siendo su método. Sentarse. Esperar.
En la época de Obama, McConnell y Biden solo hacían
tratos cuando ambas partes estaban «dentro del área»,
que era como McConnell llamaba al punto óptimo.
Aunque se habían escrito muchos artículos y
reportajes en revistas y periódicos acerca de los tratos
que habían conseguido hacer ambos, McConnell sabía
que no eran grandes negociadores. Como mucho, se les
daba bien cerrar cosas. Eran políticos realistas.
A McConnell no le importaba quedarse sentado sin
hacer nada mientras Biden perseguía su ingente gasto
presupuestario. Llevaba tanto tiempo en el Congreso que
había visto a Obama, George W. Bush, Bill Clinton y
otros ser elegidos presidentes y mostrarse agresivos para
después recibir un rapapolvo de los votantes en las
elecciones de medio mandato.
—El viejo Joe volverá llegado el momento, y eso
dependerá de si consigue o no dirigir el cotarro solo con
los demócratas —dijo McConnell—. Si no puede,
volveremos a abrir juego.
En una reunión telefónica privada el 14 de enero con
algunos de los principales inversores del partido, Karl
Rove lamentó la escasa participación republicana en
algunas zonas de Georgia. Era un desastre, y peor aún,
era un desastre que parecía destinado a repetirse si
Trump y sus aliados seguían sembrando dudas acerca de
la legitimidad de los votos.
—Básicamente se lo atribuyo a los seguidores radicales
de Trump, que creyeron que no merecía la pena revertir
esto porque las elecciones de noviembre estaban
amañadas y las cosas no iban a cambiar en la segunda
vuelta —les dijo Rove—. El segundo problema fue que el
otro lado hizo su trabajo. La participación de la
población negra constituyó un porcentaje mucho mayor
en el recuento general de votos.
Hacia el final de la reunión393, un inversor presionó a
Rove para que les diera alguna directriz acerca del futuro
del Partido Republicano, sobre todo para los
republicanos «de la vieja escuela» como él, después del
mandato de Trump y de lo acontecido el 6 de enero.
—¿Cómo de grave cree usted que es la fractura, y qué
han significado los últimos dos meses? —preguntó el
inversor.
—Creo que hay profundas divisiones en nuestro
partido —dijo Rove. Pero, dentro de las bases del Partido
Republicano, le preocupaba que «una gran cantidad de
americanos creen que nos robaron las elecciones». Era
una realidad distinta.
—Mire, he vivido un par de elecciones presidenciales.
Pero el presidente tuvo más de cincuenta oportunidades
de defender esto ante los tribunales. Yo he estado ahí y lo
he intentado, he leído los alegatos. Y los alegatos no
coinciden con la retórica.Pero tenemos a un montón de
gente que cree que a Trump le robaron las elecciones, y
ese es su primer argumento.
»La pregunta es: ¿hay personas cuya vida dependa de
la división, la discordia y los disturbios en el partido, que
luchen por el mero hecho de luchar? Que digan: “Mira,
no puedes estar en desacuerdo conmigo a menos que… Si
no estás de mi lado, no vales nada y voy a castigarte”. Y
creo que eso es un problema grave.
»No tengo una respuesta adecuada para esto.
Trump continuó con sus reclamaciones electorales, y
siguió reuniéndose con sus aliados que creían que les
habían robado el resultado.
El 15 de enero394, el fotógrafo del Washington Post
Jabin Botsford le hizo una foto a Mike Lindell, aliado
conservador de Trump y CEO de la empresa MyPillow,
mientras se dirigía al Ala Oeste. Lindell era un habitual
de Fox News y otras redes y canales donde denunciaba el
fraude electoral en un estado tras otro.
«Ley de Insurrección “ya” —decía parte del
memorándum que leía Lindell, capturada por Botsford—.
Ley marcial si fuera necesario.»
El ánimo de Trump la víspera de la investidura de
Biden era de indiferencia. Sus asesores lo vieron, a través
de la puerta abierta del Despacho Oval, escribiéndole
una carta a mano a Biden sobre las siete de la tarde del
19 de enero. Les pidió consejo. Le animaron a que fuera
positivo. Pero Trump no les enseñó la carta. La escribió a
solas.
Trump habló por teléfono con Kevin McCarthy, el líder
de la minoría de la Cámara, sobre las diez de la noche.
—Acabo de terminar la carta.
McCarthy le dijo que se alegraba. Llevaba semanas
diciéndole a Trump que la escribiera.
McCarthy se conmovió. Trump no iba a asistir a la
investidura. Aquello estaba a años luz de sus
conversaciones en Mar-a-Lago y en el Air Force One,
cuando intercambiaban historias políticas y comían
Starbursts, los caramelos preferidos de Trump.
—No sé qué le ha pasado en los últimos dos meses —
dijo McCarthy—. No es usted el mismo que estos cuatro
años. Ha hecho muchas cosas buenas y ese debe ser su
legado. Llame a Joe Biden.
Trump rechazó la idea. McCarthy le dijo que era
importante para el país que mantuviesen algún tipo de
conversación. Que solo así la transición sería auténtica.
—Hazlo tú.
McCarthy estaba decepcionado.
—Tiene que llamarlo. Llame a Joe Biden.
—No —dijo Trump.
—Llame a Joe Biden.
—No.
—¡Llame a Joe Biden!
—No.
Trump cambió de tema.
Había rumores de que Trump estaba pensando
marcharse del Partido Republicano.
—No voy a dejar el partido. Voy a ayudaros —dijo.
Y luego le dio a McCarthy su nuevo número en Florida.
No llamó a Biden.
Aquella noche, más tarde, Trump estaba en la Casa
Blanca debatiendo acerca de quién debía recibir el
indulto. La gran pregunta, en cambio, era si se lo podía
conceder a sí mismo.
Trump, que sabía que se habían puesto varias
investigaciones en marcha en enero, sobre todo en Nueva
York, le dijo a Graham:
—Están intentando destruir a mi familia.
El indulto para todos los miembros de su familia era
posible. Trump le preguntó a Graham si debía indultarse
a sí mismo.
—Un autoindulto sería una mala idea —dijo Graham—.
Una mala idea para la presidencia y una mala idea para
usted.
Un autoindulto, además, no iba a ser la solución a
todos los problemas legales de Trump, le dijeron sus
abogados. El fiscal de distrito de Manhattan, Cyrus
Vance, si ahondaba en las prácticas empresariales de la
Organización Trump, podría seguir investigando. Un
indulto presidencial solo afectaba a las leyes federales,
no a las estatales.
Trump renunció al autoindulto, pero siguió adelante
con los de los demás en sus últimas y frenéticas horas
como presidente. Más de ciento cuarenta personas
recibieron clemencia395 con una simple firma de puño y
letra de Trump cerca de la medianoche del 19 de enero;
entre ellos estaban Bannon, el rapero Lil Wayne, el
exalcalde de Detroit Kwame Kilpatrick e incontables
aliados políticos y empresariales más.
La víspera de la investidura para Biden fue más
contenida. De pie en el Centro de la Reserva de la
Guardia Nacional Joseph R. «Beau» Biden III, en New
Castle, el 19 de enero, el presidente electo dijo que solo
lamentaba una cosa:
—Que él no esté aquí. Deberíamos presentarlo como
presidente —dijo Biden.
Por un instante, la voz de Biden se quebró396 y subió
de tono. Hizo una mueca de angustia.
Un segundo más tarde, siguió con su discurso. El
reflejo de los focos junto al escenario iluminó las
lágrimas corriéndole por las mejillas.
53
Trump, junto a la primera dama, Melania Trump, bajó
temprano de su residencia el 20 de enero. El personal de
la Casa Blanca —cocineros, mayordomos y sirvientes—
los esperaban apenas pasadas las ocho de la mañana en
la Sala de Recepción Diplomática.
Cuando la pareja entró en la sala, el personal rompió a
aplaudir y algunos derramaron lágrimas cuando el
presidente les agradeció su servicio y les estrechó la
mano. Un ujier de la Casa Blanca les regaló al presidente
y a la primera dama la bandera estadounidense que
ondeaba sobre la Casa Blanca el día que llegaron, cuatro
años antes, y una reluciente base de madera de cerezo
para ponerla.
Trump vio a Robert O’Brien y a Pat Cipollone y les hizo
un gesto para que se acercaran a hacerse una foto.
Melania llevaba gafas de sol. Quienes hablaron con ella
y se acercaron para despedirse vieron que tenía los ojos
llorosos.
—Dales un abrazo de mi parte a Lo-Mari y a las niñas
—le dijo Melania a O’Brien.
Los Trump salieron al exterior, bajo la luz fría de la
mañana, y se subieron al Marine One.
En la Base de la Fuerza Aérea Andrews los esperaba la
familia de Trump. En una sala de recepción cerca de la
pista de aterrizaje y del Air Force One, la hija menor de
Trump, Tiffany, hizo una foto con su móvil al televisor
donde se veía el helicóptero despegando.
Otros de los hijos de Trump observaron en silencio
cómo levantaba el vuelo el Marine One. Todos en la sala
miraban al mismo televisor. Hechizados. Asimilando el
momento.
Se cerraba el círculo que había comenzado el 20 de
enero de 2017. Aquel día, Trump y el presidente Obama
fueron juntos desde la Casa Blanca hasta el Capitolio. El
senador Roy Blunt, uno de los responsables de la
planificación de la investidura, iba con ellos.
Durante el trayecto, Trump se dirigió a Obama.
—¿Cuál ha sido su mayor error? —le preguntó Trump.
Obama hizo una pausa y miró a Trump.
—No se me ocurre nada —dijo.
Trump cambió de tema.
—¿Este es el coche que suele usar?
Mark Meadows, el jefe de gabinete saliente, invitó a
Ronald Klain a reunirse con él en su despacho de la Casa
Blanca el 20 de enero para hacer el traspaso de poderes.
Klain no iba a asistir a la ceremonia de investidura; en
cambio, controlaría en tiempo real los informes de las
fuerzas del orden y las agencias de inteligencia desde la
Casa Blanca. Cientos de miles de soldados de la Guardia
Nacional se habían apostado en Washington, vestidos de
camuflaje, con casco y rifle. Estaban desplegados por
todo el centro de la ciudad, cercado con vallas metálicas.
La violencia y la amenaza de la violencia habían
pasado a ser un elemento más de la investidura…, y de la
política estadounidense.
Un enfrentamiento en las calles o incluso un único
disparo podía arruinar y, en las peores circunstancias,
definir la ceremonia de investidura. Klain estaba
nervioso, tenso.
Klain llegó a la Casa Blanca en torno a las 10.30 de la
mañana. Había trabajado en la Casa Blanca en cinco
ocasiones y nunca había visto el Ala Oeste así de vacía.
Resultaba inquietante. Quedaba poca gente de Trump.
Los famosos despachos y los elegantes pasillos estaban
ocupados por el personal de limpieza.
Se dirigió al despacho del jefe de gabinete. La puerta
estaba cerrada. Llamó. No hubo respuesta. Giró el pomo.
Estaba cerrado con llave. Se quedó de pie junto a la
puerta del segundo despacho más importante de
Washington —que pronto sería el suyo— sin poder
entrar, y esperó.
Por fin, un asistente de Trump se acercó y le dijo:
—El señor Meadows está al teléfono.
Klain se llevó el aparato a la oreja.
«Llego tarde», le dijo Meadows. Había acompañado a
Trump para despedirse y estaría allí enseguida.
Cuando Meadows llegó, condujo a Klain al interior del
despacho.
—Nuestra reunión tendrá que ser más breve de lo que
yo pretendía —dijo Meadows. Trump había firmado de
improviso un último indulto397 para Al Pirro, el
exmarido de la presentadora de Fox News y aliada de
Trump Jeanine Pirro. Meadows lo tenía que enviar al
Departamento de Justicia antes del mediodía para que
quedara legalmente registrado.
Le preguntó a Klain si lo habían informado de la
continuidad de varios programas de gobierno, los planes
secretos de contraseñas para garantizar la sucesión
presidencial y la continuidad del gobierno en cualquier
posible emergencia: bombardeos, ataques aéreos,
ciberataques o incluso invasiones.
—Sí —dijo Klain. Dos días antes se había reunido con
el general de brigada Jonathan Howerton, que dirigía el
mando militar de la Casa Blanca, con más de dos mil
quinientos empleados, y le había presentado un informe
completo.
—¿Le han informado de las funciones confidenciales
en la Casa Blanca en materia de seguridad y
comunicaciones? —preguntó Meadows.
Klain dijo que le habían informado de todo aquello
también.
—Le deseo toda la suerte del mundo —dijo Meadows
con amabilidad—. Le deseo mucho éxito. Estaré
alentándole. Rezaré por usted.
Klain le dio las gracias. Meadows se marchó.
Eran las 11.15; todavía quedaban cuarenta y cinco
minutos durante los que Klain no podría hacer nada, ni
siquiera iniciar sesión en sus ordenadores. Estaba ocioso.
Fue hasta el Despacho Oval, donde un grupo de
empleados estaba preparándolo todo para Biden398,
colocando las obras de arte. Había bustos de Robert
Kennedy, Martin Luther King Jr., César Chávez y Rosa
Parks. Un retrato enorme de Franklin D. Roosevelt. Y
The Avenue in the Rain, un impresionante cuadro
realista de principios del siglo XX de unas banderas
estadounidenses pintado por Childe Hassam, que
también habían tenido colgados en el despacho Clinton y
Obama.
Descolgaron un retrato de Andrew Jackson, que
poseyó cientos de esclavos y libró una campaña brutal
contra los nativos americanos.
Los amigos de Biden decían que la nueva decoración
era totalmente Biden y Donilon. Una decoración con
alma.
En los días posteriores a las elecciones, Robert O’Brien
había empezado a prepararse para la transición a una
presidencia de Biden. También lo dijo en público. Trump
no estaba nada contento, pero no le ordenó que dejara de
trabajar.
El 20 de enero, O’Brien había preparado cuarenta o
cincuenta carpetas de documentos, unas cuatro mil
páginas en total. Sobre el escritorio que pronto sería el
de Jake Sullivan, dejó una carta personal con una
circular que contenía acciones encubiertas de alto
secreto y acceso especial, programas protegidos por
contraseña. Sacó las distintas tarjetas identificativas que
llevaba encima, las contraseñas para distintas
contingencias, y lo dejó todo encima de la carta.
—Si necesitas cualquier cosa —le dijo O’Brien a
Sullivan—, dímelo.
Un fotógrafo les sacó una instantánea a ambos; uno
llevaba mascarilla, el otro no.
—Que Dios te bendiga —añadió finalmente O’Brien.
Se había realizado el traspaso de poderes al equipo
nuevo.
Al final de la avenida Pensilvania, Pence no tenía
planeado hablar con Biden el día de la investidura, pero
los equipos del servicio secreto asignados a ambos se
cruzaron en el Capitolio. Biden esbozó una amplia
sonrisa y se acercó a Pence.
—¡Gracias por venir! —dijo Biden—. Me alegro mucho
de que esté aquí.
Se habían conocido años antes en la residencia
vicepresidencial después de la elección de Pence. Este
último había recordado el encuentro en numerosas
ocasiones, y siempre le decía a todo el mundo que Biden
era un tipo muy amable que había interrumpido lo que
estaba haciendo para darle la bienvenida a la familia de
Pence.
El expresidente Bill Clinton se adelantó y saludó a
Pence.
—Gracias por hacer lo que hizo. Fue lo correcto —dijo
Clinton.
Harris fue escoltada hasta su sitio por Eugene
Goodman, el valiente agente negro de la policía del
Capitolio que había demostrado un gran valor el 6 de
enero. Biden llevaba un grueso abrigo negro de invierno
y una corbata azul empolvado. Los miembros del Senado
y de la Cámara de Representantes se sentaron detrás de
él, todos con mascarilla.
Kamala Harris tenía dos Biblias399 en la ceremonia.
Una pertenecía al difunto juez del Tribunal Supremo
Thurgood Marshall, el primer magistrado negro, y la otra
a Regina Shelton, la que fuera su segunda madre en su
infancia. Llevaba sus habituales perlas blancas, un
símbolo de su hermandad universitaria, como ya
hicieran otras mujeres demócratas en homenaje a su
nuevo lugar en la historia.
Aunque se habían tomado medidas de seguridad
extremas para proteger la transferencia de poderes
oficial, en el Ala Oeste y en el centro de mando secreto
desde el que se controlaba la ciudad reinaba una gran
preocupación. Los puentes, los monumentos y los coches
estaban bajo vigilancia. Los soldados patrullaban el
Capitolio con sus carabinas M4. Los agentes de policía
hacían ronda.
Milley estaba en la plataforma inaugural. Estar allí era
parte de su trabajo, pero pensó que era una de las
personas a las que más felicidad le provocaba. No porque
fuera el presidente Biden, sino porque Trump dejaba el
cargo y parecía que el traspaso de poderes iba a ser
pacífico.
Antes de la ceremonia de investidura, mientras
revisaba los planes de guerra y las autorizaciones para el
mando y el control de las armas nucleares, Biden le había
dado las gracias personalmente a Milley, aunque no
especificó por qué se las daba exactamente.
Milley no había revelado su decisión de «hacer un
Schlesinger» más allá de su círculo más íntimo.
—Sabemos por lo que ha pasado —dijo Biden—.
Sabemos lo que hizo.
En el Capitolio y en el estrado, la vicepresidenta Harris
y varios miembros del gabinete entrante le expresaron
distintas versiones del mismo agradecimiento. Milley no
sabía hasta qué punto conocían sus desavenencias con
Trump, pero sospechaba que lo sabían. Así era
Washington: la información sensible y confidencial
circulaba sin problemas…, a veces mal, pero en aquel
caso bien.
En un momento dado, Pence pasó junto a él.
Milley inclinó la cabeza y le dijo:
—Gracias por su liderazgo, señor vicepresidente.
Pence asintió y siguió caminando. Fue muy rápido,
casi instantáneo.
Milley se fijó en el silencio.
Clyburn circulaba por allí con aires de persona
influyente. El presidente George W. Bush le hizo un
gesto para que se acercara.
—Es usted un auténtico salvador —le dijo Bush a
Clyburn—. Si no hubiese apoyado a Joe Biden, no
estaríamos celebrando este traspaso de poderes hoy.
Joe Biden era el único que podía derrotar a Trump,
dijo Bush.
Cinco minutos antes, Bill Clinton había empleado la
misma palabra —«salvador»— hablando con Clyburn.
—Supongo que ha oído a Bill Clinton —le dijo Clyburn
a Bush mientras se hacían selfis con los asistentes.
La conversación con Hillary Clinton fue más seria.
—Es muy importante para el futuro del país que se
rindan cuentas en lo relativo al 6 de enero —le dijo
Clyburn.
El pelo fino y blanco de Biden, más largo de lo
habitual, ondeaba al viento cuando se sentó delante.
Miró fijamente a Amanda Gorman mientras la joven
negra400, egresada de Harvard, recitaba su poema «La
colina que ascendemos».
—Nos hemos enfrentado al vientre de la bestia —leyó
Gorman delante de millones de personas, vestida con un
abrigo amarillo—. Hemos aprendido que calma no
siempre significa paz.
»De alguna manera, hemos resistido, testigos de una
nación que no está rota, sí incompleta.*
Klain se acercó al despacho del consejero de seguridad
nacional al que se iba a trasladar Jake Sullivan. Ambos se
conocían desde hacía quince años, desde 2006, cuando
Klain era socio del bufete de abogados O’Melveny &
Myers. Sullivan, letrado en prácticas, trabajaba
directamente para Klain. Más adelante, Klain había
ayudado a Sullivan a conseguir un puesto en la campaña
de Obama de 2008.
Era un patrón típico de la Casa Blanca de Biden, donde
muchos habían pasado juntos de puestos básicos a la
actualidad.
Antes de las doce del mediodía, Klain y Sullivan se
dirigieron a la Sala de Crisis. Habían organizado una
videoconferencia confidencial para recibir los informes
actualizados de todos los responsables de las fuerzas del
orden y seguridad: la NSA, Seguridad Nacional, el FBI, la
CIA y otras agencias de inteligencia.
La seguridad era lo único que tenían en mente cuando
tomaron asiento. En una de las pantallas de la sala
estaban emitiendo la ceremonia de investidura de Biden.
El sonido estaba desactivado a propósito para que
pudieran concentrarse únicamente en detectar cualquier
detalle fuera de lo normal mediante la vista. Ambos
habían aportado ideas y conocían la versión final del
discurso inaugural.
Observaron en un televisor cercano cómo Biden ponía
la mano sobre una Biblia familiar con una cruz celta401,
un guiño a sus raíces irlandesas, y la misma Biblia que
había utilizado junto a la cama de hospital de sus dos
hijos en 1973 para jurar el cargo en el Senado, tras la
muerte de su primera mujer y su hija. Se convirtió en el
segundo presidente católico de la nación, siguiendo los
pasos de su héroe de juventud, JFK.
El discurso de Biden, de 2552 palabras402, que
Donilon y Meacham habían ayudado a redactar, era una
oda al bipartidismo, así como a la democracia.
—Hoy es el día de la democracia —empezó a decir
Biden a la reducida multitud que guardaba la distancia
social en Washington—. Un día de historia y esperanza,
de renacimiento y resolución. A través de tribulaciones
que quedarán en los anales, Estados Unidos ha sido
puesto a prueba una vez más, y Estados Unidos ha
estado a la altura del desafío. Hoy celebramos la victoria
no de un candidato, sino de una causa: la causa de la
democracia.
»Seguiremos adelante con celeridad y urgencia porque
tenemos mucho que hacer en este invierno de peligros y
posibilidades.
Los diputados aplaudieron. En la Explanada, en lugar
de espectadores, ondeaban pequeñas banderas:
191 500403, puestas allí por la Comisión Inaugural
Presidencial en memoria de las personas que habían
perdido la vida durante la pandemia, como
representación de los miles que no podían asistir.
En el último vuelo a Florida de Trump se sirvió un
desayuno al estilo sureño, con carne404, huevos y gachas
de maíz. Cuando aterrizaron, unos pocos millares de
personas bordeaban las calles para ser testigos del
trayecto de la comitiva de Trump hasta Mar-a-Lago.
Circulaban despacio, mientras Trump saludaba y
levantaba el dedo pulgar a través de los cristales
tintados.
Cuando la comitiva entró en la propiedad de Trump,
este fue directo a su residencia, acompañado de Melania.
Le quedaban diez minutos como presidente.
A las 11.59 del 20 de enero, Trump estaba en su
habitación. Sin tuits. Sin discursos.
A las 12.01, varios agentes del servicio secreto
empezaron a reducir el destacamento alrededor de la
finca. Trump ya no era presidente. Ya no tenía acceso al
«balón» nuclear. La huella de seguridad desapareció en
cuestión de instantes.
Cuando hubo terminado la toma de posesión, la
vicepresidenta Harris y su marido, Doug Emhoff,
acompañaron a Pence y a Karen Pence hasta el final de
las escaleras del Capitolio. Los Pence se dirigieron a la
Base de la Fuerza Aérea Andrews para volar a Columbus,
Indiana, con su familia y los perros, el gato y el conejo
familiares a bordo.
Hacía una tarde espléndida cuando el avión aterrizó.
Dos camiones de bomberos sostenían una gran bandera
estadounidense en sus escalerillas elevadas, y en un
estrado en la pista se leía: «DE VUELTA A CASA». Cuando
Pence y su familia subieron a un pequeño escenario,
sonaba el rocanrol de 1970 «All Right Now», de la banda
Free.
—Ya saben que en el Air Force Two tenemos una
tradición405: siempre invitamos a alguien a sentarse en
el asiento eyectable, en la cabina, como invitado —les
dijo Karen Pence a la multitud de amigos y familiares
congregados allí.
Ir sentado delante, dijo, te da «perspectiva», porque
puedes «ver más o menos dónde está todo y sentir que
sabes a dónde vas.
—Hoy, en el asiento auxiliar iba Mike —dijo. Y rompió
a llorar.
54
La seguridad se mantuvo en un Washington que parecía
fortificado. Los planes, los preparativos y la
preocupación, desde la sesión en el Conmy Hall hasta los
soldados y los agentes en la calle, no parecían haber
disuadido la amenaza de violencia.
Klain y Sullivan, junto con otros asistentes, incluida
Elizabeth Sherwood-Randall, la consejera de seguridad
nacional de Biden, se quedaron más de una hora en la
Sala de Crisis el 20 de enero para controlarlo todo.
Cuando Biden llegó al Despacho Oval pasadas las
cuatro de la tarde, saludó a su equipo y le preguntó a
Klain qué tenía que firmar. ¿Dónde estaba el trabajo?
Vamos allá, dijo.
Biden firmó quince acciones ejecutivas y dos directivas
de agencia que, como descubrió más tarde la secretaria
de prensa Jen Psaki406, superaban con creces las dos
órdenes que había firmado Trump en su primer día.
Muchas firmas más revirtieron algunos de los asuntos
más candentes de la administración Trump. La
obligación de llevar mascarilla en las instalaciones
federales. El veto al permiso para construir el oleoducto
Keystone XL. El restablecimiento de los lazos con la
Organización Mundial de la Salud y el Acuerdo de París
relativo al cambio climático. La cancelación de la
emergencia nacional utilizada por Trump para asegurar
fondos para su muro en la frontera con México. La
derogación de las restricciones de viaje desde algunos
países con mayoría musulmana.
Dentro de un cajón en el escritorio Resolute, Trump
había dejado su carta para Biden. Este se la metió en el
bolsillo y no les dijo nada a sus asesores.
Centró su atención en el virus.
Mientras Biden se dirigía al Capitolio el 20 de enero,
Sonya Bernstein, de treinta años, una de las adjuntas de
Jeff Zients, estaba preparándolo todo para lanzar el plan
de contingencia al coronavirus del presidente en cuanto
el reloj diera las doce del mediodía.
Bernstein, exasistente ejecutiva de la directora de
presupuestos Sylvia Burwell, se había pasado casi todos
los días de los últimos meses trabajando en Mount
Pleasant, D.C. «El centro de mando operativo»,
bromeaba. En su empleo anterior, trabajaba en el
sistema público hospitalario de Nueva York justo cuando
los casos empezaron a dispararse en la primera ola grave
del país, que saturó los hospitales y al personal sanitario.
Todos los días se despertaba pensando en las vidas
perdidas y rogando por que el día siguiente fuera mejor,
pero el número de muertes no paraba de aumentar. Le
había resultado insoportable, así que se aferró a la
oportunidad de ayudar a Biden a revertir la curva.
Bernstein se unió a una reunión por videollamada la
mañana de la investidura. Tenían una elaborada lista de
tareas pendientes, además de una hoja de cálculo donde
estaban detalladas todas las agencias y subagencias
federales. Repasaron las preguntas y las acciones clave.
Tenían que pasar de cero a cien en pocos días.
Había que construir a toda prisa una infraestructura
organizada para realizar pruebas diagnósticas. Fondos,
personal y equipo para conseguir sueros, profesionales
para inocularlos y centros de vacunación. Las vacunas no
se distribuían en farmacias minoristas, y Zients quería
que se articulara un programa farmacéutico. Los
docentes tenían que ser un grupo prioritario, porque
Biden quería que se abrieran los colegios. Había que
mejorar las cadenas de abastecimiento.
En la reunión estuvieron presentes representantes de
Seguridad Nacional, Defensa y Salud y Servicios Sociales.
Todos parecían deseosos de tener un sitio en la mesa por
Zoom.
Bernstein casi podía sentir las vacunas inoculándose
en los brazos de la gente.
La tarde del lunes 25 de enero, Zients se reunió con
Biden y la vicepresidenta Harris en el Despacho Oval
para hablar del suministro de vacunas.
El equipo de Trump había mantenido una larga
negociación con Pfizer para un segundo paquete de 100
millones de dosis de la vacuna, pero no había llegado a
hacer el pedido.
—Señor presidente —dijo Zients—, creo que tenemos
la oportunidad, si actuamos rápido, de conseguir más
suministros de vacunas a lo largo del verano y que
deberíamos comprometernos.
El coste total era de 4000 millones de dosis
adicionales de Pfizer.
—Estamos en guerra —dijo Biden, y aceptó la
sugerencia al instante—. El peor escenario no es un mal
escenario en cualquier caso, y es que acabemos con un
excedente de vacunas.
Zients se mostró de acuerdo.
—Uno nunca corre hasta la cima de la colina —dijo—,
corre hasta más allá de la cima de la colina, ¿no?
Pasar por encima de los problemas.
—¿Cree que es factible? —preguntó Biden.
—Siempre puede salir mal —contestó Zients—, pero
vamos a supervisarlo con lupa. Utilizaremos cada uno de
sus poderes, incluida la Ley de Producción para la
Defensa, para ayudarles a tenerlo todo listo en el plazo
acordado o antes. Si podemos acelerarlo, lo haremos.
—Me parece la mejor decisión, sin duda —repuso
Biden—. No es una decisión difícil.
Biden decidió anunciar407 los 100 millones de dosis
extra de Pfizer al día siguiente. También accedió a
adquirir 100 millones más de Moderna, y los 200
millones de dosis adicionales se sumaron a los 400
millones ya pedidos, lo que ascendía a un total de 600
millones de dosis, suficiente para inmunizar a 300
millones de estadounidenses con la pauta completa.
Tenía más preguntas para Zients.
—¿Podemos hacer algo para acelerarlo más? ¿Cómo
sabemos que podrán entregar a tiempo? ¿Cómo vamos
con las órdenes relativas a la mascarilla?
Biden había anunciado408 que quería que todos los
estadounidenses se «enmascararan» durante sus
primeros cien días. La mascarilla era el método más
rápido y sencillo para salvar vidas, pero era un tema que
se había politizado enormemente por los mensajes
contradictorios provenientes de la Casa Blanca de Trump
sobre si era o no necesaria.
—¿Qué vamos a hacer para montar centros de
vacunación masiva? —le preguntó Biden a Zients.
La FEMA está haciendo avances, dijo Zients. Tendrían
21 centros de vacunación masiva en marcha a finales de
marzo, con la capacidad de inocular 71 000 dosis al día a
plena capacidad.
—¿Serán grandes estadios?
—No.
—¿Unidades móviles de vacunación?
Aquel era un término paraguas para definir los
esfuerzos de llevar los servicios de vacunación a las
comunidades y llegar a grupos de población específicos.
—¿Cómo vamos a instalarlos en las zonas rurales y en
las áreas de difícil alcance y asegurarnos de que las
vacunas se administren de forma equitativa? —preguntó
Biden.
Algunos datos demostraban que todavía no se
administraban de forma equitativa, dijo Zients.
Biden dijo que tenían que centrarse en la equidad. Dijo
que quería que se utilizaran todos los recursos y las
capacidades del gobierno federal.
—Vamos a hacer todo lo posible para que la gente use
la mascarilla —dijo—. Vamos a hacer todo lo posible para
incentivar el suministro. Vamos a hacer todo lo posible
para facilitar más lugares donde la gente pueda
vacunarse, más personal sanitario, más agujas en los
brazos.
55
—Oye, ¿has filtrado tú lo de esta comida?
El presidente Trump, con un traje oscuro y una
corbata amarilla, sonrió a Kevin McCarthy, el líder de la
minoría de la Cámara, de visita en Mar-a-Lago el 28 de
enero.
—No —dijo McCarthy mientras se acercaba a Trump
pasando junto a un jarrón de rosas amarillas y unas
cortinas doradas—. Lo habrá contado alguien de su
equipo, ¿no? Yo no he informado al mío.
—¿Crees que lo ha filtrado mi equipo?
—No. No lo creo.
—Bueno, ¿y quién crees que lo ha hecho?
—Usted —dijo McCarthy.
La visita de McCarthy al expresidente estaba en todos
los medios de comunicación. Trump no negó que hubiera
filtrado la noticia. Parecía deseoso de volver a acaparar
los titulares, de estar de vuelta en el meollo. Que el
principal republicano de la Cámara fuera a comer con él
no era algo que quisiera mantener en secreto.
Los líderes del Partido Republicano seguían acudiendo
a él. McCarthy, en particular, era un comodín después de
haber dicho el 13 de enero que Trump «era responsable»
del asalto al Capitolio, un comentario que había
enfurecido al entonces presidente. Ahora McCarthy venía
a visitarle en busca de información y consejo.
—Que sepas que Melania me ha dicho que esto está
teniendo más cobertura que cuando me reuní con Putin
—dijo Trump.
Había periodistas en helicóptero por allí cerca, dijo, y
un gran interés en los medios.
—Sabes que esto es bueno para ti y para mí, ¿verdad?
—Muy bien —dijo McCarthy.
McCarthy había ido con la esperanza de mantener a
Trump ligado al Partido Republicano en la Cámara para
poder recuperar la mayoría en 2022. Necesitaba alejarlo
de las luchas primarias innecesarias y vincular su
nombre al de los escaños susceptibles de ser ganados. Se
sentaron a comer.
—¿Quieres una hamburguesa con queso y patatas
fritas?
—Tomaré una hamburguesa con queso, pero estoy
gordo —dijo McCarthy—. Sin patatas. Con ensalada. Y
sin pan.
—¿Y eso funciona? —preguntó Trump mirando el plato
de McCarthy. Le quitó el pan a su hamburguesa.
—¿Quieres un helado?
—Tomaré fruta.
Trump pidió un helado para él.
—Fíjate, dejar Twitter me ha venido muy bien.
—¿En serio?
—Sí, mucha gente dice que le gustaban mis políticas
pero no mis tuits.
—Bueno, como todo el mundo.
—He mejorado mi popularidad.
Trump preguntó por el inminente debate de
impeachment en el Senado.
—Creo que no va a ningún sitio —dijo McCarthy.
Graham volvió a hablar con Trump el 31 de enero, tan
solo once días después de que Biden jurase el cargo. El
proceso del Senado estaba programado para principios
de febrero. Un día antes, Trump había modificado su
equipo legal para el proceso, pasando de un grupo de
abogados poco conocidos a otro.
Las llamadas de Trump con los abogados y sus
asesores eran aleatorias. Trump estaba distraído y
empeñado en volver a impugnar las elecciones y a
reavivar sus denuncias de fraude. Todas las llamadas
eran a base de gritos y enfados, siempre con la misma
cantinela, tanto que hasta sus asesores más cercanos
estaban exhaustos.
La mayoría de nuestros hombres, los senadores
republicanos, le aseguró Graham a Trump por teléfono,
votarán por su absolución, basándose en que es
inconstitucional juzgar a un presidente que ya no ocupa
el cargo.
Trump, sin embargo, parecía más ilusionado por el
apoyo de la congresista Marjorie Taylor Greene, la nueva
parlamentaria republicana por el estado de Georgia, de
extrema derecha, que basaba su imagen política en sus
ideas radicales. Greene había respaldado los esfuerzos de
Trump por revertir las elecciones y había instigado un
proceso de impeachment contra Biden el día después de
que este jurara el cargo.
Greene también había difundido409 las teorías
conspiratorias de QAnon en las redes sociales.
«Q es patriota —escribió Greene en un vídeo que
publicó—. Está del mismo lado que nosotros, y apoya a
Trump.»
—Tenga cuidado —le advirtió Graham—, no deje que lo
arrastre a arenas movedizas.
—Habla bien de mí —argumentó Trump.
Graham suspiró. Así iban a ser las cosas en el mundo
post Casa Blanca de Trump.
Él haría lo que estuviera en su mano, guiaría a Trump
como pudiera. Seguiría siendo el senador al que Trump
llamaría para ponerse al día de las sesiones del Congreso
o para jugar un partido de golf.
Pero no había forma de cambiarlo. Solo cabía seguirle
el juego.
56
La senadora republicana moderada Susan Collins410, de
Maine, iba en coche con su marido, Tom Daffron, que la
llevaba al aeropuerto de Bangor el domingo 31 de enero
cuando la llamó el presidente Biden.
—Acabo de recibir la carta —le dijo Biden con su voz
alegre y animosa, reconocible al instante.
Collins, que daba comienzo a su quinto periodo en el
Senado, había coordinado una carta dirigida a Biden
firmada por diez senadores republicanos. La habían
enviado a la Casa Blanca aquel mismo día por la mañana
con una contrapropuesta al plan de rescate de 1,9
billones de Biden. Los republicanos proponían menos de
un tercio de lo que Biden había calculado: 618 000
millones de dólares.
Susan reconoció al instante al viejo Joe, tranquilo y
concentrado. Quería charlar y que lo pusiera al día. Se
conocían muy bien. Habían coincidido durante los
primeros doce años de ella en el Senado y otros ocho
cuando Biden era vicepresidente y presidente del
Senado.
Collins no quería cortar al nuevo presidente, pero
tampoco quería perder su vuelo a Washington. Le pidió a
su marido que siguiera dando vueltas alrededor del
aeropuerto.
—Tengo que coger el vuelo —dijo por fin.
Biden le dijo que estaría encantado de fijar una
reunión, tal y como los republicanos solicitaban en la
carta. ¿Qué tal mañana?
—¿Aviso a los otros nueve republicanos?
—Espera hasta que hayas aterrizado en Washington,
por favor —le dijo Biden. Collins pensó que aquella
petición era inusual, pero luego se dio cuenta de que
probablemente querría informar a su equipo antes.
Biden era impulsivo en sus llamadas; siempre estaba
dispuesto a coger el teléfono para hablar o reunirse
cuando había un problema, sobre todo si implicaba una
oportunidad de negociar. Collins había remitido la carta
apenas unas horas antes a la Casa Blanca, donde
probablemente, siendo domingo, no estuviera todo el
personal.
Cuando Ron Klain vio la carta, se quedó atónito. Un
tercio de los 1,9 billones del plan de Biden era una cifra
asombrosamente baja, aquello no podía ir en serio.
La carta rezumaba optimismo y apelaba a la
negociación bipartidista desde la primera frase: «Tal y
como proclamó en su discurso inaugural, superar los
desafíos a los que se enfrenta nuestra nación “exige lo
más esquivo de todo en una democracia: unidad”».
La carta también decía: «En nombre del bipartidismo
y la unidad, hemos desarrollado el borrador de un plan
de ayudas basado en las leyes y decretos previos para la
lucha contra la covid-19, que fueron aprobados con el
apoyo de ambos partidos.
Pero la apuesta inicial no parecía estar a la altura de la
cortesía mostrada.
Biden, sin embargo, le dijo a Klain que no iba a
rechazar la propuesta. Lo que no significaba que fuera a
aceptarla. Solo quería oír lo que tenían que decir. Quizás
aquellos republicanos estuvieran dispuestos a dejar atrás
a Trump y a llegar a un acuerdo con él. Quizá la cifra
expresada en la carta fuera negociable. Iba a reunirse con
ellos. Su forma de hacer las cosas, por supuesto, era
mediante la escucha. No iba a dejar que una carta lo
definiera todo de entrada. Era una propuesta.
Cuando Collins llegó a Washington, le dijeron que la
habían llamado de la Casa Blanca. Biden los recibiría a
las cinco de la tarde del día siguiente, el lunes 1 de
febrero. Collins llamó a los otros nueve republicanos de
su grupo, entre los que se encontraban la senadora de
Alaska Lisa Murkowski, el senador de Indiana Todd
Young y el senador de Luisiana Bill Cassidy.
Les metió caña y repartió las tareas. Cada senador
tendría que presentar y centrarse en una parte del plan
de rescate. Iban a demostrarle a Biden que estaba
proponiendo demasiado y demasiado pronto, con un
gasto excesivo e innecesario.
Collins informó al líder Mitch McConnell de la reunión
que iban a mantener con Biden. Él le dio su bendición,
pero le dijo que no quería verse directamente
involucrado en aquel momento. Que diez de sus
senadores fuesen a ver a Biden podía servirle a
McConnell de globo sonda, para tomarle la medida a
Biden. Así vería cómo su excompañero, ahora con un
gran poder, manejaba una negociación de altos vuelos. Y
también le serviría para entender mejor el rumbo que
quería tomar el presidente.
McConnell también sabía que Collins pertenecía desde
hacía mucho a un grupo más amplio, de una veintena de
senadores republicanos y demócratas, a los que les
gustaba reunirse en privado para debatir las ideas y
tratar de alcanzar pactos entre ambos partidos. A
menudo quedaban para cenar y se reunían de tapadillo.
McConnell seguía de cerca aquellas conversaciones, pero
no eran algo que le preocupase demasiado.
La política era despiadadamente partidista, en opinión
de McConnell. Los pactos estaban bien, siempre que
fuera la única manera de conseguir algo específico que
no pudiera conseguir de otro modo, y sin renunciar a un
trozo demasiado grande del pastel en favor de los
demócratas.
Biden había aprendido a lo largo de los años que las
reuniones —sobre todo las largas— podían ser útiles para
alejar a la gente de sus argumentos centrales. La mayoría
de los senadores solo conocían la versión reducida de las
propuestas de ley, que podían tener cientos de páginas.
Un debate extenso podía abrir puertas para llegar a
acuerdos. Pero llevaba tiempo. Cuando era
vicepresidente de Obama, había liderado una maratón de
once reuniones de grupos de trabajo con republicanos
del 5 de mayo al 22 de junio de 2011, de cara a encontrar
una solución a largo plazo para la deuda federal. Las
negociaciones habían sido infructuosas, y bien lo sabía
él. Pero se habían quedado cerca.
El contexto de la inminente reunión era importante. El
plan de rescate de Biden era una propuesta de ley a base
de impuestos y presupuestos. Si los demócratas pudieran
elegir, invocarían un proceso del Senado llamado
«reconciliación». Según las arcanas normas senatoriales
relativas a la legislación presupuestaria, solo era
necesaria una mayoría simple. Tampoco podía ser objeto
del filibusterismo, que a todos los efectos necesitaba 60
votos para ser aprobada. Con el Senado al 50/50 y el
voto del desempate en manos de la vicepresidenta
Harris, el plan de rescate podía aprobarse por 51 a 50,
siempre y cuando Biden consiguiera mantener alineados
a los cincuenta demócratas, una tarea difícil e incierta.
Pero era una posibilidad.
El presidente Biden, con mascarilla, entró en el
Despacho Oval a las cinco de la tarde del lunes 1 de
febrero, en el duodécimo día de su mandato. Se sentó en
la silla presidencial de espaldas a la chimenea.
Se mostró amable, pero no era del todo el viejo Joe,
siempre entre la risa y la sonrisa, que preguntaba a todo
el mundo cómo estaba y hablaba de deportes sin parar.
Parecía consciente de que había que hablar de negocios.
Tenía un fajo de circulares en la mano y un cuaderno en
el regazo.
Un detalle411: los calcetines oscuros que asomaban
bajo las perneras del pantalón tenían un estampado con
unos perritos azules.
La vicepresidenta Harris estaba a su derecha, en la
silla contigua. Collins, sentada muy recta con un vestido
verde caza, se sentó a la izquierda de Biden, en el sillón
más cercano al presidente. Todos llevaban mascarilla y
guardaban la distancia social.
—Gracias por venir —dijo Biden en voz baja paseando
la mirada por la estancia.
Ellos le devolvieron el agradecimiento.
—Gracias, señor presidente.
—No, no, no —dijo Biden—. Tengo muchas ganas de
hablar. —Hizo una pausa—. Me siento como si estuviera
en el Senado, que es lo que más me ha gustado siempre.
Los nueve senadores republicanos presentes se rieron.
Ellos también venían pertrechados con carpetas y
cuadernos. El décimo senador, Mike Rounds, de Dakota
del Sur, se unió por teléfono a través del manos libres.
Klain, Richetti y otros asesores estaban sentados al
fondo.
La buena noticia, empezó a decir Collins, era que
estaban de acuerdo con la propuesta de 160 000 millones
de dólares de Biden para la distribución de vacunas y test
como respuesta directa y necesaria a la pandemia.
Pero, a continuación, ella y los demás senadores
republicanos desgranaron sus principales objeciones a
los 1,9 billones. No creían que la economía estuviera en
graves aprietos. El paquete de ayudas de 900 000
millones de dólares aprobado por el Congreso en
diciembre era más que suficiente.
—Ahora —les dijo Biden— vamos a ver en qué
discrepamos.
Quería los detalles, para poder «ir al grano», una
expresión que usaba cada vez más en las reuniones.
Los republicanos parecían hablar con una sola voz.
Biden proponía 465 000 millones de dólares en pagos
directos o cheques de estímulo individuales de 1400
dólares. Los republicanos proponían 220 000 millones,
menos de la mitad. Y, en lugar del cheque adicional de
1400 dólares de su plan, que se sumaba a los cheques de
600 dólares que ya estaban en el paquete de diciembre,
¿por qué no reducir el cheque nuevo a 900? ¿O quizás a
800 o 700? Era una exageración.
El senador Murkowski, de Alaska, sugirió 1000
dólares.
Biden les escuchaba, pero no cedía ni un milímetro.
Klain empezó a sacudir la cabeza. No. Si había un claro
vencedor de las políticas y las medidas de Biden, era el
cheque de 1400 dólares. Sumado a los 600 aprobados en
el plan de estímulo previo de diciembre, la ayuda
alcanzaba los 2000 dólares.
Los dos mil dólares eran una promesa que habían
hecho los dos nuevos senadores demócratas de Georgia.
Ambos habían ganado en un estado de tradición
republicana a base de decirle a la gente en un mitin tras
otro que tenían que votarles para conseguir aquellos
1400 dólares extra. Biden estaba allí con ellos. El
resultado era un Senado al 50/50.
Klain volvió a negar con la cabeza.
Collins miró a Klain. ¿Quién era aquel tipo del fondo
que estaba dando el espectáculo? Venga a decir que no
con la cabeza; menudos modales. Se giró hacia el
senador Rob Portman, de Ohio.
—¿Tú sabes quién es ese?
—Ron Klain —susurró Portman.
El senador de Utah Mitt Romney, un conservador
fiscal que había sido el único senador republicano de la
Cámara Alta que había votado para destituir a Trump en
el primer proceso de impeachment, también se fijó en los
movimientos de cabeza de Klain. Como exmiembro de
juntas corporativas que era, Romney conocía bien el
poder de los pequeños gestos.
—Creo que Ron no lo ve en absoluto —dijo Romney,
dirigiéndose a toda la sala.
Algunos senadores republicanos y asesores de Biden se
rieron incómodos. Klain no contestó. Era una locura, en
su opinión, querer debatir la posibilidad de que Biden no
hiciera lo único que había dejado claro que iba a hacer.
Más tarde, Klain se dio cuenta de que quizás había
sacudido la cabeza con algo más de vigor de lo que
pretendía. No quería ser vehemente ni despectivo. Pero
creía que la posición de los senadores republicanos era
ridícula, una negación rotunda de una importante
victoria de Biden.
