F r eu d
Una vida de nuestro tiempo
PETER GAY
Ediciones PAIDOS
Barcelona • Buenos Aires • M éxico
P ara
B il l y S h i r l e y K a h n
D lCK Y PEG G Y KUHNS
I n d ic e
Prefacio, 15
F u n d a m e n to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
U n o. Hambre de conocimiento, 25
ALIM ENTO PARA LOS R ECUERDOS, 27 EL ATRACTIVO DE LA INVESTI
GA C ION , 45 FREUD ENAM O RADO, 62
D os. La construcción de la teoría, 81
U N AM IG O (Y EN EM IGO ) N EC ESA RIO . 81 HISTERIC A S, PROYECTOS Y
DIFICULTADES, 9 6 A U TO A N A L ISIS, 115
Tres. Psicoanálisis, 133
EL SECRETO DE LOS SU E Ñ O S, 134 U N A PSICOLOGIA PA R A PSICOLO
G O S , 148 D E ROM A A VIENA: U N PROGRESO, 163 U N M A PA DE LA
SE X UA L IDA D , 174
E la b o r a c io n e s : 19 0 2 -1 9 1 5
C u atro. Retrato de un precursor en orden de batalla, 185
A LOS C IN CU E NT A A Ñ O S, 185 PLACERES DE LOS SE N TID O S, 195 IA
SO CIED A D PSICOLOGICA DE LOS M IERCOLES, 2 06 LOS EXTRANJEROS.
212
Indice
Cinco. Política psicoanalítica, 233
JUNG: EL PRINCIPE D E LA C OR ON A , 2 3 3 INTERLUDIO A M ERICANO, 242
VIENA V E RSU S Z U R IC H . 2 5 0 JUNG: EL ENEM IGO, 263
Seis. Terapia y técnica, 283
U N PR IN CIPIO PR O B L E M A T IC O , 2 8 5 D O S L E CC IO NE S C L A S IC A S , 2 9 4
S U PR O PIA FU EN TE: L E O N A R D O , SC H R E BER , F L IE SS, 3 0 7 SU PR OPIA
CAUSA: LA POLITICA D E L HOM BRE DE LOS LOBOS. 3 26 UN M ANUAL
PARA TECN IC OS, 3 3 4
Siete. Aplicaciones y consecuencias, 349
CUESTIONES DE G U ST O , 3 4 9 LOS FUND A M EN TOS DE LA SO CIEDAD, 368
LA DESCRIPCION D E LA M ENTE, 3 8 0 EL FINAL DE EUROPA, 388
R e v is io n e s : 1915-1939
Ocho. Agresiones, 407
G R A N DES Y TR A SC E N D E N T A L E S C O SA S , 4 0 7 U N A PA Z D IFIC IL, 421
LA MUERTE: EXPERIENCIA Y TEORIA. 437 EROS, EL YO Y SUS EN EM I
G O S, 4 5 2
N ueve. La muerte contra la vida, 467
L A M UERTE R O N D A . 4 6 7 A N NA . 479 EL PRECIO DE LA PO PULARI
D A D , 498 V ITALIDAD: EL ESPIRITU D E BERLIN, 512
D ie z . Luces vacilantes sobre continentes negros, 525
RANK Y LA S C O N SE C U E N C IA S, 525 LOS DILEM A S D EL D OCTOR, 546
LA MUJER, EL CONTINENTE NEGRO, 558
O nce. La naturaleza humana en acción, 583
C ONTRA LAS ILU SIO N ES, 583 LA CIVILIZACION: LA CONDICION H U M A
N A . 605 LOS NORTEA M ER IC A NO S FEOS, 616 TROFEOS Y NECROLO
G IC A S. 635
I ndice [ 13]
D oce. M orir en libertad, 653
LA POLITICA D EL D ESASTR E, 653 E L D ESAFIO COMO ID EN TIDA D , 662
FINIS A U ST R IA E , 6 7 7 LA M UERTE DE U N ESTOICO, 697
Abreviaturas, 721
N otas, 723
Ensayo bibliográfico, 819
Reconocim ientos, 873
Indice analítico, 881
P r e fa c io
En abril de 1 8 8 5 , en una carta m uy citada, Sigm und Freud le anunció a
su prom etida q ue c a si “ había com p letado una em presa que algunas p erso
nas, aún n o nacidas pero destinadas a la desdicha, lam entarán considera
b lem en te” . S e estaba refiriend o a su s biógrafos. “H e destruido todas m is
notas de lo s ú ltim o s ca to rce años, a sí c o m o cartas, resú m en es cien tífic o s
y m a n u scrito s de m is o b ras. Entre la s cartas, s ó lo se sa lv a ro n las de
fa m ilia .” C on tod o el m aterial borroneado am ontonándose en torno a é l,
se sentía c o m o una e s fin g e hundida en arenas m o ved izas hasta la altura de
la nariz, que era lo ún ico que em ergía (b rom eó) de las p ilas de papeles.
N o tuvo piedad c o n lo s que alguna v e z escribirían sobre su vida: “Q ue
lo s b ió g ra fo s trabajen y s e afanen; n o q u erem os h a cé rse lo dem asiad o
fá c il.” Y a había prev isto hasta qué punto iban a equivocarse co n él. *>
M ientras y o in v estig a b a y escrib ía e s te libro, a m enudo v isu a lic é la e s c e
na sig u ien te; la e s fin g e Freud se libera de las m ontañas de papel que
habrían ayudado incom parablem ente al biógrafo. A ñ os m ás tarde, Freud
reiteró e se g e sto destructor m ás de una v e z , y en la prim avera de 1938, al
prepararse para dejar A ustria con d estin o a Inglaterra, se d esh izo de m ate
riales que una vig ila n te A n na Freud, inducida por la princesa M arie B on a
parte, rescató del ce sto .
Freud en contró tam bién otros m od os de desalentar a sus futuros b ió
grafos. Por cierto, alguno de los com entarios que hizo acerca de la redac
ció n d e biografías deberían hacer vacilar a cualquiera que escriba sobre su
vida. “L os b iógrafos — anotó en 1 9 10, en su trabajo sobre Leonardo da
[ 1«] P refacio
dem ostrado ser in cluso m ás virulentas que las concernientes a sus teorías.
Freud m ism o fa voreció la atm ósfera en la que puede florecer el rumor, for
m ulando aforism os m em orables pero desorientadores, y dejando tras de sí
evalu a cio n es inexactas de su propia obra. E sto es paradójico: la creación
de Freud, el psico a n á lisis, está después de todo com prom etida con la inda
g ació n m ás im placable; se presenta c o m o la N é m esis del ocultam iento, de
la hipocresía, de las e v a sio n es bien educadas de la sociedad burguesa. Sin
duda, Freud se en orgu llecía bastante de ser e l destructor de las ilusiones,
un siervo fie l d e la veracidad cien tífica. “La verdad — le escribió a Sándor
Ferenczi en 191 0 — e s para m í la m eta absoluta de la cie n c ia .” *» D os
décadas m ás tarde, repitió sus ex presion es d irigiéndose a A lbert Einstein:
“ Y a n o co n sid ero u no de m is m éritos el d ecir siem pre la verdad en la
m edida de lo p osib le; se ha convertid o en m i o fic io ” . *10
S a b e m o s m u c h o acerca de Freud. M antuvo una vasta correspondencia,
qu e yo he le íd o ca si por com pleto; tanto en tono inform al c o m o íntim o,
ésta revela m uchas verdades im portantes sobre el hom bre. Produjo una
obra p rolífica, en parte abiertam ente y en parte encubiertam ente autobio
gráfica. Sus cartas y p u b lic a c io n e s co n tien en fragm entos que sin duda
deben aparecer en todas las b iografías de Freud, incluso en ésta: he tratado
de ser más preciso que perturbador. Incluso considerando con cuánto cuida
d o ha sid o som etido a ind agación , y la cantidad de indicios im portantes
que ha dejado, en el mapa de su vida quedan grandes áreas en blanco, y
requieren una exploración adicional. El padre de Freud, ¿se ca só dos o tres
v e ces? ¿T uvo Freud una relación am orosa con su cufiada M inna B em a y s, o
bien e sto e s una fantasía de un contem poráneo hostil, o la de un b iógrafo-
detective in gen ioso? ¿Por qué consid eró Freud aconsejable psicoanalizar a
su hija A nna, teniendo en cuenta que sus trabajos sobre técnica caracteri
zan co n severo desagrado que el analista sea alguien cercano a su analizan
do? ¿Plagiaba Freud, y a co n tin uación excusaba esas apropiaciones ilícitas
quejándose de m ala m em oria, o tales im putaciones suponen una honesta
incom p ren sión de su m odo de proceder, o tal v e z m a liciosas calum nias
dirigidas contra un investigador concienzu do? ¿Fue Freud adicto a la co c a í
na y produjo sus teorías p sico a n a lítica s bajo la influencia de la droga, o su
u so de esa droga era m oderado y en últim a instancia inocuo?
Q uedan aun m ás interrogantes. ¿Fue Freud el positivista c ien tífico que
afum aba ser, o estaba principalm ente en deuda con la brum osa e sp ecu la
ció n d e lo s rom ánticos, o co n e l m isticism o judío? ¿Estaba tan aislado del
e s ta b lis h m e n t m é d ic o de su é p o c a c o m o dem ostraban sus quejas? El
hecho, tan a m enudo declarado, de que detestaba Viena, ¿era en realidad una
p o se , su rasgo m ás v ie n é s, o un d isg u sto auténtico? ¿Es cierto que su pro
greso acad ém ico se v io retrasado porque era judío, o es ésta una leyenda
difundida por el tipo d e susceptibles recolectores de quejas, que detectan
P refacio [ 19]
antisem itism o en todas partes? El abandono en 1897 de la denom inada
teoría de la sed u cció n , ¿fue un ejem p lo de notable coraje cie n tífic o , un
acto de piedad filia l, o una retirada cobarde en la que abandonaba una g e n e
ralización que lo hacía im popular entre sus colegas? ¿Hasta dónde llegaban
los que é l lla m ó sus sentim ien to s “h o m o se x u a les”con cern ien tes a su am i
go íntim o de la década de 1 8 90, W ilhelm F liess? ¿Fue el ca u d illo autode-
signado de un clan de d iscíp u lo s cerrado y som etido, un Luis X IV de la
psic o lo g ía , que proclam aba la p s y c h a n a ly s e , c' e st m o i, o un guía gen ia l,
aunque algunas v e c e s severo, que indicaba el cam ino hacia las ley e s o c u l
tas de la m ente, y reco n o cía sin trabas las aportaciones de c o le g a s y prede
cesores? ¿Era lo su ficien tem en te v a n id oso com o para haberse hech o fo to
grafiar en un retrato de grupo subido a un pequeño cajón, co n el objeto de
n o aparecer m ás pequ eñ o qu e hom bres m ás altos, o tal ve z ésta es tam bién
la fantasía de un biógTafo en busca de material capaz de desacreditar a
Freud?
T a les controversias biog rá fica s, aunque absorbentes e n s í m ism as, tie
nen un interés m ás que b iog rá fico . Inciden en el interrogante m ás am plio
que la obra de Freud suscita: ¿es e l p sico a n á lisis una cien c ia , un arte o una
impostura? Esta consecuen cia se debe a que, a diferencia de otras grandes
figuras de la historia de la cultura o ccid en tal, Freud parece tener la o b liga
ció n de ser perfecto. N adie que esté fam iliarizado con la psicop atología de
L u lero o G andhi, N e w to n o D arw in , B ee th o v en o S ch um ann, K eats o
Kafka, se aventuraría a sugerir que sus neurosis perjudicaron sus c re acio
nes o com prom etieron su grandeza. En agudo contraste, los d e fec to s de
Freud, reales o im aginarios, se han aducido com o prueba con clu yen te de la
bancarrota de su creación. G olpear al psico a n álisis golpeando a su creador.
Se ha conv ertid o en una táctica co m ú n , c o m o si denigrar c o n é x ito e l
carácter de este ú ltim o eq uivaliera a destruir su obra. D esd e luego, una d is
ciplina tan francam ente a utob iográfica co m o la p sic o lo g ía profunda de
Freud, y tan subjetiva en sus m ateriales, n ecesariam ente debe presentar
huellas de la mente del fundador. Pero sin duda la validez de las p roposi
cio n es psicoanalíticas no depende de lo que pueda descubrirse acerca de su
creador. S e puede im aginar a Freud co m o un perfecto caballero que propa
ga una p sic o lo g ía fundam entalm ente im perfecta, o pensar en é l, llen o de
d efe c to s, o in clu so v ic io s , c o m o e l p s ic ó lo g o m ás sig n ific a tiv o de la h is
toria.
Por su p uesto, n o hay ninguna razón para que Freud sea inm une al
escru tinio p sico a n a lítico , ni para que sus escritos y recuerdos (precisos o
d istorsion ados) no proporcionen in form ación biográfica. Es justo qu e lo
hagan: Freud, d esp u és de tod o, apuntaba a una p sic o lo g ía general que
explicaría no só lo la conducta de un puñado de contem poráneos neuróti
c o s, sin o la de todos lo s seres hum anos en todas partes, y que tam bién lo
exp licaría a él m ism o . Por c ierto , e l p rop io Freud in d icó el ca m in o .‘‘N o
[ 20] P r efacio
debe considerarse una cuestión indiferente o carente de significado — escri
bió en su trabajo sobre G oeth e— la d e cu á les son los detalles de la vida de
un n iño que han escapado a la am nesia general.” En no m enor m edida,
la conducta adulta invita a e se tipo de atención profunda. “ El que tiene
ojo s para ver y o íd o s para oír — escribió en un fragm ento célebre— se
co n v en ce d e que lo s m ortales n o pueden guardar ningún secreto. Si la boca
está en sile n c io , murmuran c o n las puntas de los dedos; la traición se abre
ca m in o por todos lo s poros de la p ie l.” *12 Freud form ula e sta reflexión en
su h istorial de “ D ora” , pero se le aplica a él tanto c o m o a sus analizandos.
En el curso de una carrera de arqueólogo de la m ente, prolongada y sin
ém u lo s, Freud desarrolló un cuerpo d e teorías, in v estigacion es em píricas y
técnicas terapéuticas que, en m anos de un biógrafo escrupuloso, puede d e s
cubrir lo s d e s e o s , la s a n g u stia s y c o n f lic t o s del p ro p io m a estro , un
am plio repertorio d e m o tiv o s que sin dejar de ser incon scien tes contribu
yeron a dar form a a su vida. Por lo tanto, no he vacilado en em plear tales
descubrim ientos y , en la m edida d e lo p o sib le, tales m étod os, para e x p lo
rar la historia de la vida de Freud. Pero no perm ití que m onopolizaran m i
aten ció n . C o m o historiador, situ é a Freud y su obra en e l sen o de sus
diverso s am bientes: la p rofesió n psiquiátrica que él subvirtió y revolu cio
nó, la cultura austríaca en la que se v io ob ligad o a vivir co m o ju d ío no
creyente y m éd ico no co n v en cio n a l, la sociedad europea qu e durante el
tiem po en que él v iv ió so b rellev ó lo s espantosos traumas de la guerra y
las dictaduras totalitarias, y la cultura o ccidental com o un todo, una cu ltu
ra cu y o sentim ien to acerca de s í m ism a e l propio Freud transform ó más
allá d e todo recon ocim ien to, para siem pre.
N o h e escrito este libro para halagar ni para denunciar, sin o para c o m
prender. En e l texto en s í n o d iscu to co n nadie: he tom ado p o sición acerca
d e lo s problem as p o lém ico s que siguen d ividiendo a los analistas de Freud
y del p sic o a n á lisis, pero sin esbozar el itinerario que m e lle v ó a m is c o n
c lu sio n es. Para los lectores interesados en las controversias que hacen tan
fascinante la investigación de la vida de Freud, presento co m o apéndice un
en sa y o am plio y razonado que les permitirá descubrir las razones de las
posturas q u e h e asum ido, y encontrar m ateriales que desp liegan opiniones
opuestas.
Un intérprete d e Freud co n el que no c oin cid o e s el propio Freud. Tal
v e z e sté en lo correcto en térm inos literales, pero engaña en lo ese n c ia l,
cuando d ice que su vida e s “externam ente tranquila y sin contenido”, que
se puede “ordenar con unas pocas fech as”. ' » D esd e lu ego, superficialm en
te, la v id a de Freud se p arece a las d e m uchos otros m éd icos del s ig lo
X IX , c o n ed uca ció n superior, in telig en tes y activos: n ació, estu d ió, viajó,
se c a só , ejerció su p rofesión , d io con ferencias, pub licó libros, p olem izó,
e n v e je c ió , m urió. Pero su drama interior e s lo bastante absorbente co m o
para im ponerse a la atención vacilante de cualquier biógrafo. En la célebre
P refacio
carta a su a m ig o F lie ss, que y a he cita d o , Freud se llam ó a s í m ism o
“conquistador". E ste libro es la historia de sus conquistas. Se verá que la
más dram ática de esas conq u istas, aunque in com pleta, fue la de s í m ism o.
— Pe t e r G ay
U no
Hambre de conocimiento
El 4 d e noviem b re d e 1 8 9 9 , la editorial de Franz D eu -
lic k e (L e ip z ig y V ie n a ) p u b lic ó un gru eso v o lu m en
d e S igm u nd Freud, D ie T rau m deu tu n g. Pero la fe ch a
que aparecía en la portada de L a in te rp re ta c ió n d e lo s
s u e ñ o s era de 19 0 0 . S i b ie n en la su p erficie esa in fo r
m a c ió n b ib lio g r á fic a in con gru en te n o reflejaba m ás
que una c o n v e n c ió n e d ito ria l, r e tro sp ectivam en te sim b o liz a con p erti
n en cia e l patrim on io in telectu a l de F reud y su in flu en cia final. Su “libro
del sueño'*, c o m o le gustaba llam arlo, era e l prod u cto de una m ente c o n
form ada e n el s ig lo X IX , pero se ha c o n v ertid o en la propiedad (e lo g ia
da, d enigrada, in e v ita b le ) d el sig lo X X . El títu lo d e l libro, esp e c ia lm e n
te e n su la c ó n ic o a lem án ( “L a in terpretación del su e ñ o ”) era bastante
provocador. H acía pensar en e se tipo de fo lle to s de p o co p recio, d ir ig i
d o s a lo s cré d u lo s y su p e r stic io so s, q ue catalogab an lo s su eñ os co m o
p r e d ic c io n e s de c a la m id a d e s o d e b uen a fo r tu n a . El hab ía “o s a d o ” ,
co m e n tó F reud, “ tom ar partido por lo s a n tigu os y la su p erstición , c o n
tra la s o b jecio n es d e la c ie n c ia sev e r a .” * 1
P ero por c ie r to tiem p o L a in te rp re ta c ió n de lo s su eñ o s no dem ostró
atraer m ucho interés general: en el curso d e se is años só lo se ven d ieron
351 ejem plares, la seg u n d a e d ic ió n no a pareció hasta 1909. S i, co m o
Freud lle g ó a creer, su d e stin o era agitar e l su eñ o de la hum anidad, e so
ocurriría años m ás tarde. R esulta ju ic io so com parar e sa recepción tibia y
desganada co n la que s e brindó a otro c lá s ic o revolu cion ario que dio for
ma a la cultura m oderna: m e refiero a E l o rig e n de la s e sp ec ie s, de Char
[ 26] F undamentos: 1856-1905
le s D arw in. P u b lica d o e l 2 4 d e n o viem bre de 185 9 , ca si cuarenta años
antes que e l libro del sueño de Freud, la totalidad de su primera edición
de 1 2 5 0 ejem p lares se agotó e n seg u id a , y rápidam ente se lanzaron n u e
vas e d ic io n e s revisad as. P uesto qu e el libro de D arw in era subversivo,
estaba en el ojo de la torm enta de un gran debate acerca de la naturaleza
del anim al h um ano, y h ab ía sid o a n siosam en te esp erad o. El lib ro d e
F reud, que d em ostró ser n o m en o s su b v ersivo, al prin cip io pareció s o la
m en te eso té r ic o y excén trico , destin ado exclu sivam en te a un puñado de
esp e c ia lista s. Seg ú n se v io , las esperanzas que e l autor pudo haber alber
ga d o en cuanto a una rápida y am plia a ceptación carecían de realism o.
E l trabajo d e Freud había s id o prolongado; c a si rivalizab a con las
décadas de preparación silen cio sa que D arwin d ed icó al suyo; su interés
por lo s su eñ o s databa de 1 8 8 2 , y había co m en zad o a analizarlos hacia
1 8 94. P ero por m u y lentam en te qu e L a in terp re ta c ió n de los su e ñ o s se
h aya abierto c am ino, co n stitu y e la p ie z a central de la vida del m aestro.
En 1 9 1 0 d ijo que consid erab a e l libro co m o su “obra m ás im portante” .
Y agregó: “ Si encontrara r eco n o cim ien to, tam bién la p sic o lo g ía norm al
tendría que asentarse sobre una nueva b ase”*2 En 1 9 3 1 , en su P refacio a
la tercera e d ic ió n in g le sa , Freud v o lv ió a rendirle al libro del su eñ o su
r e c o n o c id o h om en a je. “In c lu so para m i j u ic io actual, co n tie n e el m ás
v a lio s o d e tod os lo s d escu brim ien tos que he tenido la fortuna de realizar.
U n a c o m p r e n s ió n c o m o é sta n o s to c a e n su e rte s ó lo una v e z e n la
v id a .”*3
El o r g u llo de Freud n o estab a fuera d e lugar. A pesar de las in ev ita
b le s partidas en fa ls o y de lo s n o m en o s in ev ita b le s rod eos de sus p rim e
ras in v e stig a c io n e s, tod o s lo s descu b rim ientos freudianos de las décadas
de 1 8 8 0 y 1890 d esem b ocaron en L a in te rp re ta c ió n de los sueños. M ás
aun: gran parte de lo que Freud d escubriría m ás adelante, y no só lo sobre
lo s su e ñ o s, estaba im p líc ito e n esa s p á g in a s. C on su m aterial au to b io
gráfico abundante e inm ensam ente revelador, el libro tiene una autoridad
sin parangón para e l b ió g ra fo d e Freud. R ecap itu la todo lo que había
aprendido — en realidad, todo lo que era— d esd e e l laberinto de su c o m
plicada infancia.
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 2 7 ]
A l im e n t o p a r a l o s r e c u e r d o s
Sigm und Freud, el gran descifrador de enigm as hum a
nos, c r e c ió en lre p roblem as y con fu sion es suficien tes
c o m o para a g u ijonear el interés de un psicoan alista.
N a c ió el 6 d e m a y o de 185 6 en el pequ eñ o pueblo
m oravo de Freiberg, hijo de Jacob Freud, un com er
ciante ju d ío en lana por lo general escaso de dinero, y
de su esp osa A m alia. ** En la B ib lia fam iliar, e l padre lo inscribió con los
nom bres de “ S igism un d S ch lo m o ”, tam bién nom bre del abuelo paterno, y
desp u és de experim entar con “ S igm un d” durante sus últim os años en la
esc u e la secundaria, lo adoptó algún tiem po después de ingresar en la U n i
versidad de V iena en 1 8 7 3 .1 *J
La B ib lia de lo s Freud tam bién registra que Sigism und “entró en la
alianza judía” — e s decir, fu e circuncidado— una sem ana después de su
n a c im ie n to , el 13 d e m a y o d e 1 8 5 6 . * « E sto e s b astante p robable; la
m ayor parte de las otras in fo rm a cio n es es m ucho m enos segura. Freud
pensaba tener “razones para creer” que la fa m ilia d e su padre había “vivido
durante m uch o tiem p o en e l R in (e n C o lo n ia ), h u y ó al este co m o resulta
do de una p ersecución de ju d ío s en lo s s ig lo s X IV y X V , y en el curso del
sig lo X IX v o lv ió a emigrar d esde L ituania a la Austria germ ana, pasando
por G alitzia” *"> En este punto Freud s e atenía a una tradición fam iliar: un
día el secretario de la com unidad judía d e C olon ia se encontró con su padre
por casualidad, y le ex p lic ó to d o e l lin a je d e lo s Freud, hasta llegar a sus
raíces en aquella ciudad, en el s ig lo X IV . **>Esta prueba acerca de los ante
pasados puede ser plausib le pero resulta insu ficiente.
La e v o lu ció n afectiva de Freud n o fu e tanto producto de este detalle
actuarial y del saber histórico, c o m o d e la desconcertante trama de las rela
cio n e s fam iliares que para é l fu e m uy d ifíc il evitar. En el sig lo X IX eran
m u y com unes las redes dom ésticas m ás enmarañadas; en esa época se pro
du cía co n sum a frecu en cia la m u erte tem prana com o c o n se cu e n cia de
enferm edades o en el parto, y las v iu d a s o viu d os solían volverse a casar
pronto. Pero los en igm as c o n que se enfrentaba Freud eran m ás intrincados
de lo habitual. Cuando Jacob Freud se c a só con A m alia N athansohn, su
tercera esposa, en 1855, tenía cuarenta añ os, veinte más que la desposada.
D o s h ijo s de su prim er m atrim on io — E m anuel, el m ayor, casad o y con
1 In clu so e n to n c es c o n tin u ó dudando: en 1 8 7 2 , to d a v ía e n la e sc u e la se c u n
daria. firm ó una carta c om o “ S ig m u n d ”, p ero tres a ños tarde, m ientras estu d ia b a
m ed icin a e n la U n iv ersid a d de V ie n a , e sc r ib ió “ S ig ism u n d Freud, stud . m ed.
1875" en su ejem p lar de D ie A b sta m m u n g d e s M e n sc h e n , traducción alem ana de
E l o rig e n d e l h o m b re , de D arw in . P u esto que n u nca com entó las r azon es que
tuvo para abreviar su nom bre, todas la s conjeturas a cerca del sig n ific a d o que
e s to ten ía para él no p u ed en sa lir d e l á m b ito e sp e c u la tiv o .
[ 28] F undamentos: 1856-1905
hijos prop ios, y P hilip p. soltero— v iv ían cerca. Y E m anuel tenía m ás
edad que la jo v en y atractiva madrastra que su padre había importado de
V ien a , m ien tras que P h ilip p era só lo un a ñ o m enor. Para S ig ism u n d
Freud no resultaba m enos desconcertante el hech o de que uno de los hijos
d e Em anuel, su primer com pañero de ju e g o s, fuera un año m ayor que él,
que era su pequeño tío.
Freud recordaría a e s e sobrino John co m o un inseparable am igo y
“compañero de fechorías”. *> Una de éstas (uno de lo s más antiguos recuer
dos de Freud, cargado retrospectivam ente con una fuerza em ocional erótica
que probablem ente n o tuvo en el m om ento de los hechos) fue perpetrada
cuando él tenía aproxim adam ente tres años: Sigism und y John cayeron
sobre la hermana del últim o, Pauline, en una pradera donde habían estado
recogiendo flores, y cruelm ente le arrebataron su ram illete. A veces los
d os ch ico s, co n la m ism a intensidad en la enem istad y en la am istad, se
agredían recíprocam ente. Cuando Freud todavía no tenía dos años se pro
dujo un e p iso d io v io le n to que entró en lo s anales de las leyendas fam ilia
res. Un día, el padre de Freud le preguntó por qué había golpeado a John,
y Freud, pensando — aunque todavía no hablando— con claridad, asum ió
con habilidad su propia defensa: “Le pegué porque él m e p egó”. * “>
Para enmarañar aun m ás la intrincada pauta de las relaciones fam ilia
res de Freud, a éste le parecía que su jo v e n y herm osa madre formaba
mejor pareja c o n su m ed io hermano Philipp que con su padre, pero era
con el padre con quien A m alia Freud com partía el lecho. En 1858, antes
de que él tuviera dos años y m edio, este problem a se hizo particularmente
acerbo: n ació su hermana Anna. Recordando aquellos días, Freud pensaba
haber com prendido que la hermanita sa lió del cuerpo de su madre. Lo que
le parecía m ás difícil de escudriñar era c óm o su m edio hermano Philipp
había ocupado de algún m odo el lugar de su padre com pitiendo por el afe c
to de la madre. ¿ A caso le había dado Philipp a su madre esa nueva pequeña
rival aborrecible? * » T odo era m uy con fu so y , de algún m od o, saber más
resultaba tan n ecesario c o m o peligroso.
Esos rom pecabezas infantiles dejaron un sedim ento que Freud repri
m ió durante años, y que só lo v o lv ió a captar, a través de sueños y de un
laborioso autoanálisis, a fin es de la década de 1890. Su m ente fue confor
m ándose a través d e estas cosas: su jo v en madre embarazada con un rival,
su m ed io herm ano co m o com pañero de su madre de algún m odo m isterio
s o , un sobrino m ayor que é l, su m ejor am igo que era tam bién su m ayor
enem igo, un padre afable que podría haber sido su abuelo. A partir de tales
experiencias íntim as habría tejido la trama de sus teorías psicoanalíticas.
Cuando las n e c e sitó , v o lv ie r o n a él.
A Freud no le resultó necesario reprimir algunas realidades fam iliares
n otab les. “ M is padres eran j u d ío s ”, o b servó su cintam ente en su breve
Presentación a u tobiográfica d e 1925. C on v isib le desdén por los correli
gionarios que habían procurado protegerse del antisem itism o en el refugio
H a m b r e de c o n o c i m i e n t o [ 29]
del bautism o, agregó: “T am bién y o h e seg u id o sien d o ju d ío ”. *12 Era un
judaism o sin religión. Jacob Freud se había em ancipado de las prácticas
ja síd ica s de sus antepasados: su m atrim onio co n A m alia N athanson se
celebró m ediante una cerem onia reform ista. C on e l tiem po, descartó prác
tic a m e n te todas la s o b se r v a n c ia s r e lig io s a s; celeb rab a p rin cip alm en te
Furim y Pascua com o festivid ades fam iliares. El padre, recordó Freud en
1930, le perm itió “crecer co n una com p leta ignorancia de todo lo concer
n ien te al jud aism o ” * » Pero aunque luchaba por la asim ilación , Jacob
Freud nunca se avergon zó de su con d ició n judía esencial, nunca intentó
negarlo. Seguía ley en d o la B ib lia en e l hogar, en hebreo, para su ed ifica
ción, y “hablaba la lengua santa — creía Freud— tan bien com o e l alem án,
o m ejor” . *w D e m odo que Jacob Freud creó una atm ósfera que llev ó al
pequeño Freud a sentirse perdurablem ente fascinado por la “historia b íb li
ca”, e s decir, por el A n tiguo Testam ento, cuando “apenas había adquirido
el arte de la lectura” . * 15
Pero en su n iñ ez, Freud no e stu v o rodeado solam ente por ju d íos, y
tam bién e sto pro v o có c o m p lica cio n es. La niñera que lo cuidó hasta apro
xim adam ente lo s dos años y m ed io era una d evota c atólica romana. La
madre de Freud la recordaba c o m o madura, fea y lista; nutría al niño con
historias piadosas y lo arrastraba a la ig lesia. “ D esp u és — le dijo a Freud
la m adre— cuando v o lv ía s a casa, predicabas y nos decías lo que hace
D io s T od opod eroso.” *16 Esta niñera h iz o m ás, aunque no está claro cuán
to: Freud su girió d e una m anera un tanto ob licu a, que ella actuó co m o su
maestra en materia sexual, * it La m ujer era tajante y m uy ex igen te con el
m uchachito, pero sin em bargo — pensaba Freud— él la había am ado por
eso.
Fue un amor interrumpido co n rudeza: durante el período del parto de
A nna, su m ed io herm ano P h ilipp d e n u n ció a la niñera por un pequeño
robo, y la mujer fue enviada a prisión. Freud la ech ó de m enos d olorosa
m ente. Su desaparición, que coin cid id co n la ausencia de la madre, generó
un v a g o y desagrad ab le recuerdo que só lo logró clarificar e interpretar
m uchos años m ás tarde. Recordaba haber buscado con desesperación a la
m adre, gritando sin cesar. E n tonces P h ilipp abrió un armario — en A u s
tria, un K a sten — para que viera qu e e lla n o estaba presa allí. Esto no c a l
mó a Freud; no se apaciguó hasta ver a la m adre en la puerta, “delgada y
h erm osa” . ¿Por qué le m ostró P h ilipp a S ig ism u n d un armario v a cío , res
pondiendo a sus llam am ientos a la m adre? En 1897, cuando su autoanáli
sis estaba en el m om en to de m ayor intensidad, Freud halló la respuesta: él
le había preguntado al m ed io herm ano adónde había ido la niñera, y Phi
lipp le co ntestó que estaba e in g e k a s te lt — encajonada”— , una referencia
hum orística al h ech o de que estaba en la cárcel. Evidentem ente, Freud
tem ió que tam bién su madre estuviera encajonada. La rivalidad infantil con
un herm ano m ayor que presum iblem ente le había dado un niño a la madre,
una curiosidad sexu al no m enos infantil acerca de los bebés que salen del
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cuerpo, y una triste sen sa ció n de p rivación por la pérdida de la niñera, a gi
taban al niño, dem asiado pequeño para captar las con exion es pero no para
sufrir. Esa niñera católica, vieja y antipática com o era, sig n ific ó m ucho
para Freud, ca si tanto co m o su amada madre. L o m ism o que algunas fig u
ras que m ás tarde iban a poblar su im aginación — Leonardo, M o isé s, por
no hablar d e E d ip o— e l p equeño Freud disfrutó de la atención de d os
madres.
A pesar de todos lo s cuidados que brindaban al pequeño Sigism und,
Jacob y A m alia eran pobres. Cuando Freud nació, en 1856, ocupaban una
única h abitación alquilada en una casa m odesta. Su p u eblo, Freiberg, esta
ba dom inado por el alto y agudo cam panario de la ig lesia católica, con sus
fa m o so s ju e g o s d e cam panas, e le v á n d o se por en cim a de algunas casas
im portantes y m uchas v iv ien d a s m ás m o d estas. Sus principales atracti
vo s, aparte de la ig lesia , eran una herm osa plaza de m ercado y agradables
alrededores llen os de exten sion es de fértil tierra cultivada, bosques frondo
so s y su a v es c o lin a s; a lo lejos se p ercib ían trém ulam ente los m ontes
Cárpatos. A fin es ue la década de 1850, e l p ueblo tenía m ás de 4 .5 0 0 habi
tantes; unos 130 eran ju d ío s. L os Freud v iv ía n en S ch lo ssergasse 117, en
una se n cilla casa de dos p isos; e l propietario, Zajík, un herrero, ocupaba
la planta baja. A llí n a ció Freud, encim a d e una fragua.
L os F r e u d n o perm anecieron m ucho tiem po en Freiberg. Primero se
m udaron por un b rev e la p so de tiem p o a L e ip z ig , en 185 9 , y el año
siguiente a V iena. R ecordar la pobreza d e su fam ilia parece haber sido
penoso para Freud; en un fragm ento autobiográfico disfrazado que insertó
en un trabajo de 1899, se describió c o m o “e l hijo de padres originariam en
te acom odados que, según creo, v iv ía n en e s e agujero provinciano bastante
confortablem ente” . E sta hipérbole co n stituye un ejem plo m oderado de lo
que m ás tarde Freud llamaría la “n ov ela fam iliar”, la am pliam ente difundi
da tendencia a atribuir a los padres m ás prosperidad o fam a que las que tie
nen en realidad, o q u izás in c lu so a inventar un p arentesco d istinguido.
Freud estaba sim p lifica n d o lo s m o tiv o s que tu vo su fam ilia para dejar
Freiberg, y em b ellecien d o su vida en e l lugar. D esp u és de una “catástrofe
en la rama de la industria en la que trabajaba m i padre — escribió— , perdió
su fortuna” . En últim a instancia, Jacob Freud nunca pudo conservar por
com pleto aquello de lo que en realidad nunca había disfrutado. D e hecho,
por algún tiem po, aunque su situación m ejoró gradualm ente, la mudanza
de los Freud a V ien a só lo les procuró un a liv io pequeño: “Entonces v in ie
ron largos años duros — escribió Freud m ás tarde— ; creo que no hubo en
ellos nada que valga la pena recordar”. • «
La precariedad de su situación econ óm ica n o se veía aliviada por la
fertilidad de A m alia. Jacob Freud y su mujer habían llegado a V iena con
dos h ijo s, S ig ism u n d y A nna (otro h ijo , J ulius, había m uerto en Freiberg
en abril de 1 858, a lo s siete m eses de edad). D espués, en rápida su cesión ,
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [31]
entre 1 8 6 0 y 1 8 6 6 , F reu d s e en co n tró c o n cu a tro h erm anas — R o sa ,
M arie, A d o lfin e y P au lin e— y un herm ano m enor, A lexander. z En 1865 y
principios d e 1866, e l rigor d e e s o s años se v io exacerbado por el proceso,
la con den a y el en carcelam ien to de J o se f Freud, herm ano de Jacob, por
pasar rublos fa lsifica d o s. Esta catástrofe fu e traumática para la fam ilia. A
Freud n o le gustaba su tío J o se f, qu e in vad ía sus su eñ o s, y en L a in te r
p re ta c ió n d e lo s su eños recordó que la calam idad hizo encanecer de pena a
su padre en unos p o co s d ía s. Es probable que la pena de Jacob Freud
estuviera m ezclada co n angustia: hay pruebas de que él y sus hijos m ayo
res, que habían em igrado a M anchester, estaban im plicados en los planes
de J osef Freud. *23
El ahogo e c o n ó m ic o y la desgracia fam iliar no eran las únicas razones
que llevaban a Freud a no considerar dignos de recuerdo sus prim eros años
en V iena. Estaba m uy triste por la pérdida de Freiberg, en esp ecial de la
amada cam piña que rodeaba el pueblo. “N unca m e sen tí realm ente cóm odo
en la ciudad — c o n fesó en 1899— ; p ien so ahora que nunca m e abandonó el
anhelo de los h erm osos b o sq u es de m i h ogar, en lo s c u ales (c o m o atesti
gua un recuerdo o b se siv o de aquellos días), apenas capaz de cam inar, solía
escaparme de m i padre.” C uando en 1931 e l alcalde de Príbor descubrió
una placa de bronce en la casa natal de Freud, éste (entonces tenía setenta
y c in c o años), en una carta de agradecim iento, reseñó brevem ente las v ic i
situdes de su vida, y sin g u la rizó una reliquia indestructible de su pasado
distante: “P rofundam ente dentro de m í, soterrado, todavía v iv e e se niño
fe liz de Freiberg, p rim ogén ito de una m adre jo v e n , que recibió las prim e
ras im presiones ind eleb les de e se aire, de e s e su elo .” E sto es m ás que
palabrería accidental o cortesía; la retórica rítm ica — “de e se aire, de e sc
su e lo ”— llev a c o n sig o su propia valida ció n . S e hunde hasta las capas más
secretas de la m ente de Freud, dejando al descubierto su nunca extinguida
nosta lg ia por lo s días en qu e am aba a su m adre, jo v e n y herm osa, y se
escapaba de su anciano padre. N o sorprende que Freud nunca superara sus
con fu so s sen tim ientos co n resp ecto a V ien a.
M a r t in , e l h u o d e F r e u d , ha sugerido que la a m enudo reiterada c o n
denación verbal de V iena por parte de su padre, en realidad era una declara
ción de amor encubierta. ¿ A caso no e s característico del v ic n és auténtico
deleitarse en encontrar defecto s a su adorada ciudad? Por cierto, alguien que
odiab a V ie n a tan fe r o z m e n te co m o Freud d ec ía a tod os q ue lo h acía,
dem ostró poseer una resisten cia p o c o com ún viv ien d o en ella. T enía un
2 H ay una trad ición fa m ilia r de la qu e h a b ló A nna, la herm ana de Freud, en
cuanto a que el nom bre "A lexand er" fue e le g id o en una r eu nión de fam ilia, y que
lo su girió e l propio Freud, qu e e n to n c es ten ía d ie z años, en recuerd o de la m a g
nanim idad de A lejan dro y sus hazañas c o m o líd er m ilita r. (V é a se J o n e s I, 1 8 .
S o b ie ésta y otras a b rev ia tu ra s, v é a se la p á g . 7 2 1 ).
[ 3 2 ] F undamentos: 1856-1905
in g lé s e x c e le n te , buenas relaciones extranjeras, repetidas v ec es se lo invitó
a insta la rse e n otro lugar, p ero é l p erm aneció a llí todo el tiem p o que
pudo. “ El sen tim iento de triunfo por la liberación está m uy intensam ente
m e zcla d o con la a flic c ió n — escrib ió, sien d o ya un hom bre m uy anciano,
in m ed ia ta m en te d esp u é s d e lleg a r a L ondres a p rin cip io s d e ju n io de
1 9 3 8 — , p u es uno ha am ado hasta la p risión de la cual ha sid o libera
do.”
E v id en tem en te, su am bivalencia era profunda; por m ás que hubiera
am ado a V ien a, se había convertido en una prisión. Pero Freud repartió
declaraciones de o d io a través de su correspondencia m ucho antes de que
lo s na zis entraran en su país. En e lla s n o hay nada deliberado, nada de
pose. ‘T e ahorraré toda referencia a la im presión que V iena m e ha causado
— le co m en tó a lo s d ie c is é is años a su am igo Em il Fluss d espués de v o l
ver de Freiberg— . M e d isgu sta.” * 27 M ás tarde, escribiéndole desde Berlín
¡t su prom etida Martha B em a y s, confesaba: “V iena m e oprim e quizá más
de lo c o n v en ien te”. C on ven ien te para é l, desde lu ego. L e dijo a su novia
que, la catedral de San Esteban, que dom ina el horizonte vienés, era só lo
“e s e abom in ab le cam pan ario”. R e c o n o c ió que alg o cuidadosam ente
enterrado estaba em ergiendo en eso s dardos disfrazados de com entario h os
til. Pensaba q u e su o d io a V iena bordeaba lo personal, “ y, en contraste
co n el gigante A nteo, y o alm aceno nuevas fuerzas cuando levanto el pie
del suelo de la ciudad” ♦ » V iena nunca d ejó de ser por com pleto para é l el
escenario d e la penuria, del fracaso repetido, de la soledad prolongada y
odiosa, de desagradables incidentes, de o d io al judío. El hecho de que Freud
pasara sus va ca cio n es en las m ontañas y en largas excursiones por el cam
po, e s tam bién un in d icio de sus sen tim ien tos. V iena n o era Freiberg.
E ste d iag n ó stico tiene tam bién su lado im probable. Nada parece más
desesperadam ente urbano que el psico a n á lisis, esa teoría y terapia inventa
das por y para burgueses integrados en la ciudad. Freud tam bién fu e un
habitante q u intaesencial de la ciudad; trabajaba todos los días en su con su l
torio, y en su estu d io todas las n o ch es, y daba sus p a seos cotidianos por
la V ien a m oderna erigida en la ép o ca en que él era estudiante y joven
m éd ico . En e fe c to , la m ayoría de lo s observadores han visto en el p sic o a
n á lisis, lo m ism o que en su fundador, no s ó lo un fe n óm en o urbano, sino
esp ecíficam ente v ien és. Freud se opuso con vehem encia: cuando el p sic ó
lo g o francés Pierre Janet sugirió que el p sicoan álisis só lo podía haber sur
g id o de la atm ósfera sensual de V iena, Freud consideró que esa insinuación
era una calum nia m a licio sa y en el fond o antisem ita. En realidad Freud
podría haber desarrollado sus ideas en cualquier ciudad dolada de una e scu e
la m éd ica de primera línea y de un pú b lico educado lo suficientem ente
a m plio y o p u le n to c o m o para p roveerle p a cien tes. O b viam en te Freud,
aunque nunca o lv id ó lo s bosques de Freiberg, no era un rústico itinerante
atrapado por el d estin o en la ciudad opresora. Pero la V iena que Freud
p o co a p o c o se con stru yó para s í m ism o no era la V iena de la corte, el
H am bre de c o n o c im ie n t o [ 33]
ca fé , e l saló n o la opereta. E sas V ien a s h icieron m uy p o co por e l progreso
del trabajo de Freud. N o e s casual que su prom etida fuera de Ham burgo, y
sus discíp u lo s favoritos de Z urich, B udapest, B erlín, Londres, e in clu so de
lugares m ás lejanos; su s teorías p s ic o ló g ic a s tom aron form a en un univer
so cultural lo su ficien tem en te grande c o m o para abarcar toda la cultura
occidental.
N o o b s t a n t e , en V iena Freud se esta b leció y perm aneció. Su padre
n o era un hom bre que facilita ra las c o s a s . O p tim ista incurable, por lo
m en os en la superficie, se trataba de un p equeño com erciante cuyos recur
so s n o bastaban para enfrentarse co n éx ito al m undo que se industrializaba
en to m o a é l. T enía un carácter agradable, generoso, abierto al placer, y
estaba firm em ente p ersuadido de lo s d ones singulares de su hijo S ig is
m und. Su nieto M artin Freud recuerda que tod os lo s m iem bros de la fam i
lia lo querían; era “ terriblem ente am able co n nosotros, lo s niños peque
ñ o s ” ; les lle v a b a re g a lo s y le s conta b a h isto ria s d ivertidas. T o d o s “ lo
trataban con gran respeto” . Pero para su h ijo Sigm und, Jacob Freud
sería m uch o m ás problem ático que tod o eso .
La atrayente juventud y la buena presencia de su madre tam poco fa cili
taba la tarea em ocional del jo v e n Freud. M ás tarde iba a recapturar una
experiencia infantil, uno de eso s “d etalles sig n ifica tiv o s” que rescató de la
am nesia generalizada que oculta los prim eros años de todas las personas.
Ese recuerdo v o lv ió a é l en octubre de 1 8 97, en m edio de su autoanálisis
mientras lo s d escu brim ientos sobre su vid a in c o n scien te irrumpían v io le n
tam ente co n una pro fu sió n vertig in o sa . En algún m om ento, entre los d os
añ o s y lo s d o s a ñ o s y m e d io — le d ijo a su a m ig o ín tim o W ilh e lm
F lie s s — , su “ lib id o a d m atrem había despertado” durante un viaje noctur
no en ferrocarril desde L eip zig a V iena, cuando tuvo la “oportunidad de
verla m idam ”, Inm ediatam ente después de sacar a la luz ese recuerdo ator
mentador, Freud también se acuerda de que había acogido con satisfacción
la muerte de su herm ano m enor Julius, n acid o unos diecisiete m eses d e s
pués que é l, con “d eseo s m a lé v o lo s y a u ténticos c e lo s infantiles” . E se her
m ano, y John, el sob rin o de Freud, un año m ayor q ue é l m ism o, “determ i
nan ahora lo que d e neu ró tico , pero tam bién lo que de intenso, hay en
todas m is am istades”. *** El am or y e l o d io , esas fuerzas elem entales que
luchan en el destino hum ano, fuerzas que sobresaldrían considerablem ente
en lo s escritos p sic o ló g ic o s d el Freud m aduro, estaban enfrentándose en
ese recuerdo.
A v e c e s Freud com ete errores n otables al recordar su pasado infantil, y
el sigu ien te e s uno de e llo s: en realidad tenía cerca de cuatro años, y no
só lo algo m ás de d os, cuando pudo vislum brar a su m adre desnuda; era
m ás grande, m ás fuerte, m ás propenso al v o y eu rism o y al deseo exp lícito
de lo que c o n scien tem en te s e perm itía se r lo al recuperar e l recuerdo de
haber v isto a la m atrem nudam . N o m enos sorprendente es el h ech o de que
[ 34] F undam entos: 1856-1905
in clu so a lo s cuarenta y un años, ya convertido en e l m en os con ven cion al
de lo s exploradores de lo s reinos prohibidos de la sexualidad, Freud no
pudiera describir e se excitante incidente sin caer en un latín seguro y d is
tanciados
Fuera cual fuere la naturaleza exacta del episodio, no hay duda de que
su madre era enfáticam ente cariñosa, enérgica y dom inadora, m ucho más
que su padre, agradable pero un tanto h olgazán, quien lo d otó para una
v id a de in vestig a ció n intrépida, fam a elusiva y éx ito claudicante. Su capa
cidad para superar una dolencia de lo s pulm ones — la hija m enor de Freud,
A nna, la denom inó “enferm edad tuberculosa” * « — , la cu al lo lle v ó a pasar
va rio s v eran os en balnearios c o n m an antiales m in erales, dem uestra su
vitalidad. Finalm ente, Freud nunca dilu cidó por com p leto el sign ificad o de
sus apasionados lazo s in co n scien tes co n esa figura materna dom inante. Si
b ien m uchos de sus pacien tes fueron m ujeres, y escrib ió m ucho acerca de
ellas, durante toda la vida le g u stó decir que la M ujer había seguido siendo
un continente desco no cido para él. Parece sum am ente probable que parte
de ese d esconocim ien to se hubiera originado en la autoprotección. a
L os sentim ientos eq u ív o co s de Freud con respecto a su padre estaban
m u c h o m ás c e rca d e la su p e r fic ie . L o atestigua otro de sus cru ciales
recuerdos infantiles, m ás patético que excitante. Es un recuerdo que a la
v e z lo turbaba y fascinaba. “ Y o tendría d iez o doce años cuando mi padre
c o m en zó a llevarm e c o n é l en sus p a seo s” y a hablarle sobre el m undo que
había conocido. U n día, para dem ostrarle cuán radicalm ente había m ejora
d o la vida para lo s ju díos en A u stria, Jacob Freud le con tó a su hijo la
s ig u ien te historia: «C uando era jo v e n , un sábado sa lí a cam inar por la
calle del lugar donde n aciste, elegantem ente vestido, con un gorro de piel
n uev o . En el ca m in o ap areció un cristiano, de un g o lp e m e derribó el
gorro, que c a y ó e n el estiérco l, y m e gritó: “ ¡Judío, fuera del cam in o!”»
Interesado, Freud le preguntó al padre:“¿Y tú qué h iciste?” El le respondió
tranquilo: “ Bajé a la ca lle y r e c o g í el gorro.” Freud recordó fríam ente, tal
v e z con cierta falta de generosidad, que la reacción del padre “no le pareció
heroica”. ¿N o era su padre un "gran hom bre fuerte”?
A gu ijonead o por la im agen de un ju d ío envilecién d ose cobardem ente
ante un g en til, Freud desarrolló fantasías de venganza. Se id entificó con el
espléndido e intrépido sem ita A n íb a l, que había jurado vengar a Cartago
por m ás p oderosos que fueran los rom anos, y lo elev ó a la categoría de
sím bolo del “contraste entre la tenacidad del judaism o y la organización de
la Ig le sia C atólica” . N u nca lo verían a él, Sigm und Freud, recoger el
gorro d el arroyo inm undo. « E ste era e l m uchacho que, a los catorce años,
5 Sob re e l continente negro , la M ujer, v é a n se las p á g s. 5 5 8 - 5 8 1 .
♦ S o sp e ch o qu e Freud ten ía ta m b ién otra razón para e le g ir c o m o héroe
favorito al j e f e inm ortal qu e c a si c o n q u istó a la o diada y o d io sa R om a contra
todas las p rob a b ilid a d es, una razón de la c u a l p o sib lem en te él no era c o n sc ien -
H ambre de conocim iento [ 3 5 ]
recilaba el papel de Bruto, un m o n ó lo g o del drama revolucionario de Frie-
drich S ch iller titulado L o s b a n didos. *36 D esde sus días de infancia en ade
lante, un enérgico d espliegue de independencia intelectual, cólera controla
da, valor f ís ic o y autorrespeto co m o jud ío s e refundieron e n el carácter de
Freud en una am algam a altam ente personal e indestructible.
Si lo s sen tim ien tos de Freud c o n respecto a su s padres eran intrinca
d o s, su fe en s í m ism o parecía ser absoluta. C uando cu m p lió treinta y
cin c o años, e l padre le regaló a su “querido h ijo” su B ib lia, co n una ins
cripción en hebreo. “Fue en el séptim o año d e tu edad — decía— cuando el
espíritu de D io s em p ezó a im pulsarte a aprender.” *37 En realidad, para los
Freud, lo s augurios fe lic e s de futura fam a p recedieron m ucho tiem po a la
p asión p recoz del h ijo por la lectura. En L a in terpretación de los sueños.
tratando de explicar uno de sus sueños de am bición, Freud recuerda un
cuento que “m uy a m enu d o escu ch é narrar en m i infancia”. Parece que
cuando n ació, “ una anciana cam pesin a le p rofetizó a m i madre, fe liz con
su p r im o g é n ito , que le h ab ía d ado al m un do un gran hom b re” . Freud
com entó cínicam ente que “ tales p rofecías deben de ser m uy frecuentes; son
m uchas las m adres llenas d e a n ticipaciones ju b ilo sa s, y m uchas las ancia
nas ca m pesin as u otras vieja s arrugadas c u y o poder en el m undo ya ha
desaparecido y que por lo tanto s e han v o lca d o h acia el futuro. N o irá e llo
en descrédito de lo s profetas”. ' ■ P ero su e sc e p tic ism o era tibio: no se
resistía a confiar, en alguna m edida, e n esa grata previsión. Y p ensó que el
clim a d e un hogar en e l qu e se narraban y v o lv ía n a narrar tales anécdotas
no podía m en os que alim entar su anhelo de grandeza.
Otro ep iso d io , que é l recuerda co n total precisión, reforzó la c o n v ic
ción de lo s padres en cuanto a que albergaban un gen io. T enía o n ce o doce
años, y estaba co n su s padres en uno de lo s restaurantes del Praler, el
fam oso parque v ienés. U n poetastro vagabundo vagaba de m esa en m esa,
im p ro v isa n do , a cam b io d e unas p o c a s m o n ed as, algu n os v ersos sobre
cualquier tema que se le propusiera. “ M e mandaron a llamar al poeta a
te. A s í c o m o , al llam ar A le x a n d e r a su h erm an o m en o r, h ab ía c eleb ra d o a un
conqu istador m ás grande qu e e l padre, F e lip e de M a ced o n ia — que era un gran
h om b ie por derecho p ro p io — , d e l m ism o m o d o A n íb a l p o d ía id e n tific a rse im a
gin ariam ente con otra pod ero sa figura c u y a fam a su peró a la d el padre, A m ílca r,
quien, c om o F elip e de M aced o n ia , fu e un esta d ista y líd er m ilitar de estatura
h istó r ic a . En su P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o tid ia n a , e l pro p io Freud rela c io n ó
c o n su padre la e le c c ió n de A níb al: en L a in te r p r e ta c ió n d e lo s su e ñ o s c o m e tió
un curioso lap su s, lla m a n do A sdrúbal al padre de A n íb a l, en lugar de A m ílca r, y
p en sab a que e sto .e sta b a rela c io n a d o de a lg ú n m o d o co n la in sa tisfa c c ió n qu e le
su scitab a la c on d u cta de J acob F reud para c o n lo s a n tise m ita s. (V é a se P s y c h o -
p a th o lo g y o f E v e r y d a y L if e , S E V I, 2 1 9 - 2 2 0 ). P ero lo m á s p ro b a b le e s qu e en
las e le c c io n e s de Freud hubiera tam b ién un e lem en to e d íp ico : p o d ía m ostrarse
superior a su padre — es decir, ven cer en la lu ch a e d íp ica — sin tener que d e sm e
recerlo d em asiado. En co n se cu en cia , F reud p o d ía , co n co m o d id a d , ven cer a “su
e n e m ig o " sin dejar de r esp eta rlo . (V é a se ta m b ién la p á g. 1 6 3 .)
[ 36] F undam entos: 1856-1905
nuestra m esa, y el se m ostró agradecido para con e l m ensajero. D espués de
pedir el tema, dejó caer unos cuantos v ersos sobre m í e, inspirado, declaró
probable que algún día y o m e convirtiera en m inistro.” En e l clim a
liberal que prevalecía en Austria en la década de 1860, la profecía no tenía
por qué parecer irrazonable. R etrospectivam ente, Freud atribuyó su plan de
estudiar derecho a im presiones de ese tipo.
E r a p e r f e c t a m e n t e n a t u r a l que aquel jo v en inm ensam ente prom e
tedor fuera considerado el favorito de la fam ilia. Su hermana A nna atesti
gua que él siem pre tuvo su cuarto propio, fuera cual fuere la estrechez por
la que pasaban lo s padres. Cuando los Freud llegaron a V iena, se estable
cieron en el barrio tradicional ju dío, L eopoldstadt, que se extendía a través
del extrem o noroeste de la ciudad. A lguna ve z había sido el gueto de Viena
y , al absorber un flu jo creciente de inm igrantes judíos de la Europa orien
tal, d e n uevo se estaba con virtiend o en a lg o así co m o un gueto. C asi la
m itad de lo s 15.0 0 0 ju d ío s que viv ía n en V iena hacia 1860 se arracimaban
en el barrio. L eopoldstadt n o era exactam ente un barrio paupérrimo; algu
nas fam ilias judías prósperas habían optado por v iv ir allí. Pero la mayoría
se am ontonaba en vivien d as atestadas y desagradables. Los Freud pertene
cían a esa m ayoría. * 4®
A l cabo de cierto tiem po, Jacob Freud com en zó a disfrutar de una
m ó d ica prosperidad; lo m ás probable es que lo ayudaran sus d os hijos
m ayores, m ás afortunados, q u ien es al establecerse en M anchester habían
progresado m ucho. Pero in clu so después de que pudiera permitirse tener
sirvien tes, hacer pintar un cuadro de sus siete hijos más pequeños, realizar
e x p ed icio n es al Prater, y v iv ir en una casa m ás esp aciosa, su fam ilia y él
tenían que arreglárselas co n se is habitaciones. Esa casa, a la que se m uda
ron en 1875, cuando Freud era estudiante universitario, n o era m uy có m o
da para una fam ilia tan considerable. A lexander, el hijo m enor, las cin co
herm anas de Freud y lo s padres debían apiñarse en tres dorm itorios. S o la
m ente Freud contaba co n su propio " gabinete” c om o dom inio privado, una
habitación “larga y estrecha, co n una ventana que daba a la ca lle ”, cada vez
m ás atestada de libros, que fueron el ún ico lujo del Freud adolescente. A llí
estudiaba, dormía y a m enudo com ía a so las, para ahorrar tiem po y dedi
carlo a la lectura. Y a llí recibía a sus a m igos de la universidad: sus "com
p a ñ ero s d e e s tu d io ” , d e c ía su h erm ana A n n a, no sus com p a ñ e ro s de
ju e g o . *41 Era un herm ano atento pero algo autoritario; ayudaba a su her
m ano y a sus herm anas en sus leccio n es, y les daba conferencias acerca del
mundo: su vena didáctica fue notable desde aquellos días. Tam bién actuaba
co m o un censor m ás bien presum ido. A los quince años — recordó su her
m ana A nna— v io co n m alos o jos que e lla leyera a B alzac y D um as, lo
que consideraba inconveniente.
La fam ilia aceptaba el autoritarism o pueril de Freud con serenidad, y
alentaba su sentim iento de que era excepcional. S i las necesidades de Freud
H a m bre de c o n o c im ie n t o [ 37]
entraban en c o lis ió n co n las de A nn a o las de lo s otros, p revalecía é l sin
ninguna duda. C uando, d ed icad o a su s libros de texto, se quejó del ruido
de las le c c io n e s de piano de A n na, e l piano desapareció para no volver
nunca. La m adre y la herm ana lo lam entaron m ucho, pero sin rencor apa
rente. L o s Freud deben de haber sid o una d e las pocas fam ilias centroeuro-
p eas d e cla se m edia que n o tenían pia no , pero e se sacrificio palidecía ante
la gloriosa carrera que im aginaban para el estu d ioso y vivaz escolar del
gabinete.
E n l a V ie n a de la juventud d e Freud, a pesar de ciertas d e scalificacio
nes so cia les que todavía afectaban al trabajo de los jud íos austríacos, el
abrigar altas aspiraciones para lo s jó v e n e s ju d ío s de talento estaba lejos de
ser u tópico. D esde 1 8 48, a ño de r e v o lu cio n es en todo el continente, y del
ascen so al trono del em perador F ran cisco Jo sé, el pesado im perio m ultina
cion al de lo s H absburgo se había v isto arrastrado a la reform a política;
aunque se resistía con todas sus fu erzas, estaba siendo introducido e n el
sig lo X IX , A partir d e 1 8 6 0 (el año en que lo s Freud se instalaron en el
Leopoldstadt v ienés), una serie d e ed icto s destinados a apuntalar la autori
dad tradicional tuvieron el efe c to n o desea d o de liberalizar el Estado. C on
juntam ente, la prensa, liberada de sus cad en as, y los jó ven es partidos p o lí
ticos que luchaban por e l poder, instruyeron a lo s austríacos en la retórica
del debate público, m ientras las cam pañas electorales se hacían cada vez
m ás v enen osas; e l n u ev o R eichsrat, cu y a s fu n cion es iniciales eran s o la
m ente con su ltivas, se co n virtió en una verdadera legislatura, que iniciaba
la d iscu sión de le y e s y sancion aba e l presu puesto. A pesar de todos estos
o sa d o s e x p e r im e n to s de g o b ie r n o r e p r e s e n ta tiv o , e l p ú b lic o p o lític o
seg u ía sien do só lo una pequeña m in oría de la población. Incluso las refor
m as electorales de 1873, saludadas c o m o un gran paso adelante, co n serv a
ban el obstácu lo de la ca lific a c ió n fundada en la propiedad: elegir a los
representantes del p ueb lo seg u ía sien d o e l p rivilegio del 6 por cien to de
los adultos varones. En resum en, la autocracia lim itada estaba dejando su
lugar a un c o n stitu cio n a lism o lim itad o. * «
El rem edio de aspecto m ás esp ectacu lar, en últim a instancia, dem ostró
ser p o co m ás que un c o sm ético . En una ép oca de n acionalism o feroz, el
régim en d e los H absburgo apenas p od ía contener los intereses p o lítico s en
disputa, o controlar los grupos étn ic o s h o stiles; fueran cuales fueren las
solu c io n e s que idearan lo s p o lític o s austríacos, en el m ejor de los c a so s
no podían ser más que p ro vision ales. “En e l lapso de dos décadas” — ha
escrito co n propiedad el historiador Usa Barea— no m enos de “och o c o n s
tituciones austríacas fueron prom ulgadas, retiradas, revisadas, y se ex p e ri
m en tó co n el fed eralism o y e l cen tralism o, el v o to indirecto y d irecto, e l
gobiern o autoritario y e l r e p resen ta tiv o .” * « E l osten to so oropel de la
monarquía y la alta sociedad n o llegab a a ocultar la bancarrota general de
las ideas o el ahogo recíproco de fuerzas irreconciliables. G üeñas im pru
[ 38] F undam entos: 1856-1905
dentes y desastrosas iniciativas diplom áticas com petían por la atención del
p ú b lico c o n la leg isla c ió n so cia l p rogresista.
S in em bargo, durante algunos aflos, qu ienes apostaron por las m ejoras
con tinu as en p olítica, en e co n o m ía y en las relaciones so c ia les, contaron
co n algunas pruebas co n vincentes a su favor. A fin es de la década de 1860,
el gabinete im perial quedó en m an os de burócratas y p olíticos de clase
m edia, cu ltos y d edicados a su s fu nciones: n o en vano se le llam ó “m in is
terio burgu és”. B ajo e ste B ürgerm in isleriu m y sus inm ediatos sucesores,
el gobiern o transfirió el control de la ed u cación y el m atrim onio a las
autoridades seculares, abriendo el cam in o a los m atrim onios entre contra
yentes de distinta relig ió n , e introdujo un c ó d ig o penal humanitario. Junto
co n esta s irrupciones en e l lib eralism o, el com ercio y la banca, la indus
tria, e l transporte y la s co m u n ic a c io n e s austríacos realizaron avan ces
im presionantes: la rev o lu ció n industrial lle g ó tarde al im perio austro-hún-
garó, pero llegó. S in em bargo, lodo quedó cu estionado por el derrumbe del
m ercado d e valores el 9 de m ayo de 1873, el “viernes negro”, que arrojó
som bras sobre tantos y tantos logros. Las bancarrotas generalizadas y las
quiebras bancarias arruinaron a especuladores imprudentes, ahorradores d e s
venturados, hom bres de n eg o c io s sin suerte, artesanos, cam pesinos. “L os
austríacos — escrib ió un perspicaz visitante alem án en jun io— han perdi
d o todo su dinero o , más b ien , han descubierto que nunca tuvieron dine
ro.” *44
A nte la sdbita pérdida de su s ahorros o in versiones, y en busca de una
v íctim a propiciatoria, lo s austríacos se perm itieron una orgía de estallidos
antisem itas. L os periodistas culpaban del co la p so a las “m aquinaciones”
de lo s banqueros judíos: los caricaturistas populares presentaban a corredo
res de nariz ganchuda y p elo crespo gesticulando desenfrenadam ente a las
puertas de la b olsa de V iena. í N o e s casual que Freud situara en sus años
de universidad (en la que ingresó en el o toño de 1873) * la aparición de su
particular concien cia judía. Pero el tono exacerbado de la propaganda anti
sem ita no era el único ingrediente am enazador de la retórica política extre
m ista de la época. Esta ya se estaba inflam ando debido al feroz faccionalis-
m o partidista, una em ergente co n cien cia d e la clase obrera, y el im placable
3 En realid ad, lo s ju d ío s austríacos su frieron lo m ism o que el resto de la
gente co m o c o n se cu en cia de la “Gran Q u ieb ra” . Por ejem p lo, e l padre de A rth u r
Schnit7.1er, “ c om o m uchas otras v íc tim a s in o c e n te s , p erd ió todo lo qu e había
ahorrado hasta e n to n c es” . (Arthur S c h n itzler , J u g e n d in W ien, 1 9 6 8 , 4 8 .)
6 R ecord and o e so s días en una carta a J. D w o ssis, su traductor hebreo de
Jeru salén , en 1930, Freud h ab ló e x p líc ita m e n te del “a n tise m itism o germ ano".
(Freud a D w o ssis, 15 de d iciem bre, 1930. Freud M useum , Londres). Y, por c ier
to, a prin cip io s d e la déca da de 1 8 7 0 h ab ía e m erg id o a lg o m uy sim ila r en A le
m ania, co n la m ism a retórica fanática. Pero la va ried a d austríaca no n e c esitó
n ingú n im p u lso p ro c ed en te d e lo s v e c in o s d e l no rte, c o m o ta m p o co lo n e c e sitó
m ás tarde.
H a m bre de c o n o cim ien to I 39]
d escontento de las m inorías n a cio n a les, de lo s p o la c o s, los ch e co s y otros.
Los frágiles logros d e la década d e 1860 estaban en gran m edida en p eli
gro.
S in em bargo, para lo s ju d ío s austríacos aquella segu ía sien d o una ép o
ca prom etedora. D e sd e 1 8 4 8 , la situación legal de los ju d ío s en las tierras
de lo s Habsburgo había id o m ejorando constantem ente. El año de la revo
lu ció n trajo c o n sig o la le g a liz a c ió n de lo s se rv icio s re lig io so s ju d ío s, el
fin de im puestos o n e r o so s y hum illantes, y la igualdad c o n lo s cristianos
en cuanto al d erech o a lo s bien es raíces, a ejercer cualquier p rofesión u
ocupar cargos p úb licos. La década d e 1850 presenció la caída de m onu
m en to s al fan a tism o tan irritantes c o m o las le y e s q ue prohibían a las
fam ilias judías em p lea r sirv ien tes cristian os y a las fam ilias ge n tiles u tili
zar los servicios de com adronas judías. H acia 1867, prácticam ente todos
los r esto s de d isc r im in a c ió n le g a l habían sid o su p rim id o s. * 4S Por lo
m enos para los ju d ío s, lo s resultados de esa s reform as leg a les eran e stim u
lantes.
L o que es m ás, en 1 8 6 0 una fa cció n liberal em p ezó a dom inar en V ie
na e inauguró un reinado en el que lo s só lid o s burgueses ju d ío s podían
contar co n la acep ta ció n so c ia l, e in clu so co n su prom oción p olítica. Por
cierto, después d el c o m p ro m iso d e 1 8 67, el A u sg le ic h , q ue transform ó los
exten sos dom inios d e lo s H absburgo en la m onarquía d o b le de Austria y
Hungría, varios m iem b ros del “m in isterio burgués” fueron ju d íos. Esa era
la época en la que Freud y su s padres se encontraron con e l poeta-profeta
en el restaurante del Prater, una ép oca en la que — escribió éi m ás tarde en
La in terpretación d e lo s su eñ o s— “ todo m uchacho judío diligen te llevaba
en su cartera un p ortafolio d e m inistro” .
Hay algo un p o co p atético en el h echo de que Freud parafrasee a fines
de la década de 1 8 9 0 el m em orable aforism o revolucionario de N apoleón,
según el cual todo so ld a d o llevaba un bastón de m ariscal en su m ochila.
El apu esto y ex traord in ariam en te popular d e m a g o g o Karl L u eger, que
había h ech o del a n tise m itis m o una tabla de su op ortu n ista plataform a
política, se con virtió en 1897 en el p o deroso alcalde de V iena. El o d io a
los ju d ío s había sid o durante cierto tiem po un ingrediente de la política
vienesa: en 1885 Freud le escrib ió a su prom etida que el día de la e le cc ió n ,
e l Io de junio, tuvieron lugar “ tum ultos y m an ifestacion es an tisem itas”.
• « Pero Lueger pasó a ser el catalizador de la nueva p olítica de la década
d e 1890. Si bien tenía a m ig o s ju d ío s, y era m ucho m ás afab le con los
jud ío s en privado que en la fachada histriónica exhibida ante su p úblico de
adoradores, m uchos d e q u ien es lo apoyaban eran m ás fanáticos que su
líder, y totalm ente c o n se c u e n te s en su a n tisem itism o. D e m od o qu e su
llegada al poder se lló la bancarrota del liberalism o austríaco con una deter
m in a c ió n ir r e v o c a b le . P e r o durante m ás de treinta y c in c o años
— m ientras Freud c recía , estud iab a, se ca saba, form aba su fam ilia y se
abría cam in o h acia la s fo rm u la cio n es del p sico a n á lisis— el liberalism o
[ 40] F undam entos: 1856-1905
fue un h ilo conductor m uy im portante, aunque cada ve z m ás deshilacliado,
d e la p olítica vien esa. E se era el tip o de atm ósfera en la que Freud se sen
tía cóm odo. A l recordar en su v e jez esa s décadas violentas, se consideró a
s í m ism o “ un liberal d e la antigua escuela*’. * «
D urante la décad a de 1 8 6 0 y m ás allá, en e fec to , e l lib eralism o fue
para lo s ju d ío s d e V ien a una p o sic ió n a la v ez de prin cip ios y prudente:
la s alternativas d el sio n ism o y e l so c ia lism o todavía no habían surgido
e n su h o rizonte. A l igual que m u ch os otros de sus herm anos e m an cip a
d o s, Freud se h iz o liberal porque la c o sm o v isió n liberal con gen iab a con
é l y porque, seg ú n e l d ich o , era buena para lo s ju d ío s. Freud era p e si
m ista acerca de la naturaleza hum ana, y por lo tanto e sc é p tic o c o n r es
p e c to a las panaceas p o lític a s de cualquier tipo, pero no era conservador.
C o m o b urgués que s e respetaba a s í m ism o, los aristócratas arrogantes
lo im pacientaban; y aun en m ayor m edida los clér ig o s represores. C o n si
deraba que la Ig le sia R om ana y sus esbirros austríacos eran lo s principa
les o b stá cu lo s para la co m p leta integración de los ju d ío s en la socied ad
austríaca. Sab em o s que in c lu so c o m o estudiante había dado form a a e la
boradas y agradables fan tasías en las que im aginariam ente se vengaba de
todos lo s a ntisem itas de lo s lib ro s. E l exuberante cre cim ien to del a n tise
m itism o po p u lista racial le pro p o rcio n ó n u evos ob je to s de o d io , pero
nunca o lv id ó al an tig u o e n e m ig o , e l c a to licism o rom ano. Para Freud, y
para otros ju d ío s a sim ila d o s, lo s lib era les austríacos presentaban un con
traste su m a m en te a le n ta d o r tan to c o n los d em a g o g o s c o m o c o n lo s
sacerdotes.
Podem os ver las razones. D esp ués de todo, fueron los liberales q u ie
n es garantizaron a lo s ju d ío s austríacos derechos c iv ile s co m p leto s en
1 8 6 7 . Es no ta b le que N eue F re ie P re sse , el único p e riód ico v ie n é s de
reputación internacional, considerara necesario recordarle a sus lectores, en
1883, con oportunidad de una m an ifestación antisem ita, que “el primer
dogm a del lib eralism o” e s que “lo s ciudadanos de todas las co n fesion es
gozan de iguales derechos”. **> N o sorprende que N eue F reie P resse fuera
e l alim ento cotid iano d e Freud; sustentaba sus m ism as o p in ion es libera
les.
En la época en que el jo v e n Freud despertaba a esas realidades políti
cas, tales o p in io n es eran com u n es entre los ju d íos de A ustria. En m edio
de la cam paña electoral de 1879, A d o lf Jellinek, e l gran rabino de V iena,
d eclaró que “alineándose co n sus m ás vitales intereses, los ju d ío s de A u s
tria deben adherirse a la con stitu ción y a las fuerzas del lib eralism o” El
publicista y rabino Joseph Sam uel B loch recitó un verdadero catálogo de
las virtudes del liberalism o: m ás que una doctrina, m ás que un principio
c on ven ien te, era e l a silo espiritual del ju dío, su puerto seguro, su derecho
a la libertad, su dio sa protectora, la reina de su corazón. Y los ju d íos de
A ustria depositaban sus v o to s allí donde estaba su corazón: su alianza con
lo s candidatos liberales era abrumadora. Freud votó por éstos siem pre que
H ambre de c o n o c im ien to [ 41]
p u d o .7 El c lericalism o , el ultram ontanism o, un federalism o que favorecía
a lo s e lem en to s no germ anos del im p erio austro-húngaro: tales eran los
en e m ig o s d e lo s ju d ío s. Las p a sio n e s p o lític a s de Freud n o eran m uy
intensas, pero la m ism a parquedad de co m en tarios críticos en sus cartas de
las décadas liberales su g iere su sa tisfa cció n general, su acuerdo esencial
co n Jellin ek , co n B loch , co n N eue F reie P resse. Iba a tener m ás que decir
desde la década de 1890 en adelante, cuando en la ciudad gobernaban Lue-
ger y sus co m p in c h e s.
L a l l e g a d a d e l ib e r a l i s m o a la p o lític a y la cultura sig n ificó algo
más que la con stitu ción de un club de p o líticos de m entalidad análoga en
el poder. Sus em b lem as estaban en todas partes. A l igual que otras capita
les d el sig lo X IX (B erlín, París, Londres), V iena estaba creciendo y ca m
biando con deslum brante rapidez. En 1860 tenía aproxim adam ente m edio
m illó n de habitantes; v einte años m ás tarde, cuando Freud com pletaba sus
estu d io s de m edicin a, había m ás de 7 0 0 .0 0 0 v ie n eses, m uchos de los cu a
les, co m o Freud, no habían nacido en la ciudad. En gran m edida, a sem e
janza de París, qu e el en érgico, im agin ativo y despiadado prefecto barón
H aussm ann recon stru y ó hasta v o lv e r la c a s i irreco n o cib le, en esas dos
décadas V ien a ca m bió de rostro para siem pre. En 1857, Francisco lo sé
había autorizado la dem olición de las antiguas fortificaciones que rodeaban
la ciudad interior; siete años m ás tarde, la m ayoría de ellas habían desapa
recido, y la R ingstrasse, avenida con e l trazado de una gran herradura, esta
ba tom ando form a. En 1865, cuando un Freud de nueve años de edad ingre
saba en e l L e o p o ld sta d te r K o m m u n a l-R e a l-u n d O b er g y m n a siu m , el
emperador y la emperatriz inauguraron form alm ente e se gran bulevar. E di
fic io p ú blico tras ed ific io público, separados por grandes casas de aparta
m en to s, surgían por todas partes, celeb rand o la cultura y el constituciona
lism o lib e r a le s. El n u e v o teatro de la ó p era se term inó en 1869; d os
grandes y v isto so s m u se o s, d oce años m ás tarde; la n eo clásica casa del
parlam ento y el ayuntam iento n eo g ó tico , enunciados arquitectónicos c o s
tosos y e x p resiv o s de la id eo lo g ía liberal, quedaron habilitados en 1883
para cum plir co n su s im portantes fu n c io n e s.
T odo era m uy im presionante y m u y precario. M uchos años m ás tarde,
tratando de captar la esen cia de la “d o b le m onarquía”, el ensayista y n o v e
lista austríaco Hermann Broch recordó, co n una frase m uy citada, "el a le
gre apocalipsis de alrededor de 1880” . El apocalipsis estaba bien disfraza
do, ataviado co n e fu sio n es sentim entales autoprotectoras concernientes al
herm oso D anubio azul, la e fe r v escen cia de la cultura superior, y el festiv o
7 El 2 de ju n io d e 1 8 8 5 , Freud le e sc r ib ió a su p r om etid a M artha B ernays:
“L as e le c c io n e s fu ero n ayer, un día m uy a g ita d o para V ie n a . E l partido libera]
perdió cuatro e sca ñ o s; en M a ria h ilf y e l d istr ito d e B a d n er, fueron e le g id o s
a n tise m ita s” . (C o n p erm iso de S igm u nd F reud C o p y r ig h ts, W iv e n h o e).
[ 42] F undamentos: 1856-1905
so n id o de los v a lses. B roch con tó con la guía de una v isión retrospectiva,
p ero in c lu so en aq u ella época hubo unos p o c o s espíritus críticos — no
Freud, ocupado en e se entonces con la m edicina y ei amor— para los que
el D anu b io era un lod azal, el cham pagne alg o rancio y el vals un baile
desesperado al borde de un volcán rugiente.
A lo largo de esas décadas, V iena fue e l refugio favorito de los inm i
grantes judíos del este. Llegaban continuam ente, en m ayor número que a
cualquier otra ciudad germana, porque incluso aunque las señales prove
n ien tes de Austria parecían contradictorias en las otras partes la situación
era peor. H acia fin es del sig lo X IX , lo s ju d ío s de V iena constituían un
grupo heterogéneo: fam ilias de rancio abolengo; inm igrantes extranjeros,
principalm ente de Rusia; recién llegados procedentes de las tierras de los
H absburgo: G alitzia, Hungría o (c o m o los Freud) M oravia. Era asim ism o
un grupo fluctuante; a sí co m o m iles de ju d ío s se apiñaban en la ciudad
refugiándose de la p ersecución, m uchos partían, para establecerse en A le
m ania o en ultramar. * » En las décadas de 1880 y 1890 debieron de existir
m om entos en lo s que tam bién Freud p e n só e n emigrar, tal v e z a E stados
U nidos, o con m ás probabilidad a la Inglaterra que había am ado desde su
juventud.
E l e f e c t o d e la in v a sió n jud ía (c o m o le s gustaba llam arla a los anti
sem itas d e todo tipo) enfrentó a lo s ju d ío s asim ilados de V iena con un
d ilem a que sus herm anos de otras partes, B erlín o Londres, tam bién afron
taban en e so s años, aunque m enos agudam ente. U n cierto grado de sim pa
tía por lo s refu giados de una ignorante Europa oriental, agobiados por la
pobreza y a m enudo traumatizados, solfa quedar soterrado por un rechazo
d e fe n siv o ante sus costum bres y su asp ecto. Freud n o estuvo exento de
tales sen tim ientos. A lo s d ie c is é is a ñ os, al vo lv e r de una visita a su nati
v o Freiberg, se encontró co n un “sum am ente honorable viejo ju d ío y su
correspondiente vieja jud ía, p rovistos de la hijita m elancólica y lánguida,
y con un hijo descarado y am b icio so ”; le d escribió su repugnancia a su
am ig o E m il F lu ss, ju d ío c o m o él m ism o . L e p areció que la com pañía de
esa fam ilia era “m ás intolerable que cualquier otra”, y creía haber identifi
ca d o en el hom bre a un tipo bien c o n o cid o de F reiberg. “A sí era el hijo,
co n quien é l estaba hablando de religión. Era d el tipo de madera con la que
el destino talla al em baucador cuando lle g a e l tiem po propicio: taim ado,
em bustero, alentado por sus queridos parientes en la creencia de que tiene
talento, pero sin principios ni v isió n de la v id a .” Un acosador p rofesio
nal de ju d ío s difícilm en te podría haberse expresado con más violencia. *
8 A fa lta de otro s e le m e n to s de prueba, e sta a ltanera d e sc r ip c ió n sig u e
sien d o un tanto m ister io sa . T al v e z se tratara só lo d e la ja cta n c ia qu e un educa
do ju d ío de le n g u a alem ana p o d ía com p artir c o n su s a m ig o s ín tim o s. Pero p u e s
to que la madre de Freud era in neg a blem en te de len g u a europeooriental, hay que
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 43]
M uchos de los inm igrantes de las aldeas m iserables d el e sle vestían,
hablaban y gesticulaban de m aneras extrañas y desagradables para los v ie
n eses; eran dem asiado ex ó tic o s para ser fam iliares, y n o lo bastante e x ó ti
c o s com o para resultar encantadores. Llegaban com o buhoneros y peq u e
ñ o s c o m e r c ia n te s, p e r o m u c h o s d e su s h ijo s in g re sa b a n e n e m p le o s
v u ln era b les a la crítica fa n á tica y a la d en igración fá cil: la banca, el
com e r c io al por m a y o r o e l p erio d ism o . En la década de 1880, por lo
m en os la m itad de todos lo s periodistas, m éd icos y abogados vien ese s eran
ju d ío s. C uando Freud, en e l G y m n asiu m , pensaba en la p osib ilid a d de
estudiar m edicina o d erech o, m anifestaba una in c lin ación perfectam ente
co n v e n c io n a l. Era e so lo qu e hacían m u ch os jó v e n e s ju d ío s de V iena.
D em ostrando su proverbial hambre de aprender, se volcaban hacia las ins
tituciones educativas y, concentrados co m o estaban en unos p ocos distri
tos, quedaban arracimados en unas cuantas escuelas, hasta e l punto de que
los cursos parecían grandes clan es fam iliares. Freud acudió a su G ym na
sium durante ocho años, entre 1865 y 1873; en e se lapso de tiem po, el
núm ero de alum nos ju d ío s p asó de 68 a 30 0 , ascendiendo del 4 4 al 73 por
cien to de la p oblación e sco la r total. * »
Los gen tiles austríacos se sentían sitiados por esa creciente presencia
jud ía, y se inquietaban por e lla en las revistas h um orísticas, en los clu b es
so c ia le s y en las reu nion es p o lítica s. H acían c h istes angustiados, ab oga
ban por la a sim ilación de lo s in vasores “extranjeros” ; algunos reclam aban
con estridencia su ex p u lsió n . En 1 8 5 7 , cuando Freud tenía un año, segú n
el c e n so había 6 0 0 0 ju d ío s en V ie n a , p o c o m ás del 2 por cie n to de la
población; diez años m ás tarde, co m o consecuencia de la le g islación
favorable y de las m ejores oportunidades econ óm icas, los judíos habían
em igrado a la ciudad en grandes oleadas: ascendían a 4 0 .0 0 0 , e l 6 por c ie n
to. En 1 8 72, Jacob B urckhardt, e l gran historiador su izo del R en acim ien
to, que detestaba la prisa y e l n e r v io sism o de la civ iliz a ció n m oderna, y
v eía en lo s ju d ío s su corp o reiza ció n suprem a, en una de sus visitas afirm ó
de m odo áspero que los ju d ío s estaban gobernando Viena. C on aprobación
evidente, observó “la crecien te aversión hacia los todopoderosos ju d íos y
su prensa com pletam ente v e n a l” . Pero la invasión todavía no había ter
m inado; hacia 1880, cuand o ya sum aban 7 2 .0 0 0 , uno de cada d iez habitan
tes de V iena era judío. Burckhardt v o lv ió a la ciudad en 1884, y la en co n
tró com pletam ente “judaizada” (verjudet). *58 Es éste un térm ino rep u lsivo
que iba a hacer una o m in o sa carrera a lo largo de la vida de Freud. Por
cierto, expresaba una p ercepción am pliam ente difundida.
D e m odo que e l s ig lo X IX , aunque en é l se produjera la em ancipación
judía en toda Europa, d em o stró ser un d ifíc il interludio entre el antisem i
tism o an tigu o y el n uev o . La e m a n cip a ció n m ism a p rovocó la reacción.
p r egu n tarse s í F reud n e g a b a l o s o r íg e n e s de su m adre o , m á s su tilm e n te y
m en os c o n sc ien tem en te , s e reb ela b a c ontra e lla .
[ 44] F undam entos: 1856-1905
El ju d ío arrogante, que se e lig e a s í m ism o co m o favorito d e D io s, e l a se
sin o de Cristo, se con v ierte en e l ju d ío especulador, inescrupuloso y c o s
m opolita corrosivo. N aturalm ente, lo s n iñ o s son un e c o de sus padres, y
las conversaciones antijudías desbordaban la dem agogia pública y los pre
ju ic io s fam iliares, para entrar en la s burlas cotidianas de los esc olares. En
las c la ses superiores de su G ym nasium , tam bién Freud e m p ezó a recon o
cer “ las con secuen cias de provenir de una raza ajena”. C om o la “ agitación
antisem ita entre m is co m p a ñ e r o s d e e sc u e la m e in cita a tom ar p o s i
ción” * » , él se id e n tific ó lo m ás estrech am ente posib le co n el sem ita A n í
bal, aquel héroe de su juventud.
A l m ism o tiem po, las oportunidades que atraían a los ju d ío s austría
c o s em ancipados se am pliaron hasta m ás allá del ben eficio eco n ó m ico o e l
progreso profesional. L os jud íos participaban de m odo destacado en la vida
cultural de V iena c o m o productores e intermediarios: eran editores, d irecto
res de p ublicaciones, propietarios de galerías de arte, prom otores teatrales
y de conciertos, p o etas, n o v elista s, d irectores de orquesta, virtu osos, pin
tores, cie n tífic o s, f iló s o fo s e histo ria d o res.» N om bres co m o lo s de Arthur
S chn itzler, Karl Kraus o G ustav M ahler, no son m ás que in d icios de la
diversidad de e se form idable d esp liegue de talentos. En la burocracia de la
d o b le monarquía y en su ejército , lo s ju d ío s lograban, en gran m edida
hacer carrera después de convertirse al ca tolicism o, pero algunos llegaban
a los m ás altos rangos sin pasar por el bautism o. A lgu n as fa m ilias judías
recibieron títulos no b ilia rio s, por su riqueza o sus se rv icio s al Estado, sin
que negaran (y m u ch o m enos renegaran de) sus orígenes.
A rlhur S chn itzler, se is añ os m enor qu e Freud, m éd ico, p s ic ó lo g o ,
n ovelista y dramaturgo, recordó esa situación ambigua en su autobiografía:
«En aquellos días — e l período d e liberalism o en florecim iento tardío— el
a n tisem itism o ex istía , c o m o ha e x istid o siem pre, com o una em o c ió n en
lo s num erosos co razones que se inclinaban ante él, y co m o una idea con
grandes posibilidades d e desarrollo, pero no desempeñaba un papel im por
tante política o so cialm ente. N i siquiera se había inventado todavía la pala
bra, y aquellos a qu ien es no les gustaban los judíos eran llam ados, burlona
m ente, “devoradores de judíos” (Judenfresser)». Schnitzler podía pensar en
un s o lo tipo, im popular por lo que tem a d e petim etre, jactan cioso y estúpi
do. Entendía que e l antisem itism o de e so s años no era respetable ni p eli-
9 R ecord and o su e sta n cia en V ie n a a fin e s de sig lo , e l n o v e lis ta ju d ío a le
m án Jakob W asserm ann su brayó q u e, en contraste con lo qu e ocurría en A le m a
nia, “c a si todas la s perso na s co n las qu e he e s lado en c o n ta cto c o rd ia l o in te
lectu a l eran ju d ío s... Pronto r e c o n o c í que toda la vida pú blica esta b a do m in a da
por j u d ío s. La ban ca, la p ren sa , e l tea tro , la literatura, las fu n cio n es s o c ia le s ,
todo estab a en m anos de j u d ío s ”. P u esto que la aristocracia austríaca n o ten ía
nada qu e ver con ta les em p resa s, fueron abandonadas a unos p o c o s in co n fo r -
m is t a s ... y a lo s j u d ío s. (J a ko b W a sserm a n n , M e in W eg a is D e u ts c h e r un d
Jude, 1 9 2 2 , 10 2 ).
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [45]
groso. Pero lo llevaba a sentirse ansio so y amargado. El od io al jud ío
constituía una m olestia que se fue haciendo cada v ez más desagradable, más
amenazadora, con el transcurso de lo s años. Otro educado testigo vienés, el
doctor V alentin P ollak, nacido en 1871, recuerda: “En m i primera ju v en
tud, aún só lo se trataba de o d io o cu lto” , n o “aceptado por la buena so c ie
dad”, pero se hacía sentir m ucho; había que defenderse de brutales em bosca
das de pandilleros adolescentes. *61 Los jud íos de Austria habían esperado
algo mejor. Pero hasta e l d esp lieg u e c o m p leto del antisem itism o racial, a
fin es de la década de 1890, el optim ism o p revaleció por encim a de las pre
m on icio n es som brías. En esa época, los e sc o lares ju d íos, entre ello s Freud,
acariciaban en sus fantasías un uniform e de general, un atril de profesor,
una cartera de m inistro o un escalp elo de cirujano.
El a t r a c t iv o d e l a in v e s tig a c ió n
A m b ic io so , aparentem ente co n fia d o en s í m ism o, bri
llante en la escuela y voraz co m o lector, el adolescente
Freud tenía todas las razones para creer que se abría
ante é l una carrera distinguida, tan distinguida com o lo
perm itiera la fría realidad. “ En el G ym nasium — resu
m ió co n cisam ente— , fu i e l prim ero de la clase durante
siete afíos, ocu p é una p o sic ió n p rivilegiada, fui m uy p o c o exam in ad o.” *62
El b oletín de ca lific a c io n e s que co n serv ó da testim o n io reiterado de su
conducta ejem plar y de su trabajo destacado en el aula. N aturalm ente, sus
padres le auguraban grandes co sa s, y otras personas, com o su m aestro de
relig ió n y paternal am ig o S am uel H am m erschlag, de buena gana com par
tían esas expectativas llenas de cariño y extravagancia.
P e r o a n t e s d e s e n t a r cabeza para dar cum plim iento a las esperanzas
de sus padres, y a las suyas propias, Freud so b rellevó un rito iniciático
adolescente: e l prim er am or. En 1872, cuando tenía d ieciséis años, hizo
una v isita a Freiberg. U no de sus com pañeros de andanzas fue Eduard S il
berstein, su m ás íntim o am igo de aq u ellos a ños. Los d os habían form ado
una secreta y ex c lu siv a “A cadem ia esp añ ola”, de la que eran los únicos
miem bros; se llam aban entre s í co n lo s nom bres de d os perros de un rela
to d e C ervantes, * intercam biaban cartas co n fid e n c ia les en castellano, y
* Es la “n o v e la e je m p la r ” E l c o lo q u io d e lo s p e r r o s . V é a se el “ E n sa y o
b ib lio g r á f ic o ” , p á g . 7 4 7 . [R .]
[ 46] F undamentos: 1856-1905
m antenían una correspondencia m ás e x p an siva en alem án. En una nota
e m o c io n a l, F reud c o n fe s ó e x p erim en ta r un “s e n tim ie n to agradable y
m e la n c ó lic o ” en ausencia de su am igo, y un "anhelo” de alguna conversa
ció n “sincera”. *«3 Otro de sus m ensajes con fid en ciales a su “Q ueridísim o
Berganza” llevaba la advertencia: “N o m ano otra toque esa carta”. * « * En
e sa carta Freud v o lcaba sus m ás privados sentim ientos am orosos.
El o ste n sib le objeto d e lo s d e sv e lo s de Freud era G isela F luss, un año
m enor que é l, herm ana de otro am igo d el c o le g io , tam bién de Freiberg. Se
sintió m uy cautivado por aquella “ch ica m ed io candorosa, m edio cultiva
da” , pero no exteriorizó sus sen tim ien tos, culpando a su “absurdo ham le-
tism o ” y a su tim id ez por n o poder darse el gu sto de conversar con la
jo v e n . * « C on tin u ó refirién d o se a G is e la F luss ( c o m o lo había h ec h o
durante a lg u n o s m e se s) c o n un ju e g o d e palabras erudito, llam ándola
“ictiosauria” : F lu ss sig n ifica “ río” en alem án, y el iciiosau rio era una cria
tura de río, ya convenientem ente extinguida. * « Pero e se “primer arroba
m ien to ” , c o m o él lo d enom in ó, nunca fu e m ás allá de algunas alusiones
tím idas y de unos p o co s encuentros lancinantes.
La co n fe sió n de Freud a su am igo Silberstein, en realidad, sugiere con
veh em encia que toda la experiencia con stituyó esencialm ente un apasiona
m iento ed íp ico tardío: se demora y enum era con deleite los encantos de la
m adre de G isela, una opulenta matrona de Freiberg: habla de su inteligen
cia, su co nd ició n de persona cultivada y d e m últiples talentos, de su inva
riable jovialidad , de sus maneras suaves para con los hijos y de su cordial
h osp italid ad , que n o era lo m en o s im portante para é l. * « D e m odo que,
m ucho m ás que su hija G isela, era Frau F luss el blanco de su taciturna y
efím era pasión adolescente. “Parece — reconoció, anticipando intuitivam en
te el tipo de percepción al que habría de dedicar su vida— que he transferido
e l respeto hacia la madre a sentim ientos am istosos dirigidos a la hija. • •
Pero pronto Freud com en zó a pensar en cosas m ás serias. Estaba a
punto de ingresar en la universidad, y la e lec ció n de la carrera, lo m ism o
que su esperanza de alcanzar la fam a, supusieron co n flicto s interiores y
p en o so s y recordados contratiem pos. En su Interpretación de lo s sueños
rem em ora un incidente humillante que se produjo cuando tenía siete u ocho
años. Una noch e se había orinado en el dorm itorio de sus padres, en presen
cia de ello s. M ás tarde, el Freud psicoanalista explicaría las razones de que
los niños pequeños hagan eso . Exasperado, Jacob Freud le dijo al niño que
nunca llegaría a nada. El recuerdo de e se e p isod io persiguió al joven Freud
durante años. Había sido “un terrible g o lp e a m i am bición”, y continuó
reactualizándolo en su s sueños. Tal vez el incidente no sucedió exacta
m ente de e se m odo. Pero puesto que los recuerdos distorsionados n o son
m en os revelad ores que lo s ex a c to s — p o sib lem en te lo sean m ás— , esa
rem em oración parece dominar sus deseos y sus dudas. Siem pre que reapare-
En c a ste lla n o e n e l o r ig in a l. [T .]
H am bre de conocim iento [47]
cía — co n fe só Freud— , é l realizaba un recitado rápido de sus éxitos, com o
para demostrarle triunfalm ente al padre que, después de todo, había llegado
a algo, i® Si de verdad se orinó en el dorm itorio de los padres, debió de tra
tarse de un m om ento p o c o habitual en la casa de los Freud: el niño dueño
de s í ced ien do a un im p u lso irresistible aunque m om entáneo, y el padre
afectuoso explotando en un a c ceso efím ero de irritabilidad. En general, el
niño dorado de los Freud n o podía hacer nada m al, y n o lo hacía.
L os im p u lso s qu e anim aban en Freud la búsqueda de la grandeza
— entre los cuales no pueden excluirse la n ecesidad de revancha y de rei
vindicarse a s í m ism o — estaban lejo s de ser transparentes. En co n sec u en
cia, resulta difícil desentrañar lo s m o tiv o s que determ inaron la e le c c ió n de
la carrera de m édico, y e l cu rso d e la v id a de Freud posterior a e se m om en
to. El relato del propio Freud, aunque p reciso, requiere interpretación y
elab oración. El registra su s c o n flic to s , pero sim p lifica su reso lu ció n co n
desenvoltura. “Bajo la pod erosa influencia de la am istad de un com pañero
de G ym nasíum un p o c o m ayor, que m ás tarde se convirtió en un p o lític o
bien co n o cid o , yo tam bién q u ise estudiar derecho y llegar a ser so c ia lm e n
te a c tiv o ” . E se am igo d el c o le g io era H ein rich Braun, lu ego uno d e lo s
m ás im portantes líd e r e s p o lític o s y p e rio d istas so c ia ld em ócratas. « S in
em bargo, las doctrinas de D arw in, en aquel entonces m uy difundidas, m e
atrajeron poderosam ente, porque prom etían un extraordinario progreso en
nuestra com prensión del m undo, y s é que la lectura d el h erm oso en sa y o de
G oethe titulado “Sobre la N aturaleza", e n una conferencia popular del pro
feso r Cari Brühl, un p o c o antes de m is exám enes fin ales, m e d ec id ió a
inscribirm e en m edicina» *n
La historia llev a la m arca d el m ito o , por lo m en os, de la ex c e siv a
condensación. Cari Bem hard Brühl, un destacado especialista en anatom ía
comparada y profesor de zo o to m ía en la universidad de V iena, era un cauti
vador conferenciante popular. El fragm ento que cam bió el pensam iento de
Freud es un him no em o cio na l y exaltado que celebra una Naturaleza eroti-
zada co m o si fuera una m adre siem pre renovada que abraza y casi ahoga.
Tal v e z diera el im p ulso fin al a una d e c isió n que durante algún tiem po ya
había estado m adurando en la m ente de Freud. Es lo que él m anifestó más
de una vez. *™ Pero de n in g ú n m o d o c o n stitu y ó una r ev e la c ió n súbita.
10 Freud narró e sta e sc e n a c o m o parte de la in terp retación d e su su eñ o d e l
c on d e T hun. S egú n han se ñ a la d o c o rrecta m en te lo s c o m e n ta d o r es, hay c o m p le
jid a d es qu e están m ás allá d e la s co m p lejid a d e s. P arece p o sib le qu e Freud in v a
diera e l dorm itorio de sus pa d res por c u rio sid a d se x u a l, y lu eg o orinara e x c ita
d o . V ie n e m ás al c a s o e l h e c h o d e q u e , e n 1 9 1 4 , F reu d a g r eg a r a c o m o
com entario que la en n resis (q u e é l p a d ec ía a v e c e s a lo s do s años d e edad, y que
a soc iab a estrecham en te c o n la e s c e n a prim aria) e stá r ela cio n a d a c o n e l ra sg o
carac te ro ló g ico de la a m b ició n . ( V é a se In te rp r e ta tio n o f D rea m s, SE IV , 2 1 6 ) .
Para el m ejor resu m en , v é a se D id ier A n z ie u , F r e u d 's S e lf - A n a ly s is (2 a e d .,
19 7 5 , trad. de Peter G raham , 1 9 8 6 ), 3 4 4 - 3 4 6 .
[ 48] F undam entos: 1856-1905
D em asiadas cosas habían pasado antes com o para que un fragm ento con el
estilo de G oethe tuviera la im portancia que Freud le asigna. D espués de
todo, ni siquiera pertenecía a G oethe. •*»
Fuera cual fuere el devenir exacto de las reflexiones de Freud, a m edia
dos de m arzo de 1873 le in form ó a su a m igo Em il F luss, en un tono que
co n toda conciencia describió co m o oracular, que “tenía algunas n oved a
des, tal v e z las m ás im portantes de m i pobre vida” . A continuación v a c i
ló , co n su característico estad o de á n im o irónico y am bivalente. El tem a
no había aún madurado lo bastante com o para desem bocar en la decisión y
la d iscu sión. “N o quiero dar co m o un h ech o algo sin terminar, sólo para
desdecirm e más tarde.” H asta e l 1B de m ayo, Freud no logró abrirse
cam ino hacia una claridad total. “ Si levanto e l v e lo , ¿te sentirás defrauda
do?”, le preguntó a F luss. “Juzga tú m ism o: h e decidido convertirm e en
un cien tífico natural.” El d erecho quedaba abandonado. Pero, m anteniéndo
se en una vena festiv a , Freud co n serv ó e l vocabulario jurídico, c o m o para
sugerir un persistente afecto por la carrera que estaba dejando: “Examinaré
los docum entos m ilenarios d e la naturaleza, quizá fisgonearé personalm en
te en su s litig io s, y com partiré m is c o n q u istas con todo el que quiera
aprender”. ♦*> E sto e s v iv a z , in c lu so in g e n io so , pero sugiere la o b stin a
ció n en conflicto s superados o, m ás b ien , resueltam ente descartados. En
realidad, en agosto d e ese año Freud adjuntó en una carta a Silberstein una
tarjeta de visita im presa que decía: “ S igism u n d Freud/stud. jur.” Tal
v ez fuera una broma, pero una broma que sugería pena.
En 1923, Fritz W ittels, m é d ic o v ie n é s que era uno de los seguidores
m ás independientes de Freud y fue su prim er biógrafo, especuló p erspicaz
m ente que el lugar atribuido al fragm ento “Sobre la Naturaleza” en la vida
del padre del p sicoan álisis h acía pensar en un recuerdo encubridor, el tipo
de rem em oración inocua que oculta detrás de su claridad espuria una ex p e
riencia pasada m ás seria, m en os in eq uívoca. * tj La v isió n maternal con ju
rada por el fragm ento que Briihl le y ó en v o z alta, c o n su prom esa de pro
te c c ió n a fectu o sa , c a lid e z a c o g e d o r a y a lim en to n utritivo in a g o ta b le,
podrían haber atraído a Freud, qu e era en aquel entonces un adolescente
im presionable. Pero, fuera cual fuere e l e fe c to que tuviera, “Sobre la N atu
raleza” cayó en tierra fértil.
En todo c a so , e s su m am en te im prob able que un co n sejo form al y
práctico de los padres presentara la m edicina co m o m ás atractiva que el
derecho: Freud tuvo el cuidado de poner en letras de imprenta que, aunque
su fa m ilia “viv ía en co n d icio n es m uy estrechas, mi padre insistió en que
y o eligiera m i profesió n atendiendo solam ente a m is inclin acion es”. En
consecuencia, si e l recuerdo de Freud acerca de “Sobre la Naturaleza” fue
realm ente un recuerdo encubridor, d eb ió ocultar m otivos no re fle x iv o s
sin o em ocionales. Si bien elig ió la carrera de m éd ico con libertad — e scri
b ió en su Presentación autobiográfica — “en aquellos prim eros años, ni,
dicho se a de paso, m ás tarde, n o sentía ninguna predilección por la p o s i
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 49]
ció n y la actividad del m éd ico . M ás bien m e m otivó una esp e c ie de ham
bre de con o cim ien to ”. *78 Estas palabras se cuentan entre los m ás sugeren-
tes fragm entos a u tobiográficos q u e Freud haya publicado nunca. M ás tar
de, el Freud p sicoan alista identificaría la curiosidad sexu al de los jóv en es
com o la verdadera fuente del espíritu in qu isitivo del cien tífico. Es razona
ble especular que el e p iso d io en e l dorm itorio de sus padres a lo s siete u
o c h o años fu e una ex p resió n d irecta, m ás bien tosca, de la m ism a c u r io si
dad, posteriorm ente refinada y convertida en investigación.
E l e s t u d i o r e l a m e d i c i n a le prom etía a Freud recom pensas p sico ló
gicas que iban m ás allá de la sub lim ación d e su prim itiva hambre de c o n o
cim iento. Cuando era jo v e n — o b servó m ás tarde— todavía n o había capta
do lo s u so s de la o b se r v a c ió n (qu e im p lic a d istan cia y ob je tiv id a d ) al
servicio de su curiosid ad in saciab le. N o m ucho antes de su m atrim onio,
esb o zó para su prom etida un pequeño autorretrato que sugiere esa m ism a
falla de tranquila distancia: se sentía el heredero de “todas las pasiones de
nuestros antepasados cu an d o defendían su tem plo” . Pero, im potente, inca
paz de expresar sus “ ardientes pasiones co n una palabra o en un poem a”,
siem pre se había “reprim ido”. *7» C uando, m uchos años m ás tarde, su b ió
grafo E m est Jones le preguntó cuánta filo so fía había leíd o, Freud replicó:
“M uy poca. D e jo v e n m e sentía fuertem ente atraído hacia la especulación,
y refrené esa atracción despiadadam ente”. En e l últim o año de su vida,
todavía habló co n e l m ism o espíritu d e “cierta reserva ante mi propensión
subjetiva a concederle dem asiada im portancia a la im aginación en la in v es
tigación c ie n tífic a ”. * 81 S in duda, Freud consideraba esen cial conducir la
im aginación cien tífica c o n total libertad, en especial durante lo s años de
descubrim ientos. Pero sus a u toevalu aciones — en cartas, trabajos c ien tífi
co s reveladores de su intim idad y conversaciones registradas— reflejaban
cierto temor a perderse e n un cenagal especulativo y un fuerte d e se o de
autocontrol. In clu so cuando ya estaba en su tercer año de la universidad, en
1875, Freud seguía p ensando en “lograr un doctorado en filo so fía basado en
la filo so fía y la z o o lo g ía ”. Pero finalm ente prevaleció la m edicina, y su
giro hacia esa d iscip lin a , un estud io riguroso, m in u cioso, em pírico, res
ponsable, fue un m o d o , no d e abrazar a la M adre Naturaleza y su amor
asfixiante, sin o d e huir d e e lla , o por lo m enos de m antenerla a distancia.
La m edicina form ó parte de la conquista d e s í m ism o por parte de Freud.
Incluso antes de graduarse brillantem ente en el G ym nasium , en jun io
de 1873, Freud reco n o ció que la naturaleza que m ás ansiaba com prender
era la humana. Su ham bre de co n o cim ien to — ob servó retrospectivam en
te— se “ d irig ía m ás a lo s asu nto s h u m anos q ue a los o b jeto s natura
le s”. * » D em o stró preco zm ente e sa d isp o sición en cartas a sus am igos
más íntim os, llenas de una curiosidad ajena a toda vergüenza y de percep
cion es p sic o ló g ic a s. A lo s d ie c is é is años, en septiem bre de 187 2 , le esc r i
b ió a Em il F luss: “M e proporciona placer aprehender la apretada textura
í 50] F undam entos: 1856-1905
que las hebras relacionadas entre s í que e l azar y el destino han entretejido
en to m o a tod os n o s o tr o s .” Joven c o m o era, Freud ya consideraba
su m a m en te so sp e c h o sa s la s m eras c o m u n ic a c io n e s s u p e r fic ia le s. "H e
observado — s e quejó a Eduard S ilberstein en el verano de 1872— que sólo
m e haces conocer una se le c c ió n de tus experiencias, pero te reservas total
m en te tus p ensa m ien to s.” **3 Y a buscaba revelaciones más profundas. A l
com entar la m uestra internacional reunida en V iena en la prim avera de
1 8 73, la consideró agradable y bonita, pero lejos de resultar deslum brante.
“N o logro hallar un cuadro v a sto y coherente de la actividad hum ana, así
co m o no c o n sig o descubrir lo s rasgos de un paisaje en un herbario." La
“grandeza del m undo” — continu ó— reposa en la m ultiplicidad de p osib ili
dades, pero lam entablem ente “ no constituye una base firm e para nuestro
au tocon ocim iento”. *86 E stas son las palabras de un p s ic ó lo g o nato.
L a a m b iv a l e n c ia d e F r e u d acerca de la práctica de la m edicina no era
lo bastante acentuada co m o para mutilar su d eseo de curar o el placer que
le procuraban las curas. En 18 6 6 , sien d o un escolar de d iez años de edad,
ya había d esplegado fuertes inclin a cio n es hum anitarias, im plorando a sus
maestros que organizaran una cam paña para proporcionar vendas a los s o l
dados austríacos heridos en la guerra contra Prusia. C asi una década más
tarde, en septiem bre de 1875, después de haber estado enrolado durante dos
años en el cuerpo m éd ico , le co n fe só a Eduard Silberstein: “Ahora tengo
m ás de un ideal. AI ideal teó rico d e m is prim eros años se ha agregado un
id ea l p ráctico. El año p asado, s i m e hubieran preguntado cu ál era mi
m ayor d eseo , habría respondido: un laboratorio y tiem po libre, o un buque
en el o ceán o co n todos lo s instrum entos que necesita el investigador." Se
v e con claridad que, al elaborar esa fantasía, Freud pensaba en su admirado
Darw in, que había pasado años fructíferos en el Beagle. Pero el descubri
m ien to de verdades cie n tífic a s n o era e l único d e seo de Freud. “Ahora
— p roseguía— dudo en cuanto a si no debería decir mejor: un gran h o sp i
tal y m ucho dinero, para abreviar algu nos de lo s m ales que le sobrevienen
a nuestro cuerpo, o para suprim irlos d el m undo.” Ese deseo de atender
las enferm edades hacía erupción periódicam ente. “H oy llegué a la casa de
m is p acientes sin saber en absolu to có m o brindarles la sim patía y la aten
ció n n ecesarias”, le escribió a su prom etida en 1883. “M e sentía m uy can
sad o y apático. Pero en cuanto em p ezó a quejarse”, la letargía de Freud “se
desv a n eció , al advertir que y o tenía una tarea allí, una tarea con sig n ifica
do” . *8B
Pero la sublim ación m ás coherente de su curiosidad infantil apuntaba
a las in v estig a cio n es cie n tífic a s, a los enigm as de la m ente y la cultura.
En 1927, retrospectivam ente, in sistió en que nunca había sid o en realidad
un m éd ico , y en que había reencontrado el cam ino hacia su v o cación ver
dadera después de un viaje prolongado y tortuoso. *“» Una v e z m ás, su
v isió n autobiográfica final (el tex to de 1935, escrito cuando tenía cerca de
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [51]
ochenta años) relev ó e l “desarrollo regresivo” que había seguido d espués de
“un rodeo de toda una vida a través de las ciencias naturales, la m edicina y
la p sicoterap ia”, para v o lv e r a “ e s o s prob lem as culturales que una vez
habían fascinado al jo v e n , apenas despierto al pensam iento”. H em os de
demostrar que e s e rodeo lo d e sv ió m enos d e lo que estas palabras sugieren.
C o m o d icen lo s psico a n a lista s, todo era agua para su m olin o.
E n l a u n i v e r s i d a d de V iena, Freud tropezó pronto co n el irritante
factor d el an tisem itism o, lo bastante m em orable y enfurecedor c o m o para
que ocupara un lugar prom inente en su autobiografía, escrita m ed io sig lo
m ás tarde. H izo hincapié en señalar que había respondido de m od o d esa
fian te, in clu so c o n fiereza. Por lo general, convirtió la rabia en una v en ta
ja. L os com pañeros gentiles esperaban co n im pertinencia que él se “ sin tie
ra inferior” y ajeno al p u eblo austríaco — nicht v o lk szu g e h ó rig — “porque
era jud ío ”. Pero Freud rechazó “resueltam ente” esa invitación a la h u m il
dad: “ Nunca com prendí por qué tendría que avergonzarm e de m i origen o,
co m o se estaba em pezan d o a decir, d e m i raza”. C on el m ism o autorrespe-
to, “sin m ucha pena” , abandonó el d ud oso p r ivilegio d e sentirse pertene
cien te a e s e am biente, sin tien do que su aislam ien to le sería útil. Pensaba
q u e e l ser c o n d e n a d o a la o p o s ic ió n n u tría su te n d e n c ia a “ c ie r ta
in dependencia d e ju ic io ”. R ecordando al honesto y valiente doctor Stock -
mann de Un e n e m ig o d e l p u e b lo , de Ibsen, Freud afirmaba haber disfruta
d o d el h e c h o de estar e stricta m en te e x c lu id o de la “m ayoría c o m p a c
ta”. n *91
N o estaba p recisam ente ja ctán dose. H ay pruebas de coraje m oral y
fís ic o de Freud. A p rincipios de 1 875 le d ijo a Eduard Silb erstein que
había m enguado su confianza en lo que era generalm ente aceptado, y que
al m ism o tiem po se había fortalecid o su “d isp o sic ió n secreta favorable a
las o p in io n e s m inoritarias” . ••* Esa actitud le ap oyó en sus enfrentam ien
tos c o n la s in s titu c io n e s m é d ic a s y su s o p in io n e s in m o v ilista s. Pero
reservaba un furor esp e c ia l para lo s antisem itas. En 1883, en un viaje en
tren, se en contró co n algun os. Irritados porque é l abrió la ventanilla para
respirar un p o c o de aire puro, le llam aron “m iserab le ju d ío ” , h icier o n
com entarios o fe n s iv o s sobre su e g o ísm o no cristiano, y am enazaron con
11 H acia la N a v id a d de 1 9 2 3 , Freud le y ó un ejem p lar aún in éd ito de su b io
g r a fía escr ita por Fritz W itte ls, y a notó co m e n ta rio s a d isc r e c ió n . A l hablar de
lo s prim eros a ío s de F reud, W ittels h ab ía escr ito : “ Su d e stin o co m o ju d ío en el
área cultural germ ana le tran sm itió m uy pronto un se n tim ien to de in ferio rid a d ,
qu e n ingú n ju d ío germ ano p u ed e ev ita r ”. El co m enta rio que Freud pu so al m ar
gen fu e su m o d o d e expresar un fuerte desa cuerd o . Es p o sib le que la e n fá tica
afirm ación de Freud en cuanto a la a u sen cia en él de un se n tim ien to d e in fe rio ri
dad c o n stitu yera una resp uesta in d irecta a la ca ra cteriza ció n d e W ittels (v éa n se
la s p á g s . 1 4 -1 5 d e l eje m p la r d e F reud de la b io g r a fía d e W itte ls, S ig m u n d
Freud, Freud M useum , Londres).
[ 52] F undam entos: 1856-1905
“darle una le c c ió n ”. A parentem ente imperturbable, Freud in vitó a sus c o n
trincantes a acercarse, les increpó y triunfó sobre “ la chusm a". *” C on e l
m ism o espíritu, su h ijo M artin recordó que en 1901, e n T h u m se e , un pue-
blecito de veraneo bávaro, Freud dispersó a una pandilla de unos d iez hom
bres y algunas m ujeres que los apoyaban, quienes habían estado gritando
o fen sa s antisem itas a Martin y a su herm ano Oliver. Freud cargó furiosa
m en te contra e llo s, blandiendo su bastón. En e so s m om entos, Freud
deb ió de haber sentido un halagador contraste con el som etim iento pasivo
de su padre al ser intim idado.
E sos estallidos de furia iban a acentuarse en e l futuro. La vida univer
sitaria de la década de 1870 todavía no se había v isto sobresaltada por los
tu m u lto s e s tu d ia n tile s a n tis e m ita s , c o m o lo se r ía m ás tarde. Por el
m om ento, todo lo que Freud necesitaba era coraje m oral, y algún tipo de
guía. S e lan zó a su carrera universitaria m uy tem pranam ente, a los d ie c i
siete añ o s, la term inó tarde, en 1 8 8 1 , a lo s v ein ticin c o . Su vasta cu riosi
dad y su preocupación por la in v e stig a c ió n le im pidieron obtener su título
de m éd ico en lo s c in co años habituales. La universalidad de los intereses
de Freud era program ática. "En cuanto al primer año en la universidad — le
anunció a su am igo S ilb erstein — , lo dedicaré totalm ente a estudiar tem as
hum anísticos, que no tienen nada que ver co n m i profesión futura, pero
que no serán in ú tiles para m f ’. Juraba que, si se le preguntaba por sus p la
n es, él se negaría a dar “ una respuesta defin itiva y se lim itaría a decir: oh,
ser un cie n tífic o , un p rofesor, a lg o a sí” . * « Por crítico que se estuviera
v o lv ie n d o co n r esp ecto a la filo s o fía y a qu ien es, com o Silb erstein , se
habían “rendido a la filo s o fía por d esesperación” , * « Freud m ism o ley ó
m ucha filo so fía en eso s años. Pero e s sig n ificativo que el pensador que
estu d ió co n m ayor p rovecho fuera L u d w ig Feuerbach. “Entre todos los
f iló s o fo s — le inform ó a S ilb erstein en 1 8 7 5 — a quien m ás cu lto rindo y
a quien m ás admiro e s a este h om bre.” *!"
U n h e r e d e r o d e la Ilustración d el s ig lo X V III com o era Freud tenía
que encontrar m ucho de admirable en Feuerbach, intelectualm ente el más
robusto de los hegelianos de izquierda. Feuerbach había cultivado un estilo
exento de las áridas abstracciones que estropean la prosa académ ica alem a
na, y maneras p u gilísticas que encantaban o aterraban a sus lectores cuan
d o él se alzaba en armas contra lo s “ju ic io s n ec io s y p érfidos” *«8 de sus
detractores. Tenía m ucho que enseñarle a Freud, tanto en contenido com o
en estilo: consideraba que su tarea era desenm ascarar la teología, descubrir
sus raíces d em asiad o m undanas en la exp erien cia humana. La te ología
tenía que convertirse en antropología. E strictam ente hablando, Feuerbach
no era ateo; rescatar la verdadera esencia de la religión de las m anos de los
te ó lo g o s le interesaba m ás que destruirla por com pleto. Pero su en señan
za, y su m étodo, estaban destinados a formar ateos. El fin esen cial de su
obra sobre la r elig ió n — según e scrib ió e n su libro más célebre, L a esen -
H a m b r e de c o n o c im ie n t o t 53]
c ía d e l c ristia n ism o , pu b licad o por prim era vez e n 1841— era “ la destruc
ció n de una i lu s ió n ”, u na ilu s ió n "to ta lm en te p e rn ic io sa " . d espués de
todo. •** Freud, que lle g ó a verse c o m o un destructor de ilu sion es, d escu
brió que e sa p o sic ió n le resultaba sum am ente afín.
F euerbach era afín a Freud tam bién por otras razones: criticaba la
m ayor parle de la filo s o fía c o m o lo hacía con la teología. O frecía su pro
p io m odo de Filosofar c o m o la verdadera a ntítesis (la “d isolu ción ”) de la
“e sp ecu la ció n a b s o lu ta , in m a te r ia l, a u to s a tisfe c h a ”. * 100 En realidad, él
reconocía (o m ás bien advertía), en gran m edida co m o Freud lo haría m ás
tarde, que carecía d e talen to para lo “filo só fico -fo rm a l, lo sistem ático, lo
m eto d ológico-encictopédico”. * 101 N o buscaba sistem as, sin o la realidad, e
in clu so le n egaba a su filo s o fía el nom bre de filo so fía , y se n egaba a sí
m ism o e l títu lo de filó s o f o . “ N o s o y m ás q ue un in v e stig a d o r in te le ctu a l
de la naturaleza" (un geistig e r N a turforsch er). *102 Freud podía apropiarse
de esa den om in ación para él m ism o .
Las ex p loracion es filo só fic a s d e Freud en su época d e jo v e n estudiante
universitario lo introdujeron e n e l refrescante y seductor am biente del filó
so fo Franz Brentano: a sistió a n o m en o s de cin co cursos de con ferencias y
sem inarios o fr e c id o s por e s e “m ald ito tip o listo ” , esc “ g en io ” , *■<» y le
solicitó entrevistas privadas. B rentano, un ex sacerdote, era un exponente
claro de la filo so fía a ristotélica y la p sic o lo g ía em pírica. M aestro e stim u
lante que creía en D io s y al m ism o tiem p o respetaba a D arw in, h izo que
Freud cuestionara las c o n v ic c io n e s ateas q ue lle v ó c o n sig o a la u niversi
dad. Cuando la influ en cia de Brentano estaba en su punto álgido, Freud le
c o n fe só a Silberstein: “ Y a n o so y un m aterialista, pero tam poco todavía
un teísta ” . * 10* Pero nunca se co n v irtió en teísta; segú n le d ijo a su a m igo
a fines d e 1 8 74, en su corazón era “un estudiante de m edicina em pirista y
sin D io s. D esp u és de abrirse ca m in o a través de lo s argum entos per
su a siv o s c o n lo s qu e B ren ta n o lo había abrum ado, Freud v o lv ió a su
incredulidad y perm an eció en ella. S in em bargo, Brentano había com plica*
do y estim u lado e l p ensa m ien to de Freud, y sus escritos p sic o ló g ic o s d eja
ron sed im en to s s ig n ific a tiv o s en la m en te d e e ste ultim o.
Toda esta actividad intelectual parece m ás bien alejada del estudio de la
m edicina, pero Freud, aparentem ente a la deriva, era un aprendiz de ex p lo
rador echando raíces por todas partes. Las reservas que toda la vida tuvo
con respecto a la m ed icina fueron un legad o de e so s años. S a lv o por las
oportunidades que le procuró d e asistir a conferencias m em orables y de rea
lizar investigaciones que lo fascinaban, sin duda alguna la educación m éd i
ca representó para Freud una dudosa ventaja. Sin em bargo, sus profesores
eran de lo m ejor que p odía haber deseado. Mientras form ó parte de la U n i
versidad de V iena co m o alum no e investigador, el cuerpo m éd ico d ocente
12 Esta actitu d fue un in g re d ie n te de m ucha im portancia en su d e fen sa de los
a n alistas le g o s . V é a n se la s p á g s . 5 4 6 - 5 5 7 .
[ 54] F undam entos: 1856-1905
con stitu ía una fraternidad de prim era lín ea, altam ente se leccion ad a. La
m ayoría de sus m iem bros provenían de A lem ania: Cari Claus, que estaba
al frente del Instituto de A natom ía Comparada, había llegado recientem en
te de G otinga; E m st Briicke, el fa m o so fis ió lo g o , y Hermann N othnagel,
je fe d e la D iv isió n de M edicin a Interna, nacieron ambos en A lem ania y se
form aron en B erlín; T h eod or B illroth, un celebrado cirujano, exc ele n te
m ú sic o aficio n a d o , y uno de los m ás ín tim os am igos de Brahm s, se había
sentido atraído por V iena y dejaba tras de s í cátedras en su A lem ania natal
y e n Zurich. E sos p rofesores, lum inarias de sus resp ectivos cam pos, otor
gaban un aire de distinció n intelectual y un hálito c o sm op olita a la Viena
provinciana. N o fue casual que en e so s años la escu ela m édica atrajera a
decenas y decenas de estudiantes extranjeros, provenientes de otras partes
de Europa y de Estados U nidos. En su inform al e inform ativa G u id e to
A m erica n M e d ic a l S tudents in E u ro p e, publicada en 1883, el neurólogo
norteam ericano Henry H un d ed icó a V iena sus m ayores elogios: “A dem ás
de sus ventajas desde el punto d e vista de la m edicina — escribió— , Viena
e s una ciudad d eliciosa para v iv ir”. A labó la “vida de ca fé ”, su teatro de la
ópera y sus jardines p ú blicos; tam bién m erecían su adm iración los v ie n e
ses, “b onachones, d istingu id os y consagrados al placer” *»«
Freud habría objetado m uchos d e eso s pródigos elogios. Había tenido
experiencias no dem asiado gratas con lo s vien eses, frecuentaba poco los
ca fés, y raramente acudía a la ópera. Pero hubiera suscrito de buena gana
la descripción del cuerpo m éd ico de V iena com o un conjunto de hombres
d istin g u id o s de reputación internacional. Sus profesores tenían in clu so
otra virtud a sus ojos: n o le s gu stab a e n absoluto la agitación antisem ita
que se extendía com o una m ancha atravesando la cultura vienesa. El lib e
ralism o de e so s h om bres con firm aba a Freud e n su sen tim ien to de ser
algu ien m ejor que un paria. N othn agel, en cu yo departamento com en zó a
trabajar Freud p o co después d e haber obtenido su título de m édico, era un
cam peón declarado de las causas liberales. Conferenciante público invete
rado, en 1891 se con tó entre los fundadores de la Sociedad para la Lucha
contra el A n tisem itism o; tres años m ás tarde, irrumpieron en sus c o n fe
rencias estudiantes antisem itas armando alboroto. Brücke, tan culto com o
N othn agel, aunque n o tan im p lica d o en e sa s luchas, tenía am igos judíos,
y adem ás era un liberal p o lítico c o n fe so , lo que significaba que com partía
la hostilidad de Freud hacia la Ig lesia d e R om a. D e m od o que Freud tenía
buenas razones p olíticas y cien tífica s para recordar a sus profesores com o
hom bres que podía “respetar y tomar co m o m o d elo s”.
A p r i n c i p i o s d e l v e r a n o d e 1875, Freud p uso alguna distancia entre
él y el abom inable cam panario de San E steban. V isitó a sus m edio herm a
n o s en M anchester, v iaje é s te durante m u ch o tiem po prom etido y p o s
puesto. Inglaterra había ocup ado su im aginación durante años; desde la
infancia había leído y disfrutado m u ch o co n la literatura inglesa. En 1873,
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 55]
dos años antes d e que viera el país por prim era v e z, le había inform ado a
Eduard Silberstein: “ E sto y leyend o poem as in gleses, escrib ien d o cartas en
in g lés, declam ando v e r so s in g leses, escuch ando d escripciones inglesas y
anh elan do paisajes in g le s e s” . Si eso duraba, b rom eó, iba a contraer “la
enfermedad inglesa”. » * i « D e sp u és de su v isita a los parientes de In glate
rra, sig u ió preocupado por su futuro tanto c o m o antes. La recepción cor
dial que le brindaron en M anchester, y las im presiones que le produjo en
general Inglaterra, lo llevaron a preguntarse si no le convendría establecer
se allí. L e gustaba Inglaterra m u ch o m ás que su tierra natal — le dijo a
S ilb erstein — a pesar de “ la n ieb la y la llu via, el a lco h o lism o y el co n ser-
vadorism o”. La v isita sig u ió sien d o in olvidable: siete años m ás tarde,
en una em ocionad a carta a su prom etida, recordó las “ im presiones im bo
rrables” co n las que había vu elto de allí, la “sobria laboriosidad” de Ingla
terra y su “g en ero sa co n sa g r a c ió n al bien p ú b lic o ”, por n o hablar del
“inquebrantable y se n sitiv o sen tid o de la ju sticia de sus habitantes”. La
experiencia de Inglaterra — le dijo— había sido “una influencia d ecisiva”
en su vid a. * 110
La excu rsión d e Freud o to rg ó m ás p recisión al fo c o de sus intereses.
L os libros c ie n tífic o s in g le se s — le esc r ib ió a S ilb erstein — , lo s escritos
de “T yn d a ll, H u x ley , L y e ll, D arw in, T h om son, Lockyer y otros”, harían
que siem pre fu ese partidario de su país. L o que m ás le im presionó fue su
em p irism o coherente, su d isg u sto por la m etafísica ostentosa. D e in m e
diato agregó otro p ensam ien to: “ D e sc o n fío m ás que nunca de la filo s o
fía”. * n >Gradualm ente, las enseñanzas de Breniano iban desdibujándose en
un segu n do plano.
En realidad, durante cierto tiem po, Freud necesitó p oco de la filosofía.
A su vuelta se con cen tró en su trabajo en el laboratorio de Cari C laus, y
éste — qu e era uno de lo s m ás e fica ces y p rolíficos propagandistas de Dar
w in en lengua alem ana— pronto le procuró a Freud una oportunidad de
distinguirse. Lo habían llev a d o a V iena para que modernizara el departa
m ento de z o o lo g ía ; y él lo p u so al n iv e l de otros departam entos de la uni
versidad, y logró fond os para estab lecer una estación experim ental de b io
lo g ía m arina en T r ieste. *>“ Parte d el d in ero se d estin ó a unos p o co s
estud ian tes p r iv ile g ia d o s q u e realizarían a llí in v e stig a c io n e s lim itadas.
Freud, que sin duda estaba en buenas relaciones con Claus, se co n tó entre
los prim eros que é s te e lig ió , y en m arzo de 1876 partió hacia T rieste.
T u v o así una primera im agen del m undo m editerráneo, q ue con tanta d ili
gen cia iba a explorar en años ulteriores, verano tras verano, c o n inagota
ble d eleite. T enía una tarea asignada que reflejaba el antiguo interés de
Claus por el herm afroditism o: poner a prueba la reciente afirm ación de un
investigador p o la c o , S im o n e de Syrski, en cuanto a que había observado
13 "La enferm edad in g les a ” ( d ie e n g lis c h e K ra n k h e it) era e l sob renom bre
alem án d el raquitism o.
[ 56] F undam entos: 1856-1905
gónadas en an guilas. E ste era un descubrim iento sorprendente, si podía
confirm arse. P ues — se g ú n plan teó Freud e l problem a en su inform e— se
habían realizado “ a lo largo de lo s sig lo s innum erables esfuerzos” tenden
tes a hallar lo s te stícu lo s de la anguila, y todos habían fracasado. Si
Syrski estaba en lo cierto, quedaba dem ostrado que carecía de fundam ento
la concepción tradicional de la anguila co m o criatura hermafrodita.
L os prim eros inten tos de Freud fueron fútiles. “Todas las anguilas que
h e abierto — le co n fió a S ilb erstein — son del se x o d éb il” . Pero no
todos sus inform es versaban sobre cien cia pura; Freud se perm itió intere
sarse no só lo en las an g u ila s, sin o tam bién en las jó v e n e s de T rieste. Sus
cartas sugieren que e se interés fue distante, claram ente académ ico. D ejando
traslucir una cierta ansiedad ante la tentación de las sensuales "diosas ita
lia n a s” que veía en su s p a seo s, Freud co m en tó su aspecto y sus co sm éti
c o s, y se m antuvo alejado de ellas. "Puesto que no está perm itido disecar
seres hum anos — escrib ió , encubriendo c o n el humor una cierta tim idez—
en realidad no tengo nada que ver con ellas.” *>» T u vo m ás suerte con las
anguilas: después de d os estancias en Trieste y de haber d isecado unos cua
trocientos e sp ecím en es, Freud pudo confirmar en parte, y de m odo no c o n
cluyen te, la teoría de Syrski.
Fue una aportación elo g ia b le, pero al recordar m ás tarde sus primeras
aventuras con la in v estig a ció n rigurosa, Freud habló de e lla con algún d es
dén. i* A l evaluar su carrera in telectual, podía ser totalm ente injusto c o n si
g o m ism o. La búsqueda d e gónadas en las anguilas adiestró a Freud en la
observación precisa y tranquila, el tipo de atención concentrada que m ás
tarde consideraría tan indispensable para escuchar a sus pacientes. Fueran
cu ales fueren sus razones — entre las cuales no puede exclu irse una oscura
antipatía— , en las referencias de Freud a su trabajo c o n Claus alienta un
cierto malestar, c o n s ig o m ism o n o m enos que con otros. Es sorprendente
que Freud no encontrara nin gún lugar para e l nom bre de C laus en su s
escritos autobiográficos.
F u e radical e l con tra ste c o n lo s se n tim ien tos qu e su sc itó e n é l su
siguiente m entor, el gran Brücke. “ En el laboratorio de fisio lo g ía de E m st
1+ C uando, en 1 9 3 6 , el psiqu iatra su izo R u d o lf Brun le p id ió a A nna Freud
qu e le enviara alg u no s d e lo s “prim ero s escr ito s n e u r o ló g ic o s” de su padre, e lla
con testó que é l no lo s co n sid er a b a m uy im portantes. “P ie n sa que usted se v ería
defraudado si se ocupara d e e llo s." (A nna Freud a R ud olf Brun, 6 de m arzo de
1936, Freud C o lle c tio n , B l , L C ).
Durante m ucho tiem p o resu ltó tentador considerar que la bú sq ueda por parte
de Freud de lo s te stíc u lo s d e la ang u ila c o n stitu y ó un tem prano eje m p lo d e su
in te ré s por la se x u a lid a d . Pero e sa rec o n stru cc ió n h ip o tétic a d e su b io g ra fía
in terior corre pareja co n la p r e te n sió n de que hay un sig n ific a d o pro fun do en el
hech o de qu e Freud, e l d escub rid or d el co m p lejo de E dipo, en e l e xam en final
d el G ym nasium . tuviera qu e traducir treinta y tres v erso s d el E d ip o re y de S ó f o
c le s . D esp u é s de todo, e n am bos c a so s se trató de tareas a sig n a d a s.
H a m b r e de c o n o c i m i e n t o [ 57]
Brücke — escribió— encontré por fin tranquilidad y una satisfacción co m
p leta” . Se sentía libre para admirar, y para luchar por imitar, al "m ism o
M aestro B rü ck e” y a su s asisten tes. A uno de e llo s, Em st von F leisch l-
M arxow , una “personalidad deslum brante”, lle g ó a conocerlo bien. * i» A s i
m ism o, Freud ha lló en e l círcu lo de Brücke un am igo cuya participación en
la creación del psico a n á lisis iba a ser d ecisiva: J o sef Breuer, un m éd ico
m uy cu ltiv a d o , d e é x ito , op u len to , y e m in en te fis ió lo g o que le llevaba
catorce años. M uy pronto lo s dos hom bres se entendieron a las m il m aravi
llas; Freud adoptó a Breuer co m o una m ás de una serie de figuras paternas,
y se con virtió en visitante habitual de la casa del m éd ico, sien d o de alguna
manera tan buen am igo de M athilde, la encantadora y maternal esp osa de
Breuer, c o m o de Breuer m ism o. Este n o fu e el único dividendo que Freud
obtuvo de la relación co n Brücke. Durante seis años, entre 1876 y 1882,
trabajó en su laboratorio, resolvien d o lo s problem as que el reverenciado
profesor le planteaba, co n evid en te satisfacción por parte de Brücke, y por
la suya propia. D escifrando los enigm as del sistem a n ervioso, primero de
p eces in feriores, y d esp ués de seres hum anos, d ando sa tisfa cció n a las
ex p ectativas y requerim ientos de su riguroso m aestro, Freud se sentía sin
gularm ente fe liz . En 1 8 92, inm ediatam ente d esp u és de la m uerte de su
m entor, Freud le p u so a su cuarto hijo e l nom bre de E m st, precisam ente
por Brücke. Fue e l m ás hondo tributo que le rindió. Para Freud, Brücke fue
y sig u ió sien do “ la m ayor autoridad que influyó sobre m í”. *»>7
El a pego de Freud a Brücke parece evidentem ente filial. Es cierto que
Brücke tenía casi cuarenta años más que Freud, casi la edad del padre de
este ú ltim o. T am b ién e s cierto que el acto de investir a un ser hum ano
co n lo s atributos e im portancia de otro puede entrañar saltos m ucho más
im probables que el que d io Sigm und Freud al poner a E m st Briicke en el
lugar de Jacob Freud. La “ transferencia” , c o m o iba a llam ar el Freud p si
coan alista a e se ca m b io de sen tim ien tos in tensos, e s acrobática y ubicua.
Pero gran parte del atractivo que tenía Brücke para Freud se fundaba preci
sam ente en el h ech o de que n o era el padre de Freud. Brücke se había gana
do su autoridad sobre Freud, y ésta no se debía al accidente del nacim iento;
en esa coyuntura crítica, cuando Freud se estaba form ando com o investiga
dor profesional de los m isterios hum anos, esa autoridad le resultaba n e c e
saria. Jacob Freud era una persona afable y de buen carácter; blando, c o m
p la c ie n te , p rá c tic a m e n te in v ita b a a la r e b e lió n . En c o n tra ste c o n e l,
Brücke era reservado, p reciso hasta la pedantería, un exam inador intim i
dante y un je f e ex ig en te. A Jacob Freud le gustaba leer y tenía una cierta
er u d ició n hebrea. B rück e tenía una in te lig en cia versátil: fu e un pintor
dotado con intereses estético s que so stu v o durante toda su vida, m uy aleja
do d el am ateurism o, y una influ en cia civ ilizad ora sobre sus d isc íp u lo s.u
15 Erna L e sk y , la h istoriad ora de la e scu ela m éd ica de V ie n a , o b ser v ó que:
“ AI r e a liz a r su s p a s e o s c o tid ia n o s por e l la b o r a to r io , B r iic k e n o s ó lo se
[ 58] F undamentos: 1856-1905
Por uno de sus rasgos fa c ia les — los ojos— se asem ejaba sorprendente
m ente, no al padre de Freud, sin o a Freud m ism o; quienes conocieron a
Freud, por m ás que difirieran am pliam ente en el resto de su descripción, se
han referido por igual a su s o jo s penetrantes y escudriñadores. Brücke
tenía un os ojos de este tipo, e invadieron m em orablem ente los sueños de
Freud. En uno de e llo s , el d enom inado “N on vix it”, analizado con detalle
en L a in te rp reta c ió n d e lo s su e ñ o s, Freud aniquila a un rival con una
"mirada penetrante” . En el autoanálisis, e sto resultó ser el recuerdo distor
sionado de una experiencia m uy real en la cual había sid o Brücke, y no
Freud, el verdadero aniquilador: “ Brücke había descubierto que unas pocas
v e c e s y o había llegad o tarde al laboratorio de los estudiantes”, en el que
Freud era entonces ayudante. “A sí, un día fu e puntualm ente a la hora en
que em pezaba el trabajo y m e esperó. Lo que dijo fue con c iso y concreto,
pero no fueron las palabras lo qu e importaba. Lo abrumador fueron los
terribles o jo s azules co n lo s q u e m e m iró, y ante los cu ales m e derrum
b é .” Q uienq uiera que recordara “lo s o jo s del gran m aestro — continúa
Freud— , m a ravillosam en te herm o so s en su v e je z , y que alguna v ez lo
hubiera v isto encolerizado, fácilm ente com prenderá las em ocion es del una
v e z jov en pecador”. *»» Lo que Brücke le otorgó a Freud, el jo v e n pecador,
fue el ideal de la autodisciplina p rofesional en acción.
La filo so fía de la c ien cia d e Brücke no tuvo para Freud menor valor
form ativo que aquel p rofesionalism o. Brücke era positivista por tempera
m ento y co n v icció n . El p o sitiv ism o n o era tanto una escu ela organizada
de p ensam ien to c o m o una actitud profunda con resp ecto al hom bre, la
naturaleza y los e stilo s de in v estig a ció n . Sus devotos esperaban poder lle
var el program a de las c ien cia s naturales, sus descubrim ientos y m étodos,
a la in v e stig a ció n d e toda a cción y tod o pensam iento hum anos, privados y
pú b licos. Es característico de esta tendencia intelectual que A uguste Com -
le. el p rofeta del p o sitiv ism o en su form a extrem a, a principios del sig lo
X IX , considerara p osible fundar e l estud io del hom bre en sociedad sobre
una b ase fiable; inv en tó e l térm ino “ s o c io lo g ía ” y la d e fin ió com o una
e s p e c ie de f ís ic a so c ia l. N a c id o en e l s e n o de la Ilustración del sig lo
X V III, rechazando la m etafísica de un m odo s ó lo m arginalm ente m enos
d e c is iv o que la teo lo g ía , e l p o sitiv ism o había prosperado en e l sig lo X IX
co n lo s triunfos espectaculares de la físic a , la quím ica, la astron om ía... y
la m edicina. Brücke era su representante m ás em inente en V iena.
S e había traído de B erlín su e stilo c ie n tífico seguro y am bicioso. En
Berlín, a principios de la década de 1840, todavía estudiante de m edicina,
se había u n ido a su brillante com p a ñ ero E m il D u B o is-R ey m o n d para
arrojar solem n em en te al m ontón de basura de la superstición todo panteís-
con sid erab a un m aestro de f is io lo g ía , sin o el rep resen tan te de una id ea cultural
gen e ra l” . (Erna L e sk y , T he V ien n a M e d ic a l S c h o o i o f th e 1 9 th C e n tu ry , 19 6 5 ;
trad. in g l. de L. W illia m s e I.S . L e v ij, 1 9 7 6 .2 3 1 ) .
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 59]
m o , to d o m is tic ism o natural, toda m e n c ió n de fu erzas d ivin as oc u lta s
m anifestán dose en la naturaleza. El v ita lism o, la filo so fía rom ántica de la
naturaleza, en to n ces corriente entre lo s cie n tífic o s naturales, co n su vag o
d isc u r so p o é tic o a cerca de p o d eres in n a to s m iste r io so s, su scitab an su
resisten cia y estim u laban su s talentos para la p o lém ica ingen iosa. S o ste
nían que só lo las fuerzas “fisico q u ím ica s com u n es” están “activas en el
organism o”. L os fen óm enos inex p lica b les debían abordarse e x clu sivam en
te con el “m étodo fisico m a tem á tico ”, o dando por sentado que si hay “nue
v a s” fuerzas “ intrínsecas en la materia” tienen que ser “reducibles a co m
p o n e n te s d e a tr a c c ió n y r e p u ls ió n ” . *» * S e g ú n la s palab ras d e D u
B ois-R eym on d, su investigador ideal era el c ien tífico de la naturaleza que
no estuviera influ id o por “ precon cep tos t e o ló g ic o s”. *ue Cuando Hermann
H elm h oltz, e se renacentista del sig lo X IX , a punto de adquirir fam a m un
dial por sus aportaciones a una desconcertante variedad de cam pos — la
ó p tica , la a cú stica, la term odinám ica, la físic a , la b iología— se u n ió a
Brücke y Du B o is-R ey m o n d , la “esc u e la ” q uedó com pleta. Su influencia
se d ifundió rápida e irresistiblem ente; su s m iem bros y seguidores ocupa
ron prestigiosas cátedras en las m ás im portantes universidades y estab le
cieron un tono para los p eriód icos c ie n tífic o s. M ientras Freud estudiaba en
V ien a , lo s p o sitiv ista s tenían e l control.
A fin es d e 1 8 74, Freud d ecid ió ir directam ente a las fuentes y pasar el
sem estre de invierno en B erlín, d onde asistiría a las conferencias de Du
B o is-R ey m o n d , H elm h o ltz, y el celebrad o p ató lo g o (y p o lítico progresis
ta) R u d o lf V irchow . Le escrib ió a Silberstein que la perspectiva d e hacerlo
lo p onía “co n ten to c o m o un n iñ o ” . *»» F inalm ente, n o ocurrió nada de
e so , p ero Freud pudo beber en las fu entes sin abandonar su casa. E se m is
m o año, B rücke esb o z ó sus p rin cip ios, lúcida y extensam ente, en un cur
so que iba a publicarse en 1 8 7 6 co n e l título de C on feren c ia s so b r e f is io
lo g í a . E s ta s e n c a r n a b a n e l p o s it i v i s m o m é d ic o e n su f o r m a m á s
materialista: Briicke sosten ía que todos lo s fe n óm en os naturales son fe n ó
m en o s de m ovim ien to. Freud a sistió a la e x p o sic ió n de esas ideas, c o n si
derándolas ob vias. Por cierto, su c o in cid en cia con la con cep ción funda
m ental de la c ie n c ia que ten ía Brück e s o b r e v iv ió a su giro d e sd e las
exp lic a c io n e s fisio ló g ic a s a las e x p ü c a c io n e s p sico ló g ic a s de lo s hech os
m en ta les. C uando en 1898, cuatro años d esp u és de la m uerte de H elm
h o ltz , e l a m ig o d el fu tu ro padre d el p s ic o a n á lisis, W ilh elm F lie s s , le
en v ió lo s d o s v o lú m en es d e las c o n fe r e n c ia s de aquél co m o re g a lo de
Navidad, sabía que ellas significarían m u ch o para Freud.« •« » El h ech o de
que Freud aplicara lo s princip ios de su m entor de m od o que Brücke no
habría previsto fácilm en te, y que n o habría aplaudido con entusiasm o, n o
reduce la deuda que Freud contrajo co n él. Para Freud, Brücke y sus bri-
El h echo de que se tratara de un r eg a lo d e N a v id a d c o n stitu y e una in d ic a
c ió n sig n ific a tiv a de las a ctitu d es e se n c ia le s d e Freud c o n r esp ecto al ju d a ism o .
[ 60 ] F undamentos: 1856-1905
liantes colaboradores eran lo s herederos e leg id os de la filosofía. La enérgi
ca afirm ación de Freud en cuanto a que el p sicoan álisis no tenía ninguna
co sm o v isió n propia, y que nunca podría generarla, fu e su m odo de rendir
tributo a sus m aestros p o sitiv ista s años m ás tarde: el p sicoan álisis (según
su resum en del tem a en 1 932) “es un fragm ento de la ciencia y puede
adherirse a la c o sm o v isió n c ien tífica ”. *»» En pocas palabras, el p sicoaná
lisis, co m o todas las ciencias, se consagra a la búsqueda de la verdad y a
desenm ascarar ilu sion es. Lo m ism o podría haber dich o Brücke.
L a co nfianza en s í m ism o de Brücke y la de su grupo de co leg a s de
m entalidad afín recibían apoyo de la obra de D arw in, que había hecho
época. A p rincipios de la década de 1 8 70, aunque contaba con m uchos
partidarios in flu y e n te s, la teoría de la s e le c c ió n natural segu ía sien d o
objeto de polém icas; aún tenía e l aroma em briagador de una innovación
sensa cio n a l y p eligrosa. D arw in había em p rendido la tarea de em plazar
co n firm eza al hom bre en e l reino anim al, y se había aventurado a e x p li
car su aparición, su pervivencia y desarrollo divergente sobre bases entera
m ente secuiarcs; las causas que operaban para determinar cam bios en el
orden natural de iu s seres v iv o s , esas causas que D arw in había desplegado
ante un m undo atónito, no necesitab an relacionarse con ninguna deidad,
ni siquiera rem ota. T odo se debía al trabajo d e fuerzas profanas ciegas que
chocaban entre sí. El Freud zo ó lo g o , estudiando la s gónadas de las angui
las, el Freud fis ió lo g o estudiando las c élu las nerviosas de los cangrejos
de río, el Freud p sic ó lo g o estudiando las e m o cio n e s de los seres hum a
no s, estaban co m prom etid os e n una em presa única. C on el riguroso tra
bajo h isto ló g ic o sobre e l sistem a nerv io so que Freud realizó para Brücke,
participaba en el v asto esfu erzo c o le c tiv o tendente a dem ostrar las huellas
de la ev o lu ció n . Para é l, Darwin nunca d ejó d e ser “e l gran D arw in”; * 12*
las in v estig a cio n es b io ló g ica s atraían a Freud m ás que el hecho de atender
pacien tes. Se estaba preparando para su p rofesión — le escrib ió a un am i
go en 1 878— optando por “maltratar an im ales” en lugar de “torturar a
seres h um an os”. * ,2S
Lograba llevar a buen fin su s in v e stig a cio n e s. A lgu n os de los prim e
ros trabajos publicados de Freud, escritos entre 1877 y 1883, detallan d e s
cubrim ientos que están lejos de ser triviales. Confirm an el proceso ev o lu
tivo rev ela d o en las estructuras n erviosas del p ez que exam inaba en el
m icroscop io. Lo que es m ás, retrospectivam ente resulta claro que esos tra
bajos constituyen el prim er eslabón de la cadena d e ideas que condujo al
proyecto d e una p sico lo g ía c ien tífica intentado en 1895. Freud estaba tra
bajando en dirección hacia una teoría que especificara los m odos en que las
célu la s y fibras nerviosas funcionan c o m o una unidad. Pero pasó a otras
in v e stig a cio n es, y cuando, en 1 8 91, H .W .G . W aldeyer publicó la m em o
rable m on ografía sobre la teoría de la “neurona", la investigación pionera
de Freud resultó ignorada. “ N o fu e la única v e z — ha observado Em est
Jones— que Freud se quedó a un p aso de lograr la fama, al principio de su
H a m bre de c o n o cim ien to [ 61]
vid a, por n o atreverse a llev a r sus pensa m ien tos hasta su c o n c lu sió n ló g i
ca, y nada lejana.” * '»
M ie n t r a s t o d a v ía v i v ía e n su casa, pero co n la m ente concentrada en
e l trabajo, Freud fue m adurando e n el laboratorio de B riicke y bajo la
supervisión de B rücke. E n 187 9 y l 8 8 0 d e b ió abandonar sus tareas durante
un añ o para cum plir c o n e l s e r v ic io m ilitar obligatorio. E sto sig n ificab a
en gran m edida atender a soldad os en ferm os y aburrirse. Pero los o fic ia le s
a lo s que estaba subordinado Freud lo elogiaron sin reservas. L o evaluaron
co m o “honorable” y “j o v ia l” , “m uy fe r v o ro so” y c e lo so de su deber, y lo
describieron co m o de carácter “firm e” ; pensaban que era “m uy fiab le”, y
tam bién “m uy consid erad o y hum ano co n su s p acientes”. *
N o obstante, Freud, a quien este interludio forzado le resultaba ted ioso
en extrem o, se entretuvo durante su s p rolongados ratos de o c io traduciendo
cuatro e n sa y o s de las obras com p leta s de John Stuart M ili. El responsable
de la ed ición alem ana d e M ili, T heod or G om perz, un em inente erudito e
historiador clá sic o austríaco d el p en sam iento griego, había estado tratando
de am pliar su equipo e sta b le d e traductores; la asociación de Freud con
Brentano le procuró esa bien acogida diversión: Brentano lo recom endó a
Gom perz.
Pero lo que dem oró a Freud fu e la fascin ación de la in v e stig a c ió n ,
m ucho m ás que e l ser v ic io m ilitar; hasta la prim avera de 1881 n o logró
su título de m éd ico . Su n u eva situ ación ca m b ió en realidad m uy pocas
cosas en su m odo d e vida: aún co n la esperanza de conseguir la fam a gra
cias a las in v estig a cio n es m éd ica s, con tin u ó trabajando con Brücke. S ó lo
en el verano de 1882, abandonó por c o n sejo de Brücke e l am biente protec
tor del laboratorio, para ocupar un p uesto m uy subordinado en e l H ospital
General de V iena. La razón form al d e este cam bio fue su pobreza. *>» Esa
era una parte de la historia, pero só lo una parte. La pobreza lo estaba preo
cupando co m o nunca antes. En abril d e 1 8 8 2 había co n ocid o a M artha B er
nays, cuando ésta visitaba a una de sus herm anas en la casa de la fam ilia.
Era d elgada, v iv a z , m orena y m ás b ien pálida, con ojos expresivos: d ec id i
dam ente atractiva. Freud s e enam oró en seguida, com o lo había h ech o d iez
años antes. Pero Martha B e m a y s era a lg o distinto. Ella era la realidad, no
una fantasía, no otra G ise la F lu ss, qu e invitaba a la muda adoración ad o
lescente. V alía la pena trabajar y esperar por ella.
[ 62] F undam entos: 1856-1905
F reud enam orado
A l ver a M ariha Bernays, Freud supo lo que quería, y
su im petuosidad dom inadora la arrastró hacia él. El 17
de ju n io de 1 882 se com prom etieron. Los dos tenían
plena concien cia de que no se trataba de algo prudente.
La m adre viu da de e lla , en ér g ica y obstinada, tenía
dudas acerca de la conveniencia de ese com prom iso. N o
sin razones: Martha Bernays tenía p restigio so cial pero nada de dinero;
Freud no tenía ni una co sa ni la otra. Era innegablem ente brillante, pero
parecía c o n d en a d o a m u ch o s años de inopia, sin ninguna p er sp ectiva
inm ediata de hacer una gran carrera o realizar algún descubrim iento cientí
fic o que le aportara fam a y (lo que im portaba m ucho m ás) prosperidad. N o
podía esperar nada de su anciano padre, que también necesitaba ayuda e c o
nóm ica. Y se respetaba dem asiado com o para depender de m odo perm anen
te del apoyo de su paternal am igo J osef Breuer, quien a v eces le daba d in e
ro co n el pretexto de que se trataba de p réstam os. •»» L a ló g ica de su
situación era apremiante; Briicke se lim itó a decir en v o z alta lo que Freud
tenía que estar pensando. La práctica privada era e l único cam ino hacia los
in gresos sustanciales n ecesarios para establecer el hogar de clase m edia en
el que se obstinaban é l y Martha Bernays.
C on el objeto de prepararse para su práctica m édica, Freud tenía que
reunir e x p erien cia clín ic a c o n p a cien tes, e x p erien cia que nunca podría
adquirir asistien d o a conferen cia s o exp erim entando en laboratorios. A
algu ien apasionadam ente preocupado por la investigación com o lo estaba
Freud, la práctica clín ica le im ponía sa crificios p enosos; solam ente el pre
m io que le esperaba le llevaba a aceptar la idea de hacerlos. En realidad, el
co m p rom iso puso a prueba hasta su extrem o la resistencia de la pareja. Si
n o zozobró, fue gracias a la sincera perseverancia de Freud e, incluso m ás,
al tacto, la dulzura y el claro poder de estabilización afectiva de Martha
Bernays. Pues Freud dem ostró ser un am ante torm entoso.
Cortejaba a Martha B ernays del m odo que estaba bien v isto en su cla
se y su cultura: b eso s y abrazos eran lo d o lo que la pareja se permitía.
D urante el com p ro m iso , la v irgin idad de la jo v e n p erm aneció intacta.
Tam bién Freud debió de haberse abstenido de relaciones sexuales en todo
ese tiem po; no hay pruebas firm es e n sen tid o contrario. Pero aquellos más
que interm inables cuatro años de espera dejaron su sello en la form ación
d e las teorías freudianas sobre la etio lo g ía sexu al d e la m ayoría de las
d olencias m entales; cuando en la década de 1890 teorizó sobre el m alestar
sexual propio de la v id a m oderna, en parte escribía sobre él m ism o. Era
in m ensam ente im p acien te. T en ía ca si v e in tiséis años, y destinaba a un
ú n ico ob jeto todas sus em o c io n e s, ca si tanto su cólera co m o su amor: esa
gran carga em ocional en gran m edida sofocada.
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ « ]
Martha B ernays, c in c o años m enor que é l, popular entre los jó v e n es,
le resultaba a Freud sum am ente deseable. La cortejaba con una fogosidad
de la que é l m ism o casi se asustaba, y que h acía n ecesarios tod os los
recursos del sentido com ún de la pareja y , en los m om entos críticos, su
m ism a habilidad para mantener el carifio fom entado y am enazado por la
posesivid ad de él. Para exacerbar las cosas, durante la m ayor parte de ese
frustrante c o m p r o m iso e lla v iv ió c o n la m adre en W andsbek, cerca de
Ham burgo, y su prom etido era dem asiado pobre com o para poder visitarla
con frecuencia. E m est Jones ha calculado que la pareja e stu vo separada
durante tres o cuatro años y m edio que m ediaron entre su primer encuentro
y el m a trim on io. * ” o Pero se escribían casi tod os los días. A m ediados de
la década de 1 8 90, cuando ya llevaban d ie z años de casados, Freud dijo
com o de pasada que su esp osa estaba sufriendo un bloqueo en su escritu
ra. Seguram ente no p resentó características de e se síntom a m ientras
duró el n o v ia zg o . Pero su s separaciones no llevaban la calm a a sus rela
ciones. Es probable que la zo n a de tensión m ás seria fu ese la religión:
Martha B em a y s había crecido e n una fam ilia judía ortodoxa estrictam ente
observante y aceptaba sus prácticas piad osas, m ientras que Freud no sólo
era un in créd u lo in d iferen te, sin o un ateo de p rin cip ios determ inado a
librar a su prom etida de todo aquel sin sen tid o supersticioso. S e mostraba
obstinado e im perioso en su reiterada y a m enudo colérica exigen cia de que
abandonara todo lo que e lla nunca, n i por un m om ento, había llegado a
cuestionar hasta ese extrem o.
D e h ech o , Freud n o d ejó duda en Martha B em ays en cuanto a que él
quería ser el je fe d e la fam ilia. E n n oviem bre de 1883 le com entó un en sa
yo sobre la em ancipación de las m ujeres qu e había traducido durante su
ser v ic io m ilitar, elogian d o a John Stuart M ili por su capacidad para
trascender “ lo s prejuicios co m u n es”, pero de inm ediato él m ism o cayó en
esos preju icios. S e quejó de que a M ili le faltaba “sen sib ilid ad para el
absurdo”. El despropósito que M ili había d efendido era la idea de que las
m u je r e s p u e d e n g a n a r lo m is m o q u e lo s h o m b r e s. E sto — p en sa b a
Freud— pasaba por a lto realid a d es d o m é stic a s: m antener un hogar en
orden, cuidar y educar hijos, es una ocu p a ció n que ocupa todo el tiem po y
que prácticam ente exclu y e la p osibilidad de que la mujer trabaje fuera del
hogar. L o m ism o que otros burgueses co n v en cion ales de su época, Freud
daba m u ch a im portancia a las diferen cias entre lo s sex o s, “lo m ás sig n ifi
cativo en lo que a e llo s respecta” . Contrariam ente a lo que d ecía M ili, las
m ujeres n o estaban oprim idas co m o si fueran e sclavas blancas: “Aunque
no tenga derecho al v o to o capacidad leg a l, toda m uchacha a la que un
hom bre le b esa la m ano y por cu y o am or se atreve a todo, debería dejarlo
todo por é l”. Enviar a las m ujeres a lu chas por la e x isten cia fuera del
hogar era una idea “ abortada”; pensar en ella , Martha B em ays, su “querida
y tierna niñ a”, co m o virtual com petidora, le parecía a Freud una com pleta
necedad. Estaba de acuerdo en que llegaría el día en que un sistem a educati
[ 64] F undam entos: 1856-1905
v o diferente crearía nuevas relaciones entre hom bres y mujeres, y que las
le y e s y las costum bres otorgarían a las m ujeres derechos de los que enton
c e s se v eían privadas. Pero la em ancipación com pleta significaría el fin de
un ideal adm irable. D espu és de todo — concluía— , la “naturaleza” había
d estinado a la mujer, “ a través de la belleza, el encanto y la dulzura, a algo
d istin to ” . A partir de e s e m a n ifie sto im p ecab lem en te conservador,
nadie podría haber im aginado que Freud estaba a punto de producir las teo
rías m ás subversivas, perturbadoras y anticonvencionales acerca de la natu
raleza y la conducta humanas.
L a c o r r e s p o n d e n c i a d e Freud con Martha B em ays lo m uestra en un
papel desacostum brado: el de amante rom ántico. Era afectuoso e íntim o,
por m o m en to s im p u lsiv o , ex ig en te, exaltado, deprim ido, didáctico, ch is
m o so , dictatorial, y en unos p ocos c a so s arrepentido. Sien d o ya un corres
ponsal en érg ico y am eno, Freud se h iz o entonces p rolífico en un género
que nunca había practicado antes: la carta de amor. Fanfarroneaba, era des
con sidera d o e n su franqueza, cruel co n lo s sen tim ien tos de la jo v e n e
in clu so m ás co n lo s su y o s propios; llenaba sus cartas con relatos circuns
tanciales d e co n versaciones y anécdotas sen cillas de co leg a s y am igos. A sí
c o m o , en e sa s cartas, exam in aba sus propios sen tim ien tos, tam bién anali
zaba lo s que le enviaba su prom etida, prestando una atención a las m inu
cias digna de un d e te c tiv e ... o de un p sicoanalista. A lg ú n detalle sutil,
alguna o m isió n so sp ech o sa , le hablaban del ataque de una enferm edad
sobre el que todavía no tenía n o ticias, o tal v e z de la inclinación de M ar
tha por otro hom bre. Pero aunque las cartas de amor de Freud son a m enu
do agresivas y exentas de adulación, en o ca sio n e s alcanzaban un lirism o
conm ovedor.
E sas cartas, por cierto, llegan a constituir una verdadera autobiografía
de Freud a principios de la década de 1880. Era m uy p oco lo que le oculta
ba a su n ovia. A dem ás de registrar abiertam ente sus sentim ientos con res
p ecto a su trabajo, a sus colaboradores a m enudo in satisfactorios y a sus
incontroladas am biciones, reflejaban todos lo s d e seos que sentía por ella.
Le preocupaban todos lo s b eso s que n o podía darle por estar tan lejos. En
una carta ju stific ó co n la ausencia de Martha su adicción a los cigarros:
“Fumar e s in dispensable si uno no tien e nadie a quien besar”. En el
o toñ o de 1 885, durante su estancia en París, subió a una de las torres de
N otre D am e, y e v o c ó su anhelo al narrar su ascen so a la cim a: “Se a scien
de a través de trescientos escalon es; está m uy oscuro y solitario; en cada
esca ló n te habría dado un b eso si hubieras estad o con m igo, y habrías lle
gado arriba sin aliento y aturdida”. E lla le respondía a su “querido teso
ro” * 136 c o n m enos locuacidad, m enos im aginativam ente, m enos apasiona
d a m en te tal v e z , p ero c o n b astante du lzu ra, e n v iá n d o le en resp u esta
salud os y beso s cariñ osos. * w
A v e c e s, tratando de m oldear a su antojo a Martha B em ays, Freud se
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ *5 ]
convertía en pedagogo. L e d io una am able conferencia sobre la necesidad
de que el m édico m antuviera una distancia em ocional con respecto a todos
lo s p a c ie n te s , e in c lu so a lo s a m ig o s: “ P odría im aginar m uy b ie n lo
p en o so que sería para ti saber có m o m e sien to junto a un lech o de enfer
m o para observar, de qué m anera trato e l sufrim iento hum ano c o m o un
objeto. Pero, niña m ía, e llo no p u ed e hacerse de otro m odo, y a m í debe
parecerm e distinto que a o tros.” Pero, abandonando rápidamente e s e tono
un tanto superior, agregaba que había un ser hum ano, sólo uno, q ue en
ca so de enfermar haría que olvidara su objetividad: “N o necesito decirte
có m o se llam a, y por lo tanto quiero que e sté siem p re b ien ”. * 138 D espués
de todo, estaba escribiendo cartas de amor.
El am or subvirtió la co n fia n z a de Freud en s í m ism o. Sus interm iten
tes ataques de ce lo s bordeaban a v e c e s lo patológico por su intensidad, por
su cólera com pletam ente irracional. Cuarenta años m ás tarde, Freud anali
zó lo s ce lo s m oderados c o m o un “estad o a fectivo”, análogo al d u elo, que
bien podría considerarse “norm al” ; su ausencia acentuada — pensaba— tie
ne que ser un síntom a d e la dep resió n profunda. *13» Pero los c e lo s de
Freud iban m ás allá del com p ren sible resentim iento que un amante puede
albergar con respecto a su s riv a les. Martha B ernays no podía llam ar de
m od o fam ilia r a un p rim o p or su n om b re de p ila, sin o que tenía que
em plear form alm ente e l ap ellido. N o d eb ía dem ostrar una p redilección u n
visib le por dos de sus adm iradores, u n o c o m p ositor y e l otro pintor; co m o
artistas — esc r ib ió Freud c o n m alh u m o r— disfrutaban de una ventaja
injusta sobre un sim p le c ie n tífic o c o m o él. Por en cim a de todo, ella debía
apartarse de todo el m undo. P ero entre e s o s intrusos se contaban la madre
de Martha y su herm ano E li, que pronto iba a casarse con la herm ana del
propio Freud, A nna. Martha B ernays se n e g ó a satisfacer las ce lo sa s e x i
gen cia s de que rom piera co n e llo s . E sto g eneró tension es que co stó años
disipar.
Freud se observaba a s í m ism o m ás que nunca, y tem a algún atisb o de
su precario estad o. “ S o y tan e x c lu siv ista co n lo que a m o ...” , le d ijo a
Martha dos días después de que se com prom etieran. R econ oció co n tris
teza: “Por cierto, tengo p red isp o sició n hacia la tiranía”. * i« Pero e se relám
pago de autoireconocim iento n o h iz o qu e fuera m enos tiránico. Es c ie n o
que Martha Bernays ya había rechazado un pretendiente y resultaba probable
que tuviera otros. Sin em bargo, lo s esfuerzos de Freud por m onopolizar a
la jo v e n que amaba no dan tanto prueba de un peligro evaluado c o n realis
m o c o m o de una autoestim a flu ctuan te. L os irresueltos conflictos reprim i
dos de su infancia, en la que e l am or y e l o d io habían estado entretejidos
confu sam en te, vo lv ía n a él y le p ersegu ían cuando se preguntaba si era
realm ente digno de su Martha. El le decía una y otra v e z que ella era su
princesa, pero a m enudo dudaba de ser é l m ism o un príncipe. A pesar de
haber sido el querido S igi de su m adre, s e com portaba com o un am ado hijo
único cuya posició n se ve socavad a por la llegada de un hermano.
[ 66] F undam entos: 1856-1905
F inalm ente, Freud no perm itió que una cólera ingenua y unos c elo s
am enazadores envenenaran su com prom iso; no era O telo. Nunca dudó de
su e le c c ió n , y a m enudo o b tu vo d e e lla un placer inm aculado. La p erspec
tiva de una vid a d om éstica le enardecía, y alegrem ente d ed icó tiem po a
enumerar los requisitos de lo q u e é l llam aba su esperado “pequeño m undo
de felicidad ” . Iban a tener un par d e habitaciones, algunas m esas, cam as,
e sp ejo s, silla s có m od as, alfom bras, v a so s y porcelanas para u so c otidiano
y para las o c a sio n es festiv a s, som breros con flores artificíales, grandes
m anojos de llaves y vidas llenas d e sig n ificativa actividad, afable hospita
lidad y m utuo am or. “ ¿Estarán n u estros c o razon es p en d ien tes de esa s
pequeñas cosas? En la m edida e n que un prom etedor destino n o g o lp ee a
nuestra p a cífica puerta, sí, y sin ninguna duda.” La im aginación de
Freud so lía hacer hincapié en su prom etedor destino, pero podía abordar
c o n eviden te fruición fantasías q u e com partía con un núm ero incalculable
d e b urgueses de su época, ni disting u id o s ni m em orables.
Para realizar esas fantasías Freud debía seguir el con sejo de B rücke, y
seis sem anas después de haberse com prom etido con Martha B em ays ingre
só en e l H ospital General de V iena. Perm aneció en é l durante tres años,
mientras experimentaba con una variedad de especialidades m édicas al ir
pasando de un departam ento a otro: cirugía, m edicina interna, psiquiatría,
derm atología, enferm edades n erviosas y o ftalm ología. Freud trabajó con
reso lu c ió n y lo s o jo s p u esto s en la m eta final: e l m atrim onio. Pero debía
ser realista, por lo m en os un p oco; la e sca la de las prom ociones en la pro
fe s ió n m édica austríaca era escarp ada y tenía m uchos peld añ os. Freud
e m p e z ó en la m ás baja de las p o sic io n e s p o sib le s en e l H ospital G eneral,
c o m o A sp ira n t, una e sp e c ie de a sisten te c lín ic o ,* 143 y ascendió a S e k u n -
dorara en m ayo de 1 883, cuando s e un ió a la c lín ica psiquiátrica de T h eo
dor M eynert. Habría de dar otros pasos; en ju lio de 1884 se convirtió en
Sekundararzi “Sén ior”, y m ás d e un año d espués, a continuación de a lgu
nas contrariedades, logró el codiciad o rango de P rivatdozent. » Esa p o s i
ció n otorgaba p restigio pero n o le correspondía ningún salario adicional;
resultaba deseable principalm ente porque perm itía un primer paso hacia la
cátedra en un futuro lejano. N o proporcionaba ninguna base para el m atri
m o n io . N o sorprende q u e Freud im agin ara fan tasías h o s tile s , q ue no
ex clu ía n e l deseo de m uerte, d irigidos contra colegas que obstaculizaban su
avance. “ Siem p re que en e l m u nd o hay orden jerárquico y prom oción
— reflex io n ó m ás tarde acerca de eso s días— , está abierto el cam ino para
lo s d e se o s que e x ig en la supresión.” *>«
17 El “R eferat” que recom end aba la p rom oción de Freud a P riv a td o ze n t c o n
la m ayor en e rg ía p o s ib le, fue so m etid o a co n sid er a ció n d el cla ustro d e p r o feso
r es e l 28 d e febrero de 1 885; lo firm ab an “ E . B rücke, M eyn ert, N o th n a g e l” .
Pero la d e sig n a c ió n no se v io c o n firm ad a por e l m in iste rio h asta se p tie m b re .
(F o to c o p ia d el “ R eferat” , m anu scrito de cuatro pá g in a s, Freud M u seu m , L o n
dres).
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ « H
F r e u d n o s k c o n t e n t o c o n desear. En octubre de 1 8 8 2 le so lic itó con
éx ito a H em iann N othnagel (q u ien recientem ente se habla hech o cargo de
la prestigiosa cátedra de M ed icina interna) un lugar en su departamento.
Junto con B rücke, N o th nagel se co n v irtió en uno de sus m ás firm es apo
yos, m ientras Freud avanzaba con lentitud hacia el recon ocim ien to públi
c o y un m odesto n iv e l de so lv en cia . D espu és del prim er encuentro, Freud
describió al hom bre c o m o com p leta m en te ajeno a él: “Es siniestro ver a
un hom bre que tien e tanto poder sobre n o sotros y sobre e l que nosotros
no ten em os nin gú n poder. N o — a gregó— , e s e hom bre no e s d e nuestra
raza. U n leñad or g erm á n ico . P e lo , c a b e z a , m ejilla s, c u e llo totalm en te
rubios”. S in em b argo, h a lló a N o th n agel b en évola y co m p la c ie n te
m ente d isp u e sto a ayudarlo a avanzar en su carrera. C on e l tiem p o, el
fa m o so p rofesor a g u ijo n eó la am b ició n de Freud y le prop orcion ó una
norma para com paraciones env id io sa s. “ En circunstancias favorables — se
jactó Freud c o n su prom etida en febrero de 1 8 8 6 — y o podría lograr m ás
que N oth n a g el, resp ecto a q uien m e sien to m uy superior.” **«
Esta era una co n frontación estrictam ente privada. C on e l anatom ista
cerebral y psiquiatra Theodor M eynert, no m en os distinguido que N othna
g e l, Freud habría d e enfrentarse finalm ente en p úblico. Fue trasladado al
departam ento de M eynert después d e estar m ed io año con N oth n agel, y en
“el gran M ey n ert” e n co n tró tanto un rival c o m o un protector. Las
cosas habían sid o d istintas en otro m om en to. El trabajo y la personalidad
de M eynert im presionaron a Freud cuando éste todavía era estudiante de
m edicina. *>« Sin duda, la postura filo só fic a de M eynert representaba para
él una c o n firm a ció n y un e stím u lo . D e m entalidad p o lem ista, M eyn ert
aspiraba a una p sico lo g ía c ie n tífic a , y era un determ inista estricto qu e d e s
cartaba e l lib re albedrío c o m o alg o ilusorio; a su ju ic io , la m ente ob ed ecía
a un orden fundam ental o c u lto que aguardaba al analista sen sib le y profun
do que habría d e descubrirlo. Sin em bargo, casi desde el principio de su
asociación , Freud se quejó de que era d ifícil trabajar con M eynert, “Heno
de excentricidades y quim eras” ; **« “no quiere ni escucharlo ni entenderlo a
uno” . *iso En la década d e 1 8 90, lo s dos hom bres se enfrentaron c o n rela
ció n a p rob lem as m u y reales: e l h ip n o tism o y la histeria.
E l r e s e n t i m i e n t o y l a ir a q ue desarrolló en otro m om ento de e se
m ism o período (e sa v ez d irigidos contra s í m ism o) perm anecieron adorm e
cidos durante añ o s, hasta em erger, instructivam ente d istorsionados, en un
autorretrato que esb o z ó el propio Freud cuatro décadas más tarde: “M irando
hacia atrás, podría aquí relatar que fue culpa de mi prom etida el hecho de
que no m e hiciera fa m o so en aq uellos años tem pranos.” Se trata de la
historia de una oportunidad n o aprovechada: Freud realizó una aportación
casi espectacular a la práctica de la cirugía. A principios d e la prim avera de
1884, le escrib ió a M artha B e m a y s que s e había interesado por las propie
dades de la cocaína, enton ces una droga p o co conocida, que un cirujano
[ 68 ] F undam entos: 1856-1905
m ilitar alem án había estado em pleando para reforzar la resistencia física de
su s hom bres. C om entó qu e podría o n o llegar a a lgo, pero tenía p revisto
experim entar c o n su s p osib les u sos en e l a liv io de trastornos cardíacos y
en ca so s d e agotam ien to nerv io so , tales com o la “c o n d ic ió n m iserab le”
resultado de la abstinencia de morfina. * 1» El interés de Freud tenía una
dim ensión personal. Esperaba que la cocaína pudiera ayudar a su com pañe
ro Ernst v on F leisch l-M arxow , que padecía las dolorosas con secuencias de
una in fección, a desprenderse de su adicción a la m orfina, que había estado
tom ando c o m o an estésico . Pero más tarde, en ese verano, Freud se perm i
tió una de sus raras visita s a W andsbek, después de estar más de un año
separado de su prom etida. Su soledad deb ió de haber sido extrem a, incluso
para su m irada retrospectiva: habló d e no haber v isto a Martha en “dos
años” o in clu so “m ás d e dos años”, dos lapsus sintom áticos y co n m o v ed o
res. * 133
Su im p a c ie n c ia c o n d u jo a Freud a precipitar sus in v e stig a c io n e s.
C om p letó en ju n io un artículo té c n ic o titulado “S obre la c o c a ”, una co m
binación fascinante d e inform e c ien tífico y enérgica defensa, y lo p ublicó
en una revista m éd ica v ie n e sa al m es siguiente. A p rincipios de se p tiem
bre, Freud fu e a v isitar a Martha B ernays, pero antes de haber hablado
sobre su trabajo c o n la cocaín a, y sus propiedades a la v e z calm antes y
estim u lantes, c o n su am ig o L eo p o ld K on igstein , un o fta lm ó lo g o . C uando
Freud v o lv ió a V ie n a d esp u és de e s e in terludio, d escubrió que no era
K ó n ig ste in , sin o otro colab orador, C ari K oller, “ al q ue tam bién y o le
había hablado de la cocaína, [quien] realizó los experim entos d e cisivos con
ojos d e an im ales, y lo s ex p u so en e l co n greso ofta lm o ló g ico de H eidel-
berg”. * 1» Segú n recordaba Freud, un co lega se quejaba de dolores intesti
nales, y él le p rescrib ió una so lu c ió n de cocaína al cin co por c ien to, la
cual había produ cid o una se n sa ció n peculiar de adorm ecim iento e n los
labios y la lengua. K oller había estad o presente e n esa ocasión , y (Freud
estaba seguro) é se fu e su “prim er trato” c o n las propiedades anestésicas de
la droga. *>« In clu so a sí — estim aba Freud— , “con todo derecho se c o n si
dera a K oller el descubridor de la anestesia local co n cocaína, que se ha
h ech o tan im portante en la cirugía m enor”, especialm en te en operaciones
de lo s o jos. “ Pero no he abrigado ningún resentim iento para c o n m i pro
m etida por m i n e g lig en cia de esa ép o ca ”, « *155 lo que sig n ific a que al m is
m o tiem po no la culpaba y la culpaba un p o co .
E se m odo in g e n io so de atribuir a otra persona la responsabilidad por
el h ech o de que él m ism o n o sigu iera un trabajo hasta el final, es poco
frecuente en Freud. E llo sugiere que in clu so desde un punto de vista se g u
18 Freud le e sc r ib ió lo sig u ie n te a su cuñada M inn a B ern a y s e l 2 9 de o c tu
bre de 1884: “El n e g o c io de la co ca ín a sin duda m e ha aportado m u ch o hon or,
pero la parte del le ó n se la lleva ro n o tr o s.” (C o n p erm iso de S igm u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e ).
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 69]
ro, distante y retrospectivo, la coca ín a conservaba para é l un sig n ificad o
in có m o d o , no totalm ente recon ocid o. L o s hech os eran m ás claros de lo
que daban a entender sus peno so s recuerdos. Si bien Freud reconoció desde
el principio que K oller había m erecid o sin reservas su celebridad instantá
nea, le irritaba haber perdido por un p e lo en la carrera hacia la fam a, y con
e llo , hacia el m atrim onio. L o q u e es p eor, su lír ic o alegato en favor de la
co ca ín a c o m o panacea para e l dolor, el a g otam iento, el abatim iento y la
ad ic c ió n a la m orfin a, d em o stró ser tristem ente erróneo. Freud m ism o
co m e n z ó a tomar la droga c o m o estim ulante para controlar su estado de
ánim o interm itentem ente deprim ido, m ejorar su sen sación general de b ie
nestar, favorecer la relajación en encuentros so c ia le s tensos y, sim p lem en
te, sentirse m ás c o m o un h o m b r e .» La recom endaba con temeridad; inclu
so le h izo llegar cantidades m oderadas a Martha B em ays cuando p ensó que
su s in d isp o sic io n e s lo ju stifica b a n . En ju n io de 1885 — n o fu e la Unica
v e z — , e n v ió a W andsbek un pequeño frasco de cocaína que contenía apro
xim adam ente m ed io gram o, y su girió que e lla se preparara “8 d o sis p eque
ñas (o 5 grandes)”. *157 Martha a cu só m uy pronto recib o del envío; se lo
agradecía calurosam ente, y le dijo que, si bien n o necesitaba nada, dividiría
la droga y tom aría un p o co . *«* Pero n o hay pruebas de que e lla, o e l pro
pio Freud, llegaran a habituarse.
La c o c a ín a q u e Freud le p r e sc r ib ió a su a m ig o F leisc h l-M a r x o w
dem o stró no ser in o fen siv a . ¡Si por lo m en os lograra aliviarse e l dolor!:
Freud le ex p resó e se an helo a su prom etida, a principios de 1885. * 1S» Su
d e se o ferviente no se v io realizado. F leisch l-M arxow , poco a poco, mar
chitán dose lastim osam en te, era en todo ca so m ás entusiasta que el propio
Freud co n respecto a las propiedades curativas de la cocaín a, y term inó
tom ando grandes cantidades todos lo s días. Pero el rem edio n o hacía m ás
que exacerbar sus sufrim ientos: e n e l cu rso del tratam iento, Fleischl-M ar-
x o w se v o lv ió adicto a la co c a ín a , c o m o antes lo había sid o a la m orfina.
Sin duda, la exp erim en ta ció n de Freud co n drogas n o lo perjudicó
m uch o al principio e n lo que sardónicam ente denom inaba “la caza de d in e
ro, p o sic ió n y reputación” . *>«> Su artículo sobre la c o c a y los que p u b licó
p oco después le procuraron a lg o de renom bre en los círculos m édicos de
V ien a, e in clu so en e l extranjero, y e l p o sib le carácter ad ictivo de la c o c a í
na no se pu so de m a n ifiesto hasta algún tiem po d esp u és. Pero sin duda
K oller co se c h ó la m ayor parte del p restigio d erivado del descubrim iento de
la co c a ín a c o m o a n estésico lo ca l, y e l é x ito de Freud, estrictam ente lim i
tado, tema para él el sabor del fracaso. A dem ás, su desencam inada aunque
totalm ente bienintencionada intervención en e l ca so de F leischl-M arxow ,
y ni qué decir tiene que su igualm ente errada recom endación de administrar
19 A s í, e l 2 de ju n io de 1 8 8 4 a m en a zó e n brom a a M artha B ern a y s co n pre
sen tarse m ás fuerte que e lla , co m o “ un gran hom b re sa lv a je c o n el cuerp o lle n o
d e c o c a ín a ”, la pró x im a v e z qu e s e encontraran. (J o n e s I, 8 4 ) .
[ 70] F undam entos: 1856-1905
la cocaína por m edio de in y eccio n es, le dejaron una carga de sentim ientos
de culpa residuales. La realidad le proporcionada a Freud buenas bases para
la autocrítica. N adie podría haber h ech o nada para aliviar los sufrim ientos
de F leischl-M arxow , pero otros m édicos que experim entaron con la c o c a í
na descubrieron que la droga, administrada en inyección subcutánea, podía
tener lo s efectos secundarios m ás infortunados. “
Esta desdichada aventura sig u ió siend o uno de los episodios m ás per
turbadores de la vida de Freud. Sus sueños revelan una persistente preocu
p ación relacionada co n la cocaín a y su s con secuencias; él continuó usán
d ola en pequeñas cantidades hasta m ediados de la década de 1890. n N o
sorprende que pretendiera m inim izar lo s efecto s que provocó en su vida
todo e l asunto. Fritz W ittels d ice en su biografía que Freud había “pensado
m u ch o tiem p o y con dolor en có m o e s o podía haberle suced id o a é l”;
Freud lo n eg ó , escribiendo la palabra “ ¡F a lso!” en el margen. •>*' T am po
c o puede sorprender que inconscientem ente encontrara útil desplazar la res
ponsabilidad h acia la persona por la cual él había intensificado su p eligro
sa búsqueda de la fama.
M i e n t r a s s u s p i r a b a por su prom etida del lejano W andsbek, Freud
llenaba sus horas vacías releyen do e l Q u ijo te ; lo hacía reír, y le recom en
dó calurosam ente el libro a Martha B ernays, incluso aunque parte de él era
m ás bien “vulgar” y no precisam ente una lectura adecuada para su “prince-
sita ”. * lfó Este era e l jo v e n m édico pobre que compraba m ás libros que los
que podía perm itirse, y que leía las obras clásicas por la noche, profunda
m ente c o n m ovido y n o m enos profundam ente divertido. Freud se procuró
m aestros de m uchos sig lo s: los g rie g o s, R abelais, Shakespeare, C ervan
tes, M o liére, L e ssin g , G oethe, S ch iller, in clu so un agudo con ocedor a fi
cio n a d o de la naturaleza hum ana, G eorg Christoph L ichtenberg, alem án
d el sig lo xvm , m éd ico , viajero y autor de aforism os m em orables. E sos
c lá sico s significaron m ás para él que aquel p sic ó lo g o intuitivo m oderno
llam ad o Friedrich N ietzsch e. Freud lo había leíd o cuando era un jo v en
estudiante, y gastó una buena cantidad d e dinero en sus obras com pletas a
p rin cip ios del 1900, año de la m uerte d e N ietzsch e. Según le dijo a su
am igo F liess, esperaba “encontrar las palabras para lo m ucho que sigue
m ud o en m í” . Pero la actitud de Freud, c o n resp e cto a los tex to s de
N ietzsch e era que debían resistirse antes que estudiarse. Es sintom ático que
2» E ste es un p roblem a c o m p lic a d o : F le isch l-M a r x o w se in y ec tó c o ca ín a , y
en e se m om ento Freud no lo rep rob ó. M ás tarde, Freud descartó e se p ro ced i
m ien to , y ne g ó qu e a lg u n a v e z h u biera a b o g a d o por é l.
V éan se sob re todo lo s im po rta ntes su eñ o s d e la in y e c c ió n de Irma y de
la m o n o g r a fía bo tá n ica , a n a liza d o s en T h e In te rp r e ta tio n o f D rea m s (SE IV ,
1 0 6 -1 2 1 , 1 6 9 -1 7 6 ). A l narrar e l prim ero, so ñ a d o y an a liza d o en 1 8 9 5 , Freud
ob servó qu e p o c o tiem p o antes ha b ía u sa d o c o ca ín a para reducir algunas h in
ch a z o n e s de la nariz. (Jbld., IV , 1 1 1 ).
H am bre de conocim iento t 71]
después de com unicar la com pra de sus obras, de inm ediato añade que toda
vía no las ha abierto. "Por el m om ento e sto y dem asiado in d olen te.”
C om o principal m o tiv o de e s e tipo de m aniobra d efensiva, Freud adu
jo su resistencia a dejarse distraer de su sobrio trabajo por “un ex c e so de
interés”; * 164 prefería la inform ación clínica que podía recoger durante un
análisis a las in tu icio n es e x p lo siv a s de un p ensador que, a su m anera per
sonal, había anticipado a lgu nas de las m ás radicales conjeturas freudia-
n a s . 72 Freud insistió en n o haber pretendido nunca la prioridad (negativa
dem asido ineq u ívoca c o m o para ser totalm ente exacta), y destacó los esc ri
tos p sic o ló g ic o s d el m é d ic o y filó s o fo alem án G ustav T heodor Fechner
com o lo s ú n ico s que le habían resu ltad o ú tiles. E llo s le clarificaron la
naturaleza del placer. A u n qu e le gustara leer y sacara provecho de sus le c
turas, Freud gustaba m ás d e la exp eriencia, y tam bién la aprovechaba en
mayor medida.
A principios de la década de 1880, m ientras estaba form ándose para la
práctica privada, las principales p reocupaciones de Freud eran m ás p rofe
sio n a le s q u e te ó ric a s. P ero lo s m iste r io s d e la m ente hum ana estaban
absorbiendo su atención d e m anera creciente. E n febrero de 1884 le citó a
su “dulce princesita” u n o d e sus poetas favoritos, Friedrich S chiller, un
p oco sentenciosam ente: “Ham bre y amor: ésa , después de todo, e s la ver
dadera filo s o fía , c o m o h a d ich o nuestro S ch iller” . *»« A ñ os m ás tarde,
Freud iba a recurrir a esa s palabras m ás de una v e z para ilustrar su teoría
de las p ulsiones: el ham bre representa las “p u lsion es y o ic a s” que sirven a
la supervivencia del ser, m ientras qu e el am or, d esd e lu ego, era el nom bre
decoroso de las p u lsio n es se x u a le s, qu e sirven a la superviven cia de la
especie.
Sería anacrónico ver a Freud co m o un em brión de p sicoanalista e n la
década de 1880. El contin u ab a co n sus in v e stigacion es en anatom ía, e sp e
cialm ente en anatom ía cerebral. Pero estaba em pezando a concentrarse en
la psiquiatría, co n un o jo p u e sto en su s in g resos. “D esd e un punto de v is
ta p ráctico — esc r ib ió claram ente m ás tarde— la anatom ía cerebral no
representaba sin duda n ingú n progreso c o n respecto a la fisio lo g ía . T u ve
en cuenta con sideracion es m ateriales para iniciar e l estudio de las enferm e
dades nerviosas”. Esa era en tonces una rama de la m edicina p oco practicada
en Viena; ni siquiera N o lh na g el terna m ucho que ofrecerle en e se cam po.
M En 1 93 1, m irando h a c ia atrás, escr ib ió : "C om o m e falta, por natu ra leza ,
talento para la filo s o f ía , h e h e c h o d e la n e c esid a d una v irtu d” ; se h ab ía form ado
para “Teducir lo s h e c h o s qu e se m e r ev e la n ” de una m anera tan “ abierta, desp re-
ju iciad a y esp on tán ea " c o m o fuera p o s ib le. E l estu d io d e un f iló s o f o refo rza ría
in evitab lem en te un in a ce p ta b le pu nto de v ista p red eterm in a d o . “ Por lo tanto,
he rechazado e l estu dio d e N ie tz sc h e aunque — no , porque— esta b a claro qu e “en
é l ib a a encontrar in tu ic io n e s m u y sim ila r e s a la s p s ic o a n a lít ic a s .” (F reud a
Lothar B ic k e l, 28 d e ju n io d e 1 9 3 1 . E jem p lar m eca n o g r a fia d o , c o n pe r m iso de
Sigm u nd Freud C op y rig h ts, W iv e n h o e).
[ 72] F undam entos: 1856-1905
“ U n o tiene que ser su propio m aestro” . Su apetito de p re stigio y prosperi
dad se nutría co n todo lo q u e había a su alcance, lo m ism o q ue su avidez
de co n ocim ientos. N ecesitaba m ás que lo que V iena podía proporcionarle.
C uarenta años después, recapturando toda la intensidad de una experiencia
fresca, escrib ió que en París, e n la distancia, brillaba e l gran nom bre de
C harcot.”
E n m a r z o d e 1 8 8 5 , cu a n d o tod a v ía faltaban u n os m e se s para su
designación co m o P riva td o zen t, Freud s o lic itó a sus superiores una beca
para viajar. S ó lo le asignaron un m agro su eld o y una lice n cia n o m en os
magra d e se is m e se s, pero é l estaba o b sesion ad o con e s e viaje y sig u ió
co m en ta nd o sus p ersp ectiv a s en sus cartas a Martha B ernays. “A h , n o
es to y co n ten to e n a b so lu to — le esc r ib ió a prin cip ios d e ju n io , con su
típ ic o e s tilo analítico— ; m e sie n to in su perablem ente p er e z o so , y sé la
razón: las expectativas siem pre hacen que los seres hum anos descuiden el
presen te” . T o d o so lic ita n te n ecesita b a un protector en la c o m isió n que
otorgaba lo s su eld os. “ El m ío e s B rücke, un defensor m uy honorable pero
nada e n é r g ic o ” . * 16® A p a r e n te m e n te , F reud su b e stim a b a a B r ü c k e ;23
F leischl-M arxow , que sabía lo que decía, le com entó a Freud que la situa
ció n “ había sido extrem adam ente desfavorable para ti, y só lo puedes atri
buir e l éx ito que ha sig n ifica d o la sesió n de h oy al h e ch o de que Brücke se
m o v ió por ti, y al ca te g ó r ic o y apasion ado alegato que h izo en tu favor, y
que provocó m ucho r ev u elo ”. * 1M S in duda, e l aval de Brücke era lo bas
tante p o s itiv o , p ero Freud tu v o la reco m p e n sa e n su b o ls illo s ó lo a
m ediados de ju n io , d esp ués de ciertas disputas de com ité dignas de un pre
m io m ás pródigo. N o d u dó ni un m om en to en cuanto al m od o en que d iv i
diría su tiem po: prim ero iría a visitar a Martha y a su fam ilia, antes de
dirigirse a París. D esp ués d e una v isita de seis sem anas a W andsbek, don
de por fin desarm ó com pletam ente las persistentes o b jecion es d e Frau B er
nays ante aquel n o v ia zg o , Freud lle g ó a París a m ediados de octubre.
Una v e z instalado, d e in m ediato exp lo ró la ciudad, recogiendo sus pri
m eras im presiones: las c a lle s , las ig le sia s, el teatro, los m u seo s, los jardi
nes públicos. Las cartas que le en v ió a Martha B em ays están anim adas por
deta lles gratos: su arrobam iento ante e l “o b e lisc o real de L uxor” , en la
Place de la C oncorde; lo s eleg a n tes C h am ps-E lysées, sin com ercios pero
llen o s de carruajes; la ruidosa y plebeya Place de la R épublique, y los
tranquilos jardines de las T ullerías. Freud se deleitó especialm en te en el
Louvre, dem orándose ante las antigüedades, “una hueste de estatuas, p ie
dras sepulcrales, in scrip cion es y m in a s griegas y rom anas. A lgunas cosas
23 N o sorpren de qu e e l p o s te rio r r ela to p ú b lic o r ea liz a d o p o r Freud no
rep rod uzca p erfecta o c o m p leta m en te su s sen tim ien to s p riv a d o s; en lu gar de
e llo , d ijo que h ab ía o b te n id o su b e c a gra cia s al “ca lu ro so a le g a to d e B riick e”.
(“ S e lb std arste llu n g ” , G W X IV , 3 7; “A u to b io g ra p h ica l S tu d y ”, SE X X , 12).
H am bre de c o n o c im ien to [ 73]
extrem ad am en te h erm o sa s, d io se s a n tig u o s representados innum erables
v e ces; he v isto tam bién a la fam osa V en u s de M ilo sin brazos”; d escubrió
asim ism o bustos im p resionan tes de em peradores rom anos, y “reyes asi-
rios, altos c o m o árboles, que so stien en le o n e s en lo s brazos c o m o perros
fald ero s, a nim ales-h om bre alados c o n e l p e lo herm osam ente ejecu tad o,
inscrip cion es cun eiform es tan nítidas c o m o si fueran de ayer, bajorrelieves
pintad os en E gipto c o n co lo r e s ardientes, verdaderos c o lo so s de reyes,
esfin g e s reales, un m u nd o c o m o e l de un su e ñ o ”. Sabía que v o lvería a
visitar m uchas v e c e s lo s sa lo n e s asirio y e g ip c io . “Para m í — com en tó—
estas c o sa s tienen m ás va lo r h istó rico que e sté tic o ”. * 170 Pero su ex c ita
ción deja vislum brar a lg o m ás que interés académ ico; prefigura una predi
le cció n por la estatuaria antigua d el M editerráneo y e l C ercano O riente, un
gusto al que le abriría pa so cu and o tuviera esp a cio y dinero suficien tes.
P ero en 1 8 8 5 , e n París, ten ía p o c o tiem p o, y m uy p o c o d inero. S i iba
al teatro, era para ver a la m aravillosa Sara B em hardt, una obra de teatro
bien construida de V ictorien Sardou, que él consideraba jactan cioso y tri
vial, o com ed ias d e M oliére, que le resultaban brillantes y que utilizaba
com o “ leccion es d e francés” . * m En general adquiría localidades baratas, a
v e ce s en “q u atriém e lo g e d e c o lé , e n realidad p alcos que son gallineros ver
g o n z o so s”, de un franco c o n cincuen ta. Estaba v iv ien d o con dinero
prestado y se sentía ob lig a d o a ser avaro co n elem en tos m undanos tales
com o fó sfo ro s y el papel de escribir. “ Siem pre beb o v in o , qu e es m uy
barato, un tinto fuerte, por otra parte tolerab le”, le escr ib ió a M inna B er
n ays, la herm ana de M artha, p o c o después d e su llegada. "En lo que co n
cierne a la com ida, s e puede con seg u ir por c ie n francos o por tres, sólo
hay que saber dónde.” * m S o lita rio al prin cip io, se sentía in clin ad o a ser
rígid o y un tanto farisa ico . Era tam bién patriótico: “C o m o v e s, mi cora
zón e s alem án prov in cia n o , y en tod o ca so n o ha v e n id o c o n m ig o .” P en sa
ba que los franceses eran buscadores inm orales de sen saciones, “e l pueblo
de la s e p id e m ia s p s ic o ló g ic a s , d e las c o n v u ls io n e s h istó r ic a s de m a
sas”. * ” <
A v e c e s, no sin dudar, le confiaba a Martha B em ays algunas prudentes
estratagem as p sic o ló g ic a s. A fin e s de 1885 realizaba v isita s sem an ales,
quizá n o totalm ente necesarias, a una aburrida paciente austríaca, esp osa de
su m éd ico de fa m ilia — “d e m aneras n o m uy afortunadas, terriblem ente
afectada”— porque “e s una cuestió n de buen sentido estar en buenos térmi
nos c o n un co le g a v ie n é s ”. **» Pero e sa conducta m anipulativa hacía que
se sintiera incóm odo; antes, co n fesand o su “furia de trabajo”, le había c o n
fesado a su prom etida que debía tener m ucho cuidado para no hacer nada
que pudiera interpretarse co m o “desh onesto”, en su “anhelo de trabajo y de
é x ito ”. * 17É
Pero, lo que e s m ás im portante, desde e l principio Freud quedó d e s
lum brado por Jean-M artin Charcot. D ed icó unas seis sem anas al estudio
m icro scó p ico de cerebros d e n iñ os en e l Laboratorio P a tológico de Char-
[ 74] F undam entos: 1856-1905
c o t en la Salpétriére; algunas exten sa s p u b lica c io n es sobre la parálisis
cerebral en niños y sobre la afasia, darían más tarde testim onio de su inte
rés continuado — aunque gradualmente decreciente— por la investigación
n eurológica. Pero la poderosa presencia de C harcot lo apartó del m icrosco
pio , im p ulsándolo en una dirección hacia la cual ya había presentado una
n otable in clinación : la p sic o lo g ía .
El estilo cie n tífic o y el encanto personal de Charcot lo subyugaban
in c lu so m ás que sus en señan zas e sp e c ífica s. Era “ siem pre estim ulante,
instructivo y esplén did o — le dijo Freud a Martha Bernays— , y en V iena
lo echaré de m en os terriblem ente”. En busca de expresiones que h ic ie
ran ju sticia a su exaltación ante la presencia de Charcot, recurrió a un le n
guaje r elig io so , o por lo m enos estético: “C harcot — con fe só — , que es
u no de lo s grandes m éd ico s, un g e n io y un hom bre sensato, sim plem ente
arranca de raíz m is o piniones e intenciones. D esp u és de algunas conferen
cias salgo co m o de N otre D am e, con una nueva percepción de la p erfec
c ió n ” . S ó lo la retórica de la procreación p odía traducir sus e m ocion es;
Freud, tan orgullos ám ente resuelto a tener una m ente independiente, no
estaba sin o a n sio so porq ue lo fecundara e s e b rillante c ie n tífic o y no
m en os brillante actor dram ático. “N o sé si la sem illa dará fruto algún día,
pero estoy seguro de que ningún otro ser hum ano ha actuado nunca sobre
m í de este m o d o ”.
S in duda, C harcot era teatral; siem p re lú c id o , habitualm ente serio,
pero a v e c e s hum orístico para llevar sus d em ostraciones a buen puerto.
Cada una de sus “fascinantes” conferencias — según pensaba Freud— era
“una pequeña obra de arte por su construcción y co m p o sic ió n ”. Por cierto
— observaba Freud— , “nunca parece más gTande ante sus oyentes que d es
pués de haber realizado el esfuerzo de reducir el abism o entre maestro y
alum no, brindando e l m ás detallado inform e de su cadena de pensam ientos,
co n la m ayor franqueza acerca de sus dudas y v a cila cio n e s”. **’* C om o
conferenciante y p olem ista, Freud, que explotaba con habilidad sus pro
pias incertidum bres, no iba a proceder de otro m odo.
A l observar esa s presentaciones en la Salpétriére, Freud obtenía un
intenso placer de la excita ció n intelectual que anim aba a Charcot cuando
diagnosticaba e identificaba desórdenes m entales específicos; esos procedi
m ien tos le recordaban a Freud el m ito de Adán distinguiendo y poniendo
nom bres a lo s anim ales. *'*> Freud, el insuperado creador del nom enclátor
del p sicoanálisis, para lo cual actuó co m o el A dán de su disciplina, en
éste, co m o en m uchos otros asp ectos, fue un verdadero d iscípulo de Char
cot. D iferenciar una enferm edad menta! de otra, y de los trastornos físico s,
era un arte raro en aquellos días: en esa época, Freud, todavía totalm ente
ignorante de las neurosis, podía diagnosticar los dolores de cabeza crónicos
d e un neu rótico co m o m en in gitis, y “ autoridades de V iena m ás grandes
que y o solía n diagnosticar la neurastenia com o un tumor cerebral” . * 181
Charcot era m ucho m ás que un actor. A la v ez luminaria m édica y
H am b r e de c o n o c im ie n t o [ 75]
persona m uy apreciada en socied ad, que disfrutaba de un prestigio sin par,
había d iagnosticado la histeria c o m o una d o len cia auténtica, y n o co m o
refugio d e ind ivid uos falsam ente en ferm os. L o que es m ás, descubrió que
tam bién pod ía afectar a lo s hom b res, n o m en os q ue a las m ujeres, contra
diciend o de e se m o d o todas las n o cio n es tradicionales. C on una osadía aun
m ayor, C harcot había rescatado a la hip n o sis de las m anos de saltim ban
quis y charlatanes, para ponerla al se r v ic io de los propósitos serios de la
curación m ental. Freud quedó sorprendido e im presionado al ver a C harcot
inducir y curar parálisis histérica s por m e d io de la su g estió n hipnótica
directa.24
La h ip n o sis no fue una rev e la c ió n total para e l Freud de 1885. C om o
estudiante de m edicina ya se había c o n v en cid o de que, a pesar de su m ala
reputación, el estado h ip nótico era un fen ó m en o auténtico. Pero resultaba
grato que Charcot confirm ara lo que él creía d esde hacía tiem po, e im pre
sionante ver lo que sucedía co n las p acientes de Charcot durante y después
de su s h ip n o sis. S eg ú n d ijo Pierre Janet, e l m ás fa m o so alum no de Char
co t, e lla s desarrollaban una “ p a sió n m agnética” por el hipnotizador, un
sentim iento afectu o so de naturaleza filia l, maternal o abiertamente eróti
ca. C o m o Freud iba a descubrir n o m u ch o tiem po después, esa pasión
tenía su in co n v en ien te; un d ía terrible e n V ien a, una de su s prim eras
pacien tes, liberada d e su s d olores h istéricos d espués de una sesión de hip
n o sis, le e c h ó lo s brazos al c u e llo a su curador. Freud recordó que esa
experiencia em barazosa le había proporcionado una clave del “elem en to
m ís tic o ” o c u lto en la h ip n o s is . * l« M ás tarde id e n tific ó e se elem en to
com o un caso de transferencia, y lo em p leó c o m o herram ienta poderosa de
la técnica psicoanalítica.
U n a v e z in s t a l a d o e n su rutina, Freud dejó de pensar que su estancia
en París era un su eño c o n fu so , n o siem pre agradable, y se concentró fu rio
sam ente en su s in v e stig a c io n e s, lo bastante furiosam ente c o m o para c o n
siderar necesario asegurarle a su prom etida que todavía reinaba de m od o
suprem o so b re to d o s su s o tro s se n tim ie n to s. “ Si tú q u isie ra s ped irm e
declaraciones de amor — le escribió en diciem bre— podría garabatear c in
cuenta páginas co m p letas igu a les a ésta , pero d espués de todo eres m uy
buena y n o m e lo p id e s”. S in em bargo, le juró q ue se había “sobrepuesto
al amor a la c ien cia en cua n to é l se interpuso entre nosotros, y ahora só lo
te quiero a ti” . C on todo, n o lo abandonaron por c o m p le to los p en sa m ien
tos acerca de su pobreza. U n p o c o patéticam ente, dirigiéndose a Martha, se
describ ió a s í m ism o c o m o “un ser hum ano jo v e n y pobre atorm entado
por d e s e o s a r d ien tes y tr is te z a s s o m b r ía s ” , lle n o de “e sp e ra n z a s de
24 D u ra n te a lg u n o s a ñ o s d e s p u é s d e su r e to r n o a V ie n a , e n sa y ó la té c n ic a
c o n su s p a c ie n te s ; e x c e p tu a n d o a lg u n o s é x ito s n o ta b le s , o b tu v o r e s u lta d o s m á s
b ie n in d if e re n te s .
[ 76] F undam entos: 1856-1905
pordiosero” (S ch norrerh offnu ngen ), concretam ente, la esperanza de que
uno d e sus am ig o s op ulento s le prestara dinero. *194
Pero su trabajo prosperaba y , al ca b o de cierto tiem po, tam bién lo
h iz o su vida social. En enero y febrero d e 1886 fue invitado a unas recep
cio n e s en la suntuosa casa de C harcot. S e sentía torpe e inseguro de su
francés hablado, por lo cual se parapetaba tras una dosis de cocaína, se
vestía form alm ente, y acudía co n el corazón agitado. La correspondencia
c o n Martha atestigua su ansiedad y su a liv io al no hacer el ridículo en pre
sencia de Charcot. Una n och e de fin es d e febrero, al volver de una recep
ció n en la casa d el gran hom bre, después de las doce le escribió a su “am a
d o d u lc e te s o r o ” . “ G ra cia s a D io s , te r m in ó ” . La reunión había sid o
“insulsa hasta reventar, s ó lo e s e p o co de cocaína m e sa lvó de e lla. Piensa
solam ente en las cuarenta o cin cu enta personas que había esta v e z , de las
cu a les y o só lo c o n o cía a tres o cuatro. N ad ie fue presentado a nadie, todos
quedaron librados a sí m ism os para hacer lo que quisieran” . Pensaba que
había hablado m al, peor que de costum bre. Pero había participado en una
d iscu sió n p o lítica , en la que no se id en tificó “ni com o austríaco ni co m o
alem án”, sin o c o m o "judio". D esp u és, cerca de la m edianoche, tom ó una
taza de ch ocolate. " N o debes pensar que e stoy decepcionado; no se puede
esperar otra cosa d e un j o u r f i x e . S ó lo sé que no establecerem os uno para
nosotros. Pero no le digas a nad ie lo aburrido que fu e ”. * 185 Sin em bargo,
si bien Freud podía pensar que esa s reuniones so ciales eran tediosas, o su
francés inadecuado, Charcot le d edicó una particular atención. Esa cordiali
dad n o h izo m ás que convertir a C harcot en alguien sum am ente viable
c o m o m odelo.
Lo que m ás le im portaba a Freud era que su m od elo estaba obviam en
te d ispu esto a tomar en serio la cond ucta extraña de sus p acientes, y no
m en os dispuesto a form ular hip ó tesis extrañas. A l prestar la m ás cuid ad o
sa y penetrante a ten ción a sus m ateriales hum anos, C harcot era un artista:
se g ú n su propio te stim o n io , un visu e l, un “hombre que v e ” . C onfiaba en
lo que v eía, y defendía la práctica por encim a de la teoría; una observación
que dejó caer en una oportunidad prendió en la mente de Freud: L a th é o -
rie, c ’est bon, m a is f a r íe m p é c h e p a s d 'e x iste r. Freud nunca olv id ó esa
ag u d eza , y añ os m ás tarde, m ien tras c o n m o v ía al m undo c o n h e ch o s
increíbles, nunca se can só de repetirla: la teoría está m uy bien, pero no
im pide que los hech o s existan . * 1» Esa era la principal lección que Char
c o t impartía: la ob ediencia sum isa del cie n tífico a los hechos no es adver
saria, sin o fuente y sierva d e la teoría.
U n i n t e r r o g a n t e concreto que Charcot no resolvió de un m odo c o m
pletam ente saiisfactorio a ju ic io d e Freud (y que inquietó a e ste últim o
durante algunos añ os) con cernía a la naturaleza de la hipnosis. Incluso
para qu ien es la apoyaban, e in clu so en Francia, la hipnosis estaba lejos de
ser un fen óm eno in discu tib le. C harcot y sus discíp u los definían el estado
H a m b r e de c o n o c im ie n t o [ 77]
hip n ó tico c o m o “ una co n d ic ió n m orb osa producida artificialm en te, una
neurosis” ; * 1<7 en p ocas palabras, un desorden n e rvioso, en concreto la h is
teria, con in e q u ív o c o s c o m p o n en tes orgánicos. Y C harcot aducía que e l
estado h ip n ó tico só lo p od ía provocarse en h istéricos. P ero la escu ela rival
de N ancy, inspirada por A m b roise A u guste L iébeault, un oscuro m édico
privado, y por su activ o y p r o lífic o d iscíp u lo H ip p olyte Bernheim , seguía
directivas diferentes: en ten día que la h ip n osis era una pura c u estión de
sugestión; por lo tanto, c a si todas las personas p odían ser hipnotizadas.
Durante unos pocos años, Freud dudó. C on m agnífica im parcialidad, tra
dujo un v olum en de las C onferen cia s so b re las en ferm ed a d es d el sistem a
n ervio so de Charcot en 188 6 y, d os años m ás tarde, e l tratado principal de
B em h eim , S o b re ¡a su g estió n y sus a p lic a c io n es a la te ra p ia . S ig u ió in c li
nándose h acia las teorías de Charcot, pero cuando v isitó a B ernheim en
N an cy, en 1889, p e n só que el viaje (em prendido para mejorar sus técnicas
hipn óticas) había sid o u no de lo s m ás p r o v ech osos de su vida. El p sicoa
nálisis, tal c o m o Freud lo d esarrolló a m ediados de la década de 1890,
representaba una em an cipación respecto de la hip n osis. Pero unos cuantos
artículos y reseñas de principios de esa d écada dejan ver sus raíces en la
experim entación h ip nótica, y en realidad la h ipnosis su b sistió en el reper
torio técn ico de Freud durante algunos años.
D e regreso a V iena (desp ués de un alto en B erlín para estudiar enfer
m edades infantiles) e l problem a de Freud ya no co n sistía en decidir con
qué escu ela francesa iba a alinearse, sin o en cóm o tratar con el incrédulo
esta b lish m e n t m éd ico . Su prefacio para e l libro de B e m h eim refleja con
claridad su d esco n ten to co n lo s c o le g a s lo cales. “E l m éd ic o — escribió,
pensando en gran m edida e n los recalcitrantes m éd icos vien eses— ya no
puede perm anecer alejado d el hipnotism o". El con ocim ien to del fenóm eno
destruiría la creen cia dom inante de qu e “e l problem a de la hipnosis está
todavía rodeado, c o m o afirm a M eynert, por un halo de absurdo”. Freud
insistió en que Bernheim y sus asociados de N añcy habían dem ostrado que
las m a nifestaciones del hipn otism o, lejo s de ser excéntricas, en realidad
estaban vinculadas “c o n fen óm enos fam iliares de la vid a p sico ló g ica nor
mal y del su e ñ o ” . Por lo tanto, el e stu d io serio de la h ip n osis y de la
su g estió n hipn ótica sacaba a la lu z “las le y es p s ic o ló g ic a s” que goberna
ban la vida m ental de “la m ayoría d e las personas san as”. En un tono lig e
ramente in iim id atorio para co n sus co le g a s, Freud llegab a a la con clu sión
de que “en cu estio n es de cien cia s de la naturaleza, es siem pre solam ente la
experiencia, y nunca la autoridad sin ex p eriencia, lo que genera la solución
fin a l” en cuanto a s i una idea ha de aceptarse o rechazarse.
U n instrum ento de p ersuasión co n el que Freud contaba era el inform e
que so m etió a la consid era ció n de sus superiores m éd icos en la Pascua de
1886. E xplayándose sobre las deudas intelectuales que había contraído en
París, d e sp le g ó en su relato un en tusiasm o inagotable: puesto que los tra
bajadores c ie n tífic o s d e A lem an ia (o, para el caso, A ustria) só lo tenían
[ 78] F undam entos: 1856-1905
escasos contactos co n lo s franceses, lo s descubrim ientos de la neuropato-
lo g ía fr a n c e sa , “ en p arte su m a m en te n o ta b le s (h ip n o tism o ), e n parte
im portantes en la práctica (histeria)”, habían tenido p oco reconocim iento
en lo s p aíses de lengua alem ana. El m ism o c o n fe só haberse sentido fuerte
m ente atraído por la “vivacidad, la jovialidad y la perfecta elocuencia [de
Charcot], que estam os acostum brados a atribuir al carácter nacional de los
franceses”, y por su “p a cien cia y am or al trabajo, que com o regla reivin d i
cam os co m o propios de nuestra n ación ”. D espués de haber disfrutado de
ese “intercam bio c ie n tífic o y p ersonal” con él, Freud pasaba a convertirse
en su abogado. El m ensaje m ás estim ulante y perdurable que llevaba de
retom o al hogar se refería a la perspectiva abierta por Charcot en cuanto a
la tarea sigu ien te del n europatólogo. “C harcot so lía decir que, en su c o n
junto, la anatom ía había term inado su trabajo y la teoría de las enferm eda
des orgánicas podía considerarse com pleta; ahora ha llegado el m om ento
de las n eu rosis”. A lo s superiores de Freud, estas palabras les p arecie
ron desagradables, pero constituyen una oscura predicción de su futuro.
A l llegar e sc futuro, é l co nservó m uy v iv o s tales recuerdos de Charcot.
Lo convirtió en otro Brücke, en un padre intelectual que podía respetar y
tratar de emular. Incluso después de haber cuestionado ciertos aspectos de
las enseñanzas d e Charcot, con tinu ó rindiendo hom enaje a su autoridad.
Adem ás de traducir al alem án sus conferencias, siguió difundiendo las ideas
de aquel maestro y citando sus respetadas opiniones cada ve z que resultara
adecuado. Freud había adquirido un grabado de André Brouillet, titulado L a
Legón clinique du D r C h a rco t, que m uestra a Charcot presentando una h is
térica a una audiencia extasiada en la Salpétriére; m ás tarde, después de
m udarse a B e rgg a sse 19, lo c o lg ó co n o rg u llo en su consultorio, sobre una
vitrina atestada d e pequeñas esculturas antiguas. M ás aun: en 1889, Freud
le puso a su prim er hijo, c o n o c id o c o m o Martin, los nom bres de Jean M ar
tin, en hom enaje a Charcot, tributo qu e e l m aestro agradeció con una breve
y cortés resp u esta y "todas m is fe lic ita c io n e s ”. » *»° C uando Charcot
m urió, en 1 893, Freud escrib ió para el W iener M ed izin isc h e W ochensch-
rift un a fectuoso obituario; aunque en él n o se refiere directam ente a s í
m ism o, hay que situar e se texto entre lo s fragm entos autobiográficos de
Freud, co m o testim on io directo de su propio estilo cien tífico.
T o d o e s t o s u c e d ió algunos años m ás tarde. En la prim avera de 1886,
las perspectivas de Freud parecían tan inciertas co m o lo habían sid o sie m
pre. D e regreso a V ien a, s in em bargo, r e c o n oció que lo s m eses pasados en
ü El m en saje de C harcot era breve y alu siv o : ex p resa b a la esp era n za de que
“e l E v a n g e lista y e l g e n e r o so c en tu rió n ” , c u y o s no m b re s lle v a b a e l h ijo de
Freud, “le traigan buena su erte”. Sin duda, C harcot esperaba qu e Freud en ten d ie
ra su s r e fer en cia s al E v a n g e lista Juan y al c a b a lle r o pa g a n o M a rtín , q u e le
entregó la capa a un m en d ig o y term inó sie n d o un sa n to c ristia n o .
H a m b r e de c o n o c i m i e n t o í 79]
Francia habían representado algo m ás que un interm edio; eran un punto
final. R en u n ció al H ospital G eneral y el d o m in go de R esurrección, el 25
de abril, la e d ició n matutina de N eue F reie P resse in c lu y ó entre su s n oti
cia s lo c a le s una p eq u eña nota: “ Herr D r. Sigm u n d Freud, D o ce n te de
Enferm edades N erviosas de la U niversidad, ha vu elto de su viaje de estu
dios a París y B erlín, y atiende en [D istrito] 1, R athhausstrasse N° 7, de 1
a 2 ,3 0 ”. * 191 B reuer y N othnagel le en viaron pacientes, algunos de los cua
le s pagaban honorarios, y , m ieniras continuaba investigan d o en e l n u evo
laboratorio anatóm ico d e M eynert, su principal preocupación era ganarse
la vida. N o tenía m ucha confianza en v encer en “la batalla de V ien a” ,
y flotaba en la atm ósfera la idea d e la em ig ración. Prevaleció la p erseve
rancia; algunos de lo s enferm os nerv io so s q ue trataba le parecieron cien tí
ficam ente interesantes, mientras que a lgun os de sus otros pacien tes, más
aburridos, lo recom pensaban pagándole las facturas. Su pobreza era peno
sa; c o n fe s ó que a v e c e s no podía perm itirse tomar un coche para realizar
v isita s d om iciliaria s.
En a lgun os raros m om entos, cu an d o su s ingresos parecían lo su fic ie n
tem ente só lid o s c o m o para poner el m atrim onio a su alcance, Freud dis
frutaba de ráfagas d e euforia. N o facilitaba las cosas el hecho de que se
encontrara dando batalla a sus c o leg a s. El entu siasm o de Freud con respec
to a las in n o v a cio n es francesas no h izo m ás que reforzar el escep ticism o
que había com en za d o a suscitar c o m o paladín de la cocaína. En el otoñ o de
1886 d io una conferencia ante la sociedad vien esa de m édicos; su tem a era
la histeria m ascu lin a , y propuso para e lla etio lo g ía s p sic o ló g ica s. T u vo
una repercusión confu sa. U n viejo cirujano, a quien Freud nunca olvidaría,
objetó la te sis, im portada d e París, se g ú n la cual los hom bres pueden ser
histéricos: ¿acaso el nom bre m ism o de “histeria”, derivado de la palabra
griega que d esignaba la matriz, no dejaba bien claro que sólo las mujeres
podían padecer esa enfermedad? * '» O tros m é d icos fueron más receptivos,
pero, co n su sensibilid ad exasperada, Freud optó por interpretar la actitud
de sus c o le g a s c o m o un rechazo ob tuso y com p leto. Pensaba que en ade
lante iba a estar en o p o sic ió n al esta b lish m en t m édico. D espués de todo,
in clu so M eynert, durante m ucho tiem po u n o de sus partidarios m ás decla
rados, había d ecidido romper con él.
Pero en esa é p o ca tem a buenas razones para estar contento. Los pro
p io s ahorros d e Freud, aunque m agros y con sta n te m e n te m en gu an tes,
sum ados a la herencia y la dote, am bas m od estas, de su prom etida, m ás
los reg a lo s de boda en m etálico que le haría la fam ilia de ella y, sobre
todo, lo s préstam os y regalos de a m igos r icos, le perm itieron finalm ente
casarse c o n Martha Bernays. La cerem onia civ il tuvo lugar en W andsbek
el 13 de septiem bre. P ero c o m p lic a c io n e s le g a le s im previstas exigieron
una segu nd a cerem o n ia . S i bien el m atrim onio c iv il en el que había in sis
tido Freud era suficiente en A lem ania, la le y austríaca exigía una cerem o
nia relig io sa . D e m o d o que, el 14 de septiem bre, Freud, en em igo jurado de
[ 80] F undamentos: 1856-1905
tod o ritual y de toda r e lig ió n , se v io o b ligad o a recitar las respuestas
hebreas que había m em orizado rápidamente para dar validez a su matrimo
n io . Y a ca sad o, Freud se d esq u itó o, por lo m en os, h iz o las cosas a su
manera; una prim a de Martha B em ays (entonces Martha Freud) com entó:
“R ecuerdo m uy b ien que ella m e dijo que el h ech o de que la primera n oche
de viernes después de la boda n o se le permitiera encender las velas del
Sabbath fu e una de las e x p e rien cia s que m ás la perturbaron en su v i
da”, * » 4 En prob lem as de la im portancia del e stilo re lig io so — o m ás bien
irreligioso— de su hogar, Freud afirm ó su autoridad con dureza.
A l ca b o de un año d e m atrim onio, le e n v ió espléndidas n oticias a su
fam ilia. El 16 de octubre de 1887 se las transm itió co n exuberancia a Frau
B em a y s y M inna B e m a y s en W andsbek: “E stoy terriblem ente cansado y
todavía ten go que escribir m uchas cartas, p ero lo prim ero es escribirles a
usted es. Por e l telegram a ya sab en q u e te n em os una h ijita” , M athilde.
“Pesa tres m il cu atrocien tos gram os, lo cual e s m uy respetable, e s terri
blem ente fea, se ha chupado la m ano derecha desde el primer ipom ento,
por otra parte parece m uy alegre y se com porta c o m o si realm ente e stu v ie
ra en su e le m e n to ”. *>» C inco días m ás tarde había descubierto buenas
razones para cam biar de tono: todos le decían que la pequeña M athilde “se
parece m u chísm o a m C \ y en realidad “ se ha vu e lto m ucho m ás bonita, a
v e c e s p ien so que ya com pletam en te herm osa.” *** Le había puesto ese
nom bre c o m o tributo a su buena am iga M athilde Breuer, “naturalm en
te". Un m es m ás tarde c o n o c ió en e l círculo del esp o so de é sta a un
visitante de B erlín , W ilh elm F liess, que iba a convertirse en el m ás d e c isi
v o am ig o de su vida.
Dos
La construcción
de la teoría
U n a m ig o ( y e n e m ig o ) n e c e s a r io
“ Mi vida e m o cio n a l siem pre ha necesitado de un am i
g o ín tim o y un e n e m ig o o d ia d o ” , c o n fe só Freud en
L a in te rp re ta c ió n d e lo s su eños. “ Siem pre supe có m o
p rocurárm elos, una y otra v ez” . En o ca sio n es, agregó,
lo s d o s estaban un id os en la m ism a persona. En su
primera infancia, e se d o b le rol había sido desem peñado
por su sobrino John. D e sp u és d el m atrim onio, y durante la década de los
d escub rim ien tos, Freud convirtió a W ilh elm F liess en e se n ecesario am i
g o y, m ás tarde, en e m ig o .
F lie ss, e sp ecia lista en garganta, nariz y o íd o, de B erlín, había ido a
V iena en el oto ñ o d e 1887 para estudiar. Sig u ien d o el co n sejo de Breuer,
asistió a algunas de las co n ferencias d e Freud sobre neurología, y a fines
de noviem bre, ya de regreso en B erlín, recibió una sincera propuesta de
F reud. “ S i b ien m i carta d e h o y tie n e un m o tiv o práctico — esc rib ió
Freud— , debo iniciarla co n la con fesió n de que albergo la esperanza de
continuar la relación co n usted, y d e q ue usted m e ha im presionado pro
fundam ente”. * 1 E ste e s tilo era a la v e z m ás form al y m ás em ocion al que
el habitual e n Freud, p ero la am istad c o n F lie ss iba a ser única en su
experiencia.
A l desarrollar la teoría d el p sico a n á lisis, Freud tendría más enem igos,
y m enos am ig o s, d e lo s qu e hubiera querido. El fracaso era probable; la
[ 8 2 ] F undam entos: 1856-1905
h ostilidad y el ridículo, prácticam enie seguros. F liess fue precisam ente el
ín tim o que necesitaba: audiencia, c o n fid en te, e stím u lo, admirador entu
siasta y com pañero de especulaciones que no se sentía escandalizado por
nada. “Tú eres e l ún ico O tro — e sc r ib ió Freud en m ayo de 1894— , el
alter.” *3 En el oto ñ o de 1893, Freud, en unciando una intuición que des
pu és se negaría a tomar en cuenta durante siete u och o años, señaló que
“realm ente desactivas todas m is facultades críticas”. *4 Tal credulidad com
pleta en una persona com o é l, o rgullosa de ser un perspicaz hombre de
cie n c ia , reclam a una interpretación.
Esa credulidad parece m uy sorprendente porque a F liess ahora se le
considera un num erólogo desequilibrado, patológico. Pero el d eclive de su
reputación se in ic ió más tarde. S u s teorías m ás preciadas suenan extrava
gantes en e x c eso : segú n F liess, la nariz e s el órgano dom inante que difun
de su influencia sobre la salud y la enferm edad humanas. A dem ás, procla
m aba un esq u e m a de c ic lo s b io r r ítm ic o s d e 23 y 28 d ía s, a lo s que
co n sideraba qu e hom bres y m ujeres estaban so m etid os y q ue — según
creía— perm itían al m édico diagnosticar todo tipo de estados y dolencias.
Pero hacia fin es del siglo, estas ideas, ahora casi totalm ente desacreditadas,
hallaban un p úb lico m uy disp uesto e in c lu so un cierto grado de apoyo por
parte de investigadores respetables de varios países. D espués de todo, sus
credenciales eran im pecables: F liess era un reputado especialista con una
sólida práctica que se extendía m ucho m ás allá de su base en Berlín. A d e
m ás, las ideas co n las que estaba ju gan do Freud al principio no parecían
m en os ridiculas qu e las nociones de F liess. Y Breuer se lo había recom en
dado, lo que para el Freud de fines de la década de 1880 constituía práctica
m ente una garantía de probidad intelectual.
La eru d ició n cien tífic a de F lie ss era am plia, y su am bición vasta;
im presionaba a lo s dem ás — m enos n ecesitados que Freud— con su aspec
to, su erudición, su carácter cultivado. Incluso en 1911, m ucho después de
que F lie ss y Freud se hubieran separado con amargura, Karl Abraham, un
lea l seguidor de Freud y observador sensato, encontró en F liess una perso
na am ig a b le, su til, original: qu izás e l co n o cim ien to m ás v a lio so (pensa
ba) que “podía haber hecho entre los m édicos de Berlín”. Freud había
sentido p recisam ente eso cuando é l y F liess se con ocieron . El aislam iento
de am bos c o m o m éd ico s sub versivos no podía sin o llevarlos a congeniar.
“ E stoy m u ch o m ás so lo aquí co n e l descifram iento de las neurosis — le
escrib ió Freud a F liess en la prim avera de 1894— . En gran m edida m e
con sid era n un m ono m a n ia co ” . * 6 A Freud y F lie ss su correspondencia
d eb ió de parecerles una conversación entre dos m onom aniacos en p osesión
de verdades profundas y todavía no reconocidas.
F lie ss d esp leg ó una com prensión firm e de la teorización de Freud, y le
p roporcionó tanto ideas co m o ap oyo. F ue un lector diligen te y sen sib le de
lo s m anuscritos de Freud. Le procuró una com prensión de la unidad e sen
cial de toda la cultura y del valor dem ostrativo de todas las m anifestacio
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 83 ]
nes hum anas: en ju n io de 1 8 96, Freud le dijo con gratitud: “M e has e n se
ñado que detrás de toda locura popular acecha una p izca de verdad”. *7 A y u
dó a Freud a centrar su aten ción en lo s chistes co m o m aterial útil para e l
escrutinio p sicoan alítico. In c lu so esp e c u ló acerca de la sexualidad infantil
en sus escritos p ublicados a m ediados de la década de 1890, años antes de
que Freud estuviera disp u esto a hacer coherentem ente suya una id ea tan
escandalosa. Si bien Freud parece haber sid o el primero que insistió en que
hay algún tip o de m alestar sexual en el n ú c le o de toda n eurosis, F liess, a
su v e z , auspició la idea de la b isexu alid ad humana, y ob servó a Freud e la
borarla co m o principio cardinal.
D ich o esto, la irracionalidad final de las fantasiosas n ocion es de F lie ss
y d e sus esfu erzo s tendentes a dem ostrarlas tendría que haber resultado
obv ia m uch o antes d el m om en to en que lo h izo , especialm en te para Freud.
D esd e lu ego, se puede d efen der el intento d e altos v u elos de F liess, d esti
nado a fundar la b io lo g ía e n la m atem ática. T am poco era intrínsecam ente
ridicula la proposición d e que cierto órgano corporal en concreto arroja su
som bra sobre los otros. Podría esperarse qu e un p sicoanalista se interesara
de una forma m alsana por la nariz, que recuerda tanto a los genitales m as
cu lin o s por su form a, y al aparato sexual fe m e n in o por su tendencia a san
grar. La idea del d esp lazam iento desd e una parte del cuerpo a otra, no só lo
de pensam ientos sino ta m b ién d e sín to m a s, iba a convertirse en una de las
prin cip a les b a se s d el d ia g n ó s tic o e n p sic o a n á lisis. U n c ie n tífic o de la
m ente co m o Freud, al borde d e postular zon as erógenas cam biantes en el
curso del desarrollo hum ano, podría haber hallado plausible una teoría que
sosten ía que lo s “ lugares g e n ita le s” situad os en la nariz influían en el cur
so de la m enstruación y d e l parto. L o qu e tendría que haber h echo pensar a
Freud, in clu so antes de que las in v e stig a cio n es posteriores convirtieran en
absurdas las o b se sio n e s d e F lie ss, era e l d ogm atism o de este últim o, su
incapacidad para reconocer la riqueza y la frustrante com plejidad de las cau
sas que gobiernan lo s asu ntos h u m an os. P ero m ientras el e lo g io de F liess
era “néctar y am brosía” ** para él Freud n o iba a plantear, ni siquiera a
pensar, en dudas incon v en ien tes.
La m ism a ceguera d eliberada d o m in ó e l ju eg o de Freud con la num ero-
lo g ia biom édica de F lie ss. La co n c e p c ió n de c ic lo s sexu ales m ascu lin os,
en v ista de la e x isten cia d e ritm os m enstruales fem en in os, no era en sí
m ism a absurda. E s s ig n ific a tiv o q u e H a v e lo c k B ilis (e se entu siasta y
rom ántico investigador del s e x o ) dedicara un largo capítulo a “los fen óm e
nos d e la periodicidad se x u a l” e n un volu m en de su E stu d io de p s ic o lo g ía
sex u a l, prácticam ente contem p oráneo de L a in tepretación d e lo s su eñ os.
Incansable c o leccio n ista de m ateriales pertinentes y recónditos sobre c u e s
tion es sexu a les en m u ch o s p a íse s, E llis había leíd o e l trabajo de F lie ss
acerca de lo s períodos se x u a le s, y lo con sid eró interesante aunque, en ú lti
m a instancia, no m uy p e rsu a siv o , sin duda n o e n lo concerniente a los rit
m os m a scu lin o s: “ A u n q u e F lie ss p resen ta un c ie r to n úm ero de c a so s
[ 84] F undamentos: 1856-1905
m inu ciosam ente observados, no puedo decir que m e haya con ven cid o de la
realidad d e e ste c ic lo de 23 d ías” . C on su característica generosidad, supuso
q ue “e s to s intentos tend entes a probar la e x isten c ia d e un n u evo c ic lo
fis io ló g ic o m erecen un cuid adoso estudio e investigación adicional”, pero
lle g ó a la con clu sió n de qu e, si bien “hay q ue tener presente la posibilidad
d e tales c ic lo s ”, en este m om en to “n o se ju stifica m ucho que los acepte
m o s ” . *» E llis advirtió qu e la m a nipu lación por parte de F lie ss de sus
nú m eros c la v e s 23 y 2 8 , su s interv a lo s y sus su m as, le perm itían d em o s
trar cualquier cosa. Investigadores posteriores fueron m ás im pacientes con
F liess qu e E llis, y m anifestaron n o estar co n v e n c id o s e n absoluto.
P ero Freud sig u ió c o n v en cid o durante algunos años, y con diligencia
a p ortó m aterial a la c o le c c ió n de n ú m eros d e m o str a tiv o s reunida por
F liess: lo s in tervalos entre su s jaq uecas, lo s ritm os de las d olencias de sus
h ijo s, las fech as de lo s p eríodos m enstruales de su e sp o sa , la ex ten sión de
la vida de su padre. En esta caída en la ingenuidad cien tífica había involu
crado alg o que n o era adulación, algo que era m ás que pura necesidad.
Freud, e l gran racionalista, n o estaba totalm ente ex e n to de supersticiones,
e n esp e c ia l de la su p erstición d e lo s núm eros. Es cierto que en 1886, él y
su flam ante esp o sa se m udaron a la casa de apartam entos erigida en el
solar del R ing-Theater de V iena, que había sido ardido provocando m ás de
cuatrocientas v íctim as fatales c in c o años antes: fu e precisam ente su desa
fío a la su p erstición lo qu e le perm itía a Freud no com partir ciertos tem o
res co m un es. Pero algunos núm eros le p rovocaban angustia. D urante años
albergó la ob sesiv a creencia de que estaba destinado a morir a la edad de
c incuen ta y un años; m ás tarde, la cifra fu e sesen ta y uno o sesenta y dos;
s e sentía perseguido por e so s núm eros fa tales c o m o recordatorios de su
m ortalidad. In cluso el n úm ero telefó n ico que se le asignó en 1899 (14 3 6 2 )
fu e c o m o una confirm ación: había publicado L a in terp reta ció n de lo s su e
ñ o s a lo s cuarenta y tres añ o s, y estaba c o n ven cid o de que lo s dos últim os
d íg ito s constitu ían un a v iso o m in o so de que sesenta y d os años iba a ser
sin duda la duración de su vida. * 10 A lguna v e z Freud interpretó la supers
tición c o m o una máscara d e d eseo s asesin os, d e seo s de m uerte, y sus pro
pias su persticiones c o m o un d ese o reprim ido de inm ortalidad. Pero este
a utoanálisis n o lo liberó por co m p leto de esa pizca de irracionalidad, y ese
residuo de lo qu e é l d en om inó su “m isticism o específicam en te ju d ío”
lo hacía vulnerable a las m ás descabelladas esp ecu lacion es de Fliess.
M ás allá del interés profesion al, era m ucho lo que relacionaba a Freud
co n F liess. L o s d o s eran al m ism o tiem po m iem bros aceptados y rechaza
d o s del e sta b lish m e n t m édico: tenían una form ación superior, y trabajaban
en las fronteras de la in v estig a ció n aceptable, o m ás allá de ellas. Lo que
e s m ás, am bos eran ju d ío s que afrontaban problem as y perspectivas casi
idénticas en su sociedad, destinados a intimar con la naturalidad de herma
n o s d e una tribu perseguida. E m ocionalm ente hablando, F liess era e l su ce
sor de Breuer: e l apego de Freud al prim ero se intensificó a m edida que
L A C O N S T R U C C IO N DE L A T E O R IA [ 85]
com enzaba a desvan ecerse el que lo unía al segundo. Es una ironía que
invita a pensar en e l hech o de que fuera Breuer quien reunió a Freud y
F lie s s .
T al v ez llevand o el alcance del térm ino más allá de su ám bito le g íti
m o , Freud le im p u so a F liess un rol afín al del p sicoan alista en aspectos
m uy im portantes. La p rolongada im p o sib ilid ad de Freud de evaluar de
m o d o realista a su a m ig o ín tim o (prácticam ente su negativa a h acerlo)
sugiere que era presa de una intensa relación transferencia^ Freud idealizó
a F lie ss m ás allá de toda m edida, y le atribuyó las más admirables cualida
des de Brücke o Charcot. Incluso q uiso ponerle e l nom bre de F liess a un
hijo, d ese o frustrado, en 1893 y 1 8 9 5 , por e l n acim iento de sendas niñas,
S op h ie y Arma. V o lc ó su s secretos m ás íntim os en la correspondencia con
su Otro de Berlín, y tam bién lo h iz o al v erse con é l personalm ente, duran
te sus cuidadosam ente preparados y ansiosam ente anticipados “congresos” .
Le co n fió a F liess que a fin es d e 1893 había em pezado a padecer dolores
pectorales y arritmia, un estado cardíaco perturbador y m olesto que Fliess
atribuyó a sus hábitos de fum ador. En abril de 1894, v o lvien d o a ese d esa
gradable tema, Freud le advirtió que a su mujer no le había con fesad o sus
“delirios cardíacos”. * » E l verano anterior le reveló a F liess que Martha
estaba disfrutando de una sensación de “ renovación”, puesto que “por e l
m om en to, por un año, n o tien e q ue esperar un h ijo ”. A ñadió con todas las
letras: “A hora estam os v iv ie n d o e n la abstinencia”. *'4 Este es el tipo de
cosa s que un burgués d ecente só lo le co n fesaría a su analista. F liess era e l
hom bre al que Freud p odía d ecirle todo. Y se lo dijo, m ás de lo que le dijo
a n ingún otro sobre su mujer, de lo q u e su m ujer d ijo sobre é l m ism o.
P o r c i e r t o , u n a d e l a s r a z o n e s por las cuales a Freud le resultaba
tan in dispensable F lie ss co n sistía en que su mujer no actuaba co m o su
con fidente en lo relativo a las in v e stig a cio n es a las que estaba consagrando
toda su atención. Abrum ada por la deslum brante presencia de su marido,
Martha Freud p arece m ás bien una figura oscura. S i bien leg ó a la posteri
dad — a v e c e s contra su voluntad— d ocum entos sum am ente profusos, las
huella s de s í m ism a que dejó o que pueden advertirse son escasas. Los
com entarios ca su a les d e v isita n tes, y algu nos del e sp o so , perm iten su p o
ner que para lo s ín tim os era sim p lem en te una Hausfrau m odelo, que adm i
nistraba la ca sa , se ocup aba de las c o m id a s, supervisaba a los sirvientes y
educaba a los hijos. Pero su co ntribu ción a la vida de la fam ilia era m ucho
m ás que un trabajo e se n cia lm en te p en o so , con cien zu d o e im pagado. La
fam ilia giraba en tom o a Freud. N o carece de interés el hecho de que fuera
é l quien e lig ió lo s n om b res de lo s s e is h ijos, nom bres de su s a m igos o
m entores; en 1891, cu an do n a ció su seg u n d o h ijo, Freud le puso el n o m
bre de su adm irado O liver C rom w ell. * 1S P ero e l h ijo m ayor de Freud,
Martin, recordó a la m adre c o m o una persona a la v e z bondadosa y firm e,
efica z y precavida co n respecto a lo s im portantísim os detalles dom ésticos
[ 8 6 ] F undam entos: 1856-1905
y a lo s no m enos im portantes preparativos para los viajes, capaz de auto
control tranquilizador, nunca aturdida. E lla insistía en la puntualidad (una
cualidad que, según o b serv ó M artin, era rara en la inform al V iena), c o n lo
cual logró para e l hogar de Freud un aire de fiabilidad e incluso, — co m o
A nna Freud se quejaría m ás tarde— d e regularidad ob sesiv a . *>6 M ax
Schur, el últim o m é d ic o d e Freud, q uien lleg ó a con ocerla bien en sus
últim os años, pensaba q u e m uch os la subestimaban; aprendió a apreciarla
m ucho, aunque e lla regularm ente se quejaba de que él se sentara en la
cam a y la desordenara, al exam inar al e sp o so. * 17
T a l c o m o su g iere e s e b o c e to , M artha Freud era la burguesa total.
A fectu osa y eficien te c o n su fa m ilia, la dom inaba un in flex ib le sen tid o de
su voca ció n por lo s deberes d o m éstico s, y era severa con las vio la cio n e s a
la moral de la clase m e d ia .1 Sien d o ya una anciana dama que vivía en Lon
dres, dijo que la lectura constituía su única “diversión”, pero agregó en
seguida, a la v ez d iscu lp ánd ose y alegrem ente, “sin em bargo, sólo por la
noche, en la cam a”. S e escatim aba e se placer durante el día, contenida por
su “buena educación” . * 18 Freud le c o n fió a Fliess que su mujer se m ostra
ba extrem adam ente reservada y lenta a la hora de hacer amistad con extra
ños. Si bien por lo general no era e x ig e n te , sabía persistir cuando se o b se
sionaba c o n un d ese o que consideraba razonable. A juzgar por lo que
sabem os de las cartas d e Freud y de su s fotografías, pronto cam bió su d e l
gada ju ven tud por un a nítida m ediana edad, ligeram ente gris; no h iz o
m ucho por resistirse a e s e e stilo d e en v ejecim ien to, en ton ces aceptado,
q ue im p la c a b le m e n te co n v e r tía a la jo v e n esp o sa en una m a jestu o sa
m atrona. * D esde el principio de su n o v iazgo, Freud le había dich o con
franqueza que n o era realm ente herm osa en el sentido literal, pero que por
su aspecto parecía “dulce, generosa y razonable”. • » Ya casada, ella dedicó
poco tiem po a cuidar la b e lleza que hubiera podido tener.
S u s im placables y co n tin u o s em barazos no fueron por cierto inocuos:
lo s Freud tuvieron se is h ijo s en n u ev e años. P oco antes de casarse, e lla
había soñado con tres. H ubiera sid o m ás fácil. “ Mi pobre M ariha lleva
una vida atormentada”, o b servó el esp o so en febrero de 189 6 , *11 cuando
su últim o v á stago, A nna, ten ía p o c o m ás de dos m eses. L o m ás fa stid io so
1 E lla nunca le perdonó a S tefa n Z w e ig — a pesar de su lam en table fin (se
su icid ó en B rasil en 1942 d esp u és d e p ad ecer prolongados ataques d e p r e siv o s)—
qu e hubiera abandonado a su esp o sa Friderike por una mujer m ás jo v en , co n la
que desp ués de casó. Le d ijo a Friderike qu e no podía com prender “la in fid elid a d
de nu estro am igo para co n tig o " . N i siq uiera la m uerte del hom bre — a g reg ó —
había m itigado su r esen tim ien to . (M artha Freud a Friderike Z w e ig , 2 6 de a g o sto
de 1948. Freud C o lle ctio n , B 2 , L C .)
2 D esd e lu eg o , las norm as e n cuanto a lo que es la edad m ediana y la v e je z
eran d iferentes en to n ces. En la déca da de 18 9 0 Freud podía hablar de un a “s o lte
rona que e n ve je ce (aproxim adam ente treinta a ñ o s)” . (Freud a F lie ss, Borrador H,
adjunto en la carta del 2 4 de enero d e 1 8 9 5 . F reud-Fliess, 1 07 [ 1 0 8 ].)
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 87]
era que Mariha debía afrontar una enferm edad infantil deirás de otra. Freud
le daba la m ano, escu chab a las quejas de lo s hijos o, en las vac a cio n e s de
verano, encabezaba exp ed icio n es para recoger setas en las m ontañas. Era
un padre a ctiv o cuando tenía tiem po, y a fectuoso. Pero la principal carga
de la vida d o m éstica caía sobre lo s hom bros de la esposa.
A pesar d e su am or a lo s libros (cu a n d o s e lo c o n se n tía ), M artha
Freud n o fu e una com pañera para su m arido en su largo y solitario avance
hacia el p sic o a n á lisis. A y u d ó a Freud d e un m od o natural para e lla, p resi
diendo un escenario d o m éstico en el que él podía sentirse cóm od o, en parte
perm itiendo que el hom bre lo diera por sentado. En respuesta a una carta
de con dolencia después de la m uerte de Freud, consideró c o m o “un débil
co n su elo el que en lo s 53 años d e nuestro m atrim onio, n o haya habido
entre nosotros ni una sola palabra airada, y que yo siem pre haya tratado en
la m edida d e lo p o sib le, de apartar d e su cam in o la m isére de la vida de
todos los d ía s” . * 22 Sen tía que había sid o un p riv ile g io el haber pod id o c u i
dar a “nuestro querido j e fe ” durante todas aquellas décadas. * a E sto s ig n ifi
caba m ucho para é l, pero n o lo era todo. Su m ujer h izo a F liess práctica
m ente necesario.
En sus recuerdos sobre lo s Freud, el p sicoanalista francés R ené Lafor
gue, quien lo s c o n o c ió en la década de 1920, e lo g ió a Martha Freud c om o
“m ujer práctica, m aravillosam ente hábil en la creación de una atm ósfera de
paz y j o i e d e v iv r e ”. Pensaba que era un ama de casa excelen te y trabajado
ra, que n o vacilab a en ayudar en la cocina y que “ nunca cu ltiv ó esa palidez
enferm iza a la m oda d e tantas intelectu ales”. Pero, agregó, para ella las
ideas p sicoan alíticas de su esp o so eran “ una form a de pornografía” * * En
m e d io d e un h o g a r a n im a d o y a te sta d o , F reu d e sta b a s o lo . El 3 d e
diciem bre de 1895 le anunció a F liess el n acim iento de la pequeña Annerl,
in fo rm á n d o le d e que e sta b a n b ien tanto la m adre c o m o la niñ a, “ una
pequeña hem bra herm osa y com p leta” * » En la carta sigu ien te, cin co días
más tarde, se alegró de la vista de la escritura de F liess, q ue le perm itía
“olvidar m ucha soledad y privación". La asociación es patéLica; Freud
amaba a su fa m ilia y n o se las hubiera arreglado sin ella. Pero la fam ilia
no m itigaba su desalentadora sensación de aislam iento. Esa era la tarea de
F lie ss.
L a a m is t a d d e F r e u d co n F liess maduró con rapidez, de un m odo
poco característico en una ép oca en la que la confianza se desarrollaba len
tamente y a v e c e s n o surgía ni siquiera después de décadas de estrecha a so
ciación . La primera carta d e Freud a F liess, escrita en noviem bre de 1887,
sirve c o m o e lo cu en te in d icio de la im p ulsiva em o ció n que él hacía cuanto
podía por dom inar. En e lla se d irigió a F liess co m o a su “ ¡E stim ado a m i
go y c o le g a !” (V ereh rier F reund und K o llege!). En a g o sto de 188 8 , F liess
se había con v ertid o en “ ¡E stim ado a m ig o !” (V erehrier Freund!). * » D os
años m ás tarde, a v e c e s era un “querido” e in clu so un “queridísim o” am igo
[ 8»] F undam entos: 1856-1905
(L iebsier Freund!) • » E se sig u ió siend o e l tratamiento que prefirió Freud
h a sta e l v era n o d e 1 8 9 3 , c u a n d o e le v ó el to n o a " ¡A m a d o a m ig o !”
(G e lie b te r Freund!) * » E n esa ép o c a ya h acía un año que se tuteaban,
m ientras Freud continuaba dirigién d ose a Frau F liess, de m odo más d is
tante, con un form al S ie . *30
D urante esa fase inicial de la dependencia de Freud con respecto a su.
O tro de B erlín, fu e crecien d o su in sa tisfa cción con las técn icas que se
em p lea b a n en e l control de p a cien tes n e u ró tico s. “ Entre 1886 y 1891
— re c o n o c ió Freud— re a lic é p o c o trabajo c ie n tífic o y no publiqué casi
nada. Estaba ocupado en abrirme cam ino en m i nueva profesión y en ase
gurar la sub sisten cia material para m í m ism o y para mi fam ilia en rápido
crecim iento”. * 31 Estas palabras parecen dem asiado severas para referirse a
un período de incubación: Freud estaba sentando las bases de una revolu
ció n . Su traducción del libro d e B ern heim sobre el hipnotism o y la su g e s
tió n , y su v is ita a N a n cy en 1 8 8 9 , fu eron etapas de su autoeducación
com o psicoterapeuta.
In clu so su e stu d io de la afasia, su prim er libro, publicado en 1891 y
dedicado a Breuer, indica sutilm ente el creciente com prom iso de Freud con
la p sic o lo g ía . L a co ncepción de la s a fa sia s (E studio crítico ) es una destaca
da m on ografía n eu rológica, pero entre sus abundantes y com pletam ente
docum entadas citas de autoridades, Freud esparció significativam ente refe
r en cia s a f iló s o fo s co m o John Stuart M ili y p sic ó lo g o s c o m o H ughlings
Jackson. A l criticar las co ncepciones dom inantes de esa extraña fam ilia de
trastornos del len guaje, un tanto pagado de s í m ism o, se d escribió com o
“perfectam ente aisla d o ”. Estaba em pezand o a convertir su se n sación de
soledad en marca de fábrica. D e hecho, L a con cepción de las afasias, a su
m o d o técn ico aunque d iáfan o, es un lib ro re vision ista. El “ intento [de
Freud], que tiende a subvertir una teoría de las perturbaciones del lenguaje
cóm od a y atractiva”, llegaba a introducir un elem en to p sic o ló g ic o en el
cuadro c lín ic o . D e acuerdo c o n la ten d en cia de la é p o ca a atribuir los
h ech o s m entales a causas física s, otros esp ecialistas abrigaban pocas dudas
en cuanto a que el deterioro a fásico del lenguaje o la com prensión tenía
que deberse a lesio n es cerebrales localizadas. Por e l contrario, Freud abogó
por el reconocim iento de que “la significa ció n del elem en to de localización
[fisio lo g ía del cerebro] ha sido sobreestim ada en la afasia, y de que es ju s
to que n o s preocupem os una v e z m ás por las c o n d icion es funcionales del
aparato del lenguaje” . R odeado por neurólogos, Freud estaba em pezan
do a buscar causas p sic o ló g ic a s para lo s efe c to s p sic o ló g ico s.
M ás o m en os fríam ente, sig u ió em p lean do la su gestión hipnótica para
aliviar a su s p a cien tes de sus sín to m a s, y e n el inviern o de 1892 publicó
un b rev e historial en el que d etalló uno de su s éx ito s terapéuticos. “Si
uno quiere ganarse la vida co n e l tratamiento de pacientes con trastornos
n erviosos — com en tó secam ente m ás tarde— obviam ente tiene que hacer
alg o por e llo s ” . *34 A su ju icio , e l tratam iento con ven cion al de la neuras
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 8 9 ]
ten ia — la electroterap ia, q ue tam bién en sa y ó co n sus p a c ien tes— era
in clu so m ucho m ás in sa tisfa cto rio que el h ipnotism o, y a principios de la
década de 1890 “dejó a un lado e l aparato eléctrico” , con un suspiro de a li
v io . * »
La correspondencia de Freud de e so s años sugiere in n o vacion es de
alcance m ucho m ayor, en e sp ecia l relacionadas con una actitud en estado
de alerta, prácticam ente sin preced en tes, ante el probable e fec to de los c o n
flicto s sexu a les en las enferm ed ades nerviosas. A principios de 1893 había
traducido sus conjeturas en c o n v ic c io n e s firm es. En uno de los ex te n so s
m em orandos que le en v ió a F lie ss a lo largo de los años, para que é l los
com entara, Freud planteó la cu estió n llanam ente (después de advertirle a
su a m ig o que n o pusiera el m an uscrito al alcan ce de las m anos d e su
jo v e n esposa): “Podría darse por sab id o que la neurastenia es una c o n se
cuen cia frecuente de una vida sexu al anormal. Sin em bargo, lo q ue m e
gustaría afirmar y poner a prueba co n o bservaciones e s que la neurastenia,
de hecho, s ó lo puede ser una n eurosis sex u al”. Freud no ex clu ye com o
posible causa la p red isp osición hereditaria, pero estaba em pezando a in sis
tir en que la “neurastenia adquirida” terna m otores sexuales: el agotam ien
to p rovocado por la m asturbación, o e l c o itu s interru ptu s. Las m ujeres
(acerca de cuya sensualidad subyacente Freud no tenía ninguna duda) pare
cían com parativam ente inm unes a la neurastenia, pero cuando la padecían,
sus orígen es eran lo s m ism o s que en e l c a so d e los hom bres, Freud extraía
la con clu sió n de que las neu rosis eran com pletam ente evitab les y c o m p le
tam ente incurables. Por lo tanto, “ la tarea del m éd ico ha pasado a ser por
com p leto la profilaxis".
T odo el m em orando m uestra a Freud seguro de s í m ism o al m áxim o,
y refleja su interés por las con secu en cia s so c ia les de la enferm edad nervio
sa; ya en su primera ép oca s e con sid eró un m éd ico de la sociedad. A dujo
que la sexualidad sana reclam aba la prevención de las enfermedades venére
as y, c o m o alternativa a la m asturbación, las “ relaciones sexu ales lib res”
entre jó v e n e s soltero s de am bos se x o s . Por lo tanto, se necesitaba un anti
con cep tiv o superior al p reservativo, que n o era seguro ni agradable. *37 El
m em o ra n d o p arece una rápida in c u r sió n en territorio en e m ig o ; e n la
m onografía que en aquel en ton ces Freud estaba preparando con Breuer,
E sc rito s s o b re la h isteria , la d im en sió n erótica iba a batirse en retirada una
v e z m ás. Sobre la base de e se libro — ob servó Freud más tarde, con e v i
dente sarcasm o— “habría sid o d ifíc il conjeturar la importancia que tiene la
sexualidad en la etio lo g ía de la neurosis” .
A u n q u e E scrito s so b re la h iste ria s ó lo se p u b licó en 1895, 3 e l más
3 La “C om u nica ció n prelim inar", escrita conjuntam ente por Breuer y Freud,
ap areció en 1 8 9 3 . Fue r e im p r esa en 1 8 9 5 c o m o e l c a p ítu lo prim ero d e lo s
E sc rito s s o b r e la h isteria .
F undam entos: 1856-1905
antiguo ca so considerado en el libro, el encuentro histórico de Breuer con
“Anna O .”, databa d e 1880. S e lo considera el caso fundador del p sicoaná
lisis: m ás de una v e z im pu lsó a Freud a atribuirle la paternidad de la d isc i
plina a Breuer, en lugar de a él m ism o . Sin duda Breuer m erece un puesto
prom inente en la historia d el psico a n á lisis; al confiarle a su jo v en am igo
Freud la fascinante historia de A nna O., generó en este últim o más ideas
inquietantes que las que el propio Breuer estu vo d ispuesto a tomar en c o n
sideración. Una de esas sesio n es confiden ciales tuvo lugar en una sofocan
te noche de verano de 1883. La escen a — según Freud la reconstruyó m ás
tarde para su prom etida— pu so de m a n ifiesto la espontánea con fian za
m utua de dos am igos y el alto n iv e l de su charla profesional. “ H oy ha
sid o el día m ás calu roso, m ás p en oso de toda la estación; m e sentía d ébil
com o un niño, a causa del agotam iento. A dvertí que necesitaba algo que
m e levantara el ánim o, y m e fui por lo tanto a casa de Breuer, de la cual
acabo de volv er tan tarde. El tenía dolor de cabeza, pobre hom bre, y tom a
ba salicilato. Lo prim ero que h izo fue em pujarm e al baño, del que em ergí
rejuvenecido. M ientras aceptaba su húm eda hospitalidad, pensaba en que,
si mi pequeña Martha hubiera estado allí, habría dicho que es así com o
tam bién n osotros q uerem os organizar las c o sa s” . T al vez pasarían años
antes de que pudieran hacerlo — reflexionó— pero sucedería, para lo cual
bastaba que ella siguiera estando a gu sto con él. “Entonces — Freud volvía
a su relato— tom am os nuestra cena en el p iso de arriba en m angas de
cam isa (ahora escribo c o n una bata m ás ligera), y d espués tuvim os una
larga conversación m éd ica acerca de la ‘locura m oral’, las enferm edades
nerviosas y ca so s extrañ os”. La co n versación fu e tom ando un tono más
personal cuando em pezaron a hablar, “ una vez m ás” *3S, de una am iga de
Martha, Bertha Pappenheim . E sa fue la paciente que Breuer inm ortalizó
con el seu dón im o de “A n na O .”.
Breuer c o m en zó a tratar a esa interesante histérica en diciem bre de
188 0 , y s ig u ió c o n e l c a s o durante un año y m e d io . A m ed iad os de
noviem bre de 1882, por primera v e z le habló a Freud de ella. *4° D espués,
aquella calurosa n oche de verano de 1883 — según Freud le escribió a su
prom etida— , Breuer le reveló “ algunas c o sa s” sobre Bertha Pappenheim
que « se supone que repetiré só lo “una vez casado con Martha”». *41 En
París, Freud intentó interesar a Charcot en e se notable caso, pero “el gran
hombre” * « . probablem ente co nven cid o de que sus propios pacientes eran
ya bastante extraordinarios, se m ostró indiferente. S in em bargo, Freud,
intrigado por Anna O. y defraudado por los efectos terapéuticos de la suges
tión hipnótica, h izo que Breuer volviera a hablarle de la mujer. Cuando los
dos especialistas de lo s n ervios reunieron sus estudios sobre la histeria a
principios de la década de 1890, A nna O. ocupó un lugar prominente.
Una de las razones de que A nna O. fuera una paciente tan ejemplar
residía en que ella m ism a realizó gran parte del trabajo im aginativo. En
vista de la im portancia que Freud aprendió a atribuirle a la capacidad del
L A C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 91]
analista para escu ch ar, e s coheren te qu e una pacien te contribuyera a la
con stru cción de la teoría psicoan alítica tanto c o m o el terapeuta (Breuer),
o, para el c a so , c o m o e l teórico (F reud). U n cuarto de sig lo m ás tarde,
Breuer so stu v o co n ju sticia que su tratam iento de Bertha Pappenheim c o n
tenía “la cé lu la germ inal de todo el p sic o a n á lisis”. * « pero fu e A nna O.
quien r ea lizó d escubrim ientos trascendentales, y sería Freud, n o Breuer,
quien iba a cu ltivarlos laboriosam ente hasta obtener de e llo s una cosecha
rica e insospechada.
En la s s u c e s iv a s v e r sio n e s d el c a s o h ay c o n tra d iccio n es y puntos
oscuros, pero está m ás o m en os m ás allá de toda d isc u sió n el hech o de que
en 1 8 80, cu and o A nna O . c a y ó enferm a, tenía veintiún aflos. D ijo Freud
que ella era una jo v e n “excep cio n a lm en te culta e inteligen te”, am able y
humanitaria, inclinada a realizar obras de caridad, enérgica y a v eces obsti
nada, y extrem adam ente inteligen te. En su infórm e, Breuer anotó: “F ísica
m ente sana, tiene la m enstruación co n regu laridad... Inteligencia co n sid e
rable, e x c e le n te m em oria, [dotada con] sorprendente agudeza [para] las
com bin a cio n es y la intuición penetrante; por lo tanto fracasaron todos los
intentos de engañarla”. A greg ó que su “fuerte intelecto” podía “también
digerir alim en to só lid o ” , pero si bien n ecesitab a e se alim ento, no lo reci
bía desde que había dejado la escuela. * « Y así, condenada a una existencia
gris en e l sen o de su anticuada fam ilia judía, se había inclinado con d ec i
sió n a huir hacia el “ensu eñ o sistem á tico ”, hacia lo que le com placía en
llam ar su “teatro privado”. B reuer exterioriza la sim patía que la jo v e n su s
citab a en é l al observar su e strech ez d o m éstica. “ V ida m uy m onótona,
totalm ente lim itada a la fa m ilia — inform a co n su e s tilo teleg r á fic o — ;
busca sustituto en e l apasionado amor al padre, que la m alcría, y gratifica
ció n en un talento p o é tic o im aginativo altam ente desarrollado”. *46 Según
Freud recordó con asom bro e irritada incredulidad, Breuer pensaba que la
jo v e n era, d e sd e e l p u nto d e v ista s e x u a l, “so rp ren d en tem en te in m a
dura”. *47
El acon tecim ien to que p recipitó su histeria fue la enfermedad mortal
del padre, a quien estaba sum am ente unida, c o m o Breuer n o dejó de obser
var. H asta d o s m e se s antes d e que e l hom bre m uriera, y ella estuviera
dem asiad o enferm a c o m o para atenderlo, la jo v en lo había cuidado con
d e v o c ió n , in ca n sa b lem en te, en detrim ento d e su propia salud. En eso s
m eses, durante los cuales fue su enferm era, había desarrollado síntom as
que cada v e z la afectaban m ás: debilidad provocada por la falta de apetito y
una fuerte tos nerviosa. En diciem bre, al cabo de m ed io año de llevar esa
vida agotadora, em p ezó a padecer estrabism o convergente. Hasta entonces
había sid o una jo v e n en érgica y vital; se c on virtió en la víctim a patética
de trastornos que la dejaban postrada. Sufría dolores de cabeza, experim en
taba intervalos de ex c ita c ió n , cu riosas perturbaciones de la visión , paráli
sis parciales y pérdida de las sen sacion es.
A principios de 1881, su sin to m a to lo g ía se h iz o aun m ás extravagan
[ 92] F undam entos: 1856-1905
te. T enía lagunas m entales, prolon gados ep isod ios de som n olen cia, cam
b ios rápidos de estado de ánim o, alucinaciones con serpientes negras, hue
sos y esq ueletos, y crecien tes d ificultades de lenguaje. A v e ce s experim en
taba regresion es en su sin ta x is y su gramática; otras, só lo podría hablar en
in g lés, o en francés e italiano. A sim ism o desarrolló dos personalidades
distintas, sum am ente op u esta s, una de e lla s ingobernable en grado sum o.
Cuando el padre m urió, en e l m es de abril, respondió con una excitación
horrorizada, que fue extin guiénd ose para dar lugar a cierto estupor, y su
d esp liegue de síntom as pasó a ser incluso m ás alarmante que antes. Breuer
la visitaba a diario, por la no ch e, m ientras ella se encontraba en un estado
de h ip nosis autoprovocada. La jo v e n le relataba cuentos, triste, a veces
encantadora, y (segú n e lla y Breuer descubrieron juntos) esa conversación
la aliviaba tem poralm ente de su s síntom as. D e tal m odo, se in ic ió una
colaboración que h izo ép oca entre una paciente dotada y su solícito m édi
co. Anna O. encontró una exp resión fe liz para designar e se procedim iento,
al que llam o “curación por la palabra” o “por la conversación" (ta lk in g
cure) o, con hum or, “ lim p ieza de chim enea” (ch im n ey sw ee p in g ). * « El
m étodo dem ostró ser catártico, pues despertó importantes recuerdos y pro
dujo poderosas em o cio n es que la paciente no podía recordar o expresar con
su personalidad norm al. C uando Breuer le contó a Freud sus confidencias
sobre A nna O., n o o m itió hablarle sobre e se p roceso d e catarsis.
El punto d e c isiv o d e la curación por la palabra sobrevino durante la
cálida primavera de 1 8 82, cuando A nna O. sufrió un trastorno sem ejante a
la hidrofobia. A unque s e m oría de sed, n o podía beber; finalm ente, una
noche, mientras estaba e n su estad o hipnótico, le dijo a Breuer que había
visto a su dama de com pañía in g lesa (que no le gustaba) darle a beber agua
a su perrito co n un v a so . D esp u é s de que saliera a la luz e se d isgu sto
reprimido, la hidrofobia desapareció. Breuer quedó im presionado, y adoptó
e se m étodo no o rtod oxo para aliviar a su paciente. H ipnotizaba a Anna O.
y observaba que bajo h ip nosis e lla podía seguir la pista de cada uno de sus
síntom as, por turno, hasta llegar a la situación que lo había provocado
durante la enfermedad de su padre. D e este m odo — com entó Breuer— se
dedicaron a “charlar” (w egerzáh lt) d e los diversos síntom as de la jo v en , de
sus contracciones paralíticas y de su s anestesias, d e su v isió n doble distor
sionada, de sus m últip les a lucinacion es y de todo lo dem ás. Breuer asegu
raba que esa elaboración verbal había estado lejos de ser fácil. Los recuer
dos de Anna O. eran a m en ud o v a g o s, y los síntom as reaparecían con
penosa intensidad en el m ism o m om en to en que ella estaba lim piando la
chim enea de su m ente. Pero su participación en la curación por la palabra
se fue haciendo cada v e z m ás intensa (Breuer elo g ió esa actitud unos doce
años m ás tarde, co n sincera adm iración). R esultaba que sus síntom as eran
residuos de sen tim ientos e im pu lsos que se había v isto obligada a repri
mir. En ju nio de 1882 — anotó B reuer co m o c o n clu sió n — , todos los sín
tom as de Ajina O. habían desaparecido. “D espués e lla dejó V iena para rea
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 93]
lizar un viaje, pero todavía d eb ió pasar bastante tiem po antes de que recu
perara por com p leto su eq u ilibrio m ental. D esd e en ton ces ha gozado de
com pleta salud”.
En este punto del relato de Breuer surgen algunos interrogantes. La
verdad es que al concluir el tratam iento Breuer e n vió a A nna O. al B e lle
v u e, el m uy p restig io so sanatorio su iz o d el doctor Robert B insw anger, en
K reuzlingen. A m ediados de septiem bre de 1882, tres m eses después de la
presunta desaparición de sus sín to m a s, A nna O. realizó una valerosa tenta
tiva de explicar su estado. T odavía estaba en K reuzlingen y (según infor
m aba en un inglés ca si p erfecto) s e v eía “ totalm ente privada de la facultad
de hablar, entender o leer alem án”. A dem ás estaba sufriendo un “fuerte
d olor neu rálgico” y “a u sen cias m ás o m en o s prolongadas”, que ella llam a
ba “tim e m issin g ” (ex tra v ío , o m isió n del tiem po). Sin duda, había m ejora
do m ucho. " S ó lo m e sien to nerv io sa , angustiada y c o n ganas de llorar
cuando m e em barga el m iedo a olvidar de n u evo por m ás tiem po la lengua
alem ana, m ied o para el cual tengo dem asiados m o tiv o s”. N i siquiera un
año m ás tarde se encontraba realm ente bien; estaba sufriendo recaídas
constan tes. Su carrera posterior fue notable: se convirtió en pionera del
trabajo so cia l, en una líder e fic a z de cau sas fem inistas y de organizaciones
de m ujeres judías. E so s logros dan prueba de un grado sustancial de recu
peración, pero Breuer, en E sc rito s so b re la h isteria, confundió, con pocas
garantías, un período de m ejoría d ifíc il y a m enudo interrumpido, con una
curación total.
A l describir a Anna O. en 1895, Breuer ob servó com o de pasada que
había “ su p rim id o una gran can tidad de d e ta lle s sum am en te in teresan
te s” . *il Segú n sabem os por la correspondencia de Freud, eran más que
interesantes: en primer lugar constituían la razón de que Breuer se hubiera
resistid o tanto a publicar el relato del ca so . Una co sa era reconocer los sín
tom as de con versió n histérico s c o m o la respuesta sign ificativa a traumas
p articulares, y la n e u r o sis c o m o c o n se c u e n cia p o sib le de un am biente
so fo ca n te — y n o sim p le m e n te c o m o flo recim ien to de una d isp o sic ió n
hereditaria— , pero otra totalm ente distinta era adm itir que el origen últi
m o d e la histeria, y algunas de sus m an ifestaciones más evidentes, eran de
naturaleza sex u a l. “C o n fie so — e scrib ió Breuer m ás tarde— que no me
gusta sum ergirm e en la sexualid ad , ni en teoría ni en la práctica.” *S2 Toda
la historia d e Anna O., a la que Freud aludió aquí y allí con frases veladas,
era un teatro erótico extrem adam ente desconcertante para Breuer.
M uchos años después, en 1 9 32, escrib ién d ole a Stefan Z w eig , uno de
sus defensores m ás apasionados, Freud recordó “ lo que realm ente sucedió
con la pacien te de Breuer”. M ucho tiem p o antes, Freud le había dich o lo
siguiente: «La n o ch e del día en que todos su s síntom as quedaron bajo co n
trol, le llam aron para que la viera una v e z m ás; la encontró confundida y
retorciéndose con d olores abdom inales. Cuando se le preguntó qué le pasa
ba, respondió: “A hora v ie n e e l niño d el doctor B .”» En e se m om ento,
[ 94] F undamentos: 1856-1905
com enta Freud, Breuer tuvo “ la c la v e en sus m anos” . Pero no podía o no
estaba d isp u esto a usarla, y “ la d e jó caer. C on un horror c o n ven cion al,
h uyó y le c e d ió la paciente a un c o le g a ” . *33 Es sum am ente probable que
B reuer se estu v iera refiriend o a e s e em barazo h istérico cuando aquella
noche d e ju lio de 1883 le contó a Freud ciertas cosas que éste só lo podría
repetir después de que Martha B em ays se convirtiera en Martha Freud.
E l c a s o de Anna O . h izo m ás por d ividir a Freud y Breuer que por
unirlos; a celeró la triste d ecadencia y el c o lap so final de una amistad pro
longada y gratificante. Segú n Freud lo v e ía , él fue el explorador que tuvo
el coraje d e asumir lo s descubrim ientos d e Breuer; al llevarlos hasta sus
últim as c o n secu en cia s, co n todos sus m atices er óticos, in evitablem ente se
estaba a lejan do del b en éfico m entor que p residió la primera parte de su
carrera. Breuer dijo una v e z d e s í m ism o que quien lo guiaba era “el d em o
n io ‘P e r o ’ ”, * 54 y Freud se sentía in clinado a interpretar tales reservas
— cualquier i e s e r v a — c o m o una cobarde deserción del cam po de batalla.
S in duda, igualm ente irritante era el h ech o de que Freud le debiera a Breuer
un d inero que é ste n o quería cobrar. Sus desagradables gruñidos contra
Breuer en la década de 1890 constituyen un ca so c lá sico de ingratitud, el
resentim iento de un deudor orgulloso contra su benefactor de m ás edad.
A lo largo de más de una década, Breuer le proporcionó a Freud, sin
lim ita cio n es, y durante años co n el cá lid o aprecio del destinatario, aliento,
afecto, hospitalidad y ap o y o eco n ó m ic o , todo lo cual le resultaba a Freud
m uy necesario. El gesto , característico d e Freud, de ponerle a su primera
hija el nom bre d e Frau Breuer, la atractiva am iga del jo v e n m éd ico pobre y
am b icio so , sig n ifica b a recon ocer co n alegría un m ecen a zg o solíc ito que
seguía su cu rso. E so ocurrió en 1 8 87. Pero ya en 1891, las relacion es
entre lo s d o s hom bres em pezaron a cam biar. E se año Freud se sintió pro
fundam ente defraudado por la recepción que Breuer le brindó a La c o n c e p
ción d e la s a fa sia s, que, co m o sabem os, Freud le había dedicado. “ A duras
penas m e lo agradeció — le escrib ió Freud a su cuñada M inna, un p oco
d e sc o n certa d o — ; se s in tió m uy em barazado y d ijo lo d o tipo de cosa s
malas e in com prensib les acerca d el trabajo; no recordó nada bueno; fin al
m ente, para apaciguarm e, [me hizoj el cu m plido de decir q ue la escritura es
excelente.” * ss A l año sigu ien te, Freud inform ó sobre algunas “batallas”
con su “com pañero” . En 1 8 93, cuando é l y Breuer publicaron su infor
m e prelim inar conjunto acerca de la histeria, Freud estaba im pacientándose
cada v e z m ás, y pensaba que Breuer estaba “obstaculizando mi progreso en
V iena”. *57 U n año d espu és co m u n icó que “ los contactos cien tífico s con
Breuer han cesado” . En 1896 evitaba a Breuer; declaró que ya no n e ce si
taba verlo . * s» Su id ealización del viejo am igo, predestinada a la decepción
co m o lo están tales idealizaciones, dejó paso en él a algunas reacciones
vitriólicas. “ M i irritación co n Breuer recibe continuam ente nuevo aliento” ,
esc r ib ió en 1 8 98. U n o de sus p acien tes le c o m en tó que Breuer estaba
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 9 5 ]
d iciénd ole a la gente que había “renunciado a sus con tactos” con Freud
porque “n o podía estar de acuerdo c o n m i estilo de vida ni con el control
de mis finanzas” . Freud, que todavía era deudor de Breuer, consideró que
eso era “duplicidad neurótica” . * 6® E sa actitud paternal, tal v e z fuera de
lugar, tenía m ás derecho a ser considerada una “preocupación am istosa” .
Después de todo la deuda de Freud con Breuer era más que pecuniaria.
Fue Breuer quien lo ilustró útilm ente acerca de la catarsis y lo ayudó a
liberarse d e las fú tile s terapias m en ta les habituales de la época; Breuer
aceptó hablarle de A nna O ., proporcionándole los detalles m ás sugerentes
a pesar de que, desp ués de todo, e s e c a so le provocaba sentim ientos co n fu
sos. A dem ás, el procedim iento c ie n tífic o d e Breuer le sirvió a Freud co m o
m od elo , en térm inos gen era les, adm irable: Breuer era a la v ez un fértil
generador de conjeturas cien tífica s y un observador detallista, in clu so aun
que a v eces su fertilidad fuera m ás rápida qu e sus observaciones, lo m ism o
que la de Freud. Sin duda, Breuer tenía dem asiada conciencia del abism o
que ex iste entre la conjetura y e l co n ocim iento; en E sc rito s s o b r e la h is
teria citó a T h eseu s, e l p erson aje de E l sueño d e una noche d e v e ra n o ,
quien dice acerca de la tragedia: “Las m ejores no son m ás que som bras”.
El expresó la esperanza de que por lo m enos hubiera alguna corresponden
cia entre la idea de la histeria que tenía e l m éd ico y la co sa real. *«*
Por otra parte, B reuer no n eg ó la influ en cia de los c on flictos sex u a le s
en el trastorno n eurótico. P ero p arece qu e A nna O ., con sus atractivos
ju v en ile s, co n su encantador desam paro, y co n su m ism o nom bre, Bertha,
despertó en Breuer todos su anhelos e d íp ico s adorm ecidos: su madre, tam
bién llam ada Bertha, había m uerto jo v e n cu ando él tenía tres añ os. * «
Hubo m om entos, a m ed ia d o s d e la d écad a de 1890, en los qu e Breuer
declaró haberse convertido a las teorías sexu ales d e Freud, só lo para verse
desbordado por su am b ivalen cia, por su d em on io “Pero”. A continuación
se replegaba a una postura m ás con servadora. "N o hace m ucho tiem po
— le escrib ió Freud a F liess en 1895— Breuer pronunció un gran d iscurso
sobre m í” ante la socied ad vien esa d e m éd ico s, “ y se presentó c o m o un
partidario co n vertid o d e la etio lo g ía s e x u a l” de las neurosis. «C uando se lo
agradecí en privado, destruyó m i placer al decir: “A pesar de todo, no lo
creo”». La retractación d escon certó a Freud: “¿Entiendes esto? Y o n o ”. *•'
C in co años m ás tarde, co n só lo un p o c o m enos de contrariedad, Freud le
com en tó a F liess que Breuer le había en viado una p aciente que había sufri
do grandes frustraciones y con la que él logró un p asm oso éxito p sicoan a
lítico. Cuando ella le habló a B reuer de su “extraordinaria m ejoría”, éste
«palm oteó y excla m ó reiteradam ente: “Entonces él tiene razón, d esp u és de
tod o”» . Pero Freud no s e sin tió in clin a d o a apreciar e se tardío tributo,
in c lu so a unque, o b v ia m e n te , Breuer le había dem ostrado su co n fia n z a
enviándole esa paciente difícil; lo descartó co m o procedente de “un adora
dor del éx ito ”. • * Por esa ép oca, se había extinguido todo recuerdo que
Freud pudiera tener de la leal ayuda que le brindó su am igo; B reuer no
[ 9 6 ] F undam entos: 1856-1905
podía hacer nada bien. Freud estuvo en condiciones de considerar a Breuer
con m ás sensatez só lo después de haber em prendido su propio autoanáli
sis , d e que se hubieran apaciguado algunas de sus torm entas em ocion ales
y de que fracasara su am istad co n F liess. “H ace m ucho tiem po que no lo
m en osp recio — le m anifestó a F lie ss en 1901— ; he sentido su fuerza” . * «
S in duda n o carece de sig n ific a c ió n el h ech o de que Freud, al cabo de
varios años de autoanálisis, estu viera en condiciones de realizar e se d e scu
brim iento. Pero, a pesar de toda su fuerza, Breuer había llegado a co n sid e
rar el ca so d e Anna O. c o m o e x c esiv a m en te exigen te y abiertam ente em ba
razoso. R ecordó que: “ En esa ép oca m e juré que nunca volvería a pasar por
una experiencia co m o ésa ” *«*Fue un ca so que nunca olv id ó , pero no un
c aso del que alguna vez sacara verdaderamente partido. Cuando Franz W it-
tels, el biógrafo de Freud, su g irió que d espués de algún tiem po Breuer
había logrado desprenderse del recuerdo de Amia O ., Freud escribió acre
m en te en e l margen: “ ¡A b su rd o!” *«7 El p r o ce so p sic o a n a lílic o e s una
lucha contra las resistencias, y e l rechazo por parte de Breuer de las verda
d es elem entales y terribles que e se p roceso puede sacar a la luz constituye
un caso claro de tal maniobra. F lie ss, el am igo n ecesario de Freud, d e m o s
tró ser m ucho m ás receptivo.
H is t é r ic a s , p r o y e c t o s y d if ic u l t a d e s
Freud tenía resistencias propias con las que debía bata
llar y a las que debía superar, pero según se deduce de
lo s c a s o s presen ta d o s en E s c r ito s s o b re la h is te r ia ,
h izo una esp e c ie d e programa a partir del aprendizaje
co n sus clien tes. Era un aprendiz bien d ispuesto, m uy
co n sc ie n te d e lo qu e hacía: en 1897, escrib ién d o le a
F lie ss , d e n o m in ó su “ in stru ctora” (L e h rm eisterin ) a la p aciente “Frau
C a c ilie M .” Sin duda, C a cilie M ., en realidad la baronesa A nna von
L ieben, había sido uno de lo s prim eros c asos interesantes de Freud, y al
que m ás tiem po dedicó. Ella era su “principal clie n te”, su « p rim a don -
na». R ica, in teligen te, se n sib le, aficionada a la lectura, perteneciente a
un poderoso clan de em inentes fa m ilia s judías austríacas que Freud lle g ó a
conocer bien, durante años la habían atormentado una variedad de síntom as
extraordinarios y d esconcertantes: a lu cin acion es, esp asm os y el extraño
hábito d e convertir lo s insultos o las críticas en fuertes neuralgias facia
les, prácticam ente en “bofetadas en el rostro”. Freud la había enviado a ver
a Charcot y , e n 1889 la lle v ó co n é l en su v isita de estu d ios al h ipnotiza
dor B em heim en N ancy. *?' A lo largo de los años, e lla le había enseñado
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [ 97]
m ucho acerca del sig n ific a d o d e los sín tom as y sobre la técnica terapéuti
ca. Pero tam bién las otras h istéricas fueron instructoras de Freud. C on e l
tiem po, habría de recordar aquellas tempranas aventuras en e l análisis p si
co ló g ic o co n acentuado d esdén . En 1924, refiriéndose a su inform e sobre
“ Frau E m m y v o n N .’\ escribió: “S é que ningún analista puede leer esa
historia sin una so n risa p ia d o sa ”. Pero e sto era dem asiado se vero y
totalm ente a nacrón ico. D e s d e lu e g o , el tratam iento q ue Freud ap lic ó a
Em m y v on N. y a las otras p acientes fu e prim itivo si se ju z g a d e sd e la
perspectiva de una técnica psicoanalítica com pletam ente desarrollada. Pero
la sig n ifica ció n de esas enferm as para la historia del psicoan álisis deriva de
la capacidad que tuvieron para dem ostrarle a Freud algunos de sus rudim en
tos m ás im portantes.
Las histéricas que Freud trató en e so s días heroicos d esplegaron un
sorprendente ensam blaje de síntom as de conversión, desde d olores en las
piernas hasta esca lo frío s, desd e estados de ánim o depresivos hasta alucina
cion es interm itentes. Freud n o estaba todavía preparado com o para descar
tar en sus diag nó stico s e l elem en to hereditario, el legado “n europálico”.
Pero ya prefería buscar ex p erien cias traum áticas tempranas co m o claves
que lo condujeran a las fu en tes ocultas de aquellos singulares trastornos.
Había llegado a conv en cerse de que lo s secretos de sus neuróticas eran lo
que Breuer d en om in ó se c re ís d ’a ic ó v e , c o n flicto s se x u a les d e sco n o c id o s
por lo s propios sujetos q u e lo s padecían. Por lo m e n o s, e sto era lo que él
pensaba que estaban d icién d o le, aunque a v eces del m od o m ás oblicuo.
Para Freud, la escu ch a se con virtió en m ás que un arte; pasó a ser un
m étodo, una senda privilegiada hacia lo s co n o cim ien tos que sus pacientes
revelaban para él. Una de las guías a las que Freud nunca dejó de estar
agradecido fue E m m y v on N ., en realidad la baronesa Fanny M oser, una
viuda rica de edad m ed iana, a la que Freud v io en 1889 y 1890, y trató con
la técnica hipnoanalítica de Breuer. Padecía tics c o n v u lsiv o s, inhibiciones
espásticas del lenguaje, y alucinaciones recurrentes y horribles sobre ratas
muertas y serpientes q u e se retorcían. En e l curso del tratam iento em ergie
ron recuerdos traum áticos que Freud consid eró sum am ente interesantes: el
de una prima enviada a un a silo psiquiátrico, su madre yacente en el piso
d espu és de un ataque. Pero había a lg o in clu so mejor: e lla se convirtió para
su m éd ico en una notable le c c ió n práctica oral. C uando Freud insistía en
hacerle preguntas, e lla se enfadaba, se ponía “furiosa” y le e xigía que deja
ra de “preguntarle de dónde provenía e sto o aquello, sin o q ue le perm itiera
decirm e lo que ella tenía que decir”. Ya había reconocido que, por tedio
so s y rep etitivos que fueran su s recitados, no ganaba nada interrum piéndo
la; tenía que escu ch ar su s lab o rio so s relatos hasta el fin a l, e p iso d io tras
e p iso d io . Em m y v o n N ., s e g ú n él m ism o le d ijo a su hija en 1 9 1 8 , tam
bién le en señ ó otra c o sa : “El tratam iento por m ed io de la hipn osis es un
p roced im ien to absurdo e in ú til”. E se fue un m om ento d ecisiv o ; lo im pul
só a “crear la más sen sib le terapia psicoan alítica”. * m Si h ubo alguna v ez
[ 98] F undamentos: 1856-1905
un m édico in clinad o a convertir sus errores en fuentes de com prensión, é se
fue Freud.
A l perm itirle advertir que la h ipnosis era de hech o “absurda e inútil”,
E m m y v o n N . lo ayudó a liberarse de Breuer. En su “C om unicación preli
m inar” conjunta de 1 8 93, Freud y Breuer habían sostenido, en una expre
sió n m em orable, que “el histérico sufre principalm ente de rem in iscen
c ia s”. D esd e principios de la década de 189 0 , Freud había intentado
obtener, por m ed io de la h ip nosis, a la manera de Breuer, los recuerdos
m ás sig n ifica tiv o s que sus pacientes se resistían a producir. Las escenas
que llegaban a la m ente de e se m odo tenían a m enudo un efecto catártico.
Pero algunos pacien tes no eran h ip notizables, y el d iscu rso sin censura
im p resion ó a Freud co m o un recurso m uy superior para la in vestigación.
A l ir abandonando gradualm ente la hipnosis, Freud no só lo estaba convir
tiendo en virtud un defecto; el cam b io lle g ó a constituir la adopción tras
cendental de un n u evo m odo de tratamiento. Estaba construyéndose la té c
n ica de la aso cia ció n libre.
Freud celebró lo s brillantes resultados que esa nueva técnica podía
producir, dem orándose en la historia de “ FrSulein Elisabeth von R .”, a la
que prim ero había estad o hipnotizando por un lapso de tiem po breve. Su
in fo rm e sobre esta p a c ie n te , que fue a v isita r lo en el o to ñ o de 1892,
dem uestra cuán sistem áticam ente cultivaba su talento para la observación
atenta. EL prim er in d ic io para el d iagnóstico de la neurosis de Elisabeth
v on R. fue su e x c ita ció n erótica cuando é l, durante e l exam en físico, le
presionaba o p e llizca b a lo s m u slo s. “Su rostro — observó Freud— asumía
una expresión peculiar, de placer más que de dolor; gritaba — no puedo
evitar pensar que un p o c o co m o si se tratara de un co sq u illeo voluptuo
so— ; se sonrojaba, echaba hacia atrás la cab eza, cerraba los ojos, su tron
c o se inclinaba hacia atrás.” *76 Estaba experim entando el placer sexual que
se negaba en la vida con scien te.
Pero fu e la palabra, m ás que la observación, e in clu so que la observa
ció n perceptiva, lo que dem ostró ser la cla v e de su cura. En este análisis,
“el primer análisis com pleto de una histeria q ue yo em prendí” , Freud y
E lisabeth von R. sacaron a la lu z “el m aterial p sic o ló g ic o patogén ico”.
Fue un procedim iento que “n os gustaba comparar con la técnica de desen
terrar una ciudad enterrada” . #Tr Freud anim ó a su paciente para que efectua
ra a so cia cio n es libres. Cuando, durante sus silen cio s, é l le preguntaba qué
estaba sucediendo en su cabeza, y ella contestaba “N ada”, Freud se negaba
a aceptar esa respuesta. Había otro sig n ificativo m ecanism o p sico ló g ico
cu ya existen cia le fu e dem ostrada por sus pacientes más cooperantes (o,
más b ien , por las que m en os cooperaban): Freud estaba adquiriendo co n o
cim ientos sobre la resistencia. Era la resistencia la que im pedía que E lisa
beth v o n R. hablara; Freud pensaba qu e, para em p ezar, era su o lv id o
in tencional lo que producía lo s síntom as de con versión . El único m odo de
liberarse del dolor era hablar de él con detenim iento.
L A C O N S T R U C C IO N DE L A T E O R IA [99]
E se ca so inundó de ideas a Freud. L os síntom as de Elisabeth v o n R.
em pezaron a “tener algo que decir, tam bién” : se exacerbaban en el m om en
to en que su em bestida verbal estaba en su apogeo, y amainaban después
de que la paciente com pletara su relato. Pero Freud iba a tener que absor
ber una lección m ás dura: la de que e l tratam iento no era una ex p lo sió n
m elodram ática de intuiciones. U n ún ico recitado pocas veces bastaba; el
trauma tenia que ser “ elaborado”. El ingrediente final de la recuperación de
E lisabeth von R. fue una interpretación del m aterial por parte de Freud, a
la que la m ujer se r e sistió c o n v e h e m e n c ia durante algún tiem po: ella
amaba a su cuñado y había reprim ido un anhelo pecam inoso referente a
que su hermana muriera. La aceptación de e se d eseo inm oral puso fin a su
sufrim iento. “En la prim avera de 1 8 9 4 — inform ó Freud— supe que iba a
acudir a un baile privado, en e l que logré entrar, y n o perdí la oportunidad
de ver a mi ex paciente bailando velozm en te una animada danza." *’*
M ás tarde, hablando c o n su hija, E lisabeth von R. (nacida lio n a W eiss
en Budapest en 18 6 7 ) n eg ó qu e Freud hubiera resuelto sus síntom as neu
ró tic o s. D e sc r ib ió a Freud c o m o “ só lo un e sp e c ia lista de lo s n e rv io s,
jo v e n y barbudo, al que m e en viaron” . El había tratado de “convencerm e
de que y o estaba enam orada de m i cuñado, pero e so no era realm ente así” .
S in em bargo — agrega la hija— , la historia de la fam ilia de la m adre pre
sentada por Freud era su sta n cia lm én te correcta, y e l m atrim onio de su
madre fue feliz. *7» Tal v e z la p a cien te, m ás o m en os c o n scien tem en te,
haya optado por reprimir la interpretación que Freud dio a sus trastornos.
O quizás Freud detectó pasio n es inaceptables en la corriente de elocu en cia
libre y desinhibida de la m ujer. En todo ca so , allí estaba una de sus ex
pacientes — una histérica que antes sufría fuertes dolores en las piernas al
cam inar o al estar de pie— bailan do durante toda la noche. El Freud in v e s
tigador-m édico, am bivalente acerca de su carrera de m edicina, podía hallar
satisfacción en la vitalidad restaurada d e la enferm a.
E n 1 8 9 2 , c u a n d o “M iss L u cy R .” in ic ió su tratam iento c o n Freud, él
ya había reco n o cid o el valo r de la aten ció n deliberada. El síntom a m ás
im portuno de la paciente (que Freud logró suprimir después de trabajar con
ella durante nueve sem anas) era una intensa sensación olfativa de desagra
d able olor a budín qu em ado, a so cia d a c o n sentim ientos d ep resivos. En
lugar d e m inim izar esa peculiar a lu cin ación perceptiva, Freud dejó que lo
guiara h acia los oríg en es del m alestar de M iss L ucy. Las leyes de la m ente
y el p intoresco lenguaje de lo s síntom as estaban aclarándose para él: tenía
que haber una razón real y su ficien te para que un olor particular estuviera
ligad o a un estado de á n im o particular. Pero reconocía que tal v ín cu lo se
hacía v isib le só lo si aquella aturdida gobernanta inglesa podía recapturar
los recuerdos pertinentes. A hora b ien , e sto só lo ocurriría si ella “ perm itía
que su crítica descansara”, **° s i dejaba que sus pensam ientos serpentearan
sin controlarlos co n o b jecio n es ra cionales. D e e se m odo, Freud continuó
[100] F undam entos: 1856-1905
aplicando co n L ucy R. lo qu e había esta d o practicando con E lisabeth von
R.: la a so c ia c ió n líbre. A l m ism o tiem p o , L ucy R. le dejó claro a Freud
que los seres hum anos no están d ispu estos a que la crítica descanse; son
capaces de rechazar sus a so cia cio n es sobre la base de que son triviales,
irracionales, repetitivas, n o pertinentes u obscenas. Durante la década de
1 8 9 0 , Freud sig u ió s ie n d o un o y e n te su m anenle activo, c a si agresivo;
interpretaba las confesio n es de sus pacientes rápida y escépticam ente, son
deando n iv eles m ás profundos del co n flicto . Pero la pasividad en estado de
alerta del p sicoanalista, qu e Freud habría de llamar m ás tarde "atención
suspendida” o “flotante”, *81 estaba em pezando a entrar en su repertorio de
técn ica s. L e debía m u ch o a E lisabeth v o n R ., a L ucy R, y a sus otras h is
téricas. En 1892, ya había reunido lo s rudim entos de las técnicas p sic o a
n a lític a s: la o b se r v a c ió n atenta, la in terp retación exacta, la a so cia ció n
libre n o obstaculizada por la h ip n o sis, y la elaboración.
Freud tenía también otra le c c ió n reservada, una lección que lo preocu
p ó a lo largo de toda su carrera. En una encantadora anécdota, a propósito
de una e sp ecie de análisis de se sió n ún ica, describió el caso de “ Kathari
na” , una cam pesina de d iecio ch o años que lo había servido en un albergue
de las m ontañas austríacas, “N o h a ce m uch o tiem po — le inform ó a F liess
en a gosto de 1893— , v in o a consultarm e la hija del posadero en el Rax;
fue un h erm oso ca so para m í.” Katharina se dio cuenta de que Freud era
m éd ico , y se aventuró a confiarle sus síntom as n erviosos (respiración a gi
tada, d e sv a n ecim ien to s, una espa n to sa se n sación de ah ogo) y a pedirle
co n sejo. Freud, de v a cacion es, a n sio so por escapar de sus neurasténicos y
hallar esparcim iento en una excursión d e a scen so al Rax, se encontró en
ca m b io v o lv ie n d o a la práctica de su p rofesión. Las neurosis parecían bro
tar p o r to d a s p a rtes. R e s ig n a d o e in tr ig a d o , Freud m a n tu v o c o n su
“p aciente” una entrevista frontal. E lla reveló que cuando tenía catorce años
un tío su y o había realizado v arios intentos de seducirla, toscos pero frus
trados; aproxim adam ente dos años d espu és, lo había visto tendido sobre
una de sus prim as. En tonces em p ezaron sus síntom as. C om o niña ¡nocen
te y falta de experien cia, las aten cio n es de su tío le resultaron sum am ente
desagradables, pero só lo cuando lo v io sobre la prima las relacionó con la
cópula. El recuerdo le disg u stó y gen eró una neurosis de angustia co m b i
nada co n histeria. La ingenua co n fesió n de la jo v en la ayudó a descargar
sus sen tim ientos, su talante m e la n c ó lic o le abrió paso a una vivacid ad bri
llante y sana, y Freud confiaba en que d e esa conversación pudiera derivar
algún b en eficio duradero. “N o v o lv í a verla.”
Pero pensó en ella: tres décadas m ás tarde, Freud añadió en E s c r ito s
so b re la histeria una nota al pie d e página de tono confidencial, en la que,
renunciando a la discreción, confesaba que quien había tratado de molestar
a Katharina no había sido e l tío, sino el padre. Freud fue severo co n sig o
m ism o. Había m ejores m odos de ocultar la identidad de un paciente: “ Una
deform ación com o la que realicé en este caso tiene que evitarse siem pre en
L A C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [101]
un h is to r ia l.” *w S in duda lo s d o s o b je tiv o s g e m e lo s d el p sic o a n á lisis
— proporcionar terapia y generar teoría— so n por lo general com p atib les e
interdependientes. Pero a v ec e s co lisionan : los derechos del p aciente a la
intim idad pued en entrar e n c o n flicto c o n la e x ig en cia de consid eración
pública característica de la cien cia . Esa era una dificultad con la que Freud
v o lv ió a tropezar, y no s ó lo co n sus p acien tes; lo m ism o que a su s a n a li
zandos m ás revelad ores, d esvelarse a s í m ism o le resultaba a la v e z p e n o so
y necesario. Las so lu c io n e s d e transacción que articuló nunca fueron total
m ente satisfactorias, ni para é l ni para su s lectores.
C o n todos sus p rob lem as, lo s c a so s c o m o é ste, herm osos o n o co m o
e l de Katharina, h acían progresar por igual la técnica y la teoría: en 189 5 ,
e n E s c r ito s s o b r e ¡a h is te r ia y en su s co m u n ica cio n e s c o n fid e n c ia le s a
F liess, Freud estaba m o v ién d o se hacia algunas gen eralizaciones de largo
alcance. A l acumular y ordenar las piezas de e se gran rom pecabezas q ue es
la m ente, desarrollaba las ideas y e l vocabulario p sicoan alíticos, q u e se
convertían en ca n ó n ico s h acia fin es del sig lo . M antuvo a F liess perfecta
m en te inform ad o a m ed id a qu e su s id e a s ev o lu c io n a b a n y cam biaban,
enviando a Berlín grandes cantidades de anécdotas de casos, aforism os, su e
ñ o s, sin o lv id a r lo s “ b orrad ores”, e s o s e n sa y o s p re v io s de a rtícu los y
m onografías en los cu a les registraba su s descubrim ientos y experim entaba
con ideas, borradores sobre la angustia, sobre la m elancolía, sobre la para
noia. “ U n hom bre c o m o y o — le e scrib ió Freud a F liess el m ism o año en
que se p u b licó E sc rito s s o b re la h iste ria , co n la jactancia de un observador
obsesio n a d o — no p u ed e v iv ir sin una m anía, sin una pasión dom inante,
sin (para hablar c o m o S c h ille r ) un tirano, y él ha llegad o a mi vida. Y a
su ser v ic io ya n o c o n o z c o m oderación ninguna. Es la p sic o lo g ía .” *«*
A u n q u e e x ig e n te , el tirano Freud in vadió pero n o co m p rom etió su
tranquilidad dom éstica. Su vida privada era tan estable y serena c o m o é l le
perm itía serlo. En el o to ñ o de 1891 lo s Freud se habían m udado a B erggas
se 19, a un apartam ento d e un v ecin dario n o m uy distinguido pero (segú n
resultó) sum am ente con ven ien te. Esa casa fu e su cuartel general durante
cuarenta y siete años. A unque ocupado y preocupado, Freud no desatendía
las necesidades de la fam ilia. En octubre de 1895 presidió una fiesta de
cum pleaños, “de veinte person as”, para celebrar los och o s años de M at
hild e, y se tom ó tiem p o para otras alegres reuniones dom ésticas. C uando,
en la prim avera de 1 8 96, se c a só su herm ana R osa, d escubrió que su hija
S o p h ie (e n to n ces de tres a ñ o s), co n “ p e lo ensortijad o y una coron a de
nom eo lv id es en la ca beza” era “ lo m ás herm oso” de la boda. *«7 Freud se n
tía un v is ib le cariño por su s “p o llu e lo s ” y, sig u ie n d o con la com p aración,
por su s “g a llin a s” . **»
La “ segunda generación”, en particular, estaba constantem ente pre
sente en la m ente de Freud. En sus cartas interrum pía a m enudo el flu jo de
conjeturas abstrusas o historias c lín ic a s c o n n oticias sobre su p rogenie.
[102] F undamentos: 1856-1905
Le com entó a F liess algunas de las divertidas ocurrencias de Oliver: cuan
d o una tía “ entusiasta” le preguntó al n iño qué quería ser, él le contestó:
“ En febrero, tfa, [quiero tener] c in c o a ñ o s.” Freud hace un com entario
sobre esa s palabras, y sobre su s hijos en general: “ En su variedad, son
m uy d ivertidos”. Igualm ente d ivertido, Freud le habló a F liess de su
hija m enor, A nna, cu y a agresivid ad, un tanto precoz a los d os años, le
parecía cautivadora: “N o hace m ucho, A nnerl se quejó de que M athilde se
había co m id o todas las m anzanas, y pidió que alguien le abriera la barriga
(co m o en el cu ento d el cabrito). La niña se está desarrollando encantadora
m e n te .” * 91 E n cua n to a “S o p h e r l” , h abía entrado, “a lo s tres años y
m ed io, en la etapa d e la b e lle z a ”, y nosotros añadiríam os que permane
ció allí. Tal v e z e l hijo que le procuraba a Freud el entretenim iento más
constante era M artin, que e m p ezó a escribir versitos a edad muy temprana,
se llam aba a s í m ism o poeta, y co n interm itencia sufría ataques de “p o e ii-
tis in o fe n siv a ”. * ” Q uizá una m edia docena de las producciones infantiles
de Martin figuran en las cartas de Freud a F liess. La primera que m enciona
decía, en su totalidad:
D ice la coneja: “ Liebre,
¿todavía te duele la garganta cuando tragas?” 4
En aquel en to n ces, M artín aún no tenía och o años. A l año sigu ien te,
co n la m ente puesta en e l zorro (lo m ism o que m uchos niños centroeuro-
p e o s), en e se anim al astuto e inescru pu loso, y por lo tanto el m ás popular
en las fábulas y en lo s cuento s fo lc ló r ic o s, perpetró algunos v e rsos sobre
“La sed ucción del g an so por el zorro” . En la versión de Martin Freud, la
declaración del zorro decía lo siguiente:
T e am o,
D e ca b o a rabo.
¡V am os, bésam e!
Entre todos lo s anim ales
Y o podría ser el que más te admirara.
“ ¿N o crees que la estructura e s n otable?”, preguntó Freud alegrem ente.5
Pero co n dem asiada frecuencia, e l placer que a Freud le procuraban
sus hijo s se v eía m alogrado por la ansiedad. “M ucha alegría podrían dar
n o s lo s p eq ueños — e sc r ib ió — si n o hubiera tantos sob re sa lto s.” * » El
4 «“ H ase’, sp rích das R e h ,/’T u t’s D ir beim Sch lu ck en im H alse noch weh?"»
(F reud a F lie ss, 16 d e m ayo de 1 8 9 7 . Freud-Fliess, 2 6 0 [ 2 4 4 ]) .
s “ Ich lie b e D ic h ,/h er zin n ig lic h ,/k o m m , k ü sse m ich ,/D u kon ntest m ir von
allen /T ieren am b esten g e ía lle n " . (Freud a F lie ss, 2 4 de m arzo de 1 8 9 8 . Ibíd.,
3 3 4 [3 0 4 ]).
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 0 3 ]
principal y c a si m o n ó to n o drama por entregas de su fam ilia estrech am en
te unida se centraba en to m o a las continuas enferm edades de los niñ os,
lodas e lla s deb id am en te narradas a F lie s s, quien por su parte tam bién
tenía cuatro h ijo s. L os h ijo s de Freud com partían un m od o bien c o n o c id o
en las fam ilias num erosas de contagiar las enferm edades a sus herm anos.
Freud afrontaba los interm inables trastornos estom acales, catarros y v a r i
celas con la serenidad de un padre exp erim entado o (com o atestigua una
prolongada retahila de partes d estin a d o s a F liess) con la alarm a d e un
padre ansioso.
Por fortuna, las buen as n o tic ia s fam iliares sobrepasaban a las m alas.
“M i pequeña Annerl está b ie n de n u ev o — d ice un inform e de los m ás típi
cos— y los otros a nim ales tam bién, están otra v ez creciendo y pastando
com o corresponde.” D e l m ism o m o d o la s cosas m ejoraban d e sd e el
punto de v ista e c o n ó m ic o ... en alg u n o s m om entos. C ondenado durante
m ucho tiem po a ahorrar su s flo rin es, Freud disfrutó de gratos intervalos de
abundancia. A fin es de 1895 tu vo la satisfacción de poder “em pezar a esti
pular m is honorarios”. A s í e s co m o debía ser, según com en tó con firm e
za: “N o se puede prescindir d e las personas que denen el coraje de pensar
nuevas cosas antes de poder dem ostrarlas”. *»« Pero ni siquiera a fin es del
siglo estaba libre de deudas; in clu so desp ués de haberse convertido en un
especialista p restigioso, a v e c e s su ced ía que su consultorio estaba vacío.
Entonces se entregaba a c a v ila c io n e s sobre sus hijos y acerca de su futuro
econ óm ico.
U n ingrediente in dispensable d el orden d om éstico del hogar de Freud
era su cuñada M inna. D urante e l c o m p ro m iso c o n M artha B ern ays, le
había escrito a M inna cartas íntim as y afectuosas; las firm aba co m o “Tu
herm ano Sigm und", * ” y la llam aba “M i tesoro” . En aquellos días,
tam bién e lla había estad o com prom etida, c o n Ignaz SchOnberg, u n o de
los a m igos de Freud. P ero SchO nberg m urió jo v e n , en 1886, de tubercu
lo sis y , d espu és de e se su c e so , M inna B erna y s, aparentem ente, se re sign ó
a la soltería. A u m entó de p e so , se v o lv ió m ás m ofletuda, extrem ad am en
te vulgar; parecía m ayor qu e su herm ana Martha, aunque en realidad tenía
cuatro años m en os. V isitan te m uy b ien acogid a en B erggasse 19, a m ed ia
dos de la década de 1 8 9 0 p asó a ser a llí un adorno perm anente. Era la her
m ana in telectual, c o n o cid a por sus ob serv a cion es in gen iosas y c ap az de
seguir e l v u e lo im a g in a tiv o de Freud por lo m enos en parte de su recorri
do. * » En lo s años p io n ero s, Freud la con sid eró su “con fid en te m ás ínti
m a” , ju n to co n F l i e s s .« S ig u ió estand o cerca d e él; en verano, o c a sio
nalm ente visitaban ju n to s y so lo s lu gares de d escan so su iz o s o ciudades
6 En la década de 18 9 0 (seg ú n le dijo Freud a M arie Bonaparte m u ch o s años
m ás tarde) F lie ss y M inn a B ern ays fueron lo s ú n ico s que crey ero n e n é l. (M arie
B onaparte a Ernest Jo nes, 16 de d iciem b re de 1 9 5 3 ). P a p eles de Jones, A rc h iv o s
d e la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
[104] F u n d a m e n t o s : 1856-1905
ita lia n a s . 1 Siem pre fue un m iem bro integrante de la fam ilia y del hogar;
ayudaba a cuidar de lo s c h ico s y lo s llev a b a a lugares de veraneo.
S i bien a m e d ia d o s de la década de 1890 su vida dom éstica y (con
alg o m enos de seguridad) su práctica m édica parecían estables y seguras,
las perspectivas cien tíficas de Freud todavía resultaban difíciles de prede
cir. Estaba p u blicand o artículos sob re la histeria, las o b se sio n e s y las
fo b ia s , y la n eu ro sis de angustia: a su m o d o exploratorio, eran todos
inform es enviados desde los cam pos de batalla de la p sicología. A pesar de
la seguridad que le procuraba el constante apoyo y la amistad de F liess, a
m en u d o Freud se sentía ahogado por la in diferencia, el silen cio, la h o stili
dad. Cuando E sc rito s so b re la h iste ria m ereció una reseña bibliográfica
am bigua y zum bona, pero que estaba lejos de ser desdeñosa, realizada por
el em inente neurólogo A d o lf v on S triim pell, Freud la caracterizó, con sen
sibilidad exagerada, com o “m ediocre”. * 1M Sin duda, la reseña carecía de
e q u ilib r io y era un tanto superficial; S iriim pell no proporcionaba a sus
lecto res a tisbo alguno de las historias d e ca so s, y dedicaba un esp a cio
innecesariam ente am plio a lamentar el e m p leo del hipnotism o en el trata
m ie n to d e h istérico s. Pero al m ism o tiem po dio la b ienvenida al libro
co m o una “prueba grata” de que la percepción esencialm ente p sicogénica
de la histeria estaba ganando terreno. Llamar niedertráchtig a una rese
ña a sí significaba presentar una vulnerabilidad ante la crítica que estaba
am enazando con convertirse en un hábito de Freud.
Sus ten siones em ergieron en ataques de depresión y dolorosos sín to
m a s fís ic o s , a lgu nos de e llo s sin duda p sic o so m á tico s. En dos o tres opor
tunidades, asediado por un catarro n asal, renunció a regañadientes a sus
am ados cigarros por orden de F liess. Para F liess, proscribir los cigarros
era dem asiado fácil; su único defecto — pensaba Freud— era que no fum a
ba. * 103 Pero Freud no podía atenerse a la p rohibición por m ucho tiem po
y, c o n ánim o desafiante, pronto recaía en el hábito. “ N o estoy observando
tus órdenes sobre el fumar — escrib ió a F liess en noviem bre de 1893— ;
¿crees que e s un d estin o tan g lo r io s o v iv ir m u ch os años en la d e sd i
cha?” N ecesita b a lo s cigarros para e l trabajo. Sin em bargo, in clu so
cuando fum aba, sus m om entos de euforia, transitorios estallidos de a le
gría, eran su b vertid os por intervalos d e duda y m elan colía. Su estad o
(según él m ism o lo resum ió) era “ alternativam ente orgu lloso y fe liz , atur
dido y desdichado”. *»“ Sus cartas a F lie ss revelan los atribulados altibajos
de sus em o cio n es. “¿Insensata, n o es cierto, mi correspondencia?”, e x c la
m ó un día de octubre de 1895. “Durante d os sem anas escribí febrilmente;
7 El rumor (lanzado por Cari G. Jung) de que Freud ten ía una relación am oro
sa c o n M inn a B ern ays c a rece de fu n dam en tos c o n v in c e n te s . (Para un exam en
d e tallad o de este problem a, v é a se el e n sa y o b ib lio g rá fic o c orresp ond ien te a e ste
cap ítu lo ).
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 0 5 ]
aunque el secreto ya m e pertenecía, ahora sé que no lo ten go aún.” . “Sin
em bargo — insistía— n o estaba descorazon ado”. * 10t
Y n o lo estaba. “A hora e scu ch a ” , fu e su saludo a F liess unos d ías m ás
tarde. “ La sem ana pasada, durante una laboriosa noche, c o n la carga de e se
grado de dolor que lev a a su punto óp tim o m i actividad cerebral, las barre
ras se alzaron sú bitam en te, ca y ero n lo s v e lo s , y todo se v o lv ió transparen
te, desde lo s detalles de las neu rosis hasta lo s determ inantes de la con c ien
cia.” *i<” S ó lo o n ce días d esp u és, Freud ya no lem a tanta confianza. Estaba
“m uerto d e ca n sa n cio ” , había sufrido uno d e sus ataques de jaqueca, y
declaró que “las ex p lic a c io n e s d e la histeria y las neurosis o b se siv a s en
térm inos de placer-dolor, anunciadas co n tanto entusiasm o, se han vuelto
dudosas para m í”. * 108 S e había “reb elad o” contra su tirano, la p sico lo g ía
— le dijo a F liess— ; se sen tía “ a gotad o por el trabajo, cansado, con fu so ,
aturdido y d esilu sion ado, y se preguntaba por qu é había llegad o a m olestar
a F lie ss ex p o n ié n d o le su s ideas. Pensaba que a lg o faltaba todavía.
Pero sig u ió trabajando. L o s síntom as que tan desesperadam ente estaba tra
tando de com prender eran, en parte, lo s su y os propios; en m ed io de sus
p eriód icos d olores d e c a b eza , le e n v ió a F lie ss un m em orando sobre la
jaqueca. *»° Es fácil ver por qué Freud anhelaba que le tranquilizaran.
L a a v e n t u r a q u e desen cadenó en Freud las fantasías más d escabella
dam ente oscilan tes de fam a y fracaso fu e un am b icioso p royecto de p sic o
logía cien tífica , que co n c ib ió a p rincipios de la primavera de 1895. P en sa
ba n ad a m e n o s q u e e n “ in v e s t ig a r q u é fo r m a tom a la te o r ía d e l
fu ncionam iento m en tal si uno in trod uce e l punto de vista cu antitativo,
una e sp ecie de e co n o m ía d e las fuerzas nerviosas; y, segundo, extraer de la
p sicopatología un p r o v ech o para la p sic o lo g ía norm al.” Esa era la p sico
logía que estaba llam ánd olo d e sd e lejos ya hacía m ucho tiem po.
Su “ P sic o lo g ía para n eu r ó lo g o s” * 112 según la denom inó escribiéndole
a Fliess en abril, lo “ atorm entaba”. "H e d ed icado todos lo s m inutos libres
de las últim as sem anas, h e pasado la s n och es entre las o n c e y las d os fan
taseando, traduciendo y conjeturando”, escribió en m ayo. Estaba tan abru
m ado por el trabajo, q u e ya no podía desarrollar n ingún interés por la prác
tica ordinaria. Por otro lad o, sus p acien tes neuróticos le proporcionaban
un “ gran p la c e r ” , p u e sto q u e aportaban m u ch o a sus in v e stig a c io n e s.
“C asi todo se confirm a diariam ente, aparecen c o sa s nu evas, y m e hace
bien la certidum bre de tener entre las m anos el corazón del asunto." El
Freud de e so s años podría haberse descrito a s í m ism o c o m o de m ediana
edad, pero tenía la v iv a z resisten cia y (ante decep cion es interm itentes) la
intrépida flexib ilidad d e un in vestigador jo v en .
N ecesitaba todas las en ergías concentradas con las que pudiera contar.
Cualquiera de lo s dos o b jetiv o s cie n tífic o s d e Freud — introducir e l punto
de vista cuantitativo, o lograr que la p sico p a tología animara la p sic o lo g ía
gen e r a l— era, p o r s í s o lo , de v a s to a lc a n c e. Juntos, co n stitu ía n una
[106] F u n d a m e n t o s : 1856-1905
em presa utópica. En septiem bre y a principios de octubre de 1895, d e s
pués de uno de sus “con g reso s” con F liess, en un acceso de creatividad
feb ril, v o lc ó al papel su “ P sic o lo g ía para n eu rólogos”. El 8 de octubre
e n v ió el m aterial a F lie ss, para que lo comentara. Su tarea autoim puesta
le h acía sufrir. E n e l trabajo de c o m p o sición , sus in v estigacion es se a se
m ejaban a una agotadora a scensión por una montaña; las cum bres su ce si
vas que iba alcanzando lo dejaban sin aliento. En noviem bre ya no podía
entender «el estado m ental en el que fragüé la “P sicología”». * 1H S e sentía
co m o un explorador que lo hubiera apostado todo a una senda prom etedora
que finalm ente no conducía a ninguna parte. Le parecía que las recom pen
sas inm ediatas de su febril labor eran difusas e insustanciales. N unca se
tom ó e l trabajo de terminar e l proyecto, y lo ignoró estudiadam ente en sus
com entarios autobiográficos retrosp ectivos. Pero si fu e un fracaso, se tra
tó de un fracaso soberbio. La “P s ic o lo g ía ” no parece p recisam ente un
borrador tem prano de la teoría p sico a n a lítica, pero las ideas freudianas
sobre las p u lsio n es, la rep resión y la d efen sa, sobre la ec on om ía m ental
co n sus fu erza s en e r g é tic a s c o n te n d ie n tes, y sobre e l anim al hum ano
co m o el anim al que desea, fueron todas ellas esbozadas en e se trabajo. * us
La intención de Freud, tal co m o an un ció en e l in icio de su abultado
m em orando, era “proporcionar una p sico logía científiconatural, es decir,
representar los p rocesos psíquicos c o m o estados cuantitativam ente deter
m inados de partículas m ateriales e sp ecificab les, y de tal m odo hacer eso s
procesos gráficos y coherentes”. *»« Quería mostrar el m odo en que trabaja
la m aquinaria m ental, có m o recib e, dom ina y descarga las excitacion es.
M ientras estructuraba el p r o y ecto , en una e x p lo sió n d e op tim ism o , le
escribió a F liess: “T o d o p arecía entretejerse, los engranajes arm onizaban,
se tenía la im presión de que la c o sa era ya realm ente una m áquina que
pronto se pondría en m archa por s í m ism a. L os tres sistem as de neuronas,
lo s estados libre y ligado de la cantidad, lo s procesos primario y secunda
rio, la tendencia principal y la tendencia d e com prom iso del sistem a ner
v io s o , las dos reglas b io ló g ic a s de la aten ción y la defensa, las in d ic a cio
n e s de c u a lid a d , r e a lid a d y p e n s a m ie n to , la c o n d ic ió n d e l g ru p o
p sico sex u a l — la determ inación sexual d e la represión— , y finalm ente, los
factores de la conciencia co m o una función de la percepción: ¡todo eso era
correcto y sigu e sién d o lo hoy! N aturalm ente, no quepo en m í de puro p la
cer”. * ‘17
Las m etáforas m ecan icistas d e Freud y su vocabulario técnico (“neu ro
n as” , “cantidad”, “reglas biológicas d e la atención y la d efensa”, etcétera)
constituían el lenguaje de su m undo, d e su form ación m édica y del H o sp i
tal G eneral de V iena. El intento de estab lecer la p sicología com o una c ie n
cia natural sobre la sólida base d e la n eurología se adecuaba a las aspira
c io n e s de lo s p o sitiv ista s co n lo s q u e Freud había estu d iad o, y cu yas
esperanzas y fantasías él trataba ento n ces de realizar con su trabajo. Nunca
abandonó su am bición de fundar una p sic o lo g ía científica. En su E sq u e
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 0 7 ]
m a d e l p s ic o a n á lis is (e l resum en final que escrib ió en Londres durante su
últim o a ño d e v ida y que, lo m ism o que e l P r o y e c to d e una p sic o lo g ía
p a ra neurólogos, iba a dejar in co n clu so ) Freud sostien e llanam ente que el
én fa sis del p sic o a n á lisis en lo in co n scien te le perm itía “ocupar su lugar
co m o una c ie n c ia natural igual a las otras”. En e l m ism o su sta n c io so
fragm ento e sp e c u ló q ue, en el futuro, los p sicoanalistas podrían “ejercer
una in flu en cia d irecta , por m e d io d e su sta n cia s q u ím ic a s p articulares,
sobre las cantidades de energía y su distribución en e l aparato m ental”. *»i»
Esa form ulación es. un e c o , casi palabra por palabra, de su program a de
1895.
C on m ucha ju sticia , se ha denom inado “ new ton ian o” e l p royecto de
Freud. *120 Es new to n ia n o por su esfu erzo tendiente a subordinar las ley e s
de la m ente a las le y e s d el m o v im ien to , alg o que lo s p sic ó lo g o s habían
estado tratando de hacer desde m ediados del sig lo XVTII. T am bién es new -
toniano en su búsqued a d e proposiciones abiertas a la verificación em píri
ca. Sus adm ision es d e ignorancia recuerdan e l e stilo c ien tífico de N ew ton,
su celebrada m od estia filo só fica . N ew ton había reconocido con franqueza
que la naturaleza d e la gravedad se g u ía sien do un m isterio, pero al m ism o
tiem po in sistió en q ue e llo n o im pedía que el c ie n tífic o recon ociera su
fuerza y m idiera su acció n . A doptando la m ism a postura agnóstica, Freud
adujo, en 1895 y m u ch o d esp u és, que si b ien los p sic ó lo g o s n o habían
aprehendido lo s secreto s de las energías m en tales, no tem an por qué renun
ciar a observar su o p eración, ñi a reducirla a le y es. En 1920, tom ando
directam ente sus palabras de N ew ton , Freud todavía sostenía con firm eza
que “ n o n o s se n tim o s autorizados para form ular ninguna h ip ótesis” sobre
los “procesos ex citadores” de Ja m ente. *>*> Pero dentro de esas lim itacio
nes cuidadosam ente dem arcadas, Freud estaba seguro de que era m ucho lo
que podía com prenderse d el funcionam iento m ental.
S in em bargo, la s dificultad es desalentaban. A lg u n o s de los principales
animadores que gobernaban la maquinaria m ental le parecían a Freud per
fectam ente claros. La m ente obed ecía al prin cipio de constancia, según el
cual ella descarga lo s estím ulos perturbadores que la invaden d esde dentro
o desde fuera. “ E ste e s el principio de la inercia neuronal” , en los térm inos
de la form ulación técnica del propio Freud: “las neuronas tienden a desp o
jarse de la Cantidad”. *>“ L o hacen porque el estado de quietud, de calm a
que sigu e a la torm enta, proporciona placer, y la m ente b usca el placer o
(lo que a m enudo e s lo m ism o ) elu d e el dolor. Pero la “ fuga ante e l e stí
m u lo ” * m no pu ed e de por sí sola explicar la totalidad de la actividad m en
tal; e l principio de co n stan cia se v e vio la d o reiteradam ente. Los recuerdos,
que desem peñaron un papel tan prom inente en el pensam iento freudiano,
en aquel e n to n ces y m ás tarde, se acum ulan e n la m ente en tanto ésta
alm acena estím u lo s. M ás aun: la m ente en busca de satisfacción procura
conseguirla actuando en el m undo real, percib iéndolo, razonando sobre él
y m o d ificánd olo para que satisfaga d eseo s persistentes. Por lo tanto, una
[108] F u n d a m e n t o s : 1856-1905
p sico lo g ía cien tífica que apunte a explicar toda la vida m ental tiene que dar
cuenta de la m em oria, la p ercepción, el pensam iento y ia planificación,
tanto co m o de la sa tisfacción de la relajación que sigue a la descarga de los
estím u lo s.
Freud pensaba que uno de los m odos de hacer ju sticia a esa diversidad
del trabajo m ental c o n sistía en postular tres tipos de neuronas: las adecua
das para recibir e stím u lo s, la s pertinentes para transm itirlos y las que
transportan lo s con tenid os de la con cien cia. Estaba especulando, aunque
no descabelladam ente, y co n la com pañía de otros p sic ó lo g o s reputados.
Pero ese esquem a e x ig ía m uchas cosas, especialm ente una com prensión de
la naturaleza y d e las a c tiv id a d es d e la c o n c ie n c ia , q ue frustraban los
esfuerzos de Freud, así co m o las dificultades ligadas a conjeturas sim ilares
estaban frustrando lo s esfu erzo s de sus co legas. En todo caso, las ideas de
Freud, m ientras é l redactaba las notas para su “P sico lo g ía ” , estaban em p e
zando a m overse en una d irección m uy diferente. S e encontraba al borde,
n o de una p sic o lo g ía para neu ró lo g o s, sin o de una p sic o lo g ía para p sic ó
lo g o s. Los sustratos f is io ló g ic o y b io ló g ic o de la m ente nunca perdieron
su im portancia para Freud, pero durante varias décadas se retiraron a un
segu n d o plano m ientras é l exploraba lo s dom inios de lo in con scien te y
su s m a n ife sta c io n e s e n p e n sa m ien to y actos: la p su s, c h iste s, sín tom as,
defensas y sueñ os (que eran lo m ás en igm ático).
E n a l g ú n m o m e n to de la n oche del 23 al 24 d e ju lio de 1895 — pro
bablem ente, pensaba Freud, e n la madrugada— tuvo un sueño histórico,
que iba a ingresar en el cu erpo de doctrina p sicoanalítico com o “el sueño
de la iny ecció n de Irm a”. M ás de cuarenta años después, en L a in te rp re ta
ció n d e lo s su e ñ o s, Freud le oto rg ó una estatura e x c ep c io n a l, usándolo
com o paradigm a para su teoría de que los sueños son realizaciones de d e
se o s. E n la ép oca en que tu v o e s e su eñ o, estaba trabajando con em peño en
el p ro yecto, pero agrad ab lem en te a lojad o en un am biente tranquilo en
B e llev u e, la v illa de d esca n so en las afueras de V iena a la que Freud solía
trasladarse durante las va ca cio n es. E l lugar y el m om ento eran ideales, no
tanto para soñar — Freud soñaba profusam ente durante todo el año— com o
para reflex io n a r sobre lo s su eñ o s en e l tiem p o libre. M ás tarde, Freud
observó que ése fu e el primer su eñ o que había “som etido a una interpreta
ció n detallada”. Pero aunque esm erad o, m in u cioso y aparentem ente
exh austivo, su inform e acerca de esa interpretación es fragmentario. D e s
pués de rastrear cada elem en to del sueño por separado hasta llegar a sus
fuentes en la experiencia recien te y rem ota, Freud se detiene: “N o pretendo
haber revelado por co m p leto e l sig n ifica d o de e sle su eñ o, ni que su inter
pretación carezca de grietas. Todavía podría demorarme m ucho tiem po en
él, extraer c o n clu sio n es ad icionales, y exam inar n uevos enigm as que su s
cita. Y o m ism o sé cu á les son lo s fragm entos a partir de los cu ales podría
continuarse con una serie de pensam ientos, pero consideraciones propias
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 0 9 ]
de todo su eñ o reprim en m i trabajo de interpretación”. En efecto, algo de lo
que Freud confesaba públicam ente estaba lejos de ser meritorio; en c o n se
cuencia, una m ódica m edida de intim idad no parecía más que su derecho,
un derecho que Freud estaba dispuesto a reclamar: “Que quienes esgrim en
un reproche por mi reserva, traten d e ser más francos que y o ”. * L15 Obser
v ació n correcta; eran p ocas las personas, in c lu so las m ás d esinhibidas, d is
puestas a revelar tanto sobre sí m ism as.
C uriosam ente, las cartas de Freud a F liess, por lo general una fuente
inagotable, no hacen m ás que com plicar e l m isterio de su sinceridad se le c
tiva. El 2 4 de ju lio , p oca s horas d esp u és d e su sueño d ec isiv o , Freud le
en v ió a su am igo de B erlín un m ensaje inu su alm ente lacón ico, llam ándolo
(tal v e z un p o co am biguam ente) su “d a im o n ”, su destino, su inspiración.
Se preguntaba por qué F lie ss no le había e sc r ito últim am ente y si a F liess
todavía le im portaba su trabajo (e l d e Freud); le solicitaba sus propias
id ea s, preguntaba por su salud y su m ujer, y reflexionaba sobre si los dos
estaban destin ados a ser am igos so lam en te en ép ocas de infortunio. A la
manera de un buen am ig o que le esc r ib e a otro, term ina un tanto in co n e
xam ente, com entando que é l y su fa m ilia s e encontraban “viv ie n d o muy
con ten to s” en B e llev u e. N o hallam os ni una palabra sobre "Irma” ni sobre
el trabajo de interpretación que debe de haberlo absorbido ese día. *
En agosto, Freud le m an ifestó a F lie ss que desp u és de m ucho trabajo
intelectual había logrado com prender “la d efen sa patológica y, con ello,
m u chos im portantes p r o ceso s p s ic o ló g ic o s” . E sto parece una alusión
oblicua a las ideas em ergentes de su análisis d el su eñ o de Irma. C uando se
encontró co n F lie ss en B erlín, a p rin cip io s d e septiem bre, es m uy p o sib le
que exam inara e l su eñ o co n é l. P ero n o fu e antes de junio de 1900 (casi
cin co años m ás tarde) cuando Freud le recordó enfáticam ente a Fliess ese
m om ento d e triunfo. D e n u evo estaba en B ellev u e . D espués de com entarle
trivialm ente las n o ticia s fam iliares y lo s placeres d e úna prim avera tardía,
perfum ada por las flo res, le pregunta retóricam ente a F liess: «¿Crees real
m ente que algún día, en esta casa, se podrá leer e n una placa de mármol:
“A q u í se le r ev eló , el 2 4 de ju lio de 1 8 9 5 , e l secreto del su eñ o al Dr.
S igm . Freud”?» *>“ Era un interrogante retórico, oscuram ente desconfiado.
M ensajes com p lejos, que van m ucho m ás allá d el anhelo de fam a de
Freud, se agolpan en su frecuentem ente citada fantasía. Su tono jo v ia l pare
ce ocultar un reproche sutil, ind icio tardío de que m ientras Freud resolvía el
enigm a d e su sueño e se día de verano d e 1895, le estaban preocupando tam
bién los d efectos radicales de Fliess. Sherlock H olm es habría com prendido
que el prolongado silen cio de Freud, co m o el del perro que no ladró en la
noche, estaba cargado d e sig n ifica ció n . Lo que Freud n o le dijo a F liess el
24 de ju lio de 1 8 95, ni a lo s lectores d e L a interpretación de los sueños,
era que e l sueño de la in yección de Irma representaba un guión argumenta!
cu id a d o sa m e n te c o n stru id o y su m a m e n te intrin cad o, d estin a d o por lo
m enos en parte a rescatar la im agen idealizada de Flies que tenía Freud, en
[110] F undamentos: 1856-1905
abierto desafío a algunas pruebas que la condenaban. Una interpretación de
este sueño más com pleta y m enos velada que la que Freud publicó conduce
a lo que debe de haber sido el episodio más desalentador de su vida.
El sueño de Irma que Freud recordó al despertar es (com o la mayoría de
sus su eñ o s) rico y diáfano. En la sup erficie hay una m ezcla de noticias
fam iliares y preocupaciones profesionales Aparece un gran salón en el que
lo s Freud están recibiendo a m uchos in vitados, entre e llo s a “Irma” , que
Freud identifica com o una am iga de la fam ilia, “una joven que yo había
estado tratando psicoanalídcam ente”. Freud la aparta para reprocharle que no
aceptara su “solución” y le dice, tuteándola con familiaridad, que si todavía
tiene dolores “en realidad la culpa e s tuya”. Ella contesta que los dolores
sofocantes que experim entaba en la garganta, el estóm ago y el abdom en,
eran m ás intensos de lo que él suponía. D esconcertado, Freud exam ina a
Irma y le pregunta si no ha pasado por alto alguna enfermedad física. Le
revisa la garganta, y después de que ella, vacilando, abre la boca de modo
adecuado, v e una mancha blanca y costras grisáceas con la forma de los h u e
so s de la nariz. En la escena aparecen a continuación am igos m édicos de los
Freud, todos ellos con disfraces adecuados: Oscar R ie, pediatra de los hijos
de Freud: Breuer, aquella em inencia de los círculos m édicos vieneses; y tam
bién F liess, en la figura de un inteligente especialista con el que Freud esta
ba en buenísim as relaciones. D e algún m odo, todos esos m édicos — ¡todos
m en os F liess!— habían sido responsables de los persistentes dolores de
Irma. Por cierto, Freud soñó que su am igo “Otto” — Oscar R ie— le había
puesto irreflexivam ente una in yección a Irma. “Una preparación de propil,
p r o p ils... — tartamudeaba Freud— ácido p ro p ió n ico ... trim etilam ina”, y
“probablem ente con una jeringa que no estaba lim pia”. **»
En consideraciones que preceden a su interpretación, Freud revela que
los síntom as de la angustia histérica de Irma habían m ejorado en e l curso
d e su análisis, pero todavía sufría d e m olestos dolores som áticos. El día
anterior, Freud se había encontrado con R ie, quien (le pareció a Freud) lo
h izo objeto de una crítica ob licu a por no haber curado totalm ente a Irma;
tratando de justifica rse, Freud redactó para Breuer un inform e sobre e l
ca so . Si b ien Freud n o lo d ic e , e s o b v io que, por tensas que hubieran
pasado a ser las relaciones entre e llo s, Breuer seguía siendo una autoridad
para Freud, alguien cu y o ju ic io continuaba valorando y cuya crítica tem ía.
E sos eran los antecedentes que Freud ofrecía para explicar los orígenes
del sueño y el d eseo que e se su eño distorsionaba y dramatizaba. Interpretó
e l su eñ o im agen por im agen, palabra por palabra: la recepción de los in v i
tados le recordó un com entario de la esp osa anticipando la fiesta de c u m
pleaños de ella; la trim etilam ina, las teorías de su am igo Fliess sobre la
quím ica sexual; la jeringa sucia, su org u llo por el m odo en que é l m ism o
m antenía lim pias sus jeringas cuando administraba dos inyecciones diarias
d e m orfina a un pacien te m ayor. A l seguir una huella tras otra, los p en sa
m ientos de Freud se ram ificaron. V olvieron a un caso trágico en el que
L A C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [111]
una droga que é l había prescrito d e buena fe y sobre la base de op in ion es
autorizadas, p ro v o có la m uerte del p aciente, y a otro ca so en e l q ue su
intervención ex p u so al enferm o a r ie sg o s innecesarios; tam bién p en só en
su m ujer, que había sufrido trastornos v en o sos durante sus em barazos, y
que (c o sa q ue no se le d ic e al lecto r) en e se m om ento estaba de n u evo
embarazada. Freud interpretó tod os esto s recuerdos (o su m ayoría) com o
asociacion es centradas en to m o a su habilidad com o m édico. D e m od o que
el d ese o q u e e l su eñ o reflejab a era que d e los sufrim ientos de Irma no
había q u e cu lp a rle a é l, sin o a otro s. "En resum en, y o so y e scru p u lo
s o . " * 130 D e m anera bastante co n v e n ie n te , e l m ism o a m ig o que parecía
haber criticado al se n sib le Freud era en e l sueño un m éd ico irresponsable y
en el que no se p odía confiar. En c o n secu en cia, Freud optó por interpretar
el sueño d e la in y e c c ió n d e Irma c o m o un sueño de vengan za y autoafir-
m ación d e s í m ism o: todas su s ideas reunidas podían etiquetarse (c o n clu
yó ) co m o “p reocup ación por la salu d, la propia y la de los otros, y una
escrupulosidad de m éd ico.” * 131
Freud m e n c io n ó algunos tem as a dicion ales entretejidos en la trama de
este su eñ o (por e je m p lo , una en ferm ed ad de su hija m ayor, M athilde),
pero tuvo el cu id a d o de eludir otros en su ing en iosa interpretación.
El h ech o de que Freud apremiara a la paciente a aceptar su solu ción , el
de que Irma se negara a abrir la boca adecuadam ente, y ni qué decir tiene
que la jeringa sucia que había u sado su am igo O tto, son elem en tos que
invitan al lector d e in c lin a c io n e s p sico a n a líticas a reflexionar sobre las
fantasías se x u a le s de Freud. Pero había tam bién una om isión m ás im por
tante y m enos v is ib le que éstas, pu es la interpretación de Freud c o n stitu ye
un d esp la za m ien to general: el m é d ic o cu y a escrupulosidad quería dejar
establecid a c o n e s e su e ñ o , m u ch o m en o s que él m ism o, era F liess.
La c la v e de esta interpretación está en la com pleja identidad de la pro
pia Irma. C o m o la m ayoría de las figuras centrales de los su e ñ o s, era
— seg ú n s e ñ a ló Freud c o n in siste n c ia — una S a m m e lp e rso n , un “c o m
puesto". * 1» L o m ás probable e s que Freud tomara sus principales rasgos
de Anna L ichtheim , hija de su m aestro d e religión, Sam uel H am m ersch-
lag, viuda jo v e n y una d e su s p a cien tes favoritas. Pero de m od o in e q u ív o
co — por su ju v en tu d , su v iu d ez, su h isteria, su trabajo con Freud, su rela
ció n co n la fa m ilia Freud, y probablem ente sus sín tom as físic o s— A nna
L ichtheim se asem ejaba m u ch o a otra paciente de Freud, Em m a E ckstein.
Y fue Em m a E ckstein la protagonista d e un m elodram a m éd ico a p rinci
pios de 1 8 9 5 , en el cual Freud, y en m ayor m edida F liess, desem peñaron
pap eles p o c o en v id ia b les. En e l in c o n scien te de Freud, al elaborarse e l
sueñ o, las figuras d e Em m a E ck stein y de Anna L ichtheim parece que se
m ezclaron para convertirse en Irma.
A dem ás de sus sín tom as d e angustia histérica, Emma E ckstein padecía
intensos d olores y hem orragias nasa les. Si bien Freud pensaba que esa s
hem orragias eran p sicó g en a s, le p id ió a F liess que exam inara a la p a cien
[112] F u n d a m e n t o s : 1856-1905
te, para n o correr e l r iesg o de, m ientras buscaba las raíces del m alestar p si
c o ló g ic o , poder pasar por alto un trastorno físic o . Fliess había ido a V iena
y operó d e la nariz a Em m a E ckstein. Pero esa operación no produjo nin
gún alivio: los dolores de la m ujer no cedieron, y se vieron agravados por
abundantes h em orragias y un o lo r fé tid o . A larm ado, Freud co n su ltó a
algun os cirujanos v ie n e se s, y e l 8 de m arzo de 1895 le relató a F liess lo
que había su ced id o. Su v iejo a m igo Ignaz R osanes, un reputado e sp e c ia
lista, se reunió co n Freud en la casa de Em ma Eckstein. E lla estaba sa n
grando por la nariz y por la b o ca, y e l “o lo r fétid o era m uy in ten so” .
R osanes “lim pió lo s bordes de la cavidad, arrancó coágulos adheridos, y de
pronto e m p ezó a tirar de alg o a sí c o m o una hebra y sig u ió tirando”. A ntes
de que él y Freud pudieran detenerse para reflexionar, “ se había sacado de la
cavidad de un buen m ed io m etro d e gasa. D e inm ediato sig u ió una efu sión
de sangre, y la paciente p a lid e c ió , co n ojo s d esencajados y sin p u lso” .
R osanes actuó co n prontitud, e n v o lv ie n d o la cavidad con gasa nueva, y la
hem orragia se detuvo. T o d o había su ced id o en m edio m inuto, pero bastó
para que Em m a E ckstein resultara “ irreconocible”. Freud captó en un in s
tante lo que había sucedido; ante la calam idad, se descom puso. D espués de
que la nariz quedara vendada, é l “h u y ó ” a la habitación con tigu a para
beberse una b otella de agua, v ién d o se a s í m ism o com o una figura m uy
patética. Se recuperó gracias a un p o c o de coñac. Cuando v o lv ió al lado de
la p acien te, “un p o c o tam baleante” , E m m a E ckstein lo recibió con una
observación “superior”: “A s í que é se e s e l sexo fu er te.. . ” * i”
Freud adujo que n o había sid o la sangre lo que lo acobardó, sino más
bien “la p resió n de las e m o c io n e s ” . P o d em os conjeturar cu á le s fueron.
Pero in clu so en su primera carta, escrita bajo la im presión de e se ep iso d io
desconcertante, Freud s e m ostró a n sio so por proteger a F liess de la obvia
im putación de descuido, ca si de intervención defectuosa y fatal. “A sí que
h em os sid o injustos c o n e lla ”, con ced ió . Em m a E ckstein era perfectam en
te norm al; sus hem orragias nasa les n o habían sid o de origen h istérico,
sino provocadas por “una pieza de gasa yodofórm ica que se desgarró cuan
do tiraste de ella y quedó dentro durante dos sem anas”. Freud asum id la
responsabilidad y ex culpó a su am igo: n o tendría que haber aprem iado a
Fliess para que operara en una ciudad ajena, donde no podía realizar el
seguim iento de la paciente. El accidente co n la gasa podía haberle sucedido
al “m ás afortunado y prudente de lo s cirujanos”. Ese era e l tipo de excusa
d e fen siv a que el Freud psicoan alista pronto iba a denom inar negación .
Pero n o todavía. C itó a otro especia lista , quien habría confesado que una
v ez a él le había su ced id o lo m ism o , y agregó tranquilizadoram ente: “Por
supuesto, nadie está reprochándole nada.” * ” «
En realidad, según Freud sugirió co n delicadeza en una carta de princi
p io s de abril, un e sp ecia lista v ie n é s — o torrinolaringólogo com o F lie ss—
le había insin uad o que las hem orragias profusas y constantes de Em m a
E ck stein fueron p rovocadas por la desastrosa in tervención de F liess; el
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 1 3 ]
h ech o de que hubiera dejado gasa en la nariz era só lo la peor con secu en
cia. * 1M F lie ss parece que se o fen d ió , pero Freud trató de apaciguarlo: fuera
lo que fuere lo que pensaran todos e so s ex p ertos, “para m í sig u es siendo el
m éd ico , el tipo de hom bre en c u y a s m an os uno pone c o n confianza su
propia vida y la de la propia fa m ilia ” . * 136 Pero no quedó satisfech o con
reafirm ar su com pleta con fian za en las aptitudes y la habilidad de Fliess;
h iz o a Em m a E ckstein resp onsable de toda la catástrofe. A fines de abril,
en una carta dirigida a su “Q uerido M ago” , se refirió a la paciente, que en
e se m o m e n to estab a m ejo ra n d o grad u a lm en te, c o m o “ m i ín cu b o y el
tu y o ” . * 137 U n año m ás tarde v o lv ió sobre e l tem a, com u n icán d ole a F liess
“una so lu ció n totalm ente sorprendente d e las hem orragias de Em ma E cks
tein, que te agradará m uch o”. * 138 Freud pensaba que podía demostrar que
F lie ss había estado siem pre en lo cierto, que “su s hem orragias eran histé
ricas, que se producían par anh elo”. * 13» Escribió palabras halagadoras: “Tu
nariz ha v u e lto a o ler b ie n ” . Las hem orragias d e Em m a E ckstein eran
“hemorragias de d eseo ”. *mo
El h ech o de que la pacien te s e estuviera recuperando “brillantem en
te” no hacía m ás que facilitar la tarea de Freud dedicada a hallar para su
am igo una coartada irrefutable. M antuvo un silen c io llen o de tacto acerca
de la em barazosa cu estió n de si la d ecisió n de operar tom ada por F liess
había sid o razonable, u n sile n c io lle n o d e tacto sobre la gasa que F liess
había p erm itido qu e p rovocara la in fe c c ió n . La cu lp a de todo la tenía
Em m a E ckstein. R esultaba indudable que a e lla le gustaba sangrar, pues el
síntom a le hacía p osible dem ostrar que sus diversas enferm edades eran rea
le s y no im aginarias, y e sto le daba derecho a reclam ar e l afecto de otras
personas. D esde lu ego, Freud adujo algunas pruebas clín icas en cuanto a
que la paciente probablem ente había estado sacando partido de sus hem o
rragias durante años. Pero e s o n o p od ía absolver a F liess; su actitud e v a si
va e s o sten sib le. L o que en realidad im portaba n o era que pudiera presu
m irse que su m o le sto ín cub o s e había provo cad o sus trastornos para ser
am ada, sin o saber si su ciru jano chap u cero era o n o tan irreprochable
com o Freud necesitaba que lo fuera. In clu so aunque en gran m edida Freud
tom ó a A nna L ichth eim c o m o m o d e lo de Irma, la sorprendente sem ejanza
de am bas m ujeres h acía casi inev ita b le que tam bién Em m a E ckstein in va
diera el sueñ o d e Irma. T al c o m o Freud lo narró, F liess aparecía só lo bre
v em en te en el su eñ o , y e l p ropio Freud se preguntó: “Este am igo, que
desem peña un papel tan grande en m i vida, ¿no debería aparecer m ás en el
con tex to m ental del su eñ o ? ”. * i« La respuesta e s que lo h izo. El sueño de
la in y e c c ió n de Irma revela, entre otras co sa s, la ansiedad de Freud por
ocultar su s dudas acerca de F lie ss, y n o só lo por ocu ltárselas a F lie ss,
sin o tam bién por ocu ltá rsela s a s í m ism o .
Es una paradoja: a llí estaba Freud, qu e luchaba por aprehender las
le y es de las operaciones m en tales in co n scien tes, exculp an d o al culpable y
difam ando al in o cen te, co n e l o b jetiv o de conservar su necesaria ilusión.
[114] F u ndam entos: 1856-1905
En lo s años que siguieron, Freud esta b leció más allá de cualquier duda que
la contradicción es, aunque n o desea b le, e l inevitable d estino del hombre
Le gustaba citar un verso de uno de su s escritores favoritos, e l p oeta suizo
Conrad Ferdinand M eyer acerca del “hom bre con todas sus contradiccio
n e s”. L leg ó a reconocer la in fluencia de la am bivalencia (la tensa c o e x is
ten cia d e amor y o d io ) en la m ente hum ana. A lg u n o s d e sus primeros
pacien tes le habían en señ a d o que lo s seres hum anos pueden saber y no
saber al m ism o tiem po, entender intelectu alm ente lo qu e em ocionalm ente
se n iegan a aceptar. U na m ayor ex p eriencia p sicoanalítica permitiría c o n
tar co n un apoyo clín ic o abrumador para la observación de Shakespeare
referente a que el d e se o e s e l padre del pensam iento. Una manera m u y
corriente de abordar c o m p lica cio n es m olestas (por m ás inoportunas que
sean) c o n siste/en mandarlas al diablo. E so es lo que h iz o Freud durante la
prim avera y ©1 verano de 1895.
En todo e se tiem p o , y d e sp u és, F lie ss s ig u ió sien d o el O tro irreem
p la za b le d e Freud. “ M ira lo que su c e d e ” , le escrib ió Freud in c lu so en
18 99, p o co después d e uno d e sus encuentros. “A quí v iv o taciturno en ls
oscuridad hasta que tú v ien es; m e regaño a m í m ism o, e n cien d o m i luz
fluctuante frente a la con sta n cia de la tuya, vu elv o a sentirm e bien, y d e s
pués de tu partida tengo de n u ev o o jo s para ver, y lo que v e o e s herm oso
y b u en o” . N ad ie m á s, ni en V iena ni en ningún otro lugar, podía pres
tarle a Freud e s e se r v icio , ni siquiera su despierta e inteligente cuñada
M inna B em a y s. Pero el F lie ss que de e se m odo se adecuaba a la idea que
se hacía Freud del o yente perfecto, en parte era una invención del propi:
Freud.
U na de las razones de que e se retrato idealizado perm aneciera intacto
durante tanto tiem po resid ió en que a Freud le c o stó años llegar a recono
cer, y elaborar, el ingrediente eró tico de esa dependencia. “ N adie puede
reem plazar para m í — le c o n fe só a F liess en una oportunidad— la com pa
ñía del am igo, ex ig id a por una vertiente esp ecial, tal v ez fem enina” . * -
E so ocurrió ya hacia el final de su am istad, en 1900. Un año más tarde
v o lv ió sob re el tem a, con un m atiz d e reproche deslizán d ose en su objeti
v o com entario autobiográfico: “ N o com parto tu desprecio por la a m is tíi
entre hom bres, probablem ente porque en gran m edida m e interesa. En rru
vid a , c o m o bien sabes, la mujer nunca ha reem plazado al camarada. .
a m ig o .” *»« Freud efe c tu ó esa a u toevaluación cuando su intim idad cc c
F lie s s esta b a d e c r e c ie n d o y p o d ía perm itirse la p e rsp icacia. En 1910
recordando todo aquel fatal ep iso d io , Freud le dijo llanam ente a varios
su s d isc íp u lo s m ás pró x im o s que en su a p ego a F lie ss había e x istid o
elem en to h om osexual.* Pero en 1895 y 1896 Freud so fo c ó sus dudas acer
ca d e F liess. Iba a costarle c in c o años o m ás liberarse de e sa servidumbre
V éa n se las p á g s. 3 1 4 - 3 1 8 .
[ 116] F undamentos: 1856-1905
p ues él m ism o lo desea. Era — agregó Freud, utilizando el luctuoso tiem
po pasado m ientras Jacob Freud todavía respiraba— un ser humano intere
sante, interiorm ente m uy fe liz ” , y se estaba yendo “con d ecencia y dign i
dad”, *151 En a g o sto se produjo a lgu na r em isió n tem p oral, brotó una
últim a llam a de los rescoldos, y Freud pudo tom arse unas breves vacacio
nes. Pero el 2 3 de octubre m urió Jacob Freud, com portándose “v a lien te
m en te hasta el fin , pues en general estaba lejos de ser un hom bre c o
m ú n ” . * lí2 N o era el m om en to para e v a lu a c io n e s críticas objetivas; el
hom bre que había recogid o el gorro del arroyo y que n o logró e l bienestar
ec o n ó m ic o en V iena fu e cariñosam ente olvidado. Por una v e z, Freud no
estu v o m ás que o rgu lloso de su padre.
Pero se in ic ió la reacción inevitable; in clu so em p ezó a resultarle d ifí
cil escribir cartas. “A través de algunas de esas sendas oscuras que están
detrás de la co n cien cia o ficia l — le escribió a F liess, agradeciéndole sus
co n d o len cia s— , la m uerte d el v iejo m e ha con m o v id o m ucho. Lo he q u e
rido m ucho, lo com prendí co n m ucha ex actitud, y é l h izo m ucho en m i
vida con su característica m ezcla de profunda sabiduría y fantástica fe lic i
dad” . La m uerte del padre, agregaba Freud, había despertado todo el pasado
de su personalidad m ás íntima. “T en g o ahora una sensación de desarraigo
total” . Esta no era una respuesta característica de un hijo de m ediana edad
ante el fin d e un padre anciano que se había “ sobrevivido m ucho a s í m is
m o ”; el luto de Freud tuvo una intensidad excep cion al. Tam bién fue
ex cep cio n a l el m o d o en que lo u tilizó co n fin es cien tífico s, distanciándose
un tanto de su pérdida, y al m ism o tiem po reuniendo m aterial para sus
teorías.
U n fen ó m en o que observ ó en s í m ism o durante e so s días pesarosos
fue el que denom inó culpa del su p e r v iv ie n te.11 U nos p o cos años m ás tarde
con firm ó dram áticam ente su ex isten cia . E n 1904, al visitar G recia por pri
mera vez, experim entó una curiosa sen sación de irrealidad. ¿Era realm ente
la A crópolis co m o a é l le habían e n señado en la escu ela? Su presencia
allí, ¿no resultaba dem asiado bonita c o m o para ser cierta? M ucho más per
p lejo , la relacion ó c o n un anterior sentim iento de culpa: él había superado
a su padre, y eso estaba de algún m odo prohibido. *>* Freud descubrió en
su autoanálisis que es tan p elig ro so vencer en las propias batallas edípicas
co m o perderlas. Las raíces de su reconocim iento retrocedían hasta los días
inm ediatam ente posteriores a la m uerte del padre, cuando tradujo sus senti
m ientos en una teoría. La acusación de que Freud estaba siem pre trabajan
do tenia alguna razón de ser.
11 En una carta, Freud escr ib ió sobre “el autorreproche que aparece regu [ár
m e n le entre los su p e r v iv ie n te s” . (F reud a F lie s s , 12 d e n o v iem b r e de 1 8 9 6 ,
F reud-Fliess, 2 1 4 [ 2 0 2 ]) .
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 1 7 ]
D e m o d o q u e l a m u e r t e d el padre co n stitu y ó una profunda e x p e
rie n c ia p e r so n a l, d e la q u e F reud e x tra jo c o n se c u e n c ia s u n iv e rsa les;
actuó c o m o una piedra arrojada en un la g o tranquilo, generando s u c e s i
v o s c ír c u lo s de in so sp ech a d a m a gn itu d. A l reflexion ar sobre e l h e c h o en
19 0 8 , en el p refa cio de la seg u n d a e d ic ió n de L a in te rp re ta c ió n d e lo s
su e ñ o s, co m en tó q u e para é l e l libro ten ía un p od e ro so sig n ific a d o su b
je tiv o que s ó lo pu d o “ com prender d esp u é s d e haberlo term inado”. H abía
lle g a d o a v e rlo c o m o “una p ie z a d e m i a u to a n á lisis, m i r ea c ció n ante la
m uerte d e m i padre, e s d e c ir , ante e l a co n tecim ien to m ás im portante,
ante la pérdida má^ d e c isiv a , de la v id a de un hom bre” . * ‘ss L a c o n fu sió n
en tre a u to b io g r a fía y c ie n c ia h a in v a d id o e l p s ic o a n á lis is d e sd e su s
co m ie n z o s. La céleb re o b se r v a c ió n d e Freud reco n o cien d o la sig n ific a
ció n in ig u a la b le d e la m uerte d e l padre e s no m en os n otable por lo que
om ite que por lo qu e d ice: ¿ sería realm en te c ierto que la m uerte de la
madre e s m en o s dura? La m adre d e Freud, dueña de s í m ism a y d o m i
nan te, v iv ió hasta 1 9 3 0 , lle g a n d o a lo s n o v en ta y c in c o años de ed ad , y
ex ig ie n d o e l h o m en a je y la le a lta d de su p rogen ie, in clu id o s lo s d e su
p rim o g é n ito y fa v o r ito n iñ o d o rad o. Era ca si c o m o si su p r o lon gad a
v id a a c tiv a hubiera perm itid o al h ijo p sic o an alista ir bordeando las c o n
sec u e n c ia s c o m p leta s d el c o m b a te e d íp ic o acerca del cu al, d esp u é s de
to d o , é l fu e e l p rim ero que lla m ó la a te n c ió n . E s im portante para la h is
toria d el p sic o a n á lisis e l h e c h o d e que Freud fuera e n gran m ed id a e l
hijo de su padre, que soñara y se preocupara m ás por las rela cio n es co n
el padre que por la s rela c io n e s co n la m adre, * 15* y q ue in co n scien te m en
te e stu v iera a n sio so por dejar sin an alizar parte de su am b iv a len cia co n
resp ecto a la madre.
En general, Freud advirtió la naturaleza peculiar del material que pre
sentaba. E n 1 8 95, al inform ar sob re E lisab eth v on R ., escr ib ió un tanto a
la d efen siva que “ los c a so s que e scrib o p arecen novelas y, por así decir, les
falta e l m archam o de seriedad del m étodo c ien tífico”, lo cual le resultaba
extraño. S e tranquilizó aduciendo que era “ la naturaleza del tema, m ás que
mi p red ilecció n , lo q ue ev id en tem en te deb e considerarse responsable de
este resultado” . * 157 Pero la a cu sación de que Freud se inclinaba a tom arse
el p u lso a s í m ism o para adivinar e l clim a general de la op in ió n , n o iba a
ser refutada por e so s fá c ile s c o n su elo s. Y a en 1901, al frente de la v an
guardia de un ejército de personas que dudaban, F liess atacó a Freud d icien
do qu e “el lector del pensam ien to le e en lo s otros solam en te sus propios
pensa m ien to s”. * I5S
D esd e en tonces, n unca se a ca lló la o b jeción de que Freud, sim p le e
ilegítim am en te, tradujo su s pro p io s traum as p sic o ló g ic o s en tanto preten
día form ular las denom inadas le y e s d e la m ente. Podem os ver c ó m o surgió
y por qu é ha persistido. M uchas de las m ás perturbadoras ideas de Freud
p ro v in iero n d e fu e n te s a u to b io g r á fic a s r e co n o c id a s o en cu b ie rta s. S e
ex p lo tó a s í m ism o co n tin u a m en te c o m o te stim o n io , y se co n v irtió e n el
[1 1 8 ] F undam entos: 1856-1905
m ás inform ativo d e su s p a cientes. En las cien cias estrictam ente naturales,
la subjetividad d el observador n o presenta ningún problem a. L os m otivos
d e las d ificu ltades neuróticas d e un m é d ic o o un b ió lo g o só lo tienen inte-
rés para su fam ilia y sus a m ig o s ... y para su biógrafo. La va lid e z d e sus
con clu sio n es debe determ inarse m ediante pruebas objetivas, por la repeti
c ió n de sus experim entos o del c á lcu lo d e sus cadenas de razonam iento
m atem ático. Idealm ente, co n la p sic o lo g ía tendría que aplicarse e l m ism o
p rocedim iento austero. L o que tiene que im portarle al estu d ioso de la p si
c o lo g ía , en ú ltim a in stan cia, n o e s si Freud tenía (o im aginó tener) un
com p lejo de Edipo, sino que la afirm ación de que todos debem os atravesar
e se com p lejo pueda sustentarse co n ob servaciones independientes o exp eri
m entos ing en io so s. Freud n o co n sid eró que sus propias exp eriencias fu e
ran autom áticam ente válid as para toda la hum anidad. P uso a prueba sus
ideas confrontándolas con las experiencias de sus pacientes y, m ás tarde,
co n lo s textos psicoan alíticos; p asó d o s años elaborando, refinando, re v i
sando su s g eneralizacion es. Sus c a so s m ás fam osos reflejan con elo cu en
cia su com prom iso sim ultáneo con la individualidad y la generalidad; cada
ca so d escribe un paciente irrepetible que al m ism o tiem po pertenece a una
cierta categoría.
D e m o d o que Freud reco n o cía qu e nadie, ni siquiera é l m ism o , es
todo-el-m un d o. Pero, con la debida cautela, haciendo sitio a las variacio
nes que h acen de ca da in d iv id u o p recisa m en te e s o — un in d iv id u o — ,
Freud estaba d isp u e sto a interpretar su propia e xp erien cia m ental para
aprehender m ejor la d e su s sem ejan tes. A unque inclinado a conservar su
intim idad, y contrario a revelar su vida interior a los extraños, en b en efi
c io de su ciencia c ed ía a la p resión y podía llegar a ser indiscreto acerca de
sí m ism o . Era sim p lem en te una fuen te m ás de m aterial. Freud esperaba
fundar su p ropio ca so sobre pruebas puram ente psicoanalíticas y e l poder
exp lica tiv o de sus fo rm u lacion es. Para é l, la pérdida del padre había sido
la m ás d ecisiv a , pero podía sostener que e l efec to de esa tragedia sería d is
tin to, in c lu so d rásticam ente, en o tros h ijo s. Sin em bargo, la raíz p rinci
pal de su c o n v icció n n o im pidió que Freud desarrollara una teoría sobre el
du elo e (incluso co n m ayor am plitud) una teoría sobre el eterno drama
fam iliar, con su siem pre d iversa pero en gran m edida predecible trama de
d ese o s, gratificacion es, frustraciones y pérdidas, m uchas de e lla s in con s
cien tes.
L a m u e r t e d e l p a d r e en octubre de 1896 le proporcionó a Freud un
pod eroso im pulso para erigir la estructura que estaba em pezando a conver
tir en la obra de su vida. Pero para poder aprovechar por com pleto su dolo-
rosa pérdida, antes tenía que rectificar un serio paso en falso que dom inó
su pensam iento a m ediados de la década de 1890. D ebía echar por la borda
su denom inada teoría d e la sedu cció n , según la cual todas las neurosis eran
la co n secu en cia de un abuso sexual p adecido en la infancia, a m anos de un
L A C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [119]
adulto, por lo general e l p a d r e .12 La teoría de la sed u cción , con toda su
in transigen cia, parece in trínsecam en te im plausible; só lo un fantaseador
co m o F liess podía haberla aceptado y aplaudido. Lo que sorprende n o es
que Freud fin alm ente abandonara la idea, sin o que en un principio la adop
tara.
Pero e l atractivo que tuvo para él es claro. D urante toda su vida, el
pensam iento teórico de Freud o sc iló fructíferam ente entre la com plejidad y
la sim plicid ad, lo c u a l, co m o acabam os de ver, e s p erceptible en sus h is
toriales. El r e c o n o cim ien to de la com plejidad hacía ju sticia a la sorpren
dente d iversidad d e la ex p e r ie n c ia hum ana, m u ch o m ás rica de lo que
pudieron pensar los p sic ó lo g o s que se concentraron en la m ente c o n scie n
te. 15 En contraste co n e s to , Freud acariciaba tam bién el ideal de la sim p li
cidad; su m eta en la in v estig a ció n cien tífica era la reducción de aco n tec i
m ien to s m en ta les a p aren tem ente d istintos a unas p o ca s categorías b ien
definidas. En su exp eriencia clín ica , Freud había sid o testigo de m uchas
co sa s que sus c o le g a s m éd ico s v ie n eses n o consideraban respetables: los
e fe c to s m isterio so s d e l h ip n o tism o , lo s requerim ientos am orosos de las
pacien tes, la elim in a c ió n de síntom as h istéricos por obra de la palabra, la
acción oculta de la sexualidad. D e h echo, estaba perfectam ente preparado
para creer c o sa s in c lu so m ás increíbles que ésas. A dem ás, a m ediados de la
década de 1890, m ientras todavía se procuraba una reputación por m edio de
sus originales aportaciones cien tíficas — reputación que hasta en tonces no
había logrado— Freud a c o g ió de buen grado la teoría de la seducción com o
una clara g eneralización que podría explicar toda una gama de trastornos
m éd ico s, atrib uyén dolos a u n tipo ú nico de acto salvaje: la sed u cción o
v io la c ió n in cestu o sa s.
En vista de la id ea d e Freud referente a que la “neurastenia” se debía en
gran m edida a p roblem as sex u a les, para conseguir que una teoría c o m o ésa
le resultara p la u sib le n o necesita b a dar un gran sa lto in telectual. D esd e
lu e g o , no se había c o n v e n c id o fá cilm en te; co m o buen b u rgués, Freud
adoptó la idea só lo d esp ués de superar una fuerte resisten cia interior. A lg u
nos de los m aestros y c o le g a s que m ás admiraba — Charcot, Breuer, y su
i* Si b ien la m a y o ría d e la s v íc tim a s de ta les a sa lto s eran n iñ a s, lo s c h ic o s
no estaban a sa lv o d e e llo s , c o m o F reud sab ía. En 1 8 9 5 , c uand o la co n fia n z a
qu e tenía en la teoría esta b a e n su punto á lg id o , le c o m e n tó a F lie ss qu e uno de
su s pacientes n e u r ó tico s “m e ha dado lo que esperaba: (terror sex u a l, e s decir,
abu so in fan til co n h iste r ia m a sc u lin a )’'. F reud a F lie ss, 2 de n o v iem b r e d e 1 895.
Freud-Fliess, 153 [ 1 4 9 ] ) .
« Freud m a te ria lizó su p e r ce p c ió n de la c o m p lejid a d en e l c o n c ep to de
“ so b red eterm in ació n ” , term in o qu e propu so por prim era v e z en 1895: lo s sín to
mas; su eñ os u otro s p r o d u cto s de la m en te in co n scien te necesa r ia m en te tien en
varias c au sas, p r o v e n ie n te s d e la heren cia y e l a m b ien te, la p r e d isp o sic ió n y lo s
traum as, y tales pr o d u cto s tien d en a condensar una div er sid a d d e im p u lso s y
e x p erien cias e n d e sa r ro llo s e n g a ñ o sa m e n te sim p les.
[120] F undam entos: 1856-1905
c o n o cid o R u d o lf Chrobak, un em inente g in ec ó lo g o v ien és— habían su g e
rido en térm inos generales que lo s trastornos n erviosos siem pre en v u el
v en , según la expresión de Breuer, secrets d ’alcóve. Pero Freud “o lvid ó”
pronto las o b servaciones incidentales que e llo s habían realizado y las anéc
dotas que relataron en su p resencia. A p rincipios de 1886, durante una
recepción en la c a sa de Charcot, o y ó a su anfitrión sostener con su estilo
v iv a z, qu e una jo v e n gravem ente perturbada tenía trastornos n erviosos
c o m o con secu en cia de la im potencia o de la torpeza sexual del esp oso. En
tales ca so s, e x c la m ó C harcot, se trata, siem pre, siem pre, del asunto gen i
tal: “M a is, dans d e s c a s p a r e ils — in s is tió — c 'e s i to u jo u rs la chose g e n i-
ta le , to u jo u r s ... to u jo u r s ... toujours" . U n año m ás larde, Chrobak en v ió a
Freud una paciente interesante. Padecía ataques de angustia aparentemente
faltos de sentido, y Chrobak, de una m anera clín ica y p o co característica,
atribuyó e s o s ataques a la incapacidad del esp oso para desenvolverse bien
en la cam a. S ó lo una p rescripción resultaría efica z — le dijo a Freud— ,
una prescripción qu e e l e sp o so nunca podría cum plir:
“ P enis norm alis
d osim
repetatur!” • »
E sos ju ic io s im provisados, de una sabiduría mundana pero de ningún
m odo integrados en una ex p lica ció n general del mal funcionam iento m en
tal, obraron sile n c io s a m e n te en F reud h asta a p roxim ad am en te 1893,
m om ento en e l que ya estu v o preparado para incorporarlos a una teoría de
las n eurosis. S a b em o s que en un m em orando que le en v ió a F liess en
febrero de ese año, ex p u so co n co n c isió n su d eseo de postular y poner a
prueba la idea de que “en realidad la neurastenia s ó lo puede ser una neuro
sis se x u a l” . * 160 Por cierto, en las historias d e caso s que él aportó a E s c r i
to s so b re la h iste ria había sugerido, aunque a veces m ás bien débilm ente,
que los síntom as de sus pacien tes tenían origen sexual.
Cuando em p ezó a reflexionar sobre la parte que le correspondía a la
m em oria en la fo rm ación de los desórdenes nerviosos, Freud hizo retroce
der a lo s prim eros años d e la vida del paciente el daño m ental o físic o res
p onsable del trastorno. L as neurosis “a ctuales” — neurosis causadas por
exp eriencias d el presente, y n o por exp eriencias rem otas— rápidamente
fueron perdiendo interés para él. “ ¿Ya te he com unicado el gran secreto c lí
n ico, oralm ente o por escrito? — le preguntó a F lie ss en octubre de 1895,
m ientras todavía estaba im b uido en su p royecto— . La histeria es la c o n se
cuencia de un so b r e s a lto sexu al presexual. La neurosis ob se siv a es la co n
secuencia de un p la c e r sexual presexual, que posteriorm ente se transforma
en [auto-] reproche". Por aquel entonces Freud estaba insatisfecho con la
v aguedad de la s categ o ría s d ia g n ó stica s dem asiad o am plias, c o m o por
ejem plo la de neurastenia, y em pezaba a clasificar las neurosis de m odo
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [121]
m ás preciso. Pero su palabra “p rcsexu al” sugiere que la idea de la sex u a li
dad infantil estaba todavía m ás allá d e su vista, aunque revoloteaba en el
horizonte. «“ P resexual” — le e x p lic ó a F lie ss— sign ifica en realidad ante
rior a la pubertad, anterior a la lib e r a c ió n d e sustancias sex u a les; los
hech o s pertinentes só lo producen e fe c to c o m o recuerdos». *161 A hora bien,
eso s h ech o s pertinentes, según pacien te tras paciente recordaban para él,
eran traumas sex u a le s — resultados d e la persuasión locuaz o del asalto
brutal— pad ecidos en la infancia.
En 1 8 96, Freud estaba disp uesto a d ecirlo en letras de imprenta. E n un
artículo sobre “las n eu ropsicosis de defen sa” escrito a principios de año,
sobre la base de trece ca so s, so stu v o qu e lo s traumas que provocaban h is
teria "deben p e rte n e c e r a la prim e ra infancia (la épo c a anterior a la p u b e r
tad ), y su c o n ten id o d eb e co n sistir e n una irrita c ió n rea l d e los g e n ita le s
(p ro ced im ien to s q u e se a sem ejen a l c o ito )’’. * i62 C om o el neurótico o b s e s i
v o parecía haber sid o precoz e n su actividad sexu al, tam bién él presentaba
síntom as h istéricos; por lo tanto tam b ién é l debía de haber sid o en primer
lugar v íctim a durante la infancia. L o s ep iso d io s infantiles que descubría el
aná lisis — agrega Freud— eran “ g ra v es”, en oca sio n e s “com pletam ente
repugn antes”. Los “m a lo s” eran sob re to d o “niñeras, institutrices, y otros
sir v ie n te s” , a sí c o m o tam b ién , la m en ta b lem en te, m aestros y herm anos
“ in ocen tes”.
E l m ism o año, e l 21 de abril, pro n u n cian d o una c o n feren cia en la
S ociedad para la P siquiatría y la N eu r o lo g ía lo ca l, sobre “ La e tio lo g ía de
la histeria” , Freud se com prom etió co n la teoría de la sed u cción ante una
aud iencia p r o fesio n a l se le c ta . T o d o s su s oye n te s eran exp ertos e n los
cam in os desv ia do s y retorcidos d e la vida erótica. El gran Richard von
K rafft-E bing, que había elaborado una p sic o p a to lo g ía sexu al propia, o c u
paba la presidencia. La conferen cia de Freud fu e una esp ecie de defensa
trib u n a licia , a nim ad a y su m a m en te h á b il. E l e stu d io so de la histeria
— dijo— e s co m o un explorador que descubre lo s restos de una ciudad
abandonada, con paredes, colum n as y placas cubiertas de inscripciones a
m ed io borrar; pu ede cavar, sacarlas a la luz y lim piarlas: entonces, si tie
ne suerte, las piedras hablan (sa x a loqu un tur). D ed ic ó todo su esfu erzo
retórico a persuadir a sus incrédulos o y e n te s de que debían buscar e l o r i
gen de la histeria en ab usos s e x u a le s p a d ecid os en la infancia. L os d ie c io
cho c a so s que él había tratado — o b serv ó Freud— invitaban a extraer esa
co n c lu sió n . * •« P ero esa m ezcla d e elo c u e n cia colorista y sobriedad c ie n
tífica fu e energía dilapidada en va n o . U n o s días más tarde le escribid a
F lie ss q u e la c o n feren cia «tu v o u n a r e c e p ció n g élid a por parte de lo s
a snos, y un ju ic io singu lar por parte d e K rafft-E bing: “Suena c o m o un
cu en to de hadas c ie n tífic o ”. ¡Y e sto — ex clam a Freud— , después de que
uno les ha presentado la so lu c ió n d e un p roblem a m ilenario, una de las
fuentes del N ilo !” . B ien, añade c o n rudeza, “tod os e llo s, por decirlo e u fe -
m ística m en te, p u ed en irse al in fie r n o (s ie k ó n n en m ich a lie g e rn ha-
[122] F u n d a m e n t o s : 1856-1905
b e n * 1® En apariencia, Freud no se sinceraba por com p leto ni siquiera
c o n F lie s s .
Fue una n och e que Freud d ecid ió no olvidar nunca; el residuo traumá
tico que d ejó en él se convirtió en la base de expectativas m odestas, en
una ju stific a c ió n de su pesim ism o. S in tió que la atm ósfera que lo rodeaba
era m ás fría que nunca, y estaba seguro de que su conferencia lo había con
denad o al ostra cism o . Le e sc r ib ió a F lie ss que había circu lad o alguna
“contraseña” que indicaba “abandonarm e”, “pues todo lo que m e rodea se
aparta de m í”. * 166 M anifestaba estar sobrellevan d o su aislam iento "con
ecuanim idad”, pero le preocupaba no tener n uevos pacientes. N o obstante,
no d ejó de investigar, y durante cierto tiem po continuó aceptando c om o
verdaderos lo s fantásticos relatos de su s p acientes. D espués de tod o, se
había preparado concienzu dam en te para escucharlos. Pero, p o co a poco,
las dudas q u e lo asaltaban fueron h acién d o se irresistibles. En m ayo de
1897 so ñ ó que experim entaba “sen tim ien to s abiertam ente tiernos” hacia
su hija m ayor, M athilde, e interpretó que e se sueño erótico expresaba el
d ese o de hallar un “pater” co m o causa de la neurosis. E sto — le anunció a
F liess— había aplacado sus perm anentes “ dudas perturbadoras” acerca de la
teoría de la seducción. *167 Era una interpretación extraña, p oco con vin cen
te, pues m ás que calm arlo, el sueñ o debía haber contribuido a acrecentar la
incom odidad de Freud. Sabía perfectam ente que no había asaltado sexual-
m ente a M athilde ni a ninguna d e su s otras hijas, y que un deseo sexual
n o e s lo m ism o que un acto sexu al. L o que e s m ás, su credo cien tífic o
decía que e l d ese o de ver una teoría confirm ada no es lo m ism o que confir
marla. Pero por el m om ento con sideró que aquel sueño proporcionaba una
base a su id ea favorita.
Las dudas de Freud no llegaron a su punto álgido hasta e l verano y
principios del oto ñ o de 1897. A l vo lv er, a m ediados de septiem bre, de sus
vaca cio n es veraniegas, “fresco, anim ado y m ás pobre”, le co n fió a F liess
“el gran secreto ” que había estado “ apuntando lentam ente en m í en los
últim o s m e se s. Y a n o creo en m i N eu ró tica”, en su dem asiad o sim p le
ex p lica ció n de las neurosis. Esa carta del 21 de septiem bre de 1897 e s qu i
zá lo m ás revelador de ésta ya de por s í reveladora correspondencia. C on
deta lles p ersu asivos, Freud le p roporcionó a F liess un relato “histórico” de
las razones por las cuales finalm ente había perdido confianza en la teoría
de la sed ucción: no podía com pletar ninguno de sus análisis; perdía a sus
pacien tes a m itad de cam ino, o lograba un éx ito só lo parcial sobre otras
b a se s. A d e m á s, e l sen tid o com tín h abía in terven id o para estropear su
esquem a sim plista; puesto que la histeria estaba am pliam ente difundida,
sin que perdonara ni siquiera a la fam ilia d e Freud, se deducía de ello que
“en tod os lo s ca so s, había que acusar al pad re de perverso, sin excluir al
m ío propio”. El Freud de la década de 1 8 9 0 no estaba dispuesto a idealizar
a su padre tan com pletam ente c o m o id ea lizó a F liess, pero incluir a Jacob
Freud entre lo s pervertidores de m enores le resultaba absurdo. A dem ás, si
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 2 3 ]
los ataques paternos eran la única fuente de la histeria, tal conducta debía
de ser prácticam ente universal, p u esto que tenía que haber m enos ca so s de
histeria que causas p o sib le s d e histeria. D espués de todo, no enferm aba la
totalidad de las v íctim a s. “U na p erversión contra los niños tan am plia
m ente difundida es escasam ente probable” . Por lo dem ás, “en el in co n s
c ien te no hay ninguna h u e lla d e la realidad”, y por lo tanto no e x iste
m odo de diferenciar la verdad de la ficció n cargada em ocionalm ente. * 16í
Freud estaba entonces preparado para aplicar la lección de esc ep ticism o
m etód ico que reco g ió de su experien cia clínica. Las “revelacion es” de sus
pacientes eran por lo m en o s en parte producto de la im aginación de e llo s.
El cola p so de esta teoría no llev ó a Freud a abandonar su creencia en la
etio lo g ía sexual de la s n eurosis, ni la c o n v ic ció n de que por lo m enos algu
n o s n euróticos habían sid o víctim a s sex u a les de los padres. Lo m ism o que
otros m édicos, había encontrado tales c a s o s .11 Es notable que en diciem bre
de 1897, casi tres m eses después de que presum iblem ente hubiera renuncia
do a la teoría de la sedu cción , todavía pudiera escribir que su “confianza en
la etiología paterna ha crecid o m ucho” . * “>» M enos de dos sem anas después,
le com u nicó a F liess que una de sus p acientes le había hech o un relato
horrible que él estaba disp uesto a creer: a la edad de dos años, había sido
bestialm en te vio la d a por e l padre, un pervertido que necesitab a in fligir
le s io n e s sangrientas para ob ten er g r a tificación sexu al. * ‘7° En realidad,
Freud no se desprendió definitivam ente de la teoría durante dos años, y no
hizo profesión pública de su ca m bio d e opinión hasta seis años m ás tar
de. *171 Incluso en 1924, ca si tres décadas después de liberarse de lo que con
arrepentimiento caracterizó c o m o “un error que he reconocido y corregido
repetidam ente desde ento n ces”, Freud in sistió en que no todo lo que había
escrito a m ediados de la década de 1890 sobre el abuso sexual con niños
m erecía el rechazo: "La sedu cció n ha conservado una cierta sign ificación
para la etio lo g ía ”. E xplícitam ente observ ó que dos de sus prim eros casos,
el de Katharina y e l de una tal “F raulein R osalia H ”, eran m ujeres que
habían sido asaltadas por sus padres. * 17í Freud no tenía ninguna intención
de cambiar una especie de credulidad por otra. Para dejar de creer en todo lo
que decían los pacientes n o n ecesitaba caer en la trampa sentim ental de so s
tener que los burgueses serios eran in capaces de repugnantes agresiones
sexuales. Lo que Freud repudió era la teoría de la seducción com o e x p lic a
ción general del m od o en que se o riginan todas las neurosis.
w Si b ien e l tem a era tratado co n co n sid er a b le reserv a en lo s tex to s m é d i
c o s, lo s asaltos se x u a le s a hija s m uy jó v e n e s fueron ex a m in a d o s p ú b lica m e n te
d esd e prin cip io s d e l s ig lo X IX . Y a en 1 8 2 1 , e l fam oso psiqu iatra fran cés Jean
E tien n e Esquirol había c o n m u n ica d o uno de e so s c a so s, e l in tento rea liz a d o por
un padre con su hija de 16 a ñ o s, qu e c o n d u jo al co la p so n e r v io so de la n iñ a y a
repetidas tentativas de su icid io . (V é a se “ S u ic id e ”, en D ic tio n n a ire d e s S c ie n c e s
M é d ica les, por “ Un grupo de m éd ico s y ciru jan os", LUI {1 8 2 1 ], 2 1 9 -2 2 0 . D eb o
esta referen cia a L isa Lieb erm an .)
[1 2 4 ] F u n d a m e n t o s : 1856-1905
E sa renuncia abrió un n u evo capítulo e n la historia del p sicoan álisis.
Freud so stu v o que no se sentía “ trastornado, con fu so ni cansado”, y profé-
ticam ente se preguntó “si esa duda no representa solam ente un ep isod io
del avance hacia otros d escubrim ientos”. R econocía que le había d olido
perder “la exp ectativa d e un renom bre eterno”. Fue “m uy herm osa”, lo
m ism o qu e la esperanza de disfrutar de “cierta riqueza, com pleta indepen
dencia, viajes, de poner a lo s n iños por encim a de las preocupaciones que
a m í m e privaron d e m i ju ventu d”. * 173 AI recordar m ucho más tarde ese
m om ento crítico, escribió que, cuando la teoría de la seducción, que había
sid o “ca si fatal para la jo v e n c ie n c ia ”, se derrum bó bajo el p eso de “ su
propia im posib ilid ad” , su prim era respuesta fue “una etapa de com pleta
perplejidad” . “S e había perdido e l fundam ento de la realidad”. * ‘74 Había
sid o dem asiado entusiasta y un p o co in gen uo.
Pero e s e d esaliento duró poco. “ Por fin vino la reflexión de que, d es
pués de todo, uno no tiene derecho a abatirse só lo porque se ve defraudado
en sus expectativas” . Esto era característico de Freud. C onsciente de que el
m undo no es una madre que protege c o n sus alas, pródiga en provisiones
para sus hijos necesita d o s, é l aceptó e l u niverso. Si se había perdido la
base de la realidad, s e había ganado la de la fantasía. D espués de todo,
K rafft-Ebing casi había estado en lo cierto; lo que Freud les había contado
a sus c o leg a s m éd ico s aquella noche de abril de 1896 fue sin duda un cuen
to de hadas o , m ejor, una c o lecció n de cu entos de hadas que primero sus
pacientes le habían narrado a él. Pero en tonces — com o Fliess había alen
tado a Freud a reconocerlo— lo s cuentos de hadas albergan verdades ente
rradas. La respuesta de Freud a su liberación de la teoría de la seducción
c o n sistió en tomar las co m u n ica cio n es — las d e su s pacientes o las suyas
propias— co n m ás seriedad que antes, pero m ucho m enos literalm ente.
L leg ó a considerarlas m ensajes co d ific a d o s, distorsionados, censurados,
significativam ente disfrazados. En p ocas palabras, pasó a escuchar con una
atención m ayor y un d iscern im ien to m ás fin o que nunca. Fue un período
intenso y perturbado, pero las recom pensas resultaban deslum brantes. “Ser
co m p le ta m e n te h o n e s to c o n u n o m is m o e s un buen e je r c ic io ” , e s c r i
b ió . * 175 Estaba abierto e l ca m in o hacia su autoanálisis sosten id o, hacia el
reconocim iento del com p lejo de Edipo.
H a b l a r d e a u t o a n a l i s i s parece contradictorio. Pero la aventura de
Freud se ha convertido en la más preciada pieza central de la m itología
p sic o a n a lític a . F reud — d icen lo s a n a lista s— in ic ió un au to a n á lisis a
m ediados de la década de 1890, y lo em prendió de m odo sistem ático desde
fin es de la primavera o principios del verano d e 1897 en adelante; ese acto
de paciente heroísm o, que iba a ser adm irado y pálidam ente im itado pero
nunca repetido, fu e e l acto fundador del p sicoanálisis. “Para nosotros es
difícil h oy en día im aginar lo trascendente que fue e se logro — ha escrito
Ernest Jones— ; esa dificultad es e l destin o de la mayoría de las proezas
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [125]
pioneras. Pero su bsiste la singularidad de la hazaña. Una v e z realizada, lo
está para siem pre. Pues n ingu no puede v olver a ser el prim ero en explorar
esas profundidades”.
El propio Freud fu e m en o s categ ó rico . Sabem os que a su ju ic io L a
interp reta ció n d e lo s su eñ o s form aba parte de su au toanálisis, y sus cartas
a Fliess abundan en referencias al progreso, y a los ob stá c u lo s, de su auto-
sondeo continuo e im placable. Pero a v eces se quedaba sorprendido. “ Mi
autoan álisis — le e sc r ib ió a F lie ss en noviem bre de 189 7 — sig u e in te
rrumpido. H e llegado a saber por qué. S ó lo puedo analizarm e m ediante un
con o cim ien to logrado o b jetivam en te (co m o un extraño)” . La con clu sión
era triste: “ El verdadero autoanálisis e s im p osible, de otro m od o n o habría
ninguna enferm edad”. Pero Freud se perm itió una falta de coherencia que
solam ente la total ausencia de precedentes de la tarea abordada ayudaba a
explicar. En la m ism a carta en la que declaraba qu e e l autoan álisis es
im posible, recordó que antes d e las v acaciones de verano le había dich o a
Fliess que “e l paciente m ás im portante para m í era mi propia persona, y
después de m i via je de va ca cio n es d e pronto se in ició m i au toanálisis, del
que hasta en ton ces n o había ninguna h uella”. *vn M ás tarde, en otras o c a
siones, Freud defen d ió el autoanálisis c o m o una manera de conseguir que
el analista reco n o zca , y de tal m o d o neutralice, sus propios com p lejos.
Pero al m ism o tiem po s o stu v o que ser analizado por otra persona e s una
senda hacia un autoco n o cim ien to notablem ente su p erior.15 R esulta bastan
te interesante que Freud n o equiparara sistem áticam ente su autoescrutinio
con un a nálisis com p leto . E n su difundida P s'tcopatología d e la vid a c o ti
diana h ab ló de él en térm in os m o d esto s, d e n om inándolo “ auioobserva-
ción ” . Pensando en el año 1 8 98, señ a ló que “a los cuarenta y tres años
em p ecé a centrar mi interés en lo s restos de mi recuerdo de m i propia
infancia”. Esto su en a m en o s estricto, m enos exaltad o, sin duda m en os
grandioso que “ autoanálisis” .
Las v a cila cio n es y lo s m o d esto s circunloquios de Freud son pertinen
tes. La situación p sico a n a lítica sup one un d iálogo, aunque sea unilateral.
El analista, si b ie n e s en gran m edida un com pañero sile n c io so , o frece
interpretaciones que se presum e que el analizando no podría alcanzar por
sus propios m ed io s. Para hablar co m o Freud, si pudiera alcanzarlas n o
habría neurosis. M ientras que el paciente, henchido de grandiosidad o ag o
biado por sen tim ien to s de cu lp a, distorsiona el m undo y su lugar en é l, el
15 En 1935, Freud le recordó co n energía al psiquiatra P aul S c hilder (co n
qu ien el e s ta b lis h m e n t hab ía ch o ca d o a m es acerca d e l p roblem a de los a n á lisis
d e form ación) que en la prim era g en era ció n de analistas lo s qu e no habían sid o
analizad os “nunca se eno r g u lle cier o n de e llo ”. D e h e c h o , “siem pre que fue p o s i
ble" an alizarse, “ se h izo : J o n e s y F er en cz i, por eje m p lo , sop o rta ro n a n á lisis
prolon ga d os”. Hablando d e s í m ism o , Freud su girió qu e “un o p od ría q u iz á afir
mar e l derecho a una p o s ic ió n de e x c e p c ió n ” . (Freud a S ch ild er, 2 6 de n oviem bre
de 1935. Freud C o lle ctio n , B 4 , L C .)
[1 2 6 ] F undamentos: 1856-1905
analista, por su lado, sin elogiar ni condenar, sin o señalando concisam ente
lo que el analizando d ice en realidad, proporciona una visión terapéutica de
la realidad. Y — lo que es aun m ás im portante, y por com p leto im posible
en el autoanálisis— e l analista, relativam ente anónim o y en un estado de
a ten ción p asiva, se ofrece a s í m ism o c o m o una esp ec ie de pantalla sobre
la cual el analizando p royecta sus pa sio n es, su amor y su o d io , su afecto y
su anim osidad, su esperanza y su angustia. Esta transferencia, de la que
tanto depende la acción curativa del p roceso psicoanalítico, es por defin i
c ió n una transacción entre dos seres hum anos. Tam poco e s fácil imaginar
de qué m odo el autoanálisis podría reproducir la atm ósfera regresiva que el
analista proporciona con su p resencia in v isib le, incluso c o n su tono de
v o z y co n sus largos sile n c io s. En p ocas palabras, el p sicoanalista e s para
su analizando lo que Freud h iz o de F liess: el Otro. ¿C óm o hubiera podido
Freud, por o sado u original que fuera, convertirse en su propio Otro?
C om o quiera que lo llam em os, a fines de la década de 1890 Freud se
so m e tió a un autoescrutinio sum am ente c o m p leto e intransigente, un cen
so elaborado, profundo e incesante de su s recuerdos fragm entarios, de sus
d e seo s y em o cio n es ocultos. Encarnizándose en el ordenam iento de trozos
y p ieza s, reconstruyó fragm entos sum ergidos de su vida anterior, y con la
ayuda de tales reconstrucciones altam ente personales, com binadas con su
exp erien cia clínica, trató de esbozar e l perfil de la naruraleza humana. Para
su trabajo no contaba con p reced entes ni m aestros, sin o que tenía que
inventar él m ism o las reglas pertin entes a m edida que avanzaba. Si se
com paran con el Freud explorador de su propia persona, los más desinhi
b id o s autores de autobiografías, d esde San A gustín hasta Jean-Jacques
R o usseau , por profundas que hayan sido sus com prensiones y francas sus
revela cio n es, resultan un tanto reservados. La hipérbole e lo g io sa de Em est
Jones puede aplicarse a m uchas co sa s. Pero hay detalles vitales del autoa
nálisis de Freud que probablemente perm anecerán oscuros. Sin duda lo rea
lizaba tod os lo s días, pero ¿em pleaba el tiem po libre que tenía por la
n o c h e , o se analizaba en los m om en tos en que no había tanta actividad
durante las horas de consulta? ¿Continuaba c o n sus intensas m editaciones,
a m enudo perturbadoras, cuando daba su paseo de la tarde, para descansar
de su co nd ició n de o yente p rofesional y comprar sus cigarros?
L o que sa bem os es lo sigu ien te. El m étod o que Freud em p leó para su
autoanálisis era el de la aso cia ció n libre, y el material en el que principal
m en te s e ap oyó fue el que le proporcionaban sus s u e ñ o s . D e s d e luego,
n o se lim itaba a e llo s; tam bién rec o g ía sus recuerdos, sus lapsus orales o
escrito s, sus o lv id o s de ciertos v erso s o de los nom bres de sus pacientes,
16 El 16 de diciem bre de 1953, M arie B onaparte le d ijo a E m e st Jones que,
e n el autoan álisis de Freud, "pred o m in a n tem en te e l a n á lisis de su s propios su e
ños (co m o usted se ñ a la co n tanta pertin en cia ) fue su más firm e s o sté n " . (P apeles
de Jones,. A rc h iv o s de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on d res).
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [1 2 7 ]
y perm itía que e so s in d icio s lo llevaran de idea en idea a través del “rodeo
u sual” de la asocia ció n libre. * 150 Pero lo s su eñ os constituían su fuente
m ás fiable y abundante d e inform ación sum ergida. A m ediados de la década
de 1890 había d ilu cid ado el n úcleo de las n eurosis de sus pacientes sobre
todo m ediante la interpretación de sus su eñ os y, según pensaba, “fueron
s ó lo e so s é x ito s lo s q ue m e anim aron a perseverar”. Freud con tin u ó su
“ autoanálisis, cuya necesida d pronto se v o lv ió clara para m í, con la ayuda
de una serie de m is propios su eñ o s que m e condujeron a través de todos
ló s a con tecim ientos de m i in fa n cia ”. *'«> A unque pululaban en to m o a él
“m ontones de enig m a s e sp e lu zn a n tes” — le dijo a F liess— la “ elu cid ación
d e lo s sueños” parecía ser “e l m ás só lid o ” de los recursos». * 1!2 N o sor
prende que e se m ism o autoanálisis diera form a a sueños que a continua
c ió n interpretaba. S o ñ ó que e l “ v ie jo B rücke” le asignaba la extraña tarea
de disecar la parte inferior d e su propio cuerpo; interpretó que e se sueño,
sum am ente cond ensado, se refería al autoanálisis, vinculado co m o estaba
c o n el registro de lo s su e ñ o s y co n el d escub rim iento de sus propios se n ti
m ien to s sexu a les in fa n tiles. * 183
Las cartas de Freud a F lie ss dem uestran que ese era un trabajo duro, a
la v e z estim ulante y frustrante. “Está ferm entando e hirviendo a fu eg o len
to en m í” esc r ib ió en m a y o d e 18 9 7 ; s ó lo estaba esp erando un n u ev o
im p u lso hacia adelante. * lM Pero la com prensión no se producía o b e d e
cien d o a órdenes. A m ed ia d o s d e ju n io c o n fe só que tenía una pereza total,
que intelectualm ente estaba en úna pausa, v egetando en un bienestar vera
n ieg o : (“D esd e el últim o im p u lso , nada se ha m ovid o y nada ha cam bia
do” . *'*5 Pero sentía que grandes c o sa s estaban a punto de estallar. Cuatro
días m ás tarde escribió: “C reo que e sto y en em brión, y sabe D io s q ué cla
se de bestia saldrá arrastrándose”.]*1*6 C on sus pacientes había adquirido
cono cim iento s sobre la resistencia; en e se m om ento estaba exerim entán-
d ola en sí m ism o. “T od a v ía no s é lo que e stá su cediendo en m í”, co n fe só
a principios de ju lio . “A lg o que proviene d e las profundidades de m i pro
pia neurosis ha o p uesto resisten cia contra cualquier progreso en la c o m
prensión de las neu ro sis, y d e algún m odo esto te ha arrastrado a ti”. El
hech o de que F liess quedara oscuram ente im plicado en las dificultades de
Freud convirtió esa pausa e n sum am ente desagradable. Pero “por algunos
días, m e parece, se ha estado preparando algo que em erge de esta oscuridad.
Lo advertí mientras realizaba progresos de toda cla se en mi trabajo; de
hecho, de v e z en cuando alg o se m e aparece de n u evo”. Freud nunca su b es
tim ó la influencia del m e d io sobre la m ente, y pensaba que el calor del
verano y el e x c e so de trabajo habían contribuido a generar esa parálisis
m om entánea. S in em b argo, siem p re le sostenía la c o n v icc ió n de que,
si esperaba y se g u ía a n a liza n d o , e l m aterial sum ergid o em ergería a la
superficie de su co n ciencia.
Pero su co n fia n za e n s í m ism o era d éb il. “D e sp u és de haberm e an i
m ado m ucho aquí — e sc r ib ió Freud en ag o sto, d esde su lugar de d esca n so
[1 2 8 ] F undam entos: 1856-1905
en A u sse e — , ahora e sto y disfrutando d e un período de m alhum or”. Había
estado trabajando e n la reso lu ció n de su “pequeña h isteria, m uy in ten sifi
ca d a po r m i trab ajo” , p ero e l re sto d e su a u to a n á lisis e sta b a en un
im p a sse . R e c o n o c ió que ese a n álisis era “m ás d ifíc il qu e cualquier otro”,
pero se m a n ifestó seg u ro d e que “d ebe h acerse”. C onstituía una parte
ese n c ia l de su trabajo. * 1W Freud tenía razón; su a u toan álisis era una eta
pa n ecesa ria en su ca m in o h acia una teoría de la m ente. P o c o a p o co , su
resisten cia se d esm oron ó. A fin e s de septiem bre, d e retom o de las vaca
cio n e s , Freud le esc r ib ió a F lie ss la céleb re carta q ue anunciaba el co lap
s o de su fe e n la teoría de la sed u cció n . En octubre se había abierto paso
h asta una tem eraria m e z c la de a u to c o n o c im ie n to y clarid ad teórica.
“ D urante cuatro días — le co m u n ic ó a F lie ss a p r in cip io s del m es— m i
autoa n á lisis, que co n sid ero in disp ensable para la c la r ificación de todo el
prob lem a, ha e sta d o con tin uan do co n su eñ os, y m e ha proporcionado las
e x p lic a c io n e s e in d ic io s m ás v a lio s o s ”. *>«* En e se m om en to recordó a la
niñera c a tó lica d e su in fan cia, su v isió n de la madre desnuda, sus deseos
d e m uerte r e sp ecto del herm ano m enor, y otros aco n tec im ien to s reprim i
d o s d e su n iñ ez. N o todos eran recuerdos p r ecisos, pero c o m o fantasías
dem ostraron ser puntos de referencia in d ispensables para e l autocon oci
m ie n to .
C uando su resisten cia se exacerbaba, siguieron acosando a Freud bre
v e s y p e n o sa s interrupciones. D esp u és le llegab an m ás recuerdos, m ás
id ea s. S e g ú n se d esc r ib ió p intorescam en te a sí m ism o a fin e s de octubre,
se sen tía c o m o si estuviera s ie n d o arrastrado con v io le n c ia a través de
tod o su p a sad o, m ientras sus pen sam ien tos esta b lec ía n rápidas c o n e x io
nes: “ L os esta d o s d e ánim o cam bian c o m o los paisajes para el viajero de
un tren”. Su práctica p rofesional era “desesperadam ente pobre”, de m odo
q ue v iv ía « s ó lo para el trabajo “ in terior”». C itó al F a u sto de G oethe
para transm itir una im presión acerca de su e stad o m ental: som bras am a
das em ergían c o m o un m ito an tig uo y un tanto d e sc o lo r id o , trayendo
c o n e lla s la am istad y e l prim er amor. “T am bién prim eros sob resaltos y
d ise n sio n e s. M u ch os tristes secreto s de la vida retroceden aquí hasta sus
prim eras rafees; m u ch o s o r g u llo s y p r iv ile g io s tom an c o n c ie n c ia de sus
m o d esto s o r íg e n e s” . Seg ú n dijo , había jo m ad as e n las que se arrastraba
d e aquí para allá porque no lograba sondear el sig n ifica d o de un sueño o
fantasía, y d esp u é s llegaban “ lo s días en que un relám pago de lu z ilu m i
naba las c o n e x io n e s y m e perm itía entender lo que había su c ed id o antes
c o m o una preparación para e l presente”. *>» Le parecía que n o só lo todo
era in fin ita m e n te d if íc il, sin o tam b ién su m am en te d esagrad ab le; casi
todos lo s d ías, el a utoan álisis arrojaba d eseos p erversos y a ctos vergon
z o so s. S in em bargo, se sen tía anim ado al desprenderse de una ilusión
tras otra acerca de s í m ism o. A prin cip io s de octubre de 1897 le escrib ió
a F lie ss que hallaba im posib le transm itirle “cualquier idea acerca de la
b elleza intelectu a l del trabajo” . •«« B e lle z a intelectual: en Freud siem pre
L a C O N S T R U C C IO N D E L A T E O R IA [129]
hubo a lg o de sensib ilid a d e sté tic a ante la eventual e le g a n cia de sus d e s
cub rim ien to s y form u la cio n es.
En e s e m om en to, todo ocup a b a su lugar. E stableció qu e sus record a
das “ pasión hacia la m adre y c e lo s del padre” eran algo más que una id io -
sincracia personal. M ás b ie n — le d ijo a F lie ss— la relación ed fp ica del
niñ o c o n sus padres es “un h e c h o general en la prim era infancia” . E staba
seguro de que se trataba de una “idea d e valor general” capaz de explicar
“ la fuerza cautivadora de E d ip o R e y ”, y qu izá la de H am lei. O tros
d escu b rim ien to s alarm antes se am ontonaron en e so s días: el sen tim ien to
d e culpa inco n scien te, las etap as del d esarrollo sex u a l, el v ín cu lo cau sal
entre lo s m itos generados internam ente (“ en d o p síq u ic o s”) y las c reen cias
r e lig io s a s , la “n o v e la fa m ilia r ” (e n la cu a l m u ch o s n iñ o s d e sp lie g a n
grandiosas fantasías acerca de sus padres), la naturaleza reveladora de los
lap su s y lo s a ctos fa llid o s, la fu erza de lo s se n tim ien to s a g resiv o s rep ri
m id o s, y (siem p re lo s ten ía p re se n te s) lo s intrincados m e can ism os de la
p rodu cción de lo s su eños. In c lu so recordó una ex p lic a ció n p sic o ló g ic a de
la adicción: era una m asturbación desp lazad a, idea ésta de peculiar im por
tancia para él, en vista de su irreprim ible n ecesid ad de fum ar cigarros”.
A p e s a r d e e s e t o r r e n t e d e com p ren sion es, que se concentraron
sobre todo entre el otoño de 1 897 y el d e 1898, todavía lo abrumaban, con
interm itencia, m om entos d e aridez y d esalien to. D e un m odo extraño en
é l, Freud (que había c o n fesa d o no saber beber en absoluto: “ la m enor h ue
lla de alcohol m e v u elv e com p letam en te estú p id o”) estaba recurriendo
al vin o a discreción. B uscaba “fuerza en una botella de B arolo” , le
pedía ayuda al “am igo M arsala”, y declaraba que el vino era “ un buen
a m ig o ”. U n va so o dos le p erm itían sentirse m ás optim ista que esta n
d o sobrio, pero no podía m itigar sus d udas por m ucho tiem po. A dem ás lo
avergonzaba — le dijo a F lie ss—f e l “ abandonarm e a un nu evo v ic io ” . * 197
A d m itió que a v eces era co m o si estuviera “reseco; alguna fuente dentro de
m í se se c a y todos lo s se n tim ien to s se m architan. N o quiero d escribirlo
dem asiado, pues se parecería dem asiado a una queja”. *»**
Por fortuna, los h ijo s s e g u ía n d e le itá n d o lo m ientras crecían ante su
m irada, y m an tuvo inform ado a F lie s s sobre una m olesta diarrea de S o p
h ie , las m ás agudas o b s e r v a c io n e s d e O lí, o la escarlatin a de E rn stl.
“A nnerl esta d esarrollán d ose en cantad oram ente; es del tipo de M artin,
físic a y m entalm ente”, d ice un a fe c tu o so texto. “ Las v e r sifica c io n es de
M artin, com bin adas co n iron ías r e sp e c to d e é l m ism o , son de lo m ás
divertidas” .. *>» T am p oco o lv id a b a e l in terés de F liess en recoger m a te
rial co n cern ien te a sus teorías d e lo s c ic lo s b io r ríu n icos. Su hija m ayor,
M athild e, estaba m adurando co n rap idez, y en ju n io de 1899, con la pre
c isió n que F liess buscaba, Freud le in fo rm ó d e que la niña había e m p e
zad o a m enstruar. “El 25 d e ju n io , M athild e s e lló su entrada en la f e m i
neidad, un p o co prem aturam ente” . *»» p ero la ten sión de escribir e l libro
[1 3 0 ] F undam entos: 1856-1905
d e lo s su eñ os a m enu do le entristecía . S e preguntaba si estaba e n v e je
cien d o (tenía algo m ás de cuarenta años) o quizá padeciendo " o scila cio
n es perió d ica s” en sus e sta d o s d e ánim o. *201 E sos cam b ios p e riód icas
afectaban a Freud una y otra v e z , p ero su e fe cto era breve, y se había
a co stum b rad o lo su fic ie n te a e llo s c o m o para no prestarles aten ció n .
S e g u ía n ec e sita n d o a F lie s s c o m o a u d ien cia; para su in fin ito d e le ite ,
F lie ss continuaba p ro p orcion ánd ole “e l re g a lo de un O tro”, un “c rítico y
lecto r” de la calidad m ás alta. R e c o n o c ió que no podía realizar su trabajo
sin contar co n algún p ú b lic o , p ero se m a n ifestó con ten to con un p ú b lico
d e uno; co n ten to — le a seguró a F lie ss— de estar “escrib ien d o s ó lo para
t i " . *202
S in em bargo, la d ep en d en cia de Freud estaba a punto de m architarse.
U n o de lo s b e n eficio s de su a u toanálisis co n sistió en que fue d escu b rien
d o gradualm ente las enm arañadas raíces de su confianza en su "daim on”
d e B erlín , c o n lo cual a c e le r ó su e m a n cip ación respecto del Otro. S ig u ió
com p a rtien d o sus p en sa m ie n to s co n F lie s s , le e n v ió cap ítu los d e l libro
d e su eñ o s, y atendió a su s c o n se jo s acerca de cuestion es de e stilo y de
a n on im ato de sus su jeto s. In c lu so p erm itió que F liess vetara un ep íg r a fe
“ se n tim e n ta l” d e G o eth e. S u so m e tim ie n to al ju ic io ed ito r ia l de
F lie s s iba a ir in c lu so m ás allá: ante la in siste n c ia de su am ig o , y n o
s in algu na protesta, Freud sup rim ió del te x to un sueño im portante. "Un
b e llo sueñ o y nin gun a in d isc r e c ió n — e sc r ib ió resign ad o— son dos co sa s
que n o se dan jun tas”. *** P e r o s ig u ió lam en tán d olo. *MS N o obstan te, el
p rolongad o trabajo de Freud c o n su obra m aestra estaba a punto de llegar
a su fin . “ El tiem p o de g e s ta c ió n p ronto se habrá cu m p lid o”, le escr ib ió
a F lie s s en ju lio de 1 8 9 8 . *2“ Se refería a Ida F liess, la esp o sa de su
a m ig o , pero resultaba e v id e n te la a s o c ia c ió n co n su propio esta d o , con
su la rg o y c rea tiv o tiem po d e e la b o ra ció n . F lie ss, la com adrona del p si
c o a n á lisis , h abía c u m p lid o c o n su deb er y pronto podría retirarse d el
escenario.
F reud n o p r e s c in d ió de F lie s s s ó lo p orq u e ya n o lo n e c e sita b a .
C uando por fin advirtió e l verdadero p erfil d e la m ente de F liess (su m is
tic is m o su b y a cen te y su o b s e s iv o co m p r o m iso con la n u m er o lo g ía ), y
cu and o lle g ó a reconocer que algunas apasionadas co n viccion es de F liess
eran d esesp eradam en te in co m p a tib le s c o n las su yas, la am istad q uedó
condenada. A p rincipios d e a g o sto de 19 00, lo s dos hom bres se en contra
ron en e l A ch e n se e , cerca de Innsbruck, un lugar id ílic o pensado para el
relax y el d esca n so del turista vera n ieg o . Pero discutieron c o n v io len cia .
S e atacaron recíp rocam en te en su s p un tos m ás se n sib les y ferozm en te
d efen did os: el valor, la v a lid e z m ism a d el trabajo de cada uno. E se fu e su
ú ltim o “ co n g reso ” , la ú ltim a v e z qu e s e vieron . Siguieron m anten ien d o
c o r r e sp o n d en cia por alg ú n tie m p o , cada v e z m ás esp a cia d a m en te. A l
escrib irle a F liess en el v erano d e 1 9 01, Freud v o lv ió a recitar, agradeci
dam en te, las deudas que tenía co n e l b erlinés, pero con brusquedad le
L a C O N S T R U C C IO N DE L A T E O R IA [1 3 1 ]
m an ifestó q u e ya estaban sep arados y que tanto en lo p ersonal co m o en
lo p ro fesio n a l “ tú has a lc a n za d o lo s lím ites de tu p ersp icacia”. F lie ss
había d e sem p eñ a d o un pap el d istin g u id o en la prehistoria del p sic o a n á li
s is , p ero d esp u é s d e 1 9 0 0 , al desarrollarse la historia de la d isc ip lin a , la
parte que le to c ó en su erte fue m ínim a.
T res
— ------
Psicoanálisis
Freud u tiliz ó por prim era v e z e l d e c isiv o térm ino “p si
c o a n á lis is ” e n 1 8 9 6 , e n fr a n cé s y d esp u és en a le
m án. *1 Pero había estado avanzando había e l p sic o a
n á lisis c o n su trabajo d esde algún tiem po antes. Por
cierto, e l fa m o so diván analítico, regalo de una p a c ien
te agradecida, form aba parte del m obiliario de su c o n
sultorio cuando se m udó a B e rg g a sse 19, en septiem bre de 1 8 9 1.‘ A l prin
cip io había estado bajo la in flu en cia d e Breuer, pero d espués pasó, com o
hem os v isto , de la h ip n o sis a la cura catártica, m ediante la palabra, y c o n
tinuó adaptando gradualm ente lo s m étodos de Breuer, hasta que a m ediados
de la década de 1890 se v io lanzado al p sicoanálisis. A lgu n as de sus ideas
m ás icon oclastas, prenunciadas sin qu e se reconociera toda su im portan
cia, databan de sus in v e stig a c io n e s y o b servaciones c lín icas de principios
de la década. Freud las elaboró, prim ero sin prisa, y desp u és, desd e 1897
en adelante, a m edida que su autoescrutinio producía resultados, apurando
la marcha, esparciéndolas en un puñado de artículos publicados y en su c e
siva s cartas a F liess. Durante m ás de tres décadas, Freud continuó corri
giend o y precisando su m apa m ental, redefiniendo la técnica p sicoanalíti-
1 Entre algu nos a puntes que M arie B on aparte r eu nió para una b io g ra fía de
Freud, se cu en ta la sig u ie n te a n o ta c ió n sin fech a , e scrita en fra n cés: “M adam e
Freud m e in form ó de que e l d iván a n a lítico (qu e Freud lle v ó c o n sig o a L on dres)
le fue regalad o por una p a c ie n te agradecid a, M adam e B e n v c n ísti, a proxim ada
m en te en 1 890" . (Ib íd .)
[ 134] F undamentos: 1856-1905
ca, revisand o su s teorías de las p ulsion es, de la angustia, y de la se x u a li
dad fem enina; adem ás h iz o una incursión en la historia del arte, la antro
p o lo g ía esp ecu la tiv a , la p sic o lo g ía de la religión y la crítica de la cultura.
Pero en la é p o ca en que p ub licó La interpretación d e lo s sueños, a fines de
1 8 99, lo s p rin cip io s del p sic o a n á lisis ya estaban en su puesto. Sus T r e s
ensa yo s s o b r e te o ría se x u a l, p ublicados en 1905, fueron el segundo texto
cardinal que exp licaba e so s principios, pero el libro de los su eñ os fue el
prim ero, y Freud lo consideraba la clave de su obra. "La in terpretación de
lo s su e ñ o s — d ijo co n é n fa sis— e s e l cam ino re a l h a c ia e l con ocim ien to
d e lo in co n scien te en la vid a m en ta l.” *2
E L SE C R E T O D E LOS SU E Ñ O S
L a in te rp re ta c ió n d e los su e ñ o s trata sobre algo m ás
que lo s su eños. Es una autobiografía a la v e z sincera y
d igna, tan cautivadora por lo que om ite co m o por lo
que revela. Incluso en la primera ed ición (que es más
breve q ue las sigu ien tes) hay un inventario de las ideas
p sicoan alíticas fundam entales — el com p lejo de Edipo,
el trabajo d e represión, la lucha entre d e se o y d efensa— y un rico material
proveniente de lo s historiales. Incidentalm ente, proporciona nítidas v iñ e
tas del m undo m éd ico v íen és, en el que proliferaban las rivalidades y la
búsqueda de un estatus, y de la sociedad austríaca, corroída por el antisem i
tism o al fin al de su s d écad as liberales. Se abre con un ex h au stivo inform e
b iblio g rá fico acerca de lo s textos sobre el su eñ o, y c o n clu y e, en e l d ifícil
c a p ítu lo sé p tim o , c o n u n a am plia teoría de la m en te. En resum en, el
género d e la obra maestra d e Freud e s indefinible.
P ero su argum ento e s la lu cid ez m ism a. Sin em bargo, Freud, un e sti
lista escru p u lo so , tenía reparos en cuanto a la form a de presentación. L a
in terp reta ció n d e lo s su eñ o s — c o n fesó en el Prefacio de la segunda ed i
ción — era “ difícil de leer” . * 3 Sus evalu aciones vacilaban m ientras traba
jaba en el libro. “ E sto y absorto en el libro de los su e ñ o s, escrib ién d olo
fluidam ente” , *4 le co m u n ic ó a F lie ss a p rincipios de febrero de 1898, y
unas sem anas m ás tarde declaró que “el libro de los su eñ os”, del que ya
había escrito varios cap ítu lo s, “está g estándose atractivam ente”. *5 Pero
en m a y o cr itic ó el c a p ítu lo que F lie ss leía en e se m om ento, c o m o “e sti
lísticam ente todavía m uy to sco , y en algunas partes m al presentado, es
decir, sin v ig o r ” . *<*
Sus recelos no desaparecieron al acercarse el m om ento de la publica
ción. El e sfu erzo le estaba provocando “una gran zozobra”, *7 y temía que
P S IC O A N A L IS IS [ 135]
el h ech o resultaría perceptible en e l libro, aunque el material de los sueños
fuera en sí m ism o in exp ugn able. “ L o que m e disgusta — ob servó en sep
tiem bre de 1 8 99, m ientras le ía las pruebas— e s e l e stilo, totalm ente inca
paz de hallar la exp resió n no b le y sim p le, que cae en circunloquios gracio
so s , orientados a presentar im á g e n e s.” D io desah ogo a su d esilu sió n con
un c h iste tom ad o d el sem an ario satírico alem án S im p lic is s im u s , que él
leía regularm ente, y del qu e disfrutaba. «C onversación entre dos camaradas
m ilitares: “Camarada, ¿te has com prom etido con una novia sin duda encan
tadora, herm osa, in gen iosa, graciosa? — C uestión de gustos; a m í no m e
gu sta .” E sa es ex actam ente m i situ a ció n ahora.» ** A guijoneado por su
fuerte “sentido de la form a” , por su “apreciación de la belleza com o una
esp ecie de p erfección ”, tem ía que las “oraciones tortuosas de mi libro de
los su eñ o s, bizqueando ante las ideas e inflándose c o n sus palabras o b li
cuas, hayan o fend id o seriam ente un ideal interior”, y que indicaran “un
dom in io inadecuado del m aterial”.
N o estaba en absoluto sereno. El en ig m á tico lem a tom ado del libro
sép tim o de la Eneida de V ir g ilio (que e lig ió d espués de que F liess vetara el
“sentim en tal”, r eco g id o en G o eth e) sug iere sutilm ente que se sentía a la
v ez n ervioso y disp uesto a en colerizarse. Su propia interpretación de F le e -
te re s i n equ eo S u p ero s, A c h e ro n ta m o v e b o 2 era bastante directa: el verso
resum e con cisam ente la tesis fundam ental de que los deseos, rechazados
por “las autoridades m entales superiores” , recurrían al “ subm undo mental
(el in co n scien te)” para lograr su m eta. 3*10 Pero e l tono truculento de esas
palabras, pronunciadas por una Juno enfurecida después de que las otras
diosas del O lim p o frustraran sus d e se o s, su giere alg o m ás. Se adecuaban
al ánim o desafiante de Freud. A l leer las pruebas de im prenta en septiem
bre de 1899, le predijo a F liess que se produciría “un clam or ultrajado",
una verdadera “tem pestad de truenos” por e l disparate, la tontería que había
producido: “ ¡E nton ces v o y a tener realm ente n oticias de e llo s !” * 1J El
libro d e lo s sueñ os iba a dejar im p a sib les a los poderes superiores de V ie
na; lo s profesores carentes de im agin ación que habían dicho que sus ideas
eran un cuento de hadas, los burócratas m ojigatos que no le otorgaban el
títu lo de profesor, co n toda probabilidad n o se convertirían a su m odo de
pensar. N o importaba: levantaría contra e llo s a los poderes del infierno.
E l d i s g u s t o d e F r e u d co n su p resentación estaba tan injustificado
co m o su anticip ación de qu e estallaría una torm enta de truenos. C om o en
2 “ S i no pu ed o d om in ar lo s p o d er e s su p eriores, m o v er é la s r eg io n e s in fe r
n a les."
i C uando Freud le m en cio n ó por prim era v e z esa s palabras a F lie ss, en una
carta de fin e s de 1 8 9 6 , c o m en tó que qu ería e m p lea rla s co m o lem a d el apartado
sob re la form ación de sín to m a s en un lib ro qu e esta b a pro y ecta nd o a cerca d e la
p s ic o lo g ía de la histe r ia . (V é a se F reud a F lie ss, 4 de d icie m b r e d e 1 8 9 6 , F reud-
F lie ss , 2 1 7 [ 2 0 5 ].)
[1 3 6 ] F undam entos: 1856-1905
m u chos otros ca so s, Freud no era enton ces un ju ez im pecable de su propia
obra. D esd e luego, a la arquitectura de su libro de los sueños le faltaba
co h esió n , y e l conjunto se v io inflad o m ediante m aterial que e l autor fue
añadiendo ed ición tras ed ició n . E n lo s prim eros cuatro capítulos, Freud
enuncia su teoría general de lo s sueños co n paso v iv o , d eteniéndose só lo
en lo s sueños a m odo de ejem p lo y su interpretación, pero de allí en ade
lante se v u elv e m ás pausado y s e perm ite e l lujo de ser expansivo, al deta
llar las diversas variedades de su eñ os y rastrearlos desde sus m otivos in m e
d iatos hasta sus o r íg en es en causas lejanas. El capítulo sex to , sobre el
trabajo realizado por lo s su eñ o s, fu e a m p liado en e d icio n es posteriores
hasta pasar a ser c a si tan largo co m o los prim eros c in c o juntos. Y el c ap í
tu lo fin a l, el fa m o so sép tim o cap ítu lo , " filo só fic o ”, e s austero, altam ente
técn ico . Pero la so lid ez de la presentación y la elegan cia de las pruebas no
se vieron afectadas.
Freud d e sp leg ó sagazm ente sus tácticas estilísticas al servicio de su
m ensaje: lo s ejem plos de su eñ o s presentan el argum ento, la anticipación
d e o b jecion es desarm a la crítica, y el tono co lo q u ia l, a sí com o las a lu sio
nes literarias, aligeran la carga d el lector. C itó con facilidad soberana a
S ó fo c le s y S hakespeare, G oethe y H ein e, M ozart y O ffenbach, y las can
cio n e s populares. S eg ú n su propia m etáfora m aestra, L a in terpretación d e
lo s su e ñ o s, n o era un e d ific io , sin o un excu rsión c o n guía: “T od o está d is
p u esto c o m o la fantasía de un p a seo . A l p rincipio, e l bosque oscuro de los
autores (que n o ven lo s árboles), desesperado, lleno d e cam inos eq u ivoca
d os. D espu és una oculta y estrecha senda a través de la cual conduzco al
lector — m i sueñ o m o d elo co n sus p eculiaridades, detalles, indiscreciones
y ch istes m a lo s— , y d e pronto la cum bre, e l panoram a y la pregunta: Por
favor, ¿adónde quiere usted ir ahora?” A pesar de sus lam entaciones
acerca de las “ superficies ásperas” del texto, de todas sus dudas, Freud
invitaba a su audiencia a que confiaran en é l com o cicerone.
D e manera adecuada, Freud in icia e l libro con una provocadora m u es
tra de confianza: “En las páginas sigu ien tes proporcionaré pruebas de que
h ay una técn ica p sic o ló g ic a qu e p erm ite la interpretación de los sueños, y
que con la a p licación de e se procedim iento todo su eñ o se revela com o una
estructura psíquica significativa, que puede insertarse en un punto concreto
d e las actividades m entales de la vida con scien te”. *»4 Freud sostenía no
só lo que lo s sueños tienen sig n ific a d o s abiertos a la interpretación, sino
tam b ién que s ó lo p u e d e n in terp retarse s i se sig u e su p ro c ed im ien to .
A dvertía al lector que estaba a punto de lanzarse a un trabajo de gran
envergadura.
Freud subrayó esas pretensiones em pezando por examinar, con pacien
te esc r u p u lo sid a d , lo s te x to s sobre lo s su e ñ o s: tratados filo s ó fic o s y
m o n o g r a fía s p s ic o ló g ic a s , a n tig u o s y m o d ern os. En febrero de 1898,
m ientras se entregaba a la desagradable tarea de estudiar los escritos de sus
p redecesores en el tema, se quejó c o n amargura (en una carta a Fliess) de
P S IC O A N A L I S I S [137]
aquel trabajo in e lu d ib le p ero desalentador: “ ¡Si no tuviera tam bién que
leer! La pequeña literatura ya existen te m e disgusta m u ch o.” * 13 C o n fec
cionar su inform e b ib lio g r á fic o le p a r e d ó n “un c a stigo horrible”. *i« Y lo
que es peor, con el correr de lo s m eses descubrió que tenía que leer m ucho
m ás de lo que había im agin do. T odavía en agosto de 1899, c o n parte del
libro ya en la im prenta, Freud segu ía descontento. Pero reconocía q ue el
capítulo introductorio actuaba com o un e scu d o de todo e l resto; no quería
poner en m anos de lo s “sa b io s ” (escribió la palabra entre co m illas burlo
nas) ‘‘un hacha para matar al pobre libro”. *i* La cam inata por el oscuro
bosque de los autores anteriores realizada en e se capítulo servía para poner
de m anifiesto la pob reza ese n c ia l d e las teorías ya existen tes sobre los su e
ñ o s.
A cada tesis — se quejaba Freud— es posible encontrarle una contrate-
sis. Tuvo palabras apreciativas para algunos investigadores. El autor alem án
F.W . Hildebrandt había percibido la estructura del trabajo del sueño en su
estudio L o s su eñ o s y su u tiliza c ió n en la vida, publicada en 1875; el archi
vista, etnógrafo e historiador de la m agia francés, Alfred Maury había reali
zado algunos brillantes experim entos sobre su propia producción de sueños,
e inform ó acerca de e llo s e n E l d o r m ir y lo s sueños, en 1878; el prolijo
pero im aginativo profesor d e filo so fía Karl Albert Sch em er (cu y o interés
principal era la estética) había encontrado e l significado de los sím bolos y
publicado sus hallazgos en una m onografía de 1861, La vida de los sueños.
Con agradecim iento, Freud m an ifiesta su recon ocim ien to a e so s y otros
pensadores que captaron una h uella de la verdad. Pero ninguno la poseía por
com pleto. Era necesario em pezar d e nuevo.
Por lo tanto, el segu n d o cap ítu lo, en e l que Freud abordaba el m étodo
de la interpretación d e lo s su e ñ o s, s e com pletaba c o n el análisis de un su e
ño m odelo: el sueñ o d e la in y e c c ió n de Lrma. Pero antes de que se sintiera
listo para expon er su m é to d o , Freud anunciaba un tanto m a lic io sa m en te la
afinidad de sus descu brim ientos co n las su p ersticiones populares. D espués
de lo d o , c o n la e x c e p c ió n d e l ile g ib le Sch ern er, n in g ú n in v e stig a d o r
moderno había considerado que los su eñ os m erecieran una interpretación
seria; las interpretaciones quedaron reservadas a la “opinión leg a ”, a las
m asas ignorantes que de m o d o oscuro sentían que lo s su eñ os son m ensajes
le g ib les.
S o n m ensajes — c o in c id ía Freud— , p ero n o los que espera e l p úblico
lego. Su significa d o n o pued e d evelarse co n el m étodo com ún de asignar a
cada d etalle o nírico una sig n ifica ció n sim b ólica definida, única; tam poco
sirve leer el sueño co m o un criptogram a que hay q ue decodificar por m edio
de una clave ingenua. Freud declara llanam ente que “am bos p rocedim ien
tos interpretativos p o pu lares” so n in útiles. En lugar de e llo s, recom endaba
e l m étod o catártico de Breuer, tal co m o é l lo elaboró y m o d ificó e n su
propia práctica: el que sueña debe em plear la asociación libre, abandonan
do su acostum brada crítica racional de los m eandros m entales, para recon o
[1 3 8 ] F undam entos: 1856*1905
cer su sueño co m o lo que es: un síntom a. Tom ando cada elem en to del su e
ñ o por separado (com o en e l antiguo m étodo descodificador, de tal m odo
aprovechado con propósitos cie n tífic o s) y usándolo com o punto de partida
para la a sociación libre, el que sueña o su analista finalm ente descifraban
su significado. Freud sostenía haber interpretado con esta técnica m ás de
m il sueñ os prop ios y de sus analizandos. El resultado fu e una ley general:
“Los sueños son rea lizacion es d e d e se o s.” * »
Esta form ulación suscita de inm ediato un interrogante, del que Freud
se desem baraza en e l m ás breve de lo s capítulos. La realización de d eseo s
¿es la le y universal de los sueños, o sim plem ente la lectura adecuada del
su eñ o d e la in y e c c ió n de Irma? Freud presenta un variado ca tá lo g o de
ejem p lo s, e in siste en que esa le y e s válida para todos lo s sueñ os, aunque
pueda parecer lo contrario. Cada excep ció n aparente a esa afirm ación tajan
te, al ser exam inada, se convertía a ju ic io de Freud en una prueba m ás.
Cada una era una variación sutil de un tema ú nico.4
U n o d e l o s p r im e r o s s u e ñ o s que proporcionaron a Freud un indicio
de esta ley p recedió en c a si cin c o m eses al sueño de la in y ección de Irma.
Era un “su eñ o de ind olen cia” , (B eq u em lich keitstraum ), divertido y translú
cido, que tuvo un m éd ico jo v e n e in telig en te, co n ocid o suyo (en realidad,
sobrino de Breuer). • » D isfrazado co m o “P epi” en La interpretación de
lo s su e ñ o s, era alguien a quien le gustaba dormir hasta tarde. Una mañana,
cuando su patrona trató de despertarlo llam ándolo a través de la puerta,
Pepi soñ ó que ya estaba en e l h ospital, de m odo que no necesitaba levan
tarse. S e dio la vu elta y co n tin u ó durm iendo. Pero — insistirá el cr íti
co— , m uchos sueños no parecen realizar ningún deseo. Pueden representar
o suscitar a ngu stia, o desarrollar un argum ento neutral, por com p le to
exen to de em o c io n e s. ¿Por qué habría que considerar que tales su eñ os
angustiosos o indiferentes son ca so s d e realización de deseos? ¿Y por qué
tendrían que disfrazar su sign ificad o? “C uando en el trabajo cien tífico la
so lu ció n de un problem a presenta d ificultad es — replica Freud— , a m enu
do es bueno abordar un segundo problem a, del m ism o m odo que resulta
más fácil abrir dos nu eces apretando una contra la otra que tom ándolas por
separado.” La so lu c ió n resid e en la distorsión, que proporciona la clave
esen cial del trabajo que quien sueña realiza de m odo inconsciente mientras
está soñando.
Para preparar la e x p lica ció n de la distorsión, Freud introduce una d is
4 S ó lo e n 1920 , e n una c o m u n ic a c ió n d irig id a a un c o n g r eso in tern a cio n a l
d e p s ic o a n á lisis, F reud h iz o lu gar a una e x ce p c ió n : la c la se de lo s su eñ o s trau
m á ticos, su eñ o s que recuerd an a c cid en te s recien te s o traumas in fa n tiles. E in c lu
so é s to s resu ltaron n o ser un a e x c e p c ió n absoluta: lo s su eñ o s tra u m á tico s tam
b ién encajan en la teo ría d e la r ea liz a c ió n de d e s e o s en cuanto m a teria liza n el
d e se o de dom inar el trauma por m ed io d e su ela b o ra ció n . (V é a se “C om p lem entos
a la d octrin a de lo s s u e ñ o s ” [1 9 2 0 ], SE X V III, 4 -5 .)
P S IC O A N A L IS IS [1 3 9 ]
tin ció n cru cial entre el su e ñ o m a n ifie sto y lo s p e n sa m ie n to s o n írico s
latentes. El prim ero e s lo que e l individuo sueña y recuerda m ás o m enos
vagam ente al despertar; lo s seg u nd os, lo s p ensam ientos latentes d el su e
ñ o, están o c u lto s, y si em ergen lo h acen só lo d ensam ente ve la d o s, y hay
que decodificarlos. L os sueños de lo s n iños, que constitu yen una e x c e p
c ió n , son a la v e z , y paradójicam ente, aburridos e inform ativos: "L os sue
ños de los n iñ o s pequeños son frecuentem ente puras realizaciones de d e
se o s ”, y por lo tanto “no presentan enigm as que haya q u e resolver”, pero
son “de inestim ab le valor para la dem ostración de que los sueños, en su
naturaleza m ás intim a, sig n ific a n la realización de un d e se o ”. C on total
desnudez, en ta les su eñ os s e co m e un d ulce prohibido o se realiza una
excu rsión prom etida. P rácticam ente no requieren ninguna interpretación.
Para ilustrar e ste pu nto, Freud r eco g e su eñ os de sus pequ eñ os hijos e
hijas; en un e je m p lo encan tador aparece A nna, la futura p sicoan alista,
citada por su nom bre. A lo s d ie c in u e v e m eses de edad, la niñita había
vom itado una m añana, y tenía que ayunar todo el día. Por la n o ch e, los
padres la oyeron gritar co n ex c ita c ió n en sueñ os, usando su propio n o m
bre (co m o era su costum bre en aquel entonces) para querer decir que estaba
tom ando p o sesió n de algo: “A nna F ’eu d , f ’e sa s, f ’e sa s silvestres, o m ’let,
budín”. Ese “m en ú ” — com enta Freud— “in cluía casi todo lo que debía de
parecerle una com id a deseable”
En lo s ad ultos, por otro lado, e l d isim u lo se c on vierte en una segunda
naturaleza: la buena ed u cación en la vida cotidiana y, dram áticam ente, la
censura de la prensa, son lo s m od elo s que lo s que sueñan im itan cuando
encubren sus d e s e o s con m áscaras d e a sp ecto in o c u o y p rácticam ente
im penetrables. En p ocas palabras, el su eñ o m anifiesto es lo que la censura
interior del que sueñ a perm itirá qu e em erja a la superficie de la conciencia:
“D e m odo que podríam os estab lecer el origen de la form a de los sueños en
dos fuerzas (corrientes, sistem a s) p síquicas, de las cuales una da form a al
deseo que debe expresarse m ediante el sueño, mientras que la otra ofrece la
censura de e s e d e s e o del su e ñ o y p rovoca una d istorsión de su exp re
sió n ”. *u El reco n o cim ien to d e que el sueño in clu ye tanto un contenido
m anifiesto c o m o p en sam ien tos latentes le perm ite al intérprete llegar has
ta lo s c o n flicto s que lo s sueños en cam an y disfrazan.
E stos c o n flicto s se zanjan usualm ente m ediante la confrontación v io
lenta de las p ulsion es que quieren gratificación co n las defensas que quieren
negarla. Pero e l su eñ o puede tam bién presentar enfrentam ientos de otra cla
se: los d eseos pued en chocar entre sí. En 1909, en la segunda ed ición de
L a interp reta ció n d e lo s su e ñ o s, probablem ente irritado por las objeciones
puestas a su teoría, Freud a g regó un n otable e jem p lo de e se co n flicto
inconsciente; su s pacien tes, «resistiénd o sem e», por lo general producían
sueños en lo s c u a le s existía un d e se o visiblem ente frustrado. E sos "sueños
antideseo”, •*» co m o los denom inó él, desplegaban el deseo de demostrar
que Freud estaba eq uivocado. Pero no lo llevaron a dudar de que estaba en
[140] F undam entos: 1856-1905
lo cierto; in clu so e l su eñ o d e angustia, que parecía una espectacular refuta
ció n de la teoría freudiana, no lo era en absoluto. S e trataba de un sueño
que representaba un d e se o producido en e l inconsciente pero repudiado por
el resto de la m ente; de ahí que el sueño m anifiesto estuviera cargado de
angustia.3 Por ejem p lo, un niño reprim e c o m o totalm ente inaceptable el
deseo sexual que le despierta su madre, pero e se deseo persiste e n e l in con s
ciente y habrá de em erger de un m od o u otro, quizás en un sueño de angus
tia. L o que Freud proponía en e se punto, en con secuencia, no era una reti
rada co n respecto a su fo rm u lación origin al, sino una am pliación: “ Un
sueño es la realización (disfrazada) de un d e seo (suprim ido, reprim ido)".
C o n l a p r im e r a p r o p o s ic io n general encauzada ya a su gusto, Freud
deja de lado el tem a de la realización de los d ese o s y v u elv e sobre sus
pasos, enfocando la teoría del sueño desde “un nuevo punto de partida” para
sus “vagabu nd eos” a través d e lo s problem as del sueño”. Apunta entonces
a su s m ateriales y fuentes característicos. Una v ez preparado el cam ino
m ediante la d istin ció n entre lo s aspectos m anifiesto y latente del su eño,
procede a dem ostrar que aunque uno y otro están significativam ente v in cu
lad os, difieren en a lto grado. U n sueño se basa invariablem ente en m ate
riales recientes, pero so m etid o a interpretación conduce a un pasado m uy
distante; por deshilvanado o extravagante que sea el argum ento recordado,
apunta a problem as de im portancia cardinal para el que sueña. Freud co n
clu y e de m odo y un p o c o om inoso: “N o hay incitadores del su eñ o in d ife
rentes; por lo tanto, tam poco hay su eñ o s in o cen tes”. *”
U na paciente de Freud soñ ó que había colocad o una vela e n un cande
labro, pero la v ela se rom pió, de m od o que no podía sostenerse adecuada
m ente. Siem pre en su su eño, lo s com pañeros de escu ela le d ecían que era
torpe, pero el m aestro afirm ó que ella no tem a la culpa. En e l universo
freudiano, una v ela que n o se sostien e e v o ca la im agen de un pene flácido.
H oy en día e sto no parece n u ev o , pero cuando Freud p ublicó e se sueño, y
otros a n álogos, sus interpretaciones eróticas ofendieron a un p úblico a la
defen siv a y escan d alizad o, al que le parecieron sign os de una m onom anía
indecente. Sin d esalentarse, Freud, al interpretar ese sueño, afirm ó que su
sim b o lism o era “ transparente”. D esp u és d e todo, “una v ela es un objeto
que puede excitar lo s g en itales fem eninos; cuando está rota, de m odo que
3 Freud e lab oró e ste c a p c io so argum ento en una larga n o ta a p íe d e p ágina
agregad a en 1919 (v é a se L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s, S E V , 5 8 0 - 5 8 1 n ).
E se plan team ien to da lugar a la in có m o d a pregunta de si pretend e estar en lo
c ierto e n todas las situ a c io n e s, de m odo que su teoría n o p u ed e ser refutada: un
su eñ o fá cilm e n te in terp reta ble co m o una rea liz a ció n d e d e se o s la co n firm a , y
tam b ién lo hace un su eñ o a n g u stia d o , q u e pa rece ser e x a ctam en te lo o p u esto .
La e x p lic a c ió n r esid e en la c o n c e p c ió n freudiana d e la m en te co m o un conjun to
de org a n iz a cio n es en c o n flic to recíp ro co ; lo qu e qu iere una parte d e la m ente,
es probab le que otra lo r ec h a c e, a m en ud o c o n la apa rición d e m ucha ang u stia .
P S IC O A N A L IS IS [141]
no puede so sten erse con ven ien tem en te, sig n ifica la im potencia del h o m
bre”. C uando Freud se preguntó en v o z alta si esa jo v en bien educada y
cuidadosam ente protegida tenía alguna idea de e se posible u so d e una vela,
la propia pacien te lo ilustró. Pudo recordar que en una oportunidad, yendo
en un bote d e rem o s por el R in , ju n to a e lla y su e sp o so había pasado
otro bote, lle n o de estudiantes que cantaban anim adam ente una canción
sobre “la reina de Suecia que, co n las persianas cerradas... con velas A p o
lo ”. Ñ o había o íd o o en ten did o las palabras interm edias, que eran “se m as-
turbaba” , de m odo que el esp o so le había e xp licad o de qué se trataba. La
asociación libre la lle v ó d esde “ las persianas cerradas” de aquellos versos
o b scen o s a la torpe acción que ella había realizado alguna v ez en el inter
n ado y que estallaba en el su eñ o para prestar a sus p ensam ientos sexu ales
un m anto in o fen siv o . ¿Y “ A p o lo ”? Era una marca de velas, y relacionaba
e se sueño co n otro anterior en el que aparecía algo acerca de la “virginal”
Palas A ten ea, « S in duda — repitió Freud lacón icam en te— , todo e sto está
lejo s d e ser in o cen te.» *■
S in em bargo, lo s incitadores inm ed iatos del su eñ o son en general b as
tante in o fen siv o s. T o d o su e ñ o , sostenía Freud, presenta “un punto de co n
tacto c o n lo s acon tecim ien to s del día anterior. T o d o s los su eñ os que he
considerado, m ío s o de otra persona, confirm aron siem pre esta experien
c ia ” . * » E so s “restos d iu rnos” (c o m o lo s llam ó) suponen a m en u d o el
a c c e so m ás fá c il a la interpretación. T o m e m o s, por ejem plo, el breve su e
ñ o de Freud acerca d e la m onografía botánica, en el cual v io ante s í un
libro ¡lustrado que había e scrito , c o n un esp écim en vegetal se co p egado en
cada ejemplar; e l incitador de e se sueño había sid o una m onografía sobre
ciclá m en es que v io en el escaparate de una librería la m añana anterior. * »
S in em bargo, en casi to d o s lo s c a so s, el su eñ o tom a en últim a instancia
sus ingredientes esen cia les de la infancia del qu e sueña.
Investig a d o res anteriores c o m o M aury ya habían ob se rv a d o q ue e l
material infantil podía abrirse cam ino hasta e l sueño m an ifiesto del adul
to; lo s su eñ os recurrentes, que se em p iezan a tener en la infancia y v u e l
ven años m ás larde a o b sesion ar las noches de quien sueña, son otra m u e s
tra de la ág il acrobacia de la m em oria humana. Pero para Freud s ó lo el
material infantil que puede descubrir la interpretación, el material oculto
en lo s pensam ientos oníricos latentes, era verdaderam ente atractivo. Tan
atractivo le parecía que le d ed icó todo un apartado del libro, y narró a lgu
nos de su s propios sueños, com pletados co n revelacion es autobiográficas
exten sas y sum am ente íntim as. Estaba d isp u esto a dem ostrar, a partir de
sus recu erd os p e rso n a les, q u e “a ú n p u e d e e n c o n tra rse niñ o, con su s
im p u lso s, su b s is tie n d o en e l su e ñ o " . *3> Es en esas páginas donde Freud
c o n fe só su s am b iciones, ex p la y á n d o se en detalles p en osos, y relató el e p i
sod io del poeta am bulante d el restaurante del Prater, que le predijo un gran
futuro p o lítico . T am bién a llí re v e ló su atorm entado d e se o , durante m ucho
tiem po acariciado y frustrado, de visitar R om a.
[1 4 2 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
U no de los m a s in discretos sueños autobiográficos que Freud analizó
en L a interp reta ció n de ¡os sueños es el m uy citado sueño del conde Thun.
En su análisis reúne un registro detallado de los acontecim ien tos diurnos
que lo desencadenaron, y una interpretación aun más detallada. Los aconte
cim ien tos diurnos del su eñ o sobre e l con d e Thun muestran a Freud con su
ánim o m ás e x p ansivo, in c lu so b e lic o so . En la Estación O este de V iena,
de cam ino a unas vaca cio n es veraniegas en A u ssee, ve al conde Thun, el
p o lítico reaccionario austríaco que fue durante poco tiem po primer m in is
tro, en su actitud m ás arrogante, y se llena de “todo tipo de ideas in so len
tes y revolucionarias”. Tararea para sí la fam osa aria del primer acto de
L as b o d a s de F ígaro, en la que el p leb ey o desafía con atrevim iento al c o n
de para que baile, y despu és la asocia co n la excitante com edia de Beau-
m archais que sirvió de base al libreto de Da Ponte para la ópera de M ozart.
Freud había v isto la obra en París y (esto es importante) recordaba la fir
m e protesta del héroe contra el gran caballero que no tenía otro m érito que
el de haberse tom ado el trabajo de nacer.
E se era el Freud p o lític o , e l burgués liberal que se consideraba tan
bueno co m o cualquier conde. Pero al descubrir la energía que im pulsa el
sueño del conde Thun, gracias al rastreo de una elaborada red de a so ciacio
nes, Freud estaba retrotrayéndose a ep iso d io s infantiles durante m ucho
tiem po olvidados. Eran m enos p o lítico s que los incitadores inm ediatos del
sueño, pero tenían la m ism a pertinencia, y sin duda form aban parte de los
fundam entos de sus actitudes p olíticas de autorrespeto. El más sig n ific a ti
v o d e tales episod ios, al que ya n os h em os referido, presentaba a Freud
orinando en el dorm itorio de io s padres, tal vez a los siete u o ch o años,
cuando el padre le dijo que nunca llegaría a nada. «Tuvo que haber sido un
g o lp e terrible para m i a m b ición — com en tó Freud— , pues en m is sueños
seguían reapareciendo alusiones a esa escena, regularmente vinculadas con
en um eraciones de m is log ro s y é x ito s , co m o si yo quisiera decir: “ Y a lo
ves, después de todo he lleg a d o a algo” .» * «
N o necesariam ente toda fuente sign ificativa del sueño tiene que rastre
arse hasta ia infancia. El su eñ o sobre la m onografía botánica lle v ó a Freud
a pensar en su esposa (a la que s ó lo en raras ocasiones le regalaba flores),
en su m onografía sobre la planta de la co ca, en una con versación reciente
con su am igo el doctor K ó n ig stein , en su sueño de la in yección de Irma,
en su am b ició n co m o c ie n tífic o , y tam bién en e l día rem oto (tenía en
aquel entonces cin c o años y la hermana no llegaba a tres) en que el padre
6 La letra d e l aria, tal c o m o F reud la c ita , dice: “S e v u o l bailare, sign or
c o n t in o ,/S e v u o l b a ila re , sig n o r c o n tin o ./Il chitarino le su o n e r ó ” . Freud no
m en cion a a H einrich H ein e, uno de su s p o eta s sa tírico s fa v o rito s aunque m uy
b ien p od ía haberlo ten id o en m en te . H e in e hab ía u tiliza d o e so s m ism o v e rso s
c om o lem a de L o s b a ñ o s d e L u cca , su devastador ataque dirig id o al c o n d e P ia
len , el poeta h o m o se x u a l, de q u ie n im a g in a b a qu e era su e n e m ig o y qu e se
encontrab a a la c a b e za de un a c o n sp ira c ió n contra él.
