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Esther Jimenez Pablo - La Forja de Una Identidad

libro sobre la compañia de jesus

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Sobrecubierta forja identidad 95_Maquetación 1 30/10/14 18:17 Página 1

ESTHER JIMÉNEZ PABLO es doctora en Historia


Moderna por la Universidad Autónoma de Madrid. Esther Jiménez Pablo “Por la violencia que usaron en la elección que pasó en el
Padre General Everardo (1573), los ánimos quedaron muy
Se formó en el Instituto Universitario La Corte en adversos, tanto más que la nación española está persuadida,
Europa (IULCE-UAM), bajo la dirección del Profesor 13 que queda para siempre excluida del Generalato. Esta
José Martínez Millán, con una beca predoctoral F.P.I. persuasión, sea verdadera, sea falsa, no puede dejar de
del Ministerio de Ciencia e Innovación (2007-2011). causar disgustos y desunión, tanto más que esta nación

Jiménez Pablo
fundó la Compañía, la honró, la enseñó y aún sustentó largo
Tras leer su tesis doctoral en 2011, fue contratada por
la Università degli Studi di Teramo (Italia) para el La forja de una identidad tiempo con su sustancia: punto que para la paz se debe

Esther
proyecto europeo ENBACH sobre la época barroca en remediar para adelante, so pena que cada día podremos
la Monarquía hispana y sus territorios italianos. tener mayores disgustos, y revueltas; que no son estas
Desde el 2014 tiene un contrato postdoctoral Juan de la
Cierva que desarrolla en el departamento de Historia
La Compañía de Jesús ambiciones, sino agravios muy relevantes, y muy conocidos”.
P. Juan de Mariana:
Moderna y de América de la Universidad de Granada. Discurso sobre las enfermedades de la Compañía (1605)
Sus líneas de investigación se centran en la evolución (1540-1640)

La Compañía de Jesús (1540-1640)


de la Compañía de Jesús durante los siglos XVI y XVII,
las corrientes espirituales en sus conexiones con los “Luego que vuelto de las Indias a fin del año ochenta y
grupos de poder y el papel de las misiones a través de Tradicionalmente se ha considerado a la Compañía de Jesús siete pasé por las provincias de España y vi los movimientos

La forja de una identidad


la Congregación de Propaganda Fide. como una orden religiosa cuyas estructuras, proyectadas desde e inquietud de muchos, y que del primer espíritu y caridad
sus orígenes por su fundador, no experimentaron apenas y simplicidad que yo había conocido en la Compañía se
variación a lo largo del tiempo. Si esto se ha podido observar en había mudado tanto que verdaderamente me parecía que
cuanto a su vivencia espiritual y al diseño de un proyecto no era aquella que yo había dejado diecisiete años había,
religioso común, no parece apropiado afirmar lo mismo en sino otra de muy diferente trato, concebí en mí que para el
remedio era necesario, una de dos: o visitar el Padre
cuanto a la relación que mantuvo la Compañía con los distintos
General por su persona las provincias de la Compañía, o
príncipes y poderes políticos establecidos, ya que libró una dura
convocarlas en congregación general, en el cual parecer
batalla hasta adaptarse e insertarse en las diversas cortes
hallé a muchos de los más graves Padres de nuestra
europeas de la época moderna, incluida la papal. Esa adaptación
Compañía”.
se puede seguir con claridad durante el primer siglo de
existencia de la Orden (1540-1640) y permite comprender los P. José de Acosta:
problemas a los que tuvo que hacer frente la Compañía durante Diario de la embajada a Roma (1592)
ese tiempo, así como las vacilantes actuaciones de sus primeros
miembros o los obstáculos ideológicos que le opusieron las
instituciones de su entorno. “De algunas desuniones de ánimos, y pasiones, que se
dan entre los nuestros, y universalmente una cierta
emulación, y poca caridad entre las dos Provincias de
Castilla y de Toledo. Donde en éstas un ‘visitador’
apostólico no podría hacer la justicia que los interesados
pretenden, sin tener que escuchar querellas y examinar
testimonios, y quien abra la puerta a esto, se hará un mar
de aflicciones, detracciones y odios”.
ILUSTRACIÓN DE CUBIERTA: ISBN: 978-84-96813-97-7
San Ignacio de Loyola entrega las reglas de los jesuitas Carta del General Claudio Aquaviva
al papa Paulo III al P. Miguel Vázquez (1601)
Colección
Iglesia del Gesú, Roma / © Archivo Oronoz
La Corte en Europa, 13
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Colección
La Corte en Europa

Dirigida por José Martínez Millán


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Esther Jiménez Pablo

La forja de una identidad:


La Compañía de Jesús
(1540-1640)

Madrid, 2014
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Esta obra ha recibido una ayuda a la edición


del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte

Colección La Corte en Europa, vol. 13

© Esther Jiménez Pablo

© Ediciones Polifemo
Avda. de Bruselas, 47 - 5º
28028 Madrid
www.polifemo.com

ISBN: 978-84-96813-97-7
Depósito Legal: M-32840-2014

Impresión: Sclay Print, S.A.


c/ Rayo s/n, nave 36
Pol. Ind. San José de Valderas II
28918 LEGANÉS (MADRID)
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En página anterior:
Alegoría sobre la labor misional de los jesuitas en el mundo.
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INTRODUCCIÓN

La Compañía de Jesús es la orden religiosa que ha gozado de mayor relevancia


en el mundo Moderno. Ello explica, en buena parte, el interés que siempre ha
suscitado su estudio, especialmente en las últimas décadas, hasta el punto de que
las publicaciones resultan casi inabarcables de enumerar. No obstante, todas ellas
–al menos es mi impresión– están influenciadas por los planteamientos de las pri-
meras obras que se escribieron sobre el origen y evolución, lo que ha conllevado
una serie de ventajas y de inconvenientes. Desde el punto de vista histórico, del
que parte este estudio, me parecen fundamentales (resumiendo mucho) tres líneas
de investigación, que están en consonancia con los tiempos en que surgieron:
En primer lugar, la preocupación que siempre ha existido en publicar los do-
cumentos y textos relativos a la fundación y desarrollo de la Compañía, así como
las experiencias y memorias de algunos de sus insignes miembros. En este sentido
es preciso recordar la impresionante ayuda que suponen las cartas y textos con-
tenidos en la colección Monumenta Historica Societatis Iesu, de más de ciento
cincuenta volúmenes, que aún sigue creciendo, y que se complementan con las
memorias (empezando por la propia del fundador 1) y cartas de jesuitas 2, las del
padre Luengo, en curso de publicación 3, o las historias particulares de las provincias

1 La vida y los escritos del fundador en 26 tomos que le han dedicado el MHSI: Scritti
di S. Ignazio di Loyola (que se compone de Epistolae et Instructiones, Exercitia spiritualia,
Constitutiones et Regulae Societatis Iesu, Fontes narrativi de Sancto Ignacio).
2 P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús sobre los
sucesos de la Monarquía entre los años de 1634 y 1648, 7 tomos, Madrid: Imprenta Nacional,
1861-1863 (Memorial Histórico Español: colección de documentos, opúsculos y antigüedades, que
publica La Real Academia de la Historia, vols. XIII-XIX).
3 En este sentido destaca el excelente trabajo del equipo de la Universidad de Alicante
sobre la expulsión de la Compañía. Las publicaciones de I. PINEDO IPARRAGUIRRE, I.
FERNÁNDEZ ARRILLAGA y E. GIMÉNEZ LÓPEZ siguen dando a conocer los valiosos documentos
que guardan los Diarios del P. LUENGO.

7
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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

y de los colegios jesuitas como los dos tomos del P. Bartolomé Alcázar 4, por sólo
citar los más importantes.
En segundo lugar, resulta lógico que siempre haya suscitado gran interés es-
tudiar minuciosamente la biografía del fundador, Ignacio de Loyola, y comprender
las líneas intelectuales y corrientes religiosas que le influyeron en la formación de
su espiritualidad. Ciertamente, las biografías han sido muy numerosas desde la
muerte de Ignacio de Loyola. Valga recordar, entre otras, las del P. Ribadeneyra 5,
P. Nieremberg 6, P. Andrés Lucas 7, o P. Bartoli 8, etc., entre otros, hasta el monu-
mental estudio del padre R. García-Villoslada 9; no obstante, tal vez por la devoción
y admiración que los autores muestran hacia el personaje (lo que no es obstáculo
para el rigor histórico con el que están escritas), en todas ellas aparece el desarrollo
espiritual del Santo fundador en una evolución rectilínea, casi inmutable, hasta

4 Hubo un primer intento por parte del General Aquaviva de realizar las historias de
los colegios y sus fundaciones, sentando las bases y concienciando a sus miembros de la
importancia de dejar por escrito la historia de la Compañía. Las historia particulares, a modo
de crónicas de las provincias y colegios, se han ido sucediendo en el tiempo y complementando
por historiadores jesuitas. Baste citar a Juan DE SANTIBÁÑEZ, S.I.: Historia de la provincia de
Andalucía de la Compañía de Jesús, 1600; Alonso EZQUERRA: Historia del Colegio de Alcalá.
Segunda parte (1600-1633); al P. Bartolomé ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de
Jesús en la Provincia de Toledo. Y elogios de sus ilustres fundadores, bienhechores, fautores e hijos
espirituales, 2 vols., Madrid, 1710; o los detallados estudios, más recientes, de J. SIMÓN DÍAZ:
Historia del Colegio Imperial de Madrid, 2 vols., Madrid: Instituto de Estudios Madrileños-
CSIC, 1952-1959 (2ª edición 1992), y de R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio
Romano dal suo inizio (1551) alla soppressione della Compagnia di Gesù (1773), Roma:
Universitatis Gregorianae, 1954.
5 Pedro de RIBADENEYRA: Vida de San Ignacio de Loyola, 1583.
6 J. E. NIEREMBERG: Vida del Patriarca San Ignacio de Loyola, Fundador de la
Compañía de Jesús, Madrid, 1631.
7 A. LUCAS: Vida de San Ignacio de Loyola, patriarca y fundador de la Compañía de
Jesús, Granada, 1633.
8 D. BARTOLI: Della Vita e dell’Istituto di S. Ignazio Fondatore della Compagnia di Gesù,
1650.
9 En mi modesta opinión, la biografía más completa sigue siendo la de R. GARCÍA-
VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola. Nueva biografía, Madrid: BAC, 1986. En fecha
reciente, E. GARCÍA HERNÁN: Ignacio de Loyola, Madrid: Taurus, 2013, ha publicado otra
biografía.

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Introducción

conseguir (ciertamente con sufrimientos y algunas persecuciones) de manera


clara su entidad espiritual; es decir, como si la espiritualidad que le caracterizó
y la gran institución que consiguió fundar ya estuvieran en las primeras ideas de
Ignacio de Loyola, sin percibir vacilaciones (e incluso contradicciones) en su
conducta, predominando la voluntad y actuación espiritual del Santo y relegando
a un segundo plano las complicadas circunstancias históricas que –en mi opinión–
influyeron decisivamente en la forja del espíritu ignaciano y en la creación de la
Compañía.
Estos planteamientos se aprecian en la mayor parte de los excelentes estudios
dedicados a la Compañía de Jesús 10, que tienden a presentar –bajo mi punto de
vista– una espiritualidad invariable ya desde los primeros compañeros de Ignacio,
sin especificar, o minimizando al máximo, los posibles cambios que experimentó
la ideología de la Compañía en los diferentes frentes o campos religiosos y espi-
rituales en los que actuó. En algunos casos, aplicando equívocamente la ideología
y espiritualidad ignaciana a toda la evolución de la Orden, como si el contexto his-
tórico no hubiera afectado al desarrollo y a los fundamentos de sus miembros 11.
Finalmente, el estudio de la fundación y expansión de la Compañía de Jesús
ha estado muy marcado por los planteamientos metodológicos con que se ha es-
tudiado la evolución histórica de la institución, por Asistencias, como la obra de
A. Astrain (España), H. Fouquerai (Francia), P. Tacchi Venturi (Italia), F. Rodri-
gues (Portugal), B. Durh (Alemania), S. Leite (Brasil), T. Hughes (Norteamérica).
Semejantes planteamientos son propios de la historiografía decimonónica cuando
surgió el concepto de nación. De esta manera, la historia de las distintas Asistencias
de la Compañía se ha identificado (consciente o inconscientemente) con las na-
cionalidades actuales, lo que a todas luces constituye un anacronismo, ya que
no existía tal organización política en los siglos XVI y XVII. El surgimiento del

10 Tales como los de I. IPARRAGUIRRE: Répertoire de spiritualité ignatienne de la mort de


S. Ignace à celle du P. Aquaviva: 1556-1615, Roma: Institutum Historicum Societatis Iesu,
1961; o el propio J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús: bosquejo
histórico, Santander: Sal Terrae, 1955.
11 I. IPARRAGUIRRE, S.I.: Historia de la práctica de los Ejercicios espirituales de San

Ignacio de Loyola, 2 vols., Bilbao-Roma: El Mensajero del Corazón de Jesús-Institutum


Historicum Societatis Iesu, 1946; I. IPARRAGUIRRE: Comentarios de los ejercicios ignacianos
(siglos XVI-XVIII): repertorio crítico, Roma: IHSI, 1967.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

nacionalismo en el siglo XIX conllevó a la aparición de la narración histórica en


función de justificar y dar unión a los Estados liberales ya que ponían a la sociedad
como protagonista de esta evolución. Semejante forma de entender y de explicar
la historia ha condicionado los planteamientos y las investigaciones de la Compa-
ñía de Jesús en España (o en otros Estados), toda vez que se aplican unos concep-
tos políticos actuales a una organización religiosa y a una mentalidad (la de sus
miembros) que no existían en la época, pues, tanto la organización política de las
Monarquías de la Edad Moderna como la propia naturaleza de la Orden religiosa
(perteneciente a la Iglesia universal) se regían por otras categorías y estructuras
que las del Estado liberal. Esto ha motivado que buena parte de los acontecimien-
tos ocurridos durante los primeros años de existencia de la Compañía de Jesús
hayan sido interpretados sesgadamente al analizarlos de acuerdo a unas coorde-
nadas sociopolíticas y religiosas que no existieron en la realidad histórica de aque-
llos tiempos.
Al abordar el estudio que aquí presento, lo hice desde los planteamientos his-
tóricos en los que me he formado como historiadora, los estudios interdiscipli-
nares sobre la Corte, que aplican una metodología de acuerdo a la organización
político-religiosa de la Edad Moderna, como se puede observar en los diferentes
trabajos publicados por nuestro grupo de investigación 12. Ello me ha llevado a
realizar una investigación interdisciplinar, inversa metodológicamente a las que
se han realizado hasta ahora, que siempre han tomado por guía al propio funda-
dor o a la Compañía, tratando de situarlos en el contexto histórico “nacional”,
lo que a veces entra en contradicción con el desarrollo y los intereses religiosos
del Papado. Por mi parte, he partido de la compleja realidad histórica de la época,
tanto en Castilla como en Europa, para explicar el surgimiento ideológico y re-
ligioso de Ignacio de Loyola y la fundación de su gran institución. Desde este
punto de vista, pienso que se observan con toda claridad las vacilantes actuacio-
nes del Santo en sus inicios y la configuración de su pensamiento que surgió en
esfuerzo continuo por buscar su vivencia espiritual y los obstáculos ideológicos

12 J. MARTÍNEZ MILLÁN (ed.): Instituciones y elites de poder en la Monarquía Hispana


durante el siglo XVI, Madrid: Universidad Autónoma, 1992; J. MARTÍNEZ MILLÁN:
“Introducción”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y S. FERNÁNDEZ CONTI (dirs): La Monarquía de
Felipe II. La Casa del Rey, 2 vols., Madrid: Mapfre, 2005, I, pp. 17-52; J. MARTÍNEZ MILLÁN:
“La Corte de la Monarquía hispana”, Studia Historica. Edad Moderna 28 (2006), pp. 17-61.

10
Intro Forja_Maquetación 1 10/11/14 12:11 Página 11

Introducción

que le pusieron las circunstancias e instituciones que le rodearon. Es decir, que


la identidad religiosa y espiritual de Ignacio de Loyola y de la Compañía de Jesús
se forjó en una dialéctica continua entre la complicada realidad político-religiosa
de la época y la intensa actuación del personaje. Pero además, desde nuestros
planteamientos se borran las fronteras e interpretaciones sesgadas que la histo-
riografía nacional ha introducido al estudiar la formación y componentes de la
Compañía.
En el capítulo primero estudio la situación político-religiosa que existía en
los tiempos en que Ignacio de Loyola comenzó sus inquietudes espirituales. Las
primeras décadas del siglo XVI –período en que se forjó el pensamiento religioso
de Ignacio de Loyola– constituye uno de los momentos más complejos y de
mayor riqueza de tendencias espirituales e ideológicas en los reinos hispanos.
Fueron también los años en los que se configuró la entidad política que se conoció
como la Monarquía hispana, con unas pretensiones de expansión universal, cons-
truida por unas élites castellanas cuyos objetivos políticos e ideología religiosa
eran contrarios a los propugnados por los sectores sociales y el panorama cultural
en los que se inició Ignacio de Loyola.
En efecto, la sociedad castellana experimentó un movimiento de renovación es-
piritual radical a finales del siglo XV y principios del XVI, semejante a los que se
produjeron en otras partes de Europa, que darían lugar a la Reforma, pero que
–en el caso hispano– se complicó al ser apoyado por grupos eminentemente judeo-
conversos; es decir, judíos que, tras los progroms de 1391, se habían convertido ma-
yoritariamente al cristianismo y buscaron una espiritualidad radical (que
correspondía con la profunda transformación mental que habían realizado), basada
en los textos bíblicos, lo que dio lugar –en muchos casos– a la herejía “alumbrada”
o –en otros casos– a tendencias espirituales intimistas y místicas. Semejantes co-
rrientes religiosas, discrepaban de otras tendencias renovadoras que estaban basadas
en unos principios ascéticos, propios de una espiritualidad forjada en la superación,
el cumplimiento de las normas y la razón, como correspondía a los sectores sociales
que, desde hacía generaciones, venían ejerciendo a través de la guerra contra el in-
fiel. Desde el punto de vista político, los primeros se alinearon bajo la protección
de la reina Isabel la Católica (“isabelinos”), y los segundos bajo el patronazgo del
rey Fernando el Católico (“fernandinos”). Estos últimos sectores sociales eran los
que habían colaborado, generación tras generación, con los monarcas en la recon-
quista de territorios a los musulmanes, extendiendo el cristianismo. Sus valores,

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

ideología y forma de vida eran completamente distintos de los grupos sociales an-
teriormente mencionados y, a finales del siglo XV, una vez acabada la Reconquista,
se hallaban desplazados de los cargos de poder por las elites judeoconversas. Fueron
estos grupos los que exigieron el establecimiento de la Inquisición (porque acusaron
a los conversos de no haberse convertido sinceramente al cristianismo) y los que
establecieron una serie de normas externas que demostrasen la autenticidad del
cristianismo practicado (normas externas) y la “sinceridad” de la conversión rea-
lizada por los judíos mediante la imposición del expediente de “limpieza de san-
gre”. Esta elite social, a medida que transcurrió el reinado de Carlos V (1517-1555),
se fue imponiendo en los puestos principales del gobierno del Imperio y sus miem-
bros llevaron a cabo la configuración de la Monarquía hispana de Felipe II (1555-
1598).
De esta manera, se comprenden los problemas que Ignacio de Loyola tuvo
en su formación intelectual y la convicción de que su pleno desarrollo espiritual
(y la creación de la futura Compañía de Jesús) no podía llevarse a cabo en Castilla,
sino lejos de los reinos hispánicos. En efecto, la vivencia espiritual radical que
Ignacio de Loyola practicó en Alcalá de Henares durante su etapa de estudiante,
tras su conversión, suscitó entre determinados sectores sociales la sospecha de que
era un hereje “alumbrado”; lo salvó del proceso inquisitorial la declaración
que hizo de que se sometía a la doctrina de la Iglesia. Sin embargo, fue en el con-
flicto que tuvo en Salamanca con la Orden de Santo Domingo, cuando se percató
del problema religioso-político que existía en Castilla. Tuvo tiempo de meditarlo
durante los días que estuvo preso y de convencerse de que su desarrollo espiri-
tual, con la radicalidad que él lo entendía, no podía desarrollarse en centros de
estudios hispanos, por lo que se marchó a París.
En el capítulo segundo, se analiza la realidad histórica de Castilla, durante la
regencia de la princesa doña Juana de Austria y la ideología religiosa y espiritua-
lidad que se practicaba en la corte de Lisboa, demostrando que la expansión de
la primera Compañía (en la península Ibérica) se debió, en buena medida, a que
coincidió con el gobierno de los grupos políticos afines a Ignacio de Loyola, cuyos
componentes practicaban la misma espiritualidad “recogida”. Asimismo, la apro-
bación del Pontífice de la Compañía, estuvo en relación con el nacimiento de
nuevas órdenes religiosas y la llegada de reformadores carismáticos a Roma, justo
después del saco de las tropas del emperador Carlos V. Su finalidad era la de re-
novar la Ciudad Santa para hacer de ella un centro espiritual prestigioso, desde

12
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Introducción

el que educar a los religiosos que luego debían extender la espiritualidad romana
por el resto de estados. Como no podía ser de otra manera, esta renovación espi-
ritual, que pronto se extendió por toda Italia, significaba –de manera indirecta– un
rechazo a la política hispana en los territorios italianos. Así se explica el movimiento
espiritual iniciado por Felipe Neri, cuya importancia es reconocida por la histo-
riografía como uno de los mayores artífices de la renovación católica.
La expansión de la Compañía por Castilla (y en general, por los reinos hispa-
nos) vino favorecida por el cambio de gobierno. La muerte de los grandes patronos,
Cobos y Tavera (entre 1545 y 1547), seguida de la división que se produjo entre
los personajes de la nueva generación, fue aprovechada por Ruy Gómez de Silva
para consolidar una clientela, que le permitió alzarse como gran patrón cortesano.
En estas circunstancias comenzó a fraguarse como facción política un nuevo grupo
cortesano liderado por el noble portugués, príncipe de Éboli, que había llegado a
Castilla –junto a su abuelo– sirviendo a Isabel (esposa de Carlos V). El noble por-
tugués consiguió aglutinar todos aquellos sectores sociales que habían sido des-
plazados por el partido “castellano”. A nivel ideológico, los componentes de este
grupo seguían la senda espiritual del recogimiento y de la espiritualidad interiorista
que las hijas y nietas de Isabel la Católica (todas reinas portuguesas) habían im-
puesto en la corte de Lisboa, así como la línea humanista que practicaban los des-
plazados en Castilla. Desde el primer momento, las relaciones del partido
“ebolista” con el nuncio y con el Papado fueron muy estrechas y fluidas, dado que
perseguían una reforma de la cristiandad, guiada por la cabeza de la Iglesia y, po-
líticamente, tanto Roma como los miembros de la facción “ebolista” se sentían
agraviados por la forma de gobierno y la invasión de jurisdicción que realizaban
los gobernantes de Carlos V.
Fue por estos años (1545) cuando los padres Fabro y Araoz llegaron a la ciudad
de Valladolid, donde residía la corte, con los jóvenes príncipes, Felipe II y su esposa
María de Portugal. Allí encontraron a personajes que les apoyaron, no solo la joven
princesa, sino también, el nuncio Poggio; don Juan de Zúñiga, comendador de
Castilla; el secretario del Consejo de Inquisición, Juan Martínez de Lasao, casado
con doña Catalina de Loyola, sobrina de Ignacio, etc. La labor de apostolado y cap-
tación realizada por estos dos personajes en la corte castellana fue intensa y muy
fructífera. Si en un principio, no parece que hubiera distinción de facciones en el
apoyo que experimentaron los jesuitas por parte de los nobles cortesanos, muy
pronto comenzaron a suscitarse duras críticas contra la espiritualidad practicada

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

por los primeros jesuitas, a los que acusaban de herejes y alumbrados. Melchor
Cano, que acababa de conseguir la cátedra de teología en la universidad de Sala-
manca, comenzó a fijar su pensamiento teológico, fiel reflejo de ideología religiosa
de la facción “castellana”, dando su opinión sobre los temas más candentes de la
época: sobre la licitud de la conquista de América o condenando la espiritualidad
de los primeros jesuitas, a quienes tachaba de seguir la corriente “alumbrada”. A
partir de entonces se puede observar que los personajes que acogieron y protegie-
ron a los jesuitas sin ningún recelo fueron los nobles y las mujeres de la familia
real, que compartían la espiritualidad predicada por estos jesuitas, sobre todo
cuando el propio Pontífice había bendecido este tipo de espiritualidad que había
sido mirada con recelo durante la época en que Ignacio la practicaba en Alcalá y
Salamanca.
Durante la regencia de doña Juana de Austria la religiosidad recogida tuvo
un momento de expansión y la Compañía de Jesús tuvo un fuerte apoyo en la
corte, hasta el punto que la propia doña Juana ingresó en la Orden, algo insólito
dentro de la Compañía, igual que también ingresó el duque de Gandía, Francisco
de Borja, uno de los nobles más poderosos de la Monarquía, que también padeció
la persecución del Santo Oficio a causa de su opción espiritual. La expansión de la
Compañía de Jesús en Castilla tuvo lugar en estos años y bajo esta coyuntura tal
y como lo demuestra el hecho de que, en 1547, el padre Araoz, sobrino de Ignacio
de Loyola, fuera nombrado provincial de toda España y, pocos años después, en
1554, la península tuviera que dividirse en tres provincias (Castilla, Andalucía y
Aragón; además de Portugal), reservando la potestad de la provincia castellana
al padre Araoz.
En el capítulo tercero se analiza la transformación que experimentó la Com-
pañía debida a la influencia de los movimientos reformistas surgidos en el Pa-
pado. El origen de esta transformación, ideada desde Roma, se encontraba en la
III Congregación General, cuando en 1573, tras el fallecimiento de Francisco de
Borja, los jesuitas vocales reunidos en dicha asamblea se disponían a elegir al
cuarto General de la Compañía. Durante la convocatoria, un grupo de padres
italianos descontentos con el gobierno de los padres españoles que copaban car-
gos superiores como rectores de los colegios italianos, se propusieron dar un giro
en esta elección. Si bien la política de los anteriores generales, todos ellos de ori-
gen hispano, fue la de ayudarse de jesuitas españoles para extender la Compañía
y gobernar los colegios extranjeros, durante el generalato de Francisco de Borja,

14
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Introducción

esta situación se hizo insostenible, debido a las continuas quejas de algunos reli-
giosos italianos molestos por el “modo hispano” de gobernar que tenían los supe-
riores españoles. Por ello, durante el generalato de Borja, este grupo de jesuitas
italianos se fue fortaleciendo en su convicción de que la única manera de salir de
aquella situación era la de conseguir que saliera elegido un General no hispano,
no obstante, este objetivo no sería realizable sin la intervención directa del Pon-
tífice Romano, ya que, como en anteriores Congregaciones, difícilmente saldría
elegido un general no hispano siendo la inmensa mayoría de los vocales reunidos
de origen español.
Los hechos que sucedieron durante la Congregación General de 1573 vienen
a corroborar la transformación espiritual de la Compañía promovida por un con-
junto de padres italianos quienes, a través de su epistolario y su actuación, sabemos
que formaron un grupo que se fue consolidando poco a poco, cuyo objetivo era la
reforma dello spirito de la Compañía de Jesús, y a cuyos integrantes de este movi-
miento se les ha llamado “reformadores espirituales”. Durante la convocatoria a
puertas cerradas para llevar a cabo la elección del cuarto General, celebrada el 22
de abril, apareció de improviso el cardenal de Como, secretario del pontífice Gre-
gorio XIII, quien en nombre de Su Santidad, decretó que no saliese elegido de
nuevo un General hispano. El revuelo y desconcierto entre los superiores espa-
ñoles presentes en la Congregación fue tal, que se decidió posponer la elección
para tratar de persuadir al Pontífice de que su precepto no siguiera adelante. De
entre los congregados, la mayoría de origen español, muchos eran importantes fi-
guras del gobierno de la Compañía desde el momento de su fundación. Entre
otros, estaban presentes antiguos compañeros de Ignacio de Loyola, como los pa-
dres Alfonso Salmerón y Jerónimo Doménech, también destacaban los padres
Nicolás Bobadilla, Jerónimo Nadal, Antonio Cordeses, Diego de Avellaneda, Cris-
tóbal Rodríguez, Dionisio Vázquez, Pedro de Ribadeneyra y Juan Alfonso de Po-
lanco, este último como Vicario General de la Congregación. En un intento por
revocar la decisión del Pontífice, estos religiosos hispanos escribieron un memorial
que entregaron a Gregorio XIII, en el que se le presentaban todos los inconvenien-
tes y agravios que se realizaban contra la Monarquía hispana si se excluía la posi-
bilidad de que saliera elegido un General español. La referencia a Felipe II en este
documento era obvia, advirtiendo al Pontífice la posibilidad de que el monarca
hispano provocara la división de la Compañía; una rama española con un General
hispano, y aparte, el resto de la Orden con un General que gobernase desde Roma.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Ante tal presión, Gregorio XIII tuvo que ceder, optando por revocar su mandato,
no sin antes añadir que por esta vez le gustaría que no saliese elegido un español,
manifestando su predilección por la persona del P. Everardo Mercuriano, quien
se convirtió en el cuarto General de la Compañía.
De este modo, se conseguía romper, en 1573, la línea sucesoria de generales
de origen hispano (Loyola-Laínez-Borja), cumpliendo así un claro objetivo: evi-
tar la elección segura del secretario P. Juan Alfonso de Polanco, de clara tendencia
a que la Orden siguiese gobernada y marcada ideológicamente por una línea emi-
nentemente hispana. Como no podía ser de otra manera, algunos superiores es-
pañoles, los más molestos con esta elección, optaron por quejarse a la corte
madrileña en busca de la mediación de Felipe II; no obstante, el monarca no pudo
intervenir en este asunto, ya que el Pontífice sutilmente había puesto sus ojos en
la persona de Mercuriano, de origen flamenco, y por lo tanto vasallo igualmente
del monarca hispano.
Por una relación que el P. Possevino envió al General Mercuriano en 1576, se
sabe que, en la Congregación General de 1573, hubo toda una trama para evitar
la elección de un jesuita hispano. El protagonista de esta estratagema era un je-
suita italiano, el P. Benedetto Palmio, Asistente de Italia, conocido en los círculos
curiales de Roma, que mostraba abiertamente su odio y su malestar al gobierno
de los superiores hispanos. De esta intriga por parte de un grupo de jesuitas ita-
lianos para que no volviera a salir elegido un general español, se hace eco el P.
Astrain en su obra, precisamente poniendo de manifiesto las quejas de algunos
superiores de provincias extranjeras, como las del P. Benedetto Palmio. Sin em-
bargo, no le dio demasiada importancia a este hecho, y en cambio sobrevalora, a
mi juicio, el episodio en que se expone la influencia de un jesuita portugués, el
P. León Henríquez, que según Astrain y otros historiadores, consiguió persuadir
a Gregorio XIII de que el P. Polanco no saliese elegido por su condición de cris-
tiano nuevo. Esta idea pierde sentido si se tiene en cuenta la política de Roma
ante la cuestión de los judeoconversos, a los que nunca excluyó, por lo tanto, no
tenía peso en la política de Gregorio XIII el que se tratara de alejar del Generalato
al P. Polanco por sus raíces judeoconversas, y menos aún, cuando Diego Laínez,
también de raíces judeoconversas, había sido General. Resulta más lógico pensar
que la aversión al gobierno hispano de la Compañía por parte de un grupo de
padres italianos “reformadores”, cercanos a la curia papal, influyó en la decisión
de Gregorio XIII.

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Introducción

Este grupo de jesuitas “reformadores” italianos desarrollaron un fuerte sentido


de la caridad, dieron mucha importancia a la predicación por las calles y a la cercanía
a los jóvenes y defendieron la frecuencia de la eucaristía, y en este particular modo
de entender la pastoral es preciso destacar la influencia en estos jesuitas de la co-
munidad de presbíteros dirigida por Felipe Neri, pues este Santo y su grupo de es-
pirituales acudían con frecuencia a las iglesias jesuitas, donde compartían lecturas
y un mismo sentido de pastoral para actuar en la sociedad cristiana. Estas caracte-
rísticas que compartían los jesuitas “reformadores” italianos les fueron separando
de la actividad espiritual y pastoral del común de la Orden, acercándoles más a las
comunidades de sacerdotes que estaban contribuyendo a la renovación espiritual de
Roma. Con todo, las ansias por reformar el espíritu de la Compañía de este grupo
de jesuitas aumentaron cuando estos jesuitas pasaron a ser protegidos por el cardenal
Carlos Borromeo desde Milán. Dicho cardenal confió exclusivamente a los jesuitas
“reformadores” la educación de la diócesis de Milán, enfrentándose a los Generales
en numerosas ocasiones, y trató de influir en las Congregaciones jesuitas para colocar
a la cabeza de la Compañía un jesuita del grupo de “reformadores”. Esta intromisión
del cardenal Borromeo en el espíritu de la Compañía debe ser entendida como par-
te del extenso programa pastoral de Borromeo para contribuir a la transformación
espiritual de Milán y a la renovación administrativa y espiritual que el cardenal había
iniciado en Roma desde hacía tiempo. Ciertamente, en Roma, Borromeo participó
activamente en el paulatino proceso de reforzamiento del centralismo romano, que
tomó forma antes incluso del comienzo del concilio de Trento. Desde la primera
mitad del siglo XVI, se fue abandonando en Roma el consistorio medieval, órgano
desde el cual el Pontífice junto con los cardenales, tomaban colegialmente las deci-
siones más importantes. A la vez que se fueron consolidando nuevos órganos de go-
bierno, destacando por su importancia las congregaciones cardenalicias, de carácter
permanente, llamadas a reforzar el poder personal del Pontífice, ya que actuaban
directamente dependientes de la decisión papal. Este nuevo ordenamiento se acen-
tuó más a raíz del pontificado de Pío V, cuando la Santa Sede se alzó como la única
depositaria capaz de interpretar y aplicar en los reinos católicos los decretos conci-
liares de Trento, frente a la usurpación de la jurisdicción eclesiástica que venían re-
alizando Carlos V y su hijo Felipe II.
En el capítulo cuarto se estudia la profunda transformación que experimentó
la Compañía y sus problemas en la Monarquía hispana, que a punto estuvo de
fragmentarse por la obediencia debida al rey. Desde el punto de vista ideológico y

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

religioso, el objetivo de Felipe II y sus ministros castellanos fue la implantación de


la confesionalización católica en todos sus reinos. Después de Trento, la homoge-
neización ideológica que impuso Felipe II con el fin de crear la Monarquía hispana
propició la revitalización de los estatutos de pureza de sangre. Los miembros del
denominado partido “castellano”, que colaboraron activamente en la configuración
política de la Monarquía de Felipe II, defendieron esta limpieza de sangre al mismo
tiempo que buscaron la legitimación de la Monarquía filipina en la tradición cas-
tellana (visigodos). Esta justificación de la actuación política a través de la religión
provocó que, con frecuencia, los intereses políticos del monarca se enfrentasen a
los del Papado. En estas circunstancias, la evolución de la Compañía de Jesús den-
tro de la corte hispana entró en una clara contradicción: por una parte, la religio-
sidad que pretendía implantar Felipe II debía estar subordinada a sus intereses
políticos; por otra parte, los miembros que habían fundado la Compañía habían
jurado una obediencia directa e inquebrantable al Pontífice, por lo que los proble-
mas entre el nuevo equipo de gobierno de la Monarquía y los dirigentes de la Com-
pañía no tardaron en aparecer. La ausencia de fundaciones de colegios y casas
profesas durante la década de 1570 confirma esta situación. Los letrados “caste-
llanos” responsables de la política confesional de Felipe II intentaron por todos los
medios que la Compañía se sometiera a la reforma que el monarca estaba llevando
a cabo en todas las órdenes religiosas de sus reinos; por su parte, los dirigentes de
la Compañía en Roma se negaban, alegando que estaban bajo la jurisdicción directa
del Pontífice. En esta difícil coyuntura, comenzaron a aparecer diversos memo-
riales de crítica, dirigidos a Roma, en los que se proponía cambiar los estatutos y
organización de la propia Compañía. Aunque los memoriales se han interpretado
de muchas maneras, sin duda alguna, eran el reflejo de un temor de que la orden
podía ser perjudicada ante la evolución política que la Monarquía estaba tomando,
de ahí, que propusieran un cambio en sus ordenanzas y una adaptación a los inte-
reses o proyectos de las élites castellanas que diseñaban la nueva Monarquía. Los
autores de los memoriales son conocidos: Dionisio Vázquez, Francisco Abreo,
Gonzalo González, Enrique Enríquez, etc., y se les ha descalificado acusándolos
de buscar el provecho propio y el ascenso social en vez de mirar por el bien de la
institución. En mi opinión, ninguno de ellos poseía la autoridad moral dentro de
la Orden para proponer, en primera instancia, una medida de tal envergadura, y
si se convirtieron en un auténtico problema para el general Mercuriano y Aquaviva,
fue porque el partido “castellano”, desde la corte madrileña, les dio voz.

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Introducción

Efectivamente, a partir de 1586, esta división dentro de la Compañía se ma-


nifestó a través de numerosos memoriales, escritos en su mayoría por jesuitas,
pero hubo también algunos escritos de dominicos, en los que –con frecuencia–
no aparecían nítidas las causas que los provocaban. Con todo, si se analizan más
en detalle, se puede afirmar que mientras las críticas de los jesuitas iban dirigidas
a la organización y estructura de la Compañía –en definitiva a la dependencia de
la Compañía a Roma–, los escritos de los dominicos criticaban las facultades y
los privilegios de la Orden, muy diferentes de lo que se admitía en la Monarquía
hispana en cuestiones de jurisdicción religiosa. En la congregación de Castilla,
celebrada el 25 de abril de 1587 parece que las voces de esta facción, apoyados
por la Inquisición y por aquellos religiosos que defendían las tesis “hispano-cas-
tellanas”, se dejaron sentir con mayor ruido que las de los padres fieles a Roma,
por lo que, los personajes cercanos al rey, pudieron proponerle que Jerónimo
Manrique, un personaje ajeno a la Compañía, realizase una visita para su refor-
mación, borrando sus privilegios. La presión de la facción castellana debió de
ser muy fuerte en Roma, ya que el propio Sixto V ordenó a la Congregación del
Santo Oficio que examinase las constituciones de la Orden, lo que no se llegó a
ejecutar por el fallecimiento del pontífice. Ante este ambiente de confusión y re-
vuelta, los memoriales se multiplicaron y el general Aquaviva no tuvo más remedio
que celebrar la quinta Congregación General de la Compañía, de carácter ex-
traordinario, en la que se propuso la modificación de algunos de sus privilegios,
cediendo Aquaviva en la imposición del estatuto de limpieza en el seno de la
Orden, entre otras obligaciones.
Aunque pueda parecer lo contrario, al final, lo que se aprecia es que el general
Aquaviva había conseguido imponer los ideales de Roma en la dirección y espiri-
tualidad de la Compañía. Por una lado consiguió persuadir al Rey Prudente de
que la Compañía no fuera visitada inquisitorialmente por Jerónimo Manrique,
sino que fuera realizada por dos superiores jesuitas, los padres José de Acosta y
Gil González Dávila, que no cambiaron en nada sustancial el gobierno de la Com-
pañía. Por otra parte, la curia jesuítica había conseguido que las directrices polí-
ticas que pretendía el Papado (esto era, eludir la intromisión jurisdiccional de la
Monarquía hispana) se habían impuesto y la nueva organización que se pretendía
dar a la Compañía estaba acorde a la transformación que estaba llevando el go-
bierno de la Iglesia. A cambio, en la Congregación extraordinaria de 1593-1594,
la Compañía tuvo que asumir aquellas reivindicaciones “hispanas” que habían sido

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

objeto de crítica: reconocían la jurisdicción de la Inquisición en materias de las


que habían estado exentos los jesuitas por privilegios pontificios, tales como la ab-
solución de herejes in foro conscienciae, admitían los estatutos de pureza de sangre
para ingresar en la Orden (lo que ocasionó graves problemas entre sus miembros)
y consentían que los miembros de la Compañía ocupasen cargos en la Inquisición
española. A partir de entonces, los problemas de la Compañía en la corte hispana
no se acabaron, pero sí que fueron de otra índole, ideológicos y doctrinales con
respecto a otras órdenes religiosas, como fue el caso de la controversia de auxiliis.
En el capítulo quinto analizo las discrepancias entre jesuitas en el confesionario
de la reina Margarita de Austria debido a la fidelidad de sus miembros debida a
Roma o a Madrid. Este capítulo constituye un ejemplo más de la identidad que va
adquiriendo la Compañía, de manera paulatina, y que se hizo siempre en fuerte
oposición con otros criterios e intereses como se observa durante el reinado de Fe-
lipe III. Efectivamente, fue en el siglo XVII cuando el Papado consiguió extender su
ideología religiosa por las diferentes cortes europeas católicas. En esta empresa, los
Pontífices contaron sobre todo con el apoyo de la Compañía de Jesús y de las órde-
nes reformadas, que se encargaron de difundir la espiritualidad radical dependiente
de Roma. En la Monarquía Católica, la conciencia de la mayoría de los nobles y
miembros de la familia real –exceptuando al rey– era entonces dirigida por la Com-
pañía de Jesús, lo que demuestra el crédito que esta Orden adquirió a principios
del siglo XVII, y el cambio que se había producido con respecto al reinado anterior.
Los cambios producidos en la Compañía durante el reinado de Felipe III se analizan
a la luz de la actuación política y religiosa de Clemente VIII, que ha sido considerado
el heredero directo del espíritu reformador de Sixto V y el artífice del mayor número
de las nuevas instituciones. Este Pontífice mantenía una estrecha relación con la
reina Margarita de Austria, a la que enviaba constantes regalos en forma de reliquias
sagradas que enfatizasen la educación radical y piadosa recibida en Gratz por miem-
bros de la Compañía. La llegada de Margarita a la corte madrileña, acompañada
por su confesor jesuita Ricardo Haller, desequilibró las fuerzas de los poderes entre
facciones cortesanas; a partir de entonces Roma comunicó con la Reina buena parte
de los asuntos jurisdiccionales, lo que trajo numerosos enfrentamientos con el
duque de Lerma, quien no consiguió ganarse la confianza ni de Clemente VIII, ni
del siguiente papa, Paulo V. Estos problemas tuvieron su reflejo en los confesores
de las facciones de poder; los jesuitas del equipo de Lerma se empeñaron en ex-
pulsar de la corte a los jesuitas que rodeaban a la Reina. Asimismo, los problemas

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Introducción

entre el P. Fernando de Mendoza, confesor de la condesa de Lemos, hermana de


Lerma, y el General Aquaviva por la desobediencia del confesor jesuita, confirman
el malestar que todavía persistía en algunos jesuitas por la profunda transformación
que desde Roma se estaba llevando a cabo en la Compañía, y de la que, Felipe III,
no tuvo ninguna objeción.
Finalmente, en el capítulo sexto se estudia la actuación de la Compañía de
Jesús al servicio del Papado y de la religión católica, plenamente en consonancia
con las ideas del Pontífice. Para entonces, la identidad de la Compañía estaba clara
y esto se manifestó en su contribución a justificar el ideal religioso y la actuación
política de la entidad política que se ha conocido como “Monarquía Católica”.
Destacados jesuitas hispanos del barroco como los padres Nieremberg, Clement
o Gracián, con el respaldo del general Vitelleschi y del Pontífice Urbano VIII, tras-
ladaron con sus escritos a la Monarquía Católica, la imagen perfecta del príncipe
católico radical y piadoso que se había creado en torno al emperador Fernando II,
cuyas virtudes y comportamiento debía copiar Felipe IV. Asimismo, potenciaron
esta unión entre el Imperio y la Monarquía a través del programa de devociones
piadosas que estos príncipes debían realizar diariamente. Fue lo que se conocía
como la Pietas Austriaca. Se trataba de un conjunto de virtudes piadosas que se
consideraban innatas a la dinastía de los Habsburgo en su doble rama, y que servía
para que la divina Providencia concediese el dominio político a los Austrias. Esta
unión dinástica era beneficiosa para Roma, pues no tenía cabida si no era bajo el
respeto y la obediencia al Pontífice. Para elaborar mejor la piedad austriaca, el mo-
narca y el emperador debían imitar el ejemplo del conde Rodolfo quien, al ir de
caza adoró al Santísimo Sacramento cuando se cruzó con un clérigo que lo llevaba,
al que prestó su caballo en señal de respeto a la Iglesia, por lo que, según la leyenda,
la divinidad le premió su reverencia con su elección como emperador, inaugurando
así la dinastía de los Habsburgo vinculada al Imperio. Se analiza por tanto un siglo,
1540-1640, durante el cual se forjó la identidad de la Compañía de Jesús que hoy
todos conocemos, en un difícil equilibrio ante dos instituciones de poder –el Papado
y la Monarquía hispana–, a menudo enfrentadas, que marcaron las directrices a
seguir.

* * *

21
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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Este trabajo es el fruto de mi tesis doctoral, que pude realizar con ayuda de
la beca FPI concedida por el Ministerio de Ciencia e Innovación, asociada al pro-
yecto de investigación: La Monarquía Católica en la encrucijada (1598-1648):
¿La obediencia a Roma o a los intereses de los reinos? (nº de referencia HUM2006-
12779-C03-01).
Cualquier trabajo de investigación de cierta entidad es fruto del esfuerzo per-
sonal, sin duda, pero también de una serie de personas que nos apoyan, dirigen
y orientan. En este sentido, no puedo olvidar a los bibliotecarios y archiveros de
la Biblioteca y el Archivo Romano de la Compañía de Jesús, del Archivo Secreto
Vaticano y de la Biblioteca Apostólica Vaticana, y de la British Library, donde
pasé largas estancias de investigación. En España aprecio la eficacia del personal
del Archivo General de Simancas, del Archivo Histórico Nacional, de la Biblio-
teca Nacional, del Archivo Histórico de las Provincias de Toledo y Andalucía de
la Compañía de Jesús, y de la Biblioteca de la Universidad Pontificia Comillas.
Sin todos ellos difícilmente (y sin duda me hubiera costado mucho más tiempo)
hubiera hallado la documentación pertinente que he consultado y que aparece
citada en este estudio.
He tenido la suerte de iniciarme en la investigación dentro de un equipo de
trabajo que fundó el Instituto Universitario La Corte en Europa, lo que significa
que, cuando llegué, ya se empleaba una metodología definida y ya existía un am-
biente de trabajo que propiciaba la investigación. El diálogo distendido y discu-
siones con profesores e investigadores del centro me hicieron asimilar los
planteamientos que he aplicado sin esfuerzo aparente, merced a este aprendizaje
“informal”. En este aspecto quiero agradecer los consejos y conversaciones man-
tenidas con todos ellos, y en especial, con mi maestro el profesor José Martínez
Millán.
No puedo olvidar a la profesora Mª Antonietta Visceglia, que fue mi tutora y
directora de investigación durante mis estancias en Roma, al igual que la profe-
sora Mª José Rodríguez-Salgado durante mi estancia en Londres.

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ABREVIATURAS

ADP Archivio Doria Pamphilj, Roma


AEA Archivo Español de Arte
AGS Archivo General de Simancas, Valladolid
E Estado
CSR Casa y Sitios Reales
GJ Gracia y Justicia
AHN Archivo Histórico Nacional, Madrid
AHP Archivum Historiae Pontificae
AHPTSI Archivo Histórico de la Provincia de Toledo de la Compañía de Jesús,
Alcalá de Henares
AHSI Archivum Historicum Societatis Iesu
AIA Archivo Ibero-Americano (Revista Franciscana de estudios Históricos)
AMAE Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid
ARSI Archivum Romanum Societatis Iesu
Aquit. Assistentia Galliae. Provincia Aquitaniae
Arag. Assistentia Hispaniae Provincia Aragoniae
Cast. Assistentia Hispaniae Provincia Castellana
Congr. Congregationes Generales et Provinciales
Epp. Ext. Epistolae Externorum
Hisp. Assistentia Hispaniae
Hist. Soc. Historia Societatis
Ital. Assistentia Italiae
Lus. Assistentia et Provincia Lusitania
Mediol. Assistentia Italiae Provincia Mediolanensis
Neap. Assistentia Italiae Provincia Neapolitana
Tolet. Assistentia Hispaniae Provincia Toletana
ASV Archivo Secreto Vaticano, Roma
BAV Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma
BHR Biblioteca Hospital Real de Granada, Granada
BIHSI Bibliotheca Institutum Historicum Societatis Iesu, Roma
BNE Biblioteca Nacional de España, Madrid
Mss Manuscritos
R Raros
VE Varios Especiales
BNCR Biblioteca Nazionale Centrale di Roma
BRAH Boletín de la Real Academia de la Historia

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Abreviaturas

BL British Library, Londres


Mss. Add. Additional Manuscripts
Mss. Eg. Egerton Manuscripts
CODOIN Colección de documentos inéditos para la Historia de España
DBI Dizionario Biografico degli Italiani
DHSI Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús
IVDJ Instituto Valencia de Don Juan, Madrid
MHSI Monumenta Historica Societatis Iesu
RABM Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos
RAH Real Academia de la Historia, Madrid
VBA Veneranda Biblioteca Ambrosiana, Milán

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Esther Jiménez Pablo

La forja de una identidad:


La Compañía de Jesús
(1540-1640)
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CAPÍTULO I

LA IMPRONTA RELIGIOSA Y POLÍTICA DE IGNACIO DE LOYOLA

Las primeras décadas del siglo XVI –período en que se forjó el pensamiento
religioso de Ignacio de Loyola, que daría lugar a la fundación de la Compañía de
Jesús– constituye uno de los momentos más complejos y de mayor riqueza de ten-
dencias ideológicas en los reinos hispanos 1. Fueron también los años en los que
se configuró la Monarquía hispana como organización política con poder universal
y las distintas elites sociopolíticas que la construyeron se identificaron con una
concreta corriente ideológica y práctica espiritual.
Desde el punto de vista religioso, la sociedad castellana experimentó un mo-
vimiento de renovación espiritual radical a finales del siglo XV y principios del
XVI, semejante a los que se produjeron en otras partes de Europa, que dieron
lugar a la Reforma, pero que –en el caso hispano– se complicó al ser apoyado por
grupos eminentemente judeoconversos; es decir, judíos que, tras los progroms de
1391, se habían convertido mayoritariamente al cristianismo y buscaron una es-
piritualidad radical (que correspondía con la profunda transformación mental
que habían realizado), basada en los textos bíblicos, lo que dio lugar –en muchos
casos– a la herejía “alumbrada” o –en otros casos– a tendencias espirituales in-
timistas y místicas 2. Desde el punto de vista social y político, este grupo repre-
sentaba una élite dedicada a las finanzas y a la administración, que ocupaban los
puestos más influyentes del gobierno de las ciudades y de la corte de los reyes,

1 Capítulo III de J. I. GARCÍA VELASCO, S.I. (ed.): San Ignacio de Loyola y la Provincia
jesuítica de Castilla, León: Sal Terrae, 1991, pp. 63-113.
2 E. MITRE FERNÁNDEZ: “De los Progroms de 1391 a los ordenamientos de 1405 (Un
recodo en las relaciones judíos-cristianas en la Castilla Bajomedieval)”, Espacio, tiempo y
forma. Serie III: Historia medieval 7 (1994), pp. 281-288.