Biden sacó a relucir lo que Klain había tenido en
mente todo el tiempo: Georgia.
—Ganamos las elecciones en Georgia sobre la base de
este asunto —dijo Biden.
La sala se quedó en silencio un momento. Ni rastro del
viejo Joe. Estaba esgrimiendo políticas prácticas.
Romney, sentado enfrente de Biden y de Collins en
otro sillón, siguió con el debate. Sacó varios gráficos que
había traído. Argumentó, a la manera de un director
ejecutivo, que algunos estados no necesitaban dinero en
aquel punto de la pandemia, aunque en ciertas ciudades
la situación fuese más complicada. Empezó a presentar
su fórmula para repartir las ayudas entre los estados y
las ciudades.
Romney dijo que casi la mitad de los estados habían
incrementado sus ingresos, así que ¿por qué darles más?
Otros, dijo, no se habían gastado todavía el dinero que
Trump y el Congreso habían aprobado y se les había
asignado el año anterior.
El argumento de Romney dejó perplejo a Klain. Sabía
que la propuesta republicana no incluía ayudas estatales
ni locales. La propuesta de Biden ascendía a la friolera de
350 000 millones. ¿Por qué hablaba Romney de una
fórmula? Cero por cero sigue siendo cero. La idea de que
aquella gente les estuviera presentando una fórmula,
cuando no habían puesto nada sobre la mesa, le parecía
una sandez, pensó Klain.
Sacudió la cabeza otra vez.
Portman, exdirector de la Oficina de Gestión y
Presupuesto y representante de comercio
estadounidense durante el mandato de George W. Bush,
entró al trapo. Al igual que Romney, era conocido por ser
un republicano tranquilo y de mentalidad empresarial
que seguía cercano a la familia Bush. A diferencia de
Romney, Portman era mucho menos antagonista de
Trump, a quien aún se le tenía aprecio entre las filas
republicanas de Ohio.
Portman también tenía razones para esperar que
Biden quisiera negociar. Una semana antes había
anunciado que no tenía intención de iniciar un tercer
periodo en el Senado en 2022. Biden lo había llamado.
La conversación había ido bien.
Pero también era realista. Unos días antes, Portman
había hablado con Steve Ricchetti por teléfono y le había
instado a que le dijera al presidente que empezaría con
mal pie si pretendían seguir adelante sin incluir a los
senadores moderados, igual que con el Problem Solvers
Caucus, el grupo bipartidista que proponía pactos para la
resolución de problemas en la Cámara Baja.
Ricchetti mostró su desacuerdo. Dijo que el presidente
Biden y los republicanos del Senado no veían la crisis del
mismo modo. Miraban datos diferentes, hablaban con
expertos distintos. El presidente estaba decidido a ir a
por todas. No lo iban a convencer para que se quedara de
brazos cruzados durante sus primeros meses de
gobierno.
Portman le dijo a Ricchetti que Biden tenía que
pensarse bien aquella postura. Lo que hiciera en las
semanas venideras podía definir su mandato.
—Este es un «momento Sister Souljah» para Biden —
le había dicho Portman a Ricchetti, en referencia a las
críticas que Bill Clinton manifestó en 1992412 contra la
activista negra, quien había instado a los negros a matar
a los blancos durante una semana en lugar de matar a
más negros. Aquello se entendió como un intento de
Clinton de definirse como centrista y de conseguir los
votos del electorado suburbano.
También le dijo a Ricchetti:
—Coge el micrófono y di: «¿Sabéis qué? Propusimos
un paquete de medidas para su aprobación. Es nuestra
agenda de campaña. Creemos en ello. Pero vamos a
respirar hondo y vamos a parar».
Dijo que Biden bien podía volver a empezar y hacer
algo más bipartidista, más comedido. Unir al país.
Ricchetti fue educado, pero no hablaban el mismo
idioma.
En otras reuniones y llamadas con los republicanos del
Senado a finales de enero, Brian Deese y Jeff Zients
tampoco habían dado indicios de que Biden estuviera
dispuesto a recular. Ricchetti formaba parte del coro de
la Casa Blanca.
Sentado en el Despacho Oval el 1 de febrero, Portman
hizo otro intento, esta vez dirigiéndose directamente a
Biden, de disuadirlo de sus tentaciones izquierdistas. Le
dijo a Biden que no le entusiasmaban ciertas partes del
plan de rescate que en su opinión no tenían nada que ver
con la pandemia. Entre ellas se incluían el crédito fiscal
por hijo, dijo, y apuntó que seguro que el Servicio de
Impuestos Internos les había dicho a él y a los demás que
probablemente llevara bastante tiempo implantarlo.
Aprobar el crédito fiscal por hijo no ayudaría con
efecto inmediato a las familias que se enfrentaban al
virus, dijo Portman. Dijo que la economía estaba
mejorando, y que el PIB nacional estaba cerca de
recuperarse.
—Hemos trabajado juntos en el pasado —dijo Biden.
—Lo sé, señor —dijo Portman.
Biden no tenía intención de recular en su enfoque ni
en sus cifras.
Klain estaba en total desacuerdo con el planteamiento
que había hecho Portman del crédito fiscal por hijo.
¿Que sería difícil de implantar? Por supuesto. Pedirle
cualquier cosa al Servicio de Impuestos Internos era un
reto. Pero era factible. Empezó a negar con la cabeza de
nuevo.
Collins le dirigió una mirada furibunda a Klain.
Los asesores de la Casa Blanca pegaron un respingo
cuando la senadora de Virginia Occidental Shelley Moore
Capito tomó la palabra. Capito, aunque era republicana,
era cercana a Joe Manchin, el senador demócrata de su
estado. Manchin era el voto demócrata clave. Lo que ella
dijese podía darles una pista de lo que podía querer
Manchin.
Capito dijo que Biden debería reducir el plazo de
percepción de la prestación por desempleo de 400
dólares que formaba parte del plan del presidente, que
iba aparte de los cheques de 1400 dólares. El plan de
Biden preveía413 que los 400 dólares se extendieran
hasta septiembre de 2021. Los senadores republicanos
proponían que fuese solo hasta julio.
Capito argumentó que mantener aquella prestación a
raya era su mayor preocupación. Si se extendía
demasiado, le preocupaba que demasiada gente en
Virginia Occidental decidiera no volver a trabajar. En su
estado, el subsidio por desempleo ascendería a 724
dólares a la semana, unos diecinueve dólares por hora,
que era más del doble de los 8,75 dólares/hora en los que
se fijaba el salario mínimo en Virginia Occidental.
Biden dijo que estaría encantado de ahondar en la
propuesta de Capito. Luego declaró:
—Estoy decidido a ampliarla hasta septiembre.
Volvamos a los puntos de acuerdo —dijo Biden
dirigiéndose a Collins—. Tú tienes en tu lista los
pequeños negocios.
Sabía que las ayudas a las empresas que se habían
visto obligadas a cerrar era uno de los asuntos
primordiales para ella. Había sido directora de la
Administración para la Pequeña Empresa durante el
mandato de George H. W. Bush antes de entrar en el
Senado.
—Yo también tengo en mi lista los pequeños negocios.
Y los tenemos más o menos al mismo precio —dijo
Biden. Ambos tenían sendos planes con una asignación
de 50 000 millones de dólares—. ¿Sabes qué?
Renunciaré a mi propuesta y lo haremos a tu manera.
Podemos sustituir mi plan para la pequeña empresa por
el tuyo. Eso sí podemos hacerlo.
Collins se mostró receptiva.
—Bien —dijo—. Los objetivos son los mismos.
La conversación prosiguió de manera civilizada y
circular. Biden seguía sin moverse de sus 1,9 billones, y
miraba con frecuencia sus documentos y su cuaderno.
Los republicanos seguían en sus trece con los 618 000
millones.
Biden levantó la sesión. Dijo que su equipo se
comunicaría con ellos para llevar un seguimiento.
—Brian Deese estará en contacto con todos vosotros —
dijo—. ¿Verdad, Brian?
Klain creía que Biden había manejado bien la reunión.
Algunos de los republicanos contarían más tarde que
llegaron a preguntarse si no sería todo un espectáculo.
¿Estaba Biden manteniendo una reunión como excusa
para decir que lo había intentado? Sería difícil de creer.
Joe no era de ese tipo de hombres que te marea, ¿no? Y
había estado con ellos una hora más de lo previsto.
57
Mientras Biden se despedía de los senadores en el
Despacho Oval, el senador Portman se acercó a Steve
Ricchetti.
—Ha sido una reunión útil y constructiva —dijo
Portman.
Ricchetti, que rara vez usaba el correo electrónico y era
extremadamente prudente en cualquier situación, fue
parco en su respuesta. Portman se dirigió entonces a Ron
Klain.
—Buena reunión —dijo—. Gracias por invitarnos. Si
conseguimos avanzar, daremos un giro en la dirección
adecuada. Pero si avanzan ustedes por la vía de la
reconciliación, habremos empezado con mal pie.
—Senador Portman, mire —dijo Klain—: hemos
empleado mucho tiempo en idear este paquete, y no voy
a decirle que cada dólar aquí detallado sea cuestión de
vida o muerte. Pero sí le voy a decir que algo muy
parecido a lo que proponemos nosotros es
absolutamente necesario para vencer a este virus y salvar
la economía.
»Esto no es solo una gran petición. Esto es un plan que
hemos trazado. Y si vienen con 600 000 millones, que en
realidad son 500 000 si uno cuenta bien, estamos a
kilómetros y kilómetros de distancia.
»Han venido aquí y nos han hecho una oferta de “o lo
tomas o lo dejas”. Eso no es una buena reunión.
—Ron —dijo Portman—, eso no es lo que ha pasado
aquí. No es o lo tomas o lo dejas. Hemos escuchado
vuestra propuesta. Vosotros habéis escuchado la nuestra.
Podemos volver a reunirnos, seguir debatiendo.
—Vale —dijo Klain—. Vale.
Portman creía que Klain estaba malinterpretando por
completo la reunión. Los republicanos estaban
tanteando a Biden, no dándole un ultimátum. Eran una
camarilla de diez senadores de temperamento moderado,
no McConnell ni el bloque conservador de línea dura del
Freedom Caucus.
Klain se tomó el comentario de Portman —que aquello
no era una táctica de o lo tomas o lo dejas— como una
posible apertura al diálogo. Portman tenía una relación
estrecha con McConnell y era un negociador fiscal
experimentado. Como representante de comercio había
negociado con treinta países y se había enfrentado cara a
cara con China. Portman no expresaría su disposición a
seguir hablando si no fuera sincera.
Collins estaba encantada414.
—Ha sido un intercambio de opiniones muy positivo —
les dijo a los periodistas más tarde, en el exterior de la
Casa Blanca, con el abrigo puesto—. No puedo decir que
hayamos llegado a un pacto hoy. Nadie esperaba eso de
una reunión de dos horas. Lo que sí hemos acordado es
hacer un seguimiento y seguir debatiendo.
—Me he mostrado casi entusiasta —dijo más tarde en
una reunión privada—, ¡y es que me ha salido así, porque
el presidente nos ha dado dos horas! Nos ha escuchado
con atención. En mi opinión, ha sido una reunión
excelente y productiva.
Más tarde el Washington Post415 preguntó a la oficina
de prensa de la Casa Blanca si los calcetines con perritos
azules de Biden tenían algún significado en relación con
su política. Los perros azules son la mascota de los
demócratas moderados.
—Es extremadamente improbable que los llevara con
un propósito oculto —le dijo un asesor al Post, tras
solicitar el anonimato si hablaba de los calcetines—.
Estoy prácticamente seguro. Es interesante. Pero una
mera casualidad, creo.
Sin que lo supieran los senadores republicanos que
salían de la Casa Blanca el 1 de febrero, Biden había
invitado a Manchin, probablemente el miembro más
conservador del Partido Demócrata en el Senado, a
mantener una reunión privada en el Despacho Oval
aquella misma tarde.
Manchin estaba esperando en la planta baja de la Casa
Blanca, puesto que la reunión con los republicanos se
había alargado una hora más allá de lo previsto. Estaba
casi escondido para que no lo vieran los periodistas ni los
republicanos.
Joe Manchin fue primero gobernador de Virginia
Occidental de 2005 a 2010, cuando fue elegido para el
Senado. Con su metro noventa y sus espaldas anchas,
tenía el aspecto confiado de un exdeportista
universitario. Obtuvo una beca de fútbol para estudiar en
la Universidad de West Virginia y era amigo de la
infancia de su paisano de Farmington, Virginia
Occidental, Nick Saban, el legendario entrenador de
fútbol de la Universidad de Alabama.
Manchin también era un importante comodín en las
filas demócratas. Se mostraba gregario con sus
compañeros, pero era un lobo solitario en su manera de
hacer política, y le encantaba serlo. Vivía en un barco, el
Almost Heaven, atracado en el canal de Washington del
río Potomac cuando había sesión del Senado. Sus buenos
modales le habían ayudado a sobrevivir en Virginia
Occidental, donde era el único demócrata que ocupaba
un cargo a nivel estatal. Trump había ganado el estado
en 2020 por 39 puntos.
Manchin se jactaba de tener tan buena relación con el
otro partido que nunca había hecho campaña contra un
republicano.
En un Senado al 50/50, la independencia de Manchin
le otorgaba un inmenso poder. Perderlo a él y su voto
significaba correr el riesgo de fracasar. En tal caso, Biden
tendría que encontrar a un republicano para volver a
estar en tablas, y que así Harris pudiera desempatar.
Pero McConnell gobernaba con mano de hierro el
Partido Republicano en el Senado, por lo que aquello era
una posibilidad muy remota.
Manchin y Biden se conocían desde hacía tiempo;
habían trabajado juntos durante los primeros años de
Manchin en el Senado y en la época de Biden como
vicepresidente.
—Joe, lo entiendo —le había dicho Biden a Manchin
acerca del hecho de ser demócrata en un estado
conservador. Delaware estaba considerado el estado más
comercial del país—. Dime qué puedo hacer. Puedo estar
a tu favor o en tu contra, lo que te venga mejor.
Biden sabía que iba a ser difícil persuadir a Manchin,
incluso aunque destinara un montón de dinero a Virginia
Occidental. Había que ganárselo, no comprarlo.
El mantra de Manchin era el siguiente: «Si puedo ir a
casa y explicarlo, votaré a favor. Si no puedo explicarlo,
no lo haré». Pero también era terco, y si empezaba en el
«no», no solía moverse del «no».
Una vez que se negó a votar en la misma línea que el
resto del partido, Manchin le dijo a Harry Reid, que por
aquel entonces era el líder de la mayoría:
—Harry, no podría vender esta mierda en Virginia
Occidental ni en mi mejor día. —Su trato con Reid era así
—: Creo que lo mejor es que te diga qué voy a votar para
que no haya sorpresas, así siempre sabrás por dónde voy
a salir.
Biden y Manchin se sentaron en el Despacho Oval,
solos, ya tarde, el 1 de febrero. Joe frente a Joe.
—Joe —dijo Biden—, he vivido muchos lances difíciles
en mi vida, y ahora estoy intentando navegar en este. Yo
prefiero el camino de los pactos bipartidistas, pero eso
lleva tiempo. Desafortunadamente, no tenemos tiempo
por culpa de la pandemia y de la situación en la que se
encuentra la economía. Había un plazo, el 14 de marzo,
en el que las prestaciones por desempleo adicionales
iban a empezar a vencer. Esto es muy importante —
señaló Biden. Rememoró la época en la que trabajaron
para sacar adelante la Ley del Cuidado de Salud
Asequible de Obama (el Obamacare) en 2009—.
Trabajaba al otro lado del pasillo, ya lo sabes.
—Ya lo sé, señor presidente —dijo Manchin—. Sé lo
que alberga en su corazón.
—Entiendo la posición en la que te encuentras —
prosiguió Biden—. Pero quiero explicarte algo. Trabajé
con ellos durante siete u ocho meses para intentar llegar
a un pacto para aprobar la Ley del Cuidado de Salud
Asequible, y al final no conseguí a ningún republicano.
Ahora tenemos una pandemia de covid y el tiempo es
oro. No puedo pasarme seis u ocho meses negociando.
Manchin dijo que quería que el presidente Biden,
como todos los presidentes, tuviera éxito, y que no lo
dejaría fracasar.
No fue una negociación. No se discutieron detalles.
Manchin dijo que quería que se hicieran algunos
cambios, pero que colaboraría.
Más tarde aquel día, Biden y Klain estuvieron
comentando ambas reuniones, la de los senadores
republicanos y la del senador Manchin.
—Creo que ha ido bien —dijo Biden de la reunión con
el Partido Republicano—. Pero es obvio que nuestras
posturas están muy alejadas.
—¡En ningún momento de las dos horas que ha durado
se han movido de sus 618 000 millones de dólares! —
exclamó Klain enfadado—. Ni una sola vez han dicho:
bueno, podríamos subir un poco, o podríamos daros
dinero para esto, o podemos quedarnos en un término
medio en educación.
El presidente quería 170 000 millones para que
reabrieran los colegios, y la propuesta republicana era de
20 000 millones.
—Sí, ha sido una reunión amigable —dijo Biden. Pero
sin avances.
Klain le informó de que Portman había dicho que
harían una contraoferta.
—Bien —dijo Biden—, eso suena bien.
Biden dijo también que creía que había entre un 20 y
un 25 por ciento de probabilidades de que se pudiera
conseguir algo con los republicanos. Pocas, pero era
posible.
Una cosa era cierta. No querían que les hicieran una
jugarreta. Ya habían visto aquel juego antes, donde los
senadores republicanos les robaban el partido en el
último minuto. No podían esperar eternamente. Incluso
aunque ocho de los republicanos que habían estado en la
reunión votaran en la línea de Biden, 58 votos no serían
suficientes; faltarían dos hasta los 60 necesarios para
librarse del filibusterismo.
Ambos estuvieron de acuerdo en que el camino de la
reconciliación —la alineación demócrata— quizá fuera
inevitable. Los diez republicanos estaban muy por debajo
de las cifras de Biden. Lo que Biden necesitaba de ellos
era una propuesta realista, un gesto de compromiso, un
reconocimiento de su capital político y del poder
demócrata en aquel nuevo Washington. Eso quizás
habría encendido la chispa. Pero no había nada.
Incluso cuando Biden sacó a relucir la victoria en
Georgia y su promesa de los cheques, era como si los
republicanos no quisieran reconocerlo.
Klain se puso en contacto por la vía privada con los
líderes congresistas. Dejarían la puerta abierta a los
republicanos por si querían volver y trabajar con ellos los
distintos aspectos de la propuesta de 1,9 billones de
dólares, pero Biden estaba decidido a seguir avanzando.
Sin pausa.
La presidenta de la Cámara de Representantes, Pelosi,
estaba en el ajo, y les dijo a sus aliados en la Casa Blanca
y el Capitolio que creía que era positivo que los
republicanos le hubiesen hecho una visita a Biden. Pero
¿618 000 millones?
—No son serios —dijo—. No entienden lo que el
presidente les ha explicado. —No podía venderles un
pacto modesto a los miembros de su grupo—. ¿Qué vas a
dejar fuera? ¿Vas a dejar fuera la comida de los niños?
¿La vivienda de las familias? ¿Las ayudas directas? ¿La
prestación por desempleo? ¿Vas a dejar fuera las
vacunas?
Pelosi ya le había expresado su opinión a Biden, un
domingo antes de la investidura. Habían pasado por
varias décadas de altibajos en Washington. Le había
instado a ir a por todas y a hacerlo rápido, por el país y
por los demócratas, y a no quedarse sentado esperando a
los republicanos.
—De todas las veces que ha presentado su candidatura
a la presidencia, este es su momento —le dijo Pelosi—.
Siempre hemos dicho que «la historia nos ha
encontrado».* Ahora la historia le ha encontrado a usted.
58
La senadora Collins estaba en su despacho al día
siguiente, lunes por la mañana, cuando uno de los
miembros de su equipo entró y le informó de que el líder
Schumer había anunciado en la cámara senatorial la
intención de iniciar el proceso de reconciliación. Era un
movimiento procesal, pero indicaba cuáles eran las
intenciones de los demócratas.
—No me lo puedo creer —dijo Collins—. No habían
pasado ni veinticuatro horas de la reunión con Biden en
la Casa Blanca que tan entusiasmada la había dejado.
Ella esperaba que la Casa Blanca se pusiera en contacto
con ellos para proponerles una nueva cifra—. Eso
significa que no van a hacer ninguna contraoferta, y
esperábamos una.
Para Collins, aquello demostraba que Biden había
virado con decisión hacia la izquierda. A ella le gustaba
visualizarse a sí misma en el centro, se consideraba una
centrista casi perfecta.
—Creo que estoy en el centro absoluto —les dijo a los
demás. Era la única senadora republicana que había
ganado en un estado que había controlado Biden.
Collins estaba segura de que el avance hacia la
reconciliación de Schumer contaba con la aprobación de
Biden. Creía que el equipo de Biden, sobre todo Klain, y
Schumer, habían presionado al presidente.
También creía que Schumer podía estar intentando
reforzar sus credenciales liberales, porque se enfrentaba
a una posible amenaza importante en sus elecciones al
Senado de 2024 por parte de una estrella progresista,
Alexandria Ocasio-Cortez, la congresista que se había
hecho tan famosa que ahora la llamaban AOC, y que era
una de las cabecillas del llamado Squad («la brigada»)
en la Cámara de Representantes.
Los progresistas llevaban días presionando a Schumer.
La senadora Elizabeth Warren se acercó a él cuando se
enteró de la cifra de 618 000 millones de los
republicanos.
—No lo aceptéis —le rogó.
En su turno de palabra en la cámara baja416 el 2 de
febrero, Schumer declaró que los demócratas estaban
dispuestos a colaborar con los senadores republicanos,
pero que también podían seguir adelante sin ellos si
bloqueaban el plan de Biden.
—Queremos que este gran esfuerzo sea bipartidista. De
verdad —dijo Schumer—. Pero nuestra principal tarea es
ayudar al pueblo americano y darles el alivio ingente y
audaz que necesitan. Esa es la prioridad. Así que, una vez
más: no vamos a rebajar las expectativas, ni a titubear ni
a retrasarnos.
La Casa Blanca envió documentos y papeles a Collins
en un intento de justificar algunos números. Hasta
donde pudo ver, al menos un documento lo había
preparado la Federación Americana de Docentes, el
sindicato de profesores, para justificar la cifra de 170 000
millones de dólares de Biden para educación.
Aquel mismo día, más tarde, Schumer confirmó las
sospechas de Collins cuando les dijo a los periodistas:
—Joe Biden está totalmente de acuerdo con utilizar la
vía de la reconciliación —dijo—. Hablo con él a diario.
Nuestros equipos se reúnen varias veces al día.
Collins y Schumer no se hablaban. A ella le parecía
despreciable cómo la habían tratado los senadores
demócratas en su reelección al Senado en 2020. Los
demócratas invirtieron 180 millones de dólares en la
campaña417, aunque ella terminó ganando por nueve
puntos. Los eslóganes de los demócratas le habían
parecido innecesariamente personales; habían jugado
sucio, la habían tildado de fraude, de marioneta
controlada por Trump y McConnell.
Collins, que era católica, bromeó más tarde con sus
amigos:
—Esta Cuaresma voy a renunciar a mi ira hacia Chuck
Schumer. Estaba entre eso y el alcohol, pero he decidido
que prefiero tomarme mi copita de vino por las noches.
Collins le dijo a McConnell que la reunión del día
anterior con Biden parecía haber ido bien, pero que le
había pillado totalmente de improviso el anuncio de la
reconciliación que había hecho Schumer. Le parecía una
puñalada trapera. Estaba hecho a mala fe, dijo Collins.
Conseguir que diez republicanos acordaran una cifra de
618 000 millones de dólares y apoyar públicamente ese
aumento del gasto no era fácil, dijo. ¿Es que la Casa
Blanca no lo entendía?
McConnell no pareció sorprenderse. No esperaba que
Biden y Schumer movieran la ficha de la reconciliación
tan rápido. Pero esperaba que lo hicieran.
—Joe Biden tiene una personalidad sobresaliente —les
dijo McConnell unos minutos después al gran grupo de
republicanos a la hora del almuerzo—, pero no deberíais
asumir que es centrista.
Aquel fue el argumento de los republicanos. Que Biden
era un buen tipo, con muchos amigos, pero que no era
moderado, y que su equipo lo estaba obligando a virar
aún más a la izquierda.
A medida que la reconciliación tomaba forma,
McConnell les dijo a los senadores y a sus asesores que
creía que Biden no iba a holgazanear. Tenía la vista
puesta en la historia.
—Tiene una idea de cómo quiere que sea América, y yo
también la tengo —dijo McConnell—. Pero la mía es
distinta. Y la razón de que no hayamos mantenido
ninguna conversación este año es que está haciendo lo
que quieren hacer todos los presidentes demócratas, que
es llevarse al país tan a la izquierda como puedan, lo más
rápido posible.
»Todos quieren ser el próximo Franklin D. Roosevelt
—dijo McConnell; se refería a una larga lista de
presidentes demócratas—. Saben que no pueden tener
tres legislaturas, pero esperan que les erijan un
monumento.
»Mirad, cuando uno ha llegado tan lejos en política, el
segundo pensamiento que te viene a la cabeza después de
“Dios mío, no puedo creérmelo, soy presidente de
Estados Unidos” es “Me gustaría ser uno de los grandes
presidentes de Estados Unidos”.
Cuando acabó la comida de aquel 2 de febrero, Collins
se paseó por la sala y les dio a los republicanos su parte
individual: su viejo amigo parecía partidario de la
negociación, pero su entorno no.
Collins volvió a contar de memoria todas las veces que
Klain había negado con la cabeza, sacudiendo ella
también la suya al pensar en el jefe de gabinete. Pensó
que le parecía inapropiado que un jefe de gabinete
moviera la cabeza visiblemente e hiciera comentarios en
las reuniones del presidente con la oposición. Se sentía
profundamente ofendida, por los republicanos y por el
propio Biden. Era un gesto torpe e irrespetuoso.
Mientras se avanzaba en estos asuntos, Biden llamó a
McConnell, teóricamente para hablar sobre Myanmar. El
líder republicano en el Senado había apoyado siempre
los esfuerzos democráticos en el país antiguamente
conocido como Birmania. Era una de las pocas áreas
políticas donde estaban totalmente de acuerdo.
Biden le pidió recomendaciones y consejos políticos a
McConnell, y luego mencionó brevemente el plan de
rescate de 1,9 billones de dólares. ¿Qué opinas?
McConnell dijo que le parecía bastante improbable
que el presidente obtuviera cualquier apoyo de los
senadores republicanos para aprobar otro paquete de
gasto tan cuantioso como el que Biden había esbozado.
De ninguna manera podían apoyar una cifra como esa.
McConnell creía que era una afirmación evidente. No
estaba siendo maleducado. Tan solo emitía un juicio
sumario. Repetía sus posicionamientos públicos.
La influyente y bien conectada jefa de gabinete de
McConnell, Sharon Soderstrom, les expuso unos
argumentos similares a los asesores principales de Biden
en conversaciones privadas a principios de febrero.
Nunca les dio un recuento de votos exacto, pero les dijo
que los republicanos del Senado se resistían a proveer
más subsidios por desempleo porque perjudicaba a los
negocios que querían reabrir. Había demasiada gente
que ganaba más dinero quedándose en casa sin trabajar.
Klain vio que Biden no tenía ninguna táctica especial
para persuadir a McConnell; no tenía poderes mágicos ni
era «el hombre que susurraba a McConnell», como
algunos habían llamado a Biden durante el mandato de
Obama. Pero sí que sabía negociar con McConnell.
—Por ejemplo —dijo una vez Klain—, no va a
convencer a Mitch McConnell de que está equivocado en
lo relativo al impuesto estatal. De que no había recibido
las enseñanzas adecuadas en la Escuela de Gobierno
John F. Kennedy para explicarle a él la naturaleza
regresiva. Eso no es lo que está intentando hacer Joe
Biden. Es más bien así: «Vale, dime qué necesitas para
que hagamos esto. Yo te diré lo que necesito yo».
En el interior de la Casa Blanca imperaba la creencia
cada vez mayor de que McConnell y los republicanos del
Senado estaban haciendo tiempo y aferrándose a su
postura por una razón: no estaban seguros de que Biden
pudiera conseguir aprobarlo, de que pudiera alinear a los
cincuenta demócratas.
Dejadle que lo intente, parecían decir con su
comportamiento, y dejadnos ver si de verdad puede
orquestar a Manchin y a los progresistas, con unas
ideologías tan distintas, en un voto final. Y, si Biden no
consigue hacer eso, a lo mejor tiene que volver con el
rabo entre las piernas para llegar a un pacto más
reducido con nosotros y salvar así sus primeros cien días.
—Han cerrado filas en contra —dijo Klain en la Casa
Blanca—. Quizá consigamos un voto republicano, o quizá
no. No lo sé. Pero el problema fundamental que tienen
los republicanos a la hora de enfrentarse a esto es que es
algo popular —entre el público general, incluidos los
votantes republicanos.
En el Ala Oeste, Klain pregonaba a los cuatro vientos
lo que él llamaba su «teoría de la gallinita roja»* del plan
de rescate de Biden, y para las elecciones de 2022.
Estaba apuntando los nombres.
—Si aprobamos esto, vencemos a la covid e
impulsamos la economía, los que hayan ayudado a
recoger los granos de trigo y a hacer el pan serán los que
se repartan el crédito —dijo Klain—. Los que no hayan
ayudado, no.
McConnell le dijo a su equipo:
—Entraremos en escena cuando esto fracase. Quizá
Biden consiga sacar adelante su proyecto de ley de
rescate, pero llegará un momento, tarde o temprano, en
el que necesite que los republicanos se sienten a la mesa.
Ese será el punto de inflexión.
»Será entonces cuando empecemos a negociar hacia
ambos lados —prosiguió, definiendo su estrategia—. No
le culpo por no querer negociar conmigo ahora, porque
no me gusta nada de lo que está haciendo.
McConnell creía que la economía se estaba
recuperando, que la vacuna era la salida. Los
republicanos del Senado podían quedarse de brazos
cruzados sin que los votantes que esperaban ganar en
2022 no los tildaran de tacaños. Aquello no era como en
marzo de 2020, en los inicios de la pandemia, ni como el
temible salto al vacío de la crisis financiera a finales de
2008.
59
El 3 febrero, el senador Sanders —antiguo enemigo
convertido en apoyo esencial— y otros senadores
demócratas, como Debbie Stabenow de Michigan, Jon
Tester de Montana o Brian Schatz de Hawái estaban
charlando en el exterior del Despacho Oval, mirando a su
alrededor entre risas.
Trump se había ido.
—A veces, cuando salía, tenía ataques de pánico —les
dijo Stabenow, recordando sus visitas para ver a Trump
—. Nunca veías a nadie de buen humor al entrar o salir
de su despacho, y cuando salían, solían estar
horrorizados, con cara de «Oh, Dios mío, no me lo puedo
creer».
Cuando Stabenow entró en el Despacho Oval, le dijo a
Biden:
—Usted no puede ver mi sonrisa bajo esta máscara,
pero le aseguro que va de oreja a oreja.
Biden y sus principales asesores enseguida habían
dejado de centrar la atención en Collins, Portman y los
otros republicanos y ahora se fijaban en Pelosi, Schumer
y los congresistas demócratas. Estaban decididos a llevar
adelante el plan, a demostrar que no iban a parar.
El empujón de Schumer a la reconciliación
presupuestaria había dado confianza a los senadores
demócratas: significaba que esta vez su voto contaba, y
que no iban a ser actores secundarios. Estaban cansados
de ver cómo los senadores moderados y las «bandas» de
centristas acababan acaparando todos los tratos y los
titulares.
Biden fue al grano. Estados Unidos estaba sumido en
una crisis histórica, les dijo. Sacó la tarjeta en la que
llevaba escrito el número de vacunas del día anterior:
más de 1,5 millones de dosis.
—Vamos a obtener un resultado mucho mejor de lo
que pensábamos en los primeros cien días —dijo Biden
—. Pero eso no es todo. Tenemos este plan de rescate, y
no podemos sacarlo adelante sin vosotros. Todos los
demócratas hemos de estar cohesionados.
Luego Biden se puso a pasear por el despacho,
pidiendo opiniones no solo sobre la iniciativa, sino sobre
cómo presentársela al país.
—Este es un momento increíble para la nación y para
nosotros —dijo.
Ese era el estilo de Biden. Quería detalles. Algunos lo
consideraban un pesado. Pero otros veían en él un
presidente que quería evitar que lo pillaran poco
preparado, o confundido, como había sucedido algunas
veces durante la campaña. Trump había retado varias
veces a Biden a que se sometiera a un test cognitivo y
había planteado sus dudas sobre su agudeza mental.
«Ahí pasa algo», solía decir Trump a sus colaboradores.
A Biden le irritaban las burlas de Trump, y se
aseguraba de mostrarse muy atento ante los periodistas.
—¿Qué me van a gritar? —solía preguntar Biden a sus
asesores antes de hacer pasar a la prensa al Despacho
Oval para una sesión de fotos—. ¿Qué me van a
preguntar?
El 3 de febrero Biden se dirigió a los senadores que
llenaban el despacho y señaló con un gesto de la cabeza
en dirección al retrato de F. D. Roosevelt.
—Los tiempos de dificultad traen consigo grandes
presidentes —dijo—. Yo preferiría ser solo un buen
presidente, pero aquí estamos.
Habló de la reunión del 1 de febrero con los senadores
republicanos.
—Si conseguimos que los republicanos se nos unan,
sería estupendo —dijo—. Pero he hablado con ellos y no
me da la impresión de que se lo tomen en serio. Aun así,
lo intentaremos. Al final, vamos a tener que ser nosotros
quienes saquemos esto adelante.
»Sé que algunos de vosotros estáis hablando con los
republicanos más moderados y eso es estupendo. Si
conseguís más apoyos, nos irá bien; los necesitamos. Ya
me conocéis, yo lo preferiría. Pero lo importante es que
consigamos sacar esto adelante, por el pueblo.
Sabenow dijo que con la era Biden se estaba
redefiniendo el bipartidismo, alejándose de las
negociaciones con los legisladores republicanos para
elaborar unas leyes que resultaran aceptables tanto para
los votantes demócratas como para los republicanos. Los
demócratas debían centrarse en esos votantes, más que
en los líderes republicanos que se apartaban de la línea
mayoritaria, que no ofrecían ninguna seguridad. Biden lo
tenía claro:
—Hay que dirigirse a los votantes.
El senador Jon Tester, de Montana, un gigantón
amable de sesenta y cuatro años con un corte de pelo
militar, le dijo a Biden que era la primera vez que pisaba
el Despacho Oval. Se le notaba la emoción en la voz.
Llevaba en el Senado desde 2007. Catorce años, con
Obama y Trump como presidentes, y era la primera vez
que estaba allí.
—Un despacho sorprendente418, fue muy chulo —diría
Tester más tarde en un canal local de televisión, con una
gran sonrisa—. Realmente es ovalado. Hasta las puertas
son ovaladas.
Sanders, que ahora era presidente del Comité de
Presupuesto del Senado, tomó la palabra. «Vaya a por
todas», le imploró a Biden, argumentando que no se
trataba solo de aprobar una gran ley de rescate, sino de
asegurarse el voto de la clase obrera para una generación
entera. Se trataba de demostrarles que el gobierno
federal funcionaba. Trump les había robado con su
guerra comercial y de aranceles contra China. Para
recuperarlos había que convencerlos de que los
demócratas estaban de su lado, que se preocupaban por
la clase trabajadora.
—El futuro de la democracia estadounidense depende
de qué partido es el partido de la clase trabajadora —
añadió Sanders, que ya tenía setenta y nueve años, con
su marcado acento de Brooklyn. Los demócratas tenían
que resultar atractivos para la gente que luchaba, que
pasaba dificultades. Estaba convencido de que el Partido
Demócrata se mostraba cada vez más cómodo con las
élites, con la clase privilegiada, con poder y contactos.
Se dirigía al Biden nacido en la popular Scranton, no al
que se había mezclado con la flor y nata en universidades
de la Ivy League.
—Si no respondemos, puede que acabe imponiéndose
el autoritarismo —advirtió.
Sanders se había criado419 en el barrio obrero de
Flatbush, en Brooklyn. Su padre era un inmigrante
polaco que había trabajado de representante y que nunca
había conseguido el dinero suficiente como para
satisfacer los sueños de su esposa, harta de vivir en un
apartamento de alquiler regulado. Gran parte de su
familia había muerto en Polonia durante el Holocausto.
Le dijo a Biden y a sus colegas que tras el ataque del 6
de enero no podían dar nada por sentado. ¿Cómo podían
estar seguros de que no se producirían nuevos actos
violentos?
—De niño leí mucho sobre el Holocausto en Alemania,
en la década de 1930 —diría Sanders más tarde—.
Alemania era uno de los países más cultos de Europa.
Uno de los más avanzados. ¿Quién iba a pensar que el
país de Beethoven, de tantos grandes poetas y literatos,
que el país de Einstein pudiera caer en la barbarie?
¿Cómo sucede algo así? Tenemos que afrontar esa
cuestión. Y no es fácil.
El 7 de febrero, domingo de la Super Bowl, Biden
llamó a Collins.
—Es un movimiento muy desafortunado, señor
presidente. Schumer no tenía que haber optado por la
reconciliación —le advirtió Collins, que lo veía como una
oportunidad perdida—. Nuestra oferta era muy sincera.
Y no era la última oferta.
Ella lo veía como una oportunidad inesperada de tener
una charla de tú a tú con el presidente. Junto con un
grupo de otros nueve republicanos, había aumentado su
propuesta420 en 32 000 millones de dólares, pasando de
los 618 000 a los 650 000 millones. El nuevo dinero
serviría para aumentar la cantidad dirigida a cheques de
estímulo, con lo que los beneficiarios recibirían cheques
por valor de 1400 dólares. Tanto ella como otros
republicanos consideraban que aquello suponía un
cambio significativo. Una cantidad de dinero
considerable.
Biden expresó su interés en seguir trabajando con ella
y con los otros republicanos, pero no se comprometió a
nada. Solo suponía un aumento del 5 por ciento. Sus
posiciones aún eran muy distantes.
Collins le dijo que no era casualidad que hubiera 10
republicanos en su grupo. 10 de ellos, más 50
demócratas, sumaban 60 votos, suficientes como para
detener a cualquier obstruccionista. 60, el número
mágico, señaló.
—¡Señor presidente, solo quiero que sea consciente de
que estoy en línea! —dijo una voz masculina
directamente desde el altavoz del teléfono. Era Brian
Deese, director del Consejo Económico Nacional. Biden
parecía sorprendido. Collins estaba consternada. ¿Cómo
podía pasar algo así? Ella pensaba que era una llamada
privada con la Casa Blanca. ¿Es que monitorizaban,
escuchaban o participaban en todas las llamadas
telefónicas de Biden?
De pronto se oyeron otros tonos de llamada.
¡Bing! ¡Bing! ¡Bing! ¡Bing!
Era evidente que se estaban incorporando otras
personas.
¿Quién? ¿Qué? ¿Cómo?
Viendo lo que ocurría, tanto Biden como Collins
empezaron a ser mucho más prudentes con sus
comentarios. Ya no era algo entre Joe y Susan. Collins no
tenía ni idea de quién más estaría escuchando. Y nunca
lo preguntó, ni llegó a saberlo.
Desde luego aquello fue un jarro de agua fría. Un claro
retrato de lo que era la política y la vida en 2021. La
tecnología adueñándose de la situación, todo el mundo
en la misma línea, controlándose unos a otros. La
intervención de Deese la puso de los nervios: otro
colaborador vigilando, otro incidente en el equipo
controlado por Klain. Otra sombra por encima del
hombro de Joe.
Ante Biden y Klain, Collins se mostró educada y no
dijo nada, pero tampoco les ofreció nunca nada que
pudieran tomarse en serio. Collins siempre explicaba por
qué estaba equivocado Biden, pero con buenas palabras.
Había que reconocer que era coherente. Pero la última
oferta que presentó, que aumentaba solo un poco, hasta
los 650 000 millones, les pareció un avance mínimo.
Al mismo tiempo, Biden y el personal de la Casa
Blanca trabajaban duro para conseguir el voto de la
senadora Murkowski a la ley de rescate. Era la última
esperanza de conseguir un voto republicano, pero al final
abandonarían toda esperanza.
—Mira —dijo Biden—, probablemente no vaya a
apoyarnos. Pero me gusta, y quiero ayudarla. No va a
apoyarnos en esta votación. Pero puede que en algún
momento se ponga de nuestro lado. Así que, esté o no
con nosotros en esto, quiero asegurarme de que
cuidamos de ella.
Al final, la provisión de la ley de rescate destinada a
Alaska aumentó de ochocientos millones a 1250
millones.
60
El miércoles 3 de febrero Biden convocó a su equipo de
seguridad nacional para dar un profundo repaso a los
veinte años de guerra en Afganistán.
Biden quería dar un paso decisivo: poner fin a aquella
guerra interminable. Aquello sería lo que marcaría su
política internacional. Ya cuando era vicepresidente de
Obama se había opuesto al envío de grandes
contingentes militares a Afganistán, pero en aquel
entonces no era él quien tomaba las decisiones. Ahora sí.
Conocía a su equipo de política internacional, a los
hombres y mujeres que tenía delante, y a la mayoría los
conocía muy bien. Muchos eran veteranos del gobierno
Obama. En general tenían una visión muy negativa de la
política exterior de Trump, que consideraban
incoherente, poco profesional e innecesariamente
aislacionista. Estaban decididos a recuperar y reinstaurar
los procedimientos y sistemas de política internacional
de la época Obama.
—Mirad —les dijo Biden—, os voy a decir claramente
cuál es mi posición.
Les recordó que siempre se había mostrado escéptico,
incluso crítico, con la decisión de seguir con la guerra
iniciada tras los atentados terroristas del 11 de
septiembre de 2001. Pero les prometió una cosa:
—Estoy aquí para escuchar.
Les explicó que le había pedido a Jake Sullivan, asesor
para la seguridad nacional, que hiciera un estudio
completo y honesto, sin dejarse ningún detalle,
asegurándose de que escuchaba a todo el mundo, todos
los argumentos. Un debate justo y profundo podría
ayudar a evitar filtraciones durante el proceso, porque
cualquiera podía presentar su propuesta a Biden, y nadie
sentiría la necesidad de hacer revelaciones públicas para
que le escucharan.
—Quiero oír los argumentos en contra —añadió Biden
—. Estoy decidido a mantener la mente abierta con
respecto a este tema, porque si hay algún motivo de peso
para seguir, quiero considerarlo y escucharlo.
Trump había anunciado421 la retirada de todas las
tropas estadounidenses el 1 de mayo de 2021, pero Biden
quería tomar su propia decisión, siguiendo su propio
calendario.
Los colaboradores más veteranos de Biden, como el
secretario de Estado Blinken y el jefe de gabinete Klain,
sabían que Biden estaba decidido a enviar a todas las
tropas a casa. Llevaba con ganas de hacerlo desde 2009,
cuando estaba convencido de que el ejército y Hillary
Clinton, entonces secretaria de Estado, habían
engatusado y abrumado al presidente Obama en su
primer año de gobierno, insistiendo en que Obama
enviara a decenas de miles de soldados más a la misión
de Afganistán. Se mostraban tan reacios a cualquier otra
opción, a menudo incluso en público, que Obama, que no
tenía una gran experiencia en política exterior o en
estrategia militar, prácticamente no había tenido opción.
Robert Gates, secretario de Defensa del presidente
George W. Bush al que, para sorpresa de muchos, Obama
había pedido que se mantuviera en el cargo, había
insinuado que dimitiría si Obama no aprobaba el envío
de más tropas. Obama creía que no podía permitirse
perder a una figura tan respetada en el campo de la
seguridad nacional.
En 2009, Blinken incluso había oído decir a Biden en
una conversación privada que Estados Unidos tenía que
aceptar la posibilidad de que estallara una guerra civil
brutal si las tropas americanas se retiraban. «¿Hasta qué
punto puede llegar a darse esa situación?», había
preguntado Biden. Y cuando le hablaron de la
posibilidad de una guerra civil entre la etnia pastún, que
sumaba casi la mitad de la población afgana, Biden casi
dio un salto en la silla.
—Bingo. ¡Bingo, bingo, bingo! —dijo, con confianza,
repitiendo una de sus expresiones favoritas.
En su momento, Biden había planteado su oposición a
Obama, así como su malestar con lo que él interpretaba
como una manipulación del presidente por parte del
ejército. En 2009, en privado, les había dicho a otras
personas: «El ejército a mí no me mangonea», dejando
bastante claro que a Obama sí.
Ahora, en esta reunión de 2021, el secretario de
defensa Lloyd Austin, que conocía a Biden de la época
del gobierno Obama, les dijo a sus colaboradores que,
teniendo en cuenta la clara postura de Biden en este
aspecto, la participación estadounidense en la guerra sin
duda acabaría pronto. Pero él creía que había
importantes motivos militares, estratégicos y de
inteligencia para mantener al menos una pequeña fuerza
militar en el país.
Austin, primer secretario negro de Defensa de la
historia, se había graduado en West Point en 1975. Era
de Georgia, y había servido en el ejército durante cuatro
décadas. En 2009, siendo general de tres estrellas, había
sido director del Estado Mayor Conjunto, cuando Obama
se planteó por primera vez la situación de Afganistán, y
pudo conocer la posición de Biden. Al año siguiente, sus
caminos coincidieron aún más. En 2010 Austin había
sido enviado a Irak como comandante en jefe de las
fuerzas de Estados Unidos en Irak, y Obama le pidió a
Biden que supervisara la retirada del grueso de las tropas
estadounidenses. El comandante Beau Biden había
ejercido como abogado al servicio de Austin, y ambos se
conocían bien.
Biden y Austin conocían la historia de la guerra de
Afganistán como nadie.
Y así empezó una extraordinaria serie de veinticinco
reuniones del Consejo de Seguridad Nacional, a lo largo
de dos meses, en grupos grandes y pequeños, reuniones
personales con Biden y con los asesores principales y
miembros del Gobierno. También se celebraron
reuniones independientes con miembros del CSN sin
Biden. Fue una de las reuniones de reevaluación más
extensas que se habían celebrado nunca.