P S IC O A N A L IS IS [1 4 3 ]
le d io un libro con lám inas coloread as para arrancar, un recuerdo feliz y
aislado de sus prim eros años.
D e c a z a e n l a s fron dosas se lv a s d e la experiencia in fan til, Freud
retornó co n algu nos trofeos fa scin antes, n ingu n o tan espectacular, o tan
p o lém ico , co m o e l com plejo de Edipo. Por primera v ez anunció esa idea
trascendental en el oto ñ o de 18 9 7 , e scrib ién d ole a F liess.7 A hora bien, en
L a in terp reta ció n d e lo s su eños la elaboró sin em plear todavía el nom bre
con e l cual entró en — en realidad d om in ó— la historia del p sicoan álisis.
La introdujo, de m o d o bastante adecuad o, e n una secc ió n sobre sueños
típ ico s, entre los cu ales los co n cernientes a la m uerte de seres queridos
requerían algún com entario sob rio . L as rivalidades entre h erm anos, las
ten siones entre m adres e hijas o padres e hijos, lo s d eseos de muerte diri
gid o s contra m iem bros de la fa m ilia, son h ech os que parecen perversos y
antinaturales. O fen den la pied ad o fic ia l m ás apreciada, pero — ob servó
Freud secam ente— no son un secreto para nadie. El co m p lejo d e Edipo,
enca m a d o en m itos, tragedias, y su eñ os, n o m enos que en la vida diaria,
está im p lica d o en todos e so s c o n flic to s privados. Se retira a lo in c o n scie n
te, co n lo cual se acrecienta su in flu en cia. S egún Freud diría m ás tarde, el
com p lejo de E dipo es “el co m p lejo nuclear” de las neurosis. Pero desde
e l p rincipio insistió en que “estar enam orado de un com ponente de la pare
ja form ada por los padres y odiar al otro co m ponente” * » no e s alg o que
m ono p o licen lo s neuróticos. A unque d e m o d o m enos espectacular, e s tam
bién e l d estin o de todos lo s seres h um anos norm ales.
Las prim eras fo r m u la c io n e s d el c o m p le jo de E dipo rea liz a d a s por
Freud eran relativam ente sim p les; co n e l p a so de lo s años fue co m p licá n
d ola s consid erab lem en te. Si bien la idea su scitó pronto una fuerte o p o si
ció n , la p red ilección del propio Freud por el co m p lejo creció sin cesar: lo
ve ía c o m o una e x p lic a c ió n del m o d o en q ue se origin an las n eu ro sis,
c o m o un punto cru cial en la historia del d esarrollo del niñ o, co m o un s ig
n o d iferen cia l de la m aduración se x u a l m a scu lin a y fem enina; in c lu so
— en T ó te m y ta b ú — co m o el m o tiv o profundo de la fundación de c iv ili
zacio n es y de las creación d e la c o n cien cia . Pero en L a in terp re ta ció n de
lo s su e ñ o s (aunque no haya que ir m uy lejo s para buscar las consecuencias
profundas) la lucha ed íp ica d esem peña una parte m ás m odesta. A l explicar
ios su eñ os asesin o s acerca de la m uerte de có n y u g es o progenitores, aporta
pruebas en favor d e la teoría de que lo s su eñ o s representan lo s d eseo s
co m o ya realizados. M ás allá de esto , contribuye a explicar por qué los
su e ñ o s son p r o d u ccio n es tan sin g u la res; lo s ser es hu m an os, todos lo s
seres hum anos, albergan d e se o s que no pueden perm itirse ver exp u estos a
la lu z del d ía en su form a no censurada.
D e m o d o que todo sueñ o e s el resultado de un trabajo, y de un trabajo
7 V é a se la p ág . 1 2 9 .
[1 4 4 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
duro. S i la presión de los d eseos que tratan de llegar a la conciencia fuera
m enos aprem iante, el trabajo serfa m ás fácil. Actuando com o guardián del
dorm ir, e l “trabajo del su eñ o ” tenía la fu nción de convertir los im pulsos y
recuerdos inaceptables en una historia lo bastante in ofen siva com o para
lim ar su s aristas y permitir que se expresaran. La variedad del trabajo del
s ueño e s prácticam ente inagotable, pu esto que lo s que sueñan tienen a su
d isp o sició n una infinidad de residuos diurnos e historias vitales concretas.
Pero, a pesar de su aspecto densam ente caótico y desordenado, e se trabajo
s ig u e reglas establecid as. El censor que m aquilla los pensam ientos oníri
c o s latentes para su aparición en el sueño m an ifiesto, goza de una co n sid e
rable libertad y dem uestra poseer un ing enio im presionante, pero sus ins
tru ccion es son c o n c isa s, y son p o co s lo s m ecan ism os c o n que cuenta.
Freud dedicó el cap ítulo m ás largo del libro a esas instrucciones y
m ecan ism os. C onsideraba que e l intérprete del sueño era en parte paleógra
fo , en parte traductor, en parte descifrador. “ Los pensam ientos y los co n te
n id o s del sueño están ante n o sotros co m o dos v ersio n es de lo s m ism os
c on ten idos en dos idiom as diferentes o, m ejor dicho, los contenidos del
s ueño se nos aparecen co m o una transcripción de los pensam ientos del
s ueño a otro m od o de expresión, con cu yos caracteres y leyes sintácticas
se supone que n os fam iliarizarem os com parando el original con la traduc
c ió n .” M odificand o la m etáfora, Frued id entificó el sueño con un jer o g lífi
c o , un acertijo gráfico de aspecto disparatado, q u e d ó lo podem os aprender a
leer si dejam os de sorprendem os por su carácter absurdo y “reem plazam os
cada figura por una sílaba o palabra”. * *
Las principales herramientas del equipo utilizado para el trabajo del
sueño son la co n den sación , el d esp lazam iento y lo que Freud denom inó
“preocupación por la representabilidad”. N o están relacionadas ex clu si
vam ente co n el sueño, sino que pueden detectarse en la creación de los sín
tom as n eu ró tico s, lo s lapsus v erb ales y los ch istes. Pero Freud los d escu
b rió y d e sc r ib ió su fu n c io n a m ie n to en lo s su e ñ o s. H abía en con trad o
in clu so un cuarto m ecan ism o, la “revisió n secundaria”, el desbrozam iento
del co n fu so relato del sueño al despertar, pero no estaba seguro de poder
considerarlo una herramienta del trabajo del sueño.
A hora bien, los sueños pueden com unicar su sign ificad o interior tam
bién de otro m odo: m edian te sím b o lo s. Freud a sig n ó a ésto s un papel
só lo marginal; en las prim eras ed ic io n e s de L a in te rp re ta c ió n de lo s su e
ñ o s los m en cion ó c o m o de pasada, y m ás tarde añadió un importante apar
tado sobre el tem a principalm ente a instancias de W ilh elm Stekel y otros
de sus prim eros discípu los. El carácter puramente m ecánico de la interpre
tación de los sím bolos nunca d ejó de preocuparle. “ Q uiero prevenir enérgi
* En su d iv u lg a c ió n S o b r e lo s s u e ñ o s ( 1 9 0 1 ), Freud enum eró “ la c o n d e n sa
c ió n , e l d e sp la za m ie n to y la d ra m a tiza c ió n ” co m o lo s in stru m en tos m ás im po r
tantes para e l trabajo d e l su eñ o . (G W II-III, 6 9 9 /S E V , 6 8 5 .)
P S IC O A N A L IS IS [1 4 5 ]
cam en te contra la sobrestim a ció n de la im portancia de lo s sím b o lo s en la
interpretación de lo s s u e ñ o s ” , escrib ió en 1909, y c o n tin u ó ad v in ie n d o
que n o debía restringirse “la traducción del trabajo d el sueño a la traduc
ció n de los sím b o lo s”, ni abandonarse “ la técnica de describir detallada
m ente las a so cia cio n es d el que sueña” . U n año m ás tarde, le dijo ca te
górica m en te a su a m ig o su iz o , el “p a sto r -p sic o a n a lista ” O skar Pfister:
“T iene usted m i co m p le to consen tim ien to si n o con fía dem asiad o e n todas
la e x ig e n c ia d e un sím b o lo (S y m b o h u m u iu n g ) hasta que se le im ponga de
n u ev o en virtud d e la exp erien cia ”. D esp u és de todo, “el m ejor conjunto de
instrum entos del y A 9 c o n siste en co nocer el diccionario del dialecto sin
gular de lo in co n scien te” . *3»
D e m odo que la enum eración que hace Freud de los m ecanism os que
em plea el su e ñ o está llen a d e una cierta ironía. La interpretación de los
sím b o lo s hab ía s id o la b a se p rincipal d e lo s lib ros d e su e ñ o s durante
sig lo s e iba a convertirse en el ju e g o de salón favorito d e lo s aficion ad os
al psico a ná lisis en la década d e 1920. La técnica de interpretación de los
sueñ os que el propio Freud consideraba m ás cu estionable, una v e z difundi
d o e l p sico a n á lisis, p a só a ser la técnica que despertó m ás curiosidad en
m uchas personas. C o m o v e rem o s, é ste n o e s el ún ico e je m p lo del tipo d e
popularidad que Freud deploraba y de la que pensaba que podía prescindir.
L a p r im e r a de las herram ientas realm ente im portantes del trabajo d el
su e ñ o , la c o n d e n sa c ió n , e s sim p le m e n te lo que su nom bre in d ica. L os
pen sam ientos del sueño que inundan la m ente del soñador infinitam ente
m ás ricos que e l su eñ o m a n ifiesto , qu e, “en com paración, e s e sc a so , m ez
quino, la có n ico ” . A lgun as de las aso cia cio n es que el que sueña producirá
pueden ser n uev a s, pero la m ayoría surgen del su eñ o m ism o. Cada e le
m ento de lo s co nten id os m an ifiesto s del su eño está sobredeterm inado; apa
rece representado varias v e c e s en los p ensam ientos latentes del sueño. L os
personajes de lo s su e ñ o s so n figuras com pu estas: Irma e s un buen ejem
plo; representaba a varias personas de las que tom ó rasgos y característi
cas. L as palabras c ó m ic a s in ven tad as o lo s n e o lo g ism o s im p rovisad os,
tan frecuentes en los su eñ o s, son otros e jem p los del m od o en que la c o n
d en sación concreta las ideas c o n una e sp e c ie de econ om ía fanática. A sí, el
sueñ o de Freud sobre la m onografía botánica estaba constituido por una
esc e n a única, por una b revísim a im presión visu al, pero con tem a y c o m
prendía lo s m ás d iverso s m ateriales provenientes de varias etapas de la
vida d e Freud. T a m b ién “ A u to d id a sk er”, una palabra qu e F reud so ñ ó ,
dem ostró ser una con d en sa ció n de “ autor” , “ autodidacto” y “Lasker”, el
nom bre d e un p o lític o liberal ju dío-alem án , al que Freud asociaba el n om
bre del so cia lista ju dío-alem án Ferdinand L assalle; esto s nom bres lo lle v a
* En su corresp o n d en cia in fo rm a l, Freud y sus c o le g a s usan a m en ud o la
abreviatura y A e n lugar d e la palabra “p s ic o a n á lis is ” .
[1 4 6 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
ron, a través de algunos tortuosos rod eos, al cam po m inado de las preocu
p acion es eróticas, co n la s que realm ente tenía que ver su sueño. Lasker y
L assalle tuvieron m uertes igualm ente desdichadas por culpa de mujeres: e l
prim ero m urió de s ífilis ; el segu nd o, en un d uelo. Freud encontró otro
nom bre ocu lto en “A utodidasker” c o m o anagrama de “ Lasker”: el de su
herm ano A lexander, llam ado “A le x ” en la fam ilia; un d ese o que el sueño
contenía era que el herm ano se casara felizm en te algún día. *40 El in gen io
de la cond en sación e s asom broso.
La con d en sa ció n n o tiene por qué involucrar al censor, pero el trabajo
de desplazam iento, en cam bio, procura una esp ecie de certificado de buena
conducta. Primero actúa para reducir la intensidad de las pasiones que arden
en d e seo s de expresarse, y después para transformarlas. D e ese m odo per
m ite que tales p asion es (a m enudo m utiladas en su apariencia pública) e lu
dan la resistencia m ovilizad a por la censura. C om o resultado, los deseos
reales que animan un su eñ o puede qu e no aparezcan en él en absoluto.
Esta e s la razón obvia de que los soñadores que procuran entender sus pro
d u ccion es deban efectuar a sociaciones tan libres c o m o les sea p osible, y de
que el analista tenga que d esplegar todo su talento interpretativo para co m
prender lo que esas producciones dicen.
P u esto que un su eñ o e s un acertijo gráfico con una lógica absurda
totalm ente propia, el intérprete del su eñ o debe entender algo más que el
desplazam iento y la condensación. T am bién la preocupación por la repre-
sentabilidad desem peña su parte. Las categorías que dam os por sentadas en
la vida de v ig ilia n o tienen cabida en el su eñ o; e l sueño no co n o ce cau sali
dad, ni contradicción, ni identidad. Representa pensam ientos con figuras,
ideas abstractas por m ed io de im ágenes concretas: la noción de que alguien
es superfluo puede traducirse en agua que se derrama de una bañera. Un
elem en to onírico que sig u e a otro en el tiem p o sugiere la relación lógica
de causa y efecto; la frecuencia co n la que aparece un elem ento subraya
gráficam en te su im portancia. D ado que e l su e ñ o no cuenta con ningún
m o d o d irecto de expresar la n ega ció n , lo h ace representando personas,
aco n tecim ien to s y sen tim ien to s, por m e d io de sus o p u estos. L os sueños
son e q u ív o co s y tram posos; brom ean o sim ulan actividad intelectual.
D e manera que estaba perfectam ente ju stificado el espacio que Freud
d ed icó a las estratagem as co n que cuenta el trabajo del sueño. M uchos su e
ños con tien en palabras, que casi invariablem ente son citas, y reproducen
lo que e l que sueña ha o íd o en alguna parte. Pero el trabajo del sueño reco
ge esas palabras tan reales, no para clarificar e l sign ificad o del sueño, sino
en b e n e fic io de su tortuoso esfuerzo tendiente a disim ular ante el censor
m ateriales que están le jo s de ser inocen tes. A sim ism o , los sueños su elen
estar llen o s de afectos que — advierte Freud— el intérprete no debe tomar
literalm ente, puesto que es probable que el trabajo del sueño los debilite o
que exagere su fuerza, que disfrace sus m etas reales o, com o ya hem os v is
to, que lo s con vierta en lo o p u esto. U n o de lo s m ás c o n ocid os ejem p los
P S IC O A N A L IS IS [1 4 7 ]
de Freud, su su eñ o de “N on vix it" , ilustra e l m od o de actuar del sueño tan
to co n palabras c o m o co n sen tim ientos. N o sorprende que Freud lo c o n si
derara “ herm o so ” . Estaba lle n o de a m igos, algunos m uertos. En el sueño,
un o de e llo s , J o s e f P anelh, no entendía lo que F liess estaba dicien d o, y
Freud e x p lica que el h ech o s e debía a que Paneth no estaba vivo: "N on
v ix it” . C o m o advierte Freud en e l m ism o su eñ o, esto es un error en la
ex p resión latina, que s ig n ific a " N o v iv ió ” , y n o “N o v iv e ” (N on v iv it).
En ese m om ento, Freud aniquila a Paneth co n una mirada; sim plem ente se
evapora, lo m ism o que F leisch l-M a rx o w . Cada uno de e llo s no es m ás que
un revenant, una aparición qu e podía suprim irse a voluntad, y al que su e
ña, e s e p en sa m ien to le resulta d e lic io so . *41
La fuente de esa fantasía onírica en la que Freud reducía a Paneth a la
nada co n una mirada penetrante n o era un m isterio: se trataba de la trans
form ación , en b e n e fic io p ropio, de una e sc en a hum illante en la que su
m entor, B rücke, m iró fijam ente a Freud, su perezoso asistente, reducién
d o lo a la nada. P ero, ¿" N on vixit'"} Freud fin alm en te sigu e la pista de
estas palabras hasta llegar a una oración no oída sin o vista: recordó que
aparecían en el pedestal del m onu m ento al em perador José n en el palacio
imperial de Viena: Saluti p a tr ia e v ix it / non d iu se d totus (“Por el bienestar
de su patria, v iv ió no m ucho pero intensam ente”). El sueño de Freud tomó
esas palabras para aplicarlas a otro J o se f Paneth, que había sid o su sucesor
en el laboratorio de Brücke y m urió jo v e n en 1890; evidentem ente, Freud
experim entaba pesar por la m uerte prematura del am igo, pero tam bién se
sentía triunfante por haberlo so b rev iv id o . E sos eran algunos de los sen ti
m ien tos que el sueño de Freud registró y distorsionó; otros — agregó—
eran la ansiedad por la op eración a la que iba a som eterse su am igo F liess,
el sentim ien to de culpa por n o dirigirse a B erlín para acom pañarlo, y la
irritación qu e le produjo e l m ism o F lie s s , p orque éste le dijo qu e no
hablara de la operación co n nadie, c o m o si é l, Freud, fuera indiscreto por
naturaleza y necesitara e se tipo de recom en daciones. Los revenatüs del sue
ño retrotrayeron a Freud a su infancia: representaban a am igos y enem igos
de m u cho tiem p o atrás. El p lacer de viv ir m ás que otros y e l d ese o de
inm ortalidad, su byacen en lo s triviales sen tim ientos de superioridad y los
igu alm ente triviales sen tim iento s de fastidio en los que abundaba e l sueño
del "Non v ix it” . El argum ento en su conjunto le recordaba a Freud un v ie
jo cuento: un có n y u g e , in g en u o , eg o ísta , le d ice al otro: “ Si uno de n o so
tros m uriera, y o m e iría a v iv ir a P arís” . * « A esta altura debería haber
quedado claro por qué Freud pensaba que ningún sueño puede ser objeto de
una interpretación que lo agote; la textura de sus asociaciones es dem asia
do rica, sus m eca n ism o s son dem asiado astutos com o para perm itir que
lo s en ig m a s qu e plantea q u ed en cla r ific a d o s por com p leto. Pero Freud
nunca v a c iló en afirmar qu e en el fon d o de todo sueño hay un d eseo, d eseo
que e s infantil y que la so c ie d a d respetable probablem ente consideraría
indecente.
[1 4 8 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
U n a p s ic o l o g ía p a r a p s ic ó l o g o s
En la e v o lu c ió n d e l p e n sa m ien to p s ic o a n a lític o d e
Freud, L a in terpretación de los sueños ocupa el centro
e stratégico, co m o él sabía. Es sum am ente sig n ifica tiv o
que elig iera el sueñ o co m o el m od elo m ás instructivo
d el fu n c io n a m ie n to m ental: soñar e s una exp erien ca
norm al y universal. Puesto que, en la ép oca en que tra
baja co n su libro d e lo s su eñ o s, proyectaba realizar tam bién otros estudios
sobre lo s p rocesos p sic o ló g ic o s com u n es y norm ales, bien podría haber
optado por un punto de partida diferente. A fines de la década de 1890,
Freud había em pezado a recoger las anécdotas m ás notables sobre todo tipo
d e d e slices y lapsus que iba a publicar en 1901 con el su g estiv o título de
P sico p a to lo g ía d e la vida cotidiana. A d em ás, en junio de 1897 le com en tó
a F liess que había em pezado a coleccionar, “ su gestivos cuentos ju d íos”, * «
tam bién e llo s formarían parte de un libro, en el que exam in ó la relación de
los ch istes co n lo inco n scien te. Tanto lo s d e slice s m ás co m u n es com o los
chistes m ás refinados lo condujeron a las m ás remotas regiones de la m en
te. Pero para Freud el su eñ o era la guía privilegiada. A la ve z lugar com ún
y m isterioso, extraño pero abierto a la exp licación racional, extiende sus
ram ificaciones a prácticam ente todas las áreas del funcionam iento mental.
Por lo tanto, en el teó rico cap ítulo sép tim o de L a in terp reta ció n d e ¡os
sueños, Freud dem ostró detalladam ente su insuperable importancia.
Tam bién e s m uy reveladora la sele c c ió n de m ateriales efectuada por
Freud para su libro sobre lo s sueños. C o m o ob servó en e l Prefacio de la
prim era e d ic ió n , lo s su e ñ o s d e lo s neu ró ticos presentan características
esp ecia les que podrían afectar a su representatividad y por lo tanto com pro
m eter la a p licación general de la teoría. *** Esa fue la razón de que r ecogie
ra lo s su eñ o s de sus a m ig o s y de su s h ijos, su eñ os registrados en obras
literarias, y — ni qué d ecir tien e— lo s su y o s propios. Finalm ente, le pare
cieron irresistibles algunos de lo s aportados por sus p acientes, pero q ueda
ron em pequeñecidos por la m asa d e ejem plos que tom ó de relatos de lo que
le gustaba llam ar p ersonas n orm ales. Estaba determ inado a no perm itir
q ue la senda h acia el co n o c im ie n to p sico a n alítico partiera del d o m in io
esp ecia liza d o , restringido, d e sus analizandos h istéricos u ob sesiv o s.
A l m ism o tiem po, si bien lo s m ateriales que le proporcionaban sus
analizandos podían no ser representativos, no distorsionaban seriam ente la
investigación. D esde lu eg o , el h ech o de que Freud acudiera en m uchas o c a
sio n e s a lo s neu róticos era una c o n secu en cia obvia de su s ocu p acion es
cotidianas: lo s neu róticos estaban a su alcance y eran interesantes. Pero al
elaborar su teoría de la neurosis, Freud descubrió que el neurótico aclara
tantas cosas acerca de la persona normal, porque en realidad uno y otra no
P S IC O A N A L I S I S [1 4 9 ]
son tan d iferentes entre sf. L os n eu róticos, y a su m anera extravagante los
p sic ó tic o s, presentaban lo s m ism o s rasgos de lo s m ortales m enos pertur
bados; lo hacían de un m odo h istriónico, pero p or lo tanto m ás instructi
vo. “N o e s p o sib le una com p ren sión general satisfactoria de las perturba
c io n e s n eu r o p sic ó tic a s — le anu nció Freud a F lie ss en la prim avera de
1895— si uno no pu ede tender co n e x io n e s con supuestos claros acerca de
los p ro ceso s m en tales n orm a les.” En la m ism a é p oca en que tenia en
m ente su “pro y ecto d e p sic o lo g ía ” , tam bién lo atorm entaba el enigm a de
las neurosis. Para su prop io m o d o de ver, la s d os in v estig a cio n e s siem pre
estuvieron ligadas, y n o podían separarse co n p rovecho. N o e s casual que
diera vida a su s m em orandos teóricos abstractos c o n ejem plos tom ados de
sus c a so s c lín ic o s. Servían c o m o m ateriales para una p sic o lo g ía general.
N o s ie m p r e F r e u d apreció a sus a n alizandos, por m ucha inform ación
que le proporcionaran. A v e c e s las m uchas y agotadoras horas que pasaba
con e llo s h acían que se sintiera abrumado, y su trabajo terapéutico parecía
apartado d e lo s enigm as d el universo. Pero su práctica contradice esta idea:
su ex p eriencia c lín ic a y su s in v estig a cio n es teóricas por lo general se fer
tilizaban recíp ro ca m en te. Freud gustaba d e d escribir su carrera m éd ica
co m o una p rolon gad a d e sv ia c ió n d esd e una p asión a d olescen te por los
enigm as filo só fic o s profu nd os hasta el retorno final de un hom bre viejo a
las e sp ecu la cio n es fundam entales, después de un largo e indeseado e x ilio
entre los m éd ico s. E n realidad, lo s interrogantes “filo só fic o s” nunca estu
vieron m uy lejos de su concien cia , ni siquiera d espués de que (para decirlo
con sus drásticas palabras) se hubiera “convertido en terapeuta contra mi
voluntad” . A lo s cuarenta añ o s, recordando su juven tu d , le d ijo a Fliess en
1896: “ N o tenía m ás an helo que e l d e la co m p ren sión filo só fic a , y ahora
esto y en vías d e satisfacerlo, al dirigirm e d esd e la m edicina hacia la p sico
lo g ía ” . *46 C om partía lo s sentim ien tos de su am ig o de B erlín, que parecía
estar yen d o e n la m ism a dirección. En una re flexiva carta de A ñ o N u evo,
escrita el \ ° de enero de 1 896, Freud le m anifestó: “ V e o que tú, dedicándo
te a la m ed icina c o m o rodeo, estás alcanzando tu prim er ideal, com prender
a lo s seres hum anos c o m o fis ió lo g o , a sí c o m o y o deb o alim entar la e sp e
ranza d e alcanzar mi m eta o riginal, la filo so fía ”. Por enérgico que fuera
el desdén que le inspiraban la m ayoría d e los f iló so fo s y sus fú tiles ju eg o s
de palabras, él m ism o p ersig u ió sus propias m etas filo só fica s durante toda
la vida. Esta falta d e coheren cia es más aparente q ue real. Freud le daba a
la “filo so fía ” un sig n ific a d o esp ecia l. A la m anera de la Ilustración, c o n si
deraba que el filo so fa r de lo s m eta físico s só lo conducía a abstracciones
inútiles. S e sen tía ig u a lm en te hostil a lo s filó s o fo s para los q ue la m ente
era s ó lo c o n c ie n c ia . S u filo so fía era em p irism o c ie n tífic o en cam ad o en
una teoría c ie n tífic a d e la m ente.
El estu d io de lo s sueños lle v ó a Freud directam ente a albergar esas
aspiraciones de a lto s v u e lo s. P u esto que el su eñ o e s e n el fo n d o un d eseo
[1 5 0 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
en acción, consid eró necesario emprender incursiones sistem áticas y de lar
g o a lcance en lo s fundam entos m ism o s de la p sicología. S ó lo ella s podían
hacer intelig ib le el sign ificad o de la actividad del sueño. D e ahí, que las
“contraseñas” psicoanalíticas de Freud (entre las que se contó el breve catá
lo g o m ín im o que diferenciaba su p sic o lo g ía de otras) no aparecieran só lo
en el riguroso últim o capítu lo an alítico del libro de los su eñ os. El p rinci
p io del d eterm inism o p sic o ló g ic o , la c o n cep ción de la m ente com o algo
con stitu id o por fuerzas en co n flicto , el concepto del in consciente dinám ico
y el poder o culto de las p asiones en toda la actividad m ental, penetran la
totalidad de la trama del libro.
En la teoría de Freud, el hecho de que nada sea accidental en el universo
de la m ente e s un punto crucial. Freud nunca negó que los seres hum anos
estén exp u esto s al azar; al contrario, in sistió en que ello ocurre: “N o s g u s
ta olvidar que en realidad todo en nuestra vida es azar, desde nuestra génesis
por obra del en cuentro de un ó v u lo y un esp erm atozoide hasta todo lo
dem ás” *4*. T am p oco neg ó que las o p cio n es hum anas son reales; una de las
m etas de la terapia psicoanalítica era precisam ente “darle al yo del paciente
libertad para decidir en un sentido u o tro”. *49 Pero ni el “azar” ni la “ liber
tad” de Freud son m anifestaciones espontáneas, fortuitas o arbitrarias. En
su con cep ción de la m ente, todo acontecim iento, por accidental que parezca,
es algo a sí co m o un nudo en una trama de hilos causales entretejidos, de
origen m u y rem oto, m uy num erosos y de interacción dem asiado com pleja
com o para que resulte fácil identificarlos. Es cierto que salvar la libertad de
las garras de la causalidad se cuenta entre los deseos ilusorios (y por los
tanto m ás tenaces) que con m ayor intensidad acaricia la humanidad. Pero
Freud advirtió con firm eza que el p sicoan álisis no ofrecía e l menor aliento
a tales fantasías ilusorias. La teoría de la m ente de Freud, en consecuencia,
es estrictam ente y francam ente determinista.
E s tam bién enfáticam ente p sic o ló g ic a , y por lo tanto fue revolu cion a
ria para su tiem po. Freud desarrolló su programa dentro del marco de la
p sic o lo g ía contem poránea, pero se sa lió de tal esquem a en su cesivos p un
tos cruciales. Sus co le g a s m ás em inentes del cam po de la psiquiatría eran
en el fo n d o , n eu rólogos. En 189 5 (el año de los E sc rito s so b re la h isteria
de Freud y Breuer) Krafft-Ebing p u blicó una m onografía, N e r v io s is m o y
e sta d o s n eu rastén icos, que ilustra a la p erfección e l punto de vista dom i
nante. El p eq u eñ o libro c o n stitu y e un v a leroso intento que se propone
arrojar un p oco de luz sobre la c o n fu sió n enton ces corriente en el em pleo
de térm inos d ia g n ó stic o s. K rafft-E bin g d e fin ió el “n erv io sism o ” co m o
"en su m a y o r p a rte , una d isp o sic ió n p a to ló g ic a innata, y , con m en os f r e
cuencia, un cam b io p a to ló g ic o a d q u irid o d e l sistem a n ervio so cen tral” *3°
La herencia es la fuente principal del trastorno: “La m ayor parte de los
individuos que padecen una disp o sició n nerviosa son nerviosos desde su
prim eros añ o s, sobre la b a se d e in flu e n c ia s c ongénitas". K rafft-E bing
P S IC O A N A L I S I S [1 5 1 ]
saludó con un respeto solem n e, casi reverente, “la poderosa ley biológica
de la herencia, que interviene de m odo d e c isiv o en todo lo que tiene natura
leza orgánica” ; su in flu jo en la vida m ental — pensaba— es indiscutible y
poderoso. El n ervio sism o adquirido, por su parte, surge cuando la “rela
ción co rre c ta entre la a cum u lación y e l g a sto d e fu e rza nerviosa" se v e per
turbada. La falta d e su eñ o, la dieta in su ficien te, lo s e x c e so s alco h ó lico s, el
carácter “ antih igiénico” d e la civ iliz a c ió n m oderna, con su precipitación,
sus e x c e siv a s e x ig e n c ia s a la m ente, su p o lític a dem ocrática, su em ancipa
ción de las m ujeres, son todos factores qu e con vierten a las personas en
nerviosas. Pero el nerv io sism o adquirido — lo m ism o que la variedad con-
génita— e s una cuestión de “cam bios m ateriales, aunque extrem adamente
lev e s, d el sistem a n e r v io so ”.
Esa enferm ed ad m ás grave “neurastenia” es para K rafft-Ebing ner
v io sism o en sentid o am plio, una enferm edad “ fu n cion al” en la que la vida
mental “y a no p u e d e e sta b le c e r e l e q u ilib rio en tre la p ro d u c ció n y e l co n
sum o d e fu e rza n e r v i o s a L a m etáfora m ecánica n o e s casual; para Krafft-
Ebing, la neurastenia co n sistía esen cia lm en te en e l desorden del sistem a
nerv io so . Lo m ism o que en e l c a so del n e r v io sism o , el m éd ico debía bus
car en la herencia la etio lo g ía principal. E n la variedad adquirida podían
rastrearse causas fis io ló g ic a s , un infortunado conjunto de traumas, o un
am biente destructivo: enferm edades de la niñ ez debidas a una “constitución
neuropática”, * 51 la m asturbación o (una v e z m ás) las tensiones exce siv a s
im puestas al sistem a por la vida m oderna. In clu so cuando la causa de la
neurastenia resultara ser un ep iso d io p s ic o ló g ic o , por ejem plo de ansiedad
o tensión m ental, el e lem en to perturbador d e últim a instancia era de natu
raleza n eu ro ló g ica . K rafft- E bing estaba d isp u e sto a considerar factores
“s o c io ló g ic o s ” , pero su “ causa o r ig in a l” ta m b ién retrocedía hasta "una
constitución n erviosa”. L o s tratam ientos q u e K rafft-Ebing recom en taba se
inclinaban naturalm ente por la dieta, la m ed icación , la fisioterapia, la e le c
troterapia, lo s m asajes. * » C om o esp ecia lista destacado en e l cam po de
las aberraciones se x u a les, n o pasa por alto lo que denom ina N eu rasth en ia
sexu a lis, pero só lo la v e c o m o una p equeña parte d el cuadro c lín ico , no
com o una causa. * »
En resum en, K rafft-E bing abordó en gran m edida e l sufrim iento p sico
ló g ic o c o m o una c u estió n de f is io lo g ía . En 1 8 9 5 n o se había m ovid o de
la p sic o lo g ía adoptada d ieciséis años antes en su texto de psiquiatría: “ La
locura es una enferm edad del cerebro” . Estaba hablando para su profe
sión. D urante el s ig lo X IX la c ie n c ia de la p sic o lo g ía había realizado
avances im presionantes y m ag n ífico s. Pero su p o sició n era paradójica: se
había em an cipad o de la filo so fía , co m o antes lo había hecho de la teo lo
gía, só lo para aceptar el abrazo im perio so de un n u evo am o, la fisio lo g ía .
D esd e lu eg o , la idea de que la m ente y el cu erpo están vinculados por los
lazos m ás ín tim os tenía tras de s í una tradición antigua y honorable. A
m ediados del sig lo XVIIT, Laurence Stem e había declarado que “ el cuerpo
[152] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
d e un hom bre y su m ente, lo d ig o co n e l m ayor respeto por am bos, son
exacta m ente c o m o un ju stillo y su forro: si arrugam os uno, se arruga el
otro” . * « L os estu d io so s de la m en te del sig lo X IX suscribían esa propo
sició n e iban m ás allá; con c onfianza, esp ecificaban qué era el ju stillo y
qué era e l forro. La m ente — sostenían— depende del cuerpo, del sistem a
nervioso, d el cerebro.
E n 1 8 7 6 , e l p r e s tig io s o n e u r ó lo g o a u stríaco W illia m H am m ond,
e s p e c ia lis ta (entre otras c o s a s ) en im p o te n cia m a scu lin a y fem en in a ,
ex p resó el co n senso abrumador de los expertos. “La moderna ciencia de la
p sic o lo g ía — declaró— n o es ni m ás ni m enos que la cien cia de la m ente
co n sid era d a com o una función fís ic a " . * i6 Las cursivas son de Ham m ond.
En Inglaterra, el influyente y pro lífico psiquiatra Henry M audsley no era
m en o s en fático. En 1874, hablando de la locura, escribió: “N o e s nuestro
trabajo, no está a nuestro alcance explicar p sic o ló g ica m e n te e l o r igen y la
naturaleza de cualquiera de [los] instintos depravados" que el dem ente pone
de m anifiesto. “ La exp licación , cuando se encuentre, no vendrá del lado
m en tal, sin o del lado fís ic o ”. *57L os p sic ó lo g o s y psiquiatras de la Europa
continental no divergían acerca de este problem a, de sus colegas in gleses y
norteam ericanos; a principios de sig lo , e l distinguido psiquiatra francés
J ean -E tienn e E squirol había d e fin id o “ la locura, la a lien ación m en tal”
co m o “una a fección de ordinario cerebral y crónica” y esta definición
co n serv ó su in flu en cia hasta el fin del sig lo y m ás allá, en toda Europa y
en E stados U nidos. En 1910, Freud le d ijo al H om bre de los L obos, uno
de sus p acientes m ás fam osos: “T enem os los m edios de curar e so que le
está provocando sufrim iento. Hasta ahora, usted ha estado buscando las
causas de su enferm edad en el orinal” . A l recordarlo años más tarde, el
H om bre de los Lob os ratificó tal v e z un poco dem asiado enfáticam ente:
“En aquellos días la gente trataba de llegar a lo s estados psíq u icos por
m e d io de lo fís ic o . L o p sic o ló g ic o era com p letam en te ignorado” .
H abían e x istid o unos p o co s d isid e n te s, co m o por ejem p lo los m éd icos
cuáqueros in g leses, que hacia 180 0 desarrollaron lo que denom inaban “tra
tam ien to m o ra l” para sus p a c ie n te s d eseq u ilib rad os. E llos trataban de
10 El 6 de m arzo de 1 9 1 7 , e l em in en te p siqu iatra norteam ericano W illia m
A la r so n W h ite, un o de lo s prim eros q u e co n c ep tu ó a Freud de m odo p o s itiv o ,
le e sc r ib ió a W .A .R o b iso n : “S i u ste d e stá fa m ilia riza d o c o n e l c u id a d o de lo s
lla m a d o s lo c o s e n e s te p a ís co n o c er á e l h ech o n o ta b le de qu e s ó lo e n lo s ú lti
m os años las enferm eda d es m en tales se han estad o tratando c om o enferm edad es
m en ta les. M ás com ú nm en te fueron tratadas c o m o pruebas d e deso rden físic o .
N o so tro s h em os esta d o afrontando el tem a de sd e un punto d e v ista m en tal desd e
h ac e m u ch o tiem p o , y e n años r e c ien te s lo h e m o s abordado d esd e una pe r sp e c
tiv a p s ic o a n a lític a . S e g u im o s e l trabajo d el p ro feso r Freud y esta m o s usando
su s m é to d o s p s ic o a n a lít ic o s , p ero sin do g m a tiz a r al r e sp ec to n i su m arnos a
n in g ú n c u lto e s p e c ia l .” (C a n a in c lu id a en G e ra ld N . G rob e d ., T h e I n n e r
W o r ld o f A m eric a n P sy c h ia tr y , 1 8 9 0 - 1 9 4 0 : S e le c te d C o rr e sp o n d e n c e [ 1 9 8 5 ],
1 0 7 .)
P S IC O A N A L IS IS [153]
poner rem edio a lo s trastornos de lo s desd ichados locos y lo c a s qu e esta
ban a su cargo m ed ian te la p ersu a sió n m oral, la d iscip lin a m ental y la
bondad, en lugar d e las drogas o el m altrato físic o , y lograron algunos é x i
tos. Pero prácticam ente todos lo s otros n eu rólogos, psiquiatras y guardia
nes de asilos para desequilibrados trabajaban basándose en el supuesto de
que el e fe c to del cuerpo sobre la m ente es m ucho más sig n ificativo que e l
de la m en te sobre el cuerpo.
Las brillantes in v estig a cio n es realizadas en el sig lo X IX con la anato
m ía del cerebro (que contribuyeron en gTan m edida a trazar el m apa de los
co m p lic a d o s m e c a n is m o s de la v is ió n , la a u d ic ió n , e l le n g u a je y la
m em oria) n o h icieron m ás que brindar ap oyo a esa con cepción neurológica
de lo s p r o c e so s p s ic o ló g ic o s . I n c lu s o lo s fr e n ó lo g o s — c o n sus id e a s
curiosas y en últim a in stan cia absurdas-— influyeron en el fortalecim iento
del in flujo d e este enfoq ue sobre la o p in ió n educada. Si bien en la segunda
m itad del sig lo X IX los a n a to m ista s cerebrales esc ép tic o s dem ostraron la
falsedad de la doctrina fren o ló g ica según la cual cada pasión y cada cap aci
dad m ental tenía una u b ica ció n su m am en te esp e cífic a , por otro lado no
rechazaron por com p leto la idea fundam ental de lo s fre n ó lo g o s, en cu a n to
a que las fun cion es m en tales s e originan en regiones concretas d e l cerebro.
El gran H erm ann H e lm h o ltz y c ie n tífic o s am igos co m o E m il D u B o is-
R eym ond reforzaron la autoridad de la c o n cep ción m aterialista de la m ente
con su delicad o trabajo experim ental sobre la velocidad y el recorrido de
los im p u lso s nerv io so s. C ada v e z m á s, la m ente aparecía c o m o una p eque
ña máquina alim entada por fu erzas quím icas y eléctricas que podían rastre
arse, esquem atizarse y m ed irse. C on un d escubrim iento tras otro, parecía
absolutam ente segura la p o sib ilid a d d e lleg a r a encontrar un sustrato fis io
ló g ic o p a ra todos lo s h ech o s m en ta les. La neurología era la reina.
C o m o d isc íp u lo y adm irador de B rü ck e, (portador del m en saje de
H elm holtz y Du B o is-R ey m o n d a V ien a ), Freud había estado som etid o sin
restricciones a la influ en cia de e se en fo q u e, y nunca lo abandonó por c o m
p leto. Era m ucho lo que en su práctica ap oyaba estas ideas; sus pacientes
an alíticos le habían enseñ a d o que, s i b ien m uchos síntom as fís ic o s son
c on v ersio n es histérica s, la naturaleza d e otros es realm ente orgánica, i*
Una razón im portante de la atracción considerable que ejercía sobre Freud
la tesis de que las neu rosis tienen su o r ig en en e l m al fu n cion am ien to
sex u a l resid ía en que, “d esp u és d e to d o , la sexualidad n o es un asunto
puram ente m ental. T ie n e tam bién un lado so m á tico ”. *«° En con secuencia,
co m o le dijo a F lie ss en 1 8 9 8 , Freud n o estaba en absoluto “d isp u esto a
n Esa desafortun ada teo ría de la s e d u c c ió n de m ed iados de la déca da de
1890 e sp e cific a b a e x p líc ita m e n te un trauma f ís ic o co m o c a u sa de todas la s n e u
r o sis. E in clu so desp ués de que Freud se sin tier a o b lig a d o a arrojar por la borda
d ich a teoría, nunca ren unció a la id ea de que a m en ud o e x iste alg u na base so m á
tica para lo s h e c h o s m en ta les.
[1 5 4 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
m antener lo p sic o ló g ic o en su sp en so sin una base orgánica”. *4L La sub
versió n por parte de Freud de la ortodoxia reinante fue el resultado de un
cam bio de m entalidad lento y en absoluto planificado. Cuando finalm ente
rea lizó su revolución , ésta c o n sistió , n o en descartar la teoría n eu rológica,
sino en invertir la jerarquía aceptada de la interacción m ente-cuerpo. El le
o to rg ó la prim acía a la dim en sió n p sic o ló g ica del funcionam iento m ental,
pero no e l m o n o p o lio .
H asta que Freud cu estionó el c o n se n so m aterialista prevaleciente, eran
pocas las disputas acerca de la naturaleza básicam ente física de la m áquina
m ental. D esp u és de todo, incluso en 1 8 95, el propio Freud había caracteri
zad o su p royecto in co n clu so co m o una “p sic o lo g ía para n eu rólogos”. Pero
al abordar la cuestión de qué es lo que determina que esa m áquina falle,
Freud se sum aba a un debate an tiguo y p o co convincente. En conjunto,
los psiquiatras estaban de acuerdo en que lo s trastornos m entales son casi
todos m anifestaciones de una le sió n en el cerebro, pero estaban divid id os
acerca de la posible etio lo g ía de esa lesión . A fines de la década de 1830,
Esquirol todavía proponía un c a tá lo g o e c lé c tic o , m ás bien indiscrim inado,
de probables causas. “Las causas de la alteración mental son tan num ero
sas c o m o variadas” , escribió. “N o só lo el clim a, las estaciones, la edad, el
sex o , el tem peram ento, la p rofesión y el m o d o de vida influyen en la fre
cuen cia, e l carácter, la duración, las crisis y e l tratamiento de la locura;
esta enferm edad queda tam bién m odificada por las leyes, la civilización ,
las costum bres y la situ a ció n p o lític a de las n a cio n e s.” * « Pero a m edia
dos de sig lo , el candidato favorito, la herencia, había eclipsado — aunque
no elim in ado— a lo s otros factores. C o n servó una p osición de predom inio
durante décadas. Los historiales ofrecían pruebas profusas (y, en opinión
de algunos, co ncluyen tes) en cuanto a que el enferm o mental sobrellevaba
necesariam ente la carga de una historia fam iliar anormal. La m onografía
de Krafft-Ebing sobre la neurastenia era totalm ente característica en este
sentid o. T am b ién Freud, en su s prim eros inform es sobre ca sos, incorporó
deta lles concern ien tes a la fa m ilia “ neuropática” del paciente; in v estig ó
cuidadosam ente la estancia de la m adre de un enferm o en un asilo para
desequilibrados, o la severa hipocondría de un hermano. D espués, la p sic o
lo g ía o c u p ó el lugar principal. En 19 0 5 , en los T res en sayos so b re te o ría
sex u a l, Freud lle g ó al punto de poder criticar a su s colegas psiquiatras por
asignar dem asiada importancia a la herencia. * «
Los sentim ientos de Freud acerca de otras presuntas causas del trastor
no m ental n o eran m enos c o n fu so s. C om o atestigua el estudio de Krafft-
E bing sobre la neurastenia, las e tio lo g ía s rivales ocupaban sólo un se g u n
do puesto que pretendían rivalizar con la herencia entendida com o causa
pura, pero tenían sus partidarios en lo s libros sobre el tema. P ocos psiquia
tras exclu ían lo s sh o ck s súbitos o las enferm edades prolongadas (por cierto,
durante algunos años tam poco lo h izo Freud), y m uchos se interesaban par
ticularm ente por lo que pensaban que eran ios efectos laterales perniciosos
P S I C O A N A L IS IS [1 5 5 ]
de la cultura moderna. D e hech o, acerca d e este últim o diagnóstico Freud
votaba con la m ayoría, aunque por razones propias. L o m ism o que m uchos
otros observadores contem poráneos, estaba con ven cid o de que la c iv iliza
ción industrial, burguesa y urbana de su época contribuía marcadamente a
la ex isten cia del n e rv io sism o que (segú n creía) aum entaba visiblem ente.
Pero mientras que los otros autores sostenían que la c iv iliza c ió n m oderna
era resp onsable del n er v io sism o por su s prisas, su b u llicio , sus com u n ica
cion es rápidas y la sobrecarga d e la maquinaria m ental, Freud la culpaba
más b ien por su ex c e siv a restricción d e la conducta sexual.
Esa d esv ia ción resp ecto de la p o sic ió n d e la m ayoría está en e l núcleo
de las con cep cio n es de Freud sobre lo s orígenes de la enferm edad mental.
El n o dudaba d e q ue to d o s lo s fe n ó m en o s que lo s psiquiatras aducían
desem peñaban un im portante papel en la form ación d e las neurosis o b se si
vas, las histerias, la paranoias, y el resto de toda e sa funesta co lec ció n .
Pero lle g ó a estar persuadido de que la p rofesión había fallado en la in v e s
tiga ció n d e su naturaleza o culta. Por en cim a de tod o, prácticam ente la
totalidad d e lo s m éd icos había elu dido el papel crucial de la sexualidad y de
los co n flic to s in co n scien tes que e s e im p ulso genera. Esa era la razón de
que hubieran preferido exagerar la im portancia de la prehistoria rem ota de
sus pacientes (su h eren cia), pasand o por alto esa otra prehistoria m ucho
más im portante (la in fa n cia ) en la que surgían los c o n flic to s sexu ales. L a
interp reta ció n d e lo s su eñ o s fue e l primer enunciado, am plio aunque toda
vía lejo s de ser c o m p leto , d e e sa s id ea s, de su p sico lo g ía para p sic ó lo g o s.
“V im o s po c o a papá durante las v acaciones de verano de 1899”, recor
dó M artin Freud m uchos años m ás tarde. E so no era lo habitual, puesto
que Freud apreciaba el tiem po que pasaba en las m ontañas con sus hijos.
Pero e s e verano, co n la urgencia d e com pletar su libro y em pezar a leer las
pruebas de imprenta, “ se concentró en un trabajo que no podía descuidar”.
N o obstante d iscu tió abiertam ente e l libro con su fa m ilia , lo que en su
ca so era ex ce p c io n a l. “ N o s había h ablad o a tod os sobre él [el libro], e
in clu so nos alen tó a que le contáram os nuestros su eñ o s, lo cual h icim os
co n e n tu sia sm o .” C o m o h e m o s v is to , a lg u n os de lo s esp e c ím e n e s que
aportaron lo s hijos de Freud resultaron p u blicables. “In c lu so n os e x p lic ó
en un lenguaje sim ple — continúa Martin— lo que podía entenderse acerca
de lo s su eñ o s, d e su o rigen y sig n ific a d o ” * « El libro, q ue pretendía ser
una aportación trascendental a la p sico lo g ía general, no podía perm anecer
co m o un em p eñ o e so térico .
S in duda, la em presa freudiana n ecesitaba incorporar algún tipo de
secreto. Si bien d o c u m en tó co n total libertad el poder incitador de los
d eseo s y c o n flic to s se x u a les de otras personas, se n eg ó a explorar los o r í
gen es lib id in ales de sus pro p io s sueños co n la m ism a ausencia de in h ib i
cion es. Pero esa am bivalencia co n resp ecto a explotar la cantera de su pro
pio pasado, y de sus prop ios su eñ o s, en busca de m ateria prim a, no dejó
[1 5 6 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
de tener un precio. M ás tarde, algunos de los más atentos lectores de Freud,
en su m ayoría c o leg a s analistas, se sintieron bastante im presionados por su
parcial resistencia a prestar atención al material personal. Karl Abraham le
preguntó abiertamente a Freud si se había abstenido de m odo deliberado de
com pletar su interpretación del sueño de la inyección de Irma; después de
todo, las alusiones sexuales intervienen cada v ez más hacia el final del rela
to de Freud. En el tono confid en cial de los primeros analistas, Freud
resp on d ió pronto y con franqueza: “En é l hay una oculta m egalom anía
sexual. Las tres m ujeres — M athilde, Sophie, Anna— son las tres m adri
nas de m is hijas, ¡y las ten g o a to d as!” * « Cari G. Jung d em ostró ser no
m enos perceptivo. Invitado a com entar la tercera edición de L a in terp reta
ción d e lo s sueños (que estaba a punto de aparecer) objetó que las interpre
taciones que había h ech o Freud de sus sueños y de lo s de sus hijos eran
superficiales. El y sus d iscípu los — agregó— habían pasado por alto el “sig
n ificado esencial (personal)” , la “dinám ica libidinal” de sueños tales com o
el de Irma, y “lo m ás doloroso y personal de sus propios su eñ os” ; sugirió
que Freud utilizara lo s sueños de sus pacientes, “en los que los verdaderos
m otivos finales son puestos al descubierto sin piedad” Freud estuvo de
acuerdo y prom etió hacer revision es en el texto, pero no revelaciones pro
fundas: “El lector no m erece que m e desnude aun más frente a é l”. *«» De
hech o , de lo s en igm áticos indicios de su pasado erótico en que los colegas
querían que profundizara, ninguno se vio abordado en las ediciones poste
riores. Una de las ten siones que recorren L a interpretación de los su eñ os es
precisam ente el choque, en gran m edida subterráneo, entre la autorrevela-
ció n y la autoprotección. Pero Freud n o creía que su falta de disp osición a
desnudarse más com prom etiera de algún m odo la ex p osición de su teoría.
En v i s t a de la im portancia central del determ inism o en el pensam ien
to de Freud, no e s extraño que m ientras estudiaba los su eñ os tam bién reu
niera material sobre lo que den om inó psicopatología d e la vida cotidiana.
Los resultados n o le sorprendieron: e l lugar com ún, la “p atología nor
m al” , le ofrecían literalm ente incontables ejem plos de “ accidentes” que el
análisis dem ostraba que no eran en absoluto accidentales. Pronunciar mal
un nom bre con el que s e está fam iliarizado, olvidar un poem a favorito,
extraviar m isteriosam en te un objeto, no enviarle a la esp osa el ram illete
de flores habitual en su cum pleaños: todos éstos eran m ensajes que prácti
cam ente em pezaban a decodificarse. Eran claves de deseos o ansiedades que
el actor no estaba en c o n d icio n es de reconocer ni siquiera para s í m ism o.
E sos descubrim ientos conform aban el in equívoco respeto freudiano por el
fun cion am iento de la causalidad. La ventaja diagn óstica im p lícita en su
con clu sión es dem asiad o ob v ia . A l invitar a la lectura cien tífica de hechos
aparentem ente inex plica b les y carentes de causa, y sirviéndose com o testi
m o n io de las ex p e r ie n c ia s m ás c o m u n es, pone de m a n ifie sto el orden
ocu lto que gobierna la m ente humana.
P S IC O A N A L IS IS [1 5 7 ]
A p arentem en te, Freud se in teresó por la im portancia teórica de lo s
lapsus a fin es de 1897, cuando n o pudo hallar una dirección que necesitaba
en una visita a B erlín . Prestar atención a su propia experiencia n o era nada
n u e v o para é l, pero en e so s a ñ os d e au to an álisis tenía una sensibilidad
ex cep cio n a l al m ás ligero in dicio que pudiera conducirlo al trayecto d esvia
d o y tortuoso de la m ente. * « D esde e l verano de 1898 en adelante, condi
m en tó su s in fo rm es a F lie ss co n cu r io so s eje m p lo s de su p sicop atología
m undana. “F inalm ente he com prendido una fruslería a la que llevaba dan
do v u eltas durante m uch o tiem po” , le esc r ib ió en agosto. H abía “olvida
d o ” el nom bre del autor de un poem a que él con o cía b ien, y podía dem os
trar que había reprim ido e s e nom bre por razon es person ales cuya pista
sig u ió hasta la in fancia. *70 Pronto sig u ie ro n otros caso s, e n esp ecial el
h ech o de que no pudiera recordar e l nom bre de Sign orelli, el “gran pintor”
autor d el J u ic io f in a l de O rvieto, y de que lo reem plazara por nom bres
ta le s c o m o B o ttic e lli y B o ltra ffio . En e l a n á lisis, Freud descu b rió una
com p leja trama de a sociaciones y represiones, que incluía una conversa
ció n recien te sobre la m uerte y la sexualidad, ‘‘ahora bien, ¿a quién le haré
creer esto?” *71 C reíble o n o , a Freud le p areció que e se ejem plo de o lvid o
in ten cional era lo bastante interesante c o m o para que lo publicara; apare
c ió a fin e s de 1 8 98, c om p letad o c o n un c o m p le jo diagram a, en una publi
ca ció n profesional dedicada a la n eu rología y la psiquiatría. *72
Freud produjo un ejem p lo aun m ás extraño d e p sicop atología de la
vida cotidiana en el verano de 1899, cu and o corregía e l m anuscrito de L a
in te rp re ta c ió n d e lo s sueños. Le escrib ió a F liess que, aunque había inten
tado c o n todas su s fu erza s p erfeccio n a r e l lib ro, é ste todavía contenía
“ 2 4 6 7 errores” . *73 D esd e lu eg o , e l núm ero parece totalm ente arbitrario;
todo lo que Freud quiere decir e s que el libro de los su eñ os estaba d esfigu
rado por una gran cantidad de errores. Pero para Freud no había en la acti
vid a d m ental n inguna a cció n m eram ente cap rich osa, y en con secu en cia
an alizó el núm ero en una posdata. D e h ech o, Freud valoraba lo bastante
esa pequeña pieza de trabajo d ete c tiv e sc o c o m o para pedirle a F liess, un
año m ás tarde, que le d evolviera la nota qu e lo describía. *74 Apareció a su
tiem p o e n la P sic o p a to lo g ía d e la v id a co tid ia n a , con una interpretación
m ás elaborada. Freud había leíd o en e l p eriód ico que se retiraba un general
qu e é l c o n o c ió m ientras servía en e l ejército. Esa nota lo lle v ó a calcular
cuándo podría retirarse tam bién é l, y co m b inando diversos núm eros que se
le ocurrieron, d ecid ió que todavía tenía ante s í veinticuatro años de trabajo.
Freud había lleg a d o a la m ayoría d e edad a los 24 años; en ese m om ento
tenía 4 3 . Su m a d o s, daban 6 7 , y e l 2 4 y e l 6 7 ju n tos e xp licab an el 246 7
que de m anera casual escrib ió en su carta a F liess. El núm ero aparente
m ente accidental, en pocas palabras, corporizaba el d e se o de disfrutar de
otras d o s décadas, m ás o m en os, de v ida activa. *75
Freud com p letó e l m anuscrito d e la P s ic o p a to lo g ía de la v ida c o tid ia
na en enero de 1901. En m ayo leía las prim eras pruebas del libro, que le
[1 5 8 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
disgustaba sinceram ente, y ex p resó la esperanza de que a los otros les d is
gustara in c lu s o m ás. * 76 L o q ue estaba en ju e g o n o era só lo el ánim o
deprim ido que habitualm ente visitaba a Freud cuando uno de sus escritos
se aproxim aba a la p ublicación; el libro estaba profundam ente ligado a sus
rela cio n es c o n F lie s s , que se estaban deteriorando. La “ V ida co tidian a”
— le escrib ió a F lie s s — “está llena d e referencias a ti; unas m anifiestas,
para las cua les tú proporcionaste el m aterial, y otras ocu ltas, c u y o m otivo
retrocede hasta ti. El lem a e s tam bién un regalo tu yo”. En general, Freud
veía el libro c o m o un testim onio del “papel que has d esem peñado para m í
hasta ahora” . *77
E se papel fue m ás im portante de lo que Freud había estado d ispuesto a
admitir, y co n un notable d espliegue de franqueza presentaba pública y por-
m enorizadam ente la injusticia que había co m etid o con F liess, c o m o una
dem ostración m ás d e la p sicop atología de la vida cotidiana. En uno de sus
encuentros, Freud había inform ado a F liess — sin duda c o m o si se tratara de
un descub rim ien to — que só lo se podían comprender las neurosis sobre la
base del supuesto de que el animal hum ano está dotado de una constitución
bisexual. F lie ss lla m ó la atención de Freud sobre el h echo de que é l m ism o
— F liess— había form ulado esa idea años antes, y que en aquel entonces
Freud n o había pretendido compartir su con cepción. A l reflexionar sobre la
afirm ación de F liess durante la sem ana que sigu ió recordó por fin Freud e l
episod io y recon oció que F liess tenía derecho a reclamar la prioridad. Pero
— a g reg ó — é l había o lv id a d o realm ente la c o m u n icación de F liess. A l
reprimir la con versación anterior, se había apropiado de un m érito que no le
correspo n día . L a m entán dola, se ñ a ló su am n esia inten cion al: e s d ifíc il
renunciar a la pretensión de origin alid ad.12 En la P sic o p a to lo g ía de la vida
co tid ia n a , Freud situ ó e s e in c id e n te en un ca p ítu lo sobre el o lv id o de
im presiones e in ten cion es. *7* Esa ubicación oculta al lector la estocada
em ocion al. Pero para los dos am igos — que pronto dejarían de serlo— el
episo d io era desagradable, e incluso d oloroso en extremo.
D esd e lu eg o , el m undo no tenía m odo de saberlo, y el casi perverso
deseo de Freud de que a nadie le gustara su V ida cotidiana no se v io realiza
do. El libro no estaba destinado a permanecer com o propiedad privada de
un o s p o c o s e s p e c ia lis ta s . El len g u a je té c n ic o q ue in c lu y e es m ín im o;
Freud lo atiborró co n decenas de anécdotas, com pilando una entretenida
antología d e errores m otivados, su y o s o de otras personas, y reservó sus
ideas teóricas sobre el determ inism o, el azar y la superstición para el últi
m o capítulo. U no de sus relatos m ás fe lic e s (que encontró en su periódico
favorito, el N eue F reie P resse) se refiere al presidente de la cámara baja del
parlam ento austríaco; previendo una sesió n torm entosa, la abrió cerem o
niosam ente declarando: “S e cierra la se sió n ” . *7» Im posible equivocarse
12 M ás tard e, Freud, d io e l nom bre téc n ic o d e “ crip to m n esia ” a e s e tipo de
o lv id o “ ú t il” .
P S IC O A N A L IS IS [1 5 9 ]
acerca d el d eseo secreto que había detrás de un lapsus tan ostensible. Pero a
lo largo de lodo el libro, Freud sostien e que otros errores de pensam iento,
lenguaje o conducta, aunque m enos leg ib les, apuntaban sistem áticam ente
hacia la m ism a conclu sió n : la m ente está gobernada por leyes. La P s ic o -
pa to lo g ía de la vida co tidiana no añadía nada a la estructura teórica del psi
coan á lisis, y sus críticos se quejaron d e que algunos de sus ejem p los resul
taban ex cesivam ente forzados, o de que e l co ncepto m ism o del acto fallido
freudiano era tan v a g o que n o se podía som eter a pruebas científicas de veri
fica ció n . Incluso así, éste e s el libro m ás le íd o de Freud; tuvo no m enos de
once ed icion es y fu e traducido a d oce idiom as en vida del autor, i**»
F r e u d c r e ía que el orden ocu lto de la m ente no había sido advertido
por lo s p sic ó lo g o s d eb id o a que m uchas operaciones m entales — después
de todo las m ás im portantes— so n in c o n scien tes. Freud no d escubrió lo
incon sciente; en la é p o ca de las lu ces algunos estudiosos se n sib les de la
naturaleza hum ana habían reconocid o la e x isten cia de la m ente in con scien
te. U n o d e lo s in g e n io s a lem a n es d e l s ig lo X V III fa v o r ito s de Freud
— G eorg C h ristoph L ich ten b erg — reco m e n d ó e l estu d io de los sueños
com o la avenida que conduciría a un a utocon ocim iento de otro m od o inac
cesib le. G oethe y S c h ille r (a quienes Freud podía citar durante horas) ha
bían buscado en e l in co n scien te las raíces de la creación poética. Los p o e
tas r o m á n tic o s , ta n to e n I n g la te r r a y F r a n c ia c o m o en lo s e sta d o s
alem anes, rindieron tributo a lo que C olerid ge denom inó “los reinos cre
pusculares del in co n scien te” . En la propia época de Freud, Henry James
v in c u ló explícitam ente e l in co n scien te c o n lo s sueños; e l narrador de su
novela corta L o s p a p e le s d e A sp e rn habla de “ la in consciente actividad
m ental del dormir” . **> Freud podía descubrir form ulaciones m uy sim ilares
en lo s m em orables epigram as de Schop en hauer y N ietzsch e. Su contribu
ción particular c o n sistió en tom ar una n o c ió n indefinida, podríam os decir
poética, y otorgarle precisió n , con virtiénd ola en el fundam ento de una p si
c o lo g ía , m ed ia n te la e s p e c if ic a c ió n d e lo s o r íg e n e s y c o n te n id o s del
in co n scien te y sus im perio so s m o d o s d e pugnar por la expresión. « A tra
v é s del estu dio de la represión pato ló g ica , e l p sicoan álisis se v io forzado a
tomar en serio el c o n cep to de lo “in c o n sc ie n te ”», observó m ás tarde. * « .
Freud vin cu ló lo in co n scien te co n la represión d esd e los prim eros días
de la teorización p sicoanalítica. A lg u n o s encadenam ientos del pensam ien
to co n scien te parecen conjuntos fortuitos de ele m en to s d iscretos só lo por
que la m ayor parte de sus co n e x io n e s aso cia tivas han sid o reprim idas. El
13 En v ista d el d eterm in ism o fre u d ia n o , a lg u n o s p s ic o a n a lista s han se ñ a la
do co n ju stic ia que la téc n ic a d e la a so c ia c ió n lib r e no tien e un n om b re c o rr ec
to. D esp u é s de todo, las se cu en cia s de id ea s y recuerd o s qu e e l a n a liza n d o p ro
d u ce e n el d iv á n , tie n e n in te r é s p r e c is a m e n t e p o r q u e e stá n in v is ib le pero
in d is o lu b le m e n te lig a d a s entre sí.
[1 6 0 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
p ropio Freud decía que su teoría de la represión es "la p ieza c lave para la
c o m p r e n sió n de la s n e u r o sis” . .. * » p ero n o s ó lo de las n e u r o sis. Lo
in co n scien te está co n stitu id o en su m ayor parte por m ateriales reprim idos.
E ste in co n scien te — tal c o m o Freud lo concep tu aliza— n o e s el segm ento
de la m ente que alberga p en sam ientos n o v isu alizad os en un m om ento
dado pero fácilm ente recordables; esto e s lo que é l d enom inó preconscien-
te. L o inco n scien te propiam ente dich o se asem eja a una p risión de m áxi
m a seguridad que m antiene encerrados a elem entos antisociales, recién lle
g a d o s o q u e lle v a n a l l í a ñ o s , tr a ta d o s c o n d u r e z a y se v e r a m e n te
cu sto d ia d o s, pero m ás b ien incontrolados y siem pre intentando fugarse.
S ó lo logran irrumpir co n interm itencia y a un alto precio, tanto para sí
m ism o s c o m o para otros. El p sico a n a lista que trabaja c on e l objeto de
destruir las represiones, por lo m en os en parte, tiene en con secu en cia que
reconocer lo s graves riesg o s que esto sup one, y respetar el poder ex p lo si
v o del in conscien te dinám ico.
P u esto que las o b stru ccion es que la resistencia levanta en el cam ino
so n p o d ero sa s, hacer c o n sc ie n te lo in c o n sc ien te e s , e n e l m ejor de los
c a so s, m u y d ifíc il. El d e se o de recordar se enfrenta al d e se o de olvidar.
Este co n flic to , incorporado en la estructura del desarrollo m ental práctica
m ente d esd e e l n acim iento, e s la obra de la cultura, ya opere externamente
c o m o p o lic ía o internam ente c o m o c o n cien cia m oral. El m undo tem e las
p a sio n es incontroladas, y a lo largo d e toda la historia que co n ocem os
c o n sid e r ó n e c e sa r io m arcar a fu e g o c o m o m al e d u ca d o s, inm orales, e
im p ío s, lo s m ás in sisten tes im pu lsos h um anos. C on procedim ientos que
van d esd e la pu b licación d e libros sobre la etiqueta hasta la prohibición de
desnudarse en las playas, desd e la prescripción de la obediencia a los supe
riores hasta la prédica del tabú del in cesto, la cultura canaliza, lim ita, frus
tra e l d e se o . La pu lsió n se x u a l, lo m ism o q ue otras p u lsio n es prim itivas,
pugna de m o d o im placable por obtener g ratificación, frente a las prohibi
cio n e s rigurosas y a m enudo ex c e siv a s. El autoengaño y la hipocresía, que
s u stitu y e n la s r a zo n es r ea les por “bu en as r a zo n e s”, son la com pañías
con scien tes de la represión; n iegan las n ecesidades apasionadas por el bien
de la concordia fam iliar, la arm onía socia l o la respetabilidad. N iegan esas
n ecesid ades, pero n o pueden destruirlas. A Freud le gustaba el fragm ento
de N ie tz sc h e que le citó uno de sus p acientes favoritos, e l Hom bre de las
Ratas: « “Y o h ice e sto ”, d ice m i M em oria. “ N o puedo haber hech o e sto ”,
d ic e m i O r g u llo , y p e r m a n e c e in e x o r a b le . F in a lm e n te , la M em oria
cede.» * « El o rg u llo e s la m ano co a ctiv a de la cultura: la m em oria, el
registro del d e se o en e l pen sam iento y la a cción. Es p osib le que el orgullo
prevalezca, pero el d eseo sig u e siendo e l rasgo m ás ex igen te de la hum ani
dad. E sto nos llev a de n uevo a los sueños; e llo s dem uestran exhaustiva
m en te que e l hom bre e s e l anim al que desea. Sobre esto trata L a in te rp re
ta c ió n d e lo s sueños: sobre lo s d eseo s y su d estino.
Freiberg, en Moravia (actualmente Pfíbot, en Checoslovaquia), lugar de na'cimiento de Freud. El pueblo
aparece dominado por la torre de la iglesia y rodeado de campos que constituyen las delicias de la niñez de
Freud y dejaron una huella imborrable en su memoria. (Copyrights de Alary Evans/Sigmund Freud, Wiven-
Sdikmciju*»? 117, hfmhrtj; til t u s íu m ivacuí Sljuim iuut V hlonm l n u . j d 6 de m in i de I8V»
iO ifiy n f to f ie ,M.r*> ir. F ttu J U'/rr*n»i
Freud, de unos ocho años de edad, con su padre
Jacob, que entonces rondaba los cincuenta, en
una fotografía de estudio tomada después de
que la familia se instalase en Viena. (Copyright¡
de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Viena a vista de pájaro en 1873, el año en que Freud entró en la Universidad de Viena. Litografía. (Direktion
der Museta der Stadt Wien)
Viernes negro, dibujo de J.E. Hórwarter. Trata de reflejar las escenas que se produjeron ante la bolsa el 9 de
mayo de 1873, después de la gran quiebra del mercado de valores. Muchos de los agentes de bolsa que
gesticulan salvajemente muestran los rasgos que los antisemitas atribuían gustosamente a todos los judíos.
(Btld-Arthw der Qsterreich'tschtn Naíwnalbibliotbek, Viena)
Samuel Hammerschlag, profesor de religión de Freud en el gim nasio y amigo generoso
y paternal suyo, con Betcy, Su mujer. (Copyrights de Mary Evans /Sigmund ¥reud, Wi-
vtnhve)
La familia Freud en 1876. Sigmund, de 20 años de edad, está de pie en el centro frente a la cámara; su medio
hermano Emanuel le da la espalda. En la fila de atrás, de izquierda a derecha, están además sus hermanas
Pauline, Anna, Rosa y Marie («Mitzi»), y Simón Nathansohn, sobrino de Amalia. Sentados en la segunda
fila aparecen la hermana de Sigmund Adolfine («Dolii») y sus padres. El niño del sillón es probablemente
Alexander, hermano de Sigmund. Se desconoce la identidad de los otros dos niños. {Copyrights de Mary
Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Laboratorio del centro experimental de Trieste, donde Freud investigó sobre las gónadas de las anguilas en
la primavera de 1876, (Greti Mainx)
Dibujos de Freud para su artículo sobre la lamprea, que él describió como «el ínfimo de los peces». Su
estudio «Sobre los ganglios y la médula espinales del Petromyzon» lo escribió en 1878, mientras trabajaba en
el laboratorio de Ernst Brúck. (Fue publicado en Sitzungsbet, d.k. Akad. d. Wissensch. Wien. Math -
Naturwiss. Kl.)
Martha Bernays en 1880, aproximadamente dos Martha Bernays en 1884, a la edad aproximada de
años antes de conocer a Freud. (Copyrights de Mary 23 años. Durante su compromiso, cuando estaba
Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe) apasionadamente enamorado de ella, Freud llegó
al convencimiento de que las fotografías no reflej a-
ban suficientemente su personalidad. (Copyrights
de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Minna Bernays, hermana de Martha Bernays y
más joven que ella; a mediados de la década de
1890 se integró en el hogar de Freud. (Copy
rights de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
El gran filósofo alemán Ernts Brücke -más
tarde Ernst von Brücke-, que influyó en Freud
más que ningún otro de sus profesores, (Instituí
für Geschichte der Medtzin der Universitát, Vie
rta)
Hermano Norhnagel, profesor de medicina inter Theodor Meynert, profesor de psiquiatría en la
na en la Universidad de Viena. Freud trabajó para Universidad de Viena, quien en su día gozó de un
él como asistente clínico en 1882-1883. amplio prestigio internacional.
P S IC O A N A L IS IS [1 6 1 ]
D esd e lu eg o , Freud, q u e — c o m o h em os dicho— no fue el descubri
dor d el in con sciente, tam poco fu e el prim ero en afirmar la fuerza ele m en
tal de lo s d e se o s apasionad os. F iló s o fo s , te ó lo g o s, poetas, dram aturgos y
en sayistas habían celebrad o — o lam entado— esa fuerza, por lo m en os d es
de la ép oca en que se escrib ió e l A n tig u o T estam ento. Tam bién durante
sig lo s — c o m o a te stig u a n , p o r e je m p lo , lo s n o m b res de P la tó n , San
A gu stín y M on taigne— lo s h om b res sondearon la acción de las pasion es
en. su vida interior. En la propia é p o ca de Freud, e se tipo de autoexám enes
se había convertido en un lugar com ú n en lo s salon es y cafés de V iena. El
sig lo X IX fu e el sig lo p s ic o ló g ic o por e x c e le n c ia . En esa ép oca las auto
b iografías co n fid e n c ia le s, lo s autorretratos inform ales, las n o velas auto
b iográficas, los diarios ín tim o s y lo s diarios secretos, dejaron de brotar
co m o gotas y s e con virtieron en un d ilu v io acentuándose notablem ente e l
d espliegue de subjetividad, de interioridad deliberada. L o que sembraron
R oussea u — co n sus penosam ente sin ceras C o n fesio n es— y G oethe — con
sus autopuiútivas y autoliberadoras D e sven tu ras d e l jo v e n W erlher— en e l
s ig lo X V m , las d écadas d e B yro n y Stend hal, de N ietz sc h e y W illiam
Jam es fu e c o sech a d o en el sig lo X IX . T h om as C arlyle habló percep tiva
m ente de “esto s a utob iográficos tiem p os nu estros”. Pero esa preocupa
ció n moderna por e l yo d e n ingún m o d o era una ventaja. “La c la v e del
período — escrib ió R alph W ald o E m erson h acia el final de su vida— pare
c e ser que la m ente se ha vuelto, co n sc ie n te de sí m ism a.” C on la “nueva
con c ie n c ia ” — pensaba— “ lo s jó v e n e s nacían con cu ch illos en el cerebro,
tendencia a la introversión, a la au to d isecció n , a la anatom ización de los
m o tiv o s ”. *86 Fue una ép oca de H am lets.
M uchos d e e so s H am lets eran austríacos. Cada v e z m ás, su cultura los
autorizaba a revelar lo que había en su s m entes, con una libertad próxim a
al ex h ib icio n ism o . A fin es de 1 8 96, el escritor satírico Karl Kraus realizó
la d ise c c ió n del e sta d o de á nim o reinante con una p recisión corrosiva:
“A penas se había term inado co n el só lid o realism o, y el G riensteidl [un
café m uy frencuentado por lo s literatos] qu ed ó bajo el sign o del S im b o lis
m o. “ ¡N ervios secretos!” era ento n ces la contraseña; se em pezó a observar
“el estad o del alm a” y se procuraba huir de la distinción de las c osas en los
térm inos del lugar com ú n . Pero u no de lo s slo g a n s m ás im portantes era
“V ida”, y todas las n och es u no se reunía para agarrarse a la Vida o, cuando
las c o sa s realm ente se anim aban, para interpretar la V ida”. **7 TaI v e z la
obra m ás expresiva de lales preocu pacion es fu e el dibujo realizado en 1902
por A lfred K ubin, titulado A u to e x a m e n . P resenta una figura de pie, sem i-
desnuda y sin cabeza, vista d esd e atrás, y en el fondo, de frente al e sp ecta
dor, una cabeza d em asiad o grande para e se cuerpo decapitado; mira con
fijeza y ciegam ente, m ientras la boca abierta descubre unos dientes separa
dos y terribles.
A unque n o lo era, e se d ibujo parece una ilustración para L a in te rp re
ta c ió n d e lo s sueñ os. A Freud le interesaba p o c o e se sobreexcitado univer
[ 162] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
so v ie n é s. Lo m ism o que tod o e l m undo en V ien a, leía el original y bri
llante periódico D ie F a ck el, azote in g en io so y devastador de la corrupción
p o lític a , so c ia l y lin g üística , pu blicad o y ca si totalm ente escrito por Karl
Kraus. Lo que es más, tenía un alto co n cep to de los cu entos, n o velas y
p iezas teatrales de A ithur Schnitzler, por la sensibilidad con la que desnu
daban e l m undo interior (p rin cipalm en te el sensual) de los p ersonajes.
S chnitzler invadió incluso el cam po esp ecializad o de Freud con un cuarte
to que describía los sueños c o m o “ deseos im púdicos”, “anhelos sin coraje”
que, p erseguidos y em pujados a lo s r e c o v ecos de la m ente, só lo se atreven
a escurrirse por la noche:
Traiime sind B egierden ohne Mut,
Sínd freche W ünsche, die das Licht des Tags
Zurückjagt in d ie W ink el unsrer S eele,
Daraus sie erst bei N acht zu kriechen w agen. *««
Freud m anifestó que la s obras de Schnitzler le producían un placer
continu o, y en una carta que le dirigió al escritor, (y que era algo m ás que
adulación cortés) dijo que le envidiaba su “conocim iento secreto” *s? del
corazón hum ano. Pero en general, co m o hem os dicho, se mantenía alejado
d e lo s poetas y pintores m odernos y de lo s filó so fo s de café, m ientras c o n
tinuaba con su s in v estig a cio n es en e l austero aislam iento del consultorio.
U n descubrim iento irresistible, que co nstituye un tema central d e L a
in terp reta ció n d e lo s sueñ os y del p sico a n álisis en general, fu e el de que
lo s d eseo s hum anos m ás p ersistentes tienen un origen infantil, la sociedad
no lo s acepta y en su m ayor parte está n tan hábilm ente ocultos que en la
práctica perm anecen m ás allá del alcance de la investigación consciente.
Freud comparaba esos “deseo s atentos, por así decir inm ortales, de nuestro
in c o n sc ie n te ” a lo s titanes de la m ito lo g ía; llevan sobre s í las m ontañas
enorm es con que los cargaron d io ses victo riosos pero a veces son capaces
de enderezar las piernas. Esas son las fuerzas soterradas que subyacen en
todos lo s sueños. Freud d ice qu e e l pensam iento diurno incitador del sueño
es co m o un em presario c o n id eas pero sin capital; el capitalista que pro
porciona el dinero para la aventura e s “un d eseo del in c o n scien te" . *90
E stos roles no siem pre se presentan separados de un m odo nítido; el capi
talista puede convertirse en em presario. L o importante es que, para que
p ueda surgir, el sueño n e cesita un incitador y una fuente de energía.
E sto plantea el interrogante de por qué el capitalista se siente im pulsa
d o a invertir su superávit. La respuesta que da Freud recuerda su fracasado
p royecto de 1895: el organism o hum ano lucha por reducir las excitacion es,
pero también activa recuerdos para recordar antiguos placeres, tal vez para
asegurar su repetición. A s í es c o m o nacen los deseos. Generan conflictos
en e l inconsciente porque, al faltarles m oderación, se enfrentan a los m an
d am ientos de las instituciones culturales entre las que crece el niño. Pero,
P S IC O A N A L I S I S [1 6 3 ]
aunque reprim idos, no se debilitan: “ los d eseos in conscientes siem pre per
m anecen activos” . D e h ech o — c o n clu y e Freud— son “ indestructibles. En
el inconsciente no se le puede poner térm ino a nada, nada queda concluido u
olvid a d o ”. Pero es c o m o si al ca bo de algún tiem po e so s d eseos se retina
ran. Lo que Freud denom in ó “p roceso primario” (el conjunto de energías
m entales prim itivas n o dom esticadas que la m ente alberga desde el princi
pio) sigue estando enteram ente bajo el gobierno del principio del placer:
quiere satisfacción , cie g a y brutalm ente, y no tiene paciencia ni c o n e l pen
sam iento ni co n la dem ora. Pero co n lo s años de desarrollo, la m ente logra
sobreim poner un “proceso secundario” que toma en cuenta la realidad; éste
regula el fu ncionam iento m ental con m enos pasión y m ás eficacia, m edian
te la introducción del pensam iento, el cálcu lo, la capacidad para posponer
las satisfacciones co n la finalidad de disfrutarlas m ás tarde. Freud advirtió
que n o se sobrestim ara la in flu encia del proceso secundario; el proceso pri
mario conserva su persistente voracidad durante toda la vida. En consecuen
cia (segú n el lacó n ico enunciado de Freud en las ediciones ulteriores de su
libro) el estudioso de lo s su eñ os tiene que reconocer que “ la realidad psíqui
ca es una forma particular de existen cia, que n o debe confundirse con la rea
lidad m a teria l” * •*. A l cerrar e l libro con esa nota, Freud reivindicaba
triunfalm ente e l am b icio so program a del que había partido. En 1910 escri
bió esperanzad o que si L a in te r p r e ta c ió n d e lo s su e ñ o s, su “obra m ás
importante” , lograba “recon ocim iento” , tenía que colocar tam bién a la “p si
colo g ía norm al sobre una n u eva b a se”
D e R o m a a V ie n a : u n pro g reso
Entre las cla v e s d e su propia m ente que Freud reflejó
e n L a in te r p r e ta c ió n d e lo s su e ñ o s, tal v e z la más
e n igm ática, y sin duda una d e las más punzantes, es el
tem a de R o m a , resp lan deciendo en la distancia com o
p rem io sup rem o e in com prensible am enaza. Era una
c iu d a d qu e é l ten ía d e s e o s d e v isitar, pero é sto s se
encontraban extrañam ente subvertidos por una esp ec ie de prohibición fóbi-
ca. E stu vo de v a ca cio n es en Italia m ás de una v ez, pero en su acercam ien
to a la ciudad nunca pasó del la g o T rasim ero, que está a unos ochenta
kilóm etros de distancia. H asta a llí había llegado A n íb al. A fin es de 1897
soñ ó que él y F liess tenían en R om a uno de su s “ c o n g reso s” * « y a prin
cipios de 1899 barajó la idea de que se encontraran allí en Pascua. *94 Un
año m ás tarde escrib ió que le parecía una idea espléndida “conocer primero
las le y e s eternas de la vida en la Ciudad Eterna”. * « Estudió la topografía
[1 6 4 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
de R om a en lo que d en om inó un torm ento anhelante, * * consciente de que
e n su o b se sió n había a lg o extraño. “ A p ropósito — le escr ib ió a F lie ss—
m i o b sesió n con R om a e s profundam ente neurótica. Está relacionada con
m i entu siasm o de esco la r por el h éroe sem ita A n íb a l.” *97 S eg ú n sab e
m o s, Freud interpretaba su G ym n asialschw arm erei co m o una expresión de
su apasionado d e se o de hacer frente y derrotar a los antisem itas. C onquis
tar R om a significaba triunfar en la sede — e l verdadero cuartel general— de
lo s m ás im placables en e m ig o s de lo s ju díos: “A níb al y R om a sim bolizan
para el jo v e n el contraste entre la tenacidad del judaism o y la organización
d e la I g le s ia C a t ó lic a ” . H ab ía a lg o m ás; su d e s e o de v isita r R om a
— o b serv ó — en cub ría y sim b o liz a b a “varios otros d e se o s cálid am en te
anhelados”. * » S ugirió que eran de carácter edípico; recordó el antiguo orá
c u lo según el cual el prim ero de lo s tarquinos que besara a la madre gober
naría R om a, m *» S ím b o lo sobrecargado y am bivalente, R om a representa
ba lo s d e s e o s e r ó tic o s o c u lto s m ás p o d e ro so s de Freud, y su s d e se o s
agresivos s ó lo ligeram ente m en os ocu lto s; perm itía vislum brar su h isto
ria secreta.
C uando Freud p u b licó L a in te rp re ta ció n de lo s su eñ os, todavía n o
había conquistado R om a. Le pareció que eso era de algún m odo con ven ien
te; se adecuaba a la sensación de soledad y frustración que lo acosaba en
e so s años tem p estu o so s d e cla rifica ció n interior y teorización osada. El
libro había estad o m u ch o tiem p o en p roceso de elaboración, y com pletarlo
c on stitu yó una pérdida. D urante algún tiem po estu v o deprim ido, y a prin
cipios de octubre de 1899 su scrib ió la o b servación de F liess en cuanto a
que e s “un sentim iento p en o so ” desprenderse de algo que ha sid o “en gran
m edida nuestra propiedad particular”. D espués de sus anteriores autocríti
cas, había lleg a d o a amar e l libro que iba a publicarse: n o m ucho, pero sí
a lg o m ás. A q u ella p u b lic a c ió n le resultó sum am ente d olo ro sa , “puesto
que lo que se separaba d e m í n o era una propiedad intelectual sino e m o c io
n a l” . *>«> Las d é b iles y todavía lejanas señales de tormenta relativas a su
p o sib le separación de F liess, otra preciada propiedad em ocional de esos
a ñ o s, n o contrib u ía n a leva n ta rle e l á nim o. En e ste sen tid o , tam poco
podía aportarle serenidad el h ech o de enterarse de que una v ez m ás, había
sid o ignorado c o m o candidato a la cátedra. E nvió c o m o regalo de cum plea
ños a F liess uno de las d o s prim eros ejem plares del libro de los su eñ os, y
estoicam ente se armó de valor para recibir la respuesta del público: “M e
he reco n cilia d o con e llo ya h ace tiem po y asum o su fortuna c o n ... r esig
nada expectación”. *i««
La e x p e cta ció n d e Freud era bastante real, pero n o su resignación.
14 El sig n ific a d o p sic o a n a lític o de e se b eso (aun qu e Freud no lo d ic e e x p lí
c itam e n te) es e l triu nfo so b re e l padre. P ero pod ría h ab er m ister io s m ás p r o fa r
d o s, y m ás sig n if ic a t iv o s ; Freud no p ro p o r c io n a m a te ria l su fic ie n t e para le
e sp e cu la ció n .
P S IC O A N A L IS IS [1 6 5 ]
M alhum orado, desalen tó, irritado, reaccio nó co n furia contra lo s prim eros
lectores del libro d e lo s su eñ o s, que señalaban d eslices m enores en lugar
d e e lo g ia r e l conjunto. Si bien n o se produjo e l alboroto de protesta para
el que se había preparado, la primera referencia a L a in te rp re ta c ió n de lo s
su e ñ o s, que apareció pronto, e n d iciem b re, le d isgustó. C om o crítica era
sim plem en te “ in sen sa ta ” , seg ú n le d ijo a F lie ss, e “in satisfactoria” co m o
reseña. El autor de la nota, un tal Cari M etzentin, se redim ió parcialm ente
a lo s o jo s de Freud só lo por una exp resión : afirm ó que el libro “ hacía ép o
ca” *í02 E so no bastaba. A Freud, la actitud d e los v ien ese s ante sus ideas
le p areció “extrem adam ente nega tiv a ”, y trató de anim arse a s í m ism o con
el pen sam iento de que é l y F lie ss eran intrépidos pioneros: “D esp u és de
todo, estam os terriblem ente por delante de to d os”. Pero su m elan colía no
ce d ió . “A hora no ten g o fu erzas para el trabajo teórico. A s í que, por la
no ch e, m e siento terriblem ente aburrido.” * 103 El aburrim iento e s a m enu
do un síntom a d e cólera y angustia, y probablem ente é s e fu e e l c a so de
Freud, turbado creador de una obra maestra inclasificable.
El nu ev o año n o trajo c o n s ig o n ingún a liv io . A prin cip ios de enero de
1900, una reseña b ib liográfica que apareció en D ie Z e it, un popular diario
vie n é s, lo im p resion ó c o m o a lg o “ idiota” , “ un p o co lisonjera e inusual
m ente in com prensiva”. * •« Otra, publicada en N a tio n por un c o n o c id o
su y o , el poeta y dram aturgo Jakob Julius D avid , era “bondadosa y se n si
b le” , si bien “ alg o vag a ” . N o h iz o m u cho por con solarlo. “ La c ien c ia m e
resulta cada v e z m ás d ifíc il. Por la n oche m e gustaría a lg o que m e alegrara
la vid a, que refresque, q u e m e d esp eje, pero esto y siem pre so lo ” . * i« E sto
suena so sp e c h o sa m e n te a a u to c o m p a sió n . Parecía d e c id id o a sen tir se
rodeado de va cío , y a no prever nada m ás que incom prensión y desdén.
“Prácticam ente m e he apartado del m undo exterior — escribió en m arzo de
1900— . N o se ha m o v id o ni una hojita para revelar que L a in terp reta ció n
d e lo s su eñ o s haya c o n ecta d o c o n la m ente de alguien. S ó lo ayer m e sor
prendió un artículo m ás b ien cordial en el suplem en to de un diario, el
W ien er F rem denblatt" . U n ica m en te la s buenas n oticia s lo sorprendían.
“M e entrego a m is fantasías, ju e g o al ajedrez, leo n o velas in glesas; todo
lo serio está prohibido. H ace d o s m eses que no escribo ni una lín ea de lo
que estoy aprendiendo o conjeturando. En co nsecuencia, en cuanto dejo m is
ocu p a cio n es v iv o c o m o f ilis te o sibarita. T ú sabes qué lim itad os son m is
ex c e so s; no pu edo fumar nada b u en o, el a lcoh ol n o m e ayuda e n absoluto,
ya n o v o y a engendrar m á s h ijo s, he cortado mi contacto c o n la gente. D e
m o d o que v eg e to , in o fe n siv o , intentando apartar mi atención del tem a en
el que trabajo durante el día.” *><* Parecía agotado.
Las razones d el d esalien to d e Freud eran en parte econ óm icas, y la prác
tica d e su p rofesión no le aportaba m ucho. A p eló , para salvarse, a su auto
discip lin a , a su duram ente adquirido equ ilibrio m ental, pero lo m ás que
con sig u ió fu e indiferencia. “ En general — escribió el 7 de m ayo de 1900,
agradeciendo las fe licita cio n es por su cum pleaños que le e n v ió F liess— .
[ 166] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
S o y dem asiado sensato co m o para quejarme, sa lvo en mi punto débil: el
m ie d o a la pobreza.” R eco n o cía “cuánto tengo y qué p oco derecho tiene
uno a e llo si se tiene en cuenta las estad ísticas de la m iseria hum ana” . *107
Pero a v eces su incapacidad para com prender, y ayudar, a algunos de su ana
lizand os m ás difíciles lo hundía en la desesperación, y cuando se atascaba
en ese estado de ánim o, e so s pacientes le resultaban un verdadero tormen
to . * 10s A fin es del invierno d e 1900, anhelando la primavera y el sol,
h abló som bríam ente de “castástrofe” y de "colapso”; se había visto o b liga
do a “dem oler” todos “sus c a stillo s en el aire”. Sin em bargo, estaba hacien
d o cuanto podía para “reunir un p o c o de coraje y volver a construirlos”. * m
El desdén público y la a flicció n privada se reforzaban recíprocam ente.
S e asem ejaba a Jacob luchando c o n el ángel; derrotado y sin aliento, le
rogó al ángel que lo dejara en paz. Form uló la predicción m ás desatinada
m ente inexacta de su vida: “ Será un ju sto ca stig o para m í que ninguna de
las provincias ignoradas d e la v id a m ental en las que yo he sid o el primer
m ortal e n entrar, nun ca h a y a de lle v a r m i n om bre ni o b ed e ce r a m is
le y e s” . T odo lo que había ob tenido de su d u elo con e l ángel era una cojera,
y chapoteaba en esa m ela n có lica caricatura de su decadencia prematura.
"Si, ya ten go realm ente cuarenta y cuatro años — escribió e n m ayo de
19 0 0 — , so y un v ie jo israelita c o n su ropa un tanto raída.” * 110 A n te su
fa m ilia , asum ió la m ism a actitud m alhum orada. A l agradecer a sus sobri
nas de Berlín los buenos d e seo s que le enviaron para su cu m pleaños, se
caracterizó co m o “un v ie jo tío ” *»». A l año sigu ien te, ob servó co n r esig
nación que le había pedido a la fam ilia (desde lu ego en vano) que “se abs
tuviera d e hacer nada para celebrar los cum pleaños de los v ie jo s”, y dijo de
s í m ism o que era una esp e c ie d e m onu m ento decrépito, y no “ un niño que
se alegra co n su cu m p lea ñ o s”. * 112 M ás que su ropa raída, en adelante iba a
obsesionarle su edad.
E sas elocuentes e le g ía s siem pre en c lave m enor, sugieren lo vulnera
ble que era Freud tod avía en 1 9 00, a pesar de su autoanálisis. Eludía los
riesgos del éx ito in vocando el espectro del fracaso. Tendría que haber sabi
do que la originalidad y el carácter desagradable de sus ideas invitaban al
silen cio desconcertado o a la desaprobación ultrajada; podría haber conside
rado que uno y otra eran por igual cu m plidos involuntarios. Pero estaba
desco n ten to co n su s com entaristas b ib lio gráficos, con sus pacientes, con
su s a m ig o s, c o n s ig o m ism o. S in duda, el nacim ien to de su “h ijo del su e
ñ o ” • ' « había sid o laborioso.
A F reu d le resultó descorazonador el hecho de que la finalización de
su tratado (del que había esperado tanto) hiciera tan p oco por resolver sus
frustraciones o aliviar su sen sación de soledad forzada. En marzo de 1900
recordó co n nostalgia el verano anterior, en el que “con actividad febril”
había com pletad o el libro de lo s sueñ os. D esp u és, tontam ente, se había
“em briagado una v ez m ás co n la esperanza de haber dado un paso m ás
P S IC O A N A L IS IS [ 167]
hacia la libertad y la paz. La recep ció n que su scitó e l libro y e l sile n c io
qu e se produjo d e sd e e n to n c e s han d estru ido una v e z m ás la rela ció n
em brionaria con m i m e d io ”. * ” 4 Pero p o co a p o co sa lió de su depresión.
En septiem bre d e 19 0 1 , ayudado por su autoanálisis, superó finalm ente la
inhibición que había soportado durante tanto tiem po, y se encontraba v is i
tando R o m a , en c o m p a ñ ía de su h erm ano A lex a n d er . L o m ism o que
m uch os otros europ eos d el norte al entrar en R om a por prim era v ez , igual
que G ibbon, G oeth e o M om m sen , recorrió la ciudad deslum brado y g o z o
so . La R om a cristian a le resu ltó inquietante, la R om a m oderna, le p areció
atractiva y sim pática, p ero eran la R om a antigua y la renacentista las que
le exaltaban m ientras arrojaba una m oneda a te fo n ta n a de Trevi, le deleita
ban las ruinas o contem p lab a fascin a do e l M o isé s de M igu el A n gel. >5 La
visita segtín d ijo lla n a m en te, sin intentar ninguna h ip ér b o le — fu e “un
punto á lg id o ” * Ui de su vida.
T o d o s lo s días en v ia b a m en sa jes exuberantes a su fam ilia, y se pre
guntaba qué lo había privado durante tanto tiem po de proporcionarse ese
placer suprem o. El 3 de septiem bre, “ a m ediodía, frente al Panteón”, le
esc r ib ió a su mujer: “ ¡A s í que e s e sto lo qu e tem í durante a ñ o s!”
Rom a le p areció encantadoram ente cálida, y la lu z rom ana, extraordinaria.
N o había ninguna razón para que se preocuparan por é l, le aseguró a la
esposa dos días m ás tarde; la vida que estaba llevando era “espléndida para
el trabajo y e l p lacer, en la cu a l u no se o lv id a de s í m ism o y de otras
co sa s” . * 117 D e n u e v o , e l 6 de sep tiem b re, todavía en R om a, con su e le
gante estilo tele g r á fic o , y su r eg o cijo intacto, escribió: “Esta tarde unas
pocas im presiones, una d e las cu a les perdurará durante añ os”. *n« M ás tar
de, en su s frecu en tes v isita s a Italia, provocarían su entu siasm o las b e lle
zas de V enecia *»» y el p aisaje que rodea N ápoles (si bien n o los napolita
n os). 16 Pero R om a, “esta ciudad d iv in a ”, * 120 iba a segu ir sien d o la única
favorita. En una de aqu ella s v isita s, escrib ién d ole a su hija M athilde, le
dijo que no había querido perm anecer en F iesole, ese h erm oso lugar situa
do en las colin a s que dom inan F lorencia, “porque m e sien to atraído por la
austera seriedad de R om a” . Sin duda, “esta R om a e s una ciudad m uy nota
b le ... m u ch os ya la han v is to a sí.” *'21
Pronto Freud s a c ó partido de las oportunidades p sic o ló g ic a s que la
conquista de R om a p u so a su alcan ce. Su visita fue a la v e z em b lem a e
instrum ento de una m ayor libertad interior, prenuncio de una nueva f le x i
bilidad para la m aniobra p o lític a y so cia l; lo ayu d ó su stan cialm en te a
15 S ob re e l sig n ific a d o qu e esta escu ltura y M o isés ten ía n para Freud, v é a n
se las p á g s . 3 5 7 - 6 0 .
16 El l 8 de sep tie m b re d e 1 9 0 2 , Freud le e n v ió una tarjeta p o sta l a su m ujer
d esd e N áp o le s; e lo g ia b a la u b ic a ció n d e la ciu d a d , en e sp e c ia l la v ista d e l V e su
b io . Pero — a g r eg ó — , “ la g e n te e s d esa g ra d a b le, parecen g a le o te s. A q u í hay
tanta c o n fu sió n y su cie d a d c o m o en la Edad M ed ia. S ob re to d o , h a c e un c a lo r
inhum ano”. (Freud M useum , L on dres.)
[1 6 8 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
em erger de e se lim bo am biguo, a m edias gratificante y a m edias descora-
zonador, de su "esp lén d id o a islam ien to" . * 122 En el otoñ o de 1902, Freud
em p ezó a reunir en B erg g a sse 19, los viernes por la n o ch e, a un pequeño
núm ero de m éd ico s (s ó lo c in c o al principio), que cr eció m uy lentam ente,
y a unos cuantos le g o s in teresados, para discutir, bajo su indiscutible pre
s id en cia, inform es sobre c a so s, teoría psicoanalítica y aventuras p sico b io -
g r á fica s.11 P o c o m ás d e s e is m eses desp ués, en febrero, logró finalm ente
la cátedra que había c o d icia d o y m erecid o durante años. En adelante, a
Freud nunca volv iero n a faltarle ni estatura social, ni resonancia pública,
ni seguidores ardientes ni controversias de gabinete.
L a t o r tu o sa h isto r ia del progreso académ ico de Freud arroja m ucha
lu z sobre lo s cam in os (a la v e z laberínticos y có m od os) m ediante los que
uno podía prom ocionarse en eJ im perio austro-húngaro. La originalidad no
era n ecesariam ente un im p ed im en to , e l m érito no obligatoriam en te un
requisito. S ó lo las rela cio n es, d enom inadas P ro lek lio n , podían asegurar el
avance profesional. Freud había sido P rivatdozeni desde 1885. D o ce largos
años d esp u és, en feb rero de 1 8 97, d o s de sus m ás in flu y en tes co le g a s
m ayores, Hermann N o th nagel y R ichard v on K rafft-Ebing, lo propusieron
para el rango de A u ssero rd en llich er P ro fessor (Professor Extraordinarius).
Era una p o sició n valorada en gran m edida por el p restigio (y los p riv ile
g io s) que la acom pañaban, p u esto que el título en s í no suponía ni un
m ayor salario ni in greso en el con sejo de profesores del cuerpo docente.
N o importaba: según d ijo Freud co n toda llaneza, el profesorado “en nu es
tra sociedad convierte al m é d ic o en un sem idiós para los pacientes”. *»*»
Otros m iem bros de la generación de Freud ascendían sin cesar en la jerar
quía profesional, p ero Freud seguía co m o P rivatdozent. El c o m ité de siete
m iem bros que debía n om inarlo se reunió en marzo de 1897 y le brindó su
apoyo unánim e. En ju n io , e l claustro m éd ico respaldó la recom endación
por 2 2 v o to s contra 10. El M in isterio de Educación no h izo nada.
O bservando en sile n c io , Freud v eía pasar, año tras año, el d e sfile de
las p rom ociones, que nunca lo incluía. S e negaba a entrar en la “resbaladi
za pendiente” •<* que suponía conseguir abogados que apelaran a sus c o n e
xion es co n los burócratas de alto rango. Pensaba que e l sistem a austríaco
de la P ro te k tio n era d etestable. * 1» Por otro lado, no se consideraba un
ca so desesperado, a lgu ien que n o pudiera alcanzar su m eta sin recurrir a
dich o sistem a. D esp u és de todo, tenía todo el derecho a que le tuvieran en
cuenta; su s sustanciales m on ografías sobre la afasia y sobre la parálisis
cerebral infantil (una publicada en 1891, la otra seis años m ás tarde) eran
dem ostraciones im presionantes de su com petencia en dom inios m éd icos
perfectam ente tradicionales. Pero n o había cátedra para Freud: no la hubo
en 1 8 97, ni en 1898 o 1 8 9 9 , ni siquiera en 1900, año en el que el em pera
17 V éa n se la s p á g s. 2 0 6 - 2 1 2 .
P S IC O A N A L IS IS [169]
dor F r a n c isc o J o sé c o n fir m ó a lg u n a s de las p r o m o c io n e s prop u estas.
Entonces, a Tines de 1 901, Freud d ecid ió cam biar de rumbo. Expresando
d isg u sto y re c o n o c ie n d o se n tim ien to s de cu lp a c o n scien tes, p asó d e la
pasividad a la actividad. L os resultados fueron rápidos y espectaculares: el
22 de febrero de 1902 e l em perador firm ó el decreto que otorgaba a Freud
el título de P rofessor Extraordinarius. Fue un m om ento esp lén d id o para
toda la fa m ilia ; M arie, la herm ana d e Freud, co m u n icó rápidam ente la
novedad a M anchester, y su m ed io h erm ano P h illip respondió m uy c o n
tento por la s buenas n o ticia s c o n cern ien tes a " nuestro am ado herm ano
S ig ism u n d ” , pid ien d o m ás deta lles sobre la p rom oción. *1»
Una carta de Freud a F lie ss (una d e las últim as de la correspondencia
entre e llo s ) registra e so s deta lles c o n una abundancia penosa. F liess había
felicita d o a Freud por ser finalm ente un H err P rofessor, y e m p leó palabras
tales c o m o “r e co n o cim ien to ” y “m aestría” . En respuesta, Freud, m ovid o
por su "acostum brado y perjudicial im pu lso hacia la sinceridad” , co n fesó
con d isg u sto q u e é l m ism o lo había gestado to d o entre bam balinas. D e s
pués de regresar de R om a en e l m es d e septiem bre, se encontró c o n m enos
pacientes; e n v ista del c recien te d istanciam iento entre él y F lie ss, se sentía
m ás so lo que nunca, y r eco n o ció que sentarse a esperar e l título pod ía lle
varle el resto d e su vida. “ Y yo quería ver R om a de n u evo, atender a m is
p a c ien tes y m anten er co n te n to s a m is h ijo s.” T o d o e sto lo im pulsaba
hacia la pendiente resbaladiza que suponía la búsqueda de P ro tektion . “A s í,
entonces d e c id í rom per co n la virtud estricta y dar los pasos apropiados,
c o m o lo s dem ás m ortales.” Durante cuatro aflos había perm anecido inm ó
vil; e n e se m o m en to ap eló a S igm un d v o n Exner, p rofesor de f isio lo g ía
que había sid o m aestro su y o , q uien m ás b ien ásperam ente le acon sejó que
tratara de neutralizar lo s sen tim ien to s h o stiles d e l M inisterio de Educa
c ión , y que se procurara una "contrainfluencia personal”. En co n secu en cia,
Freud m o v iliz ó a su “antigua am iga y ex pacien te” E lise G om perz, cu y o
esp o so era T h eod or G om perz, el em in ente c lasicista que le había encarga
do al jo v en Freud la traducción de varios e n sayos para la ed ic ió n alemana
de John Stuart M ili. E lla intervino, y fu e inform ada de q ue Freud tenía
que con seg uir que N oth nagel y K raft-Ebing renovaran su propuesta ante
rior. A s í lo hiciero n , pero por el m om en to sin n ingún resultado.
E n to n ces otra am ig a y p a c ien te, la baronesa F erstel, de una c la se
so cia l m ás alta in c lu so q ue Frau P rofessor G om perz, tom ó en su s m anos
la causa de Freud. Logró que le presentaran al m inistro de ed u cación, y lo
con ven ció para que ofreciera una cátedra al “m éd ico que le había devuelto
la salud” . El soborn o — segú n inform ó Freud— era una “pintura m oderna”
de Em il O rlik para la galería que el m inistro proyectaba fundar. Freud
com enta sardónicam ente que si “un cierto BOcklin” (presum iblem ente m ás
d eseable q ue un sim p le O rlik) hubiera sid o propiedad de M arie Ferstel y
no de su tía, “ y o habría sid o d esig n a d o tres m e ses antes”. Pero Freud se
reservó para s í m ism o lo s sarcasm os m ás m ordaces. Si bien el W ie n e r
[1 7 0 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
Z e itu n g tod avía n o había publicad o la d e sign ación — le d ijo a F liess— “la
n oticia d e que e s inm inente se ha difundido con rapidez desde los ám bitos
o fic ia le s. El interés de la gente e s m u y grande. In clu so ahora llu even las
fe lic ita c io n e s y las flo res, co m o si el papel de la sexualidad hubiera sido
d e pronto o ficia lm en te reconocido por Su M ajestad, e l sign ificad o de los
sueñ os con firm ado por el C on sejo de M inistros, y la n ecesidad de la tera
pia p sico a n a lítica de la histeria aceptada en el Parlam ento por una m ayoría
d e dos tercio s”. Finalm ente había aprendido que “e ste v ie jo m undo está
gobernado por la autoridad co m o el nu evo lo está por el dólar” . A gregó
que d esp ués de haber dado m uestras d e obediencia, por primera vez, a esa
autoridad, pod ía esperar la recom pensa. Pero había sid o un tonto, un asno,
por esperar tan pasivam ente: “En todo e l asunto hay una persona con ore
jas m uy largas, que n o e s lo suficien tem ente apreciada e n tu carta: y o ”.
C on toda claridad, “s i hubiera dado esto s p o c o s p a so s hace tres años,
habría sid o d esign ado hace tres años, y m e habría ahorrado m uchas cosas.
Otros han tenido esa persp icacia sin n ecesid ad de viajar prim ero a R o
m a”. * ‘2* Suena ca si c o m o si hubiera id o a C aiiossa, bajo la n ie v e y con
lo s p ies d esn ud os. El placer que el n u ev o título le proporcionaba a Freud
era bastante real, pero lo hacía peligrar la incom odidad suscitada por las
v ergon zosas estratagem as que había em p leado para conseguir lo que debía
haberle sid o c o n ced id o sin ellas.
A lg o m ás surge co n claridad en todos estos docum entos: la carrera aca
dém ica de Freud estaba sien d o demorada notablem ente (se diría que d elibe
radam ente). M uchos m éd ico s co n el títu lo de P rivatdozem eran nom inados
— algunos in clu so a cátedras co n todos lo s derechos— al cabo de cuatro o
c in c o a ños, o inclu so después de só lo uno. D esd e 1885 en adelante, duran
te el tiem p o d e espera de Freud, e l lapso m ed io entre una D ozentur y una
d esig n a ció n para una cátedra era de o c h o años. El gran neurólogo Julius
von W agner-Jauregg, d esignado P riva td o zem en 188 5 , e l m ism o año que
Freud, log ró su título de catedrático cuatro años m ás tarde. Freud tuvo que
esperar d iecisiete. E xcepción hecha de un puñado de profesionales que nun
ca llegaron a ser catedráticos, solam ente cuatro de lo s aproxim adam ente
c ie n aspirantes d esign ados P riv a td o ze m e n lo s ú ltim o s q u in ce años d el
sig lo X IX tuvieron que esperar m ás tiem po que Freud. *«* Exner estaba
en lo cierto; había algún prejuicio contra Freud en los círculos o ficia les.
D esd e lu eg o , n o puede ex clu irse e l antisem itism o. Si bien lo s judíos
— in clu so lo s que rechazaban el ventajoso refugio del bautism o— seguían
e sc a la n d o p o sic io n e s de p r e stig io en la p r ofesión m éd ica austríaca, la
difundida in fección del antisem itism o n o dejó de alcanzar a los burócratas
in flu y e n te s. En 1 8 9 7 , cu a n d o N o th n a g e l le inform ó a Freud que é l y
K rafft-E bing lo habían propuesto para la nom inación, tam bién le advirtió
que no esperara dem asiado: “ U sted ya c o n oce las otras dificultades”.
N othnagel sugería claram ente la atm ósfera, desfavorable para los judíos,
que invadía la V iena gobernada por Lueger. C om o hem os v isto , el antise
P S IC O A N A L IS IS [1 7 1 ]
m itism o de la década de 1 8 9 0 era m ás virulento, m ás abierto, que el anti
sem itism o de principios de la década d e 1870, cuando Freud había h echo
frente a algunas de sus m an ifestacion es c o m o estudiante universitario. En
1897, seguram ente, atrincherado, L ueger p odía m anipular el o d io contra
lo s ju d ío s co n p r o p ó sito s p o lític o s prop ios. N o era un secreto sin o un
lugar com ún, el h echo de que e se clim a afectaba a la carrera profesional de
lo s ju d ío s en A ustria. En la n o v ela d e A ithur S chnitzler titulada E l c a m i
no de la lib erta d , que aborda acontecim ientos que sucedieron hacia fin ales
d e sig lo , uno d e los personajes ju d ío s, un m éd ico, le d ice al hijo, que pro
testa contra e l fanatism o dom inante: “La personalidad y la valía de cada
uno siem pre terminarán por prevalecer. ¿Q ué hay de m alo para d? Que
alcanzarás tu cátedra unos años d esp u és que algún otro” . E so precisa
m ente le suced ió a Freud.
Pero es probable que e l an tisem itism o n o fuera la única razón de que
Freud estuviera lan guid ecien do en el lim b o profesional durante tanto tiem
po. Sus esca nd a lo sa s teorías sobre lo s orígenes de las n eurosis n o eran
ninguna garantía para qu ienes m ejor podían allanarle el cam ino. Freud
viv ía en una cultura tan ávida de respetabilidad com o cualquiera, y m ás
ávida de títulos que la m ayoría. N o había pasado tanto tiem po desd e 1896,
cuando pronunció su co nferencia sobre la e tio lo g ía sexual de la histeria,
su “cu en to de hadas cien tífic o ”, ante la S ociedad para la Psiquiatría y la
N eu rología de V ien a. L os m o tiv o s que tenía el gobierno para m ostrarse
renuente a reconocer y recom pensar lo s m éritos c ien tíficos de Freud esta
ban “sobredeterm inados” — para decirlo co n un térm ino freudiano— ; son
com p lejo s y m uy d ifíc ile s de desentrañar.
L os m o tiv o s de Freud, tanto para su paciente c o m o para ese cam bio
abrupto q u e lo im p u lsó a adoptar tan vigo ro sa táctica, resultan m ás trans
parentes. Siem pre anh eló la fam a, pero la fam a n o com prada, el tipo de
recon ocim iento que e s el más d u lce de todos: la recom pensa ex clu siv a del
m érito. N o quería ser co m o el hom bre que organiza su propia fiesta de
cu m pleaños, y se da a s í m ism o la sorpresa, por m ied o a que e l m undo
olvid e la atención qu e le debe. Pero esa espera frustrante en las antecám a
ras del estatus acabó resultando exasperante para él. El realism o p revaleció
sobre las fantasías y sobre sus ex ig e n te s norm as de conducta. T enía que
aceptar a V iena co m o era. D esd e lu eg o , Freud sabía d esde m ucho antes que
aquel títu lo le abriría puertas y m ejoraría su stancialm ente sus ingresos.
Pero las preocup acion es m onetarias, por s í s o la s, no lo hubieran con v e rti
do en lo que en tono de burla d enom in ó un “arribista” (Streber). * » D es
pués de todo, esas preocupaciones eran para él una com pañía antigua y
fam iliar. L o que más b ien ocurrió fu e que la nueva capacidad de Freud para
satisfacer su d ese o de ver R om a, para llegar de e se m od o más lejos que su
héroe A níbal, le perm itió asum ir una actitud un tanto m ás benévola con
respecto a sus otros d eseo s. N o se trata precisam ente de que Freud decid ie
ra darle rienda suelta a su conciencia; estaba dem asiado bien atrincherada
[1 7 2 ] F u n d a m en to s: 1 8 5 6 -1 9 0 5
co m o para que fuera p osible librarse de ella. Pero en aquella ép oca encon
tró m od os de obligarla a moderar sus tenaces exigen cias de rectitud.
T o d o e s t o , y m a s , surge de las cartas confidenciales que Freud envió
F liess. Su tono, una m ezcla de d esa fío y disculpa, dem uestra cuánto le
estaba costan d o su nueva determ inación. M ientras esperaba — le dijo a
F lie ss— “ni un s o lo ser hum ano se hubiera m olestad o por m í”. Pero d e s
p ués d e su conquista de R om a, se había “acrecentado un tanto” e l placer
que encontraba “ en la vida y e l trabajo” , mientras que había “dism inuido
un tanto” el placer que hallaba en “el m artirio”. Esas expresion es
d eben de contarse entre las m ás reveladoras que Freud form ulara jamás
sobre s í m ism o. Su c o n c ie n c ia no só lo era severa; estaba castigán d olo. El
m artirio era la e x p ia ció n de crím enes co m etid os o repetidos en la fantasía,
durante su s prim eros años, ya asum iera la forma de la pobreza, de la so le
dad, del fracaso o de la m uerte intem pestiva. Freud no fue exactam ente un
m asoq uista m oral, pero encontraba alg o del placer en e l dolor.
Su costum bre de dramatizar su aislam iento intelectual da testim onio
de esa disp o sició n . T enía alg o de abogado y algo d e n ovelista, profesiones
ambas que recurren a las descrip cion es llenas de colores v ivos y perfiles
acentuados. T enía adem ás alg o de héroe pagado de s í m ism o, que se identi
ficab a co n gigantes h istóricos m undiales co m o Leonardo da V in ci y A n í
b al, y ni qué decir tiene que co n M o isé s, y e so s ju eg o s de la im aginación,
tan serios co m o fr ív o lo s, prestan a sus ten dencias épicas una cierta y m ag
n ífica sim p licidad . Pero si b ien lo s relatos autobiográficos de Freud e stili
zan sus batallas, tam bién captan una verdad em ocional: reflejan el m odo
en que él sentía sus luchas. In clu so y a en la madurez avanzada, las cicatri
c e s continuaban d olién d o le. En 1897 se u nió a la lo g ia “ W ien" de la B ’nai
B ’rith, fundada dos años antes, y co m e n z ó a pronunciar conferencias de
d iv u lg a c ió n para sus m iem bros. S e sen tía co m o “condenado al ostracis
m o ”, de m odo que buscó “un círculo se lecto” d e hom bres que le dieran una
buena acogida, sin que les importara “m i audacia”. * 134 Recordar esos días
siem pre lo entristecía. “Durante m ás de una década después de m i separa
ció n d e B reuer, n o tuve n ingú n sim p atizante”, escrib ió un cuarto de sig lo
m ás tarde. “Estaba com pletam ente aislad o. En V iena se apartaban de mí.
En el extranjero, nadie m e co n o c ía .” En cuanto a L a in terpretación de los
sueños, apenas aparecieron com entarios “e n las publicaciones esp ecializa
das”. * i«
T o d o s estos en u nciados son un tanto en gañ osos. El distanciam iento
entre Freud y Breuer n o fue abrupto sin o gradual, y se vio sesgado por
m om entos de aproxim ación. En lodo ca so , desde lu ego nunca se encontró
com p letam ente solo: F lie ss, y en m enor m edida M inna Bernays, le brinda
ron su ap oyo durante lo s años m ás crítico s de la investigación. Tam poco
era cierto que lo esquivaban e n los círculos m édicos de V iena. E sp ecialis
tas em inentes estaban d ispu estos a recom endar a un descarriado cuyas teo
P S IC O A N A L IS IS [1 7 3 ]
rías consideraban (en e l m ejor d e lo s ca so s) extravagantes; com o hem os
visto , Krafft-Ebing (que en 1896 c a lific ó de “cuento de hadas” la conferen
cia sobre e l o rigen de las n eu ro sis) p ropuso al año siguiente que se otorga
ra a Freud e l título d e catedrático. A d em ás, si bien pasó cierto tiem po,
tanto en A ustria c o m o en el extranjero, hasta que se c o m en z ó a prestar
atención al libro de lo s su e ñ o s, é s te tuvo algunas reseñas bibliográficas
apreciativas, in clu so entusiastas. S in duda Freud tenía buenas razones para
considerarse un pionero arriesgado e n terreno peligroso; las publicaciones
especializadas tildaban sus ideas de absurdas, y tam bién le s aplicaban otros
ca lifica tiv o s m ás burlones. Pero acariciaba su soledad tenazm ente, prestan
do poca atención, y a v e c e s ninguna, a las pruebas m ás alentadoras. Era
co m o si in sistien d o su persticio sa m en te en su trabajo y en su inm inente
muerte evitara provocar la ira de lo s d io se s c e lo so s, a los que nada m olesta
tanto c o m o un é x ito c la m o ro so . P ero la su perstición — segú n señ aló el
propio Freud— e s la anticipación de d ificu ltades a través de la p royección
hacia afuera de d e seo s h o stiles y desagradables; la superstición de Freud
tenía que ver con lo s c o n flic to s in co n scien tes que envenenaron su infan
cia, co n sus fantasías a gresivas y su rivalidad c on los herm anos, y desde
lu eg o c o n el m iedo a las represalias por su s d eseo s perversos.
A fin es de la d écada d e 1890, co n la muerte del padre, el progreso de
su autoanálisis y el ritm o acelerad o de su teorización psicoan alítica, Freud
parecía revivir sus c o n flic to s e d íp ico s co n una ferocidad peculiar. A l escri
bir L a in terp reta ció n de lo s su eñ o s estaba d esafiando a sus padres adopti
vos; lo s m aestros y c o le g a s que lo habían alentado pero a lo s que estaba
dejando a trá s.18 A su m ien d o riesg o s que parecían m ás extrem os con cada
m es que pasaba, seg u ía su propio cam in o. A q u ella prim era visita a R om a
en septiem bre de 1901 se lló su independencia. A l vagar por aquella atm ós
fera lóbrega, d esafiando su n ecesidad de martirio y al m ism o tiem po d is
frutando de e lla , Freud pagaba p om posam ente sus deudas p sico ló g ica s.
Pero estaba trabajando, y el trabajo siem pre lo equilibraba. En e l año
de 1901 e stu v o m uy o cup a do . M ás bien co n d esgana, escrib ió un resu
m en de L a in terp reta ció n d e lo s su eñ o s, pu blicado e se año con el título de
S o b re e l su eñ o . V olver a atravesar un terreno que tan arduamente ya había
recorrido lo aburría y exasperaba. Le procuró m ucho placer terminar la
P síc o p a lo lo g ía de la v id a c o tid ia n a , qu e, c o m o sa b e m o s, tam b ién fu e
18 La “profun da c o n fia n z a en s í m ism o ” de F reud — se g ú n e sc r ib ió Ernest
Jon es— “h ab ía esta d o o c u lta por e x tr a ñ o s se n tim ien to s d e in fe rio rid a d , in clu so
en la e sfe ra in te le c tu a l” ; é l trató d e d o m in a rlo s e lev a n d o a su s m en to res a una
p o s ic ió n in alca n za b le , lo cual le perm itía se g u ir d ep e n d ie n te d e e llo s . Freud
“id e a liz ó se is figuras qu e d esem p eñ a ro n un p a p el im portante e n su ju v e n tu d ”;
Jones enum era a B rü ck e, M ey n ert, F le isch I-M a r x o w , C harcot, B reu er y F lie ss.
P ero d e sp u é s — in siste J o n e s— , el a u to a n á lisis d e F reud lo lle v ó a una “c o m
pleta m adu rez” e h iz o qu e ta les co n stru cc io n es resu ltaran in n e ce sa ria s. (J o n e s
II, 3 .) M i propia o p in ió n e s m e n o s c a te g ó r ic a .
[1 7 4 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
publicada e s e año. Sin em bargo, m ás enigm ático fue el caso de una h isté
rica, la fam osa “D ora”; redactó la m ayor parte del material al respecto en
enero, pero no lo p u b licó hasta 1 9 05. •» El p sicoan álisis del chiste, que
tam bién se convirtió en tem a de un libro p ublicado en 1905, lo ocupaba
co n interm itencia. S in em bargo lo m ejor de todo era que, hasta cierto pun
to para su sorpresa, sus ideas sobre la sexu alidad, durante m ucho tiem po
dispersas, estaban em pezando a reunirse en una teoría amplia.
U N M A P A D E LA S E X U A L ID A D
C uando Freud v io L a in te r p r e ta c ió n de lo s su eñ o s
com entada en la prensa, algunas de su ideas sobre la
sexualidad em pezaron a hervir en él. “Las cosas están
m o v ién d o se en e l p iso de abajo” , le escribió a F liess
e n o ctu b re de 1 8 9 9 . “ U n a teo r ía de la sex u a lid a d
— agregó proféticam ente— puede convertirse en la pró
xim a sucesora del libro de los su eñ o s.” * 136 Aunque la vida parecía árida,
de m anera con stan te, lenta y m ás bien terca, Freud estaba gestando su
siguiente obra. En enero de 1900 ya podía informar que se hallaba “reco
giend o material para la teoría sexual y esperando que una chispa encienda
la leñ a” . T uvo que esperar algún tiem po. “Ahora — dice un docum ento
de febrero de 1900— la suerte m e ha abandonado; ya no encuentro nada
U til.” *138
A l trabajar en dirección a una teoría de la sexualidad sig u ió la ruta
hacia el descubrim iento co n la que m ás coincidía y que casi le resultaba
necesaria: ideas m ás o m enos in cip ien tes, tom adas de sus p acientes, su
autoanálisis y su s lecturas, flotaban en su m ente y, por a sí decir, reclam a
ban coh erencia. Freud n unca se com entaba con observacion es aisladas;
sentía un im p ulso irresistible tendente a arm onizarlas en una estructura
ordenada. A v e c e s realizaba irrupciones temerarias que lo llevaban a un
territorio d e sco n o cid o a partir de un entram ado muy ex ig u o de hechos,
só lo para term inar retroced ien do, c o n bastante cordura, a la espera de
refuerzos. Confiaba en que su precon sciente lo ayudaría. “ En cuanto a mi
trabajo — le e scrib ió a F lie ss e n noviem b re de 1900— , las cosas no están
exactam ente en punto m uerto, probablem ente están avanzando con vigor
en un n iv el subterráneo, pero sin duda n o e s tiem po de cosecha, de d o m i
nio co n sc ie n te ” .13» Hasta que llegab a a ver las c o n e x io n e s, vivía en un
estado de agitación continua, apenas controlado por la paciencia que había
19 V éa n se la s p á g s. 2 8 5 - 2 9 4 .
P S IC O A N A L IS IS [1 7 5 ]
cu ltivad o tan trabajosam ente. S ó lo la sen sación de que ex istían interrela-
cio n e s le proporcionaba aliv io .
E se a livio , c o n lo s T re s e n sa y o s so b re teo ría sexual, s ó lo lle g ó en
1 9 05. Su teoría de la lib id o se d e sp le g ó con lentitud, lo m ism o que sus
otros en u nciados te ó rico s fun d a m en ta les. E n cada p aso del cam in o, e l
Freud burgués c o n v en cio n a l tenia qu e so stener una batalla c o n Freud, el
conq u istad or c ie n tífic o . S u s p r o p o sic io n es sobre la libido eran para é l
m ism o ca si tan e sc a n d a lo sa s co m o para la m ayoría de sus lectores. ¿Por
qué había “o lv id a d o ” las o b se r v a c io n e s de C harcot, Breuer y Chrobak
sobre la presencia ubicua d e la “c o sa gen ital” en los trastornos n erviosos?
U n o lv id o de e se tipo, co m o e l propio Freud docum entó am pliam ente en
P sic o p a to lo g ía d e la v id a co tid ia n a , era una resistencia.
Pero él superó esa resiste n c ia m ás pronto y m ás com pletam ente que la
m ayoría de los m éd ico s o que el p úb lico educado. En el delicado ám bito de
la sexualidad, lle g ó a en orgu llecerse enfáticam ente de su icon oclasia, de su
capacidad para subvenir la m ojigatería de la clase m edia. A l escribirle al
em in en te n eu rólogo norteam erican o Jam es Jackson Putnam , se c o n fe só
reformador solam ente en esa área. “La m oral sexual — tal com o la define
la sociedad en su form a m ás extrem a, la norteam ericana— m e parece m uy
d e sp r e c ia b le . A b o g o por una v id a se x u a l in co m p a r a b lem e n te m ás li
bre.” *140 R e a liz ó e sta d ecla ra ció n in e q u ív o c a en 1915, pero d iez años
antes, respondiendo a una en cuesta sobre la reform a de la ley de divorcio
en el im perio austro-húngaro — en aquel entonces no había divorcio para
lo s ca tó lico s, sin o só lo sep aración le g a l— , Freud había propugnado que
se asegurara “una m ayor d o sis de libertad sexual", condenando la in d isolu
bilidad del m atrim onio c o m o contraria a “principios sig n ific a tiv o s ético s e
h ig ié n ic o s, y a experien cia s p s ic o ló g ic a s ”, agregó que la m ayoría de lo s
m éd ico s subestim aban co n siderablem ente “el poderoso im pulso sexu al” , la
libido.
La apreciación por p a n e de Freud de e se im pulso, y de sus e fecto s en
la vid a tanto norm al co m o pato ló g ica , databa, desde lu ego, de principios
de la década de 1890. D io pruebas de esa apreciación artículo tras artículo.
Por otro lado, el abandono de la teoría de la seducción en el oto ñ o de 1897
n o supuso que cam biara de p o sic ió n . Por el contrario, ello le perm itió ras
trear los anhelos y d esengañ os s e x u a le s hasta llegar a las fantasías infanti
les. 20 El com plejo de E dipo — otro descubrim iento de e se período— era,
significativam en te, una exp erien cia erótica.
Pero, si b ien Freud le recordaba al m undo lo que' el m undo no quería
o ír, él no fue e l ú n ico n i e l prim ero en reconocer el poder de la sexualidad.
Por cierto, los V ic to ria n o s, aunque por lo c om ú n c ircu n sp ecto s, fueron
m ucho m enos m ojigatos en c u estio n es eróticas de lo que so lía n acusarlos
20 V éa n se la s p á g s. 1 2 1 -1 2 4 .
[1 7 6 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
su s calum niadores, Freud entre e llo s. *>« N o obstante, eran lo s s e x ó lo g o s
lo s que iban a la cabeza. K rafft-Ebing p ublicó su P sy ch o p a th ia Sexu alis en
1 8 86, y a pesar d e su e so térico título, cuidadosam ente e le g id o , y del latín
c o n e l que presentaba la s m ás excitantes v iñ e ta s,« se con virtió en un é x i
to editorial, en un c lá sic o m oderno del estudio cien tífic o de la perversión.
El libro de K rafft-E bing, repetidam ente revisado y am pliado, abrió un nu e
v o contin en te a la in v e stig a c ió n m édica seria; tod os — in c lu so Freud—
estaban en deuda con él. A fin es de la década de 1890, a P sy c h o p a th ia
S e x u a lis se unieron lo s escrito s d e H a velock E llis, e se valien te, e n tu sias
ta, desinh ib id o, incluso vulgar com pilador de inform es sobre las esp lén d i
das variedades de la conducta sexu al. En 1905, el año de los T re s e n sa y o s
s o b re te o ría sexu al de Freud, un pequeño ejército de sexólogos em p ezó a
publicar m onografías y a legatos ju ríd icos sobre tem as hasta en tonces c o n
fin a d o s a lo s ch istes m a scu lin o s, las n o velas pornográficas y lo s artículos
de oscuras pub licaciones m édicas.
En lo s T res en sa y o s, Freud rindió tributo a los nu evos textos. En la
prim era p ágina d el lib r o c it ó lo s “ b ien c o n o c id o s e scr ito s” *1+} de no
m en os d e n ueve autores, que iban desd e los pioneros K rafft-Ebing y H ave-
loclc E llis hasta Iw an B lo c h y M agnus H irschfeld. Sin dificultad podría
haber agregado otros. A lg u n o s d e e so s expertos en la vida erótica eran
defensores e sp ecia liza d o s, que propugnaban actitudes más tolerantes con
resp ecto a lo que en aquel en to n ces todos llam aban “inversión sexu al”.
Pero tam bién lo s propagandistas tenían la pretensión de indagar con obje
tividad: Freud, aunque sin com partir lo s gustos se xu ales del com pilador,
co n sideró sum am ente útil e l A nu a rio p a ra lo s e sta d o s sexu ales in term e
d io s, de H irschfeld. S i b ien los m ás líricos de los se x ó lo g o s, co m o H ave
lo ck E llis, eran bastante vu lnerables a la persecución leg a l, la literatura
que produjeron am plió n otablem ente e l dom in io de lo que resultaba p o si
b le discutir. E llo s sacaron a la su perficie cu estion es secretas tales c o m o la
h om osexualidad y las p erversion es, tanto para lo s m é d icos c o m o para el
p úb lico lector en general.
21 El sig u ie n te e s un e je m p lo . En la “O b ser v a ció n N® 1 2 4 ”, K rafft-E bin g
registra un in fo rm e de un m éd ico h o m o se x u a l: “U na n o c h e esta b a sentado en la
ópera jun to a un ca b a lle ro m ayor. M e h izo la c o rte. M e r eí sin cera m en te d e l
v ie jo to n to y en tré e n su ju e g o . E x in o p in a to g e n ita lia m e a p r e h e n d it, q u o f a c
ió s ta tim p e n is m e u s s e e r e x it”. V iendo con alguna alarma que de sp u é s d e que el
v ie jo le e ch a ra m ano a l p e n e ex p e rim en ta b a una e r e c c ió n , e l m é d ic o q u iso
sab er qu é ten ía en m en te su v e c in o . “ M e dijo qu e e sta b a e n am orad o d e m í.
P uesto qu e e n e l h o sp ita l y o h ab ía o íd o hablar de lo s h erm a fro d ita s, p e n sé que
se trataba de uno de e llo s .” T u v o e n to n c es la c u rio sid a d de ver lo s g e n ita le s del
v i e j o :" C u rio su s f a c tu s g e n ita lia eiu s v id e r e v o lu i" . Pero en cuanto descub rió el
p e n e d el hom bre to ta lm ente e recto , em p rend ió la fuga: " S ic u ti p e n e m m áxim um
e iu s e rec tu m a d sp e x i, p e r te r r itu s e ffu g i” . (R ichard v o n K rafft-E bin g, P s y c h o
p a th ia S e x u a lis [11* e d ., 1 9 0 1 ] , 2 1 8 - 2 1 9 .) C u a lq u ier le c t o r c o n e d u c a c ió n
secu nd aria podría descifrar e sta e x p o sic ió n sin d ificu lta d es.
P S IC O A N A L IS IS [1 7 7 ]
A pesar de esa com partía alentadora, Freud sigu ió v acilan d o durante
varios años antes de aceptar totalm ente la sexualidad infantil, una idea fun
dam ental, sin la cual su teoría de la lib id o quedaba seriam ente incom pleta.
F liess, y un puñado d e e sp ecu la d o res antes que él, ya habían p ostulado los
tem pranos orígenes d e la v ida sex u a l. Y a en 1845, en un fo lle to sobre lo s
burdeles, un o scu ro m é d ic o de pro v in cia s alem án llam ado A d o lf Patze
ob servó en una nota a p ie d e página “e l im pulso sexual ya s e m anifiesta
en lo s niños pequ eñ os d e s e is , cuatro e incluso tres años d e edad”. * 144 Y
en 1867, el m ás co n o c id o psiquiatra in g lé s Henry M audsley r id ic u liz ó la
no c ió n de que “el in stin to d e p rop agación” no se ponía de m an ifiesto “h as
ta la pubertad” . D escu b rió “frecu en tes m an ifestacion es de su ex iste n c ia
durante lo s prim eros a ñ o s d e la v id a , tanto en los anim ales c o m o e n lo s
niños, sin que haya c o n c ie n c ia de la m eta o d esign io del im p u lso c ie g o .
Quienquiera que afirme otra c o sa — agrega M audsley con severidad— debe
de haber prestado m uy p o ca a tención a lo s ju eg o s de lo s anim ales jó v en es,
y o lv id a extraña o h ip ó crita m en te lo s h e c h o s de sus propios prim eros
años”. N o hay pruebas d e que Freud tuviera n oticias del fo lle to de Pat
ze, pero sí con o cía la obra d e M aud sley, y en la segunda m itad de la década
de 1 8 9 0 em pezó a considerar la idea de una sexualidad infantil, al m enos
esp ecu lativam ente. En 1 8 9 9 , en su In terpretación de lo s su eñ o s, todavía
observó com o de pasada que “ensalzam os la felicidad de la infancia, porque
todavía no c o n o ce e l a p etito se x u a l”. *u « E sa s palabras co n stitu yen un tri
buto a la tenacidad de la o p in ió n aceptable, o de sus residuos, in clu so en
un investigador tan intrépido c o m o Freud. n P ero e n e l m ism o lib ro, con
las prim eras referencias p ublicadas al com plejo de Edipo, Freud dem ostró
que consideraba a lo s n iños c o m o dotados de sentim ientos sexu ales. Y en
lo s T re s en sa yo s ya no quedan dudas. “Sexualidad infantil”, el segundo de
los e n sa y o s, con stituy e la p ie z a central del conjunto.
22 El fragm en to so b re la in o c e n c ia in fa n til — c om o han o b s er v a d o lo s e d i
tores in g les es de Freud— es “ sin duda una reliq uia de un borrador anterior del
lib ro ” . ( “ N ota d e l ed ito r ” . T r e s e n s a y o s , S E V II, 1 2 9 .) In cita d o por J un g, que
p ro testó c ontra e l fra g m en to “ so b re la b a se d e la teoría freu d ia n a d e l se x o "
(Jung a Freud, 14 de feb rero de 1 9 1 1 , Freud-Jung, 4 3 3 [ 3 9 2 ]), F reud a g r eg ó una
r ec tific a c ió n en la e d ic ió n d e 1 9 1 1 , una s im p le n ota a p ie d e p á g in a , pero con~
servó in tacta la o r a ció n . La e x p lic a c ió n que le d io a Jung (se g ú n la c u a l L a
in te r p r e ta c ió n d e lo s su e ñ o s era una in tr o d u cc ió n elem en ta l a la teo ría d el su e
ño y, p u b lica d o c o m o lo fue e n 1 8 9 9 , no p o d ía presup oner e l c o n o c im ie n to de
id eas qu e é l no p u b licó h a sta 1 9 0 5 ) e s sin g u la rm en te p o c o c o n v in c e n te . (V é a se
Freud a Jung, 17 de feb rero d e 1 9 1 1 , Ib íd ,, 4 3 5 - 4 3 6 [ 3 9 4 - 3 9 5 ] .) C o m o h em o s
señ alad o, ya en 18 9 9 h ab ía a c ep ta d o en gran m ed ida la id ea de la se x u a lid a d
in fan til; adem ás fueron tan p o c o s lo s e jem p la res v e n d id o s d e su lib ro qu e ten ía
que saber qu e estaba d ir ig ié n d o se a u n p ú b lico de e sp e c ia lista s, lo s qu e e n 1911
ya estab an fam ilia riza d o s co n lo s T re s e n s a y o s y hubieran brindado una buena
a c o g id a a un a r e v isió n .
[1 7 8 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
A v e c e s F r eu d parece dem asiado m odesto en su opinión acerca de los
T re s e n s a y o s . E n realidad, tenía dos o p in io n es distintas en cuanto a su
im portancia real. A sí, en 1914, en e l Prefacio d e la tercera e d ició n , previe
n e a lo s lecto res contra e x c e siv a s esperanzas: de esas páginas no podía
derivarse ninguna teoría com pleta de la sexualidad. R esulta sin duda
llam ativo q u e e l prim ero de e so s tres e n sa y os vinculados entre sí no abor
de la am plia ex ten sió n de la v id a erótica “norm al”, sin o el cam po más res
tringido de las “ aberraciones sexu ales”. Pero gradualm ente, a m edida que
una e d ició n seguía a otra, Freud fue descubriendo los usos estratégicos de
lo s Tres e n sa y o s y de sus teorías en la defensa del p sicoan álisis contra sus
detractores. L os utilizó co m o una especie de piedra de toque, separando a
aquellos que realm ente aceptaban su teoría de la libido de quienes no esta
ban d isp uestos a otorgar a la sexualidad el lugar prom inente q ue él m ism o
le había asignado, o que consideraban prudente tomar distancia respecto de
sus escan dalosas ideas. En todo caso, e l lector tiene derecho a atribuir a
lo s T res e n sa y o s m ás m éritos que lo s que el propio Freud estaba dispuesto
a recon ocerles. Su libro del s e x o , abriendo en ed icio n es su ce siv a s perspec
tivas cada v e z m ás am plias sobre lo s im pulsos libidinales y sus d iversos
d e stin o s, con stitu y e un com p lem en to ese n cia l del libro de lo s su eñ os, y
e s equiparable a éste, si n o en ex ten sió n , s í en estatura. Por m om entos,
tam bién Freud pareció pensarlo. “La resistencia a la sexualidad infantil
— le esc r ib ió a A braham en 1908— fortalece en m í la op in ión de que los
tres e n sa y o s so n un logro de valor com parable al de L a in terpretación de
lo s s u e ñ o s
E l p r im e r e n sa y o , tan n otable por su ton o frío y c lín ic o c o m o por
su alcance, presenta sin sonrisas afectadas ni lam entaciones una colección
ricam ente diversificada de con diciones e inclinaciones eróticas: el herma
fro d itism o, la hom osexualidad , la p e d o filia, la sod om ía, el fe tich ism o , el
ex h ib ic io n ism o , el sa d ism o , el m a soq uism o, la co p rofilia, la n ecrofilia.
En unos p o co s pasajes, Freud parece crítico y co n ven cion al, pero su cora
zón no se inclinaba a la censura. D espués de enumerar lo que denom inó
“ las m ás desagradables perversiones”, las describe de m odo neutro, incluso
aprobándolas; ellas han realizado “una parte del trabajo m ental”, al que, “ a
pesar de su éx ito atroz”, n o se le puede negar el “valor de una idealización
de la p u lsió n ”. Sin duda, “la om n ip otencia del am or quizá nunca se m u es
tre co n m ás fuerza que en aberraciones c o m o é sa s”. *>«
La in ten ció n d e Freud al com p ilar e s e ca tá lo g o co n sistía en poner
orden en un c o n fu so d esp liegue de placeres eróticos. Los c la sific ó en dos
grupos: las d e sv ia c io n e s co n respecto al objeto sexual norm al, y las des
v ia c io n e s resp ecto d e la m eta sex u a l normal; d esp u és lo s insertó en el
espectro de las conductas hum anas aceptables, C om o ya había h ech o a
m enudo antes, sugirió que los neuróticos arrojaban una luz deslum bradora
sobre lo s fen ó m en o s m ás gen erales, en virtud de los e x c e so s m ism os de
P S IC O A N A L IS IS [1 7 9 ]
su vida sexual. U na v e z m ás surge co n claridad sorprendente e l intento
freudiano de desarrollar el gran d iseñ o d e una p sico lo g ía general, al partir
de su s m ateriales c lín ic o s. El p sic o a n á lisis descubre que “ las neurosis en
tod a s sus m a n ife sta c io n e s form an una ca dena ininterrum pida hacia la
sa lu d ”. M alicio sa m ente, cita al psiquiatra alem án Paul Julius M oebius, en
e l se n tid o d e q ue “ to d o s s o m o s un p o c o h isté r ic o s” . T o d o s lo s seres
hum anos son p erversos innatos; lo s neu ró ticos (cu yos síntom as co n stitu
yen una e sp ecie de contraparte n egativa de las perversiones) no h acen más
que d esplegar esa d isp o sic ió n p rim itiva universal con m ás én fasis que las
personas “n orm ales”. L o s síntom as neu róticos “son la actividad sexual del
p acien te”. * 150 D e m od o q u e, para Freud, una neurosis no es una en ferm e
dad remota y ex ó tica , sin o una c o n secu en cia totalm ente com ún del d e sa
rrollo in co m p leto , e s decir, d e c o n flic to s in fa n tiles n o con trolad os. La
neurosis e s una co n d ic ió n en la que el enferm o regresa a sus más antiguos
con flicto s; en p oca s palabras, e stá tratando de poner fin a un asunto in con
clu so . C on esta fórm ula, Freud alcan za el m ás d elicad o de los tem as: la
sexualidad infantil.
E l p s i c o a n á l is i s e s una p sic o lo g ía del desarrollo q ue tuvo un notable
desarrollo propio. Freud no presentó su evaluación final del crecim iento
p sic o ló g ic o , co n sus fa se s y c o n flic to s d om inantes, hasta p rincipios de la
década de 1920, c o n la hábil co laboración de analistas, m ás jóv en es, com o
Karl Abraham. En la primera e d ic ió n d e lo s Tres en sa yo s, Freud e s toda
vía totalm ente parco acerca de la historia sexual del anim al hum ano; hasta
1915 n o añadió el apartado sobre e l crecim iento de la organización sexual.
Pero en la primera ed ició n en contró lugar para la discu sión de las “ zonas
eró genas” , esas partes del cuerpo — principalm ente la boca, e l ano y los
gen itales— que, en e l cu rso d el d esarrollo, se convierten en fo c o s de la
gratificación sexu al. En 1 9 0 5 , asim ism o , abordó lo que denom inaba “ pul
sio n e s c o m p o n en tes” . Para la teoría de Freud fue esencial desd e e l
principio considerar que la sexualidad n o e s una fuerza b iológica sim ple y
unitaria, ya com pletam ente form ada al em pezar a existir en el m om ento
del n acim ien to o en la pubertad.
En co n secu en cia , en su en sa y o sob re la sexualidad infantil, Freud tra
z ó una línea de continuidad d esde la turbulencia de la primera infancia has
ta la turbulencia de la ad o lescen cia , pasando por los años relativam ente
tranquilos de la latencia. S in pretender la prioridad en el descubrim iento,
se recreó en señalar la sig n ifica ció n que atribuía a las m anifestaciones de
las p a siones se x u a les en la in fan cia. A un reconociendo que los textos se
referían ocasio n a lm en te a una “ actividad sexual precoz" , por eje m p lo a
“ere c c io n e s, m asturbación e in c lu so m o v im ien to s c o m o lo s del c o ito ” ,
observa que tales activid ades se presentan siem pre c o m o “curiosidades, o
co m o casos horribles de depravación precoz”. N adie antes que él — puntua
liza con v isib le orgullo— reco n o c ió claram ente la ubicuidad de “una pu l
[1 8 0 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
sió n sex u a l en la infa n cia ” . * ‘5* Y había escr ito el segu n d o de los ws*
en sayos relacionados sobre la sexualidad para remediar esa om isión.
Para Freud, el h ech o de que casi universalm ente se hubiera ignorad: ^
actividad sexual de lo s niños se deb ía a la m ojigatería y el decoro, pero a c
solam ente a eso . El período de latencia, que abarca desde los cin co añ;*
hasta la pubertad, esa fa se del desarrollo en la cual el niño realiza en o n rx i
progresos in telectuales y m orales, relega a un segu n d o plano la e x p r e so -
de lo s sen tim ien tos se x u a le s del niño. Lo que e s m ás, una am nesia insu
p erable oculta lo s prim eros años de la infancia co m o un p esado m ant: •
opinión aceptada de que la vida sexual se inicia en la pubertad ha c o o u x -
con la bien a cogid a confirm ación del correspondiente testim onio del am ix
sic o . Pero e s ló g ic o que Freud dirija hacia lo o b v io su curiosidad cie n tífi
ca; todos, desde hacía m ucho tiem p o, tenían c o n cien cia de esa amnes i
universal, pero nadie p en só en analizarla. L o que esa am nesia p avorosi-
m ente e fica z borraba, según so stuvo, era la experiencia erótica del ntñc
junto co n el resto de su agitada vida.
Freud no afum aba el absurdo de que la sexualidad infantil se m a m i i
ta exactam ente d e la m ism a manera que la sexualidad adulta. N o lo p era .
tfan ni e l estad o fís ic o ni el estado p s ic o ló g ic o del niño. Por el contrar.
la s em o cio n es y lo s d e seo s se x u a les in fantiles asum en m uchas y v a r i a d ü
form as, no todas e lla s declaradam ente eróticas: la su cción d e l pulga: •
otros desp lieg u es d e autoerotism o, la retención de las h ec es, la rivaliza*:
entre herm anos, la m asturbación. C on este últim o tipo de ju e g o , e m ? r -
zan a verse im plicad os lo s gen ita les de niñ os y niñas. “Entre las z c r .u
erógenas del cuerpo del niño h a y una que sin duda n o desem peña la p a n ;
principal, y n o puede ser portadora de lo s im p u lsos sexu ales m á s a r . i -
g u os, pero que está destinada a grandes c o sas en e l futuro.” D esd e lu ec:
Freud se refiere al pene y la vagina. “Las actividades sexu ales de esa z c c a
erógen a, que pertenece a lo s órganos se x u a les propiam ente dich os, son s *
duda, el in ic io d e la vida sex u a l ulterior, ‘n orm al’ ”, Las c o m illas q m
encierran la palabra “norm al” son elocuentes: cualquier parte del cuerpc
todo ob jeto co n ceb ib le, puede proporcionarse satisfacción sexual. Las - i--
la cio n es tem pranas, ya se trate de sed u cción o estupro, estim ulan lo aar
Freud denom ina, co n delicadeza, las inclinaciones “perversas p o lim o rfa
del niñ o, pero la “ aptitud” para tal perversión es innata. Lo que K& m
acostum bran a llam ar “norm al” en la conducta sexu al es en realidad r¿
punto final de un peregrinaje largo y a m enudo interrum pido, una m e »
que m uchos seres hum anos nunca alcanzan, y que m uchos de ellos
alcanzan raramente. La pulsión sexual en su form a madura e s un v e r d a d ::
logro.
L o s a ñ o s d e la pubertad y la adolescencia, a los que Freud d e d u i c
ú ltim o de lo s tres e n sa y o s, son el gran tiem po de prueba. E llos c o r.K *
dan la identidad sexual, reanim an afectos edíp icos m ucho tiem po s o t e - i
P S IC O A N A L IS IS [181]
dos y esta blecen el p redom inio de lo s gen itales para la ob tención de sa tis
fa c c ió n sexu al. Esa prim acía no proporciona a los gen itales un dom in io
ex c lu s iv o de la vid a sexu al; las z o n a s erógenas que tanta im portancia
tuvieron en los prim eros años continúan proporcionando placer, aunque se
ven lim itadas a la p roducción de un “placer previo” que sustenta y realiza
el “placer fin a l” . V ale la pena señalar que para Freud ese placer final c o n s
tituye una nueva experien cia q u e só lo aparece con la pubertad. A pesar de
su n otorio én fa sis en la perdurable influ en cia y en la sig n ificación d ia g
n óstica de la infancia, Freud n unca restó im portancia a las experiencias
que m ujeres y hom bres afrontan en la vida adulta. C om o dijo en una opor
tunidad, se trataba só lo de que lo s adultos hablan con elocu en cia por sí
m ism o s, y de que había lle g a d o e l m om ento de que un p sic ó lo g o actuara
com o abogado de los prim eros años de la vid a, hasta entonces tan d esd eñ o
sam ente pasados por alto.
En su pr im e r a e d ic ió n , lo s T re s e n sa y o s so b re te o ría sexual eran un
pequeño libro de p o co m á s de och enta p áginas, algo así com o un fo lle to ,
tan co m p a c to c o m o una granada d e m a n o y no m e n o s e x p lo siv o . En
1925, cuando apareció la sexta e d ic ió n — la últim a publicada en vida de
Freud— había crecid o hasta las 1 2 0 páginas. S ubsistían algunos m isterios
que no se propuso resolver: la d e fin ic ió n del placer, la naturaleza funda
m ental de las p u lsio n es se x u a le s y de la e x cita ció n sexual en s í m ism a.
Sin em bargo, era m u cho lo que la sín te sis d e Freud había aclarado. A l
hacer retroceder los oríg en es de lo s sen tim ientos sexu ales hasta los prim e
ros años de vida, pudo exp lica r, sobre u na base totalm ente naturalista y
p sic o ló g ic a , la aparición de fren o s e m o c io n a le s tan poderosos c o m o la
vergü en za y la repugnancia, d e n orm as co n cernientes al gusto y la m oral,
de activid ades culturales tales c o m o e l arte y la in v estigación cien tífic a
(in clu so el psicoan álisis). T am bién desentrañó las enmarañadas raíces del
am or adulto. T odo está relacio n a d o en e l u niverso de Freud: in clu so los
chistes y las producciones esté tic a s, y e l “placer previo” que generan, lle
van la m arca de las p u lsio n es sex u a le s y sus v icisitu d es.
La genero sa v isió n freu d ia n a d e la lib id o c o n virtió a Freud e n un
dem ócrata p sic o ló g ic o . P u esto que todos lo s seres hum anos com parten la
vid a erótica, hom bres y m u jeres son herm anos y herm anas por debajo de
sus uniform es culturales. L o s m ás radicales le han reprochado a Freud lo
que denom inan su id eo lo g ía g en ital, e l hech o de que consideraba la cópula
heterosexual adulta co n un com pañero al que se ama tiernam ente, y p rece
dida de un m ódico ju e g o p revio, co m o e l ideal al que deben aspirar todos
los seres hum anos. Pero p u esto qu e Freud separó’e se ideal de la m o n oga
m ia, su id eo lo g ía era profundam ente su bversiva para su época. N o m en os
su b versiva fu e su postura neutral, en absoluto censora, con respecto a las
perversiones, pues estaba co n v en cid o de que la fijación sexual con resp ec
to a objetos tem pranos que no había p o d id o superarse — ya se tratara de
[1 8 2 ] F u n d a m e n t o s : 1 8 5 6 -1 9 0 5
fetich ism o o de h o m osexu alid ad— n o era un crim en, ni un pecado, ni una
enferm edad, ni una form a de locura o un síntom a de decadencia. Esto sona
ba m uy m oderno, m uy p o co respetable: e n sum a, era una nota m uy p o co
burguesa.
Pero se deb e insistir en que Freud no fue pansexualista. R ech azó el
adjetivo con considerable aspereza, no porque reverenciara unilateralmente
la lib id o s ó lo en secreto sin o porq ue, se n c illa m e n te, pensab a q ue sus
detractores estaban equivocados. En 1920, en su Prefacio a la cuarta ed i
ció n de lo s T res e n sa y o s, le s recordó a sus lectores, con una cierta satis
facció n m alsana, que había sid o e l filó so fo alemán Arthur Schopenhauer,
y no é l, el rebelde y m arginal, quien h iz o que la humanidad se enfrentara
“hace algún tiem po, c o n e l grado en que su s m etas y acciones están deter
m inadas por im p ulsos se x u a le s”. Este era un hecho de la historia cultural
con venientem ente olv id a d o por lo s críticos que insistían en que e l p sic o a
nálisis lo exp lica todo m ediante el s e x o ” . “Ojalá que todos los que miran
con desdén al psicoan álisis desde su punto de vista superior recuerden cuán
estrecham ente la sexualidad desarrollada por el p sicoanálisis coin cid e con
el E ros del d ivin o P latón.” * i» C uando quería, Freud, el p ositivista y c o n
v en cid o antim etafísico, no vacilab a e n citar a un filó so fo co m o antepasado
intelectual.
E l a b o r a c io n e s
1902-1915
C uatro
Retrato de un precursor
en orden de batalla
A L O S C IN C U E N T A AÑOS
El 6 de m ayo de 1906, Freud cum p lió cincuenta años.
L os años que acababan de pasar habían estado llenos de
s a t is f a c c io n e s y p r o m e sa s. Entre fin e s de 1 8 9 9 y
m ed iad os de 1 905, había publicado d os textos c lave,
L a in te rp re ta c ió n d e lo s su eñ os y T re s e n sa y o s so b re
te o ría sex u a l; un e stu d io técn ico, E l c h iste y su r e la
ció n con lo inconsciente', un libro popular sobre la p sico p a to lo g ia de la
vid a cotidiana, y el historial de “D ora”, el primero y todavía el m ás p o lé
m ic o de sus historiales. Finalm en te, s e había m ovid o para con segu ir el
títu lo de A u ssero rd en tlich er P ro fe sso r, y d espués de haber h allado u nos
cuantos partidarios entre lo s m éd ico s v ie n e se s, su sen sación de aislam ien
to p rofesion al había com en za d o a ceder. Pero si por un m om ento creyó
que publicar dos libros que h icieron é p o ca , recibir un título h onorífico y
ganar algunos seguid ores le traería la serenidad, estaba eq u ivocado. L os
años sigu ien tes fueron n o m en o s agitados que la década de 1890. La orga
n ización del m o v im ien to p sic o a n a lític o dem ostró ser un trabajo arduo, y
absorbió m uchas de las m ejores energías de Freud. Las d istracciones nun
ca lo apartaron de reflexionar sobre la teoría y la técnica psicoanalíticas:
los quince años que sigu iero n fueron una ép oca de elaboraciones e ind icios
de rev isio n e s futuras. Pero las presio n es de la política p sico a n a lític a a
m enudo le robaban tiem po d e una m anera irritante.
[1 8 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
Para celebrar su quin cuagésim o cum pleaños, los admiradores de Freud
le regalaron un m edallón que en una cara represenlaba su rostro de perfil, y
en la otra a E dipo r eso lv ien d o e l enigm a de la E sfinge. La inscripción, en
griego, tom ada del E d ip o R e y , tenía la clara intención de ser un cum plido
para Freud, el E d ipo m oderno: “ R e so lv ió el fam oso enigm a y fu e un hom
bre m uy po d ero so ”. Seg ú n J ones, en el acto de la entrega, al leer la le y en
da, Freud “se p u so p álido y agitado”. T o d o ocurrió “co m o si se hubiera
encontrado con un revenant". Y a s í era. C o m o estudiante u n iversitario,
vagando por el patio lle n o d e arcos y adornado con lo s bustos de las lu m i
narias difuntas d e la casa, Freud había albergado la fantasía de que algún
día tam bién su propio busto estaría allí, c o n la inscripción de las m ism as
palabras que sus segu id ores elig iero n para el m edallón. *' Era sintom ático
de la im presión que Freud estaba em pezando a causar e l h ech o de que
hubieran adivinado co n tanta sensibilidad, y ratificado de una manera tan
b ella, su am b ició n m ás cuidad osam ente o culta. Por lo m en os un puñado
de personas lo había reco n o cid o , a é l, el explorador de lo inconsciente,
c o m o un g igante entre lo s hom bres.
Freud n ecesitaba la cerem onia. Su am istad c o n F liess, durante m ucho
tiem po agon izan te, había acabado d e expirar en un pú b lico estallido final
de desagradable cólera, y los recuerdos que la ruptura ev o có lo afectaban
seriam ente. D esp u és d e su violen ta disputa en el verano de 1900, en la que
F liess cuestio n ó el valor de las in v estig a cio n es p sicoanalíticas freudianas,
lo s d o s hom bres no habían vu elto a encontrarse. Pero, con intervalos cre
c ie n te s entre caria y carta, su c o r r e sp o n d en cia co n tin u ó arrastrándose
durante d o s años m ás, co m o si su antigua cordialidad tuviera un im pulso
residual propio.
D esp u és, a principios del verano de 1904, Fliess le escribió a Freud una
carta quisquillosa. Acababa de descubrir el libro Sexo y ca rá cte r, de O tto
W eininger, publicado el año anterior. El libro, una curiosa m ezcla de esp e
cu lacion es b iológico -p sico ló g ica s y fantasiosa crítica cultural, había adquiri
d o rápidamente la con d ición d e objeto de culto, en lo cual tuvo m ucho que
ver el su icidio m elodram ático del autor. A los veintitrés años, dotado, pre
c o z y lo c o , ju dío con verso que detestaba a los judíos no m enos que a las
m ujeres, se había disparado un balazo en Viena, en la casa de B eeihoven.
Para consternación de F liess (según le com u nicó con brusquedad a Freud) en
el libro de W eininger había encontrado sus “ideas sobre la bisexualidad y la
naturaleza de la atracción sexual que e s consecuencia de ella: los hombres
fem eninos atraen a las mujeres m asculinas y viceversa” . *2 Esa era una tesis
que Fliess consideraba prácticamente haber patentado, y que le había com u
nicado a Freud, de m odo confidencial, algunos años antes. Pero todavía no
la había publicado en su totalidad. A l verla en letras de imprenta, le pareció
indudable que su antiguo am igo íntim o que ya no lo era, tenía que haberle
transmitido indiscretamente la idea a W eininger, de m odo directo a través de
Hermann S w oboda, am igo del anterior, y p sicólogo paciente de Freud.
R etr ato de u n pr ec u rso r en o rden de b a ta lla [ 1 8 7]
C om o h em os v isto , la idea de que un s e x o alberga elem en tos del otro,
y la reclam ación de F liess en cuanto a la prioridad en el desarrollo de esta
teoría, ya había p r ovocad o a lgu nas interesantes dificu ltad es entre é l y
Freud algún tiem po antes. E n 1 9 0 4 , enfrentándose a una acu sación de
indiscreción , Freud tergiversó las c o sa s. A d m itió que en el curso del trata
m ien to le había hablado a Sw o b o d a de la bisexualidad; ese tipo de cosas
— escrib ió— su ceden en tod o s lo s a n á lisis. S w ob od a deb ía de haberle
pasado la inform ación a W eininger, a quien en esa época preocupaba el
p ro b lem a de la s e x u a lid a d . “ E l d ifu n to W ein in g er — le m a n ife stó a
F lie s s — era un ladrón u tiliz a n d o una lla v e que se había encon trad o.”
A greg ó que resultaba perfectam ente p o sib le que W eininger hubiera recogi
do la idea en otra parte; d espués de todo, durante años había aparecido en
lo s textos té c n ic o s. *’ F lie ss no se sin tió ven cid o . U n am igo com ú n le
había d icho que W einin ger le m ostró a Freud el m anuscrito de S e x o y
carácter, y que Freud le había aconsejado a W eininger que n o publicara ese
disparate. Pero obviam ente n o le advirtió que estaba a punto de com eter
un rob o in telectu al. *4
E se recordatorio, p reciso en todos su s aspectos, llev ó a Freud a adm i
tir, co n contrariedad, m ás h ech o s que lo s que había puntualizado antes:
W eininger, en efe c to , f u e a v erlo , pero con un m anuscrito m uy diferente
del libro im preso. Freud pensaba que era una lástim a — dijo con severidad
y , en su vu ln era b le p o s ic ió n , m ás b ien c o n im prudencia— que F lie ss
hubiera reanudado su correspondencia só lo para enarbolar un incidente tan
trivial. D esp u és de todo, el robo intelectual se realiza con toda facilidad,
pero — protestó— é l siem p re había r e c o n o cid o el trabajo de los otros, y
nunca se había apropiado de nada que perteneciera a otra persona. Ese no
era el m ejor lugar ni e l m ejor m om en to para que Freud afirmara su in o
cencia en aquel litig io de las ideas en co m petencia por la prioridad. Pero,
para prevenir disputas ad icio n a les, Freud le ofreció a F liess la p osibilidad
de echar una ojeada al m anuscrito todavía in concluso de sus T re s e n sa y o s
sob re te o ría sex u a l, de m odo que F liess pudiera estudiar los fragm entos
sobre la bisexualidad y hacer revisar lo s que encontrara irritantes. O freció
in c lu s o p osp oner la p u b lic a c ió n d e lo s T re s e n sa y o s hasta que F liess
hubiera editado su p ropio libro. * s E so s eran gestos honrados, pero F liess
o ptó por no aceptarlos.
E se fue el final de la correspondencia entre Freud y F liess, aunque no
el final de la disputa. A p rin cip io s de 19 0 6 , F liess p ublicó por fin su trata
do, am biguam ente titulado E l cu rso d e la vid a : fundam en to de la b io lo g ía
exacta, que desplegaba sus teorías de la periodicidad y la bisexualidad con
ex h a u stiv o s d eta lles. A l m ism o tiem p o , un tal A .R . P fennig, b ib lio te c a
rio y publicista (inspirado, seg ú n Freud, por F lie ss), lanzó un fo lleto co m
bativo en el que denunciaba c o m o plagiarios a S w oboda y W eininger, y
acusaba a Freud de haber sido el hilo conductor a través del cual se perm itió
el a cceso a la propiedad original de F liess. L o q ue m ás irritó a Freud en esa
[1 8 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
p o lém ica fue que tomaran citas de su s com unicaciones privadas a Fliess.
Pero d e v o lv ió g olp e a golpe en una carta a Karl Kraus. *« Adm itía sobria
m ente la verdad de la afirm ación de Pfennig en cuanto a que W eininger
había llegado a conocer indirectam ente las teorías de Fliess a través de él, y
por otro lado criticaba el hecho de que W eininger rio hubiera reconocido su
deuda. Por lo dem ás, rechazó las a cu saciones de Pfennig — y en c o n se
cu encia las de F liess c o m o m iserables calum nias.
En esa oportunidad, expresar su indignación no le brindó ningún ali
v io ; la controversia le resultó una ex p eriencia perturbadora. Su culpa no
resid ía tanto en la indiscreción que com etió al discutir la bisexualidad con
Sw obod a com o en e l hecho de que no hubiera sid o franco con Fliess acer
ca de la visita de W eininger. Era perfectam ente posible que — co m o dijo
Freud— e l original que él le y ó y e l libro que se convirtió en un b e s t
seller de m oda tuvieran p o c o en com ún, i En todo caso, le había aconseja
do a W eininger que no lo publicara. S in em bargo, tratándose de la parte
que le correspondía a F liess en los descubrim ientos freudianos, Freud d e s
p legaba una capacidad im presionante para reprimir recuerdos inconvenien
tes. Durante m ás de una década, F liess había sido su confidente más ín ti
m o (y en los aspectos crítico s, e l ú n ico ), d epositario de sus em ocion es
m ás profundas. En c o n secu en cia s, en 1906 a Freud le resultó im posible
dom inar con serenidad la separación final. En esas circunstancias d ifíciles,
era tranquilizador tener seguidores d ispuestos a compararlo con Edipo.
A l o s cin cu en ta años, Freud era intelectualm ente fértil y físicam ente
v ig o r o so , pero co n interm itencia se p erseguía a s í m ism o con som brías
ideas de decrepitud. Cuando, en 1907, Karl Abraham lo v isitó en V iena
por prim era vez, deploró advertir que “lam entablem ente, parece oprim irlo
un com p lejo de v ejez”. *1 Sab em os que a los cuarenta y cuatro años ya se
había calificado burlonam ente de v ie jo israelita con la ropa raída. Esa pre
o cu pa ció n se con v irtió en un estrib illo constante: en 1910 le escrib ió a un
a m igo: “ O b servem os sin em bargo que h ace algún tiem po d e c id í morir
sola m en te en 1 9 1 6 ó 1 9 1 7 ”. ** Pero la productividad y la resistencia de
Freud d esm entían esa p reocupación neurótica. A unque sólo de m ediana
estatura — aproxim adam ente un m etro setenta centím etros— se destacaba
de entre la multitud por la autoridad de su presencia, por su aspecto cuida
do y sus ojos observadores.
L o s o jo s de Freud m erecieron m u c h o s c om en tarios. Fritz W ittels,
allegad o de Freud en aquellos años, los d escribió com o “castaños y bri
lla n tes”, con una “expresión in qu isitiva”. H ubo quienes los consideraron
in o lv id a b le s. Por e je m p lo M ax G raf, un c u ltiv a d o m u sic ó lo g o v ie n é s
m uy interesado en la p sico lo g ía del acto creador, que conoció a Freud en
1 El tem a preocupaba a Freud in clu so aún en 1 9 38 . In sistió en haber sid o
“el prim ero que le y ó su m anuscrito [el de W e in in g e r ]...y que lo c o n d en ó ”. (Freud
a D avid A braham sen, 14 de m arzo de 1 9 3 8 , Freud C o lle ctio n , B B 3 , LC ).
R etr a t o d e u n p r e c u r s o r e n o r d e n de ba t a l la [ 1 8 9]
1 900, y p o c o d esp u és se u n ió a su círcu lo ín tim o, dijo que lo s ojos d e
Freud eran “h erm osos” y “ serios” , que “parecían mirar al hom bre desde las
profundidades”. *» La psico a n a lista in g le sa Joan R iviere, qu e lo c o n o c ió
después de la Primera Guerra M undial, ob servó que, si bien Freud estaba
dotado de un “hum or encantador” , su form idable presencia quedaba marcada
por “el em puje hacia adelante de su cab eza y por la crítica mirada explora
dora de sus ojos profundam ente penetrantes”. * 10 Si (c o m o d ijo e l propio
Freud alguna v e z ) la mirada e s un sustituto civ iliza d o del tacto, sus ojos
penetrantes, a los que n o s e tes escapaba casi nada, eran sum am ente apro
piados para él. W ittels recordó que tenía “ las espaldas cargadas del estudio
s o ”. *11 Pero e sto n o parecía afectar su im ponente aspecto.
S e trataba de un asp ecto de poder disciplinado. Incluso sus bigotes y
su barba puntiaguda eran som etidos a los cuidados diarios de un peluquero.
Freud había aprendido a utilizar sus apetitos — sus em o cio n e s v o lcán icas,
su anhelo e sp ecu la tiv o y sus inquietas en ergías— para orientarlos hacia la
persecución concentrada de su m isió n . 2 “N o puedo im aginar la vida sin
trabajo com o realm ente grata” , le e scrib ió a su am igo e l pastor de Z urich,
Oskar Pfister, en 1 910. “ En m i c a s o , la fantasía y el trabajo coinciden;
ninguna otra co sa m e div ierte.” * t2 Su h eroico esfuerzo por lograr el auto
dom in io al serv icio del trabajo concentrado lo encadenaba a una agenda
sum am ente rígida. C om o el buen burgués que era, y que no se avergonza
ba de ser, " vivía” (seg ú n palabras de su sobrino Em st W aldinger) “para el
reloj”. * 13
In clu so las v a riacion es que anim aban la vida cotidiana de Freud e sta
ban in clu id as de antem ano e n e l esq u em a: sus partidas d e n a ip e s, sus
cam inatas por la ciudad, su s v a ca cio n es de verano, eran cuidadosam ente
program adas, y tota lm en te p r e d ecib les. S e levanta a las sie te , y atendía
p acien tes p sic o a n a lític o s d esde las o c h o hasta las doce. A lm orzaba p u n
tualm ente a la una: cu a n d o so n a b a e l relo j, la fam ilia se reunía en torno
de la m esa; Freud sa lía d e su estu d io , su esp o sa se sentaba frente a él en
el otro extrem o, y se m a terializab a la d o n c e lla , llevan d o la sopera. D e s
pués salía a cam inar, para estim u la r la c ir c u lación de la sangre, a v e c e s
para entregar pruebas de im prenta o com prar cigarros. A las tres em p ez a
ban las co n su lta s, y a co n tin u a c ió n v e ía a m ás p acie n tes a n a lítico s, c on
frecu en cia hasta las n u e v e de la no che. L legaba en ton ces el m om ento de
la cena, había a v e c e s una breve partida d e naipes con su cuñada M inna,
o un p aseo co n su m ujer o una de su s h ija s, que a m en u d o term inaba en
un ca fé , don d e le ía lo s d iarios o , en vera n o , c o m ía un helad o. Pasaba el
resto de la n och e e scrib ien d o , le y e n d o y realizando tareas editoriales rela
cionadas con las p u b lica cio n es p sico a n a líticas que, d esd e 1908 en adelan
2 W ittels, en su b io g ra fía , de sc rib ió a Freud co m o de “natu raleza v o lc á n ic a ”;
en el m argen Freud dibujó un sig n o de a dm iración. (V é a se la p ágina 2 0 d el e je m
plar d e Freud d e l lib ro d e W ittels, Sigm un d F reud, Freud M useum , Londres.)
[1 9 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
te, d ifu n d ía n su s id e a s y l e c o m p lic a b a n la vid a. S e a c o sta b a a la
una. *>4
Freud pronunciaba sus conferencias en la universidad invariablem ente
los sábados, de c in c o a siete de la tarde, y tam bién invariablem ente se diri
gía después a la casa de su am igo L eop old KOnigstein para jugar al taroc
o , antiguo ju eg o de naipes para cuatro participantes, m uy popular en A u s
tria y A lem an ia. N o podía pasarse sin sus “T arockexzess” . * 15 L os d o m in
g o s por la mañana visitab a a su madre; al final del día escribía las cartas
que le habían quedado pendientes durante la sem ana. Las v a cacion es de
verano, anticipadas con ansiedad por todo el clan familiar, eran algo serio;
lo s planes para e so s m eses que se pasaban fuera de V iena ocupaban una
parte sustancial de la correspondencia d e Freud. “Sé — le escribió a A bra
ham en la primavera d e 1914— cuán d ifíc il es el problema del veran o.” * 16
E n el m un do b urgués que la gran guerra d estruyó en gran m ed id a, e l
S o m m e r p r o b le m e x ig ía la a te n c ió n m á s cu id ad osa. A m en u d o F reud
em p ezab a a buscar a principios d e la prim avera el lugar adecuado para
recuperarse de su trabajo c lín ic o , para las visitas de los íntim os y (cuando
bu llía en é l una idea im portante) para sem anas de soledad. A l llegar el
verano, después de m e se s de fatigosas horas de análisis, los Freud — los
padres, lo s seis hijos y la tía M in na— se instalaban en un hotel tranquilo
de las m ontañas de Bad G astein en A ustria, o en Berchtesgaden en Bavaria,
para pasar allí sem anas ju ntos, reco g ien d o setas y frutas, yendo a pescar y
entregados a fa tigosas cam inatas. Durante la últim a parte del verano (a g o s
to y principios de septiem bre) Freud se iba con su herm ano A lexander, o
un c o leg a afortunado co m o Sándor F eren czi, a explorar Italia. Una v e z, en
1 904, co n su herm ano, rea lizó u na in o lv id ab le visita breve a Atenas; a n o
nadado ante la A cró p o lis, r e flex io n ó sobre lo extraño que resultaba ver por
fin en la realidad lo que durante tanto tiem po y tan bien había c o n o cid o
s ó lo a través de lo s lib ros.
En su célebre estud io L a é tic a p r o te s ta n te y el esp íritu del c a p ita lis
m o , publicado en 1904 y 1 9 0 5 , m ientras Freud estaba com pletando sus
T res en sa yo s, el so c ió lo g o alem án M ax W eber habló crudam ente de una
jaula de hierro en la que está c o n fin a d o e l hom bre m oderno, en tanto v íc ti
m a de la puntualidad forzada, del trabajo destructor del alma y de la buro
cracia insensata. Pero el m etódico ritm o dé vida de Freud era una precondi-
ció n y estaba al serv icio del p lacer, no m en os que del trabajo. Fue injusto
c o n sig o m ism o al decir que só lo el trabajo lo divertía. V isitantes de B erg
ga sse 19, y com pañeros de sus excu rsio n es de verano, dieron testim on io
de la inigualable receptividad de Freud a las experiencias nuevas, durante
toda la década de lo s 50 a los 6 0 añ os, y tam bién después. A v ece s d esc o n
certaba a su s in v ita d o s refle x io n a n d o en s ile n c io durante una com id a,
dejando la conversación a cargo de su fam ilia. *•» Pero con m ayor frecuen
cia era un anfitrión cordial. D esp u és de que Abraham volviera de visitar a
Freud en diciem bre de 1907, todavía eu fó rico, le escribió a su am igo M ax
R etra to d e u n p r e c u r s o r e n o r d e n de ba ta l la [ 1 9 1]
Eitingon: ‘T u v e en su ca sa una recep ción extrem adam ente cordial. El m is
m o, la esp o sa , la cuñada y la hija m e llevaron a recorrer V iena, las c o le c
cio n e s de arte, el ca fé , al editor H eller y a una librería de v ie jo , etcétera.
Fueron d ías d e lic io so s”. * »
Si bien Freud, a pesar de su vitalidad, n o estaba a sa lv o de d epresio
nes, huía de cualquier m edia ció n som bría que se prolongara dem asiado. Al
recordar m ás tarde su v isita a E stados U n id os en 1909, com entó: “Enton
ces tenía so lam ente c in cu en ta y tres años, m e sentía jo v e n y san o” .
C uando su hijo M artín escrib ió sobre e so s años, recordó especialm en te a
su “padre alegre y g en ero so ”. V o lv ien d o , en busca de p recisión, a su a le
mán natal, reiteró que e l padre tenía «ue in fro eh lich e s H e rz ”, palabras tal
v ez n o perfectam ente traducidas c o m o “un corazón ju b ilo so ”» * 11 Anna
Freud co in cid e co n su herm ano m ayor; la personalidad real de su padre
— le d ijo a E m est J o n es— n o su rg e por c o m p leto de sus cartas, pues
siem pre estaban dirigidas a alg u ien , “para inform arle, o sosegarlo, o alen
tarlo, o para com partir problem as y cu estiones" . En general era “de humor
estab le, optim ista e in clu so a legre” ; p o ca s v e c e s se indisponía o perdía un
día de trabajo por enferm edad”. 3 * 22
El Freud enfurruñado c o n e l que n o s han fam iliarizado las fotografías
n o e s una ilusión; encontraba m u ch o s m o tiv o s de d isgu sto al mirar a su
alrededor y a su p rójim o, y n o s ó lo a sus seguidores d isidentes. Pero él era
algo m ás que eso . E m est Jones ha ob servado que a Freud n o le gustaba
que lo fotografiaran; por e s o su s im ágen es form ales son m ás som brías que
e l h om b re m ism o . S o la m e n te su s h ijo s, cám ara en m ano, pudieron
sorprenderlo co n la guardia baja y captar un rostro m enos form idable. El
Freud que se deleita ante un paisaje de m ontaña, una seta particularmente
suculenta o un panoram a urbano qu e n o había v isto antes, es tan auténtico
c o m o Freud, e l N e w to n d e la m en te, v ia jero solita rio d e los extraños
mares de pensam iento, o c o m o e l fundador que prohíbe y m ira d esd e arriba
a un hereje, con o jo s am enazadores.
Regularidad no sig n ific a rigidez. S in duda, su gusto por las organiza
cio n e s inform ales y por lo s n o m en o s in form ales acuerdos co n editores y
traductores provocó m ucha c o n fu sió n . Pero, m ás allá de todo esto , a Freud
le resultaba posible cam biar de o p inió n acerca de algunas de sus m ás pre
ciadas ideas. S a lv o cuando se trataba d e p rincipios del p sicoan álisis tan
ese n cia les co m o el de la sexu alid ad infantil, la etio lo g ía sexual de las n eu
3 El 28 de enero d e 1 9 5 2 , d esp u é s de leer las cartas de su padre a A braham y
E itin g o n , le e sc r ib ió a Jones lo sig u ie n te : “ A m en ud o m e h e so rp ren d id o el
hech o de qu e en esta s cartas é l se quejara de su sa lu d, m ientras q u e no so tro s nun
c a ]e o ím o s tales qu ejas en ca sa , todo lo c o n tra rio . D e algú n m odo he lle g a d o a
la con c lu sió n de que é ste era un m odo de defen derse de lo que se le pedía desde
afuera” . D esd e lu ego — co n tin ú a A nn a F reud— “en rela ció n c o n F lie ss, en la que
a n sia b a la com p a ñ ía d e l o tr o ” , n o h a b ía e m p le a d o e sa m a n io b ra d e fe n siv a .
(P ap eles d e Jones, A rch iv o s de la S o c ie d a d P sic o a n a lítica B ritánica, L on dres.)
[1 9 2 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
rosis y e l trabajo de la represión, estaba abierto a d esv iacion es teóricas y
terapéuticas que resultarían prom etedoras, e in c lu so ávid o de ella s. La
im p rovisación no le daba m ied o . Su co n v ersación , lo m ism o que su e stilo
epistolar, eran un m o d elo d e lucidez y vigor, que abundaba en form ulacio
n e s o riginales. Su reserva de c h istes, e n especial de agudos cuentos ju d íos,
y su insuperable m em oria, q ue retenía fragm entos pertinentes de poetas y
n o v elista s, lo convertían en a lguien especialm ente dotado para la sorpresa
apropiada tanto e n e l lenguaje oral c o m o en el escrito. Segú n se sabe, era
un conferenciante cautivador, d e elocu ció n lenta, clara y enérgica. T odos
los sábados, en la universidad — recuerda W ittels— hablaba "sin recurrir a
notas durante c a si d o s horas, y su s oyen tes se sentían subyu gad os”. El
m étodo d e e x p o sició n de Freud era “ el de un humanista germ ano, aligerado
por un ton o co lo q u ia l que probablem ente había adquirido en París. N ingu
na pom posidad y ningún m anierism o". In clu so en el discurso m ás técn ico
irrumpían su hum or y su inform alidad. L e gustaba — continúa W ittels—
"utilizar e l m étodo so crático. Interrumpía sus exp o sic io n es form ales para
form ular preguntas o invitar a la crítica. Cuando le hacían o b jecion es, las
abordaba co n in g en io y energía” . • *
Freud n o se apegaba o b sesivam en te al dinero, co m o podía haber sido
natural en alguien q u e fu e pobre durante tanto tiem po, y siem pre p reocu
pado por las finanzas de su fam ilia. Aparentem ente contrariado, se privó
de a lgu nos p laceres fam iliares, c o m o por ejem p lo asistir al debut en Viena
de su sobrina L illy Freud M arlé, una conocida recitadora, porque creyó que
n o podía perm itirse perder e se tiem po. Su disculpa, fue que é i era “una
sim ple m áquina de ganar dinero”, "un jornalero m uy dolado”. Pero no
se abstenía d e ser generoso co n qu ien es lo necesitaban. A lrededor de 1905
(Freud tem a cerca d e cin cuenta años) e l jo v e n poeta su izo Bruno G oetz,
que en to n ces estudiaba en V iena, fue a su consulta por unos d olores de
cab eza q u e ningún m edicam ento lograba aliviar. U no de los profesores de
G oetz le recom endó a Freud, del que le dijo que era un m édico que podía
ayudarlo y , para allanar el cam in o, le e n v ió a nuestro hom bre alguno de
los poem as del m uchacho. Freud h izo que su visitante s e pusiera cóm od o,
le pidió que narrara la historia de su vida, com pletada con detalles sexuales
ín tim os c o m o , por e je m p lo , o ca sio n a le s aventuritas ju v e n ile s con m arine
ros, y lle g ó a la c o n c lu sió n d e que e l p sicoan álisis n o era lo indicado en
su ca so . L e hizo una receta, y en apariencia de m od o casual, co n sig u ió que
G o etz hablara d e su pobreza. “ S í — dijo Freud— . La severidad con uno
m ism o tiene a lg o intrínsecam ente bueno. Pero no hay q ue extralim itarse.
¿Cuando c o m ió usted su últim o bistec?" G oetz adm itió que debía de haber
sid o unas cuatro sem anas antes. “ E so pensaba” , rep licó Freud, y en ton ces,
según recuerda G o etz, “casi co n em barazo”, le dio algunos c on sejos sobre
la d ieta, y un sobre. “ N o se ofen da c o n m igo, pero y o soy un doctor m adu
ro y usted e s todavía un jo v e n estudiante. A cép tem e e ste sobre y perm íta
me desem peñar e l papel d e padre, aunque só lo sea por esta vez. Una peque
R e tra to de u n p re c u rs o r en o rd e n de b a t a ll a [ i 93]
ña recom pensa por el placer qu e m e ha proporcionado con sus versos y
c o n la historia d e su ju ven tud . A d ió s, y v u e lv a a llam arm e alguna v ez . Es
cierto que e sto y m uy ocupado, pero una m edia hora, o una hora com pleta
libre siem pre la habrá. A u f W ied erseh n l C uando G o e tz lle g ó a su habita
ció n y abrió e l sobre, encon tró d o scien ta s coronas. “ Y o estaba en un esta
do tal d e agitación — recordó— que tuve que echarm e a llorar ruidosam en
te .” Freud tam bién ayudó a c o le g a s m ás jó v en e s, in clu so a p acientes,
con oportunas aportaciones ofrecid a s siem pre con tacto y aceptadas co n
gratitud.
E l m o d o d e a c t u a r d e Freud c o m o padre era coherente con sus carac
terísticas c o m o orador, escritor y filántropo m enor. S i bien m uchas de las
costum b res d o m éstica s del s ig lo X IX p ersistieron e n él durante toda su
v id a , él era un p a te r fa m ilia s burgués alg o diferente. Martha Freud, com o
todos sabían, consagraba su e sfu erzo a que e l tiem po y las energías de su
esp o s o estu vieran totalm ente d isp o n ib le s para in v estigar y escribir; lo s
arreglos prácticos d o m éstico s quedaban en sus com petentes y voluntario
sas m a n o s .4
Pero era característico d e la fam ilia que los hijos de Freud estuvieran
b ien ed u ca d o s (bien ed u ca d o s, n o in tim id a d os). Segú n recuerda el hijo
m ayor, la madre tenía un carácter a la v e z b ondad oso y firm e. “N o había
ningu na falta de d isc ip lin a .” L os Freud valoraban e l buen rendim iento
escolar sin enfatizarlo excesiv a m en te y, sin duda, el có d ig o im perante de
buen a conducta no prohibía las rondas d e c h iste s ni la alegría. “Y o sé
— recordó Martín Freud— q u e noso tro s, lo s hijos de Freud, hacíam os y
d ecíam os co sa s que a otras personas les parecían extrañas”; consideraba
que la su ya había sid o una edu cación liberal. “N unca se nos ordenaba que
h iciéram os e sto o que no hiciéram os aquello; nunca s e nos dijo que n o
hiciéram os preguntas. N uestros padres siem pre respondían a las preguntas
sensatas o nos daban e x p lica cio n es; n o s trataban c o m o a in dividuos, com o
a personas por derecho propio." S e trataba de la teoría educacional psi-
coanalítca aplicada co n cordura: reinaba una m oderna liberalidad en conjun
ció n co n un decoro propio de la cla se m edia. Martha Freud atestiguó que
por “d e s e o e x p r e s o ” d e su e s p o s o , n in g u n o de sus tres hijos v a ron es
“s ig u ió sus p a so s” . * Pero la h ija m en or, su A nnerl, se convirtió de todos
m od o s e n psíco a n a lista .“C on la hija n o p u do im pedirlo.” *a La historia
de lo s años posteriores de Freud dem uestra que en el fo n d o dio una caluro
sa acogida a e se d esafío a sus d eseo s.
U n conm ovedor e p iso d io d e la ad olescen cia de Martín Freud ilustra el
4 A cerca de una ex ce p c ió n im portante, desp ués de la Primera Guerra M un
d ia l, v é a se la pág. 4 3 1 - 4 3 2 .
s Habría que añadir que ninguno de los tres hijos varones de Freud pareció
dem ostrar vocación o talento algunos para seguir la carrera del padre.
[ 194] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
estilo d o m éstico de su padre. U n día de in vierno, Martín estaba patinando
co n su herm ana m ayor, M athilde, y su herm ano m enor, Ernst; lo s d os
m uchach os, d eslizánd ose juntos, chocaron co n un caballero ya m ayor que
tenía qu e d esplazarse cóm icam ente de aquí para allá con el objeto de no
caerse. Ernst h iz o a lgu nos com enta rio s rudos y totalm ente in necesarios
sobre aquellas m aniobras torpes, y un hábil patinador que había observado
e l in cid en te y crey ó que Martín había sid o e l culpable se acercó y lo abofe
teó. Martín Freud, im buido de ideas ju v en iles acerca del honor y la caba
lle r o sid a d , lo c o n sid e r ó una profunda h u m illa ció n . Para em peorar las
c o sa s, e l encargado le c o n fiscó e l carnet de so c io , y otro patinador, gordo
y desm añado, acercándose con esfuerzo, se presentó com o abogado y ofre
c ió representar al m uchacho en e l tribunal. E sto, recordó M artín Freud,
“n o hacía m ás que aumentar m i sen tim ien to de desesperación” : recurrir a
una a c ció n leg al v iolaba e l c ó d ig o m ed ieval en e l que entonces creía. S e
n e g ó c o n ind ign ación. M athilde Jogró qu e le devolvieran a su herm ano el
carnet de s o c io , y lo s hijos d e Freud, con todas estas n oticias, corrieron al
hogar para contarlas. S ó lo Martín se qu ed ó deprim ido por el curso de los
a con tecim ien tos. “ M e parecía que todo m i futuro había sid o destruido por
aquella desgracia.” Estaba seguro de que cuando tuviera que hacer e l servi
c io m ilitar “nunca podría ser un o fic ia l. L o pondrían a pelar patatas”, o tal
v e z n o pasaría d e hum ilde soldado raso destinado a vaciar los cubos de
basura o lim piar las letrinas. S e sentía co m pletam ente deshonrado.
Freud esc u c h ó con atención su anim ado relato, y después de que los
c h ic o s se calm aran, lle v ó a Martín a su e stu d io, y le pidió que le contara
tod o d e nu ev o , d esd e e l principio al fin. Martín Freud, aunque recordando
el resto d el e p iso d io con profusos d etalles, no pudo acordarse más tarde de
lo que su padre le dijo; sí, en cam bio, de que “ la tragedia destructora del
alm a” quedó reducida a “una fruslería desagradable y absurda”. * » Sea lo
qu e fuere lo que Freud h iz o por su h ijo aquel día, lo im portante e s que no
era un hom bre dem asiado preocupado n i dem asiado severo, ni un padre dis
cip lin a d o y dem asiado estricto, sin o qu e podía brindarle a su h ijo la afec
tuosa atención curativa que consideraba adecuada.
C o m o un típico burgués d e su ép o ca y de su cultura nórdica, Freud no
era m u y extravertido. S egú n recordó su sobrino Harry, mantenía “siempre
unas rela cio n es m uy a m istosas co n su s h ijo s”, pero no era “exp a n siv o ”,
sin o m ás b ien “siem p re un p o c o fo r m a l y reservado”. Por cierto, “pocas
v e c e s besaba a algun o de ello s; casi podría decir que en realidad nunca lo
hacía. E in clu so a la madre, a la que quería m u cho, sólo la besaba por
fuerza al despedirse”. *w Pero en 1 929, en una carta a E m est Jones, Freud
habló d e “una fuente de ternura” que había dentro de él, con la que siempre
se pod ía contar. Tal v e z n o fuera m uy p r o clive a exhibir e so s sentim ien
to s, “ p ero en m i fa m ilia lo s c o n o c e n ”. ♦*» Es probable que lo que negaba a
sus m uchach os lo entregara de buena gana a las chicas; en una de sus v is i
tas, Jones v io a una de las hijas de Freud, “enton ces una escolar ya crecidi-
R etrato de u n p r e c u r s o r en o rd en de bata lla [ 1 9 5]
ta, sentada en su r e g a zo ”. * 3Z Las m uestras de afecto de Freud, los indicios
su tile s que su p a c ie n c ia transm itía a sus h ijos, bastaban para crear un
am biente em ocional de c a lid e z y sustancial confianza. "Los abuelos — le
escrib ió a Jung en 1 9 1 0 — p o ca s v e c e s son ásperos, y quizá y o tam poco
lo he sid o co m o padre.” *® S u s hijo s atestiguaban c o n alegría esa autoe-
valuación.
P l a c e r e s d e l o s s e n t id o s
D e m o d o qu e Freud n o fue un rigorista. T am p oco un
asceta. Su actividad sexual parece que se fue reduciendo
d esde edad temprana; sabem os que en agosto de 1893,
cuand o só lo tenía treinta y siete añ os, estaba vivien d o
e n la a b stinencia se x u a l. Pero é s e no fue el fin. Anna,
su ú ltim o h ijo , n a c ió en d iciem bre de 1895. A l año
siguien te inform ó a F lie ss (siem p re en b u sca de ritm os b io ló g ic o s) que
regularm ente, cada v ein tio c h o días, “n o tengo ningún d ese o sexual y soy
im potente, lo qu e, d esp ués d e to d o , tam poco e s a lg o norm al en m i c a
so” * « Y en 1897 le co m u n icó un sueñ o en el que aparecía su biendo por
una escalera co n m uy p o c a ropa puesta, se g u id o por una mujer. El se n ti
m iento correspondiente n o era de “angustia sino de ex cita ció n erótica” . *35
E s cierto, c o m o h em o s v isto , qu e en 1 9 0 0 señ aló que había dejado de
procrear. **> Pero hay algunas pruebas enigm áticas en e l sentido de que no
había dejado aún de experim entar ex cita cio n es sexu ales, ni, sin duda, de
practicar el co ito, y que n o iba a hacerlo en lo s sigu ien tes d ie z años o
m ás. En ju lio de 1 9 1 5 tu vo una serie d e su eñ os que pronto registró y ana
lizó . En uno de e llo s aparecía su mujer. “M artha v ie n e hacia m í, se su p o
ne que e sto y anotándole a lg o ... escrib o en una libreta, saco un lá p iz ...
T od o se v u e lv e m u y c o n fu s o .” A l interpretar e l su eñ o, Freud presenta
d iverso s restos diurnos para e x p lic a r lo , entre e llo s , inevitab lem en te, su
“significa d o sex u a l”: el su eñ o “tiene qu e ver con el m a g n ífico co ito del
m iérco les por la m añana” . E n ton ces tenía cincuenta y n u eve años. D e
m odo que cuando, e s e m ism o añ o, Freud le dijo a Jam es Jackson Putnam
que había “h ech o m uy p o c o u so ” de la libertad sexual que preconizaba,
en lo esen cial estaba expresando su aversión a las aventuras extram atrim o-
niales. L o m ism o que a lg u n o s d e su s su eñ o s, algunos de sus artículos y
com entarios ocasio n a les sugieren frondosas fantasías eróticas persistentes
a lo largo de lo s años. T al v e z fu eron fantasías en su m ayor parte. “N o so
tros, las personas cu ltas (k u ltu rm en sch en ) — le s co m en tó a sus seguidores
c o n resig n a c ió n sa rd ónica a lo s c in cu en ta y un a ñ os— esta m o s todas
[1 9 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
inclinadas a la im poten cia p sic o ló g ic a ”. F rívolam ente, con a lg o más que
un toque de m ela n co lía , sugirió algunos m eses más larde que sería útil
revivir una institución antigua: “una academ ia del amor, donde se enseñe
e l a rs am andi” . * » N unca dejó entrever la m edida en que él m ism o practi
caba lo que hubiera enseñado en esa academia. Pero la m ención especial
del “m agnífico c o ito ” de 1915 perm ite pensar que debieron de existir o ca
siones en las que fracasaba.
La renuncia de Freud fue consecu en cia en parte del m arcado disgusto
que le provocaban todos lo s m étodos c o n ocid os entonces de control de la
natalidad. Sab em os que a principios d e la década de 1890, m ientras ex p lo
raba — en sus p a cientes y, co m o parece sum am ente probable, tam bién en
su propio m atrim onio— el o rigen sexu al de las n eurosis, deploró las fa s
tidiosas con secu en cia s p sic o ló g ic a s d e la am iconcepción. Creía que, salvo
en las circunstancias m ás favorables, era probable que el em p leo del pre
servativo produjera m alestar neurótico. El co iíu s interru ptu s y otras prác
ticas n o eran m ejores; seg ú n e l m éto d o que se em pleara, era probable que
el hom bre o la m ujer term inaran co m o v íctim a s de la histeria o de una
n e u r o sis de a n g u stia . " S i F reud hu b iera c o n tin u a d o c o n su s p ro p io s
esfuerzos en esa dirección — ha observado Janet M alcolm — se habría c o n
vertido en el inventor de un b u en preservativo, y n o en e l fundador del p si
co a n á lisis.” *40 T al co m o fueron las c o sa s, supo sacar partido de las d ifi
cultades resultantes de lo s e fe c to s de las an ticoncepción com o lo había
hecho de otras tantas c la v es con cernientes al funcionam iento de la m ente
hum ana, in c lu y e n d o la p r o p ia , e n su s á m b ito s m ás se c r e to s. En lo s
m em orandos que le en v ió a F lie ss sobre e ste d elicado tem a no se m en cio
na a sí m ism o , sin o a sus p a cien tes y a lo s m o d o s en que su teoría apro
vechaba las francas co n fe sio n e s que ello s le hacían. Pero sus borradores, a
la v e z con fia d o s y apasionados, hablan tam bién de un com prom iso p erso
nal. E n e llo s resuen a su tilm e n te su m ás b ien in sa tisfe ch a ex p er ie n c ia
sexual.
D e un m odo aun m ás sutil, la renuncia de Freud parece haber estado
relacionada co n su exp ectativa d e una m uerte temprana. En 1911, le dijo a
Em m a, la esp osa d e Jung: “M i m atrim onio ya está caducado desde hace
m ucho tiem po, ahora no queda nada m ás que hacer s a lv o ... m orir”. *■“
Pero tam bién encontraba en la abstinen cia algún m o tiv o de orgu llo. En su
artículo sobre la m oral sexu al civilizad a, p ublicado en 1908, ob servó que
la c iv iliza ció n m oderna plantea e x ig en cia s extraordinarias a la capacidad
para la contención sexual, especialm ente e n quienes pretenden dedicarse a
la cultura; p id e a las personas que s e abstengan del intercam bio sexual
hasta que estén casadas, y, d espu és, que lim iten su actividad sexual a un
ún ico com pañero. Freud estaba con ven cid o de que para la m ayoría de los
seres hum anos tales e x a c c io n e s so n im p osib les d e satisfacer, o bien se
satisfacen a un c o sto e m o cio n a l exorbitante. “S o lo una m inoría logra el
d om in io a través de la su blim ación , a través del d esv ío de las fuerzas in s
R etrato de u n pr e c u r so r en o rden de batalla [ i 97]
tintivas sexu ales h acia m etas culturales superiores, e in clu so en e s e caso
sólo co n interm itencia .’' La m ayoría de los otros, “ s e vu elv en neuróticos
o sufren otro tipo de perturbaciones”. *4Í
Pero Freud n o pensaba que él m ism o fuera un n eurótico o estuviera
perturbado; por el contrario, no tenía dudas en cuanto a q ue había sublim a
do sus instintos y estaba realizando un trabajo cultural del m ás alto rango.
Sin em bargo, el v ie jo Adán n o estaba sojuzgado; en sus últim os años,
Freud disfrutaba v isib lem en te co n la adm iración de m ujeres herm osas; la
bella y form idable L ou A nd reas-S alom é fu e sólo la m ás im presionante de
entre ella s. En 1907, escrib ien do d esd e Italia en una ép oca en la que presu
m iblem ente ya había avanzado m ucho en la su b lim ación de sus im p u lsos,
le dijo a Jung que había tropezado con un jo v en c o leg a d e éste, que parecía
“haber estado de n u evo con alguna hembra. Esa práctica dificulta la teo
ría” . El ep iso d io lo lle v ó a reflexionar sobre su propia práctica: «C uando
haya v en cid o por c o m p leto m i libido (e n el sentido m ás com ún de la pala
bra) iniciaré una “v id a de A m or a la H um anidad” ». * « En apariencia, en
1907 todavía n o había v e n c id o a su libido, en e l sen tid o m ás com ún de la
palabra.
D e m odo que Freud sig u ió aceptando durante m ucho tiem po lo s p la
ceres de lo s sentid os. M a n ifestó alguna sim patía por la fam osa sentencia
de H oracio, carpe diem (“ aprovecha el día presente”), una defensa filosófica
de la actitud de aferrarse al placer d el m om ento, que apela a “la incertidum -
bre de la vida y la esterilidad de la renuncia virtuosa”. D espués de todo
— co n fesó — cada uno de nosotros ha tenido horas e instantes en lo s que
ha adm itido que esta filo s o fía de la vida e s correcta”. En tales m om entos,
podem os criticar la despiadada severidad de las enseñanzas morales: “ Ellas
só lo saben e x ig ir , sin o frecer c o m p e n s a c io n e s”. « *** M oralista sev e ro
com o era, Freud n o le n e g ó su tu m o al placer.
Los o b jetos acum ulados por Freud en su casa a lo largo de lo s años
hablan del tipo de g ratificación sensual que é l, m éd ico y hom bre de fam i
lia, encontraba al m ism o tiem p o agradable y aceptable. B erggasse 19 era
un pequeño m undo q ue reflejaba ele c c io n e s deliberadas; situaba con seguri
dad a Freud en e l seno d e su cultura m ás am plia, tanto por lo que contenía
com o por lo que, sorprendentem ente, n o contenía. Freud era un típ ico bur
gués educado de su época; sin em bargo, su actitud con respecto a lo que su
6 En un p e q u eñ o y d e lic io s o e n sa y o so b re la tra n sito rie d a d , e s c r ito (es
im portante observarlo ) durante e sa in sen sata carnicería qu e fue la Primera Guerra
M undial, Freud so stu v o qu e si b ien toda b e lle za e stá d estin a d a a la decadencia,
esta verdad no entraña ni n o s ta lg ia por c ier ta in m ortalidad m ítica ni m ela n co lía
plañidera: “ S i una flo r dura so la m e n te una n o ch e, no por e so su p len itud debe
parecer m en o s e sp lé n d id a ”. L o que im porta e s la e m o c ió n qu e la b e lle za y la per
fe c c ió n su scita n en e l m o m e n to m ism o en qu e lo h a c e n . ( “ V er g a n g lich k e it"
[ 1 9 1 6 ], G W X , 3 5 9 / “ O n T ra n sien ce" , S E X IV , 3 0 6 .)
[1 9 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
cla se profesaba apreciar y a m enudo apreciaba realm ente (las artes plásti
cas, la m ú sica, la arquitectura, la literatura) n o resultaba totalm ente prede
cible. Estaba lejo s de la in sensibilidad a la b elleza creada por el hombre.
En 1913 le resu ltó grato saber que Karl Abraham estaba pasando unos días
e n un lugar de d escanso holandés d e N oordw ijk aan Z ee, donde él había
pasado antes algunas vacacion es. “Sobre todo lo s crepúsculos — recordó—
eran g lo r io so s.” Pero apreciaba in clu so m ás las obras realizadas por el
hom bre. “L os pequeños pueblos h olan deses son encantadores. D elft e s una
pequeña jo y a .” * « L os pintores y escu ltores — y los arquitectos— le pro
curaban m u ch o s p laceres v isu a le s, m ás placer in c lu so que lo s paisajes
naturales.
S e n sib le o no a la b e lle z a , en general los gustos de Freud se orienta
ban hacia lo con ven cio n a l. Las cosas que e lig ió para que le acompañaran
e n su vida cotidiana no com prom etían su conservadurism o, su celebración
de las tradiciones bien establecidas. Le gustaba e l tipo de recuerdos que la
m ayoría de lo s burgueses del sig lo X IX consideraban tan indispensables
para su bienestar: fo tografías de lo s m iem bros de la fam ilia y am igos ínti
m o s, so u v e n irs d e lugares visitados y recordados con placer, grabados y
p iezas escu ltóricas que, por a sí decir, eran legados del antiguo régim en en
la s artes: todos e llo s a cad ém icos, sin osadía. Las re v olu cion es que en los
ám bitos de la pintura, la p oesía y la m úsica estallaban en torno de él no
llegaban a afectarlo: cuando se im ponían a su con ocim ien to (lo que era
p o co frecuente) las desaprobaba con energía. A juzgar por los cuadros de
Freud, nadie diría que cuando se m udó a B erggasse 19 e l im presionism o
francés ya llevab a algún tiem po en actividad, o que K lim t y K okoschka, y
m ás tarde S ch iele, ya estaban trabajando en V iena. A l com entar con veh e
m ente d isg u sto un retrato dibujado de Karl Abraham “ sum am ente m oder
n o ”, le dijo al m o d elo que le horrorizaba comprobar «con cuánta crueldad
tiene q u e ser castigada su tolerancia o sim patía por el “ arte” m oderno». **<•
Las c o m illa s sa rcásticas que encierran la palabra “arte” son expresivas.
Enfrentando al im presionism o, Freud le adm itió francam ente a Oskar P fis
ter que él era un filiste o . * «
D e m anera coh erente, lo s m u eb les que atestaban el apartam ento de
Freud ignoraban todos lo s diseños experim entales q ue en aquel entonces
transformaban las viv ien d a s de las fam ilias vien esa s m ás al día. La fam ilia
d e Freud v iv ía en m ed io de un só lid o confort Victoriano, con sus m anteles
bordados, sus silla s tapizadas en felpa, los retratos fotográficos enmarca
d o s, y una profu sión de tapetes orientales. En su apartam ento se respiraba
un ec le c tic ism o totalm ente aceptado, que se reflejaba en una acum ulación
de ob jeto s, lo s cu a le s, lejo s de o b edecer al program a de un decorador,
hablan d e la búsqueda de placeres d om ésticos, a lo largo de los años, sin
ninguna com plica ció n. Para los Freud, esa plenitud am azacotada, que gus
tos más austeros podrían haber desdeñado com o opresiva, era aparentemen
te tranquilizadora; cum plía co n el program a para la vida d om éstica que
R e tra to de u n p re c u rs o r en o rd e n de b a ta lla [ 199]
Freud estip uló antes d e casarse, y daba testim onio tanto d e la prosperidad
finalm en te alcanzada, c o m o d e e x p e rien cia s recordadas co n cariño. Por
cierto, la prosperidad y lo s recuerdos p u sieron su se llo en las habitaciones
p rofesionales de Freud — su con su lto rio y su estu d io privado— no m en os
que en las otras estan cias d e B erg g a sse 19. Su análisis del arte fue m ucho
m ás radical que sus g u sto s e stético s.
U n c o n fl ic t o m u y sem ejante penetraba las actitudes d e Freud con
respecto a la literatura. S u s tratados, m on ografías y artículos proclam an la
am plitud de sus lectu ra s, su m em oria y su e x ig en te sen tid o del e stilo .
C om o sab em os, a m en u d o recurría a sus c lá sic o s alem anes favoritos, en
esp ecia l a G oethe y S ch iller, y a S hak espeare, quien le planteaba enigm as
fascinantes, y al que p od ía recitar in e x te n so en su in g lé s casi p erfecto.
In gen io s c o m o H ein rich H ein e y h u m oristas m en o s su tiles co m o W il
helm B u sch le p roporcionaban e jem p lo s m ordaces. Pero al eleg ir a sus
favoritos, desdeñó a la vanguardia europea de su época; co n ocía a Ibsen,
principalm ente c o m o v a le r o so icon o cla sta , pero no parece que le gustaran
m ucho poetas c o m o B audelaire o dram aturgos c o m o Strindberg. Entre los
vien eses (que en aqu ellos días estaban escrib iendo, pintando y com p on ien
do m úsica en una atm ósfera electrizada co n irreprimibles im p u lsos m oder
nistas) hem os v isto que s ó lo Arthur S ch nitzler m erecía su aplauso in eq u í
v o co , por su s profundos estu d io s p s ic o ló g ic o s sobre la sexualidad en la
sociedad v ienesa contem poránea.
E sto no sig n ifica que Freud no reservara algo de su tiem po para leer
n ov ela s y e n sa y o s por puro placer. L o h acía, y su s gu stos eran universa
les. Cuando n ecesitaba relajarse (en esp ecia l durante las convalecen cias de
sus op era cio n es, h acia e l fin al de su v ida), saciaba su gu sto por los m iste
rios y lo s a se sin a to s c o n autores c lá s ic o s de n o v ela s p o lic ía c a s, co m o
A gath a C h ristie y D o ro th y S a y ers. *4* D e sd e lu e g o , por lo general su
material de lectura era m ás e levado. En 1 9 0 7 , en respuesta a un interroga
torio de su editor H u g o H eller, q u e le pedía una lista d e d ie z libros “bue
n o s” , Freud in c lu y ó dos escritores s u iz o s, d os franceses, d os in g leses, un
ruso, un holandés, un austríaco y un norteam ericano: G ottfried K eller y
Conrad Ferdinand M ey er, A n atole France y E m ile Z ola, Rudyard K ip lin g
y Lord M acaulay, D m itri M erezh kovski, “ M ultatuli”, Theodor G om perz y
Mark T w ain. *4» L o m ism o que su s p referencias en artes p lásticas, las
literarias eran relativam ente seguras, bastante m enos atrevidas de lo que
podía haberse esperado en sem ejante incon form ista. Pero por lo m en os
presentaban un p o c o d e reb eld ía. “ M u lta tu li”, el en sa y ista y n o v elista
h oland és Eduard D o u w e s D ek ker, tenía a lg o de reform ador p o lític o y
moral; E l lib ro d e ¡a s e lv a , de K ip lin g, p odía leerse co m o una im aginativa
protesta contra la a rtificio sid a d d e la c iv iliz a c ió n m oderna, y sin duda
Mark T w ain era e l m ás irrespetu oso de lo s hum oristas.
Por cierto, algunos d e lo s favoritos de Freud, co m o los en sayos re su e l
[2 0 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
tam ente optim istas sobre la cultura inglesa de los sig lo s X V II al X IX , de
M acaulay, y la no m en os resueltam ente liberal historia de la filo so fía de la
antigua Grecia, de G om perz, eran libros un tanto subversivos a su m odo.
N os recuerdan la imborrable deuda de Freud con el pensam iento de la Ilus
tración diecio ch esca , con su espíritu crítico y sus esperanzas para la hum a
nidad, tal com o lo experim entó directam ente a través de sus lecturas de
D iderot o V oltaire, o indirectam ente, tal co m o se filtró en sus herederos del
s ig lo X IX . El tem a principal, tanto de la obra de M acaulay c o m o de la de
G om perz, era la d ifusión triunfante de la luz y la razón en un m undo pro
fundam ente ensom b recido por la superstición y la persecución. Sabem os
que a Freud le gustaba decir que estaba malgastando su vida en destruir ilu
sio nes, pero a pesar de su firm e pesim ism o, a veces disfrutaba jugando con
la ilusión de que e l p rogreso fuera p o sib le, y tal vez acum ulativo, en lo que
se refiere a los asuntos hum anos. V ale la pena observar que cuando escri
bía, para su pub licación, sobre la p sico lo gía del individuo, de las masas o
de la cultura co m o un lodo, era m enos esperanzado. Mientras leía por pla
cer, aparentemente Freud se perm itía algunas de las fantasías gratificantes
que reprimía con severidad durante sus horas de trabajo.
N o sorprende que lo s v ered ictos literarios de Freud fueran a m enudo
claram ente p o lítico s; una de las razones de que eligiera a A natole France
era que este autor desplegaba un franco an ti-antisem itism o; una de las
razones de que atribuyera a D m itri M erezhkovski, autor de L a n o v e la d e
L e o n a rd o d a V in ci, un m érito m u ch o m ayor que el que m erecía, era que
M erezh kovski elo g ia b a a un artista del R enacim iento al que Freud adm i
raba por su in dep en dencia y su coraje intelectu al. Pero la m ayoría de los
e scritores favo rito s de Freud lo eran por su co n d ició n de in teligen tes p si
c ó lo g o s am ateurs. P odía aprender de e llo s, a sí co m o — según pensaba—
los b ió g ra fo s y lo s antro p ó lo g o s pod ían aprender d e él. E sto no sig n ific a
reducir a Freud a la c o n d ició n d e f ilis te o con secu en te, in clu so aunque él
se aplicara e s e c a lific a tiv o a s í m ism o . P ero e s inn egab le el m atiz u tili
tario de sus g u sto s. T al c o m o c o n fe s ó en 1914, e n su artículo sobre el
M o is é s de M iguel A n gel: “A m en ud o he notado que el tem a de una obra
de arte m e atrae co n m ás fuerza que sus propiedades form ales y técnicas,
las c u a le s, despu és de todo, son las qu e el artista p rincipalm ente valora.
Sin duda, m e falta una com p ren sión adecuada de m uchos de los m étodos
y algunos de los e fe c to s del arte” . * » Freud reconocía la distin ción entre
el placer puram ente form al, esté tic o , y e l placer que puede proporcionar
el tem a de la obra p lástica o literaria. Pero a llí se detenía, en parte por
que pensaba que lo s m odos de actuar de los artistas estaban m ás allá de
toda co m p ren sió n p o sib le, “ Para e sto s hom bres el sig n ifica d o im porta
p oco; tod o lo qu e le s interesa es la lín ea, la form a, la arm onía de lo s
con tornos. Están entregados al L u sip r in zip ." ? En *si agudo contraste, en
7 Freud fue un d istin g u id o e stilista y un im p la ca b le crítico de sus propias
R e tr a to de u n p r e c u r s o r en o rd e n de b a ta lla [ 201]
Freud e l p rin cip io de realidad afirm aba su predom inio sobre e l p rincipio
de placer.
Esa manera práctica de pensar d io form a inevitablem ente a la relación
de Freud con la m ú sica , m ás bien distan te y estrafalaria. P uso é n fa sis en
proclam ar su ignorancia en m aterias m u sic a le s, y adm itió que no tem a
oíd o . En su In terp reta ció n d e lo s su eños prácticam ente se ja ctó de ello: al
canturrear el d e sa fío de F ígaro al cond e A lm a viva en el primer acto de L a s
bodas d e F ígaro, pensaba que “tal v e z algún otro no hubiera reconocido la
m elod ía”. *52 Los que se v ieron ob lig a d o s a oírle tararear arias de las ó p e
ras de M ozart confirm aron que e se com entario era dem asiado cierto. * 53 N o
buscaba la com pañ ía de m ú sic o s y , se g ú n o b servó parcam ente su hija
A nna, “nunca fue a con cierto s” . *** P ero disfrutaba de la ópera, o m ejor,
de algunas óperas. Sus h ijas, repasando su s recuerdos, pudieron encontrar
cinco: D o n G io v a n n i, L a s b o d a s d e F íg a ro y L a fla u ta m á g ica , de Mozart;
C arm en, de B izet; y L o s m a e stro s c a n to r e s, d e W agner. • « La lista e s tan
segura co m o m ezquina: nada de C laude D e b u ssy ni de Richard Strauss.
Entre las óperas de W agner, sin duda L o s m a estro s ca n to re s (después de
obras tem pranas co m o por e jem p lo E l holandés erran te) es la m ás a c c e si
b le. Y C arm en, aunque le c o s tó algún tiem p o conquistar París d espués de
su estreno en la ciudad e n 18 7 5 , rápidam ente se con virtió en una de las
m ás fam osas en lo s p a íses d e lengua alem ana. Brahm s, W agner y T chai-
kovsky (que estaban de acuerdo en m u y p ocas otras c o sas) coincidieron en
que la últim a ópera d e B iz e t era una obra maestra; N ietzsch e, que a sistió a
por lo m enos v ein te rep resentacion es de esa obra, in v o có su vitalidad y su
encanto ga lo en su p o lém ica andanada contra los dram as m usicales teutó
n ic o s de W agner, p esa d o s y d ecad en tes; B ism arck, un bien inform ado
amante de la m úsica, se jactaba de haberla escuchado vein tisiete v e c es. * «
Para disfrutar con esas óperas n o se n ecesitaba ser un partidario de la van
guardia. S in duda Freud las co n o c ía lo su ficien tem en te bien com o para
citarlas al serv icio de sus fines; en distintas oportunidades se refirió al aria
de F ígaro “ S e v u ol bailare, signor co n tin o ” ; a la declaración de Sarastro a
la princesa Pam ina, en L a fla u ta m á g ica , en el sentido d e que él no podía
obligarla a am arlo; a L ep o rello en um erán d ole im p údicam ente a D onna
Elvira el catálogo de las conq u ista s de D on G iovanni.
El atractivo que ejercía la ópera en alg u ien co n tan poca sensibilidad
m usical co m o Freud está le jo s de ser m isterioso. D esp u és de todo, la ó p e-
p rod u ccion es. Su don para “la a utocrítica — le e scr ib ió a F eren czi— n o e s agra
d ab le” , pero, jun to con su co ra je, c o n sid era b a qu e co n stitu ía su m ejor rasgo. Fue
su autocrítica la que “ha h e c h o una s e le c c ió n e stricta d e m is p u b lica c io n es. S in
e lla , pod ría haberle o fre cid o al p ú b lico tres v e c e s m ás". (Freud a F eren czi, 17 de
octubre de 1910, F reud -F erenczi C o rresp o n d en ce, Freud C o lle c tio n , L C .) Esto
parece m ás bien e x c e siv o , pero pu esto qu e Freud ten ía la costu m b re de destruir
su s borradores y n o ta s, p od ría ser c ie r to . S in em b a rg o , e llo no lo c o n v ie rte en
un crític o literario.
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ra e s m úsica con palabras, canto fun did o co n acción dramática. A l igual
que la m ayor parte de sus lecturas, le podía ofrecer la agradable con m oción
d el renacim iento; a su m od o extravagante, a m enudo m elodram ático, la
ópera trataba sobre lo s problem as p sic o ló g ic o s que preocuparon a Freud
durante toda su vida adulta: el amor, e l o dio, la co d icia , la traición. M ás
allá de esto , la ópera, es tam bién un espectácu lo, y Freud era particular
m ente sensible a las im presiones v isu a le s. Esa es la razón de que mirara a
sus pacientes con tanta intensidad c o m o lo s escuchaba. L o que e s m ás, la
ópera describe la aparición de perturbadores conflictos m orales con resolu
cio n e s m orales satisfactorias; presenta protagonistas locu aces enzarzados
en e l com bate del b ien y el m al. D e las cin c o óperas favoritas de Freud,
todas sa lv o Carm en, y de m o d o m á s o b v io La fla m a m ágica y L o s m a e s
tros cantores, pintan el triunfo de la virtud sobre e l v ic io , un d esen lace qué
procura placer a lo s oyentes m ás refinados, además de proporcionar infor
m ación sobre las luchas que desgarran las m entes de hom bres y m ujeres. *
L a o p e r a y, en el m ism o sentido, tam bién el teatro, eran d iversiones
p o co frecuentes en la vida de Freud. En cam bio, uno de sus más regulares y
recurrentes placeres co tidian os era la com ida. Freud n o fu e nunca ni un
g ourm et ni un gourm and; co m o sabem os, n o toleraba m uy bien e l vino.
Pero sus com idas le gustaban lo bastante com o para consum irlas con una
concentración silen ciosa. Durante lo s m eses que pasaba en Viena, la com ida
principal, la M itta g essen , servida puntualm ente a la una, constaba de sopa,
carne, verduras y postre, “e l alm uerzo habitual de tres platos, m odificado en
ciertas temporadas c o m o cuando, en prim avera, tenemos un plato adicional
de espárragos”. A Freud le gustaban especialm ente las alcachofas italianas,
la carne de vaca guisada (R in dfleisch) y el rosbif con ceb olla, pero no la
c o liflo r y el p o llo . Era aficionado a la comida bürgerliche, sólida, que
deja satisfecho, sin e l m enor loque de la refinada cocina francesa.
E n cam b io, no había n ingún m atiz de reparo en su gu sto por los c ig a
rros. Era fatalm ente adicto a ellos; cuando a principios de la década de
1 8 9 0 , F lie ss (d espu és de to d o , e sp e c ia lista en nariz y garganta) se los
p rohibió para poder curar sus c a ía n o s nasales, Freud ca y ó en la d esespera
ció n y le rogó patéticam ente que n o lo hiciera. Había com enzado a fumar
a lo s veinticuatro aflos, al p rincip io cig a rrillos, pero pronto só lo cigarros.
A firm aba que ese “h ábito o v ic io ” — c o m o lo llamaba— aum entaba co n si-
s D eb e observarse que en la ópera preferida de Freud, D o n G io v a n n i, e ste
triu n fo e s extr em a d a m en te a m b ig u o . D o n G io v a n n i, qu e d e sa fía la s norm as
im perantes de la m oral y la r elig ió n , term ina en el in fierno, pero su bú sq ueda
d el placer es tan desp reocu pad a, y su co n d u cta frente a la c o n d en a ció n y la m uer
te tan heroica, que la ó pera in v ita a un a resp u esta m ás co m p leja que — d iga
m os— la qu e su scita la r ec o n c ilia c ió n de L a s b o d a s d e F ígaro. Pero, p u esto que
n o ten em os com entarios d eta lla d o s de Freud sobre D o n G io v a n n i, n o s r esu lta
im p o sib le conjeturar lo qu e esta ópera sig n ific a b a para é l.
R e tra to de u n p re c u rs o r en o rd e n de b a ta lla [ 203]
d erablem ente su capacidad para trabajar y lograr el autocontrol. Sign ificati
v a m e n te , e l padre, “un gran fum ador" que “s ig u ió sié n d o lo hasta su s
ochenta y un añ o s”, había sido su m o d elo . *» En aquellos días, desde lu e
g o , el Freud fum ador de cigarros contaba con una apreciable com pañía. En
las reuniones sem anales celebradas en su casa, la criada distribuía c e n ic e
ros en la m esa, uno para cada invitado. U n m iércoles por la n oche, ya tar
d e, después de que uno de esos encuentros concluyera, Martín Freud pudo
echar una mirada — o, m ás bien, aspirar una bocanada de esa atmósfera. La
habitación “estaba todavía llena de h um o y m e pareció una m aravilla que
seres hum anos hubieran podido v iv ir en ella durante horas, por no decir
v iv ir en e lla sin ahogarse” . *® Cuando su sobrino Harry tenia d iecisiete
años, Freud le o freció un cigarrillo; el jo v en lo rechazó, y e l tío le dijo:
“M uchacho, fumar es u no de los m ayores y m ás baratos g o ces de la vida,
y si de antem ano decides no fumar, no puedo hacer más que sentirlo por
ti” . Se trataba de una gratificación sensual que Freud no podía negarse
y por la que iba a pagar un p recio exorbitante en dolor y sufrim iento.
Sabem os que en 1897 — com partiendo una intuición que nunca desarrolló
en un artículo— le dijo a F lie ss que las a d ic cio n es (y ex p líc ita m e n te
in c lu y ó la ad icció n al tabaco) son só lo sustitutos del «tínico gran hábito ,
la “adicción prim ordial”», la m asturbación. * « Pero no pudo traducir su
com prensión p sico ló g ica en una d ecisió n que le obligara a dejar de fumar.
A si c o m o el irrem ediable amor de Freud por los cigarros atestigua la
supervivencia de n ecesidad es orales prim itivas, e l gusto por coleccionar
antigüedades revela residuos, en la vida adulta, de g o ces anales no m enos
p rim itivos. Lo que é l alguna v ez llam ó su “p red ilección por lo prehistóri
co ” era, com o le dijo a su m éd ico M ax Schur, “una adicción que só lo
seguía en intensidad a su adicción a la n icotina”. El consultorio donde
Freud atendía a sus analizandos, y e l estudio contiguo, fueron quedando
gradualm ente atestados de tapetes orientales, fotografías de am igos, placas,
etcétera. Las estanterías cerradas co n cristales estaban llenas de libros y
cubiertas de objetos; las paredes, tapizadas con fotos instantáneas y graba
d os. El fam oso diván era todo un dechado de in gen io por s í m ism o; en él
se am ontonaban infinidad de alm ohadones y había una alfom bra a sus pies
para uso de los p acientes cuando hacía frío; lo recubría un tapiz persa, un
Shiraz. P ero la s p resen cia s que m ás abundaban en las hab itacion es de
trabajo de Freud eran las esculturas esparcidas sobre todas las superficies
d isp o n ib les: form aban fila s apretadas en los esta n tes, se am ontonaban
sobre las m esas y en las vitrinas, e invadían el ordenado escritorio de
Freud, donde las m antenía bajo su mirada afectuosa mientras escribía sus
cartas y redactaba sus artículos.
E sa selva de esculturas era lo que sus pacientes y visitantes recordaban
co n m ayor intensidad. Hanns Sachs, m iem bro del círculo íntim o de Freud,
o b servó que, si bien la c o le c c ió n estaba “ todavía e n sus etapas in ic ia les”
[2 0 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
cu and o é l v isitó por primera v e z B erggasse 19 en 1909, “algunos de los
objetos atraían de inm ediato la mirada del visitante”. •«* P oco después de
in iciar su aná lisis al año sig u ien te, tam bién al H om bre de los Lobos los
ob jetos antiguos de Freud le parecieron fascinantes: “ Había siem pre una
se n sa ció n de paz y calm a sagradas” en lo s “dos estu d ios co n tigu os” de
Freud, que le recordaban, no “el consultorio de un m éd ico sin o m ás bien
e l estu dio de un arqueólogo. Había todo tipo de estatuillas y otros objetos
in usu ales, que in clu so el profano podía reconocer c o m o hallazgos arqueo
ló g ic o s del antiguo E gipto. En las paredes, aquí y a llí se veían placas de
piedra que representaban escenas diversas de épocas hace m ucho tiem po
extin g u id a s”. * «
T o d o s eso s objetos habían sido reunidos am orosam ente. Coleccionar
antigüedades fue para Freud un entretenim iento que cultivó toda la vida, en
el que persistió con d evoción y tenacidad. Cuando su viejo am igo Em a-
n uel LOwy, profesor de arqueología en R om a y m ás tarde en V iena, visita
ba la ciudad, iba a ver a Freud y le llevaba noticias del m undo antiguo. Por
su parte, Freud leía co n avidez todo lo que podía sobre ese mundo cuando
tenía tiem p o, y se g u ía las ex ca v a c io n e s c o n excita ció n de aficionado y
conocedor. “H e h ech o m uchos sacrificios por m i cole cció n de antigüedades
g r ie g a s, rom an as y e g ip c ia s — le d ijo a S tefa n Z w e ig en sus últim os
años— , y en realidad h e leíd o m ás arqueología que p sicología.” *® Esto es
sin duda una hipérbole alegre: el fo co de su curiosidad organizada fue siem
pre la vida d e la m en te, y las bibliografías que acom pañan sus escritos dan
prueba de su dom in io de lo s textos técn icos. P ero disfrutó enorm em ente
c o n su s estatuillas y fragm entos, con las prim eras com pras que a duras
penas pudo perm itirse y, m ás tarde, co n lo s regalos que am igos y segu id o
res le llevaban a B erggasse 19. En años posteriores, cuando miraba a su
alrededor desde el cóm od o sillón tapizado que estaba detrás del diván, podía
ver una gran im agen de un tem plo e g ip c io de Abu Sim bel, una pequeña
reproducción de un dibujo de Ingres que representaba a Edipo interrogando a
la E sfin g e, y una réplica en y e so de un r e lieve antiguo, la “Gradiva". En la
pared opuesta, sobre una vitrina llena de objetos antiguos, había una im a
gen enm arcada de la Esfinge d e G izeh: otro recordatorio de enigm as (y de
conquistadores intrépidos com o Freud, que lo s resolvían).
U na p a sió n tan aguda in v ita a la in terp retación , y Freud no tuvo
in co n v en ien tes en proporcionarla. Le dijo al Hom bre de los L obos que “el
p sicoan alista, lo m ism o que el arqueólogo en sus ex cavacion es, debe des
cubrir cada una d e las capas de la psique del paciente para llegar a los teso
ros m ás profundos y v a lio s o s ”. * « Pero esta im portante m etáfora no agota
el sig n ific a d o que esta adicción tenía para Freud. Sus ob jetos antiguos le
proporcionaban un placer puramente visu al y táctil; Freud lo s acariciaba
c o n lo s o jo s o co n la s m anos al sentarse e n su escritorio. A v e c e s se lle
vaba una nueva adquisición al com edor para estudiarla y m anipularla allí.
Y tam bién eran em blem as. Recordaban a am igos que se habían tom ado la
R etrato de u n p r e c u r so r en o rden de batalla [2 0 5 ]
m olestia de acordarse de lo a ficionad o que era é l a e so s objetos, y del m is
m o m od o hacían que se acordara del sur: de regiones soleadas que había
visitado, de las que quería visitar, y de las dem asiado rem otas o in accesi
bles que ya n o tenía esperanza de visitar. A l igual que m uchos n órdicos,
desde W inckelm ann hasta E .M .Forster, am aba la c iv iliza c ió n del M ed ite
rráneo. “Ahora he adornado m i habitación c o n réplicas en y eso de estatuas
florentinas”, le escrib ió a F lie s s a fin e s d e 1896. “Fue para m í una fuente
de extraordinaria renovación; quiero llegar a ser rico para repetir e so s v ia
je s .” C o m o R om a, su c o le c c ió n representaba oscuras a p ela cio n e s a la
vida. “ ¡U n c o n g reso en s u e lo italiano! (N á p o les, P om peya)”, exclam a en
una carta a F liess, e n un a cc e so d e d e se o , d espués de haberle hablado de las
rép licas florentinas en y e so . * »
In clu so d e un m o d o m ás o scuro, su s antigüedades parecían recordato
rios de un m undo perdido hasta el q ue él y su pueblo, lo s ju d ío s, podían
rastrear sus rem otas raíces. En a g o sto de 1899 le anunció a F liess d esde
Berchtesgaden que e l próxim o día llu v io so “marcharía” a su “am ada Salz-
burgo”, donde p o co tiem po antes había “desenterrado algunas antigüedades
eg ip c ia s” . “Las c o sa s — observ ó — m e h acen saltar de g o z o y hablan d e
tiem p o s y p a íses le ja n o s.” M ientras estudiaba sus preciadas p o se sio
n es, “extraños anhelos se c r e to s” surgían e n é l (segú n le c o n fe só a F erenczi
m uchos años m ás tarde), “q u izá d e sd e m i herencia atávica, anhelos del
O riente y del M editerráneo y d e una vid a totalm ente distinta: d eseos de la
n iñez tardía que nunca se realizarán y que n o están adaptados a la reali
dad”, N o e s una c o in cid en cia que e l hom bre cuya historia v ita l le pro
porcionaba a Freud e l m ayor d e lo s pla ceres, y al que probablem ente e n v i
diaba m ás que a n ingún o tro, fuera H einrich Sch liem an n , e l ce leb rad o
excavador y descubridor d e las ruinas m isteriosas y cargadas d e m itos de
Troya. Freud consideraba tan extraordinaria la carrera de Schliem ann por
que al descubrir “e l tesoro d e Príam o” había encontrado la verdadera fe lic i
dad: “La felicidad e s só lo la realización de un d eseo infantil”. *72 Era preci
sam ente el tip o de d e s e o qu e, según intuía Freud durante sus horas bajas,
tan p ocas v ec e s se había h ec h o realidad en su propia vida.
Pero, según Freud le d ijo al Hom bre d e lo s L obos, su perdurable pre
d ile c c ió n por lo s o bjetos a n tiguos ad quiere su sig n ificación m ás am plia
com o m etáfora maestra del trabajo d e su vida. “Saxa loquuntur!” „ había
excla m a d o en 1 896, en su con ferencia sobre la etiología de la histeria ante
sus co leg a s m éd icos de V iena; “ ¡Las piedras hablan!” *73 Por lo m en os las
piedras le hablaban a él. En una exuberante carta a F liess, com paró e l d es
cubrim iento de Troya co n un é x ito a n a lítico d el que estaba disfrutando.
Con la ayuda de Freud, un p aciente había encontrado, profundam ente en te
rrada en sus fantasías, “una escena d e su período prim igenio (antes de los
veintid ós m e se s) que satisfa ce todas las ex ig en cia s y en la que nacen todos
lo s e n ig m a s latentes; lo e s to d o al m ism o tiem po: sexu al, in ocu a, natu
ral, etcétera. A p enas m e atrevo a creerlo realm ente. Es co m o s i S c h lie -
[2 0 6 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
m ann hubiera desenterrado la legen daria T roya una v ez m á s”. *74 Esta
m etáfora nunca perdió su efica cia para Freud: en su Prefacio al historial
d el ca so de Dora, com paró los problem as de “la falta de coherencia de m is
resu ltados an a lítico s” con lo s que afrontaban “aquellos exploradores lo
bastante afortunados com o para sacar a la luz, después de haber perm aneci
d o enterrados durante m ucho tiem po, lo s inapreciables aunque m utilados
restos de la antigüedad”. Había realizado cierta tarea de restauración, pero
lo m ism o que “un arqueólogo co n scien te”, no dejó de “m encionar en cada
c a s o en qué p untos de m i re c o n str u c c ió n se co m p lem e n ta lo au tén ti
c o ”. Tres décadas m ás tarde, en E l m a lesta r en la cu ltu ra, al ejem p lifi
car “e l problem a general de la p reservación e n la m en te” , em p leó una
am plia analogía con R om a tal c o m o se despliega ante el turista m oderno:
una su cesió n de ciudades cu yos fragm entos sobreviven en yuxtaposición o
han sido recuperados por las ex cavaciones arqueológicas. D e m odo que
en la c o lecció n de antigüedades de Freud convergían el trabajo y el placer,
im p u lso s tem pranos y refinadas sub lim a cion es adultas. Sin em bargo, sub
siste el sabor de la adicción. Hay algo p o é tic o en el hecho de que en la pri
m era se sió n de la S o cied ad P sic o ló g ic a de los M iércoles, en el otoño de
1902, e l tem a de discusión fuera el efe c to p sic o ló g ico del tabaco.
L a S O C IE D A D PSIC O L O G IC A D E LOS M IERCO LES
El g r u p o d e lo s m ié r c o le s por la n o c h e a p a r e c ió
m odesta e inform alm ente en el otoñ o de 1902, cuando
“cierto núm ero de m édicos m ás jó ven es se reunieron
en tom o a m í con e l propósito declarado de aprender,
practicar y difundir el p sicoanálisis. T odo em pezó con
un co le g a que había experim entado en s í m ism o los
efecto s b en éficos de la terapia analítica”. A sí resum id Freud los p rinci
pios de la Sociedad aproxim adam ente una década m ás tarde. Seguramente
su posterior enfado co n W ilhelm S tekel (o su d iscreción) fue la causa de
que se abstuviera de m encionar el nom bre de ese colega, por cuya sugeren
cia el grupo em p ezó a reunirse, Stek el, un im aginativo y prolífico m éd ico
v ie n é s, se había so m etid o con Freud a un tratam iento analítico breve y
durante algún tiem po fructífero, para rem ediar síntom as de im potencia p si
c o ló g ic a . E se fue u no de los v ín cu lo s. H abía otro: el trabajo de S tekel
sobre el sim b o lism o del sueño; co m o atestiguan las e d icion es sucesivas
de L a interp reta ció n d e lo s su eñ o s, c o n e l recon ocim ien to e x p líc ito por
parte de Freud de su deuda con S tek el, sus relaciones con este partidario
su y o (lo m ism o que co n a lgu nos otros) eran m utuam ente ben eficiosas. A
R etr a to de u n p r e c u r s o r en ord en de ba ta lla [2 0 7 ]
sus prim eros ín tim o s, Freud le s en se ñ ó m ucho m ás que lo que aprendió de
e llo s , pero tam bién estaba abierto a su influencia. En a q u ellos prim eros
años, segú n dice S tekel en su autobiografía c o n característica grandilo
cuencia, él era “e l apóstol de Freud, ¡que era m i C risto!” ’ *7»
D e haber v iv id o Freud lo suficien te c o m o para poder leer esa afirm a
c ió n , habría iden tifica do a S tek el co n Judas, pues lleg ó a juzgarlo c o n una
dureza excep cion al. Pero en 1 9 0 2 Stekel patrocinó una idea cuya utilidad
Freud percibió co n rapidez. En realidad, le resultó m uy oportuna; fueran
las que fueren las características de los hom bres que se reunían con él
lod os lo s m iérco les por la n o c h e en su sa ló n , en aquellos prim eros días le
proporcionaron el e c o p sic o ló g ic o que anhelaba. Eran m ás o m en os un
su stilu liv o de F lie ss, y le brindaban parte de los aplausos que había e sp e
rado lograr co n L a in te rp re ta c ió n de lo s sueñ os. A l prin cip io — observó
Freud m ás tarde, un p o co ansiosam en te— había tenido todas las razones
para estar sa tisfech o. **°
Por m ás que en sus in ic io s la Socied a d P sic o ló g ica de lo s M iércoles
contara co n p o co s m iem b ros, tenía una vivacidad exuberante. Freud e n vió
tarjetas invitando a tres m é d ico s v ien eses (adem ás de Stekel): M ax Kaba
ne, R udolf R eitler y A lfred A dler. E stos hom bres form aron el n ú cleo de lo
que en 1908 iba a c o n v ertirse e n la S o c ied a d P sico a n a lític a de V ien a,
m odelo de decenas de otras socied ades análogas en todo e l m undo. Kahane,
com o Freud, había traducido un v olum en de las conferencias de Charcot al
alem án; tam bién le había presentado a Stek el, y le había h e ch o conocer
lo s escrito s d e e ste últim o. R eitler, que m urió prem aturam ente en 1917,
fu e el segundo analista d el m u nd o, a con tinuación de Freud, * « un p rofe
sional cu ya obra é ste citaba c o n respeto, y cuyas in terven cion es en las
sesio n es de lo s m iérco les por la n och e estaban caracterizadas por críticas
in cisiv a s, a v e c e s hirientes. E s probable que e l fichaje m ás form idable fu e
ra A lfred A d ler, un m é d ic o so c ia lis ta q ue había publicado un lib ro de
m edicina para e l grem io de lo s sastres, pero que estaba interesado cada v ez
m ás en lo s u sos so c ia le s de la psiquiatría. Las prim eras se sio n e s del grupo
de lo s m iérco les — recordó S te k e l co n o r gu llo— “ fueron in spiradoras”.
Había una “com p leta arm onía entre lo s c in co , ninguna disonancia; éram os
co m o pioneros en una tierra r ecién descubierta, y Freud era el líder. Pare
cía que sallaban chisp as de una m ente a otra, y cada n oche era co m o una
revelación ” .
Las m etáforas de S tekel s o n lugares com u n es, pero su inform e capta
la atmósfera; la desaven en cia s y d isen sio n es quedaban para e l futuro. Sin
duda, algunos d e lo s prim eros m iem bros consideraban que aquella term i-
» C uando Freud le y ó su b io g r a fía e scrita por W ittels, y tro p ezó c o n e l extra
vagante com entario a cerca de qu e S te k e l m erecía un m onu m ento, escr ib ió e n el
m argen, c o n v isib le irritación: “ D em a sia d o S tek el" . (V é a se la pá g . 4 7 del e jem
plar d e Freud d el libro de W ittels. Sigm und F reud, Freud M useum , L ondres.)
[2 0 8 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
n o lo g ía te o ló g ica era perfectam ente adecuada. “Las reuniones — recordó
M ax G raf— se g u ía n un ritual d efin id o . Prim ero, u no de lo s m iem bros
presentaba un trabajo. D esp ués se servían c a fé n egro y pastelillos; en la
m esa había c ig a n o s y cigarrillos, y eran consum idos en grandes cantida
des; d espu és de un cuarto de hora de form alidades sociales, em pezaba la
discu sió n . La d e c isiv a y últim a palabra siem pre la pronunciaba el propio
Freud. En aquella habitación había un c lim a parecido al de los inicios de
una religión. Freud era el nu evo profeta, q ue hacía q ue todos los m étodos
anteriores prevalecientes en la inv estig a ció n p sico ló g ica parecieran super
fic ia le s .” E ste no era un lenguaje que Freud apreciara realm ente. Le
gustaba v erse a s í m ism o c o m o m ás fle x ib le , m enos autoritario, de lo que
podía serlo cualquier “profeta”. Pero se diría que una cierta sensación de
ex a lta c ió n im peraba en el grupo, y al ca b o de unos años se v o lv ió lo b as
tante asfix ia nte c o m o para que algunos m iem bros (c o m o Graf) se retira
ran, a pesar de su gran adm iración por F r e u d .10
E l r e c l u t a m ie n t o para la S ociedad de los M iércoles se realizaba por
co n sen tim ien to unánim e, pero en e l c lim a cordial de los prim eros años
esto era só lo una form alidad. U n m iem bro presentaba a otro; desertaron
un os p o c o s , sola m en te un os po co s. En 1 9 0 6 , el año en que Freud cum
p lió cin cu en ta, había d ie c isie te m iem b ros, y él siem pre podía contar con
una docena para intercam bios verbales anim ados, cada vez m ás agresivos.
En octubre de e se año, el e stilo de la S o cied ad d e los M iércoles cam bió de
un m o d o sutil pero claro. A l p o c o tiem p o de iniciar e l quinto año de e x is
te n c ia , lo s m iem b ro s d e c id ie r o n e m p lea r un secretario a su e ld o , O tto
Rank, para registrar la asisten cia , controlar las cuotas y tomar extensas
notas de cada reunión.
10 En v ista d e la p ersisten te a cusación d e qu e Freud h ab ía fundado una reli
gió n secu lar, v a le la pena observar qu e a E rnest Jones le pa reció qu e e sa crítica
m er ec ía una d e fe n sa frontal. A uno de lo s ca p ítu lo s de su auto b io g ra fía lo tituló
« E l “ M o v Í m ie n to ” P s ic o a n a lític o » , s e ñ a la n d o q u e h a b ía e s c r it o la pa la bra
“M o v im ie n to ” entre « c o m illa s para p o n er la e n la p ico ta , por a s í d e c ir ... La
p alabra se ap lica c o n p ropied ad a a c tiv id a d es ta les c o m o la s d e l m o v im ien to
tractarian o, e l m o v im ien to cartista, y c ie n to s d e o tro s, c a ra cteriza d o s por el
ardiente d e se o de prom ulgar... creen cia s qu e se consid eran extrem adam ente pre
c io s a s ...
»E ste elem en to fue el que su scitó la crític a general se g ú n la cual nuestras
pretend idas a c tivid a d es c ien tífic a s com partían la naturaleza de lo s m o v im ien to s
r e lig io so s, trazánd ose a sí div ertid o s para lelo s. Freud, d esd e lu eg o , era e l Papa de
la n u eva se cta , si n o un personaje aun m ás a lto , al qu e todos debían ob ed ien cia ;
su s escr ito s eran el tex to sagrado, en el qu e d ebía n creer o b liga to ria m en te lo s
su p u esto s fie le s qu e habían experim en ta do n ec esa r ia co n v e rsió n , y no faltaban
lo s h e r ético s e xp u lsa d o s de la Ig le sia . S e trataba d e una caricatura totalm ente
ob v ia , pero e l pequ eñ o elem en to d e verdad qu e había en e lla hacía que sirviera
para reem plazar la realidad, que era m uy dife re n te .» (Ernest Jones, F ree A sso cia -
tio n s : M e m o r ie s o f a P sy ch o -A n c siyst [1 9 5 9 ], 2 0 5 .)
R e tra to de u n p re c u rs o r e n o rd e n de b a ta lla [ 209]
Las notas de R ank registran el e x a m en , por parte del grupo, de h isto
rias de ca so s, p sic o a n á lisis de obras literarias y de figuras púb licas, rese
ñas bibiográficas de lo s n u e v o s libros d e psiquiatría, y anticipos de publi
cac io n e s futuras debidas a la plum a d e su s m iem bros. En e sa s n o ch es se
hacían c o n fesio n es: e n octubre de 1 9 07, M a xim ilian Steiner, un derm ató
lo g o y especialista en enferm edades venéreas, dijo que había sufrido todo
tipo de síntom as p sic o so m á tic o s durante un período de abstinencia sexu al,
síntom as que desaparecieron tan pronto c o m o in ició una relación íntim a
c o n la e s p o s a de un a m ig o im p o te n te . **« A sim ism o , a p r in c ip io s de
1 90 8 , R u d o lf v o n U rb antsch itsch, d irector de un sanatorio, en tretuvo a
sus c o leg a s co n un trabajo extraído d e su diario sobre “m is años de desa
rrollo ” — e s decir, de su d esarrollo sex u a l— “hasta m i m atrim onio” , en e l
cual co nfesaba una m asturbación tem prana y cierto gusto por el sadom a-
soquism o. En su com entario fin a l, Freud o b servó secam ente qu e U rbants
chitsch le había o frecid o al grupo una e sp e c ie de regalo. El grupo aceptaba
el regalo sin parpadear: la S ocied ad P sico ló g ica de los M iércoles s e enor
g u llecía de esa e sp ecie d e a utoexh ib ición cien tífica. *u
A lg u n o s d e lo s m iem bros d el grupo que asistían a las reuniones d e s
p ués de 1902 eran en to n ces d e sc o n o c id o s, y siguieron sién d olo. Pero un
puñado de e llo s contribuyeron a hacer la historia del p sicoan álisis. Entre
e sto s ú ltim os se co n tó H u g o H eller, librero y editor, que tenía un salón
para in telectu ales y artistas y añad ió títu lo s p sic oan alíticos a su ca tá lo g o ,
y M ax G raf, cu yo h ijo d e c in c o años iba a ganarse un c ierto grado de
inm ortalidad co m o “el p eq u eñ o H a n s”, u n o d e lo s m ás extraordinarios
caso s de Freud. E stos eran d o s de lo s le g o s a quienes Freud apreciaba par
ticularm ente, preocupado c o m o estaba siem pre por la posibilidad de que el
p sico a n á lisis se convirtiera en m o n o p o lio de los m é d ico s. Pero a lgu n os de
los m éd ico s d e la so cied a d estaban destinad os a asumir p o sic io n es dom i
n antes en el m o v im ie n to p s ic o a n a lític o en A ustria y en el extranjero.
Paul F ed em , que rápidam ente se co n v irtió en u no de los partidarios de
Freud que g o z ó de m ayor con fia n za , fu e un teórico original e influyente;
Isidor Sadger, un hábil analista y com p añero estim ulante, introdujo en el
grupo a su sobrino F ritz W ittels; Eduard H itschm ann, que se u n ió a la
S ocied ad en 1905, se ga n ó s e is años después la gratitud esp e cia l de Freud
por su e x p o sic ió n popular d el p sic o a n á lisis, que c o n m u ch o tacto d efin ió
e n e l títu lo c o m o c r e a c ió n d e Freud: L a s te o r ía s d e la s n e u r o s is d e
Freud *** Lo m ism o que F ed em , y a través d e todas las vicisitu d es que tra
jero n lo s años, H itschm ann d em o stró ser un lugarteniente fiable.
T al v ez el m ás sorprendente d e lo s participantes fuera O tto Rank.
M ecánico p rofesional, peq u eñ o , antipático, perseguido durante años por
una salud insegura, e sc a p ó de las m iserias de su fam ilia judía, pobre e
in feliz, desarrollando una inagotable ansia de aprendizaje. L ejos de ser un
autodidacto típico, tenía una in telig en cia y una capacidad de asim ilación
[210] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
excep cio n a les. Leía d e todo. Alfred A dler, su m éd ico de cabecera, le había
h ec h o co n o cer lo s escrito s de Freud, y Rank lo s devoró. Lo deslum braron,
le p areció que ofrecían la c la v e d e todos lo s enigm as del m undo. En la pri
m avera d e 1 9 0 5 , a la edad de veintiún años, le regaló a Freud el m anuscri
to d e un p eq ueñ o lib ro. E l a rtista , una incursión en la aplicación cultural
d e la s ideas p sicoanalíticas. P o co m ás de un año después fue nom brado
secretario d e la Socied ad d e lo s M iércoles. Freud se interesó paternalm ente
por él; co n a fecto, dejando entrever só lo un toque de condescendencia, lo
llam aba “ el p equ eñ o Rank”; le d io e m p le o co m o ayudante para la revisión
d e su s escritos, y bondadosam ente le allanó el cam ino para que realizara
u nos tardíos estu d io s en el G ym nasium y la U niversidad de V iena. En la
S o cied ad de lo s M iérco les, Rank n o fu e un sim ple am anuense: en octubre
d e 1906 (su prim er m es e n el p uesto) p resentó fragm entos de su enorm e
m o n o g ra fía , q u e estab a a punto d e ser publicad a, sobre e l m o tiv o del
in c e sto en la literatura. **’
Durante la g estión d e Rank tal v e z hubo m ás pérdidas que ganancias,
aunque n o por su culpa. En las reu n iones lle g ó a ex istir un clim a de su s
p ica cia , in clu so d e acritud, p u esto que lo s m iem bros discutían por p o si
c io n e s, alardeaban de originalidad, o expresaban disgu sto con respecto a
sus com pañeros, co n una hostilidad brutal disfrazada de franqueza analítica.
A p rin cip ios d e 1 9 08, el grupo celeb ró d isc u sio n e s form ales con el fin de
“reform ar” lo s p roced im ien tos, y d ebatió una propuesta relativa a la ab oli
c ió n d el “co m u n ism o intelectual” (g e is tig e r K o m m u n ism u s); en adelante,
cada idea sería considerada propiedad privada de quien la presentara. Freud
propuso una so lu c ió n de com prom iso: que las aportaciones de cada m iem
bro fueran tratadas c o m o é l lo deseara, c o m o p osesió n com ún o suya pro
pia; él m ism o — declaró— seg u ía disp u esto a considerar todo lo que había
d ic h o c o m o d e d o m in io p ú blico. * «
O tros m iem b ro s fueron m en os g e n e r o so s y m e n o s co n te n id o s. En
diciem bre d e 1 9 07, e n una velada típica, Sadger le y ó un trabajo que anali
zaba al poeta su iz o del sig lo X IX C onrad Ferdinand M eyer, en el cual
subrayaba e l amor n o correspondido de M eyer por su madre. Aunque este
tipo de a n álisis e d íp ic o c o in cid ía co n lo s hábitos intelectuales del grupo,
lo s co leg a s de Sadger consideraron que su presentación era dem asiado cru
da. F ed em se m an ifestó ultrajado; Stek el expresó su c on m oción y protestó
contra las sim plifica cio n es ex ce siv a s que no podían m ás que perjudicar la
buena causa. W ittels sa lió en defen sa d e su tío y censuró esas “erupciones
personales d e rabia e indignación”. La disputa m o v ió a Freud — que tenía
sus propias reservas acerca del trabajo d e Sadger— a aconsejar m oderación.
C uando lo consideraba n ecesario, sabía ser devastador, pero le gustaba
reservar la artillería pesada para las grandes ocasiones. En su respuesta,
irritado por e l tratam iento que había recibido, Sadger expresó su d e silu
sión; había esp erad o aprender y só lo iba a volver a su casa con unas pocas
palabras de condena. *«>
R e tr a to de u n p r e c u r s o r en o rd e n de b a ta lla [ 211]
En 1908, estos acres encontronazos fueron cada v ez m ás frecuentes.
Con dem asiada regularidad, la vehem encia reemplazaba a ia falta de pene
tración. Pero el degradado funcionam iento de la S ociedad de los M iércoles
era algo m ás que un síntom a de la mortaja co n que la m ediocridad tiende a
invadir p o co a p o co a cualquier grupo. Las pullas m utuas entre individuos
sen sib les, y a m enudo p o c o estables, necesariam ente producen ch ispazos
de hostilidad. Lo que es m ás, la naturaleza provocadora del tem a de la inda
gación p sicoanalítica, que in cid e con rudeza en los puntos m ás rígidam en
te cu stod iad os de la p siq u e hum ana, se estaba cobrando sus honorarios
provocando una irritabilidad generalizada. D espués de todo, entre los h om
bres que en e so s años h ero ico s de exploración invadieron sin tacto alguno
y con fiadam en te los santuarios m ás íntim os de los dem ás, y tam bién lo s
propios, ningu no había sid o analizado (el tratam iento de Stek el por parte
de Freud fu e breve, y jam ás lle g ó a term inarse). Freud, desde lu ego, se
había analizado, pero por su propia naturaleza aquel autoanálisis era irrepe
tible. L os otros, la m ayoría de lo s c u a le s hubiera obtenido provech o de un
p sic o a n á lisis, no habían g o z a d o de sus b e n e ficio s. A p rincipios de 1908,
M ax Graf o b servó c o n tristeza: “Y a no so m os la fraternidad que alguna
v e z fu im o s”. *90
N o m u cho antes, Freud, todavía co n una autoridad in discutible sobre
sus inquietas tropas, había tratado d e tener en cuenta las nuevas con d ic io
n es, p rop oniend o la d is o lu c ió n d el grupo in form al y su re con stitu ción
com o la Socied ad P sicoan alítica de V iena. Esa reorganización proporcio
naba a lo s m iem bros que y a n o tenían interés o que habían dejado de sim
patizar con las m etas de Freud, la oportunidad de renunciar discretam ente.
*« Era un recurso eleg a n te, pero nada más; n o ex istía ningún m odo de que
Freud pudiera obligar a lo s otros a elevarse por encim a de su nivel natural.
En diciem bre d e 1 9 07, Karl A braham fu e invitado por primera v ez a una
reunión, y de m anera sagaz y despiadada le d escribió sus sensacion es a su
am igo M ax Eitingon: “N o e s to y d em asiado im presionado por los so c io s
v ien e se s. E stu ve en la se s ió n del m iérco les. E l está dem asiado lejos, a la
cab eza de lo s otros. Sadger e s c o m o un talm udista; interpreta y observa
cada regla del M aestro c o n una severid ad d e ju d ío ortod oxo. Entre los
m éd ico s, el doctor F e d e m e s e l que m e ca u só m ejor im presión. Stek el es
superficial, A dler unilateral, W ittels d em asiado locu az, los otros in sig n ifi
cantes. E l jo v e n R ank parece m u y in telig en te, e l doctor G raf ig u a l...”
En la prim avera d e 1 9 08, E m e st Jones h iz o su propia experien cia y c o in
cidió. M ás tarde recordó qu e al visitar V iena y observar al grupo de los
m iércoles por prim era v e z , n o q u edó “dem asiado im presionado” por los
discíp ulos v ie n e se s de Freud. C on la fría p erspectiva del extranjero, los
v io c o m o “un a com p añam iento ind ig n o del g e n io de Freud, pero e n la
V iena de eso s días, tan llena d e p rejuicios contra é l, era d ifícil hacerse con
un discípu lo que tuviera una reputación que perder, de m od o que debió aga
rrarse a lo que p u d o.” * »
[2 1 2 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
H abía in terv a lo s an im ad os: entre 1908 y 1910 ingresaron n u evos
m iem b ros, co m o Sándor Ferenczi d e B udapest, el inteligen te pero m uy
neuró tico jurista V íctor T ausk, el m aestro de escu ela y socialdem ócrata
Cari Furtmijller, el in g e n io so abogado Hanns Sachs. Su núm ero se v io
engrosado por una corriente de visitan tes que se dirigían en tropel a Viena
para con ocer a Freud y asistir a las se sio n e s de los m iércoles por la noche:
lo s “su izo s” (psiquiatras y estudiantes avanzados de m edicina que trabaja
ban en Zurich y en otras partes de S u iza ) em pezaron a llegar ya en 1907.
Freud lo s salu d ó (a M ax E itingon, Cari G. Jung, L udw ig B in sw an ger,
Karl Abraham ) c o m o a sus n u evos d iscíp u los m ás interesantes. A l año
sig u ien te, otros visitantes de im portancia para el futuro del p sicoan álisis
llegaron a V iena para conocer a Freud y a su grupo vienés: A . A. Brill (el
apóstol y traductor norteam ericano de Freud); E m est Jones (que iba a con
vertirse en su m ás influyente partidario in g lés), y el pionero del p sicoan á
lis is en Italia, Edoardo W eiss.
Freud consid eró que el contraste entre esas aves de paso y los habitua
le s de V ien a era m ás b ien pen o so . A unque a m enudo perm itió que sus
afectu osos d eseos prevalecieran sobre su experiencia al juzgar a las p erso
nas, no se engañaba acerca de sus seguidores locales. D espués de una reu
n ió n , un m iérco les por la n och e de 1907, visib lem en te desencantado, le
d ijo al jo v e n psiquiatra su iz o L udw ig B insw anger: “ ¡B ien, ya ha visto a la
p a n d illa !’’ T al v e z había un p o c o de ad u lación sutil en e s e com entario
sucinto y burlón; Freud cortejaba a sus n u ev o s partidarios su izos. Pero
B in sw anger, al recordar la escena m uchos años después, la interpretó con
m ás caridad, tal v ez co n m ayor exactitud: le demostraba cuán aislado toda
vía se sentía Freud en m ed io de aquella m ultitud. “N inguno de m is v ie
n eses — le dijo a Abraham ásperam ente en 1911— llegará a nada, con la
ex cep ció n del p equeño R ank.” * » Entre lo s v ien e se s había algunos p erso
n a je s prom eted o res: R ank, F edera, S a c h s , q u izá R e itle r, H itsch m an n ,
in clu so Tausk. Pero a m edida que pasaron los años, Freud d epositó cada
v e z m ás su s esperanzas en el extranjero y en lo s extranjeros.
L O S EX T R A N JE R O S
Cuatro de e so s extranjeros (M ax E itingon y Karl Abra
ham en B e r lín , E rnest Jones en L ondres, y Sándor
Ferenczi en Budapest) iban a ser abanderados del psico
análisis a lo largo de años de arduo servicio a la causa:
editando, debatiendo, organizando, con sigu ien d o dine
ro, form ando can didatos, realizando interesantes y a
R etra to de un pr e c u r so r en o rden de batalla [ 2 i 3]
v e c e s p roblem áticas aporta cio n es c lín ic a s y teóricas propias. En agudo
contraste co n la colaboración dram ática y c o n la n o m enos dram ática c o li
sión que caracterizaron las relaciones de Freud con Jung, la asociación de
e so s cuatro hom bres co n Freud, aunque a v e c e s tensa, fue sum am ente pro
vech o sa para todas las partes.
Max E itingon fu e e l prim ero de lo s “ su izo s” que apareció e n B ergga
sse 19. Era un ju d ío ru so, rico , g en ero so , m od esto, que estudiaba m e d ic i
na en Zurich; le esc r ib ió a Freud a fin e s de 1906, presentándose co m o
“su basistente” d el H ospital M ental BurghOlzli; sus superiores, “e l p r o fe
sor B leuler y e l d octor Jung”, habían h ec h o que prestara atención a los
escritos de Freud. “ El estu d io d etenido de estas obras m e ha persuadido
cada v e z m ás d el sorprendente alcance d e su concep ción de la histeria y del
gran valor del m étod o p sico a n a lítico .” Freud, co m o era habitual en él
exp resó sin dem ora el placer que le proporcionaba ver a un jo v en “atraído
por e l co ntenido gen uino d e nuestras en señ an zas”. **7 En aquellos días,
Freud se consideraba “un pescador d e hom bres”, *»* y hacía cuanto podía
por v iv ir en c o n so n a n cia c o n e sa a u to c a lific a ció n bíblica. En en ero de
1907, E itingon fu e a V iena para realizar una consulta relativa a un p a cien
te n o tratable, y p erm aneció a llí durante d os sem anas. A s í se in ic ió su
am istad co n Freud, fortalecida por unas cuantas “ sesio n e s” de análisis m uy
p o c o conven cio n a les: Freud se llevab a a E itingon a cam inar por V iena, y
mientras lo hacían, Freud analizaba al n u e v o fichaje. Recordando la infor
m alidad de aq uellos días, E m est Jones e x cla m ó m ás tarde: “ ¡Ese fue e l pri
mer análisis did á ctico !” * » En e l o to ñ o d e 1909, d espués d e otros p aseos
an alíticos co n Freud, E itin gon se m udó de Zurich a B erlín, seguram ente
co m o “ alum no” de Freud. * 100 Su práctica fu e am pliándose lentam ente; en
oca sio n es le p edía a Freud que le enviara p a cientes, y Freud lo com placía.
*101 En com p en sa ció n , E itin gon lo inundaba de regalos. “Durante tres días
— le escrib ió Freud c o n exuberancia a su alum no berlinés, a principios de
191 0 — han e sta d o llo v ie n d o obras d e D .. . en m i ca sa .” E itin g o n
había estado enviá n d o le un volu m en d e D o sto iev sk i tras otro, p idiéndole
que prestara particular atención a L o s e n d em on iados y a L o s h e rm a n o s
K aram azov. La correspondencia entre los dos hombres se h izo cada vez
m ás afectuosa e íntim a. “S é que m e segu irá siendo fie l”, le aseguró Freud
en ju lio de 19 1 4 . “ S o m o s un p e q u e ñ o grupito que n o in clu y e nin gú n
d ev o to , pero tam poco traidores.” *>« N u nca tuvo razones para lamentar su
fe en E itingon, que se c o n v irtió en u no d e los m ás gen erosos patrocinado
res del psico a n á lisis durante la vida de Freud.
E l m as e s t r e c h o aliad o de E itin g o n en B erlín, Karl Abraham, tuvo
que luchar para conseguir la indep en den cia económ ica que su am igo de
toda la vida tenía asegurada. Cuatro años m ayor que Eitingon, había n a c i
do e n la ciudad portuaria d e B rem en en 1877, en el seno de una fam ilia
judía desde m u ch o tiem po antes asentada en A lem ania. Su padre, m aestro
[2 1 4 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
d e religión , tenía una m ente inusualm ente liberal para su tiem po; cuando
Karl Abraham , que estaba a punto de ocupar un p uesto c o m o psiquiatra, le
d ijo que ya no podía respetar e l Sabbalh y otras prácticas re ligiosas judías,
e l viejo Abraham le con testó que ob ed eciera a su propia concien cia. * 1M
C o m o perro guardián d el p sic o a n á lisis, A braham d em ostró ser a v e c e s
m en os tolerante que su padre. S u s co le g a s analistas lo consideraban tran
qu ilo , m e tó d ico , in telig en te, n o dado a la s e sp ecu lacion es o las e fu sio n es.
T al v e z era un p o c o frío; E m est Jones lo d escribió c o m o “em ocio n a lm en
te con ten id o ” . Pero la reserva de Abraham le perm itió proporcionar auto
control y sen tid o co m ú n a un m o v im ien to que los n ecesitaba en alto gra
do. Para citar d e n u e v o a J on es, era “sin duda el m iem bro m ás norm al del
grupo” que rodeaba a Freud. Su jovia lid ad lle g ó a ser c a si proverbial
entre su s co leg a s; Freud, que a m enudo se animaba con las p revisiones
fe lic e s de Abraham , d ecía d e él que era un optim ista incurable.
A braham lle g ó a la psiquiatría d esd e la m edicina. C o n oció a Freud en
1 907, a lo s treinta añ o s, y e s e encuentro ca m b ió su vida. Durante tres
años había trabajado en e l BurghOlzli, el hospital para enferm os m entales
cercano a Zurich don de Jung era m éd ico residente je fe , pero ya bajo la
in fluen cia de Freud se aventuró a iniciar la práctica psicoanalítica privada
en Berlín. Fue un paso arriesgado para Abraham , en un país en el que pre
valecía totalm ente la psiquiatría tradicional. A qu ellos a quienes Freud lla
m aba brulonam ente “la chusm a o fic ia l” de B erlín sabían p o co de p si
co a n á lisis, y d etestaban lo que sabían. “ U sted d eb e de estar luchando
duram ente en B erlín " , le o b se r v ó E rnest Jones a Abraham in c lu so en
191 1 , o fr ecién d o le d e sd e Londres su sim patía fraternal. D e h ech o,
durante algunos años, co m o se ñ a ló Freud co n adm iración, A braham fue el
ún ico que practicaba el p sico a n á lisis en la capital d e A lem ania. Abraham ,
siem pre esperanzado contra toda esperanza, no necesitaba m ucho aliento,
pero Freud, en parte para m antener alta su propia moral, lo estim ulaba
d esde Viena: “T o d o resultará bien” .
Estusiasta por naturaleza, a cogía g u sto so e l m ás ligero sig n o de a p o
yo. C uando, a fin e s de 1 9 07, el psiquiatra berlinés O tto Juliusburger le y ó
un trabajo e n defensa de las ideas psicoan alíticas, Freud le escribió una
carta de agrad ecim iento por su valen tía. C on el ap oyo de estos su tiles s ig
n os p o sitiv o s, A braham fun dó la S o c ie d a d P sico a n a lítica de B e rlín en
a go sto de 1 9 08, co n un total de c in c o m iem bros; adem ás de é l, entre ello s
estaban Juliusburger y e l com b ativo se x ó lo g o M agnus H irschfeld. D esde
el principio, Freud le d io un buen con sejo: que no perm itiera que el d is
gu sto general co n resp ecto a H irschfeld lo llevara a albergar prejuicios
contra aquel apasionado y nada desinteresado partidario de los derechos de
los h o m o se x u a le s. * 110
E ntre F r e u d y A braham n o to d o e ra c u e stió n de p s ic o a n á lisis; los
dos h o m b re s , c o n su s re s p e c tiv a s fa m ilia s, p ro n to se h ic ie ro n lo b asta n te
R etrato d e u n p r e c u r s o r en o r d en de bata lla [2 1 5 ]
íntim os com o para visita rse recíprocam ente. Freud p on ía de m an ifiesto
una p reocupación paternal por lo s hijos de A b rah am .11 En m ayo de 1908
le co m en tó con agradecim iento: “Mi m ujer m e habló m ucho sobre e l cor
dial recibim iento de que fue o b jeto en su c asa”. S e m anifestó satisfecho,
pero no sorprendido, por haber realizado “un buen d iagnóstico” acerca de la
hospitalidad de Abraham. *nt
A l ca b o de a lgun os años d ifíc ile s , A braham lle g ó a ser un fam oso
terapeuta y el principal difusor d el m étod o analítico para la segunda g en e
ración de can did atos a p sico a n a lista s d e lo s d os co n tin en tes. En 1914,
agradeciéndole su im portante artículo sobre el voyeu rism o, Lou Andreas-
Salom é e lo g ió en particular la claridad de la presentación y su disposición
para seguir el m aterial sin im p o sició n de dogm as. * “ 2 En e se año, Abra
ham ya era lo bastante destacado com o para que el p sic ó lo g o norteam erica
n o G . S tan ley H all, p resid en te de la Clark U niversity, le pidiera una fo to
grafía “para adornar las paredes de nuestro sem inario” . *113
El é x ito lle v ó c o n s ig o la p rosperid ad. A p rin c ip io s de 1911 pudo
com unicarle a Freud que su práctica “durante un cierto tiem p o” había sido
“in ten sa ” in c lu s o “ turbu len ta” . * 11J E staba h a cien d o a n álisis och o
horas por día. Pero toda aquella actividad le parecía una b endición un tanto
am bigua; observó, lam entándolo, co n un acento característicam ente freu
diano, que le dejaba “p o c o tiem po para la cien cia” . En 1912 tenía diez
analizandos, y su práctica se había v u e lto in clu so m ás lucrativa que antes.
Durante lo s prim eros s e is m e se s del año había ganado 11.000 m arcos, una
sum a m u y respetable, y p royectaba aum entar sus honorarios. “Y a lo ve
— le d ijo a Freud— , ni siq u iera en B erlín sig u e s ie n d o un m artirio e l
h ech o de ser partidario s u y o .” * i” Abraham pocas v e c e s tenía quejas; en
todo ca so , no se referían a su s p a cien tes sin o a sus co leg a s. “ Mi práctica
— le escrib ió a Freud en la prim avera de 1912— m e absorbe.” *“ « N o
obstante, se sentía im p ulsad o a afirmar co n acritud que, para un p sicoan a
lista interesado en la teoría, “ B erlín n o e s m ás que una tierra estéril” . *u»
Si bien lo s encuentros de la sociedad p sicoanalítica m archaban bien, “fa l
tan las personas adecuadas”. * 12» N o importaba: su relativa soledad in telec
tual con stitu ía para A braham e l m ayor in c e n tiv o d e su propio trabajo.
L o s m iem bros d el clan p sico a n a lítico disfrutaban casi um versalm ente
de una vitalidad exuberante, pero Abraham tenía m ás energía que la m ayo
ría de lo s otros. Sin em bargo, parte de su fo g o sa actividad era e l resultado
11 La viu da de A braham recordó que “ e l profesor” se interesaba m ucho "por
la salu d y el desarro llo de nu estro s n iñ o s, y tam b ién a m en u d o c o m en ta b a lo s
ac o n tec im ien to s de su pro pia fa m ilia . C uan do n o s v isitó d esp u é s d el co n g reso
de H aag (L920) n o s d io el d inero qu e h a b ía sobrado d e c ier ta sum a que le fue
e ntregada por su esta n cia en H olan da, y m e p id ió qu e com prara b icic le ta s (s ic )
para nu estros h ijo s, c o m o r eg a lo de N a v id a d , para a sí sa tisfa ce r lo s d e se o s de su
c o r a z ó n ”. (H ed w ig A braham a J o n e s, 1 de abril de 1 9 5 2 , P a p e le s d e Janes,
A rch ivos de la S a c ie d a d P sic o a n a lítica B ritánica, L on dres.)
[2 1 6 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
de un acto de voluntad; obligado desde la infancia a luchar con una ligera
asm a y co n una constitu ció n un tanto frágil, se d e d icó al tenis, la natación
y , m ás tarde, a su deporte favorito: escalar m ontañas. * IJ1 Esta era una for
ma de ejercicio f ís ic o popular entre m u ch os de los sedentarios p sicoan alis
tas; in clu so Freud, aunque m enos aficionado que algunos d e sus se gu id o
re s a lo s d e p o r te s e n é r g ic o s , d isfr u ta b a c o n la s c a m in a ta s p o r las
m ontañas, p rolongadas y sin d escan sos.
La determ inación que convirtió a A braham en un escalador de m onta
ñas tam bién alim en tó su trabajo p rofesional. R eclutaba partidarios, presi
día reuniones y dirigía su interés a una gam a im presionante de temas; su
b ibliografía in clu y e inform es sobre lo s tex tos analíticos de la ép oca, estu
d io s c lín ic o s o e n sa y o s sobre psico a ná lisis aplicado a materias tan diver
sas c o m o e l arte m od ern o y la r e lig ió n eg ip cia. M ás c on secu en cias tuvie
ron aun en la h istoria d el p sic o a n á lisis sus im portantes trabajos sobre el
desarrollo de la lib ido, que sirvieron para reorientar el propio pensam iento
d e Freud, años m ás tarde. Por otra parte, n o estaba tan ocupado c o m o para
n o dirigir su experta mirada a la política p sicoanalítica de los centros de
a gitación, V iena y Zurich. Su p red isposición excep cion alm en te jo vial (tan
distinta de la de Freud) se com binaba d e m od o curioso con una cauta v ig i
lancia, atenta a las d e sv ia cio n es de su s c o le g a s analistas, y a la m ás peq u e
ña nube de deserción que apareciera en e l horizonte.
Pero, aunque buen servidor de la cau sa, Abraham no era servil c on
Freud. En realidad, conservó la independencia suficiente com o para enta
blar relaciones am istosas co n F liess, cu y a ruptura co n Freud n o era un
secreto para é l. A principios de 1 911, F liess, al enterarse de que Abraham
había descubierto c ic lo s “flie ssia n o s” en uno de sus analizandos, lo invitó
a que lo visitara. E scrupulosam ente, Abraham le h izo conocer e sa invita
ció n a Freud, y éste respondió co n cautela. “N o v e o por qué no tendría que
visitarlo”, le escrib ió , y predijo que A braham “conocería a un ser hum ano
m uy respetable, sin duda fascinan te”. La v isita podría brindarle la oportu
nidad de “enfocar científicam ente la parte de verdad contenida e n las doctri
nas periódicas [de F lie ss]”. A l m ism o tiem po, Freud le advirtió a Abra
ham que F liess sin duda intentaría c o n v e n c er lo de que se apartara del
p sico a n á lisis “ y , seg ú n é l espera, de m f \ para arrastrarlo hacia su propia
órbita. F lie ss, con tin u ó b ruscam ente, e s “fundam entalm ente un ser hum a
n o duro, m alvado”, y agregó: “en particular le prevengo contra su mujer,
estúpida y a la v e z avispada, m aligna, una verdadera histérica; en una pala
bra: p erversión, n o neurosis” . •»**
E sa advertencia n o im pidió que Abraham cultivara el trato de F liess.
A c u só rec ib o d e la p rev e n c ió n , p r o m etió “ tener la n ec esa r ia pruden
cia” , * 12} y m antuvo a Freud m inu ciosam en te inform ado de sus visitas. Lo
tranquilizó en cu anto a que F liess no estaba realizando esfu erzo alguno
para apartarlo del p sicoan álisis ni d e su fundador y, que en todo caso, no íe
había im presionado c o m o un ser fascinante. * 124 Pero, con ese toque de
R etra to d e u n pr e c u r s o r en o rd en de bata lla [ 2 i 7]
reserva que co n stitu ía su firm a, no h izo ningún com entario sobre la carac
terización p eyorativa de Frau Dr. F liess. * 123 T am poco n o tificó a Freud, ni
en e se m o m en to ni m ás tarde, que él y F liess estaban intercam biando
separatas. Sin duda, Freud exageró lo s peligros de la vin cu lación de Abra
ham co n su e x ín tim o am ig o . Es cierto que F liess, de m od o in decente,
agradecía las separatas de Abraham co m o si contuvieran revelaciones p si
coanalíticas que el p ropio Freud nunca habría sid o capaz de transmitir:
“¡M antenga lo s o jos abiertos!" * 126 Pero aparentemente no trató de seducir
a Abraham para que abandonara a Freud. Y si lo hubiera intentado, no
habría tenido éxito. A braham era lo bastante perspicaz y dueño de s í m is
m o co m o para resistirse a tales halagos. En todo caso, el h ech o de que su
propia intim idad co n A braham sobreviviera a esa p r ovocación e s un sig n o
de los sentim ientos co rdiales de Freud y de su confianza incólum e.
E r n e s t J ones no podía haber sid o más diferente de Abraham. Los dos
congeniaban, y a través de la torm entosa ev o lu ción del m ovim ien to p sic o a
n alítico internacional sigu ieron sien d o aliados constantes. C om partían una
vehem ente adm iración por Freud, la adicción al trabajo y (lo que estaba
lejos de ser trivial) el amor al ejercicio físic o . Abraham escalaba m ontañas,
y Jones, m acizo, activo, desbordante de vitalidad, prefería el patinaje artís
tico (de hecho, encontró tiem po para escribir un tratado erudito sobre e l
tema). Pero, desd e el punto de vista em ocional, los dos hom bres habita
ban en m undos tota lm en te d iferen tes. V o lu b le y p rovocador a llí donde
Abraham era (o por lo m en os parecía) sereno y sensato, repetida y a v eces
perturbadoramente in volucrado en aventuras eróticas, m ientras que Abra
ham era sob rio y m o n ó g a m o , Jones fue e l m ás obstinado y (c o m o Freud se
com placía en reconocer) el m ás com bativo de los seguidores, un infatigable
escritor epistolar, un organizador im p erioso y un polem ista m ilitante.
E m est Jones d escu brió a Freud no m uch o d espués de la p ublicación
del historial de D ora, en 1905. C om o m éd ico jo v en que se especializab a
en psiquiatría, le había defraudado penosam ente e l fracaso de la ortodoxia
m édica contem poránea en lo que se refiere a la ex p licación del funciona
m iento y lo s problem as de la m ente. E se d esencanto fa c ilitó su con ver
12 Jones p u b lic ó e n 1 9 3 1 la prim era e d ic ió n de su lib ro T h e E le m e n ts o f
F igure Skating. una obra té c n ic a pero e scr ita co n e le g a n c ia y pro fu sa m en te ilu s
trada; en 1952 apareció otra e d ic ió n , rev isa d a y am pliada. P resenta diagram as
cuidadosam ente dibujados que desp lieg a n una variedad sorprendente de figuras
p o s ib le s, y en ap arien cia e stá m u y a leja d o de lo s in te re se s p r o fesio n a le s d e l
autor, pero p o n e de m a n ifie sto un im p u lso e ró tico irreprim ible. En la in trodu c
c ión . Jones afirm a que “ todo arte, por refinada, disfrazada y elaborada qu e se a su
técnica, brota en ú tlim a in sta n cia d el am or al cuerpo hum ano y del d e se o de
dom in arlo” (pág. 15 ). Y e l lib ro se dem ora co n e v id e n te g o c e en e l placer que
pu ed en p roporcionar el m o v im ie n to g r a c io so y e l d e sliz a r se co n a leg ría y sin
esfu erzo aparente.
[218] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
sión. En la ép oca en que le y ó e l trabajo sobre D ora, su alem án era todavía
va cilan te, pero salió de aquella lectura “con la profunda im presión de que
había un hom bre en V iena que realm ente escuchaba cada una de las pala
bras que le decían sus p a cien tes”. Fue c o m o una revelación. "Yo m ism o
estaba tratando de h acerlo, pero no sabía de nadie m ás que lo hiciera.”
R eco n o ció que Freud era esa “rara avis, un verdadero p sic ó lo g o ”. 13 + 127
D espu és de pasar algún tiem po con Jung en el B urgholzli, aprendien
d o m ás sobre el p sico a n á lisis, Jones se presentó a Freud en la prim avera
de 1908, en el congreso de p sicoanalistas de Salzburgo, donde lo escu ch ó
pronunciar una d iserta ció n m em orable sob re un o de sus p a cien tes, el
H om bre de las R atas, i* S in pérdida de tiem p o, a continuación de e se
encuentro, en m ayo, realizó una visita a B erggasse 19, donde fue recibido
con cordialidad. *«* D esp u és de e so , é l y Freud se vieron a m enudo, y lle
naron las brechas entre tales reuniones co n notas frecuentes y extensas. En
la v ida de Jones sigu ieron algunos años de penosos com bates interiores;
lo acosaban dudas sobre el p sicoan álisis. Pero una v ez afirmado, com p le
tam ente persuadido, se convirtió en e l más en érgico de los defensores de
Freud, prim ero en N orteam érica, después en Inglaterra, y finalm ente en
todas partes.
El hecho de que Jones iniciara su cam paña en ben eficio de las ideas
freudianas en Canadá y en el N oreste de E stados U nidos no fue sim p le
m ente una cuestión de libre e lecció n . El aliento del escándalo rodeó los
prim eros tiem pos de su carrera m édica en Londres: dos vece s había sido
acusado de m al com portam iento con niños que estaba revisando y e xam i
nando. '5 D espedid o de su em pleo en un hospital pediátrico, consideró pru
d ente mudarse a Toronto. Ya instalado, c o m en zó a pronunciar conferencias
sobre el psico a n á lisis ante audiencias de C anadá y Estados U nidos, por lo
general po co receptivas; en 1911 se a plicó activam ente a la fundación de
la A so c ia c ió n P sico a n a lítica A m ericana. D o s años m ás tarde, en 1913,
estaba de vuelta en L ondres, practicando el psicoanálisis y organizando
una pequeña banda de seguid ores in g le s e s de Freud. En n oviem bre, le
inform ó triunfalm ente a éste de que “la Sociedad P sicoanalítica de Londres
Había ten ido n o tic ia s por prim era v e z de la e x iste n c ia de Freud por boca
d e su am igo W ilfred Trotter (qu e m ás tarde se co nv irtió en su cuñado); éste era
u n brillante ciru jan o y p s ic ó lo g o so c ia l. Pero fu e e l ca so D ora el que lo c o n v ir
t ió .
w V éa se la s p á g s. 3 0 0 -3 0 5 .
13 En su auto b io g ra fía . Jones T elata e so s e p iso d io s con d e ta lle s fran cos y
tran q u ilizan tes, y s o stie n e , c o n bastante p la u sib ilid a d , qu e lo s n iñ o s pro ta g o
n ista s de e s o s in cid en tes habían p ro y ecta d o so b re é l su s propios se n tim ien to s
sexu ales; naturalm ente, en la atm ósfera m éd ica de la Inglaterra anterior a la Pri
m era Guerra M undial, e sa ex p lic a ció n no c o n v e n c ió a nad ie. En la é p o ca de tales
in cid en tes. Jones ya estab a totalm ente persuad ido d e que e l p s ico a n á lisis era la
ún ica p s ico lo g ía profunda verdadera. (F ree A ss o c ia tio n s, 1 4 5 - 1 5 2 .)
R e tra to de u n p re c u rs o r en o rd e n de b a ta lla [ 219]
q u e d ó d e b id a m e n te c o n s titu id a e l j u e v e s ú ltim o , c o n n u e v e m ie m
bros”. * 1»
P rácticam ente e l ún ico g e n til e n el c írcu lo íntim o de Freud, Jones
estaba a la v e z dentro y fuera. S e sir v ió de c h istes y m od ism os ju d ío s co n
su in sp iración habitual, c o n v irtién d o se e n una esp e cie de ju d ío honorario,
adaptándose de m anera casi perfecta (s i n o totalm ente perfecta) a la relati
vam ente cerrada y reticente cultura psico a n alítica de V iena y B erlín. Sus
trabajos, qu e abarcan todos lo s tem as a n a líticos, in clu so el p sicoan álisis
aplicado, están caracterizados por su lu cid ez y por un cierto brío, m ás que
por la o rigin alidad , tal co m o é l m ism o lo r eco n o c ió al d escribirse com o
fem enino. “ Para m í — le dijo a Freud— e l trabajo es co m o una m ujer que
cría a un hijo; para h om bres c o m o u sted, su p on go que se parece m ás a la
fecundación por parte del m acho.” i« * i» O riginal o n o, Jones fu e el m ás
con v in cen te de los d ivu lgadores del p sico an álisis y e l m ás tenaz de los
polem ista s. “H ay p o c o s h om bres — le dijo Freud, n o sin adm iración—
tan capaces de abordar de esta m anera los argum entos de otros.” * 131 Uno
d e sus se r v ic io s , y n o p r ecisa m en te e l m en o s im portante, fue la vasta
correspondencia que m an tuvo con Freud en in g lés. A l principio se quejó
d e “n o estar fam ilia riza d o c o n lo s caracteres del alem án an tigu o” — la
caligrafía “g ó tic a ” de Freud— y Freud, en lugar de lim itarse a cam biar su
escritura m anuscrita, se p asó al in g lé s . 17 * 132 D e m o d o totalm ente in c i
dental, e sto o b lig ó a Freud a m ejorar e l d o m in io de su idiom a extranjero
favorito. >B
En 1 910, el com p ro m iso d e Jones c o n e l p sic o a n á lisis era entusiasta,
aunque en o c a sio n es todavía lo inquietaban algunos escrúpulos (y también
Freud, aunque un p o c o m en o s). P ero e n e s a é p o c a ya resultaba m en os
i® Pero Jones no era sim p lem en te un se g u id o r c ie g o ; e n la década d e 1920,
disintió co n firm eza de Freud a cerca de la naturaleza de la sexualidad fem enina,
así c om o antes, durante la Gran G uerra, no se h a b ía p u esto d e acuerdo c o n el
m aestro en lo que se r efier e a l bando qu e ib a a triunfar.
17 Excep tuand o la s cartas qu e e n v ió durante la Primera Guerra M undial, y las
de lo s ú ltim o s a ñ o s, F reud le e sc r ib ió a J o n e s e n in g lé s . L a m en ta b lem en te,
Jones s e tom ó e l trabajo de correg ir lo s la r g o s fra g m en to s d e las cartas de F reud
que citó en su m agistral bio g ra fía en tres to m o s, de m odo qu e quedaron “p e rfec
c ionad as" aqu ella s fo rm u la cio n es o c a sio n a lm e n te a ltiso n a n tes o encantadora-
m ente in correctas.
18 Jo n e s, qu e al ca b o de c ie r to tiem p o , lle g ó a dom in ar e l alem á n tanto
c om o Freud e l in g lé s , o q u izá m ás, sig u ió escr ib ien d o en a qu el id iom a, porque
Freud no le p id ió que lo h iciera e n in g lé s . Pero Freud s í s e pasó a la le n g u a de
S h akesp eare, ad v irtié n d o le a Jones: “u ste d e s e l resp o n sa b le d e m is erro res”.
(Freud a Jones, 2 0 d e no v iem b re de 1 9 0 8 , Freud C o lle c tio n , D 2 , L C .) El 18 de
jun io de 1 9 1 1 , Jones se d iscu lp ó c o n A braham por e sc r ib irle en in g lé s , “ pero
esto y segu ro de que su in g lé s e s m ejor qu e m i alem án". S in em bargo, a juzgar
por cartas poste rio re s (por e je m p lo , la larga ca ria a A braham del 19 de enero
[1 9 1 4 ], per fe cta en to d o s lo s d e ta lle s) Io n es aprendió pronto. (P a p e les de Karl
Abraham, LC .)
[2 2 0 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
im penetrable para sus n u e v o s a m ig o s p sico a n a lítico s, pues al prin cip io
lo s había im presionado c o m o alg u ien d ifícil de interpretar y m ás d ifíc il de
predecir. En el verano de 1908, Jung le c o n fió a Freud que “Jones es para
m í un ser hum ano enig m á tico . L o en cu en tro m isterioso, in com prensible.
¿H ay m u ch ísim o en é l, o d em a sia d o poco? En todo ca so , no e s un hom bre
sim p le, s in o un m entiroso in telectu a l”. A co n tin u ación , Jung pregunta si
n o tenía “dem asiado de admirador, por una parte, y dem asiado de oportu
nista por la otra” . *>» Freud n o disponía de una respuesta fá c il. “C reo que
usted sab e sobre Jones m ás d e lo que y o pueda saber” , escribió en su res
puesta. “ M e parece un fan á tico qu e m e sonríe por tim id ez.” Pero en e l
ca so que fuera realm ente m en tiroso, “ le m ien te a otros, n o a nosotros”.
Fuera cual fuere la verdad acerca de Jones — concluye Freud— sin duda “ia
m ezcla racial en nuestro grupo e s m uy interesante para m í. El e s c elta , y
por lo tanto n o d em asiad o a cc e sib le para n osotros, hom bres teutónicos y
del M editerráneo”. *»« Pero Jon es d em ostró ser un buen alum no, y supo
atribuir a una autodefensa irracional su cu estionam iento de las ideas de
Freud. «E n p ocas palabras — le dijo a Freud en diciem bre de 1909— m is
resisten cias han surgido n o d e o b jecio n es a sus teorías, sin o en parte de
las in flu en cias de un fuerte “c o m p lejo paterno”». *»*
Freud aceptó esa e x p lic a c ió n co n g u sto. “Sus cartas son para m í fuen
te continua d e satisfa cció n ” , le esc r ib ió e n 1910, “sin duda, m e m aravillan
su actividad, la am plitud de su erudición y la reciente sinceridad de su esti
lo .” Freud estaba contento de que se hubiera negado a “escuchar las voc es
internas que le sugerían renunciar”. En e s e m om ento todo estaba claro, y
“co n fío e n que cam inarem os y trabajaremos m ucho ju n tos” * ‘3® escribió
Freud. D o s aflos m ás tarde, r e flex io n ó sob re el m om ento en e l que había
d ecidido que Jones, después d e todo, era d ign o de confianza. Había sid o en
septiem bre de 1909, después de que am bos mantuvieran una larga conver
sación en la Clark U niversity, d e W orcester, M assachusetts. “ M e e s m uy
grato q u e sepa cuánto le aprecio, y cuánto m e enorgu llecen los altos pode
res m entales qu e usted ha p u esto al serv icio del y A ”, le escrib ió a Jones.
“R ecuerdo la primera v ez en la que tom é co n cien cia de ésta, m i actitud con
respecto a usted; era m ala cuando usted d ejó W orcester después de un cier
to período de in con sisten cias por parte suya y yo tuve que afrontar la idea
de que estaba apartándose y con virtiénd ose en un extraño para nosotros.
E ntonces sen tí que n o tenía que ser así, y n o pude dem ostrarlo m ás que
acom pañándolo al tren y estrechándole la m ano antes de que se fuera. Tal
v e z usted m e entienda; en todo c a so , d espu és e se sentim iento dem ostró ser
justo y usted ha resultado ser fin alm en te b rillante.” *»»
D e ahí en adelante, Jones a v anzó sin interrupciones. En 1913 fue a
Budapest para realizar un breve análisis con Sándor Ferenczi, y le com entó
a Freud que lo s dos estaban pasando “m ucho tiem po juntos m anteniendo
con versacion es c ie n tífic a s”, y que el húngaro era “m uy paciente co n m is
excentricidades y cam bios de estado de ánim o”. * i» AI escribirle a Freud,
R etrato d e u n pr ec u rso r en o rden de b a t a lla [2 2 1 ]
Jones nunca fu e renuente a la autocrítica. A su v e z , Freud adoptó con
Jon es una postura d e tío , a v e c e s característicam en te osten tosa; Jones
tenía veintitrés años m e n o s que é l, y le gustaba anim arlo con e lo g io s c á li
dos y frecuentes. “ U sted está realizando un gran trabajo *13» — le escri
b ió — ; m e gusta la frecu en cia de sus cartas, y co m o v e , m e apresuro a
responderlas.’' * 140 T am bién: “S o y m uy a ficionado a sus cartas y artícu
lo s ” . * 141 Freud no reg a teó el tiem po que le llevaba conservar unido a la
Causa a aquel im portante fich aje.
D esde 1912 en adelante, Freud analizó a L oe Kann, la atractiva amante
d e Jones, adicta a la m orfina, y a la que todos, in clu so Freud, se referían
com o la esposa de Jones. D ejando a un lado la regla sagrada del carácter
con fid en cia l de las m an ifesta cio n es d el p aciente, Freud inform ó a Jones
sobre e l progreso de la m ujer y sobre las do sis decrecientes de m orfina con
las que estaba aprendiendo a v iv ir .»» A v e c e s, Freud le daba a Jones co n se
jo s personales. A l enterarse de una nu eva relación am orosa en la que su
discíp ulo se había involu crad o, Freud le suplicó: “ H ágam e el favor p erso
nal de n o convertir e l m atrim onio en e l p r ó x im o p a s o de su vida, sino de
aplicar al tema m uch a s e le c c ió n y r e fle x ió n ”. * 1« U n p oco desp u és, c om o
v istién d o se con la toga del retórico patriota rom ano C atón el V iejo, que le
recordaba al senad o la e x isten cia del en em igo, Cartago, Freud asum ió un
ton o m ás severo: “C e t. cen seo . S e a ca u te lo so c o n las m ujeres y esta vez
n o estropee su situ a c ió n ”. *»« A firm aba no tener ningún “m o tiv o e sp e
c ia l” para tal introm isión; s ó lo estaba “desnudando m i m en te ante u s
ted”. *i+» Jones se lo to m ó m u y b ien . E stos intercam bios c o n fid en cia le s le
prestaban un aura d e am istad al com p rom iso conjunto de los dos hom bres
con el m o v im ien to p sic o a n a lític o . C on o c a sió n d el quin cu agésim o cu m
p leañ os de Jones, Freud le escrib ió, co n su característica am algam a de sin
ceridad y adulación: “ Siem pre lo h e contado entre los m iem bros de mi
fam ilia m ás íntim a”. S u a fecto se h abía pu esto de m a n ifiesto por primera
v e z el día en que acom p añó a Jones a la esta ción ferroviaria de W orcester.
Fueran cuales fueren lo s d esacuerdos que podían haber tenido, o que tuvie
ren en e l futuro — agreg ó Freud c o n suavidad— nunca podría tratarse más
que de desacuerdos de fam ilia. * i«
i» U na de las p o c a s crítica s p u blicad as de Jones acerca de Freud, afirm aba
que éste p od ía ser n o ta b lem en te in d iscreto : “D e m o d o bastan te extraño, Freud no
era un hom bre al que le resultara fá cil guardar e l secreto de algún o tro ... V arias
v e c e s m e dijo cosa s c o n c er n ie n tes a las v id a s privad as de cier to s c o le g a s, lo que
n o debería haber h e c h o ” . (J o n e s, II, 4 0 9 ) . En una carta a M ax Schu r, escrita d e s
p u és de que hubiera sid o pu blicad o e l segun do v o lu m én de su bio g ra fía de Freud,
Jones p u n tu alizó un c a s o de lo qu e ten ía e n m en te . F reud — le dijo J o n e s a
Schur— le había c o n fia d o “ la naturaleza d e la perv ersió n sex u a l de S te k e l, lo que
n o d e b ía haber h e c h o , y a lg o que y o n u n c a rep etí a n a d ie ”. (J o n es a Schu r, 6 de
octu bre de 1955, P a p e le s d e J o n es, A rc h iv o s de la S o c ie d a d P sic o a n a lítica B ritá
n ica , Londres.)
[2 2 2 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
En acudo c o n t r a s t e , Sándor F erenczi, e l m ás com plicado y vulnera
ble de lo s prim eros p sicoanalistas, representó para Freud una sangría e m o
cional m ucho m ás grande. S i Jones a v e c e s encolerizaba a Freud, Ferenczi
p odía hacerlo in feliz. P ues Ferenczi, co m o ob servó Jones no sin una pizca
de envidia, se convirtió en el m iem bro principal del círculo cerrado de lo s
con fidentes p rofesion ales de Freud, y “e l m ás próxim o a é l”. N ació en
B udapest en 1873; era hijo de un librero y editor. Durante toda su vida
lu chó contra su insaciable ham bre de amor. Había tenido diez herm anos,
su padre m urió jo v e n y la m adre d eb ió ocuparse del n e gocio y de la abun
dante prole, de m odo que desde el principio de su vida se v io privado de
afecto. “C uando niño — anotó en su diario Lou A ndreas-Salom é, que lle g ó
a co n ocerlo bien— padeció un in su ficien te aprecio de sus cualidades.” * 141
D e adulto, arrastró su necesidad co m o una herida siem pre abierta.
Ferenczi estudió m edicina en V iena a principios de la década de 1890,
y se estab leció en su ciudad natal para ejercer com o psiquiatra. Su primera
tom a de contacto con las ideas p sicoan alíticas no fue prometedora; hojean
do precipitadam ente L a in te rp re ta c ió n d e io s sueños, las rechazó c o m o
vagas y carentes de carácter cien tífico . Pero después tuvo noticias de los
experim entos c o n las a so cia cio n es de palabras desarrollados por Jung y
sus coleg a s. Y , por a sí decirlo, adquirió c o n viccion es freudianas entrando
por la puerta trasera. L os m é d ic o s d el BurghOlzli les presentaban a sus
p a cien tes listas de palabras, y a continuación anotaban el tiem po que cada
u no tardaba en responder co n el primer v o cab lo que le pasara por la m ente.
Entonces F erenczi (según recordó m uchos años m ás tarde su alumno y am i
go, el psico a n a lista húngaro M ichael B a lin t) «se com pró un cronóm etro,
y nadie quedó a sa lv o de él. A quienquiera que encontrara en los cafés de
Budapest (n ovelistas, poetas, pintores, encargadas de guardarropías, cam a
reros, etcétera) lo som etía al “experim ento de la a sociación ”». Esa
m anía — sugiere B alint— tuvo una ventaja: indujo a Ferenczi a estudiar
lo s textos p sico a n a lítico s co n una atención cuidadosa. Una lectura prolija
del libro de lo s su eños de Freud term inó de convencerlo, y en enero de
1908 le escrib ió solicitá n d o le una entrevista. Freud lo invitó a ir a B er
g g a sse 19 un d om in g o por la tarde. * i«
L os dos hom bres se h icieron am ig o s rápidamente; la disp osición e sp e
culativa de F erenczi intrigaba a Freud, quien durante toda su vida sin tió en
su persona la p resió n de la m ism a ten dencia, y al m ism o tiem po luchó
contra e lla . Ferenczi d esarrolló la in tuición psicoan alítica lleván d ola al
n iv el de un arte elevado? Freud podía contar con su com pañía en sus m ás
altos v u elo s s ó lo para encontrarse a v e c e s observando cóm o su alum no se
rem ontaba m ás que é l hasta perderse de v ista. E m est Jones, cole g a y anali
zando de Ferenczi, lo d escribió c o m o un hom bre con “una herm osa im agi
nación, qu izá no siem pre totalm ente disciplinada, pero siem pre sugeren-
te ” . *150 a Freud le parecida que e se poder sugerente era irresistible, y por
él estaba dispuesto a pasar por alto la falta de disciplina. “M e encantó que
R e tr a to d e u n p r e c u r s o r en o r d e n de b a ta l la [2 2 3 ]
se ocupara de los acertijos — le escribió a F erenczi al principio de su aso
ciació n — . U sted sabe que el acertijo exh ibe todas las técnicas q ue el chiste
oculta. U n estu d io paralelo sin duda podría ser in structivo.” * 151 N i Freud
ni F eren czi p rofu nd izaron despu és en e sa prom etedora conjetura, pero
encontraron m uch as otras cosas para discutir: historias de caso s, e l co m
plejo de E dipo, la hom osex u a lid a d fem enina, la situación del p sicoan álisis
en Zurich y B udapest.
En e l verano d e 1908 eran tan íntim os que Freud hizo los arreglos
n ecesarios para que F erenczi se alojara en un h otel de B erchtesgaden próxi
m o a su casa. “ Para usted nuestra casa está abierta. Pero con serve su liber
tad.” **** U n año m ás tarde, en octubre de 1909, Freud encabezaba sus car
tas a F e ren czi c o n la e x p r e sió n “ Q u erido a m ig o ” , sa lu d o c o rd ial que
reservaba a m uy p o c o s. * 153 Pero Ferenczi dem ostró ser una adquisición
problem ática. Sus m ás fecundas (y d iscu tib les) aportaciones al p sicoan áli
sis concernían a la técnica. Eran tan fecundas y discutibles, en gran m edida
porque surgían de su extraordinario don para la em patia, de su capacidad
para expresar y despertar amor. Lam entablem ente, la avidez de Ferenczi
por dar só lo era equiparable al ham bre de recibir que la acom pañaba. En
sus relaciones co n Freud, esto significa b a una id e a liza c ió n ilim itada y un
anhelo de intim idad que el m aestro (d esilusionado después del calam itoso
d estino de su a fecto por F lie ss) en a b solu to estaba d isp u esto a satisfacer.
En el prim er año de su am istad em ergieron algunos indicios d é b iles de
futuras tensiones: Freud consideró necesario reprender con amabilidad a su
seguidor por esforzarse “dem asiado ansiosam ente” en confirm ar una con je
tura sobre las fantasías. * '» M ás de una v e z Ferenczi presionó severam en
te a Freud para que actuara co m o confeso r suyo; le c o n fió detalles de su
vida am orosa (com plicad a, co m o la de m u chos solteros de aquella é p oca) y
se quejó de su soled ad en Budapest. En un v iaje realizado hacia el final del
verano lo s dos hom bres fueron ju n tos a S ic ilia , en 191 0 , la exp eriencia
no resultó d el todo agradable para Freud, porque Ferenczi aprovechó la
oportunidad para tratar de convertirlo en un am ante padre.
E se era un pap el q u e a Freud, a pesar d e su ven a paternal, no le agra
daba. Le dijo a F eren czi que si b ien recordaba “c on sen tim ien tos de c a li
d e z y s im p a tía ” e l tie m p o q u e h ab ía p a sa d o e n su c o m p a ñ ía , e n su
m om ento ya d e se ó que abandonara “ su p apel in fantil para c o lo ca rse junto
a m í c o m o com p a ñ ero e ig u a l, lo que u sted n o logró hacer". * i« Un año
m ás tarde, co n ren uencia, aunque co n un p a cien te b uen hum or, Freud se
prestó a desem peñar el papel qu e F eren czi estaba im p on ién d ole. “ A dm ito
gu stosam en te que preferiría un a m ig o in d ep endiente — escrib ió— pero si
usted p o n e tantas d ific u lta d e s, tendré qu e adoptarlo c o m o un hijo." Y
c on clu y e: “ A hora a d ió s y cá lm e se . C on un salu d o p aternal”. * '« En la
carta sig u ie n te co n tin u ó co n e l ju e g o , d ir ig ié n d o se a F eren czi c o m o a su
“ Q uerido h ijo ” , y g lo só e l salu do co m o sig u e: “ (H asta que usted m e p er
m ita abandonar e s e tratam ien to).” * 1S7 Una sem ana m ás tarde, Freud v o l
[2 2 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
v ió a su habital “Q uerid o a m ig o ”, * •» después de haber señalado lo que
quería.
A unque esa d ependencia acabó siendo tan m al recibida c o m o incura
b le, la im agin ación v o lá til, la intensa lealtad y la brillantez de F erenczi (y
ni qué decir tien e que su trabajo co m o analista en Budapest) determinaron
que Freud se irritara con su discípu lo húngaro favorito m enos de que lo
habría h ech o co n cualquier otro tan exigen te. Finalm ente, Freud descubrió
en Abraham un alm a reservada que guardaba los secretos co n discreción
total. “V e o que usted estaba en lo cierto — le escrib ió a Jones en 1920— ;
el prusianism o de Abraham es realm ente fuerte” . * 13s Pero n o había n in
gún “pru sianism o” en Ferenczi. Para Freud, Ferenczi era un com pañero
encantador, en honor al cual cultivaba la virtud de la paciencia.
C a si t o d o s lo s prim eros fichajes de Freud eran buenos candidatos a
una carrera psico tera p éu tica . C on unas pocas e x c e p c io n e s (en e sp e cia l
Sachs y R ank) se trataba de m éd ico s, y algunos de e llo s (com o Jung, Abra
ham y E itingon) ya estaban fam iliarizados c on el tratamiento de enferm os
m entales. Tausk, que había estudiado derecho, y que trabajó com o juez y
periodista, sig u ió la carrera de m edicina só lo después de haber d ecidido
estudiar co n seriedad psicoanálisis. Pero, por su m ism a naturaleza las ideas
de Freud atrajeron a algunos leg o s, en gran m edida para alivio del fundador,
que se sentía “in telectualm ente aislado” en V iena (según le dijo a un corres
ponsal in g lés en 19 1 0 ), “ a pesar de m is n um erosos discíp u los m éd icos” ; le
pareció que constituía un gran paso adelante el h echo de que, por lo m enos
en Suiza, “ algunos investigadores n o m éd icos” se hubieran interesado en
“nuestro trabajo”. * 1M Entre eso s seguidores le g o s se destacan dos: Oskar
Pfister y Lou A ndreas-Salom é. A m bos iban a ser am igos de Freud durante
más de un cuarto de sig lo . Parecían so c io s im probables para él: uno era un
r e lig io so , y la otra una grande dame y c o leccion ista de poetas y filósofos.
La aptitud de Freud para disfrutar de sus v isitas y sus cartas, y el perdurable
afecto que sintió por los dos, dan prueba de su hambre de vida, de variedad
y de nuevas fronteras que estuvieran m ás allá de los confin es de Viena.
P fister, un p astor p rotesta n te d e Z urich, se había abierto cam in o
im pulsado por una preocupación desesperadam ente severa por la p sic o lo
gía, años antes de que tropezara, en 1908, con los escritos de Freud. Había
n acid o en un suburbio de Z urich e n 18 7 3, el m ism o año e n que Freud
in gresó a la escuela de m edicina; m uy pronto e m p ezó a detestar las dispu
tas sobre dogm as te o ló g ico s y a calificarlas de m era charlatanería. Le irri
taban en cuanto constituían un abandono suprem o del primer deber del
pastor, que e s curar las alm as y la desdicha espiritual. Los tratados en los
que había buscado una p sico lo g ía efica z de la religión le parecieron tan
obtusos c o m o la te o lo g ía qu e había tenido que estudiar en el sem inario.
E ntonces descub rió a Freud, y sin tió c o m o si “una antigua p rem onición
se hubiera convertid o en realidad”. A llí no había “interm inables especu la
R etrato de u n p r e c u r s o r en o rd en de ba talla [2 2 5 ]
cio n e s sobre la m etafísica del alm a, ninguna ex perim entación con fruslerí
as que dejan intactos lo s grandes problem as de la vida”. Freud había ideado
un “m icro sco p io del alm a" que perm itía com prender los orígenes de las
fu n cio n e s m entales y su desarrollo. * 161 Durante algún tiem po p ensó en
convertirse en m éd ico , lo m ism o que había h ech o su padre, un pastor lib e
ral, para ayudar a su s felig reses. Pero Freud lo disuadió de estudiar m ed ic i
na, y P fister p a só a ser y s ig u ió s ie n d o e l “ p astor del a n á lisis”
(.A nalysenpfarrer) y el buen am ig o de Freud. *>«
P fister tom ó co ntacto con Freud e n v iá n d o le uno de sus prim eros artí
c u lo s , sobre lo s su ic id io s de e sc o la r e s. “ H e recib id o un artículo de su
v a lien te am igo P fister — le inform ó Freud a Jung en enero de 1909— , que
tengo pensado agradecerle con la m ayor e fu sió n .” Freud em pezó a percibir
la ironía de que el psico a ná lisis ateo se estu viera enrolando en la lucha
contra el pecado. *>«P ero en segu id a abandonó ese tono bromista; m ás que
un aliado que pudiera usarse, P fister resultó ser un com pañero para d isfru
tar. Durante lo s prim eros años de su am istad, hubo m om en tos en los que
algunos de los m ás íntim os a sociad os d e Freud (en esp ecial Abraham ) se
interrogaron acerca de la ortodoxia p sicoan alítica de Pfister y previnieron a
Freud contra él. N o lo convencieron: por lo que a él concernía, la adhesión
de P fister era sincera. Por una v e z , su a v e c e s desacertada intuición acerca
de las personas dem ostró ser co n e c ta .
U na de las razones por las cuales Freud confiaba tanto en Pfister resi
día en que había tenido abundantes oportunidades de observarlo de cerca.
La primera v isita de P fister a B erg g a sse 19, en abril de 1909, fue un gran
é x ito , n o só lo co n el cabeza de fa m ilia , sin o con tod os sus m iem bros.
Pfister — según Freud le com en tó a F eren czi— “es una persona encantado
ra que se ganó nuestros co razon es, un entusiasta llen o de bondad, mitad
Salvador, mitad flautista de H am elín. Pero nos separam os com o buenos
a m ig o s ” . *165 Anna Freud recordó que, al prin cipio, Pfister le había pareci
do “una aparición de un m undo extraño”, pero digna de ser bien acogida.
S in duda alguna, e l pastor, por su len g u a je, su m odo de vestir, sus háb i
tos, presentaba un sorprendente contraste co n los otros visitantes que se
sentaban a la m esa de Freud y se quedaban para hablar del negocio p sico a
nalítico. A diferencia de e so s adm iradores unilaterales, Pfister no d esaten
dió a lo s niños en favor de su fa m o so padre. 2 0 Era un hom bre alto, de
20 El visitan te que se quedaba a com er — recordó M artín Freud— “dem ostraba
p o c o in te ré s por lo s p la to s qu e se le o fr e c ía n , y tal v e z m en o s por m am á y por
n o s o tr o s, lo s c h ic o s. S in e m b argo, siem p re s e esfo r za b a por m antener una c o n
v e r sa c ió n educada co n la dueña de la c a sa y sus h ijo s, la m ay o ría de la s v e c e s
so b re teatro y d e p ortes, no sie n d o e l c lim a un recu rso útil co m o lo e s en In g la
terra e n tales o c a sio n e s. P ero no era nada d ifíc il v er que todo lo que qu erían era
term inar con aqu ellas form alid ades so c ia le s y retirarse c o n papá a su e stu d io ,
para e scu ch arlo hablar d e p s ic o a n á lisis” . (M artín Freud, S ig m un d F reud: M an
and F ather [ 1 9 5 8 ], 1 0 8 .)
[2 2 6 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
asp ecto v ig o ro so , c o n un “ b ig o te v ir il” y “o jos bondadosos e in q u isiti
v o s ” . * 1S7 Tam bién era valien te. Su protestantism o psicoan alítico antidog
m á tico ch o c ó m ás de una v e z c o n e l e sta b lish m e n t te o ló g ic o su iz o , y
durante algunos años el peligro de que se viera privado de su parroquia fue
a lg o real. Pero, alentado por Freud, n o retrocedió, co n scien te de que,
m ientras que él le estaba prestando un servicio v a lio so al m o v im ien to p si-
cia n a lítico , recibía su recom pensa. A ñ o s m ás tarde le habló a Freud de su
“vehem en te hambre de am or”, y agregó: “ Sin análisis m e habría desm oro
n ado ya hace m ucho tiem po” . * “»
M ás de quince años despu és de su primera visita a los Freud, Pfister
le recordaba con afecto: le escrib ió a Freud que se había enamorado del
“espíritu libre y alegre de toda su fa m ilia ” . En esa época, A nna, "que hoy
e scribe artículos totalm ente serios para e l Internationale P syc h o a n a lytis-
che Z eitsch rifi, todavía llevaba falda corta, y su segundo hijo — O liver—
faltó al G ym nasium para introducir a aquel pastor aburrido y c o n levita en
la ciencia del Prater”. S i a lg u ien le preguntara cuál es el lugar m ás agrada
b le del m undo — c o n clu y e P fister— é l le contestaría: “Pregunte en la casa
del Profesor Freud”. *>«
A lo largo de los a ñ o s, m ien tras P fister em pleaba el p sic o a n á lisis
para ayudar a lo s m iem bros de su congregación, él y Freud escudriñaron
en la p sico lo g ía de los p a cientes, y debatieron en el seno de una am istad
sin nubes las cu estiones que lo s d ivid ían, en esp ecial la creencia religiosa.
S egún Pfister, Jesús, al elevar e l amor a la condición de principio central
de sus enseñanzas, habia sid o el prim er psicoanalista, y Freud no era jud ío
en absoluto. “N u nca hubo un m ejor cristiano” , le escribió. ^ Desde
lu eg o Freud, que con m ucho tacto ign oró e se cum plido bienintencionado,
n o podía considerarse a sí m ism o e l m ejor de los cristianos. Pero sentirse
el m ejor de los am igos lo hacía fe liz . “ ¡Siem pre el m ism o !”, e x cla m ó en
una carta a Pfister, cuando hacía ya m ás de quince años que se conocían.
“ ¡V aliente, honesto, bondadoso! ¡Sin duda su carácter ya no cambiará ante
m is o jo s !” *i'»
L ou A n d r e a s-S a lo m é to ca b a otras te clas de la vida e m o c io n a l de
Freud. Pfister vestía de negro y blanco; A ndreas-Salom é, espectacular y
seductora. En su juventud había sid o b ella , con una frente alta, b oca gen e
rosa, rasgos fuertes y figura voluptuosa. A principios de la década de 1880
fu e am iga de N ietzsch e — n o se sabe b ien cuán íntima, porque ella frustró
constantem ente todas las in v estig a cio n es acerca de esa parte de su vida— ,
y tam bién de R ilk e y de otros hom bres distinguidos. En 1887 se había
21 A l volve r sobre e sa caria m u c h o s años desp ués, a A nna Freud con toda
razón, le pareció in co m p ren sib le, “ ¿Q ué de m o n io s q u iso decir P fister, y por qué
quizo cuestionar e l h echo de que m i padre e s jud ío, en lu gar de acep tarlo?” (Anna
F reud a Ernest J o n es, 12 de ju lio de 1 9 5 4 , P apeles de Jones, A rc h iv o s de la
S ociedad P sicoan a lítica B ritánica, L on dres.)
R etrato de u n pr e c u r so r en o rden de batalla [2 2 7 ]
casado co n Friedrich Cari A ndreas, un orientalista de G otinga, donde final
m ente se qu ed ó a v ivir. Pero, em ancipada de las rep resiones burguesas,
coleccio n a b a am antes cuando y donde le placía. C uando co n o c ió a Freud
en el congreso de p sico a n á lisis que se reunió en W eim ar en 1911 (al que
acu dió c o m o com pañera del p sico a n a lista su e c o P oul Bjerre) tenía c in
cuenta años y era todavía bella y atractiva. Su d e seo de hom bres — e sp e
cialm en te de hom bres brillantes— perm anecía intacto.
En una oportunidad, Freud c a lific ó afectuosam ente a Lou Andreas-
S alo m é c o m o una “ m usa” . * 172 P ero “ Frau L ou” (c o m o a ella le gustaba
que la llam aran) era m uch o m ás que la m ujer dócil qu e brinda apoyo al
genio; se trataba de una fecunda m ujer de letras por derecho propio, dotada
de una in telig en cia im presionante aunque excéntrica, y de una no m enos
im presionante capacidad para asim ilar ideas nuevas. U na v e z atraída por el
pensam iento de Freud, le y ó por su propia cuenta sus escritos; Abraham,
que la c o n o c ió en B erlín en la prim avera de 191 2 , le co m en tó a Freud que
nunca antes se había “encontrado co n una com prensión tan am plia del p si
co a n á lisis”. * m S e is m e se s m ás tarde, Freud se alegró al recibir una infor
m ación de “Frau Lou A n d reas-S alom é, que quiere venir por algunos m eses
a V iena, e x c lu siv a m en te para estudiar p sico an álisis” . * 174 Tal com o estaba
anunciado, inv a d ió V ien a en el otoñ o, y con q u istó sin dem ora a! e s ta -
b lis h m e n t p sico a n a lítico . A fin es d e octubre, Freud rin d ió tributo a su for
m idable presencia, llam ándola “ una m ujer de in teligen cia peligrosa”. *173
P ocos m e se s m ás tarde re c o n o c ió , co n m ucha m enos p etulancia, que “sus
intereses son en realidad de naturaleza puram ente in telectual. Es una mujer
de m u ch o v a lo r .” Este fu e un vered icto que Freud nunca se sintió
im pulsado a revisar.
Las actas de las reuniones de la Socied ad P sicoanalítica de Viena, a las
que Frau Lou a sistió regularm ente, registran por prim era v e z su presencia
el 3 0 de octubre; •« » la sem an a anterior, H ugo H eller había leíd o un tra
bajo sobre “ Lou A nd reas-Salom é c o m o escritora”. •*1» Esto da la medida
de co n cuánta rapidez y cuán com pletam ente se integró en el círculo de
Viena: desd e el 27 de noviem bre en adelante O tto R ank ya la registraba
entre lo s invitad os sim p lem en te c o m o “ L ou ” . *iw En V ien a no s ó lo parti
cip ó en c u estio n es puram ente intelectuales: probablem ente tuvo una breve
relación am orosa co n T au sk , m u cho m ás jo v e n q ue e lla y m uy atractivo
para las m ujeres. Por otro lado, al p rincip io su adhesión a Freud n o fue
absoluta; en los prim eros tiem pos de su e stan cia en V ien a, c o q u eteó co n
las ideas de A dler, ya en ton ces consideradas proscritas en e l cam po freudia
no. 22 Pero Freud ganó la batalla; en n oviem bre de 1912, cuando Lou faltó
a una de su s co n ferencias de lo s sábados, é l advirtió su ausencia y la hala
gó d icién d o selo . * 1S0 A l em pezar e l n u ev o año, los d os ya habían inter
cam biado fotografías, y antes de que e lla se fuera de V iena, a principios de
22 S ob re A d le r , v é a n se la s p á g s. 2 5 3 -2 6 2 .
[2 2 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
la primavera d e 1 9 13, Freud ya la había invitado varias v eces a B erggasse
19. A juzgar por el diario de Frau L ou, e s o s dom ingos fueron fe lices: ella
n o era la única capaz de desplegar e l arle de la seducción. Pero a Freud le
gustaba auténticam ente aquella visitante que con tanta asiduidad cortejó;
c o n e l correr de lo s añ o s, e lla c o m e n z ó a practicar el p sic o a n á lisis en
G otinga, sin dejar en ningún m om en to de cultivar la am istad de Freud con
cartas afectuosas, y ganándose cada v e z m ás su sim patía. Tener seguidores
c o m o ella y P fister, y ni qué decir tiene que Abraham , Ferenczi y Jones,
fu e una com p en sación que a liv ió la s tensiones provocadas por el h ech o de
ser un fundador S u s seguidores de V ien a eran otra cosa, en su conjunto
m ucho m enos grata. N o porque tuviera que preocuparse por la cantidad de
discípu los v ieneses; le preocupaba su calidad y fiabilidad.
L o s d isc ípu lo s vien eses de Freud no eran los ú iúcos que ponían a
prueba su p aciencia. Sus adversarios del esta b lish m e n t psiquiátrico de A le
m ania y A ustria, asentados en prestig io sa s cátedras universitarias o en la
dirección d e reputados h osp itales para enferm os m entales, nutrían gen ero
sam ente su exasperación. S ab em o s que Freud se inclinaba a describir su
situ ación co n dem asiada rigidez, pero era realm ente rígida; la resistencia al
p sic o a n á lisis, a través del rech azo o btu so, de la m urm uración m a liciosa o
del s ile n c io sig n ific a tiv o , seg u ía sie n d o inam ovible y p enosa. D esd e lue
g o , esperar alg o distinto hubiera sid o carecer de realism o; si Freud estaba
en lo cierto, psiquiatras em inen tes, la m ayoría de e llo s dem asiado viejos
co m o para cambiar d e ideas, tendrían que arrojar a la basura los artículos y
libros de tex to que habían escrito. Pero la circunstancia de que algunos de
su s crítico s m ás o bstin ados fueran jó v e n e s, con stitu yó un h echo desagra
dable en la vida d e Freud. U no de e llo s , del que Freud nunca se olv id ó , era
un A ss is te n t de psiquiatría que en 1904 pub licó un libro contra el p sic o a
n á lisis, tom ando c o m o blanco ciertas n o c ion es — por ejem plo, la teoría de
la seducción— que el propio Freud ya había descartado. Para empeorar las
co sa s, adm itía no haber leíd o aún L a in terpretación de los sueños. *181
T anto en Europa c o m o en Estados U nidos se encontraban pruebas que
confirm aban ese rechazo fundado en una ignorancia sublim e. C ongresos de
especialistas en d esórdenes m entales ignoraban las ideas de Freud, aplaudí
an trabajos que las denunciaban c o m o farragosas afirm aciones fantásticas
sin dem ostración po sib le, o (lo que aparentem ente deleitaba más a los crí
tico s) co m o un desabrido ram illete de indecencias. D espués de que Freud
publicara, en 1 9 05, Tres e n sa y o s s o b re te o ría sexual, quienes querían acu
sarlo de ser un p ansexualista d e m ente sucia contaron, desde luego, con
m u ch o m aterial útil para sus m alas interpretaciones. E llo s d ijeron que
Freud era “un libertino v ie n é s” , caracterizaron los trabajos psicoanalíticos
c o m o “historias pornográficas sob re vírgenes puras” , y el m étodo p sico a
n a lítico c o m o una “m asturbación m en tal”. En m ayo de 1906, en un con
g r e s o de n e u r ó lo g o s y p siq u ia tra s r e a lizad o en B ad en -B a d en , G ustav
R etrato de u n pr e c u r so r en o rden de ba ta lla [2 2 9 ]
A schaffen bu rg, pro feso r de n eurología y psiquiatría en H eidelberg, c on
unas pocas palabras rech azó el m étodo p sicoanalítico co m o algo erróneo,
discutible e inn ecesario. * ‘82
U nos cuantos co rrespon sales am igos de Freud lo m antenían inform ado
sobre to d o s e s to s v e r e d ic t o s su m a r io s. En 190 7 , Ju n g, q u e s e había
enfrentado a A schaffen bu rg con la plum a y desde la tribuna, le com unicó
que “A schaffenburg trató a una neurótica ob sesiva, y cu an d o ella q uiso
em pezar a hablar so b re c o m p le jo s se x u a le s, le p r oh ib ió q ue lo h ic ie
ra”. *'*J E se m ism o año, en un gran cong reso internacional de p sic ó lo g o s,
n eu r ó lo g o s y p siq u ia tra s reun id o en A m sterdam (ta m b ién estaba a llí
A sch affen b urg), cierto Konrad A lt, director de un sanatorio en Sajonia,
lan zó un ataque “terrorista” contra Freud — según le h izo saber Jung— ;
dijo que “nunca enviaría un paciente a un m édico de con v icc io n e s freudia
nas para que lo tratara, alegando falta de escrúpulos, obscenidad, etcétera.
Un gTan aplauso, y fe lic ita c io n e s al orador por parte del p rofesor Z iehen
de Berlín”. En m ed io de una aprobación general y veh em en te, a aquella
disertación la siguieron aun m ás “burradas” dirigidas contra e l p sicoanáli
sis. * 184
C uando e n v ió e sa s cartas, Jung, h istrión ico y co m b a tiv o , se encontra
ba en la primera etapa de su d ev o ció n filial hacia Freud. Pero espíritus
m ás tranquilos, c o m o Karl Abraham , inform aban sobre e scen as análogas
en otras partes. En noviem b re de 1908 Abraham habló ante la S ociedad
para la Psiquiatría y las Enferm edades N erviosas de Berlín, sobre el d e lica
d o tem a de la n eu ro sis y e l m atrim onio entre parientes p róxim os. C on
diplom acia, hizo h in ca p ié en la co in cid en cia de sus puntos de vista con
los del n eurólogo berlin és Herm ann O ppenheim , que s e encontraba entre
el público; e v itó tem as p r o v o ca tiv o s com o el de la h o m osexu alid ad , y se
lim itó a m encionar e l nom bre de Freud “ con no dem asiada frecuencia” ,
pues todavía era “c o m o e l capole rojo” para todos aquellos toros reunidos
allí. Abraham pensaba que la n o ch e había sido un co m p leto éxito. Había
cautivado la aten ción de sus o y en tes, y algunos de lo s participantes en el
debate posterior s e m ostraron in teresadísim os. Pero O ppenheim , aunque
con cortesía, o bjetó áspera e in eq uívocam en te la n oción m ism a de se x u a li
dad infantil; Th eodor Z ieh en — e l hombre que había aplaudido el "terroris
m o” contra Freud en A m sterdam — “ asum ió una actitud académ ica arro
ga n te ”, y d e s p o tr ic ó co n tra lo s e s c r ito s d e Freud, c a lif ic á n d o lo s de
irresponsables, un disparate. D e sp u é s, tras algunas interven cion es razona
bles, un “co le g a arribista” adoptó e l ton o m oralista de un orador popular.
Abraham se había referido al amor por la madre del escritor su iz o Conrad
Ferdinand M eyer (e l m ism o tem a que en su m om ento p ro v o c ó una disputa
en la S ociedad de lo s M iérco les), y su crítico que se q uejó de que, al hablar
de los afecto s s e x u a le s e d íp ic o s de lo s hom bres, Abraham había hech o
peligrar los “id ea les germ anos” . Abraham no encontró e n aquella asam blea
totalm ente unida ni un s o lo aliado entusiasta, pero en privado hubo q u ie
[2 3 0 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
n es le dijeron qu e su charla había sid o refrescante; que era bueno oír hablar
d e a lg o n u evo, para variar. Abraham sa lió con la im presión de que un
buen núm ero de c o le g a s “v o lv iero n a su s casas por lo m enos m edio con
v e n c id o s” . * 183
Freud aplaudió a Abraham, despedazando a sus adversarios con agrios
com entarios. «A lgú n día — escribió— Z [iehen] pagará caro su “dispara
te ” .» * 1M En cu a n to a O p p enh eim — o b ser v ó Freud con acritud— era
“dem asiado cerrado; espero que usted pueda desenvolverse sin é l dentro de
p o c o tiem p o ” . * 187 La sexualidad infantil sig u ió sien d o un tema p rovocati
v o en Berlín, y e l nom bre Freud contin uó suscitando reacciones afectivas
v io len ta s hasta m uch o después de 1 9 09. E se año, Albert M olí, un respeta
d o s e x ó lo g o b erlinés, pu b licó un libro sobre la vida sexual de los n iños
q ue contradecía todo lo que Freud había estado afirmando acerca de la mate
ria durante casi una década. En letras de imprenta, en una nota que agregó
al a ño sig u ie n te a sus T res en sa y o s, Freud rechazó el libro de M olí (titula
d o L a v id a se x u a l d e l niño) co m o realm ente incoherente. **•* En privado,
reaccionaba co n una v eh em en cia m ás graüficadora. M olí — le dijo a Abra
ha m — “n o e s un m é d ic o sin o un p ic a p leito s” (un W inkeladvocat).
C uando M olí v isitó a Freud, en 1 9 09, fue recib id o de una manera m uy
brusca; Freud le com entó a Ferenczi que casi lo e ch ó a patadas. “Es un
in d iv id u o cá u stic o , repu lsivo, un le g u le y o e n v id io so .” * ‘*> Por lo general,
Freud se sentía m ejor después d e haber tenido la oportunidad de sacar a
relucir su cólera; prefería la o p o sic ió n expresa, por obtusa que fuera, al
sile n c io . D e sp u és de 1 9 05, el sile n c io e n to m o a! p sicoan álisis había sido
d efin itivam en te roto, y jun to co n la con troversia llegaron los seguidores,
pero la crítica em o cio n a l continuó ensom breciendo la marea de la aproba
c ió n , que iniciaba un suave ascen so . In clu so en 1910, el profesor W il
helm W eygandt, que había realizado, n o m uy generosam ente, el com enta
rio b ib lio g rá fico de La interp reta ció n d e lo s su eñ os en 190 1 , * 191 lle g ó a
exclam ar, en el C ongreso d e N eu ró lo g o s y Psiquiatras de Hamburgo, que
las teorías de Freud eran un asunto inadecuado para discutirlo en una reu
n ió n c ie n tífic a , m ás apto para la p o licía . •» «
M ientras tanto, Freud estaba recib ien do inform es análogos desd e el
otro lado del o céano. En abril de 1 9 10, E m est Jones se quejó de un profe
sor de psiquiatría de T oronto que había atacado a Freud tan venenosam ente
q ue “ ¡un lector com ú n podría creer que usted aboga por el amor libre, la
su p resión d e todas las restricciones y la vuelta al sa lvajism o!!!” * i« Tres
m e s e s antes, Jones le había en viad o a Freud el relato detallado de una reu
n ión celebrada en B oston, a la que asistieron psiquiatras y n eurólogos. El
gran n eu ró lo g o de Harvard Jam es Jackson Putnam , en esa época el más
em in ente de lo s partidarios d e Freud en Estados U nidos, habló con calidez
a cerca d e l p sic o a n á lisis. Pero la m ayoría de lo s otros fueron seve ro s,
in clu so devastadores. Una dama intentó refutar la teoría de Freud acerca del
su e ñ o c o m o p ro d u c c ió n e g o ís ta , narrando alg u n o s su e ñ o s p rop ios de
R etrato de u n pr e c u r so r en o rden de batalla [2 3 1 ]
carácter m arcadam ente altruista. L o que e s peor, el petulante y agresivo
p sic o p a tó lo g o B o ris S id is « la n zó un fe ro z ataque general contra usted,
hizo ch istes baratos acerca de “la loca epidem ia del freudism o que ahora
invade A m érica” , d ijo que su p sic o lo g ía n os d e v u elve a la oscura Edad
M edia, y a usted lo c a lific ó co m o “otro d e eso s piad osos b otánicos que
cla sifica n las plantas por el s e x o ”». * IW E videntem ente, las teorías freu-
dianas d e la sexu a lid a d preocupaban m u ch o a S id is. A l año sigu ien te,
den u nció al psico a n á lisis c o m o “nada m ás que otro asp ecto de la piadosa
literatura charlatana sobre tem as se x u a le s”, **« y en 1914 d ijo que era un
“culto a V enus y a P ríapo” que alentaba la m asturbación, la perversión y
lo prohibido.
Incluso en reuniones destinadas a exp licar y elogiar a Freud em ergía
alguna nota de acritud. El 5 de abril de 1 9 12, el N e w Y o rk T im e s inform ó
que el n eurólogo norteam ericano M o se s A lien Slarr (que había trabajado
brevem ente co n Freud en V iena durante la década de 1880) “causó sensa
ció n anoche, en una atestada reunión del Departam ento N eu rológico de la
A ca d em ia d e M ed icin a , al denunciar las teorías d e S igm u n d Freud” , a
quien el T im e s describ e (s ó lo un p o c o erróneam ente) co m o “e l p sicó lo g o
vie n é s cu y a s c o n c lu s io n e s afirm an q u e toda la vid a p sic o ló g ic a de lo s
seres hum anos se basa en e l im p ulso sex u a l y que ha ganado considerable
apoyo entre los m é d ico s norteam ericanos” . Slarr declaró ante la sorprendi
da asam blea, c o n v o ca d a por lo s m ás n otables partidarios de Freud, que
“ V iena n o e s una ciudad particularm ente m oral”, y q ue “ Freud n o era un
hom bre del q ue hubiera q u e tener un c o n cep to particularm ente alto. N o era
un reprim ido. N o era un a sceta ”, y — pensaba Starr— "su teoría cien tífica
es en gran m edida el resultado de su m ed io y de la vida un tanto esp ecial
que lle v ó ” . D e hecho, e l Freud de Starr había desviad o hacia “una vena frí
vo la la nueva c ien cia realm ente seria d e l p sicoan álisis”. * 1” U n paciente
de Freud, en e se m o m en to d e v isita en N u eva Y ork, le lle v ó el recorte del
T im e s , y Freud respondió entre divertido e irritado. M anifestó no recordar
en absoluto a Starr (que por su parte pretendía con o c erlo bien ), y le pre
guntó retóricam ente a Jones: “A hora bien, ¿qué sig n ific a e sto? ¿Son la
calum nia y la m entira deliberadas un arma usual entre los n eurólogos nor
team ericanos?” *>» N i siquiera lo s periodistas que estaban a su favor sabí
an lo bastante (ni se tom aban el trabajo de inform arse) c o m o para ser p re
c is o s . En m arzo de 1 9 1 3 , tam bién el N e w Y ork T im e s p u b licó un largo y
am istoso artículo bajo el título de “ L os su eñ os del lo c o pueden ser de gran
ayuda para su curación”. Identificaba a Freud com o un profesor de Zurich.
*1»
C inco
Política psicoanalítica
Ju n g : e l p r in c ip e d e l a c o r o n a
A principios de abril de 1906 — Freud iba a cum plir
cin c u e n ta añ o s al m e s sig u ie n te — Cari G. Jung le
e n v ió un ejem plar de E slu dios d e aso cia ció n d ia g n ó s
tica, obra que había com pilado y en la que in clu yó un
im portante trabajo propio. Jung ya disfrutaba de cierta
rep u ta ció n c o m o psiqu iatra c lín ic o y e x p erim en tal.
Había nacido en 1875 en la aldea su iza de K essw il, sobre e l lago de C o n s
tanza, hijo de un pastor, y en sus prim eros años fu e co n sus padres de una
parroquia rural a otra. A unque a lo s cuatros años lle g ó a vivir cerca de
B a silea , no estuvo en p len o conta cto co n la vida urbana hasta ingresar en
el G ym nasium de la ciudad, a lo s o n c e años. D esd e su primera infancia,
Jung tuvo su eñ o s desco n certa n tes, y m u chas d écadas d e sp u és, cuando
e s c r ib ió su a lta m e n te s u b j e t iv o y a n e c d ó tic o au torretrato, titu la d o
R ecu erd o s, su eñ os, reflex io n es, lo s recordó com o acontecim iento de s ig
n ifica ció n singular. En e sa autob iografía, lo m ism o que en algunas de las
entrevistas que de buena gana con ced ía, s e recreó gustosam ente en esa vida
interior rica y poblada de sueños.
Su tendencia introspectiva se v io alentada por la discordia que reinaba
entre sus padres y el hum or inestable d e la madre. El alim entó adem ás su
fantasía co n lecturas voraces y en m od o alguno sistem áticas. Por otra par
te, el am biente te o ló g ic o en el que v iv ía (la m ayoría de los hom bres de la
[2 3 4 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
fa m ilia eran p astores) no com pensaba su tendencia al ensim ism am iento.
C reció co n la c o n v ic c ió n , m u y ju stificad a, d e que de algún m od o era d ife
rente d e los c h ic o s d e su edad que lo rodeaban. A l m ism o tiem po, e sto no
le im pedía tener am ig o s, y disfrutaba haciendo travesuras. D esd e el princi
p io de su vida, Jung dejaba las im presiones m ás contradictorias en quienes
lo conocían; era so cia b le pero d ifíc il, divertido a v e c e s y taciturno otras,
aparentem ente seg u ro d e s í m ism o , pero vulnerable a la crítica. T iem po
d esp u és, ya psiquiatra itinerante y oráculo de los periodistas, parecía co n
fiad o, in c lu so sereno. P ero hub o años — in clu so d esp u és de que se hubiera
con vertid o en un profesion al co n o c id o intem acionalm ente— en los que se
v io a cosad o por terribles c risis relig io sa s. Fueran cu ales fueren su s c o n
flictos privados, desde su juventud em anaba de él una sensación de fuerza;
tenía rostro teu tó n ico vigorosam ente tallado, de h u esos grandes y estructu
ra fuerte, y una elo c u e n c ia torrencial. Para Ernest Jones, que lo c o n o c ió en
1907, era “una personalidad dinám ica” dotada de “un cerebro incesantem en
te activ o y rápido”. Era tam bién “de tem peram ento fuerte o in clu so dom i
nador” , reb osante de “v ita lid a d y alegría”, sin duda “una p ersona m uy
atractiva”. E ste fue e l hom bre ele g id o por Freud com o príncipe herede
ro.
A diferen cia d el resto de su fa m ilia, Jung q u iso ser m é d ico , e inició
sus estu dios d e m edicina en la U niversidad de B asilea en 1895. Pero, a
pesar de toda su ed u cación c ien tífica , a lo largo de los años n o perdió su
interés por lo o c u lto ni la fascin a ció n que ejercían sobre é l las religion es
esotéricas ni o c io s o es decirlo, su d esbocada fantasía. A fin e s de 1900 se
sum ó al personal d el sanatorio B u rgh ólzli, que en aquel en ton ces era la
clínica psiquiátrica de la U niversidad de Zurich. N o podía haber eleg id o un
lugar mejor. B ajo la inspirada dirección de Eugen Bleuler, el B urghólzli
iba abriéndose ca m in o h a cia e l prim er plan o de la in v estig a ció n sobre
enferm edades m entales. En é l con vergían m éd icos de m uchos países, com o
observadores, y por su parte lo s p rofesionales del sanatorio viajaban fre
cu entem ente al extranjero; a fin e s de 1 902, Jung (co m o Freud casi dos
décadas antes) p a só un sem estre en la Salpétriére, e se irresistible im án
para lo s psiquiatras jó v e n e s, donde escu ch ó a Pierre Janet disertar sobre
p sico p a to lo g ía teórica.
Detrás de Jung estaba E ugen B leuler, su e lu siv o y un tanto e n igm áti
c o je fe , figura dom inante entre lo s psiquiatras de su tiem po. B leuler, que
había n a cid o un año d esp u és d e Freud, en 1857, estu d ió en París con
C harcot y a co ntinu a ció n v o lv ió a Suiza. C om o psiquiatra de varios h os
pitales psiquiátricos, adquirió una im presionante experien cia c lín ica. Pero
era m u cho m ás qu e un c lín ic o ; observador e investigad or im agin ativo,
aprovechó su trabajo con lo s desequilibrados para alcanzar fin es cien tífi
co s. En 1898 fu e d esign ado sucesor de A uguste Forel com o director del
B urgh ólzli, y co n v irtió a q uella ya reputada institu ción en un centro de
renom bre m undial en el ám b ito d e la in vestigación de las enferm edades
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 3 5 ]
m en tales. S ig u ien d o a C harcot, se co n tó entre lo s pioneros que pusieron
orden en lo s sum am ente im precisos d ia g n ó sticos de las enferm edades p si
co ló g ic a s; lo m ism o q u e C harcot, e la b o ró una nom enclatura q u e acabó
sien d o m uy in fluyen te. A lg u n a s de la s palabras que acuñó, co m o e s q u iz o
frenia, a m b iva len cia y a u tism o , quedaron definitivam ente incorporadas al
vocabulario psiquiátrico.
A pesar de la reputación internacional del B urghülzli, Jung recordó los
prim eros años que p a só a llí c o m o un período caracterizado por la rutina
trivial y estéril, un verdadero ataque al p ensam iento original y a la e x c e n
tricidad creadora. ** P ero e l lugar le fa c ilitó su a c c e so al p sico a n á lisis.
Forel ya co n o cía e l trabajo de Breuer y Freud sobre la histeria; B leuler,
poco después de la llegada de Jung, le pidió a éste q ue preparara un infor
m e para e l cuerpo m éd ico sobre L a in terp reta ció n d e lo s sueños. E l lib ro
dejó su im pronta en Jung, quien p ronto incorporó a sus propias in v estig a
cio n e s las ideas del libro de lo s su eñ o s, d e lo s prim eros trabajos sobre la
histeria y , d esp u és d e 1 9 05, la historia del ca so de Dora. Siem pre hom bre
de op in io n es firm es, s e declaró ardoroso partidario de Freud, y d efen d ió
enérgicam ente las in n o v a cio n es p sico a n a líticas en con gresos m éd icos y en
sus p u blicaciones. Su interés por las teorías de Freud fue intensificán d ose
a m edida que las aplicaba co n éx ito a la esquizofrenia (o dem encia precoz,
co m o todavía se la llam ab a), la p sic o sis en la cual se había esp e cia liz a d o
y a la cu al debía su reputación. En e l verano de 1906, en e l Prefacio d e su
m uy elo g ia d a m on ografía P sic o lo g ía d e la d em en cia p r e c o z, d e stacó las
“co n cep cion es brillantes” de Freud, quien aún no había “recibido e l rec o
n ocim iento y la apreciación que m erecía ”. Jung c o n fiesa que al principio,
naturalm ente, se había “planteado todas las ob jecion es que se le form ulan
a Freud en lo s tex to s” . P ero — con tinú a dicien d o— lle g ó a la con c lu sió n
de que e l ú n ico m od o leg ítim o de refutar a Freud consistía en reproducir su
trabajo. A falta d e e llo , n o se debía “juzgar a Freud; en c a so contrario, se
está actuando com o aq uellos céleb res hom bres de cien cia que se negaron a
mirar por e l te le sc o p io de G a lile o ” . S in em bargo, in sistien d o pú b licam en
te en su ind epend en cia intelectu al, Jung se pregunta si la terapia psicoaná-
litica e s realm ente tan e fic a z c o m o Freud pretende. A dem ás, é l n o atribuía
“al trauma sexu al de la juventud la sig n ificación ex clu y e m e que en apa
riencia Freud le asigna” * 3. Esta era una reserva de mal agüero, que iba a
influir en las rela cio n es entre Freud y Jung d e sd e el p rincipio h asta el
final.
N o obsta n te, en 1 9 0 6 , Jung s o stu v o que “ todas esta s c o sa s so n de
importancia secundaria”; “desaparecen por com pleto ante los principios p si
c o ló g ic o s c u y o descu brim ien to e s e l gran m érito de Freud” . En el texto cita
repetidam ente a Freud, co n un notable aprecio. ** Pero no se co n ten ió co n
el m ero h ech o de polem izar en defensa de las ideas de Freud; tam bién reali
zó un innovador trabajo experim ental que afianzó las con clusiones freudia-
nas. D e e se m odo, en 1 9 06, en un notable artículo sobre la a so ciación de
[2 3 6 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
palabras, presentó abundantes pruebas experim entales en apoyo de la teoría
de la a sociación libre. *3 A ju icio de E m est Jones, e se artículo fue «gran
d io so » , y co n stitu yó “quizá su m ás original contribución a la cie n cia ”. *«
Freud se m ostró agradecido por las atenciones de Jung y, a su m odo,
se exp resó con una franqueza que ven cía todas las resistencias. Le agrade
c ió a Jung el e n v ío de E studios de a so c ia c ió n diagn óstica, que contenía el
artículo sem in al de Jung, reconocien do que, “naturalm ente” e se artículo
era el qu e m ás le había gustado. D esp u és de todo, Jung, “confiando en la
ex p eriencia” , había tenido la bondad de insistir en que Freud no hacía más
que ilum inar “ la verdad sobre las hasta ahora inexploradas regiones de
nuestra discip lin a” . La osada perspectiva d e contar en e l extranjero con un
p ropagan dista resp etado, qu e tenía a c c e so a p a cien tes in teresantes y a
m éd ico s interesados de un hospital m ental fam oso, era algo que para Freud
iba m ás allá de toda expectativa razonable. Pero procuró excluir con pru
dencia toda sospecha acerca de que pretendiera un apostolado ciego: “C uen
to confiadam ente con que usted estará a m enudo d ispuesto a ratificar m is
ideas, pero tam bién aceptaré con gusto cualquier o b jeción ”.
E n el o to ñ o de 1906, Freud retribuyó el en v ío de Jung c o n un ejem
plar que reco g ía su recop ilación de artículos sobre la teoría de las neurosis,
que acababa de publicarse. En su ca n a de agradecim iento, Jung asum ió la
postura de adalid y m isionero de Freud. Le inform ó c o n entusiasm o, aun
que prem aturam ente, que si bien B leu ler, al principio, se había resistido
con v ig o r a las ideas freudianas, en e s e m om ento estaba “com pletam ente
convertido”. *« En su respuesta, Freud, cortésm ente, tom ó aquellas buenas
n o tic ia s c o m o un triunfo personal de Jung: “ M e han com p lacid o m ucho
su carta y las noticias de que ha convertido a B leuler”. Cuando arrojaba
cum plidos agradecidos a sus corresponsales, Freud podía a v eces rivalizar
co n e l m ás suave de los cortesan os. P ero no perdía e l tiem po: en la m is
m a carta no vacila en caracterizarse c o m o un pionero que está envejecien
do, preparado para pasar la antorcha a m anos más jóven es. A l hablar del
e g regio P rofessor A schaffenburg y sus desm edidos ataques contra el p sico
a n álisis, describe el debate de lo s psiquiatras sobre esta disciplina com o la
lucha entre d os m undos: pronto resultaría claro cuál de ello s estaba en
decadencia, y cuál se encam inaba hacia la victoria. A unque él no viviera
para ver e se triunfo, “m is alum nos, espero, estarán allí, y espero adem ás
que quienquiera que pueda superar la resistencia interior en beneficio de la
verdad, de buena gana se contará entre m is alum nos y erradicará de su pen
sam iento los residuos de inseguridad”. *» La am istad entre Freud y Jung
había em pezado.
U na vez in ic ia d a , aquella am istad floreció con fuerza. En un inter
ca m b io cortés, los dos hom bres exam inaron el papel de la sexualidad en la
g én esis de las neurosis, se enviaron recíprocam ente separatas y libros, a sí
c o m o anécdotas de casos que los intrigaban particularm ente. Jung era res
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 3 7 ]
p etu o so , pero nun ca servil. C on fiaba en n o tergiversar a Freud; atribuía
algu nos de sus e scrú p u lo s c o n resp ecto al p sicoan álisis a su propia in ex
periencia, a su su bjetividad y a la falta de contacto personal c o n Freud;
justificab a e l tono prudente que había adoptado en sus d efensas públicas
dei m aestro invocan do e l arte de la diplom acia. E n vió notas que sabía que
Freud iba a apreciar. “ Sus puntos de v ista están realizando rápidos progre
so s en S u iza ” ; y tam bién: “ y o m ism o so y un partidario entu siasta de
su terapia” .*'»
Freud aceptó las flo res que le arrojaba Jung co n la actitud co m p la cie n
te de un padre. “Encuentro extrem adam ente agradable que usted prom eta
confiar p rovisionalm ente e n m í cuan do su experien cia n o le perm ita d e c i
dir”, pero apresurándose a suavizar su eventual presión sobre Jung, agrega:
“D esd e lu eg o , s ó lo hasta q u e e lla le permita h acerlo”. Freud se creía m ás
fle x ib le de lo que e l m undo pensaba que era, y le agradaba que Jung hubie
ra advertido e s e rasgo. « C o m o u sted sabe, he ten id o que vérm elas con
todos lo s dem o nio s que pu ed e albergar un “ innovador”; entre e llo s n o e s el
m ás in o fe n siv o la n ecesid ad de aparecer ante lo s propios partidarios c om o
un gruñón irritado, farisaico e incorregible, lo que en realidad no soy».
C on un seductor d e sp lie g u e de m od estia, con clu ye: “ Siem pre he estad o
con v en cid o de m i propia falib ilidad ”. * 12 S o licitó la o p in ión de Jung acerca
d e un paciente que presentaba síntom as de lo que podía ser una dem encia
precoz. » n E lo g ió e l e s tilo d e Jung, adornando su entusiasm o c o n críticas
e str a té g ic a m e n te situ a d a s, sin o lv id a r nunca la Causa: “ A b an d o n e en
seguida el error de suponer que su libro sobre la dem encia p recoz n o m e
gustó enorm em ente. El h ec h o m ism o de que le haya hech o algunas críti
cas debería d em ostrárselo. P ues si no fuera así, hubiera sid o lo su ficien te
m ente d ip lom ático c o m o para ocultárselo. D esp u é s de todo, sería su m a
m ente im prudente insultarle a usted, la m ejor ayuda que m e ha deparado el
d e stin o h asta e l m o m e n to ”. * 14 Freud d e b ió de sentir que, c o n alguien
co m o Jung, un cierto grado de sinceridad crítica constituía una form a de
halago m ás absoluta que e l aplauso in condicional.
A F reu d le g u sta ba auténticam ente Jung, abrigaba grandes esperan
zas respecto d e él, y necesitaba idealizar a alquien co m o había idealizado a
F liess. Sin duda, Jung resultaba útil. P ero, fueran cu ales fueren las im pu
taciones que n o tardó en realizar cierta crítica cap ciosa, Freud n o se lim itó
a explotarlo co m o una respetable y gentil fachada, detrás de la cual los
p sicoan alistas ju d ío s pudieran realizar su obra revolucionaria. Jung era el
h ijo favorito de Freud. U na y otra v e z , en su s cartas a sus a m igos ju d ío s,
e lo g ió a Jung por realizar un trabajo “esp lén d id o, m a gn ífico”, co m p ila n
d o , teorizando o aplastando a los e n em ig os del psicoan álisis. * 1S “N o sea
c e lo s o — le escrib ió a F erenczi en diciem bre de 1910— e incluya a Jung
en sus c á lcu lo s. E stoy m ás co n v e n c id o que nunca d e que él es e l hom bre
del futuro”. * Ié Jung iba a asegurar que e l psicoan álisis sobreviviera d e s
[2 3 8 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
p ués de que su fundador abandonara el escenario, y Freud lo amaba por
ello . L o que es m ás, en las intenciones de Freud no había nada tortuoso o
secreto. En el verano de 1908, al anunciar a Jung que pensaba visitarlo, le
dijo que esperaba una d iscu sió n p rofesional en toda regla, revelando su
“intención egoísta, que naturalm ente c o n fieso con franqueza"; se trataba de
“establecer” a Jung c o m o e l analista que continuaría y com pletaría “m i
obra”. Pero e sto no era todo, ni m ucho m enos. “A dem ás, siento m ucho
afecto por usted (fiabe ich S ie j a auch lieb )" . Pero — agregó— “he aprendi
d o a n o m agnificar e se e lem en to ”. Los beneficios que esperaba obtener de
Jung eran bastante personales, p ues Freud se identificaba con su creación,
el psico a n á lisis. Sin em bargo, m ientras cubría a Jung de adjetivos h alaga
d ores, y lo pon ía sag a zm en te por e n cim a de sus partidarios v ie n e se s,
Freud pensaba en la prosperidad de su m o vim iento, m ás que en cualquier
b e n e fic io privado. C om o “una personalidad fuerte, independiente, com o
teutón (G erm anc)”, Jung parecía estar m ejor dotado para ganarse la sim pa
tía y el interés del m undo exterior en b e n e fic io de la gran em presa. *17
Freud se lo dijo honradam ente. Jung no era v ie n é s, no era viejo, y (lo
m ejor de todo) n o era judío: tres m éritos negativos que Freud consideró
irresistibles.
Jung, por su parte, se enorgu llecía de la resplandeciente aprobación de
Freud. “L e agradezco con todo m i corazón esta dem ostración de confian
z a ”, escrib ió en febrero de 1908, después de que Freud se hubiera dirigido a
é l co m o a su “Q uerido a m ig o ”. E se “p resente inm erecido de su am istad
s ig n ifica para m í un indudable hito en m i vida, que no puedo celebrar con
palabras altisonantes” . En su carta, Freud había m encion ad o a F liess, y
Jung, adiestrado c o m o estaba en la c a z a p sic o a n a lítica de in d icios, no
podía dejar pasar e se nom bre sin u n repliegue exp lícito; se sin tió im pulsa
d o a pedirle a Freud que le perm itiera “gozar de su amistad no com o algo
propio de ig u a les, sin o c o m o si fu éram os padre e hijo. Esa distancia m e
parece apropiada y natural”. * « Ser d esignado heredero del m agnífico le g a
d o de Freud, y ser e leg id o por el propio fundador, le pareció a Jung e l
p rincipio d e la gloria.
C o m o tera peu ta s o c u p a d o s , n inguno de lo s dos deseaba robar tiem
p o a sus aprem iantes deberes, de m o d o q u e Freud y Jung no pudieron
encontrarse antes de principios de marzo de 1907, casi un año después de
haber iniciado su correspondencia. Jung fu e a Berggasse 19 acom pañado
por su m ujer Em m a y su jo v e n c o le g a L udw ig Binsw anger. La visita a
V ien a co n stitu y ó una orgía de co n v e r sa c io n e s p ro fesion ales, só lo in te
rrumpida por una reunión de la S ocied ad P sicoanalítica de los M iércoles y
por com id as fam iliares. Martin Freud, que participaba en ellas, junto con
lo s otros ch ico s, recuerda que Jung n o hablaba m ás que de s í m ism o y de
sus c a so s, co n una verborrea qu e parecía n o tener fin. “N unca realizó el
m enor intento de entablar alguna co n v ersación cortés con mam á o con
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 3 9 ]
n osotros, lo s c h ic o s, sin o que se lim itaba a proseguir el debate interrum
p id o por la cena. E n e sa s o c a sio n e s s ó lo hablaba Jung, y papá, c o n v is i
ble d eleite, se contentaba co n escuch ar”. *»» Jung recordó la d iscu sión que
m antuvieron él y Freud c o m o m u y igualada en sus respectivas interven
cio n e s, aunque interm inable. D ic e que hablaron durante trece horas, prácti
cam en te sin interrupción. * » Jung im p resion ó a lo s Freud c o m o un h o m
bre de vitalidad ex p lo siv a , y — escrib ió Martin— dotado de “ una presencia
im ponente. Era m uy alto y ancho de hom bros, m ás parecido a un sold ad o
que a un m éd ico y hom bre de cien cia . Su cabeza era puram ente teutónica,
co n la m andíbula fuerte, un p equ eño b ig o te, sus o jos azu les y el p e lo cor
to y ralo” , * » Parecía disfrutar eno rm em en te.1
Esta primera v isita del su iz o d e b ió ser agotadora, pero tuvo tam bién
su parte relajada. B insw an ger nunca o lv id ó la conversación cordial y alen-
• adora d el anfitrión, ni “ la atm ósfera libre, am istosa” que rod eó tod o e l
ep iso d io d esd e e l p rin cip io. C on v ein tisé is años cum p lid os, B insw anger
admiró “la grandeza y d ignidad” de Freud, pero sin sentirse amedrentado ni
intim idado. El h ech o de que a Freud no le gustara “ninguna form alidad ni
etiqueta, su encanto personal, su sen c ille z , su carácter despreocupadam ente
abierto y b o n d ad oso” p arece que ahuyentaron toda ansiedad. Sintién d ose
c ó m o d o s, lo s tres hom b res s e interpretaron recíp rocam en te lo s su eñ o s,
com partieron p a seo s y co m ida s. “ El rebaño de n iños se com portaba con
m ucha tranquilidad en la m esa, aunque tam bién e n su ca so p revalecía un
tono com pletam ente libre d e c o a c c io n e s”. *22 Freud declaró que sus v isi
tantes le habían p rocurado m u ch o placer; Jung se m a n ifestó abrumado.
P oco después de regresar a Z urich, le escribió a Freud que su estan cia en
V ien a había sid o “un acon tecim ien to en todos los sen tid os d e la palabra”,
y que le había causado “una trem enda im presión”; se estaba desm oronando
su r e sisten cia a la “ am p lia c o n c e p c ió n de la sex u a lid a d ” de Freud.
Freud, a su v ez, reiteró lo q ue le había d ich o en V iena: “ Su persona m e ha
llen a d o d e c o n fia n za en el futuro”. C om prendía q ue é l m ism o era “tan
prescindible c o m o cualquiera”, pero, agregó, “e stoy seguro de qu e usted
nunca dejará el trabajo de lado”. •** ¿Estaba Freud tan seguro? Entre los
sueñ os d e Jung había uno qu e, según la interpretación que le d io Freud,
expresaba el d e se o de destronarlo. * 1S
N i Jung n i F reud co n sid e r a r o n q u e aquel su eñ o fuera un augu rio
inquietante. La estructura d e su am istad, rápidam ente asentada, parecía
tallada en piedra. Intercam biaron inform es sobre c asos co m o otras tantas
m uestras de estim ación; exploraron m od os de ampliar las ideas p sicoan alí
ticas al estu d io de la s p s ic o s is y la cultura, y ridiculizaron lo s “n e c io s
lugares c o m u n es” (el a djetivo e s d e Jung) de los psiquiatras académ icos
que se negaban a admitir la verdad de las enseñanzas de Freud. * * Aunque
1 S egú n Jun g, fu e du ran te e sa v isita cua nd o se le ha b ló d e un a r e la c ió n
entre Freud y su cuñada M inn a B ern a y s.
[2 4 0 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
desarrolló co n rapidez su pericia clín ica y su polém ica experiencia, durante
aflos Jung sig u ió sie n d o el d iscíp u lo . “ Es grato — le esc rib ió Freud en
abril de 1907— qu e m e pregunte tantas cosas, in clu so aunque sepa que
sólo puedo responder una pequeña parte”. Freud n o era e l único que
recurría ai h alago en este diá lo g o epistolar. Jung le dijo que se estaba dan
d o un festín con las exquisiteces que él iba repartiendo y que v iv ía de “las
m igas que caen de la m esa del rico” . • * Freud objetó esa m etáfora opulen
ta, p refiriendo poner el acen to en e l valor que Jung tenía para é l. A punto
de salir de v a c a c io n e s, e n j u lio de 1 9 0 7 , le dijo que las n oticias que iba
recibiend o de é l “ca si se han convertido en una necesid ad ” . * » A l m es
siguiente tuvo la oportunidad de tranquilizar a Jung, que se lamentaba de
lo s d efectos d e su propio carácter: “L o que usted considera histérico en su
personalidad, la n ecesidad de causar im presión en las personas e influir en
ellas e s p recisam en te lo q u e le perm ite ser un m aestro y un g u ía”. * ’<•
A pesar d e esto s agradables in tercam bios entre e l gobernante y su
príncipe de la corona, el debate que potencialm ente podía separarlos, acerca
d e la sexu alid ad, nunca se ex tin g u ió por com p leto. Jung vacilaba, m ien
tras que A braham (en su s ú ltim os m e se s en el BurghOlzli) se mostraba
m ás recep tivo a la teoría freudiana de la libido. Este rival situado en su
propia retaguardia p ro v o có lo s c e lo s de Jung. Freud n o le ocu ltó que le
gustaba A braham porque “ ataca e l problem a sexual de m odo directo” .
Pero lo s ce lo s y la en v id ia eran hábitos em o cion ales tan próxim os a la
su p e r fic ie e n la m en te d e Jung, que n o se m o lesta b a en ocu ltarlos, y
m uch o m enos en reprim irlos. A p rin cip ios de 1909 le c o n fesó a F erenczi,
co n una franqueza que hacía inútil toda crítica, que, debido a que Freud
había elo g ia d o m u ch o un trabajo del m ism o Ferenczi (a lg o qu e no siem pre
ocurría co n lo s escritos de Jung) él, Jung, tenía que deshacerse en esa carta
de “un innoble sen tim iento de envid ia”. * » C on todo, Jung con tin u ó pro
fesando nada m en os que su “d evoción in condicional” a las teorías freudia
nas, y su igu alm en te “in cond icional v en eración” a la persona de Freud.
R econocía en esa “veneración” una cualidad de «entusiasm o “religioso”»,
lo cual, “ a causa de su in negab le m atiz erótico”, le parecía a la vez “repul
s iv o y r id ícu lo ” . Y a lan zad o en e l ca m ino de la c o n fe sió n , Jung no se
detuvo: atribuyó aquel fuerte d isgusto por e se apasionam iento cuasi reli
g io so a un incidente de su infancia; en efe c to , “de niño, sucum bí a un ata
que hom osexual de un hom bre al que antes había reverenciado”. Freud,
que en esa m ism a ép oca cav ila b a sobre su s propios sen tim ien tos h om oe-
róticos con respecto a F lie ss, encajó la revelación de Jung sin darle dem a
siada im portancia. Una transferencia religiosa — com en tó, con m ás sabi
duría de la que él supuso— s ó lo puede terminar en la apostasía. Pero él
estaba haciendo cuanto podía para contrarrestarla; trató de persuadir a Jung
de que “so y inadecuado co m o objeto de culto”. L legaría un tiem po en
el que Jung coincid iría c o n Freud acerca de este punto.
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 4 1 ]
E n s u s c a r t a s a A braham (que proporcionan un sobrio com entario
sobre la correspondencia de Jung) Freud describió sin reservas las virtudes
peculiares de la co n ex ió n de Zurich. Durante los tres años que pasó en el
B urg hó lzli, A braham se había llev a d o b ien con Jung (tan atractivo co m o
brusco) pero albergaba dudas con respecto a é l. D esp u és, m ientras ejercía
en B erlín, n o perdió ninguna oportunidad de irritar a su ex superior, en
especia l cuando se encontraban en con gresos psicoan alíticos. Freud, que
sostenía la necesid ad de tener pacien cia y cooperar, interpretaba con m od e
ración la actitud m ás b ien fría de Abraham con respecto a Jung, c o m o una
inocua y casi in evitab le rivalidad entre herm anos. "Sea tolerante — le reco
m endó a Abraham en m ayo de 1908— y no o lv id e q ue es realm ente m ás
fácil para u sted” , co m o jud ío, aceptar el p sic o a n á lisis, m ientras que Jung,
“com o cristiano e h ijo de un pastor” , puede "encontrar e l cam in o que le
conducirá a m í só lo luchando co n grandes resistencias internas”. Por lo
tanto, “ su adh esión es sum am ente v a lio sa . C asi diría que s ó lo su apari
ción ha p odido salvar al p sico a n á lisis del p elig r o de convertirse en una
preocupación nacional ju d ía ”. Freud estaba con ven cid o de que mientras
el m undo percibiera el p sico a n á lisis c o m o una “c ien cia jud ía”, la carga que
debían soportar sus sub versivas ideas n o podía hacer otra co sa que m ulti
plicarse. “N osotros so m o s y segu irem o s siendo ju d íos — le escr ib ió a un
corresponsal jud ío algún tiem po d esp u és— ; los otros sen cillam en te siem
pre nos explotarán y nunca nos entenderán ni apreciarán” . En una acer
ba y céleb re ocu rrencia, dirig ién d o se a Abraham, tom ó e l apellido más
inequívocam ente austríaco y cristiano que se le ocurrió, para resum ir todas
las desdichas de la con d ició n judía: “Esté seguro de que si yo m e llamara
Oberhuber, m is inn o v a cio n es, a pesar de todo, habrían encontrado m ucha
m enos resisten cia” .
C on este espíritu d e autodefensa, Freud previno claram ente a Abraham
contra las “preferencias raciales” . Precisam ente porque los dos hom bres, y
Ferenczi en B udapest, se entendían tan perfectam ente, tales consideracio
n es debían ocupar un lugar secundario. Su propia intim idad les serviría
para tomar precauciones contra “ el hecho de descuidar a los arios, que son
fundam entalm ente extraños a m í”. * » N o tenía duda alguna: “N uestros
cam aradas arios, d e s p u é s de to d o , so n totalm ente in d isp e n sa b le s para
nosotros; de otro m o d o , e l p sic o a n á lisis caería víc tim a del a n tisem itis
m o ” . * 39 Vale la pena repetir que, a pesar de esta necesidad de partidarios
gen tiles, Freud no estab a recurriendo a la m anipulación al alentar a Jung;
tenía un concepto de é l m u cho m ejor que e l de Abraham. A l m ism o
tiem p o, Freud no d esestim a b a el valor p rofesional y personal de lo que, en
la jerga de la época, llam aba “parentesco racial (R assenverw andtschafi)” y
que lo vinculaba co n A braham . “¿Podría decir que son sus rasgos judíos
consanguíneos lo que m e atrae de usted?” Escribiendo con toda confianza,
de ju dío a ju d ío , Freud le c o n fe só a A braham su preocupación por “el anti
sem itism o o c u lto d e l s u iz o ” , y r eco m en d ó la re sig n a c ió n c o m o ú n ica
[2 4 2 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
p o lítica viab le: “ N o sotros, c o m o ju d ío s, si querem os integrarnos e n c u a l
quier parte, d ebem os desarrollar un p o co de m asoquism o”, e in clu so estar
preparados para soportar cierto grado de injusticia. *« Tam bién le recordó a
A braham (p oniend o d e m a n ifiesto — de paso— su co m p le to d e sc o n o c i
m iento de la larga tradición del m isticism o ju d ío ) que: “En general, para
n o so tro s, lo s ju d ío s, e s m ás fá c il, p u esto que n os falta el elem en to m ísti
c o ”. * «
S eg ú n el punto de vista d e Freud, estar felizm en te libre del elem ento
m ístico sign ifica b a estar abierto a la cien cia , tener la única actitud adecua
da para la com prensión de su s ideas. Jung, hijo de un pastor, albergaba
p elig ro sa s sim patías por m ístic o s de O riente y O ccid en te, lo m ism o que,
ap arentem ente, m u ch o s otros c r istia n o s. Para un p sico a n a lista , ju d ío o
n o, era m u ch o m ejor ser a teo, co m o e l propio Freud. L o que im portaba
era reconocer que e l psico a n á lisis e s una cien cia, con respecto a c u y o s d es
cubrim ientos los orígenes r e lig io so s de qu ienes lo practican carecen por
co m p leto de pertinencia. “N o debe haber una cien cia judía o una cien cia
aria diferentes” , le m anifestó Freud a F erenczi en una oportunidad. Pero
tam bién consideraba que las realidades de la política psicoanalítica ob lig a
ban a tener presentes las d iferen cias religiosas de sus seguidores. En co n
se c u en cia , hacía cuanto p odía por cultivar tanto a lo s ju d íos co m o a los
gen tiles. S ed u cía a Jung con a fe c to paternal, a Abraham c o n afinidades
“r a c ia le s ” , sin p erder d e v ista la C ausa. En 1908 estaba m an ten ien d o
correspondencia con Abraham y Jung prácticam ente de m odo idéntico; la
estrategia parecía estar dando resultados.
S in duda, en e so s años Freud n o tenía duda alguna de que Jung seguía
firm e en su fe. E l propio Jung lo había d ic h o c o n bastante frecuencia.
“Puede estar seguro — le escribió a Freud en 1907— de que nunca abando
naré una parte d e su teoría esencia! para m í. E stoy dem asiado com prom eti
d o para e llo ”. *44 D o s años m ás tarde, le d io seguridades una vez más: “N i
ahora ni en e l futuro, ocurrirá alg o d el tip o F lie ss”. * « Esta era una pro
m esa so lem n e y enfática que Freud (si se hubiera perm itido aplicar sus
propias técnicas d etectivescas) podría haber considerado un in d icio om in o
s o acerca d e alg o del tipo F liess que se produciría en e l futuro.
I n t e r l u d io a m e r ic a n o
En 1909, e l m ism o año de la prom esa de firm e lealtad
por parte de Jung, Freud se v io inesperadam ente a livia
d o en lo referen te a su s p r eocu p acion es p o lític a s, y
o btuvo una todavía m ás inesperada distinción, lejos de
su país. El 10 d e septiem bre (un viernes) por la noche,
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 4 3 ]
en e l gim n a sio de la Clark U n iversity, de W orcester, M assachusetts, reci
b ió e l título de doctor honoris cau sa en leyes. E l espaldarazo lle g ó por
sorpresa. T en ía un pu ñado de seg u id o res en V iena; p o c o tiem po antes
había con seg u id o partidarios en Zurich, B erlín, Budapest, Londres e inclu
so N u ev a York. P ero é sto s representaban una p eq u eñ a y atrincherada
m inoría dentro de la p rofesión psiquiátrica; las ideas de Freud seguían
siendo patrim onio de unos p o co s, y un escá n d alo para la m ayoría.
A hora bien, el p residen te de la Clark U n iversity, G. Stanley H all, que
organizó las cerem on ias en las c u a les Freud r ecib ió su título honorario,
era un p sic ó lo g o em prendedor que, lejo s de tem er la controversia, la cu lti
vaba. “T iene algo de fabricante de rey es”, sen ten ció Freud. **» H all, e x cé n
trico y entusiasta, había h ech o m u cho por popularizar la p sico lo g ía , en
esp ecia l la p s ic o lo g ía in fantil, en E stad os U n id os. En 1889 había sid o
design ado prim er presidente de la Clark U n iversity, la cual, bien provista
de fon dos, aspiraba a em ular a la Johns H opkins U niversity, y a superar a
Harvard en su program a para licen cia d o s. Fue la plataform a ideal para
H all, que era m ás un in fatigable p u blicista y un abogado con ideas nuevas
que un investigador original. Inquieto, a m bicioso e incurablem ente e c lé c
tico, H all absorbía co n rapidez las n uevas corrientes p sicológicas proce
dentes de Europa. En 1899 había im portado a una autoridad suiza, A ugus-
te Forel, e x director del H ospital M ental B urghólzli, para que informara
sobre lo s ú ltim os a v an ces, y Forel le había hablado a su audiencia acerca
de la obra sobre la histeria de Freud y Breuer. En los años que siguieron,
otros conferenciantes inform aron a Clark acerca del psicoanálisis de V iena,
y en 1 9 0 4 , en su v o lu m in o so tratado e n d o s tom os titulado A dolescen ce,
Hall aludió m ás de una v e z , co n aprobación evidente, a las difam adas ideas
de Freud sobre la sexualidad. En una reseña b ibliográfica sobre la obra, un
p sicó lo g o educacional de renom bre, Edward L. T hom dike, a m u g ó el entre
cejo ante la franqueza sin precedentes de H all, y en privado denunció el
libro co m o “ atestado de errores, m asturbación y Jesú s”. E l autor — dijo—
"es un lo c o ”. *47
E se era el hom bre que invitó a Freud a pronunciar una serie de c o n fe
rencias. La o c a sió n que Hall e lig ió fue e l v ig é sim o aniversario de la fun
dación de la Clark U niversity. T am bién in v itó a Jung, en ton ces am plia
m ente co n o cid o c o m o esp ecia lista en esqu izofrenia y el m ás importante
seguidor de Freud. "C reem os — le escrib ió Hall a Freud en diciem bre de
190 8 — que un enu n ciado co n c iso de su s propios resultados y de su punto
de vista sería ahora sum am ente oportuno, y tal v e z en algún sentido haga
época en la historia de esto s estud ios en e ste p a ís”. ***
Entre un agradecim iento breve e im provisado', Freud dijo con orgullo
que esa cerem onia d e en trega del título honorario constituía “el primer
recon ocim iento o fic ia l de nuestros e sfu erzo s”. * « C in co años más tarde,
estaba todavía bajo la impronta de aq uella grata im presión. Se sirvió de la
generosidad y la am plitud intelectual am ericanas c o m o de un garrote con
[2 4 4 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
e l qu e golp ear a lo s eu ro p eo s, y d e fin ió su visita a Clark c o m o “ la prim e
ra v e z que se m e perm itió hablar públicam ente de p sicoan álisis”. El h ech o
d e q u e hubiera pronunciado c in c o con feren cias en alem án sin perder su
audiencia n o hacía m ás que realzar su apreciación del acontecim iento. A s i
m ism o , no ahorró a sus lectores europ eos el acre recordatorio d e que “la
introducción d el psico a n á lisis en N orteam érica tuvo lugar con detalles par
ticularm ente h onoríficos”. Freud adm itía que n o esperaba eso: “Para nues
tra sorpresa, n o s encontram os c o n q u e lo s hom bres sin p rejuicios de esa
universidad pequeAa pero reputada con ocían toda la literatura psicoanalíti
ca ”, y la em pleaban en sus con ferencias. Suavizando esta apreciación co n
ese m en o sp recio ritual d e A m érica que era en d ém ico entre los europeos
cu ltiv a d o s, agregó: “ En la m ojigata A m érica uno podía, por lo m en os en
lo s círcu los académ icos, d iscutir c o n libertad y tratar científicam ente todo
lo que se considera im propio en la vida ordinaria”. * » Una década m ás tar
de, recordando el episo d io en su presentación autobiográfica ob servó que
su e x p ed ició n am ericana había h ech o m u ch o por é l. “ En Europa m e sentía
c o m o alg u ien exco m u lg a d o ; a llí lo s m ejores m e recibieron c o m o a un
igu al. Subir a la tribuna en W orcester fue c o m o la realización de un sueño
in creíble”. Q uedó claro en to n ces q ue “ el p sicoanálisis ya n o era una ilu
sión; se había convertido en una parte im portante de la realidad”. * S1
A l p rin cip io, Freud p e n só que n o podía aceptar la invitación de H all,
Program adas para ju n io , las cerem onias habrían interrumpido su año pro
fesio n a l y reducido sus in gresos, lo cual era siem pre una cuestión d elicada
para é l. Le dijo a Ferenczi q ue lam entaba tener que negarse, pero « sin
em bargo, m e parece que la dem anda d e sacrificar tanto dinero por la opor
tunidad de pronunciar conferencias a llí e s dem asiado “am ericana”». T u vo
un a cceso de dureza: “A m érica debe procurarme dinero, no costarm e dine
ro” . Y e l dinero n o era la única razón de la resistencia de Freud a hablar
p úblicam ente en Estados U n id o s. T em ía que é l y sus co leg a s se vieran
condenados al ostracism o en cuanto lo s norteam ericanos descubrieran “el
cim ien to sexu al de nuestra p sic o lo g ía ” . Pero la invitación lo intrigaba.
C uando H all tardó en responder a su s cartas, é l se im pacientó por el sile n
c io , aunque afirm ando en seguida, c o m o para protegerse de la desilu sión ,
q ue en todo c a so n o tem a nin gun a co n fianza en lo s norteam ericanos y
tem ía “la pudibundez d el n u ev o continen te”. * » U nos días m ás tarde, cam
b iand o el tono co n apariencia a lg o m ás an sio so , le v o lv ió a escribir a
Ferenczi: “S in n ovedades de E E .U U .”
Pero H all m od ificó su propuesta; dejó las cerem onias para septiem bre
y aum entó sustancialm ente lo s gasto s de viaje asignados a Freud. Este le
co m en tó a Ferenczi que e so s g esto s hacían posib le, “y sin duda c o n v e
n ien te, aceptar la invitación” . * « Y le preguntaba a F erenczi, co m o ya lo
h abía h ech o an tes, si le gu staría ir c o n é l. F erenczi resp on d ió que sí,
m ucho. Ya en enero le había d ich o a Freud que podía perm itirse e l v ia
je , y en m arzo em p ezó a pensar en “ciertos preparativos para la excur
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 4 5 ]
sión a ultram ar”, que in clu ían e l p erfeccio n am ien to de su “ d efe ctu o so ”
in glés y algunas lecturas sobre E stados U nidos. *S7 A m edida que transcu
rrían las sem anas, tam bién aum entaba visiblem ente la ex citación de Freud
ante aquella perspectiva. “A m érica dom ina la situación”, escrib ió en m ar
z o y , lo m ism o que Ferenczi, em p e z ó a prepararse para la aventura, co m
prando libros sobre E stados U n idos y “p ulien do” su in glés. Probablem en
te se iba a tratar de “ una gran ex p eriencia”; * » al anunciarle a Abraham que
iba a pronunciar conferencias en Estados U n idos, ex clam ó con exuberan
cia: “Y ahora las grandes n oticias” . * » A la manera de un viajero prudente
y experim entado, Freud em p ezó a reunir in form ación sobre la travesía;
sopesando diversas alternativas. Finalm ente se d ecid ió por el vapor G eorge
W ashington, de la N ordd eu tsch e L loyd, porque le perm itía dedicar una
sem ana a visitar cosas que le interesaban de Estados U n id os, antes de apa
recer en la Clark U n iversity. “P od em os ir al M editerráneo cualquier otro
año. A m érica n o se repetirá tan p ronto” .
Freud se daba cuenta con d isgu sto de su am bivalencia acerca de aquella
“aventura del viaje”, y la consideraba — le dijo a Ferenczi— «una verdade
ra ilustración de las profundas palabras de L a fla u ta m á g ic a : “N o puedo
obligarte a amar”. A m érica no m e importa nada, pero espero m ucho de
nuestro via je ju n to s» * * « A sim ism o , estaba f e liz de que Jung formara par
te de la expedición: “M e agrada enorm em ente por las razones m ás e g o ís
tas” , le h iz o saber a Jung en ju n io . Pero tam bién le agradaba — agregó—
ver cuánto prestig io se había ganad o ya Jung en los cír cu lo s p sic o ló g i
c o s. * «
Aunque en sus va ca cio n es de verano Freud se llev ó co n sig o , escrupu
lo sam en te, alg u n o s lib ro s so b re E stad os U n id o s, d esp u és n o los le y ó .
“Q uiero que m e sorprendan” * « , le d ijo a F erenczi, y le a co n sejó a Jung
que cultivara la m ism a espontaneidad. F inalm ente, su única irrupción
en Estados U nidos dem ostró ser en parte vacaciones y en parte progreso
p sico a n a lític o . P ero e m p e z ó c o n un e p is o d io p o co alentador: e l 2 0 de
agosto, los tres viajeros alm orzaron juntos en Brem en antes de em barcar
se; Jung co m e n z ó a hablar, y co n tin u ó hablando, sobre ruinas p rehistóri
cas en las que se estaba ex ca v a n d o al norte de A lem ania. Freud interpretó
que e s e tem a, y la in sisten cia de Jung, ocultaban un d e se o de muerte diri
gido contra é l, y se d esv a n eció . N o fue la única vez que lo hizo e n pre
sencia de Jung. Pero p rev a leció la grata p erspectiva de los m om entos que
les esperaban, y al día sigu ien te, Freud, Jung y Ferenczi partieron de B re
m en alegrem ente. Durante la travesía, que duró ocho d ías, se entretuvieron
con uno de los pasatiem pos favo rito s de aq uellos prim eros analistas: se
analizaron lo s sueños u n o s a otros. S egú n Freud le com en tó más tarde a
Jones, entre lo s m om en tos m ás m em orab les del viaje se con tó el h ech o de
2 Para un a n álisis d e ta lla d o d e l an iin o rtea m erican ism o de Freud, v é a n se las
p ágs. 6 2 5 -6 3 4 .
[2 4 6 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
que descubriera a su camarero leyen do L a p sic o p a to lo g ía de ¡a v id a c o ti
diana. •«* D esd e lu e g o , u no de lo s o b jetiv o s de Freud al escribir e se libro
había sid o llegar a un p úb lico profano, y tenía la satisfacción de encontrar
pruebas concretas d e q ue sin duda había logrado cautivar a un sector de le c
tores m ás am p lio.
El trío se reservó una sem ana para quedarse en N u eva York. E m est
Jones y A . A . B rill (lo s d o s p sico a n a lista s que estaban allí) lo s llevaron a
con ocer la ciudad. Jones via jó d esd e T oronto para atender a los distingui
d os invitados. P ero su c ic ero n e c a si p rofesional fu e B rill, q ue v iv ía en
N u ev a York desd e 1 8 8 9 , cu an d o lle g ó de su nativa Austria-H ungría, solo,
con qu in ce años d e edad y tres dólares en el b olsillo. El con ocía la ciudad
— al m en o s M anhattan— por dentro y por fuera. Se había ido de Europa
para escapar de su fam ilia. El padre era ignorante y autoritario; la madre
quería que fuera rabino. A m érica lo sa lv ó al m ism o tiem po de una carrera
¡ndeseada y de progenitores “ a sfixian tes”. * « En la adolescencia rechazó
con igual determ inación la religión y la dictadura dom éstica del padre, pero
— c o m o ha d ich o co n ju sticia Nathan G . H ale— “conservó el respeto reve
rencial típ icam ente ju d ío por lo s m aestros y lo s sabios. B uscaba un guía,
n o un sargento m ayor”. •*>
D esesperadam en te p obre, p ero im pu lsado por su voluntad, Brill se
abrió c am ino en la U niversidad d e N ueva York m ientras se m antenía con
una variedad de e m p leo s para salir del paso, in c lu id o e l de m aestro de
escu ela . D espu és de algunos años de privaciones — le con tó m ás tarde a
E m est Jones— p e n só que tem a dinero suficiente co m o para iniciar su for
m ación m édica e n la U niversidad de C olum bia, pero no le alcanzaba para
pagar los derechos de exam en. «A pelar a las autoridades pidiendo ayuda o
una ex e n c ió n era inútil; tenía que con fiar en sus propios recursos, y v o l
v ió a la en señan za durante un año m ás. S in duda, iba a resultarle p e n oso,
pero enton ces se dijo: “ N o le e c h e s la culpa a nadie m ás que a ti m ism o.
N adie te p id ió qu e e sco g iera s la m ed icin a .” Y avanzó co n valentía.» Jones
no puede ocultar su adm iración. “S e le podría considerar un diam ante en
bruto, pero no cabía duda alguna de que era un diam ante”. * « En 1907
había ahorrado e l dinero su ficien te co m o para pasar un año en el B urghólz-
li estu dian do psiquiatría. A llí descubrió a Freud, y de e se descubrim iento
surgió la voca ció n d e su vida. D e cid ió que v olvería a N ueva Y ork, se pre
pararía para con vertirse en portavoz del p sico a n á lisis y hacer editar en
in g lés lo s libros d e Freud. E n e s e m om ento, a fin es del verano de 1909,
podía, con entusiasm o y autoridad, pagar parte de su deuda con Freud.
C o n un apetito jo v e n e intacto de explorador urbano, Freud dem ostró
ser infatigable. N o era aún lo bastante fam o so com o para que lo asediaran
fo tó g ra fo s y periodistas, y uno de lo s m atutinos de N ueva York ni siq u ie
ra escrib ió bien su apellido; respetuosam ente, registró la llegada del “Pro
feso r Freund de V iena” . * » Esto n o pareció perturbar a Freud, atareado
com o estaba en recorrer N u eva York. V io e l Central Park y la Universidad
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 4 7 ]
de C olu m bia, C h in atow n y C o n ey Island, y se reservó tiem p o para in s
peccionar su s am adas antigüedades griegas e n e l M etropolitan M useum . El
15 de septiem bre lleg a ro n a W orcester. L os otros fueron alojados en el
Standish H otel; Freud, o b v ia m en te e l hu ésp ed p rincipal, había sid o in vita
do a hospedarse en la e leg a n te casa de G . S tanley H all.
L a s c in c o c o n f e r e n c i a s d e F r e u d , ensayadas previam ente en sus
p aseo s m atutinos c o n F eren czi, fueron b ien recibidas; ante sus oy e n tes
am ericanos sacó buen partido de su habilidad c o m o orador. Abrió la serie
con un gen ero so tributo a Breuer, a quien reco n o c ió c o m o e l verdadero
fu n d a d o r d e l p s i c o a n á l is is — tr ib u to q u e , tras r e fle x io n a r , lle g ó a
considerar e x c e siv o — y presentó una rápida historia de sus propias ideas y
té c n ic a s, ju n to co n a d v erten cia s contra la s e x c e s iv a s e x p ec ta tiv a s que
pudieran albergarse co n respecto a una ciencia q ue era todavía tan jo v en .
A l final de la tercera co n ferencia ya había fam iliarizado a sus oyentes con
los co n cep tos e s e n c ia le s d el p sicoanálisis: regresión , resisten cia, interpre
tación d e lo s su eñ o s, y tod os lo s dem ás. En la cuarta abordó el delicad o
tem a de la sexualidad, incluyen d o la sexualidad infantil. N unca había d es
p leg a d o c o n m ejor pro p ó sito su s h a b ilidad es para e l alegato dialéctico;
ju g ó diestram ente la carta d e triunfo de la c o n e x ió n am ericana. El testigo
al que apeló en su ap o y o era Standford B ell, por fortuna m iem bro del cu er
po d irectivo d e la C lark U niv ersity . En 1902, tres años antes de que apare
cieran lo s T re s e n sa y o s s o b r e te o ría sexu al de Freud, B ell había publicado
en el A m e ric a n J o u rn a l o f P sy c h o lo g y un artículo en el que ratificaba el
fen ó m en o de la sexualidad infantil con n um erosas ob servacion es. En el
hech o de n o ser origin al y ú n ico había alg o que suavizaba las resistencias,
y Freud lo ex p lo tó a fo n d o . C erró la serie co n una osada m ezcla de crítica
cultural y p sico a n á lisis aplicado, y para finalizar agradeció la oportunidad
que se le había brindado d e pronunciar esas conferen cias, y la atención con
la q u e lo habían se g u id o sus oy en tes.
Freud n o tem a m uchas razones válidas para quejarse de aquella visita;
la m ayoría d e sus c a v ila cio n es posteriores suenan forzadas, cualquier c osa
m en os gen erosas o in c lu so razonables. Es cierto que la cocin a norteam eri
cana, tanto e l agua helada c o m o la com ida pesada, h icieron estragos e n su
d ig estió n , que ya antes n o fun cion aba m uy b ien. S in duda, Freud esta
ba con v en cid o de que su estancia en Estados U nid os había “agravado n ota
blem ente” su enferm edad intestinal *71 y Jon es lo acom pañó en su c o n v ic
c ió n . “ E sp e r o f e r v ie n t e m e n t e — le e s c r ib ió a F reu d a lg u n o s m e s e s
desp ués— que su in d isp o sic ió n físic a sea ahora una co sa del pasado. Es
indignante que A m érica le haya asestado un g o lp e bajo a través de su c o c i
na”. *71 Pero Freud ex ageró m ucho el e fecto adverso de la com ida nortea
mericana, pues ya h a cía m uch o tiem po que lo acosaban las dificultades
intestinales. ¿Y qué d ecir de su afirm ación acerca de que esa visita a Esta
dos U n id os había determ inado e l deterioro de su escritura manuscrita? *”
[2 4 8 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
In clu so el fie l Jones tuvo que llegar a la c o n clu sión de que, en el fon d o, el
aniinorteam ericanism o de Freud “en realidad no tiene nada que ver con la
propia A m érica” . * »
D e h echo, la recepción que brindaron a Freud en Norteam érica, tanto
las p ersonas que c o n o c ió co m o la prensa, fu e cordial; en m uchos casos,
claram ente receptiva. El titular que apareció en el W o rce ster T elegram
(‘T o d o el m undo en C lark ... L os hom bres co n cerebro privilegiado tam
bién tienen tiem po para sonrisas o c a sio n a le s”) constituye un ejem p lo del
p erio d ism o popular en su n iv e l m ás bajo, pero fue una e x c e p c ió n . *73
A lgunas de las personas que asistieron a las conferencias de Freud con sid e
raban totalm ente sorprendentes sus teorías de la sexualidad, y la prensa tra
tó con conveniente brevedad y con decoro la cuarta conferencia, que e xam i
naba e s e d e lic a d o tem a . P ero F reud no ten ía m o t iv o s para sen tirse
despreciado — no digam os ya rechazado— por sus oyentes norteam erica
n o s. Es m ás, figuras im portantes de la p sic o lo g ía norteam ericana viaja
ron a W orcester especialm en te para con ocerlo. W illiam Jam es, el p sic ó lo
g o y filó s o fo m ás in flu yente y celebrado de Estados U nidos, pasó un día
en Clark para escucharlo y dar un p aseo co n él. Fue una cam inata que
Freud nunca olv idó . James ya padecía la enferm edad cardíaca de la que
m oriría un año d espu és. En su presentación autobiográfica, Freud narra
có m o Jam es se detuvo de pronto, le pasó su cartera de m ano y le pidió que
siguiera cam inando; iba a tener un ataque de angina de p echo y lo alcanza
ría en cuanto hubiera term inado. “D e sd e enton ces — c o m e n tó Freud—
siem pre he deseado tener una valentía sim ilar ante el fin de la vida” . A
Freud le p a reció adm irable, in c lu so e n v id iab le, e l e sto ic ism o cortés de
aquel hom bre, que había estado tratando con la muerte durante años.
James seguía lo s escritos de Freud d esde 1894, cuando reparó en la
“com un icación prelim inar” sobre la histeria, de Freud y Breuer. Entonces,
co n la am plitud de miras con la que norm alm ente consideraba las teorías
que lo intrigaban aunque le parecieran inaceptables, sim patizó c o n Freud y
lo s freudianos. Jam es, estu d io so p rofesional de la religión , alguien que
había elevado la exp eriencia religiosa al nivel de la verdad m ás alta, estaba
lleno de reservas acerca de lo que v eía co m o hostilidad freudiana hacia la
re lig ió n , una h o stilid a d program ática y o b sesiva. Pero e sto no elim in ó su
interés por la em presa. A l d esp ed irse de E m est Jones en W orcester, le
pa só un brazo por lo s hom bros y le dijo: “ El futuro de la p sic o lo g ía perte
n ece al trabajo de usted es”. James tenía fuertes sospechas de que Freud,
“co n su teoría del su eñ o, fuera un com pleto h a l l u c i n é S in em bargo, p en
saba que había «contribuido en gran m edida a nuestra com prensión de la
p sic o lo g ía “fu n cio n a l” , que es la p sic o lo g ía real». A sim ism o , inm edia
tam ente después del encuentro de Clark, escribiéndole al p sicó lo g o suizo
T h é o d o re F lo u rn o y , se m a n ife stó p reocupado por las “ id eas fija s” de
Freud; c o n fesó que no sabía qué hacer co n la teoría freudiana de los su e
ñ os, y denunció c o m o p elig ro so s los co n cep tos p sicoan alíticos sobre el
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 4 9 ]
sim b o lism o . Pero tenía la esperanza de que “ Freud y sus discíp u los lleven
sus ideas hasta sus últim as c o n se cu en cia s, para que podam os saber en qué
con sisten . N o pueden dejar de arrojar luz sobre la naturaleza h um ana”. *»“
E sto era am able, pero d u b ita tiv o , y un tanto vag o . Jam es tenía un
m ejor co n cep to de Jung, cuyas sim patías por la religión se acercaban a las
suyas. S in duda, las co n feren cias que Jung pronunció en Clark sobre p si
c o lo g ía infantil y lo s ex p e r im e n to s de a so c ia c ió n de palabras *81 eran
m enos provocadoras que las de Freud para la teología filosófica que James
defen d ió c o n tanta elocu en cia . S i b ien Freud no había predicado el ateísm o
en C lark, estaba claram ente com prom etid o co n el tipo de c o n v icc io n e s
científicas que rechazaban toda pretensión del pensam iento religioso refe
rente a la búsqueda de la verdad. Pero eran precisam ente esas pretensiones
las que Jam es había form ulado durante años, e levando la religión por en c i
ma de la ciencia; lo había hecho d el m o d o m ás v ig oroso en sus celebradas
C onferencias G ifford, The V a r ie tie s o f R e lig io u s E x p erien ce , obra p u b li
cada unos p ocos años antes, en 1902. En a gudo contraste, Jam es Jackson
Putnam apoyó a Freud co n en tu siasm o, y dem ostró ser un adalid del p si
co a n á lis is en E stados U n id o s m u ch o m ás e fic a z de lo que p o d ía serlo
Jam es. Profesor de Harvard, c o m o Jam es, Putnam era un n eurólogo que
disfrutaba de un prestigio inigu alad o entre sus c o legas. Por lo tanto, era
m uy im portante que, m ientras trataba p a cien tes histéricos en e l H ospital
General de M assachusetts, hubiera declarado que el m étodo psicoanalítico
estaba lejo s de ser inútil. L e y ó a Freud c o n sim patía, y ése fue e l primer
e c o real que las id ea s p sic o a n a lític a s encontraron en e l e s ta b lis h m e n l
m éd ico de Estados U nidos. Putnam siem pre conservó su independencia y
se n e g ó a cam biar su orientación filo s ó fic a , que in clu so proclam aba una
d ivin id ad m ás b ien abstracta, por e l p o s itiv ism o ateo de Freud, lo que
éste, hasta cierto punto, lam entaba. Pero las conferencias de Clark, refor
zadas por intensas discu sio n es con Freud y sus acom pañantes, persuadie
ron a Putnam de que las teorías y m o d o s de tratam iento psicoan alíticos
eran esencialm ente correctos. En c ie n o sen tido, esa conquista fue e l legado
m ás perdurable del interludio am ericano de Freud.
U n a v e z c o n c l u i d a s la s c e le b r a c io n e s en C lark, Freud, Jung y
Ferenczi pasaron varios días en la p ropiedad de Putnam en los A diron-
dacks, continuando co n sus c o n v e rsa cio n es p rofesionales. El 21 de se p
tiem bre, d espués de sus últim o s d os días en N ueva York, los tres c om p a
ñeros se em barcaron en otro vapor alem án, el Kaiser W ilhelm der G rosse.
Soportaron un tiem po desagradab lem en te torm entoso, pero e sto no im p i
d ió que Freud analizara a Jung, para b e n e fic io de éste, según afirm ó el pro
p io Jung. •** O cho días m ás tarde entraron en el puerto de Bremen; A m éri
ca había pasado a ser un recuerdo v iv id o , rico y com plejo. “ Estoy m uy
con ten to de estar le jo s de a llí, y aun m ás de no tener que vivir allí” le
escribió Freud a su hija M athilde. “T a m poco puedo decir que v u elva m uy
[2 5 0 ] E la b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
fresco y descansado. Pero fue extrem adam ente interesante y probablem ente
m uy sig n ifica tiv o para nuestra causa. En general, puede decirse que fue un
gran é x ito ” . *u A principios de octubre, Jung, confesando que extrañaba a
Freud, estaba de n u ev o trabajando e n Zurich. T am bién Freud había
vu elto al trabajo. A l regresar a su hogar lle v ó c o n sig o un título de doctor
en le y e s , junto con otras halagüeñas pruebas de que su m ovim iento ya era
verdaderamente internacional.
D espu és de tales sa tisfa ccio n es, V iena prom etía p oco más que un d es
censo. A principios de noviem bre, la exasperación de Freud con sus se g u i
dores lo ca les tocó fo n d o una vez m ás. “A v ec es e stoy tan irritado con m is
vie n e se s — le escribió a Jung, parafraseando al emperador romano C alígu-
la— que querría que tuvieran un so lo trasero, para poder zurrarlos a todos
co n un p a lo ”. Pero un d e sliz sig n ifica tiv o traicionó la incom odidad repri
m ida que sentía Freud c o n respecto a Jung: en lugar de ihnen (“ ello s”)
escrib ió Ihnen (“usted”), con lo cual daba a entender que era el trasero de
Jung e l que m erecía la zurra. * 85 Pero la primera fractura seria de la unidad
p sicoanalítica se orig inó en V ien a, e in clu ía a dos de los prim eros a so cia
dos de Freud: W ilh elm S tek el y A lfred Adler. Jung le brindó a Freud su
apoyo y sim patía, perm an eciend o con firm eza en el cam po de este últim o.
V ie n a v e r s u s Z u r ic h
En un m om ento de extrem a exasp eración (uno entre
tantos a lo largo de e s o s años), Freud se refirió a S te
kel y A dler com o a "M ax y M oritz”, e so s dos típ icos
n iñ os m a lo s del fa m o so cu en to h u m orístico de W il
h elm B u sch sobre la s travesuras deliberadas y crueles,
y su terrible castigo: “ E sos dos m e fastidian incesante
m en te”. *86 Pero los d o s, aunque a m igos y aliados, eran m uy diferentes
entre sí, provocaban el d esaliento de Freud por diferentes causas, y le d ie
ron distintos m otiv o s para la a c ció n drástica.
S tek el, a pesar de todas su s con trib uciones a la organización de la
S ociedad P sico ló g ica de los M iérco les y a la teoría del sim bolism o, había
ten id o a lg o de irritante d e sd e e l p rin cip io . Era in tu itiv o e in fatigab le,
periodista prolífico, dramaturgo, cuentista y autor de tratados p sicoanalíti-
co s. A unque divertido com o com pañía, se ganaba m uchas antipatías por
su jactancia y por su falta de escrúpulos en el em pleo de las pruebas c ie n
tíficas. A vido de com entar cualquier trabajo que se presentara en la S o c ie
dad, inventaba p a cien tes que fueran a d ecuados para la d isc u sió n . «El
paciente de los m iércoles de S tek el” — recordó E m est Jones— se convirtió
en un ch iste habitual». Aparentem ente, la im aginación de Stekel era
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 5 1 ]
dem asiado densa com o para que pudiera controlarla. En uno de sus trabajos
form u ló la alarm ante teoría de que los nom bres tien en a m e n u d o una
influ en cia subterránea en la vida de la gente, y “docum entó” su afirm ación
con nom bres de analizandos su y o s. Cuando Freud le regañó por violar e l
secreto m éd ico dando nom bres reales, S tek el lo tranquilizó: ¡los nom bres
eran lodos inventados! *** N o puede sorprender que Freud, m ientras todavía
estaba en buenos térm inos c o n é l, llegara a la con clu sión de q ue Stek el era
“débil en la teoría y el pen sa m ien to ”, aunque estaba dotado de ‘‘instinto
para el sign ifica d o de lo o cu lto e in co n scien te” .
E sto sucedía en 1908. Pronto fue germ inando en Freud la id ea de la
exp ulsión, encolerizad o por lo que d en om in ó “ce lo s m ezquinos propios de
un im b é c il” (sch w a ch sin n ig e Eifers& chteleien). *«° En su resu m en fin al,
caracterizó a S tek el c o m o “ al principio m uy prom etedor, m ás tarde total
m ente descarriado”. J * » V eredicto severo, pero m uy m oderado e n com para
ció n co n sus e x p lo sio n es privadas; en las cartas c o n fid en ciales, Freud lla
m ó a S tek el m en tiro so im p ú d ic o , * n “ind ividuo intratable, un m a u v a is
su je t” , *” in clu so un “cerdo”. *94 E se a djetivo acerbo le gu stó tanto que lo
probó en in g lés: “that p ig , S tekel" (“ e se cerdo, S tekel”), escrib ió en una
carta a Em est Jones, quien, pensaba Freud, estaba dándole m ucha impor
tancia a Stekel. * « M uch o s de lo s v ie n e se s que no se atrevían a ponerle
m otes estaban de acuerdo e n que S tek el, aunque estim ulante, era una per
sona por com p leto irresponsable, a m enudo divertida sin intención de ser
lo y , para decirlo tod o, in tolerable. En 1911 todavía era un m iem bro repu
tado de la S o ciedad P sicoanalítica de V ien a, leía trabajos y participaba en
las d iscu sio n es. En abril de e s e año, la S ociedad d ed icó in clu so una noche
a realizar com entarios (sum am ente críticos en lo esen cial) sobre el libro de
S te k e l E l le n g u a je d e lo s su e ñ o s. A un que tal v e z fuera in tolerable,
durante varios años Stek el fu e tolerado.
H a b ía m a s s e g u id o r e s v ie n e s e s que irritaban a Freud tanto c o m o S te
k el, pero tenía otras c o sa s q u e tam b ién le preocupaban. En e sa ép o c a
Freud se en fadó co n Karl K raus, un adversario in g en ioso y tem ible, d e s
pués d e haber disfrutado recíprocam ente algunos años de relaciones am is
tosas, aunque no estrechas. K raus, nunca irreverente con el propio Freud,
objetó co n veh em en cia la a plicación rudim entaria de las ideas freudianas a
figuras d e la literatura, in clu so a é l, costum bre que en aquel en ton ces esta
*En su au tob iografía in éd ita , Fritz W ittels d ice qu e al enterarse d e qu e iba a
r ea liz a rse una n u ev a im p r esió n d e la " co n trib u ció n a la h isto r ia d e l m o v im ien to
p s ic o a n a lític o ” le p id ió a Freud que m oderara aqu el " m a lé v o lo ” pa sa je sob re el
“ abandono" de S tek el. Freud, aun qu e no esta b a d isp u esto a suprim ir su s c rítica s,
acep tó em plear “ una palabra m ás su a v e ”. P ero fina lm ente quedó v e rw a h rio st.
(F ritz W itte ls, W re sllin g w ith th e M a n : T h e S to r y o f a F re u d ia n , 1 6 9 - 1 7 0 , o r i
g in a l m ec a n o g r a fia d o , F ritz W it t e ls C o lle c t io n , B o x 1. A . A . B r ill Library,
N ew Y ork P sy c h o a n a ly tic In stitu te ).
[2 5 2 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
ba de m oda. Una de esta s aplica cio n es, elaborada por su ex am igo y c o la
borador F ritz W ittels, qu e trató de d iagnosticar el fam oso p e riód ico de
K raus, D ie F a ckel, c o m o si fuera un m ero síntom a n eurótico, lo exasp eró
p articularm ente, y se r e v o lv ió contra el psicoanálisis con algunos dardos
puntiagudos y a v e c e s en v en en ados. Leal a su grupo, a su v e z contrariado,
Freud, a quien la v u lgarización del m éto d o p sicoanalítico le gustaba casi
tan p o c o c o m o al propio K raus, d enu nció a éste (en privado) con e l m ás
inm oderado de lo s lenguajes: “ U sted co n o ce la desenfrenada vanidad y falta
de d isciplina de este bruto c o n talento, K .K .” , le escrib ió a F eren czi en
febrero d e 1910. D o s m e se s m ás tarde co n fió a Ferenczi que había adivina
do el secreto d e Kraus: “Es un lo c o m ediocre c o n un gran talento histrió-
n ic o ”, lo que le perm itía im itar la in telig en cia y la in dignación. E se d icta
m en era m ás e l producto d e un im p u lso airado que un ju ic io sensato, y
estaba com pletam ente fuera de lugar, a pesar de los estallid os de Kraus,
envenenados e irracionales.
Pero é so s eran p roblem as m arginales. A m edida que e l m ovim ien to
p sico a n a lítico cobraba im p ulso, Freud tenía que cultivar y m antener a raya
fic h a je s ex tr a n je r o s in f lu y e n t e s e in d e c is o s . Su c o r r e sp o n d e n c ia iba
h acién dose m ás internacional c o n el curso de los aflos, y se parecía cada
v e z m ás a la de un general que planificara cam pañas, o a la de un d ip lom á
tico que intentara atraerse aliados. P uede que el ca so m ás perturbador, sin
duda e l de m ayores con secu en cia s, entre lo s n uevos p rosélitos c o n segu id os
por Freud, fuera el de E ugen B leuler, el em inente je fe de Jung. Durante
alg ú n tiem p o, B le u le r fu e v a lio s o m iem b ro del clan freudiano. E stuvo
presente en 1908 en un p eq ueñ o cong reso internacional en Salzburgo (el
prim ero d e m uchos: un grupo que se denom inaba a sí m ism o “A m ig o s del
p sico a n á lisis” c o n gen te proceden te de V iena, Zurich, B erlín, Budapest,
L ondres, e inclu so N ueva Y ork, se reunió para escuchar la lectura de traba
jo s de Jung, A dler, F eren czi, Abraham y Jones — y, desd e lu eg o , Freud—
y para prom over una coopera ció n m ás estrecha). Un resultado alentador
fu e la fu ndación de la prim era p u blicación psicoan alítica, Ja h rb u ch fü r
psy c h o a n a ly iisc h e u n d p sy c h o p a th o lo g isc h e Forschungen, c o n B leu ler y
Freud co m o directores y Jung c o m o "editor". El c o lo fó n era el sím b o lo
gratificador de una alianza entre V iena y Zurich, y la prueba n o m enos
satisfactoria de la adhesión de B leuler a la causa freudiana.
Las rela cio n es entre B leu ler y Freud eran perfectam ente am igab les en
la su p e r fic ie , si bien un tanto d ista n tes. Sin em bargo, B leu ler, aunque
m uy im p resionad o por las id eas de Freud, segu ía teniendo dudas en cu an
to a si e l é n fa sis en la se x u a lid a d estab a realm ente ju stifica d o . Y esa
v a c ila ció n , unida a su in có m o d a se n sa ció n de que Freud estaba erigien d o
una m áquina p o lítica estrecham en te controlada, h iz o que fluctuara e n su
actitud c o n resp e c to al e s ta b lis h m e n t p sico a n a lítico que se estaba for
m and o. «E ste “ Q u ien no e stá co n n o so tros e stá contra n o so tr o s” — le
m a n ifestó a Freud e n 1 911, al renunciar a la recientem ente organizada
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 5 3 ]
A so c ia c ió n P sic o a n a lítica Internacion al— e ste ‘tod o o n a d a ’ es, e n mi
o p in ió n , n ecesa rio para las com un id a d es r e lig io sa s, y útil para lo s parti
d os p o lític o s. En e s o s c a so s puedo entender e l p r in cip io c o m o tal, pero
para la c ie n c ia lo con sid ero d añino». **7 Freud podría haber acogido de
buen grado esa am plitud de m iras, esa postura en p rin cip io verdadera
m en te c ie n tífic a , pero e sta b a d em a sia d o c o m p r o m e tid o en su b atalla
com o para adoptarla. * En co n se c u e n c ia , c o n tin u ó cu ltivan d o a B leuler y
d e n u n c iá n d o lo en cartas a su s ín tim o s. “ B le u le r — le c o n f ió Freud a
F eren czi— e s in su frib le” . *9S
P o r f a s t id io s a s q u e pu d ie r a n parecerle a Freud las escrupulosas
v a c ila c io n e s de B leu ler, tenía c u estio n es m ás graves que solucionar en
V iena, en esp ecia l el tem a del lugar de A lfred Adler en la Sociedad P sicoa
nalítica de V iena. Las relaciones entre Freud y A dler fueron m ás com plica
das que las de Freud co n S tek el y, a largo p lazo, m ás im portantes. Adler
era com p la cien te y m ela n có lico ; sus detractores del círculo de Freud lo
consideraban carente de hum or y ávido de aplausos. Jones, por ejem plo, lo
describe c o m o “huraño y patéticam ente a n sio so de recon ocim ien to” .
Pero q uienes lo con ocieron com o frecuentador de los cafés de Viena veían
un hom bre diferente: relajado y brom ista. Fuera cual fuere el Adler “real”,
su in flu en cia entre sus c o le g a s só lo podía envidiar a la de Freud. Pero
Freud n o tem ía a A dler, ni lo trataba c o m o a un rival. Por el contrario,
durante algu n os años, le otorgó un crédito intelectual prácticam ente ilim i
tado. En noviem bre de 1 9 0 6 , cuan d o A dler le y ó un trabajo sobre los fun
dam entos p sic o ló g ic o s de las neuro sis, Freud lo e lo g ió cálidam ente. N o le
gustaba m u ch o la expresión favorita d e A dler, M in d e n ve rtig k eit (“inferio
ridad d e lo s órganos” ) y habría preferido otra m ás neutra, com o por ejem
p lo “una particu lar v a ria b ilid a d de lo s ó r g a n o s” . Pero en cu an to a lo
dem ás, el trabajo de A dler, lo m ism o que su obra en general, le pareció
útil para él y sig n ifica tiv a . O tros de lo s p sico an alistas que com entaron esa
noche e l trabajo de A dler se sum aron a los elo g io s de Freud, con la e x c ep
ció n de R u dolf R eiller, que perspicazm ente percibió a lgo problem ático en
el énfa sis ca si ex c lu siv o que A dler ponía en el papel de la fisio lo g ía y de
la herencia en la generación de las neurosis. *>«
A A dler n o lo disu adieron estas picaduras de m osq u ito, y continuó
con struyen do su p sic o lo g ía bajo la so m b rilla protectora del psicoanálisis
de Freud. En la su p erficie, é l y Freud parecían estar am pliam ente de acuer
4 “N u n ca lu ch é contra las dife re n c ia s de o p in ió n dentro d el círcu lo d e la
in v e s t ig a c ió n y A — le e scr ib ió en una oportun idad a L ou A n d re a s-S a lo m é — , en
e sp e c ia l porqu e h ab itualm ente ten ga más de una o p in ió n a cerca de un problem a
(e s d ecir, antes de pu blicar una de e lla s ) . P ero un o deb e aferrarse a la h o m o g e
neid ad d el n ú cleo, pu es e n caso contrario se trata d e otra cosa ", (F reud a L ou
A n d re a s-S a lo m é, 7 de j u lio de 1 9 1 4 . Freud-Salom é, 21 [ 1 9 ] .)
[2 5 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
do; am bos consideraban que la herencia y el m ed io participaban por igual
en la e tio lo g ía de las neurosis. A l subrayar los estragos que la inferioridad
de lo s órganos puede provocar en la m ente humana, Adler adoptaba una
orientación b iológica, pero se trataba de un punto de vista que Freud no
re ch a zó por c o m p le to . AI m ism o tie m p o , c o m o s o c ia lista y a c tiv ista
p o lítico interesado en e l desarrollo de la humanidad a través de la educa
c ió n y la acción social, A dler tam bién asignaba una im portancia real al
m ed io en la form ación de las m entes. Freud, co m o sabem os, insistía en fá
ticam ente en los efectos del m undo de la infancia en e l desarrollo p sic o ló
g ic o , en e l papel de los padres, herm anos, niñeras, com pañeros de ju ego,
en la g én esis de los traumas se x u a le s y de los c o n flicto s no resueltos.
P ero la co n c e p c ió n que A d ler tenía del m ed io n o era la de Freud. D e
h e ch o , A d ler cuestio n a b a abiertam ente la te sis freudiana fundam ental,
s eg ú n la cual e l desarrollo sexual tem prano es d e c isiv o en la constitución
del carácter. A l revisar y redefinir las proposiciones que había form ulado
d esde el in icio de su giro hacia la psiquiatría, Adler, con fuerza aunque no
co n eleg a n cia , d esp leg ó una original fam ilia de ideas. Sus estudios, sus
c o m entarios sobre lo s trabajos de otros, sus artículos y su primera m ono
grafía p sico ló g ica se convirtieron en inequívocam ente “adlerianos”; todos
se centraban en su c o n v icció n de que el neurótico b usca com pensar alguna
im p erfección orgánica. Por m ás seriam ente que A dler observara el m undo
e x te m o , en su p sic o lo g ía c o n v irtió la b io lo g ía en destino. Pero nada de
e sto privó a A dler del sim pático interés de la pequeña com unidad psicoana
lítica, que todavía avanzaba a tientas.
La inferioridad de los órganos sig u ió siendo un tema o b sesiv o de las
c o n versacion es y lo s escritos de A dler durante todos los años en los que
p erten eció al círculo de Freud. E m pleó la expresión por primera v ez en
1 9 04, en un artículo breve y exhortatorio sobre el m éd ico com o educador,
en el cual h iz o referencia a la im p erfección de algún órgano corporal com o
causa de la tim idez, e l n erviosism o, la cobardía, y otras enferm edades que
acosaban a lo s niños. Siem pre habló en contra de la exageración del efecto
d e lo s traumas en la m ente. “ N u estra p ropia co n stitu c ió n — escrib ió—
encuentra sus traumas sexu a les”. *101 La m ente detecta alguna incapacidad
fís ic a o m en tal, e intenta com pensarla, a v e c e s con éxito, pero otras, m uy
frecuentes, fracasando. En otras palabras, Adler definía esencialm ente la
n eurosis co m o una com pensación frustrada de sentim ientos de inferioridad.
S in em bargo, consideraba que la m ayoría de las inadecuaciones m utilado-
ras que la m en te procura contrarrestar eran innatas. Por ejem plo, Adler
pensaba que el sadism o y el g nipo de rasgos que, según Freud, caracteriza
ban el carácter anal (ordenado, ahorrativo, obstinado) tenían raíces heredita
rias, y que e sto podía dem ostrarse. En una discu sión de la Sociedad de los
M ié r c o le s sobre el e sc la r e c im ie n to se x u a l de los n iños, A dler in clu so
rechazó la afirm ación de Freud según la cual e se esclarecim iento, aunque
tal v ez n o fuera una panacea, era una m edida profiláctica útil para prevenir
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 5 5 ]
la neurosis; “Los traum as in fantiles tienen sig n ific a d o só lo en c o n e x ió n
con la inferioridad de los órganos”. * 1W
S i bien la s ideas tuvieron m ucho que ver en la separación de Freud y
A dler, en e l asunto tam bién intervino la política psicoan alítica, que e x a
cerbó los d esacu erd os. En una oportunidad, escr ib ié n d o le a A braham ,
Freud observó: “La política echa a perder el carácter”. T enía en m ente
sus problem as con S tek el, pero b ien podía haber estado pensando en los
efecto s de la política en su propia persona. P ues Freud hacien d o p olítica
era un verdadero p o lítico , m ás tortuoso que en el resto de su conducta, y
sus luchas con Adler sacaron a la luz todas sus habilidades latentes para
navegar entre fuerzas opuestas y proseguir con su programa.
Freud se enfrentó seriam ente con A dler y sus aliados, por primera vez,
en la primavera de 1910, durante el co ngreso internacional de psicoanálisis
de N üm berg y d esp ués de é l, cuando trató de organizar el m ovim ien to p si-
coan a lítico de acuerdo con sus am b icio so s d eseos. Sus esfu erzos p osterio
res por aplacar los e g o s que había herido no fueron m enos políticos; éstos
nos hacen ver a Freud en su faceta política , diferente de su faceta m ilitan
te. El co n greso de N ü m b erg tuvo alg o de triunfo. Le procuró a Freud n u e
vas energías. “C o n e l R e ich sia g de N üm berg — le escribió a Ferenczi ani
m adam en te, un os d ías d e sp u é s d e qu e term inaran las re u n io n es— ha
con c lu id o la infancia de nu estro m o v im ien to . Esa e s mi im presión. E sp e
ro que ahora sig a un p e r ío d o d e ju v e n tu d próspero y b e llo ” . S in
em bargo, cuando Freud dijo e sto sabía perfectam ente que el c o n greso tam
bién generó feroces resentim ien tos y una rebelión abierta. A l hacerle lle
gar a Jones n oticias d e N ü m berg, observó: “T odos están llen os de nuevas
esperanzas y prom eten trabajar. Y o m e esto y retirando a un segu n d o p la
no, co m o corresponde a un cab allero m ayor (¡N o más cum plidos!)". *»»
Esto n o era totalm ente sincero. D esp u és de todo, fue en N üm berg donde
Freud se lan zó al más e m o cio n a l de sus enfrentam ientos con analistas.
T o d o c o m e n z ó c o n una in te r v e n c ió n de Ferenczi. A ctu an d o co m o
representante de Freud ante e l con g reso , propuso la constitución de una
a sociación p sicoanalítica internacional: Jung iba a ser el presidente perm a
nente, y Franz R ik lin , otro psiquiatra s u iz o y pariente de Jung, ocuparía
el cargo de secretario. Para lo s prim eros partidarios de Freud, éste ya era
un trago bastante am argo, p ero Ferenczi lo s exasperó aún m ás c o n a lgu
nas críticas innecesarias sobre la S ociedad P sicoanalítica de V iena. A l v o l
ver a pensar sobre el co n g reso p o c o tiem p o después, Freud se cu lp ó a sí
m ism o, no m enos que a F erenczi, por “no haber calculado suficien tem en te
el e fecto [de la propuesta] sobre lo s v ie n e s e s”. *>« Esta autocrítica era ju s
ta; Freud no tendría qu e haberse sorprendido por la reacción que provocó.
N i siquiera la m ás d iplom ática de las ex p o sicio n es podría haber ocultado
las consecuencias del programa d e Freud: V iena entraba en decadencia.
L os analistas v ie n e se s s e opusieron enérgicam ente. W ittels recuerda
[2 5 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
que celebraron una reunión en el Grand H otel, “ para discutir la d ifíc il
situación. D e pronto h iz o su aparición Freud, que no había sido invitado.
N unca antes lo había v isto tan e x c ita d o ”. En p úblico, Freud siem pre daba
la im presión de un perfecto autocontrol. «Dijo: “ La m ayoría de ustedes
son ju d ío s, y por lo tanto no pueden ganar am igos para la nueva en señ an
za. Los ju díos tienen que contentarse con el m odesto papel de preparar el
terreno. Es absolutam ente esencial que yo establezca lazos con e l m undo
d e la cien cia general. E stoy en vejeciend o, y estoy cansado de que siem pre
m e ataquen. T odos estam os en pelig ro ”». El relato de W ittels, que inclu ye
la característica apelación de Freud a su edad y a su cansancio (todavía n o
tenía cuarenta y cuatro años) y e l dram ático llam am iento final, resultan
co n v in cen tes. «C o g ién d o se las solapas de su abrigo, continuó: '‘N o q u ie
ren dejarm e ni un abrigo para cubrirm e las espaldas. El suizo nos salvará,
m e salvará a m í, y tam bién a todos u sted es”». Finalm ente, se lle g ó a
un com p rom iso para cubrir las apariencias: Jung ejercería la presidencia
durante un período de só lo dos años. Pero esto n o m od ificó la im presión
qu e tenían los v ien eses de que Freud estaba despreciándolos, a e llo s, sus
prim eros seguidores, para cortejar a sus n u evos fichajes de Zurich.
Estas quejas eran razonables. D espués de todo, desde 1906 Freud había
estado m anteniendo co n Jung una correspondencia cada vez más íntima.
N o era un secreto que, a partir de 19 0 7 , co n las visitas de Jung y de otros
profesion ales de Zurich, la afinidad había madurado hasta convertirse en
am istad y (en el caso de Freud) en grandes expectativas. El congreso de
N iim berg no h iz o m ás que acentuar la incom odidad de los v ie n eses, al
transformarla en desagradable certidumbre. Freud tenía perfectamente claro
su program a. "Juzgué — escrib ió retrosp ectivam ente— que la c o n e x ió n
co n V ien a no era ningún b e n eficio para el jo v e n m ovim ien to, sin o m ás
b ien un o b stá cu lo .” Zurich, en el corazón de Europa, era m ucho m ás pro
m etedora. A d em á s, agregó, p resentando h ábilm ente su ob sesió n por la
edad y la muerte c o m o una ju stifica ció n para sus estratagem as, é l no se
estaba haciendo m ás jo v en . La causa p sicoanalítica, que necesitaba una
orientación autorizada, debía confiarse a un hom bre m ás joven que la saca
ra adelante cuando el fundador ya no estuviera al frente. D espués de ver el
m odo en que la “cien cia o fic ia l” había ex com ulgado y boicoteado solem ne
y sistem áticam ente a los m éd icos que aplicaban e l psicoan álisis, él tenía
que trabajar con v istas al día en que hubiera institutos de form ación para
asegurar la autenticidad de la enseñanza y la com petencia del educando.
“Era esto y n o otra c o sa lo que y o quería lograr fundando la A sociación
P sicoanalítica Internacional” . s*io*
5 En m arzo de 1 9 1 1 , e n m ed io d e su b a ta lla fin a l co n A d ler, Freud le
escrib ió a Ludwjg B insw anger: “C uando e l r ein o que yo fundé quede huérfano,
n ad ie m ás qu e Jung lo heredará lo d o . Y a lo v e , m i p o lític a persig u e in v a ria b le
m en te e sa m eta, y m i c o n d u cta c o n r e sp e c to a S te k e l y A d ler se adapta al
Freud y Mactha Bernays en Wandsbek en
1885, un año antes de su matrimonio. (Copy
rights de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Mathilde Freud, la mayor de los seis hijos de
Freud, a la edad de cinco meses. (Copyrights de
Mary Evam/Stgmutid Freud, Wivenhoe)
Alexander, el hermano más joven de Sigmund, con Josef Breuer y su mujer Mathilde, amigos íntimos
quien congenió a las mil maravillas. (Copyright; de de Sigmund Freud hasta mediados de la década de
Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe) 1890. (Copyrights de Mary Evans/Sigmmd Freud,
Wivenhoe)
André Brouillec, La le(on dinique du Dr. Charcot. Sigmund Freud colocó una reproducción de este cuadro en
su consulta. (Copyrights d t Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Bertha Pappenheim, la famosa histérica «Anna
O.,» paciente de Breuer entre 1880 y 1882. Tiene
el mérito de haber sido, en un sentido muy real, la
paciente fundadora del psicoanálisis.
El salón de la Gtstlltchaft der Árzte, la
asociación vienesa de médicos, donde
Freud pronunció una conferencia sobre
la histeria masculina en 1886. (Bild-
Arebit' der OítttvtkfAsehta Natiancilbt-
bliúthek, Viena)
Freud y Wilhelm Fliess. Por los años 1890 Fliess fue el amigo
más importante y problemático de codos los que había tenido
Freud. (Copyright! de tAary Hvans/Sigmuntí h'rei/d, Wivenkoe)
La fachada de Bergasse 19, la casa donde vivie
ron Freud y su familia desde septiembre de
1891 hasta junio de 1938, cuando, después de
la anexión de Austria, emprendieron el camino
de Gran Bretaña. (Photograpb ® Edmund Engel
man)
El famoso sofá del análisis; se lo regalaron a Freud hacia 1890. (Photograpb ® Edmund Engelman)
Algunas de las antigüedades -un a de las grandes y perdurables
aficiones de Freud- que se amontonaban en su consulta y en el
estudio adjunto. (Pbotvgrapb ® Edmund Engelman)
Bellevue, balneario cerca de Viena donde, el 24 de julio de 1895, Freud consiguió por primera vez
interpretar un sueño de forma más o menos completa. (Biid-Arcbiv der Osterreicbischen Narionalíiiliotbek,
Viena)
I
Fteud en 1891, año en que publicó Sobre las
afasias■(Copyrights de Mary Evans/Sigmund
Freud, Wivenhoe)
Jacob, el padre de Sigmund Fteud, en sus
últimos años. I'Copyrighti de Mary Evans/
Sigmund Freud, Wivenhoe)
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 5 7 ]
Los v ien eses n o quedaron con ven cid o s de que las preocupaciones de
Freud estuvieran realm ente ju stifica d a s, y por lo tanto, de qu e sus inn ova
cio n e s organizativas fueran realm ente n ecesarias. In clu so e l fiel H itsch-
mann se quejó de que, “ tom ados c o m o raza”, los m iem bros del contingen
te de Zurich eran “com p leta m en te distin tos de nosotros, lo s v ie n e se s”.
Sin em bargo, a p rincipios de abril, cuando la S ocied ad Psicoanalítica de
V ien a so stu v o una d isc u sió n p o st-m o r ie m sobre e l co n greso que acababa
de concluir, hubo m u ch o d esco n ten to , pero tam bién m ucha cortesía. Y e l
com prom iso acerca de la p residencia, y el p atético reconocim iento de que
después de todo Freud era todavía indispensable, habían logrado hacer d e s
cender la tem peratura. Freud h iz o lo que pudo para calm ar aun m ás las
em ociones; c o n un hábil g e sto de ap aciguam iento, propuso que A dler o c u
para su p u esto c o m o presid en te (O bm ann) de la Sociedad, y que se editara
una nueva p u b lica ció n , la m ensu al Z e n íra lb la li fü r P syc h o a n a ly se , d ir ig i
da conjuntam ente por A dler y S tek el. D ip lo m ático a su v e z , A dler declaró
en primer lugar que la retirada d e Freud de la p residencia era un “ acto
superfiuo”, pero a c on tinu ación a ceptó el p u esto y, c o n S tek e l, la direc
ción de la nueva p u blicación . *n°
Freud interpretó to d o s e sto s d esp lie g u e s d e buena voluntad c o n su
vena m ás sardónica. “ L os v ie n e se s d e aquí — le co n fió a Ferenczi— , en su
reacción ulterior a N üm b erg, fueron m u y a fectu osos y estuvieron absolu
tamente dispuestos a fundar una república co n el Gran D uque a la ca b e
za”. *iu Pero una transacción a dicion al h izo q ue todos se sintieran fe lic e s
(m ás o m en os felic e s): si b ie n A d ler fue ele g id o O bm ann por aclam ación,
se inventó un n u ev o ca rg o , e l de p residente cien tífic o (w issen sch a ftlich er
V orsitzen der), y se d esig n ó a Freud para que lo ocupara. * i'2 M ás tarde,
Freud se ñ a ló e s o s m o v im ie n to s c o n c ilia to r io s c o m o prueba de que las
quejas de A dler, en e l sentido de que había sido hostigado, eran infundadas
e irracionales. * 1» P ero e sto resultó ser fa lso . El propio Freud le e scrib ió
con franqueza a F erenczi, en plena elaboración de su estrategia, que estaba
cedien do a A dler el lid erazgo d el grupo d e V iena, “ no por afecto o satisfac
ción , sino porque é l, d esp u és d e tod o, e s el ú n ico personaje real, y porque
en esta posició n podría v erse ob lig a d o a unirse a la defensa del territorio
com ún” . S i no podía persuadir a A dler, tal v e z lograra asociarse a él.
P e r o , c o m o h e m o s v is t o , la p o lític a p sico a n a lític a n o basta para
explicar por co m p leto la tensa co e x iste n c ia y la separación final de Freud
y A dler. Im perativos o r g a n iza tiv o s, co n flic to s in c o n sc ie n te s, incom patibi
lidad de tem peram entos, y enfrentam ientos id e o ló g ico s fueron influyendo
en lo s d o s hom bres hasta precip itarlos al in evitab le clím a x . N o im portó
m ism o sistem a" . (Freud a B in sw a n g e r, 14 d e m arzo d e 1 9 1 1 , c ita d o e n L u dw ig
B in sw a n g e r, E rinn eru ngen a n S ig m un d F reud [1 9 5 6 ], 4 2 .)
[2 5 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
lanto que fueran p ersonalidades opuestas en casi todos los sentidos. Parti
darios contem poráneos de am bos contendientes atestiguan que e l m odo de
vestir, los estilo s person ales y las m aneras terapéuticas de Freud y A dler
n o podrían haber sid o m ás distintos: Freud, pulcro, elitista y em peñado en
conservar una distancia clínica; A dler, descuidado, dem ocrático e intensa
m ente com prom etido. * 115 Pero, en últim a instancia, fue e l choque de c o n
vic c io n e s lo que lo s separó; si, al ca b o d e sólo un año desd e e l m om ento
en que docum entaron sus diferencias, Freud pudo caracterizar la posición
de A dler co m o reaccionaria, y preguntar si de verdad era p sic ó lo g o , no se
d eb ió a razones tácticas ni a pura anim osidad. * La paz en V ien a resultaba
sum am ente d eseab le para Freud; en 1 9 1 1 , la con exión de Zurich estaba
em pezando a parecer a lg o frágil. Pero la divergencia irreparable entre e l
pensam iento d e A dler y el de Freud era in equívoca (ya lo era en 1911). Sin
duda, Freud se había d ado cuenta de la situación hacía ya varios años, si
bien só lo lleg ó a apreciar la gravedad d e las desviaciones de A dler después
de m ucho tiem po. Y a e n ju n io de 1 9 0 9 había descrito a A dler en una carta
a Jung c o m o “ un teó rico , sa g a z y o rigin al, pero no orientado hacia lo p si
coló g ic o ; apunta m ás b ien a lo b io ló g ic o ”. Sin em bargo, inm ediatam ente
agregó que lo consideraba “d ecente” y que no era “probable que deserte
pronto”. En la m edida de lo p o sib le, co m en tó c oncluyendo, “ tenem os que
retenerlo”. *»<¡ D o s añ os m ás tarde, e s e tono p a cífic o era ya im p osib le
para Freud: Adler — le d ijo a Oskar Pfister en febrero de 1911— “s e ha
creado para s í m ism o una v isió n del m undo sin amor, y y o e stoy e m p eñ a
do en llevar a cabo la ven g a n za de la d iosa Libido contra é l” . * 117
C uando lle g ó a esa d rástica co n c lu sió n y p u so las cartas sobre la
m esa, el dem orado asu nto ya se había estado gestando durante algunos
m e se s. “C on A dler — le d ijo Freud a Jung en diciem bre de 1910— las
cosas están yend o realm ente m al”. 7 * n * A ntes, Freud había o sc ilad o entre
la esperanza de oír de la b io s del propio A dler alguna aportación a su pro
p io pensam iento, y la incóm od a preocupación por la depreciación que rea
lizaba e l m ism o A d ler d e lo s p r o c e so s lib id in a le s in co n scien te s. Pero
p o c o a p o c o fu e p erd ien do toda esperanza. Su im paciencia ante lo que
denom inó la falta de tacto y la conducta desagradable de A dler creció a
* En térm inos g e n e ra le s, Freud esta b a predisp uesto a descartar la s e x p lic a
c io n e s r a cio n a les o in te le c tu a le s de la s d isco r d ia s. A lg u n a v e z o b s er v ó que
cuand o las d ife re n c ia s d e o p in ió n h a c e n im p o sib le s las r e la c io n e s a m isto sa s,
“n o son las d ife re n c ia s c ie n tífic a s lo qu e e s tan im portante; e s ha b itu a lm en te
otro tipo de anim o sida d , c e lo s o v e n g a n z a , lo que im p u lsa la e n e m ista d . Las
d ife r e n c ia s c ie n tífic a s v ie n e n d e sp u é s" . (J o sep h W o r tis, F r a g m e n ts o f a n
A n a ly sis w ith F reu d [1 9 5 4 ], 1 6 3 .) En lo d o c a so , e l pro p io Freud se in clin a b a a
hacer lo contrario: c o n v e n ir lo s desa cu erd o s in telectu a les en e l fun dam en to de
qu erellas más bien e m o c io n a le s.
7 Según adm itió Freud, el p r oblem a c o n sistía e n que A dler esta b a su scita n
do recuerdos de F lie ss.
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 5 9 ]
m edida que se intensificaban sus reservas acerca de las ideas de aquel hom
bre. Podem os im aginar por qué Freud no quería enfrentarse a esa realidad;
a fin e s de 1910 había m om en tos en los que tales disputas, y los efecto s
que causaban en é l, exacerbado por las incertidum bres que lo acosaban res
pecto de fich ajes m o lesto s co m o B leuler, le parecían una condena. Sufría
ataques de fatiga y depresión, y le co n fió a Ferenczi que las luchas que
tenía que soportar en V ien a hacían que añorara su antiguo aislam iento:
“Le aseguro que a m enudo m e sentía m ejor cuando estaba so lo ”, * 11S
N o fue Freud q uien p recipitó la crisis, sin o H itschm ann, que era, de
entre lo s s e g u id o r e s de F reud, el que m ás sim p atizab a c o n A dler. En
noviem b re de 1 9 10, H itschm ann propuso q ue A d ler expusiera sus ideas
co n a lgú n d e ta lle , para discu tirla s a fo n d o . D e sp u é s de to d o , m u ch os
m iem bros de la S ocied ad, in clu so e l propio Freud, habían tratado las pro
puestas de A dler c o m o un com p lem en to v a lio so de las teorías psicoan alí
ticas, y n o c o m o am enazantes sustitutos d e estas últim as. A dler se prestó
a h acerlo de buena gana, y en enero y febrero de 1911 presentó dos estu
dios; el segun do, titulado “La protesta m asculina co m o problem a nuclear
de la neurosis” , bosquejaba su p o sició n co n tanta claridad que Freud ya no
podía ignorarla. T am p o co podía incorporarla co n calzador a su propio sis
tema de pensam iento. D esp u és d e la primera lectura de A dler, había per
m a necid o en silen cio ; desp u és d e la segunda, v o lc ó sus o b jecion es y su
exasperación acumulada.
Las observ a cio n es d e Freud constituyeron prácticam ente un “contra-
estud io”. Para em pezar, con sideró que las form ulaciones de A dler eran tan
abstractas que a m enu d o resultaban incom prensibles. A dem ás, A dler tenía
tendencia a darles nuevos nom bres a ideas que ya eran fam iliares: «U no
tiene la im presión de que de algún m odo bajo la “protesta m asculina” está
oculta la represión»; m ás aun, a “nuestra antigua b isexualidad” A dler la
llam aba “herm afroditism o p síq u ico , com o s i se tratara de otra c o sa ”. 8 * 1M
Pero la originalidad espuria, manufacturada, era lo m enos importante: la
teoría expuesta desaten día lo inco nscien te y la sexualidad. Era sólo “p sic o
log ía general” , a la v ez “reaccionaria y retrógrada”. S i bien m anifestaba
seguir respetando la in teligencia de A dler, Freud lo acu só de estar com pro
m e tie n d o el e sta tu s a u tó n o m o d e la p s ic o lo g ía , al su b ord in arla a la
b io lo g ía y a la fisio lo g ía . “T odas estas doctrinas de A dler — predijo so m
bríam ente— causarán gran im presión, y le harán m ucho daño al p sicoan á
l i s i s ”. * 121 Por deb a jo d e la v eh em en cia de Freud había un p ersistente
temor a que sus ideas de m ás d ifíc il asim ilación consigu ieran popularizar -
8 El p ercep tiv o F eren czi h ab ía advertido e sta ten d e n c ia de A dler m ás de dos
años antes. «S in duda, la doctrin a d e A dler de la in ferio rid a d — e scr ib ió e l 7 de
ju lio de 1 9 0 8 — no e s la ú ltim a palabra en e ste litig io ; e n rea lid a d c o n stitu y e
una e x p lo sió n am plia da d e su id ea d e la “c o m p la ce n c ia so m á tica ”» (C o rresp o n
den cia F reud -Ferenczi. Freud C o lle ctio n , LC).
[260] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
se s ó lo en la versión d escafeinada d e A dler, que echaba por la borda c o n
c ep cio n es radicales co m o e l co m p lejo de E dipo, la sexualidad infantil y la
e tio lo g ía sexu al d e las n eurosis. Para Freud, la aceptación del p sico a n á li
sis en su m odalidad adlenana constituía una am enaza m ayor que el rechazo
abierto pero honrado.
A dler se d efend ió co n valentía, in sistien d o en q ue en sus teorías las
neurosis tenían un origen n o m en os sexual que en las de Freud. Pero esta
retractación aparente ya no podía segu ir ocultando e l desacuerdo. L os g la
diadores estaban en la arena, condenados a combatir. * 122 A nte la e sc isió n ,
varios m iem bros angustiados de la S ociedad se refugiaron en la negación:
m anifestaron no hallar ninguna incom p atib ilidad entre Freud y A dler. Ste*
kel lle g ó a elogiar el punto de vista de A dler, por profundizar y desarrollar
" lo s h e c h o s q ue h em o s d e sc u b ie r to h a sta ahora” ; “ sim p lem en te sig u e
construyend o basándose en lo s fun dam en tos freudianos”. Pero Freud n o
estaba in teresad o en esta s tra n sa ccio n es forzadas. S i Stekel — co m en tó
secam ente— n o encuentra contradicción entre las con cep cion es de los pro
tagonistas, “uno se v e o b lig a d o a señalar q ue dos de lo s participantes sí
encuentran contradicción, a saber: Freud y A dler” . *«*
El desenla ce era só lo cu estió n de tiem po. A fin es de febrero de 1911,
Adler abandonó su cargo d e p residente d e la S ociedad P sicoanalítica de
V iena, y S tek el, el vicepresid en te, “a p rovechó la oportunidad para d em o s
trarle su am istad” y sig u ió su e je m p lo . En ju n io , Freud logró separar
a Adler del Z en iralblatt (Stek el con tin u ó c o m o “editor”) y co n sig u ió que
renunciara a la Socied a d . U na v e z irritad o, Freud continuaba irritado.
Durante m ucho tiem po había escu ch ado pacientem ente a Adler, pero e so
había term inado. En su e sta d o de ánim o, ni siquiera reconocía que algunas
d e las ideas de Adler — co m o su teoría d e una p ulsión agresiva indepen
d iente— podían ser aportaciones v a lio sa s al pensam iento psicoanalítico.
P or e l contrario, le d ed icó lo s m ás hirien tes térm inos p sico ló g ico s de su
vocabulario. En a gosto d e 1 9 1 1 , le d ijo a Jones que “en cuanto a la d ise n
sió n interna co n A dler, era probable q u e s e produjera, y y o h ice madurar la
crisis. E s la rebelión de un ind iv id u o anorm al en loq u ecid o por la am bi
ción; su in flu encia sobre lo s o tros se basa en su carácter terrorista y sá d i
c o ”. * liS Freud, que m uy p o c o tiem po antes, en 1909, había c a lifica d o a
Adler de persona decente, se co n v en ció de que Adler padecía delirios de per
secu ción p aranoides.» E sto era la denuncia en form a de diagnóstico.
A l principio, el tono d e A dler fu e sin duda m ás m oderado. En ju lio d e
»E n 191 4 c uand o A braham le y ó e l m a n u scr ito de la “ C on trib u ció n a la h is
toria del m ov im ien to p sico a n a lític o " , o b je tó la palabra “ p e r sec u c ió n ” : “A [d ler]
se d efen derá d e qu e le lla m en paranoide". F reud, si bien in sistió en que A d ler
r ealm en te había hablado d e p e r se c u c io n e s, a c ep tó retirar e l térm ino. Pero c u a n
d o se p u b lic ó la p o lém ic a ob ra la p alabra V e rfa lg u n g en apareció en letras de
im prenta. (A braham a Freud, 2 d e abril d e 1 9 1 4 , Freud-Abraham, 1 6 5 [ 1 6 9 ].
V éa se tam bién Freud a A braham , 6 de abril de 1 9 1 4 , ib íd ., 166 [ 1 7 0 ] .)
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 6 1 ]
1911, al com entarle a Jones detalles de la disputa, afirm ó que “las m ejores
cabezas y las personas independientes y honestas” estaban de su lado.
Deploró lo que llam aba “posturas de espadachín” de Freud, e in sistió en
que si bien, “c o m o tod o autor”, é l luchaba por el recon ocim ien to, “nunca
ex c e d í lo s lím ites m ás m oderados en lo que podía esperar, y nunca m e d is
gustó que alguien fuera de diferente o p in ión ” . A m pliando con sid erab le
m ente el tiem po durante el cual hizo propaganda para la C ausa, le dijo a
Jones qu e había a bogad o incan sab lem en te por el p sic o a n á lisis en V ien a
“durante quince a ñ o s”. S o stu v o que si “h oy en día los círcu los c lín ico s e
in telectuales v ie n e s e s tom an en serio la in v estigación p sicoan alítica y la
aprecian, si n o se ríen d e e lla y n o ia con d enan al o stracism o — en V ie
na— entonces tam bién y o habré realizado mi pequeña aportación para que
así sea”. O bviam ente, valoraba la o p in ió n de Jones: “ N o quiero que usted
m e entienda m al”. •<“ A fin es del verano se h izo m ás enfático, quejándose
a Jones de “la absurda castración” que Freud proyectaba realizar pública
m ente, “ ante lo s o jo s d e to d o s” . Pensaba que la p e rsecu ción de la que
Freud lo hacía objeto era “propia de é l”. *>» Freud no era el Vínico que uti
lizaba el diag n ó stico p sic o ló g ic o co m o una form a de agresión.
L as l a r g a s v a c a c io n es de verano interrum pieron el enfrentam iento,
pero la crisis, cuya m aduración había provocado Freud, alcanzó su c lím ax
cuando la S ociedad P sico a n a lítica de V iena se reunió en el otoño. “M aña
na — le anunció Freud a F erenczi a p rin cipios de octubre— tenem os la
prim era sesió n de la S o c ied a d ”, en la que iba a realizarse un intento de
“expulsar a la pandilla de A d ler”. *>3o En e l encuentro, Freud anunció que
Adler y tres de sus m ás en tusiastas partidarios habían renunciado y form a
do un grupo adleriano, q u e, según declaró Freud, era “ una com petencia
hostil". Esta fo rm ulación e x clu ía toda retirada. In sistió en que la pertenen
cia a la nueva a so cia ció n era incom patible con la pertenencia a la S ociedad
P sicoanalítica de V iena , y e x ig ió que todos los presentes eligieran entre
una y otra en el p la zo de una sem ana. En un fútil intento fin a l destinado a
reparar lo irreparable. Cari Furtmüller, quien iba a convertirse en uno de
los más íntim os a so cia d o s de A dler, d efendió con algún d etenim iento la
tesis de la com p a tib ilid a d . Pero Freud, secundado por Sach s, F ed em y
H itschm ann, fue inex o ra b le. C uando se im pusieron sus puntos de vista,
seis partidarios de A dler renunciaron a la Sociedad. Freud quedó “un p oco
cansado despu és de la batalla y la v ictoria”, según le com en tó a Jung con
satisfacción cuando todo hubo terminado. “Toda la pandilla de A dler” se
había ido. “ Fui d rástico p ero n o inju sto” . C on algún fa stid io , continuó
inform ándole a Jung que « e llo s han fundado una socied ad para el “V|/A
libre” , en contraste co n la nuestra, que no e s libre, proyectan editar una
p ublicación esp e c ia l» . S in em bargo, lo s adlerianos sigu ieron reclam ando
el derecho a ser m iem bros de la S ociedad P sicoanalítica de V iena, con fian
do, “naturalm ente” , a su m o d o “parasitario”, en aprovecharse de ella y d e s
[262] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
virtuarla. “H e hech o que esta sim b io sis resulte im p o sib le ”. *»» Freud y
lo s freudianos tenían para ello s la S ociedad P sicoanalítica de V iena. S ó lo
perm aneció Stekel, com o para recordarle a Freud una tarea inconclusa que
debía realizar.
Incluso en m ayor m edida que Freud, Adler v io la ruptura com o algo
determ inado principalm ente por una lucha de ideas. Cuando estaban al bor
de de la separación, en una cena privada Freud le pidió que no desertara de
la Sociedad. A dler preguntó retóricamente: “¿Por qué tendría que realizar
siem pre mi trabajo a su som bra?” E s d ifíc il saber si la pregunta fue una
queja o un d esa fío . M ás tarde A dler interpretó su dolorida reclam ación
co m o una expresión de tem or a que s e lo hiciera “responsable de las teo
rías freudianas de las cuales él m ás o m enos renegaba, mientras que su
propia obra era tergiversada por Freud y sus seguidores, o bien dejada a un
lado”. * « 2 N o sólo fue Freud quien rechazó a Adler; tam bién Adler rechazó
a Freud, co n n o m en os v eh em en cia (o por lo m enos a sí contem pló é l la
ruptura).