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Capítulo I

cuyos miembros colaboraron y sirvieron a los monarcas del siglo XV en la orga-


nización política de las nuevas Monarquías 3.
Frente a estas tendencias religiosas, existieron otras corrientes que también
buscaban la renovación, pero que estaban basadas en unos principios ascéticos,
propios de una espiritualidad forjada en la superación, el cumplimiento de las
normas y la razón como correspondía a los sectores sociales que, desde hacía mu-
chas generaciones, venían ejerciendo frente al infiel el proceso denominado “Re-
conquista”. Sus valores, ideología y forma de vida eran completamente distintos
de los grupos sociales anteriormente mencionados y, a finales del siglo XV, cuando
aparecen las nuevas formas de organización política (la corte), se hallaban des-
plazados de los cargos de poder por las elites judeoconversas. Fueron estos sec-
tores los que exigieron el establecimiento de la Inquisición (porque acusaron a
los conversos de no haberse convertido sinceramente al cristianismo) y los que
establecieron una serie de normas externas que demostrasen la autenticidad del
cristianismo practicado y la “sinceridad” de la conversión realizada por los judíos
mediante la imposición del expediente de “limpieza de sangre” 4.
Ambas tendencias buscaban un cristianismo más auténtico y renovador que
satisficiese sus inquietudes religiosas. Ahora bien, el primero practicaba una es-
piritualidad más vivencial, íntima, recogida y emocional, tomando como guía las
propias Sagradas Escrituras, por lo que su guía espiritual podía derivar con fa-
cilidad en herejía o heterodoxia. La segunda, defendía una religiosidad más ra-
cional, que se traducía y manifestaba en los actos externos, por lo que su vivencia
espiritual era más ascética e intelectual, de acuerdo con las prácticas cristianas
que durante siglos había dominado en los cristianos que habían luchado contra
el infiel 5. De las dos corrientes espirituales, Ignacio se vinculó a la primera.

3 M. P. RÁBADE OBRADÓ: Una élite de poder en la Corte de los Reyes Católicos: Los
judeoconversos, Madrid: Sigilo, 1993, pp. 20-25.; A. DOMÍNGUEZ ORTIZ: La clase social de los
conversos en Castilla en la Edad Moderna, Granada: Universidad de Granada, 1991, pp. 19-32.
4 A. A. SICROFF: Los estatutos de limpieza de sangre: controversias entre los siglos XV y
XVII,Madrid: Taurus, 1985, pp. 93-125; J. HERNÁNDEZ FRANCO: “Conflicto, consenso y
persuasión en la Castilla moderna: Aproximación a través de los Estatutos de limpieza de
sangre”, en F. J. GUILLAMÓN ÁLVAREZ y J. J. RUIZ IBÁÑEZ (eds.): Lo conflictivo y lo consensual
en Castilla: sociedad y poder político, 1521-1715: Homenaje a Francisco Tomás y Valiente,
Murcia: Universidad de Murcia, 2001, pp. 181-204.
5 E. COLUNGA: “La liturgia dominicana”, Ciencia Tomista 3 (1911), pp. 232-250.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

IGNACIO DE LOYOLA Y SU UNIÓN A LOS INTERESES DEL PARTIDO “ISABELINO”

Durante la última década del siglo XV (época en que nació Ignacio de Loyola)
el reino de Castilla estaba gobernado por Isabel y Fernando (los Reyes Católicos).
A pesar de la unidad política e ideológica con que su reinado ha pasado a la pos-
teridad, y que los historiadores liberales se esforzaron en demostrar y propagar,
la corte de dichos monarcas se hallaba dividida en dos grandes grupos políticos,
que aparecieron con total nitidez tras la muerte del príncipe Juan en 1497. En el
primer grupo se hallaban los servidores de la reina Isabel, quienes compartían
unos mismos intereses políticos y una manera común de entender la espirituali-
dad. Isabel había conseguido reunir en su servicio a los miembros más represen-
tativos de la sociedad castellana, lo que producía una fuerte cohesión entre la corte
(en cuanto gobierno central) y el reino, además de propiciar un extenso número
de servidores y, por tanto, una gran participación 6. Formando el grueso de este
“partido” se hallaban los consejeros (y sus descendientes) del rey Juan II, que ha-
bían apoyado a la reina Isabel de manera incondicional en las guerras que mantuvo
con su hermano Enrique IV (y la hija de éste, Juana la Beltraneja) para conseguir
el trono castellano; la mayor parte de ellos eran judeoconversos, cuyas familias
gobernaban las ciudades, que se habían convertido fielmente al cristianismo, tales
como el secretario Hernán Álvarez de Toledo, su propio confesor fray Hernando
de Talavera o el cronista Hernando del Pulgar. Dentro de este grupo también se
encontraba Juan Velázquez de Cuéllar, Contador mayor de Castilla 7, cuyo padre,

6 S. DE MOXÓ: “El auge de la nobleza urbana en Castilla y su proyección en el ámbito


administrativo y rural a comienzos de la Baja Edad Moderna”, BRAH 178 (1981), pp. 407-518.
7 “Fue Juan Velázquez muy privado del príncipe Juan y de la reina doña Isabel, tanto
que quedó por testamento de ellos. (…) Era casado con doña María de Velasco, sobrina
del Condestable y nieta de don Ladrón de Guevara, (…), muy querida de la reina
doña Isabel y con la reina doña Germana tuvo tanta amistad, que no podía estar un
día sin ella, y doña María no se ocupaba en otra cosa sino en servirla y banquetearla
costosísimamente” (Prudencio DE SANDOVAL: Historia de la vida y hechos del emperador
Carlos V, Pamplona, 1614, lib. II, p. 21 [BNE, R/25283. También la edición de la BAE
80, 1955]).
Sobre el partido “isabelino” y la vinculación del contador Velázquez con dicho partido en
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Los servidores de la reina Isabel” en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.):
La Corte de Carlos V. Corte y gobierno, Madrid: Sociedad Estatal para la conmemoración de
los centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, I, p. 51.

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Capítulo I

Gutierre Velázquez, había pertenecido al Consejo Real de Juan II y fue mayordomo


de su esposa, la reina Isabel de Avís, que estuvo retirada en Arévalo durante treinta
y seis años. Fue en esta ciudad donde Juan Velázquez de Cuéllar entabló amistad
con la reina Isabel cuando ésta iba a visitar a su madre. Muy pronto comenzó a
gozar de las mercedes de la reina Isabel: le nombró su contino y le hizo maestresala
de su hijo, el príncipe Juan 8. En 1490 le nombró alcaide de Trujillo y cuatro años
más tarde gobernador y justicia mayor de Arévalo. Allí mandó restaurar y enri-
quecer el convento de la Encarnación de Arévalo, de monjas clarisas, cuyo reco-
gimiento espiritual compartía, siendo su fama la de un “caballero muy devoto de
la gloriosa Santa Clara” 9. En 1497 fue nombrado del Consejo Real. En 1502,
cuando Juana y Felipe el Hermoso fueron jurados herederos, le hicieron igualmente
su contador mayor y le concedieron la tenencia de Arévalo 10.
Juan Velázquez de Cuéllar estuvo casado con María de Velasco, hija, a su vez,
de María de Guevara 11 y de Arnao de Velasco, pariente de doña Marina Sáenz de
Licona 12, madre de Ignacio de Loyola, se comprende que la amistad que don
Juan Velázquez tenía con don Beltrán de Loyola (padre de Ignacio) fuera apro-
vechada por el primero para solicitarle a uno de sus hijos de don Beltrán para

8G. FERNÁNDEZ DE OVIEDO: Batallas y Quinquagenas, prólogo y edición de J. Pérez


de Tudela y Bueso, Madrid: RAE, 1983, I, pp. 445-446.
9 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 76.
10 J. ITURRIOZ: “Los años juveniles de Íñigo de Loyola. Su formación en Castilla”, en

P. DE LETURIA, S.I., y otros: Ignacio de Loyola en Castilla, Valladolid: Caja de Ahorros


Popular de Valladolid-Provincia de Castilla de la Compañía de Jesús, 1989, pp. 33-34.
11 Doña María de Guevara, suegra de Juan Velázquez y pariente de la madre de Ignacio

de Loyola, dejando el palacio “se recogió con pocas criadas honestas y virtuosas a morar en una
casa pequeña, pegada y con puerta al hospital de san Miguel, y allí, en hábito de la Tercera
Orden de san Francisco (…) servía a mujeres enfermas”, lo que indicaba la espiritualidad que
practicaba (G. HENAO-VILLALTA: Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, edición de
Miguel Villalta de las Escuelas Pías, Tolosa: Librería y Encuadernación de E. López, 1894, VII,
pp. 179-184, donde se dan datos del parentesco entre los Guevara y los Loyola).
12 Era hija del doctor Martín García de Licona, apellidado comúnmente por el
“Doctor Ondarroa”, lugar donde había nacido. Estaba estrechamente relacionado con la
corte de los Reyes Católicos, pues fue auditor de la Chancillería de Valladolid y fue consejero
de los Reyes Católicos. Vide R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 46;
D. DE AREITIO: “Nuevos datos sobre el abuelo materno de S. Ignacio de Loyola”, AHSI 26
(1957), pp. 227-230.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

que fuera a servir y ser educado en Arévalo 13. Toda vez que la familia de Ignacio
de Loyola también eran partidarios de la reina Isabel 14. El hermano mayor, Juan
Pérez de Loyola sirvió en los ejércitos del Gran Capitán en las guerras de Nápo-
les, donde murió 15; el sucesor en la casa, Martín García de Oñaz, tuvo gran re-
lación con la corte castellana. Se casó en el palacio donde residía Isabel en Ocaña
(Toledo) en 1498, porque la novia, Magdalena de Araoz, natural de Vergara, era
dama muy querida de la reina Católica. Otro de sus hermanos, Ochoa López de
Oñaz, sirvió a la reina doña Juana la Loca.
Entre 1497 (fecha de la muerte del hijo de la reina Isabel) y 1504 (fecha de su
propia muerte), el número de servidores de la reina Isabel fue aumentando, pre-
cisamente cuando se observa que la reina delega el gobierno de la Monarquía en
su marido. Mucho se ha discutido sobre las causas que llevaron a Isabel a aban-
donar la política en manos de su esposo, pero lo que resulta evidente es que, a
partir de 1498, la reina dejó de intervenir en la toma de decisiones del gobierno
de Castilla y los principales personajes que venían apoyándola y asesorándola
desaparecieron de la corte e, incluso, comenzaron a ser perseguidos, al mismo
tiempo que se observa que los cargos eran ocupados por personajes patrocinados
por el rey Fernando. Sorprendentemente, fue en esta época cuando el número
de servidores de la reina Isabel comenzó a aumentar debido a la muerte de sus
hijos, cuyos servidores iban a refugiarse a la corte para servir a la reina 16.
Por otra parte, el partido “aragonés” o “fernandino”, de acuerdo con su ac-
tuación, aparecía como un bloque compacto; sin embargo, su composición social
era bastante heterogénea. El núcleo de este partido estaba formado por servidores
aragoneses de origen judeoconverso, buena parte de ellos se habían formado en

13 F. FITA: “San Ignacio de Loyola en la Corte de los Reyes Católicos. Estudio crítico”,
BRAH 17 (1890), pp. 492-520; F. FITA: “Alonso de Montalvo y San Ignacio de Loyola”, BRAH
18 (1891), pp. 75-78.
14 F. FITA: “San Ignacio de Loyola en la Corte...”, op. cit., pp. 492-520.
15 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 51.
16 A. DE LA TORRE y E. A. DE LA TORRE (eds.): Cuentas de Gonzalo de Baeza, tesorero

de Isabel la Católica, Madrid: CSIC-Patronato Marcelino Menéndez Pelayo, 1955, II, pp.
412-416, 614-617 y 654-657; A. DE LA TORRE: La Casa de Isabel la Católica, Madrid: CSIC,
1954. Sobre la pérdida de poder del “partido isabelino”, se puede ver J. MARTÍNEZ MILLÁN
(dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, pp. 53-55.

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Capítulo I

la casa del rey Juan II, padre de Fernando el Católico, que se trasladaron a Castilla
cuando éste se afianzó en el poder. Dentro de este grupo 17 se encontraban Luis
de Santángel, escribano de ración del reino de Aragón; el converso Gabriel Sán-
chez, tesorero general de Aragón 18; Juan Coloma, natural de Borja, quien pro-
cedía del servicio del rey Juan II de Aragón, y acompañó a Fernando en la guerra
de Granada, llevándole la contabilidad de las mercedes que hacía el rey 19. Otros
personajes influyentes fueron Miguel Pérez de Almazán, natural de Calatayud,
y su protegido Pedro de Quintana, quien, a su vez, apadrinó a su sobrino, Lope
de Conchillos. También el suegro de Quintana, Jaime Ferrer, corregidor de To-
ledo, cuyo hermano, Luis, fue el duro carcelero de doña Juana en Tordesillas.
Asimismo, Juan Ruiz Calcena, secretario de la Inquisición, que se enriqueció con
la apropiación de confiscaciones. Finalmente, no podemos olvidar a Juan Ca-
brero, natural de Zaragoza, cuya carrera administrativa comenzó en 1477, cuando
le nombraron contino, llegando después a ser camarero del rey. Fue persona de
confianza de Fernando el Católico, que le acompañó, en 1506, al difícil y arries-
gado encuentro que tuvo con su yerno Felipe el Hermoso en Villafáfila. Su amistad
con el rey llegó a tal extremo que le nombró su albacea, si bien murió en 1514 20.
Una segunda facción del “partido aragonés” estaba compuesta por servidores
castellanos que, desde su llegada a Castilla, apoyaron al joven príncipe aragonés.
Entre ellos encontramos a fray Diego de Deza que había sido nombrado ayo del
príncipe don Juan. Deza era un brillante profesor de la universidad de Salamanca
cuando su tío, Rodrigo de Ulloa, lo recomendó al rey Fernando en 1480. El apa-
drinamiento no resultó vano, pues pocos años después, fue llamado para educar
al príncipe. Tras la muerte de don Juan, Deza pasó a alinearse dentro del grupo
“fernandino”. Antonio de Fonseca, nombrado por los Reyes Católicos de su Con-
sejo el 15 mayo 1499, ocupó el oficio de mayordomo mayor de la princesa Mar-
garita (esposa del príncipe Juan) y, desde 1503, fue contador mayor de Castilla

17 Unas buenas biografías sobre estos servidores aragoneses judeoconversos se pueden

encontrar en M. SERRANO Y SANZ: Orígenes de la dominación española en América, Madrid:


Bailly Bailliere, 1918.
18 Ibidem, pp. CLXIX-CLXXI.
19 J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, pp. 56-58.
20
A. RODRÍGUEZ VILLA: La reina doña Juana la Loca. Estudio histórico, Madrid:
Imprenta de Fortanet, 1892, pp. 437-439.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

sustituyendo al “isabelino” Álvaro de Portugal. También fue un decidido “fer-


nandino” su hermano, Juan Rodríguez Fonseca, por cuya mano pasaban todos
los negocios de las Indias; acompañó a la infanta Catalina a Inglaterra (1501),
después de que fuera nombrado obispo de Córdoba (1499); tras la muerte de Isa-
bel la Católica, afianzó su proyección don Fernando, quien le nombró conde de
Pernía y le promovió a obispo de Palencia, al mismo tiempo que le encomendaba
la delicada y peligrosa misión de que –junto a Lope de Conchillos– fuera a Flan-
des para recabar información sobre el estado mental de doña Juana y procurar la
anulación de los derechos de ésta a la corona de Castilla. Otros miembros de este
grupo fueron Galíndez de Carvajal, del Consejo Real desde 1502, Hernando de
Vega, Francisco de los Cobos, Sancho de Matienzo, etc. Finalmente, no se debe
olvidar a un grupo reducido de nobles que se decantaron por el rey Fernando
desde el momento en que llegó a Castilla para casarse con la reina Isabel, tales
como el conde de Alba; don Bernardo de Rojas, marqués de Denia, que era su
mayordomo; don Diego de Mendoza y don Juan de Mendoza, su hermano; don
Hernando de Toledo, hermano del duque de Alba; don Álvaro de Luna y don Her-
nando de Rojas 21.
Aunque el partido “fernandino” tenía un número de miembros mucho menor,
en los principales cargos de la Monarquía, que el grupo “isabelino”, muy pronto
consiguieron dominar el gobierno e imponer su ideología. Para Giménez Fer-
nández, esto se debió a que ocuparon con presteza los oficios de la hacienda real,
sobre todo los cargos en relación con las Indias 22, con lo que pudieron comprar
y corromper a cualquier persona que se interpusiera en su ambiciosa carrera por
el poder. Aun admitiendo como válida esta hipótesis, resulta más convincente
considerar que la efectividad y rapidez del dominio que consiguieron fue debido
al control que ejercieron sobre la Inquisición. Los miembros de esta facción tu-
vieron muy claro desde el principio la utilidad de esta institución, no solo para
imponer su ideología religiosa, sino también para conseguir sus fines políticos y
sociales, empleándola como instrumento para expulsar a sus enemigos (los “isa-
belinos”) de los principales oficios de la Monarquía y del gobierno de las ciudades.

21 Jerónimo ZURITA: Historia del Rey don Hernando el Catholico: de las empresas y ligas
de Italia, 1580, f. 80v (BNE, R/28366); Lorenzo PADILLA: Crónica de Felipe I llamado el
Hermoso (CODOIN, Madrid, 1846, vol. 8, p. 144).
22 M. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ: Bartolomé de las Casas, Sevilla: GEHA, 1953, I, pp. 12 ss.

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Capítulo I

De manera que el dominio del partido “fernandino” arrancó con fuerza a partir
de 1498, fecha en la que Diego de Deza fue nombrado inquisidor general. Junto
a dicho nombramiento, Deza recibió otro breve en el que el pontífice (a instancias
de Fernando el Católico) le nombraba juez en las causas de apelación de la Inqui-
sición 23; es decir, que Deza era, al mismo tiempo, la autoridad máxima de la in-
quisición hispana y el juez de apelaciones a quien debían recurrir los reos que no
estuvieran de acuerdo con la sentencia que hubiesen dictado los inquisidores que
les habían juzgado. Con tales poderes, Deza comenzó la reforma de esta institu-
ción, primero introduciendo a miembros de su partido en el Consejo, después
ampliando el número de los tribunales inquisitoriales, sobre todo en la Corona
de Aragón (fue en esta época cuando se implantaron los tribunales de Sicilia y
Cerdeña). Al mismo tiempo, Deza nombraba inquisidores de su confianza en los
distintos tribunales y promulgaba nuevas Instrucciones para el funcionamiento
homogéneo de la institución.
La muerte de Isabel la Católica en 1504, no hizo sino polarizar este enfrenta-
miento de partidos. A los pocos días de haber muerto la reina, el embajador Gómez
de Fuensalida escribía una carta a Fernando el Católico repleta de tonos críticos,
en la que le insinuaba los planes que tenían Felipe el Hermoso y sus servidores para
gobernar Castilla, que no eran otros que expulsar a todos los miembros del partido
“aragonés” o “fernandino” de sus cargos. En Castilla, las noticias sobre la llegada
de Felipe y Juana encontraron favorable respuesta en buena parte de la alta nobleza
que, con el cambio de monarca, o bien pensaban obtener ventajas y privilegios, o
bien se consideraban poco valorados por parte del Rey Católico. Fuensalida infor-
maba a Fernando el Católico de las relaciones que habían establecido los Grandes
castellanos con la corte filipina, destacando al “duque de Nájera de quien todos
hacían cabeza” 24. Pero además, también anhelaban la llegada de Felipe y Juana
todos aquellos sectores sociales desplazados de sus cargos (del partido “isabelino”)
que habían sido procesados por la Inquisición acusados de judeoconversos. La per-
secución a que se vieron sometidos estos sectores sociales, sin ninguna protección
tras la muerte de la reina Isabel, llevó a pedir protección a doña Juana y a Felipe,
pues, por otra parte, coincidían ideológica y religiosamente con tales tendencias.

23 AHN, Códices, lib. 1º, tit. 2, breve 5.


24
DUQUE DE BERWICK Y ALBA: Correspondencia de Gutierre Gómez de Fuensalida,
Embajador en Alemania, Flandes e Inglaterra (1496-1509), Madrid, 1907, p. 350.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

Los proyectos que el archiduque Felipe tenía sobre Castilla conllevaban necesa-
riamente la sustitución de unas élites por otras. Los miembros del partido “fernan-
dino” fueron conscientes del peligro que se cernía sobre ellos y trataron de mantener
el orden establecido. Para ello, Fernando el Católico convocó Cortes en Toro en el
año 1505. El objetivo de estas Cortes lo exponía con toda claridad el representante
de la ciudad de Burgos don Alonso de Cartagena al dirigirse a los reunidos:
Con esto se tiene mucha esperanza que, en tan gran novedad, no aurá cosa nueva
–porque, argumentaba el astuto procurador– en la administración y gouernación de
Vuestra Alteza se acrecienta a los sucesores prosperidad, pacificación y descanso y a
los súbditos mucha justicia, libertad y sosiego 25.

Para ello escogieron meticulosamente los procuradores entre los regidores de


las ciudades, que fueran partidarios de don Fernando, utilizando para ello mé-
todos poco ortodoxos. De esta manera, resultó fácil jurar a don Fernando como
regente de Castilla. Seguidamente, se trató de consolidar a las élites castellanas
(fernandinas) aprobando las célebres Leyes de Toro sobre el mayorazgo.
Felipe el Hermoso, por su parte, trató de acercarse a las élites castellanas apo-
yándose en los miembros de la facción “isabelina”, que trataban de ocupar los
cargos y de atraerse a los desplazados. Fue en este momento, cuando un gran
patrón del partido “isabelino”, Juan Velázquez de Cuéllar, tratando de recabar
refuerzos para su causa, recordó la influencia que los Loyola tenían en su comarca
y lo necesario que era mantener aquellos territorios fieles a su causa, solicitando
a Beltrán de Loyola que le enviara un hijo para educarlo en su propia casa, ale-
gando el parentesco que les unía con su mujer. Sin duda ninguna, por la edad
que tenía, el más adecuado para su formación y proyección social era Ignacio 26.
Fue así como Ignacio de Loyola llegaba a una corte que se hallaba en situación
revuelta y harto complicada, por más que los especialistas que han escrito sobre
esta etapa de la vida de Ignacio nos presenten una situación idílica en la casa del
contador mayor en Arévalo 27.

25 Jerónimo ZURITA: Historia del Rey don Hernando el Catholico..., op. cit., f. 4r.
26 P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, Roma: IHSI, 1957, I, pp. 55-69.
27 L. FERNÁNDEZ MARTÍN: Los años juveniles de Íñigo de Loyola. Su formación en

Castilla, Valladolid: Caja de Ahorros Popular, 1981; R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de


Loyola..., op. cit., pp. 76-111; J. ITURRIOZ: “Los años juveniles de Íñigo de Loyola...”, op. cit.,
pp. 45-71; F. DE BORJA MEDINA, S.I.: “Vivencias de Íñigo López de Loyola en la corte del

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Capítulo I

Las intenciones políticas de Velázquez de Cuéllar y el futuro cortesano de Ig-


nacio parecían bien encauzados toda vez que don Felipe el Hermoso y su esposa,
la reina doña Juana, desembarcaban en La Coruña, donde salieron a recibirles
“todos los Grandes y señores principales […], que eran el marqués de Villena y
los duques de Nájera y Béjar”. En un último intento por evitar que gobernasen su
hija y su yerno en Castilla, el rey Fernando les envió una embajada para concertar
una entrevista entre suegro y yerno con el fin de tratar este asunto. Sin embargo,
las conversaciones no avanzaban por la desconfianza de ambos bandos. Fernando
el Católico pudo comprobar que no solo los Grandes se habían unido a su yerno,
sino también “los deudos de los que estaban presos de la Inquisición” 28 y casi
todo el reino, por lo que, tras entrevistarse fugazmente con su yerno en Villafáfila,
decidió retirarse a Aragón 29.
Posteriormente, Felipe y su esposa convocaron Cortes en Valladolid en 1506,
que juraron a doña Juana reina de Castilla, a don Felipe como a su legítimo esposo
y al príncipe Carlos como heredero. Una vez investido con tales poderes, Felipe
el Hermoso trató de gobernar solo, alegando los problemas mentales de su esposa,
e inició una reforma en la administración del Reino introduciendo a sus partidarios
y excluyendo a los “fernandinos”. En este momento, Juan Velázquez de Cuéllar
fue confirmado como contador mayor del reino y alcalde de Arévalo 30. No le dio
tiempo a Felipe el Hermoso a llevar tal reforma, porque a los pocos meses de asen-
tarse en el trono moría súbitamente en Burgos. Tan inesperado suceso produjo
alborotos sociales; por su parte, el duque de Nájera comenzó a reclamar que el
“príncipe don Carlos, que era su señor natural, viniese a Castilla y aquellos reinos
se gobernasen con su autoridad” 31. No obstante, la facción “fernandina” comenzó

Rey Católico y su reflejo en los Ejercicios”, en J. PLAZAOLA, S.I. (ed.): Las fuentes de los
Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Actas del Simposio Internacional. Loyola, 15-19 septiembre
1997, Bilbao: Mensajero, 1998, pp. 399-404.
28 A. RODRÍGUEZ VILLA: “Don Francisco de Rojas, embajador de los Reyes Católicos.

Noticia biográfica y documentos históricos”, BRAH 28 (1986), pp. 180-182; C. E. CORONA:


“Fernando el Católico y la nobleza castellana (1506-1507)”, Universidad de Zaragoza 1-2
(1960), pp. 4 ss.
29 J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, pp. 70-71.
30 J. ITURRIOZ: “Los años juveniles de Íñigo de Loyola...”, op. cit., p. 48.
31 Jerónimo ZURITA: Historia del Rey don Hernando el Catholico..., op. cit., ff. 93r-94v.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

a ejercer presión en torno a la reina de forma que los partidarios del difunto rey
Felipe tomaron conciencia de su debilidad política y comenzaron a actuar por su
cuenta, levantándose en armas y anexionando territorios. Por su parte, los que
aún eran presos de la Inquisición en las ciudades de Córdoba y Toro se sublevaron
temiendo no conseguir la libertad si venía el Rey aragonés a gobernar Castilla 32.
En estas circunstancias, Fernando el Católico envió un poder al arzobispo de To-
ledo para que, juntamente con el presidente del Consejo Real, gobernasen durante
su ausencia. La intervención del rey Fernando influyó de manera decisiva en su
hija, quien el 20 de diciembre de 1506, salía de Burgos camino de Torquemada,
donde dio a luz a su hija Catalina, llevándose consigo, además del féretro de su
marido, “al obispo de León y don Diego Ramírez de Villaescusa y don Diego de
Muros, obispo de Mondoñedo”, pero antes de partir revocó todas las mercedes
que había extendido su marido durante el tiempo en que había reinado 33. Al
mismo tiempo, don Fernando escribía una carta a su hija, desde Nápoles, en la
que además de mostrarle su amor paternal, le recomendaba no hiciera ninguna
mutación en el gobierno de Castilla hasta que él llegase.
Una vez en Castilla, Fernando llevó a cabo el restablecimiento de sus segui-
dores en los cargos de gobierno, desplazando a los que habían apoyado a Felipe el
Hermoso. En este proceso, el 14 de febrero de 1509, sacó a su hija de la villa de
Arcos, donde se encontraba en estado lamentable, y la llevó a Tordesillas, donde
vivió hasta su muerte 34. Allí le dejó asentada su casa y servicio. La casa de la reina
Juana siempre mantuvo una estructura castellana, desde que, en 1496, se le im-
puso casarse con Felipe el Hermoso. Pero además, el Rey aragonés tomó una de-
cisión que iba a tener honda repercusión en la historia posterior: dividió a los
servidores castellanos; parte se quedaron en Tordesillas al servicio de doña Juana
y parte pasaron a acompañar de manera habitual al rey Fernando 35. Los servidores
que dejó con su hija fueron conscientes de que eran retirados de la vida política
y que su futuro cortesano se había acabado; se trataba de los viejos servidores de

32 Lorenzo PADILLA, Crónica de Felipe I..., op. cit., p. 153.


33 Jerónimo ZURITA: Historia del Rey don Hernando el Catholico..., op. cit., f. 108v.
34Alonso DE SANTA CRUZ: Crónica del emperador Carlos V, edición de A. Blázquez y
Delgado-Aguilera y R. Beltrán y Rózpide, Madrid, 1922, I, p. 37.
35 La lista de los servidores en AGS, CSR, leg. 9, ff. 821-825.

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Capítulo I

la reina Isabel, que habían pasado a formar parte del servicio de doña Juana, entre
los que se encontraban las familias de don Juan Velázquez de Cuéllar y de Ignacio
de Loyola 36: Juan Velázquez de Cuéllar fue ratificado en su cargo, mientras su
mujer, María de Velasco, era dama de la reina; más tarde, tras la muerte de su ma-
rido, marchó con la infanta Catalina a Portugal en 1524, cuando contrajo matri-
monio con Juan III, sirviéndola hasta su muerte en 1540 signo inequívoco de que
su ascenso social en Castilla se había acabado 37. Arnao de Velasco, hijo de doña
María (por edad, el más afín a Ignacio de Loyola) fue nombrado capellán de la
reina Juana en 1509, y sus hermanos, Gutierre y Antonio, pajes 38. Juan de An-
chieta, capellán y cantor de la reina Isabel, que había pasado a servir a la reina Juana,
se quedó en Tordesillas. Anchieta era párroco de la villa de Azpeitia y pariente de
Ignacio de Loyola 39.
Con la muerte de Fernando el Católico y la llegada de Carlos I, el declive po-
lítico de Velázquez de Cuéllar se consumó 40. Fue expulsado del dominio de las
villas de Arévalo y Olmedo, villas que había mantenido bajo su dominio con el
consentimiento de Cisneros, que fueron dadas a doña Germana de Foix 41. Fruto
del disgusto, murió el 12 de agosto 1517. De acuerdo con el testamento del rey
Fernando, Cisneros quedaba como regente de los reinos peninsulares mientras
se esperaba la llegada de su nieto, el archiduque Carlos. Los partidarios de Felipe
el Hermoso y de doña Juana pensaron que había llegado el momento de relevar a
los “fernandinos” de sus cargos, pero el patronazgo que Cisneros ejercía sobre

36 Sobre la estancia de Íñigo en Tordesillas, P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, op.

cit., I, pp. 87- 96.


37 F. FITA: “San Ignacio de Loyola en la Corte...”, op. cit., p. 6.
38
J. ITURRIOZ: “Los años juveniles de Íñigo de Loyola...”, op. cit., p. 63; A. DE LA
TORRE: La Casa de Isabel la Católica, op. cit., p. 148.
39 H. ANGLÉS: La música en la Corte de Carlos V, Barcelona: CSIC, 1984, pp. 4-5.
40 Tal declive no vino por la venta de los bienes de Isabel la Católica como argumentan

con ingenuidad R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 81-83; J.
ITURRIOZ: “Los años juveniles de Íñigo de Loyola...”, op. cit., pp. 49-53, sino porque
pertenecían al grupo político contrario.
41 Prudencio DE SANDOVAL: Historia... del emperador Carlos V, op. cit., lib. II, p. p. 94; J.
MARTÍNEZ MILLÁN: “La formación del partido fernandino”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN
(dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, p. 56.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

la nobleza y el clero impidió que tales descontentos se convirtiesen en revueltas,


utilizando su vasta red clientelar. Expulsó de la dirección de la Inquisición a
aquellos personajes que pretendían seguir la política de dicha institución en tiem-
pos de fray Diego de Deza 42. Finalmente, era preciso tener controlada la ha-
cienda, por ello se imponía vigilar el Consejo de las Órdenes Militares a través
del doctor Tello, cliente de confianza del cardenal Cisneros, quien pasó a formar
parte del Consejo 43.
Así pues, Cisneros buscó un equilibrio, evitando que los antiguos partidarios
de Felipe el Hermoso se alzasen para reivindicar la vuelta de doña Juana como
reina; pero al mismo tiempo, tampoco permitió que los servidores de Fernando
el Católico siguieran controlando la casa de doña Juana 44. Doña María de Velasco
comprendió entonces que las aspiraciones de su facción política habían desapa-
recido para siempre, por lo que –una vez viuda– ejerció de gran “patrón corte-
sano” como lo había sido su marido 45, para ello intentó colocar a todos los
parientes y clientes que había tenido en su casa. Llamó a Ignacio de Loyola, le
regaló dos caballos para el viaje, y lo envió a servir al duque de Nájera, don An-
tonio Manrique de Lara, con quien la familia tenía parentesco 46. Cisneros lo
acababa de nombrar virrey de Navarra y era el único de la facción con el que
había posibilidad de medrar políticamente.
En el otoño de 1517, Ignacio de Loyola fue a presentarse al duque de Nájera
para ofrecerle sus servicios como caballero. No logró ver con vida al primer
duque de Nájera, don Pedro Manrique, famoso por sus hazañas guerreras 47. Su

42 Cartas del Cardenal Don Fray Francisco Jiménez de Cisneros dirigidas a Don Diego

López de Ayala, ed. de P. Gayangos y V. de la Fuente, Madrid, 1867, p. 264.


43 Ibidem, pp. 269-270.
44 A. RODRÍGUEZ VILLA: La reina doña Juana la Loca. Estudio histórico, Madrid, 1892,
p. 268; Cartas del Cardenal Don Fray Francisco Jiménez de Cisneros..., op. cit., pp. 144-148.
45 F. MATEOS: “Personajes femeninos en la historia de S. Ignacio”, Razón y Fe 154
(1956), pp. 395-418.
46 MHSI: Fontes Narrativi III, Madrid, 1960, pp. 462-463.
47 Hazañas valerosas y dichos discretos de D. Pedro Manrique de Lara, primer duque de

Nájera, conde de Treviño, señor de las villas y tierras de Amusco, Navarrete, Redecilla, San
Pedro de Yanguas, Ocon, Villa de la Sierra, Senebrilla y Cabreros, en la colección Salazar del
Memorial Histórico Español VI, Madrid, 1853, pp. 121-146.

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Capítulo I

hijo, Antonio, fue nombrado por Cisneros virrey de Navarra y fue quien recibió
a Ignacio de Loyola. Allí, más que con los hijos, Ignacio se familiarizó con un
hermanastro del duque, que llegó a ser capellán del emperador y obispo de Sa-
lamanca: don Francisco Manrique de Lara. La primera acción que hizo fue asistir
a las Cortes de Valladolid en 1518 acompañando al Duque, en las que el joven
Carlos fue jurado rey de Castilla 48.
Ignacio participó en la guerra de las Comunidades, luchando a favor del
duque de Nájera para recuperar la villa de Nájera. Precisamente, en ese mo-
mento, los franceses atacaron Navarra, teniendo el duque y sus tropas que de-
fenderla 49. Allí fue herido Ignacio. Con treinta y un años, en edad joven pero
madura, convaleciente en la cama, Ignacio toma conciencia de la vaciedad de su
vida. No había conseguido nada material: a su edad, un cortesano había logrado
algún cargo o misión y, lo que es peor, no vislumbraba ningún futuro halagüeño
en el servicio del duque de Nájera 50.

ALCALÁ DE HENARES, SALAMANCA Y PARÍS:


HACIA UNA ESPIRITUALIDAD RENOVADA

Herido de guerra, sin perspectiva de ascenso social, consciente de la carencia


de sentido que en ese momento era su vida, Ignacio de Loyola imprimía un cam-
bio radical, iniciando un camino espiritual asombroso a partir de 1522. A nuestro
personaje le invadió la certeza de lo errada que había sido su vida, siguiendo un
camino equivocado, por lo que se apresuró a recuperar el tiempo perdido en el
servicio de Cristo, lo que se tradujo en una dura y exigente carrera ascética, cuyos
pasos tuvo la feliz idea de reflejarlos por escrito, en lo que fueron los Ejercicios

48 P. DE LETURIA, S.I.: “Al servicio del Rey Temporal”, en P. DE LETURIA, S.I., y otros:
Ignacio de Loyola en Castilla, op. cit., p. 78. También se halló el señor de Loyola, don Martín,
en dichas Cortes.
49L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo López de Loyola y el proceso contra Miguel de
Herrera, alcaide de la Fortaleza de Pamplona”, Príncipe de Viana 36/140-141 (1975), pp.
471-536.
50
El peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola, introducción y notas de J. M.
Rambla Blanch, Bilbao: Mensajero, 1991, p. 27.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

Espirituales 51. Ahora bien, de lo que el santo no era consciente (o al menos no lo


manifestó, pues no había mostrado especiales inquietudes espirituales hasta en-
tonces) era de que la línea espiritual asumida la inició, como no podía ser de otra
manera, dentro de las corrientes espirituales renovadoras que practicaban los
miembros del grupo cortesano en el que había militado, que eran las defendidas
por Isabel la Católica y el cardenal Cisneros. El movimiento de la “observancia”
y el “recogimiento” que practicaban estos personajes, fueron los que, al principio,
pensó seguir Ignacio de Loyola. El carácter eremita, de vida retirada, que practicó
durante los primeros meses de su estancia en Manresa, donde llegó a vivir en
una cueva 52, cuya entrada estaba llena de zarzas y vegetación, tratando de imitar
a san Onofre (al igual que este santo, Ignacio se dejó crecer el pelo, las uñas de
los dedos y se despreocupó de su aseo personal), así parece indicarlo 53, si bien,
la visión que tuvo en la ribera del Cardoner, le hizo cambiar de táctica religiosa,
pero no de vivencia espiritual, imprimiendo a su vida un carácter apostólico que
mantendría en adelante 54. Según todos los especialistas, Ignacio comprendió
que debía transmitir su experiencia religiosa a los demás; ahora bien, para con-
ceptualizarla y exponerla sin posibles heterodoxias era preciso estudiar y adquirir
unos conocimientos básicos en filosofía y teología.

51 Sobre la realización y etapas en la elaboración del texto de los Ejercicios, me remito


a los excelentes y claros estudios introductorios de C. DALMASES en Obras Completas de San
Ignacio de Loyola, Madrid: BAC, 1952 y a S. ARZUBIALDE en Ejercicios espirituales de san Ignacio.
Historia y análisis, Bilbao: Mensajero, 2009; asimismo, realizan un resumen muy completo
R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 225-235; P. DE LETURIA, S.I.:
“Génesis de los Ejercicios de S. Ignacio y su influjo en la fundación de la Compañía de
Jesús”, en P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, op. cit., II, pp. 2-35; También sus
influencias en la elaboración en J. CALVERAS: “Los confesionales y los ejercicios de san Ignacio”,
AHSI 17 (1948), pp. 51-101.
52 P. DE LETURIA, S.I.: “Un texto desconocido del año 1556 sobre la Santa Cueva”,

Manresa 1 (1925), pp. 43-52; J. NONELL: La cueva de san Ignacio de Manresa, Manresa:
Imprenta y Encuadernaciones de San José, 1919.
53 P. DE LETURIA, S.I.: “El influjo de San Onofre en S. Ignacio a base de un texto de
Nadal”, en P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, op. cit., I, pp. 97-111.
54 La experiencia en la ribera del Cardoner en MHSI: Fontes narrativi I, Madrid, 1943,

pp. 404-406; Asimismo, el padre Nadal fue el primero que destacó la importancia de esta
experiencia en MHSI: Nadal V, Roma, 1964, p. 40; J. CALVERAS: “La ilustración del
Cardoner y el Instituto de la Compañía según el P. Nadal”, AHSI 25 (1956), pp. 27-54.

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Capítulo I

De acuerdo con su procedencia política y con la espiritualidad que practicaba,


resulta lógico que se acercase a la universidad de Alcalá 55. En efecto, Cisneros
hizo que la vida religiosa en Castilla iniciase un nuevo período. Estimuló la tra-
ducción a lengua romance de la Biblia y de obras devotas que estaban escritas en
latín, al mismo tiempo que impulsó su publicación. La universidad de Alcalá era
la más concreta expresión de la voluntad de Cisneros de reformar la Iglesia; una
magnífica manifestación, a nivel cultural, del espíritu franciscano-evangélico de
Cisneros. El programa de reforma ideológica y religiosa de Cisneros abarcaba
por igual a religiosos y clérigos como a la formación intelectual 56. La gran ori-
ginalidad de la universidad de Alcalá fue la ausencia de la facultad de Derecho.
La teología determinó, por tanto, la orientación de toda la Universidad, pero una
teología renovada, que introdujo el método escotista 57.
Con todo, el cardenal Cisneros no solo fundó la universidad de Alcalá, sino
que además hizo de Alcalá su corte 58, donde reunió una pléyade de humanistas que
le sirvieron para realizar la gran obra de la edición de la Biblia, tales como Ne-
brija, Diego López de Zúñiga, Francisco Núñez y Pablo Coronel, sin contar con
el gran número de profesores que dieron clase en dicha Universidad. En el ve-
rano de 1502, Cisneros reunió a su alrededor a casi todos los sabios que partici-
paron en la Biblia Políglota: Antonio de Nebrija, Diego López de Zúñiga, Hernán
Núñez, al maestre Coronel y al maestre Alonso, vecino de Alcalá. Estos dos úl-
timos eran judeoconversos, doctos en la lengua hebrea y caldea 59. La presencia
constante en su casa, a partir de 1502, del maestro Pablo Coronel y de Nebrija,

55 F. FITA: “San Ignacio de Loyola en Alcalá de Henares. Discusión crítica”, BRAH 33


(1898), pp. 512-536; Sobre la formación y lecturas espirituales, M. ROTSAERT: Ignace de
Loyola et les renouveaux spirituels en Castille au début du XVIe siécle, Roma: CIS, 1982, pp. 9-11.
56L. SUÁREZ FERNÁNDEZ: Los Reyes Católicos. La expansión de la fe, Madrid: Rialp,
1990, pp. 176-178.
57 M. BATAILLON: Erasmo y España, México: FCE, 1966, pp. 10-22.
58 J. LÓPEZ DE TORO: Perfiles Humanos de Cisneros, Madrid: Real Academia de la Historia,

1958, pp. 19-21; J. GARCÍA ORO: Cisneros. Un cardenal reformista en el trono de España (1436-
1517), Madrid: La esfera de los libros, 2005, p. 92. Uno de los mejores estudios que existe
sobre el tema es el de J. MESEGUER FERNÁNDEZ: El cardenal Cisneros y su villa de Alcalá de
Henares, Alcalá de Henares: Institución de Estudios Complutenses, 1982.
59 Juan DE VALLEJO: Memorial de la vida de fray Francisco Jiménez de Cisneros, ed. de A.
de la Torre y del Cerro, Madrid: Centro de Estudios Históricos-Bailly-Bailliere, 1913, p. 56.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

permite deducir que Cisneros creó dentro de su palacio un centro de estudios


bíblicos y humanísticos.
En definitiva, la Universidad, con su colegio trilingüe, donde se enseñaba latín,
griego y hebreo, contribuyó, ciertamente, a los estudios bíblicos, pero también,
con su cultura tolerante permitió desarrollar diversos modos de piedad y devoción
popular que derivaron en los distintos movimientos religiosos populares de Cas-
tilla durante la primera mitad del siglo XVI. Las consecuencias directas de la re-
forma de Cisneros y sus efervescentes efectos y fermentos de libertad en la vida
religiosa se concretaron en nuevas formas de vida religiosa que podemos deno-
minar en términos genéricos de “crisis religiosa”. El movimiento es complejo en
sus orígenes y no ofrece un simple modelo de ideas religiosas comunes, que pue-
dan ser definidas como características del mismo considerado como un todo.
En la villa universitaria complutense –afirma M. Andrés– se entrecruzaron la
espiritualidad de las reformas y observancias, la del amor puro, de Alonso de
Madrid; la del recogimiento, de los recolectorios franciscanos; la del cristianismo
evangélico de Erasmo; la de los alumbrados del reino de Toledo de 1525; la de los
nacientes Ejercicios Espirituales de san Ignacio 60.

En definitiva, las reformas auspiciadas en tiempos de los Reyes Católicos por


Cisneros marcaron la evolución de la espiritualidad hispana durante el siglo XVI,
pues configuraron las dos vías principales de acceso a Dios: una, intelectual y for-
malista, de línea ortodoxa, que pretendía acceder a la divinidad a través del intelecto,
la liturgia y las ceremonias, que enlazaría con el triunfo de la Escolástica; otra, mís-
tica, que buscaba a Dios en el corazón mediante la voluntad, la oración mental y la
comunión en el espíritu. Fue en esta última donde residieron las principales corrien-
tes heterodoxas, cuando no heréticas, objeto de la acción inquisitorial. No resulta
extraño que Ignacio de Loyola fuera confundido con un alumbrado, dada su forma
de vestir y proceder en Alcalá, y que llegara a ser procesado por la Inquisición 61.

60 En la Introducción de M. ANDRÉS MARTÍN: Francisco de Osuna. Tercer Abecedario

espiritual, Madrid: BAC, 1972, p. 88.


61 MHSI: Fontes narrativi I, Roma, 1943, I, p. 52. Sobre los vínculos de la espiritualidad

ignaciana con el alumbradismo, G. MONGINI: “Le teologie gesuitiche delle origini. Lo


spiritualismo radicale como matrice comune del dissenso e della fedeltà all’ortodossia”, en
F. ALFIERI, C. FERLAN (eds.): Avventure dell’obbedienza nella Compagnia di Gesù. Teorie e
prassi fra XVI e XIX secolo, Bologna: Il Mulino, 2012, pp. 19-47.

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Capítulo I

Los procesos que la Inquisición le realizó en Alcalá de Henares están muy do-
cumentados 62. En realidad, una vez analizada la documentación, más que tres in-
terrogatorios, parece un único proceso divido en tres partes: el 29 de abril de 1526,
el inquisidor general Alonso Manrique encargó a los inquisidores doctor Velasco
(canónigo de san Justo) y licenciado Mejía (se hallaba visitando la Universidad)
completar los procesos de alumbrados que estaban en curso desde el año anterior.
Al llegar a Alcalá, recibieron información sobre Ignacio de Loyola, que había estado
en aquella ciudad con cuatro amigos. De las declaraciones de cuatro testigos entre
el 19 y el 20 de noviembre, se podía deducir cierta aproximación de aquel grupo
con los alumbrados. Dos días después, el vicario general del arzobispado de Toledo,
Juan Rodríguez de Figueroa, a quienes los inquisidores habían transferido la causa,
informó a Ignacio de las pesquisas que se estaban haciendo sobre su persona y ami-
gos, y les mandó “se conformasen con el hábito común que los clérigos o legos
traen a estos reinos de Castilla” 63. El 6 de marzo de 1527, el mismo vicario mandó
a su presencia a tres mujeres para que le informasen de la vida de Ignacio y sus
compañeros; pero no hubo sentencia ni cosa alguna además de la información 64.
Finalmente, los días 18 y 19 de abril de 1527 se realizó un auténtico proceso a Ig-
nacio, comenzando por su encarcelamiento y concluyó con la sentencia definitiva
el 1 de julio. En la sentencia se prohibía a Ignacio y a sus compañeros adoctrinar a
la gente durante tres años. Después podrían hacerlo con permiso del vicario.
El foco alumbrado cuajó en el antiguo reino de Toledo, en el palacio ducal de
Guadalajara, bajo la mirada benévola de los Mendoza, después duques del Infan-
tado, donde se movían Isabel de la Cruz, Pedro Ruiz de Alcaraz y María Cazalla.

62 C. DE DALMASES (ed.): Processus complutenses de Sancti Ignatii sociorumque vita et


doctrina, en MHSI: Fontes Documentales de S. Ignatio de Loyola, Roma, 1977, pp. 219-349.
Este tema también ha sido tratado por M. ORTEGA COSTA: “San Ignacio de Loyola en el
Libro de los alumbrados. Nuevos datos sobre su primer proceso”, Arbor 197 (1980), pp. 163-
174; M. ROTSAERT: Ignace de Loyola et les renouveaux spirituels..., op. cit., pp. 114-134; L.
FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los Alumbrados”, Hispania Sacra 35 (1983), pp.
585-680; F. FITA: “Los tres procesos de San Ignacio de Loyola en Alcalá de Henares. Estudio
crítico”, BRAH 33 (1898), pp. 422-461.
63
J. L. GONZÁLEZ NOVALÍN: “La Inquisición y la Compañía de Jesús”, Anthologica
Annua 37 (1990), pp. 12-14.
64
L. GONZÁLEZ CÁMARA: Autobiografía de San Ignacio, en MHSI: Fontes Narrativi I,
Roma, 1943, pp. 444-445.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

En Escalona, el viejo marqués de Villena, Diego López Pacheco, tío de María Pa-
dilla, esposa del comunero Juan de Padilla, tenía como contador a Pedro Ruiz de
Alcaraz y como paje a Juan de Valdés 65. Diego López Pacheco fue un entusiasta
de los franciscanos y fray Francisco de Osuna le dedicó su Tercer Abecedario Espi-
ritual, que escribió en el convento de La Salceda. Una estrecha relación existía
entre los conversos, versados en cuestiones económicas, y la nobleza territorial: el
padre del alumbrado Francisco Ortiz 66 fue mayordomo del embajador Rojas, y su
hermano Juan Ortiz fue secretario del Almirante de Castilla. Francisco Ortiz, fran-
ciscano, fue procesado por el tribunal de Toledo y, por orden de los inquisidores,
pasó a residir en el convento de Torrelaguna, donde le visitaron su hermano Pedro
Ortiz y el jesuita Fabro. Pedro Ortiz estudió en la universidad de Alcalá donde ob-
tuvo la licenciatura y el doctorado en teología. En 1529 fue profesor en la univer-
sidad de Salamanca. Este mismo año Ortiz pasó a París, y viendo su cambio de
vida, sus compañeros Pedro de Peralta y otros estudiantes hispanos, lo denunciaron
al inquisidor dominico de París. De regreso a España fue enviado por el Emperador
a Roma para que defendiese la validez del matrimonio entre Enrique VIII y Catalina
de Aragón. En 1537, muerta Catalina, Ortiz permaneció en Roma por mandato de
Paulo III; en este tiempo conoció a Ignacio de Loyola y a sus compañeros, estable-
ciéndose una gran amistad hasta el punto de prepararles una entrevista personal
con el Pontífice. Al año siguiente hacía los ejercicios espirituales bajo la dirección
de Ignacio de Loyola. En 1540 era enviado al Imperio, nombrado por Carlos V,
junto con el beato Pedro Fabro, designado por Paulo III, para asistir a la Dieta de
Worms y Ratisbona con los protestantes. En 1541 regresó a España con Fabro y
desde julio residió en Galapagar. Fue entonces cuando en colaboración con su her-
mano fray Francisco Ortiz (quien se había retirado a Torrelaguna tras su proceso)
compuso las Anotaciones para hacer buena elección 67.

65 A. MÁRQUEZ: Los Alumbrados: orígenes y filosofía (1529-1559), Madrid: Taurus,

1972; J. C. NIETO: Juan de Valdés y los orígenes de la Reforma en España e Italia, México:
Fondo de Cultura Económica, 1979; M. ANDRÉS MARTÍN: Nueva visión de los «alumbrados»
de 1525, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1973; M. ANDRÉS MARTÍN: “Los
alumbrados de Toledo según el proceso de María de Cazalla (1532-1534)”, Cuadernos de
investigación histórica 8 (1984), pp. 65-82.
66A. SELKE: El Santo Oficio de la Inquisición. Proceso de Francisco Ortiz (1529-1532),
Madrid: Guadarrama, 1968.
67 Ibidem, pp. 31-63.