El presidente, que a veces incluso se dejaba llevar por
las emociones y discutía con ahínco, parecía querer tener
una mayor seguridad, soluciones más claras de las que le
ofrecían. Biden podía mostrarse quisquilloso e
impaciente. Un asesor destacado declaró que
prácticamente era imposible trabajar con él, ya que no
hacía más que pedir cálculos e informes de inteligencia
más detallados.
Otros pensaban que la reunión de reevaluación era un
ejemplo perfecto de cómo debían tomarse las decisiones
importantes en política internacional.
El principal argumento de Biden, sobre el que giraba el
debate, era que la misión se había desviado de su
intención original.
La guerra la había lanzado el presidente George W.
Bush en octubre de 2001 para acabar con la organización
terrorista Al Qaeda, responsable de los atentados del 11
de septiembre contra las torres gemelas del World Trade
Center de Nueva York y el Pentágono.
La misión pretendía evitar nuevos atentados. Pero la
guerra se había convertido en una campaña para la
construcción de una nación y derrotar a los
fundamentalistas talibanes, que le habían proporcionado
a Al Qaeda un refugio desde donde organizar y
desarrollar sus atentados. Los talibanes habían impuesto
su implacable gobierno sobre Afganistán cinco años
antes del 11 de septiembre de 2001, un régimen inflexible
que imponía la ley islámica, oprimía a las mujeres y
destruía yacimientos de interés cultural, como los budas
del siglo VI que consideraban ídolos religiosos
prohibidos.
Se creó una organización de contrainsurgencia
llamada COIN, no solo destinada a derrotar a los
talibanes, sino también a proteger la población y el
gobierno afganos. Llegó un momento en que algunos
líderes militares estadounidenses habrían querido tener
un pelotón en cada esquina de Kabul, la capital. En el
punto álgido de la guerra, hace una década, Estados
Unidos llegó a tener 98 000 soldados en Afganistán. Ese
número se había reducido en 2021 hasta los 3500,
incluidas las fuerzas regulares y de Operaciones
Especiales. En todo aquel proceso de reevaluación
flotaba la pregunta de fondo: ¿cuál es la misión?
Biden sentía una aversión especial hacia la
contrainsurgencia, que consideraba un ejemplo clásico
de prolongación ilícita de una misión.
—Nuestra misión es evitar que Afganistán se convierta
en una base desde la que Al Qaeda u otros grupos
terroristas puedan atacar nuestro territorio nacional y el
de los aliados de Estados Unidos, no asestarles un golpe
mortal a los talibanes —dijo Biden, recordándoles a
todos la motivación original de la guerra.
En pocas palabras, para él la guerra se había
convertido en una batalla entre el gobierno afgano y los
talibanes. El ejército estadounidense no debía tomar
parte en una guerra civil en otro país y había que
devolver las tropas a casa.
Como paso preliminar en la reunión de reevaluación,
Biden pidió respuestas a unas cuantas preguntas que
reflejaban fielmente su posición. En la práctica quería
decir que, si no podían dar respuesta positiva al menos a
una de ellas, tendrían que afrontar el hecho de que las
tropas estadounidenses no estaban desempeñando
ninguna misión que pudieran llegar a cumplir.
—Uno: ¿creemos que nuestra presencia en Afganistán
contribuye decisivamente a que aumenten
significativamente las posibilidades de llegar a un
acuerdo político negociado entre el gobierno afgano y los
talibanes?
»Dos: ¿creemos que la naturaleza de la amenaza de Al
Qaeda y el ISIS en Afganistán sea tal que justifique tener
a miles de soldados desplazados de forma indefinida?
»Tres: si superamos el plazo establecido del 1 de mayo
y aceptamos que nos quedamos allí sin fijar una fecha
límite, ¿qué riesgo supone para nuestras tropas y para la
misión? ¿Tendré que enviar más tropas a Afganistán?
Al negociar la fecha límite del 1 de mayo con el
gobierno Trump, los talibanes habían acordado no atacar
a las tropas estadounidenses. Hacía un año ya que no se
producían ataques. Pero los informes de inteligencia
demostraban que sin duda volverían a producirse si
Biden decidía mantener la presencia estadounidense
indefinidamente.
También dijo que quería que analizaran en
profundidad las consecuencias humanitarias para la
población civil de Afganistán en el caso de que se
retiraran las tropas americanas.
En privado, Sullivan le dijo:
—Siendo el presidente de Estados Unidos, a la hora de
tomar una decisión así tiene que valorar el posible coste
humano de su decisión.
En sus memorias publicadas en 2020422, Una tierra
prometida, Obama recordaba el consejo que le había
dado Biden durante la reunión de reevaluación sobre
Afganistán durante el primer año de la presidencia de
Obama: «Escúchame a mí, jefe. Quizá lleve demasiado
tiempo en esto, pero si hay algo que veo claro, es cuando
los generales intentan manipular a un nuevo presidente
—dijo Biden, acercando el rostro a pocos centímetros de
Obama para susurrarle con efecto dramático—: No dejes
que te líen».
Y ahora Biden estaba decidido a no dejarse liar.
A lo largo de dos meses de reuniones y discusiones
privadas, el Pentágono presentó dos opciones
principales. Tal como lo planteó el secretario de defensa
Austin, Biden podía ejecutar una retirada ordenada de
tropas lo más rápida y segura posible o podía dar su
aprobación a una presencia indefinida de las tropas
estadounidenses en Afganistán.
Las tropas estadounidenses hacían una importante
labor de coordinación de la vigilancia y de la inteligencia
que contribuía a la estabilización del gobierno afgano de
Ashraf Ghani, intelectual que llevaba seis años en la
presidencia de Afganistán. Austin le dijo que la presencia
en Afganistán también les proporcionaba una
información sobre la situación del país de la que no
dispondrían si no estaban allí. Estar presentes,
desplegados en el terreno, podía resultar fundamental
para la detección temprana de cualquier problema.
Durante la reunión organizada por Sullivan, Biden
señaló:
—Si la misión es proteger al gobierno de Ghani, yo no
enviaría a mi hijo. —Era un tema delicado. El presidente
hizo varias referencias más a su difunto hijo, Beau, como
referente para determinar si la misión valía la pena y si
era necesaria.
Biden era el primer presidente de Estados Unidos423
desde hacía décadas que había enviado a un hijo a luchar
a una zona de guerra, y la experiencia de Beau parecía
potenciar la noción que tenía el presidente del sacrificio
y el riesgo que afrontaban.
Si se mantenía la presencia de tropas estadounidenses,
el servicio de inteligencia preveía que los talibanes
volverían a atacar424. Y si eso ocurría, Biden dijo que
probablemente se le pediría que enviara aún más tropas.
—Si tenemos tres mil efectivos desplegados y los
soldados son objeto de ataque, vosotros mismos —dijo,
señalando a Austin y a Milley— me vendréis a decir que
necesitamos cinco mil más.
Ese era el círculo vicioso que quería evitar. La
presencia de tropas se convertía en un estímulo para
enviar más tropas porque los líderes militares,
naturalmente, querrían proteger a sus soldados. Y la
respuesta, claro, siempre era enviar más tropas.
Sullivan llegó a la conclusión de que la cuestión no era
si quedarse o retirarse, sino si enviar más tropas o
retirarse.
Y eso era un potente argumento para la retirada,
porque estaba clarísimo que Biden no iba a enviar más
tropas. Esa opción no estaba siquiera sobre la mesa.
61
La sesión de impeachment de Trump en el Senado, en
febrero, fue vistosa y emotiva. Las grabaciones de los
altercados en el Capitolio que presentaron los
demócratas impresionaron a los senadores de ambos
partidos, al ver las imágenes de Pence y su familia
bajando escaleras a la carrera, y a Romney escapando
por los pasillos a apenas unos pasos de los sublevados.
—Se oye a la turba425 pidiendo la muerte del
vicepresidente de Estados Unidos —dijo Stacey Plaskett,
demócrata de las Islas Vírgenes nombrada fiscal para la
sesión de impeachment.
Trump, que había sido vetado en Twitter y Facebook
tras los ataques, siguió la sesión desde su casa de Florida.
No le gustó nada, y se quejó a sus colaboradores de su
abogado defensor, Bruce Castor, de Pensilvania, por
haberse presentado con un traje que le venía grande y
por haber hecho una declaración introductoria ampulosa
y complicada que confundió incluso a los partidarios de
Trump, que en muchos casos se preguntaron si estaría
improvisando.
McConnell les dijo a los senadores republicanos que la
votación debía ser una acto de conciencia. Pero no les
reveló qué iba a votar él.
El resultado fue de 57 votos contra 43, y Trump fue
absuelto. Faltaron diez votos para los 67 necesarios para
condenarlo. Siete republicanos, entre ellos Romney y
Collins, votaron a favor de la condena de Trump.
Tras la votación, McConnell salió al estrado. Era uno
de los 43 que habían votado a favor de la absolución del
expresidente. Había preparado bien su discurso para
asegurarse de que decía exactamente lo que quería decir.
—El 6 de enero fue un día funesto426 y se produjo un
acto de «terrorismo» —dijo—, alimentado por personas
«alimentadas por falsedades emitidas por el hombre más
poderoso del mundo porque estaba furioso por haber
perdido unas elecciones».
McConnell parecía exasperado, pero se mostró
contenido. Se dirigió una y otra vez a sus colegas,
gesticulando con fuerza. Cuando habló de las pruebas de
fraude electoral que planteaban los aliados de Trump,
juntó mucho los dedos hasta que casi se tocaron, para
expresar que sus tesis tenían un fundamento realmente
mínimo.
—No hay duda de que el presidente Trump es
responsable de lo ocurrido, moralmente y en la práctica
—dijo—. También influyó todo ese ambiente creado de
catástrofe inminente, esas fabulaciones sobre su
aplastante victoria en las elecciones, que le había robado
nuestro nuevo presidente por medio de tácticas golpistas
soterradas.
Aun así, dijo, «aplicando de forma estricta la norma,
muy probablemente el discurso del presidente no
supusiera incitación a la violencia».
Lindsey Graham le dijo a McConnell que le había
sorprendido ver tanta emoción en su exposición.
—No sabía que podía llegar a enfadarse tanto —le dijo.
McConnell, el republicano pragmático acostumbrado a
gestionar situaciones con sangre fría, se había visto
empujado a una zona donde corría el riesgo de que las
heridas abiertas del partido no se cerraran.
—El odio de Trump no conoce límites —dijo en una
ocasión Graham—. Hace que la gente haga cosas en
contra de su propio interés. Como Mitch. No he visto
nunca a nadie que pudiera influir tanto en los demás
como Donald Trump. Ocurre una y otra vez. Es lo más
sorprendente que he visto en política. Gente inteligente,
racional, se transforma con lo que tiene que ver con
Trump. Y él no tiene que hacer nada para
transformarlos. No hay magia. Le basta con ser él
mismo. Te desgasta. Consigue que hagas cosas que no te
convienen simplemente porque no te gusta.
Al día siguiente, día de San Valentín, Trump habló con
Graham, autoproclamado intermediario entre los
senadores republicanos y el encendido expresidente.
La relación de Graham con Trump se había vuelto
doblemente compleja tras el alzamiento del 6 de enero.
Tenían una buena amistad y entre sus intereses
compartidos estaban la política y el golf. Podían tener
conversaciones serias. Ningún otro presidente había
contado con Graham como Trump. Y la relación también
le daba una mayor visibilidad en las noticias y en el seno
del Partido Republicano. Era un habitual en la televisión,
especialmente en la Fox.
Pero Graham también veía su relación con Trump
como una necesidad política para el partido.
—No sé cómo vamos a regresar sin él —dijo—, y
tampoco sé cómo vamos a conseguirlo si él no cambia.
El 14 de febrero Trump estaba malhumorado con el
discurso de McConnell.
—No puedo creerme que dijera todas esas cosas
después de todo lo que hemos hecho juntos —le dijo a
Graham. No podía parar: los recortes de impuestos. Los
jueces y el Tribunal Supremo. La liberalización.
Graham le dijo que McConnell seguía enfadado.
—Cree que les has costado a los republicanos, y a él, la
mayoría en el Senado, con la pérdida de dos escaños de
Georgia.
Trump volvió a arremeter contra McConnell.
A Graham le preocupaba que McConnell y Trump no
limaran asperezas pronto, porque eso les costaría a los
republicanos una oportunidad de oro para recuperar el
poder en 2022. Los demócratas aprovecharían el
enfrentamiento y lo usarían para dividir el partido.
—Van a coger parte del discurso de Mitch y lo van a
convertir en un anuncio para 2022 en Arizona, New
Hampshire, Georgia y otros estados disputados —predijo
Graham—. Y dirán: «Esto es lo que dice Mitch
McConnell de Trump. ¿Qué os parece?».
Aquella noche, Graham apareció en Fox News427
diciendo que, si alguien pensaba que Trump iba a
marcharse, o que iban a poder echarlo del partido, se
equivocaba.
—Está listo para dar un paso adelante y reconstruir el
Partido Republicano —dijo.
Unos días más tarde McConnell dio un paso atrás, al
menos de cara al público, en la Fox. Dijo que apoyaría
«totalmente»428 a Trump si el expresidente conseguía la
nominación del Partido Republicano en 2024.
Graham vio aquellas manifestaciones como una
declaración de paz de McConnell. Pero sabía que no
había cambiado nada. Cuando el gabinete de McConnell
emitió un comunicado de prensa sobre su aparición en
Fox News, destacó sus críticas a Biden. Ni siquiera
mencionó su promesa de apoyar una eventual tercera
nominación de Trump.
Graham siguió trabajando con Trump, intentando
mantener su colaboración con los republicanos.
—Señor presidente, si queremos ganar en 2022,
tenemos que contar con el mejor equipo —le dijo a
Trump en otra llamada, en la que repasó una lista de
senadores republicanos como John Boozman, de
Arkansas, John Hoeven, de Dakota del Norte, o Roy
Blunt, de Misuri. Todos eran legisladores poco conocidos
que se presentaban a la reelección. Les iría bien un
empujón por parte de Trump—. Cuanto antes pueda salir
al estrado y darles su apoyo, mejor.
Trump dijo que estaría encantado de ayudarles.
Parecía estar listo para volver al combate. Pero le
interesaba mucho más vengarse de republicanos como la
congresista Liz Cheney, de Wyoming, y otros que habían
votado a favor del impeachment. Eran unos traidores
desleales e irrecuperables.
—Lo más importante que tiene que hacer es reparar su
relación con Mike Pence —le dijo Graham—. Yo creo que
la gente está convencida de que Mike Pence le demostró
una lealtad increíble y que usted lo trató mal.
—Ni hablar —dijo Trump.
—Se ha visto arrastrado a una derrota en unas
elecciones que pensaba que había ganado —dijo Graham
—. Eso lo entiendo. Pero le ha pedido a Mike Pence más
de lo que podía darle, y ha dicho cosas injustas de él. Y yo
creo que lo mejor para usted, señor presidente, es
arreglar eso, si puede.
Trump guardó silencio.
Ese mismo fin de semana, Trump celebró una cena
con amigos en Mar-a-Lago. Entre los invitados estaba
Corey Lewandowski, gerente de campaña de Trump en
2016, que había mantenido una buena relación con él, y
la exfiscal general de Florida Pam Bondi, que había
participado en su defensa durante el primer proceso de
impeachment.
Los presentes no dejaban de dirigirse a Trump,
obsequiosos y encantados:
—¡Es usted el mejor presidente que he conocido! —
exclamaban—. ¡El mejor!
Trump les preguntó por McConnell. Se mostró
descontento por haber apoyado la reelección de
McConnell en 2020.
—Sé que McConnell me odia. Pero ¿qué podía hacer?
¿Apoyar a otro?
Estaba furioso con Kevin McCarthy, líder de la
minoría, por no haber dado demasiada credibilidad al
fraude electoral.
—Ese tipo me llamaba todos los días, fingía ser mi
mejor amigo, y luego me jodió. No es una buena persona.
Más tarde Lewandowski manifestaría en privado que
le había sorprendido ver que el propio Trump no parecía
haber entendido que los líderes republicanos protegían
sus propios intereses.
—Kevin ha venido a besarme el culo y ahora quiere que
le ayude a recuperar el control de la Cámara —dijo
Trump.
Trump paseó la mirada por su finca, llena de
admiradores y residentes de Palm Beach.
—Twitter me ha bloqueado —dijo—. Ahora vivo más
tranquilo. ¿Sabes a cuántos tendría que poner en su sitio
si aún tuviera la cuenta activa?
Pence alquiló una casa en Virginia del Norte, y un
despacho en Crystal City, junto al Aeropuerto Nacional
Ronald Reagan de Washington. Era una vida más
tranquila, sin el jaleo de la vicepresidencia. Solo tenía
asignados unos cuantos agentes del servicio secreto.
Estaba preparando un libro y una serie de conferencias.
En realidad su proyecto era la visibilidad política y la
rehabilitación, para intentar volver a la palestra en 2024.
El 23 de febrero, Pence dio la bienvenida a su
despacho a los miembros del Comité de Estudios
Republicanos, facción conservadora del Congreso que en
otro tiempo había presidido él mismo. Era una
oportunidad de ejercer de estadista veterano.
Nadie se atrevía a hablar de Trump, así que lo hizo él
mismo. Les aseguró que hablaba largo y tendido con el
expresidente. Nadie le pidió más detalles. Era como oír
hablar a un amigo sobre un divorcio cuando esperas
encontrar la manera de que ambas partes te sigan
cayendo bien.
Pence se puso nostálgico al recordar sus días en el
Congreso, una década atrás. Les dijo que cuando estaba
en la Cámara, en 2009, ni un republicano había votado a
favor del paquete de estímulos del presidente Obama, y
que esta vez los conservadores debían intentar oponerse
al plan de rescate de Biden del mismo modo. Ni un voto.
Era una ocasión para unir al partido en torno a algo.
—Es un momento decisivo para los republicanos —dijo
Pence—. Obama nos dejó fuera de las negociaciones, y
dado que no nos querían en la mesa, les dijimos que no
íbamos a dar nuestro apoyo a la ley. El partido necesita
que recuperemos nuestro papel en el control del gasto.
Ese mensaje tenía sus «complicaciones», añadió. Pero
no reconoció explícitamente la hipocresía que suponía.
Con Trump, los republicanos habían gastado billones de
dólares, abandonando por completo la moderación
fiscal. La deuda nacional se había disparado. Pero lo fácil
era volver a señalar con el dedo los errores de años
pasados.
Los congresistas conservadores sentados alrededor de
Pence asintieron, desde el presidente del grupo, Jim
Banks, de Indiana, a Lauren Boebert, una joven muy
activa de Colorado. Ellos también veían las
complicaciones, pero ahora mismo lo importante era
presentar batalla.
62
El 27 de febrero, el Congreso aprobó el decreto de rescate
por valor de 1,9 billones de dólares, que incluía la
provisión que aumentaba el salario mínimo a quince
dólares por hora para 2025. Se aprobó por la mínima —
219 votos contra 212—, sin un solo voto republicano.
Pelosi, presidenta de la Cámara, contaba que ella veía
lo que estaban haciendo los demócratas en clave bíblica:
—Yo lo veo como el evangelio de Mateo. Cuando tenía
hambre, me disteis de comer —explicaba—. Cuando no
tenía techo, me disteis cobijo.
La senadora Elizabeth MacDonough429 había
señalado días antes que la disposición que aumentaba el
salario mínimo hasta los quince dólares por hora violaba
las normas de reconciliación presupuestaria y que no
podía incluirse en el decreto de rescate.
Aunque Biden había apoyado el salario mínimo de
quince dólares por hora durante la campaña de 2020, ni
él ni sus principales colaboradores deseaban entrar en
una guerra parlamentaria. Pero Pelosi sabía que sus
congresistas estaban a favor de la disposición, así que la
mantuvo. Si querían eliminarla, tendrían que hacerlo en
el Senado. Mantener el aumento del salario mínimo
también suponía un claro recordatorio para los
senadores demócratas: los congresistas demócratas son
más liberales que vosotros. No lo olvidéis. Cualquier cosa
que hagáis para quitar fuerza a esta ley puede suponer
una amenaza a su viabilidad cuando vuelva al Congreso
para la votación final.
Ron Klain solía llevar unas fichas con notas en el
bolsillo de su americana, donde lo llevaba todo escrito en
letra muy pequeña. La agenda del presidente, listas de
tareas, la agenda del personal de la Casa Blanca,
llamadas pendientes…
A finales de febrero, uno de los apuntes en lo alto de la
lista era imponer a los senadores demócratas moderados
el plan de rescate de Biden.
Klain celebró muchas reuniones y charlas con los
senadores, y le sorprendió descubrir lo que denominó
una «inversión total de la política americana». Bernie
Sanders y sus aliados progresistas querían asegurarse de
que los cheques de estímulo acababan en personas que
ganaran al menos 100 000 dólares al año. Los
moderados, por su parte, decían que ni hablar: el dinero
debía dirigirse sobre todo a la gente pobre.
Al final llegaron a un acuerdo. Las parejas que ganaran
150 000 dólares430 al año podían obtener el cheque
completo, pero los que ganaran hasta 200 000 recibirían
solo una parte, y cuanto más ganaran, menos recibirían.
Manchin y otros siete demócratas habían manifestado
cierto desacuerdo con algunos aspectos del plan de
rescate. Klain y el personal de la Casa Blanca estaban
estudiando las objeciones a fondo, para evitar más
quejas. En un senado dividido al 50 por ciento, cada
demócrata era un poste en tensión sujetando la lona
común. Los necesitaban a todos.
Klain recordaba que en tiempos del gobierno Obama
todos pensaban que resultaba duro gobernar con solo 58
senadores demócratas. Pero si Biden hubiera contado
con 58 demócratas, estaba convencido que comojefe de
Gabinete solo habría tenido que trabajar tres días por
semana.
Mientras los senadores demócratas negociaban su
versión del plan de Biden, el senador demócrata de
Virginia Mark Warner, junto con otros, presionaba para
que se destinara más dinero a ampliar la difusión de la
banda ancha en zonas rurales de escasa cobertura. En el
presupuesto de diciembre ya se habían destinado 3000
millones para la instalación de banda ancha y la mejora
de la cobertura de Internet, una cantidad considerada
enorme.
Pero el grupo de Warner pedía más, alegando que la
pandemia había cambiado la vida de los estadounidenses
y que había hecho que el acceso a Internet fuera esencial
para recibir atención sanitaria, para la educación a
distancia y para el teletrabajo.
El gobierno de Biden accedió a aumentar el gasto total
en banda ancha para el año fiscal 2021 hasta los 20 000
millones.
Al principio Warner y los suyos431 interpretaron que
eso significaba que la Casa Blanca añadiría 20 000
millones432 a los 3000 ya aprobados a finales del año
anterior, lo que sumaría un total de 23 000 millones.
—Se han quedado algo cortos —diría Warner poco
después en una llamada por Zoom—. Dijeron que
añadirían 20 000 millones.
Era evidente que para los demócratas el decreto de
rescate se estaba convirtiendo en una barra libre.
Steve Ricchetti y Warner tuvieron una pequeña
discusión al respecto, y Ricchetti se reafirmó en el total
de 20 000 millones para 2021. Warner y sus aliados
acabaron aceptándolo, asegurándose así 17 000 millones
más en inversión en banda ancha.
Era un compromiso importante433, la mayor inversión
del Gobierno en banda ancha hasta la fecha.
El debate interno entre los demócratas dejaba claro la
gran cantidad de dinero que estaba en juego, y que todo
el mundo quería destinar lo máximo posible a sus
programas. No había un momento que perder.
Aunque no tenían un papel protagonista en el plan de
rescate, McConnell y Graham se reunieron
periódicamente. El tema principal seguía siendo Trump y
el papel que debía jugar el expresidente en el partido si
querían ganar en 2022.
Graham sostenía que Trump seguía siendo la fuerza
dominante en el partido. Sus 74 millones de votos aún se
hacían sentir, y contaba con un importante número de
fieles seguidores.
McConnell veía a Graham como el gran defensor de
Trump. Y ya le parecía bien que jugara ese papel. Pero no
iba a sumarse a su estrategia. McConnell veía a Trump
como una marca en desuso. Como un jubilado. «Un pura
sangre retirado de las pistas», como dicen en Kentucky.
—Se está registrando una tendencia clara —dijo
McConnell—, un movimiento hacia un Partido
Republicano no dominado por Trump. Adular a Donald
Trump no es una estrategia que funcione.
McConnell le recordó a Graham que ya había
observado esta dinámica antes, en 2014. Ese año, los
republicanos del establishment se impusieron a
agresivos contendientes del Tea Party como Christine
O’Donnell, en Delaware. Por aquel entonces muchos
republicanos le habían advertido que el Tea Party iba a
engullir todo el partido, que iba a ganar todas las
carreras.
Sin embargo, los republicanos mantuvieron el
control434 de la Cámara, ganando incluso 13 escaños, lo
que les dio la mayoría más amplia435 desde 1929. En el
Senado recuperaron el control y ganaron nueve escaños,
la mayor evolución positiva desde 1980, en tiempos de
Reagan.
Y 2022 podía acabar pareciéndose mucho a 2014,
decía McConnell. Los republicanos podían mantenerse
firmes, apoyando la normalidad, no los fanatismos.
Centrándose en candidatos fácilmente elegibles,
interviniendo en las primarias en los casos necesarios.
McConnell confiaba en que sus candidatos preferidos
conseguirían imponerse a cualquier grupo heterogéneo
que pudiera presentar Trump. McConnell y su equipo
contarían con una mejor organización, más patrocinios,
y generarían menos enfrentamientos esperpénticos.
—Trump y yo solo podríamos acabar enfrentados si se
pusiera a dar apoyo a algún payaso que no tuviera
ninguna posibilidad de ganar —señaló McConnell—. Para
tener posibilidades de recuperar el Senado hay que
contar con los candidatos más elegibles.
Se trataba de ganar. Si Trump resultaba útil,
estupendo. Pero si no lo era, se opondrían a los
candidatos que propusiera. Para McConnell era una
simple cuestión de negocios.
Si los demócratas intentaban usar a McConnell como
arma contra los republicanos, no les saldría bien, estaba
convencido, aunque utilizaran sus declaraciones del 13
de febrero, cuando había admitido que Trump tenía una
responsabilidad moral.
—No encajo tanto en el papel de malo de la película —
dijo—, al menos en el Partido Republicano, como para
que eso les funcione.
En cualquier caso, Trump lo intentaría.
63
Para Biden, el elemento decisivo seguía siendo Joe
Manchin. Biden lo sabía, Klain lo sabía y Manchin lo
sabía.
La noche del martes 2 de marzo, Klain fue a ver a
Manchin a su barco de cuarenta pies de eslora, el Almost
Heaven. Cena para dos. El barco era bonito, pero no
superelegante.
«Almost Heaven, West Virginia» es el primer verso de
la canción «Take Me Home, Country Roads» de John
Denver, uno de los himnos de Virginia Occidental. El
barco era el refugio flotante del senador. «Puedo soltar
amarras y me siento en casa», le contó una vez a un
reportero de la revista GQ.
—No puedo volver a casa y explicar a la gente de
Virginia Occidental que si se quedan en el paro una
semana más cobrarán otros 400 dólares, que se sumarán
a los cheques de 1400 dólares que vamos a enviarles —
decía Manchin.
Los subsidios de desempleo eran demasiado
sustanciosos y demasiado prolongados, argumentaba
Manchin. En su opinión, el suplemento de 400 dólares
debía reducirse a 300 dólares, y había que acortar el
periodo de aplicación.
Klain sabía que Manchin le había prometido al
presidente Biden que no permitiría que el decreto no
quedara aprobado, pero Manchin era todo un
inconformista y no cedería a las presiones. Klain se fue
del Almost Heaven aquella noche, tras la cena,
convencido de que de algún modo tenían que contentar a
Manchin.
Y Klain no era el único pretendiente que tenía
Manchin. El senador Portman, animado por McConnell,
había estado hablando con Manchin desde principios de
febrero, cuando quedó claro que abandonaba el Grupo
de 10 Republicanos.
Manchin seguía sin decantarse. Portman tenía lista
una enmienda al decreto de rescate para reducir el
subsidio semanal suplementario de 400 dólares a 300, y
durante un período de tiempo menor.
A Manchin le gustó436. La cifra de 300 dólares se
había convertido más en una postura psicológica que en
una demanda política. Había hablado con economistas
demócratas más centristas en las últimas semanas, entre
ellos el exsecretario del Tesoro Larry Summers, que
había escrito un artículo de opinión en el Washington
Post advirtiendo del posible aumento de la inflación si el
Gobierno aumentaba demasiado el gasto. También había
hablado con Jason Furman, economista del gobierno
Obama.
Esas conversaciones aumentaron la sensación que
tenía Manchin de que los trabajadores tenían que estar
deseando volver al trabajo. La economía iba a mejorar, y
si se daban grandes subvenciones al desempleo, serían
un gran incentivo para que la gente se quedara en casa.
Manchin le dio su palabra a Portman de que apoyaría
la enmienda de los 300 dólares.
Jeff Zients, coordinador de Biden para la Covid,
informaba a diario al presidente. El Pentágono aprobó
una petición de la Agencia Federal para la Gestión de
Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) para el
despliegue de más de mil efectivos de la Guardia
Nacional que aportarían asistencia militar en los centros
de vacunación. Se estaban instalando centros de
vacunación comunitaria en todo el país. Biden se había
comprometido437 a crear cien durante su primer mes en
el cargo. Llevaban 441.
Se había instaurado un programa piloto para que las
farmacias también pudieran administrar la vacuna. En
aplicación de la Ley de Disposición Pública y Preparación
de Emergencias (PREPA, por sus siglas en inglés), ahora
el personal médico, de enfermería y otros sanitarios
jubilados también podían poner vacunas.
Pero aún no se habían hecho suficientes estudios,
especialmente en individuos asintomáticos. Estados
Unidos ocupaba el puesto 32 en el mundo en cuanto a
secuenciación genómica, método de análisis usado para
detectar nuevas variantes. La detección de nuevas
mutaciones era clave para ralentizar la difusión del virus,
porque en muchos casos las nuevas mutaciones eran más
contagiosas. Y era fundamental que se detectaran
pronto, cuando aún tenían una presencia mínima. A
Zients le parecía increíble que se tardara tanto, y le pidió
más dinero a Biden para resolver el problema.
Biden estaba de acuerdo, pero seguía presionándole:
—¿Puedes conseguirlo? —le preguntaba a Zients,
aparentemente no muy convencido.
Zients le dijo que a finales de marzo tendrían cientos
de centros de salud operando en todo el país, y que
usarían un modelo de red en estrella para asegurarse de
que las vacunas se distribuyeran de forma justa y
equitativa y que llegaran a las comunidades más
vulnerables.
—¿De verdad vamos a poder conseguir miles de esos
centros? ¿A cuánta gente vamos a llegar? —le preguntó
Biden—. ¿De dónde vienen? ¿Qué aspecto tienen?
—¿Cómo vamos de unidades móviles? —preguntó
Biden en cuatro reuniones, de las cuarenta que celebró
sobre el virus en esos primeros días. Zients le presentó
cuatro informes actualizados para ponerle al día sobre
los progresos realizados, en los que se reflejaba que a
finales de marzo 950 de los 1385 centros de salud pública
estaban listos para administrar vacunas, muchos de ellos
usando caravanas e instalaciones temporales.
Zients le informó de que se había transferido 4000
millones de ayudas de la FEMA a los estados.
Mientras tanto Sonya Bernstein seguía operando
desde su semisótano.
—Cada vez que salía por la puerta y subía los dos
escalones hasta la calle, casi me costaba mirar la luz —
bromeaba. Eso sí era aislamiento. Así era la mecánica de
la campaña contra el virus, comunicando órdenes y
dando instrucciones a todos los niveles del gobierno
federal. Movilización total.
64
Cuando el plan de rescate se quedó atascado en el
Senado, Schumer, líder de la mayoría en la Cámara Alta,
llamó a Pelosi, presidenta de la Cámara Baja. No era una
llamada informal, sino de negocios. Había que sacar
adelante el nuevo decreto.
—Es una pena no poder conseguir la retribución
mínima en este caso. Significaba mucho para nosotros —
le dijo Schumer. Pero había que ser realistas. Pelosi
estaba de acuerdo. Era una pena, pero no podían dejar
que el decreto de Biden saltara por los aires.
—Habrá tiempo de presentarla otra vez —dijo Pelosi,
en referencia a la medida de la retribución mínima—. Lo
haremos, y cuando llegue el momento será más de
quince dólares por hora.
Además de afrontar el aumento de la retribución
mínima, dijo Schumer, iban a desviar miles de millones
de ayudas estatales y locales y a dedicarlas a la
implantación de la banda ancha en zonas rurales.
Y en tercer lugar, el subsidio semanal por desempleo
iba a reducirse de 400 a 300 dólares.
—A mis liberales no les gustará ese cambio —dijo
Pelosi.
Ella conocía a los suyos. Tenía una estrecha relación
con el Caucus Progresista Demócrata. Les encantaban las
grandes batallas, especialmente si estaba ella al frente, y
especialmente a «la Patrulla» de jóvenes mujeres
progresistas, entre ellas la congresista Ocasio-Cortez,
que había roto filas con Pelosi438 en la votación de una
ley sobre inmigración. Si les decían que debían aceptar
una rebaja de la retribución de 400 dólares a 300, y sin
ningún otro incentivo, sabía que podrían llegar a
rebelarse.
—Todos los cambios son un golpe contra la mayoría de
mi caucus —dijo—. Si quieren que se traguen este
decreto, tendrán que darnos algo.
Schumer le planteó un cambio: una desgravación de
impuestos hasta los 10 200 dólares, de modo que el
seguro de desempleo no generara impuestos.
Aquello le pareció bien a Klain, que participaba en
todas las negociaciones y las seguía de cerca. Sin la
desgravación, muchos desempleados pagarían muchos
impuestos al hacer la declaración de la renta. Sería una
pesadilla, y se produciría lo que él llamaba «uno de esos
estúpidos momentos en los que el Congreso debe hacer
algo».
Schumer trabajó con el senador Tom Carper439,
demócrata de Delaware, para intentar encontrar un
nuevo ajuste: mantener la subvención en los 300 dólares
y extenderla hasta octubre, junto con la desgravación de
impuestos hasta los 10 200 dólares
Pelosi le dijo a Schumer y a la Casa Blanca que podría
encargarse de que saliera adelante, pero que el pacto
tenía que mantenerse. Sin más variaciones. —Cerrémoslo
ya —dijo—. Y saquémoslo adelante. —Ni Klain ni los
otros se lo discutieron.
El grupo parlamentario de Schumer se mantuvo muy
discreto sobre lo que ocurriría el viernes, cuando llegara
el momento de votar.
—Como jefe de un grupo parlamentario440, nunca das
nada por sentado hasta que acaba la votación —contó a
la CNN el senador Dick Durbin, de Illinois—. Habrá que
ver si conseguimos que cincuenta congresistas
demócratas se mantengan fieles hasta el final.
Cuando Manchin se enteró de la nueva enmienda de
los 300 dólares hasta el 4 de octubre, con la desgravación
de 10 200 dólares, añadida para contentar a los
congresistas liberales, estalló:
—Ese no era el trato.
Sí, le había prometido a Biden que no permitiría que
fallara el plan de rescate. Pero no había accedido a que se
alargara tanto el periodo de subsidio por desempleo.
—Bueno —les dijo Manchin a sus colaboradores, como
si estuviera hablando con Klain o con Biden—, diréis que
no estoy cumpliendo con mi palabra, pero vosotros
tampoco lo estáis haciendo. —Y salió del despacho como
una furia.
El viernes 5 de marzo Klain llegó a la Casa Blanca y vio
el descontento general.
En el Senado441 se estaba votando la enmienda de
Bernie Sanders para incorporar el aumento de la
retribución mínima a 15 dólares. Tenía pinta de que la
votación sería larga. Pero Sanders no amenazaba con
votar contra la ley de rescate si no conseguía que
aprobaran su enmienda. Que solo consiguió 42 votos.
—Si Bernie Sanders hubiera dicho que iba a ir a por
todas, quizás hubiera forzado la situación —comentó el
senador Richard Blumenthal, de Connecticut. Aquello
habría acabado con el plan de rescate. Pero Sanders iba a
dar apoyo al decreto, cerrando filas con Biden.
Klain había mantenido una relación fluida con Sanders
desde las primarias. Durante la transición, Klain y
Sanders se habían planteado que este último entrara en
el gobierno como ministro de Trabajo. En privado,
Sanders le había dicho a Klain que le gustaba la idea.
Patearía unos cuantos culos y se presentaría en los
mítines de los sindicatos y en las manifestaciones frente
a las instalaciones de Amazon. Pero cuando los
demócratas ganaron la mayoría, tanto Klain como
Sanders decidieron aparcar aquella idea. Sanders se
convertiría en presidente de una comisión.
Cuando Neera Tanden, líder de un think tank liberal,
empezó a ser criticada por sus agresivos tuits contra
Sanders después de que Biden la nominara candidata a
la dirección de la Oficina de Gestión y Presupuesto, los
republicanos intentaron azuzar a Sanders para que
descargara su rabia contra ella.
—Solo le ha faltado llamar a Sanders442 capullo
ignorante —declaró el senador John Kennedy, de
Luisiana, en referencia al famoso sketch en Saturday
Night Live, durante la sesión de ratificación de Tanden.
En un gesto de buena voluntad para con el gobierno de
Biden, Sanders reaccionó con calma. Se llevó a Tanden a
su despacho en el Senado. Imprimió sus tuits para hablar
de ellos con ella. Quería que se diera cuenta de que no le
habían hecho ninguna gracia. Pero no quería una pelea
en público.
—Me gustaría que salieran todos —les dijo Sanders a
sus colaboradores—. Déjenme solo.
Tanden también se retiró443.
Schumer llevaba poco tiempo como líder de la
mayoría, pero Manchin había expuesto los términos de
su compromiso con detalle y le había explicado cómo
actuaría como parte de la mayoría.
Le repitió lo mismo que le había dicho a Harry Reid:
«Si es algo que pueda explicar cuando vuelva a casa,
votaré a favor. Si es algo que no pueda explicar, no puedo
votar a favor». Siempre había informado a Reid sobre lo
que pensaba votar, para evitar sorpresas. Dado que
Virginia Occidental era el estado más prorrepublicano,
dijo, él siempre sería el más independiente, y el que más
se distanciaría de la línea marcada por la dirección del
partido.
Esa mañana, Manchin fue al despacho de Schumer en
el Capitolio.
—Hey, Chuck —dijo Manchin—. Solo quiero que sepas
que no voy a votar a favor de esa enmienda que
presentas sobre el desempleo. —Se refería a la enmienda
Carper, que extendía el subsidio de 300 dólares hasta el
4 de octubre y que añadía la desgravación de 10 200
dólares para contentar a los congresistas—. No es lo que
pactamos.
Él votaría a favor de la enmienda de Portman.
—Déjame que te diga algo. No estamos de acuerdo,
simplemente. ¿Lo entiendes? No estamos de acuerdo.
Manchin se fue hacia el Senado. Ya había corrido la
voz. El senador Angus King, de Maine, independiente
que se había asociado con los demócratas, fue a su
encuentro:
—Joe, es mejor que aceptemos este trato. Irá bien.
—No, no —dijo Manchin—. No está bien.
Lance West, jefe de gabinete de Manchin, le sugirió
que trabajara desde su despacho privado en el sótano del
Capitolio. Estaba cerca de una pequeña cafetería donde
podía comer algo y evitar al resto de senadores.
La senadora Amy Klobuchar, demócrata de Minesotta,
estaba haciendo sus propias prospecciones en el Senado,
y llamó a Steve Ricchetti a la Casa Blanca. Manchin no
estaba de broma, le advirtió.
El plan de rescate podía irse al traste. Esa misma
tarde. Los primeros cien días de Biden, puestos en
peligro por una disputa en el seno del partido.
Aquello hizo saltar las alarmas.
Klain, y otros más, acudieron a Biden. Quizá fuera el
momento de que llamara a Manchin, que le había
prometido que no permitiría que el plan de rescate
fracasara.
Biden no lo tenía claro. Había librado cientos de
batallas legislativas. La llamada del presidente tenía un
peso especial. Era el toque de atención definitivo.
—Solo puedo hacer esta llamada una vez —dijo—.
Tenemos que decidir si es el momento de hacerla. ¿Lo
es?
A todos les parecía que sí.
—Solo lo puedo hacer una vez —repitió Biden.
Biden llamó a Joe Manchin hacia la una de la tarde.
Manchin estaba en su despacho privado con su jefe de
gabinete, Lance West.
—Joe —dijo Biden—, tú querías que el subsidio por
desempleo fuera menor. Lo hicimos. Querías ciertos
plazos [para recibir las ayudas a los desempleados]. Te
hicimos caso. Querías que los cheques fueran a
determinados destinatarios. Lo hicimos. Básicamente lo
has conseguido todo. Ahora no nos puedes fallar.
Manchin corrigió a Biden. Dijo que los cheques de
ayuda a los desempleados, pese a ser menores, se
alargaban hasta bien entrado el otoño. La gente cobraría
por no trabajar durante un largo periodo de tiempo.
Y luego manifestó su disgusto por aquella nueva
desgravación de 10 200 dólares de la que acababa de
enterarse. Una persona que no estuviera trabajando iba a
obtener una desgravación adicional, mientras que un
trabajador no tendría derecho a ella.
—Joe —dijo Biden—. Si no nos apoyas, me vas a joder
bien. Necesito que me apoyes en esto. Encuentra el modo
de decir que sí.
—No lo sé; se lo prometí a Rob Portman —respondió
Manchin. Dijo que estaba hablando con economistas,
que le decían que la economía despegaría como un
cohete—. Señor presidente, necesitamos que la gente esté
lista para volver al trabajo como mucho en julio. Señor
presidente, ha dicho que en mayo tendremos vacunas
para todos los estadounidenses que se las quieran poner.
—No puedo perder esta votación —insistió Biden, que
no escondía su irritación—. Vas a hacer que mi decreto
quede derogado.
—Tiene que confiar en mí —replicó Manchin—. No
perderá.
Dijo que su intención no era cargarse el decreto; solo
conseguir que se eliminaran algunas partes. Estaba con
Biden, pero quería que la Casa Blanca trabajara con él.
—Maldita sea, Joe —dijo Biden, que empezaba a
perder la paciencia—. Este plan no puede saltar por los
aires.
—Señor presidente —respondió Manchin—, con todo
el respeto, este plan no podría saltar por los aires ni con
un cajón de dinamita. Ni con un montón de
nitroglicerina. Tiene demasiadas cosas buenas.
»Hasta el ayuntamiento más pequeño recibirá dinero.
Por primera vez van a tomar el control de su destino.
Pueden reparar sus conducciones de agua, su
alcantarillado, sus redes de Internet. Son muchas cosas
buenas, señor presidente.
—Joe. No te cargues mi decreto —repitió Biden. Y era
una petición personal.
—Nadie se va a cargar su decreto, señor presidente. Se
lo aseguro —dijo, pero al momento hizo gala de esa
terquedad que tanto temían en la Casa Blanca—. No voy
a ceder en esto. Tiene que darme algo. Vamos a llegar a
un acuerdo. Pero no se preocupe, señor presidente. Esto
lo sacaremos adelante.
La llamada concluyó. Biden les dijo a sus
colaboradores que se aseguraran de que se resolvía la
situación. Klain le dijo que estaba seguro de que la
negativa de Manchin se debía a Portman.
En su despacho privado, Manchin miró a su jefe de
gabinete, Lance West.
—Saben cuál es mi postura, ¿no? —dijo—. Saben que
siempre me he posicionado en los 300 dólares. No es
algo nuevo para ellos.
—Por supuesto, lleva diciéndolo mucho tiempo —
respondió West.
—Ponte al trabajo; arréglalo. Dime a quién debo
llamar. Empezaré a hacer llamadas. Lo arreglaremos.
Schumer se dio cuenta de que era el momento de
actuar. Propuso que secuenciaran las enmiendas. Que
primero Manchin pudiera votar a favor de la enmienda
de Portman, que mantuviera su promesa. A continuación
podían presentar la enmienda de Carper. Se redactaría
de modo que sustituyera a la enmienda de Portman, y
Manchin podría votarla. El decreto recibiría cincuenta
votos y la vicepresidenta Harris rompería el empate.
Pelosi le dijo a Schumer que tenía que respetar su
acuerdo. Si se aprobaba la enmienda de Portman y
quedaba tal como estaba, y si el subsidio quedaba
reducido a 300 y solo hasta julio, no podía garantizar su
aprobación en el Congreso.
65
Hacia las tres de la tarde del 5 de marzo, la senadora
Debbie Stabenow de Michigan vio a Manchin
dirigiéndose a su despacho privado a paso ligero.
Llamó a la puerta. Manchin la hizo pasar y la invitó a
que se sentara en el sofá.
Le contó lo que le preocupaba del decreto —que el
subsidio de desempleo durara demasiado, la
desgravación de 10 200 dólares—, y a Stabenow le
pareció que las quejas de Manchin no eran muy
importantes: aquello eran asuntos menores, no grandes
problemas. Alguien tenía que decirle la verdad. Ser
directo. Ella llevaba en la Cámara desde que Jimmy
Carter era presidente. No puedes dejar que una sola
persona desbarate algo que ya se ha decidido, cuando se
cuenta con un consenso del 99 por ciento.
—¿Sabes qué, Joe? —dijo Stabenow—. Esto podríamos
hacerlo cualquiera de nosotros. Tenemos a cincuenta
personas en esto. ¿Tú crees que a mí todo lo que aparece
en el decreto me parece perfecto?
Manchin la escuchó atentamente.
—El caso es que al final del pasillo tienes a un montón
de colegas bastante cabreados contigo —dijo—. ¿Te das
cuenta?
—Lo sé, lo sé, Deb —dijo Manchin—. Pero tú no lo
entiendes; yo represento a Virginia Occidental.
—Bueno, y yo represento a Michigan. Tenemos a un
montón de gente que tiene la sensación… ¿Sabes? No
somos un caucus unipersonal. Somos un caucus de
cincuenta. Y tenemos que encontrar la manera de
ponernos de acuerdo, aunque algo no sea perfecto para
nuestro estado. Porque, ¿sabes qué?, esto no es un
decreto solo para Virginia Occidental. No es un decreto
para Michigan.
Manchin empezó a hablar de la desocupación. Ahora
que iban a distribuirse tan rápido las vacunas, decía,
quería ver a gente volviendo al trabajo, en lugar de
cobrando subsidios y quedándose en casa. Le
preocupaba que las empresas no encontraran
trabajadores.