E n ju n io d e 1 911, en una carta a Jung, Freud, c o n cisa y un tanto p re
m aturam ente, exclam ó: “Por fin m e he desem barazado de Adler". Era un
grito de triunfo. Pero en las capas m ás profundas de la m ente de Freud
aparentemente nada era d efinitivo, nada había cambiado: en lugar de e n d -
lich (“por fin ”), Freud, con un d esliz revelador, escribió endlos (“interm i
nable”). Parecía presentir problem as futuros. Pero todavía tenía a Jung
a su lado, c o m o el sucesor eleg id o . Durante el período de las dificultades
en V ien a , la adm inistración d el p sic o a n á lisis — en cuentros, co n gresos,
p ub licaciones, ni que decir tiene que Bleuler— fue ocupando cada v ez más
esp a c io en su correspondencia co n Jung, aunque no cesaron el intercam bio
d e historiales ni lo s com un icad os sobre la guerra contra los fariseos. En
c o n g r e so s s u c e s iv o s , y c o n v o lu m in o sa s p u b lica c io n es p sic o a n a lític a s,
Jung había co n so lid a d o su in fluencia, reconocida inicialm en te en 1910,
cuando fue eleg id o presidente de la A sociación Psicoanalítica Internacio
nal, que acababa de form arse. Un año m ás tarde, en e l congreso internacio
nal reunido en W eim ar en septiem bre de 1911, no m ucho después de la
secesió n de A dler, la p o sic ió n de Jung parecía inexpugnable. Fue reelegido
presidente, y R iklin secretario, por aclam ación. C om o antes, en sus fre
cu en tes cartas Freud se g u ía dán dole e l tratam iento íntim o de “ Q uerido
a m ig o ”. Pero s ó lo un m es m ás tarde del congreso de W eim ar, en octubre,
E m m a Jung detectó alguna tensión entre su esp o so y el venerado m entor.
“M e ha atormentado la idea — le escribió a Freud, arm ándose de valor— de
que su r ela ció n c o n m i e s p o s o n o es c o m o podría y debería ser” . * 1M
S egún Freud le com entó a F erenczi, respondió a esa carta “ afectuosam ente
y co n m uchos d eta lles” , p ero sin entender e l m ensaje. *135 Por el m om en
to, Frau Jung era m ás perceptiva y avistaba e l futuro m ejor que los pro
p io s protagonistas. A lg o andaba m al.
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 6 3 ]
Ju n g : e l e n e m ig o
Recordando co n anim osidad, Jung rastreó las raíces de
su ruptura co n Freud hasta un ep iso d io del verano de
1 9 0 9 , en e l G eo rg e W ash in gton , cuando é l, Freud y
F erenczi se dirigían a Estados U nidos. Jung — segün
su relato— había interpretado un su eñ o de Freud lo
m ejor que pudo, sin contar c o n detalles adicionales de
su vida privada. Freud n o había querido proporcionárselos; m iró a Jung
con susp ica cia , y le advirtió que n o p od ía analizarlo; e so equivaldría a
poner en p eligro su autoridad. Jung recordó que con esa negativa e m p ezó a
declinar el poder que Freud tenía sobre él. Freud, el autoproclam ado após
tol de la integridad cien tífica , ponía la autoridad personal por encim a de la
v e r d a d io * « 6
C on independencia de lo que realm ente su ced ió, Jung estaba im pacien
tándose bajo la autoridad de Freud y , a pesar de todas sus protestas, no se
encontraba d isp u esto a seguir tolerándola m ucho tiem po m ás. In clu so en
1912 Freud le esc r ib ió a P fister q u e con fia b a en qu e Jung se sintiera lo
suficien tem en te libre co m o para disentir de él “sin m ala co n cien cia ”. •>»
Pero e s o era exactam en te lo q u e Jung n o p odía hacer. La cólera, la contun
dente ferocidad que inunda las últim as cartas de Jung a Freud, dan prueba,
sin duda, d e una m u y m ala co n cien cia.
A lguna v ez Jung adujo ca u sas m ás co m plejas para su separación de
Freud. S ugirió que Freud se había n eg a d o a tomar en serio las conferencias
que pronunció en Estados U n id o s, p ublicadas a fin e s de 1912 c o n e l título
de P sic o lo g ía d e l in co n scien te. “ Escribir e se libro m e co stó la am istad co n
Freud — r e co rd ó— porque é l n o p u d o a ce p ta rlo ”. * 1M Pero m ás tarde
enm endó y c o m p lic ó el diag nó stico ; el libro no fue tanto la “causa real”
com o la “causa fin a l” de la ruptura, “ porque ésta tuvo una larga prepara
c ió n ” . Pensaba que, g lob alm en te, toda aquella am istad, en cierto sentido,
había sid o só lo una preparación para su airado d esenlace.
“T en go que d ecirle que d esd e e l principio tuve una re se rv a tio m entalis.
N o podía estar d e acuerdo c o n m uchas d e sus ideas”, **» en esp ecial con
las ideas de Freud sob re la libido. E sto era bastante razonable: los m ás
tenaces desacuerdos de Jung c o n Freud, que atraviesan toda la secuencia de
sus cartas c o m o un sub texto o m in o so , incluían lo que alguna v e z e l su iz o
caracterizó suavem ente co m o su incapacidad para definir la libido (lo que,
traducido, sig n ifica b a que n o estaba d ispu esto a aceptar la d efin ición de
Freud). Jung trató constantem ente de am pliar el significad o del térm ino de
io En una v e r sió n lig e r a m e n te d istin ta , Jun g, p r e te n d ien d o c o n o c e r una
r ela c ió n entre Freud y su cuñada, rela c io n ó e l su eñ o que Freud n o interp retó c o n
su presun ta in fid e lid a d . ( V é a se e l e n sa y o b ib lio g r á fic o para e l c a p ítu lo 2 ) .
[264] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
Freud, para que n o só lo representara la pulsión sexual sin o una energía
m ental general.
Pero Freud, ofuscad o co n la idea de que había designado un heredero
seguro, s ó lo al cabo de m u cho tiem po lle g ó a reconocer la p ersistencia y
profundidad de la “reserva m ental” de Jung. Y Jung, por su parte, durante
vario s añ o s, ocu ltó sus verdaderos sen tim ientos (in c lu so se lo s o c u ltó a sí
m ism o ). Freud seg u ía sien d o “c o m o H ércules v ie jo ”, un “h éroe hum ano y
un d io s superior”. En noviem b re de 1909, apenado por n o haber esc ri
to con m ás prontitud d esp u és d e haber v u elto a S uiza, tras la v isita a la
C lark U n iv ersity , Jung le c o n fe s ó su m isam ente a su “padre” que había
pecado: “P ater p ec c a v i" . * l4> D o s sem an as m ás tarde, de n u evo a p eló a
Freud c o m o a la autoridad suprem a, en su e stilo m ás filial: “A m enudo
m e gustaría tenerlo cerca. Siem pre ten g o c osas que preguntarle”.
D e h echo, hasta e l m om en to en que la grieta se h iz o v isib le , Jung
con tem p ló sus desacuerdos co n lo s co n cep tos freudianos c o m o una im per
fe c c ió n personal suya. S i tenía algú n p roblem a con e llo s, e sto , “o b v ia
m ente”, tenía que deberse a que todavía n o había “adaptado suficientem ente
m i p o sic ió n a la su y a ” . L os d o s hom bres continuaban co n su relación
so c ia l y pasaban algún tiem po ju n to s siem pre que se lo perm itían su s abi
garradas agendas. Siem pre había tem as im portantes sobre los que tenían
que hablar o escribirse. El 2 d e enero de 1 910, Freud le h izo saber a Jung
que estaba especulando acerca del "desam paro infantil" com o fuente de la
n ecesid ad humana de religión . *i** Esa nota excitada constituye un sig n o
de la confian za que Freud tenía puesta en Jung; exactam ente un día antes
le com en tó a F erenczi que acababa de com prender las raíces de la religión,
el día d e A flo N uevo. Jung, por su parte, atascado en una crisis d o m é s
tica producida por lo que denom inaba sus “com ponentes p o lig á m ico s”, *>44
le d ijo confidencialm ente a Freud que estaba reflexionando sobre “e l pro
b lem a é tic o de la libertad se x u a l”. *»«
E so s problem as privados p rovocaban en Freud una cierta aprensión;
am enazaban co n distraer la atención de Jung del asunto principal: el p sic o
análisis. L e pidió a Jung que fuera p aciente. “T iene que seguir perseveran
d o y conducir nuestra causa h acia su c o n clu sión ”. *>** E so sucedía en enero
de 1910. A l m es siguiente le d ijo a Ferenczi que las c o sa s estaban “de
n u ev o d ifíc ile s y ten sas” en e l “rein o eró tico y re lig io so ” de Jung; las car
tas de Jung — com enta Freud co n sen sibilidad— parecen renuentes y d is
tantes. *«» S ó lo algunas sem anas m ás tarde Freud pudo alegrarse al ver
que Jung em ergía de su s “co n fu sio n es personales”, y “rápidamente h ice las
p aces co n él, pu esto que, d esp u és de tod o, y o no estaba enfadado sin o só lo
preocupado”. * 150 C on la serenidad aparentemente recuperada, Jung inició
e l a n álisis d e su esp osa. Freud (a quien Jung le com unicó esa grosera v io
lación d e las reglas técnicas) atravesaba un estado de ánim o com placiente.
P o co antes había ayudado a M ax G raf e n e l análisis del hijo de este ú lti
m o, el pequeño H ans, y p en só que Jung podría tener é x ito co n su m ujer,
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 6 5 ]
in clu so aunque sin duda le resultaría im p o sib le superar por com p leto su s
sen tim ie n to s n o a n a lítico s.
C uando Jung se pon ía q u isq u illo so , Freud lo apaciguaba. R e fle x io
nando sobre la p o sib le ap lica ció n d el p sico a n álisis a las cien c ia s culturales
(un interés que Jung com partía co n en tu siasm o) Freud e xp resó e l anhelo
de que a e se trabajo contribuyeran “ lo s estu d io so s de la m ito lo g ía , lo s lin
güistas y lo s historiadores de la r elig ió n ”. “ D e lo contrario, tendrem os que
hacerlo todo n oso tro s m ism o s.” *151 U n tanto extrañam ente, Jung interpre
tó la fantasía de Freud c o m o una crítica: “C reo q ue co n e sto usted quiere
decir que y o no so y adecuado para este trabajo”. *»» E so n o era en ab solu
to lo que Freud tem a e n m ente. “ El h ech o d e que se haya ofendido — co n
testó — fu e m ú sica para m is o íd o s. M e encanta que usted m ism o asuma
este interés co n tanta seriedad, qu e usted m ism o quiera constituirse en ese
ejército auxiliar.” * i« C uando em ergían esas ten sio n es, Freud procuiaba
suavizarlas. “Q u éd ese tranquilo” , le escrib ió a su “querido h ijo”, descri
b ién d o le e l panoram a de lo s grand es triunfos q ue lo esperaban. “E stoy
dejando para usted la conq uista d e lo que ni y o m ism o pued o controlar;
¡toda la psiquiatría y la aprobación d el m undo civ iliza d o , que está a c o s
tumbrado a considerarm e c o m o un salvaje!”
A lo largo d e tod o e ste intercam bio, Jung c o n ser v ó la p o sic ió n del
hijo fa vorito, a fectu o so , d eso b e d ie n te só lo e n algunos m om en tos. A prin
cipios de 1 9 10, ca m in o a Estados U n id os, desd e donde lo habían llam ado
para una lucrativa con sulta que podría h acerlo llegar tarde al congreso de
N ürnberg, le e n v ía a Freud, d e sd e París, una infantil nota de disculpa:
“ ¡N o se enfade por m is travesuras!” A continuación declara su “sen ti
m iento d e inferioridad co n respecto a usted, que frecuentem ente m e subyu
ga ”, y el placer p o c o co m ú n que le produjo una carta e n la que Freud le
m anifestó su aprecio: “ D e sp u é s de tod o, so y m uy recep tiv o a cualquier
recon o cim ien to que proven ga del padre”. *»« Pero, a v e c e s , la r eb elión
inco n scien te de Jung resultaba irreprimible. Freud había estado trabajando
en lo s estu d io s que iban a con d u cirlo a T ó tem y ta b ú y, sabiendo que a
Jung le interesaba e s e tip o de prehistoria e sp ecu lativa, le p id ió algunas
sugerencias. La reacción d e Jung a esa “carta m uy grata” fu e d efensiva; le
d io las gracias calurosam ente a Freud, pero agregando de inm ediato: “Sin
em bargo, e s m uy em barazoso para m í que usted aborde esta área, la p sic o
log ía de la relig ió n . U sted e s un com petidor p elig ro so , si es que se quiere
hablar de co m p eten cia”. *»» E vid en tem ente, Jung necesitaba ver a Freud
co m o un com petidor, aunque — una v e z m ás— c u lp ó de e llo a su carácter
lle n o de d eb ilidad es. S e e n o rg u llecía de prom over el p sic o a n á lisis, obra
que (esperaba que Freud estuviera de acuerdo) era m ucho m ás importante
q u e “ m i torpeza o m is ra sg o s d e sa g ra d a b les”. ¿Podría ser — p reguntó
ansiosam ente— “que usted d e sco n fíe de m í?” Le aseguró a Freud que no
había razones para que lo hiciera; sin duda Freud no se opondría a que él
tuviera su p ropio punto d e v ista . S in em bargo, in sistió en que tenía que
[266] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
“luchar para cam biar m is o p in io n e s, sig u ien d o el ju ic io d e alguien que
sabe m ás q u e y o . N un ca m e hubiera pu esto de su parte si en m i sangre no
hubiera un p o c o de herejía” . *>» A lg u n o s m eses d espués de la ruptura final
de Freud c o n A d ler, Jung reafirm ó enfáticam ente su lealtad: “ N o e stoy d is
p uesto a im itar a A d ler n i en lo m ás m ín im o ”. * 1»
A unque se sintiera a n sio so por pasar por alto e sa s sintom áticas n e g a
ciones, Freud n o podía encontrar tranquilizadoras las seguridades de Jung.
Pero, del m o d o m ás d elicad o, trató de recom poner la trama de la intim idad
que le s unía y que lentam ente se estaba deshilacliando. R ech azó e l severo
autodiagnóstico de Jung, reem plazando “torpeza” y “rasgos desagradables”
por la expresión m ás m oderada de “estados de ánim o” ; agregó que el único
problem a que había entre e llo s era e l interm itente descu id o, por parte de
Jung, de sus o b lig a c io n e s c o m o presidente de la A so cia ció n Psicoanalítica
Internacional. U n p o c o ansiosam ente le recordó a Jung que “El fundam en
to indestructible d e nuestra relación personal es nuestro com p rom iso con
e l y A , pero era tentador construir sobre esa b ase algo h erm oso, aunque
m ás inestable, una solidaridad íntima: ¿podría ser de otro m od o?” * 160 Ese
era un llam am iento desde las profundidades del ser de Freud; respondiendo
escrupulosam ente a todos lo s problem as que Jung estaba planteando, se
m anifestó perfectam ente de acuerdo co n la afirm ación, por parte de Jung.
de su independencia intelectual. Jung le había citado un e x ten so pasaje de
A s í hablaba Z a ra tu stra, de N ietzsch e, para reforzar su defensa de la autono
m ía. “ U no recom p en sa pobrem ente a un m aestro si só lo sig u e sien d o el
discíp ulo”, eran la s prim eras palabras del fragm ento. “ ¿Y por qué n o q u ie
res arrancarme la coron a?” *>« Freud resp on d ió un tanto azorado. “S i
alguien m ás leyera este pasaje, m e preguntaría cuándo intenté suprim irlo a
usted intelectu alm en te, y y o tendría que decir: N o lo sé ”. Una vez m ás,
con bastante m ordacidad, trató de apaciguar las preocupaciones de Jung:
“Esté seguro de la co n stan cia de m i interés a fectivo, y p ien se en m í am i
gablem ente, aunque s ó lo m e escrib a de tanto en tanto” . * •«
T odo o c u r r jo c o m o si e ste llam am iento d e Freud se hubiera escrito
en e l agua. Jung, si e s qu e lle g ó a darle alguna respuesta, lo con sid eró un
intento de sed ucción . En m a y o de 1 9 1 2 estaba enzarzado con Freud en una
disputa sobre el sig n ifica d o del tabú del incesto, detrás de la cual asomaba
e l problem a nunca resu elto de la sexualidad. En e se intercam bio, el tono
d e Freud fu e confu so; se negaba con d esesperación a recon ocer que su
am istad con Jung estaba sentenciada. Pero Jung parecía ofen d id o, com o
alquien que ya ha roto c o n un am ig o y está expon ien d o sus razones. N o es
casual que la ruptura d efinitiva se desencadenara con un incidente trivial.
En abril de 1912, L udw ig B insw anger, p oco antes d esignado director
d e K reuzlingen, e n e l lago C onstanza, fue operado de un tum or m aligno.
A larm ado ante la perspectiva d e perder a “uno de sus jó v e n es m ás prom e
tedores” a m anos de una m uerte irracional, Freud le en v ió al enferm o una
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 6 7 ]
carta angustiada. Se d escrib ió a s í m ism o c o m o “un hom bre viejo que n o
debe quejarse de que su vida vaya a terminar dentro de unos pocos años (y
que está decidido a no quejarse)”, pero a q uien la noticia de que la vida de
B insw an ger p odía estar en p elig ro le resu ltó “particularm ente p en o sa ”.
D espu és de todo — dijo Freud— , B insw anger era uno de aquellos que iban
a “continuar mi propia v id a ”. En algu nos m om entos, e l d e seo de Freud de
que sus hijo s o sus segu idores le procuraran una inm ortalidad em ergía a la
sup erficie de la con cien cia . E se d e se o había influido sutilm ente en sus
relacion es con Jung, pero poca s v e c e s encontró una expresión m ás aguda
que cuando pensó que B insw anger podía morir, n Binsw anger le pidió a
Freud que no com entara con nadie su problem a, y Freud le h iz o una visita
precipitada; el p aciente estaba m uy bien. •»*»
A hora bien, la casa de Jung en K üsnacht estaba a só lo unos sesenta y
cin co k ilóm etros de K reuzlingen, pero Freud, aprem iado por e l tiem po, no
podía detenerse en la región. Indiferente a las ob ligacion es m últiples
de Freud, Jung se ofendió; le envió una carta haciéndole reproches aunque
sin culparlo; atribuía lo que d io en llam ar “e l gesto de K reuzlingen” al dis
gusto de Freud ante su conducta independiente. * 165 En la respuesta, Freud
se tom ó el trabajo de detallar sus m o v im ien tos, sin m encionar la opera
ción de B in sw a n g e r ,12 y le recordó a Jung que en otras oportunidades el
hech o de que tuvieran diferencias profundas no había im pedido que lo v isi
tara. “ H ace algunos m eses usted probablem ente m e habría ahorrado esta
interpretación”. La e x c e s iv a sen sib ilidad de Jung c o n respecto al “g esto de
K reu z lin g e n ” h iz o que Freud se extrañara: “ En esta ob ser v a ció n suya
encuentro una duda co n respecto a m i persona”. *>«
L a inco m o d id a d de F r e u d se c o n ta g ió rápidam ente a sus íntim os.
En ju n io , Ernest Jones v is itó V iena; v io a F erenczi, y aprovechó la o c a
sió n para exam inar la am enaza de d isen sio n es adicionales en el cam po p si
coanalítico. Las heridas em o cio n a les que la partida de Adler había dejado
en Freud y en sus partidarios aún no estaban cicatrizadas, y las dificultades
co n Jung p arecía tan probables c o m o calam itosas. E ntonces Jones tuvo
una de esa s ideas que hicieron historia psicoanalítica: consideró que lo que
se necesitaba era una organización pequeña y cerrada de m iem bros leales,
un "com ité” clan d estin o, que rodeara a Freud com o una guardia pretoriana
de confianza. L os m iem b ros d el c o m ité com partirían entre sí las n oticias
y las ideas y, e n la intim idad m ás estricta, se encargarían de discutir c u al
11 F in a lm e n te , B in sw a n g e r v iv ió ha sta 1 9 6 6 ,
12T am bién le o c u ltó la situ a c ió n a lo s o tro s. “ E n P e n te c o sté s — le e scr ib ió
a A braham — pasé d o s día s en C onstan za c o m o in v ita d o de B insw a ng er" (3 de
ju n io d e 1 9 12, p a p e le s de K arl A braham , L C ). V éa se ta m b ién su carta a F eren c
z i, en la qu e sim p lem en te le in f o m ó de q u e h ab ía p a sa d o un fin de sem an a en
la c a sa de B in sw a n g e r, sin m en cio n a r la r a zó n real d e e se v ia je. (3 0 d e m a y o de
1 912. C orresp ond en cia F reud -Ferenczi, Freud C o lle c tio n , LC),
[268] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
quier d eseo “de apartarse de alguno de los principios fundam entales de la
teoría p sicoa n a lítica ” (la represión, lo inco n sciente o la sexualidad infan
til). * 157 F eren czi adoptó con en tu siasm o la propuesta de Jones, lo m ism o
que Rank. M uy anim ado, Jones le h izo llegar la sugerencia a Freud, que
estaba descansando del trabajo del año en e l balneario de Karlsbad.
Freud abordó la idea con entusiasm o. “Lo que de inm ediato invade mi
im ag in a ció n es su idea de un co n se jo secreto com p u esto por los m ejores y
m ás fiab les de nuestros hom bres, para que cuide del desarrollo posterior
del y A y defienda la causa contra personalidades y circunstancias cuando
y o ya no e sté ”. La propuesta de Jones le gustó lo bastante com o para que
intentara reclamar su paternidad: “U sted dice que fue Ferenczi quien expre
só esta idea, pero podría ser m ía, elaborada en m ejores tiem pos, cuando
confiab a en que Jung reuniría un círcu lo d e e se tipo en tom o a é l, c o m
puesto por las cabezas o fic ia le s de las a so cia cion es locales. Ahora lam ento
decir que tal unión ha de form arse con independencia de Jung y de los pre
sidentes e le c to s”. S in duda e s e com ité haría que “vivir y m orir” resultara
“m ás fácil para m í”. Freud consideraba que el primer requerim iento c o n sis
tía en que e l com ité fuera “estrictam ente secreto” en su e x isten cia y sus
acciones. Tendría p oco s m iem bros: Jones, Ferenczi y Rank, en quienes se
había originado la propuesta, eran candidatos ob v io s, lo m ism o que Abra
ham. E ste era tam bién el c a so de S a ch s, “ en quien m i confianza es ilim i
tada a pesar de que hace po co tiem po que n os c o n ocem os”. A sum iendo
el espíritu d e la propuesta, prom etió la m áxim a d iscreción.
El plan d ice m ucho acerca de la o b sesiv a inseguridad de aquellos pri
m eros psico a n a lista s. Freud pensaba que “quizás podría adaptarse para
satisfacer las necesidades de la realidad”, pero reconoció con franqueza que
“en esa con cep ción ” * 1W había “ tam bién un elem ento adolescente y quizá
rom ántico”. Jones había em pleado e l m ism o lenguaje: “La idea de un
p equeño cuerpo unido, destinado, c o m o lo s paladines de C arlom agno, a
custodiar el reino y la p o lítica de su am o, fue un producto de mi propio
rom an ticism o” . * 171 En realidad, el C om ité operó satisfactoriam ente duran
te algu nos años.
A l o l a r g o del verano de 1912 sig u ó siendo evidente la insistencia
de Jung en sentirse o fen dido por el “gesto de K reuzlingen”, la cólera de
Jung alim entó los recelos de Freud. La carta que había recibido de Jung
— le escribió Freud a Jones a fin es de ju lio — “ sólo puede interpretarse
com o un repudio formal de nuestras relaciones hasta ahora am istosas”. Lo
lam entaba, no por razones personales sino p rofesionales, y estaba decid id o
a “dejar que las cosas se enfrien y a n o tratar de influir más en é l” . D e s
pués de todo, el “y A ya no es asunto m ío, sin o que le concierne a usted y
tam bién a m u ch os otros igu a lm en te”. * m U n os días más tarde, le com entó
con tristeza a Abraham (recordando el ya crónico desagrado que a este últi
m o le producía Jung): “E stoy ocu pad o con los acontecim ientos de Zurich,
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 6 9 ]
que están confirm ando una vieja p rofecía suya, que y o había querido ig n o
rar”. En toda su correspondencia de e so s m eses se v e a un Freud preo
cupado por encontrar la m anera de asegurar el futuro de su m ovim ien to, es
decir, en térm inos e m o c io n a le s , su propio futuro: "Sin duda n o contribui
ré en nada a una ruptura, y esp ero que la com unidad adm inistrativa pueda
permanecer intacta” . * 17< A l enviarle a F erenczi la carta de Jung en la que
le decía que no iba a visitar K üsnacht, Freud la interpretó c o m o una prue
ba evidente de q u e la neu rosis d e Jung debía de estar en su punto álgido.
C on tristeza adm itió el fracaso de su esfuerzo tendiente a am algam ar “judí
os y g o y im al s e r v ic io d e l y A ”. Lam entablem ente, “ se separan c o m o el
a c e ite y e l a gu a” . **” La c u e s t ió n , sin duda, lo p reocu p ab a; al m es
siguiente, le dijo a R ank que había c o n fia d o en lograr “ la integración de
ju d ío s y antisem itas e n e l terreno del híA ” . ♦>>» Esa segu ía sien d o la m eta
de Freud, incluso en la adversidad.
Pero Freud p e n só que a Ferenczi le agradaría el m od o en que é l se lo
estaba tom ando lodo: “co n total desa p eg o em ocional y superioridad inte
lectual” . *17} De hecho , e l d esap ego de Freud era menor de lo que quería
demostrar, pero e n sep iiem bre todavía aceptaba el p ronóstico de Jones en
cuanto a que “no hay gran p eligro de separación entre Jung y y o ”. Quería
ser razonable: “ Si usted y la gente de Zurich inician una recon ciliación
form al, y o no pondré n ingú n o b stácu lo. Sería s ó lo una form alidad, pues
no e sto y enfadado c o n é l ”. Pero — agregaba— "m is anteriores sen tim ien
tos para co n él n o p ued en volver a la v id a ” . Tal v e z el h ech o de que
estuviera de vaca cio n es en su amada R om a lo llevaba a guardar m ás e sp e
ranzas de lo que resultaba ló g ic o .
Pero Jung le daba a Freud cada v e z m enos razones para que conservara
un m atiz de o p tim ism o . En n o v iem b re, d e regreso d e E stados U n id o s,
donde había pronunciado una serie de conferencias, le escribió recreándose
en sus agravios. A l hablar en Fordham (que Freud consideraba “ una p eq u e
ña universidad d esco n o cid a dirigida por jesu itas”) * ‘7* y en otras partes,
Jung había arrojado por la borda la m ayor parte del equipaje psicoan alítico
(la sexualidad infan til, la e tio lo g ía sexu al de las n eurosis, el co m p lejo de
E dipo), y adem ás red efin ió abiertam ente la libido. En la narración que le
hizo a Freud, le s e ñ a ló anim ad am ente que su versión del p sico a n á lisis
había con v en cid o a m uchas personas hasta en tonces escép ticas por culpa
del “ problem a d e la sexualid ad en la neu rosis” . Pero, continuaba, tenía
derecho a decir la verdad tal c o m o él la v eía. S in em bargo, aunque in sis
tiendo en que “el g e sto de K reuzlingen” le había causado una herida perdu
rable, esperaba que no se interrum pieran su s relaciones personales y a m is
to sa s c o n Freud. D e s p u é s d e to d o — o b se r v ó , e s fo r z á n d o s e por ser
am able— él le debía m ucho. Pero lo que esperaba de Freud no era enfados
sin o ju ic io s o b jetiv o s. “ En m í n o se trata de una c u estión de cap rich o,
sino d e dejar bien claro lo que con sidero que es una verdad” . * 1»
[270] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
L a c a r ta de J ung era un m anifiesto truculento, una declaración de
independencia que bordeaba la grosería. Pero también le recordaba a Freud
que Zurich no era la única fuente d e n ovedades desagradables. “M e he ente
rado — com enta Jung— de que han surgido d ificultades co n Stekel". Con
su tono b e lic o so , agregó que Stekel tenía que ser d espedido del Z en tra l-
b la tt; ya había h ec h o “bastante daño con su indecente fanatism o c o n res
p ec to a la co n fesió n , por no d ecir e x h ib ic io n ism o ”. *>*' Freud estuvo de
acuerdo c o n Jung, probablem ente por últim a v e z. A lo largo de 1912, S te
kel había continuado asistiendo a las reuniones de la Sociedad P sicoan alí
tica d e Viena; en los primeros m eses del año, participó de m odo destacado
en una serie de discu sio n es sobre la m asturbación, y en octubre fue con fir
m a d o c o m o “ed itor” del Z e n tr a lb la tt. P ero e n to n ce s se p e le ó co n
T ausk, y el e p iso d io , el ú ltim o de una retahila de p rovocacion es, c o lm ó la
pacien cia de Freud. En su autobiografía. S tekel e s m ás bien vago acerca de
esa ruptura, y no s e queja; tal v ez (conjetura) Jung pudo estar conspirando
contra él. Sin duda Freud favoreció al agresivo T ausk, considerado por
S tek el c o m o un e n em ig o . D e hech o, el d esenlace final fue una co n se
cu en cia directa de la gestión editorial de Stekel en el Z en tralblait. A l prin
cip io , según Freud recon oció con gratitud, había sid o un editor “e x ce le n
te” , en agudo contraste con A dler. Pero pronto e m p ezó a concebir el
p eriódico co m o su c o to privado, y trató de im pedir que aparecieran las
reseñas de Tausk. A Freud le pareció que “n o podía perm itir” **« esa arbi
trariedad y, finalm ente, en noviem bre de 19 12, le anunció a Abraham que
" Stek el está sigu ien d o su p ropio c a m in o ”. En c o n secu en cia, é l experim en
taba un gran aliv io : “ E sto m e gusta m ucho; usted no sabe lo que he sufri
do tratando de d efenderlo de todo e l m undo. Es un ser hum ano insoporta
b le”. La crecien te con v icció n de Freud en cuanto a que Stekel era un
m en tiroso “ irrem ediablem ente d esv erg o n za d o” h izo que la ruptura fuera
irreparable; Stekel — le com en tó Freud a Jones— le había dich o a la gente
de Z urich que e x istió un intento de “sofocar la libertad de su m ente”, pero
s e abstuvo d e m encionar sus disputas co n T ausk y su intención de que el
Z en tra l b la tt fuera “propiedad suya”. *>*7 Freud, qu e tenía firm es principios
m o rales, consideraba que aquel em buste frustraba cualquier posible rela
ció n institucional. Pensaba que Stekel había degenerado en un predicador
“ a sueldo del adlerism o” *«*
P er o el a su n to S tekel no distrajo a Freud por m ucho tiem po del
d e sa fío que le planteaba el n u evo tono de Jung. Jung había sid o un “Q u e
rido am ig o ” (L ieber Freund) de Freud durante varios años; después de la
carta de m ediados de noviem bre, Freud sa c ó sus propias conclu sion es. En
la cabecera de su respuesta escribió “L ieb er H err D okior" . “ L o saludo en
su reto m o a A m érica, n o con tanto a fecto c o m o antes de N üm berg — usted
ha logrado disuadirm e de que lo haga— pero todavía con bastante sim pa
tía, interés y s a tisfa cció n por su é x ito perso nal.” S in em bargo, se pregun
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [271]
taba en v o z alta si aq uel é x ito n o había puesto en p eligro las teorías p si
coan alíticas de m ás largo alcance. S i bien seguía con fian d o en que su b sis
tieran sus buenas r e la cio n es perso na les, Freud perm itió que una n ota de
irritación se deslizara en su carta. «Su insistencia en “e l g esto de K reuzlin-
g e n ” e s, d esd e lu eg o , tan in com prensib le c o m o insultante, pero h ay cosa s
que n o pueden ponerse por escrito». * 18’ Freud todavía deseaba hablar con
Jung, m ientras que su s seguidores estaban listos para deshacerse de él. El
11 de noviem bre, el m ism o día en que Jung le recordaba, una v ez m ás, “el
g e sto d e K reuzlingen” , E itington le escrib ió a Freud d esd e Berlín: "E l p si
coan álisis está ahora lo bastante desarrollado y maduro com o para poder
recuperarse de e so s p rocesos de d esco m p osición y elim in ación ” .
A fines d e n o viem b re, lo s d o s protagonistas aprovecharon la o c a sió n
q ue le s brindó una pequeña co n ferencia p sicoanalítica en M unich para sen
tarse y m antener una prolongada conversación privada sobre el ep iso d io de
B insw anger. El resultado fu e que Jung se discu lp ó, y se produjo un n u evo
acercam iento entre e llo s . “R esultad o — le inform ó Freud a Ferenczi: tanto
lo s la z o s p e rso n a le s c o m o lo s in te le c tu a le s se g u irán s ie n d o e str e c h o s
durante años. N o se habló nada de separación ni de d eserción” . Esta v isió n
optim ista era una pieza c a si desesperada d e autoengaño, y no se correspon
día con la realidad. Freud se estaba haciendo cada v ez m ás cauto y, por
m ás que lo deseara, n o p od ía confiar por com p leto en una resolu ción p a c í
fica así. Le com entó a Ferenczi que Jung le recordaba a un borracho que
incesantem ente berrea: “ ¡N o pien sen que estoy arruinado!”
La reunión de M un ich se v io m alograda por uno de los d esv a n e ci
m ien tos de Freud, el se g u n d o en p resen cia de Jung. L o m ism o que e n Bre-
m en tres años antes, la esc e n a era el final de una com id a ligera; co m o
aquel día, se había p roducido una anim ada discu sión entre Freud y Jung, y
una v e z m ás Freud interpretó lo que Jung decía c o m o revelador de un
d eseo de muerte d irigido contra é l. En la d iscusión, Freud había deplorado
q ue Jung y RiJdin publicaran en Su iza artículos p sic o an alíticos sin m en
cionar su nom bre. Jung d e fen d ió la práctica; d espués de todo — dijo— e l
n om bre de Freud era bien co n o cid o . Pero Freud in sistió. “R ecuerdo haber
p ensado que estaba lom án dose la cu estió n de un m od o m ás bien personal",
d ijo m ás tarde Jones, qu e estaba presente. “D e pronto, para nuestra c o n s
ternación, ca y ó al su elo tota lm en te in co n scien te. El robusto Jung lo lle v ó
en seguida a un so fá d e la antesala, donde pronto v o lv ió en s í” . * 152 Para
Freud, ese in cid en te tenía todo tipo de sig n ificad os o cu lto s, que él analizó
en cartas a sus íntim os. Fueran cu a le s fueren las causas física s que a cech a
ban en un segu nd o pla n o (fatiga, dolor de cabeza) Freud n o tenía duda
alguna de que el principal agente de su desvan ecim ien to había sid o un c o n
flic to p sic o ló g ic o . D e un m o d o o scu ro , F lie ss estaba im p licad o e n e llo ,
lo m ism o que la v e z anterior. Es decir, Freud todavía estaba tratando de
ajustar su s cuentas a fe c tiv a s c o n su e x a m igo. Jung, por su parte, co n
independencia del m odo en que se tomara aquel m om ento de alarma, rápi-
[272] E l a b o r a c io n e s ; 1 9 0 2 - 1 9 1 5
dam enie p u so por escrito el eviden te a liv io que le procuraba su recon cilia
c ió n c o n Freud. Se m ostró apenado, s o líc ito , una vez m ás un hijo cariño
so. “ Por fa v o r — le escribió a Freud el 2 6 de noviem bre— , perdone m is
errores, q ue n o intentaré excusar ni atenuar”. *>»
S e trató de una falsa recuperación. Jung estaba d ecidido a que le o fen
dieran e interpretaba lo s cum p lid os c o m o in sultos. El 2 9 de noviem bre,
Freud, e scrib ién d o le a Jung, d ia g n o sticó e l ep iso d io del desm ayo c om o
una jaqu eca co n ciertos “ingredientes p síq u ico s”; en pocas palabras, con
cierto s “e lem en to s d e n eu rosis”. Y en la m ism a carta e lo g ió a Jung por
haber “ lim p iad o e l en igm a de todo m istic ism o ”. A Jung (que aparente
m ente o lv id ó sus m uestras de afecto de la carta anterior) le pareció un ata
que; una v e z m ás, Freud estaba su b e stim a n d o su trabajo. Se aferró al
h ech o de que Freud admitiera albergar e n s í un elem ento de neurosis sin
analizar. Era ese “elem ento” — consideraba Jung, desplegando su “ordina
ria h elv ética ”— lo que im pedía que Freud apreciara en su justo valor el
trabajo que él realizaba. D espués d e haber em pleado durante años la expre
sió n “ co m p le jo p aterno” , y de haber pro porcionado pruebas osten tosas
tom adas d e su propia conducta en ap o y o de la teoría, en e s e m om ento
Jung la rechazó atribuyéndola al gu sto v ie n és por las etiquetas. O bservó
con pena que todos lo s p sicoanalistas eran dem asiado propensos a explotar
su pro fesió n co n fin es de denuncia. * '«
R eun ien d o sus ú ltim os restos d e p a cien cia , Freud se abstuvo de su tile
zas c o n resp ecto al “ nu evo e stilo ” de Jung. se m anifestó de acuerdo en que
resultaba p e n o so el m al u so que se h acía d el p sicoan álisis, y sugirió “ un
pequeño rem edio casero”: que “cada un o de nosotros se ocupe de su propia
neurosis c o n m ás c e lo que de la neu rosis d e l prójim o”. * i« En su respues
ta, Jung b ajó e l ton o por un m om en to, y le inform ó a Freud que estaba
preparando una reseña devastadora de un n u evo libro de Adler. *»* Freud
m anifestó su aprobación, pero recordándole a Jung lo que los separaba: la
“inn o v a ció n ” junguiana concerniente a la teoría de la libido. *m Esto fu e
dem asiado para el inconsciente de Jung; a m ediados de diciem bre, en una
breve nota, co m e tió u no d e e so s lapsus d e lo s que viven los p sico a n a lis
tas. “ N i siquiera los có m p lices de A dler — escribió— quieren considerarm e
co m o u no d e e llo s ” . Pero en lugar de ih rig en (“de ello s”), que era lo que
pedía el c o n tex to , Jung incon scien tem en te repudió a Freud escrib ien d o
Ihrigen (“de lo s de usted”). * i» Freud ya se había sorprendido a s í m ism o
com etien d o un d e sliz m uy sim ilar, que apuntaba a su hostilidad in c o n s
cien te para co n Jung, varios años a n t e s .13 En e s e m om ento, tom ando e l
falso error c o m o c la v e de lo s verdaderos sentim ientos de Jung, y ya c o m
pletam ente harto, no resistió la tentación de com entarlo. M aliciosam ente,
le preguntó a Jung si podría m o vilizar la su ficien te “objetividad” (ésta era
15V é a s e la p á g . 2 5 0 .
P ol íti ca p s i c o a n a l í t i c a [273]
una de las palabras agresivas favoritas de Jung) com o para considerar ese
lapsus sin acritud.
Jung no pudo. En su tono m ás ja cta n cio so, dio rienda su elta a lo que
alguna vez Freud había llam ado su "sana ordinariez”. “ ¿M e perm ite
que le diga unas p ocas palabras serias? R e c o n ozco m is flu ctu acion es con
usted, pero tengo tendencia a ver la situ ación de un m odo sincero y entera
m en te honesto. S i u sted lo duda, el problem a e s su yo. M e gustaría lla
marle la atención sobre e l h ech o de que su técnica de tratar a sus discíp u
lo s c o m o a sus p a c ie n te s e s blunder. D e e se m odo usted produce hijos
esc la v o s o im púdicos bribones (A dler-Stekel y toda la d esvergonzada pan
dilla que ahora se p avon ea en V ien a ). S o y lo bastante o b jetivo c o m o para
adivinar su truco” . D esp u é s de repudiar el com plejo paterno, una vez
m ás lo exhibe en su plenitud: e l m o d o que tenía Freud de detectar acciones
sintom áticas — continu ó— era la m anera de reducir a tod os al n iv e l de
hijos e hijas que adm itían su s faltas co n rubor. “ M ientras tanto, usted está
sentado en la cim a, co m o padre” . Jung m a n ifestó que e s e se rv ilism o le
parecía inútil. Por un m o m en to , fu e c o m o si Freud aün estu viera d is
pu esto a razonar con Jung, m ientras v e ía c ó m o se derrumbaban los planes
que había acariciado para e l futuro del p sicoanálisis. A l redactar la respues
ta, o b servó que la reacción de Jung ante e l hecho de qu e se le llam ara la
atención sobre su lapsus había s id o e x c e siv a , y se defen d ió de la im puta
ció n de que m antuviera a sus discípu lo s en una situación de dependencia
infantil; por el contrario, en V ie n a lo criticaban por no p reocuparse lo
suficiente de analizarlos. * 20i
Los com entarios de Freud acerca de la reacción ex cesiva de Jung invi
tan a su v e z a realizar ciertas consid eracion es. En su correspondencia y en
sus con versacion es, los p sicoan alistas de la primera generación em pleaban
un estilo im pertinente que habría estado com pletam ente fuera de lugar en e l
discu rso de los otros m ortales. C on atrevim iento, se interpretaban los su e
ñ os entre sí; se cebaban en lo s lapsus orales o escritos de los otros; libre
m ente, d em asiado librem ente, em p leaban los térm inos d ia g n ósticos tales
com o “paranoide” y “h o m o sex u a l” para caracterizar a sus com pañeros, y
también para caracterizarse a s í m ism o s. T od os e llo s practicaban en su cír
cu lo el tipo de análisis que condenaban en los ajenos com o falto de tacto,
anticientífico y contraproducente. Esa retórica irresponsable probablem ente
les servía para descansar del trabajo austero que conllevaba la práctica p si
coanalítica, com o una esp e c ie de ruidosa recom pensa por perm anecer en
silen cio y ser discretos la m ayor parte del tiem po. Freud participaba en ese
ju e g o junto con el r esto , in c lu s o aunque sensatam ente previniera a sus
co leg a s sobre el em p le o d el p sico a n á lisis c o m o arma. En con se cu en c ia ,
puesto que esa actitud de interpretar a diestro y siniestro se contagiaba de
m od o irresistible, proliferando y co n virtiénd ose en una práctica fam iliar,
Freud tenía derecho a pensar que la respuesta de Jung a su interpretación del
d esliz había sido desproporcionada, y por lo tanto altam ente sintom ática.
[274] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 -1 9 1 5
A fin e s de d iciem b re, F reud rec o n o c ió finalm ente que ya no había
tiem po de señalar tales su tilezas. Y a no podía aspirar a convertirse en un
gran estadista. “En lo que con cierne a Jung — le escrib ió a Jones en una
carta sum am ente reveladora-— parece haber perdido el ju icio, se está c o m
portando co m o un lo co . D esp ués de algunas cartas afectuosas m e escribió
una sum am ente insolente, dem ostrando que su experiencia de M unich — la
recon cilia ció n de noviem bre— n o ha dejado en él ninguna huella”. R e a c
cionar ante el lapsus revelador de Jung había sido “una provocación m uy
le v e ” , después de la cual “él se r e v o lv ió co n furia, proclam ando que no era
en absoluto un n eurótico”. S in em bargo, Freud no deseaba una “separa
c ió n o fic ia l”; por el bien d e “nuestro interés com ún”, aquello no era c o n
v en ien te. Pero le a consejó a Jones que n o diera “m ás pasos hacia la recon
c ilia ció n , es inú til”. Freud estaba seguro d e que Jones podía im aginar las
a cu saciones de Jung: “ Y o fui e l n eurótico, yo eché a perder a A dler y S te
k el, etc. E s e l m ism o m eca n ism o y una reacción idéntica a la del ca so de
A d ler” . Era lo m ism o y sin em b argo n o lo era; frente a esta últim a d esilu
sión, d e im portantes c o n se cu en cia s, Freud no pudo evitar su desalien to, y
trazó una d istin ció n un tanto p atética c o n un ju e g o de palabras com plejo:
« D e sd e lu eg o , Jung e s por lo m en o s un “A ig lo n ” ». *»5 P odem os interpre
tar esta c a lifica ció n d e m odos o p u esto s, que reflejan los sentim ientos c o n
tradictorios del propio Freud: “A ig lo n ” , que en francés significa “ aguilu
ch o ”, era una referencia a A dler, apellid o que en alemán significa “águila” .
Pero tam bién llev a a pensar en e l hijo d e N apoleón “N apoleón 11”, apoda
do 1'A ig lo n , y que n o v iv ió para realizar la m isió n a la que su padre lo
había destinado; del m ism o m odo, en Jung, elegid o sucesor de Freud, se
habían d ep ositad o e x p ecta tiv a s qu e n un ca sa tisfiz o . Las am b icion es de
Jung, de las que Freud había esperado qu e “lo pongan a mi se rv icio ”, • »
dem ostraron ser incontrolables. Freud le d ijo a E m est Jones que la carta de
Jung había suscitado en é l un sen tim ien to de vergüenza.
Freud también inform ó a Jones de que había redactado “una respuesta
m uy su a v e” , pero que n o s e la e n v ío , porque Jung habría interpretado “una
reacción tan m ansa co m o sig n o d e cobardía”, sintiéndose de lo m ás im por
tante. *** El seguía esperando contra toda esperanza. La amistad de Jung
“no m erece que se desperdicie tinta”, le com entó a Jones el 1° de enero de
1 9 13, p ero si bien é l m ism o “n o tenía ninguna n ecesidad de su c om pa
ñía”, había que tener en cuenta, “m ientras fuera p o sib le ” , los “ intereses
co m u nes” de la a sociación y la prensa p sicoanalítica. *** D os días m ás
tarde, en una carta a Jung que s í le e n v ió , subrayó con énfasis la am istad
que había parecido tan prometedora. Esa carta decía que él no encontraba
manera de responder a las acusaciones de Jung. “Entre los analistas está
establecid o que ninguno de nosotros tiene por qué avergonzarse de su e le
m ento de neurosis. Pero quien, en m ed io de una conducta anormal, grita
incesantem ente que es norm al, despierta la sospecha de que es incapaz de
percibir su enferm edad. En con secu en cia , le sugiero que renunciem os por
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [275]
com pleto a nuestras relacion es p erson ales”. Perm itiendo que em ergiera su
pena, agregó: “C o n esto no pierdo nada, pues durante m ucho tiem po he
estado lig a d o e m o cio n a lm en te a usted por un d ébil h ilo , el efe cto su b sis
tente de d ecepciones anteriores” . *2U> F liess todavía estaba presente en la
m ente de Freud. Sin duda, sabía que e se h ilo se había cortado sin p o sib ili
dad alguna de recom ponerse; en la intim idad de sus cartas privadas, decía
que Jung se había vu elto “descaradam ente insolen te”, m ostrándose com o
“e l n e c io o ste n to so y e l tip o brutal qu e e s ”. *211 Jung aceptó la d ecisión de
Freud. “ El resto e s sile n c io ” , escrib ió a m odo de respuesta, con un p oco
de grandilocuencia. * 212
Pero todavía quedaban cosas por decir. Por m ás am pliam ente que las
con cep cion es que Jung acababa de cristalizar divergieran de las de Freud,
para todo el m undo Jung segu ía siend o el m ás em in en te portavoz del p si
coanálisis freudiano, después del propio fundador. A dem ás, com o presiden
te de la A so c ia c ió n P sic o a n a lític a Internacional, era e l m ás im portante
person aje o fic ia l d e l m o v im ie n to in tern acional. N o sin ju stic ia , Freud
veía su propia situ a ció n co m o precaria en extrem o; ex istía e l p eligro real
de que Jung y su s seg u id o res, que controlaban e l aparato organizativo y
p eriod ístico del p sic o a n á lisis, se afirmaran en el poder y lo expulsaran a él
jun to con sus partidarios y n o era e l ú n ico que se preocupaba por esta
posiblidad. A m ediad os de m arzo d e 1913, Abraham h iz o circular la pro
puesta de que en e l m e s d e m a y o lo s grupos p sicoan alíticos de Londres,
Berlín, V iena y B u dap est pidieran la renuncia d e Jung. N o puede sorpren
der que encabezara su m em orando, só lo destinado a unas pocas personas,
con la palabra: “ ¡C onfiden cial!”
Freud estaba preparado para lo peor. “ S egún las n oticias que n os lle
gan de Jones — le dijo a F eren czi en m ayo de 1913— só lo p odem os esp e
rar perversidades por parte de Jung.” “Naturalm ente — agregó con amargu
ra— tod o lo que se d e sv ía de nuestras v erdades cuenta c o n e l aplauso
oficia l de sus seg uido res. E s perfectam ente posib le que esta ve z realm ente
nos entierren, después de habernos tarareado con tanta frecuencia la marcha
fúnebre en v a n o ”. Y agregaba desafiante: esto “n o cam biará m ucho n u es
tro destin o, y nada e l d e la c ien cia . Estam os en p o se sió n de la verdad;
estoy tan seguro c o m o hace q uince a ñ os”. **'<
Estaba m o v iliza n d o toda su confian za en s í m ism o, espontánea o c u l
tivada, m ientras que Jung ex p o n ía sus diferencias con Freud en e l ám bito
de las co n feren cia s. En ju lio d e 1 913, Jones le e n v ió a Freud, sin ningún
com entario, e l an u n cio im p reso de un «trabajo d el Dr. C. G . Jung, de
Zurich, titulado “P sico a n á lisis” », qu e sería leíd o ante la S ociedad P sico-
m édica de Londres. A Jones y a Freud debió parecerles siniestro que e l ora
dor fuera identificado co m o “una de las m ayores autoridades en p sicoanáli
s is ” , *21í e sp ecia lm en te en vista de que, al m es sig u ien te, hablando de
nu ev o en L ondres, Jung v o lv ió a anunciar co n toda claridad e l programa
que se había aventurado a proponer e n N ueva York d iez m eses antes: lib e
[2 7 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
rar el p sico a n á lisis d e su én fa sis e x c lu siv o en la sexualidad. En e sa s co n fe
rencias de L ondres, por primera v e z Jung denom inó a sus doctrinas revi
sio n ista s, n o “p sic o a n á lisis”, sin o “p sic o lo g ía analítica”.
La teoría d e los sueñ os de Freud era otro de los blancos de la revisión
junguiana. A doptando un tono d id áctico, casi paternal, que parecía invertir
sus acostum brados ro les, en ju lio d e 1913 Jung h iz o llegar a B erggasse 19
una carta en la que afirmaba que Freud evidentem ente había interpretado
mal “nuestra c o n cep ció n ”. Jung estaba hablando en nom bre del grupo de
Z urich, a sí c o m o Freud habló durante m ucho tiem po en nom bre de los
v ie n e se s. La supuesta incom prensión de Freud se refería al lugar que Jung
asignaba a lo s co n flic to s del presente e n las form aciones oníricas. “N o so
tros — ilustraba Jung— aceptam os sin reservas que la teoría [freudiana] de
la realización d e lo s deseos es correcta”, pero, por considerarla superficial,
había ido m ás a llá. * 21*
Esa actitud cond escen diente ante Freud debió de procurarle a Jung un
placer exq u isito . El estaba realizando un trabajo d ifícil, elaborando una
p sico lo g ía propia; todas las ideas habitualm ente asociadas con la p sic o lo
gía analítica junguiana datan d e e so s años: los arquetipos, el in consciente
co le c tiv o , la ubicuidad d e lo m isterioso, la sim patía respecto de la ex p e
riencia r e lig io sa , la fascin a ció n por el m ito y la alquim ia. C om o psiquia
tra y c lín ic o practicante, que pretendía haberlo aprendido casi todo de sus
pacien tes, Jung desarrolló una p sico lo g ía que naturalmente presenta m ar
cadas afinidades co n el p sicoanálisis freudiano. Pero las diferencias son
fu nd am entales. A sí, por e jem p lo , la fa m osa d e fin ició n junguiana de la
libido n o era nada m ás que un fracaso nervioso, una ansiosa retirada frente
a las verdades incóm od as acerca de las p ulsiones sexu ales que habitan en el
animal hum ano. La teoría ju nguiana de los arquetipos tam poco tien e una
contrap artid a real e n la s c o n c e p c io n e s d e Freud. El arquetipo e s un
principio fundam ental de la creatividad, anclado en las cualidades raciales,
una potencialidad humana que se m anifiesta concretam ente en las doctrinas
re lig io sa s, lo s cuen to s d e hadas, lo s m itos, los su eñ os, las obras de arte y
la literatura. Su eq u ivalen te en biología e s la “pauta de conducta”.
A dem ás de que entre am bos existían incom patibilidades e sp ecíficas,
Jung y Freud diferían radicalm ente en sus actitudes esen ciales con respecto
a la em presa científica. Es im portante que se acusaran recíprocam ente, con
idéntica vehem encia, de apartarse del m étodo cien tífico y de haber caído en
el m isticism o . « C ritico en la p sic o lo g ía freudiana — escrib ió Jung— una
cierta estrech ez y p rejuicio y, en lo s “freudianos”, un cierto espíritu falto
de libertad, intolerante y fanático». Freud — pensaba Jung— había d escu
bierto c o sa s sobre la m ente, pero era dem asiado propenso a abandonar las
bases sólidas de “la razón crítica y d el se n tid o com ú n ”. Freud, por su
parte, criticaba en Jung el que se mostrara tan crédulo con r esp ecto a
su pu estos fe n ó m en o s o cu lto s, y que lo apasionaran las religiones orienta
les; a cogía c o n un esc e p tic ism o sard ónico e irreprim ible la defensa que
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [277]
hacía Jung d e lo s sen tim ien to s r e lig io so s c o m o un ele m en to integrante de
la salud m ental. Para Freud, la r elig ió n era una n ecesidad p sico ló g ic a pro
yecta d a sob re la cu ltura, lo s se n tim ie n to s in fan tiles de desam paro que
so b reviven e n lo s adu ltos, que debían analizarse m ás que admirarse. En
una ép oca en la que todavía sus relacion es con Jung eran relativam ente
buenas, Freud ya lo había acusado d e ocu ltarse detrás de “ una nube religio-
so -lib id in a l”. •« » C o m o heredero d e la Ilustración del sig lo X V H I, Freud
no aceptaba sistem as d e pensam iento que borraran las diferencias irreconci
lia b les y negaran la interm inable guerra entre la cie n cia y ia religión.
El abism o que separaba a Freud de Jung en cu estion es doctrinarias se
v io am p liad o por lo s c o n flic to s p s ic o ló g ic o s ex isten tes entre e llo s. En
vista de la profunda sa tisfacción que le procuraba e l desarrollo de su propia
psic o lo g ía o rigin al, Jung afirm ó m ás tarde que no había v iv id o su separa
ció n de Freud c o m o una e x c o m u n ió n o un e x ilio . Para é l fu e una libera
ció n . U na interpretación freudiana serviría d e m u ch o para ilum inar los
m ás h istn ó n ic o s g esto s d e Jung durante lo s p o cos años de intim idad con
su “padre” d e V iena: e l hijo ed íp ico había luchado por liberarse, sufriendo
y al m ism o tiem p o in flig ie n d o su frim ien to. Jung lo había d ich o todo en
una carta que le e n v ió a Freud e l día de N avidad de 1909: “Es un duro d es
tino verse o bligad o a trabajar al lado del creador”. * 2» Sin duda, lo que
Jung obtu v o de e so s años fue m ás que una disputa privada y una am istad
rota; gen eró una doctrina p sic 9 ló g ic a r eco n ocib le c o m o suya propia.
L a co r r e spo n d e n c ia en tr e Jung y Freud fue decayendo hasta quedar
lim ita d a a c o m u n ic a c io n e s a d m in istr a tiv a s fo rm a les. M ientras tanto,
Freud estaba ocupado tratando de rescatar del naufragio todo lo que pudiera.
M ientras que en e l pasado, especialm en te en “ apartes” con Abraham , había
sugerido una lectura “racial” de su c o n flic to co n Jung, en adelante se resis
tió con fuerza a tratar aquel asunto c o m o una batalla entre ju d íos y g e n ti
les. S i el psiquiatra su iz o A lp h o n se M aeder, uno de lo s m ás estrech os
colaboradores de Jung, prefería ver la lucha de e se m odo, estaba en su dere
ch o, le dijo Freud a su con fid en te Ferenczi. Pero, en fáticam ente, é s e n o
&a el punto de vista de Freud. “S in duda ex isten grandes diferencias con el
espíritu a rio” : de e ste m o d o e s b o z ó Freud el argum ento q ue F eren czi
podría adoptar en respuesta a M aeder. “ Por lo tanto seguram ente deben de
haber diferentes W eltanschauungen e n u n o y otro c a so ” . Pero “n o debe
haber ninguna c ie n c ia aria o judía. S u s resultantes tienen que ser idénti
cos; s ó lo su presentación podría variar”. Sin duda, resultados d iferentes
só lo podrían dem ostrar que “ tiene que haber algo eq u ivocad o”. Ferenczi
podía tranquilizar a M aeder — agregó Freud sarcásticam ente— en cuanto a
que “ n o tenem os ningú n d e se o de atacar su W eltanschauung ni su r e li
gión ”. Tam bién podía decirle a M aeder que al parecer Jung había declarado
en Estados U nid os que “el y A n o e s una c ien cia sin o una r elig ió n ”. S i lo
había h ech o , a llí estaba la ex p lica ció n de toda la disputa. “ Pero el espíritu
[2 7 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
jud ío lam enta n o poder acom pañarlo. . U n p oco de m ofa no puede hacer
daño”. En m ed io de estas desalentadoras disputas, Freud encontró tiem
po para declarar su fidelidad a la austera disciplina im puesta por la búsque
da de la objetividad cien tífica . El p sicoanálisis c o m o cien cia tenía que ser
independiente de toda consideración sectaria, pero también independiente de
todo “padrinazgo ario”. *222
A pesar de su fatigado p esim ism o , Freud trató de continuar trabajando
co n Jung, q u ien , sin em b argo, se m ostraba frío en su coop eración . C on
m uy p o ca s ilu s io n e s , y s ó lo las m ás m o d estas e x p e cta tiv a s, a sistió al
con g reso internacional de M unich a p rincipios de setiem bre de 1913, c o n
greso éste m ás concurrido que lo s anteriores: con tó con ochenta y siete
participantes, entre m iem b ros e in v ita d os. *223 Pero la atm ósfera estaba
cargada de partidism o, in c lu so aunque m u ch os de los p articipantes n o
tuvieran la m enor idea de que el liderazgo se hallaba irreparablem ente d iv i
dido. *224 Las sesio n es — se quejó Freud— fueron “agotadoras y nada ejem
plares”; Jung había actuado co m o presidente “de una manera inam istosa e
incorrecta”. L os voto s de la reelecció n de Jung demostraron la em ergencia
de un am p lio descon tento: veintidós de lo s participantes se abstuvieron
co m o m anifestación de protesta, m ientras que cincuenta y d os votaron por
el candidato. Freud resum ió el c o n g reso co m o sigue: “ N os separam os sin
ningún d e se o d e v o lv er a v e m o s”. A llí e stu v o Lou A ndreas-Salom é y,
com parando a Freud con Jung, ju z g ó a e ste últim o con dureza. «B asta una
mirada a u no y otro — escrib ió en su diario— para ver cuál de los d os e s
m ás d o gm ático, m ás am ante d el poder. A llí donde hace dos años, en el
ca so de Jung, una e sp ecie de alegría robusta, una vitalidad abundante, se
expresaban a través de su risa estruendosa, su seriedad de ahora es sím b olo
de la a gresividad pura, la a m bición, la brutalidad m ental. Freud nunca
estuvo tan cerca de m í c o m o aquí: no só lo a causa de su ruptura con su
“h ijo ” Jung, al que amaba, y en b e n e fic io del cual, por a sí decirlo, había
trasladado su causa a Z urich, sino precisam ente en razón de la form a de la
ruptura, co m o si Freud la hubiera llev a d o a cabo sim plem ente por testaru
dez» , un espejism o que Jung había fabricado en abierto d esafío a la reali
dad * 22«
Jung se n e g ó a abandonar el cam p o con rapidez y en sile n cio . En
octubre, “interpretando a la in ocen cia injuriada” *227 — segú n las palabras
de Freud— d im itió c o m o “editor” d el Jahrbuch, aduciendo con brusquedad
“razones de naturaleza p erson al” y “renunciando a una d iscu sió n p úbli-
cd”. *228 N o m enos b ruscam ente, a Freud le e x p lic ó que había actuado
m otiv a d o por su co n o c im ie n to , a través de M aeder. de que é l, Freud,
ponía en duda su “bona fid e s’’ , *229 fuera lo que fuere lo que esto sig n ifica
ra, lo cual — m a n ifestó — h acía im p o sib le cualq u ier h ip o té tic o trabajo
conjunto. Freud ya e n to n ces totalm ente rece lo so , p en só que la renuncia
d e Jung, c o n su o scu ro pretexto, era una m era astucia. “ Está p erfectam en
te claro por qué renunció — le dijo a Jones— . Quiere que B leuler y y o
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 7 9 ]
abandonem os y quedarse co n todo”. ***> Percibiendo la necesidad de actuar
con presteza, lla m ó “urgentem ente” a F erenczi a V iena. * » i Jung, a quien
en to n ces v e ía c o m o “brutal, m en tiro so , d e sh o n esto ”, *2» podría negociar
co n lo s ed itores para quedarse co n el control d el Jahrbuch. L o que era
peor, Jung era todavía presidente de la o rganización en la que Freud había
invertid o tanto.
Freud se m o v ió co n d e c isió n para recuperar su p eriódico y su organi
zació n . Era un trabajo desagradable, pero ex p re só su con fian za en que,
“c o m o alg o natural”, él y sus segu id ores “nunca Imitarían la brutalidad de
Jung”. E sa n egativa a ser brutal habría sid o m ás efe ctiv a si Freud la
hubiera exten d ido a su propia correspondencia, m ostrándose m enos salva
je. Y sus aliados d e Berlín y Londres se sentían igualm ente afectados por
la o p o sició n . E m est Jones e n v ió cartas urgentes y agraviadas en búsqueda
d e una estrategia vencedora. « U n o está en colerizado con Jung — le escrib ió
a Abraham a fin es de 1913— hasta que descubre que es só lo torpem ente
estú p id o , “estu p id ez e m o c io n a l”, c o m o la llam an los p siq u ia tra s» .* 234 El
e stilo p o lé m ic o de Freud era sin duda co n ta g io so . Durante algún tiem po,
Jones aco n sejó la d iso lu c ió n de la A so cia ció n P sicoanalítica Internacional.
“ M i principal razón para pensar que e s d eseable d isolverla ahora es lo ridí
c u lo d e la situ ación ; asistir a otro c o n g reso {com o el d e M unich d el m es
de septiem bre pasado] m e haría enrojecer de vergüenza por nuestros ex
co la b o r a d o r e s. ( ...) A s im is m o , c u a n to m ás tie m p o s e p erm ita q u e la
e scu ela de Zurich se iden tifiq u e con e l P s-A , m ás d ifícil será repudiarlos.
T en em os que sep aram os”. *“ 5 Su am ig o A braham no era m enos en fá tico .
Para él la unión d e freudianos y ju n gu ian os había sid o “un m atrim onio
antinatural” desd e e l principio. * 236.
A Freud le resu ltó grato — aunque no le sorprendió— tener tales enér
g ic o s partidarios. P ero su principal recurso en aquellos días fue e l trabajo
co n su “C on trib ución a la h istoria d el m o vim ien to p sic o a n a lític o ”, alg o
que le resultó útil para contener su rabia. Para é l era un p anfleto en e l que
exp on ía su versión de las d isen sio n es que habían estado carcom iendo el
m o v im ien to durante lo s ú ltim o s años. Por prim era v e z su girió sus in ten
cio n e s a p rin cip ios d e noviem bre de 1 9 13, en una nota a Ferenczi: estaba
pensando en una “historia del y A c o n una crítica abierta a A dler y Jung” .
*231 D o s m eses m ás tarde pudo com unicar: “ E stoy trabajando furiosam ente
en la historia”; *»* el adverbio resultaba adecuado para expresar tanto su
velocidad co m o su estado de ánim o. La “ H istoria” fue la declaración de
guerra de Freud. A m edida que la escribía, furiosam ente, enviaba los borra
dores a su s íntim os, y lle g ó a llam arla afectuosam ente “la bom ba”.
In c lu so antes de que “ la bo m b a ” se h iciera exp lotar o fic ia lm e n te ,
Freud tuvo la satisfacción de ver que sus adversarios de Zurich com etían lo
que é l con sid eró errores tá cticos. Secam ente extrajo la con clu sión de que
trabajaban para é l. A prin cip ios de la prim avera de 1914, Jung le d io a
Freud lo qu e é ste quería: e l 2 0 de abril renunció a la presidencia de la A so -
[280 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
d a c ió n P sic o a n a lític a Internacional. D os días m ás tarde, lo s berlineses
enviaron un alegre telegram a a B erggasse 19: “ Por las noticias de Zurich
cord iales fe lic ita c io n e s d e Abraham , E itingon” . R espirando aliviado,
Freud le co m en tó a Ferenczi que la decisión de Jung “ha facilitado m ucho
la tarea”.
La “ bom ba” , arrojada a m ediados de ju lio , h iz o e l resto. Separó de
m odo tajante a Freud y sus partidarios de q uienes, c o m o Jung, ya no eran
aceptados por e llo s c o m o psicoanalistas. “ N o puedo sofocar un hurra”, le
e scribió Freud a A braham , exultante. *2*í Su re g ocijo n o se d isip ó rápida
m ente. “ D e m o d o que n o s lo hem os sacado de encim a — ob servó más de
una sem ana d e sp u é s— , al brutal santo Jung y sus lo ro s d e v o to s (N ach be-
ter)". • » A l le e r e l p a n fleto inm ed iatam ente antes d e su p u b licación ,
E itingon se sin tió im pulsado a desplegar una acostum brada elocu en cia y
una en sa la d a d e m e tá fo ra s. H abía recorrido la “ H isto ria ” — le d ijo a
Freud— “c o n agitación y adm iración”. La pluma de Freud, que e n el pasa
do había sid o “c o m o un arado que roturaba nuestro su elo m ás oscuro y
más fértil” , se con virtió en “ una afilada navaja” usada con sum a destreza.
“U sted pone el ded o en la llaga, y quedarán las cicatrices” en “ los ya-no-
n uestros” . La hipérbole n o era inexacta. A sí c o m o la partida de Adler
había dejado en m anos de Freud y lo s freudianos la S ocied ad P sicoanalítica
de V iena, del m ism o m o d o la partida de Jung, m u ch o m ás significativa,
dejaba a la A so c ia c ió n P sicoanalítica Internacional convertida en un orga
n ism o só lid o para la d iscu sió n y d ifu sión de las ideas de Freud. C on inde
pendencia d e lo s otros e fecto s que pudo haber tenido el asunto Jung, ayudó
a definir públicam en te lo que Freud pensaba que el p sicoan álisis represen
taba en realidad.
R e t r o s p e c t iv a m e n t e , la r ela c ió n de Freud con Jung parece una
nueva ed ició n de anteriores am istades fatales. Freud m ism o proporciona
material para esa lectura: lo s nom bres de Fliess y de otros aliados perdidos
aparecen co n tin u a m e n te en su corresp on d en cia de e so s añ os. Y Jung,
c o m o si se hubiera contagiad o de las atormentadas alusiones de Freud, res
p ondió sig n ifica tiv a m en te a ellas. L o m ism o q ue en am istades anteriores,
Freud, co n rapidez, c a si atolondradam ente, depositó su afecto, p asó a una
cordialidad casi sin reservas, y con clu y ó con una separación irreparable y
fu riosa. En ju lio d e 1 9 1 5 , cu a n d o ya todo h abía term inado, c a lific ó a
Jung, d esd eñ o sa m en te, c o m o un “santo co n v erso ” . Le había gustado el
hom bre — escrib ió — hasta que Jung se v io invadido por «una “cr isis” é ti
co-relig io sa » , com pletaba “co n una renacida m oralidad superior”, por no
hablar d e “m entiras, brutalidad y condescendencia antisem ita con respecto
a m í” . El ún ico sen tim ien to que Freud no s e perm itió en e sa tem pes
tuosa alianza fue la indiferencia.
Esta trayectoria em o cio n a l su scita el interrogante de s i no se trataba
de que, de algún m odo, Freud necesitaba convertir a sus am igos en enem i
P o l ít ic a p s ic o a n a l ít ic a [2 8 1 ]
g o s. Primero Breuer, w d esp u és F lie ss, a continuación A dler y S tek el, en
ese m om ento Jung, y m ás larde otras rupturas. Se entienden las razones de
que pudiera ver a Jung sim plem ente co m o otro Fliess. Pero esta equipara
c ió n no aclara tanto las cosas: Freud y F lie ss tenían prácticam ente la m is
m a edad: entre Freud y Jung había una d iferencia de casi veinte años: cuan
d o iniciaron su correspondencia, en 1906, Freud tenía cincuenta, y Jung
treinta y uno. Por otro lado, a pesar de to d o su afecto paternal, Freud nun
ca le ofreció a Jung el em blem a final de la fam iliaridad germana, e l du del
tu teo, c o sa que sí había h ech o c o n F lie ss. En e l punto álgid o de su inti
m idad, después de que Freud ungiera a Jung c o m o príncipe de la corona del
m o v im ie n to p sic o a n a lític o , s u s cartas sig u ie ro n c o n servan d o un cierto
grado de form alism o: Freud se dirigía a Jung com o a su “Querido a m igo”,
pero Jung nunca fue m ás allá del “Q uerido H err Professor". Lo que estaba
en ju e g o en la am istad de Freud co n Jung era tan im portante com o lo que
ya lo había estado en la am istad con F lie ss, pero se trataba de cosas d ife
rentes. La situación de Freud había cam biado drásticamente; si abrazó a
Fliess c o m o ú nico com pañero d e una ex p ed ició n excéntrica y tem eraria, a
Jung lo consideró co m o a algu ien que con su vigor aseguraría la persisten
cia de un m o vim ien to todavía en orden de batalla, pero que ya disfrutaba
de un ap oyo creciente.
A d em á s, Freud no era v íc tim a de n in gu n a oscura co m p u lsió n a la
repetición. C uando en 1 9 12, en m ed io de la lucha le dijo a Abraham que
“tod os lo s días aprendo a ser un p o co m ás tolerante”, sin duda se esta
ba v ien d o a s í m ism o c o m o una persona m ás conciliadora de lo que era en
realidad. N i A dler en 19 1 1 , ni Jung en 1912, habrían reconocido e se auto
rretrato cordial. Pero Freud contó co n am istades de toda la vida, siem pre
arm o n io sa s, n o s ó lo co n q u ien es n unca am enazaron su p o sic ió n en e l
m o v im ien to p sic o a n a lític o , s in o tam bién c o n hom bres c o m o e l o fta lm ó
lo g o L eopold K ü nigstein y el arq ueó lo g o E m anuel LOwy y lo que e s más
sin tom ático, a lgu nos de sus a so cia d o s p ro fesion ales m ás próxim os, in c lu
so aunque estu vieran lejos de ser sistem á ticam en te “orto d o x o s”, nunca
debieron de experim entar m ás que el latig azo ocasion al y perfectam ente
tolerable de la d esap rob ación de F reud e xp resad a c o n franqueza. Paul
F ed em , E m est Jones y otros de sus partidarios m ás destacados tuvieron
14 El d is ta n c ia m ie n to d e e s t o s d o s v ie j o s a m ig o s era to ta l. El 2 1 de
noviem b re de 19 0 7 , B reu er le e scr ib ió a A u g u ste Forel: “En cuanto a m í, ahora
e sto y separado de Freud por c o m p leto " . A g re g ó qu e, “n atu ralm ente”, é s e no
h ab ía sid o “un p r o c eso to ta lm e n te in d o lo r o ” . G e n e ro so c o m o d e c o stu m b re,
se g u ía consid erand o que la obra de Freud era “ m agnífica: erig id a a partir del
e stu d io m ás la b o rio so en su p rá ctica priv a d a , y d e la m ayar im portancia, aun
cuando — se sin tió o b lig a d o a añadir— una parte c o n sid er a b le d e su estructura
v o lv e rá a desm oron arse". (C ita d o en su to ta lid a d en Paul F. C ra n efield , “ Joseph
B r eu er ’s E v alu atio n o f H is C o n trib u tio n to P s y c h o - A n a ly s is ”, In t. J . P s y c h o -
A n a l., X X X IX [ 1 9 5 8 ], 3 1 9 - 3 2 0 ).
[ 282] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
d ificultades co n Freud acerca de cu estio n es importantes de técnica o teoría,
sin verse proscriptos c o m o renegados o traidores. El psiquiatra su izo L ud-
w ig B insw anger, que durante toda su vida luchó a brazo partido con el pro
blem a d el lugar que le correspon día al p sicoan álisis en su p ensam iento
psiquiátrico, y que desarrolló una p sic o lo g ía existencia! sum am ente perso
n a l, s e m antuvo en los térm in os m ás a m istosos con Freud a lo largo de
varias décadas. Lo m ism o ocurrió co n el pastor protestante Oskar Pfister,
a pesar d e todo el d esdén beligerante que Freud sentía hacia la religión.
Freud fue sum am ente se n sib le a la im putación de que necesitaba rom
per co n su am igos; tan se n sib le, que procuró negarla en letras de im pren
ta. En su breve autobiografía d e 1925, frente a aquellos con quienes había
roto ( “Jung, Adler, S tek el y u nos p o co s m ás”) o p u so “ una gran cantidad
d e p erso n a s” c o m o “ A braham , E itin g o n , F erenczi, R ank, Jon es, B rill,
Sach s, el pastor Pfister, van E m den, R eik y otros” que habían trabajado
lealm en te con él durante m ás o m enos quince años, “por lo general con
una am istad sin problem as” . 15 Cuando Freud le dijo a Binsw anger que
“para m í la duda independiente e s sagrada para todos”, lo pensaba en serio,
si b ien , en la pasión del co m b a te, a v e c e s olvidaba este precepto c ien tífi-
co-hum anista.
1SJ. E. G . van Em den era un p s ico a n a lista ho la nd és que Freud c o n o c ió en
1 9 1 0 . S ob re T h eo d o r R eik , v é a n se tas p á g s . 5 4 6 - 5 4 8 .
S eis
Terapia y técnica
Las reuniones sem an ales en et apartamento de Freud,
c o n e l correr de lo s años, se habían vu elto cada vez
m ás irritantes, pero é l sig u ió usándolas com o caja de
resonancia. M ucho antes de que publicara los h istoria
le s q u e p ro n to s e h ic ie r o n f a m o so s, in form ó a sus
segu id ores acerca de sus analizandos m ás interesantes.
U na o c a sió n m em orable abarcó d os se sio n es. E l 30 de octubre de 1907, y
de nu ev o una sem ana m ás tarde, e l 6 de noviem bre, Freud habló en la
S o ciedad P sicoló g ica de lo s M iérco les de un paciente que entonces estaba
analizando. “Es un ca so m u y in stru ctivo d e n eurosis ob sesiva (ideas o b se
siv a s) — dijo lacó n ica m en te, seg ú n e l registro de Rank— concerniente a
un jo v e n de 29 años (D r. ju r.)” . •» E sa fu e la sem illa a partir de la cual
iba a crecer el historial d el H om bre de las Ratas.
AI añ o s ig u ie n te , en abril d e 1 9 0 8 , F reud h ab ló ante el c o n g r eso
internacional d e p sic o a n á lisis reu n id o en S alzb u rgo, tam bién sobre ese
c a s o , m ientras el H om bre d e la s R atas to d avía estaba en tratam iento.
Arrastró con él a su encandilada audiencia. E m est Jones, que acababa de
c o n o c e r a F reud, nu n ca lo o lv id ó . M e d io s ig lo m ás tarde escrib iría:
“ H ablaba sin recurrir a las notas”, la ex p o sició n de Freud “em pezó a las
o ch o , y a las o n ce prop u so con clu ir. P ero todos estábam os tan sub yu ga
d os por su fascinante ex p o sic ió n que le rogam os que continuara, y él a sí
lo h izo durante otra hora. N unca lle g u é a ser tan ajeno al paso del tiem
p o ” . *2
Jones co in c id ió co n W ittels en su adm iración por e l e stilo de las c on -
[2 8 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
ferencías de Freud, y le im presionó particularm ente su tono co loq u ial, su
"facilidad de expresión, su ordenam iento m agistral de un material tan com
p lejo, su conspicua lu cid ez, y su intensa seriedad” . Tanto para Jones com o
para lo s otros, e se historial fu e “ al m ism o tiem po una fiesta intelectual y
artística”. * 3 Por fortuna, la p o lítica p sicoan alítica no absorbió prioritaria
m ente la atención de Freud, ni siquiera en e so s tiem pos turbulentos. T am
b ién era im portante, y q u izá m ás, lo que hacía en su laboratorio.
El laboratorio de Freud era el diván. D esde principios de la década de
1890, lo s pacientes de Freud le habían enseñado m ucho de lo que sabía,
o b ligán dolo a refinar su técnica, abriendo vertiginosas perspectivas sobre
nuevas posib ilidad es teóricas, justificando u obligando la corrección — o
in cluso el abandono— de conjeturas sobre las que ya estaba seguro. Esta
e s una de las razones de que Freud diera tanta im portancia a sus historia
les; c o n stitu ía n un r e g istro d e su e d u ca c ió n . R esu ltó g ra tifica n te que
dem ostraran ser igualm en te ed ucativos para otros, así com o instrum entos
de persuasión e fica ces y e le g a n te s .1 C uando Freud afirmó acerca del caso
del H ombre de las R alas que era m uy instructivo, quiso decir que podía
servir com o texto d idáctico para sus partidarios, incluso más que para él
m ism o. Freud nunca e s p e c ific ó por qué e le g ía los historiales de ciertos
pacientes para publicar, y n o lo s de otros. Pero tom adas en conjunto, esas
historias representan e l r elev o del terreno ya trillado del sufrim iento neuró
tico, y aventuran las reconstruccion es m ás im aginativas (y arriesgadas).
Freud presenta a h istérico s, o b se siv o s y paranoicos, a un ch ic o fó b ic o que
v io só lo una v e z durante e l tratam iento, y al interno p sicó tico de un h o s
pital psiq uiátrico al que n o v io nunca. L os su jetos de algunos de e so s
retratos elaborados e ¿ t im o s , en esp ecia l e l caso de Dora, han desbordado
su m arco para convertirse en algo m ás parecido a personajes de novelas
m em orables, actores por derech o propio, o por lo m enos testigos, e n las
interm inables controversias acerca del carácter m oral de Freud, de su c om
petencia co m o terapeuta y de sus con cep cion es esenciales acerca del ani
m al hum ano, tanto la m ujer co m o e l hom bre.
1 E rnest J o n e s, c o m o h e m o s v is t o (p á g s . 2 1 7 - 2 1 8 ) in g r e só en e l cam p o
p s ico a n a lític o d esp u és de le er e l h isto r ia l de D ora, e s c iito par Freud. Fue el
m ás in te lig e n te de lo s partidarios de Freud al qu e le c o n v e n c ier o n a lg u n o s de
e s o s h isto r ia le s. V isto s r e tr o sp ec tiv a m e n te, e s o s in fo r m es c lín ic o s ya c lá s ic o s
pu ed en parecer m ás adm irables por su v a lo r d id á c tico que c o m o e je rc icio s tera
p é u tic o s. En d éca d a s r ec ien te s, c o n la p e r sp e ctiv a d e l tiem p o y c o n refin a d a s
té c n ic a s de d ia g n ó s t ic o , a lg u n o s p s ic o a n a lis t a s h a n v u e lto so b re e llo s co n
m ucho c u id ad o , lle g a n d o a la c o n c lu sió n de qu e lo s m ás céle b r es a n a lizan dos de
Freud pad ecía n en general p a to lo g ía s m ás gra v es que la s in dica da s por e l m a es
tro. Pero c om o recu rso s para la e n señ a n za sig n e n sie n d o m o d e lo s autorizad os,
en una é p o c a que pa rece haber o lv id a d o c ó m o escr ib ir h isto ria les.
T e r a p ia y t é c n ic a [285]
U n p r in c ip io p r o b le m á t ic o
La jo v e n m ujer qu e ahora e l m undo co n o ce c o m o Dora
« e presentó por primera vez en el consultorio de Freud
e n e l v eran o de 1 898, a lo s d ie c isé is años, e in ic ió su
tratam iento p sico a n a lítico d os años m ás tarde, en octu
bre de 1900. ** L o abandonó en diciem bre, d espués de
u no s o n c e m e s e s , cu ando todavía faltaba realizar la
m ayor parte del trabajo p sico a n a lítico . Y a a m ediados de octubre, Freud le
había inform ado a F liess que tenía “ un n u evo ca so ”, una chica d e d ie c io
ch o años, “ abriéndose su avem ente ante la c o lec ció n de llaves m aestras con
las q u e c o n ta m o s” (una m etá fo ra eró tica cu y o s seg u n d o s se n tid o s no
exp loró). *s
En enero de 1 9 01, desp u és d e la interrupción del tratamiento de Dora,
escrib ió su historia rápidam ente, c o n clu y en d o e l 25 de e se m es. “ Es lo
m ás sutil que he escrito h asta ahora” , an un ció, p erm itiéndose un m om en
to de satisfacción por su propia tarea. Pero de inm ediato frena su jú b ilo
con predicciones de una desaprobación general: n o tenía dudas de que ese
estu d io sorprend ería a la g e n te m á s d e lo habitual. “ D e to d o s m o d o s
— agregó, co n su característica m e z c la de resignación e stoica y pen sam ien
tos autotranquilizadores—- u n o cu m ple con su deber y sin duda n o escribe
só lo para el día de h o y ” . *« F in alm en te, no p u b licó la historia de D ora
hasta 1905. E sa dem ora le proporcionó una oportunidad m enor: p udo agre
gar el inform e sobre una in teresante v isita que su ex p aciente le h iz o en
abril d e 1 9 02, v isita que rubricó co n eleg a n cia el fracaso de Freud.
Las razones de esta p rolongada gestación no son totalm ente transpa
rentes. Eran m uchas las c o sa s que podían haber incitado a Freud a publicar
la historia lo antes p o sib le. D ado qu e la consideraba “fragm ento” d e un
ca so “agrupado en to m o a d o s su eñ o s”, constituía “en realidad una c o n ti
nuación del libro de lo s su e ñ o s” *7: L a in terpretación de los su eñ os aplica
da al diván. Tam bién proporcionaba una ilustración notable de un c o m p le
jo de Edipo n o resuelto, que había in tervenido en la form ación del carácter
de Dora y de sus sín tom as h istéricos. Freud adujo diversas e x p lic a cio n es
para esa dem ora, en esp ecia l la discreción m édica, pero todas parecen un
p o co vagas. Sin duda lo había desalentado la recepción crítica del trabajo
por parte de su a m ig o O scar R ie, y n o m en os e l d ec liv e de su m ás ap a sio
nada am istad. “R etiré m i últim a obra de la im prenta — le d ijo a F lie ss en
m arzo d e 1 9 0 2 — p orq ue p o c o tie m p o antes había p erd id o m i ú ltim a
audiencia: tú”. ** Esa reacción parece alg o excesiva: Freud tenía que saber
que el caso podía sig n ifica r m ucho para toda persona interesada en e l p si
coan álisis. A dem ás, se adecuaba perfectam ente a la pauta de sus p u b lica
cio n es clín ica s. D ora era una histérica, el tipo de neurótica que había sid o
el principal ap oyo de la atención psicoanalítica d esde m ediados de la década
[286] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
de 1890, de hecho desde la A nna O. de Breuer, casi veinte años antes. Sin
duda, el caso tenía para Freud un sign ificado peculiar, vagam ente am enaza
dor; cuando retrosp ectivam en te se refirió a é l, de m odo sistem ático lo
situ ó en 1899 (en lugar de h acerlo, conform e a la realidad, en 1900), sín
tom a éste de alguna preocupación no analizada. La cautela de Freud
sugiere razones íntim as: aq uello le desconcertaba y por e so guardaba el
m anuscrito en su escritorio.
U na prueba sorprendente de que Freud no se sentía totalm ente cóm odo
es el P refacio que incorporó al inform e sobre Dora: inusualm ente com ba
tivo, in clu so para un escritor aficionad o a la p olém ica animada. Presenta
ba el caso — escrib ió Freud— para instruir a un público renuente y poco
c o m p ren sivo acerca de los usos del análisis de los sueños y su relación
co n la com p ren sió n de la n eu rosis. Sin duda su título original, "Sueño e
histeria”, resum ía de m odo adecuado los puntos en los que Freud quería
hacer hincapié. Pero la manera en que había sido recibida su In terpreta
ció n d e lo s s u e ñ o s le dem ostró cuán fa llo s d e preparación estaban los
esp ecialistas co n respecto a sus verdades (por e l tono de sus palabras, se
sentía un tanto agraviado). “ L o n u evo siem pre ha suscitado con fu sión y
resistencia” . * “> A fin es de la década de 1890 — observó— había sido criti
cad o por no proporcionar inform ación sobre sus pacientes; en ese m om en
to esperaba que le criticaran por informar dem asiado. Pero el analista que
publica historiales de h istéricos tien e que entrar en los detalles de la vida
sexual del paciente. D e m odo que la discreción, deber suprem o del m édico,
entra en c o lis ió n co n las e x ig en cia s de la cien cia, que vive de la discusión
abierta y sin in h ib icio n es. Sin em bargo, desafiaba a sus lectores a que
intentaran identificar a Dora.
A pesar de esa atm ósfera pesada, Freud no estaba aún dispuesto a abor
dar el asunto que tenía entre m anos. A cu só a “m uchos m é d icos” de Viena
de interesarse de un m odo m alsano en el tipo de material que estaba a pun
to de presentar, de leer "tales historiales, n o co m o contribuciones a la psi-
c o p a to lo g ía de las n eu rosis, sin o c o m o un rom án á c le f destinado a entre
tenerlos”. •>' E sto, probablem ente, era cierto, pero la veh em encia un tanto
gratuita de Freud sugiere que su im p licación em ocional con Dora suponía
un trastorno m ayor de lo que é l sospechaba.
E l m a s m u ndano d e los lectores se habría sentido sorprendido, in clu
so escan dalizado, ante la telaraña sexual en la cual v ivía la jo v e n Dora.
Tal v e z só lo Arthur Schnitzler, cu y o s relatos y obras de teatro, llenos de
desencanto, esbozaban la intrincada coreografía de la vida erótica vienesa,
podría haber im aginado tal argumento. Había dos fam ilias entregadas a
una danza de com placencia sensual encubierta, envuelta en el decoro más
con cienzu do. Los protagonistas eran el padre de Dora, un industrial prós
pero e inteligente que, padeciendo las secuelas de la tuberculosis y de una
in fecció n sifilítica contraída antes de su m atrim onio, había sid o paciente
T e r a p ia y t é c n ic a [287]
de Freud, y que fue q uien le lle v ó a Dora; la m adre, a juzgar por tod os lo s
inform es, tonta e inculta, fanática y obsesiv am en te dedicada a lim piar la
casa; el herm ano m ayor, co n e l que las relaciones de la paciente eran m uy
tensas y que se ponía del lad o de la m adre en las disputas dom ésticas, y
ella, Dora, que siem pre con stitu ía e l ap o y o de su p a d r e.2 El ca so s e co m
pletaba c o n lo s m iem b ros d e la fa m ilia K, a los que Dora y lo s su yos
estaban muy unidos; Frau K. había cu id ado al padre de Dora durante una
de sus m ás graves en ferm ed ades, y D ora había cuidado a los n iñ os K. A
pesar de las discordias en e l hogar d e la paciente, el elen co parecía co n sti
tuir alg o m uy parecido a d o s fa m ilia s burguesas, respetables, caseras, que
se ayudaban am istosam ente una a otra.
Pero había m ás que e s o . C uando D ora tenía d iec iséis años, y s e estaba
convirtiendo en una jo v e n atractiva, agraciada, declaró de m odo abrupto
que detestaba a Herr K ., hasta en to n ces su afectu oso am igo adulto. Cuatro
años antes, había em p eza d o a presentar algunos sign os de histeria, e sp e
cialm en te jaquecas y una tos n erv io sa . En e se m om ento se habían in te n si
fica d o sus a feccion es. A nteriorm ente atractiva y v ivaz, desarrolló todo un
repertorio d e síntom as desagradables: adem ás de la tos, una afonía histéri
ca, intervalos de depresión, h ostilidad irracional, incluso ideas de suicidio.
La propia jo v e n tenía una e x p lic a c ió n para su in fe liz estado: Herr K ., que
durante m ucho tiem po le había gu stad o, y en quien había con fiad o, se le
in sin u ó sexualm en te durante un paseo; profundam ente ofen d id a, e lla lo
abofeteó. A l ser acusado, Herr K. n e g ó la im putación, y pasó a la o fe n s i
va: a Dora lo ún ico que le im portaba era el sex o y le excitaba la literatura
lasciva. Su padre se in clin ó a creer a Herr K „ y descartó c o m o fantásticas
las acusaciones de Dora. Pero a Freud, d espués de em pezar a analizar a
Dora, le llam aron la atención ciertas contrad icciones del relato del padre, y
d ec id ió reservar su ju ic io . E se fue e l m om en to de m ayor sim patía en la
relación psicoanalítica de Freud con D ora, relación que se vería frustrada a
causa de una mutua h ostilid ad y de cierta insensiblidad por parte del analis
ta. Freud se propuso esperar las revela cio n es de Dora.
Q uedó dem ostrado que valía la pena. El padre había dicho la verdad
solam ente en un punto: la esp o sa n o le proporcionaba ninguna sa tisfacción
sexual. Pero m ientras hacía osten tación ante Freud de su mala salud, en
realidad estaba com pensando sus frustraciones dom ésticas con una apasio
nada relación am orosa co n Frau K. Esa relación n o era un secreto para
Dora. Observadora y desconfiada, lleg ó a estar convencida de que su adorado
padre se había negado a creer en su angustiada denuncia por razones propias
y escabrosas: al entregarla a Herr K „ podía seguir durm iendo sin problem as
con Frau K. Pero aun había otra corriente transversal erótica; descubriendo
2 “ A sí — c om enta Freud p lá cid a m en te — la habitual atracción se x u a l hab ía
u n id o at padre y la h ija por un la d o , y a la m adre y e l h ijo , por e l otro.'*
(“ D ora”, G W V , 17 8 ¡ S E V II, 2 1 .)
[2 8 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
la verdad de aquella relación ilícita, la propia Dora había pasado a ser una
có m p lice m ás o m enos con scien te. A ntes de que interrumpiera su análisis
de on ce sem anas con Freud, é l había descubierto en su paciente sentim ien
tos apasionados con respecto a Herr K ., su padre y Frau K., sen tim ientos
que la propia Dora confirm ó en parte. El amor infantil, e l incesto y lo s
d eseo s lesbianos com petían por el predom inio en su angustiada m ente ado
lescen te. Por lo m enos así era co m o Freud interpretó el caso de Dora.
A ju ic io de Freud, la propo sició n am orosa de Herr K. de ningún m odo
bastaba para explicar los abundantes síntom as histéricos de Dora, que se
habían presentado in clu so antes de su resentim iento por la m ezquina trai
ció n del padre. Freud pensaba que aquella histeria no podía tam poco ser la
con secu en cia de un incidente traum ático anterior que Dora le descubrió:
por el contrario, consideró que la reacción de la paciente demostraba que la
histeria ya ex istía cuando e l in cid en te se produjo. C uando Dora tenía
catorce años, dos años antes de la discutida insinuación de Herr. K ., el
m ism o hom bre le había tendido una trampa en su oficina, abrazándola de
pronto y b esándola apasionadam ente en los labios. Ante e se asalto, ella
había reaccionado con disgusto. Freud interpretó que ese disgusto era una
in versión de afecto y un d esp lazam ien to de sensaciones: todo el ep isod io
le produjo la im presión de una perfecta escena histérica. El intento erótico
d e Herr K. — dice Freud sin am b ages— constituyó “seguram ente la típica
situación que suscita un sentim iento distinto de excitación sexu al en una
niña inocente de catorce añ o s”, sen tim iento provocado en parte por la se n
sación del pene erecto del hombre apretado contra su cuerpo. Pero Dora
había desplazado la sensación hacia arriba, hacia la garganta.
Freud no estaba insinuando que Dora tuviera que haber cedido a las
em bestidas de Herr K. a lo s catorce años (o, para el caso, a los d iec iséis).
Pero le parecía ob v io que ese tipo de encuentros generaba un cierto grado
d e excita ció n sexual, y que la respuesta de Dora era un síntom a de su h is
teria. Esa interpretación es una co n secu en cia naturalmente, de la posición
de Freud com o d etective p sico a n a lítico y com o crítico de la moral burgue
sa. D isp uesto a ahondar en las su p erficies so ciales m ás decorosas, y com
prom etido con la idea de que la sexualidad moderna se veía encubierta por
una m ezcla casi im penetrable de n ega ción incon scien te y mentira c o n s
c ien te, sobre todo entre las cla ses respetables, Freud se sin tió prácticam en
te obligado a interpretar el rechazo vehem ente de Herr K. por parte de Dora
c o m o una defensa neurótica. El había c o n ocid o al hombre y, después de
todo, le pareció una persona agradable y atractiva. Pero la incapacidad de
Freud para penetrar en la sensibilidad de Dora habla de un fracaso de la
em patia, que le h iz o llevar el c a so c o m o si se tratara de un todo. El se
n e g ó a reconocer la necesidad que tenía la joven , com o todo adolescente,
de contar co n una guía fia b le en un m undo adulto cruelm ente egoísta, co n
alguien que com prendiera su con m o ció n ante el hecho de que un am igo
íntim o se convirtiera en un pretendiente ardoroso, y su indignación ante
T e r a p ia y t é c n ic a [2 8 9 ]
aquel grosero abuso de confianza. * 13 Esa negativa da tam bién prueba de la
dificultad general que tenía Freud para visualizar lo s encuentros eróticos
desde la perspectiva d e la mujer. Dora quería desesperadam ente que la cre
yeran, no que la consideraran una m entirosa o alguien que v eía vision es; y
Freud estaba disp u esto a aceptar su historia, y no las n eg a cio n e s de su
padre. Pero n o estaba preparado para llegar más lejos en la actitud de c o m
partir el punto de vista que tenía el p aciente.
Las agresion es se x u a le s de Herr K. no fueron las únicas escen as del
drama de Dora cuyas c o n secu en cia s Freud no supo explorar co n com pren
sión. R echazando Casi p or principio las dudas de D ora acerca de sus inter
p retacion es, e stu v o a sim ism o a punto de interpretar las n egativas de la
paciente c o m o afirm aciones encubiertas. S eguía las directrices de su prác
tica de aquella ép oca, posteriorm ente m uy m odificada, presentando inter
pretaciones inm ediatas y en érgicas. A l insistir en que la jo v e n estaba en a
morada del padre, tom ó su “m ás enfática afirm ación en sentido contrario”
com o prueba de qu e la conjetura era correcta. «El “ N o ” que uno o y e de
labios de un paciente d esp u és de haberle presentado a su percepción c o n s
cie n te , por prim era v e z , un p e n sa m ie n to rep rim id o, n o h a c e m ás que
registrar la represión y su carácter d e c isiv o , y, por así d ec irlo , m ide su
fuerza. S i uno n o tom a e ste “ No" c o m o la exp resión de un ju ic io im par
cial, del cual el p aciente en realidad no e s capaz, si no lo tiene en cuenta y
continúa con e l trabajo, pronto aparecerán pruebas d e que “N o ” , en tales
casos, sig n ifica e l d esea d o “S í”», * 14 D e tal m odo se h acía vulnerable a la
im putación de in sen sibilid ad y, lo que e s peor, de pura arrogancia d ogm á
tica; aunque dedicad o profesionalm ente a escuchar, n o estaba escuchando,
sino forzando lo que le decían sus analizandos para que se adecuara a una
pauta predeterm inada. E sa p reten sió n de virtual o m n isc ie n c ia en gran
medida im p lícita, invitaba a la crítica; sugería la certidum bre por parte de
Freud de que toda interpretación psicoanalítica es autom áticam ente correc
ta, sin importar qu e el analizando la acepte o la desdeñe. “ S í” sig n ifica
“S f \ pero “N o ” tam bién sig n ific a “S f *
* Freud n o tu v o e n c u e n ta en esa é p o c a lo s p e lig r o s d e e sta p o s ic ió n ; lo
h iz o e x p líc ita m e n te s ó lo a ñ o s m ás tarde. “ Si e l p a c ie n te e stá d e a cuerd o co n
n o so tr o s — e sc r ib ió en uno de su s ú ltim o s a rtículo s en 1 9 3 7 , para fra seand o a
algú n c rític o qu e n o m e n c io n a — , e n to n c e s e stá en lo c ie r to ; si n o s c o n tra d ice ,
e n to n c es se trata s ó lo d e un sig n o de r e sis te n c ia , lo qu e d e n u e v o n o s da la
razón. D e e ste m odo sie m p r e ten em o s r azón contra e l p ob re in d iv id u o d e s v a li
do que e stam os ana liza n d o , sea cual fuere la actitud que adop te c o n resp ec to a
nu estras im p u ta c io n e s” . Y c itó e l d ich o in g lé s " H ead s / w in , ta il s y o u lo s e "
(“ S i sa le cara, gan o y o; si sa le cru z, tú p ier d e s”) co m o c o n d e n s a c ió n d e lo que
gen eralm en te se pen sa b a qu e era e l pro c ed im ien to p s ic o a n a lític o . Pero e n r e a li
dad — o b je tó — n o e s a sí c o m o trabaja e l a n a lista , tan e s c é p t ic o c o n r e la c ió n al
a sen tim ien to del an a liza n d o , c o m o con r e sp ec to a su s n e g a c io n e s . (“ K onstruk-
tion en in der A n a ly s e ” [ 1 9 3 7 ] , G W X V I, 4 1 -5 6 / “ C o n str u c tio n s in A n a ly s is ”,
SE X X III, 2 5 7 - 2 6 0 ).
[2 9 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
Las interpretaciones de Freud dejan la im presión de que en Dora veía
m enos a una paciente pidiendo ayuda que un desafío que tenía que vencer.
M uchas de sus intervenciones demostraron ser b eneficiosas. A l exam inar
las relaciones de su padre con Frau K., Dora había in sistido en que se trata
ba de relaciones am orosas, pero tam bién en que él era im potente, contradic
ción que reso lv ió diciéndole a Freud, ingenuam ente, que ella sabía que era
p osib le lograr la satisfacción sexual de m uchas formas. Freud asoció estas
palabras con los síntom as perturbadores (su deteriorada elocu ción y la gar
ganta irritada) y le dijo a Dora que debía de estar pensando en el sexo oral
o , com o él m ism o afirm ó incurriendo por d elicadeza en e l latín, en “la
satisfacción sexual p e r o s”, Dora, tácitam ente, confirm ó la validez de aque
lla interpretación olvidándose de su tos. Pero la insistencia casi colérica
de Freud en que Dora confirmara las verdades psicológicas que le estaba
ofreciendo, requiere por sí m ism a una interpretación especial. Después de
todo, en 1900 Freud tenía conciencia de que es perfectamente previsible que
surjan resistencias ante las revelaciones desagradables, pues el analista so n
dea recovecos que el paciente ha protegido cuidadosamnte de la luz del sol
durante años. Pero todavía no había advertido que som eter a presión a un
paciente es un error técnico. Con p acientes posteriores fue m enos exigente,
m enos dom inante, en parte debido a las leccion es que recibió de Dora.
Las interpretaciones enérgicas y volubles que Freud proporcionó a esa
jo v en tenían un aire dictatorial. En e l primero de dos sueños reveladores,
Dora v io un pequeño joyero que su madre quería rescatar de una casa incen
diada, a pesar de las protestas del padre, que insistía en salvar a los niños.
A l escuchar el relato, Freud se detuvo en el joyero que tanto parecía valorar
la madre. Cuando le pidió a Dora que lo asociara con algo, ella recordó que
Herr K. le había regalado un c o sto so cofre de e se tipo. Ahora bien, la pala
bra S chm uckkasich en — le recordó Freud— se utilizaba para designar los
genitales fem en in os. D ijo Dora: “Sabía que u sted diría e s o ”. R espuesta de
Freud: «Es decir, usted lo sabía. El significad o del sueño ahora se vu elve
in clu so m ás claro. U sted s e d ijo a s í m ism a: “El hom bre m e persigue,
quiere abrirse cam ino hasta mi habitación, mi ‘jo y e ro ’ está en peligro, y si
sucede algo horrible será culpa de papá”. Por e so introduce en el sueño una
situación que expresa lo opuesto, un p eligro del que su padre la salva. En
esa región de los sueños por lo general todo se convierte en lo opuesto;
pronto sabrá por qué. El secreto, sin duda, está en su madre. ¿Cóm o entra
aquí su madre? C om o usted sabe, ella e s su ex rival por los favores de su
padre». Sin detenerse, Freud em ite un verdadero torrente de interpretaciones,
según las cu ales la madre de Dora representa a Frau K., y el padre de Dora a
Herr K.; es a Herr K. a quien quiere entregarle su joyero a cam bio del rega
lo que él le hizo. "D e m odo que usted está preparada para darle a Herr K.
c o m o presente lo que su mujer le niega. A quí tiene el pensam iento que
debe ser reprim ido con tanta energía, que necesita de la conversión de todos
lo s elem en to s en sus op uestos. C om o ya le había dich o antes, el sueño
T e r a p ia y t é c n ic a [2 9 1 ]
confirm a una v e z más que usted está volv ien d o a despertar su antiguo amor
por su padre para protegerse de su amor por K. Pero, ¿qué dem uestran todos
esto s esfuerzos? N o só lo que usted tem e a Herr K.; usted se tem e incluso
m ás a s í m ism a, a la tentación de ceder a él. De este m odo usted confirm a
cuán intenso era su amor por é l” . *»*
A Freud n o le sorprendió la m anera en que Dora recibió esta efusión:
“ N a tu ra lm en te, D ora n o q u iso se g u ir m e en esta p ie z a de in terp reta
c ió n ” . Pero el interrogante que la interpretación suscita no es el de si la
lectura que h izo Freud del sueño de D ora fue correcta o m eram ente in g e
nio sa . Lo que im porta e s e l ton o in sisten te, su negativa a tomar las dudas
de Dora com o algo m ás que n egacio n es convenientes de verdades in c o n v e
nientes. Esa fue la responsabilidad de Freud en el fracaso final.
D esde luego, el fracaso, tanto recon ocido co m o no reconocido, fue la
cu lm in a ció n del a n á lisis, pero — paradójicam ente— e se m ism o fracaso
determ inó su sig n ific a c ió n para la historia p sicoanalítica. Sab em os que
Freud lo consideró una dem ostración de lo s usos del análisis de los sueños
en e l tratam iento p sic o a n a lític o y u na c o n firm ación de las reglas que,
seg ú n él había d e scu b ierto , gobernaban la con stru cción de los su eñ o s.
A d em ás, ponía b ellam ente de m a n ifiesto las com plejidades de la histeria.
Pero una razón crucial por la que fin alm ente Freud publicó el historial de
“ Dora” fue su incapacidad para seguir analizando a aquella paciente difícil.
A fin es de diciem bre d e 1 9 00, Freud trabajó co n el segundo sueño de
D ora, que con firm a b a p o r c o m p le to su h ip ó te sis de que hab ía esta d o
inconscientem ente enam orada de Herr K. durante todo el tiem po. Pero al
principio de la sigu iente s e sió n , Dora anun ció alegrem ente que aquella era
la últim a v e z que iba al co nsultorio. Freud a co g ió con frialdad la inespera
da novedad, propuso que utilizaran aquella hora final para continuar el aná
lis is , y le interpretó a D ora, c o n n u e v o s d eta lle s, los sentim ien tos m ás
íntim os que ella experim entaba con respecto al hom bre que la había o fe n
dido. “ Ella escu ch ó, sin contradecirm e co m o hacía siem pre. Parecía con
m ovid a, d ijo adiós del m o d o m ás a m isto so , form ulando cá lid o s d ese o s
para e l A ñ o N u e v o ... y n o v o lv ió ”. * 1S
Freud interpretó e s te g e s to c o m o una ven gan za, im pulsada por el
d eseo neurótico de hacerle daño. Ella lo había abandonado en e l m om ento
en que “m is exp ectativas de terminar c o n é x ito el tratamiento estaban en
su punto álgid o”. S e preguntó en v o z alta si podría haber conservad o a
Dora en tratamiento m ediante la estratagem a d e exagerar teatralm ente la
im portancia que ella tenía para é l, p roporcionándole de e se m odo un susti
tuto del a fecto que la j o v e n anhelaba. “ N o lo s é ”. S ó lo sabía que: “ S iem
pre ev ité interpretar un p a p el, y m e con ten té con el m odesto arte de la p si
co lo g ía ” . M ás tarde, e l l s d e abril de 1902, Dora v o lv ió a visitarlo,
supuestam ente para pedirle ayuda una v ez más. Freud, observándola, no
quedó con ven cido. Ella dijo que, sa lv o durante cierto período de tiem po, se
había estado sintiendo m u cho m ejor. H abía con se g u id o que Frau y Herr K.
[2 9 2 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
se echaran atrás, logrando que confesaran; lo que había dich o de ello s
resultó cierto. Pero durante un par de sem anas había estado padeciendo una
neuralgia facial. Freud anota que en e se m om ento sonrió: exactam ente dos
sem anas antes los periódicos habían anunciado que se le otorgaba la cáte
dra, de m odo que podía interpretar los dolores faciales de Dora com o una
form a de autocastigo por haber abofeteado alguna v ez a H en K. y después
haberle transferido su rabia a é l, e l analista. Freud le dijo a Dora que la
perdonaba por haberlo privado de la oportunidad de curarla por com pleto.
Pero, por lo que parece, n o pudo perdonarse totalm ente a s í m ism o.
La perplejidad en la que Freud quedó sum ido cuando Dora lo abandonó
recordaba a su con fusión del verano de 1897, cuando su teoría de la seduc
ció n dem ostró ser insostenib le. C onvirtió la primera derrota en fundam en
to de d escubrim ientos teóricos de largo alcance. A nte el n u evo fracaso,
exp lo ró las causas, y c o n sig u ió que la técnica p sicoanalítica diera un paso
gigantesco. A dm itió con franqueza que no había logrado “dominar oportu
nam ente la transferencia"; sin duda, había “olvidado tomar la precaución de
prestar atención de lo s prim eros sig n o s de la transferencia". Cuando
Freud trabajó con Dora, la ligazón em o cion al entre analizando y analista
só lo estaba em pezando a com prenderse. El había aventurado algunos e sb o
z o s anticipadores en E sc rito s so b re la h iste ria , y sus cartas a F lie ss de
fin e s de la década de 1 890 dem uestran que ya tenía una v isió n m ás o
m en os clara — aunque aún no había sid o captada por com pleto— del fen ó
m en o . C on D ora, por razones prop ias, no logró ir m ás allá en lo que
h abía em pezado a com prender. El ca so , al parecer, fue e l que en gran m ed i
da le clarificó el problem a, pero s ó lo después de que concluyera.
La transferencia es el m odo en que el paciente, con sutileza o ex p líci
tam ente, atribuye al analista cualidades que en sentido estricto les corres
ponden a las personas amadas (u odiadas), pasadas o presentes, del m undo
“real”. Freud pudo entonces reconocer que esta maniobra p sicológica, “que
parece destinada a convertirse en el m ayor obstáculo para el p sicoan álisis”,
está tam bién en co n d ic io n e s de llegar a ser “su auxiliar m ás poderoso
cuando puede descubrirse y traducirse para el paciente”. Pero no lo descu
brió m ientras trabajaba co n Dora, sin duda n o en el m om ento oportuno; y
a su manera decidida y un tanto desagradable, ella le había dem ostrado cuál
era e l precio de tal descuido. Por no haber advertido el “apasionam iento”
que la jo v e n había sen tid o respecto a é l, que era só lo un sustituto de los
sen tim ientos secretos que ella albergaba con respecto a otros, Freud le per
m itió que lo hiciera objeto de la venganza destinada a Herr K. “D e e se
m odo ella a ctivó una parte esen cia l d e sus recuerdos y fantasías, en lugar
de reproducirlos en el tratam iento”, lo cual inevitablem ente condujo al fra
c a so del trabajo analítico”.
Freud pensaba que e se abrupto final le había h echo daño a Dora; d es
pués de todo, la paciente había estad o a punto de recuperarse. Pero tam
b ién hirió a Freud. “A quel que, c o m o y o , despierta los d em onios m ás per
T e r a p ia y t é c n ic a [293 ]
versos con los que se puede enfrentar — exclam ó en el pasaje m ás retórico
de su texto— d em o n io s que m oran en el anim al hum ano só lo parcialm en
te dom esticados, debe estar preparado para sufrir él m ism o algún daño en
este c o n tex to ”. Pero si bien sentía la herida, no pudo definirla c o n c la
ridad, pues era d em asiado íntim a. Freud com probó que no había recon oci
do la transferencia de D ora, pero (lo que había sido peor) n o supo recono
cer su propia transferencia co n respecto a Dora: la acción de lo que llegaría
a llam ar “contratransferencia” se le había escapado por co m p leto a su auto-
observación analítica.
S egún Freud la d efin ió m ás tarde, la contratransferencia es un afecto
que surge en el analista co m o co nsecu en cia "de la influencia del paciente en
los sentim ientos in c o n sc ie n te s” del prim ero. El autoanálisis ininterrum
pido de Freud se había convertid o casi en una segunda naturaleza para él,
pero la influencia p roblem ática del paciente en el analista nunca dom inó en
su m ente ni en sus e stu d io s té cn ico s. * S in em bargo, no tenía duda alguna
de que esa contra transferencia constituye una obstrucción insid iosa de la
benévola neutralidad del analista, una resistencia que debe ser diagnosticada
y derrotada. Es para el p sicoanalista lo que los prejuicios n o reconocidos
son para el historiador. El analista — escribió duramente en 1910— “tiene
que recon ocer esta contratransferencia en s í m ism o y dom inarla” , pues
“ningún psicoanalista puede llegar m ás lejos de lo que le perm itan sus pro
p ios co m plejos y resisten cia s internas” . Pero, com o dem uestra su c o n
ducta en las se sio n e s an a lítica s c o n D ora, él m ism o e stu v o le jo s de ser
invulnerable a los e sfu erzo s de la jo v en por seducirlo, a sí com o a su irri
tante hostilidad. Esa fue una lecció n del caso: Freud podía verse asaltado
por em o cio n es que a v ec e s nublaban sus percepciones c o m o terapeuta. J
Con todo, éste fue e l m ism o c a so con respecto al cual Freud proclam ó
la soberanía del observador capacitado, que puede obtener inform ación par
tiendo del m ov im ien to m ás tím id o , de la v a cilación m ás le v e. “Q u ien tie
ne ojos para ver y o íd o s para oír — escrib ió en un fa m o so pasaje— se
con v en ce de que los m ortales n o pueden guardar ningún secreto. Si la boca
está en silen cio , murmuran co n las puntas de los dedos; la traición se abre
cam in o por todos lo s poros de la p ie l” . Mientras D ora estaba tendida
4 En años r e c ien te s, a lg u n o s a n a lista s han desta ca d o q u e le s resu lta tíiil
recurrir a lo s sen tim ien to s in c o n sc ie n te s qu e su s ana tiza nd o s su scita n en e llo s
para profun dizar su c o m p re n sió n de la s m en te s de lo s p a c ie n tes . Pero esta p o s i
c ión no habría c ontado c o n la sim p a tía d e Freud.
J A m ed iados de la d é c a d a de 1 9 2 0 , la s in stitu cio n e s p s ic o a n a lític a s c o n
fiaban en que los ca n d id a to s d escu b riría n , y dentro d e lo p o s ib le do m in a ría n ,
su s c o m p lejo s y r e s is te n c ia s p o r m ed io d e l a n á lisis d id á c tic o , qu e en a q u el
en to n c es se c on sid era b a un a p a n e in d isp e n sa b le de su form a ció n; lo s p s ico a n a
lista s exp e rim en ta d o s, por su la d o , co n su lta b a n a un c o le g a si ten ía n ra zo n es
paTa creer que n o estaban e scu ch a n d o a un analizando con la actitu d c lín ic a a d e
cuada. C uando Freud e sc r ib ió “ D ora", n o se contaba con tales rec u r so s.
[ 29 4] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
en el diván, recreándose en e l relato de sos desdichas en el hogar, narrando
sus aventuras con la fam ilia K ., y tratando de hallar el significad o de un
su eñ o , ju g a b a con su p eq u eño portam onedas, abriéndolo y cerrándolo,
m etiendo y sacando el dedo una y otra vez. En seguida, Freud interpretó
e ste g e sto co m o un sim ulacro de m asturbación. » • » Pero las em ocion es de
Freud que estaban en ju e g o con resp ecto a Dora son m ás d ifíciles de inter
pretar que e l gesto de e lla con e l m onedero. “D esd e lu ego — com o él le
c o n fe só alguna v ez a E m est Jones— e x iste una gran dificultad para reco
nocer lo s p rocesos psíq u ico s actuales” d e la propia persona.
Sería ingenuo insinuar que Freud s e enam oró de aquella adolescente
agraciada y d ifíc il, por atractiva que resultara en algunos m om entos. Sus
principales sentim ientos con resp ecto a Dora parece que fueron más bien
n egativos. A dem ás de un puro interés por Dora com o una histérica fa s c i
nante, dem ostró cierta im p acien cia, irritación y, finalm ente, una decepción
o sten sib le. S e sentía p o se íd o por una furia curativa. Era una pasión que
m ás tarde Freud rid icu lizaría c o m o e n em ig a del p roceso p sicoan alítico.
Pero co n D ora é l estaba en las garras de e se sentim iento. Se sentía m uy
seguro de haber llegado a la verdad acerca de la tortuosa vida em ocional de
la paciente, pero D ora no aceptó esa verdad, in clu so aunque él le dem ostró
el poder curativo de la s interpretaciones con vincentes. ¿A caso no había
e xorcizad o su tos n erviosa por m ed io de la interpretación? Estaba en lo
cierto acerca de ella , sabía que lo estaba, y se sentía totalm ente frustrado
ante el h echo d e que D ora pusiera d e m anifiesto tanta determ inación para
dem ostrarle que se equivocaba. L o que sorprende en el historial de Dora no
es que Freud retrasara su publicación durante cuatro años, sino que fin a l
m ente llegara a publicarlo.
D O S L E C C IO N E S C LA SIC A S
En un agradable contraste c o n e l ca so D ora, e l d el
p equeño Hans fu e totalm ente gratificante para Freud.
En lo s cuatro años que m ediaron entre la publicación
de e sto s d os h istoriales, m uchas cosas habían su cedido
en su vida. En 1905 pu b licó, adem ás de “Dora”, los
6 L au rence Stern e, e se n o v e lis ta p s ic o ló g ic o qu e se adelan tó a su ¿poca,
ya h ab ía d ich o a lg o m u y sem e ja n te un s ig lo y m ed io antes: “ H ay m ile s de
aberturas in advertid as — co n tin u ó m i padre— qu e perm iten al o jo penetrar en
se g u id a en el alm a de un hom bre; y so sten g o — a g reg ó — que un hom bre cuerd o
no deja e l som brero al entrar e n una h a b ita ció n , o lo r e c o g e al sa lir de e lla ,
sin que de e llo esca p e a lg o que lo d escu b ra ” . (T rista n S h a n d y, lib ro VI, ca p. 5 ).
T e r a p ia y t é c n ic a [29 5 ]
mem orables en sa y o s co n cernientes a la teoría de la sexualidad, y su estu
dio p sic o a n a lític o d el ch iste. E n 1 9 06, e l m ism o año en que cu m p lió c in
cuenta, transform ó la S o cied a d P sico ló g ica de los M iércoles nom brando
secretario a R ank, am plió la base del m ovim iento p sicoan alítico entrando
en contacto co n psiquiatras interesados de Zurich, rom pió públicam ente
c o n F lie s s, y p r e se n tó en letras d e im prenta su prim era c o m p ila c ió n
im portante d e e stu d io s sobre las neurosis. En 1907 re cib ió por primera
v e z en su casa a E itin g o n , Jung, A braham y o tros im portantes partidarios.
En 1908, el año en el que e l p eq ueño Hans ocu p ó su atención, reorganizó
su grupo de lo s m iérco les por la no ch e, c o n v irtién d olo e n la S ocied ad P si
coanalítica de V iena; p residió el primer con g reso internacional de p sicoa
nálisis en S a lzbu rgo, y v is itó su am ada Inglaterra por segunda v e z en su
vida. En 1909 fue r e cib id o en la Clark U niversity en su única visita a
Estados U n id o s, dond e d io con feren cia s y se le otorgó un título honorario;
adem ás, lanzó e l J a h rb u ch f ü r p sy c h o a n a ly tisc h e u nd p sy c h o p a lh o lo g is-
che F orschungen, co n la historia del pequeño H ans c o m o principal aporta
ción del núm ero in icia l. Estaba m uy contento c o n ella .
« M e agrada q u e usted advierta la im portancia del “k lein H ans”», le
escribió a E m est Jones en ju n io de e se año. Tam bién él había com prendi
do la im portancia de e s e “ A n á lisis de la fobia de un niño de c in c o años”,
segú n señ a ló . “ N u nca logré una com p rensión m ás sutil del alm a de un
n iñ o ” . * » P or otra parte, e l a fe c to d e Freud por e l m ás j o v e n de su s
“pacientes” n o se d esv a n eció después de que el tratamiento terminara; el
niño sig u ió sien d o “nuestro p equeño héroe”. • » La idea general que Freud
quiso subrayar co n este historial era la d e que la “neurosis infantil” del
pequeño Hans corroboraba las conjeturas que los p acientes adultos le h a
bían alentado a explorar: el “ material patógeno” qu e los hacía sufrir podía
rastrearse siem pre hasta “lo s m ism o s co m p lejos infantiles que podían d es
cubrirse detrás de la fobia de H ans” . **> C o m o h em o s v isto , la historia de
Dora, co n su an á lisis e x h a u stiv o de d o s sueños, había dem ostrado la perti
nencia d e L a in te r p r e ta c ió n d e lo s su eñ o s en e l e scen a rio c lín ic o , y e l
im portante papel que d esem peñan lo s sentim ientos ed íp ico s en la co n sti
tución d e la histeria. El info rm e sobre el p eq u eñ o H ans p odía resultar
com plem entario ilustrando las con clu sio n es que Freud había bosquejado de
manera lapidaria en su se g u n d o tratado fundam ental, los T r e s e n s a y o s
sobre te o ría sexual. C o m o de costum bre, el Freud c lín ic o y el Freud teóri
c o nunca se perdían recíprocam ente d e v ista .7
En “D ora”, Freud había hablado poco de su técnica, y m enos aun dijo
sobre ella en el historial del p equ eñ o H ans. Y tenía buenas razones: si
7 Freud tam bién u tilizó m aterial d el c a so del p e q u eñ o Hans en do s artícu
lo s b re v es qu e p u b lic ó e n e sa é p o c a , un o sob re la s teo r ía s se x u a le s de los
n iñ o s, y otro sob re su e d u c a c ió n se x u a l.
[2 9 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
bien había v isita d o al niño, llev á n d o le un regalo, cuando c u m p lió tres
artos, d espués trabajó casi exclu sivam en te a través del padre, que sirvió de
interm ediario. D e m odo que, aunque sus consecu en cias teóricas eran muy
am plias, el ca so del pequeño Hans, con esta técnica sum am ente heterodo
xa, no podía recom endarse co m o paradigma. D ebía seguir sien d o Cínico. El
niño de cin c o años al que analizó era el hijo del m u sic ó lo g o M ax Graf,
que había sid o m iem bro durante algunos años del grupo de los m iércoles.
La “herm osa” * 31 madre del niño (el adjetivo es del propio Freud) era una
ex paciente de Freud, y am bos padres se contaron entre los prim eros parti
darios del p sicoanálisis. Estuvieron de acuerdo en educar al niño de acuerdo
co n lo s principios freudianos, con la m enor coer ció n posible; eran pacien
tes con él, se interesaban en su charla, registraban sus sueños y se entrete
nían con su infantil prom iscuidad amorosa. Estaba enam orado de todos: de
su m adre, de las hijas de una fam ilia am iga, de un prim o. Sin ocultar su
adm iración, Freud ob servó que el p equeño Hans se había convertido en
“ ¡un dechado de perversiones” ! * » Cuando e m p ezó a presentar síntom as
n euróticos, sus padres, coherentem ente con sus principios, resolvieron no
intim idarlo.
A l m ism o tiem p o, este e stilo p sico a n alítico de educación no im pidió
que lo s G raf cayeran en los c lic h é s culturales dom inantes. C uando, a los
tres años y m ed io , la m adre encontró al pequeño tocándose e l pene, le
advirtió que llam aría al doctor para que le cortara la “colita”. M ás o m enos
en la m ism a ép oca n ació la hermanita (“ el gran acontecim iento de la vida
de H ans”) y a sus padres no se les ocurrió nada m ás original para preparar
lo que el cuento de la cigüeña. Con respecto a este punto Hans era más
razonable que sus padres, en apariencia tan ilustrados. Sus in vestigaciones
sobre lo s h ech o s de la vida, en especial sobre e l proceso del nacim iento,
acreditaban un progreso temprano e im presionante y, en el curso de su
a n álisis, le h iz o saber al padre, con astucia típicam ente infantil, que no se
creía en m odo alguno el cu en to de la cigüeña. M ás tarde, le explicaron un
p o co más las co sa s, d icién dole que los bebés crecen dentro del cuerpo de la
madre y d espués son em pujados hacia afuera con dolor a la manera de un
“ lu m f ’ (así llam aba Hans a lo s excrem entos). Pero aparte de desplegar una
cierta p recocidad en sus observaciones, su lenguaje y sus intereses eróti
c o s, el p equeño Hans estaba creciendo c o m o un alegre y sim pático niño
burgués.
E ntonces, en enero de 1908, ocurrió algo extraño y desagradable. El
pequeño Hans em p ezó a experim entar un m iedo paralizador a que un caba
llo lo mordiera. T em ía tam bién que los grandes caballos que arrastraban
carretones llegaran a caerse, y em pezó a evitar los lugares donde podía
encontrarse con e llo s. M ax Graf, al m ism o tiem po padre, héroe, villan o y
m é d ic o privado de su h ijo, in ició una serie de entrevistas con el niño,
interpretando lo s sign ifica d o s de las fob ias de Hans, sobre lo cual inform a
ba a Freud c o n frecu en cia y d etalladam ente. S e inclinaba a atribuir la
T e r a p ia y t é c n ic a [2 9 7 ]
angustia del niño a una sobrestim u lación sexual provocada por la ternura
ex c e siv a de la esposa. Otra de sus sosp ech as, que el pequeño lleg ó a c o m
partir, era que la fuente de esa angustia estaba e n la m asturbación. Pero
Freud, com o de costum bre disp uesto a esperar antes de presentar un d iag
nóstico , no quedó co n v en cid o . S egún sus primeras teorizaciones sobre la
angustia, conjeturó que el problem a provenía m ás bien de “d e seos eróticos
reprim idos” que apuntaban a la m adre, a quien, a su m anera infantil, esta
ba tratando de seducir. * Sus d ese o s reprim idos eróticos y agresivos se
transformaban en angustia, que a co n tin ua ción se fijaba en un objeto par
ticular que debía tem erse y evitarse: e sa era la fobia a los caballos.
El m odo en que Freud atendió el síntom a del pequeño Hans era carac
terístico de su e s tilo analítico: registró con toda seriedad los estados m en
tales, por absurdos o triviales que pudieran parecer. “ Una idea tonta, típica
de la angustia de un niñ o, se podría decir. Pero, lo m ism o que un sueño,
una neu ro sis nunca d ic e nada to m o . Siem pre reprendem os — c o m en ta
Freud, am onestando a sus lectores— “cu ando no en tendem os. E sto n os
facilita las c o sa s”. * » En una de las p oca s ob servaciones sobre la técnica
que realiza en este estudio, Freud se atreve a criticar al padre de Hans por
presionar dem asiado al niño: “ Pregunta dem asiado e investiga de acuerdo
con sus propios supuestos, en lugar de perm itir que el pequeño se e x p r e
se ”. Freud había com etido e se error con Dora, pero ahora tenía m ás ex p e
riencia, y lo que estaba em o cio n a lm en te en ju eg o no era tan im portante
(por lo m en o s, no lo era para é l). Seg u ir el m étodo de M ax Graf, p revino,
significab a realizar un a n álisis “im perm eable e inseguro”. El p sicoan á
lisis — com o Freud había estado d iciend o desde la década de 1890, y com o
solía recordar— es el arte y la c ien cia de escuchar c o n paciencia.
La fobia del p equeño Hans fue en aum ento. Pocas v ec es salía de su
casa pero, cuando lo hacía, a v e c e s se sentía im pulsado a mirar a los caba
llo s. En el z o o ló g ic o evitab a a los anim ales grandes (que antes le gusta
ban) pero seguía disfrutando con los c h ic o s. Los penes de los elefan tes y
jirafas, ev id en tem en te, lo hacían sentirse mal; la preocupación de Hans
por lo s g en itales (lo s su y o s prop ios, los d el padre, lo s de la madre, los de
la herm anita, lo s de los anim ales) am enazaba con convertirse en una o b se
sión. Pero Freud consideró necesario cuestionar la ob via deducción de M ax
Graf en cuanto a que su hijo tem ía los p en es grandes. El final de una c o n
versación sobre el tema favorito del pequ eñ o Hans, registrada por el padre
para Freud, proporcionó un in d icio inesd m able: “ Probablem ente te a su s
taste — está hablando el padre— al ver la gran colita del caballo, pero no
hay que asustarse de e so . Los anim ales grandes tienen colitas grandes; los
anim ales pequeños, c o lita s p equ eñ as” . R espuesta de Hans: “ Y todas las
personas tienen colita. Y m i c o lita crecerá co n m igo cuando yo crezca; d e s
pués de lodo, está pegada” . * 37 Para Freud, e sa fue una clara señal de que el
* Sob re las teo r ía s freud ia na s de la a n g u stia , v é a n se la s p á g s. 5 3 9 - 5 4 2 .
[2 9 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
pequeño Hans tem ía perder su propia “c o lita ”. El nom bre técnico de ese
tem or e s “angustia de castración” .
En e s a e ta pa del a nálisis, e l jo v e n paciente y su padre acudieron a la
con su lta de Freud, quien por prim era v e z esc u c h ó y v io un material que
determ inó un im portante progreso en la resolución del m alestar del peque
ñ o Hans. L os caballos am enazadores representaban en parte al padre, quien
llev a b a un gran b igote negro, d el m ism o m od o qu e los caballos tenían
grandes cabezadas negras. Seg ú n pudo verse, Hans tenía un m iedo mortal
a que el padre se irritara co n él porque n o podía contener el desbordante
am or q ue sentía por la m adre, ni lo s oscu ros d e seo s de muerte que alberga
ba co n respecto al propio padre. El caballo que mordía era un doble de su
padre irritado; e l caballo que se caía, un dob le de su padre muerto. D e
m odo que el m ied o del p equ eñ o Hans a lo s caballos constituía una refinada
ev a sió n , un m odo de controlar em o c io n es que no se atrevía a confesar a
o tros ni a c o n fesa rse a s í m ism o . » E xperim entaba sus conflictos del m odo
m ás p en o so , porque tam b ién am aba al padre del q ue im aginaba ser et
riv a l, del m ism o m od o que c obijab a d e se o s sá d ic o s c on resp ecto a la
m adre, junto a un afecto apasionado por ella. El trabajo del pequeño Hans
subrayó para Freud el u b icu o fu n c io n a m ie n to de la am bivalencia en la
vid a m ental. Hans le pegaba al padre y d espués le daba un b eso en e l lugar
don de le había golpeado. E sto era em b lem ático de una disp osición humana
general; la am bivalencia e s la regla del triángulo ed íp ico, n o la excep ción .
A partir del m om ento en que Freud interpretó bondadosam ente estas
realidades a su paciente de cin co años, la fobia de Hans em pezó a retroce
der, y su angustia a desaparecer. H abía distorsionado sus d eseos inacepta
b les y su s m iedos c o n v irü én d o lo s en síntom as. Su m anera de entender la
evacu a ció n intestinal, los “lu m fs” que salían, era característico de esa d is
torsión defensiva: pensaba sobre e llo s inquisitivam ente, pero transformaba
en vergüenza incon scien te, y d espu és en abierta expresión de disgusto, las
agradables y ex citan tes a so c ia cio n es qu e acom pañaban a sus conjeturas
(lo s b eb és son c o m o “lu m fs” ). D el m ism o m odo, la fobia de H ans, esa
fu ente de d e sa so sie g o , era la c o n se c u e n c ia de actividades, com o jugar
9 El p s ico a n a lista no rtea m erican o J o sep h W illia m Sla p ha presen ta d o una
in teresan te in terp retación co m p lem e n ta ria (m á s qu e c o n tra d icto ria ) d e l m ied o
d e l p eq u eñ o H ans a lo s ca b a llo s: en febrero de 1 9 0 8 , en e l seg u n d o m es de su
n e u r o sis, e l niñ o fu e operado de las a m íg da la s (v é a se “ L ittle H ans", SE X , 2 9 ),
y en e se m o m e n to su fo b ia e m p eo r ó . P o c o d esp u é s id en tific ó e x p líc ita m e n te
lo s c a b a llo s b la n c o s co m o c a b a llo s qu e m ord ían. Sob re la ba se de e se h e c h o , y
de pruebas rela cio na d a s c o n él qu e se encuentran en el h isto ria l d e Freud, S lap
su g ier e q u e e l p equ eñ o Hans p ro b a b lem en te aña d ió su m ied o a lo s ciru jan os
(c o n m áscara y g uardap olvo b la n c o s) a su m ied o al padre con b ig o te s. (J o sep h
W illia m S lap , “L itte H a n s’s T o n s ille c to m y ”, P s y c h o a n a ly tic Q u a rte rly , X X X
[ 1 9 6 1 ] , 2 5 9 - 2 6 1 ).
T e r a p ia y t é c n ic a [2 9 9 ]
desenfrenadam ente al ca b a llito , que alguna v ez le habían procurado un
go c e intenso. Su c a so co n stitu ía una espléndida ilustración de los m eca
nism os de defensa que operan en la fase edípica.
C uando e l a n á lisis de Hans cobró im p ulso, y el n iño desarrolló su
libertad interior, pudo admitir que albergaba deseos de muerte contra su
herm anila. T am bién lo g ró abordar y hablar sobre su teoría del “ lu m f ’ y
sobre la idea d e ser a la v e z madre y padre de sus h ijos, que expulsaba por
e l ano. Esas fu eron co n fe sio n e s a m od o d e tentativas, que retiraba in m e
diatam ente d espu és de haberlas hecho. D ijo que quería los hijos y (añadió
precipitadamente) que no lo s quería. Pero aceptar tales sentim ien tos y c o n
jeturas representaba in eq uívocam en te un progreso hacia la curación. Sin
duda, a través de su tratamiento, el pequeño Hans dem ostró una extraordi
naria agudeza analítica; rechazaba las ideas del padre acerca de su neurosis
cuando se las ex p o n ía en un m om ento inoportuno o c o n una intensidad
intolerable; d istin g u ía c o n in telig en cia entre p ensam ientos y a ccion es. A
la edad de cin co años sabía qu e desear y hacer no son lo m ism o.
Insistía en alegar in o cen cia por sus d e seos m ás agresivos. C uando le
dijo al padre que pensaba — en realidad, era un d eseo— que la hermanita
podría caerse e n e l a gua d el b año y m orir, el progen itor interpretó la
observación: “ Y en to n c e s tú te quedarías so lo con m am i. ¡Y un n iñ o bue
no n o desea e s o !” . E l pequ eño H ans, sin desconcertarse, replicó: “P e ro
puede p en sarlo” . C u and o su padre objetó: “ E so n o es b ueno” , él ya tenía
una respuesta preparada: “S i lo p ie n s a , e s igu al de b u en o, a s í qu e uno
p u ed e escrib írselo a l p r o fe s o r " . El profesor n o p odía ocultar su adm ira
ción: “ ¡Bravo, Hans! A n in gún adulto podría pedirle una m ejor com pren
sión d el p s ic o a n á lis is ” . La re so lu c ió n de su co m p le jo de E dipo fue
igualm ente inspirada: im aginó al padre casado con su propia madre (la del
padre); de ese m o d o , é l, e l p equeño H ans, p odía m antener con vida al viejo
G raf y al m ism o tiem p o casarse c o n la m adre y tener hijos con ella.
La senda que Freud sig u ió para descubrir e l m isterio del drama p sico
ló g ic o del p equ eñ o Hans era m u ch o m ás corta, m ucho m enos tortuosa,
que la que habría tenido que atravesar si, al cabo de una docena de años
m ás tarde, se le hubiera ped ido qu e analizara a Hans ya m ayor. “El m édico
que trata p sicoan alíticam en te a un adulto, por m edio de su trabajo de d e s
cubrim iento de fo rm acion es psíq u ica s, capa tras capa, llega finalm ente a
ciertas h ip ó tesis so b re la sexualidad in fan u l, en cuyos com ponentes cree
haber encontrado las fuerzas causantes de todos los síntom as neuróticos de
la vida ulterior” . C on e l p equeño Hans n o había ninguna necesid ad de
realizar esa profunda excavación . S i Freud, con una evidente satisfacción,
atribuía al ca so “u na sig n ific a c ió n típica y ejem plar” , era precisam ente
porque condensaba co n toda claridad lo que el análisis de adultos se" veía
obligado a descifrar m ediante una labor prolongada.
U na teoría q u e e s e p sico a n á lisis no co n v en cion al de un n iñ o eje m p li
ficaba era la del co m p lejo de E dipo, que, com o sabem os, Freud había ido
[30 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
haciendo considerablem ente m ás com plicada desde el m om ento en que por
primera v e z se le ocurrió la idea, m ás o m enos una década antes. El peque
ño Hans resu ltó tam bién igu a lm en te in form ativo acerca del trabajo de
represión; de h echo, constituía un verdadero caso.d e libro de texto, con sus
transparentes m aniobras de autoprotección. Un niño de c in co años, aunque
ya está casi preparado para levantar defensas p sico ló g ica s com o la ver
güenza, el a sco y la m ojigatería, todavía no las ha consolid ad o. Por cierto
— sostuvo Freud co n su m ejor e stilo antiburgués— están todavía lejos de
ser las fortificaciones escarpadas y sólidas que cercarán protectoramente al
adulto, en particular e n la cultura de la c la se m edia m oderna. Esa mirada a
la historia de la represión en un niño en desarrollo le perm itió a Freud
decir algunas palabras tajantes en favor de la franqueza en el exam en de las
c u e stio n e s s e x u a le s c o n lo s c h ic o s. D e m o d o que e l e stu d io sobre e l
pequeño Hans es algo m ás que una densa antología de propuestas p sic o a
nalíticas: sugiere la incidencia que el pensam iento de Freud iba a alcanzar
fuera del consu ltorio (aunque no todavía en 1909, ni tam poco hasta unos
cuantos años después).
A Freud le sa tisfizo e l hecho de que e l an álisis del pequeño Hans no
hubiera contado con las dudosas ventajas de la sugestión; e l cuadro c lín ico
tenía sentido, y e l p acien te asintió a las interpretaciones só lo cuando eran
adecuadas. A d em ás, H ans superó sus angustias y su fobia. En un breve
p ost scriptum agregad o trece años m ás tarde, en 1922, Freud com en ta
triunfalm ente la v isita de “un robusto jo v en de d iec in u ev e años” , *41 el
pequeño Hans ya crecido. Herbert Graf, que más tarde se convirtió en un
c o n o cid o productor y director de óperas, estaba ante él. Freud no pudo
hacer otra co sa que alegrarse de que las espantosas predicciones de sus crí
ticos no se hubieran v isto confirm adas. E llos habían aducido que el análi
sis privó al niño de su inocen cia , con lo cual le había arruinado el futuro.
Freud pudo decirles que estaban totalm ente equivocad os. Los padres de
Hans se habían d ivorciad o y v u elto a casar, pero el hijo sob revivió a la
prueba, lo m ism o que a la de la pubertad, sin daño aparente. Lo que Freud
ha lló particularm ente interesante fue la observación de su visitan te en
cuanto a que, cuando leía e l historial, le parecía que el protagonista era un
perfecto extraño. E sto se asem ejaba a lo que le ocurrió a M artin Freud,
incapaz de recordar lo que su padre le dijo para lograr que recuperara su
autorrespeto desp ués del ep iso d io hum illante en la pista de p a tin a je.10 El
com entario de H ans recordó a Freud qu e los análisis m ás p rovechosos son
los que e l analizando o lv id a después de su conclusión.
D o r a e r a h i s t é r i c a , el pequ eño H ans fó b ico , y el H om bre de las
Ratas, otro de lo s p acien tes c lá sic o s d e Freud, ob sesiv o . D e m od o que
resultaba sum am ente con v en ien te incluirlo en el repertorio de los historia-
t° V éa n se la s p á g s . 1 9 3 -1 9 5 .
T e r a p ia y t é c n ic a [3 0 1 ]
le s p u blicados por Freud. Sabem os que Freud consideraba m uy instructivo
e ste ca so , a su m o d o tanto c o m o lo había sido e l de Dora. Pero le gustaba
m u c h o m ás: fu e el p ro p io Freud q u ie n se refirió in form alm en te a su
pacien te, con cierto grado de a fecto, co m o R attenm ann, * « o, en in g lé s,
"man o f ih e ra ts” . * « El tratam iento s e in ic ió e l 1° de octubre de 1907, y
duró m enos de un año, con un ritm o que lo s analistas de generaciones
posteriores considerarían v ertigin oso. P ero Freud sostu vo que bastó para
aliv ia r lo s sín to m a s del H om b re d e las R atas. S in em b a rg o , no p udo
derrotar a la historia. En una nota al pie de página agregada al historial en
19 2 3 , o b serv ó som bríam ente: “El pa cien te m urió, lo m ism o q ue m uchos
otros jó v e n e s v a lio so s y p rom etedores, en la gran guerra”, es decir, e n esa
gran carnicería que fue la Primera Guerra M undial. ***
El ca so lo tenía lodo a su favor. E m st Lanzer, un abogado de v e in ti
n u e v e añ o s, im p resio n ó a Freud e n su prim er en cuentro c o m o a lgu ien
in te lig e n te y su til. **s Era tam bién en tretenido; le c o n tó a su analista
divertidas historias y le recordó una oportuna cita de N ietzsche acerca del
poder del orgu llo sobre la m em oria, pasaje que Freud repitió con gusto
m ás de una v e z . 11 L o s sín tom as o b s e s iv o s de Lanzer eran alienantes y
extraños. En su práctica, Freud había d escu bierto que los neuróticos o b se
siv o s , c o n sus con tradiccion es y su ló g ic a perversa, pueden ser interesan
tes. R a cio n a lista s y su p e r stic io so s al m ism o tiem po, presentan síntom as
que ocultan y revelan sus orígenes, y s e ven acosados por dudas en loquece
doras. El H om bre de las Ratas d esplegaba esa sintom atología de un m od o
m ás estridente que el de la m ayoría: a m edida que su tratamiento progresa
ba, o scilan d o entre las com un ica cio n es d el paciente y las interpretaciones
del analista, la enferm edad adulta y lo s apetitos infantiles, las necesidades
sexu a les contrariadas y los d eseo s agresiv o s, se fue con vin ien d o en m o d e
lo para la d ilu cid a ció n de las neu rosis o b se siv a s tal com o Freud las enten
día entonces.
E se m o d elo hacía falta. S egún observa Freud en la introducción a su
h istorial, lo s neuróticos o b se siv o s so n m u cho más d ifíc iles de interpretar
que lo s histéricos: las resistencias que m o v ilizan en el escenario terapéuti
co son n otab les por sus in geniosas triquiñuelas. Pues, si bien “ el lenguaje
de la neu rosis o b sesiva" está a m enudo e x en to de con fu sos síntom as de
co n versión , es, por a sí decir, “só lo un d ialecto del lenguaje histérico”. Para
aumentar la oscuridad, e l o b se siv o sim u la estar sano el m ayor tiem po p o si
b le, y no busca la ayuda del psicoan alista a m enos que se encuentre verda
deramente m uy enferm o. T o d o esto, com binado con la necesidad de ser d is
creto, im pidió que Freud presentara un historial co m p leto del c a so . N o
podía ofrecer m ás que “m igajas de com p rensión” que — según él creía—
quizás n o fueran en s í m ism as m u y satisfactorias. “Pero el trabajo de otros
investigadores tal v e z pueda relacionarse con e lla s”. *46 El año en el que
i 1 V é a se la p á g . 16 1 .
[302] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
Freud escrib ió esas palabras, después de todo, era 1909; en aquel entonces
había otros investigadores con los cuales pensaba que podía contar.
C on la ex cep ció n de un puñado d e interesantes desviacion es, los histo
riales que Freud pu blicó seguían por lo general las notas que él tom aba
todas las n o ch es. En la prim era entrevista e l paciente se presentó y
enum eró sus quejas: m ied o a que alg o terrible le ocurriera a su padre y a
una jo v e n qu e él (e l p aciente) amaba; im p u lsos crim inales com o el d eseo
d e matar g en te, y otros de au tocastigo, c o m o el de cortarse la garganta co n
una navaja; preocupaciones o b sesiv a s, algunas de ellas centradas en cu es
tion es ridiculam ente in sign ificantes, c o m o por ejem plo saldar deudas ín fi
m as. D e sp u é s p ropo rcio n ó de b uen g rado a lgu n os d e ta lle s de su vid a
sexual. C uando Freud le preguntó por qué había locado el tem a, el H om
bre de las Ratas recon oció que pensaba que esto era propio de las teorías de
Freud, de las cu a les en realidad no sabía prácticamente nada. Pero, de ahí
en adelante, el H om bre d e las Ratas actuó por cuenta propia.
D esp ués de esa primera hora, Freud le h izo conocer la “regla funda
m en tal” del psicoanálisis: tenía que decir lodo lo que le pasara por la cab e
za, aunque fuera trivial o carente de sentido. El paciente em pezó a hablar
sobre un a m ig o cu y o s co n se jo s apreciaba m ucho, en particular cuando
m ás lo trastornaban su s im p ulsos a se sin os o su icid as, y a continuación
— “ d e un m o d o totalm ente abrupto”, co m en tó Freud— se lanzó a relatar
su vida sexual durante la infancia. * « C o m o ocurre en todas las primeras
s e sio n e s de un psico a n á lisis, esa e le c c ió n d e lo s tem as in icia le s (su am is
tad m asculina y su ansia de m ujeres) tem a un sign ificad o que el análisis
iba a descifrar gradualm ente. L os tem as q ue el Hom bre de las Ratas elig ió
apuntaban a la em ergencia ep isódica de fuertes im pulsos hom osexu ales en
su infancia y adolescen cia, y tam bién a p asion es heterosexuales aun m ás
fuertes, precozm ente desarrolladas.
D e h e c h o , al ca b o de p o c o tiem p o r esu ltó o b v io que la actividad
sexu al d el H om bre de las R atas se había in iciad o inusualm ente pronto.
R ecordaba a h erm osas institutrices jó v e n e s a las que había espiado en
seductores paños m enores o cu yos gen ita les había acariciado. Tam bién sus
herm anas habían represen tado in tereses se x u a le s ab sorbentes para él;
o b se r v á n d o la s, ju g a n d o co n e lla s , p rá cticam en te había con su m a d o e l
in cesto. P ero pronto el jo v en H om bre d e las Ratas descubrió que su curio
sidad sexu al (in clu so e l apremiante d e se o de ver mujeres desnudas) se veía
socavada por el “sentim iento siniestro” de que tema que impedir que tales
pensam ientos surgieran, para no provocar la muerte del padre. D e m odo
qu e, en la fa se inicial del tratam iento, e l Hombre de las Ratas tendió un
puente entre e l pasado y e l presente: el padre había m uerto algunos años
a n tes, pero su tem or por é l d e algún m o d o persistía. E se sen tim ien to
siniestro, exp erim entado por primera v e z cuando tenía m ás o m enos se is
años, pero que todavía seguía siend o para él extrem adam ente perturbador,
había sid o — le dijo a Freud— “el c o m ien zo d e m i enfermedad". *«
T e r a p ia v t é c n ic a [303]
S in em bargo, Freud tenía un d ia g n ó stico diferente: los a con tecim ien
tos correspon dientes a lo s s e is o siete años del paciente fueron “n o só lo el
com ien zo de su enferm edad, sin o ya esa enferm edad en s í m ism a”. Para
com p ren der “ la co m p lic a d a o r g a n iz a c ió n de su enferm ed ad p osterio r”
— pensaba Freud— , era n ecesa rio reconocer que e l niño de seis años, e se
“p equeño sibarita”, ya presentaba “una neurosis ob se siv a com p leta, en la
que no faltaba ningú n ele m e n to , a la v e z n ú c leo y prototipo de su en fer
medad posterior”.
Era un c o m ien zo prom etedor. Pero e l Hombre de las Ratas no perdió
el ritmo; le con tó a Freud c o n profunda em o ció n e l acon tecim ien to q ue lo
había d ecid id o a p sicoan alizarse. En la s m aniobras m ilitares había o íd o a
un capitán describ ir un c a s tig o particu larm ente horrible p r acticad o en
Oriente. En aquel m om en to, interrum piéndose dram áticam ente, e l H om bre
de las R alas abandonó e l d iv á n y le rogó a Freud que le ahorrara el resto.
En lugar d e e llo , Freud le d io una breve lecció n sobre su técnica. N egando
cualquier inclinación de crueldad, in sistió en que no podía otorgar lo que
n o estaba a su alcance. “ Superar las resistencias es una le y del tratam ien
to” . Lo que podía hacer era ayudar al Hombre de las Ratas a terminar la
historia, frase por frase. A s í lo hizo : ataban al co n v icto d e un crim en , y
ponían sobre sus nalgas un recipiente co n ratas; las ratas, encerradas (el
pacien te entró de n u e v o en un e sta d o de agitación profunda), se abrían
ca m in o p o r ... “ Por el a n o ” : Freud p ro n unció la últim a palabra d e c isi
va. 12 *S1
A l observar al H om bre d e las Ratas m ientras hablaba, Freud advirtió
en su rostro “una expresió n co m p leja y extraña” , que só lo podía interpre
tar co m o "horror ante un p la c e r suyo d esconocido pa ra él". * « F ue s ó lo un
lev e indicio, nada m ás, que Freud archivó para usarlo m ás tarde. Fueran
cu a le s fueren lo s o c u lto s y c o n fu so s sen tim ie n to s que suscitab a en el
Hom bre de las Ratas e l c a stig o q ue d escrib ió, le dijo a Freud que im agina
ba al padre, y a la jo v e n que adoraba, padeciendo esa prueba. Entonces,
cuando lo invadían esas ideas espantosas, acudía, para escapar de ellas, a
elaborados pensam ientos y a c c io n e s obsesiv as.
E sas op era cio n es sa lv a je s se resistían a la com p ren sión racional y
planteaban a Freud e n ig m a s e sté tic o s y c lín ic o s de primer orden. El H om
bre d e la s Ratas le narró una historia enmarañada, apenas coherente, apa
rentem ente fútil, sobre alg o d e dinero que le debía a un o fic ia l com pañero
suyo, o tal v e z a una em p lead a d e correos, por un paquete que con tem a
unas gafas que había p edido. Freud g lo só e se relato m in u cioso de las preo
cu p acion es absurdas y las extrañas id eas del paciente m anifestando que
com prendía lo que podrían experim entar los lectores. “ N o m e sorprendería
12 P sic o a n a lista s p o s te r io r e s s e ha b ría n c o n te n id o , p e r m itie n d o q u e el
H om bre d e las R atas v a c ila ra , y d e sp u é s habrían interpretado su s atorm entadas
dudas.
T e r a p ia y t é c n ic a [3 0 5 ]
material de lo in co n scien te” . * 57 A l mostrar c ó m o le enseñaba p sico a n á li
sis al H om bre de las R atas, Freud tam bién se lo estaba en señando a sus
lectores.
A l “n u evo m aterial” concerniente a su padre que él exploró en respues
ta a la interpretación de Freud, e l Hom bre d e las Ratas lo llam aba su “ cur
so de p en sam ien to” ; in sistió en que era in ocuo, pero de algún m odo estaba
relacionado con una niña que había am ado a los doce años. Freud n o se
conform ó con esta form u lación v aga y eu fem ística, tan típica del d iscurso
del H om bre de las R atas. Por el contrario, interpretó e se curso de p en sa
m iento c o m o un d e se o , un d e se o de h ech o , de que su padre m uriera. El
Hom bre de las Ratas protestó enérgicam ente: ¡precisam ente tenía m ied o de
que ocurriera esa calam idad! ¡Amaba a su padre! Freud no lo discutió en
absoluto, pero in sistió en que e s e am or estaba acom pañado de od io, y esas
dos poderosas em o cio n es habían co e x istid o en el analizando desde sus pri
m eros años. *58
L a c o m pr e n sió n d e la am bivalencia fundam ental del Hombre de las
Ratas quedó m ás allá d e toda duda, de m od o que Freud pudo enfrentarse al
enigm a de las ob sesio n es d el enferm o. C on paciencia, fue avanzando ce n
tím etro a centím etro hasta e l e p is o d io en el que el sád ico capitán había
descrito del castigo oriental y p recipitado la n eurosis actual del Hom bre de
las Ratas. Las notas d e Freud sobre este ca so revelan que el paciente había
em pleado ratas co m o sím b o lo s d e m uchas cosas: ju eg o relacionado c o n el
dinero, p en es, e l propio dinero, n iñ o s, su m adre. * » Freud siem pre había
sosten id o q ue la m en te da lo s sa lto s m ás acrobáticos, lo s m ás im proba
bles, desafiando la co h eren cia y la racionalidad, y e l Hom bre de las Ratas
confirm ó am pliam ente esa co n v ic c ió n . L o qu e e n este caso parecía m en os
p lausib le, las cerem onias y p ro h ib icio n es, resultaron ser un com p en d io de
las ideas neuróticas d el p aciente, y con d u cía n de m od o sutil a region es
inexploradas de su m ente. Eran in d ic io s de su sadism o reprim ido y repu
diado, lo que exp lica ba el horror y e l interés la sc iv o que sim ultáneam ente
suscitaba en el la crueldad (a llí estaba e l origen d e aquella extraña exp re
sión confusa del rostro del Hom bre de las Ratas que Freud había v islu m
brado e n el in ic io m ism o d el tratam iento).
E xplorando esa s c la v e s, Freud p ropuso una so lu c ió n para el interro
gante de lo que había sig n ifica d o para e l H om bre de las Ratas la historia
narrada por e l capitán. Esta giraba en to m o a lo s sentim ien tos c o n flictiv o s
del paciente con respecto a su padre. Freud co n sideró sum am ente sig n ifica
tivo el hecho de que cuando, varios años d esp ués de la m uerte del progeni
tor el H om bre de las Ratas exp erim en tó por prim era v ez los placeres de la
relación sex u a l, en su m en te se abrió ca m in o un extraño p ensam iento:
“ ¡Pero si e sto es m ara v illo so ! ¡Por e s t o uno podría m atar a su p ropio
padre!” * » Para Freud era tam bién m u y sig n ifica tiv o que algunos años
atrás, exactam ente antes de que e l padre del paciente muriera, éste em p ezó
[304] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
q ue en este punto el lector dejara de seguirm e”. Incluso a Freud, interesado
sobre todo en encontrar un sig n ific a d o en los pensam ientos y cerem onias
d el H om bre de las Ratas, algunos de e llo s le parecían “carentes de sentido
e in com p ren sibles”. *5J Pero el H om bre de las Ratas experim entaba sus
sín to m a s (in e x p lic a b le s o r is ib le s ) c o m o p rácticam ente in sop ortab les.
Freud tenía en cuenta e l hecho; sin em bargo, a v e ce s se sentía ca si perdido
en la desesperación. C on eso s extraordinarios gastos de energía dedicados a
c o sa s carentes de im portancia, co n su aparente falta de pertinencia y su ile
gib ilid a d , co n su carácter rep etitiv o , lo s síntom as o b sesiv o s pod ían co n
vertirse en tan aburridos c o m o irracionales.
Freud, el m ás literario d e lo s psicoanalistas, no podía quedar satisfe
ch o presentando un inform e árido o una c o lecció n de observacion es mal
digeridas; quería reconstruir un dram a hum ano. Pero el m aterial qu e e l
Hom bre de las Ratas esparcía co n tal desgana — material extraño, co p io so ,
aparentem ente anodino— am enazaba c o n eludir el control d e Freud. S e
quejó a Jung m ientras estaba co m p leta nd o el historial: “ M e resulta m uy
difícil, casi supera m is capacidades para la redacción, probablem ente será
incom prensible para todos, sa lv o para lo s que están m ás cerca de nosotros.
¡Q ué chapuceras son nuestras reproducciones, qué lastim osam ente d esm e
nuzam os estas grandes obras de arte de naturaleza psíquica!” *** Jung, en
privado, e stu v o de acuerdo. E scrib ién d o le a F erenczi, refunfuñó que, si
bien el estudio d e Freud sobre el Hom bre de las Ratas era m aravilloso,
tam bién resultaba “m uy d ifíc il d e com p ren d er. Pronto tendré que leerlo por
tercera v e z . ¿S o y esp ecialm en te estúpido? ¿O es e l estilo? Prudentem ente,
m e pronu ncio por lo ú ltim o ”. En cam b io Freud le había echado la c u l
pa al tem a.
En su aturdim iento, Freud recurrió a la técnica para proporcionar un
m apa del laberinto. N o se trataba de ponerse a resolver racionalm ente los
en igm as planteados por el p acien te, sin o de permitirle q ue siguiera su pro
p io c am in o, y escucharlo. D e h ech o , con virtió e l historial del Hom bre de
las Ratas en un p equeño festín d e técn ica psicoanalítica aplicada y ex p lic a
da; interrumpió repetidam ente su relato co n breves incursiones en el tema
del procedim iento c lín ico . Instruía a sus pacientes sobre la diferencia entre
la m ente co nsciente y la m ente in consciente, sobre la transitoriedad de la
prim era y la perm anencia d e la segunda, señalando las antigüedades que
había en su consultorio: “ En realidad, eran só lo objetos p rocedentes de
tumbas; el h echo de q u e hubieran sid o enterradas, las preservó. S ó lo ahora
estaba sien d o destruida Pom peya, desd e el m om ento de su descubrim ien
to” . * * A sim ism o , después d e relatar que a su paciente una interpretación
le p areció plausible pero no lo co n v e n c ió , Freud com enta para b en eficio
del lector: “ La intención de tales d iscu sio n es nunca con siste en generar
co n v ic c ió n . S ó lo se supon e que introducen en la con cien cia los c o m p lejos
reprim idos, que ilum inan e l c o n flic to ex istente entre e llo s en e l terreno de
la actividad m ental co n sc ie n te , y que facilitan la em ergen cia de n u evo
T e r a p ia y t é c n ic a [3 0 5 ]
material de lo in co n scien te”. A l mostrar c ó m o le en señaba p sic o a n á li
sis al H om bre de las R atas, Freud tam bién se lo estaba en señando a sus
lectores.
A l “n uevo m aterial'’ concerniente a su padre que él exploró en respues
ta a la interpretación de Freud, el Hom bre de las Ratas lo llam aba su “ cur
s o de p en sam iento”; in sistió en que era in ocu o, pero de algún m odo estaba
relacionado co n una niña que había am ado a los doce aflos. Freud no se
conform ó co n esta form ulación v aga y eu fem ística, tan típica del d iscurso
del H om bre de las Ratas. Por e l contrario, interpretó ese curso de pen sa
m iento co m o un d e se o , un d e se o de h ech o, de que su padre muriera. El
Hom bre de las Ratas protestó enérgicam ente: ¡precisam ente tenfa m ied o de
que ocurriera esa calam idad! ¡Am aba a su padre! Freud n o lo discutió en
absoluto, pero in sistió en que e s e amor estaba acom pañado de odio, y esas
dos poderosas em o cio n es habían c o e x istid o en el analizando desd e sus pri
m eros años. *58
L a c o m p r e n s i ó n de la am bivalencia fundam ental del Hombre de las
Ratas quedó m ás allá de toda duda, de m odo que Freud pudo enfrentarse al
enigm a d e las o b sesio n es d el enferm o. C on p aciencia, fu e avanzando cen
tímetro a centím etro h asta e l e p iso d io en e l que e l sád ico capitán había
descrito del c a stig o oriental y p recipitado la neurosis actual del Hom bre de
las Ratas. Las notas de Freud sobre este c a so revelan que e l paciente había
em pleado ratas c o m o sím b o lo s d e m uchas cosas: ju eg o relacionado c o n el
dinero, p en es, el p rop io dinero, niñ o s, su m adre. * » Freud siem pre había
so sten id o que la m en te da lo s sa lto s m ás acrobáticos, lo s m ás im proba
bles, d esafiando la coheren cia y la racionalidad, y e l Hombre de las Ratas
confirm ó am pliam ente esa co n v ic c ió n . L o que e n este ca so parecía m enos
p lausib le, las cerem on ias y p ro h ib icio n es, resultaron ser un com p en d io de
las ideas neuróticas del p aciente, y co n du cían de m odo sutil a region es
inexploradas de su m ente. Eran in d icio s d e su sadism o reprim ido y repu
diado. lo que exp licab a el horror y e l interés la sciv o que sim ultáneam ente
suscitaba en el la crueldad (a llí estaba el origen de aquella extraña ex p re
sión con fusa del rostro del Hom bre de las Ratas que Freud había v islu m
brado en el in ic io m ism o d el tratam iento).
Explorando e sa s c la v e s, Freud propuso una so lu c ió n para el interro
gante de lo que había sig n ifica d o para e l H om bre de las Ratas la historia
narrada por e l capitán. Esta giraba en to m o a lo s sentim ien tos co n flictiv o s
del paciente co n respecto a su padre. Freud co nsideró sum am ente sig n ifica
tivo el hecho de que cuando, varios años d esp ués de la muerte del p rogeni
tor e l H om bre de las Ratas exp erim en tó por prim era vez los placeres de la
relació n sex u a l, en su m en te se abrió c a m in o un extraño p ensam iento:
“ ¡Pero si e sto es m ara v illo so ! ¡Por e s to u n o podría matar a su p ropio
padre!” * « Para Freud era tam b ién m u y sig n ific a tiv o que algunos años
atrás, exactam ente antes de que e l padre del paciente muriera, éste em p ezó
[306] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
a masturbarse, pero desde entonces había logrado dejar de hacerlo, en tér
m inos generales, porque la práctica lo avergonzaba. En térm inos genera
le s, pero no por c o m p leto ; en algunos m om entos herm osos y elev a d o s,
co m o al leer un pasaje con m o v ed o r de la autobiografía de G oeth e, no
p odía resistir el im pulso. Freud interpretó ese curioso fen óm en o com o un
caso de "prohibición y d esafío de un m andam iento”. *<l
Estim ulado por la con stru cción analítica de Freud, el H om bre de las
Ratas m en c io n ó un incid en te m em orable y su gerente, qu e databa de la
época en que él tenía entre tres y cuatro años. El padre le había dado una
zurra por alguna fech oría sexual relacionada con la m asturbación, y en un
acceso de furia, él em pezó a m aldecirlo. Pero com o no co n ocía m uchos
in su ltos, le d ijo « to d o s lo s nom bres d e las cosas que se le ocurrían, com o
“ ¡Lámpara, torre, pla to !”» ’ Sorprendido, el padre se v io im pulsado a prede
cir que el hijo sería un gran hom bre o un gran crim inal, y nunca v o lv ió a
pegarle. A l em erger esa h istoria, el H om bre de las R atas ya no podía
seguir dudando de que, o culto en el interior de su amor por su padre, ace
chaba un o d io igualm ente fuerte. Esa am bivalencia gobernaba la vida del
Hombre d e las Ratas; era una am bivalencia insoportable, característica de
todo pen sam iento o b s e s iv o , y se reflejaba en sus relacion es con la mujer
que amaba. Freud co n clu ye señalando que e so s sentim ientos c o n flictivos
“no eran independ ien tes entre sí, sin o que estaban construidos por parejas.
El odio hacia su amada estaba necesariam ente relacionado con el afecto que
sentía por el padre y viceversa".
Freud profundizó en esta interpretación. El Hombre de las Ratas no
só lo estaba en lucha co n e l padre sin o que tam bién se identificaba con él.
El padre había sido un m ilitar que disfrutaba m ucho contando anécdotas
sobre su carrera. Y e s m ás, había sido una “ rata”, una “rata del ju e g o ”
(S p ieira tte) que había llegado por e se m otivo a deber una cantidad de dine
ro que no pudo pagar, hasta que un am igo le h iz o un préstam o oportuno.
Más tarde, el H om bre de las Ratas tuvo razones para creer que al padre,
próspero en la vid a c iv il, le resultó im posible devolver e se generoso prés
tamo por no encontrar la dirección del am igo que lo había salvado. El
paciente de Freud juzgaba con suma dureza ese pecadillo de juventud del
padre, por m ás qu e lo amara. A qu í había otra relación con su peculiar
o b sesión por devolver las sum as ínfim as que alguien había d esem bolsado
por é l, y tam bién co n las ratas. C uando, durante las m aniobras, o y ó narrar
la historia sádica del ca stig o de las ratas, se despertaron recuerdos, al igual
que los restos d el e ro tism o anal de su niñez. “En los d elirios o b sesiv o s
— observó Freud— había fabricado un verdadero papel m oneda de ratas
para s í m is m o ” . * « El relato había provocado q ue todos los im pulsos
sexuales m ás crueles d el Hom bre de las Ratas atravesaran la represión. Al
absorber este conjunto de interpretaciones y aceptarlo, el paciente fue acer
cándose cada v ez m ás a la salida del laberinto de su neurosis. El “ delirio de
las ratas” *** — las c o m p u lsio n es y prohibiciones ob sesiv a s— desapareció,
T er a p ia y t é c n ic a [3 0 7 ]
con lo cual el Hom bre de las Ratas lle g ó a graduarse e n lo que Freud d en o
m in ó bellam ente su " escu ela de su frim iento” . * «
A pesar de los problem as que le creó a su analista, el Hom bre de las
Ratas fue uno de lo s fa voritos d e Freud d e sd e el principio. En las notas
correspondientes al 28 de diciem bre hay unas palabras crípticas que atesti
guan la im presión que le produjo e l paciente: H ungerig und w ird gelabt,
“ F am élico y fue con fortad o”. 13 * * Freud lo había invitad o a com er. En un
p sicoan alista, é se fue un g e sto herético: gratificar a un p aciente perm itién
d ole e l a cceso a la vid a privada d el analista, y actuar con él com o una
madre al darle com ida en un m arco a m isto so y n o p rofesional, era algo
que violaba lo s austeros preceptos técn ico s que Freud había desarrollado en
e so s años y que estaba tratando de inculcar a sus seguidores. Pero es e v i
dente que Freud no v io nada m alo en apartarse de sus propias reglas. Sin
duda, a pesar de tales d esv ío s, el relato de Freud sigue siendo ejem plar
com o e x p o sic ió n d e una neu rosis o b se siv a clásica, w Sirvió de m odo bri
llante para reforzar sus teorías, en e sp ecia l las que postulaban las raíces
infantiles de la neurosis, la ló g ic a interior de los síntom as m ás esp ectacu
lares e in ex p lica b les, y la presión pod erosa, a m enudo oculta, de los se n ti
m ientos am bivalentes. Freud no era lo su ficien tem en te m asoquista c om o
para lim itarse a publicar fracasos.
S U PR O PIA F U E N T E : L E O N A R D O , S C H R E B E R , F L IE SS
La m ayor parte de lo s escritos de Freud llevan las h u e
llas de su propia vid a . Están entretejidos — en gran
m edida pero no a la m anera de un obstáculo— con sus
c o n flicto s privados y co n su s estrategias pedagógicas.
L a in terp reta ció n d e lo s su eñ os es una efu sión de r eve
is La trad ucció n de la S ta n d a rd E d itio n no r ep rod uce e l la c o n ism o d e la
an otación de Freud; e l p r o sa ic o "He w as hungry and w a s fe d ” (“T en ía ham bre y
fu e alim entado”) no aprehende el m a tiz a rcaico de hu n g e rig ni la r eso n a n c ia
b íb lic a de g e la b t. (V é a se el com entario de la com p ila d o ra en Sigm u nd Freud,
L 'H o m m e aux r a ts . J o u r n a l d ’ une a n a ly s e . c o m p . d e E lza R ib eiro H a w e lk a
[ 1 9 7 4 ], 2 1 1 n .)
■* C rític o s p o ste rio re s, v o lv ie n d o a a nalizar el c a so , han acusad o a F reud
d e que n o prestara su fic ie n te a ten ció n a la m adre d el H om bre de las Ratas n i (en
v is ia de la e sp e cta cu la r o b s e sió n d e l p a c ie n te por las ra las) a su e rotism o anal.
A m b o s facto re s tien en un p o c o m á s d e im p o rta n cia e n las n otas d el p r o c eso
qu e e n e l texto d e l h isto r ia l. A l p r in cip io , cua nd o Freud le e x p lic a e l p r o c e d i
m ien to p sic o a n a lític o y e stip u la su s tér m in o s, e l H om bre de las R atas d ice que
tien e qu e consu ltar c o n su m adre. (V é a se Freud, L 'H om m e a u s ra ts, H aw elka.
c o m p ., 3 2 , y “ R at M a n ”, SE X , 2 5 5 ) .
[308] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
lacíones personales puestas al servicio de la ciencia. El caso de Dora d es
p liega una confrontación entre las n ecesidades em ocionales y los deberes
p rofesionales. El “pequeño H ans” y e l H om bre de las Ratas son algo m ás
que sim p les docum entos clín icos; Freud redactó e so s historiales para dar
apoyo a las teorías que había desarrollado en sus profundamente subversi
v o s T res ensayos de teo ría sexual. S in duda, la sele cc ió n de los casos para
la pu blicación n o siem pre tenía sus raíces en atormentadas luchas interio
res ni venía dictada por las presiones de la política psicoanalítica. La pura
fascin ación ejercida por el material tam bién decidía sus opciones. Por lo
general, las necesidades personales de Freud, los cálcu los estratégicos y la
e x c ita c ió n c ie n tífic a se superponían y reforzaban recíp rocam en te. Sin
duda, por debajo de las superficies pulidas de los historiales de Schreber y
el Hom bre de lo s L obos (publicados desp ués que el Hombre de las Ratas),
estaba actuando algún asunto p s ic o ló g ic o in c o n clu so que obsesionaba a
Freud. E sto m ism o tam bién e s válid o c o n resp ecto a Un recu erd o infantil
de L e o n a rd o d a Vinci.
F r e u d nun ca pe n só q ue su ex ten so trabajo sobre Leonardo da V inci
fuera un historial, aun cuando en una oportunidad, con m ucho sentido del
hum or, le dijo a F erenczi que “estaba m aravillado” con su n u evo e “ ilu s
tre” analizando. Por el contrario, con sideró que aquel estudio era una
incursión de reconocim iento destinada a preparar la invasión generalizada
de lo s tem as culturales que él proyectaba em prender, con las armas del p si
co a n á lisis en la m ano. “E l dom in io de la b iografía tam bién debe llegar a
ser nuestro”, le escrib ió a Jung en octubre de 1909, anunciando triunfal
m ente que “el enigm a del carácter de Leonardo da Vinci se ha vuelto súbi
tam ente transparente para m í. E ste, e n to n ces, sería e l prim er paso de la
b iografía” . * « Pero se verá que, co m o e jercicio de biografía psicoanalítica,
esta descripción oficia l del “ Leonardo” era incom pleta.
S i bien el en sa y o sobre un recuerdo infantil de L eonardo da V in ci
resultó sum am ente p olém ico , a Freud le agradaba y le sigu ió agradando
m u cho, en parte porque le gustaba m ucho e l propio Leonardo. C onfesó
que, “lo m ism o que m uchos o tros, he sucum bido a la atracción que em ana
d e e se hom bre grande y m isterio so ”, * » y citó la evaluación admirativa de
Jacob Burckhardt acerca de e s e “gen io universal cuyos perfiles podem os
conjeturar, pero no profundizar”. *™ S ab em os que, para Freud, Italia era un
p reciado tesoro, y que la visitaba siem pre que podía, casi todos los vera
n os. Entre m uchas otras, Leonardo era una d e las razones im portantes.
D urante un tiem po considerable Freud había estado pensando en él. Ya
en 1898 le recordó a F liess (qu e en aquel en ton ces reunía material sobre la
zurdería) que “Leonardo, al que n o se le c o n oció ninguna relación am oro
sa” era “tal v e z el zurdo m ás fa m o so ”. * 71 Aventurarse en el personaje
terrible y en igm ático de Leonardo le proporcionó a Freud un placer exqui
sito. A fin es de 1910, m ientras se dirigía a Italia desd e un balneario de la
T e r a p ia y t é c n ic a [309]
costa h olandesa, pasó brevem ente por el Louvre para admirar una v e z m ás
la tela de Leonardo titulada “ Santa A na, la V irgen y el N iflo”. *7* E l inter
ca m b io co n el m aestro (in c lu so sin presum ir de ser c o m o él) era uno de
lo s d ivid en dos que Freud podía obtener escribiendo biografías psicoan alíti
cas.
E n noviem bre de 1909, no m u cho d espués de su regreso de E stados
U n id os, Freud í e quejó de su salud en una carta a Ferenczi; “podría ser
m ejor”, le dijo, pero, agregó d e inm ediato: “ En la m edida en que pueden
hacerse oír, m is p en sa m ien to s está n co n Leonardo da V inci y co n la m ito
lo g ía ”. *n En m arzo de 1 9 1 0 se d iscu lp ó con e l m ism o Ferenczi (de una
manera un p o co ex cu lp a n te) por escrib irle una carta tan breve: “ Q uiero
escribir sobre L eonardo”. *74 E se “ Leonardo” — le dijo a Lou A ndreas-
Salom é casi una década d espu és de su pub licación, en un a cceso de nostal
gia, fue “ lo ú n ico h erm o so qu e h e esc r ito ”. *7}
Su in clin a ció n n o c egab a a Freud ante lo s riesgos que estaba asum ien-
to. A l com entarle por prim era v e z a F erenczi, en n oviem bre de 1 909,
q uién era su n u e v o a n a liza n d o ilu stre, adujo q ue no tenía “nada m ás
im portante” en m ente. *7‘ C on id én tico estado de ánim o, d esv a lo rizó el
estudio en una carta a E m est Jones: « N o debe esperar m ucho de “ Leonar
d o ”, que aparecerá e l m es próxim o. N i el secreto de la V irgen de las rocas,
ni la so lu c ió n del en ig m a d e la .M onna Lisa. M antenga sus expectativas
en un n iv el bajo y e s p robable que así le guste m ás». *T7 A sim ism o , le
advirtió al artista alem án Herm ann S tiu ck que el “fo lleto ” sobre Leonardo
era una “producción m ed io n o v e le sc a ” (h a lbe R om andichtung) y observó:
“ N o querría que usted juzgara la seguridad de nuestras in vestigaciones de
acuerdo con esta pauta” . *7Í
A lg u n o s de lo s prim eros lectores de esa pequeña sem in ovela se n e g a
ron a aceptar la pobre ev a lu a c ió n qu e r esp ecto de e lla hacía el propio
Freud, y él agradeció tales ju ic io s. “ El L[eonardo] parece gustarle a los
cam aradas”, o b se r v ó aleg rem ente en ju n io de 1910. *79 L es g u stab a, y
m ucho. “ E ste a n álisis — escribió Abraham , que acababa de leer e l ejem
plar que Freud le e n v ió — e s tan e leg a n te y perfecto en su forma que no
co n o zco nada que pueda com parársele”. *«> Jung fue in clu so m ás lír ic o . El
“Leonardo” — le escrib ió a Freud— “e s m aravilloso”. *91 H a velock E llis,
el primer reseñador, se m ostró “ a m isto so co m o siem p re”, * « para alegría
de Freud. E sa recep ción le p erm itió a Freud utilizar el “Leonardo” co m o
piedra de toque para separar a p ropios y ajenos; “le s gusta a todos lo s am i
g o s — le escrib ió a A braham en el verano de 1910— y, según esp ero, pro
vocará el aborrecim iento de todos lo s ajen os”. * »
En sí, e l ton o d e l trabajo sobre L eonardo está lejos de ser asertivo; es
exploratorio, acérrim am ente m odesto. Incluso em pieza con una reserva: la
in vestigación psiquiátrica — observa Freud— no pretende denigrar lo gran
d io so ni “ arrastrar lo sub lim e por el p o lv o ”. Pero Leonardo, “ya admirado
[3 1 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
por sus contem poráneos co m o uno de los m ás grandes hom bres del R ena
cim ien to ita lia n o ”, era hum ano com o todos, y “nadie es tan grande c om o
para que sea una desgracia para él estar sujeto a las leyes que gobiernan
con igual severidad la actividad norm al y la p atológica” . *M En el cuerpo
del texto, Freud ju stificó que escribiera una patografía de Leonardo sobre
la base de que lo s biógrafos ordinarios, “f ijad os” en su héroe, sólo logran
presentar “una figura fría, extraña, ideal, en lugar del ser hum ano con el
que podríam os sen tim os relacionados a distancia". Freud asegura a sus le c
tores qu e e l e n sa y o intenta so la m en te descubrir los d eterm inantes del
“desarrollo m ental e intelectual” de Leonardo. Si am igos conocedores de
p sicoanálisis lo acusaran de haber escrito s ó lo “una n ovela psicoanalítica,
le s contestaría que en m odo alguno sobrestim o la seguridad de estos resul
tados". 15 * 85 D espu és de todo — con ced e Freud— los m ateriales biográficos
fiab les sobre Leonardo eran al m ism o tiem po esca so s y p oco inform ati
v o s. C on un ánim o m ás lú dico que otra co sa, estaba tratando de armar un
rom pecabezas del que faltaban la m ayor parte de las piezas, y algunas de
las que había eran prácticam ente indescifrables.
E s t a s s o n l a s d e f e n s a s que Freud erige ante las críticas q uisquillo
sas. Pero no pueden ocultar el h echo de que el “ Leonardo”, a pesar de toda
la brillantez de sus d ed u ccion es, presenta grietas im portantes. Gran parte
de las pruebas aducidas para trazar el retrato no son concluyentes ni inta
chables. Ese bosquejo caracterológico es una probabilidad plausible: L eo
nardo es el artista con perpetuas dificultades para terminar sus obras, y que
en sus últim os años rech azó el arte y o ptó por la ciencia; e s el apacible
hom osexual reprim ido que le g ó al m undo uno de los m ás grandes enigm as
del arte, la sonrisa de M onna Lisa. Pero, sea cual fuere la verosim ilitud
del retrato trazado por Freud, reposa sobre b ases que no son las que él e li
g ió c o m o punto de apoyo.
La argum entación de Freud es perfectam ente frontal. Propuso abordar
a Leonardo y su obra partiendo de dos m om entos de su vida: una experien
cia adulta y un recuerdo infantil, éste ú ltim o evocad o por la primera. '• La
experiencia formadora que Freud tenía en m ente era la de pintar el retrato
de M onna L isa, y esperaba reconstruir e interpretar el recuerdo que las
sesio n es suscitaron en Leonardo, recuerdo de un material que él podía d e s
cubrir. Freud tuvo suerte, la suerte de los que están bien preparados; d escu
*5 T o d a v ía en 1931 escribía: “ U na v e z o sé abordar a uno d e lo s m ás gran
d e s, d el qu e, la m en ta b lem en te, es m uy po c o lo que se sab e, Leonardo da V in c i.
Pude por lo m en o s p lantear c o m o pro ba b le qu e “ San ta A n a , la V ir g en y el
N iñ o ”, que usted p u ed e v er diariam ente en el L ou vre, r esu lte in co m p ren sib le sin
co n o c er la p ecu lia r histo r ia de la n iñ e z de L eo n a rd o ”. (F reud a M ax S c h ille r, 26
de m arzo, 1 9 3 1 , B rie fe , 4 2 3 ) .
14 Freud estab a sig u ie n d o algu nas co n sid er a cio n e s teóricas qu e había d e sa
rrollad o no m ucho antes, e n un a rtículo sob re e l cte a d o r literario y la fantasía.
T e r a p ia y t é c n ic a [311]
brió la c la v e que estaba buscando en m ed io del am plio m arasm o de los
cuadernos de notas de Leonardo. En esa apiñada com p ilación (un revoltijo
de caricaturas, experim en tos c ie n tífico s, diseños de armas y fo rtificacio
nes, m ed ita cio n es sobre las costum bres y la m ito lo g ía , y c á lcu lo s fin an
cieros), Leonardo se refiere a su infancia só lo una v e z , m ientras reflexiona
sobre el v u e lo d e la s aves. Freud se aferró a e se raro hallazgo, recon ocien
do todo su valor. Leonardo estaba recordando un encuentro extraño y de
apariencia onírica. La traducción d e Freud dice: “Parece que desde el princi
pio estaba destin ad o a ocuparm e atentam ente del buitre, pues siem pre v ie
ne a m i m ente un recu erd o m uy temprano: m ientras estaba de p equeño en
mi cu na, un buitre d e sc e n d ió hasta m í, m e abrió la boca con la c o la , y m e
g o lp e ó m uchas v e c e s lo s la b io s c o n e lla ” . *86 Freud estaba convencido de
que e sto era una fantasía tardía y no un recuerdo literal; una fantasía que,
con venientem ente exam inada, podría proporcionar un a c c e so a la e v o lu
ción em ocional y artística de Leonardo.
Freud d esp leg ó una erudición considerable acerca del ave que había
asaltado a Leon ard o en la cuna. En el antiguo E gipto, c o m o L eonardo
deb ía sa b er, el bu itre era e l je r o g líf ic o c o r r esp o n d ien te a la palabra
“madre” . Y e s m ás, en la leyen d a cristiana (que Leonardo posib lem en te
tam bién c o n o cía ) e l buitre e s siem p re hem bra, no e x iste pájaro m ach o en
esa esp ecie: sím b o lo p o ético d el n acim ien to de la virgen , la hem bra es
fecundada por e l v ien to . A hora b ien , Leonardo había sid o “un niño-buitre
que tuvo madre pero n o padre". E se era el m odo p oético de decir que L eo
nardo fue hijo natural. En co n secu en cia — conjetura Freud— , en su p rim e
ra infancia L eonardo disfrutó d el amor ex c lu siv o y apasionado de su d e so
lada madre. E se am or “debió ejercer la influencia m ás decisiva en su vida
interior” . E so s ig n ific a b a q u e e n la é p o c a en q ue se esta b lecier o n los
cim ientos del carácter de Leonardo, él n o tenía padre: “La vehem encia de
las caricias a las que apunta su fantasía del buitre era perfectam ente natu
ral; la pobre madre olvidad a tenía que volcar en su am or de madre caricias
de las que había disfrutado, a sí c o m o su anh elo de otras nuevas; s e sentía
im pulsada no só lo a obtener una co m p en sa ción por n o tener esp o so , sin o
tam bién a com pensar al n iñ o por no tener un padre que quisiera acariciar
lo. D e m odo que, a la m anera d e todas las m adres insatisfechas, p u so a su
hijo en el lugar del e s p o so y le robó una parte de su m asculinidad a través
de la dem asiado p recoz m aduración de su erotism o” . A sí, inadvertida
m ente, la madre de Leonardo preparó e l escenario para su posterior h o m o
sexualidad.
En la carta a Jung en la que le anunciaba la so lu ción del m isterio de
Leonardo, Freud agregó, provocan do su interés sin ofrecerle ningiín detalle
adicional: “R ecien tem en te he encontrado a su dob le (sin su g en io ) en un
neurótico”. *«* Esa era una de las razones d e que estuviera tan segu ro de
poder reconstruir lo s prim eros años de Leonardo, acerca de los cuales no
había prácticam ente docum entos: la fantasía del buitre estaba a su ju icio
[312] E laboraciones: 1902-1915
cargada de asociacion es clín icas. C om o ya hem os tenido la oportunidad de
señalar, e l diván y e l escritorio de Freud estaban físic a y em ocionalm enle
m uy próxim os entre sí. N o tenía duda alguna acerca de que el recuerdo de
Leonardo representaba a la vez la introducción hom osexual pasiva de un
pene en la b oca, y la su cció n fe liz , por parte del niño, del sen o de la
madre.
D esd e lu eg o , un p rincipio m uy co n o cid o del p sicoan álisis, que los
pacientes de Freud le habían confirm ado una y otra vez, decía que las tra
bazones e m o cio n a les de lo s prim eros años y las p asiones de la vida adulta
están in evitablem ente vinculadas. En particular, “todos nuestros h o m o se
x u ales” — observa Freud— han desarrollado las relaciones resultantes de
manera prácticam ente idéntica: “En su primera infancia, m ás tarde o lvid a
da”, habían experim entado “un in tenso a p e g o erótico a una persona de
se x o fem en in o , por lo general la m adre, provocado y alentado por la ternu
ra e x cesiv a de la propia madre, reforzado adicionalm ente por la retirada del
padre de la vida del niño”. Para Freud, ésa era una etapa preliminar del
desarrollo hom osexual; la sig u ien te era un estadio en el que “el niño repri
m e su am or por la madre p o niénd ose en el lugar de ella; se identifica con
ella, y se tom a a s í m ism o co m o m o d e lo en e l que basarse para eleg ir sus
n u e v o s o b je to s a m o r o s o s .” “ A s í— c o n tin ú a Freud— , se c o n v ier te en
h om osexu al; en realidad se d esliza por e l autoerotism o anterior, puesto
que los m uchachos que e l jo v en en desarrollo ama ahora son, después de
todo, só lo sustitutos y reflejos de su propia persona infantil, m uchachos a
los que am a co m o su m adre lo había am ado a é l cuando niñ o” . En pocas
palabras, lo s p sicoanalistas dicen que “encuentra sus objetos am orosos en
la senda del n a rcisism o , puesto que lo s m itos griegos llam an N arciso a un
jo v en al que nada le agradaba tanto c o m o ver su propia im agen refleja
da”. * « Esta frase supone un m om ento crítico en la historia del p sico a n á li
sis. C on ella Freud introdujo, por primera v e z en su obra, el con cep to de
n arcisism o, una etapa temprana de autoamor erótico que a su ju icio apare
cía entre el autoerotism o p rim itivo d el n iñ o y e l am or objeta l del m ucha
cho en d esarrollo. El narcisim o ib a a ocupar pronto un lugar central en su
pensam iento.
El hecho de que Leonardo fuera educado inicialm ente sin padre — pen
saba Freud— d eb ió otorgar una form a esp e cia l a su carácter. Pero e se
carácter tam bién sufrió la influencia de otra drástica intervención del m un
do adulto. P o c o después de su n a cim iento, el padre se casó, y tres años
d espu és — suponía Freud— adoptó al h ijo y se lo lle v ó a vivir a su casa.
D e m o d o que L eonardo creció con d o s m adres. P oco d espués de 1500,
cuando e m p ezó a pintar la M onna L isa, su sonrisa am bigua, brum osa, le
recordó con opresiva claridad a las d os jó v e n e s amantes y herm osas que,
juntas, habían im perado en su infancia. La chispa creadora que constituye
el arte, entre la experiencia y el recuerdo, con ced ió la inmortalidad al retra
to de la enigm ática y seductora M onna Lisa. D espués, cuando Leonardo
T erapia y t écn ica [3 1 3 ]
pintó e l terceto sacro d e “ Santa A n a , la V irgen y e l N ifio” , lle v ó al lie n z o
a su s dos m adres tal c o m o recordaba, o sen tía, que habían sido: am bas de
la m ism a edad y sonriendo su tilm en te con la sonrisa inefable de la G io
conda.
N inguna de esta s pistas — v a le la pena repetirlo— sedujo a Freud lo
su ficien te c o m o para hacerle creer que había descubierto e l secreto del
g e n io d e Leonardo. Pero creía haber hallado el h ilo que lo conducirla al
n ú c le o de su carácter. A l id en tificarse con el padre — el hom bre que lo
había engendrado y después abandonado— Leonardo trataba a sus “h ijos”
precisam ente d el m ism o m odo: se apasionaba en la elaboración, lo im pa
cientaban lo s deta lles ted io so s, era incapaz de seguir su inspiración hasta
el final. Pero a sim ism o, rebelánd ose contra el padre, L eonardo encontró su
ca m in o hacia la cien cia; de e se m o d o pudo sustituir la o b ed ien cia a la
autoridad por una lealtad superior: la o b ed ien cia a las pruebas. C asi con un
sig n o audible de aprobación. Freud cita las «audaces palabras de Leonardo
q u e c o n tie n e n la ju s tific a c ió n d e toda in v e stig a c ió n libre: “Q u ie n en
m e d io d e una lu ch a d e o p in io n es a p e la a ¡a a u to rid a d , o b ra con su m em o
r ia y n o con su s ra zo n e s" .» •*° L eonardo había sublim ado enérgicam ente
sus p a sion es se x u a les en la p asió n de la in vestigación c ien tífica in depen
diente. N o se sabe co n claridad exactam ente cuándo, y con qué intensidad,
Freud se id entificó co n L eonardo, pero al citar esa orgullosa m áxim a que
guía al investigad or in con form ista, coin cid ía totalm ente co n su sujeto.
E l a fe c t o q u e se n t ía F r e u d por este experim ento de biografía p si-
coan alítica no estaba totalm ente fuera de lugar. Su esquem ático mapa
del cam ino real qu e conducía a la hom osexualidad — un intenso a fecto edí-
pico , excesiv a m en te prolongado, por una m adre tierna; regresión a e sa eta
pa; id en tificación co n la madre; am or hacia otros a d o lescen tes varones
co m o si fueran é l m ism o , el h ijo am ado— con servan todo su interés y
gran parte de su v alid ez. A sim ism o , las o b servaciones que Freud propuso
acerca de la esttatagem a defen siv a que d enom inó sublim ación sigu e sien d o
sugerente, aun cuan do n o pueda resolver la cuestión vital de có m o pone la
psique exactam ente las energías instintivas al serv icio de fin es culturales
co m o e l arte o la cien cia . P ero si se exam in a atentam ente, la delicada tra
ma de la argum entación de Freud com ien za a deshilacliarse. Su afirm ación
de q u e la idea d e pintar a Santa A na c o m o una jo v e n fu e en m ayor o
m enor m edida o riginal de L eonardo, resulta insostenible, si bien e s cierto
17 El historia d or d e l arte K enn eth C lark, que n o es freud ia no , ha a cep tad o
“ La in ierpretación b e lla y , c reo y o , profunda" de Freud so b re la tela de Leonar
do q u e presen ta al ter ce to sagrado y , lo m ism o qu e Freud, en lo s r o stro s d e la s
m ujeres ve "el recuerd o in c o n sc ie n te ” de las dos m adres de L eonardo. (K en neth
C lark, L e o n a rd o d a V in c i: A n A c c o u n t o f H is D e v e lo p m e n t a s a n A r t is t [ 1 9 3 9 ;
e d . r e v ., 1 9 5 8 ] , 1 3 7 ).
[3 1 4 ] E la bo ra cio n es: 1902-1915
que la ele c c ió n por parte de Leonardo de la co n ven ción de presentar a
madre e hija co m o personas d e la m ism a edad podría constituir un indicio
de su estructura m ental. Por otro lado, la conjetura de Freud acerca de que
el padre de Leonardo se lle v ó a su hijo a casa só lo al cabo de tres años,
también contradice algunas pruebas que se han a d u cid o.18
E sto es bastante m o lesto , pero la hebra más débil del tejido del razo
nam iento freudiano e s la fantasía del buitre. Freud se había basado en las
traducciones alemanas de lo s cuadernos de notas de Leonardo, que errónea
m ente interpretaban la palabra “nibbio” del original com o “ buitre”, siendo
que en realidad quiere decir “m ilano” . En vista de esa equivocación — seña
lada por primera v e z en 1 9 23, **> pero nunca reconocida por Freud ni por
ningún p sicoanalista en vida de Freud— e l constructo buitre-madre, con
todas sus trem endas con secu en cia s, quedaba desacreditado. El buitre era
una criatura m uy am ada en e l m ito; el m ilano es só lo un pájaro. El pre
sunto recuerdo de Leonardo sobre e l pájaro que lo atacó sigue siendo una
dram atización v iv id a , que tal v e z rem ita a la lactancia, a un encuentro
h o m osexu al o , lo que e s m ás probable, a una fantasía hom osexu al (puede
que condense todas estas co sa s). Pero la superestructura que Freud erigió
sobre la base de esa traducción equivocada s e derrumba en el polvo.
T om ados en su conjunto, e sto s d e slic e s reducen considerablem ente la
autoridad del esb o zo caracterológico trazado por Freud. Es cierto que con
ésta, su c o m p o sic ió n favorita, sus p reten siones eran más bien m odestas.
Pero podem os considerar sum am ente probable que Freud supiera que una
v ersión errónea había convertid o un buitre en un m ilano, no obstante lo
cual nunca la corrigió. A lo largo de su ex tensa carrera co m o teórico p si
c o a n a lític o , siem p re se m o stró d isp u e sto a revisar teorías m u ch o m ás
im portantes y aceptadas durante m ás tiem po. Pero nunca revisó su “L eo
nardo”.
H abía m as de lna razón para la obstinada lealtad de Freud. Sin duda,
el estudio sobre Leonardo le proporcionó halagadoras recom pensas profe
sionales. En una carta a Jung sobre e l “ analizando” Leonardo, Freud, casi
co m o una asociación , o b servó que: “M e in clin o cada v e z m ás a apreciar
las teorías de la sexualidad infantil, que, entre paréntesis, he tratado con
una vaguedad crim inal” . •*» Este era un innecesario recordatorio de que no
se sentía in clin a d o a transigir con resp ecto a la ex p lo siv a y co n flictiv a
cu estió n de la libido. En esta década de guerra total, la insistencia en pun
18 A paren tem en te Freud no tuvo en cuenta un e stu d io fran cés sob re Leonar
do, del que tenía un ejem plar que había subrayado, en el qu e se so sten ía que el
padre de Leonardo se lle v ó al h ijo ile g ítim o a su casa e l m ism o año de su boda.
D esd e lu eg o , Freud pod ría haber rech a za d o e se argum en to, pero sin duda lo
c o n o c ía . ( V é a se Jack J. S p ec to r, T he A e s th e tic s o f F re u d : A S tu d y in P sy ch o a -
n a lyx is an d A r t [1 9 7 2 ], 5 8 ) .
T erapia y técnica [315J
tos p olém icos (dirigida a adversarios declarados o a partidarios vacilantes)
nunca e stu v o lejo s del fo c o de las intenciones de Freud.
Pero en éste obraban ahora fuerzas m ás elu sivas, m enos m anifiestas:
el 2 de diciem bre d e 1909 (al día siguiente de que informara sobre sus
investigacion es acerca de Leonardo a la Sociedad Psicoanalítica de V iena)
le escrib ió a Jung, co n una m ezcla d e a liv io y autocrítica, que a él m ism o
n o le había g u sta d o la d iserta ció n , pero que esperaba que, d esp u é s de
haberla pronunciado, su o b se sió n le daría algún respiro. *” “O b sesión ” es
una palabra fuerte, pero Freud q u iso d ecir “o b se sió n ” ca si literalm ente.
Sin e lla , no podría haber esc r ito en m o d o alguno su n o v e la psicoanalítica.
La energía secreta que anim aba esa ob sesión dejó huellas e v id en tes en
la correspondencia y la conducta de Freud d e aquellos años. Su fuente esta
ba en recuerdos de F liess, c o n quien (erróneam ente) creía haber term inado
para siem pre. L os recuerdos de su an tiguo am igo íntim o, que había dejado
de serlo, ob ligaron a Freud a explorar una v e z m ás su ec o n o m ía afectiva;
d iero n lugar a q u e su a u to a n á lis is tom ara un ca riz a n g u stio so . »» En
diciem bre de 1 9 1 0 inform ó a Ferenczi: "Ahora ten go q ue superar lo de
Fliess (usted tema m ucha curiosidad acerca de esto )” . Y añadió inm ediata
m ente, en una in equ ívoca a sociación : “ A dler es un p equeño F lie ss red ivi
v o , igualm ente paranoide. S tek el, c o m o ap én d ice su yo, por lo m en os se
llam a W ilh elm ”. Freud v eía a W ilh elm F liess en todas partes, en la
persona de otros. A d ler — le escrib ió a Jung— “despierta en m í el recuerdo
de F lie ss, una o cta v a m ás abajo. La m ism a paranoia”. * » C uando escribió
esto , ya estaba trabajando en e l ca so Schreber, que ilustraría detalladam en
te una tesis que él había sustentado durante cierto tiem po: el agente e le
m ental de la paranoia e s la h o m osexualidad oculta. "M i ex am ig o F liess
— le había escrito ya a Jung en 1908— desarrolló una herm osa paranoia
después de haberse desprendido de su inclinación, en m odo alguno leve,
hacia m í”. Siem pre preparado para traducir los co n flictos privados en teo
ría analítica, Freud so stu v o que la conducta de Fliess lo había con ducido a
aquella co n clu sió n , c o n clu sió n que varios de su s pacientes habían confir
m ado profusam ente. * »
Entonces, en el vocabu lario técn ico que Freud había desarrollado, lla
mar a alg u ien p aran oico eq u iv a lía a d ecir que era h o m o se x u a l, por lo
m enos h o m osexual latente, y lo que estaba b ullendo en Freud eran restos
de sentim ientos h om oeró tico s in con scien tes. C on independencia de lo que
le escribiera a Jung, estaba tratando de analizar sus sentim ien tos c o n res
p ecto a F lie ss, y n o lo s se n tim ie n to s d e F lie ss co n respecto a él; procurá
is "Freud esta b a e x p r esa n d o [en e l e n sa y o sob re L eonardo] c o n c lu sio n e s
qu e c o n loda p roba b ilida d p ro v en ía n d e su a u to a n á lisis, y qu e por lo la n ío tie
nen gran im portancia para e l e stu d io d e su perso na lidad . Su s cartas d e la ép o ca
plan tean con lod a clarid ad la e x c e p c io n a l in tensidad co n la que se h ab ía la n za
do a e sa in v e s t ig a c ió n ” . (J o n e s II, 7 8 ) .
[316] E l a boraciones: 1 902-1915
ba analizarlos y, dentro de lo p o sib le, librarse de e llo s . En el o toñ o de
1910, rechazando lo s exorbitantes pedidos de intimidad que le formulaba
Ferenczi, Freud le advirtió que, “d esd e el caso de F liess, en cuya supera
c ió n usted acaba de verm e ocupado, esta necesidad se ha extinguido en mí.
Una parte de la carga hom osexu al se ha retirado y se u tiliza ahora para la
am pliación de mi p ropio yo. H e tenido éx ito allí donde e l paranoico fraca
sa”. *»7 En una confid en cia a Jung, le d ijo que creía que e sa “ carga h om o
sex u a l” estaba lejo s de ser irresistible. A fin es de septiem bre, en una carta
enviada d esde Rom a, se quejó de Ferenczi, “una persona a la que aprecio
m ucho, pero un p o c o torpe, soñador e infantil con respecto a m f e x c e s i
vam ente adm irativo y p asivo. “ Ha perm itido que hayam os h ech o las cosas
por é l, c o m o una m ujer, y d esp ués de todo m i h om osexualidad n o llega
tan lejos c o m o para aceptarlo c o m o una mujer". *«8 S in em bargo, recon o
cía en s í m ism o lo que alguna v ez den om inó un cierto elem en to “andrófi-
lo ”. •*»
D os años m ás tarde, al analizar uno d e sus m uy discu tid os desvan eci
m ien to s, p resen tó un auto d ia g n ó stico n o m en os im placable. C om o sab e
m os, en n oviem b re d e 1912, en M unich, Freud se d e sm a y ó en un pequeño
encuentro p rivado c o n p sic o a n a lista s, en presencia de Jung. B u sc ó una
ex p lic a c ió n particularm ente perentoria, porque no se trataba del prim er
ep iso d io d e e s e tipo. C o m o le co m e n tó a Ernest Jon es, hubo d os más
antes d e a q u el, en 1 9 0 6 y en 1908 había “p adecido sín tom as sim ilares
aunque n o tan in tensos en la m ism a h abitación del Park Hotel; en todos
los casos tuve que dejar la m esa". D espués se d esm ayó de nuevo en
1909 en presen cia d e Jung, en B rem en, antes de q ue embarcaran en el
vapor que iba a llevarlos a Estados U nidos. R eflexion an d o sobre esa h isto
ria, Freud le h iz o saber a Ferenczi que estaba com pletam ente recuperado y
que “en un sen tido analítico, ya se había desem barazado del conjuro del
d esvan ecim ien to en M unich” . C onsideraba que e so s ep isod ios “están s ig
nificativam ente relacionados co n muertes experim entadas en una edad m uy
temprana” . Estaba pensando en su herm anito, que fa lleció cuando e l pro
p io Freud tenía m enos d e d o s años, y ante cuya desaparición experim entó
un perverso a liv io . * 101
Pero ex actam en te un día antes, en una carta a E rnest Jones, Freud
exp u so una e x p lica ció n de m ayor alcance: estaba fatigado, había dorm ido
p o co y fum ad o m ucho, se enfrentaba a un cam bio en las cartas de Jung,
que pasó de “ la ternura a una in so len cia abrumadora”. M ás om in oso era el
hecho de que la habitación del Park Hotel donde había sufrido desvan eci
m ientos suscitaba en é l una asocia ció n in deleble. “Vi M unich por prim era
vez cuando v isité a F liess durante su enferm edad — escribió— . Esta ciudad
parece haber adquirido una fuerte con ex ió n con m i relación con ese hom
bre. En la raíz de la cuestió n hay algún fragm ento de ingobernables sen ti
m ientos h o m o se x u a le s”. *«« Jones se sentía lo suficien tem en te p róxim o a
Freud c o m o para e x p resa r un in terés c o n sid e ra b le e n “su ataque de
T erapia y téc n ic a [317]
M unich, en esp ecia l porque he creíd o detectar un e lem en to h om osexual,
sien d o éste el sen tid o de mi observ a ció n al desp ed im os en la estación ,
cuando le dije que a usted le resultaría d ifíc il renunciar a sus sentim ientos
con resp ecto a Jung (qu ise decir que pudiera haberle transferido ciertos
afectos ya existen tes en usted)”. *»» En segu id a Freud adoptó la form ula
ció n de Jones: “ U sted está en lo cierto al suponer que he transferido a Jung
sentim ien tos h o m o s e x u a le s ] de o u a parte, pero m e com place descubrir
que n o ten go ninguna d ificultad e n retirarlos d e la circulación. Le prom eto
una buena con v ersa ció n sobre e l tem a” . • ' «
A lgu n as de las em o c io n e s qu e le suscitaba Jung — com o Freud advir
tió correctam ente— provenían “de otra parle” : Jung, lo m ism o que antes
A dler, era un F liess red ivivo. V ale la pena observar que la visita de Freud
a F liess enferm o en M un ich (es d ecir, la v isita que había dado origen a esa
cadena de recuerdos) databa de 1 8 9 4 , ca si d os décadas antes. N o podía
negarse que lo s sen tim ientos de Freud con respecto a Fliess habían sido
persisten tes.
Por otra parte, eran sen lim ien to s c o n fu s o s , co m o siem pre suelen serlo
los sentim ien tos e ró tico s. P o c o tiem p o d e sp u és, al vo lv e r a exam inar el
ep iso d io co n B insw anger, Freud reiteró qu e “ sentim ientos sofocad os, esta
v e z contra Jung, c o m o antes contra u n pred ecesor su y o , desem peñaron
naturalm ente el papel principal”. * i« M ientras sus recuerdos continuaban
acosá n d o lo , lo s ú n ico s sentim ien tos q u e Freud pod ía en aquel entonces
desp leg a r, co n r esp ecto a F lie ss o a s u s p o steriores sustitutos, eran la
antítesis drástica del a fecto que alguna v e z había despilfarrado en su Otro
de Berlín. Con la m ente ya exasperada por la conducta de A dler y de S te
k el, Freud se sin tió a cosado por lo que interpretó co m o d eseos de muerte
por parte de Jung co n resp ecto a é l, y por la rem in iscen cia de sus propios
d eseo s de m uerte d irigidos contra su herm ano m enor. Pero detrás de todos
e so s sentim ien to s estaban las ruinas d e s u s an tigu os sentim ientos ap asio
nados co n resp ecto — o contra— F lie ss, unas ruinas que no iba a olvidar
con facilidad , ni se desm antelarían c o n rapidez.
Era siniestro: F liess seguía invad ien d o la v id a de Freud en los lugares
m ás sorprendentes. En 19 1 1 , Freud e x p lic ó u n o de lo s m ás devastadores
dolores de cabeza que padeció recurriendo a una periodización que tom ó de
F liess, co n la cuenta de lo s días transcurridos d esd e su cum pleaños: “ D e s
de el 29 de m ayo (m ayo 6 + 2 3 ) h e p erm anecido m uy abatido con una gra
v e m igraña”. *>“ M ás d e un año d esp u és, preocupado por Jung, Freud se
encontró otra v e z recreándose en su historia pasada: “A cabo de ver D o n
G iovan ni" , le inform ó a F erenczi. E n e l seg u n d o acto, durante la cena f e s
tiva del protagonista, la orquestina ejecu ta un fragm ento de un aria de L a s
bodas de Fígaro, y L ep orello observa: “ Esa m ú sica m e parece m uy fa m i
liar” . Freud cree que “ aquello m uy bien puede aplicarse a la situación pre
sente. S í, tam bién esta m úsica m e p a rece m uy fam iliar. Y a experim enté
lodo esto antes de 1 9 0 6 ” — es decir, los largos años d e amistad frustrada—
[3 1 8 ] E labo ra cio n es: 1 902-1915
las m ism a s objeciones» la s m ism as profecías, las m ism as proclam as de
las que ahora acabo de librarme”. * 107 Sería exagerado atribuir a los senti
m ien tos inco n scien tes d e Freud, en e sp ecial a sus sentim ientos reprim idos
co n respecto a F lie ss, la responsabilidad total de los trabajos sobre L eo
nardo y sobre Schreber. Sin duda, la acum ulación fortuita de interesantes
p acien tes paranoides tu vo alg o que ver en la definición del fo c o de sus pre
o cu pa cio n es clín ica s y teóricas e n torno a 1910. Por otro lado, e l hech o de
que Freud se inspirara en su ininterrum pido autoanálisis de ningún m odo
com prom ete el valor c ie n tífic o de sus h allazgos. A l proclam ar que había
superado el e p iso d io con F liess y dem ostrar que no lo había hech o, Freud
u tiliz ó su in con sciente al ser v ic io de una buena causa. Había sid o perfecta
m ente sincero cuando, a p rin cip ios d e 1 9 08, hablando sobre lo que le g u s
taba llam ar la paranoia de F liess, le d ijo a Jung: “U n o debe tratar de apren
der alg o con todo” . * 10» Y en io d o se in clu ía a s í m ism o.
M ien tr a s F r eu d leía las pruebas de imprenta de su “Leonardo”, a
p rincipios de la prim avera de 1 9 10, e m p ezó a reflexionar sobre un caso
n u e v o , y n o m en o s singular: e l del d istin g u id o jurista sajón y notable
paran oico D aniel Paul Schreber. E m ocionalm ente, cron ológicam en te, y
tam bién en otros sentid os, e l trabajo d e Freud sobre Schreber form a un
d íp tico perfecto con su “L eonardo”. Freud nunca v io a ninguno de estos
d o s “analizandos”; en e l ca so de Leonardo tenía notas y pinturas; en el de
Schreber, nada m ás que una m em oria autobiográfica. Lo m ism o que L eo
nardo, Schreber era un h om o sex u a l, de m odo que Freud pudo continuar
c o n un tem a que en aq uello s años lo preocupaba profundam ente. L o m is
m o que Leonardo, Schreber era un hom osexual, de m odo que Freud pudo
continuar con un tem a que en aquellos años lo preocupaba profundamente.
L o m ism o Schreber fue para é l una fuente de verdadero placer. A fectuosa
m ente, Freud dijo que Schreber era “m aravilloso”, y de m odo jo c o so so s
tuvo que tendría que haber sid o “profesor de psiquiatría y director de un
hospital para enferm os m entales”. * 1«
C uando Freud tropezó con Schreber ya llevaba dos años o m ás pen
sando en la paranoia. En febrero de 1908 escribió a Ferenczi que acababa
de ver a una paciente afligida por una paranoia “totalm ente en su e c lo
sió n ”. Pensaba que aquella paciente estaba “quizás más allá de lo s lím ites
de la influencia te r a p éu tica ]”, pero se sentía autorizado a aplicarle un tra
tam iento: “En todo caso, se puede aprender algo de ella ”. » •••• S e is sem a
nas m ás tarde, al considerar e l caso de la m ism a mujer, reiteró su credo
c ie n tífic o y d esap ego sim ultáneos. N o v eía ninguna perspectiva de éxito
20 En algú n m o m en to de abril de 190 7 , Freud le había escr ito a Jung una
e s p e c ie de m em oran do (qu e r ecord aba lo s m em o ra n d o s qu e so lía e n v ia r le a
F lie ss en la déca da de 1 8 9 0 ) sobre la paranoia; en é l to d a v ía no in s is t e en el
com p on en te h o m o sex u a l d e l desorden. (V é a se Freud-Jung, 4 1 - 4 4 [ 3 8 -4 0 ] ) .
T erapia y técnica [319]
terapéutico, “pero necesita m o s e sto s análisis para llegar por lo m enos a
una com prensión de todas las neu rosis” . * in El provocativo m isterio de la
paranoia le resultaba absorbente. ‘T o d a v ía sabem os dem asiado p o co sobre
ella — le d ijo a Ferenczi en la prim avera de 1909— y d ebem os recopilar y
aprender” a *112 La sistem ática evalu ación que Freud hacía de sí m ism o
co m o un investigador m ás interesado en la cien cia que en la curación, reci
be un p e rsu a siv o apoyo en e sto s p receptos. En e l oto ñ o del m ism o año,
Freud inform ó a Abraham que estaba inm erso en el “m ás duro trabajo” y
que había “penetrado, un p o c o m ás profundam ente en la paranoia”. * “ 3 En
esa época, el Caso Schreber se había convertido en otra de las o b sesion es
de Freud, equiparable a su ob sesió n anterior co n Leonardo.
Con sus evidentes síntom as que mostraban con sorprendente claridad
los estragos de su p sic o sis, Schreber era ideal para provocar e sa s fuertes
reacciones. H abía nacid o en 1 8 4 2 , h ijo de D aniel G ottlob M oritz Schre
ber, m éd ico ortopedista, autor p rolífico, y c onocido reform ador ed u c a cio
nal. S e había distingu ido c o m o fu ncionario d el sistem a judicial de S ajo
rna, y , m á s tard e, c o m o j u e z . E n o ctu b re d e 1 8 8 4 se p r e se n tó a las
elec c io n e s para integrar e l R eich sta g c o m o candidato conjunto de los parti
dos conservador y nacional-liberal, que representaban la ley y e l orden bis-
m arckianos, pero sufrió una grave derrota a m anos de un socialdem ócrata
que era el gran favorito lo c a l. Su prim er co la p so m ental que, lo m ism o
que lo s otros, é l atribuyó a un e x c e s o d e trabajo, sig u ió m uy de cerca a
esa derrota. E m pezó a padecer delirios hipocondríacos y pasó varias sem a
nas en un h ospital para e n ferm o s m entales; en diciem bre se internó en la
C línica P siquiátrica de L eip zig . P ero e n ju n io de 1885 se le dio el alta, y
al año sigu ien te se hizo cargo d e un ju zg a d o . En 1893, sien d o claram ente
un hom bre d e dem ostrada c o m p eten cia , ascendió a la corte suprem a de
Sajonia, d e la que fue presidente. Pero co m e n zó a quejarse de insom nio,
intentó suicidarse, y a fin e s de n oviem bre ingresó d e n u evo en la c lín ica
de L eip zig d o n d e había s id o p a cien te u n o s n u ev e añ os antes. Era esta
segunda y m ás tenaz enferm edad m ental (que se prolongó hasta 1902) la
que d esc r ib ió co n d e ta lles g r á fic o s e n un v o lu m in o so m em oran d o, las
M em orias d e un n eu ró p a ta, p u b lica d o co m o libro al año sig u ie n te. U n
episo d io final, que nuevam ente e x ig ió la h osp italización , en som b reció lo s
ú ltim os an os de Schreber. C uand o m urió, en abril de 1911, e l historial
que le d edicó Freud estaba en galeradas.
En el verano de 19 1 0 , Freud s e lle v ó a Italia las M em orias del m aravi
llo so Schreber (el ún ico m aterial co n e l que con tó). Trabajó sobre el caso
21 E sc r ib ie n d o sob re la s fo rm a cio n e s s im b ó lic a s en lo s su e ñ o s ( e l d o m in io
especia] de S te k e l, de quien Freud había em p ezado a d e sco n fia r) Freud c o m en tó
en 1911 qu e era “una c u e s tió n o s c u r a ... T e n e m o s qu e o bser v a r y r e c o p ila r
datos, durante m ucho tiem p o ” . (F reud a F eren czi, 5 de ju n io , 1 9 1 1 , C orresp o n
dencia Freud-Ferenczi, Freud C o lle c iio n , LC).
[32 0 ] E la bo ra cio n es: 1902-1915
en R om a, *«+ y más tarde, a lo largo del otoño, ya de regreso en V iena.
Entre los “pacientes” cu yas historias Freud consideró dignas de ser r egis
tradas, es probable que D aniel Paul Schreber fuera el que ostentaba los
síntom as m ás espectaculares. Paranoico hasta un extrem o ca si heroico,
fu e — c o m o d em u estra n su fic ie n te m e n te sus M e m o ria s— un sin c e r o
com entarista de su propia con dición y un abogado elocuente de su causa:
escribió esa extensa apología para asegurarse de que iban a sacarlo del h o s
pital en el que estaba confinad o. Sus prim eros lectores entre los p siq u ia
tras (en especial B leuler y Freud) revolvieron en ese alegato en favor de la
libertad — elocu en te, circunstanciado, barroco, repleto de la ló g ica de la
locura— en busca de gem as que dieran testim onio de una m ente extravia
da. Para su p sicoan alista, Schreber no fue más que un libro, pero Freud
pensó que podía aprender a leerlo.
La preocupación m ás bien m aníaca que Schreber provocó en Freud
sugiere la acción de algún interés o culto: F liess. Pero Freud no estaba pre
cisam ente a merced de sus recuerdos; Schreber fue m otivo de un buen tra
b ajo y le procuró un gran a liv io c ó m ic o ; in c lu so u tiliz ó n eo lo g ism o s
tom ados del libro de Schreber en sus cartas privadas. Eran los fam osos
schreberism os, in ven cio n es fantásticas ( “contactos de lo s nervios”, “ a se si
nato del alm a” , ser “m ilagread o”), im aginativos, evo ca tiv o s y em in en te
m ente citables. Los corresponsales de Freud recogieron la sugerencia y le
contestaron de la m ism a manera; e l vocabulario de Schreber se convirtió
en una esp ecie de taquigrafía entre los iniciados, en otras lanías muestras
de reconocim iento e intim idad. Freud, Jung, Abraham y Ferenczi se d ed i
caron a utilizar g o zosam ente “asesinato del alma” y otras perlas del reper
torio.
Sin em bargo, el trabajo de Freud sobre Schreber no e stu vo totalm ente
libre de angustia. S e encontraba en m ed io de su p u gilística batalla co n
A d ler por la que — le dijo a Jung— tuvo que pagar un alto precio “porque
h abía vuelto a abrir las heridas del asunto F liess”. Adler había roto su
tranquilidad “durante m i trabajo sobre la paranoia” (el estudio dedicado a
Schreber). “Esia vez no e sto y seguro de la libertad que utilicé para resguar
darlo de m is propios c o m p le jo s”. Su sospecha de que existían algunas
con ex io n es subterráneas estaba totalm ente justificada, aunque esas c o n e
x io n es no eran p recisam ente las que suponía Freud. Culpó a sus recuerdos
d e F liess de interferir e n su trabajo sobre Schreber, pero tam bién fueron la
causa de su intensa concentración en e l caso. Estudiar a Schreber era recor
dar a F liess, pero recordar a F lie ss era tam bién entender a Schreber. ¿A ca
so ambos — pensaba Freud— n o habían sido víctim as de la paranoia? Sin
duda, ésta era una interpretación sum am ente tendenciosa de la historia
m ental de F liess. Pero, ju stifica d a m en te o no, Freud u tilizó a Schreber
para v o lv e r a m o v iliz a r y elaborar lo que d en om in ó sus “ c o m p le jo s”
(c o m o una am istosa d eferen cia a Jung, que había inventado el término).
Jung — que más tarde pretendió haber sido quien llam ó la atención de
T erapia y técn ica [321]
Freud acerca de Schreber— , *»« al principio saludó e l trabajo co m o algo
“d elicio so y desenfrenadam ente divertido", y “e scrito con brillantez”. * 117
Pero e s o era a p rin cip ios de 1 9 U , cuando Jung todavía d ecía ser e l hijo
fiel de Freud. M ás tarde, Jung iba a declararse penosam ente insatisfecho
con la interpretación de Schreber propuesta por Freud. N o es nada extraño:
la historia freudiana del ca so Schreber confirm aba las teorías p sicoanalíti-
cas, én esp ecia l las teorías sobre la sexualidad, y de ese m odo, lo m ism o
que anteriorm ente e l trabajo sobre Leonardo, constituía una crítica im p lí
cita al sistem a p s ic o ló g ic o de Jung, que e n to n ces estaba em ergiendo. “Ese
pasaje de su a n álisis de Schreber donde usted toca el problem a de la libido”
— le escrib ió Jung a Freud a fin e s de 1911— era uno de “los puntos en
los que una de m is sendas m entales deja de correr paralela a una de las
su yas” . U n m es m ás tarde, Jung form uló su incom odidad con m enos
am bages: el ca so Schreber había provocado “un e c o v io le n to ” en él, rev i
viendo todas sus antiguas dudas acerca de la pertinencia de la teoría freudia
na de la lib id o c o n r esp ecto a lo s p sic ó tic o s.
E n s u s M e m o r ia s, Schreber elaboró una am b iciosa teoría del univer
so, com p letad a con una intrincada te o lo g ía , a sign án d ose a s í m ism o un
papel m esiá n ic o q u e e x ig ía u n ca m bio d e se x o . Era co m o si el m ism o
D io s lo hubiera inspirado para su obra. C on una apertura p o co com ún,
que Freud consideraba d ign a de m ención , Schreber no negaba sus delirios,
y el tribunal que le d e v o lv ió la libertad n o tu vo m ás que resum irlos: “ Se
considera llam ado a redim ir e l m undo y a restituirle su felicidad perdida”
(un estado m ental que Freud id e n tific ó e x p lícitam en te con sentim ientos
voluptu o so s). “ Pero só lo podría hacerlo después de haberse transformado
en m ujer”. E se p intoresco programa podía tal ve z provocar sonrisas,
pero la d iversión se d esm oronaba ante lo s p atéticos sufrim ientos de Sch re
ber. H abía alg o de in sensib ilidad en e l m odo en q u e Freud y sus corres
p onsales intercam biaban schreberism os có m ico s; el propio Schreber había
padecido una angustia aterradora. Lo acosaban terribles ansiedades acerca de
su salud, horribles sín to m a s fís ic o s , un in ten so p á n ico de morir y de ser
torturado. A v e c e s sentía que estaba v iv ien d o sin partes esen cia le s de su
cuerpo, que tem an que serle repetidam ente restituidas por m ed io de m ila
gros. Sufría a n gustiosas alu cin a cio n es auditivas: había v o ce s que se burla
ban de él llam ándolo " Señ orita Schreber”, o se m anifestaban sorprendidas
de qu e preten diera ser un ju e z im portante, é l, alg u ien que “se dejaba
j , a v e c e s pasaba horas totalm ente obnubilado; a m enudo deseaba
la m uerte. T en ía v is io n e s m isterio sa s, tratos co n D io s y con d em on ios.
Tam bién lo atorm entaban d elirios de persecución, e se síntom a clá sico de
12 Freud d esap rob aba la actitu d “v e rg o n za n te’’ de lo s e d ito res de la s D e n k -
w ü rd ig k e ite n de Schreber; no se anim aron a escr ib ir c o n todas su s letras las
palabras “jo d e r ” y “c a g a ” . (V é a se “Sch reb er”, G W V III, 2 5 2 n /S E X II, 2 0 n .) .
[322] E laboraciones: 1 9 02-1915
la paranoia: sobre todo, se sentía acosad o por e l doctor F lech sig, su ex
m éd ico de la C lín ica Psiquiátrica de L eip zig (el “ asesin o del alm a” de
Schreber). * 1» Pero desp u és todos, in c lu so D io s, se confabularon en la
co n sp ira ció n que se había organizado contra é l. El D io s que construyó
Schreber era m u y peculiar, tan lim itado a su m odo co m o un ser hum ano
ex ig e n te y sum am ente im perfecto. N o entendía a los seres hum anos, trata
ba a Schreber d e idiota, y lo urgía a defecar preguntándole repetidamente:
“¿Por qué n o c . . . ? * 123
Freud n o perdió las espléndidas oportunidades de interpretación que le
brindaba cada página de las M em o ria s. La franca sensualidad anal y genital
de Schreber, sus sugerentes invenciones, su fem ineidad transparente, eran
todas cla v es clarísim as del funcionam iento de su m ente. Durante décadas,
Freud había estado co n ven cid o de que las absurdas ideas de los p sicóticos
m ás r eg resiv o s eran otros tantos m en sajes, racionales a su propia y retor
cida manera. En concordan cia con esa c o n v icció n , optó por traducir las
con fidencias de Schreber en lugar de d esestim arlas. Interpretó su sistem a
del m undo c o m o un conjunto coherente de transfiguraciones destinadas a
hacer llevad ero lo insoportable: Schreber había otorgado a sus enem igos
(e l d o cto r F le c h s ig o D io s ) un p oder tan m a lig n o porque habían sido
im portantes para él. E n pocas palabras, Schreber había llegado a odiarlos
tan profundam ente porque antes lo s había am ado m ucho; según Freud, la
paranoia era el trastorno mental que desplegaba con insuperable claridad
las d efensas p sic o ló g ic a s de la form ación reactiva o transform ación en lo
contrario, e (in clu so m ás) d e la p r o y e c c ió n .» El “n ú cleo del con flicto en
la paranoia de un h om bre” es — seg ú n la afirm ación que Freud inm ortalizó
en e l h isto r ia l— u n “d ese o -fa n ta sía h o m o se x u a l de a m a r a un h o m
bre”. E l paranoico convierte la declaración “yo te am o” en su opuesta,
“y o te o d io ”; ésa es la form ación reactiva. A continuación prosigue d icien
do: “y o te o d io porque m e p ersigu es”; ésta e s la proyección . Freud no se
consideraba paranoide; le m anifestó a F erenczi que él había tenido éxito en
el esfuerzo de consegu ir que sus em o cio n es hom oeróticas se pusieran al
s ervicio de su y o . Pero sin tió que la espectacular transform ación del amor
en o d io que sufría Schreber tenía alguna a p licación, aunque fuera m ínima,
a su prop io caso.
Pero el c a s o Schreber, y lo s estu d io s freudianos adjuntos sobre la
“ La p r o y e c c ió n e s la o p era ció n de ex p u lsa r se n tim ien to s o d e se o s que al
in d ivid u o le resu lta n to ta lm ente in a cep ta b les — de m a sia d o v e g o n z o so s, o b s c e
n o s, p e lig r o s o s — a trib u y é n d o lo s a o tro s. Se trata d e un m ec a n ism o de a c ción
d estacad a, por eje m p lo , e n la p s ic o lo g ía d e l a n tise m ita , qu e tien e la n e cesid a d
de transferir a lo s ju d ío s se n tim ien to s pr o p io s qu e c o n sid er a b ajos o su cio s;
d esp u é s " d etecta ” e s o s se n tim ien to s en e l ju d ío al qu e se lo s a trib uyó. Esta es
una d e las d e fen sa s m ás prim itiv a s, fá cilm e n te o b ser v a b le en la co ndu cta nor
m al, aunque e n e ste c a so e s m ucho m en o s d estacad a que entre lo s n e u r ó tico s y
lo s p s ic ó t ic o s .
T erapia y técnica [323]
paranoia, no eran au tobiografía sin o c ien cia . Segú n atestigua am pliam ente
la correspondencia de esos años, él in sistió en que su osada construcción
en lo que se refiere al m od o en que operaba la paranoia requería, para
alcanzar su confirm ación, que se realizara un considerable trabajo em pírico
con pacientes paranoides. Pero a sim ism o tenía confianza en que su h ip ó te
sis general esbozaba con corrección la secu en cia fatal. *11S D e acuerdo con
el esquem a de Freud, el p aranoico reconstruye el m undo para (casi literal
m en te) sobrevivir. E sa reconstrucción, que e s un trabajo desesperadam ente
d ifíc il, im p lica una regresión al n arcisism o , la etapa relativam ente prim i
tiva de la sexualidad infantil sobre la qu e Freud había llam ado la atención
a lg u n o s m e s e s antes en su trab ajo s o b r e L eon ard o da V in c i. E n su
m om ento se aventuraba a d elinearla un tanto m ás acabadam ente. D espués
d e haber pasado por la etapa inicial del desarrollo erótico, un autoerotism o
d ifu so , el n iño concentraba sus pu lsio n es se x u a le s para lograr un objeto
am o ro so . Pero em p ezab a e lig ié n d o s e a s í m ism o , a su propio c u erp o,
co m o tal objeto, antes de buscar a algún otro para amarlo.
Freud estaba llegando a entender esta etapa narcisista interm edia com o
un paso esen cia l en el cam in o hacia el amor heterosexual adulto. A firm ó
que lo s principales pasos eran la fase oral prim itiva, seguida por la anal,
la fá lic a y , m ás tarde, la g en ital. E ste c a m in o es largo, a v e c e s intransita
ble; aparentem ente so n m uchos lo s que nunca se liberan por com p leto de
su n arcisism o infan til, u tilizá n d o lo en su posterior vida am orosa. Estas
personas — y Freud pedía que s e le s prestara una atención esp ecial— pu e
den ele g ir sus propios g en ita les c o m o o bjeto am oroso y d espués pasar a
amar a otras personas dotadas de g en ita les sem ejantes a los suyos. La fija
ció n narcisista — co m o la d eno m inó Freud— genera en la vida adulta la
hom osexualid ad abierta o la su b lim a ció n d e las inclinaciones h o m osexu a
le s en am istades apasionadas o (e n una etapa am plifícatoria) en el amor a
la hum anidad. £1 ca m ino hacia la m aduración n o só lo es largo y tal vez
intransitable; es tam bién tortu o so y a v e c e s gira sobre s í m ism o: las p er
son as cuyo desarrollo sexual ha tom ado la dirección hom oerótica pueden
em pantanarse en m ed io d e o lead as de e x cita ción erótica y sentirse im p u lsa
das a retirarse a una etapa anterior de la integración sexual, etapa que creen
m ás segura: el n a rcisism o.
El p sicoan alista encuentra en los paranoicos lo s c asos m ás dram áticos
de esta regresión d efen siva. E llo s tratan de protegerse distorsionando gro
sera m en te sus p er c e p c io n e s y se n tim ie n to s c o n todo tipo de fan tasías
extrañas. Schreber, por ejem p lo , s e v e ía p erseguido por la v isió n de que el
fin del m undo estaba próxim o. Freud so stu v o que estas fantasías terrorífi
cas no son en a b soluto in frecu en tes en q u ie n e s p adecen paranoia; han
n egado su am or a lo s otros y al m undo c o m o un todo, y proyectan e n lo
externo su “catástrofe interior” , c o n v en cién d ose de que es inm inente la rui
na universal. Su gran tarea con structiva c o m ien za en ese punto: habiendo
sid o d estruid o el m un do, el p a ra n o ico lo con stru y e de n u evo, no co n
[324 ] E laboraciones: 1 902-1915
m ayor esplendor, pero por lo m enos de manera tal que de nuevo puede
v iv ir en é l ” . D e h ech o , “L o que lom am os com o p ro d u cc ió n p a to ló g ic a , la
fo rm a ció n delira n te, es en re a lid a d un intento de recu peración, la rec o n s
trucción". * 1*
El m apa que Freud irazó del p roceso paranoide sobre la base de un
s o lo d ocu m ento fue un brillante tour d e fo rc é . Sus nítidos perfiles han
sido ligeram ente retocados por investig a cion es posteriores, pero su autori
dad sigue sustancialm ente intacta. Con una lucidez sin precedentes, Freud
demuestra en el caso Schreber de qué m odo la m ente despliega sus d efen
sas, qué sendas puede tomar la regresión, y qué precio puede im poner la
a m bivalencia. A lg u n o s de lo s sím b o lo s, las con e x io n es y transform acio
n es detectados por Freud en Schreber parecen obvios después de que él los
hubo señalado: el sol (acerca del cual Schreber desarrolló densísim as fanta
sías) que sim boliza al padre; la identificación análoga del Dr. F lech sig y
(aun m ás sign ificativam ente) de D io s co n el viejo Schreber, que tam bién
había sid o m édico; la enigm ática identificación de religiosidad y lascivia
en un hom bre que había sid o irreligioso y rem ilgado durante la m ayor par
te de su vida; y, sobre todo, la transform ación del am or en odio. La h isto
ria de Schreber según Freud proporcionaba a los lectores un placer in te le c
tual tal v e z no m enor que el del propio autor.
P u esto q ue había identificado la infancia com o la etapa critica para la
c on stitución del co n flic to p s ic o ló g ic o , Freud, sin dem asiado entusiasm o,
intentó inform arse sobre el am biente en el que había crecido el pequeño
Schreber. Tenía conciencia de que e se conocim iento adicional era de gran
utilid ad , p u es la s M e m o ria s de Schreber habían sid o expurgadas por la
fam ilia. “ D e m odo que tendré que estar satisfecho — escribió con evidente
insatisfacción — s i logro interpretar el núcleo de su form ación delirante,
con alguna certeza, a partir de m o tiv o s hum anos fam iliares” . Le pidió
al doctor A m o ld Stegm ann (uno de sus partidarios alem anes, que no v ivía
lejos del territorio de Schreber) que “ averiguara todo tipo de datos persona
les sobre el viejo Schreber. D e eso s inform es dependerá cuántas de esas
cosa s v o y a decir en pú b lico” . *«* Los resultados de la indagación de S teg
mann no debieron ser muy espectaculares, pues en su historial publicado
Freud no se alejó m ucho del texto que le había proporcionado su d e sco n o
cido analizando. Pero en su correspondencia aventuró algunas esp ecu lacio
n e s. « ¿ Q u é p e n sa r ía u ste d — le p r e g u n tó a F e ren c zi r etó r ic a m e n te,
u tilizando con so m a las palabras d el propio Schreber— si el viejo doctor
Schreber hubiera realizado “m ilagros” com o m édico? Pero, aparte de esto,
¿era un tirano d o m é stic o que le gritaba a su hijo “y lo entendía tan p oco
com o el D ios inferior" de nuestros paranoicos?». Y agregó que acogería de
buen grado cualquier aportación que pudiera hacerle a su interpretación de
Schreber. *»»
Era una conjetura perspicaz, pero lam entablem ente, por falta de infor
T erapia y técn ica [325 ]
m a ció n fia b le, Freud n o le s ig u ió la pista. N i siquiera ex a m in ó lo s e scri
tos publicados del “ viejo doctor” , que hubieran sid o tan reveladores para él
co m o populares fueron en su tiem p o. Freud no n ecesitaba ninguna in ves
tigación para saber que lo s textos del doctor Schreber habían difundido su
nom bre en todos lo s terrenos. E l v ie jo Schreber había adquirido una repu
tación nacional por propugnar “ la ed ucación arm ónica de lo s jó v e n e s”, y
por ser “el fundador de la gim nasia terapéutica en A lem ania”. *130 Durante
algun os años d irigió una reputada c lín ica ortopédica en L eip zig, pero se lo
co n o cía m ás co m o en érg ico prom otor de lo que se d io en llam ar S c h re -
bergárten, pequeños terrenos que las ciudades reservaban para perm itir que
sus habitantes m ás n o stá lg ic o s cultivaran una huerta, unos p o co s árboles
frutales, o sim plem ente tuvieran un tranquilo e sp acio verde de su propie
dad.
D educir la form ación d el carácter del pequeño Schreber a partir del
tesoro p sic o ló g ic o o c u lto en lo s e scrito s d el padre habría proporcionado a
Freud una poderosa corroboración d e su ya antigua tesis segú n la cual la
m ente pone en práctica un in g en io extraordinario para entretejer represen
tacion es co n lo s m ateriales r eco g id o s del m undo exterior. El con ocim ien to
de las m onografías del v ie jo Schreber le habría perm itido añadir algunos
m a tices a su análisis frontal d e su in apreciable paranoico. Sin em bargo,
por la razón que fuere, Freud se co ntentó co n reconstruir lo s tristes esfu er
z o s de Schreber referentes a la recu peración de su com postura m ental,
hecha a ñicos co m o la obra de un buen hijo que amaba al padre con un
amor h om osexual prohibido; de hech o , Freud atribuyó el restablecim iento
parcial de S chreber precisam ente a que su “co m p lejo paterno” tenía un
“m atiz esen cia lm en te p o sitiv o ”, * 131
El h ech o de que Freud no profundizara en el carácter del doctor Daniel
G ottlob M oritz Schreber, ni en su conjetura de que pudo haber sid o un
tirano d om éstico , era perfectam ente com prensible. El viejo Schreber pare
cía un hombre e x celen te. “C on toda seguridad, un padre que se prestaba
para convertirse en un d io s en el tierno recuerdo de su hijo” . *»* L o que
Freud n o sabía era que e se padre d ig n o y adm irable fue m ás o m enos indi
rectam ente responsable d e a lgu n os de lo s m ás exq u isitos torm entos que su
h ijo se v io o b lig a d o a p adecer. En sus M e m orias, el hijo se refiere a una
terrible K o p fzu sam m en sch n ü ru n g sm a sch in e, una m áquina que le m antiene
unida toda la cabeza. A unque constitu ía un elem en to más de su sistem a
delirante, se trataba de una versión distorsionada de un enderezador m ecáni
c o de la cabeza que M oritz Schreber había u tilizado para mejorar la postura
de sus h ijo s, in c lu so de su hijo D aniel Paul. S i bien n o se cuenta co n
m uchos detalles p recisos de la v ida fam iliar de los Schreber, n o queda duda
alguna de que D aniel Paul Schreber construyó gran parte de su extravagan
te m undo de torturas m ecán icas sobre la base de m áquinas que debieron
atormentar su niñez. Las c o n secu en cia s de e ste descubrim iento so n d ifíc i
les d e evaluar. En lo ese n c ia l, e l d ia g n ó stico de Freud está m ás allá de toda
[3 2 6 ] E la boraciones: 1 9 0 2-1915
disputa. Pero, ocu lta tras el amor q u e — según pensaba Freud— Schreber
le p rofesó a su e x c e le n te padre, parece existir una reserva de sile n c io so
resen tim ien to y o d io im poten te, q u e nutrieron su su frim iento y su rabia.
S u s co n str u c c io n e s paranoicas eran caricaturas de quejas realistas. El
Schreber d e Freud e s fascinante, pero co n una investigación m ás com pleta
habría sido m ás fascinante todavía.
Sü P R O P IA C A U S A : L A P O LITIC A D EL
H O M BR E D E LOS LO BO S
En la época en que Freud com p letó su inform e sobre
Schreber, en diciem bre de 1910, había estado anali
z a n d o al H o m b re d e lo s L o b o s , q u ie n r e su ltó su
p a c ie n te m ás n o ta b le, durante c a si un año. C uando
S erg ei Pankejeff, un rico, apuesto y jo v en aristócrata
ruso, se presentó a Freud se encontraba en un estado
p síq u ico lam entable; p arecía haberse deslizad o m ás allá de la neurosis,
h acia una telaraña d e síntom as p a r a liz a d o re s.» V iajaba co n tod os lo s
lujos, c o n su p rop io m é d ic o y acom pañante, y s e había som etid o a un tra
tam iento tras otro, consultando a toda una serie de c o sto so s esp ecialistas,
sin ningún resultado. Su salud se había colapsado d espués de una gonorrea
que contrajo a lo s d ie c is ie te años y , según la evaluación de Freud, había
llegado a ser “enteram ente dependiente”, incapaz de cuidar de s í m ism o
(existenzunfShig). * 134
S in duda, Freud se sintió particularmente im pulsado a aceptar aquel
d esesperado ca so al saber que dos m éd icos em inentes que él consideraba
en em ig o s su y o s (T heodor Z iehen en B erlín, y Em il Kraepelin en M unich)
s e habían d ado por ven cid o s con aquel interesante joven . A l cabo de algu
n os años de interés sincero aunque un tanto co n fu so por el p sicoan álisis,
Z iehen, enton ces je fe de psiquiatría en el fam oso hospital Charité de B er
lín , se había co n v e r tid o en u n o de lo s m ás co m b a tiv o s detractores de
Freud. K raepelin — in c lu so m ás p restig ioso que Z iehen, por haber puesto
orden en la n o so lo g ía psiquiátrica— ignoró casi totalm ente a Freud, cuan
d o n o lo perjudicó atribuyéndole ideas en las que éste ya no creía. Por lo
m enos hasta que ocu p ó su cátedra en Berlín, Z iehen se había h echo e c o de
los escritos de Freud y Breuer de m ediados de la década de 1890 con sus
M Lo m ism o qu e e n o tro s c a so s, a n a lista s p o ste rio re s qu e v o lv ie r o n so b re
el m aterial que Freud ha dejado para su estu d io , han lle g a d o a pensar qu e el
H om bre de lo s L ob os estab a m ás profundam ente perturbado de lo qu e su g ier e el
térm ino d ia g n ó stic o freud iano “n e u r o sis” .
T erapia y técn ica [327]
com entarios favorables sobre el arte de la escucha psiquiátrica y la “abreac-
c ió n ” d e los sen tim ien tos d el paciente, pero K raepelin, por su lado, nunca
encon tró nada de valor en las ideas o en lo s m édicos c lín ico s freudianos.
E sos d o s e sp e cia lista s s e contaban entre lo s m ás notables representantes
d e la psiquiatría académ ica alem ana en la ép oca en que Freud estaba esta
b lecien do y elaborando su sistem a de ideas. Pero no habían podido ayudar
al Hom bre de lo s L ob os.
Freud p en só que tal v e z él podría hacerlo. “C onsecuente con su seria
recom endación de que m e perm ita algún d e scan so — le escribió a Ferenczi
en febrero d e 1910— , he aceptado un n u ev o paciente de O dessa, un m so
m uy rico co n se n tim ien to s c o m p u ls iv o s ” . *»** D espués de atenderlo duran
te algún tiem po en una c lín ic a , en cuan to pudo inclu irlo e n su agenda lo
in v itó a c o n v ertirse e n u n o d e su s p a c ie n tes d e B e rg g a sse 19. A llí, e í
Hom bre d e lo s L obos descu brió la serenidad y el s o sie g o curativo del c o n
sultorio de Freud, y en con tró en éste un o yen te atento que sim patizaba
co n é l, y que le daba esperanzas de una recuperación final.
E l histo ria l del Hom bre de los L ob os pertenece a la serie de estu
d io s qu e tam bién incluye lo s de Schreber y L eonardo. T o d o s e llo s preten
dían ser aportaciones c lín ic a s y teóricas, pero, al m ism o tiem p o, sean cua
le s fu eren sus m éritos y d e fe c to s en tanto textos p sico a n a lític o s, servían
tam bién c o m o paladines de su propia causa. Freud esperaba que su infor
m e c lín ic o sobre e l H om bre de los L ob os lo ayudara co n tanta eficacia
co m o lo s que lo precedieron, en esp ecia l para la d iscu sió n publica, m ás
qu e para las disputas internas. Tal c o m o se ñ a ló con agudeza e n su primera
página, lo había escrito c o n el ob jeto d e com batir “las reinterpretaciones
retorcidas” de las verdades p sicoanalíticas que afirmaban Jung y Adler.
N o era casual que lo redactara en el o to ñ o de 1914; consideraba que ese
historial form aba un d íp tic o co n su “C ontribución a la h istoria del m o v i
m ien to p sico a n a lítico " , el grito de batalla para que su s le a le s cerraran
fila s, que había pu blicad o a p rin cip ios de e se año.
Freud h iz o gala d e sus in tenciones agresivas desd e el título m ism o:
“D e la historia de una n eu ro sis infan til” . D esp u é s de todo, observó, Jung
había optado por centrarse en “ la actualidad y la represión, [y] Adler en los
m o tiv o s e g o ísta s” ; é ste era un m odo abreviado de decir que, para Jung, el
recuerdo de la sexualidad infantil era una fantasía proyectada sobre el pasa
d o , m ientras que para A dler, lo s im p ulsos tem pranos aparentem ente eróti
co s n o son de naturaleza sex u a l sin o agresiva. Pero, in sistió Freud, lo que
e so s hom bres estaban desdeñando c o m o un error constituía “precisam ente
lo que e s n u ev o en e l psico a n á lisis y le pertenece esp ec ífica m e n te ” . A l
descartar las teorizacion es de Freud, a Jung y A dler le s había resultado
fá c il rech a za r “ lo s a v a n c e s r e v o lu c io n a r io s del in c ó m o d o p sic o a n á li
s is ”. * 1M Por esa razón Freud e lig ió centrarse en la neurosis infantil del
Hom bre d e lo s L obos, m ás que en la situ ación prácticam ente p sicó tic a de
[328] E laboraciones: 1 902-1915
aquel ruso de veintitrés años que se había presentado ante é l en febrero de
1910, cuando estaba dándole los últim os toques a su “ L eonardo”.
El H om bre de los Lobos le pareció a Freud idealm ente adecuado para
d esp leg a r su s “ in có m o d a s” teorías, n o contam inadas por c o m p rom isos
p usilán im es. Si hubiera publicado rápidam ente el historial, podría haberlo
sum ado a su cam paña tendiente a clarificar sus diferencias con Jung y
A dler. P ero e l cu rso de lo s a co n tecim ien to s o b sta c u liz ó sus planes; e l
inform e sobre el caso fue una baja m ás de la Primera Guerra M undial, que
prácticam ente cond en ó al silen cio las p u blicaciones p sicoanalíticas. C uan
d o el trabajo finalm ente apareció en 19 1 8, la n ecesidad de la confirm ación
clín ic a ya n o resultaba tan urgente. Pero Freud nunca dejó de valorar el
ca so , y es fá cil com prender por qué. El torbellino p sico ló g ico que agitaba
al en ferm o parecía potencialm ente tan ilum inador, que Freud publicó frag
m en tos p r o visio n a les m ientras e l a n á lisis todavía estaba realizándose, y
p idió a otros analistas que le proporcionaran material capaz de arrojar luz
sobre experiencias sexu ales tempranas, y que le fueran de utilidad para el
caso d e su notable paciente.
E n este ca so resonaban lo s e c o s d e anteriores historias de Freud. Lo
m ism o que D ora, e l H om bre de los L o b o s proporcionó la llave m aestra de
su neurosis en la form a de un su eño. L o m ism o que e l p equeño Hans,
había sufrido una fob ia relacionada co n anim ales en su primera infancia.
Lo m ism o que el H om bre de las R atas, durante cierto tiem po había pade
cid o co m p u lsiv a s cerem onias ob sesiv a s y una actividad m ental típicam en
te n e u r ó tic a . El H om b re de lo s L o b o s p r o p o rcio n ó a a lgu n os de los
r e cien tes in tereses teó rico s de Freud (c o m o las teorías se xu ales de los
n iños o el desarrollo de la estructura del carácter) la autoridad de la ex p e
riencia v iv id a . Pero, s i b ien este an álisis resum ía gran parte del trabajo de
Freud desde la prim era v e z que lo v io , en 1910, tam bién era profético; se
adelantaba a la tarea que abordaría d espués del térm ino del tratamiento,
cuatro años m ás tarde.
E l a nálisis se in ic ió con bastante dram atism o. Freud inform ó c o n fi
d en c ia lm e n te a F eren czi, desp u és d e la prim era se sió n , que su n u evo
pacien te “m e c o n fesó las siguientes transferencias: estafador judío, le gu s
taría darme por detrás y cagarse en m i cabeza”. * •» Sin duda alguna, un
caso prom etedor pero probablem ente d ifícil. En realidad, la historia em o
cion al que Freud le fu e arrancando laboriosam ente al Hom bre de los Lobos
era un cu ento horripilante de ex cita ció n sexual precoz, angustias d evasta
doras, gusto s eróticos m uy e sp ecia les, y una neu rosis o b sesiva com p leta
m en te desarrollada, que habían ensom brecido su infancia. Cuando tenía
p o c o m ás de tres años, su herm ana lo había iniciado en los ju eg o s sexu a
les, toqueteándole el pene. Ella era d os años m ayor que él: una niña d esin
hibida, sen sual, resuelta, que e l paciente admiraba y envidiaba. Pero, dado
que la v e ía m ás co m o rival que c o m o com pañera en e l juego erótico infan
til, se re sistió a e lla , y e n com pen sa ció n trató d e seducir a su amada n iñ e
T erapia y t écn ica [3 2 9 ]
ra, a su N anya, ex h ib ié n d o se an ie ella y m asturbándose. Esta captó e l s ig
nifica d o de aquel p rim itivo ju e g o erótico y le previno solem nem ente que a
los niños que hacían esas c o sa s les quedaba “una herida” en aquel lugar.
Esta am enaza velad a tardó algún tiem po en surtir su efe cto (co m o siem pre
ocurre c o n tales am enazas) pero después de que el Hombre de los Lobos
viera orinar a su herm ana y a una am iga, c o n lo cual pudo com probar que
algunas personas no tem an p en e, em p ezó a o b sesion arse con la castración.
Aterrorizado, e l pequeño H om bre de lo s Lobos retrocedió a una fase
anterior d el desarrollo sexu al, al sadism o y m asoquism o anales. Torturaba
con crueldad a m ariposas, y se torturaba a s í m ism o no m en os cruelm ente
con horribles pero ex citantes fantasías m asturbatorias en las que se veía
golp eado. P uesto que su niñera lo había rechazado, é l, de una manera ver
daderam ente narcisista, e lig ió a su padre c o m o objeto sexual; anhelaba que
él le golpeara, y al perm itirse p a roxism os verb ales, provocaba al padre (o
m ás bien lo sedu cía ) para que le adm inistrara castig o s físic o s. Su carácter
cam b ió, y su fa m o so su eñ o sob re lo s lo b o s sile n c io so s, que se co n v irtió
en el n ú cleo d e su a n álisis co n Freud, se produjo p oco después, exacta
m ente antes de su cuarto cu m p lea ñ o s. S o ñ ó que era de n och e y estaba en
su cam a, situada (c o m o en la v ida real) frente a la ventana. D e pronto la
ventana se abrió, aparentem ente por s í m ism a, y é l, aterrorizado, advirtió
que había se is o sie te lo b o s sentad os en las ram as de un gran n ogal. Eran
blan cos y más b ien parecían zqrros o perros p astores, con sus largas c o la s
y su s orejas atentas y ergu id as. “C o n gran astu cia, ev id en tem en te por
tem or a que m e devoraran lo s lobos, grité y m e desperté” , en un estado de
angustia, añade Freud. M edio año m ás tarde su neurosis de angustia ya
se había d esa rro lla d o to ta lm en te, ad erezada c o n fob ia a los anim ales.
E m pezó a distraerse co n adivinanzas relig io sas in fantiles, practicaba c o m
pulsivam ente una gran variedad d e rituales, sufría ataques de cólera feroz, y
luchaba co n su sensualidad, en la que los d ese o s hom osexu ales d esem p e
ñaban una parte en gran m edida invisib le.
E so s e p is o d io s traum áticos infa n tiles facilitaron la aparición de la
conducta sexual neurótica del H om bre de los L obos. A lgu n as c on secu en
cias de esa s ex p eriencias terribles, que ob ed ecían a lo que los psicoan alis
tas llam an el principio de la acción postergada, s ó lo m ucho después em er
g iero n c o m o d ific u lta d e s p s ic o ló g ic a s se r ia s, al c o m ie n z o de su edad
adulta; n o ex p erim entó e so s ep iso d io s c o m o traumas hasta que su organ i
zación e stu v o — por a sí d ecirlo— madura para ello s. Pero de algún m odo
conform aron su s gu stos am orosos: su búsqueda c o m p u lsiva de m ujeres
con grandes nalgas que pudieran satisfacer su apetito de relaciones sexuales
vinculadas co n la sodom ía, y su necesidad d e degradar sus objetos am oro
sos, d esean do só lo criadas o cam pesinas.
A ntes de que Freud pudiera em pezar a pensar en reparar la desgarrada
trama de la vida erótica del H om bre de lo s L obos, creyó n ecesario in v esti
gar su s dram áticos relatos d e lo s e p iso d io s infantiles, tan excitantes co m o
[330 ] E labo ra cio n es: 1 9 02-1915
perjudiciales, que im plicaban a su hermana y a su niñera. El Hom bre de
los L obos in sistía en que eran auténticos, pero Freud, naturalm ente, quería
saber m ás. Sin em bargo, aunque se hubieran producido exactam ente com o
lo s relataba el Hom bre de los L o b o s, a j u ic io d e Freud eran insuficien tes
para explicar la gravedad de la neurosis infantil del paciente. Las causas de
aqu ella prolongada d esd ich a sig u iero n p erm aneciendo oscuras durante
varios años de tratamiento. La lu z e m p ezó a aparecer gradualm ente con el
análisis de su su eño d e c isiv o , el sueñ o del que se derivó el sobrenom bre
del Hom bre de lo s L obos.
Este sueño del H om bre d e los L ob os e s el segundo en im portancia de
la literatura p sicoan alítica, só lo superado en este sentido por el sueño h is
tórico de la in y ecció n d e Irma, que Freud había analizado unos quince años
antes, en 1895. Freud no tenía seguridad acerca del m om ento exacto en
que el H om bre de los L ob os le había relatado su sueño; m ás tarde, este
últim o recordó — y Freud estu v o de acuerdo— que debía de haber sido más
o m enos al in ic io del tratam iento; e s e sueño iba a ser interpretado una y
otra v e z a lo largo de lo s años. En todo ca so , después de sacarlo a c o la c ió n
en su a nálisis, e l H om bre d e lo s L o b o s, artista por v o ca c ió n , realizó un
dibujo que m ostraba a lo s lo b o s — só lo cin c o en esta versión— sentados
sobre las ramas de un gran árbol, y m irando al hom bre que soñaba.
E stableciendo asocia cio n es co n e se sueño, que databa de d iecin u eve
años antes, el H om bre de lo s L obos sa có a la luz algunos recuerdos m uy
interesantes: su terror ante la im a g en de un lo b o en un libro de cuentos
que la hermana le mostraba co n evid en te placer sádico: rebaños de ovejas
en las proxim idades de la propiedad de su padre, la m ayoría de las cuales
había m uerto durante una epidem ia; un relato que le narró el abuelo sobre
un lo b o al que le habían arrancado la cola; cuentos tradicionales co m o
"Caperucita R oja” . E stos in d icio s le sonaban a Freud com o sign os de un
prim itivo y profundo tem or al padre. T am bién e l tem or a la castración
estrecham ente relacionado co n todo e llo , desem peñó una parte importante
en e se sueñ o, lo m ism o que e l d e se o d el niñ o de obtener gratificación
sexual co n e l padre, d e se o transform ado en angustia por el pensam iento de
que satisfacerlo significaría que había sido castrado, transformado en niña.
Pero en e se su eño n o tod o era e l d e se o y su efe c to , la angustia. La im pre
sión realista que transm itía y la p erfecta inm ovilidad de los lobos (caracte
rísticas a las que el pacien te atribuía gran im portancia) llevaron a Freud a
sugerir que se había reproducido un fragm ento de realidad, distorsionado en
el contenido m anifiesto del su eño. E sa conjetura era una ap licación de la
regla freudiana según la cual e l trabajo del su eñ o transform a invariable
m en te las ex p e r ie n c ia s o d e s e o s, a m enudo en lo o p u esto. E sos lo b o s
s ilen cio so s e in m ó v iles tenían que sign ificar que el pequeño soñador había
p r esen cia d o en realidad u na e s c e n a agitada. C ooperando a su m anera
pasiva, descuidada e inteligente, co n el d escifram iento freudiano, el H om
bre de lo s L o b o s interpretó la sú bita apertura de la ventana c o m o el
T erapia y técnica [3 3 1 ]
m o m en lo en que ei su e ñ o com u nicaba q u e él se había d espertado para
observar e sa escena, fuera cual fuere.
En e se punto del historial, Freud considera adecuado realizar una pau
sa, introduciendo un com entario. Era conscien te de que su capacidad para
elim in ar el e s c e p tic is m o , in c lu s o en tre s u s se g u id ores m en o s cr ítico s,
chocaba co n ciertos lím ites. “ M e tem o — escribió, preparándose para lan
zar su sensacional revelación — que e s aquí donde la confianza de m i lector
habrá de abandonarme”. *lí l L o que Freud estaba a punto de afirmar era que
el soñador había sacado a la luz, desde las profundidades de su recuerdo
in consciente, adecuadam ente adornado y densam ente velado, el espectáculo
de lo s padres en e l cu rso de una relación sexual. N o había nada v a g o en la
reconstrucción de Freud: lo s padres del Hombre de los Lobos habían reali
zado tres c o ito s, por lo m en o s u no a terg o , p o sició n q ue le perm itió al
niño espectador la v is ió n de lo s g en ita les d e ambos progenitores. E sto era
bastante arriesgado, pero Freud no s e detuvo; se con ven ció de que el H om
bre de los Lobos había presenciado aquella actividad erótica a la edad de un
año y m ed io.
Pero entonces Freud s e sin tió asaltado por un acceso de prudencia e
im pulsado a registrar dudas, n o s ó lo en b e n e fic io de su lector, sin o tam
bién de s í m ism o. La tierna edad d el observador no le m olestaba ex c e siv a
mente; adujo que los adultos, por lo general, subestim an la capacidad de
lo s n iños para ver, y para com prender lo que ven. Pero se preguntó si la
escena sexual que con tanta confian za había descrito tuvo realm ente lugar,
o fue una fantasía del H om bre d e lo s L o b o s, basada en su ob servación de
anim ales copulando. A Freud le interesaba la verdad de la cu estión , pero
con firm eza lleg ó a la co n clu sió n d e que resolver aquella duda no era “real
m ente m uy im portante”. D esp u és de todo, “las escenas d e observación de
las relacion es sex u a les parentales, d e ser seducido en la infancia, y de ser
am enazado con la castración, son sin duda un patrim onio heredado, pero
también pueden ser adquisiciones de la experiencia personal”. “ Fanta
sía o realidad, su influ en cia en una m en te jo v e n sería exactam ente la m is
ma. Por el m om ento, Freud d ejó la c u e stió n abierta.
D esd e luego, la cu estió n de la realidad y la fantasía no era nueva para
él. C o m o h em os v is to , e n 1897 había ech a d o por la borda la teoría de que
lo s hech os reales — la v io la c ió n o sed u c c ió n de lo s n iños— fueran la úni-
M E n con tram os a qu í, y v o lv e r e m o s a encontrar, uno d e lo s c o m p ro m iso s
in te le ctu a le s d e l Freud m ás ex cé n tric o y m en o s d e fen d ib le. Freud acep tab a una
v e rsió n de la d octrin a lam arckiana ( lo m á s pro b a b le es que la encontrara en lo s
escr ito s de D arw in , q u ie n tam b ién su scr ib ía e n parte esa teo ría ), se g ú n la cual
las características adquiridas (en e ste ca so , e l "recuerdo” de haber sid o sed u cid o
en la in fa n cia o de haber sid o a m en azad o c o n la ca stra ció n ) pu ed en h ered arse.
P o co s b ió lo g o s r ep utados de la é p o c a esta b a n d isp u e sto s a atribuir v a lid e z a
e sa t e sis, y p o c o s a n a lista s se se n tía n c ó m o d o s c o n e lla . P ero Freud la c o n se r
vó . V éa n se tas p á g s. 3 7 7 - 8 , 4 1 4 - 5 y 7 1 5 .
[332] E laboraciones: 1 9 02-1915
ca causa de las neu rosis, adoptando otro punto de vista, que atribuía a las
fantasías e¡ papel dom inante en la con stitu ción de lo s con flictos neuróti
co s. D e m odo que una v e z más reivin dicó la influencia form ativa de proce
sos m en ta les internos, en gran m edida in con scien tes. Freud no sostu vo
que lo s traumas p s ic o ló g ic o s so n só lo el producto de ep isod ios grosera
m ente inventados. M ás b ien consideraba que las fantasías eran fragm entos
entretejidos de co sa s vistas y oídas, y conservadas en un tapiz de realidad
m ental. * 144 C asi al fin al de su I nterpretación de lo s sueños había afirmado
que la “realidad p síq u ic a ” es diferente de la “realidad m aterial” , pero no
m en os sign ificativa que ella. *■« A l analizar el sueño de los lobos sile n
c io so s, Freud consideró que esa perspectiva era indispensable, tanto por
razones polém icas com o científicas. Su insistencia en que el recuerdo de
una escen a primaria debe tener alguna base en la realidad — sea en la
observación de los padres o de anim ales, o en tempranas fantasías elabora
das— estaba francam ente dirigida contra Jung: lo im portante era que una
n eurosis adulta se originaba en experien cias infantiles, por distorsionadas
y fantásticas que s e presentaran en su apariencia posterior. D e m odo que
las raíces de las neurosis eran profundas, y no, com o sugería Jung, el sim
p le prod u cto de un contrabando tardío. "L a in flu e n cia de la in fa n cia
— escrib ió Freud co n el m ayor é n fa sis p osib le— y a se hace se n tir en la
s itu a ció n in icia l d e la fo rm a c ió n d e la n eurosis, en cuanto a yu da a d eter
m ina r, d e m o d o d e c is iv o , si y en q u é p u n to e l in d iv id u o no lo g ra rá d o m i
n a r los p ro b le m a s re a le s d e la vid a ”. * 146
U n f r a c a s o c r u c ia l en e l dom inio de los problem as de la vida adulta
d el Hom bre de lo s L ob os, co m o h e m o s v isto , residía en sus sistem ática
m ente in felices a fecto s eróticos. N o fue casual, sin duda, que Freud estu
viera reflexionando sobre la teoría del amor durante los años en que anali
z ó al H om bre de lo s L o b o s, y m ien tra s redactaba su historial. Freud
e scrib ió varios artículos sobre el tem a d espués de 1910, pero nunca los
reun ió en un libro. * 147 “Y a se ha dicho todo”, * 14» afirmó en alguna opor
tunidad, y es c o m o si hubiera aplicado esa aceptación hastiada y exhausta
al amor, no m en os que a otras interesantes cu estion es de la pasión. Pero,
en vista del lugar principal que asignaba a las energías sexuales en la e c o
n om ía m ental hum ana, no p odía so sla y a r e ste tema interm inablem ente
d iscutido, prácticam ente indefinible. A ñ o tras año escuchaba a pacientes
cuya vida afectiva de alguna manera andaba mal. Freud definió “una actitud
com pletam ente norm al en e l amor” c o m o la conflu en cia de “dos corrien
te s” , la “tierna y la sensu al" . * IW H ay quienes son incapaces de desear
cuando aman y n o pueden amar cuando desean, * i» , pero esa separación es
un síntom a de un deficien te desarrollo em ocional; la mayoría de las perso
nas que padecen e se trastorno experim entan la e sc isió n com o una penosa
carga. A hora b ien , esa d e sv ia ció n e s sum am ente com ún, pues el amor,
co m o su rival, el o d io , em erge durante los prim eros días de la infancia en
T erapia y t éc n ic a [333]
form as prim itivas, y le están destin ad as algunas trabajosas v icisitu d es en
el curso de la m aduración: la fa se edíp ica, entre otras cosa s, es un tiem po
de experim entación e instrucción en el do m in io del amor. Por una v e z de
acuerdo con lo s autores contem p orán eos m ás respetables que habían esc r i
to sobre el tem a, Freud consideraba que la ternura sin pasión era am istad,
y la p asión sin ternura, lujuria. U na m eta principal del análisis era dar le c
cio n e s realistas de am or, y arm onizar sus d o s c o m en te s. C on el Hom bre
de lo s L obos, las probabilidades de esa resolu ción , durante m ucho tiem po,
parecieron sum am ente rem otas. Su erotism o anal sin ninguna re solu ción
aparente, su igualm ente irresuelta fija ció n en el padre, y su d eseo o cu lto
de engendrar hijos de su padre, obstaculizaban el cam ino hacia e se desarro
llo , y tam bién la co n c lu sió n favorable del tratam iento.
E l a n a lisis del H om bre d e lo s L o b o s duró casi exactam ente cuatro
años y m edio. Se hubiera p ro longad o m ás de no haber d ecid id o Freud
em plear una maniobra sum am ente heterodoxa. Le parecía que “no se podía
pedir m ás” del caso en m ateria de “ dificultades fructíferas”. Pero durante
cierto tiem po sus dificultades fueron m ás notables que su fecundidad. “L os
prim eros años de tratam iento apenas produjeron algún cam bio". El H o m
bre de lo s L ob os era la c o rtesía m ism a , pero se m antenía "fuertem ente
atrincherado" en una acütud de “ sum isa indiferencia. Escuchaba, com pren
día, y n o perm itía qu e nada le afectara” . A Freud le resultaba m uy frustran
te: “ Su indiscutible inteligen cia parecía desconectada de las fuerzas in stin
tivas que gobernaban su conducta” . *»« Pasaron dem asiados m eses antes de
que el H om bre de lo s L ob os em pezara a participar en el trabajo del an áli
sis , y d e sp u é s, cua n d o s in tió la p resió n d el cam b io interior, v o lv ió a
adoptar sus m aneras su a v e m e n te sab oteadoras. Sin duda sentía qu e su
enferm edad era dem asiado preciosa co m o para cambiarla por los b eneficios
in seguros de una salud relativa. En tal situación, Freud d ecid ió fijar una
fech a para el térm ino del tratam iento — a un año de distancia— y atenerse
a ella inflexiblem en te. L os rie sg o s eran grandes, si bien Freud no realizó
aquella jugada hasta sentirse seguro de que e l apego que experim entaba con
respecto a él e l H om bre d e lo s L o b o s tem a ya una fuerza suficien te c om o
para prom eter e l éxito.
La estratagem a d io resultado; e l H om bre de los L obos lle g ó a ver a
Freud co m o alguien “in exorable”, y bajo esa “ despiadada presión” ced ió su
resistencia, y renunció a su “fija ció n por estar enferm o”. En rápida s u c e
sió n produjo todo e l “m aterial” que Freud necesitaba para franquear sus
in h ib ic io n e s y aliviar sus s ín t o m a s .* 1» En ju n io de 1914, Freud lo c o n s i
deró m ás o m en o s curado, y tam bién e l propio paciente se veía de e se
m odo. S e sentía un hom bre sano y estab a a punto de casarse, m Para Freud
te E l futuro o b lig a ría a F reud a añadir trazos m ás so m b río s a e sta e v a lu a
c ió n de la c o n d ic ió n m en ta l d e l H om bre d e lo s L o b o s. En 1 9 1 9 — e n to n c e s
[3 3 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
fue un ca so m uy g ralifican te, pero (y e sto no e s en absoluto sorprendente)
lo que sig u ió interesándole por encim a de todo era una cuestión de técnica:
su “m étodo chantajista” d estinado a lograr que el Hombre de lo s L obos
cooperara en la se sió n de análisis. Fue una táctica — advirtió Freud casi un
cuarto de sig lo m ás tarde— que só lo podía llevar al éx ito si se u tilizaba en
el m o m en to preciso . P ues, o b serv ó , “uno no d ebe am pliar el lím ite tem
poral después de haberlo fijado; de olro m odo, a partir de en tonces pierde
el derecho a toda autoridad” . Esa fu e una de las aportaciones m ás osadas y
prob lem áticas d e F reud a la técn ica p sicoan alítica. R etrosp ectivam en te
satisfech o , co n c lu y ó su scribien do co n énfasis un antiguo proverbio: “ El
león salta sola m en te una v e z ” , *153
U n m a n u a l p a r a t é c n ic o s
Cada uno de lo s principales historiales de Freud era en
sí m ism o , de un m o d o m ás o m en os e x p líc ito , un cur
so cond ensado d e técnica psicoanalítica. Las notas de
trabajo que se han conservado en parte de un caso, e l
del H om bre de las R atas, tam bién docum entan la so b e
rana d isp o sició n de Freud a pasar por alto sus propias
reglas. La com ida co n la que ob seq u ió a su más co n ocid o paciente o b se si
v o — que estaba ham briento y fue reconfortado— provocó durante décadas
lo s co m entarios de lo s círcu lo s p sico a n a líticos, un tanto burlones y lig e
ramente e n v id io so s. Pero lo que convertía en algo diferente al p sic o a n á li
sis eran las reglas que Freud esta b leció para e s e arte, m ucho m ás que las
licen cias que s e perm itía él m ism o al interpretarlas.
Freud c o m e n z ó m u y pronto a discutir e l arte de la p sic o ter a p ia , en
1 8 9 5 , en lo s in fo r m e s sob re c a s o s in c lu id o s en lo s E stu d io s s o b r e la
r efugiad o d e la R ev o lu c ió n R usa y n ec esita d o d e a p o y o e c o n ó m ic o (qu e le pro
p orcionaron Freud y a lg u n o s a m ig o s)— e l H om bre d e lo s L o b o s v o lv ió por
p oco tiem po a practicar e l a n á lisis c o n Freud. Freud r e c o n o c ió y c o m u n ic ó m ás
tarde qu e parte de la tra n sferencia d el H om bre d e lo s L o b o s n o había sid o aún
e lim inad a. A m ed ia d o s d e la déca da d e 1 9 2 0 , bajo la presión de un e p iso d io
paranoide, se so m etió a un a n á lisis in te n siv o a d icio n a l co n Ruth M ack B run s
w ick . Pero ya h ab ía lo g ra d o una in d e p e n d en cia p s ic o ló g ic a su fic ie n te c o m o
para casarse, afrontar la pérdida de la fortuna fam iliar con una c ier ta resig n a
c ió n m adura, y tener un trabajo. Sin em b argo, durante toda su v id a fue un in d i
v id uo atorm entado; n u n ca lle g ó a concretar sus co n sid er a b les ta len to s, y pare
c ía atraer lo s d e sa stre s. H asta e l fin sig u ió apreciando y adm irando a Freud,
bastante sa tisfe c h o de ser e l pa c ie n te m ás fam o so d el m ás fa m o so de lo s cura
dores.
T e r a p ia y t é c n ic a [3 3 5 ]
h iste ria . In c lu s o e n su v e je z s ig u ió e s c r ib ie n d o sob re la técn ica: sus
artícu lo s titulad os “A n á lisis term in a b le e in term in ab le” y “ C o n stru cc io
n es en el a n á lis is ” se pu b licaron en 1 9 3 7 , cu an d o tenía m ás de ochen ta
añ o s. F á u stic o en su s a m b ic io n e s pero n o rm a lm en te m o d e sto en su s
exp e c ta tiv a s terap éuticas, Freud n unca q uedó totalm ente sa tisfe ch o , ni
se e n tr e g ó al d e sc a n so . C a si al fin al de su vid a lle g ó a preguntarse si la
m e d ic a c ió n qu ím ica n o podría algún d ía reem plazar al lab orioso p roced i
m ie n to de tender al pacien te en e l div á n y d ec irle que hablara. Pero c o n
sideraba q u e hasta que llegara e s e día, la en trevista p sico a n a lític a s e g u i
ría s ie n d o e l c a m in o m ás f ia b le para la lib e r a c ió n d e l su fr im ie n to
n eu ró tico .
La historia de las recom end aciones d e Freud a los terapeutas a lo largo
de cuarenta años es en s í m ism a un e stu d io del cu ltiv o de la pasividad aler
ta. A fin es de la década de 1 8 8 0 había em p lead o el hipnotism o; a princi
p ios de la d e 1 8 90, trató de lograr que lo s p acientes le confesaran lo que
los perturbaba y que dejaran de eludir lo s puntos dolorosos, frotándoles la
fren te e interrum piendo sus rela to s. S u in form e sobre la r esolu ción , en
una so la sesió n , de lo s síntom as histérico s de Katharina, durante sus v a ca
cio n e s d e veran o en lo s A lp es, en 1 8 9 3 , todavía tienen la apariencia de
una con fianza arrogante y desm esurada en sus poderes curativos, mientras
que sus interpretaciones abusivas del c a so D ora reflejan un e stilo autorita
rio que estaba a punto d e abandonar. S in duda, en 1904, cuando escribió el
artículo “El m étodo psicoa n a lítico d e Freud” para M a n ife sta c io n e s p s íq u i
c a s o b s e s iv a s , de L eo p o ld L ow en feld , la m ayor parte de sus ideas más
características sobre la técnica ya estaban definidas.
Pero en 1910, al leer en e l co n g reso d e N ü m b erg su trabajo titulado
“Las perspectivas futuras de la terapia p sicoa n alítica” , expuso su renovado
y corregid o punto de vista, que, segú n s e v io , era el que iba a perdurar.
A dvirtió a sus co le g a s analistas que todavía tem an que enfrentarse a pro
b lem as técn ico s d ifíc ile s, y Ies dijo que en e l cam po de la técnica “casi
to d o ... espera su d eterm inación d efin itiv a y es m ucho lo que só lo ahora
está em pezando a aclararse”. Esto incluía la contratransferencia del analista
en su rela ció n co n e l an alizando, y la s m o d ifica c io n e s técn icas que el
repertorio en con stan te am p liación d el tratam iento p sicoan alítico estaba
em p ezan do a im poner a lo s profesio n a les.
El m ism o año, Freud p u b licó un e n é r g ic o artículo en el que atacaba lo
que den om in ó análisis “ salvaje”. Consideraba e l u so (en realidad, el abuso)
abundante y d escuidado del vocabulario p sicoanalítico que se puso de m oda
en la década de 1920. «Sobre e l p sico a n á lisis “salvaje”» dem ostró ser un
trab ajo p r o fé lic o . F reud reco rd ó la v is ita em b a r a zo sa de una “dam a
m ayor” , una divorciada de casi cincuenta añ os, “m uy bien conservada” y
que “evidentem ente todavía no había dilapidado toda su fem inidad”. D e s
pués de divorciarse, em p ezó a padecer esta d o s de angustia, que no hicieron
m ás que intensificarse después de que la viera un m éd ico joven , quien le
[336] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
dijo sin am bages que sus síntom as se debían a una “n ecesidad sexu al”. Le
había presentado tres op cio n es para recuperar la salud: volv e r con su esp o
s o , buscarse un am ante, o masturbarse. N inguna de tales alternativas le
resultaba atractiva a la “ dama m ayor”. Pero, dado que el m éd ico había
m en cio n a d o a Freud co m o e l inventor de las funestas teorías que había
d esp legad o ante e lla , sugiriendo que él confirm aría su d iagnóstico, ella no
lo había dudado ni un m inuto. * I5S
En lugar d e sentirse halagado o agradecido, Freud se encolerizó. Sabía
que los pacien tes, en esp ecial lo s acosados por desórdenes n er v io so s, no
son necesariam ente lo s inform adores m ás fiables. Pero in clu so aunque la
aturdida dama que estaba ante é l hubiera distorsionado, o inventado, las
in sen sib les p rescrip cion es del m éd ico, parecían necesarias unas palabras
d e ad vertencia. Para em pezar, aquel p sicoterapeuta m éd ic o a ficion ad o
había supuesto de m anera ignorante que para los analistas la “ vida sexu al”
e s e x clu siv a m en te e l c o ito , y no un d o m in io m ucho m ás d iferenciado de
sen tim ien tos c o n sc ie n te s e im p ulsos in co n scien tes. Freud aceptaba que la
paciente podía estar padecien d o una “neurosis real", un desorden causado
por factores so m á tico s — en su ca so , la reciente interrupción de su a ctiv i
dad sexual— ; en tal situ ación , era bastante natural aconsejarle “ un cam
b io en su a ctividad sex u a l so m á tica ”. Pero lo m ás probable era que el
m éd ico hubiera interpretado m al lo qu e ocurría y, de ser así, su prescrip
c ió n resultaba in ú til. Sin em bargo, sus errores té cn ic o s habían sid o m ás
graves que lo s d e d iagnóstico: pensar que el m ero h echo de decirle a un
pacien te lo que parece estar m al, aunque el d iagnóstico sea correcto, pue
de llevar a la curación, co n stitu y e una distorsión grosera del p roceso p si
coa n a lítico . La técn ica p sico a n a lítica d ebe servir para superar las resis
te n c ia s . “ L os in te n to s de sorp ren der al p a c ie n te c o m u n ic á n d o le co n
brusquedad lo s secretos que e l m édico ha adivinado en una primera visita
al con su lto rio son técn ica m en te d u d o so s”. L o q ue es m ás, esto s intentos
“se castig a n a s í m ism o s”, al som eter al analista a “ la franca enem istad
del p aciente”: descubrirá que de ese m odo ha perdido toda su influencia.
En p oca s palabras, antes de aventurarse a ofrecer com entarios analíticos
de cualquier tipo, hay que saber m ucho sobre los “preceptos p sicoanalíti-
c o s ”. E stos deben dejar sitio para e sa virtud indefin ib le que es “e l tacto
del m éd ico ”. *>»
Para im pedir e s c tip o de a n á lisis sa lv a je y c o d ifica r lo que había
aprendido en su práctica clín ica , Freud p ublicó una serie de artículos sobre
la técnica entre 1911 y 1915. Aunque de tono m oderado, tenían tam bién
u n f ilo claram ente p o lé m ic o . “Su a sen tim iento a mi m ás reciente artículo
técnico — le escrib ió Freud a Abraham en 1912— fue m uy v a lio so para
m í. U sted tiene que haber advertido m is in tenciones críticas”. * '* Había
em pezado a considerar la posibilidad de escribir sobre el tema varios años
antes, mientras estaba analizando, o inm ediatam ente después de haber ter
m inado de analizar, a algunos de los p acientes cuyos casos tuvieron las
T e r a p ia y t é c n ic a [337]
m ayores consecuencias en el desarrollo de la disciplina. C om o de costu m
bre, su ex p eriencia clín ica y su s escrito s publicados se alim entaban recí
p ro c a m e n te . “ S a lv o e l d o m in g o — le e s c r ib ió a F ere n cz i a fin e s de
noviem bre de 190 8 — , apenas lle g u é a escribir unas pocas líneas sobre
una m eto do lo g ía general del p sic o a n á lisis, d e la cual hasta ahora hay 24
p ágin a s” . * 1S8 Estaba avanzan do len ta m en te, m ás Lentamente de lo que
esperaba el siem pre entusiasta Ferenczi; dos sem anas después, Freud tenía
otras diez páginas, y pensaba que en N avidad, cuando se había previsto que
Ferenczi visitara B erggasse 19, podría m ostrarle só lo unas pocas m ás.
En febrero de 1909 proyectaba dejar e se trabajo provisionalm ente hasta las
vacaciones de verano, *i*> y e n ju n io só lo pudo escribirle a Jones que “e l
en sa y o sobre la técn ica está a m ed io term inar, pues no tengo tiem po libre
ahora para ponerle fin” . *»« Pero si b ien su trabajo analítico le im pedía
redactar lo s artículos sobre la técnica, tam bién le proporcionaba un m ate
rial in valorable. “L os p ac[ien tes] m e hastían y m e dan una oportunidad
para realizar n uev o s estu d io s té c n ic o s ” , le inform ó a Ferenczi en o c tu
bre.
S u s p r o y ecto s en e s te se n tid o se h ic ie r o n m ás a m b icio so s. A l d iri
girse al co n g r e so p sic o a n a lític o d e N iim b erg , Freud anunció q ue “en b re
v e ” se esforzaría por abordar la interpretación, la transferencia y e l resto
de la situ a c ió n c lín ic a « e n una “ M e to d o lo g ía G eneral del P sic o a n á li
s is ” ». P ero el “en b re v e ” de Freud se co n v irtió en c a si d os años.
"¿Cuándo saldrá su libro sobre la M eth o d ik ? ”, preguntó Jones a fin es de
ese año. “D eb e de haber m uchas p ersonas esperándolo ansiosam en te, tan
to am ig o s c o m o e n e m ig o s ” . Fue n e cesa rio que tuvieran p aciencia; la
prim era entrega, “ El u so d e la in terp retación de los su eñ os en el p sic o a
n á lis is ” , no apareció hasta d iciem b re de 1911. L os otros artículos sobre
lécn ica , una m edia d o cen a , fu eron im p rim ién d ose p o co a p o c o a lo largo
de vario s años. Otros trabajos urg en tes, y las e x ig e n c ia s de la p olítica
p sic o a n a lítica , p rovocaron el retraso de Freud. Lo que es m ás, se estaba
tom an d o la tarea m uy en se r io , y lo había hech o a sí d esd e el p rincipio.
“C reo — le predijo a F eren czi cuan do n o tenía más de d os docen as de
págin a s— que la m e to d o lo g ía “d eb e em p ezar a tener una im portancia
fundam ental para qu ien es ya están realizan d o an á lisis”. El tiem p o le
daría la razón.
E l a r tic u lo de F re u d titulado “ La in iciación del tratam iento” , co n
su tono tranquilizador y razonable, es representativo de loda la serie; pre
senta sugerencias fle x ib le s, m ás que e d icto s rigurosos. La feliz m etáfora
— aperturas ajedrecísticas— a la que recurrió para exam inar el estratégico
m om ento inicial del p sic o a n á lisis, logra persuadir a sus lectores. El ju g a
dor de ajedrez, después de todo, n o está oblig a d o a seguir una línea única e
im puesta. S in duda, o b se r v ó Freud, e s ju sto que el psicoan alista pueda
elegir entre varias o pciones: las historias de los pacientes individuales son
[338] E la boraciones: 1902-1915
dem asiad o distintas co m o para permitir la aplicación de reglas rígidas y
dogm áticas. Sin em bargo, Freud no deja duda alguna en cuanto a que cier
tas tácticas están claram ente indicadas: el analista debe seleccionar a sus
p acien tes con el d eb id o cuidad o, p uesto qu e no lodos son lo bastante esta
bles, o lo bastante intelig en tes, c o m o para soportar los rigores de la situa
ción p sicoanalítica. Es preferible que el paciente y e l analista no se hayan
tratado antes en un escenario socia l o m éd ico (por cierto, una de las reco
m en daciones que e l p ropio Freud se sentía m ás inclinado a burlar). A c o n
tinuación, después de haber seleccion ado debidam ente al paciente y de fijar
el m om ento de in iciación d el tratam iento, se aconseja al analista que co n
sidere las primeras entrevistas com o otras tantas oportunidades de sondeo;
durante más o m enos una sem ana, debe reservarse el ju icio de si el p sicoa
n á lisis e s realm ente e l tratam iento indicado.
E stas se sio n e s pro v isio n a les no son c o m o consultas; de hech o, duran
le e s o s so n deos d e prueba, el psicoanalista debe ser in clu so m ás silen cioso
que de costum bre. Entonces, si d ecid e abandonar el caso, “uno le ahorra al
p acien te la im presión d e haber asistido a un intento de curación aborta
do”. Pero el período de exploración experim ental no conclu ye con esas
se sio n e s . Los síntom as del paciente que se presenta c o m o un histérico
leve o un neurótico o b se siv o pueden en realidad estar enm ascarando el pri
m er a c c e so de una p sico sis no tratable en p sicoan álisis. E specialm ente en
las prim eras sem anas — p revien e Freud— el analista no debe sucumbir a
la intensa ilu sió n d e estar en lo cierto.
A continuación el período de prueba se integra totalm ente en el proce
so analítico: el paciente se tiende en e l d iván, con e) analista detrás, fuera
d e su cam po de v isió n , escuchando atentam ente. Las innum erables carica
turas q ue m uestran a) analista en su silló n con el cuaderno de notas en el
regazo, o a un lado, han perpetuado una co n cepción errónea que Freud c o n
sig n ó exp lícita m en te en e so s antiguos artículos; advirtió al analista que
no tomara notas durante las se sio n e s, p u esto que al hacerlo lo único que
con seg u iría sería distraer su atención. A d em ás, podía confiar en que su
m em oria retendría lo que necesitaba. R eco n o c ió que el diván y el analista
in v isib le eran una herencia d el h ipn otism o, y que él tenía una razón subje
tiva para insistir en e se arreglo: “N o pu ed o soportar que otros m e miren
durante o ch o horas (o m ás) al día”. Pero tam bién adujo una base m enos
subjetiva para recom endar eso s “cerem oniales”: dado que durante la hora
analítica se entregaba a su in con scien te, n o quería que los pacientes obser
varan sus exp resiones faciales, para que las respuestas no influyeran inde
bidam ente en ellos.
S e adm ite que la situación analítica, ese estado de privación cuidadosa
m ente orquestado, produce mucha tensión al analizando. Pero esa es preci
sam en te su única virtud. “S é — esc r ib ió Freud— que m uchos analistas
actúan d e otro m odo, pero n o sé si e s la pasión de actuar de otro m odo, o
una ventaja que han descubierto en e llo , lo que desem peña la pane m ás
T e r a p ia y t é c n ic a [3 3 9 ]
im portante en esa d e sv ia ció n ” . * 1M En cuan to a é l, no tenía duda alguna: la
situación p sicoan alítica su sc ita la regresión del paciente, lo invita a lib e
rarse de las c o a ccio n es que im pon e el intercam bio so cial com ún. T od o
ordenam iento que aliente e sa regresión (el diván, el silen cio del analista o
el tono neutro), sirve de ayuda en la tarea del análisis.
D esde el primer día, m ientras e l análisis va encarrilándose, analista y
an alizando tienen c u e s tio n e s p rá ctica s, m undanas, que resolver. C om o
sabem os, e l p sico a n á lisis e s a lérg ico — p rofesional y casi proverbialm en
te— a avergonzarse de m u chas c o sa s. Los tem as que la cultura de clase
m edia del s ig lo X IX consideraba tan delicad o disentir — en esp ecial el sexo
y el dinero— son tan d en so s em ocio n a lm en te, que enm ascararlos con un
sile n c io decoroso o (lo q ue tal v e z sea peor) con circunloquios, equivaldría
a mutilar la indagación p sico a n a lítica desde el principio. El analista debe
prever que los hom bres y m u jeres c u lto s que lo visitan en su consultorio
habrán de “tratar las cu e stio n e s de dinero c om o tratan las c u estion es de
sex o , co n la m ism a in coh eren cia , m ojigatería e h ipocresía”. Freud recon o
cía que el dinero sirve principalm ente para la autoconservación y el poder,
pero insistía en que en la actitud qu e se asum e con respecto a él tam bién
están im plicados “p o derosos facto res sex u a les”. * 169 En co n secu en cia , la
sinceridad es esencial. Tal v e z e l p acien te n o lo reconozca de inm ediato,
pero en las n eg o c ia c io n e s prácticas c o in cid en su propio interés y el interés
del analista. El p aciente alqu ila una cierta hora del tiem po del analista, y
paga por ella, la aproveche o n o. E sto — observó Freud— puede parecer
avaricioso, o inclu so perentorio, tratándose de un m édico, pero e s evidente
que ningún otro arreglo resulta v ia b le . L o s favores en cuestiones de dinero
hacen peligrar la su bsisten cia d e l analista; segú n atestiguan las cartas que
Freud dirigió a sus ín tim os en e s o s años, se alegraba con la novedad de
que su práctica fuera próspera. P ero su d isg u sto ante cualquier p o sib le
renuncia a los honorarios ten ía e n cuenta algo más que los ingresos del
analista; esto s c o m p ro m iso s tam bién p onen en p eligro la continuidad e
intensidad de la participación analítica del paciente, al alentar la resisten
cia. Si un analizando padece una enferm edad auténticam ente orgánica, el
analista interrumpe e l a n á lisis, d isp o n e co n libertad de su hora, y v u elve a
recibir al paciente, despu és d e la recuperación, en cuanto puede incluirlo
en su agenda.
Para asegurar la continuidad y la intensidad, Freud veía a la m ayoría
de lo s p acien tes s e is v e c e s por sem ana. Eran una e x cep c ió n los c a so s
le v e s y los que estaban a punto de con clu ir el tratam iento, e n los c u ales
tres días parecían su ficien tes. In clu so la interrupción del dom in go tenía su
precio; por e llo , lo s analistas, escrib ió , hablan en broma de “el caparazón
del lu n e s” . L o que es m á s, e l a n á lisis d eb e necesariam ente abarcar un
período sustancial; n o se le h ace ningún favor al analizando ocultándole el
h echo de que su tratam iento pu ed e durar varios años. En este problem a, y
en lodos los c a so s de la situ a ció n analítica, la franqueza c o n el paciente es
[3 4 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
literalm ente la m ejor política: “En general con sid ero más honrado, pero
tam bién m ás apropiado, llamar su atención desde el principio acerca de las
dificu lta d es y sa c r ific io s de la terapia analítica, sin que necesariam ente
esto tenga que asustarlo; así uno lo priva de cualquier derecho a quejarse
más tarde de que se le haya seducido para que se embarcara en un trata
m ien to cu ya ex te n sió n y sig n ifica d o no co n o cía ”. En c am bio, e l ana
lista deja al analizando la libertad de interrumpir el análisis en cualquier
m om en to, una libertad que algunos de sus prim eros pacientes — dijo Freud
un tanto la stim osam en te— estuvieron dem asiado dispuestos a aprovechar.
N o podía olvidar a Dora, y Dora no había sid o la única persona que deser
tó del diván de Freud.
E ntre l a s co m u n ic a c io n es del analista a su paciente durante el in i
c io m ism o del análisis, la de la “regla fundam ental” e s verdaderam ente
indispensable: prescribe al analizando que s e entregue a la asociación libre,
que d iga a bsolutam en te tod o lo qu e le p a se por la m ente. S in duda es
importante para el analizando ser puntual y pagar lo s honorarios. Pero si
descu id a esta s o b lig a c io n e s, su s d e s lic e s p ueden ser objeto de análisis.
C om o a lo s a n alistas le s gusta d ecir, so n agua para el m olin o. Pero la
d esobed ien cia sistem ática a la regla fundam ental hace naufragar el análisis.
En su artícu lo “ La in ic ia c ió n d el trata m iento”, F reud se ex p la y ó con
locuacidad acerca de esta regla. Es cierto que d irigía ese artículo, y los
que lo acom pañaron, a sus c o leg a s analistas. “Q uien todavía siga afuera
— le d ijo a Ferenczi con respecto a la “m e to d ología” que se proponía d e s
cribir— n o entenderá ni una palabra”. P ero p arece un p oco ansioso,
in c lu so en relación co n e s e p ú blico s e le c to , y por ello es dem asiado en fá
tico co m o para que uno pueda estar totalm ente seguro de que se entenderá
bien. E l intercam bio verbal d el p acien te co n el analista no se asem eja a
una conversación corriente: se supone que e l prim ero prescindirá en su d is
curso d e todo orden, de sin taxis, ló g ica , d isciplina, decoro y consideracio
n es estilístic a s, por n o ser p ertinentes, y s í m ás bien p erjudiciales. Lo que
el pacien te es m en os propenso a m encionar e s precisam ente lo que con
m ás urgencia n ecesita ser ventilado. La prescripción maestra de Freud para
todo an alizando e s la sinceridad absoluta, que resulta tan im p osib le de
im poner com pletam ente, c o m o fatal sería dejarla de lado.
El arma del analizando en su lucha contra la neurosis es el lenguaje;
e l arma del analista e s la interpretación, un tipo de lenguaje m uy diferente.
Pues mientras que la actividad verbal del analizando debe ser tan desinhibi
da co m o resulte p o sib le, la del analista, en agudo contraste, debe ser cuida
d osa m en te d osifica d a . En e sa extraña em presa que e s el p sic o a n á lisis,
mitad batalla y mitad alianza, e l analizando deberá cooperar tanto com o su
neurosis se lo perm ita. Por otra parte, e s de esperar que el analista no se
vea o b stacu lizado por su propia neurosis; en todo caso, se le e x ig e el d e s
p liegu e de un tipo de tacto sum am ente esp ecializado, que adquiere en parte
T e r a p ia y t é c n ic a [341]
en su a nálisis d idáctico, y e n parte en su experien cia con los pacien tes. **
T ien e que reprim irse, perm anecer en sile n c io ante la m ayoría de las pro
d u ccio n es del analizando, y com entar s ó lo unas pocas. Por lo general, el
p acien te experim entará las interpretaciones de su analista co m o preciosos
regalos que este últim o c o n ced e co n dem asiada contención.
La interpretación p sicoan alítica es subversiva; suscita dudas alarm an
tes, a m enudo in cóm odas, acerca de lo s m en sajes o sten sib les qu e el anali
zan do cree transm itir. En p o ca s palabras, la interpretación del analista
orienta la atención del analizando hacia lo que él está realm ente d iciendo o
h a c ie n d o . Interpretar lo s lo b o s s ile n c io s o s e in m ó v ile s d el su e ñ o del
Hom bre de los L ob os co m o representaciones distorsionadas de un vig o ro
so acto sexual equ ivale a expulsar un recuerdo, a la v ez terrorífico y fa sc i
nante, del cubil de la represión. Interpretar las cerem onias ob se siv a s del
Hom bre d e las Ratas co m o e x p resio n es de o d io inconsciente hacia las per
son as que m ás amaba, sig n ific ó sacar a la luz del día lo que había estado
reprim ido. La recom pensa a las interpretaciones de ningún m od o eran en
todas las o c a sio n es tan e sp e cta cu la res, pero por lo m enos su p ropósito
con sistía siem pre en desm enuzar e l autoengaño.
La d ecisió n d e qu é interpretar, y d e cuándo hacerlo, es una cuestión
sutil, con la que está r elacion ado e l carácter esen cial de la terapia p sicoan a
lítica. A l reaccionar con irritación al p sico a n álisis salvaje, Freud ya había
criticado de m odo im placable las interpretaciones precipitadas y volu b les
que, por m ás correctas que fueran, necesariam ente debían conducir el análi
sis hacia un final prem aturo y c a la m ito so . D esp u és, dirigiéndose d irecta
m en te a sus c o leg a s e n e l artículo “ La iniciación del tratam iento", Freud
v o lc ó su desprecio sobre e s o s analistas p erezo so s, pavos reales m ás intere
sad os en desplegar su brillantez qu e en ayudar a sus pacientes: “ Para un
analista con m ucha práctica n o e s d ifíc il detectar los deseos o cu ltos del
paciente, que em ergen o stensib lem en te de sus quejas e inform aciones acer
ca de su enferm edad, pero ¡hasta qué punto tiene que ser pagado de s í m is
m o y falto de consid eración para decirle a un extraño no fam iliarizado con
los presupuestos p sic o a n a lític o s, sobre la base del m ás b reve de los tratos,
que está obsesionado incestuosam ente co n su madre, que alberga deseos de
m uerte contra su supuestam ente am ada esp osa, que tiene la firm e in ten
ción de engañar a su je fe , etcétera! H e o íd o que hay analistas que se jactan
de tales d iagn ósticos instantáneos y tratam ientos rápidos, pero les p id o a
todos que no sigan tales ejem p los" . *>”
El psicoanalista prudente siem p re p ersigue sus m etas terapéuticas de
m od o indirecto, interpretando prim ero la resistencia de su analizando, y
27 La ex ig en cia de que todo a q u el que se prepare para ser a n a lista se so m eta
a un a n á lisis de fo rm a ció n p ro p io no apa rece en e s to s a r tíc u lo s, c a si n in g u n o
de lo s p s ico a n a lista s a lo s que esta b a n d ir ig id o s se h ab ía a na liza d o . E se r e q u e
rim ien to e s una idea d e lo s a ños q u e sig u ie ro n a la Primera Guerra M und ia l.
[342] E la bo ra cio n es: 1 9 0 2 -1 9 1 5
después su transferencia. Su tarea será la de conseguir la c o n fesión de crí
m en es infa n tiles, a m enudo m u cho más im aginarios que reales.
El exam en realizado por Freud de la resisten cia sitúa cabalm ente el
fen ó m en o en el con texto terapéutico, al que obviam ente pertenece. En ¿ a
in terp reta ció n d e lo s sueños ya lo había d efinido c o n claridad: "Todo lo
que p e rtu rb a el p ro g r e s o d e l tra b a jo es una re sisten cia " . * 174 D espués, en su
artículo “S obre la dinám ica de la transferencia” , h izo hincapié en su per
sisten cia : “ La r e sisten cia acom paña al tratam iento en cada uno de sus
pasos; cada a so cia ció n , cada acto del paciente, debe tener en cuenta su
resistencia, representa una transacción entre las fuerzas que procuran la
curación y la s que s e opon en a e lla ” . La experiencia clínica les estaba
enseñando, a Freud y a sus co le g a s, lo ing en iosa e infatigable que podía
ser la r e siste n c ia de lo s a n alizand os, in c lu so en lo s m ás sinceram ente
com prom etidos con su análisis. La resistencia parecía poder aprovecharlo
prácticam ente todo en la se sió n analítica: el o lv id o de sueños, la perma
nencia s ile n c io sa e n e l diván, el intento de convertir e l tratam iento en una
discu sió n intelectual sobre la teoría p sicoan alítica, la retención de infor
m ación e sen cia l, la im puntualidad sistem ática, tratar al analista com o a un
enem igo, eran otras tantas de sus p osib les formas. Las estratagem as d efen
sivas de e ste tipo só lo constituían los m ás o b vios recursos al alcance de
las fuerzas de la resistencia. Tam bién podía disfrazarse de com placencia
con lo s p resun tos d e s e o s d el analista. El den om in ad o “buen p a cien te”
— que sueña en abundancia, establece a sociaciones sin vacilar, considera
brillantes todas las interpretaciones, nunca lleg a tarde, paga sin retrasarse
los honorarios— representa un ca so en esp ecial intratable, precisam ente
porque su s in ten cion es son m uy difíciles d e descifrar.
Los e sfu erzo s u tilizad os para resistirse a la curación pueden parecer
peculiarm ente irracionales. Es fácil reconocer la utilidad que tiene la resis
tencia para lo s m asoquistas, que hallan placer en el dolor, pero parece fuera
de lugar en pacientes que presuntamente recurren al análisis para aliviar sus
síntom as. El hech o d e que acepten realizar los esfuerzos y pagar los gastos,
y de que se presten al desagradable tratamiento psicoanalítico, atestiguaría la
sinceridad de sus deseos de sentirse bien. Pero lo inconsciente obedece a
leyes propias diferentes, que a duras penas pueden desentrañarse. Una neuro
sis es una transacción que perm ite al neurótico llegar a convivir — aunque
sea de m odo lastim oso— con d eseos y recuerdos reprimidos. Hacer cons
ciente lo in conscien te, que es la m eta ex p lícita de la terapia analítica, signi
fica amenazar al paciente con la salida a la superficie de sentim ientos y
recuerdos que e s preferible mantener enterrados. El argumento de que el neu
rótico se sentirá m ejor si recuerda el material reprimido, por m uy penoso
que sea, e s persuasivo en térm inos racionales. Y en el interior del paciente
hay elem en tos listo s para cerrar fila s en favor de la salud; sin ellos, ningún
análisis sería p osible. Pero tales factores tienen que luchar con una op o si
ción que quiere dejar todo tal co m o está. El analista trata de m ovilizar las
T e r a p ia y t é c n ic a [343]
fuerzas “norm ales” de la psique del analizando, y aliarse con ellas. El analis
ta, después de todo, es un com pañero fiable: alguien que escucha sin que le
cau se sorpresa ninguna revelación, sin que lo aburra ninguna repetición, que
n o censura ninguna perversión. C o m o el sacerdote en el confesionario, invi
ta a la confidencia; a diferencia del sacerdote, nunca sermonea, nunca im po
ne penitencias, ni siquiera leves. Freud tenia esta alianza en m ente cuando
observó que el analista debía em pezar a revelar los m ás profundos secretos
del paciente sólo después de que el analizando hubiera establecido una sólida
transferencia, una “relación regular” co n é l . 28 * 11<¡
F r e u d t a m p o c o d escuidó el hecho de que la transferencia está cargada
de contradicciones. El caso de Dora ya le había dejado bien claro que la
liga zó n em o cio n a l q u e el paciente trata de im poner al analista, constituida
por trozos y fragm entos d e afectos d irigidos a otras personas, apasionados
y por lo general m ás antig uo s, e s e l im ped im en to que opone m ás resisten
cia para alcanzar la curación y a la v e z su a gente m ás eficaz. Ahora bien,
en sus artículos sob re la técn ica , en esp ecia l en “Sobre la dinám ica de la
tra n sferen cia ” o , in c lu s o m á s, en “P u n lu a liza c io n e s so b re e l a m o r d e
transferencia", Freud estip u ló c o n m ayor d etalle e l funcionam iento paradó
jic o de la transferencia: e s e l arma suprem a de la resistencia, y tam bién la
d iosa ven gativa que la aniquila.
E stos roles c o n flictiv o s no so n m isterios d ialécticos. Freud d iferen cia
ba tres tipos de transferencia em ergentes en la situación psicoanalítica: la
negativa, la erótica y la sensata. La transferencia negativa (una carga de
sen tim ie n to s h o stile s, a g r e siv o s, d ir ig id o s contra el p sico a n a lista ) y la
transferencia erótica (que lo convierte en objeto de un amor apasionado) son
por igual guardianes de la resistencia. Pero por suerte hay también un tercer
tipo, el más racional y m enos d istorsion ado, que ve al terapeuta c o m o a un
aliado benév o lo que brinda apoyo en la lucha contra la neurosis. D espués
de que las dos primeras formas de la transferencia hayan sido sacadas a la
luz, d e que se asim ile la lecció n que brindan, y de que se las desm antele,
lleván dolas a la co nciencia durante el análisis — Freud lo llam ó “el cam po
de batalla de la transferencia”— puede em pezar a operar la últim a trans
ferencia, m ás cuerda, que en ton ces ya casi n o encuentra obstáculos, y puede
ayudar en el prolongado y arduo proceso de la curación. Pero esta razonable
alianza co n el analista só lo puede llegar a derrotar las otras form as de la
transferencia cuando es lo bastante intensa, y cuando el paciente está m adu
ro para sacar partido de las interpretaciones del analista. “Nuestras curas
18 M ás recien te m en te , lo s a n a lista s han em p ez a d o a llam ar a e sta r ela c ió n
"alianza d e trabajo” o “a lia n za tera p éu tica ” , pero no e s nec esa r io entreg a rse al
cu lto d e lo s antep a sa d o s para v o lv e r a le er lo s a r tícu lo s de Freud sob re la té c n i
c a y llegar a la c o n c lu sió n d e que una v e z m ás e l m a estro se había a n ticip a d o
en gran m ed ida a tal c o n c ep ció n .
[344] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
— le había dicho Freud a Jung a fines de 1906— se producen a través de la
fijación de una lib id o que gobierna en lo inconsciente (transferencia)”. Y
esa transferencia “proporciona e l im pulso para com prender y traducir lo
inconsciente; cuando e lla se n iega a actuar, el paciente no se toma ningún
trabajo, o no nos e scu ch a cuando presentam os la traducción que hem os
hallado. Se nata esencialm en te de una cura por m edio del amor”. *i7*
Todo e sto parece m uy claro, pero Freud tenía con cien cia de que ese
amor es una ayuda m uy p o co fiab le. La transferencia sensata e s m uy v u l
nerable: con dem asiada frecuencia, los sentim ientos cálidos y la coopera
ció n activa del paciente degeneran en anhelos eróticos, que no sirven para
la resolu ción de la neurosis, sin o que la perpetúan. Para decirlo claram en
te, los analizandos se inclinan a enamorarse del analista, h ech o de la vida
p sicoanalítica que pronto s e co n virtió en un m ontón de ch istes m alos e
insinuaciones socarronas. Freud pensaba que prácticamente era inevitable
e sc m alicio so chism orreo; e l psico a n á lisis ofendía d em asiados sentim ien
tos piadosos c o m o para que fuera inm une a la calum nia. Pero había e p iso
dios reales, em barazosos, lo suficientem ente perturbadores com o para que
Freud dedicara al tem a un artículo independiente. Escrito a fin es de 1914,
y pub licado a p rin cip io s de 19 1 5 , “P u n tu alizacion es so b re e l am or de
transferencia' fue el últim o de sus en sa y o s dedicados a la técnica y, según
le com entó a A braham , pensaba que era “e l m ejor y el más útil de toda la
se r ie ”. Por lo tanto — a g regó sardónicam ente— , estaba “ preparado para
que provocara la m ás fuerte desaprobación”. •»» Pero en gran m edida lo
escribió para alertar a lo s analistas acerca de lo s peligros del am or de
transferencia, y de e se m o d o quitarle armas a la crítica.
El amor d e transferencia e s a la v e z angustioso y c ó m ico , inevitable y
en dem on iadam en te d ifíc il d e resolver. En la práctica m édica corriente,
escribió Freud, se presentan tres vía s de escap e p osibles: paciente y m édi
co se casan; se separan, o m antienen una relación clandestina y continúan
con el tratamiento. Freud pensaba que la primera de tales alternativas era
poco frecuente; la segunda, aunque com ún, resultaba inaceptable para los
psicoanalistas, porque la e x paciente habrá de repetir su conducta con el
siguiente m édico que la atienda; la tercera estaba vetada por “la moral de la
clase m edia y la dignidad m édica”. *180 L o q ue debe hacer el analista, cuan
do se encuentra en la halagadora situación de que la paciente le declare su
amor, es analizar. D eb e m ostrarle que su apasionam iento no hace m ás que
repetir una exp eriencia m ás antigua, prácticam ente casi infantil. La pasión
de la pacien te por su analista no e s un amor auténtico, sin o una form a de
transferencia y re siste n c ia .»
» En e sta d iscu sió n , Freud trabajó co n un m od e lo sim p lifica d o : analista
hn m bie y pac ie n te m ujer. P ero lo m ism o v a le para a nalista s m ujeres qu e traten
pa c ie n tes hom b res, y tam b ién para a nalistas que atien dan a p a c ie n tes del m is
m o se x o . El in g en io de la tra n sferen cia e ró tica es p r á ctica m en te ilim ita d o .
T er a p ia y t é c n ic a [3 4 5 ]
En esa delicada situación — dice Freud con firm eza— el analista debe
resistirse a todo co m prom iso, por p lau sible o hum anitario que pueda creer
que e s. D iscutir co n la paciente, o tratar de desviar su d ese o por canales
sub lim ados, dem uestra ser ineficaz. La p o sición ética fundam ental del ana
lista, que coin cid e co n su s o b lig a cio n es p rofesion ales, debe seguir siendo
su guía: “El tratam iento p sico a n a lítico se funda en la co n fian za”. T am po
c o puede ceder a las so licitu d es de la paciente, in clu so aunque esté con ven
cid o d e que só lo pretende ganar su confian za para acelerar la cura. Pronto
se desilusionaría: “ La p acien te lograría su m eta, pero el analista nunca
alcanzaría la su y a ” . Esa so lu c ió n inaceptable le recordaba a Freud una
divertida anécdota relacionada co n un sacerdote y un agente de seguros. En
su le c h o de m uerte, el a g ente, un in crédu lo, se v e o b ligad o a soportar los
serv icio s del sacerdote, co n v o ca d o por su fam ilia con la desesperada e sp e
ranza piadosa de que en presencia de la m uerte, el hom bre agonizante per
cibiría finalm ente la luz d e la fe religiosa. “ La con versación dura tanto que
lo s fam iliares em piezan a esperanzarse. Por fin la puerta de la habitación
del enferm o se abre. El incrédulo n o ha sid o convertido, pero el sacerdote
sa le del lugar con un seguro de vid a ”. *>**
El reconocim ien to sensato de que el amor de la p aciente es só lo amor
de transferencia le perm ite al analista m antener la distancia em ocional y,
por su p uesto, la físic a . “ Para el m é d ic o , e llo representa una ilum inación
p recio sa y una útil advertencia contra cualquier contratransferencia que
pueda albergar en su interior. D ebe reconocer que el apasionam iento de la
p acien te es con secu en cia de la situación analítica, y n o puede atribuirse a
lo s m éritos de su persona; que, en resum en, n o tiene ninguna razón para
enorgullecerse de esa “conquista”, c o m o podría llam ársela fuera del análi
s is ” . En esa situ ación , q u e e s s ó lo un c a s o esp e cia l de la situación analíti
ca en general, el analista debe negarse a las dem andas de gratificación reali
zadas por la paciente. “La cura d ebe llevarse a cabo en abstinencia; por
esto n o en tien do só lo la auton egación físic a , ni la n egación de todo d eseo ,
p ues tal v e z ninguna paciente pueda tolerar esto. Pero quiero enunciar el
p rin cip io de que u no d ebe permitir que la necesid ad y el anhelo sigan sien
d o fuerzas que favorezcan el trabajo y el cam bio, y que hay que cuidarse de
n o aliv ia rlo s con su stitu to s” .
E sta drástica p rescripción era una regla firm e, universal, para el traba
jo del psicoanalista. Por inseguro que pueda parecer Freud en m uchas de
sus recom en daciones, acerca de la abstinencia fue categórico. Pero en este
punto crucial, el d on de Freud para elaborar m etáforas vividas d io lugar a
un cierto grado de con fusión y desen cadenó un debate sobre la técnica, que
aún con tinú a. C om o m o d elo , Freud propuso a sus co le g a s la persona del
cirujano, que “deja a un lado todos sus a fe cto s e in clu so su com pasión
hum ana, y apunta a una m eta ún ica para sus fuerzas m entales: llevar a
cab o la operación tan c o n e c ta y e fica zm en te c o m o sea p o sib le”. D espués
de lo d o , la am bición del terapeuta resp ecto al logro de curaciones esp ecia-
[346] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
culares e s la antagonista de esas m ism as curaciones. El d e seo dem asiado
hum ano de aproxim arse al p acien te e s no m enos perjudicial. Por lo tanto,
Freud consideraba ju stificad o recomendar la “frialdad de sentim ientos” del
cirujano, que prevendría contra tales aspiraciones, com prensibles pero no
profesion ales. D e m o d o que revelar detalles íntim os de la propia vida inte
rior o de sus rela cio n es fam iliares con stitu ye un serio error técn ico por
parte del terapeuta. “El m éd ico debe ser o p aco para el paciente y, com o un
espejo, n o mostrar nada m ás que lo que s e le m uestra” .
Estas im ágenes frígid as exp o n en una p o sición freudiana d ecidida y
desapasionada que a lgu nos de sus otros textos, e incluso en m ayor m edida
su práctica, invalidan en parte. Lo h em os v isto suavizar sus reglas y a
v e c e s violarlas, con un sentid o soberano del dom inio y por razones hum a
nitarias. R enunciaba a sus honorarios cuando los pacientes pasaban por
m o m en to s ec o n ó m ic a m e n te d ifíc ile s . S e perm itía realizar com en tarios
cord ia les durante la s e s ió n . S e h iz o a m ig o de sus p a cien tes favoritos.
C om o sab em os, lle v ó a ca b o a n á lisis inform ales en algunos escen arios
desconcertantes; e l análisis de E itingon realizado durante p aseos vesperti
nos por V ien a fue só lo e l m ás espectacular de sus experim entos inform a
les. Pero en sus artículos sobre la técn ica se prohibió el m enor atisbo
de ese tipo de ev a sion es.
D esd e luego, n o había lugar para ellas en el manual que Freud estaba
preparando para sus co leg a s. H abía escrito que todo lo que obstruye el aná
lisis e s resistencia, y to d o lo qu e distrae al paciente de seguir la regla fun
dam ental es una o b stru cción. Incluso en e l m ejor de lo s caso s, los pacien
tes m ism o s introducen resisten cia s m ás que suficientes por su parte; no
hay necesidad alguna de que e l analista se sum e a ellas con muestras de
afecto, con discusiones racionales de la teoría o con aspiraciones fervoro
sas resp ecto al autodesarrollo del an alizando. Gratificar a los pacientes
amándolos, tranquilizándolos o dándoles seguridades, o haciéndoles co n o
cer los planes que u n o tien e para las vaca cion es, sign ifica dar sustento a
los m ism o hábitos d e p en sam iento que se pretende superar m ediante el
análisis. Puede parecer in sen sib le, pero e l analista no debe perm itir que lo
abrume la piedad por lo s pacientes que sufren; ese m ism o sufrim iento es
un agente del proceso curativo, »> El atajo de la tranquílización consoladora
no hace más que m antener instalada la neurosis. Se podría decir que e q u i
vale a ofrecerle una aspirina a San Sebastián para aliviarle el dolor. Pero
recurrir, co m o m etáforas del procedim iento del analista, al trabajo frío del
cirujano o a la superficie vacía de un esp ejo , supone desatender la solidari
30 N o m ucho d esp u és, d ir ig ién d o se a su s c o leg a s d el c o n g r eso d e B u dap est
a fin es de septiem b re de 1918. declaró: “ Por cruel que parezca, d e b em o s procu
rar que los su frim ien to s d e l p a c ie n te ... no co n c lu y a n prem aturam ente”. ("W ege
der p sy ch o a n a ly tisc h e n T h er a p ie ” [ 1 9 1 9 ], G W X II, 188 / “ L ines o f A d v a n ce in
P sy c h o -A n a ly tic Therapy", SE X V II, 163).
T e r a p ia y t é c n ic a [347 ]
dad, a la v e z taciturna y m uy humana, que le brinda al ser infeliz tendido
en el diván.
In c l u s o au n q u e e l analista y el analizando observen escrupulosam en
te lodos lo s m andatos técnicos de Freud. el trabajo curativo del análisis es
siem pre lento e in cierto. Freud ex clu ía d el tratam iento analítico m uchos
tipos de desorden m ental, en esp ecia l las p sic o sis, sobre la base de que el
p sicó tico n o puede esta b lecer la transferencia n ecesaria con el analista.
Pero tam bién lo s h istérico s y los n eu róticos o b se siv o s, particularm ente
adecuados para el tratam iento analítico, a m enudo presentaban un progreso
lentísim o y d esalentadoras recaídas. Los recuerdos elu siv o s, los síntom as
tenaces y el con tinu o aferrarse a hábitos n eu róticos demostraban ser p od e
rosas o bstruccion es en el cam ino de las interpretaciones e ficaces y del tipo
de transferencia que ayuda en la cura. Las obstrucciones más exasperantes
eran las transferencias que inducían al paciente a repetir la conducta ante
rior, en lugar de recordarla. Freud v eía co n claridad que el rasgo de carácter
que m enos podía perm itirse e l analista era la im paciencia. La experiencia
clínica dem ostraba que n o era su ficiente que el analizando com prendiera
algo in te le c tu a lm e n te . P ero a la larga lle g a ría e l m o m e n to en q ue el
paciente, que padecía continuas recaídas y olvidaba de manera sistem ática
com prensiones duram ente adquiridas, iba a em pezar a absorber, a “ela b o
rar" su c o n o c im ie n to lograd o co n tanto trabajo. “El m éd ic o ” — señ aló
Freud en su artícu lo “R ecordar, repetir y reelaborar”— só lo tiene que
“esperar y dejar que las co sa s sigan su curso, lo cu al no puede evitarse ni
tam poco acelerarse”. * i« U na v e z m ás, los d o s m iem bros de la pareja ana
lítica deben cultivar la paciencia: “ Esta elab oración de la resistencia puede
convertirse en la práctica en una tarea tediosa para el analizando y en una
prueba de pacien cia para el analista. Pero es la parte del trabajo que tiene
el m ayor efe c to transform ador en el paciente”, y la que, sin duda, diferen
cia al p sic o a n á lisis d e to d o s lo s tratam ientos que intentan influir e n el
paciente por m e d io de la sug estió n . El analista no e s sim plem ente pasivo
en esta im portante fase; si cuenta con la co m p lacen cia del paciente, debe
tratar de “dar a tod os lo s síntom as de la enferm edad un nuevo significado
transferencia!, para reem plazar su n eu ro sis com ú n por una neurosis de
transferencia”. Esa neurosis de transferencia e s un tipo único de enferm e
dad, un desorden p eculiar — y necesario— del tratam iento. El analista pue
de librar de ella al paciente “por m edio del trabajo terapéutico”. *1W S igu e
una e sp ecie de c o d a , la fase de la con clu sió n , sobre la cual Freud só lo ofr e
ció unos p o co s co m entarios dispersos. N o ignoraba que producía a flicc io
nes peculiares; las denom in ó “ dificultades de la despedida” (A b sc h ied ssch -
w ierig k eiten ). * 1(7 D esp u és de haberse encarrilado el análisis y elaborado
el n u e v o c o n o c im ie n to adq uirid o, reforzada ig u alm en te la neurosis de
transferencia, llegará e l final deseado.
[3 4 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
A pe s a r de toda su retórica conciliatoria y cordial, Freud presentó
esto s artículos co n un aire de c o n v ic c ió n com pleta, el aire de un fundador
y de un profesional experim entado. N o hacía m ás que exponer los m étodos
que le habían resultado m ás efic a c e s en su propia práctica; tal v e z otros
quisieran p roceder d e d istin to m o d o . Pero n o obstante esa d ip lom ática
liberalidad, n o dejaba duda alguna en cuanto a que esperaba que sus reco
m endaciones ejercieran entre sus segu idores una autoridad im periosa. Esa
autoridad s e la había ganado; nadie m ás podría haber escrito e so s en sayos,
y su s lectores los adm iraron co n franqueza, los citaron con profusión y los
aprovecharon en abundancia. En 1 9 1 2 , E itingon le agradeció de m odo
entusiasta el artículo “C o n sejo s al m é d ic o sobre e l tratamiento p sic o a n a lí
tico ”, co n el cual — escrib ió — “ pude aprender m ucho” . *1SS Y E itin gon no
era el único. La serie de artículos sob re la técnica se con virtió en un in d is
p ensable manual de la p rofesión: y e s exactam ente eso. Su brillantez no
e s m ayor que la d e cualquier otro texto que haya escrito. N o se trata de que
con stitu yan la ú ltim a palabra sobre c ó m o conducir un análisis; no son ni
siquiera la últim a palabra del propio Freud. T am poco conform an un trata
d o exhau stivo o form al. Pero, tom ados en conjunto, c o m o recom en d acio
nes acerca del m odo de conducir el encuentro clínico, de sus oportunidades
y p eligros latentes, e s tan r ico su v ig o ro so sentido analítico, tan perspicaz
su anticipación a las críticas, que d esp u és de todos estos años sigu en c o n s
tituyendo una guía para el aspirante a analista, y una fuente para el analis
ta practicante.
Una cuestión que dejaron sin resolver, y que ni siquiera abordaron, es
la de cuántos pacientes a nalíticos lleg a n a curarse. Este fue en aquel enton
ce s, y sig u e sien d o ahora, un tem a su m am ente p o lém ico. Pero e n lo s años
en que Freud redactó esto s artículos, tanto é l com o sus d iscíp u los pen sa
ban que, dentro de lo s lím ites que e llo s m ism os se habían fijado, el regis
tro de lo s éxitos a n alíticos sa lía fav o recid o s i se com paraba con lo s esfu er
z o s terapéuticos de su s r iv a les. P or otra parte, Freud no perm itió que
cualquier duda que pudiera albergar sobre estas cifras ensom breciera su
co n fia n za en su crea ció n c o m o instrum ento intelectual para ex p lic a r e l
funcionam iento de la m ente. Esa confia nza no había brotado por genera
ció n espontánea. L os e c o s gratificantes provenientes del m undo exterior
y a n o eran tan esc a so s c o m o lo fueron alguna vez. En 1915, cuando Freud
pub licó el últim o de su serie d e artículos sobre la técnica, estaba lejos de
ser el pionero aislado d el período d e F liess, o de los prim eros años de la
S ociedad P sico ló g ica de lo s M iérco les. Y sus estudios de artes p lásticas y
literatura, de religión y prehistoria, no hicieron m ás que fortalecer su c o n
fianza en que las le y e s d e la p sic o lo g ía , tan persuasivam ente presentadas
en sus historiales, eran v álidas para todo.
S iete
A plicaciones y
consecuencias
C u e s t io n e s d e g u s t o
E l im p la ca b le program a de trabajo d e Freud durante
e so s años turbulentos hace que nos preguntem os c óm o
encontraba tiem po para cultivar un p o c o su vida priva
da. Entre 190 5 y 1 9 1 5 , inundado de trabajo c lín ic o ,
h istoriales, tareas editoriales y las agotadoras e x ig e n
c ia s de la p o lític ia p sic o a n a lítica , p u b lic ó artícu los
sobre literatura, d erech o , relig ió n , ed u ca ción , artes p lásticas, é tica, lin
gü ística, fo lclo re, cu en to s de hadas, m ito lo g ía, arqueología, la guerra y la
psic o lo g ía de los niñ o s en ed ad escolar. P ero puntualm ente a la una de
cada día se presentaba para participar en la com ida principal de la fam ilia,
jugaba sem analm ente su partida d e taroc lo s sábados por la noche, v isita
ba sin falta a su m adre lo s d om in g o s por la m añana, daba su paseo d e la
tarde, atendía a sus visita n tes y (aunque e sto era m uy raro) asistía a repre
sentaciones de óperas de Mozart.
A dem ás d e estar tan ocupado, a m edida que crecía su notoriedad, reci
bió in v ita cio n es para dirigirse oralm ente o por escrito a un púb lico p op u
lar; en a lgu nos c a so s, las a cep tó. En 1907 p u b licó, entre otros artículos
breves, una “Carta abierta al doctor M . Fürst”, director de una publicación
esp ecia liza d a en h ig ie n e s o c ia l, titulada “ El esc larecim ien to se xu al del
n iñ o ”, en la que h iz o la d efen sa d e la franqueza. El m ism o año pronunció
una agradable conferencia sobre el lugar de la fantasía en el trabajo creador
[3 5 0 ] E labo ra cio n es: 1 9 02-1915
del escritor de ficció n , el D ic h ie r 1 H abló ante un público en gran m edida
profano en el salón de H ugo H eller, su am igo y editor, y en consecu en cia
con virtió la charla en una accesib le ex p o sic ió n del m odo en que se produ
c e n cie r ta s cre a c io n e s cu ltu r a le s. E se fu e tam b ién su prim er in ten to
(exceptuadas una pocas in dicaciones de L a in terpretación de los sueñ os) de
aplicar a la cultura las ideas p sicoan alíticas.
A pesar de su agilidad, esta co n ferencia, publicada al año siguiente
co n el título de “El creador literario y el fantaseo”, es una seria aportación
a la estética psicoanalítica. El trabajo de lo in con scien te, la p sico lo g ía de
la realización de los d eseos y la influencia de la infancia en la vida poste
rior son lo s puntos centrales de su argum entación. Freud com ien za pre
guntando, con se n c ille z y tacto, a lg o que era probable que interesara a
lod o s los profanos: ¿de qué fuentes extraen su m aterial los escritores?
O bserva que la respuesta nunca parece satisfactoria y, para hacer aun más
profundo el m isterio, in clu so aunque fuera satisfactoria, e se con ocim ien to
nun ca co n vertiría al p rofano en un p oeta o dram aturgo. A grega, de la
manera m ás m odesta, que tal v e z se podría hallar alguna aclaración preli
m inar sobre lo s m é to d o s del D ic h te r si se descubriera alguna actividad
sim ilar com ún a todos lo s seres h um anos. Dejando a un lado cualquier
tipo de negativa, por sensata que sea, Freud expresa la esperanza de que ese
enfoqu e no resulte “infructuoso” •'
D esp ués de estas d isculpas, Freud da uno de sus característicos saltos
a crobáticos, conecta n d o entre s í dos gam as d istintas de la exp erien cia
hum ana. La caza de p aralelism os e s un deporte p eligroso, en especial si
fuerza d educciones que vayan m ás allá de lo lícito, pero las analogías o
paralelism os válid os pueden sacar a la luz relaciones antes desconocidas y,
lo que es in clu so mejor, v ín c u lo s ca u sa les insospechados. El salto que da
Freud e s de este tipo: todo n iñ o que juega — dice— se com porta com o un
D ich ter, “en cuanto crea su propio m undo para s í m ism o o, dich o de m odo
m ás correcto, traslada la c o sa s de su m undo a un orden nuevo que le agrada
m á s” . A l jugar, el niñ o lo h ace m uy seriam ente, pero sabe que está in ven
tando: “L o opuesto del ju e g o n o es la seriedad, s in o ... la realidad”. *1 El
poeta o novelista procede en gran m edida de la m ism a manera; reconoce
que las fantasías que está elaborando son fantasías, pero e llo no las co n
vierte en algo m enos im portante que — d igam os— el com pañero de ju egos
im aginario del niño. L os niños disfrutan jugando, y puesto que los seres
hum anos son m uy renuentes a olv id a r un placer con el que alguna v e z
gozaran, co m o adultos desean encontrar un sustituto. En lugar de jugar,
fantasean. Am bas actividades son co m o esp ejos que se reflejan entre sí:
las dos son activadas por un deseo . Pero mientras que el ju ego del niño
expresa el d eseo de ser m ayor, las fantasías de los adultos son infantiles.
* El práctico e intraducibie térm ino alem án D ic h te r se a p lica por igual al
n o v e lis ta , el dram aturgo y e l poeta.
A p l ic a c io n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 5 1 ]
En este sen lid o , tanto el ju e g o c o m o la fantasía reflejan estad os de in satis
facción: “ S e podría decir que la persona fe liz nunca fantasea; sólo la insa
tisfech a lo hace”. En p o ca s palabras, la fantasía es, lo m ism o que el d eseo
que se expresa en el ju e g o , “una corrección de la realidad insatisfactoria” .
*3 L as r e v is io n e s im a g in a tiv a s q u e lo s a dultos im p on en a la realidad
incluyen a m bicion es n o realizadas o d ese o s se xu ales irrealizables; estas
am biciones y d eseos se m antienen o cu lto s, porque la socied ad respetable
los ha apartado del discu rso s o c ia l, in clu so del fam iliar.
A llí encuentra el D ic h ie r su tarea cultural. Im pulsado por su v o c a
ción , expresa sus en su eñ o s y de e se m o d o da a conocer las fantasías se cre
tas de sus co ntem p oráneos m en o s elo cu en tes. L o m ism o que e l que sueña
por la noch e, el creador im aginativo com bina una experiencia poderosa de
su vida adulta con un recuerdo distante que ha vuelto a despertar, y a co n ti
nuación transforma en literatura e l d eseo su scitado por esta com binación.
Lo m ism o que un en su eñ o , su poem a o n ov ela es una criatura m ezcla de
presente y pasado, tanto d e im p u lso s e x te m o s c o m o de im p u lsos internos.
Freud n o n iega que la im a g in a ció n desem peñe un im portante papel en la
creación de las obras literarias, pero las v e principalm ente c o m o realidad
reformada, bellam ente distorsionada. N o era un romántico que celebrara al
artista c o m o a un haced or c a si d ivino; es evidente su resistencia a recon o
cer lo s aspectos puram ente creadores del trabajo del escritor y del pintor.
D e m odo que e l análisis que realiza Freud de la creatividad literaria es
m ás sobrio qu e rapsódico; s e concentra en tas transacciones p sico ló g ic a s
entre el creador y su infan cia, entre productor y consum idor. P uesto que en
el fo n d o tod os lo s d ese o s so n e g o ísta s, su ex p o sic ió n probablem ente rep e
lería al p úb lico ocu pad o en soñar sus propias fantasías centradas en el yo.
El poeta supera e sa s resiste n c ia s “ sobornando” a sus lectores u oyentes
con el “placer prelim inar” de la form a estética, un placer prelim inar que
prom ete p laceres m ayores por v en ir, y perm ite a los lectores contem plar
sus propias fantasías “ sin n ingú n autorreproche o vergüenza” . P recisam en
te en e s e acto de soborn o — pensaba Freud— c o n siste “el A rs p o é tic a pro
piam ente d ich a” . En su o p in ió n , "el placer real de una obra im aginativa
surge de una liberación de las te n sio n es en nuesttas m entes". ** El artista
pone en el a nzu elo el c e b o de la b elleza: así podría glosarse el argum ento
esencial de Freud.
A p e s a r de t o d a s sus responsabilidades, de toda su actividad, !a ruti
na de Freud sig u ió in clu y en d o (co m o siem pre había hecho) tradicionales
placeres fam iliares, tanto vera n ieg o s c o m o invernales. Hasta 1909, cuando
Martin ingresó en la un iversid ad y em p ezó a vivir su vida, Freud p asó sus
preciosas v a c a cio n es en las m ontañas co n la totalidad de la fam ilia: su
m ujer, su cuñada y to d o s lo s h ijos; e l m ism o año, 190 9 , co n stitu y ó otro
hito de la vida fam iliar de Freud; su hija M athilde, la m ayor, fue la prim e
ra en casarse. D esd e su n acim ien to en octubre de 1887 había sid o causa de
[3 5 2 ] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
alegría y placer para el padre, pero tam bién de preocupaciones angustiadas.
Una operación de apenaicitis de 1906, aparentemente mal realizada, había
afectado m ucho a su salud; dos años m ás tarde sufrid una fiebre altísim a
que h izo que Freud pensara en una peritonitis, *s y otro par de años d e s
p ués de esto, “valiente c o m o siem pre” , tuvo que som eterse a otra opera
c ió n seria. **¡Sus enferm ed ades interm itentes, sus rasgos un tanto insu lsos
y la tez pálida hicieron estragos en la autoestim a de M athilde; le co n fió a
Freud su tem or de carecer de atractivo, lo cual proporcionó a éste la opor
tunidad de tranquilizarla co n su a fecto paternal. “Durante m ucho tiem po he
sospechad o — le e scrib ió en m arzo de 1908, cuando ella estaba en un bal
neario recuperándose de su última enferm edad— que, siendo tan racional
co m o eres, te sientes herida pensando que no eres lo bastante herm osa y
que por lo tanto no atraerás a ningún h om bre.” Pero, continúa Freud, él
había estado observándola sonriendo. “A m í m e pareces bastante herm o
sa .” En todo ca so , tenía que recordar que desde hacía m ucho tiem po “lo
d e c isiv o ” n o era “la belleza form al de una chica sin o más bien la im pre
sión que causa su personalidad”. Invitó a la hija a mirarse al espejo; para
su a liv io , descubriría que sus rasgos n o eran vulgares ni repulsivos. Lo
que es m ás (y éste era anticuado, el m ensaje que su “amante padre” quería
transm itirle), “ lo s jó v e n e s razonables, después de todo, saben lo que deben
buscar en una mujer: un carácter du lce, jovialidad, y la capacidad para
hacerles la v id a m ás grata y cóm oda” . *’ Por anacrónicas que em pezaran a
parecer las actitudes de Freud, in clu so en 1908, se diría que a M athilde la
carta le resultó reconfortante. En todo ca so , en el siguiente m es de febrero,
a lo s vein tiú n años, s e c a só co n un v ie n é s, un hom bre de n eg o cio s doce
años m ayor qu e ella, R obert H ollitscher. Freud, entonces en el esplendor
de su am istad co n Sándor Ferenczi, le d ijo a éste que lo habría preferido a
él co m o yerno, *® pero nunca le m anifestó d isgu sto a su hija por la e le c
ción: m u y pronto H o llitsc h e r se c o n v ir tió en “ R obert”, un apreciado
m iem bro del clan de Freud.
Cuatro años m ás tarde, en enero de 1913, la segunda hija de Freud,
S ophie, tam bién lo abandonaba. Freud apenas tardó en aceptar a su novio,
e l fotógrafo ham burgués M ax Halberstadt. Había visitado el estudio de
Halberstadt y tenía una im presión favorable de su futuro yerno. A princi
p io s de ju lio de 1912 todavía se d irigía a é l un tanto form alm ente com o
“ Q uerido Señor” (Sehr geehrter H err), y le escrib ió un p oco sen te n cio sa
m ente que se sen tía fe liz al ver a S o p h ie seguir sus inclinaciones co m o
cuatro años antes lo hab ía h e c h o su herm ana m ayor M athilde. D os
sem anas m ás tarde, Halberstadt se había convertido en “Mi querido yerno”,
aunque Freud segu ía tratándolo con el distante S ie . *i° Pero estaba sin duda
com p la cid o con el n uevo m iem bro de la fam ilia. Halberstadt — le escribió
a M athilde, felicitánd ola a ella al m ism o tiem po— era “evidentem ente un
ser hum ano m uy fia b le, se r io , tierno, refinado y sin em bargo en absoluto
d éb il”; consideraba sum am ente probable que los Freud fueran testigos, por
A p l ic a c io n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 5 3 ]
segunda v e z , de la rareza de un m atrim onio f e liz en el seno de la fam ilia.
El 27 de ju lio H alberstadt p asó a ser “Q uerido M ax”, *»a y finalm ente,
dos sem anas m ás tarde, Freud lo acep tó en e l cír cu lo íntim o fam iliar tra
tándolo de du * 13 Pero su sen sa ció n de que ganaba algo se v io levem ente
en som b recida por una im presión de pérdida. En una tarjeta p o sta l que
e n v ió d e sd e R om a, en sep tiem b re, a su futuro yern o, se d e sp e d ía con
"Cordiales recuerdos de un padre que se ha quedado totalm ente huérfa-
n o ”.
P e r o e r a e l p s i c o a n á l i s i s lo que p revalecía en la atención de Freud.
Hans Sach s, que lo c o n o c ió en esa ép oca, n o exageraba m ucho al decir que
lo v io “dom inado por una idea d esp ó tica ”, una d e v o ció n al trabajo que su
fam ilia apoyaba “co n la m ayor veh em en cia , sin una queja”. *13 Su co n ce n
tración m ental e n e s o s días de e x p a n sió n era q u izás m ayor que nunca:
había lle g a d o el m o m e n to de aplicar lo s c o n o cim ie n to s p sico a n a lítico s
fuera del consultorio. "Cada v ez esto y m ás c o n ven cid o del valor cultural
del y A — le e scrib ió Freud a Jung en 1 9 1 0 — y d ese o que una persona bri
llante extraiga d e é l las co n se c u e n c ia s pertinentes para la filo so fía y la
sociedad”. 3* 16 T enía aún algunos m om entos d e duda o incertidum bre, aun
que eran raros, y adem ás continuaron decreciendo. “M e resulta m uy d ifícil
— escrib ió e l m ism o año, en respuesta a lo s extravagantes saludos de A ño
N u e v o que le e n v ió F erenczi— com entar e l valor de m is e scritos y su
influ encia en la futura form ación de la cien cia . A v e ce s creo en él, a vec es
tengo dudas.” En una frase que estaba co nvirtiéndose en favorita para él,
agregó: "Es p o sib le qu e n i siquiera e l Señor lo sepa todavía”. * 17
Pero aunque Freud podía enorgullecerse, o incluso llegar a jactarse, de
su aptitud para la autocrítica, * 18 la perspectiva de una interpretación p si
coanalítica d e la cultura lo llevaba a la euforia. C onfiaba en que ésa era la
p róxim a tarea q u e ten ía asig n a d a . En 1 9 1 3 , resu m ien d o el trabajo de
am pliación fuera d el co n su ltorio que e l p sico an álisis ya había realizado,
esb o zó un a m b icio so program a para lograr m ayores conquistas. El p sic o a
nálisis — afirm ó— p u ede arrojar m ucha luz sobre los orígenes de la reli
gión y la m oral, sob re e l derecho y la filo so fía . “ La totalidad de la historia
de la cultura” estaba aguardando a su intérprete p sicoanalítico. “ * 19
2 C uando n ació e l prim er hijo de S o p h ie, lo salu dó con una ex cla m a ció n de
sorpresa. “A n och e — le escr ib ió a F eren czi en una tarjeta postal e l 11 de marzo
de 1 91 4 — aproxim adam ente a las 3 , ¡un m ucha chito c om o prim er nieto ! ¡M uy
n otab le!¡U n se n tim ien to de edad m adura, resp eto ante las m aravillas de la sex u a
lidad!” (C orrespondencia F reud-Ferenczi, Freud C o llectio n , LC .)
J En su e n t u s ia s m o , F reu d e s c r ib ió W e lt (“ m u n d o ”) en lugar d e W e r t
(“valor”), un lap sus le v e pero su geren te del a lca nce qu e atribuía a su s id eas.
4 Lo que e n 1925 le d ijo al so c ia lista fla m en co H endrik de M an había sid o su
firm e con v ic ció n durante d écada y m edia: “Siem pre he sid o de la o pinió n d e que
las a p lica c io n es e x tra m éd ica s d e l p s ic o a n á lisis so n tan sig n ific a tiv a s c o m o las
[3 5 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1902-1915
A lg u n o s d e los artículos de Freud sobre p sico a n á lisis aplicado eran
incursiones breves e in conclusas en cam pos en los que n o pretendía ser
experto. Sabía que no era arqu eólogo ni historiador, ni filó lo g o ni ab oga
do. Pero en aquel en tonces — co m o é l m ism o ob servó con una m ezcla de
rudeza y satisfa cció n — los p rofesionales de las disciplinas m ás cercanas,
por ignorancia o tim idez, no parecían d ispuestos a aprovechar los d escu
brim ientos q ue lo s p sicoan alistas les estaban ofreciendo. Su resistencia era
tan in exorable c o m o la del e sta b iish m e n t psiquiátrico, pero proporcionaba
a Freud una en vidiab le libertad d e m aniobra, y le perm itía consentirse e l
lu jo de un ton o e sp ecu la tiv o , a m en u do juguetón.
F r e u d nunca dudo de que la personalidad brillante que sabría extraer
las co n secu en cia s del p sico a n á lisis era él m ism o. Pero disfrutaba d isp o
n iendo de otros hom bres de vanguardia entre lo s p sicoanalistas que se
le habían unido. Jung se había recreado en el psicoan álisis de la cultura,
especia lm en te en su lado o culto, c o m o si estuviera satisfaciendo un apeti
to sensual. A principios de la prim avera de 1910, le co n fe só a Freud que
estaba entregán dose al “placer prácticam ente autoerótico de m is sueños
m ito ló g ic o s ” . * 21 Estaba tan d e c id id o a lograr a cc eso a los secretos del
m isticism o “ co n la llave de la teoría de la libido” , que Freud le pidió que
“v o lviera, antes de que fuera tarde, a las neurosis. A llí — agregó con én fa
sis— está la madre patria en la que d eb em os em pezar asegurando nuestro
d om in io contra todo y contra tod o s”. * 22 A pesar de todo su interés por el
p sico a n á lisis aplicado, Freud in sistía en em pezar por el principio.
Pero Karl Abraham y Otto Rank, aunque de un carácter m enos m ístico
q ue el de Jung, n o estaban m en os ex citados. En 1911, A braham publicó
una pequeña m onografía p sicoan alizan do al pintor tirolés del sig lo X IX
G iovanni Segantini, que había m uerto jo ven y en aquel entonces era m uy
adm irado por sus escen a s m ísticas cam pesinas. Abraham se enorgu lleció
bastante de e ste esfuerzo pionero, y al año siguiente sum ó otra aportación
al p sicoan álisis aplicado: un artículo sobre el faraón egip cio A m enhotep
IV , el h istórico innovador relig io so que m ás tarde habría de ser objeto de la
atención de Freud en su libro sobre M o isés y el m o n o teísm o .3 A l m ism o
tiem po Rank, lector om nívoro y escritor fluido, com batía en varios frentes
m édicas; sin duda, las prim eras podrían tener tal v e z una in fluencia m ayor en la
orientación m ental de la hum anidad”. (Freud a Hendrik de Man, 13 de diciem bre de
1925, A rc h ief Hendrik de M an, Instituto Internacional de H istoria S o c ia l, A m ster-
dam .) Esa era la v o z d el m éd ico am bivalen te, c u y o corazón estaba en otra parte.
* F lie ss, tratando de agradar a Abraham , co sa que le gustaba hacer, cuando
Tecibió una separata d el artículo de e ste ú ltim o so b re A m en h o tep , r esp o n d ió
d icié n d ole al autor que en adelante in tentaría "reflexionar sob re esa personalidad
de nu evo, a la lu z d e su c o n c ep ció n ”. (F liess a A braham tarjeta p o sta l], 12 de
octubre de 1912, P apeles de Karl Abraham , LC .)
A p l ic a c io n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 5 5 ]
estudiando la p sic o lo g ía del artista, e l tem a del incesto en la literatura y los
m itos que rodean el nacim iento del héroe.
En 1 9 12, en a so c ia c ió n co n H ann s S ach s, Rank fundó Im a g o , una
p ub licación especia liza da , c o m o proclam aba su lem a, en la aplicación del
p sic o a n á lisis a las c ie n c ia s cu ltu rales. O riginalm ente, según le com en tó
Freud a Jones, esta “n u eva pu blica ció n en absoluto m éd ica”, iba a llam ar
se E ro s y P siq u e. El nom bre que sus fundadores adoptaron finalm ente
era un tributo a la literatura; explícita m en te recordaba una n o v e la reciente,
Im a g o , del poeta su iz o Cari Spitteler, que celebraba el poder de lo in co n s
cien te en una brum osa h istoria de am or. A l principio a Freud le preocupó
que, in clu so aunque Im a g o fuera editada por “dos m uchachos brillantes y
h o n e sto s”, n o llegara a tener “ una andadura tan fácil com o la de los
otros órgan os”. P ronto se h iz o ev id e n te que esta preocupación n o e sta
ba justifica d a . A Im a g o — pud o com entar Freud en ju n io de 1912— le
estaba ‘‘yendo sorprendentem ente b ien ” ; e l núm ero de suscriptores, 230,
p rin cip a lm en te d e A le m a n ia , le p a r e c ía m uy sa tisfa cto rio , aun q u e le
inquietaba la falta de interés en V ien a . *“ L os editores encontraron en
todas partes p sico a n a lista s an sio so s por publicar en el p eriódico, y entre
sus autores el p ropio Freud n o era e l m en os im portante. El supervisaba a
lo s “ dos m uchachos b rillan tes y h o n e sto s”, y les en v ió algunos de sus
artículos esp ecu la tiv o s m ás o sados.
L os escritos que se apartaban del a specto clín ic o del círcu lo íntim o
generaron oportunidades e n las qu e abundaron los buenos deseos y las fe li
cita cio n es m utuas. Freud d io la b ien venida a la importante aportación de
Jones a im a g o sobre e l,sig n ifica d o sim b ó lic o de la sal; Jones le m an ifestó
a Abraham que había leíd o cuidadosam ente su “encantador estu d io” sobre
S ega n tin i “co n el m ayor in terés”; * 27 A braham , por su parte, le y ó d os
v e c e s el T ó te m y ta b ú de Freud, “co n c reciente fruición”. Por su p u esto,
algunas d e las patografías de artistas p lá sticos y poetas producidas en el
círcu lo de V iena eran ingenu as y precipitadas, y en ocasion es suscitaron la
franca irritación d e Freud. Pero, trabajo h onesto o chapuza, e l p sic o a n á li
sis aplicado fue ca si d esde e l principio una aventura en equipo. Freud co n
sideró grato ese am plio interés, pero é l n o necesitaba que otros le anim a
ran para que tendiera la cultura en e l diván.
Los principios que gobernaban las exp loraciones a vista de pájaro de
Freud en el dom inio de la cultura eran p o co s, fáciles de enunciar, pero difí-
c iie s de ip k c ir : tod o responde a le y e s, todo está oculto, todo está relacio-
r.ió e . En sus propias palabras, e l p sic o a n á lisis estab lece v ín cu los íntim os
entre "los logros p s ic o ló g ic o s d e lo s ind ividuos y la sociedad, postulando
la m ism a fuente dinám ica para unos y o tro s”. La “principal fun ción de los
m ecan ism os m entales" es “ liberar a la persona de las tensiones que sus
necesidades crean en ella". El in dividuo logra alivio en parte “extrayendo
sa tisfacción del m undo e x te m o ” o “hallando algún otro m odo de disponer
d e lo s im p ulsos in sa tisfe c h o s”. • * En consecuencia, la indagación p sico a -
[356] E la bo ra cio n es: 1902-1915
n alítica aplicada a las artes p lásticas o la literatura, lo m ism o q ue la inda
g ación de las neurosis, debe ser una búsqueda de deseos o cu ltos satisfechos
o d e d eseo s o cu ltos frustrados.
E quipado co n e s to s prin cip io s e se n cia le s sim p le s, Freud se m ovió
entre las m ás altas creaciones de la cultura, e sa privilegiada descendencia
de la m ente, abarcando un área inm ensa. Pero en todas sus exploraciones
su fo c o sig u ió sien d o el p sic o a n á lisis. L o que le importaba era m enos lo
que podía aprender de la historia d el arle, de la lingüística y todo lo dem ás,
que lo que esa s disciplinas podían aprender de él; entraba en territorio aje
n o c o m o con qu istad or y no c o m o su p lican te.* C o m o h e m o s v isto , su
e n s a y o sob re L eonard o fu e un ex p e r im e n to b io g r á fic o pero al m ism o
tiem po una in vestigación p sicoanalítica acerca de los orígenes de la h om o
sexualidad y el fu ncionam iento de la sublim ación. En este sentido resultó
ejem plar, a pesar d e sus otras aventuras en e l análisis cultural. El p sico a
n á lisis, c o m o él m ism o dijo , siem p re sig u ió sie n d o su m adre patria.
F reu d disfru ta ba enorm em ente co n estas incursiones. Pero su preo
cupación psicoanalítica acerca de los productos de la cultura no era sim p le
m ente una actividad refrescante o recreativa para distraer las horas libres.
La com p ulsivid ad, tan evidente en su actitud con respecto a los historiales
y a las in v estig a cio n es teóricas, tam bién estaba presente en su pensam ien
to sobre las artes p lásticas y la literatura. C om o h em os v isto , había e x p e
rim entado el enigm a de L eonardo y lo s acertijos m ás divertidos planteados
por Schreber c o m o otras tantas o b sesio n es que tenía que satisfacer y so lu
cionar. L os m isterios del R ey L e a r y e l M o isé s de M iguel A n gel lo a cosa
ron co n igual intensidad. Durante toda su vida, Freud se sin tió im pulsado
a descifrar secretos. Cuando en 1909 E m est Jones le propuso enviarle su
trabajo sobre el com plejo d e E dipo de H am let, Freud se m anifestó muy
interesado. El artículo d e Jones co n sistía en la am pliación de unas páginas
célebres de L a in terp reta ció n d e lo s su eños, dedicadas a los sentim ientos de
cu lpa su scitad os en H am let por su amor a la madre y su o d io al padre,
páginas éstas que Freud recordaba con evidente orgullo: “C uando redacté lo
que m e parecía la so lu c ió n d el m isterio, no estaba em p rendiendo una
in vestigación esp ecia l sobre lo s valores literarios de H am let, pero sabía
cu á les eran lo s resultados de nuestros escritores germ anos, y vi que inclu
s o G oethe había errado el blanco”. Freud encontró una fuente de satis
facción (d ifícil de apreciar para un extranjero) en el hecho de haber supera
d o al propio G oethe.
6 C om o reacción a la biografía d e G oeth e escrita por Em il Lu dw ig (lib ro que
no valoraba m ucho), le co m en tó a O u o Rank: “ El reproche qu e se le ha h echo a
nuestras b iogra fía s y A puede aplicarse m ucho m ás a esta [b io g ra fía ], a sí c om o a
todas las otras n o a n a lítica s" . (F reud a R ank, 10 de a g o sto d e 1 9 2 1 , Rank
C o lle ctio n , B ox Ib. Rare B o o k and M anuscript Library, C olum b ia U n iv e r sity .)
A plicaciones y consecu en cia s [357 ]
En resum en, la s in v e stig a c io n e s m ás serias y tenaces no eran total
m ente una cuestión d e libre e lecció n . En ju n io de 1912, cuando se acercaba
la anhelada pausa del verano, le dijo a Abraham que “ ahora mi actividad
intelectual se limitará a las co rreccion es d e la cuarta edición de m i [P sicoa-
patología de la] V ida C otidiana, si súbitam ente no se m e hubiera ocurrido
que la escena inicial de Lear, e l ju ic io de Paris, y la elección de cofres en
E l M erca d er de Venecia se basan en realidad en el m ism o tema que ahora
esto y investigan d o”. *31 Sim p lem ente “tenia” que investigarlo. N o sorpren
de que se refiera a su relación con ciertas ideas em pleando expresiones ade
cuadas para describir e l sufrim iento. “ H oy m e atormenta — le escrib ió a
Ferenczi e n la prim avera d e 1 911— e l secreto de la escuela trágica, que
seguram ente no resistirá al \|/A ” . N unca desarrolló esa críptica indica
ción , y tal v e z nunca sepam os qué esc u e la trágica tenía en m ente. Por una
v e z, su torm ento lo abandonó sin que le obligara a descifrarlo m ediante un
tenaz trabajo intelectual. Pero, en g en eral, lo s m ás poderosos intereses de
Freud se asem ejaban so sp ech osam en te a presiones e xigen tes, a tensiones
no resueltas. “He em pezado a estudiar M acbelh, que ha estado atormentán
dom e durante m u cho tiem po — le e scrib ió a F erenczi en 1914— sin hallar
la so lu ció n hasta el m om en to ” . * » Freud dijo m ás de una v e z que trabajaba
m ejor cuando no se sentía totalm ente bien; lo que nunca com entó fue que
su necesaria in d isp o sició n era por lo m en o s en parte el sign o visib le de
pensam ientos que luchaban por alcanzar su expresión.
A l em erger en la m en te d e Freud, un acertijo era c o m o un cuerpo
extraño e irritante, el grano de arena que la ostra no podía ignorar y que
finalm en te tal v e z diera o r ig e n a la perla. S egún la teoría freudiana, la
curiosidad científica del adulto es la elaboración demorada de la búsqueda
que emprende e l n iñ o para hallar la verdad sobre las diferencias entre los
sex o s y lo s m isterio s de la c o n c e p c ió n y e l nacim ien to. En este c a so , la
propia im pertinente curiosidad de Freud reflejaba una necesidad inusual
m ente intensa de ilum inar e s o s secretos. L o habían desconcertado en grado
sum o m ientras pensaba sin cesar en la notable disparidad de edades entre
sus padres y en la presencia de herm anos tan m ayores com o la m adre, y
claro está, de un sobrino que era m a y o r qu e é l m ism o.
Q w z a n i n g u n o de lo s escritos de Freud sobre artes p lásticas revele
cor. ~ ¿ > e lc v u e n c ia su carácter c o m p u lsiv o que e l e n sayo sobre el M o is é s
± . A " g ;i. publicado en 1914. Freud había quedado fascinado ante
rr.o r..T < r.:¿ ] e n su p n m er v ia je a R om a, en 1901; nunca dejó
oe c y espléndida. N unca ninguna obra de arte lo
h j 'r . i im pre>:cr.¿¿o l im o . * * E n 19 1 2 . durante otra de sus vacacion es en
Rom a, le escrib ió a su esp o sa que estab a y e n d o a ver a M o isé s de M iguel
A ng el a diario, y pensaba que podría escrib ir “ algunas palabras" sobre
é l. • ’» R esu ltó que se encariñó m ucho co n las pocas palabras que escribió,
aunque las hizo im prim ir en Im ago co n la firm a “ * * Bastante razona
[3 5 8 ] E la bo ra cio n es: 1 9 02-1915
blem ente, Abraham se sorprendió del anonim ato: "¿No cree usted que se
reconocerá la garra del león?” * * P ero Freud in sistió en denom inar a su
artículo "un h ijo del am or”. •** En marzo de 1914, inm ediatam ente d e s
p ués de que e l “ M o isé s” volv iera a sus m anos desde la imprenta, en una
carta a su “querido Jon es”, Freud se preguntó si “no sería m ejor no r eco
nocer e ste h ijo ante e l p ú b lic o ”; * M esa negación al reconocim iento duró
d ie z años. Pero lo apreciaba casi tanto co m o a la estatua que analiza.
M ientras Freud trabajaba en e s e e n s a y o , E rnest Jones v isitó R om a, y
Freud le escrib ió , en un a c c e so de n ostalgia: “ Lo en vid io por haber v isto a
R om a lan pronto y en edad tan temprana. L lév e le mi m ás profunda d e v o
c ió n al M o is é s , y esc r íb a m e so b re é l ” . Jo n es, sen sib le a lo que le
pedía, no lo defraudó. “M i primer peregrinaje al día siguiente a m i llegada
— le e scrib ió a Freud— fu e para transmitir su s saludos al M oisés, y creo
que ce d ió un p o co en su arrogancia. ¡Qué estatua!”*40
Lo que m ás intrigaba a Freud de la gran estatua de M igual A ngel era
precisam ente que lo intrigara tanto. *41 S iem pre que visitaba R om a, iba a
ver al M o is é s , lle n o d e p ro y ecto s. “En 1 913, a lo largo de tres solitarias
sem anas de septiem bre — recordó— , perm anecí diariamente de pie ante la
estatua, en la iglesia, estud ián dola, m idiéndola, dibujándola, hasta que lle
gu é a com prender lo que só lo m e atrevía a expresar anónim am ente en el
a rtículo.” * « E l M o is é s era ideal para suscitar la curiosidad de Freud;
durante m u ch o tie m p o h a b ía p r o v o c a d o adm iración y con jetu ras. La
m onum ental figura presenta en la frente lo s cuernos m íticos que sim b o li
zan el resplandor del rostro del M o isé s desp u és de haber v isto a D ios.
M ig u el A n g el, in clin ado a lo hero ico , a lo d escom unal, hizo de M oisés
un v ie jo v ig o r o so , m u sc u lo so , im p erio so, co n una barba fluvial que se
c o g ía co n la m ano d erecha y e l pulgar de la izquierda. Está sentado, ceñ u
do, m irando con severidad a la izquierda y sosteniendo las Tablas de la Ley
bajo el brazo derecho. El problem a que fascinaba a Freud era el de qué
m om ento q uiso describir M iguel A n g el. C itó con gusto al historiador del
arte M ax Sauerlandt al decir que “ninguna obra de arte del mundo ha sido
objeto de ju icio s tan contradictorios co m o e se M oisés con cabeza de Pan.
La interpretación m ism a d e la figura está abierta a contradicciones com p le
tas” . * « La tensión de las piernas sugiere una acción iniciada o que acaba
de com pletarse, pero, ¿está M o isés p on iéndose de pie, o se acaba de se n
tar? E se era el enigm a qu e Freud s e sentía obligad o a resolver. ¿Había
retratado M igu el A ngel a M o isé s co m o em blem a eterno del legislador que
v io a D io s , o estaba e s e M o isés atravesando un m om ento de furia contra
su p u eblo, dispuesto a rom per las tablas que había traído del m onte Sinaí?
En 1912, Freud se lle v ó a su casa una pequeña réplica en yeso de la
estatua, pero sus ideas todavía no habían madurado lo bastante com o para
que las volcara sobre e l papel. D eseand o ayudarle, E m est Jones le com plicó
las cosas. “ Jones m e en v ió fo to s de una estatua de D onatello de Florencia
— le escribió Freud a F erenczi en noviem bre— que han hecho vacilar mi
A plicaciones y consecuencias [3 5 9 ]
punió de v ista .” **4 D e esas fotografías surgía la posibilidad de que M iguel
A ngel hubiera tallado su estatua obedecien do m ás a pautas artísticas que a
p resion es em o c io n a le s. A fin e s d e diciem bre de 1912, agradeciéndole a
Jones su ayuda, Freud, ca si co n vergüenza, le pidió un favor: “Si es que
puedo m olestarlo p id ién d o le algo m ás — esto es más que im prudente— per
mítame decir que d e se o una reproducción, aunque sea dibujada, del notable
contorno inferior de las T ablas, que es m ás o m enos así, según unos apun
tes que tom é”. E x p licó lo que quería co n un boceto de aficionado, aunque
ú til, que mostraba lo s bordes inferiores de las Tablas de la Ley. * « Jones
cum plió enseguida; cono cía la im portancia de cales d etalles. ***
M ientras abordaba su artículo sobre el M o isé s y tom aba notas para él,
Freud segu ía va cila n d o . En ag o sto de 1913 le en v ió a F erenczi una tarjeta
postal desde R om a en la que se v eía la polém ica estatua. Y e n sep tie m
bre le escrib ió a E m est Jones: “ H e v isita d o de n u evo al viejo M o isé s, y
ello m e ha reafirm ado en m i e x p lic a c ió n d e su postura, pero a lg o en el
material com parativo qu e usted rec o g ió para m í, h iz o vacilar m i c on fian
za, que aún no está restablecida” . *4* A principios de octubre inform ó desde
V iena que acababa de volv er, “todavía un poco em briagado con la belleza
de los 17 días p asad os e n R om a” . **’ Pero ni siquiera en febrero de 1914
estaba totalm ente seguro: “En e l asunto de M oisés m e estoy contradicien
do a m í m ism o de n u e v o ”.
C om o era d e esperar, Freud d e sa rro lló una interp retación propia.
E xceptuados un os p o c o s qu e habían v isto en la estatua de M iguel A n gel
un m onum ento a la grandeza intem poral, la m ayoría de lo s historiadores
consideraban que. representaba la calm a antes de la tormenta: al encontrar a
los hijos de Israel rind ien do cu lto al becerro de oro, M oisés está a punto
de estallar en có lera y d e romper las T ablas. Pero Freud, investigando con
atención detalles c o m o la p o sic ió n de la m ano derecha del patriarca, y la de
las T ablas m ism a s, lle g ó a la c o n c lu sió n de que M iguel A n g el q u iso m o s
trar a M o isés frenando su torm enta interior, “n o el in ic io de una acción
violenta sin o los restos d e un m o v im ie n to terminado". Sabía perfectam en
te que su interpretación contradecía las Escrituras; en su furia soberana,
d ice el E xodo, M o isé s rom p ió las T ablas. Pero esta autoridad no lle g ó a
hacer vacilar la co n clu sió n final de Freud: su M o isé s e s un M o isé s m uy
hum ano, un hom bre qu e, lo m ism o que M iguel A n g el, era propenso a los
estallidos tem peram entales, y qu e en e s e m om ento suprem o se está co n
trolando virilm ente. Por lo tanto, M ig u el A n gel “ h iz o su M oisés para el
m a u so leo del Papa n o sin un reproche para con e l m uerto, c o m o una
adm onición a s í m ism o , ele v á n d o se co n esta autocrítica por encim a de su
propia naturaleza”. * 51
En gran m edida, e s to lle v a a pensar que la interpretación que h izo
Freud de M iguel A n g e l fue una interpretación de sí m ism o. U na y otra
v e z resulta claro que su vida era una lucha en pos de la autodisciplina, por
el control de sus im p u lso s e sp e c u la tiv o s de su cólera, contra el o d io que
[360] E la bo ra cio n es: 1902-1915
sentía hacia sus e n em ig o s y ( lo que resultaba aun m ás d ifíc il de controlar
hacia sus propios partidarios que consideraba lim itados o d e s le a le s ).’ S i
b ien el M o is é s de M iguel A ngel lo había fascinado a prim era v ista , en
1 901, no lleg ó a ver la estatua c o m o un objeto que debía interpretar hasta
1 912, cuando su aso cia ció n con Jung se estaba agriando. Y redactó "El
M o isés de M igu el A n g e l” a fin e s de 1913, inm ediatam ente antes de em p e
zar su " C on trib ución a la h isto ria del m o v im ien to p sic o a n a lític o ” , la
“bom ba” que proyectaba arrojar contra Jung y A dler. Esa p olém ica mantu
v o su furia bajo control (aunque a duras penas) para servir m ejor a su ca u
sa. 8 Pero se sentía tan irritado que no estaba en absoluto seguro de c o n
servar el férreo d o m in io de s í m ism o que había atribuido a su estatua
favorita.
En octubre de 1912, le escrib ió a Ferenczi: “En m i estado de ánim o
actual, m e com paro m ás b ie n c o n e l M o isés h istórico, y no c o n el M oisés
de M iguel A n g el que h e interpretado” . * 52 El punto cardinal de este ejerci
cio de detecció n en e l ám bito d e la historia del arte, p u e s, co n sistía en
enseñarse a s í m ism o la virtud d e im itar al estadista autoconlrolado de
M iguel A n g e l, y n o al líd er im p u lsiv o de cu yo tem peram ento fo g o so el
E xodo proporciona una prueba tan elo cu en te. S ó lo una interpretación b io
gráfica de este tipo p ued e explicar las v isitas cotidianas de Freud para ver
la estatua, sus m e d ic io n e s m in u cio sa s, sus dibujos detallad os, su lectura
cuidadosa de m onografías, todo e llo un tanto desproporcionado en vista de
lo s resultados, que en e l m ejor d e los ca so s n o iban a con sistir m ás que en
una nota a pie de página en la interpretación p sicoanalítica del arte. Pero
no fu e solam ente Freud e l p o lític o , en busca de autodisciplina, el que d ed i
có todas esas horas al M o is é s d e M ig u el A n gel. Fue tam bién Freud, el
in vestigador c o m p u lsiv o , que n o tenía la libertad de negarse a las e x ig e n
c ias de un enigm a que lo po seía .
7 C om o verem o s m ás adelan te, e sa furia ten ía tam bién d im en sio n es in co n s
cien tes; lo más probable era que se basara en su decep ció n por v e rse cada v e z
m ás desplazado de su priv ileg ia d a p o s ic ió n c o m o h ijo ún ico de la m adre, a m ed i
da que A m alia Freud le presentaba a su prim ogénito un herm ano tras otro.
* «E l in viern o de 1 9 1 3 -1 9 1 4 , a c o n tin u a ció n d el d esd ich a d o C o n g reso de
M unich en el septiem b re anterior, fue la peor é p o ca d el c o n flic to con Jung. El
M o is é s fue escrito el m ism o m es que lo s e x ten so s e n sa y o s en lo s qu e Freud expu
so la gravedad de las div erg en cia s entre sus o p in io n es y las d e Jung (“Introduc
c ión al N arcisism o" y “C o n trib u ció n a la histo ria del m o v im ien to p s ic o a n a líti
c o ”) y n o qu ed a n dudas d e qu e e n e s e m o m en to e x p e rim en ta b a una am arga
d ecep ción por la d eserció n d e l su izo . Esta le c o stó una lucha interior para c ontro
lar sus e m o c io n e s con la firm eza su fic ie n te com o para poder decir co n calm a lo
que sentía que tenía que decir. U no no pu ed e evitar la co n c lu sió n bastante ob v ia
de que en esa época, y probab lem ente antes, Freud se había id en tific a d o con M o i
sés y luchaba por em ular la v icto r ia sobre las p a sio n es que M ig uel A n g e l había
pintado en su estupenda obra.» ( J o n e s II, 3 6 6 - 3 6 7 .)
A plicaciones y co n secu en cia s [3 6 1 ]
F r e u d lim it o s u s o b serv a cio n es sobre la e stética a artículos y m on o
grafías. El “descifram iento d e lo s secretos d e la creación artística”, que
M ax G raf reclam ó e n una d e las s e sio n e s de lo s m iércoles por la n oche a
Fines de 1907, s ig u ió sien d o una tarea in conclusa en lo s escritos de Freud.
Esta deficiencia se deb ió en gran m edida a razones personales. C om o sabe
m o s, Freud exp erim en ta b a una aguda a m b ivalen cia c o n r esp ecto a lo s
artistas. “ A m enudo m e h e preguntado co n sorpresa — le escrib ió a Arthur
S ch nilzler, agradeciéndole las fe licita cio n es por su q uincuagésim o cum ple
años— dónde puede usted adquirir este o aquel conocim iento secreto que
y o h e logrado a través d e laboriosas in v e stig a c io n es”. ** Nada podía ser
m ás cortés, y en las cartas de agradecim ien to nadie está bajo juramento.
Pero, durante m u ch o tiem po, la penetración p sic o ló g ic a del artista im agi
n ativo, ap arentem ente c o n seg u id a sin e sfu e rz o , había sid o la cau sa del
resen tim ien lo de Freud. Esa virtud del artista era precisam ente el don p a ra
la e sp e c u la c ió n , in tu itiv o , y sin trabas, q ue Freud sen tía tan n ece sa rio
desarrollar en s í m ism o , c o m o una d iscip lin a .
Para hacer el ca so aun m ás personal, la capacidad de seducción del artis
ta había exasperado a Freud m ucho tiem po antes, cuando cortejaba a Mar
tha B em a y s. C o m o am ante im p erio so e irritable, consu m id o por los ce lo s
ante la existen cia d e dos rivales jó v en es, am bos artistas, había proclam ado
que “hay una enem istad general entre lo s artistas y los que nos dedicam os a
los detalles del trabajo c ien tífico ”. Había observado con v isib le envidia que
los poetas y pintores “ poseen en su arte una llave maestra para abrir con
facilidad todos lo s corazon es fem en in os, m ientras que nosotros n os senti
m os d esvalidos ante las extrañas form as de la cerradura, y primero tenem os
que atorm entam os para descubrir una llave que sea adecuada”. * « A veces,
los com entarios de Freud sobre los poetas parecen la venganza de un cien tí
fic o contra lo s artistas. La tortuga difam a a la liebre. El h ech o de que
tuviera a m b icio n es artísticas p ropias, c o m o dem uestra am pliam ente su
estilo literario, no hacía m ás que agriar su en vidia en sum o grado.
Pero su carta a S chn itzler tam bién m uestra que s e trataba de envidia
m ezclada co n ad m iración. D esp u és d e to d o, si bien Freud d escrib ió en
algunos c a so s al artista c o m o un n eu rótico q ue busca sa tisfaccion es susti
tu id a s de sus fracasos en el m undo real, tam bién le atribuyó d ones analí
tico s p o co co m un es. D esp ués de analizar Gradiva, una n ovela m enor del
dram aturgo y novelista alem án W ilh elm Jensen, publicada por prim era v ez
en 1903, Freud le e n v ió al autor un ejem plar de su en sayo. Con cortesía,
Jensen le respondió que aceptaba la interpretación de Freud, pero dejando
bien claro que cuando escrib ió la obra n o tenía e l m enor co n ocim ien to del
p ensam ien to p sico a n a lítico . * » ¿C óm o podía enton ces haber “p sicoanali-
zado” a los personajes que creó para Gradiva, o construido su novela prác
ticam ente c o m o una cura analítica? Freud re so lv ió este enigm a llegando a
la con clu sió n de que “ nosotros — el escritor y el analista— probablem ente
b ebem os en la m ism a fu ente, trabajam os sobre e l m ism o objeto, cada uno
[3 6 2 ] E laboraciones: 1902 -1 9 1 5
co n un m éto d o d iferen te” . M ientras que el analista ob serva e l in c o n s
cie n te de su s p acien tes, e l escritor o b serva su propio in c o n sc ie n te , y da
form a a sus d escub rim ien tos en una exteriorización e x p resiva. D e m odo
que el n o v e lista y e l p oeta so n p sicoa n a listas a ficio n a d o s, en el m ejor de
lo s c a so s n o m en o s profundos que cualquier profesion al. *37 El e lo g io n o
p odía haber sid o m ás sin c e r o , pero era un e lo g io al artista c o m o ana
lista .
L as in v estig a c io n es analíticas de Freud sobre alta cultura no dejan de
ser fragm entarias, pero abordan las tres d im en sio n e s p rincipales de la
e x p e r ie n c ia estética : la p sic o lo g ía de lo s person ajes, la p sic o lo g ía del
p úb lico y la p sic o lo g ía del creador. Esas dim en sion es se superponen e ilu
m inan recíprocam ente. A s í, e l p sico a n alista puede interpretar H a m le t
c o m o una creación estética cu y o héroe, a cosado por un com plejo de Edipo
n o r esu elto , in v ita por s í m ism o al análisis; co m o una c la v e de los co m
p lejos de am plias audiencias, profundam ente conm ovidas al reconocer en
la tragedia su propia historia secreta; * y co m o un testim on io ob lic u o del
drama e d íp ico del autor, de la situación em ocional inconclusa con la que
todavía estaba lu ch a n d o .« E n resum en, la in v estigación p sicoanalítica de
H am let, personaje de fic c ió n que ha fascinado y confundido a tantos de sus
estu d io so s, puede exp licar lo s m ás oscuros resortes de la acción , su sobre-
cogedor poder sobre centenares de admiradores, y la v isión interior del cre
ador. Tal in v estig a ció n prom etía una lectura m u ch o m ás com pleta y sutil
que la que pudieron realizar lo s intérpretes anteriores, en esp ecial los críti
cos form alistas que (co m o ex p resó E itingon c o n co n c isió n ) se mostraban
ca u telosos ante “ lo s con ten idos y las fuerzas que determ inan esto s conteni
d os”. * »
Pero lo s c rítico s de la e sté tic a de Freud pronto objetaron que la críti
ca p sico a n a lítica n orm alm ente presenta e l d efe cto inverso: una tendencia
a desatender e l arte, la form a, e l e s tilo , e n favor de los con ten id os. El
p sico a n a lista b usca c o n e m p eñ o los sig n ific a d o s o c u lto s de un poem a,
una n o v e la o una pintura; es probable que esa búsqueda lo llev e a prestar
una a tención e x c e s iv a a la tram a, la narración, las m etáforas y lo s p erso
najes, en detrim ento del h ec h o de que lo s productos culturales surgen de
m anos in telig en tes y adiestradas, y de una tradición a la que el artista
9 “C ada espectador — le dijo Freud a F lie ss— era al m ism o tiem p o, em brio
nariam ente y en su fantasía, un E dipo a s í.” (Freud a F lie ss, 15 de octubre de
1 8 9 7 , F reud-Fliess, 2 9 3 [ 2 7 2 ].)
10 Freud le escr ib ió a F liess qu e. com o por casualidad, se le había ocurrido
preguntarse si las h u ella s del c o m p lejo in co n scien te de Edipo no “podrían estar
tam bién en el fond o de H am let. N o e sto y pensa nd o e n una in ten ció n co n sc ien te
de Sh akesp eare, pero creo , m ás bien , que un h e c h o real e stim u ló al poeta en la
r ealización de su retrato, en cuanto su in co n scien te c om p rend ió lo in co n scien te
del héroe". (Ibíd .)
A plica cio n es y consecuencias [363]
o b e d e c e , m o d ifica o deja a un la d o d e m anera desafiante. Por lo tanto, la
interpretación satisfactoria y co m p le ta de la obra de arte p lástica o litera
tura probablem ente sea m u ch o m en o s m etó d ica de lo que su gieren las
nítidas fo rm u la cio n es p sic o a n a lític a s. P ero Freud tenía confianza en que
“e l an á lisis nos perm ite su p oner q u e la gran riqueza, aparentem ente in a
gotab le, de lo s problem as y s itu a c io n e s que lo s creadores literarios abor
dan, p uede rastrearse h asta un p e q u eñ o n úm ero de tem as prim ordiales,
que en su m ayor parte p rovien en d e m aterial experien cial reprim ido de la
v id a m ental infan til, de m o d o q u e las p rod u cciones im aginativas co r re s
ponden a nuevas ed ic io n e s d e e sa s fan tasías de la infancia, disfrazadas,
em b ellecid a s, su blim adas” . * s»
R ealizar, a partir de una obra, d educciones fáciles acerca del creador era
por lo tanto una tentación perm anen te para lo s críticos p sic o a n a lític o s.
Sus an á lisis de los creadores de obras p lásticas y literarias, y de sus p ú b li
co s respectivos, am enazaban co n convertirse en ejercicios de redu ccion is-
m o, in clu so aunque los em prendieran m an os hábiles y d e lic a d a s.11 A un
freudiano podía parecerle perfectam ente o b v io que Shakespeare sufriera la
experiencia edípica que dram atizó d e m o d o tan absorbente. ¿A caso n o fue
hum ano? Si se hería, ¿no sangraba? Pero la verdad es que el dram aturgo
no tiene por qué haber com partido las em o c io n es que retrata de m anera tan
em ocio n a n te. Por lo d em ás, e s a s e m o c io n e s , ocultas o m an ifie sta s, no
despiertan necesariam ente las m ism a s em o c io n es en el público. La catar
sis (c o m o el p sico a n á lisis sabía d e buena tinta) n o pretende generar im ita
ción sin o elim inarla: leer una n o v e la v iolen ta o ser espectador de una tra
gedia sangrienta puede purgar, m ás q u e estim ular la cólera. En los escritos
de Freud se encuentran su geren cias — pero nada m ás— de que lle g ó a v is
lumbrar tales com p lejidad es, pero sus ideas sobre el arte, si bien abrieron
perspectivas fascinantes, tam bién suscitaron problem as, casi tan fa sc in a n
tes co m o aquéllas.
E n g e n e r a l , l o q u e h a cía que lo s le c to re s de Freud se sin tieran
in có m o d o s era m en o s su a m b iv a le n c ia c o n re sp ecto al artista q ue su s
certidum bres acerca del arte. Probab lem en te la m ás p olém ica de sus ideas
11 “El an álisis c lín ic o de artistas creadores — escr ib ió alguna v e z en un s in
cero fragm ento el p sicoa n a lista e h istoriad or del arte Ernst K ris— su g iere que la
exp e rie n c ia vital del artista e s a v e c e s , só lo en un sen tid o lim ita d o , la fuente de
su visión ; que su poder para im agin ar c o n flic to s podría trascender en m ucho la
gam a de sus propias ex p e rie n c ia s o . para d e c irlo c o n m ayor pr e cisió n , qu e por lo
m e r o s algunos artistas p o see n e l d o n particular de generalizar a partir de lo que
haya sid o su propia e x p e rie n c ia .” B u sca r a Sh akesp eare e n F a lsta ff o e n el Prín
c ip e Hal sería “fú til”, y “contrario a lo que parece indicar la e x p erien cia c lín ic a
con artistas co m o su jeto s a n a lítico s. A lg u n o s grandes artistas parecen ig u a lm en te
p róxim os a varios de sus p erso n a jes, y pod rían sentir a m uchos de e llo s c o m o
partes de s í m ism o. El artista ha c rea d o un m undo, no se ha perm itido un e n su e
ñ o .” (E rnst K ris, P sy c h o a n a ly tic E x p lo ra tio n s in A r t [ 1 9 5 2 ], 2 8 8 .)
[364] E la bo ra cio n es: 1902-1915
fu e la de que lo s p erson ajes literarios pueden analizarse c o m o si fueran
p ersonas rea les. La m ayoría de lo s estudiosos de la literatura han sid o
cautos ante tales in ten tos: un person aje de una n o v ela o de una obra de
teatro — seña la ro n — n o es un ser h um ano con una m e n te real, sin o un
títere anim ado al que su creador le ha prestado una vida ficticia . H am let
n o tenía ningu na e x iste n c ia a ntes, o fuera, del drama que lle v a su n o m
bre; indagar en lo estad os m en tales que precedieron a su primer parla
m en to, o analizar su s e m o c io n e s co m o si se tratara de un p acien te en el
diván, sig n ific a con fun dir la s ca tegorías de la fic ció n y la realidad. Pero
s in desalentarse en abso lu to , Freud vad eó osadam ente esa ciénaga con su
encantador estu dio sobre la G radiva d e Jensen. Le c o m u n icó a Jung que
lo había e sc r ito en “d ía s so le a d o s" , y la red acción le procuró “m ucho
placer. Es cierto que no n o s trae nada n u evo, pero creo que nos perm ite
disfrutar de nuestra riqueza”. **° El análisis de Freud ilustra bellam en te
lo que puede lograr, y lo s azares co n que se enfrenta, este tipo de p sic o a
n á lisis literario.
El paciente-protagonista de Gradiva, Norbert Hanold, es un excavador
de lo d esconocido, un arqueólogo. C on toda probabilidad la profesión de
Hanold, y su ám bito especia l de trabajo, Italia, fueron lo que primero atrajo
a Freud de la novela de Jensen. Pero Gradiva tenía tam bién im plicaciones
p sico ló g ica s que podían despertar su interés. Hanold es e l producto reclui
do, espiritual, del frío clim a nórdico, y hallará la claridad, y una cura muy
freudiana gracias al am or, en e l sur calcinado por el so l, en Pom peya.
Había reprim ido e l recuerdo de una joven , Z oé Bertgang, con la que había
crecido y con la que había m antenido una relación afectiva. Mientras obser
va una c o lecció n de antigüedades en Rom a, llega a un relieve que representa
a una encantadora jo v en con un m odo m uy particular de andar. La llama
“Gradiva”, que sign ifica “ la que avanza”, y cuelga una réplica en yeso de la
pieza en “un lugar p rivilegiado de la pared de su estudio”. •*' M ás tarde,
Freud colocaría su propia réplica en y eso de “Gradiva” en su consultorio.
La p o sició n de la jo v e n fascin a a H anold, pues — lo que todavía no
reconoce— le recuerda a la ch ica que había amado y después “olvidado”
para mejor entregarse a su v o ca ció n aislada y solitaria. En una pesadilla ve
a “ Gradiva” el día de la destrucción de Pom peya, y teje una intrincada y
delirante red acerca de la figura, lam entando su m uerte c o m o si ella fuera
una contem poránea de é l, y n o só lo una víctim a m ás entre los m iles de
seres hum anos que m urieron bajo la lava del V esubio ca si dos m il años
antes. “Toda su c ie n c ia ” — observó Freud en el margen de su ejem plar de
Gradiva de Jensen— está “al serv icio de la flantasía]”. *62 A cosado por sen
tim ientos o scu ro s y o b se sio n e s in ex p lica b les, H anold term ina en P om pe
ya, donde se encuentra co n “Gradiva” e imagina estar en e l día fatal del año
7 9 después de Jesucristo, cuando entró en erupción el V esu b io. Pero su
v isió n se convierte en realidad: la “G radiva” que aparece e s, desde luego, la
jo v en de la que había estado enamorado.
A plica cio n es y co n sec u en c ia s [365 ]
H anold n o lien e ninguna ex perien cia con las m ujeres — Freud h izo un
com entario a l m argen sobre su “represión sex [u a l]” * “ y la “atm ósfera ase
xual” • “ en la que v iv ía — , pero por fortuna su “G radiva” es tan perspicaz
c o m o herm osa. Z o é, la “fuen te” * « d e su enferm edad, también se convierte
en el agente de su resolu ción ; reco n o c ie n d o co m o tales los d e lirios de
H anold, le d e v u elv e la salud, distin guiend o entre la fantasía y la realidad.
A l cam inar delante de é l im itando a la “G radiva” del relieve, encuentra la
cla v e para la terapia del hombre: el inconfundible m odo de caminar de la
jo v e n perm ite que ingresen en la co n c ie n c ia de Hanold los recuerdos que
había reprimido acerca de ella.
E sto es psico a n á lisis a través d e la arqueología. U no de los dos pasa
je s que m ueven a Freud a escribir “herm o so ” ( sch on) en el margen presen
ta a la heroína hacien d o hincapié en una in teligen te puntualización que a
é l le recordaba su m etáfora favorita. D ic e la jo v e n que a Hanold puede
parecerle extraño “que uno tenga qu e morir primero, para estar v iv o ” pero
— agrega— “para la arqueología e sto e s sin duda necesario”, i**46 En su
e n sa y o p u b lica d o sobre la n o v e la , Freud form u la e x p lícita m en te esta
m etáfora una v ez m ás: “En realidad n o hay mejor sím b olo de la represión
(que al m ism o tiem po con vierte en in a c c e sib le y preserva algo que está en
la m en ie) que la desaparición de Pom peya bajo tierra, desde donde la ciudad
reaparece gracias al trabajo de la pala" u *67 Gradiva presenta no só lo el
triunfo de la represión, sin o tam bién su descifram iento; la cura de Hanold
a cargo de la jo v e n dem uestra una v e z m ás “el poder curativo del amor”.
** L eyen d o el p equeño libro con e l lá p iz e n la m ano, Freud deja bien c la
ro que e se amor era en e l fondo sen su al. “Interés erótico por los p ie s”,
anotó en el fragm ento en que H anold observa lo s zapatos de Zoé, y casi
al final del párrafo, donde Jensen hace que Hanold le pida a Z oé que cam i
ne, delante de él, y e lla lo hace c o n una sonrisa, Freud escribió: “ ¡Erótico!
R ecepción de la fantasía; reconciliación” . *70
Freud tu vo algunas v a c ila c io n e s co n respecto a su manera un tanto
intrusa de abordar la fic c ió n de Jensen; después de todo, estaba analizando
e interpretando “un su eñ o que n unca había sid o soñado”. *n H izo cuanto
pudo por leer la n o v ela con cienzudam ente: consideró con cuidado, co m o si
tuviera en el diván a otra Dora, lo s tres su eñ os de Hanold y sus c o n se
cuencias; prestó a ten ción a sen tim ien to s subsidiarios que operaban en
11 C om o sab em o s, ya e n 1895 h a b ía com p arad o su téc n ic a terapéutica co n la
salida a la su perficie de una ciudad sepultada, al exam inar el ca so de su paciente
E lisa b e th v o n R. (S tu d ie s o n H y ste ria , S E II, 1 3 9 .) El otro pasaje d e G radiva <¡ue
F reud e lo g ió c om o “h e rm o so " e sta b a d ir ig id o a su s v eh e m e n tes sen tim ien to s
a n tir re lig io so s. “S i la fe le lle v ó la s a lv a c ió n [a H a n o ld ], él sop ortó una c o n si
derable su m a de c o sa s in co m p r en sib les e n to d o s lo s p u n to s.” (G ra d iv a , 1 4 0 .
Freud M useum , Londres.)
13 U n o s tres afios m ás tarde, Freud le e x p lic ó al Hom bre de las Ratas e l tra
bajo de la rep resión c o n la m ism a a n a lo g ía .
[366] E l a bo ra cio n es: 1 9 0 2 -1 9 1 5
H a n o ld , c o m o la ang u stia , las ideas a gresivas, y lo s c e lo s;
observó las am bigüedades y d ob les sentidos, *16 y se tom ó el trabajo de
rastrear el progreso d e la terapia mientras Hanold aprendía gradualmente a
distinguir e l delirio de la realidad. *77 Prudentemente, concluye advirtiéndo
se a s í m ism o: “ Pero aquí d eb em os detenernos, pues de lo contrario podrí
am os realm ente olvidar que H anold, y la G radiva, son sólo criaturas del
autor.” *78
Pero e sa s v a c ila c io n e s no d etuvieron a Freud, ni, c o m o h em os visto,
a su s segu id ores; sin pensar en lo s p elig ro s del cam in o, lo s psicoan alistas
de e so s años no veían razón alguna para n egarle a la cultura su lugar en el
diván. Es cierto que sus trabajos co n neuróticos fuera del terreno clín ico
suscitaron alg ú n interés entre lo s e sp e c ia lista s en esté tic a , los cr íticos
literarios y d e esp ectáculos, y que dieron origen a profundas reevaluciones
en prácticam ente todos lo s cam pos especia lizad os q ue Freud invadió. Pero
mientras que é l prefería considerar sus charlas sobre los creadores literarios
y la fantasía c o m o “una incursión en un terreno q ue hasta ahora apenas
h em os abordado, y en el que sería p osible instalarse cóm odam ente”, la
m ayoría de lo s esp ecialistas em pezó a pensar que Freud se estaba poniendo
dem asiado cóm odo.
L os crítico s de Freud tenían algu nos m otivos razonables para inquie
tarse: el artista creador, la m ás apreciada d e las criaturas hum anas, apare
cía en a lgun os tratam ientos p sic o a n a líticos c o m o un sim p le neurótico,
astuto y e lo cu en te, que em baucaba a un m undo crédulo con sus hábiles
in v e n c io n e s. L os aná lisis del p ropio F reud, aunque m uy am b ic io so s, son
p o co v alorativos. Freud n o só lo cu estion ó la “creatividad” del artista crea
dor; tam bién circun scrib ió su papel cultural. A l dar a con ocer los secretos
de la so cied a d , e s — según é l— p o c o m ás que un c h ism o so autorizado,
só lo útil para reducir las tension es acum uladas en la m ente del público.
Freud consideraba la creación plástica y literaria, lo m ism o que su co n su
m o , c o m o una em presa hum ana sem ejante a m uchas otras, que no m ere
cía ningún estatu s esp ecia l. N o era casual q ue se refiriera a las recom pen
sas que se obtienen vien d o , leyend o o e scuchando una obra de arte con
una ex p resió n — placer prelim inar— a sociada habitualm ente con la más
terrenal d e la s g ra tific a c io n e s. A su j u ic io , e l placer esté tic o , en gran
m edida c o m o el h ech o de hacer el amor o la guerra, o las ley e s y c o n sti
tu cion es, era un m odo de dom inar el m undo, o de disfrazar el fracaso sub
sigu ien te. La diferencia reside en que las n o velas y los cuadros ocultan su
utilitario pro p ó sito fin a l c o n ornam entos hábilm ente elaborados, a m enu
do s irresistibles.
Pero Freud estaba seguro de poder eludir la trampa del reduccionism o.
R epetida y enfáticam en te tuvo el cu id ado de negar que el psicoanálisis
pudiera arrojar lu z sobre lo s m isterios de la creatividad. En su “Leonardo"
n e g ó co n toda seriedad cualquier p retensión de hacer psicológicam en te
“com prensible la obra del gran hom bre”, y se d eclaró dispuesto a “co n c e
Aplicaciones y con secu en cia s [367]
der que la naturaleza del lo g ro artístico e s sin duda psicoan alíd cam en te
inaccesib le para n o so tro s” . 14 * 80 Indagar en “las leyes de la vida m ental
humana” , esp ecialm en te en la de “in d ividu os destacados”, e s m uy atracti
v o , pero estas in v e stig a c io n e s “n o pretenden explicar el g en io del p oe
ta” . *81 T enem os derech o a tom ar estas reservas al pie de la letra. Freud
calib ró con d elicadeza y sinceridad su s actitudes con respecto a lo que
publicaba, abarcando todos los m a tices, d esde la certidumbre dogm ática
hasta el co m p le to a g n o stic ism o . P ero, al m ism o tiem po, por m u ch o que
respetara las pavorosas fuerzas secretas de la creatividad, no tem ía atribuir
m uch o valor al e stu d io p sico a n a lítico del carácter del artista, de sus m o ti
v o s al eleg ir ciertos tem as o al aferrarse a ciertas m etáforas, y (por su p u es
to) del e fecto de las obras sobre el p úb lico. Lo que Freud om itió destacar
— in clu so a ju ic io de su s lecto res m á s in co n d ic io n a le s— era e l p en sa
m ien to de que reducir la cultura a la p sic o lo g ía parece tan unilateral com o
estudiar la cultura ex c lu y e n d o por c o m p leto la p sicología.
A p e s a r de q u e p u e d a parecer lo contrario, la con cepción freudiana
del arte n o pretendía desacred ita rlo totalm ente. Sean cu a les fueren los
ingredientes c o n stitu tiv o s (el in g en io o el su sp en se, el color deslum brante
o la com p o sició n p ersu a siv a ), la m áscara e stética que oculta p a sion es pri
m itivas proporciona placer. A yuda a hacer la vida m ás tolerable tanto para
el creador c o m o para el p úb lico. D e m odo que para Freud las artes so n un
narcótico cultural, pero sin el gran p recio que hay que pagar por las otras
drogas. La tarea del crítico p sicoanalítico con siste entonces en rastrear los
diversos m o d o s en que la lectura, la aud ición y la visión generan realm en
te placer estético , sin pretender juzgar el valor de la obra, de su autor o de
su recepción. Freud no necesitaba que nadie le dijera que el fruto no tenía
por qué parecerse a la raíz, y qu e las flores m ás bonitas del jardín no pier
den nada de su belleza porque sepam os que fueron alimentadas con un abo
no m aloliente. Pero él estaba p rofesion alm ente dedicado al estudio de las
ra íc e s. A l m ism o tie m p o , si o p tó por le e r E l m erc a d er de V en ecia y E l
rey L ear c o m o m ed ita cio n es sob re e l am or y la m uerte, no por e llo Sh a
kespeare se con virtió para él e n un asunto d e interés puram ente c lín ico . El
M iguel A n g el que creó e l M o is é s era algo m ás que un paciente interesan
te. A j u ic io de Freud, G o e th e n o perdía estatura c o m o D ic h ler por e l
hech o de que hubiera p sicoanalizado un pasaje de su autobiografía, P o e s ía
y verdad. Pero sig u e sie n d o cierto que, a pesar de su amor por la literatura,
durante toda su vida a Freud le interesó m ás la verdad que la poesía.
14 A fin es de la d écada de 1 9 2 0 , e n un pasaje m uy citad o, v o lv ió a decir:
“A nte e l p roblem a d e l creador lite ra r io , e l a n á lisis deb e d epon er la s arm a s”.
(“D osto je w sk i und die V atertotun g, 1 9 2 8 , G W X IV , 3 9 9 /“ D o sto iev sk y and Parri-
c id e ”, SE X X I, 1 7 7 .)
[368] E labo ra cio n es: 1902-1915
L O S F U N D A M E N T O S D E L A SO C IE D A D
La a p lica ció n que h izo Freud de sus descubrim ientos
a la escu ltu ra , la fic c ió n literaria y la pintura era b as
tante audaz. P ero p a lid e c e en c o m p a ra c ió n c o n su
intento de ex cavar hasta los m ás rem otos fundam en
t o s de la c u ltu r a . A lo s c in c u e n ta y c in c o a ñ o s,
em prendió nada m enos que la tarea de determinar el
m om en to en que el anim al hum ano d io el sa lto a la c iv iliz a c ió n , prescri
biéndose los tabúes in d ispensables para toda sociedad organizada. Freud
había aventurado continu am ente algunos in d icios de sus in ten cio n es, en
artícu los, p refa c io s y o b se r v a c io n e s la có n ica s a sus c o le g a s. C on el paso,
del tiem p o , e ste ju e g o in te le c tu a l se v o lv ió cad a v e z m ás absorbente
para él. A m ed ia d o s de nov iem b re de 1908, le co m en tó a la Socied ad
P sicoan alítica de V iena: “La ind agación sobre la fuente de los sen tim ien
tos de culpa n o es una tarea que pueda liquidarse con rapidez. Innegable
m en te, so n m u ch o s lo s fa cto res qu e operan. Lo c ie rto e s que los se n ti
m ie n t o s de c u lp a t ie n e n su o r ig e n en la s ru in a s d e lo s im p u lso s
sex u a le s”. * 82 D e n u e v o , d os sem anas m ás tarde, com entando un en sayo
de O tto Rank sobre lo s m ito s que rodean el nacim ien to del héroe, o b ser
v ó que e l protagonista real de la fic c ió n es el yo. Se redescubre retroce
d ien do al tiem po en e l que “era un héroe en virtud de su primera hazaña
heroica: la reb elió n contra e l padre”. * « El esquem a de T ó te m y ta b ú
estaba tom ando form a en la m en te de Freud; se trataba de cuatro ensayos
v in cu la d o s por un tem a com ú n.
C om o atestigua la correspondencia de Freud, esta obra supuso la típi
ca tarea agotadora realizada con pasión. A m ediados de noviem bre de 1911,
pudo decirle a Ferenczi: “D e n u ev o estoy ocupado de 8 a 8, pero mi cora
zón está totalm ente co n e l T ó tem , co n el que progreso lentam ente”.
C om o de costum bre, exa m in ó la am plia bibliografía sobre el tem a, pero
con pocas ganas, porque estaba com pletam ente seguro acerca de lo que
encontraría; continuando con su “obra del tótem ” — le escribió a F erenc
zi— , estaba “ley e n d o gruesos libros sin ningún interés real, p uesto que ya
con ozco lo s resultados”. **5 En ciertos aspectos im portantes, había dado el
salto sin hacer n ingún cá lcu lo . A v e c e s experim entaba el placer visceral de
la conclusión: « H a ce unos días — le escribió tam bién a Ferenczi a princi
pios de febrero de 1912— la cu estió n tótem -am bivalencia encajó de pron
to, em itien d o un “c lic ” audible, y desde entonces he estado prácticamente
“ im b écil” ». * 86
Su p rogreso era bastante dram ático. En marzo de 1912 se pub licó en
¡m ago su ensa y o e sp ecu la tiv o sobre el horror del incesto, el prim ero de
lo s cuatro estu dios. C on un autod esp recio total, le dijo a Ernest Jones que
A plica cio n es y co n sec u en c ia s [369]
el artículo n o era “en m odo alguno im p ortan te".13 * 87 Continuó avanzan
do. En m a y o com p letó el segun do e n sa y o y lo ley ó en la S ocied ad P sico a
nalítica de V iena. * 8! El trabajo le resultó tan d ifícil que en algún c a so su
in g lé s, por lo general m uy fluid o , d ejó de servirle para verter lo q ue in ten
taba decir con la p recisión n ecesaria. “A hora perm ítam e volver a la c ien
cia", le escrib ió a Jones a m ediados del verano de 1912, obligado de pron
to a m ezclar dos idiom as. «Espero alcanzar la verdadera fuente histórica de
la Verdrangung en el ú ltim o de lo s cuatro e n sa yos de los cuales Tabú es el
segundo, en el que ha de llamarse “D ie infant. W iederkehr des T otem is-
m us”. T am bién podría responderle ahora. T oda interna (¡al dem on io con
mi in g lé s!) — Jede im e r e V erdrángungsschranke ist der historische Erfolg
ein e s ausseren H in d em isses. A lso : V erinnerlichung der W iderstánde, die
G e sc h ic h te der M e n sc h h e it n ie d e r g e le g t in ihren h eu te a n g e b o ren e n
V erdrangungsneigungen.” D esp u és, regresando al in glés, Freud continúa:
“C o n o z c o e l o b stá cu lo o la co m p lic a c ió n que presenta la cu e stió n del
matriarcado y todavía n o he hallado e l c a m in o para superarlo. Pero espero
que todo se aclare”. 16 **»
N o encontró la so lu c ió n de m o d o inm ed iato. “E stoy com pletam ente
en m anos de la o m n ip otencia del p en sa m ien to ”, le escribió a Fcrenczi a
m ed ia d o s de d iciem b re, m ientras trabajaba o b sesiv a m en te — c o m o era
habitual en é l— en e l tercero de lo s e n sa y o s, * » y de n u evo, dos sem anas
m ás tarde, dando otra v e z testim onio d e su manera de aislarse: “A cabo de
ser tod o om nip o ten cia , un sa lv a je, total. E s a sí co m o uno debe h ace rlo si
quiere que los cosas salgan adelante.” * ” En abril de 1913 inform ó que
estaba redactando e í “ trabajo del tótem ”, •** y al m es sigu ien te se aventuró
a hacer una evalu ación aprobadora d el conjunto: “Estoy ahora redactando el
Tótem co n el sen tim ien to d e que e s lo m ás que h e hecho, lo m ejor, tal
vez lo últim o que haga de b ueno”. • «
N o estaba siem pre tan seguro. S ó lo una sem ana m ás tarde le e n v ió una
nota a F erenczi, com entándole: “ El trabajo d el T ótem listo ayer” com p en
saba “una terrible m igr[aña] (una rareza e n m í)” Pero en ju n io, el dolor
de cabeza y la m ayoría de las dudas habían d esaparecido... por un tiempo:
“M e he sentido có m o d o y alegre desd e e l final d el trabajo del tótem ”. * « En
su Prefacio al libro declaró co n m o d estia qu e tenía plena conciencia de sus
deficiencias. A lgun as de ella s resultaban in evitables en vista de la naturale-
is H ay que observar que e ste uso de la palabra “fa m o so ” (en in g lés fa m ou s)
es característico de lo s errores que o c a sio n a lm e n te co m etía Freud co n palabras
in g lesa s parecid as a otras alem anas. S in du da ten ía e n m en te el alem án f a m o s,
que en lengu aje co lo q u ia l corresp ond e a “m a ra v illo so ” o “m a g n ífic o ”, y qu e de
ningú n m odo sig n ific a “ fa m o so ” .
i® Tradu cido, el tex to en alem án dice: « E l retorno in fa n t[il] del to tem ism o ."
... Toda barrera in tern a de la rep resión es la c o n se cu en cia histó r ic a d e un o b stá
c u lo ex tern o . A sí: la in te rn a liz a ció n de la s r e sis te n c ia s, la historia de la hu m a ni
dad depositad a en las d isp o sic io n e s a la r ep resió n h o y en d ía innatas."
[370] E l a bo ra cio n es: 1 9 0 2-1915
za pionera del trabajo, otras las exig ía el esfuerzo tendiente a atraer al lector
m ás o m enos c u lto y a “m ediar entre e tn ó lo g o s, filó lo g o s, fo lc loristas,
etcétera, por un lado, y lo s p sicoan alistas por el otro”. *»«
T ó tem y ta b ú e s in c lu so más a m b icio so en su tesis central que en su
búsqueda de un público; a fuerza de in gen io, deja atrás incluso las conjetu
ras de Jean-Jacques R ou sseau , cuyos fam osos textos de m ediados del sig lo
X V m sobre los o rígen es de la sociedad humana habían sido exp lícitam en
te h ip o tético s. R o u sse a u hab ía in v ita d o profu sam en te a sus lec to re s a
dejar de lado lo s h e c h o s m ientras él im aginaba el tiem po en e l que la
humanidad pasó de la p reciv iliza ció n a la civilización . Pero, a diferencia de
R ou sseau , Freud in v itó a s u s lectores a aceptar su vertiginosa conjetura
co m o la reconstrucción analítica de un a contecim iento prehistórico d e c isi
v o y largo tiem po o lv id a d o . S e había alejado p eligrosam ente del íntim o
carácter concreto de su s ded u ccio n es clín icas, pero e so no lo lle v ó a avan
zar con m ás lentitud.
T ó t e m y t a b ú e s p sico a n á lisis aplicado, pero tam bién un docum ento
p olítico. Cuando e l libro estaba todavía en sus primeras etapas, en febrero
de 1911, Freud le dijo a Jung, recurriendo a la seria metáfora de la procrea
ción: “Durante algunas sem anas, he estado em barazado, con el germ en de
una síntesis m ás am plia, y daré a luz en verano”. *97 C om o sab em os, el
em barazo duró m u cho m ás d e lo que Freud había previsto, y hay una c o m
prensible nota triunfal en lo s anuncios que hizo a sus am igos en m ayo de
1913, en cuanto a que el libro estaba term inado en lo esen cial. Para Freud,
dar a luz una sín tesis de prehistoria, b io lo g ía y p sicoan álisis sign ificab a
anticiparse y sobrepasar a su “heredero” y rival: los en sayos que c on stitu í
an T ó te m y ta b ú eran arm as u tiliz a b le s en su c o m p ete n cia c o n Jung.
Freud estaba desplegan d o en sus propias luchas un aspecto p oco señalado
de las guerras edípicas: lo s esfuerzos del padre por aventajar al hijo. Sobre
todo el últim o y m ás m ilitante de sus cuatro en sayos, publicado después
de la ruptura de Jung, era una dulce venganza dirigida contra el príncipe de
la corona que había dem ostrado ser tan brutal con él y tan traidor hacia el
p sicoanálisis. El e n sa y o iba a aparecer en el número de agosto de Im ago y
— com o Freud le dijo a A braham en m ayo— serviría “para amputar lim
piam ente todo lo que e s relig io so -a rio ”. * « En septiem bre, Freud firm ó el
Prefacio del libro, e n R om a, la reina de las ciudades.
P ágina tras página, T ó te m y ta b ú da prueba de que en los com bates
que Freud libraba en aquel m om en to resonaba su historia pasada, co n s
ciente e in con scien te. La antropología cultural y la arqueología lo atraje
ron durante toda su vid a, c o m o docum entan am pliam ente esas m etáforas
tom adas de la antropología. Sch liem an n, que co m o adulto pudo realizar
fantasías de la infancia, fu e una de las pocas personas a las que Freud real
m ente en v id ió , pero por su parte se v eía a sí m ism o co m o el Schliem ann
de la m ente. Una v e z term inado e l trabajo, pagó el tributo de una depre
A plicaciones y consecuencias [3 7 1 ]
sión posparto, análoga a la que había padecido d espués de producir L a
in terp reta ció n de lo s sueñ os. E m p ezó a sentirse inseguro de su causa, sín
tom a in eq u ív o co de su profundo co m prom iso em ocion al. Por fortuna, la
recom pensa del aplauso de su s partidarios m ás leales no tardó en llegar; la
aprobación de F erenczi y Jones — e scrib ió Freud a fin es de junio— ‘‘e s el
prim er rédito de placer que puedo registrar después de haber com pletado la
obra”. * ” Cuando Abraham le dijo a Freud que había disfrutado “el trabajo
del T ótem ” desde e l principio al final, y que había quedado com pletam ente
convencido. * )M Freud resp ond ió en segu id a co n sincera gratitud. “Su vere
dicto sobre el trabajo d el T ó tem fu e particularm ente importante para m í,
puesto que he atravesado un período de dudas, acerca de su valor después de
com pletarlo. Pero lo s co m entarios d e F eren czi, Jones, Sachs y Rank fu e
ron sim ilares a lo s su y o s, de m odo que gradualm ente he recuperado m i
con fianza” . A l publicar lo que reco n o cía c o m o fantasías cien tíficas, ac o g ió
con esp ecia l b enep lá cito e l intento de Abraham de rubricar su trabajo con
“contrib uciones, ad icio n es, d ed u ccio n es” . L e dijo a Abraham que estaba
preparado para recibir "ataques su c io s”, pero que desde luego no permitiría
que le desconcertaran. * i« U n o s e pregunta cuánto había en e sto de sereni
dad recuperada, y cuánto de fanfarronada.
L a g en ealogía in telec tu a l de T ó te m y ta b ú es im presionante, un
tanto em pañada ahora só lo por el paso del tiem po y e l creciente refina
m iento de las discip lin a s afines que habían sugerido a Freud algunas de
su s c o n jetu ra s m ás su b v e r s iv a s . M a n ife s tó haber r e c ib id o el p rim er
im p ulso para sus in v e stig a cio n es de la “nada analítica” V ó lk e rp sy c h o lo -
gie de W ilh elm W undt, y de lo s escritos p sicoan alíticos de la escu ela de
Zurich, de Jung, R ik lin y lo s otros. Pero c o n algú n orgu llo ob ser v ó que,
si bien había sacado partido de esas d os líneas de pensam iento, en realidad
disentía de am bas. * 102 T am bién se había inspirado en James G. Frazer, el
p ro lífico en c ic lo p e d ista d e la s relig io n e s ex ó tic a s y prim itivas; en el e m i
nente erudito b íb lico in g lé s W . R obertson S m ith, que tenía escritos sobre
la com ida tolém ica; y en e l gran Edward B u m ett T ylor y su antropología
ev o lu c io n is ta ,17 por su p u esto , e n C harles D arw in y sus pintorescas c o n je
turas sobre las co n d ic ió n so cia l del hom bre prim itivo.
A ju ic io de R .R . M arett, e l prim er a ntropólogo británico que reseñó
la ed ició n in glesa de T ó te m y ta b ú , a p rin cip ios de 1920, el libro e x p lic a
ba que las co sa s so n así por e l sim p le h ech o de que así son, lo que a Freud
17 A sem eján d o se m ucho a A u g u ste C om te ca si un sig lo antes, F ieud p o stu lo
una se cu en cia de tres etap as de p ensa m iento : la a nim ista o m ito ló g ica , la r e lig io
sa y la c ie n tífic a . (V é a se T ó te m a n d tabú , SE X III. 7 7 .)
Ese esqu em a su pon e una su cesió n en el tiem p o, a sí co m o una jerarquía de
valores. En la ép o c a en la que Freud escrib ía , y sin duda en las décadas p o sterio
res a la pu b lica c ió n de T ó te m y ta b ú , lo s an tro p ó lo g o s culturales rechazaban ese
esquem a, a v e ce s desd eñ osam ente.
[372] E labo ra cio n es: 1 9 0 2-1915
le pareció lo bastante in g en io so com o para agradecérselo un tanto diverti
do. “ M arett, el crítico de T & T — le d ijo a E m est Jones— tiene derecho a
decir que el y A deja a la antropología con todos sus problem as, tal com o
la encontró, en la m edida en que él rechaza las solu cion es proporcionadas
por e l y A . D e haberlas aceptado, podría haber encontrado otra cosa. Pero
Freud pensaba que el chiste de M arett no era m alo. “ El hombre es bueno,
só lo le falta fa n tasía.” N o era ésta una carencia que nadie pudiera atri
buirle a Freud: no después de T ó tem y ta b ú . Pero Freud m ezclaba osadía y
prudencia; desp ués de todo, ob servó en 1921, só lo había form ulado “una
hip ó tesis c o m o m uchas otras con las que los prehistoriadores han intenta
do iluminar la oscuridad de lo s tiem pos arcaicos”. Sin duda, añadió con
algo m ás de con fianza, “es honroso para esta h ipótesis e l hecho de que
dem uestre ser adecuada para crear coherencia y com prensión en dom inios
siem pre n u e v o s”. *i<*
Freud no basó su alegato exclu siv a m en te en sus form idables antece
dentes n o a n a lític o s. Sin su exp erien cia c lín ic a , su autoanálisis y sus te o
rías p sico a n a lítica s, nunca habría e scrito T ó te m y ta b ú . Tam bién aparecía
el fantasm a de Schreber, pues en e ste ca so ejem plar de paranoia Freud
había in vestig a d o las relacion es de los hom bres con sus dioses com o deri
vadas de las relaciones co n e l padre. S eg ú n Freud le com en tó a Jung,
T ó tem y ta b ú e s una sín tesis; entreteje e sp ecu lacion es de la antropología,
la etn ografía, la b io lo g ía , la historia de las re lig io n e s... y el p sicoan álisis.
El su btítu lo es revelador: V a ria s con g ru en cias en la vida m ental de s a lv a
j e s y n e u r ó tic o s . El prim ero de lo s e n sa y o s, el m ás breve, sobre e l horror
al incesto, abarca en sus consid eracion es desde los m elanesios y bantúes
hasta m uchachos en la fa se edíp ica y m ujeres neuróticas de la propia cu l
tura de Freud. El segundo explora la teorías sobre antropología cultural
más corrientes en la ép o ca , y v incula el tabú y la am bivalencia con los
m andam ientos y proh ib icion es o b se s iv o s que Freud había observado en
sus pacientes. El tercer en sa y o exam in a la relevan cia del anim ism o (en
aq uella é p o ca con sid era d o precursor de la r elig ió n ) en e l p ensam iento
m á g ico , y a continuación v incula a am bos con la creencia infantil — rela
cionada c o n e l d eseo — en la om nipotencia del pensam iento. En este pun
to, y a todo lo largo de T ó te m y ta b ú , Freud va,m ás allá del contrato su s
crito con sus lectores a través del subtítulo. Le interesaba algo m ás que la
congruencia entre los m odos de pensar que denom inaba “prim itivo” y n eu
rótico; quería descubrir qué luz podía arrojar la disp osición mental prim iti
va sobre cualq uier pensam iento, in clu so sobre e l pensam iento “norm al”, y
sobre la historia. L legó a la c o n clu sió n de que el e stilo mental de los “sal
va jes” revela c o n los contornos m ás nítidos lo que el p sicoanalista se ha
v isto im pulsado a reconocer en sus p acien tes y, al observar e l m undo, en
todas las personas: la presión de lo s d e se o s sobre el pensam iento, los orí
gen es com pletam ente prácticos de toda actividad m ental.
T odo e sto e s bastante im a g in a tiv o , pero en e l líltim o y m ás exten so
A plica cio n es y consecu en cia s [373]
de lo s cuatro e n sa y o s, en el cual Freud pasa del tabú al tótem , se lanza a
su v u e lo m ás in g e n io so . S u s crítico s p iensan que fue e l v u e lo tem erario y
fatal de Icaro, pero Freud no lo consideraba en absoluto terrorífico, aunque
n o se inscribiera por co m p le to en el ám bito del lugar com ún. D esp u és de
to d o , lo s tótcm s so n tabúes: objeto s sagrados. T ienen interés para el h is
toriador de la cultura porque dramatizan lo que Freud ya había exam inado
e n el e n sa y o in ic ia l: e l horror al in c e s to . La o b lig a c ió n m ás sagrada
im puesta a las tribus q u e practican e l to tem ism o co n siste en que lo s in d i
v id u o s n o deben casarse c o n m iem bros d e su propio clan totém ico, y en
que d e h echo deben huir d e todo con ta cto sexual con ello s. Esto — observa
Freud— e s “la fa m o sa y m isteriosa e x o g a m ia , vinculada c o n el totem is
m o ” . * 1M
En la rápida excu rsió n d e Freud por las teorías contem poráneas que
e xp licab an lo s o ríg en es d el to tem ism o n o faltan algunas glosas apreciati
vas. Pero después d e su ro deo a través de las conjeturas de Charles Darwin
y R o b e n so n Sm ith, su p ropia ex p lic a c ió n v u e lv e al diván analítico. D ar
w in había supuesto que e l hom bre prehistórico vivía en pequeñas hordas,
cada una de ella gobernada por un m ach o dom inante sexualm ente celoso;
s eg ú n la h ip ó tesis d e R ob ertso n Sm ith , e l sacr ificio ritual en e l que se
c o m e el anim al to té m ic o co n stitu y e el e lem en to esen cial de todo totem is
m o. A doptando la estrategia com parativa típica de su teorización, Freud
v in c u ló esa s conjetu ra s n o dem o stra d a s, totalm en te in segu ras, con las
z o o fo b ia s de niños n e u ró tico s, y a con tin u ación lle v ó el com p lejo de E di
p o (que había estado revoloteand o al m argen) al centro m ism o del e scen a
rio. C om o m ediador entre la V iena d e p rincipios del sig lo X X y las é p o
cas m ás lejanas y oscuras d el pasado hum ano, propuso nada m enos que al
p eq ueñ o H ans, e l in telig en te y sim pático niñ o de c in c o años que tem ía a
lo s caballos y v iv ía un profun do c o n flic to con su padre. Y añadió otros
d os jó v e n e s testigos: un n iñ o que p ad ecía una fobia hacia los perros, estu
d iado por el p sico a n a lista ruso M . W u lff, y un ca so que le había co m u n i
cado Ferenczi, el del “ pequeño Arpad”, que sim ultáneam ente se identifica
ba c o n p o llo s y d is fr u ta b a v ié n d o lo s m atar. La c o n d u c ta de e s o s
jo v e n c ito s perturbados a y u d ó a Freud a interpretar el anim al to té m ic o
c o m o representación del padre. En virtud d e esta lectura, Freud consideraba
sum am ente probable que todo e l “sistem a to tém ico”, «com o la zo o fob ia
del “pequeño H ans” y la perversión gallinácea del “pequeño Arpad”, h u b ie
ran surgido de las co n d icio n es del c o m p lejo d e Edipo».
A ju icio de Freud, la com id a del sa crificio e s una base social vital; al
sacrificar el tótem (c u y a sustancia e s la m ism a que la de los hom bres que
lo co m en ) el clan reafirm a su fe en sus d io s, y se iden tifica c o n él. S e tra
ta de una acción co le c tiv a , saturada d e am bivalencia: la muerte del animal
to tém ico e s un acon tecim ien to p en o so segu id o de regocijo. Sin duda, la
fiesta, secu ela del a sesinato, e s una saturnal exuberante y desinhibida, que
acom paña al duelo de una manera peculiar pero necesaria. A l haber alean-
[3 7 4 ] E la boraciones: 1902*1915
zad o Freud este punto de su argum entación, ya nada podía detenerlo; ya
estaba en cond iciones de presentar su reconstrucción histórica.
Freud tiene la elegancia d e reconocer que esa reconstrucción segura
m ente p u ed e parecer fa n tástica, pero, en su op in ión , era perfectam ente
plausible: e l padre feroz y c e lo s o que dom inaba la tribu y se reservaba a
las m ujeres para sí m ism o , exp ulsab a a su s hijos a m edida que crecían.
“U n día lo s herm anos que habían sid o e xpu lsados se unieron, golpearon al
padre hasta m atarlo, y lo devoraron, y e sto p uso fin a la tribu patriarcal.
U nid os, se atrevieron a hacer, y lograron hacer, lo que para el individuo
hubiera seg uido siend o im p o sib le.” Freud se preguntaba si tal ve z alguna
ad qu isición cultural (por ejem p lo , la capacidad para manejar una nueva
arma) fue lo que procuró a lo s herm anos rebeldes un cierto sentim iento de
superioridad sobre su tirano. Freud pensaba que, por supuesto, se habían
com id o al padre poderoso que acababan de matar; así eran esos “salvajes
can íbales”. “ El v iolento padre prim ordial había sid o seguram ente el m od e
lo envid iado y tem ido por cada m iem bro de la tropa fraternal. En el acto de
devorarlo, consum aban su iden tificación co n él; cada uno de e llo s se apro
piaba de una parte de su fuerza.” Una v e z com prendidos sus orígenes, la
com ida totém ica, “ tal v e z la primera fiesta de la hum anidad”, resultaba ser
“ la r e p etició n y conm em o ra ció n de e s e m em orable acto crim in al”.
S egún Freud, e s e deb ió de ser el origen de la historia humana.
A dvirtió que la vaguedad era inevitable en cualquier reconstrucción de
aquel crim en prehistórico prim ero com etid o y lu ego celebrado: “ Sería tan
absurdo pretender la exactitud con e ste m aterial, com o irrazonable exigir
certidumbre”. Subrayó enfáticam ente que sus vertiginosas c o n clu sio
nes no debían tom arse c o m o prueba de qu e hubiera pasado por alto la
“naturaleza com pleja de lo s fen óm enos” ; todo lo que había hecho era “aña
dir otro elem en to a las fuentes, ya co n o cid a s o todavía d esconocidas, de la
relig ió n , la moral y la socied a d ” . ’ *» Pero, alentado por su ensu eñ o p sico
analítico, Freud realizó las d ed ucciones m ás sorprendentes. Supuso que la
banda asesina de herm anos estaba “dom inada por los m ism os sentim ientos
contradictorios acerca del padre” que lo s psicoanalistas pueden demostrar
que existen en “ la am bivalencia de lo s com p lejos paternos” que o b sesio
nan a niños y neuróticos. L o s herm anos habían odiado y a la v e z am ado a
la figura form idable del padre, por lo cual cayeron víctim as de rem ordi
m iento, que se pu so de m an ifiesto en una em ergente “con cien cia de c u l
pa”. M uerto, el padre se v o lv ía m ás p oderoso de lo que nunca había sid o
en v id a . « L o que antes h abía im p ed id o por su m ism a e x iste n c ia ”, los
h ijo s, a contin u a ció n , “ se lo p rohibieron a sí m ism os en la situ ación p s i
co ló g ic a — "obediencia re tro a c tiv a ”— tan fam iliar para nosotros en lo s
p sico a n á lisis.» E ntonces lo s h ijo s, por a sí decir, borraban su acto de parri
cid io “d eclarando in adm isible matar al sustituto del padre, el tótem , y
renunciaban a sus frutos negán dose las mujeres que habían sid o liberadas”.
De tal m odo, oprim idos por la culpa, establecieron los “ tabúes fundam en
A plicaciones y con secu en cia s [3 7 5 ]
tales del totem ism o, que tenían que corresponder con p recisión a los dos
deseos reprim idos del com p lejo de E dipo” : el asesinato del padre y la co n
quista de la madre. *no A l convertirse en cu lpables y reconocer su culpa,
crearon la c iv iliza ció n . T oda la sociedad humana está construida sobre la
com plicidad en un gran crim en.
Esta conclu sió n severa y grandiosa invitaba incluso a otra deducción
que a Freud le p areció irresistible: “ U n acon tecim ien to co m o la elim in a
ción del padre primordial por parte de la banda de herm anos — escribió—
tiene que haber d ejado hu ellas im borrables en la historia de la h um ani
dad”. C onsideraba dem ostrable que esas h uellas penetran toda la cultu
ra. La historia de la relig ió n , e l atractivo de la tragedia de los m o d elos d el
arle, todo apuntaba a la inm ortalidad del crim en primordial y de sus co n se
cuencias. Pero esta c o n c lu sió n — adm itía Freud— dependía de dos ideas
extrem adam ente d iscu tib les: la ex iste n c ia de una “ m ente co lec tiv a que
experim enta proceso s m entales c o m o si fuera un individuo” , y la capaci
dad de esa mente para hacer llegar “ a través de m uchos m iles de años” el
sentim iento de culpa que em pezó por oprim ir a una banda prehistórica ase
sina. * 112 En pocas palabras, los seres hum anos podrían heredar los cargos
de concien cia de su s antepasados b io ló g ico s. E sto era un puro disparate,
sobreañadido a la in sen satez anterior de la pretensión de que el asesinato
prim ordial había sid o un acon tecim iento h istórico. Pero a través del lab o
rio so sendero que había seg u id o , Freud so stu vo c o n firm eza su improbable
reconstrucción. L o s prim itivos n o son co m o lo s neuróticos: m ientras que
el neuró tico co n fu n d e su p en sa m ien to co n un acto, el prim itivo actúa
antes de pensar. El final del trabajo, una cita del F au sto, e s tan oportuno
que uno sien te la tentación de preguntarse si Freud no recorrió toda esa
distancia para poder cerrar el texto co n las fam osas palabras de Goethe:
“En el principio era e l acto” . * llJ
C o m o h em os v is t o , para Freud, la hazaña de los h ijos, e se “ acto cri
m inal m em orable” , fu e e l acto fundador de la civ iliza ció n . Había estado en
el in ic io de m uchas c o sa s de la historia humana: “ la organización so cial,
las co ercio n es m o rales, y la re lig ió n ”. * » 4 S in duda alguna, a Freud todos
esto s ámbitos de la cultura le parecían de interés absorbente al emprender
la exploración de la historia de la cultura desde su punto de vista p sicoana
lítico . Pero el enum erado en últim o térm ino — la religión — era aparente
m ente el que más lo cautivaba. Descubrir sus fundam entos en un asesin a
to prehistórico le perm itía com binar su antiguo y beligerante ateísm o con
el hecho n uevo de detestar a Jung. Podríam os recordar que con el en sayo
final de T ó te m y ta b ú esperaba poder librarse de “ todo lo que e s religioso-
ario”; sacaría a luz las raíces que la religión hunde en necesidades prim iti
vas, ideas p rim itivas y a cto s n o m en o s prim itivos. “ En la n o v e la trágica
de Em st Barlach, acerca de la vida fam iliar D e r T ote Tag — escrib ió Jung
com o crítica a Freud— la m adre-dem onio dice al final: “Lo extraño e s que
[3 7 6 ] E laboraciones: 1 9 02-1915
e l hom bre no aprenda que D io s es su padre”. Eso es lo que Freud nunca
aprendió, y lo que todos aquellos que com parten su m odo de ver se prohí
ben aprender”. * 115
Pero lo que Freud había aprendido, y lo que estaba enseñ an d o en
T ó te m y ta b ú , aunque realizaba su fom u la ción de m odo más im pío, era
que el hom bre c o n v ie n e a su padre en un d ios. C itando con algún d eten i
m ien to a Jam es G. Frazer y R obertson Sm ith, fue acercándose a la e x p li
ca ció n del parricidio prim itivo al señalar que la forma m ás prim itiva de las
re lig io n e s, el totem ism o, esta b lecía tabúes que no podían violarse, bajo
pena de padecer lo s ca stig o s m ás horrendos, y que con secuentem ente el
anim al sacrificado en antiguos ritos sagrados era idéntico al animal toté-
m ic o prim itivo. E se animal representaba al d io s prim itivo; el rito recorda
ba y celebraba el crim en fundacional de forma disfrazada, volviendo a co n
sum ar lo s actos de matar y com er al padre. En e llo se “reconoce, con una
sinceridad que e s difícil superar, que el ob jeto del acto sacrificial ha sido
siem pre e l m ism o, e l m ism o que ahora e s adorado com o d ios, es decir, e l
padre”. * ” 6 Freud ya había sugerido en algunas de sus cartas a Jung que la
relig ió n se funda en la sen sación de desam paro o im potencia. C on T ó te m
y ta b ú le dio a su sugerencia una form a m ás com pleja al agregar que la
relig ió n surge tam bién de un acto de rebelión contra e sa im potencia. Jung
había em pezado a creer que reconocer a D io s com o padre del hom bre reque
ría una com prensión ben évola y el redescubrim iento de la d im ensión e sp i
ritual. En T ó te m y ta b ú , Freud so stu v o que esta p o sició n constituía la
prueba d e que se había producido una retirada de las posiciones de la cien
cia, una negación de los h ech o s fundam entales de la vida mental; en una
palabra, se trataba de m isticism o.
En c am b io, e l h ech o de la vida en e l que m ás in sistió Freud en su
libro, el que actúa co m o h ilo conductor, e s el com p lejo de Edipo. En e se
co m p le jo “convergen lo s orígenes de la religión, la m oral, la sociedad y el
arte”. *«▼ C om o sa bem os, e sto no era alg o que acabara de descubrir de
pronto o por primera vez; su prim era sugerencia registrada concerniente al
drama fam iliar edípico databa de 1897; apareció en uno de los m em orandos
a F lie ss sobre los d e se o s h o stile s d irigidos contra los padres. En lo s años
sig u ien tes, aunque la idea p revalecía cada v e z más en su pensam iento, no
se refirió a e lla m uchas v eces. Pero inevitab lem ente daba form a a su m od o
d e ver lo s problem as de sus analizandos; la ex p licó brevem ente en el h is
torial de Dora, *>« y consideró que el pequeño Hans era un “pequeño E di
po”. Sin em bargo, n o id e n tific ó claram ente el “ com p lejo fam iliar”
co m o el “com p lejo de E dipo” hasta 19 0 8 , e n una carta inédita a F erenc
zi; •» * n o lo caracterizó co m o “el com p lejo nuclear de la s neurosis" hasta
19 0 9 , en su historial del H om bre de las Ratas; S ó lo en 1910 e m p leó
por prim era v e z la m em orable exp resión en un trabajo im preso (uno de
sus artícu los b reves sobre las v ic isitu d e s del am or). ¿ n esa ép oca,
Freud ya había aprendido a atribuir a las ten sio n es em o cio n a les de la
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [377]
a m bivalencia una im portancia considerable; ésa fue una de las leccion es
del p equ eñ o Hans. E n aquel m o m en to advirtió que e se com p lejo de Edipo
c lá sic o (el amor del niñ o a la m adre y su o d io al padre) constituía en reali
dad una rareza por su form a sim p le y pura. Pero, a ju ic io de Freud, la
diversidad m ism a del co m p lejo n o hacía m ás que subrayar su papel central
en la ex p eriencia hum ana. “ A to d o ser hum ano que lleg a a la vida se le
asigna la tarea de dom inar e l co m p lejo de E dipo”, dijo Freud m ás tarde,
resum iendo la argum entación que desarrolló desd e fines de la década de
1890 en adelante. “Q u ien n o logre controlarlo cae presa de la n eurosis. El
p rogreso del trabajo p sico a n a lítico ha bosquejado la sig n ificación del c o m
plejo de Edipo cada v e z m ás co n m ayor nitidez; su recon ocim ien to se ha
convertido en la contraseña que separa a lo s partidarios del psicoan álisis de
sus o p o n en tes.” * m Sin duda, separaba a Freud de A dler e, in clu so más
d ecisivam en te, de Jung.
A m e d i d a q u e lo s estu d io so s del anim al hum ano refinaban sus m éto
dos y revisaban sus h ip ó tesis, lo s d e fe c to s com prom etedores de la argu
m entación d e T ó te m y ta b ú fueron saliend o a la luz cada v e z c o n m ayores
c o n secu en cia s (y lo s ú n ico s que n o llegaron a verlo fueron los m ás acríti-
co s a c ó lito s de Freud). L os a n tropólogos culturales dem ostraron que, si
bien algunas tribus totém ica s practican e l ritual de la com id a totém ica
sacrificia l, la m ayoría no lo hace; lo q u e R obertson Sm ith había co n sid e
rado la e se n c ia d el to te m is m o r e su ltó ser una e x c e p c ió n . D e l m ism o
m odo, la s conjeturas de D arw in y o tros acerca de la tribu prehistórica
gobernada autocráticam ente por un m acho polígam o y m o n o p ó lic o no se
sosten ían am e in v estig a cio n es a d icio n a les, en esp ecial el tipo de in vesti
ga cio n es co n c e m ie n ie s a lo s prim ales superiores con las que n o se contaba
cuando Freud escribió T ó te m y ta b ú . El inquietante retrato freudiano de la
mortal rebelión fraterna contra el patriarcado se fue v o lv ie n d o cada vez
m ás im plausib le.
E m pezó a parecer su m am en te fa n tástico, porque ex ig ía un ap oyo te ó
rico que la b io lo g ía m oderna d esacred itab a de m od o d e c isiv o . Cuando
Freud escrib ió T ó te m y t a b ú , todavía había responsables estu d io so s del
hom bre dispuestos a creer que lo s caracteres adquiridos pueden transmitirse
genéticam ente d e gen eración en generación. En 1913, la c ien cia genética
estaba aún dando sus prim eros p a so s, y podía albergar las m ás diversas
conjeturas sobre la naturaleza de la herencia. D espués de todo, el propio
D arw in, aunque cáu stico en su s referencias a Lamarck, había sid o hasta
cierto punto lam arekiano al aceptar la hipótesis de que c ie ñ a s característi
cas adquiridas eran hereditarias. Pero con independencia del h echo de que
Freud podía legítim am ente apoyarse en el p restigio que, aunque m engua
do, aún le quedaba a esta doctrina, él sig u ió siendo partidario de ella por
que creía que ayudaba a com pletar la estructura teórica del p sicoanálisis.
R esu lta iró n ico que la realidad h istó rica del crim en prim ordial en
[3 7 8 ] E l aboraciones: 1902-1915
m o d o alguno era esen cia l para la argum entación freudiana. Los sentim ien
tos de culpa pueden transm itirse m ediante m ecanism os m enos fantasiosos,
m ás aceptables desde el punto d e v ista c ie n tífico. L os n euróticos, com o el
propio Freud señ a ló en T ó te m y t a b ú , im aginan asesinatos e d íp ico s, pero
nunca los llevan a cabo. S i hubiera esta d o d ispuesto a aplicar esta c o m
prensión clínica a su relato del crim en prim ordial del m ism o m odo en que
había e m p lea d o otros c o n o c im ie n to s o btenidos del diván, podría haber
anticipado y desarm ado las críticas m ás devastadoras formuladas a T ó te m
y ta b ú . La p resentación de su asom b ro so relato, n o com o un hech o, sin o
com o una fantasía m ilenaria de lo s jó v e n e s enfrentados a los padres, le
habría perm itid o abandonar su te sis lam arckiana. La universidad de la
experiencia fam iliar, de las rivalidades íntim as y de los sentim ientos m ez
clad os — en pocas palabras, del u b icu o com p lejo de Edipo— habría basta
do para explicar la recurrencia de sen tim ien tos de culpa y para hacerlos
encajar sin problem as en su teoría de la m ente. >* A fines de la década de
1890, Freud se había salvado del absurdo de la teoría de la seducción, d e s
plazándola de la realidad a la fantasía. Pero en este caso, aunque vaciló con
resp ecto a sus afirm acion es y presen tó respetuosam ente las pruebas en
contra, adoptó finalm ente una p o sic ió n firm e: jen el principio era el acto!
El h ech o de que esta e x p lica ció n del m o d o en que surge el sentim iento de
culpa recordara sorprendentemente la doctrina cristiana del pecado original,
no contribuía precisam ente a acrecentar e l p restigio de la construcción
visionaria de Freud. * i» .
Tal obstinación contrasta agudam ente c o n sus anteriores dudas y, por
supuesto, con su ideal cien tífico . L o que quería obtener de los expertos era
la corroboración; se aferraba a sus argum entos cuando sostenían el de él;
en ca so contrario, no lo s tenía en cu enta. En e l verano de 1912 le escrib ió
a F erenczi que había extraído “ las m ejores confirm aciones de m is h ipóte
sis del T ó tem ” del libro de R ob ertson S m ith sobre la religión de los se m i
tas. T em ía que Frazer y las otras autoridades a las que había recurrido
no aceptaran su so lu ció n d e los m isterio s del tótem y el tabú, pero e sto
no socavaba su confianza en la corrección de las con clusiones con las que
ya se había com prom etido (no socavaron su confianza en aquel entonces
ni m ás tarde). «* ♦ '* Pocas dudas pueden quedar de que su tenacidad brotaba
18 Los p sicoan a lista s no eran lo s ú n ico s que sugerían esa alternativa. Según
palabras del antropólogo norteam ericano A lfred L . Kroeber, en un texto en el que
reconsid eró T ó te m y ta b ú en 1 939 (a n tes h ab ía h e c h o la reseña d el lib ro en
192 0 ), “C iertos p r o c eso s psíq u ic o s siem pre tien den a ser o p era tiv o s y a hallar
e x p r esió n e n las in stitu c io n e s hu m anas". (" T ó te m a n d T a b o o in R ctro sp ect" ,
A m eric a n J o u r n a l o f S o c io to g y , LV [1 9 3 9 ] 4 4 7 .)
19 “T od avía hoy me aferró a esta co nstru cció n — escribió y a cerca del fin de
su vid a— . R epetidam ente he ten ido que escuchar vehem entes reproches por no
haber cam b iado de m odo de ver en e d ic io n e s posteriores de mi libro, desp ués de
que etn ó lo g o s m ás recien tes rechazaran un ánim em ente la h ipó tesis de R obertson
A p l ic a c io n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 7 9 ]
de la m ism a fuente p sic o ló g ic a que su s anteriores dudas. Sus prim eros le c
tores a sí lo sospecharon: tanto Jones co m o F erenczi le señalaron la p o si
bilidad de que las penosas reservas que expresó después de la publicación
de T ó te m y ta b ú tuvieran razones personales m ás profundas que la mera
ansiedad de autor, fá cilm en te com prensible. Los dos habían leíd o el libro
en pruebas de imprenta, y estaban c o n v en cid os de su grandeza. “Sugeri
m os que en su im agin ación había v iv id o las exp eriencias descritas en su
libro — esc r ib ió J o n es— ; qu e su a leg ría representaba la e x cita c ió n de
m atar y co m e r se al padre, y q u e su s dudas no eran m ás que la reac
c ió n ”. * i» Freud estaba d ispu esto a aceptar esa pizca de p sicoanálisis de
intram uros, pero no a revisar su te sis. En L a in terp reta ció n de lo s sueños
— le d ijo a Jones— s ó lo había d e scrito e l d eseo de matar al padre; en
T ó te m y ta b ú presentaba el parricidio real, y “d espués de todo hay un gran
paso entre un deseo y un h e c h o ”. * ,2S Era un paso, desde luego, que Freud
nunca dio. Pero representar e l crim en prim ordial co m o un acontecim iento
ún ico que arroja una som bra inm ortal — y n o com o fantasía profunda y
dem asiado humana— le perm itía a Freud m antener a cierta distancia sus
propias luchas edípicas co n e l padre: por así decir, le hacía posible recla
mar la excu lp ación que un m undo racional tenía que otorgar a los verdade
ros in ocen tes que se lim itaban a im aginar que com etían el parricidio. En
vista de la dem ostración realizada por e l propio Freud en cuanto a que el
m undo de la m ente es cu alqu ier c o sa s a lv o algo racional, e sto con stitu yó
un intento un tanto pa tético de huir d e las im p licacion es asesinas de sus
agresiones edípicas.
D e m odo que, fuera cu al fuere e l va lo r objetivo del intento de Freud
tendiente a descubrir los fundam entos d e la religión en el com plejo de E d i
po, e s sum am ente p robable que a lgun os d e lo s im pulsos que están detrás
de la argum entación freudiana en T ó te m y ta b ú provinieran de su vida
oculta; en algunos a sp e c to s, e l libro representa un ep iso d io m ás de su
nunca con cluid a lu cha co n Jacob Freud. Y tam bién fue una m uestra de su
no m en os persistente ev a sió n co n resp ecto a los com p licad os se n tim ien
tos que suscitaba en é l A m a lia Freud. P ues resulta notable que, en su
reconstrucción, Freud n o d iga prácticam ene nada sobre la madre, in clu so
Sm ith, p ropon iend o en parte o irá s teorías c o m p leta m en te d istin ta s. D eb o resp on
der qu e con o z co perfectam ente tales su p u esto s progresos. Pero no he quedado
c o n v e n c id o de la c o rrecció n de esta s in n o v a c io n e s ni de lo s errores de R obertson
Sm ith. C ontradecir no e s refutar, una in n o v a c ió n no e s n ecesariam en te un progre
s o .” C on clu ye con una d iscu lp a qu e su g ier e algú n co m p o nente no analizad o en su
p e n sa m ie n to sobre e s te punto: “ So b re to d o , no so y un e tn ó lo g o , sin o un p s ic o a
n alista. T en ía derecho a se lec cio n a r en la literatura e tn o ló g ic a lo que p o d ía usar
para m i trabajo an alítico" . (D e r M a n n M o s e s und d ie m o n o th e istisc h e R e lig ió n .
D rei Abh andlun gen [1939], G W XVI, 240/ M o se s a n d M o n o th e ism . S E XXIII,
131.)
[3 8 0 ] E l a boraciones: 1902-1915
aunque e) material etnográfico que se refiere a la fantasía del devoram iem o
de la madre sea m ás rico que el concerniente al devoram iento del padre. El
pequeño Arpad de Ferenczi (al que Freud adujo com o prueba en T ó te m y
tabú ) quería com erse a su “madre en conserva”; según describió gráfica
m ente, “ Se pondría a mi m adre en una olla y se la cocinaría; entonces
sería una madre en conserva y y o podría com erla”, *>» Pero Freud optó por
ignorar esta d eclaración. Sin em bargo, lo m ism o que gran parte de la obra
de Freud, T ó te m y ta b ú tradujo de m od o p roductivo sus m ás íntim os c o n
flic to s y su s disputas m ás privadas, co n v irtién d olos en material para la
in v estig a ció n cien tífica .
L A D E SC R IP C IO N D E L A M E N T E
A Freud su s in v estig a cio n es sobre artes plásticas, lite
ratura y p reh isto ria , le resultaban al m ism o tiem p o
gratificantes e im presionantes. Servían para confirm ar
le su im agen de explorador que por primera ve z descri
be una tierra m isteriosa e inhóspita, en la que sus pre
d e c e so r e s h abían fracasado. P ero en sus in cu rsion es
intelectuales n o se apartaba de su trabajo teórico esencial. Una preocupa
ció n alim entaba a las otras. Los h istoriales de casos lo conducían a temas
culturales; las reflexion es sobre la creación literaria lo d evolvían al c o m
plejo de Edipo. A pesar de las d iversificadas tareas que tenía que realizar,
nunca d escu id ó lo que consideraba su trabajo central: perfeccionar su mapa
de la m ente. Si bien en e l m o m en to m ism o no tenía co n cien cia de e llo ,
tam bién estaba avanzando a tientas hacia la revisión de e se mapa.
Entre lo s artículos teóricos que p u b licó entre 1908 y 1914, tres de
e llo s — sobre e l carácter, sob re lo s principios fundam entales de la m ente y
sobre el narcisism o— llam an la atención de m odo peculiar. Los dos pri
m eros so n m u y breves, y el ú ltim o n o e s m uy largo, pero su carácter
sucinto n o con stitu ye una m edida de su im portancia. En “Carácter y ero
tism o anal”, Freud se aparta de su experiencia clín ica para proponer algu
nas h ip ótesis generales sobre la form ación del carácter. Ya en 1897 había
supuesto que lo s ex crem en tos, el dinero y la neurosis o b sesiva estaban de
algún m odo íntim am ente ligados; *>*> una década más tarde, le sugirió a
Jung que lo s pacientes que obtienen placer con la retención de las h eces
presentan típicam ente los rasgos caracterológicos de orden, tacañería y la
obstinación . En su con jun to, e so s rasgos so n “por a sí decir, las sublim a
cio n e s d el erotism o anal”. * ’31
En su inform e sobre el H om bre d e las Ratas, Freud había d esplegado
ob servacion es ad icionales sobre esta estructura. *>k En el artículo sobre el
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 8 1 ]
carácter marcado por el ero tism o anal, sobre la base de un considerable
núm ero de sus p a cien tes, se aventuró a generalizar su conjetura. En la te o
ría psicoanalítica, el carácter e s d efin ido co m o una configuración de rasgos
estables. Pero e se a gnip am iem o ordenado no necesariam ente connota una
seriedad persistente; co m o conjunto de fijaciones a las que la historia vital
del individuo lo ha ligad o, a m enudo el carácter representa la organización
de lo s co n flic to s interiores, y n o su reso lu c ió n . * Lo que a Freud le intere
saba particularm ente — y q u e ya había in vestigado en T re s e n sa y o s so b re
teo ría sexual tres años antes— era e l papel que esos rasgos desem peñan en
la constitu ció n de lo que pronto iba a llam ar el “y o ” . Lo m ism o que otros
trabajos de eso s años, “C arácter y erotism o anal" ofrece al m ism o tiem po
un resum en de ideas enunciadas m ucho tiem po antes, y una perspectiva de
rev isio n es futuras.
C o n s u “ Form ulaciones sobre lo s d os principios del acaecer p síq u i
co ” , Freud am plió aun m ás su red de generalizaciones. En busca de un d e s
cubrim iento m u ch o m ás im portante que e l del erotism o anal, su aspira
ció n era d escrib ir nad a m e n o s qu e la rela ción de las p u lsion es con la
experiencia del desarrollo. * 13J L e y ó el trabajo ante la S ociedad P sicoan alí
tica de V ien a e l 2 6 d e octubre de 1910, pero la d iscu sió n con sigu ien te no
le resultó satisfactoria. “Tratar co n estas personas cada v e z se v u elv e m ás
d ifíc il” , le co n fió a F eren czi a la m añana sigu ien te. L o que se co n segu ía
era “una m ezcla de adm iración tím ida y contradicción estúpida” . Sin
desanim arse, Freud lo intentó de n u ev o . U na v e z m ás, m ientras v o lv ía a
formular ideas esbozadas a m ediados de la década de 1890 y desarrolladas
en el cap ítu lo sép tim o de L a in te rp re ta c ió n d e lo s su eñ os, en treveía al
m ism o tiem po e n u n cia cio n es futuras.