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Capítulo I

Además de Toledo, existió otro foco de alumbrados situado en el eje Sala-


manca-Valladolid-Logroño, en el que transitaban figuras importantes que ponían
en conexión ambos focos (Toledo-Valladolid), siendo las más preclaras Francisca
Hernández, el bachiller Medrano y Bernardino Tovar 68. Si Alcalá de Henares
estaba envuelta en gente de esta tendencia, el bachiller Medrano, cura de Nava-
rrete, estaba muy ligado a la familia del duque de Nájera. El gran protector de
Medrano fue don Antonio Manrique de Lara, a quien sirvió Ignacio de Loyola
como gentilhombre entre 1517 y 1521. Bien en Navarrete, donde estaba la resi-
dencia del Duque y donde era beneficiado Medrano, bien en Valladolid, donde
Ignacio asistió a las Cortes de 1518 y más tarde en 1519 y 1520, y donde nuestro
protagonista debió conocer y tratar a Medrano 69. El bachiller Medrano era de
familia conversa y su hermana era la madre de María Ramírez, la criada de Fran-
cisca Hernández. Medrano había conocido a la beata Francisca Hernández en
Salamanca, en 1517, por mediación del franciscano fray Juan Hurtado. Mantuvo
conversaciones con ella durante dos años hasta que se asentó en Salamanca,
tiempo que Medrano le pasaba dinero para mantenerse porque Francisca era
pobre 70. A consecuencia de las habladurías que surgieron, el provisor de la dió-
cesis de Salamanca, Cristóbal de Alba, inició un proceso a Francisca Hernández
y al bachiller Medrano, cuya sentencia fue el destierro de la ciudad, motivo por
el que se fueron a Valladolid 71. En esta ciudad vivieron en casa de Bernardino de
los Ríos, excelente letrado fiel partidario de las Comunidades 72. Muy pronto, los
inquisidores de Valladolid ordenaron al grupo que no vivieran bajo el mismo techo
y Francisca pasó a habitar la casa de Francisco de Texeda, donde las personas que

68 L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los Alumbrados”, op. cit., pp. 585-680;
J. E. LONGHURST: “Alumbrados, erasmistas y luteranos en el proceso de Juan de Vergara”,
Cuadernos de Historia de España 27 (1958), pp. 99-163.
69 L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los Alumbrados”, op. cit., pp. 585-595.
70Ibidem. Francisca Hernández era natural de Canillas (Salamanca) y era hija de
labradores pobres. El trato que tuvo Medrano con la beata en Salamanca fue muy amistoso
dado que le remediaba sus problemas de subsistencia.
71 J. PÉREZ ESCOHOTADO: Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial
(Toledo, 1530), Madrid: Verbum-IER, 2003.
72J. PÉREZ: La revolución de las Comunidades de Castilla, Madrid: Siglo XXI, 1977, pp.
481-482.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

le visitaban eran conversos como la hija de Juan Vivero, esposa de Pedro de Ca-
zalla; Blanca de la Serna, hija de Luis de Serna; además de Medrano, Bernardino
Tovar, Diego de Villarreal y otros.
Además del duque de Nájera, su hermanastro, don Francisco Manrique, tam-
bién fue amigo y protector del alumbrado Antonio de Medrano, al igual que del
beato Pedro Fabro. Don Francisco fue capellán del Emperador y posteriormente
llegó a ser obispo de Salamanca.
Además de los Nájera, otra familia que estuvo relacionada con Ignacio de Lo-
yola, y también protegió al grupo de alumbrados de Valladolid, fue la de Velázquez
de Cuéllar 73. En su declaración ante los inquisidores de Toledo, en 1529, Leonor
del Vivero afirmaba que Francisca Hernández fue acogida por doña Catalina de
Velasco, mujer de don Bernardino de Velasco, durante más de un año 74. Es preciso
señalar que doña Catalina de Velasco era hija de Juan Velázquez de Cuéllar y de
doña María de Velasco. También doña María de Velasco, ya viuda de Juan Velázquez
de Cuéllar, protegió a este grupo de alumbrados. Doña María de Velasco era se-
ñora de Billabaquerín, y en una declaración de una esclava negra de don Pedro
Cazalla, llamada Inés, afirmaba que Medrano estuvo en traje de clérigo en dicha
villa cuando estaba allí Francisca Hernández “e que vino a copear a casa de Pedro
Cazalla de noche”. La familia Velasco fue la que mantuvo y le dio de comer a Fran-
cisca Hernández durante el tiempo que estuvo presa en el tribunal de Toledo.
De Alcalá, Ignacio partió hacia Salamanca y se dirigió al convento de San Es-
teban a buscar confesor y guía espiritual. Ciertamente, la espiritualidad de los
dominicos salmantinos era completamente distinta de la que se practicaba en Al-
calá 75; era considerada por la Inquisición como la ortodoxa y el hecho de que Ig-
nacio fuera directamente allí demuestra que conocía la diferencia que existía y
preveía que, acudiendo a ellos, podía evitar problemas como los que le habían
ocurrido en la ciudad del Henares:

73 J. W. O’MALLEY: Los primeros jesuitas, Bilbao-Santander: Mensajero-Sal Terrae,


1995, pp. 45-46; L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los Alumbrados”, op. cit., pp.
585-680.
74Citado por L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los alumbrados”, en P. DE
LETURIA, S.I., y otros: Ignacio de Loyola en Castilla, op. cit., pp. 198-199.
75 E. COLUNGA: “Intelectuales y místicos en la teología española del siglo XVI”, Ciencia
Tomista 9 (1914), pp. 209-221.

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Capítulo I

Confesábase en Salamanca con un fraile de santo Domingo en sant Esteban;


y hubiendo 10 ó 12 días que era allegado, le dijo un día el confesor: los padres
de la casa os querían hablar.
Invitado a comer el domingo siguiente, Ignacio se presentó en el convento de
San Esteban con su amigo Calixto y en la sobremesa, el “soprior” le preguntó por
los estudios que habían realizado, que no eran muchos, por lo que le hizo la pre-
gunta esencial: “Pues luego, ¿qué es lo que predicáis?”, a lo que el Peregrino con-
testó que no predicaban sino que hablaban con personas sobre “cosas de Dios”.
Pero el fraile era incisivo y le volvió a insistir: “¿de qué cosa de Dios habláis? Que eso
es lo que queríamos saber”. A lo que Ignacio respondió llanamente: “Hablamos
cuándo de una virtud, cuándo de otra, y esto alabando; cuando de un vicio, cuando
de otro, y reprehendiendo”.
De acuerdo con tales premisas, el dominico extrajo las conclusiones que po-
dría sacar de un alumbrado:
Vosotros no sois letrados, y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno
puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras, o por el Espíritu Santo.
No por letras; luego por Espíritu Santo 76.
Fue entonces cuando Ignacio se percató de la intención del dominico y de que
había hablado en exceso, pero los dominicos sí querían hablar y le identificaron
con los “errores de Erasmo y tantos otros” 77. En consecuencia, lo mantuvieron
encerrado en el propio convento hasta que llegase la autoridad eclesiástica que
habían solicitado para que lo interrogase. La forma de actuar de Ignacio hizo pen-
sar a los dominicos que se trataba de un alumbrado. El interrogatorio a que le so-
metieron, iba encaminado a ver si admitía la tradición y la autoridad de la Iglesia
y no solamente la inspiración directa de Dios, como afirmaban los alumbrados 78.
Si la visión que Ignacio de Loyola tuvo a orillas del Cardoner 79, durante su
estancia en Manresa, constituyó un hito fundamental (como han afirmado todos

76 El peregrino. Autobiografía..., op. cit., p. 68.


77 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, p. 454.
78 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, p. 176; B. HERNÁNDEZ MONTES: “Identidad
de los personajes que juzgaron a San Ignacio en Salamanca. Problemas históricos suscitados
por las primeras fuentes”, AHSI 52 (1983), pp. 3-51.
79 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, pp. 404-406; R. GARCÍA-VILLOSLADA: San
Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 217-219.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

los estudiosos del personaje) en su actividad espiritual, el problema que tuvo Ig-
nacio de Loyola con los dominicos de Salamanca constituye el segundo hito –de
no menor trascendencia– para explicar la formación de la Compañía de Jesús.
Durante los días en que estuvo preso en dicha ciudad, sacó la conclusión de que
debía de estudiar teología, pero no en Salamanca, sino en París, donde conoció
al resto de compañeros que compartían su misma espiritualidad 80.
Ciertamente, es preciso aclarar que la espiritualidad que quería practicar Ig-
nacio, solamente coincidía con los alumbrados en algunas formas externas de
proceder socialmente. La individualidad del vasco consistía en querer imitar a
los santos, siempre dentro de la Iglesia y de la Tradición, mientras que la de los
alumbrados defendía la inspiración individual de Dios 81. El proyecto de vida es-
piritual que intentaba practicar Ignacio, era imposible de realizar en el ambiente
intelectual salmantino, donde para no ser molestado, debía profesar en una orden
religiosa y seguir una religiosidad controlada por las élites que comenzaban a do-
minar la universidad del Tormes 82.
La universidad de París era muy diferente a la de Salamanca, tanto en sus es-
tructuras como en sus enseñanzas 83. La renovación intelectual y religiosa en la
que estaban inmersos los distintos centros y profesores parisinos a principios del

80 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, p. 177.


81 P. DE LETURIA, S.I.: “El influjo de San Onofre en S. Ignacio a base de un texto de
Nadal”, en P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, op. cit., I, pp. 96-111, donde se presenta
una buena relación de fuentes que leyó San Ignacio, y en las que pudo inspirarse para
ejercitar su vida espiritual, siempre dentro de la Iglesia y de la tradición; A. MÁRQUEZ:
“Origen y caracterización del iluminismo (según un parecer de Melchor Cano)”, Revista de
Occidente 63/6 (1968), pp. 320-333.
82 El propio Ignacio lo señala con claridad en su autobiografía:
“Pues como a este tiempo de la prisión de Salamanca a él no le faltasen los mismos
deseos que tenía de aprovechar a las ánimas, y para el efecto estudiar primero y ajuntar
algunos del mismo propósito, y conservar los que tenía; determinado de ir para París,
concertóse con ellos que ellos esperasen por allí, y que él iría para poder ver si podría
hallar modo para que ellos pudiesen estudiar” (MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943,
p. 462).
83 La situación de la universidad de París en la época que llegó Ignacio de Loyola, ha sido

explicada con claridad por R. GARCÍA-VILLOSLADA: La Universidad de París durante los estudios
de Francisco de Vitoria O. P. (1507-1522), Roma: Apud Aedes Universitatis Gregorianas, 1938,
pp. 244-278. El propio Villoslada vuelve a expresar en otro estudio:

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Capítulo I

siglo XVI, conectaba directamente con el proyecto espiritual que quería vivir Ig-
nacio de Loyola y, en cierta medida, con el de la universidad de Alcalá. Villoslada
explica cómo el humanismo entró en la Universidad durante el siglo XV y triunfó,
a principios del siglo siguiente, en los colegios, monasterios y demás centros del
barrio de estudiantes de París 84. Por otra parte, la independencia que gozaban
sus enseñanzas e ideología, contrastaba con la universidad de Salamanca, donde
las élites sociales castellanas llevaban a estudiar a sus vástagos, impregnando sus
saberes de unas orientaciones típicamente castellanas.
Es preciso advertir que los primeros compañeros de Ignacio, que después for-
maron la Compañía de Jesús, todos estudiaron en París donde se conocieron entre
sí. Tras la detención de Bernardino Tovar, varios estudiantes de Alcalá se fueron a
París: Miguel de Torres 85 y Juan de Castillo lo hicieron a finales de 1529, mientras
que Juan de Valdés y Mateo Pascual se decidieron por Roma. Si bien, en un primer
momento, Torres mostró reparos en acercarse a Ignacio de Loyola, al final llegó a
establecer amistad en Roma y a entrar en la Compañía 86. En 1533, Laínez y Sal-
merón llegaban a París desde la universidad de Alcalá, lo mismo que Nicolás Alonso
de Bobadilla. Ninguno de ellos emprendió la actividad apostólica que había man-
tenido en Alcalá, porque todos tomaron muy en serio los estudios, dando ejemplo
con su conducta 87.
Manuel de Miona era un sacerdote portugués, profesor en la universidad de
Alcalá cuando Ignacio llegó a dicha ciudad en 1526. Lo escogió como profesor y
continuó siéndolo después en París. En el proceso a Bernardino Tovar, Miona
apareció como “gran amigo íntimo de Bernardino”. Miona aconsejó a Ignacio
que leyese El manual del caballero cristiano de Erasmo; más tarde, en 1544, entró
en la Compañía. Otro amigo de Ignacio, Diego de Eguía, que le ayudó en Alcalá

“Una de las cosas que indudablemente impresionaron a Loyola fue el carácter, la


organización y el cosmopolitismo de la parisiense ‘Civitas litterarum’, tan diferente en
muchas cosas de las Universidades que había visto en España: Alcalá y Salamanca” (R.
GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 322).
84 R. GARCÍA-VILLOSLADA: La Universidad de París..., op. cit., pp. 320-347.
85 M. BATAILLON: Erasmo y España, op. cit., pp. 213 y 215.
86 F. FITA: “Los tres procesos de San Ignacio de Loyola...”, op. cit., pp. 433-488.
87 J. OSUNA: Amigos en el Señor. Unidos para la dispersión, Bilbao: Mensajero, 1998, pp.
75-77.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

y llegó a ser su confesor, entró en la Compañía en 1540 y fue a reanudar sus es-
tudios a París ese mismo año, siendo también perseguido por la Inquisición 88.

EL CAMBIO DE ORIENTACIÓN IDEOLÓGICA DURANTE EL REINADO DE CARLOS V

Paralelamente a este ambiente de renovación espiritual que vivía el fundador


de la Compañía junto a sus compañeros en París, en los reinos hispanos, bajo el
Emperador Carlos V, se iniciaba una persecución contra las obras de Erasmo y
sus lectores, acusándolos de ideas alumbradas 89. Durante esta etapa, el inquisidor
general fue Alonso Manrique (1523–1538), arzobispo de Sevilla, quien sintoni-
zaba con la reforma cisneriana y sentía simpatía por anhelos de reforma más o
menos identificados con el erasmismo 90. Ahora bien, aunque se resistió a prohi-
bir las obras de Erasmo y lo consiguió en la célebre congregación celebrada en
Valladolid (1527), en 1529 caía en desgracia del Emperador y, desde esa fecha,
el erasmismo español no contó con defensores influyentes en la corte 91. A partir
de 1530, la atmósfera ideológica cambió en España y el humanismo también. Los
erasmistas comenzaron a cambiar: si utilizaban una lengua y un estilo humanis-
tas, el contenido de sus escritos reforzaba la tradicional defensa ética y religiosa
de los saberes por el peligro que, de lo contrario, pudiera suceder. Numerosos
seguidores del humanista holandés comenzaron a ser procesados por la Inquisi-
ción y las obras del maestro cayeron en la prohibición a principios de 1536,
cuando el Consejo de Inquisición enviaba una acordada prohibiendo algunos Co-
loquios de Erasmo en las librerías porque causaban muchos errores en la fe 92.

88 Sobre el hermano de Diego, J. GOÑI GAZTAMBIDE: “El impresor Miguel de Eguía

procesado por la Inquisición (c. 1495-1546)”, Hispania Sacra 1 (1948), pp. 53-58.
89 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: “San Ignacio de Loyola y Erasmo de Rotterdam”,
Estudios eclesiásticos 16/61 (1942), pp. 235-264; I. ELIZALDE ARMENDÁRIZ: “Luis Vives e
Ignacio de Loyola”, Hispania Sacra 33/68 (1981), pp. 541-547.
90 K. WAGNER: “El arzobispo Alonso Manrique, protector del erasmismo y de los
reformistas en Sevilla”, Bibliothèque d’Humanisme et Renaissance 45 (1982), pp. 349-350.
91Eguía fue nombrado superior de los escolares de la Compañía que estudiaban en la
Sorbona (M. BATAILLON: Erasmo y España, op. cit., pp. 154 y ss.).
92 AHN, Inquisición, lib. 573, f. 134v. Fechada el 23 de enero de 1536.

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Capítulo I

Este proceso de intransigencia y represión ideológica y espiritual, que comenzó


a instaurarse en los reinos hispanos durante la segunda mitad del reinado del Em-
perador, no se puede entender si no se tiene en cuenta la evolución política y los
grupos de poder cortesanos que dominaron la administración central y rodeaban
a Carlos V.
Entre las diversas facciones que habían compuesto el bando imperial en los
levantamientos de las Comunidades y Germanías, fue surgiendo una, cuyos ob-
jetivos políticos fueron los de imponer los intereses de Castilla sobre el resto de
los reinos que componían el Imperio de Carlos V y, en el campo de la religión, es-
tablecer la espiritualidad que sus miembros practicaban, llegando incluso a pro-
poner los mismos medios e instituciones (como la Inquisición) que se empleaban
en Castilla. Tal grupo dominante, denominado “castellano”, se formó en torno a
dos grandes patronos que se habían iniciado políticamente en el partido “fernan-
dino”; a saber, Francisco de los Cobos y Juan Tavera. Cobos comenzó en la admi-
nistración castellana durante los primeros años del siglo XVI a la sombra del
secretario Miguel Pérez de Almazán. Durante el reinado de Felipe el Hermoso y
la regencia de Cisneros, Cobos se vio obligado a permanecer en la sombra, pero
entre los años 1523 y 1529, inició un ascenso imparable al servicio de Carlos V,
desplazando incluso a los personajes flamencos que le acompañaban, hasta con-
vertirse en el personaje de mayor confianza 93. Por su parte, Juan Tavera era so-
brino de Diego de Deza 94, bajo cuyo patronazgo fue nombrado consejero de
Inquisición (1505), abandonando así el prometedor futuro que tenía como profe-
sor en la universidad de Salamanca. Durante las regencias del cardenal Cisneros,
tuvo que dejar sus cargos y refugiarse en Sevilla, donde su tío era arzobispo. Tras
la revuelta de las Comunidades llegó a ocupar los cargos más altos del gobierno,
siendo nombrado inquisidor general, presidente del Consejo de Castilla, arzobispo
de Toledo y capellán mayor de la Casa de Castilla.
Entre 1523 y 1529 se produjo el asentamiento del sistema de gobierno de los
reinos hispanos, en respuesta tanto a las necesidades impuestas por la compleja

93 La biografía de Francisco de los Cobos en H. KENISTON: Francisco de los Cobos,


secretario de Carlos V, Madrid: Castalia, 1980.
94 D. I. GÓNGORA: Historia del colegio mayor de Santo Tomás de Sevilla, Sevilla: Rasco,
1890, I, pp. 13-14; A. COTARELO: Fray Diego Deza. Ensayo biográfico, Madrid: Perales, 1905,
pp. 78-80.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

herencia política y patrimonial de Carlos V –en el ámbito jurídico, al exigir cada


territorio ordenamientos propios y específicos, y también por la diversidad de
las materias a resolver–, como a la recomposición de la elite de poder cortesana
que tuvo lugar a comienzos del reinado 95. Así se implantó un nuevo equilibrio
político cortesano en el que la desaparición de Sauvage y Chièvres señaló el co-
mienzo de la pugna de Gattinara frente a determinados secretarios, letrados y
oficiales con origen en el antiguo partido “fernandino” y experiencia en la ad-
ministración castellana 96.
La muerte de Guillermo de Croy (1521) y la introducción de castellanos en
el servicio de Carlos V no produjeron un brusco cambio en las líneas maestras de
la política imperial, al menos, en lo referente a la política en Italia. La política ex-
terior aún siguió regida por los planteamientos de los nobles flamencos, clientes
de Chièvres, que consistía en buscar la paz con los franceses en Italia (dado los
intereses que dichos personajes tenían en la Monarquía francesa), lo que iba en
contra de la política seguida por el rey Fernando el Católico y los “castellanos”,
que consistía en mantener las “Dos Sicilias” y desplegar un dispositivo militar y
diplomático en el norte de Italia, impidiendo la presencia francesa en Lombardía,
al tiempo que se tenía sujeto al Pontífice encerrado en el centro de la península.
El triunfo en la batalla de Pavía (1525), con la captura del rey francés, abría la po-
sibilidad de llegar a una paz duradera como querían los consejeros flamencos;
pero la guerra continuó tras la liberación del rey francés. El 6 de mayo de 1527
se producía el saco de Roma, en el que murió el propio condestable de Borbón,
que mandaba las tropas imperiales, y esto provocó un cambio radical de plantea-
mientos. Se vio obligado a acudir a nuevos consejeros para diseñar la política a
seguir como Gattinara (que anteriormente había sido rechazado por los flamen-
cos) y el grupo “castellano” 97. La situación italiana estaba estancada de tal manera

95 J. MARTÍNEZ MILLÁN y C. J. DE CARLOS MORALES (dirs.): Felipe II (1527-1598). La

configuración de la Monarquía Hispana, Salamanca: Junta de Castilla y León, Consejería de


Educación y Cultura, 1998, pp. 21-33.
96 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ: “La coronación imperial de Bolonia y
el final de la vía flamenca (1526-1530)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (coord.): Carlos V y la quiebra
del humanismo político en Europa (1530-1558), Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración
de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, I, pp. 131-150.
97 Sobre la política del Gran Canciller, M. RIVERO RODRÍGUEZ: Gattinara: Carlos V y
el sueño del Imperio, Madrid: Sílex, 2005, passim.

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Capítulo I

que el Emperador se impacientó y pensó que la única alternativa era asumir él


mismo las riendas de la política y dirigirse a Italia. Gattinara realizó un proyecto en
el que asumía los principales puntos de vista aportados por la tradición respecto a
Italia: adoptaba como propia la visión italiana (tradicionalmente esgrimida por la
Santa Sede como justificación de su poder temporal) al ofrecer una imagen pacífica
en la que, el Emperador no aparecía como invasor o dominador, sino como protec-
tor; por otra parte, hacía propia la tradición hispana, según la cual, Milán era prio-
ritario para mantener las posesiones del sur de Italia 98. Por último, Gattinara trató
de enlazar el Sacco de Roma con un ambiente de esperanza en la regeneración de
la Iglesia; así lo dio a entender por medio de su secretario personal, Alfonso de Val-
dés, al que autorizó a difundir un vibrante alegato en defensa del Emperador: el
Diálogo entre Lactancio y un arcediano, de marcado sabor erasmista 99. La difusión
de las ideas políticas de Erasmo por sus seguidores hispanos sirvió para justificar la
política europea del Emperador ante los castellanos y para darle argumentos sólidos
con los que solicitar subsidios a las Cortes, alegando que si no luchaba contra el
infiel (objetivo primordial de los reinos hispanos), era por la guerra que le hacían
los propios príncipes cristianos (sobre todo el Rey de Francia) y por la animadver-
sión que le tenía el Pontífice. De esta manera, el Emperador aspiraba a una paz uni-
versal en la que aparecía como el defensor de la fe, al que le correspondía resolver
el asunto de Lutero, dada la pasividad de Roma, y llevar a cabo la reforma de la cris-
tiandad. Con todo, la esperanza de esta paz universal, unida al espíritu de la con-
cordia erasmista, si bien la creyeron algunos personajes, no figuraba entre los planes
de la vía imperial que se estaba inaugurando. El erasmismo sirvió como justificación,
pero no como soporte de una nueva política.
A partir de entonces, los ideales e intereses de Castilla, representados por los
antiguos miembros del partido “fernandino” (Francisco de los Cobos, Juan

98 M. RIVERO RODRÍGUEZ: “La Corona de Aragón, metáfora de la monarquía de Carlos V:


Gattinara y sus ideas sobre el gobierno (1519-1520)”, en B. J. GARCÍA GARCÍA (coord.): El
imperio de Carlos V: procesos de agregación y conflictos, Madrid: Fundación Carlos de Amberes,
2000, pp. 97-110.
99 X. TUBAU: “Alfonso de Valdés y la política imperial del canciller Gattinara”, Studia

Aurea: Revista de Literatura Española y Teoría Literaria del Renacimiento y Siglo de Oro 4
(2010), pp. 17-43; G. GALASSO: “Lettura dantesca e lettura umanistica dell’idea di impero del
Gattinara”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (coord.): Carlos V y la quiebra del humanismo político..., op.
cit., I, pp. 93-114.

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La impronta religiosa y política de Ignacio de Loyola

Tavera, etc.) se impusieron en la forma de gobierno del Imperio carolino. Desde el


punto de vista cultural, tras el control de poder por el partido “castellano”, el eras-
mismo fue barrido de los reinos hispanos paulatinamente durante la década de
1530, al mismo tiempo, que las intensas relaciones del Emperador con Italia, a par-
tir de entonces, propiciaron la influencia de la cultura italiana a través del arte y de
poetas como Garcilaso de la Vega, Gutierre de Cetina o Hernando de Acuña.
De esta manera, el cambio político que se dio en tiempos de Carlos V y que fa-
voreció a los “castellanos”, siendo de nuevo los administradores de la Monarquía,
hizo ser consciente a Ignacio y a sus compañeros que su vuelta a la Península en
esos momentos resultaba imposible, por miedo a una posible represión inquisitorial.

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CAPÍTULO II

LOS ORÍGENES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.


SUS PRIMERAS FUNDACIONES

Así pues, a finales de la Edad Media, proliferaron en toda Europa un gran nú-
mero de movimientos espirituales que buscaban una “reforma moral y espiritual”
de una Iglesia a la que consideraban corrompida en su esencia de caridad y pobreza.
Iniciativas que habían surgido desde el propio seno de la Iglesia mucho anteriores
a la reforma de Lutero. Estos movimientos reformadores que, en la práctica, con-
siguieron una renovación in membris tuvieron su continuación, a principios del siglo
XVI, en los territorios italianos, mientras que en otras partes de Europa encontraron
su desarrollo posterior en el protestantismo 1. En este ambiente de transformación
en el seno de la Iglesia, llegó Ignacio de Loyola con sus compañeros a Roma con la
idea de servir al Pontífice en sus intentos de reforma espiritual.

LA REFORMA RELIGIOSA EN ITALIA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVI

El desarrollo de la reforma católica en territorio italiano, y sobre todo en


Roma, nació de la influencia y actividad de un gran número de asociaciones laicas
denominadas hermandades, compañías u oratorios, que cambiaron la faz del mundo

1 R. RUSCONI: Predicazione e vita religiosa nella società italiana (da Carlo Magno alla
Controriforma), Turín: Loescher (Documenti della Storia), 1981; J. MARTIN: “Salvation and
Society in Sixteenth-Century Venice: Popular Evangelism in a Renaissance City”, Journal of
Modern History 60 (1988), pp. 205-233; M. FIRPO: Riforma protestante ed eresie nell’Italia del
Cinquecento, Roma-Bari: Laterza, 1997, pp. 12-14; S. CAPONETTO: La Riforma protestante
nell’Italia del Cinquecento, Turín: Claudiana, 1992; C. J. BLAISDELL: “Politics and Heresy in
Ferrara 1534-1559”, Sixteenth-century Journal 6 (1975), pp. 67-93.

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Capítulo II

eclesiástico italiano de fines del siglo XV y principios del XVI 2. Todas ellas dependían
de órdenes mendicantes (franciscanos) o de los obispos. La aspiración a la perfec-
ción, los ejercicios comunes de piedad y el servicio a los pobres y enfermos eran
las actividades que desarrollaban. En algunos casos, como la “Fraternidad del Di-
vino Amor” de Génova, el oratorio de la hermandad tenía entre sus dependencias
un hospital para enfermos incurables, ejemplo que fue seguido por las hermanda-
des de Savona, Venecia, Milán, Bolonia, Roma y Nápoles. De todas ellas la que
cobró mayor importancia fue la hermandad del Oratorio del Amor Divino (1515),
por estar en la corte romana y porque estuvo constituida por miembros de la Curia
que propugnaban la reforma global de la Iglesia, a través de la reforma individual
de las personas, empezando por ellos mismos, que fue posible a través de la predi-
cación con el ejemplo 3.
El oratorio del Amor Divino estaba constituido por clérigos y laicos, en número
de sesenta personas, que se reunían en la Iglesia de Santa Dorotea in Trastevere.
Una lista de sus miembros fechada en 1524 ofrece una idea de su importancia e
influencia: de las cincuenta y seis personas que aparecían consignadas catorce
eran laicos, seis obispos y el resto, incluyendo a los poderosos cardenales Aleandro,
Sadoleto, Contarini y Giberti, eran miembros de la corte papal 4. Aquí constituían
una influyente facción, además fueron consejeros de Adriano VI y Clemente VII,
e impulsaron la idea de renovación de la Iglesia in capite. Pero después del saqueo
de Roma en 1527, desapareció el oratorio; sus miembros se dispersaron y en sus
respectivas diócesis propiciaron diversas reformas 5. No obstante, de sus filas nació
la orden de los teatinos, pilar de la contrarreforma romana, bajo el impulso de
Gaetano da Thiene y el cardenal Gian Pietro Carafa –después Paulo IV– que fue

2M. ROSA: “Il beneficio di Cristo: interpretazioni a confronto”, Bibliothèque


d’Humanisme et Renaissance 40 (1978), pp. 609-620.
3P. SIMONCELLI: Evangelismo italiano del Cinquecento. Questione religiosa e nicodemismo,
Roma: Istituto Storico italiano per l’età moderna e contemporanea, 1979.
4 Sobre la reforma romana, una síntesis en E. GARCÍA HERNÁN: Ignacio de Loyola, op.
cit., pp. 136-137.
5M. ROSA: “Il beneficio di Cristo: interpretazioni...”, op. cit., pp. 609-620; O.
MONTENOVESI: “Echi del Sacco di Roma dell’anno 1527”, Archivi 10 (1943), pp. 9-17; A.
CHASTEL: Il sacco di Roma, 1527, Turín: Piccola biblioteca Einaudi, 2010.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

el primer inquisidor romano en 1546 6. La nueva orden era muy diferente a las
entonces conocidas; no era ni claustral ni mendicante, abandonando su sustento
a la providencia divina, y el punto central era una escrupulosa observancia de los
deberes del ministerio sacerdotal 7. Este impulso renovador de las hermandades
tuvo un profundo influjo sobre las órdenes mendicantes como era el caso de los
capuchinos que se escindieron de los franciscanos en 1528, pero además, siguiendo
sus pasos, proliferaron en Italia un sin fin de nuevas órdenes religiosas, como los
barnabitas (Milán, 1533), los somascos (Somasca, 1540), o las ursulinas (Brescia,
1535), a la par que se producía una profunda reforma de las órdenes ya estableci-
das como los carmelitas, los franciscanos o los agustinos 8.
Este ambiente de inquietud religiosa se enfrentaba a un hecho indiscutible,
la fuerte “mundanización” de la Curia romana. Pero, aunque no muy numerosos,
existían en la Curia individuos dispuestos a llevar a cabo la tan ansiada reforma,
individuos que vieron su solución en un Concilio General de la Iglesia que en-
cauzara la labor de la Iglesia bajo estas nuevas directrices. El Concilio lateranense
fue la gran oportunidad perdida antes de la violenta irrupción de Lutero y la es-
cisión de la Cristiandad, sus efectos fueron muy limitados, reforzó la autoridad
del Papa al arrebatar a los obispos el control de las órdenes religiosas operantes
en sus diócesis. Aparte de esto, no se eliminaron la venta de oficios, la acumula-
ción de prebendas o la no residencia de los prelados 9.
El desenvolvimiento de la reforma católica solo fue posible durante el ponti-
ficado de Paulo III (1534-1549), cuando ya el protestantismo había conmovido
los pilares de la Iglesia. Pero no debe entenderse sólo la actitud del papa Farnese
como una reacción contra Lutero, sino como una continuación de la reforma in

6 A. VENY BALLESTER: Paulo IV Cofundador de la Clerecía Religiosa (1476-1559).


Trayectoria ejemplar de un Papa de la Contrarreforma, Palma de Mallorca: Diputación
Provincial de Baleares, 1976; A. VANNI: “Fare diligente inquisitione”. Gian Pietro Carafa e le
origini dei chierici regolari teatini, Roma: Viella, 2010.
7 D. SANTARELLI: Il papato di Paolo IV nella crisi político-religiosa del Cinquecento,
Roma: Aracne, 2008, pp. 213-131.
8 F. RURALE: Monaci, frati, chierici. Gli ordini religiosi in età moderna, Roma: Carocci,
2008, pp. 38-39.
9 M. FIRPO:, Entre Alumbrados y espirituales, Madrid: FUE/EUPS, 2000, pp. 226-227.

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Capítulo II

membris efectuada por laicos 10, hermandades y órdenes religiosas, paralela a la


reforma in capite 11.
Sin buscar una relación causa-efecto, las corrientes religiosas reformistas eran
partidarias de un fortalecimiento del Papado, puesto que a él competía definir la
ortodoxia religiosa, precisamente, en un momento en que el Pontífice había sido
humillado en lo temporal por los ejércitos del Emperador. Es más, incluso Alfonso
de Valdés, secretario de Carlos V, escribió una “obra de circunstancias” en la que
permitía la libertad a la hora de plantear la cuestión de los derechos y deberes del
Papa en materia política porque el debate era, precisamente, entre el Papa y el Em-
perador. La misión del Papa era continuar la obra de Cristo y encarnar el espíritu
evangélico, sin embargo, se dedicaba a la guerra, por lo que correspondía al Empe-
rador, de acuerdo a la interpretación medieval, realizar la tarea de la reforma 12.
La humillación que sufrió durante el saco de Roma tanto el Papado como los
Medici, familia a la que pertenecía el pontífice Clemente VII, no fue admitida
por todos. Si desde el punto de vista político y militar Roma poco podía hacer
frente a la potencia imperial, las inquietudes se canalizaron en el aspecto reli-
gioso. Solo el Papa podía definir la religión cristiana y, por consiguiente, llevar
a cabo la Reforma religiosa. De esta manera, los grupos partidarios de una reli-
giosidad reformista, estaban en contra del dominio político del Emperador (y
después de su hijo Felipe II) en Italia. No resulta extraño que, en este momento,
surgieran nuevas órdenes religiosas y llegaran a Roma un buen número de re-
formadores, justo después del saco romano 13. Su finalidad era la de renovar la

10 R. RUSCONI: Predicazione e vita religiosa..., op. cit., pp. 33 y ss.; J. MARTIN: “Salvation

and Society...”, op. cit., pp. 205-233.


11 P. SIMONCELLI: Evangelismo italiano del Cinquecento..., op. cit., pp. 101-106.
12 Alfonso DE VALDÉS: Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, ed. de R. Navarro Durán,
Madrid: Cátedra, 1992; A. VIAN HERRERO: El diálogo de Lactancio y un Arcediano de Alfonso
de Valdés, obra de circunstancias y diálogo literario, Toulouse: Presses Universitaìre du Mirail,
1994, pp. 42-47.
13Sobre las consecuencias que tuvo la ocupación militar en la capital papal, A. ASOR
ROSA (ed.): Il Sacco di Roma del 1527 e l’immaginario collettivo, Roma: Istituto Nazionale di
Studi Romani, 1986; G. CAVALIETTI RONDININI: “Nuovi documenti sul Sacco di Roma del
1527”, Studi e documenti di storia e del diritto 5 (1884), pp. 221-246; O. MONTENOVESI: “Echi
del Sacco di Roma...”, op. cit., pp. 9-17; D. GOUWENS y S.E. REISS: The Pontificate of
Clemente VII. History, Politics, Culture, Aldershot: Ashgate, 2005, pp. 109-124.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

Ciudad Santa para hacer de ella un centro espiritual con prestigio, desde el que
poder extender la espiritualidad renovada de Roma al resto del mundo. Como
no podía ser de otra manera, esta renovación espiritual, que se extendió por toda
Italia, ponía de manifiesto, aunque lo hiciera de forma indirecta, el rechazo a la
política hispana en Italia. De esta forma se comprende la importancia del movi-
miento espiritual iniciado por el reformador florentino Felipe Neri. Señalaba el
historiador Bremond que el movimiento espiritual iniciado por Neri renovó
Roma durante el periodo que abarcaba desde el saco de Roma hasta la absolución
de Enrique IV 14.
Ciertamente, el grupo de Neri, más tarde formalizado en la Congregación
del Oratorio, atendió a los intereses de Roma, extendiendo su método de operar
y su espiritualidad a otras órdenes religiosas. Con ello Neri conseguía restituir
la confianza de toda la sociedad católica en el Pontífice, al mismo tiempo que re-
chazaba el control de Carlos V y Felipe II sobre Italia.
Cuando Neri, siendo todavía muy joven, llegó a Roma en 1533, se dio cuenta
de la necesidad de reformar la Iglesia a través de la asistencia espiritual y de la
caridad, que se debía propagar a otros lugares, y para ello, juzgó que la mejor
manera de actuar era rodeándose de un grupo de hombres preparados, todos
ellos presbíteros como él. De este modo, antes de fundar oficialmente la Con-
gregación del Oratorio, la obra de Felipe Neri se configuró como un modo de
vida espiritual, que sólo se pudo concebir en el ambiente romano de renovación
religiosa de la segunda mitad del siglo XVI. Tal y como afirmaba Cistellini en su
estudio sobre la figura de San Filippo Neri, el humus que favoreció el desarrollo
del Oratorio y que llevó a condicionar su peculiar fisonomía, fueron las profundas
cicatrices que dejó el saco de Roma de 1527, que veinte años después, eran aún
palpables 15.

14 H. BRÉMOND: Divertissements devant l’Arche, París: Grasset, 1930, p. 88.


15 A. CISTELLINI: San Filippo Neri. L’oratorio e la Congregazione Oratoriana, Brescia:
Morcelliana, 1989, I, pp. 50-53; L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili,
1927, XIV, pp. 184-185.

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Capítulo II

CRISTALIZA UN PROYECTO: LA FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Sin experimentar resquemores políticos, sino con una limpia intención de


reforma espiritual, Ignacio de Loyola y sus compañeros perseguían los mismos ob-
jetivos que Felipe Neri y su grupo: el servicio al Pontífice como cabeza de la Iglesia,
para lo que se ponían a su servicio. El juramento que los estos primeros fundadores
de la Compañía hicieron en Montmartre dejaba al descubierto esta afinidad, lo que
explica las buenas relaciones que existieron entre ambos personajes 16:
Nuestra intención desde París aun no era de hacer congregación, sino
dedicarse en pobreza al servicio de Dios nuestro señor y al provecho del prójimo,
predicando y sirviendo en hospitales, etc.; hicimos voto algunos años antes que nos
partiésemos para ejecutar nuestra intención, de andar, si pudiésemos, a los pies del
Papa, Vicario de Cristo, y demandar licencia para ir a Jerusalén; (…) explicamos
en el voto que no era nuestra intención obligarnos a ir, sino tornar al Papa y hacer
su obediencia, andando donde nos mandase 17.

Es decir, el objetivo de este grupo de amigos era el ofrecimiento incondicional


al Pontífice Romano, vicario de Cristo, para que dispusiera de ellos de acuerdo a
las necesidades de la Iglesia, trabajando por la salvación por las almas, “viviendo
en pobreza”, en la forma, tiempo y lugar que el Papa les señalase, lo que era nuevo
y original y le daba una particular significación y trascendencia en la historia de
la Iglesia.
Pasado el invierno de 1538, el grupo de amigos, que se habían dispersado en
París, volvió a reunirse en Roma y allí comenzaron a predicar y enseñar la doctrina
a los niños 18. No obstante, antes de entrar en la Ciudad Eterna, todos ellos se reu-
nieron en Vicenza y deliberaron el nombre que darían al grupo a todos aquellos
que les preguntasen por su pertenencia, pasando a llamarse a partir de entonces:
Compañía de Jesús 19.

16 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 523-543.


17 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, pp. 110-112.
18 Ibidem, p. 197.
19 El P. Polanco lo narraba de la siguiente manera:
“Tomose este nombre antes de que llegasen a Roma; que tratando entre sí cómo se
llamarían a quien les pidiese qué congregación era la suya (que era de 9 ó 10 personas),
comenzaron a darse a la oración y pensar qué nombre sería más conveniente; y visto

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

Una vez en Roma, después de varias peripecias y trabajos apostólicos, Ignacio


consiguió tener una entrevista a solas (en Frascati, a finales de agosto de 1538)
con Paulo III, en la que le expuso los deseos y proyectos del grupo 20. El Pontífice
le mostró su confianza y, el 27 de septiembre de 1540, extendía la bula fundacional
de la Compañía de Jesús (Regiminis militantis Ecclesiae) 21. La forma en que surgió
la idea de formar una institución religiosa Polanco lo expresa con sencillez:
(…) Es de considerar que viniendo a Roma no traían propósito ninguno de
hacer congregación ni forma alguna de religión, sino emplear su personas en
servicio de Dios y de la Sede Apostólica, ya que no pasaban a Jerusalén. Pero
estando en Roma, y visto que se acercaba el tiempo en que se habían de dividir,
enviados a diversas partes por el Papa, y viéndose de tan diversas naciones
juntados en espíritu y llamados de una misma vocación, comenzaron a tratar de
la forma de vivir que debían tener 22.

A partir de entonces, la expansión fue rápida por los territorios italianos. Ig-
nacio de Loyola pensaba que la reforma de la Iglesia debía venir “desde arriba”;
esto es, desde el Papado, por lo que condenaba que se criticase al Pontífice (sobre
todos los predicadores) porque disminuía su autoridad y prestigio. Por eso,
cuando en 1555, el cardenal Carafa subió al solio pontificio con el nombre de
Paulo IV, Ignacio escribió a todos los miembros de la Compañía señalando la vida
ejemplar y de reforma que ya había mostrado este personaje siendo cardenal 23.
Semejante forma de pensar coincidía con la que defendían las organizaciones re-
ligiosas que habían surgido por toda Italia buscando una religiosidad más autén-
tica y personal. Sin duda, la comunidad de Felipe Neri fue la organización que

que no tenían cabeza ninguna entre sí, ni otro propósito sino a Jesucristo, a quien sólo
deseaban servir, parecioles que tomasen nombre del que tenían por cabeza,
diciéndose la Compañía de Jesús” (R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola...,
op. cit., p. 432).
20 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Ignacio de Loyola, reformador”, en Q. ALDEA VAQUERO,

S.I. (ed.): Ignacio de Loyola en la gran crisis del siglo XVI (Congreso Internacional de Historia.
Madrid, 19-21 noviembre de 1991), Bilbao: Sal Terrae, 1993, pp. 239-254.
21 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 466-467.
22 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, pp. 204-205.
23 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 612; MHSI: Fontes
Narrativi I, Roma, 1943, p. 583.

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Capítulo II

conectó mejor con los ideales de la Compañía. De aquel primer intercambio con
la Compañía, y como práctica espiritual para la pequeña comunidad de sacerdotes
dirigida por Felipe Neri, éste solía leer a sus discípulos –“hijos espirituales” de
Neri como se les denominaba– las cartas de los jesuitas misioneros en Indias,
que se convirtieron en lecturas frecuentes del Oratorio. En este sentido, Neri
solía decir a sus discípulos que debían operar en Roma como si fuera sus Indias.
Asimismo, Neri y su grupo de religiosos solían frecuentar la iglesia de los jesuitas
en Santa Maria della Strada en Roma, que perdió protagonismo con la construc-
ción, años más tarde, de Il Gesù 24. Más allá de esta simpatía y buena relación
entre la Compañía y los hijos espirituales de Neri, existe un dato fundamental
que nos revela por carta su compañero y biógrafo, el P. Antonio Gallonio, al afir-
mar que había visto a Neri jactarse más de una vez de haber sido “el primero
que metió italianos en la Compañía de Jesús” 25. Efectivamente, muchos de los
discípulos de Neri encontraron su vocación en la Compañía de Jesús, animados
por el propio Santo a que ingresaran en la Compañía.
Desde los mismos tiempos de la fundación de la Compañía, muchos obispos
italianos solicitaron ayuda al Pontífice para predicar en sus diócesis con el fin de
catequizar a sus comunidades y evitar la extensión de las herejías, para lo que
suplicaban que enviara a los miembros de esta nueva Orden religiosa 26. En abril
de 1539, el cardenal Ennio Filonardi, destinado a Parma como legado pontificio,
se hizo acompañar por los padres Fabro y Laínez, quienes comenzaron a predicar
en dicha ciudad 27. El padre Salmerón fue enviado a Nápoles 28, mientras Do-
ménech y Landini fueron enviados a Sicilia y Córcega respectivamente. En de-
finitiva, la expansión de la Compañía por Italia fue rápida e intensa y se produjo

24 A. CISTELLINI: San Filippo Neri. L’oratorio..., op. cit., I, pp. 25-27.


25 Carta del 7 de septiembre de 1595, en G. INCISA DELLA ROCCHETTA y N. VIAN: Il primo
processo per San Filippo Neri, Ciudad del Vaticano, 1957, I, p. 180; L. PONNELLE, L. BORDET:
San Filippo Neri e la società romana del suo tempo (1515-1595), traducción de T. Casini y prefacio
de G. Papini, Florencia: Librería Editrice Florentina, 1986, p. 53.
26 Así lo confesaba el propio Ignacio de Loyola (MHSI: Ignatiana I, Madrid, 1903, p. 141).
27 P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia, Roma-Milán,
1910, I, pp. 150-151; MHSI: Lainii I, Madrid, 1912, pp. 3-9.
28P. RIBADENEYRA: “Vida y muerte del P. Alfonso Salmerón”, en Historias de la
Contrarreforma, introducción y notas de E. Rey S.I., Madrid: BAC, 1945, pp. 595-597.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

antes que en ningún otro territorio y fueron las élites de los estados italianos los
que acogieron de buena gana la espiritualidad jesuita.
Además de extenderse por Italia, dada la buena acogida de sus primeros
miembros, la Compañía de Jesús lo hizo rápidamente por la península Ibérica.
Ciertamente, la institución como tal no se conocía, pero sí eran recordados tanto
Ignacio de Loyola como sus compañeros en las cortes portuguesa y castellana,
ya que estos jesuitas se habían educado en la corte de los Reyes Católicos, a la
sombra de la facción protegida por la reina Isabel y por su hija Juana. Posterior-
mente, habían practicado la misma religiosidad que estos cortesanos, lo que les
había ocasionado graves problemas con la Inquisición. Los tiempos y las circuns-
tancias políticas habían cambiado sustancialmente: la fundación que Ignacio re-
presentaba había sido aprobada por el propio Papa, no había duda, por tanto, de
su ortodoxia religiosa. Pero además, desde el punto de vista político, los miem-
bros del partido que apadrinaban las mujeres de la familia real, cuya facción cor-
tesana había sido desplazada del poder por los “castellanos”, ahora, a mediados
del siglo XVI, habían conseguido situarse en los principales puestos de gobierno
tanto de la corte portuguesa como de la castellana.

LA RÁPIDA EXPANSIÓN DE LOS PRIMEROS JESUITAS EN LA CORTE LUSITANA

La difusión de la Compañía de Jesús por la corte y el reino lusitano fue rápida


dado que contó con el apoyo de la familia real y de las élites gobernantes. Desde
el punto de vista religioso, se ha de tener en cuenta que los reiterados matrimo-
nios, realizados desde los tiempos de los Reyes Católicos, entre los vástagos de
las familias reales castellana y portuguesa sirvieron, entre otras cosas, para crear
en ambas cortes un clima de religiosidad “afectiva” y “observante”, que era prac-
ticada por Isabel la Católica, y en el que fueron educadas sus hijas, casadas con
príncipes portugueses y, a su vez, sus descendientes volvieron a Castilla como
esposas de Carlos V y Felipe II. En medio de esta espiritualidad vivió Ignacio de
Loyola durante su estancia en Castilla y en ella tuvo sus orígenes la Compañía
de Jesús 29.

29 El análisis de estas relaciones en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V...,


op. cit., I, pp. 25 y ss.

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Capítulo II

Desde el punto de vista político, la reina doña Catalina de Austria, hija de Felipe
el Hermoso y de Juana la Loca, se había trasladado al reino lusitano con buena parte
de los servidores que Fernando el Católico había dejado en Tordesillas sirviendo a
su hija Juana. Estos eran, todos aquellos personajes con los que Ignacio se había
educado y tratado durante su estancia en Arévalo, entre los que es preciso destacar
a su gran protectora y pariente de su madre, doña María de Velasco. En Lisboa,
doña Catalina favoreció a los primeros jesuitas y, concretamente, a Francisco Javier
para ir a la India 30. El padre Araoz escribía a Ignacio, desde Lisboa, el 26 de abril
1544, comunicándole que la reina Catalina le había preguntado mucho por él y
por diversos miembros de la Compañía, al mismo tiempo que le informaba de que
estaba al día de todos los sucesos de la Orden 31. Doña Catalina fue regente durante
la minoría de edad de su nieto, el rey don Sebastián, cuya educación encomendó
a un confidente de Ignacio, el padre Gonçalves de Cámara.
Por medio de la protección de estos personajes y de los propios monarcas, la
expansión de la Compañía en el reino de Portugal fue fulgurante; rápidamente
se crearon los colegios de San Antón en Lisboa, el colegio y facultad de Artes en
Évora, el de Jesús en Coimbra, el colegio Real o “das Artes”, en el que, según
García-Villoslada, al quedar incorporado a la Universidad, el monarca Juan III
quiso que sus maestros fueran extranjeros o portugueses que hubieran sido edu-
cados y hubieran enseñado en París 32.

LA COMPLICADA DIFUSIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS


EN LOS REINOS HISPANOS

El arraigo y expansión de la Compañía de Jesús en Castilla y demás reinos


hispanos resultó mucho más compleja y difícil de explicar. Sin duda, la evolución
política y los diferentes grupos cortesanos que gobernaron la Monarquía fueron
determinantes en la evolución de la Compañía de Jesús. En este sentido, desde
mediados del reinado de Carlos V, Francisco de los Cobos aparecía como cabeza

30 MHSI: Monumenta Xaveriana II, Madrid, 1912, pp. 852-853.


31 MHSI: Epp. Mixtae I, Madrid, 1898, p. 164.
32 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 648.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

del partido “castellano”, dando continuidad a los intereses del desaparecido par-
tido “fernandino”. Se imponían así los ideales políticos de las élites castellanas,
al mismo tiempo que extendían por todos los reinos una ideología religiosa in-
transigente y formalista 33.
En 1543, Carlos V iniciaba un viaje por Europa que le mantuvo alejado de
Castilla hasta 1557, cuando abdicó el trono en Bruselas, encaminándose a su retiro
en Yuste. La corte y, por tanto, el gobierno de los territorios que componían el
Imperio se dividió hasta en tres centros de poder: por una parte, dado que el se-
cretario Cobos tenía una edad avanzada solicitó a Carlos V quedarse en Castilla
para asesorar en el gobierno al joven príncipe, que acababa de contraer matrimo-
nio con su prima María de Portugal, y que comenzaba a asumir decisiones polí-
ticas en el gobierno de los reinos, lo que no pasó desapercibido al partido
“castellano”: si el cardenal Tavera parecía iniciar un declive en su influencia po-
lítica (tuvo que abandonar la presidencia del Consejo de Castilla a favor de Fer-
nando de Valdés 34), Cobos introducía a sus clientes en la casa del príncipe y en
los cargos principales de la corte. Con todo, la influencia de su ayo Juan de Zúñiga,
que no pertenecía a dicha facción, consiguió mantener a determinados personajes
humanistas y no “castellanos” al servicio del príncipe como Juan Calvete de Es-
trella, nombrado maestro de los pajes, o Ruy Gómez de Silva, que entró como
trinchante, además de otros personajes de menor relevancia 35. Por otra parte,
con el fin de que el influjo en las decisiones que tomara Carlos V no recayera en
manos de grupos políticos ajenos al control de Cobos, éste proyectó que su sobrino,
Juan Vázquez de Molina, acompañase al Emperador por su periplo europeo 36.
No obstante, esta vez, los cálculos no le salieron bien al omnipotente secretario.
Vázquez de Molina caía enfermo en el otoño de 1543 y se vio obligado a volver a
Castilla, por lo que Cobos, ante el temor de que otros personajes (como Idiáquez

33 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ: “La coronación imperial de


Bolonia...”, op. cit., pp. 131-150.
34J. L. GONZÁLEZ NOVALÍN: El Inquisidor General Fernando de Valdés (1483-1568),
Oviedo: Universidad de Oviedo, 1968, I, pp. 127-134.
35 J. L. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO: “El humanismo áulico carolino: discursos y
evolución”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (coord.): Carlos V y la quiebra del humanismo político...,
op. cit., III, pp. 125-127.
36 H. KENISTON: Francisco de los Cobos..., op. cit., pp. 323-327.