—Tú has sido gobernador —dijo ella—. Ya sabes que
nada es perfecto. Al final intentas que sea simplemente
bueno. Estás siendo egoísta.
Sabenow sabía que había sido brusca, quizás incluso
demasiado. Pero le pareció que había que hacerlo. En el
Caucus Demócrata del Senado todos estaban en ascuas
por Joe. Alguien tenía que decirle lo que pensaban los
demás. La rabia generada por su bloqueo era muy real. Y
además sabía, como todos, que a Manchin le gustaba
gustar. Solía invitar a gente a su barco. No era de esos
senadores que disfrutan siendo el malo de la película.
A continuación Stabenow se fue al despacho del
senador de Virginia Tim Kaine. La senadora Kyrsten
Sinema, de Arizona, demócrata moderada, también
estaba allí, y levantó la vista.
—¿Y bien? —preguntó.
—No lo sé —le respondió Stabenow—. Le he dicho la
verdad. Le he dicho lo que me parecía que tenía que oír.
No lo sé.
Lance West y el jefe de gabinete de Schumer iniciaron
una campaña diplomática informal itinerante. West iba y
venía entre su despacho y el de Schumer. La mayoría de
los reporteros no eran capaces de reconocerlo, así que
podía ir y venir sin demasiado ruido, a diferencia de lo
que ocurría con el anterior jefe de gabinete de Schumer,
Mike Lynch.
—Mierda, vais a hacer que el plan salte por los aires —
le dijo Lynch a West, pese a ser conocido por su carácter
tranquilo—. ¿Cómo puede ser?
Lynch le explicó en pocas palabras lo que le había
dicho Pelosi a Schumer. Si se seguían rebajando las
medidas propuestas, el Caucus Progresista Demócrata se
echaría atrás.
—Si no son 400 dólares y hasta final de septiembre, lo
rechazarán —le advirtió Lynch.
—¿De verdad? —West no acababa de creérselo. ¿De
verdad tenía tanto poder el Caucus Progresista?
—Más vale que no los pongamos a prueba —respondió
Lynch.
A West aquella frase fue la que más grabada se le
quedó. Se fue a informar a Manchin, que no se lo tragó.
¿Serían capaces de cargarse el plan de Biden solo por
darle en las narices? No podía ser. Pelosi se hacía la
dura, como siempre. Los demócratas querían aprobar el
decreto lo antes posible. Las ayudas al desempleo
aprobadas vencerían en una semana, el 14 de mayo.
Manchin le dijo que volviera allí. Que alcanzara un
acuerdo. Que mantuviera los 300 dólares, pero que fuera
flexible.
Luego West y Lynch hablaron de acordar 300 dólares
hasta principios de septiembre, manteniendo la
desgravación, pero limitada para las personas con
mayores ingresos. Ese cambio tendría un efecto real en
las personas que pasaban dificultades. Más de 18
millones de estadounidenses dependían de que se
aumentaran las subvenciones por desempleo.
Aquello animó a Lynch. El texto original de Carper
indicaba que las prestaciones durarían hasta el 4 de
octubre de 2021. Si llegaban solo hasta el 6 de
septiembre, Manchin apoyaría el plan. Era factible. Y si
añadían un límite de ingresos a la exención de la
desgravación, mejor.
Schumer se mostró satisfecho con aquel paso adelante.
Parecía que volvían a contar con Manchin444.
West informó a Louisa Terrell, directora del
Departamento Legislativo de la Casa Blanca.
—Louisa, tenemos un acuerdo que le he presentado a
Mike —anunció West—. Solo quería que lo supieras,
porque creo que es una buena oferta, aceptable para
nosotros.
Terrell dijo que se pondría en contacto con él.
Biden le había dicho a todo el mundo que solo podía
hacer una llamada. Era lo que hacían los presidentes.
Una sola llamada para presionar a un senador. No era
algo que se pudiera hacer repetidamente.
—Necesitamos que haga otra llamada —le dijeron sus
asesores a última hora del viernes. Schumer tenía la
enmienda de Carper a punto, preparada para salir justo
después de votar la de Portman. Pero Manchin aún no
había firmado oficialmente el acuerdo de Schumer. Era
hora de cerrar el asunto, dijeron.
Biden suspiró. De acuerdo.
Llamó a Manchin, que estaba frente a su despacho
cuando recibió la llamada. Se metió dentro.
Biden fue directo. Aquello ya duraba demasiado. Y
Manchin seguía siendo un factor impredecible, a pesar
de lo que hubieran estado negociando los colaboradores
de Schumer y de Manchin.
—¿Qué cojones estás haciendo, Joe? —le preguntó
Biden—. Venga ya, hombre. Mira, lo hemos arreglado
para que puedas votar con Portman. Ya es hora de acabar
con esto. Has ganado, Joe. Vas a quedar como el senador
más poderoso de toda la cámara. Vas a quedar como
todo un negociador.
»Acepta el sí. Votas con Portman. Modificamos la
disposición de la ayuda al desempleo para que encaje con
lo que tú quieres. Pero tienes que dejar que Carper pase
en segundo lugar. Tienes que apoyar a Carper. Tenemos
que cerrar esto.
Manchin no acababa de decir que sí.
—Actúan como si quisieran hacérmelo tragar a la
fuerza —protestó—. Por mí se pueden ir a la mierda.
—Joe —dijo Biden—, nunca te pediría que votaras en
contra de tus convicciones.
Manchin pensó que aquello significaba mucho,
viniendo de un exsenador. La presión para apoyar al
partido, o para apoyar a su equipo, era muy fuerte.
—Mi equipo es el de Virginia Occidental —dijo—. Aquí
no me ha contratado nadie. Nadie puede despedirme.
Solo mi equipo, en Virginia Occidental, y tengo que
responder ante ellos.
Biden colgó con la sensación de que Manchin
colaboraría. Lo mismo pensaban Klain y otros más.
Mike Lynch y Lance West hablaron por teléfono.
—¿Seguimos teniendo un trato? —preguntó Lynch.
—Sí —dijo West. Tenían un trato.
Schumer llamó a la Casa Blanca. Estaba hecho.
Manchin y West salieron del despacho privado para ir
a ver a Schumer a su oficina. Manchin le prometió que
daría apoyo a la enmienda de Portman, y luego a la de
Carper. Mantendría la palabra dada a su amigo
republicano, pero no dejaría tirado a Biden. Se sentaron
para repasarlo por última vez.
Ampliar la subvención existente de 300 dólares a la semana a los
desempleados hasta el 6 de septiembre.
Conceder una desgravación de 10 200 dólares a los desempleados,
pero solo si los ingresos de la unidad familiar eran inferiores a
150 000 dólares al año.
—Yo aún te quiero, colega —le dijo Manchin a
Schumer, una vez finalizado el diálogo. Y le dio un
abrazo.
Al recordar esta reunión con Schumer más tarde,
Manchin dijo:
—Chuck y yo tenemos unas peleas de órdago. Un
italiano con un judío. Uno de Nueva York con uno de
Virginia Occidental. —Eso lo decía todo.
Pero aún faltaban horas para la votación, tal como
contó Schumer en la Casa Blanca. Necesitarían toda la
tarde y las primeras horas de la mañana para poner por
escrito los cambios y registrarlos en la Oficina de
Presupuesto del Congreso. Había que calcular los costes.
Dado que aún no tenían el texto final, no podían hacer
esos cálculos. Había otras enmiendas que votar, parte de
lo que empezaban a llamar un vote-a-rama (maratón de
voto).
Manchin y Portman se vieron.
—Conseguí que bajaran de 400 a 300 dólares, que es
lo que querías —le dijo a Portman—. La clave era no
llegar a 400.
Portman le pidió que se ciñera a su enmienda: aprobar
el subsidio de 300 dólares hasta mediados de julio.
—No puedo —dijo Manchin—. Ya he conseguido esos
cambios, y ahora no puedo rectificarlos.
Lynch convocó una conferencia múltiple con jefes de
gabinete de senadores demócratas hacia las 19.45. Les
dio las gracias a todos por su paciencia.
El anuncio público del acuerdo445 realizado por
Schumer hacia las 20.00 del viernes ponía fin a nueve
horas de punto muerto. Para cuando acabó la votación,
aquella tarde, el Senado había batido su récord de
tiempo para una votación: casi doce horas. Casi dos
horas más que el récord anterior.
Los demócratas estaban agotados, pero aliviados.
El senador Blumenthal observó el acercamiento que se
había producido entre Schumer y Manchin. Que
pataleara lo que quisiera, pero había que mantenerlo
cerca, integrado en el equipo. No era el único que se
preguntaba si Harry Reid, en su misma posición, habría
tenido tanta paciencia. El puesto de Manchin en la
presidencia del Comité de Energía y Recursos Naturales
del Senado no se había visto amenazado en ningún
momento. Biden podía haber despotricado lo que
quisiera, y cada vez que alguien contaba la historia
parecía que había soltado más improperios. Pero ni
Biden ni Schumer habían planteado ninguna amenaza,
en ningún momento.
Aquella noche, al debatir con Ron Wyden, senador de
Oregón y presidente del Comité Económico del Senado,
Portman parecía frustrado446. Tenía la sensación de que
habían sido las ocho horas más largas de su vida, porque
había tenido que estar presente, por si le llamaban para
defender su enmienda.
—De pronto, si cobras subsidio de desempleo, no
tienes que pagar impuestos; pero si estás trabajando, sí
tienes que pagarlos. ¿Cómo es eso? —preguntó Portman,
en el Senado. Wyden quitó importancia a las críticas de
Portman.
—El partido que afirma querer ayudar a los
trabajadores con sus impuestos no moverá un dedo.
Esa noche se aprobó la enmienda de Portman. Luego
la de Carper, que dejó sin efecto la de Portman, tal como
había planeado Schumer.
El sábado 6 de marzo447, cuando se presentó el texto
final, se aprobó el plan de rescate completo. 50 a 49. El
senador Dan Sullivan de Alaska, republicano, se perdió
la votación por tener que asistir al funeral de un familiar.
66
Biden siguió la votación del 6 de marzo en el Senado
desde la Sala del Tratado de la Casa Blanca. Estaba
trabajando en una declaración con Anita Dunn. Otros
colaboradores bromeaban diciendo que lo que se estaba
aprobando era un «bombazo» (a big effing deal), en
referencia a su famoso comentario cuando se aprobó el
Obamacare.
Biden estaba eufórico. Llamó a la consigna del Senado
y le pidió al operador que le pusiera con cualquier
demócrata que pasara por allí.
Llamó a Schumer.
—Fue un golpe de ingenio decidir esperar al viernes
para alcanzar el acuerdo —dijo Biden—. No forzar el
resultado, dejar que las cosas se arreglaran solas. —Sin
prisas. Fijar el orden de presentación de las enmiendas
con Portman y Carper. Eso era lo que había solucionado
el problema—. ¿Sabes, Chuck? He visto muchas
negociaciones como esta. Llevo mucho tiempo en la
política. Pero lo que has hecho en este caso ha sido de lo
más hábil que he visto nunca.
Llamó a Bernie Sanders.
—Tenemos que tomarnos nuestro tiempo para vender
esto al público, hacer una gira por el país —sugirió
Sanders. Antes rivales, ahora compañeros en la
promoción de sus éxitos—. Organizar eventos, sacar
rédito a lo que hemos conseguido.
Biden le dio las gracias por el consejo y por haberle
apoyado. El visto bueno de Sanders había sido esencial
para evitar que la facción progresista les abandonara.
El resto del Caucus Demócrata en el Senado fue
invitado a una conferencia múltiple con Biden por Zoom.
La cámara de Biden no funcionaba. Solo audio. El vídeo
de Schumer sí estaba encendido. Se le veía emocionado.
Dijo que estaba orgulloso de ver que se habían
mantenido unidos, y definió aquel decreto como uno de
los más importantes aprobados nunca.
—Deberíais estar muy orgullosos —dijo.
La votación final estaba programada para la semana
siguiente. La versión revisada por el Senado se aprobó en
el Congreso el 10 de marzo, por 220 a 211 votos. Biden y
Harris, junto a un pequeño grupo de colaboradores,
siguieron la votación desde la Sala Roosevelt.
—En circunstancias normales, lo veríamos todos
juntos, como hicimos con la Ley de Asistencia Sanitaria
Asequible —les dijo Biden.
Al día siguiente448, Biden dio un discurso televisado
para todo el país coincidiendo con el aniversario del
confinamiento por la Covid-19.
—Hace un año nos vimos azotados por un virus al que
no reaccionamos, por lo que se extendió sin control —
dijo—. Ahora, gracias a todo el trabajo realizado,
contaremos con suficientes vacunas para todos los
estadounidenses adultos antes de que acabe mayo, meses
antes de lo programado.
Biden no le asignó a Trump el mínimo mérito por las
vacunas, gesto que muchos consideraron poco elegante,
indigno de él. Zients consideraba que el mérito era de los
médicos y de los científicos que habían desarrollado las
vacunas, no de Trump.
—Es realmente un esfuerzo conjunto de todo el país,
como el que presenciamos durante la Segunda Guerra
Mundial —dijo Biden desde la Sala Este—. Porque
aunque empleáramos todos nuestros recursos, que
venzamos a este virus y recuperemos la normalidad
depende de la unidad nacional.
Biden estaba de mejor humor después de firmar el
decreto de rescate. Su presidencia empezaba con paso
firme. Ahora, en la promulgación de leyes importantes,
ya ganaba por 1 a 0.
Parecía satisfecho, pero no veía el decreto como un
logro personal, como habría podido hacer cuando era
más joven. Tenía setenta y ocho años y otra perspectiva.
—Solo hago lo correcto —les dijo a sus colaboradores
—. He tardado mucho en llegar hasta aquí. Y estoy aquí
para hacer este trabajo.
Les dijo que se encontraba cómodo con la batalla
política, pero que no tenía la misma obsesión que en
1987, por ejemplo. Había visto los altibajos de muchos
otros presidentes. Así que estaba decidido a aceptar lo
que deparara el destino, día a día.
Mike Donilon permaneció próximo a Biden, pero se
mantuvo fuera del foco mediático. Cuando un fin de
semana entró en una cafetería llena de gente, en
Alexandria, para encontrarse con un viejo amigo, nadie
reparó en él. Klain tenía una gran cantidad de seguidores
en Twitter, pero la mayoría de colaboradores de Biden no
estaban saltando a la fama. Era justo lo contrario de lo
que había ocurrido durante el primer año de Trump.
Muchos de los colaboradores de Biden dedicados a la
gestión de los medios eran más jóvenes, y Pete Buttigieg,
ahora titular de la Secretaría de Transportes, solo tenía
treinta y nueve años. A Biden le encantaba que lo
consideraran un impulsor de la siguiente generación.
Pero Donilon, Dunn, Ricchetti y Klain, junto con Jill
Biden, reflejaban la sensatez de la experiencia de Biden y
su experiencia en política.
El 12 de marzo449 Biden celebró una fiesta en la
rosaleda de la Casa Blanca.
—Esto cambia el paradigma —declaró, con la
vicepresidenta Harris al lado—. Hay que decirle a la
gente, con un lenguaje llano, sencillo y directo, qué es lo
que estáis haciendo para ayudarles. Tenemos que ser
capaces de contar una historia, de contar la historia de lo
que vamos a hacer y de por qué importa, porque va a
cambiar la vida de millones de personas, de un modo
muy concreto y específico.
McConnell, líder republicano en el Senado, había
quedado tocado por el sí de Manchin al plan de rescate.
Les contó a sus colaboradores que Manchin, al igual que
la senadora Sinema, sabía que «no habría sido muy
inteligente por su parte ir contracorriente» en ocasión de
la primera gran iniciativa de Biden. Biden era demasiado
nuevo, demasiado popular.
McConnell se preguntaba si la presión de los
demócratas sobre Manchin no haría que a la larga a
Manchin se le quitaran las ganas de hacer mucho más
por Biden en 2021. Quizá se sintiera algo quemado. La
facción progresista se le echaba encima a diario,
molestos con su política «de estado republicano».
—Está cabreadísimo —comentó McConnell sobre el
estado de ánimo de Manchin el 5 de marzo, aunque
muchos, tanto republicanos como demócratas, tuvieron
la impresión de que más bien era él quien quería verlo
así.
—Schumer ha hecho que Manchin y los suyos
quedaran como tontos —dijo McConnell— con esa
manipulación de las enmiendas de Carper y de Portman.
—Ya se veía venir los anuncios que harían de la campaña.
Dijo que aquello sería recordado como cuando en 2004
el senador John Kerry, candidato demócrata a la
presidencia, votó a favor de la intervención en Irak y
luego en contra.
67
El 21 de abril, hacia las cuatro de la tarde, Clyburn invitó
a Manchin a su despacho en el Capitolio. En la reunión
ambos iban acompañados de sus respectivos jefes de
gabinete y de un asesor cada uno. Seis personas en la
sala, tres frente a tres, sentados en sillones y butacas de
cuero de color cerezo oscuro. A diferencia de la horda
que había atacado el Capitolio, que aparentemente no
había tenido ningún problema en encontrar su despacho,
Manchin había necesitado que le indicaran el camino.
La For the People Act («ley Para el Pueblo»), para la
democratización real de las instituciones, de la
presidenta Pelosi450, llamada H.R.1, llevaba un tiempo
esperando en el Senado, después de haber sido aprobada
por el Congreso en marzo.
En cuanto se sentaron, Clyburn habló sin tapujos:
Manchin podía conservar su posición, en términos
generales, como protector de la libertad de voto. Pero era
intolerable que mantuviera aquella línea tan dura en
cuanto a los derechos de votación. Manchin debía ceder
en relación a los derechos de votación, que era un asunto
claramente constitucional y moral.
—Nunca te he pedido que cambies de opinión con
respecto a la libertad de voto —dijo Clyburn—. Pero me
gustaría ver que esa libertad de voto se aplica del mismo
modo a los derechos constitucionales que a los
presupuestos —dijo, en referencia al proceso de votación
por mayoría de la reconciliación presupuestaria—. A lo
que decidamos nosotros.
—Reconciliación. Esa es una palabra más fácilmente
aplicable a asuntos constitucionales que a la elaboración
de presupuestos.
Manchin le escuchó, pero no le hizo ninguna promesa.
Se mostró complaciente.
—Nos lo miraremos.
—Mira —le dijo Clyburn—, un país no tiene por qué ser
racista para tolerar el racismo. Y eso es lo que estamos
haciendo.
Dijo que las propuestas de votación de los
republicanos a nivel estatal eran claramente racistas.
Que había conocido a Strom Thurmond, el difunto
senador segregacionista de Carolina del Sur, de donde
procedía él también. Le dijo que Thurmond y él habían
conseguido incluso salvar sus diferencias.
—Strom y yo nos llevábamos muy, muy bien.
Manchin le confesó que no tenía ni idea de que
hubieran trabajado juntos.
—Trabajamos juntos para hacer cosas que había que
hacer en Carolina del Sur —le contó Clyburn—. Y
seguimos colaborando con sus hijos y su viuda. Yo aún
trabajo con su familia.
De hecho, Strom tenía una hermana llamada Gertrude
a la que Clyburn había conocido trabajando en el
gobierno estatal, décadas antes.
—Gertrude y yo trabajábamos juntos, en el mismo
despacho. Nuestras mesas estaban a apenas dos metros
de distancia. Y él siempre me decía: «A mi hermana
Gertrude le encantas, de verdad». Y yo le decía: «Bueno,
pues demuéstrame el amor que le tienes a tu hermana y
vayamos juntos en esto». E hicimos muchas cosas juntos
buscando financiación para el estado.
Clyburn mencionó a su mentor, el juez Richard Fields,
que seguía vivo. Tenía cien años. Había ido a una
universidad históricamente negra de Virginia Occidental.
—La Bluefield State —dijo Manchin.
—Yo recuerdo cuando la West Virginia State era cien
por ciento negra —dijo Clyburn—. Ahora esas
universidades son blancas en un 80 u 85 por ciento.
Manchin le aseguró que quería ser de ayuda:
—Yo estoy a favor de todo lo necesario para preservar y
proteger los derechos de sufragio.
Añadió que la ley de gran envergadura aprobada en
Georgia en marzo, con la firma del gobernador
republicano Brian Kemp, le había decepcionado. Esa ley
restringía el voto por correo y endurecía los requisitos de
identificación de los votantes, aunque los republicanos
argumentaban que potenciaba el acceso al voto al
aumentar en un día el periodo de votación presencial.
—Se cosecha lo que se siembra —dijo Manchin—. Si
cambiamos las reglas, hacemos algo, cuando los
republicanos vuelvan a tener el control harán lo mismo.
Me cuesta creer que no podamos encontrar republicanos
al otro lado del pasillo que estén de acuerdo en que
tenemos que tener unas elecciones justas, accesibles y
seguras.
—Bueno —respondió Clyburn—, yo solo te hago esta
sugerencia. Tú encuentra el modo de hacerlo.
La reunión duró una hora. Manchin saludó
amistosamente al marcharse, con su típico gesto amable
de exquarterback. Pero tampoco esta vez prometió nada.
Clyburn les dijo a sus colaboradores que no lo perdería
de vista.
Clyburn estaba cada vez más decepcionado e
indignado. Era el mayor paso atrás sufrido en décadas.
En total, desde las elecciones se habían aprobado casi
cuatrocientas leyes451 que restringían los derechos de
votación. Desde enero, se habían activado452 casi veinte
nuevas leyes y había decenas aprobadas o en proceso de
aprobación en ambas cámaras.
Trump y sus aliados habían puesto todas sus energías
en una auditoría de los votos del condado de
Maricopa453, en Arizona, impulsada por los
republicanos, en la que Giuliani estaba implicando a
legisladores y altos cargos del estado. En Georgia454, los
republicanos exigían más auditorías de cientos de miles
de votos de la zona de Atlanta.
—¿Vamos a declarar que es delito darle a alguien una
botella de agua si se pasa ocho horas haciendo fila para
votar? ¿Qué demonios es eso? Venga ya —exclamó
Clyburn.
En mayo, Manchin no se había movido de su posición
obstruccionista. Había emitido un informe de tres
páginas que debía servir como punto de partida de
nuevas negociaciones sobre una ley de sufragio acordada
entre los dos partidos. Stacey Abrams, demócrata de
Georgia, dijo que el informe de Manchin era un —
importante primer paso— para alcanzar un acuerdo.
El 22 de junio los demócratas no contaban455 con los
sesenta votos necesarios para aprobar la ley sobre
derechos de sufragio en el Senado.
Lo positivo, según algunos demócratas, era que el
asunto ahora estaba en el foco mediático. Podría ser una
piedra angular para Biden y el partido en la campaña de
2022.
Pero Clyburn quería más.
—¡La democracia está en juego y el Senado está
jugándosela! —les comentó a sus colaboradores, viendo
las dificultades de los demócratas—. Y el director de la
orquesta es un hombre llamado McConnell.
68
Biden envió a Blinken y a Austin, secretario de Estado y
secretario de defensa respectivamente, a la reunión de
ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN celebrada
en Bruselas el 23 y el 24 de marzo. Los treinta y seis
aliados de la OTAN tenían casi 10 000 efectivos
desplazados en Afganistán. El contingente
estadounidense era el mayor con 3500 soldados. Todos
los aliados habían demostrado su firme compromiso con
la guerra de Afganistán a lo largo de los últimos veinte
años.
—Escuchad atentamente y consultad —les pidió Biden,
convencido de la importancia de tener fuertes alianzas en
el panorama mundial.
Para Biden, uno de los errores más graves de Trump
había sido hablar mal de la OTAN y centrar el debate en
la contribución económica de cada país a la defensa
común.
En una reunión a puerta cerrada, Blinken se pasó tres
horas tomando notas.
—Esto es lo que estoy oyendo, señor presidente —le
dijo aquella noche en una llamada segura desde
Bruselas. No fue del todo una sorpresa, pero sí un golpe
de realidad. Dijo que había oído un clamor en sonido
cuadrafónico. Vamos, que resultaba apabullante. Blinken
tocaba la guitarra en una banda, Coalition of the Willing.
Según le dijo al presidente, los otros ministros
querrían que Estados Unidos aprovechara la retirada de
sus tropas para impulsar a los talibanes a un acuerdo
político. Lo ideal sería negociar la estructura básica de un
futuro estado afgano, una constitución, y unas reformas.
Los ministros tenían grandes esperanzas y hablaban de
elecciones, de derechos humanos y de los derechos de las
mujeres y de las niñas.
Aquello suponía una gran presión para Biden y para
Blinken.
Ya de vuelta en Washington, Blinken consultó a sus
colaboradores y a los expertos del Departamento de
Estado, y luego cambió su recomendación. Antes, había
apoyado plenamente la retirada total de la propuesta por
Biden. Su nueva recomendación era prolongar la misión
militar de Estados Unidos durante un tiempo para ver si
podían alcanzar un acuerdo político. Ganar tiempo para
negociar.
El secretario de defensa Austin también hizo una
nueva propuesta, una variación sobre el mismo tema.
Planteó una posición intermedia. En lugar de no hacer
nada, ¿por qué no plantear una retirada lenta, tomando
precauciones, en tres o cuatro fases, que facilite las
negociaciones diplomáticas? Una retirada con un mayor
nivel de seguridad también proporcionaría tiempo y
espacio para el proceso político, y cierta cobertura, por si
las conversaciones diplomáticas fallaban.
Mientras proseguía el debate interno sobre lo que
hacer con la guerra de Afganistán, Biden y Jake Sullivan
les pidieron a todos que respondieran a otra pregunta
básica: en el mejor de los casos, ¿cómo quedarían las
cosas si Estados Unidos se retiraba?
Los agentes de inteligencia de la CIA y del ejército
plantearon un posible acuerdo negociado entre el
gobierno afgano y los talibanes sin enfrentamientos
prolongados a gran escala. Los grandes centros de
población —Kabul y Herat— gozarían de una paz relativa
y disfrutarían de las mejoras en estabilidad conseguidas
en el transcurso de los últimos veinte años. El gobierno
central tendría mucho menos control del resto del país,
si es que lo conservaba. Eso, en el mejor de los casos,
pero nadie decía que fuera a ser la situación más
probable.
Otra pregunta que hicieron Biden y Sullivan fue: ¿qué
creéis que harán Rusia y China si Estados Unidos se va?
Según las agencias de inteligencia estadounidenses,
ambas potencias preferirían que Estados Unidos siguiera
en Afganistán. China y Rusia aprovechaban los
beneficios de una relativa estabilidad regional sin ningún
trabajo o inversión por su parte.
Pero también había que considerar los peores
escenarios posibles. Austin, Milley y los agentes de
inteligencia presentaron una larga lista de posibles
consecuencias negativas de la retirada. El pronóstico no
era muy halagüeño:
La guerra civil entre el gobierno afgano y los talibanes se amplía y se
potencia.
La capital, Kabul, y otras ciudades caen en manos de los talibanes, lo
que provoca la caída del estado afgano, en meses o años.
Se produce un enorme éxodo de refugiados y al menos 500 000
afganos abandonan el país. Algunos pensaban que sería el doble,
hasta un millón de personas.
Al Qaeda, ahora debilitada, se recompondría y recuperaría la
capacidad de atacar a Estados Unidos y a sus aliados.
Biden preguntó:
—¿Con qué antelación sabríamos de su capacidad para
realizar ataques terroristas?
Los agentes de inteligencia le dijeron que unos seis
meses.
—Es evidente que no podemos confiar en tener seis
meses —dijo Biden—. Quiero que pongáis en marcha un
sistema de vigilancia transhorizonte —en referencia al
sistema de monitorización y de seguimiento de la
capacidad de ataque de países vecinos— que nos permita
sofocar cualquier ataque y evitar la recomposición de Al
Qaeda o cualquier otra trama externa.
Austin les recordó a todos que, pese a la vigilancia
transhorizonte, los servicios de inteligencia y del ejército
perderían el control de un territorio que había sido
fundamental para Estados Unidos.
La presentación del peor escenario posible prosiguió:
Los afganos perderían sus derechos civiles.
Toda la región quedaría desestabilizada.
—¿Y qué hay de Pakistán? —preguntó Biden. En su
opinión, Pakistán era el estado más peligroso de la
región, debido a su arsenal nuclear.
La toma de Afganistán por parte de los talibanes daría
alas a los Tehrik-i-Taliban o TTP, los talibanes
pakistaníes. El TTP era un grupo de resistencia armada
al gobierno pakistaní acusado del asesinato de la ex
primera ministra de Pakistán Benazir Bhutto en 2007.
Las advertencias de los líderes militares y de los
agentes de inteligencia eran cada vez más funestas. Se
habían pasado décadas monitorizando y estudiando a los
talibanes. Sabían muy bien qué supondrían para el
pueblo afgano, especialmente para las mujeres.
Los derechos de las mujeres quedarían anulados, y las mujeres
afganas podrían ser azotadas en público, de rodillas en el famoso
estadio de fútbol de Kabul, o podrían dispararles en la cabeza ante la
multitud, como ya había ocurrido durante los años de gobierno
talibán. Los brazos y piernas cortados a los ladrones se exponían
para que la gente los viera.
Más de 16 000 escuelas abiertas en los últimos veinte años
quedarían cerradas o destruidas.
Era una apabullante lista de posibles desastre
humanos y consecuencias políticas.
—Vale —dijo Biden—, hablemos de las herramientas
de que disponemos para reducir esos posibles riesgos y
consecuencias.
Si las tropas estadounidenses se marchaban, dijo que
su objetivo era disponer en menos de seis meses de una
capacidad suficiente en la región del Golfo como para
responder a nuevos problemas sin necesidad de contar
con fuerzas desplegadas en el terreno en Afganistán. Así
Estados Unidos podría seguir vigilando los objetivos
terroristas en Afganistán y contar con una plataforma de
acceso para actuar y destruirlos en caso necesario.
Para acabar, Sullivan y los agentes del Centro de
Seguridad Nacional le presentaron a Biden dos informes:
uno con los principales motivos para quedarse y otro con
los principales motivos para retirarse. Ambos informes
se basaban en profundos debates entre las agencias
implicadas. Pero la historia de Biden con Afganistán
resultaría igual de decisiva, si no más.
En 2015, en una entrevista456, le preguntaron al
presidente ruso Vladimir Putin si los dieciséis años
pasados en la KGB habían influido en él. Su respuesta
fue memorable:
—No hay ningún episodio en la vida de nadie que pase
sin dejar huella.
Lo mismo podría decirse de los veinte años que había
pasado Biden tratando de la guerra de Afganistán como
presidente del Comité de Relaciones Internacionales del
Senado, de sus ocho años como vicepresidente y de sus
numerosos viajes al país.
Era mucho más que un episodio en la vida de Biden.
De especial importancia era el plan de revisión de la
estrategia en Afganistán, de tres meses de duración,
encabezado por el presidente Obama durante el primer
año de su presidencia. Como vicepresidente, Biden había
participado en todas las reuniones, se había leído todos
los informes de los servicios de inteligencia y se había
implicado enormemente. De modo sutil a veces, y en
otras no tanto, Biden había dejado claro que él
consideraba que no había que mandar muchas más
tropas, si es que había que mandarlas.
Un año más tarde, en 2010, Biden criticó en privado la
decisión de Obama de enviar 30 000 efectivos más. A su
modo de ver, era una trágica demostración de poder por
parte de los altos cargos de la seguridad nacional, a
expensas de un joven presidente. En su opinión, Obama
se había visto arrastrado por los «cinco bloques de
granito», cinco actores clave del momento. Se trataba de
la secretaria de Estado Hillary Clinton, el secretario de
Defensa Robert Gates, el presidente de la Junta del
Estado Mayor Conjunto Michael Mullen, el general
David Petraeus, que era comandante del Mando Central,
y el general Stanley McChrystal, comandante en jefe de
las tropas en Afganistán.
McChrystal había escrito457 un informe clasificado
sobre la guerra diciendo que sería un «fracaso» si no
conseguía decenas de miles de soldados más. Quería
40 000 más. Los otros cuatro bloques de granito —
Clinton, Gates, Mullen y Petraeus— respaldaban a
McChrystal.
En privado, Biden manifestó que, si tuviera que
escribir sus memorias, señalaría «con precisión y en
pocas palabras» el problema que veía en la posición de
los cinco.
—Yo no dejaba de insistir en que los talibanes no eran
Al Qaeda —dijo Biden. La insurgencia formaba parte de
una guerra civil interna, no del grupo terrorista que
amenazaba a Estados Unidos.
Biden recordaba su visita a Afganistán poco después
de ser elegido vicepresidente. Se reunió con David
McKiernan, en aquel entonces comandante de las fuerzas
estadounidenses, que dijo que no había visto ni rastro de
Al Qaeda en dieciocho meses.
Biden recordaba haberle preguntado después al
secretario de defensa Gates:
—Déjeme que le haga una sencilla pregunta. Si no
existiera Al Qaeda, ¿estaríamos gastando más de cien mil
millones de dólares en enviar a decenas de miles de
hombres y mujeres a Afganistán?
La respuesta fue sí. Aquello le impactó.
Gates argumentó que la gran presencia militar de
Estados Unidos contribuía a la estabilidad estratégica en
el subcontinente.
Biden había declarado:
—Esos bloques de granito partían de una premisa
básica, sobre la que apoyaban su tesis de que para
estabilizar Pakistán teníamos que demostrar que
estábamos preparados para derrotar a los talibanes. Es
algo absolutamente ilógico. Los pakistaníes fueron
quienes crearon a los malditos talibanes. ¿Cómo vamos a
afianzar Pakistán derrotando al grupo que ellos mismos
crearon y al que siguen apoyando?
Para justificar su petición de más tropas458, los
militares habían usado un juego de guerra clasificado
llamado Poignant Vision («Visión Penetrante») que
demostraba que, si no se enviaban al menos 40 000
soldados más, sería un desastre para la región.
Biden le dijo a Obama que los militares le estaban
vendiendo «memeces» sobre la guerra. Por su
experiencia de años en el Senado sabía que los militares
estaban agobiando a Obama con toda aquella jerga
técnica.
—Es como el niño que va a un colegio católico. Te
enseñan que tienes que confesarte con el cura. Y en
tercero aprendes cómo hacer tu penitencia. Ahora ya
puedes ir ahí, decirle que has robado una cadena de oro
al cura, y pasar por alto que había un reloj de oro al final
de la cadena.
Eso era lo que estaban haciendo los líderes militares,
según Biden.
—Así son esos tipos. Tienes que descubrir si hay un
maldito reloj de oro al final de la cadena. —Hay mucho
de todo esto que es nuevo para un presidente que había
entrado en el Senado en 2004 y que solo había sido
senador cuatro años antes de acceder a la presidencia—.
Seguían cuatro o cinco principios que en mi opinión no
tenían ningún fundamento.
Uno de ellos era seguir entrenando a los 400 000
agentes de las fuerzas de seguridad afganas y de la
policía. Pero eso no garantizaría que pusieran fin a la
contrainsurgencia, porque la capacidad de las tropas
estadounidenses era mucho mayor que la de las fuerzas
afganas.
Y si las fuerzas afganas no iban a poder tomar el
control nunca, Estados Unidos tendría que estar allí
siempre.
—Es un engaño por omisión, algo habitual —señaló
Biden.
Biden se pasaba horas a solas debatiendo con Obama,
en muchos casos durante su cita semanal para almorzar.
—Se creían que podían tomarnos el pelo a todos, con
sus juegos de guerra, pero yo aprovechaba mis charlas
del almuerzo. Y Biden no era el único que lo veía así.
Cuando los líderes militares afirmaban que también
necesitaban la plataforma que suponía Afganistán para
lanzar sus drones Predator, los aviones pilotados por
control remoto, el director de la CIA, Leon Panetta, dijo
que los drones podían controlarse desde otros países.
—Menos mal que aún tenemos al viejo Leon —dijo
Biden—, que ha levantado la voz para decir que él no lo
ve así.
El plan de revisión estratégica de 2021 seguía adelante,
y Biden básicamente se mostró de acuerdo con Blinken
en que tenían que asegurarse de que no tomaban una
decisión política unilateral.
Pero ahora la revisión había generado un ambiente de
temor. Se había creado un conflicto entre los dos bandos
creados en torno a Biden: retirarse sin más o dar una
última oportunidad a la negociación.
Tal como solían decir los militares: todas las opciones
son subóptimas. Ahora Biden tenía que elegir la menos
subóptima.
—No me comparéis con el Todopoderoso —le dijo
Biden a Blinken—. Comparadme con la alternativa.
69
Blinken volvió a hablar con los talibanes a través de
intermediarios en Doha, Qatar, con la propuesta de
retrasar la retirada de Estados Unidos. Los talibanes la
rechazaron, afirmando que, si iba más allá del 1 de mayo,
empezarían a atacar a las fuerzas americanas y en las
capitales de provincia.
Eso era lo último que quería Biden. Si se producían
nuevas bajas estadounidenses tras el año que llevaban
sin víctimas con Trump en el Gobierno, aquello podía
convertirse en un desastre político.
Blinken cambió de postura otra vez, y llegó a la
conclusión de que los 3500 efectivos estadounidenses
suponían un mínimo absoluto, insuficiente para plantar
cara a los talibanes. Diez mil soldados quizá sí bastaran,
pero no podía demostrarlo.
Biden le recordó a Blinken que seis años atrás, en
2015, cuando él era vicepresidente, estaban en la Sala de
Crisis de la Casa Blanca debatiendo si debían prolongar o
no la participación militar de Estados Unidos.
Los líderes militares habían planteado que debía
prolongarse un año más. Decían que lo último que
faltaba para que Afganistán fuera autosuficiente desde el
punto de vista militar y que pudiera avanzar por su
propio pie era conseguir que pudieran construir líneas de
producción propias y encargarse del mantenimiento de
los aviones. Y para eso se suponía que haría falta un año
más.
—Eso pasó hace seis años —le recordó Biden a
Blinken, señalando que aún no se había conseguido—.
¡Hace seis años!
No había un mejor ejemplo de cómo ocultaban los
militares el reloj de oro. Blinken hizo consultas con
algunos de los antiguos secretarios de Estado. Es un club
muy informal. Uno le preguntó:
—¿Alguien se acuerda de quién gobernaba Afganistán
el 10 de septiembre de 2001, el día antes de los atentados
terroristas? Los talibanes. Llevaban cinco años en el
gobierno. ¿Iba a entrar en guerra Estados Unidos para
derrocar a los talibanes porque no nos gustara lo que
estaban haciendo? No. ¿Por qué ahora sí?
—No fuimos a Afganistán para convertirlo en una
democracia jeffersoniana —concluyó Blinken.
Austin también estaba de acuerdo en que 3500
efectivos no bastaban para plantar cara. A principios de
abril de 2021, con Blinken y Austin apoyando de nuevo la
retirada total, Biden les dijo a sus asesores que era eso
precisamente lo que había decidido hacer. Las fuerzas
del Ejército de Tierra de Estados Unidos abandonarían el
país antes del 11 de septiembre de 2021, el vigésimo
aniversario de los atentados terroristas. Dijo que no
había oído que nadie le dijera que la situación fuera a ser
diferente en un año, ni en dos ni en tres. Que veía más
riesgo en quedarse que en marcharse. La cuestión era:
¿si no ahora, cuándo? Había demasiados quizás. Quizá
mejorara. Quizá pudiéramos salir del apuro. Quizás esto,
quizá lo otro. Habían conseguido rebajar
significativamente la amenaza de Al Qaeda, aunque no
hubiera desaparecido del todo. Sin embargo, la amenaza
terrorista se había desplazado a otras regiones de
Oriente Próximo. Las regiones de peligro más evidente
eran Somalia e Irán.
Biden señaló que sus predecesores también habían
querido retirarse. Obama lo había querido, dijo, y Trump
también. Sin embargo la decisión más fácil había sido
mantener las tropas desplegadas.
—Hay un recurso fácil, y ese es el motivo por el que
aún tenemos tropas en Afganistán. Lo fácil es demorar la
decisión —dijo—. Pero yo no me presenté a la
presidencia para hacer lo fácil.
Sin embargo, no dijo qué pasaría a continuación. El
desenlace no estaba claro, y él lo reconocía.
Su decisión y sus órdenes no se redujeron a un único
documento, un Memorándum de Seguridad Nacional
tradicional. El secretario Austin transmitió las órdenes
detalladas a los mandos del ejército, y se redactaron una
serie de informes llamados SOC (Sumarios de
Conclusiones) que recogían el resumen de las reuniones
y especificaban los requisitos para construir una
estructura de vigilancia transhorizonte, sin perder la
presencia en Kabul a través de la embajada.
Biden les confesó a sus asesores que la decisión no era
fácil. Pero Sullivan no tenía la impresión de que le
angustiara tanto. Biden parecía estar tranquilo con la
decisión que había tomado.
—Lo que podemos hacer es situarnos en la mejor
situación posible para afrontar la amenaza terrorista —
dijo Biden— y, con nuestro apoyo, poner a las fuerzas de
defensa nacionales afganas y al gobierno afgano en la
mejor posición posible para afrontar las amenazas que
puedan surgir del propio país.
El presidente del Estado Mayor Conjunto Milley
consideró que la revisión estratégica se había hecho de
forma objetiva y abierta.
—En esta guerra de Afganistán, la participación de
Estados Unidos en el terreno está llegando a su fin —les
dijo a sus oficiales—. La pregunta es: ¿se ha acabado esta
guerra para nosotros?
La respuesta de Milley fue muy parecida a la de Biden:
era demasiado pronto para saberlo, y resultaba difícil
predecir el futuro.
Aunque veía la posibilidad de llegar a una situación
terrible y desestabilizante, se sintió cómodo viendo que
el presidente no seguía su consejo.
—Solo porque el general lo recomiende, no quiere
decir que sea lo ideal. El presidente tiene una visión
mucho más amplia.
Milley habló con el Estado Mayor en el Tanque, la sala
de conferencias del Pentágono, sobre el la cuestión de la
autoridad presidencial para tomar las decisiones finales
en materia de seguridad nacional.
—Es algo que, como oficiales superiores del ejército,
tenemos que pensar —dijo Milley—. Nos encontramos
con un presidente que fue vicepresidente con Obama, y
con tipos como Blinken, Sullivan y esos otros que
ocuparon cargos de segunda y tercera fila en el gobierno
de Obama. Y todos ellos tienen claros recuerdos de su
primer año con Obama. Fue cuando el ejército y la
secretaria de Estado, Hillary Clinton, insistieron tanto a
Obama para que enviara 30 000 efectivos más a la guerra
de Afganistán.
»En esa época yo era coronel, y Mullen era presidente
de la Junta del Estado Mayor, y yo estaba en el sótano.
Presencié parte de todo esto. El almirante Mullen,
McChrystal y Petraeus, los tipos de uniforme, intentaban
acorralar a un presidente, un presidente nuevo y joven
de Chicago del que quizá (tampoco es que pudiera leerles
la mente) creyeran que podían aprovecharse para
forzarle a aumentar la presencia en Afganistán.
»Esto es lo que yo entiendo de lo que pasó, como
coronel Milley. Hay un par de normas que tenemos que
seguir: una es que nunca, jamás, hay que forzar a un
presidente de Estados Unidos. Siempre hay que darle
espacio para la decisión. Y número dos, tampoco hay que
pasarse de listo y publicar nuestros consejos en la
portada del Washington Post. Y por supuesto, menos
aún dando charlas en público. Eso no se hace. Hay que
dar consejo de manera honesta y desinteresada. En
privado y al presidente, cara a cara o a través de
documentos profesionales. Sin jueguecitos. Es lo que
hacemos los militares. No socavamos la autoridad del
presidente. No lo forzamos. Son las normas que
seguimos, así de simple. Y si alguien no quiere seguirlas,
va a tener que marcharse.
Sobre Biden, Milley dijo:
—Tratamos con un político veterano que lleva
cincuenta años en Washington, para bien o para mal. El
motivo de que muchas decisiones se tomaran en la Casa
Blanca fue el bloqueo del Congreso; fue un año negativo,
en el que la gente perdió la confianza. Y por eso hubo
tantas quejas de generales sobre microgestión durante el
gobierno de Obama.
Austin y Milley decidieron acelerar la retirada porque
sería más seguro para las tropas de Estados Unidos.
Esperaban que todas las tropas459 pudieran estar de
vuelta para mediados de julio. Un visitante que pasó por
el despacho de Austin declaró que se había encontrado al
nuevo secretario de Defensa «muerto de miedo» ante la
posibilidad de que algún día pudiera originarse un nuevo
atentado terrorista en Afganistán.
—Cuando alguien escriba un libro sobre esta guerra —
dijo Ron Klain a los demás—, empezará el 11 de
septiembre de 2001 y acabará el día en que Joe Biden
dijo: «Nos volvemos a casa».
Prácticamente, Biden estaba condenando a Afganistán
a la guerra civil y a un potencial colapso, pero Klain, en
una de las últimas reuniones, dijo que era esencial que
las familias americanas que se habían sacrificado por
esta guerra, especialmente las que habían perdido seres
queridos, no sintieran que Biden les estaba dando la
espalda. Tras anunciar públicamente la decisión de la
retirada, Klain recomendaba que Biden visitara
personalmente la Sección 60 del Cementerio Nacional de
Arlington y presentara sus respetos a los que habían
dado la vida en esta misión. Y que se asegurara de que
las familias lo veían.
El 14 de abril Biden dio un discurso de dieciséis
minutos460 dirigiéndose a la nación. En lugar de
convertirlo en un momento dramático, hablando desde
el Despacho Oval, habló desde la Sala del Tratado, por la
tarde.
—Soy el cuarto presidente de Estados Unidos que
gobierna con las tropas americanas desplegadas en
Afganistán: ha habido dos republicanos y dos
demócratas —dijo—. No voy a pasar esta responsabilidad
a un quinto.
»—Los últimos doce años, desde que me convertí en
vicepresidente, llevo conmigo una tarjeta que me
recuerda el número exacto de soldados americanos que
han muerto en Irak y Afganistán. El número exacto, no
una aproximación ni un número redondeado, porque
cada uno de esos muertos es un ser humano que ha
dejado atrás una familia. Y es necesario llevar la cuenta
exacta de cada uno de ellos.
»—A día de hoy, han muerto 2448 militares en
conflictos en Afganistán, y 20 722 han resultado heridos.
Es hora de poner fin a esta guerra interminable —dijo.
Luego Biden visitó461 el Cementerio Nacional de
Arlington y, con su mascarilla puesta, recorrió a solas la
Sección 60, donde están enterrados los muertos de
Afganistán e Irak.
—Aún hoy me cuesta entrar en un cementerio y no
pensar en mi hijo Beau —comentó Biden. Se giró hacia
los cientos de lápidas blancas, abrió los brazos y dijo—:
Miradlos a todos.