El artículo traza una d istin ció n nítida entre los d os m odos en que fun
cion a la m ente: e l pro ceso prim ario (el prim ero que em erge) se caracteriza
por la incapacidad para tolerar la m odu la ción de lo s d e seos o cualquier
dem ora en su sa tisfacción . O b ed ece al principio de placer. Por otro lado,
está el proceso secundario, qu e madura co n el curso del desarrollo, y des
p liega la capacidad hum ana para e l pensam iento, de m odo que es agente de
20 «La c aracterología p sico a n a lític a — escribió O tto F en ic h e l en su m anual
c lá sic o de 194 5 — es la rama m á s jo v e n d e l p s ico a n á lisis» porque éste co m e n z ó
c on «la in v estig a c ió n d e lo s sín to m a s n e u r ó tico s, es d ecir, co n fe n ó m e n o s aje
no s al yo que no encajan en e l “carácter” , en el m odo acostum brado de c om p or
tarse». S ó lo cuand o “em p ren d ió la co n sid er a ció n de e x p e rie n c ia s m en ta les de
su p erficie” el p sico a n á lisis pudo “em p ezar a com prender que no so la m en te lo s
estad os m en tales in usu ales y qu e irrum pen de m odo abrupto, sin o tam bién lo s
m odos de conducta corrien tes, la m anera habitual de amar, odiar y actuar en situ a
c ion es diversas, pu ed en ser g en ética m en te com p rend idos co m o d epend ientes de
c o n d icio n es in c o n sc ie n te s” . Y s ó lo en to n c es e s p o s ib le e l e stu d io a n a lítico s is
tem ático d el carácter. (O tto F en ic h e l, T he P s y c h o a n a ly tic T h e o ry o f n e u r o s is
[1 9 4 5 ], 4 6 3 .)
[382] E la bo ra cio n es: 1902-1915
la sensatez, del d iferim iento b en eficio so . O bedece al principio de realidad
(por lo m en os durante parle d el tiem po).
T odo niño deb e experim entar la entronización del principio de realidad
c o m o “un p aso c o n se c u tiv o ” * 135 q u e la vida obliga a dar. C uando e l niño
descubre que im aginar la realización de su s d eseos no basta para asegurar
su sa tisfacción real, em p ieza a cultivar su s dones para com prender y — en
lo p o sib le— m anipular y controlar el m undo exterior. En c on creto, esto
significa que el n iño aprende a recordar, a prestar atención, a juzgar, a pro
yectar, a calcular, a tratar al p ensam ien to c o m o a una form a experim ental
de acción, a poner a prueba la realidad. N o hay nada fá cil, y m u ch o m enos
autom ático, en e s te pro ceso secundario: el incauto e im perioso p rincipio
de placer só lo lentam ente ce d e su influencia sobre el jo v e n ser en c re c i
m ien to , y a v e ce s in c lu so la reafirm a. Sin duda el niñ o, co n su agudo c o n
servadurism o, recuerda p laceres que alguna ve z disfrutó, y no está d isp u es
to a renunciar a e llo s , ni siq u iera por la persp ectiva de sa tisfa c c io n e s
posteriores, m ejores, m ás seguras. D e m odo que am bos principios c o e x is
ten de manera incóm od a, y a m enu do entran en conflicto.
Freud no so stu v o que este c o n flicto fuera in evitable, y de h cch o se
en tregó m om entáneam ente a un o p tim ism o desacostum brado en é l. “En
realidad, la sustitución del principio de placer por el principio de realidad
n o s ig n ific a la d e p o sic ió n d el p rin cip io de placer sin o só lo su p r o tec
c ió n .” La relación últim a entre am bos principios es n ecesariam ente
distinta en cada problem a, pero la “realidad externa” adquiere una “ im por
tancia acrecentada” con el paso del tiem po. Sin em bargo Freud recono
cía que las p u lsiones sexu a les tienen una resistencia particular a la edu ca
ción , puesto que p ueden satisfacerse m ediante la actividad autoerótica, e n
el p ropio cuerpo d e la persona. Y la resistencia de esas pulsion es a aceptar
las im p osicion es d e la realidad fertiliza el terreno para neurosis p osterio
res. Por e llo e s esen cia l para la cultura negociar con el principio de placer
al servicio del principio d e realidad, lograr que el “yo placer" ceda, por lo
m en o s en parte, al “y o rea lid a d '. T am b ién por esto la co n cien cia tiene un
im portante trabajo que realizar en el fu ncionam iento m ental: su función
co n siste principalm ente en asegurar la influencia de la realidad en la m en
te. Pues — según Freud recuerda a sus lectores— en e l incon scien te, en el
oscuro reino de la represión y las fantasías, la prueba de la realidad no tie
ne ningún poder. La ún ica m oneda válida en ese país — ob serva Freud con
su m ejor e stilo m etafórico— e s “e l dinero neurótico". En c on secu en
cia , lo s m om entos de tregua no pueden oscurecer el h ech o de que, a ju icio
de Freud, la vida m ental e s una guerra m ás o m enos continua.
El en sayo sobre el fu ncion am ien to m ental aborda la m ente individual,
principalm ente el perturbado tráfico entre sus dom in ios in co n sc ien te y
con scien te. Pero, im plícitam en te, Freud allanaba el cam ino para una p si
co lo g ía socia l p sicoan alítica. Las fuerzas que prim ero im p elen al niño a
negociar con el principio de realidad, cuando todavía se atiene a la razón
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 8 3 ]
só lo d e m anera provisio n a l e interm itente, son en su m ayor parte exter
nas: accio n es de otras personas con autoridad. La ausencia temporal de la
madre, e l ca stig o paterno, las in hib icio n es que alguien im planta (la n iñ e
ra, el herm ano m ayor, un com pañero de esc u e la ) son e l gran "N O ” social:
frustran d eseo s, canalizan apetitos, obligan a diferir la satisfacción. D e s
pués de todo, in clu so la m ás íntim a de las exp erien cias, e l com p lejo de
E dipo, em erg e y sig u e su curso en una siiu a c ió n exqu isitam en te so cial.
En 1911 (e l año en q u e p u b lic ó su a rtículo sobre el yo placer y el y o
realidad) Freud estab a com pleta m en te c o n v e n c id o de que la p sico lo g ía
in dividual no se puede separar de la p sic o lo g ía s o c ia l.« Tres años antes,
ya había señalad o lo m ism o en un trabajo inform al: “ La m oral sexu al
‘cultu ral’ y la n erviosid ad m oderna”. AHÍ había sugerido que lo que veía
com o la gran d ifu sión de las en ferm edades n erviosas en su ép oca era la
con secu en cia de una autonegación ex cesiv a que la sociedad respetable de
cla se m ed ia im ponía a las n ec e sid a d e s se x u a le s de los seres hum anos
corrien tes. En p ocas palabras, e l in co n scien te n o puede huir de la cultura.
Su artícu lo sobre lo s d o s p r in cip io s del fu n cio n a m ie n to m ental, p u es,
ju n to al trabajo so b re e l n e r v io s is m o , apuntaban su tilm en te a n u ev o s
puntos de partida.
L o s e s c r it o s de Freud de lo s años anteriores a la Primera Guerra
M undial, co n su rostro de Jano, pretendían al m ism o tiem po realizar un
resum en e incitar a la revisión; e se carácter doble es más espectacular en el
sub v ersiv o artículo sobre el n a rcisism o (e s d ecir, su b versivo con respecto
a lo s prop ios puntos de vista freudianos siem pre). En su e stilo caracterís
tico , Freud lo etiquetó d e introductorio. N o se trataba de falsa m odestia; se
quejó de que redactar ese trabajo le había resultado desagradable y que tuvo
dificultades para encerrar dentro de aquel m arco los pensam ientos que lo
desbordaban. Pero estaba seguro de poder usarlo com o un arma en su cru
zada contra sus opon entes: ‘‘El N arcisism o, supongo, madurará durante el
verano” le escribió a F erenczi inm ediatam ente antes de salir de V iena para
tom arse sus v a cacio n es veraniegas de 1913; a su ju icio , era “el ajuste de
cuentas c ie n tífic o con A d ler” . 22 A principios dé octubre, cuando acaba
ba de volver de sus “ 17 d e lic io so s d ías” * 140 pasados en R om a, pudo infor
mar q ue e l e n sa y o estab a prácticam ente listo . * 141 L e com en tó a Ernest
Jones que le gustaría hablar sobre aquel trabajo con él, y tam bién “con
Rank y S a c h s” . *»«
21 Freud e x am in ó la r ela c ió n entre la p s ic o lo g ía in div idu a l y la so c ia l en
P s ic o lo g ía d e la s m a sa s y a n á lis is d e l y o . V éa se la p á g . 4 5 3 ,
22 “In trodu cción al n a r c isism o ” fu e tam bién un ajuste d e cuentas c o n Jung,
aunque, c o m o observó A braham desp ués de leer un borrador del ensayo, Freud
podría haber subrayado co n m ás fuerza aun el contraste entre “ la terapia de Jung
y el p s ic o a n á lisis” . (A braham a Freud, 2 de abril de 1 9 1 4 , Freud-Abraham, 1 6 5
[1 6 9 ].)
[3 8 4 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
Sus partidarios estaban ansio so s por recoger cualquier clarificación
que Freud pudiera ofrecer; Jones atestiguó que el ensayo les resultó “per
turbador” a todos. En realidad, tam poco el p ropio Freud se sentía
có m o d o , sin o m ás in cóm od o que de costum bre. D ándole un tono som brío
a una de sus m etáforas favoritas, le dijo a Abraham, en m arzo de 1914,
que el en sayo “había sido un parto d ifíc il y presenta todas las deform acio
nes con sig u ien tes. Naturalm ente, no m e gusta dem asiado, pero por ahora
no puedo ofrecer ninguna otra co sa ” . * 144 C om pletarlo no le procuró nin
gún alivio; por el contrario, persistieron en él desagradables síntom as fís i
cos: d olores de cabeza y trastornos intestinales. En con secuencia, le
encantó que Abraham le dijera que el artículo era realm ente brillante y
convincente: * ,4<i se sin tió encantado, con m ovid o, pero no totalm ente tran
quilizado. “T en g o una sensación m uy fuerte de que allí falla algo.” * 147
D esd e lu ego, durante eso s m eses, Freud se encontraba en un estado de áni
m o batallador; estaba redactando la bom ba contra A dler y Jung, al m ism o
tiem po que pulía e l e n sa y o sobre el n arcisism o. Pero en él se agitaba algo
más escurridizo. Estaba al borde de una nueva reflexión sobre la p sic o lo
gía que só lo había proyectado explicar.
“Introducción al n a rcisism o” llev a más lejo s, y da una com plejidad
mayor y m ás adecuada a las ideas sobre el desarrollo mental que Freud
había lanzado unos cin c o años antes. Y a en noviem bre de 1909, al com en
tar un artículo d e Isidor Sadger en la Sociedad P sicoanalítica de Viena,
había sugerido que el n arcisism o, "el apasionam iento hacia la propia per
sona (= hacia lo s propios gen ita les)” e s “uria etapa necesaria del desarrollo
en la transición d esd e e l autoerotism o hasta el am or objetal”. *WÍ C om o
hem os v isto , había form ulado por primera vez esa prop osición en letras de
im prenta en su e n sa y o sobre Leonardo; v o lv ió a referirse a ella en el traba
jo sobre Schreber, y de n u evo lo h izo , c o n cisa pero sugestivam ente, en
T ó te m y ta b ú , n “ N arcisism o” era un térm ino atractivo que recordaba a
uno de lo s m ás queridos m itos g riegos de Freud: el del herm oso jo v en que
m urió de amor por s í m ism o; se había inspirado (recon ocién d olo exp líci
tam ente) en e l psiquiatra alem án Paul N acke y en H avelock B ilis. Pero
sus p osib ilid ades ex p lo siv a s no se pusieron de m anifiesto hasta que redac
tó, en 1914, e l artículo dedicado al tema.
E n T ó te m y ta b ú , Freud había observado que la etapa narcisista nunca
se supera por com p leto , y que parece constituir un fenóm eno m uy g en e
ral. En el n u evo trabajo p untualizó las im plicacion es de sus pensam ientos
23 A llí escr ib ió qu e, rastreando la energ ía sexual en ev o lu c ió n (lib id o ) hasta
la in fan cia, lo s p sico a n a lista s se habían v isto im p u lsa d o s a d ividir en dos etapas
más tem pranas el autoerotism o. En la prim era de esa s fa ses, un conjunto de pu l
sio n es parciales in d ep en d ien tes bu sca una sa tisfa cc ió n prim itiv a en e l cuerpo,
m ientras que en la segun da, las p u lsio n e s se x u a le s, ya u n ifica d a s, toman com o
o b je to al propio y o . E sta segun da fa se es en sen tid o propio la etapa del "narci
sism o " (T ótem und T a b ú , C W Í X , 1 0 9 /T o te m a n d T a b o o , SE X III. 8 9 .)
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 8 5 ]
fragm entarios. O riginalm ente, la d en om in ación “n arcisism o” se ap licó a
una perversión: lo s narcisistas eran d esv ia d o s que só lo podían logran satis
facció n sexual tratando su s propios cu erpos c o m o objetos eróticos. Pero
— ob servó Freud— e so s pervertidos n o tenían el m onop olio de aquel tipo
de erotism o centrado en la propia persona. D espués de todo, tam bién los
esq u izo frén ico s* 14» retiraban su lib id o del m undo exterior sin que se ex tin
guiera; m ás bien — aducía Freud— cargaban con ella su propia persona.
Esto no era lodo: lo s observadores p sico a n a líticos tam bién habían d e sc u
bierto pruebas generalizadas d e rasgos narcisistas en neuróticos, niños y
tribus p rim itivas. En T ó te m y ta b ú , Freud ya había añadido los amantes a
su cada v e z m ás larga lista. N o podía eludir la con clu sión de que, en su
sentido más am plio, el narcisism o n o era “ una perversión, sin o el c o m
plem ento libidinal del e g o tism o del instin to de c on servación ”. *is°La pala
bra adquirió un ám bito de sig n ific a c ió n en rápido desarrollo, primero en
las propias m anos de Freud, y d esp u és, m ucho más irresponsablem ente,
en el u so general, con gran perjuicio para su em p leo diagn óstico. C uando
“narcisism o” entró en e l d iscu rso cu lto , e n la década de 1920 y después,
em p ezó a em p learse de m o d o im p reciso, n o só lo com o etiqueta de una per
versión sexual o de una etapa del d esarrollo, sin o tam bién de un síntom a
de la p sico sis y de una variedad de relaciones objetales. D e hecho, algunos
lo explotaron com o térm ino c ó m o d o para designar una corrupción de la
cultura m oderna, o in clu so c o m o sin ó n im o v ago de la autoestim a e x a g e
rada.
A un antes de qu e esa p roliferación de sign ificad os hubiera agotado
p rácticam en te su p r e c isió n , e l “n a r c isism o ” su scitó algunos problem as
in con ven ien tes, que Freud s e resistió un p o co a abordar: “ U no se resiste a
la idea de abandonar la observación por estériles controversias teóricas” .
Pero, agregó, se tiene la o b lig a c ió n de realizar “un intento de clarifica
c ió n ”. * isi E se intento im p onía el reco n o cim ien to de que el sujeto puede
eleg ir se a s í m ism o (y lo ha ce) co m o o b jeto erótico del m ism o m od o que
e lig e a otros. En resum en, hay una “ lib id o del y o ” igual que hay una
“lib id o o b je ta r . El tipo n arcisista, bajo e l im perio de la libido del y o ,
ama lo que es, lo que fue alguna v e z , lo que le gustaría ser, o a la persona
que form ó parte del propio su jeto. Pero n o constituye una curiosidad o
una aberración rara: en todo cuarto d e baño parece haber oculto algo de
narcisism o. Incluso e l am or d e los progen itores, “conm ovedor, fundam en
talm en te tan in fa n til”, n o e s “m ás que e l n a r cisism o ren acid o de los
padres” . * i« M ientras Freud iba com piland o su cada ve z m ás larga lista,
un tanto tendenciosa, reco n o ció tortuosam ente que el m undo parecía estar
llen o de n a rcisistas, in clu y en d o entre é sto s a m ujeres, n iños, gatos, crim i
nales y h um oristas. 24
m D esd e lu eg o , el pu nto m ás o fe n siv o de esa lis ia es el de la s "m u jeres”,
co m o e l propio Freud r e c o n o c ió : "T al v e z no se a su perfluo afirm ar q u e ”, al
[3 8 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
Era perfectam ente razonable que Freud se preguntara qué sucedía con
exactitud co n toda la carga narcisista de la primera infancia. D espués de
lod o, el niño disfruta m ucho con e sc autoamor que parece tan natural, y
no puede renunciar a esa sa tisfacción (o a otras) sin sostener una lucha,
Freud siem pre había in sistid o en esto. El tem a hizo que Freud afrontara
problem as qu e n o logró resolver por co m p leto hasta después de la guerra.
En “Introducción al narcisism o" so stu v o que e l niño en crecim iento, ante
las críticas de sus padres, sus m aestras, o la “opinión pública", renuncia al
narcisism o erigiend o un sustituto al que puede rendir hom enaje en lugar de
su persona im perfecta. E ste e s e l fa m o so “ideal del yo ”, las v o ce s censoras
del m undo convertidas en una v o z propia. C om o aberración p atológica,
surge co n la fo rm a d el d e lir io d e esta r s ie n d o ob servad o (reap arece
Schreber), pero en su form a normal es prim o cam al de lo que denom ina
m os la concien cia m oral, que actúa c o m o custod io del ideal del yo.
A l leer el artículo, A braham q uedó particularmente im presionado con
lo que Freud escrib ió sobre el d elirio de ser observado, sobre la c o n cien cia
moral y sobre el ideal del y o. Pero n o realizó ningún com entario in m ed ia
to acerca de la m od ificación que Freud introducía en su teoría de las pu l
sio n e s. Sin em bargo, é ste era e l a sp ecto del artículo que Ernest Jones
con sid eró m ás perturbador. S i hay una “lib id o del y o ” así com o una “lib i
do o b je ta r , ¿en qué iban a convertirse las distinciones en las que hasta ese
m om ento habían c o n fia d o io s p sic o a n a listas? A llí residía la dificultad:
durante m ucho tiem p o Freud había dado por supuesta, y la expresó e x p lí
citam ente en 19 1 0 , la idea de qu e las p u lsio n e s humanas se dividen de
m odo tajante en d os clases: las y o ic a s y-las sexu ales. Las prim eras son las
responsables de la autoconservación del individuo; no tienen nada que ver
co n lo erótico. Las últim as reclam an la satisfacción erótica y sirven a la
conservación de la esp ecie. *»» Pero s i tam bién el yo puede estar cargado
eróticam ente, tam bién las p u lsio n es y o ica s deben ser de carácter sexual.
En e l caso de que tal con clu sió n fuera correcta, se seguían co n se cu en
cias radicales para la teoría psicoanalítica; pues contradice palpablem ente
la form ulación anterior de Freud, segú n la cual las p ulsiones yo ic a s no
eran sexuales. D esp u és de todo, ¿tenían razón los críticos que im putaban a
Freud el ser un p a n sexualista, un v o yeu r que detectaba el se x o en todas
parles? Freud lo había negado repetidam ente y con vehem encia. ¿O bien
estaba en lo cierto Jung al d efin ir la lib id o com o una fuerza universal que
indiscrim inadam ente penetra todo esfu erzo mental? Freud se declaró im per
térrito. Invocando la autoridad de su experiencia clínica, m anifestó que las
describir a la mujer c o m o narcisista, “e sto y lejos de cualquier in tención de d e n i
grarla ” , Y negó albergar la m enor in clin a c ió n a ten dencio sid a des de e s e tipo.
(“Narzissm us", G W X , 156 / “N a r c issism ”, SE X IV , 89 .) Pero v é a n se las pá g s.
5 5 8 -5 8 1 .
A p l ic a c io n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 8 7 ]
categorías de “libido del y o ” y “ libido objeta!” que acababa de introducir
eran una “ am pliación ind ispen sab le” del viejo esq u em a psicoan alítico,
e in sistió en que en e lla s n o había nada m uy nu evo, y sin duda nada en
absoluto que fuera perturbador. Sus partidarios en m od o alguno estaban
tan seguros; vislum braban las consecu en cia s radicales del ensayo con más
claridad que e l propio autor. Ernest Jones recordó que: “ L e d io un desagra
dable v u e lc o a la teoría de lo s instintos co n la que el p sico a n á lisis había
trabajado hasta e se m om en to” . “Introducción al n a rcisism o” puso m uy
n er v io so s a Jones y a su s am ig o s.
E sas e v a lu a cio n es contradictorias afectaban a los fundam entos de la
psico lo g ía c o m o c ien cia . Freud nunca q uedó com pletam ente satisfech o con
su teoría d e las p u lsio n e s, ni en su form a in ic ia l ni en la posterior. En
“Introducción al na rcisism o ” se lam entó por “la com p leta falta de una teo
ría de las p u lsio n es (T rieblehre)" que pudiera proporcionarle al investiga
dor p sic o ló g ic o una orien tación fiab le. * 1J7 Esa ausencia de claridad teórica
se debía en gran m ed id a a la incapacidad de los b ió lo g o s y p sicó lo g o s para
generar un c o n se n so acerca de la naturaleza de las p u lsio n es o instintos. A
falta d e tal gu ía, Freud construyó su propia teoría ob servando los fe n ó m e
nos p sic o ló g ic o s a la lu z de la inform ación b io ló g ic a de la qu e se d isp o
nía. Para entender la p u lsió n se n ecesita de ambas d isc ip lin a s, p ues, según
sus propias palabras, e s tá en el lím ite entre lo fís ic o y lo m e n ta l.» Es
una in citación fis io ló g ic a traducida en un deseo.
En la ép oca e n que apareció “Introducción al narcisism o”, Freud toda
vía declaraba estar m ás o m enos resignado a una c la sifica c ió n de las pu l
sio n e s en la s que apuntan a la autocon servación y las que apuntan a la
satisfacción sexual. D esd e la década de 1880, co m o sab em os, gustaba de
citar las palabras d e S c h ille r según las cu a les el am or y e l ham bre m ueven
al m undo. *'s»Pero había em pezado a advertir que al interpretar el narcisis
m o c o m o autoam or se x u a l, y no só lo c o m o una p erversión e sp ecializad a,
liquidaba la sim p licidad de su antiguo esquem a. A unque lo intentara, ya
no podía m antener una separación clara entre las d os c la ses de pulsiones
que le habían servid o durante dos décadas: el hecho era que el amor a sí
m ism o y el am or a o tros s ó lo diferían por su ob jeto , n o por su naturaleza.
En la primavera de 1914, la necesidad de reclasificar las pulsiones y de
realizar otros ajustes igualm ente perturbadores en la teoría psicoanalítica
estib a convirtiénd ose en dem asiado obvia. Pero de una manera súbita, in es
perada y m o lesta, lo m undano se entrom etió y durante un tiem p o desarticu
ló los pensam ientos de Freud con la m ayor espectacularidad y brutalidad
im aginables. Había com pletado “Introducción al n arcisism o” en m arzo de
1914; lo h iz o publicar en el Jahrbuch hacia fines de ju n io. A gotado por un
largo año de lucha cuerpo a cuerpo y una agenda atiborrada de pacientes,
Freud esperaba unas prolongadas vacaciones en Karlsbad y contar con algún
V éa se la pág . 4 1 0 .
[3 8 8 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
tiem po para trabajar a solas. Pero al cabo de un m es descubrió qu e tenía
p o co tiem po, y m enos ganas, para explorar la dirección subversiva que su
pensam iento estaba tom ando. M ientras Freud estaba a punto de realizar
grandes revisio n es, la c iv iliza ció n occidental se volvía loca.
E l f in a l d e E u r o p a
El 28 de ju n io d e 1914, el Hombre de los Lobos d io
un largo paseo por el Prater, reflexionando sobre los
instructivos y finalm ente p rovechosos años que había
pasado en V iena tratándose con Freud. M ás tarde recor
d ó que fue “un d om in g o m uy calu roso y so fo ca n te” .
Estaba a punto de terminar su análisis y de casarse con
una mujer que Freud aprobaba; toda parecía estar bien, y él v o lv ió de su
paseo co n un estado d e án im o esperanzado. Pero en cuanto lleg ó a su casa
la criada le entregó una e d ició n extra con noticias asom brosas: el archidu
que Francisco Fernando y su consorte habían sid o asesinados en Sarajevo
por jó v e n e s activ ista s b o sn io s. * '» Era ya un com entario dem oledor sobre
aquel d esven cijad o anacronism o que era el m ultinacional im perio austro-
húngaro, que sobrevivía desafiante en una ép oca de nacionalism o febril.
Las c o n secu en cia s d e Sarajevo no fueron inm ediatam ente claras. E scri
biéndole a Ferenczi “ bajo la im presión del sorprendente asesinato”, Freud
estim ó que la situ ación era im predecible y ob servó que en V iena la “ sim
patía personal” para co n la casa im perial era muy poca. * 160 S ó lo tres días
antes, Freud había subrayado la aparición de su “C ontribución a la historia
del m o v im ie n to p s ic o a n a lític o ” co n un a gresivo co m en tario d ir ig id o a
Abraham: "A hora ex p lo tó la b om ba”. *>«i D espués de Sarajevo, pareció
sin duda una bom ba m uy privada, m uy m ezquina. El esta llid o de la P rim e
ra Guerra M undial estaba a s ó lo seis sem anas de distancia.
Para el historiador de la cultura, el e fecto de esa catástrofe tiene algo
de paradoja. La m ayor parte d e los m ov im ientos artísticos, literarios e
intelectuales que hicieron tan estim ulante la década de 1920 se iniciaron
m uch o antes de 1914: la arquitectura fu ncional, la pintura abstracta, la
m úsica d o d ecafón ica, las n o v ela s e x p erim en tales... y el psicoanálisis. Al
m ism o tiem po, la guerra destruyó un m undo para siem pre. R ecordando a
fin es de 1919 la ép oca anterior a la gran locura, el econ om ista inglés John
Maynard K eynes la describió co m o un m om ento de progreso extraordina
rio. La m ayor parte d e la p oblación — escribió en un célebre fragm ento—
“ trabajaba duram ente y tenía un bajo nivel de vida, pero, a juzgar por
todas las apariencias, estaba razonablem ente contenta con e sa su en e. Sin
em bargo cualquier hom bre de capacidad o carácter superiores al prom edio
A p l ic a c io n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 8 9 ]
podía escapar a e se d estino e ingresar en las c la ses m edia y alta, y la vida
le o frecía , a bajo c o sto y co n m ín im o s prob lem as, com od id ad es, confort y
c o sa s agradables que habían estado fuera del alcance de los más ricos y
poderosos m onarcas de otras épocas” . •>«
U n trabajador social o un radical con v en cid o que observara la situación
podría haberle dicho a K eynes que é se era un m odo dem asiado optimista de
juzgar e l bienestar y la m ovilidad so c ia l de los pobres. Pero en lo que res
pecta a la im portante clase m edia, la apreciación resultaba bastante exacta.
“ El habitante de Londres podía pedir por teléfon o, mientras tomaba el té en
la cam a, los variados productos de toda la tierra, en las cantidades que co n
siderara adecuadas, y esperar razonablem ente una pronta entrega a dom ici
lio; al m ism o tiem po y por lo s m ism o m ed ios podía arriesgar su fortuna
en lo s recursos naturales y en nuevas em presas de cualquier rincón del
m undo, y com partir, sin e sfu erzo ni siquiera m olestia, sus frutos y venta
jas futuros.” Si lo deseaba, ese lond in en se disfrutaba de placeres análogos
en el extranjero, “sin pasaporte ni ninguna form alidad”. Sim plem ente m an
daba a “ su criado a la sucursal cercana de un banco para que lo proveyeran
de la cantidad de m etales p reciosos que considerara conveniente”, y después
podía viajar al extranjero, “ sin con o cer la religión , el idiom a o las costum
bres, lle v a n d o c o n sig o o ro acuñado"; por lo d em ás, se hubiera sen tid o
“ sum am ente vejado y m uy sorprendido ante el menor obstáculo”. K eynes
co n clu y e su enum eración n ostálgica señalando que “lo más importante de
lod o” era que “consideraba e se estado de c o sas c o m o norm al, seguro y per
manente, sa lv o en la dirección de un perfeccionam iento adicional, y veía
toda desv ia ció n co n respecto a aquél c o m o aberrante, escandalosa y evita
b le” . El m ilitarism o y el im perialism o, las rivalidades culturales y racia
les, y otros problem as, “eran p oco m ás q ue las distracciones que le propor
cionaba su periódico”, y no tenían una influencia real en su vida. * '«
El m ism o lirism o d e e se réquiem por un m odo de vida ya extin gu id o
docum enta cuánta devastación y d esesp eración dejó la guerra detrás de sí.
En com paración, el m undo anterior a a g o sto de 1914 resplandecía co m o
una tierra fe liz de fantasías realizadas. Era una época en la que Freud podía
enviar una carta de V ien a a Zurich o B erlín , el lunes, y confiar en recibir
la respuesta el m iércoles; una época en la que podía decidir en cualquier
m om en to visitar Francia, o cualquier otro país c iv iliz a d o , sin ningún trá
m ite p rev io ni d o cum entos form ales. S o la m en te R usia, considerada una
avanzadilla de la barbarie, ex ig ía un v isa d o para perm itir la entrada de
turistas.
Durante el m e d io s ig lo relativam ente p a c ífico anterior a a gosto de
1914 habían e x istid o m ilitaristas que rogaban por la guerra, generales que
la p lanificaban, profetas d e la ruina que la predecían. Pero sus v o ces c o n s
tituían una in eq u ív o ca aunque ruidosa m inoría; cuando, en 1908, el bri
llante p s ic ó lo g o so c ia l in g lé s Graham W allas previn o que “ lo s horrores
de una guerra m undial” eran un peligro real, * lM la m ayoría de su con tem
[3 9 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
poráneos se negaron a creer en esa aterradora fantasía. Sin duda, la form a
ció n de bloques h o stiles de grandes potencias, co n Gran Bretaña y Francia
en fren tad as a la T rip le A lia n za d e A lem an ia, A ustria-H ungría e Italia,
representaba un p resagio am enazante; otro era la carrera armamentista, en
esp ecia l la intensificada rivalidad naval de Inglaterra y Alem ania. Por otra
parte, el K aiser G u illerm o anhelaba lo que denom inaba “un lugar al s o l”,
y e sto sig n ifica b a una A lem ania co m p itien d o por co lo n ia s c on las otras
p otencias en A frica y el P acífico , en d esa fío a la tradicional suprem acía
m arítim a británica. L o s tem p estu osos d iscu rsos del K aiser, y sus vagas
referencias a una lucha a muerte e n u e las razas teutónicas y eslava, daban
razones ad icion ales para sentirse nervioso. Su retórica era el e c o de una
interpretación establecida y vulgarizada de las enseñanzas de Darwin, que
las consideraba una recom end ación de las luchas sanguinarias entre los
pueblos o “razas” c o m o una vía hacia la salud, sin duda necesaria para la
supervivencia nacion al.
Lo que es m ás, desd e 1900 en adelante, fue un lugar com ún considerar
lo s B alcanes co m o “un polvorín”: la prolongada agonía del Im perio O to
m ano, que había ido perdiendo influencia durante un sig lo en sus dependen
cia s africanas y balcánicas, tentaba a los p o líticos aventureros a realizar
d esp liegues b e lico so s y expediciones temerarias. A dem ás, la prensa sensa-
cionalista de las grandes ciudades también hizo lo que pudo, echando leña al
fu e g o de la excita ció n chauvinista. El 9 de diciem bre de 1912, con los B al
ca n es una v e z m ás alborotados, Freud le com en tó a Pfister, al pasar, que>
aunque todo estaba bien en su casa, “la expectativa de la guerra nos hace
perder el aliento”. * i« El m ism o día le escribió a Ferenczi que “el ánim o
b élico dom ina nuestra vida cotidiana”. *>« Pero el hecho de que se hablara
de confrontaciones en preparación, y e l afanoso arm am entism o con vistas a
la contienda, no hacía inevitable una gran guerra. A dem ás, la Primera G ue
rra M undial, por su duración y su precio, n o se asem ejó en m od o alguno a
lo s tem ores — o esperanzas— de quienes la habían predicho.
Habían ex istid o m uchos argum entos persuasivos en favor de la paz,
en u e e llo s la pura conveniencia. La red en expansión del com ercio mundial
convertía la guerra en una perspectiva calam itosa para los com erciantes,
b anqueros e in d u stria les. El a n im ado tráfico de las artes p lá stic a s, la
literatura y las ideas filo só fica s a través de las fronteras había establecido
una fraternidad internacional civilizada, en s í m ism a agente informal de la
paz. El p sico a n á lisis n o era el ún ico m o v im ien to intelectual cosm opolita.
R ecordando los h ech os, Freud escribió con tristeza que se había esperado
que el “elem en to educativo” de la coerción moral pusiera freno a todo aque
llo, y que en “la espléndida com unidad de intereses creada por el com ercio y
la producción” dich a coerción hallara su inicio. Las grandes potencias,
todavía ligadas entre s í en el concierto de Europa, actuaban para que las
guerras locales no dejaran de ser locales. Encontraban un aliado inesperado
en el m ovim iento socialista internacional, cuyos líderes predecían con toda
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 9 1 ]
confianza que las m aquinaciones de los m alévolos traficantes de gü eñ a s se
verían m alogradas por una huelga de lo s proletarios con con cien cia de clase
de todo el mundo. Los d eseo s de lo s com erciantes pacíficos y de los radica
les pacifistas se vieron patéticam ente frustrados; durante unas pocas sem a
nas frenéticas, se desencadenaron fuerzas agresivas claramente suicidas que
la m ayoría de la gente consideraba controladas para siempre.
En la s sem a n a s que siguieron al e p iso d io de Sarajevo, los p o líticos
y. diplom áticos austríacos asum ieron una lín ea dura, apoyados por la seg u
ridad de Alem ania. Si hubiera ten ido a cc e so a sus despachos con fid en cia
le s, Freud lo s habría interpretado c o m o exp resiones de hom bres angustia
dos que se sentían presionados a desplegar su virilidad. Hablaban de cortar
con v io len cia el nudo gordiano, de deshacerse de los serbios de una ve z por
todas, de la necesidad de actuar "ahora o nunca", del m iedo a que el m undo
pudiera interpretar una p olítica austríaca conciliatoria com o una co n fesió n
de debilidad. En otras palabras, sentían que era esencial sustraerse al e stig
ma de la in d ecisió n , e l afem in a m ien to , la im potencia. *1<8EI 23 de ju lio ,
los austríacos se enfrentaron a lo s serb io s con una nota im periosa, prácti
cam ente un ultimátum; cin c o días m ás tarde, aunque la respuesta fue rápi
da y apaciguadora, A ustria declaró la guerra.
La m edida g o z ó d e una inm ensa popularidad en Austria. “ Este país
— observó el em bajador británico— en lo q u eció de alegría ante la perspec
tiva de una guerra con Serbia, y p ospon erla o impedirla habría provocado
sin duda una gran decepción." * 1® D e sp u és de m ucho tiem po, por fin era
po sib le m antenerse en p ie ergu id o. “ H ay realm ente grandes fe ste jo s y
dem ostraciones de alegría” , le inform ó A lexander Freud, desde V iena, a su
herm ano S ig m u d , que hab ía esta d o en K arlsbad durante d os sem anas.
“ Pero — agregó, d eb ilita n d o un tanto la d escrip ción del con ten to g e n e
ral— , en general la g ente está m uy abatida, pues todos tienen a m igos y
con o cid o s que están sien d o reclutad os” . Esto no le im pedía hacer gala de
cierta agresividad. Estaba contento de que, “a pesar de toda la aflicción",
Austria se hubiera decid ido a actuar y a defenderse. “Las cosas no podían
seguir a sí.” * |W Esa p o sició n , co m o A lexander Freud no dejó de observar,
era tam bién la de su herm ano en esa época; Freud estaba p adeciendo un
inesperado a cceso de patriotism o. “Q u izá por primera ve z en treinta años
— le e scrib ió a Abraham a fin e s de ju lio — m e sien to austríaco y m e gusta
ría darle só lo una v e z m ás una oportunidad a este im perio no dem asiado
prometedor.” 26 * 171 A c o g ió con en tusiasm o la actitud rígida de Austria con
26 C asi tres décadas am es, durante su esta n cia en París, Freud se había pre
sentado c om o un po co patriota, rea liz a n d o c o m p a ra cio n es, entre él m ism o y los
frív o lo s pa r isien ses, d e sfa v o ra b le s para e sto s ú ltim o s. Pero in clu so e n to n c es su
lealtad n acion al estaba lejo s de ser in q u ív o ca . R ecordem os que ante un patriota
fran cés se había d eclarad o, no austríaco n i alem án, sin o jud ío.
[39 2] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
resp ecto a Serbia, y se congratuló por e l a p oyo alem án a la p o sición de su
país.
D e ningún m odo puede considerarse que todas las maniobras diplom á
tica s de e so s días fueran o ste n ta c ió n de a ctivism o y virilidad; hasta el
fin a l, británicos y franceses procuraron atemperar las reacciones. Sin nin
g ú n resu ltad o: lo s r e s p o n s a b le s p o lít ic o s de las P o te n cia s C e n tra les
— A u str ia -H u n g r ía y A le m a n ia — te n ía n in te n c io n e s m ás to r tu o sa s,
m en os pacíficas. Proyectaban m antener neutral a Gran Bretaña y — lo que
era m ás siniestro— trataron de atribuirle la responsabilidad de todo el enre
do a lo s rusos, a lo s que d escribían co m o intransigentes e im p u lsivos. Sin
em bargo, só lo p o c o s creían en la proxim idad de una gran conflagración, y
Freud no s e contó entre e llo s. En c a so contrario, habría insistido en que
su hija Anna interrumpiera e l viaje que estaba realizando a Inglaterra a
m ediados de ju lio , * 172 n o habría salid o de V iena aproxim adam ente al m is
m o tiem p o, ni in vitado a E itin g o n co n su nueva mujer a que lo visitara
en Karlsbad a principios de agosto. * 173
C o m o verem o s, Freud tenía la m ente puesta en A nna y el p sico a n á li
sis, no en la p o lítica internacional: las cartas em ocionales de Ferenczi le
resultaban una carga, de m odo que le dijo con franqueza que iba a inte
rrumpir su correspondencia con él por algún tiem po, para concentrarse en
el trabajo, “por lo cual n o puedo dedicarm e a ser sociab le”. *174 Pero el
m undo no lo d ejó en paz. “¿Qué d ic e s tú, desd e allí, sobre las probabilida
des de la guerra y la paz?”, le preguntó su hermana M athilde el 23 de
ju lio . * 175 E videntem ente, é l prev eía , o tal v e z sería más p reciso decir,
tenía la esperanza de un co n flic to estrictam ente lim itado. “Si la guerra
queda localizada en los B alcanes — le escribió a Abraham el 26 de ju lio —
n o será d e m a sia d o m a la .” P ero — a g r e g ó — , con lo s rusos u no nunca
sabe. * L7«
La inseguridad de Freud reflejaba la sensación general de suspense.
In clu so e l 2 9 de ju lio , s e preguntó en v o z alta si tal vez al cabo de dos
sem anas el m undo, m edio avergonzado, n o iba a olvidar toda e sa ex cita
ció n o s i la largam ente anunciada “d ecisió n de los destinos” estaba enton
c e s al alcance de la m ano. * 177 A braham , c o m o de costum bre, sig u ió risue
ño. “C reo — le e scrib ió a Freud el m ism o d ía— que ninguna gran potencia
provocará una guerra general.” * ‘7* C in c o días después, el 3 de agosto, sir
Edward Grey, secretario d e relacion es exteriores británico, previno a los
alem anes sobre las co n secuencias que acarrearía la violación por parte de
esto s ú ltim os de la neutralidad de B élg ica . A l final del día, G rey, de pie
frente a la ventana de su o ficin a, o b serv ó con tristeza, acom pañado por un
am igo, c ó m o afuera se encendían las luces. “ Las luces están apagándose
en toda Europa”, dijo, y p rofetizó m em orablem ente: “N o las volverem os a
ver encendidas en nuestra vida” * 17»
En V iena, la tensión estaba centrada en lo que haría Gran Bretaña. Ita
lia s e había declarado neutral, aduciendo justificaciones legalistas por no
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 9 3 ]
cum plir con las o b lig a c io n e s contraídas co n la T riple A lianza. El 4 de
agosto, A lexander Freud le e scrib ió a su herm ano que esa actitud era de
esperar. Pero en e se m om ento todo dependía «de la actitud de Inglaterra; la
decisió n se conocerá esta noche. Los rom ánticos sostien en que Inglaterra
perm anecerá al m argen; un p u eb lo c iv iliz a d o no tomará partido por los
bárbaros, etcétera. A d iferen cia de su hermano, A lexander Freud era angló-
fob o , y de nin gún m o d o rom ántico, por lo m enos con respecto a e s e tem a.
“ Mi buen y v ie jo o d io a la perfidia in g le sa probablem ente estará en lo
c ierto ; e l l o s no ten drán in c o n v e n ie n te en tom ar partid o por lo s ru
s o s .” 17 * lt0 Pérfida o no, e se día, e l 4 de agosto, después de que se con fir
mara la invasión de B é lg ica por A lem ania, Gran Bretaña entró en la gu e
rra. El v iejo orden europeo había desaparecido.
L a g u e r r a q u e e s t a l l o a fin es de ju lio y se exten d ió a principios de
agosto de 1914 lle g ó a absorber a la m ayor parte de Europa y territorios
adyacentes: el im perio austro-húngaro, A lem ania, Gran Bretaña, Francia,
R usia, R um ania, Bulgaria, Turquía. L a causa de los aliados se vería m ás
tarde fortalecida por la p articipación de Italia y E stados U nidos. P ocos s o s
pechaban que la guerra iba a durar m ucho; la m ayoría de los observadores
del cam po de las P oten cias Centrales predijeron que los eficien tes ejércitos
alem anes llegarían a París en N avidad. El frío pronóstico de A lexander
Freud en cuanto a qu e e l c o n flic to sería largo y c o sto so m ás bien c o n sti
tuía una rareza. “N ingún hom bre razonable duda de que finalm ente triunfa
rán lo s alem an es” , le esc r ib ió a su herm ano el 4 de agosto. “Pero cuánto
tiem po transcurrirá hasta que se a lcan ce e l é x ito final, qué inm ensos sa cri
ficio s en vidas, riqueza y fortuna costará el asunto, ésa e s la cu estión que
nadie se atreve a afrontar.”
L o m ás extraordinario de e s o s calam itosos acontecim ien tos no era tan
to que se hubieran producido c o m o el m odo en que se los recibió. Europe
o s de lodo tipo se unieron en un saludo a la guerra que tenía casi el fervor
de una ex perien cia relig io sa . A ristócratas, burgueses, obreros y c o m p esi-
nos; r e a ccio n a rio s, lib e r a le s y ra dicales; c o sm o p o lita s, ch a u v in ista s y
regionalistas; sold ad os fe ro ces, eruditos preocupados y suaves teólogos:
todos se su m aban en un g o c e b e lic io s o . La id e o lo g ía trinfante era e l
n acio n a lism o , in clu so entre la m ayoría de los m arxistas; un n a cion alism o
llevado al punto álgido de la histeria. A lg u n os dieron la b ienvenida a la
guerra c o m o oportunidad para ajustar vieja s cu entas, pero — lo que era
27 Los d os h erm an os, qu e c o in c id ía n e n m uchas co sa s, no estaban de acuerdo
acerca de Inglaterra, a la qu e, c o m o sa b em o s. Freud admiraba m ucho, lo m ism o
que su hijo M artin. “ Las n o tic ia s de que Inglaterra está del lado de nuestros o p o
nentes — escribió a su padre dos días desp ués de que se declarara la guerra— eran
de esperar, pero no dejan de ser un duro g o lp e para nuestros se n tim ien to s’1. A g re
gaba: “¿T ien es notic ia s d e A nnerl?" (M artin Freud a Freud, 6 de a g o sto de 1 914,
Freud M useum, Londres.)
[394] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
m ás siniestro— para la m ayoría la lucha sacaba a la luz la virtud del pro
p io p aís y e l carácter m alvad o del en em ig o. L os alem anes se com placían
en pintar a los rusos c o m o bárbaros incurables, a los in g le ses c o m o tende
ros hipócritas, a lo s franceses c o m o cerdos lib idinosos; in gleses y france
ses, por su parte, descubrieron de pronto que los alem anes eran una am al
gam a m a lolien te de burócrata a byecto, m etafísico con fu so y sádico huno.
La fam ilia europea de la alta cultura quedó destruida cuando los profesores
d e v o lv ie r o n lo s títulos honorarios o torgados por p a íses e n e m ig o s, y se
prestaron a poner sus cono cim ien to s al se r vicio de la dem ostración de que
la pretendida ed ucación y cu ltivo de lo s adversarios no eran más que una
máscara basada en la cod icia o la erótica del poder.
Ese era el estilo de pensam iento que a Freud em pezó a parecerle in
creíble. Los oradores, en prosa y en verso, saludaban a la guerra com o a
un rito de purificación espiritual. Estaba destinada a restaurar las antiguas
virtudes h eroicas, c a si perdidas, y a servir de panacea para rem ediar la
decadencia que lo s críticos de la cultura ya hacía m ucho tiem po que habían
observado y deplorado. La fiebre b élica patriótica atacó a novelistas, h isto
riadores, te ó lo g o s, p o eta s, c o m p o sito res, en todos los bandos, pero tal v ez
con m ayor fervor en A lem ania y A ustria-H ungría. El poeta alem án Rainer
María R ilk e, m ezcla ú n ica de refinam ien to y m isticism o, celebró el esta
llido de las hostilidades co n “C in co ca n to s”, que datan de agosto de 1914,
en lo s c u a les v eía al “ más rem oto e increíble D ios de la Guerra” irguién
d ose d e nuevo: “ Por fin un D io s. P uesto que m uchas v ec es ya nos aferra
m os al ser p a cífico , e l D io s d e la B atalla súbitam ente nos aferra a n o so
tros, arroja la te a ” . H u g o v o n H o fm a n n sth a l, el p r o lífic o e ste ta
v ie n é s, s e co n virtió en un asidu o propagandista oficial de la causa austría
ca y s e ja ctó — o perm itió que otros s e jactaran en b en eficio suyo— de su
valor m ilitar. In clu so S tefan Z w e ig , m ás tarde un pacifista clam oroso,
tuvo a m b icion es m ilitares e n lo s prim eros días de la guerra, y hasta el
m om ento en que s e co nvirtió a la causa de la paz sirvió alegrem ente a la
m áquina de propaganda austríaca, en gran m edida com o lo estaba haciendo
H ofm a n n sth a l. “ ¡Guerra! — e x c la m ó T h om as M ann en n o v iem b r e de
1914— . Lo que se n tía m o s era p u r ific a ció n , liberación, y una enorm e
esperanza”; ella “en cien de lo s corazones de los p oetas” con una sensación
de alivio: “¿C óm o podría e l artista, el so ldado que hay en e l artista, n o
alabar a D io s por el co la p so de un m undo p a cífico con el que se le alim en
taba, ¡con el que se le alim entaba tanto!” » * « 4
28 A lg u n o s toques de e sa ex cita ció n alcanzaron in clu so a las muy pocas per
sonas — com o A ithur Schn itzler— que se negaron heroicam ente a intercam biar
sus se n tim ien tos hum anitarios por aquel patriotism o fá cil con e l que uno pod ía
em b riagarse a s í m ism o . Fritz W itteis record ó haberse encontrado con Arthur
Schn itzler desp ués de un hecho extraño co m o fue una victoria austríaca sobre los
rusos, y le sorprendió descubrir que el m ás áspero de lo s e scrito res se sen tía co n
m ovido y deleitado: «M e dijo: “U sted sabe cuánto o dio casi todo lo de A ustria,
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s t 395]
C om o su devastador crítico Karl Kraus se deleitaba en señalar, los
escritores que lanzaban e s e frenético llam am iento a las arm as, ca si d em en
te, luchaban con energía y é x ito para eludir el servicio en el frente. Pero
esa contradicción no lo s perturbaba ni lo s silenciaba. Su e sta llid o co n sti
tuía un clím ax congruente co n las décadas de irritación suscitada por lo
que a e llo s y a sus antepasados de vanguardia les gustaba denunciar com o
cultura burguesa em botada, segura, desgastada; esos arranques resum ían un
frív o lo , refinado e irresponsable apasionam iento con el absurdo, la purifi
ca ció n y la m uerte. En e l v eran o de 1 9 14, tal tipo de discurso arrastró a
p o b la cio n es com pletas en una co n ta g io sa p sico sis de guerra. Fue un ejem
p lo notable de lo suscep tib le a la regresión c o lectiva que pueden ser p erso
nas presum iblem ente se n sib les y educadas.
A l p r in c ip io , lo s o p tim ista s alem anes y austríacos, frén eticos o no,
se apoyaron am pliam ente en lo s co m u n icad os m ilitares. H acia fin es de
agosto, Abraham le anunció a Freud “novedades deslum brantes” . “Las tro
pas alem anas están a 100 k ilóm etros e sc a sos de París. B é lg ica e stá liq u i
dada; Inglaterra, en tierra, n o m e n o s.” D os sem anas m ás tarde, infor
m ó que “n o so tro s”, en B erlín , « n o s h em os tranquilizado m u ch o por la
derrota total de lo s rusos e n Prusia O riental. En los p róxim os días espera
m o s n oticias favorables de las batallas sobre el M am e”. C uando se h u b ie
ra v e n c id o en ella s, F rancia quedaría “ e sen cia lm en te liquidada” . A
m ed iados de septiem bre, E itin g o n le m an ifestó su adm iración a Freud por
“el co m ien zo incom parablem ente esp lén d id o en el este y el o e ste”, aunque
adm itía que “el tiem po parece haberse vu elto un tanto m ás len to ”. * lí7
L o m ism o que sus se g u id o res, tam bién Freud, durante cierto tiem po,
se perm itió una credulidad partidista, m ientras llegaban del frente n oticias
anim osas, in c lu so triunfantes. P ero n unca se entregó por c o m p leto a la
e x a lta ció n ca si r elig io sa , irracional, d e un R ilk e o un M ann. En se p tie m
b re, al v isitar a su hija S o p h ie H alberstadt para ver a su prim er n ieto ,
Ernst, descubrió que sus reacciones de n u evo estaban adquiriendo una cier
ta com plejidad. “ N o es la prim era v e z que estoy en Ham burgo — le e scri
b ió a A braham — pero por prim era v e z no m e encuentro aquí c o m o si
estuviera en una ciudad extranjera.” Sin em bargo, con fe só , hablaría «del
éx ito de “nuestra” prestación de guerra, y descubriría las probabilidades de
“nuestra” batalla de m illo n e s» ; **** e sa s extrañas co m illas su gieren una
cierta sorpresa co n sig o m ism o .
M ientras Freud se preparaba para su viaje a Ham burgo, se preguntó si
pero cuand o m e enteré de que s e había superado el peligro de una in v a sió n rusa,
m e se n tí com o de ro d illa s y b e sa n d o e ste su e lo nu estro” ». (W itte ls, "W restling
w ith the M an", 5 .) Esto no era e x c ita c ió n c h a u v in ista , sin o el tipo d e se n tim ien
tos antirrusos que com p artían c a si to d o s lo s autríacos, in clu so Freud.
[3 9 6 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
no se encontraría en A lem ania cuando llegaran “ las n oticias de una v icto
ria ante París” . * 185 Pero era dem asiado escéptico com o para abandonar por
co m p leto la p o sic ió n analítica, y la co n servó desde el principio m ism o de
las h o stilidad es. A fin es de ju lio com entó: “Se observan en todas las per
son as lo s m ás a u ténticos a cto s sin to m á tico s”. *'*> A dem ás, su sim patía de
toda la vida por Inglaterra im pedía en él un chauvinism o totalm ente afir
m ado. El 2 de agosto le escrib ió a Abraham que apoyaría la guerra “con
lodo m i corazón s i no supiera que Inglaterra está en el lado erróneo”.
Tam bién a Abraham le resultaba em barazosa esa perspectiva, esp ecialm en
te cuando entre los que estaban en el lado erróneo se encontraba su buen
am igo e indispensable aliado E m est Jones. «¿Tam bién a usted — le pre
guntó a Freud— le produce un sen tim ien to extraño que él esté entre nues
tros “e n e m ig o s” ?» *>« Freud sen tía esa extrañeza agudam ente. “ ¡Se ha
d ecid id o en general — le d ijo a Jones en octubre— no considerarlo a usted
un en e m ig o !” *»» N o m enos im portante que su palabra fue el h echo de que
continuara carleándose con e l discíp u lo inglés, el en em igo que no era e n e
m ig o , a través de p a íses neutrales co m o Su iza, S uecia y los P aíses Bajos,
realizando solam ente el gesto de escribir en alem án. **’*
S in d u d a , la principal razón por la cual el celo patriótico de Freud
pronto com enzó a declinar era que la guerra lleg ó a su casa desde el princi
pio. A ntes de que concluyera, sus tres hijos varones habían participado en
acciones, dos de ello s durante buena parte de la contienda. Lo que es más,
el estallid o de las hostilidades prácticam ente condenó a la ruina a su prácti
ca; sus pacientes p otenciales fueron reclutados, o bien les preocupaba más
la guerra que sus neurosis. “ E stos son tiem pos duros”, escribía ya el 14 de
agosto, co n “nuestros in tereses d esvalorizados”. *193 En la prim avera de
1915, estim ó que e l co n flic to ya le había costad o m ás de 4 0 .0 0 0 coro
nas. * ]S< S in duda, la guerra representó un serio peligro para la superviven
cia m ism a del p sicoanálsis. El primer desastre se abatió sobre el congreso
de psicoanalistas qu e se proyectaba realizar en Dresden en septiem bre de
1914, D esp ués, uno tras otro, lo s seguidores de Freud fueron siendo llam a
dos al se r v icio m ilitar; la m ayoría de ello s eran m édicos y por lo tanto pas
to m uy d eseab le para el M o lo ch castrense. Eitingon fue reclutado pronto; a
Abraham lo destinaron a una unidad quiriírgica cercana a Berlín. Ferenczi
fue incorporado a lo s húsares húngaros, en provincias, y sus obligaciones
resultaron ser m ás aburridas que exigentes; tenía más tiem po para sí m is
m o que lo s otros analistas d e uniform e. “Ahora usted es realm ente el único
— le escribió Freud a F erenczi en 1915— que está trabajando junto con
nosotros. T odos lo s otros están paralizados m ilitarm ente.” »
29 D esd e p rin cip ios de 1916 en adelante, F eren czi quedó in clu so m enos para
lizado que antes: trasladado a B u dap est co m o psiquiatra a m edia jo m a d a de un
h ospital m ilitar, pudo reasum ir alg o de su actividad psico a n a lítica . (V é a se M i-
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 9 7 ]
Pero e l serv icio al qu e se c o n vocaba a sus seguidores m éd icos era más
m o le sto que p eligroso; le s p erm itía co nseguir e l tiem p o su fic ien te para
responder a las ideas que el m aestro vertía sobre e llo s. Naturalm ente, les
im pedía la práctica analítica; tam poco podían seguir escribiendo y pub li
cando con la antigua e ficien cia . A Freud, e l futuro del p sicoan álisis lo pre
ocupaba lo bastante co m o para informar co n alegría que el m iop e Hanns
S a ch s había sid o e x c lu id o del se r v ic io m ilitar. " « M ie n t r a s , ta n to , su
am anuense d e c o n fia n za , O tto R ank, se portó con valen tía para n o ser
incorporado al ejército, “d efend iénd ose de la patria c o m o un león" **» le
escribió Freud a F erenczi. Las n ecesid a d es del psicoanálisis, lo m ism o que
las n o ticia s de sus h ijo s e n el frente, pusieron a prueba los lím ite s del
patriotism o de Freud.
S e v io em p ujad o h asta ta le s lím ite s en 191 5 , si n o antes, cu ando
Rank qu edó finalm ente preso en la red d el reclutam iento militar; las fuer
zas austríacas tenían que enfrentarse a un nuevo en em igo, Italia, y estaban
disp uestas a echar m ano in c lu so d e lo s in ú tiles. Se le o b lig ó a prestar ser
v ic io durante dos años, bastante lastim osam ente, co m o editor de un perió
dico de C racovia. Rank estaba in m o v iliza d o , “com o prisionero de la direc
ció n de K ra k a u er Z eitu n g , y s e sie n te un tanto dep rim id o” , le esc rib ió
Freud a Abraham a fin e s de 1917. L e parecía que condenar a Rank a
esa ocup ación tediosa era sin duda alguna un desperdicio crim inal.
N o sorprende que quedara p o c o tiem po, y que hubiera aun m enos dine
ro, para destinar a las p u b lica cio n es p sicoanalíticas; el Jahrbuch dejó de
editarse, mientras que Im a g o y e l I n te rn a tion ale Z eitsch rift f ü r P sy c h o a
n a lyse (fundado e n 1 9 1 3 ) sub sistieron co n obstinación y m uchas m en os
páginas. La Sociedad P sicoan alítica d e V iena, que durante años se había
reunido puntualm ente tod os lo s m ié r c o le s por la noch e, pasó a h acerlo
qu in cen alm en te y, d esd e p r in cip io s d e 19 16, só lo cada tres sem an as, o
in clu so más esporádicam ente. D esd e lu e g o , era por com p leto im p osib le
organizar los con g reso s internacionales de psicoanalistas que Freud y sus
seguidores consideraban la savia de su cien cia. En una malhumorada carta
de N avidad a E m est Jones, enviada durante el primer año de la guerra,
Freud trazó un som brío balance y realizó una no m enos som bría predic
ción; “N o m e ilu sion o: la prim avera de nuestra cien cia se ha interrum pido
abruptam ente, nos en cam in am os h acia un m al período; lo único qu e p o d e
m os hacer es mantener algunas brasas encendidas en unos p ocos c o razo
nes, hasta que un v ie n to m ás favorable v u elva a levantar llam as. L o que
Jung y A dler dejaron del m o v im ien to , está pereciendo ahora en la c on tien
da de las n aciones” . Lo m ism o qu e cualquier otra co sa internacional, la
asociación psicoan alítica había dejado de parecer algo viable, y los periódi-
c hael B alint, "E inleitung d es H erau sgeb ers”, en Sándor F eren czi, S c h r ifte n za r
P sy c h o a n a ly se , 2 v o ls . [1 9 7 0 } . 1, x iii .)
[3 9 8 ] E la bo ra cio n es: 1 9 0 2-1915
e o s psicoanalíticos agonizaban. "A to d o lo que uno quería cultivar y cu i
dar, ahora hay que perm itirle que prolifere salvajem ente." A largo plazo,
tenía confianza en la suerte “d e la causa a la que usted consagra una adhe
sió n conm ovedora” . Pero e l futuro inm ediato parecía oscuro, desesperado.
“N o culparé a ninguna rata que v ea abandonando el barco que se hun
de.” *201 U nas ires sem anas m ás tarde, lo resum ió todo con concisión : “La
ciencia duerme”.
T o d o esto era bastante perturbador, pero tenía m ayor importancia que
los hijos de Freud quedaran a salvo. Su hija m enor, Anna, que había ido a
visitar Inglaterra a m ediados de ju lio , fu e sorprendida allí por el estallido
de las hostilidades. C on la diligen te ayuda de Jones, logró regresar a su
casa a fin es de agosto, a través de una ruta tortuosa que pasó por Gilbraltar
y G énova. La gratitud de Freud fue elocu ente. En octubre, le escribió a
Jones que “Todavía no he ten ido la oportunidad, en estos tiem pos desd i
chados que nos em pobrecen e n bienes tam o ideales com o m ateriales, de
agradecerle por e l m odo hábil y adecuado con que m e envió de regreso a
m i pequeña hija, y por toda la am istad im plícita en e llo ”. * » 4 Había sido
un gran a liv io .
D esp ués de dejar de preocuparse por el peligro que podía correr su
hija (en realidad, esa preocupación nunca fue m uy aguda), Freud tenía que
tratar de salvaguardar a tres h ijos m ayores. Incluso en la primera erupción
de sus recobrados sen tim ien tos austríacos, Freud p ensó más en proteger a
sus m uchachos que en las n ecesidad es de la m áquina de guerra austro-hún
gara. “Por fortuna, m is tres h ijo s n o han sid o aceptados para el se r v ic io ”,
le co n fió a Abraham a fin e s de ju lio de 1914; las autoridades austríacas
rech azaron d ifin iu v a m e n te a d o s de e llo s , y ex clu y ero n al tercero.
Prácticam ente co n las m ism as palabras, en una carta dirigida a Eitingon
d o s días m ás tarde, le rep itió las m ism as buenas n oticias, com entando
que sus hijos estaban “afortunada e inm erecidam ente" seguros. 3° * ’&• Pero
M artin, el m ayor, s e p resen tó c o m o voluntario a prin cip ios de agosto.
“ H ubiera sid o intolerable para m í — le escrib ió al padre— perm anecer
s o lo atrás, m ientras todos lo s otros están partiendo” . A dem ás, agregaba,
e l se r v icio en e l frente oriental le procuraría “la m ejor oportunidad de
expresar co n rudeza m i aversión a R u sia”; de ese m odo, com o soldado,
podría cruzar la frontera rusa sin el perm iso esp ecial que e l im perio zaris
ta le s e x ig ía a lo s ju d ío s. * M'7 “ D ich o sea de paso, desde que so y soldado
— v o lv ió a escribirle al día sig u ie n te — he estad o esperando la primera
a c ció n m ilitar c o m o una palpitante a sc en ción por las m ontañas.” No
se v io defraudado; logró ingresar en la artillería (donde había servido en
30 A fines de 1 912, cuando ya e x istía n ruidosos rum ores de guerra, a Freud ya
le había preocupado la p o sib ilid a d de lleg a r a tener “3 hijos en e l frente al m is
m o tiem p o”. (Freud a F erenczi, 9 de diciem bre de 1912. C orrespondencia Freud-
F eren czi, Freud C o llectio n , LC .)
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [3 9 9 ]
liem p o de paz), y p ro m o participó en batallas en los frentes oriental y
m eridional.
O liver, e l seg u n d o h ijo de Freud, sig u ió ex c lu id o del servicio m ilitar
hasta 1 9 16, pero (aunque por lo general m enos ex p u esto q ue sus herm a
no s) tom ó parte en una variedad de proyectos de ingeniería para el ejército.
Ernst, e l m enor, in g r e só c o m o v o lu n ta rio en octubre (m ás bien tarde
com o para participar en las a ccio n es, pensaban sus cam aradas), y prestó
se r v ic io s e n e l frente ita lia n o . El yern o de Freud, M ax H alberstadt, el
esp o so de S o p h ie, participó en a cc io n e s en Francia, y en 1916 fue herido
y e x en to del s e r v ic io activ o . A juzgar por sus condecoracion es y ascensos,
la valentía y e l d e leite d e aquellos jó v e n e s con lo que estaban haciendo
rayaba a la m ism a altura que su r e tó rica .31 Freud no podía hacer m ás que
enviarles dinero y paquetes de com ida, y esperar lo m ejor. “N uestro
estado d e ánim o — le e scrib ió a E itin g o n a p rincipios de 19 1 5 — no e s tan
brillante co m o en A lem an ia; e l futuro n os p arece im pred ecib le, pero la
fuerza y la con fia n za alem anas tienen su influ en cia.” N o obstante las
perspectivas de victoria fueron haciénd ose con toda claridad m arginales en
el interés de Freud a m edida que crecía su preocupación por la seguridad de
sus h ijo s, su yerno y su sob rin o. Las referencias a las aventuras m ilitares
de e so s jó v en es representan un conm oved or contrapunto paternal de las
cu estiones prácticas qu e llen an sus cartas. Era raro que Freud escribiera a
sus aso cia d o s, in clu so a E m e st Jones, sin inform arles de cóm o les iba a
lo s sold ados de su fa m ilia . C uando v o lv ía n a casa c o n perm iso, posaban
en uniform e para las fotografías fam iliares, acicalados y sonrientes.
A p e s a r d e s u s angustiadas reservas sig u ió id en tificán d ose c o n la
causa d e las P otencias C entrales, y lo irritaba la in d efectib le confianza de
Jones en e l triunfo fin a l d e lo s a liados. “ Escribe sobre la guerra co m o un
verdadero an glo” , se q uejó Freud a Abraham en noviem bre de 1914. “Hun
dan unos cuantos superacorazados m ás o realicen algunos desem barcos, de
lo contrario no se le s abrirán lo s o jo s.” P ensaban que a lo s británicos los
animaba “una increíble arrogancia” . *^i Le advirtió a Jones que no creyera
en lo que d ecían lo s d iarios sobre la s potencias centrales: “N o olv id e que
ahora se m ien te m u ch o . N o esta m o s p a d ecien d o r estriccion es, ni e p id e
m ias, y nuestro á nim o es bueno.” A l m ism o tiem po, recon ocía que aque
llo s eran “ tiem pos lam en ta b les” . *212 A fin e s de noviem b re, c o n un e stilo
que ya no era el d e un p retencioso estratega aficionado, le c o n fesó a Lou
Andreas-Salom é una moderada desesperación: “N o tengo dudas de que la
humanidad tam bién superará esta guerra, pero estoy con ven cid o de que yo
y m is contem p oráneos n o v o lv erem o s a ver un m undo alegre. Es dem asia
31 S egú n resu ltó fin a lm en te, la fa m ilia Freud tuvo m ás suerte que la mayoría;
sólo un o de su m iem b ros — Herm ann Graf, ú n ico h ijo de R osa, la herm ana de
Freud— m urió en acción .
[4 0 0 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
d o v il”. Lo que Freud consideraba m ás triste era que los pueblos estu v ie
ran com portándose precisam ente co m o el p sicoanálisis había predicho que
harían. Por e llo , le dijo Freud a su am iga, él nunca había com partido el
o p tim ism o de ella; había llegado a creer que la humanidad es "orgánica
m en te inadecuada para esta cultura. T en em os que salir del escenario, y el
gran D esc o n o c id o , é l o e llo , algún d ía repetirá un experim ento cultural
an á lo g o co n otra raza”. *»» Su retórica e s un p o c o sobrecargada, pero
registra su d esalien to y sus crecien tes recelos c o n respecto al lugar com ún
de su lealtad a la causa germano austríaca.
N o pasó m ucho tiem po antes de que Freud em pezara a preguntarse si
esa causa (con independencia de los m éritos que pudiera acreditar) tenía
m u ch o futuro. El po co im presionante rendim iento de los ejércitos austría
co s contra lo s rusos lo h iz o vacilar. A p rincipios de septiem bre de 1914,
d espu és de só lo un m es de lucha, le había dich o a Abraham: “ Sin duda, las
co sa s parecen ir bien, pero no hay nada d e c isiv o , y hem os renunciado a la
esperanza de una rápida resolución de la guerra” por m edio de victorias
abrumadoras. “La tenacidad se convertirá en la principal virtud.” P oco
desp u és, in clu so Abraham perm itió que una cierta prudencia invadiera sus
cartas. “ En el frente — le escrib ió a Freud a fin es de octubre— , éstos son
días duros. Pero en general, uno sig u e lle n o de c onfianza.” *215 Ese era un
n u ev o tono, tratándose del “querido optim ista incurable” de Freud. *116 En
noviem bre, Abraham observó que en B erlín, el estado de ánim o “es ahora
d e ex p ectativas m uy p ositivas” . * 2n En esa época, Freud había dejado de
ser p o sitiv o y de tener ex pectativas. “N o hay final a la vista”, le escribió a
E itingon a p rincipios d e enero de 1 915. *218 “S ig o pensando — com entó
lúgubrem ente un p oco m ás larde, e s e m ism o m es — que ésta es una larga
n och e polar, y hay que esperar hasta q u e v u elva a salir el so l.” * ^ 9
Su metáfora era pedestre, pero m uy c o n ec ta . La guerra se prolongaba
fastidiosam ente. N egándose a aceptar el repetido y anim oso pronóstico de
E rnest Jones sobre una victoria de lo s a liados, Freud se aferró a su tibio
patriotism o. En enero de 1915, al agradecerle a Jones un saludo de A ño
N u e v o , in sistió en una advertencia anterior: “ Lamentaría pensar que tam
bién usted cree todas las mentiras difundidas contra nosotros. T enem os
co n fia n z a y e sta m o s r e sistien d o ” . C o n in term itencia, recargaba las
gastadas baterías de su fe en las hazañas de los germ anos, celebrando las
noticias de sus proezas. En febrero d e 1915 todavía esperaba la victoria de
las P otencia s C entrales y se perm itió un m om en to de “op tim ism o ”.
T res m eses m ás tarde, el hecho de qu e Italia amenazara con desertar y unir
se a lo s alia d o s turbó su s esp eran zas, p ero, c o m o le dijo a A braham ,
“ ¡nuestra adm iración por nuestro gran aliado crece diariam ente!” *222 En
ju lio , atribuyó nada m enos que su “ acrecentada capacidad de trabajo” a
“nuestras herm osas victorias”. *223
Pero en e l verano de 1915, a pesar d e las extensas operaciones m ilita
res en todos los frentes, desde tiem po antes los adversarios se encontraban
A p l i c a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [401]
en un devastador estancam iento recíproco, tan sangriento en el d esgaste
com o la más feroz d e las batallas. Y tam bién las batallas segu ían im p o
n ien d o su a lto p r e c io , p u e s lo s co m a n d a n tes ordenaban o fe n s iv a s no
m enos costo sa s que fú tiles. “ L os rum ores de que habrá paz en m a y o se
niegan a ceder”, le escrib ió Freud a F erenczi a principios de abril de 1915.
“Es m anifiesto que provienen de una necesidad profunda, pero m e parecen
absurdos.” *»* Y a n o negaría su p e sim ism o habitual. “S i esta guerra dura
un año m ás ^ - le esc r ib ió a F eren czi en ju lio —•, co m o es p robable, no
quedará nadie que haya presenciado su estallido.” *»* En realidad, todavía
se iba a prolongar durante m ás d e tres años, im poniendo una sangría de la
que Europa nunca se recuperó por com p leto.
En alguien que so ñ a ba tanto c o m o Freud, era tal v ez in evitab le que
Martin, O liver y Ernst invadieran su v id a nocturna. Durante la n och e del 8
al 9 de ju lio de 1915, tuvo lo qu e d en o m in ó ‘'un sueño p ro fé tic o ”, cu y o
contenid o m a n ifiesto era “m uy claram ente la m uerte de m is h ijos, Martin
el primero de tod o s”. 32 * 22<s U nos p o c o s días más tarde, Freud descubrió
que el m ism o día de e s e su eñ o , M artin fu e realm ente herido en e l frente
ruso (aunque, por fortuna, s ó lo ligeram en te, en e l brazo). E sto lo lle v ó a
preguntarse (co m o h iz o varias v e c e s ) s i los inform es sobre los c asos abor
dados por el o c u ltism o n o m erecían ser o b jeto de investigación . N unca se
declaró co n v en cido , p ero durante algu nos años se interesó, con reservas y
casi a tientas, en esto s fen ó m e n o s. T en ía buenas razones para saber q ue la
m ente humana era despu és de todo capaz de esas extravagantes e inespera
das tretas. Pero a m ed id a qu e pasaban lo s m eses y la guerra continuaba,
Freud se v eía obligado a pensar, n o tanto en e l carácter extraño de la m en
te, com o en las profundidades en las que la humanidad podía hundirse. La
guerra parecía una acum ulación de actos sintom áticos desagradables, una
horrible aventura en e l ám bito de la p sic o sis colectiva. C om o le d ijo a
Frau Lou, era dem asiad o v il.
Por lo tanto, en 1 9 1 5 , hablando por s í m ism o y en nom bre de otros
europeos racionalistas, Freud p ub licó un par de artículos sobre la d esilu
sión que había provocado la guerra, y sobre la actitud moderna c o n respecto
a la muerte: una alegría para una c iv iliz a c ió n que se destruía a s í m is
ma. Había dado por sentad o — e scrib ió — que mientras las n acion es
existieran en p lanos e c o n ó m ic o s y culturales diferentes, algunas guerras
podrían ser inevitables. “ Pero n os atrevíam os a esperar otra c o sa ”, a esperar
que los líderes de las “grandes naciones de raza blanca que dom inan el m un
d o”, “ocupadas en el c u ltiv o de intereses de amplitud m undial” , fueran capa
ces de arreglar “de otro m o d o lo s conflictos de intereses”. Jeremías había
proclam ado que la guerra e s e l destin o del hombre. “N o q uisim os creerlo,
pero, si la guerra lle g a b a , ¿ c ó m o la im a g in áb am os?” Sería un asunto
32 S ob re otra parle de e ste im portante su eñ o , v é a se la pág. 195.
[4 0 2 ] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
v aliente, del que estarían exclu id os los civ ile s, “un caballeresco tránsito a
las arm as”. Esa era una afirm ación sensible: la m ayoría de los que espera
ban el despliegue del poder h igiénico de la guerra había im aginado una ver
sión sanitaria y romantizada de batallas libradas m ucho tiem po antes. En
realidad, agregó Freud, la guerra había degenerado en un conflicto más san
griento que cualquiera de los anteriores y había producido un “fenóm eno
prácticam ente in concebible” , e s e esta llid o de od io y desprecio al en em i
g o . * 22» Freud, un hombre al que m uy pocas cosas turbaban, quedó sorpren
dido por el horrendo espectáculo de la naturaleza humana en la guerra.
En los e n sa y o s sobre la guerra y la m uerte, Freud abordó e so s h echos
horribles. E m p ezó con bastante frialdad, en el primer artículo, describ ien
do la sensación de incom odidad e incertidumbre que acosaba a m uchos de
sus co ntem p oráneos (y a é l m ism o ). El b osq u ejo que trazó era por lo
m en os en parte un autorretrato. “Arrastrados por el torbellino de este tiem
po de guerra, inform ados tendenciosam ente, sin distancia con respecto a
lo s grandes cam bios que ya se han producido o están em pezando a produ
cirse, y sin saber qué futuro está e n p ro ceso de form ación, em pezam os a
sentirnos confu sos con respecto a la sig n ifica ció n de las im presiones que
n o s in v a d en y a los j u ic io s q u e fo r m u la m o s.” A q u ello s eran sin duda
tiem p os terribles: “N o s parece co m o si nunca antes un acon tecim ien to
hubiera destruido tantas p reciosas p o sesio n es com unes de la humanidad,
con fu n d id o a tantos de lo s in te le c to s m ás sobresalientes, degradado de
m odo tan com pleto a lo s superiores. La c ien c ia m ism a — continúa Freud
im placablem ente— ha perdido su im parcialidad desapasionada”. Le entris
tecía ver que “sus siervos m ás profundam ente resentidos” la usaran c om o
fábrica de armas. “Los antropólogos consideran necesario declarar al adver
sario inferior y degenerado; los psiquiatras, proclamar el d iagnóstico de su
enferm edad mental o espiritual.” En tal situación, la persona no im plicada
directam ente en el com bate, y qu e n o se ha “convertido en una pequeña
partícula de la gigantesca m áquina de guerra”, tiene que sentirse a la vez
azorada e inhibida en su capacidad para e l trabajo. La consecuencia más
predecible es el desengaño, la desilu sió n . **»
A ju ic io de Freud, e l p sic o a n á lisis podría m itigar un p oco esos sen ti
m ien to s, distanciándonos de e llo s . E stos reposan en un m odo de ver la
naturaleza humana que n o resiste e l ex am en realista. Los im pulsos hu m a
n o s ele m e n ta le s, p rim itiv o s, n i b u en o s ni m alos en s í m ism o s, buscan
exp resión, pero resultan inhibidos por controles so ciales y frenos inter
nos. E ste p r o ceso es universal. A hora b ien, la presión de la civ iliz a ció n
m oderna tendiente a dom esticar las p ulsiones había sido exce siv a , lo m is
m o que la s e x p e c ta tiv a s c o n r e sp e c to a la con d u cta hum ana. Por lo
m enos, la guerra había privado a tod os de la ilusión de que la hum anidad
era originalm ente buena. En realidad, nuestros conciudadanos “no han caído
tan bajo co m o tem íam os, porque de ningún m odo se habían elevad o tanto
c o m o pensam os".
A p l ic a c i o n e s y c o n s e c u e n c ia s [4 0 3 ]
El artículo de Freud e s un intento de c o n so la ció n , e l inusual ejercicio
de un esto ic o que se negaba a creer que el p sicoanálisis pudiera o debiera
n egociar c o n esa m ercadería. “ Pierdo el coraje de plantearm e ante m is
sem ejantes c o m o un profeta — les diría gravem ente en E l m a le sta r en la
cultura— y a cepto su reproche d e que n o sé c ó m o llevarles c o n su e lo , pues
esto e s lo que fundam entalm ente piden, el m ás salvaje de lo s revolu cion a
rios n o m en o s que lo s m ás co nform istas y piad osos cre y en tes”. Pero
e so era en 1930. E n 1 9 15, él m ism o podría haber ped id o un p o co de c o n
suelo. A pesar de reconocer la p osib le ex isten cia de “una necesidad b ioló
g ica y p sico ló g ica de sufrir en b e n e fic io d e la econ om ía de la vida hum a
na”, Freud, sin em bargo, condenaba “ la guerra y sus m edios y fin es, y
anhelaba el cese de todas las guerras”. * a i S i la guerra había destruido esa
esperanza, si había d ejado bien claro que e se anhelo era una ilu sión , pensa
ba sin em bargo que el realism o p sicoanalítico podría ayudar a sus lectores
a sobrevivir a lo s años d e c o n flicto m enos deprim idos, m enos desespera
dos.
El artículo d e Freud sobre la m uerte, por som brío que pueda parecer su
tema, tam bién m en cio n a las aportaciones del p sic o a n á lisis a la com pren
sión de la m ente m oderna, y toma las calam idades de la guerra com o una
prueba m ás de que el p sicoan álisis está cerca de la verdad esencial sobre la
naturaleza hum ana. Freud sostenía que el hombre m oderno niega la reali
dad de su propia m uerte y recurre a m ecan ism os im aginativos para m itigar
el efe c to q u e la m uerte de los otros podría tener sobre él. Por e llo las
n ovelas y el teatro le resultan tan agradables: le perm iten identificarse con
la m uerte del héroe pero sobrcviviénd olo. “ En el reino de la fic ció n en c o n
tramos la pluralidad de vidas que necesita m o s.” • » '
T am bién al hom bre p rim itivo su c o n d ición de m ortal le resulta irreal
e inim aginable, pero en un asp ecio está m ás cerca de las realidades p sico
ló g ic a s o c u lta s q u e el hom bre m od ern o c u ltiv a d o , reprim ido: disfruta
abiertam ente co n la m uerte de sus e n em ig o s. S ó lo al aparecer la con c ien
cia m oral en las s o c ie d a d e s c iv iliz a d a s, el m andam iento “ N o m atarás”
pudo convertirse en una ley fundam ental de la conducta. Pero el hombre
m oderno, en gran m ed id a c o m o el p rim itivo, en el fon d o, en su in con s
cien te, no e s m ejor que un asesin o . A unque él la n iegu e, la agresividad
yace oculta debajo d e la cortesía y la b en evolencia. Sin em bargo, la agre
sión n o e s sola m en te un p eligro; c o m o Freud ob servó en un fragm ento
m uy citad o, la a g resión prim itiva que se co n vierte en lo o p u esto en virtud
de la estratagem a d efen siv a de la form ación reacliva puede ser útil para la
civ iliz a c ió n . “ Los que d e niñ os son lo s m ás c o m p letos eg o ísta s pueden
convertirse en lo s ciud adan os m ás útiles, lo s m ás capaces de autosacrifi-
c io . La. m ayoría d e lo s en tusiastas de la com p asión (M itleidssch w drm er),
am igos de la hum anidad, protectores de anim ales, han evolu cion ad o a par
tir de pequeños sád icos y torturadores.” *»*
Freud term ina llegando a la con clu sión de que lo que la gran guerra
[404] E l a b o r a c io n e s : 1 9 0 2 - 1 9 1 5
había hecho, era sacar a plena luz verdades desagradables, exponiendo en
su realidad el d isim u lo cultivado. La guerra, d ice, n os “ha despojado de
nuestras su p er p o sic io n e s cultu rales tardías, y ha perm itid o ilum inar al
hom bre prim igenio que hay en nuestro interior”. Esa e x p o sic ió n a la luz
podría tener su utilidad. H ace que los hom bres se vean a s í m ism os de un
m odo m ás verdadero que antes, y los ayuda a descartar ilusiones que han
resultado perjudiciales. “R ecordam os el antiguo proverbio S i v is p a c e m ,
p a r a bellum . Si quieres preservar la paz, ármate para la guerra. Sería opor
tuno parafrasearlo: S i v is v ita m , p a r a m o rtem . S i quieres sobrellevar la
vida, prepárate para la m uerte.” En lo s años sig u ie n te s, llegaría el
m om ento de que Freud pudiera poner a prueba en s í m ism o su propia pres
cripción.
R e v is io n e s
1915-1939
O cho
í }------
Agresiones
G r a n d e s y t r a sc e n d e n t a l e s co sas
Freud, lo m ism o que m illo n e s de p ersonas, v iv ió la
gran guerra co m o un desgarram iento destructivo, apa
rentem ente interm inable. Pero a él m ism o le sorpren
d ió un p o co que, a pesar d e su tristeza y de sus accesos
de aprensión, e so s años de e x citación y angustia tu vie
ran con secu en cias ben eficiosas para su trabajo. Estaba
atendiendo p o co s pacien tes, realizaba tareas editoriales m uy ligeras y no
tenía que asistir a c o n g reso s p sic o a n a lítico s. C on casi todos sus seg u id o
res en el ejército, estaba so lo . “A m en ud o m e sien to tan so lo com o en los
prim eros d iez años, cua n do m e rodeaba el desierto”, se lam entó a Lou
A nd reas-Salom é e n ju lio de 1915. “ Pero era más jo v en y todavía tenía una
ilim itada energía para resistir.” *» Echaba de m enos e l trabajo que le falta
ba en e l consultorio; por lo com ú n el estím u lo de los pacientes encendía
la m echa de su teo riza ció n , y lo s honorarios le perm itían cum plir con sus
deberes c o m o proveedor fiable. “ M i con stitu ción psíquica — le escribió a
Abraham a fin es de 1 9 1 6 — m e aprem ia a la ad quisición y el gasto de
dinero para m i fa m ilia c o m o sa tisfa c c ió n de m i com p lejo paterno, que
con o z c o tan b ien ” . *2 Pero lo s años de guerra estaban lejos de haber sido
in útiles. El o c io que no había b u scado n i a co g id o c o n gusto por un lado
lo d esm oralizó, pero por otro pu so a su d isp o sició n el tiem po libre n e c e
sario para em presas a gran esca la .
[408] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
En n oviem bre d e 1 914, reflex io n a n d o en una carta dirigida a L oa
A n dreas-Salom é sobre la guerra y la inadaptación a la c iv iliz a ció n del ani
m al hum ano, ya había apuntado que “en secreto” se estaba ocupando de
“grandes y trascendentales cosa s” * 3 Es sum am ente probable que hubiera
em pezado a pensar en producir un enunciado autorizado de las ideas analíti
cas fundam entales. ** En diciem bre le escribió a A braham que, si su depre
sió n n o terminaba por estropear su apetito por el trabajo, podría “preparar
una teoría de las neu rosis con ca p ítu los sobre el d estino de las pulsion es,
la represión y lo in c o n scien te. * 5 E sc la có n ico anuncio contiene la esencia
bosquejada de sus planes secretos. Un m es más tarde, alzó otro v elo al
escribirle a Frau Lou que su “descripción del narcisism o” “ algún día” sería
llamada “m e ta p s ic o ló g ic a " * 6 La co n ex ió n que estableció entre n arcisis
m o y m etapsico lo g ía era crucial. C uando Freud reflexion ó prim ero sobre
el n arcisism o, antes de la guerra, n o lle g ó a atravesar el umbral de la puer
ta que había abierto. Pero ya estaba en condiciones de explorar sus más
im portantes consecu en cias.
Freud em p ezó a redactar su “ teoría de las neurosis” con rapidez y ener
gía, a principios de 1915; s e trata del conjunto de textos que m ás tarde
pasaron a co n o cerse co m o lo s artículos sobre m etapsicología. La tortuosa
historia del libro que estaba proyectando — in clu so m ás que los fragm en
tos que sobrevivieron— sug iere qu e trabajaba en algo sign ificativo (o que
a lg o significa tiv o trabajaba en 61). A m ediados de febrero de 1915, le pidió
a F erenczi que le rem itiera su “cuartilla sobre la m elancolía directam ente a
A braham ” ; e l lib ro iba a co n ten er un c a p ítu lo sobre la m e la n c o lía .
C om o siem pre le había gustado hacer, sobre todo c o n F liess, h iz o circular
borradores entre su s ín tim os. A principios de abril inform ó a Ferenczi que
había com pletado d o s cap ítulos, y atribuyó su “productividad probable
m ente a la espléndida m ejoría de la actividad de m is intestinos”. O bvia
m en te, no se ex c lu ía a s í m ism o d el tip o de escrutinio analítico que no le
ahorraba a otros: " D ejo abierta la cu e stió n de si debo esto a un factor
m ecán ico, la dureza del pan de guerra, o a uno p sico ló g ic o , mi ob ligada
m ente distinta relación co n e l dinero”. ** E se estado de ánim o persistió; a
fin es de abril le com u n icó a F erenczi que “P ulsiones, R epresión, Incons-
1 A m edida que Freud trabajaba co n el término qu e había acuñado de “ meta-
p sico lo g ía " , y qu e em p leó por prim era v e z en una carta a F lie ss, el 13 d e febrero
de 1896 ( Freud-Fliess, 181 [ 172]), fu e d e fin ién d o lo cada v e z c o n m ayor rigor,
c om o una p sico lo g ía que a n a liza el fu n cion am ien to de la m ente d esd e tres puntos
de vista: e l dinám ico , e l e co n ó m ic o y e l tó p ic o . E l prim ero d e e sto s pu ntos de
v ista su pon e el so n d e o de to s fen ó m e n o s hasta su s ra íce s en fuerzas in co n scien
tes c o n flic tiv a s , qu e se o r ig in a n en (p ero no se lim ita n a) la s p u lsio n e s; el
segu n d o intenta esp e cific a r la s m agnitud es y v ic isitu d es de las energías m entales;
el tercero procura distingu ir ám bitos d isím ile s dentro de la m ente. En conjun to,
e sto s pu ntos de v ista d e fin ito r io s d ife re n c ia n al p sico a n á lisis de otras p s ic o lo
g ía s.
A g r e s io n e s [4 0 9 ]
c íe m e ” , lo s prim eros tres c a p ítu lo s, ya estaban listo s, y s e publicarían en
el curso d el a ñ o en e l ¡n iern a tio n a le Z eisch rift fü r P sych o a n a lyse. N o p en
saba que el artículo “ introductorio” sobre las pulsion es fuera “m uy sed u c
tor” , pero en gen era l s e sen tía c o m e n to y con sid erab a n e ce sa rio otro
artículo que com parara lo s sueños con la d em encia precoz. “Tam bién é se
está ya bosquejado.” *»
Pronto sig u iero n v a r io s o tros artículos: uno sobre e l antiguo tem a
favorito de Freud, lo s su e ñ o s, y otro, un e stu d io en gañ osam en te breve
titulado " D uelo y m ela n c o lía ” . En esto s dos trabajos, Freud a m p lificó la
fértil e inquietante cad en a d e pensam ientos que había in iciad o en el artícu
lo sobre el narcisism o: trataban sobre lo s m od os en que la lib id o puede
retirarse d e lo s o b je to s e x te r n o s, durante e l su eñ o y e n m om en tos de
depresión. A m ediados de ju n io , Freud pudo d ecirle a Ferenczi: “ Es cierto,
e sto y trabajando m u y lentam ente, pero co n constancia. D ie z de los d o c e
artículos están listo s. S in em bargo, d o s de e llo s (co n cien c ia y angustia)
necesitan revisión. A ca b o de com pletar [el artículo sobre] la histeria de
con versión; faltan tod avía la neu rosis o b se siv a y la sín te sis de la neurosis
de transferencia”. A fin e s de ju lio , le escrib ió a Lou A ndreas-Salom é
que “ el fruto” de e s o s m e se s sería “probablem ente un libro consistente en
12 e n sa y o s, in trodu cid os por [un capítu lo sobre] las p u lsio n es y sus d e sti
n o s”. A g reg ó que “a cabo d e term inarlo, sa lv o en lo que se refiere a la
necesaria reelaboración” C on guerra o sin ella, parecía que el libro de
Freud sobre m e ta p sico lo g ía iba a publicarse al cabo de p o c o tiem po.
C o m o F r e u d l e h a b ía d ich o a F liess en m arzo de 1898, la m etap si
co lo g ía estaba destinada a explicar esa parte de su p sico lo g ía que iba más
allá o que — co m o dccía é l— estaba “detrás” de la concien cia. *»* O bvia
m en te, la in ten ció n era q u e el térm ino tuviera un ím petu p o lém ico: la
m etapsico lo g ía iba a rivalizar c o n , y a superar, la m etafísica, ese grandio
s o y fútil e n su eñ o filo s ó f ic o . * 13 Pero cuando Freud em p leó por primera
vez la palabra, d o s años an tes, aún no había determ inado su sign ificad o
preciso. En d iciem bre d e 1 8 9 6 escribió que la m eta p sic o lo g ía era su «h ijo
ideal y su h ijo m ás p roblem ático». *>4 A p rincipios de 191 5 , no m en os
ideal pero no tan p roblem ática, y adem ás ya n o tan niña, la m e tap sicolo
gía parecía estar lista para su presentación form al y d e fin itiva. El libro, le
escribió Freud a Abraham en m ayo, se denom inaría “ E nsayos preparato
rios para la m e ta p sic o lo g ía ” , y lo entregaría a “un m undo no com prendido
en tiem p os m ás tranquilos” . * 1JSi bien Freud daba la im presión de tener
con fianza y seguridad, el título sugiere alguna v a cilación fin al, una actitud
de tanteo. S a b em o s que Freud no era un hom bre m od esto; m ientras se
dedicaba a escribir e so s e n sa y o s, te dijo a F erenczi con toda franqueza: “La
m odestia: so y lo bastante a m ig o de ía verdad o, d igam os m ás bien , a m igo
de la objetividad, c o m o para no conocer esta virtud” *'6 A l definir el libro
que debía aparecer en la correspondencia con Abraham , lo cla sificó c om o
[410] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
“de tipo y nivel del 1Q cap ítu lo de L a interp retación d e los sueños". Pero
en la m ism a carta observó: “En general, p ienso que representará un avan
ce”. * 17 Evid en tem ente — el ca u telo so título no hacía m ás que confirm ar
lo — luvo una sosp ech a de que el libro que estaba com pletando representa
ba tanto un n u e v o punto d e partida c o m o la vu elta a una teorización
anterior. Podría ser o b so le to en el m om en to de su p ublicación.
En realidad, lo s artículos d e Freud sobre m etap sicología tienen algo
más que interés histórico. D e haberlos escrito en la década de 1920, habría
expresado algunas c o sa s d e m o d o diferente, incluso habría v isto ciertas
cosa s de distinta manera. Habría agregado material nuevo. Pero a pesar de
esa rem o d ela ció n , la ca sa del p sico a n á lisis seguiría sien d o recon ocib le.
Entre los artículos que Freud finalm ente o ptó por publicar, el prim ero,
sob re la s p u lsio n e s, e s e l q ue p rob ablem ente e x ig ió una rev isió n m ás
com p leta , p u es, segú n la “ Introducción al narcisism o” , puso incóm od a
m ente de m an ifiesto , su d iv isió n de las p u lsio n es en sexu ales y y oicas
dem ostraba ser inso sten ib le. S in duda, en el en sa y o de 1915 sobre las pu l
sion es Freud adm itió francam ente que su “arreglo” probablem ente tenía
que ser objeto de una nueva reflexión: “ N o puede pretender la significación
de una prem isa necesaria", sin o que era “una mera construcción auxiliar,
que ha de conservarse só lo en la m edida en que dem uestre ser útil” . •••
En e se artículo introductorio, recapituló en lo esen cial la defin ición de
la p ulsión que había p roporcionado una década antes, en T re s e n sa y o s
sob re te o ría sexu al; la pulsión era el “ representante psíq u ico” de “estím u
los que se originan dentro del cuerpo, que alcanzan la m ente”: para citar
otras palabras suyas m uy repetidas, era “la demanda de trabajo im puesta a
la m ente por su co n e x ió n co n el cuerpo”. S eñ aló que para investigar el
funcionam ien to de una p ulsión (tam bién en este punto seguía a los T r e s
en sa y o s) p odem os d iferenciar entre su “em puje” (su incesante actividad
energética), su “ m eta” (la satisfacción , lograda m ediante la rem oción del
estím u lo ), su “o bjeto” (que puede ser extraordinariamente diverso, puesto
que casi cualquier c o sa , in cluso el propio cuerpo y las leccion es de las
experiencias agradables, pueden proporcionar sendas para la satisfacción),
y su “ fu en te” (lo s p ro ceso s so m á tico s de los que surgen los e stím u lo s, y
que están m ás allá de la com p eten cia de la p sicología). ♦ '•F reud se tom ó
un trabajo esp ecia l en com entar la m ovilidad de las pulsiones, sobre todo
las sexu ales: la historia del am or atestigua en gian m edida e sc fenóm eno.
El amor — le s recordó Freud a su s lectores— com ien za com o una autoab-
sorción narcisista, y desp ués, trepando por la com plicada escala del desa
rrollo, se une co n lo s in stin to s se x u a le s para proporcionar un am p lio
repertorio de gra tifica cio n es. Y el o d io , que form a pareja con el amor,
c o m o o p u esto y com pañero, proporciona aun m ás m aterial para la d iversi
dad. N o sorprende que la am bivalencia, la coexisten cia en la m ism a perso
na de am or y o d io por el m ism o o b jeto, sea el m ás com ún y natural de
los estados. Es c o m o si lo s seres hum anos estuvieran destinados a navegar
A g r e s io n e s [4 1 1 ]
entre o pu estos: el amor y e l o d io , e l am or y la indiferencia, amar y ser
am ado. En p oca s palabras, co n c lu y e e l artículo, los d estinos de las p u lsio
nes están determ inados por “las tres grandes polaridades que dom inan la
vida m ental” : las tensio n es entre activid ad y pasividad, entre uno m ism o y
el m undo e x te m o , y entre placer y displacer. Freud no tuvo que redibu-
jar esta parte d el mapa.
A l se g u ir l a pista a las v icisitu d es d e las energías instintivas, Freud
observó que sus transform aciones le s perm iten lograr una satisfacción par
cial in clu so cu a nd o la gratificación d irecta está bloqueda por lo que é l
denom inó, con en igm ática brevedad, “ m od os de defensa contra las p u lsio
n es”. *21 En este artículo sobre las p u lsio n e s, v o lv ie n d o a algunas de sus
teorizaciones de fines de la década de 1 8 90, puntualizó algunas de esas tác
ticas defensivas; m ás tarde elaboró el tem a y las diferenció. Pero en otro
artículo de 1 9 1 5 , “ La represión ” , o p tó por agruparlas a todas bajo ese
nom bre único. Incluso cuando después de m ediados de la década de 1920
exhum ó el antiguo térm ino “d efen sa” , y redujo la “represión” a la c on d i
ció n d e s ó lo u no entre v arios m e c a n ism o s p o sib les, a sus ojos la repre
sión sig u ió sien d o e l m o d elo de la actividad defen siva. Según su enfático
lenguaje gráfico, era la piedra básica, e l c im ien to en el que reposaba el ed i
fic io del psicoan álisis: “ su parte m ás e s e n c ia l”. *22
Freud siem p re s e e n o r g u lle c ió m u ch o de e se d escubrim iento. Creía
haber sido e l prim ero en excavar hasta el fo n d o del funcionam iento m en
tal; cuando Rank le m ostró un pasaje de Schopenhauer que se le anticipa
ba en décadas, com en tó secam ente qu e él debía su originalidad a sus “e sc a
sas lectu ras”. En cie r to se n tid o , su U n b elesen h eii n o hacía más que
subrayar lo innovador que era, y le agradaba particularmente señalar que
sus teorías provenían de su fuente de inform ación favorita: la sesión de
análisis. E scribió que después d e haber traducido en palabras la resistencia
de su p aciente, ya tenía la teoría de la represión en el puño. • >
D e m odo que en 1915 Freud em pleó la palabra “represión” para d esig
nar un co n ju n to de m a n io b ra s m e n ta le s p rin c ip a lm en te d estin ad as a
excluir de la c o n c ie n c ia un d eseo p u lsio n a l. ¿Por qué — se preguntaba
Freud— aparece la represión? D esp ués d e todo, gratificar una pulsión es
agradable, y parece extraño que la m ente se niegue su propia satisfacción.
N o ex p lic itó d etalladam ente la respuesta, p ero estaba im plícita en su c o n
cepción d e la m ente c o m o un cam po de batalla. Hay dem asiados placeres
en p erspectiva que se convierten en p en o so s porque la m ente humana no
es m onolítica. L o que desesperadam ente d esea, a m enudo — con no menor
desesperación— lo d esprecia o tem e. El co m p lejo d e Edipo en sus diversas
m ateria liza cio nes es e l c a so m ás notable d e e sto s co n flic to s intestinos: el
deseo del niño hacia la m adre llega a parecer inm oral, prohibido, cargado
de peligro; su d e se o de muerte contra e l padre, otro d eseo, am enaza con la
autocondenación u otras co n secuencias catastróficas.
[412] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
A cerca d e e sio s problem as teóricos, Freud presentó só lo apuntes e lu si
vo s. C on su e stilo m ás co n creto, prefirió ilustrar su argum entación gen e
ral co n ca so s c lín ico s. En una paciente qu e sufría una histeria de angustia,
un anhelo erótico por el padre, m ezclad o co n temor hacia é l, había desapa
recido de la co ncien cia para ser reem plazado por una fobia hacia los anim a
les. Otra paciente, c o n histeria de con v ersión , intentaba reprimir no tanto
sus d ese o s escan d a lo so s com o lo s a fectos originalm ente ligados a e llo s.
F inalm ente, un n e u r ó tic o o b s e s iv o reem plazaba sus im p u lsos h o stile s
d irigidos contra lo s seres queridos con todo tipo de curiosos sustitutivos:
excesiv a escrupulosidad, autorreproches y preocupaciones por trivialidades.
En e so s llam ativos ejem plos, algunos de los m ás co n ocid os pacientes de
Freud — el H om bre de lo s L ob os, D ora, el Hombre de las R atas— eran
presentados com o testigos.
U na form a prim itiva de represión surge m uy pronto en la vida del
niño, y su b secuentem ente se ram ifica co m o para incluir en su trabajo de
censura n o só lo el im p u lso al que hay que negar expresión sin o tam bién
sus derivados. Freud subraya que e s preciso repetir una y otra ve z sus enér
gica s operaciones: “ La represión e x ig e un continuo gasto de energía”.
L o reprim ido no e s elim inad o. El antiguo d ich o está equivocado: no es
cierto que “O jos qu e n o ven corazón que no sien te” ; lo que no se ve no
está fuera de la m ente. S ó lo ocurre que el material reprimido se ha alm ace
nado en el desván in accesible del incon sciente donde exuberante continúa
presionando en busca de satisfacción . Por lo tanto, los triunfos de la repre
sión son en el m ejor d e los ca so s tem porales, siem pre d udosos. L o repri
m id o retornará c o m o fo r m a c ió n sustitu tiva o co m o sín tom a neurótico.
Por eso Freud consideraba que los c o n flicto s que acosan al animal humano
son en esen cia inaplacables, perpetuos.
E n “ L o in c o n sc ien te ” , el tercero, y significativam ente el m ás e x ten
so de sus artícu los p ub lica d o s sob re m e ta p sico lo g ía , Freud reveló con
algún d etalle la palestra en la que tienen lugar esas luchas y conflictos.
A unque su teoría de lo in consciente fu e una de las aportaciones m ás o rig i
nales de Freud a la p sico lo g ía general, su con cep ción de la m ente tenía
una larga y p restig io sa prehistoria. Platón había im aginado al alm a com o
dos b riosos ca b a llo s alados, uno n oble y herm oso, e l otro rudo e in so le n
te, que tiran en direcciones divergentes y prácticam ente están fuera del c on
trol del auriga. C on u n ánim o m ás bien d iferente, los te ó lo g o s cristia
nos pensaban que, al caer Adán y Eva, la humanidad quedó desganada entre
sus deberes para co n su creador d iv in o y sus im pulsos cam ales. Sin duda,
las ideas de Freud sobre lo in con scien te estaban en la atm ósfera del sig lo
X IX , y ya habían asum ido algunas form as refinadas.J Poetas y filó so fo s
habían estado esp ecu land o sobre la noción de actividades m entales ubica-
2 V éa se la pág. 159.
A g r e s io n e s [4 1 3 ]
das fuera del alcance de la com prensión consciente; un siglo antes de que
Freud em pezara a ocuparse de io inconsciente, un rom ántico com o C ole-
ridge habló de “ los reinos crepusculares de la con cien cia” , mientras que
a G oeth e, el clá sic o rom ántico, la idea de que en la psique hay varias capas
de profun didad , le resultaba su p rem am en te atractiva. En su P r e lu d e ,
W ordsworlh había celebrado las profundas entrañas de su corazón com o el
reino en el que m oraba co n m ás placer. “ S o sten go una relación in con s
cien te co n la b e lle z a ” , esc r ib ió . “ En m i m ente hay cavernas a las que el
sol / Nunca podría lleg a r.” * » A lg u n o s in flu yen tes p sic ó lo g o s del s ig lo
X IX (Johann Friedrich Herbart fue s ó lo el m ás em inente entre ello s) atri
buyeron igualm ente im portancia a este co ncepto. Y entre los filó so fo s a
cuya in flu en cia Freud se resistía, sin poder evitarla por com p leto, S ch o-
penhauer y N ietzsch e advirtieron repetidam ente contra la sobrestim ación
de la con ciencia a exp ensas de las fuerzas in con scien tes de la m ente.
L o que le daba a la teoría freudiana su inigualable rango explicativo
era el h echo de que Freud atribuía a lo in consciente, con la m ayor preci
sión p osible en esa área oscura, un rol estelar en la form ación y perpetua
ción del co n flic to p s ic o ló g ic o . En 1915 n o p od ía aún asignar los m ec a n is
m os in co n scien tes a su s in stan cias m en ta les adecuadas; para e llo , hubo
que esperar que com pletara su denom inado sistem a estructural, en la década
de 1920. S í p o d ía afirmar de m od o in equ ívoco que, puesto que la psique
está som etida a le y e s estrictas, e l p ostu lad o de un dom in io m ental secreto
es prácticam ente ob lig a to rio ; s ó lo e llo perm itía exp licar fe n óm en os tan
d iverso s c o m o el h ip n o tism o , lo s su e ñ o s, lo s lapsus verbales y escritos,
los actos sin tom áticos, la con d u cía contradictoria y aparentem ente irracio
nal. S o stu v o que e l su p u esto d e un in c o n scien te din ám ico no sólo estaba
justifica d o , sin o que era n ecesario.
Para clarificar y precisar lo que d iferencia e l material de verdad incons
ciente de aquello que n o tenem os en m ente en un m om ento dado, Freud
v o lv ió a formular una d istin ció n , que y a había trazado en L a in te rp re ta
ción d e los su eñ o s, entre lo p r eco n scien te y lo in co n scien te. Es lo últim o,
ese depósito desord en ado d e lo s m ás ex p lo siv o s m ateriales v iejo s y nue
v o s, lo que con serva las id eas y a fecto s reprim idos, a sí com o las p u lsio
n es en su form a prístina; las p u lsio n es, d ice Freud llanam ente, no pueden
convertirse en co n sc ie n te s sin m ediación o disfraz. Es un lugar extraño,
ese in con scicn te dinám ico: llen o hasta el borde de d eseo s, totalm ente inca
paz de albergar dudas, tolerar dem oras o entender la lógica. C asi totalm en
te in accesib le a la in sp ecció n directa, e l p sicoanalista descubre sus huellas
en todas partes. En lo s artículos m e ta p sico lógicos que estaban producien
do tan rápidamente, Freud procuró dejar establecida su importancia cardi
nal, inequ ívocam ente, d e una v e z por todas.
P e r o d e a l g ú n m o d o o s c u r o , a lg o andaba mal en relación con el
libro. A m ed iados de ju n io de 1 9 1 5 , le su girió a Ferenczi que no se sentía
[414] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
totalm ente f e liz con lo s artículos, que le s faltaba la co n clu sió n adecua
da. * » D o s m eses m ás larde, tam bién e n una carta a F erenczi, escribió:
“L os do ce artículos están, por así decir, listo s”. *3“ La pequeña reserva de
Freud, “por así d ecir” ( so zu sa g e n ), era sig n ifica tiv a . Estaba revisando,
reflexionando, reteniendo, aparentem ente incapaz de dom inar alguna insa
tisfa c c ió n que persistía. El primer terceto de artículos (sobre las p ulsiones,
la represión y lo in co n scien te) ap areció según lo previsto en 1915. Pero
d esp u és, silen cio .
Sin duda, a Freud le resultó una em presa azarosa distanciarse de los
d eta lles c lín ico s para lograr una v is ió n general amplia. Esto v o lv ió a d es
pertar su im p u lso a hacer volar su pensa m ien to sin obstáculos; le resultó
prácticam ente im p o sib le doblegar su a nh elo de esp ec u la c ió n . En abril,
d espu és de com pletar el artículo sobre la represión en una carta a Ferenczi
d e fin ió su escritura, su “m ecanism o de producción”, com o “la su cesión del
o sado desp liegu e de la im aginación y una im placable crítica realista”. ***
Pero al avanzar la prim avera, sile n c ió las críticas y dio rienda suelta a su
im agin ación. En ju lio le e n v ió a F erenczi un borrador de lo que denom inó
una “fantasía filo g en ética ”, *32 fantasía que llevaba m ás lejos las conjetu
ras im aginativas que primero había en sayado en T ótem y tabú . Ese era el
d uod écim o y últim o de los artículos m e ta p sicológicos. Representaba nada
m en o s que un intento tendente a dem ostrar que los d e se o s y angustias
m od ern os, transm itidos a través de las é p o cas, tienen su fundam ento en la
infancia de la humanidad. Una con secu en cia particularmente am plia de esta
fantasía lamarckiana3 quedaba materializada en la propuesta de disponer la
su c e sió n de las n eu rosis en una co rresp ondiente se cu en cia h istórica (o,
m ás bien, prehistórica). Estaba conjeturando que las edades relativas en las
cu a les los hom bres m odernos contraen sus neurosis tal v e z recapitularan
el cu rso de acontecim ientos del lejano pasado humano. D e este m odo, la
histeria de angustia podría ser una herencia de la era glacial, cuando la
hum anidad prim itiva, am enazada por el frío planetario, convirtió la libido
en angustia. E se estado de terror lerna que haber generado el pensam iento
de que en aquel m ed io g élido la reproducción biológica era enem iga de la
con serv a ció n in dividu al, y lo s esfuerzos por lograr el control de la natali
dad debían haber producido histeria. Y a sí se procedía con todo el catálogo
de las enferm edades m entales. *33 F erenczi le declaró su ap oyo, incluso con
en tusiasm o, pero la especu lación conjunta de los dos quedó finalm ente
colapsada; perdió toda credibilidad por la distancia enorme e insalvable que
3 D urante la guerra (segú n le c om entó a A braham ), barajó la p o sib ilid a d de
incorporar a Lamarck a las filas de la causa psico a n a lítica , dem ostrando que !a
id ea lam arckiana de “necesid ad" no se refería m ás que al «poder de las ideas
in co n scien te s sob re el propio cuerpo, poder d e l cual v em o s restos en la histeria;
e n pocas palabras, “ la om nip otencia d e l pe n sa m ie n to ”». (Freud a A braham , 11 de
n oviem b r e de 19 1 7 , Freud-Abraham, 2 4 7 [ 2 6 1 -2 6 2 ] .)
A g r e s io n e s [4 1 5 ]
la separaba de cualquier prueba em pírica, hecho que fue haciéndose dem a
siado obvio. Pero, m ientras duró, la fantasía filo g en ética de Freud repre
sentó para él una fu en te d e re g o c ijo y, a la v e z, de perturbación.
N o t o d o e l t i e m p o de Freud estaba ocupado por la teorización y las
fantasías, ni por la lectu ra a n g u stio sa de lo s p eriód icos y la no m enos
angu stiosa espera de n o ticia s d e sus h ijo s en e l frente. En los períodos le c
tivo s del in viern o de 1 9 1 5 -1 9 1 6 y 1 9 1 6 -1 9 1 7 , pronunció tres series de
conferencias introductorias generales ante públicos num erosos y cada v ez
m ayores, co n la in ten ció n d e publicarlas. H abló en su horario de siem pre,
el sábado por la tarde, y en su foro acostum brado, la U niversidad de V iena,
tratando de fam iliarizar a “u na au diencia m ixta de m éd ico s y le g o s de
am bos se x o s” c o n lo s p rin cip io s fundam entales del p sic oan álisis. Entre
sus oyen tes m ás atentos esta b a su h ija A nna. * » E m pezó c o n un grupo
breve de cuatro conferen cia s sobre lo s actos fallidos, pasó a una serie más
profunda sobre lo s su e ñ o s, y c o n c lu y ó co n la serie m ás exten sa, sobre la
teoría de las neurosis.
Durante casi dos décadas, Freud había estado actuando com o el mejor
de sus propios divulgadores. C o n densó su extensa y d ifícil In terpretación
de lo s sueños en un lú c id o e p íto m e, “Sobre e l su eñ o”. A portó capítulos
para volú m enes co le c tiv o s sobre psiquiatría y artículos para en ciclopedias.
D io co n ferencias sob re e l p s ic o a n á lis is antes su s cofrad es de la B ’nai
B ’rith. En 1909, en la C lark U n iv ersity , d estiló brillantem ente en cin co
sesio n es la esen cia de sus descubrim ientos. Pero ninguna de esas aventuras
m ás o m enos p eriodística fu e tan am plia y tan próspera com o estas c o n fe
rencias introductorias. Fueron m u y leídas y traducidas: en vida de Freud, tal
v e z se ven d iero n en A le m a n ia u nos 5 0 .0 0 0 ejem p lares, y hubo por lo
m en os quince traducciones, in c lu so al ch in o , e l japonés, el servocroata, el
hebreo, y el idish; también se editaron en Braille *36. Freud, ya maduro gra
cias a sus años de experiencia, em pleó en ellas todo su poder de convicción.
A ligeró la carga intelectual para n o abrumar a oyentes y lectores; pasó ju n
to a los más intrincados problem as teóricos, lim itándose a rozarlos; d e sp le
gó anécdotas bien elegidas y cita s adecuadas; anticipó genialm ente las p o si
b le s o b je c io n e s , y a d m itió , a q u í y a llá , su ig n o r a n c ia o e l carácter
fragm entario de sus cono cim ien to s. La secuencia m ism a de las conferencias
representa un astuto intento d e seducción: al em pezar con los actos fallidos,
Freud introducía a su audiencia en las ideas psicoanalíticas por m edio de
hechos corrientes, a m enudo divertidos, m undanos; después se ocupaba de
los sueñ os, otra ex perien cia m ental fam iliar para todos, apartándose sólo
lenta y cuidadosam ente de la base sólid a deí sentido com ún. A continuación
de haber expuesto e l carácter d e las ley es de la m ente y la ubicuidad de lo
inconsciente — no antes— se lanzaba a una indagación de las neurosis y de
la terapia psicoanalítica. Abraham no fu e e l ú nico que e lo g ió esas entregas
por su carácter “elem ental” , en el m ejor sentido de la palabra, es decir, por
[4 1 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
im poner una e x ig e n c ia s ó lo lim itada a la audiencia. El m odo acabado y
totalm ente con fiado c o n el que Freud transmitía su m ensaje — a ju ic io de
Abraham— n o podía dejar de ser eficaz. *v
Abraham estaba en lo cierto, pero Freud se inclinaba a ser m uy severo
con esas hábiles recap itulaciones de su pensam iento. Tam bién él durante
m ucho tiem p o co n sid e r ó “ele m e n ta le s” * 38 las co n feren cias, pero e n su
c aso e sto sign ificab a que no '‘con tien en absolutam ente nada” que a lectores
inform ados co m o Lou A ndreas-S alom é pudiera “decirle a lg o n u evo”.
M enospreciando injustam ente sus ex p resion es oportunas y sus form ula
cio n e s innovadoras, Freud en contró m uy p oco que le agradara en sus pre
sentaciones. Le escrib ió a Frau L ou que se trataba de un “material tosco,
destinado a la m ultitud” . *40 Era el tipo de material en el que trabajaba — le
d ijo a Abraham— cuando se sentía “m uy cansado” . *41
La fatiga e r a un esta d o d el que Freud se estaba quejando m ucho.
“ Las ten sio n es aún n o resu elta s d e lo s años de guerra — le e sc rib ió a
Ferenczi ya en abril d e 1915— tienen un efecto agotador.” *42 En m ayo de
1916 cum plió sesen ta años, y al agradecerle las felicitacion es a M ax E itin
gon, se describió co m o entrando en “la edad de la c h och ez”, su G reisen al-
ter. En la prim avera sigu iente, Abraham recibió una observación análo
ga, pero aun m ás en fática. A l felicitar a Freud por su sexagésim o primer
cum pleaños, habló anim adam ente de la “frescura y el d eleite” que Freud
hallaba “en la creatividad” , * « en respuesta, Freud lo reprendió am ablem en
te por construir una im agen idealizada de él m ism o, y repitió su queja: “ En
realidad, m e he vuelto v iejo , un p o co frágil, y estoy cansado” . * «
Pero el cansancio de Freud era periódicam ente aliviado por las enigm á
ticas vueltas que el m undo continuaba dando. La m uerte del emperador
Francisco José el 21 de noviem bre de 1916, después de haber ocupado el
trono durante casi sesen ta y o ch o años, no le importó dem asiado, m ucho
más le interesaban las buenas noticias que le com unicó a Frau Lou dos días
más tarde sobre su s hijos en el frente: sus “guerreros” estaban bien. *■** Un
poco después, la am plia ofen siv a alem ana con subm arinos, lanzada el Io de
febrero de 1 9 17, atrajo su atención. Abraham estaba co n ven cid o de que
aquella cam paña conduciría pronto a la victoria y la paz, *47 pero Freud,
m ucho m enos optim ista, prefirió conceder a los subm arinos un plazo de
m ed io año para que dem ostraran su valor. En abril le escribió a Ferenczi:
“Si en septiembre no quedara demostrada la eficacia abrumadora de los sub
m arinos, Alem ania se despertará de una ilusión, y las con secuencias serán
terribles”. +4S S e is sem anas después de que los alem anes hubieran perdido
sus subm arinos, Freud anotó lacónicam ente en su calendario fam iliar, por
lo co m ú n r e serv a d o para c u m p le a ñ o s y aniversarios: “R e v o lu c ió n en
R u sia ” . * « La R e v o lu c ió n de F ebrero había barrido la dinastía de lo s
R om anof, reem plazándola en la g estión del Estado por un gobierno provi
sional lleno de prom esas liberales, y que buscaba una paz por separado.
Los seis hijos de Fteud en 1899. De izquier
da a derecha: Sophie, Mathikie, Anna, Olí-
ver, Martin y Ernst. (Copyrights de Mary
Evam/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Freud, su madre y su mujer, durante unas vacaciones vetaniegas en Aussee, en 1905. (Copyrighti de M ary
Evam/Sigmuxd Freud, Wivenhoe)
Wilhelm Stekel, un temprano y convencido parti Alfred Adler, sin duda el más eminente y, después
dario de Freud, quien rompió con él después de de Freud, el más influyente miembro de la Asocia
1910. ción Psicológica del Miércoles, hasta que la difícil
asociación de ambos se dio por terminada en
1911.
1
I*
Eduard Hitschmann, uno de los más fidedig
nos lugartenientes vieneses de Freud.
Cari Gusrav Jung, durante algunos años tempes Oskat Pfister, pastor protestante en Zur ich que se
tuosos pasó por ser el sucesor indiscutible y seguro convirtió en un incansable polemista en favor del
de Freud. (Kurt Nühus, Badén, Suiza) psicoanálisis, y especialmente de su aplicación en
pedagogía y en el trabajo pastoral.
Max Eitingon, un defensor generoso y serio de
los puntos de vista de Freud, con quien le unió
una estrecha amistad. Fundó la primera clínica
psicoanalítica en Berlín en 1920.
Freud, a la edad aproximada de 50 años, en una El relieve pompe yano conocido como «Gradiva»,
instantánea tomada por uno de sus hijos y, por eso del que Freud tenía una reproducción en escayola
mismo, menos estilizada que sus ocras fotografías. en su consulta. El original se conserva en los Mu
Como era habitual, Freud sostiene un puro en su seos Vaticanos. (M inan /A rt Resources)
mano. (Freud Collection, LC)
Anverso del medallón, realizado por el escultor Reverso del medallón. Representa a Edipo en el
Karl Maria Schwerdtner, entregado a Freud por momento de solucionar el enigma de la esfinge.
sus admiradores con ocasión de su quincuagésimo (Copyrights de Mary Evanj/Sigmund Freud, Wiven
aniversario. Obsérvese el error en la interpretación hoe)
del nombre propio de Freud. (Copyright de Mary
Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Grupo de los participantes en e! tercet congreso internacional de psicoanalistas, celebrado en Weimar, en
septiembre de 1911. Freud está en el centro. A su derecha, en un plano ligeramente inferior, se ve a Sándor
Ferenczi; a su izquierda, inclinado, está Cari G. Jung. Sentada, quinta por la izquierda, está Lou
Andreas-Salomé. (Copyrighti de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Celebración de las bodas de plata matrimoniales de los Freud, el 14 de septiembre de 1911, con todos los
hijos, y la tía Minna. De izquierda i derecha: Oliver, Ernst, Anna, Sigmund y Martha Freud, Mathilde,
Sophie, Minna Bernays, Martin. (Freud Collection, LC)
Sophie Freud con su madre durante unas vacaciones veraniegas, hacia 1912, (Copyright} de Mary Evani/
Sigmund Freud, Wivenhoe)
Freud durante unas vacaciones veraniegas en
los Alpes Dolomíticos en 1913, con Anna, en
tonces de 17 años. (Copyrights de Mary Evans/
Sigmund Freud, Wivenhoe/W.E. Freud}
El podetoso Moisés de Miguel Angel, que se en
cuentra en la iglesia de San Pietro ad Vincula,
Roma. Freud analizó esta escultura en «El Moisés
Leonardo da Vinci, La Virgen, santa Ana y el niño de Miguel Angel». (Ahnart/Art Resources)
Jesús, uno de ios cuadros analizados por Freud en
«Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci». El
otiginal se encuentra en el Louvre. (Clichédes Mti-
sées Nattonaux, Parts)
Freud en 1909. (Copyrighls de Mary Evans/
Sigmund Freud, Wivenhoe)
A g r e s io n e s [417]
Freud prestaba una gran atención a las novedades, de m odo que resulta
sorprendente que en sus "C onferencias de introducción al p sicoan álisis” no
tuviera prácticam ente nada qu e decir sobre la guerra. Fue com o si con cen
trándose en su tarea de resum ir y popularizar hubiera podido escapar duran
te cierto tiem po a la carga diaria de circunstancias op resivas. Pero no
logró resistirse por c o m p leto a recordar a su s oyen tes que ello s estaban
allí, reun id os en la u n iversid ad , m ientras en el h o rizon te asom aba una
nube de la que llo v ía m uerte y destrucción. ‘‘Aparten la vista del individuo
para mirar la gran guerra que todavía está asolando Europa — m anifestó en
un pasaje excep cio n a lm en te retórico— ; p ien sen en los exceso s de brutali
dad, crueldad y m aldad que ahora s e extiend en a su antojo sobre el mundo
civ iliz a d o .” A la luz d e ta les horrores, ¿ se pod ía sosten er q ue só lo “un
puñado de hom bres sin escrú pu los y a m b ic io so s” fueran los responsables
de “dejar en libertad a todos aquellos espíritus del m al”? ¿“ Los m illones de
reclutados” no eran “tam bién culpables en parte”? ¿Podía uno atreverse a
sostener que “la constitu ció n m ental de la hum anidad” no contenía un cier
to grado de perversidad? * » E l sig n ifica d o c o m p leto de la guerra en la rees
tructuración del p en sam iento freudiano, esp ecialm en te sobre la agresión,
no se h iz o clara m en te v is ib le hasta a lg u n o s años m ás tarde. Pero e se
párrafo enérgico, ca si fuera de lugar en una conferencia sobre la censura del
sueño, atestigua de qué m od o in sisten te la belicosid ad hum ana ocupó la
m ente de Freud durante aqu ellos años.
E n 1917, anhelaba sobre to d o que la m atanza concluyera. La entrada
de Estados U nidos en la guerra, en abril, d el lad o de los aliados, determ i
nó que la p erspectiva de una v ictoria de las P otencias C entrales apareciera
com o sum am ente rem ota. E n octubre, m ás p e sim ista que nunca, Freud
declaró q u e la cam paña de lo s subm arinos alem anes era un fracaso.
Para exacerbar su hum or som brío, la guerra se acercaba cada v e z m ás al
frente interno. La v id a en V iena se estab a h acien d o progresivam ente más
difícil; esca sea b a la co m id a , y m ás aun e l com b u stib le. La acum ulación
de m ercaderías y la in fla ció n otorgan siem p re un carácter exasperante a
las p riv a cio n es de to d o tipo; lo s precio s o fic ia le s , ya altísim o s, se veían
desde lu eg o m uy superados en e l floreciente m ercado negro. Freud refun
fuñaba con sus íntim os; lo h iz o esp e c ia lm e n te en invierno, cuando a su
fam ilia le fa ltó co m id a , y a é l se le helaban lo s dedos al sentarse en su
estudio sin c a le fa cció n tratando de escribir. En enero de 1918, encabezó
dram áticam ente una carta a A braham co n la exp r esió n “K altetrem or!"
(“ ¡Tem blor de frío!”). *52 L os e n v ío s d e c o m id a que les hicieron llegar
Ferenczi d esd e Budapest y sus a m igos d e lo s P aíses Bajos aliviaron oca
sionalm ente a lo s Freud, pero e n e l m ejor de lo s c a so s no fueron m ás que
rem edios tem porales. * «
En esa lúgubre, situ a ció n Freud s o p e só con cautela c ie n o s rumores
acerca de que se le podría otorgar el Prem io N o b el. El últim o de los pre
m iados en las esp ecialid ades de fisio lo g ía o m edicina había sido el m édico
[4 1 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
austríaco R obert Barany, y éste había propuesto a Freud. Pero en esa ca te
goría n o se había v u e lto a otorgar e l galardón d e sd e 1914. D e todos
m o d o s, Freud m antuvo lo s o jo s abiertos. El 25 de abril de 1917 anotó
concisam ente en su calendario: “N ada d e Premio N ob el en 1917”. * * Sin
duda, en vista s de la resisten cia que preveía, ser eleg id o lo hubiera sorpren
dido m ucho. *55 Pero anhelaba con vehem encia e se honor; habría acogido
co n gusto e l recon o cim ien to y le hubiera venido bien el dinero.
Sin duda, en 1917, después de tres años de guerra, casi todo le producía
nada m ás que irritación. Se m antenía m ás o m enos anim ado coleccionando
ch istes m alos sobre la guerra, la m ayoría de ello s ju egos de palabras prim i
tiv o s e intrad ucibies. S ó lo uno o d o s, apenas d ign os de ser rescatados,
sobrevivirían en otro idiom a. El siguien te es un ejem plo: “Q ueridos padres
— escribe un ju dío que com bate en el ejército ruso— , nos está yendo muy
bien. N os retiram os diariam ente unos cuantos k ilóm etros. Si D ios quiere,
espero estar e n casa para R o sh H ashaná.” *1* P ero Ernest Jones segu ía
encolerizando a Freud con sus predicciones; cuando en e l otoño de 1917
sugirió, co n total falta de tacto, que era probable que la resistencia alemana
prolongara la guerra, Freud dijo que ésas eran “auténticas maneras ingle
sa s”. En noviem bre de 1917 le escribió a Abraham que desde luego “las
co sa s son todavía m u y interesantes” . P ero al m ism o tiem po, agregó: “Uno
envejece con rapidez, y a v e c e s surge la duda de si vivirá para ver el fin de
la guerra, de si viv irá para v erlo d e n u evo a usted, e tc .”. En todo caso, esta
ba actuando co m o si “fuera inm inente el fin de todo”, y acababa de decidir
la p u blicación de d os m ás de sus artículos m etap sicológicos. * » A lgo que
naturalm ente despertó su interés fue la revolución bolchevique y el ascenso
de Lenin al poder, lo cual libró a R usia de la guerra. Le agradaron m ucho
las n ovedades sobre e l arm isticio entre el régim en b olchevique y las Poten
cias Centrales en diciem bre. Tam bién le gustó la D eclaración Balfour, que
prom etía un hogar nacional para lo s jud íos. * » En esa época ya había d e s
cartado todas las ilu siones que le quedaban sobre la justicia de “su" causa y
la in v en cib ilid ad de las armas germ anas. “Juzgo los tiem pos con sum o
p esim ism o ”, le escrib ió a F erenczi en octubre. E m pezó a pensar que “si no
hay ninguna revolución parlamentaria en A lem ania”, la guerra continuaría
hasta un am argo final. Freud había creído que las potencias aliadas habí
an m entido acerca de sus objetivos; en aquel entonces estaba convencido de
que su propio bando n o era m enos despreciable. Según escribió a Abraham
a fin es de 1 9 17, estaba e n p ie de guerra con la escritura y con m uchas otras
cosas, entre ellas “su querida patria alem ana”. La gran ofensiva alemana
de m arzo de 1918 lo d ejó indiferente: “ M e con fieso a m í m ism o hastiado y
enferm o de la guerra”. Suponía que la idea de una victoria alemana (que
todavía parecía p o sib le) podría levantarle el ánimo a Abraham, pero no se
lo levantaba a él. Estaba ávido de provisiones: “H e sido carnívoro; tal vez
esta dieta extraña está contribuyendo a m i indiferencia”. * « T o d o el mundo
(salvo quizás el alto m ando alem án) esperaba febrilm ente que llegara la paz,
A g r e s io n e s [4 1 9 ]
cuando el programa del presidente W ood row W ilson, los Catorce Puntos
que había bosquejado ante el C ongreso y e l m undo en enero de 1918, dio
nuevas esperanzas de que se llegara al final de la matanza. Tam bién Freud
había previsto el día de la paz c o m o “una fecha ardientem ente aguarda
da”. * »
D u r a n t e t o d o e s e t i e m p o , Freud había intrigado a sus am igos con
referencias a su libro sobre m eta p sico lo g ía . En la primavera de 1916, p en
sand o e n v o z alta co n Lou A n d r e a s-S a lo m é , le dijo que “no se p u ede
im primir antes d el final de la guerra”. C o m o de costum bre, cuando Freud
insistía en la m uerte estaba tam bién hablando de la suya propia: “ La dura
ción de la vida n o puede calcularse” , y anhelaba ver su libro im preso.
Es bastante interesante que convirtiera la m uerte en un tem a destacado de
“ D u e lo y m elancolía**, u n o de lo s dos a rtícu los m e ta p sic o ló g ic o s que
finalm ente p u blicó a fin es de 1917. En m ayor m edida tal v e z que cualquier
otra co sa escrita en eso s años, y rivalizan do en e se sentido con “Introduc
ció n al n a rcisism o ”, e ste en sa y o apunta a una re visión de su pensam iento
que llevaría a su plenitud después de la guerra.
La m e la n c o lía , so stu v o Freud, se asem eja al du elo en cuanto está
marcada por la pérdida de interés por e l m undo exterior, abatim iento per
sistente, in diferen cia hacia e l trabajo y e l am or. Pero, m ás allá de esto , el
m e la n c ó lic o s e fla g ela co n autorreproches, desarrolla una baja autoestim a,
y prevé de m o d o delirante alguna e s p e c ie de castigo. Los m e lan cólicos
están de luto, pero de un m odo particular: han perdido un objeto al que se
sentían m uy apegados y c o n e l que se identificaban. Durante años, Freud
había estado d icien do que prácticam ente todo am or es am bivalente y co n
tiene e lem en to s de ira y hostilidad. La furia de lo s m ela n có lico s contra sí
m is m o s , su s e m i- o d io y s e m i-to r m e n to , eran, e n to n c e s, e x p r e sio n e s
g o z o sa s de la rabia sádica con e l o b je tiv o perdido. Los enferm os de ese
desorden recurrían al suicid io (obv ia m en te la co n secu en cia más extrem a
de la m ela n c o lía ) só lo cuand o sus y o e s se trataban a s í m ism os con s e v e
ridad im placable c o m o ob jetos de o d io. A ñ os am es de que Freud elevara
form alm en te la agresió n co m o p u lsió n al m ism o n iv e l de la lib id o, perci
bió claram ente el poder de la agresividad, en este caso dirigida contra uno
m ism o .
E ste fu e uno de los sen tid os en que “ D u e lo y m elan colía” resultó pro-
fé tic o . El b rev e exam en que r ea lizó Freud del autocastigo era otro. La
autoh um illación y autodenigración de lo s m ela n c ó lico s, escribió, co n sti
tuyen pruebas persuasivas de que su y o se ha escin d id o de una parte de sí
m ism o. Su y o ha creado, por así d ecir, una in stancia m ental especial d es
tinada a juzgar, norm alm ente a condenar. Freud observó que ésa era una
forma extrem a, sin duda, m orbosa, de lo que la gente com únm ente deno
m ina la co n c ie n c ia m oral. El no ten ía aún ningún nombre esp ecial para
esa instancia censora, p ero no hay duda de que estaba íntim am ente relacio
[4 2 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
nada con lo que después iba a denom inar ideal del yo y que m ás tarde
exploraría co n el nom bre de “ superyó”.*
“D u e lo y m elancolía*’, e n to n ces, presenta a un Freud en transición.
Pero, ¿qué decir de lo s otros siete artículos, todos escritos pero sin p royec
to de p ublicación? T od os e llo s — le dijo Freud a Ferenczi en noviem bre de
19 1 7 — m erecían la supresión y el silen cio: D e r R est d a r f versch w iegen
w erden\ * « H abía estado dejando caer, en sus cartas al com prensivo A bra
ham , oscuras con fid en cia s en cuanto a que é se no era un buen m om ento
para e l lib ro. * « A p a ren tem en te, ta m p o co m e joró c o n el p aso de lo s
m e se s. A prin cip io s del verano de 1 9 18, p rotestó, un tanto m isteriosa
m en te, en una carta a Lou A nd reas-Salom é (quien lo había estado p resio
nando m ucho para que publicara los en sa y os), que no era sólo la fatiga lo
que lo retenía, sino “tam bién otras in d ica cion es”. * « Fueran cuales fueren
esa s in d icaciones, finalm ente prevalecieron. En algún m om ento, mientras
disparaba esas salvas interm itentes de sugerencias y excusas, Freud puso
fin a su incertidum bre destruyendo lo s artículos restantes.
E se fu e, y sig u e sién d o lo , un g e sto en igm ático. Los problem as teóri
co s nunca habían reducido a Freud al sile n cio en oportunidades anteriores;
las dificultades d e presentación nunca lo había aterrorizado. D esde luego,
la guerra ex p lic a m ucho. C on sus “ guerreros” M artin y E m st en p eligro
co n stan te, a Freud lo s tiem p os no le parecían p ropicios para la o rigin ali
dad. Pero en su s d o c e artículos sobre m e tap sicología no se proponía ser
original. A dem ás, tenia m ás tiem po del que podía desear o usar producti
v a m en te, y había descu b ierto qu e e l trabajo, cuando podía obligarse a
h acerlo, le resultaba relajante. El libro sobre m etap sicología podría haber
s id o una b ien v en id a e v a sió n de lo s p e r ió d ico s. Las razones reales del
c o la p so de su p royecto yacían ocultas en e l p royecto m ism o.
El drama sile n c io so y elo cu en te d el libro nunca terminado reside sobre
todo en su oportunidad. L os fundam entos que Freud intentaba asentar de
m odo d efinitivo para sus partidarios y contra sus rivales estaban cam bian
do en sus propias m anos. N o estaba p adeciendo una transformación; las
contraseñas del p sico a n á lisis (el in co n scien te d inám ico, e l trabajo de la
represión, el com p lejo de Edipo, lo s co n flicto s entre pulsiones y d efensas,
lo s o rígenes sex u a le s de las n eu rosis) seg uían intactas. Pero m uchas otras
c o sa s quedaban abiertas al cuestion am iento. El artículo sobre el n arcisis
m o h ab ía sid o un sín to m a tem pran o y o ste n sib le de algunos reparos
4 Freud e xam in ó e l trabajo de au to ca stig o realizado por esta in stan cia esp e
c ia l, tod avía no b a u tizad a, en otros d o s a r tícu lo s b r e v es d e la época, am bos
pu blicad os en 1916: “ L os arruinados por e l é x ito ” (en el que m ostró que qu ienes
han desarrollado trastornos neuróticos, en el ca so de triunfar, no pueden disfrutar
de su situación en virtud de su co n c ien cia m oral pu nitiva) y " C rim in a les p o r
se n tim ie n to de c ulpa" (en e l que a nalizó la necesid a d neurótica de ca stig o ). En
lo s d os trabajos, lo s c rím en es e d íp ic o s in fa n tiles, m ás im a gin arios que reales,
aparecen com o incitad ores im portantes.
A g r e s io n e s [4 2 1 ]
im portantes, y la d estru cción de siete artículos sobre m eta p sico lo g ía fu e, a
su manera, igualm ente sin tom ática. El Freud de los años de la guerra toda
vía n o v eía con m ucha claridad lo que necesitaba hacer. A finales de la
década de 1890, se encontraba en una de sus fases oscuram ente creadoras,
en la cual el co n flic to era un sig n o de grandes cosas futuras, vagam ente
co n scien te de que (c o m o é l m ism o podría haber dich o) otra v e z estaba
fecundado y engendrando.
U n a p a z d if íc il
Durante todo el o to ñ o de 1918, V ien a se v io agitada
por rum ores d e paz. Las con versacion es secretas que
d iplom áticos austríacos habían iniciado en la primavera
de 1917 para lograr una paz por separado, a espaldas de
A lem ania, fueron chapuceras, carentes de p rofesionalis
m o y , c o m o podía predecirse, no llegaron a nada. Pero
a p rincipios de septiem bre d e 1 9 18, d esp ués de un año m ás de co stosa
lucha, el gobierno de V iena, ante el ham bre en la retaguardia y una derrota
casi segura en el frente, inten tó una apertura de m ayor alcance con lo s alia
dos. Propuso que lo s beligerantes s e reunieran para negociar y poner fin a
la guerra. A principios de año Austria se había enfrentado a p echo d escu
bierto a huelgas y m o tin es, de m o d o que s e encontraba dispuesta a realizar
am plias con cesiones territoriales, aunque n o a abandonar e l principio del
im perio m ultinacional. A m ediad os de octubre, las potencias aliadas, c am i
no de la victoria, rechazaron la oferta; e l acuerdo propuesto por los austría
cos no iba lo bastante le jo s. E n lo s m inisterios se estaba cerca del caos; un
historiador com paró e sa situ ación co n “la agitación frenética y sin sentido
de un hom bre que se ah oga” . Esa sen sación de co n fu sió n se difundía
tam bién entre el p úb lico. Freud, escrib ién d o le a E itingon el 25 de octubre,
dijo que la época era “espantosam ente estremecedora". Y agregó; “Es bueno
que lo v iejo m uera, pero lo n u evo n o está aquí todavía”.
En aquellos m om entos, e l teatro de la guerra se había reducido; aunque
la m atanza continuaba sin m en gua en el frente occid en tal, en el este la
lucha perdía aliento. R usia estaba definitivam ente fuera del co n flicto b é li
co desde p rincipios de m arzo, cuando las potencias centrales, inexorables y
vengativas, im pusieron e l d raconiano Tratado de B rest-L itovsk al nuevo e
inexperto régim en so v ié tic o . O tro triunfo m enor para las p otencias centra
le s se produjo en m ayo, cuan do R um ania, desd e m ucho tiem po antes o cu
pada en parte por sus tropas, tam bién firm ó la paz. Por otro lado, B u lg a
ria, que había o sc ila d o entre los beligerantes antes de jugarse su destino
con los alem anes y austríacos a fin e s de 19 15, se v io obligad a a firm ar un
[422] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
arm isticio co n los a liados a fin e s de septiem bre de 1918. A l m es sig u ie n
te, después de especta cu la res y c a si legendarias hazañas en e l cercano
oriente, los británicos tam bién forzaron la rendición de Turquía.
F in alm en te, no fueron lo s d e s e o s p ia d o so s de los c iv ile s, sin o las
armas aliadas, junto con las grandiosas visio n e s de W oodrow W ilso n , lo
que pu so fin a la gran guerra. Las tropas inglesas y francesas y, m ás tarde,
las norteam ericanas, hicieron retroceder la vigorosa ofensiva de primavera
em prendida en Francia por lo s alem anes. A principios de junio de 1918,
lo s alem anes fueron d eten id os a unos sesenta y cin co kilóm etros de París,
y a m ediados de ju lio em p ezó la gran contraofensiva. En adelante, los alia
d o s n o d eja ro n d e a v a n z a r . H a c ia fin e s de se p tie m b r e , e l g e n e r a l
Ludendorff, con la intención d e mantener a cualquier precio a las tropas
aliadas fuera del territorio alem án, p id ió negociacion es. El colap so de las
fuerzas del Kaiser, una de las m ás form idables m áquinas de guerra de ia
h istoria, estaba al a lcan ce d e la m ano, lo m ism o que la paz.
En septiem bre, e l m es en e l que L udendorff reconoció lo inevitable,
un co n g reso internacional de p sicoan alistas que se reunió en B udapest J
lev a n tó aun m ás el ánim o de Freud. El últim o encuentro anterior había
ten ido lugar en M unich en 1 9 13. Freud n ecesitaba angustiosam ente las
alentadoras reuniones qu e e l c ó n cla v e prometía; no había visto a Abraham
e n lo s últim os cuatro años, d esd e e l e sta llid o de las hostilidades. En a g o s
to le e s c r ib ió qu e s e h a b ía s e n tid o “ d e m a sid o fu r io so y d e m a sia d o
ham briento” c o m o para responder a su últim a carta (lo que, en aquel
corresponsal infatigable, constitu ía un síntom a seguro de una moral m uy
baja. El congreso, prim ero proyectado para Breslau, tuvo lugar en B uda
p est el 28 y 29 de septiem bre. N ecesitariam ente muy parcial y co n poca
concurrencia, de los cuarenta y dos participantes, dos eran holandeses, tres
alem anes, y treinta y sie te provenían de Austria-Hungría. Con todo, era
un con g reso . Freud p ronunció, n o su acostum brada alocución inform al,
sino una conferencia en toda regla en la que bosquejó procedim ientos téc
n ico s y p id ió e l esta b lecim ien to de clín ica s p sicoanalíticas que permitieran
a los pobres beneficiarse del tratam iento. Se trató de una ocasión festiva,
com pletada con recep cion es y habitáculos espléndidos; los analistas fueron
alojados en el elegan te G ellert H otel. Un m es más tarde, Freud todavía
saboreaba el recuerdo de aquellos días; co n abierta satisfacción le recordó a
Abraham “lo s herm osos días de Budapest”. *71
5 D urante el verano de 1 918, Freud tenía un m o tiv o adicion al para estar a le
gre. A ntón von Freund, un rico cerv ecero de Budapest, había reaccionado a una
operación de cáncer co n una ne u r o sis, y Freud, aparentem ente, lo libró de ella .
C on gratitud, y con la c o n c ien cia de que el cáncer podía reaparecer, von Freund
tom ó m edidas para financiar una editorial que se e sp ecia liza ría en pu b lia cio n es
p s ico a n a lític a s e in d ep en d iza ría a F reud — y al p s ic o a n á lisis en gen era l— de
otros editores. Esto se lle v ó a ca b o , y Freud tuvo que asumir la tarea de su p erv i
sar la Verlag.
A g r e s io n e s [4 2 3 ]
C o m o ha o b servad o Ernest Jon es, el c on greso fu e el prim ero “e n el
que estuvieron presentes representantes de algún gobierno, en este caso de
los gob iernos de A ustria, A lem ania y H ungría”. Las razones eran c om p le
tamente prácticas: “ la creciente apreciación del papel desem peñado por las
'neurosis de guerra’ en lo s cá lc u lo s m ilitares” . *71 La presencia de observa
dores o fic ia le s e jem p lificó , a su m o d o , la extraña dialéctica de la vida y la
muerte en la historia d el p sico a n á lisis. Las ideas de Freud, que en tiem pos
de paz lo s psiquiatras se habían resistid o tanto a tomar en serio, recogían
en aquel en to n ces e l p restig io so apoyo de m éd icos asignados a hospitales
militares y enfrentados con soldados que padecían neurosis de guerra. Para
algunos, la gran guerra fue un enorm e laboratorio que perm itió poner a
prueba las p r o p o sicio n es p sicoanalíticas. En 1917, e l psiquiatra británico
W .H ,R ,R ivers o b serv ó que “el d estin o parece habernos procurado en la
época actual una oportunidad inigualable para poner a prueba la verdad de
la teoría freudiana de lo in con scien te, en la m edida e n que tiene que ver
con la p roducción de desórdenes n erviosos m entales y fu n cion ales”. *73 En
el pasado, ante la p resión de las autoridades m ilitares, lo s psiquiatras n o se
habían resistid o a la n o c ió n fá c il (en realidad, y en general, la habían co m
partido) de que un soldad o que presentaba lo s síntom as de una “neurosis de
guerra” fin gía estar en ferm o y tenía que ser enviado de vuelta al frente sin
con tem placion es, cu and o n o som etid o a un c o n sejo de guerra. Pero tanto
entre los m éd ico s de los aliad os c o m o entre los d e las p otencias centrales
se fue adquiriendo una concien cia cada v e z m ayor de que, en palabras de
Freud, “s ó lo la m ás pequeña proporción de neuróticos de guerra... fingían
estar e n ferm o s” . El c o n g reso de B u dapest tom ó e l carácter bastante
lim itado d e un sim p o sio sobre el p sico a n á lisis de las neurosis de guerra,
para e l que prepararon trabajos F erenczi, Abraham y E m st Sim m el. S im
m el, un m éd ico alem án, era un fichaje particularm ente bien acogido; había
d escu b ierto e l p s ic o a n á lis is en un h osp ital p siq u iá tr ico para so ld ad os,
durante la guerra. Pero, fin alm ente, nada surgió del am b icioso p royecto,
propuesto por lo s d ele g a d o s en B udapest d e las poten cias centrales, de
constituir centros en lo s que se tratara co n m étodos puram ente p sic o ló g i
cos a lo s enferm os de n eurosis de guerra. Las revolu cion es que barrieron
las naciones derrotadas intervinieron con irresistible velocidad.
L as la c ó n ic a s a n o ta c io n es del calendario de Freud, puntuadas con
signos de excla m a ció n , registran el torrente de los acontecim ientos casi día
por día. 30 de octubre: “R ev o lu ció n V iena y Budapest” . 1B de noviem bre:
“T rá n sito entre A le m a n ia y H ungría in terru m p id o” . 2 d e n o viem b re:
“01i[ver] de vuelta. ¿R epública en Bulgaria?” 3 de noviem bre: “A rm isticio
con Italia, ¡T erm inó la guerra!” El 4 de noviem bre, encontró tiem po para
pensar en sus propios asuntos: “P rem io N obel descartado” . 6 de n oviem
bre: “R ev o lu ció n en K ie l” . 8 de noviem bre: “ ¡República en BavariaH Trán
sito co n A lem [ania] interr[um pido]” . 9 de noviem bre: “R epública en Ber
[4 2 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
lín. G uillerm o abdica”. 10 de noviem bre: “ Ebert canciller alemán. C ondi
c io n e s de arm isticio”. 11 de noviem bre: “Fin de la guerra. E[mpcrador]
C farlos] [de Austria] renuncia [al trono]”. 12 de noviembre: “República y
A nschluss co n A lem ania (ese últim o com entario era un tanto prematuro;
lo s vencedores n o permitieron que Austria y A lem ania se unieran); partici
paron en el p ánico”. Cuatro días más tarde, el 16 de noviem bre: "República
en Hungría”. *75 E l “mal sueño de la guerra” *16 por fin había terminado.
Otros sueñ o s, que no tenían m ucho m enos de pesadilla, aguardaban su
turno. M artin, en el frente italiano, había dejado de com unarse con la
fa m ilia durante algunas sem anas; só lo e l 21 de noviem bre Freud pudo
anotar en su calendario: “Martín prisionero desde el 27 de oct[ubre]” . *T>
L os italianos habían capturado la unidad com pleta después del final de las
h o stilidad es. Por otro lado, el ten so m undo de la p olítica no le procuraba a
Freud ninguna tranquilidad; la carnicería que abatió a la dinastía de los
R om a n o f no perdonaría a las casas im periales de los H ohen zollem y los
H absburgo. Para la m ás bien torva satisfa cción de Freud, el im perio aus
tro-húngaro estaba siend o desm antelado. N o se hacía ilusiones acerca de la
sup erviven cia del im perio, n i (en esa ép o ca ) tam poco lam entaba su fin. A
fin es de octubre, antes de que el d estino de aquella entidad política quedara
d ecid id o, Freud ya le había escrito a E itingon: “N o derramo ni una lágrima
por e sta A ustria ni por e sta A lem ania” .
Si bien Freud h alló a liv io en pensar que la nueva A lem ania no se v o l
vería bolchevique, predijo (co n bastante corrección) que el colap so de la
A lem ania im perial (dirigida durante tanto tiem po y con tanta arrogancia
por e s e “ro m ántico incu rab le” qu e fu e G u illerm o II) se produciría en
m ed io de choq ues sangrientos. *’» P ero reservó su m ayor furia para la
dinastía bajo cu y o gobierno había v iv id o toda su vida: “los H absburgo no
han dejado detrás de s í m ás que un m ontón de basura”. *8fl A fines de octu
bre, dando un co n se jo congruente co n desd eñ oso punto de vista, apremió a
F erenczi, “un patriota húngaro” , a retirar su libido de la patria y transferir
la al p sic o a n á lisis, para b e n e fic io de su equilibrio m ental. Un poco
m ás adelante, esa m ism a sem ana, ob servó burlonam ente que estaba tratan
d o de sim patizar co n los húngaros, pero había descubierto que no lo logra
ba. Entre sus a so ciad os, só lo Hanns Sachs pudo extraer algo de humor
de la revolución en A ustria, que fue m ucho m enos sangrienta que las de
otras partes; para hacer sonreír a Jones, Sachs im aginó carteles que decían:
“La R ev o lu ció n tendrá lugar mañana a las dos y media: en caso de mal
tiem po se realizará en un lugar cubierto”. * «
En realidad, n o hubo nada divertido en lo s m eses que siguieron al ce se
d e las hostilidades. Las batallas cam pales entre los ejércitos en el frente
fueron reem plazadas por batallas cam p ales entre m ilitantes radicales y
reaccionarios en las calles; m eses de desorden determinaron que el futuro
p olítico de A lem ania, Austria y Hungría cayera presa de la especulación y
lo s pronósticos m ás desalentadores. H acia fines de noviem bre, E itingon le
A g r e s io n e s [425]
escribió a Freud: “ L o v ie jo que parecía totalm ente só lid o lle g ó a pudrirse
tanto, que cuando se r e m o v ió no hubo sig n o s v isib les de resisten cia”.
A fin es de diciem bre de 1918 (v o lv ie n d o a escribir en in glés, ya que la
guerra había term inado), Freud le co m un icó a su “querido Jones” que no
“nos espere a m í ni a ning u n o de n osotros en Inglaterra la próxim a prim a
vera; parece totalm ente im probable que podam os viajar dentro de p ocos
m eses; negociarán la paz hasta ju n io o ju lio ”. En una carta a su fiel am i
go , Freud se sin tió c o n la libertad su ficien te co m o para incluir un ruego
junto con su inform e social: “ E stoy seguro de que usted no puede hacerse
una idea de cuál e s realm ente nuestro estado aquí. Pero tiene que venir tan
pronto c o m o pueda, ver lo que fue A ustria y ”, no o lv id ó m encionarlo,
“traiga el equipaje d e m i hija”. • "
En enero de 19 1 9 , Freud resum ió co n cisam en te la nueva situación:
“El d in ero y los im p u esto s son ahora tem as por c o m p leto r ep u lsiv o s.
Realm ente nos estam os co m ie n d o a n osotros m ism os. Los cuatro años de
guerra fueron un ch iste com p a ra d o s c o n la am arga gravedad de e sto s
m e se s, y segu ram ente tam bién co n la de lo s p róxim os”. **« A l reflexionar
sobre la c a ó tica e sc e n a p o lític a d e Europa central, Freud adm itió ante
Jones que las ad vertencias que alguna v ez rechazó c o m o c h a u vin ism o
inglés habían dem ostrado ser correctas: ‘T o d a s sus predicciones sobre la
guerra y su s c o n se c u e n c ia s se han v u e lto c iertas”. Estaba “ d isp u esto a
con fesar que e l d e stin o n o ha sid o inju sto y que una victoria alem ana
podría haber representado un g o lp e aún m ás duro a los in tereses de la
humanidad en general”. Pero este g en eroso reconocim iento no aliviaba la
suerte de Freud y su fa m ilia . “ N o e s ningún a liv io sim patizar con e l ban
do vencedor si e l propio bienestar está ligado al bando perdedor.” Y ese
bienestar estaba sien do con stantem ente socavado. “Todos nosotros vam os
perdiendo lentam ente la salud y la barriga.” Pero enseguida añade que él y
su fam ilia estaban lejo s de ser lo s ún ico s que sufrían “en esta ciudad, se lo
aseguro. Las perspectivas so n negras” .
La lenta y debatida elaboración de los tratados de paz no hacía que estas
perspectivas fueran m ás brillantes. R eunidas en París en enero de 1919 para
redibujar el mapa de la Europa central, las naciones victoriosas n o se m o s
traron tan unidas en la m esa de conferencias com o lo habían estado en la
conducción de la guerra, El primer m inistro británico D avid Lloyd G eorge
proclam ó su determ inación de colgar al Kaiser y exprim ir a los alem anes
“hasta que estallen las s e m illa s” . D espués de tomar asiento para negociar,
por lo dem ás, fue m ás con ciliad or, pero su c o lega francés, G eorges C le-
m enceau, era im p lacab le. D esde lu ego, Francia tendría que recuperar la
A lsacia-Lorena, que había caíd o en m anos de A lem ania en 1871, después de
la guerra franco-prusiana. Las tierras alem anas del Rin, ricas en recursos
naturales, representaban para lo s fran ceses otras recom pensas p o sib les.
Pero los vencedores tenían que contar con W oodrow W ilson, el profeta del
o este, em briagado con su propio m ensaje, que pronunciaba discursos a tra
[4 2 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
v é s de Europa, sem brando palabras deslum brantes c om o autodeterminación,
dem ocracia, diplom acia abierta y , sobre todo, esperanza. A sus oyen tes de
M anchester, en uno de sus discursos típ icos en diciem bre de 1918, les dijo
que creía que “lo s hombres están em pezando a ver, no quizá la edad dorada,
pero s í una edad que de todos m odos cobra brillo de década en década, y que
alguna v ez nos conducirá a una altura desde la cual podrem os ver las cosas
que el corazón de la humanidad anhela. ***
Otros tenían v isio n e s del futuro m en os exaltadas. Freud, por ejem p lo,
se sentía cada v e z m ás in có m o d o co n las profecías de W ilson e , in clu so en
mayor m edida co n su carácter; lo s salvadores nunca se contaron entre sus
favoritos.* Pero al principio de la m isió n europea de W ilson, Freud había
quedado n o m enos perplejo y p o co m en os im presionado que la m ayoría de
la gente. “ R ecientem en te — le inform ó a Abraham a principios de 1919—
tuve la v isita de un norteam ericano asesor de W ilson .” Sin duda, Freud se
había convertido en un sabio co n reputación internacional. “ V in o con dos
cestas de p ro v isio n es y las cam bió por ejem plares de las C onferencias ¡de
introdu cción a l psico a n á lisisJ y de lP sic o p a to lo g ía de la } V ida.cotidian a."
Lo que e s m ás, “nos c o n fesó que tiene fe en el presidente”. * » Por Edward
Bernays, el sobrino norteam ericano de Freud, sabem os que esas p r o v isio
nes incluían una caja de sus “am ados habanos”. N o sorprende que, en
abril, Freud pareciera p ositivam en te sereno en m edio de las privaciones y
la incertidumbre. “La primera ventana abierta en nuestra jaula — le escribió
a E m esl Jones— . Puedo escribirle a usted directam ente y en sobre cerra
d o.” La censura del tiem po de guerra había terminado. L o que es m ás,
Freud ya no se sentía aislado. “ M e ha agradado extrem adam ente saber
— agregó— que cin co años de guerra y separación no lograron deteriorar
sus sentim ien tos a fectu o so s para co n nuestro grupo.” Había a lg o inclu so
mejor: “e sto y co ntento porque de todas partes me llegan noticias de un
p sicoan álisis florecien te” . ••
En e l c u r s o de 1919, una serie de tratados ratificaron oficialm ente el
cola p so d e lo s im perios centroeu rop eos. En junio, los alem anes se vieron
obligados a firmar el Tratado de V ersalles. Perdieron la A lsacia-L orena,
que v o lv ió a m anos de Francia; lo s pequeños pero estratégicos d isu ito s de
Eupen y M alm édy, adjudicados a B élgica; sus colonias de A frica y el P ací
fico , que se convertirían en m andatos bajo supervisión aliada, y partes de
las provin cias orien tales de P osen y Prusia O ccidental, co n las cu ales,
sum adas a territorios de Austria y Rusia, los vencedores lograron dar for
ma a una P olon ia rediviva. La n u eva A lem ania era una m onstruosidad
geográfica, un país d ividido en dos; Prusia Oriemal quedó co m o una isla
rodeada de territorio polaco. Es po sible que aun m ás destructivo para la
6 A cerca de Freud sob re W ilso n , véa n se las p á g s. 6 1 2 -6 2 5 .
A g r e s io n e s [4 2 7 }
moral de lo s alem anes fuera e l h ech o de que su gobierno firmara el impor
tante artículo 231 del tratado de paz, que declaraba a su país totalm ente
responsable de haber provocado la guerra.
El tum o de lo s austríacos lle g ó en sepiiem bre de 1919, cuando acepta
ron un tratado casi igualm ente duro e n St. G erm ain. R enunciaron a lo que
iba a convertirse en una Hungría truncada, a sí co m o a las tierras de B oh e
m ia y M oravia, fundidas en una n ueva creación, la C hecoslovaquia in d e
pendiente. A dem ás, lo s austríacos ced ieron territorios com o el Trentino y
el Tiro! M eridional, que pasaron a Italia. Para hacer lugar a las provincias
austríacas sureñas de B o sn ia y H e r zeg o v in a, los ajetreados topógrafos
inventaron una m ezcla balcánica llam ada Y u goslavia. C om o sabem os, la
perspectiva de que la antigua Austria fuera fragm entada le había procurado
a Freud una considerable satisfacción ca si un año antes de que el Tratado
de St. G erm ain o ficia liza ra la e sc isió n . • « Su n u ev o p aís, al qu e se le
prohibía exp lícita m en te la unión co n la república alem ana, era una c o n s
trucción curiosa, que invitaba a observar c o n acritud que Austria se había
con vertid o en un m onstruo hidrocéfalo. Pronto la com paración pasó a ser
un lugar com ún, pero era adecuada: una m etrópolis, V iena, una ciudad de
dos m illo n es de habitantes, presidía un estrecho him erlan d de sólo cinco
m illones m ás. D esd e m eses antes de que el tratado de paz fuera finalm ente
firm ado, lo s aliados habían h ech o co n ocer con toda claridad sus inten cio
nes. “ H o y sabem os — había escrito Freud en m arzo de 1919— que no se
nos perm ite un im os a A lem an ia, pero deb em os ceder el Tirol M eridional.
Por su pu esto, n o s o y un patriota, pero resulta p en o so pensar que ca si todo
el m undo será territorio extranjero”.
Stefan Z w eig , uno de lo s c o n o cid o s recientes de Freud, recordó más
tarde esa Austria de posguerra precisam ente así, com o “una som bra incier
ta, gris, inanim ada de la antigua m onarquía im perial” . L os c h ec o s y las
otras nacionalidades habían desgajado su s territorios; lo que quedaba era
“un trasero m utilado, qu e sangraba por todas las arterias” . Con frío, h am
bre y m iseria, lo s austríacos germ anos tenían que afrontar el hecho de que
“las fábricas que alguna v e z enriquecieron e l país” quedaran en territorio
extranjero, “los ferrocarriles se habían reducido a patéticos descam pados” ,
y “ la banca nacional había sido privada d e su oro”. N o había “harina, pan,
carbón, p etróleo; parecía in evitab le una rev o lu ción , o alguna otra solu ción
catastrófica” . En aq u ellos días, “el pan tenía gusto a alquitrán y cola; el
café era una co c ció n de cebada tostada; la cerveza, agua amarilla; el ch o c o
late, arena coloreada; las patatas estaban h elad as”. Para no olvidar por
com p leto e l g usto d e la carne, la gente criaba con ejos o cazaba ardillas. Lo
m ism o que hacia e l final de la g u e n a , lo s esp eculadores m antenían un flo
reciente m ercado negro, y e l pú blico v o lv ió al trueque m ás prim itivo para
conservar ju ntos el alm a y el cuerpo. *«4 M ás tarde, Anna Freud confirm ó
la d escripción de Z w e ig . R ecordó que el pan era “m o h o so ” y que no había
“patatas ni para m uestra" En cierto m o m en to, Freud escrib ió un artícu
[4 2 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
lo para un periódico húngaro, y pid ió q u e se le pagara, no con dinero sino
c o n patatas; el editor, que v iv ía en V ien a , lle v ó la bolsa sobre lo s hom
bros a B erggasse 19. «M i padre siem pre se refería a ese artículo com o el
'‘Kartoffelschm arm ”» En m arzo de 1919, Freud le inform ó a Ferenczi
que el gobierno proyectaba “ abolir las sem anas de veda de carne, y reem
plazarlas por m eses de veda. ¡U n tonto ch iste ham briento!” **>
Freud pudo encajar esas irritantes y debilitadoras consecuencias de la
guerra co n m ás serenidad que otros austríacos, porque una de sus m ayores
angu stia s — concern ien te a su h ijo M artin— se había v isto felizm en te
desvan ecid a. D espués de haber sid o capturado por los italianos a fines de
o ctu bre, Martin se perdió d e vista por algún tiem po. C asi un m es m ás lar
de se sup o que estaba v iv o , pero internado en un hospital; Freud h izo ave
rigu aciones, e n v ió dinero, y d isem inó en sus ca n as pequeños com unicados
sobre su h ijo prisionero. En abril de 191 9 le escribió a Abraham que las
n o ticias de Martin eran escasas pero n o desagradables, * * y en m ayo le
in form ó a su sobrino in g lés Sam uel qu e, si bien M artin segu ía prisionero
cerca de G énova, “parece en buen estado, a juzgar por sus cartas”. • * Fue
lib erad o unos m e se s m ás tarde, “en e x celen te estad o” . *100 M artin tuvo
suerte; m ás de 8 0 0 .0 0 0 so ld a d o s austro-húngaros habían m uerto en el
frente o com o consecuencia de enferm edades durante la guerra.
La situ ación del propio Freud y de su fam ilia inm ediata, sin em bargo,
era desesperada. La preocupación por la mera supervivencia prevaleció en
su vida — y en su correspondencia— durante dos años o m ás. En Viena, la
com ida era desagradable e inadecuada, y los materiales para la calefacción
e sc a se a b a n tanto c o m o durante lo s d o s ú ltim o s años de la guerra. El
gobierno racionó severam ente todas las m ercaderías: incluso la leche resul
taba d ifícil de obtener. Hubo sem anas en las que só lo se dispuso de cam e
d e v a ca para lo s h osp ita les y para em p lead os p ú b licos tales com o los
bom beros y los conductores de tranvías. S e proponía el arroz c o m o su sti
tuto de la c a m e , y se suponía que e l sauerkraui podía reem plazar a las
patatas. In clu so quienes tenían cupones de racionam iento para jabón no
encontraban el producto en lo s com ercios. N o había prácticam ente petró
le o ni carbón, y en enero de 1919 só lo se entregaba m edia vela por fam i
lia. In divid u os y o rganizacion es se n sib les de todo el m undo occidental,
co m isio n e s constituidas en un país tras otro, respondieron a la desesperada
apelación de lo s p olítico s y realizaron co lectas para A ustria. A principios
de 1 919, los e x en em igos estaban envián dole m ontones de productos de
primera necesidad. Pero nunca resultaban su ficientes. “A pesar de la m ag
nanim idad de lo s aliados, nuestra nutrición e s todavía escasa y lastim osa
— e s c r ib ió Freud en abril de 1 9 1 9 — , realm en te una dieta de hambre
(H u ngerkost)" . * 101 La m ortalidad infantil crecía con un ritm o alarmante, lo
m ism o que la tuberculosis. Una autoridad c ie n tífica austríaca, un fisió lo g o
llam ad o D uring, estim ó que en el invierno de 191 8 -1 9 1 9 cada persona
con su m ía diariam ente no m ás de unas 7 4 6 calorías. * 102
A g r esio n e s [4 2 9 ]
Las canas de Freud docum entan co n franqueza el efecto de la pobreza
general en su propio hogar. Estaba escrib iendo en una "habitación cru el
m ente fría” * |M y buscaba en v a n o una estilográfica utilizable. *»oi Hasta
en 1920 lo en loq uecía la e sc a se z d e papel. N o se consideraba un queji-
ca. “A q u í lod os n o s h e m o s c o n v e r tid o e n m en d igos ham brientos — le
escrib ió a Ernest Jon es en abril d e 1919. Pero no oirá quejas. T odavía
esto y en p ie y n o m e con sid ero resp onsable en absoluto del absurdo de
este m undo.” *1W S in em b a rg o , en lo que le gustaba llam ar su "alegre
p esim ism o ”, la tristeza estaba d esplazan d o cada vez m ás a la alegría. *107
Sin duda, a Freud nada le agradaba m enos que ser un m endigo, pero sobre
viviend o ajeireadam ente en la V ien a de posguerra, no vacilaba en revelar
le s a otros su precaria situ ación. N u n ca había cultivado el m utism o ascé ti
co , y se esiaba lim itando a hacer co n o cer a los dem ás, obviam ente mal
inform ados, el estado d e su fa m ilia. E n m ayo de 1919, con algo de in d ig
nación, regañó a Jones: “Si m e presiona para que le inform e dónde y cuán
do n o s reunirem os e ste verano o e ste oto ñ o , si habrá un congreso ordina
rio o en su lugar una s e s ió n de c o m ité, n o puedo sin o deducir que no sabe
nada de las c o n d icio n es en que v iv im o s, y que con sus p eriódicos no se
entera de nada de lo que suced e e n A ustria” . E l no tenía la m enor idea de
cuándo podría volver a viajar norm alm ente. “Todo depende del estado de
Europa en general, y de este d escu id ado e in feliz rincón en particular; de la
firm a de la paz, del fo rtalecim iento d e nuestra m oneda, de la apertura de las
fronteras, etc.” * 1»8 ¡Pero n o se estaba quejando!
En realidad, había m u cho de qu é quejarse. A pesar de las noticias c o n
soladoras sobre la d ifu sió n del p sic o a n á lisis, y de la postura laboriosa y
estoica de Freud, éste tenía que adm itir que la vida no era alegre. “ A trave
sam os m alos tiem pos — le esc r ib ió a su sobrino Sam uel en la prim avera
de 1919— , c o m o sabes por lo s perió d ico s, privaciones e incertidum bre en
todas partes” . *>» U na conm ovedora carta de agradecim iento que Martha
Freud le en v ió a E m est Jon es en abril de 1919 dem uestra hasta dónde lle
gaban las p riv acio n es. J o n es le hab ía h ec h o llegar una “ab solutam ente
herm osa chaqueta” , que n o s ó lo le caía m uy bien a ella sin o tam bién a
“A n n erl” ; por lo tanto, la s d o s la usarían alternativam ente en e l v er a
no. * 110 Pero a m ediados de m a y o Martha Freud enferm ó de “una auténtica
neum onía gripal”. L os m é d ic o s le d ijeron a Freud que no se preocupa
ra, * in aunque la gripe era una d o le n c ia preocupante en qu ien es, com o
Martha Freud, tenían que luchar contra ella en condiciones de subalim enta
ción, consum idos por años de sup erv iv en cia en circunstancias d ifícile s. En
realidad, la “gripe españ ola” (que a m enu do conducía a una neum onía m or
tal) había estado m atando a m ile s de personas d esde el invierno anterior.
Y a a principios del oto ñ o de 1 9 1 8 , las e scu elas y teatros v ien e se s cerraron
sus puertas co n interm itencia para reducir lo s riesgos de contagio. T od o en
vano, pues la enferm edad, ola tras o la , azotaba a las p oblaciones m ás vu l
nerables. Las m ujeres eran m ás su scep tib les que los hom bres, pero tam
[430] R e v isio n es: 1 9 1 5-1939
bién éstos m orían en cantidades aterradoras. A n les de que la epidem ia de
gripe declinara, m ás de d os años desp u és, perecieron unos 15.000 v ie n e
se s . *112 Pero Martha Freud superó su gripe, aunque ésta fue tenaz; dos
sem anas después de que cayera enferm a, estaba todavía “en cam a con una
fuerte gripe, superó una neum onía pero n o presenta ningún indicio de que
vaya a recobrar la fuerza y hoy m ism o ha em pezado a tener fiebre de n u e
v o ” . * 115 H asta p rin cip io s d e ju lio , Freud no p udo inform ar de qu e su
mujer estaba com pletam ente recuperada.
E n e l v erano de 1919, m ientras la esp osa estaba convaleciente en un
sanatorio, Freud log ró pasar un m es en su balneario austríaco favorito,
B ad G astein, acom pañado por su cuñada M inna. Intentó disculparse por
haber e leg id o un lugar tan co sto so , pero defendiéndose sobre la base de que
la estación fría que s e avecinaba hacía necesario reunir el mayor núm ero de
fuerzas p osible. “Q uién sabe — le ob serv ó a Abraham — cuántos de n o so
tros resistirán e l próxim o in viern o, del cual ha de esperarse m ucho m al”.
A fin es de ju lio tuvo e l gusto de inform arle a Jones que estaba “casi
com pletam ente recobrado de los arañazos y cardenales de la vida de este
año” . *11S A lo s sesenta y tres años, tenía todavía capacidad de reacción.
Pero de regreso a V iena, Freud se enfrentó de n u evo con la inflexible
realidad. “La v id a es m uy dura con noso tro s” , escribió en octubre, en res
puesta a una pregunta de su so b rin o S a m u el. “ N o sé lo que d ice n los
p erió d ico s in g leses; quizá n o ex a g eren . La e sc a sez de provision es y e l
deterioro de la m oneda están presionando principalm ente a la clase m edia y
a qu ien es se ganan la vida co n el trabajo intelectual. N o pierdas de vista el
h ech o de que todos h em os perdido 19/2 0 de lo que teníam os en efe ctiv o .”
Una corona austríaca valía m en o s de un penique en e se m om ento, y seguía
depreciándose su valor. A dem ás, “A ustria (Deutsch-O esterr.) nunca podría
producir todo lo que necesita”; Freud le recordaba a su sobrino que “no
s ó lo las ex p rovincias del Im p erio s in o tam bién nuestro propio cam po
están boicoteando a V iena del m odo m ás temerario, que la industria ha lle
gado a un punto m uerto por necesidad de carbón y m ateriales, y que co m
prar e importar de los países extranjeros e s im p o sib le ”. * 117 La desfavora
b le b alan za de p a g o s, la fu g a d e c a p ita le s, la n ece sid a d de im portar
m aterias prim as y víveres cada v e z m ás caros, la caída en picada de la pro
ducción de bienes para la exportación en lo que quedaba de las tierras aus
tríacas, produjeron una inflación creciente y devastadora. En diciem bre de
1922, la corona austríaca, que antes del esta llid o de la guerra valía la quin
ta parte de un dólar, se cam biaba a razón de aproxim adam ente 9 0 .0 0 0 por
dólar. El colapso de la m oneda só lo co n clu y ó después de com plejas n eg o
cia cio n es con lo s banqueros internacionales y los gobiernos extranjeros.
S a m u e l F r e u d , un próspero com erciante de M anchester, se convirtió
en el destinatario favorito de las intencionadas jerem iadas de Freud. La
Agresiones [431]
fam ilia — Je escrib ió Freud— estaba “v iv ie n d o a dieta restringida. El pri
m er arenque, h ace algunos d ías, fue un festín para m í. Nada de cam e, pan
in su ficiente, nada de le c h e , patatas y h u evos extrem adam ente preciados,
por lo m enos en coro n a s” . Por fortuna, su cuñado L evi, qu e viv ía en E sta
dos U n id os, “se ha con v ertid o en un hom bre m uy rico”, y su ayuda “ nos
ha perm itido salvar la e x isten cia de lo s m iem bros fem en in os d e la fam i
lia”, El clan Freud — agregó— “ se está dispersando rápidam ente”. D os de
las herm anas, D o lfi y Pauli, y su m adre, habían sid o enviadas al balneario
de Ischl para pasar a llí el inviern o en co n d icio n es m enos severas. Su cuña
da M inna, que no podía perm anecer co n gelándose en V iena, había huido a
A lem ania, que por o d a parte estaba m u ch o m ejor. C on la ex cep ción de
A nna, que “ será la única hija que nos queda”, lodos los vástagos se encon
traban fuera de casa. H ablando de sí m ism o, Freud ob servó pragm ática
m ente: “ Sabes que ten g o m u ch o renom bre y no m e falla (rabajo, pero no
ga n o lo su fic ie n te y e sto y co m ié n d o m e m is reservas” . En respuesta al
“bondadoso o fr ecim ien to ” d e Sam uel, enum eró los "artículos alim enticios
que m ás n ecesitam os: m anteca, carne de vaca, ch o c o la te , té, galletas y
todo lo dem ás” .’ M ientras tanto, M ax E itingon, en B erlín , rico y c o n
siderado, le prestaba d inero, pero e so , le dijo Freud con franqueza, era un
g e sto inútil en cu a n to s e tratara de m on eda austríaca. El m ism o tenía
“ m ás de cien m il” co ro n a s sin valor. Pero E itingon tam bién le m andaba
com ida (L e b e n s m ille l) , “m e d io s de v id a ”, c o m o se la llam a en alem án,
co n una exp resión fe liz . E itin g o n n o o lv id ó hacerle llegar tam bién c ig a
rros, por lo cual Freud se m anifestó recon ocido, acuñando un n eo lo g ism o
para el caso: A r b e its m itte l, “m edios de trabajo”. E llos le proporcionaban
ap oyo para continuar resistiendo.
Infatigablem ente, Freud m o v iliz ó a su s parientes del extranjero para
que las provisiones siguieran llegan do a V iena. “Por in dicación de Mar
tha” , le p idió a su sobrino S a m u el, a p rincipios de 1920, q ue e ligiera para
él “ una lela su a v e d e lana shetland — m ez clü la o gris ratón, o castaño
oscuro— suficiente para un traje” adecuado para “ la primavera y el o to
ñ o ”. * 120 Freud con tin uó h acien do en cargos de ese tipo a Inglaterra y Esta
dos U nidos durante varios años. Inclu so en 1922 le p id ió a su fam ilia de
Manchester que le com prara unas “ botas fuertes” de la "m ejor calidad”, ya
que el par que él había adquirido en V iena se había roto. * 121 Controlaba
escrupulosam ente lo s en cargos que llegaban y comparaba su contenido con
lo anunciado en las cartas que com unicaban cada despacho.
7 Su régim en de co m id a s tenía para Freud un interés a bsorbente, y no sin
razón. A fin es de 1 9 1 9 . 1c in form ó a E itin gon de qu e un tal «M r.V iereck , p erio
d ista, p o lític o , e scr ito r, una p erso n a e x c e le n te , in clu so m e o fr e c ió “c o m id a ” .
A cep té, con el c o n v e n c im ien to de que un régim en de carnc sin duda v o lv e rá a e le
var m i capacidad para producir”. (L a palabra “com ida" está en in g lés ¡" fo o d 'j.
Freud a E itin gon , 19 de n o v iem b re de 1 9 1 9 . C on perm iso d e S ig m u nd Freud
C opyrights, W in v cn h o c .)
[432] R e v isio n es: 1915-1939
La p reocup ación por todas e sa s c u estion es prácticas le resultaba a
Freud p sic o ló g ica m en te necesaria. L o s acontecim ientos p o lítico s seguían
sien d o fa scin a n tes; sin em bargo é l n o tenía la m enor oportunidad de
in flu ir en e llo s . « C reo que lo s p r ó x im o s m eses van a estar Henos de
m ov im ien to s dram áticos”, le predijo a Eitingon en m ayo de 1919. “Pero
n o so tro s n o so m o s e sp e c ta d o r e s, ni actores, en realid ad no so m o s ni
siquiera el coro, ¡sin o m eram ente víctim a s!” A penas lo podía soportar.
“ E stoy m uy ca n sad o — le c o n fe só a F erenczi a principios del verano de
1919— , m ás qu e e s o , airado, corroíd o por una rabia im potente” . * 123 C u i
dar de su fam ilia era una e v a sió n con respecto a esa im potencia.
Freud d em o stró ser un p roveedor co m petente. L ejos de encerrarse
c o m o un H err P rofessor en su torre de marfil descargando sobre su mujer
todas las tareas d om ésticas, é l preparaba con d iligencia las listas de provi
siones, enviaba detallados p edidos, recom endaba materiales adecuados para
em paquetar (recipientes im perm eables para la com ida) y m aldecía a los
correos. Durante lo s m e se s de la revolución, cuando las com unicaciones
con los p aíses extranjeros quedaron prácticam ente interrum pidas, Freud,
con realism o, le s advirtió a sus protectores del exterior que hacer llegar
ayuda a V iena era m uy d ifícil. R esultaba esencial mandar los paquetes a
través de la m isió n m ilitar in g lesa de V iena; la com ida en viada por la vía
com ún só lo alim entaba a “ lo s guardias de la aduana y a los trabajadores
ferroviarios”. *>» A fin es de noviem bre d e 1919, Freud pudo informar que
“nuestro estado ha m ejorado un p oco gracias a la ayuda no enviada sino
traída por am igos de H olan da y Suiza; am igos y alum nos, diría”. Estaba
d ispuesto a recon ocer por lo m en o s algú n con su elo en e so s días funestos.
“U na de las co sa s buenas de e sto s tiem pos lastim osos — le escrib ió a su
sobrino de M anchester— e s que se ha restablecido la co n ex ió n entre n o so
tros.”
El hecho de que n o pudiera confiarse en los envíos desde el exterior
seguía irritándolo continuam ente. El 8 de diciem bre de 1919, le inform ó a
su sobrino que Martin se había casado e l día anterior, y añadió práctica
m ente sin transición que n o había lleg a d o un paquete prom etido. T enía
p o co tiem po para lo s sentim ientos. “N o abrigo ninguna esperanza de que
todavía pueda lleg a m o s.” U n os p o co s días después, al agradecerle c á li
dam ente a Sam uel su p reocupación ( “te com portas tan am istosam ente con
tus parientes pobres”), le pid ió que no enviara nada m ás hasta que se le
pudiera decir que lo s encargos llegaban realm ente a V iena. “Pareces no
tener c o n cien cia de toda la estu p id ez gubernam ental de D [eutsch] O es-
t[erreich].” *>« Tal v ez e l in glés de Freud fuera dem asiado form al, un poco
rígido, pero tenía la m ordacidad suficiente com o para proporcionarle adjeti
vos elocuentes y acres que caracterizan a la burocracia austríaca germana.
Para Freud, la denuncia era una form a de acción. U no de sus poetas
alem anes preferidos, Schitler, d ijo alguna vez que contra la estupidez hasta
los m ism os d io se s luchaban en vano, pero ni siquiera la estupidez de los
A gresiones [433 ]
funcionarios austríacos redujo a Freud a la desesperanza. “ N o llegó ningu
no de tus paquetes — le inform ó a Sam u el a fin es d e enero de 1920— pero
se nos ha dich o que todavía pueden hacerlo, pues la duración del viaje es a
m enudo de más de tres m e se s”. * )a Pensaba en todos. En octubre de 1920
le c o m u n icó que “han lleg a d o tres d e tus e n v ío s” , aunque "uno de ello s
absolutam ente v a c ío de conten id o ” . Por lo m e n o s, Sam uel Freud no sería
el perjudicado: “ S e ha levan tad o un acta aquí, e n la oficin a de correos
(P r o to k o ll) y se m e ha aconsejado que inform e al em pleado, de m odo que
esp ero que cobres e l se g u ro ”. C om o siem pre, la envoltura lenía im portan
cia. “ L os dos p aquetes que llegaron felizm en te estaban protegidos por arpi
llera. Trajeron un m uy bien acogido refuerzo para nuestras reservas”. Pero
— siem pre había un pero e n e so s días— , casi todas las cosas en excelen te
estado, so lam en te el q u eso , en vuelto en papel, se en m oh eció y afectó al
gusto de algunas barras d e ch o co la te”. * ,2?
A v e c e s desahogaba su exasperación. En m a y o de 1920 escribió una
virulenta carta a la “A dm inistración” — la A m erican R e lief A ssociation de
V iena— quejándose de que un paquete d e com ida procedente de Estados
U nidos y dirigido a su esp osa (en aquel en tonces fuera de la ciudad) no le
había sid o entregado a su hijo, “el ingen iero 0 [liv e r ] Freud” , aunque éste
se presentó co n “un perm iso escrito” . La conducta del organism o parece
rígida, pero los funcionarios de ayuda norteam ericanos habían adoptado la
p olítica de entregar cada paquete só lo a su destinatario expreso, porque
eran d em asiados lo s presuntos parientes que habían inundado la oficina
co n id e n tific a c io n e s fa lsa s. A Freud no le im presionaron esas e x cu sas.
O liver había tenido que “esperar, dando vu eltas desd e las 2:30 hasta las 5”,
y fue d esp ed id o sin el paquete. “ Su tiem p o tam bién tiene algún valor” , de
m odo que era e x c e siv o pedirle que “repita varias v ec es más la m ism a ex p e
riencia” . P uesto que s ó lo la destinataria podría retirar el en vío, “ apelo a
usted para que m e inform e de qué manera podrá darse cum plim iento a las
inten cion es de quien realizó este en v ío ” . Freud no había term inado. Furio
so, alardeó de su talla internacional: “ N o dejaré de informar al público de
A m érica, donde no so y d e sco n o cid o , sobre e l carácter inadecuado de su
g e s t ió n ” . *130 El in cid ente tuvo un ep ílo g o a la v e z g rotesco y patético. A l
je fe del organism o de ayuda, Elmer G. Burland, que había estudiado algu
n o s de lo s escrito s d e Freud unos años antes, en el c o lleg e , en B erkeley, le
resultó grato entregar personalm ente el paquete de com ida. Fue tratado con
exq uisita rudeza: Freud insistió en que le hablara a O liver en in glés (aun
que el alem án de Burland era en aquel entonces de primera clase), para que
O liver tradujera sus palabras al alem án (si bien, es innecesario decirlo,
Freud lo entendía todo). D esp u és Freud respondía en alem án, y su hijo lo
traducía al in g lés (a pesar de que, obviam ente, Burland no necesitaba intér
prete). *i3‘ Esa venganza calculada, m ezquina, teatral, da la m edida de la
cólera y la frustración d e Freud.
[434] R evisio n es: 1915 -1 9 3 9
L as c a r t a s de F r e u d de e so s años sugieren que tenía que robar tiem
p o para seguir reflexionando y escrib ien do. P rovoca amargura ver cóm o é l
(e l m ás independiente de lo s hom bres, que realm ente tenía otras cosas en
las que pensar) quedó absorbido en la tarea de conseguir lo esencial para la
fa m ilia . Pero n o sig u ió sien d o un destinatario p a siv o durante m ucho tiem
po. En cu anto pudo, le reem bolsó el dinero prestado a Eitingon y em pezó
a pagar por e l alu vión de p rovision es que importaba con tanta eficien cia.
En febrero de 1 9 2 0 le pidió a su sobrino que aceptara “el cheque adjunto
por £ 4 (pa g o de un paciente in g lés)” ; * 132 cin co m e se s m ás tarde, le en v ió
o c h o lib ras, * 1M y en octubre in sistió , co n un cierto tono triunfal: “T e
agradezco de todo corazón tu preocupación y las m olestias, pero para que
esto s e n v ío s continúen debes hacerm e saber lo que te cuestan. H e recupe
rado a lg o gracias al tratamiento de p acien tes extranjeros, y tengo un dep ó
sito de m oneda legal en La H aya” . * 1J4
En e sa ép o ca , la situ ación de A ustria había m ejorado un poco, y junto
co n e lla , tam bién la situación de lo s Freud. Stefan Z w eig recordó los años
entre 1919 y 1921 c o m o lo s m ás duros. Pero, d esp u és de todo, no había
e x istid o m ucha v io len cia , s ó lo un pillaje totalm ente esporádico. En 1922
y 1923 había co m id a su ficien te c o m o para subsistir. El p sicoanalista
austríaco Richard Sterba observó que pasaron c in co años desde e l fin de la
guerra hasta que “el prim er S h la g o b ers, batido, tan esen cial para los aus
tríacos” , apareció en el “Kaffeehaus” . * 13« A l reaparecer la com ida y el
co m b ustib le en e l m ercado abierto, “uno estaba v iv o — dijo Z w e ig — , sen
tía su propia fuerza” . * 157 T am b ién Freud la sin tió. Su trabajo c lín ic o , y la
ayuda que su s seguid ores continuaban env ián d ole, le hicieron posible lle
var una ex isten cia adecuada. “M e e sto y v o lvien d o viejo, innegablem ente
in dolente y p erezo so — le escribió a Abraham en ju n io de 1920— , tam
b ién m aleducado y m im ado en e x c e s o por los m uchos presentes de provi
s io n es, cigarros y dinero que la gente m e da y que tengo que aceptar por
q ue de otro m o d o no podría v iv ir .” * 13* En diciem b re de 1921 la vida
v o lv ió a ser lo bastante atractiva c o m o para perm itirle invitar a Abraham
a alojarse en B erggasse 19; para tentarlo, se ñ aló que la habitación de hu és
p edes de lo s Freud n o s ó lo era m ucho m ás barata que un h otel, sin o que
contaba con calefacción. *»»
S in em b a rg o , c o m o sa b em o s, la in fla ció n se estaba co m ien d o los
ahorros de Freud en m oneda austríaca.8 La p olítica local no era más grata.
“C on la s e le c cio n e s de h oy — le escrib ió Freud a Kata Levy, una am iga
8 T am bién se estab a co m ie n d o lo s ahorros d e o tro s. T o d a v ía e l 2 0 d e enero
de 1924, F eren czi le escribió a Freud: “La d ev a lu a ció n de la corona húng [ara] se
está produ cien do rápidam ente; pronto alcanzará el punto bajo austríaco. En la
c la se m ed ia prevalece la m iseria; la práctica m ed ica está ca si totalm ente paraliza
da. La gen te no tien e dinero para enferm ar”. (C orresp ond en cia Freud-Ferenczi,
Freud C olle ction , LC.)
A gresio n es [435]
húngara y e x paciente suya, en la prim avera de 1920— la ola reaccionaria
tam bién ha llegad o aquí, después de que la revolucionaria no uajera nada
agradable. ¿Qué chusm a e s la peor? Seguram ente siem pre la últim a que
prevalece”. * 1*0 En p o lítica, Freud era un hom bre del centro, una p o sició n
sum am ente precaria y continuam ente puesta en peligro durante los in cier
tos años de la posguerra. N o sorprende que cuando, en el verano de 1922,
Eitingon le in vitó a instalarse en B erlín, a Freud le pareciera que la idea
no carecía de atractivos. ‘‘En e l c a s o de que tengam os que dejar V iena
— reflex io n ó en una carta a O tto Rank— , porque ya no se pueda vivir aquí
y lo s extranjeros que necesitan a n á lisis ya n o quieren venir, él nos ofrece
un prim er refu gio. Si y o fuera d ie z años m ás jo v en , tejería todo tipo de
proyectos en to m o a e ste p aso” .
Las consecuencias de la guerra privaron de independencia a la mayoría de
los hijos de Freud, que pasaron a depender de él. En el verano de 1919 le
escribió a E m est Jones que estaba “enviando todo lo que puedo ahorrar a mis
hijos de Hamburgo, privados por la guerra de sus m edios de subsistencia. D e
m is m uchachos, s ó lo O li, el ingeniero, encontró un trabajo tem poral, Ernest
está trabajando en M unich sin cobrar salario, y Martin, a quien esperam os
dentro de unas semanas, estaría en la ca lle a pesar de sus muchas m edallas y
condecoraciones si n o tuviera un v iejo padre que todavía trabaja”. * i« Tam po-
co se podía confiar en O liver, pues se v eía acosado por dificultades neuróticas
que inquietaban m ucho al padre. O liver, le c o n fesó Freud a Eitingon, "a
m enudo me ha preocupado”. Sin duda “necesita terapia”. *143
Por otra parte, el trabajo de Freud era lo que lo salvaba desde el punto
de vista e c o n ó m ico . L os extranjeros que trataba podían pagarle no sólo en
m oneda fuerte, sin o tam bién en e fe c tiv o . A Leonhard Blumgart, un m éd i
c o de N ueva York que quería som eterse a análisis en 1921, le e sp ec ificó
honorarios de “d iez dólares por hora (en dólares reales, no cheques)". * 144
Le ex p lic ó las razon es al psiquiatra y antropólogo Abram Kardiner, en
aquel entonces su analizando: lo s d ie z dólares que cobraba por la hora de
análisis tenían que pagarse ‘‘en b illetes, no con cheques que só lo puedo
cambiar por coronas” * 145 que perdían valor diariam ente. Sin los analizan-
dos de Inglaterra y Estados U n id o s, a q u ienes llam aba “esa gente de la
Entente” , sus cuentas n o cerraban, se g ú n le escrib ió a E m est Jones. * 146
En contraste co n la “ g ente de la E ntente” , que tenía dólares y libras, los
pacientes de A lem an ia o A ustria no resultaban tan d eseables: "T engo 4
horas libres ahora — le inform ó a Jon es a p rincipios de 1921— y n o m e
gustaría alim entarm e de p acien tes de las potencias centrales ( M itte lm a c h -
tep a tie n ts)." H abía adquirido “ e l g u sto por la m oneda occid e n ta l” . * 147
C om o le d ijo a Kata L e v y , “u n o y a n o p u ede ganarse la vida con v ie n e ses,
húngaros, alem anes” . Lam entaba su pacialidad, y le pidió que conservara
el secreto: “R ealm ente, no es una conducta adecuada para un anciano d ig
n o. C ’est la guerre". * 148 En c u e stio n es e c o n óm icas era franco, c o m o , en
sus artículos té cn ico s, le s había aconsejado a sus co legas que lo fueran.
[436] R ev isio n es: 1 9 1 5-1939
C o n esa p oblación distinta d e analizandos, el inglés se convirtió en el
idiom a principal de la práctica de Freud, que desde m ucho tiem po se sentía
atraído por é l. Precisam ente por esa razón sus defectos hacían que se e x a s
peraba c o n s ig o m ism o , y c o n el in g lé s. En e l oto ñ o de 1919 tom ó un
profesor ‘para p u lir’ m i in g lé s” . *»» Pero lo s resultados de sus leccion es
n o lo satisfacían. "Estoy e scu ch and o de 4 a 6 horas diarias de inglés euro
peo o am ericano — observó en 1 9 2 0 — y tendría que haber h echo m ás pro
greso s e n mi propio in g lé s, pero m e resulta m ucho más d ifícil aprender a
lo s 6 4 años que a lo s 16. L le g o a cierto nivel y a llí tengo que detener
m e .” * 150 L os analizandos que m ascullaban sus m o n ólogos o utilizaban el
sla n g , lo enervaban particularm ente. “ M e angustia mi inglés — le escribió
a E m est Jones, refiriéndose a d o s pacientes que éste le había enviad o— ,
am bos hablan un idiom a abom in able." E llo s lo llevaban a “añorar” la
“ distinguida correción” de D avid Forsyth, un m édico inglés que había tra
bajado co n Freud durante cierto tiem p o en e l otoñ o de 1919, y se había
ganad o su gratitud por e l v o cab ulario refinado y la pronunciación c la
ra. *15»
S u s d e fe c to s lin g ü ístic o s, m en o s perju d iciales de lo q ue im aginaba,
lle g a r o n al adquirir c ie r to ca r á c te r o b s e s iv o . “ E scu c h o y h a b lo co n
i n g l e s e s 4 - 5 h o r a s p o r d ía — 1c e s c r ib ió a su so b r in o en j u lio de
19 2 1 — , pero nunca aprenderé correctam ente su m ...o id iom a” . *>« P oco
an tes, le había p ropu esto a L eonhard B lum gart, ya listo para d irigirse a
V ie n a a iniciar su a n á lisis, un p eq u eñ o acuerdo autoprotector: “Para m í
sería un gran a liv io que usted hablara alem án; si no e s así, no deberá
c r itic a r m i i n g l é s ” . * '» E sa s s e s io n e s e n in g lé s lo ca n sa b a n tan to,
se g ú n le c o n fe s ó a Ferenczi a fin e s d e 1 9 2 0 , "que por la tarde no sirvo
para nada”. * j» E sto lo fa stid ia b a lo bastante co m o para que insistiera
en e llo . Las “ 5, a v e c e s 6 y 7 h o ra s” q u e escu ch ab a y hablaba en in g lé s
le resultaban tan “e x ten u a n tes”, le d ijo a K ata L ev y a fin es de 1920, que
ya no p od ía co ntestar cartas por la n o ch e, y dejaba esa tarea para lo s
d o m in g o s. * i«
Pero el dinero que Freud ganó en el trabajo analítico con su “gente de
la Entente” le perm itió hacer algo que le gustaba más que recibir: dar. Tra
tándose de un hombre que se había pasado la vida tem iendo que sus hijos
quedaran desamparados, era notablem ente generoso con su dinero, que tanto
le costaba ganar. C uando, en e l oto ñ o de 1921, Lou Andreas-Salom é acep
tó su invitación para que lo visitara a él y a su fam ilia en B erggasse 19 (no
se veían desde hacía cierto tiem po), Freud se atrevió a introducir una su ge
ren cia “relacionada co n su v ia je, sin tem or a ser mal interpretado”. En
pocas palabras, le ofreció dinero para el viaje en el caso de que lo necesita
ra. “ M e he convertido en relativam ente rico, gracias a la adquisición de bue
na m oneda extranjera (norteam ericanos, in g leses, su izos).” C on m ucho tac
to, le a seguró que em plear su s recursos d e e se m odo le proporcionaría
placer a él: “ A m í tam bién m e gustaría con seg u ir algo con esta nueva
Ag resio n es [4 3 7 ]
riqueza”.» * 156 Sabía que la práctica psicoanalítica de Frau Lou en G otinga
só lo le procuraba m ezq u inos ingresos. En los prim eros años de la década de
1920 (tiem pos m uy duros para A lem ania) Freud v eló por que se le hicieran
llegar dólares en cantidad adecuada, apoyo sostenido que ella se sintió en
libertad de aceptar. En e l verano de 1923, cuando supo de buena fuente
— su hija A nna— que estaba realizando d ie z sesion es de análisis por día,
dedicó una paternal reprim enda a su “queridísim a Lou”, olvidando sus pro
pios horarios sobrecargados durante años: “ Naturalmente, considero que es
un intento de su icid io m al d isim u lad o”. Le su p licó que elevara sus honora
rios y atendiera m enos p a cien tes. * i» Y le en v ió m ás dinero.
Por su parte, hablaba de reducir la s horas de análisis; en 192 1 , le
com en tó a Blum gart que estaba aceptando só lo “un núm ero muy restringi
do de alum nos o p a c ie n te s” , y m en cio n ó seis. * 1J9 Pero durante algunos
m eses de aquel año, can sad o com o estaba, en realidad atendió a d iez anali
zandos. “S o y v ie jo y ten g o derecho a unas vacaciones tranquilas”, le
escribió a Blum gart, in sistien d o en su edad avanzada con una e sp ecie de
placer m asoquista, c o m o y a había h ech o durante algunos años. *'« C itan
do el proverbio alem án q u e d ic e D ie K u n st g eh í n a c h B roi (el arte es
secundario respecto del p an ), le dijo co n cisam ente a Jones que “el negocio
eslá devorando la c ie n c ia ” . P ero n o se estaba retirando. R ealizaba
im portantes c o n trib u cio n es al futuro del p sic o a n á lisis, supervisan d o lo
que le gustaba llam ar “e l auto a n á lisis” de analistas en form ación. M ás
importante aun era e l h ec h o de que, en m edio del tum ulto externo e inte
rior, Freud com p letó las drásticas r ev isio n es de su sistem a psicoan alítico
que había iniciado m edia d écada antes.
L a m u e r t e : e x p e r ie n c ia y t e o r ía
El ham bre d e trabajo d e Freud, q ue d esm e n tía su s
d ecla ra cio n es acerca de la senilidad y la d ecadencia
in m in en tes, no eran sim plem ente una respuesta v isc e
ral a la m ejor com ida, lo s nuevos p acientes y los c ig a
rros im portados. El trabajo era tam bién su m od o de
afrontar co n é x iio el duelo. R esultó irónico que, con la
llegada de la paz, Freud s e viera o b ligad o a enfrentarse m ás de una v e z con
lo que se le había ahorrado casi por com p leto durante la guerTa: la muerte.
Esta h iz o que parecieran triviales todas su incom odidades m ateriales. A
9 En septiem b re d e 1 9 22 , Freud le en v ió 2 0 .0 0 0 m arcos (en m oneda infla-
eionada, pero la suma era to d a v ía su sta n cia l). (Freud a A nd reas-Salom é, 8 d e se p
tiem bre de 1922. Freud C o lle c tio n , B 3 , L C .).
[4 3 8 ] R e v isio n es: 1915-1939
principios de 1 920, al h acerle llegar a Jones sus con d olen cias por el falle
cim iento del padre, Freud le preguntó, retóricamente: “¿Puede recordar un
tiem po tan llen o de m uerte co m o é ste? ” Pensaba que había sid o “ un hecho
fe liz ” que el anciano Jones hubiera m uerto pronto, sin tener que resistir
“hasta que el cáncer lo devorara p o co a p o co ”. A l m ism o tiem po, su ave
m ente le advirtió acerca de lo que le esperaba: “Pronto descubrirá lo que
esto sig n ifica para usted” . El a con tecim ien to le recordó a Freud el luto por
su propio padre, casi un cuarto de sig lo antes: “Y o tenía aproxim adam ente
su m ism a ed a d c u a n d o m u rió m i padre (4 3 ) y e llo r e v o lu c io n ó m i
alm a”.
Pero la primera m uerte en el círculo íntim o de Freud, el aterrador su i
cid io d e su d isc íp u lo T ausk, no re v o lu c io n ó su alma en lo m ás m ínim o.
La tom ó co n una d istan cia clín ica , casi adm inistrativa. Tausk, d esp u és de
d ecidirse por el p sico a n á lisis (antes había h ech o su carrera en los ám bitos
judicial y perio d ístico ) se distingu ió rápidam ente en los círculos analíticos
de V iena co n un puñado de im portantes artículos y brillantes conferencias
introductorias que Freud puntualizó en su tributo n ecrológico o fic ia l. *><*
Pero las ex p eriencias de guerra d e Tausk habían sid o excepcion alm en te
perturbadoras, y Freud atribuyó su deterioro m ental a las tensiones de su
serv icio m ilitar. S in em bargo, había sid o m inado por a lg o m ás q ue el
agotam iento. Hombre d e m uchas mujeres (recordem os que probablem ente
m antuvo una relación con Lou A ndreas-S alom é antes de la guerra), Tausk
se había d ivorciad o, se com p rom etió co n varias m ujeres, y estaba a punto
de casarse de nuevo. M uy deprim ido, y cada v ez m ás con fu so, le p id ió a
Freud que lo som etiera a a n álisis, y se encontró con una negativa. A ños
antes, lo había apoyado co n generosidad, económ ica y em ocionalm ente,
pero en esa oportunidad lo e n v ió a H clene D eutsch, una joven seguidora
que por su parte se estaba analizando con el propio Freud. El resultado fue
un co m p lejo triángulo que no funcionaba bien: Tausk le hablaba a H elene
D eutsch sobre Freud, y ella le hablaba a Freud sobre Tausk. F inalm ente,
la depresión d e Tausk no c ed ió , y e l 3 de ju lio de 1919, con un perverso
in g e n io , lo g ró ahorcarse y dispararse un tiro al m ism o tiem po. Freud
notificó a Abraham tres días m ás tarde que “Tausk se disparó un tiro hace
varios días. U sted recordará su conducta en el C ongreso”. En Budapest, el
anterior septiem bre, Tausk había sufrido un ataque de vóm itos m ás bien
espectacular. “Lo abrumaban su pasado y su s últim as experiencias de gue
rra, se suponía que iba a casarse esta sem ana, ya no pudo recobrarse. A
pesar de su sig n ific a tiv o talento, era ya inútil para n osotros.”
La “ etio lo g ía ” del su icid io de Tausk — le escribió Freud a Ferenczi
unos días m ás tarde, con idéntica frialdad— era “oscura, probablem ente
im p o ten cia p s ic o ló g ic a y e l ú ltim o acto de su batalla in fan til c o n el
espectro de su padre”. C o n fesó que “ a pesar de apreciar sus don es” , él no
p ercibía en s í m ism o “ninguna sim patía rea l”. * '« D e hecho, Freud esperó
casi un m es antes de com unicarle a Lou A ndreas-Salom é el fin del “pobre
A gresio n es [4 3 9 ]
T ausk”, repitiendo ca si palabra por palabra lo que le había dich o a Abra
ham . * 167 A ella la sorp ren d ió la n o ticia , pero com prendía la actitud de
Freud, y en gran m edida la com partía; había llegado a pensar que Tausk
era de algún m od o p elig ro so para Freud y el psicoan álisis. Freud le
dijo, co m o antes a otros, que T ausk había resultado inútil para él. Pero, a
juzgar por e l m o d o en qu e en su carta sa lló del su icid io de Tausk a su pro
p io trabajo, el d iscíp u lo m uerto d eb ió de haber tenido una cierta utilidad
póstuma: "Ahora he asum ido, c o m o lo que m e corresponde en concepto de
ju bilación , el tem a de la m uerte, he tropezado con una extraña idea por la
vía de las pu lsio n es y ahora ten go que leer todo tipo de c o sa s que tengan
que ver con e llo , por e jem p lo Schopcnhauer, por primera v e z ” . P ronto
tuvo m u cho que d ecir sob re la m uerte, no lal com o afectó a Tausk u otros
in div id u o s, sin o co m o fe n ó m en o u niversal.
Por in sensib le que pudiera parecer Freud en relación con su patético
d isc íp u lo v a g a b u n d o , su r e a c c ió n ante otra m u erte, la de A ntón v on
Freund, da prueba d e que su capacidad para sentir las pérdidas no se había
atrofiado. V on Freund p adeció la tem ida reactivación de su cáncer, y m urió
en V iena a fines de en ero de 1 9 2 0 , a la edad de cuarenta años. Su generoso
apoyo al m o v im ien to p sico a n a lítico , en e sp ecial sus em presas editoriales,
eran su m ejor m onum ento funerario. Pero adem ás de benefactor del análi
sis, von Freund fu e am igo de Freud; éste lo v isitó diariam ente durante su
enferm edad, y m antuvo inform ados a Abraham, Ferenczi y Jones sobre la
in evitable agonía del hom bre. El día sig u ien te al de la m uerte de su am i
go, Freud le escrib ió a Eitingon: “ Para nuestra causa una grave pérdida,
para m í un agudo dolor, pero que pude asim ilar en el curso de los últim os
m eses" , cuando s e v e ía con claridad que v o n Freund se moría. “Cargó con
su condena con claridad h eroica, no deshonró al análisis” : en pocas pala
bras, m urió co m o había m uerto e l padre de Freud y com o él m ism o e sp e
raba morir.
A unque p r e v isib l e d esd e m eses antes, la pérdida de von Freund lo
c o n m o v ió . Pero la m uerte súbita de So p h ie, la hija de Freud, su “querida,
florecien te S o p h ie”, * 171 que fa lle c ió cin c o días después de von Freund, de
gripe com plicada con neum onía, representó una con m o c ió n m ucho mayor.
Estaba em barazada de su tercer hijo. * 172 S ophie H alberstadt fu e una v íc ti
m a de la guerra (que había dejado a m illo n es de personas en estado v u ln e
rable a la in fecció n ), tanto co m o un soldad o m uerto en el frente de batalla.
“ N o sé — le escribió Freud a Kata L evy a fines de febrero— si la alegría
v o lv erá alguna v e z a v isita m o s . M i pobre m ujer ha re cib id o un g o lp e
dem asiado fuerte.” Estaba conten to de tener dem asiado trabajo com o para
“ llorar a m i S o p h ie a p ropiadam en te”. P ero c o n e l tiem p o la llo ró
co m o correspondía; lo s Freud nunca olvidaron esa pérdida. O cho aflos más
tarde, en 1928, en una carta de con d o len cias a la esposa de Ernest Jones,
Katharine, por la m uerte de una hija, Martha Freud recordó la pérdida de la
[440] R e v isio n es: 1915-1939
suya propia: “ Ya han pasado ocho años desde la m uerte de nuestra So-
pherl, pero siem pre m e siento sacudida cuando algo sim ilar sucede en el
círculo de nuestros am igos. Sí, y o estu ve entonces tan destrozada com o
usted lo está ahora; m e pareció que había perdido para siem pre toda seguri
dad y toda felicidad”. Y cin c o años después de esto , en 1933, cuando la
p oeta im a g in ista H ilda D o o little (H. D .) se refirió al últim o año de la
gran guerra durante una se sió n de análisis con Freud, «él dijo que tenía
razones para recordar la epidem ia, pues en ella perdió a su hija favorita.
“Está a q u f d i j o , y m e m ostró un pequeño m edallón que llevaba, prendido
en la cadena del reloj». *>«
Freud se ayudaba de reflexiones filo só fica s y lenguaje psicoanalítico:
“La pérdida de un hijo — le escrib ió a Oskar Pfister— parece una grave
afrenta narcisista; el duelo que pueda existir, sin duda llegará más tarde."
N o podía olvidar la “abierta brutalidad de nuestra época”, que im pedía que
lo s Freud se reunieran con e l yerno y lo s d os nietecitos en H am burgo. N o
había trenes. “ S op hie — escrib ió Freud— deja d os h ijos, uno de seis años
y otro d e trece m eses, y un e sp o so in consolable que ahora pagará caro la
felicid ad de esto s siete años. La felicid ad fue de e |lo s, no externa: guerra,
in vasión , graves heridas física s, pérdidas de los b ienes, pero ello s habían
perm anecido v a lientes y a legres.” Y “mañana ella será incinerada, ¡nuestra
pobre niña m im ada de la fortuna!” * i76 A Frau Halberstadt, la madre del
viu d o , le escribió: “ S in duda, a una m adre no se la puede consolar y,
co m o e s to y d escub riend o ahora, a un padre, d ifíc ilm e n te ”. En una
em ocionante carta de condolencia al desesperado viudo, Freud habló de “un
acto del destin o , sin sentido, brutal, que nos ha robado a nuestra S o p h ie”.
N o había nadie a quien culpar, nada sobre lo que lo que reflexionar. “Hay
que inclinar la cabeza ante e l go lp e, c o m o pobres seres hum anos desvali
dos, co n lo s que juegan los poderes superiores.” L e aseguró a Halberstadt
que sus sentim ien to s con resp ecto a é l n o habían cam biado, y lo in vitó a
c o n sid era rse h ijo s u y o m ien tras lo deseara. T r istem e n te, firm ó co m o
“ Papá”. *'7s
Durante algún tiem p o , m antuvo su estado de ánim o reflex iv o . “ Es
una gran desgracia para todos nosotros — le escrib ió al psicoanalista Lajos
L evy, e l e sp o so de Kata, de B udapest— , un dolor para los padres, pero
nosotros aquí, tenem os p o co que decir. D espués de todo, sabem os que la
m uerte form a parte d e la vida, que e s inevitable y que viene cuando quiere.
N o estábam os m uy anim ados ni siquiera antes de esta pérdida. Sin duda,
no es grato so brevivir a un hijo. El d estin o no respeta ni siquiera este
orden de precedencia.” * 179 Pero resistía. “N o se preocupe por m í — tran
quilizó a F eren czi— . S o y e l m ism o, sa lv o que un p oco m ás can sad o.” Por
dolorosa que fuera para él la m uerte de Sophie, no m o d ificó su actitud con
respecto a la vida. “Durante años estuve preparado para la pérdida de m is
hijos varones; ahora lleg a la de m i hija. Puesto que soy el más profundo
de lo s in créd u los, n o tengo a nadie a quien acusar y sé que no existe nín-
A gresio n es [441 ]
gún lugar donde se pueda presentar una denuncia.” Confiaba en la fuerza
apaciguadora de su rutina diaria, pero “ en lo más profundo de m i ser ex p e
rim ento el sen tim iento de un in tenso d olor narcisista que no olvid aré”. * 1S0
S eg u ía sien do e l m ás resu elto d e lo s a teo s, y de ningún m od o estaba d is
p uesto a renunciar a sus c o n v ic c io n e s a cam bio de con su elo. En lugar de
ello , trabajaba. “U sted c o n o c e la desgracia que hem os sufrido; es sin duda
deprim ente — le e scrib ió a E m est Jon es— , una pérdida im posible de o lv i
dar. Pero d ejém osla a un lad o por un m om ento, la vida y el trabajo tienen
que continuar m ientras subsistam os.*’ * 181 S ig u ió la m ism a lín e a c o n P fis
ter: “Trabajo todo lo que pued o, y doy las gracias por la distracción”.
Freud trabajaba y estaba agradecido. En el primer congreso p sicoanalí
tico internacional de la posguerra, reunido en La Haya a principios de sep
tiem bre de 1920, presen tó un artículo qu e elaboraba, y hasta cierto punto
revisaba, la teoría d e lo s su eñ o s. Fue una aparición portentosa: lle v ó con
sig o a su hija A nna, q u e p ronto iba a co nvertirse en p sic oan alista por
derecho p ropio, y en su aportación b osqu ejó la idea de la com p u lsión a la
repetición, que iba a ocupar un lugar d e primera im portancia en la teoría
que estaba preparando para su pub licación. El congreso de La Haya co n sti
tuyó una reunión inq u ietante para freud ianos que hasta dos años antes
hab ían sid o c la s ific a d o s o fic ia lm e n te co m o en em ig o s m ortales. Había
alg o conm oved or en e l encuentro; analistas m edio fa m élicos de las n a cio
n es derrotadas fueron invitados y festejados en alm uerzos y banquetes por
sus g e n ero so s a n fitriones h o la n d e s e s.10 L os in gleses — recordó Jones—
hom enajearon a Freud y su hija A nna en un alm uerzo, en el cual ella pro
nunció co n donaire un “pequ eñ o d iscurso en m uy buen in g lé s” . *1S3 Fue un
có n cla v e m uy concurrido y anim ado: hubo sesenta y d os m iem bros y c in
cuenta y siete invitad os. Eran p o c o s los p sicoanalistas que sucum bieron al
ch au vinism o, de m odo que a in g le se s y norteam ericanos les resultó p erfec
tam ente natural sentarse co m o com p añeros junto a sus co leg a s alem anes,
austríacos y húngaros. E s cierto qu e en 1 920 hubiera sid o im posible que
se reunieran en Berlín, aunque Abraham había realizado enérgicas ge stio
n e s para c o n se g u ir lo . * 1M Si b ie n e x e n to s de x e n o fo b ia , los an alistas
in g leses y norteam ericanos albergaban todavía sentim ientos antialem anes.
Pero só lo d os años m ás tarde, incitada por Abraham , la A so c ia c ió n P sico-
analílica Internacional e lig ió a B erlín c o m o sede para su siguiente congre
10 A lo s analistas a u stría co s, hú n g a ro s y alem a n es, e s e c o n g r eso no po d ía
sin o recordarles un m undo de abundancia d e l que y a ca si no tenían m em oria. A nna
Freud c om en tó m ás tarde que e lla y su padre no contaban co n m ucho dinero.
«Pero m i padre, co m o siem pre, fue sum am ente g en ero so . M e daba una cantidad
diaria para frutas (bananas, e tc .) que no se habían v isto e n V iena durante años, e
in sistió en que m e com prara ropa, sin lim ita cio n e s en e l g asto: "T odo lo qu e yo
n e c esitara." ... N o recuerdo que com prara nada para s í m ism o, sa lv o cigarros.»
{A nna Freud a Jones, 21 de en ero de 1 9 5 5. P a p e le s de Jones, A rc h iv es o f the B ri
tish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.)
[442] R ev isio n es: 1915-1939
so, que se desarrolló sin recrim inaciones p o líticas. Fue el últim o cón clave
a) que a sistió Freud.
D u r a n t e l o s a ñ o s de la inm ediata posguerra la producción de Freud
fue escasa, casi se podía m edir contando las palabras. Escribió artículos
sobre la h om osex u a lid a d y acerca del c u rioso tem a de la telepatía, que
siem pre le había intrigado. A d em ás p ub licó tres libros pequeños, en reali
dad folletos: M á s a llá d e l prin c ip io de p la c e r, en 1920; P s ic o lo g ía de la s
m a sa s y a n á lisis d e l y o ," en 1 9 2 1 , y E l y o y e l e llo , en 1923. En con ju n
to, e s o s escrito s no sum an tal v e z m ás de d oscien tas p áginas. Pero su
ex te n sió n e s e n g a ñ o sa ; e x p o n e n e l siste m a e s tr u c tu r a l^ al que Freud
perm aneció fiel durante el resto de su vida. Había estado desarrollándolo
desde el final de la guerra, m ientras se afanaba pidiendo chocolate y tela a
Inglaterra, y m aldiciendo a su pobre estilográfica. “¿D ónde está m i [libro
sobre] m eta p sico lo g ía ? ” , s e preguntó retóricam ente en una carta a Lou
A n d r e a s-S a lo m é . “ En p rim er lugar — r e sp o n d ió c o n m ás é n fa sis que
antes— , sig u e sin haber sid o escrito.” La “ naturaleza fragm entaria de m is
experiencias y e l carácter esporádico de m is ideas” no le perm itían ofrecer
una presentación sistem ática. “Pero — agregó esperanzadam ente— si v ivo
otros d iez años, si s ig o sien d o cap az de trabajar durante ese tiem po, si no
m e siento ham briento y g olp eado hasta la m uerte, si no quedo dem asiado
agotado por la desdicha de mi fam ilia o de las cosas que m e rodean — todo
un m ontón de p recon d icion es— en tonces prom eto ofrecer más contribu
cio n e s sobre el tem a .” La primera de ella s fu e M ás allá d el p rin c ip io de
placer. *i*5 Este d elg a d o volum en , y los d os que lo precedieron, dem ostra
ban por qué no podía publicar el m uy anunciado y p ospuesto libro sobre
m etapsicología. H abía m o d ificad o y com plicado dem asiado sus ideas. N o
m enos im portante era e l h ech o de que e so s libros no se enfrentaban lo
suficien te con e l tem a de la m uerte, o, co n m ás precisión, el hecho de que
él n o hubiera integrado en su teoría lo que tenía que decir sobre la muerte.
11 V ale la pena señalar aquí el carácter p o co feliz de la traducción de este
títu lo al in g lés . El o r ig in a l alem án e s M a sse n p s y c h o lo g ie un d Ic h -A n a lyse . L os
editores de la S tandard E dition lo tradujeron c o m o G ro u p P s y c h o lo g y a n d ¡he
A n a ly s is o f th e E g o (“ P sic o lo g ía de lo s grupos y a n á lisis d el yo"). El térm ino
in g lé s "group" ( “grupo”) desdibuja el alemáji M a sse (literalm en te, “ m asa”). El
propio Freud, en una carta a Jones, hab ló de su “ P sy c h o lo g y o f M a ss” ( “ P sic o lo
gía de la m asa"). (Freud a Jones. 2 d e a g o sto de 1920. En in g lés, Freud C o lle c
tio n , D 2. L C .) S i e sta e x p r esió n p arecía d em asiado rispida, " p sic o lo g ía de las
m u ltitu d es” ( “crow d p sy ch o lo g y " ) hubiera sid o más propia que “p sico lo g ía de los
grupos".
12 A este sistem a de la posguerra es habitual llam arlo "estructural”, en c o n
traste con e l " tóp ico ” de lo s años de la preguerra. Entre uno y otro había nu m e
rosas c o n e x io n e s y a fin id a d es, c o m o resultará o b v io a lo largo de e sta s pá g in a s.
A dem ás, los nom bres so n a c cid en tes lin g ü ístico s y puram ente co n v e n c io n a le s;
am bos sistem as d escrib en la tópica y la estructura d e la m ente.
A g r esiones [4 4 3 ]
R e s u l t a t e n t a d o r interpretar e l ú ltim o sistem a p sic o a n a lític o de
Freud, co n su é n fa sis en la agresión y la m uerte, c o m o una respuesta a su
a flicció n de e so s años. En e sa ép oca, e l primer biográfo de Freud, Fritz
W ittels, no h iz o m en o s: “ En 1 9 2 0 [co n M á s a llá d el p rin cipio de p la c e r ],
Freud n o s sorprendió co n e l descubrim iento de que, en todo lo que vive,
además del principio de placer que, desde lo s días de la cultura helénica, ha
sid o denom in ad o Eros, hay otro principio: lo que viv e , quiere morir. O ri
gin ado en e l p o lv o , quiere v o lv e r a ser p o lv o . N o s ó lo está en e llo la p u l
sió n d e v id a , sin o tam bién la p u lsió n d e m u erte. Cuando Freud le com uni
có esta idea a un m undo atento, estaba bajo la im presión de la m uerte de
una hija jo v en , que perdió d espu és de haberse tenido que preocupar por la
vida de varios d e su s p arien tes m ás p ró x im os, que estaban en la g u e
rra”. * 186 Era una e x p lic a c ió n red uccion ista, pero sum am ente plausible.
D e in m ediato Freud se disg u stó por esa observación. En realidad, se
había anticipado a W iu els en tres años: a p rincipios del verano de 1920
p id ió a E itingon y a otros que atestiguaran — en ca so de ser necesario—
haber v isto un borrador de M á s a lia d e l p rin c ip io d e p la c e r antes de que
muriera S op h ie Halberstadt. * 187 A l leer la biografía de W iu e ls, a fin es de
1923, adm itió qu e esa interpretación era “ m uy interesante”: de haber él
realizado el estu dio analítico de algún otro que hubiera atravesado esas cir
cunstancias, habría e sta b lecid o e sa c o n e x ió n “entre la m uerte de mi hija y
la línea de pen sam iento propugnada en m i M á s a llá [d e l p rin c ip io de p la
ca'}. « Y sin em b argo — a g regó— , e sto e s erróneo. M ás allá fue escrito en
1919, cuando m i hija estaba todavía sana y florecien te”. Para reforzar su
argum entación, reiteró que había h ec h o circular el m anuscrito p ráctica
m ente co m p le to entre sus am ig o s de B erlín ya en septiem bre de 1919. “Lo
probable n o es siem pre lo verdadero.” * 188 T enía buenas razones para no
aceptar esa lectura; Freud n o fu e m ás allá del principio de placer a causa de
una m uerte en su fa m ilia. *"» Pero la ansiedad con la que perceptiblem ente
quería dejar bien claro el punto, sin que quedara ninguna duda, sugiere que
no tenía una con fianza total en poder asegurar la validez universal de sus
nuevas h ip ó tesis. D e sp u és d e todo, a m en u d o, y sin ninguna d isculpa,
había extraído p roposicion es generales sobre el funcionam iento de la m en
te a partir de su propia ex p erien cia íntim a. ¿Fue casual que la exp resión
“p u lsió n d e m u erte” (T o d e strie b ) in gresara en su corresp on d en cia una
sem ana después de la muerte de S op hie Halberstadt? *i*> E sto con stitu ye
un ind icio conm ovedor de la profundidad c o n la que la pérdida de su hija lo
había angustiado. Esa pérdida podía desem peñar un cierto papel subsidario,
si no c o m o causa de su p reocupación analítica por la destructividad, por lo
m enos co m o determ inante de su peso.
La gran carnicería de lo s años 1914 a 1 918, que en los com bates y en
b elico so s editoriales sacó a la lu z la verdad com pleta sobre el salvajism o
hum ano, tam bién había forzado a Freud a asignar a la agresión d im en sio
nes realzadas. En una conferencia pronunciada en la Universidad de V iena
[444] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
en e l sem estre d e invierno de 1915, le p id ió a sus oyen tes que pensaran en
la brutalidad, la crueldad y la maldad repartidas en tonces por todo el mundo
civ iliza d o , y que admitieran que el m al no podía excluirse de la naturaleza
humana esencial.'* Pero, en térm inos im portantes, e l poder de la agresión
no había sid o un secreto para él desde m ucho antes de 1914. D espués de
todo, Freud había revelado su funcion am iento en sí m ism o, privadamente
en sus cartas a F lie ss, y públicam ente en L a in terpretación d e lo s sueños.
D e no ser por su s co n fe sio n e s en letras de im prenta, los d eseo s de muerte
de Freud contra su herm ano, sus hostiles sentim ientos ed íp icos dirigidos
contra el padre, o su n ecesid ad de tener un en em ig o en la vida, nunca
hubieran sid o c o n o c id o s por nadie m ás que por é l m ism o .'4 En térm inos
m ás gen erales, ya en 1896 se había referido en un texto im preso a los
autorreproches por “agresiones sexuales en la infancia" característicos de
lo s n e u r ó tic o s o b s e s iv o s . * 191 U n p o c o m ás tarde, d escu b rió que lo s
im p ulsos a g resivos co n stitu yen un poderoso com p on en te del com p lejo de
E d ip o, y e n sus Tres en sa yo s so b re te o ría sexual, de 1905, había indicado
que “ la sexualidad de la mayoría de lo s hom bres está m ezclada con a g re
s ió n ” . * 1H Es cierto que en e se pasaje consideraba la agresión c o m o lim ita
da a lo s hom bres, pero é se era un residuo de provincianism o que requería
corrección. D esd e m ás de una década antes de que estallara la Primera G ue
rra M undial estaba con v en cid o de la presencia de la agresión en todas par
tes, in clu so en la v ida se x u a l, in clu so en las m ujeres. La guerra — in sistió
co n alguna ju stic ia una y otra v e z — no había sid o la única causa del inte
rés del p sico a n á lisis por la agresión; m ás bien con firm ó lo que los analis
tas habían estadotd icien d o sobre ese tema durante todo el tiem p o.15
D e m o d o q ue lo que le intrigaba y confundía — así co m o intrigaba y
confundía a otros— era q u e antes hubiera vacilado en asignar a la agresivi
dad el carácter de rival d e la libido. M ás tarde, recordando los hechos, se
preguntó: "¿Por qué n o sotros m ism o s n ecesitam os tanto tiem po para d e c i
dim o s a reconocer una pulsión agresiva?” * l« Lam entándolo, recordó su
propio rechazo d e fen siv o cuando la idea apareció por primera vez en la
literatura p sicoan alítica, y “cuánto tiem po tuvo que pasar hasta que llegué
a ser receptivo a e lla ” . Pensaba en un trabajo de la brillante analista
m sa Sabina S p ielrein , de lo s d ías pioneros de 1911 *>«, presentado en una
” V éa se la pá g . 4 1 6 .
'« V éan se e sp e cia lm e n te la s págs. 2 8 y 81 .
15 V éa se la carta d e Freud de diciem bre d e 191 4 al poeta y p sico p a tó lo g o
holandés Frederik van Eeden. La guerra — escribió Freud— no hace más que co n
firmar lo qu e lo s analistas y a habían aprendido en “ el e stu d io de lo s su eñ os y los
lap su s m en tales de las p ersonas norm ales, a sí co m o de lo s sín to m a s neuróticos",
a saber: que los “ im pu lso s p rim itiv o s, sa lv a jes y d añ in os de la hum anidad no se
han d e svan ecid o en ningún in dividu o, sin o que continú an su e x isten cia , aunque
en estado reprim ido" y “esperan la oportunidad d e d esp legar su a ctividad”. (Cita
do en J o n e s II, 3 6 8 .)
A g resio n es [445 ]
de las reuniones de lo s m iérco les por la n oche en B erggasse 19, y tam bién
en su artículo prem onitorio de un año después, “La destrucción com o cau
sa de la e v o lu c ió n ” .16*1®6 En aqu ellos años, sim plem ente, Freud no estaba
maduro.
Pero sin duda su dem ora tuvo tam bién otras causas. El hecho m ism o
de que A dier se convirtiera en cam peón del concepto de la protesta m ascu
lina. por m ás que éste difiriera de la defin ición posterior de Freud, obstacu
liz ó la aceptación por parte de é ste Ultim o de una pulsión destructiva. D e
m o d o análogo, la pretensión de Jung de haberse anticipado a Freud al s o s
ten er que la lib ido apunta a la m uerte no m enos que a la vida, •'*» no podía
acelerar el cam bio del punto de vista freudiano. Lo más probable es que en
el carácter vacilan te de su reco n o cim ien to existiera una dim ensión p erso
nal; podría haberse tratado de una de las m aniobras protectoras que m o v ili
zaba contra su propia agresividad. C ulpó a la cultura moderna de rechazar
com o blasfem a la concep ció n escép tica de la naturaleza humana que veía
en la agresión una p u lsión fundam ental. Es posib le. Pero esa acusación
puede interpretarse m ás b ien c o m o un c a so de proyección, en el que atri
bu y ó a lo s otros sus propias n eg a c io n e s.
S i bien e l espa n to so d esp lieg u e diario de bestialidad humana aguzó
las reform ulaciones de Freud, su recla sifica ción de las pulsiones se debió
m uch o más a problem as internos de la teoría psicoanalítica. Su artículo
sob re e l n a r c isism o , co m o h e m o s v is t o , e x p u so la inad ecu ación de la
anterior d iv isió n de las p u lsio n e s en se x u a le s y yoicas. Pero ni este artícu
lo, ni lo s que lo sigu ieron, habían proporcionado un esquem a m ás sa tis
factorio. Sin em bargo, Freud n o tenía la in tención de diluir la libido, c o n
v in ié n d o la en una energía universal, c o m o había hech o Jung. Tam poco
quería reem plazar la lib id o por una fu erza agresiva u n iversal, lo que
— segtín decía— era e l error fatal de Adler. En M ás allá d e l p rin c ip io de
p lacer singularizó explícitam en te la teoría junguiana "monista" de la libi-
is V éase su artículo “D ie D estruktion ais U rsache des W erdens’*, J ah rb u ch
f ü r p sy c h o a n a ly tisc h e un d p s y c h o p a th o lo g is c h e F o rsch u n g en , IV (1 9 1 2 ), 4 6 5 -
5 0 3 , en e l cual esp ecu la b a sobre la obra de lo s im p u lso s d estru ctivos co n ten id o s
en las p u lsio n e s se x u a le s m ism a s. Sab in a Sp ie lre in fue uno de los personajes
m ás extraordinarios entre lo s a nalistas m ás jó v e n e s. Era rusa; fue a Zurich a e stu
diar m ed icina y , en un estado de a n gu stia extrem a, in ició tratamiento p s ico a n a lí
t ico con Jung. Se enam oró de é l, y Jung, a provech ándose de su dep en d en cia , la
convirtió en su am ante. D esp ués de una lucha penosa, en la que Freud desem p eñ ó
un pap el m enor pero en ab so lu to adm irable, e lla logró lib erarse, y se c o n v ir tió
asim ism o en analista. Durante su breve esta n cia en V iena participó regularm ente
en las d iscu sio n es de lo s m ié r c o le s por la n o ch e. M ás tarde v o lv ió a R usia, d o n
de practicó el p s ico a n á lisis. D esp u é s de 19 3 7 se d e jó de tener n o ticia s d e e lla .
En 1942, tras la in v a sió n n a z i a la U n ió n S o v ié tic a , Sab in a Sp ie lre in y su s d o s
hijas ya m ayores fueron a sesinad as a sangre fría por so ld a d o s alem an es.
[4 4 6 ] R ev isio n es: 1915-1939
d o , p resen tánd ola en un contraste d esfavorable c o n su propio esquem a
"dualista” . * 198
S ig u ió sien d o un dualista c on ven cid o por razones clín icas, teóricas y
e stéticas. Los ca so s de sus pacientes confirm aban am pliam ente su idea de
que la actividad p sic o ló g ic a está en esencia penetrada por el conflicto. Lo
que es m ás, e l co ncepto m ism o de represión, piedra angular de la teoría
p sico a n a lítica , p resu pon e una d iv is ió n fundam ental de las operacion es
m en tales: Freud separaba la energía reprim ida del m aterial reprim ido.
F in alm en te, su du a lism o tenía una elu siva d im en sión estética. N o se tra
taba de que Freud estuviera desesperadam ente obsesionado por la im agen
de dos espadachines furibundos enzarzados en una lucha a muerte; su análi
sis del triángulo e d íp ico , por ejem plo, demuestra que sabía descartar las
polaridades cuando las pruebas lo exigían. Pero el fenóm eno de los op u es
tos dram áticos aparentem ente le procuraba una sensación de satisfacción y
fínitud: en su s e sc r ito s abundan las c o n fron tacion es, de lo activo y lo
p a siv o , lo m a scu lin o y lo fem en in o , el amor y el ham bre y, d espués de la
guerra, la v id a y la m uerte.
D esd e luego, la revisió n a la que Freud estaba som etiendo sus teorías
n o le im pedía rescatar un núcleo de sus generalizaciones de preguerra sobre
la estructura y las op eracion es de la m ente. A lg o de lo que los psicoan alis
tas se quejaron en la época, y de lo que se han estado quejando desde enton
ces, es que pocas v e c e s Freud precisó e l significado de las correcciones que
se estaba im poniendo. N o esp ecificó exactam ente qué había descartado, qué
m odificado, ni qué conservaba intacto de sus anteriores form ulaciones: en
cam bio, dejó a cargo de los lectores la tarea de acomodar enunciados aparen
tem ente in co n cilia b les.!’ Pero no cabe duda de que la reform ulación que
ofreció en M ás a llá d el p rin cip io d e p la c e r conservó sin cam bios la ubica
ció n psicoanalítica tradicional de pensam ientos y d e seos en función de su
d ista n cia r e sp e c to a la co m p r e n sió n c o n sc ie n te; el terceto fam iliar de
inconsciente, preconsciente y conciencia no había perdido su utilidad. Pero
el nu ev o m apa de la estructura m ental que Freud trazó entre 1920 y 1923
in clu y ó en el ám bito de la com prensión p sicoanalítica áreas más vastas,
hasta entonces insospechadas, del funcionam iento y la disfunción m ental,
co m o por ejem p lo e l sentim iento de culpa. Tal v e z lo m ás estim ulante sea
el hecho de que las revision es freudianas permitieran el acceso a un región
de la m ente que antes el pensam iento psicoanalítico había desatendido gro
seram ente, denom inado de manera im precisa, y entendido muy poco: el yo.
La p sico lo g ía del y o elaborada por Freud después de la guerra, le perm itió
acercarse cada vez más a la realización de una antigua ambición: delinear
una p sico lo g ía general que, y en do m ás allá de su primer hábitat restringido
— e l de las neurosis— abarcara la actividad mental norm al.
)7 Hubo algunas e x c e p c io n e s, y señalarem os una al exam inar su c am b io en
la teoría d e la an g u stia en 1 9 2 6 . V éa n se la s p á g s. 5 4 2 -5 4 3 .
A g r esiones [447]
M a s a l l a d e l p r i n c i p i o d e p l a c e r es un texto d ifíc il. La prosa es
tan lú c id a co m o de c o stu m b re, pero la co m p r en sió n de nu evas id eas
in qu ietan tes en e l m ás c o n c iso de lo s d esarrollos obstacu liza la rápida
in tele c c ió n por parte del lector. S in em bargo, lo que m ás perturba e s que
Freud se entrega a v u e lo s im a g in a tiv o s tan d esin h ib id os c o m o lo s más
libres que hayan salid o de su plum a, para alcanzar la letra im presa. En
e ste c a so e s sum am ente d éb il, o ausente por com p leto, la tranquilizadora
fam iliaridad co n la exp erien cia clín ica , rasgo que marca la m ayoría de lo s
a rtículos de Freud, in c lu so lo s m ás te ó r ic o s .1* Para com p licar aún m ás
las c o sa s, Freud otorga un m ayor alcance a sus habituales protestas de
incertidum bre. “ S e m e podría preguntar — ^escribió cerca del final del tra
bajo— si y hasta qué p u nto m e han c o n v e n c id o a m í m ism o las h ip ó te sis
aquí presentadas. M i respuesta sería que no estoy plenam ente persuadido
ni pretendo conven cer a otras p ersonas para que tengan fe en ellas. M ás
correctam ente: no sé hasta dónd e c reo en e lla s.” C on algo de astucia, se
d escrib ió c o m o alguien que ha se g u id o una lín ea de pensam iento hasta
donde q uisiera conducirle, “ s ó lo por cu riosid ad cien tífica o, si ustedes p re
fieren , c o m o un advo ca iu s d ia b o lí, que n o por e llo le ven d e su alm a al
d iablo”. •***
A l m ism o tiem po, Freud se declaraba sa tisfech o porque dos de los tres
progresos recientes en la teoría d e las p u lsio n es — la am pliación del co n
cep to de sexualidad y la introducción del concepto de n arcisism o fueran
“traducciones directas de la ob serv a ció n a la teoría”. Pero e l tercero, el
énfa sis en la naturaleza regresiva de las p u lsion es, esen cial para e l n u evo
dualism o freudiano, parecía m uch o m en o s seguro que los otros dos. D esde
luego, Freud siem pre pretendía estar fundándose en m ateriales observados.
“Pero tal v e z he sobrestim ado su sig n ific a c ió n .” C on todo, pensaba que
p or lo m e n o s c o r r e s p o n d ía p r e sta r a lg u n a a te n c ió n a su s “e s p e c u
la cio n e s”,2» y ellas contaron co n esa a ten ción, a v eces entusiasta, m ás a
m enudo burlona. A p rincipios d e la prim avera de 1919, cuando había c o m
pletado un borrador del e n sa y o e iba a en viárselo a F erenczi, observó que
aquel trabajo lo “divertía” , “m u ch o ”, a é l m ism o. * M1 N o fue una diver
sió n a la que se unieran su s seg u id o res.
M ás allá del p rin c ip io d e p la c e r se in icia c o n un lugar com ú n entonces
n o cu estionad o de la teoría psicoan alítica: "El curso de los acontecim ien
tos m entales está autom áticam entes regulado por el principio de placer” .
Pero a la luz de la reflex ió n , teniend o en cuenta e l displacer que tantos
18 M ax Schur, a quien nadie podría acusar de haber leído a Freud sin sim pa
tía, d ice llanam ente: “S ó lo n o s cabe aceptar que las c o n c lu sio n e s de F reud ... son
un e jem p lo de razonam iento a d hoc para dem ostrar una h ip ó tesis p reco n ceb id a ...
E ste m odo de pensar, tan d iferente d e l e stilo c ie n tífic o general de Freud, puede
d etectarse a todo lo largo de M á s a llá d e l p r in c ip io d e p la c e r ".( Max Schur, T h e
¡ d an d th e R eg u la to ry P rin c ip ie s o f M e n ta l F u n clio n in g [ 1 9 6 6 ], 1 8 4 .)
[448] R ev isio n es: 1915-1939
procesos m entales parecen generar, Freud atempera esa afirm ación categó
rica dos páginas m ás adelante: “E xiste en la mente una fuerte tendencia
hacia el principio de p lacer”. *»* Con esta re form ulación, Freud afronta la
cuestión princial de su ensayo: trata de demostrar que hay fuerzas funda
m entales en la m ente que invalidan e l principio de placer del m odo m ás
im portante. A du ce co m o prueba e l principio de realidad, e sa capacidad
adquirida para p osponer la satisfa cció n instantánea e inhibir el im pulso
im paciente tendente a lograrla.
En sí m ism a, esa reform ulación n o le presentaba ninguna dificultad al
psicoanalista tradicional, c o m o tam poco lo hacía la aserción de Freud en
cuanto a que lo s c o n flic to s que actúan en todos los seres hum anos, en
especial cuando madura el aparato m ental, normalmente producen displacer
y no placer. Pero el puñado de ejem plos que Freud aduce en apoyo de esas
ideas no eran ni fam iliares ni p ersu asivos, aunque los propuso co m o prue
ba in equívoca, o por lo m en os im presionante, de la existen cia de fuerzas
m entales hasta entonces insospechadas que estaban ‘‘m ás allá” del princi
pio de placer. Una de su s ilustraciones, aunque más bien divertida y poco
con clu yente, se ha v u elto fam osa: el ju e g o del fort-da que Freud observó
en su nieto de d ie c io c h o m eses, hijo m ayor de Sophie. A unque muy ape
gado a su madre, el pequeño Em st W olfgang Halberstadt era un niño "bue
n o ” que nunca lloraba cuando e lla lo dejaba por un lapso de tiem po breve.
Pero jugaba c o n sig o m ism o a un ju e g o m isterioso; tomaba un carrete ata
d o en e l extrem o de un h ilo , lo arrojaba por encim a del borde de su cam ita
co n cortinas, y decía a lg o a sí c o m o o -o -o -o , lo que para la madre y el
abuelo quería decir f o n , “ s e fu e” . D esp u és v o lvía a tirar hacia sí el carrete
y saludaba su reaparición con un fe liz d a , “aquí está”. E se era todo el ju e
go, y Freud lo interpretó co m o un m odo d e dominar una experiencia abru
madora: el niño pasaba de la aceptación pasiva de la ausencia de su madre
a la reproducción activa de su desaparición y retom o. O tal v ez se vengaba
de la madre, arrojándola, por así decirlo, co m o si ya no la necesitara.
E se ju e g o lle v ó a Freud a form ularse varias preguntas. ¿Por qué el
niño reproducía in cesantem en te una situ ación tan perturbadora para él?
Freud vacilaba en extraer conclu sio nes generales a partir de un so lo caso,
ejem p lifican do el antiguo y hum orístico mandato analítico: “ No generali
ce a partir de un caso, gen eralice a partir de d os”. Pero por fragmentaria y
confusa que fuera la conducta que desplegaba ante su observador abuelo,
E m st Halberstadt su scitó el interrogante de si e l principio de placer aferra
ba en su puño la vida m ental co n tanta firm eza com o habían supuesto los
p sicoanalistas.
Otras pruebas aducidas tenían un p eso más sustancial, al m enos para
Freud. En e l curso del análisis, e l terapeuta trata de llevar a la concien cia
las in fe lic e s y a m e n u d o traum áticas ex p er ien c ia s o fa n tasías q ue el
paciente ha reprimido. D e una manera perversa, el acto de reprimir y la
resistencia del analizando a anular esa represión obedecen al principio de
Ag resio n es [449]
placer; es m ás agradable olvidar ciertas c o sa s que recordarlas. Pero en las
garras de la transferencia — observó Freud— m uchos analizandos volvían
una y otra v e z a experien cia s que n unca p odían haber sid o agradables.
Ahora bien, era cierto que sus analistas le s habían prescrito que hablaran
librem ente de todo, para hacer c o n scien te lo inconsciente; pero en e se caso
parecía estar en ju e g o alg o m ás atormentador, una com p u lsión a repetir
una e x p erien cia d olorosa. Freud advirtió una versió n de esa repetición
m onótona, destructiva, del displacer, en pacientes que padecían una “neu
rosis de d estino”, e s d ecir, cu y o d estin o era pasar m ás de una v e z por la
m ism a calam idad.
Freud, m en os in clinad o en e ste en sa y o que en la mayoría de sus otros
trabajos a presentar material c lín ic o , ilustró la neurosis de destino recor
dando una escen a d e la ep op ey a rom ántica de Torcuato T asso titulada
Jerusalén liberada. En un d u elo, Tancredo, el héroe, m ata a su amada C lo-
rinda, que se había enfrentado a él disfrazada con la armadura de un en em i
go. D esp u és del entierro, cuando T ancredo penetra en una om inosa selva
m ágica, corta un árbol con la espada, y d e é l flu y e sangre. Entonces o ye la
v oz de C lorinda, cu y a alma hechizada había quedado aprisionada en ese
árbol, acusándolo de herir su amor una v e z m ás. *2M La conducta de los
enferm os de neurosis de d estino, y las p reocupaciones repetitivas en el tra
tam iento analítico d e lo s soldad os veteranos víctim as de neurosis de gu e
rra, constituían a ju ic io de Freud e x c e p c io n e s auténticas al im perio del
principio de placer. La com p ulsión a la rep etición de la cual provienen no
recuerda p laceres n i proporciona p lacer d e n ingún tipo. Sin duda, observó
Freud, los pacientes qu e presentan esta c o m p u lsión hacen cuanto pueden
por reincidir en la desd ich a y e l daño, y por forzar la interrupción del aná
lisis antes de term inarlo. S e las ingenian para encontrar pruebas de que
son despreciados. D escubren m od os de dar una base realista a sus celos.
Fantasean co n proyectos carentes d e realism o que n o pueden sino condu
cirlos a la frustración. Es c o m o si n unca hubieran aprendido que todas esas
rep eticiones co m p u lsiv a s n o proporcionan placer. Hay algo “d em oníaco”
en sus actividades.
La palabra “dem oníaco" n o deja duda alguna acerca de la estrategia de
Freud. C on siderab a la co m p u lsió n a la r e p e tic ió n co m o una actividad
m ental sum am ente prim itiva, que presentaba un carácter “ instintual" “en
alto grado” . El tip o de rep etición que p iden lo s n iñ os — que se les vuelva
a contar un cuento exactam ente ig u a l, s in m odificar ningún detalle— es
m a n ifiestam en te agradable, pero la reiteración incesante de experiencias
horribles o de calam idades infantiles e n la transferencia analítica obedece a
otras leyes. D ebe provenir de un im pu lso fundam ental independiente del
apetito d e placer, un im p ulso que a m enu do entra en c o n flicto con aquel
apetito. Freud quedó en co n secuencia co n v e n cid o de que por lo m enos cier
tas p u lsio n e s son con serv a d o ra s, o b e d e c e n a un im p u lso contrario a la
innovación y a las exp eriencias sin precedentes; tienden, en cam bio, a la
[450] R ev isio n es: 1 9 1 5-1939
restauración de un anterior estado de cosa s inorgánico. En pocas palabras,
“L a m eta de. to d a vida e s la m u erte". El d e se o de dom in io, junto con otros
candidatos al estatus d e p u lsión prim itiva, con los que Freud había experi
m entado a lo largo de lo s años, ca y ó en una relativa insignificancia. T odo
lo que puede d ecirse e s que “ el organism o só lo quiere morir a su propio
m odo”. Freud había lleg a d o a la co n cep ción teórica de una pulsión de
muerte.
A con tin uación , Freud descubre co n habilidad sus propias v a c ila c io
nes, y duda de su p orten toso hallazgo: “Pero r eflexion em os, ¡no puede ser
así!” Es im p ensable que la vid a sea só lo una preparación para la muerte.
Las p u ls io n e s s e x u a le s d em u estran que v erdaderam ente e s im p osib le:
están al s e r v ic io d e la vida. Por lo m en o s p rolongan el cam in o a la m uer
te; en el m ejor de lo s c a s o s , luchan por una e sp e cie de inmortalidad.
D e m odo que la m ente es un cam po de batalla. Una vez establecida esta
p roposición de m od o satisfactorio para é l, Freud se hunde en la espesura
de la m oderna b io lo g ía especu lativa, in clu so de la filo so fía , en busca de
pruebas corroborativas. U n o recuerda lo que le escribió a su am iga Lou
A nd reas-Salom é en e l verano de 1919: había tropezado con una extraña
idea por la v ía d e las p u lsio n e s y estaba ley e n d o toda cla se de cosas,
in clu so a Schopenhauer. El resultado fue su co n c ep ción de dos fuerzas
op uestas e le m e n ta le s, Eros y T án a to s, enzarzadas en la m en te en una
batalla eterna.
En 1 9 2 0 Freud parecía un tanto inseguro con respecto al tem ible esta
do de la cu estión que había bosquejado, pero gradualm ente fue com prom e
tiéndose co n su dualism o con toda la energía de la que disponía. La d efen
dió co n elo cu en cia , h acien do ceder la resistencia de sus colegas analistas.
“A l principio — recordó m ás tarde— abogué só lo débilm ente por las co n
cep cio n es form uladas aquí, pero con el correr del tiem po han adquirido tal
poder sobre m í que ya no puedo pensar en otros térm inos.” En 1924,
en su a rtícu lo “ El p ro b lem a e c o n ó m ic o del m a so q u ism o ”, em p le ó el
esquem a d ándolo por sentado, c o m o si en él no hubiera nada controverti
ble, y lo c o n se r v ó sin m o d ifica cio n es durante el resto de su vida. Esa co n
ce p c ió n da form a al p ó stu m o E squ em a d e l p s ic o a n á lisis, publicado en
1940, n o m en o s que a E l m a lesta r en la cultura de 1930, o a las N u e v a s
c o n feren cia s d e in tro d u c c ió n a l p s ic o a n á lisis de tres años desp u és. En
1937 e scrib ió que no se trataba de form ular “una teoría optim ista de la
vida de o p o sic ió n a otra p esim ista. Solam ente la colaboración y el c o n
flic to de la s d o s p u lsio n e s prim arias, e l Eros y la pu lsión de m uerte,
exp lican la colorista variedad de los fenóm enos de la vida; nunca lo hace
una de aquéllas sola”. *209 pe ro aunque estaba convencido de la corrección
de su punto de vista austero, no era invariablem ente d ogm ático al respec
to. “ N aturalm ente — le escrib ió a Ernst Jones en 1935, reseñando una vez
más e l co n flic to de la vida contra la muerte— , todo esto es especulación a
tientas, hasta que tengam os algo m ejor” . * 210 N o sorprende que, a pesar de
A gresio n es [4 5 1 ]
la autoridad de Freud, no todo e l m ov im iento psicoan alítico haya seguido
su guía en e ste punto.
C uando d iscutieron la nueva teoría freudiana del dualism o instintual,
lo s psicoan alistas se v ieron a u xiliados por la d istin ción que trazó Freud
entre la muda pulsión de muerte (que tiende a reducir la materia viva a un
estado inorgánico) y la osten tosa agresividad (que uno encuentra y cuya
ex isten cia puede com probar diariam ente en la experiencia clínica). Casi
sin e x c e p c ió n , aceptaba la p ro p o sició n de que la agresividad se cuenta
entre lo s rasgos del anim al hum ano: n o s ó lo la guerra y el robo, sin o
ta m b ién lo s c h is t e s h o s tile s , la s c a lu m n ia s e n v id io s a s , las q u er ella s
•dom ésticas, las confrontaciones deportivas, las rivalidades e c o n ó m ica s... y
lo s feüd os psico a n a lítico s, confirm aban qu e la agresión anda suelta por el
m u nd o, se g ú n tod as las p r o b a b ilid a d es nutrida por una in ex tin g u ib le
corriente de im p u lsos instintuales. Pero, para la m ayoría de los analistas,
la idea freudiana de un o culto im p ulso p rim itivo hacia la m uerte, de un
m asoq uism o prim ario, era — de n uevo— otra cosa. Advertían com plicados
problem as de d em ostración, ya fuera qu e las pruebas se buscaran en el
ám bito del psico a n á lisis o en e l de la b io lo g ía . A l diferenciar la pulsión de
muerte de la pura agresión, Freud perm itió a sus seguidores que las separa
ran que rechazaran la v isió n ép ica de una confrontación entre Eros y Táña
lo s, conservand o no obstante el co n cep to de dos pulsiones en lu ch a.19
Freud tenía c o n cien cia de los riesgos que estaba asum iendo, y no se
arrepentía. ‘‘En el trabajo de m is ú ltim o s años — escrib ió en su autorretra
to de 1925— he soltad o las riendas de la durante m ucho tiem po refrenada
in clin a ció n a la e sp ecu la ció n .” Q uedaba por ver, agregó, si su nueva c o n s
tru cción podría dem ostrar ser útil. H abía aspirado a re solver algu n os
im portantes enigm as teóricos, pero una v ez en cam ino — hubo de adm i
tir— lle g ó “m u ch o m ás allá d el p s ic o a n á lisis” . *211 Sus co leg a s podían
sentirse in cóm odos con esas in cursion es de largo alcance, pero él les daba
19 A lgu n os de lo s seguid ores de Freud, en e sp e cia l la analista infantil M ela
n ie K lein y su escu ela , fueron m ás firm es acerca de esta cu estió n que el propio
Freud. “L os r ep etidos in tentos ten dentes a m ejorar la hum anidad, en particular a
hacerla m ás pac ífic a — e scribid M . K lein en 19 3 3 — han fracasado, porque nadie
ha c om p rend ido en toda su profundidad lo s in stintos de agresión in natos en cada
in d iv id u o .” (“T h e Early D ev e lo p m e n t o f C o n sc ie n c e in the C hild" [1 9 3 3 ], en
L o ve , G u ilt an d R ep a ra ció n a n d O th e r W o rk s, 1 9 2 1 - 1 9 4 5 [1 9 7 5 ], 2 5 7 .) Y por
“in stin tos de agresión " e lla en tien d e la pu lsió n de m uerte con toda su elem en ta l
fuerza freudiana. En agudo contraste, H e in z Hartmann, el más im portante de los
p s icó lo g o s d el y o , que en gran m ed ida elaboró la fragm entaria teoría estructural
freudiana de la década de 1920, o ptó por concen trarse e n “el co ncep to d e las p u l
sio n e s qu e realm en te en co n tra m o s en la teo r ía p s ic o a n a lític a c lín ic a ”, y por
hacerlo sin «el otro c onjun to de h ip ó tesis d e Freud, ca si totalm ente orientadas
hacia lo b io ló g ic o , de lo s “ in stin to s d e v id a ” y “de m uerte"». (“ C om m ents on
the P sy ch oan aly tic T h eo ry o f the In stinctu a) D riv es” [1 9 4 8 ], en E s s a y s o n E g o
P s y c h o lo g y : S e le c te d P ro b le m s in P sy c h o a n a ly tic T h eo ry [ 1 9 6 4 ], 7 1 - 7 2 .)
[4 5 2 ] R ev isio n es: 1915-1939
la bienven id a c o m o progresos para su cien cia e, incidentalm ente, com o
puebas de que su vitalidad in telectu al aún no se había atrofiado. “Si el
interés c ien tífico , que ahora m ism o aún está despierto en m í, sig u e d es
pierto cuando pase e l tiem p o ” — le e scrib ió a Jones en el otofio de 1920,
mientras estaba en curso la pu blicación de M ás allá del p rin c ip io d e p l a
cer— todavía podré realizar alguna nueva contribución a nuestro trabajo
inco n clu so .” *2Í* El en sa y o em p ezó a disfrutar de cierto favor, lo cual le
sorprendió m u ch o, y le pro v o có d isg u sto . “ Por el M ás a llá — le inform ó a
Eitingon en m arzo de 192 1 — h e sid o bastante castigado; es muy popular,
m e trae grandes cantidades de cartas y encom ios. T en go que haber hecho
algo m uy estú p id o ”. *21J Pronto resultó claro que el pequeño libro era só lo
la primera entrega de una em presa m ás am plia.
E R O S , E L Y O Y SU S EN EM IG O S
Tal v e z la vitalidad de Freud siguiera intacta, pero él
no era una máquina de redactar. Tenía que esperar que
su in sp iración fluyera librem ente. “Estoy en m ed io de
las in igu alables b e lleza s de nuestros A lp e s — le esc r i
b ió a Ernest Jones d esd e Bad G astein en a gosto de
1920— , m uy agotado, esperando los efe cto s benéficos
del agua radioactiva y el aire d e lic io so . H e traído con m igo el material para
la P sico lo g ía de las m asas y análisis del y o, pero hasta ahora mi cab eza se
n ieg a obstinadam ente a interesarse en e sto s profundos p roblem as”. **'*
Había estado trabajando co n e llo s durante algunos m eses, con lentitud e
interm itencia. C on todo, e n cuan to lo tu vo claro, el trabajo con la P s i c o
lo g ía d e la s m a sa s progresó rápidam ente. En octubre, sus discíp u los de
B erlín ya estaban ley en d o e l m anuscrito, y a principios de 1921 realizó las
revisio n es fin a les. * 215 “A hora m e sien to perfecto — le escribió a Jones en
marzo— y esto y ajetreado corrigien do el fo lleto sobre P sicología de las
m asas”. C om o era habitual e n él, tenía sus dudas acerca de e se “ fo lle
to”; al enviarle un ejem plar a R om ain R olland se p uso en guardia contra
even tuales ob jecio n es, em pezando por adoptar una posición de autocrítica:
“ N o es que pien se que este libro sea particularmente un éxito, pero señala
un cam ino para com prender la socied a d a partir del análisis del in d iv i
d uo”.
E xpresada en una so la oración, ésa e s la m eta principal de P s ic o lo g ía
d e la s m asas y a n á lisis d e l y o . Freud se había im pregnado de los en sayos
y las m onografías que p sic ó lo g o s de las m ultitudes, desde Gusta ve Le B on
hasta W ilfred Trotter, habían esta d o p ub licando en los últim os treinta
años, y lo s u tiliz ó co m o estím u lo s para su pensam iento. Pero finalm ente
A gresiones [453]
su p ropio T ó te m y ta b ú tuvo en sus c o n c lu sio n es una influencia m ayor
que L a p s ic o lo g ía d e la s m u ltitu d e s de Le B on. Lo que le interesaba a
Freud era investigar qué m antenía unidos a lo s grupos, aparte del transpa
rente m o tiv o racional d el propio interés. La respuesta necesariam ente lo
lle v ó al cam po de la p sic o lo g ía so cia l. Pero lo qu e m ás llam a la atención
en su “p sic o lo g ía de las m a sa s” e s e l generoso em p leo por parte de Freud
de p rop osiciones p sico a n a lítica s para explicar la co h esió n social. “El co n
traste entre la p sic o lo g ía ind ivid ual y la p sic o lo g ía so cia l o de m asas
— em p ieza— que a primera vista puede p a recem os m uy im portante, si se
exam ina d e cerca pierde m ucho de su carácter tajante” . Sin duda, “en la
vida m ental del ind ivid uo el Otro entra co n toda regularidad c o m o ideal,
c o m o o b je to , c o m o a u xiliar, y c o m o adversario; por lo tanto, la p sic o lo
gía in d iv id u a l e s d e sd e e l p r in c ip io p s ic o lo g ía so c ia l al m ism o tiem
p o” . *Jlí
La afirm ación e s m uy am plia, si bien, d esd e e l punto de vista psicoa-
n alíü co, e s perfectam ente lógica. Es verdad que, tanto en la década de 1920
com o antes, en la de 1 8 90, estaba d isp uesto a reconocer el e fec to de la
d otación b io ló g ic a en la v ida m ental. Pero para su p sico lo g ía so cia l vien e
más al ca so el h ech o de que al postular la identidad esen cial de la p sico lo
gía individual y la p sic o lo g ía so c ia l, Freud dejaba en claro que e l p sicoa
n álisis, a pesar de su ind iv id u a lism o in transigente, n o p odía explicar la
vida interior sin recurrir al m undo externo. D esd e el m om ento del naci
m iento, e l n iñ o está e x p u esto a un bom bardeo d e in fluencias provenientes
de otros, las cua les se am plían y d iversifican durante la infancia. A m edida
que pasan lo s añ o s, el n iñ o es so m etid o al alien to y el desd én , el e lo g io y
la reprensión, el ejem p lo envid iable y el desagradable, por m ed io de todo
lo cual lo s otros ejercen sobre él una in flu encia form adora. El desarrollo
del carácter, lo s sín tom as n eu róticos, lo s c o n flicto s centrados en el am or y
el o d io , son fo rm acion es d e transacción entre los im pulsos internos y las
presiones exteriores.
Freud estaba co n v e n c id o de que p er esta razón el p sicó lo g o social que
analiza las fuerzas que m antienen unidos a lo s grupos debe en últim a in s
tancia volver al estud io de las cualidades m e n ta le s^ e l individuo, precisa
m ente a esa s cualidad es que durante un cuarto de sig lo habían sid o objeto
d el interés de lo s p sicoan alistas. “ La relación del individuo con sus padres
y herm anos, co n su objeto am oroso — esc r ib ió Freud— , c o n su m aestro y
su m édico, e s decir, todas las relaciones que hasta ahora han sid o el tema
principal de la inv estig a ció n psicoanalítica, pueden ser reconocidas com o
fenóm enos s o c ia le s” . *** D esd e lu ego, la conducta gm pal desp liega ine
q uívocas características propias; Freud estaba de acuerdo con L e B on en
que las m u ltitu des so n m ás intolerantes, m ás irracionales, m ás inm orales,
más despiadadas, sobre todo m ás desinhibidas que los individuos. Pero la
m asa c o m o tal n o inventa nada; só lo libera, distorsion a, exagera los ras
gos de lo s m iem bros ind ividu ales. D e e llo se sig u e que sin los concep tos
[454 ] R ev isio n es: 1915-1939
e laborad os por los p sic o a n a lista s para los in d ivid u os — id e n tific a ció n ,
regresión, libido— ninguna ex p lica ció n p sico so c ia l puede ser com pleta o
profunda. En resum en, la p sic o lo g ía de las m asas, y con ella toda p sic o lo
gía so c ia l, e s parásita de la p sic o lo g ía individual; ése es el punto de parti
da de Freud, que sostien e con persistencia.
D e m o d o que la in cursión freudiana en e l ám bito de la p sic o lo g ía
c o lectiv a dem uestra en la práctica la pertinencia universal de la teoría p si
coanalítica. En este punto, Freud difiere radicalm ente de estudiosos ante
riores de las o rganizacion es, las m asas y las m ultitudes. En general, lo s
p sic ó lo g o s de las m ultitudes habían sid o aficionados, y aficionados ten
d en cio so s: hom bres co n una m isión . H ippolyte T aine, que anatom izó a
las m ultitudes revolucionarias en su historia de la R ev o lu c ió n Francesa,
fue un crítico literario, historiador y filó so fo ; E m ile Z ola, quien h izo de
las m u ltitu d es e l p erson aje prota g ó n ico de G erm inal, su conm oved ora
n ovela sobre una hu elga d e m ineros, era un agresivo periodista y prolífico
creador literario; G utave Le B on, el m ás am pliam ente leíd o de los p sic ó lo
g o s de las m ultitudes, había sid o un divulgador ec lé ctic o de la cien cia c o n
temporánea. Solam ente el cirujano W ilfred Trotter podía pretender alguna
c o m p e te n c ia p r o fe sio n a l en p s ic o lo g ía ; c o m o am ig o íntim o de E rnest
Jones, y m ás tarde cuñado su yo, se había c o n v en id o en un lector de p sic o
a n álisis, un con o ced o r en m odo algun o acrítico.
T odos esto s autores quedaron fascin a d os por la p sico lo g ía de la m u lti
tud al observar lo que consideraban e l com portam iento desenfrenado de las
m asas m odernas. Para Trotter, un in g lé s que escribió sobre e l “ instinto
gregario” durante la guerra, la m ultitud era alem ana. Su “ inteligen te’’ libro
de 19 1 6 , In siin cts o f the H e rd in P e a c e a n d W ar — escribió Freud con algo
de d isgusto— , “no se ha salvado por com pleto de las antipatías desatadas
por la reciente gran guerra”. •»» A nteriorm ente, Zola, que sin duda no fue
un reaccion ario n o stá lg ic o d e lo s antiguos buenos tiem pos, había pintado
m ultitudes de h u elgu istas excitados y a m enudo v iolen tos co m o una m e z
cla in flam able de am enazas y prom esas. S us precursores y contem poráne
o s habían sid o m enos eq uívocos: escribieron m ás para prevenir que para
celebrar; para ello s, las m asas, e n esp ecia l las m asas agitadas, eran ven g a
tivas, sedientas de sangre, borrachas, irracionales: un fenóm eno m oderno,
la dem ocracia en acción. Freud de ningún m odo amaba lo que alguna vez
d enom inó “el estúpido p u eb lo com ún ” (d a s bló d e Volk)\ *221 su lib eralis
m o anticuado tenía un tinte aristocrático. Pero n o era en absoluto la p o lí
tica lo que prodom inaba en su m en te m ientras escribía su libro sobre la
p sico lo g ía de las m asas. Estaba haciend o psicoan álisis aplicado.
C o m o p sico a n a lista practicante, para Freud los grupos, las m ultitu
des, las m asas, efím eros o estab les, se m antenían unidos en virtud de d ifu
sas em o c io n e s sexu a les — libido co n “in h ibición de m eta”— afines a los
afectos que unen a una fam ilia. “Las relaciones de amor (en térm inos neu
trales, lo s lazo s e m o cio n a les) tam bién constituyen la esen cia de la m ente
A gresio n es [4 5 5 ]
de la m asa". E so s v ín cu lo s eró tic o s atan a los m iem bros de un grupo en
dos sen tid os: vertical y horizontalm ente, por así decir. En las “m asas arti
fic ia le s” — escrib ió Freud— , con siderand o co n algún detalle a la Iglesia y
el ejército, “cada individuo está lig a d o libidinalm ente por una parte al líder
(C risto, el com andante en je fe ) y por la otra a lo s otros individuos de la
m asa”. *222 La intensidad de e sa s co n e x io n e s d o b les explica la regresión del
individuo cuando s e hunde en la m asa: a llí puede abandonar con seguridad
las in h ib icio n es adquiridas. Para Freud, de esto se sigue que así co m o las
relacion es eró tica s.constituyen la m asa, e l fracaso de tales relaciones co n
ducirá a su desin tegración . En co n se c u e n c ia , disentía de los p sicó lo g o s
so cia les para qu ien es e l pánico era e l responsable del debilitam iento de los
vín c u lo s a fe ctiv o s dentro del grupo. T o d o lo contrario, sostenía Freud: ese
pánico aparece só lo después de que se desanuden lo s lazos libidinales.
E sas alianzas eróticas sublim adas tam bién explican por qué las c o le cti
vidades que encadenan a sus m iem bros co n el amor están al m ism o tiem po
llenas de o d io contra los ajenos. Ya se experim ente en la pequeña unidad
fam iliar o en un grupo mayor (que en realidad es una fam ilia am pliada), el
am or e s e x c lu siv ista , y lo sig u en c o m o una som bra sentim ientos h o stile s,
"de acuerdo con las pruebas del psico a n á lisis casi toda relación em ocional
íntim a entre dos personas, de cualquier duración”, co m o por ejem plo el
m atrim onio, la amistad, la paternidad o maternidad, “contiene un sedim ento
d e sen tim ien tos h o stiles, agresivos, que s e sustraen a la percepción só lo
com o consecu en cia de la represión”. D e m odo que, com enta Freud, quien
nunca perdía una oportunidad de disparar sus baterías sobre los católicos,
“ una relig ió n , incluso cuando se llam e la religión del amor, tiene q ue ser
dura y distante con quienes no pertenecen a e lla ”. * 2»
La P sic o lo g ía d e las m asas de Freud, vislum brando nuevos m odos de
pensar sobre la m ente en la so cied a d, propone sugerencias que todavía no
han sid o com pletam ente exploradas. Pero la casi vertiginosa brevedad con
la que abordó lo s c o m p lejo s problem as de la c o h esió n so cial le da al estu
d io un asp ecto im provisado. E l p o s ts c r ip iu m (consideraciones suplem en
tarias) reúne materia) heterogéneo que Freud n o pudo integrar en el cuerpo
d el en sa y o , co n lo cual subraya el carácter provisional y transicional de
e ste últim o . En m u ch os se n tid o s, la P s ic o lo g ía de la s m asas recuerda a
estu d io s anteriores co m o T ó te m y ta b ú y M á s a llá d e l p rin c ip io de pla c er.
Pero ta m b ién m ira h acia el futuro. En una reseñ a p u blicada en 1922,
F eren czi p un tu a lizó c o m o particularm ente original la com paración que
realiza Freud del apasionam iento am oroso c on la h ipnosis. Pero, de m odo
sig n ific a tiv o , pensaba que la “ segu nd a in novación im portante” de Freud
pertenecía al cam po d e la p sic o lo g ía in dividual, a su “descu brim ien to de
una nu eva e ta p a d e l d e sa rro llo en el y o y en la libido" . Freud estaba
em pezand o a diferenciar diversos p a so s en e l desarrollo del yo, y a obser
var su ten sa in tera cció n co n el id e a l d el yo: el superyó, c o m o pronto
com enzaría a llam arlo. La incursión d e Freud en e l cam po de la p sicología
[456] R ev isio n es: 1915-1939
social era un en sa y o de enunciados m ás d efin itivos sobre el yo . Pero é stos
estaban todavía a d os años de distancia.
R e t r o s p e c t iv a m e n t e , E l y o y e l e llo , publicado en 1923, aparece
c o m o la cu lm in a ció n inev ita b le de una reevaluación a la q ue Freud se
había lanzado una década antes y que aceleró después de la guerra. Pero
e sto sig n ifica suponer en su percepción un progreso constante, que en rea
lidad Freud n o lle g ó a visu a liza r antes del hecho. En ju lio de 1922 le
escribió a Ferenczi que estaba realizando algún trabajo especu lativo, a co n
tinuación de M ás a llá d e l p r in c ip io de p la c e r, y agregó c o n prudencia:
“ Saldrá en un pequeño libro o no saldrá”. •»* A l m es sigu ien te le inform ó
a Otto Rank: “T en go la m ente clara y el estado de ánim o adecuado para el
trabajo. E stoy escrib ien d o sobre algo que se llam a el y o y el e llo ”. Esto
s e convertiría s ó lo “en un artículo o incluso en un pequeño fo lleto , com o
e l M ás allá [d el p rin cip io de p la c e r), del que en realidad es la continua
c ió n ” . Pero, o b e d e c ie n d o a su e stilo , aguardaba que la in sp iración lo
im pulsara. “ El borrador ha progresado mucho: por otra parte, espera un
estado de ánim o y ciertas ideas sin los cuales no puede quedar com pleta
do.” *22í L os anuncios de Freud, provisionales y realizados al azar, ofrecen
un excepcional panorama de sus hábitos de trabajo. Estaba escribiendo el
texto cardinal de su s últim as décadas, pero no tenía niguna certeza acerca
de cuándo o c ó m o lo com pletaría, ni tam poco de si sería só lo un artículo
breve o, tal v e z , un acom pañam iento de M ás allá d el p rin c ip io de placer.
S i b ien E l y o y e l e llo g eneró al principio alguna co n fu sió n entre los
analistas, encontró poca resisten cia y en general con tó con una aprobación
enfática. Esto no resulta sorprendente; concordaba con, y profundizaba, la
experiencia c lín ica y , c o n su d iv isió n tripartita de la m ente — el e llo , el
y o y el superyó— o frecía un an álisis de la estructura y el funcionam iento
m entales m ucho m ás detallado e ilum inador que los anteriores. S ó lo pro
v o có algunas tibias protestas el com entario de Freud en cuanto a que El
y o y e l e llo estaba “bajo el padrinazgo de Groddeck”.
Georg G roddeck, que se llam aba a s í m ism o “analista silv estre ”, era el
tipo de francotirador que el psico a ná lisis estaba em pezando a atraer en
incóm odas cantidades, El y sus pares am enazaban con com prom eter la
reputación de m é d ico s sob rios, responsables, que los analistas anhelaban,
Freud lo consideraba inclinado “ a la exageración, la estandarización y a
cierto m istic ism o ” . M édico jefe de su sanatorio de Baden-Baden, Grod
deck había em pleado co nceptos psicoanalíticos — sexualidad infantil, sim
b o lism o , tra n sferen cia, resiste n c ia — ya en 1909, ten ien d o n o ticia s de
Freud só lo de o íd as. D esp u és, en 1912, pero no m ejor inform ado, escribió
un libro en el que criticó co n tem eridad al psicoan álisis. Su conversión se
produjo un año m ás tarde, cuando ley ó P sic opatología de la v id a cotidiana
y L a in terp reta ció n de lo s su eñ o s, y se sin tió anonadado. O tros habían
tenido antes, y habían elaborado m ejor, las m ism as ideas que él exhibía
A gr esio n e s [ 457]
com o propias. En una exp a nsiv a carta que le dirigió a Freud en 1917, una
m uestra m u y dem orada d e su “ tardía h o n estid ad ”, c o n fe s ó tod os e sto s
pasos en falso; terminaba afirm ando c o n v en cid o que en adelante se c o n s i
deraría d iscípu lo de Freud.
Freud quedó encantado y , sin prestar atención a las m odestas negativas
de G roddeck, lo incorporó a las fila s de lo s analistas. El h ech o de que la
conducta d e G roddeck tuviera a m enudo un carácter provocador n o debilitó
ia sim patía q ue Freud le tenía; hallaba alg o refrescante en su fervor, en su
gu sto por ser original y descarado. A v e c e s G roddeck desbordaba los lím i
tes de la tolerancia d e sus c o le g a s. En 1 9 2 0 lle v ó a su am ante al co n g reso
de psicoanalistas de La H aya, e in ic ió la lectura del trabajo que presentó
con las m uy recordadas palabras “ Y o s o y un analista salvaje”. •* » Tenía
que haber sa b id o q u e e s o era p recisa m en te lo qu e lo s analistas de su
au diencia luchaban por n o ser, o por n o parecer. Su aportación de e se día
tenía un asp ecto bastante “ salvaje” ; era un ejercicio divagatorio de a so cia
ció n libre sobre lo que m ás tarde se llam aría m edicina psicosom ática. Las
enferm ed ad es o rgán icas — so sten ía G rod deck— , in c lu so la m iop ía, son
sim plem ente ex p resio n es físic a s de c o n flic to s em o cio n a les incon scien tes,
y por lo tam o s u sc e p tib le s de tratam iento p sic o a n a lítico . En p rincipio,
los analistas tenían p o co que objetar a una con cep ción de e se tipo m odera
dam ente expresada; d espu és d e todo, lo s síntom as de conversión de la h is
teria, esa neurosis clá sica de la práctica p sicoanalítica, daban sustento a la
p o sició n general de G roddeck. Pero éste hablaba con el tono en últim a
instancia p o co p ersuasivo del entusiasta exagerado, y encontró só lo unos
poco s defen so res, entre e llo s Freud. M ás tarde, Freud le preguntó si pre
tendía que lo que había d ic h o se tomara en serio, y G roddeck le aseguró
que así era. •»*
G roddeck tenía otras cartas en la m anga. A principios de 1921 c o n fir
m ó su estatus c o m o el salvaje d el a n á lisis, al publicar, en la editorial de
Freud, una “n ovela p sicoan alítica” titulada El bu sca d o r de alm as. R ank le
había p uesto e s e títu lo fe liz; Freud m ism o había le íd o e l m anuscrito y
disfrutado co n él. L o m ism o ocurrió co n F erenczi un p o co m ás tarde;
el húngaro lle g ó a ser am ig o ín tim o d e G roddeck. “ N o soy crítico literario
— escrib ió en la reseña d el libro para ¡m ago— y n o m e arrogo el derecho a
form ular un ju ic io sobre e l valor e sté tic o de la novela. Pero creo que no
puede ser un libro pobre e l que logra c o m o éste cautivar al lector desde el
principio al fin .” **» La m ayoría de lo s co le g a s analistas de Freud fueron
m ás anticuados: E m est Jones lo m en o sp reció co m o “un libro ch ispeante,
con algunos pasajes o b sc e n o s” ; *** P fister reaccionó con indignación. Los
p sic o a n a lista s, e n e m ig o s jurados d e la g a zm oñ ería, p arecían ser, a su
m odo, su s víctim as y adalides. Freud se m antuvo firm e. L am entó enterar
se de que a E itingon n o le gustaba G roddeck. ‘T ie n e un p o co de visionario
— adm itió— pero e s un tip o origin al co n el don p o c o com ún del buen
humor. N o m e gustaría prescindir de é l.” Un año m ás tarde, según le
[458] R e v is io n e s : 1915-1939
escribió a Pfister, todavía estaba “d efendiendo enérgicam ente a G roddeck
contra su respetabilidad. ¿Q ué habría d ich o usted com o contem poráneo de
R abelais?” **» Pero Pfister n o ced ía tan fácilm ente. En marzo de 1921 le
d ijo a Freud que le gustaba “la m antequilla fresca, pero Groddeck m uy a
m enudo m e recuerda la m antequilla rancia”. D espués de todo, advertía la
diferencia entre R abelais y Groddeck; el prim ero era un escritor satírico y
n o pretendía ser un sab io, m ientras que e l segu n d o era c o m o un cam aleón,
oscila n d o entre la ciencia y las letras. *237 Era la m ezcla de disciplinas lo
que a P fister — y a otros— le resultaban tan perturbador.
Pero, para Freud, G ro d deck representaba a lg o m ás que un sim p le
bufón autorizado que aligeraba el tono d e una p rofesión dem asiado solem
ne. M ás o m enos cuando G roddeck p u b licó su B u scador de alm as, em pezó
a trabajar en un libro que recapitularía sus enseñanzas innovadoras sobre
m e d icin a p sic o so m á tic a e n un len g u a je a c c e sib le para la com p ren sión
com ú n; las estructuró c o m o una serie d e cartas dirigidas a una am iga
r e c e p tiv a . Cada v e z q ue ten ía u n o s c u a n tos c a p ítu lo s e sc rito s, se lo s
en viab a a Freud, quien se deleitaba c o n su flu id e z, su idiom a m usical.
“ Las c in c o cartas son encantadoras” , le escribió a G roddeck en abril de
1 9 2 1 . **» Eran m ás que encantadoras; eran revolucionarias. G roddeck
in tercalab a en su tex to an écd o ta s y e s p e c u la c io n e s exp lícita s sobre e l
em barazo y e l parto, y la m asturbación, e l am or y e l o d io , y v o lv ía una y
otra v e z sobre la n oción de un “E llo ” * que había concebido unos años
antes. E se térm ino de aspecto inocente, tom ado de N ietzsch e, debía abarcar
un esp ectro m ás a m p lio que e l que lo s p sico an alistas tradicionalm ente
asignaban al dom in io de lo in co n scien te. « S o y de la opinión — escrib ió
G roddeck en la segunda carta— de que el hombre está anim ado por lo D e s
co n o cid o . En é l hay un E llo , a lg o m a ra v illoso que regula todo lo que hace
y le sucede. La frase "yo v iv o ” e s só lo condicionalm ente correcta; expresa
un p eq u eñ o fe n ó m en o parcial de la verdad fundam ental: “El hom bre es
v iv id o por el E llo ”» •*»
Durante algún tiem po, Freud había estado pensando según directrices
sim ila res, pero de ningún m o d o idénticas. En abril de 1921, en su carta a
G roddeck, ilustró su nueva c o n c ep ció n provisional del yo con un sugeren-
te p eq ueñ o diagram a de la estructura m ental, y le com entó: “ El yo es en
su s profundidades tam bién profundam ente inconsciente y sin cesar fluye
jun to co n el n ú c le o de lo reprim ido.” * 24a El hecho de que Freud insertara
una v ersió n revisada de su b o ceto en E l y o y e l e llo , dos años m ás tarde,
con stituye otra indicación de cuánto se dem oraba en él la germ inación de
las ideas. Pero co n esas percepciones qu edó abierto el cam ino para la d efi
n itiva co n cep ció n freudiana de la m ente.
* Escribim os con m ayúscula el "E llo” d e G roddeck, para diferenciarlo del de
Freud. [T.]
A g r esio n e s [459]
Pero el “e llo ” de Freud dem ostró ser más bien diferente del “E llo ” de
Groddeck.» Ya en 1917 Freud le había escrito a Lou A n dreas-Salom é que
el E llo de G roddeck “e s m ás que nuestro I e s , no está claram ente diferencia
do de él, pero hay algo real detrás su y o ”. •»» Las diferencias entre “E llo ” y
“e llo ” pasaron a ser su m am en te v is ib le s a p rincipios de 192 3 , cuando
Groddeck p u blicó E l lib r o d e l E llo , y Freud E l y o y e l e llo s ó lo unas
sem anas después. A l leer el enu nciado de Freud, sucinto y d e fin itivo, que
describía su nueva p o sició n , G roddeck se sintió un poco defraudado y no
m enos irritado. Pintorescam ente, le escrib ió a Freud que él (G roddeck) era
el arado, y Freud e l labrador que lo utilizaba. “En algo estam os de acuerdo,
en que roturam os el su elo . Pero u sted quiere sem brar y tal v ez , si D io s y
el clim a lo perm iten, co sech a r.” *** En privado era m enos caritativo, y
denunciaba el libro de Freud co m o “bon ito” pero “intrascendente”. Funda
m entalm ente, lo consideraba un intento de apropiarse de ideas tomadas de
Stekel y de él m ism o . " C on tod o e sto , su e llo tiene só lo un valor lim ita
do para las neurosis. S e introduce en lo orgánico sólo secretam ente, ayu
dado por una pu lsión de m uerte o destrucción tom ada de Stek el y S p ie l
rein. D eja a un lado el asp ecto co n stru ctivo de m i Ello, presum iblem ente
para introducirlo enm ascarado la p róxim a v e z ”. *«3 E ste era un resenti
m iento de autor, c o m p ren sib le y n o totalm ente irracional, y su giere lo
difícil que resultaba, in clu so para un autodesignado d iscíp u lo c o m o G rod
deck, sostener e se rol.
Por su pane, Freud no tem a dificultad alguna en reconocer el efe cto
fertilizador en su p rop io p en sa m ie n to de los e scritos de G roddeck. La
m etáfora del arado y e l labrador era bastante adecuada. Pero Freud insistió,
y con razón, en el carácter c o n flic tiv o de ambas c o n cep cion es. Por su p u es
to, desde fines de la década de 1890, él había reiterado m uchas v ec es que
los seres hum anos se v e n golp ea do s por elem entos m entales q ue no c o n o
cen, y m ucho m en os com p ren den , e lem en to s que ni siquiera tienen la co n
ciencia de albergar. La concep ció n freudiana del inconsciente y de la repre
sión era una enérgica dem ostración de que el p sicoanálisis no g lorifica la
razón com o dueño a b solu to de su propia casa. Pero Freud no aceptaba el
aforism o de G roddeck se g ú n el cual so m o s viv id o s por el E llo. Era un
determ inista, no un fatalista: creía que hay fuerzas intrínsecas de la m ente,
concentradas en el y o , que co n ced en a m ujeres y hom bres el dom inio, aun
que sea parcial, de s í m ism o s y d el m undo exterior. A l enviarle a G rod
deck sus m ejores d eseo s c o n m o tiv o de su se xagésim o cum pleaños, Freud
20 F ieud em p leó c o m o térm ino téc n ic o una palabra alem ana perfecta m ente
com ún. En realidad, esta s palabras — d a s E s, d a s Ich y d a s Ü ber-Ich— corresp o n
den e xactam ente a “el e llo ”, " e l y o ” y “ej su pery ó ” , pero la Sta nd a rd Edition , e n
lugar de las r esp ectiv a s form as in g lesa s (" th e ¡t" , "the I" y "the O ver-I"), h a acu
ñad o, d ifu nd id o e im p u esto e n e se id io m a lo s térm inos la tin o s "id", "ego" 'y
"su perego“ .
[460] R e v is io n e s : 1915-1939
form uló en una frase ju gueton a la distancia que los separaba: “M i y o y mi
e llo felicita n a su E llo ” .21 * 244
Lo que era más grave, dram atizó esa distancia en el párrafo final de El
y o y el e llo : “ El e llo , al qu e v o lv e m o s al fin al, n o tiene ningún m ed io de
dem ostrarle al yo amor u odio. N o puede decir lo que quiere: no ha logrado
una voluntad unificada. En él luchan Eros y la pulsión de m uerte,” Se
podría representar al e llo “c o m o si estu viera bajo la d om inación de las
p u lsio n e s de m uerte, m u das pero po d erosas, que quieren tener paz y,
sigu ien d o las in dicaciones d e l principio de placer, im ponen reposo a Eros,
el creador d e problem as. Pero so sp ech am os que de esto m od o subestim a
m os el papel d e Eros” . A l referirse a Eros, Freud hablaba de una lucha,
n o de una rendición.
H und id o en s u “depresión fam iliar" d espués de leer las pruebas de
E l y o y e l e llo , Freud le restó m éritos; lo consideraba “fa llo de claridad,
artificialm ente construido, y de e stilo desaliñado”. Le aseguró a Ferenczi:
"M e juro a m í m ism o no perm itirm e v o lver a d eslizarm e por ese h ie lo
resbaladizo”. Pensaba que desde M á s a llá d e l p rin cipio de p la c e r había esta
do cayendo por una pendiente em pinada; M ás allá todavía estaba llen o de
ideas y bien escrito. *M6 C o m o había h ech o tan a m enudo, juzgaba m al e l
valor de su propio trabajo; E l y o y e l e ll o se cuenta entre los textos freu-
dianos más in disp ensables. En el conju nto de sus escritos, a L a in te rp re
ta c ió n d e lo s su eñ o s y T res e n sa yo s s o b re teo ría sexual siem pre les corres
ponderá un lugar de privilegio, pero co n independencia de lo que el propio
Freud haya dicho, E l y o y e l e l l o e s un triunfo de energía m ental lúcida.
Las protestas del Freud de la preguerra, en cuanto a que ya era un hombre
viejo; su atormentada lucha co n las pérdidas personales; el esfuerzo pura
m ente f ís ic o por sobrevivir y ayudar a su fam ilia a sobrevivir en la V iena
de posguerra, eran todas circunstancias desbordantes de excusas virtuales
para que se retirara. Pero lo que otros descubridores habrían dejado a cargo
de su s d isc íp u lo s, él se sentía o b lig a d o a realizarlo por s í m ism o. Si El
y o y e l e llo parece oscuro, e sto se deb e al extrem o carácter condensado de
su trabajo d e posguerra.
El P refacio del p equeño libro tiene un aspecto tranquilizador. Freud
le s dice a sus lectores que está prologando ciertas líneas de pensam iento
iniciadas en M á s a llá d e l p rin c ip io de p la c e r , enriquecidas con diversos
hech o s de la ob servación analítica, y exentas de los elem entos tom ados de
la b io lo g ía que antes se había perm itido recoger. Por lo tanto, e l e n sayo
estaba “m ás cerca del psico a n á lisis” que su M ás allá. A gregó que abordaba
21 Desde luego, ésta era tam bién una amable alusión a lo s títulos de los
libros que los dos hombres habían publicado, a un mes de distancia entre uno y
otro, tres años antes. Pero la fórmula de Freud sumariza asimismo, con toda con
cisión, la incompatibilidad de sus ideas.
A gr esio n e s [4 6 1 ]
teorías sobre las que los p sicoanalistas no habían trabajado antes, y que no
había p od id o evitar rozar “teorías form uladas por no analistas o por ex
analistas en su retirada del análisis". P ero — subrayó con algo de truculen
c ia — si bien siem p re !e había resu ltado grato reconocer su deuda con
in v estig a d o res anteriores, e n e ste c a so n o se sentía ob ligad o a ninguna
gratitud.
En el cuerpo d e E l y o y e l e llo Freud halló lugar para acreditar una
"sugerencia” de G roddeck, “ un autor que, por m otivos personales, protesta
en va n o que n o tiene nada que ver con la severa alta c ie n c ia ”: era la su g e
rencia de que nuestra m ente “e s v iv id a " por “poderes descon ocid os, incon
tro la b les”. Para inm ortalizar e sa a firm ación, Freud propone aceptar la
nom enclatura de G roddeck, aunque no totalm ente su sentido, y denom inar
“e llo ” a una p o rción im portante d el in c o n scien te. A Groddeck, ese
reconocim ien to le hubiera parecido p o co generoso. Pero Freud confiaba en
que su propio trabajo, a pesar de su carácter p rovisional, era sum am ente
original. T enía “m ás de sín tesis que de e sp ecu lación ”, lo que, podría
m os agregar, era b en e fic io so . El en sa y o de Freud se abre con una repeti
ció n de lo con o cid o ; e sa antigua d iv isió n p sicoanalítica entre lo con scien te
y lo inco n scien te e s ab solutam ente fundam ental para el p sicoan álisis. Está
fuera de toda duda que su “primera contraseña” *M0 no puede ser ignorada:
“ En últim a instancia, la propiedad d e ser con scien te o no e s el único faro
en la oscuridad de la p sic o lo g ía profunda”. •= ' A dem ás, lo inconsciente es
dinám ico. N o es extraño que lo s analistas lo hayan encontrado por primera
v e z en el e stu d io de la represión. “Para n osotros, lo reprim ido es el p roto
tipo de lo in c o n sc ie n te .”
H asta e se punto, Freud pisaba un terreno fam iliar para todos los que
con ocían su pensam iento. Pero ésa era só lo una base de lanzam iento para
la exploración de territorio d e sc o n o c id o . La represión supone un agente
represor, y lo s an alistas había situa d o e se agente en “una organización
coherente de lo s p rocesos m en tales” , e l y o. Ahora bien, el fen óm en o de la
resisten cia, co n el que se tropieza en tod o tratam iento psicoan alítico, plan
tea un d ifícil enigm a teórico que Freud había identificado años antes; el
paciente que resiste es a m en ud o totalm ente inconsciente (o sólo lo so sp e
cha d e m o d o o scuro en su desventura neurótica) de que él m ism o está o b s
truyendo el p rogreso de su an á lisis. Por e so el y o , e n el que se originan la
resisten cia y la represión, n o p u ede ser totalm ente c o n scien te. Si no lo e s,
so stien e Freud, la fórm ula p sicoan alítica tradicional que hace derivar las
neurosis de un co n flic to entre lo co n sc ie n te y lo incon scien te tiene que ser
deficien te. En su im portante artículo sobre lo incon scien te, Freud ya había
indicado que su teoría de las neurosis necesitaba una revisión: “La verdad
e s que no só lo lo psíquicam ente reprim ido perm anece ajeno a la co n cie n
c ia , sin o tam bién una parte de lo s im p u lsos que dom inan nuestro y o ”. En
pocas palabras, «si querem os llegar a una co n cep ción m etap sicológica de
la vida m ental, tenem os que aprender a em ancipam os de la sign ificación
[462 ] R e v isio n es: 1 915-1939
del síntom a “concien cia ” », Este pasaje, escrito en 1915, recuerda cuán
estrecham ente unidos estaban lo v ie jo y lo n u evo en la teorización freudia
na. Pero no extrajo todas las c o n secu en cia s de su afirm ación hasta que
esc r ib ió E l y o y e l e llo .
E sas consecu en cia s eran bastante drásticas. El p sicoanálisis reconocía
que lo in co n scien te no c o in cid e co n lo reprim ido; si bien todo lo reprimi
do e s in co n scien te, lo que e s inco nscien te n o necesariam ente ha sid o repri
m ido. “T am bién una parte del y o , D io s sabe qué parte importante del yo,
puede ser in co n scien te, e s seguram ente in co n scien te.” El yo em p ieza en e l
desarrollo individual co m o un segm ento del ello; gradualm ente se diferen
cia y e s m o d ifica d o por in flu encias d el m undo exterior. En términos más
sim ples: “el y o representa lo que se podría llam ar razón y reflexión, en
contraste c o n el e llo , que contien e las p a sio n e s”. **** En la década y media
que le quedaba de vida, Freud no fu e totalm ente coherente en su asignación
de lo s poderes respectivos del y o y d el e llo . Pero pocas v eces dudó de que
al e llo le correspondía el papel principal. El yo — escr ib ió en E l y o y e l
e llo , dando form a a una célebre analogía— “se asem eja al jinete que se
supone gobierna la fuerza superior del caballo, con la diferencia de que e l
jinete lo hace con su propia fuerza, y el yo c o n la fuerza de otro” , con
fuerza tom ada del ello. Freud lleva esa analogía a su extrem o: “A sí com o
a m enudo al jin ete, si no quiere que el ca b a llo lo derribe, no lo queda otro
rem ed io q u e llevarlo a donde e l anim al quiere ir, tam bién el yo está a co s
tumbrado a traducir la voluntad en acción del ello , c o m o si esa voluntad
fuera la suya propia”.
El e llo n o e s el único adversario qu e le crea problem as al yo. Sabe
m os que antes de la guerra, en su en sa y o sobre el narcisism o, y más tarde
en P sic o lo g ía d e las m asas, Freud había reconocido un segm ento del yo
que lo v ig ila críticam ente. A e se se g m en to em pezó a llam arlo superyó, y
su d ilu cid ación lo ocu p ó a todo lo largo d e E l y o y e l e llo . El jin e te, e l
yo, se podría decir que no só lo se afana desesperadam ente con las riendas
d e su ca b a llo rebelde, e l e llo , sin o que al m ism o tiem po se ve ob ligad o a
luchar con una nube de abejas furiosas que lo acosan: el superyó. V em os
e l y o , escrib e Freud, c o m o “una co sa pobre, que padece una triple servi
dum bre y e n consecu en cia sufre bajo la am enaza de un peligro triple: el
m undo exterior, la libido del e llo y la severidad del superyó” . Expuesto a
las a n gustias q u e corresponden a e s o s tres p eligros, el yo , para Freud,
lejo s de ser un negociad or om nip otente que trata seriam ente de mediar
entre las fuerzas que lo amenazan y q u e luchan entre sí, en realidad está
sitiad o. Intenta v o lv e r d ó c il al e llo ante la s p resion es d e l m undo y el
superyó, y al m ism o tiem po trata d e persuadir al m undo y al superyó de
que satisfagan lo s d eseo s del e llo . P u esto que está a m ed io cam ino entre el
e llo y la realidad, corre el peligro d e “ sucum bir a la tentación de convertir
se en adulador, oportunista y m en tiroso, c o m o un p o lítico que, con todo
lo que sabe, todavía quiere conservar e l favor de la opinión pública”. *«6
A gr esio n e s [463]
P ero e s te se r v il y d ó c il co n te m p o r iz a d o r con trola lo s m e c a n ism o s de
d efen sa, e l don am biguo d e la angustia, el discurso racional, la capacidad
para aprender d e la exp eriencia. Tal v e z sea algo m uy pobre, pero e s el
m ejor instrum ento d e la hum anidad para manejar co n éx ito las exig en cia s
internas y ex tem a s.
Las co n secuen cias de e sa s m etáforas tienen un alcance in c lu so m ayor
q ue el que e l pro p io Freud e n to n c e s le s r ec o n o ció sin reservas. Freud
in sistió en que el y o e s “ antes que nada un y o corporal”; es decir, que “en
últim a instancia p rocede d e sen sa cio n es corporales”. *U7 Pero adquiere no
só lo una gran parte d e su s c o n o c im ie n to s, sin o tam bién de su form a, en
su co m ercio co n e l m undo exterior, a partir de sus experiencias c on lo que
v e , co n lo que o y e , con lo s cuerpos que to ca, con lo s placeres que explora.
En E l y o y e l e llo , Freud no con tin u ó con e sta línea de in v estig a ció n ,
aunque en su P sic o lo g ía d e la s m a sa s había indagado sobre ciertas relacio
n es d el y o con las in flu e n c ia s e x te m a s. En algunos de sus ú ltim os e scri
to s, sin em bargo, introdujo esta s id ea s en ám bitos m ás am plios.** Su p s i
c o lo g ía d el y o s ir v ió para tran sform ar la tra g ic o m e d ia d e sa ló n del
p s ic o a n á lis is d e p reg u erra e n u n a o b ra c o n re fe r e n c ia s m u c h o m ás
am plias, un drama h istó rico ricam ente ornam entado. La in v e stig a c ió n p si
coan a lítica del arte, la r e lig ió n , la p o lítica, la ed u cación , la historia, el
d erecho y la biografía, que a Freud le resultaba tan fascinante, se v io m uy
favorecida por su percepción del y o c o m o un jin ete que, por esforzada que
fuera su dob le tarea de dom esticar e l e llo y apaciguar el superyó, m antenía
al m ism o tiem po lo s o jo s abiertos ante el p aisaje circundante y , adem ás,
aprendía de la experiencia m ientras galopaba.
D e f i n i r e l y o ya era tem a su ficien te para todo un en sayo, pero Freud
fue m ás allá d e lo que pro m etía e l títu lo. C o n m ayor p r e c isió n , pero
m en o s co n c isa m e n te , tendría q ue h aberlo llam ad o “El yo , el e llo y el
superyó”. Pues c o m o ya h em o s observad o, al delinear la estructura de la
m ente d estin ó un lugar a lo que denom inaba el ideal del y o . S i u no se
atiene a las normas c o n v en cio n a les — escribió— tendrá que decir qu e cuan
to “m ás alto” sube en la esca la de la actividad m ental, m ás se acerca a la
c o n cien cia . Pero resulta qu e ocurre a lg o totalm ente distinto. C o m o tan a
m enudo sucede en E l y o y e l e llo , Freud apeló a la experiencia clín ica, de
la cual podía extraerse la le cció n de que algunos de io s m ás elev a d o s esta
d o s m orales (c o m o por eje m p lo el sen tim ien to de culpa) p u ede q u e n o
in g rese nunca en la co n c ie n c ia : “ N o s ó lo lo m ás bajo, sin o tam bién lo
A n tro p ó lo g o s, s o c ió lo g o s e h isto ria d o res c o n c o n o c im ie n to s de p s ic o a
n á lisis han estado sig u ie n d o la s su g eren cia s de Freud d esd e la década d e 1 9 3 0 . S e
sin tieron autorizados a hacerlo por la n u ev a c o n c ep ció n freudiana d e l y o c o m o
in stan cia qu e está tanto frente a lo in terior co m o a lo exterior, qu e lu ch a , n e g o
c ia y co m e rc ia c o n e l m ed io , no m en o s qu e co n e l e llo y e l su peryó.
[464] R e v is io n e s : 1915-1939
m ás alto del y o puede ser inconsciente". La prueba m ás acabada que daba
sustento a tal a serción con sistía en que entre algunos analizandos “ la auto
crítica y la c o n cien cia m oral, e s decir, los logros m entales de valoración
extrem adam ente alta, son in c o n sc ie n te s”. Por lo tanto, sa lv o m ejor op i
n ió n , lo s p sicoan alistas se v eían o bligados a hablar de un “sen tim ien to d e
cu lpa inconsciente" Freud estaba enfrentando a sus lectores con la idea
del superyó.
La c o n cien cia m oral y e l su peryó no son totalm ente la m ism a cosa.
“ El sentim iento de culpa consciente, norm al (la co n cien cia moral) — escri
bió Freud— n o presenta ninguna dificultad de interpretación”; e s e sen cial
m ente “ la expresión de una condena del y o por parte de su ju ez crítico”.
Pero e l sup eryó e s una insta n cia m ental m ás intrincada. C on scien te o
in con scien te, alberga por una p a n e los valores éticos del individuo, y por
la otra observa, ju zg a , aprueba o castiga la conducta. En los neuróticos
o b s e s iv o s y en lo s m e la n c ó lic o s, lo s sen tim ien tos de cu lp a resultantes
llegan a ser c o n scien tes, pero en la m ayoría de lo s otros c asos só lo cabe
deducirlos. Por lo tanto, el p sicoan alista reconoce una fuente relativam en
te in accesible de un torm entoso m alestar moral que, precisam ente porque
e s in con scien te, só lo deja h u ellas fragm entarias, apenas legib les. La vida
moral del hom bre, sugiere Freud, lleg a a extrem os m ucho m ás lejanos que
lo que creían com ún m en te lo s m oralistas. En consecu en cia, el p sicoana
lista puede suscribir co n gusto la paradoja aparente de que “el hom bre nor
m al e s n o só lo m u ch o m ás inm oral de lo que cree, sin o tam bién m ucho
más moral de lo que sabe” . •»»
Freud presentó el fen ó m en o de lo s sentim ientos de culpa incon scien
tes citando el ejem p lo de pacientes som etidos a análisis cu y o s síntom as
empeoraban cuando el analista expresaba su esperanza de una cura eventual
o elogiaba los progresos que estaban realizando. Cuanto m ejor parecían
estar, peor se ponían. Esa era la im portante “reacción terapéu tica negati-
v d ' . C om o podía esperarse Freud in sistió en que es un error desechar esta
reacción com o s i fuera una e sp e c ie de d esafío, o un intento jactancioso por
parte del paciente d e m ostrarse superior a su m édico. Esa respuesta más
bien perversa debe interpretarse co m o un m ensaje serio, probablem ente
desesperado. El origen de la reacción terapéutica negativa estaba a ju ic io de
Freud fuera de toda duda: proviene de un sentim iento de culpa inconscien
te, del d eseo de ca stig o . Pero está por com p leto más allá de alcance del
analizando. “ Este sen tim ien to d e culpa e s m udo, no le dice al paciente que
es culpable; éste no se siente culp a b le sino en ferm o.”
E n sus N u eva s co n ferencias d e introdu cción al p sic o a n á lisis, la últim a
exp o sició n realizada por Freud de la teoría psicoanalítica, escrita una déca
da después de E l y o y e l e llo , tenem os un recapitulación lúcida de este
análisis. L os n iñ os n o n acen co n un superyó, y su aparición presenta un
gran interés analítico. A j u ic io de Freud, la form ación del superyó depende
del desarrollo de identificaciones. Freud advirtió a sus lectores que estaba a
A g r esio n e s [4 6 5 ]
punto de abordar una cuestión com plicada, profundamente relacionada con
los d estinos del com p lejo de E dipo. E sos d estin os, para decirlo técn ica
m ente, incluían la transform ación de las e le c c io n e s de objeto en identifica
cio n es. Prim ero lo s niños elig e n a sus padres c o m o ob jetos de su am or y
después, ob ligad os a renunciar a esas ele c c io n e s por inaceptables, se iden
tific a n c o n e llo s in co rp o ra n d o su s actitu d es (su s norm as, m an d atos y
p ro h ib ic io n e s). En p o c a s palabras, em p ie z a n por querer p o s e e r a su s
padres y terminan queriendo ser c o m o e llo s . Pero n o exactam ente co m o
ellos: construyen su s id en tifica cio n es, d ice Freud, “n o sobre e l m o d elo de
sus padres, sino sobre el del superyó parental”. D e este m odo, e l superyó
se convierte en “ el v eh ícu lo de la tradición, de las valoraciones resistentes
al tiem po que así se han propagado a través de las gen eraciones”. Por
lo tanto, el su p eryó, que a la v e z p reserva lo s v alores culturales y ataca al
individuo en que él habita, se con vierte en agente de la vida y la m uerte
por igual.
Esto es bastante c o m p lica d o , pero e l asunto lo era aún m ás: el super
yó, que internaliza las ex ig e n c ia s e id eales de los padres, es m ás que un
m ero residuo de las m ás antiguas e le c c io n e s de objeto del ello, o de sus
identifica cio n es. T am bién in clu y e lo qu e Freud d enom inó “una enérgica
form ación reactiva” contra unas y otras. L o m ism o que antes, en E l y o y
e l ello , Freud e x p lic ó su s p r o p o sicio n es técnicas en un lenguaje llano: el
superyó «no se agota en e l p recep to d e “A s í (co m o e l padre) e s co m o
debes se r”, sin o que tam bién abarca la prohibición “A sí (com o el padre)
no pu e d e s ser, es decir, n o p uedes hacer to d o lo que é l hace; algunas cosas
están reservadas a é l”». C on servand o la im pronta del padre, el superyó
producirá una “c o n cien cia m oral o , tal v e z , la sensación in con scien te de
culpa” . En una palabra, el “ideal del y o ” resulta ser el “heredero del c o m
plejo de E dipo”. *»« D e tal m o d o quedan explicad os por m edios p sic o ló g i
co s la naturaleza “superior” y lo s logros culturales del hom bre. Freud in d i
ca que esa e x p lica ció n dem ostró ser tan e lu siv a para los filó so fo s o para
otros p sic ó lo g o s, precisam ente porque la totalidad del ello , la m ayor parte
del y o y, por su pu esto, la m ayor parte d el su peryó, perm anecen in c o n s
c ien te s.»
E n v ejecid o , d e c r é pit o y d ecad en te — al m en os, según su propio tes
tim onio— Freud había leg a d o a la com unidad psicoanalítica internacional
m ucho materia) para la reflexión y e l debate. Había m odificado m ucho,
clarificado m ucho, pero tam bién dejado algunas cosa s sin resolver. Cuan
23 U na com p licació n a dicion al tuvo que aguardar, para solu cionarse, la reco n
sid eración por parte de Freud d e l d esa rro llo e m o c io n a l d ife re n c ia l d e n iñ o s y
niñas, al que estaba em p ezand o a dedicar su aten ció n durante e so s años. C om o
verem os, su con c lu sió n fue que e l su peryó d ifiere c onsid erablem en te en lo s dos
se x o s. V éan se las p á g s. 5 7 6 - 5 7 7 .
[4 6 6 ] R e v isio n es: 1915-1939
do en 1926 E m est Jones le en v ió un artículo sobre el superyó, Freud no
tu vo inconveniente en reconocer que “todas las oscuridades y dificultades
que usted ha señalado existen realm ente”. Pero no creía que el ejercicio
sem á n tico de Jones proporcionara el rem edio. "Lo que se n e ce sita son
in v estig a cio n es com p letam ente n uev a s, im presiones y exp eriencias acu
m uladas, y sé lo d ifíc il que resulta obtenerlas.” Pensaba que el ensayo de
Jones “es un co m ien zo oscuro en una materia intrincada”. *™
M ucho dependía de có m o se optara por leer E l y o y e l e llo . En 1 9 3 0 ,
Pfister le dijo a Freud que había releído el ensayo de nuevo, "quizá por
décim a v e z , y he disfrutado v ien do cóin o usted, a partir de e se trabajo, se
ha vu elto hacia los jardines d e la hum anidad, después de haber investigado
antes só lo lo s c im ien to s y la cloaca de sus c a sa s”, •** E se era un m odo
razonable de com prender las nuevas form ulaciones de Freud, en parte ava
la d o por sus textos; P físter, d esp ués de todo, se contaba entre los m uchos
seguidores de Freud que n o creían en la “p ulsión de muerte”. ,JW Pero una
in terpretación m á s som b ría n o era m e n o s legítim a: d esd e su artícu lo
‘‘D u elo y m e la n co lía ”, Freud había sugerido que el superyó, habitualm ente
agresivo y pu nitivo, estaba a m enu do al se rv icio d e la m uerte, m ás que al
serv icio d e la vida. D e m o d o que la d iscusión, lejos de quedar zanjada, c o n
tin uó.
N ueve
La muerte contra
la vida
L a m uerte ronda
En 1 9 23, el año de E l y o y e l e llo , la m uerte v isitó a
Freud otra v e z , abatiendo a uno de sus nietos y am ena
zán dolo a é l. Las calam idades llegaron co m o crueles
sorpresas. In clu so aunque periód icam en te se quejaba
del estó m a g o o lo s in testin os a Freud n o le fa lló vigor
durante e l año de trabajo. C om o en el pasado, anhelaba
las prolongadas v acaciones veraniegas, e so s m eses que consideraba sagra
dos: lo s reservaba para p a seo s por las m ontañas, curas en algún balneario,
visitas a Italia, exp lo ra cio n es de la teoría p sicoan alítica. Pocas v e c e s inte
rrumpía esa s vacacion es co n sesio n es de a nálisis, aunque se veía acosado
con ofertas lucrativas. En 1922, de vaca cio n es en B erchtesgaden, “ no aten
d ió a la esp o sa de un rey del cobre — le co m en tó a Rank— que sin duda
habría cubierto los g a sto s de m i estan cia” , ni tam poco a otra mujer norte
am ericana, “que seguram ente hubiera p agado 5 0 dólares por día, puesto
que estaba acostum brada a pagarle a Brill, en N ueva Y ork, 20 por m e d ia
hora”. P ero él no se andaba co n excusas: “ N o venderé m i tiem po aquí”.
M ás de una v e z , Freud les d ijo a sus a m igos q ue su n ecesidad de reposo y
recuperación era urgente, y por lo general, “ en interés del reposo y de
hacer p o sib le e l trabajo” , s e m antenía fir m e .1
1 Pero a v e ce s v io la b a e sa reso lu ció n , e n e sp e c ia l cuand o se le pedía que
[4 6 8 ] R e v isio n es: 1915-1939
A pesar de sus quejas, la abigarrada agenda de Freud, a sí c o m o su co n
tinua producción de cartas y e l flu jo de p u blicaciones im portantes, dan tes
tim onio de la e x isten cia en él d e envidiables reservas de energía y, en tér
m in os g en erales, de su buena salud. Pero en el verano de 1922 las cosas
em pezaron a ir peor. En ju n io le esc r ib ió a E m est Jones que n o se había
sentido cansado “hasta ahora, cuando las som brías perspectivas de la situa
ció n p o lític a se han v u e lto o b v ia s”. * 2 Y éndose de V iena, Freud huía de la
política, d e las irreparables d iv isio n e s entre los so c ia lista s y ca tó lic o s aus
tríacos, y de lo s d e lirio s de lo s fa náticos p o lític o s, por lo m en os durante
un tiem po.* En ju lio co m en tó co n evidente a livio “ la d elicio sa paz” de sus
días en Bad Gastein; eran “despejados y serenos”, lo que junto con “el aire
esplénd id o, el agua, lo s cigarros holan deses y la buena com ida” , hacía que
lodo pareciera tan id ílico co m o puede serlo en este infierno de Europa cen
tral”. *i Pero en agosto, al escribirle a Rank desde B erchtesgaden en un
tono estrictam ente c o n fid en cia l, se le ñ ola m en os anim ado. Rank le había
preguntado c ó m o se encontraba, y Freud le respondió con toda franqueza
p idiénd ole que a lo s dem ás los tranquilizara con una mentira piadosa: ten
dría que decir que Freud disfrutaba de m uy buena salud. En realidad, no
estaba nada bien. “ U sted no habrá dejado de advertir que ya hace algún
tiem po que n o m e sien to totalm ente seguro de m i salud.” *4 Freud no im a
ginaba cuánta razón tenía al sospechar de su estado.
Pronto tu vo otros m o tiv o s para sentirse abatido. A m ediados de a g o s
to, su sobrina predilecta, C aecilie Graf, su “querida niña de 23 años”, * 3 se
su icidó. Em barazada y soltera, reso lv ió el problem a tom ando una sobredo-
sis de veronal. En una nota cariñosa y conm ovedora dirigida a su madre,
garabateada después de que hubiera tomado el veneno, declaraba que nadie
tem a la culpa, n i siquiera su amante. “N o sabía que morir fuera tan fácil
— escrib ió — y hace que una se sienta tan g o z o sa .” *6 Freud se sin tió “ pro
fundam ente sacud id o” por e l acontecim iento, según le dijo a E m est Jones;
sin duda n o sirvieron para apaciguar su tristeza ni “ la oscura perspectiva de
nuestro país”, ni “ todas las incertidumbres relacionadas con la época” . *7
Pero era su p ropio cuerpo lo que iba a traicionarlo. En la primavera de
1 9 2 3 , para co n ste r n a c ió n de to d o s, ya existía n pruebas de que estaba
sufriendo un cáncer de paladar.
A m ediados de febrero de 1923, Freud ya había detectado lo que d en o
m in ó “un crecim ien to leu c o p lá sic o en m i m axilar y paladar”. Una le u c o -
plasia e s un crecim ien to benig n o a sociado con el e x c e siv o con su m o de
analizara a “un alu m n o ” (un futuro a nalista) y no a "un paciente" , A sí, en 1928,
se ofre ció a analizar a P h illip Lehrm an, un m éd ico norteam ericano, durante el
verano, “ en e l m onte Sem m ering (2 1 /2 h. de V ien a ), lo que en m í e s e x c e p c io
nal". (Freud a Lehrm an, 7 de m ayo d e 1928. En in g lés, A .A . B rill Library, N ew
York P syc h oan a ly tic In stitu te.)
2 V éa n se la s p á g s, 4 9 8 - 4 9 9 .
L a m u e r t e c o n t r a la v id a [4 6 9 ]
tabaco, y Freud, aterrorizado por la p osib ilid ad de que el m éd ico le prohi
biera entregarse a su ad icció n , o cu ltó durante cierto tiem po a todos lo que
había descubierto. Pero d o s m e se s m ás tarde, com unicándole las n o ved a
d es a E m est Jones en una carta m itad tranquilizadora y m itad alarmante,
el 25 de abril, “ d espués de haber perdido m ás o m enos una sem ana por
enferm edad (operación)*’, le h izo saber que le habían extirpado la e x cre
cencia. ** A lg u n o s años am es, a fin e s d e 1 917, había advertido una tum e
fa cció n dolorosa en e l paladar. Paradójicam ente, pronto se calm ó, cuando
un paciente le ob seq uió una deseada caja de cigarros y él encendió uno de
e llo s . *» Pero en 1923 su c recim ien to era ya dem asiado grande y persis
ten te c o m o para ign orarlo. “M e han a segu rad o qu e es b en ig n o , pero,
co m o usted sabe, na d ie p uede garantizar su conducta si se le perm ite
desarrrollarse m ás." Freud fue p esim ista d e sd e el principio. “Mi propio
d ia g n ó stic o ha sid o ep ite lio m a [una a fe c c ió n m align a] pero no m e lo
aceptaron. Se acusa al tabaco — adm itió— de ser la etio lo g ía de esta reb e
lió n de lo s te jid o s ” . *i° C u a n d o fin a lm e n te se había sen tid o c a p az de
afrontar lo s h o n o r e s de un futuro sin cigarros, c on su ltó al d erm atólogo
M a x im ilia n Steiner, c o n q u ien estaba en térm inos a m istosos. S teiner le
pidió a Freud que dejara de fum ar, pero le m intió restándole im portancia a
la enfermedad.
U nos p o c o s d ías m ás tarde, e l 7 de abril, lo v isitó F élix D eutsch, que
había sid o internista de Freud durante algún tiem po; Freud le pidió que le
mirara la boca, adviertiéndole: “Prepárese para ver algo que no le gustará”.
Estaba en lo cierto. D eutsch recordó que “ a la primera mirada” se dio cu en
ta de que la lesión era cancerosa. Pero en lugar de pronunciar la terrible
palabra, o enunciar e l d ia g n ó stic o té c n ic o , e p iteliom a, al que el propio
Freud se inclinaba, e l m é d ic o s e refu g ió en el eu fem ism o de “ una m ala
leu c o p la sia ”. L e a co n se jó qu e dejara de fum ar y que se le extirpara la
excrecencia.
Freud era un m éd ico rodeado de m édicos. Pero nunca pidió la opinión
de ningún esp ecia lista em in en te, ni recurrió a un cirujano bucal en el que
tuviera c onfianza. En lugar de e llo , e lig ió a M arcus H ajek, un rin ólogo
— se podría decir que otro F liess— , aunque anteriormente había expresado
algún escep ticism o acerca de su com p eten cia profesional. La e le cc ió n — el
error— fue, c o m o dijo años m ás tarde su hija A nna, ex c lu siv a responsabi
lidad de Freud. *1» Fin alm ente, H ajek ju stific ó por com pleto las dudas de
Freud. Sabía que e l procedim iento que recom endaba era meramente c o sm é
tico y en realidad anodino; realizó la intervención quirúrgica rápidamente,
en el con sultorio ex tern o de su propia c lín ic a . S ó lo Félix D eutsch a com
pañaba a Freud, y n o p erm aneció co n é l durante la operación; era com o si,
tratando la cu estión co m o una nadería, conjurara el cáncer de Freud. Pero
alg o anduvo terriblem ente m al en la m esa de operaciones; Freud sangró
m ucho durante y despu és de la intervención, y lo hicieron tender en una
ca m illa “en una pequeña habitación de guardia del hospital, puesto que no
[470] R evisio n es: 1 9 15-1939
había disp onible ninguna otra”. * 13 Su ún ico com pañero era otro paciente,
al que Anna Freud describ ió m ás tarde co m o un “ amable y am istoso” en a
no retrasado. * 14
D e h echo , e s m uy po sib le que e l enano le salvara la vida a Freud. * 15
A Martha y Anna Freud se le s pidió que le llevaran ropa al paciente, que
tal vez tendría que pasar la noche internado. Lo encontraron cubierto de
sangre, sentado en una silla de cocina. Durante la hora del alm uerzo no se
permitía la presencia a llí d e ningún visitante, de m odo que las dos m ujeres
fueron obligadas a regresar a su hogar, asegurándoseles que el estado del
paciente era satisfactorio. Pero cuando volvieron, a primera hora de la tar
de, descubrieron que en su ausencia había sufrido una cop iosa hemorragia.
Había tocado la cam panilla pidiendo ayuda, pero no funcionaba; sin p o si
bilidades de hacerse oír, Freud se encontraba inm ovilizado. Por fortuna, el
enano corrió a avisar a la enferm era, y co n algunas dificultades la hem orra
gia se pudo controlar.
D esp ués de enterarse de e s e espantoso e p isod io, Anna Freud se negó a
separarse de su padre. “ Las enferm eras — recuerda— , que no se sentían
libres de culpa con resp ecto a la cam panilla rota, fueron m uy am ables. M e
dieron ca fé s o lo y una silla , y m i padre, e l en ano y yo p asam os la noche
juntos. Estaba débil por la pérdida de sangre, m edio narcotizado por las
drogas y m uy dolorido.” En el curso de la n oche aum entó la preocupación
de ella y la de la enferm era co n respecto al estado de Freud; mandaron lla
mar al interno, pero é ste s e n e g ó a levantarse. Por la m añana, Anna Freud
“tu vo que ocultarse m ientras Hajek y sus asistentes realizaban la in sp ec
c ió n h abitual”. H ajek n o dem ostró ningún sign o de arrepentim iento
ante su chapucera con du cta, que resultó ca si fatal, y más tarde, e se m ism o
día, d io de alta a Freud.
Este ya n o podía m antener e l ep iso d io en secreto, pero engañó a sus
corresponsales — y e n alguna m edida se engañó a s í m ism o— con notas
optim istas. En una carta dirigida a su “q ueridísim a L ou” el 10 de m ayo,
cuatro días después del cum pleaños de é l, le m anifestó: “Puedo informarle
que puedo hablar, m asticar y trabajar de n uevo; por cierto, incluso fumar
m e está perm itido, de un m o d o m oderado, prudente, por así decir, peque-
ñ o-b u rgués” . A gregab a que e l pron óstico era bueno. A l repetir esas
buenas n o ticias, e se m ism o día, en una carta a Abraham , aceptó “ensayar
su fórm ula optim ista [la d e Abraham]; ¡m uchas fe lice s repeticiones del
día, y ninguna de la nueva excrecen cia!” *i* U n p oco m ás tarde, al escribir
le a su sob rin o de M anchester, pu so a prueba una fórm ula optim ista pro
pia: “H ace dos m eses m e extirparon del paladar blando una excrecencia que
podría haber degenerado, pero que todavía no lo había hecho". * »
En realidad, Freud estaba mejor inform ado, aunque nadie le hubiera
dicho la verdad. Hajek le había prescrito inútiles tratamientos de rayos X y
radium , lo que le con firm ó su sospecha de que la le sión era cancerosa.
Pero el engañ o o fic ia l continuó; Hajek autorizó a Freud a tom arse sus
L a m u e r t e c o n t r a la v id a [471]
habituales v acaciones veraniegas, aunque le pidió noticias frecuentes y una
visita en ju lio para revisar la cicairiz. Freud fue a Bad G astein y después a
Lavarone, cruzando la frontera austríaca co n Italia. Pero el verano no le
trajo ningún a liv io . El d olor seg u ía h a cién d olo sentir tan m al que, ante la
insisten cia de A nna, le p id ió a D eu tsch qu e fuera a verlo a B ad G astein.
D eutsch lo h iz o sin demora; p rescribió una segunda operación, m ás radi
cal, pero sin d ecirle a Freud la verdad com pleta.
L a d i s c r e c i ó n d e D e u t s c h , bondadosa y fuera de lugar, junto a la de
otros, sugiere un cierto tem or reverente ante el gran hom bre, y la negativa
ilusionada a aceptar su c o n d ició n de mortal. Pero D eutsch tenía m ás razo
nes para no ser franco. A brigaba algunas esperanzas de que una segunda
operación elim inaría toda cau sa d e alarma y le perm itiría a Freud vivir sin
saber ni siquiera que había p ad ecido un cáncer. Pero, adem ás, se sentía
inquieto por lo que interpretó c o m o una d isp o sic ió n de Freud a suicidarse;
en su reunión crucial del 7 de abril, Freud le había pedido que lo ayudara a
“desaparecer de este mundo co n decen cia”, si es que estaba condenado a un
sufrim iento prolongado. • * Si s e le d ecía abiertam ente que tenía cáncer,
Freud podría haber intentado convertir en realidad esa am enaza im plícita.
C o m o si e sto n o bastara, en e l v era n o d e 1923 D eu tsch tenía una
razón m ás para velar por la sensib ilid a d de su paciente. Freud lloraba en
aquel e n to n ces a su am ad o n ie to H e in e le , que había m uerto en junio.
Durante a lg u n o s m e se s, e l n iñ o d e cuatro a ñ os, h ijo m enor de su hija
S o p h ie, había estad o de v isita en V ien a. T oda la fam ilia lo adoraba. “ Mi
nietecito que está aquí es e l n iño m ás despierto de su edad (4 a[ñ os])”, le
escribió a Ferenczi el a fectu o so abuelo en abril de 1923. “N o es m enos
fla c o y frágil, tod o o jo s, p e lo y h u e s o s .” Era un inform e cariñoso co n
p rem on icion es som brías. “M i hija m ayor, M ath fild e], y su e sp o so — le
dijo Freud a am igos de B u dap est a prin cip ios de ju n io , m ientras el niño se
moría— prácticam ente lo han adoptado y s e han enam orado de él tan co m
pletam ente que era im p o sib le preverlo. Era — Freud, resignado, em plea el
tiem p o pasado— sin duda un c h ic o encantador, y yo m ism o sé que es d ifí
cil que nunca haya querido tanto a un ser hum ano, y sin duda nunca a un
niñ o , c o m o a él"-3 * »
Durante cierto tiem po, la fieb re alta, lo s d olores de cabeza y la falta de
síntom as e sp e c ífic o s de H e in ele no perm itieron establecer un d iagnóstico.
Pero en ju n io se tuvo la certid u m b re de q u e p adecía una tu berculosis
m iliar, y esto , en una palabra, sig n ific a b a qu e “el niño está perd id o”.
M ientras Freud escribía, el niñ o yacía en co m a, recobrándose por m om en
tos, “ y en tonces e s de n uevo co m pletam ente él m ism o, así que resulta d ifí
cil creerlo". Freud estaba su friend o m ás de lo que hubiera creído posible.
3 En 1896, cuando su padre estaba cerca de la m uerte, Freud tam bién em p leó
el tiem p o pasado, sín tom a de qu e hab ía a cep tad o lo in ev ita b le.
[472] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
“E stoy aceptando esta pérdida m uy m al, creo que nunca he experim entado
algo m ás duro." Trabajaba m ecánicam ente. “ Fundam entalm ente, todo ha
perdido su valor.’’ • «
P ensaba que su propia en ferm edad in ten sificab a la con m o ció n que
estaba experim entando, pero el d estino de su nieto le dolía m ás que e l pro
pio. “ N o trate de vivir eternam ente — escribió, citando el prefacio de Ber-
nard Shaw a E l dilem a d e l d o c to r— , no lo c o n segu irá”. ** El fin lle g ó e l
19 d e jun io. A l morir H ein ele, su “querido niñ o” * » , Freud, e l hom bre sin
lágrim as, lloró.* * 26 C uando, a m ediados de ju lio , F erenczi, pensando só lo
en s í m ism o y un p o c o ob tu so , le preguntó a Freud por qué no lo había
felicita d o cuando cu m plió cincuenta años, la respuesta del m aestro fu e que
nunca hubiera dejado de hacerlo con un extraño. Pero n o creía que la o m i
sión hubiera sid o una e sp ecie de venganza. “M ás bien está relacionada con
m i actual d isg u sto por la vida. N unca antes había tenido una depresión,
pero ésta debe de serlo.” **7 S e trata de una afirm ación notable: dado que
Freud p adeció estados de ánim o depresivos de m odo recurrente, el de aquel
m om en to tuvo que haber sido ex cepcionalm ente severo. ‘T o d a v ía m e ator
m enta m i h o c ic o — le escrib ió a E itin gon a m ediados de agosto— y me
o b sesio n a e l an helo im potente de estar co n m i querido niño.” *2> S e d escri
bía c o m o un extraño a la vid a y candidato a la muerte. En una carta a su
querido am igo de toda la vida O scar R ie, le c o n fe só que no podía superar
la pérdida del m uchachito. “ Para m í él sig n ificab a el futuro, y c o n él me
han arrebatado el futuro.” * »
Por lo m en o s, e s o le pareció en aq uellos días. Tres años m ás tarde,
cuando Ludw ig B insw anger perdió a su hijo de o c h o años, enferm o de una
m en ingitis tuberculosa, e h izo partícipe de su pena a Freud en una delicada
carta, éste respondió co n recuerdos de 1923. Estaba contestando — escri
bió— n o con “una superflua palabra de con dolen cia, s in o ... sí, de h echo
só lo a partir d e un im p u lso interior, porque su carta ha despertado un
recuerdo e n m í... n o tiene se n tid o ... que después de todo nunca se adorm e
ció ”. Le vinieron a la m em oria todas su s pérdidas, en especial la m uerte de
su querida hija S op hie, a la edad de v ein tisiete años. “Pero — agregó— ,
e so lo so b rellev é notablem ente bien. Fue en el año 1920; uno estaba c o n
sum ido por la desgracia de la guerra, preparado durante años para enterarse
de que había perdido un hijo o in clu so tres h ijos. D e m od o que la resigna
ció n ante el d estin o estaba bien preparada.” Pero la muerte del hijo m enor
4 La psicoterapeuta Hilde Braunthal, qu ien en su s anos de jo v en estudiante
trabajó en la c asa de M athilde y R obert H o llitsch er, d on de H e in e le pasó su s ú lti
m os m ese s, p ien sa que Freud no visitab a “ a su nieto co n dem asiada frecu en cia.
Los Freud vivían m uy cerca de lo s H ollitsch er. A m enudo veía a Freud en la ca lle
paseando c o n su perro. Parecía m uy absorto en sus p e n sa m ien to s” . C o m u nica ció n
personal. 4 de enero de 1 9 8 6 .) Pero aunque viera a su n ieto p o ca s v e ce s, algu nos
de los m ás o b s esiv o s pensam ientos de Freud estab an aparentem ente d edicad os al
n iñ o .
L a m u e r t e c o n t r a la v id a [473]
de S ophie le había h ech o perder su equilibrio. En su m ente, H ein ele había
representado a “ todos m is h ijo s y a lo s otros nietos, y d esde en to n c es, d e s
de la m uerte de H e in e le , ya m e tien en sin cuidado m is n ieto s, pero tam po
co encuentro placer en la vida. E ste e s tam bién el secreto de la indiferencia
que siento — la gen te la ha llam ado valor— con respecto al p eligro que
corre m i propia v id a ” . *30 A l com partir lo s sentim ientos de B insw anger,
los recuerdos abrían cada v e z m ás su s viejas heridas. En Freud quedaba
m ucha vitalidad , y m u ch o a fecto. S in em bargo, H einele sig u ió sien d o su
favorito in d iscu tib le. C uan do e l herm ano m ayor del niñ o, Ernst, v iv ió
con lo s Freud en e l verano d e 1923 durante d os m eses, con independencia
de lo que sintieran lo s otros m iem b ros d e la fam ilia, el ab uelo, por lo
m en o s, n o en co n tró e n é l n in g ú n c o n su e lo . *31
D e m o d o q u e e r a é s a , en e l verano de 1923, la situación de Freud
con que se enfrentaba D eu tsch y que no sabía cóm o abordar: Freud era vu l
nerable, m ortal c o m o todo e l m undo. D e u tsch se c o n fió a R ank y, más
tarde, a la guardia pretoriana d e Freud, e l C om ité. A quel pequeño grupo de
ín tim o s de Freud (A b ra h a m , E itin g o n , J o n es, R ank, F ere n cz i, S a ch s)
estaba en ton ces reun id o en San C ristoforo, e n las D olom itas, al p ie de
una gran colina d e Lavarone, donde residía Freud. E xistía cierta suspicacia
entre ellos; había ex istid o d esd e el final de la guerra. La R undbriefe, circu
lar sem anal que em p ezaron a enviar en octubre de 1920, n o bastó para
solucionar lo s problem as. La finalidad de la s circulares había sid o m ante
ner en contacto constante a lo s m ás cercanos partidarios de Freud en V ie
na, B udapest, B erlín y L ondres. C uando estaba a punto de publicarse e se
m ed io de co m u n ic a c ió n , Freud le e sc r ib ió a Jones: “E stoy a n sio so por
saber c ó m o fu ncionará esta in stitu ció n . E spero que dem uestre ser m uy
ú til”. * » Pero ap roxim adam ente al m ism o tiem po, Jones había fundado el
Intern a tio na l J o u rn a l o f P sy c h o -A n a ly sis, y su ge stió n al frente del p e rió
d ico había agriado sus rela cio n es co n R ank. A Jones le m olestaba lo que
veía co m o una interferencia autoritaria de Rank en su práctica editorial.
Con la intención de m inim izar la aportación alem ana a la literatura p s ic o
analítica en una é p o ca en la que lo s sen tim ientos antialem anes aún esta
ban en su punto á lg id o , e igualm ente d e se o so de presentar contribuciones
norteam ericanas, Jones había aceptado varios artículos que no satisfacían
las altas e x ig en cia s que lo s v ie n e se s consideraban e se n cia les, y R ank no
v aciló en recurrir a la su tileza para cuestionar las elec cio n es de Jones. Para
Freud, estas disen sio n es eran am enazas para la paz necesaria. D ep en d ía de
Rank para las cu e stio n e s adm inistrativas, y m ás de una v e z se lo había
elogiado a Jones; en co n se c u e n c ia , reprendió am ablem ente al in glés por su
irritación . “ C u an d o R ank n o e stá , s o y c a si un in ú til y un m u tila d o ” ,
escribió a fin es de 1919; * « un p o co m ás tarde, indicó: “en sus observa
cio n es sobre Rank advierto una rudeza que m e recuerda un estado de ánim o
sim ilar con resp ecto a A braham . U sted e m p le ó un lenguaje m ás am able
[474] R e v isio n es: 1 915-1939
in c lu so durante la guerra. C o n fío en qu e n o haya enfados entre usted y los
n uestros”. Culpaba a Jones por no controlar sus p asiones y estados de
ánim o, y tenía la esperanza d e que llegaran días m ás fe lic es.
Pero las irritaciones entre lo s m iem bros del com ité persistieron. “ El
m artillo d e Rank ha caíd o una v e z m ás — se quejó Jones en una circular
durante el verano de 1922— ; esta v ez sobre Londres, y m e parece que m uy
in ju sta m en te”. En c o n tra ste, h ub o una a p roxim ación entre Jon es y
Abraham, a quienes perturbaban de m od o creciente las desviaciones de Rank
c o n respecto a la técnica psicoan alítica ortodoxa. En el cerrado círculo de
lo s sie te , Freud se sentía particularm ente cerca de Rank y Ferenczi, pero
necesitaba por igual de lo s otros. A hora bien, a m ediados del verano de
1923, acosado por la enferm edad y el luto, esperaba poder por lo m enos
restaurar una fachada de am istad en e l C om ité beligerante. “Estoy dem asia
do v ie jo co m o para renunciar a viejo s am igos — escribió p oco desp u és— .
Si lo s m ás jó v e n e s pensaran en los c a m b ios que im pone la vida, les resul
taría m ás fácil mantener buenas relaciones entre e llo s.” **»
Pero, al m enos por el m om en to, la esperanza de Freud respecto a que
sus partidarios m ás jó v e n e s adoptaron su m ism a posición p acífica carecía
de realism o. El 26 de agosto, en una carta inform ativa a su e sp osa, Em est
Jones cap tó la atm ósfera de San C ristoforo, a la v e z de irritación y angus
tia. "La novedad principal e s que F. tiene un cáncer real, en lento c re ci
m ien to , y puede durar años. El no lo sabe, y e sto e s un secreto a b solu to.”
En cuanto a su disputa co n Otto Rank, el com ité había pasado “ todo el día
d iscu tien d o el asunto R ank-Jones. M uy p en o so , pero esp ero que ahora
m ejorarán nuestras relaciones”. Sin em bargo, tema con cien cia de que no
había ninguna m ejoría a la vista, pues un ep iso d io desagradable había ex a
cerbado la tensión. “Creo que e s difícil que F(erenczi) me dirija la palabra,
p ues Brill acaba de estar a llí y le d ijo que y o califiqué a R[ank] de judío
estafador.” N egaba en parte haber caído en ese fanatism o, insistiendo en
que todo se había exagerado m ucho (“com pletam ente übertrieben").
Fuera lo que fuere lo que d ijo J on es, tu vo que haber sid o bastante
in su lta n te .3 D o s d ías m ás tarde, esc r ib ié n d o le de n u evo a su e sp o sa , le
in fo rm ó que los m iem bros del c o m ité habían pasado “ horas hablando y
v o c ife r a n d o , hasta que m e p a reció q ue m e encontraba en un m a n ic o -
5 R esu lla im p o sib le reconstruir la o b ser v a ció n de Jones sobre la base de la
d ocum entación fragm entaria con la que contam os ahora. En 1 9 2 4 , desp ués de que
Rank fuera o b jeto de la có lera no só lo de Jones sin o tam bién de todos lo s otros,
in clu id o Freud, éste r eco n o ció con tristeza que Jones había ten ido razón en lo que
concernía a Rank durante todo el tiem p o. A l escribirle a Abraham , Jones reprodu
jo una parte de una carca de Freud, y com entó: “D e m odo qu e in clu so la parte de
m i fam osa observa ció n a B rill, que no tuve el valor de defender en San C risto fo
ro, está al m en os justificada (desde lu eg o , no me refiero al erróneo añadido d e b i
do al propio B r ill)” . (Jones a A braham , 12 de no v iem bre de 1924, pa p eles de
Karl Abraham , L.C .)
La m uerte contra la v id a [4 75 ]
m ió ” . El grupo d e c id ió qu e “ y o esta b a en el lado erróneo d el asunto
R an k-Jon es; d e h e c h o , q u e so y un n e u r ó tic o ” . El era e l ún ico g e n til del
grupo, y lo se n tía in ten sa m en te. “ U n c o n se jo de fa m ilia ju d ío e x a m i
nando a un pecador deb e ser a lg o serio ¡pero im agín ate cuando lo s cin c o
in siste n en a n alizarlo [al pecador] e n el a cto y tod os juntos! S i b ien
m anifesta ba ser “ lo b astante in g lé s c o m o para tom arlo todo c o n buen
hum or” , y n o irritarse, adm itía que aquel d ía fu e toda una exp erien cia,
una “E rleb n is” .
En m e d io de e s la s p e le a s de fa m ilia , lo s m iem b ros del c o m ité se
vieron sacu didos por la noticia de que Freud p adecía un cáncer. El dilem a
era agudo. R esu lta b a o b v io qu e había qu e som eterlo a una in tervención
quirúrgica drástica, pero no tan o b v io c ó m o se lo dirían y qué tenían que
decirle. Freud p royectaba m ostrarle R om a a su hija A nna, y e llo s — el
com ité— n o deseaban estropear ni hacer abortar esas v a cacion es larga
m en te planead as. Por fin , lo s m é d ic o s d el c o m ité (A braham , E itin gon ,
Jones, F eren czi) se im p u siero n hasta cierto punto, c o n ayuda del buen
sentido; urgieron seriam en te a Freud a v o lver a V ien a para som eterse a
una nueva o p era ció n d e sp u é s de su ex c u r sió n a Italia. Pero n o le c o m u
nicaron e l d ia g n ó stic o c o m p leto ; n i siq u iera F é lix D e u tsch se anim ó a
revelar la verdad desnuda. A é ste, su m al interpretada d elicad eza iba a
co sta rle la c o n fia n z a d e Freud y su p o s ic ió n d e m é d ic o person al del
m aestro. N o e v a lu ó correctam ente la capacidad de Freud para asim ilar
m alas n o tic ia s, ni e l r e se n tim ien to qu e le p r o v o c ó e l sentirse protegido.»
T am b ién lo s m iem b ro s d e l c o m ité p ro v o ca ro n el d isg u sto de Freud;
cuand o, años m ás tarde, descu b rió e l b ie n in ten cion ad o engañ o, m ontó en
cólera. “ ¿C on qué d e rech o ? ” , le preguntó a Jones: “M U w e lc h e m R ec h t? '
* « A ju ic io de Freud, nad ie tenía derech o a m en tirle, ni siquiera por el
m ás c o m p a siv o de lo s m o tiv o s. D e c ir la verdad, aunque fuera terrible,
era la m ayor bondad.
D esp u és de la reunión d el c o m ité e n la que D eutsch inform ó sobre el
estad o de Freud, A n n a Freud se su m ó al grupo para la cen a, y por la
noche, a la lu z d e la luna, e lla y D eu tsch s e d irigieron colín a arriba, hacia
Lavarone. La jo v e n intentó hacer hablar al m éd ico. “ M edio en brom a” , le
preguntó si, en e l c a s o de que e lla y su padre lo pasaran m uy bien en
R om a, no podrían quedarse un p o c o m ás en la ciudad y volver a V iena
después de lo proyectado. A terrorizado, D eutsch le suplicó que ni siquiera
pensara en ello. « “N o haga esto ” — le dijo en érgicam ente— “por ningún
6 Anna Freud observ ó años más tarde que D eu tsch "había su bestim ad o” el
“ sentido de in depend ien cia y la capacidad para afrontar la verdad” de su padre.
(Anna Freud a Jones, 4 de enero de 1 9 5 6 , p a p eles de Jones, A rch iv o s de la Bri
tish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L o n d r es.) « L o qu e m i padre no o lv id ó fue la
“Bevorm u ndu ng”.» (A nna Freud a Jones, 8 de enero de 1 9 5 6 . ib íd.) D esp u és de un
período de tensión, que a D eu tsch le resultó m uy duro, Freud y él reanudaron su
am istad. Pero Freud b u scó aten ció n p r o fesio n a l en otros m éd ico s.
[476] R e v is io n e s : 1915-1939
m otivo; prom étam e que no lo hará”». M ucho tiem po desp u és, Anna Freud
com en tó que lodo había quedado “ bastante claro”. 1 *41 Pero el anhelado
viaje de Freud a R om a con su hija m enor se realizó. T al c om o é l había
p revisto, Anna fue en la ciudad una observadora tan entusiasta c o m o el
propio Freud había sid o siem pre allí. El 11 de septiem bre, Freud le escri
b ió a E itingon desde R om a que “Anna está saboreando [la ciudad] a fondo,
se abre ca m in o con brillantez, y e s igualm ente se n sib le a todos los a sp ec
tos d e la m ultidim ensionalidad romana”. * « D esp u és del retom o, él le dijo
a E m est Jones que en el “e sp lén d id o p eríodo de tie m p o ” que pasó en
R om a, su hija m enor “realm ente se en tregó”. *4J
Finalm ente se le transm itió a Freud la verdad que durante tanto tiem
po había sosp ech a d o . El 24 d e septiem bre él m ism o se la com u n icó a su
sob rin o d e M anchester co n un lenguaje un lanto críptico: “ N o he supera
do lo s e fe c to s de m i últim a operación en la boca, te n g o d olo re s y d ific u l
tad para tragar, y aún no e sto y seguro del futuro”. *** D os días m ás tarde,
su p o sic ió n era bastante clara. Se la e x p u so a E itin gon por co m p leto y
sin restriccion es: “ H oy pu ed o dar sa tisfacción a su n ecesid ad de tener
n o ticia s m ías. S e ha d ecid id o que ten g o que som eterm e a una segunda
operación , un resecció n parcial del m axilar superior, puesto que allí ha
surgido la querida y n ueva form ación. La operación será realizada por el
profesor P ich ler”, un em in en te cirujano bucal. Esa era la m ejor elec ció n ,
recom endada por F élix D eu tsch . H ans P ichler, le dijo Freud a E itingon,
era “ el m ayor e x p erto en esta s c o sa s; tam bién hará la p rótesis qu e se
necesita d esp ués. Prom ete que podré com er y hablar bien en unas cuatro o
cin c o sem anas” . *4í
En realidad, hubo dos o p eracion es, realizadas el 4 y el 12 de octu
bre. * « En térm inos g en erales tuvieron é x ito , pero en tanto constituían
in v a sio n e s drásticas, durante algún tiem po dejaron a Freud incapaz de
hablar y com er. Hubo que alim entarlo con una sonda nasogástrica. Pero
una sem ana después d e su segunda operación, todavía internado, le envió
una nota irreprim ible, al e s tilo de un telegram a, a Abraham : “ Q uerido
op tim ista incorregible: h oy tam pón renovado, m e levan té, sobre lo que
queda de m í pusieron ropa. Gracias por todas las noticias, cartas, buenos
deseo s, recortes de periódicos. En cuanto pueda dormir sin una inyección,
v u elv o a ca sa ”. *il N ueve días m ás tarde fue dado de alta. Pero su lucha
co n la muerte no había term inado.
L a c o n f r o n t a c i o n f u e a g o t a d o r a , y el adversario, astuto e im pla
cable. Freud se preparó para lo peor. A fin es de octubre, considerando que
su “estad o actual” tal v e z le im pidiera seguir ganando dinero, escrib ió
7 L os sen tim ien to s de A nna con resp ecto al episo d io ten ían un carácter co n
fuso: “ Por él lle g u é a disfrucar de una in o lv id a b le v isila a R om a, y todavía la
agradezco” ’. (Anna Freud a Jones, 8 de enero de 1956, ib íd.)
L a m u er te c o n tr a la vid a [477]
algunas notas para su testam en to, en form a de carta a su hijo M artin. Le
preocupaban principalm ente su esp o sa y su hija Anna: p id ió que lo s h ijos
renunciaran, en favor de la m adre, a sus partes de la “herencia, de todas
m aneras m odesta”, y que la do te d e A nna se elevara a £ 2.0 0 0 . *** D es
pués, a m ediados d e noviem bre, Freud d io un paso m uy diferente, c om
prensible aunque m enos racional que la estip ulación de su voluntad final.
Se so m e tió a una cirugía m enor e n lo s te stícu lo s, denom inada técn ica
m ente “ ligadura de lo s conductos d eferentes en am bos lados”, *4» operación
asociada al nom bre del co n trovertid o en d o crin ólogo Eugen Steinach. El
procedim iento se había difu nd id o hasta cierto punto porque supuestam ente
contribuía a restaurar la poien cia sex u a l en d e c liv e , pero, m ás allá de esto,
algunas autoridades la recom endaban co m o m ovilización de los recursos
del cuerpo. Freud, que creía en el m étodo, esperaba que im pidiera la reacti
vación d el cáncer e in clu so que m ejorara su “sexualidad, su estado general
y su capacidad de trabajo” . *50 Una v e z realizada la intervención fue am bi
guo en cu a n io a sus efe c to s, pero por lo m en os durante algún tiem po h izo
que aparentem ente se sintiera m ás jo v e n y fuerte. *»
Pero luvo m ayor im portancia que, e s e m ism o m es, Pichler descu b rie
ra a lgu nos restos de tejido c a n cero so ; c o n valentía le dijo a Freud que
necesitaba otra intervención, a la q ue é ste se som etió con no m enor cora
je. Pero reco n o ció que la n oticia lo había d ecepcionado gravem ente. Sin
duda, había abrigado co n respecto a su cirujano expectativas m ágicas de
om nip otencia. A fin es d e nov iem b re le esc r ib ió a Rank que “em o cio n a l
m ente m e entregué m u ch ísim o al Prof. P ichler”; pero aquella últim a o p e
ración lo había despertado con rudeza, provocando un “ debilitam iento de
los lazo s h o m o sex [u a les]” . ♦ « S in em bargo, por com plicados que fueran
sus sen tim ientos con respecto al m é d ic o , la verdad es que Pichler no d ete c
tó otro desarrollo ca nceroso hasta 1936.
Sin em bargo, desde 1923 en adelante, Freud no dejó de experim entar
leu co p la sia s precancerosas o b e n ig n a s, que había que tratar o extirpar.
Pichler era diestro y b on d a d o so , pero las treinta o m ás in te rven cion es
m enores que realizó (algunas no tan m enores), y por supuesto las decen as
de ajustes, lim p iezas y reajustes d e la p rótesis de Freud, constituían p roce
dim ien to s fa stid io so s y m o le sto s, a m en ud o m uy dolorosos.» El placer que
seguir fum ando le procuraba a Freud o , m ás bien, su incurable n ecesidad
de hacerlo, tuvo que haber sid o irresistib le. Cada cigarro era una nueva
causa de irritación, un p equeño p a so hacia otra penosa intervención. S a b e
m os que adm itió ser adicto a lo s cigarros, y q ue consideraba que el fum ar,
8 Las operacio n es que Freud tuvo que sob rellevar eran de tres tip o s, co m o
in d ica e l m odo de realizarlas: en e l co nsu lto r io del doctor P ichler, c o n a n e stesia
local; en el Sanatorio A uersp erg con a n estesia lo c a l y “ su eñ o previam ente in d u ci
d o ”, y en el sanatorio con a n estesia g e n e ra l. (A n n a Freud a Jo nes, 8 de enero de
1 956, ib íd .) A dem ás. Freud se so m etía a exám enes regulares en una pequeña habi
tación esp e cia lm e n te aco n d icio n a d a ju n to a su c o n su lto r io .
[4 7 8 ] R ev isio n es: 1915-1939
en últim a instancia, era un sustituto del prototipo de todas las ad iccion es,
la m asturbación. Está claro que su autoanálisis nunca lle g ó a ciertas pro
fundidades de su m ente, y que en ésta subsistían c o n flic to s que nunca pudo
resolver. La incap a cid a d de Freud para renunciar a fum ar subraya con
intensidad la verdad d e su o b servación acerca de una d isp o sic ió n muy
humana que d enom in ó saber-y-no-saber, un estado de captación racional
del que no resulta una acción adecuada.
A f i n e s d e 1 9 2 3 , Freud era co m o un atleta inválido necesitad o de una
drástica rehabilitación física . Había sid o un conferenciante m agistral y un
conversador brillante, y se ejercitó para volver a hablar, pero su v o z nunca
recobró realm ente su claridad y resonancia. Las operaciones también afec
taron su audición; se quejó d e un zum bido constante, * » y p o c o a p o co se
fue quedando casi sordo del o ído derecho. Entonces trasladaron el diván de
una pared a otra, para que pudiera escuchar con el o íd o izquierdo. * » A l
com er se enfrentaba c o n dificultades desagradables, y por lo general evita
ba hacerlo en pú blico. La prótesis, que mantenía separadas las cavidades
bucal y nasal (Jones la describ e c o m o una co sa enorm e y m onstruosa,
“una especie de dentadura postiza agrandada”) * » lo torturaba cada v ez que
se la ponía y se la quitaba; excoriaba e irritaba, a m enudo co n bastante
dolor. En lo s años qu e le quedaron de vida, Freud cam bió m ás de una ve z
esa dentadura postiza aumentada; a fines de la década de 1920 fue a Berlín a
hacerse otra. Era raro que s e viera libre de algún tipo de incom odidad. Pero
s e n eg ó a rendirse a la autocom pasión; se adaptó a su n u evo estado con
cierta soltura. “Q uerid o Sam — escribió a M anchester en enero de 1924,
dictando la carta a su hija A nna— : M e place hacerte saber que m e estoy
recuperando rápidam ente, y co n el n uevo año pude retomar el trabajo. Mi
lenguaje podría m ejorarse, pero tanto la fam ilia c o m o los pacientes dicen
que es perfectam ente in telig ib le”.
Le hacía m u cho bien el eq u ilib rio psicoan alítico duram ente ganado.
Había sufrido la exp erien cia de la muerte en la fam ilia, pero por fortuna
lo s n a cim ientos se m u ltiplicaban. L os tres h ijos estaban h aciendo crecer
al clan de los Freud: E m st “n os anunció el n acim iento de su tercer h ijo el
2 4 de abril”, le co m u n ic ó a Sam uel Freud en la prim avera de 1924. “ Hay
d os n iños m ás en c a m in o , el segu n d o de Martin y el prim ero de O liver
(en D ü sseld orf). A s í que la fam ilia crece y dism inuye co m o las plantas,
com paración que usted podrá encontrar en el viejo H om ero.” *í7 En o c tu
bre de 1924, A lix Strachey, una dotada e irreverente observadora de la
e scen a analítica, le inform ó d esd e B erlín a su e sp o so Jam es en Londres
que H elen e D eu tsch , “ lo m ism o que los otros, m e d io las referencias m ás
brillantes sobre la salud de Freud. Parece que de n u evo ocupa su lugar en
las V erein ig u n g en , s ig u e hab land o co m o de costum bre y está de muy
buen á n im o”. *SÍ C in c o m e se s m ás tarde, a p rincipios de 1925, le infor
m ó a su e s p o s o q u e , si b ien Freud s e g u ía ten ien d o d ific u lta d e s para
L a m u e r t e c o n t r a la v i d a [ 4 ? 9]
hablar, “Anna dice que su estado general de salud no deja nada que d e
sear”.
A nna
La in flu e n c ia de A n n a F reud so b r e su padre había
resultado evid en te d esde antes de 1923; después de sus
operaciones de aquel año, quedó m ás allá de toda dispu
ta o de cualquier d esa fío . En abril, a continuación de la
terrible jom ad a que p a só Freud en la c lín ica de Hajek,
fu e su hija A nna y no su e sp o sa Martha quien perm a
n ec ió co n él toda la n o c h e . E ste a cto s e lló un ca m b io c o n respecto a
A nna, el ancla em o cio n a l, en la co n ste la c ió n de la fam ilia Freud.9 El año
anterior, a fin es de marzo d e 1922, cuando A nna se encontraba lejos, aten
d ien d o a su cuñado M ax H alberstadt y su s d o s h ijo s, *“ Freud había infor
m ado a Ferenczi que “nuestra casa está ahora desolada, pues Anna, que por
la e v o lu ció n de los a co n tecim ientos la gobierna cada ve z m ás, ha estado
en Ham burgo durante 4 sem anas”. * « T res sem anas antes, cuando só lo lle
vaba ausente d e su casa una sem ana, Freud le “ce rtificó ” en una carta a fe c
tuosa que “se te echa m uch o de m enos. La casa está m u y solitaria sin ti, y
en ninguna parte nada puede reem plazarte por c o m p leto”. * «
Intim am ente, A nna habría preferid o quedarse c o n su padre. Estaba
muy ansiosa por cuidar de é l (lo había estad o desde la adolescencia). En
1920 p asó parte del verano en A u ssee, ayudando a atender al viejo am igo
de los Freud, Oscar R ie, durante su co n v a lecen cia de una enferm edad gra
ve. R íe no le dijo nada a su fam ilia acerca de su estad o hasta que ya no
pudo m antener el secreto. La reserva del hom bre, y lo que a ella le parecía
una consideración fuera de lugar, llevaron a Anna a pensar en su padre,
co m o so lía hacer en todos lo s c a so s. Estaba d ecid id a a no permitir que
Freud adoptara la m ism a p o lític a d e la b io s se lla d o s. “Prom étem e — le
9 Pero la madre co nserv ó un control firm e de lo s asu ntos d o m éstico s. Cuando
A nna, de v iaje, en 1920, e scr ib ió que desea ba cam biar por o tia una de su s habita
c io n e s en B e rggasse 19, para trabajar y v iv ir en dos am bientes adyacentes, Freud,
que aceptó con sim patía su p e tició n , le a c o n sejó de todas m aneras que consultara
con su m adre. Le dijo asim ism o que la tía M inna estaba dispu esta a cambiar su
hab itación pOT una de las de A nna, pero que su m adre no quería ni oír hablar de
cualquier cam b io drástico en el apartamento: se m ostraba renuente a gastar dinero
en un n u evo em papelado, pu esto que en realidad lo que prefería era que se mudaran
a los suburbios. Freud le com entó a Anna que e sa m udanza era m uy poco práctica.
Sin em bargo, tenía que escrib irle directam ente a su m adre. “N o puedo forzarla;
siem pre la he dejado hacer su voluntad en c a sa .” (Freud a A nna Freud, 12 de octu
bre de 1920, Freud C o lle ctio n , L .C .) Finalm ente ganó Anna.
[480 ] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
im ploró— que si algún día c a e s enferm o y y o no e stoy allí, m e escribirás
de inm ediato, para que pueda ir.” D e lo contrario, agregó, no tendría paz
en ningún lugar. Había querido abordar el tema en V iena, antes de ir a
A u sse e , pero fin alm ente la v en ció la tim idez. Tres años m ás tarde, d es
pués de la primera operación del padre, ya n o había lugar para ser tím ida,
y ella le rep itió su ruego co n in sisten cia. Freud, resistién d ose débilm ente,
accedió. “ N o quiero rendirme a tu d eseo de inm ediato — le contestó— . N o
debes asum ir prematuramente la triste función de enferm era de padres v ie
jo s y a ch a c o so s”. Escribía desd e V iena, donde Hajek le exam inaba e l pala
dar. Pero, agregó, estaba d isp uesto a hacer una concesión: ‘T e informare
m o s de in m e d ia to c o n un te leg ra m a , si s e m e r etien e en V ien a por
cualquier razón”. *<* M ucho m ás que Martha, era Anna Freud quien había
quedado a cargo del enfermo.
R esulta m uy natural, en to n ces, que en el verano de 1923 ella fuera al
parecer la primera de la fam ilia en descubrir la verdad acerca del cáncer del
padre. Y la correspondencia d e la época de Freud docum enta con amplitud
todo lo que su hija lle g ó a significar para él. C uando, a m ediados de a g o s
to, Freud le esc r ib ió a O scar R ie sobre su esp o sa y su cuñada se lim itó al
tema d e la salud, pero al hablar de Anna cam bió de tono. “ Ella está flo re
ciente y e s el so sté n principal en tod os los a su n tos.” * 65 C o m o sab em os,
en las v a c a cio n es que se tom ó co n su padre en R om a durante septiem bre,
una esp e c ie de últim a cana al aire para él antes de la segunda operación,
e lla se com p o rtó co n brillantez.
N o hay duda alguna d e que Freud se sentía m uy unido a todos sus
h ijo s y se preocupaba por e llo s. H em os v isto que cuando su hijo ad oles
cente M artin, hu m illado en una pista de patinaje, necesitó que el padre lo
tranquilizara, lo encon tró en su pu esto, p a cien te, sin ningún reproche,
sensib le.'» C uando su hija M athilde c a y ó inesperadam ente enferm a, en el
verano de 1 9 1 2 , él c a n c e ló un via je a L ondres, com o si hiciera lo que
d ebía, por m ás que hubiera estado anhelando la oportunidad de otra visita a
Inglaterra. A sim ism o , era evidente el a fecto que sentía por su atractiva
hija S o p h ie, “ la niña m im ada d e la fortuna” y, m ás discretam ente, la preo
cupación por lo s problem as neuróticos d e su h ijo O liver." Durante la g u e
rra, c o m o sa b em o s, no o c u ltó su tem or por la vida de su s h ijos, sin o que
10 V éa n se la s p á g s. 1 9 3 -1 9 4 .
11 A prin cip ios de la década de 1920, OÜver Freud se estaba analizando co n
Franz A le x a n d e r e n B e rlín . A lg u n o s años m ás tarde, e sc r ib ié n d o le a A m o ld
Z w e ig . Freud habló con aprecio de lo s “extraordinarios" dones de O liver, y d e la
am plitud y seguridad d e su s c o n o cim ien to s. “ Su carácter e s intachable. D esp ués se
abatió sobre é l la n eu ro sis y le arrebató todos sus la u re les.” “ Lam entablem ente,
con una fuerte in h ib ició n n eurótica”, había ten id o “ m ala su erte” en la vid a. A
Freud. la vida problem ática de O liver le resultaba una carga d ifícil de sobrellevar.
(Freud a A rnold Z w eig , 28 de enero de 1934. C on perm iso de Sigm und Freud
C op yrigh ls, W iv e n h o e.)
L a m u er te c o ntr a la vida [4 8 1 ]
d isem in ó en su s cartas d e ta lles sobre d ón de y c ó m o se encontraban; se
com portaba c o m o si e s o s tem a s fueran d e interés prim ordial para sus
corresp onsales. “ En una gran fam ilia — filo s o fó alguna v ez con un anali
zando, e l m éd ico norteam ericano P h illip Lehrm an— , siem pre hay contra
tiem pos. Quienquiera que haya sid o d esignad o, c o m o usted, sostén general
de la fam ilia (un rol tam bién fam iliar para m í) queda atado a ciertas preo
cu p a cio n es e in tereses para toda la v id a ” . * « P odía bromear (un p oco)
sobre el papel de padre. “ ¡D em asiad o m alo, c o m o dicen en su país — le
escrib ió a Lehrman— , qu e usted no tenga paz en su fam ilia! Pero ¿cuándo
a uno d e nosotros, ju d ío s, la fa m ilia lo dejará en paz? N unca, m ientras no
encuentre la paz eterna”. * « Fueran cu a les fueren las exigen cias e m ocion a
les de sus h ijos, Freud trataba de n o tener favoritos.
N o obstante, a pesar de su im parcialidad, Freud lle g ó a reconocer que
la hija m enor, A nnerl, era m uy e sp ecia l. “ La pequeña — le dijo a Ferenczi
durante la guerra, u tiliza n d o su m anera predilecta de llamarla— es una
criatura particularm ente sim pática e interesante”. A dm itía que era tal
v e z m ás sim pática, y sin duda m ás interesante, que sus herm anos y her
m anas. “Tú has resultado un p oco d iferen te de M ath[ilde] y Sop h ie — le
dijo a Anna en 1914— ; tienes intereses m ás in telectuales y n o quedarás
tan totalm ente satisfecha co n una actividad puramente fem enina”. * «
E l r e c o n o c im ie n t o por parte de Freud de la inusual in teligencia de
Anna, y del lugar esp ecial que ella ocupaba en su vida, queda reflejado en
el tono peculiar (con sejos a fectu osos m ezcla d os con interpretaciones casi
analíticas) que adoptaba con ella. Era un tono en gran m edida ausente en
su d iá lo g o co n los otros h ijos. A su v e z , A nna reclam aba una particular
intim idad co n su padre co n in sisten cia y fuerza, y fue haciéndolo de m odo
cada v e z m ás enérgico. D e niña se debilitaba periódicam ente, y m uchas
v e ce s la enviaron a balnearios para que recobrara la salud, descansara, reali
zara saludables paseos y ganara algunos k ilo s adicionales que rellenaran su
figura dem asiado delgada. Sus cartas de esa ép oca abundan en noticias
sobre un kilogram o ganado en una sem ana, o m ed io kilogram o en otra. Y
están saturadas c o n el sen tim ien to d e extrañar al padre. En el verano de
1910, escribiénd ole a su “querido papá” desd e un balneario, a los catorce
años, lo tranquilizó asegurándole que se estaba restableciendo, “ ganando
p eso , y ya esto y fuerte y gorda”. A ún inm adura, era tam bién maternal co n
e l padre; “¿ N o te estrop earás e l e s tó m a g o de n u ev o en las m ontañas
Harz?” C onfiaba en que su s herm anos, “lo s c h ic o s”, lo vigilaran, pero
estaba fuera de duda d e que ella podría cuidarlo mejor. En general, se m os
traba im placablem ente com p etitiv a co n su s herm anos. “A m í tam bién m e
gustaría m ucho viajar a so la s co n tig o , c o m o E m st y O li lo están h acien d o
ahora.” Y pu so d e m anifiesto un interés p recoz por los escritos de Freud;
le había p edido a su “m uy a m ab le” d octor Jekels que le perm itiera leer
Gradiva, pero él s ó lo estaba d isp u esto a hacerlo si e l propio Freud lo auto
[482] R ev isio n es: 1915-1939
rizaba. *70 Nada le gustaba m ás que lo s sobrenom bres que e l padre le ponía:
«Q uerido papá — le escribió el verano siguiente— hace ya m ucho tiempo
que nadie m e llam a “D iablo N egro”, y lo e ch o m ucho de m enos». *71
La m ayoría de las d olen cias d e A nna, com o e l dolor de espalda, le
parecían a Freud psicosom áticas, en tanto iban acom pañadas de cavilacio
ne s y o b se s io n e s m en ta les que e lla m ism a cr iticab a severam en te por
in su sta n cia les.12 El la anim ó a que le informara sobre sus síntom as, y no
qu ed ó defraudado: a principios de 1912, todavía quejosa, escudriñó sin res
triccio n es su estado m ental en una carta a su padre. L e escribió que no
estaba ni enferm a ni bien, pero s í insegura con respecto a lo que padecía.
“P ero de algún m odo algo s e desprende de m í”, y en tonces se sentía fatiga
da y preocupada por todo tipo de c o sa s, in clu so por su o ciosid ad .13 Desea
ba ser razonable, c o m o su herm ana m ayor, M athilde. “ Q uiero ser un ser
hu m ano sensato, o por lo m en o s lleg a r a se rlo .” Pero tenía días m alos.
“Tú sabes — le recordó a su padre— qu e no te habría escrito todo esto,
porque no m e gusta im portunarte.” Pero é l m ism o le había pedido que lo
hiciera y , añadió Anna en un postscripium , “no podría escribirte nada más
porque y o m ism a no sé nada m ás, pero por supuesto que no te guardo nin
gún secreto” . L e rogaba que é l le respondiera pronto: “ Entonces seré sen
sata, si m e ayudas un p o co ” . *n
Freud estaba totalm ente disp uesto a ayudarla. En 1912, con M athilde
casada y Sophie preparada para seguir e l ejem plo de su hermana, Anna se
con virtió en su “querida hija ú n ica”, seg ú n a é l le gustaba llamarla. En
n o v iem b re, cuando A nna acababa de viajar, para pasar varios m eses, al
popular balneario de M etano, en e l N orte d e Italia, é l le aconsejó que se
relajara y distrajera; en cuanto s e hubiera acostum brado al o c io y al sol
— le d ijo— seguram ente aum entaría de p e so y se sentiría mejor. • w Por su
parte, A nna le recordó a su padre cuánto lo extrañaba. “Siem pre com o
todo lo que puedo, y so y totalm ente sensata — le escribió desde M erano— .
P ie n so m ucho en ti y esp ero con an sia que m e escribas cuando tengas
tie m p o .” * « E ste era un tem a constante; ¡el padre era un hom bre tan ocu
pado! A nna propuso volv er a casa, pero él la instó a que se quedara más
tie m p o , *76 inclu so aunque a sí n o pudiera asistir a la boda de Sophie, pro
yectada para m ediados de enero de 1913. S e trataba de una astuta sugeren
cia terapéutica. A n na le había c o n fe sa d o antes que sus “interm inables
12 A lgu n os d e esto s problem as de sa lu d (poT ejem p lo, d ificu ltad es m enstrua
le s), persistieron. “ M e siento particularm ente fe liz — le escr ib ió a su padre en
1920— porque ayer m e in dispu se y no aftadí ninguna m ed ica c ió n extra, y esta
ve z lo he tolerado bien” . (A n na Freud a Freud, 16 de noviem bre de 1920, Freud
C o lle ctio n , LC.)
13 E ste tam bién era un tem a recurrente en la corresp ond en cia con su padre.
“ ¿Por qué siem pre m e siento tan fe liz cuando no ten go nada que hacer? — le pre
gun tó c o n tristeza en el verano de 1919— . D esp u é s de todo, m e gusta trabajar;
¿o só lo m e lo parece?" (Anna Freud a Freud, 2 de ago sto d e 1 9 1 9 , ib íd.)
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [4 8 3 ]
d isp u ta s” c o n S o p h ie le resultab an “ te rrib les” , p u esto q ue le gustaba
Sop hie y la admiraba, pero ésta no le prestaba atención. E sos estallidos
de autodenigración eran, y sigu ieron siend o, característicos de Anna. Ni
siquiera el padre, que ejercía sobre ella una influencia a m enudo d ecisiva,
podía convencerla por co m p leto de que las c osas eran distintas.
Pero lo intentaba. A su ju ic io , A n na ya tenía bastante edad com o para
absorber algunas verdades psicoanalíticas; en todo caso, ya exam inaba su
propio estado m ental. Estaba claro que la próxim a boda de la hermana su s
citaba en ella em o c io n e s poderosas y con flictivas. A nna reconoció que, al
m ism o tiem po, quería v o lv e r a casa para ver a Sophie casada, y perm ane
cer lejos; por una parte, estaba contenta de poder descansar tan cóm od a
m ente en M erano; por otra, lam entaba n o ver a Sop h ie antes de que la her
m ana abandonara el h ogar paterno. P ero, sin duda estaba “ m ucho m ás
sensata” que antes. “T e sorprendería cu án to, pero desde lejos no puedes
advertirlo. Y llegar a ser tan sensata co m o tú piensas [que deb o serlo]
— c o n clu y e con un suspiro ca si a ud ib le— e s dem asiado d ifíc il, no sé si lo
aprenderé” *78 E stos a u toexám en es le proporcionaban a Freud la oportuni
dad de intervenir. Las distintas d o len cia s de la jo v e n — le dijo— tenían un
origen psico ló g ico ; p rovenían d e sen tim ientos con fu sos acerca de la boda
de Soph ie y M ax H alberstadt, e l futuro esp o so . “ D espués de todo, sabes
que eres un p o co rara.” N o la culpaba por sus “c e lo s de Sophie", que data
ban de años, y que e n gran m edida consideraba obra de la propia Sophie.
Pero él pensaba que A nna había transferido e so s c elo s a M ax, y que eso la
atormentaba. Y estaba o cu ltá n d o les a lg o a lo s padres, “quizá tam bién a ti
m ism a ”. S uavem en te, la in stó a “n o guardar secretos. N o seas ve rg o n zo
sa” . Parecía estar en e l papel del analista que aconseja a su analizando que
hable con libertad. Pero c o n c lu y e co m o un padre: “ D espués de todo, no
tienes que seguir siendo eternam ente una niña, sino adquirir el coraje de
mirar a lo s o jo s, co n v a lo r, a la v ida y a to d o lo que su p on e”.
P a r a F r e u d , una c o sa era animar a A nna para que creciera, y otra
totalm ente distinta p e r m itir le crecer. Durante años, ella sig u ió siendo “ la
pequeña”. La afectuosa caracterización “m i querida hija única”, que ju g u e
tonam en te le a p licó m ien tra s S o p h ie estaba com p rom etid a, reapareció
regularm ente después de que S o p h ie s e casara. En m arzo de 1913, Anna
era su “pequeña, ahora hija única” , **° su “pequeña hija única” , •»» a la que
lle v ó con sig o a V en ecia aquella prim avera en unas breves vacacion es, que
Anna esperó anhelante y disfru tó inm ensam ente. U n viaje italiano “c o n ti
g o — ex c la m ó — lo hace todo m u ch o m ás h erm oso” . * « M ás tarde, en ese
m ism o año, Freud le c o n fe s ó a Ferenczi que su “hijita” A nna le hacía pen
sar en C ordclia, la hija m enor d el R ey L ear;i**« de allí surgió una con -
m El tem a de la hija m enor nunca perdió su actractivo para Freud. En 1933,
cu an d o E rnest J o n e s le h iz o sa b er q u e su m ujer e sta b a em b a ra za d a , F reud
[484] R e v is io n e s : 1915-1939
m ovedora m editación sobre e l papel de las mujeres en la vida y la muerte
d e un hom bre, "El m o tiv o de la elecció n del co fr e”, publicada el m ism o
año. H ay una encantadora fotografía de Freud y Anna com o com pañeros,
tomada en las D olom itas en esa época: Freud aparece en ropa de cam po
con un som brero airoso, chaqueta con cinturón, pantalones recogidos en
unas gruesas botas; lo c o g e d el brazo una Anna serena, que lleva un sen c i
llo v estido de tipo alpino, co n falda larga y delantal, ajustado a su delgada
figura.
Incluso en el verano de 1914, cuando Anna tenía c a si diecin u eve años,
Freud todavía la llam ó “m i hijita” *** en una carta a E m est Jones. Pero
esta v e z ten ía un m o tiv o a d icio n a l. Estaba p rote g ie n d o a A nna de la
pasión am orosa de Jones. “S é de m uy buena fuente — la alertó el 17 de
ju lio , cuando ella se preparaba para partir a Inglaterra— que e l doctor
Jones tiene serias in tenciones de conseguir lu m ano.” Se declaraba reacio a
interferir en esa libertad de e lecció n de la que habían gozado las dos herma
nas m ayores. Pero puesto que A nna, en su “jo v en v id a” no había tenido
aún ninguna propuesta, y había v iv id o “in c lu so m ás íntim am ente” con
sus padres que M athilde y Sophie, Freud consideraba adecuado que ella no
tomara ninguna d e c isió n im portante sin “estar segura co n anticipación de
nuestro (en e ste ca so , m i) c o n sen tim ien to ”. **3
Freud tuvo buen cuidado de recomendar a Jones com o un am igo “y
m uy v a lio so colaborador”. Pero “esto podría ser de lo más tentador para
ti” . En c o n se c u e n c ia , s e se n tía o b lig a d o a expresar d o s o b je c io n e s al
hecho de que Jones y su “hija única” formaran pareja. En primer lugar, "es
nuestro d eseo que n o te com prom etas ni ca ses antes de haber v isto , apren
dido, v iv id o un p o c o m ás” . S in duda, n o tenía por qué pensar en el m atri
m onio en los p róxim os cin c o años. Y , le dijo Freud, hablando desd e las
profundidades de su p enoso recuerdo de la prolongada y frustrante espera
que representó su n o v ia zg o con Martha Bernays, a ella se le debía ahorrar
una relación de e s e tipo, d em asiado larga. En segu n d o térm ino, Jones
tenía treinta y cin c o años, es decir, casi la doblaba en edad. A unque sin
duda era un hombre “ tierno, de buen corazón”, “que amaría a su e sp o sa ...
y se mostraría m uy agradecido por su amor", necesitaba una mujer mayor,
m ás mundana. Jones — ob serv ó Freud— se había hech o a s í m ism o a par
tir de una “fa m ilia m uy hum ilde y que llevaba una vida m uy d ifíc il”; esta
ba en gran m edida enam orado de la cien cia , y “le faltaba el tacto y la sutil
consideración” que una persona com o Anna, una “m alcriada” , “una chica
m uy jo v en y un tanto reservada”, tenía derecho a esperar de su marido. Por
cierto — agregaba Freud, clavando más profundamente el cuch illo— Jones
respondió: “ S i éste resultara ser el hijo m enor, los h ijo s m en o res, c om o usted
puede ver en m i fam ilia, no so n exactam ente lo s p e o res”. (Freud a Jones, 13 de
enero de 1933, Freud C o lle ctio n , D 2, LC .)
L a m u e r t e c o n t r a la v id a [485 ]
era “m u cho m en o s independiente y necesitaba m ucho más ap oyo m oral”
d e lo que parecía a primera vista. D e m o d o que — era la c o n c lu sió n —
A nna tenía que ser prudente, afab le y a m istosa con Jones, pero evitando
quedarse a solas co n él.
E videntem ente, el hecho d e impartir a A nna estas instrucciones cuidado
sam ente equilibradas no bastó para m itigar la ansiedad de Freud. C inco días
m ás tarde, el 22 de julio, después de que ella llegara a Inglaterra, las reiteró
con suavidad y con cisión. Ella n o debía evitar la com pañía de Jones, tenía
que com portarse con él co n libertad y sin ningún em barazo, tanto com o le
resultara posible, y ponerse en “un pie de am istad e igualdad” que — le dijo
a Anna— es particularmanete fácil de m antener en Inglaterra. *»7 Pero tam
p oco esta segunda prevención atem peró su s preocupaciones. El m ism o día
le escribió a Jones “unas poca s lín ea s” — según le inform ó en seguida a
Anna— , “que le harán desistir de tod o ased io . .. sin ofenderlo”. *<*
E sas “p ocas lín ea s” con stitu y en un cu rio so docum ento. “T al v ez usted
no la c o n o zca lo bastante — le esc r ib ió Freud a Jones— . E lla es la m ás
dotada y perfecta de m is h ijo s, y adem ás un carácter valeroso, llen o de
interés por aprender, conocer lugares y llegar a com prender el m undo.” **»
Esto n o era m ás que lo que ya le había d ic h o directam ente a Anna. *>° Pero
a continuación e l tono de Freud cam bia, pasando a lo que se podría deno
minar una idealización victoriana. “Ella no pretende que la traten co m o a
una m ujer, pues aún está m u y le jo s d e albergar anhelos sex u a les, y más
bien tiende a rechazar al hom bre. Entre e lla y y o hay un franco entendi
m ie n to en cu a n to a que n o d e b e p en sa r e n el m a trim on io ni en lo s
prelim inares hasta que tenga d o s o tres años m ás. N o creo que e lla vaya a
rom per el pacto.” • ’ > Sab em os qu e e s e “ p acto” era im aginario; só lo existía
una firm e sugerencia de Freud a Anna para que todavía no pensara seria
m ente en lo s hom bres. Sin duda, esta estratagem a no era traída por los
p elo s ni irrazonable: Freud le d ijo a otros, y a la propia Anna, que, desde
el punto de vista em o cio n a l, la edad d e ella era m enor que la cronológica.
Pero lo m ás im portante residía e n que Freud, de una m anera no m uy sutil,
estaba advirtiendo a Jones que dejara a su hija en paz. Ahora bien, afirmar
que A nna, una jo v e n desarrollada, no experim entaba sentim ientos sexu a
le s, p arecía propio de un bu rgu és co n v e n c io n a l que no hubiera le íd o a
Freud. Tal v e z podría considerarse c o m o parte de la insinuación de Freud
en e l sen d d o de que si Jones ponía las m anos sobre A nna, e llo equivaldría
a abusar de una niña, velada advertencia a la que Jones, en vista de las acu
saciones por las que había tenido que abandonar Inglaterra la década ante
rior, no pod ía sin o ser ex trem ad am en te se n sib le . Pero la n eg a c ió n que
estaba realizando Freud de la sexualidad de su hija no era propia del estilo
freudiano; se puede interpretar c o m o la em ergencia del deseo de que su
niña siguiera sien d o una niña: la su y a .u
15 El ún ico p u n to com p arab le d e lo s escritos de Freud, en e l qu e n ieg a sus
[486] R e v is io n e s : 1915-193 9
La respuesta de A nna representó otro ejercicio de poca autoestim a.
“Lo que m e escribes sobre el aprecio del que g o z o en la fam ilia — le escri
b ió desde Inglaterra— e s m uy bonito, pero no puedo creer totalm ente que
sea verdad. Por ejem plo, no creo que en casa se notara m ucho la diferencia
si y o ya no estuviera. C reo que s ó lo y o sentiría esa diferen cia.” Resulta
d ifícil decir hasta qué punto ex actam en te E m est Jones com prendió esa
p eq ueñ a c o m ed ia , de la cual é l era protagonista involuntario. P ero de
algún m o d o advirtió con m ucha claridad el tipo de relación que Freud m an
tenía co n su hija. A nna, le respo n dió al m aestro, “tiene un h erm oso carác
ter y sin duda será una mujer notable m ás adelante, si su represión sexual
no la echa a perder. D esde lu eg o — agregó— , está trem endamente atada a
usted, y éste es uno de e so s ca so s raros en los que el padre real correspon
de a la im ago del padre”. •*» Se trataba de una observación perspicaz, que
n o podía sorprender a Freud. Pero éste no estaba preparado para aceptar lo
que suponía.
C o m o s a b e m o s , A nna Freud, sa lió sana y salva de su aventura in g le
sa. V o lv ió a su casa un m es m ás tarde, después de recorrer afanosam ente
m uchos lugares (en algunos c a so s en com pañía de Jones), soltera e intac
ta. L os años que sig u iero n — d e guerra, r ev olu ción y lenta reconstruc
c ió n — pueden ser v is to s , retrosp ectivam ente, co m o un en sa y o para su
carrera de psicoanalista. Pero la ruta que sig u ió Anna con el objeto de co n
vertirse en freudiana fue un tanto tortuosa. Estudiaba m agisterio; se lic e n
c ió y, cuando tenía p o co m ás de vein te años, ejerció en una escu e la de
niñas. Sin em bargo, resultaba claro que no estaba destinada a ser maestra
para siem pre.
D e niña, recordó años m ás tarde, so lía sentarse a las puertas de la
b ib lio teca del padre en B erggasse 19 y “escuchar sus discursos con los
v isita n tes. E so m e resu ltó m uy ú til”. El estudio directo de los libros de
Freud lo fue aun m ás. Durante su prolongada estancia en M erano, en el
inviern o de 1 9 1 2 -1 9 1 3 , in form ó que estaba leyendo “algu n os” de e llos.
“Esto n o tiene que sorprenderte”, escrib ió un tanto a la defensiva. “D e s
pués de todo, ya so y grande, y n o es nada extraño que m e interesen.”
S ig u ió ley en d o , p id ién d o le al padre que le explicara térm inos técn icos
tales co m o “transferencia”, * * y en 1916 asistió a la segunda serie de las
con feren cia s introductorias de Freud, sobre los su eñ os, en la u n iv er si
dad. Esas actividades educativas confirm aban en gran m edida su am bi
c ió n em brionaria de llegar a ser p sico a n a lista, c om o su padre. AI año
siguiente, cuando a sistió a la últim a serie de conferencias de Freud, sobre
propias com p rensio nes c o n id én tica seguridad , e s el pasaje de L a in te r p re ta c ió n
d e lo s su eñ o s en el qu e d ice que lo s n iñ o s no tien en sen tim ien to s sex u a le s. (V é a
se la pág. 1 7 6 .)
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [4 8 7 ]
las neurosis, o b serv ó entre lo s presentes a H elene D eu tsch , q ue llevab a la
bata blanca c o m o sím b o lo d e su p rofesión de m éd ico. Im presionada, e n su
casa le dijo a su padre que quería estudiar m edicina con la finalidad de pre
pararse para ejercer c o m o psicoanalista. Freud n o objetó sus planes a largo
plazo , pero no e stu v o d e acuerdo co n su d e se o de llegar a ser m édico;
Anna Freud no fu e el prim ero ni el últim o d e los segu id ores de Freud a
quien él persuadió para que siguiera una carrera de analista lego.
S ecundado por un círcu lo b ien d isp u esto, Freud introdujo progresiva
m ente a A nna en su fa m ilia p rofesional, y en algún m om en to de 1918
em p ezó a analizarla. E lla fu e invitada al congreso internacional de p sicoa
nalistas d e Bu dap est e s e m ism o año, p ero n o pudo acudir por su s o b lig a
cion es d e maestra D o s años m ás tarde, cu ando lo s analistas se reunie
ron en La H aya, tuvo m ás suerte, y acom pañó a su o rg u llo so padre a las
sesio n es c ien tífica s y a las com idas d e confratem ización . Sus cartas iban
pon ién dose a la altura d e su creciente refinam iento psicoan alítico. Durante
algunos años le había co m u n ica d o a su padre sus su eñ os m ás interesantes,
prin cip alm en te lo s m ás te r ro rífico s, pero ahora se p u so a analizarlos;
Freud respondía co n interpretaciones. * “» S e descu b rió a sí m ism a incu
rriendo en lapsus escrito s. *101 A nna se contaba entre las prim eras personas
que leían las n uevas p ub licacion es de su padre.*® A sistía a encuentros p si
coana lítico s, y n o s ó lo en V ien a. En una carta que le e n v ió a su padre d e s
de Berlín en noviem b re de 1 9 2 0 incluyó algunas evalu a cio n e s agudas y
certeras sobre lo s se g u id o res d e é l, en v id ia n d o abiertam ente a quienes,
com o “la p equeña M iss S ch o tt” , ya estaban analizando niñ os. “ Ya lo ves
— agregó co n un tono de autorreproche— todos pueden hacer m ucho m ás
que y o.” En esa é p o ca había renunciado a su puesto de m aestra, experi
m entando sen tim ien to s c o n fu s o s ,» y se estaba form ando c o m o psicoan a
lista.
Sus prim eros “p a c ie n te s” fueron sus sob rinos, los hijos huérfanos de
su herm ana S o p h ie, E m stl y H ein ele. En 1 9 2 0 pasó buena parte del tiem
po con e llo s en H am burgo y , durante e l verano, en A u sse e . E m stl, qu e ya
tenía m ás de s e is a ñ o s, y qu e a Freud le gustaba m u ch o m en os que el
encantador y frágil H ein ele, era su principal preocupación. L ogró que el
niño le contara c u e n to s, y e x p lo ró co n é l m isterios tan graves c o m o e l de
dónde v ien en lo s b eb és y q ué sig n ifica la m uerte. * 1M Esas con versaciones
in form ativas c o n fid e n c ia le s p erm itieron a A n n a analizar e l m ied o del
pequeño a la oscuridad co m o una c o n secu en cia d e la advertencia d e su
16 El 16 de n o v ie m b r e de 1 9 2 0 , e sc r ib ie n d o d e sd e B e r lín , le in fo r m ó a
Freud: "E stoy le y en d o co n m ucho placer tu nu eva obra [M á s a llá d e l p r in c ip io d e
placer]. C reo qu e e l y o id ea l m e cae m uy b ien”. (Freud C o lle c tio n , LC.)
17 En agosto in form ó de qu e “hasta ahora, n i por un m inu to he lam en tado m i
renuncia a la e scu ela ” . (A n na Freud a Freud, 21 de a g o sto d e 1 9 2 0 , ib íd .) Pero en
octubre se le quejó a su padre d e qu e sentía desd ich ada y añoraba la escu ela . (V éa
se Freud a A nna Freud, 25 de octubre de 1920, ib íd.)
[488] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
m adre (en realidad, una am enaza) en cuanto a que si seguía “jugando con
su m iem b ro, se pondría m uy en ferm o ”. *»«• A parentem ente no todos lo s
m iem bros de la fam ilia obedecían las indicaciones p edagógicas de Freud.
A nna con tin uó co n esto s a n álisis prim erizos de n iños. E m pezó a anali
zar lo s sueñ os de otros, * 10* y en la primavera de 1922 escrib ió un artículo
sobre p sicoanálisis que esperaba utilizar co m o carta de presentación para su
in greso en la Sociedad P sicoanalítica de V iena (si contaba co n e l consenti
m iento del padre). Le dijo a Freud que era algo que deseaba mucho. *'<* A
fin es de m ayo, su d e se o se con virtió en realidad. El artículo, sobre fanta
sía s d e ca stig o fís ic o , se basaba en parte en su propia vida interior, •»»
pero e l origen sub jetivo de la argum entación no privaba a la aportación de
su carácter c ien tífico . “ M i hija A nn a — le inform ó Freud a Jones, con pla
cer, a principios d e ju n io — le y ó un buen trabajo e l pasado m iércoles”. * ,<B
D o s sem anas m ás tarde, después de haber realizado todos los trámites for
m a les, pasó a ser m iem bro de pleno derecho de la Sociedad.
D esp u és de esto , la reputación de A nna entre los íntim os de Freud cre
c ió rápidam ente. Y a en 1923 L udw ig B insw anger le h iz o notar a Freud que
el e s tilo de la hija n o se d istinguía del e stilo del padre. *>°» Y a fines de
19 24, A braham , E itingon y Sachs escribieron desd e B erlín sugiriendo que
se incorporara al círculo íntim o: n o trabajaría “só lo co m o secretaria del
padre” (lo que había h ech o durante años), sin o que participaría en el inter
ca m b io in telectu a l, y , en o ca sio n es, e n sus en cuentros. *'>0 D esde luego,
sabían que e sa esp e c ie de tributo agradaría a Freud. Pero la propuesta tam
b ién reflejaba la co nfian za que los m ás valorados co leg a s del maestro ha
bían lleg a d o a depositar en el ju icio d e A nna Freud.
M i e n t r a s F r e u d a l e n t a b a sin reservas las aspiraciones profesiona
le s de su hija, se g u ía d iscon form e co n la vida privada de Anna. Las em o
cio n e s d e ella no se veían oprim idas ni forzadas a seguir vías subterráneas;
A nna Freud disfrutaba ostentosam ente de la vid a y de los placeres de la
am istad. Su padre recon ocía su n ecesidad d e com pañía y procuraba animar
la: cu a n d o in v itó a Lou A nd reas-S alom é a fin es de 1921 a que visitara
B e rg g a sse 19, lo hizo p rincipalm ente pensando en su hija. “A nna tiene
una com prensib le sed de am istad fem enina — le escribió a E itingon— d es
p ués d e que la inglesa L o e, la húngara Kata y su Mirra le han sid o arreba
tadas” . L oe Kann, antigua am ante de Jones y p acien te de Freud, había
v u e lto a Inglaterra. Kata L ev y , co n c lu id o su análisis con Freud, estaba
v iv ie n d o en B udapest. Y Mirra, la esposa de E itingon, se encontraba con
su m arido en Berlín. “ D e p a so , para m i alegría, ella está florecien te y ani
m ada — agregaba Freud— ; só lo m e cab e desear que encuentre pronto una
razón para cam biar su cariño hacia el viejo padre por otro duradero.” •>"
En una carta a su sob rin o in g lés, se lam entó de q ue A nna fuera “un éxito
en todo lo s sentidos, sa lv o en que no ha tenido la suerte de encontrar un
hom bre adecuado para e lla ” . * ‘>2
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [4 8 9 1
El b en év o lo p ropósito freudiano de hallarle a su hija una am iga digna
de ella e x c e d ió sus esperanzas m ás queridas. En abril de 1922, Anna reali
z ó una larga v isita a su n u ev a am iga de G otinga, una m ujer “realm ente
m ag n ífica ”, y reanudó las c o n v ersa cio n es con fid en cia le s, ca si analíticas,
iniciadas durante la v isita de L ou A ndreas-Salom é a V ien a el año anterior.
La intim idad entre am bas adquirió m atices m ísticos; A nna aseguraba que
sin la ayuda d e Frau Lou, que le fue proporcionada de “un m od o extraño y
o c u lto ”, habría sid o totalm ente incapaz de escribir su artículo sobre las
fantasías de c a stig o fís ic o . * 11J Freud se sentía exultante c o n e se éx ito .
“A hora ella está profundam ente unida” a Frau Lou, le inform ó a Freud a
Jones en ju n io de 1 9 2 2 , * 114 y al m es sig u ie n te le ex p resó su gratitud a su
“querida L ou” por su actitud “ am orosa” para con “ la niña”. Anna — esc ri
bió— había anhelado durante añ os co n ocerla m ejor. Y , “para llegar a a lgo
— para em pezar, c o n fío e n que tien e ap titu des— n ec esita in flu en cias y
asocia cio n es que satisfagan altas e x ig en cia s. Encerrada, a través de m í, en
su lado m ascu lin o , hasta ahora ha ten id o m uy m ala suerte co n sus am i
gas. Se ha desarrollado lentam ente — agregaba— ; no só lo en su aspecto
físic o parece m ás jo v e n d e lo q u e en realidad e s” . Sin ocultar m ucho, per
m itió que em ergieran a la su perficie su s d e s e o s contradictorios. “ A v e c e s
le d e se o que encuentre cu an to antes un hom bre bueno, y a v e c e s tiem b lo
ante la pérdida."*115 Las d o s m ujeres, de edad muy dispar pero que c o n g e
niaban por sus intereses p sic o a n a lítico s y por su com ú n adm iración por
Freud, em pezaron pronto a tutearse, y su am istad perduró.
Pero la perturbadora realidad de la soltería de Anna no dejaba en paz a
Freud. E n 1925 v o lv ió sob re el tem a, de nu evo en una carta a Sam uel
Freud: “ Por ú ltim o , pero n o lo m en o s im portante: A nna; podem os estar
orgu llo so s de e lla . Es una analista p edagoga, está tratando a niños d ifíc ile s
norteam ericanos [,] ganando m uch o dinero, del que d ispone de un m odo
m uy g en eroso, ayudando a m ucha gente pobre; e s m iem bro de la A so c ia
ció n y A Internacional, ha adquirido m u cho renom bre por sus trabajos
escritos y g o za del respeto de sus colaboradores. Pero acaba de cum plir 30
años, n o parece decidida a casarse y , ¿quién puede decir si sus intereses
actuales la harán f e liz en lo s años v en id eros, cuando tenga que afrontar la
vida sin su padre?" * 117 Era una buena pregunta.
U n a y o t r a v e z , A nna le h iz o saber hasta qué punto ocupaba é l su s
pen sa m ien to s m ás a fe c tu o so s. “S eg u ra m en te n o puedes im aginar có m o
p ien so con tinu am ente en ti” , e sc r ib ió en 1 9 2 0 . *»* V igilaba las d ig e stio
nes o e l e stó m a g o de é l c o n la so licitu d d e una madre o (tal v e z m ejor) de
una esp osa. A m ediados d e ju lio de 1922 ded ujo con sensibilidad, a partir
de unos poco s in d icio s, q ue podría estar enferm o. “¿Sobre qué tratan tus
d os artículos? — le preguntó, pasando e nsegu ida, ansiosam ente, a su preo
cu pación principal— : ¿ N o está s d e buen án im o, o só lo m e lo parece por
tus cartas? ¿ N o e s G a stein tan h erm oso c o m o lo era?” Esto ocurría
[490 ] R e v is io n e s : 1915-1939
m ás de dos sem anas antes de que Freud le admitiera en confianza a Rank
que su salud era dudosa. Ella defendió con celo el derecho del padre a d es
cansar y recuperarse, in clu so aunque tuviera que sacrificarse pecuniaria
m ente. “ N o te dejes atormentar por lo s pacientes. — lo instó— y deja que
todas la s m illo n a d a s sig a n lo c a s , n o tien en ninguna otra co sa q ue h a
c e r ” *>“ D esde 1 9 1 5 en adelante, años antes de em pezar el análisis, y con
la m ism a intensidad durante el m ism o, registró para su padre expresivos
sueños acerca de desórdenes profundos. Su “vida nocturna”, com o ella la
llam aba, era a m enudo “ incóm oda” , *•« e incluso con m ayor frecuencia,
terrorífica. “ A hora c a si siem p re ocurre algo m alo en m is su e ñ o s — le
esc r ib ió al padre en el v erano de 1 9 1 9 — sobre matar, disparar o m o
rir.” A lg o m alo le había estado sucedien do en sus sueños durante años.
Reiteradam ente so ñ ó que perdía la vista, lo que la aterrorizaba. S oñ ó
que tenía que defender una granja perteneciente a ella y a su padre, pero al
sacar el sable descubría que estaba roto y quedaba humillada ante el en em i
go. Soñó que la prom etida del doctor Tausk había alquilado un aparta
mento en B erggasse 2 0, frente a la casa de los Freud, para matar a su padre
con un disparo de p istola. T o d o s esto s sueños invitan a una interpreta
ción que tenga en cuenta los apasionados sentim ientos que en ella su scita
ba el padre. Pero la d eclaración m ás transparente, casi un sueño infantil
por su carácter directo, se produjo en el verano de 1915. “R ecientem ente
soñ é — inform ó Anna— que tú eras un rey y yo una princesa, que cierta
gente quería separam os por m ed io de intrigas políticas. N o fue agradable,
muy agitado.” 18 * 12*
A lo largo de los años, Freud obtuvo abundantes pruebas de que la
tierna e imperturbable v in culación de su hija con él bien podría afectar a la
capacidad de ella para encontrar un esposo adecuado. Antes de em pezar a
analizarla, respondía a los inform es o níricos de Anna com o de pasada, casi
con ligereza. Pero le resultaba im p o sib le pasar por alto el apego que sen
tía por é l. *127 En 1 9 29, sin darle im portancia, le habló a E itingon del
“com p lejo paterno” * ' 2s de su A nna. Sin em bargo, aunque era un estu d ioso
consum ado de la p olítica fam iliar, no lle g ó a apreciar com pletam ente cuál
era su aportación a la resistencia que sentía su hija para c o n e l m atrim o
nio. Otros lo advirtieron c o n m ás claridad. En 1921, cuando los “d iscíp u
lo s ” norteam ericanos se preguntaron por qué Anna Freud, “una joven m uy
atractiva, n o se casaba, u no de tales analizandos, Abram Kardiner, sugirió
una respuesta que le parecía obvia. “ B ien , miren al padre”, le dijo a sus
am igos. “Este es un ideal que m uy p o co s hom bres pueden alcanzar y segu -
18 E lla r econ o cía totalm ente la naturaleza infantil de sus su eñ o s de esa ép o
ca. Tres días antes de enviar ese in form e, había narrado un su eñ o que en gran
m ed ida tenía que ver c o n el c a fé y ia crem a batida. O bservó que se trataba prácti
cam ente de un “retorno" d e l su eñ o de la s «fresas» que tuvo a lo s d iec in u ev e m eses
y que desp ués le y ó en L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ os. (Arma Freud a Freud, 3 de
ag o sto de 1915. ib íd .)
L a m u er te c o ntr a la v id a [4 9 1 ]
ram em e sería un r ev és para ella unirse a un hom bre inferior,” * 1» D e haber
reconocido com p letam en te el poder que tenia sobre A nna, Freud habría
vacilad o en psicoanalizarla.
Ese a n á lisis fu e su m am en te irregular, y Freud, lo m ism o que su hija,
tuvieron que saberlo por fuerza. Se p r olongó durante m ucho tiem po. D es
pués de iniciarse en 1 9 18, con tin u ó durante m ás de tres añ os, y volvieron
a él en 1 9 2 4 , am p liá n d o lo un año m ás. * no Sin em bargo, Freud nunca se
refería a e se an á lisis en p ú b lic o , y s ó lo raramente lo h iz o en privado;
Anna Freud no fue m enos discreta. C ontinuó proporcionándole al padre-
analista sus sueños y sus atorm entadas fantasías, las h istorias q ue s e c o n
taba a s í m ism a. * 131 Pero éste era un tema íntim o del que no hablaba con
casi nadie. En 1 9 19, al ca b o de un a ño d e a n álisis, com partiendo una cura
de verano en Bavaria co n una am iga, M argaretl, respondió a las c on fid en
cias de esta últim a sobre sus tratam ientos m éd icos, con una confidencia
propia. “ Le dije — le inform ó A nna a su padre— qu e tú m e estás analizan
do.” * !” N aturalm ente, L ou A n dreas-S alom é co n ocía el secreto, lo m ism o
que M ax E itingon , y m ás tarde, un puñado de personas m ás. Pero sig u ió
siendo una cu estión privada celosam ente guardada.
N o e s de extrañar. Las enseñan zas freudianas sobre cóm o el analista
debe manejar la transferencia del analizando y su propia contratransfcren-
cia, so n in eq uívocas. Su d e c isió n d e llevar a A nna al diván parece una c a l
culada transgresión a las reglas que había estip ulado con tanta fuerza y pre
c isió n (para lo s otro s). En 1 9 2 0 , al escrib irle a Kata L e v y d esp u é s de
haber co n c lu id o su an á lisis co n él, le ex p resó la satisfacción de poder diri
girse a ella sim p le y cá lidam en te, “sin la rudeza didáctica del análisis, sin
tener que ocultar la cordial am istad que sien to por usted". Y después de
que Joan R iviere em pezara a analizarse, dos años m ás tarde, habiendo pre
viam en te rea liza d o un a n á lisis c o n E m est Jones, Freud interrum pió su
correspondencia c o n Jones, reprochándole severam ente a este últim o su
conducta analítica para c o n la m ujer. Ella se había enam orado del in g lé s, y
éste estropeó la relación transferencia!. “ M e com p lace — escribió Freud—
que no haya tenido relacion es se x u a le s co n e lla, co m o sus sugerencias m e
hicieron sospechar. D esde lu eg o , fue un error hacerse am igo de e lla antes
de que el análisis terminara.”
¿Qué decir, enton ces, del error técn ico que estaba com etiendo Freud en
esc período co n su hijo m enor? El propio Freud no pensaba ser un trans-
gresor: en lo s prim eros años d el p sic o a n á lisis, las reglas que había pro
puesto se aplicaban a v e c e s y a m en ud o eran violadas; el ideal de la d istan
cia a n a lític a era to d a v ía f lu id o y e m b r io n a rio . Ju n g, e n su p e r ío d o
freudiano, in ten tó analizar a su esp o sa ; M ax G raf había analizado a su
hijo, el p eq ueño H ans. co n Freud c o m o supervisor en la som bra; Freud
había analizado a su s a m ig o s E itingon y F erenczi, y F erenczi, a su v ez, a
su c o leg a Ernest Jones. M ás aun; a p rincipios de 1920, años d espués de
que Freud, en su s artículos técnico s, describiera la actitud del analista con
[4 9 2 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
respecto al paciente c o m o afín a la fría conducta profesional del cirujano,
la pionera del a n á lisis de niñ o s, M ela n ie K lein , an alizó a sus propios
hijos. Cuando e l hijo m ayor del psicoan alista italiano Edoardo W eiss, que
se preparaba para ingresar en la profesión del padre, le pidió que fuera su
analista, W eiss co n su ltó co n Freud. En su respuesta, Freud dijo que un
análisis de e se tip o era “una cuestión delicada”. D ependía por com pleto de
las dos personas involucradas y de su relación recíproca. C on una hija
m enor podría ser m ás fácil; co n un hijo, habría ciertos problem as. “Con
m i propia hija r esu ltó b ie n .” *135
T al v e z . P ero , c o m o a d m itió e l propio Freud, e l a n álisis no fue fá c il,
ni siquiera cuando v o lv ie r o n a é l en 1924. Había reducido a seis la canti
dad de pacientes que atendía, pero — c o m o lo escrib ió a Lou A ndreas-
S a lo m é en m a y o — e m p ren d ió “ un sé p tim o a n á lisis c o n sen tim ien to s
esp ecia les: el de m i A nna, que e s lo bastante irrazonable co m o para a fe
rrarse a su anciano padre”. Fue com pletam ente franco con su querida Lou.
“ La niña m e trae bastantes p reocupaciones: có m o sobrellevará la vida en
soledad [después de la m uerte de Freud] y cóm o puedo sacar su libido del
lugar ocu lto en el que se ha esco n d id o ”. A dm itía que “está extraordinaria
m en te dotada para la infelicid a d y sin em bargo e s probable que no tenga
el su ficiente talento co m o para que e sa in felicidad la estim u le a realizar
una p roducción de calidad” . L o consolab a saber que m ientras Lou viviera,
su hija A nna “ n o s e quedará so la . ¡Pero e lla es m u ch o m ás jo v en que
nosotros d o s!” * 13« D urante un tiem po, en e l verano de 1924, pareció que
el a nálisis había sid o interrum pido, pero con tin u ó. “L o que usted dice
sobre las prob abilidad es d e A n na en la vida — le e scr ib ió Freud a Lou
A ndreas-Salom é en a gosto— e s totalm ente adecuado y confirm a por com
pleto m is tem ores.” Sabía que, desp u és d e lodo, la ininterrum pida depen
dencia de A nn a co n resp ecto a é l constituía “una prolon gación inadm isi
ble de una situación qu e só lo debía ser una etapa preparatoria”. * 137 Pero
que se p rolon gó. “El análisis d e A nna con tinúa”, le inform ó Freud a su
“queridísim a L ou ” durante e l m ayo sig u ien te. “E lla n o e s una persona sin
co m p lic a c io n e s, y n o encuentra fácilm en te el m od o d e aplicar a s í m ism a
lo que ahora v e c o n m ucha claridad en otros. Su transform ación en una
analista experim entada, pacien te y afable está progresando en térm inos
ex celen tes.”
Sin em bargo, agregó, la tendencia general d e su vida no le agradaba.
“T em o que su gen ita lid a d suprim ida pueda algún día jugarle una m ala
pasada. N o logro liberarla de m í, y nadie está ayudándom e a e llo .” * 138 Un
tiem po antes había form ulado su dilem a d el m od o m ás pintoresco y en fá
tico; le escribió a L ou A ndreas-Salom é qu e si A nna se fuera de casa, él se
sentiría tan deprim ido co m o si tuviera que dejar de fumar. Sin duda,
Freud se sentía désvalidam ente confu so —desgarrado, cansado de la vida—
en su relación co n su hija favorita. Estaba preso de sus propias necesid a
des y n o podía sustraerse a e lla s. “C on todos estos co n flicto s insolubles
L a m u e r te c o n tr a l a v id a [4 9 3 ]
— le había co n fesado a Lou A n dreas-S alom é ya e n 1922— , es algo bueno
que en algún m om en to la vid a term ine”. * 140
Sin duda Freud tenía todas las razones para estar tan orgu lloso de su
“A nnerl” com o encariñado co n ella . Pero e l precio em ocion al de la forma
ció n co m o psicoanalista de la jo v e n no había sid o calculado. Padre e hija,
durante el resto de la vida de él, siguieron sien d o lo s m ás íntim os aliados,
prácticam ene coleg a s en pie de igualdad. C uando en Londres, a fines de la
década de 1920, fueron atacadas las con cep ciones de A nna Freud sobre el
análisis de niños, Freud defen d ió a su hija con ferocidad;» a su tu m o, en
su clá sic a m on ografía sobre la p sic o lo g ía del yo y lo s m ecan ism os de
defensa, publicada a m ediados de la década de 1930, Anna Freud se basó en
su propia experiencia c lín ic a , pero apoyándose en los escritos de su padre
co m o fuente principal y autorizada de su s afirm aciones teóricas. Era p o se
siva con su padre, sen sib le a cualquier op in ión que pudiera siquiera sugerir
una crítica a la obra de Freud, celo sa de herm anos, pacientes o am igos,
que pudieran minar sus prerrogativas.M A principios de la década de 1920
padre e hija habían lleg a d o a ser intelectual y em ocionalm ente insepara
bles, y en adelante nunca dejaron de serlo.
E n una eta pa posterior de su vida, a Freud le gustaba decir que Anna
era “su A n tígona” . * 1J> N o s e preocupó por explicar la razones del apodo:
Freud era un europeo educado que les hablaba a otros europeos educados y
había acudido a S ó fo c le s en busca de una com paración cariñosa. Pero los
significad os de "A n tígona” son dem asiado ricos co m o para dejarlos com
pletam ente de lado. El nom bre subraya la id en d ficación de Freud con Edi
po. O sado descubridor de lo s secretos de la humanidad, el héroe epónim o
del “com p lejo nuclear", e l asesin o del padre y amante de la madre. Y hay
más. Es bien sabido que tod os lo s hijos d e E dipo estaban e x cep cion alm en
te unidos a él; puesto que lo s había engendrado en su propia m adre, eran al
m ism o tiem po su p r o g en ie y sus herm anos. Pero entre ello s sobresalía
Antígona; era su com pañera servicial y fie l, del m ism o m odo que Anna
lle g ó a ser durante años la cam arada preferida del padre. En E d ip o en
C o lo n a , es A n tíg o n a la que lle v a de la m ano al padre c ie g o y, en 1923,
i9 V éa n se las p á g s . 5 2 2 -5 2 3 .
70 C uando Ernest Jones c o n su ltó a A nna, m ientras escrib ía la bio g ra fía de
Freud, ella recordó su s c e lo s sin ninguna reserva. “ M e ha sorprendido un poco
qu e usted m en cio n e a M rs. R iviere" , a nalista y b rilla n te traductora, entre “las
m ujeres de su vida. D eb ió d e desem peñar un cierto pap el, pu esto que recuerdo
haber estad o c elo sa d e e lla (¡u n sig n o se g u r o !)”. A sim ism o , cuando Jones m en
cio n ó que Freud g o zó de la ayuda de alguna “ secretaria" e n 1 9 0 9 , A nna se pregun
tó quién podría haber sid o . ¿Su hermana M ath ild e? Probablem ente no. “ R ealm en
te no lo sé , y e llo m e p o n e c e lo s a .” (A n na Freud a J o n es, 14 d e febrero y 2 4 de
abril d e 1 9 5 4 , p a p e le s de J o n e s, A r c h iv o s d e la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l
S o c ie ty , Londres.)
[494 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
fue Anna Freud quien se convirtió sin titubeos en secretaria, confidente,
representante, co le g a y enferm era de su padre herido. Se convirtió en lo
m ás p recioso de la vida de é l, su aliado contra la muerte.
El trabajo que Anna Freud realizaba para el padre no se lim itaba a
pasar a m áquina su s cartas cuando él se encontraba indispuesto, o a leer
sus tex to s en los co n g reso s y cerem onias. D esde 1923 en adelante, cuidó
su cuerpo del m o d o m ás íntim o. P úblicam ente, Freud tam bién m en cion ó
a otras personas que lo habían cuidado: “M i esposa y Anna me atendieron
con ternura”, le escribió a Ferenczi d espu és de su primera operación en la
primavera de 1923; en diciem b re, no m ucho después de la segunda
serie de operaciones, le com entó Sam uel Freud: " Sólo tengo que d ecir que,
sea cual fuere la fuerza del cuerpo que he salvado de este desastre, se la
d eb o a las tiernas a ten cio n es d e m i esp o sa y m is d os hijas” . *»« Pero
Anna fu e la enferm era en je fe .21 C uando le costaba ponerse la p rótesis, le
pedía ayuda a e lla , y por lo m en os una v ez Anna tuvo que luchar durante
m ed ia hora con e l to s c o d is p o s itiv o . * 144 L ejos de inspirar en la jo v en
resentim iento o disg u sto , esa intim idad físic a no hizo m ás que estrechar al
m áx im o lo s lazos entre padre e hija. El lle g ó a ser tan irreem plazable para
ella c o m o ella para él.
Sin duda, la m ayor parte de las seductoras maniobras de Freud tenían
un carácter inconsciente. A veces era franco hasta la ingenuidad acerca de
sus sen tim ien to s am biv a len tes sobre la vida que llevab a Anna c o n él.
“Por cierto, a Anna le va esplén didam en te”, le escribió a su ‘‘querido M ax”
Eitingon en abril de 1921. “ Está anim ada, e s trabajadora y vivaz. M e g u s
taría tanto conservarla en m i casa c o m o saber que tiene una propia. ¡Si
para e lla fuera lo m ism o !” * 145 Pero co n m ayor frecuencia seguía expresan
do tem ores con rela ció n a la so ltería de A nna. “A nna tiene una salud
espléndida — le escribió a su sobrino en diciem bre de 1921— y la felicidad
sería perfecta si n o fuera porque cum p lió sus 26 años (ayer) vivien d o toda
vía en casa.” *1** C o m o la A ntígona de S ó fo c le s, la A ntígona de Freud no
se casó nunca. Pero, para Freud, ésta no era una conclusión predeterm ina
da. Entre su s pap eles se encontró un sobre, que probablem ente dala de
m ediados de la década de 1920, que sin duda alguna contuvo un regalo en
m etá lico , seguram ente con oca sió n de un cum pleaños de Anna. En el fren
te se lee: “C ontribución para una dote o para la independencia”. *1*7
Es s in t o m á t ic o de la intim idad entre Anna y el padre el h echo de que
Freud la reclutara para sus exp erim en tos telepáticos. Cuando le escrib ió a
21 En 1926, cuando pasó a lgu nos m ese s en un sanatorio a causa de un pro*
blem a cardíaco, contó con una “enferm era” en la habitación de al lado, que “e n el
curso d e l día'* podía ser su m ujer o su hija, “pero que por la n o c h e , sin ninguna
duda, era por lo general la últim a". (F reud a E itin gon, 6 de m arzo de 1 9 2 6 . Con
perm iso de Sigm und Freud C opyrights, W iv enh o e.)
L a m u e r t e c o n t r a la vid a [4 9 5 ]
A braham, en 19 2 5 , que ella p oseía “sen sibilidad telepática”, * l4< só lo bro
m eaba a m edias. S eg ú n A nna Freud le d ijo a Em est Jones con propiedad,
“ el tem a tiene que haberlo fa scin a d o y tam bién repelido”. Jones atesti
gua que Freud disfrutaba contando historias de extrañas coincid en cias y
v o c e s m isterio sa s, y el p en sa m ien to m á g ico lo atraía hasta cierto punto,
aunque nunca de manera firm e. * lí0 Esa influencia del pensam iento m ágico
se puso de m anifiesto del m odo m ás dram ático en 1905, cuando, durante
una peligrosa enferm edad de su hija M athilde, provocó a los d io se s rom
piendo “accidentalm ente” una de sus preciadas antigüedades. * líl Pero lo
que más le intrigaba era la telepatía, por p o co concluyentes que fueran las
pruebas.
En una carta de 1921, Freud declaró que é l no se contaba “entre quienes
rechazan directam ente el estudio de los denom inados fenóm enos p sic o ló g i
co s o cultos por no ser c ie n tífic o s, por n o valer la pena, o in clu so por p e li
grosos". En cam bio, se describía co m o “ un com p leto leg o y un recién lle
gado” en e l cam po, que por otra parte no podía “d eshacerse de ciertos
prejuicios m aterialistas e sc é p tic o s”. *»M El m ism o año, redactó un m e m o
rando, “P sic o a n á lisis y telep atía” , d estinado a la discu sión c o n fid en cial
entre lo s m iem b ro s del C o m ité (A b raham , E itin gon , F er en cz i, Jones,
R ank y Sachs); e n e se artículo adoptó la m ism a postura. U n tanto m alicio
sam ente, adujo que e l psico a n á lisis no lenla ninguna razón para compartir
la opinión establecida, que condenaba con desdén los hechos ocultos. “ N o
sería la prim era v e z que [el p sicoanálisis] presta apoyo a las oscuras pero
indestructibles in tuicion es de la gente com ún contra la arrogancia autosufi-
ciente de los cu ltos. “ Pero Freud pronto advirtió que gran parte de la deno
m inada in vestigación de lo s fenóm enos m entales oscuros no era en m odo
alguno científica, m ientras qu e lo s p sicoanalistas, por otro lado, eran “fun
dam entalm ente m ecanicistas y m aterialistas incorregibles”. C om o c ie n
tífico , Freud no estaba disp u esto a alentar la superstición y la irracionali
dad; pero tam bién co m o c ie n tífic o , aceptaba investigar fen ó m en o s que
p arecían m iste r io so s y desa fia b a n las so lu c io n e s m undanas. C asi todos
e so s fenóm en os — sostuvo— son suscep tib les de ex p licacion es naturalis
tas; las profecías sorprendentes, las coin cid encias desconcertantes, norm al
m ente resultan ser p ro yeccion es de deseos poderosos. Sin em bargo, algunas
exp eriencias ocultas, particularm ente en el ám bito de la transm isión del
pensam iento, podrían ser auténticas. En 1921, Freud se m anifestó d isp u es
to a dejar la cu estió n abierta, pero, al m ism o tiem po, prefirió confinarla al
círculo más íntim o, por tem or a que una d iscusión franca acerca de la te le
patía distrajera la atención del psicoanálisis.
Sin em bargo, al añ o sig u ien te, p rescindiendo en parte de su prudencia
(pero n o de toda), Freud p u blicó un artículo más bien experim ental, d esti
nado a sus c o le g a s d e V iena, sobre los su eñ os y la telepatía. D el principio
al fin , se declaraba agn ó stico . “C on e sta con feren cia — le p revino a su
p úblico— no aprenderán nada sobre el en igm a de la telepatía, ni siquiera
[496] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
sabrán si y o creo o no en su ex iste n c ia .” * 154 En su c o n clu sió n fue igual
m ente am biguo: “ ¿Les he dado la im presión de que e stoy secretam ente dis
puesto a aceptar la realidad de la telepaü'a en su sentido oculto? Lamento
m ucho q ue sea tan d ifícil evitar una im presión de e se tipo. Pues en reali
dad quiero ser com pletam ente im parcial. T en go todas las razones para ello,
pues no ap o y o ninguna op in ió n , no sé nada sobre e llo .” * 155 U no se pre
gunta por qué Freud p u b licó el artículo; lo s su eñ os sobre los que habla no
dem uesiran la autenticidad de la com unicación telepática y, de hecho, dan
razones para una buena d o sis de escep ticism o. D espués de todo, los su e
ños pro féü co s o las com u n ica cio n es m entales a distancia lal v e z no fueran
otra cosa que actividad d e lo incon scien te, afirm ó. Parecía que sim plem en
te quería dejar la olla en e l fu eg o . “ El d eseo de creer — según escribió con
propiedad Em est Jones— luchaba duramente con la consigna en favor del
descreim iento.” * lS6
Por cierto, en la década de 1920 Freud ya les advirtió a sus c o legas
que n o asum ieran una postura dem asiado p ositiva sobre la materia. En pri
m er lugar, las pruebas n o eran con clu y en tes. Por otro lado, resultaba p eli
groso que un psicoanalista aceptara abiertam ente la telepatía com o m erece
dora d e una in v e s tig a c ió n seria . A p r in c ip io s de 1 9 2 5 , F e ren c zi les
preguntó a su s c o le g a s m ás p róxim os qué dirían si en el sigu ien te congre
so internacional de p sicoan alistas leía un trabajo sobre los experim entos
de transm isión del pensam iento que había estado realizando con Freud y
Anna. Freud se o p u so categóricam en te. “ Le prevengo contra e llo . N o lo
haga.” * 157
Pero todas esa s prudentes precauciones (que Freud siem pre a cogió con
suspicacia, si es que lle g ó a a cogerlas) lentam ente fueron siendo abandona
das. En 1926 le recordó a E m est Jones que d esde m ucho tiem po antes
había albergado “un prejuicio favorable a la telepatía" y que se había co n
tenido só lo para proteger al p sicoan álisis de una ex c esiv a proxim idad con
el ocu ltism o . Pero recientem ente “ lo s exp erim entos que he em prendido
con Ferenczi y mi hija han adquirido tal poder persuasivo para m í, que las
consideraciones diplom áticas han de ocupar un lugar secundario”.** La tele
patía le parecía fascinante — agregó— porque le recordaba (en una escala
reducida) “el gran experim ento de m i vid a”, cuando ruvo que afrontar la
incom prensión publica c o m o creador del psicoan álisis. T am bién entonces
había tenido que descartar la opinión respetable reinante. Pero — tranquili-
12 L am en tab lem en te, F eren czi n o p r o p o rcio n ó ningú n d e ta lle so b re e sto s
experim en tos. T am po co lo h izo A nna Freud. Pero m ucho más tarde e lla inform ó a
Ernest Jones que hab ían “ actuado" cierta s “ su p ersticio n es" m ientras buscaban
setas junto con su padre, y que aqu ella “ tontería” resu ltó divertida en aquella ép o
ca. Pero n o hay ninguna duda d e que e so s experim en tos tuvieron que ver con la
“ transm isión del p en sa m ien to ” . (A nna Freud a E m est Jones, 24 de n oviem bre de
1955, p ap eles de Jo nes. A rc h iv o s de la B ritish P sy ch o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on
dres.)
L a m u erte c o ntr a la vid a [4 9 7 ]
zó a Jones— “ si a lguien le reprochara a usted m i C aída en el P ecad o, tie
ne entera libertad para contestarle que mi adhesión a la telepatía es un
asunto privado m ío , lo m ism o q u e m i ju d a ism o , mi p asión por fum ar y
otras c o sa s, y que el tema d e la telepatía e s insustancial para e l p sicoan áli
sis" . * 15í A nna Freud, que cono cía m ejor que nadie la m ente de su padre,
m in im izó m ás tarde su volun tad d e creer. C o n la telepatía — le d ijo a
Jones— , «él estaba tratando de ser “ju sto ” , e s decir, de no tratarla c om o
otras personas habían tratado al psico a n á lisis. N unca v i que creyera en
algo m ás que en la posib ilid ad d e que dos m entes incon scien tes se c om u
nicaran entre s í sin la ayuda de un puente c o n scien te». * i» Esto puede adu
cirse en defensa d e Freud, pero A nna lo estaba protegiendo, co m o durante
tanto tiem po había h ech o , y c o m o nunca dejó de hacerlo.
M ien tra s F r e u d en co n tra ba en su hija una com pañera que le brin
daba ap oyo, sin duda necesario, su estad o m ental, lógicam ente, era presa
de la inquietud. E scrib ién dole a O tto Rank en abril en 1924 se quejó con
algo d e irritación de que Abraham no supiera nada de su estado: «E l espera
que m i “ in disp o sició n ” quede pronto superada», y sim plem ente “no creerá
que ahora m i program a vital y laboral e s n u ev o y reducido”. Freud le
adm itió a Jones en sep tiem bre que estaba trabajando en a lgo, pero “de
orden secundario” : un esquem a autobiográfico. “ N o hay en m í ningún nue
vo interés c ie n tífic o , ahora leja n o .” *>« Por cierto, en m ayo de 1925 se
d escrib ió a s í m ism o, escrib ién d o le a Lou A nd reas-Salom é, c o m o gradual
m ente hundido en la insen sibilid a d . Era prop io de la naturaleza de las
c osas “em pezar a convertirse en in orgánico” . El equilibrio entre las pu l
sio n e s de v id a y d e m uerte, c o n las cu a les estaba e n to n ces ocupado, se
inclinaba gradualm ente hacia la m uerte. * '« Acababa de “celebrar” su sexa
g é sim o n o v e n o cu m p lea ñ o s. P ero o ch o años m ás tarde, a lo s setenta y
siete, todavía im presionó por su vitalidad a su paciente H ilda D oolittle.
“El profesor m e dijo h ace unos días — anotó H .D . en su diario— que, si
viviera otros c in c o años, seguiría fascin ado e intrigado por las extravagan
cia s y v a ria cio n es d e la m en te o el alm a h u m an as.” * i« S in duda, esa
curiosidad lo m antenía trabajando in clu so d esp ués de sus operaciones: tra
bajando, y por lo tanto v iv o . N o m uch o d esp u és de esas op eracion es, a
mediados de octubre de 1923, aún conservaba la esperanza de poder volver
a las s e sio n e s c o n su s p a cien tes en n o v iem bre, pero la intervención co m
plementaria realizada por Pichler determ inó el carácter p oco realista de esa
expectativa. N o e m p e z ó a ver p a cien tes hasta el 2 de en ero de 1924, y
en to n ces “ s ó lo ” s e is por día. Pronto iba a añadir un sép tim o paciente:
Anna.
[498] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
E l p r e c io d e l a p o p u l a r id a d
A p rin cip ios de 1925, al escrib irle a A braham , A nna
Freud relacionó la salud de su padre con la de su país
en una e fic a z m etáfora: “ Pichler quiere, co m o él dice,
sarúeren (sanear)” la prótesis d efinitivam ente, “y m ien
tras tanto” su padre estaba “ sufriendo con ella, c om o
A ustria c o n su saneam iento” . *1#4 Se refería al reciente
Sanierurtg d e la m oneda austríaca, saneam iento que, aunque parecía un
paso racional y esen cia l para la recuperación econ óm ica, im puso al país
un alto ín dice d e desem p leo , en algunas regiones catastrófico.
La de 1920 fue una década torm entosa, tanto en Austria c o m o en otras
partes, aunque n o sin intervalos f e lic e s . Los países de la Europa Central
trabajaron para recom poner sus destrozadas e con om ías, con éx ito m odesto
e interm itente. S e acostum braron m ás o m en os a v iv ir con su s territorios
fragm entados y c o n su s flam an tes institu ciones p o lític a s, así c o m o sus ex
en em ig o s, vacilan do, a m enudo m ezquinam ente, se acostum braban a co n
vivir con ello s. La pequeña república austríaca fue admitida en la Liga de
las N a cio n es en 1 9 20, se is años antes que A lem ania. Ese fue un triunfo
diplom ático para Austria, uno de lo s prim eros de la potencia derrotada, y
u no de lo s ú ltim o s.
D urante e so s añ o s, lo s austría co s atravesaron un feb ril período de
exp erim entación socia l so ca v a d o por la ten sión política: la confrontación
latente entre la “ V ien a R oja” y las provin cias católicas, entre los partidos
Socialdem ócrata y Socia lcristia n o , nunca quedó com pletam ente resuelta.
P od erosos grupos p o lític o s provocaban la a gitación en el parlam ento y en
las calles; el pangerm ánico Partido d el P ueblo, por ejem plo, exteriorizaba
con gran virulencia verbal y fuerte carga em ocional la reacción ante el
agravio de la separación de A ustria y A lem ania. Partidos fácilm ente irrita
b le s — lo s m on árq uicos, lo s n a cio n a lso cia listas, y otros— envenenaban la
atm ósfera p olítica con su retórica incendiaria, sus marchas provocadoras y
sus enfrentam ientos san grien tos. M ientras el gobiern o socialista de la c iu
dad de V iena aplicaba un am b icio so programa de vivienda pública, regula
ció n d e alquileres, co nstru cción de escu ela s y ayuda a los pobres, e l Parti
d o S o cialcristian o, que controlaba e l resto del p aís, se distinguía m enos
por un program a p o s itiv o q u e por su s o d io s. Pretendía exp u lsar a los
socialdem ócratas del poder, por la fuerza si era necesario, y sus m iem bros
estaban saturados de un a n tisem itism o que se concentraba, principal aun
que n o exclu siv am en te, en lo s desventurados inm igrantes ju d ío s fugitivos
de lo s p ogrom s p o la c o s, rum anos y ucranianos.
S í bien retrospectivam ente la R epública de W eim ar, en e so s años de
recuperación, lle g ó a adquirir un aura dorada de envidiable fertilidad cultu
ral, lo s austríacos, por su parte, nunca pretendieron ni siquiera fabricarse
L a m u e rt e c o n t r a l a v i d a [4 9 9 ]
un autorretrato tan resplandeciente. La leyend a a la que se aferraban s e c en
traba en la brillante cultura de los días de preguerra del Im perio Austro-
Húngaro. Austria realizó ciertas aportaciones a su época, pero principal
m ente a la barbarie m oderna: una d e su s ofrendas al m undo fu e A d o lf
Hitler, que n ació en 1889 en la pequeña ciudad de Braunau am Inn, y se
educó en la grosera p olítica practicada en V iena en los días del alcalde anti
sem ita Karl Luegcr: (para H itler, “e l m ás efic a z alcalde de todos los tiem
p o s”). Fue en V ien a donde se em papó de su “filo so fía ” política, una m e z
cla m align a de antisem itism o racial, hábil p o p u lism o, darw inism o so c ia l
brutalizado y un v a g o an helo de d om in io “ ario” sobre Europa. A ustria, la
tierra tan celebrad a por su v id a m u sica l, sus d u lces jo v en citas, la torta
Sacher y su m ític o D anubio azul — que en realidad no era azul, sino color
barro— le proporcionó a H itler las id eas y las orientaciones para la acción
política que m ás tarde d esp leg ó ante el m undo desde la m ás alta plataform a
de A lem ania.
En 1919, en M unich, licen cia d o d el se r v icio c om o veterano incap aci
tado para la acción h acia el final de la guerra, Hitler se unió a un oscuro
grupo de m aniá tico s n a cio n a lista s im b uidos de ideas anticapitalistas; al
año sig u ien te, cuando e l grupo s e rebautizó Partido N a c io n a l-S o c ia lista
A lem án de lo s Trabajadores (los n azis, en form a abreviada), Hitler alcanzó
el liderazgo gracias a su presencia carism ática. Era un p o lítico de una n u e
va raza, co n un ham bre insa cia b le d e poder, que se oponía a los m étodos
tradicion ales, a la v e z astuto y fan á tico . En 1922, B en ito M u sso lin i, el
m ás rim bom bante de lo s d em a g o g o s, im p uso en Italia su dictadura p erso
nal, co m b ina ció n e scu á lid a de sim u la c ió n y fuerza. Pero M u sso lin i, en
m uchos aspectos m o d e lo y m aestro de lo s n azis, no podía com petir con la
funesta aptitud de H itler para oscilar entre la crueldad y el oportunism o,
con su talento para m anipular por ig u a l las reuniones de m asas y a los
grandes em presarios. La historia dem ostró que el fascism o italiano (aun
que altisonante, corrupto, histrión ico y sanguinariam ente cruel) fue m o d e
rado si se lo com para co n e l N u ev o Orden N azi que Hitler soñó desd e sus
días más oscuros e ignorad os.»
a La Italia fa scista fue una e x c e p c ió n e n la o la de a ntisem itism o p r om ovida
por lo s nu ev o s r egím en es, hasta que a fin e s de la década de 1930, M u sso lin i,
sigu ien d o a H itler, in trodujo una le g isla c ió n antisem ita. Freud tuvo un c ontacto
só lo in directo con M u sso lin i. se g ú n in fo rm ó e l p sico a n a lista italian o Edoardo
W e iss. «“ Según mi costu m b re”, en 1933 “ lle v é un p a ciente m uy enferm o a ver a
Freud para realizar una c o n su lta . El padre d e l paciente, que nos acom pañaba, era
un am igo ín tim o de M u sso lin i. D esp u é s d e la co n su lta , e l padre le p idió a F reud
un presente para M u sso lin i. co n una d edicatoria d e l propio Freud, Y o m e se n tía
en una p o sició n m uy em b arazosa, pu es sab ía que en e sa s circun stancias Freud no
p od ía negarse. La obra qu e e lig ió , tal v e z c o n una in tención definida, era “ ¿Por
qué la guerra?’ », una breve e d ició n de la corresp ond en cia que había m antenido
c on Einstein, e n la que Freud declaraba su s se n tim ien to s p a cifista s. La d edicatoria
fue: “C on el salu do devoto d e un hom bre anciano, que r eco n o ce al héroe cultural
[500] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
A unque siniestram ente p roclive a adaptar su retórica a su audiencia
circunstancial, H itler nunca olvid aba a sus e n em igos m ortales: la cultura
lib era l, lo s d em ócratas, lo s b o lc h e v iq u e s, y sobre to d o lo s ju d ío s. El
p u tsch que m ontó en noviem bre de 1923 en una cervecería de M unich fra
casó ign om iniosam en te, pero é l sacó partido de aquella catástrofe: pasó
unos o c h o m e se s co n fortables, co n fin a do en una fortaleza, escrib ien d o
M ein K a m p f, el libro que se con v irtió en la biblia del m o v im ie n to nazi.
Sin em bargo, cuando la R ep ú blica de W eimar logró controlar la in flación
en 1923, generar un grado inusitado de orden público y una renovada res
petabilidad diplom ática, durante algunos años Hitler se v io confinado al
papel de p oco m ás que un orador m enor y m arginal, aunque se jactara de
contar con algunos sim patizantes de in flu encia y con una organización de
partidarios d evotos.
D e m odo que los años pertenecientes a m ediados de la década de 1920
estuvieron m arcados en A lem ania por Gustav Stresem ann, el conciliador
m inistro d e relaciones ex teriores, m ás que por AdoLf H itler, el visionario
fanático. Stresem ann em p ezó a destacarse cuando A lem ania v o lv ió a unir
se a la com unidad internacional e intentó salir del pantano de las reparacio
nes de guerra. El nom bre de Hitler no aparece en (a correspondencia de
Freud de aquellos afios; tenía m uy poca importancia; Si bien se producían
todavía tum ultos interm itentes en las c a lles de A lem ania, y m ientras los
aliados seguían e x ig ien d o e l pago de reparaciones que el país casi no podía
perm itirse, la n o v ela , e l c in e , el teatro, la ópera y la opereta, la danza, la
pintura, la arquitectura y la escultura florecieron profusam ente. L o m ism o
que el p sico a n á lisis. Pero a Freud la R epública de W eim ar no le im presio
naba m ás que la A ustria de posguerra. En 1926 le dijo a un entrevistador,
G eorge S y lv e s te r V iereck: “ M i id iom a e s el alem án. M i cultura, m is
lo gros son germ anos. M e co nsid eré intelectualm ente germ ano hasta adver
tir el c r ecim ien to del p reju icio antisem ita en A lem ania y en la A ustria
germana. D esde ese m om ento, prefiero considerarm e ju d ío ”. * 165
F r eu d po d r ía haber hallado alguna alegría en dar la espalda al ancho
m undo para contem plar la fortuna del p sicoanálisis d espués de la gran gu e
rra. N o obstante, seguía am argado y descontento. En una carta a Pfister
del día de Navidad de 1920, le com entó que había recibido algunas obras
respetables de divu lgación psicoanalítica procedentes de varios p aíses, y se
sentía obligado a admitir que “la causa progresa en todas partes”. Pero de
inm ediato c a n celó su c o n cesió n al op tim ism o: “U sted parece sobrestim ar
en el gob ern an te”; seg ú n observ a W e iss, se trataba d e una a lu sió n a " la s e x c a v a
cio n e s a rq u e o ló g ic a s a g ra n e sca la " em p ren d id a s por M u sso lin i, en la s que
"Freud estaba muy in teresado” . (Edoaxdo W eiss, “M eine Erinnerungen an Sigm und
Freud", en F reud-W eiss B riefe, 3 4 - 3 5 .)
L a m u er te c o ntr a la v id a [501 ]
el placer qu e h a llo en e llo . T oda la sa tisfa cció n personal que se puede
extraer del análisis ya la disfruté cuando estaba so lo , y desd e que cuento
con la adhesión de otros m e siento m ás fastidiado que conten to”. La cre
ciente aceptación del psico a n á lisis — agregó— no lo llevab a a m odificar la
pobre opinión que tenía de la gente, o p inió n qu e procedía de los días en
que sus ideas habían sid o llana y obtusam ente rechazadas. S e preguntaba
si tal v e z su actitud no formaba parte de su propia historia p sic o ló g ica ,
una c o n secu en cia de su prim itivo aislam iento: “ Seguram ente, en esa ép o
ca debió de haberse desarrollado entre e l resto de la gente y yo una brecha
insa lv a b le.” *»* Un año antes ya le había d ich o a E itingon que desde el
principio m ism o de su trabajo, cuando estaba totalm ente so lo , su “preocu
pación ob sesiv a en lo que se refería al futuro” había sido en qué converti
ría e l p sico a n á lisis “la canalla hum ana” cuando “ yo ya no esté vivo". * '«
Esto parece un tanto deprim ente y sin duda grosero. D esp u és de todo,
esta b a d ifun dien do un conjunto de ideas sum am ente técn ico, ideas, por
otra parte, m uy desagradables y escan d a lo sas. El p sicoan álisis apuntaba
nada m en os que a destronar las escu ela s reinantes de p sicología y psiquia
tría y , por su pu esto, la in ju stificada au toestim a d e lo s hom bres y mujeres
corrientes. En sus C o n feren cias d e in troducción, Freud señ aló, un tanto
m elodram áticam ente, que el p sico a n á lisis le había in flig id o a la m egalo
manía de la hum anidad la última de las tres heridas históricas. C opém ico
esta b leció que la Tierra no e s el centro del universo; Darw in incluyó a la
hum anidad en el reino anim al, y é l, Freud, estaba en señándole al mundo
que el y o e s en gran m edida siervo d e fuerzas in conscientes e incontrola
bles de la m ente. * 1M ¿Era de esperar que e l mundo entendiera fácilm ente
ese m ensaje (y que además le diera la bienvenida)?
A la luz del día, la p rop osicion es del p sicoan álisis parecían im proba
bles, in cluso absurdas, y las pruebas que pudieran acudir en su apoyo eran
rem otas y de d ifíc il acceso; había que dar un salto a la fe , y m uchos no
estaban d ispu estos a hacerlo. En 1 9 19, cuando en la hambrienta V iena de
la posguerra pululaban extrañas ideas radicales, el psicoanálisis se discutía
calurosam ente en lo s c a fés. El filó s o fo sir Karl Popper recordó que “El
aire estaba llen o de slo g a n s e ideas revolucionarias, y de teorías nuevas y a
m enudo agrestes”. **« El p icaresco y m u y citado aforism o de Karl Kraus,
según el cual el psico a ná lisis e s la enferm edad de la que pretende ser la
cura, ya tem a en aquel en tonces algunos años, pero resum ía una reacción
siem pre en la brecha y duradera. Popper, por ejem plo, que tenía diecisiete
años, pensaba que había refutado d ecisivam ente la doctrina de Freud, junto
con la p sic o lo g ía adleriana y e l m arxism o: todos e so s sistem as explicaban
dem asiado. Sus fo rm ulaciones eran tan im precisas que cualquier hecho,
cualquier acontecim iento, cualquier conducta, no podían m ás que confir
marlas. A l encontrar las razones de todo, no encontraban las razones de
nada. Y Popper era só lo el m ás refinado de entre los m uchos “expertos al
instan te”. En e se clim a de op in ió n , en e l q ue había tanto en ju e g o , el
[502] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
hec h o de que e l progreso del p sico a n á lisis fuera sin u oso no tendría que
haber sorprendido a Freud.
L a r e c e pc ió n que se le brindaba a las teorías de Freud en los cafés, en
las reuniones so c ia le s , en el teatro, no facilitaba la sobria com prensión de
e s e pensam iento. L os térm inos técn ico s y las ideas fundam entales eran
m al interpretados, por lo general adulterados, con e l fin de que sirvieran
c o m o una m oneda com ún . U n com entador, T hom as L. M asson, en una
típica reseña d e cuatro libros sobre e l tem a, afirm ó en 1923 que “n o só lo
invade nuestra literatura, sin o que, c o m o resultado ló g ic o , se d esliza e
influ y e en nuestra vida en m uchas otras d ireccion es” M asson citaba com o
ejem p lo de esa in fluencia el crecien te em p le o del p sicoanálisis en las prác
ticas para controlar personal en las em presas, y expresaba la esperanza de
que finalm ente resolvería “ lo s problem as que plantea el Ku K lux K lan”.
Pero en segu id a invertía esta esperanza, aunque con algunos m atices, al
co n clu ir que “ so m o s francam ente e s c é p tic o s con respecto a e ste valor
fin a l”. * 170 La m ayoría de quienes se sentían m ovidos a expresar una op i
nión acerca del tema durante la década de 1920 solían ser n o m enos francos
en su e scep ticism o .
La prensa popular, lo s diarios y rev istas por igual tam bién contri
buían a aumentar la confu sión y difundir ju ic io s fá c iles, al reducir a Freud
a una caricatura, cóm ica y a m enudo un tanto am enazante, del personaje
real. A l pú b lico m ás am plio, en e so s in q u ietos años de la posguerra, tal
caricatura le resultaba irresistible. Freud era el serio y barbado H err P ro -
fe s s o r de c ó m ico y fuerte acento centroeuropeo que había incorporado el
se x o a la v id a cotidiana. S e decía que sus enseñanzas dejaban lugar a la
m ás desinhibida autoexpresión erótica. Incluso los p ocos reseñadores res
petuo so s, que se enfrentaban a sus escrito s en los suplem entos d om inica
les, se declaraban m ás desconcertados que satisfechos por su obra. U na de
e llo s , Mary K eyt Isham , tratando de encontrar el sentido de M ás a llá del
p rin c ip io d e p la c e r y P s ic o lo g ía d e la s m a s a s , c o n fe s ó en la se c c ió n
bibliográfica del N e w Y o rk T im e s que “ la reseñadora tiene m uchas dificu l
tades co n las obras d e Freud, y en esto s d o s volúm enes recientes, m ás que
nunca” , en esp ecia l porque intentaban — a ju ic io de Isham — «presentar
los resultados d e sus anteriores in vestig a cio n es en una forma “m etapsico-
ló g ic a ”» , m al descrita por ella c o m o “una disciplina recién inventada”. * 171
Fueron pocas las personas ilustradas que hicieron algo por corregir las
calum nias acerca de Freud o las interpretaciones erróneas del psicoanálisis.
Predicadores, periodistas y pedagogos denunciaban sus n ociones obscenas
y deploraban su fu nesta influen cia. En m ayo de 192 4 , el doctor Brian
Brow n, autor de P o w e r o f ih e ¡n ner M ind, hablando en un sim p osio que
tuvo lugar en N u ev a Y ork , en la ig le sia d e St. M ark’s-in -th e-B o w e ry ,
caracterizó las interpretaciones freudianas del inconsciente com o “corrup
tas". En el m ism o sim p o sio , el doctor Richard Borden, director del C lub
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [5 0 3 ]
de Oratoria de la U niversidad de N ueva Y ork, intentó valientem ente e x p li
car ideas freudianas fundam entales c o m o «Enferm edad del alm a, libido,
com p lejo s y el “V iejo A dán ” », pero e l doctor B row n le respondió advir-
tiendo que “Freud no en señ a p sic o lo g ía ”. En realidad, la idea de Freud era
que “había un com partim iento exterior donde se acum ulan ideas dañinas,
listas para irrumpir en nuestra c o n cien cia . A d em ás, todo lo resolvía con el
sexo." * ” 2 La antigua a cusación de que Freud estaba obsesionado por el
sex o parecía im posible de erradicar.
U n año después de que el doctor Brow n considerara corruptas las ideas
de Freud, Stephen S. W ise , em in en te rabino reform ista y sionista de N u e
va Y ork, le h izo la m ism a acu sa ció n c o n un lenguaje m ás refinado. En
una charla para estudiantes en la C asa Internacional, los instó a apartarse
de H.L. M encken y a redescubrir la dulzura y la lum inosidad de M atthew
Arnold. Pero — continuaba— , “una su stitu ción de los viejos dioses por
otros n u ev o s m ucho m ás g ra v e ” que e l c in ism o d e M encken era “ la boga
del freud ism o” . Para W ise , lo m ism o que para m uchos otros observadores
an sio so s, Freud era e l profeta seductor de la liberación del instinto. “M e
gustaría yuxtaponer a Freud y Kant” , decía «A la enseñanza de Kant de
“D eb es, tienes que, n o p u ed es”» , Freud «op on e el “ Podrías”». W ise co n
cluía pom posam ente que el freudism o ex cava en el lodazal “de nuestros
estados de ánim o y ap etito s, nuestros su eñ o s y p a sio n es”. A otros lo s
tentaba la frivolidad. En e l verano de 1 9 2 6 , tam bién un ingenio te o ló g ico ,
el reverendo John M a cN eill, de la D écim a Iglesia Presbiteriana de F iladel-
fia, pronunció una con feren cia en Stony B rook. “Una de cada tres personas
— dijo— está h o y en día e n lo q u ecid a c o n el tem a del psicoan álisis. Si
q u ieren sacársela de encim a rápidam ente, p ídanle que d eletree la p ala
bra.” *n«
Esa cla se de denuncia era típica d e la ép oca, y no só lo en los E stados
U n id o s. En noviem b re de 1 9 2 2 , E itin g o n le e scr ib ió a Freud desd e su
am ado París que el p sico a n á lisis debía enfrentarse allí a una o p osición rui
dosa: “Probablem ente n o sea una c o in cid en cia que e l m ism o día” del lan
zam iento de la versión francesa de la P s ic o p a to lo g ía d e la vida co tid ia n a ,
apareciera «un artículo incen diario titulado “Freud et réducation", en el
cual el profesor Am ar le pid e al go b iern o que proteja a los niños del p si
coan á lisis. Está m uy enfadado, e ste Herr A m ar». Tam bién la cólera era
una defensa contra el m ensaje de Freud.