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Capítulo II

o Granvela) controlasen la voluntad de Carlos V, envió en sustitución a un joven


secretario educado bajo su protección, Francisco de Eraso 37. La muerte del car-
denal Tavera (1545) y de Francisco de los Cobos (1547) iba a permitir a este joven
secretario erigirse en un gran patrón de la corte imperial por quien pasaban todos
los documentos y decisiones importantes. La euforia en la que había entrado el
Emperador tras la batalla de Mülberg (1547), le hizo pensar que su hijo podría
heredar todos los territorios que él había conseguido y por ello creyó conveniente
que el Príncipe realizase un viaje por todos sus dominios con el fin de que le co-
nocieran sus futuros súbditos 38. El viaje se realizó en 1548 y para su preparación
echó mano del duque de Alba, al que nombró mayordomo mayor de la Casa que
debía servir al joven Príncipe. Alba aprovechó este nombramiento para dejar asen-
tada una estrecha amistad con el secretario Francisco de Eraso, que estaba junto
al Emperador y, cuando regresó a Castilla, para erigirse en patrón indiscutible
de la facción “castellana”, para lo que fortaleció con Juan Vázquez de Molina la
íntima relación que había mantenido con su tío difunto, el omnipotente secretario
Francisco de los Cobos 39. Entre los tres, ayudados por otros letrados castellanos,
pensaba el Duque, iban a tener controlado el acceso al Príncipe y a su padre. Por
consiguiente, la sucesión al trono no traería consigo grandes cambios y la reno-
vación del partido “castellano”, tras la muerte de los grandes patronos que se ha-
bían iniciado políticamente durante los últimos años de la regencia de Fernando
el Católico, no sufriría cambios ni alternativas 40.
Fue en estas circunstancias cuando comenzó a fraguarse como facción política
un nuevo grupo cortesano liderado por el noble portugués Ruy Gómez de Silva,
al que se ha conocido –desde los mismos tiempos en que se formó– como el par-
tido “ebolista”. Ruy Gómez inició complejos movimientos en la corte con el fin

37C. J. DE CARLOS MORALES: “El poder de los secretario reales: Francisco de Eraso”,
en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Felipe II, Madrid: Alianza, 1999, p. 111.
38A. KOHLER: Karl V. 1500-1558. Eine Biographie, München: C. H. Beck, 1999, pp.
307-314.
39W. S. MALTBY: El Gran Duque de Alba. Un siglo de España y de Europa, 1507-1582,
Madrid: Turner, 1985, pp. 94-96; P. D. LAGOMARSINO: Court Factions and the Formulation of
Spanish Policy towards the Netherlands 1559-1567, Tesis doctoral inédita, Cambridge:
University of Cambridge, 1973.
40 J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., II, pp. 21 y ss.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

de tejer su propia red clientelar sin que Alba se percatase. El portugués Ruy
Gómez había llegado a Castilla en 1526, siendo un niño de poca edad, acompa-
ñando a su abuelo, Ruy Téllez Meneses, mayordomo de la emperatriz Isabel
cuando ésta contrajo matrimonio con Carlos V 41. Durante toda su adolescencia
estuvo sirviendo al príncipe Felipe, junto a un grupo de educadores humanistas 42,
sin que él ni su familia pudiesen participar en la política imperial, monopolizada
por los miembros del partido “fernandino”. Su influencia en la corte comenzó a
partir de 1543, cuando el príncipe Felipe fue nombrado regente de los reinos pe-
ninsulares. Desde entonces, acompañó a don Felipe en todos sus viajes y comenzó
a recibir sus favores como un servidor destacado entre todos los demás 43. La
muerte de los grandes patronos (entre 1545 y 1547), seguida de la división que
se produjo entre los personajes de la nueva generación, fue aprovechada por Ruy
Gómez para consolidar una clientela, que le permitió alzarse como gran patrón
cortesano. El noble portugués consiguió aglutinar todos aquellos sectores sociales
(sobre todo nobles) que habían sido desplazados por el partido “albista” o “cas-
tellano”. A nivel ideológico y religioso, los componentes de este grupo liderado
por Éboli seguían la senda espiritual del recogimiento y de la espiritualidad in-
teriorista que las hijas y nietas de Isabel la Católica (todas reinas portuguesas)
habían impuesto en la corte de Lisboa, así como la línea humanista que practi-
caban los desplazados en Castilla. Desde el primer momento, las relaciones del
grupo “ebolista” con el nuncio y con Roma fueron muy estrechas y fluidas, dado
que perseguían una reforma de la cristiandad, guiada por la cabeza de la Iglesia,
y políticamente, tanto Roma como los miembros de la facción “ebolista”, se sen-
tían agraviados por la forma de gobierno y la invasión jurisdiccional que realiza-
ban los gobernantes de Carlos V.

41 Los orígenes de Ruy Gómez de Silva en J. M. BOYDEN: The Courtier and the King.

Ruy Gómez de Silva, Philip II, and the Court of Spain, Berkeley: University of California
Press, 1995, pp. 7-11.
42 J. L. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO: El erasmismo y la educación de Felipe II (1527-
1557), Tesis doctoral, Madrid: Universidad Complutense, 1997, caps. 5º y 6º.
43 Acompañó a don Felipe en el viaje que hizo por Europa en 1548; vide Juan Cristóbal

CALVETE DE ESTRELLA: El felicísimo viaje del muy alto y muy poderoso príncipe don Phelipe,
Madrid: Bibliófilos españoles, 1930, I, p. 2; Luis CABRERA DE CÓRDOBA: Historia de Felipe II,
rey de España, edición de J. Martínez Millán y C. J. de Carlos Morales, Salamanca: Junta de
Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, 1998, I, p. 15.

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Capítulo II

Fue por estos años (1545) cuando los padres Fabro y Araoz llegaban a la ciudad
de Valladolid, donde residía la corte, con los jóvenes príncipes, Felipe II y su esposa
María de Portugal. Allí encontraron a personajes que les apoyaron, no solo a la
joven princesa, sino también, al nuncio Poggio; a don Juan de Zúñiga, comendador
de Castilla; al secretario del Consejo de Inquisición, Juan Martínez de Lasao, ca-
sado con doña Catalina de Loyola, sobrina de Ignacio, etc. 44. La labor de aposto-
lado y captación realizada por estos dos personajes en la corte castellana fue intensa
y muy fructífera. Si en un principio, no parece que hubiera distinción de facciones
en el apoyo que experimentaron los jesuitas por parte de los nobles cortesanos 45,
muy pronto comenzaron a suscitarse duras críticas contra la espiritualidad prac-
ticada por los primeros jesuitas, a los que acusaban de herejes y alumbrados. Mel-
chor Cano, que acababa de conseguir la cátedra de teología en la universidad de
Salamanca, comenzó a fijar su pensamiento teológico, fiel reflejo de la ideología
religiosa de la facción “castellana”, dando su opinión sobre los temas más can-
dentes de la época: sobre la licitud de la conquista de América, la defensa de los
estatutos de pureza de sangre, o condenando la espiritualidad de los primeros je-
suitas, a quienes tachaba de seguir la corriente “alumbrada” 46. Sus ideas fueron
continuadas y desarrolladas por una serie de discípulos, cuyos nombres indicaban
las características del pensamiento teológico y religioso del grupo. Es preciso re-
cordar, entre otros, a Ambrosio de Morales en Alcalá y a Bartolomé de Medina y
Domingo Báñez en Salamanca 47.
A partir de entonces se puede observar que los personajes que acogieron y pro-
tegieron a los jesuitas sin ningún recelo fueron los nobles y miembros de la familia
real, que compartían la espiritualidad predicada por ellos, sobre todo cuando el

44 MHSI: Epp. Mixtae I, Madrid, 1898, pp. 203-204.


45 Así se desprende de las noticias que ofrecen Fabro y Araoz: MHSI: Fabri, Madrid,

1914, pp. 427-432; MHSI: Epp. Mixtae I, Madrid, 1898, pp. 223-226.
46 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España, Madrid:

Razón y Fe, 1909, III, pp. 122 y ss. Los informes de Melchor Cano contra los jesuitas en
AGS, GJ, leg. 686; F. CERECEDA: Diego Laínez en la Europa religiosa de su tiempo, 1512-1565,
Madrid: Cultura Hispánica, 1945, I, pp. 386-394.
47 V. BELTRÁN DE HEREDIA: “Melchor Cano en la Universidad de Salamanca”, Ciencia
Tomista 48 (1933), pp. 183 ss.; J. BELDA PLANS: La Escuela de Salamanca, Madrid: BAC, 2000,
passim.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

propio Pontífice había bendecido este tipo de espiritualidad que había sido mirada
con recelo durante la época en que Ignacio la practicaba en Alcalá y Salamanca 48.
Tan entusiasta acogida fue acompañada de una coyuntura política favorable, en la
que los miembros del partido “ebolista” consiguieron colocarse en los principales
cargos del gobierno de Castilla.

EL IMPULSO FUNDACIONAL DE LA PRINCESA JUANA Y LA FACCIÓN “EBOLISTA”

Tras concluir el viaje por Europa, el príncipe Felipe permaneció en la península


en calidad de regente (1552-1554); durante estos años, la influencia de Ruy Gómez
se consolidó en la corte. En 1552 se concertó el matrimonio de Éboli con doña Ana
de Mendoza, de esta manera, entroncaba con una de las familias más poderosas de
Castilla, ya que doña Ana era hija de don Diego de Mendoza (príncipe de Mélito
y duque de Francavilla, que ocupó los cargo de virrey de Cataluña y de Aragón y
presidente del Consejo de Italia) y de doña Catalina de Silva, hermana del conde
de Cifuentes. Pero además, en el mismo año, también se concertó la boda de doña
Juana de Austria, hija de Carlos V, con el príncipe Juan de Portugal 49; Ruy Gómez
tenía familia y amistades poderosas en dicho reino, lo que le dotó de una serie de
relaciones e influencias propias de un gran patrón. Con todo, fue en el viaje que
Felipe II inició a Inglaterra, al que acompañó el 12 de julio de 1554, para casarse
con María Tudor, lo que le permitió a Éboli estar en contacto diario con el Príncipe
y tejer su propia red clientelar que suplantó a la que había establecido el duque de
Alba, desplazando a los miembros del partido “albista” o “castellano”.
Antes de partir junto al príncipe Felipe hacia Inglaterra, en el año 1554, Ruy
Gómez se propuso dejar en manos de sus clientes el gobierno de Castilla. Para ello,
influyó decisivamente para que doña Juana de Austria fuese elegida regente del
reino, a pesar de las reservas que el emperador Carlos V tenía sobre la capacidad de
su hija para ejercer dicho cargo 50. Seguidamente, persuadió al príncipe Felipe para

48 F. CERECEDA: Diego Laínez en la Europa religiosa..., op. cit., I, pp. 382-385.


49 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Familia Real y grupos políticos: La princesa doña Juana de
Austria (1535-1573)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Felipe II, op. cit., pp. 80-84.
50 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Grupos de poder en la corte durante el reinado de Felipe II:
la facción ‘ebolista’ (1554-1573)” en J. MARTÍNEZ MILLÁN (ed.): Instituciones y elites de poder
en la Monarquía Hispana..., op. cit., pp. 137-197.

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Capítulo II

que ordenase una serie de “visitas” a los distintos organismos de la Monarquía bajo
la excusa de su mal funcionamiento 51. Las inspecciones comenzaron por el Consejo
de Castilla, dirigidas por Diego de Córdoba, contra las actuaciones de los consejeros
Beltrán de Galarza y Fernando Montalvo, clientes de Fernando de Valdés, que ter-
minaron por ser expulsados de sus cargos 52. Después, encargaron al doctor Martín
de Velasco una inspección en las Contadurías Mayores de Hacienda, que también
afectó a la Comisaría General de Cruzada, a consecuencia de la cual, fue despedido
de la corte el Comisario General, Suárez de Carvajal 53. En definitiva, entre los años
1554 y 1556, Ruy Gómez se aseguró la dirección de la hacienda de Castilla, apro-
vechó la confianza de la princesa regente para consolidar a su facción en la Corte, y
desplegó toda una estrategia para mantener alejado al duque de Alba 54. La ocasión
para alejar al duque de la corte, se presentó propicia dada la crisis suscitada en Italia;
el duque fue enviado a Milán y luego a Nápoles para sofocar los problemas, mientras
en la corte hispana se renovaban los cargos, favoreciendo a los “ebolista” 55.
En enero de 1556, siendo ya rey de Castilla, Felipe II ratificó la regencia de su
hermana, doña Juana de Austria, establecida en Valladolid desde julio de 1554,
para después intensificar la presencia de la facción “ebolista” en perjuicio del
duque de Alba. Durante la regencia de doña Juana la religiosidad recogida tuvo
su momento de expansión y la Compañía de Jesús tuvo un fuerte apoyo en la corte,
hasta el punto de que la propia doña Juana ingresó en la Orden 56, algo insólito

51 El interés de Ruy Gómez en que las “visitas” tuvieran gran repercusión, se puede
ver en la correspondencia que mantenía con el secretario Francisco de Eraso (AGS, Estado,
leg. 100, núms. 171-172).
52 I. EZQUERRA REVILLA: El Consejo Real de Castilla bajo Felipe II, Madrid: Sociedad
Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, pp. 47-58.
53Un resumen de las distintas “visitas” en C. J. DE CARLOS MORALES: El Consejo de
Hacienda de Castilla, 1523-1602, Ávila: Junta de Castilla y León, 1996, pp. 67-69.
54 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”,
op. cit., pp. 73-105.
55 M. J. RODRÍGUEZ SALGADO: “El Duque de Alba en Italia”, en G. DEL SER QUIJANO
(coord.): Actas del Congreso V Centenario del Nacimiento del III Duque de Alba, Fernando
Álvarez de Toledo (celebrado del 22 a 26 de octubre de 2007), Piedrahita, El Barco de Ávila
y Alba de Tormes, 2008, pp. 431-459.
56
R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 726 y ss.; J. MARTÍNEZ
MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”, op. cit., pp. 80-84;

72
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Los orígenes de la Compañía de Jesús

dentro de la Compañía. De igual forma ingresó también el duque de Gandía,


Francisco de Borja, uno de los nobles más poderosos de la Monarquía 57, que
había padecido la persecución del Santo Oficio a causa de su espiritualidad reco-
gida 58. Y fue, precisamente por estos años, cuando tuvo lugar la expansión de la
Compañía de Jesús en Castilla, bajo el patronazgo de doña Juana y los “ebolistas”.
Esto queda demostrado en el hecho de que, en 1547, el padre Araoz, sobrino de
Ignacio de Loyola, fuera nombrado provincial de toda España y, pocos años des-
pués, en 1554, la península tuviera que dividirse en tres provincias (Castilla, An-
dalucía y Aragón; además de Portugal), reservando la potestad de la provincia
castellana al padre Araoz 59.
Durante la regencia de la princesa los jesuitas gozaron del favor de los “ebo-
listas” a los que solían confesar, al mismo tiempo que se convirtieron en grandes
benefactores de la Compañía a la hora de fundar colegios 60. En este sentido, en
diciembre de 1553, el P. Araoz informaba al P. Borja y al P. Nadal del apoyo que
recibía la Compañía del príncipe de Éboli ante la pugna de poder en la Corte:
Viendo que su Alteza y Rodrigo, Ruigómez, comenzaban a gustar de la
Compañía, por poner acíbar, comenzaban algunas gentes a renovar algo de lo que
otras veces habían intentado, de poner mala voz a la doctrina de los Ejercicios,
escrupulando en muchas partes y lugares de ellos como de doctrina de alumbrados
y no católica 61.

M. BATAILLON: “Jeanne d’Autriche, princesse de Portugal”, en Ètudes sur le Portugal au temps


de l’Humanisme, Coimbra: Universidad de Coimbra, 1952, pp. 257-282.
57 E. GARCÍA HERNÁN: Francisco de Borja, grande de España, Valencia: Institució Alfons
el Magnánim, 1999; E. GARCÍA HERNÁN: “Francisco de Borja, virrey de Cataluña, 1539-
1543”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (coord.): Carlos V y la quiebra del humanismo político..., op.
cit., II, pp. 343-360; C. DE DALMASES, S.I.: El padre Francisco de Borja, Madrid: BAC, 1983.
58 C. DE DALMASES, S.I.: “Francisco de Borja y la Inquisición española”, AHSI 41
(1972), pp. 43-135; F. CERECEDA: “Episodio inquisitorial de San Francisco de Borja”, Razón
y Fe 142 (1950), pp. 174-191, y 143 (1951), pp. 277-299.
59 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 697.
60 E. JIMÉNEZ PABLO: “El auge de la Compañía de Jesús”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y
M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, Madrid: Mapfre,
2008, I, pp. 198-200.
61 MHSI: Epp. Mixtae III, Madrid, 1900, p. 665. Carta del P. Araoz al P. Borja y al P.
Nadal. Madrid, 20 de diciembre de 1553.

73
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Capítulo II

Ciertamente, Francisco de Borja fortaleció las relaciones entre el partido “ebo-


lista” y la Compañía dada la buena relación que mantenía con la princesa doña
Juana, a la que Borja dirigía y aconsejaba no sólo espiritualmente, sino también
en cuestiones políticas 62. Con anterioridad, en la corte lusitana, doña Juana había
mostrado su afecto por la Compañía apoyando su expansión por el territorio lu-
sitano. Y fue, por consejo de Borja, que doña Juana fundó en 1559 el convento
de las descalzas reales de Madrid, bajo la advocación de las clarisas descalzas,
con monjas parientes del jesuita, llegadas de Gandía 63.
Además de Ruy Gómez, que se confesaba con el P. Araoz y mantuvo estrechas
relaciones con los padres Ribadeneyra y Borja, había otros influyentes nobles
–todos ellos “ebolistas”– que manifestaron su devoción a la Orden. Este era el caso
del conde de Feria –gran confidente de Éboli en la Corte– y de su mujer la mar-
quesa de Priego, quienes tenían un hijo en la Compañía, el P. Antonio de Córdoba,
superior de la Orden. El joven Antonio de Córdoba entró en la Compañía en 1552,
de la mano del P. Francisco de Borja, con quien realizó los Ejercicios Espirituales, y
a quien siempre le unió una estrecha amistad 64. Asimismo, la marquesa de Priego,
doña Catalina Fernández de Córdoba, por mediación de Borja y de su propio hijo,
ayudó a fundar el primer colegio andaluz, el de Córdoba, en 1553; poco después,
en 1558, fundaba, asimismo, el colegio de Montilla 65. Los asuntos espirituales de

62 J. BURRIEZA SÁNCHEZ: Valladolid, tierras y caminos de jesuitas. Presencia de la Compañía


de Jesús en la provincia de Valladolid, 1545-1767, Valladolid: Diputación de Valladolid, 2007, pp.
58-63; J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”, op.
cit., pp. 73-105; J. M. BOYDEN: The Courtier and the King. Ruy Gómez de Silva..., op. cit., p. 63;
M. BATAILLON: “Jeanne d’Autriche, princesse de Portugal”, op. cit., pp. 257-282; C. DE
DALMASES, S.I.: El padre Francisco de Borja, op. cit., pp. 118-121.
63 P. Fray Juan CARRILLO: Relación Histórica de la real fundación del Monasterio de las

Descalças de S. Clara de la villa de Madrid, Madrid, 1616, ff. 18r-18v (BNE, 2/64187); L.
AMORÓS, O.F.M.: “El monasterio de Santa Clara de Gandía y la familia ducal de los Borjas
(continuación)”, AIA 21 (1961), pp. 244-249; A. IVARS: “Origen y propagación de las clarisas
coletinas o descalzas en España”, AIA 21 (1924), pp. 390-410, continuación AIA 23 (1925),
pp. 84-108 y conclusión AIA 24 (1925) pp. 99-104.
64 M. RUIZ JURADO, S.I.: “Córdoba, Antonio de”, en DHSI, Roma, 2001, I, p. 954;
J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias, Madrid:
Cátedra, 2005, p. 41.
65 “En este mismo año de 1553 tuvo principio el colegio de Ávila y también el de Córdoba,
que fue el primero en Andalucía; el cual tuvo ocasión de la entrada en la Compañía el

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

los marqueses de Velada eran dirigidos por el P. Baltasar Álvarez 66. La duquesa de
Medinasidonia, doña Ana de Aragón, tía de Francisco de Borja, colaboró econó-
micamente en las fundaciones de los colegios de Trigueros y Sanlúcar de Barra-
meda 67. En Alcalá de Henares, la Compañía recibía la ayuda de los marqueses de
Mondéjar 68, mientras que en Madrid, doña Leonor Mascareñas 69, aya del prín-
cipe, futuro Felipe II, comenzó con Francisco de Borja la fundación de un colegio
en 1560, proyectando que la corte se asentaría al poco tiempo en Madrid, como
sucedió un año después. La misma devoción por la Compañía tuvo don Juan de
Austria, cuyos tutores, don Luis Quijada y doña Magdalena de Ulloa, fueron gran-
des protectores de la Orden, fundando los colegios de Villagarcía de Campos,
Oviedo y Santander 70. Por su parte, los duques de Arcos, don Cristóbal Ponce de
León y doña María de Toledo, fundaron el colegio de Marchena en 1565 con ayuda
de Francisco de Borja, pariente del duque de Arcos 71. Asimismo, Francisco de

padre Antonio de Córdoba, hijo de don Lorenzo de Figueroa y doña Catalina Hernández
de Córdoba, condes de Feria y marqueses de Priego” (Pedro de RIBADENEYRA: “Vida de
San Ignacio de Loyola”, en Historias de la Contrarreforma, op. cit., p. 290).
66 S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: “Semblanza de un cortesano instruido: el Marqués de
Velada, ayo del Príncipe Felipe (III), y su biblioteca”, Cuadernos de Historia Moderna 22 (1999),
p. 66. Sobre el marqués de Velada y su cercanía a la Compañía en S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ:
“Aristocracia y gobierno: aproximación al cursus honorum del Marqués de Velada, 1590-
1666”, en F. J. ARANDA PÉREZ (coord.): La declinación de la Monarquía Hispánica en el siglo
XVII. Actas de la VIIª Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna (2002),
Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha, 2004, I, pp. 155-168; S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ:
“La nobleza cortesana en el reinado de Felipe II. Don Gómez Dávila y Toledo, segundo
marqués de Velada, una carrera política labrada al amparo de la Corona”, Torre de los Lujanes:
Boletín de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 33 (1997), pp. 185-220.
67 MHSI: Borgia II, Madrid, 1903, pp. 524-527.
68 ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, “Relación del Colegio de Alcalá de Henares”,
f. 56.
69 Ibidem, “Historia del Principio del Collegio de la Compañía de Jesus de Madrid”, f. 42.
70 ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, “Relaçion de la fundaçion y prinçipio del
collegio de Oviedo”, f. 228; también C. M. ABAD, S.I.: Doña Magdalena de Ulloa. La
educadora de don Juan de Austria y la fundadora del Colegio de la Compañía de Jesús de
Villagarcía de Campos (1525-1598), Comillas: Universidad Pontificia, 1959.
71 ARSI: Baetica 22, Fundationes Baetica, “Relacion de la Fundacion y progreso del
Colegio de Marchena y de la Renta que tiene”, ff. 35r-36v.

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Capítulo II

Borja cultivó una estrecha amistad con importantes prelados españoles como Bar-
tolomé de Carranza 72, Fray Luis de Granada, el arzobispo de Granada don Pedro
Guerrero 73, y el obispo de Badajoz, luego arzobispo de Valencia, Juan de Ribera 74.
Todos ellos, hicieron lo posible por defender al P. Borja de la persecución inquisi-
torial llevada a cabo por los enemigos de los “ebolistas”.
A continuación se detalla una relación de las fundaciones de casas jesuíticas,
que confirma el apoyo de la princesa y los “ebolistas” a la Compañía. Fue en esta
etapa cuando la Orden consiguió establecer un gran número de colegios jesuitas
y, a partir de 1560, disminuyeron a causa del proceso de confesionalización que
impuso Felipe II para desaparecer en la década de 1570, cuando desaparecieron
los grandes patronos cortesanos que apoyaron a la Compañía como doña Juana
de Austria, que moría en 1572; Ruy Gómez de Silva en 1573; el mismo año que
fallecía el P. Francisco de Borja.

72 A la muerte del arzobispo Silíceo en 1557, fue elevado a la silla primada de Toledo
fray Bartolomé de Carranza, quien era gran amigo de Francisco de Borja, con el que acordó
la entrada de la Compañía en Toledo. El 25 de octubre de 1558 el P. Borja comunicaba al
General Laínez lo siguiente:
“Tengo escrito lo mucho que espero se ha de servir el Señor de la Compañía en
Toledo, y el favor que el Rmo. de Toledo mostró aquí, haciéndome comer consigo
algunos días y pidiendo unas Constituciones de la Compañía para pasarlas todas (...).
Dijo que él era muy contento que la Compañía fuese a Toledo, y que él favorecería lo
que pudiese, pero que deseaba fuese casa profesa, así por haber en Toledo universidad
y otra en Alcalá” (MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 407).
73En 1554 Pedro Guerrero fundó el colegio jesuita de Granada (J. LÓPEZ MARTÍN: “Don
Pedro Guerrero y la Compañía de Jesús”, Antologica Annua 14 (1977-1978), pp. 453-498).
74 E. GARCÍA HERNÁN: “Tres amigos de Juan de Ribera, arzobispo de Valencia:
Francisco de Borja, Carlos Borromeo y fray Luis de Granada”, Anthologica annua 44 (1997),
p. 487.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

PRIMERAS FUNDACIONES DE LA COMPAÑÍA EN LA PROVINCIA DE TOLEDO


Y SUS BENEFACTORES

Se fundó el colegio de Alcalá de Henares, sus orígenes se vinculaban a la


entrada del jesuita Francisco Villanueva en esta ciudad. Su benefactora,
María de Austria, hija del emperador Carlos V, y futura reina de Bohemia,
Año 1546 dio orden de que viniesen algunos estudiantes jesuitas a Alcalá, que ella
misma sustentaría. Hasta que tres años después, el doctor Vergara les
compró unas casas. También ayudó el duque de Francavilla y otras personas
principales 75.

Se estableció el colegio de Plasencia con la ayuda económica de don


Año 1554 Gutierre de Carvajal, obispo de Plasencia. A continuación, llegaba el P.
Francisco de Villanueva a este colegio como primer rector 76.

Se fundó el colegio de Cuenca. El P. Villanueva quiso fundar un colegio


en esta ciudad, en donde don Pedro del Pozo aceptó dar libremente sus
casas. En el tiempo que los jesuitas se estaban asentando en dichas casas,
Año 1554 quiso don Pedro González de Mendoza, canónico de Cuenca, hijo del
conde de Priego, ser el fundador, pero falleció y, por fin, el P. Francisco
de Borja, comisario de España e Indias, escribió al canónico Pedro de
Marquina para que fuese el fundador 77.

Dio comienzo el colegio de Murcia. La Compañía ya residía allí desde el


año 1555, no obstante, hasta que en 1557 el obispo de Cartagena, don
Año 1557
Esteban de Almeida, no dio las rentas y el lugar donde fundar, no tuvo
principio este colegio 78.

Entró la Compañía en Toledo, fundando su primer colegio, que en 1566


Año 1558
pasaba a convertirse en casa profesa 79.

75 ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, f. 56. “Relación del Colegio de Alcalá de

Henares”.
76 Ibidem, f. 102, “Breve summa de la historia del collegio de Plasençia desde su

principio hasta 25 de febrero de 1587”.


77 Ibidem, f. 113, “Summa de la fundación del collegio de Cuenca. 2 de febrero de
1558”.
78Ibidem, f. 136, “Historia del collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de
Murcia”.
79 Ibidem, f. 5, “Origen de la Casa Professa de Toledo”.

77
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Capítulo II

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE TOLEDO (Cont.)


No muy lejos de Alcalá de Henares, se fundó la residencia de Jesús del
Monte. Se determinó este lugar por encontrarse entre montes, en un lugar
Año 1558 fresco y sano. Los superiores del colegio de Alcalá, junto con destacados
médicos como el doctor Mena, médico de cámara de Felipe II, fueron a ver
este sitio y aprobaron su edificación 80.

Se fundó el colegio de Ocaña con ayuda de don Luis de Calatayud, clérigo


de esta villa. Desde 1556 don Luis quiso fundar un colegio, pero sufrió las
Año 1558
persecuciones y contradicciones de don Juan de Silíceo, arzobispo de
Toledo. A la muerte de Silíceo comenzó este colegio 81.

Doña Leonor de Mascareñas, aya del Rey y de la princesa Juana, con


Año 1560 vistas al establecimiento de la corte en Madrid, quiso donar unas casas
para el comienzo del colegio de Madrid 82.

Se fundó la casa de Probación de Villarejo. Don Juan Pacheco de Silva,


junto a su mujer, doña Jerónima de Mendoza, ambos de la villa de Villarejo,
Año 1561
que por la devoción que sentían hacia la Compañía, quisieron fundar esta
casa 83.

Se estableció el colegio de Caravaca por impulso de don Miguel de Reino,


Año 1568
natural de Caravaca, que falleció en 1571 84.

Se levantó el colegio de Segura por iniciativa de don Cristóbal Rodríguez


Año 1570
de Moya, de la misma villa 85.

Se fundó el colegio de Huete, con ayuda de Esteban Ortiz, clérigo vicario


Año 1570
de Montalvo y vecino de Huete, quien quiso que hubiera en su ciudad un

80
ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, f. 69, “Relación de la Residencia de Jesús
del Monte”. Carta del P. Manuel. Toledo, 30 de mayo de 1575.
81Ibidem, f. 77, “Relación de la fundación y progreso del collegio de la Compañía de
Jesús de Ocaña”.
82 Ibidem, f. 42, “Historia del Principio del collegio de la Compañía de Jesús de Madrid”.
83 Ibidem, f. 157, “Aceptación de Villarejo”.
84 Ibidem, f. 138, “Historia del collegio de Caravaca”.
85 Ibidem, f. 139, “Historia del colegio de Segura”.

78
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Los orígenes de la Compañía de Jesús

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE TOLEDO (Cont.)

colegio jesuita y con esta intención escribió al general de Roma, Francisco


de Borja 86.

Se fundó el colegio de Oropesa con la colaboración de don Francisco de


Año 1570
Toledo, luego virrey del Perú 87.

Se fundó el colegio de Talavera. Don Gaspar de Quiroga, cardenal y


arzobispo de Toledo fue su fundador. El cardenal tuvo que combatir la
oposición de los regidores que no dejaban entrar en Talavera a la Compañía
por la mala fama de ésta. Un jurado, en nombre del ayuntamiento, fue al
Año 1582
Cardenal a contradecir la venida poniéndole delante las muchas casas de
religión que había en el pueblo, que no podían sustentarse más. El cardenal
contestó que si enviaba a la Compañía, ella se daría de comer por sí sola, y
con esto dio comienzo la fundación 88.

PRIMERAS FUNDACIONES DE LA COMPAÑÍA EN LA PROVINCIA DE CASTILLA


Y SUS BENEFACTORES

Se fundó el colegio de Valladolid. Por estas fechas llegaron los jesuitas


Antonio Araoz y Pedro Fabro a esta ciudad –predicador y confesor
Año 1545
respectivamente de la princesa portuguesa María de Portugal–, para dar
comienzo al colegio 89.

Se fundó el colegio de Salamanca con la ayuda de don Francisco de


Año 1548
Mendoza, cardenal de Burgos 90.

86 ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, f. 146, “El principio y progresso del

collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de Huete”.


87 Ibidem, f. 149, “Sumaria relación de la manera con que dexo fundado el collegio de

Oropessa don Francisco de Toledo y lo que en esto ha sucedido”.


88 Ibidem, f. 148, “Historia del colegio de Talavera”.
89 ARSI: Cast. 36 I, Fundationes Collegiorum, ff. 15-19.
90 Ibidem, f. 58, “Memoria del Principio y origen deste collegio de la Compañía de
Jesús de Salamanca y lo que ay de casa y renta en el hasta primero de enero de 1565”.

79
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Capítulo II

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE CASTILLA (Cont.)

Se estableció el colegio de Oñate. Fue fundado por don Pedro Miguel de


Año 1549
Araoz, hijo de Lope de Araoz, vecino de Oñate 91.

Se fundó el colegio de Burgos por don Íñigo López de Mendoza,


Año 1550 cardenal y obispo de Burgos, dejando escrito en su testamento el deseo
de crear este colegio 92.

Se levantó el colegio de Medina del Campo con la ayuda de don Rodrigo


Año 1551
de Dueñas 93.

Se fundó la casa de probación de Simancas por iniciativa del comendador


Año 1554 Juan Mosquera de Molina, de la orden de Santiago de la espada, vecino
y regidor de la villa de Valladolid y su mujer Isabel de Cuéllar 94.

Se estableció el colegio de Ávila, que no fue a instancia de ningún


fundador, quizás se podría considerar al P. Fernando Álvarez, natural de
Año 1554
Ávila que habló con el General, y pertenecía a una de las familias más
notables de esta ciudad 95.

Se fundó el colegio de Monterrey con la colaboración de don Francisco


Año 1555 Manrique de Lara, obispo de Orense, y don Alonso de Fonseca y Azebedo,
conde de Monterrey 96.

Se fundó el colegio de Santiago por orden de don Francisco Blanco,


Año 1557
arzobispo de Santiago 97.

91 ARSI: Cast. 36 I, Fundationes Collegiorum, ff. 272-273, “Relación del principio del
collegio de la Compañía de Jesús de la villa de Oñate”.
92Ibidem, ff. 78-82, “Relación larga sobre el negocio del collegio de Burgos y el testamento
del Cardenal”.
93 Ibidem, ff. 122-123, “Relación summaria de la fundacion, y progresso de la Compañía

de Jesús de Medina del Campo”.


94 Ibidem, f. 27, “Principio y origen de la casa de Simancas”.
95 Ibidem, f. 168, “Relación del collegio de Ávila”.
96 Ibidem, ff. 240-241, “Relación de la fundacion del collegio de la Compañía de Jesús
de la villa de Monterey en el reyno de Galicia”.
97ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, ff. 202-203r, “Historia breve de al
fundaçion y augmento del collegio de la Compañía de Jesús de Santiago”.

80
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Los orígenes de la Compañía de Jesús

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE CASTILLA (Cont.)


Se estableció el colegio de Logroño con la ayuda de don Juan Bernal de
Lugo, obispo de Calahorra, que quiso fundar el colegio pero murió; su
Año 1558 sobrino quiso continuar el proyecto, y gracias al P. Tomás de Yanguas,
subdiácono de la dicha ciudad de Logroño, novicio de la Compañía, que
dispuso de sus bienes, se hizo realidad 98.

Se levantó el colegio de Segovia por la acción de don Fernando de Solier,


Año 1559
arcipreste y canónigo de la Iglesia catedral de Segovia 99.

Se fundó el colegio de Palencia por mano de don Suero de Vega, hijo de


don Juan de Vega que residía en Palencia. Colaboraron en la fundación dos
Año 1559 hermanas de Juan de Vega: doña Leonor de Vega, y doña Teresa de
Quiñones, condesa de Monteagudo. También doña Felipa Enríquez, suegra
de Suero 100.

Se estableció el colegio de Bellimar. Lo fundó Benedicto Ugucionis,


Año 1560
florentino de nacimiento, que era vecino de Burgos 101.

Año 1567 Se fundó la casa profesa de Valladolid 102.

Dio comienzo el colegio de León por orden de don Juan Martínez de San
Año 1571
Millán, obispo de León 103.

Se fundó el colegio de Soria. Fueron fundadoras las hermanas doña Juana


y doña María de Mendoza, hijas de don Juan de Torres de Mendoza,
Año 1575 caballero principal de Soria, comendador de Santiago y de doña Juana de
Toledo 104.

98 ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, ff. 221-222r, “Relación de todo el


suceso del Colegio desde su principio hasta febrero de 1567”.
99 ARSI: Cast. 36 I, Fundationes Collegiorum, ff. 249-252, “Principio del colegio de
Segovia”.
100 Ibidem, f. 180, “Origen y Principio del colegio de Palencia”.
101 Ibidem, f. 283, “La fundaçion y origen del collegio de Bellimar”.
102 Ibidem, f. 2, “Historia de la Casa Profesa”.
103 ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, f. 217, “Principio y progresso del collegio
de la Compañía de Jesús de León de Castilla”.
104 ARSI: Cast. 36 I, Fundationes Collegiorum, ff. 238-239, “Relación breve de la fundación
que se ha hecho en el collegio de Soria por el Señor Don Fernando de Padilla que sea en gloria”.

81
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Capítulo II

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE CASTILLA (Cont.)

Se estableció el colegio de Oviedo teniendo por fundadora a doña


Año 1575 Magdalena de Ulloa, mujer de don Luis Quijada, del Consejo de Estado
y Guerra de Felipe II, y presidente del Consejo Real de Indias 105.

PRIMERAS FUNDACIONES DE LA COMPAÑÍA EN LA PROVINCIA DE ARAGÓN


Y SUS BENEFACTORES

Se fundó el colegio de Valencia por medio del P. Jerónimo Doménech de la


Año 1544 misma Compañía, que había sido nombrado canónico de la catedral de
Valencia por el Papa Paulo III, a 16 de marzo de 1545 106.

Dio comienzo el colegio de Barcelona. A la primera casa de 1545 se


Año 1545 añadió un colegio teológico fundado por doña María Manrique de Lara
en 1573 107.

Se estableció el colegio de Gandía. Siendo Francisco de Borja todavía


Año 1546 virrey de Cataluña. Por privilegios del Papa y del Emperador se hizo
universidad este colegio, siendo la primera de la Compañía 108.

Se fundó el colegio de Zaragoza con la ayuda de Monseñor Juan


González de Villa Simpliz, secretario del Rey y conservador del
Año 1547
Patrimonio Real de Aragón. Dio una casa y una iglesia pequeña en la
morería. Desde 1570 sirvió también como noviciado 109.

105
ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, f. 228, “Relaçion de la fundaçion y
prinçipio del collegio de Oviedo”.
106ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 4-5, “Principio y progresso
del Collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de Valencia hasta por todo el año de 1564”.
107ARSI: Arag. 23 II, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 266-269, “Principio del
asiento primero que el collegio presente de la Compañía de Jesús de Nuestra Señora de
Bethlem tuvo en esta ciudad de Barcelona, y ocasión que de venir a ella la Compañía huvo,
y de su fundación y progresso hasta el año de 1585”.
108
ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 136-141, “Fundación y
progreso del colegio de Gandía”.
109
Ibidem, ff. 84-86, “Principio y progresso del collegio de la Compañía de Jesús de la
ciudad de Çaragoça del Reyno de Aragón”.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE ARAGÓN (Cont.)

Se estableció el colegio de Mallorca (Monte Sion), por orden de don


Año 1561 Guillermo de Rocafull, “rey de Mallorca”, quien mandó a Laínez que
trajese jesuitas para fundar un colegio en la isla 110.

Se creó la casa de probación de Tarragona que fue fundada por don


Gaspar Cervantes, inquisidor de Zaragoza, habiendo sido arzobispo de
Año 1573 Mesina (Sicilia), Salerno (Nápoles), y luego arzobispo de Tarragona. Pío V
le nombró cardenal en Roma 111.

Año 1579 Se fundó la casa profesa de Valencia 112.

PRIMERAS FUNDACIONES DE LA COMPAÑÍA EN LA PROVINCIA DE BÉTICA


Y SUS BENEFACTORES

Se fundó el colegio de Córdoba. Se hizo donación de unas casas de don


Año 1554
Juan de Córdoba, por orden del P. Ignacio de Loyola 113.

Se estableció el colegio de Granada. Llegaron los jesuitas a instancias de


Año 1554 Cristóbal Sánchez, clérigo hermano del padre Diego de Santa Cruz.
Ambos hermanos dieron unas casas para esta fundación 114.

Se fundó el colegio de Sevilla, sobre una heredad que se llamaba San


Año 1555
Juan 115.

110ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 118-123, “La fundación del
presente collegio de la Compañía de Jesús de nuestra señora de Monte Sion de Mallorca”.
111 ARSI: Arag. 23 II, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 325-326, “Historia y

progresso del origen y fundación de la casa de Probación de la compañia de Jesus de Tarragona”.


112 ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 1-2, “Relación del

Principio que se dio a la casa professa en Valencia”.


113 ARSI: Baetica 22, Fundationes, ff. 39r-44v, “Sumario del origen fundación, y

progreso del collegio de la Compañía de Jesús de Córdoba”.


114 Ibidem, ff. 52r-53v, “Historia del colegio de Granada hasta 1587”.
115 Ibidem, ff. 9r-10v, “Principio del colegio de Sevilla”.

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Capítulo II

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE BÉTICA (Cont.)

Se creó el colegio de Montilla. Dio principio a este colegio doña Catalina


Fernández de Córdoba, marquesa de Priego y condesa de Feria. Lo fundó
Año 1558
porque su hijo, el P. Antonio de Córdoba, fue recibido en la Compañía en
1552 116.

Dio comienzo el colegio de Trigueros. Su fundador fue don Francisco de


Año 1562
la Palma, clérigo de la Villa de trigueros 117.

Año 1564 Se fundó el colegio de Cádiz 118.

Se estableció el colegio de Marchena. La duquesa de Arcos, doña María de


Año 1565 Toledo, hija del marqués de Priego, mujer de don Luis Cristóbal Ponce
de León, duque de Arcos, fundó este colegio 119.

Dio principio la residencia de Jerez de la Frontera. Se hicieron antes dos


misiones populares: la primera en mayo de 1567, que duró 22 días. La
Año 1567 segunda misión la realizó el P. Juan Jerónimo. Fue entonces cuando se trató
la fundación de un colegio. Pero tuvo su origen en esta residencia. Luego
don Álvaro Rodríguez dio dinero para el colegio y quedó como fundador 120.

Se fundó el colegio de Baeza. En 1569 murió en Granada una viuda que


había sido mujer del Lcdo. Bartolo Sánchez, oidor de la chancillería de
Año 1571
Granada. Ella era doña Elvira de Ávila, no tenía herederos en su testamento,
queriendo fundar un colegio jesuita en Baeza por ser su patria 121.

Se estableció el colegio de Málaga. Estando congregados los prelados de


Año 1572 la iglesia para dar fin al Concilio de Trento, entre ellos se hallaba don
Francisco Blanco, a la sazón obispo de Orense, con quien comunicaron

116
ARSI: Baetica 22, Fundationes, ff. 139 r-140r, “Relación de la fundaçion del collegio
de Montilla”.
117 Ibidem, ff. 21r-24v, “Historia de la fundación del colegio de Trigueros”.
118 Ibidem, ff. 25r-26r, “Historia de la fundación del colegio de Cádiz”.
119Ibidem, ff. 35r-36v, “Relación de la Fundación y progreso del Colegio de Marchena
y de la Renta que tiene”.
120 Ibidem, ff. 91r-92r, “El origen y prinçipio del collegio de Xerez de la frontera”.
121
Ibidem, ff. 59r-70r, “Historia del collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de
Baeça desde el año de 1570”.

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Los orígenes de la Compañía de Jesús

PRIMERAS FUNDACIONES EN LA PROVINCIA DE BÉTICA (Cont.)


estrechamente el P. Diego de Laínez, segundo General, y el P. Polanco su
compañero. Al volver el obispo a su diócesis y saber que el colegio de
Monterrey en su obispado tenía flaca dotación, la aumentó. Después fue
elegido obispo de Málaga, vinieron diversos padres a hacer misiones en
todo el obispado, quedó tan satisfecho, que se carteó con Francisco de
Borja, tercer General, para pedirle la fundación de este colegio 122.

Se comenzó el colegio de San Salvador de Sevilla que se convirtió en casa


Año 1580
profesa de Sevilla el 23 de octubre de 1581 123.

Año 1580 Se fundó el colegio de San Hermenegildo en Sevilla 124.

122
ARSI: Baetica 22, Fundationes, ff. 85-86v, “Fundación y progresso del collegio de
la Compañía de Jesús de Málaga”.
123 Ibidem, ff. f. 1r-2v, "Principio y progresso de la Casa Professa de Sevilla".
124Ibidem, ff. 11r-14v, "Historia del Colegio de San Hermenegildo de Sevilla hasta el
año de 1590".

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CAPÍTULO III

LA INFLUENCIA DE LOS MOVIMIENTOS REFORMISTAS ITALIANOS


EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Los Generales de la Compañía se afanaron en mostrar una Orden compacta y


homogénea cuyos miembros buscaban al unísono unos mismos intereses, asimismo,
compartían una única espiritualidad, y eran educados en idénticos parámetros. Y
esta también es la imagen que muchos historiadores han presentado de la Compa-
ñía. Sin embargo, un análisis más detallado de la evolución religiosa y política de
la Orden durante la segunda mitad del siglo XVI, sugiere una visión bien distinta;
el rechazo al excesivo control que la Monarquía hispana estaba ejerciendo sobre la
Compañía estaba creando divisiones en el seno de la Orden, que se manifestaron
en la III y IV Congregación General y que reclamaban urgentemente una “reforma”
del gobierno y la espiritualidad de la Compañía.

LOS JESUITAS ITALIANOS “REFORMADORES”


EN LA TERCERA CONGREGACIÓN GENERAL DE LA COMPAÑÍA

Tras el fallecimiento del General Borja se reunió la Tercera Congregación Ge-


neral en 1573. Lo que debía servir para elegir a un nuevo General, el cuarto, resultó
ser, además, una combinación de reivindicaciones, especialmente por parte de un
grupo de jesuitas italianos descontentos con el gobierno de los padres españoles
que copaban cargos importantes como rectores y provinciales de Italia. Si bien la
política de los anteriores Generales, todos ellos de origen hispano, fue la de ayu-
darse de jesuitas españoles para extender la Compañía y gobernar los colegios ex-
tranjeros, durante el generalato de Francisco de Borja, esta situación se hizo
insostenible, debido a las continuas quejas de algunos religiosos italianos molestos

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Capítulo III

por el modo hispano de gobernar que tenían los superiores españoles 1. Por ello,
durante el generalato de Borja, este grupo de jesuitas italianos se fue fortaleciendo
en su convicción de que la única manera de salir de aquella situación era la de con-
seguir que saliera elegido un General no hispano, no obstante, este objetivo no
sería realizable sin la intervención directa del Pontífice Romano, ya que, como en
anteriores Congregaciones, difícilmente saldría elegido un general no hispano
siendo la inmensa mayoría de los vocales reunidos de origen español. Por su epis-
tolario y su actuación, sabemos que este grupo de jesuitas italianos formaron un
grupo cuyo objetivo principal era una reforma dello spirito de la Orden. A los inte-
grantes de este movimiento se les ha denominado “reformadores espirituales” de la
Compañía de Jesús 2. Durante la convocatoria a puerta cerrada para llevar a cabo
la elección, celebrada el 22 de abril, apareció de imprevisto el cardenal de Como,
secretario del pontífice Gregorio XIII (1572-1585), quien en nombre de Su Santi-
dad, decretó que no saliese elegido de nuevo un General español 3. El revuelo y
desconcierto entre los superiores españoles presentes en la Congregación fue tal,
que se decidió posponer la elección para tratar de persuadir al Pontífice de que su
precepto no siguiera adelante. De la mayoría de los congregados, que como se ha
señalado eran de origen español, muchos de ellos eran importantes figuras del go-
bierno de la Compañía desde el momento de su fundación. Entre otros estaban
presentes antiguos compañeros de Ignacio de Loyola, como los padres Alfonso
Salmerón y Jerónimo Doménech, también destacaban los padres Nicolás Boba-
dilla, Jerónimo Nadal, Antonio Cordeses, Diego de Avellaneda, Cristóbal Rodrí-
guez, Dionisio Vázquez, Pedro de Ribadeneyra y Juan Alfonso de Polanco, este
último como Vicario General de la Congregación. En un intento por revocar la
decisión del Pontífice, estos religiosos hispanos escribieron un memorial que en-
tregaron a Gregorio XIII, en el que le presentaban todos los inconvenientes y agra-
vios que se realizaban contra la Monarquía hispana si se excluía la posibilidad de

1 J. W. PADBERG, S.I.: “The Third General Congregation”, en T. M. MCCOOG, S.J.


(ed.): The Mercurian Project: forming jesuit culture (1573-1580), Roma: IHSI, 2004, p. 50.
2P. PIRRI, S.I.: “Il Breve compendio di Achille Gagliardi al vaglio di teologi gesuiti”,
AHSI 20 (1951), p. 232.
3 P. B. ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Toledo...,
op. cit., II, p. 441.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

que saliera elegido un español. Tanto fue así que en el punto octavo del docu-
mento entregado, que reproduce el P. Astrain, se advertía al Pontífice de que su
intromisión en la elección podía provocar que “los príncipes católicos quizá
tomen ocasión para dividir la misma Compañía, separando a sus vasallos de la
obediencia del General, sintiendo haber sido ofendida su nación por medio de
exclusiones” 4. La referencia a Felipe II en este documento era inconfundible,
advirtiendo al Pontífice la posibilidad de que el monarca hispano provocara la
ramificación de la Compañía; una española, y aparte, el resto de la Orden, segu-
ramente con un General hispano que gobernaría la Compañía en los territorios
de la Monarquía hispana. Ante tal presión, Gregorio XIII tuvo que ceder, optando
por revocar su mandato, no sin antes añadir que por esta vez le gustaría que no
saliese elegido un español, señalando a la persona del P. Everardo Mercuriano
como perfecto candidato 5. La iniciativa del Pontífice fue acatada el 27 de abril,
día que se llevó a cabo la votación en la que salía elegido durante el primer es-
crutinio el flamenco Everardo Mercuriano 6.
De este modo, se conseguía romper, en 1573, la línea sucesoria de generales
de origen hispano (Loyola-Laínez-Borja) 7, evitando así la siguiente elección en
la persona del P. Juan Alfonso de Polanco, secretario español, que hubiera sido
elegido General 8. Este hecho lo describió el P. Bartolomé Alcázar en su Chrono-
Historia de la Provincia de Toledo:

4 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 13-14.
5 Su preferencia por Mercuriano en Francesco SACCHINI, S.I.: Historia Societatis Iesu,
pars quarta sive Everardus, Roma, 1652; M. GATTONI: Gregorio XIII e la politica iberica dello Stato
pontificio (1572-1585), Roma: Edizioni Studium, 2007; A. FERNÁNDEZ COLLADO: Gregorio XIII
y Felipe II en la nunciatura de Felipe Sega (1577-1581): aspectos político, jurisdiccional y de reforma,
Toledo: Estudio Teológico de San Ildefonso, 1991.
6 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 9-14.
7 J. W. PADBERG, S.I.: “The Third General Congregation”, op. cit., pp. 49-75.
8 Señalaba el historiador Ludovico Pastor en su Historia de los Papas lo siguiente:
El primero de octubre de 1573 había muerto el general San Francisco de Borja. A
la Congregación General reunida después de su muerte dióle a entender el Papa, que
habiendo sido españoles los tres primeros generales, esta vez convenía tener cuenta con
otra nación (L. PASTOR: Historia de los Papas [Gregorio XIII], Barcelona: Gustavo Gili,
1935, XIX, p. 222).