Lindsey Graham estaba furioso con Biden y Trump,
por la decisión final de retirar todas las fuerzas
estadounidenses de Afganistán. En su opinión, ninguno
de los dos se daba cuenta de las consecuencias que
tendría.
—Odio a Joe Biden por esto —declaró Graham—. Odio
a Trump. He perdido todo el respeto por Biden. Y gran
parte del respeto que sentía por Trump. —Este había
intentado retirar a todas las tropas americanas pero se
había encontrado con una enorme resistencia por parte
de los líderes militares.
Graham, que había hecho más de veinte viajes a
Afganistán en los últimos veinte años, estaba convencido
de que sabía más del conflicto que nadie en el Congreso,
y que la mayoría de militares. El problema, según dijo,
era:
—No se puede encontrar una solución aceptable para
los islamistas radicales. No se les puede apaciguar. Los
talibanes son un movimiento islámico radical, alejados
de todos los valores que nosotros defendemos. Que
oprime a las mujeres, que no tolera en absoluto la
diversidad religiosa y que devolvería Afganistán al siglo
XI si pudiera. Lo único que puedo decir es que un
movimiento de estas características acabará
hostigándonos de nuevo.
»Pensábamos que los talibanes no eran más que un
puñado de pirados. Pero los talibanes son un
movimiento islámico radical de alcance regional que no
tiene objetivos extraterritoriales, pero que crea un
ambiente permisivo para el terrorismo internacional.
Crearán la inestabilidad necesaria para el regreso de Al
Qaeda.
»Yo creo que los talibanes van a crear un refugio
seguro para los que quieren atacarnos.
»Hemos abandonado los mejores puestos de escucha
que podíamos tener para controlar el terrorismo
internacional, que son las bases de la CIA en la frontera
entre Pakistán y Afganistán.
Pero también dijo que lo entendía:
—El pueblo estadounidense quiere que volvamos a
casa. La gente está cansada.
»Temo por la estabilidad de Pakistán porque
Afganistán se desplazará hacia el sur. Pero habrá una
guerra civil. En algunas partes del país las mujeres
quedarán en unas manos muy peligrosas y toda esa
mierda aparecerá en la televisión americana. Biden y
Trump aparecerán como los promotores del movimiento
responsable del 11 de septiembre.
Graham dijo que tenía un objetivo más importante.
—Mi trabajo es conservar lo que queda del ala de John
McCain en el Partido Republicano, el ala de Ronald
Reagan que cree que Estados Unidos es un líder
indispensable. Que sacrificaremos lo que haga falta para
mantener nuestra seguridad y nuestros valores en todo el
mundo. Que esa idea de que podemos retirarnos de allí y
estar seguros aquí es una locura. Que si no entendemos
que el mejor modo de proteger Estados Unidos es estar
presentes en la trastienda del enemigo, asociados con
quienes rechacen el islamismo radical, somos idiotas.
»Si no se lucha por el rescate de Afganistán, los
traductores y todos los que acudieron en nuestra ayuda
para luchar por su país van a ser masacrados. Será una
mancha en nuestro honor. Eso es lo que creo.
El general retirado David Petraeus, que había
comandado las fuerzas estadounidenses en Afganistán y
que se había erigido en el arquitecto moderno de la
estrategia de contrainsurgencia que tanto criticaba
Biden, estalló de inmediato contra la decisión.
—¿De verdad vamos a permitir que las grandes
ciudades caigan en manos de los talibanes? La guerra
civil resultante será brutal, sangrienta, y tendrá todas las
terribles manifestaciones de una guerra nada civil.
»Tenemos un gobierno que habla de volver a apoyar la
democracia y los derechos humanos. Bueno, pues ya veo.
Aquí tenemos un lugar donde podríamos estar
defendiendo eso precisamente y donde la alternativa no
es nada halagüeña. ¿Y no queremos mantener a 3500
soldados? Eso demuestra que nuestro apoyo a la
democracia, a los derechos humanos y a los derechos de
las mujeres es bastante falso.
Lo de la vigilancia transhorizonte y la capacidad de
ataque era una ficción.
—Los drones tendrían que volar seis u ocho horas, y no
pueden recargarse en el aire. Eso es un grave problema.
¿Y no compensa tener desplegados 3500 soldados? Es un
error tremendo, trágico, que demuestra que no se dan
cuenta de la importancia de tener fuerzas
estadounidenses en el terreno y vigilancia aérea, un buen
apoyo por aire y otras plataformas de inteligencia. Será
como Saigón en 1975, cuando los helicópteros evacuaban
a los últimos estadounidenses de Vietnam. Solo que esta
vez los helicópteros estarán rescatando a
estadounidenses del tejado de la embajada en Kabul
justo antes de las elecciones al Congreso y al Senado en
otoño de 2022.
El expresidente George W. Bush dijo en público que la
decisión de Biden era un error462.
—Me temo que las mujeres y las niñas afganas van a
sufrir un daño inenarrable.
Biden no esperaba ver tantas críticas en la televisión y
en los periódicos. La gente que tanto protestaba pidiendo
que se pusiera fin a la guerra más larga ahora estaba
pendiente del futuro de los diversos colectivos afganos,
entre ellos el de las mujeres y niñas.
Él tenía la impresión de que habían pasado del
«tenemos que poner fin a esta guerra» al «¿qué vamos a
hacer con esta gente?». Se hablaba de ello con
grandilocuencia. Varios días después del anuncio,
Blinken y Sullivan se encontraban con el presidente en el
Despacho Oval. Aunque la decisión ya estaba tomada,
Blinken vio que Biden aún sufría por lo controvertido del
asunto.
—Señor presidente —dijo Blinken, intentando suavizar
la situación—, ha sido una decisión increíblemente dura.
—Se había hecho al estilo presidencialista americano—.
Yo le admiro por haberla tomado.
Tal como habían hablado, podía haber escurrido el
bulto, como habían hecho sus predecesores. Y sin
embargo había afrontado el problema.
Biden estaba de pie junto al escritorio Resolute.
Blinken se daba cuenta de que el presidente aún cargaba
con el peso de la decisión. Los presidentes vivían en el
mundo de lo subóptimo.
El presidente dio unas palmaditas sobre el escritorio.
—Sí —dijo—. La responsabilidad es mía, y la acepto.
70
El sábado 8 de mayo, Trump, Lindsey Graham y Gary
Player, el gran golfista sudafricano de ochenta y cincos
años ganador de nueve grandes torneos, se encontraban
en la calle del hoyo 10 del Trump International Golf Club
en West Palm Beach, Florida.
Trump había dejado la Casa Blanca ciento ocho días
antes y vivía en su mansión de Florida, entre las
ovaciones de los clientes del resort y del club del golf.
Mientras se sentaba a comerse su filete bien hecho o su
hamburguesa, la gente solía acercársele con el pulgar
levantado y le decía que era el presidente electo por
derecho. Le entregaban artículos impresos en los que se
afirmaba que se había producido un fraude electoral.
Player, un tipo de metro setenta463, era todo un fanático
del fitness. Aún podía levantar ciento sesenta kilogramos
en el press de piernas, y se permitió bromear con Trump
diciéndole: «Señor, pierda un kilito o dos», cuando el
expresidente le concedió la Medalla Presidencial de la
Libertad el día después de la insurrección en el Capitolio.
Player, amigo y partidario de Trump, sacó un palo de
rescate de la bolsa, de los que se usan para situaciones
delicadas.
—Así se cubren 150 yardas —dijo Player, señalando la
diferencia con las 250 yardas habituales—. Primero hay
que aflojar la mano. Se golpea con la cara del palo abierta
y se hace un swing más corto. Así la bola sube, y el
resultado es mejor que con un hierro nueve.
Player, apodado el Caballero Negro por ir siempre
vestido de ese color, hizo un swing corto, controlado. La
bola se elevó trazando un arco perfecto, cayó en el green,
dio un bote y fue rodando hasta el hoyo.
—¡Uau! ¡Uau! —exclamaron Trump y Graham, riendo
con ganas.
El golpe de Player —echándose atrás, suavizando el
impacto, reduciendo el swing con un palo más pequeño,
ejerciendo un mayor control— era una metáfora casi
perfecta de lo que Graham llevaba diciéndole a Trump
desde las elecciones.
—Señor presidente —le había dicho Graham esa
misma mañana—, este partido no va a poder crecer sin
usted. Pero tenemos daños que reparar.
En opinión de Graham, una interminable lluvia de
agravios y odio habían apartado a Trump del lugar que
debía ocupar. A menudo él mismo se preguntaba si
Trump sería consciente de los daños sufridos. ¿Sería
capaz de repararlos?
Trump cambió de tema; prefería hablar de las
elecciones de medio mandato, en 2022. Aún tenía en
mente las elecciones de 2020. Le habían hecho trampas,
repetía. Le habían robado las elecciones. Los
republicanos no le habían apoyado lo suficiente.
Volvió a denunciar con rabia a Mitch McConnell y a la
congresista Liz Cheney. Trump nunca perdonaría a
McConnell por haber dicho que su comportamiento en
los momentos previos al 6 de enero habían sido un
«desgraciado abandono del deber». Aquello había sido
una puñalada en la espalda.
Pence podía haberle salvado dejando la decisión en
manos del Congreso, añadió Trump.
—No —replicó Graham—. Mike Pence hizo lo que tenía
que hacer.
Trump no le hizo caso.
Graham se había acostumbrado a aquella rutina.
Trump siempre decía que le habían hecho trampas, que
le habían robado.
—Perdió unas elecciones muy competidas —dijo
Graham, quizá por centésima vez. Pero Trump también
hizo caso omiso a aquel comentario.
Graham tenía la impresión de que no reconocería
nunca la derrota, y estaba convencido de que podía
ayudarles más a Trump y al Partido Republicano
manteniéndose en la órbita del expresidente, aplacando
sus peores impulsos. Los republicanos necesitarían la
ayuda de Trump en 2022 para recuperar el Congreso y el
Senado.
Podría ser un mediador para los que no soportarían
estar en la misma sala que Trump, pero que tenían el
mismo objetivo: ganar. Además, Trump era divertido.
Aunque sus enemigos no le vieran la gracia.
Entre golpes, Player les habló a Trump y a Graham de
un nuevo campo de golf que estaba pensando construir
en la sabana sudafricana. Era un lugar muy bonito donde
los golfistas podrían avistar todo tipo de animales —
búfalos, leones, cebras, elefantes— paseando por la
pradera.
—¿Y qué pasará, Gary, cuando un par de leones miren
y digan: «¿Sabes? Ese tipo parece bastante robusto. Me
gustaría comérmelo. Vamos a comérnoslo» —bromeó
Trump.
—Bueno, hay vallas y todo eso.
—¿Quieres decir que no pueden trepar por una valla?
—preguntó Trump, escéptico.
—Si te subes a un jeep, ellos no se subirán al jeep —le
aseguró Player—. Pero si te bajas, te comerán.
—¿Y cómo sabes que no van a subirse al jeep?
—Yo no apostaría la vida.
Trump insistió:
—¿Llevas pistola?
—No —dijo Player.
—Bueno, pues yo sí —respondió Trump.
Graham no había oído a Trump riéndose tanto y
pasándoselo tan bien en mucho tiempo. Estaba de buen
humor, ocurrente. No se hablaba de la presidencia. Nada
de tuits. Curiosamente la expulsión de Twitter y
Facebook había tenido un efecto liberador, o eso decía.
—He descubierto que ahora tengo horas para hacer
otras cosas —le había dicho en otra ocasión.
El golf era su mayor distracción, y ese día Trump se
había llevado a un donante de fondos al partido y un
caddy. Player llevaba consigo a su nieto. Seis hombres,
con sus carritos de golf cruzando el campo durante horas
mientras las bolas de golf volaban por todas partes, como
en un aeropuerto con un tráfico aéreo excesivo.
Gary Player hizo un resultado de 68, cuatro bajo par.
Trump quizá 6 sobre par. Graham hizo 6 hoyos buenos, 6
malos y otros 6 regulares.
—Un resultado regular, nada del otro mundo —dijo.
Trump había criticado el swing de Graham—. Te lanzas
sobre la bola.
Tras la partida, Graham siguió insistiendo:
—Cuando gana más fuerza es cuando habla de sus
políticas —le dijo a Trump. Tenía una lista—. Reforzar las
fronteras para evitar el caos, la reforma fiscal, menos
interferencia con otras agencias, controlar a Irán, plantar
cara a China.
Los demócratas y Biden abarcaban demasiado, eran
demasiado radicales, dijo Graham.
—Tal como están actuando los demócratas, nos van a
meter de nuevo en el juego —aseguró, y fue más allá—. Si
las elecciones se celebraran el martes próximo,
ganaríamos el Congreso. Vamos a tener buenas
posibilidades de regresar y hacernos con el Senado. Pero
no podemos hacerlo sin usted, señor presidente. Tiene
que ayudarnos. Va a tener que centrarse en el futuro, no
en el pasado, para aumentar nuestras posibilidades de
éxito.
Graham era como el tutor de un alcohólico haciendo
esfuerzos para que su paciente no se tomara ninguna
copa más. Trump, en cambio, estaba siempre dispuesto a
echar un traguito del pasado.
—Tiene que decidir a quién debe apoyar y a quién no
—dijo Graham—. Tiene que contar con el mejor equipo
posible. Le interesa que ganemos en el Congreso y en el
Senado, y eso significa que el 6 de enero no habrá
significado su muerte política, si el partido consigue
regresar.
Y ahí estaba la clave:
—El mejor modo de hacer eso es escoger a personas
que puedan ganar en sus respectivos estados, en sus
distritos. Y quizá no sean las personas que mejor le
caigan, pero tienen que ser los que puedan ganar.
Trump iba a tener que apoyar a algunos que no
siempre se hubieran declarado trumpistas, o incluso que
no fueran aliados suyos.
—Tiene que apoyar a la mayoría de mis colegas —
añadió Graham.
En total, en ese momento había 15 senadores464
republicanos que se presentaban a la reelección, entre
ellos Lisa Murkowski, que había votado a favor de
condenar a Trump en febrero.
—No —dijo Trump sobre Murkowski—. A esa desde
luego que no.
Había sido muy desleal, y desagradecida con todo lo
que él había hecho por Alaska, como dar vía libre a la
exploración de yacimientos de petróleo y gas.
Graham le dijo a Trump que en Georgia estaba
intentando reclutar a Herschel Walker, un tipo que le
gustaba mucho al expresidente. Walker, exjugador de
fútbol americano considerado uno de los mejores de la
historia, era también un viejo amigo de Trump.
La candidatura de Walker marcaría un antes y un
después en el Partido Republicano. Era un
afroamericano famoso y conservador. Pero, en
Washington, a muchos asesores veteranos les
preocupaba su pasado y su salud mental. Una vez había
declarado en la ABC que cuando tenía invitados en casa
le gustaba jugar a la ruleta rusa465, con una pistola
cargada que se apoyaba en la sien. Había apoyado las
alegaciones466 de fraude electoral de Trump y su lucha
por «impedir el robo». En 2022, la carrera electoral en
Georgia exigiría disciplina.
Graham también le dijo a Trump que debía trazarse
una agenda política del «America First» basada en el
«Contract with America», el ambicioso plan conservador
redactado por Newt Gingrich que especificaba las leyes
que aprobarían los republicanos si volvían a ganar en el
Congreso. Seis semanas después de su publicación, los
republicanos derrotaron a los demócratas en las
elecciones de medio mandato, haciéndose con 54
escaños467 en el Congreso y el control de ambas
cámaras.
Tras una hora y media, el seminario posgolf de
Graham había llegado a su fin. Había dejado claro lo que
pensaba.
—También puedo liarme a tortas y plantar cara por él
—dijo Graham, después de que se fuera Trump—. Pero
siempre soy el que le empuja para que adopte la posición
menos beligerante.
»Si quiere presentarse en 2024, tendrá que afrontar
sus problemas de personalidad. Es más fácil afrontar los
problemas de personalidad de Trump que dejar que el
partido reviente, que pasar por una guerra civil. Si
alguien intenta sacar a Trump del Partido Republicano,
se iniciaría un movimiento para la creación de un tercer
partido político.
»En cuanto a política, nos encontramos en un punto
bastante bueno. Pero tenemos al capitán del equipo
bastante perjudicado.
Desde luego Trump no estaría en absoluto de acuerdo.
—¿De verdad los resultados son tan buenos? —le
preguntó el 16 de junio Trump a John McLaughlin, que
llevaba mucho tiempo analizando los estudios de opinión
para él. Estaban en una sesión informativa en su club de
golf en Bedminster, Nueva Jersey.
—Sí —confirmó McLaughlin, asintiendo y señalando el
informe elaborado por su equipo sobre la encuesta
realizada el 21 de mayo468 entre votantes republicanos,
que decía que el 73 por ciento deseaba que se volviera a
presentar en 2024. Y el 82 por ciento decía que le
apoyarían en las primarias si se presentaba. McLaughlin
pasó a la página siguiente. La pregunta planteada a los
votantes republicanos era: «Pensando en las primarias
republicanas de 2024 para la presidencia, si esas
elecciones se celebraran hoy, con los siguientes
candidatos, ¿por quién votaría?».
El resultado mostraba que Trump dominaba la disputa
entre posibles contendientes: entre más de una docena
de candidatos, el 57 por ciento lo elegía a él. Mike Pence
aparecía en segundo lugar, con solo el 10 por ciento. Ron
DeSantis, gobernador de Florida, figura emergente,
ocupaba el tercer lugar con un 8 por ciento.
—¿Alguna vez has visto resultados así? —le preguntó
Trump.
—No —dijo McLaughlin—. Estas cifras, sus cifras, son
mejores que las que obtuvo Reagan. En muchos
aspectos, usted es un presidente más conservador que
Reagan. Ha transformado el Partido Republicano en el
partido de los trabajadores y trabajadoras de América,
mientras que Reagan siempre trabajó para atraer a los
demócratas reaganistas y a los votantes de clase obrera.
Aquel no era un encuentro esporádico. Trump
mantenía activo su operativo político, aunque hubiera
disminuido significativamente de tamaño desde que
había abandonado la presidencia.
Otras encuestas mostraban que Trump contaba con un
gran apoyo de los republicanos, pero también había otras
consideraciones. Una encuesta realizada en abril por
NBC News y el Wall Street Journal entre votantes
registrados de todo el país daba a Trump un 32 por
ciento de valoraciones positivas y un 55 por ciento de
valoraciones negativas, frente al 50 por ciento de
valoraciones positivas y el 36 por ciento de negativas de
Biden.
—Cuanto más le atacan, más se refuerzan sus bases —
le dijo McLaughlin—. Más se intensifican. No va a perder
sus apoyos.
McLaughlin llevaba semanas insistiéndole a Trump en
que el apoyo con que contaba Biden podía acabar
desapareciendo como le sucedió a Jimmy Carter poco
antes de las elecciones de 1980, cuando la crisis de los
rehenes en Irán provocó una crisis en su gobierno, y
Ronald Reagan acabó ganando.
—El péndulo volverá al otro lado, señor presidente —le
dijo—. Hay que tener paciencia. Dar tiempo, esperar y
ver. La gente se arrepentirá de haber votado a Biden. Las
vacunas son cosa suya. Usted es quien dejó el país en
posición ideal para el rebote económico. Biden no se
puede otorgar el mérito de eso.
Kellyanne Conway seguía formando parte del círculo
íntimo de Trump.
—Mi Kellyanne, mi Kellyanne —solía decir, cuando la
llamaba tras una partida de golf.
Dado que Conway había dejado la Casa Blanca el año
anterior y no se había unido formalmente a la campaña
de 2020, se había distanciado un poco de la derrota de
Trump, cinco años después de haber gestionado su
campaña, en 2016.
—Si quiere decir «mi Kellyanne», no pasa nada —le
respondió—. Pero necesito que me vea con otros ojos.
Ya no estaba en nómina, y desconfiaba de los asesores
que contaban con la colosal estructura de financiación de
Trump para mantener su estatus tras la campaña.
—Yo soy una de las personas, si no la única, que ha
estado cerca de usted sin llevarse ni un céntimo de los
1400 millones invertidos en su campaña de reelección.
—Vale —dijo Trump—. Entendido.
—Hay ocho o diez cosas que tiene que saber. Hay que
volver a lo esencial. ¿Por qué ganó en 2016? Ganó
porque tiene esa capacidad de comunicación con el
pueblo. El pueblo suele sentirse olvidado. Usted les dio
protagonismo. De hecho, se beneficiaron
económicamente, culturalmente, emocionalmente.
Registraron un impulso económico y social mientras
usted fue presidente. Y son los que más han sufrido su
pérdida.
»Son los que más han sufrido porque son los mineros
del carbón, los trabajadores de las fundiciones y de las
centrales eléctricas. Son la gente de salario medio. Los
que no tienen un hijo, sino tres o cuatro, y van a perder
su movilidad económica.
Ya estaba bien de lamentarse, de obsesionarse con las
elecciones. Había que hablar de los problemas reales.
Recuperar el apoyo de las mujeres suburbanas que le
habían apoyado en 2016. Volver a hablar con rabia de
China, y no de Georgia.
Trump dijo que le agradecía el consejo. Sentía cierta
nostalgia de su campaña de 2016, cuando iba de un lado
a otro en su avión privado, acompañado únicamente de
un puñado de colaboradores, de mitin en mitin. Quería
recuperar aquello, ser el forastero recién aterrizado en la
política. Su campaña de 2020, en cambio, tenía un aire
más institucional.
—Por eso te vas a ocupar de todo la próxima vez,
cariño —le dijo Trump.
Conway se rio, pero no le prometió nada.
—Mire, usted fue el candidato aspirante ambas veces,
aunque la segunda fuera el presidente de Estados
Unidos. Y la segunda vez lo que no tenía era la sed de
victoria, el desparpajo. Y no es que le faltaran medios o
personal. De hecho, Arlington —donde tenía su sede de
campaña— se convirtió en Brooklyn —donde la tenía
Hillary Clinton en 2016—, prácticamente.
—¿Qué quieres decir?
—Que Trump 2020 recordaba a Hillary 2016.
Demasiado dinero, demasiado tiempo, demasiado ego.
Más adelante, de nuevo en el campo de golf, con sus
amigos y sus donantes, Trump les dijo a sus compañeros
de partida que estaba pensando en usar su Boeing 757
privado para burlarse de Biden. Como un Air Force One
en la sombra, volando por todo el país de cara a las
elecciones de medio mandato de 2022.
—Al pueblo americano le encanta ese avión —dijo—.
Estoy pensando en pintarlo de rojo, blanco y azul. Como
el Air Force One, como yo creo que tendría que ser el Air
Force One.
»—Esa es mi marca. Yo no voy en avioncitos de
empresa. No voy a presentarme en un pequeño
Gulfstream, como un presidente de empresa cualquiera.
71
—No me gustó que me llamara asesino —le dijo el
presidente ruso Vladimir Putin al presidente Biden el 13
de abril, en una llamada telefónica.
A Biden le habían preguntado469 en una entrevista
para ABC News si pensaba que Putin era un asesino y
había respondido «sí».
—Me hicieron una pregunta —le dijo Biden a Putin—.
Y di una respuesta. Era una entrevista sobre un tema
completamente diferente. Y no fue algo premeditado.
Como si eso mejorara la situación. El Kremlin había
calificado470 aquello de insulto sin precedentes y había
llamado a consultas a su embajador en Estados Unidos.
Putin además le devolvió el golpe, diciendo en público
que «para reconocer a un asesino, nadie mejor que otro
asesino471», y despotricó sobre el trato que daba el
gobierno de Estados Unidos a los nativos americanos, y
sobre la decisión de lanzar bombas atómicas sobre Japón
durante la Segunda Guerra Mundial.
La llamada formaba parte de una campaña de Biden
para que Putin se diera cuenta de que la relación que iba
a tener con él sería más fría que la que tenía con Trump.
Antes de hacerla, Biden le había dicho a Jake Sullivan
que quería plantear una nueva estrategia para Rusia.
¿Qué intentamos conseguir?
—Demos un paso atrás. No estoy buscando un nuevo
punto de partida —dijo Biden, en referencia al enfoque
de Obama—. No espero tener buenas relaciones, pero sí
quiero encontrar una manera de proceder estable y
predecible con Putin y con Rusia.
Como primer paso, Biden les pidió a las agencias de
inteligencia que comprobaran la veracidad de ciertas
acciones recientes supuestamente emprendidas por
Rusia.
Las agencias de inteligencia le informaron de que
podían asegurar con un alto nivel de convicción que
Rusia estaba detrás de tres importantes agresiones: el
envenenamiento del líder opositor Alexey Navalny, los
ciberataques masivos que habían afectado a 16 000
sistemas informáticos en todo el mundo permitiendo que
Rusia los espiara y la interferencia en las elecciones
presidenciales de 2020 para ayudar a Trump.
Durante su llamada a Putin, en abril, Biden planteó las
acusaciones.
—Se equivoca en todo —dijo Putin—. No tiene ninguna
prueba. Nosotros no interferimos en sus elecciones. No
hicimos nada de eso.
Biden no le dio credibilidad.
—Le advierto que vamos a dar una respuesta —dijo, y
describió una serie de sanciones agresivas—. Se
producirán esta semana, y quiero que lo sepa por mí
directamente. Y se deben, específicamente, a las cosas
que han hecho ustedes. Ya dije que respondería, y estoy
respondiendo.
También le advirtió a Putin que no iniciara una nueva
incursión militar en Ucrania.
Putin siguió negándolo rotundamente y dijo que le
había sentado muy mal que le llamara asesino.
—Veámonos —dijo Biden, que le propuso una reunión
cara a cara—. Usted y yo. Usted me plantea sus
preocupaciones y yo le planteo las mías. Sobre cualquier
tema. Nos sentamos cara a cara y lo hablamos.
—A ver si lo entiendo —respondió Putin—. ¿Quiere que
quedemos y hablemos de todos los problemas de nuestra
relación? ¿De todos?
Sullivan, que estaba escuchando, pensó que Putin,
siempre desconfiado, quería asegurarse de que aquello
no era una trampa. Biden le aseguró a Putin que sería un
diálogo abierto. Sabía que Putin era consciente de que la
reunión demostraría que el presidente estadounidense lo
respetaba. Ya se habían visto diez años atrás, en 2011,
cuando Biden era vicepresidente y Putin ejercía
temporalmente de primer ministro.
Más tarde Biden declaró472 al New Yorker que
durante esa reunión le había dicho:
—Señor primer ministro, le miro a los ojos y me
convenzo de que usted no tiene alma.
Como respuesta, Putin había esbozado una sonrisa y le
había dicho, a través de un intérprete:
—Nos entendemos bien.
Para Biden, que un presidente de Estados Unidos se
reuniera con el líder ruso era algo normal. Aunque la
potencia económica de Rusia tendiera a la baja, con un
PIB de menos del 10 por ciento del estadounidense, el
país aún contaba con más de 2000 armas nucleares
estratégicas y miles de otras armas nucleares tácticas
menores. También contaba con un gran número de
unidades militares convencionales y no convencionales
desplegadas por todo el mundo.
—Muy bien —le respondió Putin por fin—. A mí
también me gustaría celebrar esa reunión. Que nuestros
equipos se pongan a prepararla.
Biden solía citar473 la popular frase de Tip O’Neill,
antiguo presidente del Congreso, de que toda la política
es local.
—¿Saben? —dijo Biden—. Toda la diplomacia es
personal. Al final, hay que desarrollar esas relaciones
personales.
El 15 de abril474, la Casa Blanca y el Departamento del
Tesoro anunciaron sanciones contra el Banco Central
Ruso, el Ministerio de Economía, su fondo soberano de
inversión, seis compañías tecnológicas y treinta y dos
entidades e individuos por intentar influir en las
elecciones presidenciales de 2020, y contra ocho
individuos y grupos implicados en la ocupación rusa de
Crimea y en la consiguiente represión de sus habitantes.
Poco después, Biden y Putin anunciaron475 que se
reunirían el 16 de junio en Ginebra, Suiza.
—Sé que se ha hablado mucho476 de esta reunión, pero
para mí no tiene demasiado misterio —les dijo Biden a
los reporteros el 16 de junio, a orillas del lago, tras la
reunión—. En primer lugar, tal como sabéis los que
lleváis un tiempo siguiéndome, no hay nada que pueda
reemplazar a un diálogo cara a cara entre líderes. Nada.
Y el presidente Putin y yo compartimos una
responsabilidad especial, la de gestionar la relación entre
dos países poderosos y orgullosos, una relación que debe
mantenerse estable y predecible.
—¿Por qué confía tanto477 en que él cambiará de
actitud, señor presidente? —le preguntó Kaitlan Collins,
jefa de corresponsalía de la CNN en la Casa Blanca.
Biden, que ya estaba marchándose, volvió al estrado,
irritado.
—No confío en que cambie de actitud —dijo, mirando
fijamente a Collins y señalándola con el dedo—. ¿De
dónde narices… a qué os dedicáis vosotros? ¿Cuándo he
dicho que confiaba? He dicho…
—Ha dicho que en los próximos seis meses podrá
determinar…
—He dicho… lo que he dicho es… a ver si nos
aclaramos. He dicho que lo que hará que Rusia cambie
de actitud es que el resto del mundo reaccione y les
otorgue un papel menor en el mundo. No es que confíe
en nada; simplemente estoy planteando un hecho.
—Pero, dado que su actitud en el pasado no ha
cambiado —insistió Collins—478, que en la rueda de
prensa, tras pasar varias horas sentado con usted, ha
negado cualquier implicación en los ciberataques, ha
quitado importancia a los abusos contra los derechos
humanos y que incluso se ha negado a pronunciar el
nombre de Aleksey Navalny, ¿cómo podemos decir que
la reunión ha sido constructiva, si el presidente Putin
prácticamente la ha saboteado?
Biden le espetó a la reportera, de veintinueve años:
—Si usted no lo entiende, ha escogido la profesión
equivocada.
En Twitter los cortes de vídeo de la rueda de prensa se
hicieron virales. Ese mismo día, de pie junto al Air Force
One, Biden dijo:
—Debo una disculpa a la periodista que me hizo la
última pregunta. No tenía que haber sido tan
impertinente con mi última respuesta.
Collins dijo que la disculpa era innecesaria.
El episodio sirvió de recordatorio del historial de
meteduras de pata de Biden, que últimamente parecía
haberse frenado, ya que desde que era presidente solía
ceñirse al guion.
Ese aspecto de Biden —su tendencia a mostrarse
irritable o a introducir declaraciones polémicas— seguía
presente en él, y ahora formaba parte de su presidencia.
Varios colaboradores suyos manifestaron en privado que
Klain y Dunn estaban trabajando para resolver el
problema, manteniéndolo alejado de eventos no
guionados y evitando entrevistas largas. Ellos llamaban a
ese efecto «el muro», una iniciativa destinada a proteger
al presidente de sí mismo.
Pero el Biden que hablaba fuera del guion a veces
hacía su aparición.
—A los progresistas no les gusto479 porque no estoy
dispuesto a seguir lo que yo, como ellos, llamaría una
agenda «socialista» —le dijo a David Brooks, columnista
del New York Times, en mayo.
Sus comentarios molestaban a muchos progresistas
porque usaba la palabra «socialista» para referirse a
ellos.
A finales de junio, Biden anunció480 que había
alcanzado un gran pacto bipartito sobre infraestructuras
con senadores republicanos, pero poco después dio la
impresión de que el acuerdo quedaba invalidado, al decir
que quedaba supeditado a un paquete de gasto mayor
que habría que aprobar mediante la reconciliación
presupuestaria.
—Hay que hacer ambas cosas —declaró—, y voy a
trabajar estrechamente con la presidenta Pelosi y con el
líder de la mayoría, Schumer, para asegurarme de que
ambos impulsan el proceso legislativo en tándem. Y
déjenme que haga hincapié en eso: en tándem.
Sus declaraciones sorprendieron a algunos
demócratas, que siempre veían una doble
intencionalidad en cada estrategia. Y molestaron a los
republicanos, a quienes no les gustó que añadiera una
condición después de hacer una declaración tan
triunfalista sobre un gran pacto entre ambos partidos.
Steve Ricchetti se pasó días al teléfono, reparando las
relaciones de la Casa Blanca a ambos lados del pasillo
central y manteniendo vivas las conversaciones. Al final
Biden publicó un informe de 628 palabras481 para
aclarar su posición.
McConnell criticó482 las evasivas del presidente:
—Casi hace que te dé vueltas la cabeza —dijo.
Pero Biden insistía: las infraestructuras eran una parte
fundamental, imprescindible, de su agenda. Se puede
cometer un error, pero hay que seguir adelante.
—¡Arriba!
Y a veces hay que enfrentarse a algún tropiezo,
literalmente.
El 19 de marzo, Biden cayó de rodillas483 al subir por
las escaleras del Air Force One, cuando se disponía a
viajar a Atlanta. Se puso en pie, subió unos peldaños más
y se volvió a caer.
Los republicanos ridiculizaron a Biden y disfrutaron
con la grabación en vídeo, sobre todo porque los agentes
de campaña de Biden se habían reído en alguna ocasión
del paso vacilante de Trump durante la carrera
presidencial de 2020.
La Casa Blanca aseguró484 a los reporteros que Biden
se encontraba «bien al cien por cien». No obstante, a él
no le había gustado nada aquello. Más tarde contaría que
una vez dentro del avión se había quedado murmurando,
enfadado.
—Mierda —susurró Biden—. ¡Mierda!
Y lo dijo lo suficientemente fuerte como para que le
oyeran otros.
El asunto ruso seguía pendiente. Los servicios de
inteligencia de Estados Unidos pudieron relacionar un
enorme número de ataques para el cibersecuestro de
datos con delincuentes rusos, que bloqueaban
electrónicamente el acceso a los ordenadores a menos
que se pagara un rescate, en muchos casos de millones
de dólares. Y eso suponía un enorme problema. No era
solamente una guerra cibernética; también era una
guerra económica. No tenían pruebas que vincularan a
los servicios de inteligencia rusos ni a Putin
directamente, pero era evidente que Putin ejercía un
control férreo sobre todo lo que ocurría en Rusia.
El 9 de julio el presidente Biden y Putin hablaron por
una línea segura de teléfono. Biden le exigió a Putin que
actuara contra los delincuentes rusos implicados en
aquellos ataques cibernéticos.
—Si usted no puede o no quiere hacerlo, lo haré yo —
dijo Biden—. Solo quiero dejarlo claro, para que no haya
ambigüedades.
Al final de la conversación, Biden añadió:
—¿Sabe, señor presidente? Los grandes países también
tienen grandes responsabilidades. Y grandes
vulnerabilidades.
Estados Unidos tenía una capacidad ofensiva
cibernética formidable, y Putin lo sabía. Biden lo dejó
ahí. Era lo más que iba a acercarse a lanzar una amenaza
directa al presidente ruso.
Biden se había pasado toda su vida intentando
alcanzar la presidencia. Pero, una vez en la avenida de
Pensilvania 1600, sus colaboradores principales se
dieron cuenta de que se encontraba incómodo. Echaba
de menos Delaware. Su casa. En su círculo íntimo, Biden
empezó a llamar a la Casa Blanca «la tumba». Era un
lugar frío, solitario. El virus hacía imposibles los eventos
sociales, al menos al inicio, cuando estaban solos él y Jill
y sus dos pastores alemanes. Recibían visitas de
familiares, pero el recuerdo de una vida tranquila en
Delaware, donde disfrutaba comiendo helado de
chocolate recién sacado del congelador por la noche, le
resultaba mucho más atractivo. Biden no dejaba de decir
a sus colaboradores y amigos que el personal de la Casa
Blanca era estupendo. Todo el mundo era muy amable.
No dejaban de preguntarle si quería algo, o si podían
traerle algún tentempié. Era como un hotel elegante.
Incluso los aposentos privados, que no había visitado
nunca durante sus ocho años como vicepresidente,
daban esa imagen. Las bonitas alfombras. Los cuadros
en las paredes. Las aparatosas lámparas de araña. Todo
aquello le recordaba el Waldorf Astoria.
—No estoy acostumbrado a quitarme el abrigo y que
alguien venga y me lo coja para colgarlo —contó Biden—.
Pero son todos muy agradables.
La mansión del vicepresidente, a cuatro kilómetros de
la Casa Blanca, en un terreno arbolado de cinco
hectáreas, se ajustaba más a su gusto, algo más informal.
Enseguida cogió el hábito de pasar los fines de semana
en Wilmington. Se subía al Marine One, volaba hasta
Andrews y volvía a casa, donde podía dar paseos y hacer
largas llamadas telefónicas a viejos colegas senadores de
Delaware que seguían llamándole Joe.
—No se siente cómodo viviendo en la Casa Blanca —
contaba Ron Klain—, con todo ese personal. Él no es así.
Le gusta vivir en una casa normal. Joe Biden siempre ha
tenido la necesidad de sentirse en el trabajo o en casa. Y
en la Casa Blanca es como si estuviera en la casa de otro.
Biden tenía una confianza ciega en sus asesores más
próximos, que habían trabajado con él durante décadas.
Todos se conocían. Lo conocían a él. Y lo que compartían
no podía verse afectado por un mal día, o por cualquier
desastre que se produjera.
Había motivos para la esperanza485. El 20 de enero,
día de su nombramiento, en Estados Unidos se
registraron 191 458 nuevos casos de covid-19 y 3992
nuevas muertes. Hacia finales de junio la tasa de muertes
diarias en Estados Unidos había caído por debajo de los
trescientos, lo que suponía un descenso espectacular, de
más del 90 por ciento, y eso se debía en gran medida al
éxito del programa de vacunación.
Los Centros para el Control de Enfermedades
anunciaron486 que la gente con la pauta completa de
vacunación podía reunirse y retomar sus actividades sin
mascarilla. Se reabrieron negocios, y los restaurantes y
cafeterías aceptaron de nuevo a clientes en el interior.
Volvió la actividad a las calles. Sin embargo, aún no
estaba clara cuál sería la evolución de la pandemia. La
variante Delta, agresiva y muy contagiosa, amenazaba al
mundo. Las dudas y la oposición planteadas por muchos
ante las vacunas podría acabar impidiendo que Estados
Unidos alcanzara la inmunidad de rebaño. Seguía sin
estar clara la efectividad de las vacunas a largo plazo en
caso de mutaciones del coronavirus.
—Ahora cada día se presenta en la oficina con un
«espacio emocional intermedio» —comentó un día Klain
a sus allegados.
No era solo una impresión de Klain; así es Biden.
También en su papel de presidente, es un hombre
emocional, que expresa lo que siente sobre cualquier
tema. Ese «espacio emocional intermedio» no resultaba
natural en él.
—Ninguna noticia que le dé puede ser peor que las que
ha recibido tantas veces a lo largo de su vida —dijo Klain
—: la muerte de su primera esposa y de su hija en 1972, o
la muerte de Beau, en 2015. Del mismo modo, tampoco
le puedo dar noticias que no sean mejores que otras que
ha recibido en otros momentos de su vida.
Por ejemplo la de que, apenas nueve meses después de
acabar quinto en las primarias de New Hapshire,
consiguiera resultar elegido presidente de Estados
Unidos.
72
—Su problema es el exceso de dramatismo —le dijo
Lindsey Graham a Trump en otra de sus interminables
llamadas telefónicas, ya convertidas en rutina, a finales
de verano—. Demasiada volatilidad. Si quisiera, podría
resolver sus problemas mucho más fácilmente que
Biden.
»No deja de decir que le robaron las elecciones, que le
hicieron trampa. Perdió unas elecciones por poco.
»Ha jodido su presidencia.
Trump le colgó el teléfono de golpe.
Al día siguiente, fue él quien llamó a Graham.
—Mire, no le culpo —dijo Graham—. ¡Yo también
habría colgado!
Había sido duro, pero Graham le recordó a Trump que
estaba de su lado, que era su amigo incondicional.
Estaba intentando rehabilitarlo. Si Trump volvía con otro
tono y otro enfoque, ¿qué podría suceder?
Trump le respondió diciendo que a sus seguidores les
encantaba su personalidad.
—Si cambiara, perdería a mis bases —dijo—. Ellos
esperan que luche, que sea rebelde. —Y era algo que
llevaba dentro. No había jodido nada. Le habían robado
las elecciones.
La noche del martes 22 de junio, Trump y Graham
tuvieron otra larga conversación telefónica.
Graham quería que Trump cambiara su modo de
hablar sobre Biden. Le dijo que las políticas de Biden
eran desastrosas y que les proporcionarían una ocasión a
los republicanos. Pero Trump no había conseguido
derrotarlo en la campaña presidencial y eso había
permitido que Biden se definiera a sí mismo. Ahora
Biden se estaba definiendo a sí mismo otra vez.
—Usted puede defender la causa contra Biden mejor
que nadie —señaló Graham—. Pero no puede hacer eso y
seguir quejándose al mismo tiempo. Los medios no están
de su parte. Van a coger cualquier frase insustancial que
pronuncie en algún discurso sobre 2020, y eso eclipsará
cualquier otra cosa que diga sobre la mala gestión de
Biden.
—Si volvemos al ataque en 2022 y nos hacemos de
nuevo con el Congreso y el Senado, la gente empezará a
creerlo. Si no conseguimos hacernos con el Congreso y el
Senado en 2022, el trumpismo morirá, creo yo. El 6 de
enero será recordado como el día de su funeral.
—Si no ganamos en 2022, estamos jodidos.
En el Congreso los republicanos solo estaban 5 escaños
por debajo487. Pero el líder de la minoría en la cámara,
Kevin McCarthy, tenía mucho trabajo gestionando lo
ingestionable. Demasiadas facciones. Graham había sido
diputado ocho años antes de pasar al Senado, en 2003, y
lo conocía bien.
—Tiene los Grupos de Estudio Republicanos. Tiene a
los moderados. La Cámara de Representantes es un
espectáculo terrible que no cesa.
Graham estaba convencido de que Trump no se habría
erigido en candidato presidencial republicano en las
elecciones del partido, en 2016, si no se hubiera
mostrado tan duro en materia de inmigración. Los
estadounidenses querían un mayor control de sus
fronteras. Trump eso lo había entendido. Había
conseguido que aquello funcionara en las elecciones en el
seno del partido y se había ganado a los votantes que no
se identificaban con la línea política de Paul Ryan o
Mitch McConnell. Biden, que quería ampliar y
simplificar el proceso legal de inmigración, ya se estaba
enfrentando a las críticas de los republicanos por la
última oleada de inmigrantes procedentes de América
Central.
En cuanto a economía y a gasto público, Graham
pensaba que el pueblo entiende de forma instintiva que
no todo puede ser gratis. La gente recibía incentivos por
no trabajar. La inflación es la gran enemiga de la clase
media.
—Una frontera descontrolada —dijo Graham,
resumiendo su posición—; una oleada de delincuencia y
el aumento del precio del gas y de los alimentos podría
llevar a una gran victoria republicana en 2022.
—¿Tan grande crees que podría ser? —preguntó
Trump.
—Sí —aseguró Graham.
Pero entonces Trump volvió con lo de que le habían
robado las elecciones.
—Tú sabes que gané en Georgia —insistió.
—No —dijo Graham—. Eso me lo he perdido. No me lo
ha contado nunca.
—Eliminaron a 100 000 personas del censo —dijo
Trump.
—Señor presidente —replicó Graham—, con todo el
respeto, eso no significa que ganara en Georgia.
Más de 67 000 residentes en Georgia habían sido
eliminados del censo electoral porque habían notificado
cambios de domicilio, y 34 000 porque la comunicación
enviada por correo a su domicilio había sido devuelta al
remitente.
—No hay nada que se pueda hacer para que recupere
Georgia o Arizona. Punto. Nada que le vaya a dar el
triunfo en ningún otro estado. Sus protestas sobre las
elecciones no se aguantan —repitió. Había habido algún
problema menor de recuento, nada que pudiera influir
en el resultado en ningún estado. Le recordó a Trump
que tanto él como sus colaboradores lo habían
comprobado—. No es cierto que en Georgia hayan votado
60 000 menores de dieciocho años, ni que en Arizona
hayan votado 8000 condenados desde la cárcel. Eso no
es cierto.
Trump insistió. Le habían robado las elecciones.
—Estará de acuerdo conmigo en que tiene la ocasión
de volver al ataque —dijo Graham, cambiando de
enfoque una vez más.
—Sí.
—Pues centrémonos en eso, señor presidente. Puede
protagonizar el mayor regreso de la historia de Estados
Unidos. Le han dado por muerto a causa del 6 de enero.
La gente cree que el Partido Republicano, bajo su
dirección, se ha hundido. Si usted, como líder, pudiera
conducirnos a la victoria en 2022 y recuperara la Casa
Blanca, sería el mayor regreso en la historia de Estados
Unidos.
»No voy a fingir que sé lo que piensa la gente en todo
el país, pero sí sé lo que quiere el votante republicano de
primarias en Carolina del Sur. A un Trump firme como
una piedra.
Pero eso no duraría eternamente.
—Señor presidente, cada vez son más los que se
preguntan si no ha recibido demasiados golpes, si no está
ya derrotado. Y son votantes de Trump. Tiene que
demostrarles que puede cambiar.
Por Mar-a-Lago no dejaban de pasar autores con la
intención de escribir libros sobre Trump, para múltiples
entrevistas.
—Me van a dejar fatal en sus libros —dijo Trump.
—Sí, probablemente tenga razón —concedió Graham.
—Pero he pensado que quizá, si al menos hay una línea
en el libro que no sea tan desastrosa, valdrá la pena.
—Estoy con usted —dijo Graham—. ¿Por qué no?
—Hablo con todo el mundo.
A Graham le dio la impresión de que Trump estaba
abriendo la puerta a todo el que se lo pidiera.
—Al menos así consigo contar mi versión de la historia
—dijo. Daba la impresión de que le encantaba que le
entrevistaran.
—Si usted no pensara que ha hecho un buen trabajo,
¿por qué iban a pensarlo los demás?
—Yo pienso que he hecho un buen trabajo.
—Pues dígale a la gente por qué. Defienda su
presidencia. ¿Cree que vale la pena defender eso?
—Sí.
—Pues defiéndalo. A mí me gustó su presidencia. Me
desgastó. En los últimos tres años he echado un montón
de canas.
Trump gestionaba bien los medios la mitad del tiempo,
pero la otra mitad «él mismo era su peor enemigo», tal
como decía Graham. Tratar con Trump era como
colocarse cerca del sol. Puedes llegar a quemarte. Para
los republicanos como él, la cuestión era: ¿hasta qué
punto puedes acercarte al sol sin quemarte?