La d iscusión que rodeaba las ideas de Freud, ya fuera con sim patía o
antagonism o, se desarrollaba a m enudo, c o m o d ec im o s, en un nivel terri
b lem en te bajo. En 1 9 2 2 , un articulista del T im e s de Londres, reseñando
las C o n fe r e n c ia s d e in tr o d u c c ió n , a fir m ó q ue e l p s ic o a n á lis is esta b a
«pasando un mal m om ento co m o resultado del e x c e siv o c elo de sus após
toles» . D espu és de em pezar c o m o “una contribución a la cien cia psíqui
ca” , desafortunadam ente p asó a ser “una m oda, es decir, algo febrilm ente
discutid o por personas que só lo tenían un le v e co n o cim ien to de su s ig n ifi
[5 0 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
cado.” D e tal m anera, un tanto ten d enciosam ente, se culpaba só lo a
lo s seguid ores de Freud. Pero la observación de que el p sicoanálisis había
“hecho furor", con virtiénd ose en una esp e c ie de m oda entre quienes no lo
co n o cía n , estaba bastante ju stificad a. El m éd ico su ec o Poul Bjerre, que
Freud consideraba partidario su y o , afirm ó en 1925 que el freudism o había
“agitado lo s sen tim ien to s” c o m o si se tratara de «una nueva religión y no
de una nueva área de investigación . E specialm ente en lo s Estados U nidos,
la literatura psicoanalítica ha adquirido d im ensiones de avalancha. “A nali
zarse” está de m oda». * 177 U n año m ás tarde, el em inente y prolífico p sicó
log o norteam ericano W illiam M cD ougall reafirm ó la evaluación de Bjerre:
“A dem ás de los seguidores profesion ales, todo un ejército de legos, educa
dores, artistas, y d iletta n ti han quedado fascinados por las especulaciones
freudianas y las han convertido en una desorbitada m oda popular, de m odo
que algunos de lo s térm inos técn icos em pleados por Freud se han incorpo
rado al id iom a popular, tanto en los E stados U n id os c o m o en In glate
rra”. *!•»
El con tinente euro p eo se mostraba s ó lo un p o c o m en os sen sib le a la
sedu cción del vocabulario freudiano, e igualm ente am bivalente en sus res
puestas. “En la prensa diaria — observaron A braham , E itingon y Sachs en
una circular rem itida desde Berlín en m ayo d e 1925— hay m ucho que leer
sobre e l P sa,, p rincipalm ente en una dirección n egativa, pero no siem pre.”
T am bién había algunas buenas noticias: lo s cursos que ofrecía el Instituto
Psico a n a lítico de B erlín , fundado en 1 9 2 0 , estaban atrayendo a grandes
audiencias y a un alentador núm ero de candidatos. Y e s más, Abraham y
sus c o leg a s vieron una respuesta a “la frecuentem ente hostil respuesta de
la prensa” e n el h ech o de que Stefan Z w eig acabara de dedicarle a Freud un
nuevo libro de e n sa y o s biográficos. Y (para n o olvidar un elem ento diver
tido) un tal Friedrich S om m er había p ub licado recientem ente un fo lle to ,
“La m edición de la energía espiritual”, en el que declaraba: “U n día co n o c í
el P sa, y e sto m e a cercó m ás a la r e lig ió n cristian a”. *>79 En octubre,
Abraham en v ió otro boletín: “S e puede inform ar desde Alem ania que la
discu sió n del Psa. en lo s diarios y perió dico s es incesante. Se lo m enciona
en todas partes” . Era natural que no faltaran “ataques. Pero — agregó tran
quil izadoram ente— , sin duda e l interés nunca ha sid o tan intenso com o
ahora”. S in em bargo, gran parte d e e se interés no estaba m ejor infor
mado que Friedrich Som m er cuando su con o cim ien to de las ideas de Freud
lo acercó a D io s.
La m ezcla de ciertos síntom as, principalm ente n egativos, caracterizaba
tam bién e l c lim a de la o p in ió n en V iena. E lias Canetti, a quien no podría
considerarse un estud ioso apasionado del p sicoanálisis, recuerda que cuan
do v iv ió en la ciudad, a m ediados de la década de 1920, “era d ifícil que se
mantuviera una con versación sin que apareciera el nom bre de Freud”. Las
“principales figuras de la U niversidad todavía lo rechazaban con arrogan
cia ”, pero la interpretación de “ los la p su s se había convertido en una esp e -
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [5 0 5 ]
c íe d e ju e g o social" . El co m p le jo de Edipo n o le iba a la zaga: todo el
m undo quería tener e l su y o , in c lu so las personas m ás altivas y d e sd eñ o
sas. S in duda, para m uchos austríacos las teorías íreudianas de la agresión
poseían una pertinencia aprem iante. ‘T o d a la crueldad asesina que se había
pod id o contem plar n o estaba olvid ada. Habían vu elto m uchos de los que
participaron a ctivam ente. S abían b ien de lo que — sig u ie n d o órdenes-—
habían sid o capaces, y co n veh em en cia se aferraban a todas las e x p lic a cio
nes de la tendencia al asesinato que el p sico a n álisis les ofrecía.” * 1»'
L o m i s m o q u e la mayoría de lo s detractores de Freud, m uchos de q u ie
nes lo admiraban s ó lo tenían unas d éb iles nocion es acerca de su particula
rísim o m ensaje. La vagued ad lo s invadía a tod os, y no s ó lo a los m enos
cultos: a sí, un p sic ó lo g o tan em in en te c o m o Pout Bjerre em pleaba el tér
m in o “ su bcon scien te” (U n ie rb e w u sstse in ) en lugar de “in consciente” , en
su ex p o sic ió n popular d el p sic o a n á lisis. » * > « En un fo lleto que el editor
norteam ericano B .W . H uebsch la n zó en 1920 para prom ocionar e l "estudio
p sicoanalítico de W oodrow W ilso n ” realizado por W illiam Bayard H ale, se
podía leer: “Tal v e z sorprende a qu ien es n o han seguido el desarrollo de la
literatura p sicoan alítica el in g en io co n el que los partidarios de Freud y
Jung descubren el fu ncion am ien to de la m ente y el alm a hum anas”. *>«
Esta cla se de im p recisión le resultaba a Freud infinitam ente irritante, y en
algunas oportunidades se refugiaba en el antiguo dich o de que podía cuidar
se de su s en e m ig o s, pero n ecesita b a que lo protegieran de sus am igos.
N o era totalm ente ju sto . Las m ayores am enazas para la difu sión del
psico a n á lisis propiam ente d ic h o eran lo s caprichosos y los aprovechados.
A lg u n o s de lo s que ex p lotab an el p sic o a n á lisis eran sim p les y puros char
latanes. Segú n o b serv ó apropiadam ente el N e w Y ork T im e s en m ayo de
1926, “ Del m odo m ás desafortunado para la reputación de Freud, sus teo
rías se prestan co n terrible fa cilidad a lo s m anejos de la ignorancia y la
charlatanería”. Si bien el p rop io Freud había “denunciado esto s caprichos”,
sus protestas habían tenido “p o c o s e fe c to s en lo que concierne al p úblico
general”. *'** N o cabía esperar otra cosa; la gran laguna llena de barro de la
curación p sico ló g ica invitaba a q u ien es se llamaban a s í m ism os terapeu
tas a p escar sin lic e n c ia . C o m o e jem p lo , E m est Jones cita el anuncio de
una “C om pañía Editora P sicoan alítica Ing lesa”, que decía: “¿Le gustaría
24 E ste era, y sig u e sie n d o , un error com ú n y m uy no ta b le. V éa se , por e jem
plo, e l libro de un m éd ico co n tem p o rá n eo d e B jerre. W . S ch m id i-M tid lin g , D e r
Ó díp u s-K o m p le x d e r F reu d sch en P sy c h o a n a ly se und d ie E h eg esta ltu n g d e s B ols-
c h e v ism u s (s .f . [ 1928? }), 1; in fra , e n e l m ism o lib r o , u tiliz a “ in c o n sc ie n te "
co m o sin ón im o de “su b c o n sc ien te" . C o n o c a sió n del se p tu a g é sim o c u m p lea ñ o s
de Freud, dos días antes, el N e w Y o rk T im e s, bajo un titular que de c ía “ La p s ic o
logía sabe qu e é l ha v iv id o ”, co m enta ba que “las teorías [freudíanas] d el subs-
co n scien te" segu ía n sien d o m uy d iscu tib le s. (“T o p ic s o f the T im e s’’, N e w Y o rk
T im e s, 8 de m ayo de 1 9 2 6 , 1 6 .)
[506 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
ganar £ 1000 al año co m o psicoan alista? N osotros p odem os enseñarle a
hacerlo. ¡Tom e ocho leccio n es por correspondencia; el curso cuesta cuatro
guineas!” * 185
Gran parte de la excitación que suscitaba Freud era en m ayor medida
una tontería in ocua, q u e p r ovocab a m e n o s in d ign ación q ue diversión ,
co m o un elem ento m ás de la com edia humana de un m undo dem ocrático.
En el verano de 1 9 24, el sensacion al ju ic io por asesinato de Nathan Leo-
pold y Richard Loeb, co n el form idable abogado Clarence Darrow a cargo
de la defensa, pro v o có in fin itos titulares periodísticos en todos los Estados
U nidos. El coronel R obert M cC orm ick, im p erioso editor del C h ic a g o
T rib u n e, le e n v ió a Freud un telegram a o fre cié n d o le la im presionante
suma d e 2 5 .0 0 0 dólares 4,o lo que diga venir C hicago p sicoanalizar” a los
dos jó v e n e s asesin o s. Procedentes de fam ilias ricas y acom odadas, en
apariencia só lo m otivados por la oscura necesidad de com eter un crim en
p e rfecto en la persona de un a m ig o , L eo p old y L oeb fascin aron a un
p úb lico desconcertado ante e se acto gratuito y , en parte in conscientem en
te, atraído por los in d icio s de em o cio n es hom oeróticas que aparecían en el
asum o. M cC orm ick tuvo en cuenta que Freud era anciano y enferm izo,
incluso le o freció recogerlo en un barco. Freud declinó el ofrecim iento.
* 187 M ás tarde, e s e m ism o año, Sa m u el G old w yn , ya uno de los más
poderosos productores d e H o lly w o o d, en un viaje a Europa, le dijo a un
periodista del N e w Y o rk T im e s que visitaría a Freud, “el esp ecialista en el
am or m ás grande d el m u n d o ” . Su p r o p ó sito era o fr ec er le honorarios
m ucho m ás g en erosos que lo s del coron el M cC orm ick: la m agnífica suma
de 1 0 0 .0 0 0 dólares. “ El am or y la risa son las dos ideas suprem as en la
m ente de Sam uel G o ld w y n al producir p elícu las”, ob servó el periodista,
agregando que G oldw yn intentaría convencer al “experto en psicoanálisis
d e que com ercia lice sus estudios y escriba una historia para la pantalla, o
viaje a A m érica y ayu d e” a conm over “ los corazones de este p aís”. D e s
pués de todo, co m o decía G old w yn , “nada entretiene tanto com o una h is
toria de amor realm ente herm osa” , y; ¿quién podría estar m ejor dotado para
escribirla, o asesorar sobre e lla , que Sigm und Freud? “L os guionistas, los
d irectores y los actores — pensaba G o ld w yn — pueden aprender m ucho
m ediante el estudio verdaderamente profundo de la vida cotidiana. ¿Cuánto
más genuinas serán sus creaciones si saben expresar la auténtica m otiva
ción em ocional y los d ese o s reprim idos?” A Freud le estaba yendo lo
suficientem ente bien ganando v einte y m ás tarde v ein ticin co dólares por
hora; pero envejecía, y no cejaba su avidez de dinero. D e m odo que, com o
suele d ecirse, éste era un ofrecim iento que no podía rechazar. Pero un titu
lar del N e w Y ork T im e s del 24 de enero de 1925 inform ó concisam ente
sobre un d esenlace distinto: “ Freud ignora a G oldw yn / El psicoanalista
vien és no está interesado en la oferta cinem atográfica”. En realidad, según
una pu blicación v ie n e sa , D ie S iu n d e, que afirmaba basar su relato en una
entrevista con el propio Freud, é ste respondió a la solicitud de entrevista
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [507 ]
de G old w yn con una carta de una so la oración: “N o tengo intenciones de
ver a Mr, G o id w y n ”.
E s t o s e p is o d io s d o c u m e n t a n p rofusam ente que a m ediados de la
década de 192 0 Freud se había con vertid o en un nom bre familiar. La canti
dad de personas que leyeron (n o digam os ya que comprendieron por com
p le to ) y tex to s e so térico s c o m o M á s a llá d e l prin c ip io de p la c e r o E l y o y
e l e llo no p odía ser grande. S ó lo cabía esperar que una m inoría selecta
hiciera ju sticia a las enseñanzas freudianas; lam entablem ente, la m ayoría
de lo s que en e s o s años se pronunciaban sobre el psicoan álisis no pertene
cía n a esa m inoría. Pero eran m illo n e s lo s que conocían el nom bre de
Freud y su fotografía, en la que se v eía a un caballero anciano, serio y c u i
dad osam en te vestid o , de m irada penetrante y con el inevitable cigarro.
Ahora bien, de lo s ep iso d io s d e M cC orm ick y G oldw yn tam bién se puede
deducir por qué esto lo irritaba en lugar de alegrarlo. “La popularidad en sí
m e es totalm ente indiferente — afirm ó en una carta a Sam uel Freud a fines
de 1 9 2 0 — en e l m ejor de lo s c a so s, y hay que considerarla un peligro para
lo g ro s m ás serio s.” * 1’0 Su “popularidad actual”, reiteró un año más tarde,
representaba una “carga” para é l. E ste lle g ó a ser un estribillo caracte
r ístic o de sus cartas; a p rincip ios de 19 2 2 , to repitió escribiéndole a E itin
gon: su popularidad le parecía “ repu lsiva”. • ' « Lo más que m erecía era una
sonrisa burlona. “En Inglaterra y en lo s E stados U nidos — le había d ic h o a
E itingon un año antes— hay ahora un gran alboroto de Psa que, sin em bar
g o , n o m e gusta y que n o m e aporta m ás q u e recortes period ísticos y v is i
tas de entevistadores. Pero p ie n so qu e e s divertido.” Se trataba de la
fam a, pero no de la fama que é l quería.
S abem os que Freud n o era indiferente a la aprobación pública; después
de todo, insistía en la originalidad d e sus contribuciones a la c ien cia de la
m ente, por las cu ales esperaba reco n o cim ien to. Pero los p eriodistas in o
portunos y lo s artículos ignoran tes, lo s rum ores que se publicaban sobre
su salud, lo s resúm enes de sus ideas fundados en errores, y la avalancha de
cartas que lo abrumaba (y que en su m ayoría se sentía ob ligad o a respon
der) le robaban atención y tiem po para el trabajo cie n tífico , y lo exponían,
a él y a su causa, a una vulga riza ció n que tem ía y detestaba. S in em bargo,
en o c a sio n es tenía que admitir que e sa nu eva situación tenía sus com p en
sa c io n e s. “ S e m e co n sid era u na c e le b r id a d — le esc rib ió a su sob rin o
in g lés a fin e s de 1925— . L os ju d ío s de todo el mundo alardean de mi
nom bre, equiparándom e c o n E in sie in .” E se alarde no era in v en ción
su y a , ni la equiparación provenía solam en te de los judíos. En las cere m o
nias de inauguración de la U niversidad Hebrea de Jerusalén en 1 925, e l
anciano p o lític o in g lés Lord B a lfo u r re la cio n ó a Freud con B e rgson y
E in stein co m o uno de lo s tres h om b res, todos ello s ju d íos, que habían
ejercido una gran influencia ben éfica sobre el pensam iento m oderno.
E sc e lo g io surgía de una fu en te qu e Freud admiraba m ucho; a fin es de
[508] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
1 9 1 7 , c o m o m in istro de re la c io n e s exteriores britán ico, B alfou r había
com prom etido el a p o y o d e su p aís para la constitución de un hogar n acio
nal ju d ío en Palestina, y Freud había saludado co n alborozo “e l experi
m ento de lo s in g le se s co n e l p ueb lo e le g id o ”. *>»* Su placer n o se desvan e
ció co n lo s años. A l acusar recibo de las noticias sob re el discurso de
B alfour, le pidió a E m est Jones que le hiciera llegar un ejem plar de su
P resen ta ció n a u to b io g rá fic a , en agradecim iento por la “honrosa referen
cia”. * 1®7
En tal estado d e ánim o, podía adoptar una p o sición filo só fic a c o n res
p e c to a su p ro ta g o n ism o . " D e sp u é s d e to d o — le e sc r ib ió a S am uel
Freud— n o tengo razones para quejarm e ni para pensar con tem or en el
cercano fin d e m i vid a. D e sp u és de un prolongado p eríodo de pobreza,
estoy ganando dinero sin fatigas y m e atfevo a decir que he p revisto lo
preciso para m i esp o sa .” **** E n una o dos oportunidades, se le confirieron
honores que él respetaba: en noviem bre de 1921, la Sociedad H olandesa de
Psiquiatras y N eu ró lo g o s lo d e sig n ó m iem bro honorario, distin ción que le
com p la ció . *»» Y co n razón; é s e era el primer reconocim iento form al que
recibía desde 1 9 0 9 , cuan do la Clark U niversity le o torgó un doctorado
honorario en ley es. S iguieron o y én d o se v o ce s que calificaban a Freud de
charlatán, pero su reputación se había difundido desbordando e l círculo
v ic io so de lo s analistas freudianos m ás reconocidos. Estaba em pezando a
m antener correspondencia co n grandes in telectu ales, principalm ente co n
escritores fam osos: R oraain R o lla n d , Stefan Z w e ig , T hom as M ann, S in
clair L ew is y d esde 1929 en adelante con A m old Z w eig, quien se había
hech o un nom bre co n una n o v ela antibélica. La disputa a cerca del sargento
Grischa, dos años antes. “L os escritores y filó so fo s que pasan por Viena
— le inform ó Freud a su sobrino de M anchester— m e visitan para conver
sar.” Los días de aislam iento d e Freud eran sólo un oscuro recuerdo.
H a b ía u n a s a t i s f a c c i ó n que se le continuaba negando: el Prem io
N obel. C uando, a principios d e la década d e 1920, G eorg Groddeck propu
so a Freud, co m o otros habían propuesto antes al propio G roddeck, Freud
le esc r ib ió a la esp o sa de e ste ú ltim o , resignadam ente, que su nom bre
había estado flotand o en el am biente durante años, siem pre en vano. ♦ »
A lg u n o s años m ás tarde, e n 1 9 2 8 , y de nu evo en 1930, e l doctor H einrich
M en g, un jo v e n p sic o a n a lista alem án que se an alizó con Paul Federn,
m ontó una bien orquestada cam paña en favor de la con c esió n del prem io a
Freud. R e c o g ió una cantidad im presionante de firm as p re stig io sa s, que
incluían las de adm iradores alem anes, tan prom inentes co m o los n o v e lis
tas A lfred D óblin y Jakob W asserm ann, y tam bién em inentes pensadores
de lengua no alem ana, filo só fo s c o m o Berirand R ussell, educadores com o
A . S . N e ill, b ió g r a fo s c o m o L ytton S trachey, c ie n tífic o s c o m o Julián
H u x ley , y m uchos o tros m uy p o c o m enos c o n o cid o s por e l p u b lico culto.
T am bién E ugen B le u le r , au nq ue d esp u és de algunos a ñ os de c o q u e le o
L a m u er te c o ntr a la vid a [5 0 9 ]
había elu dido las galanterías de Freud, se un ió a los firm antes. Incluso
adm iradores tan im probables co m o e l n o v elista noruego laureado con el
Prem io N o b e l, Knut H am sun, y el co m p o sito r nacion alista alem án Hans
Pfitzner, que m ás tarde s e convirtieron en sim patizantes del nazism o, co n
sideraron p o sib le suscribir la p etición d e M eng. E videntem ente pensando
e n s í m ism o , T hom as M ann se m a n ife stó d isp u e sto a sumar su firm a,
siem pre que se tratara d el prem io de m e d ic in a .15 Pero esto, com o sabía
M eng, era precisam ente lo im posible: e l psiquiatra que asesoraba a Ja A c a
dem ia Sueca había descartado a Freud co m o un fraude y una amenaza. Por
lo tanto, la ún ica categoría abierta a su p articipación era la de literatura.
Pero la ev a siv a m aniobra de M eng en esa dirección tam bién fracasó, de
m od o que el nom bre de Freud form a parte de la larga lista de estilistas
— de Proust a Joyce, de Franz Kafka a V irginia W o o lf— que nunca fueron
a E sto co lm o .
Freud deb ió de acoger con gusto (aunque trató de desanim arlos) todos
estos bienintencionados esfu erzos. M anifestando n o con ocer las activida
des de M en g , le preguntó a E m est Jo nes, retóricam ente: “ ¿Q uién e s lo
bastante ton to c o m o para m eterse e n e ste asu n to?” La vehem encia
m ism a de este interrogante sugiere que, d e habérsele ofrecid o e l premio, lo
hubiera agarrado con las d o s m anos. En 1 9 3 2 le dijo a E itingon que m an
tenía correspondencia co n E instein, co n d estin o a su publicación, sobre la
naturaleza de la guerra y la p osib ilid a d de prevenirla. Pero, agregó, no
esperaba que lo recom pensaran por e lla c o n el Prem io N obel. *** Hay en
esa o bservación algo de ansiedad, in clu so de patetism o. D e todos m odos
no podía negar que estaba dejando una profunda im pronta en la cultura
occid en tal. Y n o só lo en la occidental: en la década de 1920, em pezó a car
tearse con el m édico indio Girindrasehfchar B o se. *M3 “C reo”, escribió S te
fan Z w e ig en 1929, tratando de resum ir la influencia de Freud, «que la
revo lu ció n que usted ha provocad o en la estructura p sicológica, filo só fica ,
y en toda la estructura m oral de nuestro m undo, exce d e en m ucho la parte
m eram ente terapéutica de sus d escubrim ientos. Pues hoy en día todas las
personas que no saben nada sobre usted, tod o ser hum ano de 1930, incluso
quien nun ca ha o íd o la palabra “p sic o a n a lista ” , ya e stá indirectam ente
influ id o por su transform ación d e las a lm as» A m enudo Z w eig se deja
ba llevar por su en tusiasm o, pero esa valo ra ción no está lejos de la pura
verdad
25 U no de lo s galardon ados co n un P rem io N o b e l qu e se negó a brindar apo
yo a la candidatura de pTeud fue A lbert E instein, quien el 15 de febrero de 1928 le
escrib ió a M en g que é l no p o d ía o frecer nin g u n a o p in ió n fia b le sobre la verdad
de las enseñan zas de Freud, y “m ucho m en os dar un veredicto al que otros atribui
rían autoridad”. A dem ás, a d v en ía E instein, le parecía du doso que un p sicó lo g o
c om o Freud pudiera obtener el P rem io N o b e l de m ed icina, que, “supongo, es el
ún ico que se pu ed e considerar [co m o p o s ib le ]” . {D ebo esta referen cia al profesor
doctor H elm ut L ü c k y la profesora Hannah S. D ecker.)
[510] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
A fo r t u n a d a m e n t e , fo k l o m en o s parte de la atención de la que
Freud era objeto n o eran tan altisonante, sin o incluso divertida. El dram a
turgo húngaro Ferenc M olnar, el m ás in g e n io so de los co sm o p o lita s, iro
nizó sobre las populares caricaturas de las ideas de Freud c o n la trama
resum ida d e una p ieza que supuestam ente proyectaba escribir, y para la
cual afirm aba tener m uy buen m aterial. “ C óm o va a desarrollarse, no lo sé
todavía, pero la idea fundam ental e s m uy sim p le, lo m ism o que en todas
las grandes tragedias: un jo v en , felizm en te casado con su madre, descubre
que ella n o e s en realidad su madre, y se suicida”. *207 A fines de la década
de 1920, en Inglaterra, R onald K nox, sacerdote, traductor de la Biblia y
cu ltivad o escritor satírico, brom eaba con p seudodiagnósticos psicoanalíti-
cos; por ejem p lo , reescrib ió el S iru w w e lp ete r, e se clá sico de la literatura
infantil alem ana, en la jerga freudiana. A proxim adam ente al m ism o
tiem po, en lo s Estados U nidos, Jam es Thurber y E .B. W hite satirizaban
la catarata de vo lú m enes sobre se x o que inundaban las librerías con / s s e x
n e c e ssa ry ? o r, W hy y o u f e e t th e w a y yo u do. Entre los c ap ítu los so le m n e
m ente b urlescos de e ste pequeño libro se contaban: “ La naturaleza del
m acho norteamericano: un estudio del pedestalism o” y “¿Qué deben decir
les lo s hijos a los padres?” Pensaban bastante en Freud, c o m o demuestra
el glosario d e térm inos técn ico s. D efin ían el “C om p lejo nuclear” co m o
“Im presión súbita causada por el h ech o de descubrir a una persona del sexo
op u e sto c o n sus verdad eros co lo res; principio de un desm oron am ien to
general” ; explicaban el “ E xh ib icion ism o” com o “ Ir dem asiado lejos, pero
en r ea lid a d n o estar d is p u e s to ” , y d escrib ían el “ N a r c isism o ” c o m o
“Intento d e ser a u tosuficien te, co n m a tices”. S ervicialm en te, Thurber y
W hite rem itían a quienes quisieran conocer el significado de “ Principio de
placer” a “L ibido”, y en la entrada “L ibido” remidan a “ Principio de pla
cer”. **>» En parte, e sto era p ueril, pero m uchos tex to s supuestam ente
serios no eran más resp on sab les, y s í m ucho m ás perjudiciales que estas
bromas inocuas.
M uy pronto Freud pudo disponer también de e stu d iosos responsables,
pero lo s esfu erzo s re fle x iv o s de esto s ú ltim os, tendentes a difundir una
versió n fia b le del p sic o a n á lisis, zozobraban a causa de las ideas sobre
Freud que todos aceptaban sin tom arse el trabajo de leerlo. En 1912,
m ientras estudiaba “la p sico lo g ía freudiana” con “m ucho en tusiasm o”, el
jo v en W alter Lippm ann le dijo al p sic ó lo g o so cial in g lés Graham W allas
que se sentía c o m o se “podrían haber sentido los hom bres con respecto a
E l origen d e la s esp e c ie s. La relectura de W illiam James d espués de haber
descubierto a Freud le dejó a Lippmann “una curiosa sensación de que el
m undo debía d e ser m uy jo v e n en la década de 1880”. ***•> A l volver a p en
sar en e so s d ías h eroicos, recordó que “lo s jó v en es serios tomaban a Freud
con total seriedad, co m o sin duda m erecía que le tomaran. La utilización
de Freud c o m o una m oda fastidiosa fue posterior, y en general la realiza
ron personas que no lo habían estudiado y sólo lo conocían de oídas”. *»>»
L a m u e r te c o n t r a l a v id a [511]
En d efen sa propia, lo s p sic o a n a lista s d ifundían las ideas de Freud
siem pre que tenían oportunidad, d irigiénd ose por igual a teó logos y m éd i
co s, y escrib ien d o artículos que publicaban en p eriódicos m ás o m enos
refinados. Durante la década de 1920, O skar Pfister pronunció conferencias
en A lem ania e Inglaterra, llevando a sus aud iencias el m ensaje freudiano y
(en conversaciones privadas) tratando de con vencer a profesores influyentes
de que podían difundir las verdades freudianas entre sus alum nos. *212 P fis
ter y otros analistas produjeron a sim ism o te x to s, fia b les e in clu so le g i
b les, que intentaban ayudar a com prender las doctrinas: el exhaustivo pero
accesib le E l m é to d o p s ic o a n a lític o d e P fister se p u b licó en 1913 y apare
c ió cuatro años m ás tarde en versión in g lesa en N ueva York. N o era la
primera obra sobre e l tema: en 1911, Eduard H itschm ann había producido
una e x p o sic ió n m ucho m ás co n c isa , L a s teo ría s de F reud de la s neurosis,
pronto traducida al in g lé s. En 1 9 2 0 , G .A . (m ás tarde sir Arthur) T ansley
p u b licó T he N e w P s y c h o lo g y a n d l i s R e la tio n to L ife , una in vestigación
de eleg a n te e stilo que alcan zó siete ed ic io n e s en d os años. Y , en 1926,
Paul Federn y H einrich M en g presentaron un com p en d io psicoan alítico
“para el p u e b lo ”, D a s P s y c h o a n a ly tis c h e V olk sb u ch , en cuya redacción
involucraron a una cierta cantidad d e c o leg a s; el libro cubría todo el cam po
del psico a n á lisis (inclu y en d o e l análisis d el arte y la cultura) en treinta y
siete artículos breves, que evitaban la term in ología técnica, traducían las
palabras extranjeras y se servían d e ejem p lo s fam iliares para introducir a
Freud en lo s am bientes fam iliares.
Tal v e z Freud se burlara de ella , p ero toda esta labor no era totalm ente
fútil. En m a y o de 1 9 26, diarios y p u b lica cio n es periódicas de un p a ís tras
otro recordaron el septuagésim o cum p leañ os del fundador del p sicoanálisis
con am plias apreciaciones, algunas de e lla s b ien inform adas. Q uizá ta más
inteligente fuera e l ilustrado tributo d el e n sa y ista y biógrafo n o r t e a m e r i c a
no Joseph W o o d Krutch, publicado en e l N e w Y ork T im e s. Freud, escri
bió Krutch, “padre d e la t e o r í a del p sic o a n á lisis” , es, c o n la posible e x c e p
ción de E in stein , tal v e z el c ie n tífic o v iv o d el q u e m ás se habla”. Ese
g T ato tí t u l o de “cien tífic o ” e r a precisam ente e l q u e Freud anhelaba y só lo
lograba raramente. “ D esd e lu eg o , in c lu so h o y — con ced ía Krutch— hay
conductistas y otros antifreudianos n o declarados; pero — agregó— se p u e
de decir c o n seguridad que la influencia de su s principales concepciones
lias de Freud] se refleja cada vez con m ayor fuerza en los escritos de la
m ayoría de lo s p sic ó lo g o s y psiquiatras im portantes.” Krutch pensaba que
así co m o D arw in y sus ideas habían penetrado en toda la cultura moderna,
“ya estam os hacien do un am plio u s o d e las c o n cep cion es freudianas, y con
el correr del tiem po, c o m o ocurrió co n la c o n ce p c ió n de la ev o lu ció n , se
convertirán en una parte del acervo m ental que toda pensador considerará
in dispen sab le. C uando, ap roxim adam en te en la m ism a ép oca, a un
profesor de la Brow n U niversity em p ezó a preocuparle que el asesoram ien-
to p s ic o ló g ic o que la universid ad esta b a introd u cien d o expusiera a l o s
[5 1 2 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
estudiantes a un “m ero a n álisis en nom bre de una c ien cia a m ed io c o c i
nar” , un e d ito ria lista d el N e w Y o rk T im e s increpó al escé p tic o : « “A
m ed io cocinar” parece una exp resión mal elegid a», decía el titular. » •*»*
O b serv á n d o lo todo d e sd e una d ista n cia sardónica, Freud le c o m e n tó a
A m o ld Z w eig: « N o te n g o fam a, tengo “ notoriedad”». *»* Estaba en lo
cierto só lo a m edias; tenía notoriedad y fam a al m ism o tiem po.
V ita lid a d : El e s p ír itu d e B e r lín
In cluso e l p esim ista Freud tuvo que admitir a fin es de
la década de 1 9 2 0 que, con todas sus luchas y disputas,
lo s institutos p sico a n a líticos florecían. En una mirada
retrospectiva de 1935, señ aló co n o rgu llo los “grupos
locales de V iena, B erlín, Budapest, Londres, Holanda,
S u iza ”, a lo s cu ales se habían agregado otros n uevos
“en París y C alcuta, d o s en Japón, varios en los E stados U n id os, m ás
recientem ente u no en Jerusalén y uno en Sudáfrica, y d os en Escandina-
v ia ” . S in duda, con clu ía Freud triunfalm ente, el psicoan álisis había lle g a
do para quedarse. * 216
En la época en que Freud realizaba e se balance, varios de los institu
tos ya tenían tras de sí una historia interesante. Abaham había trasplanta
do a Berlín el m od elo de la S ociedad P sicoanalítica de V iena en 1908, pro
gram ando reuniones regulares en las que se discutía y se leían trabajos;
esa s reuniones s e realizaban en su apartamento, y se convirtieron en e l
n úcleo del capítulo berlinés de la A so cia ción P sicoanalítica Internacional,
fundada en el con g reso d e N iim berg de 1910. En los Estados U nidos, en
1911, m éd ico s interesados en el p sico a n á lisis se habían organizado, no sin
atravesar algunos m om en tos de ten sión , en d os cuerpos, aliados y rivales:
la Sociedad P sicoanalítica de N u ev a York y la A sociación P sicoanalítica
Am ericana. D os años d esp ués, Ferenczi constituyó la S ociedad P sicoan alí
tica de Budapest, que pudo prosperar durante un breve tiem po después de la
guerra, hasta que e l régim en bolcheviqu e fue derrocado en el verano de
1 9 1 9 , tom ando el p od er en feb rero de 192 0 , el régim en an tisem ita (y
16 A parentem ente, e se tipo de trabajo nunca se realizó; y sin duda no en la
década d e 1920. En lo s Estados U n id o s, aún en 1927, en una reu nión de la A m eri
can M ed ical A sso c ia tio n , P h illip Lehrm an tuvo que defender a) p sico a n á lisis de
los ataques de M orris F ish bein, el form idable editor del J o u rn a l o f th e A m eric a n
M e d ic a l A ss o cia tio n , al qu e co n v a len tía — y razón— c o n sid eró “ mal in form ado” .
(“ P re sse s the V a lu é o f P sy c h o a n a ly sis / D r. Lehrm an P re se n ts P r e se n t-D a y
Status o f T his A id to the M ental 111” , N ew Y o rk T im es, 2 2 d e m ayo d e 1 9 2 7 , s e c .
2 .4 .)
La m u e r te c o n t r a l a v id a [5 1 3 ]
antip sico a n a lítico) d e H orlhy. Budapest produjo algu n os de los talentos
más c o n sp icu o s d e la p rofesió n psicoanalítica: adem ás de F erenczi, Franz
A lexan der, Sándor R adó, M ich ael B a lin t, G eza R óh eim , R ené S pitz y
otros. La S o c ie d a d P sico a n a lítica Británica se co n stitu y ó en 1919, y el
Instituto d e P s ic o a n á lis is de L ondres, a n im ado principalm ente por e se
infatigable organizador que era E m est J ones, in ició form alm ente sus acti
vidades a fin e s d e 1924; lo s franceses, superando la obstinada resistencia
del esia b lish m e n i m é d ic o y psiquiátrico, fundaron su instituto psicoan alí
tico dos años m ás ta rd e.37 L o s italianos sig u ieron e l e jem p lo en 1932; lo s
holand eses, d espu és de p rolongados prelim inares, en 1933. E itingon, que
em igró d e B erlín a P alestin a a fines de e s e año (fu e uno de los primeros
analistas que dejaron la A lem an ia de H itler), fundó un instituto de p sicoa
nálisis en Jerusalén p o co después de llegar. V erdaderam ente, com o creía
Freud, e l p sico a n á lisis se consolid ab a.
E n l a d é c a d a d e 19 2 0 , la m ás vital d e todas e sa s organ izacion es
estaba en Berlín. A l p rincipio, la sociedad d e Abraham había sid o una ban
da pequeña y aguerrida; a lgun os de los prim eros m iem bros (c o m o el se x ó
logo M agnus H irsch feld, a q uien só lo le interesaba la liberación sexu al, y
no el p sico a n á lisis) desertaron. Pero en lo s prim eros años de la R epública
de W eim ar, B erlín se co n stitu y ó en el centro neu rálgico del psicoanálisis
mundial, a pesar d e la precaria salud p olítica de la jo v en república, am ena
zada por una in flación desbocada, asesinatos p o líticos, la esporádica o c u
pación extranjera, y una interm itente y virtual guerra c iv il. A la lu z de
esta tum ultuosa historia, resulta irón ico q u e los analistas berlin eses p u d ie
ran aprovecharse de las grandes desgracias y las persecuciones que se pro
ducían en otras partes para acrecentar su actividad. Hanns Sachs se m udó
de Berlín a V iena en 1920; Sándor R adó y Franz A lexander, M ichael y
A lic e B a lin t, a q u ie n e s le s r e su ltó im p o s ib le sop ortar la H ungría de
H orlh y, lleg a ro n p o c o d e sp u é s. O tros, c o m o M ela n ie K lein y H e len e
Deutsch, tam bién fueron a B erlín a que las analizaran y a analizar.
A lix Strachey, que se había analizado c o n Freud antes de hacerlo con
Abraham , prefería co n m ucho la atm ósfera febril y palpitante de Berlín a
la d e V iena, com parativam ente aletargada. T am bién c o m o analista, prefe
ría a A braham , y no a Freud. “ N o ten go nin guna duda — le esc rib ió a su
27 D urante algu nos años, en Francia había e x istid o a ctiv id a d p sico a n a lítica
privada — digam os qu e no organizada— , co m o la hubo en Inglaterra antes de la
fun dación d e l in stitu to británico: el 25 d e octu bre de 1 9 2 3 , e l p sico a n a lista fran
cés René Laforgue escrib ió a Freud: “A hora que e l m o v im ien to p sico a n a lític o ha
tom ado form a e n F rancia, y qu e se han o b ten id o lo s prim ero s é x ito s , sie n to la
necesid ad de entrar en co n ta cto con et m aestro d e l p s ico a n á lisis y con la e scu ela
vien esa”. (D e la corresp ond en cia Freud-Laforgue, traducida al francés por Pierre
C otet y c om p ilad a por A ndré B o u rg u íg n o n y o tro s, e n “ M ém o ria r ’, N o u v e lle
re vu e d e P sy ch a n a ly se, X V [A b ril 1 977], 2 5 1 .)
[5 1 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
esp o so en febrero de 1925— de que Abraham es e l mejor analista con el
que podía trabajar.” Estaba segura de que “en estos 5 m ese s” se había reali
za d o “ más trabajo p s ic o ló g ic o ” que “co n Freud en 15”. Esto le parecía
cu rioso, pero observ ó que o tros, c o m o “ Frau K lein ”, también pensaban
que Abraham era m ejor analista que Freud. *íl7 Sobre todo, estaba e n am o
rada de Berlín. A llí lo s analistas y lo s candidatos hablaban y discutían en
reuniones p rofesionales, en K ortditoreien, in clu so en reuniones socia le s.
C om er tonas y bailar toda la noch e no era incom patible con las con versa
cio n e s m ás serias sobre lo s a fectos ed íp ico s y el m iedo a la castración. A l
psicoanalista Rudolph Loew enstein, analizado por Hanns Sachs, el instituto
de Berlín le pareció “frío, m uy alem án”. *21* Pero incluso él adm itía que
podía enorgullecerse de contar con algunos técnicos refinados y m aestros
estim ulantes. Para un analista de la década de 1920, Berlín se había c o n
vertido en el lugar donde se debía estar.
Por una parte, co m o atestiguan las n oticias procedentes de la ciudad,
la atm ósfera se estaba v o lv ien d o cada v e z más hospitalaria para con el p si
coa n á lisis. “Este invierno — inform aron en diciem bre de 1924 Abraham,
Sachs y Eitingon— el interés por el Psa. se ha acrecentado extraordinaria
m ente. D iversos grupos están organizando conferencias populares”. D esde
el exterior llegaron algunos oradores, entre e llo s Pfister; sus palabras diri
gidas a la Sociedad para el E studio C ien tífico de la R eligión , “en general
buenas, só lo d ébiles y desm añadas en algunos m om entos”, recibieron “una
recep ció n a m istosa” en una “au diencia de 150 personas, principalm ente
te ó lo g o s ”. *il9 Tres m eses después, Abraham tenía novedades más “favora
b le s” que comunicar: acababa de leer un trabajo en la Sociedad de G in eco
lo g ía de Berlín sobre “ g in eco lo g ía y p sico a n álisis”. El auditorio de la c lí
n ic a de la u n iv e r sid a d q u e d ó a te sta d o . “ A l p r in c ip io ” , lo s m é d ic o s
p resentes, “en parte hasta entonces m uy pobrem ente inform ados, adopta
ron la bien con ocid a actitud e scép tica y sonriente” , pero en el curso de la
n oche fueron v olviénd ose más favorables al orador. En realidad, poco
después la sociedad gineco ló g ica le pidió a Abraham una copia de su c o n
feren cia , para publicarla en su revista. “ ¡U n sign o de é x ito !”, e x c la m ó
Abraham.
P ara l o s p s ic o a n a l ist a s , la m ayor atracción que había en B erlín era
Karl Abraham: seguro, d ign o de confian za, inteligente, un apoyo so sten i
d o para lo s jó v e n e s y lo s m ás im ag in a tiv os. Lo que alguna v ez Freud
d enom inó “e l prusianism o” de Abraham, en el contexto de un Berlín ex u
berante y excita do , n o constituía ninguna desventaja. Había tam bién otro
im án: la clín ica fundada en 1 920 por E m st Sim m el y Max E itingon, con
dinero de este últim o. *122 L os fundadores atribuían a Freud la idea e se n
cial, y no lo hacían por cortesía. A l hablar en el congreso de Budapest
de 1918, Freud había im aginado un futuro que — según admitía— podría
parecerle fantástico a la m ayoría de sus oyen tes. S ó lo había un puñado de
L a m u e r t e CONTRA l a v i d a [5 1 5 )
analistas en e l m undo, y m uchas dolen cia s n euróticas, en gran parte co n
centradas en to m o a lo s pobres, hasta en tonces fuera del alcance de los
analistas. Pero "algún día, la con cien cia d e la sociedad despertará y dirá que
los pobres tienen tanto derecho a contar con ayuda para la m ente com o
con ayuda quirúrgica para salvar la vida, y que las neurosis am enazan la
salud del p ueblo n o m en o s que la tu b erculosis”. En cuanto e sto s e recono
ciera, habría in stitu ciones púb licas atendidas por m éd icos con form ación
psicoanalítica para ayudar a hom bres que de otro m odo sucum birían ante
el alco h o lism o , a m ujeres en p eligro de d esm oronam iento bajo la carga de
su s p riva cio n es, y a n iñ o s cu yas ú nicas o p c io n es parecían ser la d e lin
cuen cia o la neurosis. “ E so s tratam ientos serán gratuitos.” Freud suponía
que iba a pasar m u ch o tiem po antes de qu e los Estados llegaran a aceptar
el carácter urgente d e esa s ob lig a cio n es. “Es probable que sea la filantropía
la que funde tales in stitu cio n es, pero algún día se llegará a e sto .” *“ 4 Era
un panorama g e n e r o so y , en un liberal a la antigua c o m o Freud, sorpren
dente.
La clín ica de B erlín “para el tratamiento p sicoanalítico de las enferm e
dades n erviosas", y su instituto aso cia d o , eran el primer logro del llam a
m ien to de Freud a la utopía. C on oca sió n del d é cim o aniversario, en una
pequeña F estsch rift, lo s m iem bros del instituto hablaron de aportaciones
considerables. C on la c lín ica del instituto y las facilidades para la enseñan
za — escrib ió S im m el— , lo s p sicoanalista de B erlín, adem ás de sus a ctiv i
dades terapéuticas y profesio n a les, habían in iciad o el “ tratam iento p sicoa-
n a lític o de la o p in ió n p ú b lic a ” . *»» D e las c ifr a s se d e d u c e que e ste
auto elo g io n o era só lo una fantasía de los participantes en la celeb ración ,
que se com p lacían en pon erse lau reles en la cab eza. O tto F en ic h el, en
aquel ento n ces un jo v e n p sico a n a lista s de Berlín, inform ó, co n una breve
reseña estad ística, que entre 1920 y 1 930 se habían atendido en e l instituto
1955 consu ltas, de las cu a les 721 desem bocaron en un p sicoan álisis. D e
esto s a n álisis, 117 todavía continuaban, 241 se habían interm im p id o, y
47 debían considerarse fracasos. Entre los 31 6 c a so s restantes, 116 habían
presentado alguna m ejoría, 89 una m ejoría clara, y 111 con clu yeron co n
la curación. *»* E s ev id e n te que en el ám bito del p sicoan álisis las preten
sio n e s de haber logrado m ejorías y curaciones no son co n clu yen tes, pero
inclu so aunque a lo s núm eros de F enichel les faltara certidum bre cie n tífi
ca, atestiguan una a m p liación de las actividades psicoan alíticas im pensa
ble una década antes. U n total de 9 4 terapeutas habían e stado trabajando en
el instituto y la c lín ic a d e B erlín, y 6 0 de e llo s eran, o llegaron a ser,
m iem bros d e la A so c ia c ió n P sico a n a lítica Internacional. En sín tesis, los
neuróticos in d igentes que se acercaban en busca d e tratam iento n o eran
sim plem ente con vertidos en c o n e jillo s d e indias, sin o que podían contar
con que les atendiera, por lo m en o s en parte, un profesional com petente
*zn
Mientras tanto, el in stitu to form aba a su s candidatos, y fu e en e l B er
[516] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
lín d e la década d e 1920 donde se elaboró cuidadosam ente (sus críticos dije
ron “rígidam ente”) un programa de estu dios. Incluía cursos sobre la teoría
gen eral d e l p sic o a n á lisis, sobre los su eñ o s, sobre la técnica y sobre la
tr a n sm isió n de co n o c im ie n to s a n a lític o s al c lín ic o gen eral, y tam bién
sobre tem as generales co m o la a plicación del p sicoanálisis al derecho, la
so c io lo g ía , la filo s o fía , la r elig ió n y el arte. C om o podría esperarse, aun
que el programa del instituto era variado, s e requería la lectura com pleta de
las obras de Freud. Pero si bien tod os lo s alum nos leían a Freud, no todos
s e convertían en p sicoanalistas: e l instituto distinguía entre candidatos y
oy en tes. Los candidatos recibían una form ación com pleta para la carrera
psico a n a lítica , m ientras que lo s o y en tes — en su m ayor parte p ed agogos,
jun to a alg un o s le g o s interesados— esperaban aplicar en sus p rofesiones
los c o n o cim ien to s a n alíticos que lograran asim ilar.
Las orien taciones del instituto estab lecían un análisis de form ación;
e se requerim iento se estaba todavía discu tien d o en otras partes, pero en
B erlín no podía ejercer e l análisis nadie que no hubiera sid o antes ana
lizado. S e esperaba que e se a n álisis d id á ctico durara “ por lo m enos un
año” * I2X, recom en dación que traicionaba un o p tim ism o terapéutico que
ahora parece de una frivolidad total. Pero incluso con un análisis tan bre
ve , el candidato era puesto a prueba, y e se período correspondía — com o
d ijo H anns S a c h s— “al n o v ic ia d o en una ig le sia ”. •*» La m etáfora de
Sa c h s, q u e com paraba el instituto co n una institución religiosa, era fácil y
desafortunada; se hacía e co de una acusación que com únm ente se dirigía a
lo s p sic o a n a lista s. S in em bargo, se pu ed e entender por q ué la e m p leó .
Freud se quejó d e e sto a Jones: “N o soy am igo de interpretar el papel de
S u m o P o n tífic e” . Protestó en vano.
D esp u és de que la preponderancia del Instituto P sicoanalítico de Berlín
se convirtiera en un h ech o consu m ado y bien co n o c id o entre los aspirantes
a a n a lista s, lo s c a n d id a to s co n v e r g ie r o n e n é l. M u ch o s de e llo s eran
extranjeros (in g leses, franceses, h o land eses, su e co s, norteam ericanos). Les
encantaba la inform alidad de los atuendos, les sorprendía el entusiasm o de
los participantes y su estim ulante seriedad. **» En su m om ento, los gra
duados vo lv ía n desde Berlín a sus lugares de origen para iniciar su propia
práctica profesion al o fundar institutos. C harles O dier, u no de los prim e
ros p sico a n a lista s fran ceses, se a n a lizó en B erlín c o n Franz A lexander;
M ichael B alint, q ue term inó en Londres, lo h izo con Hanns Sachs; H einz
Hartmann, que m ás tarde em igró a N ueva Y ork, con Sándor Radó. La lista
de lo s analizandos de Karl Abraham se parece a una selección de em inen
cias psicoanalíticas: los destacados analistas in g le ses Edward y Jam es G lo-
ver; H elene D eu tsch, que se an alizó tam bién con Freud y labró su reputa
c i ó n c o n e s c r i t o s s o b r e la s e x u a lid a d fe m e n in a ; la s im p o r ta n te s
innovadoras teóricas Karen H om ey y M elanie K lein, y una aguda observa
dora inglesa, que m ás tarde se contaría entre los traductores de Freud: A lix
Strachey.
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [517 ]
B e r l ín e r a s o l o e l m ás espectacular de Jos centros en lo s que e l p si
coa n á lisis aseguraba su futuro. Freud con tin u ó analizando en V iena, c o n
cen trán d ose cada v e z en lo s apren d ices de p sico a n a lista s: seg u id o r es
im portantes com o Jeanne L am pl-de G root y la princesa M arie Bonaparte,
y, por sup u esto , todo un c o n tin g en te de n orteam ericanos, se contaban
entre los “ alum nos” de Freud tras la guerra. “ Más de seis décadas d es
pu és, Jeanne Lam pl-de G root, c o n su a fecto intacto, recordó có m o era
Freud en abril d e 1922, cuando e lla , m édica recién licenciada, m enuda,
amante de la m úsica, aparentando m en o s años de los que tenía, se presen
tó por prim era v e z en B er g g a sse 19. Freud tenía en tonces casi sesenta y
seis años, y le pareció un caballero de fin o s m odales, “encantador y c o n
siderado, al e s tilo a n tig u o ” . Freud le preguntó si él m ism o o su s hijas
podían ayudarla a encontrar alo ja m ien to , y L am pl-de G root m en cion ó
en io n ces que necesitaba un piano. E sto im pulsó a Freud a con fesarle de
inm ediato que él no era a ficio n a d o a la m úsica; lo h izo por tem or a que si
la jo v en descubría m ás tarde esa lim ita ció n , e llo interfiriera en el análi
sis. Freud — añade L am p l-de G root— era “hum ano” y acc esib le, y só lo se
mostraba carente de generosidad con ta “ gen te indecente”. Cuando ella le
dijo que su querida herm ana m ayor, q ue siem pre había sid o una ch ica
fuerte m urió de gripe españ ola en cin c o días durante el em barazo, Freud le
con tó la m uerte de su hija S o p h ie. * M2 En la cordial correspondencia que
m antuvieron d espu és de que la m ujer v o lv ie ra a lo s P aíses B ajos, ella se
con virtió pronto en su “ querida Jeann e”. N o todo analizando llegaba a
conocer a un Freud igualm ente encantador, pero a fines de la década de
1920 los hilos de su in flu e n c ia se entretejían en una intrincada red sobre
Europa y lo s E stados U n id o s.
E l psic o a n á lisis presentaba otros sig n o s de robusta salud. Hasta la
llegada de los nazis al poder en 1 9 33, lo s co n gresos internacionales bien a
les de psicoanalistas eran inexcusables; se los aguardaba con ansiedad y se
asistía puntualm ente. Freud, p reocu pad o por su p rótesis, ya no acudía,
aunque la d ecisión de quedarse en casa n o le resultó fácil de tomar. La p o s
puso todo lo que pudo. En m arzo de 19 2 5 , m ientras avanzaban los prepa
rativos para el congreso de B ad Hom burg, le escribió a Abraham; “U sted
esiá en lo cierto ai observar que de n u ev o e stoy h aciendo p lanes, pero
cuando lleg a el m om ento, m e abandona el coraje para llevarlos a cabo.
Por ejem p lo , si en los d ías del co n g reso no m e sintiera con m i p rótesis
a Abram Kardiner, que se analizó co n Freud en 1921, recuerda có m o Freud
pasó con sus analizandos de una sem ana de s e is días a otra de c in c o . A nte nortea
m erican os esca n d a lo so s que se negaban a ser ana liza d o s por ningú n otro, é l c o n
su ltó con A nna Fieud, que era “ algo m atem ática”, quien le su girió que pod ía aten
der a seis analizandos si le dedica b a c in c o horas a cada uno, m ientras que c o n su
antigua agenda sólo podía atender a c in c o . (Afbraham ] Kardiner. M y A n a ly s is
w ith Freud: R e m in iscen ces [ 1 9 7 7 ], 1 7 -1 8 .)
[518] R e v i s io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
m ejor que durante la últim a sem ana, sin duda n o viajaré. D e m odo que
haga su s pla n es sin contar co n m ig o ” . E n v ió a su hija A nna en su
tugar, a sí que e stu v o presente por lo m en os en espíritu.
Fue p asando e l tiem po y las instituciones quedaron establecidas; las
pu b licacion es p sicoanalíticas brotaron en un país tras otro, añadiéndose a
las fundadas antes de la Primera Guerra M undial: la Revue F rangaise d e
Psych a n a lyse en 1 9 2 6 , la R iv ista P sic a n a lisi en 1932. N o m enos alenta
dor era el h ech o de que los escritos de Freud hubieran sido traducidos a
otros idiom as. E sto sign ificab a m ucho para él: su correspondencia de la
década de 1920 está sembrada d e exp resiones de intenso interés por las tra
d u c c io n e s proyectadas y de com entarios sobre traducciones term inadas.
P sic o p a lo lo g ía d e la vida cotidiana, su libro m ás am pliam ente difundido,
apareció durante la vida de Freud en d o ce idiom as diferentes; los T r e s
en sa yo s de te o ría sexu al, en n uev e, y L a in terp reta ció n de lo s sueños, en
och o. Las prim eras v ersion es n o siem pre fueron fe lic e s. A .A . Brill, que
en lo s días h eroico s tuvo alg o así c o m o el m o n op olio de las traducciones
de Freud al in g lé s , se m ostró a v e c e s d esp reo cu p a d o o tem ib lem en te
im p reciso; por e je m p lo , n o c o n o c ía , o n o le preocupaba, la diferencia
entre “ch iste” (joke) y “agudeza” (w it). Sin em bargo, Brill perm itió al
m un do d e habla in g lesa vislum brar por lo m en o s una som bra, aunque
difusa, de las teorías de Freud incluso antes de la guerra: p ublicó su traduc
ció n d e lo s T re s e n sa yo s s o b re te o ría sex u a l en 191 0 , y la de La in te rp re
ta c ió n d e lo s su e ñ o s tres años más tarde.»
D e sp u és la s traducciones em pezaron a mejorar: en 1924 y 1925, un
p eq ueñ o eq u ip o in g lé s p ub licó lo s C o lle c te d P a p e rs de Freud en cuatro
v o lú m e n e s .» Esto fu e obra de James y A lix Strachey y de la incom parable
Joan R iviere, esa “ alta belleza eduardiana co n som brero estam pado y so m
brilla escarlata” , cu y a s v ersio n es captaban la energía e stilístic a de
n Freud p ercib ía lo s d efec to s de B rill c om o traductor. En 1928 lo s su girió
con de lic ad e za en una carta al aspirante a p sico an a lista húngaro Sándor Lorand:
“ Hasta don de yo sé , de m i In terp reta c ió n d e lo s su eñ o s hay só lo una traducción
in g les a , la d el Dr. B rill. S i uno realm ente qu iere leer el lib ro, su p o n g o que lo
m ejor e s hacerlo en alem án” . (Freud a Sándor Lorand, 14 de abril de 1928, Freud
C o lle ctio n , B 3 , L C .)
30 U n error o b v io de esta traducción era la su stitu ció n de los térm inos del
alem án corrien te que Freud prefería por n e o lo g ism o s e so té rico s. Un ejem p lo par
ticularm ente m onum ental e s “cath exis", ahora casi ex clu siv a m en te im plantado en
la term in o lo g ía p sico a n a lític a in g lesa y n o rteam ericana. La palabra traduce el
alem án B e se tzu n g , palabra d el lengu aje com ú n rica en sig n ifica d o s su g erid o s,
entre e llo s “o c u p a c ió n ” (por tropas) y “carga" (elé ctr ica ). La so lu ció n d e l propio
Freud, qu e aparentem ente nunca com u nicó a sus traductores, era in g en io sa y feliz:
en una carta anterior a Ernest Io n es, habló de “ in te ré s (B esetzung )" . (Freud a
Io n es, 2 0 d e n oviem b re d e 1 9 0 8 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2, LC .) [En lo s
tex to s e n c a ste lla n o , su e le n aparecer, sig u ie n d o e l e je m p lo in g lé s , la s v o c e s
“c a tc x is” y “ca te x ia ” ; en otros ca so s, se em plean “ca rg a ”, “ investidura" o "inves-
tición " (T .)].
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [519]
Freud mejor que todas las otras. Freud q uedó im presionado. «Ha llegado el
prim er volum en de la “C o le c c ió n ” — le escrib ió a Jones a fines de 1924—
¡Muy herm oso! ¡Y estim ab le!» Le preocupaba e l hecho de que algunos de
sus artículos “ anticuados” tal v e z no fueran la m ejor presentación del p si
coan álisis ante el p úb lico in g lés, pero esperaba algo m ejor para cuando
apareciera, unas pocas sem anas m ás tarde, e l segundo volum en, con sus
historiales. En todo ca so , " veo que usted ha logrado su intención de c o n
solidar la literatura psicoan alítica en Inglaterra, y lo felic ito por este resul
tado, que yo casi yá no m e hubiera atrevido a esperar”. * a7 Un año m ás
tarde acusó recibo del cuarto volu m en con un sincero agradecim iento y su
esc e p tic ism o habitual: “ N o m e sorprendería que el libro só lo llegara a
ejercer cierta influ en cia m uy lentam ente” . *»«
C om o de costum bre, se quejaba m ás d e lo necesario. Esta aparición en
inglés de los escritos de Freud tuvo una im portancia trascendental para la
difusión de las ideas p sicoanalíticas: e l conjunto de artículos quedó pronto
esta b lecid o co m o tex to norm ativo para los analistas que no conocían el
alem án. C ontenía casi todos los trabajos breves de Freud publicados desde
m ediados de la década de 1890 hasta m ediados de la de 1920: los artículos
esen c ia le s sobre la técn ica , la p o lém ica historia del m ovim ien to psícoana-
lítico , tod os lo s artícu los pu b lica d o s sob re m eta p sicología y p sicoan álisis
aplicado, los c in co grandes h istoriales (D ora, el pequeño Hans, el Hombre
de las Ratas, Schreber, e l H om bre de lo s L obos). D ado que m uchos ana
listas jó v e n e s de Inglaterra y lo s E stados U n id os no tenían talento para los
idiom as, o n o estaban d ispu estos a tom arse e l trabajo de estudiar el a le
mán hasta dom inarlo (c o m o habían h ec h o E m est Jones, los Strachey y
Joan R iviere), traducir a Freud, y traducirlo bien, era una manera de forta
lecer lo s lazo s de la fa m ilia psico a n a lítica internacional.
C om o ya h em o s v isto co n claridad , e sta fam ilia no viv ía en plena
armonía. A lgun as de las diferen cia s qu e invadían el m ovim iento d esde
principios de la década de 1 9 20, en el fond o eran personales. M uchos ana
listas pensaban que G roddeck resultaba dem asiado corrosivo com o para ser
un orador p ú blico útil en lo s con g reso s (dem asiado corrosivo y dem asiado
indiscreto).^ E m est Jones estaba resen tido con O tto Rank, mientras que
El 15 de marzo de 1925, el terceto de B erlín —Abraham. Sachs y E itin
gon— informó en su circular que Groddeck (de paso en la ciudad para pronunciar
conferencias), a través de un ciclo de tres charlas, había atraído hacia su persona
una atención que denominaban “desagradable” . En una de ellas, se detuvo apaien-
iemente al oír el cláxon de un automóvil que pasaba por la calle, para desarrollar
luego sus asociaciones libres relacionadas con ese ruido. “Según una fuente bien
informada, pasó más de una hora revelando los detalles más íntimos de su vida
privada, y al hacerlo incluyó a su esposa, que se encontraba presente; sus revela
ciones fueron incesantes y expresadas del modo más grosero." Uno de los temas
que examinó pudo haber sido el de su actividad masturbatoria. El 13 de abril,
[5 2 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
Ferenczi pensaba qu e Jones era un antisem ita. A Freud le exasperó la noti
cia de que A lem an ia estaba prestándose a la realización de una p elícula
sobre e l p sico a n á lisis. B rill, entronado en N u eva Y ork, ponía a prueba la
p aciencia de tod os, al no contestar las cartas. En encuentros en Londres,
M elitta S ch m ideberg, una analista d e n idos, se había enzarzado en una
indecorosa p o lém ica pública con la pionera del an álisis de niñ os, M elanie
K lein.
Pero las c o n c e p c io n e s incom p atibles y ferozm ente defen d id as sobre
teoría y técnica p sicoan alíticas n o eran sim p les m áscaras de enfrentam ien
tos person ales, de angustias e c o n ó m ica s, o de la com prensible am bición
d e tener éx ito en un cam p o altam ente com p etitivo. Provenían en p an e de
interpretaciones contradictorias de los textos d e Freud, y, también en par
te, de experien cias clín ica s d ivergentes que abrían nuevas direcciones para
la terapia y la teoría analítica. C onstituían oportunidades de realizar apor
tacion es orig in a les, y Freud las apoyaba, siem pre dentro de ciertos lím i
tes.
Entre lo s teóricos de la década d e 1920, sin duda fue a M elanie K lein a
quien se d ebieron las m ayores in n ovaciones. H abía n acido e n Viena en
1882, pero só lo descub rió a Freud al mudarse a Budapest a la edad de ve in
tioch o años. L eyó a su m o d o la literatura psicoan alítica, fu e analizada por
F erenczi, y e m p e z ó a esp e c ia liz a r se en e l a n álisis de niñ os. Entre sus
p equ eñ os pacien tes se contaron sus propios hijos varones y su hija, sobre
lo s cu ales esc r ib ió a lgun os artículos c lín ic o s, d isim ulando apenas la iden
tidad de los protagonistas. En aquella ép oca el análisis de niños todavía
parecía una aventura sum am ente problem ática, pero siem pre F erenczi, y
m ás tarde Abraham , quedaron fascinados por los descubrim ientos de K lein,
y lo s defendieron de c o le g a s burlones. Ella necesitaba m ucho ese apoyo,
pues no tem a m o d elo s que pudiera seguir; d espués de todo, el análisis rea
lizado por Freud del p equeño Hans había sid o en gran m edida un análisis
de segunda m ano.” En 19 1 9 , K lein em p ezó a publicar los resultados de su
trabajo c lín ic o co n niñ o s, y en 1921, atraída por el interés de Abraham
h acia sus ideas, se e sta b leció en Berlín, analizando, discutiendo, p ublican
do.
A lix Strachey lle g ó a co n o cer bien a M elanie K lein y a sim patizar
m uch o co n ella; la acom pañó a lo s cafés y a lo s salon es de baile, admiran
do su vitalidad, su atractiva energía erótica, su poder retórico. En una ca n a
a su e sp o so . Jam es, d escrib ió una de las típicas tormentas que so lía desen -
Abraham y Eitingon añadieron que un conocido suyo había visitado a Groddeck
en Baden-Baden, y éste le contó “espontáneamente” el episodio de la asociación
libre realizado frente a una audiencia. “Un cierto número de otros detalles muestra
que G. hace con el Psa. lo que le parece en cada m om ento.” (Ambos textos en los
papeles de Karl Abraham, LC.)
32 Véanse las págs. 2 9 4 -2 9 8 .
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [521]
cadenar la K lein, salp ican do su inform e (c o m o era su costum bre) c o n pala
bras alem anas. La carta e s un v iv id o tributo al espíritu de contradicción,
pero tam bién a los e stím u lo s in telectu a les que penetraban toda la cultura
analítica de Berlín: “ La S itzu n g de an och e” de la S ociedad P sicoanalítica
de Berlín — escribió— había sid o m uy estim ulante. “ D ie K lein presentó
sus m od os de ver & e x p e rien cia s sobre e l K inderanalyse, & al final la
o p o sic ió n m ostró su v en erab le ca beza, & realm ente dem asiado venerable.
D esd e luego, las palabras em p lead as eran p sicoanalíticas: peligro de d eb ili
tam iento del Ichideal, etc. Pero pien so que e l sen tido era puramente antia
nalítico: no tenem os que d ecirles a los n iñ os la terrible verdad sobre sus
tendencias reprim idas, etc. Y e sto aunque die K lein d em ostró con total c la
ridad que e so s niños (desd e los 2, 3 /4 añ os) ya estaban estropeados por la
represión d e su s d e se o s & por la m ás aterradora S ch u ld b e w u sstse in (=
o presión e x c e siv a o incorrecta por parte del U eb erich ). “A lix Strachey
continúa señalando que la o p o sic ió n había estado representada por « los
d octores A lexander y R adó, y fue puram ente afectiva y “teórica”». D e s
pués d e todo, con la ex ce p c ió n de “die M elanie” nadie sabía nada sobre
niños. Por fortuna, una orador tras otro “se precipitaron” a “defender a die
K lein. T o d o s se unieron a e lla & atacaron a los 2 húngaros m oren os” . **»
L os d o s c a so s que K lein presentó en a p o y o de sus argum entos en esa
tum ultuosa reunión fu eron, en o p in ió n de A lix S trachey, “especialm ente
brilla n tes”. Por cierto , " si die K lein m e inform ó correctam ente, su causa
m e parece irresistib le. V a a V iena a leer su trabajo, & se espera que
encuentre la o p osición d e B em ferld t & Eichh om (?), e so s p edagogos d ep lo
rables y , m e tem o, la d e A nna Freud, esa sentim ental abierta o secreta” .
El im p u lsiv o partidism o d e A lix Strachey equ ivalía a un p rólogo d e los
debates q ue tuvieron iugar d esp u és d e qu e M elan ie K lein se m udara a
Inglaterra en 1 9 26, adm irando c o n sus teorías a los sorprendidos co leg a s.
“B ien — co n c lu y e su inform e A lix Strachey— , fue sum am ente estim u lan
te, y se desataron m u chos m ás sen tim ien tos que de costum bre”.” *2*0
Era cierto: a llí d on d e llegab a M elanie K lein , los sen tim ien tos se d e s
bordaban. Incluso q uienes s e negaban a segu irla en sus in n ovacion es teóri
cas quedaban fascinados por la técnica d el ju ego que em pleaba en e l p sico
an álisis de niños. El ju e g o — sosten ía c o n energía— era el m ejor m od o, a
m enudo el único, de hacer em erger las fantasías del niño para som eterlas a
interpretación, ya giraran en to m o a la curiosidad sobre las relacion es
sex u a le s, a lo s d e se o s de m uerte contra lo s herm anos o al o d io a un p roge
nitor. En m an os de K lein , la interpretación se convertía en un arma poten-
M “Bem íeldt & E ichhom '’ eran Siegfried Bemfeldt y August Aichhom, dos de
los más prom etedores jóvenes de Viena. El prim ero, más tarde, reunió Importante
material biográfico y publicó no menos im portantes artículos tam bién biográfi
cos que Jones utilizó en su propia biografía de Freud. El segundo llegó a ser bien
conocido por su trabajo psicoanalítico con niños delincuentes.
[5 2 2 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
te p ero — seg ú n in sistía e lla m ism a— en últim a instancia b en éfica . A
diferen cia d e sus críticos, estaba dispuesta a ser tan franca c o m o resultara
hum anam ente p o sib le a la hora de interpretarles a sus pequeños pacientes
e l sig n ific a d o de sus fantasías. Pero M elan ie K lein era algo m ás que una
terapeuta im aginativa; sus desarrollos de la técn ica clínica se fundaban en
(y en parte generaron) desarrollos m eta p sico ló g ic o s. Mientras elaboró su
sistem a, durante lo s años de su estan cia en Inglaterra, p ostuló la aparición
del co m p lejo de E dipo y del superyó en una etapa de la vida m uy anterior
a la prom u lg a d a por Freud. S e g ú n K le in , e l m undo interno d el n iñ o
pequeño e s una m asa d e fantasías destructivas y angustiosas, saturadas de
im á g en es in co n scien tes de m u tilación y m uerte. Para Freud, el n iñ o es un
sa lv a je e g o ísta ; para K lein , un caníb al a se sin o . Si algu ien se tom ó en
serio la pu lsión de m uerte freudiana y todas sus con secu en cias, fue M ela
n ie K lein .
P ero en su teorización sobre la infancia se apartaba de la secuencia del
desarrollo que Freud y su hija consideraban m ás plausible. A l principio,
Freud adoptó una postura escéptica. “El trabajo de M elanie K lein afronta
m uchas dudas y con tradicciones — le escrib ió a E m est Jones en 1925— .
En cuan to a m í, n o so y m uy c o m p eten te para em itir un ju ic io en c u e stio
nes p ed agógicas.” *** D o s años m ás tarde, ya se había definido. En una
v ig o ro sa carta a Jones, in sistió en que había tratado de ser im parcial entre
M elanie K lein y A n na Freud; por una parte, el m ás form idable adversario
de K lein era, después d e todo, su hija; por otro lado, e l trabajo de Anna
Freud era com pletam ente independiente del trabajo del padre. “A lg o que en
todo ca so p uedo revelarle — agregó— e s que la concep ción de Frau K lein
sobre la conducta d el y o ideal en lo s n iñ os m e parece totalm ente im p osi
ble y está en contradicción c o n todos m is su p u estos.” * U1 A co g ía co n g u s
to la dem ostración kleiniana de que lo s niños son “m ás m aduros de lo que
s o lía m o s pensar". Pero tam bién e s o “ tien e sus lím ite s, y en s í no prueba
nada”. *M3
N o puede sorprender que e l debate entre M elanie K lein y A nna Freud
provocara c o n flic to s m ayores, ni que a Freud le resultara im posible m an
tenerse c o m o el ente neutral que afirm aba ser. Pero daba salida a su irrita
ció n m ás apasionada principalm ente en la intim idad de su correspondencia
co n E m est Jones, en la que se perm itía un lenguaje m ás bien acerbo. A cu
só a Jones de haber organizado una cam paña contra el m odo de analizar
n iños de su hija, d efen dió la crítica que había realizado Anna de las estrate
g ia s c lín ic a s de M elanie K lein, y se m a n ifestó resentido por la im putación
referente a que había sid o insu ficientem en te analizada. Este últim o cargo
golpeaba a Freud en un punto débil; consideraba tales insinuaciones p e li
grosas e inad m isib les. “¿Q uién, despu és, de todo, ha sid o lo su ficien te
m en te analizado? Le p u ed o asegurar — r e p lic ó con cierto ardor y, por
sup uesto, co n cono cim ien to de causa— que A nna ha sido analizada durante
m ás tiem p o y m ás com pletam ente que, por e jem p lo, usted m ism o ”. *«+
L a m u e r t e c o n t r a l a v id a [523]
N eg ó que estuviera considerando las o p in iones de su hija com o algo sagra
do e inm une a la crítica; de hech o , si alguien trataba de cerrarle a M elanie
K lein cualquier v ía de exp resió n , é l m ism o se ocuparía de abrírsela. Pero
K lein y sus aliados eran realm ente m uy irritantes: llegaban a decir que, en
sus a n álisis. A nna Freud eludía por p rin cip io e l com p lejo de E dipo. El
estaba em pezando a preguntarse si aquellos ataques contra su hija n o eran
en realidad ataques contra é l m ism o .
Sin em bargo, en letras de im prenta era p o co lo que Freud d ecía sobre
el tema; com entó brevem ente las ideas de K lein sobre el sentim iento de
culpa y, con aprobación, su observación de que la severidad del superyó de
ningún m odo es proporcional a la severidad con que se ha tratado al n i
ñ o. Esta discreción política presenta a Freud en el papel de anciano
estadista, de líder que está m ás allá de la batalla. El análisis de niñ os,
ob serv ó en una nota añadida a su P resen ta ción au tobiográfica e n 1 935,
había recibido un pod eroso im p ulso a través de “la obra de Frau M elanie
K lein y de m i hija, A nna Freud” . Hubo k leinianos desde principios de
la década de 1930; esta orientación lle g ó a ejercer una influencia profunda
esp ecia lm en te en Inglaterra, A rgen tin a y a lgunos institutos analíticos nor
team ericanos. Pero Freud estaba concentrando su fu ego sobre otros blan
cos, reservando sus energías para cu estiones candentes que a su j u ic io eran
las que m ás e x ig ía n su in terv en ció n : la controvertida d e fin ic ió n de la
angustia, la disputa sobre el análisis le g o , y la más turbadora de las c u e s
tiones: la sexualidad fem enina. Participar activam ente en los debates que
tales problem as estaban provocando era una manera de seguir vivo.
D ie z
Luces vacilantes sobre
continentes negros
Las cuestiones que desde m ediados de la década de 1920 preocuparon a
Freud no eran para é l puras abstracciones, sin o que se habían convertido
en urgentes co m o co n secu en cia de ciertos a contecim ientos de su vida per
sonal. U na v e z m ás, p on en de m a n ifiesto e l con tin u o tráfico que se produ
cía en la m en te d e Freud entre lo s sen tim ientos privados y las generaliza
cio n es cien tífica s, intercam bio que n o h acía m enguar la intensidad de sus
sentim ientos ni su pertin en cia para su c ien cia. Por debajo de la superficie
de su argum entación racional, a cech a Freud c o m o padre d ecepcionado,
m entor preocupado, h ijo angustiado.
R a n k y l a s c o n s e c u e n c ia s
El ú ltim o de su s p artid arios d e q u ien Freud podría
haber esperado que le creara problem as era su apreciado
y (seg ú n creía) com p letam ente fiab le hijo psicoan alíti
c o O tto R ank. P ero, en 1 9 2 3 , Rank protagon izó algu
nos episod ios d esdichad os que ya presagiaban la apari
c ió n de co n flicto s; e n a g o sto , por ejem p lo, com iendo
con e l C om ité en San C ristoforo, A nna Freud presenció un estallido que
m ás tarde describió c o m o “hilaridad histérica”. *> T am poco era m uy pro
metedor que R ank hubiera em pezado a defender p osiciones teóricas y téc
[5 2 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
nicas que lo apartaban co n siderablem ente de las ideas en las que había
bebido durante dos décadas y que tanto había hecho por difundir. Se c o n
virtió en rankiano despu és de haber sido uno de los freudianos m ás ortodo
xo s. En la posguerra, R ank había dem ostrado ser un auxiliar tan grato
— rápido, eficien te, filia l— que Freud hubiera deseado tener m uchos com o
él. Pero só lo unos p o c o s añ os m ás tarde, lo m e n osp reció c o m o "un
im postor por naturaleza" (un H ochstaplernatur). La reacción de Freud no
se lim itó a p onerle un m ote: a sim iló y ela boró esa última e inesperada
d ecep ció n proponiendo una revisión fundam ental de la teoría psicoanalítica
de la angustia. El en sa y o que p u b licó en 1926 con el título de I n h ib ic ió n ,
sín to m a y a n g u stia puso de m anifiesto su capacidad intacta para sacar par
tido de las pérdidas.
Freud se había interesado por Rank de m odo incondicional y durante
m ucho tiem po. R eco n o ció enseguida el talento del joven autodidacto que
fue a v isita rlo en 1905 lle v a n d o e l m anu scrito de El artista. L e brindó
apoyo para que com pletara su educación form al, lo designó encargado de
las actas de las reuniones d e lo s m iérco les por la noch e, lo em p leó com o
ayudante editorial, ayudó a financiar sus estudios y sus viajes de v acacio
nes. En 1912, con la d elicadeza que ponía de m anifiesto con quienes no
disfrutaban de la m ism a prosperidad que é l, Freud invitó a Rank a acom pa
ñarlo en una v isita a Inglaterra, y le p id ió que considerara esa invitación
“co m o m i agradecim iento por su m ás reciente y espléndido libro” . ** Lo
que e s m ás im portante, anim ó m u ch o al “pequeño Rank” para que se for
mara c o m o analista le g o , y sistem áticam en te dem ostró su confianza en él
designándolo para cargos co n responsabilidad: Rank figuró com o fundador
y editor de ¡m ago, e n 1 9 1 2 , y d el Intern ationale Z eitschrift. Cuando, en
1919, la generosa don ación de vo n Freund a la causa p sicoanalítica hizo
p osib le estab lecer una editorial propia, la V erlag, Rank fue u no de sus
fundadores y su director. En aquella época ya llevaba algunos años for
m ando parte del círcu lo ín tim o. C uando en 1912 se form ó el C om ité, la
rígida guardia pretoriana que rodeaba a Freud, se dio por supuesto que él
debía formar parte de ella.
La actitud de Freud co n resp ecto a su joven d iscíp u lo era afectuosa y
paternal. Siem pre tendía a precuparse por Rank. En diciem bre de 1918 le
escribió a A braham sobre la jo v e n que Rank c o n o ció durante su servicio
m ilitar c o m o editor en C racovia, y co n la que se había casad o un m es
antes: “Rank parece haberse h ech o realm ente m ucho daño a s í m ism o con
su m atrim onio, una m ujercita jud eo p o la ca c o n la que nadie sim patiza y en
la que n o se advierten intereses superiores. Es una lástim a y no dem asiado
com prensible. *3 Este era uno d e e so s irresponsables ju icio s sum arios que
Freud se perm itía a v e c e s y lu e g o descartaba rápidamente; pronto cam bió
de o p in ió n sobre B eata Rank, una jo v e n atractiva y reflexiva. > A l año
1 Es característico que la opinión de Anna Freud sobre Beata Rank coincidie-
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 2 7 ]
sigu ien te, le agradeció en letras de im prenta una sugerencia que le había
h ech o y que le resultó útil para su artículo sobre “lo extraordinario”; **
lleg ó a acoger con gusto las aportaciones de ella a la vida social de su
círcu lo , y en 1923 allanó e l ca m ino a su so licitu d de a filiación a la S o c ie -
dad P sico a n a lítica de V ien a. D escartada su caprichosa im presión sobre
Beata, a Freud le preocupó aun m ás que antes la carrera de Rank. D espués
d e todo le había a consejado (lo m ism o que a su hija A nna y a su am igo
Pfister) que no perdiera el tiem po co n estud ios de m edicina para llegar a
ser psicoanalista. “N o esto y totalm ente seguro de haber estado acertado en
su m om ento cuando le h ice desistir del estu dio de la m edicina — observó
en una carta a Rank en 1922— . En general, creo que h ice bien cuando
p ie n so en m i propio aburrim iento m ientras estudiaba m ed icin a”. C on un
suspiro de a liv io ca si a udible, c o n clu y e que, en vista de que Rank había
ocupado el lugar que le correspondía entre los analistas, ya no consideraba
necesario seguir justificand o e se c o n sejo . *7
Por supuesto, Rank n o estaba recibiendo favores que n o se hubiera
ganado; pagaba a su m anera co n serv icio s perm anentes, fidelidad incu es
tionable y p u blicacion es prolíficas. La cantidad y diversidad de sus activi
dades — editar, escribir, analizar— h icieron que se destacara com o un caso
excepcional entre lo s prim eros analistas, que no obstante se caracterizaban
por sus m uchas horas de trabajo duro y por su plum a fácil. Incluso Em est
Jones (a quien Rank le desagradaba seriam ente) le reconoció una capacidad
insuperable para el control adm inistrativo. Pero esa ajetreada actividad y
esa gran efica cia se vieron puestas a prueba, y destruidas, a m ediados de la
década de 1920.
Freud fue el ú ltim o en desco n fia r de Rank. En 1922, cuando éste y
F erenczi estaban escribiend o un libro sobre técnica que a otros analistas
iba a parecerles ex trem ad am ente perturbador, Freud lo s estim u ló . “Su
alianza con Ferenczi — le esc r ib ió a Rank— cuenta, com o usted sabe, con
mi m ás com p leta sim patía. La reciente y osada iniciativa de su proyecto
con jun to es realm ente satisfa cto ria ” . S iem pre había tem ido — agregaba
Freud— estar im pidiendo que su s íntim os asumieran p o sicion es indepen
dientes; en e se m om ento le resultaba grato “ver pruebas en sentido contra
rio ” . ** El libro r e su lta n te, titu la d o E t d e sa rro llo d e l p s ic o a n á lis is , se
p ub licó a p rincipios de 1924; conten ía m ucho m aterial interesante sobre
técnica, pero sugería desatender hasta cierto punto las experiencias infanti
les del analizando, co n el o b jeto de abreviar los análisis. Su op tim ism o
ra con la de su padre. Hablando del "cam bio de personalidad" de Rank, le escribió
a Ernest Jones: "En un prim er m omento me sentía inclinada a culparla a ella, y
después parecía como si ella fuera, en m ayor grado, la víctima". (Anna Freud a
Jones, 8 de febrero de 1955, Papeles de Jones, Archivos de ta British Psycho-
Analytical Society, Londres).
[528] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
terapéutico no coincidía con la idea freudiana de la necesidad de un trabajo
a n alítico te d io so y prolongado.
A proxim adam ente en la m ism a é p o ca , Rank publicó E l trau m a d e l
n acim ien lo , que dedicó a Freud, pero que era potencialm ente m ucho más
perturbador que su producción conjunta co n Ferenczi. Señalaba el trauma
del n acim iento, y la fantasía d e v o lv er ai se n o m aterno, c o m o m ucho m ás
im portantes en la historia de la m ente que m uchos traumas y fantasías
ulteriores. Pero Freud n o se alteró.
L a tranq u ilid a d de Freud era alg o m ás que aceptación pasiva. Estaba
cultivando cuidadosam ente su credulidad, e hizo cuanto pudo por m in im i
zar los crecientes ind icios de q ue Rank podría convertirse en otro Adler (o
Jung). In sistió en atribuir las ten sio n es e x iste n tes entre sus seguidores a
m eras ren cillas personales. Los otros n o estaban dispuestos a n o tomarlas
en serio; s ó lo E itin g o n , o p tim ista por naturaleza y siem p re listo para
hacerse e c o de las o p in io n e s de Freud, no le s d io im portancia durante
algún tiem po. Las c u estio n es que separaban a R ank y Abraham , le e sc r i
b ió a Freud en enero de 1 9 24, eran “d e sd e lu ego, desagradables, pero
m u ch o m enos im portantes para el m o v im ie n to en su conju n to que lo s
c o n flic to s entre R [ank] y Jon es” . *9 En el m ism o m es, Freud le recordó al
C om ité que, después de todo, él había aceptado que Rank le dedicara el
libro sobre el trauma del nacim iento. A d m itía advertir algunos problem as
en las nuevas técn icas sugeridas aquí y allá por Rank y Ferenczi e, in clu so
m ás, en la teoría de Rank acerca d el trauma del nacim iento, pero esperaba
que la cordialidad esencial entre co leg a s no resultara dañada. * » Todavía en
febrero se m anifestó sorprendido ante la grave contrariedad de Abraham por
las recientes p ublicaciones de Rank y F erenczi. A ún se mostraba reacio a
entrar en e l debate. “ M e esfu erzo — le escribió a E itingon— por n o abusar
de m i autoridad y socavar la independencia de m is am igos y partidarios.
N o e x ijo que todo lo que produzcan cuente con mi total asentim iento.
N aturalm ente, e llo supone — ag reg ó con prudencia— que no abandonen
nuestro terreno com ún, pero esto , después de todo, es difícil de esperar de
Rfank] o de F[erenczi]”. *n Rank se sin tió un tanto decep cion ad o ante la
respuesta d e Freud; le dijo, respetuosa pero francam ente, que le im presio
naba porque n o la veía com pletam ente “despejada” o libre de errores. N o
obstante, se m anifestaba agradecido por la pacífica postura de Freud. * «
Por e n to n c e s, A braham ya había levantado barricadas. A fin es de
febrero alertó a Freud acerca d e una “ preocupación que no ha hecho más
que crecer en sem anas de autoexam en sin d esca n so ”. Afirm aba no tener
ninguna intención d e organizar una caza de brujas. “Resultados de cual
quier tipo alcanzados m ediante el m étodo analítico tradicional nunca o ca
sionarían d escon fian zas graves”, pero se trataba de a lg o distinto. “V eo sín
tom as de un desarrollo im perfecto en el que están im plicadas cu estiones
p sico a n a lítica s v ita le s. E lla s m e em pujan, para mi m ás profundo pesar
C o n t in e n t e s n e g r o s [529]
— y n o por primera v e z en m i carrera p sicoan alítica— , a asum ir el papel
de quien previene”. * 13 Las ideas d ifu nd id as por Rank y F erenczi en su
D esa rro llo del P sic o a n á lisis e , in c lu so m ás, ú nicam ente por R ank en su
Traum a d e l n a cim ien to, le causaban a Abraham la im presión de ser dem a
siado atrevidas c o m o para que se las pudiera ignorar o disculpar.
A l m en os en e s e m om en to, Freud s e n eg ó a prestar atención a la alar
ma que Abraham hacía sonar en B erlín . En m arzo, a pesar de las c u estio
nes inquietantes suscitadas por e sa s "osadas” iniciativas, Freud pudo toda
vía e sc r ib ir le a F e r e n c z i (e l m á s fir m e a p o y o de R ank en e l c ír c u lo
ín tim o) que “m i c o n fia n za en u sted y R ank e s incondicional. Sería triste
que después de 15 ó 17 años de c o n v iv en cia a uno todavía pudieran decep
cionarle” . R e c o n o cía su e sc e p tic ism o co n respecto a la terapia analítica
breve que Rank y Ferenczi estaban recom endando; pensaba que una terapia
de e s e tip o “sacrifica el a n álisis a la su g e stió n ” . Pero el abism o que se
estaba abriendo entre Rank y los otros lo acongojaba. “H e sob revivid o al
C om ité designado para sucederm e, quizá sobreviva a la A sociación Inter
nacional. C o n fiem o s en que el p sic o a n á lisis m e sobrevivirá a m f ’. Pero,
por fortuna, cualquier parecido entre Rank y Jung era superficial: “Jung
era un m al tip o”
Freud, dip lom ático, m oderador y pacien te, difería de los protagonistas
de la catá su o fe en curso, que parecían prepararse para el com bate. Ferenc
zi, co lé r ic o en defensa de R ank, d en u n ció a Abraham por sus “am biciones
y c e lo s d esen fren ados”; só lo e llo s , le escrib ió a R ank, podían exp licar que
se atreviera a “difam ar” sus escrito s y lo s de Rank com o “m anifestaciones
de deserción”. Freud se engañaba al segu ir creyendo que Ferenczi no
com partía “ la e x a sp era ció n d e R ank c o n A braham ” (m ás bien tenía la
esperanza de que así fuera). Pero el v ie jo guerrero, haciendo ostentación
de su m ala salud y del d isg u sto general que le provocaban aquellos roces a
su alrededor, m aniobraba para m antener la paz y conservar a Rank en la
fam ilia. El intento fu e v a lien te p ero inútil. A m ediados de m arzo, Rank
inform ó co n fid encialm en te a Ferenczi sobre una conversación con Freud,
que le había deparado algunas sorpresas. Aparentem ente, el m aestro traba
jaba en un en sa y o q ue criticaría las recien tes teorías de Rank, pero se
había m ostrado e v a s iv o e in c lu so m al inform ado. “ El Prof. todavía no
le y ó m i lib ro ”, o le y ó “ s ó lo la m ita d ”. A lg u n o s de los argum entos de
Rank, de lo s que antes había dich o q ue lo im presionaban, ya no parecían
conven cerlo. C on tod o, la reunión había sid o conciliadora: Freud d ejó para
Rank la d e c isió n de cuándo se publicaría esa futura crítica, o in c lu so de si
había que publicarla. * 17 Sin em bargo, e l desacuerdo era dem asiado funda
m ental c o m o para frenarlo, de m o d o que Freud propuso que los m iem bros
del C o m ité se reunieran para exa m in a r tod as las c u e stio n e s e n ju e g o .
A dm itía haber lle g a d o a una p o sic ió n crítica co n respecto a los últim os
escrito s d e Rank. “P ero m e gustaría oír en qué con siste el p e lig r o que
am enaza. Y o n o lo v e o ” . * u G radualm ente, iban a obligarlo a que lo viera.
[5 3 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
A l d isc u tir E l trau m a d e l n acim ien to co n los m iem bros de la S o c ie
dad P sicoanalítica d e V iena, a p rincipios de m arzo, Rank les dijo que el
libro tenía su o r ig en en un diario en e l que había anotado “im presiones
su scita d a s por a n á lis is , en form a afo rística. E staban reunidas, por a sí
d e c ir lo , c o m o un m o s a ic o ” . A d em á s — agregó— , lo había esc rito para
analistas. • » A hora bien, lo s analistas lo consideraron lo bastante im por
tante c o m o para discu tirlo en profundidad y criticarlo c o n veh em en cia.
M ás tarde, Rank adujo que su tesis central, que presentaba e l trauma del
nacim ien to c o m o a c o n tecim ien to p s ic o ló g ic o d ecisiv o , constituía en reali
dad una elaboración del propio pen sam iento d e Freud, un pensam iento,
adem ás, que lo s p sicoan alistas cono cía n d esde años antes. T enía alguna
base para esa afirm ación: en 1 9 08, después de que Rank presentara un tra
bajo sobre lo s m ito s qu e rodean e l n acim iento de las figuras h eroicas, se
sabe que Freud o b serv ó lacónicam ente: “ A cto del nacim iento com o fuente
de angustia”. • » U n año m ás tarde, enum erando una serie de traumas que
aflig en a lo s n iñ o s, Freud le recordó a la S ociedad P sicoanalítica de V iena
que “en cuanto a la angustia, uno debe tener presente q ue el niño padece
angustia desd e e l acto d el nacim iento” . • « T am bién en 190 9 , en una nota
adicional a L a in te rp re ta c ió n de lo s sueñ os, v o lv ió a decir, enfáticam ente,
en letras de imprenta: "el a cto d e l n acim ien to e s la prim era e x p erien cia d e
la a n g u stia y p o r ¡o ta n to la fu e n te y e l m o d elo d e l afe cto de la an g u s
tia” . *22 A eso se debía q u e en un principio Freud no hallara nada intrínse
cam en te im plausib le en la tesis d e Rank.
En realidad, esa tesis era m en os una retirada de p o sicion es p sicoanalí
ticas que una an ticipación profética, aunque unilateral, de desarrollos p o s
teriores de la teoría analítica. Rank realzaba el papel de la madre a exp e n
sas del papel del padre, y la angustia prototípica del nacim iento a exp ensas
del com p lejo d e E dipo. Prim ero Freud pensó que e llo podría ser una apor
tación a su p ropio pensam iento. A l aceptar que Rank le dedicara e l libro,
citó un b e llo verso d e H oracio: N o n o m n is m o ria r ("N o moriré por c o m
pleto ”). En este sen tid o , a p rin cip ios de m arzo de 1924 le sugirió a
Abraham : “C o n sid erem o s el c a so extrem o: F erenczi y R ank pretenden
directam ente que n o s h em os equ ivocad o al d etenem os en el com plejo de
Edipo, que la d e cisió n real reside de h echo en el trauma del nacim iento”.
Si dem ostraban estar en lo cierto, lo s orígenes de las neurosis tendrían que
buscarse en un a ccidente fis io ló g ic o y n o “en nuestra etio lo g ía se x u a l”.
En tal c a so , sin duda lo s p sico a n a lista s deberían m odificar su técnica.
“ ¿Q ué m al se produciría enton ces? Podríam os perm anecer juntos bajo el
m ism o tech o co n una com pleta paz m ental”. U n trabajo de unos p o co s
años — p ensaba— p erm itiría d eterm inar q u ié n e s eran lo s teó r ic o s que
habían estad o en lo cierto.
La paciencia de Freud se v eía reforzada por sus sentim ientos paterna
le s resp ecto d e R ank, pero tam bién hablaba c o m o un cie n tífic o dispuesto
a tomar en cuenta la conjetura de que su descubrim iento favorito, el co m
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 3 1 ]
piejo de E dipo, n o era en a b soluto tan ese n c ia l en el desarrollo m ental
co m o durante tanto tiem p o había creído. L es recordó a io s m iem bros del
C om ité que la “com p leta unanim idad en todas las cuestion es cien tíficas de
detalle y sobre lo s tem as recién introducidos” n o era “p osib le entre m edia
docena de personas de diferente carácter” . N i siquiera resultaba deseable. * »
Pero, o fr e c ie n d o m ucha resisten cia , fu e so ltá n d o se p o c o a p o c o , n o sin
acusar a qu ien es lo “prevenían”, en esp ecial Abraham , de em plear procedi
m ien tos p recip itados y fa lto s d e tacto e n su cam paña contra Rank. C om o
no estaba d isp uesto a recon ocer la gravedad de la situación, culpaba a los
m ensajeros. R e c o n o c ía sin restriccion es qu e Rank era q u isq u illoso, in se n
sib le , to sc o y a g rio en su m o d o de e x p resarse, adem ás de carente de
hum or. S in duda, e l p ropio Rank era el resp onsable d e lo s problem as que
estaba afrontando. P ero Freud tam bién p ensaba q ue los c o le g a s habían
sid o p o co am ab les c o n é l. * * A lo largo de varios m e se s, e l m aestro se
re fu g ió en su o lím p ic a neutralidad, distrib u yen d o las c u lp as c o n m ano
equitativa. “ La anim osidad de la que en parte le han h ech o objeto [a Rank]
usted y la g en te d e B erlín, y que en parte ha im aginado — le escrib ió a
E m est Jones e n septiem bre de 1924— ha tenido un efe cto perturbador en
su m en te”. * «
L os psicoa n a lista s del círcu lo íntim o, c o n d u cid os por Freud, iniciaron
una desm añada danza de giros ind ecisos y cam bios inesperados de d irec
ción . pero A braham seg u ía im placable. T em ía que F erenczi, y en m ayor
grado Rank, estuvieran atrapados en un acto de “regresión c ien tífica”. • »
A lg u n o s p sic o a n a lista s in g le se s, en esp e c ia l E m e st Jones y los herm anos
Edward y Jam es G lover, co in cid ían totalm ente c o n Abraham: Rank estaba
repudiando la enseñanza d e Freud sobre el papel del padre en e l desarrollo
p sic o ló g ic o . La doctrina del trauma del n acim ien to, le d ijo v eh em en te
m ente Jones a A braham , sign ificab a nada m en os que escapar del com p lejo
de Edipo. S in duda, lo s m iem bros del cam po anti-Rank se consideraban en
ese m om en to m ás coherentes que e l en v e je c id o m aestro, m ás freudianos
que Freud. “R esulta d ifíc il no perm itírselo todo — escribió Jones— cu an
do uno considera todos los factores, la edad, la enferm edad y la propaganda
insidiosa que intenta invadir su propia c a sa ” . Sería una lástim a que ello s
terminaran alejados del “Prof” por ser “d em asiado” leales “a su obra”. Pero
si tenían que optar entre e l psico a n á lisis y “consid eracion es person ales”,
declaraba Jones solem n em en te, con toda seguridad e l psicoanálisis sería lo
más im portante. * »
N o necesitaban preocuparse dem asiado. Freud em p ezó a ironizar cada
v e z m ás acerca del valor de las nuevas ideas de Rank. Tras reflexionar,
pasó a interpretar la insisten cia en fática, casi fanática, de Rank en e l trau
m a del n a cim iento c o m o un abandono intolerable de teorías p sicoan alíti
cas ya som etid as a la prueba del tiem po, y la propaganda en favor de los
análisis breves lle g ó a a parecerle un síntom a de la p erniciosa furia de la
curación. A fin e s de m arzo de 1924 le d ijo a F erenczi que, si bien antes
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había considerado correctas las dos terceras partes del libro de Rank, en ese
m om ento lim itaba su aprobación a só lo una tercera parte de E l trau m a d e l
nacim iento. * » N o m ucho después, e se m ás bien m odesto térm ino m edio
inclu so habría de parecerle ex cesiv o .
E n abril De 1 924 R ank via jó a los E stados U n id os, y la lucha c on ti
n uó por corresp ond en cia. D io con feren cia s, dirigió sem inarios, analizó
pacien tes, supervisó a candidatos a analistas. Era su primera visita a A m é
rica, una experiencia tem eraria, totalm ente desorientadora, y estaba mal
preparado para tom ársela con calm a. A algunos analistas norteam ericanos,
el m ensaje de Rank lo s desconcertó. U n o de e llo s, el psiquiatra Trigant
Burrow, curiosa am algam a de m éd ico y chiflado, y partidario inconstante
del p sico a n á lisis (F reud lo con siderab a un “ charlatán atontado” ) * « le
advirtió al m aestro que Rank estaba difu nd iendo en los Estados U nidos
una peligrosa herejía. Freud lo tranquilizó: “ Es só lo una in n ovación en la
técn ica q ue m erece p onerse a prueba. Prom ete abreviar el análisis; la exp e
riencia mostrará si puede cum plir esa promesa". A pesar de sus dudas ínti
m as, Freud aún se sentía en cond icion es de formular una declaración de fe:
“ El doctor Rank está lo bastante cerca de m í com o para perm itirm e antici
par que está yendo en la m ism a dirección que [siguieron] otros antes de
é l” * »
Nunca Rank había disfrutado de tantos e lo g io s com o los que recibía
en A m érica, nunca había soñado con ejercer esa influencia, nunca había
v isto tanto dinero. Presentaba un doble discu rso. En sus conferencias, atri
buía m ucha im portancia al hecho de que la angustia del nacim iento y la
terapia analítica breve fueran ideas de Freud. A l m ism o tiem po, dejaba en
sus sorprendidos oyentes la im presión de que exponía novedades sen sacio
nales: en la con form ación del animal hum ano im portaba la m adre, no el
padre (“Im G e g e n te il, d ie M u tte rl ¡Por el contrario, la m adre!”). * » Era un
portavoz o ficia l y un o sa d o rev isio n ista al m ism o tiem po, p o sició n que le
resultaba extraordinariamente seductora.*
Pero Rank no podía dejar atrás V iena: Freud lo perseguía por corres
pondencia, tom ándose el trabajo de inform arle que su s seis analizandos
m ás recien tes, cin co de lo s cuales con ocían las ideas de Rank, no habían
pod id o confirm ar la tesis del trauma del nacim iento. “A m enudo usted me
preocupa m u ch o ”, declaró en ju lio , sin abandonar su antiguo estilo pater
nal. N o estaba sien do h ostil, ni siquiera de m odo encubierto; con seriedad
le su plicó a Rank que no adoptara una po sición inflexible. “ D éjese abierta
2 Las actas de la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York revelan que las expo
siciones de Rank fueron recibidas con seria atención y dieron lugar a animadas
discusiones. Encontró vehementes partidarios y también vehementes detractores.
(Véanse las minutas del 27 de mayo, el 30 de octubre y el 25 de noviembre de
1924, A.A. Brill Library, New York Psychoanalytic Institute).
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 3 3 )
una vía de esca p e”. Pero Rank interpretó e l ruego casi desesperado de
Freud co m o una crítica y una interrupción de la com unicación. “ D e n o
haberlo sabido tod o el tiem po — escrib ió en un borrador de respuesta— su
carta de hoy habría dejado claro, m ás allá d e toda duda, que entendem os es
totalm ente im p o sib le ” . *35 N o e n v ió esa carta, pero refleja a la perfección
sus sentim ien tos agraviados. En e se punto, Freud era más conciliador que
Rank. En una larga carta escrita d esd e un lugar de descanso veraniego en
S em m ering, en um eró im portantes cu e stio n es sobre las cu ales otros ana
lista s, in c lu so Jung en su p eríod o p sic o a n a lítico , habían disentido de él
sin caer en m odo algu no en desgracia. N o le bastaba co n tener partidarios
qu e se limitaran a servirle de eco; F erenczi, por cierto, “atribuye dem asia
d o va lo r, creo , a estar c o m p leta m en te d e acu erdo co n m ig o . Y o n o lo
h a g o ” , Y le aseguró a Rank; “ M is se n tim ien tos para con usted no se han
v isto alterados por nada”. * »
Pero habían sid o alterados, y profundam ente. Ese optim ism o veranie
g o e s tric ta m e n te lim itado n o duró; Freud estaba aproxim ándose a lo s sen
tim ientos contrarios a Rank propios d e su s íntim os, decid id os a cerrarle e l
ca m in o a la reco n cilia ció n . En sep tiem b re, E itingon escrib ió a V iena co n
una acritud desacostum brada: “N uestro am igo Rank está realmente cabal
gando m uy rápido” ; a E itingon le había o fen d id o el rumor de que existía
una “conspiración berlinesa” contra Rank. Y , en octubre, Anna Freud
se incorporó co n firm eza al bando d e lo s b erlineses. “A nna escupe fu ego
— le e scrib ió Freud a E itingon e s e m ism o m es— cuando se m enciona el
nom bre de Rank” . *38 Pero Freud todavía dudaba y en vió m ensajes contra
d ictorios. Por una parte, n o quería renunciar aún al Rank hom bre. “M e
gustaría separar su persona del trauma d el n acim iento”, le escribió a A bra
ham a m ediados de octubre, un tanto an siosam ente. * » Por otro lado, unos
días m ás tarde, cu and o Rank v o lv ió a V iena y enseguida le pidió a Freud
una entrevista cuando tuviera un m o m en to libre en su agenda, Freud p en
s ó en la reunión co n consid erable recelo . “ N o albergo ilu sion es — le e sc r i
b ió a Jones— sobre el resultado de esta entrevista”. **° Su falta de c o h e
rencia daba la m edida de su zozobra.
A lo s v ie n e se s, el n u evo Rank le s resultó m uy desconcertante. “ N o
pod em o s explicar su conducta co n respecto a nosotros — le inform ó Freud
a Jones en noviem b re— pero lo seguro e s que a todos n os ha dejado a un
lado con gran facilidad y que se prepara para una nueva existencia, inde
p en diente de n o so tro s”. C on tal fin , a g regó, aparentem ente Rank creyó
n ecesario afirmar que Freud, para em pezar, lo había tratado mal. “A l señ a
lársele sus propias e in am istosas a firm aciones, las descartó co m o c h ism es
e in v en cio n es” . Entonces a Freud le p a reció p o co sincero, en m odo alguno
creíble. “ Lam ento m ucho que usted, querido Jones, haya estado finalm ente
en lo c ierto hasta tal p unto”. A ntes ya había tenido que escribir una
carta de este tipo a Abraham.
D e regreso en V iena, todavía em briagado por sus recientes triunfos en
[534] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
lo s Estados U nidos, Rank renunció a sus d iversos puestos o ficiales; ape
nas lle g ó , se p uso a pensar en otro viaje a ultramar, de nuevo a A m érica.
Su inquietud era com prensible: sus adversarios habían logrado capturar a
su últim o aliado, Ferenczi. “ N o m e ha sorprendido — le escribió E m est
Jones a su ‘querido K arl’ Abraham a m ediados de noviem bre— que Sandor
haya dem ostrado ser com pletam ente le a l”. E so, com entó, era lo que “se
podía esperar de é l, pues siem pre ha sido cuando m enos un caballero” . * 42
Pero R ank, deprim ido y cu lpab le, era la irresolución m ism a. En n o v ie m
bre su esp o sa lo acom pañó a la esta ció n ferroviaria, pues se iba de viaje a
los Estados U n id os, só lo para que apareciera de nuevo en su casa un poco
desp ués. “Corre de un lado al otro co n una terrible m ala conciencia” — a sí
le resum ió Freud la situación de Rank a L ou A n dreas-Salom é— , con “un
rostro sum am ente desdichado, aturdido”; daba “la im presión de alguien que
ha recibido una p a liza ”. * « C om o so lía hacer habitualm cnte ante tales
contratiem pos, Freud n eg ó con firm eza que él tuviera alguna responsabili
dad. S e m an ten ía tan tran q uilo c o n r e s p e c to a la d eser ció n de R ank
— ob servó— , n o s ó lo porque se estaba v o lv ien d o vie jo e indiferente, sin o
tam bién porque en este sen tid o n o p odía reprocharse la m enor falta. ***
Rank se sentía m u ch o m ás agitado. A fin e s de noviem bre, partió hacia
A m érica de n u evo, lle g ó a París, y v o lv ió a V ien a una v e z m ás. A m ed ia
dos de diciem bre, atrapado en una crisis m ental, desgarrado entre las anti
guas alianzas y las nuevas oportunidades, consultaba a Freud con m ucha
frecuencia.
El 2 0 de diciem bre, en una sorprendente circular, le describió a sus
coleg a s el estado en que se encontraba. Contrito, disculpándose, hum illán
dose, en e se m om ento podía reconocer — le d ecía al C om ité— que su co n
ducta había sido neurótica, gobernada por conflictos inconscientes. E viden
tem ente, había experim entado el cáncer “d el Profesor” com o un trauma, y
les había fallado tanto a él c o m o a sus a m igos. A l anatom izar sus a flic c io
nes, v o lv ió a la teoría p sicoan alítica tradicional y analizó su estado m ental
en los térm inos freudianos más ortodoxos: había estado “actuando” el c o m
plejo de E dipo, y adem ás el com plejo fraterno. * « Entre los destinatarios de
su confesió n psicoanalítica, E m est Jones, para em pezar, no quedó con v en
cid o ni apaciguado. “H onestam ente n o tengo nada contra Rank — le escri
bió confidencialm ente a Abraham a fin es de diciembre— manifestando que
lo hacía fe liz el hecho de ver a Rank “c onsigu iendo que vuelvan a com pren
derle”. Pero no estaba dispu esto a tener en cuenta esa com prensión “in t e
lectu al' E n síntesis, adm itía Jones, “d e sc o n fío profundamente de Rank” .
Sería pura ceguera pasar por alto su anterior conducta neurótica, y confiar
en una recuperación com pleta del antiguo Rank. “El principio de realidad
encuentra m odos de vengarse del principio de placer, un poco antes o un
p o c o desp u és”. Por lo tanto, resultaba esencial no perm itir que volviera a
ocupar sus p osicion es de responsabilidad. *■»«
Por su parte, Freud era m en o s e x ig e n te , y d io la b ien v en id a a la
C o n t in e n t e s n e g r o s [535]
R u n d b rief de Rank c o m o a una buena noticia. “A unque sé que usted se ha
sentido alejado de é l durante algún tiem po — le escribió a Jones d os sem a
nas después d e recibir e l autoanálisis casi m asoquista de Rank— todavía
espero de su com prensión y ben ev o len cia que dé por cerrado e l c a so , o lv i
de e l pasado y le otorgue un n u ev o créd ito”. Le producía satisfacción el
h ech o de que él (F reud) y su s co le g a s no se hubieran v isto o b ligad os a
“abandonar a uno d e lo s nuestros en e l c am ino, c o m o un accid en te fatal o
un vagabundo”, y esperaba v o lv e r a ver a Rank luchando c o n valen tía ju n
to a sus cam aradas. *47 La retractación de Rank le había im presionado. “N o
pu ed o creer — le d ijo al fia b le E itingon en enero de 1925, com entando la
anterior m ala conducta d e Rank— que alg o a sí pueda repetirse”. *4*
Los segu id ores d e Freud n o estaban tan dispuestos a perdonar, y no
digam os ya a olv id a r. Com partían totalm ente las so sp ech as de Jones. El
día de N avidad, e l grupo d e B erlín (E itin gon, Sachs, Abraham ) le en v ió a
su “ querido O tto” una carta d ándole la b ienvenida en su retom o al redil.
Pero la cordialidad d el salud o n o ocultaba un duro golp e: lo s tres berline-
nes le recordaban a Rank su conducta neurótica, y le sugerían con én fasis
que mientras se encontrara o cup ado c o n sus revision es, en e se r etom o a
las verdades p sicoanalíticas, bien podría abstenerse de seguir publicando.
Podía sacar p rovecho de e sa pausa para som eterse a la d iscu sión y la críti
ca d e su s c o le g a s . •«* U n o s d ía s d e s p u é s, E rnest J o n es se p ro n u n ció
sigu ien d o las m ism a s d irectivas en una c a n a a Rank am istosa pero un tan
to co n descend ien te. Le resultaba grata la “m ás clara com prensión de sí
m ism o ” de R ank, “y el co n sig u ien te d e se o de restablecer la am istad” . Y,
d eslizán d ose hábilm ente sob re lo s c in c o años de disputas y anim osidad,
Jones le aseguró a su “querido O tto” q ue la am istad, “ por m i parle, nunca
se rom pió” y que “ por lo tanto” le felicita b a “sin vacilar” por “ sus progre
s o s , co n toda c o r d ia lid a d ” . S in em b a rg o , Jones con sid er ó adecuado un
p o c o de severidad: la s palabras, por s í so las, no podían borrar el pasado.
Parafraseando un célebre v erso d e G o eth e, tom ado del F a u sto , o b servó:
“ En el final está el h ec h o ” (A m E nde is t d ie T ai). *30 La reacción de Rank
am e tales m en sajes a la v e z a m isto so s e in am istosos — hubo otros análo
g o s— c o n sistió en v o lv e r a lo s E stados U n id os a p rincipios de enero. N o
perm anecería e n V iena , no podía hacerlo. Freud, todavía paciente, confiaba
en que, en su nueva aventura am ericana, Rank pondría rem edio “ al daño
que había h ech o ” durante su primera estancia. * «
D e h ech o , en e l in v iern o y la prim avera de 1 9 2 5 , Freud luch ó por
recobrar su antigua actitud c o n resp ecto a Rank. En m arzo, d esp u és d e que
Rank volv iera de su segu n da ex c u r sió n a Jos Estados U n id o s, Freud le
inform ó a Abraham que “ de n u ev o ” Rank contaba con su “com pleta co n
fianza”. * « T od a v ía e n ju lio , Freud m antenía v iv a una vacilante llam a de
confianza en su im p red ecible discíp u lo . * » Pero las desagradables c om pa
raciones de R ank c o n Jung (las estaban haciendo algunos de sus partida
rios) im presionaban a Freud c o m o tristem ente ciertas, a pesar de sus e sp e
[5 3 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
ranzadas expectativas. *M T am bién Jung había ido a lo s Estados U nid os a
pronunciar co n feren cias en las que sim ultáneam ente p rofesó su adhesión a
Freud y p roclam ó su propia originalidad; tam bién Jung se había asustado
de su propio coraje y se había d isculpado profusam ente c o n Freud por su
conducta aberrante, s ó lo para v o lv er a e lla m ás tarde; Jung, finalm ente (a sí
lo v eía Freud al mirar hacia atrás) había sacado m ucho partido de su repu
dio de las teorías de Freud, que no se com prom etía en transacciones. Natu
ralm ente, a R ank le en colerizaba que se lo comparara co n Jung. Para é l y
sus p o c o s partidarios, e sa c o n fu sió n , susp icaz y en v id io sa , tenía todo el
aspecto de una pura etiqueta c o n m uy m alas intenciones.
Y en p a r t e lo era. A R ank se lo c a lific ó de d esle a l, y sus ex am igos
lo hicieron ob jeto de a n álisis salvajes: una vieja historia. In clu so Freud,
m ientras segu ía sien d o paternal co n é l, c e d ió a la tentación de d iagn osti
carlo c o m o si fuera un antagonista. O scilab a entre ver a R ank c o m o un
hijo edfp ico o c o m o un em presario a m b icioso. Ya en noviem b re de 1923
había interpretado que un sueño de Rank significaba que e l “jo v e n D avid ”
(Rank) quería matar al “fanfarrón G oliat” (Freud). “U sted es e l form idable
D avid que, co n su trauma del nacim iento, logrará invalidar m i obra”. •*»
A l verano sig u ien te, Freud le d ijo a Rank, con robusta sinceridad, que la
teoría del trauma d el nacim ien to, que entrañaba “la elim in ación d el padre”,
constituía una traducción ilegítim a de lo s primeros y d esgraciados años del
propio R ank a gran diosos térm inos teóricos. Si se hubiera analizado, c o n
cluía Freud, habría elaborado e sa s influ en cias tempranas en lugar de erigir
sobre su neurosis una am b icio sa estructura. *56 D esp u és, en noviem bre,
antes del a utoan álisis pú b lico de R ank, Freud lo describ ió acerbam ente
com o alguien “am enazado por mi enferm edad y los peligros que acechan a
su m odo de ganarse la v id a”, qu e había “buscado una isla de salvación ” y
la había hallado e n lo s Estados U n idos. “ Es en realidad el ca so de la rata
que abandona e l barco que se hunde”. En lucha con un com p lejo paterno
gravem ente n eu rótico, era e v id en te q ue a Rank le resultó irresistible la
cosecha de dólares que le prom etía N ueva York. Ese fu e e l diagn óstico
hostil acerca d e Rank que Freud finalm ente h izo suyo.
L os p sicoan alistas que em pujaron a Freud a repudiar a Rank n o entra
ron en su tileza s ante tal a b uso an alítico. Ernest Jones so stu v o que, s i bien
la Primera Guerra M undial había encubierto de alguna manera la “neurosis
m anifiesta” de R ank de 1 9 13, esa neurosis “v o lv ió gradualm ente en forma
de carácter n eu rótico”. Esto im plicaba, sobre todo, “la negación d el co m
plejo de E dipo” y una “regresión de la hostilidad para con el herm ano (yo
m ism o )... [transferida] al padre, presum iblem ente Freud”. * » Abraham era
aun m ás destructivo. N egan d o toda anim osidad, d iagn osticó im p lacab le
m ente “e l p ro ceso n eurótico” d e Rank c o m o una ev o lu c ió n co n una larga
prehistoria. R ank, según A braham , había com p en sad o su s sen tim ien tos
negativos co n el trabajo concien zud o y con una decreciente necesidad de
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 3 7 ]
am istad. Se había co n sen tid o una conducta tiránica, una q u isquillosidad
ex c e s iv a , y un interés por e l dinero cada v e z m ás abierto. En sín te sis,
“ una inequ ívoca regresión sadicoanal”. * 59
E so s intentos de asesinato d el carácter son e jem p los del tipo de análi
sis agresivo que los psicoan alistas (con Freud a la cabeza) a la v e z practi
caban y deploraban. C om o h em os tenido la oportunidad de observar, éste
era el m od o en que los analistas reflexion aban sobre los otros y sobre sí
m ism o s. Freud había atribuido la d eserció n de Jung a “fuertes m otivos
neuróticos y e g o ísta s”. A l m ism o tiem p o, p od ía ju zgarse a s í m ism o
ca si co n la m ism a dureza, y adm itir que era “lo bastante e g o ísta ” com o
para servirse de su m ala salud com o coartada para permanecer al m argen de
las disputas entre lo s an alistas. *«* D e m o d o que Freud no aplicaba estos
d ia g n ó stic o s só lo a los otros, pero no por e llo el ab u so del p sicoan álisis
es m ás v á lid o o agradable. Era a lg o e n d é m ic o entre los analistas, una
deform ación p rofesional m u y com ún.
E n junio de 1925 ocurrió algo que, d e una manera extrañam ente co n
m ovedora, apartó la atención de Freud d el asunto R ank, que avanzaba ine
xorable hacia su d esenlace. El am igo paternal de Freud de cuando tenía
treinta años, J o sef Breuer, c o n e l qu e h abía roto un cuarto de sig lo antes,
m urió a la edad de ochenta y tres años. En respuesta a la decorosa carta de
con do len cia s de Freud, e l h ijo m ayor de B reuer, R obert, sin duda le asegu
ró que el padre había seg uido los desarrollos del psicoan álisis con cierto
grado d e sim patía — sim patía e n la que Freud nunca hubiera creído— pues
éste v o lv ió a escribir ensegu id a. “ Lo que usted d ice sobre la relación de su
padre co n m i obra posterior e s n u ev o para m í y ha obrado co m o un bálsa
m o sobre una herida d olorosa que n unca cicatrizó”. Segú n atestigua la
carta, en tod os e s o s años Freud n o había pensad o en su alejam iento de
Breuer: e l hom bre que lo ap o y ó e m o cio n a l y econ óm icam ente, que había
h ech o tanto, al hablarle d e A nna O ., para im pulsarlo hacia sus descubri
m ientos p sic o a n a lític o s, y cu yas bondades había recom pensado c o n una
d escortesía truculenta. A Freud d eb ió d e procurarle una satisfacción pro
funda saber que todos e so s años se había estado equivocando con respecto
a la actitud de B reuer, y qu e durante m u c h o tiem po su viejo am igo lo
había estado observando co n ben ev o lencia d esd e lejos (era bueno saberlo,
en especial en e se m om en to, cuando Rank lo d ecepcionaba).
A l avanzar el añ o 1 9 25, Freud tu v o un tem a m u ch o m ás im portante
sobre el que pensar que el de la deserción d e Rank: la salud de Karl Abra
ham. A p rincipios d e ju n io , Abraham le escribía a Freud desde la cama.
H abía regresado de pronunciar co n feren cias en los Países Bajos, con sín to
m as aparentes de bronquitis. S e d ecía que se había tragado una espina de
p escado que se alojó en su s bronquios. En realidad, seguram ente padecía
un cáncer d e pulm ón no d iag n o stica d o . En ju lio , A braham se sin tió mejor
y sa lió co n su fam ilia a pasar la tem porada veraniega de reposo en Suiza.
[5 3 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
En a gosto pudo realizar breves p a seo s por las m ontañas, a principios de
septiem bre se sin tió lo bastante b ien c o m o para asistir al c o n greso inter
nacional de Bad Hom burg, lo que representó un esfuerzo e x c e siv o para su
ya débil con stitución , y Freud, q u e se m antenía en contacto perm anente
con é l, em pezó a preocuparse. “ D e m o d o que ocurrió lo que y o temía — le
escrib ió a m ediados d e septiem bre— . El c o n greso lo ha agotado, y só lo
m e cabe esperar que su juventud supere pronto el desorden”. *<*
L o s in form es desde B erlín sig u iero n sie n d o bastante optim istas. A
m ediados de octubre, A braham e n v ió una nota tranquilizadora: se sentía
perfectam ente bien. O bservó (para d isgu sto de Freud) que lo estaba aten
dien d o F liess, elo g ia n d o su s “cualidad es extraordinarias com o m é d ico ”.
Pensaba que F lies valía por tres p rofesores de m edicina interna. “ D e paso
— a g regó— , todo el curso de m i enferm edad ha confirm ado su teoría de los
períodos del m odo m ás sorprendente”. *w P ero la m ejoría no duró. L os
ataques de fiebre, el dolor y los problem as en la vesícu la biliar, indicaban
q ue la enferm edad era g rave. A prin cip io s de diciem bre la angustia de
Freud era extrem a. “ N o tenem os ánim os c o m o para escribir una circular
este m es — le dijo a Ernest Jones e l 13 de d iciem bre— . La enferm edad de
Abraham n o s m antiene e n su sp en so , y n o s p on e m uy tristes que las n o ti
cias sean tan indefinidas y parezcan tan sin iestras”. * «
Tres días m ás tarde inform ó a Jones de que Félix D eutsch había ido a
ver a Abraham, después de lo cual predijo que “esta sem ana será el período
crítico y debem os estar preparados para lo peo r”. Freud se n egó a renunciar
a la esperanza: “Es una perspectiva som bría, pero mientras e sté v iv o p od e
m os aferramos a la esperanza de que su a fección muestra a m enudo una
oportunidad de recuperación". N o se sentía lo bastante bien co m o para ir a
Berlín, pero esperaba que Ferenczi lo hiciera, y se preguntaba si la salud
de Jones le permitiría viajar. Freud negaba la realidad que tenía delante de
lo s o jos. “ Con toda in tención m e abstengo de explicar las con secu en cias
que tendrían lugar si e se a contecim ien to fatal se produce”. *61
U nos días m ás tarde, el 21 d e diciem bre, pareció que era posible un
p o c o de op tim ism o. “ S in n o ticia s d e A braham h oy”, le escribió Freud a
Jones, pero la nota más reciente “parecía tranquilizadora”. L o confortaba e l
pensam iento de que A lix Strachey tam bién se había recobrado de un a b sce
so en lo s pulm ones, y que el corazón de Abraham estaba respondiendo
bien . * « Pero la posdata que agregó tenía un tono muy diferente. Acababa
de llam ar Deutsch: había dejado a Abraham en un estado satisfactorio, sin
fiebre, pero le avisaban en aquel m o m en to que se había producido una
recaída y que la situación era desesperada. Cuatro días m ás tarde, el día de
N avidad, todo term inó. A braham tenía cuarenta y och o años.
Freud sufrió m ucho co n la m uerte d e Abraham . S e había ido el orga
nizador sen sato, e l gran analista p e d a g o g o , e l optim ista indispensable, el
teórico siem pre interesante, e l a m ig o leal. “S ó lo m e cabe repetir lo que
usted d ice — le m anifestó Freud a Jones el 3 0 de diciem bre— . D ebía de
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 3 9 ]
eslar padeciendo prácticam ente un sh o c k , pues v o lv ía a escribir e n ale
m án— . La m uerte de A br[aham ] es tal v e z la m ayor pérdida que podía
su ced em o s, y ha su ced id o . En m is cartas, brom eando, solía llam arlo mi
rocher de bronze', m e sen tía seguro en la absoluta con fian za q ue m e in sp i
raba tam o a m í co m o a todos lo s otros”. A g regó que estaba redactando una
breve n ecrológica y que le aplicaría a Abraham el célebre e lo g io que Hora
c io d edica al “h om bre ín teg ro y sin v ic io s ” : In ie g e r vita e s c e le risq u e
purus. Pensaba eso; las d eclaracion es retóricas que la m uerte por lo com ún
suscita, le dijo a Jones, “siem p re m e han resultado particularm ente em ba
razosas, he tenido el cu id a d o d e evitarlas, pero c o n esta cita sien to que
digo la verdad”. *69 La desesperada necrológica que escribió Freud contiene,
por supuesto, el v e r so de H oracio, y la no m enos sincera y apesadumbrada
afirm ación d e q u e, c o n A b raham , el m o v im ien to p sic o a n a lític o estaba
enterrando “una de las m ayores esperanzas de nuestra jo v e n ciencia, toda
vía m uy atacada; una parte de su futuro tal v e z irrecuperable” . *70 Esa
catástrofe co lo c ó en una perspectiva adecuada la posibilidad de la definitiva
pérdida de Rank.
R ank sig u ió s u pr o p io cam in o, yend o y vin ien d o entre París y N ueva
York durante cierto tiem p o , hasta que se esta b leció en los Estados U nidos.
Freud tenía otras c o s a s e n la cabeza: a p rincipios de 1926, tuvo un proble
ma cardíaco (nueva reaparición de un v iejo m otivo de queja), lo bastante
grave co m o para q ue lo internaran en un sanatorio. En m arzo, le dijo fría
mente a E itingon que tal v e z se estu viera m uriendo; sin em bargo “e l ún i
co m iedo que realm ente ten g o es e l de una in valid ez prolongada sin la
posibilidad de trabajar. M ás exactam ente: sin la posibilidad de tener ingre
sos". *«
Su p o sic ió n era buena, pero seguir sien d o el susten to de su fam ilia
con stituía una p r e o c u p a ció n para é l. C on todo, en abril, cu an d o Rank
visitó a Freud por últim a v e z , éste ya estaba recuperado, de n u e v o en su
casa, analizando p a cien tes. Rank n o había elaborado todavía sus teorías
finales; aparecieron d o s o tres años más tarde, con el desarrollo del co n c ep
to de la voluntad co m o fuerza hum ana primordial, c o m o la parte d el yo
que dom ina las p u ls io n e s , por un la d o , y e l am biente, por el otro. Pero en
la prim avera de 1 9 26, R ank s e había exclu id o del cam po freudiano. Cuan
do fu e a d esp edirse, Freud había term inado con é l. “El b en eficio de su
enfermedad — ju z g ó — , en form a de independencia material era m uy gran
de”. *12 En ju n io h iz o e l b a lance final. “ N o c o n sig o despertar m i indigna
ción contra Rank — le c o n fe só a E itingon— . Le co n ced o el d erecho a d es
carriarse y, a cam b io, parecer original. Pero está claro que ya no e s de los
nuestros”. 3 *73
1 En una caria al doctor Frankwood W illiams, miembro reputado de la Socie
dad Psicoanalítica de Nueva York pero admirador de Rank, Freud le manifestó del
[540 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
E l a su n to había s id o p e n o so y se había arrastrado durante m ucho
tiem po; lo bueno fue que Freud, reflexionando sobre las descarriadas ideas
d e R ank, extrajo algunas le c c io n e s im portantes. En e l libro resultante,
in h ib ic ió n , s ín to m a y a n g u s tia , ob serv ó : "El recordatorio de Rank en
cu anto a que el ataque d e angustia e s, según fui el prim ero en señalarlo,
una co n secuen cia d el p roceso del n acim iento y una repetición de la situa
ció n en ton ces experim entada, e x ig ía un n u evo exam en del problem a de la
angustia. Pero — escrib ió — n o lle g o a nada con su co n c ep ción del naci
m iento co m o un trauma, del estado de angustia com o una reacción de co n
trol a e s e trauma, d e todo n u e v o ataque de angustia c o m o un intento ten
d ien te a “ abreactuar” el trauma cada v e z m ás co m p letam en te”. *1* S in
em bargo, se sentía ob lig a d o a admitir que Rank había planteado algunas
cu estio n es interesantes.
Freud estaba a punto de celebrar (o , m ás bien, le m olestaba estar a
punto de celebrar) su sep tu a g ésim o cum pleaños, pero su tendencia habi
tual a resolver problem as no lo había abandonado. El librito que m ateriali
zaba sus n u evos p en sam ien tos sobre la angustia prom etía enfrentar a los
p sicoanalistas co n otros enigm as: tenían que asim ilar una nueva revisión
teórica d e largo alcance. “ Puede predecirse que mi libro m ás reciente agita
rá las aguas — le escrib ió Freud a Lou A ndreas-Salom é co n ob via satisfac
ció n — . A l cabo de un p o c o de tiem po, todo volverá a estar claro. N o es
m alo que la gente advierta que todavía n o tenem os d erecho a la rigidez
dogm ática, y que d eb em os estar d isp u estos a cultivar la viña una y otra
v e z ” . Pero, agregó, procurando suavizar las cosas, “d espués de todo, los
cam b io s propuestos n o son m uy su b v e r siv o s”. * » En In h ib ic ió n , s ín to
m a y a n g u stia , lo m ism o que en su carta a Lou A ndreas-Salom é, la táctica
de Freud consistía en reconocer que había abandonado una anterior p o si
ció n teórica, pero m in im izan do la d esv ia ció n . “ La con cep ción de la angus
tia form ulada en e s te en sa y o d iverge en algo de la que hasta ahora m e
había parecido ju stificad a” . Las palabras “en algo" d e ningún m odo
reflejan la im portancia de las inn ovaciones que estaba introduciendo.
D esd e el punto de v ista e sté tic o , el libro es m enos satisfactorio que la
mayoría d e los otros escrito s de Freud. Enhebra las ideas una tras otra, en
lugar de dem ostrar su co n e x ió n n ecesaria. A lgu n as de sus m ás valiosas
aportaciones al pensam iento p sico a n a lítico (lo s pasajes sobre la represión
modo más áspero que la descripción que el doctor hacía de sí mismo como psico
analista le había sorprendido: “ Sólo sé de usted que ha sido un entusiasta de
Rank, y que en una conversación con usted no logré convencerle de que un traba
jo de unos pocos meses con Rank no tiene nada que ver con el análisis en el sen
tido que le damos nosotros, ni de que R. ha dejado de ser analista. Si desde
entonces usted no ha sufrido una transformación completa, yo también tendría
que discutir su propio derecho a ese título”. (Freud a Frankwood Williams, 22 de
diciembre de 1929. ejemplar mecanografiado, Freud Museum. Londres.)
C o n t in e n t e s n e g r o s [541 ]
y la d efensa, y tam bién sobre la angustia) aparecen d isem inados en e l tex
to y reco g ido s en u no de lo s a pén d ices, c o m o si a Freud le hubiera im pa
cientado la fatigosa tarea de renovar su estructura analítica. Parecía ansioso
por terminar de una v e z y para siem p re co n e l trabajo de reconstrucción.
M uchos años antes, había afirm ado que “una manera de escribir clara y
carente de am bigüedades nos indica que el autor co in cid e co n sigo m ism o” ,
mienLras q ue, en c a m b io , “dond e hallam os una exp resión tensa y tortuo
sa” , reconocem os'I a presencia de “ un pen sam iento insuficientem ente asen
tad o , c o n fu s o , u o ím o s la v o z so fo c a d a d e la a u to cr ítica d e l p ropio
autor” . *Tl Esta era una guía para d e tectiv es literarios sobre el u so del esti
lo c o m o in dicio. Pero en este ca so n o funcionaba: Freud no se sentía críti
c o de sus nuevas ideas. Sin em bargo, parece cansadam ente ind eciso acerca
de c ó m o ordenar todo e l m aterial. El títu lo m ism o. In h ib ic ió n , sín to m a y
angu stia, una enu m eración lisa y llana, dem uestra su inseguridad. El en sa
yo em p ieza d istingu ien d o las in h ib icio n es d e los síntom as, aunque estaba
en realidad m u ch o m ás interesado por la naturaleza de los m ecanism os de
defensa e , incluso m ás, por la angustia; d e h ec h o , una versión publicada
en lo s Estados U n id o s se titu ló E l p r o b le m a d e la an gu stia. Pero el en sa
y o e s tan desm añado c o m o crucial en el pensam iento freudiano.
Si bien el nom bre de R ank aparece en el texto s ó lo unas pocas v e c e s,
Freud m antuvo c o n é l un d ebate tácito desd e el p rincipio al fin. Ese era su
m o d o de tratar al d iscíp u lo extraviado. * Pero un ajuste de cuentas privado,
por s í s o lo , n o hubiera conv ertid o al libro en una obra im portante. De
hecho, la angustia había llam ado la atención de Freud desde m ediados de la
década d e 1890; su sen sación de que el problem a ex ig ía una consideración
no só lo clínica sin o tam bién teórica dem uestra la ex isten cia de un astuto
esta d o d e alerta an te fen ó m e n o s que o tros in ve stig a d o r es descuidaban.
Cuando Freud e m p e z ó a pensar p sicoan alíticam ente, m ientras escribía sus
prim eros artículos sobre la histeria y las neurosis de angustia, era muy
p oco lo q ue el esta b lish m e n t psiquiátrico podía decir sobre la angustia.
Los tratados y lo s libros de tex to presentaban principalm ente descrip cio
n es fisio ló g ic a s su p erficia les. El reputado D ic cio n a rio d e m edicin a p s ic o
ló g ic a , de D. H ack T uk e, q u e resum ía e l saber p ro fesion al en to m o a
1890, s ó lo r e serv ó lugar para la m ás parca d e fin ic ió n de la angustia:
“ M alestar m ental ante la exp ectativa de alguna tristeza o prueba. Un e sta
d o de agitación y d ep resión, co n sensa ció n de opresión y m alestar en la
región precordial”. Eso era lodo.
Freud pen sab a q ue había q ue d ecir m ás. A lg u n o s de sus prim eros
4 Rank respondió. En 1927, reseñando extensam ente I n h ib ic ió n , s ín to m a y
a n gu stia para una publicación especializada norteam ericana. M e n ta l H y g ien e,
insistió en los orígenes del concepto psicoanalítico del trauma del nacimiento,
en las diferencias entre los modos en que lo veían él mismo y Freud, y en las
consecuencias de esas distintas perspectivas. (Véase E. James Lieberman, A c t s
o f W ill. T he L ife a n d W ork o f O tto R an k (1985], 263-267 .)
[542] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
p a cien tes neuróticos habían desarrollado profusos síntom as de angustia, y
pu esto que él estaba con ven cid o de que todas las neurosis tenían su origen
en desórdenes sexuales, se v io conducido a extraer la con clu sión de que
tam bién la angustia debía tener raíces en e l sexo. D e m odo que su g én esis,
a ju ic io de Freud, no era m u y m isterio sa, y su fórm ula resultaba m uy
sim ple: excitación sexual no descargada. “ Sin duda” — según la form ula
ció n que E u gen B leu ler, p o c o d esp u és de la Primera Guerra M undial,
in c lu y ó en su am pliam ente utilizad o M anual d e psiquiatría— la angustia
“está relacionada de algún m odo con la sexualidad, hecho que conocem os
d esde hace m ucho, pero que Freud fu e el primero en dejar más claro”. *7’
U na cuestión que Freud aclaró fue que la aparición de la angustia no es
sim plem en te un p roceso fis io ló g ic o c ie g o , sin o que tam bién tiene su ori
g en en m ecanism os p sic o ló g ico s: la represión, para decirlo con sus pala
bras, causa angustia. En e se punto de articulación aparece el íntim o pero
n o m uy co n sp icuo v ín cu lo entre lo s d os tem as principales de I n h ib ic ió n ,
sín to m a y a n g u s tia : la angustia y lo s m ecanism os de defensa. Pero Freud
h iz o m ás que revisar su primera e x p lica ción de esa relación. La invirtió.
La represión, estaba diciend o, no crea angustia; la angustia crea represión.
En esta nueva form ulación teórica, Freud le asignaba a la angustia una
tarea que n i él ni otros p sic ó lo g o s habían recon ocid o antes: el niño, al
desarrollarse, aprende a predecir lo que Freud denom inó situaciones de p eli
gro, y responde con angustia a la aparición esperada de tales situaciones.
En otras palabras, la angustia puede actuar com o señal de posib les trau
m as futuros. D e m odo que Freud, e n su nueva con cep ción , v eía la angus
tia, no c o m o una respuesta pasiva, sin o co m o un elem ento de acción m en
tal.
Esa inversión podía parecer sorprendente, pero Freud había tenido co n
ciencia durante décadas de que el estu dio serio de la angustia con toda segu
ridad daría lugar a una gran serie de com plejidades. En algunos de sus pri
m eros artículos psicoanalíticos ya había diferenciado la angustia realista y
la angustia neurótica, observando que los ataques de angustia pueden ser
respuestas a presiones internas o a p eligros externos. En cualquiera de los
dos c a so s, la angustia surge cuando la m ente no puede controlar los estí
m ulos que la bombardean. Q uedaba por definir la naturaleza de la angustia,
catalogar sus fuentes y, tal v e z , diferenciar sus tipos. A esa tarea se con sa
gró Freud en su en sayo de 1926. Para R ank, c o m o sabem os, la experien
cia del nacim iento era en realidad la única causa de angustia que im porta
ba; todo posterior ataque de angustia representaba sim plem ente el m odo
que tenía la m ente de controlar co n éx ito ese í/r-trauma. Freud, que d e s
c o n fia b a de lo s esquem as sim p les y de las causas únicas, interpretó la
exp licación de Rank com o una exageración tendenciosa que privilegiaba
un so lo aspecto de la rica y variada experiencia de la angustia.
La angustia, tal c o m o Freud la estaba definiendo, es un sentim iento
p en o so acom pañado por sensacion es física s definidas. El trauma del naci
C o n t in e n t e s n e g r o s [543]
m iento e s e l prototipo d e to d o s lo s estad os de angustia; e v o c a la respuesta
(cam b ios f is io ló g ic o s p ronu n ciados) que esto s últim os estad os imitarán.
Freud no tenía ninguna duda en cu an to a que e l n iñ o tien e en s í m ism o un
cierto grado d e preparación para la angustia; en una palabra, la reacción de
angustia e s innata. P ero lo s n iñ o s p equ eñ os padecen m uchas angustias que
no pueden rastrearse hasta la experiencia del nacim iento: m ied o a la o sc u
ridad, m iedo a la ausencia de las personas que atienden sus n ecesidades. Si
bien no les a sign ó una cro n o lo g ía precisa, creía que cada fase del desarro
llo m ental queda som eram ente esb ozada por su propia angustia caracterís
tica: al trauma del na cim ien to le sig u e la angustia de separación, a su tur
no sucedida por e l m ied o a la pérdida del am or, la angustia de castración,
el sentim iento de cu lp a y e l m ie d o a la m uerte. D e m od o que las angustias
generadas por un su p e r y ó ca stig a d o r s ó lo surgen d esp u és de qu e otras
angustias hayan realizado su trabajo.
Freud no so stu v o que un tipo de angustia reem plaza a todas las otras.
T od o lo contrario; cada una puede persistir en lo inconsciente a lo largo de
toda la vida, y ser reactivada en cualquier m om ento. Pero todas las angus
tias, tarde o tem prano, com parten una se n sa ción de perentoriedad, m uy
incóm oda, d e d e sv a lim ie n to , de incapacidad para controlar ex c ita c io n es
abrumadoras (terrores, d e se o s y e m o cio n es). Para recapitular, la form ula
ción más im portante de Freud era la sigu ien te: la angustia e s un inform e
adm onitorio de que m ás adelante nos espera un p eligro. Para e l sen tim ien
to en sí, no tien e im portancia que el pelig ro se a real o im aginario, evalu a
do racio n a lm en te o so b r e e stim a d o h istéricam en te; su s fu e n tes varían
m u ch ísim o , y ca si lo m ism o sus e fe c to s f is io ló g ic o s y p sic o ló g ic o s.
A l reformular drásticam ente la d efin ició n de la angustia, Freud pasó de
lo particular a lo general. E m p ezó a interesarse por la angustia al escuchar
a sus analizandos; en el n u e v o en fo qu e, que la describía co m o una señal-
guía que perm ite a lo s seres hum anos navegar a través de los peligros de
la vida, las c o n clu sio n es extraídas de sus exp loraciones esp ecializad as en
psicopatología quedaban traducidas a ley es p sicológicas aplicables a toda
persona, neurótica o no. D esd e la perspectiva de Freud, la leyenda del ino
cente e intrépido S igfrid o que em prende el aprendizaje del m ied o podría ser
la metáfora de un ingrediente esen cial de la m aduración humana: un m odo
de definir la edu cación co n siste e n verla c o m o e l p roceso de descubrir los
usos del m iedo y d e aprender a diferenciar lo que hay que temer, lo que hay
que evitar y lo que s e pu ed e considerar fiable. Privados por com p leto de
angustia, lo s seres h u m an os se encontrarían totalm ente in d efen so s ante
los im pu lsos internos y la s am enazas externas: serían, sin duda, m en os
que hum anos.
L as o b ser v a c io n es sobre las defensas que Freud d isem inó e n I n h ib i
ción , sín to m a y a n g u s tia dem ostraron ser tan fértiles para la teoría p sico a
nalítica co m o la inversión radical de sus ideas sobre la angustia (quizás
[544] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
in clu so m ás fértiles). Pero e sa s o b serv a cion es dieron m ucho trabajo a sus
partidarios, durante la vida d el m aestro y m ás tarde, pues las páginas de
Freud sobre las defensas son p o co m ás que sugerencias rápidam ente b o s
quejadas de grandes p o sib ilid ades teóricas. En 1926 Freud dejó perfecta
m ente claro que la angustia y la d e fen sa tienen m ucho en com ún. Si la
angustia e s el centinela que h ace sonar la alarma, las d efensas son las tro
pas m ovilizadas para detener al invasor. Las maniobras d efensivas pueden
ser m ucho más d ifíc ile s de detectar que la angustia, pues actúan casi total
m ente bajo la cubierta protectora y apenas penetrable d e lo in consciente.
P ero, lo m ism o que la an g u stia , las d efe n sa s están situadas en e l yo;
c o m o la angustia, son m od os de control dem asiado hum anos, dem asiado
fa lib les, e indispensables. En realidad, una de las cosas m ás im portantes
que hay que decir sobre las defensas e s que, aunque em piecen siendo sier-
vas de la adaptación, pueden con vertirse para ésta en obstáculos intransi
gen tes.
Freud reconoció que había descuidad o durante m ucho tiem po la c u es
tión de có m o exactam ente el yo se d efien d e de sus tres adversarios: el ello ,
e l superyó y el m undo. «En relación co n el exam en del problem a de la
angustia — escrib ió co n a lg o de arrepentim iento— he vu elto a un c o n ce p
to o (para decirlo c o n m ás m odestia) una expresión que só lo em p leé al
principio de m is estu dios, hace treinta años, para abandonarla m ás tarde.
E stoy hablando del “ proceso d e fe n siv o ”. D espués reem placé esta expresión
por la palabra “represión”, pero la “ relación entre una y otra quedó sin
definir”». Esto no aclaraba casi nada. En realidad, Freud diferenció prim ero
con claridad diversos m ecan ism os de defensa, y después confundió todo el
planteam iento al em plear uno d e sus co n ceptos p sicoanalíticos preferidos,
e l de represión, para caracterizar y designar tanto la técnica m ental de
n egarle a ciertas ideas el a c c e s o a la c o n cien c ia c o m o tod os lo s otros
m odos de rechazar las excita cio n es desagradables. Estaba dispuesto a corre
gir e sa im precisión v o lv ien d o al « antigu o concepto de “defen sa”» , com o
“ d esignación general de todas las té cn ica s” que em plea el y o en los c o n
flic to s capaces de provocar la neurosis, «m ientras que “represión” sigue
sien do el nombre de uno de lo s m étod os de defensa». *8>
L o s b eneficios de la reactivación que realizó Freud de sus primeras
form ulaciones fueron sorprendentes. La represión conservaba su estatus
p rivilegiad o entre las estratagem as d e d efensa, y tam bién su lugar históri
c o en la teoría p sicoanalítica. Pero, si bien casi todas las tácticas d e fen si
v as im itan a la represión en el d e sig n io d e impedir el acceso a la co n cien
c ia de cierto material p sic o ló g ic o , por otra parte tienen recursos propios.
A algunos de e llo s Freud los había d escrito en trabajos anteriores y en sus
historiales. El yo puede d efend erse de im pulsos instintuales inaceptables
m ediante la regresión a una fa se anterior de la intergración m ental en la
que tales im pulsos son enm ascarados y desarm ados. El neurótico puede
tratar de escapar de sus sen tim ien tos h o stiles y destructivos dirigidos con -
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 4 5 ]
ira personas am adas co n v in ie n d o sus o d io s prohibidos en un a fecto e x a g e
rado. E sto n o e s to d o ; la m e n te c u en ta c o n otras arm as d e f e n s iv a s .
M uchas de ella s, c o m o la p ro y ección , ya eran co n ocid as por lo s lectores
de Freud. En In h ib ic ió n , sín to m a y a n g u stia añadió dos tácticas que no
había m encionad o antes: la “ anulación retroactiva” y el “ aislam iento”. La
primera e s una e sp e c ie de “m agia negativa” que procura barrer n o só lo las
consecu en cia s de una experien cia sino la ex p eriencia m ism a: m ilagrosa
m ente, lo que ha suced id o no ocurrió nunca. La segunda táctica, que Freud
con sid eró ca racterística del neuró tico o b s e siv o , co n siste en un esfu er zo
tendente a separar las fantasías o recuerdos o b scen o s, aterradores, vergon
zo so s, d e io s a fecto s que en realidad form an parte de ello s. * w S ó lo la
reim plantación del antiguo nom bre co le c tiv o d e “defen sa” podía — a juicio
de Freud— hacer ju stic ia a los m u ch os m od os en que la m ente se protege
de lo s o tros y de s í m ism a.
C o m o en el ca so d e la angustia, con respecto a las d efensas la ex p lica
ción de Freud se fundó en gran m edida en las observaciones realizadas en
su lugar favorito: la cóm oda s illa situada detrás del diván en el que se ten
dían su s pacien tes. En In h ib ic ió n , sín to m a y a n g u stia v o lv ió a recordar,
casi n o stá lg ic a m e n te , a lg u n o s d e lo s c a s o s m ás preciados: el p equeño
H ans, el H om bre d e las R atas, el H om bre de los L obos. N o v e ía razón
alguna para desatender esa s fuentes de inform ación. D esp u és de todo, las
resistencias que lo s analizandos desarrollan para im pedir el cam bio de sus
hábitos n eu róticos, para aferrarse a su su frim iento con tal de no obtener
com prensiones p e n o sa s, son d efen sa s en acción . Pero, c o m o Freud bien
sabía, lo s n e u ró tico s n o tienen e l m o n o p o lio de tales estratagem as; se
lim itan a exagerar, en una caricatura in eq uívoca y fácilm en te legib le, las
prácticas de lo s m ortales corrientes. Por e jem p lo, el aislam iento puede ser
una especialid ad d e lo s o b se siv o s, pero e s e l eq uivalente neurótico de la
concentración: retirar la a ten ción de e stím u los que n os perturban es un
p roceso m ental parfectam ente norm al destinado a permitir la realización
del trabajo. D e m o d o que, lo m ism o que la angustia, las d efen sas son un i
v ersales, e se n c ia le s para todos lo s seres hum anos. E sto era lo que la r efle
x ión sob re E l tra um a d e l n a cim ien to le había en señado a Freud. C on el
acto m ism o de separarse de Freud, Rank le había servido m ejor de lo que
suponía.
[5 4 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
L O S D IL E M A S D E L DO CTO R
El a specto m ás bien p o c o p u lid o del libro de Freud
sobre las d efen sa s y la angustia, con sus repeticiones y
d e fe c to s form ales s e pone sobre Lodo de m a n ifiesto
cuando se lo com para con el n iv el habitual del m a es
tro. En todo caso, esas debilidades no anunciaban una
pérdida permanente de las aptitudes literarias, pues en
1 9 2 6 , e l m ism o año d e In h ib ic ió n , sín to m a y a n g u stia , Freud p ublicó
otro pequeño libro, en e l que desarrollaba su antigua inspiración estilísti
ca, su acostum brado in g en io satírico: ¿ P ueden los le g o s e je rc er el a n á li
sis? S e trata de una m ezcla de p olém ica y d ivulgación que hay que situar,
com o leg ib le introducción al p sico a n á lisis, entre los m ás gratos esfuerzos
persuasivos de Freud. Sign ifica tiv a m en te, Freud optó por desarrollar su
argum entación en form a de diá lo g o , un recurso literario que invita a la
e x p o sició n inform al y que había em pleado antes m ás de una vez.
S in duda e l h ech o de qu e el fo lleto se inspirara en un debate entonces
en curso p ro vocó que Freud m ovilizara de nuevo esa belicosidad segura de
sí m ism a que había sid o tan típ ica de él. A fin es de 1924, un alto persona
je del m undo m éd ico austríaco le p id ió a Freud una opinión experta sobre
el tem a del análisis le g o . Freud le escribió a A braham lle n o de optim is
m o, que “en todas e sta s cu estio n es espero que las autoridades m e e sc u
chen". * “3 N o s e trataba d e a lg o m uy s e n c illo . A p r in c ip io s del año
sig u ien te, lo s burócratas m u nicip ales, aparentem ente alertados por W il
helm Stek el sobre la p resen cia en V iena de analistas leg o s, acusaron a
Theodor R eik de " ejercicio ile g a l de la m e d icin a” .* 84 R eik , u no de los
seguidores jó v en es d e Freud, se presentó ante los m agistrados de la ciudad
y ex p lic ó sus procedim ientos. A continuación hubo acaloradas d isc u sio
n es, te stim o n io s d e e x p erto s y riñas ju d ic ia le s. Se ordenó a R eik que
abandonara el análisis. En lugar de h acerlo, éste consultó a un abogado,
reclutó el ap oyo de Freud, presentó una apelación y durante algún tiem po
continuó con su práctica. * « Pero en la prim avera sigu ien te, un paciente
norteam ericano, N ew to n M urphy, lo dem andó acusándolo de curandero.
M urphy, un m éd ico , había ido a V iena a analizarse con Freud, que no d is
p onía de horas lib res, y lo e n v ió a R eik, con quien el am ericano parece
que trabajó durante algunas sem anas. L os resultados debieron ser sum a
m ente in satisfactorios, pues de otro m o d o M urphy, que obviam ente, en
p ricipio, n o era h o stil al p sic o a n á lisis, n o habría llev a d o a R eik ante la
ju sticia. Freud no v a ciló ; ¿Pueden lo s leg o s eje rcer el análisis?, escrito en
el p la zo de un m es, fu e e l resultado.
Freud no co nvirtió en ningún secreto e l hecho de que escribir el fo lle
to era el resultado de los acontecim ientos de aquel día: el funcionario con
el que había tratado y que le p idió sus docum entadas opiniones sobre el
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 4 7 ]
c a so , le sirv ió d e m odelo para la figura del interlocutor interesado pero no
con v en cid o . Estaba claro que e l propio Freud aparecía en persona. Pfister,
a quién le e n v ió un ejem plar de ¿ P u ed en lo s le g o s eje rc e r e l an á lisis? ,
ex c la m ó co n en tusiasm o que ningún otro texto de Freud era tan fácil, tan
com p ren sib le. “ Y sin em bargo lod o brota de las profundidades.” Se podría
sospechar cierta parcialidad en Pfister, que estaba en lucha continua con
los p sicoanalistas m éd ico s d e Suiza y se sentía org u llo so de ser uno de los
“ prim eros d iscíp u lo s le g o s” **« d e Freud. Pero el p olém ico texto de Freud
le daba la razón.
F reu d lu ch o p o r R eik c o m o habría lu chado por s í m ism o. “N o pre
tendo — le escrib ió a Paul F e d e m en m arzo de 1926, cuando el debate
sob re el a n álisis leg o sacudía a la S ocied ad Psicoanalítica de V ien a— que
los m iem bros com partan m is o p in io n e s, pero las defenderé en p úblico, en
privado y en lo s tribunales”. D e sp u é s de todo, agregó, "la lucha por el
an álisis le g o tendrá que librarse de un m om ento a otro. M ejor ahora que
m ás tarde. M ientras v iv a , y o m e rebelaré contra el h ech o de que la m ed ici
na se trague al p sic o a n á lisis” . En realidad, Freud estaba luchando por
su propia causa: si bien lo s a fanes d e R eik ante los tribunales de V ien a en
aquel m om en to im pulsaban a Freud a com prom eterse en letras de imprenta
en la defen sa del análisis le g o , su interés por el problem a databa de anti
guo. Freud tenía co ncien cia d e que, d e m anera m ás o m enos indirecta, era
responsable de las dificu ltad es que afrontaba R eik, y e llo deb ió de intensi
ficar su veh em en cia y su tenacidad.
L os dos hom bres se co n o ciero n en 1 9 11, d espués de que el m aestro
leyera la tesis doctoral de R eik sobre e l extraño relato de Flaubert titulado
L a te n ta c ió n d e San A n to n io . R eik nun ca o lv id ó e se prim er encuentro.
“Y o estaba en lucha co n m is profeso res”, que desaprobaban q ue un estu
diante de literatura y p sic o lo g ía escribiera una tesis sigu ien d o directrices
freudianas. Una fortuita observación desp ectiva de uno de sus profesores de
p sic o lo g ía lle v ó a R eik a leer la P sic o p a to lo g ía d e la vida co tid ia n a , y a
con tin u a c ió n d ev o ró cu a n to te x to de Freud c a y ó en su s m an os, co m o
había e c h o O tto Rank unos años antes. L e e n v ió a Freud el m anuscrito de
su tesis, y é ste , intrigado, le in v itó a q ue lo visitara. A l subir por las esc a
leras d e B erggasse 19 — recordó R eik m uchos años más tarde— “ m e sentía
co m o una jo v en cita que acude a una cita, tan fuerte latía m i c orazón ” .
D esp ués entró en el consultorio, dond e Freud trabajaba “ rodeado por las
estatuillas eg ip c ia s y etruscas que tanto am aba” . R esultó que “c o n ocía el
libro de Flaubert m ucho m ejor que y o , y lo d iscu tim os detenidam ente”. ***
Pronto em p ezaron a considerar cu e stio n es m ás importantes. R eik pro
yectaba inscribirse en la facultad de m edicina, pero Freud “dijo que no, que
él tenía otros planes para m í. M e recom end ó dedicar mi vida al p sicoan áli
sis y a la in v e stig a ció n p sic o a n a lític a ” . **» C om o sabem os, Freud sem bra
ba un tanto discrecio n a lm en te e s e tip o de c o n sejos. Pero con R eik no se
[5 4 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
lim itó a eso; a p o y ó su reco m en d a ció n con una base tangible. Durante
algunos años, le e n v ió regularm ente dinero al jo v en , que no tenía un c é n
tim o; adem ás le encontró un em p leo . Y lo introdujo en la S ociedad P sico-
analíüca de V iena, donde Reik, nunca torpe tratándose de hablar o escribir,
in terv in o pro n to co n c o m en ta rio s y le y ó trabajos. “ O b viam en te tien e
d efectos — le escrib ió Freud a Abraham, que, a petición de Freud, estaba
tratando de allanarle el cam ino a R eik en B erlín— pero e s un buen m ucha
cho, m od esto, con una gran dedicación, c o n viccion es firm es y que escribe
b ien ” . A instancias de Freud, había na cid o otro analista lego. Y sobre
v iv ió al d e sa fío planteado a su práctica. L os titulares del N e w Y o rk
T im e s d isp uestos sobre el encabezam iento del correspondiente despacho
— “ V iena, 24 de m ayo de 192 7 ”— resum ieron com o sigu e el desenlace del
ju ic io contra Reik: “A m ericano pierde ju ic io contra Freud / El descubridor
del psicoan álisis dice que puede funcionar sin la ciencia m édica” . A Freud
(qu e, a pesar d e e s o s titulares, n o había sid o el acusad o) se le citaba
diciendo: “ Un m éd ico no puede practicar el psicoanálisis porque siempre
tiene en m ente la m edicina , que no es necesaria en los c asos en que mi
tratamiento puede funcionar” . L os cargos contra Reik fueron retirados
y, por el m om en to, el análisis le g o q u edó a salvo.
F r eu d advirtió p o r primera v e z lo s riesgos que corrían quienes no
eran m é d ico s en la práctica analítica unos trece años antes, en 1895, en su
fam oso su eñ o de la in yección de Irma. H abía soñado que Irma, paciente
suya, podría estar padeciendo una enferm edad orgánica que él había diag
n osticad o com o — o m ás bien confun dido c o n — un síntom a p sic o ló g ic o .
Ese era el pelig ro que quienes se oponían al análisis lego repetidam ente
citaban co m o unas de sus principales preocupaciones. Pero Freud pensaba
que se trataba de un problem a que podía controlarse. En 1913, en unas
notas prelim inares a un libro de P fister, s ig u ió con su ofen siv a , negando
llanam ente que los terapeutas p sicoanalíticos necesitaran form ación m éd i
ca. Por el contrario, “ la práctica d el p sic o a n á lisis tien e m ucho m en os
necesidad de estudios m édicos que de una form ación en p sicología y de una
clara com prensión humana. La m ayoría d e los m édicos — agregó un tanto
m a licio sa m en te— no están dotados para el trabajo del p sicoan álisis” , y
por lo general han fracasado tristem ente al intentarlo. * « En consecuencia,
era natural que algunos de los m ás destacados partidarios de Freud — de
Otto R ank a Hanns S a ch s, de Lou A nd reas-Salom é a M elanie K lein, y por
sup u esto la p sico a n a lista de su propia ca sa, su hija A nna— no fueran
m éd icos. A dem ás, jó v en es de talento reclutados para la causa eran com pa
ñeros de cam ino (profesores de literatura co m o Ella Freeman Sharpe, peda
go g o s co m o A ugu st A ich h o m , h istoriadores del arte co m o Ernst Kris) y
dem ostraban ser c lín ic o s co m petentes y teó ricos im aginativos. Sus prim e
ros textos dejan b ien claro que la defensa que Freud hacía de los analistas
leg o s n o era consecu en cia de una necesid ad circunstancial de proteger a
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 4 9 ]
algu no de ello s; sin o qu e era un efe c to natural de lo que él percibía com o
la naturaleza ese n c ia l del p sico a n á lisis. Freud ya había apostado fuerte
m ente por el análisis le g o años antes de que Theodor Reik entrara en c o n
flicto con la le g isla c ió n austríaca.
L a d efen sa r e a liza d a por Freud del an álisis le g o n o era un llam a
m ien to a d iagn osticar c o n lig ereza y am ateurism o; so stu vo sistem á tica
m ente que todo an alizando potencial tenía que ser som etido prim ero a un
exam en m édico. En ¿ P u ed en lo s le g o s e je rc e r e l an álisis? subrayó este
punto. D espu és de to d o , era p o sib le que lo s síntom as físic o s que un entu
siasta analista le g o podría atribuir a una conversión histérica — c o m o él
había h echo en el su eñ o de la in y ecció n de Irma— fueran en realidad s ig
nos de una enferm edad física. C on esta excep ción , Freud pensaba q ue era
probable que la form ación m édica resultara una desventaja. Durante toda
su vida, Freud qu iso preservar la independencia del p sicoanálisis respecto
de los m é d ic o s, no m en o s que respecto de los filó so fo s.
Es cierto que d esp ués de la guerra las cuatro quintas partes de sus “d is
cíp u lo s” eran m é d ic o s, pero él nunca s e can só de insistir en que “lo s m éd i
co s no pueden ejercer ninguna reivin dicación histórica del m o n o p o lio del
análisis” . U n m éd ico m al dotado jugan do al análisis no es de h ec h o m ejor
que un curandero. D esd e luego, agregaba Freud, es innecesario decir que el
que n o e s m édico tiene que estar com pletam ente versado en todos lo s e le
m en to s d el p s ic o a n á lis is y sab er a lg o de m ed icin a, pero “ e s in ju sto e
inconveniente que una persona que quiere liberar a otra del torm ento de
una fobia o una o b sesió n sea ob ligad a a dar el rodeo de los estu d ios m éd i
c o s ” . E n sín tesis, “no co nsid eram os en absoluto d eseab le que la m edicina
se trague al p sico a n á lisis — ésta era sin duda una de las m etáforas favoritas
d e Freud— ni que el p sico a n á lisis term ine en el dep ósito de los m anuales
de psiquiatría”. *n
Freud estaba tan d ecid id o resp ecto de esta cuestión que n o va ciló en
cuestionar las m o tiv a cio n es de sus oponentes; a fu m ó que la resisten cia al
análisis le g o era en realidad una resistencia al an álisis en general. T e n ien
d o en cuenta la estatura y lo s argum entos de los p sicoanalistas que estaban
del otro lado acerca d e este problem a, sem ejante acusación parece dem asia
d o fácil y ten denciosa. S i bien Freud aducía las m ejores razones (por lo
m en o s entre la s de tip o in te le c tu a l), la o p o sic ió n n o era sim p le m en te
irresponsable o fundada e n intereses personales. U n cuarto de sig lo m ás
tarde, abordando el problem a d e sd e su punto de v ista británico, Ernest
Jones lo consid eró “un dilem a central del m ovim ien to p sicoan alítico, para
el que todavía no se ha h allad o so lu c ió n ”. Freud — escrib ió Jones— esfo r
zándose por ser ju sto c o n tod os, “ se m antenía alejado del torbellino del
mundo exterior, y era ló g ic o que mirara a la distancia y evocara v ision es
del futuro lejano” . * * D esd e lu ego, Freud tenía todo el derecho a perm itirse
v isio n e s fantásticas c o m o la d e una universidad para p sicoanalistas en la
[550] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
que a lo s n o fueran m éd ico s se lo s introduciría en la b io lo g ía y la psiquia
tría. * » “ P ero q u ien es o cup ábam os p o sic io n es m ás h u m ild es e n la vida
estábam os o b lig a d o s a mirar m ás d e cerca y a sortear con éx ito con tin gen
cias m ás inm ediatas.” El grandioso programa de Freud podía ser cautivador
— co n c lu y e Jones— , pero m ientras tanto había que afrontar realidades m ás
mundanas. • *
E sa s r ea lid a d es eran dem asiado im portantes com o para ignorarlas.
L os p sicoan alistas se sentían bajo la presión de tener que apaciguar a un
púb lico al que en m o d o algu no habían lo grad o con ven cer, y al m ism o
tiem po debían conducir con tacto (a v e c e s inclu so co n un toque de servi
lism o ) las rela cio n es con lo s psiquiatras y m é d icos de su e sia b lish m e n t
lo ca l. E n 1 9 2 5 , el p sic ó lo g o J. M cK een C attell, enton ces presidente de la
A so c ia c ió n A m ericana para e l Progreso d e la C iencia, m enospreció al p si
coa n á lisis, a fu m an d o que era “n o tanto una cuestión de cien cia com o de
gu sto, sie n d o el doctor Freud un artista que v iv e en el país m ágico de los
sueñ os entre los ogro s del se x o pervertido” . *97 Cattell no representaba a
todo e l m undo, pero tenía las influen cias su ficien tes com o para amenazar
las asp iraciones de lo s p sicoanalistas al recon ocim ien to profesional.
A lo s argum entos de C attell les prestaba un p eso adicional la prolifera
ción d e charlatanes que pretendían ser analistas. El m ism o año del com enta
rio d e sp e c tiv o d e C attell, un ciudadano norteam ericano llam ado Hom er
Tyrell fue llevado a un tribunal londinense bajo la acusación de “charlatán
peligroso”. En su consultorio de G ordon Square, una zona residencial de
B loom sbury, cobraba dos guineas por la hora de consulta, y pronunciaba
conferencias sobre “filo so fía del in dividualism o”. * « S i bien algunos ciuda
danos em in en tes, incluido e l obispo de L incoln, dieron buenas referencias
de Lañe, e í fisca l sugirió oscuram ente una “conducta im propia con alumnas
de una escu ela de niñas con la que estaba relacionado”. Lañe fue condenado
a un m es d e prisión, pero finalm ente la sen tencia fue anulada; se le im puso
una multa de cuarenta chelines y tuvo que prometer que abandonaría Ingla
terra en e l p la zo de un m es, para n o volver nunca. En los docum entos
judiciales, Lañe era definido co m o psicoanalista.
T am bién en 1 925, en M anhattan, e l reverendo C harles Francis Potter,
hablando sobre “psico a n á lisis y re lig ió n ” en la Iglesia Unitaria de W est
Side, advirtió que lo s “charlatanes del psicoanálisis” habían perjudicado a
m uchas person as. Su so lu c ió n co n sistía en que se exigiera a los analistas
una autorización esp ecial. “Parece increíble pero es un hech o — dijo— que
m ientras que un m éd ico d ebe contar con d iez años o m ás de educación y
preparación para poder tratar los cuerpos de los hom bres, un analista, que
presum e de poder tratar e se organism o aun m ás delicado que es la m ente
hum ana, pueda colgar su cartel y cobrar 25 dólares por cada consulta sin
m ás preparación qu e la lectura de Freud y Jung durante d iez días.” * 100 E so
era precisam ente lo que tem ían lo s p sicoanalistas: charlatanes com o Lañe
C o n t in e n t e s n e g r o s [551 ]
que aparecían en lo s p eriódicos, detractores co m o Potter que con sus o p i
n io n es endurecían la resisten cia d e un p ú b lico m ás am plio.
En co n secu en cia , a m ed iad os de la década de 1920, los analistas de
Francia, Inglaterra y , m ás v eh em en tem en te, Estados U nidos, refunfuñaban
que d em asiados a dvened izos que se llam aban a s í m ism os terapeutas esta
ban tratando d e aprovecharse de — y co n seg u ían subvertir— e l p restigio ya
alcanzado por e l p sic o a n á lisis, fuera é ste e l que fuere. Según un im portan
te p sicoanalista norteam ericano, S m ith E ly J elliffe, le escr ib ió a E m est
J on es e n 1 9 2 7 , « lo s m u c h o s “ c u lto s ”» c o m o “la C ie n cia C ristiana, la
curación m ental, e l c o u e ísm o y otros a sp ectos innum erables de las prácti
cas p seu d o m éd ica s” , nunca habrían lleg a d o a ser tan im portantes «si el
“doctor” hubiera estado en su p uesto». *>«» Fueran quienes fueren lo s res
pon sab les de e se estrep itoso ca o s, lo s verdaderos p sicoanalistas tenían que
d ista n cia rse d e c isiv a m e n te de to d o s lo s charlatan es. L os “ d is c íp u lo s ”
extranjeros de Freud, al v o lv er a su s p aíses de origen para ejercer la profe
sión , estaban em pezand o a reflexionar sobre las recom pensas de la respeta
b ilidad y a constitu ir e s ta b lis h m e n is p rofesionales para salvaguardarlas.
E n e sa em presa, era probable que lo s a n alistas le g o s aparecieran co m o
intrusos que contribuían a crear c o n fu sió n y problem as.
F r e u d ten ia o t r a s ideas. Precisam ente porque era m édico, podía per
m itirse hablar sin ningún interés personal en d efen sa de lo s le g o s bien
adiestrados. O rquestó, en c o n secu en cia , una valerosa cam paña, pero sus
victorias fueron esporádicas y lim itadas. La disputa se h iz o más intensa;
gen eró debates in co n clu so s en los perió dico s psicoan alíticos y re so lu cio
nes contem porizadoras en lo s co n g reso s de p sicoanalistas durante toda la
década de 1920, y m ás allá. L os institutos del m undo occidental realizaban
prácticas diversas, pero la m ayoría e m p ezó a exigir un título de m éd ico
co m o prerrequisito para la a d m isión , o bien añadió a la form ación de leg o s
m o le sta s r e str ic c io n e s. Sobre e sta c u e stió n (se g ú n m u ch os, só lo sobre
esta c u estió n ) lo s analistas, que d eificaban a Freud y apelaban a sus esc r i
tos c o m o si fueran la s sagradas escrituras, h icieron o íd o s sordos a sus
d ese o s y se arriesgaron a provocar su disg usto. A .A . B rill dijo lo q ue p en
saban m u cho s de e so s le a le s p u n tillo so s cu an d o esc rib ió e n 1927 que:
“H ace m ucho, m u ch o tiem po aprendí a aceptar lo que el m aestro ofrece
incluso antes de quedar con v en cid o de que las c osas son así en función de
m is propios co n o cim ien to s, pues la ex perien cia m e ha en señado que cada
v ez que un enunciado [de Freud] m e parece poco creíble o incorrecto, pron
to descubro que e sto y equivocado; era m i propia falta de experiencia lo que
provocab a la duda. S in em bargo, durante m uchos añ os he tratado con
em peño de estar de acuerdo con el m aestro acerca de la cuestión del análi
sis le g o , pero n o he pod id o aceptar su punto d e vista” . En la defensa de su
con cep ció n, e l “m aestro” había sid o “ b rillante” pero en últim a instancia
p o c o convin cente. * 1M
[552] R e v is io n e s : 1 9 1 5 -1 9 3 9
El tem a era tan e x p lo siv o qu e en 1927 E itingon y Jones decidieron
organizar un sim p o sio internacional; todas las in tervenciones se publica
rían sim ultán eam en te en e l I n tern a tio n a le Z e itsch rift en alem án y en e l
In tern a tio n a l J o u rn a l o f P sy c h o -A n a ly sis en in glés. M ás de una veintena
de participantes, prácticam ente todos lo s analistas m ás fa m osos de una
m edia docena d e pa íses, exp usieron sus posicion es en declaraciones c o n c i
sa s o p e q u e ñ o s e n s a y o s . N o h u b o so r p resas, s a lv o (tal v e z ) con una
excep ció n : Freud n o pudo presentar en form ación n i siquiera a sus propias
tropas lo ca les. D esde lu e g o , T h eod or R eik , un tanto jocosam en te, con fesó
q ue su p o sic ió n n o era m uy desin teresada, y d efen d ió el análisis le g o ,
b asándose en una an alogía co n el saber p sic o ló g ic o que p oseían los sacer
d o tes y lo s poetas. P ero otros v ie n e se s, entre e llo s a lgu n os de lo s m ás
an tig u o s p a rtid arios de F reud , rech azaron e sa lín ea d e r azon am ien to.
Eduard H itschm ann, que se había unido al grupo de los m iércoles por la
n oche en 19 0 5, y qu e en e s e m om en to dirigía la clín ica p sicoanalítica de
V iena, d ijo llanam ente: “ M e aferró con fuerza a la norma legal establecida
por el m inistro de salud, según la cual e l p sicoan álisis está e n e l área de la
m edicina”. *>» Isidor S adger, otro de lo s prim eros partidarios de Freud, no
fu e m en os categórico: “ S o sten g o co n firm eza y por principio que las per
sonas enferm as tienen qu e ser tratadas ex clusivam ente por m édicos, y que
d ebe evitarse e l análisis de tales personas por parte de analistas le g o s”. * 10*
Incluso F élix D eu tsch , aunque por razones person ales d eseaba con
extrem a ansiedad agradar a Freud, no pudo hacer nada mejor que disimular
su o pinió n real co n d e fin icio n es retorcidas, y n o resistió a la tentación de
con clu ir afirm ando qu e “el n e g o c io de curar es un asunto de los m édi
c o s ”. D esd e lu eg o , entre lo s participantes en el sim p o sio había q u ie
nes estaban d e aceurdo co n Freud: algun os de los psicoanalistas ingleses
(Edw ard G lover, John R ichm an y o tros) n o veían ningún problem a en que
terapeutas que no fueran m éd icos realizaran an álisis, siem pre y cuando la
terapia se diferenciara de m odo tajante del diagnóstico, que debía reservarse
a “personas con califica ció n m édica”. *«* Inglaterra, de hech o, seguía sien
d o un país en el que florecía e l análisis lego: aproxim adam ente el 4 0 por
cien to de sus analistas — recuerda Jones— no eran m édicos. *>« Igualm en
te alentadora fue para Freud la resolución aprobada por la Sociedad P sicoa
n alítica Húngara de B udapest, en la que se afirmaba que el análisis lego,
según el libro de Freud dem ostraba teóricam ente, «no s ó lo se ju stifica
sin o que, para servir m ejor al progreso de nuestra cien cia, es incluso d e
sea b le y, por otro lado, en la práctica, e l “análisis le g o ” en Hungría ( . . . )
hasta e l m om en to no ha p rovocad o ningún daño a lo s p acientes». *«* Un
participante en el sim p o sio , Herm ann N unberg, u no de lo s m ás prom ete
dores jó v e n e s v ie n e se s, lle g ó a atribuir a q uienes se oponían al análisis
le g o un interés puram ente eg o ísta . ‘T e n g o la im presión — escribió— de
que la resistencia a la práctica del p sicoanálisis por parte de legos no está
siem pre basada en con sideraciones puramente teóricas. M e parece que tam
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 5 3 ]
bién entran en ju e g o otros m o tiv o s, co m o el prestigio m é d ico y razones
de orden eco n ó m ico . En nuestras fila s, c o m o en todas partes, la lucha e c o
nóm ica encuentra su id e o lo g ía ”. *>«
En su propia in terven ción , m ás tarde im presa c o m o apéndice a ¿ P u e
den lo s le g o s e jercer e l a n á lisis? , Freud reiteró lo s argum entos ya c o n o c i
d os. C on un estado de ánim o n o stá lg ic o , insertó una refle x ió n autobiográ
fic a que ha sid o m uy citada: “P u esto que y o m ism o estoy im p licad o en la
cu estión, pued o ofrecer a lo s interesados alguna reflexión sobre m is pro
p io s m o tiv o s. D e sp u és de cuarenta y un años de actividad m éd ica, m í
autoconocim iento m e d ic e que no he sido realm ente un verdadero m édico.
L legu é a ser m édico c o m o con secu en cia de una d esviación obligada con
resp e c to a m i in ten ció n o r ig in a l, y e l triunfo de m i vida resid e en lo
siguiente: después de un gran rodeo, he vu elto a encontrar m i dirección
in ic ia l”. P ensaba que su “p r e d isp o sic ió n sádica no era m uy fuerte, de
m o d o que necesité desarrollar sus derivaciones”. Tam poco recordaba haber
ju g a d o a ser doctor: “ E vid en tem en te, m i curiosidad infantil tom ó otros
rum bos. En m i juventud c r eció abrum adoram ente en m f la n ecesidad de
entender alg o de lo s en ig m a s de este m undo y tal v e z de contribuir en algo
a su so lu c ió n ” . Estudiar m ed icin a le había parecido la m ejor vía para reali
zar sus am biciones. P ero d esd e e l p rin cip io sus intereses se habían centra
do en la in v e stig a ció n e n z o o lo g ía , q u ím ica y , finalm ente, en p sic o lo g ía ,
“ bajo la in flu en cia de v o n B rü ck e, la m ayor autoridad qu e ha in flu id o
sobre m f ’. S i finalm ente in ic ió su p ráctica m éd ica, lo h iz o por razones
econ ó m ica s: observó qu e su “ situación m aterial” había sid o “ lastim osa”.
Pero — y e sto , desde lu e g o , era lo im portante de esa excursión en los días
d e su juventud— “creo que la ausencia en m í de una correcta d isp o sició n
m éd ica n o ha dañado m u ch o a m is p a cien tes”. * * 110
Freud tuvo que recon ocer que su inform e no clarificó m ucho la c u e s
tión del a n á lisis le g o , y e s cierto q u e c o n sig u ió só lo unos p o c o s p ro sé li
tos para su p o sició n , in c lu so aunque (señ a ló con m odestia) había tratado
por lo m enos de m oderar algunas c o n cep cio n es extrem as. En diversas
cartas d irigidas a sus ín tim o s y a extraños por igual, se quejó de la parcia
lidad de los m éd icos. “ L o s analistas que son m éd icos — escribió en o c tu
bre de 1927— se han in clinad o dem asiado a realizar investigacion es p r óxi
m as a lo o rg á n ico , m ás q u e in v e s tig a c io n e s p s ic o ló g ic a s ”. *112 Un año
s Estos capítulos debieron haber dem ostrado que esta autoevaluación subjeti
va exige dos correcciones: Freud lenía accesos de m otivación hum anitaria, si
bien en últim a instancia la investigación seguía siendo para él un interés más
fuerte que la curación. Y su descripción del curso de su vida como un largo rodeo
que lo apartó del plan original no tiene en cuenta el tipo de trabajo teórico,
incluso filo só fic o , que realizó no sólo en sus últimos años, desde la década de
1920 en adelante, sino tam bién en una época tan temprana como la década de
1890.
[5 5 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
m ás tarde, en una carta a Eitingon, se d eclaró m ás o m enos resignado a la
derrota; ¿P ueden lo s le g o s e je rc e r e l an á lisis? — dijo— “era un fracaso”
(ein S ch lag in s W a sser). H abía querido crear en los analistas un se n ti
m iento c o le c tiv o c o n respecto a e ste problem a, pero sin éxito. “Fui, por
así decirlo, un general sin ejército” . * “ 3
N o r e s u l t o in e s p e r a d o que lo s verdaderos m a lo s de la p elícu la
— según descubrió Freud— fueran los norteam ericanos. Sin duda los p si
coan alistas norteam ericanos eran los que con m ás intransigencia se o p o
nían al análisis le g o en cualquier parte. En sus com entarios publicados al
respecto, Freud ex p resó su irritación co n m ás prudencia que en su corres
pondencia: “La resolución de nuestros co legas norteam ericanos contra el
a n álisis le g o — escrib ió en el ap éndice de ¿P u eden lo s le g o s e jerc er el
a n álisis?— determ inada esencialm ente por m otivos prácticos, m e parece
p o co práctica, pues no puede alterar uno de los elem en tos que dom inan la
situación. P rácticam ente eq uivale a un intento de represión”. Y para co n
cluir preguntaba si no sería m ejor aceptar la existen cia de analistas le g o s y
procurar form arlos del m odo m ás c o m p leto p osible. * 1U
Era una pregunta retórica, d e la que él co n ocía la respuesta. Los norte
am ericanos eran en gran m edida una causa perdida, y lo habían sido más o
m en os desde el principio. La Socied ad P sicoanalítica de N ueva York, que
A .A . B rill había fundado en febrero de 1911, estaba constituida por m éd i
co s. Sus estatutos recon ocían a m iem bros no p lenos, que podían ser aque
llo s que “se interesaban activam ente en el p sic o a n á lisis”, * 115 pero en la
m ente de lo s m iem bros p lenos quedaban pocas dudas de que sólo a los
m é d ico s se les debía permitir e l análisis de pacientes. En 1921, para n o
dar lugar al m enor e q u ív o co , B rill subrayó con energía ese punto en la
introducción de su popular F un dam en tal C o n ce p tio n s o f Psychoanalysis',
lam entablem ente — escrib ió— el psico a n á lisis ha “ atraído a m uchos char
latanes y curanderos que hallan en él un m edio para la explotación de las
c la ses ignorantes por la vía d e prom eter la cura de todas sus dolencias”.
D esd e luego, en todas las ramas de la m edicina había tipos de esa calaña,
pero e sto no sig n ific a b a que uno debiera guardar sile n c io en su propia
esp ecialidad . "C om o m e sien to un tanto responsable del psicoan álisis en
este p aís, quiero sim plem ente decir que, si bien el p sicoan álisis es un d es
cu b rim ien to tan m a ra v illo so e n la c ie n c ia m ental c o m o , d igam os, lo s
rayos X en cirugía, só lo pu ed e ser u tilizado por personas con c o n ocim ien
tos form ales de anatom ía y p a to lo g ía ”. «•«»•
6 En realidad, Isador C oriat se había anticip ado en m ucho tiem p o a B rill. En
una b reve alocu ció n de 1 917 e stipuló que “ la práctica d el p sic o a n á lisis” debería
reservarse a p ersonas “perfectam ente form adas en la teoría p sico a n a lítica y en
p s ic o p a to lo g ía genera l. Q ue una persona sin form ación e m p lee e l p sico a n á lisis
es tan censurable c o m o que use el radium algu ien que ignora la físic a de la radio
actividad , o tan p e lig r o so co m o intentar una in terv en ció n qu irúrgica sin co n o c í-
C o n t in e n t e s n e g r o s [555]
A unque tal v e z c o n scien tem en te, e l sím il de Bríll era un arma en la
guerra de n ervios contra lo s analistas le g o s, y una advertencia a q uienes
consideraban la posibilidad de tratarse c o n uno de ellos. En 1921, cuando
Jelliffe, que todavía n o m ilitaba en e l ca m p o de B rill, apoyó el análisis
leg o y e m p le ó ayudantes que n o eran m éd icos, Brill lo reprobó de m odo
tajante. * 117 Pero sus críticas no se aplicaban a la idea de Freud, que nunca
pretendió que se enviaran p acien tes a terapeutas sin form ación. La c u e s
tión no tenía nada que ver c o n lo s rayos X o el bisturí del cirujano; se tra
taba de si la facultad d e m edicina proporcionaba la preparación necesaria, a
lo m ejor, para la práctica p sicoanalítica.
La cuestió n se planteó esp ectacu larm ente en 1925, cuando C aroline
N ew ton qu iso ingresar en la S ociedad P sicoanalítica de N ueva York. Culta
y bien inform ada, en 1921 se había an alizado durante cierto tiem po con
Freud, *"* y , d e regreso a lo s Estados U nidos, estaba traduciendo lo s esc ri
tos de Rank. Pero no era m édica, lo q u e para el esia b lish m en í p sicoan alí
tico de N ueva York constituía un d efe c to fatal. La sociedad le hizo con ocer
sin dem ora el asunto a A braham , en aquel en tonces presidente de la A so
cia ció n P sicoanalítica Internacional . 7 L os n eoyork in os, inform ó Abraham
en una nota fechada en m arzo, habían adm itido a N ew ton sólo c o m o in v i
tada, y le objetaban que hubiera em p eza d o a realizar prácticas clín icas y a
repartir certificados. A dem ás, agregaba Abraham , querían introducir una
enm ienda en la con stitu ció n de la a so c ia c ió n internacional, c o n e l objeto
de que los m iem bros de una sociedad n o tuvieran que ser autom áticam ente
aceptados c o m o m iem bros de cualquier otra. El consideraba que ésa era
una dem anda razonable, *>i» y , c o n v a c ila c io n e s, tam bién lo co n sid er ó
Freud. Pero éste aprovechó la oportunidad para castigar lo que consideraba
el eg ocentrism o característico d e sus co le g a s norteam ericanos. “ M e parece
que las pretensiones d e lo s am ericanos van m ucho m ás lejos — le escrib ió
a Jones en septiem bre— y que responden dem asiado a intereses m ezquinos
y e g o ísta s”. *<»
La desaprobación d e Freud n o h izo flaquear a la Sociedad Psicoanalíti
ca de N u eva York. Alarm ada y a la defen siv a, la sociedad reaccionó al caso
N ew ton d esignan do un com ité de edu ca ció n que en el futuro filtraría a los
aspirantes a m iem bros. Las a ctas corresp o n d ien tes al 27 de octubre de
1925 observan co n cisa m en te que “ d esp u és de un debate considerable la
m iem os de anatom ía” . (Isador H. C oriat, W hal is P s y c h o a n a ly sis? [1 9 1 7 ], 2 2 ).
En sí. este enu n cia d o su en a un tanto am b ig u o , pero C oriat habla p erm an en tem en
te de “m éd icos".
7 Las acias de la Sociedad P sico a n a lítica de N ueva York del 2 4 de febrero de
1925 registran que a C aroline N ew to n se le habían retirado su s d erechos d e in v i
tada, y al secretario c orresp ond ien te se le dieron in strucciones de que escribiera a
Abraham d icie n d o qu e “era e se n c ia l, por r azon es in ternas y d e otro tip o ” , “ lim i
tar nuestras reu nion es a m iem b ros d e la p ro fesió n " (es d ecir, por su p u esto , a
m éd icos). (P ap eles de A . A . B r ill, c o n ten ed o r 3 , LC .)
[556] R evisiones: 1915-1939
institución d ecid ió por unanim idad oponerse a que le g o s practiquen la tera
pia p sicoan alítica terapéutica” . *«■ La b urocraíización, inevitable en las
organizacion es que v an m adurando, se respiraba en el aire. El m ism o año,
lo s analistas reunidos en Bad Hom burg fundaron una co m isión internacio
nal de form ación, que debía estab lecer norm as de adm isión en los institu
tos psico a n a lítico s y definir m étodos para el entrenam iento psicoan alítico,
cuestio n es ambas que hasta e s e m om en to habían sid o controladas lo cal-
m ente co n sublim e despreocupación. La c o m isión de form ación dem ostró
ser una b en d ició n am bigua; g en e r ó d ispu tas c o n institutos a n sio so s de
co n servar su autonom ía. S in em bargo, ayudó a form alizar los requeri
m ien tos para la candidatura y la form ación de los analistas.
A unque esa c o m isió n de form ación n o hubiera ex istid o, los analistas
norteam ericanos habrían h ech o co n o c e r su op in ión . " D esde lu eg o — le
com en tó Freud a Jones acerca de la postura de los norteam ericanos en el
oto ñ o d e 1926— , el d estino d ecidirá la relación final entre y A y m edicina,
pero e llo no im p lica q ue n o deb am os tratar de influir en el destin o, de
intentar darle form a co n nuestros propios esfu er zo s”. * 122 Pero el 3 0 de
noviem bre de 1926 la Sociedad P sicoanalítica de N ueva York adoptó una
resolución que el año sigu ien te fue incorporada a la publicación del sim
p o sio sobre análisis le g o , co n lo cual se le d io circulación internacional.
“La práctica del p sicoanálisis co n fin es terapéuticos — d ice en una parte—
quedará restringida a los m é d ico s (doctores en m edicina) graduados en
facultades m édicas reconocidas, que hayan recibido adiestram iento especial
en psiquiatría y p sicoanálisis, y que satisfagan los requerim ientos de la
le g isla ció n sobre la práctica m édica a la que están su jetos”. N a d a podía
ser m ás in eq u ív o co .
Freud sigu ió realizando esfu erzos para convencer a los norteam erica
n os, pero durante cierto tiem po tales esfuerzos parecieron en gran m edida
inútiles. En e l verano de 1927 Freud recib ió una carta de Brill — la prim e
ra “en no sé cuántos añ o s” , le co m e n tó sarcásticam ente a Jones— en la
que el últim o le aseguraba que «él y tod os los otros “seguirán absoluta
m ente le a le s ”» a Freud y a sus p rin cip io s. Brill — d ecía Freud— había
ten ido noticias de sus « in ten ciones de echar al grupo de N ueva York de la
a sociación y “ lamentaría m ucho que ocurriera algo así”». Freud consideró
que ésta era una queja im aginaria. Le respondió a Brill “ severa y sincera
m ente” diciéndole con franqueza que los americanos le habían defraudado.
C on la m ism a franqueza, le d ijo tam bién que si e llo s se iban, la A so c ia
ció n Psicoanalítica Internacional n o perdería nada, ni en el terreno de la
cie n c ia , ni en el de la eco n o m ía , ni en el del com pañerism o. “T al v ez
— agregó— ahora estará o fen did o, pero ya lo estaba antes. Si controlara su
irritabilidad, que e s la exp resión d e una m ala conciencia, todavía podría
producirse una buena relación ”. •»»
En 1 9 29, Freud d ijo al analista su iz o R aym ond de Saussure que los
am ericanos habían estab lecido una doctrina M onroe que prohibiría a los
C o n t in e n t e s n e g r o s [ 557]
eu ropeos cualquier interferencia en sus asuntos. “En otras palabras, no he
con se g u id o nada co n m i libro sobre el aná lisis lego; e llo s s itia n sus inte
reses corporativos por en cim a de la com unidad analítica y n o ven los p eli
gros a los que están e x p o n ien d o al futuro del análisis” . **23
A principios de 1929, dado que la controversia no iba extin gu ién d ose,
Freud se preguntó si n o sería m ejor separarse pacíficam ente de los analis
tas n orteam ericanos, y seguir firm e en la c u estión del análisis le g o . **» La
incóm oda sensación de Brill acerca de que Freud tal v e z quisiera excluir a
los norteam ericanos no era s ó lo una fantasía sin fundam ento. Pero en e se
punto Brill desarrolló cualid ades de un estadista; negándose a situar a su
gente en una dudosa independencia, realizó significativas con cesion es tác
ticas, acordando que la S ocied ad P sicoanalítica de N ueva York admitiría a
algunos legos en su s fila s. “ M e com p la ce extraordinariam ente — le escri
bió Freud a E m est Jones en ag o sto de 1929, después de que los analistas
se reunieran en O xford— que el con g reso haya concluido de una manera
tan conciliadora, acercando in equ ívocam en te a su punto de vista a los neo-
york in os ” . 8 * |J7 B rill, ob serv ó Freud co n gratitud, estaba librando una gran
b atalla contra “ to d o s lo s a m ericanos m é d ico s, analistas en una cuarta,
octava o d écim osexta parte” . * 12* M ás tarde, en e se m ism o año, lo s p sico a
nalistas de N u eva York, in flu id o s por los esfu erzos pacificadores de Brill,
perm itieron de m ala gana que analistas le gos trabajaran c o n n iños. “ La
rendición de B rill en lo tocante a la cu estió n del análisis leg o americano
— ob serv ó triunfalm ente Ferenczi en una nota de 1930— por e l m om ento
ha elim inad o este problem a de la agenda”. *»» Pero acerca del análisis de
adultos, los n eoyorkin os sigu ieron inexorables durante años. La autoridad
de Freud, aunque enorm e, tenía lím ites; su palabra no era ley.
8 C om o había estad o h a cien d o durante a lgu nos años, A nna Freud representó a
su padre en este encuentro in tern acional. Freud le aco n sejó que no lom ara dem a
siad o e n serio a E m e st Jo nes, n i a “todo e l c o n g reso " . “ C onsidera O xfoTd una
aventura in te re sa n te , y d e t o d o s m o d o s, a lé g ra te de no h a b erte c a sa d o co n
Jones". (Freud a A nna Freud, 25 d e ju lio de 1 9 2 9 , Freud C o lle ctio n , L C .) A juzgar
por las n otas anim adas y h u m o rístic a s que e n v ió , le h iz o c a so a su padre. “M ás
tradición que confort” , tele g ra fió e l 2 7 de ju lio . “ ¡M antengan el rum bo!” (Freud
C olle ctio n , L C ). D o s días m ás tarde, de sp u é s de leer un trabajo, en v ió un segun do
telegram a: “ Lectura m uy b ien aco g ida . La fa m ilia bien . B u en á nim o ”. (Ibíd .) Sin
duda, contribuía a su jo v a lid a d e l h ech o d e pensar que no se había casado co n
J o n e s.
[5 5 8 ] R ev isio n es: 1915-1939
L a m u je r , e l c o n t in e n t e n e g r o
En lo s años durante lo s cu ales las guerras intestinas
sobre la form ación y las calificacion es de los candida
to s a a n alistas am enazaron c o n fragm entar la frágil
unidad d el m o v im ien to freudiano, los analistas tam
b ién se embarcaron en una discusión sobre la p sic o lo
gía de la mujer. El debate fue totalm ente cortés, m od e
rado, pero penetraba hasta el núcleo de la teoría de Freud, y la cuestión
con tinu ó aco sa n d o al p sic o a n á lisis. A m ediados de la d écada de 1920,
Freud predijo que su s o p o n en tes iban a criticar sus o p in io n e s sobre la
fem inidad calificán dolas de inam istosas en relación con las aspiraciones de
las m ujeres, y tend en ciosas en favor de lo s hom bres. Su profecía se v io
cum plida, con más ferocidad de la que él im aginó.
Gran parte de lo s com entarios posteriores han descuidado la com pleji
dad de las actitudes de Freud sobre este tem a que constituyen una intrinca
da am algam a de lugares com un es aceptados, ensayos explorativos y afir
m a c io n e s p o c o c o n v e n c io n a le s . D ijo so b re las m ujeres algunas cosa s
profundam ente o fen siv a s, pero no todos sus pronunciam ientos teóricos u
opiniones privadas fueron contrarios a las mujeres o condescendientes con
ellas. T am poco fueron tod os doctrinarios; acerca de la p sico lo g ía fem en i
na, en algunos c a so s Freud fue esc é p tic o . A fines de 1924, tratando de
resolver algunos en igm as planteados por Abraham sobre la sensibilidad
del clítoris y la va g in a , Freud co n fe só que, si b ien el tem a le interesaba
enorm em ente, no sabía “absolutam ente nada sobre é l”. En general, adm i
tía, tal v e z con dem asiada jovialid ad, “e l aspecto fem enino del problem a es
extraordinariamente oscuro para m í”. *13t> Incluso en 1928 le dijo a Jones
que “lodo lo que sab em o s del d e sa rro llo tem prano fem enino m e parece
insatisfactorio e insegu ro”. * 131 Creía haber intentado sinceram ente c o m
prender “ la vida sexu al de la mujer adulta”, pero el lem a seguía intrigándo
lo y confundiéndolo. T enía algo de “continente negro" .
En aquel en ton ces, por lo m en os dos co sas le parecían com pletam ente
ciertas: “La primera c o n c ep ció n del acto sexu al e s oral: chupar el pene
co m o antes el se n o de la madre; y la renuncia al onanism o del clítoris
debido a la inferioridad de este órgano, penosam ente reconocida” . Esto
parecía m ucho, pero “ sobre cualquier otra cosa tengo que reservar m i ju i
cio ”. * 1M A proxim adam ente en la m ism a época en que Freud le confesaba
su frustración a Em est Jones, le dijo a M arie Bonaparte que había estado
in v estig a n d o “ el alm a fem enin a" durante treinta años, con m uy p o c o s
resultados. Preguntó: "W as w ill d a s W eib? (“¿Qué quiere la mujer?).
Esta fam osa observación, totalm ente acorde con su descripción de la mujer
co m o un continente negro, e s un v iejo c lich é en versión moderna: durante
sig lo s, los hom bres se han defendido de su oscuro m ied o al poder oculto
C o n t in e n t e s n e g r o s [559]
de la m ujer describ ien d o a iod o el “s e x o d é b il” co m o insondable. Pero
equivale tam bién a en cogerse de hom bros désvalidam ente; da la m edida del
d esconten to d e Freud c o n respecto a las lagunas de su teoría. Incluso en
1932, todavía escrib ió que lo que tenía que decir sobre la fem inidad era
“sin duda in co m p leto y fragm entario” ; si sus lectores querían saber m ás
— le s aconsejaba— tenían que “consultar a su propia experien cia vital o
volv erse hacia los poetas, o aguardar a que la cien cia pueda proporcionar
inform ación m ás profunda y coherente”. * 135 Esas adm isiones públicas n o
eran s ó lo a r tilu g io s r e tó r ic o s; c o m o sa b e m o s, Freud d ise m in ó e n su
correspon dencia privada decla ra cio n es sim ilares de ignorancia. C uando
Freud estaba seguro de a lg o , lo decía. Pero c o n respecto a la m ujer no
estaba tan seguro.
L os e scrito s sobre la p sic o lo g ía de la m ujer que Freud publicó entre
1924 y 1933 dom inaron un debate que él había ayudado m ucho a iniciar
con algunos com entarios fragm entarios a p rincipios de la década de 1920.
A dem ás de Karl A braham , entre lo s p rincipales opon en tes a sus ideas se
contaban Ernest J on es, que trataba d e lograr una p o sició n propia; la joven
psicoanalista alem ana Karen H o m ey , lo su ficientem ente franca e indepen
diente c o m o para desafiar públicam ente al m aestro en su propio cam po, y
leales c o m o Jeanne Lam pl-de G root y H elene D eutsch, que adoptaron la
posició n final d e Freud co n poco s reparos y s ó lo enm iendas m enores. A
diferencia de la discu tib le idea de una pu lsión de muerte (que seguía su sci
tando una fuerte resistencia) la co n cep ció n freudiana de la fem inidad se
im puso en gran m edida entre los analistas: desd e principios de la década de
1930 q ued ó esta b lecid a c o m o m ás o m enos canónica para la profesión.
C on todo, las d isen sio n es aparecían esporádicam ente; nunca desaparecieron
por com p leto las propuestas tendentes a revisar las ideas freudianas de pos*
guerra sobre las m ujeres. L o s revisionistas p sic o a n a lítico s no estaban irri
tados co n Freud, c o m o iban a estarlo las fem in ista s, pero lo q ue había
d ich o el m aestro le s hacía sentir in cóm odos.
S in e m b a r g o , lo s escrito s de Freud sobre las m ujeres constituyen una
d em ostración m ás d e lo sobredeterm inadas que estaban sus ideas: en su
m ente interactuaban librem ente las fantasías in con scien tes, los com prom i
sos culturales y la teorización psicoanalítica. D esd e los prim eros días de su
vida (para em pezar co n las fantasías) Freud había estado rodeado de mujeres.
Su madre — jo v en , herm osa y dom inadora— influyó en él m ás d e lo que
sup onía. La n iñera c a tó lic a d e se m p e ñ ó una parte un tanto m ister io sa ,
abruptamente interrumpida pero indeleble, en su vida afectiva infantil. Su
sobrina Pauline (de aproxim adam ente su m ism a edad) había sid o el primer
blanco d e su jo v e n agresividad erótica. Sus c in c o herm anas m enores lleg a
ron en rápida su cesió n (la últim a, tam bién llam ada Pauline, n ació cuando
él no tenía aún o ch o a ñ os), privándolo d e la atención exclu siv a de la que
había disfrutado co m o h ijo ú nico, y presentándose co m o com petidoras in o
[560] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
portunas, a la v e z que com o audiencia extasiada. El único gran amor de su
vid a adulta, la pasión por Martha B em a y s que le sorprendió a sus veinticin
co años aproximadamente, lo golp eó co n una ferocidad im placable; d escu
brió en él una salvaje p o sesividad y lo som etió a ataques de celo s irraciona
les. Su cuñada M inna B em ays, que se sum ó al hogar de Freud a fin es de
18 95, fue una va lio sa com pañera de con versaciones, paseos y viajes. Freud
pudo decirle a Fliess que las mujeres nunca habían reem plazado para él al
camarada m asculino, pero era v isib lem en te sensible a ellas.
T am bién su vida profesional estu v o llena de m ujeres, todas ella s figu
ras históricas del psico a n á lisis. La prim era fue A nna O ., que hizo ép oca, y
que Freud tom ó en préstam o (por así d ecirlo) al m édico de ella. La sig u ie
ron las pacientes histéricas de principios d e la década de 1890, que le ense
ñaron m ucho sobre el arte de escuchar. Otra maestra fue Dora, sujeto del
prim ero de sus cin c o grandes h istoriales publicados, a quien le debía las
le ccio n es que le d io sobre el fracaso, la transferencia y la contratransferen
cia. Y fueron m ujeres, desde lu eg o , quienes en el invierno de 1901-1902
procuraron con su influencia con seguirle una cátedra.
Lo que es m ás, años despu és, cuando ya era el m ás fam oso psicoana
lista del m undo, saboreó la com pañía y la admiración de herm osas, intere
santes y distinguidas discípulas co m o Lou Andreas-Salom é, y analizandas
c o m o Hilda D o olittle. A lgunas de sus favoritas entre esas m ujeres — H ele-
ne D eu tsch, Joan R iviere, Jeanne Lam pl-de Groot, Ruth M ack Brunswick,
M arie Bonaparte y, desde lu ego, su hija A nna— dejaron su impronta en la
profesión psicoanalítica. En 1910, cuando m iem bros de la Sociedad P sicoa
nalítica de Viena estaban som etiend o a revisión sus estatutos, Isidor Sadger
se declaró contrario a la adm isión de m ujeres, pero Freud disintió con fir
m eza; él vería “com o una grave falta de coherencia que por principio se
excluyera a las m ujeres”. > *>36 M ás tarde, no vaciló en sugerir que "analis
tas m u jeres” c o m o Jeanne L am p l-d e G root y H elen e D eu tsch podrían
profundizar en los prim eros años del s e x o fem enino (esos años tan con fu
so s por el tiem po transcurrido, tan in d efinidos) y que podrían hacerlo más
que un analista m asculino c o m o él m ism o; después de todo, en la transfe
rencia servían com o sustituto de la m adre m ejor que cualquier hombre.
Freud reconocía, pues, que en ciertos aspectos de la práctica psicoanalítica
las m ujeres podían ser m ás com petentes que los hom bres. Ese era un cum
plid o sustancial, aunque no sin cierta mordacidad: una notable concesión
por parte de un hombre con fam a de sustentar in flexibles prejuicios antife
m in ista s, y tam bién una su til ex p r e sió n de e so s m ism o s prejuicios. La
» D ebería agregar que A dler. que habló inm ediatam ente antes de Freud, abogó
por la ad m isión de “m éd ico s fem en in o s y m ujeres seria m ente in teresad as que
d e se en colaborar’*. (13 de abril de 1 9 1 0 , P ro to k o lle , II, 4 4 0 .) El prim er m iem bro
de sexo fem en in o fue la doctora M argarete H ilferd in g, cu y o in greso se aprobó el
2 7 de abril de 1 9 1 0 , por 12 v o to s c ontra 2 . (V é a se ib íd ., II, 4 6 1 .)
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 6 1 ]
analista, estaba d icien d o Freud, tenía m ás éx ito realizando el trabajo para el
que la había dotado la biología: el de madre.
E s t e p u n t o t i e n e im p lica cio n es biográficas casi insondables. Entre las
m ujeres que m ás le im portaron a Freud, su madre, aunque no la m ás c o n s
picua, fue probablem ente la m ás aprem iante. Su influencia sobre la vida
interior de Freud era tan firm e co m o la que tenían su esposa, su cuñada, e
inclu so su hija Anna (quizá m ás d ecisiv a ). Fue A m alia Freud quien encan
diló a su prim ogénito de m ás o m enos cuatro años perm itiéndole verla por
un instante “nudam ” en e l curso d e un v iaje, esa A m alia Freud c u y o amor
él anhelaba y cuya pérdida lem ía. Cuando era un m uchachito, probablem en
te d e p o co m enos de d iez años, * 13« Freud había tenido un célebre y angus
tioso su eñ o que m en cio n ó y e x p lic ó parcialm ente en su In terpretación de
to s sueñ o s: “Era m uy real y en él aparecía m i amada madre con una calma
peculiar, una expresión facial de durm iente, conducida a la habitación por
dos (o tres) personas co n pico s de ave, y depositada en la cam a”. El desper
tó gritando. *13» A l recordar e s e su eño temprano, no le co stó trabajo delectar
las fuentes de las figuras que llevaban a su madre: los p icos de ave eran
equivalentes v isu ales del v u lgarism o alem án que designa la cópula, v ó g e ln
("joder”), el cual deriva d e V o g e l, es decir, “pájaro”; la otra fuente subya
cente en la construcción de Freud de e s e sensual ju ego de palabras visual
era una ilustración que presentaba deidades egipcias con cabeza de pájaro,
pertenecientes a la B iblia d e la fam ilia que él ojeaba m inuciosam ente de
pequeño. D e m odo que su análisis de este sueño reveló, entre otras cosas
mejor ocultadas, el d e se o sensual que en é l despertaba su madre, un d eseo
que d esafiaba los más terribles tabúes relig io sos.
La m adre de Freud tenía que resultar d eseable para su hijo, no só lo por
las ra zones teóricas que é l m ism o e x p u so , sin o en su bella y turbadora
realidad. S egiín sa b em o s, fu e un personaje form idable. M artín, el hijo de
Freud, que recordaba bien a su abuela, la describió com o “una típica judía
polaca, con todas las d e fic ie n c ia s qu e e llo supone. N o era en m odo alguno
lo que nosotros llam aríam os ‘una dam a’; tenía un tem peram ento enérgico
y era im p a cien te, ob stin a d a , d e in g e n io a g udo y sum am ente in te lig e n
te” . it>*140 Judith B ernays H eller, sobrina de Freud que en sus años jóven es
pasó m uch o tiem po c o n su abuela m aterna, confirm a am pliam ente la d e s
10 Es característico de Jas contrad ictorias actitudes de lo s ju d ío s occid en ta li-
zados con respecto a su s herm anos de la Europa Oriental que Martin Freud, que
h abla llan am en te de las “d e fic ie n c ia s” de Jos ju d ío s p o la co s “ típ ico s” , se refiera
en e l m ism o artículo, con franca adm iración, al v alor de lo s estu dia n tes de d ere
c ho de la U niversidad de V iena. A llí « lo s d esp reciad os y d esd eñ ados "judíos p o la
c o s” resistían , con co n sid era b le rudeza físic a , lo s ataques de lo s estu dian tes a le
m anes y austríacos, que lo s superaban m u c h ísim o en núm ero». (M artin Freud,
“ Who W as Freud?”, en T he J e w s o f A u stria : E ss a y s o n T h e ir L ife , H is to ry a n d
D estru ction , J o se f F raenkel (co m p .) JT967], 2 0 7 .)
[562] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
cripción del prim o: A m alia Freud — escribió— im ponía su voluntad en
cu e stio n e s pequeñas y grandes, era tem peram ental, enérgica, in fle x ib le,
org u llo sa de su a sp ecto casi hasta su muerte a lo s n oventa y cin c o años,
efic ie n te , com p eten te y ególatra. “ S e m ostraba encantadora y sonriente
cuan d o había extraños, pero y o , por lo m en os, siem pre sen tí que con lo s
íntim os era una d éspota, y una déspota e g o ísta .” S in em bargo, y e sto no
podía sin o con solidar su poder, no acostum braba a quejarse y sobrellevó
con su espíritu adm irable las penurias de la vida austríaca durante y d e s
p u és de la P rim era G u erra M u n d ia l, lo m ism o q ue las lim ita c io n e s
im puestas a su s m o v im ien to s por su avanzada edad. “T enía sentido del
hum or, era capaz de reírse de s í m ism a, y a v e ces in clu so de ridiculizar
s e ”. * 141 L o que e s m ás, sin nin gún tipo de tapujos rendía cutio a su pri
m o g én ito , llam án dolo (segú n registra co n corrección la leyenda) “m i hijo
dorado”. *>« Era d ifícil sustraerse a la presencia de una madre así, incluso
d espu és del autoanálisis m ás com p leto.
En realidad, n o hay pruebas de que e l sistem ático auloescrutinio de
Freud alcanzara este a fecto, el m ás in ten so de los su y o s, ni de que explora
ra, y tratara d e exorcizar, el poder de la madre sobre é l . 11 A lo largo de
toda su vida de analista, reconoció la im portancia crucial de la madre para
el desarrollo del niño. N o podía ser m en os. “ C ualquiera que haya sid o lo
bastante afortunado c o m o para sustraerse a la fijación incestuosa de su
lib id o , n o p o r e l l o e lu d e c o m p le ta m e n ie su in flu e n c ia — e sc r ib ió en
1905— . Por encim a de todo, un hom bre busca la im agen recordada de su
m adre tal c o m o e lla lo d o m in ó d esd e el p rincipio de su infancia”.
Pero, elu diend o casi deliberadam ente esta afirm ación, en los historiales de
Freud las m adres ocupan una situación m arginal. La madre de Dora, abru
m ada por lo que Freud denom inó “p sic o sis del am a de casa”, es una
protagonista m enor y sile n c io sa d el m elodram a fam iliar. La madre del
pequeño H ans, aunque e l e sp o so im putaba a su conducta seductora la neu
rosis d el hijo , aparece c o m o m en o s im portante q ue el m arido, analista
ayudante que transm ite las interpretaciones de Freud. La madre b iológica
d el Hom bre de lo s L ob os alcanza s ó lo una sig n ifica c ió n m uy lim itada,
c o m o participante en la escen a prim aria que el m uchachito ob servó o im a
gin ó , si bien cierto s su stitu tos m a tem o s contribuyeron a provocar su neu
rosis. La madre del H om bre de las Ratas tiene en e l historial algunas apa
ricio n e s rápidas, p rincipalm ente c o m o la p ersona a la que e l p aciente
c on su ltó antes d e em pezar su análisis. Por su parte, la madre de Schreber
podría perfectam ente no haber ex istido. * '«
ii M ax Schur form ula la h ip ó tesis que y o esto y plantean do con la debida cau
tela. “ En conjun to — le escrib ió a Ernest Jo n es— h ay m uchas pruebas de c o m p li
cadas relacion es p regen itales m antenidas con su madre qu e tal v e z nunca analizó
por c o m p le to ” . (Schu r a Jo nes, 6 d e octubre d e 1 9 5 5 , P a p eles de Jones, A rch iv o s
de la B ritish P sych o -A n a y lic a l S o c ie ty , L on dres.)
C o n t in e n t e s n e g r o s [563]
Esa reducción sumaria del papel de la m adre en la historia neurótica de
sus pacientes reflejaba en parte una lam entable insuficiencia de inform a
ción. Freud deploró repetidam ente e l m odo en que la apreciada respetabili
dad d e su ép oca im ponía reticencia a las m ujeres, que por lo tanto, co m o
p acien tes, resultaban m e n o s pro v ech o sa m en te in discretas qu e lo s h o m
bres. Una co n secu encia — o b servó a principio de la década de 1920— era
que los p sicoanalistas sabían m ucho m ás sobre el desarrollo sexual de los
n iños que sobre el de las niñas. Pero las declaraciones de ignorancia que
h izo Freud parecen casi ob stin adas, c o m o si hubiera cosas sobre las m u je
res que él n o quería saber. Es cu rioso que el ún ico lazo afectivo que Freud
sen tim en talizó fuera el am or m aterno por el hijo.
M ientras q u e toda rela ció n íntim a perdurable — escrib ió en 1921— ,
s e a m a t r im o n ia l, a m i s t o s a o f a m il i a r , o c u lt a un s e d im e n t o d e
sentim ien tos h o stile s, tal v e z haya “ una so la e x c ep c ió n ”, “ la relación de la
madre con el h ijo que, fundada en e l narcisism o, no se v e perturbada por
rivalidades ulteriores”. *>46 C a racterizó este afec to m aternal por e l h ijo
co m o “la m ás perfecta, probablem ente la m ás libre de am bivalencia de
todas las relaciones h um anas” . * 147 Esto se parece m ucho m ás a un d eseo
que a una sobria deducción fundada en material clínico.
A l tratar d e explicar la osadía, la independencia y la insuperable curio
sidad productiva del m aestro, E m est Jones señ a ló "una valentía irreducti
b le” c o m o “la m ás alta cualidad d e Freud y su don más preciado. ¿Cuál
podría ser la fuen te, si n o una suprem a confianza en e l am or de su ma-
El diagnóstico parece confirm ado por el célebre com entario de
Freud (lo h izo d o s v e c e s ) en cuanto a que el hom bre jo v en que ha sid o el
favorito incuestionable de su madre desarrolla una autoestim a triunfadora
y, c o n e lla , la fuerza para lograr el é x ito en la vida posterior. Pero tam
bién e sto se parece m u ch o m ás a un d e se o que a una co n v ic ció n racional o
a una autoevaluación fia b le. L os sentim ientos de una madre con respecto
al hijo bien pueden ser m e n o s co n flic tiv o s q ue los del hijo c o n respecto a
la madre, pero no están ex e n to s de am bivalencia, de desencanto e irrita
c ió n , incluso de abierta anim osidad. Es sum am ente probable que Freud se
estuviera d efendiendo co n v ig o r del reconocim iento de que los lazos q ue lo
unían a su madre eran en algún asp ecto im perfectos, de que podrían haber
sid o afectados, aunque fuera m ínim am ente, por e l amor de ella hacia sus
otros h ijo s, o m anchad os por un d e s e o ilíc ito de él. En apariencia, afrontó
los co n flic to s generados por lo s c o m p lejo s sentim ientos que le despertaba
la madre n egándose a afrontarlos.
Es sig n ific a tiv o qu e, en su en sa y o de 1931 sobre la sexualidad fe m en i
na, Freud especulara que tal v e z el niño pueda m antener intacto su a fecto
hacia la madre y liquidar su am bivalencia c o n respecto a ella dirigiendo la
12 V éase In lerp reta tio n o f D rea m s, SE V, 3 9 8 n (nota añadida en 1 9 1 1 ) y “ A
C h ild h ood R ec o lle ctio n from D tc k lu n g und W ahrheit" (1 9 1 7 ), S E X V II, 156.
[564] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
hostilidad hacia el padre. A greg ó con prudencia que no había que precipi
tarse al extraer co n c lu sio n e s sobre e se punto oscuro, y que lo sensato era
esperar el estudio adicional del desarrollo preedípico. *t4<> Pero esta reserva
no debería oscurecer la afirm ación que la sugerencia supone, no só lo con
respecto a la v ida a fectiv a d e lo s otros, sin o tam bién en relación con la
suya propia.
En e l artículo sobre la fem inidad p ublicado d os años antes, Freud dejó
entrever una no m enos interesante idea acerca de su vida interior. A l esb o
zar las razones por las que la niña pequeña se v u elve contra la madre y se
inclina hacia e l padre, por fuerte que haya sid o su primer afecto, sostu vo
que d ich o ca m b io no representaba sim p lem en te la sustitución de un p roge
nitor por el otro, sin o que se ve acom pañado de hostilidad, in clu so de
o d io . La m ás significa tiv a queja de la niña “contra la madre se dispara al
aparecer el sig u ien te hijo en la habitación d e los n iñ os”. E se rival priva al
prim ogénito del alim ento adecuado y, “resulta extraño d ecirlo, incluso con
una diferencia de edades de só lo once m eses, e l niño nunca e s dem asiado
pequeño co m o para advertir las circunstancias”. E sto se aproxim a a la
situación v iv id a por e l propio Freud: so lo d ie c isiete m eses lo separaban de
su herm ano m enor Julius, a cuya llegada había reaccionado con furia y
perversos deseos de muerte. * lsl
“P ero el n iño — continúa Freud— le envidia al indeseado intruso y
rival n o s ó lo que m am e, sin o igualm ente otras pruebas del cuidado mater
nal. Se sien te destronado, despojado, perjudicado en sus derechos; destina
un o d io c e lo s o al herm anito y desarrolla un gran resentim iento contra la
madre d eslea l, lo cual m uy a m enudo encuentra su expresión en un desa
gradable ca m b io de su conducta”. S e vu elv e irritable, desobediente, y e fe c
túa una regresión en su control de esfín teres. T od o esto, observa Freud, es
dem asiado co nocido. “ Pero pocas v ec e s tenem os una percepción correcta
de la fuerza d e eso s im pu lsos c e lo so s, de la tenacidad con la que persisten,
o de la m agnitud de su influen cia en el d esarrollo ulterior”. Esto es tanto
más cierto cuanto que “e n años posteriores de la infancia, esto s ce lo s son
constantem ente alim entados por cada n u evo herm anito, y se repite todo el
shock. T am p oco determ ina una gran diferencia — concluye— el hecho de
que el niño siga siendo el preferido de su madre; la demanda de amor del
niño e s inm oderada, e x ig e exclu sividad , no acepta com partir”. Freud
decía estar hablando de las niñas, pero su retrato se parece sosp echosam en
te a un autorretrato. “ ¿ A ca so , en su s cartas a la n o v ia , n o se describ ió
com o c e lo s o , e x c lu siv ista , incapaz de tolerar com petidores? D e m odo que
aparentem ente había buenas razones para que a Freud el tema de la mujer
le resultara un tanto m isterio so , in clu so un p o co am enazante.
S in d u d a , F r eu d se sin tió im pulsado a esquivar hábilm ente este c o n
flic to n o resu elto, en gran m edida in c o n scien te, porque su p osesividad
m ascu lin a esta b a a la m ism a altura que su con se rv a d o r ism o cultural.
C o n t in e n t e s n e g r o s [565]
Freud era un perfecto caballero del s ig lo X IX en su e stilo é tico , so c ia l e
indum entario. N unca adaptó sus anticuadas m aneras a la nueva ép oca, ni
sus id eales igualm ente arcaicos, sus m odos de hablar y escribir, sus trajes,
ni siquiera (en gran m edida) su ortografía. Le disgustaban la radio y el
teléfo n o . C onsideraba absurdo d iscutir sobre cuestiones m orales, puesto
que, después de todo, pensaba, lo que e s decente o indecente, lo correcto o
incorrecto, resulta p erfectam ente o b v io . En sín te sis, nunca dudó de su
adhesión a una época que estaba co nvirtién dose en historia ante sus pro
p io s o jos. Sus cartas y m em orandos a F lie ss, y sus historiales de la d éc a
da de 1890, proporcionan un pequeño c atálogo de c o n viccion es tradiciona
le s — ahora las lla m a m o s p r e ju icio s— sob re las m ujeres. Es deber del
e sp o s o ahorrar a su mujer d e ta lle s se x u a les e x p líc ito s, aunque vengan
expresados en térm inos m édicos. *J U na mujer inteligente e indepen
diente m erece ser elogiad a porque en e s e sentido es prácticam ente tan bue
na co m o un hom bre. La mujer e s por naturaleza sexualm ente pasiva.
A l m ism o tiem p o, podía c u estio n a r e s o s lugares co m u n e s, re co n o
cien do que gran parte de la pasividad erótica de las mujeres no era natural,
sin o im puesta por la socied ad. * 156 Freud percibía la fuerza de la antigua
teoría (tan vieja com o D e fo e , D iderot y Stendhal) acerca de que cualquier
deficiencia mental que pudiera descubrirse en las mujeres era consecuencia,
no de su acervo natura] sin o d e la represión cultural.
E stas y otras ideas sobre las m ujeres, que co e xistían con incom odidad,
y a v e c e s contradiciéndose entre sí, incorporaron a su pensam iento, a lo
largo de los años, los dem onios de la creen cia en la superiodidad m ascu li
na que formaba el telón de fo n d o de su m ente. En 1907 pudo afirmar en
“Gradiva” que, en el amor, el papel del hom bre e s in evitablem ente el de
un agresor. Una docena de años m ás tarde le pidió a Ferenczi que le
hiciera llegar una carta a una dama de B udapest que le había escrito a él
p o co tiem po antes “pero, c o m o auténtica mujer (F rauenzim m er) ” , había
“o m itid o poner su direcció n , a lg o que lo s hom bres nunca dejan de ha
cer”. * 158 La pequeña diferencia entre lo s s e x o s era muy im portante para él:
escrib ién dole a E m est Jones sobre Joan R iviere, a quien admiraba, co m en
tó: “Según mi ex p erien cia, no hay que rascar m uy profundam ente la piel
de una llam ada m ujer m asculina para sacar a la luz su fem inidad”. * 159 las
actitudes de Freud con respecto a las mujeres form aban parte de influencias
culturales m ás am p lias, de su e s tilo V ictoriano. 14
E se estilo nunca fue m o n o lític o . En e l u so que se le da h abitualm en
te, el adjetivo global “Victoriano" e s p o co m ás que un c lich é cóm od o, a
13 Véase la pág. 89.
14 In clu so en 19 3 8 le escr ib ió a S tefa n Z w e ig con in eq u ív o c o acen to d e c im o
n ón ico que “ El análisis es co m o una mujer que quiere ser conquistada pero sabe
que será m uy poco respetada si no o fre ce resistencia". (Freud a Stefan Z w e ig , 20
de j u lio de 1938. C on perm iso de S ig m u nd Freud C opyrights, W iv e n h o e).
[566] R e v isio n es: 1 9 1 5-1939
m en ud o desp ectiv o , en gran m edida e n gañ oso. Evoca la im agen del A ngel
de la Casa: la m ujer d ócil, cu stod io d el hogar, se absorbía en el cuidado de
los n iñ o s y en una ajetreada vida d om éstica, m ientras el esp o so dom inan
te, m u ch o m ás vital y ag resiv o , luchaba afuera, en el m undo perverso de
los n e g o c io s y la política. D ivid ir a lo s V ictorianos en dos bandos acerca
de la cuestió n de la m ujer — e l de lo s fem inistas y el de los ant i fe m in is
tas— no tiene m ás utilidad que el propio adjetivo “ Victoriano”. Es cierto
qu e co n relación a este lem a lo s ánim os estaban caldeados y los esló g a n e s
eran baratos. Pero estas etiquetas son recursos dem asiado fáciles que n o
dan cuenta de un espectro d e opinio nes ricam ente articulado. Había antife
m in istas partidarios de negar el v oto a las m ujeres, pero que defendían su
derech o a la educación superior, a la adm inistración de sus propios bienes
y a in icia r ju ic io s de d iv o r c io igual q u e e l hom bre. Había fem in ista s
(supuestam ente los adversarios de lo s antifem inistas) c u y o programa era
m uy sim ilar. Freud, que no ocultaba e l d isg u sto que le inspiraba el m o v i
m ien to fem in ista, ilustra b ellam en te esta c o n fu sión de alianzas y p o sic io
nes. Seg u ía teniendo co m o ideal al ama de casa dulce y com petente, pero
nunca obstruyó (todo lo contrario: alentó) la carrera de m ujeres aspirantes
a an alistas, y tom ó co n seriedad su s pu ntos de vista. Por c ie n o , d esm in tió
sus propios com entarios sobre las m ujeres (que iban desde la franca per
plejidad hasta la cortesía altiva) al encabezar una profesión en la que las
m ujeres podían alcanzar la cim a. H abía adquirido sus con viccion es en ép o
ca temprana y sig u ió considerándolas perfectam ente satisfactorias. Pero su
cond u cta co m o incuestionable fundador y líder de un m ovim iento interna
cio n a l, al que las m ujeres realizaron aportaciones inteligentes y r econ oci
das, contradecía su propia retórica.
D e modo que , sin ninguna in tención de su parte, Freud pasó a partici
par en la tum ultuosa cam paña en favor d e lo s derechos de las m ujeres que
se desarrolló m ientras él vivía. D esd e m ediados del sig lo X IX , en el m un
d o o ccidental, las fem inistas habían lanzado incursiones contra las d iscri
m in acion es eco n ó m ica s, so cia les y leg a les. P oco antes de la Primera G ue
rra M undial, m ilitantes sufragistas in glesas recurrieron a la desobediencia
pa siv a , y en oportunidades a la v io len cia abierta, pero la m ayoría de las
fem in ista s continuaron su lucha (c o m o siem pre habían hecho) con e x ig e n
cia s m oderadas y un lenguaje razonable, aunque indignado. La primera
declaración com pleta de lo s derechos de la mujer, que surgió en 1848 de
una co n v e n c ió n celebrada en S en eca F a lls, N ueva Y ork, tenía un tono
con ciliador, casi tím ido: la reivin dicación del sufragio universal c a si no se
m en cio n ó en la con ven ción, y d espu és de presentada, casi nadie la san cio
nó. Q uienes despotricaban contra las fem in istas acusándolas de ser perver
tidas sin in h ib icion es, que pretendían subvertir la fam ilia y las relaciones
“naturales” entre lo s sex o s, só lo podían ser im pulsados por la ansiedad.
D e h ech o , a juzgar por la avalancha de caricaturas, editoriales, serm ones y
C o n t in e n t e s n e g r o s [ 567]
andanadas contra las mujeres invasoras, “tragahombres” , y sus partidarios
varones som etidos y a fem inad os, un buen núm ero de hom bres del sig lo
X IX experim entab a una a n sied ad extrem a. S ó lo un a n á lisis freudiano
podía exp licar esa e fu sió n de sen tim ien tos m isó g in o s en un país tras otro
y en las décadas que siguieron a la co n v en ció n de Sen eca Falls. *»«
Las fem inistas podían parecer am enazantes, y luchaban con valor y
ruidosam ente, pero se enfrentaban a una o p o sición atrincherada con seguri
dad en la Iglesia, el E stado y la sociedad. Para ensom brecer aun m ás sus
perspectivas, a fin es del sig lo X IX e l m o v im ien to sufrió traumáticas d iv i
siones internas, cada v ez m ás feroces, acerca de cuestion es de estrategia y
de las m etas fin a les. Las fem in ista s so c ia lista s sostenían que só lo la caída
del sistem a capitalista p odía provocar la liberación de las mujeres; las par
tidarias de una p o lític a táctica in sistía n e n e l sufragio universal co m o
espoleta de todas las dem ás reform as; las fem inistas más prudentes se co n
tentaban con dedicarse a abrir puertas, m anifestándose en favor del acceso
de las m ujeres a la facultad de m edicina, o reclam ando el derecho fem enino
a una cuenta bancaria propia. D e este m odo, las fem in istas lograron cam
b ios parciales, esporádicos; nunca, en ninguna parte, se produjeron v ic to
rias f á c ile s . A su m o d o , y sin ja c ta rse, prom inentes m ujeres analistas
com o Anna Freud y M elanie K lein eran encarnaciones viv ien te s de las
aspiraciones fem inistas, fundadas en el coraje solitario de una generación
anterior... y en la actitud d e Freud.
En la Austria de Freud, la m archa de la causa fem inista era m ucho
m ás lenta que en o tros lugares; acum ulaba frustración tras frustración.
Una ley de 1867 había prohibido exp lícitam ente a “ las personas de sexo
fem enino", lo m ism o que a lo s extranjeros y a lo s m enores de edad, parti
cipar en actividades políticas; por lo tanto, una asociación fem inista d ed i
cada a obtener el sufragio para las m ujeres era com pletam ente im pensable.
Incluso los socialistas austríacos, que a fines de la década de 1890 se ha
bían convertido en un m o v im ie n to de m asas, se resistían a incluir e l voto
fem en in o en las reivin d ica cio n es de su plataform a. Si bien e x ig ía n la anu
lació n de todas las le y e s que situaban a las m ujeres en una p o sició n de
desventaja, les interesaba m ás sa tisfa cer su s dem andas tradicionales; en
1898, su líder, V íctor A dler, las enum eró: eran “la exp lotación e co n ó m i
ca, la ausencia de derechos p o lític o s, la servidum bre espiritual”. Se
aseguraba que, desp ués, tam bién las m ujeres serían libres. En co n sec u en
cia, las m ujeres austríacas, cuando llegaban a organizarse, se lim itaban a
prom over causas seguras, d esde m ucho tiem po antes identificadas con las
» En virtud de una curiosa derivación de la le y austro-húngara, una cierta
cantidad de m ujeres votaron en las pro v in cia s durante la últim a parte d el sig lo
X IX (com o propietarias, no co m o m ujeres). In clu so lo s radicales que propugna
ban el vo to fem en in o se o p u sie ro n a e s e p r iv ile g io m ás bien p ecu lia r. En todo
c aso, el h echo no se pro d u cía en V ien a .
[568] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
preocupaciones fem eninas: la educación y la caridad. Pocas soñaban con
desafiar lo s artículos del có d ig o legal de 1811 que designaban oficialm ente
al esposo co m o “cabeza de fam ilia” , y c o m o tal ‘‘je fe del hogar”, la mujer
debía cum plir y hacer cu m p lir órdenes. Esto sign ificab a que si bien el
có d ig o austríaco del s ig lo X IX trataba a las m ujeres com o personas (había
quienes las felicitaban por disfrutar, en este sentido, de una m ejor situa
ción que las m ujeres de Francia), preveía que, sin la aprobación del e sp o
so , no podían educar a lo s h ijo s, llevar la casa, presentarse ante los tribu
nales o realizar actividades com erciales. En su autorizado estudio sobre la
ley de fam ilia, publicado en 1907, H elene W eber caracterizó las regulacio
n es austríacas c o m o “predom inantem ente patriarcales-germ anas”. * 1<2 Esa
calificación no era dem asiado severa.
En e s e clim a legal y p o lític o llen o de hostilidad apoyado por las acti
tudes culturales dom inantes, las mujeres austríacas que am bicionaban edu
cación o independencia debían enfrentarse a una ridiculización im placable.
D e m od o sutil, esta atm ósfera se v eía alim entada por las obras literarias
m ás populares en A ustria, entre las cuales los m ordaces relatos eróticos de
Arthur Schnitzler eran só lo las m ás logradas. Se trataba de una literatura
repleta de joven cita s d u lces, por lo com ún pertenecientes a las clases in fe
riores (vendedoras, criadas, bailarinas) co m o las víctim as deliciosas, d ó c i
les, a m enudo predestinadas, de o ficía les jóven es, vividores en decadencia,
o ricos burgueses m alcriados que las explotaban para su propia diversión.
C uentos, n o v ela s y obras de teatro presentaban a la süsse M á d e i com o una
válvula de escape necesaria para la fam ilia de clase m edia o alta: al proveer
el placer sexual que las jó v e n e s respetables no se atrevían a ofrecer antes
de casarse, y s ó lo raram ente d e sp u é s, salvab an a los m atrim on ios del
co lapso, o de la neu rosis a los hom bres ham brientos de sex o . En realidad,
Schnitzler por lo m en o s, n o trazaba un cuadro frívolo de la V iena alegre e
irresponsable; estaba hacien d o una crítica m ordaz de su crueldad, su insen
sibilidad y su hipocresía, aunque los lectores superficiales pudieran tomar
tales obras de fic c ió n c o m o una aprobación exuberante de la preocupación
vie n e sa por el v in o , las m ujeres y la m úsica (sobre todo por las m ujeres).
Esa calum nia, contra la que Freud protestó con energía, no m ejoraba pre
cisam en te las p erspectivas de las fem inistas en su país.
Las mujeres de c la se m edia carecían en gran m edida de preparación
para asum ir su propia causa. En su autobiografía, Stefan Z w eig recuerda
que la alia socied ad v ien esa protegía asiduam ente a sus m ujeres jó ven es de
toda “co ntam in ación ” y las m antenía “en una atm ósfera com pletam ente
esterilizada”, censurando sus lecturas, controlando sus salidas, y distrayén
dolas de pensam ientos eróticos con leccio n es de piano, dibujo e idiom as
extranjeros. Eran “educadas y supereducadas”; se las suponía “ tontas y sin
instrucción, bien nacidas y confiadas, curiosas y tímidas, inseguras y caren
tes de sentido práctico, y predestinadas por esa educación etérea a que en el
m atrim onio las form ara y guiara el m arido, sin que e lla s p usieran de
C o n t in e n t e s n e g r o s [ 569]
m anifiesto una voluntad propia” . * •» En los tiem pos de Freud, las m uje
res austríacas eran m u cho m ás que eso , pero Z w e ig , c o n su talento para la
h ipérbole y las an títesis sorprend en tes, captó una hebra singular de la
enmarañada trama de presiones y contrapresiones.
Una de estas contrapresiones era la que ejercían las bien organizadas
m ujeres socia lista s austríacas, que no tenían tiem po ni inclin acion es para
el tipo de ju e g o erótico, a la v e z fr ív o lo y degradante, que inspiraba a los
argum entistas y libretistas de operetas v ienesas. Otra provenía de cierto
núm ero de m ujeres de la alta burguesía y aristócratas liberales, m uchas de
ellas judías, que tenían una ed u cación sólida, a m enudo adquirida en el
extranjero, y presidían salo n es literarios en los que estaban m al vistas las
trivialidades. N o todos lo s literatos v ie n e ses pasaban su tiem po libre en
cotos m asculinos co m o el club o c ie n o s ca fés de moda. Una reformadora
ed u cacion al c o m o E u g en ie S ch w a rzw a ld , que o b tu vo su doctorad o en
Zurich y d esp ués, en 1 9 01, fundó la mejor y m ás conocida escu e la mixta
de V iena, era sin duda excep cio n a l por su dedicación y energía. Pero ejem
plificaba las posib ilidad es a las que tenían a cc eso las m ujeres, in clu so las
mujeres judías, en la ép o ca en que Freud estaba em pezando a ser con ocid o
por su s escritos psico a n a lítico s. En 1913, una delegad a in glesa que se diri
gía al C ongreso Internacional de M ujeres de B udapest, una cierta Mrs. de
Castro, se d etu vo en V iena para asistir a una reunión prelim inar, e infor
m ó sobre la e fic a c ia y e l en tu sia sm o de las fem in istas que c o n o c ió allí.
“ Me sorprendió el h ech o — escribió— de que tantos de los espíritus líderes
del m o vim iento v ie n é s fueran m ujeres judías. En V iena hay un elem en to
jud ío m uy v asto y rico , y e lla s p arecen partidarias m uy entusiastas”.
Freud, en sín tesis, dispon ía de varios m od elos d istin tos de m ujer. N o
acudía a lo s salon es, pero en su propio círculo podía asistir a anim adas
d iscu sio n es sobre la esfera propia de la mujer. Em inentes profesores de
m edicina co m o Karl R okitansky y T heodor B illroth se habían pronunciado
contra las e x ig e n c ia s de las fe m in ista s a prop ósito de una escolarid ad
secundaria m ás digna para la m ujer, tem erosos de que el paso sigu ien te del
program a fuera la lucha por el a c c e so a la universidad. Por otro lado,
Theodor G om perz, el no m en os em inente clasicista, se declaraba en favor
de una m ejor educación para las m ujeres. A Freud no le interesaban las
m ujeres tontas que Stefan Z w eig caracterizó vividam ente, y hallaba placer
en la conversación y la correspondencia con algunas de las m ás cultivadas
m ujeres de su época. En una conferencia pronunciada ante los herm anos de
la B ’nai B ’rith en 1904, cu e stio n ó explícitam ente la con ocid a afirm ación
de Paul Julius M oeb iu s en torno a que las m ujeres son “fisio ló g ica m en te
débiles m entales”; cuatro años m ás tarde, reiteró su ob jeción a M o e
bius en letras de im prenta. •*** El c a lifica tivo perm aneció alojado en su
m ente: en 1927 le p areció útil d istanciarse explícitam en te de la opinión
“general” según la cual las mujeres padecen una «“debilidad m ental fis io
ló g ic a ”, e s d ecir [q ue tien en] m e n o s in te lig en c ia q ue los hom b res. El
[570] R ev isio n es: 1915-1939
h ech o e s discutible; su interpretación, dudosa». Freud adm itía que tal vez
se podría dem ostrar una “atrofia intelectu al” de e se tipo en las m ujeres,
pero en tal caso la culpa era de la sociedad, que les im pedía que ocuparan
sus m en tes con lo que m ás les interesaba: la sexualidad. * 167
E s p o s ib le que el pen sam ien to final de Freud sobre las m ujeres surgie
ra incidentalm ente, en un contexto p o co fe liz, con referencia a una de sus
perras. En una carta que le en v ió desde Berlín a Lou A ndreas-Salom é, con
fe só q ue extrañaba a su ch o w , Jo-Fi, “casi tanto c o m o a un cigarro; ella es
una criatura encantadora, tam bién tan interesante com o una mujer, traviesa,
in stin tiv a , tierna, in te lig e n te , y sin em bargo no tan dependiente c om o
otros perros” . * 168 Por otra parte, no v a ciló en admitir que las m ujeres son
m ás fuertes que los hom bres; en lo concerniente a la salud — le escribió a
A m o ld Z w eig en el verano d e 1933, cuando él y su fam ilia observaban con
im potente rabia el deterioro del clim a p olítico en A lem ania y Austria— ,
“ las m ujeres resisten m ejor” que lo s hom bres, lo cu al no le sorprendía,
“ después de todo, son el e lem en to m ás constante; con justicia, es b io ló g i
cam en te más probable que el hom bre se hunda (einfáliiger)". *i«l D e las
mujeres lo pretendía todo: fuerza, ternura, carácter b u llic io so ... e inteligen
cia. Pero la nota condescendiente, aunque afectuosa, que vibra en su voz,
sugiere que el m ovim ien to fem inista nunca iba a convencerle, a pesar de
todo lo que Freud estaba h aciendo por las m ujeres en su propia profesión.
N unca m odificó la posición que había adoptado tem pranam ente, ante la
Sociedad P sicoanalítica de V iena, en 1908. W ittels había leíd o un trabajo
sobre “ la posición natural de las m ujeres” , en el que atacó a “nuestra cultu
ra contem poránea m aldecida por D io s”, que condenaba a las mujeres a la
jaula de la m onogam ia, la virtud y la o b sesió n por la belleza personal.
W ittels concluía que una con secu encia de todo esto era que “las m ujeres
lamentan n o haber n acido hom bres, de m odo que tratan de convertirse en
hom bres (m ovim iento de la m ujer)” . La gente no advierte “lo insensatas
que son esas aspiraciones, ni siquiera (lo advierten] las mujeres”. * 170 Al
com entar el ensayo. Freud, divertido e intrigado, recordó de nuevo el frag
m ento de John Stuart M ili sobre la capacidad de las m ujeres para ganar
dinero que le había com entado a su novia v einticinco años antes, y agregó:
“ D e tod os m odos, las m ujeres c o m o grupo no sacan ningún partido del
m oderno m ovim iento d e la mujer; a lo sum o, [lo hacen] unas p ocas”.
16 Es interesante a d v e n ir que F lie ss. el e x am igo de Freud, también asum ió
pu ntos d e vista trad icio n a les. En su obra prin cip al. El cu rso d e la v id a (1 9 0 6 ),
escrib ió: “ En la v id a m ental de las m ujeres pre v a lec e la ley de la in dolencia;
m ientras que e l hom bre ansia lo n u ev o , la m ujer se op o n e al cam b io: e lla recibe
p asivam en te y no agrega nada p r o p io ... Los sen tim ien to s so n e l d o m in io [de la
m ujer]. La sim patía su v irtu d... La verdadera característica de la vida de la mujer
sana c o n siste en qu e su tarea sexual c o nstituy e el centro con el que se relacionan
todas las c o s a s ... El am or a lo s n iñ o s e s la señal d istin tiv a d e la mujer san a” .
CO N T JN E NT E S NEGROS [571]
El h echo de que e s e m o v im ien to hubiera logrado la m ayor resonancia y
éx ito en lo s E stados U nidos (aunque tam bién allí su avance se había d eteni
d o) difícilm ente podía representar una recom endación para Freud.
En el debate sob re la naturaleza y el lugar de la mujer, la cuestión de
la sexualidad fem enina era la m ás delicada de todas. En la m ayor parte de
la historia co nocida, eran p oco s lo s que habían dudado de que la m ujer fu e
ra una criatura apasionada; só lo quedaba por resolver si disfrutaba del acto
sex u a l m ás q u e el hom bre, o s ó lo lo m ism o. Los c ristian os prim itivos
dejaron a un lado esta pregunta, tom ando la indudable naturaleza erótica de
la mujer c o m o un sign o, no de su hum anidad, sin o de su perversidad e sen
c ia l. Corrupta, había sid o tam b ién la gran corruptora: los Padres de la
Iglesia la denunciaron fero zm en te c o m o fuente suprem a del pecado. Si
Eva, aliada de Satán, no hubiera sed u cid o a A dán, probablem ente los seres
hum anos todavía vivirían en e l Paraíso, m anteniendo relaciones sexu ales
sin lujuria. Sea que uno leyera e sa s denuncias piadosas c o m o relato fiel de
la m ás antigua historia del hom bre en el E dén, o que las rechazara com o
una fábula infantil, lo que no p odía discutirse era que en ella s se con tem
plaba a la m ujer c o m o un ser sex u a l.
T odo e sto iba a cam biar, del m o d o m ás evid en te, en e l sig lo X IX .
W illiam A cto n , un elo c u e n te g in e c ó lo g o in glés de palabra fá c il, c u y o s
libros fueron am pliam ente le íd o s y traducidos, escrib ió en 1857 que “la
m ayoría d e la s m ujeres (fe liz m e n te para e lla s ) no sie n te n d em asiada
inquietud por sen tim ien to s se x u a le s de ningún tip o”. Si bien la repu
tación de A cton entre sus co le g a s era dudosa, y explícitas las diferencias
con respecto a su s puntos de vista, lo que él d ecía lo pensaban m uchos, en
Inglaterra y en otras partes. C o m o ocurre co n tanta frecuencia, la n egación
proporcionaba la m ejor defensa: negán dose a atribuir a las m ujeres cu a l
quier interés por la se x u a lid a d , lo s hom bres podían reprim ir su m iedo
ocu lto al apetito secreto d e la hem bra. T al v ez e l ejem p lo m ás sorprenden
te de esa n egación se a un libro de un e sp ecialista berlinés, O tto Adler,
quien en 1904 intentó dem ostrar que “e l im p u lso (d e se o , e x c ita c ió n , lib i
d o ) sex u a l d e la s m u je re s, ta n to en su s o ríg e n e s esp o n tá n eo s com o en su s
m an ifestaciones u lte rio re s, e s m á s d é b il qu e e l d e l h o m b re" . * m L o s T r e s
ensa yo s de te o ría sex u a l, q ue Freud pu b licó el año sig u ien te, aparecieron
en un m undo diferente. A dler, jactándose de ser un investigador con cien zu
do, presentaba qu in ce c a so s c lín ic o s en apoyo de su idea de que las m uje
res so n frígidas. Pero en por lo m en o s d ie z de esto s eje m p lo s, sus su jetos
pusieron de m a n ifiesto una excita bilid a d sexual intensa, si bien un tanto
caprichosa: a dos d e las m ujeres, A dler logró estim ularlas hasta el orgas-
(C itad o en alem án en Patriek M ah o n y , “ F riendship and Its D isc o n ie n ts”, C o n -
¡e m porary P sy c h o a n a ly sis, X V [1 9 7 9 ], 6 1 n ).
[572] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
m o en su con su ltorio, sobre la cam illa. N o puede sorprender que la Teoría
d e A dler, lo m ism o que las d e A cton, encontraran fe ro c es detractores;
m uchos m éd icos, y tam bién algunos sacerdotes, estaban m ejor enterados.
Incluso en el sig lo X IX , los escritores que describían a m ujeres dotadas de
d e se o s eróticos nunca fueron acallados ni su b estim ados; lo s n o velistas
franceses n o eran los únicos que consideraban a las m ujeres m uy relacio
nadas con la sexualidad. Sin em bargo, entonces y desp u és, la figura de la
m ujer inevitablem ente frígida recibió m ás atención de la que m erecía. En
el sig lo X IX se convirtió en e l ingrediente preferido de una id eología anti-
fem inista defensiva, y m ás tarde dem ostró ser una socorrida parodia ten
d en cio sa que lo s pos Victorianos podían utilizar contra los progenitores. Lo
que estaba en ju e g o era m ucho m ás que la cuestión técnica de cuánto (o si)
las m ujeres gozan en la cama: la m ujer sexualm ente anestésica les c o n v e
nía a quienes querían mantenerla en el hogar, dedicada a sus obligaciones
dom ésticas y , según Freud le escrib ió una v e z a su hija M athilde, a hacer
m ás grata la vida del hom bre.
C om o h em os v isto , la s actitudes conservadores de Freud no le im pe
dían dar por sentad o que la mujer es un ser sensual, com o el hom bre. La
teoría que desarrolló a principios de la década de 1890, según la cual todas
las neu rosis se originaban en co n flicto s sexu ales, presuponía que mujeres
y hom bres son ig u a lm en te se n sib le s a lo s estím u los eróticos. A sim ism o,
en lo s borradores que por esa ép oca le en v ió a F lie ss, atribuyó el malestar
neurótico al em pleo de an ticonceptivos que im pedían la satisfacción del
usuario d e uno u otro se x o . D esd e lu eg o , los escritos psicoan alíticos de
Freud anteriores a la Primera Guerra M undial sugieren una supuesta supe
rioridad m asculina. En un tex to de 1908 so stu vo que el im pulso sexual de
la m ujer es m ás d éb il que e l d el hom bre. *»« A dem ás, para Freud, )a lib i
do, e sa energía sexual prim itiva y fundam ental, era de naturaleza m asculi
na. En 1905, en la prim era e d ició n de lo s T re s en sayos, al hablar de las
actividades masturbatorias y autoeróticas de las niñas, postuló p rovisio
nalm ente que “la sexualidad de las niñas pequeñas es de carácter totalmente
m a scu lin o ”. D el m ism o m o do , en 1913, señaló c o m o sede del placer
sexual de las niñas e l clíto ris en tam o que órgano m asculino; su sex u a li
dad “a m enudo se com porta c o m o la de lo s n iñ o s”. A l m ism o tiem po,
tenía perfecta co n ciencia (y lo advirtió repetidam ente) de que esc vocabula
rio era im p reciso y en ga ñ o so : lo s térm inos “m a sc u lin o ” y “fem en in o ”
significaban lo que cada autor quiere que signifiquen. D ecir que la libido es
“m a sc u lin a ” s ó lo s ig n if ic a que e s “ a c tiv a ” , s e ñ a ló ex p líc ita m en te en
1 915. *¡T> L o m ás im portante en e so s a ñ os, y e n los años de la guerra, era
que Freud describía la e v o lu ció n de la v id a sexual en niños y niñas com o
fen óm enos paralelos, só lo diferenciados com o consecuencia de las presio
nes s o c ia le s. En tanto seres se x u a le s (y a sí los v eía Freud) hom bres y
m ujeres eran m ás o m en o s sim ilares. En todo caso, se trataba de proble
m as técn ico s, más un tem a de in vestigación que de polém ica.
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 7 3 ]
H abía una razón para que la d isc u sió n interna sobre la sexualidad
fem enina en la década de 1920 n o llegara a ser violenta. T odos los partici
pantes la consideraban principalm ente una cuestión de teoría p sicoanalíti
ca. Pero cuando Freud reexam inó las cron o lo gías comparadas del desarollo
de n iños y niñas, su s críticas tuvieron que recurrir a cierto autocontrol
para m antener la controversia en e s e nivel c ien tífic o . Pues con su lenguaje
vigo ro so y cá u stico , Freud había acercado un fósforo a material inflam a
ble. En la candente cu estió n de la co n d ició n fem enina, Freud se m ovió
hacia la d erecha, subvirtiendo su propia idea, con la que tanto sim patiza
ban las fem in istas, de que hom bres y m ujeres tienen historias p sic o ló g i
cas m uy sem ejantes. Pero a Freud no le interesaba la política, ni siquiera
la p olítica sexu al. N ada había en el clim a d e la década de 1920 ni en la
biografía p sico ló g ica de Freud que im pulsara las revision es que a su v ez lo
llevarían a proponer su p olém ica y a v e c e s difam atoria con cepción de la
mujer. Esta co n cep ció n tenía su s raíces en un enredo de dificultades teóri
cas, en particular en nuevas c o m p lica cio n es que introdujo en su ex p lica
ción del co m p lejo de E dipo, su aparición, flo recim ien to y declive.
A p r i n c i p i o s d e la década de 1920, Freud parecía haber adoptado la
p osició n de que la niña pequeña e s un niño frustrado, y la mujer adulta
una e sp ecie de hom bre castrado. En 1923, sintetizando las fases de la h is
toria sexual hum ana, id en tificó una etapa, a continuación de la ora) y la
anal, que denom in ó fálica. * '7» T an to lo s n iñ os c o m o las niñas creen al
principio que todas las p ersonas, in clu so la m adre, tienen falo, y descubrir
la verdad acerca de esta cuestión debe ser necesariam ente traumático. D e
m od o que el hom bre, el m ach o hum ano, era la m edida para Freud. En esa
época había abandonado su manera anterior de considerar fenóm enos para
lelo s al desarrollo sexual de n iñ o s y niñas. M odificando la célebre m áxim a
de N ap oleón sobre la política, acuñ ó un aforism o provocativo: “ La anato
m ía e s d estin o ”. 17
P ensaba que la prueba m ás obvia d e e se d estino e s la evidente d istin
ció n entre los gen ita les de n iños y niñas. Esta determ ina d iferencias cru
cia le s en el desarrollo p sic o ló g ic o , e sp ecia lm en te en la e v olu ción del c o m
p lejo de E dip o en a m b o s s e x o s . Para Freud la c o n se c u e n c ia era que
naturalm ente las secu ela s de la d iso lu ció n d el co m p lejo de Edipo, en esp e
cial la con strucción del superyó, tam bién debían diverger. El niño adquiere
su superyó después de que la am enaza de castración ha destruido su progra
ma e d íp ico de conquista; la niña, ya “castrada", con m enores y m ás débiles
in centivos para desarrollar e l sup eryó ex ig e n te típ ico del niño, construye
el su y o a partir del m ied o a perder el amor. *i*>
i7 Ya había d ich o e sto m ism o en 1 9 1 2 , en “ On ihc U niversa] T e n d en cy to
D eb asem ent in the Sp here o f L o v e ” (SE X I. 1 8 9 ), pero a llí no se estab a r e firien
do a las d iferen cias entre hom bres y m ujeres.
[ 574] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
A l año sigu ien te, en 1 9 25, extrajo sin m uchos reparos las co n sec u en
cias de sus nuevas conjeturas. T u vo e l sa voir fa ire (o, c o n m ás p recisión,
las dudas su ficien tes) de dejar al d escu bierto algunos escrúpulos: "Uno
vacila en decirlo en v o z alta, pero no puede resistirse a la idea de que para
la mujer el n ivel de lo éticam ente norm al es algo diferente” del nivel que
rige para el hom bre. “ El superyó de e lla nunca llega a ser tan inexorable,
im personal, independíente de sus o rígenes em ocion ales” co m o exigim os
que lo sea en el hom bre. El peculiar carácter débil del superyó de la mujer
— d ice Freud— refuerza lo s reproches que los m isóginos le han dirigido al
carácter fem en ino desde tiem po inm em orial: “ Ella presenta m enos sentido
de la ju sticia que el hom bre, m en o s in clin a ción a som eterse a las grandes
ex ig en cia s de la vid a, m ás a m enudo sus d e cision es se dejan llevar por
sen tim ien to s tiernos u h o s tile s ”. * 1!l R esulta un tanto irón ico que Anna,
la hija de Freud, fuera quien ley ó este en sa yo de su padre ante e l congreso
internacional de p sicoanalistas en Bad Homburg.
Freud afirmaba que dudaba m ucho ante el hecho de decir esas cosas,
pero sin em bargo las dijo, y lo h izo co n una esp ec ie de d esafío que sugiere
el conven cim ien to d e que sin duda iba a agraviar a algunos oyentes y le c
tores. Pero nunca le preocupó ser o fe n siv o . E se tem or no le había d eteni
d o cuando, casi al prin cip io d e su carrera, afirm ó los orígenes infantiles de
la sexualidad, ni tam poco lo h izo cerca del final, cuando dijo que M oisés
era eg ip cio . Por e l contrario, la se n sa ció n de d esafío y o p o sició n actuaba
sobre él co m o estim ulante, ca si c o m o un afrodisíaco. A dm itía que en la
m ayoría de lo s hom bres e l superyó deja m ucho que desear; tam bién acep
taba que sus c o n clu sio n es sobre e l su peryó m ás débil de las m ujeres e x i
gían confirm aciones adicionales. D espu és de todo, había basado su genera
lización en só lo unos p o c o s c a so s. P ero a pesar del carácter exploratorio
de estas id eas, Freud s e m antuvo firm e: n o había que dejarse distraer o d e s
concertar por "la protesta de las fem inistas, que quieren crear una com pleta
igualdad de lo s sex o s en p o sic ió n y va lo r”. * i«
T enia una razón m ás para publicar lo que se había reservado en años
anteriores co n la finalidad d e reunir m ás material: sentía que ya no tenía
“océanos de tiem po” ante él. • » » Si b ien reconocía que el punto era d elica
do y m erecía m ás investigacion es n o q u iso esperar. Sin duda, podría haber
presentado una argum entación m ás respetable si no hubiera apelado a su
avanzada edad, o si hubiera prescindido del puro im pacto de sus afirm acio
nes com o prueba de su valid ez. Pero la p o sició n antifem inista de Freud no
era co n secu en cia de que se sintiera v ie jo o quisiera provocar discusiones,
sino que la consideraba un corolario ineludible de las historias sexuales
divergentes de m ujeres y hom bres: la anatom ía e s el destino. Su historia
comparada del desarrollo sexual puede que no fuera totalmente cierta, pero
se fundaba en la ló g ica del crecim ien to hum ano tal com o él lo redefinió a
m ediados de la década de 1920. Las d istin ciones psicológicas y éticas entre
los sexos — sostuvo— surgen con naturalidad de la b io logía del animal
C o n t in e n t e s n e g r o s [575]
hum ano y d e las c la ses de trabajo mental que ésta im plica para cada sexo.
A l principio, e l d esarrollo de n iños y niñ as e s id éntico; a Freud n o le co n
ven cía la idea popular acerca de que los n iñ os pequeños m uestran agresivi
dad, y las n iñ as, su m isió n . Por e l contrario, lo s n iñ os son a m enudo p a si
v o s , y la s n iñ a s a c t iv a s , e n s u s a v en tu ra s e r ó tic a s in fa n tile s . E sta s
historias se x u a les brindaban un fuerte ap o y o a la tesis freudiana de la b ise-
xualidad, a la idea de que cada se x o presenta algunas de las características
del otro.
Pero en tonces — continúa Freud— su ced e algo. Tal v e z a la edad de
tres añ o s, o un p o co an tes, la s n iñ a s deb en afrontar una tarea q ue a los
niños les e s fe liz m e n te ahorrada, y co n la que la superioridad m asculina
em p ie z a a afirm arse. T o d o s lo s beb és y n iñ os que gatean, de u no y otro
se x o , em p ieza n por experim entar e l m ás p rofundo apego a la m adre, fu en
te d e vida, alim ento, cu id a d o y ternura. El p oder d e la madre sobre el bebé
es ilim itad o en una etapa en la que la participación del padre e s abstracta,
relativam ente rem ota. P ero a m edida q ue e l b eb é va co n virtién d ose en
niñ o , el padre a su m e un rol cad a v e z m ás p rom inente en su exp erien cia
cotid ia n a y en su im a g in a c ió n , y ai fin a l lo s m o d o s en q ue n iñ o s y n iñas
se enfrentan a él d iv erg en d ecisiv a m en te. La v id a del niño se v u e lv e tem
p estu osa cuando descub re q ue el padre e s un p oderoso rival con respecto
al afecto y la a tención de la m adre; sien te c o m o si lo hubieran exp u lsa d o
del paraíso. Pero la niña tiene q ue realizar un trabajo p s ic o ló g ic o m ucho
m ás d ifícil: su m adre p u ed e seg u ir sien d o el am or de su vid a, in c lu so aun
que las duras realidades d el co m p lejo fam iliar im pongan a su an h elo un
recorte drástico; p ero , c o m o h em o s v is to , la n iña s e sien te o b ligad a a
transferir al padre su p rin cip al a p eg o er ó tic o , y a controlar m om en tos
traum áticos que dejan en su m ente d ep ó sito s duraderos, a m enudo perjudi
cia le s.
El sufrim iento de la niña — so stien e Freud— co m ien za con la envidia
del pene. A l descubrir que e lla no tiene pene, que sus gen itales son in v isi
b les y que n o puede orinar de m o d o tan im presionante c o m o los varones,
desarrolla sentim ientos de inferioridad y una capacidad para experim entar
c e lo s que sobrepasa en m u ch o a la de sus herm anos o la de sus a m igos del
otro sex o . L os n iñ o s, d esd e lu eg o , tam bién deben luchar con r evelacion es
desalentadoras: al ver lo s gen ita les de una niña, experim entan angustia de
castración. L o que e s p eor, e l padre, m uch o m ás p oderoso q ue el niñ o, o
la madre, al sorprenderlo m asturbándose, puede haberlo am enazado con
cortarle e l pene. D e sp u é s de tod o, in clu so una pareja m oderna, liberal,
orientada psicoan alíticam em e co m o la de lo s padres del pequeño Hans, n o
vaciló en am enazar al h ijo c o n llam ar al m éd ico para que le cortara el pito
si é l s e lo m anoseaba. Pero tam bién la niña debe afrontar no e l m ied o,
sino la realidad de su c o n d ició n “m utilada”. Freud no consideraba que la
angustia de castración, e x c lu siv a del niño, fuera un privilegio particular
m ente envidiable, pero le parecía que tener m ied o de perder lo que uno tie
[5 7 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
n e e s m en o s perjudicial que la triste co nciencia de que uno no tiene nada
que perder.
D espu és de esa hu m illación narcisista, la ñifla rechaza a la m adre, res
p onsable de que naciera tan patéticam ente incom pleta, o incluso de haberle
q uitado e l p en e. E nton ces se in ic ia la relación am orosa infantil c o n el
padre. E se cam bio crucial con e l ob jeto de amor es pen oso y prolongado
porque — co m o Freud o b servó e n 1931 en su artículo “ Sobre la sexualidad
fem en ina”— el apego preedíp ico de la niña a la madre es m uy intenso.
Freud se enorg u lleció hasta cierto punto de haber profundizado tanto en la
infancia d e las niñas, y consideraba que esa “com prensión” de la fase pree-
dípica (tan d ifícil d e captar en el a nálisis) constituía “una sorpresa”. La
pasión de la niña por la madre e s d ifícil de detectar porque habitualmente
está oculta tras la p asión posterior por e l padre. T om ando una m etáfora de
la arqueología (co m o le gustaba hacer) Freud com paró esa com prensión
co n el “d escu brim ien to d e la cultura m in otauro-m icénica después d e la
g rieg a ”. *>w La fa se p reedípica tie n e una im portancia particular e n las
m ujeres, m u ch o m ás que en los hom bres. *>« Freud pensaba que al retro
ceder hasta esa fase quedaban com pletam ente aclarados “m uchos fenóm e
nos de la vida sexual fem enina que antes no eran realm ente accesibles a
nuestra com p ren sión” . * 18«
S in em b argo, la m ás v is ib le diferen cición p sic o ló g ic a de los se x o s
aparece un p o co después, en la fa se edípica; la pubertad (a pesar de las apa
riencias en contra) n o hace m ás que subrayar esa d iferenciación, pero no la
origina. El niño, ante la am enaza de un daño irreparable a su integridad
corporal, retira su amor apasionado por la madre; la niña, reconociendo su
estado fís ic o inferior, se v u elv e h acia e l padre en busca de con su elo, y
reem plaza el d eseo d e tener un pene por el deseo de tener un bebé. Freud
enunció estas historias sexu ales opuestas con esa esp ec ie de fórm ula d e fi
n itiva que constituía su especialidad: “M ien tras qu e e l c o m plejo de E d ip o
d e l niño e s d e stru id o p o r e l co m p le jo de c a stración , el d e la niña resulta
p o sib le y e s introducido p o r e l c o m p lejo de c a stra c ió n ” . * 1S7 En sín te sis,
tanto el n iñ o c o m o la niña tien en qu e abrirse ca m in o a través de d os
com p lejos, el de castración y el de E dipo, pero la secuencia e s inversa en
uno y otro sex o . L am entándolo en alguna m edida, Freud ob servó que, por
haberse concentrado antes en lo s n iños, lo s p sicoanalistas habían dado por
supuesto que e so s a con tecim ien tos críticos determ inantes seguían las m is
m as directrices en el desarrollo de las niñas. Pero e l trabajo reciente y el
m ayor grado de reflexión lo habían con v en cid o de que no era así com o
ev o lu c io n a b a n las m en tes de lo s n iñ o s. L os se x o s eran d istin to s, y la
m ujer e s la que más sufre co n la diferencia.
Estas cronologías distintas e x p lica n que Freud estuviera d ispuesto a
negar la capacidad de las mujeres para desarrollar un superyó exigente. El
com plejo de Edipo del niño es abordado y despedazado por la amenaza de
castración de lo s progenitores. D esp u és, así com o un constructor puede
C o n t in e n t e s n e g r o s [5 7 7 ]
utilizar las piedras de una casa d em o lid a , e l niño incorpora restos fragm en
tarios d el co m p lejo en su y o , y co n e llo s co nstruye su superyó. Pero la
niña n o dispon e de esto s blo q u es co nstructivos. Freud suponía (esquem ati
zando radicalm ente la c u e s tió n ) qu e lleg a b a a dar form a a su su peryó
uniendo retazos de las experien cias de su educación y el m iedo a perder el
amor de los progenitores. E sto e stá le jo s de ser convin cen te. D esp u és de
tod o , e l niño, para reprim ir su c o m p le jo d e E dipo, tom a fuerza d e su
padre, actuando bajo “ la influencia de la autoridad, la enseñanza religiosa,
la educación, la lectura”. *>** In flu en cias de e ste tipo, tal c o m o dem uestra
la ob servación c lín ica y g en eral, operan sobre la niña de la m ism a manera.
El lam ento d e Freud por e l sup eryó d e la m ujer n o era tan iló g ic o co m o
parcial: en la m edida en que la teoría psicoanalítica recon oce e l efe cto de
fuerzas externas en la con stitu ció n de la m en te, puede acoger la ¡dea de un
superyó m u y sev e r o , in clu so p ersecu torio, e n las m ujeres n o m en os que
en lo s hom bres. T am b ién la cultura e s d estin o .
L a EXPOSICION freudiana sobre e l desarrollo diferencial del superyó era
bastante d iscu tib le. Su argum entación con cern ien te a la se d e del placer
sexual dem ostró serlo aun m ás. E l n iñ o p equ eño, según dijo, se procura
una exqu isita sa tisfa cció n tocánd ose e l fa lo (es decir, tratándose de una
niña, el clítoris). Pero en la a d o lescen cia , la jo v en prepúber que cam ina
hacia una fem inidad adulta acrecienta el placer que obtiene de su órgano
“m ascu lin o” convirtiendo “la vagina, derivada de la cloaca”, en “zona eró-
gena d om inanle”. * “» A sí, afirm aba Freud, en esa ép oca torm entosa de la
vida de la m ujer, habiendo ya transferido al padre e l antiguo amor por la
madre, la m ujer em prende otro la b o rio so cam bio p sic o ló g ic o , que el h o m
bre nunca tiene que realizar. Freud estaba con ven cid o de que, obligada a
cum plir e sa tarea a d ic io n a l, resulta sum a m en te probable que la m ujer
padezca un naufragio erótico. S e v u e lv e m asoquista y falta de sen tid o del
hum or, renuncia por c o m p le to al s e x o , s e aferra a sus rasgos m a scu lin os,
se resigna a una d om esticidad sum isa. P ero en la m edida en que la m ujer
adulta logra sa tisfa cció n sex u a l, lo h ace principalm ente gracias a la v a g i
na, u tilizand o el c líto r is, en e l m ejor de lo s c a so s, co m o auxiliar del pla
cer. Si las co sa s fueran distintas, n o n ecesitaría del hom bre para alcanzar
el g o c e erótico.
M u ch o antes d e que la s in v e s tig a c io n e s em píricas de s e x ó lo g o s y
b iólo g o s suscitaran dudas devastadoras acerca de este esquem a del d esa
rrollo, lo s p sic o a n a lista s exp resa ro n su s reservas al re sp ecto. N o co n ta
ban tod avía co n la su fic ie n te in fo rm a ció n c lín ic a o experim ental so b re el
orgasm o fem en in o c o m o para cu estionar la te sis freudiana de q ue e n su
actividad sexu al la jo v e n p asa d el placer d el clítoris al placer va g in a l.
D isid e n te s c o m o K aren H o rn ey y E rnest J o n es se concen traron e n la
naturaleza de la m ujer y n e g a ro n su a d h e sió n a la fórm u la d e Freud
segú n la cual la fem inidad s e adquiere esen cialm en te a través de s u c e s i
[578] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
v a s renuncias a rasgos m a scu lin o s. D e sp u é s de tod o, al defin ir el c líto r is
c o m o un p en e residual, Freud proponía una analogía d udosa y sum am en
te tendenciosa.
La crítica tuvo su oportunidad. En 1922. H om ey se p u so valerosa
m ente de p ie en el c o n g reso internacional de psicoanalistas de Berlín, con
Freud en la presidencia, y propuso una versión revisada de la envidia de)
pene. N o negaba su e x isten cia , pero la situaba en un con texto de desarro
llo fem enino norm al. La en vidia del pene no crea la fem inidad, dijo Hor
n ey, sino que la expresa. Por lo tanto rechazaba la idea de que esa envidia
condujera necesariam ente a las m ujeres a “repudiar su fem inidad”. T odo lo
contrario; “podem os ver que la envidia del pene de ningún m odo exclu ye
un apego am oroso al padre, profundo y com pletam ente fem en in o”. *■*>
D esde la perspectiva freudiana que prevalecía en estos con gresos, Hor
n ey se estaba com portando del m od o m ás correcto posible: c itó respetuo
sam ente al fundador, aceptó la idea m ism a de la envidia del pene. Se lim i
tó a especular, con un p o co de amargura, que tal vez fuera el “narcisism o
m asculino" lo que había llevad o a lo s analistas a aceptar la con cep ción de
que las m ujeres (d esp u és de todo, la m itad del género hum ano) estaban
descontentas c o n el s e x o que la naturaleza les había asignado. Era co m o si
a los analistas varones esa con cep ción les pareciera “dem asiado evidente
co m o para que necesitara ex p lica ció n ”. Fueran cuales fueren las razones, la
co n clu sió n qu e lo s analistas habían extraído con respecto a las m ujeres
— sostu v o H o m ey — “ es d ecididam ente insatisfactoria, no só lo para el nar
c isism o fem en in o sin o tam bién para la c ien cia b io ló g ic a ”. »* *»«
E sto su ced ía en 1 9 2 2 . Cuatro años m ás tarde, uno d esp u és de que
Freud publicara su p rovocativo artículo sobre las c on secu en cias de la d is
tinción anatóm ica de lo s se x o s , H o m ey fue aun m ás exp lícita acerca de la
parcialidad m ascu lin a de lo s p sicoan alistas. “En algunas de sus últim as
obras — escribió, citan do a Freud con fin es propios— Freud ha llam ado la
a ten ción co n c recien te aprem io sob re cierta unilateralidad de nuestras
in v estig a cio n es a nalíticas. M e refiero al hech o de que hasta hace p o co
tiem po s ó lo las m entes de niños y de hom bres eran consideradas objetos
d e investig a ció n ” . En v ista de las ya co n ocid as pacientes fem eninas de
Freud, e sto tenía algo de tergiversación, pero H om ey se zam bulló im pávi
da en su s argum entos: “ La razón de e sto e s obvia. El p sicoan álisis e s la
creación de un genio m asculino, y casi todos los que desarrollaron sus id e
as han sid o hom bres”. Por lo tanto, no era m ás que “correcto y razonable”
18 En 1927, en su prim er trabajo, Jearme Lam pl-de Groot inform ó escu eta
m ente que, según H o m ey , una de la s razones por las que la sexualidad fem en in a
se g u ía pareciend o tan m ister io sa era qu e “hasta ahora, las o b ser v a cio n es p síco a -
n a lítica s han sid o rea liz a d a s prin cip a lm en te por h o m b res”. (Jeanne L am pl-d e
Groot, "The E vo lu tio n o f the O edipus C om p lex in W o m en ”, en T h e D e v e l o p
m en t o f th e M in d : P sy c h o a n a ly lic P a p e r s on C lin ic a l a n d T h e o re tic a l P ro b le m s
1 1 9 6 5 ] .4 ) .
C on tin en tes negros [5 7 9 ]
que el psico a ná lisis “hubiera desarrollado más fácilm ente una psicología
m asculina”. *»« T om ando algunos argum entos del filó so fo , so c ió lo g o y
crítico de la cultura G eorg Sim m el (una extraña fuente para los psicoana
lista s) d escribe la c iv iliz a c ió n m oderna c o m o esen cia lm en te m asculina,
S im m el había lleg a d o a la c o n clu sió n , no de que la mujer es inferior, sino
de que estaban distorsionadas las concep cio n es dom inantes de su carácter.
Enum erando las ideas de a u toexaltación , su m am ente subjetivas, que los
niños desarrollan acerca de s í m ism o s y fle sus herm anas, H om ey señala
que corresp ond en punto por punto a las p o sic io n e s sobre el desarrollo
fe m en in o m ás co m un es entre lo s psico a na listas. Hablar sobre el m aso
q uism o natural de la mujer es tan ten den cio so c o m o desvalorizar la m ater
nidad, un don de la naturaleza por el que la mujer es obviam ente superior
al hom bre. D e hech o , se trata de una aptitud que los niños envidian a las
niñas. H orney señala que, bastante a m enudo, la envidia del pene no e s un
prólogo del amor e d íp ico , sin o una defensa contra él. No negaba que d e s
pués de sus crueles desencantos, la niña suela apartarse de la sexualidad
por co m p leto . Pero — in sistió — , lo m ism o que los niñ os, prim ero tenía
su exp erien cia edípica: rechazaba c o m o in so sten ib le la fam osa fórm ula
diferencial freudiana conveniente a la secu encia del com plejo de castración
y el co m p le jo de E dipo. Sin duda — con ctuía, con evidente afán de ju sti
cia— la teoría psicoanalítica reinante acerca de la mujer estaba al servicio
de los hom bres que la habían prom ulgado. “El dogm a de la inferioridad de
las m ujeres se o rig in ó en una tendencia m asculina in con scien te”. *»»*
Esa doctrina era inocua y sorprendente. Pero a H om ey no le importaba
ganar puntos sin o estab lecer un prin cip io. Fuera lo que fuere lo que sostu
vieran Freud y los analistas que lo seguían, la fem inidad es un don e se n
cial de la mujer. E lla es una criatura tan digna c o m o el hom bre, por o c u l
tos qu e estén sus g e n ita le s, por arduo qu e se a su trabajo d e stin a d o a
transferir al padre e l amor inicial a la m adre. Una analista c o m o Jeanne
Lam pl-de G root podía erigirse en e c o d e las co n clu sion es de Freud: “En
sus prim eros años de desarrollo c o m o in d iv id u o ”, la “niña pequeña se
com porta ex actam en te c o m o un n iñ o, no s ó lo en la cu estión de la mastur
b ación sin o tam bién en otros a sp ecto s d e su vida m ental: por su meta
am orosa y su e le c c ió n de objeto , e lla e s en realidad un pequeño h om
bre”. * 1» H o m ey no estaba de acuerdo.
T am p oco E m est Jones, que había m antenido con Freud una correspon
dencia inconclusa acerca del tema de la m ujer, y reiterado su desacuerdo en
tres artículos im portantes. Freud, desp u és de publicar su ensayo sobre la
sexualidad fem enina, expresó la esperanza de que Jones reflexionara sobre
su p o sició n . T oda la cu estió n “e s tan im portante y todavía tan incierta que
realm ente m erece una nueva elaboración” . ' • » Pero Jones podía ser tan
tenaz c o m o Freud. En 1 9 35, al leer un trabajo ante la S ociedad P sicoan alí
tica de V ien a, d efend ió a la “vigo ro sa ” Karen H om ey, y n egó ex p lícita
m ente que !a mujer fuera “un hom m e m anqu é” , una “criatura perm anente
[5 8 0 ] R evisiones: 1915-1939
m ente in satisfech a q u e luch a por co n so la r se c o n sustitutos secundarios
ajenos a su naturaleza” . La “cuestió n fin a l” — co n clu y ó — era “ si la mujer
n ace o se hace”. El no tem a dudas de que nace.
J on es d edico e l volum en en el que por primera v ez apareció el artícu
lo al “ P rofesor Freud, co m o m uestra d e la gratitud del autor”. **» Pero ni
lo s argum entos de Jones y H o m ey , ni tres e n sayos e x ten sos, cu idadosa
m ente razonados y acabadam ente docum entados del joven y brillante ana
lista O tto F en ich el, causaron ninguna im presión en Freud. F enichel inten
ta b a n o ta n to d e m o le r la t e s i s de F r eu d c o m o d a r le u n a m a y o r
com plejidad: aceptaba las p rop osicion es básicas de Freud, en especial las
concernientes a la desilusión de la niña co n la madre y a su necesidad de
desviar la libido desde la madre al padre. Pero atribuía m enor importancia
al descubrim iento por parte d e la niña de su “m utilación” y a la fase fálica,
porque, aunque im portantes, consideraba que estaban lejos de ser experien
cias p sico ló g ica s d ecisiv a s. *'*> «El “co m p lejo de E dipo” y la “ angustia de
castración” — escribió— son infinitam ente variados». *a» Pero Freud esta
ba c o n v e n c id o d e que su s c r ític o s n o d istin gu ían su ficien tem en te los
asp ectos innatos y culturales d e la sexualidad fem enina. En 1935, el m is
m o año en que Jones p lan teó el interrogante final acerca d e la mujer,
Freud r e su m ió su a rgu m entación una v e z m ás. La sexu alid ad infantil
había sid o estudiada prim ero en lo s n iños, y el paralelo total entre ésto s y
las niñas resultó in sostenible: la niña tiene que cam biar de objeto sexual y
de zon a genital d om inante. “ D e e sto se derivan d ificu ltad es y p o sib les
in h ib icio n es, que no se aplican al hom bre” . *»> Esta fue la escu eta últim a
palabra de Freud sobre la mujer.
Podría haber d ich o m ás. M an ifestar que la m ujer e s un continente
n egro sup onía, c o m o h em os v isto , a liarse c o n un lugar com ún histórico.
T oda esta sabiduría popular sobre la m isteriosa Eva apunta al fundam ental
y triunfalm ente reprim ido m ied o a la m ujer que los hom bres experim entan
en lo m ás profundo de su ser desd e tiem pos inm em oriales. Freud tuvo un
atisb o de e se m ied o; cuando M arie B onaparte, en una oportunidad, le
ob servó que “el hom bre tiene m ied o a la mujer” , él le contestó: “ ¡Hace
bien!” En su s días d e estudiante, alguna v e z le escrib ió a su am igo
Em il F luss: “ ¡Qué sabios nuestros educad ores al agobiar tan p o co al b ello
se x o c o n co n o c im ie n to s c ie n tífic o s !” . L as m ujeres — le d ijo a Flu ss—
“ han v en id o al m undo para alg o m ejor que para ser sabias”. Pero no se
co n form ó con aceptar sim plem ente la co n veniente oscuridad del continente
que e s la mujer; trató d e explorarlo y relevarlo. El m apa que trazó tenía
m uchas áreas v acías, en blanco, y tam bién errores que los investigadores
lleg a ro n a reconocer d esp u és d e su m uerte. Pero realizó el intento. Su
tono Firme, que resultaba agraviante para m uchos; su co n vicción tranquila
de estar por encim a de cualquier sospecha de tendenciosidad; sus ataques
desm edidos a las fem inistas, no fueron en m odo alguno favorables a su
C ontinentes negros [5 8 1 ]
causa. Tod o esto oscu reció e l carácter renovador de sus ideas y la naturale
za provisional de sus co n c lu sio n e s. Pensaba que los analistas de in clin a
cio n e s fem inistas iban a acusarlo de parcialidad m asculina, e n tanto que
quienes estuvieran de su lado podrían v o lv er contra sus oponentes el m is
m o tip o d e r e d u c c io n is m o ; e s a u t iliz a c ió n b e lig e r a n te d e l a n á lis is
— com en tó con sensatez— "no co n du ce a ninguna d ecisión ” . S e nega
ba a ver que él m ism o había sid o bastante b e lic o so . Pero d espués no q u iso
dedicar toda su energía a esta cu estión lim itada, aunque significativa. D e s
de fin es de la década de 1920 había estado im paciente por abordar y luchar
con otros en igm as in c lu so m ás grandes: lo s enigm as de la religión y la
cultura que lo fascinaban d esd e m uchacho.
Once
La naturaleza humana
en acción
C o n t r a l a s il u s io n e s
Para Freud, la pertinencia del psicoan álisis (ya se reali
zara detrás del div á n o en e l escritorio) era universal.
S in du d a , la situ a c ió n a n a lític a prop orcion ab a una
oportunidad única para generar y poner a prueba las
h ip ó tesis. H erm ética, sum am en te profesional, prácti
cam en te irrepetible, e sa situ ación siem pre sig u ió sie n
do para Freud una fuente inagotable de inform ación, un punto de partida
de m uchos desarrollos. * Pero, a diferencia de la m ayoría de los psicoana-
1 En realidad, Freud respetaba, y citaba, algunas v erific a cio n es experim en ta
le s de su s teorías (v éa n se esp e cia lm e n te su s c o m en ta rio s a cerca de e scrito s sobre
la form ación onírica de O tto P ñtzl, a lo s qu e s e refiere e n la e d ic ió n de 19 1 9 de
The ¡n terp reta tio n o f D rea m s, SE IV, 1 8 1 n .2 ). Pero e n térm ino s g e n era les creía
que los m ile s de horas qu e había pasado c o n su s a n alizan dos, a las qu e había que
sumar lo s m ile s d e horas ded ica d a s a id én tico trabajo por su s partidarios, propor
cionab an pruebas su fic ie n tes para confirm ar su s id ea s. Esta actitud, que nunca se
im pu so totalm ente, c o n stitu ía e n últim a in sta n cia un error táctico.
C uando en 19 3 4 e l p s ic ó lo g o n orteam ericano S a ú l R o sen zw e ig le e n v ió a
Freud algu nos e stu d io s e x p erim en ta les destina d o s a poner a prueba la v a lid ez de
varias p r op osicion es p s ico a n a lític a s, Freud r esp o n d ió con co rtesía , pero un tanto
la c ó n ic a m en te , qu e si b ien e sa s in v e stig a c io n e s le p arecían in teresan tes, n o le s
atribuía m ucho valor “porque la riqueza de o b ser v a cion es fia b les” sob re las que
rep o sa b a n la s a f ir m a c io n e s d e l p s ic o a n á lis i s “ la s h a c e in d e p e n d ie n t e s d e
[584] R ev isio n es: 1 915-1939
listas que lo siguieron, para él cada una de sus in v estigacion es p sicoan alí
ticas resultaba tan instructiva y sig n ifica tiv a c o m o cualquier otra. Rastrear
los orígen es de la civ iliz a c ió n a partir de m aterial escaso y especulativo
era alg o totalm ente d istinto de la evalu a ció n de lo s datos clín ico s. *1 Pero
Freud n o se turbaba ni se disculpaba por invadir los dom in ios del arte, la
política o la prehistoria, em puñando los instrum entos p sico an alíticos. “ El
trabajo de mi vida — resum ió en 1930— se ha orientado hacia una meta
única”. * 2
N o m ucho antes, había dram atizado esta idea en dos e n sayos especu la
tiv o s am pliam ente leíd o s: E l p o r v e n ir d e una ilu sió n , de 1927, am b icio so
y p o lé m ic o , y E l m a le sta r en la cu ltu ra, de p rincipios de 1930, no m enos
a m b ic io so e in c lu s o m ás p o lé m ic o . Pero, dan d o paso a su am argura,
Freud m en o sp reció esa s incursiones en la cultura, sin ahorrarse autocríti
cas. A su ju ic io , E l p o r v e n ir d e una ilusión era “infantil” y “psicoanalíci-
cam ente endeble, inadecuado com o con fesió n ”. *3 Este tipo de com entario,
una m ezcla de depresión posparto y autodefensa m ás bien supersticiosa, se
había convertido en un hábito para él. N unca d ejó de sorprender a sus c o la
boradores. Décadas antes, al lanzar al m undo L a in terp reta ció n de lo s su e
ñ os, había entonado una cantinela análoga, y tam bién lo había h echo más
recientem ente, cuando adm itió estar en las garras de su “depresión fam i
liar” despu és de leer las pruebas de E l y o y e l e llo . Sin em bargo, su crí
tica de E l p o r v e n ir d e una ilu sión tenía una vehem en cia excep cion al. Casi
llegaba al o d io a s í m ism o . En octubre de 1927 le prom etió un ejem plar a
E itingon tan pronto c o m o e l im presor le d evolviera las pruebas, observan
do que “e l con tenido analítico de la obra es m uy esc a so ” y tam poco en
otros sen tidos "vale m u ch o ” . *s
Estaba sintiendo los e fecto s de la edad y del cáncer. La prótesis le pro
vocaba dolores y, para em peorarlo lodo, había sufrido desagradables ep iso
dios de angina de p e c h o . En m arzo d e 1 9 2 7 , A rnold Z w e ig m an ifestó
d eseo s de visitarlo, y Freud lo instó a cum plir su prom esa sin demora:
“ N o espere m ucho, pronto tendré 71 a ños”. *« El m ism o m e s, cuando le
dijeron que tendría que internarse en un sanatorio para descansar, porque su
salud no era d em asiado buena, en una carta a Eitingon protestó con acri
tud: “ V ivir para la salud es a lg o intolerable para m í” . *7 Pensaba habitual
m ente en su m uerte. En el verano, al invitar a Jam es y A lix Strachey a
unirse a otros v isita n tes e n S em m erin g, los previno, co m o antes había
prevenido a Z w eig: “Q u izá n o tengam os m uchas oportunidades m ás para
v e m o s” . * 8
cualquier verificació n experim en tal. N o obstante, no puede resultar perju dicial”.
(Freud a R osen zw e ig , 28 de febrero de 193 4 , carta citada enteram ente en e! o r ig i
nal alem án en D avid Sh akow y D a v id Rapaport, The In flu en ce o f F re u d on A m e
ric a n P sy c h o lo g y [ 1 9 6 4 ], 1 2 9 n .)
L a naturaleza h u m a n a en a cció n [5 8 5 ]
A Freud n o le gustaba hacer o sten ta ció n de su m ala salud ante el m un
d o, pero c o n un puñado de ín tim os ced ía un p oco, y le s hacía llegar la c ó
n icas notas anim adas co n d e stello s d e su antiguo y d esafiante tono có m i
c o . S u s cartas a L ou A n d r e a s-S a lo m é , q u e se c u e n ta n entre la s m ás
a fectu o sa s y lastim eras de sus ú ltim o s añ os, revelan las fluctu acion es de
su salu d y lo s esta d o s de ánim o co rrespon dientes. S e veía n m uy poco: e lla
v iv ía e n G otin ga c o n su anciano e sp o so y viajaba poco; é l perm anecía
encerrado e n o cerca d e V iena. La am istad entre e llo s continuó floreciendo
porque él la respetaba intelectualm ente y disfrutaba de su com pañía, aun
que fuera de m odo epistolar. A d em ás, Frau Lou com partía su afecto por
A nna, y era casi tan esto ic a co m o e l querido Profesor. Por consideración y
c o n tem p le abnegado, procuraba no hablar de su propia enferm edad, for
zá n d o lo a é l, intérprete profesion al de cla v e s su tiles, a conjeturar su estad o
a partir de su s palabras y de sus s ile n c io s. En m ayo de 1927, al agradecer
le a L ou A n drea s-S a lo m é las fe lic ita c io n e s por su se p tu agésim o primer
cu m p lea ñ o s, Freud le d ijo que le parecía m aravilloso que ella y su m arido
todavía disfrutaran del sol. “ Pero en m í h a penetrado el m al hum or de la
ve je z , la d esilu sió n com p leta com parab le c o n la con g ela ció n de la luna, el
glaciar interior” . *» Le gustaba pensar que durante toda su vida había lucha
do contra las ilu sion es; reconocer su temperatura interior era parte de esa
larga guerra contra las m entiras, contra la s superficies am orfas, contra la
co n fu sió n d e lo s d e se o s con la realidad. A su edad, a m enudo sentía frío,
in c lu so cu and o e l clim a era caluroso.
En a lgun os m om en tos podía afirm ar q ue estaba bien. Pero constituían
ex c e p c io n e s p reciosas, por lo com ú n subvertidas por indicios de d ecrepi
tud. En una carta de diciem bre d e 1927 a su “querida Lou", d espués de
em pezar co n un com entario jo v ia l acerca de su estado, de inm ediato se d is
cu lpa por no haber co ntestado m ás pronto a su larga “charla”: “ Están v e n
ciénd o m e la pereza y la ind olen cia”. *>0 E n un hom bre que toda su vida se
había en orgullecido d e responder sus cartas con prontitud, y que interpreta
ba cualquier dem ora de sus correspon sales co m o s ig n o de distanciam iento,
é s e era un sín tom a siniestro. La co m p ren sión de que su cuerpo sim p le
m ente se estaba negando a o b edecerle ensom brecía su percepción de E l
p o r v e n ir d e una ilu sión . C uando e l psico a nalista francés R ené L aforgue,
visitan te o casional en la década d e 1 9 20, le d ijo que el en sa y o le había
encantado, Freud, aunque com p la cid o por e l cum plido, lanzó una ex cla m a
ción: “ ¡E s m i peor libro!” . A nte las o b je c io n es de L aforgue, Freud in sis
tió: era la obra de un v iejo . El Freud a u tén tico había sid o un gran hom bre,
pero estaba muerto; ¡lástim a que L aforgue no lo hubiera conocido! D e s
concertado, Laforgue le preguntó a Freud qué d em onios quería decir: “La
fuerza penetrante se ha perdido”, fue su respuesta (D ie D u rch sch lagskrafi
ist v e rlo re n g e g a n g en ). * »
L a a u t o f l a g e l a c io n d e Freud n o p uede oscurecer el hecho de que
[586] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
E l p o r v e n ir de una ilusión era un libro que tenía que escribir, “ N o sé si
usted ha ad ivinado el vín cu lo secreto entre ¿P ueden los le g o s ...? y E l
po rv e n ir — le escrib ió a Pfister, hasta cierto punto sin dem asiada tacto— .
C on el prim ero, quiero proteger al p sico a n álisis de los m édicos; con el
segundo, de los sacerdotes”. * 12 P ero la prehistoria de su Ilusión llegaba
m ucho m ás lejo s y era m ucho m ás íntim a que todo e so . D écadas de ateís
m o c o n v en cid o y de p en sam ien to p sico a n a lítico sobre la religión lo habí
an preparado para todo esto. D esd e sus días d e c o legial había sido un c o h e
rente ateo m ilitan te, que se m ofaba de D io s y la r eligión , sin exclu ir el
D io s y la re lig ió n de su fa m ilia . “ Para lo s o scu ros cam in os de D io s — lo
había dicho a su am igo Eduard Silberstein en e l verano de 1873, a los d ie
cisie te años— nadie ha inven tad o todavía una linterna” . * 13 A ju icio de
Freud, la oscuridad no hacía que la deidad fuera m ás atractiva ni plausible.
C uando co m u n icó a Silberstein que era injusto reprocharle a la religión
que fuera m eta física y que lo s sentidos no pudieran ratificarla (pues “ la
religión se d irige exclusivam en te a lo s se n tid os”) no estaba form ulando un
pensa m ien to se r io , sin o h a c ien d o una brom a culinaria: “ N i siquiera el
negador de D io s que tiene la suerte de pertenecer a una fam ilia tolerable
m ente piadosa puede negar el placer que le produce llevarse a la boca un
manjar de A ñ o N u ev o . Se podría decir que la r eligión , m oderadam ente
consum ida, estim ula la d ig estió n , pero en e x c e so la perjudica”. *14
E se era el tono irreverente c o n e l que Freud se sentía m ás cóm odo.
C o m o s a b e m o s , d u rante a lg u n o s m e s e s , e n la u n iv e r sid a d , b a jo la
in flu e n c ia de su adm irado p r o feso r de filo s o fía Franz Brentano, había
jug a d o co n la idea del teísm o f ilo s ó fic o . Pero su verdadera disp osición ,
tal co m o se la d escrib ió a su am igo S ilb e r stein , era la de “ un estudiante
de m edicina ateo”. * » N unca ca m b ió . “N i en m i vida privada ni en m is
escrito s — a s í resum ió su carrera de a teo e l año antes de morir— he m an
ten ido nunca en secreto que so y un in crédulo total”. Durante toda su
vid a p en só que lo que había que ex p licar n o era e l ateísm o sin o las c reen
cia s r e lig io sa s.
C om o p sicoanalista, e m p ezó a h acerlo. Entre algunas notas que esc ri
bió para su u so personal en 1905 hay una entrada con cisa y sugerente: “La
religión c o m o neu rosis o b [sesiv a ] - R e lig ió n privada”. * 17 D os años m ás
tarde, m aterializó su id ea germ inal e n un primer artículo exploratorio:
“A c c io n e s o b sesiv a s y prácticas r e lig io sa s”, un elegan te y atractivo inten
to de uncir al m ism o yu g o la r e lig ió n y la neurosis. H abía descubierto
sem ejanzas osten sib les entre las “cerem on ias” y los “rituales” tan n ecesa
rios para e l n eu rótico o b se siv o , por un lad o, y por el otro las observancias
que son un ingrediente esencial de toda fe religiosa. A m bos conjuntos de
prácticas, las n euróticas y las r e lig io sa s — so stu vo— suponen la renuncia
a los propios im pulsos; am bos operan co m o m edidas defen sivas, de auto-
protección. “En vista de estas corresp ond encias y analogías, uno podría
aventurarse a considerar la n eurosis o b sesiv a com o equivalente patológico
L a n a t u r a l e z a h u m a n a en a cció n [5 8 7 ]
de la form ación r e lig io sa , la neu ro sis co m o una re lig ió n in d ivid u al, la
relig ió n com o una n eu ro sis o b se siv a universal”. *»«
C on el paso de los aflos, Freud am plió su desencantada perspectiva
analítica hasta abarcar las cosa s sagradas. En 1911, le dijo a F erenczi que,
“una v ez m ás” , cav ila b a sobre “ los o rígen es de la r eligión en las p u lsio
n e s”, y pensaba que algún día podría elaborar la idea detalladam ente. *19
C o n E l p o rv e n ir de una ilu sió n cum plió la prom esa que se había h ech o a
s í m ism o . La d e m o lic ió n de la relig ió n con armas p sicoan alíticas y a lle
vaba en aquel en tonces m u ch o s años en la agenda de Freud. L e in sistió a
Pfister que las ideas sobre la relig ió n no formaban parte “del conjunto de
los dogm as analíticos. E s m i actitud personal, que se corresponde con la
de m uchos no analistas y preanalistas, y que seguram ente n o com parten
m u chos analistas m e r ito rio s” . • » Pero ése era su m odo de salvaguardar los
sentim ientos de un colaborador en quien durante m ucho tiem po había con
fiad o, y con el que había m antenido una afable p olém ica sobre teología
durante dos décadas. La c o n c e p c ió n del hom bre im p lícita, y a m enudo
exp líc ita , en El p o r v e n ir d e u n a ilusión e s sustentada por todo e l cuerp o de
su pensam iento; tal v e z la s c o n clu sio n es de Freud estuvieran le jo s d e ser
originales pero su m o d o d e llegar a ellas era característico del p sic o a n á li
s is.
C om o ocurría a m enu do, la oportunidad de la elaboración del en sayo
respon día a fa ctores m u y perso n a les. E n octubre de 1927 le an u n ció a
Pfister que el “fo lle to ” q u e iba a aparecer tenía “m ucho que ver c o n usted.
Durante m u ch o tiem po q u ise escrib irlo , pero archivé el proyecto por c o n
sideración a usted, hasta qu e por fin el im pu lso fue dem asiado fuerte” . Era
fácil adivinar — agregó— que e l e n sa y o trataba sobre “mi actitud absoluta
m ente negativa co n r esp ecto a la relig ió n , en toda form a y d erivación, y
aunque esto no puede ser una noved ad para usted, tem ía, y todavía tem o,
que una confesió n p úb lica de e ste tipo le resultará em barazosa”. **> Pfister
respondió com o se esperaba: alentadoram ente. Prefería con m u ch o leer a
un incrédulo sen sib le c o m o Freud que a m il creyentes frív o lo s. * 22 Pero
aunque Pfister hubiera exteriorizado algunos signos de incom odidad, o se
hubiera sentido em pujado a una p olém ica, Freud no habría abandonado su
plan: n o podía abandonarlo. Y a lo h em o s v isto antes: cuando una idea
actuaba en é l, ejercía una p resió n c a si dolorosa, que só lo se aliviab a e n el
acto de escribir. Entre todas la s pu blicaciones de Freud, E l p o r v e n ir de
una ilu sió n es quizá la m ás inevitable y la m ás predecible.
D e s d e s u s p a r r a f o s in ic ia le s , E l p o rv e n ir de una ilu sión apunta a
objetivos am b icio so s. Su tem a declarado es la religión , pero, s ig n ific a ti
vam ente, em pieza c o n refle x io n e s sobre la naturaleza de la cultura; parece
una nueva versión d e E l m a le sia r en la cultura. Su estrategia re v ela c óm o
v e ía Freud su tarea: al in c lu ir la r elig ió n en e l con texto m ás am p lio p o s i
b le, la convertía en a lg o a c c e s ib le , c o m o toda conducta hum ana, a la
[5 8 8 ] R evisiones: 1915-1939
in v e stig a c ió n c ie n tífic a . En sín te s is , su intransigente sec u la r ism o , que
com partía c o n la m ayoría de lo s p sic ó lo g o s y so c ió lo g o s de la religión
contem poráneos, negaba a las cuestio n es de la fe cualquier estatus de pri
v ile g io , cualquier pretensión de estar m ás allá del análisis. N o respetaba
ningún santuario; para él no había tem p lo s en lo s que, co m o investigador,
no debiera entrar.
U n sig lo y m e d io antes de Freud, uno de sus antepasados intelectua
le s, D enis D iderot, había afirm ado co n osadía que “los hech os pueden ser
de tres tipos: actos d e la divinid ad, fen ó m en os de la naturaleza, y accion es
de los hom bres. L o s prim eros so n estu diados por la teología, los se g u n
d o s por la filo s o fía , y la s ú ltim a s por la historia propiam ente dich a.
T o d o s son igualm ente suscep tib les de crítica.” E se era el aire que respi
raba el a n álisis freudiano d e la religión : el espíritu crítico de la Ilustra
ció n . N o había nada m isterio so u o c u lto en cuanto a este legad o in telec
tual. “Su r elig ió n sustitutiva — le escrib ió claram ente su am ig o Pfister—
es en esen cia el pensam ien to d ie c io c h e sc o de la Ilustración, en una form a
orgu llosa, nueva y m oderna”. * » Freud n o pensaba estar abogando por una
religión sustitutiva, pero no negaba su deuda. “N o he dicho nada que otros
hom bres m ejores n o hayan d ich o antes que yo de manera m ás com pleta,
m ás v ig o ro sa y m ás n otable” , le a segu ró a los lectores de E l p o r v e n ir de
una ilu sió n . N o citaba lo s nom bres de e so s personajes “ bien c o n o cid o s”
para que nadie pensara que estaba tratando de “incluirse e n sus fila s” . • “
Pero son fá ciles de descubrir: Sp in o za , V oltaire, D iderot, Feuerbach, Dar
w in.
En su trabajo sobre la r e lig ió n , Freud no contaba só lo c o n d istin gu i
dos an tecesores, sino tam bién c o n d istin g u id os contem poráneos. En los
años durante lo s cu ales desarrolló la presentación psicoanalítica razonada
de su ateísm o feroz, la in vestigación cien tífica de la religión florecía entre
lo s estu dio so s del hom bre y la so cieda d . Las investigacion es de Jam es G.
Frazer y W . R obertson S m ith sobre relig ion es prim itivas y com paradas
ejercieron una in flu en cia real en lo s escritos especu lativos de Freud, sobre
todo en T ó te m y ta b ú . La obra d e H av elo ck E llis que atribuía las conver
sio n es religiosas a las tension es de la a d olescencia o la m enopausia, y el
m isticism o re lig io so a c o n flic to s s e x u a le s, era afín a la co n cep ción freu
diana. T am bién lo eran lo s esfu erzo s alg o anteriores de Jean-M arie Char
c o t tendentes a reducir lo s fen ó m e n o s “ sobrenaturales” y m iste rio so s a
causas naturales. Y d esp u és de 1 9 0 0 , M ax W eber y E m ile D urkheim , lo s
d os s o c ió lo g o s m ás em in en tes de la ép o ca , publicaron estudios im portan
tísim o s sobre la r e lig ió n . W eber, en su clásica com p ilación de en sa y o s
relacionados entre sí, titulada L a é tic a p ro te sta n te y e l e sp íritu d e l ca p ita
lis m o , publicada en 1 9 0 4 y 1 9 05, se ñ a ló en ciertas sectas, esp ecialm en te
entre los ascético s protestantes, un estilo mental que conducía al desarro
llo del capitalism o. D urkheim , que, c o m o W eber, quería independizar la
so c io lg ía de la p sic o lo g ía , trató las creen cias religiosas co m o exp resion es
L a n a t u r a l e z a HUMANA EN ACCION [5 8 9 ]
de la o r g a n iz a c ió n s o c ia l. In s is tía en q u e to d as su s in v e s tig a c io n e s
— sobre el su ic id io , la e d u c a c ió n o la r e lig ió n — apuntaban a h ec h o s
s o c ia le s, y no a a con tecim ientos m entales individ u ales. Por eje m p lo , q ue
ría que su m u y d iscu tid o co ncepto de “ anom ia” (el colap so o la con fu sión
de norm as so c ia le s, que es un factor principal en la d esorientación y el
suicid io) fuera entendido e interpretado co m o un fen óm en o s o c ia l.2 S in
duda W eber y D urkheim estaban a la altura de Freud, y en algunos asp ec
tos in clu so lo superaban, en cuanto a relacionar la experien cia religiosa
co n sus m a n ifesta cio n es en la cultura. P ero si bien categorías c o m o las
del “ ascetism o m undano” de W eber o la "anom ia” de D urkheim tenían
poderosas im p lica cio n es, ninguno de los d os so c ió lo g o s había explorado
tales im p lica cio n es p sic o ló g ic a s, ni tam poco anclado la religión con tanta
firm eza en la naturaleza hum ana co m o lo h izo Freud en E l p o r v e n ir de
una ilu sión.
S in em bargo, el propio en sa y o de Freud se inicia con una d iscu sió n de
la cultura. Segtfn su c o n cisa definición , la cultura es un esfu er zo c o le ctiv o
tendente a dom inar la naturaleza extem a y a regular las relaciones de los
seres hum anos entre s í . 3 E sto sign ifica que todo individuo debe realizar
sacrificios d ifíciles y desagradables, posponer d eseos y privarse de place
res, en b ien de la sup erviven cia com ún. Por lo tanto, “cada individuo es
virtualm ente un e n em ig o de la cultura” , y la coerción , indispensable. Tal
v e z en una edad dorada, el orden de las cosas podría ser tal que no exigiera
el em p leo de la fuerza ni la represión de im p u lsos. Pero eso era una uto
pía. “ Creo que debem os tener en cuenta — sostenía Freud— el h echo de
que todos los seres hum anos albergan ten dencias destructivas (e s decir,
antisociales y anticulturales) y de que en una gran cantidad de personas son
lo bastante fuertes co m o para determinar su conducta en la sociedad hum a
na”. • *
Freud, el liberal de cuño que desafiaba el carácter dem ocrático de su
ép o ca , trazaba una firm e d istin ció n entre la m ultitud y la e lite. “ Las m asas
son in d o le n te s e irracionales; no les g u sta en ab solu to renunciar a los
im p u lso s” . H abía que afrontar esa verdad: los seres hum anos “no aman
espon tán eam en te el trabajo, y lo s argum entos no prevalecen contra sus
p asio n es” . *27 E se era el Freud que le había d ich o a su prom etida, en 1883,
que “la p sico lo g ía d el hom bre com ún es m ás bien diferente de la nuestra”.
La G esindel — la “ can a lla ”— satisfacía sus apetitos, m ientras que las per
son as suficien tem en te cu ltivadas, com o él m ism o y Martha B em a y s, c o n
1 Freud había le íd o la más docum entada e in flu y en te obra de D urkheim sobre
la r e lig ió n , L a s fo rm a s e le m e n ta les de la v id a r e lig io sa , d e 1 9 1 2 , qu e e x a m in ó
b r e v em en te entre las " teo ría s s o c io ló g ic a s " . (T ó tem un d T a b ú , G W IX , 1 3 7 /
T ótem a n d T aboo, S E X III, 11 3 ).
3 En estas páginas sig o la costum bre de Freud: «M e n ieg o a separar “cultura"
y “c iv iliz a c ió n ”» . (D ie Z ukunft e in e r ¡Ilu sión , G W X IV , 3 2 6 / T he F u tu re o f an
Ilu sió n , SE , X X I, 6).
[5 9 0 ] R ev isio n es: 1915-1939
tenían sus d e se o s y reprim ían sus im pulsos naturales. • * Esa palabra des
p ectiva, GesindeU aparece co n frecuencia en la plum a de Freud. « Pero aun
que despreciaba con soberbia a las m asas, Freud no era un admirador ciego
del orden socia l existen te. Le parecía natural que los pobres e indigentes
odiaran y envidiaran a quienes tenían que sacrificarse m ucho m enos; no
podía esperarse que lo s prim eros internalizaran las prohibiciones sociales.
“Innecesario e s decir que una cultura que deja insatisfechos a un número
tan grande de sus m iem bros, em pujándolos a la rebelión, no tiene persp ec
tivas de m antenerse, ni las m erece” . • » Pero, justa o injusta, la cultura
debe recurrir a la coerción para dar vigen cia a sus reglas.
Con lodos sus eviden tes defecto s, agrega Freud, la cultura ha aprendi
do perfectam ente a realizar su tarea principal, que es defender al hombre de
la naturaleza. In clu so podría hacerlo m ejor en el futuro. Pero esto no s ig
nifica que “la naturaleza ya está conquistada”. Lejos de e llo, Freud presenta
un alarmante inventario de fuerzas naturales que acosan al hombre: terre
m otos, d ilu v ios, torm entas, enferm edades y (co n esia m ención Freud se
aproximaba a una perentoria preocupación personal) “el doloroso enigm a
de la m uerte, contra e l que hasta ahora no se ha encontrado ninguna hierba
m ed icin a l, y probab lem en te n o se a encontrará nunca. C on todas estas
fuerzas, la naturaleza se levanta contra nosotros, m agnífica, cruel, im p la
cab le”. La N aturaleza vengativa, enem iga inm isericorde e inconquistable,
portadora de m uerte, e s una diosa m uy distinta de la Madre Naturaleza aco
gedora, am istosa, erótica que (recordaba Freud), cuando era joven, con toda
la vida por delante, lo había inducido a estudiar m edicina. * N o sorprende
que concluyera con una inequívoca nota personal: “ tanto para la hum ani
* Lo u tilizó en sus prim eros años y más tardíam ente: c om o c o leg ia l, al descri
bir a una fam ilia de ju d ío s de la Europa Oriental con la que se había encontrado en
un tren (v éa se la pág, 4 6 ) y ya c o m o un hom bre de m ás de setenta años, r e fle x io
nando sobre el o dio a lo s jud íos propio de aquella época. "En la cu estió n del anti
sem itism o — le d ijo a A rn old Z w e ig — me siento po c o inclinad o a buscar e x p lic a
cio n e s, experim en to una fuerte in clina ció n a rendirm e ante m is sentim ien tos y m e
siento fortalecid o en m i p o s ic ió n totalm ente a nticientífica de que, una vez dich o
todo, en prom edio, consid eradas ya todas las c o sa s, lo s seres hum anos so n una
gentuza m iserable” . (Freud a A m o ld Z w eig , 2 de diciem bre de 1927, Freud-Zweig,
11 [3]). D o s años m ás tarde, en 1929, le co n fesó a Lou A ndreas-Salom é: “En mi
ser más ín tim o, esto y realm ente co n v en cid o de que m is queridos sem ejantes — con
unas pocas exce p c io n e s— son chusm a” . (Freud a A ndreas-Salom é, 28 de ju lio de
1 9 2 9 , Freud-Salomé. 199 [1 8 2 ]). En 1 932, Feren czi anotó en su diario íntim o que
Freud le había m anifestad o en cierta oportunidad: “ L os n euróticos son chusm a,
sólo bu en os para m antenernos econ óm icam en te y para aprender c o n sus c a so s” . (4
de agosto de 19 3 2 , K lin isch es T agebuch, texto m ecanografiado, con unas pocas
p áginas m anuscritas, Freud C o lle ctio n , B 2 2 , LC, cata lo g a d o c om o “S c ie n tific
D iary”). El recuerdo de Ferenczi no es in verosím il. ¿A ca so no había escrito Freud,
ya en 1909: “Los pa c[ien tes] son desagradables", y “ m e dan la oportunidad de rea
lizar n u evos e stu d io s té c n ic o s”? (V é a se la pág. 33 7 ).
s V éa se la pág. 4 8 .
L a n a tu ra leza h u m a n a en acción [5 9 1 ]
dad en gen eral, c o m o para e l in d iv id u o , la vida e s d ifíc il de so b relle
var”. * » El desam paro es la suerte com ún.
E n es t e pu n t o , Freud. astutam ente, introduce la religión en su análi
sis. A stutam ente, porque al subrayar el desam paro hum ano podía relacio
nar la n ecesidad de religión con exp eriencias infantiles. De e se m od o llev ó
la religión al terreno fam iliar d e l p sico a n á lisis. Se adm ite que la religión
se cuenta entre las más preciadas p o se sio n e s de la hum anidad, junto co n el
arte y la ética , pero sus o ríg e n e s residen en la p sic o lo g ía infantil. E l niño
tem e el poder de sus padres, pero tam bién con fía en que e llo s le protege
rán. Por lo tanto, ya de adulto, n o le resulta d ifícil incorporar su e x p erien
cia del poder parental {p rin cip alm en te paternal) a r eflex io n es sobre su
lugar c o m o in d ivid uo en e l m u n do natural, m undo éste a la vez p e ligroso
y prom etedor. Lo m ism o q u e e l n iñ o , e l adulto deja paso a sus d eseos y
adorna sus fantasías co n lo s ornam entos más im aginativos. En el fondo
son supervivencias: las n ecesid a d es, la vulnerabilidad y dependencia del
niño, su b sisten en la edad adulta, y por lo tanto el psicoanalista puede
contribuir en m uch o a la c o m p ren sió n de lo s o rígen es de la r e lig ió n .«
“ L as c o n c e p c io n e s r e lig io sa s se originaron en la m ism a n ecesid ad que
genera todos lo s otros logros de la cultura, e n la necesidad de defenderse de
la aplastante superioridad de la naturaleza” , y en “el im pulso de corregir
las im perfecciones de la cultura, p enosam ente experim entadas”. 7
Esta analogía aforística e s nítida, tal v e z dem asiado. Su capacidad de
persuasión depende en gran m edida de las c o n viccion es que el lector aporte
al texto. Pero en E l p o r v e n ir d e una ilu sió n Freud no deja duda alguna en
cuanto a su c o n v icció n de que estaba haciendo algo más que señalar sem e
janzas interesantes. L os hom bres inventan a los d io se s, o aceptan p a siv a
m ente lo s que les im pone la cultura, p recisam ente porque han crecido con
m ied o s del m ism o tip o en su propia casa. C om o las fantasías del n iñ o que
se enfrenta al poder d e lo s otro s y su s p rop ios d e se o s, y sig u ie n d o el
m o d e lo de tales fantasías, la r e lig ió n e s fundam entalm ente una ilu sió n ,
una ilu sió n infan til. El a n á lisis p s ic o ló g ic o de las d octrinas r e lig io sa s
6 D esd e lu eg o , Freud sab ía qu e hay m u ch o s tipos diferentes de r elig io n e s, y
actitudes divergen tes co n resp ecto a las c reen cia s dentro de cada cultura, y qu e a
través de las ép oca s han e x istid o e v o lu c io n e s cla ra s y drásticas d el p ensa m iento
y e l se n tim ien to r e lig io s o s . En E l p o r v e n ir d e una ilu sió n hablaba p rin cip a lm en
te de la r elig ió n d e l hom bre com ú n m o dern o , y rem itía a lo s le cto res a su T ó te m
y tabú , donde encontrarían una d e sc rip ció n sum aria de algunas de esta s e v o lu c io
nes d e l pen sam ien to .
7 En L a in terp reta c ió n d e io s su eñ o s ya había d ich o llanam ente que toda "la
com p licada actividad m ental” im plicad a en la búsqueda de satisfacción “representa
so lam en te una huida de la re a liza c ió n d e d e seo s e x ig id o por la ex p e rie n c ia . D es
p u és de todo, el pensam iento no es m ás qu e un su stitu to del d e se o a lu cin a to rio ”.
(GW , II-III, 5 7 2 ISE V , 5 6 7 ).
[5 9 2 ] R e v isio n es: 191 5 -1 9 3 9
dem uestra que “n o son precipitados de la experiencia o resultados finales
d el pensam iento; son ilu sio n es, realizaciones de lo s m ás antiguos, fuertes
y perentorios d ese o s de la humanidad: el secreto de su fuerza es la fuerza de
eso s d ese o s”. * » Freud estaba orgulloso de estos argum entos p sic o ló g ico s
y los caracterizó c o m o su contribución singular al estu d io cie n tífic o de la
religión. La idea de que los hom bres hacen a los d io ses a su propia im a
gen tal v e z se rem ontara a los antiguos g riegos, pero é l le añadió la preci
sión de que los hom bres hacen sus dioses a im agen del padre.
Desenm ascarar las id eas religiosas co m o ilu sio n e s n o sign ifica necesa
riamente negarles toda validez. Freud d iferenció enfáticam ente las ilu sio
n es de los delirios; las primeras quedan defin id as, no por su contenido,
sin o por sus fuentes. “L o característico de las ilu sion es e s que proceden de
deseos hum anos”. * » Pueden llegar a ser ciertas; Freud presenta e l fe liz
ejem plo de una niña burguesa que sueña que encontrará un príncipe azul y
se casará con él. E so podría suceder y a v ec es ha su cedido. Pero las ilu sio
nes religiosas, c o m o la creencia en que vendrá un M esías para fundar una
edad dorada, son m ucho m enos probables y se aproxim an al pensam iento
delirante. Se podría com entar que, según las propias teorías de Freud, todo
pensam iento, in c lu so e l m ás abstracto y ob jetivo, tiene sin lugar a dudas
fuentes no racionales; después de todo, él m ism o habría descubierto las
raíces de la in v estig a ció n cien tífica en la curiosidad sexu al de los niños.
Psicoanalistas posteriores no vacilaron en considerar que este interés co n
tinuo por lo s relatos de sus analizandos aun después de toda una vida de
práctica clín ica, no era m ás que un voyeurism o sublim ado. La regla de que
lo s orígenes de una id ea en m od o alguno determinan su valor (o su falta de
valor) perm anece intacta; sin duda, nada de lo que Freud dijo en sus artícu
lo s sobre la r e lig ió n estaba destinado a sacudir sus cim ien tos. Pero lo que
le interesaba era la influencia que ese origen podía conservar. A l diferen
ciar de m odo tajante e l pensam iento cien tífico del pensam iento religioso
fundado en ilu sio n e s, ensa lzó al prim ero en tanto abierto al exam en , la
dem ostración y la refutación, y desdeñ ó al últim o por ser ostensiblem ente
inm une a toda crítica seria. T od o pensam iento, incluso el de la variedad
m ás cien tífica, tal v e z en sus orígenes provenga de d eseos y se funde en
ello s, pero la cien cia es d eseo disciplinado — en realidad, superado— por
la necesidad de verifica ció n fiable y por el tipo de atm ósfera abierta que
por s í so la p erm ite refin ar, m o d ifica r y, de ser n e c e sa r io , abandonar
co n v iccio n es y creencias.
En consecu en cia, Freud consideró adecuado exam inar las dem ostracio
nes religiosas con igual cuidado que los fundam entos de las creencias reli
g io sa s. El d e v o to — o b servó— erige ante el e sc é p tic o tres d efensas: la
antigüedad de su fe, el valor de las pruebas que hubo en el pasado, y la
santidad de la creencia, que por su m ism a naturaleza convierte toda investi
gación racional en un acto im pío. Naturalm ente, ninguna de esas defensas
causaba im presión en Freud. Tam poco otras: ni la idea m edieval de que la
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [593]
verdad de una doctrina religiosa queda dem ostrada por el hecho m ism o de
que e s absurda, ni la filo so fía m oderna del “c om o s i”, según la cual c o n
v ien e vivir co m o si creyéram os en las fic c io n es difundidas por las p erso
nas religiosas. El prim ero de estos dos argum entos le parecía a Freud prác
ticam ente insensato. Si se acepta un absurdo, ¿por qué n o cualquier otro?
En cuanto al seg un do , era alg o , dijo irónicam ente, que “ só lo un filó so fo
podía haber propuesto”. Estas n o son pruebas, son sim p les e v a sio n e s.
"N o hay ningún tribunal superior al de la razón”.
A Freud tam poco le c o n v en cía la d efensa de la religión realizada por
e l pragm atism o: la idea de que ésta ha resultado útil. T am poco podía estar
de acuerdo con los polem istas radicales contem poráneos, según los cuales
existía una con spiración para m antener som etidas e in m óviles a las cla se s
trabajadoras asustándolas co n la perspectiva del infierno y la condenación
eterna. Estas ex p lic a c io n e s resultaban dem asiado racionalistas para el g u s
to de Freud; no llegaban a ju stificar la p oderosa y su gestiva influencia de
la relig ió n a lo largo de lo s sig lo s . A d em á s, la historia dem ostraba co n
am plitud (por lo m en o s a ju ic io de Freud) que, si bien la religión había
realizado notables aportaciones a la dom esticación de lo s im pulsos sa lv a
jes de la hum anidad, no siem pre fue una fuerza civilizadora, ni siquiera
una fuerza del orden. T o d o lo contrario: en su propia ép oca — observó—
la relig ió n no im pedía que las m ayorías fueran in fe lices en su civilización ;
consideraba adem ás que existían buenas pruebas de que, en sig lo s anterio
res, m ás d ev o to s, lo s hom bres n o habían sid o m en os desdichados. “ Sin
duda, n o fu ero n m ás m o r a le s.” P or su p u e sto , “en todas las ép o c a s la
inm oralidad ha hallad o e n la r elig ió n tanto sustento co m o la m oral”.
La con secu en cia era perfectam ente transparente: puesto que la religión no
ha h ech o a lo s hom bres ni m ejo res n i m ás f e lic e s , la irreligiosid ad no
podía ser sino un p a so a d e la n te .»
Una v e z m ás resonaba en esas páginas e l acento de los predecesores de
Freud, en esp ecia l lo s filó s o fo s de la Ilustración. E stos m antenían firm es
con v ic c io n e s a nticlericales y antirreligiosas, y las de Freud eran igualm en
te incorruptibles. Freud podía diferir d e V oltaire o de su heredero, F euer-
bach, en lo co n cerniente a la táctica p o lític a o al d ia g n óstico p sico ló g ic o ,
pero su v eredicto final co n resp ecto a la relig ión co in cid ía con el de ellos:
había fracasado. Freud p odía intentar sincera y tenazm ente diferenciar las
8 Lo mejor que Freud p od ía decir de la r e lig ió n era qu e d om estica al individuo
y lo rescata de la so le d a d . S e g ú n e sc r ib ió e n su h isto r ia l d e l H om bre d e lo s
Lobos: “P odem os decir que e n e ste ca so la r elig ió n ha lo g ra d o todo a qu ello para
lo c u al se introduce en la ed u ca ció n del in d iv id u o . D o m e sticó sus im pu lsos se x u a
les ofre cié n d o le s un a su b lim a ció n y un ancla firm e; d e b ilitó su s c o n e x io n e s fam i
liares y, c o n e llo , p rev in o u n am en azan te a isla m ie n to , al abrirlo a una c o n e x ió n
co n la gran c om u n id a d hu m ana. El niñ o s a lv a je , in tim id a d o , s e co n v ir tió en
so c ia b le, d e bu en os m o d a le s, y e d u ca d o ”. ( “W o lfsm a n n ”, G W X II, 1 50 / “W o lf
M an”, SE X V II, 1 1 4 -1 1 5 ).
[594] R ev isio n es: 1915-1939
ilu sio n es de los delirios. C on idéntica sinceridad, podía señalar que a vec es
las ilusion es se con vierten en realidad. Pero a m edida que se internaba con
m ayor ardor en su in v e stig a c ió n sobre la religión , el trabajo s e v o lv ía
p olém ico, y se iba d esv a n ecien d o cada v e z más la distinción entre delirios
e ilu sio n e s.
S i, c o m o c r e ía F r e u d , la religión ha dem ostrado ser un fracaso, qu i
zá la cien cia podría ser un éxito. Esta esperanzada conjetura corre paralela
a la crítica freudiana de las ilu sio n es pasadas y presentes. Por supuesto, ai
reflexionar sobre el punto d e vista cie n tífic o , Freud se perm itió caer en un
op tim ism o rela tiv o p o c o com ún en él. Ese era el Freud que admiraba los
escritos h istóricos d e M acaulay, que sin vacilar v e ía un progreso continuo
en la historia de Europa, que defendía la historia de G om perz acerca del
pensam iento de la antigua G recia, texto que convertía a los grandes pensa
dores del período c lá sic o en constructores de una Ilustración antigua. Por
lo m enos, en lo s estratos so c ia le s m ás educados — sosten ía Freud— , en
general la razón se ha im p u esto a la superstición; lo s cr ític o s de n iv e l
superior han “dinam itado el valor dem ostrativo de los docum entos re lig io
sos; las cien cia s de la naturaleza han sacado a la luz los errores que co n tie
nen; las in v estigacion es com paradas están caracterizadas por la sem ejanza
fatal de las c o n c ep cio n es religiosas que reverenciam os con los productos
m en tales de pu eb lo s y ép o c a s prim itiv o s”.
En consecu en cia , la esperanza de que el racionalism o secular continua
ra h aciendo p rosélitos le parecía perfectam ente realista. “ El espíritu c ien tí
fic o genera una cierta postura con respecto a las cuestiones de este mundo;
ante las cu e stio n e s r e lig io sa s se d etiene por un m om ento, va c ila , y fin a l
m ente, tam bién en e s e ca so , cruza e l umbral. En este proceso n o hay res
tricciones; cuanto m ás a c c e so tenga la gente a lo s co n ocim ien tos atesora
d o s , m á s s e e x te n d e r á la d e s e r c ió n en tre lo s c r e y e n te s; p rim ero se
abandonarán los ornam entos o b so leto s y o fen siv o s, pero d espués tam bién
los presupuestos fundam entales”. **» E se e s el corazón de la argum enta
ción freudiana: las prem isas m ism as de la cien cia son incom patibles con
las de la religión. El desdeñaba tod os los puentes que los historiadores
m odernos trataron de tender entre una y otra, todas las sutilezas hilvanadas
por los te ó lo g o s m od ern os. N o eran m ás que ap ologética, en el sentido
m enos d ig n o de la palabra. “ La guerra entre c ien cia y religión ”, el eslogan
m ilitante del sig lo X V III recogido co n tanto fervor en e l X IX , segu ía sien
do una verdad axiom ática para Freud ya bien avanzada la primera mitad del
sig lo X X . S eg ú n d ijo m ás de una v e z , en m ás de un texto, la re ligión ,
sencillam ente, era el e n e m ig o .’
* N o hay constancia alguna de que Freud leyera e l m a n ifiesto racion alista
e scr ito por John W . D raper en 1 8 7 4 , H is io ry o f th e C o n flic t b e tw e e n S c ie n c e
a n d R e lig ió n , o la d e fen sa en do s v o lú m e n e s de la in v estig a c ió n líb re realizada
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [5 9 5 ]
A l unirse a la lucha contra e s e e n e m ig o , Freud p uso su p sic o lo g ía
bajo la bandera de la ciencia. “El p sico a n á lisis — dijo en E l p o rv e n ir de
una ilu sió n — e s en realidad un m étodo de investigación , un instrum ento
im parcial, c o m o e l cá lc u lo in fin itesim a l” . Sin duda le gustaba esa d efi
nición ; varios años antes le había e scrito a Ferenczi que “nosotros” , los
psico a n a lista s, “ so m o s y segu irem os sie n d o ob jetiv o s sa lv o en lo que se
refiere a esto: investigar y ayudar”. •«* Ser “ob jetiv o ” ( “tenderulos") era
ser cien tífico ; en con secu en cia , el p sico a n á lisis podía legítim am ente pro
fesar que era una cien cia, o por lo m en os que aspiraba a s e r lo .10 En vista
de la m ilitancia de Freud, esa pretensión estaba lejo s de ser neutral. D ecir
que las cie n c ia s, in clu id o e l p sic o a n á lisis, son objetivas, sign ificab a for
mular una d eclaración p o lítica, afirmar que están exentas de distorsiones
ideológicas autoprotectoras.11 S i la relig ió n — desd e el sacrificio más pri
m itiv o hasta la t e o lo g ía m ás elaborada— e s m ie d o , tem or reverente y
pasividad in fantiles conservados hasta la vida adulta, la ciencia, tal c om o
diría un p sicoanalista, con stituye un e sfu erzo organizado para superar el
infantilism o. La ciencia d esdeña los esfuerzos patéticos que realiza el cre
yente tendentes a alcanzar sus fantasías en la espera piadosa y por m edio
de rituales, e levan d o peticio n es y quem ando herejes.
Freud no olvidaba que tam bién e l ateísm o era vulnerable a la id eo lo
gía: podía em plearse (para utilizar de n u ev o el lenguaje analítico) com o
por A ndrew D ic k so n W hite e n 1 8 9 6 , A H is to r y o f ¡he W a rfa re o f S c ie n c e w ith
T h e o lo g y in C h risten d o m . S in e m b argo, lo s títu lo s in tra n sig en tes de e sta s obras
(m ucho más que su m ensaje, m ás dulzón) recuerdan cuán estrecha y característica
m en te la postura racio n a lista de Freud se asem eja y sig u e el p ensa m iento a n ticle
r ical del sig lo X IX (p e n sa m ie n to que ten ía su s o r íg e n e s en la Ilu stra ció n del
sig lo X V III). Su c o n c ep ció n de la r elig ió n c o m o e l en e m ig o fue c om p letam en te
c om partida por la prim era g e n e ra c ió n de a n a lista s. L o s in ten to s de a lgu nos p s i
coa n a lista s p osterio res destin a d o s a c o n c ilia r el p s ic o a n á lisis c o n la r e lig ió n no
habrían despertado la m en or sim patía en F reud y su s c o le g a s. En 1911, cuando
Freud le inform ó a Io n es de que estaba trabajando en un estu dio p sico a n a lítico de
la r e lig ió n — tenía en m en te lo s e n sa y o s qu e ib an a co n v e rtirse en T ó te m y
tabú— , Jones resp o n d ió con e n tu sia sm o “o b v ia m e n te ”, la r elig ió n “e s la últim a
y m ás firm e plaza fuerte de lo qu e podría llam arse la W eltanschauung a n tic ie n tífi
ca, antirracion al o a n tio b je tiv a , y sin du da e s a llí d o n d e p o d em o s esperar la
r esiste n c ia m ás in tensa y lo m ás duro d e l co m b a te ” . (J o n es a Freud, 31 de a g o sto
de 1 9 11, con perm iso d e Sigm u nd Freud C o p y rig h ts, W iv en h o e).
El e nun ciado m ás e n fá tico de esta p o s ició n pu ed e encontrarse en su im por
tante a n íc u lo sobre una c o sm o v isió n , p u b lica d o c o m o la últim a de las N u e v a s
c o n fere n c ia s de in tro d u cc ió n a l p sic o a n á lisis en 1 9 3 3 . V éa se “T he Q u estion o f a
W eltanschauung", SE X X II. 1 5 8 -1 8 2 .
El p o r v e n ir d e una ilu sió n tam bién fu e consid era do un docum ento p o lítico
en otro se n tid o, no co m o de fen sa de la c ie n c ia d e sa fia n d o a la relig ió n : en ju lio
de 1928, Freud inform ó a Ernest Jones (él se hab ía enterado a través de E itin g o n )
de qu e los c en sore s so v ié tic o s habían p ro hibid o la traducción d el libro al ruso.
(F reud a Jones, 17 de ju lio de 1928, Freud C o lle c tio n , D 2. LC ).
[5 9 6 ] R evisiones: 1 9 15-193 9
estratagem a d efensiva, el tipo de reacción típica del adolescente que se
rebela contra el padre. Q uienes se enfrentaban a D ios podían estar reactua-
lizando en la esfera de la religión la batalla edípica que no habían ganado
en e l hogar. Pero Freud no se entregaba a una disputa así: no luchaba con
quim eras. A su ju ic io , su propio a teísm o era algo m ejor que eso: la pre-
co n dición para la investigación im placable y fructífera del fenóm eno reli
g io so . Sabem os que Freud no iba disfrazado de reformador social. Pero, en
tanto heredero m oderno de los p h ilo s o p h e s , estaba convencido de que una
d e las fu n cio n es de la ciencia c o n siste en utilizar sus descubrim ientos para
el a liv io de las perturbaciones m entales. O culta en la crítica psicoanalítica
que realizó Freud de las creencias religiosas, estaba la esperanza de que d es
cubrir y difundir la verdad sobre la religión podía ayudar a liberar de ella a
la humanidad.
D esd e luego, esa esperanza — seg ú n Freud reconoce en E l p o rv e n ir de
una ilu sión— tal v e z sea otra ilu sió n . Pero d espués de plantear esa p o sib i
lidad, la deja de lado, puesto que “a largo plazo, nada puede resistirse a la
razón y la ex p eriencia”. Q uizá “nuestro d io s L o g o s no e s m uy om n ip oten
te, y só lo pueda realizar una pequeña parte d e lo que sus predecesores pro
m etían ” . *« Pero segu ía siendo cierto que sus devotos estaban dispuestos a
renunciar a una buena parte de sus d ese o s infantiles; su m undo no quedaría
colapsado aunque tuvieran que sacrificar una parte incluso mayor de sus
sueñ os. El m étodo c ien tífico que aplicaban y los presupuestos que gober
naban sus in v estig a cio n es le s perm itían corregir sus puntos de vista a la
lu z d e pruebas m ás c o n v in cen tes. “ N o — con clu ía Freud en un célebre
párrafo— , nuestra cien cia n o es una ilu sió n . Pero sería una ilusión creer
que p od em os lograr en alguna otra parte lo que ella no puede d am os”. *«
Esta era la exp resión de una fe en la c ien cia que siem pre había tenido, aun
que pocas v e c e s la había enunciado co n tan vig o ro so fervor, y nunca v o l
v ió a hacerlo. A lg u n o s años antes, le d ijo d e s í m ism o a R om ain R olland
que había “pasado gran parte de m i vid a destrozando m is propias ilusiones,
y las de la hum anidad”. *43 U na m uy d istinta cuestión era que la hum ani
dad en general estuviera dispuesta a dejar q ue destruyeran sus ilusiones.
E n e n e r o d e 1928, algu ien a q u ien Freud n o con ocía, un tipógrafo
llam ad o Edward Petrikow itsch, que se id e n tific ó a sí m ism o com o “só lo
un sim p le trabajador” que valoraba la lucha de Freud contra la religión, le
e n v ió al m aestro un recorte del S i. L o u is P o s i-D is p a tc h , en el que se decía
que el nuevo libro de Freud había provocado un gran revuelo y la división
entre sus seguidores. *** Freud respondió de inm ediato, con cortesía y su s
ceptibilidad. N o podía creer que su corresponsal no fuera una persona c u l
ta. Seguram ente era un europ eo que había v iv id o m ucho tiem po en los
E stados U nidos, de m odo que “podría permitirme preguntar por qué toda
v ía cree usted en cualquier cosa que lea en un periódico norteam ericano”.
E n parte estaba en lo cierto. Petrikow itsch, un sindicalista, librepensador
L A N A TU R A L E Z A H U M A N A EN ACCION [5 97 ]
y so cia lista , había em ig ra d o a St. L ouis d esp u és de la Prim era Guerra
M undial. El artículo en via d o — observó Freud— “me atribuye d eclaracio
nes que nunca he h ech o ”. En realidad, “el público de aquí no ha prestado
prácticam ente atención a m i pequ eñ o libro. Podría decirse que nadie ha
armado dem asiado r evu elo (e s hai kein H ahn nach ihr ge k rá h t)”. * «
En realidad. E l p o r v e n ir d e una ilu sió n provocó m ás alboroto del que
Freud estaba dispuesto a recon ocer al env o lverse con el m anto del hom bre
al que nadie le presta atención. Sin duda, sabía más de lo que decía. El
recorte que le en v ió P etrikow itsch reproducía una inform ación que había
aparecido en el N e w Y o rk T im e s a fin es de diciem bre de 1927, al pie de
titulares incendiarios y en gañ osos: “ La religión desahuciada/ afirma Freud/
D ice que está en un punto en el que deb e dejar paso a la c ie n c ia / Sus
seguidores se irritan/ El n u ev o libro del m aestro del psicoan álisis condena
do por la op o sició n que se espera que provoque”, i**4* Esto exageraba el
“revuelo” que estaba armando E l p o r v e n ir d e una ilusión. Sin em b argo, en
abril de 1928 Freud le d ijo a E itin gon que había atraído sobre s í m ism o
"el m ás generalizado d isg u sto ”. Escuchaba en tom o a él “rugidos c o n toda
clase de insinuaciones disfrazadas”. *«7 El libro no había d ivid id o seriam en
te a sus d iscíp u lo s, pero a alg u n o s de e llo s lo s puso n erviosos; d esp u és de
lod o, la religión segu ía sien d o un lem a sum am ente d elicado. “ El hech o de
que Anna haya encontrado resisten cia” a un trabajo que leyó en Berlín — le
inform ó E itin gon a Freud en jun io— tien e su causa e n ... E l p o r v e n ir de
una ilu sió n, en el que se b a só , y contra el que aquí, ahora c o m o antes, hay
una gran o p o s ic ió n e m o c io n a l, aunque la gen te no sepa m uy b ien por
qué”. * « C on todos sus errores y d isto rsio n es, el periodista del T im e s en
Viena había captado parte de esa atmósfera.
Inevitablem ente, el análisis freudiano de la religión — lo s críticos lo
llamaban ataque— p ro vocó réplicas e intentos de refutación, « Es probable
>2 La im paciencia que el d esp ach o su scitó en Freud es perfectam ente co m
prensible. A dem ás de vulgarizar el m en saje freudiano, estaba rep leto de errores.
L lam aba a Freud “Sig ism u n d " , nom bre qu e é ste no usaba d esd e ha c ía m ás de
m edio siglo. Traducía el títu lo de la obra de Freud, con un divertido d e sliz , co m o
"El porvenir de una a lu sió n ”. P fister aparecía co m o “P fiser” y era id en tifica d o
nada m enos que com o “cabeza de la Ig le sia Protestante en Zurich”. El periódico
p s ico a n a lític o ¡m ago, en el cu a l, seg ú n se inform aba a lo s le cto re s d e l T im es,
P fister iba a responder a Freud, era caracterizado c om o “una revista de la Ig le sia ” .
>5 Una de las “resp u esta s” m ás curio sa s fue D ream s and E ducalion, d e J.C.
H ill, que su autor, un educador in g lés, le e n v ió a Freud. El pequeño libro d e H ill
se había pu blicad o en 1 9 2 6 , un año antes que El p o rv e n ir d e una ilu sió n , p ero el
autor (que se presentaba co m o un gran adm irador aunque “no un p sico a n a lista
practicante”, y c o m o “ no c o m p eten te para expresar una o p in ió n ” sob re alg u no s
de los escritos de Freud [pág. 1]) pensaba qu e p od ía servir de resp uesta. El texto
dejó perplejo a Freud. En un a se rie de ca p ítu lo s e x p o sitiv o s escr ito s co n sim p li
cidad, y lle n os de e je m p lo s fa m ilia res, H ill había aplicado lo qu e en ten d ió de las
ideas analíticas al “e stu d io de la co ndu cta norm al” (pág. 1), en e sp e c ia l d e la
[598] R ev isio n es: 1915-1939
que la m ás civiliza d a fuera — co m o cabía esperar— la respuesta de Pfister,
que con e l título de “La ilu sió n de un porvenir” apareció en ¡m ago. Era
cortés, razonada y sum am ente am istosa. La había escrito -—observó P fis
ter, dirigiéndose directam ente a Freud— “no contra usted sin o a su favor,
p ues quienquiera que integre las fila s del p sicoanálisis lucha por u sted”.
Freud no se opuso al artículo, que le pareció “un contraataque am istoso”.
En e se contraataque, P fister intercam bió lo s roles con su vie jo am igo,
p ues condenaba a Freud, el pesim ista inveterado, por su o p tim ism o injus
tificab le. P fister sostu v o que e l con o cim ien to no aseguraba el progreso.
T am poco la cien cia , con fusa y antiséptica, podía tomar e l lugar de la reli
gión , pues no era capaz de inspirar valores m orales ni obras de arte perdu
rables.
La mayor parte d e las reacciones al fo lleto de Freud no fueron tan afa
b les. El rabino reform ista Nathan Krass, d irigiéndose a su congregación
en el T em plo Em anu-E l, d e la Q uinta A venida de N ueva Y ork, asum ió la
actitud condescendiente del experto que pone en su lugar al aficionado: “ En
este país n o s hem os acostum brado a oír a hom bres y m ujeres que hablan
sobre todos lo s tem as poque han h ech o algo notable en algún c am po”. Un
ejem plo era E dison, que “ sabe de electricidad” y por ello encuentra audien
cia para sus “op in io n es sobre te o lo g ía ”. Otro caso era el de alguien que se
había “hecho un nom bre e n la avia ció n ” — desde luego, pensaba en Lind-
berg— , y al que se le pedía que “pronunciara discursos sobre todo lo que
existe bajo el so l” . La idea de Krass só lo necesitaba una pequeña exégesis:
“T odos admiran al Freud psicoanalista, pero no hay razón para que tenga
m os que respetar su te o lo g ía ” . * «
N ingún docum ento perm ite suponer que Freud tuviera noticias de las
críticas de K rass, pero éstas de nin gún m od o fueron las únicas. Hubo q u ie
n es veía n en el análisis freudiano de la religión un síntom a del p ernicioso
relativism o que carcom ía la fibra m oral del m undo m oderno. *32 D e hecho,
un com entarista anónim o, que escrib ió en la publicación conservadora a le
m ana S üddeutsche M on atshefte, m etió en el m ism o saco las op in io n e s de
Freud sobre la religión y lo que, un tanto pintorescam ente, denom inaba el
“pan -coch inism o” en d ém ico de la época. * » C om o era de esperar, E l p o r
venir d e una ilusión proporcionó las m u niciones adecuadas a los antisem i
tas de la academ ia. En 19 2 8 , Cari C hristian Ciernen, un p rofesor de etno-
e d u cación . P eto a co n tin u a ció n , sin ningu na tran sición ni p reparación , c o n clu ía
afirmando que el docente dispu esto a aprender de Freud, "com prenderá, en sín te
s is, la verdad del cristia n ism o ” (pág. 11 4 ). Freud agradeció e l e n v ío con unas
p oc as lín ea s am ables: “M e ha lle g a d o su fo lle to , lo le í c o n pla cer y sa tisfa cc ió n
y c on fío en que cause una fuerte im presión en m uchas personas. S ó lo hay un pun
to que n o comprendo: ¿por qué d ice usted del y A que conduce a la verdad del c ris
tianism o?" (Freud a H ill. 18 de febrero de 1 928. En in g lés , c o n perm iso de S ig
m und Freud C opyright, W iv en h o e.)
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [5 9 9 ]
logia de la Universidad de Bonn, aprovechó la oportunidad de la aparición
del libro para deplorar la tendencia de los p sicoanalistas a descubrir el sexo
en todas partes. “S e podría explicar e sto — pensaba— por el tipo de círcu
los so c ia le s de lo s que principalm ente p ro v ien en sus defensores y, proba
b lem en te, tam bién lo s pacientes que tratan”. Otro distinguido profesor
alem án, Em il A b derhalden, versátil q u ím ic o y b ió lo g o , lam entó el e sp e c
táculo de “un ju d ío ” que sin ninguna autoridad se atrevía a “poner en tela
de ju ic io la fe cristiana”. • » P uesto que ya c o n ocía esas reacciones abusi
vas, Freud las afrontó con desdén. Pero por su parte, él m ism o, c o n v en ci
do m ás que nunca de que sus escritos n o satisfacían sus propias normas de
exig en cia , se entristeció pensando que ya n o era el Freud de una década
antes.
En e s o s d ías pocas co sa s podían procurarle a Freud alguna alegría, y
m en os aun lo s m o tiv o s d e sa tisfa cció n q u e hallaba en sí m ism o. En abril
de 1928 le escrib ió al psico a n a lista h úngaro István H ollós que se resistía
al tratam iento de p sic ó tic o s: “F in alm en te, m e c o n fe sé a m í m ism o q ue no
m e gustan esto s enferm os, porque m e en c o le riz a sentirlos tan lejos de m í
y de todo lo hum ano”. C reía que s e trataba d e una “extraña clase de in tole
rancia” ; resignadam ente, agregó; “C on e l correr del tiem po, he dejado de
considerarm e interesante, lo que seguram ente es incorrecto desde el punto
de v ista analítico”. Pero, co n todo, s e con sid eraba lo bastante interesante
com o para especular acerca de e sa falta d e em patia. ¿Era acaso “la c o n se
cuencia de un cada v e z m ás evidente partidism o en favor de la primacía del
intelecto , de una h ostilidad al ello? ¿O d e qué otra cosa?”
S in duda, lo s tiem pos n o eran p ro p icio s para afirmar la prim acía del
intelecto. El desagradable espectáculo de la dem agogia p olítica y la preca
riedad de la e c o n o m ía m undial destacaban la irracionalidad en ascenso.
Tam b ién en abril d e 1928 Fritz W ittels c o n su ltó a Freud sobre si debía
aceptar o no una inv ita ció n para pronunciar conferencias y enseñar p sic o a
nálisis en los Estados U nid os, y Freud le dijo que fuera. “ U sted co n o ce las
crudas co n d icio n es econ óm icas d e V iena y la im probabilidad de que las
cosa s cam bien pronto”. Parecía sentirse personalm ente responsable de
la tem ible situ ación de los analistas que aguardaban pacientes en la ciudad;
cuanto m enos era la “influencia personal” q u e podía hacer valer en b enefi
cio de sus “jó v e n e s a m ig o s” — le dijo a W ittels— , m ayor era su “a flic
ción ” . * «
Pero resultaba bastante com p ren sible que sus achaques (las dificulta
des a la hora de com er y hablar, el d olor) lo afligieran aun más p en osa
m ente. E so s achaques tenían rep ercu siones tanto e m ocion ales c o m o f ís i
cas. En ju lio de 1928 le c o n fió a E m e st J o n es “un pequeño secreto que
debe seguir siend o secreto”. Estaba p ensand o e n abandonar a Hans Pichler,
el cirujano bucal que tanto había h ech o por él desd e que lo operó por pri
m era v e z en el oto ñ o de 1923. “ E ste ú ltim o año he sufrido m ucho bajo
[6 0 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
los esfu erzos realizados por Pichler para procurarme una prótesis m ejor, y
el resultado ha sid o m uy insatisfactorio. A si que finalm ente he cedido a
presiones provenientes de m uchos lados para que recurra a algún otro”. *»
Pichler m ism o había adm itido que se sentía defraudado, pero su propia
co n cien cia incom odaba a Freud: “ N o ha sido fácil para m í, pues funda
m entalm ente, después de todo, significaba abandonar a un hombre al que
ya le d eb o 4 años d e v id a ”. Pero la situ ación se había vuelto intolera
b le. *61 Las notas d e P ichler sob re el c a so corroboraban la opinión de
Freud. “T o d o m al”, escrib ió e l 16 de abril. “D olor en la parte posterior [de
la boca], donde hay inflam ación, sensibilidad e irritación en la pared farín
gea posterior”. * « U na prótesis nueva no estaba desarrollando bien sus
fun cio n es. “La prótesis [núm ero] 5 n o puede usarse”, anotó Pichler el 24
de abril, "es d em asiad o gruesa y grande”; * « una p rótesis anterior, la
núm ero 4 , agregó e l cirujano el 7 de m ayo, “producía presión” y “ m o le s
taba m u ch o a la len g u a ” . En consecuencia, convencieron a Freud de que
tratara de hallar algún a liv io al “dolor continuo de la prótesis” *6S en Ber
lín, v isita n d o al p rofeso r Schroeder. C o m o p aso prelim inar, Schroeder
en v ió un asistente a V ien a para que le echara un vistazo a la prótesis, y a
fin es de a gosto Freud se dirigió a Berlín para som eterse al tratamiento res
tante. T o d o era sum am ente confidencial. “S e dirá que estoy visitando a
m is h ijos. A s í que: ¡d iscreción!” .
L o s exám en es, tratam ientos y ajustes de B erlín fueron intensam ente
d esagradables, y los sufrim ientos de Freud se añadían a sus sentim ientos
de culpa co n respecto a Pichler, y a sus dudas de que pudieran fabricarle
una p rótesis m ejor. Pero le gustaba Schroeder y confiaba en él; en un
a c c e so de o p tim ism o , le dijo a su herm ano que estaba en las m ejores
m anos. C asi c o m o para demostrar lo b ien que se sentía, analizaba a d os
p acientes cuando su estado se lo perm itía. Para que la vida le resultara más
to lera b le, había lle v a d o c o n s ig o a su hija m enor. “A nna e s e x c ele n te
co m o siem pre — le escrib ió a su herm ano— . S in ella aquí estaría total
m en te p erd id o ” . E lla había a lq u ila d o un b ote y pasaba m uchas horas
rem ando y nadando en e l lado de T eg el, en el agradable distrito noroeste de
la ciudad. • * Su h ijo Ernst, qu e en aquel en ton ces viv ía en Berlín, era un
visitan te frecuente y a sidu o, lo m ism o que vie jo s am igos com o Sándor
F erenczi. En general, esta excursión m édica le d io pie a Freud para sentir
se cautelosam en te anim ado; la nueva prótesis representó una m ejoría nota
b le co n resp ecto a las anteriores, m ucho m ás de lo que se había esperado.
El d isp o sitiv o fabricado para Freud en el otoñ o de 1923, después de su
operación de cáncer, nunca ajustó m uy bien, e incluso cuando no experi
m entaba d olor (lo que n o era frecuen te) se sentía incóm odo. Schroeder
logTó abreviar los m om entos de dolor, y paliar en parte la incom odidad.
Pero el a liv io nunca fue perm anente ni com pleto. “ C on fieso — le escribió
Freud a su “querida Lou” en e l verano de 1931— que mientras tanto he
e xprim entado todo tipo de co sa s desagradables con m i prótesis, lo que,
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 0 1 ]
co m o su e le ocurrir, d ejó en su sp en so m is intereses superiores”. A veces
el trabajo le perm itía olvidar sus a flic c io n e s, pero lo m ás frecuente era que
sus a fliccio n es obstaculizaran su trabajo. Durante su estancia en Berlín,
Lou A ndreas-Salom é fue a visitarlo, y él se d io cuenta (y nunca pudo o lv i
darlo) de que estaba dejando toda la conversación a cargo de su hija Anna.
“La razón — le dijo más tarde a su querida Lou— fue la observación de que
con mi audición dañada y o n o podía captar su v o z baja, y hube de registrar
que tam bién a usted le resultaba p e n o so entender lo que queda de mi
capacidad para hablar. Por m uy d ispu esto que uno esté a resignarse, esto
deprim e y te condena al sile n c io ”. *70 Era un destino cruel para quien había
sid o un conversador consum ado. D esd e m ediados de la década de 1920,
Freud ya n o podía pensar en asistir a lo s co n g resos p sicoanalíticos interna
cionales, que le resultaban estim ulan tes y a los que le co stó m ucho renun
ciar. A lgunas películas de aficion ad o tom adas en 1928 por su analizando
norteam ericano Phillip Lehrman lo muestran delgado, en vejecido, mientras
se pasea co n su hija A nna, jueg a co n su perro, sube a un tren. *7'
A fin es de e se m ism o año, alg o le recordó a Freud, súbitam ente, un
pasado que creía haber dejado atrás m u ch o s años antes: m urió W ilhelm
F liess, y en diciem bre escrib ió la viuda para pedir las cartas de su difunto
esposo. Freud n o pudo com placerla. “M i m em oria m e d ice — le inform ó—
que destruí la mayor parte de nuestra correspondencia en algún m om ento
desp ués de 1 9 0 4 ” . A lgu nas cartas podían haberse salvado y le prom etía
buscarlas. *71 D o s sem anas desp u és, le escrib ió que no encontraba nada;
tam bién había perdido otras cartas, por ejem p lo las de Charcot. Creía pro
bable que hubiera d esu n id o tod o e l lote. Pero por esa vía se v io conducido
a pensar en su propia correspondencia. “ Por cierto, m e gustaría saber que
m is cartas a su e sp o so , mi am ig o ín tim o durante m uchos añ os, han halla
do un d estino que las proteja d e cualquier u tilización futura”. *73 El e p is o
dio, aunque no lo com en tó, debió despertar en él recuerdos m olestos. Con
no m enor incom odidad iban a volver, una v e z más, una década m ás tarde.
En esa épo c a de angustia y con tratiem pos, Freud con tó con una d is
tracción inesperada: su perro Lin Y ug. D urante un par de años, le había
agradado observar al alsaciano de su hija A nna, W olf, que compraron para
que la protegiera durante lo s largos paseo s d e e lla. Paternalm ente, com par
tió el afecto d e Anna por el perro. En abril d e 1927, m ientras Anna estaba
de v acacion es en Italia, él le telegrafió la s novedades dom ésticas, c o n clu
yendo: “A fe c tu o so s salud os de W o lf y la fa m ilia”. * u Pero d espués tuvo
un perro propio, que le regaló D orothy B urlingham , una norteam ericana
afincada en V iena en 1925. M adre de cuatro niños, estaba separada de un
esp o so m anía co -d ep resiv o ; ya en V ie n a in ic ió su an álisis, prim ero co n
T heodor R eik y d esp ués c o n e l propio Freud; tam bién h iz o analizar a sus
h ijos. El tratam iento que recib ieron e s to s últim os la indujo a d edicarse
profesio n a lm en te al aná lisis de lo s n iñ o s. Pronto se co n v ir tió en íntim a
[6 0 2 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
d e lo s Freud, especialm ente cercana a Anna; en las vacaciones italianas de
aquel año d e 1 927, Mrs. Burlingham acom pañó a la hija de Freud. A nna le
aseguró al padre que eslaban disfrutando de "la m ás agradable y pura de las
camaraderías”. *7S Freud, cautivado por D orothy Burlingham , dijo de ella
q ue era “ una mujer norteam ericana m uy sim pática, una virgen desd ich a
da”. *7í N o podía haber ele g id o un m ejor regalo: en junio, Freud inform ó a
E itingon de que tenía “una encantadora perra china, una ch o w , que n os
está procurando m ucho placer”. *” Lin Y ug era un anim alito d o m é stico ,
pero tam bién una responsabilidad: Henrietta Brandes, la dama encargada
d el criadero del que provenía la ch o w , e n v ió a Freud instrucciones detalla
das sobre la manera d e cuidar al anim al. A fin es de junio expresó su placer
al enterarse d e que Freud se había h ech o am igo de su chow . *7* En adelan
te, Freud e stu vo siem pre rodeado d e una multitud de ch ow s, en especial de
Jo-Fi. La p erra « e sentaba quieta al pie del diván durante las se sio n es de
a n á lis is .* 7»
D e m o d o que n o todo era som brío. Freud sig u ió analizando y obser
van d o e l progreso de la g en era ció n jo v e n — por lo m en os de parte de
e lla — co n verdadera satisfacción. Su círculo profesional lle g ó a parecerse
a una fa m ilia m uy unida. En 1 9 2 7 , M arianne R íe , hija de su viejo am igo,
c o le g a y com pañero de taroc O scar R íe, se ca só con el historiador del arte
y m ás tarde psicoanalista E m st Kris; en aquel entonces ella era estudiante
d e m edicina, y se iba abriendo ca m in o en su carrera de analista de niños
por derecho propio. » El m ism o añ o, H ein z Hartm ann, m agn íficam en te
form ado c o m o m édico, psiquiatra y p sic ó lo g o , adem ás de am ante de la
filo s o fía , p u b licó su prim er lib ro. L o s fu n d a m e n to s d e l p sic o a n á lisis, que
preanunciaba las aportaciones teóricas a la psicqlogía del y o que estaba d e s
tinado a realizar m ás tarde. T am b ién A nna, la hija de Freud, seguía c o n so
lidando su reputación entre lo s p sicoanalistas. Su con cepción del desarro
llo del niñ o , que exp u so en 1927 e n su prim er libro, Una in trodu cción a
la té cn ica del an á lisis d e niños, entró en c o lisió n con la de M elanie K lein ,
suscitand o una controversia anim ada, y a v ec es ácida, en los círculos ana
lític o s de V iena y Londres. »* El futuro del p sicoanálisis parecía estar en
buenas m anos.
Pero si b ien Freud observaba el “esplén d id o desarrollo” co m o analista
de su hija A nna co n un placer total, le c o n fesó a Lou A ndreas-Salom é. en
la prim avera d e 1 9 27, que se g u ía p reo cupándose por su vida afectiva.
“ U sted n o creerá lo poco que he aportado al libro de ella, sa lvo en lo que
se refiere a su p olém ica co n M elanie K lein. Aparte de esto , e s una obra
com p letam ente independiente” . Pero “en otros aspectos estoy m enos sa tis
fech o . D ad o que su pobre corazón debe siem pre estar en contacto con algo,
14 Más tarde, su hermana M argarete se casó con el analista Herm ann N un
berg, y am bas fam ilias fundaron d ina stía s de psico a n a lista s.
V éan se las págs. 5 2 1 -5 2 3 .
L a na tu ra leza h u m a n a en acción [6 0 3 ]
se aferra a sus am igas, que se van sucediendo una a otra”. Anna necesitaba
relacion arse con p erson as in telig en tes, y é l se preguntaba si su últim a
am iga íntim a, D orothy B urlm gham , “la m adre de los h ijos an alíticos de
A nn a”, sería m ás acep tab le para ella qu e las otras en su m om ento. Pero
reconocía que su hija se llevaba extraordinariam ente bien con Mrs. Bur-
lingham ; unas va ca cio n es de Pascua de tres sem anas que pasaron juntas en
lo s la g o s italianos le había h ech o m ucho bien. S in em bargo, las dudas
de Freud subsistían. “A nna — escrib ió, tam bién en una carta a su queridí
sim a Lou en diciem bre— es espléndida e intelectualm ente independiente,
pero [no tiene] ninguna vid a se x u a l” . Y preguntaba, haciendo de n u evo
referen cia a aquel a n tiguo punto p rob lem ático: “¿Q ué hará sin su p a
dre?”
A dem ás de su hija, el prosélito m ás n otable que h izo Freud en la déca
da de 1920 fue la princesa M arie Bonaparte, un “diablo de energía”, según
la lla m ó alguna v e z a fectu osam ente. L levaba c o n m od estia su título
heredado: parecía, sin duda, un personaje fantástico hecho realidad. C om o
tataranieta de L ucien, el herm ano de N apoleón, y e sp osa del principe Jorge
— herm ano m enor de C onstan tin o I, rey de lo s h elen os, y prim o cam al de
Christian X , rey de D inam arca— era varias vec es princesa. Aunque e n v i
diablem ente rica e im pecablem ente relacionada, nunca se había contentado
con la tradicional ronda de actividades so cia les vacías que se consideraban
lo adecuado para la realeza en un época dem ocrática. Dotada de una inteli
g e n c ia penetrante, ajena a las in h ib ic io n e s burgu esas, y con o p in ion es
propias, p a só los años de su juventud b uscando satisfacción intelectual,
em ocion al y erótica. N o podía esperarla de su esp oso, que la defraudaba
por igual en la cam a y en la co n v ersación. T am p oco se la procuraron sus
d istinguidos am antes, entre lo s cuales se contaron A ristide Briand (varias
v e c e s primer m inistro francés) y el p sicoanalista R udolph L oew enstein,
un brillante técn ico y teó rico . En 1925, cuando R en é L aforgue le m en cio
nó a Freud por primera v ez a la “princesa [esposa de] Jorge de Grecia” , ella
— según el d iagnóstico de Laforgue— padecía una “m uy pronunciada n eu
rosis o b se siv a ” que n o había dañado su inteligen cia pero s í “perturbado un
tanto el equilibrio general d e su psique” . La princesa quería analizarse con
Freud.
S i a Freud le im p r e sio n a r o n ta n to s títu lo s r im b o m b a n tes, n o lo
dem ostró en absoluto. Le d ijo a Laforgue que estaba dispuesto a analizarla
siem pre y cuando “usted pueda garantizar la seriedad de sus intenciones y
su m érito personal”, y tam bién con la c o n d ición de q ue ella hablara a le
mán o in g lé s, p u esto que él ya no confiab a e n su francés. “ Por lo dem ás
— declaraba el burgués dueño de sí m ism o— esta analizanda debe aceptar
exactam ente las m ism as ob lig a cio n es de todos los dem ás pacientes”. A
continuación tuvieron lugar algunas delicadas n egociacion es diplom áticas:
Laforgue describió a la princesa com o seria, concienzuda, dotada de una
in te lig e n c ia superior; el p r o y e c to era un a n álisis breve de d os m eses.
[6 0 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
M arie Bonaparte quería sesio n es diarias de d os horas. Freud puso repa
ro s, y e n to n ces la princesa se im p a cien tó c o n la intercesión de Laforgue
y le escrib ió directam ente. En ju lio tod o estaba acordado. El 30 de se p
tiem bre de 1925 le h izo saber a Laforgue desde Viena: “ Esta tarde he visto
a Freud”. *■*
El resto, c o m o dicen , e s historia. A fin es d e octubre Freud le hizo a
E itingon un com entario triunfal de su “querida princesa, M arie Bonapar
te", a quien estaba dedicándole dos horas por día; observó que ella era “una
m ujer m uy d estacada, m u ch o m ás que una m ujer c o n rasgos m a scu li
n o s” . *»7 D o s sem anas m ás larde le pudo decir a Laforgue: “ la Princesa
está h acien do un análisis m uy bueno, y creo que está m uy satisfecha con
su estancia”. *u El análisis n o la curó de su frigid ez, pero le proporcionó
un p rop ósito firm e en la vida y la am istad paternal que nunca había ten i
do. D e vuelta en París, trabajó para organizar el m ovim ien to psicoan alíti
c o francés, asistiendo co n dilig en cia a las reuniones y apoyando generosa
m ente la causa co n sus abundantes recursos. Infatigable emborronadora de
d ia r io s, registró d etalla d a m en te lo s c o m en tarios q ue le h izo Freud, y
e m p e z ó a escribir e n sa y o s p sico a n a lítico s. Es p o sib le que lo m ás gratifi
can te fuera el cam bio que se produjo en su relación con Freud: era una
analizanda y p asó a ser una am iga fiab le y benefactora generosa. C on toda
con fia n za , le entregó a Freud su s cuadernos de notas infantiles, sus “b e l i -
s e s” , e scrito s en tres idiom as entre lo s sie te y lo s n u eve años; *•» m antuvo
correspondencia con él; lo v is itó con la m ayor frecuencia posible; financió
la V erlag, la editorial psicoanalítica, que siempre oscilaba al borde de la ban
carrota; le proporcionó al m aestro antigüedades se lec ta s, y le d ed icó un
am or só lo superado en su experiencia por la d e v o ció n de su hija Anna.
Sus títu los eran parte de su encanto, sin duda, pero el afecto de Freud tenía
otras fuentes. En una palabra, para Freud ella lo tenía todo.
A s í c o m o la princesa confiab a en é l, él se confiaba a la princesa. En
la primavera d e 1928, después d e que ella le dijera que estaba trabajando
sobre el problem a del in consciente y el tiem po, Freud le rev eló un extraño
su eñ o repetitivo que — según le dijo— hacía años que no lograba c o m
prender. Estaba de pie a las puertas de una cervecería, sostenidas de algún
m odo por estatuas, pero n o podía entrar y tenía que volverse. Freud le dijo
a la princesa que realm ente una v e z había visitado Padua con su herm ano
y n o había p o dido entrar en unas grutas que estaban detrás de portales muy
p arecid o s. A ñ o s m ás tarde, cuando v o lv ió a Padua, r e co n o c ió el lugar
c o m o e l que aparecía en su su eñ o, y en esa oportunidad logró ver las gru
tas. A hora, agregó, cada v e z que n o podía descifrar un enigm a volvía a
tener e s e su eño. S in duda, el tiem po y el esp a cio eran m isterios que Freud
lam entaba n o haber sabido resolver hasta entonces. •*> Pero siem pre pen
saba que todavía podría hacerlo.
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 0 5 ]
, L a c iv il iz a c ió n : l a c o n d ic io n h u m a n a
“ Papá e stá e sc r ib ie n d o sob re a lg o ”, le r e v e ló Arma
Freud a Lou A n dreas-S alom é a principios de ju lio de
19 2 9 . M ás tarde, ese. m ism o m e s, Freud lo co n fir
m ó desd e e l lugar de d escanso veraniego de Berchtesga-
den. “ H oy escrib í la últim a frase, que com pleta e l tra
b a jo h a sta d o n d e m e e s p o s ib le h a c e r lo aq u í, sin
biblioteca. Trata sobre la cultura, el sen tim ien to de culpa, la felicid ad y
otras g lo rifica cion es sim ila r e s”. A cababa d e terminar E l m a le sta r en la
cultura. O b ervó que aún su bsistía en él una e sp e c ie de tensión qu e lo lle
vaba a trabajar. “¿Q ué v o y a hacer? — preguntó retóricam ente— . N o se
puede fumar todo el día y jugar a las cartas; ya no tengo resistencia para
cam inar, y la m ayor parte d e lo que se puede leer ya no m e interesa. E scri
bo, y co n e llo paso e l tiem p o agradablem ente” . *n
T al vez era una diversión agradable, pero E l m a le sta r en la cultura le
parecía a Freud n o m e n o s v e r g o n z o s o qu e segú n había pensad o en su
m om en to el libro anterior, E l p o r v e n ir d e una ilusión: “ Mientras trabajaba
descubrí de n u ev o las verdades m ás triviales” . * 9J El p equeño libro, le c o n
f e s ó a E rnest J ones p o c o d esp u é s d e su p u b lic a c ió n , c o n sistía en “ un
cim ien to fundam entalm ente d iletan te” sobre el que “se levanta una in v esti
gación analítica finam ente afilada”. Por cierto, un conocedor de sus escr i
tos c o m o era Jones, “no p u ede haber pasado por alto la naturaleza p ecu
liar” de su últim a p ro d u c c ió n . *»4 En aquel m o m e n to Freud n o pod ía
im aginar que en realidad e s e e n sa y o iba a ser uno de sus escritos m ás
influ yentes.
L o m ism o q u e E l p o r v e n ir d e u na ilu sió n , e l n u ev o libro tam b ién
c o n c lu y e c o n una nota d e esperanza in segu ra, aunque en este ca so aun
m ás atenuada. E l m a le s ta r en la c u ltu ra e s e l lib r o m ás so m b r ío de
Freud, y tam bién en a lg u n o s a sp e c to s e l m ás inseguro. R epetidam ente
se detu v o para lam entarse d e qu e sentía m ás que nunca que estaba d icié n -
d ole a la g en te lo que ya sabía, desp erdicia n do su s m ateriales de escritura
y even tu a lm en te e l tie m p o y la tinta d el im presor. * « D esd e lu e g o , n in
guna de las ideas p r in cip a les de E l m a le s ta r en e l cu ltu ra era nueva;
Freud las había esb o z a d o en la década d e 1 890 en cartas a F lie ss, en u n
cián d o la s brevem ente una d écad a d esp u és en su artículo «La m oral sexual
“cultu ral” y e l n e r v io sism o m oderno»; tam bién las había reiterado en su
m ás reciente E l p o r v e n ir d e una ilu sió n . P ero nunca e l a n á lisis fu e tan
in ten so , nunca había ex tra íd o tan im p la ca b lem en te las con se cu en cia s de
su pen sa m ien to . En un p r in c ip io q u iso titular e l e n sa y o de otra m anera.
«M i trabajo podría tal v e z lla m a rse, si e s que n e ce sita un títu lo, “ La
infelicid a d en la cultura” ( “D a s U nglück in d e r K u ltu r" )» , le e sc r ib ió a
E itin gon en ju lio d e 19 2 9 . A ñ a d ió qu e n o estaba elaborando el texto co n
[6 0 6 ] R evisiones: 1915-1939
inspirada facilidad. * » F in alm en te se d e c id ió por U nbehagen (d esconten
to, in co m o d id a d , m a lesta r), en lugar de U n g lü ck . Pero, ya en u n ciara
directam ente su idea en e l títu lo, o la suavizara ligeram ente co n un cir
cu nloqu io, Freud abordaba el tem a de la d esdicha humana con una ser ie
dad im placable. C om o si hubiera e sta d o aguardando esa señal, el m undo
p ro p o rcio n ó una e sp ecta cu la r c o n fir m a ció n acerca de lo horrible q u e
podía lle g a a ser la in felicid a d de lo s hom bres. M ás o m enos una sem ana
a m es de que Freud enviara e l m anuscrito de E l m a lesta r en la cu ltu ra al
im presor, e l 2 9 de octu bre — e l “M artes N e g ro ”— la bolsa de N u e v a
York c a y ó en picada ; las rep ercu siones de e se acontecim iento se e x te n
dieron rápidam ente a tod o e l m undo. H abía em p ezad o lo q ue la gen te
pronto iba a llam ar “la Gran D ep r e sió n ” .
C om o pa ra a c en tu a r la continuidad entre e l psicoanálisis freudiano
d e la cultura y su anterior p sico a n á lisis de la religión, E l m a le sta r en la
cultura se abre con una m editación sobre las creencias religiosas. Freud
o b servó que este punto de partida se lo había sugerido el n ovelista francés
R om ain R olland, P rem io N o b el de literatura y pacifista m ilitante. Freud y
R olland habían m antenido una correspondencia cordial, mutuamente adm i
rativa, desde 1923, y cuando, cuatro años más tarde, apareció E l p o r v e n ir
de una ilusión, Freud le en v ió un ejem plar. En su respuesta, e l francés
m anifestaba coincidir en general con la evaluación freudiana de la religión,
pero se preguntaba si Freud había realm ente descubierto la verdadera fuente
del sentim iento r e lig io so , que R ollan d caracterizó com o profundo, persis
tente y peculiar. Otros le habían confirm ado su e xisten cia, y él suponía
que m illon es de personas debían conocerlo. Era una sensación de “eterni
dad”, de algo ilim itad o, “ o c e á n ic o ” , por así decirlo. A unque puram ente
subjetivo y de ningún m odo una garantía de la inm ortalidad personal, ésa
d ebía ser “la fuente de la energía relig io sa” que las iglesias captaban y
canalizaban. * » Freud, qu e no d etectaba e s e sentim iento en s í m ism o ,
sig u ió su procedim iento acostum brado: lo analizó. Consideraba m uy pro
b able que fuera una sup ervivencia de un m uy antiguo sentim iento del yo
originado en una ép oca en la que el niño todavía no se ha separado p sico
ló gicam en te de la m adre. Su valor c o m o explicación de la religión le pare
cía a Freud más que dudoso.
T odo esto parece una recapitulación ociosa de El p o rv e n ir d e una ilu
sió n . Pero Freud pronto p one de m an ifiesto su pertinencia para el p sic o a
n á lisis de la cultura. L os seres h um a n o s, so stu v o , som os desd ich ad os:
nuestros cuerpos enferm an y en v ejecen, la naturaleza externa n os am enaza
co n la destrucción, nuestras relaciones c o n los dem ás son fuente de a flic
ción. Pero hacem os cuanto p odem os para salvam os de la infelicidad. Bajo
el im perio del principio de placer, b uscam os “diversiones fuertes, que n os
perm iten burlam os de nuestra desventura; satisfacciones sustitutivas, que
la reducen; sustancias in toxicantes, que nos hacen insensibles a ella ” . *9Í
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 0 7 ]
La relig ió n e s só lo uno m ás de e so s recursos p aliativos, n o m ás efic a z
— en m u ch o s se n tid o s, lo e s m en o s— q u e lo s otros. *
A g u d a m en te, Freud s e ñ a ló qu e e l m ás e fic a z de e sto s recu rsos (o
mejor, el m en o s infru ctu oso) es el trabajo, en especial la actividad p rofe
sional ü brem ente eleg id a . “N inguna otra técn ica para el control de la vida
adapta al ind ividu o a la realidad co n tanta firm eza”. A la postre, “ lo ata
con seguridad a un fragm ento de realidad, a la com unidad hum ana”. C om o
adicto al trabajo, Freud hablaba con algún co n o cim ien to de causa. Pero,
lam entablem ente — observ ó , v o lv ie n d o a E l p o rv e n ir d e una ilusión una
v e z m ás— , lo s seres h um an os no valoran e l trabajo c o m o ca m in o h acia la
felicid ad . Por lo general s ó lo trabajan por ob ligación . Y , ya traten de e sc a
par a su su erte m edian te e l trabajo, e l am or, la bebida, la locura, el g o c e
de la b e lleza o lo s c o n s u e lo s de la relig ió n , Finalmente s ó lo co n sigu en fra
casar: “La vid a, tal c o m o n os es im puesta, es dem asiado dura para n o so
tros; nos trae d em a sia d o s d o lo res, d e c e p c io n e s, tareas irresolu b les”. • «
Para que no q u ede duda alguna, reitera claram ente este punto. Es c o m o si
«la intención de que e l hom bre sea “fe liz ” n o estuviera contenida en e l
plan de la “C reación”».
La patética búsqueda humana de la felicid ad, y su fracaso predestinado,
han dado o rig en a un punto de vista sorprendente: el o d io a la civ iliza c ió n .
Si bien é l rechazaba esta “ sorprendente h ostilidad hacia la cultura”, p ensa
ba que podía ex p licarla. T enía una larga historia; e l cristianism o, que atri
buye p o co valor a la v ida terrenal, fue u n o d e sus síntom as m ás im portan
tes. L os v iajeros que entraron en con tacto co n culturas p rim itivas durante
la ép oca de la s exp lo ra cio n es m ezclaron esa hostilidad co n otro elem ento,
al confundir la vida d e e sa s tribus extrañas, aparentem ente incivilizad as,
con m od elos de sim p licid ad y bienestar, co m o una esp ecie de reproche a la
c iv iliz a c ió n occid en ta l. M ás recientem ente, los progresos en las cien cias
sobre la naturaleza y en la tecn o lo g ía produjeron a su v e z otras d ec ep cio
nes. E se no era un punto d e v ista qu e Freud estuviera disp u esto a com par
tir, el reco n o cim iento de q ü e las inven cio n es m odernas no han asegurado
la felicid a d s ó lo p u ed e con du cir a una co n c lu sió n : “ E l p oder sobre la
naturaleza n o e s la ún ica precond ición de la felicid ad hum ana, del m ism o
m odo que n o e s la ú nica m eta de lo s e sfu erzo s culturales”. Pero el p e s i
m ista cultural d a p o ca im portancia a lo s p rogresos c ie n tífico s y tec n o ló g i
cos. La in v en ció n d el ferrocaril, d ice, s ó lo ha servido para qu e nuestros
hijos puedan irse le jo s, y la ú nica utilidad del teléfon o con siste en que n os
permite escuchar sus v o c e s. In clu so desdeña la reducción de la mortalidad
infantil c o m o una b end ición dudosa, que ha inducido a las parejas m oder
nas a practicar la antico n cep ció n , c o n lo cual e l núm ero total de n iñ os
sigu e siend o tan pequ eñ o c o m o hace sig lo s. A dem ás, e sas parejas se han
vu elto n eu ró tica s. S in lugar a dudas, “n o n os sen tim os có m o d o s en la
civ iliza ció n del p resente”. * L0>
Sin em b argo, esta incom odidad no d eb e ocultar e l h ech o de que a lo
[6 0 8 ] R e v is io n e s : 1915-1939
largo d e la historia de la c iv iliza ció n ha c o n sistid o en un am plio esfuerzo
tendente a som eter a las fuerzas d e la naturaleza. Los seres hum anos han
aprendido a usar herram ientas y a utilizar el fu eg o , canalizan las aguas y
cultivan la tierra, han inventado poderosas m áquinas para levantar y trans
portar, corrigen lo s d e fecto s óptico s con lentes, refrescan sus m em orias
co n la escritura, la fo tografía y e l fon ó g rafo. Han encontrado tiem po y
energía para realizar c o sa s ú tiles y esp lén didas, para luchar por e l orden, la
lim p ieza y la belleza, y para cultivar las más elevadas capacidades de la
m ente. Prácticam ente m o n op olizan la o m n ipotencia que alguna v e z atribu
yeron a lo s d io ses. Freud con den sa su argum entación con una metáfora
sorprendente y profunda: el hom bre se ha convertido en “un d ios protéti-
co”. 1**101
Las prótesis no siem pre funcionan, y cuando lo hacen m al pueden ser
desconcertantes. Pero eso s fracasos palidecen ante la infelicidad generada
por las relaciones interpersonales: h o m o h o m in i lu p u s, * ira “el hom bre es
un lo b o para e l hom bre” . En consecu en cia , la hum anidad debe ser d o m e s
ticada por las in stituciones. En este punto Freud enlaza con el feroz pen sa
m iento p o lític o d e T h om as H obbes; casi tres sig lo s antes, H obbes había
sosten id o que, en ausencia de c o a ccio n es irrenunciables, la humanidad se
entregaría sin rem ed io a una guerra c iv il perpetua, con una vida solitaria,
pobre, sórdida, salvaje y corta. La hum anidad se ha v isto obligada a m an
tener relacion es hum anas civ iliza d a s só lo m ediante un contrato social que
otorga al Estado e l m o n o p o lio de la coerción. El Freud de E l m a le sta r en
la cultura se inserta en esa tradición hobbesiana: e l p aso trascendental
hacia la cultura se d io cuando la com unidad tom ó e l poder, cuando los
individuos renunciaron a em plear la v io len cia por d e cisión propia. Freud
ob servó en alguna o ca sió n que e l hom bre que por primera v ez , en lugar de
una lanza, le arrojó a su e n em ig o un adjetivo, fue el verdadero fundador de
la civ iliz a c ió n . Pero si b ien e se paso era indispensable, tam bién estab leció
el m arco para lo s d escon ten tos de lo s que no se salva ninguna sociedad:
supone la m ás drástica interferencia en lo s d eseos apasionados del iq^ivi-
duo, la so fo c a c ió n — y represión— de n ecesidades instintivas que continú
an em p onzoñ and o e l inco n sciente y provocan una expresión brutal.
L a p a r t ic u l a r apo r ta c ió n freudiana a la teorización p olítica reside
en esta v isió n d e las p asio n es reprim idas por la cultura. Esta perspectiva
presta a E l m a lesta r en la cultura toda su fuerza y originalidad: es una teo
ría psicoanalítica de la política enunciada de m odo breve. Freud no era un
16 Freud no h izo m ás que acentuar la m ordacidad de esta m etáfora c o n su
com entario acerca de que e l hom bre “e s m a g n ífico cuando dispon e d e todos su s
órgan os a u xiliar es, pero é sto s no crecen en é l, y en o c a sio n e s to da v ía le p r o v o
can m uchos trastorn os’’. (D a s U nbehagen in d e r Kultur, G W X IV , 4 5 1 / C i v il iz a -
tio n a n d I ts D isc o n te n ts, SE, X X I, 9 2 ).
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 0 9 ]
teórico de la política, c o m o tam poco era arqueólogo ni historiador de la
religión , Era un p sicoan alista que aplicaba los recursos de su pensam iento
a las diversas m anifestacion es de la naturaleza humana. Los m ás grandes
teó ric o s p o lític o s , e m p eza n d o por P latón y A r istó te le s, habían h ech o
exactam ente eso. Pero Freud anclaba su an álisis de la vid a so cia l y p o líti
ca en una teoría de la naturaleza humana que en gran m edida era suya pro
pia.
M irando hacia atrás, m an ifestó que un análisis de e ste tipo había sido
su m eta durante décadas. “ Y a en e l año 1912, en el punto álgid o de m i tra
bajo p sic o a n a lític o — o b serv ó en un com entario autobiográfico hacia e l
final de su v id a — , in tenté, e n T ó te m y ta b ú , explotar las teorías analíticas
recién adquiridas para investigar los o rígen es de la r eligión y la m oral”.
C o n E l p o r v e n ir d e una ilu sió n y E l m a lesta r en la cultura había seguido
por ese cam ino. “R e c o n o c í cada v e z más claram ente que los h echos de la
historia hum ana, las interaccion es entre la naturaleza hum ana, el desarro
llo cultural y las c o n clu sio n es extraídas a partir de las exp eriencias prim i
tivas (c o m o representante de lo s c u a les la religión lucha por la preem inen
cia ) n o son m ás que e l r eflejo de lo s c o n flic to s dinám icos entre el yo, e l
ello y el sup eryó, que el p sic o a n á lisis estudia en el individuo (lo s m ism os
a c on tecim ien to s rep etid os en un e sc en a rio m ás a m p lio)” . * 104 N o podía
haber enunciado co n m ás fuerza la unidad esen cial de su pensam iento. Y
pu esto que E l m a le s ta r en la c u ltu ra form a parte de una doctrina m ás
am plia, só lo desarrollará tod a su in flu en cia si se ob serva considerando
co m o trasfondo el e stilo p sico a n a lítico de la enseñanza freudiana. El en sa
y o esb o za el estatus del hom bre freudiano en la cultura (e n cualquier cultu
ra). Es el hom bre acosado por su s necesid a d es incon scien tes, con su in cu
rable am bivalencia, sus am ores y odio s p rim itivos, apasionados, apenas
controlados por la im p o sic ió n extern a y lo s sentim ientos interiores de c u l
pa. Para Freud, las institu cion es son m uchas cosa s, pero sobre todo diques
contra el asesin a to , la v io la c ió n y e l in cesto .
La teoría freudiana d e la c iv iliz a c ió n , p u es, ve la vida e n sociedad
co m o una transacción im puesta y por lo tanto com o una con d ición ese n
cialm ente irresoluble. Las m ism a s institu cion es que obran para proteger la
supervivencia de la hum anidad tam bién producen su descontento. S abién
dolo, Freud estaba d isp uesto a co n v iv ir co n la im p erfección y con las más
m odestas expectativas de p erfeccion am ien to hum ano. R esulta sig n ifica ti
v o que, después de que concluyera la Primera Guerra Mundial y de que se
hubiera derrumbado e l im perio alem án, él expresara su satisfacción al ver
que la n ueva A lem ania rechazaba el b olch evism o. En lo referente a la
política, era un antiutopista prudente. Pero decir sim plem ente que Freud
fue conservador sig n ifica perder de vista la tensión interior de su pensa
m iento y desatender su radicalism o im p lícito. D e ningún m odo respetaba
la tradición al m odo burkiano; de su pensam iento se sigu e que el tradicio
nalism o tím ido tiene que ser analizado tanto com o el idealism o despiada
[6 1 0 ] R evisiones: 1915-1939
do. Freud podría haber d ich o co n John L ocke que lo v iejo n o por ser v ie jo
e s correcto. L le g ó in clu so a esp ecu lar q ue “una m odificación real de la
relación de lo s hom bres co n la propiedad” podría proporcionar algún a liv io
al d e sc o n te n to m od ern o, c o n m ás p robabilidad q ue la ética o la r e li
g ió n . * 10«
Esto n o quiere decir que el so cia lism o fuera m ás atractivo para Freud.
H em os señalado m ás d e una v e z que se consideraba un crítico social radi
ca l só lo en e l d om in io de la sexualidad. Pero invadir e se reino blandiendo
m an ifiesto s revolucion arios tenía e l valor de un acto profundam ente sub
versivo: las costum bres s e x u a le s, c o m o id ea les y com o práctica, inciden
en la quintaesencia de la política. Ser un reformador de la sexualidad era
ser un crítico d e la so c ied a d burguesa tal co m o Freud la percibía, pero
tam bién — e in clu so m ás— d e las dictaduras ascéticas que cerraron sus
garras sobre e l m undo durante lo s últim os años de la vida del m aestro. En
realidad, la preocupación de Freud por la libido aportó inesperados d ivid en
d o s a su teoría so cia l. L os sín tom as g raves y am pliam ente difundidos d e
in felicid ad sexual que habían im pulsado a Freud, el m édico, a estudiar las
n eurosis, tam bién le fueron ú tiles cuando se absorbió en e l estudio de la
religión y la civiliza ció n : recordem os que para é l la cultura era e se n c ia l
m ente el reflejo a gran escala d e lo s c o n flictos d inám icos que habitan en e l
in d iv id u o . Por lo tan to, le resultaba fá c il d escrib ir la c o n d ic ió n de la
h um anidad c iv iliz a d a : lo s h om bres n o pod ían vivir sin la c iv iliz a c ió n ,
p ero no podían vivir fe liz m e n te en la c iv iliz a ció n . Están constituidos de
tal manera que nunca p ueden alcanzar la serenidad, una paz permanente
entre las p a sio n es o presivas y las co a c c io n e s culturales. Era e so lo que
Freud quería decir cuando afirm ó que la felicidad no está en el plan de la
creación. En el m ejor d e lo s c a so s, lo s seres hum anos sen sib les pueden
acordar una tregua entre el d e s e o y el control.
E ste d ilem a penetra e n todas las d im en sion es de la vida c iv iliza d a ,
in clu so , y quizá esp ecia lm en te, en la del amor. Freud planteó el tem a de
m o d o dramático: A nanké, la necesidad, no es la única progenitora de la
civ iliz a c ió n ; E ros, e l am or, e s el otro. El am or — la fuerza erótica in stin
tiva que im pulsa a lo s seres hum anos a buscar objetos sexu ales fuera de sí
m ism o s o que, en su form a m ás desinteresada, alim enta la am istad— fa v o
rece la constitución de agrupaciones fundam entales de autoridad y afecto
c o m o e s la fa m ilia. P ero e l am or, e se progenitor de la c iv iliz a c ió n , e s
tam bién un enem igo: “En el cu rso del desarrollo, la relación del amor co n
la cultura pierde su carácter in eq uívoco. Por una parte, el amor se resiste a
lo s intereses de la cultura; por otro lad o, la cultura am enaza al amor con
severas restricciones”.* » " El amor e s e x c lu sivista; para las parejas, y las
fa m ilia s cerradas, los d em ás so n otros tantos intrusos que no han sid o
invitados. Las m ujeres, que p rogresivam ente se convierten en guardianes
del amor, so n particularm ente h o stiles a una c iv iliz a ció n que acapara la
a ten ció n de su s hom bres y e l ser v ic io de sus h ijos. La civ iliz a ció n , por su
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [611]
p ane, trata de regular las pasion es eróticas y de d efinir el amor legítim o
estab lecien do tabúes estr ic to s.«
Freud enten día que a lo largo de la historia los hom bres habían tratado
de eludir ese an tagonism o irreparable, en gran m edida negándolo. U n buen
ejem p lo de estas m aniobras es el m andam iento que el cristianism o orgu-
llosa m en te proclam a co m o propio: am a a tu p rójim o c o m o a ti m ism o. A
ju ic io de Freud, esa ex ig e n c ia es tan carente de realism o c o m o inoportuna.
Amar a todo el m undo es no amar m ucho a nadie. A d em ás, por lo general,
nuestro p rójim o no es d ig n o de nuestro amor: “D eb o con fesar hon esta
m ente que tiene m ás derecho a mi hostilidad, y sin duda a m i o d io ”. La
a pelación cristian a al am or u n iversal es tan in sisten te y tan arrolladora
precisam ente porque parece con tanta urgencia necesaria com o defensa con
tra la agresivid ad y la crueldad hum anas. El hom bre n o e s una criatura
gen til, am ante, digna de ser amada, “ sin o que m ás b ien cuenta en su dota
ció n instintiva con una poderosa p orción de in clin acion es agresivas”. **«
N adie que v ea la naturaleza humana en acción — dijo Freud severam ente—
puede negar esta verdad. Y saca a la luz las atrocidades de los hunos, los
m o n g o le s, lo s p ia d o so s cruzados y lo s horrores de la Prim era Guerra
M undial.
La in sistencia de Freud en incluir la agresividad en estas características
esen c ia le s da form a a sus com en tarios críticos sobre el com u n ism o ruso,
sobre el régim en qu e algunos in telectuales delirantes de su ép oca p ersis
tían en llam ar, aun d esp u és de las purgas de Stalin, e l experim ento so v ié
tico. Para Freud, fuera cual fuere su in definido d isgu sto con las relaciones
de propiedad características de la sociedad capitalista, la abolición por parte
de los com unistas de la propiedad privada era con secuencia de una extravia
da idealización de la naturaleza humana. * 1® N o presum e de tener una op i
nión sobre las con secu en cia s del intento so v ié d c o tendente a estab lecer el
com u nism o, pero “ puedo reconocer sus presupuestos p sic o ló g ic o s com o
una ilu sió n in so ste n ib le ” . D esp u és de todo, p u esto q ue la agresión “no
había sid o creada por la propiedad” , tam poco quedaría elim inada por la
abolición de esta últim a. La verdad es que la agresividad con stitu ye la
fuente de un placer al que, c o m o sucede con los otros placeres, los seres
hum anos son extrem adam ente reacios a renunciar d espués de haberlo d is
frutado. “ S in él n o se sienten có m o d o s”. *>» La agresividad sirve com o
com p lem en to del amor: los lazos lib id in ales que ligan a los m iem bros de
un grupo en el a fecto y la co o p eración se ven fortalecid os si el grupo d is
pone de extraños a los que pueda odiar.
A e se o d io con v en ien te, Freud lo denom inaba “el n arcisism o de las
17 Freud esp e cu ló acerca de que tal v ez esa c iv iliz a c ió n intrusa y dom inante
no fuera e l ún ico agente que m utila el amor; qu izá a lgo qu e está en la naturaleza
m ism a d e l amor se x u a l actú e contra su sa tisfa cc ió n c o m p leta . Pero abandonó, sin
desarrollarla, e sa turbadora su g eren cia . (V é a se ib íd ., 4 6 5 /1 0 5 ).
[6 1 2 ] R evisiones: 1915-1939
pequeñas diferencias”. *»» L os hom bres parecen hallar un g o ce esp ecial
— observó Freud— en odiar y perseguir, o por lo m enos en ridiculizar, a
su s v e c in o s m ás inm ediatos: lo s esp a ñ o le s, a los portugueses; los alem a
n es del N orte, a los alem an es del Sur. La m isión e sp e c ia l del pueb lo
jud ío, disperso en todo el m undo — agrega Freud mordazmente— parece
haber sid o la de actuar com o blanco p redilecto de ese narcisism o. La diás-
pora en la que lo s ju d ío s vivieron durante tanto tiem po les daba d erecho a
la gratitud de sus v ecinos; durante sig lo s procuró a los cristianos la opor
tunidad d e desa h o g a r su s fru str a c io n e s. “ L am entablem ente, todas las
matanzas de judíos de la Edad M edia n o bastaron para que esa época fuera
m ás p acífica y segura para sus cam aradas cristianos.” D e todos m odos, un
m étodo eficaz para contener la agresión, aunque es obviam ente im perfecto,
co n siste en concentrarla sobre una víctim a elegida. E so era lo que estaba
su ced ien do en la U nión S ov iética , donde el intento de fundar una nueva
cultura se apoyaba en la p ersecu ción de la burguesía por parte de los b o l
cheviques. “U no se pregunta co n inquietud — com entó Freud secam ente—
qué harán lo s S o v iets cuando hayan exterm inado a sus burgueses.” * llí
E s e a n a l i s i s , a j u ic io de Freud, facilitaría la com prensión de las razo
nes por las que a lo s seres hum anos le s resulta tan d ifícil ser felice s en la
civ iliz a c ió n : ésta im p o n e grandes sa c r ific io s, “no s ó lo a la sexu alid ad ,
sin o tam bién a las in clin a cio n es agresivas de la hum anidad” . A continua
ció n reitera brevem ente la com pleja y tortuosa historia de la teoría p sic o a
n a lític a d e la s p u ls io n e s , y u na v e z m á s rec o n o ce h ab erse d em orado
m ucho tiem po hasta aceptar la ex isten cia independiente de una agresividad
fundam ental. S ó lo allí, c o n la in troducción al tema realizada por Freud,
resulta por co m p leto evid en te la so lid e z c o n que E l m a lesta r en la cu ltu ra
se alienta en el d ualism o instintual y en e l sistem a estructural freudiano
desarrollado unos años antes. Los grandes antagonistas, el amor y e l odio,
luchan por el control de la v id a so cia l d el hom bre, tanto co m o por e l co n
trol de su in con scien te, y lo hacen en gran medida de la m ism a manera,
co n las m ism as lácticas. La agresividad v isib le e s la m anifestación extem a
de la p u lsión de m uerte in v isib le. “ Y creo que ahora el sign ificad o del
desarrollo cultural ya no e s inextricable para nosotros. T ien e que mostrar
nos la batalla entre Eros y la M uerte, entre la p ulsión de vida y la p u lsión
de d estrucción, tal c o m o se produce en la e sp ecie humana. Esta batalla es
el contenid o esen cia l d e la vida co m o tal, y por lo tanto la ev o lu ció n c u l
tural ha de describ irse, en sín tesis, c o m o la lucha de la esp ecie humana.
¡Y e s esta disputa de lo s gigan tes lo que nuestras niñeras están tratando de
apaciguar co n sus arrullos c e le s tia le s ”. El ateo que había en Freud
aprovechaba todas las oportunidades d e expresarse.
Pero la principal preocupación de Freud se refería a los m odos en que
la cultura inhibe la agresión. U na m anera, la m ás notable, con siste en la
in tern alización , en hacer retroceder lo s sen tim ientos agresivos hacia la
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n A C C IO N [6 1 3 ]
m ente, en la que se originan. E ste acto, o serie de actos, e s e l fundam ento
de lo que Freud d en o m inó el K u ltw -Ü b er-Ich , el “superyó cultural” . * 114
A l prin cip io, el n iñ o tem e a la autoridad, y se com porta bien s ó lo en la
m edida en que prevé sanciones punitivas por parte del padre. Pero en cuan
to ha internalizado norm as adultas de conducta, las am enazas extem as se
vu elven innecesarias, pues el superyó del niño se encarga de controlarlo.
La lucha entre el amor y el o d io está en to n ces en los cim ien tos del super
y ó y de la c iv iliz a c ió n m ism a; este desarrollo p sic o ló g ic o del individ u o se
duplica a m enudo en la historia de la sociedad. Culturas enteras pueden
fundarse en la culpa; los antiguos israelitas eleg ía n profetas que los denun
ciaran por su iniquidad, y a partir de su sen sación co lec tiv a de haber co m e
tido transgresiones contra D io s, desarrollaron su severa religión, manda
m ien tos extraordinariam ente estrictos.
T o d o e sio e s m u y paradójico: lo s n iñ os a los que se le s trata con
ind ulgencia a m e n u d o lle g a n a poseer un su p eryó e x ig en te ; se p u eden
experim entar sen tim ientos de culpa tanto por agresiones só lo im aginadas
co m o por ag resio n es realm ente llevadas a cabo. Sean cu ales fueren sus
oríg en es, lo s se n tim ie n to s d e cu lp a, en e sp e cia l lo s in co n scien te s, son
una forma de angustia. L o q u e es m ás, Freud d e fen d ió de nuevo su afirm a
ció n de que toda e x p erien cia p rovien e d el m undo exterior. L a dotación
innata, que in c lu y e la propia herencia filo g en ética , desem peña su papel
durante las tareas que el com plejo de Edipo desarrollara en la constitución
del p o licía interior q u e el ind iv id u o — y , co n é l, su cultura— llevará c o n
sig o en adelante. A s í, al introducir la angustia e n su análisis de La cultura
y del superyó in dividu al, y al dem ostrar por igual la acción de la agresión
y del am or, y al reflexion ar una v e z m ás sobre lo s papeles resp ectivos de
la dotación innata y del am biente en e l d esarrollo m ental, Freud entretejió
en E l m a le sta r en la cultu ra las principales hebras de su sistem a. El libro
es un gran resum en del pen sam iento de toda una vida.
D el m ism o m o d o , las r e flex io n es fin a les de Freud, a la v ez patéticas y
sólidas, recuerdan una antigua lucha interior. L o presentan cediendo a su
len d encia esp ecu la tiv a , y al m ism o tiem p o advirtiendo sus e x c e so s. S eñ a
ló que la idea de un su peryó cultural perm itiría hablar de culturas neuróti
cas y brindar a éstas recom en daciones terapéuticas com o sí se tratara de
pacientes. Pero — prevenía— esta cuestión debe afrontarse con el m ayor
cuidado. La analogía entre el in dividu o y su cultura puede ser im portante y
d ecisiv a , pero e s s ó lo una an alogía. La p u n tualizarían no es ociosa; ayuda
a Freud a definirse c o m o estu d io so , y no c o m o reform ador, de la sociedad
humana. A clara p erfectam ente que é l n o tiene ningún d ese o de aparecer
com o m éd ico de la socied ad, ni de realizar p rescripciones para sus enferm e
dades. Con palabras que han sido m u y citadas, escribió: “M e falta coraje
para erguirm e ante m is sem ejantes c o m o un profeta, y acepto e l reproche
de que n o sé proporcionarles con suelo: pues es co n su elo lo que fundam en
talm ente p iden to d o s, lo s revolu cio n a rio s m ás fren éticos n o m en os que
[6 1 4 ] R ev isio n es: 1 9 15-1939
lo s cre y e n te s p ia d o so s m ás co n fo r m ista s” . F in alm en te, deja abierta la
cu estión decisiva: ¿podrá la civ iliz a c ió n contener las pulsiones hum anas
de agresión y destrucción? D espués de haber aprovechado la oportunidad de
elogiar la tecn o lo g ía m oderna, Freud advierte que sin em bargo ha puesto
en p eligro la supervivencia m ism a de la humanidad. “Los hom bres han
llegad o tan lejo s en el dom in io de las fuerzas naturales que con su ayuda
podría fá cilm en te exterm inarse hasta el ú ltim o individuo. E llo s lo saben;
de e llo proviene gran parte de su actual inquietud, de su in felicidad, de su
angustia” .
A unque pr e t e n d ió s e r , y e s , un análisis de la incom odidad del hom
bre en la cultura m oderna, E l m a le sta r en la cultura reflejaba asim ism o a
la perfección el propio estado de ánim o de Freud. P oco d espués de term i
narlo, v o lv ió a B erlín a realizar otra consulta referente a su p rótesis, y el
corazón de n u ev o le p ro v o có dificultad es. Padecía palp itacion es, que le
preocupaban, si bien o ficia lm en te se consideraban inocuas. En su lacón ico
diario, la K ü rze ste C hro n ik , en noviem b re y diciem bre de 1929, registró
“N euralgia”, “A taque co razón-in testinos” , “D ías de corazón m al”. * “ « A
principios de noviem bre tam bién anotó, ca si de pasada, “T um ultos antise
m itas”, y un os días antes, e l 31 de octubre, con se n c illo realism o y sin
em o c ió n percep tib le, “ Pasado por alto para e l P rem io N o b e l” . S in
em bargo, por triste que fuera para él la vida, por som brío que fuera su
m ensaje en E l m a lesta r en la cu ltu ra, Freud podía reconfortarse con la sor
prendente popularidad d el libro; en el plazo de un año se agotó la primera
ed ición de 12 .0 0 0 ejem plares, excepcionalm ente abundante para una obra
suya. * 118
C om o producto, reactivó inesperadam ente el debate entre los p sicoana
listas acerca del m ás árido de sus tem as intelectuales: la idea freudiana de
una p u lsió n de m uerte. E m e st Jones, a q uien le e n v ió un ejem plar co n
una cordial dedicatoria, y que y a había leíd o el libro en la tra d u c ció n de
Joan R iviere, e lo g ió c o n entu sia sm o las c o n cep cion es de Freud sobre la
civ iliza ció n y la “ teoría d e la culpa” . Tam bién estaba de acuerdo con Freud
en que la h ostilidad es un h ech o central de la vida. “M i única diferencia
co n sus ideas sigu e siend o m i incertidum bre con respecto a la Todestrieb” ;
a Jones le parecía que la pu lsió n de m uerte representaba un salto d esde la
realidad de la agresividad a una generalización sin garantías. Freud
18 La carta de Jones tam bién arroja alguna lu z sobre el o rig en d e l título en
in g lé s , C iv iliz a tto n a n d Its D is c o n te m s ( “ La c iv iliz a ció n y su s d esconten tos"):
«E stam os discu tien d o m ucho el título e n in g lés de “D as U nbehagen" y nos g u sta
ría saber si usted tien e alguna su g er en cia al resp ecto. La antigua palabra in g lesa
“d is-e a se ” sería adm irable, pero por razon es o b v ia s [en e l uso m oderno d ts e a s e
sig n ifica enferm edad] y a no e s p o sib le. H ay una palabra rara en in g lés, “ u n ea se”
[inq uietud , m alesta r). Y o tam b ién he su g erid o “m a la ise ” [m alestar, d e sa z ó n ].
“ D iscon fort” [incom odid ad, m alestar] no parece lo bastante fuerte: “discon tent"
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [615]
respondió m ás co n afirm ación que con argum entos: “Y a no puedo prescin
dir del su p uesto de esta p ulsión ni p sic o ló g ic a n i b io lógicam en te, y pien
so que n o hay que renunciar a la esperanza de que usted llegue a aceptar
la” . * 1J£I C u and o a su turno e l objeto r fu e P fiste r, q ue prefería ver la
«“p u lsió n de m u e r te ” co m o m ero contrapunto de la “fu erza de la v i
da”», * 121 Freud se tom ó e l trabajo de reiterar su argum entación algo más
detalladam ente. A rgü yó que no estaba lim itándose a trasladar a la teoría
psicoanalítica su propia m elan colía privada. S i dudaba de que la hum ani
dad estuviera llam ada a “elevarse a una m ayor perfección ”, si la vida le
p arecía “una lucha continu a entre Eros y la p u lsió n de m uerte”, lucha
cu y o d esenlace v e ía com o im predecible, creía sin em bargo que e llo no se
debía a que estu viera otorgando “ expresión a alguna de m is d isp osicion es
adquiridas o co nstitu cion alm en te tem peram entales”. N o era — sostu vo—
alguien que se torturaba a s í m ism o ni “un resen tid o” (Freud u tilizó la v o z
coloquial austríaca B o sn ic k e l), y le gustaría prever para él y para los otros
cosas buenas, o un porvenir g lo rio so para la hum anidad. “Pero parece que
se trata de otro ca so del c o n flicto entre la ilusión (realización de d eseo s) y
la com prensión” . L o que im porta e s “e sa realidad m isteriosa que, después
de tod o, e x iste fuera de n o so tro s”, y no lo agradable o ventajoso. La “pul
sión de m uerte” — adujo— no era su deseo íntim o; “só lo m e parece un
sup uesto inelud ib le e sta b lecid o sobre bases b io ló g ic a s y p sico ló g ica s” , En
con secu en cia , “m i p e sim ism o m e parece un resultado, y el optim ism o de
m is adversarios, un p resu pu esto”. Podría decir que había celebrado “un
m atrim onio de c o n v e n ie n c ia ” c o n su s tétricas teorías, m ientras que los
otros “v iv ía n con las suyas en un m atrim onio por am or” . N o les deseaba
ningú n mal: “ E sp ero que sea n m ás f e lic e s c o n e l su y o que y o con el
m ío ”.
Sin em bargo, Freud cierra E l m a le sta r en la cultura co n una llam a
vacilante de op tim ism o, aunque su a p o y o a la pu lsión de vida en su duelo
con la muerte tiene m ás el aspecto de un deber que e l de una con vicción .
« Y ahora se podría esperar que la otra d e las dos “potencias ce le stia le s”, el
etem o Eros, realizara un esfu erzo para vencer en la batalla que celebra con
su adversario igu alm en te inm ortal”. E sas fueron las últim as palabras que
escrib ió en E l m a le sta r en la cu ltu ra en el verano de 1929. C uando las
ventas del libro im pusieron una segunda e d ición , que iba a publicarse en
1931, aprovechó la oportunidad para añadir un interrogante de mal agüero.
Todavía m ás apesadum brado por la som bría escen a política y econ óm ica
[descon tento] parece dem asiado c o n sc ien te ” . (Jones a Freud, 1 de enero de 1930,
ejem plar m ecan ogra fia d o , Freud C o lle ctio n , D 2, L C ). La o p c ió n de Freud era
" M an’s D isc o m fo rt in C iv iliz a tio n ” ( “L a in com odidad del hom bre en la c iv iliz a
c ió n ” ), pero e l títu lo d e fin itiv o fu e su g er id o por la traductora, Joan R iv iere.
(V éase la “In trodu cción d e l editor” a C iv iliz a tio n a n d ¡ts D isc o n te n ts, SE XXI,
5 9 - 6 0 ).
[616] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
(e l partido nazi de Hitler acababa de obtener una sorprendente victoria en
las e le c c io n e s para e l R eichstag de septiem bre de 1930, con lo cual pasó
de 12 a 107 diputados), preguntó: “P ero, ¿quién puede prever las perspecti
vas y el desenlace?” Freud no adivinó totalm ente lo que iba a ocurrir,
pero s e hacía p o c a s ilu sio n e s. “ V ie n e n m a lo s tiem p o s — le e sc rib ió a
Arnold Z w e ig a fin es d e e s e arto— ; debería ignorarlo con la apatía de la
v e je z , p ero no pued o evitar lam entarlo por m is siete n ieto s”. *»» S in tie n
d o piedad por su fam ilia y angustia por e l m undo, Freud co n fió al papel
su s ín te sis final.
L O S N O R T E A M E R IC A N O S FEOS
N o todo lo que Freud escrib ió en e so s artos fue m em o
rable. H acia 1930 em prendió una aventura que dio por
resultado una prod ucción desconcertante: un “estu d io
p sic o ló g ic o ” de W oodrow W ilso n , en colaboración con
W illia m B ullitt, un periodista y dip lom ático norteam e
ricano. B ullitt había v isitad o a Freud a m ediados de la
década de 1920, para consultarle sobre lo que él pensaba que era una c o n
ducta autodestructiva, y durante una de sus entrevistas le dijo q ue esta
ba escribiend o un libro acerca del tratado de V ersalles. Proyectaba con c en
trarse en lo s principales participantes, y W oodrow W ilson , desde lu ego,
sería u no d e lo s protagonistas.
O bviam ente, había pronunciado el nombre preciso; cuando m en cion ó
a W ilso n — recordó— “ a Freud le brillaron los ojos y se anim ó m u ch o”.
A sim ism o , B ullitt encon tró a Freud en e l m o m en to oportuno; le p areció
deprim ido y dispuesto a morir, seguro de que su desaparición “careceria.de
im portancia para él o para cu alquier otra persona, porque había escrito
todo lo que quería escribir y su m ente estaba va cía ”. Sin duda, las
co sa s terribles que Freud decía sobre su s obras durante esos artos prestan
una cierta plausib ilidad al recuerdo de B u llitt. Freud siem pre n e ce sitó
p acien tes que lo estim ularan, y en e sa é p oca s ó lo podía atender a unos
p o co s. C uando, durante la Primera Guerra M undial, su práctica se redujo
consid erab lem en te, é l se sin tió d esdich ad o y v a cío, lo m ism o que en e l
recuerdo d e B u llitt. Por sup uesto, W o o d row W ilson no era un paciente
ideal: no se tendía en e l diván. L o que e s m ás, Freud había proclam ado
solem n em en te que el p sicoan álisis, su creación, no debía em plearse com o
arma agresiva. Pero a su avanzada edad, en su enferm izo estado, con e l
ánim o am argado, Freud estaba d ispu esto a hacer una excep ción con W o o
drow W ilson.
Las duras realidades de las n eg ociaciones de V ersalles convirtieron en
L a na tu ra leza hu m a n a en acción [617]
una fu ñ o sa in satisfa cció n las esperanzas lim itadas y efím eras que Freud
había d e p o sita d o p rev ia m en te e n W ilso n . Freud no quería perdonar al
m esía s norteam ericano por e l qu e se sentía traicionado. A fin es del verano
de 1 9 19, cuando E m est Jones v o lv ió a ver a Freud d esp u és de la separa
ció n im puesta por lo s años de guerra, la o p in ión del m aestro sobre W il
son ya se había agriado. Jones le in d icó razonablem ente que ningún in d i
v id u o p o d ía d o m in a r por s í s o l o la s c o m p le ja s fu e r z a s q u e e sta b a n
actuando d esp ués de una guerra tan devastadora, y que W ilson no podía
dictar la paz. “E n ton ces — r e p lic ó Freud— n o tendría que haber h ech o
todas esas prom esas” . * 127 E n 1 9 2 1 , h iz o p ública su irritación, m e n osp re
ciando “lo s C atorce Puntos del presidente norteam ericano” co m o “prom e
sas fantásticas” a las que se había d ado dem asiado crédito. * l2i
Pero aunque Freud hubiera lleg a d o a “detestar” * '» a W ilso n (é l m is
m o u só esta palabra) n o estaba d isp u esto a com prom eter su ideal analítico
de neutralidad ben évola. En d iciem b re de 1921, W illiam Bayard H ale, un
pub licista norteam ericano que había sid o íntim o de W ilso n y su b iógrafo
de cam paña, le e n v ió a Freud su lib ro T h e S to r y o f a S ty le . S e trataba de
una d ise c c ió n m alicio sa y devastadora del carácter de W oodrow W ilson
(resultaba claro que lo s dos hom bres ya n o eran am igos), d isección que
utilizab a c o m o prueba e l e s tilo d e l e x aso ciad o del autor: lo s adjetivos
am ontonados y las in cesan tes preguntas retóricas, todo un arsenal de recur
so s oratorios m u y d iscu tib les. Freud c o n testó que enviaría un com entario
si va lía la pena, pero advirtiendo: “Tal v e z m e contenga la consideración
de que Mr. W ilso n e s una p ersonalidad v iv ien te y n o un producto d e la
fantasía po ética , c o m o lo era la bella G radiva. En m i op in ión — la form u
ló una v e z m ás— e l p sic o a n á lisis nunca d eb e usarse c o m o arma en la
polém ica literaria o p olítica , y e l h e c h o de que tenga co n cien cia de la pro
funda antipatía qu e sien to hacia e l p resid en te co n stitu ye una razón más
para m i reserva” . * 130
Sin duda, Freud o b tuvo un p lacer perverso con T h e S to r y o f a S ty le ,
pero n o p erm itió q ue e l libro corrom piera su s norm as. En un p rincipio,
segú n le inform ó a H ale, había abrigad os prejuicios contra e l e n sa y o por
el hecho de q u e «su editor lo p rom ocionara com o un “estudio psicoan alíti
c o ”» , w lo que sin duda n o era. * i » Pero halló en él “e l verdadero e sp í
ritu del p sico a n á lisis”; consideraba que esa « “G rafología” superior y más
cien tífica » había “ abierto un n u ev o cam p o d e in vestigación analítica”. Tal
v e z e l libro no fuera, seg ú n H ale lo describía, un frío estu d io c ie n tífic o (a
Freud le resultó fácil detectar “una p asión profiinda detrás de su in vestiga
ción ” ), pero d e e s to el autor n o tenía por qué avergonzarse (le aseguró
tranquilizadoram ente a H a le). S in em bargo, Freud no podía superar “ la
objeció n d e que lo q ue usted ha h e c h o tiene algo de v iv ise cc ió n y el p sic o
a n á lisis n o tie n e qu e practicarse so b r e un in d ivid u o [h istó r ico ] v iv o ” .
15 Sob re la p u blicidad d e la qu e se trata, v é a se la pág. 5 0 5 .
[6 1 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
C on fesaba que ya no había en é l sen tim ientos p o sitivos con respecto a
W ilson: “ En la m edida en que un so lo individuo puede ser responsable de
la desdicha de esta parte del m undo, él seguram ente lo e s ”. * 1H Pero aun
así, n o ceder a inclin a cio n es personales era el d estino del p sicoanalista
serio. S im plem ente, no hay que hacer análisis a distancia con una figura
pú b lica v iv a .20* 1»
Pero o ch o años m ás tarde, Freud se em barcó en un exten so ejercicio
de análisis salvaje. B ullitt supo sed ucirlo y apartarlo del cam ino correcto
de la reserva p sico a n a lítica y el resp eto a la com p lejid ad . Encantador,
im p u lsiv o , inquieto, p ertenecien te a la rama principal de una antigua y
opulenta fam ilia de F iladelfia, d ispu esto a esbozar con m em orandos, en un
pla zo breve, estrategias para la paz internacional o la recuperación e c o n ó
m ica, antes de iniciar una carrera en e l servicio exterior se había puesto a
prueba en el period ism o. C o n o cía a todo el mundo; uno de sus a m igos y
m entores era e l coronel Edward M . H ouse, el m ás íntim o consejero de
W oodrow W ilso n hasta que el p residente rom pió bruscam ente con él, en
V ersalles. D esp ués de la guerra, B ullitt había trabajado en el equipo de
W ilso n , tanto durante las n eg o cia cio n es de paz en V ersalles com o en una
m isió n secreta en la R usia revolucionaria realizada para el secretario de
E stado R obert L ansing. Pero, m o le s to por e l hech o de que W ilso n n o
prestara atención a sus recom en dacion es, y aterrado, co m o tantos otros,
por la debacle de V ersalles, había renunciado. Entonces com etió el ú nico
p ecad o mortal de la biblia del diplom ático: h iz o público su d esencanto. En
setiem bre de 1919 atestig u ó ante la C o m isión de R elacion es Exteriores
del Senado que ni siquiera Lansing estaba conform e con el tratado. D e s
pués de esa indiscreción, que instantáneam ente le deparó una notoriedad
internacional, Bullitt escapó a Europa, escribiendo, viajando, frecuentando
a gente importante. En 1 9 30, cuando le propuso a Freud que escribiera
c o n él un estud io p sico a n a lítico d e W ilson, según B ullitt d ijo m ás tarde,
ya eran “ am igos desde hacía algunos añ os” . * 1JJ
Esa intim idad era m ás im aginaria que real. Pero Freud se prestó a un
proyecto clan destin o c o n B ullitt, qu ien a su v ez só lo se co n fió a pocas
personas, entre ellas el coronel H ouse. En una carta a H ou se de ju lio de
1 9 30, se com paró a sí m ism o co n R ay Stannard Baker, un biógrafo de
W ilson: pensaba que Baker, que escribía m ajestuosam ente volu m en tras
vo lu m en , “ tiene los h ech o s, pero es tan p o c o p sicó lo g o y está tan p o co
fam iliarizado con lo s asuntos in ternacionales que no sabe cuáles son los
hechos im portantes, y sus interpretaciones se quedan en puro m elodram a”.
20 En esa carta, Freud c om etió un lapsus notable, del que podría deducirse que
tal ve z estab a d isp u esto a o lv id a r su s propias estip u la cio n es. E scribió que no se
d e b ía realizar e l psico a n á lisis de un su jeto histó r ic o v iv o “ a m en os que se so m e
ta a é l contra su propia voluntad”. D esd e lu eg o , lo que quería decir era "a m enos
qu e se som eta a é l por propia v o lu nta d”.
L a na tu ra leza h u m a n a en acción [6 1 9 ]
Es palpable la en v id ia de la com paración: BulliU estaba fam iliarizado con
los asuntos in tern acion ales, y s e había aso ciad o con un gran p sic ó lo g o .
Proyectaba conversar co n Freud y realizar algunas investigacion es in d is
pensab les. “ M is p lanes se v u e lv e n m ás d e fin id o s”, le escr ib ió a H ouse.
“D esp u és d e visitar a F. y de exam inar lo s papeles del príncipe M ax de
B adén, probablem ente vaya a M oscú ” . Max de Badén, que había sido
can ciller alem án en las postrim erías d e la guerra e iniciado n eg o cia cio n es
de paz co n los aliados, podría tener in form ación instructiva e n sus archi
v o s , y e n M o scú lo a tra ctiv o eran lo s p a p eles de L en in , a lo s c u a les
B ullitt, a quien n o asustaban la s tareas d e realización im probable, esperaba
tener acceso.
El via je de B u llitt a M o scú fu e una aventura q uijotesca; sus c o n su l
tas co n Freud resultaron m u ch o m en o s frustrantes. El co ron el H ouse lo
alentó: “ U sted va a e scrib ir un libro q u e no só lo será un m érito su y o y d e
su s a m ig o s, sin o tam bién b e n e fic io so para e l m undo”. * •» B u llitt c o n te s
tó q ue estaba en v iá n d o le algún m aterial a “ m i am igo de V ien a ” , y garan
tizaba la d iscreción y la sabiduría d e Freud: “Es tan d esapasionado y c ie n
tífic o e n su c o n c ep ció n de toda la v id a hum ana c o m o pueda llegar a serlo
un h om bre”. H o u se le había rogado que abordara e s e tem a tan d elicad o
co n un ton o de m o d e r a c ió n , y B u llitt p r o m e tió h a c erlo . “ L a reserv a ”
— c o in c id ió — era e l ú n ic o e s t ilo a p ro p ia d o para un e s tu d io d e W il
so n . * 138 A principios de septiem bre, Freud estaba en ferm o, pero esperaba
encontrarse pronto “e n form a para trabajar” , *»» y a m ed iad os de m es
Bullitt pudo inform ar que “A fortunadam ente Freud se ha recuperado” de
su d elica d a en ferm ed a d , y por el m o m en to e stá en e x c e le n te form a y
a n sio so para iniciar e l trabajo” . **40 En realidad, hubo otra m olesta d em o
ra: P ichler o p eró a Freud a m ed ia d o s d e octubre, y adem ás e l m aestro
tu v o q ue luchar co n un ataque d e neum onía. C uando B u llitt lo v is itó el
17 d e octubre, segú n e l registro d e la C h ro n ik , él estaba c o n fieb re. •'«>
H asta e l 26 d e octubre B u llitt no p u do en viar una n ota triunfal c o n la
in d ica ció n “ personal” , al co ro n el H ouse: “ M añana F. y y o v am os a traba
jar” . *■«
A fla d ió un c o m en ta rio e n e l q u e h acía a lgu n os cá lcu lo s; se había
marchado rápidam ente a V ien a d esp u és d e leer lo s p ap eles de M ax de
Badén “a causa del e sta d o precario de la salud de F .”. *>« En s ín te s is , a
B u llitt s e le hab ía o c u r r id o q u e tal v e z Freud n o v iv ier a lo bastan te
c o m o para term inar e l p r o y e c to e n e l qu e am bos hom b res se h ab ían
su m erg id o c o n tanta e m o c ió n . P ero tres días m ás tarde, Freud anotó:
“Trabajo c om en zado”. B u llitt se sen tía m uy an im ado, d e m a sia d o an i
m ado. “ El trabajo aquí m archa esp lén d id a m en te”, le e sc rib ió al coron el
H ou se en noviem b re; s i b ien resu lta b a m u ch o m ás e x te n so de lo que
habían esperado, co n fia b a en q u e estaría term inado a m ediados de d ic ie m
bre. *>« Por su parte, Freud in fo rm ó a A rnold Z w e ig , un tanto m ister io
sam ente, d e que aunque é l n o quería publicar nada m ás, “ D e n u e v o esto y
[6 2 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
escrib ien d o una introducción para algo que hace otra persona. N o puedo
decir qué es; es tam bién un an á lisis, pero a pesar de todo sum am ente
con tem p o rá n eo , c a si p o lític o ” . C on e v id en te co n te n ció n , concluía: “ N o
p uede im aginarse lo que e s ”. •>«
La redacción del lib ro fu e lenta; de jo v e n y en sus propias obras,
Freud escribía con m ayor rapidez. Pero B ullitt acum uló un hervidero de
com un icad os. En agosto de 1931 inform ó al coronel H ouse de que “d e s
p ués de tres operaciones”, Freud gozaba de “excelente salud” una vez más,
y que “el primer borrador del libro está casi term inado”. Escribía desde su
c asa en lo s Estados U nidos, pero proyectaba regresar a V iena en n o v iem
bre y establecerse a llí por un tiem po; habría “un m anuscrito term inado en
m ayo", e s decir, en m a y o de 1932. “ Es una tarea inm ensa pero fascinan
te”. * '47 A m ediados de diciem bre de 1931, estaba instalado en Viena, con
su hija en la escu ela .
Pero B u llitt ya n o estaba totalm ente con cen trad o en el libro sobre
W ilson; la atm ósfera de la Gran D epresión le parecía penetrante, o p resi
v a ... y estim ulante. V e ía a A ustria “d eslizarse lentam ente hacia el abism o
del estan cam ien to y e l ham bre”, y qu e a lo s otros p a íses n o les iba m ucho
m ejor, * 148 d e m odo que estaba im pacientándose; la crisis económ ica inter
n acional, que am enazaba co n una catástrofe p olítica general, le fascinaba.
Esa cr isis, parecía estar llam ando a su talento. Pero él y Freud p er sistie
ron, co n tenacidad y discreción . B ullitt estaba leyendo nuevos volúm enes
de la biografía de W ilson escritos por B aker, y los consideraba pobres. El
coron el H ou se segu ía aguijon eánd olo. “¿C óm o les va c o n el libro a usted
y al Prof. Freud?” , le pregun tó a B u llitt e n diciem bre de 1931. “E stoy
a n sio so por v erlo” . *»« F inalm ente, a fin es de abril de 1932, H ouse tuvo
su respuesta. “E l libro está por fin term inado — le escr ib ió Bullitt— , e s
decir, que ya está escrito el últim o cap ítu lo y podría publicarse aunque F.
y y o m uriéram os esta n o ch e”. P ero co n la palabra “term inado” B ullitt no
quería en realidad decir que pudiera publicarse com o estaba. Había que v o l
ver a controlar cada una de las referencias; además el manuscrito tenía que
“ ser expurgado” (era dem asiado largo). Era necesario dejarlo reposar duran
te se is m e se s, y lu eg o realizar una nu eva lectura con el distanciam iento
que el paso del tiem p o hace p o sib le. “ P ero por lo m enos ahora hay un
m anuscrito com pleto y e sto y e m p ezand o a pensar de nuevo en la p o líti
ca”. A fin es d e noviem bre, Freud anunció que estaba esperando a su
“colaborador” , y que confiaba en tener n oticias de é l cuando “el libro de
W ilso n se pueda hacer p ú b lico ”. * i« Estaba com p leto, pero, finalm ente,
T h o m a s W o o d ro w W ilso n n o apareció hasta 1967, e l año de la muerte de
B u llitt.
E l l i b r o , tal c o m o fu e finalm ente publicado, presenta algunos e n ig
m as. N o hay m isterio alguno en la dem ora; B ullitt esperó a que muriera la
v iuda d e W oodrow W ilso n en 1 9 61, y a que su propia cañ era política
L a n a t u r a l e z a h u m a n a en a c c ió n [621]
hubiera con clu id o sin p o sibilidad de contin u id ad .21 T am bién es evidente
que W ilson invitaba al estu d io p sicoan alítico: co m o todos los seres hum a
n o s, era un m o n tó n de c o n tr a d ic c io n e s, pero su s c o n tra d icc io n es eran
extrem as. W ilso n fu e brillante y o b tuso, v oluntarioso y au todestructivo,
em o tiv o y g é lid o , c o m b a tiv o y tím id o , p o lític o astuto en una situ ación y
fanático intransigente en otra. C om o rector de la U niversidad de Princeton
entre 1902 y 1 9 1 0 , introdujo notables reformas en la vid a educacional y
social de la universidad, pero su obstinación acerca de cu estio n e s triviales
y su autoritarismo co n resp ecto a co le g a s y adm inistradores provocaron
que sus v ie jo s a m ig o s se distanciaran de é l, y fin alm en te derrumbaron
lod os sus planes. C o m o gobernador de N ueva Jersey m antuvo bajo control
lo que Freud y B u llitt consideraron una in clinación in con scien te hacia el
martirio; W ilso n , e l hom bre de a lto s prin cip ios, se m ostró un oportunista
adulador, que lo grab a especta cula res triunfos le g isla tiv o s y rom pía sin
con tem p la cio n es c o n lo s p o lític o s que lo habían llevad o al puesto. Pero
com o presidente de lo s E stados U n id os repitió, en un n iv e l superior, el
paiélico esp ectácu lo d e un fracaso m edio intencionado que había frustrado
su carrera en P rinceton. D e sp u é s de haber im pulsado un im presionante
programa de reform as internas, em p ezó a propiciar la derrota y el desastre,
a continuación de la entrada en guerra de su país, en 191 7 , lo cual lo puso
en una n ueva situación . Su conducta durante las tortuosas n e g o ciacion es
de paz fue errática y contraproducente, lo m ism o que su ulterior cam paña
en lo s Estados U n id o s, destinada a “vender” el tratado a un país escép tico
y a un S enad o h o stil. En Europa había hecho c o n c esio n e s que violaban
sus ideales, proclam ados co n fervor y sustentados c o n religiosidad, pero
desp ués, en lo s E stados U n id o s, n e g ó su apoyo a algunas enm iendas p oco
im portantes, que habrían salvado el tratado sin perjudicarlo a él.
La co m bin ación d e rasgos contradictorios propia de W ilso n provenía
de con flicto s in c o n sc ie n te s tan m onum entales que él n o encontraba m ane
ra de apaciguar, n o d igam os ya d e resolver. La fascinación q ue este h o m
bre ejerció sobre Freu d y B u llitt e s perfectam ente co m p ren sib le; había
sob resalid o en la historia contem poránea de dos continentes, y e llo s esta
ban seguros d e que lo había h ech o activando su neurosis e n un escenario
mundial. N o dem ostraban n ingún tipo de falsa m odestia acerca de su co n o
cim iento de W ilso n , y creían poder “ rastrear la senda principal de su d esa
rrollo p síq u ico ” . Pero no pretendían ser om niscientes ni abarcar su perfil
personal total: “N un ca podrem os lograr un análisis co m p leto de su carác
ter. Sobre m uchas partes de su vida no sabem os nada. L os h ech o s que
“El libro al qu e usted se r efiere — le escr ib ió B u llitt a E rnesl Jones en
195 5 — nunca se ha pu b lica d o . P erson alm ente sie n to que n o debería p u blicarse
hasta desp ués de la m uerte de M rs. W . ¡E lla to da v ía vive!*’. (B u llitt a Jo nes, 18
d e jun io de 1955. p a p eles de J o n e s, A rch iv o s de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l
Soc ie ty , Londres).
[6 2 2 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
c o n o c e m o s parecen m e n o s im portantes que los que no c o n o ce m o s” . En
con secu en cia , no consideraban que su libro fuera un psicoanálisis de W il
so n , sin o que lo presentaban, co n m ayor hum ildad, co m o “un estudio p si
c o ló g ic o basado en el m aterial del que ahora se d ispone, y nada m ás” . • “ »
L as críticas que censuran el carácter incom pleto del libro no tienen en
cuenta este h echo. Pero la im putación de antagonism o falsario y p sic o lo -
giza ció n m ecán ica está justificad a. En tod o el texto el tono es d espectivo,
c o m o si las neurosis de W ilso n fueran de algún m odo defectos m orales.
Tam bién de manera perm anente, en el libro se extrae una sola con secuen
c ia d e cada estado em o cio n a l concreto, co m o si los autores nunca hubieran
o íd o hablar de la sobredeterm inación. El célebre mandam iento de A lfred
North W hitehead para lo s c ien tífico s, “busquen la sim plicidad y d escon
fíe n de e lla ” , que podría haber sido e l lem a de Freud, no h alló aplicación
en e ste ca so . T h om as W o o d ro w W ilso n se centra en la ira reprimida de
W ilso n contra su padre, e l reverendo Joseph R uggles W ilson . "La h o stili
dad hacia el padre — establece e l libro co m o regla general— es inevitable
para cualquier chico que afirm e m ín im am ente su m asculinidad". •«« S i
b ien los autores n o n iegan a W ilso n su parte de virilidad, detectan en él (y
prácticam ente lo acusan de e llo ) que rindió culto al padre durante toda su
vida. “Nunca fue m ás allá de esta id en tificación paterna”. * i* Podía ser que
“m uchos ch icos adoren a sus padres, pero — agregan de inm ediato— no
m u c h o s lo h a c e n tan in te n s a y c o m p le ta m e n te c o m o T o m m y W il
s o n ” . * 1» Para decirlo sin circu nloq uios, e l reverendo Joseph R uggles W il
so n era el D io s de W oodrow W ilson. M ediante la identificación con su
padre, W ilson se co n v e n c ió de que su m isión en la vida era divina. “Tenía
que creer que de algún m odo em ergería de la guerra com o Salvador del
M undo”. * 156
Pero esta iden tificación era com pleja. A veces W oodrow W ilson era
D io s Padre; a v e c e s era C risto. C o m o D io s pregonaba la ley; com o Cris
to, esperaba ser m ortalm ente traicionado. W oodrow W ilson tema un her
m ano m enor y sum iso que lo admiraba m ucho pero que, por e l solo hech o
de su llegada al mundo, se había convertido en un com petidor por el amor
de lo s progenitores. En su vida adulta, W ilson reprodujo este drama ínti
m o , buscando siem pre am igos m ás jó v e n e s, a los que les prodigaba afecto
hasta que ello s lo traicionaban. D e m od o que su estuctura m ental era clara
y sim p le. W ilso n era el n iñ o que eternam ente anhelaba am or y tem ía la
traición, que im itaba sus pautas infan tiles en todos los cargos que ocupa
ba, y que sutilm ente (a v e c e s no tan sutilm ente) ansiaba la destrucción.
M ás aun: la ira que nunca pudo expresar contra el padre se v o lv ió contra él
hasta em erger com o una cólera m onum ental. Lo que los observadores a cc i
dentales veían com o la hipocresía d e W ilson en realidad era una desm esu
rada capacidad para el autoengaño; su mojigatería era una reserva inagota
b le d e o d io o c u lto . F in a lm en te, n o fu e m ás que un n iñ o grande. “ S e
amaba y com p adecía a s í m ism o. Adoraba a su padre m uerto que estaba en
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 2 3 ]
el c ie lo . Liberó su o d io que sentía h acia e se m ism o padre sobre m uchos
hom b res”. * 157 Y , m ás o m en o s, e so era todo.
S u b s is t e e l i n t e r r o g a n t e d e por qué Freud se prestó a esta caricatura
de a n álisis aplicado. C uando el libro finalm ente apareció, algunos resefla-
dores sen sib les conjeturaron, sobre b a ses e stilísticas, que la breve intro
ducción firmada por Freud era la línica parte del libro que podía atribuírsele
fia b lem en te. Es co n cisa , in g en io sa e inform ativa, m ientras que el resto del
libro resulta repetitivo, pesado, a m en ud o desp ectivo. E l ideal de la m o d e
ración, que Bullitt ex p u so co m o su y o ante el coronel H ouse, se le quedó
en el cam ino. La y u x ta p o sició n en e l texto de una sum a de oraciones bre
ve s tam poco corresponde al m od o en que Freud trabajaba con las palabras.
A s im ism o , las referen cias co n d e sc e n d ie n tes a W ilso n co m o “T o m m y ”,
reiteradas una y otra v e z , no recuerdan ninguna otra cosa que Freud haya
escrito. El tipo de sarcasm o rudo en el que abunda e l libro no e s d e sc o n o
cid o en la plum a de Freud, pero só lo aparece en su correspondencia m ás
privada. Las ideas de Freud se presentan groseram ente sim plificadas, enun
ciad as con agresividad y em brutecidas hasta tal punto que resultan irreco
no c ib le s. * 156 Pero, segú n B ullitt, fu e verdaderam ente escrito en colabora
ció n : cada uno de los dos autores redactó algunos capítulos y d iscu tió
abiertam ente su trabajo co n el otro, firm ando todos los capítulos, y señ a
lan do en e l m argen lo s ca m b io s introd ucidos e n el origin al. S in duda,
Freud debió de considerarse responsable del m arco intelectual general del
libro. Lo que es m ás, se refirió a B u llitt c o m o “m i paciente (y colabora
dor)”, y reco n o ció que é l había h ech o m ás que lim itarse a asesorar
sobre el texto. En 1934 se le pid ió “un ju icio ponderado sobre la persona
y la e fica cia del p residente W ilso n ”, y Freud le respondió a un correspon
sal norteam ericano que había “e scrito una o p in ión sobre W ilson que n o es
nada favorable”, pero que no se había podido publicar “a causa de c om p li
caciones personales e sp ecia les”. *»«>
A parentem ente, a Freud n o le g u stó el m anuscrito que B ullitt le m o s
tró en Londres cerca d el fin de la vida del m aestro, pero en últim a instan
cia, cansado, v ie jo y preocupado por el futuro del p sicoan álisis, la super
v iv e n c ia d e su s h erm a n a s y e l c á n c e r sie m p r e a m e n a z a n te , d io su
co n sen tim ien to. 11 Es tam b ién probable que B ullitt corrigiera el original
después de la muerte de Freud, introduciendo las expresiones poco felic es
y las aplicaciones m ecánicas de las categorías psicoanalíticas que dieron
lugar a las quejas de lectores y crítico s. Pero Freud com partía con B ullitt
m En este punto esto y de acuerdo co n e l veredicto de Anna Freud: “¿Por qué
m i padre finalm ente c o n sin tió , d e sp u és d e una p rolon gada (y co m p rensible) n eg a
tiva? C reo que fue tras su lleg a d a a L on dres, y en la época en que otras co sa s eran
m u ch o m ás im portantes que e l libro de B u llitt”. (A n na Freud a Schur, 17 de sep
tiem bre de 1966, p a p eles de M ax Schu r, L C ).
[6 2 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
la anim osidad contra W ilson ; c o m o hem o s observado, sentía una fuerte
aversión contra los profetas y fan áticos r elig io so s, y en W ilson v e ía un
melodram ático espécim en de e se c a stig o de la humanidad. W ilson le pare
cía lo que el historiador norteam ericano Richard Hofstadter ha denom inado
con palabras apropiadas “ la crueldad de los puros de corazón”. *»« Peor
aun: el vano intento de W ilso n en lo que se refiere a cam biar el m apa de
Europa de acuerdo con sus exaltados id eales, y a purificar la política euro
pea, dem ostró que su crueldad era pura cháchara: la más aborrecible de las
co m b inaciones. En su introducción, Freud cita una anécdota de W ilson;
co m o p residente ele c to , le dijo a un p o lític o que su victoria había sido
ordenada por D io s. Freud señ aló qu e, en el cam po opuesto, el K aiser tam
bién profesaba ser “un am ado ele g id o de la Providencia”. El sec o com en ta
rio del m aestro fue: "N adie ganó nada co n ello; el respeto por D io s no
aum entó”. * 162
Pero el papel de Freud en la deb acle del W oodrow W ilso n no se lim itó
a volcar em o cio nes recogidas co n irritación. Una de las razones por las que
Freud decidió trabajar co n B ullitt fu e que e l libro podría proporcionarle un
ap oyo vital a la decadente editorial analítica. A fines de la década de 1920
estaba d e n uevo al borde de la bancarrota, co m o m uchas v eces antes. Freud
sentía un profundo apego por la V erlag y repetidamente acudió en su res
cate; h izo generosas aportaciones p ropias, obtuvo oportunas d onaciones de
adm iradores ricos, y entregó para su p u blicación algunos de sus escritos
(el recurso m ás fia b le). En 1926 ayu dó a la V erlag con 2 4 .0 0 0 R eich s-
marks, las cuatro quintas partes d e la sum a que sus co leg a s reunieron para
celebrar su sep tuagésim o cum pleaños. *»« A l año sigu ien te, transfirió a la
editorial una donación d e 5 .0 0 0 dólares que le envió un benefactor anóni
m o n o rteam erican o.23 D esp u és, e n 1 9 2 9 , M arie Bonaparte y otros donan
tes im pidieron una v e z m ás el estallido de una crisis financiera. *>« Freud
decía que la editorial era hija suya, y n o quería sobrevivir a ella. Sabía
que su d estino dependía m ucho de la po lítica alemana; el triunfo de lo que
él llam aba el “H iüerei” sería devastador. *>« Pero, aparte de esto, n ec esita
ba considerable apoyo eco n ó m ico . D e m odo que la posibilidad de c o n se
guir dinero en tusiasm ó seriam ente a Freud co n e l “p royecto W ilso n ” . En
1930 le p areció o b v io que un libro sobre W oodrow W ilson reforzaría su s
tancialm ente las ventas d e la V erlag, tal v e z in clu so la salvaría.
La confianza de Freud en la ayuda de Bullitt resultó tener una buena
23 A l in form ar sobre e sa tran sferencia de fo n d o s, el N e w Y o rk T im e s dijo que
al donante d esc o n o c id o le h ab ía ido b ien c o n e l p sic o a n á lisis — lo m ism o qu e a
su esp o sa y sus dos hijo s— y qu e había afirm ado; “ Freud es sin duda e l hom bre
m ás im portante de nuestra época. Q u ien es ten em os dinero le debem os a la cultura
del m undo que Freud cuente co n todos lo s fo n d o s necesa rio s para continuar co n
sus in vestig a c io n e s c ien tífic a s y pu ed a educar a qu ienes lo seguirán en e l futura”.
( “D a $ 5 0 0 0 para A yudar a Freud / D onan te A nón im o se cura con e l p sico a n á lisis
/ S e A sp ira a S 1 0 0 .0 0 0 ”, N e w Y o rk T im e s, 18 de m ayo de 1 9 2 7 , 2 5 ).
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [625]
base. “ B ullitt — le escrib ió a E itingon a fin es de 1931— está de n u evo
aquí para segu ir trabajando con su an á lisis y c o n W ilson. Por cierto, sigo
confiando en que e se libro, y la traducción de Poe de la P rincesa (la ver
sión alem ana de un tratado sustancial sobre Edgard A lian Poe escrito por
Marie Bonaparte) ayudará a la V erlag a superar el m om ento m ás d ifíc il de
la reh a b ilita c ió n fin a n c ie r a " .24 * 147 F in a lm e n te , a p r in c ip io s d e l año
sig u ien te, pudo ya citar resu lta d o s tan gibles: un a n ticip o de B u llitt de
£ 2 5 0 0 (unos d ie z m il d ólares) a cuenta de los derechos norteam ericanos.
* i« El principal b e n eficio obtenid o por Freud del “proyecto W ilso n ” fue
m ás el anticipo que B ullitt le e n v ió , qu e el ajuste de cuentas con un id e a
lista norteam ericano que le había d ecep cion ado. D espués s ig u ió el sile n
c io , m ientras B u llitt se entregaba a la política de los dem ócratas en los
Estados U n id os, y Freud observaba la aparición de dem agogos m ucho más
cercan os, m u ch o m ás pern iciosos que W ilso n en su peor m om ento.
S in d u d a e l h e c h o d e que W ood row W ilson fuera norteam ericano le
procuró a Freud el inigualable placer de desahogar su anim adversión agre
siva. C on su e x c e ls o desdén por las co sa s d e este m undo, W ilson parecía
sim p lem en te lo o p u e sto al n ortea m erica n o m aterialista g lo sa d o por el
coron el R obert M cC orm ick y S a m G old w in, con su ingenua fe en el poder
del dólar. Es un lugar com ú n d e la doctrina p sicoanalítica que las d ivergen
cia s m ás dram áticas pueden surgir, lo m ism o que las ramas m uy separa
das, de una m ism a raíz. Fuera cual fuere la form a que asum iera el nortea
m ericano, la de santo o la de avaro, Freud estaba d ispuesto a describirlo
co m o el ejem plar m en o s atractivo d e l z o o ló g ic o hum ano.
Freud ya había ex teriorizad o sentim ien tos antinorteam ericanos años
antes de poner pie en lo s Estados U n id os: e n 1902, dando rienda suelta a
un estado de ánim o m ás cín ic o , com paró su V iejo M undo, “gobernado por
la autoridad”, co n e l N u e v o M undo, gobernado “por el dólar”. D e s
pu és, aunque fueron lo s norteam ericanos q uienes le rindieron sus prim eros
24 La Verlag lle g ó a ser una carga co n tin u a para Freud. En e l o toñ o d e 193 1 ,
M artin Freud asu m ió la g e re n c ia d e la em p resa, e h izo todo lo p o s ib le en una
situ ac ión eco n ó m ic a lam en table y en deterioro co n sta n te. Las rep etida s tran sfu
sio n es d e fo nd os aportados por don antes g e n e ro so s c o m o M arie B on aparte no
eran m ás que aliv io s c ircu n sta n cia les. En 1 9 3 2. Freud apeló a otro recurso: e s c r i
b ió una serie de “c o n feren cia s” para que las publicara la Verla g ; aunque en reali
dad nunca fueron pronunciadas e n n in g u n a parte, se presentaron co m o c ontinu a
ción de las con feren cias de in trodu cción e fectiv a m en te dictadas durante la Primera
Guerra M undial. Las N u e va s c o n fere n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p s ic o a n á lis is p o n ía n
al día las antiguas C o n fe re n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p s ic o a n á lisis, resu m ían sus
nu ev o s p en sam ien to s sobre la se x u a lid a d fem en in a , y c o n c lu ía n con u n im portan
te cap ítu lo sob re la W eltansckauung d e l p sic o a n á lisis. En esta ú ltim a “ co n fer en
cia", Freud reiteró, m ás d e c isiv a e in cisiv a m e n te que nu nca, su c o n v ic ció n de que
el p s ico a n á lisis no pu ed e n i n e c esita form ular una c o sm o v isió n propia. S im p le
m en te. e s una parte de la cien cia .
{ 6 2 6] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
honores o fic ia le s, nunca dejó de gustarle el caracterizarlos con adjetivos
o fe n s iv o s . D e sd e lu e g o , tam bién le gustaba recordar el título honorario
que había recib ido en la Clark U n iversity en 1909, y tuvo oportunidades
de recordárselo a lo s europeos, de m od o más bien hiriente. A l principio de
su carrera había incluso considerado la posibilidad de emigrar a los Estados
Unidos. “ H ace ho y 33 años — rem em oró en una carta a Ferenczi del 2 0 de
abril de 1919, p en san do en la prim avera de 1886, año en el que se ca só e
in ic ió su práctica m édica— , c o m o m édico recién licen ciad o afrontaba un
futuro d esc o n o c id o , y re so lv í irm e a A m érica si en los tres m eses para los
que tenía p r o v isio n e s no em p ezaba a irm e b ien ”. Se preguntaba si no
habría sid o m ejor que “el d estino n o m e hubiera sonreído tan am igable
m ente en aquel enton ces” . * 170 Pero esto s relám pagos de n ostalgia por una
p osib le carrera en los Estados U n idos eran excep cion ales; a juzgar por lo
que decía, el país y su s habitantes eran hipócritas, m aleducados, superfi
cia le s, só lo enam orados del dinero y encubiertam ente antisem itas. “
Es sig n ificativ o que el antinorteam ericanism o de Freud em ergiera con
particular virulencia durante las excu rsiones de sus discíp u los a los Esta
d o s U nid os. Cada v e z que Jung y , m ás tarde, Rank o Ferenczi viajaban a
ese país para pronunciar con ferencias o celebrar consultas analíticas, é l lo
veía co m o una in vitación a la d eserción de la C ausa. Era casi com o si
contem plara a lo s Estados U n id os c o m o un rival seductor, rico, tentador,
pod eroso, d e alguna manera prim itiva superior a la Europa de atractivos
m ás austeros. A m érica, le dijo una v ez a A m o ld Z w eig, parodiando cruel
m ente las pretensiones norteam ericanas tan pagadas de s í m ism as, e s un
“anti-Paraíso”. * 171 Esto fue ya hacia el final de su vida; años antes, le
había co n fia d o a Jones: “ S í, A m érica es g igantesca, pero un error g igan
te sc o ”. *m En s ín te sis, tem ía a lo s E stados U n id os c o m o a un país que
inducía a sus seguidores a com eter giga n tescos errores.
E stos sen tim entos recorren toda la correspondencia de Freud, com o un
tem a m onótono y desagradable. T am bién ponen de m an ifiesto algunas e v i
dentes faltas de co h eren cia. C o m o sa b em os, en enero de 190 9 , cuando
n egociab a co n la Clark U n iversity, la m ezquina asignación para gastos de
viaje que le ofrecía Stanley Hall le pareció «dem asiado “am ericana”», es
decir, increíblem ente preocupada por el aspecto ec o n óm ico de las cosas.
En lo que a él concernía, “ A m érica debe aportarme dinero, no costarm e
dinero”. N o le disgustaba reiterar esa fórm ula tosca. “¿Para qué sirven
los n o rteam erican os, si n o traen d in ero?”, le preguntó retóricam ente a
E rnest J ones a fin e s de 1 9 24. “ N o son b u enos para ninguna otra c o
sa” . *n« Este e str ib illo era (c o m o él sabía dem asiad o b ien ) u no de su s
25 En 1932 Freud escrib ió a E itin gon que B rill, al tratar de organizar el p s i
c o a n á lis is e n lo s E stad os U n id o s, “ tien e en contra su y o e l an tisem itism o nortea
m erican o, cada ve z m ás gigantesco'*. (Freud a E itin gon, 2 7 de abril de 1932, con
perm iso de Sigm u nd Freud C opyrights. W iv enh o e).