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Capítulo III

Era también voz común, que el P. Polanco sería General de la Compañía, y que,
para facilitarle este cargo, le habían nombrado por Vicario General, en lugar del
P. M. Geronymo Nadal, que lo avía sido en ausencia de S. Francisco de Borja 9.

Como no podía ser de otra manera, algunos superiores españoles, los más mo-
lestos con esta elección, optaron por quejarse a la corte madrileña para buscar la
mediación de Felipe II; no obstante, el monarca no pudo intervenir en este asunto,
ya que el Pontífice sutilmente había puesto sus ojos en la persona de Mercuriano,
de origen flamenco, y por lo tanto vasallo igualmente del monarca hispano 10.
De esta intriga por parte de un grupo de jesuitas italianos para que no volviera
a salir elegido un general español, se hace eco el P. Astrain en su magna obra,
poniendo de manifiesto las quejas de algunos superiores de las provincias ex-
tranjeras, especialmente del Asistente de Italia, el P. Benedetto Palmio. Sin em-
bargo, el historiador no le dio demasiada importancia a este hecho, y en cambio
sobrevalora, a mi juicio, el episodio en que se expone la influencia de un jesuita
portugués, el P. León Henríquez, que según Astrain y otros historiadores, con-
siguió persuadir a Gregorio XIII de que el P. Polanco no saliese elegido por su
condición de cristiano nuevo. Esta idea pierde sentido si se tiene en cuenta la po-
lítica de Roma ante la cuestión de los judeoconversos, a los que nunca excluyó,
por lo tanto, no tenía peso en la política de Gregorio XIII el que se tratara de alejar
del Generalato al P. Polanco por sus raíces judeoconversas, y menos aún, cuando
Diego Laínez, también de raíces judeoconversas, había sido General 11. Resulta
más lógico pensar que la aversión al gobierno hispano de la Compañía por parte
de un grupo de padres italianos “reformadores”, cercanos a la curia papal, favo-
reció la intervención de Gregorio XIII.

9 P. B. ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de


Toledo..., op. cit., II, p. 440.
10 Mercuriano fue nombrado, en tiempos del general Diego Laínez, provincial de
Germania septentrional y los Países Bajos, donde fundó numerosos colegios y residencias
jesuíticas para combatir el protestantismo. A continuación, bajo el generalato de Francisco de
Borja fue elegido Asistente de Alemania que incluía además los Países Bajos, Austria, Francia
y las regiones limítrofes (A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 16).
11 A. A. SICROFF: Los estatutos de limpieza de sangre..., op. cit., pp. 315-321; E. JIMÉNEZ

PABLO: “Que por sus pies se avía venido a la pila…: El decreto de limpieza de sangre en la
Compañía de Jesús (1540-1608)”, en M. RIVERO RODRÍGUEZ (coord.): Nobleza hispana,
nobleza cristiana. La Orden de San Juan, Madrid: Polifemo, 2009, I, pp. 759-793.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Por una relación que el P. Possevino envió al general Mercuriano en 1576, se


sabe que, en la Congregación General de 1573, hubo toda una trama para evitar
la elección de un jesuita hispano. El protagonista de esta estratagema era un jesuita
italiano, del cual Possevino ocultaba el nombre para no delatarle, pero al que ca-
racterizó por su estatus como alta persona, que mostraba un odio y un malestar
hacia la Monarquía hispana que era conocido por todos los cardenales y grandes
señores de la corte romana. Poco antes de que se celebrara la III Congregación,
dicho superior italiano, desde su elevada posición, alentó a otros jesuitas italianos,
incluido al P. Possevino, para que luchasen por la patria: ut pugnarem pro patria 12.
Añadía Possevino que tal aversión provenía del mal gobierno de la Compañía y
de las faltas de los superiores hispanos 13. No cabe duda que aquel jesuita al que
se refería Possevino era el P. Benedetto Palmio, que en aquel momento ejercía el
cargo de Asistente de Italia, y que además era conocido en Roma por la buena re-
lación que mantenía con numerosos cardenales y pontífices 14. El P. Palmio, como
Asistente, tuvo que enfrentarse al P. Dionisio Vázquez cuando éste era rector del
Colegio Romano en 1568. La raíz del problema estaba en la forma en que el P.
Dionisio dirigía este colegio, que Palmio tachaba de excesivo “rigor hispano”, por
lo que acabó alejándole del rectorado romano. Ya en la Congregación provincial
romana, celebrada en mayo de 1571, se denunció la forma de gobernar de los su-
periores españoles. Concretamente en referencia al Colegio Romano se criticaba
lo siguiente:
Essendo ora i fratelli e fra sé disuniti e poco congiunti con i superiori; dalla quale
disunione è nata l’alienazione di una nazione dall’altra, non conversando facilmente
come prima, né volentieri spagnoli con italiani, non fidandosi un fratello dell’altro, molti
vivendo con priori disegni. Dei superiori più volte si sono mosse querele, e perché non s’è

12 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Manual de historia de la Compañía de Jesús, 1540-1940,


Madrid: Aldecoa, 1941, p. 144; S. PAVONE: I gesuiti dalle origini alla soppressione (1540-
1773), Bari: Laterza, 2004, p. 11.
13 ARSI: Congr. 20 b I-II, De rebus - Congr. Gen. I-V. Es un escrito de catorce páginas
con el título “Del P. Possevino dato alla buona memoria del P. Everardo”.
14 F. RURALE: “La Compagnia di Gesù tra riforme, controriforme e riconferma
dell’Istituto (1540-inizio XVII secolo)”, en M. C. GIANNINI (a cura di): Religione, Conflittualità
e cultura. Il clero regolare nell’Europa d’antico regime, Roma: Bulzoni, 2006, p. 32.

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Capítulo III

veduto che coloro erano ugualmente amorevoli con tutti, e perché alle volte hanno fatto
patire il collegio 15.

Tal y como señalaba el P. Possevino, el P. Palmio no actuaba sólo sino que buscó
la colaboración de otros superiores, igualmente italianos como él, que manifestaban
su desaprobación a un nuevo General hispano. Analizando las biografías del total
de jesuitas italianos que acudieron a la polémica Congregación General de 1573,
llama la atención la estrecha relación que mantenían entre sí los italianos, especial-
mente el fuerte vínculo que existía entre los padres Benedetto Palmio, Francesco
Adorno, Lorenzo Maggio, Fulvio Androzzio y Antonio Possevino. Sus biografías
se entrelazan, junto a la de otros jesuitas con sus mismos intereses, unidos por una
larga amistad y por una misma espiritualidad que trataban de extender al conjunto
de la Orden. No es casual que la mayoría de estos jesuitas italianos perteneciesen
a familias nobles del norte de Italia; como Padua, Parma, Mantua, Génova o Milán,
y que estuvieran al servicio de importantes cardenales como Carlos Borromeo, que
permite constatar las quejas de este grupo de jesuitas a la curia romana para tratar
de borrar todo remanente hispano de la Compañía, y en cierta medida, retirar el
dominio español, hasta donde se pudiera, de la península italiana y del control de
Roma. Es preciso señalar que este grupo de jesuitas italianos fue en aumento, hasta
tal punto que, en la Congregación extraordinaria de 1593, sumaban más de cien
jesuitas, sobre todo del norte de Italia, que compartían unos mismos intereses 16.

Una red espiritual de reformistas

Benedetto Palmio
El líder de este grupo de jesuitas italianos “reformadores” fue el P. Benedetto
Palmio (1523-1598), quien provenía de una familia noble de Parma. Dentro de la
Compañía destacó por sus dotes como predicador, que desarrolló durante los años
que permaneció en Roma desde 1553 a 1556. Comenzó a perfeccionar su oratoria

15 ARSI: Congr. 41, f. 12r. Sobre la situación del colegio de Roma, R. GARCÍA-
VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., pp. 142-156; M. FOIS, S.I.: “Il Collegio
Romano: l’istituzione, la struttura, il primo secolo di vita”, Roma moderna e contemporanea 3/3
(1995), pp. 571-599.
16
P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese, la riforma dello Spirito e il
movimento degli’zelatori”, AHSI 14 (1945), pp. 15-22.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

en numerosos círculos espirituales de Roma, que alternó con largas horas de ora-
ción mental. Se levantaba dos horas antes que los demás para sus prácticas espi-
rituales, y llevaba un régimen de extrema pobreza y austeridad, especialmente
en tiempo de Cuaresma. Precisamente, se data en la Cuaresma de 1553, cuando
el P. Palmio comenzó a predicar en Roma con gran audiencia 17. Dos años más
tarde acudía a Tívoli para predicar a petición del cardenal Ippolito d’Este, con
motivo del año jubilar concedido por Paulo IV. El efecto que causó entre el pú-
blico fue tan asombroso, tal y como se describe en la correspondencia jesuítica,
que los mandatarios de la ciudad pedían al cardenal la permanencia del P. Palmio
en Tívoli 18. A continuación, fue invitado por Paulo IV a dar el sermón latino ante
el colegio cardenalicio en la capilla papal, con motivo de la fiesta de San Juan
Evangelista el 28 de diciembre de 1556 19. Su sermón fue acogido con gran ad-
miración a pesar del recelo del papa Carafa a la familia ignaciana por hundir sus
raíces en la Monarquía hispana, con la que nunca mantuvo cordiales relaciones.
La fidelidad que el P. Palmio mostró siempre a Paulo IV, y la admiración del Pon-
tífice por Palmio, hace pensar que el papa Carafa no tenía ningún problema con
los miembros italianos de la Orden, sino con el gobierno hispano de la Compañía.
Palmio continuó acudiendo esporádicamente al palacio apostólico a predicar, in-
cluso en tiempos de Pío V (1566-1572) 20.
En poco tiempo, Palmio ascendió a los cargos más altos de la dirección de la
Compañía; de 1557 a 1559 ejerció de superintendente de los colegios de Padua y de
Venecia, donde continuó predicando con asiduidad 21. A continuación fue nombrado
Provincial de Lombardía –que incluía el gobierno de los colegios de Ferrara, Bolonia
y Modena, Como y Forlì, Parma, Mondovì y Milán–, cargo que desarrolló entre

17 MHSI: Ignatiana V, Madrid, 1907, pp. 321, 455, 652 y 657-658.


18
MHSI: Ignatiana IX, Madrid, 1909, pp. 417-419 y p. 536; MHSI: Epp. Mixtae IV,
Madrid, 1900, pp. 750-753 y pp. 782-783.
19
MHSI: Ignatiana X, Madrid, 1910, p. 450; MHSI: Polanci II, Madrid, 1917, pp. 582,
593-594; M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia. L’epoca di Giacomo
Lainez ,1556-1565. Il Governo, Roma: La civiltà cattolica, 1964, III, p. 319.
20 C. SOMMERVOGEL, S.J.: Bibliothèque de la Compagnie de Jesús, Bruselas-París, 1895,
VI, p. 156.
21J. P. DONNELLY, S.I.: “The Jesuit College at Padua. Growth, Suppression, Attempts
at Restoration: 1552-1606”, AHSI 51 (1982), pp. 63-65.

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Capítulo III

los años 1559 y 1565. Desde el año 1563 se instaló en Milán por deseo del cardenal
Carlos Borromeo que le mantuvo en su diócesis para llevar a cabo la reforma ecle-
siástica de Milán 22. Con todo, a partir de 1565 fue Asistente de Italia, a lo largo de
los generalatos de Borja (1565-1573) y Mercuriano (1573-1581). No obstante, a
pesar del nuevo nombramiento como Asistente, no dejó en ningún momento de co-
laborar con la actividad de la Compañía en Milán, donde llegó a ser gran confidente
del cardenal ambrosiano. Ciertamente, el P. Palmio estuvo encargado de la entrada
de la Compañía en Milán, siendo efectiva a partir del año 1564. Asimismo, colaboró
activamente con Borromeo en la restauración de la disciplina eclesiástica del arzo-
bispado milanés, predicando durante cuatro años consecutivos en el Duomo y en el
aula del sínodo diocesano. A petición del prelado ambrosiano, Palmio dejó escrito
un breve tratado sobre la predicación De excellentia praedicationis evangelicae 23.

Francesco Adorno
Junto a Palmio, destacó el P. Francesco Adorno (1533-1586), perteneciente a una
familia noble de Génova 24. Entró en la Compañía en Portugal, donde había ido
acompañando a su padre, que por entonces realizaba intercambios comerciales con
mercaderes lusitanos. Cuando regresó a los territorios italianos fue nombrado rector
del colegio de Padua (1560-1564), justo después de que el P. Palmio dejase este cargo
por el de provincial. Ambos jesuitas se conocieron entonces, y cuando Palmio siendo
provincial de Lombardía introdujo la Compañía en Milán, reclamó la presencia de
Adorno en la nueva fundación nombrándole primer rector del colegio de Milán
(1564-1567), donde trabajó junto a Palmio a las órdenes del cardenal Borromeo 25.

22 C. MARCORA: “S. Carlo ed il gesuita Benedetto Palmio”, Memorie Storiche della

Diocesi di Milano 16 (1969), p. 9.


23 F. BARBIERI: “La riforma dell’eloquenza sacra in Lombardia ispirata da S. Carlos”,

Archivio Storico Lombardo 38 (1911), pp. 231-262; P. TACCHI VENTURI, S.I.: “L’anno santo
del 1575 celebrato da San Carlo in Milano, secondo una lettera inedita del P. Benedetto
Palmio”, Echi di San Carlo Borromeo 13 (1938), pp. 3-5.
24M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia. L’epoca di Giacomo
Lainez 1556-1565. L’azione, Roma: La civiltà cattolica, 1974, IV, p. 522.
25 F. RURALE: I gesuiti a Milano. Religione e Politica nel secondo Cinquecento, Roma:

Bulzoni, 1992, pp. 225-227, et passim; C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, San Carlo
Borromeo nel terzo centenario della canonizzazione MDCX-MCM 10, 1909, p. 164; M. FOIS, S.I.:
“San Carlo e i gesuiti: amore, servizio e dissenso”, Studia Borromaica 6 (1992), p. 150.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Cuando el P. Palmio regresó a Roma para ejercer de Asistente de Italia, dejó a


Adorno como provincial de Lombardía (1567-1570) y, más tarde, volvió a ejercer
de provincial de 1573 a 1578 26. Una vez que el cardenal Carlos Borromeo elevó el
colegio de Brera al grado de Universidad, eligió a Adorno para el cargo de rector
durante el trienio 1581-1584. Los años que el P. Adorno pasó en Milán le convir-
tieron en confidente, confesor y director espiritual de Borromeo, colaborando con
Palmio en la reforma llevada a cabo por el cardenal en su diócesis 27. El P. Adorno
siempre defendió a Borromeo en sus disputas jurisdiccionales con la Monarquía
hispana, especialmente cuando Giulio Mazzarino representó las demandas del go-
bernador Ayamonte 28. Adorno, animado por Borromeo, editó en Milán las obras
de su amigo el jesuita Fulvio Androzzi, además de tres volúmenes de sermones de
su tío, el carmelita Angelo Castiglione 29.

Fulvio Androzzi
El jesuita Fulvio Androzzi (1524-1575) 30, también estuvo presente en la po-
lémica Congregación Tercera. Androzzi nació en la provincia italiana de Mace-
rata. Fue canónigo de Loreto hasta que decidió entrar en la Compañía. Siendo
jesuita ejerció como rector de Florencia el trienio de 1557 a 1560, y de Ferrara

26 C. GORLA: “Il padre Francesco Adorno S.I.”, en S. Carlo Borromeo nel terzo

centenario della canonizzazione, 1610-1910, Milán, 1910, pp. 529-531.


27 La estrecha amistad que unió a San Carlos Borromeo con el jesuita Francesco
Adorno se reflejó en 1584, cuando el cardenal estando enfermo decidió llevarse al P. Adorno
a su retiro espiritual en Varallo, donde falleció. En la introducción de San Carlo e il suo tempo.
Atti del convegno internazionale nel IV centenario della morte (Milano, 21-26 maggio 1984),
Roma: Edizioni di Storia e Letteratura, 1986, I, p. 12.
28 F. RURALE: “Carlo Borromeo, Botero, Mazzarino: incontri e scontri nella

ridefinizione del potere sacerdotale e della politica ‹moderna”, en F. BUZZI y D. ZARDIN


(eds.): Carlo Borromeo e l’opera della “grande reforma”. Cultura, religione e arti del governo
nella Milano del pieno Cinquecento, Milán: Cinisello Balsamo, 1997, pp. 289-302.
29 C. SOMMERVOGEL, S.J.: Bibliothèque de la Compagnie de Jesús, Bruselas-París, 1890, I,
pp. 54-55; G. ORESTE: “Adorno, Francesco”, DBI, Roma, 1960, I, pp. 293-295.
30 J. GILMONT: Les écrits spirituels des premiers jésuites. Inventaire commenté, Roma: IHSI,

1961, pp. 291-294; M. SCADUTO, S.I.: “Pio V, Alfonso II d’Este e il Borgia”, AHSI 53 (1984),
pp. 31-54; A. MEROLA: “Androzi, Fulvio”, DBI, Roma, 1961, III, pp. 164-165; I. IPARRAGUIRRE,
S.I.: Historia de la práctica de los Ejercicios espirituales..., op. cit., I, p. 281.

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Capítulo III

desde el año 1562 hasta su muerte. En Ferrara fue nombrado rector por el en-
tonces provincial Benedetto Palmio, quien confió a Androzzi el cargo de rector
ante una situación delicada, ya que el anterior rector, el P. Pelletier, fue apartado
del cargo por no ser del agrado de los duques 31. Como superior en Ferrara, con-
siguió reforzar la posición de los jesuitas en el ducado estense, promoviendo nue-
vas fundaciones. Consiguió además implantar en Ferrara la devoción a la oración
de las Cuarenta Horas, cuyo fervor fue promovido por este grupo de “reforma-
dores” jesuitas. El 6 de febrero de 1565 informaba al vicario Francisco de Borja
que, en la Iglesia de la Compañía, el pueblo pedía la oración continuada durante
cuarenta horas “et è riuscita con molta devotione di tutti et buonissimo odore di tutta
la città; et con tale occasione molta gente si è confessata et comunicata con molto nostro
piacere” 32. Dicha práctica se originó en Milán, siendo extendida por Lombardía
por la Congregación de Clérigos Regulares de San Pablo conocidos como “bar-
nabitas”, y fue llevada a Roma por los oratorianos.
En Ferrara, el P. Androzzi supo concluir con éxito una misión de gran impor-
tancia para la política de Roma; desde marzo de 1570, el duque Alfonso II eligió al
P. Androzzi como consejero espiritual para sus asuntos de conciencia. Precisamente
por estos años, Androzzi se propuso ganar para el duque la benevolencia y confianza
de Pío V, quien acusaba al duque de mantener una política antitoscana y antirro-
mana y mostrarse, por el contrario, más colaborador con Venecia y el Imperio 33.
Androzzi intervino en este asunto, aconsejando al duque la necesidad de mantenerse
fiel a la Santa Sede, al mismo tiempo que escribía a Roma para mostrar al Pontífice
los buenos propósitos del duque hacia su persona. Este intercambio epistolar acabó
por crear en el ánimo de Pío V un juicio favorable al dueño de Ferrara 34.

31 M. SCADUTO, S.I.: “Pio V, Alfonso II d’Este e il Borgia”, op. cit., p. 32.


32 P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 205.
33Desde 1565 Alfonso II había contraído matrimonio con la archiduquesa Bárbara, hija
del emperador Fernando I.
34M. SCADUTO, S.I.: “Pio V, Alfonso II d’Este e il Borgia”, op. cit., p. 38. El 1 de abril
de 1570 el general Borja escribía al P. Androzzi sobre el efecto que sus cartas estaban
provocando en los ánimos de Pío V, quien esperaba esta demostración de subordinación a
Roma por parte del duque:
Mi sono consolato in Domino delle tanto buone nuove, che di quell’amico –el duque
de Ferrara– mi scrivete et oltre di ringratiar Dio autore di ogni bene, ho giudicato espediente

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Androzzi destacó además por su faceta de escritor espiritual, a pesar de que


todas sus obras fueron publicadas póstumamente. El P. Francesco Adorno, siendo
provincial de Lombardía, gran amigo y admirador de Androzzi, recogió y editó
sus escritos dispersos, conservados por algunas damas de la nobleza ferrarés, que
se confesaban con el P. Androzzi. Ordenados sus escritos en tres pequeños volú-
menes bajo el título Opere spirituali del R. P. Fulvio Androtio della Compagnia di
Gesù. Divise in tre parti nelle quali si tratta della meditatione della Vita e Morte del
nostro Salvator Gesù Christo, Della frequenza della Comunione, Et dello stato lode-
vole delle Vedove. Utili a tutte le persone che desiderano vivere Spiritualmente, se
editaron en Milán, en 1579, a los pocos años de fallecer Androzzi, con ayuda del
cardenal Carlos Borromeo 35. La obra estaba precedida por una carta biográfica
sobre el P. Androzzi escrita por Adorno, que dedicó a la duquesa de Urbino, Lu-
crezia d’Este. Esta obra tuvo gran difusión en territorio italiano y en toda Europa;
primero fue traducida en París en 1596, luego en Bruselas en 1608, y en Madrid
en 1615, por el Ldo. Pedro Ramírez, capellán del oratorio de la casa real, que de-
dicó la obra a Sor Margarita de la Cruz 36. La estructura y contenidos del libro
permiten un mejor análisis de la espiritualidad de este jesuita y de sus compañe-
ros. En la primera parte de su obra, las Meditatione, Androzzi señalaba los tres
estados anteriores a la oración mental, y añadía un modelo de rezo del Padre-
nuestro cercano a la oración afectiva. No obstante, la segunda parte de este libro,
Della frequente communione, fue más conocida y controvertida. En ella Androzzi
defendía la necesidad de realizar la comunión frecuente sin restricción del nú-
mero de veces. El P. Guibert, en su estudio sobre la espiritualidad jesuítica se-
ñalaba que Androzzi, con sus escritos sobre la recepción más frecuente de la
Eucaristía, se alejaba de las disposiciones de los Generales jesuitas, reacios a tan

che l’altro amico di Roma ne fosse informato, et comunicatogli le vostre lettere; et in


sentirle leggere s’è visto in esso molta sodisfattione; et con tutto questo, acciò lui creda ciò
che si scrive del molto zelo et rare virtù (…) com’io l’indovinavo et ve l’ho scritto, si
rimette alli effetti; et tanto più che sono molte cose che in quel ragionamento scoperse, quali
non senza causa li possono far desiderare il testimonio dell’opera dopo quello delle parole
(MHSI: Borgia V, Madrid, 1911, p. 328).
35
J. DE GUIBERT: La spiritualité de la Compagnie de Jésus, Roma, 1953, pp. 200, 262,
371-372.
36 C. SOMMERVOGEL, S.J.: Bibliothèque de la Compagnie de Jesús, Bruselas-París, 1890,
I, pp. 381-384.

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Capítulo III

“exagerado” postulado, para ponerse en armonía con otras sociedades de sacer-


dotes italianas que defendían del mismo modo la frecuencia del sacramento a dia-
rio. Tales “sociedades de sacerdotes”, continuaba Guibert, eran los barnabitas de
Milán y los oratorianos de Roma. En la Monarquía hispana, años antes, hubo
casos aislados de jesuitas como el P. Gaspar de Loarte (1498-1578) 37, que habían
defendido la comunión frecuente, influido por su maestro el Beato Juan de Ávila,
quien junto a fray Luis de Granada, se convirtieron en los “principales apóstoles
de la comunión frecuente” en la Monarquía, aunque tal defensa les valió tanto a
Loarte, como a Ávila y a Granada, la sospecha de alumbradismo por parte de la
Inquisición hispana 38. No resulta casual, que los tratados escritos por Loarte pa-
saran a Italia, pues éste gobernó el colegio de Génova durante varios años, pero
además el reclamo de sus obras por parte de personajes influyentes como Carlos
Borromeo y Felipe Neri, hizo que se extendieran por Italia, al igual que las del
P. Androzzi 39. No obstante, la línea espiritual de la Compañía, marcada por los
Generales, no era tan radical, por lo que en 1594, el general Aquaviva mandaba
una instrucción a toda la Compañía, prohibiendo que se admitiese a los penitentes
comulgar dos veces por semana, si no era con permiso excepcional del Provincial,
y que “con los que están ya habituados a comulgar más veces, se procure conseguir
lo que se pueda suavemente” 40.

Lorenzo Maggio
El P. Lorenzo Maggio (1531-1605) fue convocado a la III Congregación como
provincial de Austria. El P. Maggio nació en Brescia, y también él provenía de li-
naje noble. Participó en el Concilio de Trento, y tras estudiar en Roma, fue nom-
brado rector del colegio Germánico de 1557 a 1561 41. Desde 1563 hasta 1576

37 M. RUIZ JURADO, S.I.: “San Juan de Ávila y la Compañía de Jesús,” AHSI 40

(1971), p. 158.
38 L. SALA BALUST: Obras completas del santo Maestro Juan de Ávila, Madrid: BAC,

1970, pp. 101-158.


39M. R. JURADO y F. DE BORJA MEDINA: “Loarte, Gaspar”, en DHSI, Roma, 2001, III,
pp. 2402-2403.
40 J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op. cit., p. 271.
41
Sobre la biografía del P. Maggio, L. GRAZIOLI: “Del P. Lorenzo Maggio e della sua
ambasceria in Francia”, Brixia sacra 7 (1916), pp. 3-35; L. PIECHNIK: “L’attività di Lorenzo

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

residió en Viena donde ejerció como rector del colegio y como provincial de Aus-
tria. Siendo muy joven fue llevado a Viena por su tío, el nuncio apostólico Giro-
lamo Martinengo, quien lo introdujo en la corte imperial. En 1563 regresaba a
Viena, ya como jesuita, con la complicada misión de conseguir el favor del empe-
rador Maximiliano II. Ciertamente, la relación de la corte habsbúrguica y los je-
suitas sufrió un revés con la llegada al trono de Maximiliano II en 1564 42. Maggio
se lamentaba a Roma al admitir que por el momento “credo che l’imperatore ci darà
buone parole, ma aiuto temporale per hora non lo spero” 43. Bien distinta fue la rela-
ción de su padre, el emperador Fernando I, con la Compañía, a quien confió la
superintendencia del hospital imperial y no dudó en depositar en manos jesuitas
el gobierno del internado de nobles, mandado construir por Fernando, pero ce-
rrado temporalmente por Maximiliano, por la imposibilidad de facilitarles una
nueva sede. Asimismo, Maximiliano se negaba rotundamente a ayudar económi-
camente a los padres para paliar la escasez de los colegios de Viena, Praga, y
Trnava. En esta difícil situación por el rechazo del emperador Maximiliano a la
Compañía, llegaba a Viena el P. Maggio. Si la educación jesuita no atravesaba su
mejor momento en el Imperio, fue distinto el éxito que obtuvo con la predicación,
con la que destacó la oratoria religiosa del P. Maggio para la comunidad italiana
en la Iglesia de Santa Croce. La fama de Maggio llegó a oídos de la emperatriz
María, quien le invitó a predicar en la capilla de la corte, donde la Emperatriz
quiso que permaneciera a su lado durante años. Animado en su actividad por la
emperatriz María, el P. Maggio quiso ponerse al frente de la confraternidad de
la Caridad de los italianos, formada por un grupo de italianos que se dedicaba a las
actividades caritativas, con sede en el colegio. La actitud del Emperador hacia la
Compañía pronto empezaría a cambiar con ayuda de los dos grandes protectores
de Maggio en la corte imperial; por un lado, el jurisconsulto Giorgio Eder, rector de
la Universidad y consejero del emperador, y por otro la devoción de la emperatriz
María hacia la Compañía. La reapertura del seminario de nobles fiada a la Com-
pañía, fue el inicio de la buena relación entre Maximiliano II y la Compañía,

Maggio nell’ambito dell’istruzione pubblica in Polonia”, en G. BIANCHI (ed.): Studi offerti a


Jan Wladyslaw Wos, Florencia, 1989, pp. 45-60.
42B. DUHR: Die Jesuiten an den deutschen Fürstenhöfen des 16. Jahrhunderts, Freiburg
und Basel: Herder, 1901, p. 10.
43 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, p. 747.

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Capítulo III

conseguida por medio del P. Maggio, nombrado entonces provincial de Austria,


logrando persuadir al Emperador. Cuando Maggio tuvo que marcharse a Roma
para asistir a la III Congregación jesuita, Giorgio Eder escribió al nuevo general
Mercuriano, para recordarle la necesidad del retorno de Maggio como provincial
de Austria, por miedo a que Mercuriano le cambiase en el cargo, asegurando que
antes de que Maggio llegara a la corte imperial, el Emperador no podía oír hablar
ni ver a los jesuitas, pero desde que Maggio gobernaba la provincia, movió los
hilos de tal forma que, no sólo el Emperador los defendía, sino que ahora contaba
con ellos en todas las cuestiones religiosas del Imperio. En lo que concernía a la
Iglesia, la Emperatriz se dejaba aconsejar por el provincial Maggio sobre el modo
de ayudar espiritualmente al Emperador 44.
En 1576, coincidiendo con la muerte del Emperador y la ida de la emperatriz
María a la corte madrileña, Maggio pasó a la provincia polaca para fundar nuevos
colegios, en donde fue como visitador y provincial (1580-1581) 45. No obstante,
en 1581, tuvo que marcharse a Roma para participar en la IV Congregación Ge-
neral, en la que salió elegido como nuevo general Claudio Aquaviva, quien le
nombró Asistente de Italia (1581-1594). Durante estos años, Maggio fue enviado
a Milán para investigar los escritos espirituales de Isabella Berinzaga, dama dada a
la contemplación, a quien dirigía el P. Achille Gagliardi, también del grupo de
“reformadores”, y gran amigo de Maggio. De las acusaciones contra la dama mi-
lanesa y el P. Gagliardi, Maggio se encargó de disipar cualquier sospecha de error,
ya que el P. Maggio compartía la misma espiritualidad radical que Gagliardi, in-
sistiendo en la necesidad de largas oraciones mentales y de mayor austeridad en
la Compañía 46. Después Maggio fue enviado a Francia, junto al P. Cotton y otros
jesuitas, con la misión de obtener de Enrique IV la readmisión de los jesuitas ex-
pulsados en 1595 47. Dicho encargo fue realizado con éxito, consiguiendo que el

44 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, pp.
747-748.
45 L. PIECHNIK: “L’attività di Lorenzo Maggio...”, op. cit., pp. 45-46.
46 J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op. cit., p. 168.
47 L. GRAZIOLI: “Del P. Lorenzo Maggio e della sua ambasceria...”, op. cit., pp. 3-35; J. I.

TELLECHEA IDÍGORAS: “La absolución de herejía de Enrique IV de Francia por Clemente VIII:
Un caso moral, canónico y político conflictivo”, Revista española de derecho canónico 58/150
(2001), pp. 51-93.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

monarca francés readmitiera en el reino a los jesuitas con el edicto de Rouen de


1603. Durante su estancia en París, Maggio frecuentó el salón de Madame Acarie,
y fue el encargado, en 1602, de dar los Ejercicios Espirituales a Pierre de Bérulle,
influyendo en la espiritualidad del futuro cardenal 48. Su correspondencia con
los padres Cotton y Armand y con el cardenal Bérulle demuestra su influencia
en el desarrollo de la mística francesa 49.

Antonio Possevino
Asimismo estuvo presente en la III Congregación el padre Antonio Possevino
(1533-1611), natural de Mantua. El cardenal Ercole Gonzaga le tomó como su
secretario y maestro de sus sobrinos Francesco y Scipione Gonzaga.
En Padua, donde estudió, asistía con frecuencia a escuchar la predicación del
P. Benedetto Palmio, al que siempre admiró, y cuyos sermones, junto con la amis-
tad que les unía a los hermanos Gagliardi, Achille, Leonetto y Ludovico, tres jó-
venes de la aristocracia local, le impulsaron –como relataba él mismo en sus
memorias– a entrar en la Compañía 50. Palmio tomó a Possevino como discípulo
predilecto, junto con los hermanos Gagliardi, y les envió a todos a Roma para
que se formasen en el Colegio Romano. En poco tiempo, los padres Achille y
Possevino fueron del grupo de “reformadores” y fueron nombrados superiores
de la Orden 51.
Possevino destacó por ser un gran diplomático a las órdenes del Pontífice Ro-
mano. Su primera misión fue la de ayudar en la lucha contra la herejía en el Pia-
monte, donde permaneció dos años junto al duque de Saboya Emanuele
Filiberto, al que persuadió para fundar colegios jesuitas como baluartes contra

48 F. DE DAINVILLE: “Note chronologique sur la retraite spirituelle de Bérulle”,


Recherches de Science Religieuse 41 (1953), pp. 241-249; L. GRAZIOLI: “Del P. Lorenzo Maggio
e della sua ambasceria...”, op. cit., pp. 3-35; L. PIECHNIK: “L’attività di Lorenzo Maggio...”,
op. cit., pp. 45-60; P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese...”, op. cit., pp. 15-
22.
49 L. GRAZIOLI: “Del P. Lorenzo Maggio e della sua ambasceria...”, op. cit., pp. 6-30.
50 G. CASTELLANI, S.I.: “La vocazione alla Compagnia di Gesù del P. Antonio
Possevino da una relazione inedita del medesimo”, AHSI 14 (1945) pp. 114-119.
51 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... Il Governo, op. cit., III,
pp. 290-293.

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Capítulo III

la herejía 52. En 1562 se marchó a Francia, donde permaneció unos diez años.
Allí, la misión de Possevino fue conseguir del monarca francés el permiso para
abrir nuevos colegios jesuitas extendidos por la Monarquía francesa. No obstante,
la actividad de Possevino quedó prácticamente infructuosa por la oposición del
parlamento parisino, y por el recelo de la Sorbona. En su estancia en territorio
francés acompañó al P. Everardo Mercuriano en su visita por las provincias de
Aquitania y Francia, quedándose un tiempo como rector de Aviñón y Lyon.
Al morir el general Borja, Possevino acudió a Roma para participar en la III
Congregación como elector de la provincia de Aquitania. Ya por entonces, Posse-
vino se había ganado la confianza del nuevo pontífice, Gregorio XIII, a quien
sirvió fielmente en sus planes universales de evangelización. El hecho de que el
Pontífice tuviera preferencia por Mercuriano, no resultaba extraño, pues Posse-
vino pudo influir en la inclinación de Gregorio XIII por la elección del belga, ya
que en esos momentos la elección de un General italiano era complicada por la
negativa de la Monarquía hispana. Finalmente, el 23 de abril de 1573, fue elegido
Mercuriano, y dada la confianza que el nuevo General tenía en Possevino, le nom-
bró secretario de la Compañía, cargo que ejerció durante cuatro años. A partir
de entonces, el resto de su vida la dedicó por entero al servicio de Gregorio XIII,
empleado en la carrera diplomática con misiones al norte y este de Europa 53;
primero fue enviado a Suecia, donde trató de mejorar las relaciones entre Roma
y Suecia 54. Más famosa fue su misión a Polonia y Moscovia en 1581, en la que,

52 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, pp.
669-686; M. SCADUTO, S.I.: “Le missioni di A. Possevino in Piemonte”, AHSI 28 (1959),
pp. 51-191.
53 L. LUKÁCS: “Die nordischen päpstlichen Seminarien und P. Possevino (1577-
1587)”, AHSI 24 (1955), pp. 33-94; M. SCADUTO, S.I.: “La missione del nunzio. Due
memoriali di Possevino ambasciatore, 1581, 1582”, AHSI 49 (1980), pp. 135-160.
54 J. P. DONNELLY, S.I.: “Some Jesuit Counter-Reformation strategies in East Central
Europe”, Sixteenth Century Essays and Studies 27 (1994), pp. 83-94; J. MARTÍNEZ MILLÁN:
“Gregorio XIII, Felipe II y el proyecto de recuperación de Suecia al Catolicismo”, en E.
MARTÍNEZ RUIZ y M. DE PAZZIS PI CORRALES (dirs.): España y Suecia en la época del Barroco
(1600-1660), Madrid: CAM, 1998, pp. 213-239; K. JOHANNESSON: The Renaissance of the
Goths in Sixteenth-Century Sweden. Johannes and Olaus Magnus as Politicians and Historians,
translated and edited by J. Larson, Berkeley: University of California Press, 1982, pp. XII-XIII;
O. GARSTEIN: Rome and the Counter-Reformation in Scandinavia, Copenhague: Universitets-
förlaget, 1963, I, p. 48.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

por encargo de Gregorio XIII, debía restablecer la paz entre Polonia y Moscovia,
y conseguir la unión entre la iglesia ortodoxa y la romana 55. Sus últimos años
estuvo retirado en Padua, donde se dedicó a escribir. Su actividad literaria incluía
controversias con protestantes y ortodoxos, tratados de historia de la Iglesia y
obras espirituales. Al final de su vida pasó a ser el director espiritual y preceptor
de Francisco de Sales 56.
A este grupo, se unieron después muchos otros jesuitas, destacando las figuras
de Leonetto Chiavone, los hermanos Gagliardi de Padua, el piamontés Giovanni
Battista Velati o el P. Giovanni Battista Peruschi. Ahora bien, existía una serie de
rasgos comunes en el grupo de jesuitas “reformadores” que les definían y que es
preciso detallar para comprender mejor sus intereses espirituales y políticos.

Tres objetivos comunes a los jesuitas “reformadores”:


rechazo al dominio de la Monarquía hispana,
obediencia al Pontífice y nueva espiritualidad reformada

Es preciso destacar que los miembros de este grupo de jesuitas italianos per-
tenecían, todos ellos, a la nobleza. Se entiende por tanto la facilidad que estos
jesuitas encontraron a la hora de entablar relaciones con las altas esferas ecle-
siásticas, y sobre todo la protección que les proporcionaban los dirigentes de los
estados y la alta nobleza a la que confesaban. El P. Palmio describía al P. Possevino
en una de sus cartas como “buon parlatore, modestissimo et di raro ingegno, amato
et desiderato da diversi principi” del que se esperaba que fuera “un grande instru-
mento per il divino servitio” 57. Asimismo, la mayoría de ellos procedían del norte
de Italia, precisamente donde desarrollaron su actividad. Concretamente actua-
ron sobre la provincia jesuita de Lombardía, que incluía diversos colegios como

55 O. HALECKI: “Possevino’s Last Statement on Polish-Russian Relations”, Orientalia


Christiana Periodica 19 (1953), pp. 261-302; L. KARTTUNEN: Antonio Possevino: Un diplomate
pontifical au XVIe siècle, Lausanne: Th. Sack-Reymond, 1908, pp. 1459-1461.
56 C. SOMMERVOGEL, S.J.: Bibliothèque de la Compagnie de Jesús, Bruselas-París, VI, 1895,
pp. 1061-1093; M. WIRTH: Francesco di Sales e l’educazione: formazione umana e umanesimo
integrale, Roma: LAS-Libreria Ateneo Salesiano, 2006, pp. 34-98 y passim.
57 Citado por M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione,
op. cit., IV, p. 423.

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Capítulo III

los de Ferrara, Bolonia y Módena, Como y Forlì, Parma, Brescia, Mondovì y


Milán 58. Tenían dos intereses muy marcados: por un lado, buscaban alejar de
los puestos del gobierno de la Compañía y de la dirección de los colegios, a los
jesuitas hispanos que habían extendido la Compañía por Italia, muchos de ellos
procedentes de las primeras generaciones que viajaron con el fundador de la
Orden; por otra parte, les interesaba una reforma espiritual dentro de la Com-
pañía, que infundiese a la Orden un espíritu más radical acorde con la espiritua-
lidad que se estaba extendiendo desde el norte de los territorios italianos al resto
de la península Apenina, por medio de la acción de nuevas comunidades de sa-
cerdotes y hermandades, encabezadas por reformadores de gran carisma, como
por ejemplo Felipe Neri y su Congregación del Oratorio, o Antonio Maria Zac-
caria con sus Barnabitas de Milán. Dichas agrupaciones de sacerdotes contaban
con el beneplácito de Roma, dado que, por su eficaz metodología y su influencia
en la sociedad a través de un modelo de caridad, vio en estas Congregaciones
unos instrumentos eficaces para extender universalmente la ideología de la re-
forma romana.

Rechazo al dominio de la Monarquía hispana


Uno de los objetivos más marcados de estos jesuitas reformadores italianos
fue el rechazo que sentían hacia el dominio hispano. Para cambiar esta situación
de gobierno en manos de jesuitas hispanos, el P. Benedetto Palmio trató, a toda
costa, de colocar en los puestos de poder, rectorados y provincialato, a aquellos
jesuitas italianos que, como él, buscaban un cambio de gobierno en la Compañía.
A partir de 1559 comenzaron estos cambios efectuados por Palmio, recién nom-
brado provincial de Lombardía, y continuaron cuando pasó a ser el Asistente de
Italia. Desde su elevada posición, Palmio aprovechó para colocar a sus confiden-
tes en los colegios del norte de Italia, no obstante los colegios jesuitas del centro
y sur continuaron siendo gobernados por jesuitas españoles. Lógicamente, re-
sultaba mucho más fácil colocar italianos en el norte, donde los pequeños ducados
y feudos permitían la entrada de la Compañía siempre y cuando el gobierno de
los colegios estuviera en manos de superiores italianos, por la enemistad que
estos territorios profesaban a Felipe II y el consiguiente recelo a que si gobernaban

58 M. SCADUTO, S.I.: “Scuola e cultura a Milano nell’età borromaica”, en San Carlo e


il suo tempo. Atti del convegno..., op. cit., II, pp. 963-994.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

superiores hispanos, éstos sirvieran de agentes al monarca español. En este sen-


tido no se puede obviar el factor económico a la hora de abrir nuevos colegios y
la necesidad de mantener a los mismos, para lo que había que contar con la acción
de amigos y protectores de la Compañía, que rechazaban el gobierno de jesuitas
españoles. Estos importantes protectores, en muchos casos eran eclesiásticos de
las altas esferas, enemistados con la Monarquía hispana por su poderío en los te-
rritorios italianos, destacando, entre otros, el cardenal Rodolfo Pio da Carpi para
Loreto, y el cardenal Ascanio della Cornia para Perugia 59. Más evidente fue el
caso del ducado de Milán, bajo dominio español, cuya diócesis era gobernada es-
piritualmente por el cardenal Carlos Borromeo, en donde el P. Palmio colocó al
frente del colegio al P. Adorno, del mismo modo que Palmio quiso contar con el
P. Androzzi en el ducado de Ferrara, para que resolviese la crisis ocasionada con
el anterior rector mal visto por Alfonso II 60. De modo que Palmio cuando fue
provincial de Lombardía fue colocando en los colegios de los territorios italianos
del norte a jesuitas “reformadores”; como rector del colegio de Bolonia situó a
su hermano el P. Francesco Palmio, mientras que para el colegio de Padua el P.
Palmio confió la dirección al P. Adorno, ya que los dos anteriores rectores no les
resultó del todo adecuados; primero el P. Battista Tavona “bonissimo” pero no
“per gobernare” en Padua 61, y después, el P. Lucio Croce “di gran bontà, ma non
per questo governo, perché non ha animo” 62, hasta que envió al P. Francesco Adorno.
En 1562, el P. Palmio afirmaba al fin que había buenos rectores en su provincia,
de gran espíritu de abnegación y dedicación al trabajo, todos ellos grandes pre-
dicadores 63. Cuando el P. Francesco Adorno fue nombrado provincial de Lom-
bardía en 1567, continuó la estela que dejó el P. Palmio como provincial,
colocando a jesuitas italianos de su misma ideología en el rectorado de los cole-
gios. Tal fue el caso, en 1570, cuando el general Borja exigía al P. Adorno la ida

59 El cardenal Ascanio della Cornia en la década de 1540 fue hecho prisionero en

Florencia por las tropas de Carlos V al colaborar con los franceses. En 1550 con la subida al
solio pontificio de su tío Julio III, fue nombrado capitán de la guardia pontificia y se le
concedieron buena parte de las entradas públicas de Perugia.
60 M. SCADUTO, S.I.: “Pio V, Alfonso II d’Este e il Borgia”, op. cit., pp. 31-54.
61 ARSI: Ital. 111, f. 381v.
62 ARSI: Ital. 115, f. 61r. Palmio a Laínez, 4 de agosto de 1559.
63 ARSI: Ital. 122, f. 120v.

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Capítulo III

del P. Francesco Butirone para las Indias, a lo que el provincial se negaba al res-
ponderle que las Indias eran aquellas provincias italianas 64. Asimismo, en 1570,
el P. Adorno nombraba como rector de Milán al P. Leonetto Chiavone, también
gran confidente del cardenal Carlos Borromeo, que falleció a los dos años de su
rectorado. Durante sus años en la Compañía, el P. Chiavone gobernó los colegios
del norte italiano como Montepulciano, Loreto, Forlì y Milán, mostrando abier-
tamente su hostilidad hacia los españoles al recordar, de manera despectiva, que
al ingresar en la Compañía pasó “da stato d’huomo dabbene et christiano a questa
Compagnia nuova trovata da giudei o marrani di Spagna”, situación que se pro-
pusieron cambiar 65. Los generales Laínez y Borja fueron conscientes de esta
forma de gobernar implantada por Palmio y Adorno en el norte de Italia, y no
tuvieron más remedio que aceptarla. Era muy complicado que en los colegios de
la provincia lombarda gobernasen jesuitas hispanos, por lo que tuvieron que ac-
ceder a los nombramientos de rectores italianos que les proponían los padres
Palmio y Adorno, cuando éstos administraban la provincia lombarda.
Bien distinto fue el gobierno de los colegios de las otras tres provincias jesuí-
ticas italianas, a saber: Roma, Nápoles y Sicilia –centro y sur de Italia– en las
que la mayoría de los superiores eran de origen hispano. En este sentido señalaba
Scaduto, en su estudio sobre el gobierno del general Borja, que el método de go-
bierno español “si era fatto sentire anche nel governo di altre provincie, eccettuata la
Lombarda, le cui redini non caddero in mano di gente forestiera” 66. Por tanto, el go-
bierno de los territorios italianos del norte estuvo en manos de jesuitas italianos,
mientras que los colegios del centro y los del sur italiano fueron administrados
por españoles durante los tres primeros generalatos. Esto resulta lógico si se
piensa que en Roma residía el general Francisco de Borja y por tanto esta pro-
vincia era controlada por él mismo, colocando en el gobierno a personas de su
confianza, y en las provincias del sur, del virreinato de Nápoles y Sicilia, debían
ser gobernadas por jesuitas españoles, ante las quejas de los virreyes españoles.

64 Non sapeva più bell’India che mandarlo in questa provincia per supplire alli gran bisogni
di essa in qualche particella (M. SCADUTO, S.I.: L’opera di Francesco Borgia, 1565-
1572, Roma: La Civiltà Cattolica, 1992, p. 80).
65 ARSI: Ital. 116, f. 190.
66 M. SCADUTO, S.I.: “Il governo di S. Francesco Borgia (1565-1572)”, AHSI 41
(1972), p. 167.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Diferente fue el caso del ducado milanés, que aunque era también de dominio
hispano, no era un virreinato, por lo que mantuvo más intactas sus costumbres
como cuando el ducado estaba en manos de la dinastía de los Visconti o los Sforza,
manifestando un claro sentimiento de rechazo al dominio español 67. La sustitu-
ción de los superiores hispanos que gobernaban en la provincia jesuita de Roma
y en las provincias del sur de Italia, Nápoles y Sicilia, no se conseguiría hasta la
elección de Mercuriano y su política de reestructuración en los cargos de poder
de la Compañía.

Obediencia a un Pontífice enfrentado a la Monarquía hispana


Otro ideal que compartían los jesuitas “reformadores” era la subordinación
de los intereses de la Monarquía hispana a los designios de Roma. Y en este sen-
tido resulta paradigmática la actuación de los padres Palmio y Adorno durante
el duro enfrentamiento entre Paulo IV y Felipe II. Las relaciones entre el Papa
Carafa (1555-1559) y el monarca hispano discurrieron con gran tensión, man-
teniendo el Pontífice una vigorosa política frente al dominio de la Monarquía
hispana 68. El 8 de octubre de 1555, el Papa convocó a su aposento privado a des-
tacados cardenales y también a los embajadores de Inglaterra, Portugal y Venecia,
para exponerles su idea de reformar la Iglesia, lamentándose de que la Monarquía
hispana sólo ponía impedimentos. Paulo IV afirmaba que:

67 La relación entre el Milanesado y la Monarquía Hispana en A. ÁLVAREZ-OSSORIO


ALVARIÑO: “The State of Milan and the Spanish Monarchy”, en T. J. DANDELET y J. A.
MARINO (eds.): Spain in Italy. Politics, Society, and Religion 1500-1700, Leiden-Boston:
Brill, 2007, pp. 99-132; M. C. GIANNINI: “Un caso di stabilità politica nella monarchia
asburgica: comunità locali, finanza pubblica e clero nello Stato di Milano durante la prima
metà del Seicento”, en F. J. GUILLAMÓN ÁLVAREZ y J. J. RUIZ IBÁÑEZ (eds.): Lo conflictivo y
lo consensual en Castilla..., op. cit., pp. 99-162.
68 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Felipe II y Paulo IV. Un memorial de agravios del
monarca”, en F. RIVAS REBAQUE y R. M. SANZ DE DIEGO (eds.): Iglesia de la historia, iglesia de
la fe: Homenaje a Juan María Laboa Gallego, Madrid, 2005, pp. 299-310; L. SERRANO:
“Anotación al tema: El papa Paulo IV y España”, Hispania: Revista española de historia 11
(1943), pp. 293-325; V. GONZÁLEZ SÁNCHEZ: “Las tensas relaciones entre el Papa Paulo IV y la
monarquía española, y la angustia para la conciencia de muchos españoles (1555-1559)”, en
J. L. PEREIRA IGLESIAS, J. M. DE BERNARDO ARES, J. M. GONZÁLEZ BELTRÁN (coords.): V
Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna. Felipe II y su tiempo, Cádiz:
Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1999, I, pp. 479-484.

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Capítulo III

No sin dolor y pena, señores embajadores, podemos expresar esto. Pero las
cosas son así realmente y no se pueden poner en duda; en tiempo oportuno serán
descubiertas. Ellas nos han obligado a armarnos; ni tampoco palabras algunas
serán capaces de movernos a que depongamos las armas; pues nos acordamos bien
de lo que le pasó al Papa Clemente, a quien los ministros del actual Emperador
dieron buenas palabras, y que apenas hubo licenciado su ejército, cuando se efectuó
la terrible ocupación de Roma y el fatal y espantoso saqueo, que fue ciertamente
más cruel e impío que nunca aconteció 69.