—Yo creo que es recuperable. Creo que tiene magia, y
también zonas oscuras. Lo he dicho mil veces. Solo desea
triunfar, y lo que yo más deseo es que la gente lo vea
como un triunfador. Quiere ser recordado como un buen
presidente.
Cuando Trump decía que consideraba que había sido
un buen presidente, Graham le decía:
—Es cierto, lo ha sido. Pero perdió.
—Me robaron las elecciones.
En cualquier caso, antes de que pudiera regresar al
ring, Trump tenía que distanciarse de los hechos del 6 de
enero.
—El 6 de enero fue un día horrible en la historia de
Estados Unidos. Fue una repetición de 1968, cuando uno
se despertaba por la mañana preguntándose qué más
podía pasar. Mataron a Bobby Kennedy. Mataron al Dr.
King. Hubo altercados por las calles. Se celebró una
convención demócrata que fue un caos absoluto. Y pese a
todo ganamos. Volveremos a hacerlo.
Graham le dijo a Trump que dejara de disculpar la
conducta de los que tomaron el Capitolio al asalto.
Pero Trump no lo hizo.
—Era gente pacífica488. Era una gente estupenda —
dijo, en una entrevista concedida el 11 de julio a Fox
News—. El amor, el amor se sentía en el aire, no he visto
nunca algo así.
»Era gente que avanzaba desarmada. Y, francamente,
las puertas estaban abiertas, y la policía, en muchos
casos, bueno… tienen cientos de horas de grabaciones.
Deberían publicar las grabaciones para que se viera lo
que ocurrió realmente.
Sin embargo, durante el asalto habían resultado
heridos más de cien agentes de policía.
Graham no quería oír nada de eso. En verano, los
fiscales del Estado habían presentado cargos contra más
de quinientos participantes489 en el ataque.
—¿Qué tal le va, jefe? —le dijo Brad Parscale a Trump
en una llamada telefónica realizada a principios de julio.
Aunque Parscale, antiguo gestor de campaña de
Trump, había sido expulsado del círculo íntimo del
expresidente el año antes, tras la debacle del mitin de
Tulsa, había vuelto a ser admitido. Con sus asesores,
Trump solía pasar del frío al calor y de nuevo al frío con
facilidad.
—Señor, ¿se va a presentar?
—Me lo estoy pensando —dijo Trump. Parecía
inquieto. Impaciente. Le gustaba la idea—. La verdad es
que me lo estoy planteando seriamente.
—Bueno, eso es lo que quería oír —respondió Parscale.
—Tenemos que seguir con esto, Brad —dijo, y se
preguntó en voz alta si Biden sufriría demencia—. Está
decrépito.
—Tenía un ejército. El ejército de Trump. Y quiere
recuperarlo —añadió Parscale—. Parece que siente la
presión de verse fuera de la pelea, y no para de darle
vueltas a cómo volver al combate. No creo que él lo vea
como un regreso. Lo ve más bien como una venganza.
EPÍLOGO
Al otro lado del río Potomac, en Quarters 6, en el interior
de su Unidad de Información Sensible Clasificada,
rodeado de múltiples pantallas de vídeo conectadas con
la Casa Blanca y con el mundo, el presidente del Estado
Mayor Conjunto Mark Milley seguía intentando
interpretar los altercados del 6 de enero.
—El 6 de enero fue uno de los días de mayor riesgo —
dijo Milley a sus colegas—. Ni yo ni nadie, que yo sepa, ni
en el FBI o en ningún otro sitio, podía imaginarse que
miles de personas pudieran asaltar el Capitolio.
»Rodear el Capitolio, básicamente, y tomarlo al asalto
desde diferentes puntos a la vez, y hacer lo que hicieron…
eso fue otra cosa.
»El 6 fue un día dramático; lo más dramático que
podemos llegar a ver, a un paso de la guerra civil.
En Washington la gente había acabado por pensar que
ya antes había habido señales de alarma. Pero Milley
sabía que los mensajes compartidos en Internet no eran
muy coherentes, y que no aportaban datos específicos y
creíbles como para poder prevenir una catástrofe.
Había sido un grave fracaso de la inteligencia
estadounidense, comparable a la falta de atención a las
advertencias previas a los atentados del 11 de septiembre
de 2001 o al ataque a Pearl Harbor, algo que dejaba al
descubierto los fallos y las vulnerabilidades del sistema
estadounidense.
¿Qué es lo que se les había pasado por alto a Milley y a
otros como él? ¿Qué era lo que no habían entendido?
Milley, que siempre repasaba la historia, pensó en la
Revolución rusa de 1905, en la que pocos pensaban. El
alzamiento había fracasado, pero había sentado las bases
para la Revolución de 1917 que había llevado a la
creación de la Unión Soviética. Vladimir Lenin, líder de
la Revolución de 1917, diría después que la revolución de
1905 había sido «el gran ensayo final».
¿Habría sido el 6 de enero otro ensayo final?
Milley les dijo a sus colaboradores:
—Lo que habéis visto podría ser el prólogo de algo
mucho peor aún por llegar.
Él sabía que la historia avanza lenta, pero que en
ocasiones, sin previo aviso, da un gran paso adelante,
imparable. Si aquello suponía el final de Trump, o si por
el contrario no era más que el inicio de la siguiente fase
de Trump, era algo que solo podrían determinar más
adelante, en retrospectiva.
Trump no estaba ocioso. El verano de 2021 se lo pasó
celebrando mítines por todo el país, como si estuviera en
campaña. El 26 de junio, en su mitin de Wellington,
Ohio, había más de 10 000 personas con sombreros de
Trump y carteles que decían: «¡Salvemos América!».
—No perdimos490. No perdimos. No perdimos —le
decía Trump a su público.
—¡Cuatro años más! ¡Cuatro años más! ¡Cuatro años
más! —clamaban ellos.
—¡Ganamos las elecciones dos veces! —dijo Trump,
insistiendo en que había ganado a Biden. La multitud
rugió—. Y es posible que tengamos que ganar una tercera
vez.
A la hora y media de mitin491, Trump los encendió de
nuevo. Aquello no era una despedida.
—No nos rendiremos —dijo, adoptando una cadencia
más propia de Churchill. Era un discurso de guerra—. No
nos vendremos abajo. No cederemos. No daremos
nuestro brazo a torcer. No retrocederemos. Nunca,
nunca nos rendiremos. Compatriotas estadounidenses,
nuestro movimiento no se ha acabado. De hecho, la
lucha no ha hecho más que empezar.
Milley se preguntaba si aquello no reflejaría
simplemente el deseo de Trump de dar una imagen de
fuerza. ¿O era reflejo de su deseo de contar con un poder
absoluto?
Los presidentes gestionan los asuntos inacabados de
sus predecesores. Nadie era más consciente de eso que
Joseph R. Biden Jr.
Biden y sus asesores odiaban pronunciar el nombre de
Trump. Sus colaboradores a menudo se recordaban unos
a otros que debían evitar la palabra que empezaba por T.
Pero la huella de Trump era palpable en la Casa
Blanca, incluso en las estancias privadas. Una noche
Biden entró en una sala con una enorme pantalla de
vídeo que cubría toda una pared. Para relajarse, Trump
solía cargar programas que le permitían jugar de forma
virtual en los campos de golf más famosos del mundo.
—Menudo capullo —dijo Biden una vez mientras
examinaba el equipo de golf del expresidente.
Otro presidente que había sufrido la presión de la
pesada huella492 de su predecesor había sido Gerald
Ford, en 1974. Ford llamaba al Watergate la «pesadilla
nacional». El Watergate desapareció, pero Nixon no. En
sus primeros treinta días como presidente, Ford se
mostró cada vez más molesto al ver que Nixon ocupaba
un lugar destacado en las noticias.
—Necesitaba tener mi propia presidencia —diría Ford
más tarde.
La solución que encontró fue la amnistía total a Nixon.
Le pareció que sería lo mejor para el país, y el único
modo de librarse del pasado. La decisión fue recibida con
una indignación casi generalizada, y Ford perdió la
presidencia dos años más tarde, en gran parte debido a
las sospechas de que había actuado con la intención de
salvar de la cárcel a su mentor y predecesor en el cargo.
Biden dijo que él nunca amnistiaría a Trump. Pero se
encontraba con el mismo dilema que Ford: ¿cómo haces
que el país pase página? ¿Cómo consigues tu propia
presidencia?
Biden no le quitó ojo a Trump, aunque se guardó sus
observaciones para sí mismo. Sus colaboradores
observaron que en ocasiones podía mostrarse irascible, y
que algunas mañanas entraba en el Despacho Oval
disgustado por lo que había oído de Trump en el
programa de entrevistas de la MSNBC, Morning Joe.
Hace cinco años493, el 31 de marzo de 2016, cuando
Trump estaba a punto de ser elegido candidato a la
presidencia del Partido Republicano, trabajamos juntos
por primera vez y entrevistamos a Trump en el Trump
International Hotel, entonces inacabado, en la misma
avenida Pensilvania, en Washington.
Ese día nos dimos cuenta de que era una fuerza
política extraordinaria, en muchos aspectos de manual.
Una persona ajena a la clase política. Antiestablishment.
Un hombre de negocios. Un constructor.
Grandilocuente. Seguro de sí mismo. Un batallador de
palabra fácil.
Pero también vimos zonas oscuras. Podía ser
mezquino. Cruel. Le aburría la historia de Estados
Unidos y quitaba importancia a tradiciones establecidas
que habían guiado a otros líderes durante mucho tiempo.
Le tentaba la perspectiva de tener poder. Y no dudaba en
usar el recurso del miedo para conseguir lo que quería.
—El verdadero poder es —no quiero pronunciar la
palabra siquiera— el miedo —nos dijo Trump—. Yo saco
al exterior la rabia de la gente. Siempre lo he hecho. No
sé si es algo positivo o negativo, pero, sea como sea, lo
hago.
¿Podrá imponer de nuevo su voluntad? ¿Serán capaces
él y sus seguidores de superar cualquier límite para
recuperar el poder?
El peligro sigue ahí.
Nota a los lectores
Casi todas las entrevistas para este libro se realizaron
aplicando la norma de base del periodismo del deep
background (información con atribución reservada). Eso
significa que toda la información podía ser usada, pero
sin mencionar las fuentes. El libro se ha elaborado a
partir de cientos de horas de entrevistas con más de
doscientos protagonistas y testigos de estos eventos. Casi
todos nos permitieron grabar las entrevistas. En el caso
en que atribuimos citas directas, ideas o conclusiones a
alguna fuente, esa información procede de la persona, de
algún colega con información directa o del Gobierno, o
de documentos personales, agendas, correos
electrónicos, apuntes de reuniones, transcripciones u
otros documentos.
El presidente Trump y el presidente Biden declinaron
ser entrevistados para este libro.
Agradecimientos
Estamos profundamente agradecidos a Jonathan Karp,
presidente y director general de Simon & Schuster, que
supervisa una editorial que publica miles de títulos al
año, y aun así encontró tiempo para ocuparse de la
edición de nuestro libro. Colaboró con nosotros en todas
las fases: concepción, preparación, e incluso con los pies
de foto y las cubiertas. Fue un gran estímulo, siempre
haciendo las preguntas importantes: ¿esto lo hemos
interpretado bien? ¿Esto lo entendemos? ¿Con quién
más podríamos hablar?
Jon es un editor concienzudo y apasionado, siempre
en busca de la verdad y de la claridad. Le encantan los
libros, los escritores y los lectores, y entiende el oficio del
editor como un deber cívico y una responsabilidad moral
al mismo tiempo.
Gracias en especial a Kimberly Goldstein, que
supervisó los aspectos organizativos y técnicos
necesarios para la publicación de este libro. Es
estupenda. Y gracias a otros ejecutivos y jefes de equipo
de Simon & Schuster que nos prestaron un apoyo
incondicional: Dana Canedy, Julia Prosser, Lisa Healy,
Lisa Erwin, Paul Dippolito, Irene Kheradi, Stephen
Bedford, Kate Mertes, Richard Shrout, W. Anne Jones,
Jackie Seow, Rafael Taveras, Mikaela Bielawski y Elisa
Rivlin.
Fred Chase, nuestro corrector, se trasladó a
Washington desde su casa en Texas y se leyó
repetidamente el manuscrito, aportando sus grandes
dotes de observación y su dominio del lenguaje. Mary E.
Taylor dedicó muchas horas a ayudarnos en este
proyecto, poniendo a nuestro servicio su gran
experiencia profesional. Siempre le estaremos
agradecidos.
Robert B. Barnett, abogado y asesor, se ha ganado el
título de Gurú Editorial de Washington. Nos guio en todo
momento, con gran sabiduría y dedicación, siempre
accesible.
Woodward lleva cincuenta años en el Washington
Post. Costa, ocho. El Post es una de las grandes
instituciones de Estados Unidos, y no para de crecer: un
periódico que exige mucho, tradicional pero al mismo
tiempo innovador. Jeff Bezos, dueño del Post, le ha
aportado dinamismo y una estabilidad muy necesaria.
Fred Ryan, editor, nos ha prestado apoyo a ambos y ha
sido un firme defensor de la libertad de prensa. En la
redacción, tenemos que dar las gracias al exdirector
ejecutivo Marty Baron y a los directores editoriales
Cameron Barr y Tracy Grant por animarnos a trabajar
juntos, y nos ilusiona la llegada de Sally Buzbee, sucesora
de Marty, que sin duda dará un gran impulso al Post en
los próximos años. Valoramos mucho el trabajo de
Steven Ginsberg, director de la sección nacional, así
como de todo su equipo.
Gracias a la directora de fotografía del Post, MaryAnne
Golon, y a Thomas Simonetti, editor fotográfico, que nos
prestaron una gran ayuda con las fotografías que hemos
incluido en este libro.
Valoramos mucho la relación que tenemos con cientos
de colegas en el Post, desde los empleados de la sala de
correo a los reporteros que han trabajado estrechamente
con nosotros, o los directores de sección veteranos que
hacen que el periódico salga cada día. Son demasiados
nombres como para incluirlos aquí. Pero esperamos que
sepan lo mucho que significan para nosotros. Nos
sentimos honrados de formar parte de la familia del Post.
Para escribir un libro sobre la Casa Blanca y las
campañas presidenciales se requiere un estudio
constante. Hemos aprendido mucho de lo publicado por
el Post, el New York Times, el Wall Street Journal, la
CNN, NBC News y MSNBC, ABC, CBS News, Associated
Press, Reuters, Axios, The Atlantic o Politico, entre
muchos otros medios.
En los últimos meses de la presidencia de Trump nos
encontramos trabajando simultáneamente con otros
escritores. Como es natural, en ocasiones nos
encontrábamos siguiendo la misma trayectoria que otros
periodistas cuyo trabajo respetamos mucho, en
particular I Alone Can Fix It de Carol Leonnig y Philip
Rucker, Landslide de Michael Wolff y Frankly, We Did
Win This Election de Michael C. Bender.
Woodward
Muchas gracias a mis excompañeros y aún hoy amigos:
Carl Bernstein (por casi cincuenta años de consejos y
amistad), Don Graham, Sally Quinn, David y Linda
Maraniss, Rick Atkinson, Christian Williams, Paul
Richard, Patrick Tyler, Tom Wilkinson, Steve Luxenberg,
Scott Armstrong, Al Kamen, Ben Weiser, Martha
Sherrill, Bill Powers, John Feinstein, Michael Newman,
Richard Snyder, Jamie Gangel, Danny Silva, Andy Lack,
Betsy Lack, Rita Braver, Carl Feldbaum, Anne Swallow,
Seymour Hersh, Richard Cohen, Steve Brill, Tom
Boswell, Wendy Boswell, Judy Kovler, Peter Kovler, Ted
Olson, Lady Olson, Karen Alexander, Brendan Sullivan,
Bill Nelson, Jim Hoagland, Jane Hitchcock, Robert
Redford, David Remnick, David Martin, Gerald
Rafshoon, Cheryl Haywood, George Haywood, Jim
Wooten, Patience O’Connor, Christine Kuehbeck, Wendy
Woodward, Sue Whall, Catherine Joyce, Jon Sowanick,
Bill Slater, Cary Greenauer, Don Gold, Kyle Pruett,
Marsha Pruett, Veronica Walsh, Mickey Cafiero, Grail
Walsh, Redmond Walsh, Diana Walsh, Kent Walker,
Daria Walsh, Bruce McNamara, Josh Horwitz, Ericka
Markman, Barbara Guss, Bob Tyrer, Sian Spurney,
Michael Phillips, Neil Starr, Shelly Hall, Evelyn Duffy,
Dr. William Hamilton, Joan Felt, Ken Adelman, Carol
Adelman, Tony D’Amelio, Joanna D’Amelio, Matt
Anderson, Brady Dennis, Jeff Glasser, Bill Murphy, Josh
Boak, Rob Garver, Stephen Enniss, Steve Milke, Pat
Stevens, Bassam Freiha, Jackie Crowe, Brian Foley,
Cyrille Fontaine, Dan Foley, Betty Govatos y Barbara
Woodward.
Agradezco la gran generosidad de Rosa Criollo a lo
largo del tiempo que ha durado este proyecto.
Robert Costa tiene treinta y cinco años, la mitad que
yo, que tengo setenta y ocho. Pero entiende mucho mejor
que yo la política, lo que ocurre en Washington y el
periodismo en general. Es una maravilla. Me ha
enseñado mucho, y ha conseguido que hiciéramos
preguntas de calado, honestas, y que supiéramos
examinar luego las respuestas. Yo a veces me
conformaba con hacer una o dos entrevistas al día.
Muchos días él hacía siete. No he conocido a nadie con
más energía o curiosidad. Él ha dado estructura a este
texto, descubriendo al instante las relaciones entre Biden
y Trump y las conexiones políticas entre los partidos
republicano y demócrata, la Casa Blanca y el Congreso.
Llevo en mente a mi familia en todo momento: a mi
hija Diana, a mi hija Tali y su marido, Gabe, y a mis
nietos, Zadie y Theo.
Elsa Walsh, mi esposa, ha dedicado semanas enteras a
este libro. Charlas formales e informales, y más charlas.
Pero sobre todo es una correctora brillante, concienzuda
y con criterio. Tanto a Costa como a mí nos hizo
numerosas sugerencias para reescribir fragmentos, y
siempre resultaba muy persuasiva. Me ha demostrado,
una vez más, que en una página puede haber más
sugerencias y correcciones que texto original. Lo de Elsa
es algo misterioso. Tras haber hecho más de doscientas
entrevistas, casi todas grabadas, Costa y yo tenemos
6200 páginas de transcripciones. Eso podría servir para
unos veinte libros serios, toda una biblioteca sobre las
presidencias de Trump y Biden. A veces perdíamos la
noción de lo que podía ser importante y lo que no. Pero
Elsa no. Ella tenía claro quién tenía la información
esencial y a través de quién podíamos conseguirla. Una
tarde sacó un fajo de transcripciones y se retiró, con su
bolígrafo verde. Enseguida se puso a bombardearnos a
preguntas. ¿Por qué esto no está en el borrador
definitivo? ¿No veis que esto guarda relación con lo que
dijo esta otra persona? Cada día nos enviaba recortes de
nuestro propio periódico, o del New York Times, o del
Wall Street Journal, o de publicaciones políticas o
militares, e incluso nos pasaba listas de tareas y listas de
lecturas recomendadas.
Todo está relacionado, decía constantemente. Os
sugiero que contactéis con esta persona o que volváis a
hablar con esta otra… ¿Habéis profundizado lo suficiente
en este tema? Con su trabajo ha hecho mejor cada
fragmento del libro, y la obra entera.
Tal como suelo recordarme a mí mismo de vez en
cuando, Elsa es discípula de Henry James y de su
principio sobre la importancia de la amabilidad. Siempre
es amable. No hay palabras para agradecerle todo lo que
ha aportado a nuestra vida juntos y a mi trabajo como
escritor, y a los diecisiete libros que he escrito desde que
estamos juntos.
Cuando nos casamos, en 1989, en la boda se leyó un
poema de Wallace Stevens:
Una unión tan grande que nos llena de dicha
nos une a nuestros seres amados.
Ven cerca de mí, más cerca, tócame la mano.
Frases que surgen de la intimidad, pronunciadas dos veces,
una vez con los labios, otra con nuestras acciones.
Costa
Mis hermanos James Costa, Ellen Duncan y Tim Costa
son pilares en mi vida, igual que mis padres, Tom y
Dillon Costa. Los cónyuges de mis hermanos, Meghan
Daly Costa y Paul Duncan, y mis sobrinas, Dillon y
Sloane Duncan, llenan de alegría nuestras vidas.
Mi agradecimiento especial a toda la familia Dalton y
Costa. Mis queridos tíos y primos son muchos y no
puedo mencionarlos a todos aquí. Ya sabéis lo mucho
que significáis para mí.
Estoy muy agradecido de contar con grandes amigos
de familia en el condado de Bucks y por todo el país, y
por los amigos que tengo en Washington. Tengo la suerte
de haber coincidido con unos colegas brillantes y
encantadores en mi trabajo como periodista de prensa y
televisión. Desde 2014 tengo la suerte de trabajar en el
Post, y debo dar las gracias a los reporteros y editores
que se han convertido en mis colegas y con los que he
cubierto grandes temas.
En la PBS y la WETA, Sharon Rockefeller me abrió la
puerta y me concedió el privilegio de moderar el
Washington Week. Muchas gracias al excelente equipo
del programa, a los ejecutivos de la PBS y al consejo y la
Corporación de Cadenas Públicas.
Formar parte de la MSNBC y de NBC News como
analista político durante cinco años fue una maravilla.
Muchas gracias a Rashida Jones, Elena Nachmanoff,
Andy Lack y a los presentadores, reporteros e
infatigables productores que acabaron convirtiéndose en
buenos amigos.
El reverendo John Jenkins, rector de la Universidad de
Notre Dame, fue quien me animó a ser periodista en un
momento crítico de mis estudios, y ha sido mi mentor
durante más de una década. Mi profesor de periodismo
Robert Schmuhl sigue muy presente en mi trabajo,
guiándome con sus sabios consejos.
Michael Bamberger, escritor, me ha enseñado mucho
sobre escribir y escuchar, y sobre cómo hallar la verdad
emocional en las cosas más pequeñas.
Mi agradecimiento especial a tres de mis profesores
del Pennsbury High School: Al Wilson, Steve Medoff y
Frank Sciolla, que con su visión y su empeño me guiaron
hacia el periodismo.
No tengo palabras para decir lo estupendo que ha sido
llegar a conocer a Bob, Elsa y Diana Woodward. Les
estaré agradecido eternamente.
Y Bob, la verdad es que me has dado una clase
magistral sobre periodismo y liderazgo. Cada día ha sido
un regalo.
Créditos fotográficos
Jabin Botsford (The Washington Post): 3, 4, 5, 8, 9,
10, 12, 13, 15
Jahi Chikwendiu (The Washington Post): 2
Al Drago (para The Washington Post): 7
Demetrius Freeman (The Washington Post): 5, 10
Salwan Georges (The Washington Post): 9, 14
Andrew Harnik (AP Photo): 11
Evelyn Hockstein (para The Washington Post): 1
Calla Kessler (The Washington Post): 14
Melina Mara (The Washington Post): 13
Khalid Mohammed-Pool (Getty Images): 11
Bill O’Leary (The Washington Post): 2
Astrid Riecken (para The Washington Post): 6
Michael Robinson Chávez (The Washington Post): 6
Toni L. Sandys (The Washington Post): 8
Patrick Semansky (AP Photo): 4
Brendan Smialowski (AFP): 16
Alex Wong (Getty Images): 1, 12
Notas
La información de este libro procede sobre todo de
entrevistas a fondo que han llevado a cabo los autores,
con participantes de primera mano y testigos, o a partir
de notas y documentos contemporáneos. Siguen a
continuación fuentes adicionales y suplementarias.
Prólogo
1. Las escenas de un Trump vociferante: Full metal jacket (La chaqueta
metálica), Stanley Kubrick, 17 de junio de 1987, Warner Bros.
2. Los chinos estaban invirtiendo: Véase «Military and Security
Developments Involving the People’s Republic Of China», Informe
Anual al Congreso de la Oficina del Secretario de Defensa, 2020.
3. desfile militar extraordinario en la plaza de Tiananmen: Helen
Regan y James Griffiths, «No Force Can Stop China’s Progress, says Xi
in National Day Speech», CNN, 1 de octubre de 2019.
4. última arma de las que «cambian el juego»: Tetsuro Kosaka, «China
Unveils ICBM Capable of Reaching U.S. With 10 Warheads», Nikkei
Asia, 2 de octubre de 2019; Rajeswari Pillai Rajagopalan, «Hypersonic
Missiles: A New Arms Race», The Diplomat, 25 de junio de 2021.
5. enviando aviones militares cada día: Steven Lee Myers, «China Sends
Warning to Taiwan and U.S. With Big Show of Air Power», The New
York Times, 18 de septiembre de 2020; Yimou Lee, David Lague y Ben
Blanchard, «China Launches “Gray-Zone” Warfare to Subdue
Taiwan», Reuters, 10 de diciembre de 2020.
6. aplastar decididamente: Yew lun tian, «Attack on Taiwan and Option
to Stop Independence, Top China General Says», Reuters, 28 de mayo
de 2020.
7. En el Mar de China Meridional: «China’s Military Aggression in the
Indo-Pacific Region», Departamento de Estado de EE.UU., 2017-2021,
State.gov.
8. ABLE ARCHER:Véase The Spy and The Traitor, Ben Macintyre, Nueva
York, Broadway Books, 2018, pp.178-182.
9. más tarde director de la CIA: Ibid, p.182.
10. «un momento Reichstag»: Jeffrey Herf, «Emergency Powers Helped
Hitler’s Rise. Germany Has Avoided Them Ever Since», The
Washington Post, 19 de febrero de 2019.
11. pero sí que diré que le he preguntado: Carta de la presidenta de la
Cámara Nancy Pelosi a sus colegas demócratas, «Dear Colleague on
Events of the Past Week», 8 de enero de 2021, speaker.gov.
12. había dicho desde hacía años: Véase The Button, William J. Perry y
Tom Z. Collina, Texas, BenBella, 2020.
13. En un artículo publicado: William J. Perry y Tom Z. Collina, «Trump
Still Has His Finger on the Nuclear Button. This Must Change»,
Politico, 8 de enero de 2021.
14. Dos semanas después: Bernard Gwertzman, «Pentagon Kept Tight
Rein in Last Days of Nixon Rule», The New York Times, 25 de agosto
de 1974.
15. Nixon se había vuelto cada vez más irracional: Los días finales, Bob
Woodward y Carl Bernstein, Argos Vergara, Cerdanyola, 1976,
traducción de Iris Menéndez.
16. De repente, en torno a: Video: Manu Raju, CNN Breaking News, 12.03
p.m., 8 de enero de 2021.
Capítulo 1
17. Ante cuatro banderas americanas: «Trump Condemns Hatred “On
Many Sides” in Charlottesville White Nationalist Protest», CBS News,
12 de agosto de 2017.
18. el aspecto y los modales de un sacerdote de parroquia: Annie Karni,
«In Biden White House, the Celebrity Staff Is a Thing of the Past», The
New York Times, 18 de mayo de 2021.
19. Su madre era organizadora en el sindicato local: Scott MacKay,
«Commentary: From South Providence to the Biden Campaign, Meet
Mike Donilon», Rhode Island Public Radio, 12 de octubre de 2020.
20. Heather Heyer, un contramanifestante de 32 años: Harmeet Kaur y
Hollie Silverman, «Charlottesville Police to Remove Same Version of
Car That Killed Heather Heyer from Its Fleet», CNN, 13 de diciembre
de 2019.
21. Biden publicó un tuit: @JoeBiden, «There is only one side.
#charlottesville», 18.18, 12 de agosto de 2017, Twitter.com.
22. Trump no cejó: «President Trump News Conference», C-SPAN, 15 de
agosto de 2017.
23. «puto problemón» (big fucking deal): «Remarks by Vice President
Biden at Health Care Bill Signing Ceremony at the White House», C-
SPAN, 23 de marzo de 2010.
24. Al cabo de dos semanas: Joe Biden, «We Are Living Through a Battle
for the Soul of This Nation», The Atlantic, 27 de agosto de 2017.
Capítulo 2
25. Ryan declaró públicamente que se sentía «asqueado»: David A.
Fahrenthold, «Trump Recorded Having Extremely Lewd Conversation
About Women in 2005», The Washington Post, 8 de octubre de 2016.
26. A Ryan le gustaba considerarse un «político de pies a cabeza»: Julie
Hirschfeld Davis, «Bidding Congress Farewell, Paul Ryan Laments
Nation’s “Broken” Politics», The New York Times, 19 de diciembre de
2018.
27. El memorándum: El material de referencia fue obtenido por los
autores.
28. Ryan probó el resultado de su investigación: «Paul Ryan at Trump
Tower». Observaciones a reporteros disponibles en C-SPAN.org.
Publicado el 9 de diciembre de 2016.
29. Ryan se enteró de que Trump estaba a punto de anunciar: Damian
Paletta y Todd C. Frankel, «Trump Says No Plan to Pull Out of NAFTA
“At This Time”», The Washington Post, 27 de abril de 2017.
30. Ryan empezó a dictar: Austin Wright, «Ryan, House and Senate GOP
Outraged by Trump News Conference», Politico, 15 de agosto de 2017.
31. El 21 de marzo de 2018: Mike DeBonis y Erica Werner,
«Congressional Negotiators Reach Deal on $1.3 Trillion Spending Bill
Ahead of Friday Government Shutdown Deadline», The Washington
Post, 21 de marzo de 2018.
32. Aquella mañana, en Fox News: Video: «Pete Hegseth: This Is a
Swamp Budget», Fox News, 23 de marzo de 2018, foxnews.com.
33. Trump tuiteó: @realDonaldTrump, «I am considering a VETO of the
Omnibus Spending Bill… and the BORDER WALL, which is
desperately needed for our National Defense, is not fully funded»,
(«Estoy pensando en el VETO para el proyecto de gastos ómnibus… y
el MURO FRONTERIZO, que se necesita desesperadamente para
nuestra Defensa Nacional, no ha recibido financiación plena»). 23 de
marzo de 2018, Twitter.com.
34. Su propio padre murió cuando él era aún adolescente: Robert Costa,
«My Brother, Paul Ryan», National Review, 20 de agosto de 2012.
35. El 11 de abril de 2018: Paul Kane, John Wagner y Mike DeBonis,
«Speaker Ryan Will Not Seek Reelection, Further Complicating GOP
House Prospects», The Washington Post, 11 de abril de 2018.
Capítulo 3
36. hubo acusaciones de plagio: Neena Satija, «Echoes of Biden’s 1987
Plagiarism Scandal Continue to Reverberate», The Washington Post, 5
de junio de 2019.
37. su autobiografía de campaña, que tenía 365 páginas: Promises to
Keep: On Life and Politics, Joe Biden, Nueva York, Random House,
2007.
38. «¡Levántate!»: Ibid., pp. ii–iii.
39. Dio a Biden importantes papeles: Véase The Price of Politics, Bob
Woodward, Nueva York, Simon & Schuster, 2013.
40. El Presidente Obama aludía con insistencia: Peter Baker, «Biden and
Obama’s “Odd Couple” Relationship Aged into Family Ties», The New
York Times, 28 de abril de 2019.
41. una breve noticia en octubre de 2014: Luis Martínez y Arlette Sáenz,
«Joe Biden’s Son Hunter Biden Discharged from Navy After Positive
Cocaine Test», ABC News, 16 de octubre de 2014.
42. En sus memorias de 2021: Beautiful Things, Hunter Biden, Nueva
York, Gallery Books, 2021, pp. 215–17. [Cosas bonitas, Ediciones B,
Barcelona, 2021, traducción de M. Carmen Cáceres].
43. Pocos meses más tarde: Michael D. Shear, «Beau Biden, Vice
President Joe Biden’s Son, Dies at 46», The New York Times, 30 de
mayo de 2015.
44. una vida que incluía: Steve Holland, «Standing Among U.S. Graves,
Biden Explains Afghanistan Decision in Personal Terms», Reuters, 14
de abril de 2021.
45. Al día siguiente: «Full text: Biden’s Announcement That He Won’t
Run for President», The Washington Post, 21 de octubre de 2014.
Capítulo 4
46. Jill y Joe Biden: Where the Light Enters, Jill Biden, Nueva York,
Flatiron Books, 2019.
47. A medida que iba pasando la noche: Lauren Easton, «Calling the
Presidential Race State by State», Associated Press, 9 de noviembre de
2020.
48. No se oyó: Vídeo: «Conversation with President Amy Gutmann & The
Honorable Joseph R. Biden, Jr.», Irvine Auditorium, Universidad de
Pennsylvania, 30 de marzo de 2017,
president.upenn.edu/bidenevent-3-30-17.
49. Biden se sentó a escuchar: «Donald Trump Inauguration Speech
Transcript», Politico, 20 de enero de 2017; Promise Me, Dad, Joe
Biden, Nueva York, Flatiron Books, 2017.
50. El 1 de marzo en el New York Post: Emily Smith, «Beau Biden’s
Widow Having Affair with His Married Brother», New York Post, 1 de
marzo de 2017.
51. «Y peor aún, empecé a caer de nuevo» en las drogas: Beautiful
Things, Hunter Biden, Nueva York, Gallery Books, 2021, p. 183.
52. Richmond era una estrella en ascenso: Bryn Stole, «As Congressional
Black Caucus Chair, Cedric Richmond Steps Forward to Cut a National
Figure», The Advocate, 10 de agosto de 2018.
53. centrocampista y lanzador: Ben Terris y National Journal, «The
Fiercest Battle in D.C. Is on the Baseball Diamond», The Atlantic, 11
de junio de 2013.
54. la lista de más vendidos durante una semana: «Hardcover
Nonfiction», The New York Times, 3 de diciembre de 2017.
55. el arquitecto negro: Roy S. Johnson, «Overlooked No More: Joseph
Bartholomew, Golf Course Architect», The New York Times, 5 de
febrero de 2020.
Capítulo 5
56. Don McGahn, que trabajaba estrechamente: Robert Costa,
«McGahn’s Last Stand», The Washington Post, 4 de octubre de 2018.
57. Acusó a Kavanaugh: Emma Brown, «California Professor, Writer of
Confidential Brett Kavanaugh Letter, Speaks Out About Her
Allegation of Sexual Assault», The Washington Post, 16 de septiembre
de 2018.
58. el 6 de noviembre trajo consigo ganancias para los azules: Jane C.
Timm, «Democrats Gain 40 House Seats, as NBC Projects TJ Cox
Wins California’s 21st District», NBC News, 6 de diciembre de 2018;
Harry Enten, «Latest House Results Confirm 2018 Wasn’t a Blue
Wave. It Was a Blue Tsunami», CNN, 6 de diciembre de 2018.
59. un memorándum muy detallado de 11 páginas: Este memorándum
político de Biden fue obtenido por los autores.
60. auténticamente colosal: Annie Karni, «A Peek Inside Hillary Clinton’s
Brooklyn HQ», Politico, 16 de julio de 2015.
Capítulo 6
61. El presidente Trump nombró: Shannon Van Sant, «Trump Appoints
Gen. Mark Milley Chairman of the Joint Chiefs of Staff», NPR, 8 de
diciembre de 2018.
62. Trump dejó muy claro: David Brown, Daniel Lippman y Wesley
Morgan, «Trump’s Newest “Central Casting” General», Politico, 10 de
julio de 2021.
63. graduado de West Point y lobista: Kenneth P. Vogel, Michael
LaForgia y Hailey Fuchs, «Trump Vowed to “Drain the Swamp,” but
Lobbyists Are Helping Run His Campaign», The New York Times, 6
de julio de 2020.
64. Durante la vista de confirmación de Milley: «Hearing to Consider the
Nomination of General Mark A. Milley, for Reappointment to the
Grade of General and to Be Chairman of the Joint Chiefs of Staff»,
Comité de Servicios Armados, Senado de Estados Unidos, 11 de julio
de 2019, armed-services.senate.gov.
65. Mattis bautizó: Véase Rabia, Roca Editorial, Bob Woodward,
Barcelona, 2020, traducción de Ana Herrera, Ana Momplet y Jorge
Rizzo.
66. sirvió como consultor general: Michael Kranish y Hamza Shaban, «In
Corporate Role, William P. Barr Clashed with Justice Department
That He Now Seeks to Lead», The Washington Post, 8 de diciembre de
2018.
67. había criticado públicamente: Andrew Prokop, «Trump’s Attorney
General Nominee Wrote a Memo Expressing Deep Suspicion of the
Mueller Probe», Vox, 20 de diciembre de 2018.
68. Según las normas: Oficina de Publicaciones del Gobierno de EE.UU.,
«Confirmation Hearing on the Nomination of Hon. William Pelham
Barr to Be Attorney General of the United States», Vista del Senado
116-65, 15 y 16 de enero de 2019, Congress.gov.
69. Mueller finalmente acabó su informe: Robert S. Mueller, «Report on
the Investigation into Russian Interference in the 2016 Presidential
Election», Departamento de Justicia de EE.UU., marzo de 2019.
70. Mueller escribió una de las frases más retorcidas: Ibid., p. 2.
71. Barr publicó una carta: «Read Attorney General William Barr’s
Summary of the Mueller Report», The New York Times, 24 de marzo
de 2019.
72. «Ha sido una exoneración absoluta y total»: presidente Trump, C-
SPAN, 24 de marzo, 2019.
73. El propio Mueller se quejó: Devlin Barrett y Matt Zapotosky, «Mueller
Complained That Barr’s Letter Did Not Capture “Context” of Trump
Probe», The Washington Post, 30 de abril de 2019.
74. 700 antiguos fiscales federales: Dartunorro Clark, «Hundreds of
Former Prosecutors Say Trump Would Have Been Indicted if He Were
Not President», NBC News, 6 de mayo de 2019.
75. En un pleito que atañía a la Ley de Libertad de información: Aaron
Blake, «A GOP-Appointed Judge’s Scathing Review of William Barr’s
“Candor” and “Credibility,” Annotated», The Washington Post, 5 de
marzo de 2020.
76. «Quedó en nada»: Entrevista de Bob Woodward con el presidente
Donald J. Trump, 20 de diciembre de 2019, en Rabia, Roca Editorial,
Bob Woodward, Barcelona, 2020.
Capítulo 7
77. veterana de la Casa Blanca de Obama: Jordan Fabian, «Biden Hires
Former Obama Official Anita Dunn as Senior Adviser», Bloomberg
News, 15 de enero de 2021.
78. la residencia que tenía alquilada: Kristen Schott, «See the NoVA
Home Where the Bidens Used to Reside», Northern Virginia
magazine, 8 de enero de 2021
79. no iba codo con codo: Ryan Lizza, «Why Biden’s Retro Inner Circle Is
Succeeding So Far», Politico, 19 de diciembre de 2019.
80. Prestemos atención a los demócratas tipo Biden: Nate Cohn,
«Moderate Democrats Fared Best in 2018», The New York Times, 10
de septiembre de 2019.
81. Klain había respaldado: Alex Thompson y Theodoric Meyer, «Ron
Klain’s Possible Resurrection», Politico: West Wing Playbook, 11 de
noviembre de 2020.
82. Este mensaje de correo era parte del conjunto: Ibid.
83. Kathleen le había acusado de despilfarrar: Margie Fishman, «Divorce
Filing Details Split of Kathleen, Hunter Biden», The News Journal, 2
de marzo de 2017.
84. cuyas credenciales progresistas la convertían en una verdadera
fuerza: Gabriel Debenedetti, «Rising Stars Collide in Shadow 2020
Primary», Politico, 29 de enero de 2018.
85. estaba obteniendo entusiásticas reseñas: Eric Bradner, «Pete
Buttigieg Makes Star Turn in Town Hall Spotlight», CNN, 11 de marzo
de 2019.
Capítulo 8
86. «¿Qué opináis?»: Jill Biden, CBS This Morning, 7 de mayo de 2019.
87. Lo entendemos, abuelo: Naomi Lim, «“Pop, you Got to Run”»,
Washington Examiner, 26 de septiembre de 2019.
88. Los rincones más derechistas de internet: Samantha Putterman,
«Fact-checking the Pedophilia Attacks Against Joe Biden», PolitiFact,
12 de agosto de 2020.
89. «Lo hacemos todo con reuniones familiares»: «Biden School
Celebration: Conversation with Joe Biden and Presidential Historian
Jon Meacham», Universidad de Delaware, 26 de febrero de 2019.
90. Lo que no desveló Biden: Beautiful Things, Hunter Biden, Nueva York,
Gallery Books, 2021, pp. 204-17.
91. «Un día, de repente»: Ibid., p. 215.
92. «huir, huir y huir»: Ibid., p. 217.
Capítulo 9
93. como idea con un seguimiento enorme: The Soul of America: The
Battle for Our Better Angels, Jon Meacham, Nueva York, Random
House, 2018.
94. Meacham le dijo: Video: «Biden School Celebration: Conversation
with Joe Biden and Presidential Historian Jon Meacham», Univ. de
Delaware, 26 de febrero de 2019.
95. Un M. Schlesinger Jr. informal: Annie Karni and John Koblin,
«Helping to Shape the Words of the President-Elect: A Presidential
Historian», The New York Times, 9 de noviembre de 2020.
96. Blunt Rochester era la primera mujer: Christina Jedra y Xerxes
Wilson, «Lisa Blunt Rochester Wins Second Term in Congress», The
News Journal, 6 de noviembre de 2018.
97. Su tendencia a abrazar: Natasha Korecki, Marc Caputo y Alex
Thompson, «“Friendly Grandpa” or Creepy Uncle? Generations Split
over Biden Behavior», Politico, 1 de abril de 2019.
98. cuando el movimiento Me Too: Hailey Fuchs, «Me Too Is Still a
Movement», The Washington Post, 11 de agosto de 2019.
99. «Un beso raro cambió mi forma de ver a Joe Biden»: Lucy Flores,
New York Magazine, 29 de marzo de 2019.
100 Luego, en un discurso: Lisa Lerer, «Joe Biden Jokes About Hugging in
. a Speech, Then Offers a Mixed Apology», The New York Times, 5 de
abril de 2019.
101 En su libro101: Where the Light Enters, Jill Biden, Nueva York,
. Flatiron Books, 2019, p. 53.
102 «Debe respetar el espacio de la gente»: Jill Biden, CBS This Morning,
. 7 de mayo de 2019.
Capítulo 10
103 el campo más amplio desde hacía décadas: Matthew Yglesias, «The
. Comically Large 2020 Democratic Field, Explained», Vox, 17 de
diciembre, 2018.
104 Vestido con traje pero con el cuello de la camisa abierto: @JoeBiden,
. «The core values of this nation… our standing in the world… our very
democracy… everything that has made America-America-is at stake.
That’s why today I’m announcing my candidacy for President of the
United States». («Los valores fundamentales de esta nación… nuestra
postura en el mundo… nuestra verdadera democracia… todo lo que ha
hecho a América, América… está en peligro. Por eso anuncio hoy mi
candidatura a la presidencia de Estados Unidos»). #Joe2020, 6:00
a.m., 25 de abril de 2019, Twitter.com.
105 Los progresistas lo detestaban abiertamente: Elana Schor, «Joe
. Biden Faces a Challenge Winning Over Progressives», Associated
Press, 22 de marzo de 2019.
106 Biden se subió al tren Amtrak: Michael Scherer y John Wagner,
. «Former Vice President Joe Biden Jumps into White House Race»,
The Washington Post, 25 de abril de 2019.
107 Entonces Biden se dirigió: Michelle Ye Hee Lee, «Joe Biden Campaign
. Reports Raising $6.3 Million in 24 Hours», The Washington Post, 26
de abril de 2019.
108 El margen de victoria de Trump: Tim Meko, Denise Lu y Lázaro
. Gamio, «How Trump Won the Presidency with Razor-Thin Margins in
Swing States», The Washington Post, 11 de noviembre de 2016.
109 «Bienvenido a la carrera de Sleepy Joe»: @realDonaldTrump, 25 de
. abril de 2020, Twitter.com.
110 «Me siento como un hombre joven»: Video: @thehill, Presidente
. Trump: «I just feel like a young man. I’m so young. I can’t believe it.
I’m the youngest person—I am a young, vibrant man. I look at Joe—I
don’t know about him», «Me siento como un hombre joven. Soy muy
joven. Es increíble —les dijo Trump—. Soy un hombre joven y lleno de
entusiasmo. Y si miro a Joe… no veo nada de eso». 12.37, 26 de abril
de 2019, Twitter.com.
111. Cuando Biden, que aparecía: Video: «Joe Biden on Why He’s
Running for President», The View, ABC News, 26 de abril de 2019.
112. «Soy un hombre de los sindicatos»: «Joe Biden Campaign Rally in
Pittsburgh», C-SPAN, 29 de abril de 2019.
113. Anzalone volvió con resultados de una votación: Documento de
encuestas de campaña obtenido por los autores.
Capítulo 11
114. sus días como maestro de escuela: Gillian Brockell, «A Civil Rights
Love Story», The Washington Post, 10 de enero de 2020.
115. se les servían filetes de pescadilla frita: Jonathan Martin, «Hoping to
Woo Black Voters, Democratic Candidates Gather at James Clyburn’s
Fish Fry», The New York Times, 21 de junio de 2019.
116. Biden había dicho que había una «cierta cortesía»: Isaac Stanley-
Becker, «“We Got Things Done”: Biden Recalls “Civility” with
Segregationist Senators», The Washington Post, 19 de junio de 2019.
117. «Estuve en un caucus con James O. Eastland»: Ibid.
118. Cuando más tarde un montón de reporteros: Justin Wise, «Biden
Defends Remarks About Segregationist Senators: “Apologize for
What?”», The Hill, 19 de junio de 2019.
119. Clyburn procuró defender a Biden: Emma Dumain, «Biden Said He
Found Common Ground with Segregationists», McClatchy, 19 de junio
de 2019.
120 Emily, que era bibliotecaria: Emma Dumain, «Emily Clyburn—
. Librarian, Activist, Wife of SC Congressman Jim Clyburn—Dies at
80», The State, 19 de septiembre de 2019.
121. «Sobre el tema de la raza»: «Transcript: Night 2 of the First
Democratic Debate», The Washington Post, 28 de enero de 2019.
122 A la semana siguiente: «Harris Gets Big Debate Bounce While Biden
. Sinks Quinnipiac University National Poll Finds», Quinnipiac
University Poll, 2 de julio de 2019, poll.qu.edu.