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 2 7 ]
favoritos. “Siem pre he d ich o — le rep itió a Jones un año m ás tarde, co n
algo de arrogancia— que A m érica no es útil para nada m ás que para pro
porcionar dinero”. • |ts Durante la v isita de Rank a los Estados U nidos en
19 24, Freud d ijo lo m ism o co n e l e s tilo m ás inm oderado; m anifestaba
estar contento al com probar que Rank había “ hallado el único tipo racio
nal de conducta para una estancia entre aq u ellos salvajes; vender la vid a lo
m ás caro p o sib le ”. Y con sideró adecuado añadir: “A m enudo m e ha pareci
do que el a nálisis les ca e a lo s norteam ericanos com o una cam isa blanca a
un cu ervo” . » * » » N o e s en absoluto n ecesario señalar que esta actitud pre
senta el m ism o d e fecto m oral que a Freud le gustaba criticar en los nortea
m ericanos. Pero é l no sen tía ningún rem ordim iento; no estaba m ás que
explotando a lo s explotadores.
Esa apreciación distorsionada de la presunta astucia de los norteam eri
can o s para el control del dinero era só lo una expresión más de la m ism a
postura m ercenaria. “ S i s e m ete e n lío s con A m érica — le advirtió a P fis
ter en 1 9 1 3 — , seguram ente le estafarán. ¡En cuestiones de n eg o c io s nos
lle v a n ven ta ja !”. * ir} A p arentem ente s in tener co n cien cia de que había
echado a perder irrem ediablem ente lo s acuerdos sobre los derechos extran
jero s de sus escritos, h iz o resp onsables a lo s norteam ericanos de la co n fu
sió n resultante. “ L os editores norteam ericanos” — le dijo a un correspon
sal de la m ism a n acion alid ad en 1 922— son “ un tipo p eligroso de seres
h u m a n o s”. *>7* C o n id é n tic o esp íritu c a lif ic ó c o m o “d os tram p osos” a
A lbert B oni y H orace L iveright, cu y a em presa pub licó algunos de sus pri
m eros libros en N u eva Y ork. L o que quería sacarles a aquellos salvajes
con recursos era apoyo e c o n ó m ico . “T oda la popularidad del psicoanálisis
en N orteam érica — se lam entó co n F eren czi en 1922— no le ha procurado
la b en evolen cia de ni siquiera u no d e lo s tío s del dólar”. La escasez de
tales D o lla ro n k el le d ecepcionab a y alim entaba sus prejuicios.
En el tra to c o n s u s analizandos norteamericanos (cuyo número cre
c ió en la década de 1920) Freud se permitía una insensibilidad que le habría
parecido grosera en otros y , de haberla analizado, sintom ática en é l m ism o.
L le g ó a encariñarse co n algunos de lo s m éd icos norteamericanos que iban a
2* Es interesante advertir que Freud co n v irtió e sa s form ulacion es extrem as en
su s exp r esio n es favoritas. A s í, e l 8 d e ju lio de 1 9 2 8 le escr ib ió a W ittels que «e l
norteam ericano y el p sico a n á lisis están a m en ud o tan mal adaptados entre s í que
uno se acuerda de la parábola d e G rabbe, “ c o m o si un cuervo se pusiera una ca m i
sa blanca"». (W itte ls, “ W restlin g w ith th e M an”. 1 7 7 -1 7 8 ). Y la sorprendente
c a lifica c ió n de " sa lv a jes” no era tam p oco una aberración ex ce p c io n a l. El 1 0 de
ju lio de 1935, Freud le escr ib ió a A m o ld Z w e ig , que acababa de contarle triunfal
m en te qu e un clu b d el libro norteam ericano hab ía e leg id o una de su s n ovelas:
“ ¿N o es triste qu e depend am os en lo m aterial de e so s salvajes, qu e no so n p r e ci
sam ente seres hum anos de la m ejor cla se? D esp u és de todo, aquí e sta m o s en la
m ism a situ a c ió n ”. (C on perm iso de S igm u nd Freud C opyrights, W iv en h o e).
[628] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
Berggasse 19 a realizar sus análisis didácticos, tratando c o n una sincera
calid ez a los p ocos que le gustaban. Pero sus veredictos sobre importantes
analistas n o rteam ericanos eran a m en ud o cáu stico s. E sas personas “en
general inferiores” — le c o n fió a E itingon— eran buenas principalm ente
com o sujetos para estudiar “cuestiones de técnica”. *"11 C uando, en 1921,
Pfister inform ó a Freud de que el e c léctico psicoanalista norteam ericano
Sm ith E ly J e llif f e e sta b a en c a m in o h a cia B e r g g a sse 19, añad ió que
“ Y e lliffe” le había im presionado com o “un hombre hábil e inteligente”. * 1K
Freud otorgó a eso s adjetivos valorativos un m atiz desd eñ oso. Una vez,
antes, había calificad o a Jelliffe c o m o “ uno de los peores negociantes am e
ricanos —e n len guaje llano: tram posos— d escubiertos por C o ló n ”;
ante su nueva aparición le respondió a Pfister que a Jelliffe “ se le considera
m uy listo — es decir: ta im a d o — , m u y in telig en te y n o esp e cia lm e n te
decente”. *»« Clarence O bem dorf, un temprano entusiasta y durante m ucho
tiem po figura dom inante entre los p siconalistas am ericanos, era, a ju icio de
Freud, só lo “e l peor” de ello s. “ Parece ser estúpido y arrogante”. En 1921
Freud le c o n fesó a Jones que O bem dorf le desconcertaba: “¿Por qué un
hombre que era considerado tan brillante y admirado se dedica al análisis, si
ni su cabeza ni su corazón tom an parte en ello ? ” * ‘« Se preguntaba por qué
los psiconalistas norteam ericanos, incluso los “m ejores e lem en tos”, p on í
an de m anifiesto tan p oco “espíritu de com unidad”. “Brill — agregó, im pa
ciente con su más activo abogado— se está com portando vergonzosam ente
y hay que abandonarlo”. Esa era una amenaza hiperbólica que nunca
cum plió, y que probablem ente nunca pensó cumplir.
Sin tener en cuenta lo s sentim ientos que estaba hiriendo, les dijo a
sus corresponsales norteam ericanos que sus excentricidades o respuestas
inesperadas al tratam iento an alítico debían ser rasgos n acionales. “Pero
ustedes, los norteam ericanos, son gente peculiar — le com entó a su anali
zando Leonhard Blum gart, después de que Blumgart le confesara que se
había com prom etido precisam ente cuando tendría que haberse separado de
su futura esp o sa durante s e is m e se s— . N inguno de usted es ha hallado
nunca la actitud correcta con respecto a sus m ujeres”. **« Cuando otro
analizando norteam ericano, P hillip Lehrman, le en v ió una reseña crítica de
E l m alestar en la cu ltu ra, Freud acusó recibo con un com entario descortés:
“ D esde luego, es exactam ente tan estúpida e ignorante co m o cabe esperar
de un periodista norteam ericano”. *>*■ U nos pocos m eses m ás tarde, con
igual tosquedad, exteriorizó su satisfacción un tanto sorprendida al saber
que a Lehrman y su fa m ilia les estaba yendo bien. D esp u és de todo, ésa
era una época de depresión en los Estados U nidos, “y, ¿qué es el norteam e
ricano sin prosperidad?” *>*9 C uando estaba de este humor (lo que ocurría a
m enudo) dejaba distraídam ente a un lado su recuerdo de norteamericanos
adm irables c o m o W illiam Jam es y Jam es Jackson Putnam.
Freud se atrevió in clu so a murmurar que esos desventurados norteam e
ricanos ni siquiera podían segu ir sanos cuando se les necesitaba. En 1924,
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 2 9 ]
su in teligen te analizando H orace Frink su frió un ep iso d io p sicó tico . Frink
era para Freud una de las pocas ex ce p c io n es entre lo s yanquis: tenía un
alto concepto de é l y quería que se pusiera a la cabeza de la organización
psicoan alítica en lo s E stados U n id os. Pero el ataque de Frink, q ue determ i
nó su h o sp ita liza ció n , o b viam en te trastornó sus planes. A nte el terrible
estado m ental del p aciente, Freud abordó aquella calam idad personal com o
si fuera un característico d efecto norteam ericano. “M i intento de otorgarles
un je fe en la persona de Frink, que se ha frustrado tan tristem ente, es lo
últim o que haré por e llo s — juró— , aunque viva los c ien años que usted
estipula para la incorporación del y A a la psiquiatría”. *»» Por cierto, esta
despiadada reacción se produjo en sep tiem bre de 1924, m ientras Freud
luchaba con las secuelas de su cáncer. Pero la actitud subyacente era la de
siem pre. ” En 1929, E m est Jones le con su ltó acerca de una propuesta nor
team ericana: editar una co m p ilación de escritos selectos de Freud para el
púb lico de los E stados U nidos. Freud respondió de un m odo característico:
“ En lo general, tod o el asunto, sien do auténticam ente norteam ericano, me
rep ele por com p leto . S e puede estar seguro de que, si esa com p ilación
existiera; ningún norteam ericano recurriría nunca a los originales. Tal vez
no lo hagan de tod os m o d o s, sin o que se inform en en las m ás estúpidas de
las fuentes populares” . •>»»
C om entarios de este tipo no aparecían só lo en su correspondencia pri
vada; Freud no v a c iló en ponerlos en letras de imprenta. En 1930, e scri
biendo unas pocas palabras de introducción para un número especial de la
M e d ic a l R e v ie w o f R e v ie w s , editada por e l analista norteam ericano D orian
Feigen b au m . a dm itió qu e e l presunto p ro greso del p sicoan álisis en los
Estados U nidos só lo le había procurado una satisfacción “em pañada”. El
acuerdo verbal estaba am pliam ente difundido, pero la práctica seria y el
apoyo eco n ó m ic o eran escasos; tanto m é d ic o s co m o publicistas se conten-
z7 Es razonable pensar que la cruel reacción de Freud ante la cla u d ica ció n p sí
qu ica de Frink fue activada en gran parte por sen tim ien to s d e c u lp a no rec o n o c i
d o s, aunque en gran m ed id a c o n sc ie n te s. Para em p ezar, F reud no a dvirtió el
p oten cial p s icó tic o o c u lto en las d ificu lta d es neuró tica s de Frink, y d esp u és se
n e g ó a tomar en serio un e p iso d io p s ic ó tic o anterior. M ás aun: Freud, co n la
m ejor voluntad pero con cierta arrogancia descu id a d a , co m p lic ó la ag ita ción em o
c io n a l de Frink al in tervenir en su v id a privad a. En e l curso d el a n á lisis, Frink
había decid id o div o rcia rse y v o lv e rse a casar c o n una de su s p a cien tes. FTeud
alentó a am bos a llev a r adelan te el plan. Pero cua nd o , en 1 9 2 3 , un m es desp ués
del d ivorcio, la prim era e sp o sa de Frink m urió, la salu d m ental d el norteam erica
no se deterioró gravem en te. Y, un año m ás (arde, tam bién fracasaba su segun do
m atrim onio. N o m ucho antes de su m uerte en 1 9 3 6 . a la edad de cincuenta y tres
años, su hija H elen Kraft le preguntó qué m en sa je ten ía para Freud en e l c a so de
que e lla llegara a c o n o c er lo . “D íle que e s un gran hom bre — respondió Frink— .
aunque haya inven tad o e l p sic o a n á lisis” . (H elen Kraft, citad a en M ichael Specter.
“ Sigm und Freud and a F am ily T o m Asunder: R ev ela tio n s o f an A n a ly sis G one
Awry", W a sh in g to n P o s t. 8 d e n o v iem b re d e 1 9 8 7 , se c . G. 5 ).
[6 3 0 ] R e v is io n e s : 1915-1939
taban c o n eslo g a n s p s ic o a n a lític o s . S e e n o rg u lle cía n de su '‘a m p litu d
m ental ' , que só lo dem ostraba su "falta de ju ic io ” . Freud pensaba que “la
popularidad del nom bre del p sicoan álisis en Norteamérica no sign ifica una
actitud am istosa c o n respecto a la cosa en sí, ni ningún co n o cim ien to de
ella especialm ente am plio o profundo”. Era e so lo que p en sab a... y lo que
decía.
D e m odo que, en parte, la aversión de Freud tenía sus raíces en la
ansiedad que le provocaba la im pulsiva receptividad norteamericana, apa
ren tem ente acom pañada de una m uy perjudicial falta de rigor, un no
m en os dañino m ie d o a la sexu a lid a d y, por supuesto, un igu alitarism o
contraproducente. Ya en 1912 le había dado instrucciones a Ernest Jones
en el sentido de que m antuviera “entusiasm ado” a James Jackson Putnam,
para que “se pueda conservar Am érica del lado de la Libido”. Pensaba
en to n ces — y s ig u ió p en sa n d o — que é sta sería una tarea ingrata, pues
entre lo s p sicoan alistas norteam ericanos e l liderazgo era p o lítico y no se
recom pensaba la e x celen cia . En la década de 1920 denunció con irritación
a lo s analistas d e lo s E stados U n id o s por el m odo en que controlaban su
organización. “L os norteam ericanos — le escrib ió a Sándor Radó— trans
fieren el principio d em ocrático de la p olítica a la ciencia. T od os deben ser
presidentes una v e z , n adie tien e que seguir siéndolo; ninguno d eb e ser
m ejor que lo s otros, y así n in g u n o de ello s aprende ni c o n sigu e nada” .
Cuando, en 1929, un grupo d e p sicoanalistas norteam ericanos — algunos
de e llo s rankianos— q u iso organizar un co n greso y le propuso a Freud que
enviara a su hija, é l se n e g ó c o n su d escortesía habitual. “N o puedo e sp e
rar que el c o n greso — a l q u e le d e se o e l m ayor de lo s é x ito s— pueda
significar m ucho para e l p sico a n á lisis — le dijo a uno de los organizado
res, Frankwood W illiam s— . S u organización sigu e la pauta norteam erica
na de reemplazar la calidad por la cantidad”. Sus ansiedades no carecían
por com pleto de b a se, pero en su im aginación ofuscada adquirían formas
carentes de realism o, casi de pesadilla.
A lgunas de sus quejas eran algo m ás que pura fantasía. Su d ispepsia,
por ejem plo, era bastante real. *»« D espués de volver de la Clark U niver
sity en el otoño de 1 9 09, lam en tó que su salud ya no fuera co m o había
sido, y sabía quién tenía la culpa: “A m érica m e ha costado m ucho”. * 157 A
fin es de ese invierno pasó tres sem anas en Karlsbad siguiendo tratamien
tos destinados a curar “la c o litis qu e contraje en N ueva Y ork”. *n* Cuando
después de la guerra tuvo problem as d e próstata, le escribió a Ferenczi que
en oca sio n es se encontraba en “las situaciones m ás em barazosas com o,
por primera v e z h ace 10 años, en A m érica” • ' » N o inventó e so s m alesta
res, pero d esp lazó la furia que suscitaban en él hacia un único ch ivo ex p ia
torio. Y a llí había fuertes factores que le irritaban profesionalm ente. Las
enérgicas m anifestaciones d el esta b lish m e n t psicoanalítico norteam ericano
contra el análisis le g o no contribuyeron a atemperar la antipatía de Freud;
no hacían más que dem ostrarle que cuando los norteam ericanos no eran
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 3 1 ]
m o jig a to s e in g e n u o s, eran c o d ic io s o s y c o n v e n c io n a le s . A ju ic io de
Freud, in clu so su m anera de hablar los condenaba. “Esta raza — le dijo en
una oportunidad a su m éd ico M ax Schur— está destinada a la extinción.
Ya no pueden abrir la boca para hablar; pronto n o podrán hacerlo para
com er” . *2X
L a c o n c l u s ió n in evitable e s que, al castigar a los norteam ericanos de
m odo g en é r ic o , sin ninguna d iscrim inación, con una im aginativa fe ro c i
dad, Freud n o estab a prestando o íd o s a su experiencia, sino m ás bien v e n
tilando alguna necesid a d interior. In clu so el fie l E m est Jones, com o sab e
m os, tuvo que admitir que el antinorteam ericanism o de Freud en realidad
no tenía nada qu e ver con N orteam érica.« Freud lle g ó a intuir que aquellos
se n tim ie n to s n o eran totalm en te o b je tiv o s; en la década de 1 9 2 0 h iz o
algún esfuerzo efím ero tendente a diagnosticar a los m isteriosos norteam e
ricanos. E xasperado por dos artícu los p sico a n a lític o s de autores de esa
nacionalidad, en 1921 le dijo a E m est Jones: “ Los norteam ericanos son
realm ente dem asiado m a lo s”. Pero, agregó con prudencia, no em itiría “un
ju ic io sobre por qué so n a sí sin poder observarlos con m ás deten im ien to”.
A venturó la idea de que "la com petencia es m ucho más acerba en su caso;
no tener éx ito sig n ific a la m uerte c iv il para todos, y no tienen recursos
privados aparte de su profesión; ningún h o b b y , ni d eporte, am or u otros
intereses propios de personas cultas. Y el éx ito sig n ific a dinero. ¿Puede
un norteam ericano v iv ir op onién d o se a la opinión p ública, co m o nosotros
estam os d isp u esto s a h a cerlo ? ” » * í01 S e diría que los n orteam ericanos
habían un id o lam entablem ente el m a terialism o con el conform ism o. Tres
años m ás tarde, Freud aprovechó la visita de Rank a los Estados U nidos
para form ular su d ia g n ó stico co n un nom bre aplastante: “ En ninguna parte
uno queda tan abrum ado por la insen satez de los h ech os hum anos co m o
allí, donde inclu so la agradable sa tisfacción de las n ecesidades anim ales
naturales ya no s e r eco n o ce c o m o una m eta de la vida. S e trata de un lo co
A dlerei anal”. * 20: Freud no podía hacer nada más escarnecedor que cargar a
los norteam ericanos con e l nom bre de su ex d iscíp u lo m ás detestado. Para
decirlo en térm inos té c n ic o s, en todos y cada uno de los norteam ericanos
v eía v íctim a s de una retentiva sád ico-an al hostil al placer, pero que, al
m ism o tiem po con du cía a la m ás agresiva de las conductas en los n e g o
c io s y la p olítica. Por e llo la ex isten cia norteam ericana estaba marcada por
“la prisa”. T am bién por e llo los norteam ericanos no tenían a su alcan
28 V é a se la pág. 2 4 8 .
í» En El m a le sta r en la cultu ra se abstu v o de e m itir j u ic io s d e fin itiv o s y
m anifestó esiar d isp u esto a “evitar la ten tación de em prender una critica de la c u l
tura n orteam erica n a '’, p u esto que d e sea b a (añad ió in n e ce sa ria m e n te) evitar el
e m p leo de m éto d o s n o rtea m erica n o s. (D a s U nbehagen in d e r K u ltu r, G W XIV ,
4 7 5 / C iv iliz a tio n a n d ¡ ts D isc o n te ru s . SE X X I, 1 1 6 .)
[632j R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
ce ciertos aspectos p o c o prácticos de la vida, com o h o b b ie s in ocentes o
los logros superiores de la cultura.
Freud detectaba en todas partes esas m anifestaciones del carácter norte
americano. Para em pezar, la probidad no era hereditaria. Quería decir exac
tamente eso cuando describió a Edward Bernays, su sobrino norteam erica
no, triunfal fundador de la industria de las relaciones públicas, c o m o “un
m u chacho h o n esto cu a n d o y o lo c o n o c ía . N o sé hasta qué p unto está
americanizado”. *204 L o que e s m ás, en los Estados U nidos et clim a para
los am antes era m ás bien frío. E se e s el sentido esen cial de la observación
que le h izo a B lum gart refiriéndose a que los hom bres norteam ericanos
nunca habían establecid o una actitud correcta con respecto a sus mujeres.
Pero lo peor de todo era que N orteam érica era una esclava del producto
favorito de lo s adultos anales: el dinero. A ju ic io de Freud, los E stados
U nidos eran, en una palabra, “ D olaría”. *M5
N ada de e s t o es o r ig in a l, sa lv o e l v o c a b u la rio p sic o a n a lític o ; la
m ayoría de lo s a d jetivos de Freud ya tenían un sig lo de antigüedad, y
m uchos eran lugares co m u n e s en lo s círcu los que é l fre cu en ta b a .30 En
1927, el psicoanalista francés R ené Laforgue describió a un norteam erica
no al que llam ó “P." con una frase qu e Freud habría considerado afín a su
pensam iento: “C o m o auténtico norteam ericano, P. siem pre p ensó que uno
podía com prarse a lo s analistas”. *wt El m ism o año, Ferenczi, que dejaba
ios Estados U nidos despu és de una prolongada visita, lamentaba que los
neuróticos norteam ericanos, qu e eran dem asiados, necesitaran m ás y m ejo
res tratamientos psico a n a lítico s que lo s qu e estaban consiguiendo. “D e s
pués de m uchos años v u e lv o aquí, y v e o qu e el interés por el p sicoan álisis
es m ucho mayor que en Europa — dijo en unas declaraciones— pero tam
bién advierto que este interés es un tanto superficial y que su lado más
profundo está un poco descuidado”. * a77
D e estas o pin ion es se puede deducir que Freud y sus partidarios repe
tían, a m enudo con las m ism as palabras, lo s pronunciam ientos c o n d e sce n
d ien tes que lo s eu ropeos cu ltiv a d o s habían e stad o form ulando durante
años. Y e so s p ronunciam ientos, a su v e z , eran el e c o en gran m edida de
las opiniones de lo s padres y abu elos, que desde hacía un siglo p royecta
30 El que sig u e es só lo un e je m p lo sorprendente. En 1 9 0 8 , Ernest Jones le
dijo a Freud: «L os n orteam ericanos so n una n a ció n p eculiar co n háb itos propios.
Muestran curiosidad, pero pocas v e ce s un verdadero in terés... S u actitud con res
pecto al progreso e s d e plorab le. Q u ieren tener n o ticia s del “ últim o" m étodo de
tratam iento, con un ojo fijo en e l D ólar T o d o p o d eroso , y s ó lo p ien san e n la
fam a o "K udos”, c om o e llo s la llam an, que aportará. U ltim am ente se han escrito
m uchos artículos e lo g io so s sob re la p sicoterap ia de Freud, pero son absurdam ente
su perficiales, y m e tem o que la condenarán enérgicam ente cuando c o n o zca n su
base sexu al y com prendan lo qu e sig n ific a » . (Jones a Freud, 10 de diciem bre
[1 9 0 8 ], con perm iso de S igm u nd Freud C opyrights, W iv en h o e).
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 3 3 ]
ban sobre lo s norteam ericanos cierto s v ic io s , algunos reales y la m ayoría
inventados. Durante m u ch o tiem po una distracción social m uy difundida
c o n sistió en vituperar la locura de lo s norteam ericanos por la igualdad, su
n o m en o s pronunciada locura por las n ov ed ad es, y su m aterialism o. Y a en
1 8 2 2 Sten d hal lo s h ab ía c a lu m n ia d o e n su in g e n io so e stu d io sob re e l
A m o r co m o la antiim aginación h echa carne. L os consideraba incapaces de
amar: “ En B oston uno pu ede dejar a una jo v en sola c o n un guapo e x u a n -
jero, segu ro de q ue e lla no pensará m ás que en la dote de su futuro e sp o
s o ”. * 2» En su n o v e la L u d e n L eu w en , Stendhal reitera q u e, aunque ju stos
y razonables, “n o piensan en nada m ás que en el dinero y en el m odo de
acum ularlo”. * m U n o s años m ás tarde. Charles D ick en s, de visita en lo s
E stados U nidos, fue tratado c o m o una celebridad y a la v ez fue la víctim a
de editores piratas; su m ordaz caricatura en M a rtin C h u zzle w it con stitu ye
un triunfo de la in dignación sobre la sim patía. Esa n o v ela n os en seña que
lo s n o rteam ericanos predican la libertad pero los aterroriza la o p in ió n
pública, hablan p om p osam en te sobre la igualdad m ientras tienen e scla v o s,
son esn ob s y avaros. La co n versación de la m ayoría de lo s norteam erica
nos “podría resum irse e n una palabra: dólares. T odas sus p reocupaciones,
alegrías, esperanzas, a fe c to s, virtudes y relaciones parecen refundidas en
dólares” . *210 Esa im p u ta ció n , aunque era un c lic h é en la ép oca en que
Freud em p ezó a escribir, con servó su interés para los observadores europ e
o s. En 1904, sir P h ilip B urne-Jones c o n d en só la vieja a cu sación en e l
título de su inform e sobre lo s E stados U nidos: D ólares y dem ocracia. “ ¡Y
co m o hablan de din ero!”, exclam a Bum e-Jones. “ En fragm entos de conver
sació n en las c a lle s, lo s restaurantes y en lo s vagones de ferrocarril” , n o se
o y e m ás que “dólares, dólares, dólares”. *211 Freud tenía una ventaja sobre
Stendhal; por lo m e n o s, c o m o D ick en s y Burne-Jones, había visitad o los
E stad os U n id o s. P ero su o p in ió n sobre lo s norteam ericanos n o estaba
mejor informada.
S ub siste la cu e stió n d e por qué s e tragó co n tan p o co sen tid o crítico
esa e x p lo siv a m ezcla (pero e n aquel en tonces ya rancia) de observación
tendenciosa y redom ada arrogancia cultural. Sucedía que su conform ism o y
su radicalism o actuaban extrañam ente al uníson o para m antener v iv o su
antinorteam ericanism o. C o m o con ven cio n al e im pecable burgués europeo,
pensaba d e lo s norteam ericanos lo m ism o que los otros. C om paradas co n
su aceptación irreflexiva de lo s c lic h é s m ás corrientes, las bases realistas
de su irritación h acia lo s n orteam ericanos (la política m esiánica, la resis
tencia al análisis leg o ; por su pu esto, la com ida am ericana) palidecen en la
in sig n ifica n cia . Pero al m ism o tiem p o, c o m o radical antiburgués por su
ideal de las relacion es se x u a les libres, los norteam ericanos le resultaban e l
m o delo m ism o de la h ip ocresía sexu al. S e diría que Freud, el reformador
sexual, construyó para su u so unos E stados U nidos que representaban en
su forma m ás concentrada las fuerzas de la gazm oñería contra la que se
sentía llam ado a luchar.
[ 634] R e v is io n e s : 1915-1939
N o fu e sin duda casual que sus m ás antiguos com entarios sobre los
norteam ericanos se centraran precisam ente en su incapacidad (a ju icio de
él) para sentir o expresar amor. A lg u n o s m eses antes de su visita a la
Clark U niversity le d ijo a Ferenczi que “ tem ía la m ojigatería del nuevo
c o n tin en te” . *212 Inm ediatam ente despu és de volver de Clark inform ó a
Jung de que lo s norteam ericanos “no tienen tiem po para la lib id o”. No
se cansaba de acusarlos de lo m ism o; deploró “el rigor de la castidad norte
americana”; * 214 habló con so m a de la “gazm oña” *215 y la “virtuosa” *2lí
A m érica. C uando, en 1 9 15, en su fam osa carta a Jam es Jackson Putnam,
c a lific ó las costum bres se x u a le s de la é p o ca com o desp reciab les, puso
én fa sis en que e sa s costum bres tom aban su peor form a en los E stados
U nidos. U n país com o aquel necesariam ente tenía que rechazar las ver
dades incóm od as y anticonven cion ales del p sicoan álisis, o asfixiarlo en su
abrazo. En L a in te rp re ta c ió n de lo s su eñ o s Freud había c on fesad o, con
bastante franqueza, que toda su vida había n ecesitado un e n em igo tanto
com o un am igo. Esa necesidad regresiva suponía cierto grado de sim p lifi
ca ció n e x c e s iv a y pura insensibilidad: el com batiente, com o el niño, d iv i
de de m o d o tajante su m undo en buenos y m alos, para mantener alta su
moral y legitim ar su crueldad. La N orteam érica que construyó Freud es
una gigantesca m anifestación c o lectiv a del e n em igo sin el cual decía que
no podía vivir.
Por desdichadas razones personales, Freud se aferró a esa parodia rígida
y m onocrom ática con una desesperación aun m ayor después de la Primera
Guerra M undial. Le irritaba estar “trabajando para el dólar”. 31 * 21* Esa
dependencia hería su orgullo, pero no encontraba manera de sustraerse a
ella. En la década de 1920, había norteam ericanos que le rogaban que los
analizara, y eran norteam ericanos los que le proporcionaban la m oneda que
él quería y que declaraba despreciar. Los c o n flictos que esa situación le
provocaba n o cedían. In clu so en 1932 le c o n fió a Eitingon: “Mi d escon
fian za co n r esp ecto a N orteam érica e s in su perable”. *J1S En sín te s is , a
m edida que aumentaba su necesidad de norteam ericanos, crecía su anim osi
dad contra ello s. S i el anatom izar norteam ericanos ponía de m anifiesto la
naturaleza hum ana en a cc ió n , de un m od o in co n scien te tam bién estaba
poniendo de m anifiesto la suya propia.
31 A fin es de 1 9 2 0 le escr ib ió a su hija A nna que acababa de rechazar una
in v ita ció n a pasar se is m eses en N ueva Y ork por 1 0 .0 0 0 dólares. Freud estim aba
que la m itad de esa sum a se le iría e n g a sto s. Era cierto que in clu so só lo 5 0 0 0
dólares equivalían a dos m illo n es y m ed io de coranas austríacas, pero, una vez
dedu cidos tos im pu estos y otros dese m b o lso s, pensaba que qu ed ánd ose en su casa
pod ía ganar m ás o m en os lo m ism o . “ En o tro s tiem p o s — o b servó irritado— n in
gún norteam ericano se habría atrevido a hacerm e tal propuesta. Pero ahora c u e n
tan c o n nuestra pobreza — Freud em p leó la palabra hebrea D a lle s— para com prar
n o s a b ajo p r e c io ” . (F reud a A n n a F reud , 6 de d ic ie m b r e d e 1 9 2 0 , Freud
C o lle c tio n , L C ).
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 3 5 ]
T r o f e o s y n e c r o l ó g ic a s
En lo s a ñ o s d ura n te lo s c u a le s Freud trab ajó c o n
B ullitt en e l estu d io sob re W oodrow W ilson , se a ce le
ró e l c ic lo d e reco n o cim ien to p úblico y aflicc io n e s pri
vadas. A fin es de ju lio de 1930 le inform aron de q ue la
ciudad de Francfort le había otorgado su codiciado Pre
m io G o e th e . La c o m u n ic a c ió n estaba c e r e m o n io sa
m ente firm ada por el alcalde. “C on e l m éto d o estricto de las cien cias de la
naturaleza — em p ezaba la nota, m ás bien exagerada, c o m o su ele n serlo
esto s d o cu m en to s— y al m ism o tiem p o interpretando c o n osadía lo s s ím i
les a cu ñad os por lo s creadores literarios, S igm und Freud ha abierto el
a c ceso a las fuerzas im pulsoras del alm a, y a sí h iz o p osib le reconocer la
em ergencia y con stru cción de form as culturales y de curar algunas de sus
d o len cia s. El p sic o a n á lisis — continuaba— n o só lo co n m o v ió y enrique
c ió la c ie n c ia m é d ic a , sin o tam b ién e l m undo m ental del artista y del
sacerdote, del historiador y del educador". En busca del lenguaje adecuado
para el ca so , la nota llam aba la atención sobre las raíces del p sicoan álisis
en el en sa y o de G oethe sobre la N aturaleza, en el m od o “m efisto félico ” de
rasgar todos los v e lo s característico d e Freud, y en su insaciabilidad “fáus-
tica” asociada con su “reverencia ante las fuerzas form ativo-creadoras ador
m ecid a s en lo in c o n sc ie n te ”. C on clu ía co n un au to elo g io sutil: hasta ese
m om ento, a Freud, el “ gran erudito, escritor y luchador” se le había n ega
do “ todo honor extern o”. *2J0 Esto n o era totalm ente exacto; a lo largo de
los años había recibido unas pocas m uestras gratificantes de recon ocim ien
to. Pero, en e se n c ia , la nota estaba en lo cierto: no podía decirse q ue Freud
hubiera sid o precisam ente cubierto de honores. En noviem bre de 1930,
esc r ib ió la c ó n ic a m e n te en su C h ro n ik una v e z m ás: “D e fin itiv a m en te
pasado por alto para el P rem io N obel".
El P rem io G oeth e fu e por lo tanto c o m o un rayo de sol en un c ie lo
nublado y torm entoso. Por un m om ento distrajo la atención d e Freud de
su lucha co n las dificu ltad es personales qu e le debilitaban y e nloquecían, y
de la o bservación de la situación m undial, en rápido deterioro. La recom
pensa en dinero que el prem io estipulaba (1 0 .0 0 0 R eichsm arks, unos 2 .5 0 0
d ólares) representaba un ing reso a d icional q ue tu vo una buena acogida.
Brom eando un p o co acerca del h ech o de que lo hubieran elegid o a él, p en
só que podía tener alg o que ver la circunstancia de que el alcalde fuera
judío, aunque bautizado. **» S in em bargo, le agradaba auténticam ente que
el prem io llevara e l nom bre de su am ado G oethe. *223 E stablecido en 1927,
esa recom p en sa le había sid o otorgada antes a Stefan G eorge, el celebra
do poeta y figura d e cu lto , a A lbert S ch w eitzer, m isionero y biógrafo de
Bach, y a L eo p o ld Z ieg ler, un filó s o fo de la cultura. Freud estaba en bue
na com pañía. R edactó un discurso de aceptación breve y agradecido, y pro
[6 3 6 ] R e v isio n es: 1915-1939
pu so enviar a su hija Anna a Francfort en representación suya. El estaba
dem asiado débil para viajar, le dijo al doctor A lfon s Paquet, secretario de
lo s adm inistradores del fon do del prem io, pero pensaba que su m ensaje
realzaría las cerem onias. “ Mi hija Anna es sin duda más agradable de ver y
escuchar que y o ”. * 27A La situ ación resultó com pensadora en m ás de un
sentido; Freud transm itió a E m est Jones las im presiones de su hija, en
cuanto a que “las cerem onias”, celebradas e l 28 de agosto, día del n aci
m iento de G oethe, “habían sid o m uy d ignas, y que las personas a llí pre
sentes expresaron respeto y sim patía por el análisis". *221
El prem io levantó la m oral de Freud, pero no m ucho ni por m ucho
tiem po. Tem ía que e se honor, bien a cogid o y celebrado, atrajera sobre él
una atención indeseada. “C reo — le escribió a Jones a fin es de agosto—
que este sorprendente episo d io n o tendrá consecu en cias favorables en lo
que concierne a) Prem io N obel o a la actitud general con respecto al p sic o
análisis en A lem an ia. Por el contrario, n o m e sorprendería que la resisten
cia cargue contra m f E s t o continuaba obsesionándole. D os sem anas
más tarde le dijo a Jones que lo s periódicos extranjeros estaban difundien
d o noticias alarm antes sobre su estado de salud, y las atribuía al hecho de
que hubiera recibido el Prem io G oethe: “A s í que se apresuran a terminar
c o n m ig o ”. 32 * “ 7 Pero a despecho de la envidia que pudieran sentir otras
p ersonas, el prem io le perm itió darse un g u sto especial: le en vió 1000
Reichsmarks a Lou Andreas-Salom é (que tenía cerca de setenta años, a menu
do estaba enferm a y n o iba m uy bien de dinero), con una nota destinada a
convencer a su am iga de que aceptara la ayuda: “ D e este m odo m itigo par
te de la in justicia com etid a con la c o n cesió n del prem io”. * “* El hecho de
que todavía fuera capaz de dar hacía que se sintiera más vivo, quizás inclu
so un p o c o m ás jo v e n .
N ecesitaba esa c la se de consu elo. Para Freud había term inado definiti
vam ente el tiem po de lo s v ia jes de descubrim iento a grandes distancias; ya
eran sólo recuerdos aquellas tranquilas vacaciones con su hermano A lexan-
der, con F erenczi, c o n M inna B ernays o co n su hija A nna, que él so lía
tomarse en el m undo clá sic o del M editerráneo. Para no perder el contacto
con su cirujano, Freud estaba elig ien d o lugares de descanso veraniego cer
canos a V iena. U n cigarro era una fiesta, un placer robado y se lecto, digno
de com entario. En la prim avera d e 1930, inform ó a Jones desde Berlín,
donde estaba probándose una n u eva prótesis, de que e l m es anterior se
había sentido tan m al del “corazón , e l estó m a g o y los in testin os” que tuvo
32 Incluso en ju n io d e 1931 le e scrib ió a Jones: “La condu cta d e m is c o n tem
poráneos d esd e e l Prem io G oeth e se ha c onvertido en un reco no cim ien to clara
m ente ca u telo so , só lo para dem ostrar lo po c o que todo esto sig n ifica . Un poco
c om o una p rótesis sop ortable qu e no d eb e ser todo o el principal p ropósito de la
e x isten cia ” . (Freud a Jones, 2 de ju n io de 1 931, dictada a Arma Freud. Freud
C olle ction , D 2, LC ).
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 3 7 ]
que internarse b revem ente en un sanatorio. Lo peor de todo era que había
desarrollado “una intolerancia absoluta hacia los cigarros” . Jones, que
con ocía m uy bien la adicción de Freud, le respondió lam entando el hecho.
Freud contestó a su v e z , esperanzadam ente, unos días m ás tarde: “Precisa
m ente ayer probé, tím id a m en te, e l prim er y por e l m om en to el único
cigarro diario”. Durante sus m eses de trabajo en la ciudad, seguía ana
lizando a analistas n o v eles, aunque co n una agenda lim itada, mientras que
el doctor P ichler lo visitaba a m enudo para inspeccionar su paladar en bus
ca de síntom as de n uevas protuberancias m alignas y realizaba breves y
dolorosas operaciones en puntos d e aspecto sosp ech oso. A l agradecerle a
Lou A ndreas-Salom é una afectuosa carta que le en vió al cum plir él setenta
y cuatro años, en m ayo de 1930, Freud se lam entó de estar pagando un
precio m uy alto por lo que le quedaba de salud: “He renunciado com pleta
mente a fumar, d espués de que m e sirviera durante exactam ente cincuenta
años c o m o p rotecció n y arma en el com bate con la vida. D e m odo que
e sto y m ejor que a n tes, pero no m e sie n io m ás fe liz ” . F irm ó c o m o su
“ M uy V iejo Freud” . * » i Era una dem ostración de afecto, algo así com o
agitar co n jo v ia lid a d la m ano un tam o trémula.
M ien tr a s t a n t o , en torno a é l se iban vacian d o las filas. Su s anti
guos com pañeros de taroc. c o n los que había jugado todos lo sábados por
la noche, estaban desapareciendo. L eopold K ünigstein, el o ftalm ólogo que
había sid o su am ig o íntim o d esd e su s días de estudiante, m urió en 1924;
Ludw ig R osenb erg, otro de sus am ig o s m édicos d esde hacía m ucho tiem
p o , en 19 2 8 . O scar R ie lo sig u ió p o c o d e sp u és, en 1931. Esos hom bres
se contaban entre e l puñado de aquellos a quienes Freud trataba de du. Del
preciado con tin gente n o an alítico, só lo e l arqueólogo Em anuel L ów y (a
quien las antigüedades lo apasionaban tanto com o a Freud, y desde luego
estaba m ejor inform ado) continuaba v isitándolo y entablando con él pro
longadas conversaciones.
Su propia fa m ilia no estaba a sa lv o del fen óm en o. En septiem bre de
1930 m urió la m adre de Freud, a la edad de noventa y cin co años. Freud se
había desped id o de e lla a fin es de a gosto, el m ism o día en que lle g ó a
B erggasse 19 una d elegación de la ciudad de Francfort llevando el Prem io
G oethe. A m alia Freud había c onservado su energía, su pasión por la
vida y su vanidad hasta el fin . S u m uerte hizo salir a la superficie ciertos
p ensam ien tos que Freud había apartado de su aten ción durante m ucho
tiem po. Precisam ente e l año anterior, cuando m urió la madre de Eitingon,
en una carta de condolencias había escrito que "la pérdida de la madre tiene
que ser algo sum am ente notable, que no se puede com parar con ninguna
otra cosa y despierta ex citaciones d ifíc ile s de comprender". En aquel
m om ento él m ism o estaba experim entando e sas ex cita c io n es, y trataba de
com prenderlas. “Por cierto, nada m e d ic e lo que esta experiencia puede
provocar en las capas m ás profundas — le com en tó a Jones— pero en la
[638] R e v isio n es: 1915-1939
superficie só lo siento dos cosas: la m ayor libertad personal que he adquiri
do, puesto que siem pre detesté la idea de que ella llegara a saber de mi
m uerte, y, en segundo lugar, la sa tisfacción de que disfrute finalm ente de
la liberación a la que le dio derecho una vida tan larga”. Añadía que no
estaba sintiendo pena ni dolor, y que había d ecid id o no asistir al fu n e
ral. *2}* S egún le dijo exten uad o a su hermano A lexander, no estaba tan
bien co m o la gen te creía, y adem ás no le gustaban las cerem onias. * ^ 3 Lo
representaría su hija A nna, igual que en Francfort unas dos sem anas antes.
"La im portancia de ella para m í — le escrib ió a E m est Jones— n o podría
ser m ayor”. Su sentim iento dom inante acerca de la muerte de la madre
era una sensación de a liv io . Y a podía m orir tam bién él.
En realidad, Freud todavía tenía m ucho que vivir y sufrir, e in clu so
que disfrutar. En enero de 19 3 1 , D avid Forsyth, uno de sus “d isc íp u lo s”
in g le se s al que respetaba m u ch o , lo in v itó a pronunciar la C onferencia
C onm em orativa H uxley. Se trataba de un p restigioso acontecim iento b ie
nal, descripto por Forsyth c o m o “la m ás alta valoración a nuestro alcance
del trabajo científico al que usted ha dedicado su vida”. C om edidam ente,
adjuntaba una lista de lo s hom bres em in en tes que habían h echo uso de la
palabra en o c a sio n es anteriores. Entre e llo s se contaba el gran cirujano
in g lés Joseph Lister, a q uien se había otorgado un título de n obleza por su
in troducción de la a n tisepsia, y e l fa m o so p sic ó lo g o ruso Iván Petrovich
P a v lo v . *237 Freud tenía perfecta con ciencia de todo lo que significaba esa
in v ita ció n . “Es un honor m u y grande — le escrib ió a E itingon— , y desde
R. V irchow , en 1898, n ingún alem án ha sid o invitado”. *»* A pesar de sus
irascibles protestas y de sus continuas negativas todavía quedaban en él
restos de su antigua iden tifica ció n germana. Pero, por p en oso que le resul
tara rechazarla, la in vitación había llegado varios años larde. Sen cillam en
te, no se sentía lo bastante b ien c o m o para viajar, ni con una d ic ció n lo
bastante clara co m o para pronunciar la conferencia. Por cierto, a fines de
abril tuvo que soportar otra dolorosa operación, que le h izo perder m ucho,
f ís ic a y p sico ló g ica m en te. S e sen tía en e l m ism o punto en que había esta
d o en 1 9 23, antes de su s o p era cio n es m ás im portantes, con la vida en
p eligro. “Esta últim a in d isp o sic ió n — le c o n fió a Jones p oco d e sp u és— ha
term inado con la seguridad de la qu e disfruté durante och o años”. Y se
quejaba de haber perdido gran parte de su capacidad de trabajo. Estaba
“d ébil, incapacitado y torpe en e l lenguaje — le dijo a A m o ld Z w e ig — un
resto de realidad en absoluto agradable”. * M° N o v o lv ió desd e el hospital a
su casa hasta el 5 de m ayo, e l día anterior a su septuagésim o quinto cum
pleaños.
A l día sig u ien te hubo celebraciones que él había hecho cuanto pudo
por evitar, fracasando por com pleto. Le com entó a Lou A ndreas-Salom é
que habían ca íd o sobre su person a co m o un “d ilu v io ” •» » Podía vetar
cualquier fiesta, pero no detener la avalancha de cartas de am igos y extra
L a n a t u r a l e z a h u m a n a e n a c c ió n [6 3 9 ]
ñ os, de psico a n a lista s, psiquiatras y literatos que lo admiraban. L lovían
telegram as de organ izacion es y dignatarios, y B erggasse 19 rebosó de flo
res. U n c o n g r e s o a lem á n de p sic o tera p eu tas p rogram ó e n sa y o s en su
honor, y partidarios d e N u eva Y ork organizaron un banquete fe stiv o en el
R itz-C a rlto n , c o n d isc u r so s de W illia m A la n so n W h ite y A . A . B rill,
patrocinado por celebridades com o Theodore D reiser y Clarence Darrow.
“H om bres y m ujeres reclutados en las fila s del p sicoan álisis, la m edicina
y la so c io lo g ía — d ecía el telegram a que los organizadores le enviaron a
Freud— estaban reunidos en N u eva Y ork para honrarse honrando en su 75®
cum p leañ os al intrépido explorador que descubrió lo s continentes sum ergi
dos del y o y d io una nueva orientación a la cie n cia y la vida”. * A lfon s
Paquet, e l alcalde de Francfort, R om ain R o lla n d ... todos recordaron el ani
versario. A lbert E in stein e sc r ib ió una nota particularm ente apreciativa:
todos lo s m artes leía a Freud con una am iga, y d ecía n o poder admirar lo
bastante “ la belleza y la claridad” de sus escritos. “C on la excep ción de
Schopenhauer — agregaba cortésm ente— para m í nadie puede o ha podido
escribir así”. Pero la victoria de las ideas de Freud sobre e l escep ticism o de
E in stein era in com pleta. S egú n o b se r v ó e l p ropio E in stein , él tenía “la
piel gruesa” y vacilaba entre “creer y n o creer”. El C lub H erzl fe lic itó
a Freud “reveren cialm en te”, co m o a un “hijo de nuestro p ueblo, c u y o sep
tu agésim o quinto cum p leañ os e s un día de alegría y orgu llo para todos los
ju d ío s”, m ientras que institucio n es v ie n esa s c o m o la C lín ica N euroló-
gica P siquiátrica y la A so c ia c ió n d e P sic o p a to lo g ía y P sic o lo g ía A p lica
das le en viaron sus m ás c á lid o s saludos. ***
Freud a c o g ió algunos d e eso s tributos de reconocim iento co n frialdad,
e in clu so co n resentim iento. C uando en m arzo se enteró d e que, para c e le
brar e se cum pleaños, la S ociedad de M éd icos se proponía hacerlo m iem bro
honorario, recordó c o n am argura las h u m illa c io n e s a las que lo había
som etid o e l esta b lish m e n t m édico vien és décadas antes. En la intimidad de
una carta a E itin gon, c a lific ó esa p ostu la ció n c o m o repugnante, com o una
cobarde reacción a sus é x ito s recientes; pensaba que la aceptaría con un
reconocim ien to breve y distante. ♦»» Pero hubo una carta de felicitación
que tal v e z le divirtiera. Se la e n v ió D avid F euchtw ang, gran rabino de
V iena, quien agradablem ente sostenía que “el autor de E l p o rv e n ir d e una
ilu sió n está m ás cerca de m í de lo que él cree”. E se era e l tipo de pro
xim idad del que Freud podría prescindir.
G radualm ente las aguas v o lvieron a su cau ce, y Freud se abrió cam ino
a través de la montaña de m ensajes que ex ig ía n respuesta. Pero había aún
otra celeb ra ció n que lo aguardaba, un honor que valoró m ucho m ás que los
del día d e su c um p leañ os, y que lo su m erg ió en la n ostalgia. S egún pro
clam aba la in vitación im presa con un alem án un tanto inseguro, e l sábado
25 de octubre iba a tener lugar el “D escub rim iento de una Placa R ecorda
toria en la C asa N atal d el Profesor Dr. S igm und Freud en FRlpoR-Frei-
berg, M oravia”. N o le fu e p o sib le asistir, pero la envergadura y la
[6 4 0 ] R e v is io n e s : 1915-1939
calidad de la d elegación freudiana (su s hijos Martin y Anna, su herm ano
A lexander, sus lea les partidarios Paul F ed em y Max Eitingon) reflejaban
la im portancia que Freud le asignaba al acontecim iento. El pequeño pu e
b lo se engalanó con banderas y una v e z m ás (c o m o ocurría con frecuencia
en e so s añ os) Anna Freud habló en representación de su padre. La carta
que le y ó fue tan elocuen te com o breve. Freud le agradece al alcalde y a
todos lo s presentes el honor que estaban confiriéndole mientras aún vivía,
y m ientras el m undo estaba todavía d ivid id o acerca del valor de su obra.
Había dejado Freiberg a los tres años d e edad, para volver a los d ieciséis,
c o m o c o le g ia l en vaca cio n es. A lo s setenta y cin co le resultaba d ifíc il
retrotraerse a aquellos años lejanos. Pero de a lg o estaba seguro. “ Profunda
m ente dentro de m í, soterrado, todavía v iv e e s e niño fe liz de Freiberg, pri
m ogén ito de una madre jo v e n , que recibió las primeras im presiones inde
leb les de este ^jre, de este su e lo ”.
En su se p tu a g ésim o q uinto c u m p leañ os Freud se sin tió d em asiado
desd ich ado co m o para recibir a nadie, sa lvo a su fam ilia más inm ediata.
U na ex cep ció n notable, tal v e z la ún ica, fu e Sándor F erenczi, a quien le
c o n ced ió un par de m in u to s,* 251 m uestra de la relación especial que había
u nido a los dos hom bres durante m ás de v ein te años. Ferenczi había sido
un fie l o y en te de Freud, no le tem ía a ningún vu elo de la im aginación, y
adem ás era autor de ensayos brillantes. S in em bargo, desde hacía algunos
años esas relacion es habían sufrido un apreciable enfriam iento. Nunca se
pelearon, pero las continuas exig en cia s de Ferenczi acerca de que se le co n
cediera fam iliaridad en el trato y de que se le dieran todas las seguridades, y
por supuesto su resentim iento latente contra el m aestro al que rendía cu l
to, n o fueron nada in sign ifican te. A v e c e s la am istad les resultaba casi tan
penosa co m o agradable. C om o analizando de Freud, Ferenczi explotaba el
priv ileg io de hablarle y escribirle sin reservas; Freud, por su parle, parecía
c o n é l un padre que se sentía in cóm odo, y en algunos m om entos exaspera
do. En 1922 Ferenczi se había preguntado en v o z alta, haciendo un p oco
de autoanálisis, por qué n o le escribía a Freud con m ayor frecuencia: «N o
puede dudarse de que tam poco y o pude resistir la tentación de “hacerle un
regalo” co n todas las em o cio nes exageradam ente tiernas y sen sib les más
apropiadas para mi padre físico . La etapa en la que ahora parezco en c o n
trarme e s un — m uy dem orado— d estete y el intento de som eterm e a mi
d estino’'. Pensaba que en adelante sería un colaborador más agradable de lo
que lo había sid o en aquellas ca lam itosas vacaciones en el Sur, que c o m
partió co n Freud antes de la guerra. +252
En realidad, Ferenczi nunca quedó totalm ente libre de su dependencia
con respecto a Freud, ni del dolor que e llo le producía. Un síntom a e v id e n
te de su am bivalencia eran las efusion es d e adulación que Freud no aprecia
ba. “M e parece que usted, co m o siem pre, tiene razón”, escribió Ferenczi,
tal c o m o so lía h acerlo, en 1 9 15. Freud trataba de detener esa adulación
deseando ardientem ente que Ferenczi lo idolatrara un poco m enos. *»* D es-
Freud con su hija Sophie (su «niña mim ada
de la fortuna»), que m urió a consecuencias
de una gripe en 1920. (Copyrights de Mary
Evans/Sigmund Freud, W ivenhoe/W.k.
Freud)
Freud con I Teinz («Heinele»), izquierda, y Ernst («Ernsil») H albersradt, los dos hijos de Sophie. (Copyrights
de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Lou Andreas-Salomé. Su amistad con Freud se
fue acrecentando en el último cuarto d i siglo de
la vida de éste. (Copyrights de Mary Evans/
Sigmund freud, Wivenhoe)
Freud ton el Com ité, el grupo pequeño y cerrado que se form ó en torno al fundador de psicoanálisis en
1912. Esta fotografía de 1922 incluye tam bién a Max Eitingon, que se agregó al grupo original en 1919. De
pie, de izquierda a derecha: O tto Rank, Karl A braham , Max Eitingon, y Ernest Jones. Sentados, tam bién de
izquierda a derecha: Freud, Sándor Ferenczy y H anns Sachs. (Capyrighu de Mary Evans/Sigmund Freud, W i-
verhne)
Freud en 1919, después de la prim era guerra m u n
dial, en compañía de Ernest Jones. (Copyrights de
Alar}1 Evam/Stgmund Freud, Wivenhoe)
La princesa Marie Bonaparte - a q u í con su perro El novelista austríaco Arnold Zweig, amigo y co
chino, Topsy-, amiga, confidente y benefactora de rresponsal de Freud en sus últim os años, y autor de
Freud. Ella le proporcionó una ayuda viral en los. obras de ficción realista acerca de la prim era gue
peligrosos días que siguieron a la «anexión».' rra m undial que Freud adm iraba profundamente.
fCopyrights de Mary Evans/Sigmund Freud, Wiven
hoe)
Freud hada 1921, mirando ceñudamente al
fotógrafo. (Copyrights de Mary Evans/
Sigmund Freud, Wivenhoe)
Freud con Anna en el otoño de 1928, en Berlín, p ara implantársele una nueva prótesis. (Copyrights de Mary
Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Freud en 1931, un año después de la
publicación de sus ensayos más am plia
mente leídos, El malestar en la cultura,
(Copyrights de Mary Evans/Sigmund
Freud, Wivenhoe)
Freud en 1932, en Hochroterd, una granja no lejos de Viena propiedad de su hija Anna y de la amiga
americana de ésta, Dorochy Burlingham. (Copyrights de M ary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
Freud en 1937, con su herm ana Marie a su derecha, su mujer, y su hermano Alexandet. (Copyrights Je Mary
Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
i
Freud en su estudio en mayo de 1938, espetando el permiso para
abandonar Austria con destino a Gran Bretaña. (Photograpb ®
Edrnund Engelman)
Sigmund Freud y su hija Anoa, en el tren que lo»
llevó a Francia y a la libertad, entre los días 4 y 5 de
junio de 1938. (Copyrights de Mary Evans/Sigmund
Freud, Wivenhoe)
La quema de la capilla (Zeremonienhalle) del cementerio judío de Graz, Estiria, uno de los actos típicos de
barbarie realizados en cientos de pueblos y ciudades en Austria y Alemania el 10 de noviembre de 1.938,
Para los nazis se trató de una protesta «espontánea» contra los judíos. <Dokumentationsarcbiv des Ósterrei-
chischcn Widerstandes)
Freud m ientras trabajaba en Compendio del psicoanálisis, su últim o esfuerzo prolongado, en el verano de
1938. Elegantemente vestido, con corbata, será la imagen del burgués irreprochable hasta el final.
(Copyrights de Mary Evans/Sigmund Freud, Wivenhoe)
L a n a t u r a leza h u m a n a en acción [6 4 1 ]
pués de la guerra, lam entándose d e lo que le costaba lograr que le cundiera
el dinero, a pesar de estar an alizando de n u eve a d iez horas por día, de
m anera extravagante F eren czi s e m a n ife stó adm irado de ta “inagotable
fuente de energía” d e Freud. * “ 5 En e s e ca so , la respuesta fue m ás descor
tés que de costum bre: “naturalm ente, m e gusta oírlo entrar en éx ta sis en
lo que se refiere a m i juventu d y productividad, co m o hace en su carta.
Pero desp ués, cuando m e v u e lv o hacia el principio de realidad, sé que no
es verdad”. *** A fines del verano de 1 9 23, escribiendo desd e “la m aravi
llosa ciudad de R om a”, Ferenczi recordó la época en que é l y Freud visita
ron juntos “ los lugares sa g rados” d e la urbe: “in clu yo e so s días entre los
m ás herm osos de mi v id a , y p ie n so co n gratitud en et guía incom parable
que usted fue para m í” . * 2Í7 Ferenczi n o v eía, n o podía ver, q ue Freud no
era (según é l m ism o le d ijo alguna v e z gráficam ente) “ningún superhom
bre del y A", y q u e n o quería ser un g uía sin o un am igo.
Por m o lesta s q u e le resultaran a Freud las flo re s q ue le d estinaba
Ferenczi, los interm itentes s ile n c io s d e éste eran aun m ás in quietantes.
A lgun a v e z , en el in ic io d e su am istad, durante uno de e so s s ile n c io s,
Freud le en v ió una carta que no con tenía m ás que sign os de interrogación
entre el salud o y la firm a. *»» E se fu e un g esto instru ctivo q ue Freud
podría haber repetido m ás d e una vez. D esde luego, a v ec es tam poco Freud
conservaba la regularidad d e la correspondencia entre los dos. “N uestra
correspondencia, alguna v e z tan anim ada, se ha ido a dormir en el curso de
los ú ltim os años — le e s c r ib ió a F eren czi en 19 2 2 — . U sted escrib e s ó lo
raramente, y yo respondo aun m ás raram ente”. •*« N o obstante, e n g e n e
ral, era F erenczi el s ile n c io s o . A fin es de ju lio de 1927, de regreso de los
Estados U n id os, Ferenczi v isitó L ondres, pero evidentem ente ev itó d e te
nerse en V iena, hecho acerca del cual Freud exteriorizó sentim ientos c o n
fusos. “Sin duda n o dem uestra afecto e l h echo de que n o tenga ninguna
prisa por v isitarm e — le esc r ib ió a E itin gon— . Pero y o n o so y d ifíc il de
com placer. Probablem ente tenga a lg o que ver con una esp ec ie de esfuerzo
tendente a la em ancipación”. Ahora bien, Freud no podía conservar la d is
tancia del a n álisis puro. “C u and o u no en v e je c e lo su ficien te — agregó algo
desengañado— finalm en te tien e a todo el m undo en contra”. Tam poco
a E itingon le gu stó lo q u e p udo ver. “T en g o que confesar — dijo— que
desde m i encuentro co n F feren czi], aquí, en Berlín, he estado y esto y c o m
pletam ente alarmado”. En diciem bre, Freud expresó de m od o directo su
preocupación por Ferenczi. “Q uerido am igo — le preguntó— . ¿Q ué sig n i
fica su silen cio ? Espero qu e n o e sté enferm o. H ágam e llegar sus noticias
antes de Navidad”. * »
P ero F eren czi n o fa c ilita b a la s c o s a s . A torm en tad o c o m o esta b a ,
seguía vacilan d o entre la vo lu b ilid a d y e l repliegue. A sí, el 8 de a g osto de
1927 Freud le pudo inform ar a E itingon: “A hora n os estam os esc rib ien d o
m ás a ctivam en te”; * 264 p o c o m ás de d o s sem anas d e sp u és, la situ ación
había cam biado. “ La correspondencia co n F er|enczi] de pronto ha cesado de
[6 4 2 ] R e v is io n e s : 1915-1939
nuevo. Francam ente — confesa b a Freud— n o lo entiendo del todo” .
A lg o que Freud lle g ó a entender, o que por lo m enos lleg ó a estar d isp u es
to a im aginar, era que las sorprendentes innovaciones de Ferenczi e n la
técnica psicoanalítica no eran d esvia cio n es puramente profesionales sino
“ una expresión de in sa tisfa cció n interior” . ***
Ferenczi aportó voluntariam ente abundantes pruebas en apoyo de e se
d ia g n ó s tic o p r o v isio n a l. E n 1 9 2 5 , en una c u r io sa carta, le e sc r ib ió a
Freud: “ Sobre m i propia salud, n o puedo (ni c o n la m ayor m ala voluntad)
decir nada triste”. * 267 P arecía determ inado a sentirse mal. A principios de
1 9 3 0 , en una larga carta se quejó de sín tom as m uy m o le sto s, entre e llo s
e l m ie d o a en v e je c e r prem aturam ente. +2fi8 En n o v ie m b re de e s e añ o,
Freud inform ó de que no había tenido n o ticias de Ferenczi, y tem ía que “ a
p esar de n u estro s e s fu e r z o s , e s té c a y e n d o cada v e z m ás en e l a is la
m ie n to ” . El propio F erenczi se m antenía totalm ente alerta ante su
estado. “B ie n puede im aginar — le dijo a Freud a m ediados de septiem bre
de 1 931— lo d ifícil que es em pezar de n u evo d espués de una pausa tan
prolongada. Pero en el curso de su vida — su p licó, m ezclan d o d e se o s con
esperanzas— usted ha encontrado tantas c osas hum anas que también c o m
prenderá y perdonará un estad o com o este repliegue-en-uno-m ism o”. Le
d ijo a Freud que estaba sum ergido en un “d ifíc il trabajo c ie n tífic o de puri
fic a c ió n interna y externa”, en el que todavía n o había llegad o a ningún
resultado concluyente. •*"» Freud, con ten to de tener n oticias de él, respon
d ió sin dem ora. “ ¡Por fin de n u evo un sig n o suyo de vida y amor! — e x
c la m ó , con su antigua c a lid e z — . ¡D espu és de tanto tiem p o !” A gregó con
franqueza que no tenía “ninguna duda de que, con estas interrupciones del
con tacto, usted está separándose de m í cada vez más. Espero que no se
esté v o lv ien d o cada v e z m ás extraño”. Pero no se consideraba responsable
del desagradable estad o de ánim o d el húngaro: “Según su propio testim o
n io , yo siem pre he respetado su independencia” . Sin em bargo, por tal
independencia — era lo que decía im plícitam ente— no había que pagar el
p recio de la separación.
S i bien Freud, desp u és de años de o b servación benévola, lleg ó a inter
pretar las d e sv ia cio n es psicoan alíticas de Ferenczi co m o de mal agüero,
consideraba sum am ente n ecesario evaluarlas desde el punto de vista de su
s ig n ifica ció n técnica, distinta de la sintom ática. D esp u és de todo, Ferenczi
había sid o un m iem bro em in en te y m u y im portante del co n ocim ien to p si
c o a n a lítico in tern acion al, un autor in flu yen te, original y prolífico. “La
interesante relación sim b iótica entre paciente y m éd ico parece estar esta
b le c ié n d o se en térm inos g en era les”, le había revelado a Freud ya en el
verano de 1922. “Y o, por ejem p lo , tengo la m ía con B aden-B aden”. A
fin es de 1920, había id o m u ch o m ás allá de este m odo relativam ente in o
cu o de controlar la transferencia de su s pacientes. N o le hizo saber c o m
p letam en te a Freud lo que en aquel e n ton ces hacía durante la hora de
sesió n , pero éste se enteró, a través d e pacientes de Ferenczi com o Clara
L a n a tu r a leza hu m a n a en acción [6 4 3 ]
T hom pson, de cuán a ctivam en te el húngaro estaba am ando a sus analizan-
das y perm itiendo q u e, a su v e z , e lla s lo amaran.
Finalm ente, a fin e s d e 1 9 31, la creciente incom odidad de Freud respec
to de lo s exp erim en tos q ue realizaba Ferenczi c o n la afectividad d e sus
pacientes, se im pu so sobre su frecuentem ente declarado respeto a la auto
nom ía del d iscíp u lo . “C o m o siem pre, he disfrutado de su carta; de su co n
tenido, m e n o s”, le d ijo co n severidad en una com u n icación de cuatro p ági
nas dedicada a un s ó lo tema: la técnica p sicoanalítica que su corresponsal
utilizaba. A Freud le parecía im probable que Ferenczi llegara a cam biar de
opin ión acerca d e sus in n o v a cio n es, p ero consideraba “no fructífera” la
senda que estaba sig u ien d o . E l, Freud, n o era una dam isela m ojigata, le
ase g u r ó , o p rim id a por c o n v e n c io n a lis m o s b u r g u e se s. P ero e l m é to d o
em pleado por Ferenczi co n su s pacientes lo im presionaba co m o una in v i
tación al desastre. “ U sted n o ha o cultado en ningún m om ento qu e b esa a
sus pacientes y adem ás p erm ite que ellas le b e sen ”. D esd e lu e g o , un b eso
en s í p odía consid erarse in o cu o . En la U n ión S o v iética la gen te se saluda
ba de e se m odo co n entera libertad. “Pero esto no altera e l h ech o de que
nosotros n o v iv im o s en R u sia , y de que entre nosotros un b eso s ig n ific a
una inequ ívoca intim idad erótica”. La técn ica psicoanalítica aceptada era
firm e e inequívoca: a lo s p a cien tes “hay que negarles gratificaciones eróti
ca s”. La “ternura m aternal” de F erenczi se apartaba de la regla. Freud pen
saba que Ferenczi tem a d o s o p cion es: podía ocultar lo que estaba h aciendo,
o difundirlo en pu blica cio n es. El prim er curso de acción era in decoroso; el
segun do, invitaba a lo s ex trem istas a ir m ás lejos aun en e l cam in o d e las
caricias íntim as. “A hora b ien , im a g in e cu á les serían las con sec u e n cia s si
una descripción de] su técnica fuera publicada”. S i Ferenczi interpretaba a
la madre tierna, a é l, Freud, representando al padre “brutal”, no le cabía
m ás que pon erlo sobre a v iso , p ero tem ía q ue la advertencia fuera fú til,
puesto que el d iscíp u lo parecía in clinad o a seguir su propia senda. “La
necesidad de una autoafirm ación desafiante, m e parece, es m ás fuerte en
usted de lo que rec o n o c e ”. A hora bien, él, por lo m en os, ya había d e sem
peñado su papel paternal.
Ferenczi respon dió co n cierta exten sión , en tono p a cífico. “ C onsidero
infundada su ansiedad en cuanto a que m e esté convirtiendo en un segundo
S tekel”. La técn ica que había desarrollado a p rincipios de la d écada de
1920, la denom in ad a “ terapia a c tiv a ” destinada a acelerar lo s a n á lisis,
finalm ente resultó ser d em asiado ascética; com o alternativa, intentó “rela-
tiviza r” la “r ig id e z d e p r o h ib ic io n e s y lim ita c io n e s” en el cu rso d e la
se s ió n , crea n d o una a tm ó sfera “ su a v e , d e sa p a sio n a d a ” . C o n c lu ía q u e ,
habiendo superado la pena que la severa reprimenda de Freud le produjo,
confiaba en que e so s d esacuerdos no obstaculizarían su “concordia cie n tífi
ca y am istosam en te person al”.
A p rin cip ios de en ero de 1 9 32, Ferenczi em p ez ó a llevar lo que llam ó
“un diario c lín ic o ” (una c o le c c ió n breve, íntim a, gráfica, de viñetas p sic o -
[6 4 4 ] R ev isio n es: 1915 -1 9 3 9
analíticas y m ed itacion es teóricas y técn icas) y a apartarse de Freud de una
manera a la v e z astuta e irrespetuosa. Este diario, que Ferenczi redactó
durante e l verano, y que alcanzó m ás de d oscientas páginas, equivale a un
e sfu erzo un tanto árido y a m en ud o ex c ita d o destinado a concretar un
reportaje y un autoanálisis sinceros. Estaba continuando por otros m ed ios
su intercam bio d e golp es dialécticos co n Freud, tratando de aclararse su
p roced im ien to a s í m ism o, y de descubrir su lugar y su rango en el ejérci
to freudiano. M u ch o de lo que F erenczi escrib ió no habría sorprendido a
Freud; m u cho le habría sorprendido in clu so a él.
El diario d e F erenczi se abre co n una denuncia de la '‘insensibilidad"
clásica del analista, de su «m odo am anerado de saludar, su requerim iento
formal de “decirlo todo”, y su denom inada atención flotante». T od o esto
eran im posturas, insultantes para el paciente, que reducían la calidad de sus
co m u nicacion es y lo hacían dudar d e la realidad de sus sentim ientos. La
actitud analítica recom endada por Ferenczi, en agudo contraste, y explorada
una y otra v e z en lo s m eses sig u ien tes, surgía de “ la naturalidad y sinceri
dad” del analista. Esta actitud, que él había estado cultivando durante
años, lo llevab a a expresar una “ intensa em patia” con sus analizandos,
sin dar im portancia a lo s problem as que esa cordialidad generaba. Observó
(lo s reproches de Freud no habían sid o im aginarios) que algunas de sus
pacientes le besaban, acto que F erenczi permitía y después analizaba “con
com pleta falta d e a fecto”. * 277 N o obstante, había o ca sion es en las que “ la
ex p erien cia del sufrim iento de otro s, y el m ío propio, m e arranca una
lágrim a”, m om en tos d e “em o ció n ” , in sistía, que n o se deberían ocultar al
paciente. * 278 Nada quedaba en la práctica de F erenczi del analista frío e
im personal — d el cirujano del alm a— del q ue Freud escrib ió con tanta
autoridad antes d e la Primera Guerra M undial, incluso aunque Freud m is
m o hubiera dem ostrado experim entar m ás em o c io n es de lo que suponía su
helada metáfora.
El d ia rio c lín ic o d e Ferenczi docum enta con am plitud que su meta
con sistía en convertir a sus analizandos en com pañeros plenam ente desa
rrollados. R ecom en dab a y practicaba lo que denom inó “ análisis mutuo” .
Cuando un paciente reclamaba el derecho a analizarlo, Ferenczi reconocía
la e x isten cia de su propio in con sciente y llegaba in clu so a revelar d etalles
de su pasado. Hay que decir que se sentía un tanto incóm odo con el
procedim iento: no era sano que un paciente descubriera que otro paciente
estaba analizando a Ferenczi, ni que F erenczi confesara m ás de lo que un
pacien te p od ía asim ilar. Pero pensaba q ue “e l hum ild e r econ ocim ien to
ante el paciente de la propia debilidad, de las propias experiencias traumá
ticas, d e cep cio n es” , elim inaba finalm ente los sentim ientos de inferioridad
del analizando y la distancia con respecto al analista. “ Sin duda, brindamos
al paciente el placer de poder ayu dam os, de convertirse, por así decirlo, en
nuestro analista por un m om ento, lo que m ejora directam ente su autoesti
m a” .
L a n a tu ra leza h u m a n a en acción [645]
E se e n érgico escarn io d e la técn ica psicoanalítica tradicional era de una
naturaleza que iba m ás allá de la técnica. E se apasionado d e seo de armonía
em o cio n a l, de una virtual fu sió n co n el analizando, form aba parte de la
idea m ística de Ferenczi de unión c o n e l universo, una esp ecie de pan teís
m o propio. Freud había esc r ito que e l p sicoan álisis enfrentaba a lo s a n o -
gantes seres hum anos co n la tercera de las heridas narcisistas: C o p é m ic o
había desplazado a la hum anidad del centro del mundo; Darwin la había
o b lig a d o a reconocer su p a ren tesco co n los anim ales; é l, Freud, había
dem ostrado que la razón n o e s el am o en su propia casa . 33 S egú n la glo sa
de Ferenczi a ese fam o so pasaje, «tal v e z nos aguarda una cuarta “herida
narcisista” : la de que in c lu so la in telig en cia de la que n osotros, c o m o ana
listas, esta m o s todavía tan o r g u llo so s, no es una propiedad nuestra, sin o
que debe recobrarse o regenerarse a través de la em anación rítm ica d el yo
en e l sen o del u n iverso, qu e e s e l ú n ic o o m n iscien te, y por lo tanto in teli
gen te» . Ferenczi desarrollaba estas r eflexion es con alguna vacilación ,
pero estab a in n e g a b lem en te o r g u llo s o d e e lla s. “ L os o sa d o s su p u esto s
concernientes al contacto d e l ind iv idu o c o n el universo total no deben c o n
siderarse m eram ente desde el punto d e vista de que este O m nisciente ca lifi
ca a) ind ivid uo para alcanzar logros esp e c ia les, sino (y e sto es quizá lo
m ás paradójico que se haya dich o nunca) que ese contacto tiene tam bién
un e fe c to hum anizante sobre e l u n iv e r so en su totalidad” . Su “ utop ía”
co n sistía e n "la elim in a c ió n d e lo s im p u lso s d e o d io , y e l fin a l d e la sa n
grien ta y vengativa c aden a d e c ru eld a d es, la p ro g resiv a d o m esticación de
la n a tu ra le z a m e d ia n te e l c o n tr o l p o r m e d io d e la c o m p re n sió n " . *2S1
Ferenczi especulaba que el porvenir d el psicoanálisis podría desem peñar su
papel en el logro de esa m eta suprem am ente deseable; un tiem po en el que
“todos lo s im pulsos eg o ísta s del m undo que atraviesan el cerebro hum ano
estén dom eñ ados”. Ferenczi tenía perfecta con cien cia de que estaba
abandonando el terreno trillado. En el fragor de sus esp eculaciones le reco
n o ció a G eorg G roddeck (que se había convertido en su am igo de co n fia n
za ) que su «im ag in a ció n “c ie n tífic a ”» (la s com illa s de “c ie n tífic a ” son
ex p resivas) lo “ inducía” “en o c a sio n e s a explorar m ás allá de lo in c o n s
cien te, hasta lo llam ado m e ta físic o ”.
Esa m etafísica vaga y etérea d e ningú n m o d o corroía el ánim o crítico
de Ferenczi. En la intim idad de su diario, analizó algunas de las debilidades
de su m aestro con una sen sibilidad a la v e z agudizada y distorsionada por
resentim ientos durante m u ch o tiem po p ad ecidos y ocultos. Se consideraba
el hom bre al que Freud había “prácticam ente adoptado com o hijo, contra
riando todas la s reglas té c n ic a s e sta b le c id a s por é l m ism o ”. S in duda,
recordaba que el propio Freud le había dicho que é l, Ferenczi, era “e l m ás
consum ado heredero de su s id eas”. M Pero, ya considerara heredero a é l o a
M Véase la pág. 591.
34 No he hallado ninguna confirm ación independiente de esa afirmación, aun-
[646] R evisiones: 1915-1939
Jung, Freud parecía estar con v en cid o de que en cuanto el hijo está maduro
para reem plazar al padre, el padre deb e morir. Por lo tanto, no podía per
m itir que sus hijo s crecieran, sin o que (c o m o dem ostraban sus ataques h is
téricos) é l m ism o se sen tía im pulsado a regresar a la infancia, a lo que
F erenczi denom inaba la “h um illación infantil” que el m aestro experim entó
cuando “ reprim ió su vanidad am ericana”. Siguiendo con esta línea de p en
sam iento, Ferenczi propone una interpretación original de lo s sen tim ien
tos antinorteam ericanos de Freud: «Q uizá su d esprecio por los norteam eri
canos sea una reacción a su propia debilidad, que no podía ocultam os a
nosotros ni ocultarse a s í m ism o. “ ¿C óm o podrían agradarm e tanto los
honores am ericanos si a lo s norteam ericanos los desprecio?”» * 2*3
Según F erenczi, el tem or de Freud a la m uerte dem ostraba que, com o
hijo, había d esead o matar a su padre. Y e llo lo había inducido a desarrollar
la teoría del Edipo, del parricidio. D e hecho, creía que la concentración
de Freud en la relación padre-hijo lo había llevado a exagerar. Sin duda,
F erenczi, que según su propia co n fesió n adoraba al m aestro y perm anecía
m udo en su presencia, sin atreverse a contradecirlo y abrumado por “fanta
sías de príncipe de la corona”, * M7 podía hablar con una sensibilidad parti
cular sobre e sa relación, Pero tenía una idea. Esa concentración, so stu vo,
había forzado la teoría sexual de Freud hacia una “dirección andrófila unila
teral” , le había ob ligad o a sacrificar el interés de la mujer al interés del
hom bre, y a idealizar a la madre. Argüía que el hecho de haber presenciado
la escen a prim aria podría haber dejado a Freud “relativam ente im potente”.
El deseo del hijo de “la castración del padre, el potente, reacción ante la
hum illación experim entada, condujo a la construcción de una teoría en la
que el padre castra al hijo” . **** El propio F erenczi, c o m o atestiguan otros
fragm entos de su diario c lín ic o , estaba trabajando en la revisión de la teo
ría freudiana d el co m p le jo de E dipo. N o dudaba de la e x isten cia de la
sexualidad infantil, pero estaba co nven cid o de que los adultos, por lo g e n e
ral lo s padres, m u y a m enudo la estim ulaban artificialm ente, con frecuen
c ia a través d el abuso sex u a l co n sus hijos.
F erenczi n o dejaba d e som eter a crítica su propia conducta servil ante
Freud. Tardó m u ch o en p onerse a su altura, y lle v ó hasta extrem os inaudi
tos su s experim en to s té c n ic o s. Pero en e s e m om ento ya había logrado
“humanidad y naturalidad” y, lleno de b en evolencia, estaba com prom etido
c o n el trabajo qu e apunta “hacia el c o n o cim ien to y. con e llo , c o m o perso
na presta para cualquier ayuda”. •»> N o obstante, en su im placable autoa
n álisis no deja duda alguna de que la subordinación a Freud, im aginándose
secretam ente su “ gran visir”, había finalm ente d esem bocado en la decep-
que, como sabemos, en cierta época, durante el comienzo de su amistad, Freud
imaginó durante algún tiempo que Ferenczi se convertiría en su yerno. (Véase la
pág. 352.)
L a n a t u r a l e z a h u m a n a en a ccjo n [6 4 7 ]
cionante com prensión de que el m aestro “no quiere a nadie, só lo a s í m is
m o y a su trabajo” , El resultado: “ am b ivalencia”. Solam ente d espués de
haber liberado su lib id o de Freud — c o n c lu y e F eren czi— se a trevió a
em barcarse en sus «in nov a cio n es técn icas “revolucionarias”», tales com o
“la actividad, la pasividad, la elasticid ad, el retom o al trauma (Breuer)"
co m o causa de neurosis. * 291 Pero, por m ordaz que fuera este autoexam en,
F eren czi se engañaba. A unque lo in ten tó, nunca dejó de ser el hijo de
Freud, su frien te, d ísc o lo , im aginativo.
N o s o r p r e n d e que lo s e sfu erzo s de Ferenczi destinados a m inim izar
sus diferencias co n Freud, o lo s d e Freud por m antener el debate en un
n iv e l cie n tífic o , no im pidieran que e ste últim o interpretara la conducta c lí
n ica de Ferenczi c o m o una reb e lió n o c u lta pero transparente contra él,
contra el padre. Los prolon gados intervalos entre las cartas de F erenczi
eran dem asiado notables c o m o para ignorarlos. “ ¿N o es acaso Ferenczi una
cruz que hay que sob rellevar?”, le preguntó retóricam ente a E itingon en la
p rim avera de 1932. “U na v e z m ás sin noticias de él durante m e ses. Se
siente agraviado porque n o nos en can ta que ju egu e a papás y a m am ás con
sus discíp u la s” . * » 2 A fin es del verano le exp resó de m odo más com pleto
su p reocupación a E m est Jones: “ H a ce ya tres años que ob servo su cre
cien te d esapego, su inperm eabilidad a las advertencias contra la incorrec
ció n de sus derroteros té cn ico s y , lo que es probablem ente más d ecisivo,
una h ostilidad personal h acia m í, para la cu al, por cierto, he dado incluso
m en os m o tiv o s que en c a so s anteriores”. Esta era una nota am enazante: en
privado, Freud estaba com parando a F erenczi c o n otros herejes. Lo m ism o
que en e llo s (esp ecialm ente en Ju ng) percibía la hostilidad com o un d eseo
de muerte dirigido contra él; qu izá F eren czi estuviera resultando tan difícil
“porque todavía ando por aquí” . En e l verano de 1932 predijo que pro
b ablem en te seguiría el c a m in o d e R ank. *»< Era una perspectiva que a
Freud no le agradaba.
En e so s días, ya bastante ten so s, surgieron otros problem as que c o n
tribuyeron a exacerbar las desaven en cia s entre los dos hom bres. F erenczi
q u e r ía se r d e s ig n a d o p r e s id e n t e d e la A s o c ia c ió n P s ic o a n a lít ic a
Internacional, un puesto para el que sin duda le acreditaba su trabajo pro
lon gado y devoto. Pero Freud se c o n fe s ó am bivalente: le dijo al propio
F erenczi que e se honor podría ayudarle a curarse d e su aislam iento y de sus
d e sv ia c io n e s técn ica s. S in em bargo, e llo ex ig ir ía que dejara “la isla de
en su eñ o donde usted m ora con tos h ijo s de su fantasía”, y que se uniera al
m undo. Y e so . insinuaba Freud, n o iba a resultar fá c il. *»j Ferenczi se
o p u so al m odo en que Freud lo veía: las expresion es « “vida de su eñ o”,
“en su e ñ o ”, “crisis de pubertad”» n o sig n ificab an que de aquel “ relativo
em b rollo " * » 6 no pudiera surgir a lg o útil. E so sucedía en m ayo de 1932.
A m ediados de agosto, F erenczi d ecid ió , “ después de largas y atormentadas
v a cila cio n es”, retirar su candidatura. Le dijo a Freud que estaba dem asiado
[648] R evisiones: 1915-1939
profundamente com p rom etido reflexionando sobre sus procedim ientos c lí
nicos, que se apartaban de la práctica analítica aceptada; en e sa s circunstan
cias, sería d eshon esto aceptar la presidencia. * » 7
Freud, de n u e v o e n e l torbellin o de la p olítica psicoan alítica, m intió.
A fin es de agosto d ijo que lam entaba la d ecisión de F erenczi, negándose a
aceptar sus ra zo n es. P ero, c o n c lu ía , reservándose una sa lid a, F erenczi
debía conocer m ejor que nadie su s propios sentim ientos. D os sem anas
más tarde, después d e que Ernest Jones fuera e legid o presidente de la A so
cia ció n P sico a n a lítica Internacional, Freud le com u n ic ó al in glés se n ti
m ientos un tanto diferen tes. “ L am enté m u ch ísim o que la am b ición m ani
fiesta de Ferenczi no pudiera v erse sa tisfech a, pero no dudé ni por un
m om ento de que só lo usted podía ser d esignado para el puesto”. S i bien
esto tam poco era totalm ente franco (Freud tenía tam bién reservas con res
pecto a Jones), se acercaba m ás a su opinión real. D espués de todo, su
escep ticism o co n respecto a Ferenczi n o era nu evo ni súbito. “ El giro de
Ferenczi e s sin duda un h e c h o sum am en te lam en tab le” , o b se r v ó , pero
había estado incubándose durante tres años. Incluso se podría rectificar
a Freud, porque, en cie r to s s e n tid o s, había e stad o in cu b án d ose d esd e
m ucho antes.
El “ giro” d e F erenczi in clu ía e l redescubrim iento de lo q ue Freud
había abandonado décadas antes: la teoría de la seducción. Sus pacientes
habían proporcionado a Ferenczi pruebas de la seducción y la violación de
n iñ o s, no fa ntásticas s in o rea les, y tenía la intención de explorar esa s
revelaciones en un en sa y o que estaba escribiendo para el congreso interna
cio n a l que pronto se reuniría en W iesbad en. El 3 0 de a g o sto , v isitó a
Freud e in sistió en leerle e se trabajo. D esd e luego, en gran parte no c o n s
tituía una novedad para éste. Pero Freud se asustó tanto por la conducta de
F erenczi, co m o por e l co n ten id o de sus observaciones. Tres días m ás tar
de, le en v ió un telegram a a E itin gon co n un veredicto con ciso: “Ferenczi
m e le y ó el a rtículo. In o c u o , estú p id o , tam bién in adecuado. Im presión
desagradable”. *300
Hasta qué punto fu e desagradable es algo que se desprende de una larga
carta que Freud le e n v ió a su hija Anna e l 3 de septiem bre, con la huella
del encuentro todavía fresca en é l. L os F erenczi, m arido y m ujer, habían
ido a verlo al caer la tarde. “E lla, encantadora c o m o siempre; de é l em ana
ba un aire g élid o. S in m ás preguntas ni saludos, em pezó: quiero leerle mi
artículo. Fue lo q u e h iz o , y y o e sc u c h é , im presionado. Ha v u e lto por
co m p le to a c o n c e p c io n e s e tio ló g ic a s en las que yo creía, y a las que
renuncié, hace 35 años: que la causa regular de las neurosis reside en trau
m as sexu ales de la infan cia, d ic h o e s to con prácticam ente las m ism as
palabras que yo e m p leé e n to n ces”. Ferenczi — observó Freud— no decía
nada sobre la técnica m ediante la que había reunido e se material. D e haber
tenido a cceso al diario c lín ic o del húngaro, habría visto que aceptaba tal
co m o le llegaban lo s te stim o n io s de algunos de sus an alizandos, lo m is
L a n a turaleza h u m ana en a cción [6 4 9 ]
m o que Freud había h echo a m ediados de la década de 1890. “En m edio de
e sto — continúa Freud— , aparecían o b servacion es sobre la hostilidad de
los p acien tes y la n ecesidad d e aceptar sus críticas y de reconocer lo s pro
p io s errores ante e llo s ” . * M1 E sa, d esde lu ego, era la técnica del análisis
recíproco, con la cual Ferenczi había estado experim entando con creciente
fervor durante cierto tiem po.
Freud quedó aterrado. La e x p o sició n de Ferenczi — le dijo a Anna—
era “c o n fu sa , oscura, artificia l” . C uando la lectura estaba por la m itad,
entró Brill; le hicieron un resum en de la parte que se había perdido, esc u
c h ó ju n to a Freud, y le susurró: “ N o e s sin ce ro ” . Esa era tam bién la ape
nada co n clu sió n de Freud. El m ism o su scitó lo que caracterizaba com o
c o m en ta rio s c o n tra d icto rio s, fa lto s de en tu sia sm o , d e l p ropio F eren czi
sobre su s d e sv ia c io n e s co n resp ecto a las form u lacion es psicoan alíticas
c lá sica s del co m p lejo de Edipo; tam bién se preguntó có m o había logrado
Ferenczi recoger e x p e rien cia s que no tenían los otros analistas y , a sim is
m o, por qué había in sistid o en leer e l artículo en v o z alta. “ N o quiere ser
p residente”, o b servó. C onsideraba qu e todo el artículo, en su in sign ifican
cia, só lo podía perjudicar al propio F erenczi, pero seguram ente echaría a
perder el clim a del co n g reso . “L o m ism o que con R ank pero m ucho más
triste” . *302 Ya le había d ic h o e sto a E itin gon a fin es de agosto. **» Desde
lu eg o , era p o co lo que podía sorprender a Freud (o a su hija) en el más
recien te v u e lo im agin ativo de Ferenczi. “A hora, d espués de todo — anotó
Freud en su inform e a A nna— , ya has o íd o en parte la conferencia y p ue
d es ju zgar por ti m ism a ”. *** A pesar de que Freud y sus asociados trata
ron vigo ro sa m en te d e disuadir a F eren czi, éste in sistió en leer su trabajo.
A p a reció en W iesb aden , le y ó e l artículo, y lo v io publicado en el In tern a
tio n a le Z e itsc h rift, aunque n o en v e rsió n in g le sa en el In tern ation al J o u r
n a l o f P sy c h o -A n a ly s is . L os ro ces co n r esp ecto a e se m ensaje, y a los
intentos realizados para im pedir qu e fuera leíd o o publicado, n o se extin
gu ie r o n durante c ie r to tiem p o . T o d o e s to d e b ió haber im p resion ad o a
Freud c o m o probablem ente hicieron m ás de cuatro años antes las cartas de
la viuda de F liess: c o m o la reactiv a ció n d e un asunto antiguo y traum ático
co n e l que pensaba haber term inado de una v ez y para siem pre.
Freud reconocía que de ningún m od o todos lo s síntom as de Ferenczi
podían considerarse m en sajes neuróticos d e un hijo irritado. “L am entable
m ente — le escrib ió a E m est Jones a m ediados de septiem bre— , parece que
en él el desarrollo intelectual y em o cio n a l regresivo tiene un trasfondo de
decadencia física. Su inteligen te y valerosa esp osa me ha dado a entender
que debería pensar en él c o m o en un niño enferm o” **» Un m es m ás u r
d e, le in form ó a E itingon de que e l m éd ico de Ferenczi le había d iagn osti
ca d o una “anem ia perniciosa” . *** El estado físic o , lo m ism o que el estad o
m en ta l, de aquel a m ig o ap asio n a d o y a lguna v e z apreciad o inquietaba
m u cho a Freud, y n o estaba d isp u esto a precipitar una ruptura. En d iciem
bre ocurrió a lg o que Freud deb ió acoger c o m o una oportuna diversión, que
[650] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
lo apartaba de los enredos del presente, llev á n d olo hacia confesion es rem o
tas. L e y ó un estud io que acababa de p u b licarse del surrealista francés
André Bretón, titulado L o s v a so s co m u n ic a n te s, en el que Bretón observa
ba — c o n ju sticia — que al analizar sus propios sueños Freud se apartaba
d e lo s tem as sexu ales que encontraba en lo s sueños de otros. Freud n egó
e n seg u id a la im putación, sosten ien d o que un inform e com p leto sobre sus
sueñ os habría ex ig id o revelaciones desagradables acerca de sus relaciones
co n su padre. Bretón no aceptó la ex c u sa , y la correspondencia c esó. *3<”
En tod o caso, nada podía alejar m uch o tiem po a Freud de Ferenczi. En
en ero de 1 9 3 3 , en respuesta a lo s c o r d ia les saludos de este últim o co n
m o tiv o del A ñ o N u ev o , él recordó la “ a fectuosa com unidad de vida, senti
m ientos e in tereses” que alguna v e z lo s había unido, com unidad que en e se
m om en to se había v isto invadida por “ alguna calam idad p sicológica” .
S ig u ió el sile n c io en Budapest, m ientras Ferenczi luchaba con su en ferm e
dad. D esp u és, a fines de m arzo, con ciliad or y autocrítico, Ferenczi prom e
tió interrumpir sus “berrinches in fa n tiles”; inform aba que su anem ia había
retrocedido y que él estaba “recuperándose lentam ente de una esp e cie de
c o la p so n erv io so ” . Alarm ado, Freud respondió unos días más tarde del
m o d o m ás paternal; le d ijo a F eren czi, que ya estaba desesperadam ente
enferm o, que se curara. La dilucidación de sus diferencias sobre teoría y
técnica podía esperar. Esa fu e la últim a carta que Freud le envió; al día
sigu ien te le inform ó a Eitingon que F erenczi había padecido “un grave ata
que delirante” , aunque parecía estar superándolo. *3U Pero la m ejoría era
en gañosa; F eren czi d ictó una carta e l 9 de abril, y el 4 de m ayo le hizo lle
gar un m en sa je a Freud a través de su e s p o sa G isela . El 22 de m ayo,
m urió.
U n o s d ía s m as t a r d e , en una extraordinaria respuesta a las condolen
cias d e E m est Jones, Freud m e z c ló la a flic c ió n con el análisis, otorgando a
este últim o el lugar principal. “ Nuestra pérdida — escribió— es grande y
d olo ro sa ”. Ferenczi se había “llev a d o co n él una parte de los viejos tiem
p o s” ; otra parte desaparecería cuando él m ism o, Freud, también abandonara
el escenario. Pero aquella pérdida, agregó, “en realidad no era algo nuevo.
D urante años, Ferenczi no estuvo ya co n nosotros, en realidad ya no estaba
c o n sig o m ism o. Ahora se puede estim ar co n más facilidad el lento proceso
de destrucción del que c ayó víctim a. Su expresión orgánica fue una anemia
p ern iciosa que pronto se co m p licó co n graves perturbaciones m otrices”.
C on el tratam iento del hígado só lo se había logrado una mejoría sum am en
te lim itada. “Durante las últim as sem an as, ya no podía caminar ni estar
parado. Sim ultáneam ente, con una siniestra coherencia lógica, se desarrolló
una degeneración mental que tom ó la form a de una paranoia”. Esta había
estado inevitablem ente dirigida contra Freud. “ En su núcleo estaba la co n
vic c ió n de que yo no lo quise lo bastante, de que no quise apreciar su traba
jo , y de que lo analicé m al”. Esto, a su v e z , proporcionaba la c lave de los
L a n a t u r a l e z a h u m a n a en a cción [6 5 1 ]
n ota b les experim en to s c lín ic o s de F en ic h el. C om o Freud había estad o
d iciendo durante algunos años, esas “ innovaciones técnicas estaban relacio
nadas” con los sentim ientos de Ferenczi respecto de él. “Quería demostrar
m e lo am orosamente que h ay que tratar al paciente si uno quiere ayudarlo.
En realidad, éstas eran regresiones a los com p lejos de su infancia, en los
que lo m ás perjudicial era e l hecho de que su m adre no lo había am ado con
bastante exclu sividad a é l , h ijo interm edio entre 11 <5 13. Y así, él m ism o
s e convirtió en una m ad re m ejor, y encontró los hijos que n ecesitaba”.
H ab ía trabajado b a jo e l d o m in io de un delirio; creía qu e uno de eso s
“h ijos” , una paciente norteam ericana a la que había dedicado cuatro a cin co
horas por día, después de v o lv e r a lo s Estados U nidos influía en é l desde el
otro lado del océano por m edio de vibraciones; im aginaba que ella lo había
analizado y salvado de esa manera. ” “D e ese m odo desem peñaba ambos
p apeles, ¡era madre e h ijo !”; adem ás aceptaba com o verdadero el relato de
ella sobre extraños traum as infan tiles. “ Su in teligencia, alguna ve z tan bri
llante, se extinguió” en tales “aberraciones”, concluye Freud pesarosam en
te. “Pero querem os preservar su triste final com o un secreto entre n o so
tros” : ése era su e p ílo g o co n fid en cial.
La muerte de F erenczi d ejó vacante la vicepresidencia de la A sociación
P sicoanalítica Internacional, y Freud propuso para e l cargo a M arie B on a
parte, no “só lo porque e s alg uien que puede presentarse ante el m undo
exterior” , sino tam bién porque "es una persona de alta inteligen cia, de una
capacidad de trabajo c a si m asculina, que ha escrito b ello s en sayos, está
com pletam ente d edicada a la causa y, c o m o es bien sabido, su p o sició n le
p erm ite prestar ayuda m aterial. V a a cum plir 50 años, probablem ente se
apartará cada vez m ás de sus intereses privados y se sum ergirá en el traba-
35 Ernest Jones apoya el relato de Freud o. Jal vez, se basa en alguna fuente
independiente, que no indica. Ferenczi —escribe Jones— “relató cómo una de sus
pacientes norteam ericanas, a la que solía dedicar cuatro o cinco horas por día, lo
había analizado y curado de todos sus trastornos”. Además lo había hecho telepá
ticamente, desde el otro lado de] A tlántico. (Jones III, 178). El diario íntimo de
FeTenczi correspondiente a 1932 presta alguna verosimilitud a esa descripción de
su estado mental cerca del fin, pero en realidad no confirma la imputación. A llí
inform a sobre una paciente tan “hipersensible” que «puede enviar “noticias tele
fónicas" atravesando enorm es distancias. (Ella cree en la curación a distancia
m ediante la concentración de su voluntad y pensamiento, pero especialmente de
su sim patía.)» (7 de julio de 1932. Klinisches Tagebuch, Freud Collection, B22,
LC). FeTenczi no decía que é l creyera todo esto.
36 En su biografía de Freud, Jones recogió en letras de im prenta sólo la pia
dosa primera paite de esta carta ([Jones III, 179), omitiendo la parte analítica. En
consecuencia, lo que siguió siendo un secreto durante mucho tiempo fue que la
descripción que realizó Jones del estado mental de Ferenczi (interpretado como
expresión de rivalidad envidiosa con una analista que — él lo sabía— estaba más
cerca de Freud que él mismo), era en realidad una transcripción casi literal del
diagnóstico de Freud.
[6 5 2 ] R evisiones: 1915-1939
jo analítico. N o n e c e sito m encionar que só lo ella m antiene unido al grupo
fr[an cés]’\ M ás aun: no era m éd ico , e invitar a un le g o a ocupar una p o si
ció n tan importante sería “un d esafío concreto contra la indeseable arro
gancia de los m édicos, a qu ien es les gusta olvidar que el psicoan álisis no
es, después de lodo, una p ieza d e psiquiatría”. *315
Esta carta a Jones parece el pequeño m anifiesto de un hom bre viejo
que desafía al destino. M ás o m en os durante la última década, Freud había
sufrido pérdidas terribles: su hija S o p h ie, su nieto H einele, sus co m p a ñ e
ros de taroc, seg u id o res co m o A braham y F erenczi y, en otro sen tid o,
Rank. L o había herido el cáncer. El m undo estaba desquiciado, pero ésa n o
era una razón para dejar de analizar. T am poco era una razón para rechazar
el refugio de la distancia hum orística. Freud se asemejaba al pájaro pegado
en la liga de un fam oso poem a de W ilh elm Busch, el versificador e ilu s
trador c ó m ico que al m aestro le gustaba tanto citar. M ientras el ave trata
en vano de desprenderse, un gato negro, que prevé conseguir com ida fácil,
se acerca furtivam ente; al ver que v a a lleg arle un fin inevitable, la v íc ti
m a d ecide pasar sus ú ltim o s m om en to s cantando con vigor. “El pájaro
— com enta sabiam ente B usch — m e parece que tiene sentido del hum or”
( "D er Voge!, scheini m ir, h at H u m o r.” ) L o m ism o hacía Freud, aun
que cada v e z tenía más dudas en cuanto a que valiera la pena realizar el
esfuerzo.
D oce
M orir en libertad
L a P O L IT IC A D E L D E SA ST R E
L os aco n tecim ien to s p ú b lic o s que am argaron los últi
m os años d e Freud h icieron palidecer los m ás lóbregos
productos d e su im aginación. “Es superfluo decir nada
sobre la situ ación gen eral d e l m undo — le escrib ió a
E m est Jones e n abril de 193 2 — . Q uizá só lo estem os
repitiendo la a cción ridicula de salvar la jaula del pája
ro m ientras la casa se in cen dia.” * 1 T en ía pocos analizandos, de m odo que
p a só la primavera *2 y el veran o trabajando e n sus N uevas con feren cias de
in tro d u cció n . A pesar de toda la a g ita c ió n p o lític a , la d écada de 19 2 0
(especialm ente a m ediados de la década) disfrutó de im petuosas perspecti
vas de recuperación. Pero eran s ó lo aparentes, o en todo c a so frágiles y
tenues; la Gran D ep resió n , que irrum pió en e l o to ñ o de 1929, lo cam b ió
todo.
Una de sus m ás ca lam itosas c o n secu en cia s fue el ascenso m eteórico
del partido nazi de H itler. En las e le c c io n e s para e l R eichstag d e 1928
hab ía te n id o q u e c o n ten ta rse c o n d o c e e sc a ñ o s; en las e le c c io n e s de
septiem bre d e 1 9 3 0 se v io catapultado a un sin iestro protagonism o co n
107 esca ñ o s, só lo detrás d e lo s socialdem ócratas. L o que suced ió era b as
tante claro: lo s n u ev o s votantes alem an es, y lo s votantes q ue estaban har
tos d e lo s partidos de cla se m edia paralizados por el creciente desem p leo,
las quiebras bancarias y c o m ercia les, y por supuesto, por las contradicto
[ 6 54 ] R e v is io n e s : 1915-1939
rias so lu cio n es propuestas, se congregaron bajo el estandarte de Hitler. La
R epública de W eim ar duró hasta enero de 1933, pero después de las e le c
c io n es de 1930 fue gobernada por H einrich Brüning, un conservador ca tó
lic o , por m ed io de d ecretos de em erg en cia. El país estaba a punto de
sum arse a la ola totalitaria.
La breve y en última instancia trágica historia de la R epública de W e i
mar atestiguó cuánta leña seca, útil para encender nuevas conflagraciones,
se había acum ulado en la estela de la Primera Guerra M undial. La depre
sió n , m ucho m ás d estru ctiva que lo s c ic lo s e co n ó m ic o s en d ém icos d el
capitalism o m oderno, hizo arder la m echa. El m ercado de valores de Nueva
Y ork se colap só por com p leto el 29 de octubre de 1929, pero el “Martes
N eg ro ” fue m ucho m ás un síntom a m elodram ático de desajustes econ óm i
c o s sub yacen tes, que una causa de e llo s. En consecu en cia, el crack dejó
rápidamente su huella en las vulnerables econom ías europeas, que dependí
an desesperadam ente del capital y de lo s clien tes norteam ericanos. Las
prohibitivas tarifas aduaneras que e l C ongreso de los E stados U nidos san
cio n ó en 1930, junto con la in flexib ilid ad norteamericana en el cobro de las
deudas de guerra, eran signos de que las frágiles estructuras financieras de
Europa poca ayuda podían esperar por ese lado. Cuando en julio de 1931 el
presidente H oover propuso una moratoria para las deudas de guerra, ya era
d em asiado tarde. M ientras los p o lítico s v engativos y chapuceros reñían, los
inversionistas vieron desbaratadas sus esp eculaciones, y m illones de perso
nas corrientes descubrieron que sus ahorros se evaporaban. S ó lo alguien
c o m o W illiam Bullit podía considerar estim ulantes todos estos desastres.
E n m e d i o d e l a c a l a m i d a d u n iv e rsa l, lo s a u stríacos n o estaban
m ejor que otros, sin o peor que la m ayoría. A cosad os por la inquietud p o lí
tica y las dificultades eco n ó m ica s, no aguardaron el naufragio de los m er
cados de valores y bancos para enzarzarse en choques sangrientos. El 15 de
j u lio de 1927 tuvieron lugar batallas cam pales en V iena entre la p o licía y
lo s m anifestantes. V arios asesinos ultraderechistas, culpables de crím enes
p o lític o s m ás allá de todo duda, habían sido absueltos por un jurado c o m
p la cien te, y esa o sten sib le aberración de la ju sticia sacó a las calles a los
socialdem ócratas. B alance del día: ochenta y nueve muertos y un desastro
so debilitam iento del ala socialista m oderada. “Este verano es realmente
catastrófico — le escribió Freud a Ferenczi desde Sem m ering, el lugar de
d esca n so en el que pasaba sus v a ca cio n es— , com o si un gran com eta pasa
ra por el c ielo . A hora nos enteram os de un altercado en V iena, estam os
casi incom unicados y sin m ayor inform ación sobre lo que está sucediendo
allá y lo que va a pasar. E s un asunto m uy fe o ”. *3
“ U n a su nto rep ugn ante” , e s c r ib ió literalm en te Freud, y no podría
haber eleg id o un m ejor adjetivo. « N o ha sucedido nada», tranquilizó a su
sobrino de M anchester dos sem anas m ás tarde, con lo cual quería decir que
nada grave le había ocurrido a él o a su fam ilia. Pero, agregaba, existían
M o r ir en lib e r t a d [6 55 ]
“en V iena m alas co n d ic io n e s so c ia le s y m ateriales”. *4 C uando, u n os aftos
m ás tarde, los partidarios austríacos de Hitler em pezaron a im portar las
tácticas terroristas de lo s n a zis a lem anes, las institu cion es republicanas
quedaron condenadas y su fin se con v irtió só lo en c u estión de tiem po.
“ Las c o n d icio n es g en e r a le s — le in form ó Freud a su sobrino S am u el a
fin es de 1930— son e sp ecia lm en te tristes en A ustria”. * 5
A principios de 19 3 1 , e l v e to de Francia, Italia y otras p oten cias frus
tró la propuesta austríaca de constituir una unión aduanera c o n Alem ania;
esa d ecisió n , ratificada por la Corte Internacional en otoño, representó para
lo s austríacos otro paso h acia e l desastre. En m ayo de ese año, el Credi-
tanstalt, el m ayor b a nco com ercia l de V iena, m uy bien relacionado con
bancos de otros pa íses, se v io o b lig a d o a declararse insolven te; só lo la
intervención del gobierno pudo salvarlo de la quiebra. Pero e l retiro de la
con fianza, y de los cap ita les, que sufrió el banco, repercutió en las e c o n o
m ías v ec in a s, todas u nidas en e l sistem a internacional co m o s i fueran
otros tan tos m on ta ñ ista s atados a la m ism a cuerda. "Las c o n d ic io n e s
p ú b lic a s , c o m o tal v e z ya se p a s — le in s is tió Freud a su so b r in o en
diciem bre de 1931— están y end o de m al en peor.” *«
S i bien Freud no p odía aislarse por com pleto de estos h ech os d esa len
tadores, estaba p rotegido de lo s problem as e co n ó m ico s por sus só lid o s
in gresos, en su m ayor parte proven ien tes de “d iscíp u lo s” analíticos extran
jero s que pagaban los honorarios en m oned a fuerte. A lgu n os m iem bros de
su fa m ilia eran m enos afortunados. “ M is tres hijos tienen trabajo”, o b ser
v ó Freud en 1931; pero su s y ernos n o co n seguían ganarse la vida. “R obert
[H ollitscher] no gana ni un cen tavo en su n eg o c io y M ax [H alberstadt]
está luchando fatigosam ente contra el deterioro del nivel de vida en H am -
burgo. V iven gracias a la asignación que puedo pasarles.” *7 Por fortuna,
estaba en con dicion es de hacerlo. Y a no trabajaba todo el día, pero sus
altos h onorarios, v e in tic in c o dólares por hora de an álisis, le perm itían
m antener a su ex tensa fa m ilia y ahorrar dinero al m ism o tiem p o s
A fines de 1931, Gran Bretaña había abandonado el patrón oro, los
bancos norteam ericanos quebraban en un núm ero aterrador, y en todas par
tes e l desem p leo se había ele v a d o a n iv e le s espantosos. En 1932 había
m ás de cin co m illo n es y m ed io de desocupados en A lem ania, y ca si tres
m illones en Inglaterra. El ín d ice de la p roducción narra con frías cifras la
1 Esos honorarios no eran fijos. Freud, que a veces trataba pacientes sin
cobrarles nada, era muy tolerante con los reveses económicos de los analizandos.
Cuando el norteam ericano Sm iley filanton volvió a analizarse brevem ente con
Freud en 1931, después de haberlo hecho en 1929 y 1930, quiso confirm ar si
debía pagar lo mismo. Freud le contestó que sí, y le preguntó si podía seguir
haciéndolo. “Por el tono de voz y por su actitud, estaba claro que reduciría los
honorarios si yo no podía perm itirm e la sum a habitual de 25 dólares por hora.”
(Sm iley B lanton, D iary o f My Analysis wiih Sigmund Freud [1971], 63-64.)
[6 5 6 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
alarm ante historia: si se tom a para 1 9 2 9 una base de 100, en 1932 había
c a íd o a 8 4 e n Inglaterra, a 67 en Italia, y a 53 en los Estados U nidos y
A lem an ia. El c o sto hum ano eran in ca lcu lab le. Las tragedias p ersonales
— carreras prom etedoras abortadas, súbita pobreza, hom bres cu ltos v en
d ien do cordones de zapatos o m anzanas en las esquinas, burgueses orgullo
s o s que aceptaban lim osna, com id a o ropa, d e sus parientes se convirtie
ron e n a lg o n orm al en to d a s p a r te s. En lo s p a tio s de las c a sa s d e
apartam entos de las ciudades alem anas, grupos errantes, en busca de unos
p o c o s P fe n n ig e , recitaban una ca n tin ela lacrim osa sobre el d ese m p leo
( A r b e iis lo s ig k e ii). M ientras tanto, en lo s Estados U n id os, B in g C rosby
cantaba co n v o z m elo d io sa un estrib illo m uy p oco agradable: “Hermano,
¿puedes darme d iez centavos?” En octubre de 1932, la patética canción de
Y ip Harburg estaba entre las “d iez principales” : evidentem ente, hablaba de
una preocupación dom inante. Las c o n secu en cias políticas eran previsibles:
la m iseria econ óm ica generó la búsqueda desesperada de panaceas. Era una
época para vendedores de recetas m ágicas; a medida que florecían los orado
res d em a g ó g ico s el centro m ás razonable perdía apoyo.
A ustria no se libró de nada de esto. Una alta tasa de d esem pleo no era
a lg o n u ev o para el país; desde 1923 en adelante, m uy poco m enos del 10
por ciento de la fuerza de trabajo había quedado al margen de los ciclo s
productivos. La cifra m edia ocultaba algunas duras realidades: en ciertos
sectores de la eco n o m ía austríaca, c o m o por ejem plo la industria metalúr
gica, hasta tres trabajadoras de cada d iez estaban buscando em p leo. En los
días e n que casi se produjo la quiebra del Creditanstalt, los austríacos
recordaban esas estad ísticas co n n ostalgia, pues el d esem pleo había ascen
d ido a n iv e le s nunca visto s. En 1 9 32, ca si 4 7 0 .0 0 0 personas, cerca del 22
por cien to de la fuerza de trabajo austríaco, estaba inactiva; en febrero de
1933, la desocup ación alcanzó una cim a sin precedentes de 580.0 0 0 afecta
d os, o el 27 por cien to de la fuerza laboral. C on fábricas que cerraban, y
una seguridad social patéticam ente ob so leta, regiones enteras del país eran
a b a n d o n a d a s o b ie n o c u p a d a s por io s d e se m p le a d o s y su s fa m ilia s.
M uchos, después de una búsqueda de trabajo frenética y fútil, se entrega
ban a la resign ación , y optaban por sentarse en los parques y por gastar en
bebida su s esca so s y esen cia les recursos, pero una buena cantidad de jó v e
nes que pasaban de la e scu ela a las co la s de pobres que esperaban el pan,
em p ezó a interesarse por lo s rem edios m ágicos que trataban de vender los
nazis austríacos y su s sem ejantes. “ El h ech o de que usted todavía, a los
sesenta años, no haya m etido en su bolsa al dragón de la sinrazón, no debe
exasperlo — confortó Freud a Pfister, observando todo esto, en la prim ave
ra d e 1 932— . Y o , a lo s 7 6 , no he h ech o nada m ejor, y él todavía resistirá
unas cuantas batallas. Es m ás duro que n o sotros.” **
D e s d e f in e s d e 19 32, el ca n ciller socialcristian o Engelbert D o llfu ss
gobernaba en Austria con una le g isla ció n de em ergencia, com o Brüning lo
M o r ir e n l ib e r t a d [6 5 7 ]
estaba h acien do en A lem ania; a principios del año sig u ien te, lo s alem anes
le proporcionaron e l m o d e lo d e un g o b iern o aun m ás autoritario. L os
nazis dem ostraron a lo s austríacos, y a todos, cuál era el m étod o ex a cto
para asesinar a la dem ocracia. Hitler fu e d esignado canciller de A lem ania el
30 de enero de 19 3 3 , y e n lo s m eses sig u ie n te s d esactivó sistem áticam en
te lo s p artidos p o lític o s , las in stitu cio n es parlam entarias, la libertad de
exp resión y de prensa, las u niversidades y las organ izacion es culturales
in depen dientes, y e l im perio d e la ley . D esd e m arzo de 193 3 , D o llfu ss
sig u ió a H itler hasta c ierto punto: gob ern ó sin parlam ento. P ero e l ré g i
m en nazi fue m u ch o m ás lejos; abrió cam pos d e concentración para lo s
op ositores p o lític o s y e m p e z ó a gobernar por m ed io de la m entira, la in ti
m id ación, la proscrip ción y e l a sesin ato. L os soc ia lista s, lo s dem ócratas,
lo s c o n se r v a d o r e s p o c o f ia b le s , lo s ju d ío s, fu eron “p u rg a d o s” de lo s
em p leos p ú b lico s y las cátedras, de lo s p eriód icos y las editoriales, de las
orquestas y lo s teatros. El an tisem itism o racial se c on virtió en p o lítica de
gobierno.
Entre lo s prim eros ju d ío s alem anes que dejaron el país (que ya no era
de e llo s ) había p sic o a n a lista s, por eje m p lo M ax E itingon y O tto Fen i-
ch e l, Erich From m y Ernst S im m e l, y m ás de otros cincuenta. A l buscar
refugio en el extranjero, descubrieron qu e, en un m undo en las garras de la
depresión y de una cierta xen o fo b ia a u tod efensiva, e llo s no eran m uy bien
ac o g id o s. Tan d e se sp e r a d o s se habían v u e lto lo s tiem p o s, que in clu so
algunos de lo s h o la n d eses, por lo general inm unes al b a cilo del an tisem i
tism o, dem ostraron ser vulnerab les a lo que un analista de esa nacion ali
dad, W esterm an H olstijn, d en om inó regresiones “nazi-narcisistas”. *» D os
de los hijos de Freud, O liv er y Ernst, que s e habían e stab lecid o en A lem a
nia durante la R epública de W eim ar, tam bién consideraron prudente e m i
grar. Para e llo s — le e scrib ió Freud a su sobrino de M anchester, Sam uel—
“la vida en A lem an ia se ha v u elto im p o sib le” . O liver se fue a Francia
por un tiem po, y E m st a Inglaterra, para quedarse.
E l l O d e m a y o d e 1 9 3 3 , lo s n azis incluyeron indirectam ente a Freud en
sus persecu cion es, e n una espectacular quem a de libros. “La ex clu sió n de la
literatura ‘d e izquierda', la dem ocrática y la judía, prevaleció por encim a de
cualquier otra co sa ”, ha escrito el historiador alem án Karl Dietrich Bracher.
“Las listas negras que se estaban co n feccionando, aún incipientes en abril
de 1933” , incluían los escrito s de socialdem ócratas alem anes com o A ugust
Bebel y Eduard B em stein; de H ugo Preuss, el padre de la constitución de
Weim ar; d e poetas y novelista s (T hom as y Heinrich M ann entre otros) y de
cien tífico s c o m o Albert E instein. “El c atálogo retrocedía lo bastante en el
tiem po c o m o para abarcar desde H eine y Marx hasta Kafka. La quema de
libros que se pu so en esc e n a el 10 de m ayo de 1933, en las plazas de las
grandes ciudades y en las ciudades universitarias, sim bolizaron el auto de fe
de todo un sig lo d e cultura alem ana. A com pañado por desfiles de antorchas
de estudiantes y discursos apasionados de profesores, pero organizado por el
[6 5 8 ] R evisiones: 1915-1939
M inisterio de Propaganda, aquel acto bárbaro anunció una época que H ein-
rich H eine había caracterizado sumariamente con palabras proféticas: donde
se qu em an lib r o s, fin a lm e n te tam b ién se quem arán p e rso n a s.” * u Las
pub licaciones p sicoan alíticas, co n lo s libros de Freud a la cabeza, n o fu e
ron o lvidad os en esta gran hoguera de la cultura.
Eran “tiem pos lo c o s” *»* le d ijo Freud a Lou A ndreas-Salom é cuatro
días después de aquel acontecim iento teatral. Su am iga estuvo de acuerdo,
en un ton o tan v ig o ro so co m o e l de él. "La sem ana pasada — le escribió
Pfister a Freud a fines de aquel m es— e stu ve unos p ocos días en A lem ania,
lo cual m e provocó una repugnancia de la que no m e libraré por m ucho
tiem po. El m ilitarism o proletario h u ele aun m ás a podrido que el espíritu
Junker de sangre azul d e la era de G uillerm o. Cobarde con otros, vuelca su
có le r a in fan til con tra lo s ju d ío s in d e fe n so s e in c lu so saq u ea b ib lio te
cas”. * n Freud todavía lograba m ostrarse sardónico y divertido. “ ¡Qué pro
gre so s e sta m o s h a cien d o ! — le co m e n tó a Ernest Jon es— . En la Edad
M edia m e habrían quem ado a m í; hoy en día se contentan con quemar m is
libros.” * u Esta deb ió de ser la m enos clarividente de todas sus agudezas.
L a v id a e n V ie n a se v o lv ía cada v e z más precaria, a m edida que se
estrechaba y hacía m as am enazante el abrazo con el que ceñían a Austria
sus poderosos v e c in o s, la Italia fa scista y la A lem ania nazi. Sin em bargo,
las cartas de Freud correspondientes al primer año del régim en de Hitler,
aunque desapacibles y co léricas, estaban imbuidas de op tim ism o. En m arzo
de 1933 — en una de sus últim as cartas a Freud— F erenczi, cariñosa y fre
néticam ente, le rogó que saliera de Austria. Freud no quería ni oír hablar de
ello. Era dem asiado viejo — contestó— estaba dem asiado enferm o, dependía
dem asiado de su s m éd icos y de sus com odidades. Por otra parte, n o era
seguro — se tranquilizó a s í m ism o y tranquilizó a Ferenczi— “que el régi
m en de H itler tam bién alcanzara Austria. Es sin duda posib le, pero todos
creen que las cosas aquí no alcanzarán el nivel de brutalidad que tienen en
A lem ania”. R econocía que en parte estaba perm itiendo que su ju icio se v ie
ra in flu id o por e m o c io n e s y r a c io n a liza cio n es. Sin em b argo, “ n o hay,
sup ongo, ningún peligro person al”. C oncluía con firm eza: “ C reo que só lo
se justificaría escapar si hubiera un peligro concreto para la vid a.” En
abril, en una larga carta a Ernest Jones, parecía pensar com o m uchos ale
m anes habían pensado sobre los nazis el año anterior. El n azism o austríaco
— sostenía— sería sin duda frenado por lo s otros partidos de la derecha.
C om o viejo liberal austríaco, entendía que una dictadura de partidos de dere
cha sería sum am ente desagradable para los judíos. Pero n o creía en la p o si
bilidad de que se dictaran ley es discriminatorias, puesto que lo s tratados de
paz las prohibían exp lícitam ente, y la Liga de las N acion es sin duda inter
vendría. “ Y en cuan to a que Austria se una a A lem ania, en cu y o ca so los
judíos perderían todos sus derechos, Francia y sus aliados nunca lo perm iti
rían. Naturalm ente — ob servó co n cautela unas sem anas m ás tarde— “el
M orir en liberta d [6 5 9 ]
futuro todavía depende de lo que vaya a resultar de la caza de brujas alem a
na” . * 17 N o o b stan te, c o m o la m ayoría de sus con tem p orán eos, aún no
había com prendido que la L iga de las N a cion es, o Francia, o sus aliados,
iban a m ostrarse sum am ente débiles cuando los pusieran a prueba.
En su carta a F erenczi había hablado de racionalizaciones. Era la pala
bra correcta. S i b ie n H itler n o lo g ró lanzar una in v asión sobre A ustria
in m ediatam ente después de tomar el poder, estaba agitando a los nazis aus
tríacos y a sus sim patizantes param ilitares. Por lo m en os durante algún
tiem p o , M u sso lin i actuó c o m o protector d e A ustria contra las am biciones
de la A lem a n ia nazi. M ientras tanto, lo s b oletin es em itid os en la casa de
Freud, aunque p o n ien d o de m a n ifiesto algunas preocupaciones, estaban
saturados de n eg a c io n e s. En e l v eran o de 1933, Freud le esc rib ió a su
sob rin o S am u el que el porvenir era sum am ente lóbrego. “Sabes por los
diarios (y o so y ahora un lector regular del Manst. Guardian) cuán insegura
es nuestra situ ación en A ustria. L o ú n ico que puedo decir e s que estam os
d e cid id o s a aguantar aquí hasta e l ú ltim o m inuto. Q uizá no sea tan dram á
tic o .” * » Estaba analizando c in c o horas por día, le escribió a la poeta nor
team ericana H ilda D o o little, e x pa ciente, e n octubre de 1933, m uy fe liz de
saber q ue el trabajo que e lla y é l realizaron juntos había dado frutos: “ M e
causa una profunda satisfacción enterarme de que usted está escribiendo,
creando; recuerdo que para e llo nos sum ergim os en las profundidades de su
m ente in con scien te” . Esperaba n o tener que desplazarse. “N o creo que vaya
a Londres c o m o sup onen sus bon dad osos am igos; puede que no existan
p rovocacion es que m e obliguen a abandonar V iena. •'»
Pero ex istiero n provo ca cio nes su fic ie n tes antes de m ucho tiem po, y la
em igración se perfilaba cada v ez m ás ante Freud com o un curso de acción
p osib le (se perfilaba y era inm ediatam ente rechazada). N o le agradaba la
perspectiva de ser un refugiado: a p rin cip ios de abril de 1933 le pidió a
Ferenczi que pensara en lo desagradable que sería e l ex ilio , fuera en Ingla
terra o en Suiza. Pero un año m ás tarde parecía m enos-confiado; le advir
tió a P fister que si n o iba pronto a V iena , “d ifíc ilm en te v o lverem os a ver-
n o s e n esta v ida”. U n viaje por v ía aérea estaba exclu id o. Había volado
una v e z , en 1 9 30, pero n o lo haría de n u e v o . A dem ás — agregó— , “ si me
viera forzado a em igrar, n o elegiría S u iza , fam osa por su falta de hospita
lidad” . En cualquier caso, todos creían qu e lo que Austria podía esperar era
“un fascism o m oderado, ¡sea lo que fuere!” * M
U nos p ocos días antes de que Freud enviara su carta, a m ediados de
febrero, el canciller D o llfu s había proporcionado in d icios de lo que podría
ser e se fascism o ; reprim ió co n todas la s fuerzas a su d isp o sic ió n una h u e l
ga p o lítica organizada por lo s so c ia lista s e n V iena. Puso fuera de la le y a
lo s so ciald em ócratas y al pequeño Partido C om unista, arrestó a los fun
cionarios so c ia lista s, y co n fin ó a sus líd eres en cam pos de concentración.
A lg u n o s h uyeron a! extranjero; otros fueron en carcelados; unos p o co s,
ejecutados. “N uestra pequeña guerra c iv il no fu e en absoluto b ella” , le
[660] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
inform ó Freud a A m o ld Z w eig . “ N o se podía salir a la calle sin docu m en
tos de identidad, faltó energía eléctrica durante un día, pensar en que p o
dríam os quedam os sin agua era m uy frustrante.” **> U nos días más tarde le
recordó lo s m ism os a contecim ien tos a H ilda D oolittle: había estallado una
sem ana de guerra c iv il, « n o m u cho su frim iento personal, s ó lo un día sin
luz eléctrica, pero e l “S tim m u ng” era terrible y la sensación, co m o la de
un terrem oto». * n
C om padecía a las v íctim as, aunque m ás bien con frialdad. “S in duda
— le esc r ib ió a H .D .— lo s reb eld es pertenecían a la m ejor parte de la
p o blación, pero su éx ito habría sid o breve, y p rovocado la invasión m ili
tar del país. A d em ás de e llo s había co m u nistas, y y o n o espero ninguna
salvación del com u nism o. D e m od o que n o podíam os ofrecer nuestra sim
patía a ninguno de los bandos co m b atien tes.” • » A su hijo E m st le e sc r i
b ió con causticidad: “Naturalm ente, los triunfadores son ahora los héroes
y salvadores del orden sagrado, y los otros los rebeldes descarados.” Pero
se negaba a condenar dem asiado severam ente al régim en de D ollfuss: “con
la dictadura del proletariado, que era la m eta de los denom inados líderes,
tam poco se puede v ivir.” D esd e lu ego, los triunfadores estaban c o m etien
d o todos los errores p o sib les, y el porvenir segu ía sien d o incierto. “Un
fa sc is m o a u stría co o la e s v á s tic a . En e l U ltim o c a s o , ten d rem os que
irnos.” Pero lo s h ech os sangrientos de febrero llevaron a Freud a pensar
en R o m eo y J u lie ta , y le citó a A rnold Z w eig (en aquel en tonces ya in có
m odam ente establecid o en Palestina) al M ercucio de Shakespeare: “ Una
desgracia para sus dos casa s” . • »
La neutralidad de Freud era en parte astucia, y en parte ceguera. La
victoria de la izquierda e n “el m om ento de guerra c iv il” en Austria habría
sin duda llevado a las tropas alem anas a cruzar la frontera. Tam bién era
bastante cierto que lo s com u nistas participaron en e l alzam iento de febrero
y que lo s socialdem ócratas nunca renunciaron form alm ente a su programa
revolucionario. Pero e l papel que desem pañaron los “ bolch eviq u es” en los
hech o s de febrero de 1934 fu e al m ism o tiem po honorable y m enor, y las
acciones de lo s socialdem ócratas n o tenían m ucho que ver con su retórica
radical. Freud habría h ech o m ás justicia a los desórdenes de febrero lim i
tándose a condenar a los represores, y n o a lo s reprimidos.
U n m o d o d e d o m i n a r su s e n t im ie n to de im p o te n c ia c o n s is t ía
— se g ú n él m ism o d esc u b r ió — en p erm itirse esp e c u la c io n e s sob re las
p e r sp ectiv a s p o lític a s. “L as c o sa s n o pueden se g u ir a sí — le p redijo a
A m o ld Z w e ig a fin es de febrero de 1 934— . A lg o tiene que ocurrir.” C om o
alguien que se encontrara en una habitación de hotel, estaba esperando que
cayera e l segu n d o zapato. Esa situación, ¿no lo llevaba a pensar en “La
dama o el tigre”? Tal c o m o é l recordaba la historia, algo oscuram ente, un
pobre prisionero en un circo romano esperaba que de una puerta cerrada
saliera un tigre que lo devoraría, o una dama que se casaría con é l. Hitler
M o r ir e n l ib e r t a d [6 6 1 ]
podría invadir Austria; la rama loca l de los fascistas podría tomar el poder;
el príncipe heredero de lo s H absburgo, Otto, q ue n o había renunciado al
trono, podría restaurar el antiguo régim en. M editando sobre su estrategia
en m ed io de toda esta agitación, Freud perm itió que una nota lastim era se
deslizara en su carta: "Q uerem os resistir aquí con resignación. D espués de
tod o , ¿ad ónd e iría c o n m i d e p e n d e n c ia y d e sv a lim ie n to físic o s? Y el
extranjero es m uy p o c o hospitalario en todas partes”. En e se m om ento de
autocom pasión olvidaba todos lo s ofrecim ientos de asilo. Pero recon oció
que, sí “un virrey hitleriano” llegara a gobernar en V iena, él tendría que
irse, a cualquier lado. • *
La resisten cia de Freud a dejar V iena se co n v ir tió en un e strib illo
repetido en todas sus cartas. N o lograba aceptar la posibilidad de que un
virrey nazi se estab leciera en A ustria, y su rutina lo ataba al lugar al que
estaba acostum brado. S eg u ía an alizan do y escribiendo; le agradó tomar
nota de que sus libros estaban sien d o traducidos a idiom as tan exóticos
co m o el hebreo, e l c h in o y e l japon és; disfrutaba con los ob seq u ios de
estatuillas antiguas que le llev a b a n a m igos atentos. R ecibía visitan tes en
B e r g g a sse 19. S us h ijos em ig ra n tes, Ernst y O liver, iban a verlo. T enía
analizandos y aso cia d o s en m u ch o s países del m undo: M ax Eitingon, Edo-
ardo W eiss, W illia m B u llitt, M arie Bonaparte, Jeanne Lam p¡-de G root,
A rnold Z w eig . Las visitas de n u e v o s adm iradores com o H.G. W ells eran
lo bastante im portantes co m o para registrarlas en la C h ron ik **7 En co m
paración co n esa v id a , la em igración só lo podía ser peor. En todo caso, le
dijo Freud a H ilda D o o little, “s é que y a hace tiem po que tendría que haber
cerrado m is cuentas y que lo que todavía tengo e s un presente inesperado.
Por otra parte, no resulta dem asiad o p enoso pensar en dejar para siem pre
este escenario y e ste conjunto d e fe n ó m en o s. N o hay m ucho que lamentar,
los tiem pos so n cru eles y e l porvenir parece desastroso” .
Durante e so s años fu n e sto s, H itler lo g ró contentar a Freud en una úni
ca oportunidad, pero esa v e z le procuró una sa tisfacción sin lím ites. El 30
de ju n io de 1 9 34, un cierto n úm ero d e antiguos cam aradas de H itler, a los
que éste m anifestó tem er c o m o rivales y conspiradores, fueron arrancados
del lech o y ejecu tados sum ariam ente. La m ás im portante de las víctim as
era Ernst R ühm , líder de la m ilic ia nazi de lo s cam isas pardas, las S A , y a
él lo acom pañaron m u ch o s en su súbita m uerte, tal v e z unas d oscientas
personas. D e una m anera serv il, la prensa controlada por los n azis anunció
la purga sangrienta c o m o una lim p ieza necesaria que libraba al m o v im ie n
to de hom o sex u a les e intrigantes sed ien to s d e poder. Para H itler, el resul
tado fue el d om in io absoluto del Tercer R eich. Pero Freud, alegrándose,
no v eía m ás que la realidad inm ediata: nazis que mataban a nazis. “Los
acontecim ientos d e A lem an ia — le escrib ió a A m o ld Z w eig — m e recuer
dan a m odo de contraste una exp eriencia del verano de 1920. Era el primer
con greso, en La H aya, fuera de nuestra prisión". Para m uchos analistas
austríacos, alem anes y húngaros, éste había sid o e l primer viaje al exterior
[662] R e v isio n es: 1 9 1 5-1939
desde el principio de la guerra. ‘T o d a v ía hoy m e satisface recordar lo bon
dadosos que fueron nuestros co le g a s h o landeses c o n los centroeuropeos
ham brientos y andrajosos. A l final del congreso nos dieron una cena de
auténtica suntuosidad h o land esa, por la cual n o se n os perm itió pagar
nada. Pero nos habíam os olvid ado de có m o se com ía. Cuando se sirvieron
lo s hors d o e u v r e s , n o s gustaron m u ch o a todos, y cuando nos quedam os
hartos, ya n o pudim os tomar nada m ás. ¡Y ahora el contraste! D espués de
las noticias del 3 0 de ju n io , ten g o un único sentim iento: ¡qué, d espués de
lo s hors d ’o euvre tengo que levantarm e de la m esa! ¡Y no hay nada más!
¡Todavía tengo hambre!” * »
Lam entablem ente, n o iba a haber nada m ás para satisfacer el hambre
d e venganza de Freud. En ju lio de 1934, el canciller D o llfu ss fue asesina
do por los nazis austríacos durante un g olpe abortado (abortado só lo por
que M ussolin i no estaba todavía d isp u esto a entregarle Austria a los a le
m anes). Hitler, que no estaba d ecidido a invadir y s í d ispuesto a esperar, se
retiró. La república austríaca so brevivió cuatro años m ás, gobernada por
m ed io de decretos de em ergencia, co m o bajo el régim en de D ollfuss. “La
ira sofocada — le había escrito Freud a Lou A ndreas-Salom é en la prim a
vera de 1934— lo agota a uno, o a lo que queda del y o anterior. Y uno n o
s e form a un n u e v o y o a lo s 7 8 a ñ o s.” *30
E L D E SA F IO C OM O ID E N T ID A D
P aradójicam ente, e so s años em pujaron a Freud a co n si
derarse m ás ju d ío . L os tiem pos d ifíc iles para los judíos
eran particularmente adecuados para que él proclamara
sus lealtades “radicales”, y aquellos eran tiem pos d ifíc i
les para lo s ju d ío s. La depresión y la agitación política
habían lle v a d o a rechazar las so lu c io n e s racion ales,
proporcionando un terreno fértil para lo s antisem itas, esp ecialm ente en la
Europa Central. Pero, a d iferencia de A dler, que se convirtió al protestan
tism o, y de R ank, que se v o lc ó brevem ente hacia el ca tolicism o rom ano,
Freud nunca rechazó ni ocu ltó su ascendencia. Sabem os que en el esb ozo
autobiográfico que escrib ió en 1924 o b servó explícitam ente, incluso con
a lg o de truculencia, que sus padres eran ju d íos y que él también había
s eg u id o sién d o lo . D ijo lo m ism o , c o n id én tico én fa sis, dos años m ás tar
d e, cuando en m a y o sus herm anos de la B ’nai B ’rith celebraron pródiga
m en te su sep tuagésim o cu m pleaños, organizando una reunión festiva con
m uchos oradores, y dedicando un núm ero especial del B’nai B ’rith M i t t e i -
lu ngen al m iem bro m ás céleb re de la logia. En el agradecim iento, Freud
recordó aquellos días de 1897, cuando se había unido a ellos: “ El h echo de
M o r ir e n l ib e r t a d [6 6 3 ]
que ustedes fueran judíos tenía que ser forzosam ente grato para m í, pues
yo m ism o era ju d ío , y n egarlo siem pre m e ha parecido no s ó lo ind ign o,
sin o totalm ente absurdo.” * J1 C uando tenía casi ochenta años, lo dijo de
nuevo: "Espero que u sted no d e sc o n o z c a — le escr ib ió a un tal doctor
Siegfried Fehl— que siem p re he sid o fiel a nuestro p ueblo, y que nunca
pretendí ser otra co sa que lo que soy: un ju d ío de M oravia cuyos padres
vinieron de la G alitzia austríaca".
Pero en la atm ósfera envenenada de fin es de la década de 1920 y prin
cip io s de la de 1930, h izo alg o m ás que negarse a rechazar su origen judío.
Lo proclam ó. La actitud de Freud c o n respecto al judaism o a lo largo de
su vida revela esta estrategia en gran m edida inconsciente. En 1873, duran
te su primer ario en la u niversidad, había descubierto que se suponía que
debía sentirse inferior a cau sa d e su “raza”. Su respuesta fue el desafío: n o
veía razón alguna para in clin arse ante e l veredicto de la m ayoría. M ás tar
d e, en 1897, sin tién d o se prácticam ente s o lo con sus descubrim ientos su b
ver siv o s, se u nió a una nu eva lo g ia local d e la B 'nai B ’rith y en oc a sio n es
pronunció conferencias en ella; d espu és de que encontrara m édicos afines,
ansiosos (aunque n o c a p a ces) d e asim ilar sus ideas, esp ació sus conferen
cia s en la lo g ia y su a s iste n c ia a la s r eu n ion es. A sim ism o , en 190 8 ,
luchando por m antener un idos a su s partidarios suizos no ju d íos, en las
cartas a sus am igos ín tim os ju d ío s A braham y F erenczi les rogó p aciencia
y tacto, apelando a las a finidades “ra ciales” que los unían com o base e sen
cial para la perfecta co o p eración en aquel m om ento crítico.
Los inquietantes a co n tecim ien to s p o lític o s tuvieron sobre él un e fec to
análogo, aunque un p o c o m ás lento. En 1895, d espués de que F rancisco
José se negara a nombrar alcalde de V ien a al político antisem ita Karl Lue-
ger, aunque el v oto popular lo había d esig n a d o, Freud lo celebró perm i
tiéndose fumar algunos de sus cigarros prohibidos. * » pe ro el emperador
só lo pudo p osponer esa d esig n a ció n , n o im pedirla; en 1897 (e l año en que
Freud se u nió a la B ’nai B ’riüi), Lueger asum ió el cargo. U n sueño de
Freud de p rincipios de 1898, que tuvo desp ués de asistir a una representa
ción de la obra de T heodor Herzl sobre e l antisem itism o titulada E l n u e v o
gu eto , parece prácticam ente una respuesta a la situación política: soñ ó co n
“la cu estió n ju d ía , con la p reocup ación por e l porvenir de nuestros h ijos, a
los que uno n o podía brindarles un hogar nacion al”. H erzl es un intere
sante pum o de partida para el sueño. Freud, que co n ocía bien el m ensaje
de aquel hom bre, observ ó e l d esarrollo del sio n ism o con un interés b en é
vo lo , pero sin tom ar parte activa en el m o v im ien to .1 C on todo, e s sor-
2 “El sionismo — le escribió a J. Dwossis, de Jerusalén, que estaba tradu
ciendo algunos de sus textos al hebreo— ha suscitado mis más fuertes simpatías,
que todavía me atan a él. Desde el principio” le había interesado, “cosa que la
situación de hoy en día parece justificar. Me gustaría estar equivocado acerca de
esto” . (Freud a D w ossis, 15 de diciem bre de 1930, ejem plar m ecanografiado,
Freud M useum , L ondres.) Su com en tario más extenso sobre el sionism o se
[664] R evisio n es: 1 9 1 5-1939
prendente que permitiera a Herzl, e l elocu ente paladín del bogar nacional
jud ío, entrar en su v ida onírica y ayudarlo a definir su sentido de lo que
sig n ific a b a ser ju d ío en una cultura antisem ita. Pero, c o m o hem os visto ,
la ed uca ció n p o lítica de Freud le lle v ó algún tiem po. L o que llam a la aten
ción en su correspondencia de fin es de la década de 1890 (cuando la “c u e s
tión ju d ía ” se a gud izó en Austria) n o e s que com entara m ucho los hech os
p o lític o s, sin o q ue lo hiciera m uy p o c o . S in em bargo, d esp u és de la Pri
mera Guerra M undial, sus respuestas desafiantes se hicieron m ás enfáticas.
R ecord em os aquella entrevista de ju n io d e 1926 en la cual, asustado por el
brote de a n tisem itism o p o lític o , pu so de m an ifie sto la im portancia que
tema la adversidad para su identificación judía, al renunciar a su identidad
germ ana.3
L a id e n t if ic a c ió n ju d i a de Freud era enfáticam ente laica. La brecha
in telectual y ética entre los judíos bautizados y Freud (que desdeñaba esa
senda hacia la respetabilidad) era insalvable, pero tam bién lo era la que lo
separaba d e quienes continuaban practicando la fe de sus m ayores. Freud
era tan a teo co m o jud ío. D e h ech o, esa ca si veneración con la que la B ’nai
B ’ríth lo proclam aba c o m o uno de lo s su y os, le resultaba en apariencia un
tanto em barazosa y totalm ente divertida. “ En su conjunto — le escrib ió a
M arie Bonaparte en m a y o de 1926. d espu és de cum plir setenta años— los
jud ío s m e han celebrad o co m o a un héroe nacional, aunque mi m érito en
la causa judía se lim ita al h ech o de que nunca he negado mi con d ición
judía”. * » Esta era una a u tod efin ición m ás bien distante; con su expresión
“lo s ju d ío s” parece tratar co m o extraños a quien es se creían sus herm anos.
In can sab lem en te reiteró su p o sic ió n , sobre todo en sus ú ltim os años,
se diría que preocupado por que nadie se equivocara al respecto. “ M e iden
tifico co n la religión judía tan p o c o c o m o con cualquier otra”, le e scrib ió
encuentra en una carta a A lbert Einstein. Aparentemente Einstein le pidió que se
pronunciara públicamente sobre el tema, y Freud se negó: “Quien quiera influir en
una m ultitud debe tener algo valioso y entusiasta que decir, y mi sobria evalua
ción del sionism o no perm ite esto” . Declaraba sim patizar con el movimiento y
estar “orgulloso” de “nuestra” Universidad de Jerusalén; le agradaba que florecie
ran “nuestros” asentam ientos. Por otro lado, no creo que Palestina se convierta
nunca en Estado judío, ni que el mundo cristiano o el islámico estén alguna vez
dispuestos a permitir que sus lugares sagrados queden en manos judías. Para mí
habría sido más com prensible fundar una patria judía en un territorio nuevo, sin
trabas históricas.” Sabía que una actitud “racional” como ésa nunca lograría “el
entusiasm o de las masas y los recursos de los ricos”. Pero lamentaba que “el
fanatismo antirrealista” de sus hermanos judíos despertara la sospecha de los ára
bes. “No puedo experim entar ninguna sim patía por una piedad extraviada que con
vierte en religión nacional un fragmento del muro de Herodes, y por él desafía
los sentim ientos de los nativos del lugar.” (Freud a Einstein, 26 de febrero de
1930, Freud Collection, B3, LC.)
3 Véase la pág. 500.
M orir en libertad [6 6 5 ]
a un corresponsal en 1929; había d ich o e s lo m ism o antes, y volvería a
decirlo cuando algu ien se lo preguntaba. “ Los ju d íos — le escr ib ió a A r
lhur Schn itzler, c o m o antes lo había h ech o a M arie Bonaparte— se han
apoderado de m i persona en todas parles y lugares con entusiasm o, com o
si yo fuera un gran rabino tem eroso de D ios. N o ten go nada e n contra,
desp ués de haber aclarado d e m odo ineq uívoco mi p o sición con respecto a
la fe. A fectiv a m en te, e l ju d a ism o todavía sig n ifica m u ch o para m í,” *** En
1930, en su Prefacio para una traducción hebrea de T ó te m y ta b ú , se d es
cribe de nu ev o c o m o un hom bre “ totalm ente apartado de la religión de sus
padres, tanto c o m o de cu alquier otra” , que “no podía com partir ideales
n acio n a lista s y qu e sin em b a rg o nun ca n e g ó su p er ten en cia a su p u e
b lo ” . C uando un dev o to m éd ico norteam ericano le habló a Freud de la
v isió n re lig io sa qu e lo había co n d u cid o hasta C risto, y lo in stó a c o n sid e
rar si no era p o sib le que tam bién él, Freud, encontrara a D io s, él descartó
la idea co n cortesía pero firm em en te. D io s no había h ech o lo m ism o por
él, n o le e n v ió v o c e s interiores, y por lo tanto lo m ás probable era que en
sus ú ltim o s años siguiera s ie n d o “ un ju d ío in fie l”. * 3»
Freud subrayó esa infidelidad olvidando lo p oco de hebreo que alguna
vez supo. En su ép oca d e escolar, había estudiado religión con su admira
do m aestro, y d esp u és am ig o y benefactor, Sam uel H am m erschlag. Pero
H am m erschlag, un d o cente inspirado y estim ulante, había h ech o hincapié
en lo s v a lo r e s é tic o s y en la e x p erien cia h istórica del p u eb lo ju d ío , a
ex p en sa s d e la gram ática y el vocab u la rio . En su juven tu d , recordaba
Freud, “nuestros m aestros d e religión librepensadores no daban ninguna
im portancia a que alum nos adquirieran c o n o cim ien tos de lengua y literatu
ra hebrea”. *40 M ás aun: nunca había practicado el hebreo y le resultaba
inútil. Por cierto , cuando Freud c u m p lió q uince añ os, su padre le regaló
una B iblia co n una dedicatoria afectuosa y retórica en e se idiom a, que se
refería p oéticam en te al espíritu de D io s h ablándole a su h ijo de siete años.
O b viam ente, era e l reg a lo d e un ju d ío a otro ju d ío, pero de un ju d ío ilu s
trado, p rob a b lem en te n o practicante.'* En to d o c a so , Freud c u lp ó a su
padre, “que hablaba la len gua santa tan bien co m o e l alem án, o m ejor” ,
por haberlo dejado crecer “en una com pleta ignorancia de todo lo concer
niente al ju d a ism o ”.* El h ech o de que Jacob Freud hubiera escrito en
* "Si se analiza la dedicatoria como documento hebreo, resulta claro que
Jacob Freud no era un judío religioso ni nacionalista, sino un miembro de la Has-
kalá, un movim iento que contem plaba el judaism o como síntesis de la religión de
la ilustración. Ningún judío ortodoxo habría hablado con ligereza del Espíritu de
Dios dirigiéndose a un niño de siete años. Tam poco un judío religioso considera
ría que la Biblia pertenece a la hum anidad en general.” (M artin S. Bergmann,
“Moses and the Evolution o f F reud’s Jewish Identity” , Israel Annals o f P sy
chiatry and Related Disciplines, XIV [M arzo de 1976], 4.)
s En 1930, A.A. Roback. un psicólogo e idishista norteam ericano le envió
uno de su libros a Freud con una inscripción en hebreo. Freud, al agradecer el
[666] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
hebreo la dedicatoria no suponía que esperaba que su hijo la leyera. En rea
lidad, Freud lam entaba hasta cierto punto no leer hebreo. En 1928, en una
carta de agradecim iento a J. D w o ssis por la traducción de P sic o lo g ía d e
la s m a sa s y a n á lisis d e l y o , dijo que había confiado en las garantías que le
d io un pariente que n o m enciona, “que e s maestro de nuestra sagrada, anti
gua y ahora renovada lengua” , acerca de que la traducción era realmente
ex celen te.6 *42
El riguroso secu la rism o de Freud n o consentía en su vida d om éstica
la sup ervivencia de la m enor huella de observancia religiosa. L os Freud
pasaban deliberadam ente por alto las concurridas fiestas fam iliares judías,
co m o por ejem p lo la P ascua, que los padres de Freud habían se gu id o c e le
brando a pesar de estar em ancipados de la tradición. C ruelm ente, Freud
acabó co n la ortodoxia ju v e n il de su esp o sa , a pesar de la pena que le pro
vo cab a a ella. “ N uestras fiesta s — recordó Martin Freud— eran la N a v i
dad, co n regalos bajo un árbol co n lu cecitas, y la Pascua cristiana, co n
h u ev o s pintados llam ativam ente. Y o nu nca había estado en una sin agoga,
ni tam poco, por lo que sé , m is herm anos o herm anas”.7 Martin Freud
se u nió a K adim á, una orga niza ció n estudiantil sio n ista , d esp u és de la
guerra, y su herm ano Ernst p articipó activam en te en la e d ic ió n de un
p erió d ico sionista, actitudes qu e el padre aparentem ente a cogió con apro
b a ción , o que por lo m en o s co n sideró co m o asunto personal de sus h i
jo s . Pero la ignorancia que tenían lo s hijos de Freud con respecto a las
o b se rv a n cia s ju d ía s era tan radical c o m o la del padre. C uando M artin
Freud se ca só , tuvo que pasar por una cerem onia religiosa, según requería
presente, observó que su padre, aunque proveniente de "un medio j asid ico’’, había
estado alejado de “las asociaciones de su lugar de origen durante más de veinte
afios” . Y agregó: “Tuve una educación no judía hasta el punto de que hoy en día
no sé ni siguiera leer su dedicatoria, que evidentemente está en caracteres hebre
os. Más tarde, a menudo he lamentado esa laguna en mi educación.” (Robach,
Freudiana 1957, 5 7.)
6 Un com entario casual dirigido a Fliess en 1895 revela que ésa no era una
laguna de la que Freud se quejara sólo en sus últimos años. Fliess le había envia
do una observación sobre la angustia de la vergüenza que experimentó Adán des
nudo ante el Señor, y Freud, a quien el comentario le pareció “ sorprendente”,
manifestó que le habría gustado leer el pasaje y “preguntarle a un hebreo [es
decir, a alguien que leyera hebreo] el significado del lenguaje”. (Freud a Fliess,
27 de abril de 1895, Freud-Fliess, 128 [127].)
7 Ese autorizado recuerdo invalida la afirmación del sobrino de Freud, Harry,
en el sentido de que el tío, aunque “completamente antirreligioso [no era) en
modo alguno un ateo. Sim plem ente no pensaba mucho en ritos y dogmas, y se
rebelaba contra cualquier im posición u obligación religiosa. No celebraba las
fiestas ni iba a la sinagoga”. (Richard Dyck, "M ein Onkel Sigm und”, entrevista
con Harry Freud en Aufbau, Nueva York, [11 de mayo de 1956], 3.) Si Freud fue
alguna vez a una sinagoga, debió de hacerlo con ocasión de algún servicio en
m emoria de alguno de sus amigos. Pero no hay pruebas de que sucediera.
M orir en liberta d [6 6 7 ]
la le g isla c ió n austríaca; al entrar en e l tem p lo, se sa c ó e l som brero co m o
sig n o de respeto al lugar sagrado. El acom pañante que tenía a la izquier
da, m ejor inform ado, v o lv ió a enca squ etá rselo. El n o v io , que n o podía
creer que hubiera que conservar la cabeza cubierta durante la cerem onia
relig io sa , se descu brió de n uev o , ante lo cual el acom pañante de la dere
ch a v o lv ió a p o n érselo . *45 El e p iso d io e je m p lifica e l se cu la rism o que
Freud alentó en su fa m ilia . El era m u ch o m ás j u d ío frente a lo s a n tisem i
tas que en su propio hogar.
A l m is m o t i e m p o , Freud creía en la e x isten cia de un elem ento casi
etéreo, in d efin ib le, que le convertía en un ju dío. L o que lo ligaba al juda
ism o — le escrib ió a lo s herm anos de la B ’nai B ’rith en 1926— n o era la
fe, «pues siem pre he sid o incrédulo; fui e d ucado sin religión , aunque no
sin respeto por las ex ig e n c ia s d enom inadas “étic a s” de la cultura hum ana».
T a m p o c o era o r g u llo n acional (é l lo co n sid er a b a p e lig r o so e in ju sto).
“Pero había algo que hacía que la atracción del jud aism o y los judíos fuera
tan irresistible, m uchas oscuras fuerzas em o cio n a les, cuanto m ás podero
sas m en os expresables co n palabras, así c o m o la clara con cien cia de una
identidad interior, el secreto de la m ism a construcción m ental. *46 Freud
podía insistir en su “ clara c o n c ie n c ia ” de la identidad ju d ía, pero e so s
vagos in d icio s aportaban tanta luz co m o oscuridad. Invitan a un asenti
m iento intu itiv o , tien en m uy p o c o de a n á lisis racional.
Con lodo, son una co n secu en cia concreta de la creencia de Freud en la
herencia de características adquiridas; de algún m odo m isterioso, su c on d i
ción de ju dío, la cualidad que lo identificaba, form aba parte de su herencia
filogenética. N unca exploró el m odo en que e sa dotación “racial” lamar-
ckiana actuaba en él, pero estaba co n v e n c id o d e que existía. En 1922 le
escribió a F erenczi que le im pacientaba tener que ganar dinero, afrontar un
m undo despreciab le, aceptar que envejecía. “ Extraños anhelos secretos”,
escrib ió, surgían dentro de é l, “ tal v e z de la herencia de m is antepasados
del O riente y el M editerráneo, anh elo s de una vida totalm ente distinta,
d eseo s del fin al de la infancia, irrealizables y m al adaptados a la reali
dad”. *47 E so s oscuro s an h elo s sigu ieron intrigándolo. D iez años m ás tar
de, en 1 932, le escrib ió a A rnold Z w e ig , que acababa de volver de P alesti
na; «Y nosotros p roced em os d e a llí (aunque uno de nosotros tam bién se
considera germ ano, el otro no); nuestros antepasados quizá vivieron allí
m ed io m ile n io , tal v e z un m ile n io co m p le to (p ero e so , tam bién só lo “ tal
v e z”), y e s im posib le d ecir qué nos quedó entretanto en la sangre y los
nervios (aunque sea una manera incorrecta d e decirlo) com o una herencia
de la v id a en e s e país». T odo era m uy enigm ático: “Oh, la vida podría ser
m uy interesante si un o supiera y entendiera m ás sobre e lla ” *4*
A la lu z de esto s enigm as podría interpretarse la pasión de Freud por
las antigüedades. S in duda, estaba p rofusam ente sobredeterm inada. Pero
uno d e los sig n ifica d o s in e q u ív o co s de su s estatuillas y placas era que le
[668] R e v isio n es; 1915-1939
recordaban un m un d o que nunca v isitó , pero que pensaba que de algún
m odo m isterio so era e l su y o . E ste e s el m ensaje q ue Freud q u iso transm i
tir en su P refacio a la traducción hebrea de T ó tem y tabú : había renunciado
a m uch o de lo q u e tenía en com ú n co n lo s otros ju d íos, pero lo que le
quedaban de su c o n d ic ió n ju d ía era “ todavía m ucho, probablem ente lo
principal”. N o p odía expresar esa “e se n c ia ” con palabras, por lo m enos no
todavía. “ Seguram ente algún día estará al alcance de la com prensión c ie n
tífica.” *4» Ese era el Freud investigador en acción: su sentim iento de una
identidad ju día, en ig m á tico y m ás allá del alcance de la c ie n cia por ei
m o m e n to , ten ía q u e se r c o m o e l s e n tim ie n to o c e á n ic o d e R o m a in
R olland, un fen ó m e n o p s ic o ló g ic o en principio su scep tib le d e in vestiga
ció n .
Si b ien la esen cia de la co nd ición ju d ía, de su identidad personal judía,
podría resistir el a n á lisis, Freud n o advertía ningún problem a e n las c o n se
cuencias d e ser ju d ío en su socied ad. Extraño a la fe d e sus padres, y resen
tido contra lo s p od ero so s elem en to s antisem itas de la A ustria en la que
tenía que v iv ir y trabajar, se sen tía d o b lem en te a lien ad o. En sín tesis,
Freud se veía c o m o un hom bre m arginal y pensaba que esa p o sició n le
proporcionaba una ventaja inapreciable. A fines de 1918 term inó una carta
a P fister co n dos provo ca tiv o s interrogantes: “ Y pasando a otra c o sa , ¿por
qué ningún dev o to cr e ó el psicoan álisis? ¿Por qué hubo que esperar a un
jud ío com pletam ente ateo?” *J<> P fister, que n o se d esconcertó en absoluto,
con testó que ser p iad oso n o eq uivalía a tener el g en io del descubridor, y
que la m ayoría d e las p ersonas piadosas eran incapaces de tales logros.
A d em ás, Pfister no estaba d isp uesto a considerar a Freud ni c o m o aleo ni
co m o judío: “ N unca hubo un m ejor cristiano”. *31
Freud no co m e n tó e s e c u m p lid o b ienintencionado, aunque dudoso.*
Pero cono cía la respuesta a sus propias preguntas, y ésta difería d e cisiv a
m ente del e lo g io aleg re y fa lto d e tacto de Pfister. C o m o sa b e m o s, el
h ech o de que en la universidad se le hubiera negado su condición de “aus
tríaco” le procuró una tem prana fam iliaridad con la con d ición de opositor,
co n lo cual preparó el ca m in o para “ una cierta independencia de ju ic io ”. *M
En 1925, preguntándose por la am pliam ente difundida resistencia al p sic o
análisis, sugirió que una causa podría ser que e l fundador era un ju d ío que
nunca h izo un secreto de su origen . * » A l año sig u ien te, en una carta a
sus com pañeros de la B ’nai B ’rith, desarrolló algo m ás e s e punto. Había
descubierto “que debo s ó lo a m i naturaleza judía las d os características que
s e volv iero n indispensables en mi d ifícil m odo de vida. Porque era judío,
* Al leer esta carta algunos años después, Anna Freud, con toda justicia, se
preguntó: “ ¿Qué demonios quiso decir Pfister con esto, y por qué pretendió discu
tir el hecho de que mi padre era judío, en lugar de aceptarlo?" (Anna Freud a
Ernest Jones, 12 de julio de 1954, papeles de Jones, A rchivos de la B ritish Psy
cho-Analytical Society, Londres.)
M o rir en libertad [669]
m e encontré libre d e m u c h o s p rejuicios que lim itaban a lo s otros en el
em p le o de su s in telecto s, y en tanto jud ío estaba preparado para entrar en
la o p o sic ió n ” . A su m o d o , y para su s propios fin es, Freud estaba d is
p u esto a dar crédito a la im putación antisem ita de que los ju d ío s se ven
o b lig a d o s a ser m ás in telig en tes que la m ayoría.
La tesis e s v e r o sím il, p ero está lejo s de ser com p leta, o, en todo ca so ,
co n clu y en te. O tros ju d ío s, d e p o sic ió n tan m arginal c o m o la de Freud, se
con virtieron al cristia n ism o o entraron e n lo s n e g o c io s co n su ju d aism o
nom in al in tacto, se un ieron al Partido C om unista o em igraron a A m érica,
y en térm inos gen era les n o dem ostraron ser m ás in teligen tes u origin ales
que cualquier otro. Por otra parte, D arw in, que tal v ez sea c o n quien m ejor
puede com pararse a Freud, se sentía con seguridad có m o d o en el e s ta -
b lis h m e n t in g lé s, y a sí s ig u ió d esp u és d e haber publicado E l o rig e n d e
¡as esp e c ie s. H ay alg o de cierto en la o b servación de Freud e n cuanto a que
un ju d ío o un cristian o d e v o to s n o podrían haber descubierto e l p sic o a n á li
sis: la doctrina era dem asiado iconoclasta, dem asiado irrespetuosa con la fe
religiosa y tam bién desdeñaba la a p ologética. P uesto que para Freud la fe
re lig io sa (toda fe re lig io sa , in clu so la ju día) era un tem a p o sib le de estu d io
p sic o a n a lítico , s ó lo p od ía afrontarla co n la p erspectiva del ateo. N o es
casual que tam bién D arw in fuera ateo, aunque n o un m arginal.
S i b ien no se sig u e , en to n c e s, que s ó lo un hom bre m arginal — en par
ticular, un ju d ío m arginal— podría haber realizado la obra de Freud, et
precario estatus de lo s ju d ío s en la sociedad austríaca probablem ente resi
día en el hech o in cu estionab le de que casi todos los prim eros p sico a n a lis
tas de V ien a fueran isra elita s. Su so cied a d le s perm itía form arse c o m o
m éd ico s, pero d esp ués n o eran particularm ente bien acogid os por la e lite
m éd ica co n v en cio n a l. “Im agin o — escrib ió E m est Jones en su autobiogra
fía , reflex io n a n d o sobre e l fe n ó m en o ju d ío en e l p sicoan álisis— que las
razones d e e sto eran principalm ente lo c a le s en Austria y A lem an ia, puesto
qu e, sa lv o , en pequeña m edida, en lo s Estados U nidos, es un rasgo que n o
se ha repetido en n in gü n otro p a ís.” C on sideraba o b v io que en V ie n a
resultaba “ m ás fácil para lo s m éd ico s ju d ío s com partir el ostracism o de
Freud, que era só lo una sub lim ación de la vida a la que estaban acostum
brados, y lo m ism o va lía para B erlín y B udapest, donde e l antisem itism o
era igualm ente pronunciado” . »*5} A nte el conservadurism o so c ia l co m b i
nado con fan atism o, para lo s prim eros p sicoanalistas un cierto grado de
endurecim iento representaba una cualidad altamente adaptativa.
A dem ás, c o m o h em os v isto , un estado de ánim o desafiante saturaba el
9 Sin embargo. Jones, que tenía algunas ideas prim itivas sobre las cualida
des nacionales y raciales, continúa generalizando, más bien a la m anera fteudia-
na, acerca de la “ aptitud [de los judíos] para la intuición psicológica, y su capaci
dad para resistir a la difam ación pública”, lo que, a su juicio, "tam bién podría
haber favorecido este estado de cosas” . (Free Associations, 209.)
[6 7 0 ] R e v isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
carácter de Freud. Hallaba placer en ser el líder de la op osición , el desen-
m ascarador d e sim u la cio n es, la N é m e sis d el autoengaflo y las ilusiones.
E staba o r g u llo s o d e su s e n e m ig o s — la p er se g u id o ra Ig le sia C a tó lic a
R om ana, la burgu esía hipócrita, e l ob tu so esla b lish m en l psiquiátrico, los
m aterialistas norteam ericanos— ; tan o r g u llo so , por cierto, que en su m en
te adquirían dim en sio n es d e espectros p o d erosos, m ucho m ás m a lévolos y
m uch o m en os d iv id id o s que en la realidad. S e comparaba a sí m ism o con
A n íb a l, co n A h sh v ero , co n J o sé, c o n M o isé s, tod os e llo s hom bres con
m isio n es históricas, adversarios p od erosos y destin os d ifíc iles. En una car
ta temprana m u y citada, le había dich o a su prometida: “ N adie lo diría al
verm e, pero ya en la escu ela siem pre fu i un hom bre osado de la o p o si
ció n , siem pre e stu v e en lo s ex trem o s, y , c a si siem pre, tuve que pagar por
e llo ” . U na no che, Breuer le d ijo que “había descubierto que en m í había
oculto, por debajo de una capa d e tim idez, una persona inmoderadam ente
arrojada e intrépida. Siem pre creí esto , y sim p lem en te nunca m e atreví a
decírselo a nadie. A m enudo h e sentido co m o si hubiera heredado toda la
obstin a ció n y las p a sion es de nuestros antepasados cuando defendían su
tem plo, c o m o si y o pudiera dar m i vida co n alegría a cam bio de un gran
m o m en to ” .
Esta, desde lu eg o , era la efu sió n de un jo v en amante interpretando un
papel ante la m ujer co n la que q u e quería casarse. Pero Freud era así, y
sig u ió sié n d o lo siem pre. Su co nfesada co n d ición de ju d ío le proporcionaba
am plias oportunidades para cultivar esa actitud; su co n d ición , aun más
con fesad a, de psicoanalista la pu so a prueba y la endureció a lo largo de
lo s años. Pero era ú n ico en su s do n es, a s í c o m o en la form a particular de
su c o n stela ció n fam iliar y d e su d esarrollo m ental. F inalm ente, aunque
parezca insatisfactoria, hay que volver a la afirm ación del propio Freud:
ante la creatividad, en este ca so d el psicoanalista, no cabe m ás que deponer
las armas. Freud era Freud.
E l espíritu des a r a n te que im pulsaba a Freud a proclamar su con d i
ció n jud ía en tiem p os d ifíc ile s tam bién a n im ó su ú ltim o trabajo prolonga
do , M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ís ta , aunque c o n un b lan co diferente.
M uchos d e sus lectores, rec e lo so s o enfu recid os, lo vieron co m o un infor
tunado ca m b io de dirección: co n su estu d io esp ec u la tiv o sobre M oisés,
Freud parecía tratar de herir a lo s jud íos en lugar de defenderlos. El libro
es un producto cu rioso, m ás conjetural que T ó te m y ta b ú , m ás desaliñado
que In h ib ic ió n , sín to m a y a n g u stia , m ás o fe n siv o que E l p o rv e n ir d e una
ilu sió n . Su form a m ism a e s peculiar. El libro, tal c o m o fin alm en te fu e
im preso a fin es de 1938, consta d e tres e n sayos íntim am ente vinculados
de e x ten sió n m uy desigual: “ M o isés, un e g ip c io ” es un esb o zo rápido de
só lo un puñado d e páginas; “ Si M o isés fue un e g ip c io ...” cuatriplica al
anterior; el tercer en sa y o , “ M o isé s, su pu eb lo y la religión m onoteísta”
ocupa m u ch o m ás esp a c io q u e lo s dos prim eros juntos. M ás aun: el e n sa
M o r ir en liberta d [6 7 1 ]
y o final in clu y e en su in ic io d o s P refacios que en gran m edida se anulan
recíprocam ente, y un tercer P refacio, antes de la segunda parte, en m ed io
del trabajo, llen o d e m aterial, deliberadam ente repetitivo, de lo s en sayos
anteriores. E sto no e s sen ilid ad; leer M o is é s y la re lig ió n m o n o te ísta equi
v ale a participar en su elab o ra ció n , en las p resiones internas y políticas
que actuaron sobre Freud en e so s años, y captar e co s de una é p oca ante
rior, m enos horripilante.
La figura de M o isé s — le esc r ib ió Freud a Lou A n dreas-Salom é en
193 5 — le había o b se sio n a d o toda su vida. T oda una vida es m ucho
tiem po, pero un cuarto d e s ig lo antes, en 1 909, había com parado a Jung
con un Joshua que tom aría p o se sió n de la tierra prom etida de la psiquia
tría, m ientras que él, Freud, un M o isé s, estaba destinado a verla s ó lo desde
m uy le jo s. *3* El prim er fruto de la preocupación de Freud por M o isés fue
su estu d io a n ó n im o de la fa m o sa estatu a de M ig u e l A n g el en R om a,
p ublicado en 19 1 4 .i° En c o n se c u e n c ia , cuando su o b sesión por M o isé s,
reapareció, a principios d e la década de 1930, Freud halló en él un v iejo
com pañero, co n o c id o pero en a b soluto có m od o. En una carta enigm ática a
A m o ld Z w e ig , d eclaró que M o isés había sido “un redom ado antisem ita”
que “no lo guardaba en secreto. Tal v e z — esp ecu ló Freud— realm ente era
un eg ip c io . Y seguram ente tenía razón ”. * » La observación, prácticam ente
única en lo s escritos de Freud, subraya su amargura de e so s años; d etesta
ba en lo s otros cualquier s ig n o de aby ecto autoodio ju d ío, y n o se co n sid e
raba culp able de albergarlo é l m ism o en ningún sentido. Sin duda, para
Freud, M o isés era una figura tan p e lig ro sa com o tentadora.
E m pezó a trabajar en M o isé s y la re lig ió n m o n o teísta en el verano de
1 934, pero en secreto; le h abló de e llo a Eitingon y a A m o ld Z w eig. A
fin es de e s e año, A nna Freud inform ó a Lou A ndreas-Salom é de que su
padre había com pletado cierto “trabajo esp ecial” en el verano, pero sin reve
lar su contenido. * « Cuando Freud se enteró de la discreta indiscreción de
su hija, optó por decirle a su “ querida Lou” que había estado luchando con
“la cuestión de qué ha creado realm ente e l carácter especial de los judíos”.
Claram ente, su p reocupación por M o isés formaba parte de una preocupa
ción m ás am plia: la del m isterio de la co nd ición judía. La conclusión: “El
judío e s una creación del hom bre M o isé s”, que había sid o un noble; “en
una e sp ecie de nov ela histórica”11 *«■ se proponía responder a la pregunta de
quién era M o isés y c ó m o se había abierto cam ino c on los judíos.
•o V éa n se las p á g s, 3 5 7 - 3 6 1 .
11 En 1937, al agradecerle a Hans E hrenw ald un ejem plar de su lib ro On the
So-called Jewish S p irit, le c o n fe só que “h a ce v arios años em p ec é a preguntarm e
cóm o han adquirido lo s ju d ío s su carácter peculiar”, sin “ llegar m uy le jo s ”. Se
sen tía im pu lsad o a co n clu ir que hab ía sid o “ la prim era, por a sí decir em brionaria,
exp erien cia del pu eb lo , la heren cia de M o isé s , y e l é x o d o de sd e E gipto, lo qu e ha
m arcado a lo s ju d ío s a través d e lo s s ig lo s ” . (Freud a Ehrenw ald, 14 de diciem bre
d e 1937, ejem plar m ecanografiado, Freud M useum , Londres.)
[6 7 2 ] R evisio n es: 1 9 1 5-1939
Esa in v estig a ció n le fascinaba pero e l género en el que había caído no
le resultaba afín. Le adm itió a E itingon que no creía que las n o velas histó
ricas fueran su fuerte; Thom as Mann era el único que ias había escrito.
A dem ás, las pruebas históricas eran inadecuadas. * « N o obstante sobrecar
gado co n un “e x c e s o de o c io ” — le escrib ió a A rnold Z w eig — y “en vista
de las nuevas p ersecu cio n es”, se había preguntado "cóm o lle g ó a co n sti
tuirse el ju d ío y por qué había atraído sobre s í e se o d io inm ortal”. La fór
m ula “ M o isés creó al ju d ío ” fu e bastante fá c il de hallar. Pero el resto esta
ba c r e a n d o g r a n d e s d if ic u lt a d e s . Y a sa b ía ( e s to o cu rría a fin e s de
septiem bre de 19 3 4 ) que iba a organizar la “ materia prim a” en tres d iv isio
nes, “la primera interesante a la m anera de una novela; la segunda laborio
sa y exten sa”. Era en la tercera donde la em presa amenazaba al fundador,
pu es incluiría una teoría de la religión que — según tem ía— no podría
publicar en la A ustria de su ép o ca , se n sib le y estrictam ente católica, y d is
puesta en cu alquier m om ento a poner al p sicoan álisis fuera de la ley, * 63
Sin em bargo, no podía detenerse.
La dos prim eras partes breves de M o isé s y la re lig ió n m o n o te ísta son ,
aunque alg o sorprendentes, só lo m oderadam ente subversivas. La idea de
que M o isés era un e g ip c io había sido sostenida por eruditos respetables
desde hacía décadas. Su nombre era eg ip cio , y la historia de que la princesa
eg ip c ia había d escu bierto al niño entre los ju n cos tenía el asp ecto (por lo
m en os para lo s a n ticlericales) de una transparente falsa coartada. En 1935,
m ientras Freud hacía una pausa con el libro, el púb lico norteam ericano
podía oír en la ópera popular de G eorge G ershw in titulada P o rg y a n d B ess
una advertencia sarcástica: “ N o necesariam ente son así, / las cosas que te
oblig a n / a leer en la B ib lia, / no necesariam ente son a sí” . Y una de las
cosas enum eradas por el libretista Ira G ershw in era el m odo “conveniente”
en que la princesa e g ip cia había “encontrado” a M oisés: “E lla lo pescó,
d ice, en esa corriente” . N o hay pruebas de que Freud tuviera alguna vez
noticias d e P o rg y a n d B ess, pero un m ism o e sce p tic ism o con respecto a
lo s relatos p ia d o so s parecía estar infiltrándose en Austria.
T am p o co eran particularm ente n uev a s las dudas sobre el Libro del
E xodo, ni ex c lu siv a s de la ép oca de Freud. A ciertos eruditos religiosos,
tanto ju d ío s c o m o cristianos, les había resultado d ifícil hacer de M oisés
un personaje coherente; n o podían explicar racionalm ente su ex clu sió n de
la Tierra Prom etida, ni ponerse de acuerdo acerca de las circunstancias de
su m uerte. Y a en el sig lo X V II, y hasta bien entrado el X V III, para los
d eísta s había sid o un p erverso pasatiem po ex p licar el relato m ilagroso
sobre lo s h ijo s de Israel cruzando el mar R o jo , y los no m enos m ilagro
sos h ech o s de M o isé s. En 1 7 6 4 , en su D ic c io n a rio filo s ó fic o , V ol tai re
había adu cido ra zones c o n v in cen tes para afirm ar que M o isé s n o podía
haber escrito el P en tateuco (qu e, d esp u és de todo, registraba su propia
m uerte), y a contin u ación form uló un interrogante m ás radical: “¿Es real
m ente cierto que hubo un M o isés? ” * “ En 1906, el em inente historiador
M o r ir e n l ib e r t a d [6 7 3 ]
alem án de la antigüedad Eduard M eyer, cuya obra Freud citaba con respeto,
había planteado la m ism a pregunta y sosten id o que M oisés era una le y e n
da, y no un personaje real. * « Freud n o lle g ó tan lejos; la ex iste n c ia h istó
rica de M oisés era de hech o la p ieza central de su teoría. Pero in sistió,
com o había hecho M ax W eber en su estu dio del judaism o antiguo, en que
M o isé s no fu e un ju dío.
Freud tema perfecta concien cia de que esa hipótesis suscitaba interro
gantes m olestos sobre M o isé s, e l predicador del m onoteísm o. D espués de
lod o, los egip cios habían rendido cu lto a toda una tribu de las m ás diversas
deidades. Freud pensaba que tenía la respuesta: hubo un m om ento en la his
toria de Egipto, aproxim adam ente en e l 1375 a. de C ., en el que el faraón
A m en hoiep IV introdujo durante un breve tiem po un m on oteísm o riguroso
e intolerante, el cu lto de A tón . * « Esa era la doctrina que M oisés, un noble
eg ip cio de posició n elevad a, quizá m iem bro de la casa real, transmitió al
pueb lo ju dío, en aquel en to n ces e n cautiverio. Pero al principio su teología
severa y exigente había caído en tierra estéril; la deidad que los judíos adop
taron en su vagabundeo posterior al éx o d o de Egipto fue Y ahvé, un tosco,
ven gativo, sediento de sangre, “dios de los volca n es”. P asaron sig lo s
hasta que el pueblo ele g id o aceptara finalm ente las enseñanzas de otra fig u
ra tam bién llamada M o isé s, un m on o teísm o e levad o relacionado con reglas
m orales que exaltaban el renunciam iento. Si esa h ipótesis dem ostraba ser
correcta, observa Freud secam ente, m uchas leyendas prestigiosas se precipi
tarían en el vacío: “N in gún historiador puede considerar que el relato bíb li
co sobre M oisés y el éx o d o sea a lg o m ás que una ficción piadosa, que ree-
laboró una tradición rem ota al serv icio de su s propias c o n v en ien cias”. Su
reconstrucción no dejaba “lugar alguno para un buen número de piezas bri
llantes del relato b íb lico , c o m o por ejem p lo las d iez plagas, el paso del
mar R ojo, la solem ne entrega de las tablas de la ley en el m onte de S in a f .
* » L os autores de la B iblia habían condensado todo tipo de figuras distin
tas, com o los dos hom bres llam ados M o isé s, y adornaron los h echos de tal
m odo que resultaba im p osible cualquier reconocim iento.
Esa ic o n o c la sia n o presentaba n inguna dificu ltad para Freud. Pero
parecía im p o sib le c o n c ilia r e l c u lto p r im itivo a Y ahvé de lo s antigu os
h eb reos con la ex ig e n te d octrina de M o isés. En este punto Freud e n c o n
tró el a p o y o que b uscaba e n una m on o g ra fía de! erudito Ernst S e llin ,
quien, en 1 9 22, había su g erid o qu e M o isé s fu e a sesin ad o por el p u eb lo
que él m ism o sa có de E gip to, y que su religión había sid o abandonada
d espu és de su m uerte. * 6S Q u izá por un p er ío d o de hasta o c h o sig lo s ,
Y ahvé sig u ió sien d o e l D io s d el p u e b lo ju d ío. P ero fin alm en te un n u ev o
profeta, que tom ó su no m b re, M o is é s, d el anterior reform ador, había
o b lig a d o a lo s h eb reos a s o m e te r se a la fe que e l M o isés origin al trató de
im p onerles e n v an o. “ Y é s te e s el resu ltado e sen cia l, el c on ten id o fu n e s
to, de la historia de la r e lig ió n ju d ía .” La h ip ó tesis de S e llin sob re el
asesinato de M o isés era — y Freud lo sab ía— extrem adam ente osada y
[6 7 4 ] R e v isio n es: 1915-1 9 3 9
n o estaba bien d o cu m en tada, pero le p a reció m uy v e ro sím il, in c lu so pro
b able. “ El p u eb lo ju d ío d e M o isé s era tan p o c o capaz de tolerar una r e li
g ió n tan esp iritu a liza d a , d e hallar en lo qu e e sa relig ió n le o fr e c ía la
sa tisfa c c ió n d e sus n ecesid a d es, c o m o lo fueron los e g ip cio s de la d e c i
m octava d inastía.” * »
U n fundador asesinado por seguidores incapaces de elevarse a su nivel,
pero herederos de las co n secuencias d e su crim en y finalm ente reform ados
bajo la presión d e sus recuerdos: ninguna fantasía podía ser m ás afín a
Freud. D esp u és de todo, él era el autor de T ó te m y ta b ú , que había p o stu
lado un crim en m uy sim ilar c o m o fundam ento d e la cultura humana. M ás
m ordazm ente, se v eía a s í m ism o c o m o el creador de una p sico lo g ía su b
v ersiva, un hombre que se encontraba cerca del final de una carrera larga y
lab oriosa, co nstan tem en te obstruida por en em ig o s abusivos y desertores
cobardes. C om o sabem os, la ¡dea de que había quienes querían m atarlo le
era d em a sia d o fam iliar. ¿ A c a so Jung, y d esp u és Rank, tal v e z in clu so
Ferenczi, no habían albergado tales pensam ientos parricidas?
E nton ces, a fin a les d e 1 9 34, Freud se d etuvo. Estaba luchando c on
a lg u n o s “r e c e lo s in tern o s” , n o m e n o s perturbadores qu e lo s “ p elig ro s
e x tern o s” representados por las autoridades austríacas. * 71 Entender el
verdadero carácter y la autoridad de la tradición religiosa, la influencia de
lo s grandes hom bres en la histo ria , la p resión d e las ideas r elig io sa s, m ás
fuerte que todas la s c o n sid era cio n es m a teriales, le parecía a Freud una
tarea vasta y pesada. T em ía que su m agnitud, que por una parte hacía el
trabajo m ás atractivo para é l, por otro lado lo pusiera fuera del alcance de
su s fu erzas. L a m entab lem en te, su “n o v e la h istórica — le d ijo a A m o ld
Z w e ig en n oviem b re— no r esiste a m i propia crítica. E stoy ex ig ien d o
m ás certidum bre, y n o m e gusta ver que la form ulación final del con ju n
to , para m í v a lio sa , e s té en p e lig r o por descan sar sobre cim ie n to s de
barro” . *72 Irritado c o n sig o m ism o , le r o g ó a su am igo: “ D éjem e s o lo con
M o isé s. El h ech o de que este intento p robablem ente final de crear algo
haya em barrancado m e deprim e bastante. N o se trata de que huya de é l. El
hom bre, y lo que quise hacer de é l, m e persiguieron in cesantem ente”. *73
Esta patética apelación atestigua q u e a la edad de setenta y och o años
pod ía estar tan o b sesio n a d o co n su trabajo co m o cuando era un jo v e n
in vestigad or. Y esa o b se sió n n o s e d esv a n ecía. A principios de m ayo de
1 9 3 5 , le inform ó a A m o ld Z w e ig de que n o estaba fum ando ni esc rib ien
d o , pero que «“ M o isé s” no abandonará m i im aginación». *7< El proyecto
— le c o n fe s ó a E itingon un os p o c o s días d esp u és— “ se ha convertid o en
una fija ció n para m í”. Y agregó: “ N o puedo escapar de él ni ir m ás lejo s
co n é l”. *75 El hom bre M o isés era un in vitad o al que no podía enseñarle
la puerta.
P e r o M o i s é s no era e l tínico visitante de Freud; por fortuna, su o b se
sió n no llegaba a la m onom anía. Estaba leyen d o tan voraz y críticam ente
M o r ir en l ib e r t a d [675]
co m o siem pre,11 y todavía podía disfrutar del sol, las flores y sus v a c acio
nes. “Lam ento que usted nunca viera nuestra casa co n jardín aquí, en Grin-
zin g — le escrib ió a H ilda D o o little en m ayo de 1935— . Es el lugar m ás
b onito que h em o s ten id o , un en su eñ o , y a só lo m ás o m e n o s 12 m inutos
en coch e d esd e B erg g a sse. El mal tiem po, co n todo, tuvo la ventaja d e per
mitir que la prim avera desplegara su esplendor m uy lentam ente, m ientras
que en otros años la m ayor parte de la floración ya había con clu id o cuando
nosotros nos íbam os. Sin duda en v e je z c o y m is d o len cias aumentan, pero
trato de disfrutar tod o lo que p uedo y trabajo 5 horas al día.” *16 D espués de
un agradable verano que p asó principalm ente en G rinzing, le dijo a su ex
analizando, en n oviem bre, que todavía estaba atendiendo a cin co pacientes
al día, de nu evo “en B erg g a sse, una prisión m uy confortable”. *77 Acosado
por su prótesis, por la p o lítica , por M o isés, todavía podía m ovilizar sen ti
m ientos alegres, o por lo m en o s redactar alegres com unicados.
Una actividad que m antenía a Freud ocupado era seguir e l funciona
m ien to de las in stitu cio n es en el extranjero. C uando Ernest Jones fu e a
V iena a pronunciar co n fe r e n c ia s a p rin cip ios de la prim avera de 1935,
Freud se m ostró profundam ente interesado en las “sorprendentes novedades
del psico a ná lisis in g lé s” qu e Jones había e x p u esto a “nuestra g en te”.
Las “n ovedades” de Jones eran principalm ente su desafío a la teoría freu-
diana de la pulsión de m uerte y su defensa de las ideas de M elanie Klein.
Pero Freud ya había d ic h o su últim a palabra sobre e so s tem as, y estaba
contento co n ser un observador sereno, com entando con inhabitual su a v i
dad que la Sociedad P sicoan alítica d e Londres había “se gu id o a Frau K lein
por un cam ino fa ls o ” . C on todo, el p sicoan álisis estaba h aciendo pro
sélito s, o por lo m en o s ganando p restigio. A lg o q ue le procuró a Freud un
placer m uy esp ecial fu e ser designado “por unanim idad” m iem bro honora
rio de la Sociedad R eal d e M edicina de Inglaterra, m ás o m enos en la m is
m a ép oca en que Jones v isitó V iena. “Y a que esto n o puede deberse a m is
b ello s ojos — le esc r ib ió a Jones co n un d eleite apenas reprim ido— , debe
dem ostrar que e l respeto por nuestro p sico a n álisis ha h echo grandes pro
g resos en lo s círcu lo s o fic ia le s in g le se s”. *8°
Y adem ás estab a su corresp ond en cia. En la era nazi, con sus hijos y
sus co leg a s analistas esp arcid os por el m undo, era más internacional que
nunca. E m st Freud y su fa m ilia habían fijado su residencia en Londres, y
Freud tuvo la satisfa cció n de saber que H ilda D oolittle, que en tonces tam
bién v iv ía en L ondres, estaba en con tacto co n e llo s. *61 O liver se encontrá
is El n o v e lis ta pop ular in g lés Jam es H ilton , cuya obra Freud adm iraba, le
disg u stó co n T he M e a d o w s o f th e M o o n (1 9 2 6 ) — “un co m p leto fra ca so ”— y , en
general, co n su e x c e siv a pro du cció n . “ M e tem o que es dem asiado p r o lífico " , le
e scr ib ió Freud a H ilda D o o lic tle e l 2 4 de septiem b re de 1 9 3 4 , (En in g lé s , p a p eles
de H ilda D o o little, B e in ec k e Rare B o o k and M anuscript Library, Y a le U n iv er
s it y .)
[6 7 6 ] R ev isio n es: 1 9 15-1939
ba aún e n Francia. Hanns Sach s en B oston, E m e st Jon es en Londres,
Jeanne Lam pl-de G root en Am sterdam , M ax E itingon en Palestina; todos
escribían fie lm e n te y querían (y sin duda m erecían ) las respuestas de
Freud.iJ M ás aun: c o m o hom bre fam oso, recibía cartas de extraños, y
algunas provocaban en él largas y m editadas respuestas. Una de ellas,
escrita en in g lés a una mujer norteam ericana, sintetiza su ya antigua acti
tud con respecto a la hom osexualidad. Ha sido m uy citada (con justicia):
«D ed u zco de su carta que su hijo es hom osexual. E stoy sum am ente impre
sionado por el hecho de que usted m ism a no m en cion e e ste térm ino en su
inform ación sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué lo evita?” En lugar de
castigar a la corresponsal por esa típica gazm oñería norteam ericana, d ec i
dió sim plem ente ser útil. “ Seguram ente, la hom osexu alid ad no e s ninguna
ventaja — escribió— , pero no es nada de lo que haya que avergonzarse,
ningún v ic io , ninguna degradación, n o puede clasificarse com o una enfer
medad; nosotros la consideram os una variación de la función sexual, pro
ducida por c ie n o co la p so del desarrollo sexual” Esa postura no satisfaría
el d e s e o de lo s h o m o se x u a le s d e considerar su gu sto sexual co m o una
alternativa de amor adulto. Pero en la época en que Freud escribió esto, su
concepción de la hom osexualidad era todavía muy heterodoxa y no eran
m uchos lo s que la com partían, por lo m enos en p úblico. “ M uchos in d ivi
duos sum am ente respetables de los tiem pos antiguos y m odernos han sido
h o m o sex u a les — ob servó tranquilizadoram ente— , entre e llo s algunos de
los m ás grandes seres hum anos (Platón, M iguel A n gel, Leonardo da V in
ci, etc.). Es una gran injusticia perseguir a la h om osexualidad com o un
crim en, y tam bién una crueldad. Si usted n o m e cree, lea el libro de H ave-
lock E llis.” Era difícil saber si él podría ayudar al h ijo de su corresponsal
a convertirse en un heterosexual “norm al”, pero sí podría aportarle “arm o
n ía , p a z m e n ta l, p le n a e f ic ie n c ia , ya sig u ie r a s ie n d o h o m o se x u a l o
n o ”. 14 *82
La desafiante estructura mental de Freud, que había hech o ganar pun
tos a su identidad judía y que, al m ism o tiem po, le perm itía ofender la
sensibilidad judía, también d io forma a su actividad subversiva con respec
13 C on v a len tía , pero un tanto d esesperad am ente. E itin g o n esta b a tratando
d e sen tirse c ó m o d o en P alestina; había fundado un in stitu to p s ico a n a lític o , y
aunque era todavía hasta c ierto pu nto un extraño, por ¡o m en os no estab a o c io so .
“N o sotros, los analistas — le in form ó a Freud en ]a prim avera de 1 9 3 5 — tenem os
todos m ucho que hacer.” Los pacientes que él y su s c o le g a s trataban eran de un
tipo con e l que estab an perfectam ente fa m iliarizad os; n i lo s árabes ni lo s jud íos
o rtod oxos asentados en P a lestina d esd e m ucho antes eran ana liza n do s potencia
le s. (E itin g o n a Freud, 25 de abril de 1 9 3 5 . C on p erm iso de S ig m u nd Freud
C opyrights, W iv e n h o e.)
14 En la Freud C o lle ctio n hay una fo to co p ia d e esta carta co n una nota a pie
de página de “ una madre agradecida”, que se la enviaba a A lfred Kinsey: “Adjunto
una carta de un hom bre grande y bueno que usted puede conservar”. (Freud C ollec-
lio n , B 4 , L C .)
M o r ir e n l i b e r t a d [ 677]
to a las costum bres sex u a les respetab les y, adem ás, a su d e cisión de per
m anecer en V iena afrontando e l creciente peligro. Le dijo a su anónim a
corresponsal norteam ericana que si e l hijo quería analizarse, tendría que ir
a Viena: “ N o tengo in ten cion es de salir de aquí.” * « N o se trataba de que
fuera totalm ente c ie g o a las am enazas que teñían de negro el porvenir.
“Una angustiada prem onición n os d ic e — le escribió a A m old Z w e ig en
octubre de 193 5 — que nosotros — oh, pobres ju d ío s austríacos— ten em os
que pagar una parte de la factura. E s triste — agregó— que in c lu so los
acon tencim ien tos m undiales los ju zg u em o s d esde el punto de vista ju d ío,
pero, ¡cóm o podríam os hacerlo de otro m o d o !” *u
F in ís A u s t r ia e
H itler estaba forzando a Freud, consum ido por la c ó le
ra, a adoptar el punto de v ista ju d ío. Lo m ism o ocurría
c o n los ín tim o s del m aestro. “M i m éd ico personal, el
Dr. M ax Schur — le in form ó Freud a A rnold Z w e ig en
e l o to ñ o de 1 9 3 5 — , un m éd ic o m uy capaz, está tan
profundam etne in dign ado por los acontecim ien tos de
A lem ania, que ya n o receta m edicinas alem anas”. *« En esas circunstan
cias, M oisés fue para Freud m ás que una o b sesión : fue un refugio. Pero si
b ien pensar en M o isés le fascinaba, era m uy e sc é p tic o con respecto a que
alguna v e z se publicaran sus in v e stig a c io n e s. «E l “ M o isés” — le aseguró
a Stefan Z w eig en noviem bre— nunca verá la luz del día.» * « E scribién
d ole a A m o ld Z w e ig en enero sobre algunos hallazgos arqueológicos en
E gip to, se n e g ó a tom arlos c o m o e stím u lo para terminar su libro. El d e s
tino del M o isé s, dijo resignadam ente, es dormir. *«7 El título m ism o de la
em presa, “ El hom bre M oisés: Una n o v e la h istórica” — le escribió a E m est
Jones— revelaba “por qué no he p u blicado esta obra y no la publicaré” .
N o había su ficien te m aterial h istó r ic o co m o para que su reconstrucción
fuera fiable y, adem ás, arrojar dudas sobre la “historia legendaria nacional
jud ía ” no haría m ás que producir una sen sa ción enojosa. “ S ó lo unas pocas
personas, A nna, Martin y Kris, han le íd o la c o sa .” *»* Pero por lo m en os
se podía discutir el trabajo. C uando p areció que existía la posibilidad de
una v isita de Z w eig (en aquel e n to n ces en Palestina, donde se sentía aisla
d o e in qu ieto) Freud im aginó co n ansia la co n versación que tendrían: “N os
olvidarem os de todas las a fliccio n es y todas las críticas y fantasearem os
sobre M o is é s ”. * 89 La visita se d em o ró m u cho tiem po, pero el 18 de a g o s
to de 1 9 3 6 , la C h ro n ik de Freud registra: “ M o isés con A m . Z w eig ” . **>
Por grato que fuera hablar co n lo s a m ig os, el año de 1936 tam bién
dem ostró ser un tiem p o de repetición y de fantasm a. El 6 de m ayo Freud
[6 7 8 ] Rev is io n es: 1 9 1 5 - 1 9 3 9
cu m p lió ochenta años, y se reprodujo el e sp ectácu lo que lo había agolado
e irritado en anteriores oportunidades. **' Le gustaba el recon ocim ien to,
pero un sim ple cum pleaños (aunque cum pliera tantos años) n o era algo
que se disfrutara sin o alg o que había que soportar. La visita de Z w e ig se
produjo p o co después de que e l m aestro sobreviviera a las inevitables c ere
m onias. Por lo m enos había logrado desbaratar e l bienintencionado pro
yecto de Jones respecto a editar un vo lu m en de ensayos conm em orativos.
Tanto la situ ación p sicoan alítica c o m o la política — le d ijo a Jones-— eran
totalm ente im propias para una em presa tan festiva. D e todos m odos,
tenía q u e acusar recibo de las fe lic ita c io n es que lo abrumaban, aunque no
fuera m ás que con tarjetas po sta les de agradecim iento. Adem ás tuvo que
recibir a visitantes d istinguidos. A lg u n o s de e llo s (c o m o Marie Bonaparte
y L u dw ig B insw anger, que co n m u cho tacto se fueron de B erggasse 19, el
6 d e m ayo para dejar a Freud a so la s co n la fam ilia) eran m uy bien aco g i
dos; otros representaban ob lig a cio n es estoicam ente sobrellevadas. Un m es
m ás larde, el 5 de ju n io , Martha Freud le escrib ió a una sobrina, L illy
Freud Marlé: “Tu pobre tío ha trabajado c o m o un jornalero para terminar
co n los acuses de recibo que le quedaban”. • "
Entre los regalos de cu m p leañ os había un sesudo m em orial de fe lic ita
c io n e s escrito por Stefan Z w e ig y T h om as M ann, y firm ado por 191 artis
tas y escritores. A l agradecérselo a Stefan Z w eig, Freud observó: “Aunque
en mi casa he sid o excep cio n a lm en te fe liz, con mujer e hijos y e sp e c ia l
m ente co n una hija que satisface en rara m edida todo lo que puede pedirle
un padre, no puedo reconciliarm e con la desdicha y el desam paro de ser
v ie jo , y espero la transición al no-ser co n una esp ec ie de anhelo.” Tho
m as M ann también celeb ró el o c to g é sim o cum pleaños de Freud con una
conferencia, “Freud y el porvenir” , que d espués les leyó en privado a los
Freud en B erggasse 19, el 14 de ju n io . * » A fin de m es lleg ó la d istin ción
que él m ás apreció, in clu so m ás q u e su design ación com o m iem bro de la
S o c ie d a d R eal de M edicina: la aun m ás e x clu siv a R oyal S o c ie ty , para
siem pre id entificad a co n lo s n om bres lu m in o so s de N ew ton y D arw in,
tam bién lo e lig ió m iem bro de p le n o d erecho. * * U nos días desp u és, se
alegró, en una carta a Jones, por el “ tan in m enso honor” que había recib i
do. En com paración, las esca sa s y superficiales form alidades c o n las
que su s com patriotas se acordaron de é l, no representaban m ás q ue un
estud iado insulto.
L a s r e a l i d a d e s s u p r e m a s que prevalecían en la vida de Freud, e x ce p
ció n hecha de la am enaza del n azism o, eran su avanzada edad y su salud
insegura. “S o y un hom bre v ie jo — le d ijo a Abraham Schwadron, de la
B ib lio teca de la U niversidad H ebrea de Jerusalén— ; obviam ente no me
queda m ucha vid a .” Schw adron le había pedido papeles su yos, pero era
p o c o lo que Freud podía o frecerle. ‘T e n g o una antipatía probablem ente
injustificada hacia las reliquias p ersonales, los autógrafos, cole cc io n es de
M o r ir e n lib e r t a d [6 7 9 ]
m uestras m anuscritas, y todo lo que se deriva de esto. Y m i aversión llega
tan lejo s qu e, por e jem p lo , arrojé a la papelera todos m is m anuscritos
anteriores a 1 9 0 5 , entre e llo s el de L a in terpretación de lo s sueños." Lo
habían con v en cid o para que en adelante conservara los originales, pero no
le gustaba ocuparse de e llo s. “ Mi hija A nna heredará m is libros y escri
tos."»» *»*
Su hija Anna segu ía sie n d o lo q u e había sid o durante más de una déca
da: el centro de la vida de é l. El se en orgullecía de ella y se preocupaba por
e lla , co m o había h ech o durante años. “ M i Anna e s m uy buena y c o m p e
tente” , le dijo c o n o r g u llo a A rnold Z w e ig a fin es de la prim avera de
1 9 3 6 , pero en se g u id a e m e r g ió una v e z m ás su antigua p reocu p ación :
“ ¡C uando una m u jer a p a sio n a d a su b lim a c a si to ta lm e n te su s e x u a li
dad!” • « N o se cansaba de elogiarla. “L o m ás herm oso que hay cerca de m í
— le escrib ió a E itin g o n un o s m e se s m ás tarde— e s la form a en q ue Anna
disfruta co n su trabajo y co n su p erfeccionam iento c ontinuo”. A cerca de
su esp o sa fue m ás con creto: estab a m uy bien. El 14 de septiem bre de
1 936, é l y M artha Freud celeb raron sus bodas d e oro, pero su antigua
pasión por Martha B e m a y s — seg ú n le dijo un tanto secam ente a M arie
Bonaparte— era ya e l m ás v a g o de lo s recuerdos: “ N o fue realm ente una
m ala solu ció n al prob lem a d el m atrim onio, y es todavía tierna, saludable
y activa”. *>»>
A diferencia de su m ujer, e l propio Freud, aunque todavía activo, no
era tierno ni salud able. T en ía lo s o jo s tan penetrantes c o m o siem pre, pero
sus la b io s se habían c o n v e r tid o e n una lín ea fin a, ligeram en te curvada
hacia abajo, co n el g e sto de un observador desencantado de la humanidad
cuya forma preferida de hum or era e l hum or negro. A m ediados de ju lio de
1 936, el doctor P ich ler lo o p eró de n u e v o (co m o e l año anterior) dos
v e ce s, y encontró una rea ctivación d el cáncer; Freud n o se consideró lib e
rado de estar "gravem ente enferm o” * “» hasta una sem ana m ás tarde. En
diciem b re, Pichler lo o p eró una v e z m ás, y el 24 Freud esc rib ió , c o n su
estilo conciso: “ N avidad co n d o lo res”. * 103
U na d o lo ro sa c o n m o c ió n de tip o m u y d iferen te lo aguardaba una
sem ana m ás tarde. Por últim a v e z , W ilh elm F liess invad ió su vid a. El 3 0
de diciem bre de 19 36, M arie Bonaparte le hizo saber que un librero de B er
lín llam ado Stahl le había ofrecid o las cartas que Freud había en viad o a
F lie ss, a sí c o m o aq uello s largos m em orandos co n lo s que Freud se había
abierto cam in o ha cia la te o r iz a c ió n p sico a n a lítica durante la década de
1890. La viuda d e F lie ss se lo s había v en dido, y el hom bre ped ía por el
<3 En el testam ento que firm ó el 2 8 de ju lio de 1 9 3 8 , le g a liz a d a e l l 4 de
diciem bre de 1939, c u y o s ejecu to res eran M artin, Ernst y A nn a, Freud se ocu p ó
de su viuda e hijos de m anera sim ilar, pero adem ás le dejaba 3 0 0 libras a su cuña
da M inna, y a A nna su s a n tig ü ed a d es y sus lib ro s de p s ic o lo g ía y p sic o a n á lisis.
(P apeles de A .A . B rill, c o nten ed or 3, L C .)
[ 6 80 ] R evisiones: 1915-1939
lo ie 1 2 .0 0 0 fra n co s, unos 5 0 0 d ó l a r e s .S e g ú n decía M arie Bonaparte,
Stahl tenía una oferta de lo s E stados U nidos, pero aspiraba a que la c o le c
ció n no saliera de Europa. La princesa le había echado un vistazo a una de
las cartas, para confirm ar su autenticidad. “D espués de todo — le dijo a
Freud— , ¡conozco su letra!” *,w
Freud quedó aterrado. R ecordem os que cuando la viuda de Fliess le
p idió que le devolviera las cartas de su esp o so , poco después de la muerte
de F liess, a fines de 1928, Freud no había podido encontrarlas. Pero la
solicitu d lo había llev a d o a preocuparse por sus propias cartas a F liess. Le
e x p licó a Marie Bonaparte que la correspondencia entre ello s había sid o “la
más íntima que usted pueda im aginar. Hubiera sido sum am ente em barazo
so que cayera en m anos de extraños”. Se ofreció a compartir el c o sto de
las cartas; estaba claro que quería que fueran destruidas; “N o quiero que
ninguna de ellas lleg u e a ser con o cid a por la llamada posteridad.” Pero
Stahl, hombre de cierta rectitud, só lo vendería las cartas con la condición
de que no fueran a parar a las m anos de la fam ilia Freud, precisam ente para
salvarlas de la destrucción. O bviam ente, la pasión de Freud por la discre-
sión (característica de un burgués del s ig lo X IX com o él) no era ningún
secreto.
Se in ic ió en tonces un du elo am istoso: de un lado estaba Freud, an sio
so por asegurarse lo s docum entos; del otro, la princesa, igualm ente an sio
sa por conservarlos para “la llam ada posteridad". A principios de enero de
1 937, h aciéndose e co de la actitud de Freud con respecto a la viuda de
F liess, ella lo tranquilizó señalándole que si bien las cartas estaban todavía
en A lem ania, por lo m enos «ya no (estaban] en m anos de la “bruja”».
P rom etió n o leerlas e lla m ism a; le propuso depositarlas en alguna b ib lio
teca segura, con la condición de que nadie las viera hasta “ochenta o cien
años después de su m uerte”. Tal v ez — adujo, oponiéndose a su ex analis
ta— Freud no apreciaba su propia grandeza. “ Usted pertenece a la historia
del pensam iento hum ano, lo m ism o que Platón, d igam os, o que G o eth e .”
¡Cuánto se habría perdido si n o tuviéram os las conversaciones de G oethe
con Eckermann, o si se hubieran destruido lo s diálogos p latónicos só lo
para proteger la reputación del Sócrates pederasta! “A lg o se perdería de la
historia del p sic o a n á lisis, esta n u eva y singular cien cia, crea c ió n suya,
m ás im portante incluso que las ideas de P latón”, si se destruyeran esas
cartas só lo porque contenían algunas observaciones personales. Le decía
eso — le aseguró— porque “lo q u ie r o ... y reverencio”.
Freud se sentía aliviado por el hecho de que fuera ella y no otra perso
na quien tomara p o se sió n de las cartas, pero rechazó sus argum entos y
16 E scribiénd ole a Jones a m ed ia do s de la década de 1950, M arie Bonaparte
anotó la sum a que había pagad o por las cartas: 1200 m arcos alem a n es. (V é a se
M arie Bonaparte- a Jones, 8 de no v iem b re de 1957, pa p eles de Jones, A rch iv o s
de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.)
M orir en libertad [6 8 1 ]
com paraciones» a sí c o m o un cuarto d e s ig lo antes había objetad o qu e
Ferenczi in sistiera en com pararlo c o n G oethe. “D ada la naturaleza m uy
íntim a de nuestra relación, esas cartas naturalm ente se extendían prolija-
m ente sobre cu alquier c o sa ”, escribió; s e hablaba tanto d e temas p rofesio
n ales c o m o personales. Entre lo s prim eros s e contaban “todas las n o c io
nes y d esv ia c io n e s erróneas propias del p sic o a n á lisis m ás prim itivo, [y]
en e s te c a s o son tam b ién totalm ente p e r so n a les”. * 1OT La princesa le y ó
e sto respetuosam ente, pero n o quedó con ven cida. A m ediados de febrero la
c o le c c ió n p asó a su poder, y a principios de m arzo viajó a V iena, donde
tuvo que resistir cara a cara las in sistentes a p elacion es de Freud, quien
confiando en que su d iscípu la aceptaría finalm ente quem ar aquellos pape
les, estuvo de acuerdo e n perm itirle que lo s leyera. D esp u és de hacerlo,
ella n o reaccio nó c o m o a é l le hubiera gustado. Le señ a ló algunos de los
pasajes m ás n otab les, y a continu ación, d esafian d o al hom bre que quería y
reverenciaba, actuó c o m o verdadera am iga del historiador, y depositó las
cartas en e l R othschild B ank de V ien a. Un banco ju d ío no era la m ás pru
dente e le c c ió n p o sib le, pero en aquel en ton ces la anexión de Austria por
parte d e Hitler n o parecía aún un final inevitable.
A l o s o c h e n t a a ñ o s , Freud todavía podía trabajar, amar y odiar. A
p rin cip ios de 1937 v o lv ió co n un so b rio án im o p r o fesion al a lo s p roble
mas de la técn ica analítica. Su e x te n so artículo “A n á lisis term inable e
interm inable” co n stitu y e su m ás d esen cantado pronunciam iento con re s
pecto a la e fica cia del p sico a n á lisis. Esa frialdad n o era nueva; Freud no
había sid o nunca un terapeuta entusiasta. **« Pero en su n u e v o trabajo, al
subrayar la fuerza d e las pu lsion es innatas, y la resisten cia de la p ulsión de
muerte y de las d eform acion es del carácter a la influencia analítica, halló
n uevas razones para atribuir al poder cu rativo d el p sic o a n á lisis el m ás
m o d e sto de lo s a lc a n ces. D ecla ró in c lu so que un a n álisis fructífero n o
necesariam en te im pide la reaparición de la n eurosis. Era c o m o si Freud
abandonara, o por lo m en o s cuestionara, la m eta de la terapia que había
en u n c ia d o en una fo rm u la ció n fa m o sa s ó lo u n o s p o c o s años antes. La
in te n c ió n d el p s ic o a n á lis is , p u n tu a lizó en las N u e v a s co n fe re n c ia s d e
introdu cción , “e s fortalecer e l yo, hacerlo m ás independiente del superyó.
am pliar su cam po de percep ción y expandir su organización de m odo que
pueda apropiarse de n u evas partes del e llo . D onde había e llo , debe haber
yo. Es un trabajo cultural parecido al drenaje del Z uyder Z e e ”. *>» Pero en
su n u ev o en fo q u e estab a e sc r ib ie n d o c o m o si las gan an cias del yo fu e
ran, en el m ejor de lo s c a s o s , tem porales. Sería dem asiad o sim p le ju stifi
car esa lastim era co n c e p c ió n solam ente co n el esp e ctá c u lo de los aco n tec i
m ien tos co n tem p oráneos, pero ésto s desem peñaban su papel. La política
lo marchitaba todo.
“ A n á lisis term inable e interm inab le” a pareció en ju n io de 1937. El
m ism o m es, Freud tuvo la satisfacción de enterarse de que sobreviviría a
[682] R evisiones: 1915-1939
A lfred A dler. Durante una gira de con ferencias por Gran Bretaña, A dler
había caído en una calle d e A berdeen, víctim a de un ataque cardíaco. C uan
do A rnold Z w e ig se m an ifestó un tanto entristecido por la n oticia, Freud
d e jó entrever que él no lo estaba en absoluto. Había odiado a Adler durante
m ás de un cuarto de sig lo , y A d ler lo había odiado a él durante el m ism o
tiem p o, y n o m en o s exp lícita m en te. “ Para un c h ico ju d ío de un suburbio
v ie n é s — contestó Freud— , una m uerte en A berdeen, E scocia, e s una haza
ña sin precedentes y una prueba d e lo lejos que ha llegado. Sin duda, sus
contem p oráneos ya lo han recom pensado lo suficien te por el serv icio que
prestó con tradiciendo al p sico a n á lisis”.!7 «no Freud había establecido este
p unto en E l m a lesta r de la c u ltu ra : d ijo que no podía com prender el m an
d am ien to cristia n o de amor u niv ersa l, y que sin duda m uchas personas
eran dignas de odio; entre los ind iv id u o s m ás od io so s se contaban a su ju i
c io aqu ellos que lo habían abandonado y que habían hech o una fortuna
actuando co m o alcahuetes ante un p ub lico incóm od o con su teoría de la
lib id o .
S i b ien la muerte de A d ler le produjo placer, o por lo m enos n o le
p r o v o có ningún dolor, la situ ación de otras personas le causaba preocupa
c io n e s. Su cuñada M inna B e m a y s , q ue seg u ía sien d o uno de sus seres
favoritos, contaba en aquel enton ces setenta y dos años de edad y estaba
gravem ente enferm a. Sus h ijos, em pujados por la marea hitleriana, erra
ban en busca de un hogar y m e d io s para ganarse la vida. S ó lo su hija
A nna s e fortalecía cada v e z m ás. Fuera cual fuere el prestigio que al prin
cip io c o n sig u ió co m o hija de Freud y la protección que le brindó el padre,
ya hacía tiem po que lo s había reem plazado la autoridad adquirida m erced a
su propio trabajo p sico a n a lítico c o n n iñ o s, y a sus lú cid os e n sa y o s. Pero,
desgraciadam ente, Lou A ndreas-Salom é, am iga de Anna y de Freud, murió
en febrero de 1 9 37, a los setenta y c in c o a ños, “una muerte tranquila en su
casita de G o tin g a ” . Freud se enteró a través de lo s p eriód icos. “Estaba
m u y en cariñado co n ella — r e fle x io n ó en una carta a A rnold Z w e ig — ,
extraño e s d ecirlo, sin la m enor h uella d e atracción se x u a l”. *111 La recordó
en una n ecro ló g ica c o n cisa pero cálida. *»>* E itingon, escrib ien d o desd e
Palestina, ex p resó con propiedad lo s sen tim ientos de Freud: “La muerte de
L ou parece tan extrañam ente irrea l... N o s parecía tan ajena a cualquier
tip o de tiem po.
A u n q u e p r e o c u p a d o por su vida personal, Freud no podía ignorar la
17 En su bio g ra fía , Jones [Vida y o b ra d e Sigm und Freud] (III, 2 0 8 ) in clu y ó
e ste fragm ento de la carta, pero con un error de un año en la fecha, y adem ás tra
dujo una palabra usada por Freud, Judertbube, c o m o nJ e w b o y ” (ca lific a ció n d es
p e c tiv a referida a lo s ju d ío s). E se térm ino no tien e una traducción totalm ente ade
cuada, pero la so lu ció n de Jones le proporciona un én fa sis erróneo. La referen cia
de Freud a A dler e s dem asiado dura y cínica, pero no tan desd eñ osa o fanática
c o m o im plicaría je w b o y.
M o r ir e n l ib e r t a d [6 8 3 ]
amenaza que representaba la Alem ania nazi. Todavía aferrado a la cada vez
más desesperada esperanza de poder morir en Austria en una paz relativa,
experim entando aquí y allá con predicciones optim istas frustradas, Freud
v io que se desvan ecían sus ilusion es sobre la su bsistencia de una Austria
independiente. Sus con solad as negaciones se desm oronaban entre realidades
innegables: el rearm e alem án, la resistencia occidental a enfrentarse con
Hitler. L o que le angustiaba no era só lo su propio porvenir, sin o el p o rve
nir del p sic o a n á lisis. Y a en el verano de 1933 le había escr ito a E m est
Jones que estaba “ca si resignad o a ver perecer, en la actual crisis internacio
nal, nuestra organización. B erlín está perdida, Budapest devaluada por la
pérdida de Ferenczi; en Norteam érica nadie sabe hacia dónde se en cam i
na” . * “ + D o s añ os m á s tarde, e n septiem bre de 193 5 , le d ijo a A m o ld
Z w eig que no retrasara su proyectado viaje a Europa: "Viena no tiene que
ser alem ana antes de que usted m e v isite”. *ns Su tono era jo co so ; lo que
quería decir, no lo era. Z w e ig jugaba todavía con la idea de que e l gobierno
nazi iba a caer, y que a la época “parda” podría seguirle una monarquía con
tintes liberales. * 11É>T am b ién Freud segu ía albergando este tipo de fantasías,
pero cada v e z con m en o s con v icció n . Hasta en febrero de 1936 expresó la
esperanza d e v iv ir l o su fic ie n te co m o para ver el c o la p so del régim en
nazi. Esto n o era tanto un sig n o de ingenuidad insuperable co m o pro
ducto de las señales c o n fu sa s, a m enudo in in teligibles, que los ob servado
res políticos recogían por igual en la izquierda y la derecha. El no contaba
con la ventaja in apreciable de la perspectiva que brinda el tiem po.
Pero a m ediados de 193 6 lo m ás frecuente era que Freud se m anifestara
con la m ayor desesperanza. “La aproxim ación de Austria al n a cion al-socia
lism o parece im parable — le e scrib ió a A m old Z w e ig en ju n io — . T odos
los hados conspiran c o n la chusm a. E sto y esperando, cada v e z lam entán
d olo m enos, que c a ig a e l te ló n para m í.” *»* M enos de un año más tarde,
en marzo de 1 9 37, en e l porvenir só lo v e ía el desastre. “ N uestra situación
p olítica parece nublarse cad a v e z m ás — le escrib ió a Jones— . Es probable
que no se pueda detener la penetración de los nazis. Tam bién para el análi
sis las co n se c u e n c ia s so n fu n esta s.” C om paró la situ a ció n de V iena en
aquel entonces co n la de 1683, cuando lo s turcos llegaron a las puertas de
la ciudad. Pero aquella v e z había lleg a do ayuda, lo cual no era probable
que sucediera ahora. M u sso lin i, que hasta ese m om ento había p rotegido a
Austria de lo s alem an es, aparentem ente decid ió dejarles el cam po libre.
"M e gustaría v iv ir en Inglaterra, c o m o Ernst, y viajar a R om a, co m o
usted.” * 'i9 En una carta a A rn o ld Z w e ig , sus p resagios no eran más o p ti
m istas: “ En to m o a n o so tro s todo se oscu rece, es más am enazante, y la
conciencia de nuestro p rop io desam paro in clu so m ás in sisten te.” *•“ C ua
tro años antes, to d a v ía esta b a d isp u e sto a rendir un tib io tributo a sus
com patriotas. U na dictadura d e derecha — le escribió a Jones— haría d esa
gradable la vida para lo s ju d ío s, p ero la Liga de las N aciones intervendría
para im pedir p ersecu cio n es, y “adem ás: e l austríaco no e s partidario de la
[684] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
brutalidad alem ana”. Ahora lo v eía lodo con una claridad im placable,
por lo m en os a v ec e s. “El gobierno d e aquí — com en tó en diciem bre de
1 937— e s diferente, pero la gen te e s la m ism a, c o in c id e por co m p le to con
su s herm anos del R eich en el cu lto al antisem itism o. Cada v e z n os aprie
tan m ás la garganta, aunque aún n o estam os sien d o estrangulados”. * 122 El
en tu sia sm o c o n el que lo s austríacos saludaron a H itler tres m eses m ás
tarde, no pudo sorprenderlo dem asiado.
L a c a t á s t r o f e a u s t r ía c a había estado incubándose durante m ucho
tiem p o , y a partir de c ierto punto fu e p rácticam ente in evitab le. En ju lio
d e 1 9 3 6 , el c a n c ille r Kurt v o n S ch u sc h n ig g había com p rom etid o a su
gobierno en un c o n v en io con la A lem ania nazi, debidam ente registrado en
la C h ro n ik de Freud. Ese acuerdo incluía cláusulas secretas que suponían
hacer la vista gorda ante las op eraciones de un ilegal Partido Nazi austría
c o , e incluir en el gabinete a algunos de sus líderes, co m o Arthur S e y ss-
Inquart. Para recoger la m etáfora d e Freud, habían ajustado el lazo. En
febrero de 1 9 38, H itler forzó a S ch u sch n igg a designar a Scyss-Inquarl
m inistro de seguridad e interior. El cab allo de Troya estaba en su puesto.
Schu sch n ig g contraatacó, co n un g e sto valiente pero fútil, con vocan d o un
plebiscito sobre la independencia de A ustria, que se realizaría el 13 de mar
zo; en todas paites, aceras y paredes quedaron cubiertas de slo g a n s favora
b les a S ch u sch n ig g .
Para Freud, la c risis ob ligab a a poner finalm ente las cartas sobre la
m esa; e l d e se n la c e c a ta stró fico le parecía probable pero no totalm ente
seguro. “A hora nuestro gobierno, íntegro y valien te en su actuación — le
escrib ió a E idngon en febrero d e 1938— e s m ás en érgico que nunca en el
rechazo a los nazis.” Pero no se aventuraba a predecir que e se coraje pudie
ra m antener a lo s alem anes fuera d e A ustria. Sin em bargo, él y su
fam ilia perm anecieron en calm a. “ V iena ha sid o atacada por e l pánico” , le
escrib ió A nna Freud a Jones el 20 d e febrero, agregando: “ N osotros no
acom pañam os al p ánico”. * '« D o s d ías m ás larde, escribiéndole a su hijo
E m st, Freud se atrevió a dudar de que A ustria terminara com o Alem ania.
“ L a Ig le sia C atólica e s m uy fuerte y presentará una fuerte resisten cia.”
A dem ás, “ nuestro Schu schn igg e s d ecen te, valiente y un hombre de carác
ter” . Schu sch n ig g había invitad o a un grupo de industriales ju d íos, para
asegurarles que “ aquí lo s jud íos n o tienen nada que temer”. D esde luego, si
lo exp ulsab an del cargo, o si tenía lugar la invasión nazi, todas las esp e
ranzas rodarían por tierra. * 12S
Pero Freud todavía n o tenía ningún d e seo de escapar. Su huida “daría
la señal para la diso lu ció n com pleta del grupo analítico” , y ésa era una
eventualidad que quería evitar. “ N o creo que Ausiria se permita la caída en
el nazism o. H ay una diferencia en perjuicio de A lem ania que, co m o regla,
tiende a descuidarse." El h echo d e que depositara sus m enguadas esperanzas
en un aliado sum am ente im probable da una m edida de lo débil que era el
M o r ir e n l ib e r t a d [6 8 5 ]
ju n co al que Freud se aferraba: la Ig lesia C atólica. “¿Será todavía p osible
hallar seguridad en el refu g io de la Iglesia C atólica?”, le preguntó a M arie
Bonaparte el 23 de febrero. Pero en realidad no lo creía. “¿Q uién sabe?”
interrogó en su c a stella n o escolar. • » Hay alg o patético en e so s intentos
de última hora destinados a tranquilizarse y darse seguridades a sí m ism o;
antes, Freud había sabido ver la situación co n m ás realism o.
L os plan es de H itler para an exion arse a A ustria a su T ercer R eich
siguieron adelante. El pleb iscito de S ch uschnigg era un escu d o de hojalata
frente a una ametralladora. Los em bajadores alem anes com unicaron a Ber
lín, desde Londres y R om a, que la an exión de Austria por parte de Hitler
no provocaría ninguna resistencia. Schu schnigg se v io forzado a cancelar
el p leb iscito . El 11 de m arzo, d espu és de un ultim átum de H itler, renun
c ió c o m o canciller en favor de Seyss-Inquart. El dictam en de Freud fue
lacó n ico y preciso: “F inís A u slria e " * 1Z7 A la m añana sig u ien te, el n u evo
p rem ier austríaco, o b ed eciend o instrucciones de sus am os de Berlín, invitó
a las tropas alem anas a cruzar la frontera.
E s e d ía e l 12 d e m a r z o de 1 9 3 8 , y e l sig u ien te , Freud se sen tó junto
a la radio y e scu ch ó có m o lo s alem anes s e hacían cargo de Austria. O y ó
anuncios lea les de resisten cia , se g u id o s de un corte, la alegría en un lado y
después en el otro. E nferm o c o m o se sentía por e fecto s de una operación,
lo s a con tecim ientos p o lític o s le hicieron olvid ar sus dolores. Su C h r o n ik
registra con cisa m en te lo s h echos: d om in go, 13 de m arzo, “A nsch lu ss con
A lem ania”, y al día sig u ie n te , “ H iiler en V ien a ”. *I2S Em pezaba el reinado
del terror, una co m bin ación hedionda de las purgas planeadas por los inva
sores y los esta llid o s lo ca les de diversión cruel: terror contra los sociald e-
mócratas, contra líderes in cóm od os de la antigua derecha; y sobre todo,
contra lo s ju d ío s. Freud n o había d ich o todo lo que debía contra sus c o m
patriotas. H em os v isto qu e a fin e s de 1937 caracterizó a los austríacos
co m o n o m en os brutales que lo s alem anes; en realidad, dem ostraron ser
más aficionados que los nazis a caer ferozm ente sobre los desvalidos.
El fanatism o y e l revanchism o sádico que m uchos alem anes tardaron
c in co artos en adquirir, o en expresar, gobernaron la conducta de los austrí
acos al cabo de só lo otros tantos días. M uchos alem anes habían ced id o
bajo el bom bardeo incesante de la propaganda, acobardados por un estado
ex ig en te, un partido vig ila n te, y una prensa controlada; m uchos austríacos
no necesitaron n in gú n tipo de presión. S ó lo una pequeña parte de su co m
portam iento p u ed e e x p lic a r se , o e x cu sa rse, c o m o su m isió n ob ligad a al
terror nazi. Las turbas que saquearon las casas de los judíos y que aterrori
zaron a los pequeños com ercian tes lo hicieron sin órdenes ofic ia les y d is
frutaron co n su trabajo. L os prelados austríacos, guardianes de la con cien
cia cristiana, n o intentaron en absoluto m ovilizar las fuerzas de la cordura
y la decencia que todavía quedaran; el cardenal Theodor Innitzer dio la señal
de salida, y lo s sacerdotes celebraron d esde e l pulpito los logros de Hitler,
[686] R ev is io n es: 1 9 1 5 - 1 9 3 9
prom etieron cooperar alegrem ente co n la nueva providencia, y ordenaron
izar en lo s com panarios la bandera co n la esvástica en las oportunidades
adecuadas. E sos hom enajes clericales a Hitler proporcionan un devastador
com entario al funesto interrogante que Freud había form ulado só lo unas
poca s sem anas antes, cuando se preguntó si la poderosa Iglesia C atólica
n o podría, por propio interés, levantarse contra H itler.1*
L os incidentes en las c a lle s d e las ciudades y pueblos de Austria in m e
diatam ente después de la invasión alem ana fueron los más atroces qu e el
R e ic h d e H itler había p r e se n c ia d o hasta e s e m om en to. L os o b sc e n o s
calum niadores antisem itas de p eriód icos nazis com o el S lü rm er, las n u e
v a s le y e s que restringían la práctica profesional a los jud íos alem anes, la
legislación racial de fin es d e 1935, las aldeas que anunciaban con orgullo
que estaban “ lim pias d e ju d ío s” ( ”Judenrein"), estaban m ostrando a los
ju d ío s alem anes una antesala del infierno. Pero aún n o habían sufrido toda
la v iolen cia gratuita a gran esca la que se esparció por Austria después del
A n sc h lu ss: en m arzo de 1 9 38, A ustria fu e un en sayo general de las perse
c u c io n e s a lem an as de n o v iem b re. El popular dram aturgo alem án Cari
Zuckm ayer, un liberal, se encontraba por casualidad en V iena en e so s días
y nunca lo s o lv id ó . “ El infierm o se había abierto, liberando a sus esp íri
tus m ás bajos, m ás repugnantes, m ás im puros. La ciudad se había trans
form ado en una p esad illa pintada por H ieronym us B osch ”; la atm ósfera
estaba llena “d e c h illid o s in cesa n tes, sa lv ajes, h istéricos, de hom bres y
m ujeres”. Para Zuckm ayer, todas esa s personas habían perdido el control
de su s rostros; exh ib ía n “m u eca s d istorsionadas: a lgu n os angu stiad os,
otros fa lso s, y otros aun co n un aire de triunfo salvaje, llen o de o d io ” . El
ya había p resenciado algunos h ech os horripilantes en A lem ania, in clu so el
pu tsc h hitleriano de la cervecería en noviem bre de 1923, y e l ascen so nazi
al poder en enero d e 1933. Pero nada de e so se aproximaba a las escenas
que estaban desarrollándose en las c a lle s de Viena. L o que se había “d esen
cadenado a llí era la sub levación de la e nvid ia, la m aldad, el rencor, la ciega
y v ic io sa sensualidad de la ven ganza”.
El boicot a lo s com erciantes ju d ío s de V iena y otras ciudades austría
cas era lo de m enos. Pero resultaba bastante repugnante; lo hacían cumplir
bribones de cam isa parda o jó v en es petulantes que llevaban brazaletes con
la ubicua esv á stic a , y q u e tom aban represalias salvajes con q u ien es lo
ignoraban o desafiaban. Los nazis austríacos contaban con listas cuid ad o
sam ente preparadas para e se m om ento; e llo s y sus seguidores saquearon
viv ien d a s, n e g o c io s ju d ío s y sin a g o g a s. Pero aún m ás aterradora era la
18 Es justo añadir que la p o lítica ca tó lica de su m isa cola b o ra ció n c o n los
gobernantes nazis de A ustria iba a agriarse antes de que terminara el año, cuando
e l lid erazgo nazi se quejó de lo s “sacerdotes p o lític o s” . Pero fuera cual fuere la
resistencia que lo s curas austríacos debieran haber presentado, de todos m odos
hubiera sid o d ébil y fútil.
M or ir en l ib e rt ad [6 8 7 ]
v io le n c ia espontánea. V er a un ju d ío in d efen so era a lg o que estim ulaba la
im aginación de las turbas austríacas» ciud ad tras ciudad. L os ju d íos ortodo
xos de Europa O riental, que se destacaban por sus som breros de ala ancha,
orejeras y barbas flo ta n tes, eran lo s b la n co s favoritos, pero los otros n o se
salvaban. M ientras su s torturadores aullaban de placer, n iñ os, m ujeres y
ancianos jud íos eran o b lig a d o s a borrar, frotando con las m anos desnudas
o c o n c e p illo s de d ie n te s , lo s slo g a n s sobre el abortado p le b isc ito de
S c h u sc h n ig g q u e hab ían qu ed a d o e sc r ito s en las c a lle s. U n p e riod ista
in g lé s p r esen ció una de e sa s “fie sta s de frotam ien tos” {" R eib p a rü en " ),
según las llam aban: «H om bres d e las S A arrastraron a un trabajador ju d ío
mayor y a su mujer a través de la m ultitud que aplaudía. R odaban lágri
m as por las m ejilla s de la anciana, y m ientras ella m iraba fijam ente hacia
adelante, prácticam ente sin ver a sus torturadores, vi que el v ie jo , e n cu y o
brazo la mujer se apoyaba, trataba de acariciarle la m ano. Trabajo para los
ju d ío s, al fin trabajo para los ju d ío s — gritaba la m ultitud— “ ¡Le dam os
gracias a nuestro Führer, que ha creado trabajo para los ju d ío s!”» *130 Otras
bandas, en m ed io de m o fa s y puntapiés, ob ligaban a lo s e scolares ju d íos a
escribir “Jud” en las p aredes, a realizar una gim nasia hum illante, o a prac
ticar e l salu do hitleriano. * 131
N o fue un e sta llid o de un so lo día. U n despacho de la A ssociated Press
enviado desde V iena e l 13 de m arzo inform aba de que “hoy aum entaron las
escaram uzas contra lo s ju d ío s y e l sa q u eo a sus n eg o cio s. L os ju d ío s están
desapareciendo de la vida vien esa . P o co s o ninguno se ven en las ca lles o
en los cafés. A a lgu nos se le s ha lle g a d o a pedir que se bajen de los trans
portes p ú b lic o s”. El periodista había v isto a un hom bre “g olp ead o y aban
donado herido en la ca lle. O tro, a la salida de un c a fé , fue golp ead o m ie n
tras la esp o sa lo o b servaba todo im poten te. Una m ujer judía que retiró
4 0 .0 0 0 sc h illin g s de un b anco fu e arrestada sin que mediara ninguna acu
sa c ió n ”. M ientras tanto, lo s “n a zis visitaron la se d e de la o rgan ización
deportiva judía M acabí, h icieron d estrozos en el e d ific io e hicieron pedazos
la insign ia de la orga n iza ció n ” . *>»
Había quienes n o podían creer lo q u e veían, para los que e l m aravillo
so su eño de V iena, la encantadora ciudad de la alegría en las orillas del
D anubio azul, no había m uerto por com pleto: “ L íderes ju d ío s expresaron
la op in ión de que el antisem itism o sería m ás m oderado en A ustria que en
A lem ania”. * 133 En realidad, qu ed ó dem ostrado lo contrario. En un desp a
ch o del 15 de m arzo, un periodista com entó: A d o lf Hitler ha dejado detrás
de s í en A ustria un a n tisem itism o que está florecien d o in clu so m ás rápida
m ente que en A lem ania”. E se periodista continúa describiendo escen a s que
se habían v u e lto totalm ente fam iliares desd e uno o dos días antes para los
lectores de lo s p erió d ico s del m undo o ccid ental (frotam ientos y todo lo
dem ás). Y o b servó que si lo s jud ío s pudieran optar entre un austríaco que
disfrutaba y un alem án que o b e d e c ía órd enes, e legirían el alem án: «E l
escrito r v io a una m ujer co n a b rigo de p ie le s, c er ca d e l S a e ch sisc h er
[688] R e v isio n es: 1 915-1939
H otel, rodeada por seis guardias n azis co n cascos de acero y rifles, o b liga
da a arrodillarse y a tratar desesperadam ente de borrar las palabras “H eil
S ch u sch n ig g !” escritas en el p avim ento c o n pintura blanca. Pero in clu so a
e s o s torturadores lo s ju d ío s tenían m o tiv o s para estarles agrad ecid os, a
pesar de las hu m illa cio n es que le s im ponían, porque los guardias n o los
habían g o lp ead o, c o m o la turba parecía a nsiosa de hacer». Esa chusm a,
“ en un e sta d o de á n im o e x tr e m a d a m e n te p e lig r o s o y p r esto para e l
saqueo” , fue dispersada por lo s guardias n azis con ca scos de acero. “ Está
claro — reflexion a e l periodista— que n o só lo los judíos van a aprender
cuál fue el precio del A n sch lu ss”. U n nazi alem án de Berlín co n el que
había hablado e s e periodista “expresó cierta sorpresa por la velocidad con
la que a llí se estaba introduciendo el a n tisem itism o, lo que, según dijo,
convertía la situación de lo s ju d ío s v ie n e se s en algo m ucho peor que la de
lo s ju d ío s a lem an es, porque en A lem a n ia el cam bio se había producido
m u cho m ás gradualm ente”. A tod os lo s periodistas que en aquellos
días inform aban d esd e Austria les im presionaba el espíritu festiv o reinan
te. « V ien eses desenfrenados. C a lles ruidosas atestadas — decía un titular
del 14 d e marzo— . V ociferando, cantando, agitando banderas, las m ultitu
d es recorren la ciudad, h aciendo el “ S ie g H eil” nazi. / Jóvenes en marcha. /
A ires m arciales alem anes reem plazan a lo s valses en los cafés: N o hay
o p o sic ió n v is ib le » . * 1JÍ Durante cierto tiem po, m ientras los nazis alem a
n es importaban la teatral m anipulación de m asas que tan bien habían e la
borado en su propio p a ís, A ustria e stu v o d e fiesta.
El lado som brío de la fiesta era la coerción y el asesinato. M arzo de
19 38, en V iena y en otras partes de A ustria, se convirtió en un p eríodo de
asesin ato p o lítico organizado, y tam bién d e asesinato casual, im provisado.
El a b o g a d o so c ia ld e m ó c r a ta ju d ío H u g o S p erber, person aje m ás bien
im portante, que durante m ucho tiem po, a su m odo in gen ioso y d esordena
do, había significa d o una provocación para los nazis austríacos, fu e literal
m ente p isotead o hasta la m uerte. E ste incidente no fue el único: en
abril, un ingeniero, Isidor P ollack, director de una fábrica quím ica, resultó
asesin a d o d el m ism o m o d o por h o m b res d e las S A que realizaban un
“registro” de su casa. * u 7 Otros ju d ío s austríacos, c o m o el ensayista, artis
ta de cabaret e historiador de la cultura aficionado Egon Friedell, privó de
su presa a lo s torturadores y asesinos; el 16 de m arzo, cuando las tropas de
a salto subían por las escaleras a su apartamento, él se arrojó por la ven ta
na y m urió. E sto se c o n v irtió en una epidem ia: el 11 de m arzo hubo dos
suicid ios en V iena; tres días m ás tarde, el núm ero ascendió a catorce, entre
e llo s o c h o d e ju d ío s. Durante la prim avera, unos q uinientos ju d íos
austríacos optaron por la m uerte para salvarse de la hum illación, la angu s
tia in so p o rta b le o la d epo rta ció n a c a m p o s d e con cen tración . Las
muertes violentas eran tan abundantes que a fin es de marzo las autoridades
se sintieron obligadas a em itir una d esautorización de los “rum ores refe
rentes a m iles de su icidios [presuntam ente acaecidos] desde el a cceso de los
M orir en libertad [6 8 9 ]
□azis al poder”. A lardeando de e s e tipo d e exactitud m ecánica que caracteri
zaría a la máquina de la m uerte nazi e n toda su existen cia, la declaración
decía: “ D esd e e l 12 al 2 2 d e m arzo se suicidaron en V iena noventa y seis
personas; só lo cincuenta d e e sto s su icid io s estuvieron relacionados co n el
cam b io d e la situación p o lítica en A u stria”. * •«
E sa prim avera, la idea del su ic id io lle g ó in clu so a invadir la casa de
Freud. El m éd ico d e confian za d el m aestro, M ax Schur, que estuvo cerca
de su fam ilia durante e so s m eses desesperados, inform a de que cuando se
perdieron las esperanzas de poder huir de los nazis, Anna Freud le pregun
tó a su padre: “ ¿ N o sería m ejor que n o s m atáram os?” La respuesta de
Freud fu e ca racterística: “ ¿P orque a e llo s le s gustaría q u e lo h ic ié r a
m os?” ***' Podía haber lloriqueado d icien d o que nada valía ya la pena, y
hablar co n anhelo d el telón que iba a caer, pero él n o quería apagar la luz,
ni abandonar e l escen a rio , a g u sto y co n v e n ie n c ia del en em igo. El espíritu
desafiante que tanto abundó en la vida de Freud todavía bullía en é l. S i
tenía que irse, lo haría con sus propias co n d ic io n es.
L os n uevos gobernantes lograron integrar A ustria al R eich de H itler
con una efic ie n c ia rápida y despiadada. Su trabajo, literalm ente, sig n ifica
ba fin ís A u s lr ia e : en m enos de una sem ana, e l ejército austríaco, las le y e s
y las in stituciones p úb licas de A ustria, pasaron a ser ramas de sus eq u iva
lentes a lem an es, y el p aís ya no fue A ustria s in o una provincia oriental de
A lem ania denom inada “O stm ark”, un calcu la d ísim o arcaísm o. Los ju ece s,
burócratas, industriales, banqueros, profeso res, periodistas y m ú sico s ju d í
o s purgados inm ediatam ente; en e l p lazo d e unas pocas sem anas, la ópera,
los p e rió d ico s, e l m undo d e lo s n e g o c io s , la cultura superior y lo s c a fé s se
declararon con ansiedad “puramente arios”. S e recom pensaba a lo s nazis de
confianza co n puestos de im portancia y responsabilidad. Prácticam ente no
había resisten cia , ni siq uiera o b je c io n e s. P ero la resisten cia habría sid o
inútil e irracional; la pequeña o p o sic ió n que pudieron presentar los austría
c o s fu e so focada por H einrich H im m ler y su elite de cam isas negras, las
S S , co n m éto d o s m ás que e fic ie n te s . Las personas so sp ech osas de una
posib le unión co n fu erzas antinazis, o d e que alguna v e z pudieran llegar a
hacerlo, fueron encarceladas, estranguladas, m uertas a balazos, enviadas al
tem ible cam po de concentración de D achau, en Bavaria. U n puñado pudo
escapar al extranjero, só lo para descubrir que é l resto del m undo n o tenía
la intención de intervenir en su d efensa.
E s c u d a d o e n p a r t e en su rep u ta ció n internacional y sus a sid u os
am igo s, Freud se s a lv ó d e la m ayor parte del terror, aunque n o de todo. E l
15 de marzo, un día desp ués de haber registrado la llegada de H itler a V ie
na, Freud anotó que habían realizado “un control” en su apartamento y en
la V erlag. Tanto las o ficin a s d e la editorial psicoanalítica en B erggasse
7 co m o la casa de Freud en B erg g a sse 19 habían sid o invadidas por pandi
llas d e inco n tro la d o s y ca m isa s pardas. R egistraron los arch ivos d e la
[6 9 0 ] R evisiones: 1915-1939
V erlag, retuvieron tod o e l día a Martin Freud, sin hallar ninguno de los
d ocum en tos com p rom etedores guardados en la o ficin a. Fue un golp e de
suerte: el testam ento de Freud, que estaba allí, revelaba que tenía fondos
en e l extranjero. Los invasores perm anecieron m ucho tiem po en el aparta
m ento; tal v e z lo s d escon certó un tanto Martha Freud, aquella burguesa
co m p eten te y cortés, pero no lle g ó a h acerles perder su presencia de áni
m o. A nna Freud lo s lle v ó a la caja fuerte y la abrió, para que hicieran lo
que quisieran. * i« L a v isita sig u en te d e lo s n azis una sem ana m ás tarde, iba
a ser más preocupante.
R esultaba d epresivam ente o b v io que el p sicoan álisis no tenía futuro
en V ien a . D e nin gú n m odo estaba claro el propio futuro de Freud. Era
dem asiado célebre com o para pasar inadvertido: los periódicos occidentales
inform aron de que e l gobiern o p alestino le había o frecid o asilo, pero los
n uevos funcionarios austríacos se negaban a entregarle el pasaporte. * 144
La C h ro n ik registra po sib les ayudas: “Jones” , en la entrada del 16 de m ar
zo , y la “P rin cesa” al día sigu iente. * '« U n o y otra contaban con relacio
nes im p resion antes (lo q u e lo s a u stríacos gustaban de llam ar " P rotek-
íio n " ): E rn est Jon es p o d ía a p elar a su s am ista d es c o n m iem b r o s d el
gabinete británico, y la princesa M arie B onaparte era rica, de alta alcurnia
y tem a lazos co n la realeza lo bastante ilustres c o m o para detem er inclu so
la m ano d e la G estapo. D esde S uiza, L udw ig B insw anger e n v ió una in v i
tación en esa cla se de idiom a co d ifica d o que habían aprendido a utilizar
qu ien es enviaban cartas al territorio ocupado por los nazis. El 18 de marzo
1c escrib ió a Freud: “El p ropósito de m is líneas hoy e s d ecirle que lo in v i
to a venir en cualquier m om ento en q ue d esee un cam bio de aire”. A dem ás
le dio seguridades: “ Ya se im aginará que sus am igos su izos piensan en
usted, listos para ayudarle en todo m om ento” . * i« M ás ú til aún resultó
que W illiam Bullitt, en aquel en tonces em bajador norteam ericano en Fran
cia, estuviera atento a la suerte d e su ex colaborador en el libro sobre W il
son . El cónsul gen eral n orteam erican o en V ie n a , John C oop er W iley ,
d esign ado a instancias de Bullitt, le respondía co m o su representante en el
lugar de lo s h ech os. Freud fue tam bién afortunado con los austríacos ge n
tiles de los que tanto dependía (en esp ecia l su cirujano, Hans Pichler, del
que sig u ió siend o paciente, co m o si nada hubiera cam biado en el m undo).
Sin em bargo, n o era seguro que aquel form idable equipo de protectores
pudiera salvar a Freud; em briagados por una victoria tras otra, desprecian
do a las potencias occid en ta les que anhelaban la paz y temían la confronta
ció n , lo s n azis se burlaban d e las protestas in glesas, francesas o norteam e
ricanas. L os recu erd o s de la P rim era Guerra M undial y sus horrores
obsesionaban y prácticam ente paralizaban a los hom bres de Estado de los
p a íses aliados; e so s recuerdos actuaban c o m o otros tantos factores de apa
cig u a m ie n to . A lg u n o s de lo s p o lític o s n azis m ás o sa d o s, por e jem p lo
HimmJer, ex ig ía n que Freud y toda la pandilla de analistas que todavía
estaban en V iena fueran e n ca rcela d o s, pero aparentem ente los contu vo
M orir en libertad [6 9 1 ]
Herm ann G óring, a p oyado por el M in isterio de R elaciones Exteriores a le
mán; e llo s aconsejaron prudencia. El 15 de m arzo, W iley cablegrafió
al secretario de E stado norteam ericano, C ordell Hull: “T em o q ue Freud
e sté en peligro, a pesar de su s años y de su enferm edad”. *14* H ull le trans
m itió e l m e n sa je al p r e s id e n te F ran klin R o o s e v e lt, y o b s e r v ó al día
siguiente que “de acuerdo c o n las instrucciones del presidente”, le había
pedido al em bajador norteam ericano en Berlín, Hugh R obert W ilson , que
“ trate el lem a personal e inform alm ente co n las correspondientes autorida
des alem anas” ; W ilson procuraría con segu ir que la fam ilia Freud pudiera
viajar a París, “d on d e el p resid en te e stá inform ado de qu e hay am igos
a n sio so s por recibirlos” . En adelante, el d estino de Freud interesó al m ás
a lio n iv el d el gobierno norteam ericano, co n la vigilante participación del
Departam ento de Estado (C ordell H ull y su poderoso segundo en la jerar
quía, Sum ner W e lle s, y lo s em bajadores norteam ericanos en París y Ber
lín). W iley telegrafió al secretario d e E stado, el 17 de m arzo, que si bien a
Freud le habían c o n fisca d o el pasaporte, existía una prom esa del “Jefe de
P olicía de V ien a ” d e “ interesarse personalm ente en el c a so ” . Las energéti
cas intervenciones de B u llitt ante el em bajador alem án en París, el conde
v on W elczeck , en cuanto a q ue cualquier m altrato infligido a Freud escan
dalizaría al m undo, tam bién m ejoraron las p erspectivas del m aestro.
U no de lo s o b stáculos m ás tenaces que se oponían al rescate de Freud
era el propio Freud. Ernest Jones, que acudió rápidam ente a V iena para
ayudar, ha dejado un relato con m ovedor de su “charla de corazón a cora
zó n ” co n Freud, p o co d esp u és del 15 d e m arzo, en la que e ste últim o adujo
todo tipo de razones, algunas c o n v in cen tes pero la m ayoría traídas por los
pelo s, para no salir d e V iena. Era dem asiad o viejo; estaba dem asiado débil;
ni siquiera podía subir por lo s e sc a lo n es d e un com partim ento de ferroca
rril; n o se le perm itiría v iv ir en ningu na parte. Jones r e co n o c ió qu e el
ú ltim o argum ento, lam en tablem en te, n o era im aginario. En aquellos días,
recuerda, casi todos los p a íse s, atendiendo en su defensa a las cifras de
desem p leo , y p resionados para exclu ir a lo s com petidores extranjeros del
m erca d o de trabajo, eran “ fe r o z m e n te in h o sp italarios” co n lo s n u ev o s
inm igrantes. *>“’ Sin duda, el m undo de la década de H itler no era un lugar
generoso: había d em asiadas personas sin trabajo, y m uchos preferían p en
sar que los horrendos relatos de persecución acerca de la A lem ania y la
Austria nazis eran tal v e z equiparables a lo s im aginativos cuentos de la
propaganda difundida por lo s aliados sobre las atrocidades alem anas durante
la Primera Guerra M undial. A dem ás, ¿quién n ecesitaba m ás judíos?
D esp u és de una larga disputa, Jones cercó con su lógica a Freud, supe
rando el argum ento fin al de este últim o c o n una réplica ingeniosa. D es
pués d e ver dem o lid o s u no tras otro todos su s pretextos para perm anecer
en V iena, Freud exp u so una “ últim a declaración. N o podía abandonar su
tierra natal; se convertiría en un soldado desertor”. Jones tenía la respuesta
preparada: “L ogré contrarrestar esa actitud citando el ca so análogo de Ligh-
[692] R e v isio n es: 1 915-1939
toller, el segu n d o o fic ia l del T ita n ic” . L ightoller se había visto arrojado al
mar cuando ex p lo tó la caldera del buque que se hundía. En el curso de su
interrogatorio, se le preguntó cuándo había dejado la nave. El respondió:
“ N unca dejé la nave, señor; e lla m e dejó a m f \ La anécdota obtuvo “ su
a ceptación fin a l”. * 150 T ranq uilizad o, Jones v o lv ió a Inglaterra el 20 de
m arzo, d isp u esto a recurrir a su s rela cio n es c o n e l objeto de conseguir
visa d o s para lo s Freud.
Freud p rovocó otras dificultades. C uando W iley cablegrafió al secreta
rio d e Estado el 19 de m arzo, él quería llevarse c o n sig o a toda la fam ilia,
in c lu so a su s parientes p o lític o s, jun to con su m éd ico y la fam ilia del
m éd ico (un total de d ieciséis personas). B ullitt le respondió de inm ediato a
W ile y que e s o estaba “totalm ente fuera de lo s recursos que tengo a mi d is
p o sic ió n ”, y pensaba que sem ejante séq uito excedería incluso las p o sib ili
dades de M arie Bonaparte. El ofrecía 10.0 0 0 dólares, pero “no puedo (repi
to , n o p u e d o ) r e sp o n sa b iliza rm e d e m á s”. W ile y c o n te stó que Freud
“proyecta ir a Inglaterra. D ic e que el único problem a e s el visado de sa li
da” . E so fa cilitab a las co sa s, y adem ás se contaba con otra ayuda: “ La
p rincesa está aquí — le inform ó W iley a B ullitt— . Mrs. Burlington [Bur-
lin g h a m ] ta m b ién ” . La fa stid io sa c u e s tió n d el d in ero r etroced ió a un
segu n d o plano; obtener el perm iso para la salida de Freud se convirtió en
el problem a principal.
E ntonces se in ició un com p lica d o ballet telegráfico en la estratosfera
d iplom ática. Jones m o v iliz ó a sus a m ig o s sir Sam uel H oare, secretario
d el Interior, y el conde D e La Warr, lord del P rivy Seal (S ello Privado),
para lograr el perm iso de resid en cia d e Freud y su fam ilia. El trámite esta
ba lejo s de ser autom ático o fá cil, pero lo s aliados de Jones en e l gobierno
prom etieron cooperar. S in em bargo, lo s funcionarios de la Austria nazi
todavía no habían term inado co n la fam ilia Freud. El 2 2 de m arzo, W iley
cab legrafió al secretario de Estado, “para B ullitt”, que von Stein, el pod e
roso “consejero alem án” de V iena, había tratado e l problem a de “la salida
d e Freud co n H im ler [jj'c]. S eñ alé que la edad y la salud de Freud exigían
un tratam iento esp ecial en la frontera” . Pero el m ism o día, a las 2 de la
tarde, W iley telegrafió a los m ism os destinatarios: “Anna Freud acaba de
ser arrestada”. En la C h ro n ik de Freud se puede leer a dónde había ido:
“A nna en la G estapo”. *•«
Esa nota con cisa oculta la agitación que experim entaba Freud. Cuando
se llevaron a A nna al cuartel general d e la G estapo en el hotel M etropole,
e lla y su herm ano M artin, qu e aguardaba la m ism a im periosa " invita
c ió n ” , consultaron al doctor Schur, preguntándose razonablem ente si les
iban a torturar o in clu so s i saldrían v iv o s . “A p etició n su ya” recuerda
S chur, é l “le s proporcionó una cantidad suficiente de V eronal”, y les pro
m e tió que cuidaría del padre m ientras pudiera hacerlo. Ese — com enta
Schur— fue e l peor día de Freud. *»«
N adie cuestionaría esa afirm ación. “ Fui a B erggasse y me quedé con
M o r ir e n l ib e r t a d [6 93 ]
Freud— recuerda Schur. Las horas eran interm inables. Fue la única vez
que vi a Freud profundam ente preocupado. Iba de aquí para allá, fum ando
incesantem ente. Traté de tranquilizarlo cuanto pude.” * 133 M ientras tanto,
en la G estap o su hija A nn a n o perdió e l control. “Fue lo bastante p erspi
caz — e scrib ió su herm ano M artin— c o m o para darse cuenta de que el
principal peligro que corría era que la dejaran esperando en e l corredor,
olvidada, hasta que cerraran las o ficin a s. En e se caso, sosp ech ó, la barrerí
an ju nto co n otros d eten id o s ju d ío s, y sería deportada o asesinada por
casualidad.” L os deta lles son co n fu so s, pero parece que m o vilizan d o de
algún m o d o a su s a m ig o s m ás in flu y en tes, e lla logró que la interrogaran.
La G estapo quería inform ación sobre la sociedad internacional a la que per
ten ecía , y c o n sig u ió c o n v e n c e r lo s de que la A so c ia c ió n P sic o a n a lítica
Internacional era una institución puram ente c ien tífica , totalm ente ap olíti
ca. *>54 A las siete de la tarde, W ile y pudo cablegrafiar buenas noticias al
secretario d e E stado, “ para B ullitt” , co m o siem pre: “A nna Freud libera
da”.» Schur anota qu e, al sentirse aliv ia do , el padre se perm itió dem ostrar
alguna em oción .
Ese acon tecim ien to , in clu so m ás que la e locu en cia de Ernest Jones,
con v en ció a Freud de que ya era tiem po de irse. U n p oco después le escri
bía a su h ijo Em st: “ e n e sto s tiem p o s d ifíc ile s , so n dos las c o sa s que
todavía espero: veros a todos jun tos y m orir e n libertad” . * 155 Pero e l pre
cio de la libertad era som eterse a e s e tip o d e latrocinio organizado burocrá
ticam ente en el que eran e sp ecia lista s lo s n azis. N adie podía salir le g a l
m ente de A ustria sin un U nbedenkU ch keitserklárung, un “certificado de
buena conducta” (literalm ente, “ de in ocencia”) que el potencial emigrante
só lo podía con seg uir d espu és d e haber h ec h o e fe ctiv o s todos los pagos
ob ligatorios que el r é g im en in g en io sa m en te inventaba y m u ltiplicaba. El
13 de m arzo, la d ir ecció n d e la S o c ied a d P sicoanalítica de V ien a había
decidido recom endar la em igración inm ediata de sus m iem bros ju d íos, y
v o lv e r a reu nirse c u a n d o Freud fin a lm e n te hubiera h allad o un n u evo
hogar. El ún ico m iem b ro g e n til, R ichard Sterba, se n egó a presidir un
esta b lish m en t psico a n a lítico “arianizado” , y e lig ió com partir el e x ilio de
sus co le g a s ju d íos.
E sto perm itió que lo s austríacos con fiscaran los bienes de la S ociedad,
su b ib lioteca y la edito ria l. T an m ezq uinos en las trivialidades com o
inhum anos en las c o sa s im portantes (una característica de todos los régi-
m enes totalitarios) las autoridades am pliaron la lista de sus exig en c ia s a
» M ás tarde, al recordar lo s a c o n tec im ien to s d e e se día, A nna Freud pensó
qu e “pod ría hab erse p r o d u cid o a lgu na in te r v e n c ió n entre b a m b a lin a s. Por lo
m en os hubo una m isterio sa llam ada tele fó n ic a desp ués de que y o e stu v iera a llí
durante unas horas, y e llo p ro p ició que en lugar de e s p e ia i en el corredor pudiera
sentarm e e n una h a b ita ció n in te rio r ” . (A n na F reud a Jo nes, 2 0 de feb rero de
1956, p a p eles de J o n e s, A r c h iv o s d e la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L o n
dres.)
[6 9 4 ] R evisiones: 1915-1939
lo s Freud: insistieron en recaudar el im puesto que debían pagar lo s ju d íos
por “huir” del país (el R e ic h sflu ch lssteu er) y, adem ás, querían el s to c k de
las obras com pletas de Freud (q ue Martin Freud, prudentem ente, había
en viad o a Suiza), para quem arlo. C om o era típico en e llo s, le pagaron a
Martin Freud el transporte de los libros que d evolvieron de n u evo a A u s
tria. *157 Freud no tenía con qué pagar lo que se le pedía; todo su dinero en
efe c tiv o le había sido con fisca d o , lo m ism o que su cuenta bancaria. Pero
allí estaba M arie Bonaparte. H abía perm anecido junto a los Freud durante
m arzo y principios de abril, y v o lv ió a V iena a fin es de ese m es, pagando
todo lo que había que pagar. Su presencia fue invalorable. “C reo que n u es
tras tristes últim as sem anas en V ien a, desde e l 11 de marzo hasta fines de
m a y o — escrib ió más tarde Martin Freud co n gratitud— habrían sid o total
m en te insoportables sin la p resen cia de la p rincesa.” N o só lo les dio su
dinero y su aliento; tam bién aportó su intrepidez: cuando las SS fueron a
llevarse a Anna a la G estapo, la princesa pidió que tam bién la arrestaran a
ella. *'s»
Incluso A nna Freud, por lo general tan dueña de s í m ism a a v ec es se
entregaba al desaliento. “E n tiem p o s m ás tranquilos — le escribió a Ernest
Jones el 3 de abril, e m plean do e l ín tim o du— espero poder demostrarte
que com prendo perfectam ente lo que estás haciendo por nosotros” . Lo
que principalm ente im pedía la entrega de lo s visad os de salida — le infor*
m ó W iley a Sum ner W elles— era la “ liquidación” de la editorial de Freud.
M arie Bonaparte era in fa tig a b le, pero las interm inables d iligen cias ante
funcionarios y autoridades recaían en su m ayor parte sobre los hom bros de
A nna Freud. “ Entre ayer y h o y — le relató a Ernest Jones a fines a abril—
estu v e c in c o v e c e s en c a sa d el a b o g a d o y tres v e c e s en el c o n su la d o
a m e r ic a n o ]. T odo va lento ” . * 160 A v e c e s, su desaliento era perceptible en
sus cartas a Londres y , d iscip lin ada y autocrítica, ella m ism a lam entaba
tales efu sio n es. "Por lo general — prácticam ente se disculpó con Jones el
26 de abril— , escribo a altas horas de la n oche, cuando ya he agotado una
buena cantidad del llam ado “coraje” , y tal vez entonces m e dejo ir un p oco
dem asiado". Sobre tod o, le preocupaba su padre. “¿Qué harem os si su
salud n o resiste? Pero e so — a g regó pensativam ente— se cuenta entre lo
que es mejor n o preguntarse.”
D e hecho, la salud de Freud h acía frente a la tensión con valentía; se
veía sin em bargo condenado a la pasividad, que él detestaba. Para pasar e l
tiem po, mientras aguardaba que los n u evos dueños del poder aprendieran
su o fic io y pusieran fin a sus trop elías, c la sific ó y ordenó sus libros, sus
antigüedades, su s papeles. S e desem barazó de títulos que no le interesa
ban, e intentó tirar cartas y d o cum entos, aunque M arie Bonaparte y Anna
Freud lograron rescatar algunas para la posteridad, recogiéndolas del cesto
de lo s papeles. *>« M ayor p lacer le procuró la traducción (en la que pasó
horas junto co n su hija) del p equ eñ o hom enaje de Marie Bonaparte a su
c h o w T opsy. Incluso ha lló energía para dedicarse un p oco (“una hora por
M o r ir e n l ib e r t a d [6 9 5 ]
día”) a dar algunos toques a su M o is é s y la re lig ió n m o n o te ísta . * 1 0 El 6
de m ayo (Freud cum plía e se día och enta y dos años), el em bajador W ilson
inform ó al secretario de E stado, d esde Berlín, que e l funcionario de la G es
tapo a cargo del caso Freud n o vefa m ás que un obstáculo para la partida:
el arreglo de las deudas de Freud con su editor. Pero ese ún ico asunto ocu
pó m ás tiem po de lo que se esperaba. T res días más tarde, le escrib ió a su
hijo Ernst desde "V iena, m ientras esperaba para viajar a L ondres”, agrade
cién d o le las fe licita cio n es por el cum pleaños: “Estam os esperando m ás o
m en os p acientem ente a que se arreglen nuestros n e g o c io s. En vista del
p o co tiem po que n os queda por v ivir, m e exaspera la dem ora. El vigor
ju v en il y la energía op tim ista de A n na, afortunadam ente, n o se han visto
co n m o v id o s. D e no ser así, habría sid o d ifícil incluso soportar la v id a ”.
V o lv ien d o a una antigua p reo cu pación , añadió un com entario sobre las
d iferen cia s entre hom b res y m ujeres: “ En general, las m ujeres resisten
m ejor que lo s hom bres” .20 * lé4 En e se m om ento Freud ya había aceptado
por co m p leto la idea de em igrar, y a m ediados de m ayo le d escrib ió a
Jones e l m ás fuerte de lo s in cen tiv o s q ue lo m otivaban: “Las ventajas que
el h ech o de instalarse en otro lugar le aportará a A nna m erecen todos nues
tros p e q u eñ o s s a c r ific io s. Para n o so tr o s, lo s v ie jo s (7 3 , 7 7 , 82 ) — su
cuñada, su esp o sa , é l m ism o— estab lecerse en otra parte no habría v alid o
la pena”. *>«
E l trabajo, aunque fuera p o c o trabajo, segu ía sien d o para Freud la
m ejor de las defensas contra la d esesp eración. Su sentido sarcástico del
humor, por otra parle, no lo había abandonado por com p leto. Inm ediata
m ente antes de dejarlo salir, las autoridades insistieron en que firmara una
declaración dejando bien claro qu e no s e le había som etido a ningún tipo
de m alos tratos. Freud lo h iz o , añadiendo un com entario: “ Puedo darles a
todos las m ás altas recom en d aciones de la G estapo” C Ic h kann d ie G e s ta
p o je d e rm a n n a u f d a s b e ste em pfehlen"). S e trata de algo cu rioso que
invita a hacer esp ecu la cio n es. Freud tu v o la suerte de que los hom bres de
las S S que leyeron su recom end ación n o advirtieran la ironía oculta. N ada
habría sido m ás natural que considerar o fen sivas sus palabras. ¿Por qué,
en ton ces, en el m om ento de la liberación, corrió con scien tem en te e se rie s
go m ortal? ¿A ctu aba a lg o en Freud que lo em pujaba a perm anecer, y
m orir, en V iena? Fuera cu al fuere la razón profunda, su “ e lo g io ” de la
G estapo fu e e l últim o d e sa fío de Freud en su elo austríaco.
La em ig ra ció n a Inglaterra había estado preparándose d e sd e cierto
tiem po antes. M inna B e m a y s fue e l prim er m iem bro de la fam ilia que par
tió, el 2 5 d e m ayo; M artin Freud lo h izo nueve días más tarde; M athilde
H ollitsch er y su e s p o s o R obert, d ie z días después de Martin. El 25 de
m ayo, A nna Freud co n fe só que la em bargaba un sentim iento de irrealidad:
20 Freud y a hab ía dicho lo m ism o antes. “ Las m ujeres —-le escribió a
Jones el 28 de ab ril— so n las m ás e ficaces.” (Freud C ollection, D2, LC.)
[6 9 6 ] R ev isio n es: 191 5 -1 9 3 9
“N o m e sorprendería que todo e l asunto continuara de este m odo durante
c ie n años. Y a n o esta m o s totalm ente aquí, pero todavía do estam os c o m
p letam ente a llá ”. * 1® El 31 de m a y o los p apeles todavía no estaban en
orden. * i" Freud, su esp osa Martha y su hija A nna aún tenían que esperar
e l U nbedenkiichkeitserklarung.
El pasaporte a la libertad lle g ó fin alm ente el 2 de ju n io , y e l m ism o
día el doctor P ichler exam inó a Freud una v e z m ás, sin encontrar nada de
im portancia. D o s días m ás tarde, el sábado 4 d e ju n io, Freud salió fin a l
m ente de V iena. Sus d o s co m u n icacion es fin ales desd e B erggasse 19 fu e
ron una b rev e n ota a A m o ld Z w e ig y una tarjeta p ostal a su sobrino
Sam uel, co n su n ueva dirección e n Londres. *«* En su C h ro n ik registró
lacónicam ente los h ech o s, pero co m e tió un lapsus, el tipo de erTor que é l
le había enseñado al m undo a tomar en serio: en lugar de fechar su partida
e l 4 de ju n io , se eq u iv o c ó y anotó “sábado, 3 de ju n io ” . * 170¿Fue un m en
saje sutil de su in con scien te, que contradecía la revelación oculta en su
im p o lítico cum p lid o a la G estapo? D esp u és de todo, ¿estaba an sioso por
dejar Viena? ¿O , por el contrario, daba m uestras de que en realidad quería
posponer su partida? S ó lo cabe especular. Cuatro sem anas antes, el 10 de
m ayo, había anotado: “¿Partida en d o s sem anas?” Sin duda, afrontaba
el e x ilio co n una am bivalencia profunda, en parte in consciente. “El senti
m iento triunfante d e liberación — escribió en su primera carta desde Lon
dres— está dem asiad o m ezcla d o con aflicción , pues uno, a pesar de todo,
am ó m uch o la prisión de la que ha sid o liberado.”
C asi p o éticam en te, el é x o d o no se produjo sin algún que otro tropie
zo. M ax Schur, que iba a acompañar a Freud com o m éd ico personal “fue
lo bastante fa stid io so ” c o m o para n ecesitar una apendicectom ía, y no
pudo unirse a su paciente hasta e l 15 de junio. Por sugerencia de Anna
Freud, una jo v e n pediatra, Josefin e Stross, acom pañó a Freud en lugar de
Schur. * 174 La seguridad llegó, según la agradecida anotación de Freud, a
las “ 2 :4 5 A .M .” *iw el 5 de ju n io , cuando e l Expreso de O riente entró en
Francia por K ehl. “ ¡D espués del puente de Rin — e x clam ó Freud, recordan
do e l m om ento— , estábam os libres!” S a lv o por la fatiga que se m an ifes
taba por m ed io de sus acostum brados trastornos cardíacos, sobrellevó bien
e l viaje. La recep ción en París fue cordial aunque un tanto ruidosa, co n
entusiastas periodistas y fotógrafos que aguardaron en ta estación ferrovia
ria en busca d e fo to s y entrevistas. Pero tam bién estaba allí BuHitt, lo
m ism o que Ernst y Harry Freud, m erodeando a su alrededor con aire pro
tector, y M arie Bonaparte, que de inm ediato se lo lle v ó a su elegan te m an
sió n , donde p asó un d e lic io so día de reposo. “ Marie — inform ó— se supe
ró a s í m ism a en ternura y con sideración.” D esp u és los Freud cruzaron por
la n o c h e el canal de la M ancha. A l llegar a la esta c ió n V ictoria en la
m añana del 6 de ju n io , fueron recibidos por m iem bros de su fam ilia y por
lo s Jones, y llev a d o s a una casa alquilada en el noroeste de Londres, cerca
de R eg en t’s Park. M ientras Jones conducía a través de la “herm osa c iu
M o r ir e n l ib e r t a d [6 9 7 ]
dad”, * ” 6 pasaron por algun os de lo s lugares turísticos de Londres (e l pala
c io d e B uckíngham . P icca d iü y C ircus, R egent Street) y Freud fue d escri
b ié n d o se lo s a su m ujer. * 177 N unca hubiera soñado que iba a terminar su
vida e n L ondres, c o m o ex ilia d o .
L a m u e r t e d e u n e s t o ic o
Freud había lle g a d o a Inglaterra, c o m o había dich o,
para “m orir en libertad”. Pero su primera carta desde
Londres atestigu a que ni las angustias y h ostigam ien
tos que acababa d e soportar, ni el cáncer que había sido
su e n e m ig o m ás acérrim o durante quince añ os, n i su
avanzada edad (tenía ochenta y d os años), habían aho
g a d o su vitalidad, sus d otes para la ob serv a ción y la frase expresiva, ni sus
h ábitos de c la se m edia. “Q uerid o am ig o — le escribió a M ax E itingon, que
estaba en Jerusalén— , le he en v ia d o poca s n oticias en las últim as sem a
nas. En co m p ensación , le e sto y escrib ien d o la primera carta desde m i nu e
v o hogar, in clu so antes de tener papel de escribir” c o n la nueva d irec
c ió n . En esa o b servación so b r e v iv e un m undo totalm ente burgués, que
y a había quedado atrás en la historia: s e daba por sentado (¿no era así?) que
fuera cual fuere el lugar don d e uno v iv e , aunque alquile una casa am uebla
da, c o m o lo era la de 39 Elsw orthy R oad, debe tener papel de escribir pro
p io c o n la d irección im presa. Pero in c lu so sin el n u evo m em brete, Freud
p ud o r ev iv ir para su a m ig o d e B e r lín e l relato de lo s aco n tecim ie n to s
recien tes: el éx o d o de la fa m ilia Freud c om p leto, con criada, m éd ico y
ch o w , d esd e V iena, vía P arís, a Inglaterra; la inoportuna apen d iciu s de
Schur; lo s efe c to s de la agita ció n del via je en el corazón d e Freud; la bon
dad ejem plar de M arie Bonaparte; la encantadora situación de la nueva resi
d encia, co n su jardín y su agradable v ista.
H abía algo a u to d efen siv o en e se sen tid o enum erativo, y Freud, el v ie
j o psico a n a lista , lo sabía y lo d ijo . P ero su esp o sa , que no era analista,
p ercibió c o n idéntica claridad la nueva situación. A fines de ju n io le esc ri
b ió a una sobrina suya que, si n o fuera porque incesantem ente pensaba en
lo s seres queridos que había dejado, “ podría ser perfectam ente f e liz ”. * m
C uatro de las herm anas de Freud estaban todavía en V iena. El les había
entregado 160 0 0 0 sch illin g s (bastante m ás de 2 0 0 0 0 d ólares), una sum a
sustan cial. Pero el d estin o de e s e dinero — y, por supuesto, el d estin o de
e sa s ancianas dam as— era in cierto bajo un régim en tan brutal e im predeci-
b le c o m o e l del n u evo orden austríaco. In clu so las exp eriencias que le pro
curaban a liv io o que lo h acían fe liz , am ilanaban a Freud. En lo s últim os
m e se s habían su ced ido d em asiadas cosas; en lo que ahora le rodeaba surgí
[698] R ev isio n es: 1 9 15-1939
an dem asiadas sorpresas. N o podía asim ilar distraídam ente los agudos c o n
trastes. Le dijo a E itingon que todo le parecía un sueño irreal. “La situa
ció n em ocional es difícil de captar, apenas se puede describir.” El deleite
total que sentía al v iv ir en e s e m undo n u evo se veía ligeram ente alterado
por algunas de sus pequeñas singularidades, por el interrogante de cuánto
resistiría su corazón, por la grave enferm edad de su cuñada. Minna Bernays
yacía en el lech o del p iso de arriba; todavía no había podido visitarla. N o
sorprende que experim entara intervalos de depresión. “ Pero los hijos, tanto
lo s pro p io s c o m o lo s ad o p ta d o s, se está n portando encantadoram ente.
M athfilde] está d em ostrando ser tan co m petente c o m o Anna en V ien a”
(é ste era el m ayor cum plido que podía hacer). “E m sl es realm ente, com o
algu ien lo ha llam ad o, una torre d e fuerza', Lux — la esp osa de E m st— y
sus hijo s son d ig n o s de él; lo s hom bres, M artin y R obert, llevan de n u e
vo la cabeza alta. ¿Seré y o e l ú nico que no m e una a ello s, que defraude a
su fam ilia? Y m i esp osa ha perm anecido sana y victoriosa.” * 180
H abía tenido m ucha suerte. E l M anchester Guardian, que anunció la
llegada de los Freud con un cordial artículo e l 7 de junio, citó palabras de
A nna, según las cu a les “en V ien a n os con tábam os entre los muy p ocos
jud íos tratados con d ecencia. N o es cierto que estuviéram os confinados en
casa. Mi padre no sa lió durante sem anas, pero e llo se debió a su salud” .
Em st Freud corroboró el inform e de la hermana: “El trato general a los
ju d ío s ha sido abom inable, pero n o en e l c a so de m i padre. El fue una
excep ció n ”. Martin Freud agregó que su padre se quedaría “en Inglaterra
porque ama el país y la g en te”. E so era a la v e z diplom ático y sincero.
Estar a salvo era bascante estim ulante, pero Freud tenía adem ás otros
m o tiv o s de regocijo. E l 2 8 de ju n io — le inform ó a A m o ld Z w eig con
m a n ifiesto org u llo — , lo habían v isita d o tres secretarios de la “ R. S .” , lle
vand o “el libro sagrado de la [R oyal] S o c ie ty ” para que lo firmara. “M e
dejaron un facsím il del libro, y si usted estuviera aquí, podría mostrarle
firm as desde la de I. N ew ton hasta la de C harles Darwin. ¡Buena com pa
ñ ía !” La in v ita ció n a sumar su nom bre a lo s de e so s cien tífico s ilustres
era ya lo su ficientem ente grata; la d isp o sic ió n de la R oyal S o cie ty a o lv i
dar sus reglas y llevar el libro a su casa representaba una nota adicional de
bienvenida. S ó lo lo habían h ech o una v e z antes: esa otra excep ción fue el
rey de Inglaterra. Pero Freud no pudo abstenerse de añadir que Inglaterra
era un lugar extraño; inclu so querían que cam biara de firm a. A llí — se le
dijo— só lo lo s lores firm aban únicam ente c o n el apellido. D e m od o que
experim entalm ente, Freud firm ó esa carta a A m old Z w e ig de una manera
que había abandonado m ás de cuarenta años antes: “Sígm . Freud”. * 1B1
L o que importaba, m u ch o m ás que e so s pequeños d etalles, era la e fu
sión d e bondad y sim patía por parte de lo s in gleses. Los personajes fam o
so s y lo s súb ditos co rrientes, c a si todos e llo s com p letam en te extraños
para é l, le brindaron una recepción cordial y solícita, que iba casi m ás allá
de lo que él estaba en con dicion es de aceptar. « N os hem os hecho popula
M o r ir e n l ib e r t a d [699]
res de inm ediato — le escrib ió a E itingon — . El gerente del banco dice:
“ Lo sé todo de usted” ; el ch ófer que lleva a Anna observa: “Oh, es la casa
del doctor Freud". E stam os inundados de flores.» Tal v e z lo m ás notable
fuera que “desde lu ego, usted puede volv er a escribir todo lo que quiera. No
están abriendo las cartas” . *1S3 D o s sem anas más tarde, en respuesta a una
caria de su herm ano A lexand er, que había logrado salir de Austria en m ar
z o y se encontraba a sa lv o en Su iza, Freud confirm ó su ev alu ación eu fóri
ca, casi incrédula. C on tod os sus rasgos m ás característicos, Inglaterra era
“un país bendito, fe liz , habitado por un pueblo b on dadoso y hospitalario;
ésta es por lo m en os la im presión de las primeras sem an as”. Le sorpren
d ió que, desde el tercer día de su estancia, le llegaban cartas que só lo ten í
an escritas en e l sobre d ireccio n es tales co m o “Dr. Freud, Londres", junto
al R e g e n t’s Park” Igu alm ente sorprendida estaba su mujer *»«. Pero
toda esa correspondencia n o podía desatenderse. “¡Y las cartas! — exclam ó
Freud co n un horror b u rlesco— . H e estado trabajando durante d os sem anas
c o m o un c o o iie para separar la paja del trigo” y responder a quienes lo
m erecían. Tenía cartas d e am igos y, “sorprendentem ente, m uchas de extra
ños que só lo quieren expresar su alegría por e l h ec h o de que hayam os e sc a
pado y estem os a sa lv o , y no pretenden nada a c am b io” . A dem ás, com o
era de esperar, lo desbordaba «la horda de cazadores de autógrafos, tontos,
lo c o s e individuos p ia d o so s que envían o p úsculos y ev a n g elio s, quieren
salvar m i alm a, m ostrarm e el ca m in o h acia C risto e ilustrarm e sobre el
fuiuro de Israel. Y d esp u és, las doctas sociedades de las que ya soy m ie m
bro, y las innum erables “ a so c ia c io n e s” judías de las que se supone que me
convertiré en m iem bro honorario. En sín te sis, por prim era v e z, y tarde en
mi vida, he experim entado qué es la fam a”. * '«
En m edio de todas esa s sa tisfacciones, Freud estaba padeciendo hasta
cierto punto un síntom a que años antes había id entificado co m o culpa del
superviviente. A d virtió en s í m ism o un bloqueo real que le im pedía res
ponder a la carta de su herm an o, pues él, Freud, y su fam ilia estaban m uy
bien, casi dem asiado bien. A unque Freud no hacía m en ción de sus herm a
nas que se habían quedado en V iena, no dejaba de pensar en ellas. Y e x p e
rimentaba lo s dolo res del e x ilio . “Tal vez usted ha o m itid o e l ún ico pum o
que para el em igrante e s tan particularm ente p en oso — le escrib ió a un ex
analizando, el p sico a n a lista su izo R aym ond de Saussure, quien lo había
congratulado por su hu ida— . Es, n o h ace falta decirlo, la pérdida del id io
ma con el que uno ha v iv id o y pensado, y que nunca podrá reem plazar por
otro, a pesar de todo su esfu e r z o y buena voluntad.” Incluso le resultaba
difícil renunciar a su acostum brada “escritura gótica”. Era irónico: “A uno
le han dicho m uy a m en u d o que n o es un germ ano. Y, por e llo , un o está
contento de no necesitar ya ser un germ ano”, ♦i*7 Pero eso eran m alestares
soportables. En e so s m o m en to s, por lo m enos, Freud no estaba m uriendo,
sin o vivien d o en libertad, y disfrutando de e llo tanto c o m o se lo perm itían
su mala salud, su s rem ord im ien to s y e l m undo.
[700] R e v isio n es: 1915-1939
L a r e s p u e s t a d e F r e u d al v ig o r o so e fe cto de la recepción que le
brindaron co n sistió en v o lv er al trabajo serio, lo que era siem pre una bue
na señal. El 21 de ju n io , dos sem anas, después de haber desem barcado en
Inglaterra, anotó en su C h ro n ik : “M o isés n i em pezado de nu evo”. Una
sem ana m ás tarde le dijo a A m o ld Z w eig que estaba trabajando en la terce
ra parte del M o is é s , y m u y a gusto. A parentem ente fue un gu sto que m uy
poco s com partieron. Acababa de recibir una carta — agregó— “de un joven
ju dío norteam ericano, en la cual se m e pide que no prive a m is pobres e
in felices herm anos jud íos d el ún ico c o n su elo que les queda en su desventu
ra". A proxim adam en te e n la m ism a é p oca, el em in en te orientalista
ju d ío Abraham S balom Yahuda lo v isitó para hacerle la m ism a súplica.
* 1» Freud no había com pletado todavía el m anuscrito de M o is é s y la r e li
g ió n m o n o te ísta , y ya la perspectiva de su p ublicación preocupaba a los
jud íos ansio so s de aferrarse a M oisés en aquella ép oca de terribles d ificu l
tades. En 1937 Freud había publicado las d o s primera partes en ¡m ago,
pero un libro que iba a estar al alcance del p úblico en general constituía
una am enaza m u ch o m ás p elig r o sa q ue lo s d os en sa y o s sobre M o isés
com o eg ip cio , que habían aparecido en lo que después de todo no era m ás
que una oscura p ub licación para p sicoanalistas.
En adelante, las apelaciones ansiosas, las denuncias coléricas, las refu
taciones d espectivas y la retirada del aplauso se convirtieron en un leitm o
tiv. Freud no se inm utó, sin o que m anifestó creer que lo que otros c o n si
deraban o b stin ación o arrogancia era en realidad un sig n o de m odestia.
A d u jo que no tem a tanta in flu encia c o m o para perturbar la fe de un so lo
ju dío creyen te.* Apasionadam ente apegado a su solu ción de la cu es
tión de M o isé s y a la im portancia de su so lu ción para la historia de los
ju d ío s, Freud se em pecin ó y se c e g ó sorprendentem ente ante las c o n se
cuencias psico ló g ica s que pudiera tener todo aquello para quienes con sid e
raban a M o isés su padre atávico. N o siem pre había sido tan obtuso. En
las palabras in ic ia le s del prim er e n sa y o , “ M o isé s, un e g ip c io ” , había
afrontado la cuestión directam ente: “Privar a un pueblo de un hom bre que
ensalza c o m o el m ás grande de su s hijos no e s algo que uno haga alegre o
irrespon sab lem ente, en esp e c ia l si uno m ism o p ertenece a e se pueblo.
Pero — in sistió— uno no debe perm itirse desdeñar la verdad en b eneficio
de supuestos intereses n acio n a les”. Bastante penoso le había resultado
21 Este siguió siendo un tema permanente en sus protestas de autodefensa.
“N adie que busque consuelo en la Santa Biblia o en los rezos de la sinagoga
— escribía incluso en julio de 1939— está en peligro de perder la fe por la lectu
ra de mi texto. Incluso creo que no llegará a enterarse, sea lo que fuere lo que yo
crea y defienda en mis libros. La fe no puede tambalearse por estos medios. No
escribo para el pueblo o la masa de los creyentes. Sólo produzco m ateriales cien
tíficos de interés para una minoría que no tiene ninguna fe que perder.” (Freud al
doctoT Magarik, 4 de julio de 1939, en inglés, ejemplar mecanografiado, Freud
Collection, Z3, LC.)
M o r ir e n l ib e r t a d [701]
ya que p o lítico s austríacos lo hubieran intim idado para que guardara sile n
cio , aunque fuera un sile n c io tem poral; no iba a perm itir que sus herm a
n os ju d ío s le hicieran lo m ism o. En co n se c u en cia , sig u ió adelante c o n su
“M o isés E l ” ; había a llí una idea que d ebía llevar a su térm ino. El 17 de
ju lio pudo anunciarle triunfalm ente a su herm ano A lexander: “A cabo de
escribir las últim as palabras de m i M o isé s III” . *»« A principios del m es
sig u ien te, su hija A n na le y ó un fragm ento de esa tercera parte ante un
congreso internacional de p sico a n á lisis reunido en París.
S i b ien el M o is é s absorbía la m ayor parte de su atención, Freud no
abandonó por co m p leto sus otros in tereses p rofesion ales. A principios de
ju lio , en una de sus últim as cartas a T h eodor R eik , dem ostró que su vieja
anim osidad contra lo s norteam ericanos acerca del problem a del análisis
le g o se encontraba aún en estado florecien te. R eik, que en cierto sentido
había iniciado el debate una docena de años antes, estaba estableciéndose
en lo s E stados U nidos. “ ¿Qué mal v ie n to lo ha llevad o, de entre todos lo s
países, a N orteam érica? — le preguntó Freud cáusticam ente— . Usted sabe
lo am ig a b lem en te que nu estro s c o le g a s d e a llí recib en a los analistas
le g o s , puesto que para e llo s el análisis no e s nada m ás que una criada de la
psiquiatría.” Su anim osidad prevalecía sobre su ju ic io , y añadía: “¿N o se
podía haber quedado m ás tiem po en H olanda?” * 194 El m ism o m es, n e g ó
categóricam ente que hubiera cam biado de op inión acerca del análisis lego,
y den u nció que las n oticias que aseguraban lo contrario eran “un rumor
disparatado”. En realidad — escribió— , “nunca he repudiado ese punto de
vista e in sisto en é l in c lu so co n m ás inten sidad que antes” .
Los peligros que am enazaban al p sic o a n á lisis, fuera en la sospechosa
Am érica o (m ucho m á s) en la Europa Central dom inada por los n azis,
pesaban en la m ente de Freud. La V erlag de Viena había sido desmantelada
en marzo de 1938, d espués del A n s c h lu s s ; se lle g ó a un com prom iso para
que M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ís ta fuera im preso por un editor de A m s-
terdam. E ntonces Hanns Sach s, que prudentem ente se había ido de Berlín
y asentado en B oston en 1932, un año antes del a scen so de Hitler al poder,
escrib ió para proponer la creación de una pu blicación de p sicoanálisis apli
cado que sucediera a la difunta Im ago. Freud se m anifestó reacio a aprobar
ese esquem a; tem ía que significara e l fin de cualquier esfuerzo destinado a
continuar co n las p ub licacion es p sico a n a líticas en alem án. “Su p royecto
de una nueva Im ago en idiom a in g lés publicada en Norteam érica no m e
agrada, en principio” , le escribió a Sachs; no quería “dejar que se extinga
por co m p leto la luz en A lem an ia” . Pero A nna Freud y Ernest Jones le
conven cieron de que sus o b jecio n es carecían de fundam ento, y él sugirió el
nom bre de A m e ric a n Im a g o , que S a ch s adoptó de inm ediato. *196 U nos
p o co s días desp u és, e l 19 de ju lio , S tefa n Z w e ig , en tonces e x ilia d o en
Inglaterra, le lle v ó d e visita a Salvador D a lí, y Freud, cuya relación co n
los surrealistas era am bigua, acabó co n q uistado por “aquel joven español,
de ojos sin ceros y fan áticos, e in n egable d o m in io téc n ic o ” . * , r
[7 0 2 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
T res días m ás tarde, el 2 2 de ju lio , Freud in ició su E squem a d e l p s i
c o a n á lisis , reg istra n d o m in u c io sa m e n te la fe ch a en la págin a in ic ia l.
R edactó el borrador con v elocid ad im paciente, utilizando abreviaturas y
om itien d o artículos: e s e “ trabajo de v a ca cio n es” — le escribió a su hija
A nna, en aquel enton ces en París para una con su lta— le resultaba una
“ocupación divertida”. Pero el Esquem a es un enunciado enérgico, aun
que sucinto, de sus o p iniones m ás m aduras. En las cin co docenas de p á g i
nas que logró escribir antes de abandonar el m anuscrito, resum ió todo lo
que había aprendido sobre el aparato m ental, la teoría de las pulsiones, el
desarrollo de la sexualidad, la naturaleza de lo inconsciente, la interpreta
ció n de los sueños y la técnica p sicoan alítica. En e se fragm ento su stan
cial, n o lodo es resumen: Freud esparció sugerencias de nuevos desarrollos
de su pen sa m ien to , en e sp e c ia l so b re e l y o . En un pasaje e n igm ático,
e sp ecu ló que tal v e z llegaría e l m om ento en que el estado de la m ente
podría alterarse m ediante sustancias q uím icas, condenando por lo tanto a la
o b so le sc e n c ia la terapia p sic o a n a lític a , en aquel e n to n ces el m ejor tra
tam iento con que se contaba para atender las neurosis. A los ochenta y dos
años, Freud seguía abierto al futuro, aún podía pensar en revisiones radica
les de las prácticas p sico a n a lítica s. El E squem a d e l p sic o a n á lisis parece
una cartilla sum am ente condensada, pero no para principianies; entre las
“d iv u lg a cio n es” de Freud, e s co n m uch o la m ás d ifíc il. Con su am plitud y
sus advertencias im plícitas contra el an quilosam iento del pensam iento p si
coanalítico, se puede considerar e l testam ento que Freud dejó a la profe
sión que él m ism o había fundado,
F r e u d i n t e r r u m p ió su trabajo en el Esquem a a principios de sep tiem
bre, cuando hubo sig n o s alarm antes de que había reactivado el carácter
m alig n o de sus lesio n es en la boca. D esp ués de angustiosas consultas con
m éd ico s in g leses, los Freud llam aron al doctor Pichler, que viajó a L on
dres desde V iena, y el 8 de septiem bre realizó una operación de cirugía
m ayor, que duró más de dos horas, cortando la m ejilla del paciente para
poder acceder m ejor al tumor. D esp u és de la intervención, Anna Freud
inform ó a Marie Bonaparte, con e v id en te alivio: “E stoy m uy contenta de
que ya sea hoy, y ya no sea ayer”. *i«»Esa operación fue la última; Freud
estaba dem asiado débil com o para soportar algo m ás drástico que el trata
m iento con radium, que era ya de por s í bastante drástico.
S e le perm itió v o lv er a su casa (se hallaba internado en una c lín ica)
unos días más tarde, y e l 27 de septiem bre se m udó a la residencia prepara
da para él en 20 M aresfield Gardens, Ham pstead. Era confortable y agrada
ble; la hacían aun m ás grata un d e lic io s o jardín cubierto de flores y la
som bra de grandes árboles. El otoño era suave, y é l pasaba m ucho tiem po
al aire libre, leyendo y descansando en una hamaca. La casa se arregló de
acuerdo con sus necesidad es y d eseo s; se hizo lodo lo humanam ente p o si
ble para que se sintiera cóm odo. Los bienes que había tenido que rescatar
M o r ir e n l ib e r t a d [7 0 3 ]
de m anos de lo s nazis (sus libros, sus antigüedades, su célebre diván) lle
garon finalm ente y fueron d isp uestos de m anera tal que sus dos habitacio
nes de la planta baja se parecieran en general al consultorio y al estudio
adyacente de B er g g a sse 19. Paula F ich tl, la criada de la fa m ilia desde
1929, que d esem p o lv a b a co n suprem o ciudado sus estatuillas en V iena,
las distribuyó exactam ente en el m ism o orden. Entre esas preciadas anti
güedades había un va so griego, regalo de M arie Bonaparte, que en Viena
estaba co locad o detrás del escritorio de Freud, y que más tarde iba a guardar
sus cen izas y las de su esposa. A llí, en M aresfield Gardens, rodeado por su
antiguo am biente de trabajo esp ecia lm en te reconstituido para é l, Freud
v iv ió el año que le quedaba de vida.
S i bien la opera ció n había m inado sus reservas, él sig u ió lo bastante
despierto c o m o para m antenerse inform ado sobre los acontecim ientos de
cada día. La situ a ció n internacional se deterioraba constantem ente, y la
am enaza de guerra p endía sobre e l m undo c iv iliz a d o c o m o una niebla
envenenada. El 2 9 de septiem bre de 1 9 38, N e ville C ham berlain y Edouard
Daladíer se reunieron e n M u n ich c o n H itler, y consintieron en que A lem a
nia se anexionara las region es “ germ anas” de C hecoslovaquia, a cam bio de
una dudosa prom esa de conducta p acífica por parte de los n azis en el futu
ro. A su regreso a Inglaterra, C ham berlain fue saludado por m uchos com o
un salvador, y denunciado por un os p o co s c o m o un verg o n z o so apacigua
dor. En una carta a Freud, A m o ld Z w e ig se preguntó si lo s llam ados
“pacificadores” entendían “qué precio están h aciendo pagar a otros, hasta
que tengan que pagarlo e llo s m ism o s” . * M0 M unich procuró a los aliados
unos p oco s m eses de tiem po y, cuando se vieron obligados a despertar,
una reputación de traición y cobardía: nada m ás. El nom bre m ism o de la
ciudad en la que lo s prim eros m inistros de Gran Bretaña y Francia ven d ie
ron C h ecoslovaquia a los nazis se co n v irtió en sinónim o de abyecta rendi
ción . El com en tario de Freud sobre M unich en su C h ro n ik fue conciso:
“Paz". *»»
T o d a v ía n o se sen tía lo b astante b ien c o m o para pon er al día su
correspondencia. La prim era carta que e n v ió desde “el H ogar” , a M arie
Bonaparte, fue escrita el 4 de octubre, una sem ana d espués de m udarse. Su
antigua, característica y ob sesiv a rapidez había desaparecido; Freud tenía
que ahorrar sus recursos. En la carta ex p lic ó por qué. La in tervención qu i
rúrgica — le dijo a su princesa— había sido “ la más grave d e sd e 1923, y
m e c o stó m u ch o ’’. S ó lo le quedaba energía para enviar un m ensaje breve:
“A penas puedo escribir, lo m ism o que hablar o fumar” ; se quejó de sentir
se terriblemente cansado y débil. Pero a pesar de todo estaba analizando a
tres pacientes. **» Y en cuanto se recuperó, v o lv ió a sentarse al escritorio.
Ya abandonado el E squ em a d e l p sic o a n á lisis, e l 20 de octubre in ic ió otro
ensayo d id áctico, “A lgun as le c c io n e s elem entales de p sico a n á lisis”, que
tam bién estaba destinado a ser só lo un fragm ento, en este c a so m uy breve.
Según le d ijo a M arie Bonaparte a m ediados de noviem bre, todavía era
[7 0 4 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
“capaz de trabajar” , aunque en una actividad estrictamente limitada: “Puedo
escribir cartas, pero nada m ás”. Le tentaba una últim a fantasía. Quería
rubricar su ya m uy a n tiguo a fecto por Inglaterra y (es de suponer) su
rechazo im placable a A ustria, n a cion alizándose súbdito británico. Pero sus
in flu y e n te s a m ig o s in g le s e s y su s in ta ch ab les r ela cio n es n o pudieron
com placerlo, y m urió sin realizar e se d eseo.
U n a i r e d e d e s p e d i d a flotaba sobre esos días y m eses de decadencia.
Los últim os escritos de Freud, pub licad os póstum am ente, parecen otros
tantos adioses. C on scien te de la proxim idad de la muerte, Freud instaba a
sus am igos a que fueran a verlo pronto: cuando la celebrada recitadora fran
cesa Y vette Guilbert (que é l conocía y que le gustaba m ucho desde hacía
años) le dijo en octubre que quería visitarlo en m ayo del año siguiente
para saludarlo en su cu m p lea ñ o s, él s e sin tió con m ovid o pero tam bién
preocupado por lo s m eses de espera: “A mi edad lodo aplazam iento tiene
una connotación p en o sa ” . **» El in cesante alud de visitantes, prudente
m ente regulado por Martha y Anna Freud, m enguó pero sin interrum pirse.
A lg u n o s, co m o Stefan Z w e ig , eran v ie jo s conocidos; otros, c o m o H.G.
W e lls, adm iradores m ás recien tes. D e sd e luego, sus íntim os fueron los
recibidos con m ás sim patía. A M arie Bonaparte, que se hospedó a m enudo
en M aresfield Gardens, se la consideraba prácticamente un m iem bro de la
fam ilia. A m old Z w eig , privado de la m ayoría de sus habituales fuentes de
ingresos, utilizó un inesperado cheque por derechos de autor procedente de
la U nión S o v iética para pagarse una visita a Freud en septiem bre, y se
quedó allí varias sem anas. A l decirle de n u evo adiós desde París, a m edia
dos de octubre, recordó las largas con versaciones que habían m antenido,
las cuales — escribió disculpándose afectuosam ente— debían de haber sido
agotadoras para el m aestro.
Durante todo e se tiem po hubo intentos destinados a disuadir a Freud
de la pu blicación del libro sobre M o is é s .» A m ediados de octubre, un em i
nente historiador de la cien cia , C harles Singer, le pidió con delicadeza a
uno de lo s hijos de Freud que le transmitiera el m ensaje de que lo prudente
era que guardaba en el ca jó n de su escritorio el M o is é s y la r e lig ió n
& En octubre, un corresponsal de Palestina, Israel Doryon, sugirió en una
cana a Freud que podía haber adoptado la idea de que Moisés era egipcio después
de haberla leído en algún texto de Josef Popper-Lynkeus, un médico, filósofo y
ensayista austríaco cuya sensible obra sobre los sueños y otros temas psicológi
cos Freud admiraba mucho. La sugerencia de Doryon, lejos de fastidiar a Freud, le
interesó sobremanera. "Fenómenos de la llamada criptomnesia —una especie de
robo inconsciente e inocente— me han ocurrido con frecuencia, clarificando los
orígenes de ideas aparentemente originales*’. No quería decir que no fuera origi
nal; su única contribución, escribió, había sido su “pequeña pieza de refuerzo psi
coanalítico” a una idea antigua. (Freud a Doryon, 7 de octubre de 1938, Freud
Museum, Londres.)
M o r ir e n l ib e r t a d [7 0 5 ]
m o n o te ís ta , particularm ente en v ista de q u e la s Ig le sia s d e Inglaterra,
baluartes contra e l a n tisem itism o , considerarían el libro un ataque a la
re lig ió n . E se ru e g o p o lític o fu e tan in ú til c o m o antes lo había sid o la
in terven ción de A braham Yahuda. El libro, le e scrib ió Freud a Singer, que
expresaba fielm en te una v e z m ás su co m p rom iso de toda la vida con la
cien cia , sería “un ataque a la religión só lo en la m edida en que, después de
todo, cualquier in v estig a ció n cien tífica de una creencia religiosa presupone
incredulidad” . S e m anifestaba consternado por la reacción de lo s judíos a
su s e s p e c u la c io n e s c ie n tífic a s . “ N a tu ra lm en te” , in s is tió , n o d isfrutaba
ofend ién dolos. “ ¿Pero qué p uedo hacer? H e dedicado m i larga vida a defen
der lo que consideré la verdad cien tífica , in clu so cuando resultaba incóm o
da y desagradable para m is sem ejantes. N o p uedo cerrar m i vida con un
acto de repudio." S eñ a ló que no era poca la ironía que había en todos esas
e x ig e n c ia s de autocensura: “S e n os reprocha a los ju d íos que con e l paso
d el tiem p o n os h em o s v u e lto cobardes. (A lguna v e z fu im os una nación
v a lie n te .) Y o n o h e tom ad o parte en esa transform ación. Por lo tanto,
deb o correr el riesg o ”. ***
En realidad, lejos de abandonar su proyecto, Freud presionaba enérgi
cam ente para asegurarse la traducción al in g lés (y una traducción rápida).
Katherine Jones estaba trabajando en ella con la ayuda de su esp o so , pero
a fin es de octubre E m est Jones lo decep cio n ó con la n oticia de que n o ter
m inarían antes de febrero o m arzo d e 1939. En una respuesta larga y apre
m iante, Freud n o o c u ltó su co n sternación. R eco n o c ía q ue el tiem p o de
Jones era v a lio so , y grande su escrupulosidad. Pero, d esp u és de todo, e llo s
se habían o frecid o voluntariam ente, y a él la dem ora le resultaba desagra
dable en m ás de un sentido. L e recordó a Jones su avanzada edad y sus
inciertas ex p ectativas de vida: “Sobre todo, unos p o cos m e ses sign ifican
m ás para m í que para cualquier otro”; era un “d eseo com prensible” el de
ver im p resa la v er sió n en in g lé s antes d e m orir. T al v e z Jones podría
hallar a alguien que tradujera una parte, de m odo que el trabajo quedara ter
m inado en el p lazo de d o s m e se s. M ás aún: le llam ó la atención acerca de
“la im p a cien cia d el editor norteam ericano (K n o p f N Y ), d e quien ya he
aceptado un pago”.
E sto n o era un su bterfugio. D esd e e l v erano, B lan ch e K n op f había
estado en contacto co n M artin Freud para obtener lo s derechos norteam eri
canos de M o is é s y la re lig ió n m o n o te ísta . C o n su e sp o so A lfred , B lanche
K nopf estaba al frente d e una seria editorial neoyorkina, fam osa por los
distin g u id o s autores norteam ericanos de su ca tá lo g o , c o m o por ejem plo
H.L. M encken; por sus aun m ás d istin gu id os autores extranjeros, entre lo s
que se contaba T hom as M ann, y por su d ise ñ o gráfico característico. El
pie de imprenta de K n o p f era sin duda atractivo. A m ediados de n o v ie m
bre, B la n ch e K n o p f v isitó a Freud y le su g irió algunas m o d ific a cio n e s
m en ores, que él no e stu v o d isp u esto a aceptar. La reunión d eb ió de reali
zarse en una atm ósfera tensa: la delgada, n erviosa y segura de s í m ism a
[7 0 6 ] R evisiones: 1 9 1 5 -1 9 3 9
editora norteam ericana form uló algunas “lev e s sugerencias”, *** tratando
de co n vencer a un obstinado Freud de que revisara un manuscrito cuya
redacción tal v e z le había costado más que la de cualquier otro. Freud pro
pu so rescindir el contrato, pero Blanche K nopf, sensatam ente, descartó la
p osib ilid a d , y por fin la em presa de los K nopf publicó M o isé s y la r e li
g ió n m o n o te ís ta en los E stados U nidos. Durante esas n egociaciones,
Freud m antuvo correspondencia con su traductor J. D w o ssis, de Jerusalén,
sobre una v ersión del libro en hebreo. Por más que esperara la pronta apa
rición del M o is é s en el idiom a b íb lico, Freud se sin tió ob ligad o a advertir
le a D w o s s is que si b ie n e l libro era “ una c o n tin u a ció n del tem a de
T ó te m y ta b ú , aplicado a la historia de la religión jud ía”, no había que
pasar por alto el h ech o in conveniente d e que “ sus contenidos son particu
larm ente su sceptibles de herir sensibilidades judías, en la m edida en que no
se subordinen a la c ie n c ia ” . * 210 A nsiaba la traducción, pero n o dejó de
alertar al traductor de que podría resultar arriesgada.
E l d e s t in o d e s u M o is é s era inm ensam ente im portante para Freud;
n o obstante, lo s n azis lo obligaron a afrontar acontecim ientos de una gra
ved a d aun m ayor. E l 10 de n ov iem b re, Freud registró en su C hronik:
“cam pos de concentración en A lem ania”. *2U La noch e anterior, el régim en
nazi había orquestado una serie de m a n ifestaciones “espontáneas” (griterío
de slo g a n s, rotura d e vidrieras, saqueos, v io le n cia ) y arrestos en masa. La
excu sa fu e la m uerte de un diplom ático alem án en París, causada por las
balas de un jo v e n ju d ío p olaco desesperado, pero la acción había sido c u i
dadosam ente preparada desde m ucho antes. En lodo el país, en las ciudades
pequeñas y grandes, unos 7 0 0 0 n eg o cio s ju d íos fueron destruidos; ardieron
hasta lo s c im ien to s c a si todas las sin agogas del país, y unos 50 0 0 0 judí
os alem anes se v ieron transportados a cam pos de concentración. Las extor
sio n es en form a de m ullas co lectiv a s, las e x a ccion es burocráticas irracio
n a le s y h u m illa n te s , d eterm inab an q u e la e m ig r a c ió n fuera a la v ez
im perativa y d ifíc il. Estaba a la vista e l fin de la vida judía en Alem ania,
y a em pon zoñ ad a por la anterior leg isla ció n racial y por las regulaciones
d iscrim inatorias, mientras los judíos alem anes buscaban desesperadam ente
refugio en un m und o que se resistía a recibirlos. El vandalism o y la bruta
lidad de eso s “ acontecim ientos recientes y rep u lsivos” que pasaron a deno
m inarse co n el negro eu fem ism o de K rista lln ach t (la noche de las vidrieras
rotas) suscitaron en Freud recuerdos d e V ien a en marzo; los hechos no
hacian m ás que exacerbar “el problema de qué hay que hacer con las cuatro
ancianas que están entre lo s setenta y c in c o y los ochenta años”, es decir,
sus herm anas que todavía viv ía n en la capital austríaca. Le preguntó a
M arie Bonaparte si no podría sacarlas d e Austria con destino a Francia; * n i
la princesa trató enérgicam ente de hacerlo, pero la burocracia y los tiem
pos estaban contra ella.
S e trataba de cuestio nes de vida o m uerte, que sin em bargo no aparta
M o r ir e n l ib e r t a d [7 0 7 ]
ban totalm ente la atención de Freud de los n e g o cio s mundanos que m ás le
im portaban, los de la em presa p sicoan alítica. Ese era só lo otro desagrada
ble conjunto de problem as con el que los nazis habían b endecido su m un
d o. Si b ien e l p sic o a n á lisis en A lem a n ia sob revivía, m ás o m en o s, bajo
la égida de la Sociedad M édica Genera) A lem ana de Psicoterapia (el deno
m inado Instituto G óring, en cab ezad o por un prim o de G óring), tuvo que
adecuarse a la id eo lo g ía racial nazi, utilizar un vocabulario expurgado y
deshacerse de lo s profesion ales ju díos. D esd e e se lado no podía esperarse
ninguna in d ependencia de ju ic io , no d igam os ya investigación . En A u s
tria, n o quedaban h u ella s del p sic o a n á lisis. L os su izo s, bajo el dud oso
liderazgo de Jung, que d esd e hacía cierto tiem po hablaba de la diferencia
entre lo inco n sciente germ ánico y ju dío, no eran aliados en los que Freud
pudiera confiar. En Francia, el p sico a n á lisis segu ía dando guerra. Es cierto
que los Estados U nid os habían estado recib iendo un núm ero creciente de
analista s a lem a n es, a u stría co s y hú ng a ro s pero, c o m o sa b em o s, Freud
tenía poca co n fia n z a en lo s norteam ericanos, y lo s an alistas le g o s que
desembarcaban en N ueva York y en otras grandes ciudades norteam ericanas
constantem ente debían enfrentarse co n reglam entaciones que les vedaban la
práctica del psicoan álisis. Por lo tanto — seg ú n Freud le reconoció a Ernest
Jones— “ lo s a co n tecim ien to s de lo s ú ltim o s años han determ inado que
Londres se convierta en e l lugar principal y centro del m ovim ien to p sic o a
n a lític o ” . E n tales c ir cu n sta n cia s, a Freud le agradó que un editor
inglés, John R odker, fundara una em presa que denom inó Im ago Publishing
Com pany, para publicar una n u ev a e d ic ió n revisada, en alem án, de sus
obras com p letas. **» Tam b ién s e aseguraron una nueva vida las p ublica
cion es p sicoanalíticas en lengu a alem ana que habían dejado de aparecer
debid o a “lo s a con tecim ientos p o lític o s de A ustria”. *213 A principios de
1939, una p ub licación qu e era una m ezcla de las antiguas In tern ation ale
Z e itsc h rift e Im a g o , y e n la que Freud aparecía com o editor, em p e zó a
publicarse en Inglaterra.
Freud sig u ió escrib ien d o , aunque poco: un com entario breve sobre e l
antisem itism o publicado por un periódico de em igrados que Arthur K o es-
tler dirigía en París, y una carta al editor de T im e a n d T id e sobre el m ism o
tem a. Y continuaban lleg a n d o v isitan tes. H acia fin e s de enero de 1939,
sus ed ito r e s in g le s e s , L eon ard y V ir g in ia W o o lf, p ropietarios de T h e
Hogarth Press, fueron invitad os a tom ar e l té en 20 M aresfield G ardens.
Leonard W o o lf quedó sorprendido, hasta la adm iración. Por derecho propio
y co m o e sp o so de una n o v e lista so cia lm e n te destacada y de renom bre
internacional, había tratado a celebridades durante toda su vida, y n o se le
im presionaba fá cilm ente. Pero, segú n recordó en su autobiografía, Freud
“no era só lo un g en io , sin o tam bién, a d iferen cia d e m uchos g en io s, un
hom bre extraordinariam ente su til” . W o o lf n o se sentía en absoluto im p u l
sado a “elogiar a lo s h om bres fa m o so s que he con ocid o. C asi todos los
hom bres fam o so s defraudan o aburren, o am bas cosas. Con Freud no o cu -
[708] R ev isio n es: 1915-1939
iría ni lo u no ni lo otro; tenía un aura, n o de fania, sin o de grandeza” . El
té co n Freud n o había sid o “una entrevista fácil. El era extraordinariam ente
cortés al m o d o antiguo, form al (por e jem p lo, casi cerem oniosam ente le
regaló una flor a V irginia). T en ía a lg o d e v olcán só lo a m edias ex tin g u i
do, alg o som brío, reprim ido, reservado. M e d io una im presión que no m e
han producido m ás que m uy pocas de las personas que c o n o c í en mi vida,
una im presión de gran caballerosidad, pero, detrás de ella, de gran fuer
za”
La fam ilia de Freud — o b servó W o o lf— había convertido las habita
c io n e s d el m aestro en M arefield s G ardens en algo que recordaba a un
m useo, “pues a su alrededor había una gran cantidad de antigüedades e g ip
c ia s” . C uando Virginia W o o lf apuntó que tal v e z , si las p otencias aliadas
hubieran perdido la Primera G uerra M undial, n o habría surgido H itler,
Freud d isintió: “ Hitler y los n azis habrían llegad o y habrían sid o m ucho
p eores si A lem an ia hubiera ganado la guerra”. W o o lf c o n clu ye su relato
co n una anécdota encantadora. S e refirió a un artículo periodístico sobre
un h om b re c o n v ic io por h ab er ro b a d o a lg u n o s lib r o s e n la lib rería
F o y le ’s, de L ondres, entre e llo s una obra de Freud; el m agistrado que lo
m ultó dijo que si de él dependiera, le im pondría com o castigo la lectura de
todas las obras de Freud. A é ste le d ivirtió el ch iste , pero tam bién se q u e
jó : “ S u s lib r o s, d ijo , n o lo h abían h e c h o fa m o so , sin o difam ad o. U n
hom bre form idable” . V irgin ia W o o lf, fiel a su e stilo , fue m ás acerba
que su e sp o so . Freud la im presion ó co m o “ un hom bre m uy vie jo e n c o g i
do y retorcido: de o jo s brillantes c o m o los de un m ono” y e lo cu ción co n
fu sa, pero m en te alerta. A los otros m iem bros de la fam ilia Freud lo s veía
so c ia l y p sic o ló g ic a m e n te h am brien tos e n ex trem o (c o m o sin duda lo
estaban, en su situación d e refugiados). Pero ni siquiera V irginia W o o lf
pudo negar que se había encontrado ante una inolvidable presencia.
L o s W o o l f t o m a r o n e l té co n un hombre que ya estaba muy enfer
m o . En la C hronik de Freud hay só lo dos anotaciones correspondientes al
m es de enero d e 1939, y am bas registran m om entos de m alestar físico:
“ Lum bago” (el día 2 ) y “ D olores en lo s h u esos” (el 31). *»» En realidad,
desde m ediados de e se m es e l tema de su cáncer invadió las cartas de Freud
co n una exten sión alarmante. Había tum efacciones sospechosas cerca de las
lesion es cancerosas, y cada v e z sentía m ás dolor. El hombre que desdeñaba
la m edicación por temor a que le resiara lucidez m ental, estaba viviendo (ya
desde hacía algún tiem po) gracias a a n a lg ésicos su aves co m o el Piram i
dón. * 2» A m ediados de febrero, Freud le dijo a A m old Z w eig que su “esta
d o ” amenazaba con “volverse interesante. D esde m i operación en septiem
bre he estado sufriendo dolores en la m andíbula que aumentan lenta pero
constantem ente, de m odo que no puedo realizar m is tareas rutinarias coti
dianas ni pasar m is noches sin una botella de agua caliente y considerables
do sis de aspirina” . N o sabía si se trataba de un episod io inocuo “o de un
M o r ir e n l i b e r t a d [7 0 9 ]
progreso del siniestro p roceso contra eJ que he estado batallando durante 16
años”. M ane Bonaparte, co n quien estaba en contacto constante, había con
sultado a un especialista francés en radioterapia, y se consideró la p osib ili
dad de q u e Freud viajara a París para recibir tratamiento. M ientras tanto
— agregó é l— , nadie lo sabía, pero el podía “im aginarse m uy b ien q ue todo
esto es el principio d el fin que, después de todo, nunca deja de esperam os.
M ientras tanto, sig o c o n esto s d olores paralizantes”. *m A fin es de febrero,
el doctor A ntoine L acassagne viajó desde París para exam inar a Freud en
presencia de Schur, y v o lv ió dos sem anas m ás tarde para aplicarle un trata
m iento de radium. Pero e l d olor persistió.
Freud se g u ía in teresá n d o se por e l m undo, se g u ía s ie n d o sarcástico,
seguía escrib ién d o les a su s am ig o s m ás íntim os, aunque su corresponden
cia co n m uchos de e llo s em pezaba a extin guirse. El 21 de febrero, Pfister
le recordó: “ ¡Qué correctam ente ju z g ó usted la m entalidad alem ana en m i
últim a v isita a V iena! ¡Y cuán to ten em os que alegram os de qu e usted haya
escapado de una nación en regresión al padre sád ico!” El 5 de m arzo,
en su ultim a carta a A m o ld Z w e ig , Freud p roporcionó algunos detalles de
sus afliccio n es y de la con tinu a incertidum bre de lo s m éd icos; a continua
c ió n su g ir ió que Z w e ig p odría p o n erse a prueba an alizan d o un “ alm a
nazi” . * 224 Pero si bien el estado d el m undo seguía interesándole, n ecesaria
m ente su propio estado tenía la prioridad. Una sem ana m ás tarde, c o n su
habitual e stilo co n ten id o , Freud exterio rizó algunos d e su s sentim ientos
en una carta a Sachs: lo s m é d ic o s co nsultores pensaban que una m ezcla de
rayos X y radioterapia podría ser e fic a z y — decía é l— “añadir unas sem a
nas o m e se s de v id a ”. N o estaba seguro de que valiera la pena. “ N o m e
engaño sobre las p o sib ilid a d es d el resultado final a m i edad. M e sien to
cansado y agotado por tod o lo que m e hacen. C om o senda hacia e l fin ine
vitab le e s tan buena c o m o cualquier otra, aunque y o m ism o n o la haya
elegid o.” *22} En esa ép o ca el d iag n ó stico ya no dejaba dudas. Una biopsia
realizada el 28 de febrero d io resultado p o sitivo; el cáncer estaba en su
apo g eo nuevam ente, situ ado en un lugar tan profundo de la boca que no
podía prescribirse la operación. Durante cierto tiem po, el tratam iento con
rayos X con tuvo el crecim ien to , superando las exp ectativas de Schur, pero
la m ejoría fu e s ó lo tem poral. S in em bargo, Freud segu ía rechazando el
con su elo fácil hech o d e frágiles esperanzas. “M i querida M arie — le e sc ri
b ió a su princesa a fin e s d e abril— , no le he esc rito durante m u ch o tiem
p o , m ientras usted se bañaba en e l mar azu l.” M arie Bonaparte había esta
d o d e v a c a c io n e s en S ain t T r o p ez. “ S u p o n g o q ue sab e por q u é, y lo
advertirá tam bién por m i escritura.” Le c o n fesó q ue n o estaba “progresan
do; m i enferm edad y las co n se c u e n c ia s del tratam iento participan en la
causa, en una proporción d escon ocid a para m í. Han tratado d e arrastrarme a
una atm ósfera de op tim ism o: el cáncer está reduciéndose, las m an ifestacio
nes reactivas son tem porales. N o lo creo , y n o m e gusta que m e e n g a
ñ e n ” . Su hija p sic o a n a lista le resu ltaba m ás in d isp e n sa b le qu e nunca:
[7 1 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
“ U sted sabe que Anna está a sistiend o al encuentro de París — un congreso
de p sicoanalistas de lengua francesa— . Y o m e estoy volvien d o cada vez
m en o s independiente y m ás dependiente de e lla .” Una vez m ás, com o tan a
m enudo en aquellos días, d eseó la muerte. Una enfermedad que “abreviara
el cruel proceso sería m uy d eseable” . *
La carta es rica y reveladora. D ocum enta de nuevo el afecto que Freud
sentía por su hija y la necesid ad que tenía d e ella, lo m ism o que el hech o
de que detestaba la dependencia. Y v u elve a subrayar su convicción de que
terna derecho a saber toda la verdad sobre s í m ism o, por desalentadora que
fuera. Por lo m en os pod ía confiar en que su m éd ic o personal, Max Schur,
n o le fallaría en e s e sentido, co m o lo había h ec h o F élix D eutsch en 1923.
L am entablem ente, Schur tuvo que dejar a Freud durante unas sem anas crí
ticas. A fin es de abril, abrumado por una duda cruel sobre lo que debía
hacer, v ia jó n o obstante a lo s E stados U n id os para instalar allí a su esp osa
y sus dos hijo s p eq u eñ os, so licita r la ciu d adanía y tratar de obtener la
licen cia para la práctica m édica. S e sentía m u y culpable, pero Freud pare
c ía sentirse m ejor después del tratam iento co n rayos X , y Schur realm ente
no podía dem orar su partida. H abía recibido un visado para entrar en los
Estados U nidos y, aduciendo la necesidad de permanecer cerca de Freud,
logró que se la ampliara hasta fin e s de abril. Pero las autoridades del c o n
sulad o norteam ericano, obligadas a obedecer una ley de inm igración in fle
x ib le, no prorrogarían esa visad o d e n uevo. A nte e l peligro de perder por
m u chos años el derecho a em igrar a lo s E stados U nidos, Schur d ecid ió ir y
v o lv e r lo m ás pronto p o sib le. * 227
Durante e so s m eses, lo m ism o qu e en lo s días más negros de la A u s
tria nazi, M ax Schur cobró la dim en sió n de una figura casi tan esen cial
para Freud c o m o su hija Anna. Freud s e refirió repetidam ente a él co m o a
su “m é d ic o personal”, lo cu al suena c a si m ayestático, pero le gustaba
Schur y lo trataba co m o a un a sociad o de c onfianza. L o m ism o hacían los
hijos: recordem os que fue Schur q uien proporcionó a Anna y Martin la
droga letal que esperaba no tuvieran n ecesidad de tomar. Schur había d e s
cubierto a Freud en 1915, cuando, co m o jo v e n estudiante de m edicina,
asistió c o n entu siasm o creciente a las co n ferencias más tarde publicadas
co n el títu lo de C o n feren cia s d e in tro d u c ció n a l p sic o a n á lisis. S i b ien
optó por especializarse en m edicina interna, se m antuvo inform ado sobre
el p sic o a n á lisis, y esa persistente fa scin a ció n , rara en un internista, c o n s
tituyó buena recom endación anle M arie Bonaparte, que había acudido a su
con su lta en 1927 prim ero, y despu és al año sigu ien te, p oniéndose en sus
m anos para un tratam iento m ás in ten siv o . E lla recom endó a Freud que
tom ara a S ch ur c o m o m é d ic o p erso n a l, y é l a s í lo h iz o en m arzo d e
19 2 9 , N unca lam entó haber se g u id o el co n se jo de la princesa, y se
d escrib ió a s í m ism o com o “p aciente d ó cil [de Schur], incluso cuando no
m e resulta fá c il”. *2i0 En realidad, se rebelaba contra su m éd ico só lo en lo
con cerniente a dos cuestiones: se quejó repetidam ente de que los honora
M o r ir e n l ib e r t a d [7 1 1 ]
rios de Schur eran d em asiad o bajos, y desatendía e l con sejo d e que
renunciara a sus am ados y n ecesarios cigarros (desobediencia ésta de m a y o
res consecu en cia s que la otra). En su primer encuentro, Freud y Schur se
pusieron de acuerdo sobre el d elica d o tem a de la franqueza, y a continua
ció n Freud introdujo un asunto aun m ás d ifícil: “ Prom étam e tam bién que,
cuando lleg u e el m om en to, no perm itirá que m e atorm enten in necesaria
m en te”. Schur lo p rom etió, y se estrecharon las m anos cerrando el pacto.
En la prim avera de 1 9 3 9 , e l tiem po d e cum plir con esa p rom esa esta
ba ya casi al llegar.
U na o c a sio n e n la que la ausen cia obligada de Schur provocó que se
1c echara de m en os fue la d el o c to g esim o tercer cu m p leañ os de Freud.
M arie Bonaparte fu e a celebrarlo a 2 0 M aresfield Gardens, donde perm ane
c ió algunos días. T am bién e stu v o presente Y vette G uilbert, c o m o había
prom etido, y le dejó una fotografía autografiada, con un m ensaje de adora
ció n: “ ¡C on to d o m i c o r a z ó n !” (" D e to u t m on c o eu r au g ra n d F re u d l
Y v e tte G u ilb e r t, 6 M a i 1 9 3 9 " ). D e sp u és, el 19 de m ayo, Freud tuvo
una razón real para celebrar a lg o . A n o tó triunfalm ente en su C h ro n ik :
“M o isé s en in g lé s ” . N o le habían defraudado en su esperanza de ver en
vida M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ísta publicado para el m undo de habla
inglesa. Pero su aparición no fu e para é l n i para sus lectores una b en d i
ció n total.
U na mirada al largo en sa y o qu e com p leta la tríada de artículos sobre
M o isés perm ite justificar la anterior prudencia de Freud. N o perdía de vista
ni a M oisés ni a su interrogante central: ¿qué h iz o de los ju d ío s lo que
son? Pero en el en sa y o final g en era lizó su indagación hasta abarcar todas
las r e lig io n es. El título d el libro m u y b ie n podría haber sid o “El pasado de
una ilu sió n ” . Sin duda, a pesar d e todas sus d igresiones y aportes p ersona
les, de todas sus referencias autobiográficas, M o is é s y la r e lig ió n m o n o
te ísta recuerda ciertos tem as recurrentes de su trabajo psicoan alítico: el
com p lejo de Edipo, la aplica ció n de e se com plejo al estu d io de la p rehisto
ria, e l ingrediente n eu ró tico d e toda relig ió n , la relación del líder c o n sus
seguid ores.^ A d em ás, e l libro aborda e l fen óm eno tristem ente pertinente y
en apariencia in con m o v ib le del antisem itism o, y el de la ascendencia judía
de Freud. In clu so una de las id eas m ás excéntricas que “contrajo” ya a
una edad avanzada aparece un tanto tím idam ente c om o nota al p ie de p ági
na: se trata d e su c o n v icció n d e que las piezas de Shakespeare en realidad
fueron escritas por Edward de V ere, con de de Oxford, una teoría cogid a por
los p elo s y a lg o em barazosa c o n la que regocijaba a sus incrédulos v is i
23 En esos años, Freud sostenía una am istosa disputa con M aiie Bonaparte,
que lo reverenciaba, sobre si era o no un gran hombre. El decidió que no la era,
pero que había descubierto grandes cosas.
[7 1 2 ] R ev isio n es: 1 9 1 5 -1 9 3 9
tantes y a sus no m en o s incrédulos c o r resp on sales.* *»« Pero la identidad
de Shakespeare no se contaba entre sus principales preocupaciones. Freud,
el incurable la icista, reincidía en la im pía p r op osición que había sustenta
do durante décadas: la religión es una neurosis colectiva.
U na v e z im presa la argum entación com pleta, resultó que los cristia
n os tenían tan buenas razones c o m o los ju d íos para que M o is é s y la r e li
g ió n m o n o te ís ta Ies pareciera desagradable, in clu so esca n d a lo so . Freud
interpretaba e l asesinato de M o isés por parte de los antiguos hebreos, p o s
tulado en el segundo ensayo, com o una nueva puesta en escen a del crim en
primordial com etido en la persona del padre, e se crim en que había analiza
d o en T ó te m y ta b ú . En tanto n ueva e d ición de un trauma prehistórico,
con stituía el retom o de lo reprim ido. En c o n secu en cia, el relato cristiano
sobre un Jesús inm aculado, que se sacrifica por la hum anidad pecadora,
tenía que ocultar, “obviam en te con una d istorsión tend en ciosa”, otro de
esto s crím enes. Por cierto — preguntaba Freud, asem ejándose m ucho a un
d ete c tiv e im p lacab le frente a un crim inal acorralado— « ¿cóm o alguien
in ocen te del asesinato podría asumir la culpa de lo s asesinos, dejándose
matar? En la realidad histórica, esta contradicción no existe. El “redentor”
no podría ser otro que el reo principal, el líder de la banda de herm anos que
había derrotado al padre” . Freud n o consideraba necesario decidir si e se
tenebroso crim en se había producido realm ente, ni si ese rebelde principal
ex istió . En el esquem a freudiano de las co sas, después de todo, la realidad
y la fantasía eran herm anas, aunque no gem elas. En el ca so de que el cri
m en hubiera sido solam ente im aginado, “C risto es el heredero de una fan
tasía ávida que no se r ea lizó ”. Pero si realm ente ex istió , él e s “e l sucesor
y la reencarnación ” del gran crim inal. Fuera cual fuere la verdad histórica,
la “cerem onia cristiana de la Sagrada C om unión” constituye una repeti
ció n de la antigua com ida totém ica, aunque en una versión suavizada y
reverencial. D e m odo que el judaism o y el cristianism o, aunque ligados
por m últiples afinidades, difieren d ecisiv a m en te en su actitud con respecto
al padre: “El judaism o había sid o una religión del padre: el cristianism o se
con virtió en una religión del h ijo”». •=»
El a n á lisis de Freud, p recisa m en te por su a sp ecto tan c ie n tífic o y
desapasionado, es extrem adam ente irrespetuoso con el cristianism o. A bor
da la pieza central del relato cristiano com o un engaño gigantesco, aunque
24 Freud continuó con esa quimera durante algunos años, discutiéndola espe
cialmente con Ernest Jones, quien con valentía procuraba disuadirlo. Le había
im presionado mucho el "Shakespeare" Identified, de Thomas Looney (1920), en
el que se “revela” que “Shakespeare” era el conde de Oxford; leyó dos veces el
libro. (Véase, entre sus cartas, sobre todo Freud a Jones, 11 de marzo de 1928,
Freud Collection, D2, LC.) Perspicazmente, Jones vincula esa manta inocua con
la enigm ática fascinación de Freud por la telepatía. Una y otra, sugiere, dan sus
tento a la opinión de que las cosas no son lo que parecen. (Véase Jones [V ida y
obra de Sigmund Freud] III, 428-430.)
M o r ir e n l ib e r t a d [7 1 3 ]
in co n scien te. Pero Freud tenía m á s cartas en la m anga. U n ju d ío , S a u lo de
T arso — Pablo— fu e e l prim ero en recon ocer oscuram ente la razón de la
depresión que pesaba sobre la c iv iliz a c ió n de su época: “H em os m atado a
D io s Padre”. Esa era una verdad q u e él s ó lo había podido sobrellevar “bajo
el disfraz delirante de la buena n ueva”. *“ 8 En sín te sis, el relato cristiano
de la redención a través de J esú s, su vida y su destin o, era una fic ció n
autoprotectora que ocu ltaba a lgun os terribles actos (o d e seos).
M o is é s y la re lig ió n m o n o te ís ta , desd e lu ego, no perdonaba a lo s ju d í
os. E llo s nunca habían reco n o cid o e l asesinato del padre. L os cristianos no
com partían esa n eg a ció n , adm itían el h o m ic id io , y a sí se salvaban. A fin es
de la década de 1 9 20, Freud había dich o que la religión — toda religión— es
una ilu sión. A hora caracterizaba e l cristian ism o com o el tipo m ás grave de
ilu sió n , que se m ezclaba co n la locura d el delirio. N o con ten to c o n e se
in su lto a lo s cristia n o s, ag reg ó otro: “ En algunos a sp ectos” , su religión
“representaba una regresión cultural respecto de la antigua, c o m o sucede
habitualm ente co n la irrupción o adm isión de nuevas m asas de personas de
n iv e l inferior. La religión cristiana n o se m antuvo a la altura de la esp iri
tualidad alcanzada por e l jud aism o”. *23> En su punto álgido, im b u id os del
m ensaje d e M o isés acerca d e que lo s h ijos d e Israel son el pueblo eleg id o ,
lo s ju d ío s rechazaron “la m agia y el m istic ism o ”, se sintieron im pulsados
a cultivar sus cualidad es m en ta les y espirituales, y “d ich osos con la p o se
sión de la verdad”, alim entaron la m ente y la m oral. *240
E n esta e v a lu a c ió n d el ju d a ism o h istó rico , Freud, c o m o ju d ío ateo,
dem ostró ser el verdadero heredero d e su padre, Jacob Freud, c u y o lem a
hab ía sid o , sim p lem en te. “ P ie n sa é tica m en te y actúa m oralm en te” . • ’*»
Freud com enta qu e, c o m o s a b e m o s, “e s e M o isé s transm itió a los ju d ío s el
sentim ien to exaltad o de ser un p u eb lo e leg id o; una nueva y v a lio sa aporta
c ió n se agregó al tesoro secreto d el pu eb lo a través de la desm aterializa
c ió n d e D io s. Los ju d ío s co n servaron la tendencia a los in tereses in te le c
tuales; la desventura p o lítica d e la n ación les enseñ ó a valorar la única
p o se sió n que les quedaba, su literatura, en su verdadero m érito” . P ala
bras o rgu llosas arrojadas a la cara de la calum nia sistem ática d e lo s n azis,
de la q uem a de libros y de lo s sanguinarios cam pos de concentración.
A ju ic io de Freud, las a ctividad es c o n flictivas de ju d íos y n o ju d íos
co n respecto al crim en prim ordial tam bién ayudaban a exp licar la p ersis
tencia del an tisem itism o, al cu al d e d ic ó algunas páginas m ordaces. Fueran
cu a les fueren sus o ríg en es — dijo— e l o d io al ju d ío ponía de m an ifiesto
una verdad desalentadora: lo s cristian os n o son en absoluto buenos cr istia
n os, sin o m ás bien , debajo d e una d elgada capa, los bárbaros p oliteístas
que fueron siem pre. *243 S in duda, segú n Freud, un factor im portante del
perdurable fen ó m en o del a n tisem itism o eran lo s c elo s, la pura envidia.
E s e e l o g io un tanto a m b ig u o del ju d aism o n o aplacó a lo s eruditos
ju d ío s . A p r in cip io s de j u n io , un reseñ a d or de M o is é s y la r e lig ió n
[714] R e v isio n es: 1915-1 9 3 9
m o n o te ís ta en e l Jo h n O 'L o n d o r i s W e e k ly , H am ilton F yfe, co n sid er ó
que e l lib ro tenía “e l m ás v iv id o interés h istórico y e sp ir itu a r . Pero no
sin razón o b servó: “ ¡N o m e atrevo a pensar lo que dirán los herm anos
ju d ío s del autor!” * M4 D ijero n m u ch o , y fu eron p o c o s lo s cu m p lid o s.
A ngu stiados y por lo tanto en coleriza d o s por lo que preveían co m o proba
b les co n se c u e n c ia s, reaccionaron ante e l libro con desp recio o sile n cio .
V o lv ie n d o las armas del p sicoanálisis contra el fundador, se preguntaron
por qué había tratado de privarlos de su M oisés. ¿La causa era un d eseo de
abandonar el judaism o en un g e sto final? ¿A caso, experim entando el retor
no de lo reprim ido, estaba haciendo desesperadam ente todo lo que podía
para n o llegar a asem ejarse a su padre? ¿O tal v ez (y esta era su h ip ótesis
favorita) Freud se identificaba grandiosam ente c o n M oisés, e l extranjero
que le había d ado sus ley es a un gran pueblo, marcando su carácter para
siem pre? M ás tarde, M ariin B uber, e n su estu d io sobre M o isé s, lim itó
coléricam ente su com entario acerca del libro de Freud a una desdeñosa nota
a p ie de página, refiriéndose a él co m o producción “lam entable” , “n o c ie n
tífica ” y “ basada en h ip ó tesis sin b a se”.» J.M . Lask, e scrib ien d o en la
P a le s tin a R e v ie w de Jerusalén, dijo que Freud, “con todo el respeto debido
a su profundo saber y originalidad en su propio cam po”, era un “A m H a a -
retz" ( un “rústico ignorante”) * « 6 Y Abraham Yahuda lanzó la acusación
de que las palabras de Freud le habían parecido las que "uno de los más
fanáticos cristianos” podría proferir “en su o d io a Israel”.
Pero lo s cristianos tam bién se sintieron ultrajados, por su s propias
razon es.» El padre V icent M cN abb, escribiendo en el C atholic H e ra ld de
Londres, consideró que en M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ísta había “páginas
irreproducibles” , que “ hacen que nos preguntem os si su autor no tiene una
o b se sió n sex u al” . El padre M cN abb pasó de la adjetivación a las am ena
25 A principios de 1930, Max Eitingon sostuvo una larga discusión con
M artin Buber en Jerusalén, e informó a Freud de que, en cuanto M o is é s y la r e li
g ió n m o n o s te ls ta apareció, Buber había escrito una refutación. Como "sociólogo
de la religión judía”, ya se había m ostrado en abierto desacuerdo con T ó te m y
tabú-, tampoco había aceptado L a in ter p reta c ió n d e lo s su eñ os, que, a su juicio,
desatendía el trabajo creador del sueño. “ Está claro —comenta E itingon— que
ahora tenemos en este país un gran crítico del psicoanálisis”. (Eitingon a Freud,
16 de febrero de 1939, Freud Museum, Londres.) Freud replicó con im pertinencia
el 5 de marzo: “ Las frases piadosas de M artin Buber no harán mucho daño a L a
in ter p reta c ió n de lo s su eñ o s. El M o is é s es mucho más vulnerable, y estoy prepa
rado para [resistir] todos los asaltos ju d ío s” . (Con permiso de Sigmund Freud
C opyright, W ivenhoe.)
26 También tiene interés una respuesta m arxista. Howard Evans, en el D a ily
W orker, de Londres, escribiendo desde su segura perspectiva doctrinaria, se per
m itía ser un tanto indulgente con Freud: en vista de sus “ limitaciones ideológi
cas”, no se podía “ esperar que este científico burgués adoptara un enfoque dialéc
tico a la edad de 83 años”. (Reseña de M o se s a n d M o n o th e ism , D a ily W o rk e r
[Londres], 5 de julio de 1939, Freud Museum, Londres.)
M orir en l ibertad [7 1 5 ]
zas. «El profesor Freud está naturalm ente agradecido a la “lib re , g e n erosa
Inglaterra" por la form a en q u e lo ha a c ogid o. Pero — escrib ió— si su
franca defen sa del ateísm o y d el in cesto se difunde am pliam ente, nos pre
guntam os cuánto durará la b ienvenid a en una Inglaterra que todavía se lla
m a cristiana.» *»* E sos eran ton os en lo s que Freud, de haber leíd o la rese
ña, habría reco n o cid o la v o z d e lo s clé r ig o s de A ustria en sus d ías de
V iena.
Las cartas del p ú b lico no fueron m en os b elico sa s, in clu so antes de que
M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ís ta se publicara. U n d ilu v io c a y ó sobre
Freud, cuando extraños de P alestina y lo s Estados U n id os, de Africa del
Sur y Canadá, expresaron sin ningu na reserva el d isgu sto que les p rovoca
ban las ideas de Freud. S eg ú n u no de e llo s e l tipo de crítica bíblica que
em p leó era típ ico de lo s ju d ío s im p ío s que trataban de justificar su deser
ció n d e las verdades fu nd am entales d e su religión . O tro ex p re só la
esperanza de que Freud “n o publicara ese libro” , puesto que provocaría “un
daño irreparable” y n o habría m ás que poner “un arma m á s” en las m anos
de “G o eb els y las otras b estia s”. *»> Un corresponsal anónim o de B oston
se ensañó co n él en unos p o c o s párrafos atronadores: “ L eí en la prensa
local su afirm ación d e que M o isé s no fue judío. / Es lam entable que usted
no se pueda ir a la tumba sin deshonrarse, viejo m entecato. / R enegados
co m o usted los tenem os por m illares, nos alegra desem barazarnos de ello s
y esperam os desem barazam os pronto d e usted / Hay que lamentar que los
ga n gsters de A lem ania no lo hayan m etido en un cam po de concentración,
é s e es e l lugar que le corresponde.” O tros corresponsales y, m ás tarde,
reseñadores, fueron un p o c o m ás corteses, y a algunos las ideas de Freud
le s p arecieron in c lu s o e stim u la n te s, o p a rcialm en te correctas. U n o de
e llo s , un tal A lexandre B u m a ch eff, escrib iendo desd e R ío de Janeiro, le
dijo a Freud que estaba trabajando en un libro análogo y que su propia
opinión coin cid ía co n la de él; adem ás le pedía un ejem plar en inglés de
M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ís ta , contra reem b olso. • «
S in duda, las pruebas en las q ue Freud se basaba estaban lejos de ser
sólid a s; en el m ejor de lo s c a so s eran esp ecu lativas, e n parte anticuadas,
vag a s en sus d etalles. La conjetura de Freud en cuanto a q ue la palabra
hebrea correspondiente a “ Señor” , es d ecir A d o n a i, podría derivar del culto
m o n o teísta e g ip c io a A tó n (h ip ó te s is en la q ue él m ism o con fiab a p o co )
parece im probable; su in g e n u o lam arckism o, segú n el cual lo s a co n te ci
m ie n to s h istó r ic o s se tran sm iten en lo in c o n sc ie n te de g e n er a ció n en
gen eración, no e s m ás d ig n o de co n fianza en M o is é s y la r e lig ió n m o n o
te ís ta que en cualquiera de su s constru cciones anteriores. Pero el Freud
que en su s ú ltim o s a ñ os e lu cu b ró sobre un M o isé s e g ip c io , y sobre su
posterior h o m ó n im o , n o era un an tisem ita de gabinete ni un profeta auto-
designado con du ciend o a su s ingratos seguidores hacia la tierra prom etida
d e la verdad p sicoanalítica, una tierra a la que él llegaría a echar una m ira
da, pero en la que nunca podría entrar. Era el especulador intelectual en
[716] R e v is io n e s : 1915-1939
estado quím icam ente puro, propenso a lanzar conjeturas que sin duda le
seducían.
Freud sig u ió sien d o presa de estas conjeturas a pesar de las vo ce s p er
suasivas que atestiguaban contra ella s. El m ism o. Freud que cedía a M o i
sés a lo s e g ip c io s, y atribuía su a se sin a to a los antiguos heb reos, era el
investigador que, contradiciendo la op in ión erudita dom inante, se con v en
c ió de que el autor de las obras de Shakespeare no podía ser un actor in sig
nificante e inculto. D esp ués de tod o, Freud era el investigador intrépido
qu e había d e sa fia d o al e s ta b lis h m e n t c ie n tífic o , a lin e á n d o se c o n lo s
su p ersticiosos y lo s sem ian alfabetos que creían en el sig n ific a d o de los
sueños. ¿ A caso su ingenuidad receptiva no había generado una de las teori
za cio n es d e cisiv a s en la c ien cia d e la m ente? L o m ism o suced ía con M o i
sés: las avenluras especulativas d e su v e jez eran perfectam ente coherem es
con especulaciones anteriores. Estaba haciendo apuestas m uy altas en un
ju e g o intelectual, y disfrutaba c o n e llo . Pero aunque no hubiera sid o así,
alg o en él le habría im pulsado a seguir adelante. N o habría estado dispues
to a abandonar la te sis d e la m onografía de S e llin de 192 2 , que le propor
c io n ó la c la v e del en ig m a — el a sesin a to de M o isé s— , in clu so aunque
hubiera sid o refutada de m odo concluyen te; por cierto, Freud no s e inm utó
cuando se le h iz o saber que S e llin se había retractado. El se m antuvo fir
m e, si bien c o n ced ió que “el segu n d o M o isés” era “totalm ente una in ven
c ió n m ía” . A n tes, en 1935, cuando dejó de trabajar tem poralm ente en
su estu dio sobre M o isé s, había com parado su situación con otra fam iliar
para lo s psicoanalistas: “C uando se reprime cierto tema" en un p sicoanáli
s is, “ nada surge en su lugar. El cam p o visual queda va c ío . D e ese m odo
yo se g u í atado al M o isés del q u e ren egu é” .
Parte de e sa c a r a cterística o b s e s iv a lle g ó a r eflejarse en letras de
imprenta. En uno d e sus P refacios a la tercera parte de M o is é s y la r e li
g ió n m o n o te ísta , escrito en L ondres en ju n io de 1938, se m anifestó fe liz
de estar en Inglaterra; tratado c o m o huésped distinguido, respiraba de n u e
v o sin la presión de la autocensura, “de m odo que pued o hablar y escribir
— casi he dich o pensar— ¡com o y o quiero o d eb o”! Q u iero o debo: era
un hom bre libre, pero n o libre para dejar de escribir sobre M oisés. M ien
tras viv ía en V iena , estaba d isp u esto a suprimir la últim a parte del libro,
“ pero m e atorm entaba c o m o un e sp ectro sin s o sie g o ”. *2M Este e s e l Freud
que conocem os: el hom bre al que en algunos c asos una idea obsesionaba
durante años. En el curso de la elaboración de su com p u lsión , Freud dijo
m uchas c o sa s interesantes y m uchas in sostenibles. M o is é s y la re lig ió n
m o n o te ísta fue co n ceb id o , escrito y publicado com o un desafío. Esa era la
postura que consideraba propia de un descubridor que nunca en su vida
co in c id ió co n “ la in m ensa m ayoría” . Para su sorpresa, el libro tuvo éxito.
El 15 de ju n io d e 1 9 39, le inform ó a su querida M arie Bonaparte, en lo
que sería su últim a carta dirigida a ella, que «del “ M o isés” en alem án se
han vend id o unos 1800 ejem plares». <257 Pero en el cuerpo de la obra de
M o r ir e n l ib e r t a d (717)
Freud, su M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ísta sigu e siendo una rareza, más
extravagente, a su m o do , q u e T ó te m y ta b ú . C uando por primera v e z pen
s ó en é l, su id ea fue su btitularlo “ U na n o vela h istórica” . Habría h ech o
bien atenerse a esa in ten ció n origin al.
A p r i n c i p i o d e j u n i o d e 1 9 3 9 , m ien tras M ax Schur estaba e n lo s
Estados U n id o s, intentando frenéticam ente terminar con lo s asuntos que lo
retenían allí para p oder v o lv e r ju n to a su p a cien te, Anna Freud le co m u n i
c ó qu e había algunos lig ero s sig n o s de m ejoría en la salud d e su padre.
S in em b argo, lo s d o lo r e s d e Freud eran in te n so s, la p rótesis d ifíc il d e
poner y quitar, y e l o lo r del tejid o can ceroso, que había em p ezad o a u lce
rarse, resultaba su m a m en te desa g ra d a b le. *“ * C u an d o Schur v o lv ió a
Inglaterra el 8 de ju lio , su paciente había em peorado. Estaba m ás delgad o,
y m enos despierto desd e el p um o de vista p sico ló g ico . L e costaba dormir;
pasaba la m ayor parte del tiem po reposando. Llegaban am igos desd e lejos
para v erlo por últim a v ez; H anns S a ch s v ia jó a L ondres en ju lio , y v isitó
a Freud diariam ente, m an ten ien do co n él charlas breves. “Se le v e ía m uy
enferm o — recordó— e in creíblem ente v iejo. Era evidente que lograba pro
nunciar cada palabra co n un trabajo enorm e que casi estaba m ás allá de sus
fuerzas. Pero e so s torm entos n o habían agotado su voluntad". Freud toda
vía dedicab a a lgun as horas al a n á lisis cu a n d o el d olor n o le torturaba
dem asiado, y “todavía escribía las cartas co n su propia m ano cuando tenía
fuerzas su ficien tes c o m o para sosten er la plum a” . N o se quejaba; habló del
análisis en los Estados U n id o s. C uando lle g ó el m om ento de despedirse de
Freud, c o n sc ie n te d e cu á n to le d isg u sta b a n las e fu sio n e s e m o c io n a le s,
Sachs le com entó c o m o d e pasada qu e proyectaba un viaje. Freud — d ic e
Sach s— en ten d ió e l g esto; «m e apretó la m ano y dijo: “Y o sé que ten go
por lo m en o s un am igo en A m érica”». •»* U nos p o co s días d e sp u és, a
fin es de ju lio , lle g ó M arie Bonaparte y se qu edó una sem ana, sabien d o que
no volvería a verlo . El 1® d e ag o sto , en un g esto d e c isiv o d e adiós a la
vida, Freud clausuró o ficia lm en te su práctica m édica. ***>
Sus ú ltim os v isita n te s, registrand o su s im presion es c o n un leve aire
de sorpresa (aunque c o n o c ía n a Freud ín tim am en te) han com en tad o la
invariable cortesía d el m aestro: preguntaba por otros y no dejaba ver s ig
nos de im paciencia o irritabilidad. Su enferm edad no lo había in f a n aliza
d o. El 13 de agosto, se d e sp id ió su sobrino Harry. « A l responderle a la
pregunta d e cuándo estaría d e vuelta de lo s Estados U nidos, dicién d ole “en
Navidad", una sonrisa triste relam pagu eó en su boca, y dijo: “N o creo que
todavía m e encuentres” . U n os d ías m ás tarde, en una cordial y breve
carta al poeta alem án A lbrecht S ch aeffer, dijo que se estaba retrasando en
saldar su cuenta, citan do la propias palabras de Schaeffer: no tenía nada
que hacer, salvo “esperar, esperar” .
A fin es de e se m es, sus herm anas de V iena se enteraron de que “el q u e
rido v ie jo ” no estaba nada b ien . “A nn a” — escrib ió su tía R osa G raf en
[7 1 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
una carta— según le habían d icho, hacía “cosas increíbles al cuidado de
su padre”. U na sem ana antes de que estallara la guerra, inform ó de que los
v isados franceses, a pesar de la “ alta protección” de los buenos am igos de
su herm ano en París, todavía n o habían lle g a d o .7'
El 27 d e a g o sto F reud r ea lizó la ú ltim a an otación en su C hron ik.
C on clu y e co n las palabras “ P ánico de guerra”. ***
El Fin estaba cerca. El cáncer convertido en úlcera desprendía olor tan
fétid o que su chow se acurrucaba en un rincón y era im posible conseguir
que se le acercara. Freud — com enta Schur— “sabía lo que e so significaba
y la miraba co n o jo s profunda y trágicam ente com p ren sivos”. * 265 Lo ator
m entaba el dolor; el a liv io era o casion al, cada v e z m ás raro. Pero durante
sus horas d e v ig ilia perm anecía alerta y segu ía los acontecim ientos ley en
d o lo s p erió d ico s. El Io de sepiiem bre lo s alem anes invadieron P olonia, y
M ax Schur se m udó a M aresfield Gardens para estar cerca de Freud y poder
ayudar si se producía un ataque aéreo a L ondres. El 3 de septiem bre, Fran
cia y Gran Bretaña entraron en la guerra que tan frenéticam ente habían tra
tado de im pedir. E se día, Jones escribió a Freud, rindiéndole el m ás cálido
de lo s tributos; le recordó que v ein ticin co años antes sus respectivos p aí
s e s se habían alineado en bandos opu estos, “pero in clu so en ton ces n o so
tros encontram os el m odo d e dem ostram os nuestra am istad. Ahora esta
m o s cerca, y unidos en nuestras sim patías m ilitares” . Y , por últim a vez,
le ex p resó su “ gratitud por todo lo que usted ha aportado a mi v id a”.
La guerra lle g ó a M aresfield Gardens a principios de septiem bre, con
una alarma de ataque aéreo. La cam a d e Freud fue trasladada a la parte
“ segura” d e la casa, una operación que — señala Schur— Freud observó
“co n cierto interés” . Pero — agrega Schur— ya estaba “lejo s”. “La distan
cia que había e sta b lecid o ” un año antes, en la época de M unich, “era aun
más pronunciada”. Pero todavía tenía ch ispazos de ingenio: cuando los dos
hom bres escucharon una e m isió n radiofónica que proclam aba que aquella
sería la últim a guerra, Schur le preguntó a Freud si é l a sí lo creía; Freud
respondió secam ente: “Es m i últim a guerra”. Por otro lado, no abandonó
sus hábitos burgueses. Schur escribe que Freud tenía un reloj de pulsera y
otro de escritorio con cuerda para siete d ías, y hasta su m uerte los mantu
v o e n m archa, c o m o h abía h e c h o durante toda la vida. “ M e co m en tó
— recuerda Schur— lo afortunado que era, por contar con tantos am igos
v a lio so s.” A nna acababa de salir d e la habitación, lo que le d io a Freud la
» Algunas semanas antes, el 2 de agosto de 1939, Marie Bonaparte había
escrito al consulado griego recomendando que se otorgara un visado a Rosa Graf.
(Freud Collection, B2, LC.) Pero nunca llegaron ni el visado francés, ni el grie
go. Freud tuvo la suerte de morir sin saber cómo terminarían sus hermanas: Adol-
fine m urió de inanición en el campo de Theresienstadt, mientras que las otras tres
fueron asesinadas, probablem ente en Auschwitz, en 1942. (M artin Freud, Freud,
15-16.) Su herm ana Anna, que se había casado con Eli Bam ays, hermano de
Martha, había em igrado a los Estados Unidos muchos años antes.
M o r ir e n l ib e r t a d [719]
oportunidad de d ecirle a Schur: “ El d estin o ha sid o bueno co n m ig o , pues
m e procuró la relación c o n una m ujer c o m o é sa , quiero d ecir A nna, por
supuesto”. Schur d ic e que el com entario era de una gran ternura, aunque
Freud nunca había sid o e fu s iv o co n su hija. *2e7 C on ella se podía contar a
todas horas, lo m ism o que c o n S chu r y Josefin e Stross, a la que los Freud
llam aban afectuosam ente “ F iffi” (era la jov en pediatra que los había acom
pañado a Inglaterra, y que después sig u ió cerca de la fam ilia).
Freud estaba m uy cansado y resultaba d ifícil alim entarlo. Pero aunque
sufría m uch o, en esp e c ia l por las n o ch es, n o quería q ue le dieran sedantes,
ni se lo s daban. T od a v ía leía; el ú ltim o lib ro fu e L a p ie l de z a p a , de Bal-
zac, e se relato m isterio so sobre la piel m á gica que va en co g ién d o se . A l
term inarlo le d ijo a Schur, c o m o de pasada, que aquel era el libro m ás ade
cuado que hubiera pod id o leer en e se m om ento, p uesto que trataba sobre el
en co g im ien to y la in anición. A j u i c i o de A nna Freud, era el en c o g im ien to
lo que en su e sta d o sen tía c o m o m ás afín: su tiem po se estaba term inan
do. * * • P asó sus ú ltim o s días en el estu d io de la planta baja, m irando el
jardín. Ernest Jo n es, al que A nna Freud llam ó urgentem ente, pues veía
que su padre se estaba m uriendo, lle g ó el 19 de septiem bre. Jones recuerda
que Freud estaba dorm itando, c o m o so lía hacer en e so s días, pero cuando
él le dijo “H err P rofessor", Freud abrió un ojo, r e c o n o ció a su visitan te uy
lo sa lu d ó m o v ie n d o la m ano; d esp u é s la d e jó caer c o n un g e s t o m uy
e x p resiv o q ue transm itía m últiples sign ifica d os: bienvenida, adiós, re sig
n ación ” . En seg u id a v o lv ió a hundirse en su sopor.
Jones interpretó correctam ente el g e sto de Freud, que estaba saludando
a su v ie jo aliad o por últim a v e z . S e había resignado a dejar la vida. A
Schur lo atorm entaba su im p osib ilidad de aliviar el sufrim iento de Freud,
pero d o s días d espu és d e la v isita de J ones, e l 21 de septiem bre, estando
sentado jun to a su pacien te, Freud le tom ó la m ano y le dijo; «Schur,
usted recuerda nu estro “con trato” ; p rom etió n o dejarm e e n la estacada
cuando llegara el m om ento. A hora s ó lo queda la tortura, y no tien e sen ti
do». Schur respon dió que no lo había o lv id ad o. Freud dio un suspiro de
a liv io , retuvo la m a n o del m é d ic o por un m om en to y dijo: “S e lo agradez
c o ”. D e sp u é s de una ligera v a c ila c ió n , agregó: “ H able sobre e s to co n
A nna, y si e lla piensa que e stá b ien , term inem os” . Igual que durante
años, tam bién en e s e m o m en to Freud p e n só , antes que nada, e n su A ntí-
gona. A nna Freud quería p osp o n er el fin a l, p ero Schur in sistió e n que
mantener v iv o a Freud n o c ond u cía a nada, y ella se rindió a lo inevitable,
com o había h ech o su padre. H abía lle g a d o el m om ento; Schur lo sabía, y
actuó. E sa era la interpretación que le daba Freud a lo que é l m ism o había
dicho: había ido a Inglaterra para m orir en libertad.
Schur e stu v o a punto de llorar v ie n d o a Freud afrontar la m uerte co n
dignidad y sin au tocom pasión. N unca había v isto a nadie m orir así. El 21
de septiem bre le in y e c tó tres cen tig ra m o s de m orfina (la d o sis norm al
com o sedante son d o s cen tigram os) y Freud se hundió en un su eñ o tran-
[7 1 8 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
una carta— , según le habían d ich o, hacía “cosas increíbles al cuidado de
su padre”, Una sem ana antes de que estallara la guerra, inform ó de que los
v isados franceses, a pesar de la “alta p rotección” de los buenos am igos de
su herm ano en París, todavía n o habían lle g a d o .27
El 27 de a g o sto Freud r ea lizó la u ltim a an otación en su C hron ik.
C oncluye con las palabras "Pánico de guerra”.
El fin estaba cerca. El cáncer convertido en úlcera desprendía olor tan
fétid o que su ch ow se acurrucaba en un rincón y era im posible conseguir
que se le acercara. Freud — com enta Schur— “sabía lo que eso significaba
y la m iraba co n o jo s profunda y trágicam ente com p ren sivos”. * * s Lo ator
mentaba el dolor; el a liv io era ocasional, cada ve z más raro. Pero durante
sus horas de v ig ilia perm anecía alerta y seguía los acontecim ientos le y e n
d o lo s p eriódicos. El l 9 de septiem bre los alem anes invadieron P olonia, y
Max Schur se m udó a M aresñeld Gardens para estar cerca de Freud y poder
ayudar si se producía un ataque aéreo a Londres. El 3 de septiem bre, Fran
cia y Gran Bretaña entraron en la guerra que tan frenéticam ente habían tra
tado de im pedir. Ese día, Jones escrib ió a Freud, rindiéndole el m ás cálido
de lo s tributos; le recordó que v ein ticin co años antes sus respectivos p aí
ses se habían alineado en bandos o p u estos, “ pero in clu so entonces n o so
tros encontram os el m odo d e d em ostram os nuestra amistad. Ahora esta
m os cerca, y u n idos en nuestras sim patías m ilitares”. Y , por últim a v ez,
le expresó su “gratitud por todo lo que usted ha aportado a mi v id a”. •» »
La guerra lle g ó a M aresñeld Gardens a principios de septiem bre, con
una alarma de ataque aéreo. La cam a de Freud fue trasladada a la parte
“ segura” de la casa, una operación que — señala Schur— Freud observó
“co n cierto interés”. Pero — agrega Schur— ya estaba " lejos”. “La distan
cia que había esta b lecid o ” un año antes, en la época de M unich, “era aun
más pronunciada”. Pero todavía tenía chispazos de ingenio: cuando los dos
hom bres escucharon una em isión radiofónica que proclamaba que aquella
sería la últim a guerra, Schur le preguntó a Freud si él así lo creía; Freud
respondió secam ente: “Es m i últim a guerra”. Por otro lado, no abandonó
sus hábitos burgueses. Schur escribe que Freud tenía un reloj de pulsera y
otro de escritorio con cuerda para siete días, y hasta su muerte lo s m antu
v o en m archa, co m o había hech o durante toda la vida. “ M e co m en tó
— recuerda Schur— lo afortunado que era, por contar c o n tantos am igos
v a lio so s.” A nna acababa de salir de la habitación, lo que le d io a Freud la
27 Algunas semanas antes, el 2 de agosto de 1939, M arie Bonaparte había
escrito al consulado griego recomendando que se otorgara un visado a Rosa Graf.
(Freud Collection, B2, LC.) Pero nunca llegaron ni el visado francés, ni el grie
go. Freud tuvo la suerte de morir sin saber cómo terminarían sus hermanas: Adol-
fine murió de inanición en el campo de Theresienstadt. m ientras que las otras tres
fueron asesinadas, probablemente en Auschwitz, en 1942. (Martin Freud, Freud,
15-16.) Su herm ana Anna, que se había casado con Eli Bam ays, hermano de
M artha, había emigrado a los Estados Unidos muchos años antes.
M o r ir e n l ib e r t a d [7 1 9 ]
oportunidad de decirle a Schur: “El destino ha sido bueno co n m ig o , pues
m e procuró la relación con una mujer c o m o ésa, quiero decir A nna, por
sup uesto”. Schur d ice que el com entario era de una gran ternura, aunque
Freud nunca había sid o e fu siv o co n su hija. Con ella se podía contar a
todas horas, lo m ism o que con Schur y J o se fin e Stross, a la que lo s Freud
llam aban afectuosam ente “ F iffi” (era la jo v en pediatra que lo s había acom
pasa d o a Inglaterra, y que despu és sig u ió cerca de la fam ilia).
Freud estaba m uy cansado y resultaba d ifícil alim entarlo. Pero aunque
sufría m u ch o, en especia l por las noch es, no quería que le dieran sedantes,
ni se lo s daban. T o d a v ía leía; el últim o libro fu e L a p iel de z a p a , de Bal-
zac, ese relato m isterio so sobre la piel m ágica que va en co gién d ose. A l
terminarlo le dijo a Schur, c o m o de pasada, que aquel era el libro m ás ade
cuado que hubiera p odido leer en e se m om ento, puesto que trataba sobre el
en c o g im ie n to y la in anición. A ju ic io de A nna Freud, era e l en co g im ie n to
lo que en su estad o sen tía c o m o m ás afín: su tiem po se estaba term inan
do. P asó sus ú ltim o s días en e l e stu d io de la planta baja, m irando el
jardín. Ernest Jo nes, al que A nna Freud lla m ó urgentem ente, pues veía
que su padre se estaba m uriendo, lle g ó e l 19 de septiem bre. Jones recuerda
que Freud estaba dorm itando, co m o so lía hacer en esos días, pero cuando
él le dijo “H err P rofessor", Freud abrió un o jo , re co n o ció a su visitan te “ y
lo salu dó m o v ie n d o la m ano; d e sp u é s la d e jó caer co n un g e s to m uy
exp resiv o que transm itía m ú ltip les sig n ifica d os: b ienvenida, adiós, r esig
n a ció n ”. En seg u id a v o lv ió a hundirse en su sopor. *270
Jones interpretó correctam ente e l gesto de Freud, que estaba saludando
a su v ie jo aliad o por últim a v e z . S e había resignado a dejar la vida. A
Schur lo atorm entaba su im p osib ilid ad de aliviar el sufrim iento de Freud,
pero d o s días después d e la v isita d e Jones, e l 21 de septiem bre, estando
sentado jun to a su pa cien te, Freud le to m ó la m ano y le dijo: «Schur,
usted recuerda nu estro “contrato”; p rom etió n o dejarm e en la estacada
cuando llegara el m om ento. A hora só lo queda la tortura, y no tien e sen ti
do». Schur respon dió que no lo había olv id ad o. Freud dio un suspiro de
a liv io , retuvo la m a n o d el m é d ic o por un m om ento y dijo: “ Se lo agradez
c o ”. D e sp u é s de una ligera v a c ila c ió n , a gregó: “H able sobre e s to co n
A nna, y si e lla piensa que está b ien , term in em os”. Igual que durante
aflos, tam bién en e s e m om en to Freud p en só, antes que nada, e n su A ntí-
gona. A nna Freud quería p osp o n er e l fin a l, pero Schur in sistió en que
mantener v iv o a Freud n o c ond u cía a nada, y ella se rindió a lo in evitable,
com o había h e c h o su padre. H abía lleg a d o e l m om ento; Schur lo sabía, y
actuó. E sa era la interpretación que le daba Freud a lo que é l m ism o había
dicho: había ido a Inglaterra para morir e n libertad.
Schur estu vo a punto de llorar vien d o a Freud afrontar la m uerte co n
dignidad y sin a u tocom pasión. N u nca había v isto a nadie morir así. El 21
de septiem bre le in y e c tó tres c e n tig ra m o s de m orfina (la d osis norm al
com o sedante son d o s cen tigram os) y Freud se hundió en un sueflo tran
I
[7 2 0 ] R e v is io n e s : 1 9 1 5 - 1 9 3 9
quilo. C uando v o lv ió a agitarse» Schur repitió la d o sis, y le adm inistró
una final al día sig u ien te, el 2 2 de septiem bre. Freud entró e n un c om a d el
que ya n o despertó. M urió a las tres de la madrugada, e l 23 de septiem bre
de 1939. C asi cuatro décadas antes, le había escrito a Oskar Pfister pre
guntándose qué deb e hacerse en e l día en que "faltan pensam ientos o n o se
encuentran palabras”. N o podía evitar un estrem ecim iento “ante esa p o si
b ilid ad. Por e llo , c o n toda la resig n a c ió n ante e l d estin o propia d e un
hom bre justo, ten go una sú p lica totalm ente secreta: que no se produzca
ninguna invalidez, ninguna parálisis de las propias capacidades c o m o c o n
secu encia de la m iseria corporal. M uram os con la armadura puesta, co m o
decía el R ey M acbeth” . H abía velado para que esa súplica secreta se
viera sa tisfech a. El v ie jo e s to ic o c o n serv ó e l control de su vida hasta el
fin al. **».
A b r e v ia t u r a s
Briefe-. Sigmund Freud, B rie fe 1 8 7 3 - 1 9 3 9 , comp. de Ernst y Lucie Freud (1960,
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to la r io ( 1 8 7 3 -1 9 3 9 ), B arcelona, Plaza y Janes, 1984],
Freud-Abraham: Sigmund Freud, Karl Abraham, B rie fe 1 9 0 7 - 1 9 2 6 , comp. de Hil-
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hard Fichtner (1986), V ersión inglesa, T h e C o m p le te L e tte r s o f S ig m u n d
F re u d to W ilh e lm F lie ss , 1 8 8 7 -1 9 0 4 , comp. y trad. de Jeffrey M oussaieff
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F aith: The L e tte rs o f S igm u n d F reu d a n d O sk a r P fiste r ; trad. de Eric Mosba-
cher (1963).
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Ernst Pfeiffer (1966). V ersión inglesa, Sigmund Freud, Lou Andreas-Salomé,
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Freud-Zweig: Sigm und Freud, A rnold Zweig, B rie fw e c h se l, com p. de Ernst L.
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GW: Sigmund Freud, G e sa m m e lte W erk e, C h ro n o lo g isc h G e o rd n e t, com p. de
Anna Freud, Edward Bibring, W illi Hoffer, Ernst Kris y Otto Isakower, en
colaboración con M arie Bonaparte, 18 vols. (1940-68).
In t. J. P sy c h o -A n a l.: In te rn a tio n a l J o u rn a l o f P sy c h o A n a ly sis.
In t. R e v. P sy c h o -A n a l.: I n te rn a tio n a l R e v ie w o f P sy c h o -A n a ly sis.
[7 2 2 ] A b rev ia tu r a s
J . A m er. P sy c h o a n a l. A ssn .: J o u r n a l o f th e A m e ric a n P s y c h o a n a ly tic A ss o c ia -
tio n .
J o n e s I, II, III: E rnest Jones, The L ife a n d W ork o f S ig m u n d F reu d . V ol. I., T h e
F o rm a tiv e Y e a r s a n d th e G r e a t D is c o v e r ie s , 1 8 5 6 - 1 9 0 0 (1953); vol. II,
Y e a r s o f M a tu r ity , 1 9 0 1 - 1 9 1 9 (1955); vol. III, T h e L a s t P h a s e , 1 9 1 9 - 1 9 3 9
(1957) [trad. cast,: Vida y o b ra d e Sig m un d F reud, Buenos Aires, Hormé,
1982],
LC: Library o f Congress (B iblioteca del C ongreso).
P ro to k o lle : P r o to k o lle d e r W ie n e r P s y c h o a n a ly tis c h e n V e re in ig u n g , comp. de
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M in u te s o f th e V ien n a P s y c h o a n a ly tic S o c ie ty , trad. de M. Nunberg, 4
vols. (1 962-75).
SE: S ta n d a rd E d itio n o f th e C o m p le te P s y c h o lo g ic a l W o rk s o f S ig m u n d F reud,
trad. bajo la supervisión general de James Strachey en colaboración con
Anna Freud, y la ayuda de Alix Strachey y A lan Tyson, 24 vols. (1953-74).
Y-MA: Yale University Library, M anuscripts and Archives (Biblioteca de la Uni
versidad de Yale, M anuscritos y Archivos).
N otas*
Prefacio
1. Freud a M artha Bernays, 28 de abril de 1885, B riefe [E p isto la rio ]. 144-
145.
2 . "E ine K indheitserinnerung des Leonardo da V inci” (1910). G W , VIII,
202/“Leonardo da Vinci and a Memory o f His Childhood” ["Un recuerdo
infantil de Leonardo da V inci"], SE, X I, 130.
3. Freud a A rnold Zweig, 31 de mayo de 1936, B riefe [E p isto la rio ], 445.
4 . Traum deutung (1900), G W II-H I, 126 [The I n te rp r e ta tio n o f D re a m s [L a
in te r p re ta c ió n d e lo s su e ñ o s], SE, IV , 121,
5. Freud a Fliess, 1 de febrero de 1900. F reud-Fliess, 437 (398).
6. "The Pope’s Secrets". distribuido por Tony Alamo, Pastor, presidente de
la Tony and Susan Alamo C hristian Foundation, Alma, Arizona, sin fecha.
7 . “ Zur G e sc h ic h te der p sy c h o a n a ly tisc h e n B ew egung" (1914), G W X,
6 0 /" 0 n the History o f the P sycho-A nalytic M ovement” [“Contribución a
la historia del m ovim iento psico an alítico "]. S E XIV, 21, Está citando al
dramaturgo alem án del siglo XIX Christian Friedrich Hebbel.
8 . Freud a Stefan Zweig, 14 de abril de 1925. Con permiso de Sigmund Freud
C opyrights, W ivenhoe.
9. Freud a Ferenczi, 10 de enero de 1910. Correspondencia Freud-Ferenczi,
Freud C ollection, LC.
10. Freud a Einstein, 8 de diciem bre de 1932. Freud Collection, B3, LC.
11. “Eine Kindheitserinnerung aus D ich tu n g und W ah rheit" , (1917) G W XII,
17/“ A C hildhood R ecollection from D ic h tu n g un d W a h rheit" , SE XVII,
148.
12. “Bruchstück einer H ysterie-A nalyse” (1905), G W V. 240/"Fragm ent of an
A nalysis o f a C ase o f H ysteria", S E VII, 77-78.
13. Freud a Edward Bernays, 10 de agosto de 1929. B riefe [E p isto la rio ], 408.
* Entre corchetes, se indica el título de las traducciones castellanas. Para edito
rial y año de edición de obras que no correspondan a la Standard Edition, acúdase a
las “Abreviaturas”, o bien a la prim era vez que aparece la obra en estas notas, o
bien, final mente, al “Ensayo bibliográfico". (E.]
[7 2 4 ] N otas
Capitu lo uno: Hambre de conocimiento
1. “ Der W ahn und die Tráum e in W. Jensens Gradivá” (1907), GW VII,
31/“Delusions and Dreams in Jensen’s Gradivá", SE IX, 7,
2. Freud a L. Darm staeder, 3 de ju lio de 1910. Freud Collection, B3, LC.
3. The 1nterpretation o f Dream s [La interpretación de los sueños] (3* ed.
inglesa [rev.], 1932), SE IV, xxxii.
4 . Casi siempre se la m enciona con el nom bre de "A m alie”, y aparentemente
así solían llam arla. Pero su lápida en el cementerio de Viena, donde reci
bió sepultura con su esposo, reza “Am alia” . (Véase la fotografía en Ernst
Freud, Lucie Freud e Use G rubrich-Sim ids, comps., Sigmund Freud: His
Life in Pictures and W ords [1976; trad.de C hristine Trollope, 1978], 161
[trad. cast.: Sigm und Freud: su vida en imágenes y textos, Buenos Aires,
Paidós, 1979]. Por o tra parte, si bien su apellido de soltera por lo general
aparece escrito “N athanson", y es así como se encuentra en su certificado
de matrim onio, a ella le gustaba in sistir en que la ortografía correcta era
“N athansohn”. Los checos que vivían en Freiberg la llamaban Pribor, y
ahora que la ciudad está en Checoslovaquia, ése es su nombre oficial. No
caben dudas de que e l nombre era popular; Freud lo empleó a veces en bro
ma en su correspondencia de escolar. (Véase Freud a Emil Fluss, 28 de sep
tiem bre de 1872. "Seibstdarstellung." Schriften zur Geschichte der Psy-
choanalyse, com p. de Ilse G ru b rich -S im itis [1971; ed. correg., 1973],
110 .)
5 . Véase Freud a Sílberstein, 11 de junio de 1872. Freud Collection, D2, LC.
Véase también Anna Freud a Ernest Iones, 18 de enero de 1954. Papeles de
Jones, Archivos de la B ritish Psycho-A nalytical Society, Londres.
6. En la polém ica erudita sobre los prim eros años de la vida de Freud, ni
siquiera la fecha de nacimiento ha escapado al escrutinio especulativo de
los investigadores; despistados por una anotación ilegible de un escribien
te local, algunos han tratado de im ponerle una fecha anterior, el 6 de m ar
zo. Esa habría sido una revisión interesante, puesto que Jacob Freud se
casó con Am alia N athansohn el 29 de ju lio de 1855. Pero los documentos,
corroborados p o r la Biblia de la fam ilia, demuestran que Freud y su novia
no violaron las conveniencias: la fecha convencional de las biografías, el
6 de mayo, es la correcta.
7 . “ S eib std arstellu n g ” (1925), GW XIV, 3 4 /“A n Autobiographical Study” ,
{“Presentación autobiográfica”], SE XX, 7-8.
8. De notas de M arie Bonaparte (en francés) para una biografía de Freud,
tomadas de declaraciones de Freud “en abril de 1928”. Papeles de Jones,
A rchivos de la British Psycho-A nalytical Society, Londres.
9. Freud a W ilhelm Fliess, 3 de octubre de 1897. Freud-Fliess, 289 (268).
10. Die Traumdeutung (1900), GW II-III, 427-28/TAe Interpretation o f Dreams
[La interpretación de los sueños], SE V, 424-25.
11. Véase The P sychopathology o f Everyday L ife (1901) [Psicopatología de
la vida cotidiana], SE VI, 5 l-5 2 n (nota de 1924).
12. “Seibstdarstellung”, GW XIV, 34/“ Autobiographical Study” [“ Presentación
autobiográfica”], SE XX, 7.
13. Freud a J. Dwossis (en Jerusalén), 15 de diciem bre de 1930. Ejem plar
mecanografiado, Freud Museum, Londres.
14. Ibíd.
15. Seibstdarstellung, 40/“ Autobiographical Study” [“ Presentación autobiográ
fica"]. SE XX, 8 (palabras agregadas en 1935, época en la que Freud estaba
particularm ente obsesionado con M oisés).
N o tas [725]
1 6. Freud a Fliess, 15 de o ctubre de 1897. Freud-F liess. 291 (271).
17. Véase Freud a Fliess. 4 de octubre de 1897. Ibíd., 290 (269).
18. Ib íd ., 292 (271-72).
19. Véase John E. Gedo, “ F reud's Self-Analysis and His Scientific Ideas”, en
F re u d : T he F u sió n o f S c ie n c e a n d H u m anism : The ¡n te lle c tu a l H is to ry o f
P s y c h o a n a ly s is , com p. de John E. G edo y George H. Pollock (1976), 301.
20. V éanse las investig acio n es pioneras de Jo sef Sajner: "Sigm und Freuds
Beziehungen zu seinem G eburtsort Freiberg (Plíbor) und zu M áhren”, C l i o
M edica, III (1968), 167-80, y “ Drei dokum entarische B eitrage zur Sig-
m und-Freud-Biographik aus Bohmen und Máhren", J a h rbu ch d e r P sy c h o a
n a ly se , X III (1981). 143-152.
21. “Über D eckerinnerungen” (1899), GW I, 542/“ Screen M em ories”, SE III,
312.
2 2. Véase "R, was my ún ele”, en In te rp r e ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su e ñ o s ], SE IV, 138-145.
2 3. Véase M arianne Kriill. F reud a n d H is Father (1979; trad. Arnold J. Pome-
lan s, 1986), 164-166.
24. “Über D eckerinnerungen”, G W I, 542-543/“Screen M emories", SE III, 312-
313.
25. Freud al alcalde de Pfíbor, 25 de octubre de 1931. Ejem plar mecanografia
do. Freud Collection, B3, LC/“L etter to the Burgom aster of Príbor”, S E
XXI, 259.
26. Freud a Max Eitingon, 6 de junio de 1938. B riefe { E p is to la rio ], 4 62.
27. Freud a Fluss, 18 de septiem bre de 1872. S e lb std a rste llu n g , 109.
28. Freud a M artha Bernays, 10 de marzo de 1886. B riefe [E p isto la rio ), 219.
29. Freud a Fliess, 11 de m arzo, 1900. Freud-Fliess, 442 (403).
30. Véase “ On the H istory of the Psychoanalytic M ovement" [‘‘Contribución a
la historia del m ovim iento psico an alítico ”] (1914), SE XIV, 39.
3 1. Martin Freud, S igm un d F reud: M an a n d Father (1958),10.
32. Freud a Fliess, 3 de octubre de 1897. F reud-Fliess, 288-289 (268).
3 3 . Anna Freud a Ernest Jones, 29 de mayo de 1951. Papeles de Jones, A rchi
vos de la B ritish P sycho-A nalytical Society, Londres.
34. T raum deutung, G W II-III, 2 0 2 -3 [In te rp r e ia tio n o f D rea m s [L a in te r p r e ta
c ió n d e lo s su e ñ o s), SE IV , 197.
35. Ib íd ., 2 0 2 / 196.
36. Véase In te rp r e ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n d e lo s su e ñ o s), SE V,
424.
37. La Biblia se exhibe en el Freud Museum, Londres. Sobre esta inscripción,
véase Ernst Freud y o tros, com ps., Sig m un d F reud : H is L ife in P ic tu re s
and W o rd s [S ig m u n d F re u d : Su v id a en im á g e n e s y te x to s), 134,
38. Traum deutung, G W II-III, \9 % [¡n terp reta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s s u e ñ o s), S E IV , 192.
39. Ibíd., 198-199 / 192-193.
40. Véase Kiüll, F reud and H is Father, 147-151.
4 1 . Anna Freud Bernays, “ My Brother, Sigmund Freud”, A m erica n M ercu ry, LI
(1940), 336. Los recuerdos de Anna Bernays, llenos de errores, deben uti
lizarse con cautela.
42. Sobre este párrafo, véase sobre todo R obert A. Kann, A H is to r y o f th e
H a b sb u rg E m p ire, 1 5 2 6 - 1 9 1 8 (1974; ed. co rr., 1977), 243-366 p a ssim .
43. lisa Barea, V ien n a (19 6 6 ), 244-245.
44. Max Eyth, un poeta e ingeniero suabo de visita en Viena, a sus padres, 7
de ju n io de 1873. C itado en B em hard Z eller, com p., J u g e n d in W ie n :
L ite ra tu r um 1 9 0 0 (19 7 4 ). 30.
[726] N otas
4 5 . Véase W olfdieter Bihl, “ Die Juden", en D ie H a b sb u rg e r M o n a rch ie, 1 8 4 8 -
1 9 1 8 , comp. de Adam Wandrus/.ka y Peter Urbanitsch, vol. III, D ie V ól-
k e r d e s R e ic h e s (1980), parte 2, 890-896.
4 6 . T raum deutung, G W II-III. 199/In te rp re ta tio n o f D re a m s ¡L a in te r p re ta c ió n
d e lo s s u e ñ o s ], S E IV, 193.
4 7 . Freud a M artha Bernays, 2 de junio de 1885. Con permiso de Sigmund
Freud C opyrights, W ivenhoe.
4 8 . Sobre esle complejo aspecto de Lueger, véase sobre lodo John W. Boyer,
“ Karl Lueger and the Viennese Jew s” . L eo B a e ck Y ea rb o o k, XXVI (1981),
125-141; y John W. B oyer, P o litic a t R a d ic a lism in L a te Im p e ria l Vien na:
O r ig in s o f th e C h ristia n S o c ia l M o v e m e n t, 1 8 4 8 - 1 8 9 7 (1981).
4 9 . Freud a A rnold Zweig, 26 de noviembre de 1930. Freud-Zweig /Correspon
dencia F reud-Zweig], 33 (21).
50. Citado en Z eller, com p., J u g e n d in W ien , 69.
51. Dennis B. Klein, J e w ish O rig in s o f th e P sy ch o a n a ly tic M o vem en t (1981), 4.
5 2 . Véase Joseph Samuel Bloch, D e r n a tio n a le Z w is t un d d ie J u d en in Ó ste-
rreich (1886), 25-26; véase tam bién 18-21.
53. Véase M arsha L. Rosenblil, T he J e w s o f V ien n a , 1 8 6 7 - 1 9 1 4 : A ss im ila -
ñ o n an d I d e n tity (1983), 13-45 p a s s im .
54. Freud a Fluss. 18 de septiem bre de 1872. S e lb std a rste llu n g , 107-8.
5 5 . Véase Klein, J e w ish O rig in s , 4 8.
56. Esta cantidad incluye sólo a los judíos que residían legalmente en la ciu
dad; el número real era sin duda mayor. (Véase Rosenblit, J e w s o f V ienna,
17.)
5 7 . Burckhardi a Friedrich von Preen, 3 de octubre de 1872. B riefe, comp. de
Max Burckhardt, 10 vols. (1949-86), V, 175.
5 8 . Burckhardt a Johann Jacob Oeri-B urckhardt, 14 de agosto de 1884. Ibíd.,
V III, 228.
59. T raum deutung, G W II-III, 2 0 2 /ln te rp re ta tio n o f D rea m s (L a in te r p re ta c ió n
de to s s u e ñ o s}, SE IV, 196.
6 0 . Arthur Schnitzler, J u g e n d in W ien (1 968), 78-81.
6 1 . Barea, V ien na, 3 0 5 .
6 2 . “ Sclbsidarstellung", GW' XIV, 34/” Autobiographical Study” 1“Presentación
autobiográfica”], SE XX, 8.
63. Freud a Silberstein, 11 de junio de 1872. Freud Collection, D2, LC.
64. Freud a Silberstein, 4 de septiem bre de 1872. Ibíd.
65. Ibíd.
66. Véase Freud a Silberstein, 25 de marzo de 1872, carta anterior a su visita a
Freiberg. A llí se refirió a G isela Fluss como "Ichth", y a su hermano Emil
como "Ichthyosaurus" . (Freud Collection, D2, LC.) Véase un uso posterior
en Freud a Fluss, 18 y 28 de septiem bre de 1872. (S e lb sd a rs tellu n g , 109,
110.) En la primera de estas cartas, Freud utilizó la abreviatura " lch " \ sin
duda, como revela una carta anterior a Silberstein, esle nombre en código
ya les era fam iliar a ambos desde hacía cierto tiempo.
6 7 . “ líb er D eckerinnerungen”, G W I, 5 4 3 / “ Screen M em o ries”, SE III, 3 1 3 .
6 8 . Véase Freud a Silberstein, 4 de septiem bre de 1872. Freud Collection, DW,
LC.
69. Ibíd. Tam bién en Ronald W. Clark, F reud: The M an a nd th e C a u se (1980),
25 (trad. cast.: F reud: el hom bre y su causa, Barcelona, Planeta, 1985).
70. T raum deutung, G W II-III, 2 2 1 -2 2 2 (1 n terp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta
c ió n d e to s su e ñ o s ], SE IV, 216.
7 1 . “ Selbstdarstellung", G W XIV, 34/"Autobiographical Study” [“ Presentación
autobiográfica”], SE, XX, 8.
N otas [727]
72. Véase, además de su autobiografía, un comentario a su conocido Friedrich
Eckstein, a quien le describió su experiencia como “un giro decisivo” de su
“ desarrollo intelectual”. (Citado en Friedrich Eckstein, "A lte u n n en n b a re
Tage!" E rinn eru ngen a u s sie b zig L eh r- un d W an derjah ren [1936], 21.)
7 3. Los estudiosos de G oethe están de acuerdo ahora en que el fragmento en
realidad se debe a la plum a de un conocido suyo, el escritor suizo Chris-
toph Tobler. Véase la nota editorial de Andreas Speiser en J o h a n n W o lf-
gan g G oeth e , G ed e n k a u sg a b e d e r W erke, B riefe und G esp ra ch e, com p. de
Ernst Beutler, 24 vols. (1949), XVI, 978.
7 4. Freud a Fluss, 17 de marzo de 1873. S e ib std a rste llu n g , 114.
7 5. Freud a Fluss, 1 de m ayo de 1873. Ib íd ., 116.
76. Freud a Sílberstein, 2 de agosto de 1873. Freud Collection, D2, LC.
77. Véase Fritz W ittels, S ig m u n d F re u d : H is P e r so n a lity , H is T e a c h in g , a n d
H is S c h o o l (1924; trad. de Edén y Cedar Paul, 1924), 19. Freud empleó
por prim era vez la expresión “recuerdo encubridor” — D eckerinn eru ng — en
el artículo de 1899 “ Über D eckerinnerungen”.
78. “Seibstdarstellung”, G W XIV, 34/“A utobiographical Study” ["Presentación
autobiográfica”], SE XX, 8.
79. Freud a M artha Bernays, 2 de febrero de 1886. B riefe (E p is to la r io ], 208-
2 09.
80. J o n e s [V id a y o b ra d e Sig m un d F reu d ] I, 29.
81. Freud a M arie Bonaparte, 12 de noviem bre de 1938. B riefe [ E p is to la r io ] ,
47 1 .
82. Freud a Silberstein, 7 de marzo de 1875. Freud Collection, D2, LC.
83. “ Seibstdarstellung”, G W XIV, 34/“ A utobiographical Study” , SE XX, 8.
84. Freud a Fluss, 28 de septiem bre de 1872. S e ib std a rste llu n g , 111.
85. Freud a Silberstein, 17 de agosto de 1872. Freud Collection, D2, LC.
86. Freud a Fluss, 16 de ju n io de 1873. S e ib std a rste llu n g , 120-121.
87. Freud a Silberstein, 9 de septiem bre de 1875. Freud Collection, D2, LC.
88. Freud a M artha Bernays, 28 de agosto de 1883. B riefe (E p isto la rio ], 54.
89. Véase “ PostScript” (1927) a T h e Q u e s tio n o f L a y A n a ly s is : C o n v e r s a tio n s
w ith an ¡m p a rtia l P e r so n [¿P u e d en lo s le g o s e jerc er e l a n á lis is ?] (1926),
SE XX, 253.
9 0. “N achschrift” (1935) a '‘Seibstdarstellung”, G W XVI, 32/"PostScript” al
"Autobiographical Study” [“ Presentación autobiográfica”], S E XX, 72.
9 1. “Seibstdarstellung”, G W XIV, 34-35/“ Autobiographical Study” ["Presenta
ción autobiográfica” ], S E X X , 9.
9 2. Freud a Silberstein, 27 de m arzo de 1875. Freud Collection, D2, LC.
9 3. Freud a M artha Bernays, 16 de diciem bre de 1883. B riefe [E p is to la r io ], 84-
8 5.
9 4. Véase Martin Freud, Freud, 7 0 -7 1 .
9 5. Freud a Silberstein, 11 de ju lio de 1873. Freud Collection, D2,L
9 6. Freud a S ilberstein, 6 de agosto de 1873. Ibíd.
9 7. Freud a Silberstein, 7 de marzo de 1875. Ibíd.
98. Ludwig Feuerbach, “V orw ort” a la segunda edición de D a s W e se n d e s
C h risten th u m s (1843), iii. (O m itido en la célebre traducción al inglés de
George Eliot, publicada con el título de T he E ss en ce o f C h r is tia n ity en
1854.)
99. Ibíd., 408.
1 0 0 . Ib íd ., ix - x ii.
101. Feuerbach a Christian Kapp, noviem bre de 1840. Citado en Marx W. War-
to fsk y , Feuerbach (1977), 202.
102. Feuerbach, W esen d e s C h riste n th u m s, x.
[7 2 8 ] N otas
103. Freud a S ilb e rste in , 7 de m arzo de 187 5 . Freud C o lle ctio n , D 2 . LC .
104. Freud a S ilb e rste in , 1 3 -1 5 de m arzo de 1 8 7 5 . Ib íd.
105. Freud a S ilb erstein , 8 de n oviem bre de 1 8 7 4 . Ib íd.
106. Henry Hun, A C u id e to A m erica n M e d ica l S tu d e n ts in E u rope ( 1 8 8 3 ). C ita
do en Sherw in B . N uland, T he M a ste rfu l S p ir it— T e o d o r B illro th , T h e C las-
s ic s o f Surgery L ibrary ( 1 9 8 4 ), 9.
107. “ Selb std arsiellun g ", GW' X IV , 3 5 /“A utobiograp hical Study" ["P resentación
autob iográfica'’}, SE X X , 9 .
108. Freud a S ilb e rste in , 6 de a g o sto de 1 8 7 3 . Freud C o lle c tio n , D 2 . LC.
109. Freud a Silb e rste in , 9 d e septiem b re d e 1 8 7 5 . Ibíd.
110. Freud a M artha B e rn a y s, 16 de a g o sto de 1 8 8 2 . J o n e s [V id a y o b ra de
Sigm und F reud] I, 1 7 8 -1 7 9 .
111. Freud a Silb e rste in , 9 de septiem b re de 1 8 7 5 , Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
112. V éase J on e s [V id a y o b r a de Sigm und F reu d ] I. 3 7 - 3 8 .
113. "B eobachtungen über G estaltu ng und feineren Bau der ais H od en beschrie-
b en en LappenoT gane d e s A a ls” ( 1 8 7 7 ), e n S ieg fried B e rn feld , “ F reu d ’s
S c ie n tific B e g in n in g s” , A m eric a n ¡m ago, V I (1 9 4 9 ), 1 6 5 .
114. Freud a S ilb e rste in , 5 de abril de 1 8 7 6 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC ..
115. Freud a S ilb e rste in , sin fech a [¿abril d e 1 8 7 6 ? ], ib íd.
116. S e lb std a rste llu n g , 4 1 /“A u to b io g ra p h ica l Stu d y ” (“ P resentación au to b io g rá
fica" ], X X , 9 -1 0 .
117. “N ach w ort” a D ie F ra g e d e r L a ie n a n a lyse , G W X IV , 2 9 0 /“ P o stscr ip t’' a
T he Q uestio n o f h a y A n a ly sis [¿ P u e d e n lo s le g o s e je r c e r e l a n á lisis? ], S E
XX, 253.
118. Traum deutung, G W II-III, 4 2 4 - 4 2 5 [In te rp re ta tio n o f D rea m s ¡L a in te r p re ta
c ió n d e lo s s u e ñ o s], SE V , 4 2 1 - 4 2 2 .
119. B ern feld , ‘‘F reud’ s S c ie n tific B e g in n in g s” , 1 6 9 -1 7 4 .
120. Em il D u B ois-R e y m o n d , “Ü ber d ie G renzen d es N aturerkennens” (1 8 7 2 ), en
R e d en v o n E m il D u B o is-R ey m o n d , c o m p . de E ste lle D u B o is-R e y m o n d , 2
v o ls . (1 8 8 5 ; 2 a . e d ic ió n am p lia d a , 1 9 1 2 ) . I, 4 6 1 .
121. Freud a S ilb e rste in , 14 d e enero de 1 875. F reud C o lle ctio n , D 2 , LC.
122. V éase la in tro du cció n de Ernst K ris a las cartas de Freud a F liess: “ E inlei-
tung zur Erstausgab e” ( 1 9 5 0 ), en Freud-Fliess, 5 2 6 .
123. “ Über e in e W elta n scha uu ng ” (esc rito e n 1 9 3 2 ), en N eu e F o lg e d e r Vorle-
su n ge n zu r E infüh run g in d ie P s y c h o a n a ly se ( 1 9 3 3 ) , G W X V , 1 9 7 /‘‘The
Q u estion o f a W eltanschauung", en N ew In tro d u c to ry L e c tu res on P sy ch o -
A n a ly sis [N u e v a s c o n fere n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p sic o a n á lis is ] , S E XXII.
181.
124. Zur P s y c h o p a th o lo g ie d e s A llta g s le b e n ( 1 9 0 1 ), G W IV , l6 A fT h e P sy c h o -
p a th o lo g y o f E v e r y d a y L ife [P sic o p a to lo g ía d e la v id a c o tid ia n a ], SE V I,
148.
125. Freud a W ilh elm K n oep fm acher, 6 de a g o sto de 1878. Ejem plar m eca no gra
fiado, Freud C o lle ctio n , B 3 , LC.
126. Jon es [V id a y o b ra d e S igm un d F reud] 1 , 5 0 .
127. “Q u alificatio n s E ingab e” (1 8 8 6 ). Freud M useum , Londres.
128. V éase A u tobiograp hical Stu dy ”, SE X X , 10.
129. Sobre e ste punto v é a se Jo n e s [V id a y o b ra d e Sigm un d F reud] I, 6 0 - 6 1 ,
don de se cita una carta in éd ita de Freud a Martha B ernays del 9 de se p tie m
bre de 18 8 4 .
130. Ib íd ., 9 9 .
131. V éase Freud a F lie ss, 7 de m arzo de 189 6 . Freud-Fliess, 1 8 7 ( 1 7 7 ).
132. “Th e E nfranchisem ent o f W om en”, pu blica d o o rig in a lm en te e n la W e s t-
m in ste r R e v ie w d e ju lio de 1851. fue ca lifica d o de trabajo circun stancial
N otas [7 2 9 ]
por el p r o p io John S tu art M ili, q u e lo e sc r ib ió e n c o la b o r a c ió n c o n
Harriet T aylo r. con la que se cá só e se m ism o año . A ce p to e l j u ic io d e A li-
ce S. R o ssi, en cuanto a qu e e l e n sa y o e s prin cip a lm en te obra de Harriet
T a y lo r. V éa se la c o m p ila c ió n h e c h a por R o ssi d e John Stu art M ili y
H arriet T aylor M ili, E s s a y s o n S ex E q u a lity ( 1 9 7 0 ), 4 1 - 4 2 [trad. ca st.:
E n sa yo s so b re la ig u a ld a d sex u a l, M adrid, Guadarrama, 1973}.
133. Freud a M artha B ern ays, 15 d e n o v iem b r e d e 18 83 . B riefe [ E p isto la rio ],
8 1 -8 2 .
134. Freud a M artha B e m a y s, 2 2 de enero d e 1884. C on perm iso de S igm u nd
Freud C op yrig h ts, W iv e n h o e.
135. Freud a M artha Bern ays, 5 de d icie m b r e de 1 8 8 5 . C on perm iso d e Sigm u nd
Freud C op yrig h ts, W iv e n h o e.
136. V éase un e jem p lo en M artha Bern ays a Freud, v ísp er a de A ño N uev o (31 de
d iciem bre-1 de enero), 1 8 8 5 -1 8 8 6 . C o n perm iso de Sigm u nd Freud C o py -
r ig h ts, W iv e n h o e.
137. V éase M artha B ern ays a Freud, 4 de ju n io d e 1 8 8 5 . C on p erm iso de S ig-
mund Freud C opyrights, W iv e n h o e.
138. Freud a M artha B ern a y s, 2 2 de enero de 18 8 4 . C o n perm iso de S igm u nd
Freud C op yrig h ts, W iv e n h o e.
139. “ Über e in ig e neuro tische M cc h a n ism en bei E ifersu ch t, Paranoia und H om o-
se x u a lita t” ( 1 9 2 2 ), G W 'X III, 1 9 5 /“ S o m e N eu ro tic M echan ism s in J e a lo u sy ,
Paranoia and H o m o se x u a lity ”, S E X V III, 2 2 3 -2 2 4 .
140. F reud a M artha B e rn a y s, 19 de ju n io de 1 8 8 2 . B riefe [E p isto la rio !,
141. Freud a M artha B e rn a y s, 2 2 de a g o sto d e 1 8 8 3 . Ib íd ., 50.
142. Freud a M artha B e rn a y s, 18 de a g o sto de 1 8 8 2 . Ib íd ., 37.
143. V éase J o n e s ( V id a y o b ra de S igm un d F reu d ) I, 6 3 .
144. T raum deutung, G W II-III, 4 8 % /ln terp r eta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s], SE V , 4 8 4 .
145. Freud a M artha B ern ays, 5 de octu bre d e 188 2 . B riefe [ E p isto la rio ] , 4 1 .
146. Freud a M artha B e m a y s, 2 de feb rero d e 1 8 8 6 . Ib íd ., 2 0 8 .
147. Traum deutung, G W II-III, 4 3 9 U n te rp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s], SE V , 4 3 7 .
148. V éase I n te rp r e ta ro n o f D rea m s [ L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s] , SE V ,
4 3 7 ; y “A u tobiograp hical Stu dy ” [“ P resen ta ció n a u to b io gráfica ”], SE XX ,
10.
1 4 9 . Freud a M artha B e m a y s, 2 9 de a g o sto d e 1 8 8 3 . B riefe [E p isto la rio ], 5 8 .
1 5 0 . Freud a M artha B e rn a y s, 12 de m a y o d e 1 8 8 5 . Ib íd ., 148.
1 5 1 . “ S e lb std arste llu n g ”, G W X IV , 3 8 - 3 9 /“A utobiogTaphical Stu dy ” (“ P resenta
c ió n autob iog rá fica "], SE X X , 1 4 -1 5 .
1 5 2 . Freud a M artha B ern a y s, 21 de abril d e 1 8 8 4 . B riefe [E p isto la rio !, 1 1 4 .
1 5 3 . “ S elb std arstellu ng" , G W X IV , 3 8 /“A u to b io g ra p h ica l Study” [“P resenta ció n
a u to b io g r á fic a ”], S E X X , 14; y un a ca rta a un P ro fe so r M e lle r , 8 de
n oviem bre de 1 9 3 4 . Freud M useum , L on dres. V éa se tam bién J o n e s [ V id a y
obra de Sigm und F reud] 1, 7 9 .
1 5 4 . “ S elb std arstellu ng" . G W X IV , 3 8 - 3 9 /“A uto bio g ra p hica l Stu dy ” [“ P resenta
c ió n a u tob iog rá fic a ”], S E X X , 15.
1 5 5 . Freud al P rofesor M eller, 8 de n o v iem b r e d e 1 934. Freud M useum , L ondres.
1 5 6 . “ Selb sid arstellu n g " , G W X IV , 3 8 - 3 9 /“A uto bio g ra p hica l Stu dy ” [“ P resenta
c ió n autob io g rá fic a ”]. SE X X , 1 5 .
1 5 7 . Freud a M artha B e rn a y s, 2 de ju n io de 1 8 8 5 . C on p erm iso de S ig m u n d
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1 5 8 . V éase M artha B ern ays a Freud, 4 de ju n io d e 1 8 85 . C on perm iso d e S ig
mund Freud C opyrights. W iv e n h o e.
[7 3 0 ] N otas
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b ién Freud a M artha B ern a y s, 8 de no v iem bre d e 1 8 8 5 . Ib íd,, 1 8 2 -1 8 5 .
1 7 2 . Freud a M artha B ern a y s, 19 d e octubre de 1 8 8 5 . Ib íd., 176.
1 7 3 . Freud a M inn a B ern a y s, 18 de octubre de 1 8 8 5 . C on perm iso d e S igm u nd
Freud C op y rig h ts, W iv en h o e.
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1 7 5 . Freud a M artha B ern a y s, 2 4 -2 6 de no v iem bre de 1 8 8 5 . C on perm iso de
Sigm u nd Freud C o p y rig h ts, W iv en h o e,
1 7 6 . Freud a M artha B ern a y s, 22 de enero de 1 8 8 4 . C on perm iso de Sigm u nd
Freud C op y rig h ts, W iv e n h o e.
1 7 7 . Freud a M artha B ern ays, 5 de d iciem bre de 1 8 8 5 . C on perm iso d e Sigm u nd
Freud C op y rig h ts, W iv e n h o e.
1 7 8 . Freud a M artha B ern a y s, 24 de noviem bre de 1 8 8 5 . B riefe [ E p isto la rio ],
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c ión au tob io g rá fic a ”], SE X X , 12.
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1 8 3 . “S e ib std arste llu n g ” G W X IV , 5 2 /“A utobiograp hical Study” [“ P resentación
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1 8 4 . Freud a M artha B ern ays, 5 de d iciem bre de 1885. C on perm iso de Sigm und
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1 8 8 . “ V orrede des U eb er seu er s" , en H ip polyte B ern heim , D ie S u g g e s tio n un d
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S u g g e s tio n " , SE I, 7 5 - 7 6 .
189. "B erícht über m em e m it U n iv e r sitá ts-J u b ilá u m sR e ise stip e n d iu m unternom -
m ene S tu d ien reise na ch París und B e rlín ” (esc rito e n 1 8 8 6 , p u blicad a por
prim era v e z en 1 9 6 0 ), S e lb std a rste llu n g , 1 3 0 , 1 3 4 /" R ep o rt o n m y S tu d ies
in Paris and B erlín" , S E I, 5 - 6 , 1 0 .
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192. Freud a M artha B e rn a y s, 13 de m a y o d e 1 8 8 6 . B riefe [ E p isto la rio ] , 2 2 5 .
193. V éase “A u tob io g ra p h ica l S tu d y ” (“ P resen ta ció n a u tob iográfica"], SE XX ,
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195. Freud a E m m eline y M inn a B e rn a y s, 16 de octu bre de 1 8 8 7 . B rie fe [ E p is
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196. Freud a E m m elin e y M inn a B e rn a y s, 21 d e octu bre de 1 8 8 7 . Ib íd., 2 3 2 .
197. F reud a E m m eline y M inn a B ern a y s, 16 de octu bre de 1 8 8 7 . Ib íd., 2 3 1 .
C apitulo dos. L a c o n stru cc ió n d e la te o ría
1 . T raum deutung, G W II-III, 4 8 7 [ In te rp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s), SE V , 4 8 3 .
2 . Freud a F lie ss, 2 4 de n o v iem b r e d e 1 8 8 7 . F reud-F liess, 3 ( 1 5 ).
3 . Freud a F lie ss, 21 de m a y o de 1 8 9 4 . Ib íd ., 6 6 ( 7 3 ).
4 . F reud a F lie ss, 2 9 de se p tie m b re de 1 8 9 3 . Ib íd ., 4 9 (5 6 ).
5 . A braham a Freud, 2 6 d e febrero de 1 9 1 1 . Freud-Abraham ¡C o r resp o n d en cia
Freud-Abraham], 1 0 6 - 1 0 7 ( 1 0 2 ).
6 . Freud a F lie ss, 21 d e m a y o de 1 8 9 4 . F reud-F liess, 6 7 ( 7 4 ).
7 . Freud a F lie s s , 3 0 de ju n io de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 0 3 ( 1 9 3 ).
8 . Freud a F lie s s , 14 de j u lio de 1 8 9 4 . Ib íd ., 81 ( 8 7 ).
9 . H a v e lo ck E llis, S tu d ie s in th e P s y c h o lo g y o f S ex, 2 v o ls . (ed . de 1 9 0 0 ),
U , 83 (trad. cast.: E stu d io s d e p s ic o lo g ía se x u a l, M adrid, In stitu to E d ito
rial R eu s, 1 9 1 3 ],
1 0 . V éase Freud a Cari G . Jung, 16 de abril de 1 9 0 9 . F reud-Jung [C o rre sp o n
dencia], 2 4 2 ( 2 1 9 ).
1 1 . V éase P s y c h o p a th o lo g y o f E v e r y d a y L ife ( P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o ti
diana), SE V I, 2 6 0 y 2 6 0 n .
1 2 . Freud a Jung, 16 d e abril d e 1 9 0 9 . F reud-Ju ng [C o rre sp o n d e n c ia ], 2 4 3
( 220).
1 3 . Freud a F lie ss, 19 de abril de 1 8 9 4 . F reud-F liess, 63 ( 6 8 ).
1 4 . Freud a F lie ss. 2 0 d e a g o sto de 1 8 9 3 . Ib íd ., 4 7 (5 4 ).
1 5 . V éa se Peter G ay, “ S ix Ñ am es in Search o f an Interpretation: A C ontribu
tion to the D eb a te o v e r S ig m u n d F re u d ’s J e w is h n e s s ”, H e b r e w U n io n
C o lle g e A n nu a l, LIII ( 1 9 8 2 ), 2 9 5 - 3 0 7 .
1 6 . V case M artin Freud, Freud, 3 2 - 3 4 , 3 8 , 4 4 - 4 5 .
1 7 . E n trevista con H d e n Schur, 3 d e ju n io d e 1 9 8 6 .
1 8. M artha Freud a Elsa R eiss, 8 de m arzo de 1 9 4 7 . Freud C o lle ctio n , B l , LC.
1 9 . V éa se Freud a F lie s s , 10 de j u lio de 1 8 9 3 , y 2 9 d e a g o sto de 1 8 9 4 . Freud-
F liess, 4 3 , 90 ( 5 0 , 9 5 ) .
2 0 . Freud a M artha B e rn a y s, 2 de a g o sto de 1 8 8 2 .J o n e s [V id a y o b ra d e S ig
mund Freud] I, 1 0 2 .
[732 ] N otas
2 1 . Freud a F lie ss, 13 de febrero de 1 8 9 6 . Freud-F liess, 1 8 0 ( 1 7 2 ).
2 2 . M artha Freud a Ludw ig B insw anger, 7 d e no v iem b re de 1 9 3 9 . C on perm iso
de S igm u nd Freud C opyrights, W iv en h o e.
2 3 . M artha Freud a Paul Federn, sin fecha [¿ p rin cip io s d e noviem bre?, 1 9 3 9 ).
C on p erm iso d e Sigm und Freud C o p y rig h ts, W iv en h o e.
2 4 . R ene L aforgue, “ P ersonal M em ories o f F reud” (1 9 5 6 ), en F re u d A s We
Knevu H im , co m p . de Hendrik M . R u iten b eek (1 9 7 3 ), 3 4 2 .
2 5 . Freud a F lie ss, 3 de diciem bre de 1 8 9 5 . Freud-F liess, 1 5 9 ( 1 5 3 ).
2 6 . Freud a F lie ss, 8 de d iciem bre d e 1 8 9 5 . Ib íd., 1 60 ( 1 5 4 ).
2 7 . Freud a F lie s s . 2 9 de a g o sto de 1 8 8 8 . Ib íd ., 9 (2 3 ).
2 8 . Freud a F lie ss, 21 de ju lio de 1 8 9 0 , y 11 d e a g o sto d e 1 8 9 0 . Ib íd ., 12, 14
(2 6 . 2 7 ).
2 9 . Freud a F lie s s , 2 0 de a g o sto d e 1 8 9 3 . Ib íd ., 4 6 ( 5 3 ).
3 0 . V éa se Freud a F lie ss, 28 de ju n io d e 1 8 9 2 . Ib íd ., 17, 23 (3 1 , 3 5 ).
3 1 . “ S e lb std arste llu n g ”, G W X IV , 4 1 /“A uto bio g ra p hica l Study” [“P resentación
au tob iográfica ”], SE X X , 18.
3 2 . Z ur A u ffassu ng d e r A ph asien. E ine k ritisc h e S tu d ie ( 1 8 9 1 ) , 18, 1 06, 1 0 7 .
3 3 . V éase "A C a se o f S u cc e ssfu l T reatm ent by H y p n o lism ” (1 8 9 2 -1 8 9 3 ), SE I,
1 1 7 -1 2 8 ,
3 4 . “S e lb std arste llu n g ” , GW' X IV , 3 9 /“A u tobiograp hical Stu dy ” (“ P resentación
au tob iográfica ”], SE X X , 16.
3 5 . Ib íd ., 4 0 / 16 .
3 6 . Freud a F lie ss, m anuscrito adjunto a una carta d el 8 de febrero de 189 3 .
Freud-Fliess. 2 7 - 3 2 ( 3 9 -4 3 ).
3 7 . Ib íd ., 3 2 ( 4 4 ).
3 8 . “ S e lb std arste llu n g ’', G W X IV , 4 7 /“A uto bio g ra p hica l Stu dy” [‘‘P resentación
a u tob iográfica ”], SE X X , 22 .
3 9 . Freud a M artha B ern ays, 13 d e j u lio de 1883 (“ 2 A .M .”). B riefe { E p is to la
rioJ, 4 7 - 4 8 .
4 0 . V éase J on e s {V id a y o b ra de Sigm un d F reud ] I. 2 2 6 .
4 1 . Freud a M artha B ern ays, 13 de ju lio d e 1883. B riefe { E p is to la rio }, 4 8 .
4 2 . “ S e lb std arste llu n g ”, G W X IV , 4 4 /“A uto bio g ra p hica l Stu dy” [“ P resentación
au tob iográfica ’’], SE X X , 1 9 -2 0 .
4 3 . Breuer a A ug u ste F orel, 21 de no v iem bre de 1 9 0 7 . Carta citada en su to ta
lidad e n Paul F. C ran efield, “ J o se f B reu er’s E valuation o f H is C ontribution
to P s y c h o -A n a ly sis” , Int. J . P s y c h o -A n a l., X X X IX (1 9 5 8 ). 3 2 0 .
4 4 . “ S e lb std arste llu n g ”, G W X IV , 4 4 /“A uto bio g ra p hica l Stu d y ” (‘‘P resentación
au tob iográfica ”], SE X X . 20 .
4 5 . J o se f Breuer, “ K rank en geschich te Bertha P app en heim ” ( 1 8 8 2 ),inform e de
B reuer e n via d o a Robert B insw a ng er, m éd ico je fe d el sanatorio su izo de
K reu zlin gen , al que había enviad o a la p a ciente desp ués de haberla “ cura
d o ” . R eim preso en A lbrech t H irschm üller, P h y s io lo g ie un d P sy c h o a n a ly se
im L eben un d W erk J o s e f B re u e rs, su p le m e n to 4 d el J a h rb u ch d e r P s y c h o
a n a lyse , X (1 9 7 8 ), 3 4 8 -3 6 2 . P a sa jes c ita d o s en pá g . 3 4 8 .
4 6 . Breuer. “ K rank en geschich te Bertha P app en heim ", en H irschm üller, P h y
sio lo g ie u n d P sy c h o a n a ly se in B reu er, 3 4 9 .
4 7 . “ S e lb std arste llu n g ”, GW' X IV , 4 7 /“A uto bio g ra p hica l Study" [ “Presentación
au tob iográfica ”], SE X X , 22 .
4 8 . Anna O. e m p leab a esta s e x p resio n es en in g lé s . Breuer, en Breuer y Freud,
S tu dien über H y ste rie ( 1 8 9 5 , 2a e d ., sin m o d ific a c io n e s , 1 9 0 9 ) 23¡S tu d ie s
on H y s te r ia { E stu d io s so b re la h is te r ia } . S E II, 3 0 . (L o s e d ito res d e la
S tan dard E d ilio n optaron por traducir e l lib ro c o m p leto , in clu y en d o las
c o n trib u cion es de Breuer; en cam b io , lo s ed ito re s de la G esa m m elte W erke,
N otas [7 3 3 ]
en alem án , o m itier o n lo s c a p ítu lo s de B reu er. E sto y c ita n d o al lib ro o r ig i
nal e n alem án y , para e l tex to in g lé s , rem ito al lecto r al lugar co rr esp o n
dien te d e la S ta n d a rd E d itio n .)
49. Ib íd ., 2 7 , 3 2 / 3 5 , 4 0 - 4 1 .
50. "B ertha P app en heim über ihre K rank heit” (sep tiem bre de 1 8 8 2 ). C ita c o m
pleta en H irschm üller, P h y s io lo g ie un d P sy c h o a n a ly se in B re u e r. 3 6 9 - 3 7 0 ;
la c ita e stá e n p á g . 3 7 0 .
51. Breuer y Freud, S iu d ie n ü b er H y ste rie , 3 2 ¡S tu d ies o n H y s te r ia { E stu d io s
so b re la h iste ria } , S E II, 4 1 .
52. Breuer a F orel, 21 d e no v iem bre d e 1 9 0 7 . C itada en C ra n efield , "B reuer’s
E valu ation ”. 3 2 0 .
53. Freud a Stefan Z w e ig , 2 de jun io de 1 9 3 2 . B riefe IE p isto la rio !, 4 2 7 - 4 2 8 .
Freud m anifestó qu e ten ía co n fia n za en lo que denom in ó su “ reco nstru cció n”
porque la hija m enor d e B reuer había leíd o esa d escrip ció n y le preguntó al
resp ecto a su padre, q u ie n la c o n firm ó . Pero e n e sa e x p lic a c ió n fa lla b a
algo: Freud pensaba qu e esa m ism a hija había nacido “p o c o d esp u és d e la
c on c lu sión del tratam ien to, ¡lo qu e tam p oco ca rece de sig n ific a c ió n para
con e x io n e s m ás p r o fu n d a s!” (B riefe ¡E p isto la rio !, 4 2 8 .) En su b io g r a fía ,
Ernest Jones ela b o r ó la historia; Frau B reu er se h ab ía p u esto tan c e lo sa
ante las a ten cio n es q u e su esp o so te brindaba a esa p a ciente jo v en y fa sc i
nante, que Breuer, co n a lg o de pá n ic o , term inó e l tratam iento y s e lle v ó a
su mujer a Italia, para disfrutar de una segunda luna de m iel, durante la cual
fue con ceb id a la hija m en or (Jones [V id a y o b ra de Sigm un d F reud] 1, 2 2 4 -
2 2 6 ). A paren tem en te, Freud creía a lg o a n á lo g o . Pero e l trabajo erudito rea
lizado por Henri E llcn bcrgcr y A lbrech t H irschm üller dem ostró qu e la cro
n o lo g ía del n a cim ien to de la hija de Breu er sen cilla m en te no en ca ja en este
relato. Dora B reuer h ab ía nacid o el 11 de m arzo de 1 8 8 2 , tres m eses d e s
pu és de que el padre term inara e l tratam iento de Anna O . y , e n todo c a so , él
no pasó el veran o anterior en Italia, sin o en G m unden am T ra m see. (V éa se
Henri Ellenberger, “T h e Story o f ‘Anna O .’: A C ritical R ev iew with N ew
D ata”, Jo u rn a l o f th e H is to ry o f B e h a v io ra l S c ie n c es, V III [1 9 7 2 ], 2 6 7 -7 9 ;
y H irschm üller, P h y s io lo g y un d P sy c h o a n a ly se in B reu er, 4 7 - 4 8 .)
54. C itado en H irschm üller, P h y s io lo g ie un d P sy c h o a n a ly se in B re u e r, 2 5 6 .
55. Freud a M inna B e rn a y s, 13 d e ju lio d e 1 8 9 1 . B riefe [E p is to la r io ], 2 3 9 .
56. Freud a F lie ss, 18 de dicie m b r e de 1 8 9 2 . Freud-Fliess, 2 4 ( 3 6 ) .
57. Freud a F lie ss, 2 9 d e sep tie m b re d e 1 9 8 3 . Ib íd ., 4 9 (5 6 ).
58. Freud a F lie ss, 2 2 d e ju n io de 1 8 9 4 . Ib íd ., 8 0 ( 8 6 ).
59. V éase Freud a F lie s s , 16 de abril de 1 8 9 6 , y 4 de ju n io d e 1 8 9 6 . Ib íd .,
191. 2 0 2 ( 1 8 1 , 1 9 1 ).
60. Freud a F lie ss, 2 2 d e e n e ro de 1 8 9 8 . Ib íd ., 3 2 2 ( 2 9 6 ).
61. Breuer y Freud, S tu d ie n ü b er H y ste rie , 2 2 1 /S tu d ie s o n H y ste ria [E s tu d io s
s ó b r e la h iste ria ], S E II, 2 5 0 - 2 5 1 .
62. V éase G eorge H. P o llo c k , “J o se f Breuer’’, en Freud, F u sió n o f S c ie n c e a n d
H um anism , c o m p . d e G e d o y P o llo c k , 1 3 3 -1 6 3 , e sp . 1 4 1 - 1 4 4 .
63. Freud a F lie s s , 8 d e n o v iem b r e d e 1 8 9 5 . Freud-F liess, 1 5 4 - 1 5 5 ( 1 5 1 ) .
Hirschm üller, conjetura que Breuer, m ás cauto que Freud, debió decir: “N o
lo c reo e n a b s o lu to ’’. ( P h y s io lo g ie un d P sy c h o a n a ly se in B re u e r, 2 3 4 .)
64. Freud a F lie ss, 16 d e m a y o de 1 9 0 0 . Freud-Fliess, 4 5 3 - 4 5 4 ( 4 1 4 ).
65. Freud a F lie ss. 7 de a g o sto de 1 9 0 1 . Ib íd ., 4 91 ( 4 4 7 ).
66. B reuer a Forel, 21 d e noviem bre d e 1 9 0 7 . Citada e n C ra n efield , “B reu er’s
E v alu ation ”, 3 1 9 - 3 2 0 .
67. V éase la pág. 3 3 en el ejem p lar qu e tenía Freud de W ittels, Sigm und Freud.
Freud M useum , Londres.
[734] N otas
68. Freud a F lie ss, 8 de febrero de 1897. Freud-F liess, 2 4 3 ( 2 2 9 ).
69. Freud a F lie s s , 1 de a g o sto d e 1 890. Ib íd ., 12 (2 7 ).
70. Freud a F lie s s . 12 d e ju lio d e 1 8 9 2 . Ib íd ., 18 ( 3 2 ).
71. V éa se PeteT J. S w a le s, “ Freud, His T each er, and the Birth o f p s y ch o a n a ly
s i s ” , en F reud, A p p ra isa ls a n d R e a p p ra isa ls: C o m rib u tio n s to F reu d S tu
d ies, c om p . de Paul E. Stepa n sky , I ( 1 9 8 6 ), 3 - 8 2 .
72. Stu d ie n ü b e r H y sle rie , G W I, \6 2 n fS lu d ie s on H y ste ria [E stu d io s so b re la
h iste ria / , SE II, 1 0 5 n (nota agregad a en 1 9 2 4 ).
73. I b íd ., 1 1 6 / 1 6 3 .
74. La carta o r ig in a l en alemán aparece com p leta en O la A ndersson, "A Sup-
plem en t to F reud’s C a se H istory o f ‘ Frau Em m y v . N .’ in Stu dies on Hys-
teria 1 895" , S c a n d in a v ia n P s y c h o a n a ly tic R e view , II (1 9 7 9 ), 5 -1 5 .
75. Stu d ie n ü b e r H y ste rie , G W I, 86/.Stu d ie s on H y s te r ia [ E s tu d io s so b re la
h iste ria /, SE II. 7 .
76. Ib íd ., 198 / 1 3 7 .
77. Ib íd ., 2 0 1 / 1 3 9 .
78. I b íd ., 2 1 2 , 2 2 4 , 2 2 6 / 1 4 8 , 1 5 8 , 1 6 0 .
79. “M em orándum for the Sigm u nd Freud A rchives" , sin firma, per
la m enor d e las tres hijas de lio n a W e iss, con fec h a de 11 de enero de
1953. Freud M useum ,Londres.
80. S tu d ie n ü be r H y sle rie , G W I, 16& [Studies o n H y ste ria (E stu d io s so b re la
h iste ria ], SE II, 1 1 1 .
81. V éa se , por eje m p lo , " A n a ly sis o f a P hobia in a F iv e -Y e a r-O ld B o y ” ("Lit
tle H an s” ] (3 9 0 9 ), SE X , 2 3 ; y “ R eco m m e n d a tio n s to P h y sicia n s Practi-
sin g P s y c h o - A n a ly s is ” ( 1 9 1 2 ), SE X II, 11 1 .
82. Freud a F lie s s , 2 9 0 de a g o sto de 1 8 9 3 . Freud-Fliess, 48 ( 5 4 ),
83. Stu dien ü be r H y ste rie , G W I, 1 9 3 ¡S tu d ies on H y ste ria [E stu d io s so b re la
h iste ria ], SE II, 1 3 3 .
84. Ib íd ., 19 5 n / 1 3 4 n .
85. Freud a F lie s s , 25 d e m a y o de 1895. Freud-Fliess, 1 3 0 ( 1 2 9 ).
86. Freud a F lie ss, 16 de octu bre de 1 8 9 5 . Ib íd ., 149 ( 1 4 5 ).
87. Freud a F lie ss, 17 de m ayo de 1 8 9 6 . Ib íd ., 196 ( 1 8 7 ).
88. Freud a F lie ss, 21 de m ayo de 1 8 9 4 . Ib íd ., 6 6 (7 3 ).
89. Freud a F lie ss, 2 2 de no v iem b re d e 1 8 9 6 . Ib íd., 2 1 5 ( 2 0 4 ).
90. F reud a F lie s s , 16 de a g o sto de 1 8 9 5. Ib íd ., 139 (1 3 6 ).
91. F reud a F lie s s . 23 d e febrero de 189 8 . Ib íd ., 32 8 ( 3 0 0 ).
92. Freud a F lie ss, 12 de a g o sto de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 0 7 ( 1 9 6 ).
93. Freud a F lie s s , 16 de m a y o de 1 8 9 7 . Ib íd ., 2 5 9 ( 2 4 4 ).
94. Freud a F lie s s , 12 de abril de 1 8 9 7 . Ib íd ., 2 5 0 (2 3 6 ).
95. Freud a F lie ss, 2 de m arzo de 1 8 9 9 . Ib íd ., 3 8 2 (3 4 9 ).
96. Freud a F lie ss, 8 de d iciem b re de 1 8 9 5 . Ib íd ., 1 6 0 -1 6 1 (1 5 4 -1 5 5 ).
97. Freud a M inna B ern a y s, 2 8 de a g o sto de 1 8 8 4 . C on perm iso de Sigm und
Freud C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
98. Freud a M inna B ern a y s, 12 de octubre de 1 8 8 4 . C on perm iso de Sigm und
Freud C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
99. E ntrevista co n H e ien Schur, 3 de ju n io d e 1 9 8 6 . H ay fo to g ra fía s en E m st
Freud y o tr o s, c o m p s. Sig m u n d F re u d : H is L ife in P ic tu re s a n d W o rd s
[S ig m u n d F re u d : Su v id a en im á g e n e s y te x to s], 9 9 . 1 5 1 , 1 9 3 . Y v é a n se
las cartas citad as en lo s lu gares c o rr esp o n d ien tes.
100. Freud a F lie ss, 21 de m ayo de 1894. Freud-Fliess, 66 ( 7 3 ).
101. Freud a F lie ss, 6 de febrero de 1896. Freud-Fliess, 1 7 9 ( 1 7 0 ).
102. A d o lf von S tríim p ell, " S tud ien über H y ste rie ” . D e u tsc h e Z e itsc h rift fü r
N erv en h e ilk u n d e , V III ( 1 8 9 6 ), 1 5 9 -1 6 1 .
N otas [7 3 5 ]
1 0 3 . V éase Freud a M inna B e rn a y s. 17 d e abril de 1 8 93 . C itada e n Freud-Fliess,
34n.
1 0 4 . Freud a F lie ss. 2 7 de n o v iem b r e de 1 8 9 3 . Ib íd ., 5 4 (6 1 ).
1 0 5 . Freud a F lie ss, 8 de ocru bre d e 1 8 9 5 . Ib íd ., 146 (1 4 1 ).
1 0 6 . Freud a F lie ss, 15 d e o c tu b r e de 1895.
1 0 7 . Freud a F lie ss, 20 d e o c tu b r e de 1895.
1 0 8 . Freud a F lie ss, 31 d e octu bre de 1895.
1 0 9 . Freud a F lie ss, 8 de n o v iem b r e de 1 8 9 5 . Ib íd ., 1 5 3 -1 5 4 (1 5 0 ).
1 1 0 . V éa se ib íd .. 1 5 5 -1 5 7 ( 1 4 2 -1 4 4 ) .
1 1 1 . Freud a F lie ss, 25 de m a y o d e 1 8 9 5 . Ib íd ., 1 3 0 ( 1 2 9 ).
1 1 2 . Freud a F lie ss, 2 7 de abril d e 1 8 9 5 . Ib íd .. 129 ( 1 2 7 ).
1 1 3 . Freud a F lie ss, 25 de m a y o d e 1 8 9 5 . Ib íd ., 1 3 0 -1 3 1 (1 2 9 ).
1 1 4 . Freud a F lie ss, 29 de n o v iem b r e d e 1 8 9 5 . Ib íd .. 158 (1 5 2 ).
1 1 5 . L os editores in g le s e s d e lo s e scr ito s p s ic o a n a lític o s de Freud no se e q u iv o
caban al llegar a la c o n c lu sió n de qu e el p ro y e cto es “o sten sib lem e n te un
docum ento n e u r o ló g ic o ” , que “c o n tie n e en s í m ism o e l nú cleo d e una gran
parte d e las p o sterio res teo ría s p s ic o ló g ic a s de F reud”. S in duda, "el P ro -
je c t , o m ás b ien su e sp ír itu in v is ib le , ronda la serie c o m p leta d e lo s e s c r i
tos teór icos de Freud h a sta e l fin a l” . ( “E d itor’s In trodu ction” al "P rcject
for a S c ie n t if ic p s y c h o lo g y ”, SE I , 2 9 0 .)
1 1 6 . “ E ntw urf einer P sy c h o lo g ie " ( 1 8 9 5 ), en A h í d e n A n fá n g en d e r P s y c h o a -
n a lyse . B riefe an W ilh e lm F lie s s , A b h a n d lu n g en und N o tize n a u s d e n Jah-
r e n , 1 8 8 7 - 1 9 0 2 , c o m p . d e E rn st K ris, M arie B o n a p a rte y A n n a F reud
(1 9 5 0 ), 3 7 9 /“ P ro ject fo r a S c ie n t if ic p s y c h o lo g y ” , SE I, 2 9 5 .
1 1 7 . F reud a F lie ss. 2 0 de octu bre de 1 8 9 5 . F reud-Fliess, 1 5 0 ( 1 4 6 ).
1 1 8 . A b riss d e r P sy c h o a n a ly se ( 1 9 4 0 ) , G W X V II, 80¡O u tlin e o f P s y c h o a n a ly s is
(E squ em a d e l p s ic o a n á lis is ) , S E X X III, 15 8 .
1 1 9 . Ib íd ., 108 / 1 8 2 .
1 2 0 . V éa se R obert C . S o lo m o n , "F reu d ’s N e u r o lo g ic a l T h eo ry o f M in d ”, en
F r e u d : A C o l le c tio n o f C r i t i c a l E s s a y s , c o m p . de R ic h a r d W o llh e im
( 1 9 7 4 ), 2 5 - 5 2 .
1 2 1 . J e n se its d e s L u s tp r in z ip s ( 1 9 2 0 ) , G W X III, 3 2 ¡B eyond th e P le a s u r e P r in
c ip ie ¡M ás allá d e l p r in c ip io d e p la c e r ] , SE X V III, 31.
1 2 2 . “ Entwurf", en A n fá n g en , c o m p . d e K ris y o tro s, 3 8 0 /“ P ro je ct”, SE I, 2 9 6 .
1 2 3 . I b íd ., 381 / 2 9 7 .
1 2 4 . Traum deutung, GW II-III, 11 I n lln te r p r e ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de io s su eñ o s), SE IV , 1 0 6 n (n o ta a g r eg a d a e n 1 9 1 4 ).
1 2 5 . Ib íd ., 1 2 6 /1 2 0 - 1 2 1 .
1 2 6 . Freud a F lie ss, 2 4 de j u lio de 1 8 9 5 . Freud-F liess, 137 ( 1 3 4 ). La in fo rm a
ció n cru cial de e ste párrafo y e l s ig u ie n t e la presen ta e interp reta M ax
Schur, “Som e A dd itio na l ‘D a y R e sid u es’ o f 'T he Sp ecim en Dream o f P sy
c h o a n a l y s is ’ ” , en P s y c h o a n a ly s is - a G e n e r a l P s y c h o lo g y : E s s a y s in
H o n o r o f H ein z H a rtm a n n , c o m p . de R ud olph M . L o e w en ste in , L o ttie M .
N ew m an , M ax Schur y A lb ert J. S o ln it ( 1 9 6 6 ), 45 8 5 . El e x a m en d e Schur
debe com p lem entarse co n D id ie t A n z ie u , F re u d 's S e lf-A n a lysis (1 9 7 5 ; trad.
de Peter Graham , 1 9 8 6 ), 1 3 1 -1 5 6 y p a s s im , y J effrey M o u ssa ie ff M a sso n ,
T h e A ss a u lt on T ruth: F re u d ' S u p p re ssio n o f th e S e d u c tio n T h e o ry ( 1 9 8 4 ),
20 5 [trad. cast.: El a sa lto a la v erd a d , B a r ce lo n a , S e ix Barral, 1 9 8 5 ],
1 2 7 . Freud a F lie ss, 6 de a g o sto de 1 8 9 5 . F re u d -F lies s,\3 1 ( 1 3 4 ).
1 2 8 . Freud a F lie ss, 12 de ju n io de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 5 8 (4 1 7 ).
1 2 9 . Traum deutung, G W II-III, 1 1 1 -1 1 2 lln te r p r e ta tio n o f D rea m s [ L a in te r p re ta
ció n de lo s su eñ o s], SE IV , 1 0 7 .
1 3 0 . I b íd .. 123 / 11 8 .
[736 ] N otas
131. Ib íd ., 125 / 1 2 0 .
132. Ib íd .. 2 9 8 - 2 9 9 / 2 9 2 - 2 9 3 .
133. Freud a F lie ss, 8 de m arzo d e 1 8 9 5 . Freud-Fliess, 1 1 6 -1 1 7 ( 1 1 6 -1 1 7 ) .
134. Ib íd ., 1 1 7 -1 1 8 (1 1 7 -1 1 8 ) .
135. V éa se Freud a F lie ss. 11 d e abril de 1 8 9 5 . Ib íd ., 125 (1 2 3 -1 2 4 ).
136. Freud a F lie s s . 2 0 de abril d e 189 5 . Ib íd ., 127 (1 2 5 ).
137. Freud a F lie s s , 2 6 de abril d e 189 5 . Ib íd ., 128 (1 2 7 ).
138. Freud a F lie s, 16 de abril d e 1 8 9 6 . Ib íd ., 191 ( 1 8 1 ).
139. Freud a F lie ss, 28 de abril de 1 8 9 6 . Ib íd ., 193 ( 1 8 3 ).
140. Freud a F lie s, 4 de ju n io de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 0 2 ( 1 9 2 ).
141. Ibíd.
142. Traum deutung, G W II-III, \2 2 H n te rp re ta tio n o f D rea m s ¡L a in ter p reta c ió n
de lo s su eñ o s], SE IV , 1 1 7 .
143. Freud a F lie ss, 3 de en ero d e 1 8 9 9 . Freud-Fliess, 3 71 ( 3 3 9 ).
144. Freud a F lie ss, 7 de m ayo de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 5 2 (4 1 2 ).
145. Freud a F lie ss, 7 de a g o sto de 1 9 0 1 . Ib íd ., 4 9 2 (4 4 7 ).
146. Freud a F lie ss, 2 de abril de 1 8 9 6 . Ib íd ., 190 ( 1 8 0 ).
147. Freud a F ie ss, 4 de m ayo de 1 8 9 6 . Ib íd ., 195 (1 8 5 ).
148. Freud a F lie ss, 8 d e n o v iem b r e de 1 8 9 5 . Ib íd ., 154 (1 5 0 ).
149. Freud a F lie ss, 15 de j u lio de 1 8 9 6. Ib íd ., 2 0 5 (1 9 5 ).
150. Freud a F lie ss, 3 0 de ju n io de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 0 3 - 2 0 4 (1 9
151. Freud a F lie s s , 15 de ju lio de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 0 5 - 2 0 6 ( 1 9 4
152. Freud a F lie ss, 26 de octu bre de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 1 2 ( 2 0 1 ).
153. Freud a F lie ss, 2 de n o v iem b r e de 1 8 9 6 . Ib íd ., 2 1 2 -2 1 3 ( 2 0 2 ).
154. V éase “B r ie f an R om ain R ollan d (E ine E rinnerungsstórung auf der A kropo-
lis)" ( 1 9 3 6 ), G W X V I, 2 5 0 - 2 5 7 /“A D isturban ce o f M em ory on the A cró p o
lis " . SE X X II, 2 3 9 -2 4 8 .
155. Traum deutung, G W II-III, x /In ie rp reta tio n o f D rea m s ¡L a in ter p reta c ió n de
lo s su e ñ o s], SE IV , x x v i.
156. V éase G eorge F. M ahl, “ Father-Son T h em es in Freud’s Self-A n a ly sis" , en
F a th e r a n d C h ild : D e v e lo p m e n ta l a n d C l in i c a l P e r s p e c tiv e s , c o m p . de
S tan ley H. Cath, A la n R . G urw itt y John M under R o ss (1 9 8 2 ), 3 3 -6 4 ; y
M ahl, “Freud, Father, and Mother'. Q u a n tita tiv e a sp ec ts” , P sy c h o a n a ly tic
P s y c h o lo g y , II ( 1 9 8 5 ), 9 9 - 1 1 3 .
157. Studien über H y ste rie, G W I , 2 2 7 /S tu d ie s o n H y ste ria ¡E s tu d io s so b re la
h iste ria ], SE II, 1 6 0 .
158. C on este enun cia do Freud reproduce lo que F lie ss dijo en una de sus cartas.
(F reud a F lie ss, 7 de a g o sto de 1 9 0 1 . F reud-Fliess, 4 9 2 [ 4 4 7 ],)
159. “Zur G e sch ic h te der p s y ch o a n a ly tisch en B e w e g u n g ” (1 9 1 4 ), G W X , 5 2 /“On
the H istory o f the P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t” [“C o n trib u ció n a la h is to
ria d e l m o v im ien to p sic o a n a lític o ”], SE X IV , 14 -1 5 .
160. Freud a F lie ss, 8 de febrero de 189 3 . F reud-Fliess, 27 ( 3 9 ).
161. Freud a F lie ss, 15 de octu bre de 1 895. Ib íd ., 147 (1 4 4 ).
162. “W eitere B em erku ngen über d ie A b w e h r -N eu ro p sy c h o se n ” (1 8 9 6 ), G W I,
3 8 0 /“Further Rem arks on the N eu ro -P sy ch o se s o f D e fe n c e ”, SE III, 163.
163. Ib íd ., 3 8 2 t 1 6 4 .
164. “T he A e t io lo g y o f H y ste ria ” ( 1 8 9 6 ), SE III, 1 8 9 -2 2 1 p a ssim .
165. Freud a F lie ss, 26 d e abril de 1 8 9 6 . F reud-F liess, 1 9 3 ( 1 8 4 ).
166. Freud a F lie ss, 4 de m ayo d e 1 8 9 6 . Ib íd ., 195 ( 1 8 5 ). En 191 4 , recordando
aquella época, Freud habló de un “v a c ío ” form ado alrededor de él, (“G e s
c h ic h te der p s y c h o a n a ly tisc h e n B e w e g u n g ” , G W X , 5 9 /“ H isto r y o f the
P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t” [“C o n trib u ció n a la historia d el m o v im ien to
p s ic o a n a lític o ” ], SE X IV , 2 1 .)
N otas [7 3 7 ]
167. Freud a F lie ss, 31 d e m a y o de 1 8 9 7 . F reud-F liess, 2 6 6 ( 2 4 9 ).
168. Freud a F lie ss, 21 de se p tie m b re d e 1 9 8 7 . Ib íd ., 2 8 3 , 2 8 4 ( 2 6 4 ).
169. Freud a F lie ss, 12 d e d icie m b r e d e 1 8 9 7 . Ib íd., 3 1 2 ( 2 8 6 ).
170. V éa se Freud a F lie ss, 2 2 de dicie m b r e de 1 8 9 7 . Ib íd ., 3 1 4 (2 8 8 ).
171. V éa se e l rep u d io p ú b lic o e n T h r e e E s s a y s o n th e T h e o ry o f S e x u a lity
IT re s en sa y o s d e te o ría sex u a l) ( 1 9 0 5 ) , SE V II, 1 9 0 -1 9 1 y 1 9 0 -1 9 1 n; y de
“M y V ie w s on the P a n P la y ed by S ex u a lity in the A e tio lo g y o f the N euro-
s e s ” (1 9 0 6 ), ib íd ., 2 7 4 .
172. S tu die n über H y sle rie , G W I, 3 Í5 n J S tu d ie s o n H y ste ria ¡E s tu d io s s o b r e la
h iste ria !, SE III, 16 8 n (nota a g regad a en 1 9 2 4 ).
173. Freud a F lie ss, 21 d e sep tie m b re d e 1 8 9 7 . F reud-F liess, 2 8 5 ( 2 6 5 - 2 6 6 ) .
174. “G esch ic h te der p s y c h o a n a ly tisc h e n B e w e g u n g ” , G W X , 5 5 /" H isto ry o f the
P syc h o -A n a ly tic M o v em en t” [“C o n trib u ció n a la h isto ria d el m o v im ien to
p sic o a n a lític o ”], SE X IV , 17.
175. Freud a F lie ss, 15 d e o ctu bre de 1 8 9 7 . Freud-Fliess, 2 9 3 ( 2 7 2 ).
176. J on e s (V id a y o b ra d e Sigm un d F reu d ) I, 3 1 9 .
1 7 7 . Freud a F lie ss, 14 de n o v iem b r e d e 1 8 9 7 . Freud-F liess, 3 0 5 , 3 0 1 (2 8 1
2 7 9 ).
1 7 8 . P s y c h o p a th o lo g ie d e s A ltta g le b e n s , G W IV , 5 /P s y c h o p a th o lo g y o f E v e r y -
d a y L ife { P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o tid ia n a ), S E V I, 1.
1 7 9 . Ib íd ., 58 / 4 9 .
1 8 0 . I b íd ., 153 I 13 8 .
1 8 1 . "G eschich te der p sy ch o a n a ly tisc h e n B ew eg u n g " , GW' X , 5 8 - 5 9 /“ H isto r y o f
the P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t" [ “C o n trib u ció n a la h isto r ia d e l m o v i
m ien to p s ic o a n a lític o ” ), SE X IV , 20 .
1 8 2 . Freud a F lie ss, 7 d e ju lio de 1 8 9 7 . Freud-Fliess, 2 7 3 ( 2 5 5 ) .
1 8 3 . T raum deutung, GW' II-III, 4 5 5 - 4 5 8 ¡In terp reta tio n o f D rea m s {L a in te r p re ta
c ió n de lo s su e ñ o s), SE V , 4 5 2 - 4 5 5 .
1 8 4 . Freud a F lie ss, 16 d e m ayo de 1 8 9 7 . Freud-Fliess, 2 5 8 ( 2
1 8 5 . Freud a F lie ss, 18 de ju n io d e 18 97 . Ib íd., 2 7 0 ( 2 5 2 -2 5 3 )
1 8 6 . Freud a F lie ss, 2 2 de ju n io d e 1 8 9 7 . Ib íd ., 2 7 2 (2 5 4 ).
1 8 7 . Freud a F lie ss, 7 d e ju lio de 1 8 9 7 . Ib íd., 2 7 2 ( 2 5 5 ).
1 8 8 . Freud a F lie ss, 14 de a g o sto de 1 8 9 7 . Ib íd ., 2 81 ( 2 6 1 ).
1 8 9 . Freud a F lie ss, 3 de o ctu b re d e 1 8 9 7 . Ib íd., 2 8 8 ( 2 6 8 ).
1 9 0 . Freud a F lie ss, 2 7 d e o ctu b re de 1 8 9 7 , Ib íd ., 2 9 5 ( 2 7 4 ).
1 9 1 . Freud a F lie ss, 3 de o ctu b re d e 1 8 9 7 . Ib íd., 2 8 9 ( 2 6 9 ).
1 9 2 . Freud a F lie ss, 15 d e o ctu b re de 1 8 9 7 . Ib íd., 2 9 3 ( 2 7 2 ).
1 9 3 . Freud a F lie ss, 16 de abril de 1 8 9 6 . Ib íd., 1 9 2 ( 1 8 1 ) .
1 9 4 . Freud a F lie ss, 16 de e n e ro d e 1 8 9 9 . Ib íd ., 3 7 2 (3 4 0 ).
1 9 5 . Freud a F lie ss, 8 d e ju lio d e 1 8 9 9 . Ib íd., 3 94 ( 3 5 9 ).
1 9 6 . Freud a F lie ss, 2 7 de ju n io de 1 8 9 9 . Ib íd ., 391 (3 5 7 ).
1 9 7 . Freud a F lie ss, 5 de d icie m b r e de 1 8 9 8 . Ib íd., 3 6 8 ( 3 3 5 ).
1 9 8 . Freud a F lie ss, 1 de m ayo d e 1 8 9 8 . Ib íd., 341 ( 3 1 2 ).
1 9 9 . Ib íd ., 3 4 2 ( 3 1 3 ).
2 0 0 . Freud a F lie ss. 2 7 d e ju n io d e 1 8 9 9 . Ib íd ., 391 (3 5 7 ).
2 0 1 . Freud a F lie ss, 1 d e m ayo de 1 8 9 8 . Ib íd ., 341 ( 3 1 2 ).
2 0 2 . Freud a F lie ss, 18 d e m a y o d e 1 8 9 8 . Ib íd ., 3 4 2 (3 1 3 ).
2 0 3 . V éase Freud a F lie ss, 17 d e ju lio d e 1 8 9 9 . Ib íd ., 3 9 6 ( 3 6 1 ).
2 0 4 . Freud a F lie ss. 9 d e ju n io d e 1 8 9 8 . 3 4 4 -3 4 5 ( 3 1 5 ).
2 0 5 . V éa se Freud a F lie ss, 2 0 d e ju n io de 1 8 9 8 . Ib íd ., 3 4 6 ( 3 1 7 ).
2 0 6 . Freud a F lie ss, 3 0 de ju lio [1 8 9 8 ], Ib íd., 351 ( 3 2 1 ).
2 0 7 . Freud a F lie ss, 7 de a g o sto d e 1 9 0 1 . Ib íd., 4 9 1 - 4 9 2 (4 4 7 ). C uando M arie
[738] N otas
B on ap arte le m ostró a F reud e sta carta en 1 9 3 7 , é l la c o n sid e r ó “m uy
im p ortan te” (Ib íd ., 4 9 0 n [ 4 4 8 n ].)
Capítulo tres. P s ic o a n á lisis
1 . V éase “ H eredity and the A etio lo g y o f the N eu r o se s” (1 8 9 6 ), SE III, 151 y
“ Further Remarles on the N eu ro -P sy ch o se s o f D e fe n c e ” (1 8 9 6 ), ib íd., 162.
2 . T raum deutung, G W II-III, 6 1 3 ¡1n terp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
d e lo s su e ñ o s], SE V , 6 0 8 .
3 . I b íd ., ix /x x v .
4 . Freud a F lie ss, 9 d e febrero de 1 8 9 8 . Freud-Fliess, 3 2 5 ( 2 9 8 ).
5 . Freud a F lie ss, 2 3 d e febrero de 1 8 9 8 . Ib íd ., 3 2 7 ( 3 0 0 ).
6 . Freud a F lie ss, 1 de m ayo d e 1 8 9 8 . Ib íd ., 341 (3 1 2 ).
7 . Freud a F lie ss, 6 de se p tiem b re de 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 0 5 ( 3 6 9 ).
8 . Freud a F lie ss, 11 de septiem b re de 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 0 7 (3 7 1 ).
9 . Freud a F lie ss, 21 de septiem b re de 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 1 0 ( 3 7 3 -3 7 4 ) .
1 0 . Freud a W erner A c h e lis, 3 0 de enero de 1 9 2 7 . B riefe [E p isto la rio ], 3 8 9 -
3 9 0 . En la m ism a carta, Freud o b ser v ó que no había tom ado e l lem a d ire c
tam ente d e V ir g ilio , sin o de un libro d e l so c ia lista alem án Ferdinand Lasa-
lle .
1 1 . Freud a F lie ss, 6 d e septiem b re de 1 8 9 9 . F reud-Fliess, 4 0 5 ( 3 6 9 ) .
1 2 . Freud a F lie ss, 6 de a g o sto de 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 0 0 ( 3 6 5 ).
1 3 . T raum deutung, G W II-III, v ü lln te r p r e ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s], SE IV , x x iii.
1 4 . Ib íd ., 1 /1 .
1 5 . Freud a F lie ss, 9 de febrero de 1 8 9 8 . F reud-F liess, 3 2 5 ( 2 9 9 ).
1 6 . Freud a F lie ss, 5 de d iciem b re d e 1 8 9 8 . Ib íd., 3 6 8 ( 3 3 5 ).
1 7 . Freud a F lie ss, 6 de a g o sto de 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 0 0 ( 3 6 5 ).
1 8 . T raum deutung, G W II-III, 100[¡n te rp re ta tio n o f D rea m s (L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s], SE IV , 9 6 .
1 9 . I b íd ., 1 0 4 , 1 2 6 /9 9 , 1 2 1 .
2 0 . Freud se lo in form ó a F lie ss e l 4 d e m arzo de 1 8 9 5 . F reud-F liess, 1 1 4 - 1 1 5
( 1 1 4 ).