La aversión de Paulo IV a todo lo hispano arrancaba de la dominación que Car-


los V había llevado a la península Itálica, mantenida por Felipe II, lo que había su-
puesto, a sus ojos, un yugo en su patria napolitana y una grave presión sobre la
Santa Sede 70. Pero además, Paulo IV conservó siempre en su mente el recuerdo
del saqueo de Roma por las tropas del Emperador, por lo que sintió la necesidad
de armarse, pidiendo la colaboración del monarca francés Enrique II de Valois, con
el que formalizó una alianza para expulsar a los españoles de Italia. Esta agresiva
política del Pontífice, que originó una guerra abierta entre Roma y la Monarquía
hispana, formó parte de su estrategia para reformar la Iglesia, tratando de sacudirse
del dominio hispano. Mientras Roma iba reclutando sus tropas, el duque de Alba,
como virrey, preparaba desde Nápoles a su ejército, puesto en marcha el 1 de sep-
tiembre de 1556 71. Sin declaración de guerra, el duque de Alba irrumpió en el
estado eclesiástico, cerrando Roma sus puertas 72. El 26 de septiembre caía ante
las tropas hispanas la ciudad de Tívoli, cercana a los muros romanos. En poco
tiempo se demostró que el ejército franco-romano no podía hacer frente al español.
Tras casi un año de asedio por parte del duque de Alba a Roma, ésta comenzaba a
escasear de víveres. De hecho, el 9 de abril de 1557 se notificaba que las relaciones
entre la Monarquía hispana y Roma estaban rotas al afirmar el Pontífice que:

69 Citado por L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1927, XIV, pp.
96-97.
70 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ: “Hacia la formación de la
Monarquía Hispana: la hegemonía hispana en Italia (1547-1556)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN
(dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., II. pp. 206-208.
71 J. M. SUÁREZ DE VIVIGO Y FERNÁNDEZ: “Carta del Duque de Alba a Paulo IV en
tiempo de la guerra que procuró introducir en el Reino de Nápoles, 21 de agosto de 1556”,
Hidalguía: Revista de genealogía, nobleza y armas 296 (2003), pp. 41-48.
72 M. J. RODRÍGUEZ SALGADO: “El Duque de Alba en Italia”, op. cit., pp. 431-459.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Non conviene che la Santa Sede mantenga nunzi e rappresentanti presso un certo
Filippo che si fa Re scismatico e presso un certo Carlo imperatore, del quale non si sa se
sia vivo o morto. A quelli della nostra giurisdizione che si mettessero in rapporto con tale
gente, noi daremmo tali segni della nostra collera, da rimanerne vivo il ricordo sino alla
terza generazione 73.
Meses más tarde, y con esta difícil situación como telón de fondo, llegaba a
Roma la noticia de la victoria en la batalla de San Quintín, acaecida el 10 de agosto
de 1557, lo que dio un giro inesperado a la contienda, tratando de negociar, a
partir de entonces, una paz entre el duque de Alba y Paulo IV. Con la moderación
con que Alba llevó la guerra y su superioridad militar, era obvio que el virrey
sólo quería asustar, demostrar a Roma cómo el monarca hispano le tenía entre
sus manos, más que un intento por devastar Roma como ocurrió durante el saco
de 1527. La paz se firmó en la pequeña ciudad de Cave el 14 de septiembre de
1557, lo que no significó que se acabase el recelo entre Paulo IV y Felipe II.
Este momento de fricción en las relaciones entre Roma y la Monarquía his-
pana que duró todo el Pontificado de Paulo IV, repercutió en la Compañía de
Jesús de la cual siempre desconfió dicho Pontífice por sus orígenes hispanos, y
su poco afecto al propio fundador, pues sospechaba de las intenciones a favor del
monarca hispano que tenía la Compañía en Italia. Es sabido que cuando Ignacio
recibió la noticia de la elección de Paulo IV, le perturbó visiblemente porque co-
nocía el rechazo al dominio hispano del nuevo Pontífice 74. A esto vino a unirse
la voz de alarma en la curia romana de que los jesuitas, casi todos españoles, ha-
cían acopio de armas en los colegios para prestar ayuda a las tropas del duque de
Alba. Como pontífice, Paulo IV negó su ayuda tanto al Colegio Romano como al
Colegio Germánico cuando estaba a punto de cerrar por falta de fondos. En esta
complicada situación para la Compañía, y en medio de la guerra, vino a sumarse,
el 31 de julio de 1556, el fallecimiento de Ignacio de Loyola, por lo que era ne-
cesario reunir una Congregación General para elegir al nuevo General de la
Orden. Se propuso al Pontífice la idea de celebrar la Congregación en territorio
hispano, cosa que no sentó nada bien a Paulo IV. Ciertamente, cuando Laínez,

73 Cita L. ROMIER: Les origines politiques des guerres de religion. La fin de la magnificence
extérieure. Le roi contre les protestants (1555-1559), París: Perrin, 1914, II, pp. 158-159.
74 G. BOTTEREAU: “La ‘Lettre’ d’Ignace de L. à Gian Pietro Carafa”, AHSI 44 (1975)
139-151; V. CODINA: “San Ignacio y Paulo IV. Notas para una teología del carisma”, Manresa
40 (1968), pp. 337-362.

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Capítulo III

como vicario general, le propuso al Pontífice llevar la Congregación general a la


Monarquía hispana éste le contestó enfurecido: “Id a España si estáis interesados.
¿Pero a qué vais a España? ¿Quizá vayais a colaborar con el cisma y la herejía de
Felipe?” 75. No contento con ello, Paulo IV obligó a la Compañía a entregar sus
Constituciones y bulas pontificias para ver los privilegios de los que gozaba, y
prohibió a los jesuitas de Roma salir de la ciudad sin su licencia 76. En medio del
enfrentamiento, tratando de buscar una solución que satisficiera a ambas partes,
se encontraba el P. Francisco de Borja, por entonces comisario de las provincias
hispanas y de Portugal, quien escribía a Laínez desde Alcalá de Henares el 28 de
octubre de 1556:
Lo que V. R. me escribe sobre la congregación y professos, y por mandarlo
V. R. diré libremente lo que siento. Y primero, quanto a ser en Roma, pues S. S.
lo manda, no ay que replicar; aunque acá parecía que era muy lexos para los
destas partes, y se nos ofrecía que en Aviñón viniera muy a propósito; mas con
inclinarse S. S., no ay en esto qué decir 77.

Meses más tarde, el 24 de marzo de 1557, cuando la victoria se inclinaba a


favor del duque de Alba por la superioridad de sus tropas, el P. Borja escribía de
nuevo a Laínez en Roma para proponer otro lugar, Barcelona o Perpiñán, con-
vencido de que, dadas las circunstancias, la Congregación debía celebrarse en
territorio de la Monarquía hispana, procurando que no fuera demasiado distante
de Roma. En la misma carta, Borja aseguraba a Laínez que convendría que se
realizara en la Monarquía porque:
para asegurar el passo y la entrada en las fronteras de España a los que vinieren
de Françia y Italia y otras partes, tenemos mayor facilidad para alcanzarlo de
quien govierna –y porque además, continuaba el P. Borja–, algunos tanbién de los
que acá residen y avían de ir son muy necesarios en la corte, para blandar algo
destas tempestades de los tiempos 78.

75 MHSI: Nadal II, Madrid, 1899, p. 13: “Ite si velitis in Hispaniam. Sed quid estis acturi

in Hispania? Num ad schisma et haeresim Philippi vultis concedere? Nolumus, inquit, subridens,
vicarius”.
76 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1927, XIV, pp. 83-152.
77 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 267.
78 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, pp. 283-284.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Efectivamente el P. Borja prefería que fuese en territorio hispano porque con-


taba con el apoyo de una de las facciones de la corte hispana, la “ebolista” 79. Pro-
bablemente, fueron los “ebolistas” los que frenaron el ataque del duque de Alba
contra Roma, al no recibir instrucciones claras del monarca, evitando así un se-
gundo saco a la ciudad y una definitiva ruptura con el Pontífice. De hecho, el
duque de Alba se encontraba apartado de la corte siendo enviado a gobernar Milán
y luego nombrado virrey de Nápoles 80. Del mismo modo que fueron los “ebolis-
tas”, desde la corte madrileña, los que negociaron la paz con Paulo IV, en la que
mucho tuvo que ver la intervención del jesuita Francisco de Borja.
Con todo, a las propuestas del P. Borja de realizar la elección a nuevo General
primero en Aviñón y luego en Perpiñán, o en Barcelona, el Pontífice se negó rotun-
damente. En ningún caso Paulo IV fue partidario de llevar la Congregación a otro
lugar que no fuera Roma, de modo que se prefirió posponer la Congregación, a la
espera de tiempos mejores, para no romper ni con el monarca hispano ni con el
Pontífice.
Finalmente, con la paz de Cave y tras casi dos años de espera, se celebró la I
Congregación General, el 19 de junio de 1558, en la que salió elegido general el P.
Diego Laínez. Antes de terminarse, Paulo IV insistió en cambiar dos puntos fun-
damentales de las Constituciones: exigió la introducción del coro y la limitación
temporal, a tres años, del cargo de General. En una entrevista privada entre Laínez
y el Pontífice, este último acusaba al fundador de la Orden de haber sido un tirano
por mantener el Generalato hasta su muerte. En el verano de 1561, pasado ya el
trienio de gobierno impuesto por Paulo IV, el general Laínez estuvo dispuesto a ab-
dicar para proceder a la elección de un nuevo General, no obstante, no lo hizo, ani-
mado por sus consultores, quienes juzgaban que la ordenación de Paulo IV carecía
de sentido después de su muerte en 1559. Al mismo tiempo, alegaban que el Pon-
tífice no había tomado las medidas canónicas requeridas para modificar las bulas
de Paulo III y Julio III, en las que se confirmaba el generalato vitalicio. De modo que
Laínez optó por continuar su Generalato con el beneplácito de los superiores de
la Compañía 81. Y para ello quiso consultar a setenta y un profesos, reenviándole la

79 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”, op.

cit., pp. 73-105; J. M. BOYDEN: The Courtier and the King. Ruy Gómez de Silva..., op. cit., p. 63.
80 M. J. RODRÍGUEZ SALGADO: “El Duque de Alba en Italia”, op. cit., pp. 431-459.
81 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1927, XIV, pp. 213-223.

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Capítulo III

contestación a Roma un total de cincuenta y dos superiores, de los cuales, cuarenta


y ocho, proclamaban la continuidad del general Laínez ad vitam. Entre los pocos
votos en desacuerdo, cuatro en total, destacaron los votos del P. Benedetto Palmio
y del P. Francesco Adorno, quienes, convencidos del liderazgo del Pontífice, reivin-
dicaban hacer efectivo la validez del precepto de Paulo IV, si no era revocado por
otro Pontífice.
El P. Palmio escribía en su voto:
Ma perchè par non sia buon esempio al mondo a non eseguir semplicemente quanto
Paulo IV ordinò, per questo giudico che’l Generale deve rinunciar iuri suo, di modo che si
sappia chiaramente che quanto tocca a sua persona con tutta prontezza obedisce: et così
veda il mondo l’animo suo candido, come noi lo vediamo in gloria di Dio N. S., et con
edificatione di tutti quelli che seguiteranno dopo noi 82.

Continuaba su parecer a favor de la limitación impuesta por Paulo IV criti-


cando la postura de muchos jesuitas, seguramente pensando en los españoles,
que se quejaban de la política de Paulo IV:
Pare che a certo modo ci veniamo a conformar’ con quelli che poco conto si fanno
dell’obbedienza del Papa, che a molte cose di Paulo IV non hanno voluto obbedir’, con
dir’ che indiscretamente comandava, con furia, senza giuditio, con troppo gran danno
di tutto il mondo; et tamen gli havemo obligati ad obbedir’; et par che noi dovemo
tener’ quella semplicità et strettezza che havemo usata con gli altri 83.

Por su parte, el P. Francesco Adorno daba su voto y parecer en este asunto:


Quello che in Domino judico esser’ di maggior gloria del N. S. Iddio in questo
negotio è, che lo statuto di papa Paulo IV, che comandò si metesse fra le nostre
constitutioni, ci obbliga et lega ad osservarlo 84.

De nuevo fue Francisco de Borja quien intervino al sugerir que se acudiese al


nuevo Pontífice, Pío IV (1559-1565), para explicarle la situación y que diese él un
dictamen final, obedeciendo así a la autoridad del nuevo Pontífice. Para conseguir
que continuase Laínez y que el generalato fuese vitalicio, los padres Polanco (secre-
tario) y Estrada (provincial de Aragón), que se encontraban en Roma, enviaron a

82 MHSI: Lainii VIII, Madrid, 1917, p. 704.


83 Ibidem, p. 706.
84 Ibidem, p. 711.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Pío IV una súplica, en nombre de toda la Compañía, donde le rogaban la continui-


dad ad vitam de Laínez y le pedían que, aún oponiéndose a los decretos de Paulo IV,
se evitase introducir el coro en la Compañía 85. Finalmente, el 22 de junio de 1561,
Pío IV derogaba el decreto del anterior Pontífice, confirmando de nuevo las Cons-
tituciones y haciendo efectivo el generalato vitalicio 86.
Con este episodio del Generalato trienal, impuesto por Paulo IV, se pueden
vislumbrar las primeras contradicciones entre el grupo de jesuitas italianos “re-
formadores” y los superiores hispanos, y la disponibilidad de los “reformadores”
italianos a las exigencias de Roma. No solo eso, este fue el primer intento por
buscar la forma de colocar en el generalato de la Compañía a un jesuita del grupo
de “reformadores”, o por lo menos, remover del poder a los generales hispanos.

Una nueva espiritualidad reformada


El siguiente objetivo común al grupo de jesuitas “reformadores” era la im-
plantación de una espiritualidad radical en el seno de la Compañía. Resulta reve-
lador el hecho de que todos estos jesuitas de los territorios italianos del norte
llevasen a cabo una intensa propaganda a favor del uso frecuente de la confesión,
de la eucaristía y de la predicación. El origen de esta devoción “exagerada” por
los sacramentos de la eucaristía y la confesión encontró a sus más fieles sostene-
dores, sobre todo entre los padres del Oratorio, quienes asociaron siempre a sus
prácticas el púlpito y la confesión. Si bien es verdad que los Ejercicios ignacianos
y las Constituciones atribuían gran importancia a estas actividades, el grupo de
“reformadores” italianos quisieron llevarlo a su máxima expresión. Síntoma de
ello fueron las Opere spirituali del P. Fulvio Androzzi, quien, según la necesidad
de sus penitentes, había fijado algunas directivas de conciencia y copiado a autores
como fray Luis de Granada en la comunión diaria, al que siguió fielmente en su
doctrina.
En cuanto a la confesión, Ferrara fue siempre uno de los centros de mayor aflo-
ramiento confesional de los jesuitas, con gran concurso de la nobleza y del pueblo.
Pero también en Florencia con el rector Giovanni Battista Peruschi, hijo espiritual
de Felipe Neri, que había entrado en la Compañía animado por el reformador

85 MHSI: Lainii VIII, Madrid, 1917, p. 747.


86 La derogación del decreto de Paulo IV en Ibidem, pp. 747-748.

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Capítulo III

florentino, confesaba diariamente a un gran número de personas. Si la praxis de


la confesión y la consiguiente dirección espiritual se desarrolló, también la euca-
ristía fue devoción de este grupo de jesuitas, predicando en todos los lugares las
ventajas de la recepción frecuente del Cuerpo de Cristo, en contra del común de
la Orden que aconsejaba, siguiendo a San Ignacio, como mucho, la comunión se-
manal, pero nunca diaria 87. Ciertamente el P. Ignacio, como muestra su episto-
lario, trataba de comulgar en Manresa todos los domingos, y luego con sus
compañeros en Alcalá de Henares también semanalmente, no sin pocos problemas
pues en los reinos hispanos, durante las primeras décadas del siglo XVI, la recep-
ción de la eucaristía tomada con tanta frecuencia, era mal vista por muchos obis-
pos hispanos e incluso perseguido inquisitorialmente 88. Hubo, por tanto, grandes
dificultades para dar la comunión cada ocho días, no obstante, a pesar de las re-
presalias, desde mediados del siglo XVI, la comunión aún más frecuente, la diaria,
se convirtió en uso común de los movimientos hispanos de reforma denominados
“descalzos o recoletos” 89.
Cuando Ignacio se marchó a Roma, al poco tiempo se dio cuenta de que la co-
munión diaria ya formaba parte de muchos círculos espirituales en Italia, pues se
había extendido por iniciativa de reformadores como San Antonino de Florencia y
Savonarola, así como por las campañas de propaganda que llevaban las Compañías

87 En los Ejercicios Espirituales la segunda de las reglas para sentir con la Iglesia

recomendaba el “rescibir del sanctissimo sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes,
y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas”, vide J. DE GUIBERT,
S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op. cit., p. 267; S. ARZUBIALDE, S.I.: Ejercicios
Espirituales de San Ignacio. Historia y Análisis, Col. Manresa nº 1, Bilbao-Santander:
Mensajero-Sal Terrae, 1991; A. SUQUÍA GOICOECHEA: La Santa Misa en la Espiritualidad de
San Ignacio de Loyola, Vitoria: Movimiento Sacerdotal de Vitoria, 1989; C. M. ABAD, S.I.:
“La Misa de San Ignacio”, Sal Terrae 40 (1952), pp. 594-610; P. COUTINHO: “Ignatius and
the Eucharist. The most Secure and Direct way to Union with the Very Being and Essence
of God”, Ignis 29/3 (2000), pp. 30-44; P. DUDON: “Le Libellus du P. Bobadilla sur la
communion fréquente et quotidienne”, AHSI 2 (1933), pp. 258-279; J. W. O’MALLEY:
“Sagrada comunión y Eucaristía”, en J. W. O’MALLEY: Los primeros jesuitas, op. cit., pp. 192-
198; M. RUIZ JURADO, S.I.: “La Santa Misa diaria y la espiritualidad ignaciana”, Gregorianum
72 (1991), pp. 349-356.
88 MHSI: Scripta de Sancto Ignatio de Loyola I, Madrid, 1904, p. 71.
89En la “Introducción” del libro de J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.):
La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I, pp. 25-55.

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del Divino Amor 90. A pesar de que Ignacio era promotor de la devoción por el
Cuerpo de Cristo, no era partidario de que se realizase diariamente, sino semanal-
mente 91. Por ello, cuando, en febrero de 1554, desde el norte de Italia, le llegaron
noticias de que algunos jesuitas practicaban la eucaristía a diario, mandó un aviso
al superior de Módena para que no permitiese esta comunión diaria, sino que se
celebrase semanalmente. Al mismo tiempo, Ignacio ordenaba que esta frecuencia
sacramental se tratase de modificar poco a poco y con gran discreción, para no in-
quietar a los ciudadanos más devotos, que se podrían molestar con la restricción
del fundador 92. En esta línea gobernaba también el general Laínez cuando, en
1559, enviaba unas instrucciones a los rectores del norte de Italia, concretamente
a los colegios de Montepulciano, Perugia, Siena y Florencia en las que especificaba
que, a su juicio, era correcta la frecuencia eucarística semanal, pues así lo dispuso
el fundador “ma il comunicarsi ogni giorno non pare ordinariamente si debba tollerare,
etiam a persone devote et buone” 93.
En este sentido, hubo un jesuita español que destacó por tratar de extender esta
devoción de la eucaristía diaria por Italia, tachado de sospechoso en la Monarquía
hispana. Este era el P. Gaspar de Loarte, cristiano nuevo, que perteneció a la escuela
mística del beato Juan de Ávila 94. El maestro Ávila con sus Tratados del Santísimo
Sacramento junto con fray Luis de Granada con su tercer tratado del Memorial de
la vida cristiana, fueron firmes defensores de la eucaristía diaria. Y de ellos, fiel con-
tinuador fue el P. Loarte, nombrado rector de Génova por San Ignacio. Desde la
capital ligur, el P. Loarte animó al movimiento eucarístico y recomendó ferviente-
mente las obras del oratoriano Bonsignore Cacciaguerra 95. El sienés Cacciaguerra
se lamentaba por carta de que:

90 E. GARCÍA HERNÁN: “Santa Catalina de Génova y la Compañía del Divino Amor:


relaciones con las fundaciones de los clérigos regulares, sacerdotes reformados”, Hispania
Sacra 53/108 (2001), pp. 709-724.
91 J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op. cit., p. 269.
92 MHSI: Ignatiana VI, Madrid, 1907, p. 269 y p. 281.
93 ARSI: Ital. 61, f. 489r.
94 L. SALA BALUST: Obras completas del santo Maestro Juan de Ávila, op. cit., pp. 151-158.
95 R. RAGONE: “Il corpo nel neostoricismo di Monsignore Cacciaguerra all’origine
della Controriforma radicale”, en M. SANGALLI (ed.): Per il Cinquecento religioso italiano.

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Capítulo III

certo siamo venuti a tale, che il confessarsi e comunicarsi spesso, si ha più presto per male
(…) e certe persone fastidite di questo (secondo ho inteso) l’hanno contro di me; e non
si avveggono che l’hanno contro di Cristo 96.
Cacciaguerra influyó en toda Europa con sus obras, especialmente con su
Trattato della comunione (1557), con más de treinta ediciones en la segunda mitad
del siglo XVI. Este libro apareció en algunas bibliotecas de la Compañía en manos
de jesuitas como Loarte, que tomó el encargo de publicar una nueva edición del
libro del Cacciaguerra en Génova en 1558 97.
Del mismo modo que Loarte, destacaba también el P. Possevino, quien, en
sus cartas, afirmaba haber leído el opúsculo a favor de la frecuencia de la comu-
nión de Buonsignore Cacciaguerra, y recordaba los deseos de perfección que le
aportó este tratado del Oratoriano, aconsejando a todos sus compañeros que lo
leyeran. Todavía era muy joven Possevino, mientras maduraba su idea de entrar
en la Compañía, y afirmaba que se levantaba prontísimo, y casi a hurtadillas, para
tomar la comunión a fin de evitar habladurías entre la gente 98.
Para que el grupo de jesuitas italianos liderados por el provincial Palmio exten-
dieran la práctica de la eucaristía diaria, comenzaron a instituir Compañías del San-
tísimo Sacramento por el norte de Italia. Se trataba de agrupaciones de comulgantes
dirigidas por estos jesuitas. En 1557 se fundó la primera en Florencia, luego otra en
Génova, y Siena tuvo la suya en 1558. Como no podía ser de otro modo, la Compañía
del Santísimo Sacramento de Génova fue promovida por el P. Loarte, predicando
constantemente a favor de la comunión 99. En Siena, la Congregación de la Piedad
fue obra de la campaña de predicación que llevó a cabo el P. Palmio en 1558. Por los

Clero, cultura società. Atti del convegno internazionale (Siena, 27-30 giugno 2001), Roma: Ed.
Dell’Ateneo, 2003, pp. 415-427.
96 Citado por P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 232.
97 Sobre Cacciaguerra, R. DE MAIO: Bonsignore Cacciaguerra: un mistico senese nella
Napoli del Cinquecento, con un’appendice sulla sua fortuna letteraria fuori d’Italia, Nápoles:
Guida, 1965; G. MARANGONI: Vita del Servo di dio il P. Buonsignori Cacciaguerra compagno
di S. Filippo Neri, Roma, 1712, p. 44; R. ZAPPERI: “Bonsignore Cacciaguerra”, en DBI,
Roma, 1972, XV, pp. 786-788.
98 P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 239.
99 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... Il Governo, op. cit., III,
p. 617.

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mismos años, el P. Palmio dejaba establecida en Padua otra Congregación de la Pie-


dad 100. Estas pequeñas congregaciones de laicos solían además dedicarse a minis-
terios de caridad aumentando la devoción en las ciudades y gozando de la simpatía
de las autoridades eclesiásticas y laicas. Los jesuitas no sólo se encargaron de fun-
darlas, sino de reformar algunas ya existentes. Por su parte, el P. Possevino fundó
una en Chieri (Turín) en 1563 101, pero también atendió en otro momento a la ya
fundada en Fossano (Piemonte) 102. En Forlì (Emilia Romaña), la Compañía de la
Carità que estaba a punto de desaparecer, vino a ser reformada por el P. Leonetto
Chiavone. En Perugia se extendió el fervor por la eucaristía cuando la Compañía de
la Carità di Castello, en 1560, pedía las prestaciones ministeriales de dos jesuitas del
colegio de Perugia, el padre Curzio Amodei y el joven profesor Giovanni Battista
Vitale. Todas estas agrupaciones tenían un espíritu común de reforma de las cos-
tumbres, con frecuentes reuniones, exámenes de conciencia, frecuencia sacramental
y oración mental. Ciertamente, estos jesuitas “reformadores” encontraron en la ca-
ridad un gran instrumento para propagar su ideología. Con la fundación y recupe-
ración de estas asociaciones, los jesuitas daban ayuda mediante limosna, a menuda
domiciliaria, para los más pobres, procuraban la asistencia hospitalaria, y también
el consuelo ante los presos. En Venecia, durante la carestía de 1560, el P. Benedetto
Palmio trató con el doge Girolamo Priuli sobre los medios más adecuados para afron-
tar dicha carestía; entre las distintas propuesta que dio, se llevó a cabo la de constituir
centros parroquiales de asistencia para distribuir limosnas entre los pobres 103. Ade-
más, desde el púlpito, Palmio animaba a la gente a que ayudase a los más necesitados
con alguna provisión. En Florencia, cuando era rector del colegio jesuita el P. Fulvio
Androzzi (1557-1560), comenzó a frecuentar las prisiones para asistir a los presos.
En un primer momento, Androzzi no fue tomado en serio, no obstante, con el
tiempo, se fue ganando la confianza de los presos, incluso, Androzzi consiguió la li-
bertad para algunos de los condenados a galeras o a pena capital 104.

100 P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 279.
101 Ibidem, I/2 pp. 65-72.
102 M. SCADUTO, S.I.: “Le missioni di A. Possevino...”, op. cit., p. 171.
103 Así se lo contaba el P. Palmio al General el 30 de marzo de 1560 en ARSI: Ital. 116,
f. 54r.
104 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, p. 636.

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Capítulo III

En cuanto al sentido de la caridad que tanto promovieron el grupo de “re-


formadores” italianos, es preciso resaltar el importante papel que jugó en Roma
la iglesia jesuita de Santa Maria della Strada, antes de que se construyera la cé-
lebre iglesia de la Compañía Il Gesù. Se convirtió en uno de los centros más ac-
tivos que contribuyeron a modificar el aspecto religioso de Roma, aumentando
la devoción por la palabra de Dios, frecuentando los sacramentos, y multiplicando
las obras pías. El sentido de la caridad desarrollado en Santa Maria della Strada,
no se puede comprender sin su vinculación a la comunidad de la Iglesia de S.
Girolamo della Carità dirigida por Felipe Neri, pues este Santo y su grupo de
espirituales acudían con frecuencia a la iglesia jesuita, gozando ambas iglesias,
la del oratorio y la jesuita, de gran popularidad por su misión caritativa y por
acoger a multitud de gente que deseaba tomar la eucaristía diariamente 105.
Con todo, el medio más eficaz que el grupo de jesuitas “reformadores” encontró
para extender su espiritualidad fue la predicación. Todos ellos eran importantes
predicadores que daban gran valor al poder de la palabra. El P. Francesco Adorno,
por ejemplo, destacó en esta actividad, que alternó con su gobierno en Padua y
Milán. En la cuaresma de 1562 y 1563 se recuerdan sus sermones en Venecia por
el gran concurso de gente que acudió a escucharle. También en Verona, durante la
cuaresma de 1567, destacaron sus sermones 106. Asimismo, además de ser el direc-
tor espiritual del cardenal Borromeo, el P. Adorno tuvo oportunidad de mostrar
sus dotes como predicador hasta que el General fue informado de su debilidad fí-
sica, por lo que le aconsejó que non si affatichi a predicare 107.
Si bien todas estas características que compartían los jesuitas “reformadores”
les separaba del tronco común de la espiritualidad de la Orden, acercándoles más
a las comunidades de sacerdotes que contribuyeron a la renovación espiritual de
Roma, todavía se acentuaron más sus ansias por reformar el espíritu de la Compañía
cuando estos jesuitas pasaron a ser controlados por el cardenal Carlos Borromeo
desde Milán 108. Dicho cardenal se enfrentó a los Generales en numerosas ocasiones,

105 A. CISTELLINI: San Filippo Neri. L’oratorio..., op. cit., I, pp. 47-116.
106G. ORESTE: “Adorno, Francesco”, op. cit., DBI I, pp. 293-295; C. PELLEGRINI: “San
Carlo ed i gesuiti”, op. cit., pp. 164-166.
107 ARSI: Ital. 65, f. 161r.
108 La relación de Borromeo con la Compañía la analiza A. GUERRA: Un general fra le
milizie del Papa. La vita di Claudio Aquaviva scritta da Francesco Sacchini della Compagnia di

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

y trató de controlar las Congregaciones jesuitas para colocar a la cabeza de la Com-


pañía un jesuita del grupo de “reformadores”. Para entender la intromisión del
cardenal Borromeo en el gobierno de la Compañía es preciso analizar la relación
que éste mantuvo con los jesuitas “reformadores” del norte de los territorios ita-
lianos y detallar el contexto en el que se enmarcaron sus planes para renovar el es-
píritu y gobierno de la Compañía, que formaban parte de un extenso programa de
control social para contribuir a la transformación espiritual de Milán y de Roma.

CARLOS BORROMEO Y SU PROYECTO REFORMISTA DE LA IGLESIA

El interés de Carlos Borromeo por atraerse a este grupo de jesuitas no se


puede comprender sin analizar primero las intenciones de reforma eclesiástica
que, el cardenal ambrosiano, proyectó para la diócesis de Milán. Dicha reforma
en el gobierno espiritual de Milán debe ser analizada paralelamente al proceso
de renovación administrativa y espiritual que se estaba llevando a cabo en Roma
desde hacía tiempo.
Carlos Borromeo pertenecía a un rica familia de Padua, a quien su tío ma-
terno, el cardenal Giovanni Angelo de’ Medici, elegido Papa el 25 de diciembre
de 1559, bajo el nombre de Pío IV, le elevó a cardenal el 31 de enero de 1560, a
la edad de 22 años, confiándole buena parte de la administración de la curia ro-
mana y, perpetuamente, el gobierno espiritual de la archidiócesis de Milán. En
la corte romana, Borromeo llevó las riendas del Concilio de Trento en su etapa
final 109. Como cardenal y arzobispo, se propuso implantar los decretos de re-
forma en su diócesis de Milán 110.
En Roma, desde su elevada posición, Borromeo participó activamente en el
paulatino proceso de reforzamiento del centralismo romano, que tomó forma

Gesù, Milán: FrancoAngeli, 2001, pp. 84-90; C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, op.
cit., p. 164.
109A. DEROO: Saint Charles Borromée. Cardinal réformateur, docteur de la Pastorale
(1538-1584), París: Éditions Saint-Paul, 1963, pp. 133-158.
110 Á. HUERGA: “Aproximación a la espiritualidad de S. Carlos Borromeo”, en San Carlo e
il suo tempo. Atti del convegno..., op. cit., I, p. 392; A. RIMOLDI: “La spiritualità di San Carlo
Borromeo”, en Atti della Accademia di San Carlo 3 (1980), pp. 101-109.

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Capítulo III

antes incluso del comienzo del concilio de Trento 111. Desde la primera mitad del
siglo XVI, se fue abandonando en Roma el consistorio medieval, órgano desde el
cual el Pontífice junto con los cardenales tomaba colegialmente las decisiones más
importantes. A la vez que se fueron consolidando nuevos órganos de gobierno,
destacando por su importancia las congregaciones cardenalicias, de carácter per-
manente, llamadas a reforzar el poder personal del Pontífice, ya que actuaban di-
rectamente dependientes de la decisión del Papa 112. Este nuevo ordenamiento se
acentuó más a raíz del pontificado de Pío V, cuando la Santa Sede se alzó como la
única depositaria capaz de interpretar y aplicar en los reinos católicos los decretos
conciliares de Trento (frente a la usurpación de la jurisdicción eclesiástica que ve-
nían realizando diversos monarcas católicos) 113. Cuando en el año 1542, Paulo III
creó la primera Congregación cardenalicia, la Inquisitorial, le siguieron en tiempos
de Sixto V un total de quince, con la bula de reforma de la Curia papal promulgada
el 22 de enero de 1588, lo que le permitió a Roma tener una mayor presencia sobre
la escena política internacional 114. Como consecuencia de esto, vinieron a insti-
tuirse nuevas nunciaturas permanentes; con un total de trece hasta la época de
Gregorio XIII 115. Asimismo, esta renovación administrativa conseguida a través

111 A. BORROMEO: “San Carlo Borromeo arcivescovo di Milano e la curia romana”, en San
Carlo e il suo tempo. Atti del convegno..., op. cit., I, pp. 237-302; P. PRODI: “Charles Borromée,
archevêque de Milan, et la papauté”, Revue d’Histoire Ecclésiastique 62 (1967) pp. 379-411.
112 La evolución administrativa y política de Roma en los diversos artículos de la obra de
G. SIGNOROTTO y M. A. VISCEGLIA (eds.): La corte di Roma nel Cinque e Seicento “Teatro” della
politica europea, Roma: Bulzoni, 1998; N. DEL RE: La Curia romana. Lineamenti storico-
giuridici, Roma: Edizioni di storia e letteratura, 1973, pp. 14 ss.; G. FRAGNITO: “Le corti
cardinalizie nella Roma del Cinquecento”, Rivista Storica Italiana 106 (1994), pp. 5-41; L.
PASTOR: La Curia romana. Problema e ricerche per la sua storia nell’età moderna e contemporanea,
Roma: Pontificia Università Gregoriana, 1971, pp. 32 y ss.
113 A. BORROMEO: “La nunciatura di Madrid, la curia romana e la riforma postridentina

nella Spagna di Filippo II”, en A. KOLLER (dir.): Durie und Politik. Stand und Perspektiven
der Nuntiaturberichtsforschung, Tübingen: Max Niemeyer, 1998, pp. 35-63; B. CÁRCELES DE
GEA: “El recurso de fuerza en los conflictos entre Felipe II y el Papado: la plenitudo quaedam
iuris”, en Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV: Historia Moderna 13 (2000), pp. 11-60.
114E. GARCÍA HERNÁN: “La Curia Romana, Felipe II y Sixto V”, Hispania Sacra 46
(1994), pp. 631-649; C. SANSOLINI: Il pensiero teologico-spirituale di Sisto V, Vaticano:
Tipografia Poliglotta Vaticana, 1989, pp. 37-97.
115 A. FERNÁNDEZ COLLADO: Gregorio XIII y Felipe II..., op. cit., 1991.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

de la creación de nuevos organismos, permitió a Roma, en el gobierno de la Iglesia


Universal, un mayor control de las órdenes religiosas y de los obispados que ope-
raban directamente con la sociedad 116. Tales actividades, como no podía ser de
otra manera, provocaron numerosos enfrentamientos jurisdiccionales con la Mo-
narquía hispana de Felipe II, que se autoproclamaba “Monarchia Universalis” 117.
El éxito de la reforma romana se encontraba en la extensa difusión de su ideología
religiosa por los territorios católicos de todo el orbe durante el siglo XVII, lo que se
conocía como conquista espiritual de Roma, que se traducía en un mayor control
social de Roma, a través de la fe, como nunca antes se había llevado a cabo 118.
Al mismo tiempo que la Monarquía hispana dominaba buena parte de los te-
rritorios italianos, surgieron grandes reformadores que querían ver al Papado libre
del acoso que estaba padeciendo en su jurisdicción y en su territorio. Y buscaron la
reforma espiritual y eclesiástica de la Iglesia, organizando sociedades de prelados
con el fin de renovar el espíritu y la labor misionera y caritativa del clero secular
para servir a Roma en su reforma. Así, los problemas políticos y la reforma espiritual
vinieron a coincidir y yuxtaponerse. De la misma manera, los grupos políticos que
formaban las élites italianas, coincidieron con una u otra posición político-religiosa.
Figuras tan destacadas como el florentino Felipe Neri fundador de la Congregación

116 M. A. VISCEGLIA: “Fazioni e lotta politica nel Sacro Collegio nella prima meta’ del
Seicento”, en G. SIGNOROTTO y M. A. VISCEGLIA (eds.): La corte di Roma nel Cinque e
Seicento..., op. cit., pp. 37-91.
117 F. BOSBACH: Monarchia Universalis. Storia di un concetto cardine della política europea
(secoli XVI-XVIII), Milán: Vita e Pensiero, 1998, pp. 77-104; J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El
triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la Monarquía católica durante el siglo
XVII”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ (coords.): Centros de poder italianos
en la Monarquía Hispánica (siglos XV-XVII), Madrid: Polifemo, 2010, I, pp. 549-682; R.
MATTEI: “Il mito della monarchia universale nel pensiero político italiano del Seicento”,
Rivista di studi politici internazionali 32 (1965), pp. 531-550.
118 Sobre el sentido de la “conquista espiritual” de Roma que lo tomó la Compañía en
sus misiones, P. Antonio RUIZ DE MONTOYA: Conquista espiritual hecha por los religiosos de la
Compañía de Jesús, en las provincias del Paraguay, Parana, Uruguay y Tape, Madrid, 1639, ff.
1r-v (BHR/A-004-198, Biblioteca Hospital Real de Granada. Universidad de Granada); M.
SIEVERNICH, S.I.: “La misión en la Compañía de Jesús: inculturación y proceso”, en J. J.
HERNÁNDEZ PALOMO y R. MORENO JERIA (coords.): La misión y los jesuitas en la América
española, 1566-1767: cambios y permanencias, Sevilla: CSIC-Escuela de Estudios Hispano-
Americanos, 2005, p. 281; F. CANTÚ: La Conquista spirituale. Studi sull’evangelizzazione del
Nuovo Mondo, Roma: Viella, 2007.

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Capítulo III

del Oratorio, Gaetano de Thiene llegado de Vicenza y fundador del Oratorio del
Amor Divino y de los Teatinos, Camilo de Lellis venido de Chieti que fundó la
Congregación de los Camilianos, y Juan Leonardi llegado de Luca, fundador de
los Clérigos Regulares de la Madre de Dios, se unieron a la labor de poderosos car-
denales como Carlos Borromeo, Tolomeo Gallio (cardenal de Como), Gabriel Pa-
leotti, e importantes prelados como monseñor Bernardino Carniglia, Cesare
Speciani, Alejandro Frumento, desde la segunda mitad del siglo XVI, para participar
eficazmente en esta transformación del Papado, que convirtió a Roma en el epicen-
tro de la renovación católica 119. A golpe de instrucción, estos influyentes cardenales,
deseosos de ver reformado el panorama de la Iglesia, preparaban una renovación
de la vida eclesiástica y sus costumbres; en estos años, se expidieron numerosos
mandatos sobre la celebración de los días festivos, la observancia del ayuno cuares-
mal, indulgencias, obras pías, predicación, administración de sacramentos, bienes
y dotación de iglesias, el modo de proceder los tribunales eclesiásticos, etc. De modo
que, tras la época de los grandes teólogos y de los padres conciliares, llegaba el mo-
mento de los pastores que ponían en ejecución los decretos de Roma.
En particular, Borromeo, desde su elevada posición, colmado de cargos y fa-
cultades amplísimas, trataba con su tío Pío IV muchas disposiciones referentes a
la disciplina de la corte romana y de la familia de cardenales, también de las cos-
tumbres del clero y del pueblo de Roma, insistiendo en que del Papado debían
partir los “buenos ejemplos” al resto de la cristiandad. Fue en aquel tiempo
cuando Borromeo instituyó las Notti Vaticane, que eran reuniones casi nocturnas,
en la habitación del propio cardenal, que sirvieron para animar a la reforma ro-
mana. En un principio, comenzaron tratando temas literarios y latinos, pero, al
poco tiempo, se dieron a las cuestiones morales y teológicas, a través de las que
se proponían educare lo spirito ed esercitare la virtù 120. Miembros destacados de
esta academia fueron Tolomeo Gallio, Francesco Bonomi, Francesco Alciato o
Hugo Boncompagni (antes de ser elevado al Pontificado como Gregorio XIII) 121.

119 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XX, pp. 49 y 186.
120E. CATTANEO: “La cultura di San Carlo. San Carlo e la cultura”, en N. RAPONI e A.
TURCHINI (eds.): Stampa, libri e letture a Milano nell’età di Carlo Borromeo, Milán: Vita e
Pensiero, 1992, p. 10.
121 L. BERRA: “Nuove notizie dell’ Academia delle Notti Vaticane”, Giornale storico della
letteratura italiana 81 (1923), pp. 342-374.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Poco antes de que falleciera su tío, Pío IV, Borromeo decidió dedicarse por en-
tero al cuidado espiritual de la archidiócesis de Milán. Desde allí, obtuvo primero
de Pío IV, luego de Pío V y de Gregorio XIII grandes concesiones, privilegios y fa-
cultades particulares que le confirieron amplios poderes a la hora de actuar en la
reforma eclesiástica del arzobispado de Milán 122. Tanto Pío V como Gregorio XIII,
debían al cardenal Borromeo su participación decisiva en sus respectivas eleccio-
nes al Pontificado, ya que, como cardenal nepote de Pío IV, había podido disponer
a su favor de buena parte de los votos de los purpurados creados por su tío, quienes
guiados por Borromeo, formaban una de las facciones más fuertes del Sacro Co-
legio. Importantes prelados como Alessandro Crivelli, Giulio Poggiani, Bernar-
dino Carniglia 123 y Cesare Speciani 124, promovidos en tiempos de Pío IV, se
convirtieron en agentes de Borromeo que continuaron en la corte pontificia
cuando él se marchó a residir a Milán 125. Una vez en su arzobispado, Borromeo
hacía llegar a la corte pontificia sus peticiones, a través de estos cardenales, con-
siguiendo fácilmente lo que pedía 126. Prueba de esta autoridad e influencia de
Borromeo en la Curia romana, era la gran cantidad de peticiones de obispos su-
fragáneos, e incluso nuncios, que escribían a Borromeo para que intercediera ante

122 A. BORROMEO: “San Carlo Borromeo arcivescovo di Milano...”, op. cit., I, p. 242.
123 Bernardino Carniglia era hombre de confianza de Borromeo, fue enviado a Roma para
suceder a Ormaneto en calidad de reformador en 1566. Siempre tuvo relación con Neri en
Roma, frecuentando la comunidad de S. Girolamo. En 1574 formó parte de la Congregación
por la Reforma y en 1575 fue nombrado comendador del Santo Spirito, sucediendo a Bernardino
Cirillo. Murió en S. Girolamo asistido por el padre Felipe en 1576 (L. BERTONI: “Carniglia,
Bernardino”, DBI, Roma, 1977, XX, pp. 488-490).
124 Cesare Speciani (1539-1607), cremonés, estuvo en Roma desde 1566, donde fue
nombrado por el cardenal Borromeo como su procurador en 1569. Asimismo, fue vicario del
cardenal en S. Maria Maggiore, periodo durante el cual residió siempre en San Girolamo.
En octubre de 1576 sucedió a Carniglia, apenas muerto, en el puesto de agente. En estrecha
relación con el cardenal Buoncompagni, cuando fue elevado a pontifice como Gregorio XIII
fue nombrado referendario de las dos Segnature. En 1595 fue enviado como nuncio en la
corte de Felipe II, oficio que ocupó hasta 1588. En 1591 se trasladó a la sede de Cremona,
donde murió en 1607 (K. JAITNER: Die Hauptinstruktionen Clemens’ VIII. für die Nuntien und
Legaten an der europäischen Fürstenhöfen, 1592-1605, Tübingen, 1984, I, pp. CCLI-CCLII).
125 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XX, p. 83.
126 A. BORROMEO: “San Carlo Borromeo arcivescovo di Milano...”, op. cit., I, pp. 246-
247.

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Capítulo III

el Pontífice en sus peticiones 127. De este modo, por haber sido el único cardenal
nepote del XVI que, tras la cesión del cargo, había dejado definitivamente la corte
pontificia, para asumir de persona el gobierno espiritual de la propia diócesis, se
encontraba en una posición privilegiada en relación con la Corte pontificia.
Para entender la labor de reforma que Borromeo llevó en su diócesis de Milán
fue muy significativo el juicio que el jesuita Achille Gagliardi, uno de sus mayores
colaboradores, emitió durante el proceso de canonización del prelado milanés:
(Carlos Borromeo) si propose per iscopo una intiera e perfecta riforma di tutto il
mondo, et per venire alla pratica usò dei mezzi i più efficaci che si potessero eleggere;
l’uno fu di formar una chiesa che conteneva piena hierarchia di tutti i statù et gradi
che sono tra fedeli, et questa fu quella di Milano (…), l’altro, dopo haverla ridotta
a forma tale che poteva essere idea et esemplar a tutte le altre d’ogni eminente
perfettione, (mosse) gli altri Prelati a far il medesimo nelle loro chiese 128.

De este modo explicaba Gagliardi la estrategia pastoral que Borromeo llevó en


su diócesis 129. El “sapiens architectus”, como llamaba al cardenal, proyectó para
Milán una iglesia fuertemente jerarquizada y centralizada en su gobierno, tal y como
la había planteado para la de Roma cuando era nepote de Pío IV. Ahora, la reforma
eclesiástica de Milán debía ser fiel reflejo de la de Roma, dependiendo directamente
de las directrices romanas tanto en lo espiritual como en lo político. En el centro el
arzobispo y, junto a él, un grupo de colaboradores con los mismos ideales de re-
forma, que provenían en su mayoría de fuera de Milán –traídos de Roma– alejados
de los intereses locales 130. Con éstos, Borromeo trató de crear un cuerpo de ecle-
siásticos cuyas partes obedeciesen todas a una misma cabeza “voi siete i miei occhi, le
mie orecchie, le mie mani; voi le basi e i sostegni più robusti di questa sede e chiesa” 131.

127 M. MARCOCCHI: “L’immagine della Chiesa in Carlo Borromeo”, en F. BUZZI y D.

ZARDIN (eds.): Carlo Borromeo e l’opera della “grande reforma”..., op. cit., pp. 25-36.
128C. MARCORA: “Il processo diocesano informativo sulla vita di S. Carlo per la sua
canonizzazione”, en Memorie storiche della diocesi di Milano IX (1962), p. 642. El escrito fue
enviado por el P. Gagliardi el 13 de diciembre de 1603.
129R. MOLS: “St. Charles Borromée pionnier de la pastorale moderne”, Nouvelle Revue
Theólogique 79 (1957), pp. 618-619.
130 M. MARCOCCHI: “L’immagine della Chiesa in Carlo Borromeo”, op. cit., pp. 25-36.
131M. DE CERTEAU, S.I.: “Carlo Borromeo, santo”, DBI, Roma, 1977, XX, pp. 260-269;
C. ALZATI: Carlo Borromeo e la tradizione liturgica della chiesa milanese (Academia di S. Carlo.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

La protección del Cardenal a los jesuitas “reformadores”

La relación que el cardenal Carlos Borromeo mantuvo con los miembros de


la Compañía de Jesús fue siempre muy cercana. En un momento delicado de su
vida, como fue la muerte de su hermano mayor, el conde Federico Borromeo, el
jesuita P. Juan Bautista Ribera, procurador de la Orden ante la curia papal, animó
al cardenal Borromeo para que realizara los Ejercicios Espirituales bajo su direc-
ción, convirtiéndose así en su confesor 132. Desde muy temprano Borromeo se
consideró protector de la Orden (a pesar de que el protector oficial de la Com-
pañía era Rodolfo Pio di Carpi), a la que se refería afectuosamente durante la se-
sión XXV del concilio de Trento el 4 de agosto de 1563:
Questi padri della Compagnia, oltre che sono, com’essi sanno, figliuoli ossequentissimi
di Sua Beatitudine e di questa Santa Sede, hanno anche me per protettore. Per il che io
assicuro le SS.LL. che tutti i favori e grazie che saranno loro fatte, saranno da me
ricevute in grado proprio. Li supplico insomma ad averli per raccomandati 133.

Con todo, fue en Milán donde Borromeo mantuvo una relación más estrecha
con los jesuitas. Allí, se propuso fundar un Seminario al estilo del romano, que
estuvo unido inicialmente al colegio, confiándolo a la Compañía 134.
La entrada de la Compañía en Milán tuvo lugar el 24 de junio de 1563, a pe-
tición de Carlos Borromeo que deseaba fundar un colegio, para lo cual el cardenal
solicitó la venida del P. Benedetto Palmio, por entonces provincial, que llegó junto
a otros jesuitas como el P. Carvajal, rector de Florencia, y el hermano coadjutor
Bertezolo 135. Borromeo dejó clara la intención de la Compañía en su arzobispado:
reformar las costumbres cristianas de la ciudad. El domingo, 4 de julio de 1563,
el P. Palmio demostraba su talento en el púlpito ante toda una multitud reunida

Inaugurazione del 3 anno accademico), Milán, 1980, pp. 83-99; G. ALBERIGO: “Carlo
Borromeo come modello di vescovo nella chiesa post-tridentina”, Rivista storica italiana 79
(1967), pp. 1031-1052.
132 M. FOIS, S.I.: “Carlo Borromeo Cardinale Nepote di Pio IV”, Studia Borromaica 3

(1989), pp. 26-27.


133 C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, op. cit., p. 164.
134 M. FOIS, S.I.: “San Carlo e i gesuiti...”, op. cit., p. 150.
135 F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., p. 49; G. CASTELLANI: “I primi tentativi per
l’introduzione dei gesuiti a Milano (1545-1559)”, AHSI 3 (1934), pp. 36-47.

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Capítulo III

en el Duomo, a la espera de conocer a la nueva Orden religiosa. Desde aquel día,


y durante tres más, Palmio continuó exhortando al auditorio, atacándolo por las
malas costumbres, con gran lucidez y elocuencia: “domenica è stato un popolo infinito
nel Duomo” informaba Palmio a los superiores romanos 136. El prestigio de Palmio
en la ciudad fue creciendo, prueba de ello fue el memorial que, en la Cuaresma de
1564, los ciudadanos enviaron a Borromeo, rogándole que le mantuviera en Milán
y el desastre que se cernería sobre la ciudad si Palmio era alejado de ella 137.
La fama de buen predicador del P. Palmio iba dando sus frutos bajo el bene-
plácito del cardenal ambrosiano:
El P. Benedicto parece va cada día teniendo más crédito en aquella ciudad, y
las cosas se van bien encaminando, y el Borromeo tiene mucha affectión alla
Compañía, y éste, otro día, se fue allá a dormir una noche por decir missa en
nuestra cappilla, y comió con los nuestros, y parece en las cosas que se han de
tratar con el Papa se emplea con buena voluntad 138.