Capítulo 12
123 La subida de la senadora Harris al escalón superior no duró: Astead
. W. Herndon, Shane Goldmacher y Jonathan Martin, «Kamala Harris
Says She’s Still “In This Fight”, but out of the 2020 Race», The New
York Times, 3 de diciembre de 2019.
124 los dos faros dirigentes: Jonathan Martin, «Elizabeth Warren and
. Bernie Sanders Have a Problem: Each Other», The New York Times,
16 de diciembre de 2019.
125 Su ataque al corazón el 1 de octubre: Sean Sullivan y Amy Gardner,
. «Sanders’s Heart Attack Raises Questions About His Age, Potential
Damage to Campaign», The Washington Post, 5 de octubre de 2019.
126 se centró en Biden: Robert Costa, «Ascendant Bernie Sanders Turns
. His Focus to Joe Biden as Iowa Nears», The Washington Post, 2 de
enero de 2020.
127. su victoria repentina: April McCullum, «As Mayor, Bernie Sanders
Had to Wait for a Revolution», Burlington Free Press, 27 de febrero
de 2016.
128 estaba gastando millones de dólares: Asma Khalid, «In a Month,
. Michael Bloomberg Has Spent More than $100 Million on Campaign
Ads», NPR, 27 de diciembre de 2019.
129 Durante una entrevista del 5 de diciembre de 2019 en el Despacho
. Oval: Entrevista de Bob Woodward con el presidente Donald J.
Trump, 5 de diciembre de 2019, en Rabia, Roca Editorial, 2020.
Capítulo 13
130 Blinken había trabajado como número 2: Graeme Wood, «Biden’s
. Sleepily Reassuring Appointments», The Atlantic, 23 de noviembre de
2020.
131. tocaba en una banda de dad-rock: Claire Shaffer, «Yes, Biden’s
Secretary of State Hopeful Antony Blinken Has a Band», Rolling
Stone, 23 de noviembre de 2020.
132 Aquel enero, surgió en China: Véase Rabia, Bob Woodward, Roca
. Editorial, Barcelona, 2020.
133 Klain supervisó: Juliet Eilperin y Lena H. Sun, «Ebola Czar Ron Klain
. to Leave Feb. 15 After Leading U.S. Response to Outbreak», The
Washington Post, 29 de enero de 2015.
134 Biden y su equipo redactaron un artículo de opinión: Joe Biden,
. «Trump Is Worst Possible Leader to Deal with Coronavirus
Outbreak», USA Today, 27 de enero de 2021.
135 «Será la amenaza a la seguridad nacional más importante»: Rabia,
. Bob Woodward, Roca Editorial, 2020.
136 Agobio de Trump ante Biden: Natasha Korecki, «How Trump’s Biden
. Mania Led Him to the Brink of Impeachment», Politico, 27 de
septiembre de 2019.
137. En la llamada, cuya transcripción: «Telephone Conversation with
President Zelensky of Ukraine», 25 de julio de 2019, transcripción,
desclasificada el 24 de septiembre de 2019, White House.gov.
138 Trump fue absuelto: Seung Min Kim, «In Historic Vote, Trump
. Acquitted of Impeachment Charges», The Washington Post, 5 de
febrero de 2020.
139 Greg Schultz estaba bajo una presión creciente: Alexander Burns,
. Jonathan Martin y Katie Glueck, «How Joe Biden Won the
Presidency», The New York Times, 7 de noviembre de 2020.
140 Los caucus de Iowa del 3 de febrero fueron una auténtica paliza:
. Nathan Robinson, «Joe Biden Flopped in Iowa», The Guardian, 4 de
febrero de 2020.
141. Buttigieg, resurgiendo en las encuestas: Chris Sikich, «Pete Buttigieg
Surges in New Hampshire After Seizing Iowa Narrative with Claim of
Victory», Indianapolis Star, 7 de febrero de 2020.
142 «El historial de Pete»: Adam Shaw, «Brutal Biden Campaign Ad
. Mocks Buttigieg’s Experience as South Bend Mayor», Fox News, 8 de
febrero de 2020.
Capítulo 14
143 el Caucus Negro del Congreso celebró una reunión: Matt Viser y Cleve
. R. Wootson Jr., «Eighteen Days That Resuscitated Joe Biden’s Nearly
FiveDecade Career», The Washington Post, 29 de febrero de 2020.
144 «Mi segundo punto es el 10-20-30»: Tracy Jan, «Reparations,
. Rebranded», The Washington Post, 24 de febrero de 2020.
145 una nominación de Sanders: Jonathan Martin and Alexander Burns,
. «Bernie Sanders Wins Nevada Caucuses, Strengthening His Primary
Lead», The New York Times, 22 de febrero de 2020.
146 «Todo el mundo tiene que estar representado»: «Read the Full
. Transcript of the South Carolina Democratic Debate», CBS News, 25
de febrero de 2020.
147 Clyburn habló en North Charleston: «Representative Jim Clyburn
. Endorses Joe Biden Ahead of South Carolina Primary», C-SPAN, 26
de febrero de 2020.
148 Durante meses hubo quejas constantes: Jeff Zeleny y Arlette Sáenz,
. «Joe Biden Grapples with Attacks from Trump and the Rising Warren
Threat», CNN, 7 de octubre de 2019.
149 Durante una entrevista: Transcripción, «Clyburn on Biden
. Endorsement», CNN, 28 de febrero de 2020.
150 Biden estaba conmovido: «“He Reminds Me of My Son Beau”», CNN,
. 2 de marzo de 2020.
Capítulo 15
151. El supermartes: «Live Results: Super Tuesday 2020», The
Washington Post, washingtonpost.com/elections.
152 guerrearon con la campaña de Clinton: Alex Seitz-Wald, «How
. Sanders Delegates Organized a Walkout Under Everyone’s Nose»,
NBC News, 26 de julio de 2016.
153 Biden suspendió la campaña en persona: Sydney Ember, Annie
. Karni, y Maggie Haberman, «Sanders and Biden Cancel Events as
Coronavirus Fears Upend Primary», The New York Times, 10 de
marzo de 2020.
154 El cambio fue raro: Matt Viser y Annie Linskey, «Live from His
. Basement, Joe Biden Pushes for Visibility as Democrats Worry», The
Washington Post, 25 de marzo de 2020.
155 Trump se reía de Biden: Aaron Sharockman, «Biden Isn’t in the
. Basement, but the Trump Campaign Keeps Saying So», PolitiFact, 4
de octubre de 2020.
156 El hermano mayor de Warren: Jess Bidgood, «Elizabeth Warren’s
. Oldest Brother Dies of Coronavirus in Oklahoma», The Boston Globe,
23 de abril de 2020.
157. un memorándum muy mordaz de tres páginas: Memorándum de
campaña obtenido por los autores.
158 el rumor de que los demócratas reemplazarían a Biden: Douglas
. MacKinnon, «Bye Bye Biden? Democrats Could Replace Joe Biden
with John Kerry as Presidential Candidate», The Sun, 31 de julio de
2020.
159 Parscale estaba muy unido al yerno de Trump: Ashley Parker and
. Josh Dawsey, «Adviser, Son-in-Law and Hidden Campaign Hand»,
The Washington Post, 26 de julio de 2019.
Capítulo 16
160 muy amiga de la mujer de Robert Mueller: Dareh Gregorian, «Who Is
. Attorney General William Barr?», NBC News, 18 de abril de 2019.
161. Barr había ido a ver a Bush: «William P. Barr Oral History», Miller
Center, Universidad de Virginia, 5 de abril de 2001.
Capítulo 17
162 Trump convocó una reunión: Kaitlan Collins, Joan Biskupic, Evan
. Perez, and Tami Luhby, «Barr Urges Trump Administration to Back
Off Call to Fully Strike Down Obamacare», CNN, 5 de mayo de 2020.
163 Otros republicanos también meneaban la cabeza: Jessie Hellmann,
. «GOP Senator: DOJ’s Obamacare Argument “as Far-fetched as Any
I’ve Ever Heard”», The Hill, 12 de junio de 2018.
164 Atrapado en el tiempo: Groundhog Day (Atrapado en el tiempo),
. Harold Ramis, Columbia Pictures, 1993.
165 La mañana del 14 de mayo, Trump dijo: Entrevista de Donald J.
. Trump con Maria Bartiromo de Fox News, 14 de mayo de 2020.
166 Durham, que estaba explorando: Michael Balsamo y Eric Tucker,
. «Barr Appoints Special Counsel in Russia Probe Investigation»,
Associated Press, 1 de diciembre de 2020.
167 Barr preparó un pequeño discurso: Matt Zapotosky, «Barr Says He
. Does Not Expect Obama or Biden Will Be Investigated by Prosecutor
Reviewing 2016 Russia Probe», 18 de mayo de 2020.
Capítulo 18
168 «En lo más profundo de Delaware»: Marc Caputo y Christopher
. Cadelago, «Dems Warm to Biden’s Bunker Strategy», Politico, 24 de
junio de 2021.
169 «Punxsutawney Joe»: Ibid.
.
La ventaja de Biden se amplió: Justin Wise, «Poll: Biden Widens Lead
170
over Trump to 10 points», The Hill, 31 de mayo de 2020.
.
171. Trump dijo que había que inyectarse lejía: Allyson Chiu, Katie
Shepherd, Brittany Shammas y Colby Itkowitz, «Trump Claims
Controversial Comment About Injecting Disinfectants Was
“Sarcastic”», The Washington Post, 24 de abril de 2020.
172. «Yo intenté minimizarlo siempre»: Entrevista de Bob Woodward con
el presidente Donald J. Trump, 19 de marzo de 2020 en Rage, Nueva
York, Simon & Schuster. 2020, p. xviii.
173. Trump había tuiteado aquel mismo mes: @realDonaldTrump, 14.47,
9 de marzo de 2020, Twitter.com.
174 «Nuestro país no está hecho para estar cerrado»: «President Trump
. with Coronavirus Task Force Briefing», C-SPAN, 23 de marzo de
2020.
175. receptores de superficie celular llamados ACE2: Kate Sheridan, «The
Coronavirus Sneaks into Cells Through a Key Receptor», STAT News,
10 de abril de 2010; Krishna Sriram, Paul Insel y Rohit Loomba,
«What Is the ACE2 receptor», The Conversation, 14 de mayo de 2020.
176 Durante una entrevista con Trump: Entrevista de Bob Woodward con
. el presidente Donald J. Trump, 19 de marzo de 2020, en Rabia.
177. Estaba escribiendo un libro: Juntos, el poder de la conexión humana,
Dr. Vivek Murthy, Nueva York, HarperCollins, 2020.
Capítulo 19
178 en más de 140 ciudades: Derrick Bryson Taylor, «George Floyd
. Protests: A Timeline», The New York Times, 28 de marzo de 2021.
179 siete minutos y 46 segundos: Paul Walsh, «7 Minutes, 46 Seconds:
. Error in George Floyd Killing Timeline Won’t Affect Charges, County
Says», Minneapolis Star Tribune, 18 de junio de 2020.
180 Trump le dijo a Woodward: «Son pirómanos»: entrevista de Bob
. Woodward con el Presidente Donald J. Trump, 3 de junio de 2020, en
Rabia.
181. uno de los consejeros de alto rango más conservadores de Trump:
Nick Miroff y Josh Dawsey, «The Adviser Who Scripts Trump’s
Immigration Policy», The Washington Post, 17 de agosto de 2019.
182 como los disturbios de 1968 en Washington, D.C.: Denise Kersten
. Wills, «“People Were Out of Control”: Remembering the 1968 Riots»,
Washingtonian Magazine, 1 de abril de 2008.
183 el asalto del FBI en 1993: Tara Isabella Burton, «The Waco Tragedy,
. Explained», Vox, 19 de abril de 2018.
184 el presidente Lyndon B. Johnson había desplegado: Lauren
. Pearlman, «A President Deploying Troops at Home Subverts Local
Control and Accountability», The Washington Post, 5 de junio de
2020.
185 a Trump al búnker subterráneo: Jonathan Lemire y Zeke Miller,
. «Trump Took Shelter in White House Bunker as Protests Raged»,
A.P., 31 de mayo de 2020.
186 dijo a los gobernadores: Robert Costa, Seung Min Ki y Josh Dawsey,
. «Trump Calls Governors “Weak,” Urges Them to Use Force Against
Unruly Protests», The Washington Post, 1 de juni de 2020.
187 «Tienen que dominarlos»: «President Trump’s Call with US
. Governors over Protests», CNN, 1 de junio de 2020.
Capítulo 20
188 Joe Lengyel, que era el jefe: «Guard Chief Stresses Strategic Use of
. Force, Parity with Active Force», Defense.gov, 4 de marzo de 2020.
189 Hacia las 18.30: Oficina de Publicaciones del gobierno de Estados
. Unidos, vista de supervisión ante el Comité Nacional de Recursos,
Cámara de Representantes de Estados, 28-29 de junio de 2020.
190 «Bolas de pimienta»: Ibid.
.
Trump habló durante siete minutos: Transcripción del «President
191.
Trump’s Rose Garden Speech on Protests», CNN, 1 de junio de 2020.
192 Docenas de tropas de la Guardia Nacional: Phillip Kennicott, «The
. Dystopian Lincoln Memorial Photo Raises a Grim Question: Will They
Protect Us, or Will They Shoot Us?», The Washington Post, 3 de junio
de 2020.
Capítulo 21
193 «Debemos estar muy atentos hacia la violencia»: «Joe Biden’s
. Remarks on Civil Unrest and Nationwide Protests», CNN, 2 de junio
de 2020.
194 «Siempre he creído»: Matthew Impelli, «U.S. Secretary of Defense
. Breaks with Trump, Says He Doesn’t Support Invoking Insurrection
Act», Newsweek, 3 de junio de 2020.
Capítulo 22
195 Milley decidió disculparse públicamente: Transcripción: «General
. Mark Milley’s Message to the National Defense University Class of
2020», Joint Staff Public Affairs, 11 de junio de 2020.
196 como el perro del gramófono: Michael P. Farrell, «A Visual History of
. Albany’s Top Dog: Nipper Through the Years», Albany Times Union,
25 de enero de 2021.
197 el asunto de las banderas confederadas: Dan Lamothe y Josh Dawsey,
. «U.S. Military Faces a Reckoning on How to Handle Its Confederate
Symbols Without Provoking Trump», The Washington Post, 12 de
junio de 2020.
198 La cortina de humo: Wag the Dog (La cortina de humo), Barry
. Levinson, Estados Unidos, New Line Cinema, 1997.
Capítulo 23
199 Los funcionarios de sanidad de la ciudad: Nicole Sganga, Musadiq
. Bidar y Eleanor Watson, «Oklahoma Officials Worry About Trump’s
Rally as Tulsa County Covid Infections Rise to Record Levels»,
CBSNews.com, 18 de junio de 2020.
20 Un día antes, Trump le dijo a Woodward: Véase Rabia.
0.
201 un mar de asientos azules vacíos: Philip Rucker y Robert Costa,
. «Trump Rallies in Red-State America-and Faces a Sea of Empty Blue
Seats», The Washington Post, 20 de junio de 2020.
202 La pandemia «está desapareciendo», insistía: Annie Karni y Maggie
. Haberman, «Away from Gridlock in Washington, Trump Puts on a
Show for His Club», The New York Times, 7 de agosto de 2020.
203 «El estado profundo»: @realDonaldTrump, 22 de agosto de 2020,
. 7.49, Twitter. com.
204 También era donante habitual: Sarah Karlin-Smith, «Trump to Pick
. Texas Cancer Doctor to Head FDA», Politico, 1 de noviembre de 2019.
Capítulo 24
205 Biden juró públicamente: Brian Schwartz, «Joe Biden Pledges to Pick
. a Woman to Be His Running Mate», CNBC, 15 de marzo de 2020.
206 Y era miembro también: Stephanie Saul, «Kamala Harris’s Secret
. Weapon: The Sisterhood of Alpha Kappa Alpha», The New York
Times, 1 de julio de 2019.
207 los dos colaboraron: Edward-Isaac Dovere, «The Battle That Changed
. Kamala Harris», The Atlantic, 19 de agosto de 2020.
20 «Nos guardábamos las espaldas el uno al otro»: The Truths We
8. Hold: An American Journey (Nuestra verdad), Kamala Harris, Nueva
York, Penguin, 2019.
209 Publicó una foto en Instagram: @kamalaharris, «Este fin de semana
. he asistido al funeral por mi querido amigo Beau Biden. Ha sido un
conmovedor tributo a Beau, que se preocupaba muchísimo por su
familia, por la gente de Delaware y por nuestro país. Me siento muy
afortunada de haber conocido a Beau y ser amiga suya, y haber tenido
la oportunidad de trabajar estrechamente con él como fiscales
generales. Mi corazón y mis oraciones van con su familia, a la que él
amaba tan apasionadamente», 8 de junio de 2015, Instagram.com.
210 «Beau siempre la apoyó»: Scott Bixby, «Kamala Harris Was in Biden
. Circle of Trust. Then Came Debate Night», The Daily Beast, 13 de julio
de 2020.
211. Harris era hija: Ellen Barry, «How Kamala Harris’s Immigrant
Parents Found a Home, and Each Other, in a Black Study Group», The
New York Times, 13 de septiembre de 2020.
212 su historial de voto era invariablemente liberal: David Lightman,
. «How Liberal Is She? Watchdog Groups Rate the Senate Record of
Kamala Harris», The Sacramento Bee, 12 de agosto de 2020.
213 Fue fotografiada la ficha que tenía Biden: Colby Itkowitz, «Joe
. Biden’s Personal Notes on Kamala Harris: No Grudges», The
Washington Post, 28 de julio de 2020.
214 Hasta los rivales de Harris: Julie Pace, David Eggert y Kathleen
. Ronayne, «How Biden Decided: Whitmer Pulled Back, Pushing Pick to
Harris», Associated Press, 12 de agosto de 2020.
215 El 11 de agosto Biden se sentó frente: Philip Elliott, «How Joe Biden’s
. Enduring Grief for His Son Helped Lead Him to Kamala Harris»,
Time, 12 de agosto de 2020.
216 En su escritorio descansaba: Michel Martin, «Joe Biden Remembers
. His Son in His New Memoir», NPR, 8 de noviembre de 2017.
217. Había unos 10 millones más de mujeres que de hombres registradas
para votar: «Elections: Data and Analysis for Current and Past Races
with Women Candidates, by Election Year», Rutgers: Center for
American Women and Politics, cawp.rutgers.edu; Ruth Igielnik, «Men
and Women in the U.S. Continue to Differ in Voter Turnout Rate,
Party Identification», Pew Research Center, 18 de agosto de 2020.
218 La campaña recaudó 48 millones de dólares en las 48 horas: James
. Oliphant y Kanishka Singh, «Biden Campaign Raises $48 Million in
48 Hours After Naming Kamala Harris as VP Choice», Reuters, 13 de
agosto de 2020.
219 El 12 de agosto: «Joe Biden Introduction of Senator Kamala Harris as
. Running Mate», C-SPAN, 12 de agosto de 2020.
Capítulo 25
220 Un agente del Servicio Secreto interrumpió: Clarence Williams, Anne
. Gearan, Carol D. Leonnig y Martin Weil, «Secret Service Shoots Man
Near the White House», The Washington Post, 10 de agosto de 2020.
221 Trump tuiteó: @realDonaldTrump, 7.33, 12 de agosto de 2020,
. Twitter.com.
222 La campaña de Trump emitió un vídeo: Donald J. Trump for
. President, 11 de agosto de 2020, youtube.com.
223 Bill Stepien, después de haber despedido a Brad Parscale: Andrew
. Restuccia y Rebecca Ballhaus, «Trump Replaces Campaign Manager»,
The Wall Street Journal, 15 de julio de 2020.
224 A finales de septiembre, la FDA envió: Noah Weiland y Sharon
. LaFraniere, «F.D.A. to Release Stricter Guidelines for Emergency
Vaccine Authorization», The New York Times, 22 de septiembre de
2020.
225 Siete antiguos miembros de la FDA publicaron: Robert Califf, Scott
. Gottlieb, Margaret Hamburg, Jane Henney, David Kessler, Mark
Mclellan, y Andy von Eschenbach, «7 former FDA commissioners: The
Trump Administration Is Undermining the Credibility of the FDA»,
The Washington Post, 29 de septiembre de 2020.
226 Aquella misma tarde: Transcripción del debate presidencial,
. Comisión de Debates Presidenciales, 29 de septiembre de 2020,
debates.org.
227 Bourla se unió al coro de voces: «Moving at the Speed of Science: An
. open letter from Pfizer Chairman and CEO Albert Bourla to U.S.
colleagues», 1 de octubre de 2020, Pfizer.com.
228 «¿Se quiere callar de una vez, hombre?»: Vicepresidente Joe Biden,
. Transcripción del debate presidencial, Comisión de Debates
Presidenciales, 29 de septiembre de 2020, debates.org.
229 Trump se había resistido a ir: Noah Weiland, Maggie Haberman,
. Mark Mazzetti y Annie Karni, «Trump Was Sicker than Acknowledged
with Covid-19», The New York Times, 11 de febrero de 2021.
230 «cóctel de anticuerpos»: Katie Thomas y Gina Kolata, «President
. Trump Received Experimental Antibody Treatment», The New York
Times, 2 de octubre de 2020.
231 Los funcionarios de salud de Estados Unidos hicieron frenéticos
. esfuerzos: Nightmare Scenario: Inside the Trump Administration’s
Response to the Pandemic That Changed History, Yasmeen Abutaleb
y Damian Paletta, Nueva York, HarperCollins, 2021.
232 La Casa Blanca seguía siendo una zona caliente: Josh Margolin y
. Lucien Bruggeman, «34 People Connected to White House, More
Than Previously Known, Infected by Coronavirus: Internal FEMA
Memo», ABCNews.com, 7 de octubre de 2020.
233 En 2017, el Departamento de Estado negó categóricamente: Meghan
. Keneally, «State Department Denies Tillerson called Trump a
“Moron”», Associated Press, 4 de octubre de 2017.
Capítulo 26
234 En 1987, el almirante William J. Crowe: Véase The Commanders de
. Bob Woodward, Nueva York, Simon & Schuster, 1991, p. 40.
235 «Yo derroté a ese loco y horrible virus chino»: Donald J. Trump en
. una entrevista con Maria Bartiromo, Fox News, 11 de octubre de 2020.
236 «Necesitamos que te unas al ejército de trump para la operación de
. seguridad de las elecciones»: Team Trump, 21 de septiembre de 2020,
Facebook.com.
Capítulo 27
237 como otras fiestas de Trump: Annika Merrilees, «President Donald
. Trump Once Again Serves Fast Food to College Athletes at White
House Celebration», ABCNews.com, 4 de marzo de 2019.
238 El 22 de junio tuiteó: @realDonaldTrump, 5.16, 22 de junio de 2020,
. Twitter.com.
239 En su discurso ante la Convención Nacional Republicana: «Full
. Transcript: President Trump’s Republican National Convention
Speech», The New York Times, 28 de agosto de 2020.
240 19 minutos después de la medianoche: Patrick Maks, «Calling the
. 2020 Presidential Race State by State», Associated Press, 8 de
noviembre de 2020.
241 La mesa de decisiones de la Fox News adjudicó Arizona a Biden:
. Elahe Izadi, «Who Won Arizona? Why the Call Still Differs by Media
Organization», The Washington Post, 5 de noviembre de 2020; David
Bauder, «Two Fox News Political Executives Out After Arizona Call»,
Associated Press, 19 de enero de 2021.
242 Predijo su victoria: Grace Segers, «Joe Biden Expresses Confidence in
. Election Night Speech: “We Feel Good About Where We Are”», CBS
News, 1.15, 4 de noviembre de 2020.
243 «Este es un fraude»: Transcripción del discurso de la noche electoral
. de 2020 en EE.UU. 4 de noviembre de 2020.
244 un cambio de 44 000 votos: Benjamin Swasey y Connie Hanzhang Jin,
. «Narrow Wins in These Key States Powered Biden to the Presidency»,
NPR, 2 de diciembre de 2020.
245 Un análisis del Washington Post observaba: David Brady y Brett
. Parker, «This Is How Biden Eked Out His 2020 Victory», The
Washington Post, 12 de febrero de 2021.
246 Los republicanos del Congreso habían ganado 10 escaños: Nick
. Vlahos, «After Close Shave, Cheri Bustos Furious About Polling That
Missed GOP Gains in House», The Journal Star, 6 de noviembre de
2020.
Capítulo 28
247 El sábado 7 de noviembre: Brian Slodysko, «Explaining Race Cals:
. How AP Called the Race for Biden», Associated Press, 7 de noviembre
de 2020.
248 «Joe Biden es elegido 46º presidente de los Estados Unidos»: Katie
. Glueck, The New York Times, 7 de noviembre de 2020.
249 dijo Biden sonriendo, con un traje oscuro: Amber Phillips, «Joe
. Biden’s Victory Speech, Annotated», The Washington Post, 7 de
noviembre de 2020.
250 Adoptando un lema: Véase, por ejemplo, «A Time to Heal: Gerald
. Ford’s America», C-SPAN, 31 de enero de 2010.
251 la canción clásica de R&B de Jackie Wilson: «(Your Love Keeps
. Lifting Me) Higher and Higher», Columbia Studios, 1967.
252 secretaria de prensa de Biden en el Senado durante 10 años:
. Entrevista de Margaret Aitken con Jim Gilmore, Frontline, 21 de julio
de 2020.
253 quería recitar: Seamus Heaney, «The Cure at Troy: A Version of
. Sophocles’ Philoctetes», Nueva York, Noonday Press, 1991.
254 Matt pensó que había sido una llamada increíble: Biden también
. envió una carta personal que fue entregada a los autores:
Joseph R. Biden
9 de noviembre de 2020
Para la familia Manlove:
En nombre de toda la familia Biden, os transmito mis más
profundas condolencias por la súbita muerte de vuestros
queridos Elaine y Wayne. Su pérdida nos ha dejado destrozados,
como ha ocurrido con muchas personas en todo Delaware.
El legado de Elaine, amante esposa, madre, abuela, amiga y
funcionaria pública, como comisionada de las elecciones de
Delaware, queda encarnado en la auténtica democracia que ella
entregó su vida para hacer mejor, más inclusiva y más
igualitaria. Ya fuera como votante o como candidato, yo sabía, y
mi voto también sabía, que el derecho más fundamental a votar
estaría protegido bajo su vigilante mirada y su profundo amor a
su país. Designada y querida por líderes de todas las tendencias
políticas, Elaine abrazó el credo extraoficial de nuestro estado
de que toda política es algo personal, por muy difícil que sea la
tarea. Su alegría era contagiosa, unía a toda la gente entre sí,
estrechado nuestros vínculos como compatriotas americanos. Y
vimos en las elecciones más recientes que votaron más
ciudadanos de Delaware que nunca. Pero todos sabemos que su
unión más profunda era con su Wayne. Un hombre bueno,
decente, honrado. Matthew, Joe, Michael, compartimos un
vínculo de desdicha al haber perdido a seres queridos tan de
repente, demasiado pronto. Sé que no hay palabras que puedan
suavizar la pena que estáis sintiendo, pero quiero que sepáis que
algún día el recuerdo de vuestros padres traerá una sonrisa a
vuestros labios antes que una lágrima a vuestros ojos. Costará
mucho tiempo, pero os prometo que ese día llegará. Y por ese
día y por los días difíciles que se avecinan, espero que
encontréis alivio en un himno que ha sostenido a nuestra
familia, y que creo que sostiene a nuestro estado y nuestro país.
«Y Él te elevará en las alas de las águilas, te llevará con la brisa
del amanecer, te hará brillar como el sol, y te sostendrá en la
palma de Su mano.»
Que el espíritu de vuestros queridos padres sea elevado en alas
de las águilas, brille como el sol y quede sostenido por la mano
de Dios.
Con amor y simpatía,
JOE BIDEN
Capítulo 29
255 Biden, mientras era vicepresidente, le había dicho al presidente
. Obama: Obama’s Wars, Bob Woodward, Nueva York, Simon &
Schuster, 2010, p. 62.
256 Para Biden, cualquier cosa relacionada con su familia: «Senator
. Graham Speaks to Reporters» Calling for a Special Counsel to
Investigate Hunter Biden, C-SPAN, 16 de diciembre de 2020.
257 Fotografías de Giuliani y consejeros de Trump con aspecto muy
. serio: Katelyn Burns, «The Trump Legal Team’s Failed Four Seasons
Press Conference, Explained», Vox, 8 de noviembre de 2020.
258 Giuliani divagó a sus anchas: Video: «Four Seasons Total
. Landscaping Press Conference», AP Archive, 17 de noviembre de
2020.
259 Cuando un reportero le dijo a Giuliani: Ibid.
.
Powell afirmó: «Election Drama Unfolds as Counting Continues»,
260
Sidney Powell en Lou Dobbs Tonight, Fox Business, 6 de noviembre
.
de 2020.
Capítulo 30
261 Unos ocho segundos más tarde: @realDonaldTrump, «I am pleased to
. announce that Christopher C. Miller, the highly respected Director of
the National Counterterrorism Center (unanimously confirmed by the
Senate), will be Acting Secretary of Defense, effective immediately…
Chris will do a GREAT job! Mark Esper has been terminated. I would
like to thank him for his service», (Me complace anunciar que
Christopher C. Miller, muy respetado Director del Centro Nacional
Antiterrorista (unánimemente confirmado por el Senado) actuará
como secretario de Defensa en funciones, con efectividad inmediata…
¡Chris hará un trabajo estupendo! Mark Esper ha sido despedido. Me
gustaría darle las gracias por su servicio». 12.54, 9 de noviembre de
2020, Twitter.com.
262 Anticipando el hecho de que le despidieran: Meghann Myers,
. «Exclusive: Esper, on His Way Out, Says He Was No Yes Man»,
Military Times, 9 de noviembre de 2020.
263 Kathrin Jansen: Katie Thomas, David Gelles y Carl Zimmer, «Pfizer’s
. Early Data Shows Vaccine Is More Than 90% Effective», The New
York Times, 9 de noviembre de 2020.
264 Pero Trump se negaba a creerlo: @realDonaldTrump, 10 de
. noviembre de 2020, Twitter.com.
265 «Las cosas no terminan hasta que terminan»: @Mike_Pence, Told
. @VP Team Today, «it ain’t over til it’s over and this AIN’T over!
President @realDonaldTrump has never stopped fighting for us and
we’re gonna Keep Fighting until every LEGAL vote is counted!», (Las
cosas no terminan hasta que terminan… ¡y esta NO ha terminado! ¡El
presidente @realDonaldTrump nunca ha dejado de luchar por
nosotros, y vamos a seguir luchando hasta que se cuenten todos los
votos LEGALES!» 13.41, 9 de noviembre de 2020, Twitter.com.
266 Trump había hecho a Breitbart News: «Exclusive—President Donald
. Trump: Paul Ryan Blocked Subpoenas of Democrats», Breitbart, 13 de
marzo de 2019.
267 en una sesión pública del Departmento de Estado con reporteros:
. Vídeo: secretario de estado Mike Pompeo, «“There Will Be a Smooth
Transition to a Second Trump Administration”», The Washington
Post, 10 de noviembre de 2020.
Capítulo 31
268 Milley dispuso las cosas para hablar: «Remarks by General Mark A.
. Milley t the Opening Ceremony for the National Museum of the
United States Army», Joint Staff Public Affairs, 11 de noviembre de
2020.
269 Hollyanne, la mujer de Milley: Courtney Kube, «Gen. Milley’s Wife
. Saved Vet Who Collapsed at Veterans Day Ceremony in Arlington»,
NBC News, 13 de noviembre de 2020.
270 «casi una figura tipo “Zelig”»: David Ignatius, «How Kash Patel Rose
. from Obscure Hill Staffer to Key Operative in Trump’s Battle with the
Intelligence Community», The Washington Post, 16 de abril de 2021.
271. Jonathan Swan y Zachary Basu: «Episode 9: Trump’s War with His
Generals», Axios, 16 de mayo de 2021.
272 Al día siguiente, jueves: «Joint Statement from Elections
. Infrastructure Government Coordinating Council & The Elections
Infrastructure Sector Coordinating Executive Committees», 12 de
noviembre de 2020, cisa.gov.
273 Trump despidió inmediatamente: @realDonaldTrump, «The recent
. statement by Chris Krebs on the security of the 2020 Election was
highly inaccurate… Therefore, effective immediately, Chris Krebs has
been terminated as Director of the Cybersecurity and Infrastructure
Security Agency», («Las declaraciones recientes de Chris Krebs sobre
las elecciones de 2020 han sido altamente inexactas… Por tanto, con
efecto inmediato, Chris Krebs ha sido despedido como Director de la
Agencia de Seguridad de infraestructuras y Ciberseguridad»). 19.07, 17
de noviembre de 2020, Twitter.com.
274 La Agencia Internacional de Energía Atómica acababa de informar:
. «UN Agency: Iran Uranium Stockpile Still Violates Atomic Deal»,
Associated Press, 11 de noviembre de 2020.
Capítulo 32
275 En una carta: Los autores obtuvieron un ejemplar de la carta del
. equipo de Giuliani a la campaña de Trump.
276 Al día siguiente, 19 de noviembre: «Trump Campaign News
. Conference on Legal Challenges», C-SPAN, 19 de noviembre de 2020.
277 El titular: Bess Levin, «Rudy Giuliani’s Hair Dye Melting Off His Face
. Was the Least Crazy Part of His Batshit-Crazy Press Conference»,
Vanity Fair, 19 de noviembre de 2020.
278 «Seguimos presionando»: Tucker Carlson, «Time for Sidney Powell to
. Show Us Her Evidence», Fox News, 19 de noviembre de 2020.
279 Abrams: David Marchese, «Why Stacey Abrams Is Still Saying She
. Won», New York magazine, 28 de abril de 2019.
28 Había perdido su trabajo en la Casa Blanca en 2018: Carol D.
0. Leonnig and Josh Dawsey, «Trump’s Personal Aide Apparently Lost
White House Position over Gambling Habit», The Washington Post,
15 de marzo de 2018.
281 «Hasta el momento la cosa no va bien»: Mike Lillis, «Clyburn: Biden
. Falling Short on Naming Black Figures to Top Posts», The Hill, 25 de
noviembre de 2020.
Capítulo 33
282 Balsamo escribió un artículo: Michael Balsamo, «Disputing Trump,
. Barr Says No Widespread Election Fraud», Associated Press, 1 de
diciembre de 2020.
283 Comey dando dos memorándums: Zachary Cohen, «The Tweet That
. Got James Comey to Go to the Press», CNN.com, 8 de junio de 2017.
284 «Lo hemos pasado de maravilla»: @Donald Trump Junior, 8 de
. diciembre de 2020, Instagram.com.
285 El perfil de Cortés en Twitter: @CortesSteve, Perfil de Twitter el 7 de
. julio de 2021, Twitter.com.
286 Los «deplorables»: Hillary Clinton en una charla a periodistas en un
. acto de recogida de fondos en Nueva York, 9 de septiembre de 2020;
Katie Reilly, «Read Hillary Clinton’s “Basket of Deplorables” Remarks
About Donald Trump Supporters», Time, 10 de septiembre de 2016.
Capítulo 34
287 Rove también despreciaba públicamente: Karl Rove, «This Election
. Result Won’t Be Overturned», The Wall Street Journal, 11 de
noviembre de 2020.
288 «No se han ganado vuestro voto»: Joey Garrison, «“They Have Not
. Earned Your Vote”: Trump Allies Urge Georgia Republicans to Sit Out
Senate Runoffs», USA Today, 3 de diciembre de 2020.
289 Trump estaba perdiendo: Alison Durkee, «Trump and the GOP Have
. Now Lost More than 50 Post-Election Lawsuits», Forbes, 8 de
diciembre de 2020.
290 El rechazo del alto tribunal: Orden del juez Samuel Alito en Mike
. Kelly, United States Congressman, et al., Applicants et al. v.
Pennsylvania, et al., emitida el 8 de diciembre de 2020.
291 «Una imagen vale más que mil palabras»: @realDonaldTrump,
. 20.55, 23 de marzo de 2016, Twitter.com.
292 Trump dijo más tarde a la columnista Maureen Dowd del New York
. Times: «Trump Does It His Way», Maureen Dowd, New York Times,
2 de abril de 2016.
293 Barr redactó una carta de dimisión: «Read William Barr’s
. Resignation Letter to President Trump», The Washington Post, 14 de
diciembre de 2020.
294 Trump aceptó su dimisión y tuiteó: @realDonaldTrump, «Just had a
. very nice meeting with Attorney General Bill Barr at the White House.
Our relationship has been a very good one, he has done an
outstanding job! As per letter, Bill will be leaving just before Christmas
to spend the holidays with his family …» («Acabo de tener una
reunión muy agradable con el fiscal general Bill Barr en la Casa
Blanca. Nuestra relación siempre ha sido muy buena, y él ha hecho un
trabajo sobresaliente. Bill se despedirá justo antes de Navidad para
pasar las vacaciones con su familia…») 17.39, 14 de diciembre de
2020, Twitter.com.
295 Pero debido a los diferentes procesos legales y legislativos de Trump:
. Véase, por ejemplo, Ann Gerhart, «Election Results Under Attack:
Here Are the facts», actualizada el 11 de marzo de 2021,
washingtonpost.com.
296 casi dos tercios de los republicanos de la Cámara: Sarah Binder,
. «Why So Many House Republicans Co-Signed Texas’s Lawsuit to
Overturn the Election», The Washington Post, 15 de diciembre de
2020.
297 «Muchos millones habíamos esperado»: «McConnell Applauds
. President Trump & Congratulates President-Elect Biden», 15 de
diciembre de 2020, mcconnell.senate.gov.
298 Biden decía que la multitud: Video: «Vice President Joe Biden Visits
. McConnell Center», Universidad de Louisville, 11 de febrero de 2011.
Capítulo 35
299 Pero pronto Trump publicó un tuit: @RealDonaldTrump, 7.11., 11 de
. diciembre de 2020, Twitter.com.
30 Pfizer-BioNTech recibió la aprobación: «Pfizer and BioNTech
0. Celebrate Historic First Authorization in the U.S. of Vaccine to Prevent
Covid-19», Pfizer, 11 de diciembre de 2020.
301 Una semana más tarde: «FDA Takes Additional Action in Fight
. Against COVID-19 by Issuing Emergency Use Authorization for
Second Covid-19 Vaccine», Administración de Alimentos y
Medicamentos de los Estados Unidos (FDA), 18 de diciembre de 2020.
302 Pero la distribución no iba tan bien: «Trends in Number of Covid-19
. Vaccinations in the U.S.», Centros para el Control y la Prevención de
Enfermedades, covid.cdc.gov/covid-data-tracker/#vaccination-trends.
303 Los contagios y las muertes por coronavirus: Herramienta de
. seguimiento de datos del Covid-19 de los Centros para el Control y la
Prevención de Enfermedades, covid.cdc.gov.
304 Klain fue testigo: Ibid.
.
Más de 140 000 estadounidenses: «The Employment Situation:
305
December 2020», Oficina de Estadísticas Laborales de EE. UU., 8 de
.
enero de 2021.
306 Diecisiete unidades de tratamiento del ébola: «Fact Sheet: The U.S.
. Response to the Ebola Epidemic in West Africa», 6 de octubre de
2014, Obamawhitehouse.archives.gov.
307 Como hombre de negocios, la filosofía de Zients: Chad Day, Luis
. Melgar y John McCormick, «Biden’s Wealthiest Cabinet Officials:
Zients, Lander, Rice Top the List», The Wall Street Journal, 23 de
marzo de 2021.
30 Se trata de centros sanitarios gestionados a nivel estatal y local:
8. «Fact Sheet: President Biden Announces Community Health Centers
Vaccination Program to Launch Next Week and Another Increase in
States, Tribes, & Territories’ Vaccine Supply», Sala de prensa, 9 de
febrero de 2021, WhiteHouse.gov.
309 Más del 91 por ciento: Departamento de Salud y Servicios Sociales de
. EE. UU., «Ensuring Equity in Covid-19 Vaccine Distribution:
Engaging Federally Qualified Health Centers» Hrsa.gov.
310 Dijo que los cheques debían ser: Rachel Siegel, Josh Dawsey y Mike
. Debonis, «Trump Calls on Congress to Approve $2,000 Stimulus
Checks, Hinting He Might Not Sign Relief Bill Without Changes», The
Washington Post, 22 de diciembre de 2020.
Capítulo 36
311. Un récord histórico de mujeres republicanas: «Results: Women
Candidates in the 2020 Elections», Rutgers University: Center for
American Women and Politics, 4 de noviembre 2020.
312 Que el New York Times calificó de «duro revés»: Adam Nagourney,
. «A Stinging Setback in California Is a Warning for Democrats in
2022», The New York Times, 26 de diciembre de 2020.
Capítulo 37
313 Byrne, un moscardón de negocios: Cade Metz y Julie Creswell,
. «Patrick Byrne, Overstock CEO Resigns After Disclosing Romance
with Russian Agent», The New York Times, 22 de agosto de 2019.
314 También afirmó: Sheelah Kolhatkar, «A Tycoon’s Deep-State
. Conspiracy Dive», The New Yorker, 7, 2020.
315 Truman había intentado utilizarla: Youngstown Sheet & Tube Co. v.
. Sawyer, 343 US 579 (1952).
316 Aquel lunes, 21 de diciembre: Vídeo de Reuters: «“No Plan to Do So”,
. Barr Says of Appointing Special Counsels,” The New York Times, 21 de
diciembre de 2020.
Capítulo 38
317. Por el contrario, la enmienda: Duodécima Enmienda a la
Constitución de los Estados Unidos.
318 Los republicanos controlaban más delegaciones en la Cámara de
. Representantes: Kyle Kondik, «Republican Edge in Electoral College
Tie Endures», Universidad de Virginia, Center for Politics, 9 de enero
de 2020.
319 Pence le dijo a Quayle que había analizado a fondo el vídeo:
. «Electoral Ballot Count», C-SPAN, 6 de enero de 1993.
320 Había una demanda interpuesta en el tribunal federal: Jacques
. Billeaud, «US Supreme Court Asked to Decertify Biden’s Win in
Arizona», Associated Press, 13 de diciembre de 2020.
Capítulo 39
321 Fue el primer senador en hacerlo: «Sen. Hawley Will Object During
. Electoral College Certification Process», 30 de diciembre de 2020,
Hawley.senate.gov.
322 «¡EL SEIS DE ENERO NOS VEMOS EN DC!»: @RealDonaldTrump, 2.06, 30
. de diciembre de 2020, Twitter.com.
323 Sus aliados: Brian Schwartz, «Pro-Trump Dark Money Groups
. Organized the Rally That Led to Deadly Capitol Hill Riot», CNBC, 9 de
enero de 2021.
324 En agosto, Bannon había sido condenado: Matt Zapotosky, Josh
. Dawsey, Rosalind S. Helderman y Shayna Jacobs, «Steve Bannon
Charged with Defrauding Donors in Private Effort to Raise Money for
Trump’s Border Wall», The Washington Post, 20 de agosto de 2020.
Capítulo 40
325 Lee recibió una circular de dos páginas: Circular de John Eastman,
. «Privileged and Confidential: January 6 scenario», enviada a Mike Lee
el 2 de enero de 2020, obtenida por los autores.
326 Electores «sin fe»: Robert Barnes, «Supreme Court Considers
. “Faithless” Presidential Electors and Finds More Questions than
Answers», The Washington Post, 13 de mayo de 2020.
327 El asesor de Trump Stephen Miller: Mark Joyella, «On Fox News,
. Stephen Miller Says “An Alternate Set of Electors” Will Certify Trump
as Winner», Forbes, 14 de diciembre de 2020.
328 De niño, Mark Meadows era «gordo y empollón», en sus propias
. palabras: Gabriella Muñoz, «Mark Meadows’ Journey from “Fat
Nerd” to Trump Chief of Staff», The Washington Times, 12 de marzo
de 2020.
329 Había llorado abiertamente: Maggie Haberman, «For Mark
. Meadows, Transition from Trump Confidant to Chief of Staff Is a Hard
One», The New York Times, 16 de abril de 2020.
330 Varios estados habían registrado: Reuters staff, «Fact check:
. Clarifying the Comparison Between Popular Vote and Counties Won
in the 2020 Election», Reuters, 29 de diciembre de 2020.
331 Los abogados de Trump habían perdido: Zoe Tillman, «Trump and
. His Allies Have Lost Nearly 60 Election Fights in Court (And
Counting)», BuzzFeed News, 14 de diciembre de 2020.
Capítulo 41
332 La primera circular: Circular remitida a Lindsey Graham por el
. alcalde Rudy Giuliani y el equipo de abogados defensores de Trump,
«Deceased People Who Voted in the 2021 Election in GA», 4 de enero
de 2021, obtenida por los autores.
333 Una segunda: «Voting Irregularities, Impossibilities, and Illegalities
. in the 2020 General Election», 4 de enero de 2021, obtenida por los
autores.
334 Leyó un PowerPoint impreso: «Analysis of Vote Irregularities in
. Georgia’s 2020 General Election», enero de 2021, obtenida por los
autores.
335 Otra circular «confidencial»: «Confidential Memo on Voting
. Irregularities in Georgia», 3 de enero de 2021, obtenida por los
autores.
336 Holmes recibió un correo: Correo electrónico de Rudolph Giuliani a
. Lindsey Graham, «Voting Irregularities, Impossibilities, and
Illegalities in the 2020 General Election», 4 de enero de 2021.
337 que pregonaba conspiraciones: Rachel Abrams, «One America News
. Network Stays True to Trump», The New York Times, 18 de abril de
2021.
338 Encontró un caso del Tribunal Supremo de 2013: Arizona v. Inter
. Tribal Council of Ariz., Inc., 570 U.S. 1 (2013).
Capítulo 42
339 «Sé que todos»: «Vice President Pence Remarks at Georgia Senate
. Campaign Event», C-SPAN, 4 de enero de 2021.
340 Aquella noche en Georgia, Trump atacó: «President Trump Remarks
. at Georgia U.S. Senate Campaign Event», C-SPAN, 4 de enero de
2021.
Capítulo 43
341 La Policía Metropolitana detuvo a cinco personas: Marissa J. Lang,
. Emily Davies, Peter Hermann, Jessica Contrera y Clarence Williams,
«Trump Supporters Pour Into Washington to Begin Demonstrating
Against Election», The Washington Post, 5 de enero de 2021.
342 Trump ordenó a su equipo de campaña: Maggie Haberman y Annie
. Karni, «Pence Said to Have Told Trump He Lacks Power to Change
Election Result», The New York Times, 5 de enero de 2020.