2 1 . V éase ¡n terp r eta tio n o f D rea m s (L a in ter p reta c ió n d e lo s su e ñ o s], SE IV ,
125.
2 2 . Traum deutung, G W II-III, 141 (¡n te rp re ta tio n o f D rea m s (L a in te r p re ta c ió n
de lo s su e ñ o s). SE IV , 1 3 5 -1 3 6 .
2 3 . I b íd ., 1 3 2 , 1 35 / 1 2 7 , 1 3 0 .
2 4 . Ib íd ., 14 9 / 1 4 3 - 1 4 4 .
2 5 . I b íd ., 163 / 1 5 7 .
2 6 . I b íd ., 1 6 6 / 1 6 0 .
2 7 . I b íd ., 1 6 9 , 1 89 / 1 6 3 , 1 8 2 .
2 8 . Ib íd ., 1 9 3 -1 9 4 / 1 8 6 - 1 8 7 .
2 9 . I b íd ., 1 7 0 / 1 6 5 .
3 0 . V é a se Ib íd ., 1 7 5 -1 8 2 , 2 8 7 - 2 9 0 / 1 6 9 -1 7 6 , 2 8 1 - 2 8 4 .
3 1 . I b íd ., 197 / 1 9 1 .
3 2 . Ib íd ., 2 1 4 - 2 2 4 / 2 0 8 - 2 1 8 .
3 3 . I b íd ., 2 2 1 - 2 2 2 / 2 1 6 .
3 4 . “Ü ber in fa n tile Sex u a lth eo r ie n ” (1 9 0 8 ), G W V II, 1 7 6 /“On the Sex u a l T h e
o r ies o f C h ild ren ”, SE IX , 2 1 4 .
3 5 . T raum deutung, GW II-III, 2 67/[n te rp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de to s s u e ñ o s], SE IV , 2 6 0 .
N otas [739]
3 6 . Ib íd ., 2 8 3 - 2 8 4 / 2 7 7 - 2 7 8 .
3 7 . Ib íd ., 3 4 4 / 3 3 9 .
3 8 . Traum deutung, G W II-III, 3 6 5 /In terp reta !io n o f D re a m s (L a in te r p re ta c ió n
de lo s su e ñ o s], SE V , 3 5 9 - 3 6 0 (palab ras añad id as e n 1 9 0 9 ),
3 9 . Freud a P fister, 6 de no v iem bre de 1 910. C on p erm iso de Sigm und Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e .
4 0 . T rau m d eu tu n g , G W II- I I I . 2 8 4 , 3 0 4 - 3 0 & ( I n te r p r e ta tio n o f D r e a m s ( L a
in te r p re ta c ió n d e lo s su e ñ o s], SE IV , 2 7 9 , 2 9 8 - 3 0 2 .
4 1. T raum deutung, G W II-III, 4 2 4 - 4 2 5 /ln te r p r e ta tio n o f D re a m s (L a in te r p re ta
c ió n d e io s s u e ñ o s ], SE V . 4 2 1 - 4 2 2 .
4 2 . Ib íd ., 4 2 5 - 4 2 6 , 4 8 4 - 4 8 5 , 4 9 8 / 4 2 3 - 4 2 4 , 4 8 0 - 4 8 1 , 4 8 5 .
4 3 . Freud a F lie s s , 2 2 de ju n io de 1 8 9 7. F eud-Fliess, 2 7 1 ( 2 5 4 ).
4 4 . V éase ¡n te rp r e ta tio n o f D rea m s (L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s], SE IV ,
x x iii .
4 5 . Freud a F lie ss, 25 de m a y o de 1 8 9 5 . F reud-Fliess, 1 3 0 ( 1 2 9 ).
4 6 . Freud a F lie s s , 2 d e abril d e 1 8 9 6 . Ib íd ., 190 ( 1 8 0 ).
4 7 . Freud a F lie s s , 1 d e en ero d e 1 8 9 6 . Ib íd .. 165 (1 5 9 ).
4 8 . “ E in e K in d h e itsc r in n e r u n g d e s L e o n a r d o da V in c i” ( 1 9 1 0 ), G W V III,
2 1 0 /“ Leonardo da V in c i and a M em ory o f H is C hildh ood" [“ Un recuerdo
in fan til de Leonardo da V in c i”], SE X I, 1 37.
4 9 . D as ¡ch und d a s E s ( 1 9 2 3 ), G W X III, 280n/7'A e E g o a n d th e Id (E l y o y e l
e llo ] , SE, X IX , 5 0 n .
5 0 . R ich ard v o n K r a ff t -E b in g , N e r v o s it a t u n d N e u r a s th e n is c h e Z u s ta n d e
( 1 8 9 5 ), 4 . 16 , 9 , 1 7 .
5 1 . Ib íd ., 3 7 , 5 1 , 5 3 .
5 2 . V éa se ib íd ., 1 2 4 -1 6 0 .
5 3 . V éase ib íd ., 1 8 8 -2 1 0 .
5 4 . C itado en Erna L e sk y , T h e V ien n a M e d ic a l S c h o o l o f th e I 9 tk C e n tu ry
(1 9 6 5 ; trad. L. W illia m s y I.S . L e v ij, 1 9 7 6 ), 3 4 5 .
5 5 . Laurence S te m e , T ristra m Sh an d y ( 1 7 6 0 -6 7 ) , lib ro III, c a p . 4 [trad. cast.:
V ida y o p in io n e s d e l c a b a lle r o T ristra m Sh andy, M adrid, Cátedra, 1 9 8 5 ],
5 6 . W illiam H am m ond, e n la reseña de J ohn P. G reay, T he D ep e n d e n c e o f
In san ity on P h y s ic a l D is e a s e ( 1 8 7 1 ), e n e l J o u r n a l o f P s y c h o lo g ic a l M e d i
c in e , V ( 1 8 7 6 ), 5 7 6 . C itado e n B o n n ie E llen B lu ste in , “ ‘A H ollow Square
o f P s y c h o lo g ic a l S c ie n c e ’: A m e rica n N e u r o lo g is t s and P sy c h ia trists in
C o n flic t” , en M a d h o u ses, M a d -D o c to rs , a n d M a dm en : The S o c ia l H isto ry
o f P sy c h ia try in th e V ic to ria n E ra, com p . de A nd rew SculI ( 1 9 8 1 ), 2 4 1 .
5 7 . Henry M audsley , R e s p o n s ib ility in M e n ta l D is e a s e (2 a . e d ., 1 8 7 4 ), 1 5 4 .
C itado en M ich a el J. C lark, “T h e R ejec tio n o f P sy c h o lo g ic a l A pp roaches
to M en tal D iso r d e r in L ate N in e tee n th -C en tu ry R ritish P sy c h ia try ” , en
ib íd ., 2 7 1 .
5 8 . Jean É tienn e E sq uiro l, D e s M a ia d ie s m e n ta le s c o n s id é r é e s so u s le s ra p -
p o r ts m e d ic a l, h y g ié n iq u e e t m é d ic o - le g a l, 3 v o ls . ( 1 8 3 8 ) , I, 5 (d e un
lib ro de 1816 in co rp o ra d o a la obra po ste rio r, m ás a m p lia ).
5 9 . C itado en Karin O b h o lzer, T h e W o lf-M a n S ix ty Y ea rs L a te r . C o n v e rsa -
tio n s w ith F re u d 's C o n tr o v e r s ia l P a tie n t (1 9 8 0 ; trad. d e M ich a el Sh aw ,
1 9 8 2 ), 3 0 .
6 0 . “ Selb std a rste llu n g ”. G W X IV , 5 0 /”A uto bio g ra p hica l Stu dy ” [“ P resentación
a u tob iográfica ”], SE X X , 2 5 .
6 1 . Freud a F lie ss, 2 2 de se p tie m b re de 1 8 9 8 . F reud-F liess, 3 5 7 ( 3 2 6 ).
6 2 . Esquirol, D e s m a ia d ie s m e n ta l es, I. 2 4 .
6 3 . V éase T h re e E s s a y s o n th e T h e o ry o f S e x u a lity ¡ T re s e n sa y o s d e te o r ía
se xu al], SE V II, 1 73.
[740] N otas
6 4 . M artin Freud, Freud, 6 7 .
6 5 . V éa se A braham a Freud, 8 de enero de 1908. Freud-A braham {C o rre sp o n
dencia Freud-Abraham ], 3 2 ( 1 8 ).
6 6 . Freud a Abraham , 9 de enero de 1 9 0 8 . Ib íd., 34 (2 0 ).
6 7 . Jung a Freud, 14 de feb rero d e 1 9 1 1 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 4 3 3
( 3 9 2 ).
6 8 . Freud a Jung, 17 d e febrero d e 1 9 1 1 . Ib íd ., 4 3 5 -4 3 6 ( 3 9 4 -3 9 5 ) .
6 9 . V éase la nota d el c o m p ila d o r en F reud-Fliess, 3 5 5 .
7 0 . Freud a F lie ss, 2 6 d e a g o sto de 1 8 9 8 . Ib íd ., 3 5 4 -3 5 5 ( 3 2 4 ).
7 1 . Freud a F lie ss, 2 2 d e se p tiem b re d e 1 8 9 8 . Ib íd, 3 5 7 -3 5 8 (3 2 6 -3 2 7 ) .
7 2 . V éase “T h e P sy chica l M echanism o f F orgetfu lness” (1 8 9 8 ), SE III,2 8 9 -2 9 7 .
7 3 . Freud a F lie ss, 27 d e a g o sto de 1 8 9 9 . Freud-Fliess, 4 0 4 ( 3 6 8 ).
7 4 - V éase Freud a F lie ss, 2 4 de se p tiem b re d e 1900. Ib íd., 4 6 7 (4 2 5 ).
7 5 . V éase P sy c h o p a lh o lo g y o f E v e r y d a y L ife [P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o ti
d ian a], SE V I, 2 4 2 - 2 4 3 .
7 6 . V éase Freud a F lie ss, 8 de m ayo de 1 9 0 1 . Freud-Fliess, 4 8 5 ( 4 4 1 ).
7 7 . Freud a F lie ss, 7 d e a g o sto de 1 9 0 1 . Ib íd., 4 9 2 ( 4 4 7 ).
7 8 . V éase P s y c k o p a lh o lo g y o f E v e r y d a y L ife [P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o ti
d ian a], SE VI, 1 4 3 -1 4 4 . El nom bre a breviado de F lie ss aparece só lo e n las
prim eras e d ic io n e s (1 9 0 1 y 1 9 0 4 ); la referen cia debió n e c esa ria m en te tener
algún e fe c to en F lie ss.
7 9 . V éase ib íd ., 5 9 . Está c itan do un artículo de R. M eringer, “W ie man sic h
versp rech en kann” , N eu e F reie P resse, 23 d e a g o sto d e 1 9 0 0 .
8 0 . V éase la "E ditor's In trodu ction” a P sy c h o p a th o lo g y o f E v e r id a y L ife { P s i
c o p a to lo g ía d é la v id a c o tid ia n a ], SE, V I, ¡x -x
8 1 . H enry J am es, “T h e A sp e rn P apers" (1 8 8 8 ), en T a le s o f H e n ry J a m e s,
c o m p . d e C h r isto f W e g e lin ( 1 9 8 4 ) , 1 85 [trad. c a st.: L o s p a p e l e s d e
A sp e rn , B arcelon a, T u sq u ets, 1 9 8 2 ].
8 2 . “ S e lb std arstellu n g ”, G W X IV , 56/" A u tob¡ograp hical S tu d y ” [“ P resentación
au tob iográfica”], SE X X , 3 1 .
8 3 . Ib íd ., 55 / 3 0 .
8 4 . V éase “ B em erkungen über einen Fall von Z w an gsneurose" (1 9 0 9 ), G W VII,
4 0 7 /“N o te s upon a C a se o f O b sess io n a l N e u ro sis”, SE X , 1 8 4 . C ita tom ada
de N ie tz sch e, M á s a llá d e l b ie n y d e l m a l, iv , 6 8 .
8 5 . C a r ly le , S a r to r R e sa rtu s, lib r o II, c a p . 2 [trad. c a s t.: S a r to r R e sa rlu s,
M adrid, F undam entos, 1 9 7 6 ].
8 6 . C itado en Jerom e H a m ilto n B u ck le y , T he T u rn in g K e y : A u to b io g r a p h y
a n d th e S u b je c tiv e Im p u lse sin c e 1 8 0 0 ( 1 9 8 4 ) , 4 .
8 7 . K raus, “ D ie d e m o lie r te L iteratur", m a n u scr ito d el borrador en Z e lle r,
c o m p ., Ju g e n d in W ien, 2 6 5 - 2 6 6 .
8 8 . C itado en A m o s E lo n , H erzl ( 1 9 7 5 ) , 1 0 9 .
8 9 . Freud a S ch n itzler, 8 de m ayo de 1906. B riefe [ E p isto la rio J , 2 6 6 - 2 6 7 .
9 0 . T raum deutung, G W II-III, 5 5 9 , 5 6 6 /ln te rp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re
ta c ió n de lo s s u e ñ o s ], S E V , 5 5 3 . 5 6 1 .
9 1 . Ib íd ., 5 8 3 , 6 2 5 / 5 7 7 , 6 2 0 .
9 2 . Freud a Darm staeder, 3 d e j u lio de 1910. Freud C o lle ctio n , B 3, LC.
9 3 . V éase Freud a F lie ss, 3 d e diciem bre de 1 8 9 7 . F reud-Fliess, 3 0 9 ( 2 8 4 - 2 8 5 ) .
9 4 . V éa se Freud a F lie ss, 6 d e febrero de 1 8 9 9. Ibíd., 3 7 6 ( 3 4 4 ).
9 5 . Freud a F lie ss, 2 7 d e a g o sto d e 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 0 4 (3 6 8 ).
9 6 . V éa se Freud a F lie ss, 2 3 de octubre d e 1 8 9 8 . Ib íd., 3 6 3 (3 3 2 ).
9 7 . Freud a F lie ss, 3 d e d iciem b re de 1 8 9 7 . Ib íd., 3 09 ( 2 8 5 ).
9 8 . Traum deutung, G W II-III, 2 0 2 /In te rp re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s s u e ñ o s], SE IV , 1 9 6 -1 9 7 .
N otas [741]
99. V é a se ib íd ., 4 0 3 n / 3 9 8 n .
1 0 0 . Freud a F lie s s , 4 d e octu bre de 1 8 9 9 . Freud-Fliess, 4 1 4 ( 3 7 6 - 3 7 7 ) .
1 0 1 . Freud a F lie s s , 2 7 d e o ctu bre d e 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 1 7 - 4 1 8 ( 3 8 0 ).
1 0 2 . Freud a F lie s s , 21 de d iciem b re de 1 899. Ib íd ., 4 3 0 ( 3 9 2 ). V é a se tam b ién
¡a n o ta de lo s c o m p ila d o re s en ib íd ., 4 3 0 ( 3 9 2 ).
1 0 3 . Ib íd ., 4 3 0 -4 3 1 (3 9 2 ).
1 0 4 . F reud a F lie s s , 8 de enero de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 3 3 (3 9 4 ).
1 0 5 . Freud a F lie ss, 1 d e feb rero de 1 9 0 0 . Ib íd., 4 3 7 ( 3 9 8 ).
1 0 6 . Freud a F lie s s . 11 d e m arzo d e 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 4 1 - 4 4 3 (4
1 0 7 . Freud a F lie ss, 7 de m a y o d e 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 5 2 (4 1 2 ).
1 0 8 . V éa se Freud a F lie s s , 11 de m arzo de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 4 2 ( 4 0 4 ).
1 0 9 . Freud a F lie s s , 23 d e m arzo de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 4 4 ( 4 0 5 ).
1 1 0 . Freud a F lie ss, 7 d e m a y o de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 5 2 - 4 5 3 ( 4 1 2 ).
1 1 1 . Freud a [M argarethe, L illy y M ariha Gertrude Freud) (tarjeta po sta l), 2 0 de
m ayo de 1900 . Freud C o lle c tio n , B 2 , LC.
1 1 2 . Freud a [M argarethe, L illy y M artha Gertrude Freud], 8 de m a y o d e 1 901.
Ib íd.
1 1 3 . Freud a F lie ss, 2 3 d e m arzo d e 1 9 0 0 . F reud-Fliess, 4 4 4 ( 4 0 5 ) .
1 1 4 . Freud a F lie ss, 11 de m arzo d e 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 4 2 ( 4 0 3 ).
1 1 5 . Freud a F lie s s , 19 d e se p tie m b re de 1 9 0 1 . Ib íd ., 4 9 3 (4 4 9 ).
1 1 6 . Freud a M artha Freud (tarjeta p o s ta l), 3 de sep tie m b re de 1 9 0 1 . F reud
M useum , Londres.
1 1 7 . Freud a M artha Freud (tarjeta p o sta l), 5 de septiem b re de 1 9 0 1 . Ibíd.
1 1 8 . Freud a M artha Freud (tarjeta p o s ta l), 6 d e septiem b re de 1 9 0 1 . Ibíd.
1 1 9 . V éa se Freud a M inna B ern a y s (tarjeta po sta l), 2 7 d e a g o sto d e 1 9 0 2 . Ib íd.
1 2 0 . E m est Jones a Freud desd e R om a, 5 d e d iciem b re [1 9 1 2 ], c itan do a Freud.
C on perm iso d e S ig m u nd Freud C o py rig hts, W iv e n h o e.
1 2 1 . Freud a M ath ild e Freud, 17 d e septiem b re de 1 9 0 7 . Freud C o lle ctio n , B l ,
LC.
1 2 2 . Freud a F lie ss, 7 d e m ayo d e 1 9 0 0 . F reud-F liess, 4 5 2 ( 4 1 2 ). Freud em p leó
e sta frase en in g lé s m ás de una v e z .
1 2 3 . Traum deutung, G W II-III, \A 2 H n terp re ta tio n o f D re a m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s¡, S E IV , 1 3 7 .
1 2 4 . Freud a E lise G om perz, 25 de n o v iem b r e d e 1 9 0 1 . B riefe [ E p is to la r io ] ,
256.
1 2 5 . V éa se K.R . E issle r, Sig m un d F reu d un d d ie W iener U n iv e rsitá t. Ü b e r d ie
P se u d o -W isse n sc h a ftlich k eit d e r jiin g ste n W iener F re u d -B io g ra p h ik ( 1 9 6 6 ),
170.
1 2 6 . P h íllip Freud a M arie Freud, 12 de m arzo de 1 9 0 2 . Freud C o lle c tio n , B l ,
LC.
1 2 7 . Freud a F lie ss, 11 d e m arzo de 1 9 0 2 . Freud-Fliess, 5 0 1 - 5 0 2 ( 4 5 5 - 4 5 6 ) .
1 2 8 . Ib íd ., 5 0 2 -5 0 3 ( 4 5 6 -4 5 7 ) .
1 2 9 . V éase E issle r, S ig m u n d F reu d un d d ie W iener U n iv e rsitá t, 1 8 1 - 1 8 5 .
1 3 0 . C itad o en Freud a F lie ss, 8 de febrero de 1 8 9 7 . F reud-F liess, 2 4 4 ( 2 2 9 ) .
1 3 1 . C itado en E issle r , Sig m un d F reud und d ie W iener U n iv e rsitá t, 1 3 5 .
1 3 2 . Freud a E tise G o m p erz, 25 de n o v iem b re de 1 9 0 1 . B rie fe [ E p isto la rio J ,
256.
1 3 3 . Freud a F lie ss, 11 d e m arzo d e 1 9 0 2 . F reud-Fliess, 5 0 1 ( 4 5 6 ) .
1 3 4 . Freud a m iem b ros d e la B ’nai B ’rith (6 de m ayo d e 1 9 2 6 ), B rie fe [ E p is t o
la rio ], 3 8 1 . V éa se tam bién H ugo K n oep fm acher, "S igm un d Freud and the
B ’nai B ’rith” (m a n u scrito sin fec h a , Freud C o lle c tio n , B 2 7 , LC.
1 3 5 . “S eib std a rste llu n g ”, G W X IV , 7 4 /“A utobiographica1 Study" [ “P resentación
a u tob iográfica ” ], S E X X , 4 8 ,
[742] N otas
136. Freud a F lie ss, 11 de o ctu bre de 1 8 9 9 . Freud-F liess, 4 1 6 ( 3 7 9 ).
137. F reud a F lie ss, 2 6 de e n e ro de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 3 6 ( 3 9 7 ).
138. F reud a F lie ss, 1 d e feb rero de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 3 7 ( 3 9 8 ).
139. Freud a F lie ss, 25 de n o v iem b r e d e 1 9 0 0 . Ib íd ., 471 (4 2 9 ).
140. Freud a Putnam , 8 d e ju lio d e 1 9 1 5 . J a m e s J a c k so n P u tn a m a n d P sy c h o a
n a l y s i s : L e t te r s b e tw e e n P u tn a m a n d S ig m u n d F r e u d , E r n e s t J o n e s ,
W illiam J a m e s, S á n d o r F e re n c zi, a n d M o rto n P rin c e , 1 8 7 7 -1 9 1 7 , co m p . de
N ath an G. H a le, (h .) (1 9 7 1 ), 3 7 6 .
141. Las resp uestas de Freud a la encuesta realizada por la S o cieda d Cultural-
P o lític a fueron pu blica d a s por prim era v e z en su totalidad , en alem án , en
John W . B oy er, “ Freud, M arriage, and Late V ie n n e se L iberalism : A C om -
m entary from 1 9 0 5 " , J o u rn a l o f M o d e rn H is to ry, L ( 1 9 7 8 ), 7 2 - 1 0 2 . Pasa
je s c ita d o s e n la pág. 1 00.
142. V éase docum entación en Peter G ay, The B o u rg e o is E x p e rie n c e : V ic to ria to
Freud, v o l. I, E d u ca tio n o f th e S e n s es ( 1 9 8 4 ) , y v o l. II, T he T en d er P a s-
s io n ( 1 9 8 6 ).
143. D re i A bh a nd lun g en zu r S e x u a lth e o rie ( 1 9 0 5 ) , G W V, 33n; v é a se tam b ién
lA tx fT h ree E s s a y s o n th e T h e o ry o f S e x u a lity [ T r e s e n s a y o s d e te o r ía
se x u a l], SE V II, 1 35n; v é a se ta m b ién 1 74n.
144. A d o lf P atze, U eb er B o rd e lle und d ie S itte n v e rd e rb n iss un serer Z eit ( 1 8 4 5 ),
4 8 n . V éa se Peter G ay, F reud f o r H isto ria n s ( 1 9 8 5 ) , 58 .
145. H enry M a u d sley , T h e P h y s io lo g y a n d P a th o lo g y o f M in d ( 1 8 6 7 ) , 2 8 4 .
V éa se Steph en Kern, “ Freud and the D isc o v er y o f C hild S e x u a lity ”, H is -
to r y o f C h ild h o o d Q u a rte rly : The J o u r n a l o f P sych o h 'tsto ry, I (verano de
1 9 7 3 ), 1 1 7 -1 4 1 .
146. Traum deutung, G W II-111, 1 3 6 /In te rp reta tio n o f d re a m s {L a in te r p re ta c ió n
d e lo s su e ñ o s] S E IV , 1 3 0 .
147. V éase T hree E ssa ys [T r e s e n sa y o s d e te o ría se x u a l}, S E V II, 130.
148. Freud a Abraham , 12 de no v iem b re de 1 9 0 8 . F reud-A braham [C o rre sp o n
dencia F reud-Abraham ], 6 7 ( 5 7 -5 8 ) .
149. D re i A bh a nd lun g en , G W V , 5 9 - 6 0 ¡T hree E ss a ys [ T r e s e n sa y o s d e te o r ía
se x u a l), S E V II, 1 6 1 .
150. I b íd ., 7 1 , 6 3 / 1 7 1 , 1 6 3 .
151. Ib íd ., 6 7 - 6 9 / 1 6 7 -1 6 9 .
152. I b íd ., 73 / 173.
153. I b íd ., 8 8 , 9 1 / 1 8 7 - 1 9 1 .
154. I b íd ., 3 2 / 1 3 4 .
Capttulo CUATRO. R e tra to de un p re c u rso r en o rd e n d e b a ta lla
1 . J o n e s [ V ida y o b ra d e Sig m un d F reu d ], SE , II, 1 3 -1 4 .
2. F lie ss a Freud, 2 0 d e ju lio de 1 9 0 4 . F reud-Fliess, 5 0 8 ( 4 6 3 ).
3 . Freud a F lie ss, 2 3 de ju lio d e 1904. Ib íd ., 5 0 8 (4 6 4 ).
4 . V é a se F lie ss a Freud, 2 6 d e ju lio de 1 9 0 4 . Ib íd., 5 1 0 -5 1 1 (4 6 5 -4 6 6 ).
5 . Freud a F lie ss, 2 7 d e ju lio d e 1 9 0 4 , Ib íd ., 5 1 2 -5 1 5 ( 4 6 6 -4 6 8 ) .
6 . V éa se Freud a Kraus, 12 de enero d e 1 9 0 6 . B riefe ¡E p isto la rio ) 2 6 5 - 2 6 6 .
7 . A braham a E itin g o n , I de enero de 1 9 0 8 . La carta e s citad a en su totalidad
e n H ilda Abraham , K a rl A b ra h a m . S e in L eb e n f ü r d ie P sy c h o a n a ly se (1 9 7 4 ;
trad. al alem án de H an s-H orst H enschen, 1 9 7 6 ), 7 3 .
8 . F reud a Sándor F er en cz i, 1 0 de enero d e 1 9 1 0 . C orresp o nd en cia F reud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
N otas [7 4 3 ]
9. M ax Graf, “ R em in isc en ce s o f P io fesso r Sigm u nd F reud”, P s y c h o a n a ly tic
Q uarterly, X I ( 1 9 4 2 ), 4 6 7 .
10. Joan R iv ie re , “ A n In tim a te Im p r essio n ”, The L a n cet (3 0 de septiem b re de
1 9 3 9 ). R eim p reso en F re u d A s We K n ew H im , c o m p . d e R u ite n b ee k , 129.
11. W ittels, Sigm und F reud, 1 2 9 .
12. Freud a P fister, 6 de m arzo de 1 9 1 0 . Freud-Pfister, 3 2 (3 5 ).
13. Ernst W ald inger, "M y U n ele Sigm und Freud”, B o o k s A b r o a d , X V (in v ier n o
de 1 9 4 1 ). 7.
14. V éase un inventario m ás revelador de las actividad es diarias de Freud en
A nn a F reud a J o n es, 31 de en ero de 195 4 . P a p eles de Jo nes, A rc h iv o s de
la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
15. Freud a F lie s s , 11 de m arzo d e 1 9 0 0 . F reud-Fliess, 4 4 3 ( 4 0 4 ).
16. Freud a A braham , 2 4 de abril de 1 914. P apeles de Karl A braham , LC.
17. V éase J o n e s [ V id a y o b r a d e S igm un d F reu d ], II, 3 7 9 -4 0 2 ; M artin Freud,
F reud, p a s s im ; y “ A D istu rb a n ce o f M em ory o n the A cr o p o lis: A n O pen
L etter to R o m a in R o lla n d o n the O c ca sio n o f h is S e v e n tie th B irth d a y ”
( 1 9 3 6 ), SE X X II, 2 3 9 -2 4 8 .
18. V éanse lo s recuerd os no fech a d o s del p sico a n a lista (y analizando de Freud)
Ludw ig Je k e ls. e v id e n tem e n te en resp uesta a las in v e stig a c io n e s preparato
rias d e S ieg fried B ern feld para la bio g ra fía de Freud que nu nca escribid.
Papeles d e S ieg fried B e rn feld , co nten ed or 17 , LC .
19. A braham a E itin g o n , 1 de enero de 1 9 0 8 . C itado e n H ilda A braham , A b r a
ham, 7 2 .
20. " S elb std arstellu n g ”, G W X IV , 7 8 /" A u tobiograph ical Stu dy ” (“ P resentación
a u tob iográfica ”], SE X X , 5 2 .
21. M artin Freud, Freud, 9 , 2 7 .
22. A nn a Freud a J o n es, 16 de ju n io de 1 9 5 4 . P a p eles de Jones, A rc h iv o s d e la
B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
23. V éase J o n e s [ V id a y o b r a d e S igm un d F re u d ], II, 4 1 5 - 4 1 6 .
24. W itte ls, Sigm und Freud, 1 2 9 - 1 3 0 .
25. Freud a L illy Freud M arlé, 14 de m arzo de 1911. Freud C o lle ctio n , B 2 , LC.
26. Bruno G o e tz , "E rinnerungen an Sigm u nd Freud”, N eu e S c h w e ize r R u nd s
chau, X X (m a y o de 1 9 5 2 ), 3*11.
27. M artin Freud, Freud, 3 2 .
28. M artha Freud a E lsa R e iss, 17 de enero de 1 9 5 0 . Freud C o lle c tio n , B l , LC.
29. M artin Freud, Freud, 4 0 - 4 3 .
30. Richard D yck , “M ein O n kel S igm u nd” , en trev ista con Harry Freud en A u f-
bau (N u ev a Y o rk ), 11 d e m a y o de 195 6 , 3 -4 .
31. Freud a Jo n e s, 1 de e n e ro d e 1 9 2 9 . B riefe [E p isto la rio ], 4 0 2 .
32. J on es [ V id a y o b ra d e Sig m u n d F re u d ], II, 3 8 7 .
33. pTeud a Jung, 9 de jun io de 1 910. Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 3 6 1 ( 3 2 7 ).
34. Freud a F lie ss, 17 de d icie m b r e de 1 8 9 6 . F reud-Fliess, 2 2 9 ( 2 1 7 ) .
35. Freud a F lie s s , 31 de m a y o de 1 8 9 7 . Ib íd ., 2 6 6 (2 4 9 ).
36. Freud a F lie s s . 11 de m arzo de 1 9 0 0 . Ib íd ., 4 4 3 ( 4 0 4 ).
37. Ejem plar m eca n o g ra fia d o , Freud M useum , Londres. El o r ig in a l autógrafo
n o ha sid o h a lla d o (to d a v ía ). El rela to de lo s su eñ o s d e Freud y su a n á lisis
ocupa c in c o pá g in a s, titulad as “ S u eñ o s d e j u lio 8 /9 , Ju [e v e s]. V i [ernes],
al desp ertar”. El 10 de ju lio de 1 9 1 5 , Freud le e n v ió a F eren czi parte de e se
in form e, qu e trataba so b re un su eñ o pro fétic o (el cual afortunadam ente no
se con virtió en T ealid ad ) acerca de la m uerte de su hijo M artin, que e n to n
ces serv ía en e l ejé rc ito . (C orresp o nd en cia F reud -F erenczi, Freud C o lle c-
lion , L C .) Esta carta corrobora c o n fuerza la autenticidad de e ste m em oran
do un tanto m iste r io so .
[744] N otas
3 8 . Freud a Putnam , 8 de ju lio de 1 915. J a m es J a c k so n P utnam : L e tte r s , 3 7 6 .
3 9 . Freud e n la S o c ie d a d P sic o ló g ic a d e lo s m iér co les, 16 de octubre de 190 7 ,
y 12 de feb rero d e 1 9 0 8 . P r o to k o lle , I. 2 0 2 , 2 9 3 .
4 0 . Janet M a lco lm , In the F reud A rc h ive s ( 1 9 8 4 ). 2 4 .
4 1 . Em m a Jung c itó a Freud en tal sen tid o, en una carta a él m ism o d el 6 de
n o v iem b r e [ 1 9 1 1 ], Freud-Jung [C o rresp o ndencia ], 5 0 4 ( 4 5 6 ).
4 2 . “D ie ‘k u ltu ielle' Sexualrnoral und die M oderne N erv o sitá t” (1 9 0 8 ), G W VII,
1 5 6 /“ ‘C iv iliz e d ’ S ex u a l M o ra lity and M odern N erv o u s Illn e s s ”, SE IX,
193.
4 3 . Freud a Jung, 19 de septiem b re de 1 9 0 7 . Freud-Jung [C o rresp o nd encia ] 9 8
( 8 9 ).
4 4 . D e r W itz u n d se in e B e zie h u n g zu m U n b e w u sste n ( 1 9 0 5 ) , GIV V I, 1 2 0
[Jok.es a n d T h e ir R e la tio n to ¡he U n c o n sc io u s [ E l c h iste y su re la c ió n co n
lo in c o n s c ie n te ) , SE V III, 1 09.
4 5 . Freud a A braham , 31 de ju lio de 1 9 1 3 . Freud-Abraham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham], 1 4 4 ( 1 4 5 ).
4 6 . Freud a A braham , 26 de diciem bre d e 1922. Ib íd., 3 0 9 (3 3 2 ). La caracteri
z ación "sum am ente m odern o”, aplicada a la o r ien tac ió n e sté tica que el p in
tor de su retrato hab ía adoptado po c o antes, perten ece a Abraham . (A b ra
ham a Freud, 7 de enero d e 1 9 2 3 . Ib íd ., 3 1 0 [ 3 3 3 ].)
4 7 . V éase Freud a P fister, 21 de ju n io de 1 9 2 0 . F reud-P fister, 8 0 ( 7 7 ).
4 8 . V éase A nn a Freud a Jones, co m enta rio s m eca no g rafiados sin fecha , sobre
el v o l. III de la bio g ra fía de F reud e scrita por Jo nes. P apeles d e Jones,
A rc h iv o s d e la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
4 9 . V éase “ C ontribu tion to a Q u estio n na ire on R ea d in g ” (1 9 0 7 ), SE IX , 2 4 5 -
247.
5 0 . "Der M o ses d es M ich ela n g elo ” ( 1 9 1 4 ), G W X , 1 7 2 /‘*The M o ses o f M ich e-
la n g e lo ” [ “ El M o isés de M ig u e l A n g e l”], SE X III, 2 1 1 . Freud pu blicó este
en sa y o e n I m a g o anón im am ente y no rec o n o c ió su autoría hasta d iez años
m ás tarde.
5 1 . Freud a J on es, 8 de febrero de 1 9 1 4 . En in g lés . F reud C o lle c tio n , D 2 , LC.
5 2 . T raum deutung, G W II-III, 2 1 4 /ln te rp re ta tio n o f D rea m s ¡L a in te r p re ta c ió n
de lo s su e ñ o s] IV , 2 0 8 .
5 3 . V éa se A nn a F reud a Jones, 2 9 de m a y o de 1 9 5 1 . P apeles de Jo nes, A rc h i
v o s d e la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o cie ty ,L o n d re s.
5 4 . A nna Freud a J o n es, 23 de enero de 1 9 5 6 . Ibíd.
5 5 . V éa se A nn a Freud a Jones, 29 y 31 de m ayo de 19 5 1 ; y M arie Bon aparte a
Jones (repitiend o un com entario de la hija m ayor de Freud, M a th ild e), 8 de
n o v iem b r e de 1 9 5 1 . T o d o en ib íd.
5 6 . V éase M ina C urtiss, B ize t a n d H is W o rld ( 1 9 5 8 ). 4 2 6 - 4 3 0 .
5 7 . S ob re F íg a r o , v é a se ¡n te rp r e ta tio n o f D re a m s [L a in te r p re ta c ió n d e lo s
su eñ os] IV , 2 0 8 ; so b re Sarastro, F reud a F eren czi, 9 de agosto de 1909
(C orresp ond en cia Freud-Ferenczi, Freud C o lle ctio n . LC); sobre Leporello,
Freud a F lie ss. 25 de m ayo de 1 897 {Freud Fliess, 2 61 ( 2 4 5 ]) .
5 8 . M artin Freud, Freud, 3 3 . V éa se tam bién Freud a F lie ss, 27 de octubre de
1 8 9 9 . Freud-F liess, 4 1 8 ( 3 8 1 ).
5 9 . Freud a V ícto r Richard R ubens, 12 de febrero de 1929, en resp uesta a un
c u estion ario sob re el fum ar (A ren ts C o lle ctio n , N 4 3 2 7 0 , N ew York Public
Library). E sta carta aparece citada en su totalidad en su orig ina l alem án en
M ax Schur, Freud, L iv in g a n d D yin g ( 1 9 7 2 ) [trad. cast.: S ig m u n d F reu d ,
e n ferm ed a d y m u erte en su v id a y en su o b ra , pero erróneam ente se d ice que
su d estinatario era W ilh elm F lie ss.
6 0 . M artin Freud, Freud, 1 1 0 .
N otas [7 4 5 ]
6 1 . D y ck , “M ein O nkel Sig m u n d ”, e n tre v ista con Harry Freud, Aufbau, 11 de
m ayo d e 1 9 5 6 , 4 .
6 2 . Freud a F lie ss, 2 2 de d iciem bre d e 1 8 9 7 . Freud-Fliess, 3 1 2 - 3 1 3 (2 8 7 ).
6 3 . Freud a F lie ss, 3 0 de e n e ro d e 1 8 9 9 . Ib íd ., 3 7 4 ( 3 4 2 ).
6 4 . Schur, F reud, L iv in g a n d D yin g [F re u d . E n ferm eda d y m u erte en su v id a y
en su ob ra ] , 2 4 7 .
6 5 . H an ns S ac h s, Freud: M aster and Friertd ( 1 9 4 5 ) , 4 9 .
6 6 . “M y R ec o lle ctio n s o f S igm u nd F reu d ”, en T h e W o lf-M a n b y th e W o lf-
M an, co m p . de M uriel G ardiner (1 9 7 1 ), 1 3 9 .
6 7 . Freud a S tefan Z w e ig , 7 de febrero d e 1 9 3 1 . B riefe [E p isto la rio ], 4 2 0 - 4 2 1 .
6 8 . “ M y R e c o lle c t io n s ” , e n T h e W o lf-M a n , co m p . d e G ardiner, 1 3 9 .
6 9 . Freud a F lie ss. 6 de d iciem b re de 1 8 9 6 . F reud-Fliess, 2 2 6 ( 2 1 4 ).
7 0 . F reud a F lie s s , 6 de a g o sto de 1 8 9 9 . Ib íd ., 4 0 2 ( 3 6 6 ).
7 1 . Freud a F eren czi, 3 0 de m arzo de 1 9 2 2 . C orresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
7 2 . Freud a F ie ss, 2 8 d e m ayo d e 1 8 9 9 . F reud-F liess, 3 8 7 ( 3 5 3 ).
7 3 . “Zur Á tio lo g ie der H y sterie” (1 8 9 6 ), G W I, 4 2 7 /“T h e A e t io lo g y o f H y ste
ria ”, SE III, 1 9 2 .
7 4 . Freud a F lie ss, 21 de d iciem b re d e 1 8 9 9 . Freud-Fliess, 4 3 0 ( 3 9 1 - 3 9 2 ) .
7 5 . “B ru ch stílck einer H y s le r ie - A n a ly s e ” (“ D o ra ”] (1 9 0 5 ), G W V , 1 6 9 - 1 7 0
/ “F ragm ent o f an A n a ly s is o f a C a se o f H ysteria" [“ D ora"], S E V II, 12 .
7 6 . V éase C iv iliz a tio n a n d I ts D is c o n te n ts ( 1 9 3 0 ) [E l m a le sta r en la cultu ra ],
SE X X I. 6 9 -7 0 .
7 7 . V éase T h e A u to b io g ra p h y o f W ilh e lm S te k e l: T he L ife S to ry o f a P io n e e r
P sy c h o a n a ly st, co m p . d e Em il A . G u th eil ( 1 9 5 0 ), 1 1 6 .
7 8 . “G e sch ic h te der p sy ch o a n a ly tisc h e n B e w e g u n g ” , G W X , 6 3 /“ H isto ry o f the
P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t" [“C o n trib u ció n a la h isto ria del m o v im ien to
p s ic o a n a lític o ” ], SE X IV , 2 5 .
7 9 . A u to b io g r a p h y o f W ilh e lm S te k e l, 1 0 6 .
8 0 . V é a se “ H istory o f the P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t” ( “C o n trib u ció n a la
h isto r ia del m o v im ien to p s ic o a n a lít ic o ” ], S E X IV , 2 5 .
8 1 . V éase J on e s (V id a y o b ra d e Sig m u n d F re u d ], II, 7 .
8 2 . A u to b io g r a p h y o f W ilh e lm S te k e l, 1 1 6 . So b re a lgu nas de la s tem pranas
in te rv e n c io n es de R eitler, v é a se P r o to k o lle , I, 7 0 - 7 6 , 1 0 5 - 1 0 6 , 1 4 9 , 1 6 7 .
8 3 . G raf, “ R em in isc en ce s" , 4 7 0 - 4 7 1 .
8 4 . V éa se 9 de octubre d e 1 9 0 7 . P r o to k o lle , I, 1 9 4 .
8 5 . 15 d e e n e ro d e 1 9 0 8 . Ib íd ., 2 6 4 - 2 6 8 .
8 6 . E l lib ro fu e traducido al in g lés por C .R . Pa y ne, y pu b lica d o co n e l título
de F re u d ’s T h e o rie s o f th e N eu ro se s, e n 1 921; presen ta una in tro d u cc ió n
va loratíva de Ernest Jones. El títu lo o r ig in a l alem á n era Freuds N eu ro se n -.
le h re ( 1 9 1 1 ).
8 7 . F in alm en te e l libro de R ank, T he In ce st M o tif in L ite ra tu re a n d L eg e n d , n o
ap areció h asta 1 9 1 2 .
8 8 . V éa se 5 de febrero de 190 8 . P r o to k o lle , I, 2 8 4 - 2 8 5 .
8 9 . 4 d e d iciem b re de 1 9 0 7 . Ib íd ., 2 3 9 - 2 4 3 .
9 0 . 5 d e febrero de 1 9 0 8 . Ib íd., 2 8 4 .
9 1 . V éase Freud a Rank, 2 2 de sep tiem b re de 19 0 7 . Ejemplar m eca no g ra fia do ,
Freud C o lle ctio n , B 4 , LC .
9 2 . A braham a E itin g o n , 1 de enero de 1 9 0 8 . C itado en H ilda A braham . A b r a
ham , 7 3 .
9 3 . E rnest J on es, F re e A s s o c ia tio n s : M e m o rie s o f a P sy c h o -A n a ly st ( 1 9 5 9 ),
1 6 9 -1 7 0 .
9 4 . V éase Ludw ig B insw anger, E rinn eru ngen an Sigm un d F reud ( 1 9 5 6 ) , 1 3 .
[746] N otas
9 5 . Freud a A braham , 14 de m arzo de 1 911. P apeles de Karl Abraham , LC.
9 6 . E itin go n a Freud, 6 de d iciem b re d e 1 906. C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
9 7 . Freud a E itin g o n, 10 de diciem bre de 1 906. C on perm iso d e Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
9 8 . En una carta d e l 3 de m arzo de 191 0 , p robab lem ente d irigida a John R ick-
m an (m é d ico in g lé s que m á s tarde se c o n v ir tió e n p s ico a n a lista ), Freud
em p leó la evoca d o ra palabra M en sc h e n fisc h e r (“pescador de hom bres"), en
a lu sión a lo que J esús dijo d e su s d iscíp u lo s (M ateo 4 :1 9 ). Ejem plar m ec a
n ografiad o , F reud C o lle ctio n , B 4 , LC.
9 9 . J o n e s [ V ida y o b ra d e Sigm un d F re u d ], II, 3 2 .
1 0 0 . E itin gon ya se hab ía denom in ado a s í m ism o “alu m n o ” d e Freud más de
m ed io año antes de m udarse a B erlín. (E itin g o n a Freud, 5 de febrero de
1 9 0 9 . Con perm iso de S igm u nd Freud C o p y rig h ts, W iv e n h o e.)
1 0 1 . V éa se E itin g o n a Freud, 9 de feb rero, 5 de m ayo y 10 de jun io de 1912.
C on perm iso d e S igm u nd Freud C o p y rig h ts, W iv en h o e.
1 0 2 . Freud a E itin g o n, 17 de febrero de 1 910. C o n perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 0 3 . V éa se E itin g o n a Freud, 10 d e febrero de 191 0 . C o n perm iso d e Sigm u nd
F reud C op y rig h ts, W iv en h o e.
1 0 4 . F reud a E itin g o n , 10 de ju lio d e 1 9 1 4 . C o n perm iso de S ig m u n d Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 0 5 . V éa se H ilda Abraham , A brah am , 4 1 .
1 0 6 . J o n e s / V ida y o b ra d e Sigm un d F reu d ], II, 1 5 9 .
1 0 7 . F reud a Abraham , 19 de abril de 190 8 . P a p eles de Kar! Abraham , LC.
1 0 8 . Jon es a A braham , 18 de ju n io de 1 9 1 1 . Ib íd.
1 0 9 . Freud a Abraham , 11 de ju lio de 1 9 0 9 . Ibíd.
1 1 0 . V éa se Freud a A braham , 19 de abril de 1 9 0 8 . Ibíd.
1 1 1 . Freud a Abraham , 29 de m ayo d e 1 9 0 8 . Ibíd.
11 2 . V éa se A nd reas-Salom é a A braham , 6 d e no v iem bre de 1914. Ibíd.
1 1 3 . H all a A braham , 2 de enero de 1 9 1 4 . Ib íd.
1 1 4 . A braham a Freud, 2 6 de febrero de 1 9 1 1 . Ibíd.
1 1 5 . A braham a Freud, 9 de m arzo d e 1 9 1 1 . Ibíd.
1 1 6 . Ibíd.
1 1 7 . Abraham a Freud, 24 de ju lio de 1 9 1 2 . Ibíd.
1 1 8 . A braham a Freud, 28 de abril de 1 9 1 2 . Ibíd.
1 1 9 . Abraham a Freud, 25 de diciem bre de 1 911. Ibíd.
1 2 0 . A braham a Freud, 28 de m a y o d e 1 9 1 2. Ib íd.
1 2 1 . V éa se Hilda Abraham, A brah am , 3 9 .
1 2 2 . Freud a Abraham , 13 de febrero d e 1 9 11 . P a p eles de Karl Abraham , LC.
(Freud-Abraham, 1 0 5 [ 1 0 0 -1 0 1 ] in clu y e só lo parte d e esta carta, om itien d o
el adjetivo “m a lv a d o ” y la a d vertencia contra Frau Dr. F lie ss.)
1 2 3 . A braham a Freud, 17 de febrero d e 191 1 . P a p eles de Karl Abraham , LC.
1 2 4 . V éa se A braham a Freud, 26 de febrero d e 1 9 1 1 . Freud-Abraham [C o rre s
pondencia F reud-Abraham ], 1 0 6 -1 0 7 ( 1 0 2 ),
1 2 5 . V éa se , pnr eje m p lo , A braham a Freud, 9 de abril de 1 9 1 1 , donde m en cion a
q u e F lie ss le e n v ió un p a cien te, pero no d ice ni una palabra sob re Frau
F lie ss. P apeles de Karl Abraham , LC.
1 2 6 . F lie ss a A braham , 2 6 de se p tie m b re d e 1 9 1 7 . Ibíd.
1 2 7 . J o n e s , F ree A ss o cia tio n s, 1 5 9 - 1 6 0 .
1 2 8 . El 13 de m ayo de 1908, Jones le a g radeció a Freud su “ a fectu o sa recep
c ió n ” en V ie n a . C o n perm iso d e S igm u nd Freud C o py rig hts, W iv en h o e.
1 2 9 . Jones a Freud, 3 d e n oviem bre de 1 9 1 3 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
N otas [747]
C op y r ig h ls, W iv e n h o e . D ig a m o s qu e n o lo d o s e sto s m iem b ro s d e m o str a
ron ser freud ianos; v a rio s d e e llo s preferían a Jung.
130. Jones a Freud, 19 de jun io de 1 9 1 0 . C on p erm iso d e S ig m u nd Freud C o p y
r ig h ts, W iv e n h o e .
131. Freud a Jo nes, 2 8 d e abril d e 1912. Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
132. Jones a Freud,8 de n o viem b re (1 9 0 8 ], C o n p erm iso de S ig m u nd Freud
C opyrights, W iv e n h o e. V éa se tam bién Freud a J o n e s, 2 0 de nov iem bre de
1908. Gn in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
133. Jung a Freud, 12 de ju lio d e 1 9 0 8 . Freud-Jung (Correspondencia}, 1 8 1 - 1 8 2
( 1 6 4 ).
134. Freud a Jun g. 18 de ju lio d e 1 9 0 8 . Ib íd., 183 ( 1 6 5 ).
135. Jones a Freud, 18 de d iciem bre d e 1909. C on perm iso de Sigm u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e .
136. Freud a Jo nes, 15 de abril d e 1 9 1 0 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 . LC .
137. Freud a Jo nes, 2 4 de feb rero d e 1 9 1 2 . En in g lé s . Ibíd,
138. Jones a F reud , 3 y 25 d e ju n io y 8 de j u lio [ 1 9 1 3 ] . C o n p e r m iso de
Sigm u nd Freud C o p y r ig h ts, W iv en h o e.
139. Freud a J on e s, 2 2 d e febrero d e 1 9 0 9 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n . D 2.
LC.
140. Freud a Jones, 1 d e j u n io d e 1 9 0 9 . En in g lé s . Ibt'd.
141. Freud a Jones. 10 d e m arzo de 1 9 1 0 . En in g lé s . Ib íd.
142. Freud a Jones. 16 d e enero d e 1 9 1 4 . En in g lé s . Ib íd.
143. Freud a Jones, 8 d e feb rero de 1 9 1 4 . En in g lé s . Ib íd. "C el. c e n se o “ . c o m o
d esd e lu eg o J o n e s sab ía, son la s palabras in ic ia le s d e la c éle b r e ex ho rta
c ión de C atón, e n la que proclam aba que C artago debía ser destruida: C e te -
rum c en seo C a rta g in e m e sse d elen d a m (“ Por lo dem ás, ju z g o que C artago
debe ser destruida”).
144. Freud a Jones, 21 d e feb rero de 1 9 1 4 . En in g lé s . Ib íd.
145. Freud a Jones, 1 d e enero d e 1 9 2 9 , B riefe ( E p isto la rio } , 4 0 2 .
146. J on e s (V id a y o b ra d e Sig m un d F re u d }, II, 1 5 7 .
147. Lou A n d re a s-S a lo m é, ¡n d e r S c h u le b e i F re u d . T a g e b u c h e in e s J a h r e s,
1 9 1 2 /1 9 1 3 , c o m p s. d e Ernst P fe iffe r (1 9 5 8 ), 193 (trad. cast.r A p r e n d ie n
do con Freud, B a r ce lo n a , L a e r t e s ,31 9 8 4 ].
148. M ich ael B alin t, “ E in leitu n g des H erau sgeb ers”, e n Sándor F eren czi, S c h
rifte n zu r P sy c h o a n a ly se , c o m p . de B a lin t, 2 v o ls . ( 1 9 7 0 ) , I, x i [trad.
c a st.: P s ic o a n á lisis, M adrid, Es pasa C a lp e , 1 9 8 4 ].
149. V éase Freud a F e r e n c z i, 3 0 de enero de 1 9 0 8 . C o rresp o n d en cia Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC. V éa se tam bién J o n e s / V id a y o b ra d e S i g
m und F re u d }.S E II, 3 4 - 3 5 .
150. Jones a Freud, 8 d e ju lio [1 9 1 3 ). C on p erm iso de S ig m u n d Freud C o p y
r ig h ls, W iv e n h o e .
151. Freud a F eren czi, 1 d e febrero de 1908. C o rresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle c iio n , LC .
152. Freud a F eren czi, 4 de a g o sto de 1 9 0 8 . Ibíd.
153. V éase , por eje m p lo , Freud a F eren czi, 6 de o ctu bre d e 1 9 0 9 . C o rresp ond en
c ia F reud -Ferenczi, Freud C o lle ctio n , LC. Freud se d irig ió a Abraham co m o
a su “ Q uerido a m ig o ” un año a ntes, en el v eran o d e 1 9 1 0 . V éase su carta
d el 22 d e a g o sto d e 1 9 1 0 . F reud-Abraham / C o rresp o n d en cia Freud-Abra-
h am j, 9 7 ( 9 1 ) .
154. Freud a F eren czi, 2 7 d e octubre d e 1908. C o rresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
155. Freud a F eren czi, 2 de octubre de 1910. Ibíd.
156. Freud a F eren czi, 17 de n o v iem b re d e 1911. Ib íd.
[748] N otas
157. Freud a F er en cz i. 3 0 de no v iem b re d e 1 9 1 1 . Ibíd.
158. Freud a F eren czi, 5 de diciem bre de 1 9 1 1 . Ib íd.
159. Freud a J o n e s, 2 de a g o sto de 1 9 2 0 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
160. Freud a [¿ R ick m an ? ], 3 de m arzo de 1 910. Freud C o lle ctio n , B 4, LC.
161. Oskar P fister, '‘Oskar P fister”, en D ie P á d o g o g ik . d e r G e g e n w a rt in S e lb st-
darste llu n g e n , c o m p . de E rich H ahn, 2 v o ls . ( 1 9 2 6 -1 9 2 7 ) , II, 1 6 8 -1 7 0 .
162. A ños m ás tarde, P fister le expresó su gratitud a Freud “por haberm e acon
sejad o, en 1 9 1 2 , qu e no estudiara m ed icina" . (P fister a Freud, 14 de jun io
de 1927. C o n p e rm iso de S ig m u n d Freud C o py rig hts, W iv e n h o e.)
163. W illi H offer, n e c r o ló g ic a de P fister, In t. J. P sy c h o -A n a l., X X X IX (1 9 5 8 ),
6 1 6 . V éa se tam b ién Peter G a y , A G o d le s s J e w : F re u d , A th e ism , a n d th e
M a k in g o f P s y c h o a n a ly s is ( 1 9 8 7 ), 7 4 .
164. Freud a Jun g, 17 de en ero d e 1 9 0 9 . Freud-Jung [ C orresp o n d en cia ] , 2 1 7
( 1 9 5 -1 9 6 ) .
165. Freud a F er en cz i, 2 6 de abril de 1 9 0 9 . C orresp o n d en cia F reud -F erenczi.
Freud C o lle ctio n , LC.
166. A nn a Freud, o b s er v a ció n prelim ina r, fech a d a en 1 9 6 2 . Freud-P fister, 10
( 11).
1 6 7 . H offer, n e c r o ló g ic a de P fister, In t. J . P s y c h o -A n a l., X X X IX (1 9 5 8 ), 6 1 6 .
1 6 8 . P fister a Freud, 25 de no v iem b re d e 1 9 2 6 . C o n perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 6 9 . P fister a Freud, 3 0 d e diciem bre d e 1 9 2 3 . Freud-Pfister, 9 4 -9 5 ( 9 0 - 9 1 ) .
1 7 0 . P fister a Freud, 2 9 d e octu bre d e 1 9 1 8 . Ib íd ., 6 4 ( 6 3 ).
1 7 1 . Freud a P fister, 16 de octubre de 1 9 2 2 . C o n perm iso de S igm u nd Freud
C o p y iig h ts , W iv e n h o e.
1 7 2 . “ Lou A n d re a s-S a lo m é ” (1 9 3 7 ), G W X V I, 2 7 0 /“Lou A n d re a s-S a lo m é ”. S E
X X III, 2 9 7 .
1 7 3 . A braham a Freud, 2 8 de abril de 1 9 1 2 . F reud-A braham [ C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham), 1 1 8 ( 1 1 5 ).
1 7 4 . Freud a F eren czi, 2 de octubre de 1 9 1 2 . C orresp ond en cia Freud-Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
1 7 5 . Freud a F eren czi, 31 de octubre d e 1 9 1 2 . Ibíd.
1 7 6 . Freud a F eren czi, 2 0 de m arzo de 1 9 1 3 . Ib íd.
1 7 7 . V éa se 30 de octu bre de 1 9 1 2 . P rotokolie , IV , 1 0 4 .
1 7 8 . 23 d e octu bre de 1 9 1 2 . Ib íd ., 1 03.
1 7 9 . V éa se , por e je m p lo . 27 de n o v iem b r e d e 1 9 1 2 . Ib íd., 120. U na e x c e p c ió n
es la a n ota ció n c o rresp o n d ien te al 15 de en ero de 1 9 1 3 , en la que e lla apa
rece co m o “Frau L o u .” Ib íd., 138.
1 8 0 . V éa se Freud a A n d reas-Salom é, 10 de n oviem bre de 1 912. Freud-Salomé,
1 2 ( 11 ).
1 8 1 . V éa se “A u to b io g ra p h ica l Stu dy ” [ “ P resen ta ció n a u to b io g rá fica ”], SE XX ,
48.
1 8 2 . V éase Jon es f V id a y o b ra d e S igm un d F re u d ), II, 1 2 2 , 1 1 5 , 1 1 1 .
1 8 3 . Jung a Freud, 4 de septiem b re de 1 9 0 7 . Freud-Jung (C o rresp o n d en cia ), 9 2 -
93 ( 8 4 ).
1 8 4 . Jung a Freud. 11 de sep tiem b re de 1 9 0 7 . Ib íd ., 9 3 -9 4 ( 8 4 -8 5 ).
1 8 5 . A braham a Freud, 10 de no v iem b re de 1 9 0 8 . Freud-Abraham , 65 ( 5 5 -5 6 ) .
1 8 6 . Freud a Abraham , 14 de diciem bre de 1 9 0 8 . P apeles d e Karl Abraham , LC.
18 7 . Freud a Abraham , 9 de m arzo de 190 9 . Ib íd.
18 8 . V éase Three E ss a ys [T r e s e n s a y o s d e te o ría se x u a l), SE V II, 1 7 4 n . 18 0 n.
18 9 . Freud a A braham . 23 de m a y o de 190 9 . P a p eles de Karl Abraham , LC.
1 9 0 . Freud a F eren czi, 2 6 de abril de 190 9 . C orrespondencia F reud -Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
N otas [749]
1 9 1 . V éa se W ilh elm W ey g a ndt, r esen a de L a in te r p re ta c ió n d e io s su eñ o s en
C e n tra lb la tt fü r N erven h e ilk u n d e und P sy c h ia trie , X X IV (1 9 0 1 ), 5 4 8 - 5 4 9 .
1 9 2 . V éase Jon es ¡V id a y o b ra d e Sigm un d F re u d ], II, 1 0 9 .
1 9 3 . Jones a F ieud , 20 de abril d e 1 9 1 0 . C on p erm iso d e S ig m u nd Freud C o p y
righ ts, W iv e n h o e.
1 9 4 . Jones a Freud, 2 de enero d e 1 9 1 0 . C on p erm iso de S ig m u nd Freud C o p y
righ ts, W iv e n h o e.
1 9 5 . B oris S id is , "F undam ental Sta tes in P sy c h o n e u r o se s" , J o u r n a l o f A b n o r-
m a l P s y c h o lo g y , V (feb rero -m a rzo de 1 9 1 1 ), 3 2 2 -3 2 3 . C itado e n N athan
G . H ale, (h .), F re u d a n d th e A m eric a n s : T he B e g in n in g s o f P s y c h o a n a ly
s is in th e U n ite d S ta te s , 1 8 7 6 - 1 9 1 7 ( 1 9 7 1 ), 2 9 7 .
1 9 6 . B o r is S id is , S y m p to m a to lo g y , P s y c h o g e n e s is a n d D ia g n o s is o f P sy ch o -
p a th ic D is e a s e s ( 1 9 1 4 ), v i- v ii. C ita d o en ib íd ., 3 0 0 .
1 9 7 . “A taques a la teoría del Dr. Freud /E n fien tam iento en la A cad em ia de M ed i
c in a cuand o se ren día ho m ena je al m éd ico v ie n é s ” , N ew Y o rk T im e s, 5 de
abril de 1 9 12 . 8 .
1 9 8 . Freud a Jon es, 2 8 de abril de 1 9 1 2 . En in g lés . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
1 9 9 . “L os su eñ os de lo s d em en tes ayudan m ucho a su cura", N e w York T im e s,
d om in go 2 d e m arzo d e 1 9 1 3 , 10.
C apitulo cinco. P o lític a p sic o a n a lític a
1 . J o n e s, F re e A ss o c ia tio n s, 1 6 5 .
2 . V éase W illiam M cG uire, Introducción a Freud-Jung, x v .
3 . Cari G. Jung, Ü b er d ie P sy c h o lo g ie d e r D em en tia P ra e c o x . E in V ersu ch
( 1 9 0 7 ), In trod u cció n (fe ch a d a en ju lio de 1 9 0 6 ), iii-iv .
4 . Ib íd ., iv . V é a se ta m b ié n ib íd ., 3 8 , 5 0 n , 6 2 .
5 . V éa se “P s y c h o a n a ly sis and A sso c ia tio n E x p er im en ts” (1 9 0 6 ), traducido
por R .F .C . H u ll y L e o p o ld S te in en co la b o r a ció n c o n D iana R iv ierc, en
C a il G . Jun g, T h e P s y c h o a n a ly tic y e a r s , c o m p . d e W illia m M cG u ire
( 1 9 7 4 ), 3 - 3 2 .
6 . J o n e s, F re e A ss o c ia tio n s, 1 6 5 .
7 . Freud a Jung, 11 d e abril d e 1 9 0 6 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 3 (3 ).
8 . Jung a Freud, 5 d e o c tu b r e d e 1 9 0 6 . Ib íd ., 5 (5 ).
9 . Freud a Jung, 7 d e octu bre d e 1 9 0 6 . Ib íd ., 5 - 6 (5 -6 ).
1 0 . Jung a Freud, 2 6 de n o v iem b r e d e 1 9 0 6 . Ib íd ., 10 (1 0 ).
1 1 . Jung a Freud, 4 d e d icie m b r e de 1 9 0 6 . Ib íd ., 11 (1 1 ).
1 2 . Freud a Jung, 6 d e d icie m b r e de 1 9 0 6 . Ib íd ., 1 2 -1 3 ( 1 2 -1 3 ).
1 3 . V éa se Freud a Jun g, 3 0 de diciem bre de 1 9 0 6 . Ib íd ., 1 6 -1 7 (1 6 -1 7 ).
1 4 . Freud a Jung, 1 de en e ro de 1 9 0 7 . Ib íd ., 18 (1 7 ).
1 5 . Por lo m en os en tres o p o rtu n id a d es F reud a p licó a Jung el térm ino "prách-
tig" ( “e splénd id o"); v é a n se las cartas a F er en cz i d el 18 de enero de 1909;
17 de m ayo de 1 9 0 9 , y 2 9 de d iciem b re de 1 9 1 0 . C o rresp ond en cia Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
1 6 . Freud a F eren czi, 29 d e d iciem b re d e 191 0 . Ibíd.
17. Freud a Jung, 13 de a g o sto de 1 908. Freud-Jung [C orrespondencia] 186 (1 6 8 ).
1 8 . Jung a Freud, 2 0 de febrero de 1 9 0 8 . Ib íd ., 135 (1 2 2 ).
1 9 . M artin Freud, Freud, 1 0 8 - 1 0 9 .
2 0 . V é a se C ari G. J u n g , M e m o r ie s , D r e a m s , R e f le c tio n s ( 1 9 0 2 , trad . de
R ichard y C lara W in sto n , 1 9 6 2 ). 1 4 6 -1 4 7 [trad. ca st.: R e c u e r d o s, su e ñ o s,
p e n s a m ie n to s , B a r ce lo n a , S e ix Barral, ■'1986].
2 1 . M artin Freud, Freud, 1 0 9 .
[750 ] N otas
2 2 . B in sw an ger, Erinnerungen, 1 1 .
2 3 . Jung a F reud, 31 d e m arzo d e 1 9 0 7 . Freud-Jung ¡C o rresp o n d en cia ), 2 6
(2 5 ).
2 4 . Freud a Jung, 7 de abril de 1 9 0 7 . Ib íd., 2 9 (2 7 ).
2 5 . B insw anger, qu e r eg istró e ste e p iso d io , no pudó recordar el c o n ten id o d el
sueño de Jung, sin o s ó lo la in terp retación de Freud. ( V é a se B in sw a n g e r,
Erinnerungen, 1 0 .)
2 6 . Jung a Freud. 2 4 de m ayo de 1 9 0 7 . Freud-Jung / C orrespon den cia) , 5 4 ( 4 9 ) .
2 7 . Freud a Jung, 2 1 d e abril d e 1 9 0 7. Ib íd ., 4 4 (4 0 ).
2 8 . Jung a Freud, 4 de ju n io de 1 9 0 7 . Ib íd ., 6 2 ( 5 6 ).
2 9 . Freud a Jung, 10 d e ju lio d e 1 9 0 7 . Ib íd ., 8 3 (7 5 ).
3 0 . Freud a Jung, 18 d e a g o sto de 1 9 0 7 . Ib íd., 85 (7 7 ).
3 1 . Freud a Jung. 2 7 d e a g o sto de 1 9 0 7 . Ib íd ., 88 (7 9 ).
3 2 . Jung a F eren czi, 6 d e enero de 1 9 0 9 . Cari G . Jung, B riefe [ E p isto la rio ),
c om p . de A n ie la J a ffé c o n Gerhard A dler, 3 v o ls . (1 9 4 6 -1 9 5 5 ; 3 a . ed .,
1 9 8 1 ) , I, 2 6 .
3 3 . Jung a Freud, 2 8 d e o ctu bre de 1 907. Freud-Jung (C o rresp o n d en cia), 1 0 5
(9 5 ).
3 4 . Freud a Jung, 15 d e n o v iem b r e de 1 9 0 7 . Ib íd., 108 (9 8 ).
3 5 . Freud a A braham , 3 de m ayo de 1 9 0 8 . F reud-A braham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham), 4 7 ( 3 4 ).
3 6 . Freud a Sab in e S p ie lre in , 2 8 d e a g o sto de 1 9 1 3 . T ranscripción m eca no g ra
fiada. C on perm iso de Sigm u nd Freud C o pyrig hts, W iv e n h o e.
3 7 . Freud a A braham , 23 d e ju lio de 1 9 0 8 . F reud-Abraham [ C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham], 5 7 ( 4 6 ).
3 8 . Freud a A braham , 11 de octu bre de 1 9 0 8 . Ib íd ., 6 4 (5 4 ).
3 9 . Freud a A braham , 2 6 de d iciem b re de 1908. Ib íd., 73 (6 4 ).
4 0 . V éase Freud a A braham , 2 0 d e ju lio de 1 9 0 8 . P apeles de Karl A braham ,
LC.
4 1 . Freud a A braham , 23 d e ju lio de 1 9 0 8 . F reud-Abraham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham), 5 7 ( 4 6 ).
4 2 . Freud a A braham , 2 0 d e ju lio d e 1 9 0 8 . Ib íd., 5 7 (4 6 ).
4 3 . Freud a F eren czi, 8 de jun io de 1913. C orresp ond en cia F reud -Ferenczi, LC.
4 4 . Jung a Freud, 8 de enero d e 1 9 0 7 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 21 ( 2 0 ).
4 5 . Jung a Freud, 11 de m arzo d e 1 9 0 9 . Ib íd ., 2 3 4 (2 1 1 -2 1 2 ).
4 6 . “S e ib std arstellu n g ” , G W X IV , 78/F‘A utobiograp hical Study” (“ P resentación
autob iográfica” ). SE X X , 5 1 .
4 7 . Thorndike a Jam es C a tte ll, 6 d e ju lio d e 1 9 0 4 . C itado e n D o ro th y R o ss,
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4 8 . H all a “ S ieg m u n d ” Freud, 15 de diciem bre d e 1 9 0 8 . C itado e n ib íd ., 3 8 6 .
4 9 . V éase W illia m A . K o e lsc h , "¡ncredible D a y D rea m " : F reud a n d Jung a i
C lark, T h e F ifth Paul S . C larkson L ecture (1 9 8 4 ), sin fo lia c ió n .
5 0 . "G eschich te der p sy ch o a n a ly tisc h e n B e w eg u n g ”, G W X , 4 4 , 70/*‘H isto ry
o f the P sych o a n a ly tic M o v em en t” [“C o n trib u ció n a la h isto r ia d e l m o v i
m ien to p s ic o a n a lític o ”], SE X IV , 7 , 3 0 -3 1 .
5 1 . “S eib std arstellu ng" , G W X IV , 7 8 /“A utobiograp hical Study” [“ P resentación
au tob iográfica”], SE X X , 5 2 .
5 2 . Freud a F eren czi, 10 de enero de 1 909. C orrespondencia, F reud -Ferenczi,
Freud C ollectio n , LC .
5 3 . Freud a F eren czi, 17 d e enero de 1909. Ibíd.
5 4 . Freud a F eren czi, 2 de febrero de 1 909. Ibíd.
5 5 . Freud a F eren czi, 2 8 de febrero d e 1 909. Ibíd.
5 6 . V éase Ferenczi a Freud, 11 de enero de 1909. Ibíd.
N otas [7 5 1 ]
57. F eren czi a Freud, 2 de m arzo de 1 9 0 9 . Ibíd.
58. Freud a F eren czi, 9 de m arzo de 1 9 0 9 . Ibíd.
59. Freud a Abraham , 9 de m arzo de 1909. Papeles de Karl Abraham , LC,
60. Freud a F er en cz i. 2 5 de abril de 1 9 0 9. C o rr esp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
61. Freud a F eren czi, 25 d e j u lio de 1 9 0 9 . Ib íd,
62. Freud a Jung, 18 de ju n io de 1 9 0 9 . Freud-Ju ng [C o rre sp o n d e n c ia !, 2 5 8
( 2 3 4 ).
63. Freud a F er en cz i, 2 5 de ju lio de 1 9 0 9 . C o rresp o n d en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
64. V éa se Freud a Jung, 7 de ju lio d e 1 909. Freud-Jung (C o rresp o n d en cia ], 2 6 4
(2 4 0 ).
65. V éase Jon e s [ V id a y o b ra d e Sigm und F reud] II, 5 5 .
66. Bril] a S m ith E ly J e llif fe , 4 d e d iciem b re d e 1 9 4 0 . C itado e n H ale, Freud
a n d th e A m eric a n s, 3 9 0 .
67. Ib íd ., 3 9 1 .
68. J o n e s , F ree A s s o c ia tio n s , 2 3 0 - 2 3 1 .
69. C itado en Jo n e s [V id a y o b ra d e S igm un d F re u d ] II, 5 5 - 5 6 .
70. S ob re e l agua de h ie lo , v é a se A nna Freud a E rnest Jones, 10 d e m arzo de
1954. P a p e le s d e J o n e s, A rc h iv o s de la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty ,
Londres.
71. Freud a P fister, 17 de m arzo de 1 9 1 0 . C o n p erm iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
72. Jon es a Freud, 12 de feb rero de 1 9 1 0 . C o n p e r m iso d e S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
73. V éa se Freud a J o n es, 27 d e enero de 1 9 1 0 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC. V éa
se tam b ién Jo n e s [V id a y o b ra d e S igm un d F reu d ] II, 5 9 - 6 0 .
74. J on e s [V id a y o b ra d e Sigm und F reud] II, 5 9 .
75. V éa se K o e lsc h , In cre d ib le D a y D ream , s in f o lia c ió n .
76. V éase H ale, F reu d a n d th e A m erica ns, 3 - 2 3 .
77. “ Selb std a rste llu n g ”, G W X IV , 7 8 f A u to b io g ra p h ica l Study" [“ Presentación
a u tob iográfica ”], SE X X , 5 2 .
78. J on e s IV ida y o b ra d e S igm un d F reud! I I. 5 7 .
79. Jam es a M ary W . C a ik in s, 19 d e se p tie m b re de 1 9 0 9 . C itado en R alph
B a r to n P erry , T h e T h o u g k t a n d C h a r a c t e r o f W illia m J a m e s , 2 v o l s .
( 1 9 3 6 ), II, 1 2 3 .
80. Jam es a F lo u rn o y , 2 8 de se p tie m b re d e 1 9 0 9 . T h e L e t te r s o f W illia m
J am es, co m p , de H enry Ja m es, 2 v o ls . ( 1 9 2 0 ), II, 3 2 7 - 3 2 8 .
81. V éa se Jung a V ir g in ia P a y ne, 23 de j u lio d e 1 9 4 9 . Jung, B riefe , II, 1 5 9 .
82. V éase Jung a Freud, 14 de octubre d e 1 9 0 9 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ],
27 5 ( 2 5 0 ). V é a se ta m b ién Jung a V ir g in ia P a y n e , 2 3 d e j u lio de 1 949.
lu n g , B riefe II, 1 5 8 .
83. Freud a M ath ild e H o llitsch er , 23 de sep tiem b re d e 1 9 0 9 . Freud C o lle ctio n ,
B l . LC .
84. V éa se Jung a Freud, 14 de octubre de 1 9 0 9 . Freud-Jung [C o rre sp o n d e n c ia ],
2 7 5 (2 5 0 ).
85. Freud a Jung, 11 de n o v iem b r e de 1 9 0 9 . Ib íd., 2 8 6 ( 2 6 0 ). Freud se ñ a ló el
lap su s en un c o m en ta rio al m argen, p ero m in im iz ó su im portancia.
86. Freud a F er en cz i, 6 d e abril de 1 9 1 1 . C o rr esp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
87. J o n e s. F ree A ss o c ia tio n s, 2 1 9 .
88. V é a se ib íd ., 2 1 9 - 2 2 0 .
89. Freud a Jones. 2 0 de n o v iem b r e de 1 9 0 8 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 ,
[752] N otas
LC. En Jon es [V id a y o b ra d e Sig m un d F reud] II, 6 2 , e sta carta aparece
citad a en su totalidad, pero fecha d a erróneam ente en 1909.
90. Freud a O tto R ank, 13 de sep tie m b re de 1 9 1 2 . R ank C o lle c tio n , C aja Ib .
Rare B ook and M anuscripl Library, C olum b ia U niv ersity .
91. “ G e sch ich te der p sy ch o an a ly tisc h e n B e w eg u n g ” , G W X , 5 8 /“ H isto ry o f the
P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t [“C o n trib u ció n a la h isto ria del m o v im ien to
p s ic o a n a lític o '1}, SE X IV , 19.
92. V éase Freud a Jones, 15 de n o v iem b re de 1 9 1 2 . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
93. Freud a F eren czi, 10 d e abril de 1 9 1 1 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC,
94. Freud a F eren czi, 17 d e octubre d e 1 9 1 2 . Ibíd.
95. Freud a Jones, 21 de febrero de 1 9 1 4 . En in g lés. Freud C o llectio n , D 2 , LC.
96. V éase 26 d e abril de 1 9 1 1 . P r o to k o lle , III, 2 2 3 - 2 2 6 . " B estia c o n ta len to ,
K..K.”: Freud a F eren czi, 13 de feb rero de 1 9 1 0 , C o rresp ond en cia Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC . “T a len to h istr ió n ico ”: Freud a F eren czi, 12
d e abril d e 1 9 1 0 . Ibíd.
97. B leu ler a Freud, 4 de d iciem bre d e 1911. Freud C o lle ctio n , D 2, LC.
98. Freud a F eren czi, 3 0 de n oviem bre de 1 9 1 1 . C orrespondencia Freud-Fercnc-
zi, Freud C o lle ctio n , LC.
99. J o n e s, F ree A ss o c ia tio n s, 1 6 9 .
100. 7 de noviem bre de 1 9 0 6 . P r o to k o lle , I, 3 6 - 4 6 .
101. 27 de n ov iem b r e d e 1 9 0 7 , Ib íd ., 2 3 7 .
102. 18 de dicie m b r e d e 1 9 0 7 . Ib íd ., 2 5 7 .
103. Freud a Abraham , 1 de enero de 1 9 1 3 . P apeles de Karl Abraham , LC.
104. Freud a F er en cz i, 3 de abril de 1 9 1 0 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
105. Freud a Jones, 15 de abril de 1 9 1 0 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
106. Freud a F er en cz i, 3 de abril de 1 9 1 0 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
107. W itte ls, Freud, 14 0 . U n relato m ás m elo d ra m á tico pero m en o s v e r o sím il,
en e l qu e se h a b la de lá g rim a s rod a n d o por la s m e jilla s d e F reud , se
encuentra e n la A u to b io g r a p h y o f W ilh e lm S te k e l, 1 2 8 - 1 2 9 .
108. “G e sch ich te der p sy ch o a n a ly tisc h e n B e w e g u n g ”, G W X , 8 4 -8 6 /" H isto ry o f
the P sych o a n a ly tic M o v em en t” [“C o ntribu ció n a la historia d el m o v im ie n
to p s ic o a n a lític o ” ), SE X IV , 4 2 -4 4 .
109. 6 de abril de 1 9 1 0 . P ro to k o lle , II, 4 2 7 ,
110. Ib íd ., 4 2 5 .
111. Freud a F er en cz i, 12 de abril de 1 9 1 0 . C orresp o nd en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
112. V éase 6 de abril de 1 9 1 0 . P r o to k o lle , II, 4 2 2 - 4 3 0 .
113. “ H istory o f the P sy c h o a n a ly tic M o v em en t” (“C o n trib u ció n a la h isto ria
d el m o v im ien to p sic o a n a lític o ” ), SE X IV , 50 .
114. Freud a F er en cz i, 3 de abril de 1 9 1 0 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
115. V éase Cari Furtm üller, "A lfred A dler: A B io g ra p hica l E ssa y ”, en A lfred
A dler, S u p e r io r ity a n d S o c ia l I n te r e s t: A C o lle c tio n o f L a te r W ritin g s ,
c o m p . de H e in z L. y R o w en a R. A n sb a ch er (1 9 6 4 ; 3a ed ., 1 9 7 9 ), 3 4 5 - 3 4 8 ,
particularmente inform ativo porque Furtmüller fue m uy partidario de Adler.
116. Freud a Jung, 18 de ju n io d e 1 9 0 9 . Freud-Jung { Correspon den cia] , 2 5 9 - 2 6 0
( 2 3 5 ).
117. Freud a P fister, 2 6 de febrero de 1 9 1 1 . Freud-Pfister, 4 7 ( 4 8 ).
118. Freud a Jung, 3 de diciem bre de 1 9 1 0 . Freud-Jung ¡C orrespon den cia] , 4 1 5
( 3 7 6 ).
N otas [753]
1 1 9 . Freud a F eren czi, 2 3 d e n oviem bre de 191 0 . C o rresp ond en cia F reud -Ferenc
z i, Freud C o lle c tio n , LC .
1 2 0 . 4 de enero y 1 d e feb rero de 1 9 1 1 . P r o to k o lle , III, 1 0 3 - 1 1 1 , 1 3 9 - 1 4 9 .
1 2 1 . 1 de feb rero d e 1 9 1 1 . P ro to k o lle , III, 1 4 3 - 1 4 7 .
1 2 2 . V é a se ib íd ., 1 4 7 -1 4 8 .
1 2 3 . 2 2 d e feb rero d e 1 9 1 1 . Ib íd ., 1 6 8 -1 6 9 .
1 2 4 . Freud a F eren czi, 12 d e m arzo de 1 9 1 1 . C o rresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
1 2 5 . Freud a J o n e s, 9 de a g o sto de 1 9 1 1 . En in g lé s . F reud C o lle c tio n , D 2 , LC .
1 2 6 . V é a s e F reud a Ju n g , 15 d e ju n io y 13 d e j u li o d e 1 9 1 1 . F reud -J u ng
[ C orrespon den cia} , -473. 4 7 9 (4 2 8 , 4 3 4 ) .
1 2 7 . A d ler a J on e s, 7 d e ju lio d e 1 9 1 1 . P a p e le s de J o n es, A r c h iv o s d e la B ritish
P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.
1 2 8 . A d ler a Jo n e s, 10 de ju lio de 191 1 . Ib íd. A dler esta b a ex a g era n d o la e x te n
s ió n del p eríod o de su le a lta d a) p sico a n á lisis: para qu e las c o sa s fueran
co m o é l d e c ía, tendría qu e haber sid o freud iano ya en 189 6 .
1 2 9 . A d ler a Jones, 7 d e sep tie m b re de 1 9 1 1 . Ibíd.
1 3 0 . Freud a F eren czi, 5 de octubre de 1 911. C o rresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
1 3 1 . Freud a Jung, 12 de o ctu bre de 1 9 1 1 . Freud-Jung [ C orrespon den ciaJ, 4 9 3
( 4 4 7 ).
1 3 2 . P h y llis B o tc o m e , A lfre d A d le r: A p o stle o f F re e d o m ( 1 9 3 9 , 3 a . e d ., 1 9 5 7 ),
7 6 -7 7 . P u esto que B o tto m e era e l b ió g ra fo a utorizad o de A dler, y e l in ci
dente sin duda no h ab la en fa v o r d el b io g ra fia d o , lle v a e l se llo de la auten
ticidad, aunque parece m en os que probable que Freud le rogara a A dler que
n o se fuera.
1 3 3 . Freud a Jung, 15 d e ju n io de 1 911. Freud-Jung [C orrespondencia], 4 7 2 ( 4 2 8 ).
1 3 4 . Em m a Jung a F reud, 3 0 d e octu bre de 1 9 1 1 . Ib íd ., 4 9 9 ( 4 5 2 ).
1 3 5 . Freud a F eren czi, 5 d e n oviem bre de 1 911. C orresp ond en cia F reud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC .
1 3 6 . V éa se Jung a Freud, 3 de d iciem bre de 1 9 1 2 . Freud-Jung [ C orresp o n d en cia },
5 8 3 - 5 8 4 , 5 8 4 n (5 2 6 , 5 2 6 n ) . V é a se ta m b ié n Ju n g , M e m o r ie s , D r e a m s ,
R e fle c tio n s [R e c u e r d o s , su eñ o s, p e n sa m ie n to s}, 1 5 8 .
1 3 7 . Freud a P fister , 4 d e ju lio de 1 9 1 2 . Freud-P fister, 57 ( 5 6 - 5 7 ) .
1 3 8 . "T he H o u sto n F ilm s ” ( 1 9 5 7 ) , una e n tr e v ista e n C .G . J u n g S p e a k in g :
i n te r v ie w s a n d E n c o u n te r s , co m p . d e W illia m M cG u ire y R .F .C . H u ll
(1 9 7 7 ), 3 3 9 .
1 3 9 . ‘T h e 'F ace to F a c e ’ In te rv iew with John F reem an”, en la B B C , 1 9 5 9 , en
ib íd ., 4 3 3 .
1 4 0 . Jung a Freud, 14 de d icie m b r e de 1909. Freud-Jung [C o rre sp o n d e n c ia ] 3 0 3
( 2 7 5 ).
1 4 1 . Jung a F reud, 15 d e n o v iem b r e de 1 9 0 9 . Ib íd .. 2 8 9 ( 2 6 2 ).
1 4 2 . Jung a Freud, 3 0 d e n o v iem b r e/2 de dicie m b r e de 1 9 0 9 . Ib íd ., 2 9 7 ( 2 7 0 ).
1 4 3 . Jung a Freud. 2 5 -3 1 de d iciem b re de 1 9 0 9 . Ib íd ., 3 0 8 (2 8 0 ).
1 4 4 . Freud a Jun g, 2 d e e n e ro d e 1 9 1 0 . Ib íd ., 3 1 2 ( 2 8 3 -2 8 4 ) .
1 4 5 . V éase Freud a F eren czi, 1 de enero de 1 910. C orresp ond en cia F reud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC .
1 4 6 . Jung a Freud, 7 de m a rzo d e 1 9 0 9 . F reud-Jung ( C o rresp o n d en cia / , 2 2 9
( 2 0 7 ).
1 4 7 . Jung a Freud, 11 d e feb rero de 1 9 1 0 . Ib íd ., 3 2 4 ( 2 9 4 ).
1 4 8 . Freud a Jun g, 13 d e e n e ro d e 1 9 1 0 . Ib íd ., 3 1 6 ( 2 8 7 ).
1 4 9 . Freud a F eren czi, 13 d e febrero de 191 0 . C orresp ond en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
[754] N otas
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( 2 7 6 ).
1 5 2 . Jung a Freud, 25 de dicie m b r e d e 1 9 0 9 . Ibíd., 307 ( 2 7 9 ).
1 5 3 . Freud a Jung. 2 de enero de 1910. Ib íd ., 311 ( 2 8 2 ).
1 5 4 . Freud a Jung, 6 de m arzo de 1 9 1 0 . Ib íd., 331 ( 3 0 0 ).
1 5 5 . Jung a Freud, 9 de m arzo de 1 9 1 0 . Ib íd., 3 3 3 ( 3 0 2 ).
1 5 6 . Jung a Freud, 2 6 d e ju lio y 2 9 de a g o sto de 1 9 1 1 . Ib íd ., 4 8 2 , 4 8 4 (4 3 7 ,
4 3 8 ).
1 5 7 . Jung a Freud, 14 de n o v iem b re d e 1911. Ib íd ., 5 0 9 (4 6 0 ).
1 5 8 . Jung a Freud, 3 de m arzo de 1912. Ib íd ., 5 44 ( 4 9 1 ).
1 5 9 . J u n g a Freud, 10 d e m arzo de 1 9 1 2 . Ib íd., 5 4 6 ( 4 9 3 ).
1 6 0 . Freud a Jun g, 5 de m arzo de 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 4 6 ( 4 9 3 ).
1 6 1 . Jung a F reud, 3 de m arzo de 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 4 4 ( 4 9 1 ). P asaje lo m ado de
A s i h ablaba Z a ra th u stra , parle I, se c c ió n 3.
1 6 2 . Freud a Jun g, 5 de m arzo de 1 9 1 2 . Freud-Jung fC o rre sp o n d e n c ia /, 5 4 5
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C o lle c tio n , D I . LC.
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hab id o tiem p o su fic ie n te para v isita r a Jung: "S in tiem p o su fic ie n te para
Zurich” ( “N a ch Z ü rich g in g s nich t m e h r" . P apeles de Karl Abraham , LC .)
1 6 5 . Jung a F reud, 8 d e ju n io de 1 9 1 2 . F reud-Ju ng / C o rresp o n d en cia ¡, 5 6 4
( 5 0 9 ). Jung usó por prim era v e z la e x p r esió n “ g e sto de K reu zling en" en
una carta a Freud d e l 18 de ju lio d e 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 6 6 ( 5 1 1 ).
1 6 6 . Freud a Jun g, 13 de ju n io de 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 6 5 -5 6 6 (5 1 0 -5 1 1 ) .
1 6 7 . J o n e s ¡ V id a y o b ra d e Sigm un d F reud) II, 1 5 2 .
1 6 8 . Freud a Jones, ] de a g o sto de 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
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1 7 2 . Freud a Jones, 2 2 de ju lio de 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2, LC.
1 7 3 . Freud a Abraham , 2 9 de ju lio de 1912. P apeles de Karl A braham , LC.
1 7 4 . Ibíd.
1 7 5 . Freud a F eren czi, 2 8 de ju lio de 1 9 1 2 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
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1 7 7 . Freud a F eren czi, 2 8 de ju lio de 1 9 1 2 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 7 8 . Freud a Jo n e s, 2 2 de septiem b re de 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 ,
LC.
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5 7 1 - 5 7 2 (5 1 5 -5 1 6 ) .
1 8 1 . Ib íd ., 5 7 3 ( 5 1 6 -5 1 7 ) .
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N otas [755]
1 8 6 . Ibíd. V éase tam b ién 6 de n o v iem b r e d e 1 9 1 2 . P r o to k o lle , IV , 1 0 8 -1 0 9 n .
1 8 7 . Freud a Jones, 15 de no v iem b re de 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2,
LC.
1 8 8 . Freud a Abraham , 1 de enero de 1 9 1 3 . P apeles de Karl Abraham , LC.
1 8 9 . Freud a Jung, 14 d e n o v iem b r e de 1 9 1 2 . F reud-Jung [C o rresp o n d en cia ],
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1 9 1 . FTeud a F eren czi, 26 de noviem bre de 1912. C orresp ond en cia Freud-Ferenc-
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1 9 2 . Jo n e s [ V ida y o b ra d e Sigm un d F reu d ] 1. 3 1 7 .
1 9 3 . Jung a Freud. 26 d e n o v iem b r e de 1 9 1 2. Freud-Jung [ C o rresp o n d en cia],
5 7 9 ( 5 2 2 ).
1 9 4 . Freud a Jung, 2 9 de n o v iem b r e de 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 8 1 -5 8 2 (5 2 4 ).
1 9 5 . Jung a Freud, 3 de d icie m b r e de 1 9 1 2 . Ib íd., 5 8 3 -5 8
1 9 6 . Freud a Jung, 5 de d iciem b re d e 1 9 1 2 . Ib íd ,, 587 (5
1 9 7 . V éa se Jung a Freud, 7 d e d iciem b re d e 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 8 9 -5 9 1 (531 -5 3 2 ).
1 9 8 . Freud a Jung, 9 de d icie m b r e de 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 9 2 (5
1 9 9 . Jung a Freud, sin fec h a [esc rito entre el 11 y e l 14 d e d iciem bre de 1 9 1 2 ],
Ib íd ., 5 9 2 (5 3 3 ).
2 0 0 . Freud a Jung, 16 de d icie m b r e d e 1 9 1 2 . Ib íd ., 5 9 3 ( 5 3 4 ).
2 0 1 . Freud en una c o n v e rsa c ió n c o n J o n es. (J o n es ( V id a y o b ra d e S ig m u n d
Freud] II, 8 6 .)
2 0 2 . Jung a Freud, 18 de d iciem bre de 1 912. Freud-Jung (C o rresp o n d en cia ], 5 9 4
( 5 3 4 -5 3 5 ) . Jung u t iliz ó la palabra fra n cesa truc.
2 0 3 . Ib íd ., 5 9 4 (5 3 5 ).
2 0 4 . V éa se Freud a Jung, 2 2 de d iciem b re de 1 9 1 2 . Ib íd., 5 9 6 (5 3 7 ).
2 0 5 . Freud a Jones, 26 de d icie m b r e de 1 9 1 2 . En in g lés . Freud C o lle ctio n , D 2,
LC.
2 0 6 . Freud a F eren czi, 23 de enero d e 1 9 1 2 . C orresp o nd en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
2 0 7 . V éa se Freud a Jo nes, 26 de d iciem b re de 1 912. Freud C o lle ctio n , D 2, LC.
2 0 8 . Ibíd.
2 0 9 . Freud a Jones, 1 de enero d e 1 9 1 3 . En in g lés . Ibíd,
2 1 0 . Freud a Jung, 3 de en ero de 1 9 1 3 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 5 9 8 - 5 9 9
( 5 3 8 -5 3 9 ) .
2 1 1 . Freud a F eren czi, 23 de diciem bre d e 1912. C orrespondencia Freud-Ferenc-
zi, F reud C o lle c tio n . LC.
2 1 2 . Jung a Freud (tarjeta postal m eca no g ra fia da y firm ada), 6 de enero de 191 3 ,
Freud-Jung [C o rre sp o n d e n c ia ], 6 0 0 ( 5 4 0 ).
2 1 3 . M em orando m eca no g ra fia do , P apeles de Karl A braham , LC. N o tien e fecha,
pero el 13 d e m arzo Jo n es e scr ib ió una resp uesta d e ta lla d a (ib íd ,), de m odo
qu e debió d e e n v ia rse aproxim adam ente e l 10 u 11 de m arzo de 1 9 1 3 .
2 1 4 . Freud a F er en cz i, 8 de m a y o de 1 9 1 3 . C orresp o n d en cia F reu d -F eren czi,
Freud C o lle ctio n , LC.
2 1 5 . Enviada el 4 de ju lio de 1 9 13 . C o rresp ond en cia F reud-Jones, Freud C o lle c
tio n , D 2 , LC .
2 1 6 . Jung a Freud. 2 9 de ju lio de 1 9 1 3 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 6 0 9 - 6 1 0
(5 4 8 ).
2 1 7 . V éase Jung a Henri F lou rn oy, 29 de m arzo de 1 949, en la que “ pauta de
conducta” (" p a ttern o f b e h a v io u r”) e stá en in g lé s . Jung, B rie fe [ E p is to la
rio/ , II, 151.
2 1 8 . Jung a J.H. van der H o o p , 14 de en e ro de 1 9 4 6 . Ib íd ., 9,
[756] N otas
2 1 9 . F ie u d a Jung, 18 d e febrero de 1 9 1 2 . Freud-Jung ¡C orresp o n d en cia ) 5 3 7
(4 8 5 ).
2 2 0 . Jung a Freud, 2 5 d e d iciem b re d e 1 909. Ib íd., 3 0 7 ( 2 7 9 ).
2 2 1 . F reud a F er en cz i, 8 de ju n io de 1 9 1 3 . C o rr esp o n d en cia F reu d -F eren czi,
Freud C olle ctio n , LC.
2 2 2 . Freud a F eren czi. 4 de m ayo de 191 3 . Ibíd.
2 2 3 . V é a se J o n e s ( V id a y o b ra de S igm un d F re u d j II, 1 0 2 .
2 2 4 . V é a se Jon es, F re e A s s o c ia tio n s, 2 2 4 .
2 2 5 . “G e sch ic h te der p sy ch o a n a ly tisc h e n B ew eg u n g ” , GW X , 8 8 /" H isto ry o f the
P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t" [ “C o ntribu ció n a la h isto ria del m o v im ien to
p s ic o a n a lític o ” ]. SE X IV , 4 5 .
2 2 6 . A nd reas-Salom é, In d e r Sch u le b e i F reud ¡A p ren d ien d o con F reud], 19 0 -
191.
2 2 7 . Freud a A braham , 2 de n oviem bre de 191 3 . F reud-A braham / C o rresp o n d en
cia Freud-Abraham }, 1 5 0 ( 1 5 2 ).
2 2 8 . E xp re sió n de Jung p u b lica d a en e l J ahrbuch, reproducida en Freud-Jung
(C orrespon d en cia ] , 6 1 2 .
2 2 9 . Jung a Freud. 27 d e octu bre de 191 3 . Ib íd., 6 1 2 (5 5 0 ).
2 3 0 . Freud a Jones, 13 de n o v iem b r e de 191 3 . En in g lés. Freud C o lle ctio n , D 2,
LC.
2 3 1 . Freud a F eren czi, 3 0 de octubre de 1913. C orrespondencia, F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
2 3 2 . Freud a Jones, 8 de enero de 1 9 1 4 . En in g lés. Freud C o lle ctio n , D 2, LC .
2 3 3 . Freud a Abraham , 17 de m ayo de 1914. Papeles de KarlAbraham , LC.
2 3 4 . Jones a A braham , 2 9 de d iciem b re de 1 9 1 3 . Ib íd.
2 3 5 . Jones a A braham , 14 de en ero de 1 9 1 4 . Ibíd.
2 3 6 . A braham a Jo nes, 11 d e en ero d e 1 9 1 4 . P apeles de Jones, A rc h iv o s d e la
B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
2 3 7 . Freud a F eren czi, 9 de n oviem bre de 1 913. C orrespondencia Freud-Ferenc-
zi, F reud C o lle c tio n . LC.
2 3 8 . Freud a F eren czi, 12 d e enero de 191 4 . Ibíd.
2 3 9 . A braham y E itin g o n a Freud (teleg ra m a ), 22 de abril de 1914. Papeles de
Karl Abraham , LC.
2 4 0 . Freud a F er en cz i, 2 4 de abril de 1 9 1 4 . C orresp o n d en cia F reud -Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
2 4 1 . Freud a A braham , 18 de ju lio de 1 9 1 4 . F reud-Abraham ¡C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham), 1 78 (1 8 4 ).
2 4 2 . Freud a A braham , 26 de ju lio de 1 9 1 4 . Ib íd., 1 8 0 (1 8 6 ).
2 4 3 . E itin g o n a F reud , 6 de j u lio de 1 9 1 4 . C o n p erm iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ls, W iv e n h o e.
2 4 4 . Freud a Putnam, 8 d e j u lio de 1 9 1 5 . J a m es Ja c k so n P u tn a m : L etters , 3 7 6 .
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2 4 6 . '‘S e ib std a rste llu n g ”, G W XI V ,8 0 /“ A u tobiograp hical S tu d y ” [“Presentación
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E rinnerungen, 3 2 .
CAPmiLO SEIS. T era p ia y té cn ica
1. 6 de n oviem b r e d e 1 9 0 7 . P ro to k o lle , I, 2 1 3 . V éa se tam b ién 3 0 d e octu bre
y 6 d e n o v iem b r e de 1 9 0 7 . Ib íd ., 2 1 2 -2 2 3 .
2 . J o n e s, F ree A s s o c ia tio n s, 1 6 6 .
N otas [757]
3 . Ib íd.
4 . Su nom bre real era Ida Bauer, y su herm ano O tto iba a c o n v ertirse en un
d esta ca d o p o lític o so c ia lista en A ustria .
5 . Freud a F lie ss, 14 de o ctu bre de 1 9 0 0 . Freud-F liess, 4 6 9 ( 4 2 7 ).
6 . Freud a F lie s s , 2 5 de en ero de 1 9 0 1 . Ib íd ., 4 7 6 (4 3 3 ).
7 . Ibíd.
8 . Freud a F lie ss, 11 d e m arzo de 1 9 0 2 . Ib íd ., 501 ( 4 5 6 ).
9 . V éase “ E ditor’s N o te ”, SE V II, 5.
1 0 . “B ruchstü ck e in er H y ste rie -A n a ly se ” [“ D o ra ”) (1 9 0 5 ), G W V , 1 6 4 /“ Frag-
m en t o f an A n a ly s is o f a C ase o f H y ste ria ” [“ D o ra ”], S E V II, 11,
1 1 . Ib íd ., 1 6 5 - 1 6 6 / 9 .
1 2 . I b íd ., 186 / 2 8 .
1 3 . «D ora, sin duda, estaba enam orada d e l señor K ., que a ju ic io de Freud era
un hom b re p erfecta m en te presen ta b le. Pero m e pregunto c uántos de n o s o
tros com p a rtir ía m o s sin r eserv a s h o y en día la a firm a c ió n d e Freud en
cuanto a que una jo v e n sana, en ta les circ u n sta n c ia s, n o habría c o n sid erad o
qu e los r eq u erim ien to s d el señor K. no eran “ ni fa lto s d e ta cto ni o fe n si
v o s ” .» (Erik H. E rik son, " P sy c h o lo g ica l R ea lity and H isto r ica l A ctu a lity"
[ 1 9 6 2 ], e n I n sig h t a n d R e s p o n s ib iü ty : L e c tu r e s on th e E th ic a l ¡m p lica -
tio n s o f p s y c h o a n a ly tic I n s ig h t [ 1 9 6 4 ] , 1 6 9 .
1 4 . “D ora”, G W V . 2 1 9 /S E V II, 5 8 - 5 9 .
1 5 . Ib íd ., 2 0 7 / 4 7 - 4 8 .
1 6 . I b íd ., 2 3 1 - 2 3 2 / 6 9 -7 0 .
1 7 . I b íd ., 2 3 2 / 7 0 .
1 8 . I b íd ., 2 7 2 - 2 7 3 / 1 0 8 - 1 0 9 .
1 9 . I b íd ., 2 7 2 / 1 0 9 .
2 0 . I b íd ., 2 8 2 / 1 1 8 .
2 1 . I b íd ., 2 8 1 , 2 8 2 - 2 8 3 / 1 1 7 , 1 1 9 .
2 2 . I b íd ., 2 7 2 / 1 0 9 .
2 3 . “ D ie zu k ü n ftig en C han cen der p sy ch o a n a ly tisc h e n T h er a p ie ” (1 9 1 0 ), G W
VIII, 10 8 /“T h e Future P rospects o f P sy ch o a n a ly tic T h erapy" , SE X I, 1 4 4 .
2 4 . I b íd ., 108 / 1 4 4 - 1 4 5 .
2 5 . "Dora", G W V , 2 4 0 I S E V II, 7 7 - 7 8 .
2 6 . V é a se ib íd ., 2 3 9 - 2 4 0 / 7 7 .
2 7 . Freud a Jones, 2 2 d e sep tiem b re de 1 9 1 2 . En in g lés . F reud C o lle c tio n , D 2 ,
LC.
2 8 . Freud a J on e s, 1 d e ju n io d e 1 9 0 9 . En in g lé s . Ibíd.
2 9 . Freud a J on e s, 15 de abril de 1 9 1 0 . En in g lé s . Ib íd.
3 0 . “A n a ly s e der P h o b ie e in e s f ü n fjá h r ig e n K n a b e n ” [ “ D er k le in e H a n s]
( 1 9 0 9 ) , G W V II, 3 7 7 /“ A n a ly sis o f a P ho b ia in a F iv e -Y e a r-O ld B o y ” [“ Lit-
t le H an s”], SE X , 1 4 7 .
3 1 . I b íd ., 3 7 2 / 1 4 1 .
3 2 . I b íd ., 2 5 2 / 15 .
3 3 . I b íd ., 2 4 5 , 2 4 7 / 7 - 8 , 10 .
3 4 . Ib íd ., 2 6 0 -2 6 1 / 2 5 .
3 5 . I b íd ., 2 6 3 / 2 7 .
3 6 . I b íd ., 2 9 9 / 6 4 .
3 7 . I b íd ., 2 6 9 / 3 4 .
3 8 . I b íd ., 3 0 7 , 3 0 7 n / 7 2 , 7 2 n .
3 9 . Ib íd ., 2 4 3 - 2 4 4 / 6 .
4 0 . I b íd ., 3 7 7 / 1 4 7 .
4 1 . “N ach sch rift zur A n a ly se des K lein en H an s” (1 9 2 2 ), G W X III, 4 3 1 /“P o st-
s c r ip t”, SE X , 1 4 8 .
[758] N otas
4 2 . V éa se F reud a Jung, 7 d e ju lio de 1 9 0 9 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ], 2 6 3
( 2 3 9 ).
4 3 . Freud a Jo n e s, 1 d e ju n io (1 9 0 9 ]. En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC .
4 4 . '‘B e m e r k u n g e n üb er e in e n F a ll v o n Z w a n g s n e u r o s e ” [“ R a tte n m a n n ” ]
(1 9 0 9 ), G W V II, 4 6 3 n f N o te s upon a C ase o f O b sessio n a l N eu ro sis” [“ Rat
M an"], SE X , 2 4 9 n (n o ta a gregad a e n 1 9 2 3 ).
4 5 . V éase “Rat M an” S £ X , 15 8 . El verdadero nom bre del H om bre de las Ratas
apareció por prim era v e z en P atrick J. M ahony, F re u d an d th e R a t M an
( 1 9 8 6 ).
4 6 . -R a u en m a n n ”, G W V II, 3 8 2 - 3 8 3 /“R at M an” , SE X , 1 5 6 - 1 5 7 .
4 7 . Las n o ta s r e a le s qu e su b sis te n abarcan s ó lo lo s p rim ero s tres m e s e s y
m ed io del ca so ; se in icia n co n la prim era se sió n d el 1 de o ctu bre d e 190 7 ,
y term inan e l 2 0 d e enero de 1 908. Es probable que Freud no dejara de
tom ar no ta s, y qu e e l resto se haya perdid o.
4 8 . Ib íd ., 3 8 6 / 1 6 0 .
4 9 . Ib íd ., 3 8 4 - 3 8 7 / 1 5 8 -1 6 2 .
5 0 . Ib íd ., 3 8 8 / 1 6 2 .
5 1 . Ib íd ., 3 9 1 - 3 9 2 / 1 6 6 .
5 2 . Ib íd ., 3 9 2 / 1 6 7 .
5 3 . Ib íd ., 3 9 4 , 3 9 7 / 1 6 9 , 1 7 3 .
5 4 . Freud a Ju n g , 3 0 d e ju n io de 1 9 0 9 . F reud-Jung (C o rre sp o n d e n c ia , 2 6 3
( 2 3 8 ).
5 5 . Jung a F er en cz i, 25 de d iciem bre de 1 9 0 9 . Jung, B riefe, I , 3 3 .
5 6 . “R attenm ann”, G W V II, 4 0 0 / “ Rat M an”, SE X , 1 7 6 .
5 7 . Ib íd ., 4 0 4 - 4 0 5 n / 18 1 n.
5 8 . Ib íd ., 4 0 0 - 4 0 1 / 1 7 8 - 1 7 9 .
5 9 . V éan se las n o ta s del c a so , co m p ila d a s en su totalidad y transcriptas f ie l
m ente (junto co n c o m en ta rio s) por E lza R ibeiro Haw elka: S ig m u nd Freud,
L 'H om m e aux ra ts. J o u rn a l d 'u n e a n a lyse (1 9 7 4 ), 2 3 0 - 2 3 4 .
6 0 . “R attenm ann”, G W V II, 4 2 3 /“ Rat M an”, SE X , 2 0 1 .
6 1 . Ib íd ., 4 2 6 / 2 0 4 .
6 2 . Ib íd ., 4 2 6 - 4 2 7 , 4 5 4 / 2 0 5 , 2 3 8 .
6 3 . Ib íd ., 4 3 3 / 2 1 3 .
6 4 . Ib íd ., 4 3 8 / 2 2 0 .
6 5 . Ib íd ., 4 2 9 / 2 0 9 .
6 6 . Freud. L 'H om m e aux ra ts, co m p . de H a w elk a , 2 1 0 /“ Rat M an” , SE X , 3 0 3 .
6 7 . Freud a F eren czi, 10 de n oviem bre de 190 9 . C orresp ond en cia F reud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC .
6 8 . Freud a Jung, 17 de octubre de 1 9 0 9 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ), 2 8 0
( 2 5 5 ).
6 9 . “ E in e K in d h e itse r in n e r u n g d e s L e o n a r d o da V in c i” ( 1 9 1 0 ) , G W V IH ,
2 0 7 /“ Leonardo da V inci and a M em ory o f H is C h ild h o o d ” [“ U n recuerdo
infantil d e Leonardo da V in c i”], SE X I, 1 3 4 .
7 0 . Ib íd ., 1 2 8 , 1 2 8 n / 6 3 , 6 3 n .
7 1 . Freud a F lie s s , 9 d e octubre de 189 8 . Freud-Fliess, 3 6 2 ( 3 3 1 ) .
7 2 . V éase Freud a Abraham , 3 0 de a g o sto de 191 0 . Freud-Abraham ( C o r r e s
pondencia F reud-A braham ], 9 8 ( 9 2 ).
7 3 . Freud a F eren czi, 21 de noviem bre de 190 9. C orresp ond en cia F reud-Ferenc-
z i, Freud C o lle ctio n , LC.
7 4 . Freud a F eren czi, 17 de m arzo de 1 9 1 0 . Ibíd.
7 5 . Freud a A n d reas-Salom é, 9 de febrero de 191 9 . Freud-Salomé, 1 0 0 ( 9 0 ).
7 6 . Freud a F eren czi, 10 de noviem bre d e 190 9. C orresp ond en cia Freud-Ferenc-
zi, Freud C o lle c tio n , LC.
N otas [7 5 9 ]
7 7 . Freud a Jones, 15 de abril de 1 9 1 0 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 . LC.
7 8 . Freud a Struck, 7 de n oviem bre de 1 9 1 4 . B riefe (E p is to la r io ], 3 1 7 - 3 1 8 .
7 9 . Freud a F er en cz i, 7 de ju n io de 1 9 1 0 . C o rresp o n d en cia F reu d -F eren czi,
FTeud C o lle ctio n , LC .
8 0 . A braham a Freud, 6 de ju n io de 1910. F reud-A braham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham], 9 6 ( 9 0 ) .
8 1 . Jung a F reud, 17 de ju n io d e 1 9 1 0 . F reud-Jung [C o rre sp o n d e n c ia ], 3 6 4
( 3 2 9 ).
8 2 . Freud a A braham , 3 de j u lio d e 1 9 1 0 . F reud-A braham [ C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham], 9 7 ( 9 1 ).
8 3 . Ibíd.
8 4 . "Leonardo”, G W V III, 1 2 8 /S E X I, 6 3 .
8 5 . I b íd ., 2 0 2 , 2 0 3 , 2 0 7 / 1 3 0 , 1 3 1 , 1 3 4 .
8 6 . I b íd ., 1 5 0 / 8 2 .
8 7 . Ib íd ., 1 5 8 -1 6 0 , 1 8 6 - 1 8 7 / 9 0 - 9 2 , 1 1 6 -1 1 7 .
8 8 . Freud a Jung, 17 d e octu bre d e 1 9 0 9 . Freud-Jung [C o rrespo n d en cia ], 2 8 1
(2 5 5 ).
8 9 . “L eonardo”, G W V III, 1 70/S E X I , 1 0 0 .
9 0 . Ib íd ., 1 9 4 / 1 2 2 .
9 1 . V éa se E ric M a cla g a n , “ L eonardo in the C o n su ltin g R o o m " , B u r lin g to n
M a g a zin e, X L II ( 1 9 2 3 ), 5 4 -5 7 .
9 2 . Freud a Jung, 21 de n o v iem b r e d e 1 9 0 9 . Freud-Jung [ C o rresp o n d en cia ],
2 9 2 - 2 9 3 ( 2 6 6 ).
9 3 . V éa se Freud a Jun g, 2 de d iciem b re de 1 9 0 9 . Ib íd ., 2 9 8 (2 7 1 ).
9 4 . F ieud a F erenczi, 16 d e diciem bre de 1 9 1 0 . C orrespondencia F reud-Ferenc
zi, F ie u d C o lle c tio n , LC.
9 5 . Freud a Jung, 3 de d iciem b re de 1 9 1 0 . Freud-Jung [C o rre sp o n d e n c ia ], 4 1 5
( 3 7 6 ).
9 6 . Freud a Jun g, 17 d e feb rero de 1 9 0 8 . Ib íd ., 134 (1 2 1 ).
9 7 . Freud a F eren czi, 6 de octu bre de 1 9 1 0 . C orresp ond en cia Freud-Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
9 8 . Freud a Jung, 2 4 d e se p tie m b re de 1 9 1 0 . Freud-Jung [C o rresp o n d en cia ],
3 9 0 (3 5 3 ).
9 9 . Freud a F lie s s , 7 de a g o sto de 1 9 0 1 . F reud-F liess, 4 9 2 ( 4 4 7 ).
1 0 0 . Freud a Jones, 8 de d icie m b r e de 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2,
LC.
1 0 1 . Freud a F eren czi, 9 de diciem bre de 1 9 1 2 . C orresp ond en cia Freud-Ferenc2 i,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 0 2 . Freud a Jones, 8 d e d iciem b re d e 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2,
LC.
1 0 3 . Jones a Freud, 2 3 d e diciem bre de 191 2 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
1 0 4 . Freud a Jones, 2 6 de diciem bre de 1912. En in g lés. Freud C o llectio n , D 2, LC.
1 0 5 . Freud a B in sw a n g e r, 1 de enero de 1 9 1 3 . C itada e n B in sw a n g er, E rin n e-
rungen, 6 4 .
1 0 6 . Freud a F er en cz i, 1 d e ju n io de 1 9 1 1 . C o rr esp o n d en cia F re u d -F e re n c zi,
Freud C olle ctio n , LC.
1 0 7 . Freud a FeTenczi, 31 de d iciem b re d e 1 9 1 2 . Ibíd.
1 0 8 . Freud a Jung, 17 de febrero d e 190 8 . Freud-Jung [C o rre sp o n d e n c ia ], 1 3 4
( 121).
1 0 9 . Freud a Jun g, 2 2 de abril d e 1 9 1 0 . Ib íd ., 3 4 3 (3 1 1 ).
1 1 0 . FTeud a F erenczi, 11 d e febrero de 190 8 . C orresp ond en cia Freud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
[7 6 0 ] N otas
1 1 1 . Freud a F eren czi, 25 de m arzo de 1 908. Ibíd.
1 1 2 . Freud a F eren czi. 2 de m ayo de 1 9 0 9 . Ibíd.
1 1 3 . Freud a A braham , 24 d e octu bre de 1 9 1 0 . F reud-A braham ¡C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham], 101 (9 5 ). C o rtésm ente, Freud agregó qu e estab a m o v ién
d ose h acia "la senda en la q u e usted transita”. Se’refería al ensa y o de Abra
ham “ P sych o se x u a l D iffe re n c es betw een H ysteria and D em en tia P ra eco x ”
(“D ie p sych o sex u ellen D ifferenzen der H ysterie und der D em en tia P ra ecox ”,
C e n t r a l'b la t t f ü r N e r v e n h e ilk u n d e un d P s y c h ia tr ie , N u e v a S e r ie , X IX
[1 9 0 8 }. 5 2 1 - 5 3 3 ).
1 1 4 . V éase Freud a Jung, 24 de septiem b re de 1 9 1 0 . F reud-Jung ¡C o rresp o n d en
c ia], 3 9 0 ( 3 5 3 ).
1 1 5 . Freud a Jung. 2 2 de d iciem b re de 1 9 1 0 . Ib íd .. 4 2 2 -4 2 3 (3 8 2 ),
1 1 6 . V éase una n ota de Jung en S y m b o ls o f T ra n s fo r m a r o n (1 9 5 2 ) [trad. cast.:
S ím b o lo s d e tra n sfo rm a c ió n , B a rcelo n a , P aid ós, 1 9 8 2 ], c ita d a e n Freud-
Jung ¡C o rresp o n d en cia ], 3 3 9 n ( 3 0 7 n ) .
1 1 7 . Jung a Freud, 19 de m arzo de 1 911. Ib íd ., 4 4 9 (4 0 7 ).
1 1 8 . Jung a Freud, 14 d e n o v iem b re de 1 9 1 1 . Ib íd ., 5 0 9 (4 6 1 ),
1 1 9 . Jung a Freud, 11 d e d iciem b re de 1 911. Ib íd .. 5 21 (4 7 1 ).
1 2 0 . C itado en " P sy ch o a n a ly tisch e Berm erk un gen über einen autob iograp hisch
b e sc h r ie b e n e n F all v o n P a ran oia (D e m e n tia P a ra n o id es)" [" S ch reb er” ]
( 1 9 1 1 ) , GW V II, 2 4 8 /“ P s y c h o a n a ly tic N o te s on an A u to b io g r a p h ic a l
A cc ou n t o f a C ase o f P aranoia (D em en tia paranoides)” ( “Schreber”], S E
X II, 16.
1 2 1 . V éa se ib íd ., 2 5 2 / 2 0 .
1 2 2 . V éa se ib íd ., 2 4 5 / 1 4 .
1 2 3 . V éa se ib íd ., 2 5 9 / 2 5 - 2 6 .
1 2 4 . I b íd ., 2 9 9 / 6 2 .
1 2 5 . V é a se ib íd .. 2 9 9 - 3 0 0 / 6 3 .
1 2 6 . Ib íd ., 3 0 8 / 7 1 .
1 2 7 . Ib íd ., 2 7 2 / 3 7 .
1 2 8 . V é a se Freud a F er en cz i, 6 de octu bre de 1 9 1 0 . C o rresp o n d en cia Freud-
F eren czi. Freud C o lle ctio n , LC.
1 2 9 . Ibíd.
1 3 0 . "Schreber”, G W V III, 2 8 6 -2 8 7 /SE X II, 5 1 .
1 3 1 . Ib íd ., 3 1 5 / 7 8 .
1 3 2 . Ib íd ., 2 8 7 / 5 1 .
1 3 3 . V éa se Freud a Abraham , 18 de d iciem bre de 1910. Freud-Abraham [C o r r e s
pon d e n c ia F reud-A braham ], 1 0 2 ( 9 7 ).
1 3 4 . “A u s der G e sch ic h te einer in fan tilen N eu ro se ” (“ W o lfsm a nn”] (1 9 1 8 ), G W
X II, 2 9 /“ From the H isto ry o f an In fa n tile N eu ro sis" [“W o lf M an” ], S E
X V II, 7.
1 3 5 . Freud a F erenczi, 8 de febrero de 191 0 . C orrespondencia Freud-Ferenczi,
Freud C olle ctio n . LC.
1 3 6 . " W o lfsm a n n ” G W X II, 2 9 n /“ W o lf M a n ”, SE X V II, 7n. La tra d u cció n
“tw iste d r ein terp reta tio n s" — " r ein terp reta cio n es reto rcid a s" — d ice n lo s
ed itores que fue su g er id a por e l propio Freud para la S ta n d a rd E dition ,
com o eq u iv a len te a U m deutungen.
1 3 7 . Freud h ab ló de haber e scr ito e l h isto r ia l en e l in v ier n o de 1 9 1 4 -1 9 1 5 ,
pero en realidad pa rece que lo c o m p letó e n e l o toño de 1 914,
1 3 8 . Ib íd ., 8 2 / 5 3 .
1 3 9 . Freud a F erenczi. 13 de febrero de 1910. Ibíd. Este pasaje aparece su a v iza
d o en Jon es ¡V id a y o b ra d e Sigm un d F reud] II. 2 7 4 . y c ita d o por J effre y
M o u ssa ie ff M asson en su reseña d e Karin O b holzer, G e sp r á c h e m it dem
N otas [ 761]
W olfsm an n. E in e P s y c h o a n a ly s e un d d ie F o lg en ( 1 9 8 0 ) , e n In t. R e v . P s y
c h o -A n a l.. IX 1 9 8 2 , 1 1 7 .
140. V éase “W olfsm ann ", G W X II, 5 4 /“ W o lf M an". S E X V II, 2 9 .
141. Para e l d ib u jo , v é a se ib íd ., 5 5 / 3 0 .
142. I b íd ., 63 / 3 6 .
143. I b íd ., 131 / 9 7 .
144. V éa se ib íd ., 8 4 / 5 5 .
145. Traum deutung, G W II-III, 625/1n le rp re ta tto n o f D re a m s ¡L a in te r p re ta c ió n
d e lo s s u e ñ o s ] . S E V , 6 2 0 .
146. “ W olfsm an n ”, G W X II, 8 3 /" W o lf M an”, SE X V II, 5 4 .
147. El prim ero d e e sto s a r tíc u lo s. "Sobre un tip o p a rticu la r d e e le c c ió n de
o b jeto en e l hom b re” , ap a reció en 1910; e l se g u n d o . “S o b re la m ás g e n e
ralizada deg ra d a ció n de la vid a a m orosa”, en 1 9 1 2 , y un tercero, "El tabú
d e la v ir g in id a d ”, fue le íd o c o m o c o n fer en cia e n 1 9 1 7 , d e sp u é s d e que
hubiera term inado e l a n á lisis d el H om bre d e lo s L o b o s, pero antes de la
p u b lica c ió n del h isto r ia l.
148. “ A ngst und T r ie b le b e n ”, en N eu e F o lg e d e r V o rtesu n g e n zu r E inführung in
d ie P sy c h o a n a ly se ( 1 9 3 3 ) , G W X V , 1 1 5 /“A n x ie ty and In stinctu al L ife ” , en
N e w in tro d u c to ry L e c tu re s on P sy ch o -A n a ly sis f C o n fe re n c ia s d e in tro d u c
c ió n a l p s ic o a n á lis is ] , SE X X II, 107.
149. "Über die a llg e m ein ste E rniedrigung des L ieb e sle b e n s” (1 9 1 2 ), G W VIH,
7 9 /“On Lhe U n iv ersa l T en d en cy to D eb a sem en t in the Sp here o f L o v e ” , SE
X I, 180.
150. V éa se ib íd ., 8 2 / 1 8 3 .
151. "W olfsm an n ”, G W X II, 3 2 - 3 3 /“ W o lf M an”, SE X V II, 1 0 -1 1 .
152. Ib íd ., 3 3 - 3 4 / 1 1 .
153. “ D ie e ndlich e und d ie u n en dlich e A n a ly se ” (1 9 3 7 ), G W X V I, 6 2 /“ A n a ly sis
T erm in able and In term in a b le” (" A n á lisis lerm in a ble e in term in able], S E
X X III, 2 1 8 -2 1 9 .
154. “ D ie z ukü nftigcn C han cen”, G W V III, 1 0 7 -1 0 8 /“ Future P ro sp ects”, SE X I,
1 4 4 -1 4 5 .
155. “ Über ‘w ild e ’ P sy ch o a n a ly se" (1 9 1 0 ), G W V III, 1 1 8 /“ ‘W ild ’ P sy c h o a n a ly
sis" , SE X I, 2 2 1 .
156. Ib íd ., 1 2 2 , 1 2 4 / 2 2 4 , 2 2 6 .
157. Freud a A braham , 14 d e jun io de 1 9 1 2 . Papeles d e Karl Abraham , LC.
158. Freud a F eren czi, 2 6 d e n oviem bre de 1908. C o rresp ond en cia Freud-Ferenc-
zi, Freud C o lle c iio n , LC.
159. V éase Freud a F eren czi, 11 de d iciem bre de 1 9 0 8 . Ibíd.
160. V éase Freud a F eren czi, 2 de febrero de 1909. Ib íd.
161. Freud a Jo n e s, 1 de ju n io d e 1 9 0 9 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
162. Freud a F eren czi, 2 2 d e octubre de 1909. C o rresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
163. " D ie z u k ü n ftig en C h a n cen ”, G W VIII, 10 5 /“ Future P rospects", S E X I, 1 4 2 .
164. Jones a Freud, 6 d e n o v iem b re d e 1910. C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
165. Freud a F eren czi, 2 6 d e no v iem bre d e 1908. C o rresp ond en cia Freud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC.
166. “Zur E inleitun g der B eh a n d lu n g ” (1 9 1 3 ), G W V III, 4 5 5 /“On B e g in n in g the
Treatm en t” [ “ Sobre la in ic ia c ió n d e l tratam iento” ), SE X II, 1 2 4 .
167. Ib íd ., 4 6 7 / 1 3 3 - 1 3 4 .
168. Ib íd ., 4 6 7 / 1 3 4 .
169. Ib íd ., 4 6 4 / 1 3 1 .
170. Ib íd ., 4 6 0 , 4 6 2 / 1 2 7 , 1 2 9 .
[762 ] N otas
1 7 1 . Freud e xam in ó la r eg la fun da m en ta l e n “O n B e g in n in g the T rea tm en t”
[“ Sobre la in icia ció n d el tratam ien to" ], SE X II, 1 3 4 -1 3 5 , 1 3 5 -1 3 6 n ; y en
“ R ec om m e n d a tio n s to P h y sicia n s P ra ctisin g P s y c h o -A n a ly sis” , ib íd ., 112,
115.
1 7 2 . Freud a F eren czi, 26 de noviem bre de 1908. C orresp ond en cia F reud-Ferenc
zi, Freud C o lle ctio n , LC.
1 7 3 . “Zur E inleitung der Behandlung", G W V 111. 4 7 4 /“ On B e g in n in g ih e Treat-
m en t” [“ S ob re la in icia ció n del tratam iento’’], SE X II, 140.
1 7 4 . Traum deutung, G W II-III, 521 /¡n te rp re ta tio n o f D rea m s [L a in ter p reta c ió n
de lo s su e ñ o s], SE V , 5 1 7 .
1 7 5 . “Zur D ynam ik der Ü bertragung” (1 9 1 2 ), G W VIII, 3 6 8 -3 6 9 /”T h e D ynam ics
o f T ransference" [“S ob re la dinám ica de la tran sferencia” ], SE X II, 1 0 3.
1 7 6 . “Zur E inleitung der B ehandlung” , G W VIII, 4 7 3 /“On B e g in n in g the Treat-
m en t” [“ S ob re la in icia ció n del tratam ien to” ), SE X II, 139.
1 7 7 . Freud a E itin gon, 13 de febrero de 1912. C on perm iso de Sigm u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 7 8 . Freud a Jung, 6 de d iciem b re d e 1906. Freud-Jung ¡C orrespon den cia), 13
(1 2 -1 3 ) .
1 7 9 . Freud a Abraham , 4 de m arzo de 1 9 1 5 . F reud-Abraham ¡C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham), 2 0 4 ( 2 1 3 ).
1 8 0 . “Bem erkungen über die U bcrtragu ngsliebe" ( 1 9 1 5 ), G W X , 3 0 7 /“0 b ser v a -
tions on T r an sferen ce-L o v e’’ [“ P un tu a liza cio nes sobre el amor de tran sfe
r en cia”], SE X II, 160.
1 8 1 . I b íd ., 3 1 2 , 3 1 4 / 1 6 4 , 1 6 5 .
1 8 2 . I b íd ., 3 0 8 , 3 1 3 / 1 6 0 - 1 6 1 , 1 6 5 .
1 8 3 . “ R atsch láge für den A rzt bei der p sy ch o a n a ly tisc h e n B eh a n d lu n g ” ( 1 9 1 2 ),
G W V IH , 3 8 0 -3 8 1 , 3 8 4 /“ R eco m m end a tÍo n s to P h y sicia n s P ra ctisin g Psy-
c h o - A n a ly s is ”, SE X II, 1 15, 1 1 8 .
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1909. C orrespondencia F reud -Ferenczi, Freud C o lle ctio n , LC.
1 8 5 . “ Erinnern, W iederh olen und D urcharbeiten” (1 9 1 4 ), G W X , 1 3 6 /“ R em em be-
ring, R epeatin g and W orkin g-T hrough” [ “ Recordar, repetir y reelaborar"),
SE X II, 155.
1 8 6 . Ib íd ., 1 3 6 , 1 3 4 -1 3 5 / 1 5 5 - 1 5 6 , 1 5 4 .
1 8 7 . Freud a E itin g o n , 23 d e ju n io d e 1 9 1 2 . C on perm iso d e S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 8 8 . E itin gon a Freud, 18 d e jun io d e 1912, C on perm iso d e Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ls, W iv e n h o e.
Capitulo siete. A p lic a c io n e s y c o n se c u e n c ia s
1. “D er D ichter und das P hantasieren” (1 9 0 8 ). G W V II, 2 1 3 , 2 2 2 /“ C reatÍve
W riters and D a y-D ream in g”, SE IX , 1 4 3 , 1 5 2 .
2 . Ib íd ., 2 1 4 / 1 4 3 -1 4 4 .
3 . Ib íd ., 2 1 6 / 146.
4 . Ib íd ., 2 2 3 / 153,
5 . V éase Freud a Abraham , 19 de enero de 1908. Papeles de Karl A braham ,
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6 . Freud a P fister, 17 de m arzo de 1910. C on perm iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
7 . Freud a M athilde Freud, 2 6 de m arzo de 1908. B riefe ¡E p isto la rio ), 2 8 6 -
288.
N otas [763]
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F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC . V éa se tam bién Jones ( Vida y obra de Sig ■
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1 0 . Freud a H alberstadt, 2 4 de ju lio d e 1 9 1 2 . Ib íd.
1 1 . Freud a M ath iid e H o llitsch er , 2 4 de ju lio de 1 9 1 2 . Ibíd.
1 2 . Freud a H alberstadt, 2 7 de ju lio d e 1 9 1 2 . Ib íd.
1 3 . Freud a H alberstadt, 12 de a g o sto de 1 9 12 . Ibíd.
1 4 . Freud a H alberstadt (tarjeta p o s ta l), 17 de septiem b re de 191 2 . Ib íd.
1 5 . S a c h s, Freud . Master and Friend, 6 8 - 6 9 , 7 1 .
1 6 . Freud a Ju n g , 5 de j u lio d e 1 9 1 0 . Freud-Jung (Correspondencia), 3 7 5
( 3 4 0 ).
17 . Freud a F eren czi. 10 de en ero de 1 9 1 0 . C o rresp ond en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 8 . V éase Freud a F eren czi. 17 de octu bre de 1 91 0 . Ibíd.
1 9 . “ D as In te re sse an d er P sy c h o a n a ly se " ( 1 9 1 3 ), G W V III, 4 1 4 - 4 1 5 /“T h e
C laim s o f P sy c h o -A n a ly sis to S c ie n t if ic Interest", SE X III, 1 8 5 -1 8 6 .
2 0 . V éase Freud a Jung, 17 de octu bre de 190 9 . Freud-Jung (Correspondencia) ,
2 8 0 ( 2 5 5 ).
2 1 . Jung a Freud, 17 de abril d e 1 9 1 0 . Ib íd ., 3 4 0 -3 4 1 (3 0 8 ).
2 2 . V éa se el in form e d e Freud a F eren czi sob re esta discu sió n , 29 de diciem bre
de 1910. C o rresp ond en cia F reud -F erenczi, Freud C o lle ctio n , LC.
2 3 . Freud a Jones, 10 de m arzo de 1 9 1 0 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC .
2 4 . Freud a J o n es, 24 d e feb rero d e 1 9 1 2 . En in g lé s . Ibíd.
2 5 . Freud a Jones, 2 8 de abril de 1 9 1 2 . En in g lé s . Ib íd.
2 6 . Freud a Abraham , 14 de ju n io de 1912. P apeles de KarlAbraham ,LC.
2 7 . Jones a A braham , 18 de ju n io de 1 9 1 1 . Ib íd.
2 8 . Abraham a Freud, 2 9 de ju n io de 1 9 1 3 . Freud-Abraham (Correspondencia
Freud-Abraham), 141 ( 1 4 1 ).
2 9 . “D as In teresse an der p sy ch o a n a ly se " , GW V III, 4 1 5 /“T h e C la im s o f P sy
c h o -A n a ly sis to S c ie n t if ic In terest", SE X III, 1 8 5 -1 8 6 .
3 0 . Freud a Jones, 1 de ju n io de 1 9 0 9 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC
3 1 . Freud a Abraham , 14 de ju n io de 1 9 1 2 . P apeles de Karl A braham , LC, En
1913, Freud p u b licó rea lm en te un artículo en ¡mago, “The T h em e o f the
Three C askets", que en tretejía lo s tres tem as.
3 2 . Freud a F eren czi, 21 de m ayo de 1 9 1 1 . C o rresp ond en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n . LC.
3 3 . Freud a F eren czi, 17 d e ju lio de 1 9 1 4 . Ibíd.
3 4 . V é a s e “ T h e M o s e s o f M ic h e la n g e lo " ( 1 9 1 4 ) [“ El M o is é s d e M ig u e l
A n g e l" ], SE X III, 2 1 3 .
3 5 . Freud a M artha Freud, 25 de septiem b re d e 1912. Briefe (Epistolario), 3 0 8 .
3 6 . Abraham a Freud, 2 de abril de 1 9 1 4 . P apeles de Karl Abraham , LC.
3 7 . Freud a E d oard o W e is s , 12 d e abril d e 1 9 3 3 . Sigmund Freud-Edoardo
Weiss. Briefe zur psychoanalytischen Praxis. Mit den Erinnerungen eines
Pioniers der Psychoanalyse, In tr o d u cc ió n de M artin Grotjahn (1 9 7 3 ), 84.
3 8 . Freud a Jones, 19 de m arzo de 1 9 1 4 . En in g lés . Freud C o ile ctio n , D 2 , LC.
3 9 . Freud a Jones, 15 de n o v iem b r e de 1 9 1 2 . En in g lé s . Ibíd.
4 0 . Jones a Freud, 5 d e d ic ie m b r e [ 1 9 1 2 ], C o n p erm iso de S ig m u n d Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
4 1 . V éase Jones (Vida y obra de Sigmund Freud) II, 3 6 4 .
4 2 . Freud a W e iss. 12 de abril de 1 9 3 3 . Freud-Weiss Briefe, 8 4 .
4 3 . “Der M oses des M ich ela n g elo " ( 1 9 1 4 ), GW X . 1 7 5 /“T he M o ses o f M ic h e
lan gelo" [*'E1 M o isés de M ig u e l A n g e l" ], SE X III, 2 1 3 .
[764] N otas
4 4 . Freud a F erenczi, 3 de n oviem bre de 1912. C orrespondencia F reud-Ferenc-
z i. Freud C o lle c tio n , LC.
4 5 . Freud a Jones. 2 6 de d iciem b re de 1 9 1 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2,
LC.
4 6 . V éase Jones [ Vida y obra de Sigmund Freud) II, 3 6 5 .
4 7 . V éa se Freud a F er en cz i. 13 de a g o sto de 1 9 1 3 . C o rresp o n d en cia Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
4 8 . Freud a Jones. 21 de septiem b re de 191 3 . En in g lés . Freud C o lle c tio n , D 2,
LC.
4 9 . Freud a F eren czi. [¿1?] de octubre de 1913. C orrespondencia Freud-Ferenc
zi, Freud C o lle c tio n , LC.
5 0 . Freud a Jones. 8 de feb rero de 1914. En in g lés. Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
5 1 . “ M o se s”, GW 1 9 4 , 1 9 9 /SE X III, [“ El M o isés de M ig u el A n g el" ], 2 2 9 , 234,
5 2 . Freud a F eren czi, 17 de octubre de 1912. C orrespondencia Freud-Ferenczi,
Freud C o lle c tio n , LC . Jones, citan do esta carta en Jones [Vida y obra de
Sigmund Freud] II, 3 6 7 , le atrib uye erróneam ente la fech a del 10 de octubre
de 1 9 1 2 .
5 3 . 11 d e d iciem b re de 1 9 0 7 . P rotokolle , I, 2 4 9 .
5 4 . Freud a S ch n itzler, 8 de m ayo de 1 9 0 6 . Briefe [Epistolario], 2 6 6 - 2 6 7 .
5 5 . C itada en Jones [ Vida y obra de Sigmund Freud ] I, 111 . E ste p a sa je fue
o b je to de la a ten ció n de Sp ecto r, en The Aesthetics o f Freud, 3 3 .
5 6 . V éase Freud a Jung, 2 6 de m ayo de 1 907. Freud-Jung [Correspondencia),
57 (5 2 ). Para la s cartas de Jensen a Freud, v é a se Psychoanalytische Bewe
gung. I ( 1 9 2 9 ). 2 0 7 - 2 1 1 .
5 7 . “ DeT W ahn und d ie Tráum e in W . Jensens Gradiva" ( 1 9 0 7 ), GW V II, 120-
1 21/“ D e lu sio n s and D ream s in J e n se n ’s Gradivá". SE IX , 92 .
5 8 . Eitingon a Freud, 23 de diciem bre de 1909. C on perm iso de Sigm u nd Freud
C op yrigh ts, W iv e n h o e. F reud habría su scrito e sta fo rm ula ció n .
5 9 . Freud a S tefa n Z w e ig , 4 d e septiem b re de 192 6 . Con perm iso de Sigm u nd
Freud C op y r ig h ls, W iv e n h o e.
6 0 . Freud a Jung, 2 6 de m a y o d e 1 9 0 7 . Freud-Jung ¡Correspondencia], 5 7 (5 1 ).
6 1 . “Gradiva", GW V II, 3 5 /SE IX , 10. E sto y utiliza n d o “G radiva" en la s refe
ren cias al en sa y o de Freud sobre la n o v e la de J ensen, m ientras qu e Gradi
va rem ite al ejem p lar d e e sa n o v e la que tenía el propio Freud, con sus
c om entarios en lo s m á rg en es, que se encuentra e n el Freud M useum , Lon
dres.
6 2 . Gradiva, en la pág. 7 . Freud M useum , Londres.
6 3 . Ib íd .. en la p á g . 2 2 .
6 4 . Ib íd ., en la p á g . 2 6 .
6 5 . Freud anotó “ fuente Z o é ” en la pág. 7, ib íd ., y de nu ev o m ás adelante,
c o m p lic a n d o la o b s e r v a c ió n c o n a s o c ia c io n e s, en las p á g s. 1 35, 136 y
142.
6 6 . Ib íd ., 141.
6 7 . "Gradiva”, GW V II, 6 5 /SE IX , 4 0 .
6 8 . Ib íd ., 4 7 / 2 2 .
6 9 . Gradiva, pág. 8 8 . Freud M useum . Londres.
7 0 . Ib íd ., en la p á g . 1 5 1 .
7 1 . “G radiva”, GW V II. 31 ¡SE IX , 7.
7 2 . V éase G radiva, e n la s p á g s . 1 1 -1 2 , 3 1 , 7 6 , 9 2 , 9 6 - 9 7 . Freud M u seu m .
Londres.
7 3 . V éa se ib íd ., en la p á g . 13.
7 4 . V é a se ib íd ., e n la pá g . 9 4 .
7 5 . V éa se ib íd ., en la s p á g s . 1 0 8 , 1 12.
N otas [765]
76. V é a se , so b re to d o , ib íd ., e n las p á g s . 5 8 , 8 4 .
77. V é a se ib íd ., passim , p ero e sp e c ia lm e n te e n la s p á g s . 1 2 4 , 1 3 9 .
78. “Gradiva", GW V II, 12 2 /S E IX , 9 3 .
79. Para esta ev a lu a c ió n , v é a se Freud a Jung, 8 de diciem bre de 1 9 0 7 . Freud-
Jung ¡Correspondencia], 1 1 4 ( 1 0 3 ).
80. “ Leonardo" [“ U n recuerdo in fantil de Leonardo da V in c i”], GW V III, 2 0 2 ,
2 0 9 /S E X I, 1 3 0 , 1 3 6 .
81. P refa cio a Edgar Poe, eine Psychoanalytische Studie, e d ic ió n en alem án
(1 9 3 4 ) de M arie B on aparte, Edgar Poe, étude psychanalytique ( 1 9 3 3 ).
82. 11 d e n ov iem b r e d e 1 9 0 8 . P rotokolle, II, 4 6 .
83. 25 d e n o v iem b r e de 1 9 0 8 . Ib íd ., 6 4 .
84. Freud a F eren czi, 13 de noviem bre de 1 9 1 1 . C orresp ond en cia Freud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC.
85. Freud a F er en cz i, 3 0 de no v iem bre de 1 9 1 1 . Ib íd.
86. Freud a F er en cz i, 1 de febrero de 1 912. Ib íd.
87. Freud a Jo n e s, 2 4 de febrero de 1 9 1 2 . E n in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2,
LC.
88. V éa se 15 d e m ayo de 1 9 1 2 . Protokolle IV . 9 5 .
89. Freud a Jo n e s, 1 de a g o sto de 191 2 . En in g lé s y alem á n . Freud C o lle c tio n ,
D 2 , LC.
90. F reud a F e r e n c z i, 16 de d ic ie m b r e d e 1 9 1 2 . C o r r e sp o n d e n c ia F reud -
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
91. Freud a F eren czi, 31 de diciem bre d e 1 9 1 2 . Ibíd.
92. Freud a F eren czi, 10 d e abril de 1 9 1 3 . Ibíd.
93. Freud a F er en cz i, 4 de m ayo d e 1 9 1 3 . Ib íd.
94. Freud a F eren czi, 13 de m ayo de 1 9 1 3 . Ib íd.
95. Freud a F er en cz i, 8 de ju n io d e 1 9 1 3 . Ib íd.
96. “ V orw ort” a Tótem und Tabú ( 1 9 1 3 ) , GW IX , 3/*'Preface” a Tótem and
Taboo [Tótem y tabá], SE X III, x iii.
97. Freud a Jung, 12 de febrero de 1 9 1 1 . Freud-Jung [Correspondencia}, 4 3 2
( 3 9 1 ).
98. Freud a A braham , 13 de m ayo d e 1 9 1 3 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham) , 1 3 9 ( 1 3 9 ) .
99. Freud a F er en cz i, 2 6 de ju n io de 1 9 1 3 . C orresp o nd en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
100. A braham a Freud. 2 9 de ju n io de 1 9 1 3 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham} , 141 ( 1 4 1 ).
101. Freud a A braham , 1 de ju lio de 1 9 1 3 . Ib íd ., 1 4 2 ( 1 4 2 ).
102. “ V orw ort" a Tótem und Tabú, GW I X , 3 /“ P reface" a Tótem and Taboo
[Tótem y tabú], SE X III, x iii.
103. Freud a Jones, 8 de m arzo d e 1 9 2 0 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
104. M assenpsychologie und ¡ch-Analyse ( 1 9 2 1 ) , GW X III, 1 3 6 [Group Psycho
logy and the A nalysis o f the Ego [P sico lo gía de las m asas y análisis del
y o ], SE X V III, 1 2 2 .
1 0 5 . Tótem und Tabú, GW I X , 129 ¡Tótem and Taboo [Tótem y tabá], S E XIII,
105,
1 0 6 . I b íd ., 16 0 / 1 3 2 .
1 0 7 . Ib íd ., 1 7 1 -1 7 3 / 1 4 1 - 1 4 2 .
1 0 8 . Ib íd ., 172n / 1 4 2 - 1 4 3 n .
1 0 9 . I b íd ., 189n / 157n.
1 1 0 . I b íd ., 173 / 1 4 3 .
1 1 1 . I b íd ,, 18 6 / 1 5 5 .
1 1 2 . Ib íd ., 18 9 / 1 5 7 - 1 5 8 .
[ 766] N otas
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151.
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1 2 0 . Freud a F eren czi, 28 de ju n io de 1 9 0 8 . C o rresp ond en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 2 1 . “R attenm ann”, GW VII, 4 2 8 n /“ Rat M an”, SE X , 2 0 8 n .
1 2 2 . V éa se “A S p ec ia l T yp e o f C hoice o f O b ject M ade by Men" (1 9 1 0 ), SE XI,
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1 2 4 . Ernest Jones fu e tal v e z el prim ero qu e lo se ñ a ló , p ero no e l últim o . (V éa
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1 2 5 . Freud a F eren czi, 8 de a gosto de 1 9 1 2 . C orresp o nd en cia Frcud-Ferenczi,
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( 8 -9 ) .
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ero tism o an a l” ). SE IX , 1 6 8 .
1 3 3 . Esta m etáfora de la p esca está tomada d e Freud. En una carta dirigida a Otto
Rank desd e el lu gar de descanso vera n ieg o de Bad G astein, donde estaba
elaborand o a lgu nas id eas im portantes, Freud dijo: “ D e paso, no creo que
pueda con se g u ir se nada e sp e cia l durante las v a c a cio n es. El pescador arroja
su s redes; a v e c e s captura una gran carpa, a m en ud o só lo un os pequ eñ os
p e c e c illo s" . (F reud a R ank, 8 de ju lio de 1 9 2 2 . R ank C o lle ctio n , C aja Ib.
Rare B o o k and M anuscript Library, C o lum b ia U n iv e r sity .)
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III, 3 3 - 4 0 .
1 3 5 . “ F orm u lieru n g en über die z w e i P rin zip ien d es p s y c h ísc h e n G e sch eh en s”
( 1 9 1 1 ) , GW V III, 2 3 2 /“ F o rm u la tio n s o n the T w o P rin c ip ies o f M ental
F u n c tio n in g ”, SE XII, 2 1 9 .
1 3 6 . Ib íd ., 2 3 5 - 2 3 6 / 2 2 3 .
1 3 7 . I b íd ., 2 3 2 / 2 2 0 .
1 3 8 . I b íd ., 2 3 7 - 2 3 8 / 2 2 4 - 2 2 5 .
1 3 9 . Freud a F eren czi, 17 de jun io de 1913. C orresp ond en cia Freud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 4 0 . Freud a Jones, 1 de octubre de 1913. En in g lés . Freud C o lle ctio n . D 2 , LC.
N otas [767]
1 4 1 . V éase Freud a F eren czi, (¿1?] de octubre de 1913. C orrespondencia Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
1 4 2 . Freud a Jones, 1 d e o ctu b re de 1 9 1 3 . En in g lés . F reud C o lle ctio n , D 2 , LC .
1 4 3 . Jones [Vida y obra de Sigmund Freud] II, 3 0 2 .
1 4 4 . Freud a Abraham , 16 de m arzo d e 1 9 1 4 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham), 1 63 ( 1 6 7 ) .
1 4 5 . V éa se Freud a Abraham , 25 de m arzo d e 1 9 1 4 . Ib íd ., 1 64 (1 6 8 ).
1 4 6 . V éa se Abraham a Freud, 2 de abril de 1914, Ib íd ., 165 (1 6 9 ).
1 4 7 . Freud a A braham . 6 d e abril d e 1 9 1 4 . Ib íd.. 166 (1 7 0 -1 7 1 ).
1 4 8 . 10 de n oviem b re d e 1 9 0 9 . P rotokolle, II, 2 8 2 .
1 4 9 . Para la esqu izo fren ia , Freud tenía su propio nom bre. «Pretendo aferrarme al
nom bre de “parafrenia"», le e scr ib ió a F eren czi. (Freud a F eren czi, 31 de
ju lio de 19 1 5 .C o rresp ond en cia F reud -F erenczi, Freud C o lle ctio n , LC .) Pero
finalm ente, en la literatura e sp e c ia liz a d a p r e v a lec ió e l n e o lo g is m o d e B leu -
ler, no el d e Freud.
1 5 0 . “Zur Einführung des N a rz issm u s” , (1 9 1 4 ), GW X , 1 3 8 -1 3 9 /“On N a rc issism :
A n Introduction" [“In tro d u cció n al n a r c isism o ” ], SE X IV , 7 3 -7 4 .
1 5 1 . I b íd ., 1 4 2 / 7 7 .
1 5 2 . I b íd ., 1 5 6 -1 5 8 / 9 0 - 9 1 .
1 5 3 . V éase A braham a Freud, 2 de abril d e 1 9 1 4 . Freud-Abraham [Correspon
dencia Freud-Abraham), 1 65 ( 1 6 9 ) .
1 5 4 . Sobre e ste enun ciado c o n c iso , v é a se “T h e p s y ch o -A n a ly tic V ie w o f Psy-
c h o g e n ic D isturba n ce o f V is io n ” (1 9 1 0 ), SE X I, 2 1 1 - 2 1 8 .
1 5 5 . “ N a rz issm u s”, GW X , 1 4 3 /“ N a r c is s is m ” [“ In tr o d u cc ió n al n a r c isism o ” ],
SE X IV , 77.
1 5 6 . Jones [ Vida y obra de Sigmund Freud) II, 3 0 3 .
1 5 7 . ‘‘N arzissm us", GW X , 1 4 3 /“ N a r c is s is m ” [“ In tr o d u cc ió n al n a r c isism o ” ],
SE X IV , 7 8 . In clu so en 1 9 3 2 , d e sp u é s de haber teo riza d o , Freud, a la v e z
sa r cá stic o y p a c ie n te , c a ra c te riz ó la s p u lsio n e s c o m o “ por a s í d e c ir lo ,
n u estra m ito lo g ía ” . E lla s “ so n se r e s m ític o s, su b lim e s e n su in d e fin ic ió n ” .
( “ A n g s t u n d T r ie b le b e n ” , en N eue Folge der Vorlesungen, GW,
X V , 101/ “A n x ie t y and I n stin c tu a l L i f e ” , e n New ¡ntroductory Lectures
[Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis), SE X X II, 9 5 .)
1 5 8 . El caso m ás antigu o qu e he e ncontrad o es una carta inédita d irig id a a Mar
tha B ern ays e l 12 de feb rero d e 1 8 8 4 . C itada en la pá g . 71 .
1 5 9 . “M em oirs o f the W o lf-M a n ” . en The Wolf-Man, co m p . d e G ardiner, 9 0 .
1 6 0 . Freud a F eren czi, 2 8 de ju n io de 1 9 1 4 . C o rresp ond en cia F reud -Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
1 6 1 . Freud a A braham , 2 5 de ju n io d e 1 9 1 4 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham) 175 ( 1 8 1 ) .
1 6 2 . John M aynard K e y n e s, The Economic Consequences o f the Peace ( 1 9 2 0 ),
11 [trad. c ast.: Consecuencias económicas de la paz , B a rcelo n a , C rítica ,
1 9 8 7 ],
1 6 3 . Ib íd ., 1 1 -1 2 .
1 6 4 . Graham W allas, Human Nature in Politics ( 1908), 285.
1 6 5 . Freud a P fister, 9 de d iciem b re de 1 9 1 2 . Freud-P fisier, 5 9 ( 5 8 ).
1 6 6 . Freud a F eren czi, 9 d e diciem bre de 1 912. C orresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
1 6 7 . “Z e itgem ásse s über K rieg und T o d ” (1 9 1 5 ), GW X, 3 4 0 /“T h o u g h ts for the
T im es on War and D ea th ”, SE X IV , 2 8 8 .
1 6 8 . V éa se un puñado de ta les d e c la ra c io n e s en Fritz F ischer, G riff nach der
W eltmacht. Die K riegszielpolitik d es kaiserlichen Deutschland 191411918
(1 9 6 1 ; 3a e d ., 1 9 6 4 ). passím , e s p . 6 0 - 7 9 .
[770 ] N otas
2 2 9 . I b íd ., 3 2 4 - 3 2 5 / 2 7 5 .
2 3 0 . I b íd ., 3 3 6 / 2 8 5 .
2 3 1 . D a s U nbehagen in d e r K u ltu r (1 9 3 0 ), G W X IV , 5 0 6 /C iv i liz a ti o n a n d ¡ts
D isc o n te n ts ¡E l m a le sta r e n la cu ltu ra ] , S E X X I, 145.
2 3 2 . "Z eitgem ásses über Krieg und T o d ”, G W X , 3 2 5 /“T h o ug h ts for the T im e s
on W ar and Death", SE X IV , 2 7 6 .
2 3 3 . I b íd ., 3 4 4 / 2 9 1 .
2 3 4 . I b íd ., 3 3 3 / 2 8 2 .
2 3 5 . I b íd ., 3 5 4 - 3 5 5 / 2 9 9 - 3 0 0 .
Capítulo ocho. A gresiones
1 . Freud a A n d reas-Salom é, 3 0 d e j u lio de 1 9 1 5 . Freud-Salomé, 3 5 ( 3 2 ) .
2 . Freud a A braham , 18 de diciem bre de 1 9 1 6 . Freud-Abraham ¡Corresponden
cia Freud-Abraham}, 2 3 2 ( 2 4 4 ) .
3 . Freud a A nd rea s-S a lo m é, 2 5 d e no v iem bre d e 1914. Freud-Salomé, 23 ( 2 1 ).
4 . E sta e s tam b ién la o p in ió n de Barry S ilv e r ste in , “ ‘N o w C o m e s a Sad
S to r y ’: F reud’s L o st M e ta p sy c h o lo g ica l P apers”, en Freud, Appraisals and
Reappraisals, c o m p . d e S te p a n sk y , I, 1 4 4 .
5 . Freud a Abraham , 21 de d iciem b re d e 1 9 1 4 . Freud-Abraham ¡Corresponden
cia Freud-Abraham}, 1 98 ( 2 0 6 ) .
6 . Freud a A nd rea s-S a lo m é, 31 de enero de 1 9 1 5 . Freud-Salomé, 2 9 ( 2 7 ) .
7 . Freud a F eren czi, 18 de febrero de 1915. C orrespondencia Freud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC. M uy p robab lem ente ésta era una versió n anterior (o
tal v e z un r esu m en ) de un o de lo s a rtículo s sobre m eta p sico lo g ía que só lo
iba a p u b lica r en 1 9 1 7 .
8 . Freud a F eren czi, 8 de abril d e 1915. Ib íd. En e sta d iscu sió n , esto y en d eu
da c o n el en sa y o de U se G rub rich-S im itis titulado « M eta p sy c h o lo g ie und
M eta b io lo g ic: Zu Sigm u nd Freuds E n tw u rf einer “ Ü bersich t der Übertra-
g un gsn euro se n ”», en su e d ic ió n hasta ahora in éd ita del d u o d écim o de los
e n s a y o s m e t a p s ic o ló g ic o s , Übersicht der Übertragungsneurosen ( 1 9 8 5 ) ,
8 3 -1 1 9 .
9 . Freud a F er en cz i, 23 de abril de 1 9 1 5 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 0 . Freud a F eren czi, 21 d e ju n io de 1915. Ib íd.
1 1 . Freud a A nd rea s-S a lo m é, 3 0 de ju lio d e 1 9 1 5 . Freud-Salomé, 3 5 (3 2 ).
1 2 . Freud a F lie ss, 10 d e m arzo d e 1 8 9 8 . Freud-Fliess, 3 2 9 (3 0 1 -3 0 2 ) .
1 3 . V éase Psyckopatkology o f Everyday Life ¡Psicopatología de la vida coti
diana}, SE V I, 2 5 9 .
1 4 . Freud a F lie ss, 17 de dicie m b r e de 1 8 9 6 . Freud-Fliess, 2 2 8 ( 2 1 6 ).
1 5 . Freud a A braham , 4 de m ayo de 1 9 1 5 . Freud-Abraham ¡Correspondencia
Freud Abraham ¡, 2 1 2 ( 2 2 1 ). V é a se ta m b ié n “ E d ito r 's In tr o d u c tio n ” a
P apers on M etapsychology, SE X IV , 105.
1 6. Freud a F er en cz i, 8 de abril de 1 9 1 5 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 7. Freud a Abraham , 4 d e m ayo d e 1 9 1 5 . Freud-Abraham ¡Correspondencia
Freud-Abraham}, 2 1 2 ( 2 2 1 ).
1 8 . “T rieb e und T riebschicksa le" (1 9 1 5 ), G W X , 2 1 6 - 2 1 7 /‘T n stin cis and Their
V ic issitu d e s”, SE X IV , 124.
1 9 . Ib íd ., 2 1 4 - 2 1 6 / 1 2 2 -1 2 3 .
2 0 . I b íd ., 2 3 2 / 1 4 0 .
2 1 . Ib íd ., 2 1 9 / 12 7 . En 1 9 3 6 , su h ija A nn a ib a a in ven tariar y an a liza r lo s
N otas [7 7 1 ]
m ecan ism os de d e fe n sa cu y a d e sc rip ció n é l esp a rció en su s e sc r ito s, a gre
gando algu nos d e scu b ierto s por e lla m ism a. V éa se A nna Freud, The Ego
and the Mechanisms o f Defence ( 1 9 3 6 , trad. de C e c il B a in e s, 1 9 3 7 ) [trad.
c a st.: El yo y los m ecanismos de defensa , B a rcelo n a , P a id ó s ,4, 1 9 8 4 ] .
22. “G esch ic h te der p sy ch o a n a ly tisc h e n B e w eg u n g ” , GW X , 5 4 /“ H isto ry o f the
P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t” [“C o n trib u ció n a la historia d e l m o v im ien to
p sic o a n a lític o ”] , SE X IV , 16. En e sta d isc u sió n esto y en d eu d a co n lo s
com entarios de lo s e d ito res in g le s e s d e Freud, r ea liza d o s en la “ E d ito r’s
N o te ” a “ R ep re ssio n ”, SE X IV , 1 4 3 -1 4 4 .
23. "G eschich te der psy ch o a n a ly tisc h e n B e w eg u n g ”, GW X , 5 3 /“ H isto ry o f the
P sych o-A n al y tic M o v em en t” ( “ C ontribu ción a la h isto ria d e l m o v im ien to
p sic o a n a lític o ”], SE X IV , 15. En su autorretrato d e 1925 r ep itió esta afir
m ación: la r ep resió n “ era una in n o v a c ió n ; nada a n á lo g o a e lla s e había
r eco n o c id o antes en la v id a m en ta l” . ( “S elb std a rste llu n g ”, GW X IV , 5 5 /
" A utobiographical Stu d y ” (“ P resentación autob iográfica”], SE X X , 3 0 .)
24. V éase A utobio g ra p hica l Su tdy, SE X X , 29 .
25. “ D ie V erdrángu ng” ( 1 9 1 5 ), GW X , 2 5 3 /“ R ep r e ssio n ” [“ R ep re sió n ”], S E
X IV , 151.
26. V éa se , sob re e sta im a g e n . P la tó n , Phaedrus (Fedro), 2 4 6 , 2 5 3 - 2 5 4 .
27. C itado en L a n celo t Law W hyte, The Unconscious before Freud ( 1 9 6 0 ; ed.
e n rú stic a, 1 9 6 2 ), 1 2 6 .
28. W illiam W ordsw orth, T he P relude, Libro P rim ero, I. 5 6 2 , y L ibro T e rc er o ,
II. 2 4 6 -2 4 7 [trad. c a st.: P reludio, M adrid, A lb erto C o ra zó n , 1 9 8 1 ],
29. V é a se F reud a F e r e n c z i, 21 d e ju n io d e 1 9 1 5 . C o r r esp o n d en cia F reud -
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
30. Freud a F eren czi, 9 de a g o sto d e 1 9 1 5 . Ibíd,
31. Freud a F eren czi, 8 d e abril de 1 9 1 5 . Ibíd.
32. Freud a F eren czi, 18 d e ju lio d e 1 9 1 5 . Ib íd., V éa se tam bién Freud a F eren c
z i, 28 d e ju lio d e 1 915; y F er en cz i a Freud, 24 d e ju lio de 1 9 1 5 . Ibíd,
33. V é a se Freud a F e r e n c z i, 12 d e j u lio de 1 9 1 5 . C o rr esp o n d en cia F reud -
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
34. “ V orw ort” a V orlesungen zur Einfükrung in die psychoanalyse ( 1 9 1 6 -
1 9 1 7 ) , GW X I, 3 /“ P re fa ce ” a Introductory Lectures on Psycho-Analysis
(Conferencias de introducción al psicoanálisis } , SE X V , 9 .
35. V éase A nn a Freud a J o n e s, 6 d e m arzo de 1 9 1 7 , en una po std a ta agregada a
una carta del padre. C o rresp o n d en cia FTeud-Jones, Freud C o lle c tio n , D 2,
LC. Hay una c o n firm a c ió n a d icio n a l e n un e nun ciado posterior: “ A co m p a ñ é
a m i padre en e sta s o c a sio n e s y e sc u c h é todas e sa s Vorlesungen". (A n na
Freud a Jones, 10 de n o v iem b r e de 1 9 5 3 . P apeles d e J o n es, A r c h iv o s d e la
B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L o n d res.)
36. V éa se “B ib lio g ra p h isc h e A n m erk u n g ”, GW X I, 4 8 4 - 4 8 5 .
37. V éase Abraham a Freud, 2 d e en ero d e 1 917. Freud-Abraham (Correspon
dencia Freud-Abraham], 2 3 2 - 2 3 3 ( 2 4 4 - 2 4 5 ) .
38. V éase Freud a A nd reas-Salom é, 9 de noviem bre de 1915. Freud-Salomé, 3 9
( 3 5 ).
39. Freud a A nd re a s-S a lo m é, 25 d e m ayo d e 1 9 1 6 . Ib íd., 5 0 (4 5 ).
40. Freud a A n d re a s-S a lo m é, 14 d e ju lio d e 1 9 1 6 . Ib íd., 53 (4 8 ).
41. Freud a A braham , 27 d e a g o sto d e 1 9 1 6 . Freud-Abraham (Correspondencia
Freud-Abraham], 2 2 8 ( 2 3 9 ) .
42. Freud a F er en cz i, 8 d e abril d e 1 9 1 5 . C o rresp o n d en cia F re u d -F e re n c zi,
Freud C o lle ctio n . LC.
43. Freud a E itin g o n . 8 d e m ayo d e 1 9 1 6 . Jones (Vida y obra de Sigmund
Freud] II, 1 8 8 .
[772] N otas
4 4 . A braham a Freud, 1 de m ayo de 191 7 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham], 2 2 4 ( 2 3 5 ).
4 5 . Freud a A braham , 2 0 de m ayo d e 1 9 1 7 . Ib íd., 2 3 8 ( 2 5 1 ).
4 6 . Freud a A n d rea s-S a lo m é (tarjeta p o s ta l), 23 de n oviem bre de 1 9 1 6 . Freud-
Salomé, 5 9 ( 5 3 ) .
4 7 . V éase A braham a Freud, 11 d e febrero de 1 9 1 7 . Papeles d e Karl Abraham ,
LC.
4 8 . Freud a F er en cz i, 3 0 de abril de 1 9 1 7 . C o rresp o n d en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
4 9 . Prochaskas Familienkalender, 1 9 1 7 . Freud C o lle c tio n , B 2 , LC.
5 0 . Vorlesungen zur Einführung, G W X I, \A 7 /Introductor y Lectures [Confe
rencias de introducción a l psicoanálisis), SE X V , 1 4 6 .
5 1 . V éa se Freud a F eren czi, 9 d e o ctu bre de 1 9 1 7 . C o rresp o n d en cia , Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
5 2 . Freud a Abraham , 18 de enero de 1 9 1 8 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham], 2 5 3 ( 2 6 8 ).
5 3 . V éan se lo s d e ta lles de este párrafo e sp e cia lm e n te e n Jones [ Vida y obra de
Sigmund Freud) II, 1 9 2 .
5 4 . Prochaskas Familienkalender, 1 9 1 7 . Freud C o lle c tio n , B 2 , LC.
5 5 . V éa se A braham a Freud, 10 de d iciem bre d e 1916; y Freud a Abraham , 18
de d iciem b re de 1916. A m bas e n Freud-Abraham [Correspondencia Freud-
Abraham], 2 3 1 - 2 3 2 ( 2 4 3 -2 4 4 ) ,
5 6 . D o s hojas arrancadas de un cuaderno, co n e l título d e “ K rieg sw itze” . Freud
C o lle ctio n , LC, fuera d e c a tá lo g o .
5 7 . Freud a Abraham , 5 de octubre de 1 9 1 7 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham], 2 4 4 ( 2 5 8 ). El o p tim ism o d e J o n e s fue siste m á tic o durante
toda la guerra. Y a e l 3 d e a g o sto d e 1 9 1 4 le h ab ía escr ito c o n fia d a m en te a
Freud que “A quí nadie duda... de que A lem an ia y Austria serán totalmente
derrotadas". (C on perm iso de S ig m u nd Freud C o py rights, W iv e n h o e.)
5 8 . Freud a A braham , 11 de n o v iem b r e d e 1 9 1 7 . Freud-Abraham, 2 4 6 - 2 4 7
( 2 6 1 ). Los dos artículos eran “C o m p lem en to m eta p sic o ló g ic o a la doctrina
d e lo s su eñ o s” y “ D u elo y m ela n co lía ” .
5 9 . V éase Freud a Abraham , 10 de d iciem b re de 1 9 1 7 . Ibíd., 2 4 9 (2 6 4 ).
6 0 . Freud a F eren czi, 9 de octubre de 1917. C orrespondencia, Freud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
6 1 . Freud a A braham , 10 de diciem bre de 1917. Freud-Abraham [Corresponden
cia Freud-Abraham/, 2 4 9 ( 2 6 4 ).
6 2 . Freud a Abraham , 2 2 d e m arzo de 1 9 1 8 . Ib íd., 2 5 7 (2 7 2 ).
6 3 . Freud a A n d reas-Salom é, 25 de m ayo de 1 9 1 6 . Freud-Salomé, 5 0 ( 4 5 ).
6 4 . Ib íd.
6 5 . Freud a F e r e n c z i, 2 0 d e n o v ie m b r e d e 1 9 1 7 . C o r r esp o n d en cia , Freud-
F eren czi, Freud C o lle ctio n , LC.
6 6 . V é a s e F reud a A b ra h a m . 11 d e n o v ie m b r e d e 1 9 1 7 . Freud-Abraham
(Correspondencia Freud-Abraham], 2 4 6 - 2 4 7 ( 2 6 1 ).
6 7 . Freud a A n d reas-Salom é, 1 de ju lio de 1 9 1 8 . Freud-Salomé, 9 2 (8 2 ).
6 8 . K ann, History o f the Habsburg Empire , 4 8 1 .
6 9 . Freud a E itin g o n , 25 de octubre de 1 9 1 8 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv en h o e.
7 0 . Freud a A braham , 27 d e ag o sto de 1 9 1 8 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham) , 2 61 ( 2 7 8 ).
7 1 . Freud a Abraham , 2 7 de octubre d e 1 9 1 8. Ib íd., 2 6 3 (2 7 9 ).
7 2 . Jones (Vida y obra de Sigmund Freud ] II. 1 97. V éa se tam bién Freud a
A n d reas-S a lo m é, 4 de octubre de 1918. Freud-Salomé, 9 2 - 9 3 ( 8 3 -8 4 ) .
N otas [773]
7 3 . W .H .R . R ivers, “ F reu d ’s P sy c h o lo g y o f the U n c o n sc io u s”, artículo leíd o
en e l Edinburgh P a th o lo g ic a l C lu b e l 7 de m arzo d e 1 9 1 7 , e im preso en
The Lancet (1 6 de ju n io d e 1 9 1 7 ). C itado e n C lark, Freud, 3 8 5 .
7 4 . “M em orándum on the E lec tr ica l T reatm en t o f W ar N eu ro tic s”, SE XVII,
213. El m em oran do o r ig in a l de c in c o pá g ina s, “ G utachten über die elek -
trische Behan dlun g der K iieg sn eu ro tik er v on P rof. Dr. Sig m . F reud” , fech a
do e n V ie n a, 23 de feb rero de 1 9 2 0 " , n o ha sid o pu b lica d o .
7 5 . Prochaskas Familienkalender, 1 9 1 8 . Freud C o lle c tio n , B 2 , LC.
7 6 . Freud a A braham , 25 de d iciem b re d e 1 918. Freud-Abraham ¡Corresponden
cia Freud-Abraham}. 2 6 6 ( 2 8 3 ) .
7 7 . Prochaskas Familienkalender, 1 9 1 8 . Freud C o lle c tio n , B 2 , LC. Entre las
c om u nicaciones de M artin Freud a su fam ilia se cuentan una d el 8 de n o v iem
bre de 1918, titulada "Tarjeta po sta l de prisionero de guerra”; otra d el 14 de
noviem bre en la qu e in form aba hallarse todavía en el h o sp ita l, pero sin tién
dose m ejor (aparentem ente la nota tardó una sem ana en llegar a V iena), y
una del 24 de diciem bre de 1918. (T odas en el Freud M useum , Londres.)
7 8 . Freud a E itin gon, 25 de octu bre de 1 9 1 8 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
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7 9 . Freud a F eren czi, 9 d e no v iem bre de 191 8 . C orrespondencia F reud-Ferenc-
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8 1 . Freud a F eren czi, 2 7 d e octu bre de 1 9 1 8 . Ibíd.
8 2 . V éase Freud a F eren czi. 7 de n o v iem b re de 1 9 1 8 . Ibíd.
8 3 . C itado en Jones { Vida y obra de Sigmund Freud) II, 2 0 1 .
8 4 . E itin g o n a Freud, 2 5 de n o v iem b r e d e 191 8 . C on p erm iso de Sig m u n d
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8 5 . Freud a Jones. 2 2 de d icie m b r e de 1 9 1 8 . En in g lés. Freud C o lle c tio n , D 2,
LC. La m ayor parte de las p ertenencia s de Anna Freud fueron env ia d a s de
v u elta, y lle g a ro n b ien . (V é a se F reud a Jo nes, 18 de abril de 1 9 1 9 . En
in g lé s . Ib íd .)
8 6 . Freud a F eren czi, 2 4 de en ero d e 1 9 1 9 . C orresp ond en cia F reud -Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
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8 8 . C itado en G e o rg e L ich th eim , Europe in ¡he Twentieth Century ( 1 9 7 2 ) ,
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9 1 . Freud a Jon es, 18 de abril de 1 9 1 9 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC .
9 2 . V éa se Freud a E itin g o n , 25 de octu bre de 1 9 1 8 . C on perm iso de S igm u nd
F reud C op yr ig h ts, W iv e n h o e.
9 3 . Freud a F eren czi. 17 de m arzo de 1 9 1 9 . C orrespondencia Freud-Ferenczi,
F reud C olle ctio n , LC.
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B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
9 6 . Ib íd. K arto ffe l s ig n if ic a “patata"; S chm arrn e s una e sp e c ie de torta, una
e x q u isitez de A ustria y Bavaria. S chm a rrn es tam bién un térm ino de jeTga
que sig n ific a “disparate” o “ absurdo” .
9 7 . Freud a F eren czi, 17 de m arzo de 1 9 1 9 . C orresp ond en cia Freud-Ferenczi,
Freud C olle ctio n . LC.
[774] N otas
9 8 . Freud a Abraham , 13 d e abril de 1 9 1 9 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abraham], 2 6 9 ( 2 8 7 ).
9 9 . Freud a Sam u el Freud, 2 2 d e m ayo de 19 1 9 . En in g les. R ylands U niversity
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1 0 0 . Freud a Sam u el Freud, 2 7 de octubre de 1 9 1 9 . En in g les. Ibíd.
1 0 1 . Freud a F er en cz i. 9 d e abril de 1 9 1 9 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
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1 0 2 . V éase la cita tomada de Reichspost, 25 d e dicie m b r e d e 1 9 1 8 , e n Doku-
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C hristine K lu sa cek y Kurt Stim m er (1 9 8 4 ), 124.
1 0 3 . Freud a Abraham , 5 d e febrero de 1 9 1 9 . Freud-Abraham [Correspondencia
Freud-Abrahatnj, 2 6 7 ( 2 8 4 ).
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(9 0 ).
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1 0 9 . Freud a Sam u el Freud, 2 2 d e m ayo de 1 9 1 9 . En in g lés. R yland s U niversity
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1 1 0 . M artha Freud a Jo nes, 2 6 de abril d e 1 9 1 9 . Freud C o lle c tio n , D 2. LC.
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1 1 6 . Freud a Jo nes, 28 de ju lio de 1 9 1 9 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
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1 1 8 . Freud a Sam uel Freud, 27 d e octubre de 1 9 1 9 . En in g lés. Ibíd.
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1 2 3 . Freud a F eren czi, 10 de ju lio de 1 9 1 9 . C orresp o nd en cia F reud -Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 2 4 . Freud a Sam u el Freud, 2 7 de octubre de 1 9 1 9 . En in g lés. R ylands U niver
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1 2 5 . Freud a Sam uel Freud, 2 4 d e n oviem bre de 1 9 1 9 . En in g lés. Ibíd.
1 2 6 . Freud a Sa m u el Freud (tarjeta po sta l), 8 de diciem bre de 1919. En in g lés.
Ib íd.
1 2 7 . Freud a Sam uel Freud, 17 de d iciem bre de 1 9 1 9 . En in g lés. Ibíd.
1 2 8 . Freud a S am u el Freud, 2 6 de enero de 1 92 0. En in g lés. Ibíd.
1 2 9 . Freud a Sam uel Freud. 15 de octubre de 1 92 0. En in g lés. Ibíd.
1 3 0 . Freud a “G eeh rte A d m in istra r o n ”, 7 de m ayo d e 1920. (M e llam ó la aten
ció n sob re esta carta el do cto r J. A le x is B u rland .)
1 3 1 . Dr. J. A le x is Burland, c o m u n ica ció n personal al autor, 2 9 de diciem bre de
1986.
1 3 2 . Freud a Sam u el Freud, 15 de febrero de 1 9 2 0 . En in g lés. R ylands U niver
sity L ibrary, M anchester.
N otas [775 ]
133. V éa se Freud a Sam u el F ieu d , 2 2 d e j u lio d e 1 920. En in g lés. Ibíd.
134. Freud a Sam u el Freud, 15 de octu bre de 1 9 2 0 . En in g lés. Ibíd.
135. V éa se Z w eig, Die Well von Gestern (E l mundo de ayer], 2 7 9 .
13 6. R ichard F. Sterb a, R em iniscences o f a Viennese Psychoanalyse (1 9 8 2 ) ,
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137. Z w e ig , Die Well von Gestern (El mundo de ayer], 2 7 9 .
138. Freud a A braham , 21 de ju n io d e 1 920. Freud-Abraham /Correspondencia
Freud-Abraham), 2 9 1 ( 3 1 2 ) .
139. V éase Freud a A braham , 9 de d iciem b re de 1 9 2 1 . Ib íd., 3 0 4 (3 2 7 ).
140. Freud a K ala L e v y , 18 d e octu bre d e 1 9 2 0 . Freud C o lle ctio n , B 9, LC.
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142. Freud a Jones, 28 de j u lio de 1 9 1 9 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 . LC.
143. Freud a E itin g o n, 31 d e octubre de 1 9 2 0 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
144. Freud a Leonhard B lum gart, 10 de abril de 1 9 2 1 . A .A . Brill Library, N ew
Y ork P sy ch o a n a ly tic In stitu te. B lu m g a rt iba a ser p residente d el N ew York
P sy c h o a n a ly tic In stitu te de sd e 1 9 4 2 h a sta 1945.
145. Freud a Abram K ardiner, 10 de abril d e 1 921. En in g lés . C itada e n A(bram ]
Kardiner, My Analysis with Freud: Reminiscences ( 1 9 7 7 ), 15.
146. Freud a J o n es, 8 de m arzo de 1 9 2 0. En in g lés . Freud C o lle c tio n , D 2 ,
147. Freud a Jones, 28 d e en e ro de 1 9 2 1 . E n in g lé s . Ib íd.
148. Freud a K ata L e v y , 2 8 de n o v iem b r e de 1 9 2 0 . Freud C o lle ctio n , B 9, L
149. Freud a E itin g o n, 12 d e octubre de 1 9 1 9 . C o n perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
150. Freud a Sam u el Freud, 28 d e n o v iem b re d e 1 9 2 0 . En in g lé s . R ylands U n i
v e rsity LibraTy, M a n ch ester.
151. Freud a Jo nes, 8 d e m arzo de 1 9 2 0. E n in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 ,
152. Freud a Sa m u el Freud, 2 5 de ju lio de 1 9 2 1. En in g lés . R ylands U n iv
L ibrary, M an ch ester. E l “ M ...o ” (por “m a ld ito ” , en in g lé s “ d ...d ”, por
"dam/ied") parece un tanto extraño e n un hom b re qu e ha c ía una cu e stió n de
honor el hech o de llam ar la s c o s a s por su n om b re, pero co n stitu y e una
r em iniscencia de la urbanidad d e l sig lo X IX , é p o ca en la que Freud aprendió
su in g lé s .
153. Freud a B lum gart, 12 d e m a y o de 1 9 2 1 . En in g lés . A .A . B r ill Library, N ew
Y ork P sych o a n a ly tic In stitu te .
154. Freud a F eren czi, 28 de n oviem bre de 192 0 . C orresp ond en cia F reud -Ferenc
zi, Freud C o lle ctio n , L C .
155. Freud a K ata L ev y , 28 d e n o v iem b r e de 1 9 2 0 . Freud C o lle ctio n B 9 , LC .
156. Freud a A n d rea s-S a lom é, 2 0 d e octu bre de 1 9 2 1 . Freud-Salomé, 1 2 0 ( 1 0 9 ) .
157. V éa se un ejem p lo e n A n d rea s-S a lo m é a Freud [princip ios d e septiem b re de
19 2 3 ], Ib íd ., 139 ( 1 2 7 ). H a y m u c h o s o tro s.
158. Freud a A n d re a s-S a lo m é, 5 de a g o sto de 1 9 2 3 . Ib íd ., 137 (1 2 4 ).
159. Freud a B lum gart, 12 de m ayo de 1 9 2 1 . En in g lé s . A .A . B r ill Library, N ew
York P sy c h o a n a ly tic In stitu te .
160. V éase Freud a Sam u el Freud, 4 de diciem bre de 1921. R ylands U niversity
Library, M anchester.
161. Freud a B lum gart, 10 d e abril de 1 9 2 1 . A .A . B rill Library, N ew Y ork P sy
ch o a n a ly tic In stitu te.
162. Freud a J o n e s, 18 d e n o v ie m b r e d e 1 9 2 0 . En in g lé s y a lem á n . F reud
C o lle c tio n , D 2 , LC.
163. Freud a Jones, 12 de feb rero de 1 9 2 0 . En in g lés . Ib íd. En realid ad, Freud
tenía cuarenta a ñ o s, y n o cuaren ta y tres, cuand o su padre m urió en 189 6 .
[776] N otas
1 6 4 . V éase “ V íctor T a u sk”, SE X V II. 2 7 3 -2 7 5 . Esa n e c r o ló g ic a ap a reció o r ig i
na lm e n te en la Internationale Zeitschrifl für árztliche Psychoanalyse, V
(1 9 1 9 ), firm ada por “ D ie Redaktion"— “ La red a cción”.
1 6 5 . Freud a Abraham , 6 de ju lio de 1 9 1 9 .P apeles d e Karl Abraham , LC. En sus
recuerd os m eca n o g ra fia d o s (pág. 8 ). e l p sico a n a lista L u dw ig Jekels in for
ma que cuando le preguntó a Freud por qu é no había aceptado analizar a
Tausk la respuesta del m aestro fue: “ ¡El va a m atarm e!” (P a p e les d e S ie g
fried B ern feld , c o nten ed or 17, LC .)
1 6 6 . Freud a F er en cz i, 10 de ju lio de 1919. C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
1 6 7 . Freud a A n d re a s-S a lo m é, 1 de a g o sto de 1919. Freud-Salomé, 1 0 9 ( 9 8 -9 9 ) .
1 6 8 . V éase A n d rea s-S a lo m é a Freud, 25 de ag o sto de 1 9 1 9 . Ib íd., 1 09 (9 9 ). De
m anera pintoresca, d ijo que Tausk era “una alm a frenética" (Seelenberser -
ker) “co n e l co ra z ó n tierno".
1 6 9 . Freud a A n d re a s-S a lo m é, 1 d e a g osto de 1919. Ib íd., 109 ( 9 8 -9 9 ).
1 7 0 . Freud a E itin g o n , 21 de e n e ro d e 1920. El pasaje o r ig in a l en alem á n apare
ce c itad o en Schur, Freud, Living and Dying { Sigmund Freud, enfermedad
y muerte en su vida y su obra}, 5 5 3 .
1 7 1 . Freud a su m adre, A m alia Freud, 2 6 de enero de 1 9 2 0 . Briefe ¡Epistolario},
344.
1 7 2 . E sto e s lo que Freud le d ijo a su analizanda, y m ás tarde am iga, Jearme
Lam pl-de G root. (E ntrevista del autor con Lam pl-de G root, 2 4 d e octubre
de 1 9 8 5 .)
1 7 3 . Freud a Kata L ev y , 26 de febrero de 1 9 2 0 . Freud C o lle ctio n , B 9 , LC .
1 7 4 . M artha Freud a “ K itty ” J o n e s, 19 de m arzo d e 1 9 2 8 . P a p eles d e Jones,
A rch ivos de la B ritish P sy ch o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.
1 7 5 . H .D . [H ild a D o o little ], “ A dvent", e n Tribute to Freud ( 1 9 5 6 ) , 1 2 8 .
1 7 6 . Freud a P fister, 27 de enero de 1920. Freud-Pfister, 7 7 - 7 8 ( 7 4 - 7 5 ) .
1 7 7 . Freud a “Mamá" Halberstadt, 23 de marzo de 1920. Freud C ollection , B l , LC.
1 7 8 . Freud a Max H alberstadt, 25 de enero de 19 20 . Briefe ¡Epistolario], 3 4 3 -
344.
1 7 9 . Freud a L ajos L ev y , 4 de febrero d e 1 9 2 0 . Freud C o lle ctio n , B 9, LC .
1 8 0 . Freud a F erenczi, 4 de febrero de 1920. C orrespondencia Freud-Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
1 8 1 . Freud a Jones, 6 de feb rero de 1 9 2 0 . En in g lés. Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
1 8 2 . Freud a P fister, 27 de enero de 1920. Freud-Pfister, 78 (7 5 ).
1 8 3 . Jones [Vida y obra de Sigmund Freud] III, 2 7 .
1 8 4 . V éa se Karl A braham a Jo nes, 4 de enero de 1 9 2 0 . P apeles d e Jo nes, A rchi
vos de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
1 8 5 . Freud a A n d rea s-S a lom é, 2 de abril de 1919. Freud-Salomé, 105 ( 9 5 ).
1 8 6 . W itte ls, Sigmund Freud, 2 3 1 . (S i bien e ste lib ro e stá fe c h a d o e n 1 9 2 4 , por
una carta que Freud le en v ió a F lie ss inm ediatam ente desp ués de haberlo
rec ib id o , e l 18 de d iciem b re de 1 9 2 3 , sab em o s que en e ste ú ltim o año ya
estab a c o m p leto . V éa se Briefe ¡Epistolario}, 3 6 3 - 3 6 4 .)
1 8 7 . Por eje m p lo , e l 18 d e ju lio d e 19 2 0 Freud le escr ib ió a E itin g o n: “ El M á s
allá e stá term inado. U sted podrá confirm ar que y a esta b a a m ed io hacer
cuand o S op h ie v iv ía y flo re cía ” . (C on perm iso de S ig m u nd Freud C o p y
rights, W iv e n h o e .) V éa se tam bién Freud a J o n e s, 18 de ju lio d e 192 0 .
Extracto m ec anografiado. Freud C o lle ctio n , D 2 . LC.
1 8 8 . Freud a W ittels [¿diciem b re de 19 2 3 ? ]. N o hay autógrafo de esta carta (por
lo m en os y o no lo h e d esc u b ier to ). Pero en lo s m árgenes d e un ejem plar
d el Sigm und Freud de W ittels, qu e ahora se encuentra en la b ib lio te ca d e la
O h io State U n iv ersity , y que está claro que fue e l ejem plar de trabajo de
N otas [7 7 7 ]
los traductores Edén y C edar P aul, W ittels transcribió el tex to de la carta
qu e le e n v ió Freud, y de e s a tra n scrip ció n e s to y tom ando m is c ila s. L os
traductores insertaron p a saje s de e sa carta e n la e d ic ió n e n in g lé s . La co p ia
por parte de W ittels de la carta de Freud se encuentra en la pá g . 2 3 1 , y la
v e r sió n en in g lé s e s tá en la s p á g s . 2 5 1 * 2 5 2 .
189. En el o to ñ o de 1 9 1 9 , F reud p u b lic ó “ Lo o m in o so " , un c u r io so e n sa y o , en
parte e stu d io le x ic o g r á fic o y en parte conjetura p s ico a n a lític a , qu e ya c o n
tenía a lgu n os de lo s c o n c e p to s c en tr a les d e M á s a llá d e l p r in c ip io d e l p l a
cer, esp e cialm e n te el d e la c o m p u lsió n a la rep etició n . Y las id ea s e x p u e s
tas en e se artículo n o eran nu ev a s para Freud ni siq u iera en to n c es. (V éa se
la nota del editor a "T he ‘U n c a n n y ’ ”, SE X V II, 2 1 8 .)
190. V éa se Freud a E itin g o n , 8 de febrero de 1 920. C on perm iso d e Sigm u nd
Freud C op yrig h ts, W iv e n h o e. V éa se tam b ién la d iscu sió n en Schur, F re u d ,
L iv in g an d D yin g [S ig m u n d F re u d . E n fe rm e d a d y m u erte en su v id a y en su
obra], 3 2 8 - 3 3 3 , e s p . 3 2 9 .
191. “Zur Á tio lo g ie der H ysterie", G W I, 4 5 7 /“T h e A e t io lo g y o f H y ste ria ” , S E
III, 220 .
192. D r e i A bh andlun gen , G W V , 5 7 ¡T hree E ss a y s [T r e s e n s a y o s so b re te o ría
sexual), SE, V II, 1 5 7 .
193. “ A n g s t un d T r ie b le b e n ” , e n N e u e F o lg e d e r V o r le s u n g e n , G W X V ,
1 10/‘*A nxieiy and In stin ctu a l L ife ”, en N ew in tro d u c to ry L ec tu res ¡N u eva s
c o n fere n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p s ic o a n á l is is ] , S E X X II, 103.
194. D a s U nbehagen in d e r K u ltu r, G W X IV , 4 7 9 /C iv i liz a ti o n a n d lt$ D isc o n -
te n ts (E l m a le sta r en la c u ltu ra ], SE X X I, 12 0 .
195. V éa se 29 de n o v iem b r e de 1 9 1 1 . P r o to k o lle , III, 3 1 4 - 3 2 0 .
196. S ob re el rec o n o c im ien to por Freud d e la s apo rta cio n es d e S p ielrein , v é a se
B e yo n d th e P le a su re P rin c ip ie ¡M á s a llá d e l p rin c ip io de p la c e r ] , SE XVIII,
55n.
197. V éa se un enun cia do entre m u ch o s en Jung a J. A lie n G ilbert, 4 de m arzo de
1 9 3 0 . B riefe, I. 1 0 2 .
198. J e n s e its d e s L u s tp r in z ip s ( 1 9 2 0 ) , G W X III, 5 6 - 5 7 ¡B e y o n d th e P le a s u r e
P rin c ip ie (M á s a llá d e l p r in c ip io d e l p la c e r ) , SE X V III, 53.
199. Ib íd ., 6 3 - 6 4 / 5 9 .
200. Ib íd. En B eyo n d the P le a su re P rin c ip ie (M á s a llá d e l p r in c ip io d e p la c e r ) ,
Freud em p leó m ás de una v e z la palabra “e s p e c u la c io n e s”, ex p r esió n p o co
prom etedora.
201. Freud a F eren czi, 28 d e m arzo d e 1 9 1 9 . C orresp ond en cia F reud-Ferenczi,
FTeud C olle ctio n , LC .
202. J e n s e its d e s L u s tp r im ip s , G W X III, 3, 5/B e y o n d th e P le a s u r e P rin c ip ie
(M á s a llá d e l p r in c ip io d e p la c e r ] , S E X V III, 7 , 9.
203. V é a se ib íd ., 1 1 -1 5 / 1 4 -1 7 .
204. V é a s e ib íd ., 21 / 2 2 .
205. Ib íd ., 2 0 / 2 1 .
206. Ib íd ., 3 6 -4 1 / 3 5 - 3 9 .
207. I b íd .. 41 / 3 9 .
208. D a s U nbehagen in d e r K u ltu r, G W X IV , 4 7 8 - 4 7 9 /C iv i/iz a íio n a n d I ts D is-
c on te n ts [E l m a le sta r e n la c u ltu ra ), SE X X I, 119.
209. “D ie en d lich e und die u n en d lich e A n a ly s e ”, G W X V I, 88 -8 9 /“ A n a ly sis T er
m in a b le and In te rm in a b le ” [“ A n á lis is ter m in a b le e in te r m in a b le ”], S E
X X III, 243.
210. Freud a Jones, 3 de m arzo de 1 9 3 5 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC.
211. “S e lb std arste llu n g ”, G W X IV , 8 4 /“ A uto biog ra p hica l Stu dy ” [‘‘P resentación
autob iográfica ”], S E X X , 5 7 .
[7 7 8 ] N otas
2 1 2 . Freud a Jo nes, 4 d e o ctu bre d e 1 9 2 0 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
2 1 3 . Freud a E itin g on , 2 7 de m arzo de 1 9 2 1 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 1 4 . Freud a Jo nes, 2 de abril d e 1 9 2 0 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
2 1 5 . V éase J o n e s ¡V ida y o b ra d e Sigm un d F reud¡ III, 4 2 - 4 3 .
2 1 6 . Freud a Jo nes, 18 de m arzo d e 1 9 2 1 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
2 1 7 . Freud a R ollan d, 4 d e m arzo de 1 9 2 3 . B riefe [E p isto la rio ], 3 6 0 .
2 1 8 . M a s s e n p s y c h o lo g ie un d ¡c h -A n a lyse ( 1 9 2 1 ), G W XIII, T i/G r o u p P s y c h o
lo g y a n d th e A n a ly s is o f th e E g o ¡ P s ic o lo g ía d e la s m a s a s y a n á lis is d e l
y o ] , S E X V in , 6 9 .
2 1 9 . Ibíd.
2 2 0 . I b íd ., 1 3 0 / 1 1 8 .
2 2 1 . Freud a A n d rea s-S a lo m é, 2 2 d e no v iem bre d e 1 9 17 . F reud-Salom é, 7 5 ( 6 7 ).
2 2 2 . M a s s e n p s y c h o lo g ie , G W X III, 1 0 0 , 1 0 4 ¡G ro u p P s y c h o lo g y ( P s ic o lo g ía d e
la s m a s a s y a n á lis is d e l y o ], S E X V III, 9 1 , 9 5 .
2 2 3 . I b íd ., 1 1 0 , 1 0 7 / 1 0 1 , 9 8 .
2 2 4 . F e r e n c z i, “ F reud s ‘M a s s e n p s y c h o lo g ie und I c h - A n a ly s e ’ . D er in d iv i-
d u a lp sy c h o lo g isc h e F o rtsc h r itt” (1 9 2 2 ), en S c h riften zu r P sy c h o a n a ly se ,
co m p . d e B a lin t, II, 1 2 3 -1 2 4 .
2 2 5 . Freud a F er en cz i, 21 d e j u lio de 1 9 2 2 . C orresp ond en cia F reud -F erenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
2 2 6 . Freud a R ank, 4 de a g o sto de 1 9 2 2 . R ank C o lle c tio n , C aja I b . Rare B o o k
and M anuscript L ibrary, C olum b ia U n iv ersity .
2 2 7 . Ib íd.
2 2 8 . Freud a A n d reas-Salom é, 7 de octubre de 1 9 1 7 . Freud-Salom e, 71 ( 6 3 ) .
2 2 9 . G rodd eck a Freud, 2 7 de m ayo d e 1 9 1 7 . G eo rg G ro d d eck -S ig m u n d F reud :
B riefe ü ber d a s Es, co m p . de M argaretha H o n eg g er ( 1 9 7 4 ), 7 - 1 3 .
2 3 0 . C itado en C ari M . y S y lv a G rossm an, T he W ild A n a ly st: T he L ife a n d
W ork o f G e o rg G ro d d e c k ( 1 9 6 6 ) , 9 5 .
2 3 1 . V éase G rodd eck a Freud, 1 1 de septiem b re de 1921. B riefe ü b er d a s Es, 3 2 .
2 3 2 . V éa se Freud a G ro dd eck, 7 y 8 d e febrero de 1920. Ib íd ., 2 5 -2 6 .
2 3 3 . F eren czi, “G eorg G rodd eck, D e r S e e le n s u c h e r . E in p s y c h o a n a ly tis c h e r
Rom án" (1 9 2 1 ), S c h riften zu r P sy c h o a n a ly se , co m p . de B a lin l, II, 9 5 .
2 3 4 . J o n e s f V ida y o b ra d e Sigm un d F reu d ] III, 7 8 .
2 3 5 . Freud a E itin gon, 27 de m ayo d e 1 9 2 0 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 3 6 . Freud a P fister (tarjeta po sta l), 4 d e febrero d e 1921. Freud-Pfister, 8 3 ( 8 0 -
8 1 ).
2 3 7 . P fister a Freud, 14 d e m arzo de 1 9 2 1 . C on perm iso d e S ig m u n d Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 3 8 . Freud a G rodd eck, 17 de abril de 1 9 2 1 . B riefe über d a s Es, 3 8 .
2 3 9 . Groddeck, D a s B uch vom E s. P s y c h o a n a ly tisc h e B riefe a n e in e F reu n d in
( 1 9 2 3 ; ed. rev ., 1 9 7 9 ), 2 7 [trad. c a st.: El libro d el e llo . C artas p sico a n a lí-
ticas a una am iga, M adrid, T auros, * 1 9 8 1 ].
2 4 0 . Freud a G roddeck, 17 d e abril d e 1 9 2 1 . B riefe ü b er d a s E s, 3 8 -3 9 .
2 4 1 . Freud a A n d reas-Salom é, 7 de octubre de 1917. Freud-Salom J, 71 ( 6 3 ).
2 4 2 . G roddeck a Freud, 2 7 d e m ayo d e 1923. B riefe ü b er da s Es, 6 3 .
2 4 3 . G rodd eck a su seg u n d a e sp o sa , 15 d e m ayo de 1 9 2 3 . Ib íd., 1 0 3 .
2 4 4 . Freud a G rodd eck, 13 d e octubre de 1926. Ibíd., 81 .
2 4 5 . D a s ¡ch und d a s E s ( 1 9 2 3 ), G W XIII, 2 8 9 fT he E g o a n d th e ¡ d [ E l y o y e l
e llo ] , SE X IX , 5 9 .
2 4 6 . Freud a F eren czi, 17 de abril de 1 9 2 3 . C orresp o nd en cia F reud -F erenczi.
Freud C o lle ctio n . LC.
N otas [779]
247. Ich und E s, G W X III, 2 3 7 /E g o a n d ¡ d ¡E l y o y e l e llo ] S E X IX 12
248. I b íd ., 2 5 1 / 2 3 .
249. I b íd ., 2 3 9 / 1 2 .
250. I b íd ., 2 3 9 / 1 3 .
251. I b íd ., 2 4 5 / 1 8 .
252. I b íd ., 2 4 1 / 1 5 .
253. "D as U n b ew u sste (1 9 1 5 ), G W X , 2 9 1 /" T h e U n c o n sc io u s” [“ Lo in c o n s
c ie n te ”], SE X IV , 1 9 2 -1 9 3 .
254. Ich un d E s, G W X III, 2 4 4 , 2 5 2 - 2 5 3 ¡E go a n d Id [ E l y o y e l e llo ) S E XIX.
18, 25 .
255. I b íd ., 2 5 3 / 2 5 .
256. I b íd ., 2 8 6 - 2 8 7 / 5 6 .
257. Ib íd ., 2 5 5 / 2 6 , 2 6 n . La n o ta e x p lic a t iv a ap a reció por prim era v e z , en
in g lé s , en la trad ucción de 1 9 2 7 , co n a u to riza ció n d e Freud. A paren tem en te
n o e x is t e nin g u n a v e r sió n en a lem á n .
258. I b íd ., 2 5 4 - 2 5 5 / 2 6 - 2 7 .
259. I b íd ., 2 8 0 - 2 8 2 / 5 0 - 5 2 .
260. I b íd ., 2 7 8 - 2 8 0 / 4 9 - 5 0 .
261. “ D ie Z erleg u n g der p s y ch isch en P er sS n lic h k eit”, en N eu e F o lg e d e r V o rle-
su n g e n , G W X V I, 7 3 /“T h e D is s e c tio n o f the P sy c h ic a l P e r so n a lity ” , e n
N e w In tro d u c to ry L ec tu res, SE X X II, 67 .
262. Ich U nd Es, G W X III, 2 6 2 - 2 6 4 [E g o a n d Id [ E l y o y e l e llo ] , S E X IX , 3 4 -
36.
263. Freud a Jones, 2 0 de no v iem b re de 1 9 2 6 . En in g lés. Freud C o lle c tio n . D 2 ,
LC.
264. P fister a Freud, 5 de septiem b re d e 1 9 3 0 . F reud-Pfister, 1 47 ( 1 3 5 ).
265. P fister a Freud, 4 de feb rero de 1 9 3 0 . Ib íd ., 1 42 ( 1 3 1 ). La v ig o r o sa d e fe n
sa realizada por Freud de su p o s ic ió n p u ed e v erse en su resp uesta d e l 7 de
feb rero d e 1 9 3 0 . Ib íd., 1 4 3 -1 4 5 ( 1 3 2 -1 3 4 ) .
CAPmjLO nueve. L a m u erte c o n tra la v id a
1. Freud a R ank, 4 de a g o sto d e 1 9 2 2 . R ank C o lle c tio n , C aja Ib. Rare B o o k
and M anuscript Library, C o lu m b ia U n iv e r sity .
2 . Freud a Jo n e s, 25 de ju n io d e 1 9 2 2 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC .
3 . Freud a Rank, 8 de ju lio d e 1 9 2 2 . R ank C o lle c tio n , C aja Ib . Rare B o o k
and M anuscript Library, C o lu m b ia U n iv e r sity .
4 . Freud a R ank, 4 d e ag o sto d e 1 9 2 2 . Ibíd.
5 . Freud a Jones, 2 4 de a g o sto de 1 9 2 2 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC .
6 . C secilie G raf a R o sa G raf, “ Dear M o th er”, 16 d e a g o sto d e 19 22 . Ejem plar
m ecanografiado, Freud C o lle ctio n , LC .
7 . Freud a Jones, 2 4 de a g o sto de 1 9 2 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC .
Estaba c o n m o v id o , pero no lo su fic ie n tem e n te perturbado co m o para s il e n
ciar su sa r cá stic a len g u a . D ijo qu e su herm an a R osa, d e la qu e C x c i lie
hab ía sid o ún ica hija su p e rv iv ien te , era un a “ virtu osa de la d e se sp e ra c ió n ” .
(F reud a F eren czi. 2 4 de a g o sto d e 1 9 2 2 . C o rresp ond en cia F reud-Ferenczi,
Freud C o lle ctio n , L C .)
8 . Freud a Jones, 2 5 de abril de 1 9 2 3 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , L C .
9 . Freud a F eren czi, 6 de noviem bre de 1917. C orresp ond en cia Freud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC. A nn a Freud c o p ió lo s pasajes relev a n tes e n una
carta a Schur, 2 0 d e a g o sto de 1 9 6 5 . P a p e le s de M ax Schur, LC.
10. Freud a Jo n e s, 25 d e abril d e 1 9 2 3 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC .
[780] N otas
1 1 . Schur, F reud, L iv in g a n d D yin g ¡S ig m u nd F reud . E n fe rm e d a d y m u erte en
su v id a y en su o b ra ], 3 5 0 . En cuanto al m aterial sobre e l qu e me he b a sa
d o prin cip a lm en te para escr ib ir e sto s párrafos, v é a se e l en sa y o bib lio g rá
f ic o corresp o nd ien te a este c a pítulo .
1 2 . V éa se A nn a Freud a Jo nes, 4 de enero de 195 6 . P a p e le s de Jones, A rc h iv o s
d e la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L o n d res. En v ista d e la poca ten
d en cia d e A nna Freud a criticar a su padre, é ste e s un sig n ifica tiv o e le m e n
to de prueba.
1 3 . D eu tsch , “ R e fle ctio n s” , 2 8 0 .
1 4 . A nn a Freud a Jo nes, 16 d e m arzo d e 1 9 5 5 . P apeles de Jo nes, A rch iv o s de
la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
1 5 . Esta es la razon able e sp e cu la ció n de Ernest J o n e s. (J o n e s (V id a y o b ra d e
Sigm und Freud] III, 9 1 .)
1 6 . A nn a Freud a Jo nes, 16 d e m arzo d e 1955. P apeles d e Jo nes, A rch iv o s de
la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres. El relato d e Jones (J o n e s
(V id a y o b ra d e Sigm un d F reud] III, 9 0 -9 1 ) sig u e e l inform e d e Anna Freud
prácticam en te palabra por palabra; lo m ism o h a ce C lark, Freud, 4 4 0 , que
se basa e n las v e rsio n es d e seg u n d a m ano d e Jones y D eu tsch .
1 7 . Freud a A nd rea s-S a lo m é, 10 de m ayo de 1 9 2 3 . F reud-Salomé, 1 3 6 ( 1 2 4 ).
1 8 . Freud a Abraham , 10 de m ayo de 1923. F reud-A braham ¡C o rresp o n d en cia
Freud Abraham ], 3 15 ( 3 3 8 ). La últim a parte de la frase ( “m uchos fe lic e s
r e t o r n o s ...”) está en in g lé s .
1 9 . Freud a Sam uel Freud, 2 6 de ju n io de 1 9 2 3 . En in g lés. R ayland s U n iv ersity
Library, M anchester.
2 0 . D e las notas de F élix D eu tsch tom adas d esp u és d e su v isita d el 7 d e abril
de 1923, cuando Freud le m o stró su le sió n . C ita d o e n G iffo rd , " N o tes on
F élix D eu tsch ” , 4 .
2 1 . Freud a F eren czi, 17 de abril de 1 9 2 3 . C orresp o nd en cia F reud -F erenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
2 2 . Freud a Kata y L ajos L ev y , 11 de ju n io d e 1 9 2 3 . B riefe ¡E p isto la rio ], 3 6 1 -
362.
2 3 . Ibíd.
2 4 . Ib íd., 3 6 1 . La frase c ita d a está en in g lé s e n la carta de Freud.
2 5 . Freud a F eren czi (tarjeta p o sta l), 2 0 d e ju n io de 1 9 2 3 . C o rresp ond en cia
F reud-Ferenczi, Freud C o lle ctio n , LC.
2 6 . J on e s (V id a y o b ra d e Sigm un d F reud] III, 9 2 .
2 7 . Freud a F eren czi, 18 de ju lio de 1 9 2 3 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
2 8 . Freud a E itingon, 13 d e a g o sto de 1 9 2 3 . C on p erm iso de Sigm und Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 9 . Freud a R ie, 18 d e ag o sto de 1 9 2 3 . Freud M useum , Londres.
3 0 . Freud a B insw a ng er, 15 de octubre de 1926. C itada en B in sw a n g er, E rin -
nerungen, 9 4 - 9 5 .
3 1 . Freud a Sam uel Freud. 24 de septiem b re de 1 9 2 3 . En in g lés. R ylands U n i
versity Library, M anchester.
3 2 . Freud a Jo nes, 4 de o ctu b re d e 1 9 2 0 . En in g lés. Freud C o lle ctio n , D 2, L
3 3 . Freud a Jo nes, 11 d e dicie m b r e de 1 9 1 9 . En in g lés. Ibíd.
3 4 . Freud a Jo nes, 2 3 de dicie m b r e d e 1 9 1 9 . En in g lés. Ib íd.
3 5 . V éase Freud a Jones, 7 d e enero d e 1 9 2 2 . Ib íd.
3 6 . Jones al C o m ité , a g o sto d e 1 9 2 2 . R ank C o lle c tio n . Caja Ib. Rare B o o k
and M anuscript Library, C olum b ia U n iv ersity .
3 7 . Freud a Jo nes, 24 de se p tiem b re de 1 9 2 3 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n . D 2 ,
LC.
N otas [781]
3 8 . Jones a K atharine J o n e s, 2 6 de a g o sto d e 1 9 2 3 . P a p e le s de J o n e s, A r c h i
v os de la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
3 9 . Jones a K atharin e J o n e s, 2 8 d e a g o sto d e 1923. Ib íd.
4 0 . Jones [V id a y o b ra de Sig m u n d F reu d ] III, 9 3 .
4 1 . A nna Freud a J o n es, 8 de enero de 1 9 5 6 . P apeles de J o n e s, A rc h iv o s de la
B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.
4 2 . Freud a E itin g o n , 11 de sep tie m b re de 1 9 2 3 . C on pe r m iso d e S igm u nd
Freud C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
4 3 . Freud a Jones, 2 4 d e se p tiem b re de 1 9 2 3 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2,
LC.
4 4 . Freud a Sam u el Freud, 2 4 de septiem b re de 192 3 . En in g lé s . R yland s U ni-
v e rsity Library, M a n ch ester.
4 5 . Freud a E itin g o n , 2 6 d e sep tie m b re de 1923. C itada e n e l o r ig in a l alem án
en Schur F reud, L iv in g a n d D yin g [Sigm un d F reud . E n ferm ed a d y m u erte
en su v id a y e n su o b r a ] , 5 5 4 . V é a se tam bién Freud a J o n e s, 26 d e sep
tiem bre d e 1 9 2 3 , carta en la c u a l p rácticam en te rep ite lo qu e le había e sc r i
to a E itin go n . (F reu d C o lle c tio n , D 2 , L C .)
4 6 . En este pu n to s ig o a S c h u r, F re u d , L iv in g a n d D yin g [S ig m u n d F re u d .
E n ferm edad y m u erte en su v id a y su o b ra ], 3 6 2 .
4 7 . Freud a A bia h a m , 19 d e octu bre de 1 9 2 3 . Freud-A braham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham], 3 1 8 ( 3 4 2 ) .
4 8 . Freud a “ ¡Querido M artin!”, firm ada “ Cordialm ente, Papá". 3 0 d e octubre de
1923. Freud M u seu m , L on dres. C o n la e x ce p c ió n de la firm a, la carta no
fue escrita por Freud.
4 9 . Jon e s [V id a y o b ra d e Sig m un d F reu d ] III, 9 8 -9 9 . V éa se ta m b ién Sharon
Rom m , The U n w elco m e Iruruder: F re u d 's S trug g le w ith C á n ce r ( 1 9 8 3 ) , 7 3 -
85 .
5 0 . M ax Schur, “T h e M ed ica l C ase H istory o f Sigm und F reud”, un m anuscrito
in éd ito de fec h a 27 de febrero de 1 9 5 4 . P apeles de M ax Schu r, LC .
5 1. E ntrevista co n H e len Schu r, 3 de ju n io d e 1986.
5 2 . Freud a Rank, 2 6 de n o v iem b r e d e 1 9 2 3 . Rank C o lle c tio n , C aja Ib . Rare
Book and M anuscript Library, C olum b ia U n iv ersity .
5 3 . Freud a E itin g o n , 2 2 de m arzo de 1924. Con perm iso de S ig m u nd Freud
C op yr igh ts, W iv e n h o e .
5 4 . V éase una d e sc rip ció n de las d o s p o s ic io n e s del div án, antes y d esp u é s de
la operación de Freud, en A nna F reud a Jones, 4 de enero d e 1 9 5 6 . P a p eles
de Jones, A rc h iv o s de la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
5 5 . Jones [V id a y o b ra d e Sig m un d F reu d ] III, 9 5 .
5 6 . Freud a Sam u el Freud, 9 de en ero de 1924. En in g lés. R y la nd s U n iv ersity
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5 7 . Freud a Sam ue] Freud, 4 de m a y o de 1 9 2 4. En in g lés. Ib íd.
5 8 . A lix Strachey a Jam es S tr a ch ey , 13 de octubre [1 9 2 4 ], B lo o m sb u r y/F reu d :
The L e tte r s o f J a m e s a n d A lix S tra c h e y , 1 9 2 4 -1 9 2 5 , co m p . de Perry M ei-
se l y W alter K en d rick ( 1 9 8 5 ), 7 2 - 7 3 ,
5 9 . A lix S trach ey a J a m es S tra ch ey , 2 0 d e m arzo [1 9 2 5 ], Ib íd ., 2 2 4 ,
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7 2 . A nna Freud a Freud, 7 de enero de 1 912. Ibíd.
7 3 . Freud a A nna Freud, 21 de ju lio de 191 2 . Ib íd . Se encuentra otro ejem p lo
del uso de esla ÍTase en Freud a A nna Freud, 2 de febrero de 1913. Ibíd.
7 4 . V éase Freud a A nna Freud, 28 de noviem bre de 1912. Ibíd.
7 5 . A nna Freud a Freud, 2 6 de n oviem bre de 1 9 1 2 . Ibíd.
7 6 . V éase Anna Freud a Freud, 16 de diciem bre de 1 9 12 . Ibíd. V éa se tam bién
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7 7 . A nna Freud a Freud, 7 de enero de 1 912. Ibíd.
7 8 . A nna Freud a Freud, 16 de diciem bre de 1 9 1 2 . Ibíd.
7 9 . Freud a A nna Freud, 5 de enero de 1 913. Ibíd.
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8 2 . Anna Freud a Freud, 13 de m arzo de 191 3 . Freud C olle ctio n , LC.
8 3 . Freud a F eren czi, 7 de j u lio de 1 9 1 3 . C o rr esp o n d en cia F reu d -F eren czi,
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8 6 . Ib íd.
8 7 . Freud a A nna Freud, 2 2 de ju lio de 1 914. Ibíd.
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8 9 . Freud a Jones, 2 2 de ju lio de 1 9 1 4 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
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9 1 . Freud a Jones, 2 2 de ju lio de 1 9 1 4 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
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9 6 . V éa se Anna Freud a Freud, 3 0 d e ju lio de 1 915. Ibíd.
9 7 . V éa se Anna Freud a Freud, 28 de agosto de 1 9 1 6 . Ibíd.
9 8 . D ebo e ste in form e al d o cto r Jay Katz, qu ien lo r eco gió de boca de la pro
pia A nna Freud.
9 9 . V éase A nna Freud a Freud, 13 de septiem b re de 1918. Freud C o llectio n ,
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1 0 0 . V éase A nna Freud a Freud, 24 de ju lio y 2 d e a gosto d e 1 9 1 9 . Ibíd.
1 0 1 . V éa se A nna Freud a Freud, 28 de ju lio de 1 9 1 9 . Ibíd.
1 0 2 . Anna Freud a Freud, 12 de no v iem bre de 1 9 2 0 . Ibíd.
1 0 3 . V éa se A nna Freud a Freud, 4 de ju lio de 1 9 2 1 . Ibíd.
1 0 4 . A nna Freud a Freud, 4 de a g o sto de 192 1 . Ibíd.
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1 0 6 . V éase A nna Freud a Freud, 27 de abril de 1 922. Ibíd.
[7 8 3 ]
1 0 7 . V éan se pruebas al resp ecto en la biografía de A nna Freud realizada por E li
sab eth Y o u n g -B ru eh l, que la r esu m ió p a rc ia lm en te en un en cu en tro d e l
M uriel Gardiner Program in P sy c h o a n a ly sis and the H u m an ities, Y a le U n i
v e r sity , 15 d e eneTO d e 1 9 8 7 .
1 0 8 . Freud a Jo n es. 4 de ju n io de 1 9 2 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC .
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1 1 6 . En 1930, en una a fec tu o sa po std a ta agregad a a una de las cartas de su
padre, A n n a Freud se d esp ed ía co n “T e b e so m u c h a s v e c e s. Tu A nn a ” .
(Freud y A nna Freud a A nd rea s-Sa lom é, 22 de octubre de 1930. Ib íd.)
1 1 7 . Freud a Sam u el F ieu d , 19 de diciem bre de 1925. En in g lés. R ylands U n i
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1 2 1 . A nn a F reud a Freud, 2 3 de ju lio de 1 9 1 5 . Ibíd.
1 2 2 . A nna Freud a Freud, 5 de a gosto de 1 9 1 9 . Ibíd.
1 2 3 . A nna Freud a Freud, 12 de ju lio de 1 9 1 5 . Ibíd.
1 2 4 . A nna Freud a Freud, 2 7 de ju lio de 1 9 1 5 . Ibíd.
1 2 5 . A nna Freud a Freud, 2 4 de ju lio de 191 9. Ibíd.
1 2 6 . A nna Freud a Freud. 6 de a g o sto de 1 915, Ib íd.
1 2 7 . V é a se una “ in terp reta ció n " h u m o rística d el su eñ o de A nn a d el rey y la
p rin cesa en Freud a A nn a Freud, 14 de ju lio de 1 9 1 5 . Ibíd.
1 2 8 . Freud a E itin g o n , 2 de diciem bre d e 1 9 1 9 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
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1 2 9 . Kardiner, ¡Ay A n a ly s is w ith F reu d , 7 7 .
1 3 0 . D e n u evo e sto y en deuda con E lisabeth Y oun g, por su charla en un a reu
nión del M u riel Gardiner Program in P sy c h o a n a ly sis and the H u m an ities,
Y ale U n iv e r sity , 15 de enero de 1 9 8 7 .
1 3 1 . V éase A nna Freud a Freud, 5 d e a g o sto de 1 9 1 8 , y 16 de no v iem bre de
1920. Freud C o lle c tio n , L C ,
1 3 2 . A nna Freud a Freud, 24 d e ju lio de 1 9 1 9 . Ibíd.
1 3 3 . Freud a K ata L ev y , 16 de a g o sto de 1 9 2 0 . Freud C o lle c tio n , B 9 ,
1 3 4 . Freud a Jo nes, 23 de m arzo de 1 9 2 3 . En in g lés . Freud C o lle ctio n
V éa se tam b ién, entre m uchas otras cartas, Freud a Jones, 4 y 25 de ju n io
de 1 9 2 2 . En in g lé s . Ib íd .
1 3 5 . Freud a W e iss, 1 de n o viem b r e de 1 9 3 5 . F reu d -W eiss B riefe, 9 1 .
1 3 6 . Freud a A n d rea s-S a lo m é, 13 de m ayo de 1 924. Freud C o lle ctio n ,
1 3 7 . Freud a A n d rea s-S a lo m é, 11 de a g o sto de 1 924. Ibíd.
1 3 8 . Freud a A n d rea s-S alom é, 10 de m ayo de 1 9 2 5 . Ibíd.
1 3 9 . V éase Freud a A n d rea s-S a lo m é, 13 de marzo d e 1 922. Ibíd.
1 4 0 . Freud a A n d rea s-S a lo m é. 13 de m arzo de 192 2 . Ibíd.
[784 ] N otas
1 4 1 . E ste punto ha sid o o b ser v a d o , entre o tro s, por U w e H enrik P eters, en su
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1 4 2 . Freud a F er en cz i, 10 de m ayo de 1 9 2 3 . C orresp o nd en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
1 4 3 . Freud a S am u el Freud, 13 d e diciem bre de 19 23 . En in g lé s . R ylands U n i
v ersity Library, M anchester.
1 4 4 . V éase J o n e s ¡V id a y o b ra d e S igm un d F reud} III, 9 5 , 1 9 6 .
1 4 5 . Freud a E itin g o n , 2 4 d e abril de 1 9 2 1 . C on p erm iso de S ig m u nd Freud
C op yrigh ts, W iv e n h o e. Freud se dirig ió a E itin g o n c o m o a su “ Q u erido
M ax” por prim era v e z e l 4 de ju lio de 1 9 2 0 , y en ad ela n te sig u ió dá n do le
e se tratam iento. D e sp u é s de algunas v a c ila c io n e s, prácticam en te había lle
gado a ver e n E itin g o n a un m iem bro de su fa m ilia . (V é a se Freud a Eitin-
g o n , 2 4 d e enero de 1 9 2 2 . C o n p erm iso de S ig m u n d Freud C o p y rig h ts,
W iv e n h o e.) E itin g o n fue probab lem ente el ún ico m iem b ro d e su fa m ilia
p r o fesio n a l co n e l qu e Freud nunca se irritó m ucho n i e stu v o en fa d a d o
durante m ucho tiem p o.
1 4 6 . Freud a Sam uel Freud, 4 de diciem bre de 1 9 2 1 . En in g lés. R ylands U n iv er
sity L ibrary, M an ch ester.
1 4 7 . Freud C o lle ctio n , LC.
1 4 8 . Freud a A braham , 9 de ju lio de 1 9 2 5 . F reud-A braham {C o rre sp o n d en cia
Freud-Abraham], 3 6 0 ( 3 8 7 ) .
1 4 9 . A nna Freud a Jo nes, 2 4 d e no v iem bre d e 1 9 5 5 . P a p eles d e J o n e s, A rc h iv o s
d e la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.
1 5 0 . V éase J on e s ¡V id a y o b ra d e S igm un d F reud} III, 3 8 0 - 3 8 1 .
1 5 1 . V éa se ib íd ., 3 8 2 .
1 5 2 . Freud a N a n d o r F odor, 2 4 d e ju lio de 1 9 2 1 . E jem plar m ec a n o g r a fia d o ,
p a p eles de S ieg fried B ern feld , c o nten ed or 17, LC.
1 5 3 . “ P sy c h o a n a ly se un d T e le p a th ie ” ( e sc r ito e n 1 9 2 1 , p u b lica d o en 1 9 4 1 ),
G W X V II, 2 8 -2 9 /‘* P sy ch o -A n a ly sis and T e le p a th y ”, SE X V III. 1 7 8 -1 7 9 .
1 5 4 . “Traum und T e le p a th ie ” (1 9 2 2 ), G W XIII, 16 5 /“ D ream s and T elep a th y ” . SE
X V III, 197.
1 5 5 . Ib íd ., 1 9 1 /2 2 0 .
1 5 6 . J on es (V id a y o b ra d e Sigm un d F reud ] III, 4 0 6 .
1 5 7 . Freud a F eren czi, 2 0 d e m arzo de 1925. C orresp ond en cia F reud-Ferenczi,
LC. V éase tam bién F eren czi a “ Q ueridos a m ig o s’*, 15 de febrero y 15 de
m arzo d e 19 2 5 y F eren czi a Freud, 16 d e febrero y 16 de m arzo d e 192 5 ,
Ibíd.
1 5 8 . Freud a J o n e s, 7 de m a rzo d e 1 9 2 6 . E jem p lar m ec a n o g r a fia d o , Freud
C o lle ctio n , D 2 , LC. A p r in cip io s de la década de 1 9 3 0 , en una de su s N u e
v a s c o n fe r e n c ia s d e in tro d u c c ió n , Freud a lu d ió a la te le p a tía c o n a lg o
m en os d e reserva.
1 5 9 - A nna Freud a Jo nes, 2 4 de no v iem bre d e 1 9 5 5 . P a p eles d e J o n e s, A rc h iv o s
de la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.
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1 6 1 . Freud a Jones, 2 5 de septiem b re de 1924. En in g lé s . Freud C o lle c tio n ,
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1 6 2 . Freud a A n d rea s-S a lo m é, 10 de m ayo de 1 9 2 5 . Freud-Salomé, 1 69 ( 1 5 4 ).
1 6 3 . H .D ., “ A d v e n t” , en T rib u te to Freud, 1 7 1 .
1 6 4 . A nna Freud a A braham , 2 0 de m arzo de 1925, en una larga postdata a una
carta qu e su padre le había dictado. Papeles de Karl A braham , LC.
1 6 5 . G eorge S ylv este r V iereck , G lim p s e s o f th e G re a t ( 1 9 3 0 ), 3 4 . E sta e n tre
v ista tam b ién se hab ía pu b lica d o separadam en te tres años a ntes, en 1 927.
N otas [7 8 5 ]
1 6 6 . Freud a P fister, 25 de d iciem b re de 192 0 . Freud-P fister, 81 8 2 (7 9 ).
1 6 7 . Freud a E itin g o n , 23 de n o v ie m b r e d e 1 9 1 9 . C on perm iso de Sig m u n d
Freud C op yrigh ts, W iv e n h o e.
1 6 8 . V éase I n tro d u c to ry L e c tu re s [C o n fe re n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p s ic o a n á li
s is ] . S E X V I. 2 8 4 - 2 8 5 .
1 6 9 . Karl R. P opp er, “P h ilo so p h y o f S c ie n c e : A P erso n a l R eport" (1 9 5 3 ), en
B r itis h P h ilo so p h y in the M id -C e n tu ry : A C a m b rid g e S y m p o siu m , c o m p ,
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1 7 1 . M ary K eyt Isham , reseña de M á s a llá d e l p r in c ip io d e p la c e r y P s ic o lo g ía
d e la s m a s a s y a n á lis is d e l y o , N e w Y o rk T im e s, 7 de se p tiem b re d e 1 9 2 4 ,
s e c . 3 , 1 4 -1 5 .
1 7 2 . «C ríticos se ceb an en el sim p o sio sob re F reud/El doctor Brian B row n c a lifica
de “corrupta” su interpretación d e lo in co n scien te/D iscu sió n e n St. M ark’s/El
doctor Richard Borden e x p lica las enferm edades d el alm a, la lib id o, los c o m
p lejo s y el “ V ie jo A dá n”» , N e w Y o rk T im es, 5 de m a y o de 1924, 8.
1 7 3 . “El d octor W ise ataca a escr ito re s m o d ern o s/A co n seja a lo s estu dia n tes de
la In tern ational H o u se qu e aban don en a M en ck en por lo s c lá sic o s/L a m en ta
la m oda freud iana/D eclara qu e la guerra ha h e c h o que la r elig ió n pierda la fe
y la lealtad de m illo n e s de p erso n a s" , N e w Y o rk T im e s, 16 de m arzo de
1925, 22.
1 7 4 . «D eclara que lo s d e v o to s d e F reud/no sab en escribir “p s ic o a n á lisis”» , N ew
Y ork T im e s, 2 7 de a g o sto de 1 9 2 6 , 7 .
1 7 5 . E itin g o n a F reud, 10 de n o v ie m b r e de 1 9 2 2 . C on p e r m iso d e Sig m u n d
Freud C op yr igh ts, W iv e n h o e.
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se c. 7, 3 . V é a se ta m b ién J o n e s [ V id a y o b ra d e Sig m un d F reu d ] III, 1 1 4 , y
C lark, F reud [F reud. El hom bre y su c a u sa ], 4 6 1 .
1 8 9 . C itada en e l N e w York T im e s, 2 4 d e en ero de 1 9 2 5 , 13. V é a se tam b ién
Jones [V id a y o b ra d e Sig m u n d F re u d ] III, 1 1 4 , y C lark, Freud [F reud. El
h om bre y su c a u sa ], 4 6 2 . El o rig in a l de la su p u esta carta de Freud no se ha
encontrad o.
1 9 0 . Freud a Sam u el Freud, 5 de n o v iem b r e d e 1 9 2 0 . En in g lés. R ylands U n iv er
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[786] N otas
1 9 1 . Freud a Sam uel Freud, 4 de d iciem b re de 1 9 2 1 , En in g lés. Ibíd.
1 9 2 . Freud a E itin gon, 2 4 de en ero de 1 9 2 2 . C on perm iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 9 3 . Freud a E itin gon, 17 de febrero d e 1 921. C on perm iso de Sigm u nd F ieud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 9 4 . Freud a Sam uel Freud, 19 de diciem bre d e 1925. En in g lés. R yland s U n i
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1 9 5 . V éase J o n e s [V id a y o b ra de Sig m un d F re u d ] III, 1 0 9 -1 1 0 .
1 9 6 . Freud a A braham , 10 de d iciem b re de 1 9 1 7 . Freud-Abraham [C o rresp o n d en
c ia Freud-Abraham ], 2 4 9 ( 2 6 4 ),
1 9 7 . Freud a Jones, 9 de ju n io de 192 5 . D ictad a a A nna Freud. Freud C o lle ctio n ,
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1 9 8 . Freud a Sam u el Freud, 19 de diciem bre d e 1925. En in g lés. R ylands U n i
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1 9 9 . V éase e l certificado e n viad o a Freud por la N ederlandsche V ereen ig in g voor
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1921. Freud M useum , Londres. Y v é a se J o n e s [V id a y o b ra d e S ig m u n d
Freud] III, 8 2 (qu e, no o b s ta n te , da c o m o f e c h a d icie m b r e en lu gar de
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2 0 0 . Freud a Sam u el Freud, 19 de diciem bre de 1 925. En in g lés. R ylands U ni
v e rsity Library, M anchester.
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2 0 3 . F reud a J o n es, 18 de febrero de 1 9 2 8 . En in g lés. Freud C o lle ctio n , D 2,
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2 0 7 . C itado en Friedrich T o rb erg . D ie E rb en d e r T ante J o le sch (1 9 7 8 ; 2* ed.
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2 0 9 . Jam es Thurber y E .B . W h ite , Is S e x N e c e s s a r y ? o r, W hy You F e e l th e
W ay You D o ( 1 9 2 9 ), 1 9 0 -1 9 3 . [trad. ca st.: ¿E s n e c e sa rio e l se x o ? , B a rce
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2 1 0 . Lippm ann a W allas, 3 0 de octu bre d e 1 9 1 2 . C itada en R onald S te el, W a l-
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2 1 1 . Lippm ann a F rederick J. H o ffm a n , 18 de n o v iem b re de 1942. P u b lic P hi-
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2 1 2 . V éa se P fister a Freud, 2 4 de octu bre de 1921; 23 de diciem bre de 1925; y 6
de m ayo y 21 de octubre de 1 9 2 7 . C on perm iso de Sigm u nd Freud C opy
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2 1 3 . Joseph W ood Krutch, “Freud R ea ch es S e v e n iy S till Hard at W ork/Father o f
P sy c h o a n a ly sis C o n tin ú es to E xp and and A lter the T h eo r ie s T hat H ave
M ade Him a Storm C entre”, N e w Y ork T im es, 9 d e m ayo de 1 9 2 6 , se c,
9 .9 .
2 1 4 . “T o p ic s o f the T im e s”, N e w Y o rk T im e s, 10 d e m ayo de 1 9 2 6 , 20.
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2 1 5 . Freud a A rn old Z w e ig , 2 0 de diciem bre d e 1937. F reu d -Z w eig [C o rre sp o n
dencia Freud-Z weig] , 1 6 4 ( 1 5 4 ). La p alabra “no to rio " e stá e n in g lé s .
2 1 6 . “N a c h s c h iif t 1 9 3 5 ” a “ S e ib s td a r s te llu n g ” , G W X V I , 3 4 / “ P o s t s c r ip t ”
(1 9 3 5 ) a “ A u to b io g ra p h ic a l Stu dy" [ “P rese n ta ció n a u to b io g rá fic a " ], S E
X X , 73. (E n la v e r sió n in g le s a se añadió “ R u sia ”, co n p erm iso de Freud; la
palabra h ab ía sid o o m itid a a c cid en ta lm e n te en el o r ig in a l alem á n .)
2 1 7 . A lix Strach ey a Jam es Strach ey, 9 de febrero d e 19 25 . Blo o m sb urytF reu d ,
184.
2 1 8 . "The R em in isc e n c e s o f R u d o lp h M . L o ew en stein " ( 1 9 6 5 ), 1 9 -2 5 . Oral H is
tory C o lle c tio n , C o lu m b ia U n iv e r sity .
2 1 9 . Abraham , E itin g o n y S a ch s a “ Q u eridos a m ig o s”, 16 de dicie m b r e d e 1 9 2 4 .
Papeles de Karl A braham , LC.
2 2 0 . Abraham , E itin g o n y S a c h s “Q u er id o s a m ig o s”, 15 de m arzo d e 1925. Ib íd.
2 2 1 . A braham y Sachs a “Q u erid o s a m ig o s” , 13 de abril de 1 9 2 5 . Ibíd.
2 2 2 . V é a se P h y llis G ro ssk u rth , M e la n te K lein : H er W o rld a n d H e r W ork ( 1 9 8 6 ),
94.
2 2 3 . V éase Ernst S im m e l, “ Zur G esch ich te und so zia len B edeutun g des B erliner
P sy c h o a n a ly tisch en In s titu ís ”, e n Z eh n J a h re B e rlin e r P s y c k o a n a ly tis c h e s
in s titu í ( P o iik lin ik un d L e h r a n s ta lt), co m p . de D eu tsch e P sy c h o a n a ly tisch e
G e sellsch a ft ( 1 9 3 0 ), 7 -8 .
2 2 4 . “W ege der p sy c h o a n a ly tisc h e n T h erapie" ( 1 9 1 9 ), G W X II, 1 9 2 -1 9 3 /“ L ines
o f A dvan ce in P sy c h o -A n a ly tic T h era py ”, SE X V II, 167.
2 2 5 . Sim m el, “Zur G e s c h ic h te ” , en Z eh n J a h r e B e r lin e r P s y c k o a n a ly tis c h e s
fn slitu t, 12.
2 2 6 . V éase O tto F en ic h e l, “S ta tistisch er B erich über die thera p eu tisch e T á tig -
ke it 1 9 2 0 - 1 9 3 0 ” , e n ib íd ., 1 6 .
2 2 7 . V éa se ib íd ., 19.
2 2 8 . “A nhang; R ic h tlin ien für d ie L ehrtStigkeit d es In stitu ís” , a co n tin u a ció n de
Karen H orney, “ D ie E inrich tu ngen der Lehranstalt, A ) Zur O rganisation",
en ib íd ., 5 0 .
2 2 9 . Hanns Sachs, " D ie E inrich tu ngen der L ehranstalt, B ) D ie L eh ra n a ly se”, en
ib íd ., 5 3 .
2 3 0 . Freud a Jones, 4 d e ju n io de 1 9 2 2 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC .
2 3 1 . V éase por eje m p lo , G regory Z ilb o o r g , “ A u sla n d isch es In teresse am In sti
tuí, A ) A us A m e rik a ”, en Zeh n J a h r e B e rlin e r P s y c k o a n a ly tis c h e s In stitu í,
66-69; y O la R a kn es, “A u sla n d isch es In teresse am In stitu t, B ) A u s N orw e-
g e n ”, en ib íd ., 6 9 - 7 0 .
2 3 2 . E ntrevista del autor c o n Jeanne Lam pl-d c G root, 2 4 de octu bre d e 1 9 8 5 .
2 3 3 . V éase , por eje m p lo , Freud a L a m pl-d e G root, 28 de a g o sto de 1 9 2 4 . Freud
C o lle ctio n , D 2 . LC .
2 3 4 . Freud a Abraham , 3 d e m arzo de 192 5 . D ictad o a A nn a Freud. P apeles de
Karl Abraham , LC.
2 3 5 . A sí en 1916, cua nd o tradujo el lib ro de Freud sobre e l ch iste . D er W iti und
se in e B eziehu ng zum U n b e w u sste n , c o n v ir tió e l títu lo W it a n d I ts R e la tio n
to the U n c o n sc io u s (“ La a gud eza y su r ela c ió n co n lo in co n scien te" ).
2 3 6 . K atharine W e st, Inner a n d O u te r C irc le s ( 1 9 5 8 ). C itado e n Paula H eim ann ,
“O bituary, Joan R iv ie r e ( 1 8 8 3 -1 9 6 2 ) ” , In t. J . P s y c h o A n a l., X L IV ( 1 9 6 3 ),
233.
2 3 7 . Freud a Jones, 16 de n o v iem b r e d e 1 9 2 4 . D icta d a a A n n a Freud. Freud
C o lle c tio n , D 2 , LC .
2 3 8 . Freud a Jones, 13 de diciem bre d e 1 9 2 5 . D ictad a a A nna Freud. Ibíd.
2 3 9 . A lix Strach ey a Jam es Stra ch ey , 13 de d iciem bre [en realid ad 14, 1 9 2 4 ].
B loom sbu ryl F re u d , 1 3 1 - 1 3 2 .
[788] N otas
2 4 0 . Ib íd ., 1 3 2 -1 3 3 .
2 4 1 . Freud a Jones, 2 2 d e ju lio de 1925. D ictad a a A nna Freud. Freud C o lle c
tio n , D 2, LC .
2 4 2 . Freud a Jones, 31 de m ayo de 1927. D ictada a Anna Freud. Ib íd.
2 4 3 . Freud a Jones, 6 de ju lio d e 1 9 2 7 . Ibíd.
2 4 4 . Freud a Jones, 2 3 d e septiem b re de 1 9 2 7 . Ib íd.
2 4 5 . V éase Freud a Jo nes, 23 d e septiem b re y 9 d e octubre de 1 9 2 7 . Ibíd.
2 4 6 . V éase C iv iliza tio n a n d ¡ts D isc o n te n ts f El m a le sta r e n la c u ltu ra ! , SE XXI,
1 3 0 n , 13 8 n .
2 4 7 . “ S e lb std a rs te llu n g ”, G W X IV , 96n/*‘A u to b io g ra p h ica l S tu d y ” [‘'P resenta
c ió n a u tob io g rá fica ” ), SE X X , 7 0 n .
CAPÍTULO DIEZ. L u c es v a c ila n te s so b re c o n tin e n te s n e g ro s
1. A nn a Freud a J o n e s, 8 de enero de 1956. P apeles de Jo nes, A rc h iv o s de la
B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L ondres.
2 . V éa se Freud a F er en cz i, 18 de ju lio de 1 9 2 0 . C o rr esp o n d en cia Freud-
Ferenczi, Freud C o lle ctio n , LC.
3 . Freud a E itin go n , 2 de ju lio de 1 9 2 7 , C on pe r m iso de S ig m u n d Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
4 . Freud a Rank, 18 d e a g o sto de 1 9 1 2 . Rank C o lle c tio n , C aja Ib . Rare B o o k
and M anuscript Library, C olum b ia U n iv ersity . T en ía en m en te e l v o lu m i
noso e stu d io de Rank sob re e l tema d el in ce sto en literatura.
5 . Freud a Abraham , 2 5 d e diciem bre de 1918. Papeles d e Karl Abraham , LC.
6 . V éase ‘T h e ‘ U n ca n n y ’ " (1 9 1 9 ), SE X V II, 2 3 0 n .
7 . Freud a R ank, 8 de ju lio de 1 9 2 2 . Rank C o lle c tio n , C aja Ib . Rare B o o k
and M anuscript Library, C olum b ia U n iv ersity .
8 . Freud a Rank, 8 d e septiem b re de 1922. Ibíd.
9 . E itin gon a Freud, 31 de enero de 1924. C on perm iso de Sigm u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 0 . V éa se Freud a "Q uerid o s a m ig o s” , e n e ro de 1 9 2 4 . F o to co p ia d el tex to
m ec a n o g r a fia d o , R ank C o lle c tio n , C aja Ib . Rare B o o k and M anuscript
L ibrary, C olum b ia U n iv e r sity ,
1 1 . Freud a E itin gon, 7 de febrero de 1924. C on perm iso de Sigm und Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 2 . R ank a F reud, 15 d e feb rero de 1 9 2 4 . R ank C o lle c t io n , C aja Ib . Rare
B ook and M anuscript Library, C olum b ia U n iv ersity .
1 3 . A braham a Freud, 21 d e febrero de 1 9 2 4 . F reud-A braham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham¡, 3 2 4 ( 3 4 8 - 3 4 9 ) .
1 4 . Freud a F eren czi, 2 0 de m arzo de 1924. Ejem plar m ecanografiado, Rank
C o lle ctio n , C aja Ib . Rare B o o k and M anuscript Library, C o lu m b ia U niver-
siiy .
1 5 . F eren czi a Rank. 18 de m arzo d e 1 9 2 4 . Ibíd.
1 6 . Freud a F eren czi, 2 6 d e m arzo d e 1924. Ejemplar m ecanografiad
1 7 . Rank a F eren czi, 2 0 d e m arzo de 1924. Ibíd. En realid ad, las circ
Freud e scrib ió en esa é p o ca su gieren c o n fuerza qu e había captado total
m ente el m en saje d e Rank.
1 8 . Freud a “Q ueridos a m ig o s”, 25 de febrero d e 1924. Ibíd.
1 9 . 5 de m arzo de 1 9 2 4 . S o c ie d a d P sico a n a lítica de V iena, m inu tas d e 1 9 2 3 -
1 924, tom adas por O tto Isa k o w er. Freud C o lle c tio n , B 2 7 . LC.
2 0 . 25 d e n oviem b re de 1 9 0 8 . P ro to k o lle , II. 6 5 .
2 1 . 17 de n oviem b r e de 1 9 0 9 . Ib íd ., 2 9 3 .
N otas [789 ]
2 2 . Traum deulung, G W II-III, 4 0 6 n J ln te r p re ta tio n o f D rea m s [L a in te r p re ta c ió n
de lo s su eñ o s] S E V , 4 0 0 - 4 0 ln .
2 3 . Preud a R ank, 1 d e d iciem b re d e 1 9 2 3 . R ank C o lle c tio n , C aja Ib . Rare
B o o k and M anuscript Library, C o lu m b ia U n iv e r siiy .
2 4 . Freud a Abraham , 4 de m arzo de L924. Freud-A braham [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Abraham}, 3 2 8 ( 3 5 2 - 3 5 3 ) .
2 5 . Freud a ‘'Q ueridos a m ig o s”, enero d e 1 9 2 4 . R ank C o lle ctio n , Caja Ib . Rare
B ook and M anuscript Library, C o lu m b ia U n iv e r sity .
2 6 . V éa se e sp e cia lm e n te Freud a F er en cz i, 2 6 de m arzo de 1 9 2 4 . Ejem plar
m ecanografiado , ib íd.
2 7 . Freud a Jo nes, 2 5 d e se p tiem b re de 1 9 2 4 . En in g lés . Freud C o lle ctio n , D 2,
LC.
2 8 . Abraham a Freud, 26 d e febrero de 1 9 2 4 . F reud-A braham ¡ C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham), 3 2 6 ( 3 5 0 - 3 5 1 ) .
2 9 . Jones a A braham , 8 de abril de 1 9 2 4 . P apeles de Karl A braham , LC.
3 0 . V éase Freud a F eren czi, 2 6 de m arzo de 1 9 2 4 . Ejem plar m ecanografiado,
R ank C o lle ctio n , C aja Ib . Rare B o o k and M a nuscript Library, C o lum b ia
U n iv e r sity .
3 1 . Freud a Sándor R adó, 3 0 de sep tiem b re d e 1 9 2 5 , D ictad a a A nn a Freud.
Freud C o lle ctio n , B 9 , LC .
3 2 . Freud a Burrow , 31 d e ju lio de 1 9 2 4 . P a p eles de Trigant Burrow , se rie I,
c aja 12. Y -M A .
3 3 . C itad o e n E. Jam es L ieb erm an , A c ts o f W ill: T h e U fe a n d W o rk o f O tto
R a n k (1 9 8 5 ), 2 3 5 .
3 4 . Freud a Rank, 2 3 d e ju lio d e 1 9 2 4 . R ank C o lle c tio n . caja Ib . R are B o o k
and M anuscript Library, C olum b ia U n iv e r sity .
3 5 . Rank a Freud, 7 de a g o sto de 1 9 24 . Ibíd. La carta qu e e n v ió , aunque muy
p arecid a, no in clu y e e se pa sa je d e c is iv o . (9 de a g o sto de 1 9 2 4 . Ib íd .)
3 6 . Freud a R ank, 2 7 d e a g o sto d e 1 9 2 4 . Ib íd.
3 7 . E itin gon a Freud, 2 de septiem b re d e 192 4 . C o n p erm iso d e S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
3 8 . Freud a E itin gon, 7 de octu bre de 1 9 24 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts. W iv e n h o e.
3 9 . Freud a Abraham , 17 de octubre de 1 924. F reud-A braham ( C o rresp o n d en cia
Freud-Abraham], 3 4 5 ( 3 7 1 ) .
4 0 . Freud a Jones, 2 3 d e octubre de 1 9 2 4 . En in g lé s . Freud C o lle ctio n . D 2 , LC .
V éan se ejem p lo s del m odo en que Freud se preparaba en esa época para dar
se por ve n c id o co n Rank en Freud a E itin g o n , 2 7 de septiem b re y 19 de
n oviem b re de 1 9 2 4 . C on perm iso de S ig m u nd Freud C opyrights, W iv e n h o e.
4 1 . Freud a Jones, 5 d e n o v iem b r e d e 1 9 2 4 . D ic ta d a a A nna Freud. Freud
C o lle c tio n , D 2 , LC .
4 2 . Jones a A braham , 12 d e no v iem b re d e 1 9 2 4 . P a peles de Karl A braham , LC.
V éase tam bién la circular a “Q u erido s a m ig o s” e nviad a d esd e B erlín, 2 6 de
n oviem b r e de 1 9 2 4 . Ib íd.
4 3 . Freud a A n d re a s-S a lo m é, 17 d e n o v iem b re de 1 9 2 4 . F reud-Salom é, 1 5 7
( 1 4 3 ).
4 4 . V éa se Freud a J o n es, 16 de n o v iem b re de 1 9 2 4 . D ictad a a A nna Freud.
Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
4 5 . R ank a) C om ité, 2 0 d e dicie m b r e de 1 9 2 4 . C ita do e n Lieberm an, R an k,
2 4 8 -2 5 0 .
4 6 . Jones a A braham , 2 9 d e d iciem b re d e 1 924. P a p eles de Karl Abraham , LC .
4 7 . Freud a Jones, 6 de enero de 1 9 2 5 . D ictad a a A nna Freud. Freud C o lle ctio n ,
D 2 , LC.
[790] N otas
4 8 . Freud a E itin go n , 6 de enero de 1 9 2 5 . C on p erm iso de S ig m u n d Freud
C op yrigh t? , W iv e n h o e.
4 9 . E itin g o n , S a c h s y A braham a R ank , 25 d e d ic ie m b r e de 1 9 2 4 . R ank
C o lie ctio n , C aja Ib. Rare B o o k and M anuscript Library, C olum b ia U niver-
s it y .
5 0 . Jon es a R ank. 3 d e en e ro de 1 9 2 5 . Ibíd.
5 1 . Freud a Jones, 6 de enero de 192 5 . D ictada a A nna Freud. Freud C o lle ctio n ,
D 2 , LC.
5 2 . Freud a Abraham , 3 de m arzo de 1925. P apeles de Karl Abraham , LC.
5 3 . V éa se Freud a E itin g o n , 16 de ju lio de 1 9 2 5 . C on p erm iso de Sigm u nd
Freud C op y rig h ts, W iv en h o e.
5 4 . V éa se Abraham a Freud, 26 de febrero d e 1 9 2 4 . F reud-Abraham ¡C o r res
pon den cia F reu d -A b ra h a m ], 3 2 6 ( 3 5 0 -3 5 1 ) . El p r o p io Freud, c o n ciertas
va c ila c io n e s, había hecho la com p aración. V éa se Freud a F eren czi, 20 de
m arzo de 1 9 2 4 . R ank C o lle c t io n , c a ja Ib . Rare B o o k and M a n u scrip t
Library, C o lum b ia U n iv ersity .
5 5 . Freud a Rank, 2 6 de n o v iem b r e d e 1 9 2 3 . Rank C o lle c tio n , caja Ib . Rare
B o o k and M anuscript Library, C olum b ia U n iversity .
5 6 . Freud a Rank, 23 d e ju lio de 1 9 2 4 . Ibíd.
5 7 . Freud a A n d re a s-S a lo m é, 17 d e no v iem b re d e 1 9 2 4 . F reud-S alom é, 15 7
(1 4 3 ).
5 8 . J o n e s a F reud, 2 9 de se p tie m b re de 1 9 2 4 . C ita d a en V in c e n t B rom e,
E rn est J on es. F re u d 's A lte r E go (ed. in g le s a , 1 9 8 2 ; ed. nortea m erica n a ,
1 9 8 3 ), 147.
5 9 . A braham a Freud, 2 0 de octu bre de 192 4 . F reud-A braham ¡C o r resp o n d en cia
Freud-Abraham], 3 4 7 ( 3 7 3 ).
6 0 . Freud a A braham . 4 de m arzo de 1 9 2 4 . Ib íd ., 3 2 7 ( 3 5 2 ).
6 1 . Freud a Abraham , 31 de m arzo de 192 4 . Ib íd ., 331 (3 5 5 ).
6 2 . Freud a R obert B reu er, 2 6 d e ju n io de 1 9 2 5 . C itada en su to ta lid a d en
A lbrech t H irsch m ü ller, " ‘B a lsa m a u f e in e sch m erzen d e W u n d e ’ — Z w ei
bisher unbckannte B r ie fe S igm u nd Frcuds flber se in V erha ltn is zu J o se f
Breuer", P sy ch e, X L I ( 1 9 8 7 ), 5 8 .
6 3 . V éase Abraham a Freud, 7 de ju n io de 1 9 2 5 . F reud-A braham ¡C o r resp o n
dencia F reud-Abraham ], 3 5 5 ( 3 8 2 ).
6 4 . Freud a A braham , 11 de sep tiem b re d e 1 9 2 5 . Ib íd., 3 6 7 (3 9 5 ).
6 5 . A braham a “Q u erid o s a m ig o s”, 17 d e octubre de 1 9 2 5 . P apeles de Karl
Abraham , LC.
6 6 . Freud a Jo nes, 13 de d icie m b r e de 1 9 2 5 . D icta d a a A nn a Freud. Freud
C o lle ctio n , D 2 , LC .
6 7 . Freud a Jones, 16 d e d iciem b re d e 1 9 2 5 . En in g lé s . Ibíd.
6 8 . Freud a Jones, 21 de diciem bre de 1925. D ictad a a A nna Freud. Ibíd.
6 9 . Freud a Jones, 3 0 de d iciem b re de 192 5 . Ibíd.
7 0 . “ Karl A bra ha m ” ( 1 9 2 6 ), G W X IV , 5 6 4 /‘‘Karl A braham ” ,S E X X , 2 7 7 .
P ub licado o r ig in a lm en te en el ¡n tern a tio n a le Z eitsch rifi für P sy ch o a n a ly se,
X II ( 1 9 2 6 ), 1.
7 1 . Freud a E itin gon, 19 de m arzo d e 192 6 . Con perm iso de Sigm u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
7 2 . Freud a E itin g o n, 13 de abril d e 192 6 . C on perm iso de S ig m u nd Freud
C op yr igh ts, W iv e n h o e .
7 3 . Freud a E itin g o n . 7 d e ju n io de 1 9 2 6 . C on perm iso d e S ig m u n d Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
7 4 . H e m m u n g, S y m p to m un d A n g si ( 1 9 2 6 ). G W X IV , \9 4 /¡ n h ib itio n s , S y m p -
to m s a n d A n x ie ty ¡In h ib ic ió n , s ín to m a y a n g u s tia ], S E X X , 161.
N otas 1791]
7 5 . Freud a A n d rea s-S a lo m é, 13 de m ayo d e 1 9 2 6 . Freud-Salomé, 178 ( 1 6 3 ).
7 6 . H em m u n g S y m p ío m und A n g s l, G W X IV , 1 9 3 /I n h i b itio n s , S y m p to m s
an d A n x ie ty [ I n h ib ic ió n , sín to m a y a n g u s tia ], SE X X , 1 6 0 -1 6 1 .
7 7 . P s y c h o p a lh o lo g ie d e s A lila g s te b e n s , G1V IV . 1 1 2 ¡ P s y c h o p a th o lo g y o f
E v er yd a y L ife ( P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o tid ia n a ] , SE V I, 1 0 1 .
7 8 . D. Hack T u ke, c o m p ., A D ic tio n a r y o f P s y c h o lo g ic a l M e d ic in e , v o l. I, 9 6 .
7 9 . Eugen B ieu ler, T e x tb o o k o f P s y c h ia lr y ( 1 9 1 6 ; 4 a e d ., 1 9 2 3 ; trad. d e A .A ,
B ri 11. 1 9 2 4 ) , 1 19 [ciad , ca st.: T ra ta d o de p siq u ia tría , M adrid, Espasa-C al-
pe ].
8 0 . V éase ¡n h ib itio n s , S y m p to m s a n d A n x ie ty ( I n h ib ic ió n , s ín to m a y a n g u s
tia ] , S E X X , 1 3 9 .
8 1 . Ib íd ., 1 9 5 - 1 9 6 / 1 6 3 .
8 2 . Ib íd ., 1 4 9 - 1 5 2 / 1 1 9 - 1 2 1 .
8 3 . Freud a A braham , 28 d e no v iem b re d e 1 9 2 4 . P a p eles d e Karl A braham ,
LC.
8 4 . C itado en una larga carta de R eik a A braham , 11 de abril de 1925. P apeles
de Karl Abraham , LC.
8 5 . V éase ib íd.
8 6 . P fister a F reud , 10 d e se p tie m b re de 1 9 2 6 . F reud-P fister, 1 09 ( 1 0 4 ), El
prin cip al o p o n en te de P fister era E m il O b er h o lz er , p resid en te de la S o c ie
dad S u iz a de P sic o a n á lisis hasta 1 9 2 7 , al qu e F eu d, po n ié n d o se d el lado de
Pfister, d en o m in ó “un n e c io testarudo al que e s preferib le dejar en paz".
(Freud a P fister, 11 d e febrero de 192 8 . C o n perm iso de Sigm und Freud
C oyrigh ts, W iv e n h o e .) V éa se tam b ién, entre lo s in form es de Pfister acerca
de lo s asu ntos p s ic o a n a lítico s en S u iz a , so b re todo P fister a Freud, 16 de
febrero de 1 9 2 5 . (Ib íd .)
8 7 . Freud a F ed era, 27 de m arzo de 1 9 2 6 . Ejem plar m eca no g ra fia do . C on per
m iso d e S igm u nd F reud C opyrights, W iv e n h o e.
8 8 . C itad o en Erik a F reem an , In s ig h ts : C o n v e r s a ti o n s w ith T h e o d o r R e ik
( 1 9 7 1 ), 8 6 - 8 7 .
8 9 . C itado e n ib íd ., 8 7 . R eik record ó e l m ism o pu nto en su larga carta a A bra
ham , 11 de abril de 1 925. P a p e le s de Karl A braham , LC.
9 0 . Freud a A braham , 15 de febrero d e 1 9 1 4 . P a p eles de Karl Abraham, LC.
V éase tam bién Freud a Abraham , 25 d e m arzo, 17 de m a y o y 15 de ju lio de
1 9 1 4 . Ib íd .
9 1 . N e w York. T im e s, 2 5 de m a y o de 1 9 2 7 . 6 .
9 2 . “G e leitw o r t” ( 1 9 1 3 ), G W X , 4 5 0 /“In tr o d u ctio n to P fiste r ’s T he P s y c h o -
A n a ly tic M e th o d " . SE X II, 3 3 0 - 3 3 1 .
9 3 . D ie F ra g e d e r L a ie n a n a ly s e . U n te rre d u n g e n m it e in e m U n p a rte iisc h e n
( 1 9 2 6 ), G W X IV , 2 6 1 , 2 8 2 - 2 8 3 ¡T he Q u e s tio n o f L a y A n a ly s is : C o n v e r s a
tio n s w ith an ¡m p a rtia l P e r so n ¡¿ P u e d e n lo s le g o s e je r c e r e l a n á lis is ? ], SE
X X , 229, 247 -2 4 8 .
9 4 . Jon e s [V id a y o b ra d e Sigm und F reud ] II I , 2 8 7 , 2 8 9 .
9 5 . V éase L a y A n a ly sis ¡¿ P u e d e n lo s le g o s e je r c e r e l a n á lis is ? ] , S E X X , 2 4 6 .
9 6 . Jon e s ¡V ida y o b ra d e Sigm und F reud ] III, 2 8 9 .
9 7 . C itado en John C. Burnham , “T h e In flu en ce o f P sy c h o a n a ly sis upon A m e
rican C ultu re", en A m e ric a n p s y c h o a n a ly s is : O r ig in s a n d D e v e lo p m e n t,
com p . de Jacqucs M .Q uen y Eric T . C a rlso n ( 1 9 7 8 ), 61.
9 8 . «A m erican o acusad o de “ charlatán” de L o n d ies/L a p o licía reco m ien d a la
d ep ortación de H om er T ire ll L añ e, p s ic o a n a lista [ s ic ], “ in d iv id u a lista ”»,
N ew Y ork T im e s, 18 d e m arzo de 1 9 2 5 , 19.
9 9 . “ Encarcelan a p sico a n al ista /M a g is irado de Londres sen ten cia a H.T. Lañe
de B o s t o n ’’, N e w Y o rk T im e s. 25 d e m arzo d e 1 9 2 5 , 2 . V éa se ta m b ién
[7 9 2 ] N otas
“T rib u n al de L o n d res m u lta a a lie n is ta a m e r ic a n o /D e b e aban don ar el
p aís/L een cartas de m ujeres firm adas “ D ios" y "El D ia b lo " » , N e w Y o rk
T im es, 15 de m a y o d e 1 9 2 5 , 2 2 .
1 0 0 . “ P astor c a s tig a a lo s cu r a n d e r o s en e l p s ic o a n á lis is /M u c h a s pe r so n a s
d efraudadas por e sta fa d o r es, ad v ierte e l R ev . C.F. P o tter/A u to riza ría n a
m aestros” , N e w Y o rk T im e s, 3 0 de m arzo d e 19 25 , 20.
1 0 1 . J e llif fe a J o n e s, 10 de feb re ro d e 1 9 2 7 . C ita d a e n Jo h n C. B u rn h a m .
J e lliffe : A m e ric a n P s y c h o a n a ly s t a n d P h y sic ia n (1 9 8 3 ), 1 2 4 .
1 0 2 . “ D isc u ssio n o n Lay A n a ly s is ” , In t. J . P s y c h o -A n a l., V III (1 9 2 7 ), 2 2 1 -
222 .
103. Ib íd ., 2 4 6 .
104. Ib íd ., 2 7 4 .
105. Ib íd ., 2 5 1 .
106. R ickm an, en ib íd ., 2 1 1 .
107. J on es [V id a y o b ra d e S igm un d F reud) III, 2 9 3 .
108. The Hungarian P sy c h o -a n a ly tic a l S o c ie ty , “ D isc u ssio n on Lay A n a ly s is”,
In t. J. P sy c h o -A n a l., V III ( 1 9 2 7 ), 2 8 1 .
109. Ib íd ., 2 4 8 .
110. “N ach w ort” a L a ie n a n a lyse , G W X IV , 2 9 0 - 2 9 1 /“ P ostcript" &L a y A n a ly s is
[ ¿ P u e d en los le g o s e je r c e r e l a n á lisis? ), S E X X , 2 5 3 -2 5 4 .
111. V éase Freud a Jones, 31 de m ayo de 1 9 2 7 . D ictada a A nna Freud, Freud
C o lle c tio n , D 2 , LC.
112. Freud a “Sehr geebrter herr K o lleg e " , 19 de octubre de 1927.. Freud C o lle c
t io n , B 4 , LC.
113. Freud a E itin g o n , 3 de abril de 1 9 2 8 . C on p erm iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
114. “N ach w ort” i L a ie n a n a lyse , G W X IV , 2 9 5 - 2 9 6 /“ P o stcrip t” a L a y A n a ly s is
[¿ P u e d en lo s le g o s e je r c e r e l a n á lisis? ), SE X X , 2 5 8 .
115. C on stitu c ión d e la N ew Y ork P sy c h o a n a ly tic S o c ie ty , adoptada e l 2 8 de
m arzo de 19 1 1 . C itado en Sa m u el A tk in , “The N ew Y ork P sy ch o a n a ly tic
S o c ie ty and In stitu te: Its F oun ding and D ev e lo p m e n t”, en A m e r ic a n P s y
c h o a n a ly sis, c o m p . d e Q u en y C a rlso n , 7 3 ,
116. A .A . B r ill, F u n d a m en ta l C o n c e p tio n s o f P s y c h o a n a ly sis ( 1 9 2 1 ), iv .
117. V éa se B rill a J e lliffe , 1 de m ayo de 1 9 2 1 . C itado en Burnham , J e lliffe ,
118.
118. V éase Freud a Leonhard Blum gart, 19 de ju n io de 1921. A .A . B rill Library,
N ew Y ork P sy c h o a n a ly tic I n s titu te . D e e sa carta se dedu ce que C aroline
N ew to n y a se hab ía an a liza d o c o n B lum gart antes de ir a V iena.
119. V éase A braham , Sachs y E itin gon a “Q u eridos A m ig o s”, 15 de m arzo de
1925. Papeles d e Karl A braham . LC.
120. Freud a Jones, 2 5 de septiem b re d e 192 5 . D ictad a a A nn a Freud. Freud
C o lle c tio n , D 2 , LC.
121. M inutas de la N ew Y ork P sc h o a n a ly tic S o c ie ty , d el 27 de octu bre de 1 9 2 5 .
A .A . B rill Library, N ew Y ork P sy c h o a n a ly tic Institute.
122. Freud a Jones, 2 7 de sep tiem b re de 1 9 2 6 . En in g lés. Freud C o lle ctio n , D 2 .
LC.
123. “D isc u ssio n on Lay A n a ly s is ”, In t. J . P sy c h o -A n a l., V III (1 9 2 7 ), 2 8 3 ,
124. Freud a Jones, 23 de septiem b re de 192 7 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC. L os
p asajes encerrad os entre c o m illa s sim p les, o b v ia m e n te tom ad os d irecta
m en te de la carta de B r ill, está n en in g lé s .
125. Freud a de S au ssu re, 21 de febrero de 192 8 . Freud C o lle ctio n , Z 3 , LC.
126. V éase J on e s [V id a y o b ra de S igm un d F reu d ] III, 2 9 7 - 2 9 8 .
127. Freud a Jones, 4 de a g o sto de 1 929. Freud C o lle ctio n , D 2, LC.
N otas [7 9 3 ]
1 2 8 . Freud a Jo n e s, 19 de octu bre de 1 9 2 9 . Ib íd.
1 2 9 . F er en cz i a “ Q u erido s a m ig o s”, 3 0 de n o v iem b re d e 1 9 3 0 . Freud C o lle ctio n ,
LC.
1 3 0 . Freud a Abraham , 8 de diciem bre de 1 9 2 4 . F reud-A braham (C o rre sp o n d e n
cia F reud-A braham ), 3 5 0 ( 3 7 6 ).
1 3 1 . Freud a Jo n e s, 2 2 de febrero de 1 9 2 8 . Freud C o lle c tio n . D 2, LC.
1 3 2 . L a ie n a n a ly se , G W X IV , 241 ¡Lay A n a ly s is [¿ P u e d e n lo s le g o s e je r c e r el
a n á lis is ? ) , SE X X , 2 1 2 . La fra se “ c o n tin e n te n egro" está en in g lé s en e]
o r ig in a l.
1 3 3 . Freud a J o n e s, 2 2 d e febrero de 1 9 2 8 . Freud C o lle c tio n , D 2, LC.
1 3 4 . N ota sin fec h a dirig id a a M arie Bonaparte. C itad a en J o n e s [V id a y o b ra
d e Sigm un d F reud) II, 4 2 1 .
1 3 5 . “D ie W e ib lich k e it" , e n N eu e F o rg e d e r V o rlesu n g en zur Einführung in d ie
P sy c h o a n a ly se ( 1 9 3 3 ) , GIV X V , 1 4 5 /“ F em in in ity ”, en N ew In tro d u c to ry
L e c tu r e s o n P sy c h o -A n a ly sis { N u e v a s c o n fe re n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p s i
c o a n á lis is ) , S E X X II, 135. A un qu e c o n c o lo fó n de 1 9 3 3 , e ste v o lu m e n se
p u b licó e n r ealid ad en diciem bre de 1 9 3 2 .
1 3 6 . 13 de abril de 1 9 1 0 . P r o io k o lle , I I, 4 4 0 .
1 3 7 . “ Über die w e ib lic h e Se x u a lita t” (1 9 3 1 ), G W X IV , 5 1 9 /“Fem ale S e x u a lity ”
[“ Sobre la sex u a lid a d fem en in a”], SE X X I, 2 2 6 - 2 2 7 .
1 3 8 . Sobre la u b ic a c ió n en e l tiem p o , que c o n tra d ice lo d ich o por el propio
Freud en c u a n to a que el su eñ o se hab ía pro du cido en su “sép tim o u o ctavo
añ o ” de vid a , v é a se W illia m J. M cG rath, F r e u d 's D isc o v e ry o f P s y c h o a
n a l y s i s : T h e P o l i t i c s o f H y s te r ia ( 1 9 8 6 ) , 3 4 ; y E v a M . R o s e n f e ld ,
“ D ream s and V isio n : S o m e Remarles on F re u d ’s E g y p tia n B ird D ream ”,
Int. J. P s y c h o -A n a l., X X X V II ( 1 9 5 6 ) 9 7 -1 0 5 .
1 3 9 . T raum deutung, G W II-III, 5 8 9 -5 9 0 [In te rp re ta tio n o f D rea m s ¡L a in te r p re
ta c ió n d e lo s su e ñ o s) V , 5 8 3 .
1 4 0 . M ailin Freud, “ W ho W as Freud?”, en The J e w s o f A u s tr ia : E ss a y s o n T heir
L ife, H is lo ry a n d D estru c tio n , c o m p . d e J o s e f F ra enk el (1 9 6 7 ), 2 0 2 .
1 4 1 . Judith B ern a y s H eller, “ F reud’s M other and Father: a M em o ir”, C o m m e n -
ta ry , X X I, ( 1 9 5 6 ), 4 2 0 .
1 4 2 . H ay una p o sta l qu e A m a lia le e n v ió a su h ijo (sin fec h a ) e n la que se la ve
sentada c o n un teló n d e fo n d o a lp ino y la in scr ip ció n “ Mi hijo dorado".
(Freud M useum , Londres.)
1 4 3 . D r e i A b h a n d lu n g en , G W V , 1 2 9 [T h re e E s s a y s [ T r e s e n s a y o s d e te o r ía
se x u a l], S E V II, 2 2 8 .
1 4 4 . “ D ora”, G W V , 178/S£ V II, 2 0 .
1 4 5 . «A l leer lo s h isto r ia le s, no p o d ía evitar sorpren derm e por la s dife re n c ia s
en la p r esen ta ció n que esta b le cía Freud d e lo s padres y la s m adres de sus
p a c ie n tes. ¿Por qu é es siem pre e l padre q u ie n se c o n v ierte e n la parte c e n
tral de la r ela c ió n p r o g en ito r-h ijo , con in d e p e n d en cia de qu e e l hijo sea
hom bre o m u jer? ... Q uizás e s o s cuadros e stu v ieran v in cu la d o s co n e l autoa
n á lisis de Freud o , m ás e sp e cífic a m e n te , c o n su p r e o cu p a c ió n de esa épo ca
por la rela c ió n entre é l m ism o y su padre. Fuera cual fuere la razón, la
“m adre ed íp ica " , e n lo s prim eros trabajos de Freud, e s una figura está tica ,
una Y ocasta qu e de m anera c ie g a cum ple su de stin o m ientras L ayo v u e lv e a
la vid a .» (Iza S . E rlich. “W hat H ap pened to J o casta?" , B u lle lin o f th e
M e n n in g e r C lin ic , X L I [ 1 9 7 7 ], 2 8 3 - 2 8 4 .)
1 4 6 . M a s s e n p s y c h o lo g ie , G W X III, H O n /G ro u p P s y c h o lo g y [ P s ic o lo g ía d e la s
m a sa s y a n á lis is d e l y o ), SE X V III, lO ln .
1 4 7 . “ D ie W e ib lich k e it" , e n N eu e F o lg e d e r V o rlesu n g e n , G W X V , 1 4 3 r F e m i-
n ity " , e n N ew In tro d u c to ry L e c tu re s [N u e v a s c o n fere n c ia s d e in tro d u cció n
[7 9 4 ] N otas
al psicoanálisis!, SE X X II, 13 3 . U n p o c o antes h ab ía d ich o c a si lo m is
m o, al escribir que la agresión "form a e l sed im en to fundam ental de toda
r elación tierna y am orosa entre seres hu m anos, qu izá con la ún ica e x c e p
c ió n de la rela c ió n de la madre con e l hijo va ró n ”. (Das Unbehagen in
der Kultur, GW X IV , 473/C ivilizatíon and lis D iscontents [El m alestar en
la cultural, SE X X I, 1 1 3 .)
148. Jones [Vida y obra de Sigmund Freud} II, 4 3 3 .
149. V éase "Fem ale S e x u a lity ” ["Sobre la sexualidad fem en in a”], SE X X I, 2 3 5 .
150. "D ie W e ib lic h k e it”, en Neue Folge der Vorlesungen, GW X V , 1 3 1 /“ Fem in i-
n ity ” , en New Introductory Lee tures [Nuevas conferencias de introducción
al psicoanálisis}, SE X X II, 1 2 2 -1 2 3 .
15 1. Ernest Jones (Jones ¡Vida y obra de Sigmund Freud] I, 7 ) y R obert D . Sto-
lorow y G eorge E. A tw o o d (“A D efen siv e -R e stitu tiv e F unction o f F reud’s
T h eo r y o f P s y c h o s e x u a l D e v e lo p m e n t ” , P sy ch o a n a lytic R e view , LX V
[1 9 7 8 ], 2 1 7 -2 3 8 ), han afirm ad o que en realidad Freud tenía o n c e m ese s
c uand o n ació su herm ano Julius. En tal c a so , d esd e lu eg o , se habría v isto
c on sid erab lem en te reforzada la r elev a n cia e m o c io n a l y e l valor dem ostrati
vo de la r eferen cia de Freud a lo s "once m e s e s ” en su en sa y o sobre la fe m i
nidad. Por su p u esto , e s p o sib le que Freud creyera que a sí fueron la s cosas:
Jones no presenta nunca do cum enta ció n que a vale su afirm ación, y se pue
de conjeturar qu e quien le dio e l dato fue e l propio Freutl. Pero lo s hechos
eran un p o c o d istin to s: Freud na c ió e l 6 de m ayo de 1856; Julius, en o c tu
bre d e 1857, m urien do e l 15 d e abril d e 1 8 5 9 . (V é a se la “C h r o n o lo g y ” en
Krüll, Freud and His Faiher, 2 1 4 . A cerca de e sto s d e ta lle s, Krüll cita las
in v estig a c io n e s de J o se f Sajn er.)
152. “ D ie W e ib lic h k e it”, en Neue Folge der Vorlesungen, GW X V , 1 3 1 /“ F em ini-
n ity ” , en New Introductory Lectures {Nuevas conferencias sobre introduc
ción al psicoanálisis, SE X X II, 123.
153. V éase Freud a F lie ss, m anuscrito B , adjunto a la carta del 8 de febrero de
1 8 9 3 . Freud-Fliess, 2 7 ( 3 9 ).
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tion to O b se ss io n a l N e u r o s is ”, SE X II, 3 2 5 .
1 7 7 . Drei A bhandlungen, G W V , I2 ln /T h re e Essays [Tres ensayos sobre teoría
sexual], SE V II, 2 1 9n (nota agregad a en 1 9 1 5 ).
1 7 8 . V éa se “T h e In fa n tile G enita l O rg a niza tio n (A n In te rp o la r o n in to the T h e
ory o f S e x u a lit y ) ” (1 9 2 3 ), SE X IX , 1 4 1 -1 4 5 .
1 7 9 . “ Der U ntergang des Ü d ip u sk o m p le x es” (1 9 2 4 ), GW X III, 4 0 0 /“T h e D isso -
lu tio n o f the O e d ip u s C o m p le x ”, SE X IX , 1 7 8 .
1 8 0 . V éase ib íd,
1 8 1 . “ E in ig e p s y c h is c h e F o lg e n d e s a n a to m isc h e n G e sc h le c h tsu n te r sc h ie d s”
(1 9 2 5 ), GW X IV , 2 9 -3 0 /" S o m e P sychical C onsequ en ces o f the A natom ical
D istin c tio n b e tw e en the S e x e s ”, SE X IX , 2 5 7 -2 5 8 . El debate acerca de las
id eas de Freud sobre la sexualidad fem enina continúa, dentro y fuera de los
c írcu los p sico a n a lític o s. Jam es A . K leem an, un d estacad o experto, crítico de
Freud (é l m ism o e s analista), ha observado sin em bargo qu e “ Lo notab le de
las ideas de Freud acerca de la sexualidad temprana, derivadas co m o en gran
m edida lo fueron del análisis de adultos, reside en qu e m uchas de ella s han
resistid o la prueba d el tiem p o”. (Jam es A . K leem an, “ F reud’s V ie w s on Early
Fem ale Se x u a lity in the Light o f D irect C hild O b ser v a ro n ”, e n Female Psy-
chology : C ontem porary Psychoanaiytic Views, com p . de Harold P. Blum
[1 9 7 7 ], 3 .) V éa se un ex a m en detallad o de la c ontroversia y la literatura sobre
e l tem a en e l e n sa y o b ib lio g rá fic o c orresp ond ien te a e ste c a pítulo .
1 8 2 . “ E in ig e p s y c h is c h e F o lg e n ” . G W X IV , 3 0 /“S o m e P sy c h ic a l C o n se q u en
c e s ”, SE X IX , 2 5 8 .
1 8 3 . Ib íd ., 2 0 /2 4 9 .La frase citad a e stá en in g lés en e l o r ig in a l d e Freud.
1 8 4 . “ W e ib lic h e S e x u a lit a t ”, GW X IV , 5 1 9 /“ F em a le S e x u a l it y ” [ “ S o b re la
se xualidad fem enina"], SE X X I, 2 2 6 .
1 8 5 . V éa se ib íd ., 5 2 3 , 5 2 9 , 5 3 1 - 5 3 3 / 2 3 0 , 2 3 5 , 2 3 7 - 2 3 9 .
1 8 6 . I b íd ., 5 2 3 / 2 3 0 .
1 8 7 . “ E in ig e p s y c h is c h e F o lg e n ”, GW X IV , 28/*‘S o m e P sy c h ic a l C o n se q u en
c e s ”, SE X IX , 2 5 6 .
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1 9 2 3 . y d e sp u é s ap a reció en in g lé s en Int. J, Psycho-Anal., V . parte 1
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co m p . de K elm an, 5 4 . El a rtículo se p u b licó e n alem án en 1 9 2 6 , y apare
c ió en in g lé s e n Int. J. P s y c h o - A n a l VII 1 9 2 6 ), 3 2 4 - 3 3 9 ,
1 9 3 . V é a se ib íd ., en Fem inine Psychology , co m p . de K elm an, 5 7 -5 8 .
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her L ight up on the Pre o ed ip a l P hase in G ir ls” (1 9 3 4 ), en The C ollected
papers o f O tto Fenichel , co m p . de Hanna F en ich el y D a v id R apaport, la
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analista alem án Cari M íiller-B ra un schw eig e l 21 d e ju lio de 1935, (C itad o
en su totalidad en e l o rig in a l alem án , y traducido en D onald L. Burnham ,
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Capitulo once. La naturaleza humana en acción
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d ola en un artículo de 1 9 1 8 , “T h e T ab oo o f V ir g in ity ” y e n G roup p s y
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158. De acuerdo c o n un m em orando de A lic k B artholom ew , d el departam ento de
red a cc ió n de H o u g hto n M ifflin . e ditorial que p u b licó e l lib ro , A nn a Freud
d eclaró qu e la obra im presa se había co n v e rtid o en «una e sp e c ie d e paro
dia en virtud de la r ep etición descuid a da de frases co m o “p asivam ente con
resp ec to a su p ad re” e “id e n tific a ció n c o n J esu c risto ”. La rep etició n de fór
m u la s p s ic o a n a lít ic a s p a s ó a se r un c o n ju r o » . (C ita d o e n B r o w n e ll y
B i llin g s , So C ióse to G reatness, 3 4 9 .) En a g o sto d e 1 9 6 5 , d esp u és de una
relectu ra d e l lib ro , e lla v o lv ió a d ecir lo m ism o c o n gran energía: "Las
a p lica c io n es por parte de B [u llitt] de Jas in terp reta cio n es ana lítica s qu e se
le d ier on son im p o sib le s, in fa n tiles y desm a ñ a d a s, c a si r id ic u la s” . (A nna
Freud a Schur, 10 de a g o sto de 1 9 6 5 . P a p eles d e M ax Schur, LC .)
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[802] N ot as
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lib ras (“ £") al co m u nica rle las n o tic ia s a E itin g o n . S e trata sin duda d e un
lap su s, pu es Freud preguntó enseg uid a a E itin g o n “ ¿Cuánto e s e sto en d ó la
r es? ” (Freud a E itin g o n , 19 de enero de 19 32 . C o n perm iso d e Sigm und
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2 0 9 . S te n d h a l, Lucien Leuwen (p u b lic a c ió n p o stu m a ), e d . a c a rgo d e A n n e-
M arie M e in in g e r , 2 v o ls . ( 1 9 8 2 ) , I, 1 13 [tr a d . ca st: Luciano Leuwen,
M adrid, A lia n za , 2 1 9 8 1 ].
2 1 0 . C harles D ic k e n s, M artin Chuzzlew it ( 1 8 4 3 ) , c a p . 16.
2 1 1. P h ilip B r u n e-J o n es, D ollars and Democracy (1 9 0 4 ), 7 4 . (D e b o e sta r e fe
r encia a C. Vann W oodw ard.)
2 1 2 . Freud a F eren czi, 17 de enero d e 1 9 0 9 . C orresp o nd en cia F reud -Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
2 1 3 . Freud a Jung, 17 d e o ctu bre d e 1 9 0 9 . Freud-Jung ¡Correspondencia}, 2 8 2
( 2 5 6 ).
2 1 4 . Freud a Jones, 21 de se p tiem b re d e 1 9 1 3 . En in g lé s . Freud C o lle c tio n , D 2 ,
LC.
2 1 5 . Freud al Dr. Sam u el A . T an nenb aum , 19 de abril de 1 9 1 4 . Ib íd., B 4 , LC.
2 1 6 . Freud a J o n e s, 11 de m ayo d e 1 9 2 0 . En in g lé s . Ib íd., D 2, LC.
2 1 7 . V éase Freud a Putnam , 8 de ju lio de 1 9 1 5 . James Jackson Putnam:Letters,
376.
2 1 8 . Freud a P fister, 3 d e n o v iem b re de 1 9 2 1 . Freud-Pfister, 8 6 (8 3 ).
2 1 9 . Freud a E itin g o n , 21 d e ju lio d e 1 9 3 2 . C o n p erm iso d e S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 2 0 . C on vocatoria para la entrega del Prem io G o eth e, firm ada “ Landm ann” ,
alcalde de Francfort. Ejem plar m eca n o g ra fia d o , Freud C o lle ctio n , B 1 3 , LC.
V éase tam bién la carta del doctor A lfo n s Paquet, secretario d e lo s fid e ic o
m isa r io s d e l fo n d o , a F reud , 2 6 d e ju lio d e 1 9 3 0 , in fo r m á n d o le d e la
r ecom p en sa. (G W X 1 V , 5 4 5 -5 4 6 n .)
2 2 1 . K ürzeste Chronik, 6 de no v iem bre d e 1 9 3 0 . Freud M useum . Londres.
2 2 2 . V éa se Freud a E itin g o n . 2 6 d e a g o sto de 1 9 3 0 . C on p erm iso de Sig m u n d
Freud C op y rig h ts, W iv e n h o e.
2 2 3 . V éase Jones ¡Vida y obra de Sigmund Freud } III, 151.
2 2 4 . Freud a Paquet. 3 d e a g o sto d e 1 9 3 0 . G W X IV , 5 4 6 /SE X X I, 2 0 7 .
2 2 5 . Freud a Jones, 3 0 d e a g o sto de 1 9 3 0 . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
2 2 6 . Ibíd.
[804] N otas
227. Freud a Jones, 15 d e se p tiem b re d e 1 9 3 0 . Ib íd.
228. Freud a A nd rea s-Sa lo m é, 2 2 d e octubre de 1930. Freud-Salomé, 2 0 7 ( 1 9 0 ).
229. Freud a Jones, 12 d e m a y o de 1 9 3 0 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC.
230. Freud a Jones, 19 de m a y o de 1 9 3 0 . Ib íd .
231. Freud a A nd reas-Salom é, 8 de m ayo d e 1930. Freud-Salomé, 2 0 5 ( 1 8 7 -1 8 8 ) .
232. V éase Kiirzeste Chronik , 2 4 de ag o sto de 1 93 0. Freud M useum , Londres.
233. Freud a E itin gon, 1 d e d iciem bre d e 1 9 2 9 . C on perm iso d e Sigm u nd Freud
C opyrights, W iv e n h o e. V éa se tam bién Freud a A braham , 2 9 de m ayo de
1 9 1 8 . Freud-Abraham [Correspondencia Freud-Abrahatn}, 2 5 9 ( 2 7 5 ). Y v é a
se Schur, Freud, Living and Dying [Sigmund Freud. Enfermedad y muerte
en su vida y en su obra], 3 1 4 - 3 1 5 , 4 2 3 - 4 2 4 .
234. Freud a Jones, 15 de septiem b re d e 1 9 3 0 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC . La
frase “ there is n o sa y in g " e stá en in g lés .
235. V éa se Freud a A lex a n d er Freud, 10 de septiem b re de 1 9 3 0 . Ib íd., B l , LC.
236. Freud a Jones, 15 d e se p tiem b re d e 1 9 3 0 . Ib íd., D 2 , LC.
237. F orsyth a Freud, 7 de enero de 1931. Freud M useum , Londres.
238. Freud a E itin g o n , 18 d e enero de 1 9 3 1 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C opyrights, W iv e n h o e. V éa se Freud a Jo nes, 12 d e febrero de 1 9 3 1 . Freud
C o lle c tio n . D 2 , LC .
239. Freud a Jones, 2 d e ju n io d e 1 9 3 1 . Ib íd.
240. Freud a A m o ld Z w e ig , 10 de m ayo de 1 9 3 1. C on perm iso d e Sigm u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e .
241. V éase Kürzeste Chronik, 5 de m ayo d e 1931. Freud M useum , Londres.
242. Freud a A n d rea s-S a lo m é, 9 d e m ayo de 1 9 31. Freud-Salomé, 2 1 0 ( 1 9 3 ).
243. C itado en Jones { Vida y obra de Sigmund Freud ] III, 1 5 8.
244. E in stein a Freud, 2 9 d e abril d e 1 9 3 1 . Freud C o lle ctio n , B 3 , LC.
245. Dr. M . B em hard, presid en te d el H erzl C lub , y Dr. W ilh eim S tein , secreta
rio a Freud, 5 de m ayo de 1 9 3 1 . Freud M useum , Londres.
246. T odo en Freud M useum , Londres.
247. V éase Jones [Vida y obra de Sigmund Freud] III, 155.
248. Feuchtwang a Freud, 7 de abril de 1 9 3 1 . Freud M useum , Londres.
249. In v ita c ió n im presa a la s c ele b r a c io n e s en Pribor el 2 5 de octubre d e 193 1 .
Ibíd.
250. Freud al alcalde de P fíbor, 1 9 3 1 . Ejem plar m ecanografiado. Freud C o lle c
tion, B 3 , L C /“L etter to the B u rg o m a ster o f Pribor”, SE X X I, 2 5 9 . Y a c ité
e ste pasaje en la p á g . 9.
2 5 1. V éase Jones [Vida y obra de Sigmund Freud ] III, 1 5 7 .
252. F eren czi a Freud, 15 de m ayo de 1 9 2 2 . C orresp ond en cia F reud -Ferenczi,
Freud C olle ctio n , LC.
253. F eren czi a Freud, 14 d e octubre de 1 9 1 5 . Ibíd.
254. V éase un e jem p lo en Freud a F eren czi, 8 de abril de 1 9 1 5 . Ibíd.
255. F eren czi a Freud, 2 0 d e m arzo d e 192 2 . Ibíd.
256. Freud a F eren czi, 3 0 de m arzo de 1 9 2 2 . Ibíd.
257. F eren czi a Freud, 3 de septiem b re de 1 9 2 3 . Ib íd.
258. Freud a F eren czi, 6 de octubre de 191 0 . Ibíd.
259. Freud a F eren czi, 28 d e ju n io de 1909. Ibíd.
260. Freud a F eren czi, 2 1 de ju lio de 1922. Ibíd.
261. Freud a E itin g o n , 3 0 de ju n io d e 1 9 2 7 . C on p erm iso de S ig m u nd Freud
C op yrigh ts, W iv e n h o e.
262. E itin gon a Freud, 10 de a g o sto de 1 9 2 7 . C on perm iso de S ig m u nd Freud
C op y r ig h ts, W iv e n h o e.
263. Freud a F eren czi (tarjeta p o sta l), 18 de diciem bre de 1 9 2 7 . C orresp ond en
c ia F reud-Ferenczi, Freud C o llectio n , LC .
N otas [8 0 5 ]
2 6 4 . Freud a E itin g o n , 8 de a g o sto de 1 9 2 7 . C o n p erm iso de S igm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
2 6 5 . Freud a E itin g o n , 2 6 de a g o sto de 1 9 2 7 . C on p erm iso d e S igm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
2 6 6 . Freud a F eren czi, 18 de septiem b re de 1931. C o rresp ond en cia Freud-Ferenc-
z i, Freud C o lle c tio n , LC .
2 6 7 . F eren czi a Freud, 6 de febrero d e 1 9 2 5 . Ib íd.
2 6 8 . V éa se F eren czi a Freud, 14 de febrero de 1 9 3 0 . Ibíd.
2 6 9 . Freud a E itin g o n , 3 d e no v iem bre d e 1930. C on p erm iso d e S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 7 0 . Ferenczi a Freud, 15 de septiem b re de 1931. C o rresp ond en cia F reud-Ferenc
z i, Freud C o lle c tio n , LC .
2 7 1 . Freud a F er en cz i, 18 de septiem b re de 1931. Ib íd.
2 7 2 . F eren czi a F reud, 17 a g o sto de 1 9 2 2 . Ibíd.
2 7 3 . Freud a F er en cz i, 13 de d iciem b re de 1931. Ibíd.
2 7 4 . F eren czi a Freud, 2 7 d e d iciem b re de 1931. Ibíd.
2 7 5 . 7 d e e n e ro d e 1 9 3 2 , K lin isc h e s T a g eb u ch . T e x to m ec a n o g r a fia d o , c o n unas
p oc as p ágin a s m anu scritas. Freud C o lle ctio n , B 2 2 , LC, c a ta lo g a d o c o m o
“ S c ie n tific D ia r y ” ("D iario c ie n tífic o ”).
2 7 6 . 17 d e m arzo de 1 9 3 2 . Ib íd .
2 7 7 . 7 de e n e ro d e 1 9 3 2 . Ib íd.
2 7 8 . 2 0 de m arzo d e 1 9 3 2 . Ibíd.
2 7 9 . 7 de e n e ro d e 1 9 3 2 . Ib íd.
2 8 0 . 2 0 d e m arzo d e 1 9 3 2 . Ib íd .
2 8 1 . 14 d e feb rero d e 1 9 3 2 . Ibíd.
2 8 2 . 28 de ju n io de 1 9 3 2 . Ib íd.
2 8 3 . Ibíd.
2 8 4 . Ferenczi a G eorg y Em m y G roddeck, 3 de m arzo d e 1 9 3 2 . Sándor F erenczi
y G e o rg G r o d d ec k , B r i e f w e c h s e l 1 9 2 J - 1 9 3 3 , c o m p . d e W ill i K o h ler
( 1 9 8 6 ) , 85.
2 8 5 . 4 de a g o sto d e 1 9 3 2 , K lin isc h e s T a g eb u ch . Freud C o lle c tio n , B 2 2 , LC .
286. Ibíd.
287. Ibíd.
288. Ibíd.
289. V éa se 5 de abril y 2 6 d e ju lio d e 1 9 3 2 . Ibíd.
290. 4 d e ag o sto d e 1 9 3 2 . Ib íd.
291. 7 d e ju lio d e 1 9 3 2 . Ibíd.
292. Freud a E itin g o n , 18 d e abril d e 1 9 3 2 . C o n pe r m iso de S ig m u n d Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
293. Freud a Jo n e s, 12 de se p tiem b re de 1932. Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
294. V éa se Freud a E itin g o n , 2 4 d e a g o sto de 1 9 3 2 . C on p erm iso de S igm u nd
Freud C op y rig h ts, W iv e n h o e.
295. Freud a F er en cz i, 12 de m ayo de 1932. C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC.
296. F eren czi a Freud, 19 d e m ayo de 1 9 3 2 . Ibíd.
297. F eren czi a Freud, 21 de a g o sto de 1 9 3 2 . Ibíd.
298. V éa se Freud a F er en cz i, 2 4 d e a g o sto de 19 3 2 . Ibíd.
299. Freud a Jo n e s, 12 d e se p tiem b re de 1932. Freud C o lle c tio n , D 2 , LC .
300. Freud a E itin g o n (teleg ra m a ), 2 d e septiem b re d e 1 9 3 2 . C on p erm iso de
Sigm u nd Freud C o p y rig h ts, W iv en h o e.
301. Freud a A nna Freud, 3 de septiem b re de 1 9 3 2 . Freud C o lle ctio n , LC.
302. Ib íd. las palabras d e B r ill (“ N o e s sin cero" ) está n e n in g lés en la carta de
F reud. V ale la pena señalar que el relato d e Ernest Jones acerca de e sa reu
[806] N otas
n ió n {Jones [V id a y o b ra d e Sigm un d F reud) III, 1 7 2 -1 7 3 ) sig u e a e sta car
ta h asta en su s m ás m ín im o s d e ta lle s.
303. V éa se Freud a E itin g o n , 2 4 d e ag o sto de 1 9 3 2 . C o n perm iso de S igm u nd
Freud C op y r ig h ts, W iv en h o e.
304. Freud a A nna Freud, 3 de septiem bre de 1932. Freud C o lle ctio n , LC. Esta
Últim a frase perm ite descartar la in sin u a ció n d e Jeffrey M o u ssa ie ff M asson
en cuanto a qu e Freud había condenado las ideas de F eren czi sin escu ch a rlo ,
en una carta a E itin go n d el 29 d e a g o sto , el día antes de qu e el húngaro le
leyera su a rtículo al m aestro en V iena. (V é a se M a sso n , T h e A s s a u ll on
Trutk [ E l a sa lto a la v erd a d /, 1 7 0 -1 7 1 .) O b v ia m en te, Freud, lo m ism o que
su hija, c o n o c ía n perfecta m ente d esd e hacía c ier to tiem p o las m ás nu evas
ideas d e F eren czi.
305. Freud a Jones, 12 de septiem b re de 1932. Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
306. Freud a E itin go n , 2 0 d e octubre de 1 9 3 2 . C on p erm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
307. V éase Sp ecto r, The A e sth e iic s o f F reud, 1 4 9 - 1 5 5 .
308. Freud a F eren czi. enero 11, 1933. C orresp ond en cia Freud-Ferenczi, Freud
C o lle c tio n , LC .
309. Ferenczi a Freud, 2 7 d e m arzo de 1933. Ibíd.
310. V éase Freud a F er en cz i, 2 d e abril de 1933. Ibíd.
311. Freud a E itin g o n , 3 de abril d e 1 9 3 3 . C on p e r m iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
312. Freud a J on e s, 2 9 de m ayo de 1 933. Freud C o lle c tio n , D 2, LC.
313. Freud a J o n e s, 2 3 d e a g o sto de 1 9 3 3 . Ib íd .
314. W ilh elm B u sch , ‘‘Es sitzt ein V o g el a u f dem L eim ”, e n K r ilik d e s H e rze n s
( 1 8 7 4 ), W ilh elm B u sch G esa m ta u sg a b e , c o m p . de F ried rich B o h n e , 4 v o ls .
( 1 9 5 9 ). II. 4 9 5 .
C apitulo doce. M o rir en lib e rta d
1. Freud a Jo nes, 2 6 d e abril de 1 9 3 2 . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
2 . V éase Freud a J o n e s, 17 de ju n io de 1 9 3 2 . Ibíd.
3 . Freud a F er en cz i, 16 de ju lio de 1 9 2 7 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
4 . Freud a S am u el Freud, 3 de a gosto de 1927. En in g lé s . R yland s U n iv ersity
Library, M anchester.
5 . Freud a S am u el Freud, 31 de diciem bre de 1930. En in g lés. Ibíd.
6 . Freud a S am u el Freud, 1 de diciem bre de 193 1 . En in g lés . Ibíd.
7 . Ib íd.
8 . Freud a P fister, 15 de m ayo de 1 932. C on perm iso d e Sigm u nd Freud C o p y
r igh ts, W iv e n h o e .
9 . H olstijn a Karl Landauer, septiem b re de 1 9 3 3 . C itada en K aren B recht y
o tr o s, c o m p s ., "H ier g e ih d a s L eb en a u f e in e se h r m e rk w ü rd ig e W e ise w ei-
te r..." Z ur G e sc h ich te d e r P sy ch o a n a ly se in D eu tsc h la n d ( 1 9 8 5 ) , 5 7 .
1 0 . Freud a S a m u el Freud, 31 de ju lio de 1 9 3 3 . En in g lé s . R yland s U n iv ersity
Library, M a nchester.
1 1 . Karl D ietrich Bracher, T he G erm á n D ic ta to rsh ip : T he O rig in s, Stru c tu re,
a n d E ffec ts o f N a tio n a l S o c ia lism (1 9 6 9 ; trad. de Jean Ste in b er g , 1 9 7 0 ),
2 5 8 [trad. c a st.: La d ictadura alemana, M adrid, A lia n za , 1 9 7 4 ].
1 2 . Freud a A n d rea s-S a lo m é, 14 de m ayo de 1 9 3 3 . Freud-Salom é, 2 1 8 ( 2 0 0 ).
1 3 . P fister a Freud, 2 4 d e m ayo d e 1 9 3 3 . Freud-Pfister, 151 ( 1 3 9 ).
N otas [807]
14. C itad o en J o n es (V id a y o b ra de Sigm un d F reu d ] III, 1 8 2.
15 . Freud a F eren czi, 2 de abril de 1 9 3 3 . C o rresp o n d en cia F reud -F erenczi,
Freud C o lle ctio n , LC .
16. Freud a Ion es, 7 de abril de 1933. Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
17. Freud a Jo n e s, 23 d e j u lio d e 1 9 3 3 . Ib íd.
1 8. Freud a Sam u el Freud, 31 de ju lio d e 193 3 . En in g lés. R yland s U n iversity
Library, M a nchester.
19. Freud a H ilda D o o liu le . 2 7 d e octu bre de 1 9 3 3 . En in g lés. P apeles d e H ilda
D o o little , B e in ec k e Rare B o o k and M anuscript Library, Y ale U n iv ersity .
20. Freud a P fister, 2 7 de febrero d e 1 9 3 4 . C o n perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e .
21. Freud a A rnold Z w e ig , 25 de febrero de 1 9 3 4 . F reud-Z w eig (C o rre sp o n d e n
cia Freud-Z w eig], 7 6 ( 6 5 ) .
22. Freud a H ilda D o o liu le , 5 de m arzo d e 19 3 4 . En in g lés. C itada e n su tota
lid ad en “A pp en dix" a H .D ., T rib u te tq F reud , 1 9 2 .
23. Ib íd.
24. Freud a Ernst Freud, 2 0 de febrero de 1 934. Freud C o lle ctio n , B l , LC.
25. Freud a A rn old Z w e ig , 25 de febrero de 1 9 3 4 . F reud-Z w eig (C o rre sp o n d e n
cia Freud-Z w eig], 77 ( 6 5 ). La c ita de Sh a k e sp ea r e está en in g lés .
26. Ib íd ., 7 6 -7 7 ( 6 5 ).
27. V éase K ü rze ste C h ro n ik , 5 de ju n io d e 193 3 . Freud M useum , Londres.
28. F reud a H ilda D o o little , 5 de m arzo de 1 9 3 4 . En in g lés. C itada en su tota
lid ad e n “A p p en d ix ” a H .D ., T rib u te to Freud, 1 9 2 .
29. Freud a A rnold Z w e ig , 15 de j u lio d e 1 9 3 4 . F reud-Z w eig (C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Z weig]. 9 6 -9 7 ( 8 6 ).
30. Freud a A n d rea s-S a lom é, sin fec h a [1 6 de m ayo de 1 9 3 4 ]. Freud-Salomé,
220 (202).
3 1 . Freud a los m iem b ro s de la B ’n a i B ’rith, sin fec h a [6 de m ayo de 1 9 2 6 ],
B riefe ( E p isto la rio ], 3 8 1 .
3 2 . Freud a F eh l, 12 de no v iem bre de 1935. Ejem plar m ecanografiado, Freud
C o lle c t io n , B 2 , LC.
3 3 . V éa se Freud a F lie ss, 8 de n o v iem b r e de 1 8 9 5 . F reud-Fliess, 1 53 ( 1 5 0 ).
3 4 . Traum deutung, G W II-III, 4 4 4 ¡In ter p reta tio n o f D rea m s (L a in ter p reta c ió n
de lo s su e ñ o s], SE V , 4 4 2 .
3 5 . Freud a M arie B on aparte, t O d e m a y o de 1 9 2 6 . B riefe (E p isto la rio ], 3 8 3 .
3 6 . Freud a Isaac Landm an, 1 de a g o sto de 192 9 . Ejem plar m anuscrito, Freud
C o lle c t io n , B 3 , LC.
3 7 . Freud a S c h n iizler, 2 4 de m ayo de 1 9 2 6 . Sigm u nd Freud, “ B riefe an Arthur
S c h n itz le r ” , N eue Rundschau, L X V I ( 1 9 5 5 ), 100.
3 8 . “ V orrede zur h ebraischen A usg a b e v o n T ó tem und Tabú” (e sc r ito en 1 9 3 0 ,
p u b lic a d o e n 1 9 3 4 ) . G W X IV , 5 6 9 /“ P re fa ce to the H eb rew E d itio n o f
T ótem and T a b o o " , SE X III, xv .
3 9 . C itado en “A R e lig io u s E x p erien ce" (1 9 2 8 ), SE X X I, 1 70. La frase está en
in g lé s en e l o rig in a l de Freud.
4 0 . “B r ie f an den H erausgeber der J üd isch en P re ssie n tra le Z ürich ” ( 1 9 2 5 ), G W
X IV , 5 5 6 /“L etter to the E ditor o f the J e w ish P r e s s C e n tre in Z u rich " , SE
X IX , 2 9 1 .
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T a b o o (T ó te m y ta b ú ) (SE X III, x v ); e n 1 9 3 8 , r ep itió la o b s er v a ció n :
[808] N otas
“lam en tab lem en te, n o sé leer hebreo” . (F reud a D w o ssis, 11 d e septiem b re
de 1938. Freud M useum , L ondres.)
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45. V éase M artin Freud, “W ho W as Freud?”, en The J e w s o f A u stria , co m p . de
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66. Karl A braham ya había tratado el tem a de e ste faraón y su in n o v a c ió n r e li
g io sa en un im portante e n sa y o de 1 9 1 2 , al qu e curio sa m en te Freud no c ita
e n M o is é s y la r e lig ió n m o n o te ísta . El artículo e s “A m enh o tep IV: A P sy
c h o-A n al y tica l C ontribu tion tow ards the U nderstanding o f H is P erso n a lity
and the M o n o th e istic C ult o f A to n ”, qu e pu ed e le erse en in g lés en A bra
h am , C lin ic a l P a p e r s a n d E ss a y s in P sy c h o -A n a ly sis, traducción d e Hilda
C. A braham y D .R . E lliso n (1 9 5 5 ). 2 6 2 - 2 9 0 .
67. D er M an n M o se s und d ie m o n o th e istisc h e R e lig ió n . D r e i A b h a n d lu n g en
( 1 9 3 9 ), GW' X V I, 1 3 3 /M o se s a n d M o n o th e ism : T h re e E ss a y s ¡ M o is é s y la
r e lig ió n m o n o te ís ta ] , SE X X III. 34 .
N otas [809]
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re lig ió n m o n o te ís ta } , S E X X III, 4 7 .
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7 3 . Freud a A m o ld Z w e ig , 16 de dicie m b r e de 1 9 3 4 . Ib íd., 108 (9 8 ).
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c on m em o ra tiv o s y c o sa s por e l e s tilo , v é a se Freud a J o n es, 21 d e ju lio de
1935 y 3 de m arzo d e 1 9 3 6 , Freud C o lle c t io n , D 2 , LC. V éa se tam b ién
J o n e s [V id a y o b ra d e Sigm un d F reu d ) III, 2 0 0 - 2 0 1 .
9 2 . V éa se Freud a Jones, 21 de ju lio de 1 9 3 5 . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC. V éa se
tam b ién J o n es [V id a y o b ra d e Sigm un d F reud) III, 2 0 0 - 2 0 1 .
9 3 . M artha Freud a L illy Freud M arlé, 5 de ju n io de 1 9 3 6 . Freud C o lle c tio n ,
B 2, LC .
9 4 . Freud a Stefan Z w e ig , 18 de m ayo de 1 9 3 6 . C o n perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
9 5 . V éase K ü rze ste C h ro n ik , 14 de ju n io d e 1 9 3 6 . Freud M useum , L ondres.
9 6 . V éase K ü rze ste C h ro n ik , 3 0 de ju n io d e 1 9 3 6 . Ib íd.
9 7 . Freud a Jones, 4 d e j u lio de 1 9 3 6 . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC .
9 8 . Freud a Schw adron, 12 de j u lio d e 1 9 3 6 . Freud M useum , Londres.
9 9 . Freud a A rn old Z w e ig , 17 de ju n io de 193 6 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
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d u c to ry L e c tu re s [N u e v a s c o n fe re n c ia s d e in tro d u cc ió n a l p s ic o a n á l is is ] ,
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C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
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1 1 7 . V éase Freud a A rn o ld Z w e ig , 21 de febrero de 1 9 3 6 . Ibíd., 132 ( 1 2 2 ).
1 1 8 . Freud a A rn old Z w e ig , 2 2 d e ju n io d e 1 9 3 6 . Ibíd., 1 4 2 -1 4 3 ( 1 3 3 ).
1 1 9 . Freud a Jones, 2 de m arzo de 1 9 3 7 . Freud C o lle ctio n , D 2, LC.
1 2 0 . Freud a A rn old Z w e ig , 2 de abril de 1 9 3 7 . F reud-Z w eig (C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Zweig], 1 49 (1 3 9 -1 4 0 ) .
1 2 1 . Freud a Jo n e s, 7 de abril de 1933. Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
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dencia Freud-Z weig}, 163 ( 1 5 4 ).
1 2 3 . Freud a E itin gon, 6 de febrero de 1 9 3 8 . C on perm iso de Sigm und Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
1 2 4 . A nna Freud a Jo nes, 2 0 de feb rero de 1 9 3 8 . P apeles de Jo nes, A rc h iv o s de
la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L ondres.
1 2 5 . Freud a Ernst Freud, 2 2 d e febrero de 1938. Freud C o lle ctio n , B l , LC.
1 2 6 . Freud a M arie Bonaparte, 2 3 d e feb rero d e 1938. J o n e s ¡V id a y o b r a d e
Sigm und Freud] 1 1 1 ,2 1 7 .
1 2 7 . K ü rze ste C h ro n ik , 11 de m arzo d e 1 9 3 8 . Freud M useum , Londres.
1 2 8 . K ü rze ste C h ro n ik , 13 y 14 d e m arzo d e 1 9 3 8 . Ibíd.
1 2 9 . Cari Zuckm ayer, A is w á r 's e in S tü c k vo n m ir. H o re n d e r F re u n d sc h a ft
( 1 9 6 6 ), 71.
1 3 0 . G .E .R . G ed y e, del D a ily T e leg ra p h de Londres. C itado en D ieter W agner y
Gerhard T o m k o w itz , “ Ein V o lk , Ein R eich , Ein F ührer!” Der A n sc h lu ss
O ste rr eic h s 19 3 8 (1 9 6 8 ), 2 6 7 .
1 3 1 . V éan se d e ta lles y do cum enta ció n en Herbert R osenkranz, “T h e A n sch lu ss
and the T raged y o f A ustrian Jew ry, 1 9 3 8 -1 9 4 5 " . e n The J e w o f A u stria ,
co m p . de F raenk el, 4 7 9 -5 4 5 .
1 3 2 . “Jud íos v ie n e se s golp ea d o s; n e g o c io s sa q u ea d o s/O ficin a s de so c ied a d e s y
N otas [811]
pe r ió d ic o s o cu p a d o s por lo s n a z is / S e rea liza ro n arrestos im putando d e li
tos e c o n ó m ic o s ”, N e w York T im e s, 14 d e m arzo de 1 9 3 8 , 2.
133. Ibíd.
134. "Judíos hu m illa d o s por m ultitud es v ie n e sa s/F a m ilia s o b lig a d a s a fregar las
c a lle s , aunque lo s guardias a lem a n es dispersa n la turba/L os n a z is se a pod e
ran de las g ra n d es d e n d a s/E n o r m e c a n tid a d d e arrestos / A b so r b e n lo s
m in iste rio s y e l d istrito g erm ano d e A u str ia ”, N ew Y o rk T im e s, 16 d e m ar
z o de 1938, 3 (d e sp a c h o de la A sso c ia te d P ress).
135. N ew York T im e s, 14 de m arzo d e 1 9 3 8 , 3 (d e sp a c h o de la A sso c ia te d Press
d e fecha "13 d e m arzo d e 1 9 3 8 ”).
136. V é a se F ried rich T o r b e rg , D ie T a n te J o le s c h , o d e r D e r U n te r g a n g d e s
A b e n d la n d e s in A n ek d o ien (1 9 7 5 ; e d . e n rú stic a , 1 9 7 7 ) , 1 5 4 -1 6 7 , e sp .
155.
137. V éase Raúl H ilberg , T he D e stru c tio n o f th e E u rop ea n J e w s (1 9 6 1 ; 2a e d .,
1 9 8 1 ). 61.
138. V éa se W agner y T o m k o w itz , 'E in V olk, E in R e ic h , E in F ü h r e r f , 3 4 1 .
139. V é a se M artin G ilb e r t, c o m p ., T h e M a c m illa n A t la s o f th e H o lo c a u s t
(1 9 8 2 ), 22. D e lo s 6 0 .0 0 0 ju d ío s qu e n o pudieron sa lir d e A u stria , un os
4 0 .0 0 0 fueron a se sin a d o s.
140. C itado en “ Judíos friegan las c a lle s en la ciudad de V iena /O b lig a d o s a borrar
las cru ces del Frente P atriótico” , N e w Y o rk T im e s, 24 de m arzo d e 1 9 3 8 , 7.
(D esp ach o de la A sso c ia te d P ress, fechad o e l 23 de m arzo de 1 9 3 8 .)
141. Schur, F reud, L iv in g a n d D yin g [S ig m u n d F reu d E n ferm ed a d y m u erte en
su v id a y en su o b r a ) , 4 9 9 .
142. K ü rze ste C h ronik, 15 de m arzo de 1 9 3 8 . Freud M useum , L ondres.
143. A nn a Freud a Ernest Jones, sin fec h a . P a p elesd e Jo nes, A rc h iv o s de la
B r itish P s y c h o - A n a ly t ic a l S o c ie t y , L o n d r es. E ste r e la to c o n tr a d ic e la
difundida historia de que M artha Freud le s p idió que tomaran asiento y a
c on tin u ación le s e n treg ó el co n ten id o de la caja fuerte.
144. V éase "O frecen ayud a a F reu d /P a iestin a perm itirá tam bién e l in g reso del
P rofesor N eu m an n”, N ew Y o rk T im e s, 2 3 de m arzo de 1 9 3 8 , 5 (d e sp a c h o
fech ad o en J eru salén , e l 2 2 d e m arzo d e 1 9 3 8 ). V éa se tam bién "P rohíben
salir a F reud /N o c o n sig u e pa saporte, d ice n m iem b ros d e l grupo h o land és
qu e lo in v ita ” , N ew Y o rk T im e s, 3 0 d e m arzo de 1 9 3 8 , 4 (d e sp a c h o fec h a
do en La Haya, 28 de m arzo d e 1 9 3 8 ).
145. K ü rze ste C h ro n ik, 16 y 17 d e m arzo de 1 9 3 8 . Freud M useum , Londres.
146. B insw anger a Freud, 18 de m arzo de 1 9 3 8 . C on perm iso de S ig m u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
147. Esta es la in terp retación de M ax Schu r, qu e co n sid er o c o n v in ce n te; v é a se
Schur, F reud, L iv in g a n d D yin g [S ig m u n d F reud. E n ferm ed a d y m u erte en
su v id a y en su o b r a ) , 4 9 6 .
148. En e ste c a so , y en lo s párrafos q u e sig u en , c ito a partir de fo to c o p ia s de
lo s tele g ra m a s o r ig in a le s , c o n p e r m is o d e S ig m u n d Freud C o p y r ig h ts,
W iv e n h o e. V éa se tam bién C lark, F reu d [F reu d . El hom bre y su c a u sa ], 5 0 5 -
5 1 1 , que se basa e n d o cu m en to s de la P u b lic R ecord O ffice y d e l F oreign
O ffic e de L on dres, y en lo s N a tio n a l A rc h iv es de W a sh ington. La v e rsió n
de e sto s docu m en to s d e C lark y la m ía co ncuerd a n am pliam ente.
149. J o n e s [V id a y o b ra d e Sig m un d F reud ] III, 2 2 0 .
150. Ib íd ., I, 2 9 4 .
151. K ü rze ste C h ro n ik , 2 2 de m arzo d e 1 9 3 8 . Freud M useum , Londres.
152. Schur, F reud, L iv in g a n d D yin g ¡S ig m u n d F reud . E n ferm ed a d y m u erte en
su v id a y en su o b ra ), 4 9 8 . V éa se tam b ién A nna Freud a Schur, 28 de abril
de 1954. P apeles d e Schur. LC, y M artin Freud, Freud, 2 1 4 .
[812] N otas
1 5 3 . Schu r, F reud , L iv in g a n d D yin g [Sig m un d F reu d . E n ferm edad y m u erte en
su v id a y en su o b r a ] , 4 9 8 .
1 5 4 . M artin Freud, Freud. 2 1 2 - 2 1 3 .
1 5 5 . Freud a E m si Freud, 12 de m ayo de 193 8 . B riefe ¡E p isto la rio ¡, 4 5 9 . Las
palabras “m orir en lib ertad” está n en in g lés .
1 5 6 . V éase Jon es (V id a y o b ra de S igm un d F reud] III, 2 2 1 .
1 5 7 . “ El fun cion ario na zi que o rganizó este p roced im ien to dem ostró po seer un
extraño sen tid o del hum or, al cargar a ¡a cuenta de papá la c onsid erable
sum a qu e c o stó e l transporte de lo s lib ros a su pira funeraria e n V ie n a .”
(M artin Freud. Freud. 2 1 4 .)
1 5 8 . V ale la pena señalar que Freud, siem pre e scru p u lo so , reintegró e sa s sum as
en cuanto pudo hacerlo.
1 5 9 . A nn a Freud a J o n es, 3 d e abril de 193 8 . P a p eles de Jones, A rch iv o s de la
B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres.
1 6 0 . A nn a F reud a J o n es, 2 2 de abril de 1 9 3 8 . Ib íd.
1 6 1 . A nn a Freud a J o n es, 2 6 de abril de 1 9 3 8 . Ib íd.
1 6 2 . V éa se M cG uire, introducción a Freud-Jung ¡C orresp o n d en cia ], x x n o ta .
1 6 3 . Freud a Jones, 2 8 de abril de 1 938. Freud C o lle c tio n , D 2, LC.
1 6 4 . Freud a Ernst Freud, 9 de m a y o de 1 9 3 8 . F oto co p ia del autógrafo, cortesía
del Dr. D a n iel O ffer. (D eb o esta referen cia a G eorge F. M ahl.)
1 6 5 . Freud a Jones, 13 de m ayo de 1 9 3 8 . Freud C o lle c tio n , D 2 , LC.
1 6 6 . M artin Freud, Freud, 2 1 7 .
1 6 7 . A nna Freud a Jo nes, 25 de m ayo de 1 9 3 8 . P apeles de Jones, A rch iv o s de
la B r ilish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.
1 6 8 . V éa se A nna Freud a Jones, 3 0 y 31 de m a y o de 1 9 3 8 . Ib íd.
1 6 9 . V éa se Freud a A rnold Z w e ig , 4 de ju n io de 1 938. Freud-Z w eig ¡C o rresp o n
dencia Freud-Z w eig], 168 (1 6 0 ). V éa se tam bién Freud a Sam u el Freud, 4 de
j u n io de 1 9 3 8 . En in g lé s . R y la nd s U n iv e r sity Library, M anchester,
1 7 0 . V éase la K ü rze ste Chronik. en las fecha s c orresp ond ien tes. Freud M useum ,
L on dres. H asta e l fun esto día de la partida, Las fechas de la C h ro n ik so n
c orrectas, pero “ Sábado 3 de jun io" sig u e a “Jueves 2 de ju n io ” . Freud no
r e c tific ó la se cu en cia errónea hasta la m itad de la sem ana sig u ien te: a sí, la
prim era ano ta ció n realizada en Londres está fecha d a “ Lunes, 5 de ju n io ”,
cuando deb ió d ecir “6 de ju n io ” ; desp u és, el ju e v e s, la fecha está registrada
correctam ente: “Jueves 9 de junio".
17 1. K ü rze ste C h ro nik , 10 d e m ayo de 1 9 3 8 . Ibíd,
1 7 2 . Freud a E itin g o n , 6 de ju n io de 1 9 3 8 . B riefe ¡E p isto la rio ], 4 6 2 .
1 7 3 . Ib íd ., 4 6 1 .
1 7 4 . V éa se A nna Freud a Jones. 25 de m ayo de 193 8 . Papeles de Jones, A rch i
v o s de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L ondres.
1 7 5 . K ü r z e s te C h ro n ik , 3 de ju n io de 1 9 3 8 . F reud M useum , L o n dres. C om o
h e m o s observ a do previam ente, las a n o ta cio n es de Freud corresp o nd ien tes a
e ste período están fechadas in correctam en te. El sábado era 4 de ju n io , y no
3 de ju n io. D esd e lu eg o , a la s “2 :45 A .M ." , e stricta m en te hablando, e l día
ya era el d o m in g o 5 de ju n io .
1 7 6 . Freud a E itin g o n , 6 de ju n io de 19 3 8 . B riefe ¡E p isto la rio ], 4 6 1 -4
1 7 7 . V éase J on e s ¡V id a y o b ra de Sigm un d F reud] 1 1 1 ,2 2 8 .
1 7 8 . Freud a E itin g o n , 6 de ju n io de 1 9 3 8 . B riefe ¡E p isto la rio ], 461.
1 7 9 . M artha Freud a L illy F reud M arlé y a su e sp o so , A m o ld , 2 2 d e ju n io
[ 1 9 3 8 ). Freud C o lle c tio n . B 2 , LC.
1 8 0 . Freud a E itin g o n , 6 de ju n io de 1 9 3 8 . B riefe ¡E p isto la rio ], 4 6 1 - 4 6 3 .
1 8 1 . “ P rof. F reu d /en L on dres d e sp u é s de se se n ta a ñ o s /B ie n pero c a n sa d o ”,
M an ch ester G uardian, 7 de ju n io de 1 9 3 8 , 10.
N otas [813]
1 8 2 . Freud a A rn old Z w e ig , 2 8 d e ju n io de 1 9 3 8 . F reud-Z w eig {C o rresp o n d en cia
F reud-Zweig], 1 73 ( 1 6 4 ). La palabra “ firm a s" está en in g lés . M ed io s ig lo
antes, había firm ado “Dr. S jgm . F reud” en su s prim eras cartas a F lie ss.
1 8 3 . Freud a E itin g o n , 6 de ju n io d e 1 9 3 8 . B riefe { E p is to la rio ], 4 0 3 . El pasaje
c ita d o e stá en in g lés .
1 8 4 . Freud a A lex a nder Freud, 2 2 de ju n io d e 1 9 3 8 . Ib íd ., 4 6 3 -4 6 4 .
1 8 5 . «Y a en la segun da sem a n a — e scr ib ió e lla — , lleg a b a n sin problem as cartas
qu e no ten ía n nin g u n a in d ic a c ió n m ás co n c re ta qu e "Freud, L o n d res” ».
(M artha Freud a L illy Freud M arlé y su e sp o so , A rnold; 2 2 de ju n io de
1 9 3 8 . Freud C o lle c tio n , B 2 , L C .)
1 8 6 . Freud a A lexander Freud, 2 2 de ju n io d e 1 9 3 8 . B riefe (E p isto la rio ], 4 6 4 ,
1 8 7 . Freud a de Sau ssu re, 11 d e ju n io de 1 9 3 8 . Freud C o lle ctio n , Z3, LC.
1 8 8 . K ü rze ste C h ro nik , 21 de ju n io , 1 9 3 8 . F reud M useum , L ondres.
1 8 9 . Freud a A rn o ld Z w e ig , 28 de ju n io de 1 9 3 8 . F reud-Z w eig (C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Zweig], 1 7 2 ( 1 6 3 ).
1 9 0 . V éase Jones (V id a y o b ra de S igm un d F reud ] III, 2 3 4 .
1 9 1 . V éa se Freud a A rn old Z w e ig , 2 8 de ju n io de 1 9 3 8 . F reud-Z w eig [C o r r e s
p on den cia F reud-Z w eig], 1 7 2 ( 1 6 3 ) .
1 9 2 . D e r M an n M o se s, G W X V I, 103/At o s e s a n d M o n o th e ism [ M o is é s y ¡a
r e lig ió n m o n o te ís ta ] , SE X X III, 7 .
1 9 3 . F reud a A lex a n d er Freud, 17 de ju lio d e 1 9 3 8 . Freud C o lle ctio n , B l , LC.
V éa se tam bién K ü rze ste C h ro n ik , 17 d e ju lio de 1 9 3 8 . Freud M useum , L o n
dres.
1 9 4 . F reud a R eik, 3 de ju lio de 1 9 3 8 . Ejem plar m eca n o g ra fia d o , P apeles de
S ieg fried B ern feld , con ten ed o r 1 7 , LC . Carta c ita d a en T h eod or R eik, T h e
S ea rc h W ithin : T h e In n e r E x p e rie n c e o f a P s y c h o a n a ly s t ( 1 9 5 6 ), 6 5 6 .
1 9 5 . Freud a Jacques Sch n ier, 8 de j u lio d e 1 9 3 8 . En in g lé s . P apeles de S ie g
fried B e m fe ld , con ten ed o r 17, LC.
1 9 6 . Freud a Sa ch s, 11 de j u lio d e 1 9 3 8 . C ita d a e n Sa ch, F reud: M á ste r and
Friend, 1 8 0 - 1 8 1 .
1 9 7 . Freud a S te fa n Z w e ig , 2 0 de j u lio de 1 9 3 8 . C itada en su totalidad en J o n e s
[V id a y o b ra d e Sigm un d F reu d ] III, 2 3 5 .
1 9 8 . Freud a A nna Freud, 3 d e a g o sto d e 1 9 3 8 . Freud C o lle ctio n , LC.
1 9 9 . A nn a Freud a M arie B on aparte, 8 de se p tie m b re de 1 9 3 8 . C itada en Schur,
F reud, L ivin g a n d D yin g [S ig m u n d F re u d . E n ferm ed a d y m u erte en su v id a
y en su o b ra ], 5 1 0 .
2 0 0 . A rn old Z w eig a Freud, 8 de n o v iem b r e de 1 938. F reud-Z w eig [C o rre sp o n
dencia F reud-Z w eig], 1 7 9 ( 1 7 0 ).
2 0 1 . K ü rze ste C h ronik, 3 0 de septiem b re d e 1 9 3 8 . Freud M useum , Londres.
2 0 2 . F íe u d a M arie B on aparte, 4 de octu bre de 1 9 3 8 . B riefe [E p isto la rio ], 4 6 7 .
2 0 3 . Freud a M arie B on aparte, 12 de n o v iem b r e de 1 9 3 8 . Ib íd ., 4 7 1 .
2 0 4 . Freud a Y v ette G u ilb ert, 2 4 de o c tu b r e d e 1 9 3 8 . Ib íd., 4 6 8 . La palabra
“c o n n o ta c ió n ” e stá en in g lé s .
2 0 5 . V éa se A rnold Z w e ig a Freud, 5 de a g o sto y 16 de octubre de 1 9 3 8 . Freud-
Z w eig [C orre sp o n d e n c ia F reu d -Z w eig ], 1 7 6 , 17 8 ( 1 6 7 - 1 6 8 , 1 6 9 - 1 7 0 ).
2 0 6 . Freud a Singer, 31 de octu bre de 1 9 3 8 . B riefe [ E p isto la rio ], 4 6 9 - 4 7 0 .
2 0 7 . Freud a Jones, 1 de n o v iem b re de 1 9 3 8 . F reud C o lle c tio n , D 2 , LC .
2 0 8 . B lan ch e K n o pf a Freud, 15 de n o v iem b re de 1938. Freud M useum , L ondres.
2 0 9 . V éa se B la n c h e K n o p f a M artin F reud , 19 y 27 d e septiem b re d e 1 9 3 8 ;
B la n c h e K n o pf a Freud, 15 de n o v iem b r e, 9 y 2 2 de diciem bre d e 19 38 , y
16 d e e n e ro , 31 de m a rzo y 2 8 d e a b r il d e 1 9 3 9 . T o d o e n e] F reud
M useum , Londres. El libro fue p u blicad o en Estad os U nid os a m ed ia do s de
ju n io d e 1 9 3 9 .
[814] N otas
2 1 0 . Freud a D w o ssis, 11 d e diciem bre de 1 9 3 8 . Ejem plar m ecanografiado. Freud
M useum , Londres.
2 1 1 . K ü rze ste C h ronik, 10 de n o v iem b r e de 1 9 3 8 . En in g lés. Freud M useum ,
L ondres.
2 1 2 . Freud a M arie Bonaparte, 12 d e no v iem bre d e 19 38 . B riefe [E p isto la rio ],
4 7 1 . Por lo m en o s durante a lg u n o s m e se s, a su s herm an as se le s pagó la
sum a m ensual que había dejado para e lla s. V éa se Freud a A nna Freud, 3 de
a go sto de 193 8 . Freud C o lle c tio n , LC.
2 1 3 . Freud a Jones, 7 de m arzo de 1 9 3 9 . Freud C o lle ctio n , D 2 , LC.
2 1 4 . V éase Jo n e s [V id a y o b ra d e Sigm un d F reu d ] III, 2 3 3 .
2 1 5 . I n tern a tio n a le Z e itsch rift f iir P sy c h o a n a ly se u n d Im a g o , X X IV (1 9 3 9 ), n o s.
1/2 (ap arición c onjun ta), portada.
2 1 6 . L eonard W o o lf, D o w n h ill A lt th e W ay ( 1 9 6 7 ) , 1 6 6 , 1 6 8 - 1 6 9 .
2 1 7 . I b íd ., 1 6 9 .
2 1 8 . T h e D ia r y o f V irg in ia W oolf, co m p . de A n n e O liv ie r B e ll, v o l. V , 1 9 3 6 -
¡ 9 4 1 ( 1 9 8 4 ), 2 0 2 [trad. c a st.: D ia rio de una escrito ra , B a rcelo n a . Lum en.
* 1 9 8 2 ].
2 1 9 . K ü r ie s te C h ronik, 2 y 31 de enero de 1 9 3 9 . Freud M useum . Londres.
2 2 0 . V éa se A nna Freud a (¿P ich ler?], 2 0 de septiem b re de 1 9 3 8 . P apeles de M ax
Schur, LC.
2 2 1 . Freud a A rn old Z w e ig , 20 de febrero de 1 9 3 9 . F reud-Z w eig [C o rre sp o n d e n
cia F reud-Z weig], 1 8 3 -1 8 4 (1 7 5 -1 7 6 ) .
2 2 2 . V éase la co p ia m anuscrita realizada por M arie Bonaparte de una carta que le
d irigió e l docto r L acassagn e con fech a 2 8 d e no v iem b re de 19 54 , co m u n i
cán d ole que había exam in ado a Freud e l 2 6 d e febrero d e 1939 y que había
a sistid o e n la ap licació n de radium e l 14 de m arzo. (A djunta a una carta de
M arie B on aparte a Jones, sin fech a . P a peles de Jo nes, A rc h iv o s d e la B ri-
tish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L on dres.)
2 2 3 . P fister a Freud, 21 de febrero d e 1 9 3 9 . C on perm iso de Sigm u nd Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 2 4 . Freud a A rn old Z w e ig , 5 d e m arzo de 193 9 . F reud-Z w eig [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Zweig], 1 8 6 -1 8 7 ( 1 7 8 ).
2 2 5 . Freud a S ac h s, 12 de m arzo de 1 9 3 9 . C itada en S a ch s, F reud: M a ster and
Friend, 1 8 1 - 1 8 2 .
2 2 6 . Freud a M arie B onaparte, 28 de abril de 1 9 3 9 . B riefe [E p isto la rio ], 4 7 4 -
475.
2 2 7 . V é a se Schur, F re u d , L iv in g a n d D y in g ( S ig m u n d F re u d . E n fe rm e d a d y
m u erte e n su v id a y e n su o b ra ), 5 2 2 - 5 2 5 .
2 2 8 . V é a se , por e jem p lo , Freud a M arie B on aparte, 28 d e abril de 1 9 3 9 . B r ie f e
( E p isto la rio ] , 4 7 4 .
2 2 9 . V éa se Freud a M arie Bonaparte. 6 de m arzo de 1929: “ He tom ado a Schur,
por a sí d ecir, c om o nuestro m éd ico d o m é stic o ” (C itada e n Jones a Schur, 9
de octubre d e 1 9 5 6 . P a peles de M ax Schur, L C .)
2 3 0 . Freud a Schur, 2 8 de ju n io d e 1 9 3 0 . B riefe [ E p isto la rio ], 4 1 5 . S o b re las
r ela c io n e s de Schur con Freud, v é a se su F re u d , L iv in g a n d D yin g (S ig m u n d
F reud. E n ferm ed a d y m u erte en su vid a y en su o b ra ), e sp . la in tro d u cc ió n y
e l c a p . 18.
2 3 1 . V éase Freud a Schur, 10 de enero de 1 9 3 0 , 10 de enero y 2 6 de ju lio de
1 938. P ap eles de M ax Schur, LC.
2 3 2 . C itado en Schur, F reud, L iv in g a n d D yin g [S ig m u n d F reud . E nferm ed a d y
m u erte e n su v id a y en su o b ra ], 4 0 8 .
2 3 3 . V é a se Ernst Freud y o tro s, c o m p s. S ig m u n d F reu d : H is L ife in P ie tu res a n d
W o rd s [S ig m u n d F reu d : Su v id a en im á g e n e s y te x to s], 3 1 5 .
N otas [8 15 ]
2 3 4 . K ü rze ste C h ronik, 19 de m a y o de 1 9 3 9 . Freud M useum , Londres.
2 3 5 . V éa se M o s e s a n d M o n o th e is m [ M o is é s y la r e lig ió n m o n o te í s ta ] , S E
X X III, 9 0 .
2 3 6 . V é a se ib íd ., 65 n.
2 3 7 . D e r M an n M o se s, G W X V I. \ 9 3 - l 9 i / M o s e s a n d M o n o th e is m [ M o is é s y
la r e lig ió n m o n o te ís ta ] , S E X X III, 8 7 -8 8 .
2 3 8 . Ib íd ., 2 4 4 / 1 3 5 .
2 3 9 . Ibíd.
2 4 0 . Ib íd ., 194, 1 9 1 - 1 9 2 / 8 8 , 8 5 - 8 6 .
2 4 1 . C itado en A nna F reud B e m a y s, pruebas de im prenta de “ Erlebtes" ( 1 9 3 3 ),
5. F reud C o lle c tio n , B 2 , L C .
2 4 2 . D e r M an n M o se s, G W X V I, 2 2 2 - 2 2 3 ¡M o se s a n d M o n o th e is m ( M o is é s y
la r e lig ió n m o n o te ís ta ] , S E X X III, 115.
2 4 3 . V é a se ib íd ., 1 9 8 / 9 1 .
2 4 4 . H am ilto n F y f e , r e s e ñ a de M o s e s a n d M o n o th e is m , J o h n O 'L o n d o n 's
W e e k ly , 2 d e j u n io d e 1 9 3 9 .
2 4 5 . B uber, M o se s, 7 n .
2 4 6 . J.M . Lask, r eseñ a d e M o s e s a n d M o n o th e ism , P a le s tin e R e v ie w (Jerusa-
lé n ), IV (30 de ju n io de 1 9 3 9 ), 1 6 9 -1 7 0 .
2 4 7 . C itado en Jo n es [ V id a y o b ra d e Sig m un d F reud] III, 3 7 0 .
2 4 8 . Padre V incent M cN a bb , O .P ., r eseñ a de M o se s a n d M o n o th e ism , C a th o lic
H erald (L o n d res), 14 de ju lio de 1 9 3 9 .
2 4 9 . V éa se N . PerJmann (d e sd e T e l A v iv ) a Freud, 2 de ju lio d e 1 9 3 9 . Freud
M useum , Londres.
2 5 0 . S.J. Birnbaum (un a b o g a d o d e T o ro n to ) a Freud, 2 7 de febrero d e 193 9 .
Ibíd.
2 5 1 . Carta sin firm a a F reud , 2 6 d e m a y o d e 1 9 3 9 . Ib íd., V éa n se otras o p in io
nes e n Jon es [V id a y o b ra de S ig m u n d F reu d ] III, 3 6 2 - 3 7 4 .
2 5 2 . A lexandre B u m a c h e ff a Freud, 4 de ju lio de 1 939. Freud M useum , Londres.
2 5 3 . Freud a R afael da C o sta , 2 de m a y o de 193 9 . Ejem plar m eca no g ra fia do.
Freud M useum , Londres.
2 5 4 . Freud a A rn old Z w e ig , 13 d e ju n io de 1 9 3 5 . F reud-Z w eig [C o rre sp o n d e n c ia
Freud-Zweig), 1 1 8 ( 1 0 7 ).
2 5 5 . “V orbem erkung II” , en D e r M a n n M o se s, G W X V I, 1 5 9 /“ P refatory N ote
II ”, en M o se s a n d M o n o th e is m ( M o is é s y la r e lig ió n m o n o te í s ta ] , SE
X X III, 5 7 .
25 6. “Zu sam m enfassu ng und W ied erh o lu n g ”, en ib íd., 2 1 0 /'‘Sum m ary and R eca
p itu la r o n ”, e n ib íd ., 1 0 3 .
2 5 7 . Freud a M arie B on aparte, 15 de ju n io d e 193 9 . C itada en alem án e n Schur,
F reu d, L ivin g a n d D y in g [S ig m u n d F re u d . E n ferm ed a d y m u erte en su v id a
y en su o b ra ), 5 6 7 .
2 5 8 . V éase Anna Freud a Schu r, 9 de ju n io de 193 9 . P apeles de M ax Schur, LC.
2 5 9 . S a c h s, F re u d :M a ster a n d Friend, 1 8 5 - 1 8 7 .
2 6 0 . V éase K ü rze ste C h ro n ik , 1 d e a g o sto de 1 9 3 9 . Freud M useum , L ondres.
2 6 1 . D yck , “M ein O nkel S ig m u n d ”, e n trev ista co n Harry Freud, Aufbau, 11 de
m ayo de 1 9 5 6 , 4 .
2 6 2 . Freud a Schaeffer, 19 de a g o sto de 1 9 3 9 . D ictada a A nn a Freud, Isak ow er
C o lle c tio n , LC .
2 6 3 . R osa Graf a E lsa Rei&s, sin fec h a [2 3 de agosto d e 19 3 9 ]. Freud C o lle c-
tio n , B 2, LC.
2 6 4 . K ürzeste Chronik, 27 de a g o sto de 1 9 3 9 . Freud M useum , Londres.
2 6 5 . “The M edical C ase H istory o f S igm u nd Freud”, de fecha 27 de febrero de
1954. P apeles de M ax Schu r, LC.
[816] N otas
2 6 6 . Jones a Freud, 3 de septiem b re de 1 9 3 9 . C on perm iso de Sigm und Freud
C o p y r ig h ts, W iv e n h o e.
2 6 7 . "The M edica] C a se H istory o f Sigm und Freud". P apeles de M ax Schur, LC.
2 6 8 . Schur trató el tem a de lo s ú ltim o s días de Freud en “The Problem o f D eath
in F reud's W ritings and L ife", su c o n feren cia del 19 de m ayo de 1 9 6 4 , en
la p r estigiosa Freud AnniversaTy Lecture S eries, c o n lo s a u sp ic io s del N ew
Y ork P sy c h o a n a ly tic Institu te. E l m ism o año. A nn a F ieud co m e n tó , a pro
p ósito de esa c o n feren cia : “¿N o d ebía aparecer tam bién la doctora Stross?
E lla fue tota lm en te in d isp e n sa b le, en el v ia je y en las últim a s n o c h e s, que
com partió co n él por co m p leto ". (A nna Freud a Schur, 12 de octubre de
1964. P apeles de M ax Schu r, LC .)
2 6 9 . V éase A nn a Freud a Jones, com entario m ecanografiado sobre el v o l. III de
la b iografía de J o n es, sin fech a . P a p e le s de Jo nes, A rc h iv o s de la B ritish
P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , Londres,
2 7 0 . Jon es [V id a y o b ra d e S igm un d F reud ] III, 2 4 5 -2 4 6 . D eta lle s im portantes,
c om o el requerim iento de Anna Freud, provienen de una carta que Jones le
en v ió a M ax Schur el 21 de febrero de 1956. (P a p eles de M ax Schur, LC.)
En realid ad. Jo n es p ensaba que F reud c a y ó en la in co n scien cia y no v o lv ió
a despertar. El relato de Schur en “T h e M ed ica l C a se H istory o f Sigm und
Freud” lo contradice, (Ibíd .)
2 7 1 . Ibíd.
2 7 2 . Freud a P fister, 6 de m arzo de 191 0 . Freud-Pfister, 3 3 ( 3 5 ).
2 7 3 . La prin cip al fu e n te en )a que m e he basado para m is p á g in a s sob re lo s ú lti
m os días de Freud es e l m em orando in éd ito de M ax Schur titulado “The
M ed ical C ase H istory o f Sigm und Freud”, de fecha 2 7 de febrero de 1954,
(P apeles de Max Schur, L C .) El lo había d estinad o a lo s arch ivos de Freud
(la Freud C o lle c tio n ), y adem ás ib a a servir c o m o a id e m é m o ire para Ernest
Jones, que en aquel e n to n ces trabajaba en su biografía de Freud. M ás urde
Schur u só e se m em orando com o base para su Freud Lecture de 1964, “The
Problem o f D eath in Freud’s W ritings and L ife ”. (V é a se un resum en de M il
ló n E. J u c o v y e n P sy c h o a n a ly tic Q u a rte rly , X X X IV [1 9 0 5 ], 1 4 4 -1 4 7 .)
Entre lo s p a p eles de Schur hay se is o m ás borradores de su c onferen cia
(esas páginas parecen haber torturado a Schur co m o ningu na otra c o sa en
su vid a). H e com p lem entado el m em orando de Schur u tilizan do una agrada
b le y su m am en te fru ctífer a e n tre v ista c o n H e len Schu r (3 de ju n io de
19 6 8 ). c o rresp o n d en cia c o n e lla y (p rin cip a lm en te para confirm ar algunos
de ta lle s) una carta de Harry, el sobrino de Freud, d e fecha 25 de septiem bre
de 1939, e scrita d esd e N u e v a York a su s tías de V iena, y basada — según el
propio Harry d ice en la m ism a carta— en “in fo r m a ció n de am ig o s, en par
te directa, en parte tele g rá fic a ” . (Freud C o lle ctio n . B l , L C .) M e resultaron
in m ensam ente ú tiles varias cartas de A nna Freud a Ernest Jones, en esp e
cial una d e l 2 7 de febrero de 1956, que c o n tien e d e ta lles sig n ifica tiv o s.
S u b sisten alg u n a s d iscrep a n cia s, creo que p a rcia lm en te atrib uibles a las
in ten sas e m o c io n e s co n las qu e lo s pa rticip a n tes ex p erim en ta ro n , y más
carde recordaron, e so s a c o n tec im ien to s con m o v ed o res.
M i propio relato d ifiere en deta lle s aparentem ente m en ores pero en reali
dad s ig n if ic a t iv o s d e l in fo r m e p u b lic a d o de Schur ( F re u d , L iv in g a n d
D yin g (S igm u n d F reud, en ferm ed a d y m u erte en su v id a y e n su o b ra ] 5 2 6 -
5 2 9 ) y el resum en de la Freud Lecture que Schur pronu nció en 196 4 , reali
zado por Jucovy. En e sa co n feren cia , Schur d ijo (falsam ente): “ El 21 de
septiem b re, él [Freud] le seña ló a su m éd ico qu e su su frim ien to y a no tenía
n in gú n se n tid o y p id ió un o s se d a n te s. Se le d io m o rfin a p a r a e l d o lo r,
c ayó en un su eñ o a p a cib le y de sp u é s en c o m a , y murió a las tres de la
N otas [817]
m adrugada d el 23 de septiembre**. (R esu m en de J ucovy de la conferen cia de
Schur, pág. 147; la c u r siv a e s m ía .) B ió g r a fo s p o ste rio re s, sin contar co n
ningú n o tro in fo r m e fia b le (S c h u r, d e sp u é s de to d o , era e l te stig o c o n
m ayor autoridad y e lo c u e n c ia ) s e lim itaron a seg u ir la v e rsió n pu blicad a de
la Freud Lectu re. (V é a se , por e jem p lo , C lark, Freud, 5 3 6 - 5 2 7 .)
A l escribir su c lá sic a bio g ra fía , p rim eram en te Jones r e a c cio n ó c o n d isg u s
to ante to d o s lo s d e ta lle s “ m o rb o so s” , pero d esp u é s usó c o n lib ertad el
m em orando de Schur, parafraseándolo am pliam ente y a v e c e s ca si c itá n d o
lo d e m odo litera l. A nn a Freud le c o m e n tó a Schur que Jones v a cilaba en
cuanto a las graves d o len cia s de Freud, pero a ju ic io de ella “ la enferm edad ,
c o n to d o s su s d e t a lle s h o r r ip ila n tes, era al m ism o tiem p o la m á s a lta
e xp resión de su actitu d co n r esp ecto a la v id a ”. (A n na Freud a Schur, 2 de
septiem bre de 1 9 5 6 . P a p eles de M ax Schur, L C .) A nna Freud quería que
Jones utilizara e l m em oran do d e Schur c o m o últim o ca p ítu lo de su b io g ra
fía, pero en lu gar de e llo , é l d e c id ió , c o n ju stic ia , parafrasearlo y citarlo
exten sam en te (v é a se J o n e s ¡V id a y o b ra d e Sig m un d F reu d ] III, 2 4 5 - 2 4 6 ),
dando las gracias ca lu ro sa m en te a Schur en el P refa cio (v é a se ib íd ., x ii-
x iii). Las d ife re n c ia s entre el m em oran do d e Schur y las páginas de Jones
son su tiles pero dig n as de señalarse: m ien tras que Schur, d ip lo m ática m en
te, se abstiene de cualq uier c o m en ta rio e x p líc it o sob re e s e punto d e lic a d o ,
Jones d ice c o n firm eza (e in ex a c titu d , sig u ie n d o la F reud L ectu re) que
cuando FTeud le p id ió ayuda en e se m o m ento en que su v id a ya no era más
que una tortura, Schur “ le o p rim ió la m ano y le p rom etió que le daría un
sedante adecuado" (J o n e s / V id a y o b ra d e Sig m un d F reud¡ III, 2 4 6 , la c u r si
va es m ía). A sim ism o , Jo n es d ic e que e l 2 2 d e se p tiem b re Schur “ le d io a
Freud un tercio de grano d e m o rfin a ” ; esa d o s is e q u iv a le a 0 ,0 2 1 6 gram os,
y es prácticam en te id én tica a la e sp e c ific a d a por Schur en F re u d , L iv in g
a n d D yin g ( Sigm un d F reud . E n ferm ed a d y m u erte en su v id a y en su o b ra }
(pág. 5 2 9 ), cuand o d ice que le in y ec tó a Freud “una hipod érm ica de d o s
c e n tig r a m o s d e m o rfin a " . P ero m ien tra s q u e J o n es m en cio n a só lo una
in y ec ció n , Schur h ab la de d o s, in c lu so en e l in fo rm e pu blicad o: “ R ep etí
la d o sis al cab o de aproxim adam ente d o ce horas”. (Ibíd .) Y, en la introduc
c ió n que escr ib ió para su m em orando in éd ito , Schur c o n fie s a que en e l te x
to que destinab a a la p u b lic a c ió n disto r sio n a b a la d o s is y o m itía una c o n
versación que había m anten ido co n Freud. En una carta a A nna Freud d e l 7
d e abril d e 195 4 o fr e c e un reg istr o d istin to , in d ic a n d o qu e la “ v e rsió n
c o rr ec ta ( d o s is , m á s de una in y e c c ió n ) ha s id o e n tre g a d a al A r c h iv o
[Freud]”. (C op ia c arb ónica. P a p eles d e M ax Schur, LC .)
Para m i propio tex to m e he basado p r in cip a lm en te e n esa “ v e rsió n co rr ec
ta": la d o s is fu e d e tres cen tig r a m o s y n o de d o s c o m o se d ic e en e l lib ro ,
y Schur podría haber adm in istrad o tres y no d o s in y e c c io n e s . D e la carta
que Schur le e n v ió a A nn a Freud e l 19 de m arzo de 1954 se d edu ce c o n c la
ridad que había c o n su lta d o a un abogado acerca de la cu e stió n de la eutana
sia y, c o m o c o n s e c u e n c ia d e e llo , a tem p e ró lo s d a lo s d e su in fo r m e .
(C op ia carb ón ica , ib íd ,). En “O p io id A n a lg e s ic s and A n ta g o n ists”, ca p ítu
lo d e G o odm an a n d G ilm a n : The P h a rm a co lo g ica l B a sis o f T h era p e u tic s,
c om p . d e A lfred G o o d m a n G ilm a n , L o u is S . G o od m an y A lfred G ilm an
(19 4 1 ; 6* e d . 1 9 8 0 ), la b ib lia d e lo s m é d ic o s sob re e l u so y lo s e fe c t o s de
las drogas, Jerom e H. Ja ffe y W illia m R. M artin estip u la n qu e un c e n tig r a
m o es una d o s is norm al para p a c ie n tes c o n d o lo r: “ 10 m g se c o n sid era n en
gen e ra l una d o s is in ic ia l ó p tim a de m o rfin a y p ro p o r c io n a n a n a lg e sia
s a tisfa cto ria en a p ro x im a d a m en te el 7 0 por c ie n to d e lo s p a c ie n tes c o n
d olor de m oderad o a grave" (pá g . 5 0 9 ). Si b ien las “d o s is su b sig u ie n tes
18] N otas
pu ed en ser m ás altas”, en ningú n m om ento lo s autores reco m ien d a n m ás de
d os c en tig ra m o s (pág. 5 0 9 ; v é a se tam bién pág. 4 9 9 ). L os e n ferm o s graves
o m uy ancianos (Freud era am bas c o sa s) p u ed en absorber la droga m uy le n
tam ente y tolerarla m ás que un p a cien te e n mejoT e sta d o , pero c o n toda
probabilidad una d o sis de tres cen tigram os es m ortal para cualquiera.
Otra d isto rsió n qu e aparece en la v ersió n pu blicad a d el relato rea liza da por
Schur de lo s últim os días de Freud, d isto rsió n cuya causa fue la d e c isió n de
respetar el d eseo de d iscr ec ió n de A nna Freud, c o n sistió e n m inim izar el
papel que e lla desem p eñ ó. En uno de los borradores de la Freud Lecture,
Schu r om itió por co m p leto el e p iso d io d el “d íg a se lo a A nna". E sto tam
bién m erece un com entario: en la v e rsió n p u blicad a encontram os “S a g e n
S ie e s d er A n na" " C u én tele a A nna e sto ” . (Schur, F re u d , L iv in g a n d D yin g
lS ig m u n d F reud. E n ferm ed a d y m u erte en su v id a y e n su o b ra ), p á g . 5 2 9 .)
Jones, sig u ien d o fielm e n te a Schur, traduce “cu én tele a A nna nuestra c o n
v e r sa c ió n ”. (J o n e s IV ida y o b ra d e Sigm un d Freud¡ III, 2 4 6 .) Pero en el
m em orando in éd ito se le e “B e sp re c h e n S ie e s m it d e r A n n a ", e sto e s, “ d is
cútalo", “hab le sobre e sto c o n A n n a ”. E sta v e rsió n parece ser la auténtica;
resulta particularm ente p la u sib le e n v ista de lo que Freud dijo a c ontinu a
c ió n , según Schur: “Y s i e lla p ien sa qu e e stá b ien , term inem os" . Es p o si
ble conjeturar que, por in o ce n te que e lla fuera del gran d e se n la c e, por b ien
in tencion adas y ju stifica d a s qu e fueran las a ccio n es d e Schur, Arma llevaba
una pesada c a ig a de c u lp a b ilid a d por su a qu iescencia final resp ecto de la
d e c isió n d e ahorrarle m á s su frim ien to s a su padTe. Schur recuerda en su
m em oran do que A nna se o p u so a tal d e c isió n , pero fina lm ente se resig n ó
co n tristeza. Esta in terp reta ció n de la situ a c ió n es la que ha g uiado m i tra
tam ien to en e l tex to : v e o e l f in de F reud c o m o su ic id io e s to ic o , co n su m a
do por un interm ediario, p u esto que é l estab a dem asiado d ébil c om o para
actuar por s í m ism o , por su m é d ic o f ie l y a fec tu o so , y c o n se n tid o con
ren u en cia por su no m en o s f ie l e in clu so m ás a fectu o sa hija.
Ensayo bibliográfico
F uentes generales
La literatura sob re F teu d , e s am plia, crece rápidam ente, e stá c a si fuera de
con trol. Parte de e sta a v a la n ch a e s rev ela d o ra , m ucha de e lla e s ú til, y e s más
aun la qu e r esu lta p r o v o c a tiv a ; un a p o r c ió n so r p r en d e n te t ie n e un ca rá c te r
m a lic io so o d irectam en te absurdo. N o h e tratado de qu e e ste e n sa y o se a total,
sin o qu e m e he cen trado m ás b ien e n las obras que a m i j u ic io in fo rm a n sob re
hec h o s c ier to s , so n in te re sa n te s por su s in terp reta cio n es, o m er ec en que s e las
discu ta. Es decir, lo he escr ito para dar b revem en te la s razon es d e qu e haya adop
tado, o dejado de adoptar, un a p o s ic ió n u otra, y tam bién para seña la r d e qu ién
he aprendido m ás.
La m ejor e d ic ió n a le m a n a d e lo s e s c r it o s p s ic o a n a lít ic o s d e F reud es
G e s a m m e lle W e rk e, C h r o n o lo g is c h G e o r d n e t, co m p . de A nn a Freud, Edw ard
B ib rin g, W illi H offer, Ernst K ris y O tto Isa k o w cr, en c o la b o r a ció n co n M arie
B on ap arte, 18 v o ls . ( 1 9 4 0 -1 9 6 8 ) . M u y v a lio s a , pero n o perfecta: n o e s c o m p le
ta; su s c ab eceras n o resu lta n tan ú tile s c o m o podrían se rlo; la s n otas e d ito ria les
y lo s ín d ices de cada un o d e lo s v o lú m e n e s so n d e sc u id a d o s. L o m ás m o les to es
que la G esa m m elle W erk e n o d ife re n c ia la s div ersa s e d ic io n e s d e obras m uy r ev i
sadas de Freud co m o son L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s y lo s T re s e n s a y o s d e
te o ría sexual. Esa d ife r e n c ia c ió n si s e rea liz a e n la m anejab le Stu d ien a u sg a b e.
com p . de A lexan d er M its ch er lich , A n g e la R ichards y Jam es S tr a ch ey , 12 v o ls .
(1 9 6 9 -1 9 7 5 ) . La Stu d ien a u sg a b e tien e su s p ropias lim ita c io n e s; o m ite a lg u n o s
artículos m enores de Freud y su s e scr ito s auto b io g rá fico s; adem ás e l ord en a m ien
to n o e s c r o n o ló g ic o s in o te m á tic o . P ero presen ta un c o p io s o aparato e d ito ria l,
basado en e l S tan dard E d itio n in g le s a .
La autoridad in tern a cio na l d e esa S ta n d a r d E d itio n o f th e C o m p le te P sy c h o -
lo g ic a l W orks o f S ig m u n d F re u d , traducida con la su p erv isió n e d ito ria l genera l de
Jam es Strachey en c o la b o r a ció n co n A nn a Freud y la a siste n c ia d e A lix S trach ey
y A la n T y so n , 24 v o ls . ( 1 9 5 3 -1 9 7 4 ) . e stá m erecida m ente aseg u ra d a , c o n in d e
pen d en cia de las e v en tu a les nu ev a s y m ejores traducciones que aparezcan e n el
futuro. S e trata de una e m p re sa hero ica . C uando e s n e c esa r io , o fr e c e no ta s de
div er so s com entadores; n o e lu d e c ier to m aterial in tratable (c o m o lo s c h iste s a le
m anes que Freud in clu y e en e l libro sob re e l c h iste ), e in trodu ce c a d a o bra, in clu
so e l m ás breve de lo s a r tíc u lo s, c o n la in d isp e n sa b le in fo r m a ció n b ib lio g r á fic a
e histórica. Las trad u ccio n es han sid o m uy discu tid a s, y no in ju stam ente: han
sid o ob jeto d e c rític a s se v e r a s lo s ca m b io s de tiem p o s, la s v e r sio n e s in fa m e s
[ 8 2 0] E nsayo bibliográfico
— co m o “ a n a c lític o ” y “c a te x ia " — de térm inos té c n ic o s qu e Freud acuñó co n
palabras alem anas c o m u n e s, altam en te su g eren tes. El objetor m ás se v er o ( y a m i
j u ic io , lu n ático ) ha sid o B run o B e tte lh e im en su F reud and M a r is S ou l ( 1 9 8 3 )
[trad. cast.: F reu d y e l a lm a hum ana, B a rcelo n a , C rític a , 1983]; en e se n c ia , B et-
telh eim c onsid era que lo s traductores m alograron la argum entación freudiana y
qu e qu ienquiera que le a a Freud solam ente en el in g lés d e Strach ey no estará en
c o n d icio n es de com prender la preo cu pa ció n freudiana por e l alm a d el hom bre.
M ucho m ás so b rio s y ra zo n a b les so n lo s a r tícu lo s de D arius G . O rnston; v é a se
e sp ecialm en te “ F reud's C o n cep tio n Is D ifferen t from S tra ch ey ’s ”, J . A m e r , P sy -
c h o a n a l. A s s ., X X X III (1 9 8 5 ), 3 7 9 -4 1 0 ; “T he In v cn tio n o f ’C a th ex is’ and Stra-
c h e y ’s S tr a te g y ” , In t. R e v . P s y c h o -A n a l., X II ( 1 9 8 5 ) , 3 9 1 - 3 9 9 , y “ R ep ly to
W illia m I. G rossm an", J. A m e r. P sy c h o a n a l. A s s ., X X X IV (1 9 8 6 ). 4 8 9 -4 9 2 . La
S ta n d a rd E dilio n pu ed e ahora u tiliza r se conjun tam en te con S .A . Gutm an, R .L.
Io n e s y S .M . P arrish, T he C o n c o rd a n c e to th e S ta n d a r d E d ilio n o f ih e C o m p le te
P s y c h o lo g ic a l W o rk s o f S ig m u n d F re u d , 6 v o ls . (1 9 8 0 ). La m ás v ig o r o sa traduc
c ió n al in g lés, qu e capta m ejo r qu e ningu na otra e l alem án d e Freud, vir il e in g e
n io so , se encuentra en lo s v o ls . I-IV de lo s C o lle c te d P a p e r s ( 1 9 2 4 - 1 9 2 5 ), p rin
cip a lm e n te trad ucidos por la b rilla nte Joan R iv iere. El v o l. V , co m p ila d o por
Jam es S trach ey, apareció en 1 9 5 0 . N o sorprende qu e e sta e d ic ió n , qu e co n tien e
prácticam en te lo d o s lo s e n sa y o s m ás b rev es d e Freud y sus h isto r ia le s c lín ic o s ,
sig a sien d o la fa vorita d e lo s m ás a n tig u o s p s ico a n a lista s nortea m erica no s.
A lg u n o s e s c a s o s d e sc u b r im ie n to s o c a s io n a le s a m p lía n e l c u e rp o de lo s
escr ito s p s ico a n a lític o s de Freud. D eb em o s e l m ás e stim u la n te de lo s ha lla zg o s
rec ien te s (uno d e lo s e n sa y o s m e t a p sic o ló g ic o s perdid os; v é a n se la s p á gs. 4 1 3 -
4 1 4 y 4 2 0 - 4 2 1 ) a U se G r u b ric h -S im itis, q u ie n ta m b ién lo ed itó be lla m e n te y
redactó una presentación; Sigm u nd Freud. A P h y lo g e n e tic F a n ta sy : O v e r v ie w o f
th e T ransferen ce N eu ro ses (1 9 8 5 ; trad. de A le x y P e te r T . H offer, 1 9 8 7 ). Durante
m ucho tiem p o ha estad o en preparación una m uy necesa ria e d ic ió n de lo s v o lu
m in o so s y (para e l b ió g ra fo ) im portantes e scr ito s p r e p sic o a n a lítico s d e Freud,
Gran parte d e la enorm e corresp ond en cia d e Freud está publicada. Una se le c
ción c ro n o ló g ica ex q u isita e s B rie fe 1 8 7 3 - 1 9 3 9 , co m p . de E m st y L ucie Freud
(1 9 6 0 ; 2 a . e d . a m p lia d a , 1 9 6 8 ; v e r s ió n in g le s a , L e t te r s o f S ig m u n d F re u d ,
¡ 8 7 3 - 1 9 3 9 , trad. d e T an ia y Jam es Stern, 1 96 1 , 2a. e d ., 1975 (v é a se trad, c a st.
en “ A breviatu ra s" ])- La m a y o ría d e la s o tra s e d ic io n e s p resen ta n la s cartas
corresp onsal por co rresp o nsa l. El m érito de esa s e d ic io n e s es su m am en te v a ria
ble, y hay qu e em p learlas c o n c u id a d o . Entre las m ejores se cuenta S igm u nd
Freud, C .G . Jung, B riefw e ch sel, im peca b lem ente com p ilad a por W illia m M cG uire
y W olfgan g Sauerlander (1 9 7 4 ; v e rsió n in g les a , The F reu d / Jung L etters : The
C o r r e s p o n d e n c e b e tw e e n S ig m u n d F re u d a n d C .G . J u n g , c o m p . d e W illia m
M cG uire y trad. de R alph M anheim [cartas de Freud] y R .F.C H ull [cartas de
Jung], tam bién 19 7 4 [v éa se una v e rsió n c a ste lla n a en “ A breviatu ras" ]). U na ter
cera im presión de la e d ic ió n alem an a ( 1 9 7 9 ) p resen ta algunas co rr ec cio n es, prin
c ip alm en te en las no ta s. La trad ucción de H ull no le hace n ing ú n favor a Jung:
lle v a e l lengu aje ya de por s í bastan te to sc o d e l su izo a m ayores alturas d e v u l
garidad. Por e jem p lo , Jung d ice "schm utziger K e rl" , qu e sig n ific a “ tipo su cio " , y
Hull lo traduce por “v is c o s o bastardo" (Jung a Freud, 2 de ju n io de 1 9 1 0 , 3 5 9
[3 2 5 ]). Otro ejem p lo: se g ú n H u ll. Jung le e scrib ió a Freud que e l psiquíatra A d o lf
A lb r e ch t F ried lá n d er (un c r ít ic o v e h e m e n te d e l p s ic o a n á lis is ) h a b ía e sta d o
“vom itan d o d e nu ev o " (1 7 d e abril d e 1 9 1 0 . 3 3 9 [3 0 7 ]); lo qu e Jung realm en te
e sc r ib ió , "F riedlánder h a t síc h w ied e r üb erg eberi' se traduce con m ayor exactitud
c om o “ Friedlánder ha d e v u e lto de nu evo" . Las im portantísim as cartas de Freud a
su “ Otro", W ilh elm F lie ss (una c o le c c ió n para la cual la palabra “ in d isp e n sa b le ”
es por una v e z a bsolutam en te justa) su scita m en ores dificu lta d es. La ed ic ió n ñor-
E nsayo bibliográfico [8 2 1 ]
leam ericana. T h e C o m p le te L e t te r s o f S ig m u n d F re u d to W ilh e lm F lie ss , 1 8 8 7 -
1 9 0 4 , c om p . y Irad. de J effrey M o u ssa ie ff M a sso n (1 9 8 5 ), e s extrem adam en te
v a lio sa , a pesar d e cier ta s e x tr a v a g a n c ia s in terp reta tiv a s p o c o im p o rta n tes. Pero
la c o m p ila c ió n d e la s ca rta s o r ig in a le s e n a lem á n , B r ie f e a n W ilh e lm F lie s s
1 8 8 7 - 1 9 0 4 , qu e ap a reció m ás larde ( 1 9 8 6 ), tam bién co m p ila d a , por M a sso n co n
la ayuda de M ich ael Schrfiter y Gerhard F ichin er, e s su perior en sus a n o ia cio n es
y tam bién c o n tie n e un a in tro d u cció n e x te n sa y fa scin a n te escr ita por Ernst Kris
para esa s e le c c ió n , qu e ap a reció por prim era v e z e n 1 9 5 0 . Para un co njun to de
cartas in te re sa n te aun qu e lim ita d o , v é a s e M artin G ro tja h n, c o m p ., S ig m u n d
F reu d a s a C ó n su lta n t: R e c o lle c tio n s o f a P io n ee r in P s y c h o a n a ly s is (1 9 7 0 ), que
c ontien e cartas de Freud al a nalista italian o Edoardo W e iss, co n com en ta rio s de
e ste ú ltim o . La e d ic ió n alem an a e s S ig m u n d F re u d -E d o a r d o W e iss, B riefe zur
C e sc h ic h le d e r P sh y c h o a n a ly sisc h e n P ra x is. M it d e n E rin n eru n g e n e in e s P io -
n ie rs d e r P s y c h o n a ly s e (1 9 7 3 ). H .D .[H ild a D o o lit t le ] , T rib u te a Freud ( 1 9 5 6 )
con tien e, c o m o a p é n d ic e, varias cartas qu e Freud le dirig ió ; la c o le c c ió n c o m p le
ta está en la B e in ec k e Library de Y a le. Las carias de Freud (en su s años d e e s c o
lar) a su a m igo Em il F lu ss (aún no traducidas al in g lé s ) han sid o c uid adosam en te
com p ilad as por lls e G ru b rich -S im itis e n su b e lla e d ic ió n d e l ‘'autorretrato*’ de
Freud: Sigm und Freud. " S e lb std a rte llu n g ’’ . S c h riften zu r C e sc h ic h le d e r P sy c h o a
n a ly se ( 1 9 7 1 , e d . c o r r e g ., 1 9 7 3 ), 1 0 3 -1 2 3 . (E sta e d ic ió n c o n tie n e la v e r sió n
com p leta de la auto b io g ra fía d e Freud; la v e rsió n de la G W , qu e en genera l c ito
com o “ S e lb std a rste llu n g ” , o m ite unas p o c a s o r a cio n es, que y o to m o d e S e l b s l -
darstellu n g. El volu m e n tam b ién in clu y e v a rio s d o c u m e n to s, adem ás de las cartas
de Freud a Em il F lu ss.) Para las carias de Freud a su a m ig o in clu so m ás ín tim o
Eduard S ilb e rs iein , d e sd e ha ce tiem p o en preparación en una e d ic ió n c rítica , u ti
lic é los o r ig in a les q u e se encuentran en la B ib lio te c a del C o n g r eso . C uan do e ste
libro se im prim ió, e s a s cartas to davía no hab ían sid o ed ita d a s. T a m bién he c o n
su ltad o, c o n indudable pro v ech o , la s cuid a do sa s tra n scrip cio n es qu e W illiam J.
M cGraih r e a liz ó para su lib ro sob re lo s años jó v e n e s de Freud, F re u d 's D isc o -
v e r y o f P s y c h o a n a ly s is : T he p o lil ic s o f H y s te r ia (1 9 8 6 ). (Para una ev a lu a c ió n de
ese lib ro, v é a se e l e n sa y o co rr esp o n d ien te al c a p . 1, in fra .) V éa se tam bién H einz
Stanescu, “ U nb ek ann te B r ie fe des ju n g en Sigm u nd Freud an einen rum ánischen
Freund", Z e itsc h rift d e s S c h r iftste lle rv e rb a n d e s d e s R V R , X V I (1 9 6 5 ), 1 2 -2 9 .
Las e d ic io n e s de otros in terca m bio s ep isto la r es de Freud, p recisa m en te por
que las cartas pu ed en ser tan extraordinariam ente reveladoras, presentan un cu a
dro m ás b ien desalentador. Una s e le c c ió n d e la im portante c o rresp o n d en cia de
Freud co n su d iscíp u lo fa vorito y m ás fiable de B erlín e s Sigm u nd Freud, Karl
Abraham . B rie fe ¡ 9 0 7 - 1 9 2 6 , com p. d e H ilda A braham y Ernst L. Freud (1 9 6 5 ;
ve rsión in g le s a , A P sy c h a -A n a ly tic D ia lo g u e : T he L e tte r s o f Sig m un d F re u d a n d
K a rl A b ra h a m , 1 9 0 7 - 1 9 2 6 , trad. de Bernard M arsh e H ilda Abraham , 1965 [irad.
cast.: v é a se “ A breviatu ras”]). Esta e d ic ió n inform a cuántas cartas se in tercam bia
ron e n total, y cuántas se presen tan im p resa s, pero no d ic e cu á les fueron o m iti
das; a sim ism o , lo s co m p ila d o re s cortaron párrafos, o r a cio n es, a v e c e s palabras,
sin in dicar las su p r esio n es c o n pu ntos su sp e n siv o s. C ada carta en la qu e se ha
realizado c ortes lle v a un asterisco (lo c u a l no e s m ucha ayud a). Ernst P feiffer,
com p. d e S igm u nd Freud. Lou A n d re a s-S a lo m é, B rie fw e c h s e l (1 9 6 6 ; v e r s ió n
in glesa, Sigm u nd Freud. Lou A nd reas-Salom é, L e tte rs , trad. d e W illia m y E laine
R o b so n -S c o tt, 1 9 7 2 ) , por lo m en o s u t iliz a p u n to s s u s p e n s iv o s para señ a la r
su p r esion es, pero e x c lu y e por co m p leto a lgu nas d e las cartas m ás im portantes
(en e sp e c ia l las c o n c e r n ie n te s a A nn a Freud, qu e se encuentra n e n la Freud
C o lle ctio n , LC ). Ernst L. Freud y H einrich M en g, c o m p s. d e S ig m u nd Freud,
Oskar P fister, B r ie f e 1 9 0 9 - 1 9 3 9 (1 9 6 3 ; v e r s ió n in g le s a , P s y c h o a n a ly s is a n d
Faith: T he L ette rs o f S ig m u n d F reud a n d O sk a r P fiste r , trad. de Eric M osbacher,
[822] E nsayo biblio g rá fico
1963) em p lea n pu ntos su sp e n siv o s para señalar lo s lu g a res don de actuaron sus
tijeras, pero om iten m uchas cartas sig n ific a tiv a s (sin duda las m ás ín tim a s) entre
e sto s a m igos. Las o m isio n e s tam bién co m p ro m eten e l v alor de S ig m u nd Freud,
A rn old Z w e ig , B r ie f w e c h s e l, c o m p . de Ernst L. Freud (1 9 6 8 ; ed. e n r ú stic a ,
1 9 8 4 ; v e r sió n in g le s a , The L e tte rs d e Sig m u n d F reu d a n d A rn o ld Z w eig, trad. de
W illia m y E lain e R o b so n -S c o tt, 1 9 7 0 [v e r sió n c a ste lla n a : v é a se “A b r ev ia tu
ras"]); hay unos c u a n to s co rtes d rá stico s sin ning u na in d ic a ció n . L u dw ig B in s-
w anger r ealizó su propia s e le c c ió n de la corresp o nd en cia que m antuvo c o n Freud,
c o m p letad a con c o m en ta rio s, en E rinnerunger an Sigm und F reud (1 9 5 6 ). V éa se
tam bién F .B . D a v is, “Three Letters from Sigm u nd Freud to A ndré B retó n ”, J ,
A m er. P s y c h o a n a l. A ss n ., X X I (1 9 7 3 ), 1 2 7 -1 3 4 . O tras co rresp o n d en cia s su m a
m en te instructivas (e n e sp e cia l F reud-Jones y F reud -Ferenczi, qu e ahora só lo se
p u ed en consu ltar en lo s a rch iv o s) e stá n en p r o c eso d e co m p ila c ió n para la e d i
c ió n . La corresp o n d en cia F reud -E itingon tam bién m erecería pu blicarse, lo m ism o
qu e lo s in tercam bios entre Freud y A nna Freud, y por su pu esto las cartas entre
Freud y su prom etida M artha B e m a y s, de la s cu a le s E m st Freud ha pu blicad o só lo
una tentadora se le c c ió n de n o v en ta y tres. H ay m u ch o s cien to s m ás guardadas
bajo lla v e en la B ib lio te ca del C o n g reso , y una c ierta cantidad de in éd ita s (que
pude consu ltar) en S igm u nd Freud C o p y rig h ts. E rnest Jones in clu y ó nu m ero so s y
e x te n so s extractos d e cartas d e Freud en su bio g ra fía en tres to m o s, pero fue
in du cid o por A nna Freud a corregir “ lo s errores más perturbadores” de las cartas
en in glés d el padre, sobre la base de qu e él era m uy sen sib le acerca de su d o m i
n io po c o m en os qu e co m p leto d el id iom a. (A n na F reud a Ernest Jo nes, 8 de abril
d e 1954. P ap eles de J o n e s, A rc h iv o s de la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty ,
L on dres.) Las cartas de Freud en in g lés in clu ían o rig ina lm ente algu nos errores
m en ores y algu nas palabras acuñadas por é l, im a g in a tiv a s y d e lic io sa s.
O b viam en te, las co n fid e n c ia s a u to b io g rá fica s de Freud, m a n ifiesta s y o c u l
tas, tien en una im portancia in estim a b le, tanto por lo qu e r ev ela n co m o por lo
q u e se n ieg a n a revelar. Su “P resentación a u tob io g rá fica ”, pu blicad a en 1 9 2 5 , es
sin duda el más im portante de e so s d ocum entos. Los recuerdos de Freud qu e apare
c e n en L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s (1 9 0 0 ), e n general rastreados m ientras
an alizab a su s propios su eñ o s, so n d e sd e lu eg o in v a lo ra b le s, y han sid o c ita d o s
am pliam ente. D entro de lo p o s ib le , h ay que in terp retarlos e n e l c o n tex to d e lo
dem ás qu e sab em o s sob re él. Lo m ism o pu ed e de c irse con r esp ecto a las r ev e la
cio n e s que esparció en artículos tales co m o “S ob re lo s recuerdos encubrid ores”
( 1 8 9 9 ) y en la P sic o p a to io g ía d e la v id a c o tid ia n a . ( 1 9 0 1 ).
M e referiré a lo s m ú ltip les estu d io s bio g rá fic o s qu e cubren partes e sp e cia les
de la vid a d e Freud e n lo s apartados sob re lo s c a p ítu lo s pertin en tes. La b io g ra fía
c lá sic a de Freud sig u e sien d o la de Ernest Jones, a pesar de su s d efec to s e v id e n
tes y m uy criticados: T he L ife a n d Work, o f Sig m u n d F reud, 3 v o ls . ( 1 9 5 3 -1 9 5 7 ;
ve rsión abreviada en un vo lu m en de L io n el T r illin g y S te v en M arcus, 1961 [trad.
c a st.: v é a se “A b r ev ia tu ra s”] ). Jo n es c o n o c ió a F reud ín tim a m en te y durante
m u ch os años d e com b ate (co n otro s y , e n m enor m ed ida , con el propio F reud).
C om o p sico a n a lista p ionero y d e ningu na m anera se g u id o r serv il de Freud, Jones
estab a extrem adam en te b ien in form ado sob re todos lo s tem as téc n ic o s. Y sab ía
m ucho acerca d e la v id a fam iliar d e Freud, no m en os que de la lucha in testina en
e l se n o d el e sta b lish m e n t a n a lítico . A un qu e e l e s tilo no e s e leg a n te y (lo qu e es
m ás im portante) no resu lta fe liz en su ten d en cia a separar al hom bre de la obra,
la biografía de Jones in clu y e m u ch o s j u ic io s p e r sp ic a ce s. La a cusa ció n m ás seria
que se le ha hecho e s la de que dem uestra una cierta m a licia contra otros freudia-
n o s, un os c e lo s su pu estam en te in sup era bles que lo llev a ro n a tratar de perjudicar
a r iv a le s co m o F eren czi. H ay a lg o d e cierto en e sa c rítica , pero m en os d e lo que
com ú nm en te se cree. S in duda, el dictam en final de Jones sobre F eren czi, que
E nsayo biblio g rá fico [823]
in sin ú a con v e h e m e n c ia que en sus ú ltim o s años e l húngaro p a d ec ió e p iso d io s
p s ic ó tic o s (lo que ha sid o c o n sid era d o c o n fuertes reserv a s) en gran m ed ida no
hace m ás que reflejar la o p in ió n que Freud e x p resó en una carta in éd ita a Jones.
Su v id a de Freud sig u e sie n d o in dispensa b le.
H ay m uchas oirás b io g ra fía s, en m u ch o s id io m a s. La prim era d e to da s, que a
Freud no le gustab a m u ch o y que c ritic ó en una carta al autor, era Franz W ittels,
S igm u n d F reu d: H is P e r s o n a lity , H is T ea c h in g , a n d H is S ch o o l (1 9 2 4 ; trad. de
E dén y Cedar Paul, 1 9 2 4 ). La más m anejab le b io g ra fía rec ien te e s R onald W .
C lark, F reud: T h e M an an d the C a u se ( 1 9 8 0 ). [trad. cast.: F re u d , e l h o m b re y su
causa, B arcelon a, P laneta, 1 9 8 5 ], ba sa da e n m u c h a s in v e stig a c io n e s d ilig e n te s,
razon able en su s j u ic io s y p articu larm ente co m p leta e n lo co n c er n ie n te a la v id a
privada del b io grafia d o , pero pobre y d ep en d ien te d e otros en su tratam iento de
la obra de Freud. U na bio g ra fía ilu strad a, bien anotada y que u tiliza , al p ie d e l
m aterial gráfico, cita s del propio Freud, es Ernst Freud, L ucie Freud e U se Gru
b r ic h -S im itis, c o m p s., S ig m u n d F reu d : H is L ife in P ic iu re s a n d W o rd s ( 1 9 7 6 ;
trad. de C h ristin e T h ro llo p e , 1 9 7 8 (trad. c a st.: S ig m u n d F reud . Su v id a e n im á
g e n e s y te x t o s , B u e n o s A ir e s, P a id ó s, 1 9 7 9 ]); in c lu y e un fia b le b o sq u ejo b io g rá
fico e scr ito por K .R . E isler . M ax Schu r, F reu d , L iv in g a nd D yin g (1 9 7 2 ) [trad,
ca st.: Sigm u n d F reud. E n fe rm e d a d y m u erte en su v id a y en su o b ra , B a rcelo n a ,
P aid ós, 1980], debida a la plum a de qu ien fue m éd ico privado de Freud durante sus
ú ltim o s d ie z años de v id a y que m ás tarde se c o n v ir tio en p s ico a n a lista , e s in v a
lorab le por su s r e v e la c io n e s ín tim a s y por sus ju ic io s se n sa to s y bien in fo rm a
d os. La cito r ep etid a m en te. Entre otras b io g ra fía s b rev es, O. M a nnon i, F reud
(1 9 6 8 ; trad. del fra n cés al in g lé s por R enaud B ruce, 1 9 7 1 ) e s tal v e z la más
in form ativa. J.N . Isb ister , F reud: An In tro d u c tio n to H is L ife a nd W ork ( 1 9 8 5 )
e s típ ica de la e sc u e la denigratoria; se basa d e m o d o acrítico en la s e sp e c u la c io
n es y rec o n stru cc io n es b io g rá fic a s de Peter J. S w a le s. La reseñ a de e ste libro
realizada por S te v en M arcus, “T h e In terp retation o f Freud", P a r tis a n R e v ie w
(invierno de 1 9 8 7 ). 1 5 1 -1 5 7 , e s d evastadora, y co n toda ju stic ia . L u dw ig M arcu-
s e , S igm u n d F reud . S e in B ild vo n M e n sc h e n (sin fecha) [trad, c a st.: S ig m u n d
F re u d. Su v isió n d e l h o m b re, M adrid, A lia n za , 119 7 0 ] es una m ez cla in form al de
e n sa y o y b iografía . G unnar B ra n d ell, F reu d : A M an o f H is C en tu ry (1 9 6 1 ; ed.
r ev., 1976; trad. d el su e c o por Lain W hite, 1 9 7 9 ) trata de sum ar a Freud a las
h u este s d e l n atu ra lism o , ju n to , por e je m p lo , a Z o la y S ch n itzler; v é a se ta m b ién
Lou is B reger, F re u d 's U n fin ish e d J o u r n e y : C o n ve n tio n a l a n d C r itic a l P e r sp e c ti-
v e s in P s y c h o a n a ly tic T h e o ry ( 1 9 8 1 ), que interpreta a Freud c o m o en la c e entre
las culturas de los s ig lo s X IV , X IX y X X . H e len W alker Puner, F reud : H is L ife
a n d H is M in d ( 1 9 4 7 ), una de las prim eras b io g ra fía s, es c la ra m en te h o s til, no
m uy erudita n i dem asiado fiable; tuvo una in flu e n c ia su fic ie n te c om o para que
Jones se quejara de e lla e x p líc ita m e n te en lo s prim eros d o s v o lú m e n e s de j u
p r o p ia b iografía.
D esp u és está Paul R oazen. Su F reu d a nd H is F o llo w ers ( 1 9 7 5 ) [trad. cast.:
F reu d y su s d isc íp u lo s, M adrid, A lia n za . 1978] presta particular a ten ció n a q u i
nes rodeaban a Freud, e in clu y e m ucho m aterial utiliza b le. M ez cla en lo q u eced o ra
d e v a lie n te p r o fu n d iz a ció n , a m plia s e n tre v ista s, ju ic io s co rta ntes y to n o in cie r
to, debe em p learse c o n c a u tela . En la reseñ a para e l T im es L ite r a r y S u p p le m e n t
(2 6 de m arzo de 1 9 8 6 , 3 4 1 ) , R ichard W o llh eim c a ra cterizó p e r sp ic a zm e n te el
libro y toda una escu ela : “ E l pro feso r R o azen tien e m uchas crítica s que h a cerle a
Freud. Freud — nos d ice en d iferen tes o po rtun ida d es— era frío, v a n id o so , e x c e s i
vam en te in teresad o p o r el dinero , in d ife re n te a su fam ilia: nu nca le s dio el b ib e
rón a su s h ijo s ni le s ca m b ió lo s p a ñ a le s; r esp eta b a a las p er so n a s pero n o a la
verdad, era c ontrolad o en e x c e so , resen tid o , de m entalidad e strech a , autoritario.
Pero jun to a todas e sta s d iv er sa s crític a s ( y so n p o c a s la s que no e m e rg e n en
[824] E nsayo bibliográfico
lira p ágina u otra) aparece un e lo g io reiterado: Freud fue un gran hom b re, no
debem os dejar de alabarlo por su v a len tía y su g e n io . Freud tien e en e l profesor
R oazen un am igo tan bu en o c o m o nu nca lo tuvo Bruto en M arco A n to n io " . Pre
c isam en te. En agundo c o n tra ste, a m i j u ic io el m ejor e stu d io del p en sam ien to de
Freud es e l Freud ( 1 9 7 1 ) d e l p rop io W o llh eim , c o n c iso , p r e ciso , ilu m ina d o r. Por
otra parte, ten go que adm itir qu e R oazen tien e razón al quejarse de la m anera en
que la fam ilia de Freud y otros adoradores han tratado de proteger y ‘'corregir” la
im a gen d e l m aestro ante la po sterida d, o de retener parte del m aterial m ás e n ig
m ático; v é a se su "T he L eg en d o f F reud” , V irg in ia Q u a r te r ly R e v ie w , XLVD
( in v ier n o de 1 97 1 ) 3 3 - 4 5 .
N atu ralm ente, m u ch o s de e sto s tex to s, e x p líc ita o im p lícitam en te, evalúan
el carácter de Freud; lo m ism o ha cen otras obras que m en cio n o e n lo s lugares
corresp ond ien tes. J o n e s se sin g u la riz a por “T h e M an”, parte 3 d el v o l. II, in te n
to valeroso de e stim a c ió n c o h e re n te, qu e e s v a lio s o pero (co m o trato de d e m o s
trar en el texto) ex agera la "m adurez” serena de Freud, y no interpreta adecuada
m en te la r ela c ió n d e F reud c o n su m a dre, qu e y o c o n sid e r o m u c h o m en o s
tranquila y firm e de lo qu e cre e Jones. J o n es, Sigm un d F re u d : F or C enten ary
E ss a y s ( 1 9 5 6 ), d e sp lie g a , desd e lu e g o , una actitud adm irativa, pero no c a rece de
in te ré s. P h ilip R ie ff, F re u d , T h e M in d o f th e M o ra list ( 1 9 5 9 ; e d . r e v ., 1 9 6 1 ) es
un en sa y o am plio y e leg a n te , e n grado su m o dig n o de lectura. Entre otras innu
m erables e v a lu a c io n e s, yo de sta co a John E. G ed o , “O n the O rigins o f the The-
ban Plague: A sse ssm e n ts o f Freud’s Character”, en Freud, A p p ra isa ls a n d Reap-
p r a is a ls : C on trib u tio n to F reu d S tu d ie s, co m p . d e Paul E. S te p a n sk y , I ( 1 9 8 6 ),
2 4 1 - 2 5 9 . H anns S a c h s, Freud: M aster and Friend ( 1 9 4 5 ), e s breve pero p ropor
c io n a in for m acio n es ín tim a s; ex presa adm iración pero no adula: se “ sie n te ” en
una p o s ic ió n ju sta . F re u d a n d th e T w e n tieth C e n tu ry , co m p . de B enjam ín N e lso n
( 1 9 5 7 ), c o n tien e una serie de b rev es y a v e c e s ilu m inad oras e v a lu a c io n e s y apre
c iacion es de A lfred K azin, G regory Z ilb o o rg , Abram Kardiner, Gardner M urphy,
Erik H. E rikson y o tro s. L io n e l T r illin g , F reu d and the C risis o f O ur C u ltu re
(1 9 5 5 ), su Freud Lecture de 1 9 5 5 , un tanto revisad a y am pliada, es una defen sa
r eflex iv a , ilustrada y brillante. Ilse G rub rich-S im itis, qu e ha r ealizado un in v a lo
rable trabajo de c o m p ila c ió n d e lo s tex to s de Freud, presenta una "E inleitu ng"
particularm ente se n sib le en su ed ic ió n del “Selb std a rstellu ng ” de Freud (citado
supra), 7 -3 3 . Richard Sterba, qu e c o n o c ió al Freud maduro e n V iena, tien e unas
c onm oved oras palabras de aprecio: “O n Sigm u nd F reud’s P erso n a lity ” , A m e ric a n
Im a g o , X V III ( 1 9 6 1 ), 2 8 9 -3 0 4 .
El debate acerca d e l s ta tu s c ie n tífic o d e la s ideas de Freud ha sid o tan largo
(y a v e c e s tan v e n e n o so ) que a qu í só lo pu ed o citar unos p o co s títu lo s. El estu dio
m ás d iferenciad or, c u id a d o so y , a m i ju ic io , sa tisfa cto rio , es Paul K lin e, F a c t
and F an tasy in F reud ia n T h eo ry (1 9 7 2 ; 2a . ed ., 1 9 8 1 ). V éa se tam b ién S eym our
F ish er y R oger P. G reenb erg, T he S c ie n tific C re d ib ility o f F re u d ’s T h e o rie s and
T herapy ( 1 9 7 7 ), un a in v e stig a c ió n am plia y b ien in form ada, a lg o m en o s p o s iti
v a qu e la de K line; d eb e co m p lem en ta rse c o n la a n to lo g ía d el m istno autor, T h e
S c ie n tific E v a lu a tio n o f F re u d 's T h e o rie s a n d T h era p y (1 9 7 8 ), qu e c o n e cu a n im i
dad in clu ye todo un e sp ectro de o p in io n es. H elen D. Sargent, Leornard H orw itz,
R obert S W alle rste in y A nn a A p p elb a u m , P r e d ic tio n in P s y c h o th e r a p y R e
se a rc h : A M e th o d f o r th e T ra n s fo rm a tio n o f C lin ic a t J u d g e m e n ts in to T e s ta d le
H y p o th e s e s , P sy c h o lo g ic a l Issu e s . m o n o g r a fía 21 ( 1 9 6 8 ), es un trabajo téc n ic o
que sim p atiza con e l p s ic o a n á lisis. E m p iric a l S tu d ie s o f P s y c h o n a litic T h e o rie s,
com p . de Joseph M a slin g , 2 v o ls . (1 9 8 3 -1 9 8 5 ) c o n tien e m ucho m aterial fa s c i
n an te sob re el trabajo r ea liza d o por in v estig a d o re s p s ico a n a lític o s co m o H artvig
D ahl. El m ás form id able d e lo s e sc é p tic o s, qu e ha h echo de la cred ib ilid a d o falta
de credib ilid ad de la c ien cia freudiana su preocupación o bsesiv a de toda una déca
E nsayo bibliográfico [825]
da, e s e l filó so fo A d o lf Grünbaum ; G roünbaum resu m ió su s in v estig a c io n e s en
T he F o u n d a tio n s o f P s y c h o a n a ly s is : A P h ilo so p h ic a l C ritiq u e (1 9 8 4 ). T o m a en
se rio esta obra, pero c u e stio n á n d o la co n h a b ilida d , M arshal E d elso n , e n “Is T e s-
ting P sy c h o n a ly tic H y p o th e se s in the P sy c h o a n a ly tic S itu a tio n R ea lly Im p o ss i-
b le? ” , T h e P s y c h o a n a ly tic S tu d y o f th e C h ild , X X X V III (1 9 8 3 ), 6 1 -1 0 9 . V éa se
tam bién E d elso n , “P sy c h o a n a ly sis as S c ie n c e , Its B ou nd ary P rob lem s, S p ec ia l
Status, R ela tio n to O ther S c ie n c e s , and F o r m a liz a r o n ”, J o u r n a l o f N e rv o u s a n d
M e n ta l D is e a s e , C L X V (1 9 7 7 ), 1 -28; y E d elso n , H y p o th e s is a n d E v id e n c e in
P s y c h o a n a ly s is (1 9 8 4 ). El debate sobre Grünbaum , c o n un resu m en del lib ro , una
se rie d e c om en tario s y la r ép lica d el autor, se encuentra n en “ P recis o f T h e
F o u n d a tio n s o f P s y c h o a n a ly s is : A P h i lo s o p h i c a l C r i tiq u e ” , B e h a v io r a l a n d
B ra in S c ie n c e s, IX (ju n io de 1 9 8 6 ), 2 1 7 - 2 8 4 . Un a n á lisis a m p lio , pro fun do , crí
tico pero n o exen to d e sim p a tía , d e l lib ro de G rünbaum , e s E d w in R. W a lla ce IV ,
“T he S c ie n tific Status o f P sy c h o a n a ly sis: A R e v ie w o f G rün bau m 's The F o u n d a
tio n s o f P s y c h o a n a ly s is " , J o u r n a l o f N e r v o u s a n d M e n ta l D is e a s e , CLXXTV
(ju lio de 1 9 8 6 ), 3 7 9 -3 8 6 . U na ven ta ja in cid en ta l d e ]a p o lém ic a de Grünbaum
co n siste en que da cuenta del argum ento de Karl Popper (que durante largo tiem p o
m u ch os estu d io so s c o n sid era ro n irrefu table) e n cuanto a qu e e l p s ico a n á lisis es
un p s e u d o c ie n c ia porqu e su s p r o p o s icio n e s no so n su sc e p tib le s d e refu ta ció n .
Para e s te argum en to, v é a s e e sp e c ia lm e n te P opp er, “ P h ilo so p h y o f S c ie n c e: A
P er so n a l R ep o rt” , e n B r i tis h P h ilo s o p h y in th e M id - C e n tu r y : A C a m b r id g e
S y m p o s iu m , c om p . d e C .A . M a ce ( 1 9 5 7 ) , 1 5 5 -1 9 1 ; e s te e n sa y o e stá ta m b ién
in c lu id o en P op p er, C o n je c tu r e s a n d R e f u ta tio n s : T h e G r o w th o f S c ie n tific
K n o w le d g e (1 9 6 3 ; 2 a . e d ., 1 9 6 5 ), 3 3 - 6 5 [trad. c a st.: C o n je tu ra s y re fu ta c io n e s,
B arcelon a, P aid ós, 1 9 8 2 ]. Entre otra s e v a lu a c io n e s in str u c tiv a s de la s p r e te n sio
nes p sico a n a lític a s de v a lid e z c ie n tífic a se cuenta una se rie d e co n fer en cia s de
Ernest R. H ilgard, L aw ren ce S. K u bie y E. P um pian-M ind lin , P s y c h o a n a ly s is a s
a S c ie n c e , com p . de E. P u m p ia n -M in d lin (1 9 5 2 ); e sta s c o n fer en cia s son to ta l
m en te p o s itiv a s. B .A . F arrell, T h e S ta n d in g o f P s y c h o a n a ly tic T h eo ry (1 9 8 1 ) e s
m ucho m ás crític o , lo m ism o qu e Barbara v o n Eckart, "The S c ie n tific Status o f
P sy c h o a n a ly sis” , e n ¡n tro d u c in g P sy c h o a n a ly tic T h e o ry , c o m p . de Sander L . G il-
m an (1 9 8 2 ). 1 3 9 -1 8 0 . Para a lg u n o s en sa y o s rev e la d o r es sob re Freud escr ito s por
filó s o f o s , v é a se la a n to lo g ía F re u d : A C o lle c tio n o f C r itic a l E ssa ys, c o m p . de
R ichard W o llh eim (1 9 7 4 ; 2 a . e d ., a m p lia d a P h ilo s o p h ic a l E s s a y s o n F re u d ,
co m p . d e W o llh eim y J. H o p k in s, 1 9 8 3 ). Paul Ricceur, F re u d a n d P h ilo so p h y :
An E ssa y o n I n te r p r e ta tio n (trad. al in g lé s d e D e n is S a b a g e, 1 9 7 0 ) es un estu d io
sum am ente d iscip lin a d o d el d esta ca d o propugnador d e l p s ico a n á lisis co m o her
m en éu tica. S e trata de una lectura atrevida (co m o su ele d ec irse ) d el pensam iento
freudiano, que m erece una aten ció n c uid adosa, pero e l Freud de R icoeur no e s mi
Freud. Para c om en ta rio s sobre Freud co m o h ijo d e la Ilu stra c ió n , v é a se Peter
G ay, A G o d le s s J e w : F re u d , A th e ism , a n d th e M a k in g o f P s y c h o a n a ly s is ( 1 9 8 7 ),
e sp . e l cap. 2 , e Ilse G ru b rich -S im itis, “ R efle ctio n s on S igm u nd F reud’s R ela
tion sh ip to the G erm án L a n g u a g e and to S o m e G erm a n-S pea kin g A uthors o f the
E n lig h te n m e n t” , In t. J. P s y c h o -A n a l. L X V II (1 9 6 8 ), 2 8 7 - 2 9 4 , c o m en ta rio s bre
v e s pero v a lio s o s so b re trabajos de D id ier A n z ie u y Ernst A . T ic h o le íd o s ante e l
C ongreso In tern acio na l de P sic o a n á lisis reunido en H am burgo e n 198 5 .
N o se d isp on e to d a v ía de un in v en ta rio d e fin itiv o d e lo s lib ros qu e ten ía
Freud, pero Harry Trosm an y R oger D en nis Sim m o ns, “T he Freud Library”, J .
A m er. P s y c h o a n a l. A s s n ., X X I (1 9 7 3 ), 6 4 6 - 6 8 7 , o fr e c e n un v a lio s o c a tá lo g o
prelim inar.
[826] E nsayo bibliográfico
CAPrrULO UNO. H a m b re de c o n o c im ie n to
La gene a lo g ía de Freud, lo s antecedentes del padre y su m isterio sa segun da
m ujer, a sí c o m o lo s prim eros día s d el m aestro e n Freiberg y V ien a son tem as
ex h au stivam en te ex a m in a d o s en M arianne Krtlll, F reu d and H is F ather (1 9 7 9 ;
trad. de A rn o ld J. P o m era n s, 1 9 8 6 ). lib ro ba sa do en m uchas in v e stig a c io n e s
p a c ie n t e s , a v e c e s un ta n to e s p e c u la t iv a s ; K r iill (c o m o la m a y o r ía d e lo s
estu d io so s de la v id a de Freud de e so s a ñ o s) se funda en las in d a g a cio n es p io n e
ras de J o se f Sajner: "Sigm und Freuds B e zieh u n g en zu se in e n Geburtsort Freiber
(PTíbor) und zu M Shren", C lio M e d ica , III ( 1 9 6 8 ), 1 6 7 -1 8 0 , y "D rei dokum enta-
rische B eitrS ge zur Sigm u nd -F reu d-B iograp hik aus B óh m en und M áhren", Ja h r-
buch d e r P sy ch o a n a ly se. X III ( 1 9 8 1 ), 1 4 3 -1 5 2 . W ilm a IggeTs pro p o rcio n a m ate
rial g en eral sob re B o h em ia e n su a n to lo g ía D ie J u d e n in B óhm en un d M áh ren :
E in h isto ris c h e s L eseb u ch ( 1 9 8 6 ). D idier A n z ie u . F re u d ’s S e lf-A n a lysis (2 a . ed .,
1975; trad. de Peter Graham , 1 9 8 6 ) e s un estu d io im portante, enorm em ente deta
llado (aun qu e d iscu tib le en pu ntos m en ores) d e lo s prim eros años de la v id a de
Freud tal c o m o qu ed an refleja d o s en lo s su eñ o s que e lig ió narrar y analizar en L a
in te r p re ta c ió n de to s su eñ o s. Otra v isió n m uy clara d e la v id a ín tim a tem prana de
Freud se encuentra en A lexander G rinstein, O n Sigm un d F reu d 's D rea m s (1 9 6 8 ;
2a. e d ., 1 9 8 0 ). L o s r ec u erd o s de la herm an a d e Freud, A n n a Freud B e rn a y s,
E rleb te s (e d ic ió n particular, circa 19 3 0 ) y “M y B rother, Sigm u nd Freud” , A m e r i
can M ercu ry LI ( 1 9 4 0 ), 3 3 5 -3 4 2 , han sid o m uy c ita d o s, p u esto que narran e p iso
d ios v iv id o s de la in fa n cia de Freud (co m o por eje m p lo su o p o s ic ió n a las le c
c io n e s d e p ia n o d e la s h e r m a n a s ); s o n al m is m o t ie m p o p i n t o r e s c o s e
im p o sib le s de rec o g er (e ig u a lm en te de v erifica r) e n otra parte. L am entablem en
te. e sto s tex to s deben u tiliza rse co n la m ayor ca u tela , y a que cier to s da to s, su s
c ep tib les de v e rific a ció n in depend ien te (co m o la edad d el padre en e l m om ento de
casarse), resu ltan erróneos. Judith B ern ays H eller, “ Freud's M other and Father”,
C o m m e n ta ry , X X I ( 1 9 5 6 ), 4 1 8 - 4 2 1 . es b rev e pero e v o c a tiv o , Y v é a se Franz
K ob ler , “ D ie M utter S ig m u n d F reud s", B u lle tin d e s L e o B a e c k I n s titu ís , V
( 1 9 6 2 ), 1 4 9 -1 7 1 , qu e e s tan in fo rm a tiv o c o m o le perm iten su s lim ita d o s e le m e n
tos d e prueba. Para eso s prim eros años, está tam bién S ieg fried y S u zan ne C assi-
rer B ern feld , “Freud’s Early C h ildh ood”, B u lle tin o f th e Aie n n in g e r C lin ic , VIH
( 1 9 4 4 ), 1 0 7 -1 1 5 . M arie B a lm a ry . P sy c h o n a ly zin g P sy c h o a n a ly sis: F re u d a n d
the H idde n F au lt o f th e F ather (1 9 7 9 ; trad. de N ed Lukacher, 1 982) e s lo bastante
im agin ativo c o m o para interesar hasta cier to punto in clu so a q u ie n e s, co m o yo ,
no encuentran ninguna base racio n a l en la e sp e cu la ció n de la autora en cuanto a
que la m adre de Freud quedó embarazada antes de su m atrim onio (afirm ación que
sólo tendría sentido si — co n d ició n su m am en te im pro ba b le— Freud hubiera na ci
do, no el 6 de m a y o , sin o e l 6 de m arzo d e 1 856; la prim era e s la fec h a c o n v e n
c ion al, que yo co n sid er o c o rrecta ). B a lm a ry tam b ién so stie n e que la seg un da
esp o sa de Jacob Freud, R eb ecca , sobre la que ahora no sab em os nada, se su icid ó
saltando de un tren. Tratándose de Freud, la fic c ió n parece reem plazar con fa c ili
dad a los h e c h o s. K enneth A . G rig g . « “A ll Roads Lead to R o m e’1: T h e R o le o f
the N ursem aid in F reud’s DTeams», J . A m er. P s y c h o a n a l. A ssn ., X X I ( 1 9 7 3 ),
10 8 -1 2 6 , reúne m aterial co n cern ien te a la niñera ca tó lica a la que e l pequ eñ o
Freud am aba. P.C . V itz, en “ Sigm u nd Freud A ttraction to C hristianity: B iogra-
ph ical E v id e n c e ”, P s y c h o a n a ly s is a n d C o n te m p o ra ry T ho u g h t, V I (1 9 8 3 ), 7 3 -
183, acum ula abundantes tem as c a tó lico s rom anos de la vid a temprana de Freud,
pero a m i ju ic io no dem uestra que éste se sin tiera atraído por el c ristia n ism o .
El tem a del tío de Freud, J o se f Freud, el traficante de m oneda fa lsa , al que
Freud m en cion a en su su eñ o “R. era m i t ío ”, de L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ os,
se exam in a m uy b ien , aunque brevem en te, co n v a lio s a do cum enta ció n de archi
E nsayo biblio g rá fico [827]
v o , en Krtlll, F reud and H is Father, 1 6 4 -1 6 6 . K rüll c r itic a co n j u s t ic ia «1 f o lle to
m a lic io so e irritado de R en ée G icklho rn titulad o S ig m un d F re u d un d d e r O n k íl-
trau m . D ich tu n g und W a h rh eit ( 1 9 7 6 ). por su s e sp e cu la cio n e s in fu nd adas. M ás
e lem en tos d e prueba c o n cern ien tes a la co m p lic id a d de Jacob F reud (y — p o s ib le
m en te — la de su s h ijo s Em anuel y P h ilip p , en 1865 resid en tes e n M a nchester)
sería b ie n v en id o s. V éa se tam b ién la in teresa n te ex p lo r a ció n d e Leonard Sh en -
g old , “Freud and J o s e f ’ en T he U n c o n sc io u s T o d a y : E ss a y s in H o n o r o f M a x
Schur, com p . de Mark K anzer ( 1 9 7 1 ), 4 7 3 - 4 9 4 , qu e se aparta d el tem a d el tío
J o se f para com entar in cisiv a m e n te lo s e n c u e n tro s d e Freud c o n otros "J o sés" , y
la form ación del carácter de Freud en gen era l.
Sob re e l d esarrollo in te le ctu a l y e m o c io n a l de Freud durante sus años de
e stu dian te, en la u n iversidad y en la prá ctica m éd ica , hasta e l descub rim iento del
p s ic o a n á lisis en la d écada de 1 8 9 0 , v é a s e , de sd e lu eg o . L a in te r p r e ta c ió n d e ¡os
s u e ñ o s , p a s s im , y la s p r im er a s p á g in a s d e la P r e s e n ta c ió n a u to b io g r á f ic a .
A n z ie u , F r e u d 's S e lf - A n a ly s is e s p a r ticu la r m e n te in fo r m a tiv o . H ay abu nd ante
m aterial b u en o ( c o n ilu stra c io n e s a m en ud o o r ig in a le s) en Ernst Freud y otros,
c o m p s ., Sigm un d F reud, H is L ife in P ic tu re s a n d W o rd s; y v é a se J o n e s [V id a y
o bra de Sigm und Freud] I, qu e se fun da a m ptiam en te en las in v e stig a c io n e s p io
neras de S iegfried B ern feld . A dem á s d e l artículo ya cita d o , entre tales in v estig a
c io n e s se c uentan “ Freud’s G arliest T h eo r ie s and the S c h o o l o f H e lm h o ltz ”, P s y
c h o a n a ly tic Q u a r te r ly , X III (1 9 4 4 ), 3 4 1 - 3 6 2 , un a r tíc u lo qu e g o z ó d e m ucha
in fluencia; “A n U nk now n A u to b io g ra p h ica l Fragm ent by Freud” . A m e ric a n Im a
g o , IV (1 9 4 6 -1 9 4 7 ) , 3 -1 9 : “ F reud’s S c ie n t if ic B e g in n in g s”, A m eric a n ¡m a g o , VI
(1 9 4 9 ), 1 6 3 -1 9 6 ; “ S ig m u n d F reud , M .D ., 1 8 8 2 -1 8 8 5 " , In t. J . P s y c h o - A n a l.,
X X X II ( 1 9 5 1 ), 2 0 4 - 2 1 7 , y . co n Su za n n e C a ssirer B ern feld , “F reud’s First Year in
P ractice, 1 8 8 6 - 1 8 8 7 ” , B u lle tin o f th e M e n n in g e r C lin ic , X V I (1 9 5 2 ), 3 7 - 4 9 . La
c a si in en co n tr a b le h isto r ia de la e s c u e la d o n d e e stu d ió Freud escr ita por A.
P okorny (y o la descub ría entre lo s p a p eles d e S ieg fried B e rn feld , co n ten ed o r 17,
L C .), titulada D a s e rsle D eze n n iu m d e s L e o p o ld stá d te r C o m m un a l — R e a l— und
O b e rg y m n a siu m s ( ¡ 8 6 4 - 1 8 7 4 ) . E in h i s to r is c h - s t a tis c h e r R ü c k b lic k sin fec h a ,
evid e n tem e n te 1 8 7 4 ), m ien tras qu e en 1 865 hab ía 3 2 ju d ío s en e se c o le g io , en
1874 su m ab an 3 35 ; e l nú m ero d e c a tó lic o s r om an os só lo c r e c ió d e 4 2 a 1 1 0 , y
el de p r otestan tes, d e la 3 . D en n is B . K le in , J e w is h O r ig in s o f th e P s y c h o a
n a l y ti c M o v e m e n t ( 1 9 8 1 ), tie n e p á g in a s in str u c tiv a s so b re la e sc o la r id a d (y
sobre tem pranas lea lta des jud ía s) de Freud. M cG rath, F re u d 's D is c o v e r y o f P s y
c h o a n a ly s is , e s un im p resio n a n te estu d io eru d ito (pa rticu la rm en te v a lio s o co n
r esp ecto al p eríod o u n iversitario de Freud y a sus e stu d io s con B ren tano), un tan
to perju dicado por la in so sten ib le te sis de qu e Freud desa rro lló e l p s ico a n á lisis
c o m o una “contra p o lítica ”, por la qu e o ptó de m anera d esa fia n te — a ju ic io de
M cGrath— a causa de que la V iena a ntisem ita le v edaba la carrera p o lítica que él
d eseaba. (Esta tesis fue prim eram ente form ulada por Cari Schorsk e, m en tor de
M cG rath, en un artículo in flu y e n te p ero a m i ju ic io e x c é n tr ic o , “ P o litic s and
Parricide in Freud’s ¡n terp r eta iio n o f D r e a m s ” , A m erica n H is to ric a l R e view , LXX-
VIII, [1 9 7 3 ], 3 2 8 - 3 4 7 , reim preso en su F in -d e -S ié c le V ien na. P o litic s a n d C u l
ture [1 9 8 0 ], 1 8 1 -2 0 7 [trad. c a st.: F in d e s i g l o , B a rcelo n a , G u stavo G ili, 1 9 8 1 ].)
Exceptuada esa id ea, es m ucho lo qu e puede aprenderse en el libro de M cGrath.
Para antecedentes de las traducciones de M ili realizadas por Freud, v é a se A d ela id e
W einb erg, T h e o d o r G o m p e rz a n d Jo h n S tu a rt M ili (1 9 6 3 ). H ay m ucho m aterial
in teresan te en T h éo Pfrim m er, F reu d le c te u r d e la B ib le (1 9 8 2 ), c o n un e x te n so
apartado sob re e l jo v e n Freud en su hogar, y co n pe n sa m ie n to s a cerca d e l papel
de la r elig ió n en la co n fo rm a ció n d e su m en te.
D e la am plia c o le c c ió n d e e stu d io s b io g rá fic o s de F reu d : T he F u sió n o f
S c ie n c e a n d H u m a n ism : T h e ¡ n te lle c tu a l H is to ry o f P s y c h o a n a ly s is , c o m p . de
[828] E nsayo b ibliográfico
John E. G edo y G eo rg e H. P o llo c k (1 9 7 6 ), lo s sig u ie n te s so n en e sp e c ia l perti
n e n te s p ara e s te c a p ít u lo : G e d o y E r n e st S . W o lf , "From th e H is to r y o f
I n tr o s p e c t iv e P s y c h o lo g y : T h e H u m a n ist S t r a in ” , 1 1 - 4 5 ; H arry T r o sm a n ,
“ Freud’s Cultural B ackgroun d”. 4 6 -7 0 ; G edo y W o lf, “T he ‘Ic h .’ Letters”, 7 1 -8 6 ;
G edo y W olf, “Freud’s N o v e la s E jem p la res" , 8 7 -1 1 1 ; Julián A . M iller, M e lv in
S ab sh in , G edo, P o llo c k , L e o Sad ow y N ath an S ch lessin g e r, “S o m e A sp e c ts o f
C harcot's In flu en ce on F reud”, 1 1 5 -1 3 2 . S .B . V ran ich, “ Sigm und Freud and 'T he
C ase H istory o f B e rg a n za ’ : F reud’s P sy c h o a n a ly tics B e g in n in g s’’, P s y c h o a n a ly
tic R e v ie w , LX1U (1 9 7 6 ), 7 3 -8 2 , es un trabajo in teresan te (aunque con a lg o de
extravagancia) que v e a Freud e n e l pa p el d e “ p sico a n a lista" en su id en tific a ció n
ad o lesc en te c o n C ip ió n , uno de lo s a n im a les d e l C o lo q u io de lo s p e r r o s d e C er
vantes. Sob re e l amor ju v e n il de Freud por G isela F lu ss, v é a se e l ponderado artí
c u lo de K.R . E isler, “ C rea tív ity and A d o le sc e n c e : T h e E ffe c t o f Traum a in
F reud’s A d o le sc en ce ” , T he P sy c h o a n a ly tic S tu d y o f th e C h ild , X X XIII (1 9 7 8 ).
4 6 1 - 5 1 7 . H ein z S ta n esc u ha pu b lica d o un po em a tem prano de Freud en “ Ein
‘G eleg e n h eitsg e d ich t’ des ju n g en Sigm und Freud”, D eu tsch fü r A u slá n d er: Infor-
m ation en f ü r den L eh re r ( 1 9 6 7 ), 1 3 -1 6 .
La V iena de Freud ha sid o diseccio na d a en lis a Barea, Viena (1 9 6 6 ), un e n s a
yo h istó r ic o d e se n c a n ta d o y se rio sob re la ciud a d fa lsa m en te c o n o c id a co m o
c u ar te l ge n e ral in te rn a cio n a l d e la a le g ría , lo s v a lse s y e l h e r m o so D anu bio
A zu l. La autob iografía postu m a de Arihur Sch n itzler, M y Y outh in V ien na ( 1 9 6 8 ;
trad. de C atherine Hutter, 1 9 7 0 ), e stá llen a de o b serv a cio n es m o rd aces y cita-
b le s . R obert A . K ann, A H is to ry o f th e H a b sb u rg E m p ire, 1 5 2 6 - 1 9 1 8 (1 9 7 4 ; ed.
c orregid a, 1 977) sitú a la ciud ad en su c o n tex to a ustríaco e h istó rico m ás a m p lío .
A .J .P . T aylor, T h e H a b sb u rg M o n a rch y, 1 8 0 9 -1 9 1 8 : A H is to ry o f th e A u stria n
Em pire and Au stria-H u ngary (1 9 4 1 ; 2 a . e d ., 1 9 4 8 ) [trad. c a st.: La m o n a rq uía de
lo s H a b sb u rg o , B arcelon a, A rg o s - V ergara, 1 983] e s un auténtico Taylor: d iv er
tido, ch isp ea n te , o b stin a d o . D a v id F. G o o d , T h e E c o n o m ic R ise o f th e H a b s
burg E m p ire, 1 7 5 0 -1 9 1 4 (1 9 8 4 ), c o n stitu y e una m o n o g ra fía se n sib le . El c o m
p le to lib ro d e W illia m M . Joh n sto n , T he A u stria n M ín d : A n In te lle c tu a l a n d
S o c ia l H is to ry , 1 8 4 8 - 1 9 3 8 ( 1 9 7 2 ) in daga co n sob riedad en la v id a de to s líd eres
de la cultura (e c o n o m ista s, hom bres de le y e s y p en sa d o res p o lític o s, lo m ism o
qu e m ú sic o s y artistas p lá stico s); el abu nd antem ente ilu strad o lib ro de J ohn ston,
V ien na, V enn a, T he G n ld e n A g e , 1 8 1 5 -1 9 1 4 (1 9 8 1 ; preced id a por la v e rsió n ita
liana, 1980) d e sp lie g a a tractivam ente m ucho m aterial fam iliar pero tam bién otro
poco c o n o c id o . V éa se tam bién el fascinante ca tá lo g o de una m uestra realizada en
e l S c h ille r-N a tio n a l-m u se u m , M arbach: J u g e n d in W ien : L ite r a tu r um ¡ 9 0 0 .
com p. d e Ludw ig G reve y W erner V o lk e (1 9 7 4 ). En un equilib rad o libro sobre
p o lítica , R ichard C harm atz, A d o lf F isch h o f. D a s L e b e n s b ild e in e s ó s te r r e ic h is -
ch en P o litik e r s (1 9 1 0 ) e s, aunque anticuad o, particularm ente info rm a tiv o . M ucho
pu ed e aprenderse en la herm osa n o v e la de Jo sep h R oth sob re el im perio en d e c a
d e n c ia , R ade tzk y m a rsc h ( 1 9 3 2 ). A lia n Janik y S lep h e n T o u lm in , W it tg e n s te in ’s
V ien a (1 9 7 3 ) [trad. c a st.: L a V ien a d e W ittg e n ste in , M adrid, Taurus, 198 7 ], un
refin ad o com p en dio de la v id a in telectu a l v ie n e sa . está a m i ju ic io e x ce siv a m en te
an sio so por estab le ce r v in cu la cio n e s entre grupos d isco r d e s. En c a m b io , sob re e l
d e sa p eg o de Freud con resp ecto a la m ayor parte d e esa V iena, v é a se e l b ello
artículo de G eorge R osen , “ Freud and M ed icin e in V ienna", P s y c h o lo g ic a l M e d i
cin e , II (1 9 7 2 ), 3 3 2 - 3 4 4 , c o n v e n ie n tem e n te a c c e sib le en F reud : The M an, H is
W o rld , H is In flu e n c e , c o m p . d e Jo na th a n M ille r ( 1 9 7 2 ) , 2 1 - 3 9 [trad. c a st.:
Freud, B ar ce lon a , D estin o , 1 9 7 7 ]. La m ayoría d e lo s otro s en sa y o s b reves d e l
b ien ilu strad o v o lu m e n d e M ille r so n rela tiv a m en te po b res. V éa se a sim ism o
R upert F eu ch tm ü llcr y C hristia n B randstátter, M a rk ste in d e r M o d e rn e : Ó ste -
rre ic h s B eitran g zu r K u ltu r a n d G eistes g esc h ic h te d e s 2 0 . J a h rh u n d erts (1 9 8 0 ) y
E n sa y o bibliográfico [829]
lo s prim eros ca p ítu lo s d e D a v id S . L uft, R o b e rt M u sil a n d th e C r i s is o f Eu ro p e-
an C u ltu re, 1 8 8 0 -1 9 4 2 ( 1 9 8 0 ) .
S c h o r sk e, F in -d e S ié c te V ien n a es una c o m p ila c ió n de e le g a n te s e n sa y os; el
m ejor, m ucho m ás d e fen d ib le que e l ca pítulo sob re Freud, e s “T h e R ings trasse,
Its C ritic s, and the B irth o f M odern U rb a n ism ” ( 2 4 -1 1 5 ) . V é a s e ta m b ién , en
r ela c ió n c o n e sto , e l prim er lib ro d e W illia m M cG rath, D to n y s ia n A r t a n d P o p u-
lis t P o lit ic s in A u s tr ia ( 1 9 7 4 ) . J ohn W . B o y e r , P o lit ic a l R a d ic a lis m in L a te
Im p e ria l V ien n a: O r ig in s o f th e C h r is tia n S o c ia l M o v em e n t, 18 4 8 - 1 8 9 7 ( 1 9 8 1 ),
d escrib e e x c e p c io n a lm e n te, co n p e r fe cc ió n erudita, la situ a c ió n p o lític a e n la que
v iv ió Freud hasta d e sp u és de p a sa d o s lo s cuarenta años. Kirk V arn ed oe, V ie n n a
1 9 0 0 : A rt, A rc h itec tu re a n d D e sig n ( 1 9 8 6 ), es un ca tá lo g o esp lé n d id a m e n te ilu s
trado qu e, en su tex to , c o n j u s tic ia se n ieg a a id ea liza r a lo s pin to res y d iseñ a d o
r es de] p eriodo y a e sta b le c e r entre e llo s y Freud v ín c u lo s qu e n o e x istier o n .
H ay m ucho m aterial eru dito fia b le sobre lo s ju d ío s e n V ie n a . V éa se sobre
todo la m onografía c o n c is a y autorizad a de M arsha L. R o sen b lit, T h e J e w s o f
V ien n a , 1 8 6 7 - 1 9 1 4 : A s s im ila tio n a n d I d e n tity ( 1 9 8 3 ) y John W . B o y e r, "Karl
Lu eger and the v ie n n e se J e w s” , L e o B a e c k Y ea r b o o k , X X V I ( 1 9 8 1 ), 1 2 5 -1 4 1 . He
r ec ogid o in fo r m a ció n en S te v e n B elleT , "Fin d e S iéc le V ie n n a and the Jew s: The
D ia le c tic o f A ssim ila tio n " , J e w is h Q u a rte rly , X X X III ( 1 9 8 6 ), 2 8 - 3 3 , y e sto y
tam bién en deuda co n en e l m a n u scrito in éd ito de B e lle r titulad o "R e lig ió n , Cul
ture and S o c ie ty in F in d e S ié c le V ienna: T h e C ase o f the G y m n a sien ” , que el
autor m e perm itió le er en el v era n o de 1 9 8 6 . V éa se tam b ién W c lfd iecer B ihl,
“D ie Juden”, en D ie H a b sb u rg er M on a rch ie, 1 8 4 8 - 1 9 1 8 , co m p . de A dam Wan-
druszka y Peter U rb a n itsch , v o l. III, D ie V o lk er d e s R e ic h e s (1 9 8 0 ), parte 2,
8 9 0 -8 9 6 . Sobre e l lib er a lism o ju d ío , in clu so el d e Freud, v é a se W alter B. Sim ón ,
“The Jew ish V o te in A u str ia ” , L e o B a e ck Y ea r b o o k , X V I ( 1 9 7 1 ), 9 7 -1 2 1 . Una
c o m p ila c ió n c o n m o v ed o ra d e e n sa y o s en a lem á n e in g lé s so b re lo s ju d ío s de
V iena (r e m in isc e n c ia s, m em o ria s, a r tíc u lo s so b re la p a r ticip a c ió n ju d ía e n la
vid a p r ofesion al de la c iu d a d , so b re la h isto ria de la com u nid ad y su exterm in io )
es T he J e w s o f A u stria : E ss a y s o n T h e ir L ife, H is to ry a n d D e s tr u c tio n , co m p . de
J ose f F raenk el ( 1 9 6 7 ); in e v ita b le m e n te desp a reja , tien e por lo m en o s el m érito
de ilustrar m ás de un s ig lo d e v id a jud ía. In clu y e un r evelador en sa y o de Martin
Freud sob re su p a d re , c o n a lg u n o s c o m e n ta r io s so b re la m adre: “ W ho w as
F reud?”, 19 7 -2 1 1 . S i b ie n e l lib ro a fec tu o so , hu m o rístic o y m uy u tiliza b le de
M artin Freud, S igm un d F reud , M a n An d F ather ( 1 9 5 8 ) es particu larm ente perti
nente para e l cap. 4 , ta m b ién se e ncuentra en é l un bu en m a teria l so b re la ju v e n
tud de Freud. V éa se tam b ién in fo r m a ció n m isc elá n ea e n Johannes Barta, J ü d is-
c h e F a m ilie n e r z ie h u n g . D a s j ü d i s c h e E r z ie h u n g s w e s e n im 1 9 . a n d 2 0 .
Jahrhu ndert (1 9 7 5 ); en lo s rec u e rd o s de F ried rich E c k ste in , “A lte u n n en n b a re
Tage!" Erinnerungen a u s sie b zig L eh r-un d W an derjah ren (1 9 3 6 ), y e n S igm u nd
M ayer, E in jü d is c h e r K a u fm a n n 1 8 9 1 b is 1 9 1 1 . L e b e n s e r in n e r u n g e n ( 1 9 1 1 ) .
M ayer, D ie W ie n e r J u d e n . K o m m e rz , K u ltu r, P o litik ( 1 9 1 7 ; 2 a . e d ., 1 9 1 8 ) es
personal, plañid ero, pero r ev e la d o r sob re la ú ltim a parte d e l sig lo X IX . Peter G.
P ulzer, T he rise o f P o lit ic a l A n ti-S e m itism in G erm a n y a n d A u s tr ia (1 9 6 4 ), una
in v e stig a c ió n e x c e le n te y c o n c isa ; tien e un cap. 4 , “ A u stria , 1 8 6 7 -1 9 0 0 " e sp e
c ia lm en te pertinente aquí.
Sobre lo que Freud le d e b ía a l pe n sa m ie n to y a lo s p en sa d o res d e su tiem po,
v é a n se los artículos de L u c ille B . R itv o , esp e cia lm e n te ‘'D arw in as the So u rce o f
F reud’s N eo-L am arckianism ”, J . A m e r. P s y c h o a n a l. A s s ., X III (1 9 6 5 ), 4 9 9 - 5 1 7 ,
"Cari C laus as F reud’s P rofesor o f the N e w D arw in ian B i o lo g y ”, In t. J . P s y c h o -
A n a l, LU I (1 9 7 2 ). 2 7 7 -2 8 3 ; “T h e Im pact o f D arw in on Freud” , P s y c h o a n a ly tic
Q uarterly, X LIII ( 1 9 7 4 ), 1 7 7 -1 9 2 ; y en c o l. co n M ax Schu r, “T h e C o n c ep t o f
D e v e lo p m e n t and E v o lu tio n in P sy c h o a n a ly sis" , en D e v e lo p m e n t a n d E v o lu tio n
[830] E nsayo bibliográfico
o f B e h a v io r , c o m p . de L. R. A ro n so n y o tro s (1 9 7 0 ), 6 0 0 - 6 1 9 . F re id ric h E cks-
tein , c o n o c id o de Freud, e x a m in a e l ca m b io de Freud, de la s le y e s a la m ed icin a ,
en su “A lte unnennbare Tage!" Sobre la in flu en cia de Brentano en Freud, v éa se
(ad em ás d e M cG ra th , F r e u d 's D is c o v e r y o f P s y c h o a n a ly s is ) P h ilip M er lá n ,
“Brentano and F reud”, J o u r n a l o f th e H is to ry o f ¡d e a s V I ( 1 9 4 5 ) , 3 7 5 - 3 7 7 , y
R aym ond E. F ancher, “B ren ta n o ’s P s y c h o lo g y f r o m a n E m p iric a l S ta n d p o in i and
F reud’s E arly M e ta p sy c h o lo g y ”, un a rtícu lo m ás e x te n so qu e a p a r e ció en el
J o u r n a l o f th e H is to ry o f th e B e h a v io r a l S c ie n c e s , X III ( 1 9 7 7 ) , 2 0 7 - 2 2 7 . El
estu d io c lá s ic o en id iom a in g lé s sob re Feuerbach e s M arx W . W a rto fsk y , Feuer-
ba c h (1 9 7 7 ); sob re la lectura por Freud d e e se pensador, v é a se S im ó n R aw ido-
w ic z, L u dw ig F eu erb a ch P h ilo so p h ie. U rsp ru ng una S c h ick sa l ( 1 9 3 1 ) , 3 4 8 - 3 5 0 .
Peter A m acher, F re u d 's N e u ro lo g ic a l E d u ca tio n a n d ¡ts In flu en ce on P sy c h o a
n a ly tic T h e o ry , P sy c h o lo g ic a l Issu e s , m o no gra fía 16 (1 9 6 5 ) e s pro fu n d o pero
podría haber sid o m ás e x te n so . Larry Stew art, “ Freud befo re (E dipu s”, J o u r n a l o f
th e H is to r y o f B io lo g y , IX (1 9 7 6 ), 2 1 5 - 2 1 8 , e s sin duda su p e rfic ia l. M ás su sta n
c ial es R u d olf Brun, “ Sigm und Freuds L eistun gen auf dem G eb iet der o rganischen
N eu rologie" , S c k w e iU e r A rc h iv f ü r N e u ro lo g ie und P sy c h ia trie , X X X V II (19 3 6 ),
200 -2 0 7 .
Sobre lo s pro feso res de Freud en la facultad de m ed icina, v é a n se (adem ás del
artículo de R osen , “ Freud and M ed icin e in V ien n a ”), la obra m onu m ental d e Erna
L e s k y , T h e V ien n a M e d ic a l S c h o o l o f th e J 9 th C e n tu ry ( 1 9 6 5 ; trad. de L.
W illiam e I .S . L e v ij, 1 9 7 6 ), c o n la qu e está en deuda todo historiad or de la m ed i
c in a e n V ien a; D o ta Stockert M eyn ert, T h e o d o r M e y n e rt und s e in e Z e it: Z ur
G e iste s g e sc h ic h te ó s te r r e ic h s in d e r zw e ite n H á lfe d e s 19. J a h rh u n d e rts (1 9 3 0 );
Em st Theodor B iD cke, E rn st Brü cke (1 9 2 8 ), y S h erw in B . N ula n d, T h e M a ste rfu l
S p irit-T h e o d o r B illro th , T h e C la ssic s fo S u rgery Library (1 9 8 4 ), 3 -4 4 . Julius
W agne r -J a n stsch , L eb e n s erin n e ru n g en , co m p . d e L. Sh Sn ba u er y M . Ja n tsch
(1 9 5 0 ), presen ta unas cuantas v islu m b res v iv id a s de Freud.
La m ejor r ec o p ila c ió n de m ateria les sobre e l p o lém ic o e p iso d io de la c o c a í
na e s C o c a in e P a p e r s b y Sig m un d F reud , c o m p . de R obert B y c k (1 9 7 4 ), c o n
notas de A nna Freud; c o n tien e la s p u b lica cio n es d e Freud sob re e l tem a de una
in trodu cción co m p leta y c o n fia b le. V éa se tam bién S ieg fried B ern feld , “ F reud’s
S tu d ie s o n C o ca in e , 1 8 8 4 - 1 8 8 7 ”, J . A m er. P sy c h o a n ú l, A ss n ., I ( 1 9 5 3 ) , 5 8 1 -
6 1 3 . H ortense K o ller B eck er, “ Cari K o ller and C o ca in e ”, P s y c h o a n a ly tic Q ua r-
te r ly , X X X II (1 9 6 3 ), 3 0 9 -3 7 3 , detalla c iud adosam en te la parte que d esem p eñ ó el
am igo de Freud en e l d escu b rim ien to de la co ca ín a co m o a n e stésico . P eter J.
S w a le s, “ Freud, C o ca in e, and S ex u a l C hem istry: T h e R ole o f C o ca in e in F reud's
C on cep tion o f the L ib id o ’1 (ed ició n privad a, 198 3 ) d e sp lie g a alg u n a s e sp e c u la
c io n e s c a r a c te r ís tic a s. Y v é a se Jtirgen v o n S h e id t, “ S ig m u n d Freud und das
K okain", P s y c h e , X X V III (1 9 7 3 ), 3 8 5 -4 3 0 . E .M . T h orn ton , F reud an d c o ca in e:
th e F reudian F a lla cy (1 9 8 3 ) e s un m o d e lo de la literatura de d e n ig ra c ió n . Intenta
persuadir al lecto r d e que Freud, “un profeta fa lso y sin fe ” (pág. 2 3 2 ), engendró
e l p sic o a n á lisis e n la brum a m ental d e una p s ic o s is co ca ín ica ; e l autor so stie n e
qu e “la ‘m en te in co n scien te ’ n o e x is t e , que su s teorías carecían de base y eran
aberrantes y que — la m ayor de las im p ied a d e s- el propio Freud, cuand o las for
m uló, se encontrab a bajo el in flu jo de una droga tóx ica que tien e e fe c to s e sp e c í
fic o s en e l c e r eb ro ” (pág. 1).
S ob re C harcot, v é a se el m ás bien pobre A .R .G . O w e n , H y s te r ia , H y p n o s is
a n d H e a lin g : T he W ork o f J .M . C h a rc o t (1 9 7 1 ). G eo rg e s G u illa in , J M . C h a r
c o t, 1 8 2 5 - 1 8 9 3 : H is L if e - H is W o rk (1 9 5 5 ; trad. de P earce B a ile y , 1 9 5 9 ) es
m ucho m ás su sta n cia l, p ero se centra en lo s prim eros trabajos n e u r o ló g ic o s de
C harcot, h asta c ier to pu nto a e x p e n sa s d e lo s e stu d io s p o ste rio re s so b re la h is
teria. Sobre e sto s ú ltim o s, M ark S. M ica le (cu y a tesis sob re C harcot y la h iste-
E nsayo biblio g rá fico [83 1 ]
ría m ascu lin a [Y a le, 1987] está m uy b ien fundada) ya ha p u blicad o “The Salpé-
triére in the A g e o f C harcot: A n In stitu tio n a l P e r sp e c tiv e o n M ed ical H istory in
the L ate N in e tee n th C en tu ry ”, J o u r n a l o f C o n te m p o r a r y H is to r y , X X ( 1 9 8 5 ),
7 0 3 -7 3 1 . V éa se tam b ién e l a rtículo d e M iller y o tro s, “ S o m e A sp e cts o f Char
c o t ’s In flu en ce on F reud” .
C apitulo dos. L a c o n stru cc ió n de la te o ría
S ob re la fun esta am istad de Freud con F lie ss, F reud-F liess es naturalm ente
una fuente e sen cia l. M ax Schur, que en la década d e 19 6 0 tuvo a c ce so a parles
in é d ita s d e e s a c o r r e sp o n d e n c ia , ha e sc r ito s a g a c e s c o m e n ta r io s en F re u d ,
L iv in g a n d D yin g . El artículo p ionero de Schur, “ S o m e A d d itio n a l 'D ay R esi-
d u e s’ o f the S p ecim en Dream o f P sy c h o a n a ly sis”, pu b lica d o en P s y c h o a n a ly s is
- A G e n e ra l P sy c h o lo g y : E ss a y s in H o n o r o f H e in z H a rtm a n n , co m p . de R udolph
M . L o e w e n ste in , L o ttie M . N ew m a n y A lb e r t J. S o ln it ( 1 9 6 6 ), 4 5 - 8 5 , e s , a
pesar de su título in o cu o , e x p lo siv o : al d ilucid ar e l su eñ o d e la in y ec ció n de
Irma, ilu m ina extraordinariam ente el enam oram iento de Freud c o n F liess. K.R.
E issler, *‘T o M uriel M . G ardiner on Her 70th B irth d a y ”, B u lle tin o f th e P h ila -
d e lp h ia A s s o c ia tío n f o r P sy c h o a n a ly sis, X X II (1 9 7 2 ), 1 1 0 -1 3 0 , e s un ponderado
y en el m ejor se n tid o su g er en te e n sa y o so b re Freud y F lie s s . V éa se tam b ién
E dith B u xb au m , "F reu d’s D ream In te rp reta ro n in the L ig h t o f H is L etters lo
F lie s s ” , B u lle tin o f th e M e n n in g e r C lin ic , X V ( 1 9 5 1 ) , 1 9 7 - 2 1 2 . Frank J. S u llo -
w ay, e n su v o lu m in o so F re u d , B io lo g is t o f th e M in d : B e y o n d th e P sy c h o a n a ly
tic L e g e n d ( 1 9 7 9 ) e s un tanto exag era do ; presen ta un libro co m o on gran d o c u
m en to revelador, pero en lo e sen cia l r ea ctu a liza la n o tic ia v ie ja de que la teoría
de Freud tien e un trasfond o b io ló g ic o ; sin em b a rg o , lo s c a p s. 5 y 6 , qu e a n a li
zan la depend en cia de Freud resp ecto de F lie ss y lo q u e S u llo w a y llam a “ la psíco -
físic a d el sig lo X IX ”, so n m uy v a lio s o s . P airick M a h o n y , “ F rien dsh ip and Its
D is c o n t e n ts " , C o n te m p o r a r y P s y c h o a n a ly s is , X V ( 1 9 7 9 ) , 5 5 - 1 0 9 , e x a m in a
m inu ciosam ente al Freud de la década d e 1 8 9 0 , prestan do un a a ten ció n e sp e c ia l al
m aterial alem án . Erik H. E rik son, "The D ream S p ec im en o f P sy c h o a n a ly sis” , J .
A m er. P s y c h o a n a l. A ss n ., II (1 9 5 4 ), 5 -5 6 , d iscu te p r in cip a lm en te el su eñ o de
Irma, pero tam bién c o m e n ta la rela c ió n F re u d -F liess. Peter J. S w a le s, “ Freud,
F lie ss, and Fratricide: T h e R o le o f F lie ss in F reud’s C o n c ep lio n o f P aranoia”
(e d ició n privad a, 1 9 8 2 ) lle g a a in sin uar que en su ú ltim o “ c o n g r e so ” de 1 9 0 0 ,
Freud podría haber tratado de matar a F lie ss. G e o rg e F. M a hl, ‘‘E x p lo sio n s o f
D isc o v er ies and C oncep ts: T h e F reu d -F liess L etters", ca p. 4 de A F irst C o u rse in
Freud, todavía in éd ito , e x a m in a e sta c o rr esp o n d en cia , m in u cio sa y c o n fia b lem en
te. El deterioro d e la am istad entre Freud y F lie ss d ejó hu ella s en las dedicatorias
d e lo s lib ros qu e e ste ú ltim o le en v ia b a al prim ero. En 1 8 9 7 , cuand o le r em itió a
Freud su su stan cial m o n o g ra fía D ie B e zie h u n g z w is c h e n N a s e un d w e ib lic h e n
G esc h le c h ts o rg a n e n . ¡n ih r e r b io lo g isc h e n B e d eu tu n g d a rg e s te llt, e sc r ib ió " S ei-
nen te u re n S ig m u n d , in n ig s t, d . V ." ; c in c o a ñ o s m ás tard e, e n 1 9 0 2 , le h izo lle
gar su Ü b er den ursá ch lic h e n Z usam m en han von N a s e un d G e sc h lec h tso rg a n co n
unas palabras m ucho m ás frías: "Seinen lie b en Sigm un d.1'' A ho ra b ien , "teuer'es
un term ino m uy a fectu o so — tal v e z “q u erid ísm o ” sea la m ejor traducción— , e
"in n ig st" sig n ific a a lg o a sí co m o “ m uy c a riñ o sa m en te" ; en c a m b io , "lieb" e s
una form a com ú n de tratam iento — “querido", c om o e n “querido señor"— . (E stos
ejem plares d edicad os se encuentran en el Freud M useum , Londres.)
Sobre M artha B ern a y s Freud, v é a n se las b io g ra fía s del e sp o so , e sp e cia lm e n
te J o n e s I, y lo s fra g m en to s in éd ito s de cartas qu e c ito en e l cuerp o d el lib ro.
U n artículo breve d e la esp o sa d e M artin Freud, E sti D . Freud, “M rs. Sigm u nd
[8 3 2 ] E nsayo bibliográfico
Freud”, J e w ish S p e c ta to r, X L V (1 9 8 0 ), 2 9 -3 1 , e v o ca la “serenid ad” (pág. 2 9 ) que
se le atribuía hasta cierto pu nto a M artha Freud (pero no era tota lm ente in discu -
tida). Peter G ay, “S ix Ñ am es in Search o f an Interpretation: A C o ntribu tion to
the D eb ate over Sigm u nd Freud’s J ew ish n ess”, H e b rew U nion C o lle g e An nu al,
LUI (1 9 8 2 ), 29 5*307, su giere una cierta autoridad do m éstica de Freud. Entre los
e stu d ios sobre Stephan Z w e ig (a qu ien M artha Freud ju zg ó co n tanta sev erida d ),
D .A . Prater, E u ro p ea n o f Y e s te rd a y : A B io g ra p h y o f S tefa n Z w ie g (1 9 7 2 ) propor
c io n a lo s antecedentes n e c esa r io s.
El estu dio más autorizado sob re el c a so de "Arma O .”, y sobre B reuer en
gen eral, e s, con m ucho, la te sis e x h a u stiv a (pero no agotadora) d e H irschm U ler,
P h is io lo g ie und P sy c h o a n a ly se im L e b e n und W erk J o s e f B re u e rs, su p le m e n to 4
a l J ahrbuch d e r P sy ch o a n a ly se, X (1 9 7 8 ); co rrig e sa tisfa cto ria m ente conjeturas
erróneas e interpretaciones d u d o sa s, ub ica a B reuer co n seguridad en e l m apa de
las teorías de Freud, y explora e l m un do m éd ico de este últim o . L os do cum ento s
con c er n ie n tes a la h isto ria m éd ica de A nn a O ., y lo s d eb id o s a la propia A nn a
O ., so n fa scin a n tes. H irschm illler d isc u te in structivam en te co n Julián A . M iller,
M elv in Sabshiij, John E. G e d o , G eo rg e H . P o llo c k , Leo S a d o w y N ath an S c h le-
sin ger “T he S c ie n tific s ty le s o f Breu er and Freud and the O r ig in s o f P sy c h o a
n a l y s is ”, y c o n P o llo c k , “ J o sep h B r eu er ” , en F reu d , F u sió n o f S c ie n c e a n d
H u m anism , com p . de G e d o y P o llo c k , 1 8 7 -2 0 7 , 1 3 3 -1 6 3 . P aul F. C ra n efie ld ,
“Josep h B r eu er ’s E v a lu a tio n o f H is C ontribu tion to P sy c h o -A n a ly sis”, I n t . J .
P sy c h o -A n a l., X X X IX (1 9 5 8 ), 3 1 9 -3 2 2 , reproduce y analiza una in teresa n te carta
d e 1907 de Breuer a A ug u ste F orel, qu e arroja una luz retrosp ectiva sobre sus
a n teriores a c titu d es, H enri E llen b e rg e r, “T h e Story o f ‘A n n a O . ’: A C ritic a l
R eview w ith N ew D ata”, J o u r n a l o f th e H is to ry o f th e B e h a v io ra l S c ie n c e s , VID
(1 9 7 2 ), 2 6 7 - 2 7 9 , r e c tif ic a p e r su a siv a m e n te la le ctu r a errónea de J o n e s y lo s
recuerdos falso s de Freud sobre e l c a so . H irschm üller exhum a tam bién un fa sc i
nante histo r ia l c lín ic o de una h isté r ica sev era , “N in a R „ ” deriv a da al san atorio
B e lle v u e de K reuztingen por Freud y Breuer: “E ine bisher unbekannte Kranken-
gesch jch te Sigm und Freud und J o se f Breuer aus der E n tstehungszeit der ‘Studien
über H ysterie*”, Ja hrb uch d e r P sy ch o a n a ly se, X (1 9 7 8 ), 1 3 6 -1 6 8 . S ob re la adm i
rable carrera ulterior d e A nna O. (B erih a P appenheim ) c om o destacad a trabajadora
s o c ia l y fem in ista jud ía , v é a se E llen Jensen, “A nna O., A Stu dy o f Her Later
L ife ”, P sy ch o a n a ly tic Q u a rte rly , X X X IV (1 9 7 0 ), 2 6 9 -2 9 3 . Richard Karpe, “The
R escu e C om p lex in A nna O ’s F in a l Id en tity ”, P sy c h o a n a ly tic Q u a rte rly , XXX
( 1 9 6 1 ), 1 -2 4 , v in cu la su n e u r o sis c o n su s lo g r o s p o ste rio re s, L u cy F reem an ,
T h e S to r y o f A n na O . (1 9 7 2 ), e s un e n fo q u e popular. Pero v é a se el e x c e le n te
e stu d io h istó r ic o de M a rió n K ap lan, T h e J e w is h F e m in ist M o v e m e n t in G er-
m an y: T he C a m p a ig n o f th e JU discher F rau en bun d, 1 9 0 4 -1 9 3 8 (1 9 7 9 ), en e l que
h ay im portante m aterial sob re la carrera de Bertha Pappenheim .
A cerca d el estu dio d e Freud sobre la afasias (te x to éste al qu e m ás b ien se le
ha prestado p oca a ten ción ) v é a se e l útil artículo (tal v e z dem a sia do c o ndensa do
de E. S te n g e l. “A R e-ev a lu a tio n o f F reud’s B o o k ‘On A p h a sia ’: Its S ig n ific a n c e
o f P sy c h o -A n a ly sis " , I n t. J . P s y c h o -A n a l., X X X V (1 9 5 4 ), 8 5 -8 9 . U na de la s pri
m eras p a cien tes histéricas de Freud, “Frau C a ce lie M .”, ha sid o e stu diad a co n
satisfactorios d eta lles e n Peter J. S w a le s, “Freud, H is T each er, and the Birth o f
P sy c h o a n a ly sis” , e n F reud, A p p ra isa ls a n d R e a p p ra isa ls, co m p . d e S te p a n sk y , I,
3 -8 2 . V éa se tam bién el e n sa y o d e S w a le s sobre “ Katharina” : “ Freud, Katharina,
und the First ‘W ild A n a ly s is’” , ejem plar m ecanografiado de una co nfer en cia , con
m aterial adicion a l (1 9 8 5 ). O la A n d ersso n , “A Su plem en t to F reud’s C a se H istory
o f ‘Frau Em m y von N . ’ in S tu d ie s o n H ysteria 1 8 9 5 ”, S c a n d in a v ia n P sy c h o -
a n ly tic R e v ie w , II (1 9 7 9 ), 5 -1 5 , in c lu y e m aterial b io g rá fic o . V éa se tam b ién E lse
P app en heim , “Freud and G ilíes de la Tourette: D ia g n o stic S p ecu la tio n s o n ‘Frau
E nsayo bibliográfico [833]
E m m y von N .’", I n t. R e v . P s y c h o - A n a l V II (1 9 8 0 ), 2 6 5 - 2 7 7 , que su g ier e que
e sta p aciente pod ría n o haber sid o una histó r ic a en a b so lu to , sin o qu e presentaba
e l síndrom e de G ilíe s d e la T ou reite (co m o tam bién F reud lo conjeturé durante
c ier to tiem p o ).
La “P sic o lo g ía para n e u r ó lo g o s” de Freud, qu e la aban don ó sin com p letarla,
fue publicada prim eram ente en A u s d e n A n fá n g en d e r P sy c h o a n a ly s e . B rie fe an
W ilh elm F lie ss . A b h a n d u n g e n un d N o tize n a u s de n J a h r e n 1 8 8 7 -1 9 0 2 , co m p . de
E m st K ris, M arie B on aparte y A nn a Freud (1 9 5 0 ; v e rsió n in g les a , T he O r ig in s
o f P s y c h o a n a ly s is , trad. d e Eric M o sb a ch er y Jam es S tr a ch ey , 1 9 5 4 ). En su
in trodu cción a e sta prim era e d ic ió n de la c o rresp o n d en cia d e F lie ss, de F lie ss,
consid er a b lem en te m u tilad a, Kris ex a m in a e l lugar d e l " p royecto e n el p en sa
m ien to de Freud, El “pr o y e cto " se p u ed e leer en in g lé s , c o n e l título de “ P roject
for a S c ie n t if ic P s y c h o lo g y ” , en la SE I, 2 8 3 -3 9 7 . Ha sid o m uy b ien apreciad o
e n W o llh eim , Freud, e sp . en e l cap. 2 Isa b el F. K n ig ht s o stie n e , en "F reu d's
‘P ro je ct’ : A T h eory for S tu d ie s o n H y s te r ia " , J o u r n a l o f th e H is to r y o f th e
B e h a v io ra l S c ie n c e s, X X (1 9 8 4 ), 3 4 0 -3 5 8 , qu e d ich o e scr ito fue c o n c eb id o c o m o
una crític a a la s teorías d e B reuer. John Friedm an y la m e s A lex a n d er, “ P sy ch o a
n aly sis and N atural Sc ie n c e: F reud’s 1895 P ro je ct R e v is ite d ”, In t. R e v . P s y c h o -
A n a l., X ( 1 9 8 3 ), 3 0 3 - 3 1 8 , un im portante e n sa y o , su g ier e qu e Freud, en e sa é p o
ca tem prana, estab a tratando d e lib er a ise de las c o e r c io n e s d el discu rso c ie n tífic o
d e fin es d e sig lo X IX . V éa se tam b ién, sobre e l “n e w to n ism o ” de Freud, Robert
C. S olom on , “ Freud N e u ro lo g ica l T h eory o f M ind”, en F re u d : A C o lle c tio n o f
C r itic a l E ss a ys, c o m p . de W o llh e im , 2 5 -5 2 .
La d iscu sió n sob re la d enom in ada teoría de la se d u cc ió n ha sid o enturbiada
por Jeffrey M o u ssa ie ff M a sso n , The A ss a u lt on T ruth: F r e u d 's S u p p re sio n o f th e
S e d u c tio n T h e ory (1 9 8 4 ), do n de se so stie n e (absu rd am ente) qu e Freud abandonó
e sa teoría porqu e no p o d ía tolerar e l a islam ie n to r e sp ec to d e l e s ta b lis h m e n t
m éd ico de V ie n a, al que lo condenab an su s ideas r a d ica les. U n o s e pregunta por
qu é si e s qu e Freud se p o n ía tan a n sio so , c o n tin u ó pu b lica n d o teorías in clu so
m ás perturbadoras, c o m o por e jem p lo las de las sex u a lid a d in fa n til y la ub icuid ad
de la p e r ver sión . D e h e c h o , la s razon es que dio Freud en su carta a F lie ss d e l 21
de setiem b re de 1897 (Freud-F liess, 2 8 3 - 2 8 6 { 2 6 4 -2 6 7 ] ) so n (d ic h o se a c o n todo
nuestro resp eto K rüll) bu en as y su fic ie n tes. A dem ás Freud nu nca pu so en duda la
verd ad de p r im en te de qu e la s e d u c c ió n o la v io la c ió n d e n iñ a s — y n iñ o s — ,
in tentadas o c o n su m a d a s, c o n stitu ía n h ec h o s d em a sia d o r ea le s. P odía referirse
para aprobarlo a a lg u n o s d e su s p r o p io s p a c ie n te s (in c lu id a K atharin a). L as
e x p lic a c io n e s h ab itu a les d e la a ctitu d de Freud co n resp ec to a su teoría d e la
sed u cción , qu e aparecen en J o n e s I, e sp e c ia lm e n te p á g s. 2 6 3 - 2 6 7 , y en obras de
otras autores, s e so stie n e n p e r fecta m en te.