El pueblo milanés fue conquistado poco a poco por la Compañía, gracias a la


acción de Palmio y de sus compañeros, dedicados especialmente a las prestaciones
asistenciales. Los hospitales y prisiones de Milán eran frecuentados por estos pri-
meros jesuitas. No obstante, no todo fue fácil para la Compañía en Milán. Para
conseguir sostener a este primer núcleo de jesuitas, Borromeo buscó apoyo en un
conjunto de nobles, fieles a su persona, todos ellos miembros del Senado milanés,
que acogieron a los jesuitas “reformadores” recién llegados 139. Entre los senado-
res que promovieron la presencia del P. Palmio y de sus compañeros en Milán, se
encontraban: G. Battista Rainoldi, miembro del senado desde 1550, y hombre de
confianza de Borromeo que tuvo un importante papel en la reorganización de la
diócesis, siendo además procurador de la ceremonia de toma de posesión de

136 ARSI: Ital. 123, f. 78r.


137 Según el memorial el P. Palmio debía permanecer en Milán porque era “specchio di
vita santa ed esemplare, predicatore tanto fruttuoso, pieno di tanta carità ed amore verso questo
popolo e diventatoci tanto caro, che gli è presa una grande devozione e fede, che per certo si spera
buona riforma e rinnovazione di vita e distruzione di tanti vizi ed abusi” (VBA, F. 104, Inf., ff.
578r-585r).
138MHSI: Nadal II, Madrid, 1899, p. 389 Carta de Juan Alfonso de Polanco al P.
Jerónimo Nadal, Trento 21 de septiembre de 1563.
139 F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., pp. 43-64.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Borromeo, en la catedral de Milán, en febrero de 1560. Pietro Antonio Marliani,


senador y miembro del Consejo Secreto, cuñado de Rainoldi, gran benefactor de
la Compañía en Milán. Gabriele Casati, jurisconsulto colegiado desde 1556 a 1569,
que fue regente del consejo de Italia en Madrid entre 1559 y 1562, y presidente
del Senado en 1565, quien solicitó para los jesuitas la asignación de la abadía de S.
Antonio y después la de Brera. G. Tommaso Odescalchi, nombrado senador en
abril de 1563, quien, a principio de 1570, se hizo promotor con otros patriciados
milaneses de la apertura de un colegio de nobles dirigido por los jesuitas, tomando
como modelo el colegio germánico de Roma 140. Los jesuitas contaron además con
la ayuda de senadores de toga breve como Domenico Sauli, Tommaso Marino o
Fabricio Serbelloni, y de diversos mercaderes, hombres de negocios y eclesiásticos,
que contribuyeron al establecimiento de la Compañía y que formaban parte de la
órbita de Borromeo 141. En el verano de 1562, Rainoldi fue encargado por Borro-
meo para que indujese al presidente del Senado, Pietro Paolo Arrigoni,
persuaderlo per ogni via di quanta utilità sarebbero stati quei Preti a quella città, (...)
tanto più che non ne seguirà incomodo alcuno alla Città, perciò che si costituiranno
assegnamenti fermi per il viver loro non usando essi di gir dimandando 142.

No obstante, dado que el Milanesado era de dominio español, Borromeo


debía contar con la aprobación de la corte madrileña para poder introducir una
nueva orden religiosa en su arzobispado. Esta cuestión no le resultó muy com-
plicada gracias a la mediación del P. Francisco de Borja, gran amigo del prelado
milanés, unidos además por una misma austeridad y contemplación a la hora de
vivir la espiritualidad, y con el que intercambió numerosa correspondencia antes
y después de que Borja fuera nombrado General de la Compañía 143. Desde

140 G. CASTELLANI: “La fondazione del collegio di Brera di Milano”, La Civiltà


Cattolica 35/2 (1934), pp. 509-522.
141 O. PREMOLI: “Domenico Sauli e i gesuiti”, Archivio Storico Lombardo 38 (1911), pp.
147-155; F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., pp. 45-48; F. ARESE: “Le supreme cariche
del Ducado di Milano. I: da Francesco Sforza a Filippo V”, Archivio Storico Lombardo 97
(1970), pp. 1-100; U. PETRONIO: “Burocrazia e burocrati nel ducado di Milano dal 1561 al
1706”, en Per Francesco Calasso. Studi degli allievi, Roma: Bulzoni, 1978, pp. 481-561.
142 C. MARCORA: “La chiesa milanese nel decennio 1550-1560”, en Memorie storiche
della diocesi di Milano 7 (1560) pp. 254-501.
143 E. GARCÍA HERNÁN: “Tres amigos de Juan de Ribera...”, op. cit., pp. 485-546.

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Capítulo III

Roma, Francisco de Borja movió los hilos para que se enviasen jesuitas a Milán,
de modo que, en mayo de 1563, el P. Francisco de Borja escribía al P. Antonio de
Córdoba, hijo de los condes de Feria y marqueses de Priego, miembros también
del partido “ebolista”, para informarle de que “para Milán partirán presto algu-
nos por orden de Su Santidad y del Illmo. Borromeo” 144. Asimismo, el P. Fran-
cisco de Borja, que por aquel entonces ejercía de Comisario de las provincias
jesuíticas españolas, de Portugal y sus territorios de ultramar, buscó el apoyo de
numerosos nobles hispanos, devotos de la Compañía, que pudieran interceder
ante el monarca para conseguir favorecer la entrada de la Orden en Milán. En
abril de 1563, el P. Francisco de Borja informaba al P. Antonio Araoz, jesuita re-
sidente en la corte madrileña, confesor del príncipe de Éboli, de la ayuda que al-
gunos cortesanos estaban prestando en este asunto:
El Illmo. cardenal Borromeo me manda yr a S. Pedro para conçertar la partida
de los Padres que han de yr a Milán para dar principio a su collegio, en el qual el
señor duque de Sessa, como devoto de la Compañía y de V.R., haze instancia en la
yda 145.

Efectivamente, en ese momento el gobernador de Milán, Gonzalo Fernández


de Córdoba, duque de Sessa, que pertenecía a la facción “ebolista”, colaboró en
todo momento con el prelado milanés para introducir a la Compañía en Milán 146.

144 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 697. Carta de Francisco de Borja al P. Antonio

de Córdoba. Roma, 14 de mayo de 1563.


145 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 691. Carta de Francisco de Borja al P. Antonio

Araoz. Roma, 4 de abril de 1563.


146 M. RIVERO RODRÍGUEZ: “La fundación del Consejo de Italia. Corte, grupos de poder y
periferia (1536-1559)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (ed.): Instituciones y elites de poder en la
Monarquía Hispana..., op. cit., p. 216. De este modo informaba el senador milanés Domenico
Sauli al general Laínez, del interés del gobernador por la entrada de la Compañía en Milán, en
fecha tan temprana como el 8 de agosto de 1559:
Et perché io sono informato, come Vostra Rma. Paternità po intedere dal padre
Rivadenera, de lo desiderio che ha lo S. Duca di Sessa di introdur co’l aiuto del Rè un collegio
in Milano di voi altri, mi conferma per questo nel mio desiderio considerando lo incremento di
questa opera in una tal città, qual io giudico che abbia da far grandissimo frutto, et beneficio
così al pubblico come delli privati (O. PREMOLI: “Domenico Sauli e i gesuiti”, op. cit., pp.
147-155).

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

Asimismo, consiguió la aprobación de Felipe II para la fundación de un colegio


de la Compañía que llegó a finales de 1563 147.
Al poco tiempo de que el provincial Palmio y sus compañeros llegaran a Milán,
Palmio se puso en contacto con el duque de Sessa, quien deseaba ver fundado un
colegio de la Compañía en el ducado de Milán. Escribía el P. Polanco al P. Araoz:
Para Milán se envía gente este verano, que comience a hazer algún fruto, y
escoja el sitio que le pareciere convenir, entre algunos que señala el cardenal
Borromeo (…) que da la renta; y satisfácese en esto a la petición de el señor duque
de Sesa, que también ha pedido gente para allí 148.

Poco después, astutamente, el propio Palmio se convertía en el confesor del


duque de Sessa, tal y como muestra una lettera annua de 1565 que hablaba de la
relación del jesuita con el gobernador y su corte:
(P. Palmio) è stato consultor nel governo spirituale di sua corte continuamente et in
altre cose assai, et ha mostrato Sua Eccellenza di tener gran conto del suo parere in modo
che ne i suoi dubii pareva non acquietarsi mai bene, se non havuto il consiglio del padre
Benedetto 149.

La asistencia espiritual de Palmio al duque de Sessa se prolongó en Varese


cuando el duque enfermó. Su compañero, Diego Carvajal, informaba a Borja que
ante la ausencia de la predicación del P. Palmio, oficiada para el Duomo “gridano
questi milanesi come pulcini senza la madre” 150. De la misma manera, a principios
de octubre de 1564, llegaba a Milán el P. Francesco Adorno en el segundo grupo de
jesuitas que entraba en Milán, convirtiéndose en confesor y consejero del cardenal
Borromeo en poco tiempo 151.

147
Carta de Felipe II al duque de Sessa dando su aprobación a la nueva fundación
(MHSI: Nadal II, Madrid, 1899, p. 641. Carta del 9 de octubre de 1563).
148 MHSI: Polanci I, Madrid, 1916, p. 367, 19 dev abril de 1563.
149 Cita F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., p. 177.
150 ARSI: Ital. 123, f. 246. Diego Carvajal, 13 de octubre de 1563.
151 Borromeo afirmaba sobre el P. Adorno lo siguiente:
Ho amato sempre questa Congregazione tanto, quanto ogn’uno sà, et per ora anco si può
dire, che ho l’anima mia in mano di uno dei Padri loro, poichè faccio tutti i ritiramenti,
esercizi et indirizzi miei spirituali con la guida del P. Adorno della Compagnia loro, che ora
ancora predica nel Duomo, così ho avuto gran considerazione, et rispetto all’onor di questa

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Capítulo III

A la espera de un lugar idóneo para los jesuitas, Borromeo determinó que los
recién llegados compartieran residencia con los barnabitas de S. Alessandro, hasta
que, el 10 de diciembre de 1564, se establecía al fin el colegio jesuita de Milán en
S. Vito al Carrobbio, nombrando como primer rector al P. Francesco Adorno. Se
inauguró también, en diciembre de 1564, un seminario unido al colegio, al estilo
del que existía en Roma, situado en la misma sede de S. Vito en diciembre de 1564,
hasta que el 23 de abril de 1579, pasó a manos de la Congregación de los Oblatos
de San Ambrosio fundada por Borromeo. Paralelamente, en Roma, ese mismo año,
llegaban a la curia romana las quejas de algunos prelados como el obispo Ascanio
Cesarini por confiar el Seminario romano a los jesuitas extranjeros, es decir, no
italianos, ya que, afirmaba el obispo “era intollerabile che si affidasse l’educazione
della gioventù romana a Tedeschi e Spagnoli, cioè ad eretici e marrani” 152.
La intención de Borromeo era crear en su diócesis un paralelo a Roma en cuanto
a la educación se refería. Confiaba a la Compañía la formación de los jóvenes, siem-
pre y cuando, el seminario y el colegio fueran instituciones iguales a las romanas.
Borromeo siempre tuvo en mente crear en Milán un colegio universitario igual al
Colegio Romano, y que la relación entre el colegio y el seminario milanés repro-
dujese la misma que existía entre el Colegio Romano y el Germánico. Por eso se
insistía en que:
Il cardinale e la città stanno con aspettatione ferma che la Compagnia accresca
et faccia quel frutto che intende fa in Roma, et particolarmente spera di vedere un bel
Studio et di teologia, et di philosophia et di lettere humane (…), et desidera la città
in particolare che vi fosse qui un altro Collegio Germanico 153.

Después, en 1567, el colegio jesuita se transfería a la vieja iglesia de S. Fedele


hasta que, en 1572, adquirieron Brera, que se convirtió en sede del colegio, mien-
tras que la Iglesia y la casa de S. Fedele acogieron a la comunidad de los padres
profesos. Asimismo, en 1573, Borromeo confiaba a la Compañía el Colegio de
Nobles de Santa María y les construía en Arona, lugar donde nació el cardenal,

Congregazione (en M. FOIS, S.I.: “San Carlo e i gesuiti...”, op. cit., p. 178: Carta de
Borromeo a monseñor Speciani, 27 de marzo de 1579; C. GORLA: “Il padre Francesco
Adorno S.I.”, op. cit., pp. 529-531).
152
P. PASCHINI: “Le origini del Seminario romano” en P. PASCHINI (ed.): Cinquecento
Romano e Reforma cattolica, Roma: Lateranum, 1958, p. 17.
153 ARSI: Ital. 133, f. 152v. Carta del 25 de junio de 1567.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

un noviciado 154. Pero además, la colaboración del cardenal Borromeo con la


Compañía fue más allá de Milán, pues Borromeo había apoyado las fundaciones
de los colegios en el norte italiano como los centros de Vercelli, Verona, Mantova,
Brescia, Bérgamo y Génova; en Suiza, promovió los colegios de Lucerna, Fri-
burgo y Locarno; en Baviera el colegio de Dillingen; y también en la Valtelina; a
los que venían a sumarse los de Milán 155.
Borromeo no sólo contribuyó a la fundación de los colegios jesuitas del norte
de Italia, sino que cuidó la elección de los superiores jesuitas que gobernaron en
Milán. El cardenal tuvo problemas con el P. Andrea Terzo, rector del seminario
de Milán, por cuestiones de estudio, por ello, en 1569, cuando la relación se hizo
insostenible el P. Terzo tuvo que ser transferido “a Como, perché ad ogni modo bi-
sognava levarlo dal seminario, volendo dare soddisfattione al cardinale” 156. Borro-
meo era muy exigente con los jesuitas que trabajaban con él, y si no le agradaban
los sujetos porque no se adecuaban a los servicios espirituales y apostólicos que
exigía para la diócesis de Milán, escribía a Roma para que fueran destituidos.
Del mismo modo que, cuando le llegaban noticias de Roma de que algún jesuita
destacaba por su talento en el Colegio Romano, buscaba la forma de llevárselo a
su diócesis. Esto ocurrió en agosto de 1574, cuando Borromeo exigía al general
Mercuriano que diese orden inmediata del traslado del P. Roberto Bellarmino
de Lovaina a Milán para el colegio de Brera:
essendo egli (Bellarmino) stato promesso molto tempo fa, che il frutto che si può sperare
dall’opera del detto padre in Milano non deve essere avuta in minor considerazione di
quello che possa essere il servizio che egli possa fare in Fiandre 157.

Sin embargo, Mercuriano ordenó el traslado de Bellarmino a Roma, en lugar


de a Milán, porque el Pontífice reclamaba su presencia junto a él. A partir de
1576, el P. Bellarmino comenzó a dar lecciones de controversia teológica en el
Colegio Romano. Al menos hubo cinco jesuitas de los que Borromeo no podía
prescindir para sus visitas pastorales alrededor de la diócesis: el P. Francesco
Adorno, el P. Giovanni Battista Velati, Leonetto Chiavone, Gaspar Loarte, y

154 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XX, p. 102.
155 M. FOIS, S.I.: “San Carlo e i gesuiti...”, op. cit., p. 152.
156 MHSI: Ribadeneyra I, Madrid, 1920, p. 715.
157 C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, op. cit., p. 165.

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Capítulo III

Achille Gagliardi. Estos jesuitas eran inamovibles para Borromeo al igual que el
P. Palmio, líder de todos ellos. El 13 de octubre de 1564, Borromeo escribía a su
agente Niccolò Ormaneto asegurando que al P. Palmio por su fruto en Milán y
su forma de predicar “non lo lascierò levar di lì in modo alcuno” 158.
Es preciso destacar que el círculo de jesuitas “reformadores”, que rodeó a
Borromeo, compartía con él una misma idea de radicalizar la espiritualidad de
la Compañía. El cardenal Borromeo escribía al jesuita Ludovico Gagliardi los
oficios espirituales que realizaba en su diócesis con la ayuda de la Compañía y
añadía que “desiderai di avere quei libri del Granata” 159. En las instrucciones de
Borromeo a los confesores, éste recomendaba una serie de lecturas que los con-
fesores debían aconsejar a sus penitentes, entre ellas, destacaba la Imitación de
Cristo del P. Luis de Granada 160. La amistad del cardenal ambrosiano con Fray
Luis de Granada le llevó a editar en Milán, en 1572, unos sermones del año li-
túrgico escritos por el dominico español, para inspirarse en su predicación, y
para enviarlos a sus amigos y familiares, incluso, ordenó que se repartiesen a
todos los párrocos de la diócesis ambrosiana 161. Tampoco dudó Borromeo en
ayudar a su buen amigo fray Luis de Granada cuando éste, por sus escritos, fue
acusado de ser alumbrado ante el Santo Oficio. Borromeo le insistió para que
abandonara los territorios hispanos y estableciera su residencia permanente en
Roma, donde estaría protegido 162. Esta misma admiración por fray Luis de Gra-
nada cosecharon los jesuitas italianos “reformadores” quienes recomendaban la
lectura de las obras del dominico español en sus colegios 163.

158 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, p.
521.
159 VBA, F. 50 Inf., n. 138, p. 284; M. SCADUTO, S.I.: “Scuola e cultura a Milano...”, op.

cit., II, p. 967.


160 M. SCADUTO, S.I.: “Scuola e cultura a Milano...”, op. cit., II, p. 990; J. GILMONT: Les

écrits spirituels des premiers jésuites..., op. cit., pp. 260-268.


161 Á. HUERGA: “Fray Luis de Granada y San Carlos Borromeo. Una amistad al servicio

de la Restauración católica”, Hispania Sacra 11 (1958), p. 315.


162 VBA, F. 62, inf. carta 174, f. 321. Carta del 28 de junio de 1582.
163 M. SCADUTO, S.I.: “Scuola e cultura a Milano...”, op. cit., II, p. 967.

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

El influjo de Borromeo en las elecciones a Generales

Cinco años más tarde de la elección de Mercuriano, el grupo de italianos “re-


formadores” no percibió ningún cambio en la espiritualidad de la Orden. Con
Mercuriano y Aquaviva habían conseguido alejar del gobierno de las provincias
italianas a los superiores hispanos, pero el espíritu de la Compañía no se había ra-
dicalizado en consonancia con la espiritualidad que practicaban las congregaciones
de religiosos y laicos que llevaban a cabo la reforma de la Iglesia en Italia. La vo-
cación de la Compañía, basada en el apostolado y en la educación, obligaba a dirigir
la espiritualidad de la Orden hacia un camino más práctico y servicial, restando
tiempo a lo contemplativo. De ello, se quejaban tres profesores italianos en el Co-
legio Romano, que formaban parte del grupo de “reformadores”: los padres Gio-
vanni Pietro Maffei, Benedetto Giustiniani y Achille Gagliardi, quienes, en 1578,
escribieron un memorial a Gregorio XIII para informarle de las diferencias entre
Mercuriano y el asistente de Italia, Benedetto Palmio, y cómo, según ellos, Mer-
curiano no estaba gobernando correctamente la Compañía. Por miedo a represa-
lias, se dirigieron al Pontífice por medio de un memorial anónimo.
El primero de ellos, el P. Giampietro Maffei (1538-1603) 164, nacido en Bérgamo
(Lombardía), estaba enseñando retórica en el Colegio Romano cuando conoció a
los otros dos jesuitas descontentos con Mercuriano, colocándose a favor del P. Pal-
mio. Por su parte, el P. Benedetto Giustiniani (1550-1622) 165 pertenecía a una fa-
milia noble de Génova, era profesor del Colegio Romano cuando escribió el
memorial en 1578. Y el P. Achille Gagliardi (1539-1607) 166 pertenecía a la nobleza
local de Padua, y entró en la Compañía cuando conoció al P. Palmio en Padua, al
que solía escuchar sus sermones 167. En el momento que Gagliardi se quejó al Pon-
tífice junto a sus compañeros, enseñaba teología en el Colegio Romano 168.

164 P. PIRRI, S.I.: “Gli Annali Gregoriani di Gian Pietro Maffei. Premesse storiche per

una revisione critica”, AHSI 16 (1947), pp. 56-97.


165 C. SOMMERVOGEL, S.J.: Bibliothèque de la Compagnie de Jesús, Bruselas-París, 1892, III,

pp. 1489-1490; R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., pp. 79-81.
166 D. GIL: “Gagliardi y sus commentarios a los Ejercicios”, Manresa 44 (1972), pp.

273-284; P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese...”, op. cit., pp. 1-72.
167 J. P. DONNELLY, S.I.: “The Jesuit College at Padua...”, op. cit., pp. 63-65.
168 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., p. 79.

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Capítulo III

Ante el memorial, el Pontífice se reunió con el general Mercuriano, quien le


explicó que se trataba de un grupo de jesuitas desobedientes, consiguiendo tran-
quilizar a Gregorio XIII. Como este acto no tuvo mayor trascendencia, el General
prefirió alejar a los implicados de Roma, para que no pudiesen estar cerca de la
curia papal. El P. Maffei fue enviado por Mercuriano durante un tiempo en
Siena, después se marchó a Portugal. Del mismo modo, el P. Giustiniani fue ale-
jado a Palermo. Más complicado fue el alejamiento del P. Gagliardi, que aunque
se tuvo que marchar a Padua, pronto entraría en contacto con el cardenal Bo-
rromeo, quien siempre le protegió. Aunque aparentemente se acalló a estos tres
profesores que aprovecharon su cercanía al Pontífice para tratar de reformar a la
Orden, intentaron quejarse de nuevo, ya más organizados, en tiempos de Aqua-
viva, durante la Congregación extraordinaria de 1593, ya que este General tam-
poco satisfacía sus aspiraciones a una reforma interna.
En el fondo, liderando a los tres, estaba el P. Palmio, como revelaba la siguiente
carta escrita por el P. Peña a Mercuriano, en junio de 1579, desde Palermo, avi-
sando al General de lo siguiente:
Alcuni dei nostri hanno fatto intendere a Sua Santità che Vostra Paternità governa
malissimo la Compagnia e che è causa di poca pace e molto disordine, e che sua Beatitudine
chiamò il padre Benedetto Palmio e gli disse queste cose et ordinó che di sua parte le dicesse
a Vostra Paternità e che si emendasse (…) sia detto che tutta questa danza l’ha guidata
e fatta il padre Benedetto Palmio, et ha fatto intendere queste cose a Sua Santità per
mezzo di alcuni de nostri e anchor per mezzo di Vescovi et Cardinali. (…) Se così è, è
cosa di grande vergogna e mancamento 169.

Este malestar de los jesuitas “reformadores” fue escuchado por el cardenal


Borromeo, quien, como ellos, proyectó hacer realidad una reforma espiritual de
la Orden, eliminando cualquier atisbo hispano y acercándola a una religiosidad
más radical, acorde con las corrientes reformistas italianas. Esta idea la esbozó
el provincial de Milán, Giovanni Battista Peruschi, cuando informaba al general
Mercuriano del trabajo de la Compañía en su diócesis:
Il maggior travaglio è con il cardinale, il quale non intende né gusta il modo et
spirito della Compagnia, et noi non bastiamo ad intendere il suo modo et spirito et perciò
ci dà molto da fare. Li nostri nelli pareri et consigli et cose che occorrono a trattar seco
e con suoi sudditi clerici et laici vanno al solito fondati sopra la dottrina come dei Dottori

169 ARSI: Ital. 156, f. 23r. 20 junio 1579.

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et con equità et soavità al modo ch’usa la Compagnia, et lui che non vuol ma seguita
una certa idea di perfettione che si è formato nell’intelletto a suo modo, et vuol per forza
tirarci tutti dentro, non approva il nostro modo et gli pare che siamo larghi et che
buttiamo per terra la disciplina ecclesiastica et con quello zelo si disgusta ogni dì più del
fatto nostro, di modo che si serve poco dei nostri teologi et manco che può s’impaccia con
noi, parendogli che siamo contrarii a’suoi desideri, dai quali non basta nessuno col suo
consiglio a ritirarlo 170.

Era clara la intención de reforma desde que llegaron los jesuitas a la diócesis
de Milán. No obstante, Borromeo era consciente de que si quería reformar la
espiritualidad de la Compañía, debía comenzar por colocar en el generalato a
uno de los jesuitas de su confianza, por lo que no dudó en intervenir directamente
en las elecciones a Generales durante la III y IV Congregación, en las que salieron
elegidos Mercuriano y Aquaviva.
Si bien durante la Cuarta Congregación fue muy evidente y existen varios
testimonios que relatan la intervención de Borromeo y del grupo de “reforma-
dores” al que protegía, su protagonismo durante la Tercera Congregación es más
complicado de analizar, pues su estrategia fue de manera indirecta.
Cuando comenzó la celebración en 1573, el 22 de abril irrumpió en la reunión
Tolomeo Gallio, cardenal de Como, secretario de Gregorio XIII, para expresar el
deseo del Pontífice de que no saliera elegido un General hispano 171. La inter-
vención del cardenal de Como en este acto confirma la influencia de Borromeo
en la decisión firme del Pontífice. Tolomeo Gallio había sido secretario de Bo-
rromeo cuando éste, como nepote de Pío IV, controlaba buena parte de la admi-
nistración de la curia papal. Durante este tiempo, Borromeo aprovechó su
posición para colmar a su amigo Gallio de cargos y honores 172.
Esta confianza y amistad continuó cuando Borromeo se marchó a su diócesis
de Milán, pues era el cardenal de Como el que intervenía ante el Pontífice para apo-
yar a Borromeo en sus disputas jurisdiccionales con los gobernadores castellanos

170 ARSI: Ital. 153, ff. 181r-183v.


171 G. BRUNELLI: “Gallio, Tolomeo”, en DBI, Roma, 1998, LI, pp. 685-690.
172 La estrecha relación entre Tolomeo Gallio y Borromeo se pone de manifiesto en sus

cartas, A. MONTI: “Lettere inedite di T. Gallio cardinale di Como al cardinale Carlo


Borromeo”, Periodico della Società storica comense VII (1889), pp. 7-50 y pp. 269-315; VIII
(1891), pp. 7-40 y 261-292.

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Capítulo III

de Milán 173. De hecho, Gallio se preocupó de mantener buenas relaciones con la


Monarquía francesa, único baluarte que podía hacer frente al predominio español
en Italia. El gobernador español de Milán, don Luis de Requesens, nunca se fio del
cardenal de Como pues sabía que influía en Gregorio XIII a la hora de defender a
Borromeo en materia jurisdiccional. Requesens escribía desde Milán, el 9 de agosto
de 1573, a su hermano don Juan de Zúñiga, embajador en Roma, para lamentar-
se de la amistad entre Borromeo y Gallio 174.
Esta amistad también se reflejó en el apoyo de Gallio para conseguir colocar
en el generalato de la Compañía a un jesuita no hispano. De esta forma, el car-
denal de Como irrumpía en persona en medio de la celebración, a puertas ce-
rradas, para que los jesuitas congregados obedecieran la decisión del Pontífice
que evitaba la elección de un nuevo General hispano.
A pesar de conseguir su objetivo en la elección al Generalato, duró poco la
buena relación entre Borromeo y Mercuriano. En 1579, el caso del jesuita sici-
liano Giulio Mazzarino situó al General de la Compañía en medio de las disputas
entre el arzobispo y el gobernador de Milán, don Antonio de Guzmán y Zúñiga,
marqués de Ayamonte 175. En ese año, el P. Mazzarino predicaba en el colegio
milanés de Brera –previamente privado por Borromeo del púlpito del Duomo–
en contra de la preponderancia y poderío temporal de Borromeo, criticando al-
gunas de las reformas del cardenal 176. Aprovechando el sermón de Mazzarino,

173 P. O. v. TÖRNE: Ptolémée Gallio. Cardinal de Côme. Étude sur la cour de Rome sur la
secrétairerie pontificale et sur la politique des Papes au XVIe siècle, París: Librairie Alphonse
Picard & Fils, 1907, pp. XVII-XVIII; G. CATALANO: “Controversie giurisdizionali tra Chiesa e
Stato nell’età di Gregorio XIII e Filippo II”, en Atti della Accademia di scienze, lettere e belle arti
di Palermo, s. 4, XV (1954-55), pp. 5-306 et passim.
174 La carta decía lo siguiente:
De la voluntad del cardenal de Como para el servicio del Rey tuve yo siempre
mucha duda desde el tiempo de Pío IV, y si en el de Pío V procuré que se le hiciese
merced, no fue pareciéndome que lo merecía, sino por procurar de ganalle, y en lo
que toca a la voluntad que nos tiene, nunca pudimos asegurarnos mucho; pero agora
mucho menos, teniendo por tan estrechos amigos los que Vuestra Señoría dice
(Instituto Valencia de Don Juan, D. 176 del Envío 67).
175 F. RURALE: “Carlo Borromeo, Botero, Mazzarino...”, op. cit., pp. 289-302.
176F. RURALE: “Mazzarino, Giulio Cesare”, DBI, Roma, 2009, LXXII, pp. 528-531; A.
BATTISTINI: “Le risorse retoriche di un predicatore gesuita: Giulio Mazarini”, en M. HINZ, R.
RIGHI y D. ZARDIN (eds.): I gesuiti e la Ratio studiorum, Roma: Bulzoni, 2004, pp. 139-158.

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que provocó la indignación del cardenal y las quejas de su confesor el P. Francesco


Adorno, salió en su defensa el gobernador Ayamonte, quien vio en las palabras
del P. Mazzarino un buen apoyo ante todos los problemas jurisdiccionales que le
enfrentaban al prelado. Borromeo, irritado, acusó de hereje al P. Mazzarino ante
la Inquisición romana 177. En esta polémica, por un lado, los jesuitas “reforma-
dores” Adorno y Palmio lideraban la defensa de Borromeo, tratando de alejar,
por todos los medios, al P. Mazzarino de Milán; por el otro, el general Mercu-
riano justificaba la defensa de Mazzarino en su imprudencia al predicar en un
momento crítico, dadas las malas relaciones entre Borromeo y el gobernador. Fi-
nalmente, Mazzarino consiguió eliminar la sospecha de herejía en Milán, no obs-
tante, su caso había sido remitido a la Inquisición romana 178. En Roma, con
ayuda de Mercuriano consiguió ser eximido de sus acusaciones, pero fue casti-
gado sin poder predicar durante tres años. Este suceso, enfrió las relaciones entre
Borromeo y Mercuriano. Precisamente en ese mismo año, 1579, el cardenal Bo-
rromeo se quejaba a su agente en Roma, monseñor Speciani, de la forma en que
Mercuriano gobernaba la Compañía, viendo necesaria, cuanto antes, una reforma
espiritual: “Quanto a quello che voi mi scrivete intorno a questa Compagnia son già
molti anni che io la vedo stare in pericolo grande, se non si pone efficace rimedio”.
Borromeo continuaba su carta a Speciani explicando que la reforma debía pasar
por otras manos dada la relación entre Mercuriano y él:
Quanto a quel che mi dite, che venendo io costì potrei portare qualche utile alla
riforma di questa Compagnia, io credo che non potrei essere in ciò di giovamento alcuno,
perché mi tengono per sospetto in quella causa del padre Giulio; et così direbbero molto
di più quando io mettessi mano alle cose che gli premono tanto; però bisognerebbe che vi
mettessero altri la mano 179.

Por su parte, la mayor preocupación de Mercuriano era la desobediencia a su


gobierno de aquellos jesuitas que seguían las directrices del cardenal Borromeo.
La influencia de Borromeo sobre la Compañía continuó con el siguiente General.
Su intervención directa en la elección del quinto General no se hizo esperar.
Mientras se convocaba a los jesuitas electores para la IV Congregación General,

177 VBA, F. 55 inf., ff. 351-358. 27 de marzo de 1579.


178 F. RURALE: “Carlo Borromeo, Botero, Mazzarino...”, op. cit., pp. 289-302.
179 Cita F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., p. 245.

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Capítulo III

Borromeo aprovechó para escribir al Pontífice avisándole de que no se debía dejar


escapar la ocasión que se presentaba para conseguir la reformar espiritual de la
Compañía 180. Dada su influencia en la curia romana, Borromeo le sugería un
candidato a Gregorio XIII, para que lo propusiera ante la Congregación. Escribía
a Gregorio XIII lo siguiente:
Particolarmente i bisogni di quella congregatione e gli abusi e disordini che sono
introdotti in essa, provvedendo Vostra Santità dove sarà bisogno, con li rimedii
opportuni, perché se passerà questa occasione senza che ella si aiuti, dubito che vi si
vorrebbe, poi rimediare d’altro tempo, che non si potrà così facilmente; et così sentono
uomini de’migliori di essa congregatione (…) et a questo fine voglio dire, con la
riverenza che devo, questa parola: che pensando ai soggetti che io conosco in questa
congregatione per vedere chi fosse atto ad informar Vostra Beatitudine con ogni sincerità
e pietà dello stato presente e dei bisogni di questa congregatione, anco per promuoverla
con quel spirito che v’ha bisogno nell’officio del generale, non vedo alcuno più atto del
padre che gli nominerà Monsignor Speciani per parte mia, che è quello stesso che ha
tenuto proposito con Vostra Beatitudine quando ero a Roma ultimamente, il qual padre
oltre l’esser ben nato, è stato anco in opinione di vita innocentissima, è stato in officio
provinciale, di prudenza religiosa e non mondana e di bellissime lettere, specialmente di
antichità e disciplina ecclesiastica, di che Ella potrà havere ragionando seco 181.

El jesuita que debía salir elegido, tal y como se refería Borromeo, y a quien mon-
señor Speciani debía notificar su nombre al Papa, era el P. Francesco Adorno 182, su
gran confidente y director espiritual; pero si esta opción no fuera de la satisfacción
del Pontífice, el cardenal se apresuraba a informar a Speciani del nombre de aquellos
padres a quienes no se debía confiar el Generalato:
(P. Adorno) il quale parte hoggi per Roma eletto da questa provincia per trovarsi
alla congregatione generale e desidero grandemente che parli lungamente con Nostro
Signore che può giovar anco alli bisogni di questa Chiesa. Con questa sarà anco un’altra
lettera a Sua Santità che le scrivo in credenza del padre Adorno, la quale darete in
mano del detto padre subito che sarà arrivato, acciò se ne possa servire come per mezzo
et introduzione di Sua Beatitudine e con questo modo parrà più tosto che egli vada per
conto delle cose di questa chiesa e si darà meno ombra ai suoi padri. In tutti i casi sento
che si fugga l’elettione del padre Oliverio (Manareo) e del padre Aquaviva e quando

180 F. RURALE: “La Compagnia di Gesù tra riforme...”, op. cit., p. 32.
181 ARSI: Congr. 20 b I, De rebus Congregationis I-V, f. 279r-v.
182G. ORESTE: “Adorno, Francesco”, op. cit., DBI I, pp. 293-295; C. PELLEGRINI: “San
Carlo ed i gesuiti”, op. cit., pp. 164-166.

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non sia in esso Adorno, allora preferirei il padre Benedetto (Palmio) a quelli altri che sono
qui, che sono in consideratione; qual padre Benedetto procurati in ogni modo che Sua
Santità chiami et ascolti pienamente 183.

Borromeo conocía antes de la elección el nombre de los dos posibles candidatos


al Generalato, que quería que el Pontífice descartase, estos eran, los padres Olivier
Manare y Claudio Aquaviva 184. El primero era el vicario general, por lo tanto
tenía muchas posibilidades para ser el próximo General. El P. Manare era de ori-
gen flamenco y entró en la Compañía de mano del P. Mercuriano en 1546. Cuando
Mercuriano fue nombrado visitador de Francia, en 1569, con la misión de unificar
las normas particulares de los colegios, tuvo que dejarla sin terminar por mar-
charse a Roma, confiando la tarea de efectuar las reformas al P. Manare, provincial
de Francia. Mercuriano también confió plenamente en este jesuita cuando fue
nombrado general, al nombrarle Asistente de Alemania 185. La aversión de Bo-
rromeo a Manare venía de la mano del P. Benedetto Palmio, quien le había criti-
cado en numerosas ocasiones por no ser más selectivo a la hora de admitir jóvenes
al noviciado. Se quejaba Palmio que del noviciado de Loreto, del que fue rector
Manare de 1554 a 1563, sólo salían ineptos a la Compañía por la poca selección
que se hacía de los jóvenes, sin ser capaz Manare de discernir a los mejores can-
didatos para la Orden 186.
Por otra parte, el origen del rechazo de Borromeo a la elección de Aquaviva
(quien durante la Congregación era el provincial de Roma), procedía de cuando
Aquaviva era provincial de Nápoles y suscitó el enfado del cardenal al impedir
la marcha de algunos jesuitas para dar comienzo al seminario de Milán, trope-
zando por este motivo con el rigor del cardenal, celoso de sus prerrogativas en
el arzobispado 187.

183 ARSI: Congr. 20 b 1, De rebus Congregationis I-V, f. 280v.


184 F. RURALE: “La Compagnia di Gesù tra riforme...”, op. cit., p. 35.
185 F. CLAEYS: “Une visite canonique des maisons de la Compagnie de Jésus en Belgique,
1603-1604”, Bulletin de l’Institut historique belge de Rome 7 (1927), pp. 5-116; F. VAN ORTROY:
“Saint Ignace et le P. O. Manare”, Analecta Bollandiana 32 (1913), pp. 278-295.
186 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... Il Governo, op. cit., III,
p. 386.
187 ARSI: Neap. 2, Epp. Generalium, f. 233r; A. GUERRA: Un general fra le milizie del
Papa. La vita di Claudio Aquaviva..., op. cit., p. 88.

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Capítulo III

Finalmente, durante la Cuarta Congregación General salió elegido como nuevo


General el P. Claudio Aquaviva, cuya elección, de nuevo, trató de contentar a unos
y otros, pues el nuevo General elegido era el primer italiano que gobernaba la Com-
pañía, no obstante, era de Nápoles, lo que debía satisfacer a los jesuitas castellanos,
pues Aquaviva también era vasallo de Felipe II. Sin embargo, Aquaviva no era del
grupo de “reformadores” italianos bajo la órbita de Borromeo, de ahí el enfado
del P. Adorno y el intento frustrado por parte de Borromeo para tratar de evitar su
elección. Con el tiempo, una vez gobernada la Compañía por el general Aquaviva,
éste se encargaría de disolver a los líderes del grupo de jesuitas “reformadores”;
por ejemplo, el P. Palmio dejó de ser Asistente de Italia y no volvió a ejercer de su-
perior, siendo enviado a Ferrara donde murió en 1598. Otro destacado, el P. Adorno,
continuó por poco tiempo a la sombra del cardenal Borromeo, pues el prelado fa-
llecía en 1584, y a los dos años moría el P. Adorno en Génova, su tierra natal. Cier-
tamente, la muerte de Borromeo hizo que el grupo de jesuitas “reformadores”
perdiera vigor e influencia en el gobierno de la Compañía.

EL FINAL DE LOS JESUITAS “REFORMADORES”:


EL P. ACHILLE GAGLIARDI

El grupo de jesuitas italianos en la década de los 90 se encontraba muy debili-


tado por varios motivos: en primer lugar por el alejamiento de los jesuitas líderes
del grupo, los padres Palmio y Adorno, que no consiguieron elegir como nuevo
General a un jesuita de su grupo, en segundo lugar, por la actitud controladora del
general Aquaviva, mucho más efectiva que la de Mercuriano, a la hora de acallar a
este grupo de jesuitas italianos, y por último, por la muerte, en 1584, del gran pro-
tector de estos jesuitas “reformadores”, el cardenal Carlos Borromeo. No obstante,
aprovecharon la Congregación extraordinaria de 1593-1594, como último recurso
para reformar espiritualmente a la Compañía. Esta vez, contaban con el apoyo del
cardenal Francisco de Toledo, quien instigó a Clemente VIII para que obligase al
general Aquaviva a celebrar la congregación. El cardenal jesuita tenía la idea de re-
formar la Compañía acorde a la espiritualidad radical de los jesuitas “reformado-
res”. Para comprender la necesidad que el cardenal Toledo tenía para convocar la
congregación jesuita, es preciso estudiar su trayectoria como protector del grupo
de “reformadores”. El P. Francisco de Toledo había nacido en Córdoba, en el seno

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La influencia de los movimientos reformistas italianos...

de una familia hebrea 188. En 1559, a los pocos años de haber ingresado en la Com-
pañía, se marchó a Roma como profesor del Colegio Romano. Desde entonces, y
dada su buena relación con los Pontífices, se mantuvo siempre vinculado a la Curia
papal. Diversos estudios ponen de relieve el importante papel que jugó el P. Toledo
en la aceptación por parte de Clemente VIII de la conversión de Enrique IV, for-
mando parte de la congregación para los asuntos con Francia, fundada tras el ase-
sinato de Enrique III. Así, el nombramiento de cardenal del P. Toledo vendría
determinado por la necesidad del Papa de proveerse de fieles colaboradores que
entrasen a formar parte de la congregación de los asuntos franceses. En este sentido,
el diplomático francés, el cardenal Arnaud d’Ossat, aseguraba que la absolución del
monarca francés fue debida, en gran medida, a las gestiones del cardenal Toledo 189.
Del mismo modo que Clemente VIII confió en el jesuita Antonio Possevino para
comenzar las negociaciones con París 190. Ciertamente, el grupo de jesuitas “re-
formadores” apoyaba la conversión de Enrique IV, del mismo modo que lo hizo el
cardenal Toledo y el propio reformador florentino, Felipe Neri. Podría resultar
contradictorio que el P. Toledo, siendo de origen hispano, apoyara la conversión
del monarca francés. Sin embargo, su descendencia hebrea, y su temprano traslado
a Roma en 1559, por los mismos años que los letrados castellanos gobernaban la
monarquía hispana, con la intransigencia de la ortodoxia religiosa impuesta por el
Inquisidor General Fernando de Valdés, permiten confirmar su oposición a los in-
tereses de los ministros castellanos de Felipe II 191. Esto también explicaría la buena

188 Antonio Possevino se quejaba al general Aquaviva por la imposición de los estatutos

de limpieza en la Compañía, pues ni el propio Pontífice, cabeza de la Cristiandad, había


discriminado por cuestión de linaje, recordando el caso del P. Francisco de Toledo, que
siendo de ascendencia judía, fue elevado a cardenal (J. P. DONNELLY, S.I.: “Antonio
Possevino and Jesuits of Jewish Ancestry”, AHSI 55 [1986], p. 12).
189 M. A. VISCEGLIA: “Las ceremonias como competición política entre las Monarquías

francesa y española en la Roma del siglo XVII”, en M. A. VISCEGLIA: Guerra, Diplomacia y


Etiqueta en la Corte de los Papas (siglos XVI-XVII), Madrid: Polifemo, 2010, p. 102; M. T.
FATTORI: Clemente VIII e il sacro collegio (1592-1605), Stuttgart: Anton Hiersemanu, 2004, p. 42.
190 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa
del Rey, op. cit., I, p. 48.
191Sobre la biografía del P. Francisco de Toledo consultar M. MORALEJO ORTEGA:
“Una nota manuscrita de Francisco de Toledo S.I. sobre la construcción de la Iglesia de Il
Gesù”, Archivo Español de Arte 76 (2003), pp. 170-171.

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Capítulo III

acogida que Toledo encontró en la Curia romana y su rápido ascenso dentro de


ella. La buena relación que mantenía el P. Toledo con los jesuitas “reformadores”,
especialmente con aquellos que destacaban como predicadores, se constata por un
documento del P. Toledo, que escribió en 1576, en el que describía las ceremonias
de Il Gesù, y señalaba que “ci cominció a predicar il padre Benedetto Giustiniano,
giovane di circa 30 anni, valente certo, et il giorno dopo vespro il padre Benedetto Pal-
mio, vecchio e valoroso” 192. Dos años más tarde, era el P. Toledo quien conseguía,
el 6 de julio, una audiencia ante Gregorio XIII para que un grupo de profesores
del Colegio Romano liderado por el P. Benedetto Palmio (en ese momento Asis-
tente de Italia) se quejaran del modo de gobernar la Compañía que tenía el general
Mercuriano. Los profesores implicados eran los padres Achille Gagliardi (profesor
de teología escolástica y prefecto de estudios), Giovanni Pietro Maffei (de retórica)
y Benedetto Giustiniani (también profesor en el mismo colegio). Finalmente, la
pericia del General al persuadir al Papa impidió cualquier intervención en contra
de su mandato, al mismo tiempo que le sirvió a Mercuriano para comprender que
el P. Toledo, tan apreciado por Gregorio XIII, se había convertido en el protector
de este grupo de jesuitas italianos “reformadores” 193. En esta misma línea actuó
el cardenal Toledo en 1592, cuando defendió, a toda costa, las obras escritas por el
P. Achille Gagliardi tendentes a la “mística”, pues ambos compartían la misma es-
piritualidad, en contra de la dirección espiritual del general Aquaviva 194. El interés
del cardenal Toledo por este grupo de jesuitas “reformadores”, vendría a confirmar
el apoyo del cardenal jesuita a los intentos de reforma de este grupo de religiosos
que vieron en la congregación extraordinaria de 1593-1594, su última oportunidad
de cambiar la dirección espiritual de la Orden.
Para comprender toda la estratagema de los jesuitas “reformadores”, es preciso
conocer la biografía de su protagonista; el P. Achille Gagliardi. Entró en la Com-
pañía de Jesús al mismo tiempo que el P. Possevino –según escribía este último–
por el efecto que provocaron en ellos los sermones del P. Benedetto Palmio. Además,
en 1578, Gagliardi, junto con otros compañeros, se había quejado directamente al

192
BAV, Barb. Lat. 5377, f. 20r. Citado por M. MORALEJO ORTEGA: “Una nota
manuscrita de Francisco de Toledo...”, op. cit., p. 176.
193 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., pp. 79-80.
194 A. MALENA: L’eresia dei perfetti. Inquisizione romana ed esperienze mistiche nel
Seicento italiano, Roma: Edizioni di Storia e Letteratura, 2003, p. 295.

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Pontífice del mal gobierno de Mercuriano, por lo que fue reprendido por el Ge-
neral y alejado de Roma, marchándose a Padua. Por esos años llegó a oídos de Bo-
rromeo la fama espiritual y la gran piedad del P. Gagliardi, quien se encontraba
en Turín con el duque de Saboya Emanuele Filiberto que difícilmente le dejaría
partir. Efectivamente, cuando Borromeo se dirigió al duque para que enviase al
jesuita, Emanuele se justificó ante Mercuriano, consiguiendo del General la per-
manencia en Saboya del P. Gagliardi 195. No obstante, en 1580, a la muerte del
duque, el P. Gagliardi abandonaba la corte sabauda para marcharse a Milán bajo
las órdenes de Borromeo, quien lo acogió en su diócesis y lo protegió a pesar de
la desconfianza de los generales Mercuriano y Aquaviva sobre el jesuita.
En Milán, Gagliardi se hizo popular por dirigir espiritualmente a una dama
milanesa muy devota, doña Isabella Berinzaga, de gran misticismo. Se convirtió
en confesor de esta mujer desde que, el 13 de diciembre de 1583, fue nombrado
Prepósito de la casa profesa de S. Fedele. Ya desde 1579, la relación de Isabella
con la Compañía en S. Fedele era muy estrecha, por ello, Mercuriano pidió al
portugués P. Sebastião de Morais, en su visita a los colegios, que se informase
bien de lo que ocurría con esta dama y la Compañía en Milán 196. No obstante,
el P. Morais habiendo realizado un examen de su vida, escribió al General para
tranquilizarle porque el caso no estaba provocando desvíos en la espiritualidad
de los jesuitas que la confesaban. En esta suavidad de Mercuriano con la dama y
los jesuitas de S. Fedele, influyó mucho la postura del cardenal Carlos Borromeo,
quien conocía a Isabella y a su familia, al intervenir años antes para que excarce-
laran a un tío de la joven, recluido por el gobernador español 197. Cuando Ga-
gliardi comenzó a confesar a la dama con bastante frecuencia, éste empezó a
escribir opúsculos en los que describía las revelaciones y visiones que Isabella
experimentaba en sus oraciones y en sus éxtasis, y, en vez de corregir esta espi-
ritualidad exacerbada, Gagliardi la dirigía compartiendo los mismos sentimientos
de recogimiento y misticismo que embargaban a la dama. Pronto los escritos de
Gagliardi empezaron a ser juzgados como sospechosos y poco ortodoxos, por lo

195 F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., p. 140.


196 M. VILLER, S.I.: “L’Abrégé de la Perfection de la Dame Milanaise”, Revue
d’ascétique et mystique 12 (1931), pp. 44-89.
197 P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese...”, op. cit., pp. 1-72.

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Capítulo III

que fueron enviados a Roma para ser revisados. Los encargados de revisar los tex-
tos de Gagliardi fueron el P. Francisco de Toledo, el P. Stefano Tucci, el P. Gia-
como Tyrius y el P. Agostino Giustiniani. Los escritos examinados fueron Della
Vita di Madonna Isabella, Dei misteri di Christo, Della divinità e Della perfetione, y
en ninguno –declaraba el P. Toledo– se encontró doctrina para ser condenada, es
más, sobre el Breve Compendio della perfettione christiana, afirmaba el P. Toledo
con gran admiración de la obra que era “dottrina conforme all’Evangelio” 198. Pre-
cisamente en el Breve Compendio Gagliardi describía y analizaba las vivencias mís-
ticas de Berinzaga, y se hablaba de la “quietud pasiva” y de la “suspensión de
todas las actividades del alma” hasta el momento en que Dios la elevaba a pura
unión.
No obstante, tras esta revisión, el general Aquaviva enviaba, en 1588, a un
visitador para que le informase de la espiritualidad del P. Gagliardi. Para esta
misión fue enviado el P. Lorenzo Maggio, quien había sido nombrado Asistente
de Italia por Aquaviva, sustituyendo al P. Palmio en este cargo, por haber favo-
recido a la Compañía en el Imperio gracias a su buena relación con la Emperatriz
María. No obstante, Maggio también era del grupo de “reformadores” aunque
siempre estuvo ocupado en el Imperio, por lo que, en estos años, en los que el
grupo era liderado por Palmio y Adorno no colaboró con ellos, aunque sí com-
partió su misma espiritualidad. La visita del P. Maggio a Milán tuvo lugar entre
junio y octubre de 1588, por las denuncias anónimas que le llegaron al General
contra la poca ortodoxia de Isabella y su confesor. Con este motivo, Aquaviva le
entregaba una instrucción en la que debía examinar si en la devoción de la dama
encontraba cualquier cosa dudosa o que hiciera pensar en novedad, y si era así,
convenía que la dama se acomodase a una espiritualidad más segura, y en caso
de que el confesor tuviera alguna duda sobre la espiritualidad de esta dama, avi-
sase de inmediato al Pontífice como cabeza visible de la Iglesia 199. Aunque el P.
Maggio declaró formalmente que todo estaba bien con la dama, que gozaba de
gran virtud al igual que Gagliardi, y que todo habían sido calumnias, Aquaviva
continuó sin ver con buenos ojos la cercanía del jesuita a la mística de la joven.
El control de Aquaviva sobre este caso era mucho más eficaz que el de Mercuriano,

198 A. MALENA: L’eresia dei perfetti..., op. cit., p. 295.


199 ARSI: Mediol. 20, f. 13. Aquaviva a Lorenzo Maggio, 30 de julio de 1588.

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pues Borromeo ya no estaba para obstaculizar su intervención en Milán. Por ello,


en 1589, Aquaviva enviaba a Gagliardi una orden para moderar las visitas del je-
suita a la dama, que debían ser menos frecuentes sin que se notara demasiado
este alejamiento del jesuita 200.
Parecía que, con esta orden, el problema para Aquaviva quedaba solucionado,
pero no fue así. Cuando el general Aquaviva se vio obligado a convocar la Con-
gregación General extraordinaria de 1593-1594, a la que debían acudir los prin-
cipales superiores jesuitas, el General prohibía la participación de Gagliardi,
debido a las nuevas acusaciones que se levantaron contra él y la dama milanesa.
En ese preciso momento, Gagliardi se reunió en Milán con “un padre grave, de-
voto et molto amico dell’Istituto”, que no era de la provincia de Milán pero que
estaba de paso, sin dar a conocer su nombre en la documentación, para pedirle
su colaboración, en riguroso secreto, para urdir una estratagema aprovechando
la Congregación, de modo que se hiciera efectiva la deseada transformación es-
piritual de la Compañía. Merece la pena presentar aquí la carta de Gagliardi en
la que, a posteriori, relataba este polémico episodio al general Aquaviva para ex-
culparse ante éste. Estuvieron implicados más de sesenta jesuitas italianos que
buscaban una reforma espiritual de la Compañía, habiendo elegido como nuevo
líder del grupo al P. Gagliardi, cuya espiritualidad radical era el modelo, a ojos
de este grupo de jesuitas, que debía seguir toda la Orden y no la practicidad es-
piritual que estaban imponiendo Mercuriano y Aquaviva. Además, la tensa rela-
ción entre el General y Gagliardi por el tema de la dama milanesa, hacía pensar
a los jesuitas reformadores que Gagliardi aceptaría ser el líder del grupo. El P.
Gagliardi explicaba en su carta a Aquavivia:
Mi disse adonque –señalaba Gagliardi sobre el jesuita que se reunió con él en
Milán– ch’egli mi faceva intendere a nome di più di sessanta Padri della Compagnia
di qualità, massime in bontà et in zelo del bene della Compagnia, assai eminenti, oltre
altri doni loro, et che ogn’uno di questi aveva tirato seco molti altri et dentro et fuori
della Compagnia, che erano risoluti, vedendo la gran perdita et ruina di spirito et la
difficoltà di universale riforma, di attenderci loro con altri molti, et che comuni
consensi havevano fatta elettione di me per capo di tal impresa, sì perchè le mie cose
et fatiche sopra li Essercitii et Instituto in pratica gli riuscivano molto et gli piacevano

200 ARSI: Mediol. 21, f. 17r. Carta del General al P. Achille Gagliardi, 2 de septiembre
de 1589.

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Capítulo III

assai, sì perchè sapevano chè la Paternità Vostra chiaramente mostrava con chiari
segni di sentir poco bene di me (...) et tal zelo et libertà, da altri presa in male, haveva
mosso loro a fidarsi di me e sperar per mio mezzo d’haver il loro intento 201.