343 «Si el vicepresidente @Mike_Pence»: @RealDonaldTrump, 1.00, 6 de
. enero de 2021, Twitter.com.
344 Trump había prometido una manifestación «salvaje»:
. @RealDonaldTrump, «Peter Navarro ha publicado un informe de 36
páginas alegando la existencia de un fraude electoral “más que
suficiente” para darle la victoria Trump. Un informe estupendo de
Peter. Es estadísticamente imposible haber perdido las elecciones de
2020. Gran manifestación en D.C. el 6 de enero. ¡Acudid, será
salvaje!», 19 de diciembre de 2020, Twitter.com.
345 «Para que quede claro»: Carta de la alcaldesa de Washington D.C.,
. Muriel Bowser, al fiscal general en funciones Rosen, el secretario
McCarthy y el secretario en funciones Miller, 5 de enero de 2021.
Véase @MayorBowser, 13.53, 5 de enero de 2021, Twitter.com.
Capítulo 44
346 «Lo único que tiene que hacer Mike Pence»: @RealDonaldTrump,
. 8.17, 6 de enero de 2021, Twitter.com.
347 Antes de que Trump saliera al escenario: Vídeo de las declaraciones
. de Rudolph Giuliani: «Celebremos un juicio por combate por las
elecciones», Reuters, 6 de enero de 2021.
348 Pence publicó su carta de dos páginas: @Mike_Pence, 13.02, 6 de
. enero de 2021, Twitter.com.
349 Tras el discurso de una hora de Trump: «Former President Donald
. Trump’s January 6 Speech», transcripción de la CNN, 8 de febrero de
2021.
350 «No, quiero estar aquí»: Lesley Stahl, «Nancy Pelosi on the Riot at the
. Capitol, Congress’ Mandate Under Joe Biden and the Youth in the
Democratic Party», transcripción de las noticias de la CBS, 60
Minutes, 11 de enero de 2021.
Capítulo 45
351 Lo sacaron de la sala a las 14.13: Elyse Samuels, Joyce Sohyun Lee,
. Sarah Cahlan y Meg Kelly, «Previously Unpublished Video Shows
Pence, Romney, Schumer and Others Rushing to Evacuate the
Capitol», The Washington Post, 10 de febrero de 2021.
352 Trump publicó un tuit: @RealDonaldTrump, «Mike Pence no ha
. tenido el valor de hacer lo que había que hacer para proteger nuestro
país y nuestra Constitución, dándoles a los estados la oportunidad de
ratificar un conjunto de hechos corregido y no los fraudulentos o
inexactos que tuvieron que se vieron obligados a ratificar. ¡EE. UU.
quiere la verdad!» 14.24, 6 de enero de 2021, Twitter.com.
353 Ashli Babbitt recibió un tiro: Dalton Bennett, Emma Brown, Atthar
. Mirza, Sarah Cahlan, Joyce Sohyun Lee, Meg Kelly, Elyse Samuels,
Jon Swaine, «41 Minutes of Fear: A Video Timeline from Inside the
Capitol Siege», The Washington Post, 6 de enero de 2021.
354 E hizo el siguiente comentario: Aaron Blake, «9 Witnesses Who Could
. Have Offered Vital Testimony at Trump’s Impeachment Trial», The
Washington Post, 13 de febrero de 2021.
355 A las 15.13, Trump publicó un tuit: @RealDonaldTrump, 15.13, 6 de
. enero de 2020, Twitter.com.
356 Biden pospuso sus planes: «President-elect Biden Remarks on U.S.
. Capitol Protesters», C-SPAN, 6 de enero de 2021.
Capítulo 46
357 Pence llamó a Christopher Miller: Lisa Mascaro, Ben Fox y Lolita C.
. Baldor, «“Clear the Capitol”, Pence Pleaded, Timeline of Riot Shows»,
Associated Press, 10 de abril de 2021.
358 Se decidieron por el vídeo: «President Trump Video Statement on
. Capitol Protesters», C-SPAN, 6 de enero de 2021.
359 Siete minutos más tarde: @USMarshalsHQ, 16.24, 6 de enero de
. 2021, Twitter.com.
360 Una fotografía de Hawley con el puño levantado: Katie Bernard, «A
. Photographer and a Fist Pump. The Story Behind the Image That Will
Haunt Josh Hawley», The Kansas City Star, 7 de enero de 2021.
361 Dispuestos a acabar con aquel drama: Matthew Choi, «Loeffler
. Reverses on Challenging Biden’s Win After Riot at Capitol», Politico, 6
de enero de 2021.
362 «Esto es lo que pasa»: @RealDonaldTrump, «Esto es lo que pasa
. cuando se arrebata una victoria electoral aplastante de forma tan
brusca y vil a los grandes patriotas que han recibido un trato
mezquino e injusto durante tanto tiempo. Marchaos a casa en paz y
amor. ¡Recordad este día siempre!», 18.01, 6 de enero de 2021,
Twitter.com.
363 «Cuando llegué a Washington esta mañana»: Intervención de la
. senadora Kelly Loeffler en la cámara, «I Cannot Now in Good
Conscience Object», C-SPAN, 6 de enero de 2021.
364 El senador Mike Lee se mostró solemne: «Sen. Lee Speaks on
. Counting Electoral Votes», 6 de enero de 2021, lee.senate.gov.
365 «Trump y yo hemos recorrido un largo camino juntos»: «Graham
. Addresses Electoral Results on Senate Floor», 6 de enero de 2021,
lgraham.senate.gov.
366 Poco después de las 3.40 de la madrugada: Equipo de CBS News,
. «Pence Announces Biden’s Victory After Congress Completes
Electoral Count», CBS News, 7 de enero de 2021.
367 Pence se encaminó hacia su comitiva de vehículos: Josh Dawsey y
. Ashley Parker, «Inside the Remarkable Rift Between Donald Trump
and Mike Pence», The Washington Post, 11 de enero de 2021.
Capítulo 47
368 Pelosi y Schumer: «Joint Statement on Call to Vice President Pence on
. Invoking 25th Amendment», 7 de enero de 2021,
speaker.gov/newsroom.
369 El vicepresidente trabajó: La junta editorial, «Donald Trump’s Final
. Days: The Best Outcome Would Be for Him to Resign to Spare the
U.S. Another Impeachment Fight», The Wall Street Journal, 7 de
enero de 2021.
370 La secretaria de transportes de Trump: @SecElaineChao, «It has
. been the honor of a lifetime to serve the U.S. department of
Transportation», carta de dimisión, 13.36, 7 de enero de 2021,
Twitter.com.
371. Más tarde, en el aeropuerto: Paul P. Murphy, Gregory Wallace, Ali
Zaslav y Clare Foran, «Trump Supporters Confront and Scream at
Sen. Lindsey Graham», CNN, 10 de enero de 2021.
372 En realidad, Corea del Sur tiene un 29 por ciento de población
. cristiana: Phillip Connor, «6 Facts About South Korea’s Growing
Christian Population», Pew Research Center, 12 de agosto de 2014.
Capítulo 48
La información contenida en este capítulo está extraída
de varias entrevistas en profundidad.
Capítulo 49
373 Unas 4000 personas: «Trends in Number of COVID-19 Cases and
. Deaths in the US Reported to CDC, by State/Territory», seguimiento
de datos de los Centros para el Control y la Prevención de
Enfermedades, covid.cdc.gov.
374 Se habían perdido 140 000 puestos de trabajo en diciembre: «U.S.
. Current Employment Statistics Highlights: December 2020», Oficina
de Estadísticas Laborales de EE. UU., 8 de enero de 2021, bls.gov.
375 Trump se había condecorado con la distinción: Glen Kessler, «Biden’s
. Claim that Trump Will Be the First President with a Negative Jobs
Record», The Washington Post, 2 de octubre de 2020.
376 Una ampliación del crédito tributario por hijo: «DeLauro, DelBene,
. Torres Introduce Legislation to Expand the Child Tax Credit to
Permanently Give Families Monthly Payments and Cut Child Poverty
Nearly in Half», 8 de febrero de 2021, delauro.house.gov.
377 Y siempre había destacado como una honesta defensora de la
. infancia: Congresista Rosa L. DeLauro, The Least Among Us: Waging
the Battle for the Vulnerable (Nueva York: The New Press, 2017).
Capítulo 50
378 Lo leyeron: «Memorandum for the Joint Force», circular
. desclasificada de los jefes del Estado Mayor Conjunto, 12 de enero de
2021.
379 La cobertura de la carta de Milley en los medios: Alex Ward, «US
. Military Chiefs Warn Troops Against “Sedition and Insurrection”
Before Biden Inauguration», Vox, 12 de enero de 2021.
38 Con una pantalla de 44 metros por 4: «Historic Conmy Hall
0. Transformed with Christie LED Wall», 24 de septiembre de 2020,
christiedigital.com.
381 Los Boogaloo Boys: Craig Timberg, Elizabeth Dwoskin y Souad
. Mekhennet, «Men Wearing Hawaiian Shirts and Carrying Guns Add a
Volatile New Element to Protests», The Washington Post, 4 de junio
de 2020.
Capítulo 51
382 Cancelar sus planes de organizar un futuro gran torneo: Doug
. Ferguson, «PGA Championship Leaving Trump National in ’22
Tournament», Associated Press, 11 de enero de 2021.
383 Otro duro golpe: Steve Gardner, «Patriots’ Bill Belichick Declines
. Medal of Freedom from Donald Trump, Says He Has ‘Great
Reverence’ for Democracy», USA Today, 11 de enero de 2001.
384 Pence, con una carta inusualmente emotiva: Transcripción, «Read
. Pence’s Full Letter Saying He Can’t Claim ‘Unilateral Authority’ to
Reject Electoral Votes», PBS, 6 de enero de 2021.
385 El segundo movimiento: «H.Res.24-Impeaching Donald John Trump,
. President of the United States, For High Crimes and Misdemeanors»,
Actas del congreso, 11 de enero de 2021, Congress.gov.
386 «Tiene que irse»: «The Latest: Pelosi Wants Fines for Bypassing
. House Security», Associated Press, 13 de enero de 2021.
387 McConnell no dijo: Nick Niedzwiadek, «McConnell Says He Hasn’t
. Ruled Out Convicting Trump in Senate Trial», Politico, 13 de enero de
2021.
388 «Queridos compatriotas»: «A Message from President Donald
. Trump», archivos de la Casa Blanca de la Administración Trump, 13
de enero de 2021.
Capítulo 52
389 Lo formuló como una respuesta de emergencia: Vídeo: «Biden
. Unveils $1.9 Trillion Covid Relief Bill», CBS News, 15 de enero de
2021.
390 Los componentes principales del plan: «President Biden Announces
. American Rescue Plan», Sala de prensa, 20 de enero de 2021,
WhiteHouse.gov.
391 Algunos miembros de la Cámara criticaron: Carta dirigida al
. presidente Biden y a la vicepresidenta Harris, 28 de enero de 2021,
firmada por el representante Ilhan Omar y más de cincuenta
demócratas más de la Cámara de Representantes, omar.house.gov.
392 Pero, a pesar de que entendía: Mitch McConnell, The Long Game: A
. Memoir (Nueva York: Sentinel, 2016).
393 Hacia el final de la reunión: Grabación de la reunión telefónica con
. los autores.
394 El 15 de enero: «A Pillow Salesman Apparently Has Some Ideas About
. Declaring Martial Law», The Washington Post, 15 de enero de 2021.
395 Más de 140 personas recibieron clemencia: Rosalind S. Helderman,
. Josh Dawsey y Beth Reinhard, «Trump Grants Clemency to 143
People in Late-Night Pardon Blast», The Washington Post, 20 de
enero de 2021.
396 Por un instante, la voz de Biden se quebró: «President-elect Biden
. Departure from Delaware», C-SPAN, 19 de enero de 2021.
Capítulo 53
397 Trump había firmado de improviso un último indulto: Alayna Treene,
. «Trump’s Final Act as President: Pardoning Jeanine Pirro’s Ex-
Husband», Axios, 20 de enero de 2021.
398 Un grupo de empleados estaba preparándolo todo para Biden: Annie
. Linskey, «A Look Inside Biden’s Oval Office», The Washington Post,
21 de enero de 2021.
399 Harris tenía dos Biblias: Chelsea Jane y Cleve Wootston Jr., «Kamala
. Harris Sworn into History with Vice-Presidential Oath», The
Washington Post, 20 de enero de 2021.
40 A Amanda Gorman mientras la joven negra: La colina que
0. ascendemos, Amanda Gorman, Lumen, 2021, traducción de Nuria
Barrios, Barcelona.
401 Una Biblia familiar con una cruz celta: Shane O’Brien, «Celtic Cross
. Featured on Joe Biden’s Irish Ancestors’ Bible Used in Inauguration»,
21 de enero de 2021.
402 El discurso de Biden, de 2552 palabras: «Discurso íntegro de Joe
. Biden en su toma de posesión como presidente de Estados Unidos», El
País, 20 de enero de 2021.
403 191 500: Jason Samenow, «Inaugural “Field of Flags” on the Mall Seen
. from Space», The Washington Post, 20 de enero de 2021.
404 Un desayuno al estilo sureño, con carne: Menú obtenido por los
. autores.
405 «Ya saben que en el Air Force Two tenemos una tradición»: «Former
. VP Mike Pence and Former Second Lady Karen Pence Return Home
to Indiana», WLKY News Louisville, 20 de enero de 2021.
Capítulo 54
406 Como descubrió más tarde la secretaria de prensa Jen Psaki: Seung
. Min Kim, «On His First Day, Biden Signs Executive Orders to Reverse
Trump’s Policies», The Washington Post, 20 de enero de 2021.
407 Biden decidió anunciar: «Remarks by President Biden on the Fight to
. Contain the Covid-19 Pandemic», Sala de prensa, 26 de enero de 2021,
WhiteHouse.gov.
40 Biden había anunciado: «Biden Says He Will Ask Americans to Wear
8. Masks for the First 100 Days He’s in Office», CNN, 3 de diciembre de
2021.
Capítulo 55
409 Greene también había difundido: Camila Domonoske, «QAnon
. Supporter Who Made Bigoted Videos Wins Ga. Primary, Likely
Heading to Congress», NPR, 12 de agosto de 2020.
Capítulo 56
410 La senadora Susan Collins: Declaración: «Group of 10 Republican
. Senators Outline Covid-19 Relief Compromise, Request Meeting with
President Biden», 31 de enero de 2021.
411. Un detalle: Ashley Parker, Matt Viser y Seung Min Kim, «“An Easy
Choice”», The Washington Post, 7 de febrero de 2021.
412 Las críticas que Bill Clinton manifestó en 1992: Thomas B. Edsall,
. «Clinton Stuns Rainbow Coalition», The Washington Post, 14 de junio
de 1992.
413 El plan de Biden preveía: «President Biden Announces American
. Rescue Plan», Sala de prensa, 20 de enero de 2021, WhiteHouse.gov.
Capítulo 57
414 Collins estaba encantada: «Senate Republicans on Covid-19 Relief
. Talks with President Biden», C-SPAN, 1 de febrero de 2021.
415 Más tarde el Washington Post: Ashley Parker, Matt Viser y Seung Min
. Kim, «Inside Biden’s Decision to Go It Alone with Democrats on
Coronavirus Relief», The Washington Post, 7 de febrero de 2021.
Capítulo 58
416 En su turno de palabra en la cámara baja: «Majority Leader
. Schumer Remarks on the Urgent Need to Begin the Process of Passing
COVID Relief Legislation by Advancing the Budget Resolution
Today», 2 de febrero de 2021, democrats.senate.gov.
417 Los demócratas invirtieron 180 millones de dólares en la campaña:
. Ellen Barry, «The Democrats Went All Out Against Susan Collins.
Rural Maine Grimaced», The New York Times, 17 de noviembre de
2020.
Capítulo 59
418 «Un despacho sorprendente»: Maritsa Georgiou, «Tester Discusses
. Stimulus Proposal Talks, First Visit to Oval Office», NBC Montana, 3
de febrero de 2021.
419 Sanders se había criado: Bernie Sanders, «As a Child, Rent Control
. Kept a Roof over My Head», CNN, 30 de julio de 2019.
420 Los republicanos habían aumentado su propuesta: «Group of 11
. Republican Senators Push for Targeted $650 Billion Covid-19 Relief
Plan», 5 de marzo de 2021, collins.senate.gov.
Capítulo 60
421 Trump había anunciado: «Agreement for Bringing Peace to
. Afghanistan Between the Islamic Emirate of Afghanistan Which Is Not
Recognized by the United States as a State and Is Known as the
Taliban and the United States of America», 29 de febrero de 2020.
422 En sus memorias publicadas en 2020: Barak Obama, A Promised
. Land, Crown (Nueva York 2020), págs. 318-19.
423 Biden era el primer presidente de EE.UU.: «Remarks by President
. Biden on the Way Forward in Afghanistan», Sala del Tratado, 14 de
abril de 2021, WhiteHouse.gov.
424 los talibanes volverían a atacar: Jacob Knutson, «Taliban Threatens
. to Attack U.S. Troops as Trump Withdrawal Date Passes», Axios, 1 de
mayo de 2021.
Capítulo 61
425 «Se oye a la turba»: Transcripción «Trump Impeachment Trial Day
. Two», CNN, 10 de febrero de 2021.
426 «El 6 de enero fue un día funesto»: «McConnell on Impeachment:
. “Disgraceful Dereliction” Cannot Lead Senate to “Defy Our Own
Constitutional Guardrails”», 13 de febrero de 2021,
mcconnell.senate.gov.
427 Graham apareció en Fox News: «Trump Is Ready to “Move on and
. Rebuild the Republican Party,” Sen. Graham», Fox News Sunday, 14
de febrero de 2021.
428 Dijo que apoyaría «totalmente»: «McConnell Says He’ll “Absolutely”
. Support Trump if He’s 2024 GOP Presidential Nominee”, Axios, 26 de
febrero de 2021.
Capítulo 62
429 La senadora Elizabeth MacDonough: Emily Cochrane, «Top Senate
. Official Disqualifies Minimum Wage from Stimulus Plan», The New
York Times, 27 de febrero de 2021.
430 Las parejas que ganaran 150 000 dólares: «Fact Sheet: The American
. Rescue Plan Will Deliver Immediate Economic Relief to Families»,
Departamento del Tesoro de EE.UU., 18 de marzo de 2021,
treasury.gov.
431 Warner y los suyos: «Federal Reserve Chair to Sen. Warner,
. Broadband Is an Economic Necessity», 23 de febrero de 2021,
warner.senate.gov.
432 20 000 millones: «Three programs-the Emergency Broadband
. Benefit, the ARP Emergency Connectivity Fund, and the ARP Capital
Projects Fund-exclusively set aside funding for digital equity policies.
These three programs together total $20.371 billion», Adie Tomer y
Caroline George, «The American Rescue Plan Is the Broadband Down
Payment the Country Needs», Brookings, 1 de junio de 2021,
brookings.edu.
433 Era un compromiso importante: «Statement of Sen. Warner on
. Senate Passage of the American Rescue Plan», 6 de marzo de 2021,
warner.se.
434 Sin embargo, los republicanos mantuvieron el control: «House
. Election Results 2014», The New York Times, 17 de diciembre de
2014.
435 la mayoría más amplia: Phillip Bump, «It’s All but Official: This Will
. Be the Most Dominant Republican Congress Since 1929», The
Washington Post, 5 de noviembre de 2014.
Capítulo 63
436 A Manchin le gustó: Larry Summers, «The Biden Stimulus Is
. Admirably Ambitious. But It Brings Some Big Risks, Too», The
Washington Post, 4 de febrero de 2021.
437 Biden se había comprometido: «Fact Sheet: 441 Federally-Supported
. Community Vaccination Centers in First Month of Biden-Harris
Administration», Sala de Prensa, 26 de febrero de 2021.
Capítulo 64
438 que había roto filas con Pelosi: Susan Page, «Inside Nancy Pelosi’s
. War with AOC and the Squad», Politico, 15 de abril de 2021.
439 Schumer trabajó con el senador Tom Carper: Kristina Peterson,
. Andrew Duehren y Richard Rubin, «Senate Democrats Overcome
Impasse, Reach Agreement to Advance Covid Relief Bill», The Wall
Street Journal, 5 de marzo de 2021.
440 «Como jefe de un grupo parlamentario»: Transcripción de la Sala de
. Crisis, CNN, 4 de marzo de 2021.
441 En el Senado: Oficina de Publicaciones del Gobierno de EE.UU.,
. Sesión Legislativa, Registro del Congreso, Vol. 167, Nº 42, Senado de
Estados Unidos, 5 de marzo de 2021, «Amendment Nº. 972», S1219.
442 «Solo le ha faltado llamar a Sanders»: «Office of Management and
. Budget Director Confirmation Hearing», C-SPAN, 10 de febrero de
2021.
443 Tanden también se retiró: Seung Min Kim y Tyler Pager, «Tanden
. Withdraws as Budget Nominee in Biden’s First Cabinet Defeat», The
Washington Post, 2 de marzo de 2021.
Capítulo 65
444 Parecía que volvían a contar con Manchin: Emily Chochrane,
. «Senate Is on Track for Stimulus Vote After Democrats Agree to Trim
Jobless Aid», The New York Times, 5 de marzo de 2021.
445 El anuncio público del acuerdo: Oficina de Publicaciones del Gobierno
. de EE.UU., Sesión Legislativa, Registro del Congreso, Vol. 167, Nº 42,
Senado de EE.UU., 5 de marzo de 2021, S1230; Erica Werner, Jeff
Stein, and Tony Romm, «Senate Democrats Announce Deal on
Unemployment Insurance, Allowing Biden Bill to Move Forward», The
Washington Post, 5 de marzo de 2021.
446 Portman parecía frustrado: «Senators Wyden and Portman on
. Extending Unemployment Benefits to September», C-SPAN, 5 de
marzo de 2021.
447 El sábado 6 de marzo: H.R.1319-La American Rescue Plan Act,
. aprobada con sus enmiendas por el Senado por 50 votos a 49, 6 de
marzo de 2021, 12.12 PM.
Capítulo 66
448 Al día siguiente: «Remarks by President Biden on the Anniversary of
. the Covid-19 Shutdown», Sala Este, Casa Blanca, 11 de marzo de 2021,
White House.gov.
449 El 12 de marzo: «Remarks by President Biden on the American
. Rescue Plan», Jardín de las Rosas, Casa Blanca, 12 de marzo de 2021,
WhiteHouse.gov.
Capítulo 67
450 Pelosi, presidenta de la Cámara: Ley «For the People Act» de 2021,
. H.R.1, 117º Congreso (2021-2022).
451 En total, casi cuatrocientas leyes: «Voting Laws Roundup: May
. 2021», Brennan Center for Justice, 28 de mayo de 2021,
brennancenter.org.
452 Desde enero, se habían activado: Íbid.
.
una auditoría de los votos del condado de Maricopa: «Arizona
453
Election Audit Enters New Phase as Ballot Count Ends», Associated
.
Press, 25 de junio de 2021.
454 En Georgia: Mark Niesse, «More Ballot Reviews Pending in Georgia,
. Sowing Doubts in Elections», The Atlanta Journal-Constitution, 10 de
junio de 2021.
455 El 22 de junio los demócratas no contaban: Dave Morgan,
. «Democrats Hope a Voting Rights Failure Sparks Change on Senate
Filibuster», Reuters, 22 de junio de 2021.
Capítulo 68
456 En 2015, en una entrevista: «President Vladimir Putin Part 1»,
. entrevista con Charlie Rose, 28 de septiembre de 2015,
charlierose.com. El Kremlin publicó la cita de forma algo diferente:
«¿Sabe? Cada fase de la vida tiene un impacto en nosotros mismos.
Hagamos lo que hagamos, todo el conocimiento, la experiencia, se
quedan con nosotros, los llevamos encima, y los usamos de uno u otro
modo. En este sentido sí, tiene razón». Véase «Interview to American
TV channel CBS and PBS», 29 de septiembre de 2015, en.kremlin.ru.
457 McChrystal había escrito: Bob Woodward, Obama’s Wars (Simon &
. Schuster; Nueva York, 2010), pág. 161; Bob Woodward, «McChrystal:
More Forces or “Mission Failure”», The Washington Post, 21 de
septiembre de 2009, pág. A1.
458 Para justificar su petición de más tropas: Woodward, Obama’s Wars,
. págs. 244-245.
Capítulo 69
459 Esperaban que todas las tropas: Thomas Gibbons-Neff, Eric Schmitt
. y Helene Cooper, «Pentagon Accelerates Withdrawal from
Afghanistan», The New York Times, 25 de mayo de 2021.
460 Biden dio un discurso de dieciséis minutos: «Remarks by President
. Biden on the Way Forward in Afghanistan», Sala del Tratado, 14 de
abril de 2021, WhiteHouse.gov.
461 Luego Biden visitó: Anna Gearan, Karen DeYoung y Tyler Page,
. «Biden Tells Americans “We Cannot Continue the Cycle” in
Afghanistan as He Announces Troop Withdrawal», The Washington
Post, 14 de abril de 2021.
462 la decisión de Biden era un error: Kate Martyr, «George W. Bush:
. Afghanistan Troop Withdrawal “A Mistake”», DW, 14 de julio de 2021.
Capítulo 70
463 Player, un tipo de 170 cm de alto: «Donald Trump Cracked Fat Joke
. with Golf Legends at Private Ceremony Day After Insurrection», TMZ
Sports, 25 de febrero de 2021.
464 en ese momento había 15 senadores: «Senators up for Re-Election in
. 2020», U.S. Senate Press Gallery, 9 de julio de 2021,
dailypress.senate.
465 le gustaba jugar a la ruleta rusa: Bob Woodruff, Jamie Hennessey y
. James Hill, «Herschel Walker: “Tell the World My Truth”», ABC
News, 15 de abril de 2008.
466 Había apoyado las alegaciones: Bill Barrow, «In Georgia, Herschel
. Walker Puts GOP in a Holding Pattern», Associated Press, 26 de junio
de 2021.
467 haciéndose con 54 escaños: Martine Powers y Reuben Fischer-Baum,
. «How to Flip the House», The Washington Post, 26 de junio de 2018.
468 la encuesta realizada el 21 de mayo: «National Survey Results
. General Election Likely Voters Political Environment, Trends &
Analysis», McLaughlin & Associates, mayo de 2021,
mclaughlinonline.com.
Capítulo 71
469 A Biden le habían preguntado: «Transcript: ABC News’ George
. Stephanopoulos Interviews President Joe Biden», ABC News, 16 de
marzo de 2021.
470 El Kremlin había calificado: Sarah Rainsford, «Putin on Biden:
. Russian President Reacts to US Leader’s Criticism», BBC News, 18 de
marzo de 2021.
471 «nadie mejor que otro asesino»: Vídeo: «Putin on Biden Killer
. Remark», Reuters, 18 de marzo de 2021, youtube.com.
472 Más tarde Biden declaró: Evan Osnos, «The Biden Agenda», The New
. Yorker, 20 de julio de 2014.
473 Biden solía citar: Tip O’Neill, expresidente del Congreso, All Politics Is
. Local (Random House; Nueva York, 1995).
474 El 15 de abril: «Fact Sheet: Imposing Costs for Harmful Foreign
. Activities by the Russian Government», Sala de Prensa, 15 de abril de
2021, WhiteHouse.gov.
475 Poco después Biden y Putin anunciaron: «Statement by White House
. Press Secretary Jen Psaki on the Meeting Between President Joe
Biden and President Vladimir Putin of Russia», Sala de Prensa, 25 de
mayo de 2021, WhiteHouse.gov.
476 «Sé que se ha hablado mucho»: «Remarks by President Biden in Press
. Conference», Hôtel du Parc des Eaux-Vives Geneva, Suiza, 16 de junio
de 2021, WhiteHouse.gov.
477 «¿Por qué confía tanto…?»: Íbid.
.
«Pero…», insistió Collins: Íbid.
478
. «A los progresistas no les gusto»: David Brooks, «Has Biden
479 Changed? He Tells Us», The New York Times, 20 de mayo de 2021.
.
A finales de junio Biden anunció: «Remarks by President Biden on the
48
Bipartisan Infrastructure Deal», Sala Este, 24 de junio de 2021,
0.
WhiteHouse.gov.
481 Al final Biden publicó un informe de 628 palabras: Seung Min Kim y
. Sean Sullivan, «Biden Tries to Move Beyond Flubbed Rollout of
Infrastructure Deal», The Washington Post, 29 de junio de 2021.
482 McConnell criticó: «Democrats Pull the Rug out from Under
. Bipartisan Infrastructure Negotiators with “Unserious Demands”», 24
de junio de 2021, republicanleader.senate.gov.
483 Biden cayó de rodillas: «President Biden Departure from Joint Base
. Andrews», C-SPAN, 19 de marzo de 2021.
484 La Casa Blanca aseguró: Katie Rogers, «Biden Is “Doing 100 Percent
. Fine” After Tripping While Boarding Air Force One», The New York
Times, 19 de marzo de 2021.
485 Había motivos para la esperanza: CDC Data Tracker, «Trends in
. Number of Covid-19 Cases and Deaths in the US Reported to CDC, by
State/Territory», covid.CDC.gov.
486 Los Centros para el Control de Enfermedades anunciaron: «Remarks
. by President Biden on the Covid-19 Response and the Vaccination
Program», Jardín de las Rosas, Casa Blanca, 13 de mayo de 2021,
15.58, WhiteHouse.gov.
Capítulo 72
487 los republicanos solo estaban 5 escaños por debajo: Nathan L.
. Gonzales, «These 4 States Could Decide Control of Congress in 2022»,
Roll Call, 16 de junio de 2021.
48 «Era gente pacífica»: Transcripción de una entrevista a Donald J.
8. Trump realizada por Maria Bartiromo para Sunday Morning Futures,
Fox News, 11 de julio de 2021.
489 habían presentado cargos contra más de quinientos participantes:
. «Six Months Since the January 6th Attack on the Capitol», Oficina del
Fiscal de Estados Unidos, Distrito de Columbia, justice.gov.
Epílogo
490 «No perdimos»: «Former President Trump Holds Rally in Ohio», C-
. SPAN, 26 de junio de 2021.
491 Tras una hora y media: Íbid.
.
la presión de la pesada huella: Véase Bob Woodward, Shadow (Simon
492
& Schuster; Nueva York, 1999), pág. 13.
.
493 Hace cinco años: entrevista de Bob Woodward y Robert Costa a
. Donald J. Trump, 31 de marzo de 2016.
Imágenes
«Tengo que decir algo sobre esto —dijo Biden a Mike Donilon en agosto de
2017, mientras Biden veía en televisión las noticias sobre la marcha de
supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia—. Esto es distinto. Es
mucho más siniestro. Es más peligroso. Es una auténtica amenaza para el
país.» Semanas más tarde, Biden publicó un artículo en The Atlantic con el
titular: «Vivimos una batalla por el alma de esta nación». Al final se
convirtió en el lema de su campaña.
«Mire, tiene que presentarse como quien es —dijo Mike Donilon, retratado
a la izquierda, a Biden a principios de 2019, cuando Biden pensó en lanzar
una campaña presidencial—. Y si trata de cambiarlo, más valdrá que se vaya
a su casa. No se moleste.» Durante décadas, Mike D., como lo llama Biden,
ha sido su confidente, artífice de sus palabras y estratega político, que ha
ayudado a forjar el concepto de «alma» en el corazón de la campaña de
Biden de 2020. Donilon, Ron Klai, que aparece en el centro, y Anita Dunn, a
la derecha, son los miembros clave del círculo más íntimo de Biden.
«¡No estás en la trinchera conmigo!», chilló Trump al télefono en agosto de
2017 hablando con el presidente del Congreso, Paul Ryan. El republicano de
Wisconsin acababa de meterse con Trump por culpar a «ambos bandos» de
los manifestantes de la marcha supremacista blanca en Charlottesville. Ryan
le respondió: «¿Ha terminado? ¿Puedo hablar ahora? Usted es el presidente
de Estados Unidos. Tiene la obligación de ejercer un liderazgo moral para
arreglar esto, y no puede declarar que hay una equivalencia moral».
«¿Sabe por qué [Rex] Tillerson pudo
decir que no había llamado “idiota” al
presidente? —preguntó secamente el
líder de la mayoría del Senado Mitch
McConnell a sus colegas
republicanos, con su acento de
Kentucky, refiriéndose al antiguo
secretario de Estado de Trump—.
Porque en realidad le llamó “puto
idiota”.»
«Señor presidente, creo que está usted en camino de perder las elecciones —
dijo el fiscal general Barr a Trump en una conversación privada, en abril de
2020—. Se enorgullece usted de ser un luchador, y eso funcionó en 2016,
cuando lo que ellos querían es que entrase un disruptor. Y siguen queriendo
un disruptor, pero lo que no quieren es a alguien que sea un completo
gilipollas.»
«Ah, ¿o sea que están cansados? —preguntó a gritos Trump al veterano
encuestador Tony Fabrizio, en julio de 2020, durante su campaña de
reelección. Estaba furioso en el Despacho Oval mirando los datos de las
encuestas que mostraban que los votantes independientes estaban
emocionalmente exhaustos por el manejo de la pandemia que había hecho
Trump—. ¿Que están cansados, me cago en todo? Bueno, pues yo también
estoy cansado y agotado, joder.»
«Nos han embaucado —dijo el secretario de Defensa Mark Esper, en el
centro, al presidente del Estado Mayor Conjunto Mark Milley, a la derecha,
mientras acompañaban a Trump y atravesaban la plaza Lafayette, el 1 de
junio de 2020. Milley, vestido con uniforme de faena, estuvo de acuerdo—.
Esto es una absoluta mierda, y es un acto político, así que tengo que irme de
aquí.» El desfile del presidente y los oficiales militares coincidió con los
oficiales de policía que despejaban la plaza de manifestantes en su mayoría
pacíficos. De izquierda a derecha: el presidente Trump va seguido por el
fiscal general William Barr, el secretario de Defensa Mark Esper y el
presidente del Estado Mayor Conjunto Mark Milley. También van detrás los
consejeros sénior Jared Kushner e Ivanka Trump, y el jefe de gabinete de
Trump, Mark Meadows.
«No creo que esta situación requiera
invocar la Ley de Insurrección», dijo
el secretario de Defensa Mark Esper a
Trump, el 3 de junio de 2020, poco
después de que Esper se opusiera
públicamente a colocar a militares en
activo en las calles de Washington en
medio de un malestar racial y
protestas en marcha. «¡Me has
quitado mi autoridad!», le chilló
Trump.
La senadora Kamala Harris fue elegida por Biden como compañera de
candidatura el 11 de agosto de 2020. Había representado un papel
importante en el Comité Judicial del Senado, donde Biden había sido
presidente en tiempos, y aportaba experiencia de gobierno y capital político
a la candidatura. Mientras trabajó con el fiscal general de California,
desarrolló un vínculo con el hijo de Biden, el difunto Beau Biden, que había
sido fiscal general de Delaware. El 20 de enero de 2021 se convirtió en la
primera mujer negra americana y la primera persona de ascendencia
surasiática en ocupar el cargo de vicepresidenta de Estados Unidos.
«No va a tomar posesión el día 20. No hay ningún escenario en el cual
pueda tomar posesión el día 20», le dijo el vicepresidente Mike Pence a
Trump en el Despacho Oval el 5 de enero de 2021. Trump se quedó
asombrado ante la negativa de Pence de hacer lo que él quería, después de
semanas y semanas de presionarle sin tregua para que impidiese la
certificación de la victoria de Biden en el Congreso.
Los agentes de la Policía del Capitolio se vieron desbordados el 6 de enero
de 2021 por la enorme multitud y por los alborotadores que trepaban por
los muros y rompían las ventanas. Algunos policías recibieron golpes con
barras metálicas y con sus propios escudos. Una vez en el interior, los
amotinados irrumpieron en la cámara del Senado. En el Congreso, los
policías sacaron las armas cuando los partidarios de Trump empezaron a
golpear las puertas. Los policías gritaron a los congresistas que se agacharan
y se pusieran a cubierto.
«¡Hay que colgar a Mike Pence! —salmodiaban los partidarios de Trump,
mientras deambulaban por los pasillos de mármol del Capitolio y ondeaban
enormes banderas azules de Trump desde los balcones—. ¡Traed a Mike
Pence! ¿Dónde está Pence? ¡Encontradlo!» Fuera habían erigido un
patíbulo improvisado para Pence. Los alborotadores saquearon también el
despacho de la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi. «¿Dónde está la
presidenta?», gritaron algunos. «¡Encontradla!»
«Creo que esto le gusta —confió el presidente del Estado Mayor Conjunto, el
general Mark Milley, a un miembro del Congreso en una llamada telefónica,
mientras la multitud asaltaba el Capitolio el 6 de enero de 2021—. Quiere
que sus partidarios luchen hasta el último momento.» Dos días más tarde,
Milley se enfrentó a su temor de que el tumulto pudiera ser un precursor de
lo que llamaba «un momento Reichstag», una versión de Trump del
acontecimientos con el que Adolf Hitler creó una crisis, en 1933, y basó en
ella su poder absoluto en Alemania.
El 4 de febrero de 2020, la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, rompió
una copia del discurso de Trump sobre el Estado de la Nación, una vez que
el presidente hubo hecho sus observaciones. Casi un año más tarde, después
de que los partidarios de Trump causaran disturbios en el Capitolio, llamó al
presidente Milley y le dijo: «Es muy triste que nuestro país esté siendo
tomado por un dictador. Tendrían que haberlo arrestado de inmediato».
«Ellos, las personas más importantes de mi vida, quieren que me presente»,
dijo Biden, en febrero de 2019. Su esposa, Jill, estuvo a su lado durante tres
extenuantes campañas electorales, y durante las repetidas crisis y tragedias
familiares que casi impiden a los Biden volver a la política nacional. Aquí se
ve cómo el presidente y la primera dama se abrazan al llegar al Pórtico
Norte de la Casa Blanca el 20 de enero de 2021.
«Si no podemos librarnos, el autoritarismo se pondrá en marcha», le dijo el
senador Bernie Sanders a Biden el 3 de febrero de 2021. Su voz ronca y su
acento de Brooklyn resonaron en el Despacho Oval. Hombre ajeno a la
política durante largo tiempo, y complemento ideal de Biden durante la
campaña de las primarias de 2020, Sanders es ahora un aliado fundamental
de Biden, a quien ayuda a presentar su plan de rescate de 1,9 billones para
su discusión parlamentaria, y mantiene a Biden en sintonía con los
progresistas.
«Parece que quieren hacer que me la trague —dijo el senador Joe Manchin a
Biden, en una llamada telefónica del 5 de marzo de 2021—. Pues que se
jodan.» Manchin, moderado de Virginia, estaba furioso con los cambios de
última hora que habían introducido sus compañeros demócratas en el plan
de rescate de 1,9 billones de Biden. Finalmente Manchin votó a favor,
después de horas de negociaciones. «Vas a quedar como si fueras tú el que
lo ha conseguido», le dijo Biden.
«Señor presidente —dijo el secretario de estado Tony Blinken a Biden, en
abril de 2021—, ha sido una decisión increíblemente difícil.» Se hizo al estilo
presidencial. «Le admiro por haberla tomado.» Mientras Biden deliberaba
sobre Afganistán, Blinken servía como contacto con los aliados de la OTAN
y como árbitro de confianza de las opciones políticas. Es un papel que ha
representado para Biden durante más de veinte años, remontándose a los
días de Biden en el Senado.
El secretario de defensa Lloyd Austin ha mantenido deliberadamente un
perfil público discreto. Pero entre bambalinas, ha sido una figura
fundamental durante la discusión de Biden sobre Afganistán. Él pidió a sus
colegas que considerasen lo que describió como una retirada lenta,
«cerrada», de las tropas de Estados Unidos, porque una salida bien
organizada, en tres o cuatro partes, podía influir en las negociaciones. Biden
dijo que le recordaba el enfoque antiguo de «con condiciones», y finalmente
Austin retiró su propuesta.
«Aún hoy me cuesta entrar en un cementerio y no pensar en mi hijo Beau»,
dijo Biden, caminando entre las filas de lápidas de mármol blanco en la
sección 60 del Cementerio Nacional de Arlington, donde están enterrados
los muertos de Afganistán e Irak. Aquel mismo día Biden había anunciado
su decisión de retirar las tropas norteamericanas de Afganistán. Biden se
volvió hacia los cientos de lápidas y dijo, angustiado: «Miradlos a todos…».
«Dame tu palabra como Biden —pidió Beau Biden a su padre, en mayo de
2015, poco antes de morir de un tumor cerebral—. No importa lo que
ocurra, te va a ir bien.» La vida de Beau Biden, que incluía una Estrella de
Bronce por su servicio militar en Irak, continuó moldeando profundamente
la de su padre, desde el dolor vivo del presidente a la sensación fatídica de
su decisión de retirar a las tropas norteamericanas de Afganistán.
«Al ser el presidente de Estados Unidos y tomar una decisión como esta,
tiene que mirar a la cara a las personas y a los posibles costes humanos de
su decisión», dijo el consejero nacional de seguridad Jake Sullivan, mientras
Biden meditaba si retirar o no las tropas de Estados Unidos de Afganistán.
En las reuniones, Biden casi siempre le pregunta: «Jake, ¿qué opinas tú?».
«Ahora cada día se presenta en la
oficina en un estado emocional
intermedio —dijo una vez Ron Klain,
jefe de gabinete de la Casa Blanca,
hablando privadamente de Biden—.
No hay noticia que pueda darle por la
mañana que sea peor que las noticias
que ya le han dado unas cuantas
veces, a lo largo de su vida.» Klain
sabía que el presidente echaba de
menos Delaware. «No se siente
cómodo viviendo en la Casa Blanca.»
«Sí, la responsabilidad realmente es mía», dijo Biden al secretario de Estado
Blinken y al consejero nacional de seguridad Jake Sullivan en abril de 2021.
Era un guiño al hecho de que su decisión de retirar las tropas de Estados
Unidos de Afganistán rápidamente se hubiese convertido en diana política
para sus críticos, tanto republicanos como demócratas, que temían un
posible colapso del gobierno afgano y unos abusos brutales de los derechos
humanos por parte de los talibanes.
«¡La democracia está ardiendo y el Senado está jugándosela», dijo el
responsable de disciplina de la mayoría de la Cámara James Clyburn,
mientras los demócratas se esforzaban por aprobar su puesta a punto de
legislación sobre el derecho al voto en 2021. Un año antes, cuando la
campaña de las primarias de Biden estaba a punto de derrumbarse, este
hombre tan influyente de Carolina del Sur hizo un trato con él: Clyburn le
apoyaría si Biden accedía a nombrar a una mujer negra para el Tribunal
Supremo.
«Usted ha jodido su presidencia», le dijo el senador Lindsey Graham a
Trump, en verano de 2021. Trump le colgó el teléfono al momento. «Mire,
no lo culpo —le dijo Graham, un día más tarde—. ¡Yo también habría
colgado!» Pero de nuevo instó a Trump a abandonar las quejas por las
elecciones y a centrarse en las elecciones de 2022. Graham era como un
consejero de adicciones de Trump, intentando evitar que su paciente
bebiese una copa más de una imaginaria victoria en las elecciones de 2020.
«Trump en 2020 se parecía a Hillary en 2016. Tenía usted demasiado
dinero, demasiado tiempo, demasiado ego.» Kellyanne Conway, estratega
de Trump desde hace mucho tiempo, le dijo esa frase en verano de 2021. Su
campaña de 2020, que había recaudado más de 1 000 millones de dólares,
había sido controvertida y recibida con acritud entre el personal y aliados de
Trump. «Lo que no ha tenido esta vez ha sido el ansia y la arrogancia», le
dijo ella, a diferencia de su operación de campaña de 2016, que fue de bajo
mantenimiento.
«No nos rendiremos», proclamó Trump el 26 de junio de 2021 en
Wellington, Ohio. Había vuelto a escena, convocando enormes mítines ante
miles de partidarios embelesados y avivando los comentarios sobre una
posible vuelta en 2024. «No nos vendremos abajo. No cederemos. No
daremos nuestro brazo a torcer. No retrocederemos. Nunca, nunca nos
rendiremos.» Era una arenga de guerra.
En una llamada telefónica del 9 de julio de 2021, el presidente Biden
advirtió al presidente ruso Vladimir Putin que debía tomar medidas
enérgicas contra los criminales con base en Rusia que lanzaban ciberataques
a cambio de un rescate. «Si no puede o no quiere hacerlo usted, lo haré yo»,
dijo. Al final de la conversación, Biden añadió: «¿Sabe, señor presidente?,
los grandes países tienen grandes responsabilidades. También tienen
grandes vulnerabilidades». La capacidad de ofensiva cibernética de Estados
Unidos era formidable, y Putin lo sabía. Biden lo dejó así. Era lo más cerca
que podía llegar de amenazar a Putin.
Notas al pie
* De «La curación de Troya», traducción de Andrés Catalán en 100
poemas de Seamus Heaney, Alba, 2018.
* Las siglas R-SC indican el partido político al que pertenece el
senador («R», republicano) y el estado al que representa en la
cámara baja («SC», Carolina del Sur).
* Término peyorativo empleado por los republicanos conservadores
para describir a otros republicanos más abiertos y centristas.
* En el prólogo se proporciona más información acerca del papel de
Milley el 8 de enero de 2021 (páginas 15-21).
* Traducción de Nuria Barrios, publicada por la editorial Lumen en
2021 con el título La colina que ascendemos (Amanda Gorman).
* Frase de Thomas Paine, uno de los llamados Padres Fundadores
de los Estados Unidos.
* Referencia al cuento infantil anglosajón La gallinita roja, cuya
moraleja es que no se debe esperar recompensa de un trabajo si
no se ha colaborado previamente en el mismo.
Título original: Peril
© 2021, Bob Woodward y Robert Costa
Publicado en acuerdo con el editor original, Simon & Schuster, Inc.
Primera edición: diciembre de 2021
© de la traducción: 2021, Ana Herrera, Elia Maqueda y Jorge Rizzo
© de esta edición: 2021, Roca Editorial de Libros, S. L.
Av. Marquès de l’Argentera 17, pral.
08003 Barcelona
[email protected]
www.rocalibros.com
Composición digital: Pablo Barrio
ISBN: 9788418870507
Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin
la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra
por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y
el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella
mediante alquiler o préstamos públicos.
Índice
Dedicatoria
Epígrafe
Nota de los autores
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Epílogo
Nota a los lectores
Agradecimientos
Créditos de las fotos
Notas
Imágenes
Notas al pie