S ob re e l au toa n á lisis de Freud, esp e cia lm e n te en lo r ela c io n a d o con e l padre,
v e á se e l m aterial y a m en cio n a d o e n e l e n sa y o co rr esp o n d ien te al cap. 1, sob re
to d o L a in te r p r e ta c ió n d e lo s sueños-, K rtlll, F reu d a n d H is Father-, A n z ie u ,
F re u d ’s S e lf-A n a lysis, y G r in s te in , O n Sigm un d F re u d 's D rea m s. Y v é a n se tam
b ién G eorge F. M ahl, “F a ther-So n T h em es in F reud’s S e lf - A n a ly s is ”, en F a th e r
an d C h ild : D e v e lo p m e n ia l a n d C lin ic a l P e r s p e c tiv e s , co m p . d e S ta n ley H. C ath.
A la n R. G urw irt y John M under R o ss (1 9 8 2 ), 3 3 -6 4 , y M a hl, “ Freud, Father and
M other: Q u antitativ e A s p e c t s ”, P s y c h o a n a ly s is P s y c h o lo g y , II ( 1 9 8 5 ) , 9 9 - 1 1 3 ;
am bos trabajos aportan p r e c isió n a una z o n a oscu ra . L os e x te n so s c o m e n ta rio s
de Schur que apatecen en F re u d , L iv in g a n d D yin g , so n in d is p e n sa b le s . F reud
an d H is S e lf-A n a ly sis , com p . d e M ark K anzer y Jules G le n n (1 9 7 9 ) reú ne a lg u
n o s a r tícu los in te re sa n te s, p ero e s un tanto m isc e lá n e o .
¿Tuvo Freud una rela c ió n sentim en tal co n su cuñada M inna Bern ays? El pri
m ero qu e lo dijo fue aparentem en te Cari G. Jung e n p rivad o (se ha in form ado) y
[834] E nsayo bibliográfico
d esp u é s de 1 9 5 7 , en una e n tre v ista c o n su a m ig o John M . B illin sk y , qu e la
pu blicó en 1969: “ Jung and Freud (the End o f a R om an ce)", A n d o v e r N e w to n
Q uarterly, X ( 1 9 6 9 ), 3 9 - 4 3 . El p a sa je d e l que se trata aparece e n e l relato por
Jung de su prim era v isita a B e rg g a s se 19, en 1 9 0 7 : “ Pronto c o n o c í a la herm ana
m enor de la e sp o sa de Freud. Era de m uy buen ver y no só lo sabía bastante de
p s ico a n á lisis sin o tam b ién de todo lo que Freud estab a ha ciend o . C uando, unos
d ía s m ás tarde, yo v isita b a el laboratorio de Freud, la cuñada m e preguntó si
p od ía hablar c o n m ig o . Exp erim en tab a m ucho m alestar y c u lp a por su r ela c ió n
c o n Freud. A s í m e enteré de que Freud estaba enam orado de e lla y de que sus rela
c io n e s eran por cierto m uy ín tim a s. Fue un descub rim iento que m e sacud ió, y aún
h o y recuerdo la agonía que se n tí e n e se in sta n te. D o s años m ás tarde, Freud y yo
fu im os in v ita d o s a la C lark U niv e r sity de W o rcester, y durante algunas sem anas
pasam os ju n to s to d o s lo s d ía s. D esd e el pr in cip io m ism o de nuestro via je e m p e
zam os a analizarnos recípro ca m en te lo s su eñ o s. Freud tuvo a lg u n o s que le m o le s
taban m u ch o. E sto s su e ñ o s trataban de un triángulo: Freud, su esp o sa , y la her
m ana m en or d e la e sp o sa . El n o ten ía la m en o r id e a d e q u e y o c o n o c ía el
triángulo y su s rela c io n e s in tim as co n la cuñada. Y a sí fue qu e, cuando Freud me
h ab ló d el su eñ o en el qu e su e sp o sa y la herm ana desem p eñ a b a n partes im portan
tes, le p e d í algu n a s a s o c ia c io n e s p e r so n a le s. El m e m iró co n acritud y dijo:
‘Podría d e c irle m á s, pero no pu ed o arriesgar m i autoridad’” (pá g .4 2 ).
¿Qué se pu ed e pensar de todo e sto ? Jung, se g ú n surge de su s contradictorios
com entarios a u tob io g rá fic o s, era un inform ante m en o s qu e c o n fia b le. El relato
sobre la n e gativa de Freud a cooperar en la in terp retación de uno de sus su eñ os
cuando estab an a bordo, v ia ja n d o hacia A m érica , pa rece bastan te c ierio ; Jung lo
repitió m ás de una v e z e n v id a d e Freud, in clu so en una carta al propio Freud
(Jung a Freud, 3 de d iciem b re de 1 912, Freud-Jung, 5 8 3 - 5 8 4 , 5 8 4 n [ 5 2 6 ,5 2 6 n ] ),
y Freud n u nca lo d e sm in tió . P ero, en otros a sp e c to s, e ste relato en particular
resulta su m am en te ex tra ñ o . Freud, por su p u esto , no ten ía n ingú n “ laboratorio".
Su c o n su ltorio estab a ju n to a su e stu d io , y Jung p od ría haber esta d o r efirién d o se
a una u otra de esa s h a b ita cio n e s, p ero la e x p r esió n sig u e sie n d o curiosa. A d e
m ás, si b ien lo s j u ic io s de e ste tip o so n a lta m en te s u b je tiv o s, m i pro p ia o p i
nión es que las fo to g r a fía s que ten em os de e lla no m uestran a M inna Bernays
com o una m ujer de “ m uy bu en v er”. Por cierto, podría haber sid o de! g usto de
Freud, pero m e parece su m am en te in v ero sím il que e l propio Jung, un hom bre co n
ojo para la b e lle za fem en in a y que en e so s años ten ía a ctiv idad sex u a l fuera de
los lím ites d el m atrim onio, pu diera realm en te encontrarla herm osa. Schur, qu ien
- e s c ierto— só lo c o n o c ió a una M inna B ern a y s de edad relativam en te avanzada,
la con sid er a b a to ta lm e n te ca re n te de a tra ctiv o s (e n tr e v ista c o n H e len Schu r,
ju n io 3 de 198 6 ). D el m ism o m o d o , parece por c o m p leto im probab le qu e M inna
Bernays haya c o n fesa d o una situ a c ió n tan ín tim a a un p e rfecto extraño, un h o m
bre al que acababa d e c o n o cer y co n e l que no com p artía r elig ió n , cultura, ni
in tereses p r o fesio n a le s. D esd e lu eg o , es c o n c e b ib le que ha y a v isto a un ajeno
com o la persona e n la que p recisa m en te podría co n fia r, so b re todo e n v ista de
que pronto v o lv e ría a ir se. Pero a m í m e resu lta p r á c tic a m en te im p o sib le im a g i
narm e la e sce n a.
M ás recien te m en te , P eter J. S w a le s ha dich o lo m ism o , presen tan do c o n jetu
ras c on fiad as c om o si fueran h e c h o s dem ostrados, en “ Freud, M inn a Bern ays, and
the Im itation o f C hrist” (co n fe re n c ia in éd ita de 1 9 8 2 ; la he le íd o e n fo to c o p ia s
por cortesía de su autor); y en “Freud, M inna B ern ays and the C onq uest o f Rome:
N ew L ight on the O rig in s o f P sy c h o a n a ly sis”, N ew A m eric a n R e vtew : A J o u rn a l
o f C i v il ity a n d th e A r ts . I (prim avera/verano de 1 9 8 2 ), 1 -23 . S w a le s u tiliza lo
que yo llam aría “e l m odo de leer de B e m fe ld ”, m éto d o éste fru ctífero pero p e li
groso. S ieg fried B e rn feld , qu e ten ía el p r o p ó sito de escrib ir una b io g ra fía de
E nsayo biblio g rá fico [835]
Freud y reu n ió m ucho m aterial para e lla , le y ó cier to s tex tos d e Freud, e n e sp e c ia l
su e n sayo “ S ob re lo s recuerd os encubrid o res" (1 8 9 9 ), c om o si fueran r e v e la c io
n e s autob iográficas disfrazadas. D e e se m o d o descub rió e l enam oram iento a d o les
cen te de Freud c o n G isela F lu ss. D esd e lu eg o , d e m uchas de las a firm aciones de
Freud p u ed en extraerse in ferencia s perfectam ente p la u sib les, a v e ce s correctas (la
P sic o p a to lo g ía d e la v id a c o tid ia n a e s una fuente particularm ente rica de autorre-
v e la c io n e s in directa s); si se las une en un relato c o h eren te, adquieren un p e so
qu e n o p o s e e n c o n sid er a d a s in d iv id u a lm e n te . S w a le s h a c e b ien e s te tip o de
c o sa s, y la té c n ic a p s ico a n a lític a d e ahondar por deb a jo de la su p e rfic ie p r á ctica
m en te lo lle v a a e llo . C entrando su a ten ció n e n m aterial de "S obre lo s recuerd os
encubridores". L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s y P s ic o p a to lo g ía d e la v id a c o ti
diana, constru ye una secu en cia de a c o n tec im ien tos de la v id a de Freud qu e, a su
j u ic io , dem uestran que realm ente tuvo una r ela ció n sentim en tal c o n su cuñada.
C uando a lgo qu e F ieud d ice sob re otra persona p od ría m uy b ien ap licá r se le a él
m ism o, S w a le s lo acepta co m o prueba; cuando lo qu e Freud d ice no se le adecúa,
S w a le s lo acusa d e ocultar o disfrazar el m aterial, o de engaño d escarad o. Por
su p u esto, e s p o sib le que ten ga razón: e l trabajo d e l su eñ o , una m ez cla de r ev e la
c ió n y o c u ltam ien to , se rea liza de e se m o d o , y cualq uier narrador há b il sa b e que
una d e las tácticas m ás e fic a c e s c o n siste en m ezcla r la verdad con la fic c ió n . D e
m odo que Freud p o d ría haber ten id o una r e la c ió n se n tim en ta l c o n M inn a B er
nays.
L o s c om en tario s p e rtin en tes de J o n e s su g ier en , no tanto tal v e z qu e e l rela
to d e Jung se a n e c esa ria m en te c ier to , pero s í qu e h ab ía esta d o c irc u la n d o lo bas
tante y p ar e cía lo su fic ie n tem e n te p e r su a siv o (p o r lo m en o s, hab ía q u ie n e s lo
ve ía n a sí) c o m o para m erecer una r efu ta ció n e x p líc ita . Por c ier to , J o n e s e s tan
en fá tico sobre e l tem a que pu ed e lle v a r a lo s d e sc o n fia d o s a preguntarse s i no
e stá un p oco a la d e fen siv a . D ic e qu e Freud era “ m onó g a m o en una m edida m uy
in u su a l’’, qu e “ siem pre daba la im p resió n de ser una perso na in usu alm en te casta:
la palabra ‘puritana’ n o estaría fuera de lugar” (J o n e s I, 1 3 9 ,2 7 1 ). En su c r ític a a
la biografía de Freud escrita por Puner, se sien te im pu lsad o a dedicar unas p ala
bras a “la vida de casado [de F reud], pu esto que sobre e lla parecen estar de m oda
diversas leyen d as e x tra ñ a s... Su e sp o sa fu e con toda seguridad la ún ica m ujer de
la vid a d e Freud, y siem pre le r eserv ó e l prim er lugar, antes que a to d o s lo s otros
m o rta le s... [En cuanto a M inn a B e rn a y s], su len g u a cá u stic a produjo m uchos e p i
gram as apreciados e n la fa m ilia . Freud sin duda gustaba de su co n v e rsa c ió n , pero
decir que en cualq uier sentido e lla reem p lazab a a su herm ana en e l a fecto d e é l, es
puro absurdo” (J o n e s II, 3 8 6 - 3 8 7 ). T a m b ién C lark (v é a se su Freud, 5 2 ) ha so p e
sado lo s e lem en to s d e prueba, en e sp e c ia l la entre v ista a Jung, y lo s recha za por
su m am en te im probab les.
La Freud C o lle ctio n de la B ib lio te c a del C o n g reso in clu y e un paquete d e car
tas intercam biadas entre Freud y M inn a B ern ays que están sie n d o e x am in adas c u i
d ad osam en te antes d e lib rarlas al c o n o c im ie n to pú b lico ; cua nd o e sc r ib o esta s
páginas, todavía no se pu ed e contar c o n e lla s (e s e n lo q u e c e d o r ...). En v ista del
carácter in com p leto d e las pruebas (é s te e s otro eje m p lo d e l m odo en qu e la p o lí
tica r estrictiva de lo s c u sto d io s fre u d ia n o s, qu e n ieg a n o p o sp o n en e l a c c e so a
m ateriales im portantes, no hace m ás q u e nutrir rum ores), un o no p u ed e ser d o g
m ático (por lo m en o s, y o no p u ed o s e r lo ). Freud le e sc r ib ió a lgu nas ca rta s a pa
sion ad as a M inna B ern ays m ien tras esta b a c o m p ro m etid o c o n la herm an a, pero
esto , más que brindar a poyo a la teoría de J u n g -S w a les, me parece qu e la hace
m en o s p rob ab le. S i a p arecieran e le m e n to s de p rueba c o n fia b le s (qu e no sean
conjeturas ni su tiles cadenas d e in fe re n c ia s) en cua nto a que Freud m antuvo rea l
m en te una rela c ió n sentim en tal con su cuñad a y qu e de h ech o (seg ú n S w a le s lo
ha so ste n id o un tanto de ta lla d a m e n te ) la lle v ó a un aborto, yo rev isa ré m i tex to
[836] E nsayo bibliográfico
en con cord an cia c o n a q u éllo s. M ien tras tanto, debo aceptar co m o co rrecto el
m odo de ver e sta b le cid o y m en os e sca n d a lo so .
Capitulo tres. P sic o a n á lisis
Sobre la e la b o ra ció n de L a in te r p re ta c ió n d e to s su eñ o s, la co re sp o n d e n c ia
Freud-Fliess e s, de sd e lu eg o , in v a lo ra b le. V éa n se tam b ién, una v e z m ás, ex p lo r a
c ion es detalladas de lo s su eñ o s de Freud qu e é ste u tilizó en su lib io , en A n zieu ,
F reu d's S elf-A n a lysis, y en G r in s te in , O n Sigm und F reu d 's D ream s. A d em á s, la
teoría d el su eñ o freud iana e s exam in ada en Fisher y G reenberg, S c ie n tific C re d i-
b ility o f F re u d 's T h e o rie s, cap. 2 (un a d isc u sió n bu en a y c o m p leta ), y e n J o n e s I
y en otros e stu d io s b io g r á fic o s qu e ya he enum erado. Por las razon es presentadas
en e l en sa y o corresp o n d ien te al c a p ítu lo 1, no puedo aceptar el en fo q u e '‘po líti
co" de Freud que ex p o n e M cGrath en F re u d 's D isc o v e ry o f P sy c h o a n a ly sis, pero
consid ero que m uchas de su s in terp retacion es de lo s su eñ o s de Freud so n su tiles.
V éan se tam bién E lla F reem an Sh arp e, D re a m A n a ly sis ( 1 9 3 7 , 2 a . e d ., 1 9 7 8 )
[trad. cast.: El a n á lis is d e lo s su eñ o s, B u en o s A ires. H orm é, 1 9 6 1 .], un e leg a n te
lexto de una em in en te analista le g a in glesa; la su geren te Freud L ecture d e Ber-
tram D . L ew in, titulada D re a m s a n d th e U se s o f R e g re ssio n (1 9 5 8 ); v a rio s artícu
los tem pranos d e E rnst J o n es, r eu nid os en sus P a p e r s on P sy c h o -A n a ly sis (3 a.
ed .. 19 2 3 ) e in te re sa n te s e n c o n ju n to c o m o in d ic a cio n e s del m odo en qu e la
in terp retación d e lo s su e ñ o s p e n e tró e n la p r o fesió n p sico a n a lític a ; “ F reud’s
T h eo r y o f D r e a m s” ( 1 9 1 0 ) , 2 1 2 - 2 4 6 ; “ S o m e In sta n c e s o f the I n flu e n c e o f
D ream s on W aking L i f e ” ( 1 9 1 1 ), 2 4 7 -2 5 4 ; "A Forgotten D ream ” (1 9 1 2 ), 2 5 5 -
265; “ P erson s in D rea m s D isg u ise d as T h e m se lv e s” (1 9 2 1 ), 2 6 6 - 2 6 9 , y "The
R elation ship b e tw c cn D ream s and P sy cho neuro tic S y m p tom s" (leíd o en 1911),
2 7 0 -2 9 2 .
Entre los a rtícu lo s m á s rec ien te s se cuentan una in v estig a c ió n d e D .R . Haw-
kins, "A R ev iew o f P sy c h o a n a ly tic D ream T h eo ry in the L ig h t o f R ecen t Psy-
c h o -P h y sio lo g ica l S tu d ie s o f S le e p and D rea m ing ” B ritish J o u r n a l o f M e d ic a l
P s y c h o lo g y , X X X IX ( 1 9 6 6 ), 8 5 - 1 0 4 , y un reco m p en sa do r en sa y o de Leonard
S h en gold , “T h e M etaph or o f th e Journey in ‘T h e Interpretación o f D re a m s” ’,
A m erican ¡m ago X X III ( 1 9 6 6 ), 3 1 6 - 3 3 1 . O tro e n sa y o b rev e, le g ib le y e c lé c tic o
del analista C harles R y cro ft, T h e In n o c en ce o f D rea m s (1 9 7 9 ), registra la litera
tura m ás r ec ien te , s in lim ita rse a las obras p s ic o a n a lític a s. La in v e stig a c ió n
sobre lo s su eñ os continú a; una e n ig m á tica teoría, acep tad am ente m uy ten tativa
(y e x p lícitam en te crítica de Freud) e s desarrollada en F rancis C rick y G raem e
M itchinson , “T h e F u n ctio n o f D ream S le e p ” , N a tw e , C C C IV (1 9 8 3 ), 1 1 1 -1 1 4 ;
se sostie n e qu e. en la etapa de lo s m o v im ien to s o c u la res rá pid o s, e l su eñ o tien e
la finalidad de rem over “ m odos de acció n in d esea b les en la s redes celu la res de la
c o r te z a c e r e b r a l”. V é a s e ta m b ié n J a m es L. F o s s h a g e y C le m e n s A . L o e w ,
c o m p s ., D re a m ¡ n te rp r e ta tio n : A C o m p a ra tiv e Stu d y (1 9 7 8 ), y L iam H u dson ,
N ig h t L ife: The ln te r p r e ta tio n o f D rea m s ( 1 9 8 5 ), don de e ste p sic ó lo g o o fre ce un
esqu em a in terp retativo p ropio. Otro ítem p r o v ech o so de la literatura a la que dio
origen el libro de Freud sob re e l su eñ o es W alter Schonau, Sig m un d F reu d s P r o
sa . L ite ra risc h e E lem e n te s e in e s S tils ( 1 9 6 8 ), en el cual hay m aterial in teresa n te
y en m i o p in ió n c o n v in c e n te so b re lo s lem a s (p á g s. 5 3 -8 9 ) qu e Freud desca rtó ,
y sobre e l que fin a lm e n te e lig ió para L a in te r p re ta c ió n d e lo s su eñ o s. E rik so n ,
“T h e Dream S p ec im en o f P sy c h o a n a ly sis”, e s un artículo in teresa n te y ex te n so
sobre e l su eñ o de Irma. V éa se tam bién A . K eiper y A . A . Sto n e, “T he D ream o f
Irm a’s Injection : A Structural A n a ly s is”, A m eric a n J o u rn a l o f P sy ch ia try , C X X-
X IX (1 9 8 2 ), 1 2 2 5 -1 2 3 4 . O tros e n sa y o s ú tile s sobre lo s su eñ o s de Freud son el
E nsayo bibliográfico [837]
breve artículo de L e slie A dam s, “A N ew L o o k at Freud's Dream 'T he Breakfast
S h ip ’” , A m eric a n J o u rn a l o f P sy c h ia try , C X (1 9 5 3 ). 3 8 1 -3 8 4 ; e l m erecidam ente
difundido artículo de Eva M . R o sen feld , “ D ream and V isio n ; S o m e Rem arks on
Freud's Egyptian Bird Dream ". In t. J. P s y c h o -A n a l., X X X V III (1 9 5 6 ), 9 7 -1 0 5 , y.
una v e z m ás, B u xbaum , “F reud 's D ream Interpretation in the L ight o f H is Letters
to F lie s s ” (y a c itad o en e l e n sa y o c o rr esp o n d ien te al cap, 2),
El g é n e ro de la au to b io gra fía, que flo r e c ió in usu a lm en te en e l sig lo X IX , y
al c u al pe r te n e ce el program a de Freud, dentro de su propio e stilo sin gular, está
atrayendo a un crecien te nú m ero d e eru dito s. A q u í só lo m en cion aré brevem en te a
un puñado de lo s m ás in teresa n tes títu lo s r ecien tes: Jerom e H am ilton B u ck le y ,
T he T urn in g K e y : A u to b io g ra p h y a n d th e S u b je c tiv e Im p u lse sin c e 1 8 0 0 ( 1 9 8 4 ),
obra en la qu e yo he aprendido m ucho; W illia m C . S p en gem an n, T h e F o rm s o f
A u to b io g r a p h y : E p iso d e s in th e H is to ry o f a L tte r a r y G en re (1 9 8 0 ), que in clu y e
en e l últim o ca p ítu lo a lg u n o s eje m p lo s de! sig lo X IX ; Linda H, P eterson , V i c to -
rian A u to b io g ra p h y : The T ra d ito n o f S e lf-In te rp re ta tio n (1 9 8 6 ), que e s m ás con-
densada; A .O .J. C o ck sh u t, T h e A r t o f A u to b io g r a p h y in N in e te e n th a n d Tv/en-
lie th C e n tu r y E n g la n d ( 1 9 8 4 ) , ll e n o d e c o m e n t a r i o s s e n s a t o s , y A v r o m
F le ish m a n , F ig u re s o f A u to b io g ra p h y : The L a n g u a g e o f S e lf-W ritin g ( 1 9 8 3 ).
Los sig u ie n tes trabajos c o n c ier n e n d irectam en te a la obra de Freud. Sob re
las id eas qu e el propio Freud su sten ta b a e n e s o s a ñ o s, c o n ta m o s co n el v a lio s o
estu d io de K enn eth L ev in , F re u d 's E a rly P s y c h o lo g y o f th e N e u ro se s: A H isto ri-
c a l P e r s p e c tiv e ( 1 9 7 8 ). N o h a y c o n se n so de lo s h isto riad o res a cerca de la c ie n c ia
de la m en te o de lo s m a n ic o m io s d e l s ig lo X IX . E sto s tem as han atraído r ec ien
tem en te m ucha aten ció n y su scita d o m u c h o s d eb a tes, d e lo qu e no ha sid o el
m en or resp o n sa b le e l r ev isio n ism o radical de M ich el F o uca ult (e n m i o p in ió n ,
aunque e stim u lan te, en térm inos g e n e ra le s fu n esto ): p ie n so en particular e n el
in flu y e n te lib ro de e ste autor titulad o M a d n e s s a n d C i v iliz a tio n : A H is to ry o f
¡ n s a n ily in th e A g e o f R e a s o n (1 9 6 1 ; trad. de R ichard H ow ard, 1 9 6 5 ) [trad.
ca st.; H is to ria d e la lo c u ra en la é p o c a c lá s ic a , M é x ic o , F .C .E ., 1 9 7 8 ). L a n ce lo t
Law W hyte, The U n co n scio u s b efo re F re u d (1 9 6 0 ; ed. en r ú stica , 1 962) e s una
in v e stig a c ió n breve pero ú til. M u ch o m á s a m p lio e s H enri F. E llen b erg er, T h e
D isc o v e ry o f U n c o n sc io u s: T h e H is to ry a n d E v o lu tio n o f D yn a m ic P sy c h ia try
(1 9 7 0 ) [irad . c ast.: E l d e sc u b rim ie n to d e l in co n scien te, M adrid, G red os, 1 9 7 6 ],
una v o lu m in o sa obra de n o v e c ien ta s pá g in a s fundadas en in v e stig a c io n e s, co n
largos c a p ítu lo s d ed ica d o s a la h isto ria in ic ia l de la p s ic o lo g ía , y a Jung, A d ler
y Freud. A un qu e e stá le jo s de ser e le g a n te , y e s ca p r ich o sa y no siem pre c o n fia
ble en su s ju ic io s precip itados (com o por e je m p lo el v ere d ic to de qu e Freud fue
el v ie n é s q u in ta e se n c ia l), é sta e s una r ica fu e n te de in fo r m a ció n . R o bert M.
Y oun g, M in d , B ra in and A d a p ta tio n in th e N in e te e n th C e n tu ry : C e re b ra l L o ca li-
z a tio n a n d ¡ ts B io lo g ic a l C o n te x t f r o m G a ll to F e r r ie r (1 9 7 0 ) e s un c lá s ic o
m od ern o m en or. H ay un a h e r m o sa a n to lo g ía , M a d h o u se s, M a d - D o c to r s . a n d
M a d m e n : T h e S o c ia l H is to r y o f P s y c h ia tr y in th e V ic to r ia n E ra , c o m p . de
A ndrew S c u ll (1 9 8 1 ); sin d e se o a lg u n o de sin g u la riz a r alg u n a co n trib u c ió n a
e xp e n sas de la otras, pod ría d ecir que y o ap ren d í m ás e n W illia m F. B yn um , h.,
“ R a tion ale s for T herapy in B r itish P sy c h ia try ”, 3 5 - 3 7 , y M ich a el J. C lark, “The
R ejection o f P sy c h o lo g ic a l A pp roa ches to M en ta l D iso rd er in Late N in eteen th -
C entury B ritish P sy ch ia try ”, 2 7 1 - 3 1 2 . Otra a n to lo g ía fa scin a n te, en la qu e es
visib le la in flu e n c ia de F o uca ult p ero qu e s e r esis te al se n sa c io n a lism o , e s T h e
A n a to m y o f M a d n e ss: E s s a y s in th e H is to r y o f P s y c h ia tr y , v o l. 1, P e o p le a n d
Ideas, y v o l. II, In s titu tio n s a n d S o c ie ty , c o m p . d e B y n u m , R oy P o n e r y M ich a
el Shepherd (1 9 8 5 ). R aym on d E. F ancher, P io n e e r s o f P s y c h o lo g y (1 9 7 0 ), lú c i
dam ente, pero con e co n o m ía , bosqu eja e l c a m p o d esd e R en é D esca rtes h asta B .F .
S k in ner. J.C . F lu g e l, A H u n d re d Y ea rs o f P s y c h o lo g y : ¡8 3 3 - 1 9 3 3 (1 9 3 3 ) cubre
[838] E nsayo biblio g rá fico
un cam p o m uy am plio, n e cesa ria m en te de la m anera m ás c o n c isa . V éa se tam bién
C laren ce J. Karier, S c ie n tis ts o f th e Aíin d : ln te lle c tu a l F o u n d e rs o f M o d e rn P s y
c h o lo g y (1 9 8 6 ), co n c a p ítu lo s pa rejo s so b re d iez p s ic o ló g o s m o d ern o s, d esd e
W illiam Jam es hasta O ito R ank, sin o lv id a r a Freud, A dler y Jung. G erald N .
G rob, c o m p . T he In n e r W o rld o f A m e r ic a n P s y c h ia tr y , 1 8 9 0 - 1 9 4 0 : S e le c te d
C orresp o n d en ce ( 1 9 8 5 ) e s una buena s e le c c ió n bien anotada. V éa n se tam bién
K e n n eth D ew h u r st, H u g lin g s J a c k s o n o n P s y c h ia tr y ( 1 9 8 2 ) , u n a e x c e le n te
m on ografía b r e v e, y E s s a y s in th e H is to r y o f P s y c h ia tr y (1 9 8 2 ) co m p . de E dw in
R. W alla c e IY y L u ciu s C . P ressle y (1 9 8 0 ), una útil r e c o p ila c ió n d e trabajos
sobre G eorge M . B ea rd (por E ric T. C a rlso n ) y o ír o s. S tev en R. H irsch y M ich a-
e l Sh ep herd , T h e m e s a n d V a r ia tio n s in E u ro p e a n P s y c h ia tr y : A n A n th o lo g y
(1 9 7 4 ) han exhum ad o, entre otro s m ateriales anteriores a la Prim era Guerra M un
d ia l, tex to s de E m il K r a e p e lin , Karl B o n h o e ffe r y o tr o s. B arry S ilv e r s t e in ,
"F reu d’s P sy c h o lo g y and Its O rg a n ic F oun dation s: S e x u a lity and M in d -B o d y
In teraction ism ”, P s y c h o a n a ly tic R e v ie w , L X X II (1 9 8 5 ), 2 0 3 -2 2 8 , su sten ta fru ctí
feram ente la tesis de que las co n se cu en cia s de la educación n e u ro ló g ica de Freud
no deben exagerarse, y d e que e l p s ic o a n á lisis, aunque no renuncia a la in tera c
c ión m en te-cuerp o , in siste en la in d ep en d en cia d e lo m ental. V éa se un fa scina nte
in tento m odern o de v in cu la r entre s í teo ría s p s ico a n a lític a s y n e u r o ló g ic a s, rea
lizad o por un analista: M orton F. R eiser , M in d , B ra in , B o d y : T o w a rd a C o n ve r-
g e n c e o f P s y c h o a n a ly s is a n d N e u r o b io lo g y (1 9 8 6 ). Y v é a se R .W . A n g e l, “ Jack
son , F reud and S h er r in g to n o n the R e la tio n o f B rain and M in d ”, A m e r ic a n
J o u r n a l o f P sy c h ia try ( 1 9 6 1 ) , 1 9 3 - 1 9 7 . A n n e D ig b y , M a d n e ss, K lo r a lity a n d
M e d ic in e : A S tu d y o f th e Y o rk R e tr e a t, 1 7 9 6 -1 9 1 4 (1 9 8 6 ) e s un e x c e le n te e stu
d io e sp e cializad o que debería servir de m o d e lo para otros. Igu alm ente ejem plares
so n lo s e scr ito s de Janet O p p en h eim , en e sp e c ia l ‘T h e D ia g n o sis and T reatm en t
o f N ervous Breakdow n: A D ilem m a for V ictorian and Edwardian P sychiatry”, en
The P o lit ic a l C u ltu re o f M o d e rn B rita in : S tu d ie s in M e m o ry o f S te p h e n K o ss ,
com p . d e J.M .W . B ea n ( 1 9 8 7 ), 7 5 -9 0 , y su m o n o g ra fía The O th e r W o rld : S p iri-
tu alism a n d P sy c h ic a l R e se a rc h in E n g la n d . 1 8 5 0 -1 9 1 4 (1 9 8 5 ).
K.R . E issle r, Sig m un d F reu d un d d ie W iener U n iv e rsita t. O b er d ie P seu d o -
W issen sch a ftlic h k e it d e r jü n g s te n W ie n e r F re u d -B io g ra p h ik (1 9 6 6 ) e s e l e stu d io
autorizado, que reem p la za a todos lo s o tro s, sobre e l len to p rogreso de Freud
hacia su cátedra; e n un a b r io sa p o lé m ic a co n d o s in v e stig a d o r e s a u str ía c o s,
Joseph y R en ée G ic k lh o m , dem uestra qu e la pro m o ció n de Freud al p rofesorado
fue e fectivam en te r eten ida por años.
El exam en m ás se v er o , extrem adam en te, neg a tiv o , de la tesis freud iana de
qu e el orden m en tal se r ev e la en lo s la p su s lin g u a e y en lo s ac to s sin to m á tic o s
r elacion ad os co n e llo s , e s S eb a stia n o T im p anaro, The F reu d ia n S le e p : P s y c h o a
n a ly sis a n d T ex tu a l C r itic is m (1 9 7 4 ; trad. de Kate Sop er), con e l qu e v a le la
pena trabarse en lu ch a , aunque no lo c o n sid er o co n v in ce n te.
Es probable que lo qu e Freud dijo sobre la sexualidad haya sid o explorado
in clu so m ás que lo que dijo sob re lo s su eñ o s. Sobre la se x u a lid a d y la s norm as
resp etables d el sig lo X IX , y sob re las realid ades de e sa m ism a é p o c a , qu e in clu
ye n a Freud co m o parte y c rític o , v é a n se Peter G ay, E d u ca tio n o f th e S e n s e s
( 1 9 8 4 ) y e l volu m e n qu e lo acom p aña, The T en d er P a ssio n ( 1 9 8 6 ), v o ls . I y II
de The B o u rg eo is E x p e rie n c e: V icto ria to Freud; en e llo s se de sc rib e a la b u rgu e
sía “v ictorian a” c om o m ucho m en os hipó crita o reprim ida de lo qu e pretend en
su s c rític o s. V éa se tam bién e l rev ela d o r y abarcativo e n sa y o d e S te p h en Kern,
“Freud and the D isc o v er y o f C hild S e x u a lity ”, H is to ry o f C h ild h o o d Q u a rte rly :
The Jo u rn a l o f P s y c h o h isto ry , I (verano d e 1 9 7 3 ), 1 1 7 -1 4 1 ; deb e le er se e n c o n
E nsayo b iblio g rá fico [839]
ju n ció n c o n K ern, "Freud and the Birth o f C h ild P sy c h ia u y " , J o u r n a l o f th e H is-
lo r y o f th e B e h a v io r a l S c ie n c e s, IX ( 1 9 7 3 ), 3 6 0 - 3 6 8 . Y v é a se S te rlin g F ish m an ,
“T he H istory o f C h ild h o o d S e x u a lity ”, J o u rn a l o f C o n te m p o ra ry H isto ry, X V II
( 1 9 8 2 ), 2 6 9 - 2 8 3 , ú til pero m en o s im portante qu e K ern. H ay un a in v estig a c ió n
so b ie la op in ión m éd ica contem po rá nea en K .C odelJ Cárter, “In fa n tile H ysteria
and In fan tile S e x u a lity in Late N in eteen th -C en tu ry G erm an-L an guage M ed ica l
Literaturc”, M e d ic a l H is to r y , X X V II ( 1 9 8 3 ), 1 8 6 - 1 9 6 . Las o p in io n e s de Freud
sobre el m atrim on io se exam in an e n John W . BoyeT, “ Freud, M arriage, and Late
V ie n n e se Liberalism : A C om m entary from 1 9 0 5 ”, J o u rn a l o f M o d e m H isto ry, L
(marzo de 1 9 7 8 ), 7 2 -1 0 2 , qu e in clu y e una im portante d eclaración d e Freud en su
origin al alem án .
C apitulo cuatro. R e tra to d e un p re c u rso r en o rd e n d e b a ta lla
P aia m í b osq u ejo de Freud a lo s cin c u e n ta a ñ o s, m e he inspirado en todas
las bio g ra fía s y m o n o g r a fía s, y en to d o s lo s lib ro s d e recuerd os qu e resultaran
ob viam en te p ertin en tes; tam b ién en su co rresp o n d en cia , p u b lica d a e in éd ita , y
en cartas im portantes d e A n n a Freud a Ernest Jo n es (de lo s P a p eles de Jones,
A rc h iv es o f the B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L o n d res), y en lo s recuerdos
in éd itos del analizan do de Freud y p sico a n a lista L u d w ig J ekels (que se encuentran
en P apeles de S ie g fr ie d B e rn feld , c o n ten ed o r 17 , L C ). Jo n es Schu r, S a ch s, y
sobre todo M artin Freud, so n particu larm ente in d isp e n sa b les. S ob re e l departa
m ento de los Freud, la s fo to g ra fía s de Edm und E n g elm a n en B e r g g a s s e 1 9 ; S ig
m und F r e u d 's H o m e a n d O ffic e s, V ien n a 1 9 3 8 ( 1 9 7 6 ) tien en p o d er ev o ca d o r.
Esas fo to s, tom adas e n m a y o de 1 9 3 8 , m uestran e l co n su lto r io d e Freud tal com o
quedó de sp u é s del reordenam iento debido a su sordera parcial de un oíd o. V éa se
tam bién m i in tr od u cc ió n para e sa c o le c c ió n , “Freud: For the M arble T a b let” , 13-
5 4 , y la ve rsió n r ev isa d a , “ S igm u nd Freud: A G erm án and H is D isco n ten ts" , en
F reud, J e w s an d O th e r G erm a n s: M a ste r a n d V ictim s in M o d é rn ist C u ltu re ( 1 9 7 8 ),
2 8 -9 2 . R ita R a n so h o ffs anotó al p ie la s fo to s de E n g elm a n c o n tex to s de m o d e
rada utilidad ; se ría id ea l tener un c a tá lo g o p r o fe sio n a l de las p e r ten en cia s de
Freud, en e sp e c ia l de sus a n tigü ed ades. V éa n se tam b ién lo s m ed itados com enta
rios de un antigu o a m igo ín tim o , M ax Graf, “R e m in isc e n c e s o f P ro fesso r S ig
mund Freud”, P s y c h o a n a ly tic Q u a rierly , X I ( 1 9 4 2 ), 4 6 5 -4 7 7 ; Ernst W a ld ing er,
“My U n ele Sigm u nd F reud”, B o o k s A b r o a d , X V (in v ier n o de 1 9 4 1 ), 3 -1 0 , y una
e n trevista de R ichard D y ck co n otro so b rin o , Harry Freud: “ M ein O n kel S ig
m und”, A ufbau (N u ev a Y ork ), 11 d e m ayo de 1 9 5 6 , 3 -4 . Bruno G o etz, “ Erinne-
rungen an Sigm u nd Freud", N eu e S c h w e in e r Ru ndschau , X X (m a y o de 1 9 5 2 ), 3-
11, es un artículo b rev e pero d e lic io s o y co n m o v ed o r. Extractos d e a lg u n o s de
e sto s recu erd os, y de m u ch o s otros, se encuentran c o m p ila d o s e n F reud a s We
K n ew H im , c o m p . d e H endrik M . R u iten b eek ( 1 9 7 3 ), una a n to lo g ía m uy am plia.
C on resp ec to al co n tex to del gusto m u sic a l de F reud (en e sp e cia l el g usto por la
ópera), he e le g id o m uestras de una v asta literatura; de sta co por fa scin a n te y per
su a siv o a Paul R o b in so n , O p era a n d Id e a s f r o m M o za rt to S tra u ss ( 1 9 8 5 ), lib ro
en el que se so stie n e qu e la m ú sic a pued e transm itir id ea s. Sobre Karl K raus, v éa
se esp ecialm en te Edward T im m s, K a rl K ra u s, A p o c a ly p tic S a tir is t: C u ltu re a n d
C a ta stro p h e in H a b sb u rg Vienna ( 1 9 8 6 ), una b io g ra fía erudita qu e corrige cuida
d osam ente las difu nd id as in terp retacion es erróneas de las r ela cio n es de Freud co n
el m ás c eleb rad o de lo s “tá ban os” litera rio s de V ie n a .
S ob re los prim ero s adh erentes de Freud, v é a n se Franz A lex a n d er, Sam u el
E is e n s te in y M artin G rotjah n, c o m p s.. P sy c h o a n a ly tic P io n e e r s (1 9 6 6 ), una
a n tología rica pero desp a reja qu e co n tien e m aterial in h a lla b le en otra parte. Los
[8 40 ] E nsayo bibliográfico
c om en tarios b io g rá fic o s de lo s cuatros v o lú m e n e s d e lo s P r o to k o lle d e la S o c ie
dad P sicoan alítica de V ien a concernientes al círcu lo freud iano, aunque dem asiado
b r e ves, so n sin duda in fo rm a tiv o s. Lou A n d re a s-S a lo m é, In d e r Sch u le b e i F reud .
T a g e b u c h ti ñ e s J a h r e s , 1 9 1 2 1 1 9 1 3 , com p . d e Ernst P feifer (1 9 5 8 ), e s un libro
v ig o r o s o y p e r ce p tiv o , un o de lo s v ie n e s e s m á s im p o rta n tes, O tto R ank, tuvo
m ás d e un b ióg ra fo adm irativo: c ita rem o s a J e sse T a ft, O tto R ank (1 9 5 8 ), y el
co m p leto e stu d io de E. Jam es L ieberm an, A c ts o f W ill: T h e L if e a n d W o rk o f
O tto R a n k (1 9 8 5 ), c o n e l qu e d ifier o por m i m o d o de pon er lo s a c en tos e n e ste
cap ítu lo y m ás adela n te. S ob re lo s prim eros d ía s d e l m o v im ien to en V ien a y
otras partes, la a u to b io g ra fía d e Jones, F re e A s s o c ia tio n s : M e m o rie s o f a P sy-
c h o - A n a ly s t (1 9 5 9 ), e s c o n c isa , tajante e in fo rm a tiv a .
L os “extranjeros” podrían ser objeto de un e stu d io m ayor que el que se le s
h a d e d ica d o hata ahora. N o hay nin g u n a b io g ra fía de P fister , pero su e scr ito
au tob iográfico “O skar P fister”, de D ie P á d a g o g ik d e r G eg e n w a rt in S e lb std a rste -
llu n g e n , co m p . d e E rich H ahn, 2 v o ls . ( 1 9 2 6 -1 9 2 7 ) , e s un b u en punto de parti
da. C asi toda la c o rresp ond en cia Freud-Pfister e stá en S igm u nd Freud C opyrights,
W iv e n h o e, y , e n co n ju n ció n co n lo s P a p eles d e P fister d e la Z en tra lb ib lio th e k ,
Z u rich , pod ría co n stitu ir la base de una b io g ra fía . M ien tras tanto, p u ed e verse el
ob itu ario de P fister por W illi H offer en In t. J . P s y c h o -A n a l., X X X IX (1 9 5 8 ),
6 1 5 - 6 1 6 , y tam b ién G ay, A G o d le ss J e w , cap. 3 . La bio g ra fía de Karl Abraham
por su hija H ild a A braham , K a rl A b ra h a m , A n U n ftn ish e d B io g ra p h y ( 1 9 7 4 ) es
un v a lie n te e in co m p leto prim er esfu er zo (su v e rsió n en alem á n , K a r l A b ra h a m .
S e in L eb e n f ü r d ie P s y c h o a n a ly se , trad. al alem án d e H a n s-H o rst H ensche, 197 6 ,
co n tie n e algu n a s cartas im portantes citad as en e l id io m a o rig ina l; es m ucho m ás
lo que resta por h acer. Ernest Jones, una figura fa scin a n te y a cerca de la cual hay
d o c u m e n ta ció n c o n sid er a b le, m erece a lg o m ejo r q u e V in c e n t B r o m e, E r n e s t
Jo n e s: F re u d 's A lte r E g o (ed . in g lesa , 1 9 8 2 ; e d . n o rtea m erica n a , 1 983); su s prin
c ip a le s m éritos c o rr esp o n d en a e n trev ista s c o n Jones y a abundantes c ita s de
te x to s d e a r ch iv o , p e r o le fa lta j u ic io c r ític o y e s s u p e r fic ia l. L o s a rtícu lo s
p u b lica d o s al celeb ra rse e l cen tenario del na c im ie n to de Jones, In t. J . P s y c h o -
A n a l., LX (1 9 7 9 ), so n (co m o po d ía esp era rse) a d m ira tiv o s, p ero entre e llo s hay
alg u n a s perlas: K atharine J o n e s, “A S k etc h o f E. J . ’s P e r so n a lity ” , W illia m
G ille s p ie “ E rnest Jones: T h e bon ny F ighter", 2 7 3 -2 7 9 ; Pearl K in g, “T h e C ontri-
bu tio n s o f E rnest J o n e s to the B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty ” , 2 8 0 -2 8 7 , y
A rc a n g e lo R .T . D ’A m o re, “ Ernest Jones: Founder o f the A m erican P sychoanaly
tic A s s o c ia tio n ”, 2 8 7 - 2 9 0 . B in sw a n g e r, E rinn eru ngen, y a m en cio n a d o por las
cartas de Freud que c ita sin ren uencia, in clu ye tam b ién las resp uesta s del propio
B in sw a n g e r. H ay m uy p o c o sob re la b e lla , e le g a n te y b rilla n te Joan R iviere.
p ero ten em os do s a fec tu o so s a bi tu arios de Jam es Stra ch ey y Paula H eim ann, en
In t. J. P s y c h o -A n a l., X L IV (1 9 6 3 ). 2 2 8 -2 3 0 , 2 3 0 - 2 3 3 . T a l v e z la lagu na m ás
severa sea una b io g ra fía co m p leta de Feren czi (o , para e l c a so , una h istoria del
in stitu to de B u d a p est). Las m ejores fuentes so n ahora e l a fec tu o so y bien in for
m ado M ich el B a lin t, “ Einleitun g des H erausgebers”, e n Sán dor F eren czi, S c h r if-
le n zu r P s y c h o a n a ly se , co m p . de B a lint, 2 v o ls . (1 9 7 0 ), I, IX -X X II, e Ilse Gru-
b r ic h - S im it is , “ S ix L e tte rs o f S ig m u n d F reud and S á n d o r F e r e n c z i o n the
In terrelation sh ip o f P sy c h o a n a ly tic Theory and T e ch n iq u e ”, I n t. R e v . P s y c h o -
A n a l., X III (1 9 8 6 ), 2 5 9 - 2 7 7 , b ien anotado y co m e n ta d o .
Hannah S . D eck er, F re u d in G erm a n y : R e v o lu tio n a n d R e a c tio n in S c ie n c e,
1 8 9 3 - 1 9 0 7 (1 9 7 7 ), e s una b io g ra fía m o d elo sobre la recep ció n in icia l de Freud
en A lem an ia; so m ete a r ev isió n las sim p lific a c io n e s e x c e siv a s de la s referen cia s
d e Freud y J on e s a e se fen ó m e n o , sin caer en la tram pa d e l r e v isio n ism o por el
r ev isio n ism o e n sí. V en dría n b ie n otras m o n o g r a fía s a n á lo g a s sob re la recep
c ió n in ic ia l que se le brindó a Freud en otras partes.
E nsayo b iblio g rá fico [841]
A cerca de Otto W e in in g er, sob re qu ien se ha reunido una literatura c o n sid era
ble, con sid er o particu larm ente in str u c tiv o e l fo lle to d e Hans K o h n, K a r l K ra u s.
A n h u r S c h n itz le r. O tto W e in in g e r. A u s d em jü d isc h e n W ien d e r ja h rh u n d e rtw en -
de (1 9 6 2 ); la s p á g in a s p e r tin en tes d e JoK nslon, The A u stria n M in d , e sp . 1 5 8 -
162; Paul B iro; D ie S i lllic h k e its m e ta p h y s ik O tto W e in in g e r. E in e g e is te s g e s -
ch ic h tlic h e S tu d ie (1 9 2 7 ), y Em il L u ck a, O tto W e in in g e r, se in W erk un d s e in e
P e r só rd ic h k e it (1 9 0 5 ; 2a. e d . 1 9 2 1 ).
U na n ota so b re E itin g o n . El 2 4 d e e n e ro d e 1 9 8 8 , la N e w Y o rk T im e s
B o o k R e v ie w p u b licó un artículo de Steph en Schw artz, id en tific a d o co m o “ m iem
bro d el Institu to de E stu d io s C o n tem p o rá n eo s d e San F ra n cisco ”, en e l que se le
form ulan a M ax E itin g o n im p u ta c io n es su m am en te graves. Schw artz v in cu la a
E itin gon co n una red in te rn a cio n a l d e a rtistas e in te le ctu a le s q u e, prin cip a lm en te
en la d é c ad a de 1 9 3 0 , e stu v ie ro n al se rv ic io de la p o lític a crim in a l de S talin en
tod o e l m un do occid en ta l — en F ran cia, España, E stad os U n id os, M éx ic o — . ayu
dando a orquestar o participan do directam en te e n e l se cu estro y asesina to d e las
personas a las que el dicta d o r s o v ié t ic o o su p o lic ía secreta querían elim inar. Ese
artículo m e resu ltó extrem a da m en te in oportu no. N un ca había o íd o ni le íd o nada
se m ejan te sob re E itin g o n , y lo s c a p ítu lo s d e m i b io g ra fía ya hab ían pa sa do la
etapa de las pruebas d e p ágina; s ó lo e ste e n sa y o b io g rá fic o , to d a v ía en c o m p o si
ción , m e daba la oportun idad de form ular un com entario. En e l curso de la redac
ció n d e e s te lib ro c re o h ab er a p r e n d id o m u c h o so b re E itin g o n , y c o n sid e r o
absurda la id ea de que podría haber form ado parte de la m áquina asesina de Stalin,
desp oján dose de su in depend en cia y de su hum anidad. Pero n o estaba d isp u esto a
tomar co n lig e re za las a c u sa c io n e s d e Schw a rtz, aunque su versió n de E itin g o n
no inspirara co n fia n z a . (S c h w a rtz , entre otros errores, d ice qu e E itin g o n , “desd e
1925 hasta 193 7 ”, fue “e l factótu m y e scu d o de Freud contra e l m undo. Abraham
había m uerto, F er en cz i y R ank se hab ían d ista n cia d o d el m aestro , y S a c h s y
Jones n o eran ad ecu a d o s para e l pa p el e n e l qu e E itin g o n se desem p eñ a ba tan
bien , atendiendo al e n fer m izo Freud co n c ontinu as m uestras de a fec to . Era para el
ancian o p r ácticam en te su se cr eta rio s o c ia l”. L os le cto re s d e e sta b io g ra fía ya
sab en qu e esto no tien e sen tid o : E itin g o n , en g e n e ra l, s ó lo v io a Freud unas
p ocas v e c e s por año durante e se p e r ío d o , sea en algu na v isita a V ie n a , o en las
aun m ás raras v isita s d e Freud a B e rlín . T al co m o lo r ev ela la C h ro n ik de Freud,
desp u és de em igrar a P a le stin a , a fin e s d e 1 9 3 3 , E itin g o n s ó lo s e a cercó a B crg -
g a sse 19 una v e z por a ño .)
Sin em bargo, por m al in form ado qu e estu v iera Schw artz, o e l ayudante de
in v estig a c ió n al qu e le m a n ifie sta su r ec o n o c im ien to , acerca d e la v id a d e l e s ta -
b lis h m e n t p sic o a n a lític o , e sta ig n o ra n cia en s í n o p o d ía ad u cirse co m o r efu ta
c ió n d efin itiv a d e su s argum en tos. Y aunque e n las cartas d e E itin gon a Freud no
s e trasluciera la m enor sim p a tía por lo s b o lc h e v iq u e s, e llo n o m e bastaba para
e x cu lp a r lo a u tom á tica m en te. Por su p u esto , d e h ab er sid o E itin g o n un a g en te
s o v ié t ic o , n o se lo hab ría r e v e la d o a su s ín tim o s — en e sp e c ia l, n o se lo habría
revelad o a Freud, c u y a a v e rsió n al b o lch ev iq u ism o , e in clu so al so c ia lism o , era
b ien c o n o c id a — . Pero d e ser cier ta s la s ac u sa c io n e s de Schw a rtz, m e c o rresp o n
día h acerles con o c er a m is le cto re s e s e h ech o terrible, por apartado qu e E itin g o n
e sté de las p r e ocu p a cio n es c en tr a les de e ste lib ro.
En c o n se c u e n c ia s , d e c id í in v estig a r e l tem a tan cu id a d o sa m en te c o m o el
tiem p o lo perm itiera. C o n su lté a W o lfg a n g L eonh ard , un o d e lo s m ás em in en tes
expertos d el m un do en el tem a de la iniqu id ad so v ié tica . N u n ca había sa b id o de
nada qu e salp icara a M ax E itin g o n , ni pudo encontrar nada sobre é l en su v a sta
b ib ioteca esp e cia liza d a . A d em á s, recorrí una pon derab le cantidad de lib ros sob re
la p o licía se cr eta de lo s S o v ie ts dentro y fuera de R usia, in clu so tex to s c lá sic o s
co m o R obert C on q u e s!. I n s id e S t a lin 's S e c r e t P ó lic e : N K V D P o lit ic s , 1 9 3 6 -
[842] E nsayo bibliográfico
1 9 3 9 ( 1 9 8 5 ) y a lgu nas m o n o g ra fías en in g lé s , fran cés y alem án . A un qu e reb o
sa n te s d e nom b res y a c tiv id a d es de lo s a g e n tes s o v ié t ic o s , n in g u n o de e sto s
lib ros m en cion a a M ax E itin g o n . Por otra parte, p resté una a ten ció n particu lar a
la s dos fuentes de Schw artz: John J. D zia k , C h e k is ly : A H is to r y o f th e K G B
(1 9 8 8 ), Y V italy R apop ori y Y uri A le x e e v , H ig h T re a so n : E ss a y s on th e H is
to r y o f th e R e d A rm , 1 9 1 8 - 1 9 3 8 , com p . de V ladim ir G. T rem í y B ruce A dam s, y
trad. d e A dam s (1 9 8 5 ). Según la prim era a cu sa ció n de Schw artz, E itin gon p a rtici
pó en un se cu estro de un ruso b la n c o , e l general Y ev g e n i K arlovich M ille r, en
París, e n 1937, co la bo ra nd o e n la aventura c o n la b ien c o n o c id a ca nta nte f o lc l ó
rica rusa N ad ezh d a P le v itsk a y a y su e s p o s o , N ik o la y S k o b lin , am bos m iem b ros
de una unidad esp e cia l de la po licía se cr eta so v ié tica . A dem ás, Schw artz su giere
oscuram ente otro crim en . "Hay pruebas — escr ib e — d e que e l Dr. M ax E itin g o n
co lab oró e n la preparación d e l ju ic io se cr eto d e 1937 en e l que lo s líd er es más
co n sp ic u o s d el E jército R o jo , entre e llo s e l p rin cip a l co m isa rio d e l e jé rc ito y
oc h o ge n e ra le s, cayeron bajo la m áquina d e e je cu ció n sta lin ista ” . D eb o señalar
qu e e se ju ic io secreto e n v o lv ió la sin ie str a co o p e ra c ió n de agentes de la N K Y D
co n fun cion ario s n a z is prom inentes c o m o R einhard H eydrich , qu e consp iraron
para diezm ar la c o n d u cció n d el Ejército R ojo. S i bien Schw artz no do cum enta esa
acu sación (se lim ita a decir que hay pruebas) n o pu ed e r esistir a la ten ta ció n de
decir; “ Y — lo cual n o es un b e llo orna m en to para todo e l asunto— n o resulta
grato im aginar a un asociado de Freud aliad o con un secu a z de H eydrich". D esd e
lu eg o , no resu lta grato. Pero, ¿es c ier to ?
P u esto qu e S ch w a rtz n o pr e sen ta prueba alg u na en a p o y o d e su se g u n d a
im pu tación , con cen tré m is in v e stig a c io n e s en la prim era. El resum e c o m o sig u e
los d escub rim iento s d el C h e k is ly de D ziak: “Mr. D ziak inform a qu e un o de lo s
agentes c la v es d el grupo qu e se cu estró al general M iller no fue otro que un e stre
ch o a soc iad o personal d e Sigm u nd Freud y una co lu m n a del m o v im ien to p s ico a
n a lític o , e l doctor M ax E itin g o n ... el herm ano de L eo nid E itin g o n ”. D eb o o b ser
var que Leonid fue una figura m isteriosa; por lo m en os una fuente lo lla m a Naum
Eitin gon; parece haber sid o un alto fu n cio n a rio de la N K V D y uno de lo s o rg a n i
zadores d el a sesin a to de T rotsky en 1 9 40 . “ En su lib ro — continú a S ch w a rtz—
Mr. D ziak lle g a a la c o n c lu sió n de que fue M ax E itin gon quien reclutó a S k o b lin
y P levitsk aya para in corporarlos a la unid ad e sp e cia l [de a se sin o s d e Stalin].*’
C erca del final d el artículo, Schw artz parece m en os categórico: “ Podría aducirse
qu e su participa ció n [la de M ax E itin g o n ], sob re todo, tuvo que haber sid o p e q u e
ñ a .,.’’ Pero esta retractación parcial no p u ed e reparar e l daño pro v o ca d o por las
ac u sac ion e s previas. Pero en realidad D ziak e s m ucho m ás prudente d e lo que
Schw artz pretend e. D ziak só lo m en cio n a a E itin g o n tres v e ce s, lo h a ce m ás o
m en os al pasar, y o bserva que “M ark [/m c/] esta b a a p a ren tem en te v in cu la d o co n
e l g e n e ra l S k o b lin y su e s p o s a P le v its k a y a ” (p á g . 1 00, la s b a s ta r d illa s so n
m ía s). Si bien la “c o n e x ió n fin a n ciera ” de P le v its k a y a c o n M ax E itin g o n "apa
ren te m e n te e n v o lv ió un sig n íc a tiv o a p o y o e c o n ó m ic o ”, D zia k no tien e e n a b s o
lu to la seguridad de qu e a sí haya sid o , p u es “n o está cla ro si el dinero p ro v in o de
la fa m ilia E itin g o n o de fu e n tes so v ié t ic a s " , (p á g . 10 1 , la s b a s ta r d illa s so n
m ías). Por cier to , “e l nom bre d e M ax E itin g o n su rg ió en e l ju ic io [de P le v its k a
ya] pero no el d e N aum . S in em b argo, una fu e n te so v ié tic a d is id e n te so stie n e que
fue Nüum qu ien org a nizó y co n d u jo e l se cu estro de M iller" (p á g . 10 2 , las bastar
dilla s son m ía s). Y en una nota fin a l, D zia k , m a n ifesta n d o una reserv a real en
v ista de la in su fic ien cia del m aterial fia b le, o b serv a resign adam ente que “hay una
c o n fu sió n consid era ble acerca d e las a ctiv id a d es de lo s do s herm anos E itin g o n ”
(pág. 1 99). E sto no lim p ia e l n om b re de M ax E itin g o n , pero su scita dudas e se n
c ia le s c o n resp ec to a su presun to c o m p ro m iso .
El u so que hace Schw artz de su otra fu en te prin cip al no e s m en os d escarria
E nsayo bibliográfico [84 3 ]
d o. P arafrasea c o m o sig u e las c o n c lu sio n e s d e R apoport y A le x e e v : seg ú n é l,
e llo s "declaran lla n a m en te ... qu e e l do cto r E itin g o n ... era e l ag ente d e co ntro l de
S k ob lin y P leviisk a y a " . En rea lid a d, no d ice n nada d e e so . “ El su perior d e P le-
v iisk a y a en la N K V D era el leg en d a rio N aum E u in g o n [jicJ . S u c o n ta cto v iajero
— e sc r ib e n — era e l h erm a n o d e E itin g o n , M arc [ j i c ] ” . S eñ a la n adem ás que
“ du ran te m u c h o s a ñ o s , é l [M a x E itin g o n ] fu e e l p a tr o cin a d o r g e n e r o so de
N adeshd a P levitsk a y a , qu ien dijo en e l ju ic io que ‘é l m e v e stía de p ies a ca b e za '.
El fin a n c ió la p u b lic a c ió n d e su s d o s lib r o s a u t o b io g r á f ic o s ” . E sto s h e c h o s
m agros lo lle v a n a e sp ecu la r: "Es im probab le q u e lo h icie ra só lo por am or a la
m ú sic a rusa. Es m ás p robab le qu e haya actuado co m o m en sa jero y agente finan-
ciador para su herm ano N aum ” (pág. 3 9 1 ). Sea lo qu e fuere lo que pod am os decir
partien do de estas co n jetu ra s, su en a m ucho m en os c o n c lu y e n te qu e las in sin u a
c io n e s c onfiadas de Schw artz.
En últim a in sta n cia , c a si to d a s la s a c u sa c io n e s contra M ax E itin g o n tien en
su o r ig en en un lib ro de B . P ria n ish n ik o v , N e zrim ia ia p a u lin a ( “ Las trama in v i
s ib le ” ), pu b lica d o en ruso por e l autor, en E sta d os U n id o s, e n 1 9 7 9 . P ria nish ni
k o v rep rod uce e x tra cto s su sta n cia les del testim o n io de lo s a c u sa d o s en e l j u ic io
a P le v itsk a y a , e n P arís, d e sp u é s d el se cu estro d e l general M ille r. E sta, por r azo
nes o b v ia s, e s una fu e n te objetab le: resu lta su m am en te d ifíc il son dear lo qu e a
una p erson a so m etid a a j u ic io le pa rece v e n ta jo so a testigu ar. D ic h o lo c u a l, todo
lo qu e su rge del testim o n io e s un co njun to de a firm a cion es de a sp ec to in o cu o :
P le v istsk a y a c o n o c ía b ien a M ax E itin g o n ; é l le h a b ía h ech o r eg a lo s a m enudo;
era m u y g e n e ro so c o n su d in e ro ( a lg o q u e lo s le c to r e s de e sta b io g ra fía ya
sab en ); e lla nu nca le “v e n d ió ” su s fa v o re s se x u a le s a nad ie, ni por din ero ni por
r eg a lo s (y por c ier to no a M ax E itin g o n ); é l era de h e c h o un hom b re lim p io ,
d e cen te, qu e n o bu scaba aventuras g a la n tes. En e fe c to , tan lim p ia era su reputa
ción qu e cuando un interrogador fran cés alu dió a M ax E itin g o n , un testig o ruso
lo c orrigió dicien d o que la perso na de la qu e se trataba era e l herm ano de M ax.
Por su p u esto, nada d e esto garantiza la in o c e n c ia de M ax. El h ech o de que
tuviera un herm ano qu e, se g ú n su rge de pruebas m ejor fundadas, era un fun cion a
rio im portante de la p o lic ía se cr eta so v ié t ic a , d ic e m uy p o c o (s i e s qu e d ice
alg o ) acerca de su p o s ib le pa p el en e sto s d esp re cia b le s a su ntos. D e la c o rresp o n
den c ia d e Freud con E itin g o n y c o n A rn old Z w e ig (qu ien s e h izo m uy a m ig o de
E itin gon durante e l e x ilio qu e com p artían en P a lestin a ) su rge qu e E itin g o n pasa
ba la m ayor parte d el tiem p o en Jeru sa lén , a ten d ien d o su c o n su lto r io a n a lítico y
oc u p á n d o s e en la o r g a n iz a c ió n d e un in stitu to p s ic o a n a lít ic o lo c a l. T a m b ién
sa b em o s, por la C h ro n ik de Freud, que E itingon se encontraba en Europa durante
e l verano d e 1937. N ada de todo e sto rep resen ta m ucho. Sin duda nó basta para
e x ig ir una reeva lu a c ió n d e l ca rácter de E itin g o n . Por su p u esto , y ca si por d e fin i
c ió n , de sc u b rir las a c tiv id a d e s im p líc ita s en un o p e r a tiv o c la n d e stin o e s una
em p resa form id able. Pero e l c a si un iform e s ile n c io a cerca de M ax E itin g o n en
lo s te x to s no ca re ce de s ig n ific a d o . A v e c e s , c uand o lo s p erros no ladran en la
n o c h e , e llo só lo sig n if ic a qu e e stá n du rm iend o tra n q u ila m en te. D e sd e lu eg o ,
pod ría ser que S c h w a rtz, e n un lib ro p róx im o , o b ien a lg u n o s de lo s in v e stig a d o
res a lo s que é l alude, r ev e len m ateriales to d a v ía in éd ito s qu e dem uestren la c u l
p ab ilidad d e E itin g o n . Pero hasta que las pruebas que ex ista n sean p u blicad as y
an alizad as, m i c o n c lu sió n e s qu e tos h a lla zg o s de S ch w a rtz n o están su sta n cia
d o s.
[ 8 44 ] E nsayo biblio g rá fico
Capitulo cinco . P o lític a p sic o a n a lític a
N o e x iste ningu na biografía de Jung com p arab le a la vida de Freud escrita
por Jo nes. La r azón principa] r esid e en la d ificu lta d d el a cce so a do cum ento s
im portantes. La auto b io g ra fía de Jung. im a g in a tiv a , m uy in tro sp e c tiv a , M e m o -
rie s, D rea m s, R e fle c tio n s (1 9 6 2 ; trad. de R ichard y Clara W in sio n , 1 9 6 2 ) [trad.
c a st.: R e cu er d o s, su eñ o s, p e n sa m ie n to s, B a r ce lo n a , S e ix B a n a l, 1 9 6 6 ], e stá bien
titulad a, por e l é n fa sis en lo s su eñ o s. C o m o m uchas au to b io g ra fía s, e s m ás r e v e
ladora de lo qu e pretend ió e l autor. N o m en o s reveladora es la c o m p ila c ió n su s
tancial de d e c la ra cio n es de Jung, C .G . Jung S p e a k in g ; In te r v ie w s a n d En cou n-
te rs, com p. d e W illia m M cG uire y R .F .C . H ull ( 1 9 7 7 ), que am plifica , m o d ifica y
en o c a sio n e s c o n tra d ice a su au to b io g ra fía . M ien tras tanto se cuenta co n algunas
bio g ra fía s in form a tiv a s, escrita s p r in cip a lm en te por personas qu e lo c o n o c ier o n
y lo adm iraron enorm em ente. L ilia n e F rey-R oh n, Fro m F reud to Jun g: A Com -
p a r a ti v e S tu d y o f th e P sy c h o lo g y o f th e U n c o n sc io u s (1 9 6 9 ; trad. d e Fred E. y
E ve ly n K. E n green , 1 9 7 4 ) e s típica. Entre otras b iog ra fía s m en cio n a rem o s E .A .
B e n n et, C .G . Jun g ( 1 9 6 1 ), una obra c o n c isa , y la escrita por una a m ig a ín tim a,
Barbara Hannah, Jun g, H is L ife a n d W o rk , A b io g r a p h ic a l M e m o ir (1 9 7 6 ) que
su braya (y c o m p a rte) el m istic ism o d e l su iz o . E llen b erg er, D is c o v e r y o f th e
U n c o n sc io u s, c a p . 9 , es m uy c o m p le to . R obert S . S te e le , F reu d an d Jung: Con-
f l i c t s o f ¡n te r p r e ta tio n (1 9 8 2 ) m erece ser le íd o . A ld o C arotenuto, A S e c r e t Sym -
m e try : S a b in a S p ie lr e in b etw een Jung a n d F reud (1 9 8 0 ; trad. de A rno P om erans,
John S h ep le y y K rishna W in sto n , 1 9 8 2 ; 2 a . ed. co n m aterial a d icio n a l, 1 9 8 4 ),
u tilizan do docu m en ta ció n abundante, arroja sob re Jung una lu z lív id a y desagra
dab le al narraT la h isto ria de su brillante p a c ie n te (y am ante), un relato del que
tam poco Freud sa le m uy bien parado.
E xiste n e d ic io n e s abarcativas d e la obra de Jung tanto en alem á n c om o en
in g lés. Sob re lo s a ños de la a so c ia ció n de Jung c o n Freud, v é a n se esp e cia lm e n te
la c o m p ila c ió n de tex to s de Jung, F re u d a n d p sy c h o a n a ly sis (1 9 6 1 ; ed. c o rreg i
da, 1 9 7 0 ), v o l. 1 de la s C o lle c te d W o rk s, y Jun g, T he P sy c h o a n a ly tic Y ears,
com p . de W illia m M cG u ire ( 1 9 7 4 ), tex to s e x tra íd o s de lo s v o ls, II, IV y X V II.
Ya he señalado la adm irable e d ició n preparada por M cG uire de la im portantísim a
corresp ond en cia Freud-Jung. Entre la cre cie n te literatura m o nográfica, considero
particu larm ente m ed u lo so e l "en fo q u e c o n te x tu a r ’ de Peter H om ans, J u n g in
C o n te x t: M o d e r n ity a n d th e M a k in g o f a P s y c h o lo g y ( 1 9 7 0 ). E rnest G lo v er,
F reud or Jung? (1 9 5 6 ) es una p o lém ica de parcialidad freudiana — aunque a mi ju i
cio d e fen d ib le — , Por otro lad o, P aul E. Step a n sk y , “T he E m piricist as R ebel:
Jung, Freud and the Burdens o f D isc ip le sh ip ” . J o u r n a l o f th e H is to r y o f th e
B e h a v io ra l S c ie n c e s, X II ( 1 9 7 6 ), 2 1 6 - 2 3 9 , en m i o p in ió n se in c lin a e x c e s iv a
m en te a favor de Jung, aunque e s c u id a d o so e in te lig e n te. K.R . E isler , “ E ine
a n gleb ich e D islo y a litá t Freuds einem F reunde g e g en ü b er”, Ja h rb u ch d e r P sy ch o -
a n a ly s e , X IX ( 1 9 8 6 ), 7 1 -8 8 . presenta una d e fen sa razonada de la co ndu cta de
Freud con resp ec to a Jung en 1 912. A nd rew S a m u els, J un g a n d th e P o st-J u n -
g ia n s (1 9 8 4 ) sig u e el destino de las id ea s de Jung m ás allá de la m uerte del su i
zo, d esd e una p ersp ectiv a junguiana. Entre la s m uchas reseñas de la corresp on
d e n c ia F reu d -J u n g , d e sta co c o m o su m a m en te in str u c tiv a Hans W . L e o w a ld ,
“T ransference and C ounter-Transference: T he R o o ts o f P sy c h o a n a ly sis”, P s y c h o
a n a lytic Q u a rterly , X LV I ( 1 9 7 7 ), 5 1 4 -5 2 7 , qu e se pu ed e leer en L oew ald, P a p e r s
o n P s y c h o a n a ly s is (1 9 8 0 ), 4 0 5 -4 1 8 ; Leonard S h en g o ld , “T h e Freud/Jung Letters:
The C orrespondence betw een Sigm u nd Freud and C .G . Jung", J . A m er. P sy c h o a -
n a l. A s s n ., X X IV ( 1 9 7 6 ), 6 6 9 - 6 8 3 , y D .W . W in n ic o t, e n In t. J . P s y c h o -A n a l.,
X LV ( 1 9 6 4 ), 4 5 0 - 4 5 5 . Sobre la debatid a cu e stió n de la ruptura entre Freud y
E n s a y o biblio g rá fico [8 4 5 ]
Jung, v é a se Herbert Lehm an, “ Jung contra F reu d /N iestzch e contra W agner1’, I n t .
R e v. P sy c h o -A n a l., X III ( 1 9 8 6 ), 2 0 1 - 2 0 9 , qu e in tenta sondear e l esta d o m ental
de Jung. V éa se tam bién el in te lig e n te e n sa y o de Hannah S . D ecker, “A T a n g led
Sk ein: T he Jung-Freud R ela tio n sh ip ”, en E s s a y in th e H is to r y o f P s y c h ia tr y ,
c om p . de W a lla c e y P r e ssle y , 1 0 3 -1 1 1 .
El e stu d io adicion al de la v isita de Freud a Estados U nidos pu ed e resultar
m uy p r o v e c h o so . W illia m A . K o e lsc h , “ln cre d ib le D ay D rea m " : Freud and Jung
a t C la rk , The F ifth Paul S . C la ik so n L ectu re ( 1 9 8 4 ), e s breve y de d iv u lg a c ió n ,
pero tam bién un tex to auto riza d o , qu e se basa en el co n o c im ien to co m p leto del
m aterial d e arch ivo. N ath an G . H a le, h., F re u d a n d th e A m eric a n s: T he B egin -
n in g s o f P s y c h o a n a ly s is in th e U n ite d S t a te s , 1 8 7 6 - 1 9 7 1 (1 9 7 1 ), un estu d io
fin o y d e tallad o que ub ica la v isita en su c o n tex to (so b re Freud en C lark, v é a se
e sp e c ia lm e n te la parte I.) En e l m ism o se n tid o , v é a se D o ro thy R o ss, C . S ta n le y
H a ll: T he P s y c h o lo g is t a s P r o p h e t ( 1 9 7 2 ), una b io g ra fía m u y co m p leta y res
p o n sa b le .
El p r o lífic o Stekel hace sonar su cam p ana acerca de su ruptura co n Freud (o
de Freud con é l) en el lib ro de p u b lica c ió n pó stu m a titulado T he A u to b io g r a p h y
o f W ilh e lm S te k e l: T he L ife S to r y o f a P io n n e r P s y c h o a n a ly s t, co m p . de Em il
A . G u th eil ( 1 9 5 0 ). La auto b io g ra fía in éd ita de Fritz W ittels, "W restling w ith the
Man: The Story o f a F reud ian” (o rig in a l m ecan o g ra fia d o , Fritz W ittels C o ile c-
tion . C aja 2 , A .A . B r ill L ibrary. N ew Y ork P sy c h o a n a ly tic In stitu te), e s m ucho
m ás b e n é v o la con Ste k e l de lo qu e se p e rm itía se rlo e l propio Freud. S ob re la
p r olon gada con sid era ció n del tem a de la m asturbación en la S o cieda d P sic o a n a lí
tica de V ie n a, exa m en é ste e n e l qu e p a rticip ó S tek el, v é a se esp e cia lm e n te A nn ie
R eich , “T he D isc u ssio n o f 1 9 1 2 on M astu rb alion and Our P resen t-D a y V ie w s ”,
T he P s y c h o a n a ly tic S tu d y o f th e C h ild , VI (1 9 5 1 ). 8 9 -9 4 . La m ejor v id a d e A dler
es la b iografía autorizada de P h y llis B o u o m e , A lfre d A d le r: A p o stle o f F re e d o m
(1 9 3 9 ; 3 a . e d ., 19 5 7 ); se trata de una obra a n e c d ó tica , no m uy m in u cio sa , y (lo
c ual no sorpren de) presen ta a su p ro ta g o n ista co n la lu z m ás fav o ra b le. Paul E.
S te p a n sk y , In F re u d 's S h a d o w : A d le r in C o n te x t (1 9 8 3 ) es m ucho m ás refinado;
analiza detalladam ente la r ela ció n Freud -A d ler, in clu so la ruptura d e c isiv a , peTO
(o b sé rv e n se lo s a d jetiv o s de S te p a n sk y ) s e in c lin a a otorgar a A dler e l b e n e fic io
de la m ayoría de las du das de la co n tro v e rsia . E llen berger, D is c o v e r y o f th e
U n c o n sc io u s, tien e un c a p ítu lo su sta n cia l ( e l c a p . 8 ) qu e u tiliz a , entre otros
m ateriales in éd ito s, un m anu scrito de un asid u o in v estig a d o r sobre A dler: Hans
B eck h-W id m an stetter, "K inheit und Jugend A lfred A dlers b is zum K ontakt m it
Sigm u nd Freud” . L os escrito s de A dler se pu ed en leer en ed ic io n e s en rústica en
in g lé s y alem án; v é a n se d e ta lle s b io g r á fic o s in fo r m a tiv o s en el e n sa y o in trodu c
torio de H ein z L. A nsb ach er sobre la in flu e n c ia c recien te de A dler, y e l estu dio
b iog rá fic o de Cari Furtm tíller, am bos en A lfre d A dler. S u p e r io r ity a n d S o c ia l
¡ n te r e s t: A C o lle c tio n o f L a te r W ritin g s , c o m p . de H einz L. y R ow en a R, A n sb a
cher (1 9 6 4 ; 3a. ed., 1 9 7 9 ). El rela to d e l p ro p io Freud, “ On the H isto ry o f the
P sy c h o -A n a ly tic M o v em en t” [“ C o n trib u ció n a la h isto ria d el m o v im ien to p s ic o
a n a lític o ”] ( 1 9 1 4 ), SE X IV , 1 -6 6 , e s v e h e m e n te y parcial, y deb e le er se co m o un
alegato p o lé m ic o , pero sig u e sien d o su m a m en te ilu m inad or. La a u tob iografía de
J o n e s. F re e A ss o c ia tio n s, tien e ta m b ién p á g in a s r ev ela d o ra s sob re e so s a ñ o s y
com b ates. El abarcativo estu d io de W alter Kaufm ann, D isc o v e rin g th e M in d , v o l.
III, F reud v ersu s A d ler and Jung (1 9 8 0 ) ub ica las grandes disputas de Freud en un
c o n te x to m ás am p lio .
[846] E nsayo biblio g rá fico
C apitulo seis . T era p ia y té cn ica
Se com p ren d e qu e to d o lo escr ito sob re lo s h isto r ia le s c lín ic o s pu b lica d o s
de Freud se a c a si in m an ejable. T am bién es co m p ren sib le qu e e l c a so “ D ora”, con
su s ir r e s is tib le s im p lic a n c ia s para la s fe m in ista s y lo s in térp retes lite r a r io s,
haya generad o la b ib lio g ra fía m ás e x te n sa y apasionada; e n c o n se cu en cia , lo que
sig u e e s s ó lo un s e le c c ió n rep resen ta tiv a . Entre lo s a r tícu lo s de p s ico a n a lista s,
vé an se e sp e cia lm e n te Jules G lenn, “ N ote s on P sy c h o a n a ly tic C o n cep ts and S ty le
in F reud 's C a se H isto ries” y “ F reud’s A d o le sc en t palien ts: Katharina, Dora and
the ‘H om osexu al W o m a n” ’, am bos en Freud a n d H is P atieras, co m p . de Mark
Kanzer y G len n (1 9 8 0 ), 3 -1 9 ; 2 3 -4 7 ; e l m ism o v o lu m e n c o n tien e tam b ién traba
jo s m eritorios d e M elv in A Scharfm an, “Further R etle ctio n s o n D ora”, 4 8 -5 7 ;
R obert J. L an gs, “T h e M isa llia n c e D im en sió n in the C a se o f D ora” , 5 8 -7 1 ; K an
zer, “ D ora’s Im agery: T h e F ligh t o f a B urning H o u se”, 7 2 -8 2 , e Isid or B ern stein ,
“Integrative Sum m ary: On the R e -v ie w in g s o f the D ora C ase”, 8 3 -9 1 . V éa n se
tam b ién e l n ú m ero e s p e c ia l d e la R evu e F ra n g a ise d e P sy c h a n a ly se , XX XV II
(1 9 7 3 ), c o n por lo m en o s sie te a rtículo s d e d ica d o s a e ste caso; A lan y Janis
Krohn, “T h e N atu re o f the (Edipus C o m p lex in the D ora C a se ”, J. A m e r. P sy -
c h o a n a l. A s s n ., X X X (1 9 8 2 ), 5 5 5 -5 7 8 y H ym an M u slim y M erton G ilí, "Trans-
feren ce in the D ora C a se ”, J. A m er. P s y c h o a n a l. A s s n ., X X V I (1 9 7 8 ), 3 1 1 - 3 2 8 .
U n trabajo m ed u lo so sob re e l m ism o c a so , c o n sid era d o d esd e una p ersp ectiv a
h istórica, e s e l r ea liza d o por Hannah S. D ecker en “ Freud and Dora: C onstraints
on M ed ica l P ro g r ess”, J o u rn a l o f S o c ia l H is to r y , X IV (1 9 8 1 ), 4 4 5 - 4 6 5 , y e n su
in g e n io s o “T h e C h o is e o f a Ñ am e: ‘ D o r a ’ and F re u d ’s R e la tio n sh ip s w ith
Breuer”, 7. A m er. P sy c h o a n a l. A ssn ., X X X (1 9 8 2 ), 1 1 3 -1 3 6 . F élix D eu tsch r e a li
z ó un a in v e stig a c ió n de se g u im ie n to , bien c o n o c id a , d eb o suponer que notoria, e
in necesariam ente sórdida; e n e lla d escrib e a una D ora d e m ediana edad d el m odo
m ás in sen sib le: “ A F o o tn o te to F reu d ’s ‘F ragm ent o f an A n a ly s is o f a C a se o f
H yste ria ’” , P s y c h o a n a ly tic Q u a rte rly , X X V I ( 1 9 5 7 ) , 1 5 9 - 1 6 7 , c o n s t it u y e un
e jem p lo de a n á lisis u tiliza d o c om o a g resió n . A rn old A . R o g o w , “ A Further F oot
note to F reud’s ‘ F ragm ent o f an A n a ly sis o f a C a se o f H y ste ria ’” , J . A m e r. P s y
c h o a n a l. A s s n ., X X V I (1 9 7 8 ), 3 3 1 -3 5 6 , una c o n tin u a ció n m ás m oderada d el tra
bajo d e D eu stch , apunta al c o n tex to fam iliar d e la v id a de Dora, V éan se tam bién
lo s c om en tarios brilla ntes (aunque a m i ju ic io un tanto ásp ero s) de Janet M al-
co lm en P s y c h o a n a ly s is : T he I m p o ss ib le P ro fe ssio n (1 9 8 1 ); la autora so stie n e
(págs. 1 6 7 -1 6 8 ) que el seud ónim o “ Dora" es un e co d el nom bre de la criatura
m ítica (Pandora) que con su “caja" trajo e l m al al m undo.
In D o r a ’s C a se : F reud-H ysteria-F em in ism , co m p . de C harles B ern heim er y
C laire K ahane (1 9 8 5 ), e s una p ro v o ca tiv a a n to lo g ía d e e n sa y o s d e b id o s sobre
lod o a la plum a de c rític o s literarios; e sto s a rtículo s tien en m éritos m uy varia
b les y m o tiv o s m uy d iv er so s im pu lsan a lo s auto res. El lib ro in clu y e d o s e x te n
sas in trod u ccion es de lo s co m p ila d o res y co n sid er a b les e x tra cto s d e S le v e n Mar-
cu s, “ Freud and Dora: Story, H istory, C a se H isto ry ” (o rig in a lm en te p u blicad o en
P a rtisa n R e view [in v ier n o d e 1 9 7 4 ], 1 2 -1 0 8 , y reim p reso en su s R e p re sen ta -
tio n s [1 9 7 5 ], ( 2 4 7 -3 0 9 ). N in g u n o de e sto s tex to s ca re ce de in terés. M arcus, que
in siste e n le e r lo s h isto r ia le s co m o un gén ero litera rio , e s p a rcia lm en te r esp o n
sab le d e la pesada carga d e interpretaciones a m enudo arbitrarias qu e “D ora” tien e
ahora que so b rellev a r. U na le c c ió n práctica in clu id a en e sta a n to lo g ía e s T o ril
M o i, “ R ep re sen ta tio n o f Patriarch y: S e x u a lity a nd E p iste m o lo g y in F re u d ’s
Dora", 1 8 1 -1 9 9 . S eg ú n e l autor, Freud, quien dijo qu e había sacado a lu z “ las
in va lo ra b le s ( p ric e le ss) aunque m utiladas reliquias de la antigüedad” (SE V II, 12),
daba a su s a d jetiv o s e l sig n ifica d o sig u ie n te: “ ‘M u tila d o ’ e s el m odo habitual [de
Freud] de describ ir e l e fe cto de la castración, y 'p r ic e le s s '... sig n ific a e x a cta m en
E nsayo biblio g rá fico [847]
te lo qu e dice: p r ic e -Ie ss, s in p r e cio , sin v a lo r . P ues, ¿ cóm o p u ed e haber v a lo r
cuando la p iez a v a lio s a ha sid o c ortada?” (p ág . 1 9 7 ). E sto e s absurdo en in g lés,
pu esto que p r ic e l e s s sig n if ic a in v a lo ra b le o in a p r ec ia b le. M o i se a tuvo a la tra
d u cción de la S ta n d a rd E d itio n , sin pretender (¿o p od er?) realizar una confron ta
c ión c o n e l o r ig in a l a lem á n , para dar su ste n to a su in terp reta ció n . En e s e o r ig i
n a l. F reud u t iliz ó la p a la b r a u n sc h a tzb a r e n , y q u e d e n in g ú n m o d o pu ed e
e n ten d erse c o m o “ s in v a lo r ”. S ig n if ic a “ in estim a b le ” o , si se p r efiere, “m ás allá
de todo precio" , el m a y o r e lo g io qu e s e p u ed e expresar c o n un adjetivo alem án.
El peq u eñ o Hans ha r ecib id o m u ch o m en o s a ten ció n . J o seph W illia m S la p,
“L ittle H a n s’s T o n sille c to m y ”, P sy c h o a n a ly tic Q u a rterly , X X X (1 9 6 1 ), 2 5 9 - 2 6 1 ,
presen ta una in teresan te h ip ó tesis que añade co m p lejid a d a la interpretación freu-
diana de la fob ia de H an s, M artin A . S ilv erm a n o fre ce "A Fresh L o o k at the C ase
o f L ittle H an s”, en F re u d a n d H is P a tie n ts, c o m p . d e K anzer y G lenn , 9 5 -1 2 0 ,
con una co m p leta b ib lio g ra fía so b re la s e x p e r ie n c ia s in fa n tiles . V éa se tam b ién,
en el m ism o vo lu m e n , e l in teresa n te artículo de G lenn , “ F reud's A d v ic e to H an s1
Father: T h e First SupeT visory S e ssio n s" , 1 2 1 -1 3 4 .
La exp lo r a ció n m ás siste m á tic a d e l h isto r ia l freud iano d e l H om bre de las
Ratas, de su fam ilia y su n e u r o sis, y de la s d ife re n c ia s entre las n otas o rig in a les
de Freud y e l h isto r ia l p u b lica d o , es P atrick J. M ahony, F reu d a n d th e R a t M an
( 1 9 8 6 ). E lza R ibeiro H aw elka h a r ea liza d o una tra n scrip ció n m in u cio sa de todo
e l texto alem án de la s n o ta s de F reud ( la m uy e m p lea d a v e rsió n en in g lés d e la
SE X , 2 5 3 - 3 1 8 , no e s c o m p leta n i to ta lm e n te c o n fia b le ), agreg a n d o una traduc
c ió n fran cesa, notas y c o m en ta rio s: F reud , L ' llo m m e aux ra ts. J o u rn a l d 'u n e
a n a ly se ( 1 9 7 4 ). El m a n u scrito o ló g r a fo de e sa s n o ta s, c o n co m en ta rio s qu e p are
c en e scr ito s c o n la letra d e Freud de años m ás tarde, se encuentra en e l B ib lio te
c a del C o n g r eso , en tre o tro s m a te ria les to d a v ía n o c la s if ic a d o s . L os e s c a so s
su brayados y aco ta c io n e s m argin ales su g ier en que p robab lem ente Freud tuvo la
in te n c ió n de vo lv e r so b re e l c a so , p ero n o ha apa recid o n ing ú n otro m anu scrito
corresp o nd ien te a e ste a n a liza n d o . E liza b eth R. Z e tz e l o fre ce algu nas in teresan
tes co n jetu r a s p s ic o a n a lít ic a s “d e s e g u n d a g e n e r a c ió n ” e n "1 9 6 5 : A d d ito n a l
N ote s up on a C ase o f O b sess io n a l N eu ro sis: F reud 1 9 0 9 ”, In t. J . P s y c h o -A n a l.,
XLVI1 ( 1 9 6 6 ), 1 2 3 -1 2 9 , qu e hay qu e le er en co n ju n ció n c o n e l artículo que lo
sig u e en e s e núm ero d e l Journal-, P aul G. M y er so n , “ C om m ent on D r. Z e t z e l’s
Paper", 1 3 0 -1 4 2 . V é a se ta m b ién , e n In t. J . P s y c h o -A n a l., S a m u el D. L ipton,
“T h e A d van tages o f F reud’s T e ch n iq u e A s S h o w n in H is A n a ly s is o f the Rat
Man", LV III (1 9 7 7 ), 2 5 5 - 2 7 3 , y su c o n tin u a ció n , “ A n A ddendum to ‘The A dvan
ta g es o f F reu d ’ s T e cn iq u e A s S h o w n in H is A n a ly s is o f the R at M a n '” , LX
( 1 9 7 9 ), 2 1 5 - 2 1 6 , a s í c o m o B é la G ru n b erg er, “ S o m e R e f le c t io n s o n the Rat
M an” , LX ( 1 9 7 9 ), 1 6 0 - 1 6 8 . C o m o a n te s, lo s tex to s in c lu id o s en F reud and H is
P a tie n ts, com p . de K anzer y G le n n , so n de in terés, e n e ste c a so e sp e cia lm e n te
Judith K esten berg . “ E g o O r g a n iza tio n in O b se ss iv e -C o m p u lsiv e D ev e lo p m e n t:
T he Stu dy o f the R at M an, B a se d o n In terp retation o f M o v em en t P attcrn s”, 1 44-
179; R obert J. L an gs. “ T h e M isa llia n c e D im en sió n in the C a se o f the Rat M an” .
2 1 5 -2 3 0 , y M ark K anzer, “F reu d ’s H um an In flu en ce on the R at M an” , 2 3 1 -2 4 0 .
U no de lo s prim eros co m e n ta rio s a p a reció en e l a r tíc u lo d e Jones, “ H a le and
A nal E rotism in the O b se ss io n a l N eu ro sis" ( 1 9 1 3 ), en J o n e s, P a p e r s o n P s y
c h o -A n a ly sis O * . ed. 1 9 2 3 ), 5 5 3 - 5 6 1 .
A ce rc a del escrito d e Freud so b re L eonardo da V in c i, M eyer Schapiro, “L eo
nardo and Freud: A n A rt-H istorical Study", J o u r n a l o f th e H is to ry o f ¡d e a s, X V II
( 1 9 5 6 ), 1 4 7 -1 7 8 , e s en una so la palabra, in d isp e n sa b le. La r esp u esta de K .R .
E isler, L e o n a rd o d a V inci, P sy c h o a n a ly tic N o te s on th e E n igm a ( 1 9 6 1 ), tien e
vasto alc a n c e y o fr e c e a lg u n o s co m e n ta rio s b r illa n tes, pero c o n stitu y e un e jem
plo de desb ord e eisleria n o : un libro d e 3 5 0 p á g in a s qu e in tenta disecar un artícu
[848] E nsayo bibliográfico
lo de ap roxim adam ente 3 0 p á g in a s. Entre lo s lib ro s sob re L eonardo, d esta co
K enn eth Clark, L eo n a rd o d a V in c i: A n A c co u n t o f H is D e v e lo p m e n t a s a n A r tis t
(1 9 3 9 ; ed, rev., 1 9 5 8 ), b r e v e, lú c id o , b ien in form ado y qu e sim p a tiz a co n e l per
son aje. Q uien prim ero llam ó la aten ció n sob re e l error de Freud acerca d e l “cuer
v o ” fue Eric M acla g a n , “ Leonardo in the C o n su ltin g R oom ” , B u rlin g to n M a g a -
z in e , X LH (1 9 2 3 ), 5 4 -5 7 . Edward M acC urdy, co m p . T h e N o te b o o k s o f L e o n a rd o
da V in c i (1 9 3 9 ) e s su m am en te útil.
El estu d io au torizad o so b re S chreber, qu e c o rrig e co n d ilig e n c ia trabajos
anteriores, e s la t e sis d e H an Isra els, S c h reb e r, F a ther an d S o n (1 9 8 0 ; trad. d e l
h o lan d és realizada por e l autor, 19 8 1 ; m o d ific a d a en la v e rsió n fra n cesa , S c h r e
b e r , p é r e e t f ils , trad. de N ic o le S e is , 1 9 8 6 ), U na virtud e sp e c ia l de la obra de
Isr a éls c o n siste en qu e sitúa a Schreber en su m ed io fam iliar. P ero, no obsta n te,
e ste libro no ha determ inad o que y a r esu lte anticuada una serie de artículos p io
n e r o s d e W illia m G. N ie d e r la n d , tre s d e e llo s in c lu id o s e n F re u d a n d H is
P a tie n ts, com p . de K anzer y G len n , 2 5 1 -3 0 5 , y todos reu nid os e n The S c h r e b e r
C a se : P sy c h o a n a ly tic P ro file o f a P a ra n o id P ersonal'uy ( 1 9 7 4 ). E sto s artículos
dem uestran que algunas de las “in v en cio n es” de Schreber, c o m o las m áquinas que
lo torturaban, se asem ejaban m ucho a lo s d isp o sitiv o s qu e el padre le ataba co n
correas en la in fan cia . C on Israels y N iederlan d quedan abarcados de m odo su fi
c ie n te e im p resion a n te tanto lo s a sp ec to s e s e n c ia le s co m o lo s p o lé m ic o s d e e ste
c a so .
Patrick J. M ah o n y , C r ie s o f th e W o lf M a n (1 9 8 4 ), aborda tan c o m p leta m en
te e l tem a d el H om bre d e lo s L ob os co m o el otro libro d el m ism o autor trata e l
c aso de H om bre de las Ratas; presta una particular a ten ción al e stilo de Freud.
(M ah on y tam b ién ha escr ito un estu d io separado sob re e s e e s tilo , F reud a s a
W riterl 1 9 8 2 ].) Entre lo s a rtículo s d e p s ico a n a lista s qu e reseñan e l c a so , e l m ás
in teresan te e s W illia m O ffenkrantz y A rnold T o b in , “ Prob lem s o f the Therapeu-
tic A llian ce; Freud and the W o lf M an“ , In t. J . P sy c h o -A n a l., L IV 1 9 7 3 ), 7 5 -7 8 .
H arold P . Btum , “T h e Borderline C hildh o o d o f the W o lf M an”, In t. A m e r. P sy -
c h o a n a l. A s s n ., X X II (1 9 7 4 ), 7 2 1 - 7 4 2 , q u e p u ed e le er se e n F re u d a n d H is
P a tie n ts, com p . de K anzer y G lenn , 3 4 1 -3 5 8 , su g ier e que en realid ad e ste fa m o so
analizando estaba m ás perturbado d e lo qu e su pon ía e l d ia g n ó stic o de Freud. Este
lib ro tam bién in clu y e un m uy buen artículo de M ark Kanzer, “ Further C om m ents
on the W o lf Man: T h e Search for a Primal S c e n e ”, 3 5 9 -3 6 6 . Ruth M ack B runs
w ic k , que analizó al Hom bre de lo s L ob os durante cierto tiem po en la década de
1920, in form ó sob re e ste pa c ie n te en “A Su p p lem en t to F reud’s H istory o f an
In fan tile N e u r o sis” (1 9 2 8 ), a rtículo reim preso en The W o lf-M a n b y th e W o lf-
Maru co m p . de M uríel G ardiner (1 9 7 1 ), 2 6 3 -3 0 7 . Este fa scin a n te v o lu m e n tam
b ién c o n tien e lo s recuerd os d e l H om bre de lo s L o b o s, entre e llo s lo s co n c er n ie n
tes a Freud, y la reseña realizada por Gardiner de lo s años po sterio res de este
p a c ie n te J. Harnik in ic ió una d isc u sió n , qu e v a le la pena continu ar, critica nd o el
abordaje de Brunsw ick: “K ritisch es über M ack Brun sw ick s ‘Nachtrag zu Freud's
“G e sch ic h te einer in fa n tilen N eu ro se ” 1", In t. J. P s y c h o -A n a l., X V I (1 9 3 0 ), 123-
127; la r ép lica de B r u n sw ick , in clu id a e n la s p á g in a s s ig u ie n te s d e l m ism o
núm ero d e l p eriód ico , e s “ En tgegnu ng a u f H am ik s kritische B em erk u n g en ”, 1 28-
129. E ste últim o a rtículo a su v e z dio lugar a Harnik, “E rw idering auf M ack
B run sw ick s N achtrag zu F reud’s G e sch ic h te einer in fa n tilen N eu ro se ” , I n t . J .
P sy c h o -A n a l, X V I ( 1 9 3 0 ), 1 2 3 -1 2 7 ; en la s p á g in a s s ig u ie n t e s de e s e m ism o
Journal aparece la resp u esta d e B run sw ick , “ En tgegnu ng auf H arniks kritische
B em erku ngen”, 1 2 8 -1 2 9 , que a su v e z su scitó otra de Harnik, “ Erw iderung auf
M ack B r u n sw ick E n tg e g n u n g ”, I n t. J . P s y c h o -A n a l., X V II ( 1 9 3 1 ) , 4 0 0 - 4 0 2 ,
se g u id a in m ediatam en te e n el m ism o núm ero por la palabra final de B run sw ick ,
“S c h lu ssw o r t”, 4 0 2 . Karin O b h o lzer, The W olf-M a n S ix ty Y ea r s L a te r : C o n v e r-
E nsayo b iblio g rá fico [849]
s a tio n s w ith F re u d 's C o n tr o v e r tia l P a tie n i (1 9 8 0 ; trad. M ic h a e l S h a w , 1 9 8 2 )
r egistra algu n as en tre v ista s c o n un m uy a n cia n o H om bre de lo s L o b o s, d iá lo g o s
é sto s de valor m uy lim ita d o y que d eben leerse co n c a u tela .
La m ayoría de lo s a r tíc u lo s y lib ro s e sc r ito s u lterio rm en te p o r p s ic o a n a lis
tas sob re la téc n ic a p s ic o a n a lític a p u ed en co n sid er a rse sin r ie sg o c o m o c o m e n
tarios sob re lo s a r tícu lo s c lá s ic o s de Freud, aunque d e sd e lu e g o lo s m ejo res no
c are ce n d e c ier ta o r ig in a lid a d e in tro d u cen r e fin a m ie n to s e n las e x p o sic io n e s
p ioneras de Freud. Entre e llo s m e han parecid o lo s m ás in str u c tiv o s Edw ard G lo -
v e r , T ec h n iq u e o f P s y c h o -A n a ly s is ( 1 9 5 5 ), lú cid o y v ig o r o so ; K arl M en n in g er,
T h e o ry o f P s y c h o a n a ly tic T e c h n iq u e ( 1 9 5 8 ) , e n v id ia b le m e n te s u c in to , y e l
e sp lé n d id o en sa y o de L e o S to n e, y Freud Lecture am pliada, T h e P s y c h o a n a ly tic
S itu a tio n : A n E x a m in a tio n o f U s D e v e lo p m e n ts a n d E s s e n tia l N a tu r e ( 1 9 6 1 ).
R aph R. G reerson , T he T ec h n iq u e a n d P ra c tic e o f P sy c h o a n a ly se , v o l. I ( 1 9 6 7 ).
El ú n ic o vo lu m e n p u b lica d o , e s un m anual c o m p leto , su m a m en te té c n ic o , que
p resen ta un tratam ien to in str u c tiv o d e la a lia n za de trabajo; e stá d irig id o pr in ci
p alm ente a lo s can d id a to s de lo s in stitu to s p s ic o a n a lític o s. H e aprendido m u ch o
en la se r ie de L oew ald de e le g a n te s (y su tilm e n te r e v isio n ista s) a r tícu lo s agru
p ad os co n e l su b títu lo d e “T h e P sy c h o a n a ly tic P r o c e s s”, en su P a p e r s o n P s y
c h o a n a ly sis: d e sta co so b re to d o "On the T h erapeutic A c tio n o f P sy c h o a n a ly
s i s ” , 2 2 1 - 2 5 6 ; “ P s y c h o a n a l y t i c T h e o r y a n d th e P s y c h o a n a l y t i c P r o c e s s ” ,
2 7 7 -3 0 1 ; “T h e T ra n sfe re n c e N eu ro sis: C o m m en ts on the C o n c ep t and the Phe-
n o m e n o n ”, 3 0 2 -3 1 4 ; “ R e f le c t io n s o n the P sy c h o a n a ly tic P ro c es s and Its T h er a
p e u tic P o ten tia l" , 3 7 2 - 3 8 3 , y e l e stim u la n te y o r ig in a l “T h e W a n in g o f the
(E dipus C o m p le x ” , 3 8 4 - 4 0 4 . L os p o lé m ic o s a rtíc u lo s de S án dor F er en cz i sob re
té c n ic a p u ed en le e r se en lo s d o s v o lú m e n e s d e S c r if te n zu r P s y v h o a n a ly s e ,
c om p . de B alin t; en in g lé s se encu en tra n m u c h o s d e e llo s en F u rth er C o n trib u -
tio n s to th e T h e o ry a n d T e c h n iq u e o f P s y c h o -A n a ly s is ( 1 9 2 6 , 2 . e d ., 1 9 6 0 ).
T am b ién entre lo s m ás v a lio s o s a r tíc u lo s so b re té c n ic a e stá n la in v e stig a c ió n
b reve de R u d olf M. L o e w e n ste in , “ D e v e lo p m e n ts in the T h eo ry o f T ra nsference
in the L ast F ifty Y ea r s” , I n t. J . P s y c h o -A n a l., L ( 1 9 6 9 ) , 5 8 3 - 5 8 8 , y v a r ia s
c on trib u c io n es de P h y llis G reen a cre, reunidas en su E m o tio n a l G r o w ih : P s y
c h o a n a ly tic S tu d ie s o f th e G if te d a n d a G re a t V a rie ty o f O th e r In d iv id u á is, 2
v o ls . d e f o lia c ió n c o n tin u a ( 1 9 7 1 ) , en e s p e c ia l “ E v a lu a tio n o f T h er a p e u tic
R esu lts: C on trib u tio n s lo a S y m p o siu m ” (1 9 4 8 ), 6 1 9 - 6 2 6 ; “T h e R o le o f T ra ns
fe r e n c e : P r a c tic a l C o n s id e r a t io n s in R e la tio n to P s y c h o a n a ly tic T h e r a p y ”
( 1 9 5 4 ), 6 2 7 -6 4 0 ; “R e -e v a lu a tio n o f the P ro c ess o f W o rk in g T h ro u g h ” ( 1 9 5 6 ),
6 4 1 - 6 5 0 , y “T h e P s y c h o a n a ly tic P r o c e s s , T r a n s f e r e n c e , and A c t in g O u t”
( 1 9 6 8 ) , 7 6 2 - 7 7 6 , para cita r s ó lo lo s m ás im p o r ta n tes. El in g e n io s o y p ic a r e sc o
P s y c h o a n a ly s is : T he I m p o s s ib le P r o fe s s io n , d e Janet M a lc o lm [trad. c a st.: P s i
c o a n á lis is : la p r o f e s ió n im p o s ib le , B u en o s A ir e s, E m e cé , 1 9 8 3 ], ha sid o e lo
g ia d o (c o n ju stic ia ) por p s ic o a n a lis t a s , co m o in tr o d u cc ió n c o n fia b le a la teo ría
y la té c n ic a p s ic o a n a lít ic a s . C o n r esp e c to a o tro s tex to s m ás so le m n e s , p r e sen
ta la rara ven taja de d iv er tir tanto c o m o in form a.
C apitulo siete. A p lic a c io n e s y c o n se c u e n c ia s
S o n p o c o s lo s e scr ito s de Freud sob re e sté tic a . “ D e lu sio n s and D ream s in
J e n se n ’s G radiva” “ El d e lir io y lo s su eñ o s e n la G radiva d e W . J e n se n ” ( 1 9 0 7 ),
SE IX , 3 -9 5 , fue, a c o n tin u a ció n de unas po ca s su g er en cia s e sp a r cid a s en cartas a
F lie s s y e n L a in te r p r e ta c ió n d e lo s su eñ o s, su prim era aventura en p s ic o a n á lisis
ap licad o al d esc ifra m ien to de un texto literario. (D e p a so , la s cartas d e W ilh elm
Jensen a Freud c o n c e r n ie n te s a G ra d iva se en cu en tra n en P s y c h o a n a ly tis c h e
[850] E n sayo b iblio g rá fico
B e w e g u n g , I [1 9 2 9 ], 2 0 7 -2 1 1 .) “C reative W riters and D ay-D rea m in g ” [‘‘El crea
dor lite ra r io y e l fa n ta se o ”] (1 9 0 8 ), SE IX , 1 4 1 -1 5 3 , fu e un in flu y e n te tex to
tem prano, un eje rc icio nu nca desa rro lla do co m o teoría. V éa se tam bién la c o n m o
vedora in terp retación por Freud de d o s fa m o sa s e sce n a s, una de El rey L ea r y la
otra de El m e rcad er d e Venecia, en “T h e T h em e o f the T hree C askets" [“ El m o ti
vo de la e le c c ió n d el c o fr e ”] (1 9 1 3 ), SE X II, 2 9 1 - 3 0 1 . Su prim era in cu rsió n e n la
b iografía de un artista e s, desd e lu eg o , “ Leonardo da V in ci and a M em ory o f H is
C h ild h ood ” [“ U n recuerdo in fan til de Leonardo da V in c i”] (1 9 1 0 ), S E X I, 5 9 - 1 3 7 ,
una e x p lo r a ció n atrevida y , en a sp ec to s im portantes, m alograda. (M u ch o pu ed e
aprenderse sobre e se fa m o so en sa y o en e l e x c e le n te artículo de Sch a p iro ,. “ L eo
nardo and Freud: An A rt-H istorical Stu d y ”, ya cita d o .) La sig u ien te aventura de
Freud, pu b lica d a sin Firma, fue "The M o se s o f M ic h e la n g e lo ” [“ El M o isés de
M igu e l A n g e l" ] (1 9 1 4 ), co n un "P ostcrip t” [“A p é n d ice ”] (1 9 2 7 ), SE X III, 2 1 1 -
238. (entre una co n sid era b le literatura, hay a lg u n o s co m en ta rio s particularm ente
im portantes en Erw in P a n o fsk y , S íu d ie s in ¡ c o n o lo g y : H u m a n istic T h e m e s in
th e A r t o f th e R e n a issa n c e [1 9 3 9 ], c a p . 6 [trad. c a st.: E s tu d io s s o b r e ic o n o lo
gía, M adrid, A lia n za , 1 9 7 6 ]; v é a n se ta m b ién la s o b ser v a cio n es de R obert S . Lie-
bert, M ic h e la n g e lo : A P sy c h o a n a ly tic S tu d y o f H is L ife Im a g e s [ 1 9 8 3 ], c a p . 14
.) Otro artículo p o lém ic o de Freud e s “ D o sto ie v sk y and P arricide” [“ D o sto iev sk i
y e l p a r r icid io ”] (1 9 2 8 ), SE X X I, 1 7 5 -9 6 , atacado un tanto sa lv a jem en te (pero
no sin razó n ) por Joseph Frank en “ F reud’s C a se-H isto r y o f D o sto e v sk y ”, apén
d ice a su D o s to e v s k y : T h e S e e d s o f R e v o lt, 1 8 2 1 - 1 8 4 9 ( 1 9 7 6 ), 3 7 9 - 3 9 1 .
El m ás satisfa cto rio a n á lisis general d e la co m p leja actitu d de Freud co n res
p e c to a la s artes, en la c u a l he aprendido m u ch o , e s Jack S p ecto r, T h e A e s th e -
tic s o f F re u d : A S tu d y in P sy c h o a n a ly sis a n d A r t (1 9 7 2 ), una obra pr e cisa y per
c ep tiva. V é a se tam bién Harry Trosm an. F reud a n d th e ¡m a g in a tive W o rld ( 1 9 8 5 ),
e sp . parte U . Entre lo s c rític o s de arte anteriores que exam in aron las id ea s e sté ti
c a d e F reud, e l m ás in teresa n te e s p ro b a b le m e n te R oger F ry, q u ie n , e n T h e
A r tis t a n d P sy c h o -A n a ly sis (1 9 2 4 ) censuró qu e Freud m inim izara indebidam ente
e l p la ce r e sté tic o qu e resid e e n lo s a sp ec to s form ales del arte — o b je ció n ésta
con la qu e e l propio Freud habría esta d o de acuerdo— .
Entre lo s prim eros adherentes de Freud. m u ch o s analistas no resistie ro n la
ten tación de p sico a n a liza r a p o eta s y pin to res (a v e c e s c o n disg u sto de F reud).
Entre lo s in te n to s m ás n o ta b les y m ás e lo g ia d o s s e cu en ta e l tem prano e n sa y o
de Karl A braham , G io v a n n i S e g a n tin i, su btitulad o E in p s y c h o a n a ly tis c h e r Ver-
su ch ( 1 9 1 1 ) . En “M eth o d ik der D ic h te r p sy c h o lo g ie " , un trabajo le íd o en la
S o c ie d a d P sic o a n a lítica d e lo s M iér co le s e l 11 d e d iciem b re de 1 9 0 7 , e l m u sic ó
lo go M ax G raf, qu e durante a lgu nos años estu v o cerca de Freud, rea lizó un in ten
to fascin an te ten diente a apartar a su s c o le g a s de las patografías tra d icio n a les de
artistas y e scr ito r e s. (V é a n se lo s P r o to k o lle , I, 2 4 4 - 2 4 9 .) N u n ca p u b licó e se
te x to , p e r o s í A u s d e r in neren W e rk sta tt d e s M u sik er s (1 9 1 1 ) y R ich a rd W agn er
im " F lie g e n d e n H o lí á n d e r " . Ein B e itra n g zu r P s y c h o lo g ie d e s k ü n stle ris c h e n
S c h a ffe n s ( 1 9 1 1 ), e s te ú ltim o p resen ta d o c o m o cha rla en la S o c ie d a d d e lo s
M iér co le s. En e l Prefacio, G raf rinde un agradecid o tributo a su “ininterrum pido
in tercam bio d e o p in io n es c o n el pro feso r Freud". Eduard H itschm ann, durante
m uchos años m iem bros d e l círc u lo ín tim o de V ien a , escr ib ió una cierta cantidad
de “p s ic o a n á lis is ” d e p o e ta s y n o v e lis ta s , m á s b ien e sfu e r z o s ten ta tiv o s qu e
in v e stig a c io n e s d e fin itiv a s . A lg u n o s de e s o s te x to s s e encuentran en in g lé s en
H itsch m an n , G r e a t M en: P sy c h o a n a ly tic S tu d ie s, com p . de S y d n ey G . M arg o lin ,
con la colab o r a ció n de Hannah G unther (1 9 5 6 ). Ernest Jones, aventuránd ose en
e l a n álisis literario, partió de a lgu nas p á g in a s fecu n d a s de L a in te r p re ta c ió n de
lo s s u e ñ o s para escribir su artículo d e 19 1 0 qu e fue am pliando continu am ente
hasta que en 1949 se c o n v ir tió en e l lib ro H a m let a nd O ed ip u s [trad. c a st.: Ham
E nsayo bibliográfico [851]
le í y E d ip o , B a r ce lo n a , M ad iá g o ra , 1 9 7 5 ], El e n sa y o ha sid o c ritic a d o co n s e v e
ridad (y a m i ju ic io in ju sta m en te) por su presunto red u c cio n ism o — en realidad,
tien e la m odesta m eta d e dilucid ar por q u é H am let va cila ba en matar a C la ud io — ;
e l p o lém ic o tratam iento d e Jones c o n se rv a to d o su in terés. O tto R ank fue in fa ti
g able en su p s ic o a n á lisis de fig ura s y tem as lite rar io s. El m anu scrito qu e lle v ó
c o n sig o en su prim era v isita a Freud fu e pu b lica d o c o n e l título d e D e r K ü n sller
(1 9 0 7 ; 4 a . ed. am plia da , 1 9 1 8 ). Su The M y th o f th e B irth o f th e H e r o (1 9 0 9 ,
trad. d e F. R obb ins and Sm ith E ly J e lliffe , 1 9 1 4 ) [trad. c a st.: E l m ito d e l n a c i
m ie n to d e l hé ro e , B u en o s A ir e s, P a id ó s, 1 961] es p ro b a b lem en te su en sa y o m ás
perdurable. (U n aco m p a ña m iento su til, que se inspira en m a teria les p u b lica d o s
origin alm en te e n la dé c a d a de 1 9 3 0 , e s Ernst Kris y O tto K urz, L e g e n d , M y th
a n d M a g ic in th e / m a g e o f th e A r tis t: A H is to r ic a l E x p e rim e n t [ 1 9 7 9 ].) Pero la
m ás abarcativa de su s aventuras (de la que aparentem ente Freud tenía buena o p i
n ió n ) es su abultado e stu d io sob re el tem a d e l in ce sto en la p o e sía , la prosa y el
m it o , D a s I m e s t- M o tiv in D ic h tu n g u n d S a g e ( 1 9 1 2 ; 2 a . e d ., 1 9 2 6 ) . E n tre
m u ch os otros tex to s de R ank, tal v e z e l m ás in teresa n te sea su e x te n so e n sa y o
“ D er D opp elgán ger”, ¡m a g o , III ( 1 9 1 4 ) , 9 7 - 1 6 4 ( v e r sió n in g le s a , T h e D o u b le ,
trad. d e Harry T u ck er, 1 9 7 1 ). T a m bién aparece en una útil rec o p ila c ió n de artícu
lo s de ¡m ago: P sy c h o a n a ty iisc h e L ite ra lu rin te rp r e ta tio n e n , co m p . de Jens M alte
F isch er (1 9 8 0 ); pro v ista d e una su sta n cia ] in tro d u cció n , esta a n to lo g ía tam b ién
in c lu y e (entre o tr o s) a r tíc u lo s d e H an ns S a c h s y T h eo d o r R eik . E ste ú ltim o ,
c o m o se ha v isto en e l c u e rp o d e e ste lib ro , se presen tó a Freud co n una t e sis
sobre Flaubert, m ás tarde pu b lica d a con e l título de F la u b e rt un d se in e "Versu-
chun g d e s H e ilig e n A n to n ia s'’ . E in B e itra n g zu r K ü n slle r p sy c h o lo g ie ( 1 9 1 2 ). Un
texto in fluyente de “ a n á lisis a p lica d o ” ha sid o la p s ico b io g r a fía de M arie B o n a
parte titulada T he L ife a n d W o rk s o f E d g a rd A lia n P o e: -4 P s y c h o -A n a ly tic In te r
p r e ta d o n (1 9 3 3 ; trad. de John R odk er, 1 9 4 9 ); e s un tanto rígid a y m ec á n ic a ,
pero entusiasta. D esp u é s de v iv ir una década en E stados U n id o s, Hanns Sachs,
e s e c u ltivad o c en tro eu ro p eo , p u b licó una c o m p ila c ió n de a rtículo s sob re e l arte y
la b e lle z a , The C r e a tiv e U n c o n sc io u s: S tu d ie s in th e P s y c h o a n a ly s is o f A n
(1 9 4 2 ), que ha sid o in ju stam ente desaten did a: e n particular el ca p. 4 , “T h e D ela y
o f the M ach ine A g e ” , e s una p iez a su g er en te de h isto ria conjetural d esd e una
perspectiva freudiana.
N o sorpren de qu e p s ico a n a lista s (y otras p ersonas c o n form ació n p s ico a n a
lític a ) hayan se g u id o in cu rsio n a n d o a ctiv a m en te e n e s e c a m p o . U na p equ eñ a
m uestra e s oportuna. Para em p eza r con lo s a n a lista s, G ilbert J. R o se, en su su s
ta n c io so T h e P o w e r o f F o rm : A P s y c h o a n a ly tic A p p ro a c h to A e s th e ú c F o rm
(1 9 8 0 ), estu dia la c o m p leja in tera cció n e n la s arles de lo s p r o c e so s prim ario y
secu n d ario. El im a g in a tiv o p s ico a n a lista in g lé s D . W . W in n ic o tt ha abordado la
ex p erien cia e sté tic a en a lg u n o s de su s a rtícu lo s, tal v e z d el m o d o m ás estim u la n
te en “T ransitional O b jects and T ra n sitio n a l P heno m ena ” (1 9 5 3 ), qu e pu ed e le er
se en una versión que é l co n sid er a “un d esarrollo” en su P la y in g a n d R e a lity
(1 9 7 1 ), 1-25 [trad. c a st.: R e a lid a d y ju e g o , B u en o s A ir es, C c ltia , 1 9 8 2 ]. E sa
com p ila c ió n tam b ién in c lu y e su im portante artículo “T h e L o c a lio n o f C ultural
E xp er ie n c e ” (1 9 6 7 ), 9 5 - 1 0 3 . W illia m G . N ied erla n d . “ P sy c h o a n a ly tic A pp roa-
c h e s to A rtistic C r e a tiv ity ” , P sy c h o a n a ly lic Q u a n e r ly . X L V ( 1 9 7 6 ), 1 8 5 -2 1 2 ,
m erece una lectura atenta, lo m ism o que su anterior “C lin ica l A sp e cts o f C reati
v it y ” , A m eric a n ¡m a g o , X X IV (1 9 6 7 ), 6 -3 4 . U na Freud Lecture de R obert W ael-
der, P s y c h o a n a ly tic A v e n u e s lo A r t (1 9 6 5 ) e s rica en su g er en cia s qu e desbordan
SU texto breve. John E. C e d o , P o r tr a its o f th e A r tis t: P s y c h o a n a ly s is o f C r e a ti
v ity a n d l i s V ic is s itu d e s ( 1 9 8 3 ) e s un a c o m p ila c ió n d e e n sa y o s qu e in tenta n
abordar los secretos d e l artista creador. Entre m uchos esfu er zo s d e p sico a n a lista s
qu e apuntan a la p sico b io g r a fía e n e sca la natural, d esta co L ieb ert, M ic h e la n g e lo
[852] E nsayo bibliográfico
(ya c ita d o ), no in o b jeta d o pero su m a m en te in te re sa n te , y B ernard C. M eyer,
J o s e f C o n ra d : A P sy c h o a n a ly tic B io g ra p h y ( 1 9 6 7 ).
En cuanto a lo s " a ficio n a d o s” : M ered ith A n n e Skura, The L iíe ra ry U se o f
th e P sy c h o a n a ly tic P r o c e s s ( 1 9 8 1 ) es un a ná lisis refinado qu e tom a cuatro tem as
p r in cip a le s d e l p s ic o a n á lisis — el h isto r ia l c lín i c o , la fa n ta sía , e l su eñ o y la
tran sfe re n c ia— c o m o m o d e lo s p o s ib le s para la c r ític a litera ria . He aprendido
m ucho en E liza b eth D a lio n . U n c o n sc io u s S tru c tu re in "The f d io t" : A Study in
L ite ra tu re an d P sy ch o a n a ly sis ( 1 9 7 9 ), un e n sa y o o sa d o y b rev e qu e in tenta (a m i
j u ic io c o n é x ito ) abordar lo s p erso n a jes de la n o v e la de D o sto ie v sk y c om o seres
p s ic o ló g ic a m e n te co h eren tes. E llen H andler S p itz, A rl a n d P sy c h e : A S tu d y in
P s y c h o a n a ly s is a n d A e s th e tic s ( 1 9 8 5 ) e x a m in a la p r e se n c ia d el artista e n su
obra, las c o n se c u e n c ia s p s ic o ló g ic a s de tal p r e sen cia , y la s r ela c io n e s d el artista
c o n su p ú b lic o . Entre lo s e stu d io s m ás estim u la n te s y que c o n m ás p r e cisió n
apuntan a e ste ú ltim o problem a ( e l de la recep ció n d e la obra de arte) se cuentan
lo s d e N o rm a n N . H o lla n d , e sp e c ia lm e n te P s y c h o a n a ly s is a n d S h a k e s p e a re
( 1 9 6 6 ) , T h e D y n a m ic s o f L ite r a r y R e sp o n s e ( 1 9 6 8 ) , y P o e m s in P e r so n s: A n
¡ n tro d u c tio n to th e P sy c h o a n a ly sis o f L ite ra tu re ( 1 9 7 3 ). Richard Ellm ann, “ Freud
and Literary B io g ra p h y ”, A m eric a n S c h o la r, L i li (o to ñ o de 1 9 8 4 ), 4 6 5 -4 7 8 , es a
la v e z c rític o y (co m o era de esperar) in m en sa m en te in te lig e n te .
T he P r a c lic e o f P s y c h o a n a ly tic C r itic is m , co m p . de L eonard T enn en hou sc
( 1 9 7 6 ), reú ne algu nos artículos m uy rec ien te s, p r o v en ien tes en gran m ed ida de
A m eric a n Im ago; L ite ra tu re a n d P sy ch o a n a ly sis, c o m p . Edith K u rzw eil y W illiam
P h illip s ( 1 9 8 3 ) e m p iez a c o n Freud y p a sa a la c rític a a n a lítica m oderna, in clu
y en d o una p ie z a c lá sic a de L ione! T r illin g , “A rt and N eu ro sis" , anteriorm ente
p u b licad a en T r illin g , The L ib e r a l ¡m a g in a tio n : E ss a y s on L ite ra tu re and S o c ie ty
( 1 9 5 0 ), 1 6 0 - 1 8 0 .V é a n se tam b ién lo s e n u n cia d o s teó r ico s d e S im ó n O. L esser,
F ic tio n a n d ih e U n c o n sc io u s ( 1 9 5 7 ), qu e hay qu e co m p leta r co n la c o m p ila ció n
de los artículos de L esser, T h e W h isp ered M e a n in g s, co m p . d e R obert Sprinch y
R ichard W . N olla n d (1 9 7 7 ).
L os filó s o f o s no han descuid ado e ste c am p o. V éa n se esp e cia lm e n te Richard
W o llh eim , O n A rt a n d th e M in d ( 1 9 7 4 ), y la a n t o lo g ía P h ilo s o p h ic a l E ss a y s on
Freud, co m p . de W o llh eim y H op kin s (y a c ita d a ). R ichard K u hn s, P s y c h o a n a ly
tic T h e o ry o f A r t: A P h ilo so p h y o f A r t o n D e v e lo p m e n ta l P r in c ip ie s (1 9 8 3 ) se
abreva en p s ic ó lo g o s del y o c o m o H e in z H artm ann, y en teó r ico s d e las r e la c io
nes o b je ta les co m o D . W . W in n ic o lt, para lograr una in teg ra ció n e stim u lante de
todas las d im e n sio n e s de la p rodu ctividad artística. En A r t.a n d A c t: O n C a u ses
in H is to ry -M a n e t, G ro p iu s, M o n d ria n (1 9 7 6 ), h e tT atado d e ubicar la crea ció n
artística en la red d e las ex p e rie n c ia s priv a d a s, artesanales y culturales. Freud
f o r H is to ria n s ( 1 9 8 5 ), m i e sfu erzo ten d ien te a persua d ir a m is c o leg a s histo ria
dores de que el psico a n á lisis debe ser em p lead o produ ctivam ente (y de que se p u e
de em plear sin r iesg o ) en nu estra p r o fesió n , por lo qu e p u ed o ver ha c aído en
gran m ed ida en tierra estéril. En e l lado alentador de sta co a Peter Loew en berg,
D ec o d in g T h e P a s t: T he P sy c h o h isto ric a l A p p ro a c h ( 1 9 8 3 ), una serie de artículos
sobre teoría y a p lica c ió n (la m ayoría de e llo s anterio res a m i propia obra) e scr i
tos por un h is to ria d o r c o n fo rm a ció n p s ic o a n a lític a . E l ca p ítu lo in icia l, “Psy-
c h oh istory: A n O verV iew o f the F ie ld ”, 9 -4 1 , e x p lo r a c o n v e n ie n tem e n te e l terri
t o r io , m ie n tr a s q u e lo s c a p ít u lo s s ig u ie n t e s , q u e e je m p lif ic a n e l e n fo q u e
p s ic o a n a lít ic o , in c lu y e n v a r io s so b re la h isto r ia de A ustria: “T h eod or Herzl:
N atio n a lism and P o litic s" , 1 0 1 -1 3 5 ; “ V íctor and F ried rich A dler: R evolutionary
P o litic s and G eneration al C o n flic t in A u str o -M a x ism ”, 1 3 6 -1 6 0 , y “A ustro-M ar-
x ism and R cvolu tio n : Otto B auer, F reud’s ‘D o ra ’ C a se, and the C rises o f the
First A ustrian R ep u b lic ”, 1 6 1 -2 0 4 , un e scr ito d e pertin en cia particular para esta
biografía. Saúl F riedlander, H is to r y a n d P s y c h o a n a ly s is : A n ln q u ir y in to the
E nsayo bibliográfico [853]
P o s s i b i l i l i e s a n d L im i tis o f P s y c h o h is t o r y (1 9 7 5 ; trad. d e S u sa n S u le im a n ,
1 9 7 $ ,), e s un m odelo d e a rg u m en ta ció n racio n a l.
S ob re T óte m y ta b ú , E d w in R . W a lla ce IV , F re u d a n d A n th o p o lo g y : A H is-
lo r y an d a R ea p p ra isa l (1 9 8 3 ) o fr e c e un e x c e le n te y ju ic io so in fo r m e. Las dos
céle b r es reseñas que r ea liz ó A lfre d L. K roeber d e l libro d e Freud (la segun da
m en os dañosa que la prim era) m erecen relectura: "T ótem a n d T a b oo : A n E thn olo-
g ic P s y c h o a n a ly sis”, A m e ric a n A n th r o p o lo g is t, X X II (1 9 2 0 ), 4 8 - 5 5 , y " T ó tem
an d T aboo in R etro sp e ct”, A m e ric a n J o u r n a l o f S o c io lo g y , LV ( 1 9 3 9 ), 4 4 6 - 4 5 7 .
L o m ism o v a le con r e sp ec to al in g e n io s o tratam ien to de R. R. M arett, “ P sy c h o -
A n a ly s is and the S a v a g e ” , A th e n a e u m (1 9 2 0 ), 2 0 5 -6 . Su za n n e C a ssirer B ern feld ,
“ Freud and A rc h e o lo g y ”, A m e ric a n ¡m a g o , V III (1 9 5 1 ), 1 0 7 -1 2 8 , e s un a fuente
abundante en la que se han in sp ira d o m u ch o s. El m ás co n v in ce n te d e lo s in ten
tos recien tes que apuntan a rescatar el argum ento cen tral de Freud (si b ien n o la
realidad histórica d el crim en prim ario) e s D erek Freem an, 'T ó te m and T a b o o : A
R eap praisal'*, en M a n a n d H is C u ltu r e : P s y c h o a n a ly tic A n th r o p o lo g y a f te r
“T ótem an d T aboo ” , co m p . de W arner M u ensterberger (1 9 7 0 ), 5 3 -7 8 . San dor S.
F eldm an, “ N ote s o n the ‘P rim al H o r d e ” ’, en P s y c h o a n a ly s is a n d th e S o c ia l
S c ie n c es, com p . d e M u en sterb erg er, I (1 9 4 7 ), 1 7 1 -1 9 3 . e s un a c o m p a ñ a m ien to
pe r tin en te. V éa se tam b ién R obin F o x , "T ótem a n d T a b o o R eco nsidered”, en T h e
S tru c tu ra l S tu dy o f M y th a n d T o te m ism , co m p . de Edmund Leach (1 9 6 7 ), 161-
17 8. D eb o m en cion ar e l b rilla n te e n sa y o de M elfo rd E. Sp iro , O e d ip u s in th e
T robrian ds (1 9 8 2 ), la r efu ta ció n , por un a n tr o p ó lo g o con in fo r m a ció n p sico a n a -
lftica, d el e sce p tic ism o d e M a lín o w sk i acerca de la a plicab ilidad de la s id ea s de
Freud a los naturales de la s Isla s T robrian d, r efutación enteram ente basada e n lo s
p rop ios m ateriales d e M a lin o w sk i.
C om o Freud nunca desarrolló c o m p leta m en te la id ea del carácter ( e s e conjun
to o r gan izad o de há b ito s y f ija c io n e s) ha h ab id o ten d en cia a v o lv e r a su s prim e
ros en u n cia d o s, al im portante a rtícu lo b rev e “ Carácter y erotism o a na l” (1 9 0 8 ) y
a la tríada d e artículos p u b lica d o s o c h o años más tarde c o n e l título c o m ú n de
“ S om e C haracter-T ypes M et W ith in P sy c h o a n a ly tic W ork”, SE X IV , 3 0 9 - 3 3 ,
sie n d o los tres tipos co n sid er a d o s “L as ‘e x c e p c io n e s ’”, “L os arruinados por el
é x ito ” y “ C rim in ales por se n tim ien to d e cu lp a ” . U na interesante a m p lia ció n de
la d e fin ició n que da Freud d e las “ e x c e p c io n e s” e s Edith la c o b so n , “T h e ‘E xcep -
tio n s’ : A n Elaboration o f F reud’s C haracter S tu d y ”, T he P s y c h o a n a ly tic S tu d y o f
th e C h ild , X IV (1 9 5 9 ), 1 3 5 -1 5 4 , y un c o m e n ta rio no m en o s in teresa n te so b re el
m ism o artículo e s A n tó n O . K ris, “ On W antin g T o o M uch: T he ‘E x c e p t io n s ’
R ev isited " , In t. J . P s y c h o -A n a l. L V II (1 9 7 6 ), 8 6 -9 5 . En v ista d el fra ca so de
Freud en ta tatea de reu nir e l m a te ria l, lo s co m e n ta rio s siste m á tic o s d e O tto
F e n ic h e l, resu ltan pa rticu la rm ente p r o v e c h o so s. V éa se , sobre to d o , “ P sy c h o a
n a ly sis o f C haracter” ( 1 9 4 1 ), e n T h e C o lle c te d P a p e r s o f O tto F e n ich el, c o m p .
de H anna F en ich el y D a v id R apap ort, 2 a se rie (1 9 5 4 ) 1 9 8 -2 1 4 . V éa n se tam b ién
lo s c a p ítu lo s p e rtin en tes de la ob ra su sta n cia l de F en ic h e l, qu e e stá le jo s de
haber e n v e je c id o , The P sy c h o a n a ly tic T h e o ry o f N e u r o s is (1 9 4 5 ) (trad. ca st.:
T e o r ía p sic o a n a U tica d e la s n e u ro sis, B u en o s A ir es, P a id ó s, 1 9 6 4 ], en e sp e c ia l
“D ig r essio n s about the A nal cha ra cter” , 2 7 8 -2 8 4 , y “C haracter D iso r d e rs” , 4 6 3 -
5 4 0 . En r ela c ió n c o n e s to , e l c o n c is o e n sa y o de D avid S h apiro, N e u r o tic S t y le s
(1 9 6 5 ), tien e cosa s ú tiles qu e d e c ir. Lo m ism o v a le con r esp ecto a P.O . G io v a c -
c h in i, P sy c h o a n a ly sis o f C h a ra c te r D is o r d e r s ( 1 9 7 5 ).
N o e s é ste e l lu gar p ertin en te para repasar lo s debates sob re e l n a r c issism o
qu e han agitado a lo s a n a lista s en lo s ú ltim o s años. S y d n ey P ulver, “ N a rc issism :
T h e Term and the C o n cep t” , J . A m e r. P s y c h o a n a l. A ss n ., X V III (1 9 7 0 ), 3 0 9 -
3 4 1 , presen ta una in v e stig a c ió n c la rific a d o r a . Entre lo s nu m ero so s e stu d io s c lí
n ic o s y teó r ico s sob re lo s tra sto rn o s n a r c isista s r ea liz a d o s por O tto K ern berg,
[854] E n sa y o b ib l io g r á f ic o
v é a n s e e s p e c ia lm e n t e B o r d e r lin e C o n d iti o n s a n d p a th o l o g i c a l N a r c i s s is m
( 1 9 7 5 )[ trad , c a st.: D e s ó r d e n e s f r o n te r iz o s y n a r c is is m o p a to ló g i c o , B u en o s
A ir es, P aid ós, 1 9 7 9 ], D o s artículos de H ein z K ohut in clu id o s e n T h e P sy c h o a -
n a ly tic S tu d y o f th e C h ild — “Th e P sy cho a na ly lic T reatm ent o f N a rc issistic Per-
so n a lity D isord ers” , XX11I (1 9 6 8 ), 8 6 -1 1 3 , y “T h o u g h ts o n N a rc issism and N ar
c is s is m and N a r c i s s i s t i c R a g e ” , X X V I I ( 1 9 7 2 ) , 3 6 0 - 4 0 0 — so n t o d a v ía
e xp e rim en tales y ten ta tiv o s; fueron escr ito s antes de qu e K oh ui conv irtiera en
id eo lo g ía su p ecu lia r in terp reta ció n d e l n a r c isism o . Y v é a se R. D. S to lo r o w ,
"T ow ard a F u n c tio n a l D e f in it io n o f N a r c is s is m ” , In t. J .P s y c h o - A n a l., CVI
(1 9 7 5 ), 1 7 9 -1 8 5 , y W arren K in g sto n , “A T h eo r elica l and T e ch n ica l A pproach to
N a r c issistic D iso r d e rs”, In t. J . P s y c h o -A n a l., LX1 ( 1 9 8 0 ) , 3 8 3 - 3 9 4 . A rn o ld
R o th ste in , The N a r c is s is tic P u rsu it o f P erfe ctio n ( 1 9 8 0 ) reseñ a e in tenta red efi-
nir el c o n c e p to . Entre la s d isc u sio n e s d el p rob lem a por a n a lista s “c lá s ic o s ” ,
c iertos a r tícu los de H e in z Kohut so n particularm ente pertin en tes e n e ste punto,
en e sp e c ia l “ C om m en ts on the P sy c h o a n a ly lic T h eo ry o f the E g o ” ( 1 9 5 0 ) y
“T he D ev e lo p m e n t o f the E go C o ncep t in F reud’s W ork” (1 9 5 6 ), e n E s s a y s on
E go P sy c h o lo g y : S e le c te d P ro b le m s in P sy c h o a n a ly lic T h e o ry ( 1 9 6 4 ) , 1 1 3 -1 4 1 ,
2 8 6 -2 9 6 . N o m en o s im portante es la bien c o n o c id a m o n o g ra fía de Edith Jacob-
s o n , T he S e lf a n d th e O b je c t W o rld ( 1 9 6 4 ),
Orón I. H ale, T he G r e a t IIlu sió n , ¡9 0 0 -1 9 1 4 ( 1 9 7 1 ) sin te tiz a c o n fia b lem en
te la h istoriografía r ecien te sobre el clim a que preced ió al A rm aged ón. W alter
Laqueur y G eorg e L. M o sse han com p ilad o un in teresan te co njun to de e n sa y o s,
que pasan e n su s e x á m e n e s de un p a ís a otro: 1 9 1 4 ; T h e C orn in g o f th e F ir s t
W orld W ar (1 9 6 6 ). Sob re la p s ic o sis de guerra en la qu e ca y ero n p ro fesio n a les
p r e su m ib lem en te c o sm o p o lita s e in te lig e n te s de to d o s lo s ba n do s, in clu so en
alguna m ed id a e l propio Freud, v é a se el en sa y o b ien do cum enta do y sob rio de
Rol and N . Strom b erg, R e d em p tio n b y W ar T h e ¡ n lle lle c lu a ls a n d ¡9 1 4 (1 9 8 2 );
puede le er se conjun tam en te con R obert W ohl, T he G e n e ra tio n o f 1 9 ¡4 (1 9 7 9 ).
Sobre la Primera Guerra M undial, acerca de la cual hay b ib lio te ca s enteras, basta
rá citar un os p o c o s tex to s co n fia b les: B .H . L idd ell-H art, The R ea l W ar ( 1 9 6 4 ), y
R ené A lbrecht-C arrié, T he M ea n in g o f th e F irst W o rld W a r ( 1 9 6 5 ). Fritz F ischer,
G r if f nach d e r W e ltm a n ch t. D ie K r ie g s z ie lp o litik d e s k a ise rlic h e n D eu tsc h la n d
1 9 ¡ 4 / ¡ 9 ¡ 8 (1 9 6 1 ; 3a, e d ., 1 9 6 4 ) pro v o c ó una torm en ta entre lo s histo ria d o res
alem an es por su c rítica fer o z a las m etas b élic a s germ anas, y por su v io la c ió n de
los tabúes alem an es contra la explo ra ció n franca d e la s ca u sa s de la guerra; e s un
texto salu d ab le, particularm ente útil en e ste ca p ítu lo por r eco g er un conjun to de
d ec la ra c io n e s b e lic o sa s, “ v ir ile s”, d e lo s dip lo m á tico s. P uede le er se en co n e x ió n
c o n Hans W . G atzk e, G e rm a n y ’s O riv e lo th e W est ( 1 9 5 0 ).
C apitulo ocho. A gresiones
S ob re la h isto ria d e la n o c ió n de in co n scien te d esd e una per sp e ctiv a no psi-
c o a n a lític a , v é a n se , una v e z m ás, W h y te, T he U n c o n sc io u s b efo re F reud , y el
m ucho m ás e x te n so E llen berger, D is c o v e r y o f th e U n c o n sc io u s. Para c o m en ta
r io s p s ic o a n a lít ic o s so b re lo in c o n sc ie n te , entre un a v a sta litera tu ra , v é a n se
sobre todo Edward B ib r in g , ‘T h e D ev elo p m en t and P rob lem s o f the Theory o f
the I n s tin c ls ” , Int. J . P sy c h o -A n a l., X X II (1 9 3 4 ), 1 0 2 -3 1 ; B ib rin g , “T h e C on-
c ep tio n o f the R ep etítio n s C o m p u lsió n ”, P sy ch o a n a ly lic Q u a rtely , X II (1 9 4 2 ),
4 8 6 -5 1 6 ; R obert W a eld er, “ C ritical D ísc u ssío n o f the C o n c ep t o f an In stinct o f
D e slru ctio n ”, B u lle tin o f th e P h ila d e lp h ia A s s o c ia tio n f o r P s y c h o a n a ly s is , VI
( 1 9 5 6 ), 9 7 - 1 0 9 , y v a r io s a rtículo s in flu y e n tes d e l p s ic ó lo g o d e l y o Heinz. Hart-
m ann, c o m p ila d o s e n su E s s a y s o n E g o P s y c h o lo g y [trad. c a st.: E n sa y o s s o b r e
E nsa y o b ib lio g r á f ic o [855]
la p s ic o lo g ía d e l yo . M é x ic o , F .C .E ., 1 9 7 8 ]. Entre e llo s se cuentan "C om m ents
o n the P sych oan a ly tic Th eory o f In stin c lu a l D iiv e s ” (1 9 4 8 ), 6 9 -8 9 ; "The M utual
In flu e n te s in the D ev e lo p m e n t o f E g o and Id” (1 9 5 2 ), 1 5 5 -1 8 1 , y lo s y a c ita d o s
“ C om m ents o n the P sy ch o an a ly tic T h eory o f the E g o ” y “T he D ev e lo p m e n t o f
the E go C oncep t in F reud’s W ork” , un e n sa y o h istó rico particularm ente ú til. H ait
m ann tam bién se a so c ió co n otro s p s ic ó lo g o s d e l y o co m o Ernst Kris y R u d o lf
M . L oew en ste in , para e scrib ir e n co la b o r a ció n “C o m m ents on the F orm ation o f
P sy c h ic S tructu re” ( 1 9 4 6 ), c a p ítu lo de P a p e r s on P sy c h o a n a ly tic P s y c h o lo g y
(1 9 6 4 ), 2 7 -5 5 . El c o n c iso estu d io de M ax Schur, T h e Id a n d th e R e g u la io ry P r in
c ip ie s o f M e n ta l F u n ctio n in g (1 9 6 6 ) e s m uy v a lio s o . D a v id H olb rook , c o m p ..
H u m an H o p e a n d th e D ea th In stin c t: An E x p lo ra tio n o f P sy c h o a n a ly tic T h e o rie s
o f Human N atu re and T heir Im p iica tio n s f o r C u ltu re an d E du cation (1 9 7 1 ), aunque
de ninguna m anera ho stil al p s ic o a n á lisis, reúne artículos que apuntan a escapar
d e la destructividad, en busca de una c o n c ien cia hum anista.
Sobre la actitud d e Freud frente a la m uerte — co m o id ea y co m o a m en aza—
S c h u r, F re u d . L iv in g a n d D y in g , e s m a g istr a l. S o b r e e l r ec o n o c im ie n to por
F reud d e la p u lsió n a g r esiv a , tan d em orad o (aun qu e e sta p u lsió n no fu e to ta l
m en te desa ten d id a ), v é a se la in v e stig a c ió n d e Paul E. S te p a n sk y , A H is to r y o f
A g g r e s s io n in F re u d (1 9 7 7 ). P u e d e c o m p lem e n ta rse c o n R u d o lf B run , "Ü ber
Freuds H y p oth ese v o m T odestrieb'*, P s y c h e , V II (1 9 5 3 ), 8 1 - 1 1 1 . Entre la a v a
la n ch a d e artículo s sob re e ste tem a , e sc o jo a lgu nas co n trib u c io n es desta ca d a s:
e l im p or tan te e sc r ito d e O tto F e n ic h e l, “ A C ritiq u e o f the D ea th In stin c t”
( 1 9 3 5 ) , en C o lle c te d P a p er s, l a . S e r ie (1 9 5 3 ), 3 6 3 -3 7 2 ; d o s a r tíc u lo s d e T h e
P sy c h o a n a ly tic S tu d y o f th e C h ild III/IV (1 9 4 9 ); A nn a Freud, “A g g r e ssio n in
R ela tio n to E m otio n a l D ev e lo p m e n t; N orm al and P a th o lo g ic a l”, 3 7 - 4 2 , y B ea ta
R ank, ‘'A g g r e ssio n ” , 4 3 -4 8 ; H e in z H artm ann, Ernst Kris y R ud olph M . L o e
w en stein , “N o te s on the T h eo ry o f A g g r e s s io n ” (1 9 4 9 ), e n su s P a p e r s o n P s y
c h o a n a ly tic P s y c h o lo g y , 5 6 -8 5 ; R en é A . S p itz , “ A g g r e ssio n : Its R o le in the
E sta b lish m e n t o f O b je ct R e la tio n s ”, en D r iv e s , A f f e c ts , B e h a v io r : E s s a y in
H o n o r o f M a rie B o n a p a rte , c o m p . d e R u d o lp h M . L o e w en ste in ( 1 9 5 3 ), 1 2 6 -
138; T . W ayne D o w n e y , " W ith in the P lea su re P rincipie; C h ild A n a ly tic P ers-
p e c tiv e s on A g r e ssio n ” , T h e P s y c h o a n a ly tic S tu d y o f th e C h ild , X X X IX (1 9 8 4 ),
1 0 1 -1 3 6 ; P h y llis G r een a cre, “ In fa n t R ea c tio n s to R estra in l; P ro b lem s in the
Fate o f In fan tile A g g r e s s io n ” ( 1 9 4 4 ) , en su T ra u m a, G ro w th , a n d P e r so n a lity
( 1 9 5 2 ), 8 3 -1 0 5 ; A lb e r t J. S o ln it, “ A g g r e s s io n ’*, J . A m e r. P s y c h o a n a l. A s s n .,
X X ( 1 9 7 2 ), 4 3 5 - 5 0 , y (para m í e s m ás im p o r ta n te) S o ln it, “ S o m e A d a p tiv e
F u n ctio n s o f A g g r e ssiv c B e h a v io r" , e n P sy c h o a n a ly sis-A G e n e r a l P s y c h o lo g y ,
co m p . d e L oew en ste in , N ew m a n , Schu r y S o ln it, 1 6 9 -1 8 9 . Entre a qu ello s que
(en con tra ste con la m ayoría de lo s a n a lista s) tom an en se rio la d o ctrin a freu-
diana de la p u lsió n d e m uerte, K .R . E issle r ha sid o e l m ás p e r su a siv o — o el
m en o s in c o n v in c en te — e n “ D ea th D riv e, A m b iv a le n c e , and N a r c issism ”, T h e
P y c h o a n a ly tic S tu d y o f th e C h ild . X X V I (1 9 7 1 ), 2 5 - 7 8 , una anim osa d e fen sa de
la p o lém ic a id ea de Freud. A lex a n d er M ilsc h e rlich la ex a m in a d esd e la pe r sp e cti
va d e la p s ic o lo g ía s o c ia l p s ic o a n a lít ic a en “ P sy c h o a n a ly sis and the A g g r e s
sio n o f Large G roups", In t. J . P s y c h o - A n a l., LII (1 9 7 1 ), 1 6 1 -1 6 7 . V é a s e la
o p in ió n p r ofu n d a m en te e s c é p t ic a d e un p s ic o a n a lis t a e m in e n te a c er ca d e la
p o s ib ilid a d d e tratar la a g r e s ió n c o m o u n a e n tid a d sim p le , e n L e o S to n e ,
“ R e fle c tio n s on the P sy c h o a n a ly tic C o n c ep t o f A g g r e s s io n ”, P s y c h o a n a ly tic
Q u arterly , X L (1 9 7 1 ), 1 9 5 -2 4 4 , un te x to m uy in q u ieta n te .
Por r a zon es o b v ia s, hay p o c o m aterial sob re lo s a rtículo s m e ta p sic o ló g ic o s
"p erdidos” de Freud. U n en sa y o b rilla nte e s Ilse G rub rich-S im itis, "Trauma or
D rive; D rive and Trauma: A R ead ing o f Sigm und F reud’s P h y lo g en etic Fantasy o f
1 9 1 5 ” , Freud Lecture leíd a en N u e v a Y ork el 28 d e abril de 1987, to d a v ía no
[856] E n sa y o b ib l io g r á f ic o
pu blicad a en el m om en to en que escr ib o e s to . En e l e n sa y o d e la m ism a autora
sob re e l d u o d é c im o a r tíc u lo m e t a p s ic o ló g ic o . qu e e lla d e sc u b rió , d e sc ifr ó y
p u b lic ó con e l títu lo de A P h y lo g e n e tic F a n ta sy , G rub rich-S im itis v in cu la su g e-
ren tem en le la teor iza c ió n de alto v u e lto d e la fa nta sía filo g e n é tic a freudiana co n
la batalla de toda la vida que libraron en e l p ensa m iento de Freud la le o n a del
trauma y la teoría pu lsio n a l de la s n e u r o sis. E sta c o n c ep ció n e s co ng ruente co n
e l Freud que presen to en e ste libro: un hom bre c om p rom etid o en una titá n ica
lucha subterránea entre el im pu lso a especu la r y la necesid a d de a uto d isciplina .
H ay tam bién conjeturas p rovech osas en Barry S ilv er stein , “ 'N ow C om es A Sad
S to r y ’: F reud’s L o si M e la p sy ch o lo g ic a l Papers", en F reud, A p p ra isa ls a n d R eap-
p r a is a ls , com p . d e Stepan sky, I, 1 4 3 -1 9 5 . (T a m b ién d esea ría llam ar la a ten ció n
sobre la e sc u e la p sico a n a lític a a n tim e ta p sic o ló g ica , qu e prefiere subrayar e l p en
sam iento c lín ic o de Freud. Entre lo s e n sa y o s m ás o rig in a les — aunque, a m i j u i
c io , en ú ltim a in sta n cia n o c o n v in ce n tes— e sc r ito s c o n e ste espíritu, se c uenta n
lo s a r tícu los de G eo rg e S . K lein , en e sp e c ia l “T w o T h eo ries or One?", d e su
P s y c h o a n a ly tic T h e o ry : A n E x p lo ra tio n o f E s s e n tia ls [1 9 7 6 ], 4 1 -7 1 , que debe
le er se en con ju n ció n co n otros ca p ítu lo s de e s e v o lu m e n . M erton M . G ilí y P h i
lip S . H olzm an han reunido a lgu nos a rtíc u lo s su g eren tes de esta m ism o o rien ta
c ió n en P s y c h o lo g y v e r s u s M e ia p s y c h o lo g y : P sy c h o a n a ly tic E ss a y s in M e m o ry
o f G e o rg e S. A T/em [1976].)
Sobre e l fin a l de la guerra y su s se c u e la s in m ediatas entre las derrotadas
P oten cias C en trales, lo m ejor e s e l estu d io eru dito d e F .L. C arstein, R e v o i u ti o n
in C e n tra l E u ro p e, ¡ 9 1 8 - 1 9 1 9 ( 1 9 7 2 ), que se basa e n fuenta s in éd itas a sí c o m o
e n m aterial im p r eso , y tien e e x te n so s c a p ítu lo s so b re A ustria. John W illia m s,
The O th er B a ttle g ro u n d : The H om e F ro n ts, B rita in , F ra n ce and G erm a ny 1 9 1 4 -
1918 (1 9 7 2 ) v a m ás allá de lo que enun cia su títu lo , co n co m en ta rio s sobre A u s
tria en c am in o a la derrota. O tto Bauer, D ie ó s te r r e ic h is c h e R e v o iu tio n ( 1 9 2 3 ) es
un relato de un s o c ia lista que pa rticip ó e n la r ev o lu ció n . L os co n o c im ien to s eru
d itos m odern os están so b ria y e c o n ó m ic a m en te presen ta d o s e n Ó ste rre ic h 1 9 1 8 -
¡ 9 3 8 . G e sc h ic h te d e r E rsten R e p u b ltk , co m p . de Erika W c in zierl y Kurt Sk aln ik,
2 v o ls. (1983); v é a se esp e cia lm e n te W o lfd ieter B ih l, “ D er W eg zum Zusam m en-
bruch-O sterreich-U ngarn unter Karl I. (IV .)”, 2 7 -5 4 ; Karl R. Stadler, “D ie Grün-
dung der R ep u b ljk ”, 5 5 -8 4 ; y F ritz F ellner, “ D er V ertrag v o n St. G erm am ”, 8 5 -
1 06. T am bién de particular im portancia e n e ste v o lu m e n son Hans Kernbauer,
Eduard MSrz y Fritz W eber, “D ie w ir tsc h a ftlic h e E n tw icklun g", 3 4 3 -7 9 ; Ernst
BTuckm üller, “ Sozialstruktur und S o z ia lp o litik ”, 3 8 1 - 4 3 6 , Erika W inzierl, "Kir-
c h e und P o litik ”, 4 3 7 -9 6 . U no de e sto s autores, Karl R . Stad ler, puede le er se en
in g lé s : T h e B irth o f th e A u stria n R e p u b iic ( 1 9 6 6 ). E l relato auto b io g rá fico de
A nn a E isem en g er , B lo c k a d e : The D ia r y o f a n A u stria n M id d le c la s s Viornan,
¡ 9 1 4 - 1 9 2 4 trad. anón ., 1 9 3 2 ) e s co n m o v ed o r. T a m bién m erece leerse, sob re el
m ism o tem a, Ottokar L andw ehr-P ragenau, H u n g e r. D ie E rsch ó p fu n g sja h re d e r
M itte lm á c h te ¡ 9 1 7 /1 8 ( 1 9 3 1 ). A u fbruch un d U n terg a n g . Ó ste rreich isc h e K u ttu r
z w is c h e n 1 9 1 8 un d 1 9 3 8 . com p . de Franz K ad rn oska ( 1 9 8 1 ), es un acom paña
m ien to ilu m inad or, que c o n tien e e n sa y o s so b re e l teatro y e l c irc o , la caricatura
y e l c in e , lo s pin tores y lo s fe stiv a le s; el a rtícu los de U rsu la K ubes, ‘“ M odern
N e r v o sitá te n ’ und die A n fá n g e der P sy c h o a n a ly se ”, 2 6 7 -2 8 0 , resu lta particular
m en te pertin en te. W alter G o ld in g er, G esc h ich te d e r R ep u b ltk Ó ste rreich ( 1 9 6 2 ),
es un a in v e stig a c ió n sob ria. Entre lo s lib ro s de recuerd o s, v é a se esp e cia lm e n te
B erth a Zuckerkand], Ó ste rre ic h in lim . E rin n eru n g e n ¡8 9 2 -1 9 4 2 , com p. d e R ein-
hard F ederm ann (1 9 7 0 ). C hristine K lu sa cek y Kurt Stim m er, com p s. D o k u m e n ta -
tio n zu r ó s te r r e ic h is c h e n Z e itg e s c h ic h te , 1 9 2 8 - 1 9 3 8 (1 9 8 2 ) o fre ce fragm en tos
bien e leg id o s de todos lo s a sp ecto s de la historia de A ustria durante esa década.
Jacques Hannak, K a rl Rerm er un d se in e Z eit. V ersu ch e in e r B io g ra p h ie ( 1 9 6 5 ), es
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 5 7 ]
una b io grafía e x h a u stiv a d e l p o lít ic o y teó rico so c ia lista , c o n e x te n sa s c ita s de
d o c u m e n to s. P eter C se n d e s, G esch ich te W iens ( 1 9 8 1 ) e s una in v e s t ig a c ió n
p ob re . The Jew s o f Austria, c o m p . d e F raenk el, resu lta in d isp e n sa b le d e nu ev o
por algunas d e su s s e le c c io n e s . A .J. M ay tien e un ú til e n sa y o , "W ood row W il-
son and A ustria-H un gary to the End o f 1917", en Festschrift fiir H einrick Bene-
d ik t, com p . de H. H a n tsch y o tro s ( 1 9 5 7 ). 2 1 3 - 2 4 2 . W ils o n e s ta m b ién e l tem a
de Klaus S chw ab e, W oodrow W ilson, R evolutionary Germany, and Pacemaking
1918-1919: M issionary D iplom acy and the R eality o f Power (1 9 7 1 ; trad. de R ita
y R obert K im ber, 1 9 8 5 ). T r es b io g ra fía s ya cita d a s so n v a lio s a s para e sa época:
T im m s, Karl Kraus, Apocalyptic Salir ist.; Luft, R obert M usil and the C risis o f
European Culture, y P r a te r , E u ro p ea n o f Y esterday: A Biography o f Stefan
Zw eig.
El su icid io d e V ícto r T a u sk ha sid o tem a de una co ntro v ersia envenenada.
Primero lo d iscu tió e l ten d e n c io so estu d io d e Paul R oazen, Brother A nim al: The
Story o f Freud and Tausk ( 1 9 6 9 ), en e l que Freud e s e l m a lo de la p elícu la ; v o l
v ió a d iscu tirlo K .R . E issle r e n una r ép lica cara cterística (m u y in d ig n a d a y m inu
c io sa ). Talent and Genius: The Fictitious Case o f Tausk Contra Freud ( 1 9 7 ] ) , y
de nu ev o lo e x a m in ó e l m ism o E issle r en Víctor Tausk’s Suicide (1 9 8 3 ).
El testim o n io de Freud sobre las n eu ro sis de guerra ante lo s tribunales de
V iena ha sid o m uy b ie n ex a m in a d o e n K .R . E issler, Freud as an Expert Witness:
The Discussion o fW a r Neurosis between Freud and Wagner-Jauregg (1 9 7 9 ; trad,
de C h r istin e T i o llo p e . 1 9 8 6 ). V é a s e tem b ié n E issle r , “M a lin g e r in g ”, en P sy -
choanalysis and C u ltu re, c o m p . de G e o rg e W ilb ur y W arner M uensterberger
(1 9 5 1 ), 2 1 8 - 2 5 3 . El r e c o n o c im ie n to por lo s a n a lista s de qu e lo s traum as p s ic o
ló g ic o s de lo s so ld a d o s eran grano para su m o lin o lo g ró una am plia p u blicidad
con a lgu n os trabajos p resen ta d o s en e l c o n g r eso in tern a cio n a l de p s ico a n a lista s
Teunido en B u dap est en 1 918; v é a se Sándor F eren zci, Karl Abraham , Ernest Sim-
m el y E rnest J o n e s, P sycho-Analysis and the War N eurosis (1 9 1 9 ; trad. — proba
b lem en te— de Ernest Jo nes. 1 9 2 1 ). La “In tro d u cció n ” de Freud para e s e v o lu
m en, y su “M em orándum o n the E lectrica l T reatm ent o f War N eu ro tic s” , escrito
en 1 9 2 0 y p u b lica d o e n 1 9 5 5 , se p u ed en le er e n l a £ £ X V II, 2 0 5 -1 5 . U n pio n ero
en e ste c am p o, e n A le m a n ia , fu e Ernst S im m e l, c u y o Kriegsneurosen und psy-
chisches Trauma (1 9 1 8 ), ha ten id o in flu e n c ia ; otro p io n e ro , en In glaterra, fue
M .D . Eder; v é a se su W ar-Schock. The P sycho-Neuroses in War: Psychology and
Treatment ( 1 9 1 7 ).
En la corresp o n d en cia de Freud co n su s am ig o s de B u dap est. B e rlín y L on
dres, y c o n su so b rin o S a m u el de M a n c h e ste r, abundan lo s d e ta lle s so b re el
m odo de v id a del m aestro en la V ien a fría y ham brienta p o sterio r a 1 9 1 8 . V éa se
tam b ién el a r tíc u lo br e v e de otro so b r in o , Ed w ard L. B a r n a y s," U n e le S ig i" ,
Journal o f the H istory o f M edicine and A llied Sciences, X X X V (abril d e 1980),
2 1 6 -2 2 0 . H e sacado partido de un rev ela do r artículo a cerca de los e fe c to s de la
guerra y de la "realidad s o c ia l” so b re e l pensa m iento de F reud en e so s días: Loui-
se E. H offm an , “W ar, R e v o lu tio n , and P sy ch o a n a ly sis: F reudian T h o ug h t B eg in s
to G rapple w ith S o c ia l R e a lity ”, Journal o f the H istory o f Behavior al Sciences,
X V II (1 9 8 1 ), 2 5 1 -2 6 9 . S te fa n Z w e ig , Die W ilt von G eslern. E rinnerungen eines
Europaers (1 9 4 4 ) [ trad. c a st.: El mundo de ayer, B a rcelo n a , Juventu d, 1 9 6 8 ], en
e sp e cia l e l cap ítu lo "H eim k eh r nach O sterreich ” . d e sp lie g a m uchos d e ta lle s v iv i
dos (tal v e z , c o m o de co stu m b re , un tanto d em a sia d o v iv id o s ) . C om o so b rio
c orrectivo de las o p u len ta s h ip érb o les de Z w e ig , v é a se d e n u ev o Prater, E urope
an o f Yesterday: A Biography o f Stefa n Zw eig, e sp e cia lm e n te e l cap. 4 , “ Salz-
burg and S u c c e ss, 1919-1925”. El tex to a u to b io g rá fic o d e R ichard F. Sterba,
Rem iniscences o f a Viennese Psychoanalyst ( 1 9 8 2 ), es d é b il. A [bram] K ardiner,
My A nalysis with Freud: R em iniscences (1 9 7 7 ), aunque está le jo s d e ser c o m p le
[8 5 8 ] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
to, tran sm ite algo de lo qu e p robab lem ente sig n ific a b a la c o n d ició n de “d iscíp u
lo ” ’ extranjero de Freud desp ués de la guerra.
SobTe G rodd eck, v é a se esp e cia lm e n te Cari. M . y S y lv a G rossm an, The W ild
Analyst: The Life and Work o f Georg Groddeck (1 9 6 5 ), b reve y pop ular, pero
con una b iografía co m p leta de lo s escr ito s del b iog ra fia d o . Sándor F eren czi r ese
ñó la n o v e la de G rodd eck. Der Seelensucher, en 1921 (v é a se Schriften zur Psy-
choanalyse, c o m p ., de B a lin l, II, 9 4 - 9 8 ). Es in teresa n te la v a lo r a ció n de Law ren-
ce D urrell, “ Studies in Genius: V I. G roddeck”, H orizon , X V II (ju nio d e 1 9 4 8 ),
3 8 4 -4 0 3 . El lib ro prin cip al de G roddeck so b re el E llo pu ed e le er se en in glés:
The B o o k o f the ¡t (1 9 2 3 ; trad. de M .E. C o llin s, 1 9 5 0 ) [trad. cast,: El libro del
ello, M adrid, Taurus, 1 9 7 3 ]. M argarethe H on eg g er ha com p ila d o una pequeña
se le c c ió n de su c o rr esp o n d en cia co n F reud y otros: Georg Groddeck-Sigmund
Freud. Briefe über das Es (1 9 7 4 ).
S ob re la p sico lo g ía so c ia l de Freud, v é a n se esp e cia lm e n te Sándor Ferenczi,
"F reud’s ‘M a ssen p sy c h o lo g ie und I c h -A n a ly se ’. Der in d iv id u a lp sy ch o lo g isc h te
F orlsch ritt" ( 1 9 2 2 ), en S chriften zur Psychoanalyse, co m p . de B a lin t, II, 1 22-
126, y P h ilip R ie ff, “T h e O iig in s o f F reud’s P o litic a l P sy c h o lo g y " , Journal o f
the History o f ¡deas, X V II ( 1 9 5 6 ), 2 3 5 - 2 4 9 . R oberto B o c o c k aborda de m anera
su geren te a Freud co m o s o c ió lo g o en Freud and M odern Society: An Outline and
A nalysis o f Freud Sociology (1 9 7 6 ). In cid en ta lm en te, h a y un m anuscrito anota
do de la M assenpsychologie und Ich-Anaiyse, un verdadero h a lla zg o , en la Rare
B o o k and M anuscript Library, C olum b ia U n iv e r sity .
Capitulo nueve. La muerte contra la vida
Sobre la lucha de Freud co n su cáncer, Schur, Freud, Living and Dying, en
e sp e cia l los cap ítu lo s 13 a 16 , es un texto autorizad o, que hay qu e com plem entar
(y en algu nos pu ntos co rreg ir) co n e l m em oran do in éd ito del m ism o autor, “The
M ed ical C ase H istory o f Sigm u nd Freud", de fech a 27 de febrero de 1954, Pape
les de M ax Schur, LC . Las cartas de A nna Freud a Schur y a Ernest Jones añaden
d e ta lle s p r e ciso s y dram áticos. Sharom R om m , The Umvelcome ¡ntruder: Freud's
Struggle with Cáncer ( 1 9 8 3 ) in clu y e ta m b ién d e ta lle s e in fo rm a ció n sob re los
m éd ico s, lo s ciru jan os y las operacion es de Freud, que e n gran m edida no pueden
o btenerse en otra parte. E sto y en deuda c o n un b ien in form ado m anuscrito in éd i
to d e Sanford G iffo rd , “N o te s on F élix D eu tsch as F T eud’s P ersonal P h y sicia n ”
( 1 9 7 2 ), que expT esa sim pa tía co n F élix D eu tsch en e l m o m ento de su aprieto,
p ero sin s e n t im e n ta lis m o . E l a r tíc u lo d e] p r o p io D e u ts c h , “ R e f le c t io n s o n
F reud's O n e Hundredth Birthday”, Psychosom atic Medicine, X V III (1 9 5 6 ), 2 79-
2 8 3 , tam b ién ayud a. A sim ism o , en e ste pu nto d e m o str ó ser in v a lo ra b le m i
en trevista con H elen Schu r, e l 3 de ju n io d e 1 9 8 6 . So b re H e in e le , e l nieto de
Freud, m e ayudó una co m u nica ció n privada de H ilde Braunthal, quien en sus años
de estu dian te trabajó en la casa de M a th ild e y R obert H o llitsch er , donde e l niño
v iv ió su s ú ltim o s m ese s. H .D . [H ild a D o o little ], Tribute to Freud, o frece algunas
m iradas retrosp ectiv a s a la s décadas de 1 9 2 0 y 1 9 3 0 . La entrevista de G eorge
S ylv este r V iereck , rea liza da en 1 926, p u b lica d a separadam en te en 1927, y d es
p u és e n G lim pses o f the Great ( 1 9 3 0 ), in clu y e cita s c a ra cterística s, pero debe
e m p learse con c autela.
H ay pasajes e v o ca tiv o s y d e scrip tiv o s sob re la popularid ad de Freud en la
A ustria de la década de 1920 en Elias C anetti, Die Facket in Ohr. Lebensges-
chichte 1921-1931 ( 1 9 8 0 ). e sp e cia lm e n te 1 3 7 -3 9 . So b re E sta d o s U n id o s, las
ojeadas de R onald S teel en su Walter Lippmann and the American Century (1 9 8 0 )
pu ed en com p lem enta rse c o n algunas cartas de L ippm ann, bien co m p ila d a s por
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 5 9 ]
John M or ton B lum en P ublic Philosopher: Selected Letters o fW a lte r Lippmann
(1 9 8 5 ). A lfred K asin, On N ative C rounds: An Interpretation o f Modern Ameri
can Prose L itera tw e (1 9 4 2 ; e d . en r ú stic a , 1 9 5 6 ) lie n e c o m e n ta rio s al pasar
sobre la in flu en cia de Freud en la déca da de 1 9 2 0 , lo m ism o que R ichard W eiss,
The Am erican M yth o f Success, fro m H oratio A lger lo Norman Vincent Peale
(1 9 6 9 ). M artin W angh . c o m p ., F ruilion o f an ¡dea: Fifty Years o f P sychoanaly
sis in N ew York (1 9 6 2 ) e s m agro y auto co ng ra tu la to rio ; lo qu e se n e c esita es
una h istoria c o m p leta m en te do cum enta da d e l Institu to P sic o a n a lítico de N ueva
Y ork. U n e stu d io anterior rea liz a d o por un te stig o p r e sen cia l, C .P . O b ernd orf, A
Hisiory o f Psychoanalysis in A m erica ( 1 9 5 3 ) e s altam en te p er so n a l pero útil.
D avid Shakow y D a v id R apaport, The ¡nfluence o f Freud on Am erican Psycho
lo g y ( 1 9 6 4 ) lle v a e l relato m ás a llá d el e x c e le n te H ale, Freud and the Ameri-
cans. U na b u en a co m p a ñía d e H ale es John C . B u m h a m , P syc h o a n a lysis in
Am erican Medicine, ¡894-1918: M edicine, Science, and Culture (1 9 6 7 ). T a m b ién
hay buen m aterial en B u m h a m , J e lliffe : Am erican Psychoanalyst and Physician
(1 9 8 3 ), qu e in clu y e la c o rresp o n d en cia de J e lliffe con Freud y Jung, c o m p ila d a
por W illiam M cG uire. V éa se tam bién John D em o s, “O edip us and A m erica: H isto-
r ica l P er sp ec tiv e s o n the R ec ep tio n o f P sy c h o a n a ly sis in the U n ite d S ta te s”,
The A nnual o f P sychoanalysis, V I (1 9 7 8 ), 2 3 - 3 9 , qu e e s r e fle x iv o y rev ela d o r.
(V é a n se en e l e n sa y o c o r r e s p o n d ie n te al cap. 10, a c o n tin u a ció n de é ste , títu lo s
con c er n ie n tes al a n á lisis le g o en E sta d o s U n id o s.)
U w e H enríck P eters, Anna Freud: A Life D edicated to Children (1 9 7 9 ; trad.
anón ., 1 9 8 5 ), p e r sev e ra c o n v a lo r p ero sin e fic a c ia , al n o contar c o n la a y u d a de
lo s p ap eles de A nn a Freud, y lo m ism o ha ocurrid o c o n otros e sfu er zo s b io g rá fi
cos; tendrem os que aguardar la autorizada biografía de Elisabeth Y oun g-B ru eh l, de
qu ien h e p od id o c o n o cer algu nas d e su s in v estig a c io n e s en una charla qu e dio en
e l M urial Gardiner Program in P sy c h o a n a ly sis and the H u m an ities, Y a le U niver-
sity , e l 15 de enero d e 1 9 8 7 ; e n v arias c o n v e r sa c io n e s, y por una carta d irig id a
a m í e l 7 d e m ayo d e 1 9 8 7 . A lg u n o s de lo s a rtículo s d e d ica d o s a A nn a Freud en
The P sychoanalytic Study o f the Child, X X X IX (1 9 8 4 ), c ontrib uyen a d efinir el
retrato de una persona r eservad a y fa scin a n te. V éa se esp e cia lm e n te J oseph G old s-
tein, “ A nna Freud in Law ”, 3 -1 3 , y tam bién Peter B. N eubauer, “A nna F reud’s
C on cep l o f D ev e lo p m e n ta l L in e s” , 1 5 -1 7 ; L eo R angel, “T he A nn a Freud Exp e-
rien ce", 29 -4 2 ; A lbert J. S o ln it y L o ttie M . N ew m a n , “ A nna Freud: T he C h ild
Expert", 4 5 -6 3 , y la e v o c a c ió n d e R obert S . W a llerstein , “A nn a Freud: R a d ica l
Innovator and Stau nch C o n se r v a tiv e ” , 6 5 -8 0 . La c o n fer en cia d e la so b rin a de
Anna Freud, S op hie Freud, The Legacy o f Anna Freud (1 9 8 7 ) e s p e r so n a l y c o n
m oved ora, Kardiner, M y A n a lysis w ith F reud, in c lu y e a lg u n o s m o m e n to s que
atraen la aten ción . Las cartas in éd ita s d e A nna Freud, en e sp e c ia l la s d irig id a s a
M ax Schur y a Ernest Jones; la s cartas in éd ita s de Freud a Ernest Jones e (in c lu
so m ás) a su in d isp en sa b le am iga y co n fid e n te Lou A n d rea s-S a lo m é, ayudan adi
cion alm en te al bio g rá fo . (S o b re L ou A nd re a s-S a lo m é, v éa n se su s escr ito s auto
b io g r á fic o s, e n e s p e c ia l su Lebensrückblick (1 9 5 1 ], y A n g e la L iv in g sto n e , Lou
A nd reas-Salom é [1 9 8 4 ], que se basa en a lg u n o s m ateria les in éd ito s.) S in em bar
go , la fu en te m ás v a lio s a en lo qu e resp ecta a A nna Freud e s d esd e lu eg o la
corresp ond en cia in éd ita entre e lla y e l padre, qu e está en la Freud C o lle ctio n ,
L.C .
S ob re e l p s ic o a n á lis is e n B e r lín , v é a s e la r ev e la d o r a (y m u y d iv e r tid a )
corresp ond en cia entre lo s S trach ey: B loom sburylFreud: The Letters o f Jam es and
A lix S trachey, 19 2 4 -1 9 2 5 , co m p . d e Perry M e ise l y W a lter K end rick ( 1 9 8 5 ).
A dem ás, v é a se el extraord inariam en te in stru ctiv o F estsch ríft, Zehn Jahre Berli-
ner P sychoanalytisches In stitu í (P oliklinik und Lehranstah), com p. de D eu tsch e
P sych o a n a ly tisch e G e se llsc h a ft (1 9 3 0 ), c o n in fo r m es b rev es d e Ernst S im m e l,
[8 6 0 ] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
O tto F en ic h e l, K aren H o m e y , H anns S a ch s, G rcgory Z ilb o o r g y o tro s, so b re
to d o s lo s a sp e c to s de la in stitu ció n , su s r eg la s, su s a lu m n o s, su s p a c ie n tes y su
program a. M elan ie K le in , qu ien prim eram ente d ejó su im pronta en B erlín, sig u e
sien d o extraord inariam en te controvertid a, y la b io g ra fía de P h y llis Grosslcurth,
Melanie Klein: Her W orld and Her Work (1 9 8 6 ), aunque m uy com p leta y basada
en la in v e stig a c ió n a m plia d e lo s p a p eles de K le in , no ha cerrado el d eb a te. He
aprendido m ucho en e se lib ro, pero no co ncuerd o co n Grosslcurth en su c o n c ep to
m ás b ien pobre d e A nna Freud. Hannah S e g a l, una k lein ia n a em in en te, ha e scrito
d o s in v e stig a c io n e s b r e v es m uy ú tiles: In tro d uction to the W ork o f M elanie
K lein (1 9 6 4 ) [trad. c a st.: Introducción a la obra de M elanie Klein, B u en o s A ires,
P a id ó s, 1 965) y K lein ( 1 9 7 9 ).
Sob re la in flu e n c ia de Freud en F rancia, v é a se el brev e pero su sta n cio so
Sherry T u rk ley, Psychoanalytic P olitics: F reud’s French Revolution (1 9 7 8 ) [trad.
c a st.: Jacques Lacan. La irrupción del psicoanálisis en Francia, B u en o s A ir es,
P aid ós, 1 9 8 3 ], que d escrib e e l su rgim iento de una cultura p sico a n a lític a ca ra cte
r ísticam en te fran cesa. L os in tercam bios entre Freud y R en é L aforgue, trad. al
fran cés d e Pierre C o te t y com p . de A ndré B ou rg u ig n o n y oitos , en “M ém o ria l” ,
N ouvelle Revue de Psychanalyse, X V (abril de 1 9 7 7 ), 2 3 6 - 3 1 4 , son ta m b ién in s
tru ctiv o s, lo m ism o qu e e l m uy a m plio in form e d e E lisa b e th R o u d in e sc o , L a
bataille de cent ans. Histoire de la psychanalyse en France, v o l . I, 188 5 -1 9 3 5
( 1 9 8 2 ) y v o l. II, 1 925-1985 (1 9 8 6 ). V éa se tam bién Ilse y R obert B a ia u d e, H is
toire de la psychanalyse en France ( 1 9 7 5 ). D e sd e lu e g o , e l p s ic o a n á lis is en
Francia e stá lig a d o a M arie Bonaparte. C elia B ertin , M arie Bonaparte: A Life
( 1 9 8 2 ), la m en tab lem en te e s m uy in su sta n cia l, sob re to d o a cerca de las id ea s de
la p r in ce sa y de su trabajo d e o rg a n iz a ció n d e l p sic o a n á lisis en F rancia. Se p u e
de esperar una bio g ra fía m ejor.
Entre los an a lizan dos que han hablado sobre Freud se cuentan H ilda D o o lit-
tle [H .D .], Kardiner y la e x tin ta Jeanne L am pl-d e G root (en una e n trev ista c o n
m ig o , cord ial, fascin a n te, a m enudo co n m o v ed o ra , que tuvo lu gar e l 2 4 de o c tu
bre de 1 9 8 5 ). S ob re H .D ., v é a se la co m p leta b io g ra fía d e J a nice S . R o b in so n ,
H.D.: The Life and Work o f an Am erican Poet (1 9 8 2 ), que hay que com plem entar
con Susan Stanford F riedm an, “ A M ost L u scio us ’V ers L ibre’ R elationship: H .D .
and Freud”, The A nnual o f Psychoanalysis, X IV (1 9 6 8 ), 3 1 9 - 3 4 3 . E l lib ro d e e se
analizan do “ exp erim en ta l” que fue J oseph W o r lis, Fragm ents o f an A n alysis
with Freud (1 9 5 4 ), registra a lgu nas sorpren dentes in te rv e n c io n es de Freud, pero
en últim a in sta n cia e s in sa tisfa c to rio , p u esto qu e W o rtis no estab a r ea lm en te
in teresad o en an aliza rse. So b re las r ela c io n e s y lo s c o rr esp o n sa les d e Freud en
e so s años, arrojan m ucha lu z dos artículos de D a v id S. W erm an pu b lica d o s en
Int. Rev. P sy ch o-A n a l.: “ Stefan Z w e ig and H is R ela tio n sh ip w ith Freud and
R olland: A Study o f the A u x ilia ry E go Id ea l”, VI ( 1 9 7 9 ), 7 7 -9 5 , y “Sigm u nd
Freud and R om ain R o lla n d ” , IV (1 9 7 7 ), 2 2 5 - 2 4 2 . H ay adem ás un e n say o de
D avid Jam es F ish er, “ S ig m u nd Freud and R om ain R olland: T h e Terrestrial A nim al
and His G reat O cea n ic F rien d”, Am erican ¡mago, X X X III (1 9 7 6 ), 1 -59 . M ary
H íg g in s y C h ester M . R a p h a el, co m p s. Reich S peaks o f Freud: Wilhelm Reich
D iscuses H is W ork and H is R elationship w ith Sigm und Freud (1 9 6 7 ) in c lu y e
algu nos com entarios m uy in teresan tes (aunque de co n fia b ilid a d du dosa) sobre lo s
ú ltim os años de Freud, e in clu so una prolon gada en trev ista de K .R . E issler con
R eich . A lbrecht H irschm üller ha publicado un par d e cartas reveladoras de Freud
al hijo de J o se f B reuer, env ia d a s en o c a sió n de la m uerte del padre: ‘“ B alsam auf
eine schm erzende W un de’ -Z w ei bisher unbekannte B riefe Sigm u nd Freuds tiber
se in V erhaitn is z u J o se f B reu er”, P syche, X L I (1 9 8 7 ), 5 5 -5 9 .
Sobre la debatid a c u e stió n d el interés d e Freud por e l o c u ltism o , e s probable
q u e pu ed a r ea liz a rse m ás trabajo. N ador F odor, Freud, Jung, and O ccultism
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 6 1 ]
(1 9 7 1 ), c s iá le jo s de ser c o n c lu y e n te . Por otra parte. J o n e s III, 3 7 5 - 4 0 7 , e s m uy
c o m p leto y ecu án im e.
C apituixi diez. L u c e s v a c ila n te s s o b r e c o n tin en te s n e g ro s
S ob re Otto Rank, adem ás de las b io g ra fía s y a citad as — L ieberm an, R a n k , y
T áft, O tto R an k, por ig u a l trabajos r e a liz a d o s co n am or— v é a se Esther M enaker,
O tto R an k; A R e d isc o v e re d L e g a c y ( 1 9 8 3 ), que co n sid era a Rank un p s ic ó lo g o
d el y o , y r esp on d e a a lgu nas d e la s c r ític a s d irig id a s por Ernest J o n e s a su obra
y su carácter. El e stu d io de Rank y F er en cz i, T h e D e v e lo p m e n t o f P sy c h o a n a ly -
s is (1 9 2 4 ; trad. de C aroline N ew to n , 1 9 2 5 ) ha sid o reim p reso m ás d e una v e z . El
lib ro m ás popular de R ank, Tre T raum a o f B irth (1 9 2 4 ; trad. a n ó n ., 1 9 2 9 ) [trad,
c a st.: El trau m a d e l na c im ien to , B u en o s A ir e s, P a id ó s, 19 6 1 ] sig u e en lib rería s.
H ay tam b ién un a se le c c ió n de su s v o lu m in o so s e scrito s: P h ilip Freund, c o m p .,
T he M y lh o f th e b irth o f th e H e ro a n d O th e r W ritin g s (1 9 5 9 ), p r in cip a lm en te
d e d icad os a lo s tem as d el arte y e l m ito . E l m ás prom inente e n tu sia sta de Rank
fue e l e x tin to so c ió lo g o E rnest B e ck er , se g ú n lo a testig u a n su T h e D e n ia l o f
D ea th ( 1 9 7 3 ) y E sc a p e f r o m E v il (1 9 7 5 ).
S ob re la angu stia, la “ E d ito i’s In tr o d u ctio n ” a I n h ib itio n s , S y m p to m s a n d
A n x ie ty [In h ib ic ió n , sín to m a y a n g u s tia ], S E X X , 7 7 -8 6 , es particu larm ente útil.
M ucho m ás e x ten sa es k in v e stig a c ió n e n tres partes d e A lia n C om p ton, "A
Study o f the P sy ch o a n a ly tic T h eo ry o f A n x ie t y ”, qu e apareció en J .A m e r . P sy -
c h o a n a l. A ssn .: “]. T h e D ev e lo p m e n t o f F reu d ’s T h eo ry o f A n x iety " , X X (1 9 7 2 ),
3-4 4 ; “II. D e v e lo p m e n ts in the T h eo r y o f A n x ie ty sin c e 1 9 2 6 " , X X ( 1 9 7 2 ),
3 4 1 -3 9 4 , y ‘"III. A P relim in ary F o rm u lation o f the A n x ie ty R esp o n s e ”, X X V III
(1 9 8 0 ), 7 3 9 - 7 7 4 . C o m o de co stu m b re , Otto F en ic h e l tien e v a rio s a rtículo s in te
r esa n te s sob re el tem a, en e s p e c ia l “O rgan L ib id in iza tio n A c c o m p a n y ín g the
D e f e n s e a g a in st D r iv e s ” ( 1 9 2 8 ) , C o l le c te d P a p e r s , la . s e r ie , X X 1 2 8 - 1 4 6 ;
“ D e fe n se a gain st A n x ie ty , P a rtic u la r ly by L ib id in iza tio n " (1 9 3 4 ), C o l le c te d
P a p er s, l a se r ie , 3 0 3 - 1 7 , y e l pa r ticu la r m e n te o r ig in a l “ T he C o u n te r-P h o b ic
A ttitud e” ( 1 9 3 9 ). C o lle c te d P a p e r s, 2 a se rie , 1 6 3 -1 7 3 . El p er su a siv o a rtículo en
dos p artes de P h y llis G reen a cre, “ T h e P re d isp o sitio n to A n x ie ty " (1 9 4 1 ) en
Traum a, G row th , and P e r so n a lity, 2 7 - 8 2 , rastrea la p r e d isp o sic ó n a ang u stia rse
hasta la e x iste n c ia intrauterina. V éa se tam b ién Ishak R am zy y R ohert W allers-
tein , “P ain , Fear, and A n x iety : A S tu d y in T h eir In terrrelations” , T he P s y c h o a
n a ly lic S tu d y o f th e C h ild , X III ( 1 9 5 8 ), 1 4 7 -1 8 9 ; R en é A . S p itz, “ A n x ie ty in
ln fa n c y ” , In t. J. P sy c h o -a n a L , X X X I ( 1 9 6 5 ), 1 3 8 -1 4 3 , que ha de añadirse al fa s
cinan te m aterial d e S p itz, T he F irst Y ea r o f L ife ( 1 9 6 5 ) [trad. ca st.: E l p r im e r
año de la v id a del niñ o, M adrid, A g u ila r, 1 9 7 7 ]; C liffo rd Y o ik e y S tan ley W ise-
berg, “A D evelop m en ta ) V ie w o f A n x ie ty : S o m e C lin ica l and T h co retica l C o n si-
d e r a tio n s" , T h e p s y c h o a n a ly lic S tu d y o f th e C h ild , X X X I ( 1 9 7 6 ), 1 0 7 -1 3 5 ;
B etty Joseph , “ D iffe re n ts T y p cs o f A n x ie ty and T h eir H an dling in the A n a ly tic
Situ ation " , Jnt. J. P sy c h o -A n a l., L IX ( 1 9 7 8 ), 2 2 3 - 2 2 8 , y e l a rtículo qu e en el
m ism o núm ero d el Journal e stá a c o n tin u a ció n d e l anterior, L eo R a n g e lí, “On
U nd erstand ing and T reating A n x ie ty and its D e r iv a tiv es” ( 2 2 9 -2 3 6 ). M ax Schur
“T h e E go in A n xiety " , en D r iv e s , A ffe c ts, B e h a v io r, co m p . de L o e w en ste in 6 7 -
1 0 3 , e s u n c lá s ic o m en o r. U n tr a ta m ien to m ás b ie n in d iv id u a l d e l tem a se
encuentra e n e l im portante tex to d e S ilv a n T o m k in s, A ffe c ts . ¡ m a g e r y , C o n s-
c io u sn ess, v o l. II, T he N e g a tiv e A ffe c ts ( 1 9 6 3 ), e n e sp e c ia l 5 1 1 - 5 2 9 . H ay a lg u
nas d isc u sio n e s reveladoras (en a lg u n o s c a so s v e h e m e n tes) sob re la id ea s d e sc a
rriadas d e R ank en la s m inu tas de la S o c ie d a d P sico a n a lítica de N uev a Y ork, A .A .
B rill Library, N ew Y ork P sy c h o a n a ly tic Institu te.
[8 6 2 ] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
Los recuerd os de T h eod or R eik (co n c ita s esparcid as d e la s cartas que le
e n v ió Freud) o frecen m uchos d e ta lle s in teresan tes: The Search W ithin: The lnner
Experiences o f a Psychoanalyst ( 1 9 5 6 ) e s un v a sto c o m p en d io ; e l anterior From
Thirty Years with Freud (trad. d e R ichard W in ston , 1 9 4 0 ), d el m ism o autor, es
m ás e c o n ó m ic o y a g u d o . Erika F reem a n in c itó a R eik a record ar; v é a se su
Insights: Conversations with Theodor R eik ( 1 9 7 1 ). E] gran s im p o s io sob re el
a n á lisis le g o , o rg a n iza d o por M ax E itin g o n y Ernest J o n es, a pareció (en su ver
s ió n in g le s a ) en Int. J. Psycho-A nal., V III (1 9 2 7 ), 1 4 7 -2 8 3 ; 3 9 1 - 4 0 1 . La h is to
ria c om p leta de la actitu d norteam ericana h acia lo s analistas le g o s no ha sid o
e sc r ita , y, en v ista de su gran in te ré s h istó r ic o , sig u e sie n d o m u y d e se a b le .
S ob re e l análisis le g o , la m inutas de la S o c ie d a d P sico a n a lítica de N u e v a York
son lam en tablem ente m uy po b res. Por ahora, v é a se sob re todo A m erican Psy
choanalysis: O rigins and D evelopm ent, co m p . de Jacques M . Q uen y Eric T .
C arlso n (1 9 7 8 ). En O b ernd orf, H isto ry o f P sychoanalysis in A m erica, v é a se
esp e cia lm e n te el cap. 9 , “ Status o f P sy c h o a n a ly sis at the B e g in n in g o f the Third
D ec a d e ”, y e l cap. 10, “Storm y Y ears in P sy ch o a n a ly sis under N ew Y ork Lea-
der sh íp ”, que son v ig o r o so s, su b jetiv o s y dem asiado b rev es. U na v e z m ás. H ale,
Freud and the Americans, aunque lle g a s ó lo hasta 1 9 1 7 , co n fig u r a m uy b ien el
e scen ario; tam bién es ú til para e ste tem a Burnham , Jelliffe.
Jones III, 2 8 7 -3 0 1 , o fre ce una sín te sis general ecu á n im e que cubre toda la
contro v e rsia sobre el a n á lisis le g o , n o ta b lem e n te in form ativa a pesar d e su c o n
c isió n . N a d ie podrá acusar a K .R .E issle r de ser c o n ciso ; su M edical O rthodoxy
and the Future o f psychoanalysis ( 1 9 6 5 ) e s e x te n so , lo perju dican d ig re sio n es
c o m p la cien te s, pero en parte r esu lta r ev ela d o r. Entre lo s aportes r e c ien te s se
cuentan Law rence S. K ubie, “ R efle c tio n s o n T rain ing”, Psychoanalytic Forum, I
(1 9 6 6 ), 95 -1 1 2 ; S h e lle y O rgel, “ R ep ort from the Seventh P re-C o n g ress C o n fe-
r en ce o n T r ain in g " , In t. J. P sy c h o -A n a L , L IX ( 1 9 7 8 ) , 5 1 1 - 5 1 5 ; R o b e rt S.
W allerstein, “P erp ectiv es o n P sy c h o a n a ly tic Training A round the W o rld” , I n t .
J . Psycho-AnaL, LIX (1 9 7 8 ), 4 7 7 - 5 0 3 , y N e w e ll F ischer, "B ey o n d L ay A n a ly -
sis: P athw ays to a P sy c h o a n a ly tic C a reer” , J. Amer. Psychoanal. Assn., XXX
(1 9 8 2 ), 7 0 1 -7 1 5 , qu e in form a sob re un pan el d e d iscu sió n de la A m erican P sy
choan alytic A sso c ia tio n . Harald L eu p o ld -L ó w en ta l, “Zur G e sch ic h te der ‘Frage
der L ainenan alyse’”. P syche, X X X V III (1 9 8 4 ), 9 7 -1 2 0 , tiene algú n m aterial adi
c io n a l.
Gran parte (en r ealid ad, la m ayor parte) de la literatura reunida en to m o de la
con c ep ció n freudiana del d esarrollo fem en in o — e sp ecífica m en te, d e la sexualidad
fem en in a — e s p o lém ic a ; el p r oblem a ha sid o c a si totalm ente p o litiz a d o . Por fo r
tuna, lo s analistas — v a ro n es y m u jeres— no han perdid o la ca b e za . H ay d o s
in v estig a c io n e s r esp o n sa b les sob re la h isto r ia de las id eas d e Freud, rea liza da s
por Z en ia O des F lie g el: "F em inin e P sy c h o se x u a l D ev elo p m en t in F reudian T he
ory: A H istorical R ec o n str u c tio n ”, Psychoanalytic Quarterly , X L II (1 9 7 3 ), 3 8 5 -
4 0 8 , y su adecuada con tin u a ció n , “ H a lf A Century Later: Current Status o f Freud
C ontroversial V ie w s o n W o m en ”, P sychoanalytic Review, LX IX (1 9 8 2 ), 7 -2 8 ;
am bos trabajos proporcionan e x c e le n te in fo r m a ció n b ib lio g rá fic a . U na a n to lo
g ía am plia, Female P sychology: Contem porary Psychoanalytic Views, co m p . de
H arold P. B lum (1 9 7 7 ), c o n tien e un g en e ro so m uestreo d e artículos d el J . A m er.
Psychoanal. Assn. Entre lo s m ás v a lio s o s se cuentan, a m i j u ic io , Jam es A . K le-
em an, “ F reud’s V ie w on W arly F em ale S ex u a lity in the L ight o f D irect C hild
O b servation" , 3 -2 7 , a la v e z crític o y va lo ra tiv o d e las ideas de Freud; E leanor
G a le n s o n y H erm án R o ip h e, “ S o m e S u g g e s tiv e R e v isio n s C o n c er n in g E arly
F em ale D ev e lo p m e n t”, 2 9 -5 7 , un artículo m uy interesante; S a m u el R itv o , “ A do-
le sc e n t to W om an”, 1 2 7 -1 3 7 , que lle v a p ersu a siv a m en te la h istoria m ás a llá de
la in fan cia; W illia m I. G rossm an y W alter A . Stew art, “P en is Envy: From C hild-
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 6 3 ]
hood W ish to D ev e lo p m e n ta l M etaphor", 1 9 3 -2 1 2 , otra brUjula qu e apunta hacia
la r e v isió n en e l sen o d e l p s ic o a n á lisis; R oy Scha fer, “P ro b lem s in F reu d ’s P sy-
c h o lo g y o f W om en ". 3 3 1 - 3 6 0 , un a n á lisis p e r ce p tiv o d e a lg u n o s p ro b lem a s fu n
dam entales; D aniel S . J a ffe, “T h e M a scu lin e Envy o f W om an’s Procreative Func-
tion ’\ 3 6 1 -3 9 2 , que aborda e l r ev erso de la e n v id ia d e l p en e, y Peter B a rg lo w y
M argaret S chaefer, “ A N ew F em a le F em ale P sy c h o lo g y ? ”, 3 9 3 -4 3 8 , que exam in a
co n severidad literatura r ec ien te no p sico a n a lític a , se m ip sic o a n a lítica y seud o p-
s ic o a n a lític a , c o n r e s u lt a d o s e x c e le n t e s . En c a si t o d o s e s to s e n s a y o s h a y
am plias b ib lio g ra fía s. Entre otros a rtícu lo s s ig n if ic a t iv o s d e lo s autores rep re
sentados en la a n to lo g ía se c uenta n K leem an , “T h e E stab lish m ent o f C ore G en-
der Indentity in N orm al G irls. (a) Introdu ction ; (b ) D ev e ip m e n t o f the E go Capa-
c ity to D if fe r e n t ia t e ” , A r c h iv e s o f S exu a l B ehavior, I ( 1 9 7 1 ) , 1 0 3 - 1 2 9 , y
G alen son y R ophe, “T h e Im pact o f Early S ex u a l D isc o v er y on M o o d , D efen siv e
O r g an iz alion , and S im b o liz a tio n ”, The P sychoanalytic Study o f the Child , X X V I
(1 9 7 1 ), 1 9 5 -2 1 6 , que p u ed e co m p lem enta rse (y c ontrastarse) c o n su “T he Preoe-
dipal D e v e lo p m e n t o f the B o y ”, J. A m er. Psychoanal. Assn., X X VIII (1 9 8 0 ),
8 0 5 -8 2 8 . V éa se un su m a rio in te lig e n te d el m aterial que ha a parecid o d esd e la
a n to lo g ía d e 1977 en S h a h la C h e h r a zi. “ F em a le P sy c h o lo g y : A T ev iew ’’, J .
Am er. P sychoanal. A ssn ., X X X IV (1 9 8 6 ), 1 4 1 -1 6 2 . V éa se tam b ién el artículo
b reve su m am en te in s tu c t iv o de Iz a S . E r lic h , “ W hat H ap p en ed to J o c a sta ? ” ,
B ulletin o f the M enninger C linic, X L I ( 1 9 7 7 ). 2 8 0 -2 8 4 , qu e c o n toda pertin en
c ia se interroga por la s m adres de lo s h isto r ia le s de Freud. V éa se tam bién Jean
S trou se, c o m p ., W omen and A nalysis: D ialogues on P sychoanalytic Views o f
F em ininity ( 1 9 7 4 ).
M ás p r o m in e n te s e n tre lo s t e x to s p s ic o a n a lít ic o s c lá s ic o s q u e sig u e n la
in terp retación freudiana d e l d esa rro llo se x u a l de la m ujer, aunque no lib res de
algunas dudas, son M arie B on aparte, Female Sexuality (1 9 5 1 ; » a d . de John R od-
ker, 1 953) [trad. ca st.: La sexualidad de la mujer, B arcelo n a , E d ic io n e s 62 ], que
o r ig in alm en te apareció c o n la form a de tres a rtícu lo s p u b lica d o s en la R e vu e
Frangaise de P sychanalyse, e n 1 9 4 9 ; H e le n e D e u ts c h , T h e P sy c h o lo g y o f
W om en , 2 v o ls. ( 1 9 4 4 -1 9 4 5 ) , y R uth M ack B r u n sw ick . “T he P reo ed ip a l P hase
o f L ibid o D ev e lo p m e n t” ( 1 9 4 0 ). en The Psychoanalytic Reader , co m p . de R obert
F lie ss (1 9 4 8 ), 2 6 1 -2 8 4 . J eanne L am pl-d e G root ha escr ito a r tícu lo s que p u ed en
le erse en su c o m p ila c ió n T h e D evelopm ent o f the M ind: P sychoanalytic Papers
on C linical and Theorelical Problem s ( 1 9 6 5 ), en lo s qu e en u n cia con particular
lu cid ez las c o n c ep cio n es d e Freud: “T h e E v o lu tio n o f the O edip us C o m p lex in
W om en ” ( 1 9 2 7 ), 3 -1 8 ; "P ro b lem s o f F e m in ity ” ( 1 9 3 3 ), 19 -4 6 ; reseña de Sándor
R adó, “ Fear o f C astration in W o m en ” ( 1 9 3 4 ), 4 7 - 5 7 , y una im portante aporta
c ió n sobre el tem a de un esta d io m uy tem prano (en e l v arón), “ T he P reoed ip al
Phase in the D ev e lo p m e n t o f the M ale C h ild ” ( 1 9 4 6 ), 1 0 4 -1 1 3 . V éa se tam b ién
Joan R iviere. " W om a n lin ess as a M asqu erade” ( 1 9 2 9 ), en P sychoanalysis and
Female Sexuality, c o m p . de H end rik M . R u iten b eek ( 1 9 6 6 ), 2 0 9 -2 2 0 .
Para A braham sob re e ste tem a, v é a se, adem ás de su c o rr esp o n d en cia con
Freud, su artículo " M a n ife sta tio n s o f the F em a le C astration C o m p le x ” (1 9 2 0 ), en
Selected Papers o f Karl Abraham ( 1 9 2 7 ), 3 3 8 - 3 6 9 . L o s a r tícu lo s m ás sig n if ic a t i
v o s de Jones, que s e en cu en tra n e n P apers on P sycho-Analysis (4 a . e d ., 1 9 3 8 ),
son “T h e Early D e v e lo p m e n t o f F em ale S e x u a lity ” ( 1 9 2 7 ), 5 5 6 -5 7 0 ; “Th e Pha-
llic P h ase” ( 1 9 3 3 ), 5 7 1 - 6 0 4 , y “ Early F em a le S e x u a lity ” (1 9 3 5 ), 6 0 5 -6 1 6 ,
L os artículos de K aren H orney se p u ed en leer en in g lés. L os que le han dado
g r a v ita c ió n , r eu n id o s e n su F em in in e P sy ch o logy , co m p , d e H arold K elm an
( 1 9 6 7 ), so n “On the G e n e sis o f th e C astration C o m p lex in W o m en ” (1 9 2 4 ), 3 7 -
53; "T he F ligh t from W o m a nh o o d: T h e M a scu lin ity -C o m p le x in W om en as V ie-
w ed by M en and W o m en ” ( 1 9 2 6 ), 5 4 -7 0 ; “T h e D read o f W om en : O b servations
[ 864] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
on a S p e c ific D iffe re n c e in the D read Fclt by M en and by w om en R esp ec tiv ely
for th e O p p o site Sex" ( 1 9 3 2 ), 1 3 3 -1 4 6 , y “T h e D en ia l o f the V agina: A Contri-
bu tion to the Prob lem o f th e G e n ita l A n x ie tie s S p e c ific to W o m en ” ( 1 9 3 3 ),
1 4 7 -1 6 1 . Esta c o m p ila c ió n d e su s artículos in clu y e tam b ién a lgu n o s otros r ele
v a n te s. The Adolescent D iartes o f Karen Horney ( 1 9 8 0 ) so n p a té tic o s y r e v e la
dores; M areta W estk ott, The Fem inist Legacy o f Karen Horney (1 9 8 6 ) discu te
sus ideas contextualm ente. La n u ev a b io g ra fía de Susan Q uinn (que la autora me
p erm itió leer e n su m a n u scrito ), A M ind o f Her Own: The Life o f Karen Horney
( 1 9 8 7 ), es un tratam iento c o m p leto qu e h a ce ju stic ia a su v id a privada.
N o e s é ste e l lugar para exam in ar la protesta fem in ista contra las c o n c e p c io
nes "falocén trica s” de Freud, por in teresan te que sea e l tem a; el artículo de Bar-
g lo w y S ch aefer (ya cita d o ) d e fien d e v ig o r o sa y b e lic o sa m en te la p er sp e ctiv a
p sico a n a lític a . La aportación m ás útil y r esp o n sa b le, que trata de tener en c u e n
ta, pero tam bién de supcraT, la "p o lític a s e x u a l” y e l “c h a u v in ism o m a scu lin o ”
de Freud, e s un e stu d io de una psico te ja p eu ta y fem in ista activ a , Juliet M itc h e ll,
P sychoanalysis and Fem inism ( 1 9 7 4 ) [trad. cast.: P sicoanálisis y fem inism o,
B arcelon a, A nagram a, 1 9 7 6 ]. M ary Jane S h erfey , The Nature and Evolution o f
Female Sexuality ( 1 9 7 2 ) [trad. c a st.: N aturaleza y evolución de la sexualidad
fem enina, B a r ce lo n a , Barral, 1 9 7 7 ] c o n stitu y e un in tento ra cio n a l ten d ie n te a
revisar la teoría feu d ia n a so b re la b a se de la b io lo g ía m oderna. K .R . E issler,
"C om m cnts o n P en is En vy and O rgasm in W o m en ”, The Psychoanalytic Study
o f the C hild, X X X II ( 1 9 7 7 ), 2 9 -8 3 , se p ropon e tom ar en cuenta la literatura
rec ien te , fem in ista y p s ic o a n a lític a . So b re a sp ec to s d e la fa scin a n te h isto r ia de
la sexu alid ad fem en in a, y de la s actitu des co n r esp ecto al amor en la Europa del
sig lo X IX , que tien e m ucho que v er c o n la s co n c ep cio n es de Freud, v é a se G ay,
The B ourgeois Experience, v o l. I, Education o f the Senses, y v o l. II, The Ten
der Pasxion. Entre una v a sta literatura, só lo d esta co H elen e W eber, Ehefrau und
M utter in der Rechtsentw icklung. Eine Einführung (1 9 0 7 ), que in clu y e una se c
c ió n so b re A u stria , lo m ism o qu e R ichard J. E v a n s, The F em inist; W om en's
E m a n cip a tio n M ovem en ts in E uro p e, A m erica and A u stra la sia 1840-1920
( 1 9 7 7 ). La m ejor h isto ria brev e de las m ujeres austríacas en la é p o ca actual es
Erika W e in z ier d , Emanzipation? Ó slerreichische Frauen im 20. Jahrhundert
( 1 9 7 5 ), una in tro d u cció n . V en dría b ien una h isto r ia m ás ex te n sa .
Sobre el d elica d o tem a de Freud y su m adre, adem ás de J o nes, passim , y
M cG rath , F r e u d 's D isco very o f P sy c h o a n a lysis, v é a s e E va M . R o s e n f e ld ,
“D ream s and V ision : Som e R em arks o n F reud’s Egyptian bírd D rcam ” , In t. J.
Psycho-Anal., X X X V II ( 1 9 5 6 ), 9 7 -1 0 5 , y R o b e n D . S to lo r o w y G eo rg e E. A tw o-
od, “A D efen siv e -R e stitu tiv e F un ction o f F reud’s T h eory o f P sy c h o se x u a l D eve-
lo p m e n t”, P sychoanalytic R eview , L X V ( 1 9 7 8 ), 2 1 7 -2 3 8 , un im portante artículo
que aborda las r ela cio n es de Freud co n A m a lia Freud m ás o m en o s c om o yo. Los
autores u tiliza n co n p r o v e ch o T o m k in s, A ffect, Im agery, Consciousness. Donald
L. Burnham ha pu blicad o una carta tardía de Freud al p sico a n a lista alem án Cari
M üller-B raun schw eig: "Freud and F em a le Sexuality: A P rev io u sly U np ub lish cd
Leiter” , P sychiatry, X X X IV ( 1 9 7 1 ), 3 2 8 - 3 2 9 .
M ucho m aterial anteriorm en te in éd ito apareció por prim era v e z en A rnold
Zweig, 1887-1968. Werk und Leben in D okum enten und Bildern, c o m p . d e Georg
W e n z el (1 9 7 8 ).
C apitulo ONCE. La naturaleza humana en acción
Y a h e señalad o que sería su m am en te desea b le poder contar co n m ás trabajos
sob re F eren czi. Para sus ú ltim o s años (y tam bién para lo s anteriores) es funda
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 6 5 ]
m ental la C orresp ond en cia F reud -F erenczi, Freud C o lle ctio n , LC. M ich a el B alint
o fre ce a lgu n os com en ta rio s im portantes aunque in cid en ta les e n The Basic Fault:
Therapeulic A spect o f R egression (1 9 6 8 ) [trad. c a si.: La fa lta básica , B u en o s
A ir es, P aid ó s, 1 9 8 2 ], en e sp e c ia l e n e l ca p. 2 3 , “T h e D isa g r ee m e n t b etw een
Freud and F eren czi, and lis R ep ercu ssio n s” . La c o rresp ond en cia d e F eren czi con
su buen am igo d e lo s ú ltim o s años d e su v id a , G eo rg G rodd eck, Briefw echsel
1921-1933 ( 1 9 8 6 , e s ilu m in a d o ra . M a sso n , A ssault on Truth tien e un ca pítulo
p er su a siv o en ap arien cia , pero d e n ing ú n m odo c o n fia b le , sobre la últim a etapa
de las relacion es de F eren czi con Freud; “T he S trange C a se o f F er en cz i’s Last
Paper” . M asson a d u ce , c o m o e jem p lo d e lo s fu ertes sen tim ien to s p o s itiv o s que
Freud habría experim en tado co n resp ecto a F eren czi, e l h ech o de qu e a m enudo se
hubiera d irigid o a é l lla m á n d o lo “querido h ijo ” (p á g. 4 5 ). En realid ad, y o e n c o n
tré e se tratam iento so la m e n te una v e z , y e n to n c es Freud lo e m p leó por ex a sp era
c ió n ante la incapacidad d e Ferenczi para crecer. (V éa n se las carias d e Freud a
F eren czi d el 30 d e n o v iem b r e y el 5 d e d icie m b r e d e 19 11 . C orresp o nd en cia
Freud -F erenczi, Freud C o lle c tio n , L C .) A sim ism o , la p retensió n d e M a sso n de
qu e la in sisten cia de F eren czi en resu citar la toería de la se d u cc ió n “le c o stó la
am istad de Freud” (p á g . 1 4 8) e s refutada por lo s h e c h o s. El d ia rio c lín ic o de
F eren czi, que cito en el tex to según e l m anuscrito qu e se encuentra en la Freud
C o lle ctio n , LC, e stá en p r o c eso d e p u b lica c ió n por la S . F isch er V erla g , Franc
fort del M en o: Judiih D u p o n t, co m p . “O hne Sym palhie keine H eilung." Das kli-
nische Tagebuch von 1932 ( 1 9 8 8 ).
N o hay ningú n abordaje co m p leto d e l a n tin orteam ericanism o de Freud. H ale,
Freud and the Americans, d e sc rib e e l trasfond o h asta 1 9 1 7 . S o b re un o d e lo s pri
m eros y m ás se rio s partidarios norteam ericanos d e Freud, v é a se, d e n u ev o , S te el,
W alter L ip p m a n n . (M a r tín J. W ie n e r , B etw een Tw o W orlds: The P o litic a l
Thought o f Graham W allas [1 9 7 1 ] pr e sen ta a lg u n o s c o m e n ta rio s in tere sa n te s
sobre Lipp m an n.) B u m h a m , Je lliffe , e s tam b ién ú til en e ste p u nto. El estu d io
bio g rá fic o m ás c o m p leto so b re B u llitt e s W ill B r o w n e ll y R ichard N . B illin g s,
So C ióse to G reainess: A Biography o f W illiam C. Bullitt (1 9 8 7 ), que tuve la
oportunidad de le er en su o r ig in a l. S in em b a rg o , n o p u ed o reso lv e r por c o m p leto
lo s m isterios qu e rodean al e stu d io de Freud y B u llitt sob re W oodrow W ilso n . Al
tratar de reconstruir la ela b o r a ció n d e l lib ro , u tilic é la s cartas de B u llitt al c o r o
n e l H ou se (en los P a p eles d e l c o ro n el E.M H o u se, se r ie I, caja 2 1 , Y -M A ). B ea-
trice F arnsw orth, W illiam C. B u llitt and th e S o viet U nion (1 9 6 7 ) se cen tra en
las prim eras m ision es d ip lo m á tica s de B u llitt, pero afortun adam en te va m ás allá
de lo qu e su giere el títu lo . W illia m Bayard H a le, The Sto ry o f a S tyle ( 1 9 2 0 ) , el
libro d el qu e Freud disfrutó pero qu e no c o n v a lid ó pú blica m ente, es una d ise c c ió n
d e W ilso n a partir de su s recuerd os e s tilís t ic o s . En H .L . M en ck en , “T he Archan-
g e l W o o d r o w ” ( 1 9 2 1 ) , e n T h e V in ta g e M encken, c o m p . d e A lis t a ir C o o k e
(1 9 5 5 ), 1 1 6 -2 0 , v é a se un a reseñ a n orteam ericana d e e s e lib ro, qu e le da al autor
una bu en a oportunidad para atacar a W ilso n .
O r v ille H. B u llitt, q u ie n v io e l m anu scrito de Thom as Woodrow W ilson en
1932, m ientras v iv ía e n la ca sa d e su herm ano W illia m , co nfirm a que Freud y
B u llitt firm aron e fe ctiv a m en te cada un o de lo s c a p ítu lo s. H acia 19 5 0 v o lv ió a
v e rlo , sin advertir c a m b io alg u n o . (V é a se O rv ille B u llitt a A lex a n d er L. G eo rg e.
6 de diciem bre de 1 9 7 3 .) El do cto r O rv ille H orw itz, un prim o que se fa m ilia rizó
por co m p leto con el m anu scrito e n la década d e 1 9 3 0 , tam bién concuerd a. (C o n
versa c ió n tele fó n ic a con e l do cto r H o rw itz, 31 de m a y o d e 1 9 8 6 .) Por otro lad o,
e l e stilo d el lib ro no im p u lsa a c o in c id ir c o n lo qu e su p o n en ta les recuerd os:
m ás de un reseñador ha observ a d o co n ju stic ia qu e si bien in trodu cción le perte
n e c e in cu estio n a b le m en te a Freud, e n e l cuerp o d e l lib ro faltan sen c illa m en te su
hum or y su su tilez a para la s fo rm u la cio n es y e x p r e sio n e s . Por e je m p lo , M ax
[8 6 6 ] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
Schur le e scr ib ió a M iss M . Legru. d e H o u g hto n M ifflin , el 19 de enero d e 1 968,
que “El estu dio del o riginal r ev e ló claram en te qu e só lo la in trodu cción , aun sin
ser de su puño y letra (F reud hab ía e scrito a m ano todos su s o r ig in a les) p resen ta
ba e] se llo in con fu n d ib le del e stilo de Freud y r eflejab a su s pu nto s d e v ista ana
lít ic o s . N oso tro s [Schur, Ernst Freud, y A nn a Freud] tu v im o s que llegar a la c o n
clu sió n de que ésa era una transcripción conservad a d el aporte o riginal de Freud.
En cu a n to al resto d e l lib ro, deb e haber sid o e scr ito por Mr. B u llitt, qu e a p licó
tan b ien c o m o su p o (no se cuestiona en absoluto su buena fe ) , a partir de lo que
record aba, y de la s n o ta s que to m ó durante y d e sp u é s d e su s en tre v ista s co n
Freud, las form ula cio n es a n a lítica s que le brindó e ste ú ltim o ” . (C o rtesía d e H elen
Schur.) Freud m ism o le dijo a A rn old Z w e ig en diciem bre d e 1930: “D e nu ev o
esto y e scrib ien d o una in trodu cción para a lg o qu e otro está elaborando; no puedo
decir qué e s, tam b ién un a n á lisis, pero su m a m en te co n tem p o rán eo, ca si p o lít i
co". (Freud a A m o ld Z w eig , 7 de diciem bre d e 1 930. Freud-Zweig , 3 7 - [2 5 ] .)
E l m odo m en os torpe de r eso lv e r esta s co ntra d icc io n es c o n siste , a m i j u i
c io , en suponer que B u llitt r ev isó el m anu scrito desp ués de la m uerte de Freud. La
op in ió n de A nna Freud era distinta. “U sted sab e lo p o c o qu e m e g usta B u llitt”
— le e sc r ib ió a M ax Schur el 2 4 de octu bre d e 1 9 6 6 — . “ Pero é se no e s e l tipo de
c o sa s que é l haría.” (P a p eles de M ax Schur, LC .) Por otra parte, el 6 de n o v iem
bre le e scrib ió tam bién a Schur: “E sto y absolutam en te segura de que m i padre
e sc r ib ió su propio P ró lo g o . E se e s su e s tilo y su m o d o de pensa r y estaría d is
pu esta a jurarlo en cua lq uier m om ento. E stoy ig u a lm en te segura, e igu alm en te
disp u esta a jurar qu e ningu no de lo s c a p ítu lo s p o sterio res ha sid o escrito por m i
padre, n i to talm en te n i e n parte. En prim er térm in o , é s e no es su e stilo ; en
se g u n d o lu gar, él nunca en la v id a em p leó la s rep eticio n e s que en e l lib ro s e uti
liz a n ad nauseam; el tercer pu nto es que é l n u nca denigró ni p u so en rid ícu lo a
ningú n su jeto en a n á lisis, qu e es lo que se h a c e en e l lib ro ” . S in duda, ag regó , e l
padre le había “Su g erid o in terp retacion es a n a lítica s a B u llitt, para que é l la s u sa
ra, sin im agin ar qu e sería n usadas de e se m odo ch a p u cero ” . (P a p e les de M ax
Schur, L C .) D e algunas de las cartas de A nna Freud a Jones de m ed iados de la
década de 1950 su rg e c o n claridad que e lla no v io e l o r ig in a l d e l estu dio sobre
W ilso n durante la v id a de su padre. (V é a se A nna Freud a Jones, 16 y 25 d e abril
de 1 9 55. P ap eles de J o n es, A rc h iv o s d e la B r itish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty ,
L on d r es.) B u llitt m ism o le e sc r ib ió a J o n es e l 2 2 de j u lio d e 19 5 5 qu e e l libro
“era e l resultado de m ucho com bate. Tanto Freud c o m o yo éram os extrem adam en
te tercos: en tanto c o n v e n c id o s de que cada uno d e n o so tro s era D io s. En c o n se
c u en cia, cada capítulo: por c ierto , cada o ración , fue tem a de un in tenso d eb a te”.
En ju n io d e 1956. e scr ib ién d o le de nu ev o a J o n e s, B u llitt agregó: “v is ité L on
dres dos v e c e s [en 1939] para discu tir co n él [Freud] c ierto s ca m b io s que yo co n
sid eraba e se n c ia le s. C oncord am os en la r ed a cció n d e e so s ca m b io s, y lo s e fe ctu é .
Pero m e pareció que su m uerte e x clu ía altera cio nes a d icio n a le s”. (A m b os tex to s
e n P a p e le s de Jones, A rc h iv o s de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , L o n
dres.) Tal v e z A nna Freud haya form ulado el m ejor ju ic io sobre e l tema: "No hay
duda de que m i padre sob restim ab a a B u llitt. Y o nu nca lo h ice . Pero en c u e stio
n e s de e ste tipo, m i padre no se dejaba por n a d ie ”. (A n na Freud a M ax Schur, 6
de n oviem b re de 1966. P a peles de M ax Schur, L C .) D e todos m odos, el m anus
crito sig u e sie n d o in a c c e sib le .
Sob re e l caso de H orace Frink, v é a se M ich ael Specter, “ Sigm und Freud and a
F a m ily T orn A sunder: R e v e la tio n s o f an A n a ly s is G o n e A w r y ”, W ash in g to n
P ost, 8 d e n ov iem b r e de 1 9 8 7 . s e c . G , l . 5 . L os p a p eles de Frink, que está n en
lo s A la n M asón C h e sn e y M e d ic a l A r c h iv e s, T h e Johns H o p k in s U n iv e r sity ,
e ch an m ás lu z sob re el tem a.
Entre lo s e stu d io s sob re la relig io sid a d d e Freud, la tesis d e R euben M. Rai-
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 6 7 ]
n e y , Freud as Student o f R eligión: P erspectives on the Background and D eve
lopm ent o f H is Thought ( 1 9 7 5 ), no ca re ce de in terés. Sobre la c o n d ició n ju d ía de
Freud, e l artículo de su h ijo M artin, “W ho W as Freud?", en The J ew s o f A ustria,
co m p . de F raenk el, 1 9 7 -2 1 1 . e s in d is p e n sa b le. A .A . R o ba ck, Freudiana ( 1 9 5 7 ),
qu e in clu y e "cartas in éd ita s d e Freud, H a v e lo ck E llis, P a v lo v , Bernard S h a w ,
R om ain R ollan d y o tro s”, e s m ás irritante qu e in for m a tivo . En e ste ca p ítu lo m e
he abrevado a d iscr ec ió n e n m i A G odless Jew, qu e ex a m in a lo s tem as m ás c o m
pletam en te de lo que pu ed o hacer aquí. (V é a n s e títu lo s sobre la c o n d ició n jud ía
de Freud en e l en sa y o c o rr esp o n d ien te al ca p ítu lo 12, a co n tin u a ció n de é ste .)
Entre lo s lib ros que ev a lú a n El malestar en la cultura se cu en ta la in v e s t ig a
ción de Paul R oazen, Freud: P olitica l and Social Thought (1 9 6 8 ) [trad. ca st.:
Freud, su pensam iento p o lítico y social, B a r ce lo n a , M artínez R o ca , 1 9 7 2 ], que
ded ica varias p ágin a s a la na tu ra leza hum ana en la p o lítica . Para un e x a m en in te
resan te de las c o n se cu en cia s s o c ia le s (y p o lític a s) del p en sa m ien to d e Freud d e s
de una p e r sp e ctiv a freud ia na , v é a se J.C . F lu g el, M an M oráis and S o c ie ly . A
Psycho-Analytical Study ( 1 9 4 5 ). R .E . M o n e y -K y r le , Psychoanalysis and Poli-
tics: A C ontribuiion to th e P sych o lo g y o f P o litics and M oráis ( 1 9 5 1 ) e s un
en sa y o c o n c iso pero su sta n c io so , tam b ién e scr ito co n una p e r sp e ctiv a freud iana.
“ P o litic s and the In d iv id u a l” , d e R ie ff, Freud: The M ind o f a M oralist, es un
ex celen te capítulo. La consid era blem en te am pliada Freud Lecture de H ein z Harta-
m ann , Psychoanalysis and M oral Valúes (1 9 6 0 ), una d e fen sa su til del su p ery ó y
(lo qu e en gran m edida qu ed a im p líc ito ) d e la teoría so c ia l y p o lítica freudiana,
m erece una lectura atenta. T a m bién sobre e l su peryó, v é a se M ich a el F riedm an,
“T ow ard a R eco n c ep tu a liz a tio n o f G uilt", C ontem porary P sychoanalysis, XXI
(1 9 8 5 ), 5 0 1 -4 7 , qu e e x a m in a la s r e c o n sid er a cio n e s po sfreu d ia n a s, entre e lla s la
de M elain e K le in , y teorías de la s r ela c io n e s o b je ta les c om o la s de W .R .D . Fair-
bairn y D .W . W in ico tt. El e m in en te s o c ió lo g o n orteam ericano T a lco tt P arsons
estu d ió el a lcan ce y se n tid o s o c ia l d e la s id ea s de Freud en v arios artículo s s ig n i
fic a tiv o s, en e sp e c ia l “T he S u p e re g o and the T h eory o f S o c ia l S y s te m s” ( 1 9 5 2 ),
reunido c o n artículos sob re e l tabú paterno y e l tabú d el in ce sto , y sob re carácter
y so c ied a d , en Social S tructure and P ersonality ( 1 9 6 4 ) . B o c o c k , Freud and
M odern Society es ú til ta m b ién e n e ste p u n to . He in ten ta d o p roporcionar un
ejem p lo de m odo en qu e e l historiad or pu ed e v in cu la r las id ea s p sico a n a lític a s
co n la cultura en “ L iberalism and R eg r ess io n ”, The P sychoanalytic S tudy o f the
Child, X X X V II (1 9 8 2 ), 5 2 3 -5 4 5 .
C apitulo Doce . M orir en libertad
La gran catástrofe e c o n ó m ic a — y fin a lm e n te p o lític a — que se in ic ió en el
otoñ o d e 1929 y d e se n c a d e n ó lo s a c o n tec im ien to s de la déca da de 1 9 3 0 , e stá
sin tetizad a d el m ejor m o d o e n John A . Garraty, The Great Depression ( 1 9 8 6 ) , un
ex ce len te estu dio c om p arativo que in clu y e co m en ta rios sob re A ustria. Sobre la
vid a d e Freud en A ustria entre 19 3 3 y 1 9 38 , v é a se e sp e cia lm e n te la corresp o n
den cia Freud-Zweig, y a lgu nas d e las cartas po sterio res d e Freud a Lou A ndreas-
S a lom é y a M ax E itin g o n (en P a le stin a d esd e 1 9 3 3 ). Schur, Freud, Living and
D ying, e s necesa r ia m en te e l in d isp e n sa b le testig o pr e sen cia l de lo s m ese s que
pasó Freud bajo e l g o b ier n o h itlcr ista . C lark, Freud, e sp e cia lm e n te el cap. 23,
“A n Order for R eléa se ”, se basa en parte en do cu m en to s dip lo m á tico s — d e sc u i
dad os por otros b ió g ra fo s— qu e y o u tilic é por m i la d o . La d o cto ra J o se fin e
S lro ss, qu e estu v o (liter a lm en te ) ju n to a Freud d esd e m a y o d e 19 3 8 h asta su
m uerte, con toda am abilidad m e h izo c o n o cer m uchos h ec h o s de la vida d e Freud
durante e so s m eses (esp ec ia lm en te e n su s cartas d el 12 de m ayo y e l 19 de ju n io
[868] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
d e 198 7 ). D e lle f B e rth else n , A lita g b e i F reud. D ie Erinn eru ngen d e r P a u la F ich íl
(que yo v i en pruebas d e im prenta, y qu e iba a p u b lica rse e n 1 9 8 8 ), in clu y e a lg u
n o s d e ta lle s su m a m en te ín tim o s d e l h ogar de F reud, tal c o m o su rg en d e lo s
recuerdos d e una criada que trabajó para lo s Freud d esd e 19 2 9 en adelan te y lo s
acom pañó a Londres. Entre las ''r ev ela cio n es" se cuenta la pudorosa co n m o ció n
de F ichtl cuando v io e l p en e d e Freud; e l conjun to de recuerdos n o co n tro la d o s de
una criada anciana no pu ed e co n sid era se un docum ento en e l qu e corresponda co n
fiar sin exam en. La auto b io g ra fía de Cari Zuckm ayer, A is w a r 's e in S tü c k vori
m ir. H oren d e r F reun dschaft (1 9 6 6 ), e sp e cia lm e n te 6 4 -9 5 , r eg istra v iv id a m en te
su s e x p erien cias e n A ustria — en V ien a y en otras partes— , en m arzo de 1 9 3 8 .
S ob re A ustria e n la é p o c a d el A n sc h lu ss, he e xm in a d o lo s m ejo res títu los en el
e n sa y o c o rr esp o n d ien te al c a p . 8; v é a n se e sp e c ia lm e n te las a p o r ta cio n es de
Kadrnoska, G old in ger, Z u ck erkan dl, K lu sa cek y Stim m er, Hannak, C sen d e s, y
W einzierl y Sk aln ik. H ay qu e m en cion ar otro ca p ítu lo d el vo lu m en qu e lo s dos
ú ltim o s han c o m p ila d o , O s te r r e i c h ¡ 9 1 8 - 1 9 3 8 : NOrbert S c h a u sb e r g e , “ Der
A n sc h lu ss”, 5 1 7 -5 5 2 . T ítu lo s ú tiles a d icio n a le s so n D o k u m e n ta tio n zu r O ste -
rre ic h isc h e n Z e itg e sc h ic h le , 19 3 8 - 1 9 4 5 , co m p . d e C hristine K lu sa cek , Herbert
Steiner y Kurt Stim m er ( 1 9 7 1 ), c u y a s prim eras d o s se c c io n e s co n tien en m aterial
rico (y aterrador) sob re el A n sc h lu ss y sob re A ustria c om o "O sim ark” hasta el
estallid o de la Segunda Guerra M undial; C hristine K lusacek, O s te r r e ic h W issen s-
ch a fter und K ü n stler un ter dern N S -R eg im e (1 9 6 6 ), un lista d o la c ó n ic o y e lo c u e n
te de lo s c ie n tífic o s (en tre e llo s Freud) y a rtistas p e r seg u id o s, y su s de stin o s;
D ieter Wagner y Gerhard T o m k o w itz, "E in Volk, Ein R eich, E in F ü hrerf" D er
A n sch lu ss Ó s te r r e ic h s 1 9 3 8 ( 1 9 6 8 ), e s p e r io d ís tic o pero c o n fia b le , e in clu y e
algu nas nota b les fo to g r a fía s d e ju d ío s m altratados en m arzo de 1938; v é a n se
tam b ién, una v e z m ás, a lg u n o s d e lo s a rtículo s d e T he J e w s o f A u stria , co m p . de
Fraenkel, en esp e cia l H erbert R osenkranz, ‘T h e A n sc h lu ss and the T ragedy o f
A ustrian Jew ry, 1 9 3 8 - 1 9 4 5 ”, 4 7 9 - 5 4 5 , co n e sta d ístic a s terro rífica s y n o m en o s
terribles recuerd os. V éa se tam bién T. F riedm ann, c o m p ., "D ie K rista ll-N a ch t."
D o ku m en tarisch e S am m lu ng (1 9 7 2 ), qu e do cum enta lo s bárbaros ataques a sin a
g o g a s, c en tros co m u n ita r io s ( y a lo s p ro p io s ju d ío s) e n n o v iem b r e de 1 9 3 8 .
Raúl H ilbcrg, T he D estru c tio n o f th e E u ro p ea n J e w s ( 1 9 6 1 ; 2 a . e d ., 1 9 8 1 ), aun
que p o lém ic o en cuanto a su tesis genera l d e la p a sivid ad jud ía , e s im p eca b le en
su eru dición. Hay otras e sta d ístic a s pertin en tes sob re la judería austríaca bajo el
rég im en h itler ista e n M artin G ilb ert, c o m p ., The M a c m illa n A tla s o f ¡h e H o lo -
ca u st (1 9 8 2 ). S egú n el tex to lo dem uestra, lo s r ela to s c o tid ia n o s presen tad os por
los c orr esp on sales d esta ca d o s e n V iena, prin cip a lm en te en el N e w Y o rk T im e s ,
e n e l M an ch ester G ua rd ia n y e n e l D a ily T eleg ra p h de Londres, c o n stitu y en prue
bas profu sas de lo s h e ch o s.
La situ ac ión d el p sic o a n á lisis y la psiqu iatría alem ana bajo el r ég im en de
H itler se encuentra v iv id a m en te docum entada en Karen B recht y otros, c o m p s.
"H ier ge h t d a s L eb en a u f e in e se h r m erk w iird ig e W e ise w e ite r..." Zur G esc h ich íe
d e r P sy c h o a n a ly se in D eu stc h la n d (1 9 8 5 ) e s un ca tá la g o so b rio e in fo rm a tiv o .
D eb e c om p lem entarse co n G e o ffr ey C o ck s, P s y c h o th e r a p y in th e T h ird R e ic h :
The G o erin g In stitu í? (1 9 8 5 ), eru dito, y co n v in ce n tem e n te r ev isio n ista , aunque
in clinad o a ver una cierta su p e rv iv e n c ia d e l p s ico a n á lisis bajo el n a z ism o , que
las pruebas e x isten te s n o perm iten su stentar hasta e l punto qu e e l autor lo c re e.
En la vasta literatura sobre la A lem a n ia n a z i, Karl D ietrich B racher, T he G erm á n
D ic ta to rsh ip : T he O rig in s, S tru c tu re, a n d E ffec ts o f N a tio n a l S o c ia lism ( 1 9 6 9 ;
trad. de Jean Steinb erg , 1 9 7 0 ) c o n se rv a la m ayor parte de su valor.
La con d ició n judía de Freud continú a su scita n do com entarios. Para m is pro
p ias o p in io n e s , v é a se , de n u e v o , A G o d le s s J e w . He presentado parte de m i argu
m en tación e n “S ix Ñ a m e s in Search o f an In terp reta ro n ”, tam bién ya cita d o .
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [869]
Juslin M il ler, “In terp reta tio n o f F reu d ’s J e w ish n ess, 1 9 2 4 - 1 9 7 4 ”, Journal o f the
H istory o f Ihe Behavioral Sciences, X V II (1 9 8 1 ), 3 5 7 - 3 7 4 , in v e stig a c o n a m p li
tud la literatura d e m e d io s ig lo . U n im portante e n sa y o tem prano qu e in ten tó
situar a Freud e s E m st S im ó n , “Sigm u nd Freud, the J ew ”, L eo B aeck Yearbook, II
(1 9 5 7 ), 2 7 0 -3 0 5 , e l c u a l deb e le er se en c o n ju n ció n co n P eter L o e w en b erg , “ ‘S ig
mund Freud as a J ew ': A stud y in A m b iv a lence and C o urage” , Jo urnal o f the H is-
to ry o f the B e h a vio ra l S ciences, V II (1 9 7 1 ), 3 6 3 - 3 6 9 . M artin S . B e rg m a n n ,
"M oses and the E v o lu tio n o f F reud’s J ew ish Id en tity ” , Isra el A nnals o f Psy-
chialry and Related D isciplines, X IV (m arzo d e 1 9 7 6 ), 3 - 2 6 , co n e l qu e e sto y en
deuda, exam in a ex h a u stiv a m e n te lo s com entarios de Freud sob re e l tem a y pre
senta in teresan tes o b s er v a cio n es sobre la r elig io sid a d d el padre de Freud. M arthe
R obert, From O edipus to M oses: F reud's Jewish Identity (1 9 7 4 ; trad. de Ralph
M anheim , 1 976) e s un a in terp reta ció n im p resio n a n te y su til, aunque tal v e z e x a
gera la id en tific a ció n d e Freud con M o isés, e l p ro feta a se sin a d o . S ta n ley Roth-
man y P h illip Ise n b er g , “ S ig m u n d Freud and the P o litic s o f M a rg in a lity ” , C e n
tral E uropean H istory, V II (1 9 7 4 ), 5 8 -7 8 , refuta e fic a z m e n te in terp reta cio n es
ten d en ciosas. D e lo s m ism o s autores, “ Freud and J e w ish M a rg in a lity ’', Encoun-
ter (diciem b re de 1 9 7 4 ), 4 6 - 5 4 , tam b ién ayuda a d e sin fla r a S c h o r sk e, “P o litic s
and Patricide in Freud's Interpretation o f Dreams “ (ya c ita d o ). Henri Baruk, “ La
sig n ific a tio n d e la p s y c h a n a ly se et le Jud a ism e”, Revue d 'H isto ire de ¡a Médici-
ne Hébraique, X IX (1 9 6 6 ), 1 5 -2 8 , 5 3 -6 5 , m ás b ien crític o de Freud, d e sta ca e fi
cazm en te ideas tan traídas d e lo s c a b ello s c om o la d e qu e Freud profundam ente
in flu id o por la C á b a la , se g ú n se so stie n e (sin n in g u n a p rueba c o n v in c e n te ) en
D avid B akan, Sigm und Freud and the Jweish M ystical Traditon (1 9 5 8 ). (E ntre lo s
m ás e fic a c e s c rític o s d e B a lka n se cuenta Karry T rosm an, en su ya c ita d o Freud
and the ¡m aginative World, qu e adem ás presenta in te resa n tes c o m en ta rio s sobre
la identidad judía d e F reud.) A .A . R oback, Jewish Influence in M odern Thought
(1 9 2 9 ) está e n la m ism a send a p roblem ática d e B a k a n , pero c o n tien e algu nas
cartas de Freud al autor. V éa se , de n u ev o , R oback, Freudiana. Sander G ilm an,
Jewish Self-H atred: Anti-Sem itism and the Hidden Language o f the Jews ( 1 9 6 8 ),
aunque e n d e m o n ia d a m e n te in g e n io so sob re el a u to o d io , m e im p r esio n a co m o
ex cé n tric o . Judaism and P sychoanalysis, com p. de M ortim er O strow (1 9 8 2 ), pro-
prociona un variado m en ú d e a r tíc u lo s, entre e llo s un ca p ítu lo del p r o v o ca tiv o
e stu d io d el rabin o R ichard R u b in ste in , The R eligious Im agination (1 9 6 8 ). N o
ob stan te, yo p re fie ro lo s so b rio s a n á lisis de B erg m a n n , R o th m a n e Ise n b er g , e
in clu so el de R obert. El hum or ju d ío no debe o m itirse c o m o c la v e p o s ib te de la
identidad jud ía de Freud. Kurt S ch lesin g er, “J ew ish H um or as J ew ish Id en tity ”,
Int. R ev. P sycho-A nal., VI (1 9 7 9 ), 3 1 7 -3 3 0 , e s un e sfu e r z o ú til. T h eo d o r R eik
se apropió d e l tem a , so b re to d o en Jew ish W it ( 1 9 6 2 ). V é a s e ta m b ién E llio t
O ring, The Jok.es o f Sig m u n d F reud: A Study in H um or and Jew ish Identity
(1 9 8 4 ), breve, su g e re n te y un tanto fa llo de hum or. “M ein O n k el S ig m u n d ”, la
entrevista (ya c itad a) d e R ichard D y ck con Harry, e l sob rin o de Freud, quien n ie
ga qu e su fam oso tío ha y a sid o a teo , deb e em p lea rse c o n a lg ú n e sce p tic ism o .
Avner Falk, “ Freud and H erzl”, Coníemporary Psychoanalysis, X IV (1 9 7 8 ), 3 57-
387, exam in a la j u d eid a d de Freud d esd e la perspectiva de su co n o c im ien to de las
id eas de Herzl.
M uchos de lo s títu lo s qu e acabo de citar, p r in cip a lm en te B erg m a n n , “ M o ses
and the E v o lu tio n o f F re u d 's J e w ish Id e n tity ”, y R o b e rt, From O edipus lo
M oses, tien en m ucho qu e decir sob re M oisés y la relig ió n m onoteísta. Añado
R ie ff, Freud: The M ind o f a M oralist, cap. 6 , “T h e A u ih o rity o f the P ast” , y dos
títulos de Edw in R. W a lla c e IV : Freud and A nthropology y “T h e P sy cho dy n a m ic
D eterm inants o f M oses an d M onotheism ", Psychiatry, X L (1 9 7 7 ), 7 9 - 8 7 . V éa se
también la cu id a d o sa d isc u sió n de “ Freud and the R e lig ió n o f M o ses”, cap. 5 de
[870] E n s a y o b ib l io g r á f ic o
W .W . M eissn e r, P s y c h o a n a ly s is a n d R e lig io u s E x p e rie n c e (1 9 8 4 ), y F .M .C r o o s,
" Y ah w eh and th e G o d o f the P a tria r ch s”, H a r v a r d T h e o lo g ic a l R e v ie w , LV
(1 9 6 2 ), 2 2 5 -2 5 9 . A lg u n a s in teresan tes e sp e cu la cio n e s sob re la s r azon es d e que
Freud se abstu viera de m en cion ar e l artículo anterior de A braham (1 9 1 2 ) acerca de
A m en h otep IV , tan rela cio n a d o co n la in cu rsió n freud iana en e l antiguo E gipto,
pu ed en leerse en Leonard Sh en g o ld , “A Parapraxis o f F reud’s in R elation to Kari
A braham ”, A m eric a n ¡m a g o , X X IX ( 1 9 7 2 ), 1 2 3 -1 5 9 .
V arios relatos de te stig o s p r e sen cia les registran e l tono d e l últim o año y
m ed io de la vid a de Freud. Las rea c cio n es de lo s W o o lf ante e l té que com p artie
ron con Freud en 2 0 M a resfield G ardens a p r in cip io s de 193 9 so n sorprendentes
y un tanto c on trastan tes: v é a n se Leonard W o o lf, D o w n h ill A ll th e W a y ( 1 9 6 7 ),
9 5 - 9 6 , 1 6 3 - 1 6 9 , y T h e D ia r y o f V irg in ia W o o lf, ed ic ió n al cuidado de A nne O li-
vie r B e l], a sistid a por A nd rew M c N e illie , v o l. V , 1 9 3 6 - 1 9 4 1 (1 9 8 4 ), 2 0 2 , 2 4 8 -
2 5 2 . Hanns S ac h s ha d e scrip to su ad ió s a Freud en Freud: M asler and Friend, c a p .
9, “T he P artin g”, y Jones tien e una d e sc rip ció n de su p r o p ia desp ed ida en J o n e s
III, cap. 6, “ L on don , T h e End” .
Sobre la fam osa carta de Freud a una madre norteam ericana anónim a acerca
de su hijo h o m o se x u a l, v é a se e l in stru ctiv o artículo de H enry A b e lo v e , “ Freud.
M ale H om ose xu ality and the A m erica n s”, D is s e n t (in v ie r n o de 1 9 8 6 ), 5 9 -6 9 .
A dem ás d e lo s o b itu a rio s h a b itu a les, h a y una brev e v isió n r etro sp ectiv a de
M ax Schur p u b lica d a en A m e ric a n P s y c h o a n a ly tic A s s o c ia tio n N e w s le tte r , III
(diciem b re de 1 9 6 9 ), 2 .
Sobre m i v e rsió n de lo s ú ltim o s día s d e Freud, v é a se la nota fin a l d el c a p ítu
lo 1 2.
Posdata: En el curso de m i trabajo, trop ecé c o n un r ela to , m uy in teresan te
pero a m i j u ic io m ás b ien so s p e c h o s o , d e un e p is o d io q u e su p u esta m en te se
habría p rodu cido en B e rg g a sse 19 desp ués d e l A n sc h lu ss. Barbara Hannah. en su
devota ‘'m em oria b io g rá fic a ” Jun g; H is L ife a n d W o rk (y a citad a) d ice (págs.
2 5 4 -2 5 5 ) que no m ucho d e sp u és de que lo s n a zis in v a diera n A ustria, a m ediados
de m arzo de 1 9 3 8 , F ia n z R ik lin , h „ h ijo d e l ya antigu o a so c ia d o d e Jung, Franz
R iklin, “fue e le g id o por alg u n o s ju d ío s su izo s su m a m en te r ico s para entrar en
Austria de in m ed ia to , c o n una gran cantidad de dinero , a fin d e que hiciera todo
lo p o sib le para persuadir a ju d ío s d esta ca d o s de qu e abandonaran e l país antes de
que los n a z is tuvieran tiem p o para em p ezar a p e r seg u irlo s” . El jo v en R iklin, que
en e se en ton ces ten ía cerca d e treinta años e in icia b a su carrera m éd ica , c o n sid e
raba probable qu e lo hubieran e leg id o para e sa d elica d a m isió n a causa de su pre
sen cia de ánim o y de su “ a sp ec to su m am en te teu tó n ic o ” . En térm inos g en era les,
“tuvo m ucho é x ito en e l d e se m p eñ o d e e sa m is ió n ”, p ero no en la c a sa de los
Freud. El padre lo había in stado enérgicam ente a persuadir a Freud de que abando
nara A ustria en seg u id a “y aprovechara las facilidad es sum am ente in usu ales qu e él
pod ía o fr e c e r le ”. A hora b ien , cuand o el j o v e n R ik lin fu e a v er a Freud “ y le
e x p lic ó la situ a c ió n ”, Freud lo frustró, al resp ond er co n gravedad: “M e n ieg o a
estar agradecid o a m is e n e m ig o s” . R ik lin argum entó tan bien co m o pudo, in sis
tien do en qu e ni su padre n i Jung albergaban a n im osidad algu na con resp ecto a
Freud. Pero é ste se lim itó a p e r sistir e n su po stu ra in tr a n sig en te . N o o bstan te,
dice Hannah cerrando el relato, lo s Freud fueron m uy co rd ia les c o n el m ensajero,
e in clu so lo in vita ro n a cen ar.
Hasta aquí Hannah, que no presen ta ningú n docum ento que a vale su versión ,
pero, p u esto qu e e lla c o n o c ió ín tim a m en te a R ik lin , h ijo , y m u y a m en ud o se
v io con él e n la ca sa de lo s Jung. p a rece m ás que p ro b a b le qu e el jo v en haya
sid o la fu en te de lo que afirm a. S in em b a rg o , la historia tien e a sp ecto s poco
v erosím iles: e so s “ju d ío s su iz o s sum am ente r ico s” deb ían saber que en A ustria la
pe r sec u c ión hab ía em p ezado en e l prim er m inu to d e l in g re so de lo s n a zis. M as
E n s a y o b ib l io g r á f ic o [8 7 1 ]
im portante e s qu e n o c o n v e n c e el h ech o d e qu e e s o s ju d ío s su iz o s e lig ie r a n c o m o
em isario al hijo d e un o de lo s m ás fa m o so s e n e m ig o s de Freud. Lo ú n ico que
parece estar en carácter e s el rechazo e n é rg ic o e in transigen te d e Freud. D e m odo
que d escarté la historia.
D esp u é s, e l año pa sa do , c uand o e l tex to d e e sta b io g ra fía ya se encontraba
e n la im pren ta, e l d o c to r R obert S. M cC u lly (ahora p r o feso r de p s ic o lo g ía y , a
m ed iad os de la dé c a d a de 1 9 6 0 , m iem b ro d el cla u stro p siq u iá trico d el C ornell
U n ivcrsity M ed ical C o lle g e de la Ciudad de N u ev a Y ork, y candidato en form a
c ió n e n e l In stitu to Jung lo c a l) e n parte co rro b oró y e n parte r e c tific ó sig n if ic a
tiv am en te la n arración d e H annah. C uan do e l jo v e n R ik lin d io c o n fer en cia s en
N u eva Y ork, M cC u lly e scu ch ó de sus la b io s la h istoria d e tallad a de su m isió n en
V ie n a. S egú n él recuerd a el relato de R ik lin , no fueron ju d ío s rico s sin o Jung y
R iklin padre q u ien es reu nieron de su propio p e c u lio d iez m il dó lares, y querían
qu e e s e dinero se destinara ex clu siv a m en te a salvar a Freud. C uando R iklin lle g ó
a B e rg g a sse 19, A nn a Freud entreabrió la puerta sin dejarlo entrar, y le dijo que
e l padre no lo r ecib iría. E n to n ces Freud s e a cercó y p ronu nció la s palabras que
Hannah le atribuye: "M e n ieg o a estar a g ra d ecid o a m is e n em ig o s" . R ik lin le
d ijo a M cC ully que la h o stilidad de lo s Freud era tal que é l d io m ed ia vuelta y
v o lv ió a Z u rich , lle v a n d o in ta cto e l d in e ro e n e l c in tu r ó n . (V é a se R obert S.
M cC u lly, “ R cm arks o n the Last C ontact B c tw e en Freud and Jun g”. una carta al
editor, Q u adran t: J o u rn a l o f th e C .G . Jung F o u n d a tio n [N u ev a Y ork), X X [19 8 7 ],
7 3 - 7 4 .)
El doctor M cC ully (a quien he co n su lta d o ) tien e un recuerdo m uy claro del
r elato de R ik lin , y su v e rsió n parece a la v e z m ás p la u sib le qu e la d e Hannah, y
m ás in teresan te. Haría qu e v e a m o s a Jung bajo una n u ev a lu z. Por lo que d ice en
su carta, el doctor M cC u lly s ó lo puede preguntarse “ có m o M iss Hannah lle g ó a
su d e sc rip ció n del h e c h o ” , pero no co n sid er a se g u r o qu e F ranz R ik lin , h. (ahora
y a fa lle c id o ) “hay a v isto su m anu scrito o ha y a sid o c o n su lta d o ” (p á g .7 3 ). C om o
ya lo he señalad o , a m i ju ic io quedan pocas dudas de que, por tergiversad o que
pueda ser el relato d e Hannah, su in form ante tien e que haber sid o R ik lin m ism o.
T en go todas las r a zo n es para creer en e l relato que ha ce e l doctor d e su s co n v er
sa c io n e s con R ik lin , y (c o m o tam bién lo he se ñ a la d o ) la r esp u esta brusca de
Freud suena m uy v e ro sím il en él. Pero ante la falta de otra do cum enta ció n (d e s
pu és de todo, cu en to so la m en te con do s rela to s de r ela to s), d e c id í no retirar el
últim o c a p ítu lo d e im prenta para insertar e s te c u e n to fa scin a n te e n m i testo .
Pero v a le la pena qu e qu ed e registrado. Tal v e z cuando ten g a m o s a c c e so a lo s
p a p eles de Jung. e l e p iso d io se verá e lev a d o a la ca te g o ría de h ech o h istó rico .
O bras publicadas en P aidós de los autores citados en este libro
A dler, A., E l carácter neurótico / Estudios sobre la inferioridad de los órganos
A iex a n d er, F. y otros. Psiquiatría d inám ica
B alint, M ., L a fa lta básica
B uber, M., C uentos jasidicos. L os prim eros maestros, I y I I / Cuentos jasidicos.
L os m aestros continuadores, I y II
F en ic h e l, O.. Teoría p sicoanalítica d e las neurosis
Freud, A., Psicoanálisis d e l desarrollo d el niño y d e l adolescente / El psicoanáli
sis d e l ja rd ín de infantes y la educación del n iñ o /E l psicoanáli
sis y la crian za d e l niño / E l psicoanálisis infantil y la clínica /
Neurosis y sin tom atologia en la infancia / N orm alidad y p a to
logía en la niñez / Estudios psicoanalíticos / E l y o y los m eca
n ism os d e defensa / Introducción a l psicoanálisis pa ra edu
cadores
Freud, E., Freud, L. y G u b rich sim itis, I., S ig m u n d Freud. Su vida en im áge
nes y textos
Freud, S„ E squ em a del psicoanálisis
F rom , E., H u m anism o socialista / ¿Podrá sobrevivir el hom bre? / E l arte de
a m a r / E l m ied o a la l i b e r ta d /L a condición hum ana actual /
Y seréis co m o d io s e s /E l do g m a d e Cristo / L a crisis del p sicoa
n álisis / S obre la desobediencia / E l a m or a la vida
G ro dd eck , G „ L a s prim eras 3 2 conferencias p sicoanalíticas para enfermos
H artm an n, H ., L a p sicología del y o y e l p roblem a d e la adaptación
H orn ey, K., L a personalidad neurótica de nuestro tiem po / Ultim as conferencias
Jung, C. G. y W ilh elm , R., E l secreto d e la flo r d e oro
Jiing, C .G ., Psicología y r e lig ió n /L a psicología d e la transferencia / Sím bolos
d e transform ación / L a interpretación d e la naturaleza y ¡a p si
que / A rquetipos e inconsciente colectivo / Form aciones de lo in
c o n s c ie n te / Psicología y sim bológíca del arquetipo /E n erg ética
p síquica y esencia del sueño / Aion. Contribuciones a los sim bo
lism os del sí-m ism o / L a s relaciones entre el yo y e l inconsciente
/ Psicología d e la dem encia precoz / E l contenido d e las psicosis
/ Conflictos d e l a lm a infantil / Psicología y educación
K lein , M ..A m or, culpa y reparación. (O bras c om p., vol. í.) / E l psicoanálisis
de niños. (O bras c om p ., v ol. II.) / Envidia y gratitud. (O bras
com p., v ol. III.) / Relato del psicoanálisis de un niño. (O bras
c om p ., vol. IV .)
P op per, K. R„ L a sociedad abierta y sus enem igos / Conjeturas y refutaciones
R an k , O., E l m ito del nacim iento del héroe / E l traum a d el nacim iento
R ilk e, R. M., Cartas sobre C ézanne
R oh eim , G ., M agia y esquizofrenia
R u ssell, B„ Introducción a la filosofía m atem ática
S childer, P., Im agen y apariencia del cuerpo hum ano
Schur, M „ Sig m u n d Freud. E n ferm edad y m uerte en su vida y en su obra, I y II
R e c o n o c im ie n t o s
E ste lib io ha e sia d o en ela b o r a ció n durante m ucho tiem p o , m ucho m ás que
los b r e v es e in te n so s d o s a ñ o s y m ed io qu e m e lle v ó e scr ib irlo . M i in terés por
Freud se retrotrae hasta la escu ela para graduados a fin es d e la década de 1 9 4 0 , y
se con v ir tió e n central para m i trabajo d e h istoriad or cuand o, a m ed ia d o s de la
década de 1970, fui adm itido c o m o candidato en e l W estern N ew England Institu-
te for P sy c h o a n a ly sis. Esa candidatura m e p r oporcionó una in sup era ble oportun i
dad para fa m ilia r iz a r m e c o n e l m u n d o d e l p s ic o a n á lis is . P ero, si b ien e sto
dem ostró ser de extraordinario v alor para la red a cc ió n de e sta b io g ra fía , he co n
fiado en m i distan cia pro fesio n a l de historiad or para preservarm e d e la id ea liza
c ión que Freud consid era ba el d e stin o in ev ita b le del b ióg ra fo .
P en sand o en la sorprendente disparid ad entre el tiem po de escritura y lo s
años de in cu b ación , recuerd o la céle b r e o bser v a ció n que form uló W h isler en e l
ju ic io por d ifam ació n que le sig u ió a R usk in , qu ien había c a lific a d o un cuadro
su yo de tarro d e pintura arrojado a la cara d e l p ú b lico . E l abogad o de R uskin
e xh ib ió uno de lo s m ás b ru m o so s n o ctu rn o s d e W histler y le preguntó cuánto
tiem p o le h ab ía lle v a d o pintar e s o . La m em orab le resp u esta de W histler fue:
"Toda m i vid a ” . A hora b ien , “ toda m i v id a ” es una h ip é rb o le, sin duda si la a pli
cam os a la ela b o r a ció n de esta b io g ra fía de Freud. P ero m ientras la e scr ib ía ,
hubo m om en tos en lo s qu e m e p a r e ció qu e n u nca había h ech o ning u na otra cosa.
Por fortuna, disfr u té d e l so ste n id o y su stentad or a poyo de a r ch iv ista s, b ib lio te
carios, am ig o s y c o le g a s. Hubo tam b ién ex tra ñ o s qu e dem ostraron un útil interés
en m i p r o y e c to (in te ré s qu e y o a c o g í c o n g u s to ), tom an do c o n ta c to co n m ig o
desp ués de una c o n fer en cia , o e n v iá n d o m e m aterial por in icia tiv a propia, desp ués
de hab er le íd o algo sob re m i p r o y e cto .
Por c ier to , un gran fa cilita d o r d e l d iá lo g o — que le da se n tid o real a esta
palabra de la qu e se ha abusado tanto— , un fa cilita d o r e n el c u a l he lle g a d o a
basarm e, y al que he ten ido oportunidad de r eferirm e en m is otro s lib ro s, fue.
una v e z m ás, la c o n fe r e n c ia fo rm a l, qu e su sc ita in terro g a n tes, co m e n ta rio s, a
v e c e s anim ado d isen so y , d e cuand o en cuand o, alguna carta in éd ita. D esd e 1985
m e he estad o d irig ien d o a una variedad de p ú b lico s, ha b lá n do se de m i b iografía
en p r oceso, sob re c u e stio n e s su sta n cia les de la v id a de Freud, sob re la r ela ció n
d el p s ic o a n á lisis c o n la h isto r ia y la b io g ra fía , sob re la a ctu a l p o lític a c o n c er
n ien te al cuid ado de la im a g en p ú blica d e l m aestro. In variab lem ente disfruté, y
por lo general saq ué partido de esa s o p ortun idad es. En 1985 hablé en la C lark
U n iv e r sity so b re lo s g u s to s lite r a r io s de F reud , y e n la In d ia n a H is to r ic a l
S o c ie ty y en la A m e rica n P sy c h o lo g ic a i A sso c ia tio n , sob re la r e la c ió n entre el
[8 7 4 ] R e c o n o c im ie n t o s
p s ico a n á lisis y e l h isto ria d o r, tem a qu e tam b ién ex a m in é, c o n é n fa sis d iv er so s,
e n la R ice U n iv e r sity , de H o u sto n , y en una gran c o n fer en cia p ú b lica e n G ronin-
gen , en los P a íse s B a j o s . En 1 9 8 6 c o n tin u ó e sa s e r ie d e p r e se n ta c io n e s e n
v arios foros de Y a le m ás o m en o s in form ales: en la H ille l F oun dation y en una
reu nión de alum nos, ante lo s estu dian tes graduados de /n i departam ento y un gru
po de alum nos de la facu ltad de arquitectura, y en una conferen cia m uy com p leta
ante lo s F riends o f the M ed ica l Library. Ese año tam b ién hab lé en la State U n i
versity o f N ew Y ork , d e S to n y B rook; e n la O h io U n iv e r sity , d e A th en s, Ohio;
en la B o sto n P sy c h o a n a ly tic S o c ie ty ; en la U niv e r sity o f C a lifo rn ia , de San D ie
go (una jo v ia l y c o n m o v ed o ra c ele b r a ció n en hom enaje a la distin g u id a carrera
de H. Stuart H u ghes); en un alm uerzo e n la Southern H istorical A sso c ia tio n que
se r ea liz ó e n C h a rlo tte, C arolina d el N o rte, y — o c a sió n é sta particu larm ente
d e lic io sa y gr atific a d o r a — e n el H ebrew U nion C o lle g e de C in cin n a ti, donde
p asé una sem an a dan do co n fer en cia s so b re Freud, e l ju d ío ateo. En 19 8 7 hab lé en
e l C h ic a g o In stitu te for P sy c h o a n a ly sis, en un taller de p s ic o a n á lisis y c ie n c ia s
s o c ia le s en la U n iv e r sity o f C h ica g o , co m o e l seg un do G eorge R o sen L ectu re en
el B eaum ont C lub , d e la facu ltad de m ed icin a de m i un iversidad , y , fin a lm e n te, a
m is c o leg a s d e l C entro d e H um anidades de Y a le. C o m o lo he seña la d o , todo fue
extrem adam en te estim u la n te y v a lio s o , por lo m en o s para m í. P uesto qu e le debo
tanto a las p ersonas qu e form aron parte de esa s aud iencia s, y pu esto qu e tam bién
m e sien to profun da m en te o b lig a d o c o n m uchas otras, esp ero no o m itir ni su b e s
tim ar a nad ie en e s to s r ec o n o c im ien to s.
Por em pezar, ten g o una in m ensa gratitud a R onald S. W ilk in so n , h istoriad or
d e m anuscritos d e la D iv isió n de M anuscritos de la B ib lio te ca del C o n g r eso . El
está a cargo del m ayor y m ás v a lio s o tesoro hallado d e m ateria les freu d ia n o s, y
c om p artió c o n m ig o s in r e se rv a s su s c o n o c im ie n to s so b re e llo s , y so b re lo s
docum entos co n se rv a d o s en otras partes; genero sa e im a g in a tiv a m en te fa c ilitó
m i búsqueda de p iez a s d ifíc ile s de encontrar. Mark Paterson, director de Sigm u nd
Freud C opyrights en W iv e n h o e, c erca de C o lchester, cord ia lm en te pu so a mi d is
p o s ic ió n su c o le c c ió n a dm irable. Lo ayudaron co n co m p eten cia d o s a rch iv ista s,
C elia Hirst y Jo R ichardson . D avid L. N ew la n d s, que m ientras y o escr ib ía este
libro era curador del Freud M useum , 2 0 M aresfield G ardens, H am pstead, Londres,
m e abrió sus puertas, y S tev e N eu fe ld , fun cion ario d e l m useo, me ahorró in nu m e
rables horas de trabajo, al proporcionarm e in form ación in v a lo ra b le y descub rir
m e algunas gem as p r e cio sa s y raras. Pearl H.M . K in g, a rch iv ista hon oraria de
lo s A rch ivos de la B ritish P sy c h o -A n a ly tic a l S o c ie ty , tam b ién en L on dres, m e
autorizó a explorar y u tiliza r la s riqu ezas de lo s P apeles de Ernest J o n e s, lo que
m e perm itió reconstru ir la b io g ra fía de Freud escrita por Jones, m ien tras que Jill
D un can . fu n cion aría eje cu tiv a de lo s A rc h iv o s, resp o nd ió a m is in terrogantes y
rastreó para m í alg u n a s cartas im portantes. D o s a r c h iv ista s-b ib lio tec a rio s, E llen
G ilbert y, desp ués d e e lla , D a v id J. R o ss, m e recibiero n am a blem en te e n la A .A .
B rill Library d e l N e w Y ork P sy c h o a n a ly tic In stitu te, y me orien ta ro n e n sus
in te re sa n tísim o s d o m in io s, c o n stitu id o s p r in cip a lm en te (pero n o só lo ) por lo s
p a p eles de lo s a n a liza n d o s n orteam ericanos de Freud. K enneth A . L oh f, b ib lio te
cario de Rare B o o k s and M anuscripts de la C olum b ia U n iv ersity , m e ayudó co n
la Otto R ank C o lle c tio n , lo m ism o qu e R udolph E llen b o g e n . G le n ise A . M athe-
son , curadora de m a n u scrito s en la John R ylands U niv e r sity Library, M ánches-
ter, Inglaterra, fue su m am en te genero sa co n la reveladora corresp o n d en cia inter
c a m b ia d a e ntT e F re u d y su s o b r in o S a m u e l. J u d íth A . S c h i f f , a r c h iv is t a
in vestigad ora, je fa de M anuscripts and A rc h iv es, Y a le U n iv e r sity Library, fue
(com o siem p re) ú til, e n e ste ca so p r in cip a lm en te c o n lo s P a peles del co ro n el
E .M . H ouse, A lan S. D iv a c k . arch ivista ayudante d e l L eo B aeck In stitu te, N u ev a
York, m e h izo c o n o c er v arias c a n a s in éd itas. Bernard M cT ig u e. curador de la
R e c o n o c im ie n t o s [875]
A ren ts C o lle c tio n d e la N ew Y ork P u b lic L ibrary, pu so a m i d isp o sic ió n una
im portante carta de Freud sob re su tabaq uism o (y a pu blicad a pero m al id en tifica
da). T am bién ag radezco a E len a S . D a n ie lso n , arch iv ista ayudante de la H oover
In stitu tio n on W ar, R e v o iu tio n , and P ea c e, por haberm e en v ia d o una carta de
Freud a P aul H ill. A .M .I. Izerm an s, d e l In stitu to In tern acional d e H istoria S o c ia l
d e A m sterdam , m e autorizó a publicar parte de una carta de Freud a H endrik de
M an. S a lly L each , d el Harry R ansom H u m an ities R eserch C en ter, d e la U níver-
sity o f T e x a s, A u stin , fue de utilid a d e n e l rastreo de algu nas cartas intercam bia
das entre B la n c h e K n o p f y lo s Freud. C o m o siem p re, en la b ib lio te c a histó r ic a
d e la Y a le M ed ica l Library, a c argo de F erenc A . G y o r g y ey , he encontrad o el
prototipo de la c o rd ialid ad.
E stoy m uy a gradecid o a q u ien es aportaron e sp o n tá n ea m en te m aterial o in for
m a c ió n in é d ito s so b re a c o n te c im ie n to s p o c o c o n o c id o s d e la v id a d e F reud .
J .A le x is Burland me en v ió una carta fa scin an te que Freud te escrib ió a su padre
p o c o d esp u és de la Primera Guerra M und ial, h a cién d o m e co n o cer lo s anteceden
tes. A n tón O. Kris y su herm ana A nna K. W o lff, m e o b seq u ia ro n varias cartas de
Freud a Ernst K ris y O scar R ie, y a gregaron útiles in fo r m a cio n es a n ecd ó tica s.
Sanford G ifford m e h izo llega r su r ev ela d o r o r ig in a l in éd ito sob re F élix D eu tsch .
q u e c o n tie n e m aterial v a lio s o , hasta ahora d e sc o n o c id o . W illi K filler, m i editor
d e S. F isch er V erla g , F rancfort d e l M en o, m e e n v ió a lg u n o s m ateriales im portan
tes antes d e la p u b lica c ió n . J o se fin e S tr o ss, q u ie n estu v o cer ca d e Freud en sus
ú ltim o s a ñ o s, m e h iz o c o n o c e r a lg u n o s r ec u e rd o s in str u c tiv o s, s in v io la r e l
se cr eto p r o fesio n a l al que está o b lig a d a c o m o m éd ica .
La extin ta Jeanne L am pl-d e G root, a n a lizan da de Freud y em in en te p sico a n a
lis ta h olan d esa, su peró su e sc e p tic ism o a c erca de un n u ev o bió g ra fo d e Freud
(otro m á s ...) para conced erm e una m em orab le entrevista en su ca sa de A m sterdam
e l 2 4 d e octubre d e 1 9 85 . H e len Schur, qu e e n c a m b io n o fue e scé p tic a ni siq u ie
ra al p r in cip io , h izo lo m ism o e l 3 d e ju n io de 1 9 8 6 . Y a lg o m ás: b u scó en sus
recuerd os y e n su caja fuerte, rescatando cartas intercam biadas entre Freud y su
m arido qu e arrojan una v iv a lu z sobre lo s ú ltim o s años de Freud. L os P apeles de
M ax Schur qu e se encuentran en la B ib lio te c a d e l C o n g reso , y qu e he ten ido bas
tante fortuna co m o para ser e l prim ero en e xam in ar, en riq u eciero n a d icio n a lm en
te lo s ca p ítu lo s 11 y 12. In g eb o rg M ey e r-P a lm e d o , de la S. F isch er V er la g , se
tom ó la m o lestia de enviarm e la v e rsió n co rr eg id a d e la c o rr esp o n d en cia entre
Freud y Edoardo W eiss. Q u iero tam bién dejaT sentada m i particular gratitud a U se
G ru b rich -S im itis — p sico a n a lista , c o m p ila d o ra , autora— , por su s cartas, su c o n
v e r sa c ió n y la in m e n sa c o n sid e r a c ió n q u e p u so de m a n ifie sto al pon er a m i
alc a n c e pruebas de galeras d e tex to s v ita le s (co m o las cartas F reu d -F liess e n el
or ig in a l alem án ) m ucho antes de qu e se lo s p u diera encontrar en las lib rería s.
C om o G r u b ric h -S im itis lo sa b e, su F reud e s ta m b ién e l m ío , pero e lla h iz o
m ucho por clarificar e se Freud para m í.
Por c ier to , h e disfrutad o una y otra v e z de e se tipo d e p r iv ile g io s , cuand o
a m igos m ío s m e estim u la ro n c o n buena c o n v e r sa c ió n y buena co rresp o n d en cia .
Janet M a lco lm , c u y o s lib ro s p r e ciso s e in g e n io s o s sob re p s ic o a n á lisis educaron
a q u ie n e s care cía n de in fo rm a ció n y de le ita ro n a lo s c o n o c ed o re s, no m e ha pro
porcionad o más que placer en su carácter de lo qu e lo s alem an es su ele n llam ar un
com p añero d e c o n v e rsa c ió n . L os K atw an, J a ck ie y G a b y , fueron m a ra v illo so s.
Iza S . E rlich, p sico a n a lista practicante y p r ecia d a am iga con la q u e h e e sta d o
hab lan do sobre Freud durante bastante m ás de una década, m e e n v ió un e sclarece-
dor artícu lo p r o p io y m e se ñ a ló el c a m in o h a c ia lo s de o tr o s. E lis e Sn y d er
d em ostró ser un a c ó m p lic e lea l; no fue lo m en o s im portante (p e ro ta m p o co lo
ú n ic o ) e l h e c h o d e qu e m e abriera p u ertas. A lo largo d e lo s a ñ o s, S u sa n n a
B arrow s h iz o m i v id a de e stu d io so a la v e z m ás fá cil y m ás agradable. Peter Loe-
[8 7 6 ] R e c o n o c im ie n t o s
w en berg, qu e durante m ucho tiem p o ha sid o m agnán im o c o n m i trabajo, ex p lo ró
prob lem as teó r ico s , e n v ió separatas e h izo lleg a r a n tic ip o s a m e d io s de in fo rm a
c ió n . Ju liette L. G e o rg e y su esp o so , A lexander, enriqu ecieron co n sid era b lem en te
m i c om p ren sión d el estu d io de Freud y B u llitt sob re W o odrow W ilso n , Jay K atz
m e narró histor ia s in teresan tes y c ierta s sobre A nn a Freud, qu e h e po d id o u tili
zar. Joseph G o ld stein dem ostró ser un puntal — d e b o d e c irlo — m ejo ró m is se n ti
m ie n to s c o n r e sp e c to a lo s p s ic o a n a lis t a s . Lo m ism o h iz o A lb e r t J. S o ln it,
c o le g a y a m ig o , con e l qu e ten go una deuda co n sid er a b le por su e fic a z a lien to , su
in form ación pr e cisa y e l oportun o a c ce so qu e m e brindó a m ate ria les d ifíc ile s de
hallar. Ernst P relin ger y y o hem o s so sten id o fru ctíferas d iscu sio n es sobre Freud
durante m ás de una década; e lla s han dejado su im pronta en e ste lib ro. M i am igo,
el extin to R ichard E llm ann, cu y a grandiosa bio g ra fía de Jam es J o y c e fue para m í
ac icate y e stím u lo y c u y a presen cia e ch o d e m en o s d o lo ro sa m e n te, e scla r ec ió
un os c u a n to s pu n to s o sc u r o s. M artin S . B ergm an n m e h izo c o n o c er e l o rig in a l
de su e stu d io p sic o a n a lític o -h istó r ic o d e l am or, m e e n v ió v a lio s a s separatas y ,
jun to c o n M arie B erg m a n n , ha m a n ten id o c o n m ig o un in c e sa n te in terca m bio
co lo q u ia l sob re Freud. V a rio s analistas vin cu la do s al W estern N ew England Insti-
tute for P sy c h o a n a ly sis, que para m í so n más qu e c o n o c id o s ca su a le s (Jam es K le-
em an, R ichard N ew m a n, M orlon R eiser, Sam u el R itv o , Paul S ch w a b er, Lorraine
S ig g in s ), se han h e c h o a cre ed o re s a m i a g r a d e cim ie n to por p ro p ro cio n a rm e
in fo r m a ció n , m ateria les im preso s y c o n se jo s lá c tico s (in v a lo ra b les para un ca za
dor d e docu m en ta ció n qu e se m uev e en un terreno q u isq u illo so ). P h y llis G ross-
kurih y yo d iscu tim o s am isto sa m ente nuestras d iferen tes e v a lu a c io n e s de Anna
Freud. W illia m M cG u ire com p artió p a cien tem en te c o n m ig o su s co n o c im ien to s
eru d itos sob re Jung, F eren czi, Sp ic lre in y o tro s. Han sid o p r o v e ch o sa s para m í
m is c o n v e r sa c io n e s co n Iv o B a n a c, John D em o s, H annah S. D ec k e r y D a v id
M usto. S tan ley A . L eavy m e ayudó a co n se g u ir la m o n o g ra fía d e Ernest Jones
acerca d el patin aje sob re h ielo . M is am ig os C. V ann W oodw ard y Harry Frank-
furt dem ostraron ser bu en o s o y e n te s, o bu en os e sc é p tic o s, c uand o n e c e sité co n o
cer su s r ea c cio n es. C om o siem p re, lo s W ebb, B o b y P attie, a q u ie n e s he esta d o
a fectivam en te lig a d o durante treinta años, co n virtieron en un verdadero placer
m is e sta d a s e n W a sh in g to n D .C . Lo m ism o v a le c o n r e sp ec to a Joe y M illie
G lazer. Y y en d o m ucho m ás allá de lo s deberes de la editora c abal qu e e s en la
Y ale U n iv e sity P ress, mi antigua am iga G lad ys T o p k is com p ren d ió e x c e p c io n a l
m en te m is n e c esid a d e s de autor, in clu so aunque e stu v iera e scr ib ien d o un libro
para otra e d ito ria l.
T am bién agradezco (por enviar in form ación por in icia tiv a propia, form ular
preguntas y h acerm e lleg a r separatas o lib ro s) a Henry A b e lo v e , O la A nd ersson ,
R oger N ic h o la s B a lsig er , H ortense K. B eck er, S te v en B c llc r, Edw ard L. B ernays,
Gerard Braunthal, Paul B rooks, Robert B yck, Edw ard T . C hase, Francis Crick,
Hana D a v is, Howard D a v is, G eo rg e E. E hrlich, R ud of E k stein , Jason E pstein,
A vn er F alk , M ax Fink, D avid Jam es Fisher, So p hie Freud, A lfred a S . G alt, John
E. y M ary G edo, R obert G o tllieb , H em y F. G raff, Frcd G rubel, Edw in J. Haeber-
le, H endrika C. H alberstadt-Freud, Hugh R .B . H am ilton, John H a n iso n , L ou ise
E. H offm an , M argo How ard, Judith M . H ughes, O rv ille H urw itz, H an Israéls, A li-
ce L. K ahler, M arie K ann, M ark Kanzer, Jonathan K atz, John y R obert K ebabian
(q u ien es id en tificaron la cubierta d el diván de Freud), G eo rg e K ennan, Paul K en
nedy, D en n is B . K le in , W .A . K o elsch , Richard K u ise l, N ath aniel S . Lehrm an,
Harry M . L essin , E. Jam es L ieberm an, Arthur S . Link, M urray L o u is, H. E. Lück,
John M aass, P atrick J. M ahony, H enry M arx, R obert S . M cC u lly , Frank M eiss-
ncr, G raem er M itch iso n , M elv in M uro ff, Peter B . N eu bau er, L ottie M . N ew m an,
Fran H. N g, Sherw in B . N uland, R. M ore O ’Ferral, D a n iel O ffer, A lic e O liver,
Darius O rnston, Peter Paret, A lian P. P ollard, Su san Q uinn, R obert R ieber, A na-
R e c o n o c im ie n t o s [877]
M aría R izzu to, Paul R oazen, A rihur R osen thal, R eb ecca S aletan, Perdita S ch eff-
ner, J o se f y Ela Se lk a , Leonard S h e n g o ld , M ich a el Sh ep herd . Barry S ilv er stein ,
R o szi S te in , L eo S tein b erg , R icca rd o S te in e r, Paul E. S iep a n sk y , A n th o n y Storr,
P eter J. Sw ales (qu ien , aunque sin duda sab ía que no lo m o dem asiado en serio sus
r ec o n stru cc ion es b io g rá fic a s, g en e ro sa m en te m e p r o p o rcio n ó c o p ia s d e su s e s c r i
to s y d e oír o s m a te ria les d i f í c il e s de c o n se g u ir ), John T o e w s , D o n H ein rich
T o lzm an , Edw in R. W a lla ce IV , R obert S . W a llerstein , L yn ne L. W einer, D avid
S. W erm an, Dan S . W hite, Jay W in ter, E lisabeth Y oun g-B ru eh l (q u ien gen e ro sa
m en te com p artió c o n m ig o a lg u n o s d e su s d e scu b rim ien to s sob re A nn a Freud) y
Arthur Zitrin.
M i c o leg a W illia m C ron on m erece un párrafo aparte. S in su s in stru ccio n es
cu id ad osas, qu e m e brindó sin n e r v io s pero con e n tu sia sm o , que a m en ud o lom a
ban m ucho tiem p o pero n u n ca diero n lu gar a un g e sto d e fa stid io , y sin su s o p e
racio n es de rcscate en m o m en to s c r ític o s, y o nunca habría lle g a d o a dom in ar las
co m p lejid a d e s de m i p ro cesa d o r d e palabras IB M -X T , y e ste lib ro se hu biera
dem orad o in con tab les m ese s.
E stu d iosos anteriores (esp e c ia lm e n te Cari Landauer, M ark M ica le y C raig
T o m lin so n ) y a ctu a les (c o m o A nd rew A ise n b er g , Patricia B ehre, John C o rn ell,
R obert D ie tle , Judith F orrest, M ic h é le P lott y H elm uth S m ith ) tam bién m e han
dedicad o pacientem ente tiem p o para hablar de Freud, h aciénd om e co n o c er v a lio
so s com entarios pro pio s. T a m b ién q u iero agradecer a m is a siste n tes n o gradua
d o s Jam es Lochart y R e b ec ca H a ltz el por su m a g n ífic o ap o y o .
M e siento sin gularm en te afortunado por e l m o d o en qu e W .W . N o rto n m ane
jó e ste o r igin al m uy la rg o , y d e n in g u n a m anera s e n c illo . D o n a ld S . Lam m , a d e
m ás de desem peñar su s m ú ltip les fu n cio n es de ca b e za de la editorial, su p erv isó
p e rson alm en te e l p r o c eso d e e d ic ió n d el lib ro . M e a legra qu e lo haya hech o ; a
pesar de mi c on sid era b le e x p e rie n c ia c o n la palabra im presa, nu nca había e scr ito
un a biografía, y D on m e e n se ñ ó so b re la clarid ad y la c r o n o lo g ía m uchas c o sa s
qu e antes yo só lo sabía m ucho m ás co n fu sa m en te. A m y C herry actuó co m o canal
y am ortiguador, c o n e sp le n d id e z en am b o s r o les. Esther Ja co bso n e s un d e m o n io
en su trabajo d e red acción; su s ca rtele s e n e l m argen derecho d e m i o r ig in a l m e
recordaban que, por c u id a d o so s q u e hu bieran sid o m is prim eros lecto res, era p o s i
ble y deseab le ejercitar un c u id a d o aun m ayor. El h ech o d e qu e sig a m o s hablán
d o n os con cordialidad da la m ed id a d e m i gratitud a ella.
En vista de todo este a bundante a lie n to sería m ezq u in o d e m i parte emitiT
un a nota m en os a rm on iosa. Pero c o n sid er o n ec esa r io alertar a lo s le cto re s por
las lagu nas de e sta b io g ra fía d e la s c u a le s no s o y r esp o n sa b le, b rech as qu e he
tratado de cerrar en vano, c o n una e lo c u e n c ia m ás a ctiv a y m ás cartas rogatorias
de las que pretendo acordarm e. A un qu e lo s d erechos para la p u blicación de las
palabras de Freud so n co n tro la d o s por S ig m u nd Freud C o p y rig h ts, L td., para c o n
sultar la m asa del m aterial freud iano in éd ito hay qu e contar con la auto riza ció n
de T h e Sigm und Freud A rch iv es, In c., de N u ev a York. Esta in stitu ción fue fundada
por e l doctor Kurt R. E issler, qu ien durante m ucho tiem p o la d irig ió con m ano
firm e. Ahora lo ha su cedid o e l do cto r H arold P. Blum . El doctor E issler reu nió
innum erables docum entos qu e d e otra m anera estarían d isp erso s o podrían haber
se perdido; tam bién rea liz ó d ec en a s d e en tre v ista s c o n an a liza n d o s, c o le g a s, a m i
g o s y c o n o c id o s de Freud. D e p o sitó e s e m aterial in v a lo ra b le y v a sto en la D iv i
sió n de M anuscritos de la B ib lio te c a d e l C o n g reso . Por su d ilig e n c ia y asid uidad
en e sa tarea, que en gran m ed ida rea liz ó sin ayuda, se ha ganado la gratitud de
to d o s lo s e stu d io s o s que abordan in v e stig a c io n e s sob re Freud y so b re la histo r ia
d e l p s ico a n á lisis. Pero — s a lv o cier ta s e x c e p c io n e s e x p líc ita s— su p o lític a fu e
su straer al c o n o c im ien to p ú b lic o to d o e s e m a te ria l durante d é ca d a s; e stip u ló
[878] R e c o n o c im ie n t o s
m uchas de las fech a s en las que se levantarán la s r estriccion es, fechas qu e no
siem p re dejan sa tisfec h o s a q u ie n e s entregaron lo s m ateria les y qu e se internan
en el sig lo X X I, a m enudo m ás a llá de la s e x p e cta tiv a s de vid a de lo s estu d io so s
que actu alm en te trabajan en el tem a. El d octor E issler ha m anifestada frecu en te
m en te y s in r eserv a s la op in ió n de qu e n o d e b e p u b lica rse nada (y quiero decir
e xactam ente nada) de lo que Freud no d e stin ó a la p u b lica ció n . H e tenido m ás de
una oportun idad de defendeT una p o s ic ió n m ás lib era l resp ecto de esto . H ace
v arios años, cuando debatí el pro blem a co n e l d octor E issle r en una reunión del
C om ité sob re H istoria y A rc h iv o s de la A m erica n P sy c h o a n a ly tic A sso c ia tio n
(d e l c u a l he sid o m iem bro un os cua nto s a ñ o s), e x p r esó la o p in ió n de que in clu so
la pu b lica c ió n de la corresp o nd en cia Freud-Jung n o le había prestado a Freud n in
gún se rv ic io , p u esto que fue usada para denig ra rlo. M i propio argum ento era la
sim p licid a d m ism a: la m ala histo ria o la m ala b io g ra fía só lo pu ed en ser d e sp la
zadas por la h istoria o la bio g ra fía m ejo re s, que e s im p o sib le e scrib ir a m en o s
qu e los e stu d iosos tengan a c ceso a toda la docu m en ta ció n . Esa apasionad a adic
c ió n al secreto, que fue (y es) característica d e l do cto r E issler, n o hace más que
alentar el recru decim iento em p onzoñad o d e lo s rum ores m ás r idiculo s sobre e l
hom bre cu ya rep utación se está tratando de proteger. T am bién señ a le la contra
d icc ió n palpab le de que una d iscip lin a consagrada a la m ayor franqueza p osible,
c o m o lo e s el p s ico a n á lisis, m uestra ante e l m un do un carácter reservad o, por no
d e c ir tortu o so . O b v ia m en te, m i arg u m en ta ció n no lo im p resio n ó . H ace ya c a si
v e in te años qu e m anten go corresp o nd en cia c o n e l d octor E issler acerca de esta
fa stid io sa c u e stió n , y he esta d o p id ié n d o le m a teria les qu e é l co n tro la d esd e el
m om ento en que surgió la p o sib ilid a d de que e scrib iera esta bio g rafía . Pero lo s
resu ltados siem pre fueron m i total derrota.
T al v e z la con se cu en cia m ás c a ta stró fica de la p o lítica d e l d octor E issler sea
e l secreto im p u esto a la c o le c c ió n de cartas que Freud y su n o v ia intercam biaron
durante lo s largos c in c o años que duró su co m p ro m iso , una ép o ca en la que e stu
v ie ro n m ás tiem p o separados que ju n to s. P uesto que prácticam en te se escribían
todos lo s días, debe de haber más o m en os un m illar de cartas de cada uno. La
denom inada B rau tbriefe m ostraría al j o v e n Freud c o m o trabajador o com o enam o
rado a prin cip io s de la d écada de 188 0 , tan ín tim a m en te c o m o las cartas a F lie ss
m uestran la elabora ció n d e l p sic o a n á lisis en la d écada de 1890. En una reunión
d el C om ité so b ie H istoria y A rc h iv o s d e d icie m b r e de 1 9 8 6 , e l doctor Blum dijo
que esa c orresp ond en cia era la m ayor c o le c c ió n de cartas de amor d e la historia
de la cultura occid en ta l. S ó lo c a b e preguntar: ¿ cóm o lo sab e? En 1 9 6 0 , Ernst y
L u cie Freud editaron una se lec ció n ponderable (pero todavía m uy fragm entaria) de
la c orresp ond en cia de Freud, que co n tien e c a si un centenar de las cartas de que
hab lam os. (V é a se supra, pá g . 8 2 2 .) E sa ca ntida d no aum entó en la segun da e d i
c ió n , d e 1968. V o rea lic é reiterados in tento s ten d ie n te s a lograr a c ceso a las car
tas restantes; todos fueron rechazados, dip lo m á tica m en te pero sin v a c ila cio n e s,
por e l doctor E issler. En co n se cu en cia , he d epend id o de un puñado de cartas in é
ditas que log r é conseguir (in c lu so varias de M artha B e m a y s a Freud) para co m
plem entar las pu blicad as.
La p o lític a actual de T h e S igm u nd Freud A rc h iv es, In c., bajo la con d u cción
d el doctor B lum , perm ite abrigar m ayores esperan zas d e que sea m en os n e g a tiv a
m en te p r e d e c ib le . A l p r in cip io de m i trabajo se m e p e rm itió e l a c ce so a la
c o rresp on d en cia com p leta Freud-Abraham (qu e se encuentra en la D iv isió n de
M anuscritos de la B ib lio te ca del C o n g reso , P a p eles de Karl A braham ), a sí c o m o
a toda la serie D de la Freud C o lle ctio n , qu e reco m p en sa con la m ayoría de las
cartas d e Freud a Ernest Jones. El 17 de ju lio de 1 9 8 6 , la N ew Y o rk R e v íe w o f
B o o k s pu blicó una carta del doctor B lum , q u ien firm aba c o m o “director e jecu ti
v o ”, e n la qu e se señalaba que “ to d o s lo s p a p eles y d o cu m en to s de propiedad o
R e c o n o c im ie n t o s [8 7 9 ]
controlad os por T h e Sig m u n d Freud A rc h iv es que están en pro ceso de p u b lica c ió n
o ya han sid o p u b lica d o s estarán a l a lc a n c e de lo s e stu d io s o s sob re la base de un
a c c e so igu al para io d o s ” , y se p rom etía “ liberar de restricc io n e s todas la s cartas
y d oc u m e n tos, lo antes p o s ib le , en co n c o rd a n c ia c o n la s norm as y o b lig a c io n e s
le g a le s y ¿tica s”. El d o cto r B lu m ha d ich o rep etida y e n fá tica m en te qu e el ú n ic o
m aterial que no se perm itirá difu nd ir so n las o ra cio n es o párrafos que id en tifica n
d irectam en te a p a c ie n tes , o qu e ha cen p o s ib le id en tific a rlo s; esto m ism o m e ha
sid o confirm ad o por el d octor B lu m en su c o rresp o n d en cia c o n m ig o . Por m i par
le , propu se que a lo s in v estig a d o re s se le s perm ita c o n su lta r todo el m aterial
e xisten te , con la c o n d ició n de qu e firm en una d eclaración estricta , redactada por
la B ib lio te c a d e l C o n g r eso , por la c u a l cada usu a rio se c o m p ro m eter ía a no
publicar ni utilizar d e ningu na m anera pasajes o cartas qu e r ev e len la id en tidad de
p acien tes. Esta pro p u esta fue rechazada; en ca m b io , se o ptó por que la s cartas no
difundidas fueran le íd a s por a lgu na persona de co n fia n za design ada por T h e S ig
m und Freud A rc h iv es, para señalar lo s p a sa jes que deben m anten erse en reserva,
proced im ien to que ha dem o stra do ser len to y torpe en extrem o. Hay qu e r ec o n o
cer que m ucho m aterial freud iano está al a lca nce de lo s estu d io so s; una parte lo
ha e stad o d esd e h a c e a ñ o s, y otra e stá sie n d o lib era da un año tras otro, Pero,
d esd e lu eg o , son p r e cisa m e n te lo s m a te ria les tod a v ía reten id o s lo s d e m ayor
in terés para el h istoriad or — o lo s qu e, por su m ism a n atu raleza, parecen se rlo — .
De todos modos , para v o lv e r a un t e n e n o m á s grato, deb o decir que, lo m is
m o que para m is lib ro s a n terio res, tam b ién en e ste c a so m e h e a p o yad o c o n sid e
rablem ente en la o p in ió n d e le cto re s in fo r m a d o s. M i e x alu m n o y ahora buen
am igo Hank G ib b o n s, un h isto ria d o r p rofun dam en te se n sib le a las e x ig e n c ia s de
la h istoria in te le ctu a l, m e ha fa v o re cid o c o n c o n se jo s a m a b les y m uy v a lio s o s
sob re c u e stio n e s p e q u eñ a s y g r a n d e s, e sp e c ia lm e n te g r a n d e s. D ic k y P eg g y
Kuhns exam in aro n cuid a d o sa m en te e ste o r ig in a l co n e l o jo adiestrado del f iló s o
fo y la p sic ó lo g a fo rm a d o s p sico a n a lític a m e n te; sus lectu ra s, c o m p lem en ta d a s
con charlas m ara v illo sa s qu e h em o s ten id o durante años sobre el tem a de Freud y
el p s ico a n á lisis, han deja do una profun da im pronta e n e l lib ro. Jerry M ey er, m i
com p añero de e stu d io s en e l W estern N ew England In stitu te for P sy c h o a n a ly sis,
p sico a n a lista y lecto r c u ltiv a d o , prestó una a ten ció n particu larm ente cuid a d o sa a
los problem as té c n ic o s y m é d ic o s in v o lu c ra d o s en esta bio g ra fía , y c o n trib u y ó a
darle la claridad que tien e — sea e lla cua l fuere— . D ese o asim ism o expresar m i
p articular gratitud a C eo r g e M a hl, e xperim en tado p sico a n a lista y m aestro cabal,
qu ien desin teresa d a m ente su strajo tiem p o a un libro propio qu e esta b a e scr ib ien
d o, para leer esta obra de la m anera m ás m inu ciosa; por su extraordinaria fam i
liaridad con la histo r ia d e l p s ic o a n á lisis, su in d e clin a b le resp eto a la e x a ctitu d ,
y su am able aunque o b stin a d o m o d o de c o n e g ir faltas y propon er p e r fe cc io n a
m ien tos y r eform u la cio n es f e lic e s , ten g o co n él una deuda que m e pa rece im p o si
ble pagar. M i esp o sa , Ruth, d e se m p eñ ó su parte acostu m b rad a de lecto ra final
co n vir tu osism o y ta cto . A g ra d ez co a to d o s lo s le cto re s de m i o r ig in a l, esp era n
do que la obra terminada d em uestre ser m erecedora d el tiem po y e l c uid ado que
e llo s le dedicaron.
P .G .
H am den, C o nn ecticu t
D iciem bre de 1 9 8 7 .
In d ic e a n a lít ic o
Abderhalden, Emil, S98 acertijos
Abraham, Karl, 179, 213-17, 512-16 - Ferenczi y los, 222
- capacidad como analista, 215, 513-14; Véase tam bién chistes
comparada con la de Freud, 513-14 acontecim ientos públicos/políticos, Freud
- carácter y personalidad, 213-16 y lo s
- conferencias, 228-29, 513-14 - 1922, 467
- contra Freud sobre la sexualidad - década de 1930, 615-16, 653-62, 682-
femenina, 219n, S59 90. 702-3.709.716-17
- contra Rank. 528-29, 530. 533, 536-37 - su desvalimiento/rabia ante los, 4t6,
- t “Introducción del narcisismo”, 386 431-34, 661-62.677-78
- muerte (1925), 537-38 Véase también Primera Guerra Mundial:
- publicaciones, 216, 354 y n Freud y la
- relación personal con Freud, 215 y n, actitudes políticas de Freud, 40-1, 143,
422, 496-97 434-35, 659-60
- sobre el “Leonardo”, 309-10 - sobre el comunismo, 611, 659
- sobre el sueño de Irma, 155 - sobre el socialismo, 610
- sobre Freud como anfitrión amable, 190 Véase también acontecimientos
- sobre la Sociedad Psicológica de los públicos/políticos, Freud y los; Primera
Miércoles, 211 Guerra Mundial: Freud y la
- sobre Tótem y tabú, 370-71 Acton, William, 571
- su gusto artístico y el de Freud, 198 actos fallidos. Véase lapsus orales o
- su papel en Berlín, 213-14, 514-15 escritos
- visita Viena, 211, 434-35 adheremes de Freud, 211,601-5
- y el Comité, 268 - atraídos por historíales, 284n
- y Fliess, 82,216-17, 538 - Comité de. Véase Comité de [íntimos de
- y Jones, 217, 472 Freud]
- y Jung, 239-41, 241-42, 268-69, 274- - como familia muy unida, 600-1
75. 278-79 - como minoría atrincherada, 242-43,
- y la Primera Guerra Mundial, 393-94. 268-69
396-97, 399-401 - defienden el psicoanálisis
abuso sexual públicamente, 510-11
- en la etiología de las neurosis (teoría de - desilusiones y rupturas de, 280-82;
la seducción), 118-24 Adler, 258-62, 281; Jung, 262-82;
- niños varones como víctimas del, Rank, 525, 527-36, 538-40; Stekel.
119» 270, 281
“accidentes" (bases psicológicas de los), - disensos y disputas entre los, 209-10,
156. Véase también lapsus orales o 254-62, 472-74. 518-20. 521-23, 528-
escritos 29, 531-32; Freud sobre las causas de
“Acciones obsesivas y prácticas los. 25 8n
religiosas" (1907), 586-87 - disputas y luchas con Freud. 250-82;
[882] I n d ic e a n a l ít ic o
Ferenczi, 640-50; la furia de Freud, Adler, Víctor, 567
359; sobre el análisis lego, 546*57, adolescente, sexualidad, 179, 180-81.
630-31, sobre la sexualidad femenina, Véase tam bién desarrollo de los niños
219n, 559, 577-81 afasia, 88
- e interpretaciones psicoanalíticas de la agresión, sentimientos agresivos, 443-45
cultura, 354-55 - austríacos y, 504-5
- independencia vs. ortodoxia de los, - concentrados en una víctima
253n, 259-60, 347-48, 522-23, 526, seleccionada, 612-13
528, 530, 642-49 passim , 676 - distinguidos de la pulsión de muerte,
- muerte de: Abraham, 538-39; Andreas* 450-51
Salomé, 682; Ferenczi, 650; Tausk, - inconscientes, 404
437*39 - Klein sobre, 450-51»
- mujeres enlre los, 560, 565-7. Véase - poder de la, 418-19
tam bién nombres individuales - Primera Guerra Mundial y concepción
- persecución/opresión de los (década de freudiana de la, 416, 443-45. 444n
1930), 657, 707 - reprimida, 128-9. Véase también
- y Primera Guena Mundial, 393, 396-98 represiones
Véase también primera generación de - y civilización/cultura, 611, 612-14
analistas; movimiento psicoanaUtico, V íase también deseos de muerte
y países, ciudades y adherentes dirigidos contra otros
individuales Agustín, san, 161
adherentes vieneses de Freud Aichhom, August, 521 y n, 548
- Anna Freud como uno de los, 488 aislamiento de Freud
- decepción de Freud con, 211-13, 228, - como judío laico en Austria, 668
250, 355, 380-81 - consecuencias en su madurez, 499-500
- protestan en el congreso de Nflrnberg - en la Primera Guerra Mundial, 407, 426
(1910), 255*56 - en la universidad, 51-2
Véase también Sociedad Psicoanalíiica - en su familia, 87
de Viena; Sociedad Psicológica de los - la percepción y utilización del, por el
Miércoles propio Freud, 171-73, 669-70
adicciones - respecto del eslablishm enl médico, 78-
- como sucedáneos de la masturbación, 80, 88, 104. 121-22, 162-66;
128-29, 203, 415 moderación del, 171-72, 185
Véase también cocaína; hábito de fumar - resultante de su enfermedad, 516-17,
de Freud 600-1
Adler, Alfred “aislamiento” (mecanismo de defensa),
- Andreas-Salomé y, 227 544-46
- como defensor de las analistas mujeres, alcohol, Freud y el, 129, 202
560n Alemania
- converso al protestantismo, 662 - antisemitismo en: en la década de 1920,
- muerte (1937) y la reacción de Freud, 499; en la década de 1930, 656-57,
681 706-7
- sobre la “inferioridad de los órganos”, - en la década de 1920, 498-500
253,254 - Freud repudia su identidad germana, 86,
- y Freud, 253-54, 257-59; sobre la 392-93», 499-500, 663-64
pulsión destructiva, 445-46; - Kristaílnacht (9 de noviembre de 1938),
divergencia y separación finales, 258- 706
62; Fliess y, 315; esfuerzo de Freud por - los psicoanalistas huyen de (década de
cooptarlo, 256-58; irritalivo para 1930), 657
Freud, 250; sobre el narcisismo, 383; - nazis en. Véase nazis
sobre el complejo de Edipo, 377 (nacionalsocialistas): en Alemania
- y la Sociedad Psicológica de los - Primera Guerra Mundial. Véase Primera
Miércoles. 206-7, 211, 254 Guerra Mundial
- y la Sociedad Psicoanalítica de Viena, - psicoanálisis en (década de 1930), 657;
253, 256-58, 259-60. 260*62 707. Véase también Berlín:
- y Rank, 209 movimiento psicoanalítico en
- y el Zentralblatt, 256, 259-60 - y Austria, 498-99, 658, 660. 684-85;
Adler, Ouo, 570-72 el A nsch lu ss y su estela, 684-90
I n d ic e a n a l ít ic o [883]
Véase también Berlín - duración del, 339; breve, 527, 529,
Alexander, Frani. 478», 513-15, 521 531-33
“Algunas lecciones elementales de - frecuencia de las sesiones, 339;
psicoanálisis” (inconcluso), 703-4 frecuencia de las sesiones de Freud,
Alt, Konrad, 229 517«
ambición, Freud y la, 47 y n, 66-7, 71. - papel del analista en el, 125, 342 y n,
170-71. 186 346. Véase también analistas
- confesada en La interpretación de los - rapidez del avance del, 346-47
sueños, 142, 143 - sesiones de exploración, 337-38
- de ser investigador médico, 60-1 - "silvestre”, 335-36, 341, 535-36
- de una amplia popularidad, 245-6 - terminación del, 347-48; el analista
- obstáculos, 123. 165, 170-1 amenaza con terminar el. 332-34
- profecía de grandeza en la niñez, 34-36. Véase tam bién pacientes
142 psicoanalíticos, autoanálisis de Freud,
- sueño de la inyección de Irma y la, análisis didáctico
110-1 análisis didáctico
- su familia y la, 34-5, 36. 37. 45-6 - Abraham realiza, 215
- sus investigaciones sobre la cocaína y - beneficios del, 293-94*
la, 67-8, 69, 70 - de norteamericanos, 627-28
Véase también reputación de Freud - desarrollo ulterior del, 349*
ambivalencia, 114. 234. 298-99, 305-6, - el primero (Eitingon). 212-13
307 - en Berlín. 515-16
- en el caso Schreber, 323 - v í, autoanálisis, 125n
Amenholep IV, faraón, 354, 673 análisis lego. 53-4n, 223, 224, 546-57
American ¡m ago (periódico), 701 - Anna Freud como analista lega, 486,
A m erican P sychoanalytic A ssociation, 548-49
Véase Asociación Psicoanalítica - en Estados Unidos, 554-57, 630-31,
Americana 700-1
amistad, Freud y la, 81, 87, 1 14-15 - Rank como analista lego, 526. 548-49
- elemento erótico en la, 3 14-17 - Reik como analista lego, 546-49
amnesia intencionada (crjptomnesia), 156- - simposio sobre el (1927), 552-53
57, 158 y n, 173-74, 704-5n Véase también Andreas-Salomé, L.;
amor, teorías de Freud sobre el, 331-33, Bonaparte, princesa M.; Pfister, O.
365, 410 análisis "silvestre", 335-36, 341
- ambivalencia, 418-19 - por los asociados de Freud, 273-74,
- como transferencia, 342-45 535-36
- de los padres, 385 "Análisis terminable e interminable”
- en la psicología de las masas, 455 (1937), 335, 680-82
- sobre el amar al prójimo como a sí analistas
mismo, 611, 681-82 - acuerdo económico con ei cliente, 33 8-
- y cultura, 610 y n, 612-13 39
anal, erotismo. Véase erotismo anal - charlatanes como, 505-6, 549-51, 554-
análisis 55
En esta entrada tenemos en cuenta los - formación de los (su análisis como).
aspectos del proceso terapéutico Véase análisis didáctico: en Berlín,
individual. Para la disciplina y su 515-16; institutos para el, 256, 293«,
historia, véase psicoanálisis; para la 511-13
m etodología, méiodo y técnicas - franqueza con los clientes, 338-39,
psicoanalíticas; para los aspectos 344, 435-36
teóricos y filo só fic o s, teoría - interpretaciones de los. 340-41
psicoanalítica - mujeres como, 560, 565-68
- curas logradas por el, 347-48, 514-15, - no médicos como. Véase analistas
681-82 legos
- de miembros de la familia, 264-65, - norteamericanos (Freud sobre los), 527-
492; por Freud de su hija Anna, 486- 29. 530
87, 490-93: por (M.) Graf, 264. 296. - paciencia de los, 346-47
297, 491; por Jung, 264, 491; por - primeros. Véase primera generación de
Klein. 492; por Weiss, 492 analistas
[8 8 4 ] I n d ic e a n a l ít ic o
- "siempre en lo cierto” frente i) 34, 645-46, 700-1
paciente, 289rt - aspeaos económicos del, 626-28, 629-
- su autorrevelación ante los clientes, 31 y » . 632, 634 y n
338*39 antisemitismo
- so pape) en el proceso psicoanalítico, - El porvenir de una ilusión y el, 598
125, 343 y » . 346-47 - en Alemania (dicada de 1920), 499-
- "voyeurismo” (sublimado) de los, 592 500; (década de 1930). 656-57, 706-7
- y artistas, comparados, 361-62 - en Austria, particularmente en Viena, a
- y transferencia. Véase fines del siglo XIX, 38-42, 43-45, 134;
contra transferencia, transferencia siglo XX, 498-99, 684-90. 693, 697-
Véase tam bién los nom bres de los 99
analistas individuales - en M oisés y la religión m onoteísta,
analizandos. Véase pacientes 711, 713
psicoanalíticos - Freud sobre el, 38», 589/», 668; y la
analizandos extranjeros de Freud, 433-34, importancia de Roma, 163-64; en La
434-37, 466-67, 516-18, 634, 654-55 interpretación de los sueños, 134; y el
"Anatomía es destino”, 573, 574 movimiento psicoanalítico, 241-42,
Andreas-Salomé, Lou, 226-28 626», 668. 669
- Anna Freud y, 488-89, 491-93, 584 - Italia y el. 499-500»
- carácter y personalidad, 226 - norteamericano, 626 y «
- como analista lega, 224, 227-28, 436- - y la can-era académica de Freud, 169-71
37, 548-49 antropología, Freud y la. 371 y», 372,
- Freud y, 197, 226-28, 560, 682-83; 376-78
ayuda económica, 436-37, 636; en la “anulación retroactiva” (mecanismo de
vejez, 584-86,682-83 defensa), 544-46
- muerte (1937), 682-83 aplicaciones del psicoanálisis en las
- sobre Abraham como analista, 215 empresas, 501-2
- sobre Jung, 335 aplicaciones extramédicas de)
- sobre Tausk, 438-39 psicoanálisis. Véase arte; artistas;
- y Ferenczi, 221 aplicación del psicoanálisis en las
angustia empresas; cultura, interpretaciones
- el yo y la, 462-63 psicoanalistas de la; figuras literarias:
- en el caso del pequeño Hans, 296-98 psicoanálisis de las
- examinada en In h ib ició n , síntom a y arqueología, Freud y la, 203-6, 365 y n,
angustia, 526, 540, 541-43 370
- Rank contra Freud sobre la, 526, 530, arquetípo(s), 275-77
540, 541 y n “arruinados por el éxito. Los" (1916),
- sentimientos de culpa como, 613-14 420»
Véase tam bién angustia de castración arte
angustia de castración, 297*98, 328, 330- - actitud de Freud con respecto al, 198,
31, 573, 575, 576, 579, 580-81 200-1, 363-64, 367
Aníbal, identificación de Freud con, 34-5 y Véase también antigüedades, Freud y
r, 43-4, 163-64, 170-72, 670 las; artistas
animismo, 372 arte y objetos antiguos. Véase
Anna O., 89-96 antigüedades, Freud y las
anticoncepción, Freud sobre la, 195-96, artículos publicados de Freud
572 - 1887-93,60-1
Antígona (Anna Freud como), 493-94 - 1905-15,349, 379-80
antigüedades, Freud y las, 72-3, 203-6 - “Acciones obsesivas y prácticas
- en su casa de Londres, 702-3, 708 religiosas" (1907). 586-87
- legadas a su hija Anna, 679n - “Algunas lecciones elementales sobre
- regalos a Freud, 603-4, 660, 703 psicoanálisis" (inconcluso), 703-4
- y el caso del Hombre de las Ratas, 304- - “Análisis terminable e interminable”
5 (1937). 335, 680-82
- y Orad iva, 365 y n - “Carácter y erotismo anal” (1908), 380-
- y su identidad judía, 668 81
antinorteamericanismo de Freud, 214-15 y
n, 247-48, 249, 554-55, 555-56, 625-
I n d ic e a n a l ít ic o [8 8 5 ]
347-48 409-14,417, 419-20
“Construcciones en el análisis" (1937), - «obre lo» sueños, 409. 440-41
335, 680-82 - sobre técnica (1911-1915), 336-48
“Criminales por sentimiento de culpa" - sobre Schreber (1911), 318-26
(1916), 419-20n - “Un recuerdo infantil de Leonardo da
década de 1890. 103-4, 121, 133, 157 Vinci" (1910). 308-15.356
“Duelo y melancolía" (1917), 409, Véase tam bién historíales; traducciones
418-20, 465-66 artistas
“El creador literario y el fantaseo” - ambigüedad de Freud con respecto a los,
(1908). 349-51 360-62
"El esclarecimiento sexual del niño” - críticas psicoanalíticas. 366-67;
(1907), 349 objeciones a los, 361-62 y n, 366
“El método psicoanalítico de Freud” - fantaseos de los escritores, 349-51
(1904), 335 Véase tam bién Michelangelo
"El Moisés de Miguel Angel” (1914), Buonarroti; Vinci, Leonardo da
357-61 Aschaffenburg, Gustav, 228, 236
“El motivo de la elección del cofre” asociación de palabras
(1913), 483-84 - Jung sobre la, 235
“El problema económico del Véase tam bién asociación libre
masoquismo” (1924), 450-51 asociación libre, 97-100, 339-40
fines de la década de 1930, 707 - como nombre equivocado, 158-59»
“Formulaciones sobre los dos - en la interpretación de los sueños, 137,
principios del acaecer psíquico” (1911), 140-41
380-83 - en el autoanálisis de Freud, 126
“Introducción del narcisismo” (1914), - Jung apoya la teoría de la, 235
383 y » , 384-88 Asociación Psicoanalílica Americana
“La feminidad” (1933), 563-65 (Am erican P sychoanalytic A ssociation )
“La moral sexual ‘cultural’ y la (fundada en 1911), 218, 512
nerviosidad moderna” (1908), 383, Asociación Psicoanalítica Internacional
605-6 - Bleuler renuncia a la (1911), 252
“La represión” (1915). 411-12 - capítulo de Berlín, 512-13
“Lo inconsciente" (1915), 412-13 - Ferenczi y la. 646-48
“Los arruinados por el éxito” (1916), - Jung y la, 254, 261-63, 265-66, 274-
419 -20n 76, 278-80
“Nuevas puntu aligaciones sobre las - propósitos de Freud al fundar la, 256
neuropsicosis de defensa” (1896), 121 - propuesta de constitución en Nümberg
“Puntualizaciones sobre el amor de (1910), 254
transferencia” (1915). 342, 343-45 - y el análisis lego, 555-56
“Recordar, repetir, reelaborar” (1914), - y Primera Guerra Mundial, 397-98;
346-48 posguerra, 440-43
sobre el olvido intencionado (1898), Véase tam bién congresos
157 psicoanalíticos internacionales
“Sobre el psicoanálisis ‘silvestre’ " Asociación Vienesa de Psicopatología y
(1910), 335-36 Psicología Aplicadas, 639
“Sobre la coca” (1884), 68-70 aspecto y rasgos físicos de Freud, 188-89
“Sobre la dinámica de la transferencia” - en las fotografías, 191, 506-7
(1912), 341-42 - en 1936, 679-80
sobre la guerra (1915), 401-3 - ojos, 188-89, 679-80
sobre la homosexualidad, 442-43 ateísmo de Freud. Véase creencias
“Sobre la iniciación del tratamiento" religiosas. Freud y las
(1913). 337-41 Atenas (Freud en. 1904). 190
sobre la muerte, 409, 440-41 Austria
“Sobre la sexualidad femenina" (1931), - (década de 1920) situación social y
563-64, 576 política, 497-99
sobre las pulsiones (1915), 410 - (década de 1930) el Anschluss y su
sobre la telepatía (1922), 442-43, 494- estela (1938), 684-90; situación
95, 496 económica y política, 654-62, 682-90
sobre metapsicología (1915, 1917), - emigración de Freud de. Véase Viena:
[ 886] I n d ic e a n a l ít ic o
decisión de Freud de dejar Berggasse 19, Viena (la casa de Freud)
- judíos en. Véase judíos en Austria - consultorio y estudio adyacente: el
- movimiento feminista en, 566-70 diván, 133 y n, 203, 476-77; objecos y
- revolución (1918), 424 muebles, 199. 203-4
Véase también imperio austro-húngaro; - el departamento, su decoración, 194-99
Viena - invadida por los nazis (1938), 688-90
- mudanza de los Freud a (1891), 100-1,
autoanálisis de Freud, 124-29
133
- carencias del. 476-77, 562 y n - reuniones de los miércoles por la noche
- papel de La interpretación de ¡os en. Véase Sociedad Psicológica de los
sueños en el, 117, 124 Miércoles
- sus métodos, 126 - salida de los Freud de (1938), 695-97
- único en la historia del psicoanálisis, - visitantes a. Véase visitantes de Freud
124, 210 Berlín
- y la relación con Breuer, 95-96 - Freud considera la posibilidad de
- y la relación con Fliess, 314-15 y n establecerse en (década de 1930), 657
- y recuerdos infantiles, 28-30, 33-4, - movimiento psicoanalítico en, 213-15,
125, 127 216, 512-16; el fenómeno judío, 669;
- y superstición (es), 84 los analistas huyen de (década de 1930),
autocastígo, 419-20 y n 657
autocontrol y disciplina de Freud, 49, 50, Berlín, Congreso de psicoanalistas en
189,255. 359-61 (1922), 440-43, 577-78
autocrítica de Freud, 20 ln, 453, 460-61, Bemays, Anna Freud (hermana de Freud)
584,598 - en Hstados Unidos, 716-I7n
Véase también inseguridades de Freud - nacimiento (1858), 28
autoerotismo, 180, 384 y n - sus recuerdos de Freud, 37
autoestima y confianza en sí mismo de Bemays, Edward (sobrino de Freud), 632
Freud Bemays, Eli (cuñado de Freud), 65, 429,
- década de 1880,65-7 718n
- década de 1890, 89, 104 Bemays, Martha. Véase Freud, Martha
- 1900-1910, 172-73» Bemays (esposa de Freud)
- 1911-15,347-48, 369, 371, 378-79 y Bemays, Minna (cuñada de Freud), 189,
190, 351,430-31
- década de 1920, 460-61 - cartas de Freud a, 68-69n, 73, 103
Véase también autocrítica de Freud; - emigra a Inglaterra (1938), 695-96
inseguridades de Freud - la relación de Freud con, 103n y 104*.
559-60; su aliento a él. 171-72; en tas
Bad Gastein, Austria, 492, 467, 469 vacaciones, 429; rumores de una
Bad Homburg, congreso de psicoanalistas relación sentimental, 104n, 238n, 262-
de (1925), 517, 556, 574 63n
Baker, Ray Stannard, 618-20 - su salud, 681-82, 697-98
Balfour, Arthur lames, conde de Balfour, Bcmfeld, Siegfríed, 521 y n
507 Bemhardt, Sarah, 73
Balfour, declaración de (19Í7), 417. 507 Bemheim, Hippolyte, 76-7
Balint, Alice, 513 - Freud visita en Nancy a (1889), 76-7,
Balint. Michel, 222,513,516 87, 97
Balzac, Honorá de: La p iel de tapa (La Sobre la sugestióny sus aplicaciones a la
p e au de chagrín), 719 terapia (Freud traduce), 76-7, 87
Bsrany, Roben, 417 Bemstem, Eduard, 657
Barca, lisa, 37-8 Billroth, Theodor, 54-5, 184
Barlach, Ernst: Der Tote Tag, 375 Binswanger, Ludwig
Baudelaire, Charles, 199 - sobre Freud y su hija Anna, 488
Bebel, August, 657 - sobre los analistas vieneses, 211
Bell, Sanfnrd, 247 - su enfermedad y el disgusto entre Freud
Bellevue, sanatorio, en Kreuzlingen, 92 y Jung. 265-67, 268, 272, 316-17
Bellevue, villa de descanso, cerca de Viena, - su relación con Freud, 280-82; Freud lo
109 consuela por la muerte del hijo, 471;
Berchtesgaden, Bavaria, 190, 467 invita a Freud a Suiza (1938), 677-78
I n d ic e a n a l ít ic o [8 8 7 ]
- visita a Freud (1907), 238-39; (1936). - y Fliess, 82. 84
677-78 - y la etiología sexual de las neurosis,
biografía psicoanalítica 119
- critica de la, 356n Breuer. Mathilde, 57-8, 79-80. 93
- el Leonardo de Freud, 308-15, 356 Bri 11, Abraham A., 211,245-47, 518 y n,
bisexualidad, 157, 575 519,628-29, 638
- Fliess sóbrela, 83, 186-87 - funda la Sociedad Psícoanalítica de
Bizel, Georges: Carmen, 201 Nueva York (1911). 554-55
Bjerre, Poul, 226, 503-6 - Fundam ental Conceplions o f
Blanton, Smiley, 655* p sychoanalysis, 554-56
Bleuler, Eugen - sobre el análisis lego, 552-53, 554-56,
- sobre la angustia, 542 556, 557
- y Freud. 236, 252-53. 508 - sobre Ferenczi, 647-8
- y Jung. 234-35 - y ¡a disputa Jones-Rank, 473-74 y «
- y Schreber, 320 Broch, Hermann, 41-2
Bloch, Iwan, 176 Brouillet. Andre; La legón clinique du Dr
Bloch, Joseph Samuel, 40, 41 Charcal, 77-9
Blumgan, Leonhard, 435-37. 628 Brown, Brian, 502
B’nai B’rilh (Freud y la). 171-72, 662-63, Brücke, Ertist, 54-5, 56-62, 72 y «, 153,
668-69 172-73*. 553-54
Bonaparte, princesa Msrie, 517, 602-5, - en los sueños de Freud, 126, 147
651 - C onferencias sobre fis io lo g ía , 59-60
- ayuda a la editorial, 603-4, 624, 625 r Brühl, Cari Bemhard, 48-50
- sobre el temor del hombre a la mujer, Bran, Rudolf, 56n, 115n
580 Brümng, Heinrich, 654
- y Freud: como su analizanda, 603-4; Brunswick, Ruth Mack, 335*, 560
sobre el diván de Freud. 133n; y la Buber. Martin, 713-14»
emigración de Freud desde Austria, 699- Budapest. Congreso de psicoanalistas en
700. 692, 693-94, 696-97; destinataria (1918), 346*. 422-23. 514-15
del afecto y la aprobación de Freud, Budapest, el movimiento psicoanalítico
560, 603-4; como su amiga y en. 434-35*. 512-13
benefactor!, 603, 677-78; en Londres - naturaleza judía del, 669
(1938-39). 703-4. 708-9, 711, 716-17; V íase también Ferenczi, S.
sobre et autoanálisis de Freud, 126n Bullitt, William. 615-17, 617-19
- y la correspondencia Freud-Fliess. 679- - y la emigración de Freud de Austria,
80 y i», 681 690. 691, 692, 696-97
Borden, Richard, 501-504 - Thom as W oodrow W ilson (en
Bracher, Karl Dietrich, 657 colaboración con Freud), 615-25
Braun, Heinrich, 47 Burckhardt, Jacob. 43, 308
Braunthal, Hilde, 47ln Burghólzli, Hospital Mental cercano a
Bremano, Franz, 53-6, 586-87 Zurich
Bretón, Andre: Los vasos comunicantes, - Abraham en et. 213-14, 240-41
650 - Brillen el 245-46
Breuer, Josef, 56-8 - Eilingon en el, 212-13
- “Comunicación preliminar" (en - Jones en el, 218
colaboración con Freud), 89n, 97-8, - Jung en el, 234-35
248 Burland, Elmer G, 433
- en el sueño de la inyección de Irma, Burlingham, Dorothy, 601-2, 603, 692
110-112 Bumacheff, Alexandre, 715
- Estudios sobre la histeria. Véase Bume-Jones, sir Philip: Dollars and
E studios sobre la histeria Democracy, 632-33
- le envía pacientes a Freud, 78-9 Burrow. Trígant, 531-33
- muerte (1925). 536-38 Busch, Wilhelm, 199, 650-51
- relaciones de Freud con, 56-58, 89-90, Byron, George Gordon, lord, 160-61
93-8, 171-72, 173*. 280-81 y n, 537-
38, 669 Cícilie M.. el caso de, 95-97
- y el caso de Anna O., 89-96 campos de concentración, 688-89, 706
- y el psicoanálisis, 89, 133. 247 canalla (Gesindel ), Freud sobre la. 589-90
[888] I n d ic e a n a l ít ic o
y n. V íase también “gente común” carrera médica de Freud
cáncer de Freud, el, 467-78, 701-3, 708-9, - académica, 167-71; el antisemitismo y
715-18 la, 169-71; promociones (aseguradas y
- cirugía, 468-69, 474-77, 476-77», rehusadas), 66-7 y », 164, 167-68.
637, 638, 679-80. 702-3 Véase también Universidad de Viena
- dolor, 469, 476-77, 600-1, 679-80. - aspectos económicos. Véase situación
708,709. 715-718 económica de Freud
- limitaciones físicas resultantes de, 476- - curación vf. ciencia en la, 49-52, 319,
77. 584, 599-601, 635-36. 638, 702-3 511-12, 553-54»
- prótesis, 476-77, 497-98. 584, 599- - en el Hospital General de Viena. 61-2,
600, 613-14, 715-16; como metáfora, 70, 78-9
714 y » - formación para la, 53-61; con Brücke,
- recidivas de (1936. 1938). 679-80. 56-62; con Claus, 55-7
701-3, 709 - práctica privada. Véase práctica privada
- remisión de (1923-1936), 475-76 psicoanalítica de Freud
- repercusiones emocionales del, 599- - su elección de la, 46-50, 553-54; en la
601, 638 especialidad psiquiátrica, 71
- secreto acerca de, 468, 470, 473-75 - teoría v s . práctica, 50-2
- sus reacciones al, 469-70. 475-76, 477 casas de Freud. Véase Berggasse 19, Viena;
- tabaquismo y, 467-68, 476-77. 637 Freiberg (Piibor), Moravia; Londres:
- tratamientos con rayos X y radium, casas de Freud en (1938-39)
469. 702-3, 709 caiexia, catexis (Besettung), 518n
Canetti, Elias, 504 catolicismo romano
carácter (en la teoría psicoanalíñca). 381 y - actitud de Freud con respecto al, 40-1,
54-5. 163-64, 670
“Carácter y erotismo anal" (1908), 380 - y la infancia de Freud, 29-30, 34-5
carácter y personalidad de Freud, 34-5, Caitell. J. McKeen, 550
190-92 celebraciones. Véase cumpleaños de Freud;
- autocontrol, 49-50, 189, 359-61 honores, premios y celebraciones de
- capacidad de recuperación y Freud
persistencia, 105, 124, 429 celebridad, Freud como. Véase ambición de
- celos, 65-7 Freud; reputación de Freud
- contención emocional, formalidad, 194- ciencia
95 - el psicoanálisis como, 595, 625»
- curiosidad, 49-53 - la ciencia defrauda. 606-19
- flexibilidad, 191, 701-2 - la curiosidad en la, orígenes de la. 49-
- generosidad, 192, 215», 436-37 y n, 50, 357. 592
636, 697-98 - la fe de Freud en la. 59-60, 594-96
- humor. 191,695-96,717-18 - y religión, 594 y n
- indiscreción (Jones sobre la), 221» científico vj. curador, Freud como, 49-52,
- inmodestia, 409 319, 511-12, 554»
- jovialidad y optimismo, 190-91 cigarros. Véase hábito de fumar de Freud
- Lampl-de Groot, sobre (década de circunstancias económicas de Freud
1920). 516-17 - actitud con respecto a ella del propio
- pasión por la psicología, 100-1 Freud, 192, 538-39
- pesimismo, 400-1, 416-17, 418-19, - Breuery la. 61-2, 93.94-5
428 - en la infancia. 29-31, 33, 35-6
- receptividad a las experiencias nuevas, - en la década de 1930,654-55
190 - en la década de 1920.506-8
- regularidad y puntualidad, 189-90 - en la década de 1890, 93, 94-5, 103,
- sensibilidad a las críticas, 104 165
- valentía, 51-3 - en la década de 1880, 61-62, 63, 71,
- vitalidad en sus últimos años, 471, 73. 76-9
496-98, 696-97 - en la Primera Guerra Mundial, 396-97;
Véase también hábitos y gustos posguerra. 430-32, 433-36, 437, 440-
personales de Freud; estados de ánimo 41»
de Freud - 1900-1910, 170-71. 243 44
Carlyle, Tbomas, 161 Véase también honorarios
I n d ic e a n a l ít ic o [8 8 9 ]
psicoanalíticos de Freud; dinero, Freud - y las creencias religiosas, 595
y el - y superyó, 464-65
Clark, Kenneth,313n compulsión a la repetición, 440-41, 448-
Clark University (Worcester, Mass.), visiu 50
y conferencias de Freud (1909), 242-50, Comte, Auguste, 58
294-95 "Comunicación preliminar" (1893, en
- su título honorario, 242-44, 507-09, colaboración con Breuer), 89», 97-8,
625 248
- y Jones. 220, 221 Comunismo
Claus, Cari, 54-56 - en Austria. 659, 660
Ciernen, Cari Christian, 637 - Freud sobre el, 611. 659
clínica psicoanalítica para pobres, conciencia moral
propuesta por Freud. 422, 514-15 - como resistencia internalizada, 159-60
cocaína, 67-9 y «, 69 y n. 70 y «, 75-6, - e ideal del yo, 386
78-9 - y guerra. 402-3
coiluí mterruplus, 88, 195-96 - y superyó, comparados, 463-64
cólera de Freud condensación (en el trabajo del sueño),
- el aburrimiento como, 164 144-46
- en los conflictos con lo» adherentes, condición judía de Freud, 34-5, 662-75
359; con Jung, 262-63. 270-81, 359- - en la infancia, 664-66, 666n, 668
6 ln. V íase tam bién Adler, A.: y Freud; - en M oisés y la religión m on o teísta ,
Rank, O.: Freud y; Stekel, W.: Freud y 711
- inerme ante los acontecimientos - sus actitudes con respecto a la, 42-3 y
públicos. 416, 431-32, 444-45, 661-62 n, 43-4, 51-2, 59-60*. 163-64, 249-
- ventilada, 229-30 41, 499-500; nunca la negó, 28, 75-6,
- y los antisemitas, 52-3 392-93«. 499-500, 662-63, 668;
- Coleridge, Samuel Taylor, 412 carácter laico de la, 664-668
ColUcledPapers (en inglés, 1924-25), - y su fascinación por las antigüedades,
517-19 205
Comité (de íntimos de Freud). 267-69 Conferencias de introducción al
- circulares (Rundbriefe ), 472, 505, 518- psico a n á lisis (1916-17), 414-15, 416,
19n. 533-34. 537-38, 557 500-1, 710
- y el cáncer de Freud, 472-75 conferencias y charlas de Freud
- y la controversia sobre Rank, 528-29, - “El creador literario y el fantaseo"
530,533-34 (1907), 349-51
V íanse tam bién los nom bres de los - en la Clark University (1909), 243-44,
m iembros individuales 247
complejo(s), 320 - en la Universidad de Viena, 189, 191.
complejo de Edipo y conflictos edípicos, 414-15
118, 128-29. 143-44, 177-78, 373, - estilo y habilidad de Freud en sus, 191.
573 283-84
- del propio Freud, 163-64 y » , 172-73. - “La etiología de la histeria" (1896), 121
278-80; Ferenczi sobre el, 645-46 - “Las perspectivas futuras de la terapia
- diferencia en niñas y varones, 173-74, psicoanalítica" (1910), 335, 337
573, 576, 577, 579 - sobre el caso del Hombre de las Ratas
- en el caso del pequeño Hans. 296-301 (1908), 283
- en el caso Dora. 285 - sobre la telepatía, 495-96
- en Hamiet, 356, 361-62 y n - sobre Leonardo (1909). 314-15
~ e ideal del yo, 465-66 - sobre los sueños, 414, 415, 440-41
- en Tótem y tabú, 373, 374, 376-80 Véase también Conferencias de
- Fenichel sobre el, 645-47 introducción a l psicoanálisis
- Klein sobre el, 631-32 conflictos psicológicos
- naluraleza erótica del, 173-74 - como base de la política. 609
- opinión popular sobre el, 504-5 - expresados en sueños, 139-40 y n
- Rank minimiza la importancia del, 530 - importancia de los, 445-48
- represión del, 41 I - inconscientes, 413
- resistencia al, en Alemania, 299-30 congresos psicoanalíticos internacionales
- totemismo y, 373, 374 - 1908, Salzburgo. 252, 283
[8 9 0 ] I n d ic e a n a l ít ic o
- 1910. Nürenberg, 254-56, 335, 337. - y la felicidad. 580-81, 606-7
512-13 - y la muerte de su hija Sophie. 440-41
~ 1911, Weimar, 226, 261-63 - y su esposa, 63. 79-80, 665-66
- 1913, Munich, 277-78 crimen primario, 374-79
- 1918, Budapest, 346-47», 422-23. - y la interpretación freudiana de Moisés,
514-15 673-75. 712
- 1920, La Haya. 440-41, 487, 661-62 “Criminales por sentimiento de culpa”
- 1922, Berlín, 440-43, 577-78 (1916), 419-20#
- 1925, Bad Homburg, 516-17, 556, 574 criptomnesia (olvido intencionado), 156-
- 1929, Oxford, 557 y » 57. 158-59 y n, 173-74, 704-5»
- 1932, Wiesbaden, 647-49 cristianismo, el, y los cristianos
- 1938, París, 700-1 - criticados en M oisés y la religión
- Freud deja de asistir a los, 516-17, m onoteísta, 712-13; su respuesta, 714
600-1 - sobre amar al prójimo como a sí
- Primera Guerra Mundial y, 396-98 mismo, 611, 681-82
consciente, lo - sobre el estatus y el papel de las
- relación con lo inconsciente, 382, 461- mujeres, 570-71
62 - y la hostilidad a la cultura, 606-7
- relación con la me la psicología, 409 - y lo inconsciente, 412
- Schopenhauer y Nietzsche advierten - y los judíos, 611, 712-13. Véase
contra la enfatización de, 413 también antisemitismo
“Consejos al médico sobre el tratamiento Véase también catolicismo romano;
psicoanalítico" (1912), 347-48 creencias religiosas, Freud y las
“Construcciones en el análisis" (1937), culpa del superviviente, 116 y n, 117,
335 699-700
consuelo por el psicoanálisis, 402-3 cultura, interpretaciones psicoanalíticas de
contratransfcrencia, 292-94 y n, 335, 344 la, 264-65, 350, 353-80, 583-616
"Contribución a la historia del movimiento - coerción, 589-90, 612-13
psicoanalítico" (1914), 260-61», 279- - crítica de las, 356n, 363, 366
81, 359, 388-89 - de los seguidores de Freud, 354-55
control de la natalidad, opinión de Freud, - en E l porvenir d e una ilusión, 587-88,
195-96, 572 588-90
Copérnico, 500-1, 644-45 - hostilidad a las, 606-7
Coriat, Isador H., 555-56» - importancia y valor de las (Freud sobre
“creador literario y el fantaseo. El" (1908), la), 353 y n
349-51 - principios freudianos de las, 355, 610
creatividad literaria y artística, 350-51, - reduccionismo en las, 363, 366-67
360-62, 366-67. Véase también arte; Véase también arte; anislas; biografía
artistas; figuras literarias psicoanalítica; E l malestar en la cultura;
creencias morbosas de Freud, 84, 85, 197, figuras literarias; "psicoanálisis" de;
256, 267-68, 417-19, 471 Tótem y tabú
creencias religiosas, Freud y las, 585-88, cultura moderna (presiones y tensiones de
605-7 la), 151, 154, 159-61, 180-1, 607-9
- en E l porvenir de una ilusión, 591 -96 cumpleaños de Freud
- en M oisés y la religión m onoteísta, - 44® (1900), 165
377-78, 704-5.711-13 - 50B(1906), 186
- en Tótem y tabú, 375-77 - 60» (1916), 415
- mito y, 128-29 - 69® (1925), 496-97
- orígenes en la psicología infantil, 591, - 70® (1926), 510-12, 540, 624, 662-63
605-7 - 71® (1927). 585-86
- sobre el carácter exclusivista de las - 74® (1930). 637
religiones, 455 - 75» (1931), 638-39
- vi. Jung, 241-42, 263-65, 276-77, - 80® (1936), 677-79
375-77 - 82® (1938), 694
- v í . los judíos religiosos y el judaismo. - 83® (1939). 711
664-67, 699-701 y» curador o investigador, Freud como, 49-50,
- Vi. William James, 249 50-2, 319. 511-12. 553-54»
- y la ciencia, 594 y » curanderos y charlatanes en la práctica
I n d ic e a n a l ít ic o [8 9 1 ]
psicoanalítica, 505-6, 549-51, 554-55 V íase también "aislamiento";
“cura por la palabra”. V íase "talking cure" formación reactiva; regresión; represión
curas psicoanalíticas, 347-48, 514-15, De la Warr, conde, 692
681-82 delirio e ilusión, 592-94
curiosidad científica de Man, Hendrik. 353n
- de Freud, 49-50. 51-3 depresiones de Freud, 104, 157, 164, 165-
- orígenes de la. 49-50, 357. 592 66, 190, 258-59, 370, 460-1, 471, 584
desarrollo de los niños
Chamberlain, Neville, 703 - el complejo de Edipo en el, 144, 521-
Charcoi, Jean-Mamn, 71. 73-9. 78-9«, 22, 530, 531-32, 532-33, 562, 575-
172-73* 76. V íase también complejo de Edipo y
- Bleuler y, 234 conflictos edípicos
- y casos de Freud, 90, 97 - el superyó en el, 573-74n
- y la etiología sexual de las neurosis, - Klein sobre el, 521
119, 120 - niñas, 563-65, 572; y varones,
- y la religión, 588-89 contrastados, 572-77
charlatanes y curanderos en la práctica - papel de la angustia en el, 542
psicoanalítica, 505-6, 549-51, 554-5 - papeles del padre y la madre en el, 530,
531, 533, 562, 575-76
- del repertorio personal de Freud, 191; - sexual, 178-79
chistes de guerra, 417 - y religión, 591
- en los sueños, 146 desarrollo infantil. Véase desarrollo de los
- psicoanálisis délos, 172-73, 294-95 niños
- pulsiones sexuales y, 180-81 deseos
- sobre el psicoanálisis, 509-11 - “accidentes" en la explicación de, 156
- y lo inconsciente, 107-8, 148 - ocultos en fantasías, 351
chiste y su relación con lo inconsciente, - represión y, 159-61
El (1905), 185 V íase también sueños: como
Christie, Agatha, 199 realización de deseos; pulsiones, teoría
Chrobak, Rudolf, 119, 120 de las; fantasía y fantasías; principio de
C hronik (diario privado de Freud) realidad y principio de placer
- anotación final (27 de agosto de 1939), deseos de muerte dirigidos contra otros
716-17 - complejo de Edipo y, 143
- sobre el arresto de su hija Anna, 692 - contra el padre, 373-74, 378-79. Víase
- sobre la salida de Viena, 695-97 tam bién complejo de Edipo y conflictos
- sobre la situación pública/política, edípicos
684-85, 690, 702-3, 706, 716-17 - contra Freud (supuestos), 674-75; de
- sobre su M oisés, 699-711 Ferenczi, 646-47; de Jung, 245-46,
- sobre sus visitantes, 661-62, 690 271-72
- sobre su salud, 614-15, 708 - en Freud, 127, 315-16, 444-45
desplazamiento (en el trabajo del sueño),
Daladier, Edouard, 702-3 144, 146
Dalí, Salvador, 701 desviaciones sexuales. Véase perversiones
Darrow, Clarence, 506, 638 sexuales
Darwin, Charles, 59-61, 500-1, 644-45 determinismo psicológico, 150, 157, 159
- Brentano y, 53-4 y"
- Claus y. 55-6 Deutsch, Félix
- Freud y, 48-9, 50-1, 60-1, 371, 377- - sobre el análisis lego, 552-53
78. 669 - y el cáncer de Freud, 468, 469-70, 472-
- (Káiser) Guillermo y, 389-90 75 *
- origen de las especies. El, 25-7 - y la enfermedad terminal de Abraham,
David, Jakob Julius, 164 537-38
defensas, 78 Deutsch, Helene. 437-38. 477-78, 486,
- en la resistencia. 341 513-14. 515-16. 559. 560
- examinadas en Inh ib ic ió n , sín to m a y disgnóstico médico
angustia, 541 -46 - Charcoi y el. 74-5
- naturaleza inconsciente de las. 544 - Freud y el, 120
- yo y, 462-63 diario de Freud. Véase Chronik (diario
[892] I n d ic e a n a l ít ic o
privado de Freud) Edipo, identificación de Freud con, 493
diarios y periódicos. Véase prensa, la, editoriales psicoanalíticas
sobre Freud y el psicoanálisis - lmago Publishing Company (Londres),
Dickens, Charles: M artin Chuzilew it, 633 707
Diderot, Denis, 200, 588 - Verlag (Viena), 422», 526, 624, 625»;
diferencias entre los sexos, 64 Marie Bonaparte y la, 603-4, 624,
- desarrollo del superyó, 465-66», 573- 625»; la colaboración con Bullit
74 emprendida por Freud para salvar la,
- en el placer (sexual), 577 624-25; apoyo económico de Freud a
- en fuerza y resistencia, 695-96 la, 624; Martin Freud y la. 625», 693;
- en la maduración sexual, 572-77; el los nazis y la, 688-90. 693, 694. 699-
complejo de Edipo, 144, 573, 576 701
- orígenes sexuales de las, 574-75 educación
dinero, Freud y el - de Freud: “gimnasio”, 41-6, 50-1;
- como sublimación del erotismo anal, universidad, 51-61
380-81 - de las mujeres en Austria, 569-70
- los norteamericanos y, 626-28, 629-31 - de los hijos de Freud. 193-4
y n, 632-34 y n Eeden, Frederik van, 444»
- su generosidad, 192, 215». 436 y n, Ehrenwald, Hans: On the So-Called Jewish
441 n. 636, 697-98 S p irit , 671»
Véase tam bién situación económica de Einstein. Albert, 507-8
Freud - en la lista negra (1933), 507-8
discípulos. Véase adhercmes de Freud - se niega a suscribir el pedido del
diván de Freud, el, 133 y n, 203, 476-77. Premio Nobel para Freud, 508-9»
702-3 - su tributo a Freud cuando éste cumplió
Dóblin. Alfred, 508 75 años, 638-39
Dollfuss, Engelben, 656, 659, 661 - ¿Por qué la guerra? (correspondencia
Donatello, 358 con Freud). 499-500», 509-10
Doolittle, Hilda (H.D.). 439-40, 496-98, - y Freud sobre el sionismo, 663-64»
560. 659. 661-62, 674-75n, 676 Eitingon. Max. 211, 212-14. 271-72, 279-
Dora, el caso de, 172-73, 185, 390-91, 80, 514-15, 657
285-86, 335, 339. 342 - en Jerusalén, 512-13, 675-76 y *; y
- como fracaso. 285. 288. 289, 291, 292 Buber, 714»
- Iones y. 217-18. 218». 293-94» - insta a Freud a instalarse en Berlín
- lung y, 235 (1922). 434-35
- prefacio a, 205, 286 - relación personal con Freud, 212-14;
- publicado en 1905. 285 préstamos a Freud, 430-35
- relación personal de Freud con, 286, - y la Primera Guerra Mundial, 395-97
292, 293-95 Eitingon. Mirra, 488
- su visita posterior a Freud (1902), 285, electroterapia, opinión de Freud sobre la,
291 88
Doryon, Israel, 703-5/i Elisabeth von R., caso, 97-99
Draper, John W.; H istory o f the C onflicl elocución de Freud, afectada por la cirugía
between Science and R eligión, 594» oncológica. 476-78
Dreiser, Theodore, 638 Ellis, Havelock
dualismo de Freud. 445-48. 449-51 - deuda de Freud con. 176-77, 384, 588-
Du Bois-Reymond, Emil, 58-60. 153 89
duelo, 418-19 - sobre el “Leonardo” de Freud, 309-10
- de Freud, 438-41. 443-44, 467, 470- - Studies in the p sycho lo g y o f Sex, 83
71, 538-39, 649-50; trabajo y, 437-38 ello. 456, 458-59», 461-63
“Duelo y melancolía" (1917), 409, 418-20, - Groddeck y el, 459-60
465-66 Emden, J.E.G. van, 282 y n
Durkheim, Émile, 588 Emerson, Ralph Waldo, 161
- Las form as elementales de la vida Emmy von N., caso, 97-8
religiosa, 588-89» enfermedad mental
Dwossis, J.. 663/t, 666, 706 - etiología sexual de la. Véase etiología
sexual de la enfermedad mental
Eckstein, Emma, 112-14, 115 - herencia y, 151. 154, 155
I nd ice an a lític o [893]
Véase también histeria e histéricos; - soledad, 407. Váase aislamiento de
neurastenia y neurasténicos; neurosis y Freud
neuróticos Estados Unidos
ensayos de Freud. Véase artículos - analizandos de Freud de, 627-2 9 ,6 3 4
(publicados) de Freud - a n tisem itism o en, 626-27 y n
ensayos preparatorios de la metapsicología - Feren czi en, 244-46, 249, 626-27.
(redactados en 1915), 409 630-31
envejecimiento, Véase vejez - Freud piensa en em igrar a (1886), 42-3,
envidia del pene, 575, 577-79 7 8 -9 , 625-27
Eros y Tíñalos, 449-51, 459-61. Véase - opiniones despectivas de los europeos
tam bién pulsión de muerte so b re. 632-33
erotismo estética de Freud. Véase artes; artistas;
- anal, 322, 323, 380-81 creatividad literaria y plástica
- en la psicología de las masas, 454-55 estructuras mentales. Véase m ente, teorías
Véase también sexualidad freudianas de la
erotismo anal, 322, 323, 381 Estudios sobre la histeria (18 9 5 , en
“esclarecimiento sexual del niño, El” colaboración con Breuer)
(1907). 349 - etiología sexual implícita en, 120
escritores - h isto riales: Anna O ., 89-96; C ícilie
- fantaseos de los, 349-51 M .. 95-7; E lisabeth von R .. 97-99;
Véase también figuras literarias Emmy von N., 97-8; K atharina, 99-
escucha de Freud, la (capacidad y método), 101; Lucy R .. 98-100
90, 95-100, 124, 218, 297-98. 304-5 - la transferencia exam inada en, 292
- fracaso de la. en el caso Dora, 289 - p u blicación de, 89
- su sordera y, 476-77 - respuestas a, 104
Véase también “talking cure" (“cura por - técnicas exam inadas en, 324
la palabra”) - y el desarrollo de la teoría
Esfinge, figuras de la, 186, 204 p sic o an alítica, 100-1
especulación, Freud y la, 49-50, 53-4, etiología sexual, de la enferm edad mental
189, 359-61, 413-14, 613-14, 714-15 - Breuer y la, 92-6
- en Más alié del principio del placer, - com prom iso de Freud con la, 154-55
446-47, 452 - de la angustia. 542
Esquema del psicoanálisis (inconcluso), - de la h isteria, 97, 121
106-7, 450-51, 378-79.703-4 - de la neurastenia, 88-9, 119, 120, 151
Esquirol, Jean Elienne. 123n, 152, 154 - de las n eu ro sis. 122-23, 153, 195-96;
esquizofrenia y esquizofrénicos, 234, 235 en las m ujeres, 572. Véase tam bién
- narcisismo en la, 384 teoría de la seducción
e stabüshm ent médico - la sexualidad dei propio Freud y su
- acepta a Freud cuando éste cumple 75 te oría de la. 63
años, 639 - reservas de Jung sobre la, 235. Véase
- actitudes de Freud con respecto al, 77; tam bién Jung, C.G .: relación
su interés en tener éxito donde los profesional con Freud: sus reservas
médicos fracasaban, 326; en La sobre la teoría de la sexualidad/libido
interpretación de los sueños, 134 Evans. Howard, 714n
- el aislamiento de Freud respecto del, excrementos
78-80, 88, 104, 121-22, 163-66, 170- - reten ció n de, p or el niño, 179-80
71; y Fliess, 82, 84, 164; moderación - y dinero y neu ro sis obsesiva. 380-81
del, 171-72, 185 Exner, Sigmund von. 168-70
- médicos de la Primera Guerra Mundial
apoyan al psicoanálisis, 422 F ackel, D it (periódico), 162, 252
- resiste a la inteipretación sexual de los fama, Freud y la. Véase ambición de Freud;
desórdenes nerviosos. 121, 170-71, reputación de Freud
228-30, 230-31, 252 familia de Freud, 26-31
- resiste al psicoanálisis, 227-30, 504-5, - antepasados, 27
669 - después de la Primera Guerra Mundial,
estados de ánimo de Freud 42 8 -29 , 44 0-41. 433-35
- cólera. Véase cólera de Freud - em igración a Londres (1938), 695-97
- depresión. Véase deprcsión(es) de Freud - en la Prim era Guerra Mundial. Véase
[894] I n d ic e a n a l ít ic o
Primera Guerra Mundial: Freud y la: su - y la Prim era Guerra Mundial, 396-97 y
familia en la ÍT
- y el judaismo, 665-67 - y Rank, 527, 5 2 9 .5 3 3
Véase también hijos de Freud - y Tótem y tabú, 3 70
fantaseo, 349-51 Ferstel, M arie, baronesa. 168-70
fantasía y fantasías Feuchlw ang, David. 639
- de los niños: reprimidas, 448-49; y los Feuerbach, Ludwig, 52-54, 593
escritores, 350-51 Fichtl, Paula. 703
- en el caso del Hombre de los Lobos, fiebre de guerra, 394-95
331-32 figuras literarias
- en el caso Schreber, 322-23 - fantaseos de las (charla de Freud, 1907),
- y “realidad”, 331-32 349-50
Fechner, Gustav Tbeodor, 71 - “p sicoanálisis” de las: crítica del, 363
Federa, Paul. 209, 210. 211. 261-62, 280- y *, 364; Freud y el, 364-67; Kraus y
81 el. 251 -5 2
- Psychoanalytische Volksbuch, Das, figuras paternas. Véase m entores y figuras
510-11 paternas de Freud
Fehl, Siegfried, 663 figuras p o líticas, estudios psicoanalíticos
felicidad de (Freud sobre los), 616-18. Véase
- cultura y, 606-7, 610. 612-13 tam bién W ilson, Woodrow
- religión y, 593. 606-7 figuras públicas, estudios psicoanalíticos
feminidad. Véase mujeres de (Freud sobre los), 616-18. Véase
“feminidad, La" (1933), 563-65 tam bién W ilson, Woodrow
Fenichel. Ouo, 380-81*. 514-15. 579-81. filogenia, Freud y la, 414, 613-14
657 filosofía, Freud y la, 7 ln , 149-50
fenómenos ocultos, Freud y los, 400-2 - en los años de universidad, 49-50, 52-
- telepatía, 442-43.494-97 56
Ferenczi, Sándor, 211, 221-22. 640-50 Véase especulación. Freud y la
- análisis didáctico de Jones con, 220 Fishbein, M orris, 512*
- analiza las debilidades de Freud, 641. fisiología y p sico lo g ía, 151-52
645-47 - A dler y la. 253-54
- El desarrollo del psicoanálisis (en Fleischl-M arxow , E m st von, 56-7, 68-9,
colaboración con Rank), 527-28 69 -7 0 y *, 72, 172-73*
- elemento erótico en su, 315-16 Fliess, Ida, 129-30, 600-1, 679-80
- funda la Sociedad Psicoanalítica de Fliess, W ilhelm, 81-5
Budapest, 512-13 - carácter y personalidad, 82
- muerte de (1933), 549-50; la reacción - correspondencia con Freud, 82, 85, 87;
de Freud, 649-51 declinación de la, 131. 186-87;
- práctica analítica de, 222, 434-35n, utilización de la, después de la muerte
642-45 de Fliess, 600-1, 679-81; el sueño de la
- propone la constitución de una inyección de Irma y la, 108-11; sobre
asociación psicoanalítica internacional la designación de Freud como profesor,
(1910). 255 168, 1"71 -73: sobre el p sico an álisis,
- relación personal con Freud, 221, 222- 133; sobre la teoría de la seducción,
23, 241-2, 352. 392-93. 472, 640-42, 122, 127; sobre el a u to an álisis, 124,
650 126-27, 128-29; sobre W eininger y la
- sobre Adler, 259-60™ sexualidad, 186-87
- sobre Buscadores de almas, de - desafía a Freud, 117; influye en las
Groddeclc, 457 teorías de Freud, 82, 83-4, 157-58.
- sobre la opinión de Freud de que los 176-77; lee las obras de Freud en
neuróticos eran "canalla", 589-90* elaboración, 82-3. 88, 100-1, 105,
- su diario clínico, 643-47, 650-51* 129-30. 285; com o caja de resonancia
- su heterodoxia y alejamiento de Freud, para las teorías de Freud, 120, 122,
640. 641,642-50.651 129-30, 156, 188; apoya y alienta a
- su metafísica, 644-46 Freud. 82. 171-72
- visita a Estados Unidos, 214-15, 249, - E l curso de la vida, 1 87. 570-7 1*
626-27, 630-31 - muerte (1931), 600-1
- y el Comité, 268-69. 472 - regalos a y de Freud, 59-60, 164
I nd ice an a lític o [8 9 5 ]
- relación personal con Freud, 81, 84-5, - Freud y, 29-3 0 , 33-34, 42-43*. 359*.
314-18; el sueño de la inyección de 379-80. 559. 560-65; el recuerdo de él
Irma y la, 110-14; profundidad de haberla v isto desnuda, 34, 127
emocional de la, 87; erosión/extinción - m uerte (1930), reacción de Freud, 637
de la, 129-31, 157, 168, 186-88; Freud. Anna (hermana de Freud). Véase
componente erótico de la, 114-15, 240- Bemays, Anna Freud
41, 314-17; Anna Freud sobre, 191*; Freud, Anna (hija de Freud), 477-95
Freud previene a Abraham contra Fliess, - amistades con mujeres: And reas-Salomé,
216; transferencia en la, 84-5, 14 4 8 8 -8 9 . 4 9 1 -9 2 , 4 93, 584;
- relación profesional con Freud, 82-84 B urlingham , 600-2
- vida profesional y teorías, 82-84; caso - arrestada p or los nazis (1938), 692-93,
Eckstein, 112-14; la nariz como 693*
especialidad, 82, 83 - baja autoestim a de, 482-83, 485-86
- y Abraham, 354» - cuida a Freud, 477-79, 479-80; en sus
Fluss, Emü (cartas de Freud a), 32, 42-3, operaciones quirúrgicas y en su
48-9, 50-1 enferm edad, 468-69, 477-79, 493-94 y
Fluss, Gisela, 45-7 * . 495, 5 9 9 -6 0 0 , 7 09, 7 1 6 -1 7 , 719
fobia(s) - E m e st Jones y , 3 9 7 -9 9 , 483-85. 486,
- a los perros (caso del pequeño Arpad), 493-94*, 557 * . 694
373 - in fan cia, 102, 129-30; su sueño
- Freud sobre las, 104 registrado en la Interpretación, 13 8-40
Véase también pequeño Hans - nacim iento (1895), 87, 194-95
ForeJ, Au guste, 234, 235, 242-43 - o piniones y o bservaciones: sobre los
formación reactiva, 404, 464-65 nazis en A ustria, 688-89; sobre Pfister,
formación suslitutiva, 412 22 5 , 226 * , 668*; sobre Beata Rank,
“Formulaciones sobre los dos principios 527*; sobre O tto Rank, 533
del acaecer psíquico" (1910), 380-83 - relación p ersonal/em ocional con el
Forsyth, David, 436, 638 padre, 477-95; sus sentim ientos para
France, Anatole, 199, 201 con é l. 47 7 -8 2 , 48 6 , 489-90, 492-95;
Francia, movimiento psicoanalítico en, Freud sobre la sexualidad y las
503-4, 513 y *, 707 relaciones con los hom bres, de ella,
Frazer, sir James G., 371, 375-6, 378-79, 4 8 3 -8 5 , 48 9 , 492-93, 494 -95 , 557«,
588-89 602-3, 679-80; el afecto que le tenía
Freiberg (Príbor), Mora vi a Freud, 4 7 7 - 8 3 ,7 1 0 ,7 1 7 -1 8 ;
- Freud visita a (1872), 45-6 dependencia de Freud respecto de ella,
- infancia de Freud en, 27-31; residencia 4 7 7 -7 9 , 4 9 4 -9 5 , 5 9 9-600, 6 7 8-79.
en, 29-30 694, 709, 710; preocupación de Freud
- nacimiento de Freud en (1856), 26-7, po r ella, 4 8 3 -85 , 48 8 -8 9 , 492-93, 602-
30-1 3, 678-80; hereda los libros de Freud,
- se descubre placa recordatoria en 6 7 8 -7 9 y *; sus celos, 493-94 y *; su
(1931), 639 franqueza recíproca, 481-83; ella lo
- sentimientos de Freud con respecto a, representa oficialm en te, 635, 637, 639
32, 33. 639 - su análisis con Freud, 486-87, 490-93,
Freud, Adolfine (Dolfi, hermana de Freud). 522-23
31. 430-31. 697, 699-700, 706, 716- - sus recuerdos del padre, 190-91, 191*.
17 2 0 1 , 4 2 7 , 4 4 0 -4 1 * , 4 7 4-75*. 496 -9 7 y
- muerte, 716-17* *, 623*
Freud, Alexander (hermano de Freud), 30-31 - sus sueñ o s, 138-40, 487, 489-90,
y «,34-5*. 146.698-99 490*
- y Freud: en la infancia, 35-6; y la - viajes con Freud. 473-75, 478-79, 482-
muerte de la madre, 637; viajes juntos, 84
166, 190; en la Primera Guerra - vida profesional: su análisis de niños,
Mundial, 392-94 4 8 7 ,4 9 2 -9 3 , 521-23; asiste a
Freud, Amalia Nalhansohn (madre de congresos p sico an alítico s, 440 -4 , 487,
Freud), 26.27. 28. 30-31 5 1 6-17, 557», 5 74, 700-1; los colegas
- carácter y personalidad, 561-62 la respetan , 488; el conflicto con
- después de la Primera Guerra Mundial, K lein, 5 2 1-23, 602-3; y la p ráctica
430-31 analítica del padre, 516-17*; y los
[896] I n d ic e a n a l ít ic o
escritos del padre. 481-82. 487, 597, 80; su ambivalencia, 117; el noviazgo,
623n; Freud la defiende, 492-93, 521- 58-67, 75-6; diferencias religiosas, 63,
23; Freud te enorgullece de «11», 597- 79-80, 665-66; la boda (1886), 79-80
98, 489, 679-80; su reputación - su salud, 429
creciente, 601-3, 682-83; Una - sus hijos: nacimientos, 79-80. 85, 87;
introducción a ¡a técnica del las relaciones de ella con, 192-94.
psicoanálisis del niño, 602-3; como Véase también hijos de Freud y lo s
modelo para las aspiraciones respectivos nom bres individuales
feministas, 566-67; su preparación para Freud, Martin (Jean Martin, hijo de Freud),
la. 486-88; escritos, 487. 492-93, 602- 78-9, 351
3 - afiliación y observancias religiosas,
- y las hermanas, 481-83 665-67
- y la Primera Guerra Mundial y su estela, - en Londres (1938-39), 695-96
392-93, 397-99, 427 - infancia, 102, 129-30, 193-95, 478-
Freud como analista 79, 665-67
- su capacidad para escuchar, 90, 95-8, - recuerdos: del padre, 194-96, 225n; del
99-100, 218, 297-98. 293-94, 476-77 abuelo paiemo, 561; de Jung, 238; de
- su capacidad para la observación, 97-98 su madre. 85
- y Abraham, comparados, 513-14 - su dependencia económica respecto del
Véase también práctica privada padre. 434-35
psicoanalítica de Freud - su matrimonio (1919), 432-23, 667
Freud. Emanuel (medio hermano de Freud), - sus hijos, 477-78
27 - sus sentimientos con respecto a
Freud, Emst (hijo de Freud) Inglaterra, 393-94
- en la infancia, 193-94 - y la emigración de Austria (1938), 692-
- en la Primera Guerra Mundial, 398-99; 93. 695-96
el período de la posguerra (década de - y la Primera Guena Mundial, 398-401,
1930). 657, 675-76, 696-98 424, 427-28
- hijos de, 476-78 - y la Verlag, 586-87n, 693
- visita a Freud en la vejez, 600-1, 660 Freud, Maihilde (hija de Freud). Véase
Freud, Harry (sobrino de Freud), 666n, Hollitscher, Malhilde Freud
696-97, 716-17 Freud, Olí ver (hijo de Freud), 657,660,
Freud, Jacob (padre de Freud). 26-8, 30-1, 675-76
33 - en la Primera Guerra Mundial, 352
- como judío “ilustrado”, 665-66 y n - infancia, 100-2
- Freud y: en la infancia, 33, 34-5 y «, - nacimiento (1891), 85
46-7, 143, 664-66; después de la - preocupaciones de Freud por, 434-35,
muerte del padre, 116, 122, 163-64», 478-79«
378-80, 407; en la vejez del padre. - sus hijos, 477-78
115-116; en los años de universidad. Freud, Pauline (Pauli, hermana de Freud),
57-8 31, 430-31
- muerte (1896), 116; reacción de Freud. Freud, Philipp (medio hermano de Freud),
116-17, 172-73, 437-38 27-30, 168
Freud, John (sobrino de Freud). 27-8, Freud, Rosa (hermana de Freud). 31, 697,
34,81 699-700, 706, 716-17 y n
Freud, Josef (tío de Freud), 31 - su casamiento (1896), 100-1
Freud. Julius (hermano de Freud), 30, 34. - su muerte, 716-17/t
315-16, 564-65 Freud Samuel (sobrino de Freud)
Freud, Marie (Mitzi, hermana de Freud), 31, - correspondencia de Freud con: sobre la
168 situación en Austria (década de 1930),
Freud, Martha Bemays (esposa de Freud) 654, 655-56, 658; sobre su hija Anna,
- carácter y personalidad, 85-6 489, 493-94; sobre la familia, 427-33,
- cartas de Freud a, 32. 55-6. 63, 64 7 477-78, 695-96; sobre su salud, 476-
- en Londres (1938-39). 697-98 77; sobre él mismo, 507-9
- papel en la familia de, 85-7, 192-94, - envía provisiones después de la Primera
537-38 y n, 478-79 Gucn-a Mundial, 431-33
- su larga vida, 117 Freud, Sophie (hija de Freud). Véase
- su relación con Freud, 85-7, 559, 679- Halbersladt, Sophie Freud
I n d ic e a n a l ít ic o [8 9 7 ]
Freund, Anión von, 422n hábito de fumar de Freud, 85. 104, 202-3,
- muerte (1920), 439 431-32, 440-41»». 636. 710
Friedell, Egon, 688 - fuerza de la adicción, 476-77
Frink, Horace, 660, 628-29» - y su cáncer, 467-68, 476-77, 637
Fromm, Erich, 657 hábitos de lectura de Freud, 70-1, 199-201,
Furtmüller, Cari, 211, 261 674-75, 717-18
Fyfe, Hamílion, 713 - literatura inglesa, 54-6
genética, 377-78. Véase tam bién herencia hábitos y gustos personales de Freud
“gente común" - en el arle, 198, 200-1
- actitud de Freud con respecto a la. 454, - en comida y bebida, 202
500-1, 589-90 y n - en la cincuentena, 185-206
- deseo de Freud de ser popular entre la. - en música, 201-2
245-46 - literarios, 199-201
Glover, Edward, 516, 531, 552 - sexuales/sensuales, 194-97
Glover, James, 516, 531 - tabaquismo. Véase hábito de fumar de
Goethe, Johann Wolfgang von, 199, 635 Freud
- Fausto, 375-76, 535-36 Habsburgo. imperio y disnastía de los, 37,
- Las cuitas del joven W erther, 160-61 39
- Poesía y verdad, 3 56 - Freud sobre los, 377
- “Sobre la Naturaleza” (atribuido a), 48- Hajek, Marcus, 468, 469
50 Halberstadt, Ernst (nieto de Freud), 353n,
- y lo inconsciente, 159-60, 412 395-96, 447-49, 471, 487
Goetz, Bruno. 192 Halberstadt, Heinele (nieto de Freud),487
Goldwyn, Samuel, 506. 625 - muerte (1923), 470-71
Gomperz, Theodor, 61, 168, 199, 200, 594 Halberstadt. Max (yerno de Freud), 352,
Goring, Hermano, 690 291, 654-55
Graí, Caecibe (sobrina de Freud), 467 - Anna Freud y, 479. 482-83
Graí, Herbert. Véase pequeño Hans Halberstadt, Sophie Freud (hija de Freud)
Graí, Hemjann (sobrino de Freud), 399n - infancia, 100-2
Graf, Max - muerte de (1920), 438-41; Freud y la,
- analiza a su hijo (el pequeño Hans), 438-41, 443-44, 471
264-65, 295-97. 491-92 - su casamiento (1913), 352-53
- sobre los ojos de Freud, 188 - sus hijos. 353n. 470
- y la Sociedad Psicológica de los Hale, Nathan G., 245-47
Miércoles, 206-10 Hale, William Bayard: S to ry o f a S ty le,
Gran Bretaña. Véase Inglaterra The, 505 -8
Gran Depresión, 620, 653, 654, 662-63 Hall, G. Stanley
grandeza de Freud - Adolescence, 242-44
- Marie Bonaparte sobre la, 71 In - y Abraham, 215
- Freud la anhela. Véase ambición de - y Freud, 242-44
Freud Hammerschlag, Samuel, 45-6, 655-66
Véase también reputación de Freud Hammond, William, 152
Grecia Hamsun, Knut, 509
- Freud en (1904), 116 Hartmann, Heinz, 450-52n, 515-16
Véase también Atenas - The F undam entáis o f Psychoanalysis,
Groddeck, Georg, 456-60, 508-9, 518-19 y 540
b, 645-46 hebreo, idioma
- El buscador de almas, 408 - Freud y el, 664-66, 666n
- E l libro del E llo, 459-60 - traducción de obras de Freud al. 663-
- y E l yo y el ello, de Freud. 456, 458- 64n; M oisés y la re lig ió n m onoteísta,
60, 461 706; Tótem y tabú, 664-65, 668
guerra, Freud sobre la, 396-97, 399-400 Heinc. Heinrich. 142. 199. 657
- su artículo de 1915.401-3 Helmholiz, Hermann, 58-60. 153
Guilbert. Yvette, 704, 7t 1 Heller. Hugo. 199. 212-13. 227-28. 350
gustos y preferencias personales de Freud. Heller, Juditb Bemays (sobrina de Freud),
Véase hábitos y gustos personales de 561
Freud Herbart, Johann Friedrich, 412-13
[8 9 8 ] I n d ic e a n a l ít ic o
herencia de las Ratas
- teoría lamarckiana, Freud y la, 331- - el papel de la madre descuidado en los,
32n, 377-78. 414 y n, 667-68, 714-15 562
- y desórdenes nerviosos, 151, 164, 155 - Frau Caecilie M„ 96-97
hermafroditismo, 55-57 - Frau Emmy von N., 97-98
héroe, nacimiento del (Rank sobre el), - Fraulein Elisabeth von R., 97-99
354,368 - Fraulein Rosalía H., 123
Hcrzl, Theodor: E l nuevo gueto, 663 -64 - Hombre de los Lobos. Véase Hombre de
heterodoxia analítica. Véase método y los Lobos
técnicas psicoanaliticos: heterodoxia e - Katharina, 99-101, 13
independencia de los analistas en - los conflictos y las estrategias
pedagógicas de Freud en los, 307, 327
hijos de Freud, los, 86 - Miss Lucy R., 98-100
- la relación de Freud con ellos, 100-3, - Schreber, Véase Schreber, D.P.
128-30, 192-95, 478-80; de adultos, - sobre hipnosis y neurastenia, 88
351 -53, 434-35; interpreta sus sueños, Hitler, Adolf
138-40; en la Primera Guerra Mundial, - ascenso al poder, actos de opresión,
397-400, 400-1, 416 656, 661-62
- la relación de la madre con, 192-94 - inicios de su vida y su carrera, 498-500
- sus nacimientos, 78-80, 85, 87 - Mein Kam pf, 499-500
- y los rituales judíos, 665-7 - y Austria, 658, 661-62, 684-90
- y los visitantes de Freud, 225 y n, 238, Véase tam bién nazis
239 (nacionalsocialistas)
- vocaciones y carreras de, 192 y n Hitschmann, Eduard, 209, 256, 358-59,
Véanse tam bién los nom bres 261-62, 552-53
individuales - Las teorías de las neurosis de Freud,
Hildebrandt, F.W.: Los sueños y su 209, 510-11
utilización en la vida , 137 Hoare, sir Samuel, 692
Hilferding. Margarete, 560n Hobbes, Thomas, 608
Hill, J.C.: Dreams and Educatio «, 597n Hofmannsthal, Hugo von, 394
Himmler, Heinrich, 690 Hofstadler, Richard, 624
hipnosis e hipnotismo Holanda, véase Países Bajos
- Charcot e, 74-77 Holslijn, Westerman, 657
- Freud e, 74-5 y n. 76-8, 88, 97-8, 335, Hollitscher, Mathüde Freud (hija de Freud)
455 - en Londres (1938), 697-98
- Meynert e, 67-8 - infancia, 100-1, 129-30, 193-94, 478-
Véase también Bernheim, H. 79
Hirschfeld, Magnus, 215, 512-13 - nacimiento (1887), 79-80
- Anuario de las etapas sexuales - salud y personalidad de, 351-52
intermedias, 176-77 - su casamiento (1909), 351
histeria de conversión, 92, 97. 409, 457 - sueño erótico de Freud con (1897), 122
histeria e histéricos, 95-101, 346-47 Hollós, István, 598
- Charco! e, 74-5 Hombre de las Ratas, el, 160-61
- en los hombres, 74-5, 78-80, 119* - el caso de, 300-7, 380-81. 544-46;
- etología sexual, 97, 121, 170-71 conferencias de Freud sobre (1908),
- historiales: Anna O., 89-96; Cacilie 283-84;Jones y, 218, 283-84; Jung y.
M„ 95-97; Dora, 285-95; Elisabeth 304-5; críticas modernas, 307*; papel
von R., 97-9; Emmy von N., 97-8; de la madre, 562
Katharina, 99-101; Lucy R., 98-100 Hombre de los Lobos, el, 152, 387-88
historiales, 283-307 - caso de, 326-34, 544-46; los sueños en
- adherenles de Freud atraídos por los, el, 328-30; el interés personal de Freud
284* en el, 307; visión del, por analistas
- Anna O., 89-96 ulteriores, 326it; religión en el, 593*;
- “científicos" o no, 117, 118 papel de la madre en el, 562
- Dora. Véase Dora - la vida ulterior del. 334*
- elección de, por Freud, para su - y los objetos del estudio de Freud, 203-
publicación, 284, 307 5 passim
- el Hombre de las Ratas. Véase Hombre homosexualidad/homoerotismo, 176-78,
I n d ic e a n a l ít ic o [899]
442-43 , 475-76, 676-77 Iglesia Católica Romana, la. en Austria, y
- en el caso det Hombre de las Ratas. el nazismo, 683-86 y n
301-2 ilusión y delirio, 592-94
- en el “Leonardo" de Freud, 311-16 Ilustración, la. 200, 587-88, 593, 594»
- en el caso Schreber. 318 y n, 322-23, imaginación, papel de la, en la creatividad
325-26 literaria, 351
- en la; relaciones de Freud: Ferenczi, Imago (periódico), 354-55, 397-98, 526,
315; Fliess, 114-15, 240-41, 314-17; 699-700
Jung, 240-41 - edición norteamericana, 701 -2
- Kraffi-Ebing sobre. 174-75» - sucesor de Londres, 707
- sublimación de la, 323 Imago Publishing Company (Londres), 707
honorarios psicoanalíticos, 338-39 Imperio austro-húngaro
- de Freud, 435-36, 466-67, 655 y » - (fines del siglo XIX): condiciones
honores, premios y celebraciones de Freud culturales, 160-62; condiciones
- miembro de la Real Sociedad (Royal políticas, 38-42
Society), Londres (1936), 678-79. 698- - (siglo XX): dividido (1919), 426-27;
99 nostalgia del. 498-99
- miembro de la Real Sociedad de - y Primera Guerra Mundial, 388-89, 390-
Medicina (Royal Society of Medicine), 93, 394-95, 424
Inglaterra (1935), 675-76 Véase también Austria; Viena
- miembro honorario de la Sociedad incesto, 368
Holandesa de Psiquiatra» y Neurólogos - en la literatura (Rank sobre el), 354
(1921), 507-8 - teoría de la seducción. Véase teoría de
- placa recordatoria en Freiberg (1931), la seducción
639 inconsciente, 150, 159-60, 412-13, 461-62
- Premio Goethe (1930), 635-36 - en la producción del sueño, 162-63
- Premio Nobel. Véase Premio Nobel, - la entropía en el, 162-63
Freud y el - primeras concepciones del, 158-60,
- título honorario, Clark University 412-13
(1909), 242-44, 507-9, 625 - sus relaciones con: la conciencia, 337,
Véase también cumpleaños de Freud 412; el preconscíente, 413; el
Ilomey, Karen, 516 subconsciente, 505-6 y n
- contra Freud sobre la sexualidad y la - y defensas, 544
psicología de las mujeres, 559, 577-79 - yo e, 461-66, 500-1
Hospital General de Viena, Freud en el, 61- - y razón, 459-60
2, 66-70 - y represión, 159-61, 461-62
- su renuncia (1886), 78-9 - y telepatía, 495-96
- su estatus y título, 66-7 “inconsciente, Lo" (1915), 412-13
House, coronel Edward M., 617-20 infancia de Freud, 27-37, 359»
Huebsch, B.W. (editor), 505 - en Freiberg, 27-31
Hull, Cordell, 690-91 - en Viena, 31-37, 45-6
humor Inglaterra (Freud e)
- de Freud. 191, 695-96,717-18 - deseo de convertirse en súbdito, 703-4
- interés de Freud por el, 199 - emigración a (1938), 695-97
Véase también chistes - sentimientos con respecto a, 42-3, 54-
Hungría (movimiento psicoanalítico en), 56, 393-94 y », 396-97, 399-400,
434-35«, 512-13 698-99
- análisis lego, 553-54 - últimos años en, 696-720
Véase también Budapest; Ferenczi, S- - visitas a: (1875), 54-6; (1908). 294-95
Huxley, Julián, 508 - y la Primera Guerra Mundial, 393-94
Inglaterra, movimiento psicoanalítico en,
Ibsen, Hcnrik, 199 512-13,707
- Un enemigo del pueblo, 51-2 - análisis lego en. 552-54
ideal del yo, 385-86, 455, 463-66. Véase - innovaciones en el. 675-76
también superyó Véase también Jones, E.
identiíic ación (es), 464 -65 inglés, dominio del, por Freud, 199, 368»,
Iglesia Católica. Véase Iglesia Católica 369, 435-37
Romana en Austria; catolicismo romano - correspondencia con Jones y, 219 y n
[900] I n d ic e a n a l ít ic o
inglés, traducciones al, de las obras de analizando!, 148-49
Freud, 245-46 y n, 518-19, 704-5, 711 - sexualidad infantil examinada en, 176-
Inh ibición, síntom a y angustia (1926), 78 y n, 485 n
526.540-46 - sueños de los hijos de Freud en, 138-
Innitzer, Theodor, cardenal, 685 40, 155
inseguridades de Freud - traducciones de, 517-18 y n
- sobre et autoanálisis, 124, 127, 128 interpretación psicoanalítica, 340-41
- sobre sus libros y ensayos, 104-5. - de los sueños. Véase interpretación de
325, 326. 339, 363, 404, 524, 537. los sueños
554 - resistencia a la , 289 y n , 290, 341-42
Véase también autoestima y confianza intimidad y amistad, Freud y la. 81, 87,
en sí mismo de Freud; autocrítica de 114-15
Freud - elemento erótico en la, 314-17
instituciones sociales, papel de las, 607-9 “Introducción del narcisismo” (1914), 338
Instituto de Psicoanálisis de Londres, 512- y n, 384-88
13 investigación médica
Instituto Psicoanalítico de Berlín, 504-5, - a fines del siglo XIX, 58-62
513-14, 516, 515-16 - de Freud, 55-7, 60-1, 73, 78-9; su
institutos psicoanalíticos, 256, 293-94», actitud con respecto a la. 56-7 y n, 60-
511-13 1
- Freud registra el desarrollo de los, 675- irracionalidad, Freud y la. Véase fenómenos
76 ocultos; racionalismo; creencias
- normas establecidas para los, 556 religiosas; superstición; telepatía
- y el análisis lego, 550-53 Isham, Mary Keyt, 501-2
intentos de utilización comercial de la, Italia
506-9 - Freud viaja por, 166 y n, 167, 190,
- y otras luminarias, 508-9 308
Véase también ambición de Freud; - movimiento psiconalítico en, 512-13
honores, premios y celebraciones de - y el antisemitismo, 499-500n
Freud - y Primera Guerra Mundial, 389-90, 393-
Internationale Zeitschrift fü r 94. 397-98, 400-1
Psychoanalyse (periódico), 472, 552- Véase tam bién Mussolini, B.; Roma;
53 Venecia
International Journal o f P sychoanalysis
(periódico), 472, 552-53 Jackson, Hughlings, 88
interpretación de ios sueños, La (1900), Jahrbuch fü r psychoanalytische und
134-48, 160-61, 162-63, 591n psychopathologische Forschungen
- amistad intima examinada en, 81 (periódico), 252, 278-79, 294-95, 397-
- ampliada en ediciones sucesivas, 135- 98
36 James, Henry: “Los papeles de Aspem",
- angustia examinada en, 530 159
- estilo y presentación de, 134-36 James, William, 161, 248-49, 510-11,
- etiología sexual de la enfermedad 628-29
mental, examinada en, 155 Janet, Pierre
- Freud analiza sus propios sueños en, - Jung asiste a una conferencia de, 234
57-9. 70», 107-9, 142-43, 148, 155- - sobre la naturaleza urbana del
56 psicoanálisis, 33
- importancia para Freud, 117, 124 - sobre los pacientes en hipnosis de
- juicios de Freud acerca de, 26-7, 164 Charcot, 75-6
- Jung sobre. 155-56, 177-78«, 235 Jelliffe, Smith EU y, 551, 555, 628
- la resistencia definida en, 341 Jellinek, Adolf, 40
- publicación y recepción brindada a, 25- Jenscn, Wilhelm: Gradiva, 361-62, 364-66
7, 135, 163-64, 171-72, 286 Jerusalén
- realidad “material" vs. realidad - Eitingon en, 512, 676 y n; y Buber,
“psíquica", 331-32 714n
- recuerdos infantiles de Freud en, 30-31, - instituto psicoanalítico de, 512-13,
34-35, 39, 46-7. 143 675 76 n
- reunión de materiales de sus Jesús de Nazareth, 712
I n d ice an a lític o [9 0 1 ]
Jones, Ernest, 211, 217-21 - y Ferenczi, 220, 518-19, 650-51 y »
- artículos publicados, 3SS, 356 - y 1» Asociación Psicoanalítica
- carácter y personalidad, 217, 219 Internacional, 647-48
- como divulgador del psicoanálisis, 218, - y Rank, 472-74, 474», 518-19, 527,
219 528, 531-32, 533-36, 537
- como único gentil en el círculo íntimo Jones. Katharine, 705
de Freud. 218-19, 473-74 judíos, como analizandos de Freud. 97
- conferencias, 218 judíos, los, en Austria
- defiende al movimiento psicoanalítico, - a fines de! siglo XDÍ, 37, 38-45
20 Sn - a principios del siglo XX, 170-71
- Freud sobre, 219-20, 675-76 - en la década de 1920, 498-99
- Free Associations (autobiografía), - feministas, 568-69
20Sn, 21 8», 669 y » - occidentalizados, actitudes con respecto
- funda el Instituto de Psicoanálisis de a los judíos de la Europa oriental, 42-3
Londres, 512-13 y a. 561». 589-90»
- Jung sobre, 219 - posición legal, 39-41
- opiniones: sobre Adler, 253; sobre Véase también antisemitismo; Viena:
Brill, 245-46; sobre la pulsión de judíos en
muerte, 614-15, 675-76; sobre judíos, los, y Freud
Eitingon, 212-13; sobre el fenómeno - lo proclaman como uno de ellos, 639,
judío en psicoanálisis, 669 y n; sobre 662-65
Jung, 234, 235, 278-79. sobre el - y M oisés y la religión m o n o teísta ,
análisis lego, 549-50; sobre el M o isés 670, 699-701, 703-5, 706, 712, 713
de Miguel Angel, 357-58; sobre Juliusburger, Otto. 215
“Introducción del narcisismo”, 383, Jung. Cari Gustav, 233-82
386; sobre religión y psicoanálisis, - carácter y personalidad, 233-34; celos,
594-95n; sobre Stekel, 251; sobre la 240-41; Jones sobre, 234; misticismo,
Sociedad Psicológica de los Miércoles, 241-42, 271-72, 276-77, 354, 376-77
211; sobre la psicología/sexualidad de - publicaciones: Estudios de asociación
las mujeres, 559, 577, 579-81 diagnóstica (comp.), 233, 235;
- relación personal con Freud, 220-21, Recuerdos, sueños, reflexiones, 233;
647-48, 716-18; y la emigración de Psicología de la demencia precoz, 235;
Freud de Austria, 690, 691. 692, 696- Psicología, del inconsciente, 262-4
97; en la Primera Guerra Mundial, 396- - relación personal con Freud: el
97. 399-400, 417 contratiempo por Binswanger, 265-72,
- sobre Freud: acerca de Adler, 681-82»; 316-17; ruptura con Freud, 262-82, 359
como su biógrafo, 49-50, 493-94»; el y «, 498-99, 535-36; erotismo
disgusto que le provocaba a Freud ser subyacente, 240-41; como relación de
fotografiado, 191; fama de Freud, 60-1; padre e hijo, 236-38, 264-65, 271-74,
indiscreción de Freud, 221»; estilo de 276-77, 370; y la relación Freud-Fliess,
Freud como conferenciante, 283-84; los 238, 242-43, 271-72, 274-75, 279-80,
memores de Freud, 172-73»; el 315-17; afecto de Freud, 237,239,
autoanálisis de Freud, 124, 172-73»; 262-63, 265-66, 270-71, 315-17;
sobre la autoría de las obras de episodios de desvanecimiento de Freud,
Shakespeare, 711» 245-46, 271-72,315-17; cólera de
- sobre la resistencia al psicoanálisis en Freud, 262-63, 270-71, 272-81, 359-
Norteamérica, 229-31 61»; Jung como "Aiglon”, 273-75;
- su análisis didáctico con Ferenczi, 220 sentimientos y reacciones de Jung.
- su disposición erótica, 217 y », 218 y 238, 263-64; Tótem y tabú y, 370
». 221 - relación profesional con Freud: su
- The E lements o f Figure Skaling, 217» psicología analítica diferenciada del
- viajes, 356-57 psicoanálisis. 275-77. 279-80. 383»;
- y Abraham, 217, 472 ruptura con Freud, 262-82; como
- y Anna Freud, 397-99, 483-85, 486, “príncipe heredero”, 234; defiende y
493-94», 557», 694 presenta las teorías de Freud, 235, 236,
- y el Comité. 267-69, 472-74 240-41, 241-43; primer encuentro
- y el International Journal o f (1907), 238-39; la esperanza de Freud
P sychoanalysis, 472 de entablar una, y ¡a dependencia con
[902] I n d ice a n a l ít ic o
respecto a Jung, 236, 237-38, 239, - P sychopalhia Sexuaüs, 176 y n
241-42, 256, 261-62, 267-68, 273-75, Kraft, Helen, 629*
280-81; sobre La interpretación de los Krass, Nathan, 597-98
sueños, 155-56. 177-78*, 235; Kraus, Karl, 44, 160-62, 187, 500-1
William James sobre, 250; Jung como - disputas con Freud, 251-52
"fachada gentil” para Freud, 237, 238, - y Primera Guerra Mundial, 395-96
240-42, 270, 277-79; sobre el Kris, Emst, 363*. 548, 602
“Leonardo” , 309-10; diferencias Kroeber, Alfred L., 378*
religiosas. 241-42, 263-65, 276-77, Knilch. Joseph Wood, 510-12
275-77; sus reservas sobre la teoría de Kubin, Alfred; Autoexam en, 162
la sexualidad/libido, 235, 239-41, 263- Kiirzeste Chronik. Véase C hronik (diario
65; 265-66, 270, 314-15, 321, 386, privado de Freud)
445-46; sobre el caso Schreber, 320-
21; diferencias teóricas, 263-64, 270, Lacassagne, Antoine, 709
275-77, 276-77, 384* Laforgue, René, 87, 513*, 585, 602. 630
- sobre Jones, 219 La Haya, congreso de psicoanalistas en
- sus sueños, 233; interpretados por (1920), 440-41, 487, 661-62
Fieud, 239, 245-46, 249 lamarckismo, Freud y el, 33 l«, 277-78,
- vida temprana, 233-34 414 y n. 667-68,714-15
- visitas a Estados Unidos: (1909, con Lampl-de Groot, Jeanne, 516-17, 559.
Freud), 243-44, 244-46, 249, 262-63; 560, 578/1, 658, 675-76
(1912), 270; (1913), 275-76 Lañe. Homer Tyrell, 549-51
- y Abraham, 239-42 Lanzer, Ernesl. Véase Hombre de las Ratas,
- y el Jahrbuch, 252, 378-79 el
- y la Asociación Psicoanalítica “lapsus freudianos”. Véase lapsus orales o
Internacional, 254, 261-63, 265-66, escritos
274-76, 278-80 lapsus orales o escritos, 107-8, 148, 156,
- y Spielrein, 444-45* 158-59, 504-5
Jung, Emma, 197, 238, 262 - Anna Freud y los, 487
- como reveladores del material
Kafka, Franz, 658 inconsciente, 413
Kahane, Max, 207 - conferencias de Freud sobre los, 414,
Kann, Loe, 220-21, 488 415
Kanl, Immanuel, 503 - de Freud, 272-73, 353*, 617-18*. 695-
Kardiner, Abram, 435, 490, 517» 97; en su autoanálisis, 126, 128-29,
Katbarina, caso, 99-101, 123 156
Kcller, Goufried, 199 Lask, J.M., 714
Keynes, John Maynard, 388-90 Le Bon, Gustave: Psicología de las
Kipling, Rudyard, 199-200 m ultitudes , 453-54
Klein, Melanie, 513-14, 515-16, 519-23, Lehrman, Phillip, 467*, 479-80, 511-12*,
566-67 405, 628-29
- analiza a sus hijos, 491-92 Lenín, Nikolai, 417
- como analista lega, 548-49 Leopold, Nathan, 505-7
- Jones y, 675-76 Leopold stadter Kommunal-Real-und
- polémicas: con Anna Freud, 521-23; Obergymnasium, Viena, 41-5, 50-1
602-3; con Schmideberg, 518-19 Lesky, Erna, 57*
- sobre ]a agresión, 450-51* Levy, Kata, 434-37, 488, 491 -92
Knopf, Blanche, 704-6 Levy, Lajos, 440
Knox, Roland, 510 Lewis, Sinclair, 508-9
Koiler, Cari, 68-70 liberalismo en Viena, 39-42
Konigslein, Leopold, 68-9, 189, 280-81, - en la universidad. 54-5
637 Véase también actitudes políticas de
Kraepelin. Emil, 326 Freud
Krafft-Ebing, Richard von, 121, 124 libertad sexual, Freud aboga por la, 89,
- Estados de nerviosidad y neurastenia, 174-75, 195-96, 610, 632-34
150-51, 154 libido
- patrocina a Freud para el profesorado, - Jung vs. Freud sobre la, 239-41, 263-
167-72 64, 270, 314-15, 321. 386, 445-46
I n d ic e a n a l ít ic o [9 0 3 ]
- "libido del yo" y “libido objetar'. 385, - elección del título en inglés, 614-L5n
386 - escritura de, 605-6
- repliegue de la, 409 - popularidad de, 614-15
- y agresividad, 444-46 - Rom» como analogía en, 205-6
- y psicología de las masas, 454-55 Mann. Thomas, 394-95, 508-9, 657, 672
Véase también pulsión sexual - tributos en el cumpleaños de Freud
“libido del yo" vs. “libido objeta!”, 385-86 (1936), 678-79
“libido objeial” vj. "libido del yo”, 385, Murelt, R.R., 371
386 Marlé, Lilly Freud (sobrina de Freud), 192,
Uchteim, Anna, 111-14 678
Lichlenberg, Georg Chrisioph, 70, 158-60 martirio, Freud y el, 171-72
Liébesult, Ambroise Auguste, 77 marxistas, los, y M oisés y la religión
Lieben, baronesa Anna von. Véase Cácilie m on o teísta , 7 14n
M., caso Marx, Karl, 657
Lippmann, Walter, 510 M ás a llá d el principio del placer (1920),
literatura, Freud y la, 70-1, 191, 199-201, 442-52
367 - popularidad de, 453
- inglesa, 54-6 - y E l y o y el ello , 460-61
- sus esludios psicoanalíticos de la, 356- masas. Véase "gente común”; psicología de
57. 361-62, 364-66 las masas
Véanse también autores individuales masas, psicología de las, 440-41«, 453-56
Loeb, Richard, 505-7 Masson, Thomas L., 502
Loewenstein, Rudolph, 514 masturbación
London Psycho-Analytic Society - del niño, 179-80
- fundación (1913), 218 - en el caso del Hombre de las Ratas,
- y Klein. 675-76 305-6
Londres - en el caso del pequeño Han s, 315 -16
- Freud en (1938-39). 696-720; sus casas - las adicciones como, 128-29, 203,
en, 696-97, 702-3 476-77
- movimiento psicoanalítico en, 512-13, - sucedáneos de la, 89, 203
707; innovaciones, 675-76; análisis - y angustia de castración, 575
lego. 552-54 - y neurastenia, 88
Looney, Thornas: "Shakespeare" Identified, Maudsley, Henry, 152, 176
711» Maury, Alfred: E l dorm ir y los sueños,
Lówenfeld, Leopold: M anifestaciones 137, 142
psíquicas obsesivas, 335 Maximiliano, príncipe de Badén, 618-19
Lówy, Emanuel, 203, 280-81, 637 McCormick, Robert, 506, 625
Lucy R., caso, 98-100 McDougall, William, 504
Ludwig, Emil, 356* McNabb, Fr. Vincent, 714
Lueger, Karl, 39. 498-99, 663-64 Meadcr, Alphonse, 277-78
medicina psicosomática, Groddeck y la,
Macaulay, Thomas Babington, 199, 200, 457-59
594 médicos cuáqueros, los, y la enfermedad
MacNeill, John, 503 mental, 152-53
madre, relación con la, y complejos melancolía. 408, 409, 418-20, 463-64
matemos memoria y recuerdos
- en el caso del propio Freud. Véase - en el autoanálisis de Freud, 125, 127,
Freud, Amalia Nathansohn (madre de 128-29
Freud) - en el proceso analítico, 342
- omitida en Tótem y tabú, 379-80 - en la psicología científica, 107-8
- ví. el papel del padre en el desarrollo - su papel en los desórdenes nerviosos,
del niño (Rank vf. Freud), 530, 531 - 120
33, 562, 575-76 - su utilización por los escritores, 351
Mahler, Gustav, 44 - y el deseo, 160-61
Malcolm, Janel, 196 Véase tam bién olvido
malestar en la cultura, El, (1930), 584, Meng, Heinrich, 508
604-15, 629-30o - P sychoanalytische Volkbuck, Das,
- dualismo en, 450-51 511
[9 0 4 ] I n d ic e a n a l ít ic o
m en te-cu cipo, relación e interacción, 151- Mili, John Stuan, 60-4, 88. 570-71
53 misticismo, Freud y el
- Freud sobre 1», 153-54 - sus esfuerzos por liberarse de él, 84
mente, interpretación materialista de la, - y el misticismo de Jung, 241-42, 271-
150-53 72, 276-77, 354, 376-77
mente, teorías freudianas de la, 105-8, mito(s)
127, 133, 150-55,379-88, 402-3, 411 - Freud y los, 308; Narciso, 384; Edipo,
- sistema estructural, 442-43 y n, 446-47 493-94
Véase también yo y t i ello. El; - y creencias religiosas, 128-29
inconsciente Véase también héroe, nacimiento del
mentores y figuras paternas de Freud, 172- Moebius, Paul Julias, 179, 569
73 n Moisés, 166 y *, 171-72, 357-61
- Breuer, 56-8, 89-90; ruptura de la - Freud se identifica con, 359-61 y n,
relación con, 93-8, 171-72 670, 671
- Brücke, 56-62 Véase también M o isés y la religión
- Claus, 55-7 m onoteísta
- Charco!, 73-5, 77-9 “Moisés de Miguel Angel, El" (1914), 357-
- Freud las desafía, 172-73 61
Merezhkovski, Dmitri, 199, 200 M oisés y la religión m onoteísta (1938),
“metapsicología”, 408 y » , 409-14, 417- 670-75,711-16
19 - esfuerzos tendientes a impedir su
- definición, 408n publicación, 699-701, 703-5 y n, 714
- Freud destruye siete artículos sobre, - la religión analizada en, 711-13
419-21 - los judíos y, 670, 699-701, 703-5,
metodología psicoanalítica. Véase método 706,712,713-14
y técnicas psicoanalíticas - primer ensaya ("Moisés, un egipcio”),
“método psicoanalítico de Freud, El” 670. 699-701
(1904), 335 - reacciones a. 670, 713-15
método y técnicas psicoanalíticos, 54-5, - redacción de, 670-72, 677-78, 694,
334-50 699-700, 700-01
- amenaza de terminación del análisis, - segundo ensayo (“Si Moisés fue un
332-34 egipcio...1’), 670, 672, 699-700
- heterodoxia e independencia de los - tercer ensayo (“Moisés, su pueblo y la
analistas en cuanto a, 253n, 259-60, religión monoteísta"), 670-71, 672,
347-48, 522-23, 526, 528, 530, 642- 711
49 .p a ssim , 675-76 - traducción al inglés de, 704-6, 711
- violación por Freud de, 307, 334, 337, Molnar, Ferenc, 510
345,490 Molí, Alben: La vida sexua l d el niño, 230
- vulgarización y mala aplicación de, 252 Montaigne, Michel Eyquem de, 161
Véase también análisis; “moral sexual 'cultural' y la nerviosidad
contratransferencia; interpretación de moderna, La” (1908), 383, 605-6
los sueños; asociación libre; escucha, Moser, baronesa Fanny. Véase Emmy von
la (capacidad y método); resislencia(s); N., caso
transferencia “motivo de la elección del cofre. El”
Metzentin, Car!, 164 (1913), 483-84
Meyer, Conrad Ferdinand, 114, 199, 210. movimiento feminista, Freud y el, 565-70,
229 570-71
Meyer, Eduard, 672-73 movimiento por los derechos de las
Meynert. Theodor, 66-7, 77-8 mujeres, Freud y el, 565-71
- Freud y, 67-8. 79-80, 172-73n movimiento psicoanalítico
micción, incidente de, en la infancia de - como movimiento religioso laico,
Freud, 46-7 y n, 49-50. 143 208n, 277-78, 504-5, 515-16
Míchelangelo Buonarroti: M oisés, 166 y - década de 1920, 499-502
n - década de 1930, 511-23, 682-85, 690.
- artículo de Freud sobre el (1914), 200, 700-02
145-48, 669 - diversidad y homogeneidad en el, 253n,
- los sentimientos de Freud acerca del, 259-60, 347-48, 522-23, 526, 528,
357-58 530, 533-40, passim , 675-76
I n d ic e a n a l ít ic o [9 0 5 ]
- disenso» y disputas en el, 234-62, 472- influencias culturales sobre, 564-66;
74, 518-20. 521-22, 528-29. 531-32 sus influencias personales (biográficas)
- el Comité en el, 267-68 sobre, 559-65
- papel de Freud como organizador y mujeres, Freud y las, 559-65
promotor, 185-86, 252, 254-55 - como pacientes, 34
- Primera Guerra Mundial, 396-97, 423; - en la infancia, 29-30, 33-4
estela, 426, 440-43
- en lo» años de universidad, 56-7
- resistencia al. Véase teoría
psicoanalítica: rechazo e impopularidad - la esposa. Véase Freud, Martha Bemays
de la - la madre. Véase Freud, Amalia
- supuesto carácter judío del, 240-42, Nathansohn
255, 270, 277-78, 662-63. 668-69 - su apoyo a las, en la profesión
Véase también congresos analítica, 560, 565-67
psicoanalítico» internacionales; - su gusto por las, 197, 560
Asoc iac ión Ps icoan al íti ca - su incapacidad para intuirlas, 288, 558,
Internacional; Sociedad Psicoanalítica 562
de Viena; Sociedad Psicológica de los - su primer amor, 45-7
Miércoles, y los países y ciudades "Multaluli" (seudónimo de Eduard Douwes
e specíficos Dekker). 199
Mozart, Wolfgang Amadeus Munich, congreso de psicoanalistas en
- Don C iovanni, 201, 202», 316-17 (1913). 277-78
- La flauta mágica, 201, 202 Murphy, Newton, 546
- Las bodas de Fígaro, 201, 316-17 música, Freud y la, 201-2, 316-17
muerte, actitudes de Freud con respecto a Mussolini, Benito, 498-99, 658, 661
la, 442-43 - y Freud, 499n
- admira la impavidez de William lames,
248 nacimiento y circuncisión de Freud (1856),
- ante el deceso de colegas, 438-40, 538- 26-7,30-1
39,649-51,681-82.682-83 Nücke, Paul, 384
- ante el deceso de su hija Sophie, 438- Ñápeles, Freud visita a, 166*
41 narcisismo, 312, 323, 383-88, 408, 445-
- en su vejez, 584, 591, 616-17, 637, 46
661-62, 709,710.613-14 - y el pueblo judío, 611
- Ferenczi sobre las, 645-46 naturaleza
- su escrito sobre la Primera Guerra - cultura y. 589-90
Mundial y las, 402-4 - poder sobre la, 606-8
- su expectativa de una muerte temprana, nazis (nacionalsocialistas)
84, 85, 197, 256, 267-68, 417.418- - en Alemania, 498-500; quema de libros,
19. 471 657-58; elecciones de 1930. 615-16,
muerte de Freud (23 de setiembre de 1939), 653-54; y los judíos. 656-57, 706-7;
718-20 opresión por los, 654-62 passim
muene temprana, expectativas de Freud de - en Austria, 658, 660, 682-83, 686-87;
una, 84. 85. 197, 256, 267-68. 417, y Freud y su familia, 690, 692-93, 694-
418-19, 471 96; y los judíos, 684-90; 690, 697-99
mujeres Véase tam bién Hitler, A.
- en la profesión psicoanalítica, 560; Netll, A.S., 509
apoyo de Freud a las. 560, 565-67 Neue Freie Presse (periódico de Viena), 40-
- narcisismo en las, 385 y n 2, 158-59
- neurosis en las, 572 neurastenia y neurasténicos
Véase tam bién los nom bres de - como neurosis sexual, 88-9, 119, 120,
analistas individuales 151
mujeres, Freud sobre las, 558-81 - insatisfacción de Freud con el
- oponentes y críticas a sus opiniones, diagnóstico de, 120
559,574,577-81 - historial (1892), 88
- su agnosticismo/perplejidad, 34, 558- - Krafft-Ebing y la, 150-51
59, 562, 564-65 neurología y neurólogos, 150-54
- sus actitudes con respecto a las, 63-4, “neurosis de destino1', 448-49
352. 385n, 558, 569-70. 573; neurosis de guerra, 422
[9 0 6 ] I n d ic e a n a l ít ic o
neurosis obsesiva y neuróticos obsesivos - patrocina a Freud para el profesorado,
- análisis de la, 346-47 167-71
- erotismo anal, sublimado en la, 380-81 Nuevas conferencias de introducción al
- etiología sexual. 120-121 psicoanálisis (1933), 625», 653
- la defensa del "aislamiento” en la, 544- - dualismo ,en, 450-51
46 - el psicoanálisis como ciencia
- la religión como, 586-87 examinadora en, 464-65
- y sentimientos de culpa, 463-64 - la meta del análisis examinada en, 681-
Véase también Hombre de las Raías, el 82
neurosis y neuróticos Nunberg, Hermann, 552, 602»
- etiología, 461-62; conflictos infantiles Nümberg, congreso de psicoanalistas en
y, 178-79; complejo de Edipo y, 144; (1910), 254-56, 335, 337, 512-13
teoría de la seducción, 118-124, 153n.
174-75, 291, 647-48; sexual, 122-23, Obemdorf, Clarence, 628
153, 195-96,572 Obras Completas (en alemán, nueva edición
- fantasías neuróticas en la, 377-78 proyectada), 707
- Freud y la, 87-9. 46J-62; sus Odier. Charles, 516
conferencias sobre la, 424, 415 olvido intencionado (criptomnesia), 156-
- narcisismo en, 384 59 y » , 173-74, 704-5 y»
- obsesiva. Véase neurosis obsesiva y ópera, Freud y la, 201-2, 316-17
neuróticos Oppenheim, Hermann, 228-30
- y la psicología normal, 149 Oxford, congreso de psicoanalistas en
- y perversidad sexual, 178-79 (1929), 5S7 y»
Véase también histeria e histéricos
Newlon, Caroline, 555 y », 556 Pablo (Saulo, Paulo de Tarso), apóstol,
Newton, sir Isaac, 106-7 712
New York Psychoanalytic Society, 512-13 pacientes psicoanalíticos
- Rank y la, 532-33» - acuerdo económico con el analista,
338-39
- y el análisis lego, 554-57 - de Freud: extranjeros, 433-34, 328-31,
nietos de Freud, 476-78 466-67, 627-29, 634, 654-S5; judíos,
- los sentimientos de Freud con respecto 97; cantidad de los, 122, 436-37. 491 •
a ellos, 353», 470-71 92, 497-98, 516-17», 616-17, 653,
Véase también Halberstadt, Ernst; 675-76,703-4; mujeres, 34, 89-101,
Halberstadt, Heinele 123, 562
Nieizsche, Friedrich, 70-1 y «, 159-60. - privacidad de los, 100-01, 314-15
160-61, 201, 226, 300-1, 413, 458-59 - selección de los, por el analista, 337
- A sí hablaba Zaratustra, 265-66 - se resisten a las interpretaciones del
niños analista, 289 y », 290, 341-42
- fantasías de los, y fantasías de los - sinceridad de los, 339, 340
escritores, 350-51 Véase también historíales, análisis
- narcisismo en los, 384 y «, 385 padre, Freud como. Véase hijos de Freud
- sexualidad de los. Véase niños, análisis Países Bajos
de; desarrollo de los niños; sexualidad - instituto psicoanalítico en los, 512-13
infantil - y los analistas alemanes, 657, 661-62
- sueños de los, 138-40, 155 Véase tam bién La Haya
niños, análisis de Paneth, Joseph, 147
- Anna Freud y el, 487, 492-93, 521-23 Pankejeff, Sergei. Véase Hombre de los
- Burlingham y el, 601-2 Lobos, el
- Freud sobre el, 522-23 pansexualista, Freud como (supuesto), 180-
- Klein y el, S19-22 82. 386. 501-4. 637, 714
- por analistas legos, 557 papeles de Freud
nombre, el, de Freud. 26-27, 27n , 698-99 - legados a Anna Freud, 678-79
Norteamericanos. Véase Estados Unidos Pappenheim. Bertha. Véase Anna O., caso
Nothnagcl, Hermano, 54-5, 67-8 Paquet, Alfons. 636, 638
- le envía pacientes a Freud, 78-9 parálisis cerebral infantil, 115 y n
- monografía de Freud en la Patología paranoia
especial y terapéutica de, 115 - caso Schreber, 318-26
I n d ic e a n a l ít ic o [9 0 7 ]
- componente homosexual, 318«, 322- - sobre E l y o y e l ello, 465-66
23, 325-26 - sobre ¿Pueden los legos ejercer el
París, congreso de psicoanalistas en análisis?, 546-47
(1938), 700-1 - ví. Freud sobre la religión, 225-26,
París (estudios de Freud en, 1885-86), 72-7 586-87, 597. 668 y n
parricidio primitivo, 374-76, 377-79 - y los nazis, 657
- y la interpretación freudiana de Moisés, - y la interpretación de los sueños, 145
673-75, 712 Pfitzner, Hans, 509
panes del cuerpo Pichler, Hans, 474-77, 497-98, 599-600.
- desplazamientos, 83 637, 679-80. 690, 701-3
- la “inferioridad de los órganos" de placer sexual, 577
Adler, 253, 254 - en los niños, 179-81
patriotismo de Freud, 393 y n, 397-401 Platón. 160-61, 181-82, 412
Patze, Adolf, 177 pobres, clínicas psicoanalíticas propuestas
pecado original, 378-79 para los, 422, 514-15
pequeño Arpad, caso del, 373, 379-80 política psicoanalítica
pequeño Hans - Abraham y la, 216
- analizado por el padre (Max Graf), 264- - Adler y I*. 254-58
65, 295-97, 491-92 - componente judío y gentil de la. 240-
- el caso del, 209, 262-301, 373, 319- 42
20. 544-45. 562 - en el Comité, 472-74
- visita a Freud (1922), 299-300 - Freud y la 254-62; y sus historiales
periodicidad sexual masculina, 83-4 (elección de los), 307; sobre el
periódicos psicoanalíticos psicoanálisis como ciencia. 595 y n
- American ¡m ago, 701-2 política, teoría psicoanalítica de la. 609-
- década de 1920 y 1930, 517-18 13. Véase también E l m alestar en la
- ¡mago, 354-55. 397-98, 526, 699-700; cultura
sucesores de. 701 -2. 707 Pollack, Isidor, 688
- International Journal o f Psycho- Pollack, Valentín, 45
A nalysis, 472. 552-53 Popper-Lynkeus, Josef, 703-4n
- Internationale Zeitschrift fü r Popper, sir Karl, 500-2
Psychoanalyse, 397-98, 408, 526, popularidad de Freud. Véase ambición de
552-53, 707 Freud; reputación de Freud
- Jahrb u ch fü r psychoanalytische und popularizaciones del psicoanálisis, 500-4,
psychopathologische F orschungen, 510-11
252, 278-79, 294-95, 397-98 - realizadas por el propio Freud, 414-15,
- Primera GuerTa Mundial. 397-98 544-46. 701-2
- Revue Frangaise de Psychanalyse, 516- porcentaje de éxitos del psicoanálisis,
17 347-8, 514-15, 681-82
- R i vista P sicanalisi, 516-17 “¿Por qué la guerra?” (correspondencia de
- Zentralblatt fü r P sychoanalyse, 256, Einstein y Freud), 499n, 509
259-60, 270-71 porvenir d e una ilusión, E l (1927), 584,
periodistas. Véase prensa, la, sobre Freud y 585-96, 605-6
el psicoanálisis - evaluaciones por Freud de, 584, 585-86
perros de Freud, 601-2, 716-17 - la gravitación de la personalidad y la
personalidad de Freud. Véase carácter y biografía de Freud en, 585-88
personalidad de Freud - reacciones a. 596-98
perversión sexual, 176-77 positivismo, 58-60, 106-7
- Freud sobre la. 177-79. 180-82 Potzl, Otto, 583n
- Krafft-Ebing sobre la, 174-75 práctica médica de Freud. Véase práctica
Pfenning, A.R., 187-88 privada psicoanalítica de Freud
Pfister. Oskar, 224-26. 281 -82. 709 práctica privada psicoanalítica de Freud
- conferencias en Berlín, 513-14 - analizandos extranjeros, 433-37, 466-
- defiende al psicoanálisis y lo explica al 67, 627-29, 634, 654-55
público, 510-11 - cantidad de pacientes, 122, 436-37,
- E l m étodo psicoanalítico , 510-11 491-92, 497-98, 5I6-17/I. 616-17,
- “La ilusión de un porvenir”, 597 653, 675-76, 703-4
- primera visita a Freud (1909), 225 - década de 1890, 103, 124
[9 0 8 ] I n d ic e a n a l ít ic o
- década de 1930. 636-37, 658 59, 660, 416, 419-20, 443-45, 445»; situación
675 76; terminada (1 de agosto de de la posguerra, 428-35; opiniones
1939), 716-17; en Londres, 703-4. psicoanalíticas sobre la, 396-97, 399-
715-16 402, 445»
- dificultades en la. 122. 165. 168 - impacto de la, 389-90; sobre el
- en la posguerra, 433-35 movimiento psicoanalítico, 396-97,
- en la Primera Guerra Mundial, 396-97, 423
407 - la paz se aproxima, 418-19, 421, 422
- inicio (abril de 1886), 78-9 - los adherentes de Freud y la, 393-94,
- programa diario, 189, 516-17», 658, 396-98
675-76 - tumultos de la posguerra, 423-29
- relación con el desarrollo de la teoría principio de constancia, 107-8
analítica, 149, 295-96, 583 y n principio de placer
- su elección de la, 61-2 - en Más allá del principio de placer ,
- sus honorarios, 435-36, 466-67, 506- 447-49
7, 654-55 y » - y “proceso primario", 162-63,382
preconsciente e inconsciente diferenciados, - y pulsión sexual, 382
159-60, 413. Véase tam bién - y religión, 606-7
inconsciente principio de realidad y principio de placer,
Premio Goethe (1930), 635-36 162-63,382, 447-48
Premio Nobel, Freud y el privacidad de los pacientes, 100-1, 286
- 1917,417 "problema económico del masoquismo, El"
- 1918, 423 (1924), 450-S1
- décadas de 1920 y 1930, 508-10. 614- proceso primario, 162-63, 382
15. 635, 636 proceso secundario, 161-62, 382
premios. Véase honores, premios y proyección psicológica, 322 y n. Véase
celebraciones de Freud tam bién Schreber, D.P.
prensa, la, sobre Freud y el psicoanálisis psicoanálisis
- década de 1920, 501-2, 504-5; sobre En esta entrada incluimos los aspectos
E l porvenir de una ilusión , 596-97 concernientes a la disciplina y su
- década de 1930: so emigración de historia general. Véase análisis para el
Austria, 696-97; en Inglaterra, 697-98; proceso terapéutico individual, método
su salud, 636; y la Austria nazi, 690 y técnicas psicoanalíticos para los
- en Estados Unidos, 230-31. 247, 248 asp ecto s teóricos y filo sófic o s.
"Presentación autobiográfica" (1925), 28, - como consuelo, 402-3
49-50, 281-82, 496-97, 522-23, 662-3 - como ciencia 595, 625»
Preuss, Hugo, 657 - como supuesto fenómeno urbano
Príbor, Moravia. Véase Freiberg vienés, 33
primera generación de analistas - cosmovisión del, 625»
- defienden al psicoanálisis - charlatanes en el, 505-6, 549-51, 554-
públicamente, 510-11 55
- nunca se analizaron, 125», 210, 340» - fraudes y caricaturas del, 509-11
- su empleo irrestricto de términos - hipnosis y, 76-7
diagnósticos y teorías, 273-74. 536-37 - investigaciones y exposiciones del,
- sus interpretaciones psicoanalítica! de 510-11
la cultura. 354-55 - modas, aprovechadores y el, 505-7
Véase también adhe rentes de Freud y - popularizaciones del 500-4. 510-11;
nombres de analistas individuales realizadas por el propio Freud, 414-15,
Primera Guerra Mundial. 393-407. 416-19 544-46, 701-2
- acontecimientos que condujeron a la, - positivismo y. 59-60
388-94 - primer empleo por Freud de la palabra
- bajas, 428 (1896), 133
- Freud y la, 390-401, 416-19; - propósito y metas del, 100-1, 150,
dificultades y privaciones en su casa. 342. 681-82; concernientes al amor,
417. 426, 427; su familia en la, 397- 332-33
99nn, 416, 424, 478-80; su situación - resistencia ai. Véase teoría
económica, 396-97. 407, 417; psicoanalítica: rechazo e impopularidad
consecuencias en la teoría freudiana, de la
I n d ic e a n a l ít ic o [9 0 9 ]
- y religión, 594-95» pulsión de muerte (Todestrieb), 442-46;
psicoanálisis aplicado. V íase arte; artistas; 449-51, 614-16
aplicaciones del psicoanálisis en las - en el propio Freud, 496-97
empresas; cultura, interpretaciones - Hanmann sobre la, 452»
psicoanalíticas de la; figuras literarias, - Jones sobre 1», 614-15, 675-76
“psicoanálisis" de las - Pfister y la. 465-66. 614-15
psicoanalista(s). Véase analista(s) - y agresión, diferenciadas, 450-51
psicobiografía. V íase biografía - y ello, 459-60
psicoanalítica pulsiones, teoría de las. 71. 105, 385-88,
psicología analítica (junguiana), 408 y », 410
diferenciada de la freudiana, 275-77, - como inconscientes, 413
279-80, 383* - como regresivas, 447-48
- definición de Freud, 410
Psicolog la de las m asas y a n á lisis d e l yo - Hartmann sobre las, 450-52»
(1921), 383», 442-43 y «, 453-56 - interpretaciones biológicas vs.
- redacción de, 452-53 interpretaciones psicológicas, 386-88
- traducción al hebreo, 666 - reestructuración de la (después de la
psicología normal científica Primera Guerra Mundial), 443-46
- del desarrollo, 178-79. Véase también - y religión, 586-87
desarrollo de los niños Véase tam bién pulsión de muerte
- primeros esfuerzos de Freud tendientes a (Todestrieb); narcisismo
formular una, 105-8, 150-55 pulsión sexual,71, 159-61
- teoría de las pulsiones y, 386-88, 446- - en los niños, 178-81, 384n
47 - y principio de realidad, 382
Véase también mente, teorías freudianas - y pulsión de muerte, 449-50
de la V ía se tam bién libido
"Psicología para neurólogos” (redactada en “Puntualizaciones sobre el amor de
1895), 105-8, 154 transferencia” (1915), 342-45
psicología social psicoanalítica, 382-83 Putnam, James Jackson, 175, 195, 634,
- en la P sicología de las masas, 453-55 628-30
- psicología individual y, 383», 453-54 - promueve el psicoanálisis, 230, 249
P sicopatología de la vida cotidiana (1901),
148, 157-59, 172-73 racionalismo, Freud y el, 594 y n. Víase
- el tema de Aníbal en, 34-5n ta m b iín ciencia: la fe de Freud en la
- popularidad de, 158-59, 245-46, 517- Radó, Sándor, 513, 516, 521
18 Rank, Beata, 525-26»
- sobre el autoanálisis de Freud, 125 Rank. Ouo, 209,212-13, 457
- traducciones, 517-18 - Abraham **.. 528-29, 530, 533-34,
psicosis, psicóticos 536-37
- excluidos del análisis, 346-47 - como secretario de la Sociedad
- Freud evita a, 598 Psicológica de los Miércoles, 208,
psiquiatría 209, 21 1
- el temprano interés de Freud por la, 66- - E l desarrollo del psicoanálisis (en
7, 71 colaboración con Ferenczi), 527-28
- neurológica, 150-54 - El trauma del nacimiento, 527-28, 529-
pubertad 32
- femenina, 576 - en Estados Unidos, 531-36, 538-39,
- sexualidad de la, 179-81 626-27
publicaciones de Freud - e ¡mago, 354-55, 526
- los nazis y las, 657-58. 693 - ensayos de interpretación psicoanalítica
- obras completas publicadas, 517-19, de la cultura, 354
707 - Ferenczi y. 527. 529, 533
V ía se también artículos publicados de - Freud y, 472-74»; conflicto y
Freud, y los títu lo s de lo s libros separación, 525, 527-37, 538-40; y el
público, psicología del. 362 y n cáncer de Freud, 472; Freud apoya a, y
¿Pueden los legos ejercer el an á lisis? se preocupa por, 209, 526-27, 532-33
(1926), 544-47. 553-54. 585-86 - se convierte al catolicismo, 662-63
- juicio de Freud sobre, 554 - y el Comité. 268-69. 472. 526
[910] I n d ic e a n a l ít ic o
- y Jones, 472-74, 474n. 518-19, 527, - a la teoría psicoanalítica, 286. Véase
528,531-37 también teoría psicoanalítica: rechazo e
- y la Primera Guerra Mundial, 358 impopularidad de la
reacción terapéutica negativa, 464-65 - como mecanismo de defensa, 544-46
Real Sociedad. Véase Roya] Society - definición, 341
“Recordar, repetir y reelaborar” (1914), - en el autoanálisis de Freud, 127
346-48 - en los obsesivos, 300-3
“recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, - “olvido" como. Véase criptomnesia
Un" (1910), 308-15, 356 - su papel en el psicoanálisis, 336
regresión retiro laboral de Freud (según su cálculo de
- colectiva, fiebre de guerra como, 395- la fecha), 157
96 revelaciones autobiográficas de Freud
- en el caso Schreber, 323 - en la interpretación de sus sueñas, 108-
- su papel en el psicoanálisis, 338 9
Reik, Theodor, 281-82, 546-49, 552-53, - en sus publicaciones, 307; La
601-2,700-01 interpretación de los sueños, 134, 142,
- Freud y, 547-48 201, 307, 634
Reitler, Rudolf, 207, 253 - sobre el análisis lego, 553-54
relación con el padre y complejo paterno - sobre su necesidad de un enemigo, 634
- deseo de muerte dirigido contra el padre, - su dificultad paralas, 100-1, 155-56
373-74, 378-79 - su sumisión a la necesidad de, 118
- en el desarrollo del niño, 530-33, 562, R¡vista Psicanaiisi (periódico), 518
575-76 revistas. prensa, la, sobre Freud y el
- en el totemismo, 373-74 psicoanálisis
- en Freud.Vease Freud, Jacob (padre de Revolución Rusa (1917), 416, 417
Freud) R em e Fran<¡aise de Psychanalyse
- y religión, 37S-77, 592 (periódico), 518
Véase también complejo de Edipo y Rickman, John, 552
conflictos edfpicos Rie, Manarme, 602
relaciones familiares de Freud, 27-30, 357 Rie, Oscar, 110, 471,478, 637
representabilidad (en el trabajo del sueño), - y el caso Dora, 285
145, 146 Riklin, Franz, 254, 262, 271, 371
represión(es), 105 Rilke, Rainer María: “Cinco cantos", 394
- carácter inconsciente de la, 159-60, ritual(es)
461-62 - comida totémica, 373-74
- en el caso del pequeño Hans, 299-300 - disgustaban a Freud, 637
- examinada en Inh ib ició n , síntom a y - neuróticos, 329; y religiosos, 475-76
angustia, 541, 542, 544 rivalidad entre hermanos, 179-80, 563-65
- por la cultura moderna, 151, 154, 159- - en el caso del propio Freud, 29-30,
61, 180-81, 383,607-9 127, 172-73, 359 b, 559, 563-65
- y el materia] del sueño, 162-63 Rivers, W.H.R., 423
- y principio de placer, 448-49 Riviere, Joan
- y razón, 459-60 - Anna Freud y, 493-94n
"represión. La” (1915), 411-12 - como traductora, 517-19, 614-15 y n
reputación, de Freud - Freud sobre, 75-6
- 1902, 167 - sobre los ojos de Freud, 188-89
- 1915,347-48 - su análisis con Jones y después con
- actitudes del propio Freud con respecto Freud, 491-92
a su, 430-31, 507-8, 511-12, 527 y n, Roback, A.A., 665n
698-99, 71 ln Rodker, John, 707
- después de la Primera Guerra Mundial. Róheim, Geza, 513
426, 433-34 Rokitansky, Karl, 568-70
- en Inglaterra, 698-700 Rolland. Romain. 508, 605-6 , 638, 668
resistencia(s), 97-99, 341-42, 345, 461-62 Roma
- a hacer consciente lo inconsciente, - deseo de Freud de visitar, 142, 163-64,
159-60 170-71
- a la interpretación del analista, 289 y - importancia de. para Freud, 204-6, 357
«, 290, 341 - visitas de Freud a: 1901. L66-67; 1913,
I n d ic e a n a l ít ic o [9 1 1 ]
358; 1923, con su hija Anna, 473-75, Sauerlandt, Max, 358
478-79; con Ferenczi, 640 Saussure, Raymond de, 557, 699
Roosevelt, Franklin D-, 690-91 Sayers, Doroihy, 199
Rosanes, Ignaz, 112 Schaeffer. Albrechi,717
Rosenberg, Ludwig, 637 Schemer, Karl Albert: La vida de los
Rosenzweig, Saúl, 583n sueños. 137
Rousseau, Jean-Jacques, 369-70 Schilder, Paul, 125n
- C onfesiones, 161 Schiller, Friedrich, 71, 159-60, 199, 387-
Royal Socieiy (Londres), 678, 698 88, 432-33
Rusia Scbliemann, Heinrich, 205, 370
- sentimientos de Freud acerca de, 398-99 Scbmideberg, Melitta, 520
- y la Primera Guerra Mundial, 392-96, Schnitzler, Arlhur, 38n
398 y n, 399-400, 417, 421 - E l camino a to abierto, 170-71
V íase tam biín Unión Soviética - Freud y, 162, 199
Russel], Bertrand, lord, 508 - mujeres retratadas por. 567-69
- y el antisemitismo. 44-5, 170-71
Sachs, Hanns, 211, 261-62, 513-16, 675- - y la Primera Guerra Mundial, 394-96
76,715-17 Schopenhauer, Arlhur, 159, 182, 411, 413,
- como analista lego, 548-49 439, 450
- e ¡mago, 354 Schreber, Daniel Paul
- sobre Freud: su colección de - el ensayo de Freud sobre, 318-26;
antigüedades, 203; y el trabajo, 353 interés personal de Freud en, 307, 320;
- sobre la revolución en Austria, 424 Jung sobre 320-21; el narcisismo
- y American lm ago, 701-2 mencionado en, 384; papel de la madre
- y el Comité, 364 en, 562; y Tótem y tabú, 372
- y la Primera Guerra Mundial, 397-98 - M emorias de un neurópata, 278-84
Sadger, Isidor, 209-11, 384, 552-53, 560
sadismo Scbroeder, profesor. 599-601
- Adler v í . Freud sobre el, 254 Schuschnigg, Kurt von, 683-85
- en el caso del Hombre de los Lobos, Schwadron, Abraham, 678
328 Schwarzwald, Eugenie, 569
salud de Freud, la secretos
- cáncer. V íase cáncer de Freud - Freud y los, 356-57; sobre su
- corazón, 85, 470, 493-94*. 538-39, enfermedad, 470, 473-75, 709
584, 613-15,636,697-98 - los niños y los, 357
- depresión, 104, 157, 164, 165-66, Segantini, Giovanni, 354
190, 258-59, 370, 460-61, 471, 584 Seguidores. Víase adherentes de Freud
- después de la Primera Guerra Mundial, Sellin, Ernst, 673, 714
425, 430-32 y n sentimientos de culpa
- dolores de cabeza, 84, 105, 316-17, - del superviviente, 116yn, 117, 699-
369, 384 700
- en la década de 1920, 466-78, 496-98, - en Hamlet, 356
584-86 - fuentes de los, 368, 613-14
- fatiga, 415, 416, 431-32, 452 - inconscientes, 128-29,463-65
- la Chronik sobre la, 614-15, 708 - Klein sobre los, 522-23
- 1936-39, 678-79, 701-3, 708, 710, - Primera Guerra Mundial y, 416
715-20; enfermedad terminal y muerte, - provocados por el crimen originario
716-17. V íase ta m b iín cáncer de Freud (Tótem y tabú), 374, 375-78
- problemas intestinales, 247-48, 630- - y el complejo de Edipo, 377-78. Víase
31. 636 tam bién complejo de Edipo y conflictos
- quejas de Freud, 191», 416-17 edípicos
- y su capacidad de trabajo, 357, 476-77, - y pecado original, 378-79
600-1, 638 servicio militar de Freud (1879-80), 60-1
V íase también hábito de fumar de Freud sexos, diferencias entre los, 64
Salzburgo, congreso de psicoanalistas en - desarrollo del superyó, 465-66n, 573-
(1908), 252, 283 74
satisfacción demorada, 162-63, 382, 447- - en el placer (sexual), 577
48 - en la maduración sexual, 572-77;
[9 1 2 ] I n d ic e a n a l ít ic o
complejo de Edipo en, 144, 573, 576 - Hamlet, 128-29, 356, 336-63
- fuerza y resistencia relativas. 695-96 y - M acbeth, 357, 718-20
n - Rey Lear, 356, 367, 483-84
- orígenes sexuales de las, 574-75 Sharpe, Ella Freeman, 548
sexualidad Shaw, George Bemard: El dilema del
- desarrollo de la (normal), 178-79, doctor, 470
Véase también desarrollo de los niños Sidis, Boris, 231
- en la psicología de las masas, 454-55 Silbcrstein, Eduard, 45-6
- restringida/reprimida por la cultura - carias de Freud a, 46-7, 50-2, 55-6, 59-
moderna, 151, 154, 159-61, 180-81, 60. 585-86
383, 607-8 Simmel, Ernst, 514, 657
- temprano interés de Freud por la, 56- Simmel, Georg, 578
7 n, 172-73 Singer, Charles. 703-5
- teoría de la, 173-82; como subversiva, sionismo
180-82 - en Austria, 40-1
- supuesta ubicuidad de la, en la leoría de - Freud y el, 663-64 y n
Freud, 180-82, 386, 501-4, 598, 714 - los hijos de Freud y el, 665-67
Véase también Tres ensayos de teoría Slap, Joseph William, 298n
sexual Smith, W. Robertson, 371, 373, 375-79,
sexualidad adolescente, 179-81. Víase 588
tam bién desarrollo de los niños sobrede terminación, concepto de, 119n
sexualidad de Freud, 194-97 “Sobre el psicoanálisis ‘silvestre’ "
- cirugía y (1923), 475-76 (1910), 335-36
- en sus relaciones con colegas, 114-15, "Sobre la coca" (1884), 68-70
240-41,314-17 Sobre la concepción de tas afasias (1891),
- matrimonial, 85,194-96 88
- su prolongado compromiso, 63 - respuesta de Breuer, 93-5
sexualidad femenina, 562,569-77 “Sobre la dinámica de la transferencia”
- Abraham vi. Freud sobre la, 219», 559 (1912), 341-42
- artículo de Freud sobre la (1931), 563- "Sobre la iniciación del tratamiento"
64 (1913), 337-41
- parcialidad de los analistas varones “Sobre la sexualidad femenina" (1931),
sobre la, 578 y n, 579 563-64, 576
- pasividad, 564-66, 570-71 Sobre tos sueños (1 9 Q \), 145*. 172-73,
- placer, 577 415
- orgasmos clitorídiano y vaginal, 558- socialismo y socialistas
577 - en Austria, 40-1; década de 1930, 659,
sexualidad infantil 660; y el movimiento feminista, 567-69
- Adler vj. Freud sobre la, 254, 327 - Freud sobre, 610
- caso del Hombre de los Lobos, 327, - y la Primera Guerra Mundial, 390-91
328-33 sociedades y asociaciones psicoanalíticas,
- caso del pequeño Hans, 296-301 512-13. Véase también Asociación
- conferencias de Freud sobre la, en la Psicoanalítica Intemacional. Sociedad
Clark University (1909). 247 Psicoanalítica de Viena, Sociedad
- en el “Leonardo”, 314-15 Psicológica de los Miércoles
- en La interpretación de lo s sueños, Sociedad Psicoanalítica de Berlín (fundada
176-78 y n, 485* en 1908), 215
- en los Tres ensayos. 178-81 Sociedad Psicoanalítica Británica (B ritish
- Fliess y la, 83 p sycho-A nalitical Society ), 512-13
- primeros enfoques freudianos de la, Sociedad Psicoanalítica de Budapest, 512-
120, 174-78 y n 13
- resistencia a la concepción freudiana de Sociedad Psicoanalítica de Londres. Véase
la, 229-30 London Psycho-Analytic Society
Seyss-Inquart, Aahur, 683-85 Sociedad Psicoanalítica de Nueva York.
Shakespeare, William, 114, 199 Véase New York Psychoanalytic
- autoría/identidad de, Freud sobre la. 711 Society
y n, 714-15 Sociedad Psicoanalítica de Viena
- E l mercader de Ve necia, 356, 367 - Adler y la, 253, 256-62
I n d ic e a n a l ít ic o [913]
- Andreas-Salomé y la. 227-28 - y la controversia Freud-Adler, 259-60
- Anna Freud se conviene en miembro de - y la Sociedad Psicológica de los
la (1922). 487-88 Miércoles. 206 8, 210, 211, 250-51
- Beau Rank se conviene en miembro de - y la Sociedad Psicoanalítica de Viena,
la (1923), 528 259-62, 270-71
- conferencias de Freud en la, 314-15, - y los símbolos oníricos, 145, 206
368, 380-81. 569-71 Stendhal
- criticada en el congreso de Niimberg - Amor, 633
(1910), 255 - Lu d en Leuwen , 633
- emigración de los miembros (1938). Sierba, Richard, 434, 693
693 Sleme, Laurence, 151-52, 294u
- en la Primera Guerra Mundial, 397-98 Strachey, Alix, 478, 513-16, 538, 584
- miembros de la. 211; mediocridad de - como traductora, 517-19
los, 211-13, 227-28, 250, 355, 380-81 - sobre Klein, 519-22
- organización de la (1908), 210-11 Strachey, James, 518, 519, 584
- Otto Rank y la, 529-30 Strachey, Lytton, 508
- su status en el movimiento Stresemann, Gustav, 500
psicoanalítico internacional, 255-56 Strindberg, August, 199
- y el análisis lego, 546-48 Stross, Josefine, 696, 719
- y la incorporación de mujeres, 560 Slnick, Hermann, 309
Véase también Sociedad Psicológica de Strümpel, Adolf, von, 104
los Miércoles Subconsciente e inconsciente confundidos,
Sociedad Psicológica de los Miércoles, 505 y «
206-10 sublimación de las pulsiones sexuales,197,
- Freud y la: su liderazgo, 206-7; el 323
provecho que le reportaba, 206-7, 283 - en el “Leonardo” de Freud, 312-14
- inicios de la (1902). 167, 206, 207 sucesores, de Freud
- miembros de la, 206-8; prominentes, - Jung propuesto como sucesor, 237-9,
208-9; su papel en el apoyo a Freud, 256n, 261-62, 274-75
206-7 - su preocupación por los, 236, 255-56 y
- Rank como secretario de la, 208 n , 268-70, 529
- reorganizada (1908), 210-11 sueño de la inyección de Irma, 70n, 107-
- reuniones, 208-10 15, 137
Véase también Sociedad Psicoanalítica - interpretación de Freud, 108-115, 155
de Vjena - texto, 110-11
Sociedad Vienesa de Psiquiatría y sueSo de la monografía botánica, 70n,
Neurología, 171 142, 143, 146
Sófocles sueño del conde Thun, 46-7n, 142-43
- E dipo en Cotona, 492-93 sueño "N on v ixit ", 57-9, 147-48
- Edipo rey, 128-29, 186 sueños
soledad profesional de Freud. Véase - análisis de los. Véase sueños,
aislamiento de Freud interpretación de los
Sperber, Hugo, 688 - artículos de Freud sobre los, 409, 440-
Spielrein, Sabina, 444-45n 41
Spitteler, Cari: Imago, 355 - como realización de deseos, 108-9,
Spitz, René, 513 111-12, 135, 137-38 y » . 139-40 y n,
Slahl (librero), Berlín, 679 144, 148, 160-61, 162-63, 275-76
Starr, Moses Alien, 231 - conferencias de Freud sobre los, 414,
Stegmann, Amold, 324 415, 440-41
Steinach, Eugen, 477 - de angustia, 139-40 y n
Steiner, Maximilian, 208. 468 - de Anna Freud. 487, 489-90, 490n
Stekel, Wilhclm - de los niños. 138-40, 155
- E l lenguaje de los sueños, 251 - Jung contra Freud. sobre los, 275-76
- Freud y, 206 y n. 207, 221*; ruptura - Pótzl sobre los, 583«
con Freud, 270-71; irritativo para - proféticos, 495-96
Freud, 250-51, 258-59, 270-71 - recurrentes, 142
- y el Zentralblait fü r p sythoanalyse, - “restos diurnos" en los, 140-42
256, 259-60, 270-7 - teorías de los. ames de Freud, 136-7
[9 1 4 ] I n d ic e a n a l ít ic o
- traumáticos, 138» también Tótem y tabú
- William James sobre los, 247, 248 Taine, Hippolytc, 454
- y telepatía, 138» “talking cure “ (“cura por la palabra’’)
sueños de Freud. 108-9 - Breuer y la (el caso de Anna O.), 91-2
- conde Thun, 46-7», 142-43 - compromiso de Freud con la, 97-8, 133
- de la inyección de Irma.Véase sueño de - el caso de Elisabeth von R., 97-9
la inyección de Irma Táñalos y Eros, 449-51, 459-61. Véase
- en la cervecería de Padua, 603-5 tam bién pulsión de muerte
- en la Primera Guerra Mundial, 400-1 Tansley, sir Arlhur: The New P sychology
- erótico», 122, 194-95 and lis Relation to L ife , 511
- en su autoanálisis, 126 y n Tasso, Torcualo: Jerusalén liberada, 449
- interpretados, 195-96; en In Tausk, Víctor, 211, 223-24. 227, 270
interpretación de los sueños, 57-9, - su suicidio (1919), 437-39
70«. 107-9, 142-43. 148, 155-56, técnicas psicoanalíticas. Véase método y
561; por Jung, 262-63 técnicas psicoanalíticos
- la cocaína en los, 70 telepatía, Freud y la, 443, 494-97
- monografía botánica, 70», 142, 143, teología, Freud y la, 52-4. Véase tam bién
146 creencias religiosas, Freud y las;
- "Non vixil \ 57-9, 147-48 catolicismo romano: actitud de Freud
- sobre la "cuestión judía" (1898), 663- con respeclo al
64 teoría de la seducción, 118-24, 153», 174-
- sobre su madre, 561 75, 291, 647-48
- su renuencia a completar la teoría psicoanalítica
interpretación, 155-56, 649-50 - desarrollo de la, 129-31, 379-88;
sueños, interpretación de los, 138-48 Breuer y la, 89, 133, 247; influencia
- como “camino real al inconsciente", del material autobiográfico de Freud,
134,158-60 117-18; influencia de la práctica médica
- contenidos manifiesto y latente, 138- de Freud. 149, 295-96, 583 y n , e n La
40, 140-41 interpretación de los sueños, 134, 148;
- el trabajo del sueño en la, 144-47, 330 en la “Psicología para neurólogos",
- en el caso del Hombre de los Lobos, 105
328-30 - la metapsicología en la, 408-14
- en el caso Dora. 286, 290-91, 295-96 - papel de la sexualidad en la, 180-82,
- símbolos en la, 145, 319» 386, 501-4, 598, 714
Véa se también sueños de Freud: - popularización (es) déla, 500-4, 510-
interpretados; interpretación de los 11; realizadas por el propio Freud, 4 14-
sueños, La 15, 544-46, 701-2
suicidio, 418-19 - rechazo e impopularidad de la, 81-82,
- Freud y el, 470 277-31, 242-43, 256, 286, 501-4,
superstición, Freud y la, 84. 157-59, 172- 504-5, 669; antisemilismo y, 241-42.
73, 176-77, 594. 714-15 626-27», 668, 669
superyó, 419-20 y ». 456, 462-66 - verificación experimental de los dalos
- de las mujeres, 576-77 clínicos de la, 583»
- diferente desarrollo del, en varones y Véase también mente, teorías freudianas
niñas, 465-66n. 573-74, 575 de la
- Jones sobre el. 465-66 testamento legal de Freud, 474-75, 678-79
- Klein sobre el. 521-23 y»
- y civilización, 612-14 Thomdike, Edward L , 242-44
- y conciencia moral, con stras lados. 463- Thurber, James: ¡s Sex Necessary?, 509-11
64 Tótem y tabú (1913), 368-80
Véase también ideal det yo - el complejo de Edipo examinado en,
Swovoda, Hermann, 186-87 144
Syrski, Simone de, 55-7 - interés personal de Freud en, 378-80
- Jung y, 264-65
tabri del incesto - puntos débiles de, 376-80
- en Tótem y tabú, 368, 372 - redacción de. 368-70
- Jung contra Freud sobre el, 265-66 - traducción hebrea de, 664-65, 668
tabú(es), 368, 372, 375-76, 610. Véase - y respuestas a, 371, 376-8; de los
I n d ic e a n a l ít ic o [915]
seguidores de Freud, 370-71 Twain, Mark, 199, 200
- y su Psicología de las masas, 453 Tylor, sir Edward Bumeu, 371
tótem y totemismo, 372-73, 375-78
- comida totémica, 373-77 Unión Soviética
- la Sagrada Comunión como. 712 - comunismo de la, 611
trabajo, Freud y el, 189, 353, 419-20, - opinión de Freud sobre la, 611-13
434-35, 437-38. 440-41, 497-98, 606- Véase también Rusia
7 Universidad de Viena
traducciones de las obras de Freud, 503-4, - cátedra de Freud en la, 167-71
517-18,660 - conferencias de Freud en la, 189, 191,
- si hebreo. 663-64/t, 665. 668. 706 414-15
- al inglés, 245-46, 517-19, 704-5, 711 - estudios de Freud en la, 51-61
- de E l porvenir de una ilusión, prohibida Urbantschitsch, Rudolf von, 208
en la URSS, 595» URSS. Véase Unión Soviética
- de las conferencias de introducción al
psicoanálisis, 415 Vacaciones de Freud, 189-90, 351, 466-67,
- de M oisés y la religión m onoteísta, 674-76
704-6, 711 - limitadas por la mala salud, 636
- de Psicología de las m asas , 442-43n, - pacientes analíticos y, 466-67, 467n
665-66 Véase también Bad Gastein, Bellevue,
- de Tótem y tabú, 664-65, 668 villa de descanso; Berchiesgaden
- por Brill, 245-46. 517-18 valores culturales, preservados por el
traducción por Freud de John Stuart Mili, superyó, 415
60-1
transferencia, 75-6, 342-45, 347-48 - actitud de Freud con respecto a la, su
- analistas mujeres y ia. 560 obsesión con ella, 165, 188. 255, 256,
- de Freud. 57-8. 84-85 353*. 415-16. 434-37
- de Jung con Freud, 240-41 - de Freud, 496-98, 584-86, 678-79; su
- en el caso Dora, 292-94. 342 vitalidad durante la, 493-98, 696-97
- en el proceso analítico, 341 Véase también muerte de Freud,
- Ferenczi y la, 642 actitudes de Freud con respecto a la
- Jones y la, 491-92 muerte
Véase también contratransferencia Venecia, visitas de Freud a, 166, 482-83
transiloriedad, Freud sobre la, 197n Vere, Edward de, conde de Oxford, 711
transmicíón del pensamiento. 495. 496n verificación experimental de las teorías
trauma del nacimiento (Rank contra Freud psicoanalíticas, 583n
sobre el). 527-28. 530, 531-533, 535- Verlag. Véase editoriales psicoanalíticas:
36, 54 ln, 542-43 Verlag
Traumdeulung, Die. Véase interpretación viajes de Freud
de los sueños, La - a Atenas, 190
Tres ensayos de teoría sexual (1905), 134, - a Estados Unidos, 242-43
173-82 - a Inglaterra, 54-6. 294-95, 695-97
- ampliado en ediciones sucesivas, 180- - a Grecia, 116
81 - a París, 72-7
- la sexualidad femenina examinada en, - a Roma, 165-66, 172-73, 358, 473-75
570-72 - a Trieste, 55-7
- primer ensayo (sobre las desviaciones y - a Venecia, 166, 482-83
perversiones sexuales), 177-79 - con Minna Bemays, 103
- respuesta crítica, 228-29 - por vía aérea, 659
- segundo ensayo (sobre la sexualidad - restringidos por la enfermedad, 516-17,
infantil), 178-81 658. 635-36, 638
- traducciones, 465 vida cotidiana de Freud, 189-90, 349.
- y el caso del pequeño Hans, 295-96 Véase también vida doméstica de Freud;
Trotter, Wilfred, 218n. 453, 454 práctica privada psicoanalítica de Freud:
- fnstincts o f the H erd in Peace and War, programa diario
454 vida doméstica de Freud, 100-3, 192-95,
Tuke, D. Hack.* D ictionary o f 349.351-53
Psychological M edicine, 541-42 - durante el noviazgo, 66-7
[9 1 6 ] I n d ic e a n a l ít ic o
- Freud como centro de U vid» familiar, 85 - en el cumpleaños 83a, 711
- muebles hogareños, 198-99 - en la enfermedad y la vejez, 600-1,
- regularidad de la, 189-90 640, 660-62, 677-78; en Londres, 701-
- su gusto por la, 87 4, 707-8.715-18
- y las observancias religiosas, 665-67 - sus hijos y los, 225 y n, 238-9
Víase también creencias religiosas, - vitalismo, 58-9
Freud y las vocabulario psicoanalítico
vida familiar de Freud. Véase vida - abuso del, por los primeros analistas,
doméstica de Freud 273-74
vida privada de Freud. Víase vida doméstica - aportes de Jung, 234
de Freud; autorrevelación de Freud - en el uso general, 504-5; narcisismo,
vida social de Freud 385; mal uso. 501-2
- en París (década de 1880), 75-7 Vollaire, Franfois Marie Arouet de, 200,
- en su cincuentena, 189. 190 596, 672
vida y civilización modernas, tensiones y
presiones de la, 151, 154, 159-61, Wagner-Jauregg, Julius von, 170
180-81,383,607-9 Wagner, Richard: Los m aestros cantores,
Viena ,
201 202
- clima de opinión sobre el Waldinger, Emst (sobrino de Freud), 189
psicoanálisis, 500-2, 504-6, 639, 669, Wallas, Graham, 389.510
690, 707 Wassermann, Jakob, 21n, 508
- la casa de Freud en. Véase Berggasse Weber, Helene, 568
19, Viena Weber, Max
- la decisión de Freud de partir de, 691; - La ética protestante y el espíritu del
partida (4 de junio de 1938), 628-29; capitalismo, 190, 588-89
efecto emocional en él, 697-98; su - sobre Moisés, 673
resistencia a irse, y sus Weimar, Congreso de psicoanalistas de
racionalizaciones, 658-62, 676-77, (1911), 226, 261-63
682-85, 691-92; y las hermanas que se Weimar, República de, 498-500, 653-54
quedaban, 697-700. 706; apoyo Weininger, Otto, 186-87, 188 y n
movilizado para, 690-91 - Sexo y carácter, 186
- la familia Freud se muda a (1860), 30*1 Weiss, Edoardo, 211, 491-92. 499n
- los judíos en: a fines del siglo XIX, 37- Weiss. liona. Véase Elisabeth von R.,
45; a principios del siglo XX, 170-71;
en la década de 1930, 658, 659, 682-89 Wells, H.G., 661, 704
- los sentimientos de Freud sobre, 32-33, Weygandt, Wilhelm, 230
54-5. 171-72 White, Andrew Dickson: The H istory o f
- situación cultural de, a fines del siglo the W arfare o f Science with Theology
XDC, Freud y la, 162 in Christendom, 594/1
- transformación de, a fines del siglo White, E.B.: Is Sex Necessary?, 509-11
XIX, 41-2 White, William Alanson, 121/t, 638
- tumultos (1927), 654 Whítehead, Alfred North, 622
Véase también adherentes de Freud: Wiesbaden, Congreso de psicoanalistas de
vieneses; Berggasse 19, Viena; (1932), 647-49
Hospital General de Viena; Universidad Wiley, John Cooper, 690-692, 694
de Viena Wilson, Hugh Robert, 691, 694
Viereck, George Sylvester, 500 Wilson, Woodrow, 419, 422, 425
Vinci, Leonardo da - Freud y, 425-26, 615-25; las razones de
- el ensayo de Freud sobre, 308-15, 366- Freud para colaborar con Bullitt sobre.
67 623 y n, 624-25; conclusiones
- el retrato de Monna Lisa, 310-13 psicoanalítica*, 622-23
- Freud se identifica con, 171-72, 200. Williams, Frankwood, 5S0«, 629-30
308, 312-13 Wise, Stephen S., 503
- Santa Ana. la Virgen y el Niño, 3 0 8 , Witlel», Fritz
312-14 y n - en Estados Unidos, 599-600
Virchow, Rudolf, 59 - sobre Breuer (Freud responde), 95-6
visitantes de Freud - sobre el estatus de las mujeres, 569-70
- en el cumpleaños 80®, 677-79 - sobre Freud. 206/»; aspecto físico, 188,
I n d ic e a n a l ít ic o [917]
189; la elección de carrera, 48-50; y la 380-82, 446-47, 455
cocaína, 70; y la pulsión de muerte, - en E l y o y el ello, 458-59, 461-64
442-44; sentimientos de inferioridad, y o y el e llo . E l (1923), 442-43, 456-66
51-2/*; el estilo de sus conferencias, - redacción de, 456
191, 283
- sobre Krauss y Die Fackel, 251-52 Zenlralblatt fü r Psychoanalyse, 256. 259-
- sobre Stekel y Freud, 25 ln 60, 270-71
- y la Sociedad Psicológica de los Ziehen, Theodor, 228-30, 326
Miércoles, 209,210 Zola, Emile, 199. 454
Woolf, Leonard. 707 zonas erógenas, 178-84
Woolf, Virginia, 707 Zuckmayer, Cari, 686
Woodsworth, William: Preludio, 412 Zweig, Aroold, 677-78, 682-83, 703-4
Wulff, M., 373 Zweig, Stefan. 86n, 504-5, 509-10. 701-4
Wundc, Wilhelm: V ólkerpsychologie, 371 - sobre el papel de las mujeres austríacas,
568-69
Yahuda, Abraham Shalom, 699-700,714 - tributo de cumpleaños a Freud (1936),
yo 678-79
- aspecto inconsciente del, 461-66, 500-1 - y la Primera Guerra Mundial y su estela,
- desarrollo freudiano del concepto del. 394-95, 427, 433-35