Continuaba su carta el P. Gagliardi, explicando a Aquaviva que la principal fi-


nalidad de este grupo de jesuitas “reformadores” era la de cambiar el Instituto, a
una forma más rigurosa y atendiendo más al espíritu y la oración como habían
hecho otras familias religiosas 202. Su respuesta ante la solicitud de convertirse en
líder del grupo, como lo habían sido con anterioridad el P. Palmio o el P. Adorno,
ya apartados del poder –el P. Palmio estaba retirado en Ferrara y el P. Adorno fa-
lleció, en 1586, a los dos años del cardenal Borromeo– fue negativa, pues el férreo
y riguroso gobierno de Aquaviva no habría dado lugar a ninguna reforma espiritual
de la Compañía. Consciente de ello, Gagliardi se negó a ser el líder y a no prota-
gonizar ninguna agitación, como tenían pensado efectuar los jesuitas “reformado-
res” durante la Congregación extraordinaria de 1594 203.
No obstante, no parece que con el programa de reforma espiritual que este
grupo de jesuitas presentaba a Gagliardi, intentaran un acto cismático dentro de
la Orden, ni refutar la legitimidad del P. Aquaviva en el gobierno de la Compañía,

201 ARSI: Ital. 161, ff. 194r. Milán, 6 de julio de 1594.


202 Gagliardi al General:
Io prima di risponder cercai di cavar più in chiaro il loro pretesto; et trovai che
veramente loro solamente bramavano di poter attendere allo spirito secondo l’Istituto puro,
et non impediti como erano hora, allegando molte difficoltà et molto occorrenti secondo lo
stato di presente; et che così molti seguitariano, come in altre religioni, anzi quasi in tutte si
è fatto. Movendo io il dubbio di scisma per cavar anco più, intesi che non pretendevano nè
impugnare Vostra Paternità, nè uscir con querele o intrichi simili, anzi mostrarsene lontani:
ma solo dimandar spirito, osservanza et modo et comodità di questo, et che havevano il modo
di mostrare chiaro i mancamenti grandi in ciò, poichè è cosa notoria, et con giuramenti et
interrogationi se ne verria in certeza (Ibidem, ff. 194r-195r).
203 Su arrepentimiento:
Discendendo al particolare, scopri che non erano risoluti, nè premevano in ciò, se non che
fariano quel che a me pareva bene, o vero a chi toccasse per autorità dar loco a tal riforma;
et questo fu quanto io ho potuto cavarne. Io feci oratione sopra di ciò senza parlarne con
anima vivente, et imprimis cominciai a mostrar, ch’io ero unito con Vostra Paternità, et che
non ci era occasione niuna ch’io sapessi di mala sodisfattione, et mi stesi molto in dichiarare
dal canto mio, quello che è verissimo, quanto io sia lontano da ogni disgusto o altro simil
affetto; et di più dal canto di Vostra Paternità, che io pensavo il medesimo et mi pareva
haverne molti segni (Ibidem).

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sino que más bien, se debe entender como una de las últimas tentativas por parte
de este grupo de jesuitas, aprovechando la Congregación extraordinaria, que
debía servir para mostrar al General su disconformidad por la línea espiritual
que estaba llevando la Orden.
La respuesta que dio el P. Gagliardi a la petición fue, según se desprende de
la misma carta más adelante, negativa, es más, según el propio Gagliardi éste
trató de persuadir al resto de jesuitas “reformadores” de que Aquaviva, con el
tiempo, satisfaría sus peticiones 204.
Del estudio del P. Pietro Pirri sobre el P. Gagliardi se vislumbra que, entre los
destacados de esta conjura, estaban el P. Gian Pietro Maffei, quien ya se había
quejado en 1578 al Pontífice Gregorio XIII junto al P. Gagliardi y al P. Benedetto
Giustiniani por el mal gobierno de Mercuriano, y también destacaba el P. Antonio
Possevino como otro de los implicados. Es probable, según el estudio del P. Pirri,
que Maffei fuera el jesuita anónimo que se reunión con Gagliardi, porque se ates-
tigua que en ese momento se marchó Maffei a Milán, y trató de persuadirle para
encabezar el movimiento, pues este jesuita mantenía una estrecha amistad con
Gagliardi 205. En cuanto a la reforma de las órdenes de la que hablaban estos je-
suitas italianos, hay una carta del secretario Ximenez al P. Gagliardi, fechada el
29 de agosto de 1592, en la que le informaba de la postura del general Aquaviva
ante los intentos de reformar la Compañía hacia una espiritualidad más radical
con menores tintes de pragmatismo 206:
La Compagnia non s’intromette in queste riforme, ma piuttosto procura di servire
humilmente la Maestà divina secondo il suo istituto et di cooperare nella salute delle
anime a tanti altri religiosi antichi e moderni et servi di Dio. Aggiungerò a V. R. che
questi motivi di S. S. sono molti vecchi, per lo zelo che sempre ha tenuto delle Religioni
et per l’esperienza che per il passato ha havuto di quelle. Oltre che di presente non le

204 Señalaba Gagliardi:


Dissi che se a me credevano, dovevano anco pigliar per consiglio di sperar l’universale
riforma, poichè vi era così urgente occasione nella Congregatione Generale (…) Ed in vero
potè tanto il mio dire et questa speranza che mi promisero di acquietarsi, como hanno fatto:
et io pigliai il tutto in solito secreto, quale ho osservato come dovevo (Ibidem, f. 194v).
205 M. VILLER, S.I.: “L’Abrégé de la Perfection de la Dame Milanaise”, op. cit., pp. 80-84.
206 H. BREMOND: Histoire Littéraire du sentiment religieux en France. Le Procès des
mystiques, Paris: Librairie Bloud et Gay, 1933, XI, pp. 14-16; M. VILLER, S.I.: “L’Abrégé de
la Perfection de la Dame Milanaise”, op. cit., pp. 82-86.

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Capítulo III

mancano altri maggiori principii di grande autorità, che suggeriscono et aiutano questi
suoi pensieri 207.

Una vez celebrada la Congregación extraordinaria, que duró del 13 de noviem-


bre de 1593 al 18 enero 1594, el P. Gagliardi confesó a Aquaviva la trama urdida
por los jesuitas “reformadores”. Aunque la reunión se cerró con el fracaso de los
“reformadores”, dado que no hubo reforma, éstos continuaron lamentándose del
gobierno de Aquaviva, por no dar opción a una reforma espiritual de la Compañía
como el resto de órdenes religiosas habían experimentado. De nuevo, los jesuitas
acudieron a Gagliardi, tal y como explicaba Gagliardi al general Aquaviva en la
carta fechada el 6 de julio de 1594, esta vez, enfadados por no conseguir reformar
la Compañía durante la Congregación extraordinaria. Se excusaba Gagliardi ante
Aquaviva de que él se mostró de nuevo, en esta ocasión, obediente al General y no
hizo caso de los intereses particulares de estos jesuitas italianos 208.
Resulta claro que, de nuevo, tras la Congregación, fue el P. Giovanni Pietro
Maffei quien se volvió a reunir con Gagliardi en el verano de 1594, cuando se
alojó en la casa profesa de S. Fedele. Maffei venía de Siena y se encaminaba hacia
Milán para tratar de convencer a Gagliardi de que participara en el movimiento
de los “reformadores”. Sin embargo, paralelamente, el P. Girolamo Barisone, rec-
tor del colegio de Siena y gran confidente de Aquaviva, descubrió las intenciones
de Maffei y lo acusó ante el General. Según el rector Barisone, Maffei llevaba

207 ARSI: Mediol. 21, f. 395.


208 Hora dopo il fine della Congregatione mi tornano a molestar con dir che non si è risoluto
niente di ciò (che essi bramavano, cioè la riforma dello spirito) et che siamo “sicut erat”; et
io ho replicato grandissimo bene di Vostra Paternità et speranza grande che attenderà a gusto
loro a far di gran bene: et vo così differendo total risposta et trattenendo alla meglio, ma con
grande difficoltà, perchè stimano che la paternità Vostra et habbi et stimi di haver tali
impedimenti che non uscirà alla chiara a far sì che loro habbino il loro intento, se non
spingono con qualche motivo straordinario quale è questo che vanno meditando. Ecco tutto il
caso: et la Paternità Vostra sappia che dal canto mio ho fatto et farò tutto il possibile per
mostrarmi pienamente unito con lei et che lei anco lo sia meco, et in ciò io mostrerò, mediante
la divina gratia, quanto ogni mio interesse particolar mi sia in abominatione, dove veggo un
pericolo di animi tanti che stanno per disunirsi. Ricorro a lei: le fo saper tutto quello ch’io
posso: è necessario che niuna persona vivente sappia questo, se non lei, et che non ne dia
minimo segno, perchè altrimenti tengo per fermo, che ogni cenno che scoprissero di ciò, li farìa
risolver in quello che alla fine daria gran fastidio a Vostra Paternità, alla Compagnia, et non
senza scandalo (ARSI: Ital. 161, ff. 194v-195r. Carta de Gagliardi a Aquaviva, 6 de julio
de 1594).

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tiempo urdiendo una trama y quería que Gagliardi le apoyara. Para Barisone, el
principal propósito de Maffei habría sido el de llevar al Pontífice una carta en la
que el jesuita aseguraba que la Congregación extraordinaria serviría para dividir
aún más la Compañía por culpa del General. Asimismo, se quejaba de la perpe-
tuidad del Generalato y de que en la Compañía era necesaria una reforma espiri-
tual más radical porque:
I mezzi che conducono all’acquisto del nostro fine, si devono mutare conformi ai
tempi, et s’il Nostro Padre Ignazio fosse hoggi vivo, ne mutarebbe molti, perchè
vedrebbe ch’altrimenti la Compagnia va in rovina, con suo grande vituperio et dishonor
di Dio 209.
Junto a este documento del P. Girolamo Barisone en el que informaba a Aqua-
viva de las intenciones de Maffei y de su grupo, el rector Barisone envió una serie
de cartas a Roma sobre Maffei, fechadas el 19 y 27 de diciembre de 1593 y el 11 de
enero de 1594, en las que informaba al general Aquaviva de que “Il Padre (Maffei)
discorrendo seco diceva che se la sua fattione potesse prevalere, si farebbe una bella
riforma” 210.
Tras la reunión de Maffei y Gagliardi en Milán, en el verano de 1594, el P.
Gagliardi enviaba una carta al General, el 5 de octubre, en la que se mostraba fiel
hijo de Aquaviva, arrepentido, y asegurándole que no formaba parte de los jesuitas
“reformadores”. En la misma carta, advertía al General que la facción de los “re-
formadores” había crecido de sesenta a más de cien, por lo que el malestar con
Aquaviva había aumentado tras la Congregación extraordinaria. Según Gagliardi,
el grupo de “reformadores” era de la opinión de que el General no realizaría nin-
guna renovación espiritual, y si realizaba algún cambio sería por mera apariencia,
por lo que estaban resueltos a acudir a Clemente VIII a quien tocaba el remedio.
Es preciso tener en cuenta el favor de este Pontífice a las órdenes reformadas,
como por ejemplo a la corriente descalzo-recoleta, reformas de origen hispano,
que había encontrado en Clemente VIII un gran protector. De la misma forma que
este Pontífice favorecía a las congregaciones de presbíteros surgidas durante el
siglo XVI en Italia, como fueron los Oratorianos o Barnabitas, que compartían una

209 ARSI: Ital. 161, f. 186r.


210 ARSI: Ital. 161, ff. 178r-179r (Siena, 19 de diciembre de 1593), ff. 182r-182v (Siena,
27 de diciembre de 1593), ff. 184r-185v (Siena, 11 de enero de 1594).

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Capítulo III

espiritualidad radical que sirvió para renovar las costumbres cristianas. Gagliardi
añadía que si este movimiento jesuítico para reformar la Orden seguía adelante,
querían contar con él, para tratar de convencer a Clemente VIII de las necesidades
de la Compañía, sin embargo, él no traicionaría al General si esto ocurriese, sino
que le escribiría para “prevenire et aiutare il negotio, come le parrà meglio” 211.
Una vez acabada la Congregación, descubierta esta confabulación, Aquaviva
no dudó en castigar a los promotores de este grupo, incluido al P. Gagliardi. El
14 de diciembre de 1594, el P. Gagliardi era sustituido en el gobierno de la casa
profesa de Milán por el P. Giovanni Francesco Vipera. De noche, de forma ines-
perada, le llegaba a Gagliardi la orden del General de que debía abandonar inme-
diatamente Milán para marcharse a Cremona, y de allí sería reconducido a Brescia,
con la excusa de la falta de operarios en dicho lugar 212. Sin embargo, el gobernador
de Milán, don Juan Fernández de Velasco, condestable de Castilla y León, y su
mujer, la duquesa de Frías, nobles del partido “ebolista” se opusieron rotunda-
mente a la partida de Gagliardi, obstaculizando la orden de Aquaviva 213. Ante
la oposición, el General prefirió no enfrentarse al gobernador, avisando a Ga-
gliardi que podía permanecer durante un tiempo más en Milán. No obstante,
Gagliardi decidió marcharse a Cremona, para no desobedecer, no sin antes ame-
nazar a Aquaviva, el 29 de diciembre de 1594, de que todo Milán estaba en contra
del General por esta decisión y que esta oscura salida repercutiría en la imagen

211 ARSI: Ital. 161, f. 194. Gagliardi a Aquaviva. Milán 5 de octubre de 1594. Aquaviva

escribió a tergo: “Tratta della materia di certi Zelatori. Risposi di mia mano”.
212 Hor hora, di notte, per via del P. Provinciale ricevo due di Vostra Paternità et rispondo
che con ogni prontezza mi partirò per Cremona quanto prima, per aspettar lì, in quella
città, quanto prima, licenza da Vostra Paternità di trasferirmi a Brescia, dov’è
grandissimo bisogno d’operarii et a me con molto gusto non mancherà che fare. Quanto al
signor Contestabile, la Paternità Vostra mi perdoni, ch’io non sono obbligato a quello che
non si può, cioè a farlo restar sodisfatto: il che non sta in me, et massime a dar ad intendere
ad un par suo ch’io parti senza volontà et ordine de miei Superiori: et essendo così di fresco
chiaro che Vostra Paternità mi ordinava la partenza, come potrà persuadersi che sia senza
ordine suo? Et se io le parlo in qualsivoglia maniera, come non farà subito ogni cosa per
impedirmi? (ARSI: Ital. 161, f. 214r. Gagliardi a Aquaviva, Milán 14 de diciembre de
1594).
213F. RURALE: “Clemente VIII, i gesuiti e la controversia giurisdizionale milanese”, en
G. SIGNOROTTO y M. A. VISCEGLIA (eds.): La corte di Roma nel Cinque e Seicento..., op. cit.,
pp. 323-366.

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de la Compañía. Asimismo, aseguraba Gagliardi que el Condestable permanecía


en Milán muy irritado con Aquaviva 214.
El provincial de Milán, el P. Bernardino Rosignoli, también escribió a Aqua-
viva advirtiéndole del enfado del gobernador y de las críticas que se levantaron
en Milán por la partida de Gagliardi, con todo, Aquaviva veía necesario el aleja-
miento del jesuita de Milán por creer que la dama Isabella estaba influyendo en
él y en la espiritualidad de la Compañía. Por ello, contestaba Aquaviva al provin-
cial que Gagliardi no debía regresar a Milán a pesar del revuelo “e sarà bene tagliar
una volta questo capo: perchè saria pericolosa cosa che, con questo trattar con Madonna
Isabella delle cose nostre, un giorno non si facesse là alcun scisma” 215. Pasados pocos
meses en Cremona, ocupado en escritos espirituales, el P. Gagliardi se arrepentía
ante Aquaviva, quien, por su parte, quiso ganarse al P. Gagliardi nombrándole
rector del colegio de Brescia (1595-1599) y después prepósito de la casa profesa
de Venecia (1599-1606).
En cuanto a los otros jesuitas “reformadores” que seguían al P. Maffei y al P.
Gagliardi, escribía Aquaviva al provincial de Milán:
Degli altri poi s’anderà di man’in mano dando rimedio, e spero che, con la
diligenza e destrezza che V. R. ci usarà, si leveranno queste radici di scissure, che non
possono generare se non mali effetti nella Compagnia, se si lasciano crescere 216.

214 Mi scrive il signor Presidente che tutto Milano ne mormora, che da molti si attribuisce
tutto alla Compagnia, che questo è con infinita pena di tutti et massime de’buoni. Mi
scrive il Contestabile una lettera lunga et di suo pugno, nella quale attesta coram Deo il
mio ben portarmi, l’amor che più che mai mi porta, e la sodisfattione in tutto: lauda il mio
partire, ma con Vostra Paternità mostra tal risentimento e tanto grave, ch’io non oso
scriverlo (…) Il rimedio unico a me pare che sia il ritorno a Milano, con mostrar di esser
stato qui per pochi giorni per il negotio del futuro collegio, e mi dà il cuore di placare
iterum il Signor Contestabile, subito acquietar ogni rumore (ARSI: Ital. 161, f. 217v).
También el Principe Giacomo Boncompagni, Duca di Sora en Milán, se opuso a la salida
de Gagliardi, tuvo que escribirle Aquaviva para persuadirle. Gagaliardi a Aquaviva, Cremona,
29 de diciembre de 1594 (P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese...”, op. cit., pp. 16-
21).
215ARSI: Ital. 71, Epp. Generalium (1586-1606), f. 86r. Aquaviva al P. Rosignoli, 20 de
enero de 1595.
216 ARSI: Ital. 71, f. 88v. Aquaviva al P. Rosignoli, provincial de Milán, 5 de agosto de 1595.

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CAPÍTULO IV

LOS PROBLEMAS DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN ESPAÑA:


OBEDIENCIA AL REY O AL PONTÍFICE

Mientras que en los territorios italianos las corrientes reformadoras influían


en la Compañía de Jesús, teniendo Aquaviva que intervenir en numerosas oca-
siones para mantener unidos a sus miembros, en la Monarquía hispana la situa-
ción era aún más complicada. Un buen número de jesuitas de las provincias de
Toledo y Castilla desobedecían al Pontífice y al General de la Compañía por se-
guir las directrices –religiosas y políticas– que Felipe II estaba imponiendo en
sus reinos a la hora de configurar la Monarquía hispana, lo que a punto estuvo
de crear una escisión en la Orden jesuita.

LA CORTE DE FELIPE II
Y SU REPERCUSIÓN EN LA EVOLUCIÓN DE LA COMPAÑÍA

El 8 de septiembre de 1559, Felipe II regresaba a Valladolid, donde residía la


corte, del viaje que iniciara cinco años antes con motivo de su matrimonio con
María Tudor 1. La situación religiosa que había dejado en aquellos territorios no
era nada tanquilizadora. Durante el quinquenio que permaneció en el norte de

1 L. CABRERA DE CÓRDOBA: Historia de Felipe II..., op. cit., I, p. 23. Sobre los autos de fe
de Valladolid de 1559, M. MENÉNDEZ PELAYO: Historia de los heterodoxos españoles, Madrid:
BAC, 1978, I, pp. 930-966; J. ALONSO BURGOS: El luteranismo en Castilla durante el siglo XVI.
Los autos de fe en Valladolid de 21 de mayo a 8 de octubre de 1559, Madrid: Swan, 1983, pp. 60-
110; E. AMEZAGA: Auto de fe en Valladolid, Bilbao: Gráficas Ellacuria, 1966, pp. 489-525. La
relación de los autos de fe de Sevilla y Valladolid se encuentra en AGS, Estado, leg. 129, nº 110-
112 y leg. 137, nº 2 y 4.

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Capítulo IV

Europa, repartiendo su tiempo de estancia entre Flandes e Inglaterra, había ob-


servado con admiración que las corrientes religiosas reformadas avanzaban cada
día más a pesar de los esfuerzos por reprimirlas.
La restauración religiosa inglesa había terminado en fracaso dada la esterili-
dad de la reina, lo que cerraba el paso a una sucesión que garantizase esta precaria
reconversión 2. Por otra parte, el cardenal Pole, auténtico baluarte del catolicismo
inglés, había caído en desgracia ante Paulo IV, viéndose privado de sus facultades
extraordinarias de legado pontificio, al mismo tiempo que era llamado a Roma
con el fin de someterlo a un proceso inquisitorial por heterodoxia, proceso que
no llegó a realizarse por la muerte del prelado 3. Por lo que se refiere a Flandes,
desde 1551 al menos, venían produciéndose sospechosas reuniones de estudian-
tes hispanos en la universidad de Lovaina, en las que trataban cuestiones teoló-
gicas poco ortodoxas. Así se deduce de las delaciones realizadas a la inquisición
de Sevilla en 1558 por el dominico fray Baltasar Pérez, quien había permanecido
varios años en aquellas tierras 4.
En 1555, Felipe II había pasado a Flandes recibiendo de manos de su padre
las coronas de los diferentes reinos que le dejaba en herencia. Dos años después,
llamaba a Carranza –que se encontraba en Londres ocupado en la conversión de
los ingleses– para que estuviera junto a él y le pusiera al día de la situación reli-
giosa de Flandes. Durante el tiempo que el monarca estuvo ausente de Bruselas,

2 Una de las causas principales por las que se realizó el matrimonio con la reina de
Inglaterra fue la reconversión al catolicismo de todo el reino: “que principalmente pretende y
tiene de santo son los propósitos y fines que apunta, enderesçados en seruicio de Dios nuestro
señor y augmento de su santa fe” (AGS, Estado, leg. 169). E. PACHECO Y DE LEIVA: “Grave error
político de Carlos I haciendo la boda de Felipe II con doña María, reina de Inglaterra”, RABM
42 (1921), p. 65; J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Bartolomé Carranza y la restauración católica
inglesa (1553-1558)”, Anthologica Annua 12 (1964), pp. 159-282; J. I. TELLECHEA IDÍGORAS:
Fray Bartolomé Carranza y el cardenal Pole. Un navarro en la restauración católica de Inglaterra
(1554-1558), Pamplona: Diputación Foral de Navarra-Institución Príncipe de Viana-CSIC,
1977.
3 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Bartolomé Carranza en Flandes. El clima religioso en los
Países Bajos (1557-1558)”, en E. ISERLOH y K. REPGEN (eds.): Reformata reformanda. Festgabe
für Hubert Jedin zum 17 Juni 1965, Münster: Verlag Aschendorff, 1965, II, pp. 317-318.
4 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Españoles en Lovaina en 1551-1558. Primeras noticias
sobre el bayanismo”, Revista Española de Teología 23 (1963), pp. 21-45; P. D. LAGOMARSINO:
Court Factions and the Formulation of Spanish Policy..., op. cit., pp. 39-57.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

ocupado en la guerra contra Francia, Carranza se percató del grave problema re-
ligioso que existía en Flandes. El decano de la universidad de Lovaina, Ruardo
Tapper, le había informado de las corrientes heréticas que, desde hacía pocos
años, habían surgido en dicha universidad aprovechando su ausencia por estar
ocupado en el concilio de Trento y el flojo castigo que se les había impuesto a
sus seguidores 5. Asimismo, le comunicó el ininterrumpido comercio de libros
heréticos que traían desde Alemania y la conexión que existía con los herejes des-
cubiertos en Sevilla por aquellas fechas. Ante tan alarmante situación, Felipe II,
una vez acabada la guerra contra Francia, ordenó que se hicieran mayores dili-
gencias para descubrir toda la trama. Dado que su vuelta a Castilla era inminente,
dejó a fieles agentes que le informaran puntualmente de la evolución religiosa
de estos territorios 6. Pero por si todo ello fuera poco, unos meses antes de su par-
tida, llegaron a sus oídos rumores de la heterodoxia del Catecismo que había pu-
blicado fray Bartolomé de Carranza en 1557, su gran amigo, a quien él había
elegido como arzobispo de Toledo, así como del surgimiento de focos luteranos
en Sevilla y Valladolid.
Desde el mismo momento en que heredó los reinos que le dejó su padre, el
Rey Prudente se encontró con la doble tarea de –por una parte– articular tan
extensos y heterogéneos territorios dentro de una Monarquía y –por otra– im-
plantar la confesión católica que adoptó como religión de la dinastía. Sin duda
ninguna, el proceso de confesionalización que Felipe II inició a partir de 1560, le
sirvió para configurar institucional e ideológicamente la Monarquía hispana. En
este proceso, la Inquisición se convirtió en la institución que controlaba el grado
de asimilación del catolicismo por parte de la sociedad. De esta manera, para
ocupar cargos de la Monarquía o de la Iglesia, ya no solo se exigió la limpieza de
sangre al estilo tradicional (esto es, no tener ascendencia judía o morisca), sino

5 Se refería a las doctrinas de Miguel Bayo. Trata el tema M. ROCA: “El problema de
los orígenes y evolución del pensamiento teológico de Miguel Bayo”, Anthologica Annua 5
(1957), pp. 417-492; M. ROCA: “Documentos inéditos en torno a Miguel Bayo (1560-1582)”,
Anthologica Annua 1 (1953), pp. 303-476.
6 P. D. LAGOMARSINO: Court Factions and the Formulation of Spanish Policy..., op. cit.,
p. 49, cita a fray Lorenzo de Villavicencio y Alonso del Canto. Sobre las actividades de
Alonso del Canto: IVDJ, Envío 37, nº 6. La correspondencia en la que estos personajes
transmitían los peligros de la herejía en los Países Bajos a Felipe II y Francisco de Eraso en
AGS, Estado, leg. 523, nº 52-53, 56-61; leg. 526, nº 95-96, 100-101, 125; leg. 529, nº 33.

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Capítulo IV

no poseer descendientes procesados por la Inquisición en cualquier herejía 7; se


exigía estar integrados dentro de la ideología católica “hispana”. Fue así como el
grupo de letrados castellanos, de los que se valió el monarca para construir tan
ambicioso proyecto, impuso su interpretación del dogma católico, de las prácticas
religiosas y de su vivencia espiritual, que guardaba gran similitud –al menos ex-
ternamente– con los ideales cristianos y los valores sociales de la élite que, durante
el siglo XV, empujó a los monarcas a excluir a los “cristianos nuevos” de los cargos
públicos y a instaurar la Inquisición 8.
Desde el punto de vista político, Felipe II necesitaba configurar en una Mo-
narquía todos los reinos y territorios que había heredado de su padre, lo que re-
quería una administración centralizada y eficaz. Esta intención llevó a designar
a Diego de Espinosa, “hombre nuevo”, como presidente del consejo de Castilla,
saltándose los cauces ordinarios del nombramiento 9. Hasta la forma de despachar
con el rey resultaba completamente nueva incluso para los de la Cámara 10. Dado
que faltaban unas estructuras administrativas comunes para gobernar todos los
reinos y territorios que componían la Monarquía de Felipe II, Espinosa tuvo que
crear una cohesionada red de patronazgo. Para ello se valió de un conjunto de
letrados, que había ido conociendo desde su etapa de estudiante en Salamanca y
posteriormente en todos los cargos que había ocupado, con quienes compartía
sus mismos ideales religiosos, intereses políticos y procedencia social (élites ur-
banas castellanas). Esta manera de gobernar caracterizó la primera mitad del rei-
nado de Felipe II, que ha pasado a la historia como ejemplo de autoritarismo,
centralización y eficacia, de lo cual ya fueron conscientes los mismos coetáneos.
Una subordinación y obediencia tan completas como las que exigía Espinosa, no
podían ser cumplidas de buena gana por la nobleza, sino por los letrados, lo que

7 AHN, Inquisición, lib. 249, ff. 225r-226v. Cédula real a todos los inquisidores para
que “que hagan ejecutar en las penas de la pragmática que tratan de los que exercen oficios
públicos y de honra siendo inhábiles a los hijos de los hijos y nietos de reconciliados y condenados
por el Santo Officio de la Inquisición por delitos de heregía”.
8 J. MARTÍNEZ MILLÁN: La Inquisición española, Madrid: Alianza, 2009, pp. 35 y ss.
9 Esto parece deducirse de una nota de Mateo Vázquez al rey tratándole de informar
sobre la reglamentación y trámites del nombramiento del nuevo presidente del consejo de
Castilla. Madrid, 27 de octubre de 1572 (IVDJ, Envío 51, nº 11).
10 BL, Add. Mss. 28704, f. 14r.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

constituyó una de las características fundamentales del período: el “gobierno de


los letrados” 11.
Desde el punto de vista ideológico y religioso, la implantación de la confe-
sionalización católica requería una religiosidad fácil de contrastar con la ortodoxia
ideológica, lo que conllevaba una serie de actos externos que identificaran unos
valores y signos compartidos con la ortodoxia establecida por el poder; la espiri-
tualidad resultante era menos exigente a nivel interior, pero se fijaba más en el
cumplimiento de las normas exteriores, lo que lógicamente orientaba hacia una
espiritualidad ascética. En este sentido, la “espiritualidad intelectual” de la orden
de Santo Domingo, basada en los principios tradicionales (vida de oración, de
estudio, observancia regular y apostolado), se adecuaba con bastante exactitud a
las pretensiones de este grupo, frente a la espiritualidad más íntima y personal,
con fuerte tendencia hacia la mística, que practicaban o defendían los miembros
del partido “ebolista”. Después de Trento, la homogeneización ideológica que
impuso Felipe II con el fin de crear la Monarquía hispana, para lo que se sirvió
de los letrados castellanos, propició la revitalización de los estatutos de pureza de
sangre. Los miembros del denominado partido “castellano”, que colaboraron
activamente en la configuración política de la Monarquía de Felipe II defendieron
la limpieza de sangre, al mismo tiempo que buscaron la legitimación de la Mo-
narquía filipina en los visigodos 12. Esta justificación de la actuación política a
través de la religión, que practicó Felipe II, provocó que, con frecuencia, los in-
tereses políticos del monarca no coincidiesen con los de Roma, por lo que los
enfrentamientos con el Pontífice fueron continuos durante su reinado.
En estas circunstancias, la evolución de la Compañía de Jesús dentro de la corte
hispana entró en una evidente contradicción: por una parte, la religiosidad que
pretendía implantar Felipe II era diferente de la defendida por la Compañía de
Jesús y de la que practicaban los sectores sociales que la apoyaban. Por otra parte,
los miembros que habían fundado la Compañía habían jurado una obediencia di-
recta e inquebrantable al Pontífice, mientras que el Rey Prudente quería subordi-
nar los ideales religiosos a su actuación política, por lo que los enfrentamientos y

11 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “En busca de la ortodoxia: el Inquisidor General Diego de


Espinosa”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Felipe II, op. cit., pp. 189-228.
12 J. M. DEL ESTAL: “Culto de Felipe II a San Hermenegildo”, La ciudad de Dios 77
(1961), pp. 523-531.

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Capítulo IV

problemas entre el nuevo equipo de gobierno de la Monarquía y los dirigentes de la


Compañía no tardaron en aparecer. La ausencia de fundaciones de colegios y casas
profesas durante la década de 1570 (vide la relación de fundaciones del segundo ca-
pítulo) confirman esta deducción. Los “letrados castellanos” responsables de la po-
lítica confesional de Felipe II intentaron por todos los medios que la Compañía se
sometiera a la reforma que el monarca estaba llevando a cabo en todas las órdenes
religiosas de sus reinos y, por su parte, los dirigentes de la Compañía en Roma se
negaban en rotundo alegando que estaban bajo la jurisdicción directa del Pontífice.
En esta difícil coyuntura, comenzaron a aparecer diversos memoriales de crítica, di-
rigidos a Roma, en los que se proponía cambiar los estatutos y organización de la
propia Compañía. Aunque se han interpretado de maneras distintas, sin duda nin-
guna, eran el reflejo de un temor de que la orden podía ser perjudicada ante la evo-
lución política que la Monarquía estaba tomando, de ahí, que propusieran un cambio
en sus estatutos y una adaptación a los intereses o proyectos de las élites castellanas
que diseñaban la nueva Monarquía. Los autores de los memoriales son conocidos
(Dionisio Vázquez, Francisco Abreu, Gonzalo González, Enrique Enríquez, etc.) y
se les ha descalificado acusándolos de buscar el provecho propio y el ascenso social
en vez de mirar por el bien de la institución 13. Sin embargo, ninguno de ellos poseía
la autoridad moral y el prestigio social dentro de la Orden para proponer una medida
de tal envergadura. Pocos años después de que apareciesen los primeros memoriales,
el padre Gil González Dávila escribía una carta en la que le explicaba de dónde había
surgido este cisma en el seno de la Compañía. Para el ilustre jesuita:
El origen de este espíritu (cismático o separatista de Roma) hallo yo que haya
sido el padre Araoz, primer provincial de España, Comisario que fue (…). Este
padre, aun en tiempo del P. Ignacio, mostró siempre estar mal contento del
gobierno de Roma (…). Mas después que sucedió el P. Laínez en el generalato, se
declaró más esta su pretensión, declarando no contentalle cosa del Instituto,
pidiendo que el General no fuese perpetuo, que hubiese elecciones en España,
Capítulo General, para que se tratase lo que conviniese 14.

El padre García-Villoslada afirma que es posible que al final de su vida, el padre


Araoz se interesara sobre estos asuntos y escribiera algunos temas relacionados

13 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 99-122.
14 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 706; A. ASTRAIN, S.I.:
Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 100-102.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

con el gobierno de la Compañía y su reforma para consultarlos en Roma y que, a


su muerte, pasaran a manos de los autores de los memoriales, pero niega cualquier
“espíritu mal llamado cismático, o el excesivo españolismo de Araoz”, en palabras
de Astrain. Más bien parece que el padre Gil González Dávila estaba muy bien
informado y resulta lógico que Araoz se preocupara por el devenir de la Compañía
en España (después de haber tenido un arraigo fulgurante gracias a su trabajo y al
de otros compañeros) una vez que habían cambiado las circunstancias políticas en
Europa y dentro de la Monarquía. No debemos olvidar que Araoz estaba formado
en la Universidad de Salamanca y comprendía muy bien la mentalidad de los le-
trados castellanos que estaban configurando la Monarquía hispana de Felipe II.
Esto explicaría las acusaciones posteriores que se hicieron al padre Araoz de ha-
berse adaptado demasiado bien a la vida de la corte, acusándolo de practicar cos-
tumbres poco austeras de acuerdo con el espíritu de la Orden. No obstante, estas
acusaciones son negadas por la mayor parte de los jesuitas coetáneos 15, y en todo
caso, resultan baladíes, ya que lo que había tras la pretendida reforma de Araoz
era un intento de adaptación de la Compañía a la corte y una subordinación de
esta Orden a la política del Rey Prudente.

EL DESCONTENTO DE LOS JESUITAS CASTELLANOS


ANTE EL GOBIERNO DEMERCURIANO Y AQUAVIVA

A finales del siglo XVI, la forma más eficaz que el Papado encontró para que
la Compañía se mantuviera fiel a sus intereses, tal y como proyectaron los funda-
dores de la Orden, fue su intervención en las elecciones a nuevo General. Con la
elección de Mercuriano en 1573, quien salió elegido por deseo expreso del pontífice
Gregorio XIII, la Compañía inauguraba un periodo nuevo: rompía la estela de ge-
nerales de origen hispano (Loyola-Laínez-Borja) y comenzaba el relevo en la cú-
pula de la Orden, que pasaba a manos de jesuitas italianos, la mayoría educados
en el colegio romano, bajo la protección del Pontífice. Es preciso explicar más en
detalle la transformación que estaba experimentando el gobierno de la Compañía
a través del reemplazo de superiores hispanos por italianos. Ciertamente, una de

15 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 697-705; A. ASTRAIN,


S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., II, pp. 483-488.

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Capítulo IV

las primeras acciones del recién elegido Mercuriano que contó con el beneplácito
de Gregorio XIII, fue la nueva reestructuración llevada a cabo en los cargos diri-
gentes de la Compañía, por la cual, muchos jesuitas hispanos que venían desem-
peñando cargos superiores en el extranjero fueron obligados a regresar a las
provincias jesuitas hispanas, en muchos casos, sin volver a ejercer nunca más ofi-
cios de responsabilidad en el conjunto de la Orden. Seguramente el caso de los
superiores hispanos en las provincias italianas fue el más representativo para com-
prender estos cambios. Desde la fundación de la Compañía, los generales ante-
riores a Mercuriano siempre se valieron de jesuitas españoles para gobernar las
provincias y los colegios italianos 16. Ya en tiempos del Tercer General, el P. Fran-
cisco de Borja (1565-1572), se quejaban muchos jesuitas italianos, tanto escolares
como padres, del rigor con que gobernaban los españoles y la dureza de su estilo
“hispano” a la hora de dirigir los colegios. A la vez que reclamaban la presencia
de superiores naturales de las provincias italianas. A pesar de ello, el P. Borja nunca
prescindió de los jesuitas españoles para ocupar cargos superiores en el extranjero.
Tan sólo en los casos más críticos y de mayor repercusión, aquellos en los que las
quejas por parte de los jesuitas italianos hacia un rector hispano eran continuas,
el general Borja amonestaba al superior y si no cesaba en rigor, optaba por cambiar
al rector hispano a otro colegio italiano, pero manteniéndole en el mismo cargo.
Sin embargo, esta situación varió por completo durante el generalato de Mercu-
riano. Cuando en 1572 falleció el tercer general, Francisco de Borja, de los cuatro
provinciales de Italia, tres eran de origen hispano: el cordobés Alonso Ruiz (pro-
vincial de Roma), el valenciano Jerónimo Doménech (Sicilia) y el toledano Alfonso
Salmerón (Nápoles) 17. El primero de ellos, el P. Alonso Ruiz, era destituido de su
cargo en Roma y enviado por orden de Mercuriano como rector del colegio de
Granada en 1574, ante las continuas quejas de los jesuitas italianos por su rigo-
rismo a la hora de gobernar 18. Años más tarde, en 1580, el General se determinaba

16 J. W. PADBERG, S.I.: “The Third General Congregation”, op. cit., p. 50.


17 P. Juan DE SANTIBÁÑEZ: Historia de la provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús,
op. cit., Parte II; libro I, p. 530.
18 Para su biografía, C. M. ABAD: “Los PP. Juan de la Plaza y Alfonso Ruiz, de la
Compañía de Jesús. Algunos de sus escritos espirituales”, Miscelánea Comillas 29 (1958), pp.
203-224.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

a enviar al P. Ruiz al Perú, donde falleció en Arequipa en 1599 19. Por su parte,
el P. Doménech, era destituido de su cargo en la primavera de 1576, regresando
a Valencia como rector del colegio jesuita. En su lugar, Mercuriano nombraba
como provincial de Sicilia al napolitano Giulio Fazio 20. Por último, el P. Salme-
rón, dejaba el provincialato napolitano en abril de 1576, y era sustituido por el
rector de Nápoles, el joven napolitano Claudio Aquaviva (futuro quinto general
de la Orden), quien supo imponer en Nápoles las costumbres y disciplina de su
experiencia como superior en Roma 21. El 15 de agosto de 1576, el P. Bobadilla,
consciente de la repercusión que podrían traer estos cambios, aconsejaban al ge-
neral Mercuriano que recordase hacer “venir altri di Hespagna in Ytalia che è cosa
molto neccessaria” 22.
Diversos rectores hispanos de los colegios italianos corrieron la misma for-
tuna que estos tres provinciales. Las quejas hacia el rigor de los superiores es-
pañoles se multiplicaron aprovechando el mandato del belga Mercuriano. Si bien
es cierto que durante el generalato de Laínez y Borja también existieron críticas,
nunca dichos generales se plantearon remover a los jesuitas hispanos de los te-
rritorios italianos por la dureza con que gobernaban los colegios. Este fue el caso
del valenciano P. Jerónimo Rubiols cuando era rector del colegio de Florencia
en 1570. En el primer año de rectorado del P. Rubiols en el colegio toscano, el
general Borja recibió fuertes quejas por su forma de dirigir el colegio, por lo que
decidió cambiarlo al colegio de Siena, manteniendo su cargo de rector. Un jesuita
del colegio florentino, el P. Marco Pelatia, se lamentaba por carta al General de
que:

19 P. Juan DE SANTIBÁÑEZ: Historia de la provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús,


op. cit., Parte II; libro I, p. 530; M. SCADUTO, S. I.: “Catalogo dei Gesuiti d’Italia (1540-
1565)”, Subsidia Ad Historiam S. I. num. 7, Roma: Institutum Historicum S.I., 1968, p. 132.
20 M. ZANFREDINI: “Fazio, Giulio”, en C. E. O’NEILL, S.I., y J. M. DOMÍNGUEZ, S.I.,
(dirs.): Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús. Biográfico-temático, Madrid, 2001, II, p.
1384.
21 MHSI: Epistolae P. Alphonsi Salmeronis, Madrid, 1907. Carta del general Mercuriano
al P. Salmerón. Roma, 10 de marzo de 1576, pp. 642-643; A. GUERRA: Un general fra le
milizie del Papa. La vita di Claudio Aquaviva..., op. cit., p. 48.
22 MHSI: Bobadillae Monumenta, Madrid, 1913, p. 533. Carta del P. Nicolás Bobadilla
al general Mercuriano. Nola, 15 de agosto de 1576.

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Capítulo IV

se non si muta non so se potrò sopportare lo star sotto goberno del P. Rubiols con
officio, perché le cose non vanno come doveriano andare. El ministro a patto alcuno
non lo voglio fare; sotto di lui gli altri office mal voluntieri 23.

Durante el generalato de Mercuriano, por tanto, en las provincias italianas el


panorama dirigente de la Orden cambió, colocando en los altos cargos preferen-
temente a jesuitas italianos, fieles al gobierno de Mercuriano. Baste de ejemplo
el relevo del P. Diego Suárez (natural de Guadalajara), rector de Messina, que
fue enviado en misión al Perú, desembarcando en Lima el 31 de mayo de 1575.
Junto a éste, viajó hacia el Perú en la misma expedición, el P. Baltasar Piñas (de
Lérida) 24 que había sido superintendente de los colegios de Cerdeña y fundador
de los colegios de Sassari (1562) y Cagliari (1564) 25. También era apartado el P.
Juan de Montoya (de Sigüenza) 26, que había sido visitador y provincial de Sicilia
(1566-1571), y había sido muy criticado en los colegios italianos por la severidad
con que ejerció su cargo 27, y el P. Juan de la Plaza (de Soria) 28, quien también
había sido reprendido varias veces por el general Borja por su dureza a la hora

23 El P. Marco Pelatia, 16 de junio de 1570. M. SCADUTO, S.I.: L’opera di Francesco

Borgia..., op. cit., p. 214.


24 P. BADASSARE PINYES (Piñas), en M. SCADUTO, S. I.: “Catalogo dei Gesuiti

d’Italia...”, op. cit., p. 117.


25 E. FERNÁNDEZ: “Los años europeos del P. Baltasar Piñas”, AHSI 53 (Roma 1984),

pp. 85-136.
26 M. SCADUTO, S. I.: “Catalogo dei Gesuiti d’Italia...”, op. cit., p. 102.
27 Señalaba el P. Montoya siendo provincial, tras visitar la provincia de Sicilia, que en la
isla:
E vi è gente che dopo aver studiato a spese dei collegi, se ne va o è mandata fuori; in fondo
fuona gente, che, se vedesse il castigo del carcere, sarebbe più guardinga e più ferma nella
vocazione. Il ritardo nella visita di questi primi collegi spero possa esser motivo di abbreviare
quella degli altri (Fragmento extraído de M. SCADUTO, S.I.: L’opera di Francesco
Borgia..., op. cit., p. 222).
Vide M. A. LEWIS, S.J., y J. D. SELWYN: “Jesuit Activity in Southern Italy under Mercurian”,
en T. M. MCCOOG, S.J. (ed.): The Mercurian Project..., op. cit., p. 532.
28 Fue nombrado visitador del Perú en 1574, pasó luego a Méjico donde fue de nuevo

visitador, después provincial y padre espiritual. C. M. ABAD: “El P. Juan de la Plaza. Su vida
y escritos”, Miscelánea Comillas 29 (1958), pp. 111-201; M. RUIZ JURADO, S.I.: “Orígenes
del noviciado en la Compañía de Jesús”, Bibliotheca Instituti Hisotirici S.I. vol. 42, Roma:
IHSI, 1980, pp. 165-166 y 183-187.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

de tratar con los escolares. Otro jesuita, el aragonés P. Antonio Ramiro, perma-
neció en Nápoles, donde había sido rector y profesor de teología, hasta que re-
gresó como rector de Toledo por mandato de Mercuriano en 1573. Como se ha
podido analizar, la elección de Mercuriano supuso el alejamiento de varios je-
suitas reprendidos por su estilo “hispano”, que, según Ribadeneyra, molestaba
al resto de provincias 29. En su lugar, el General situaba en sus cartas a jesuitas
naturales de Italia 30.
De los casos mostrados hasta el momento se deduce que las provincias italia-
nas que más problemas acumularon a la hora de sustituir a los superiores hispa-
nos fueron las de Nápoles y Sicilia, y fue precisamente en estas provincias, en
las que el General puso mayor atención y cuidado en remover a superiores je-
suitas. Esta situación tiene fácil respuesta si se tiene en cuenta la hegemonía his-
pana sobre el sur de Italia. Señalaba el P. Scaduto en su estudio sobre la historia
de la Compañía de Jesús en Italia que “era convinzione in alcuni ambienti che per
far andare avanti le cose di Sicilia occorreva preporvi spagnoli” 31. En este sentido,
resulta muy significativa la petición del P. Bobadilla al General sucesor, el P. Clau-
dio Aquaviva, cuando, en 1581, le escribió una carta para solicitarle la venida de
padres de otras naciones –se deduce que se refiere a la Monarquía hispana– que
gobernasen la provincia siciliana. Y todo ello, el P. Bobadilla lo enmarca como
parte del proyecto de Mercuriano:
La mutatione de’ soggetti, che V. R. mi scrive ch’hebbe già in disegno il P.
Everardo di Santa Memoria, credo sarà necessaria per aiuto di cotesta provincia,
rimandandone però costà d’altre nationi; et insieme utile alla carità per la
communicatione 32.
Podría atribuirse estos cambios en la cúpula italiana a la tendencia del General
belga por situar en los puestos relevantes a jesuitas naturales de cada nación en

29 M. FOIS, S.J.: “Everard Mercurian”, en T. M. MCCOOG, S.J. (ed.): The Mercurian

Project..., op. cit., p. 25.


30 M. A. LEWIS, S.J., y J. D. SELWYN: “Jesuit Activity in Southern Italy...”, op. cit., p.
536.
31 M. SCADUTO, S.I.: L’opera di Francesco Borgia..., op. cit., p. 78.
32 MHSI: Bobadillae Monumenta, Madrid, 1913. Carta del P. Nicolás Bobadilla al P.
Aquaviva sobre la provincia de Sicilia. Roma, 18 de noviembre de 1581, p. 544.

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Capítulo IV

la que ejercen sus cargos como superiores. Sin embargo, esta hipótesis no parece
encajar adecuadamente, si se tiene en cuenta las quejas de los italianos hacia los
superiores hispanos y lo que es más interesante, si se analiza la falta de obediencia
al General de los superiores hispanos a su vuelta a España 33. Y es que las reper-
cusiones a estos relevos en la cúpula de la Orden no se hicieron esperar. Nume-
rosos padres que regresaron a España sin volver a ejercer cargos superiores,
acumularon un resentimiento hacia el General, su modo de administrar la Com-
pañía, y la excesiva influencia que los Pontífices ejercían sobre el General.
Para tratar de controlar a los descontentos, en 1577, el P. Mercuriano nombró
cuatro superiores para que visitasen las provincias jesuitas de España y contro-
lasen a los jesuitas inquietos. Todos ellos padres de su confianza. Lógicamente,
el envío de visitadores a las provincias hispanas debe ser interpretado como una
forma de vigilar que el proceso de reestructuración de los cargos superiores se
efectuase sin obstáculos. Para visitar la provincia de Castilla eligió al P. Diego de
Avellaneda, para la de Andalucía al P. García de Alarcón, para la de Aragón al P.
Baltasar Álvarez de Aragón y para la de Toledo al P. Antonio Ibáñez. El General
envió instrucciones a los visitadores del modo de proceder y las cuestiones que
debían ser solventadas. Al P. Ibáñez le encargó supervisar con mayor cuidado los
colegios de Alcalá, Madrid y sobre todo la Casa Profesa de Toledo, donde residían
los sujetos más importantes y de mayor edad de la provincia como eran los padres
Mariana, Ribadeneyra, Dionisio Vázquez, etc. El P. Ibáñez debía tratar de reme-
diar el malestar, ya que “algunos de estos Padres se muestran descontentos de
que no les pongan en cargos de gobierno” 34. Como reflejaba la siguiente carta
del P. Blas Rengifo, dirigida al General y fechada en Alcalá el 19 de mayo de 1579,
los antiguos superiores que habían sido apartados de sus cargos por mandato del
General flamenco, no se adaptaron a la nueva situación, ni a las transformaciones
que desde Roma se estaban ejecutando:
Con la poca luz que el Señor me dio, por mis pecados, persuádome mucho que
la comunicación de los dones y gracias espirituales, y paz y quietud de la provincia
y colegios y de los particulares, y en fin la comunicación e influjo de todo bien, no

33 Sobre la división de los miembros de la Compañía por estos años, M. CATTO: La


Compagnia divisa. Il dissenso nell’ordine gesuitico tra ‘500 e ‘600, Brescia: Morcelliana, 2009,
pp. 53-61.
34 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 79.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

nos vendrá sino mediante el amor y respetar y sentir bien y hablar bien del Superior
y obediencia, y esto no lo hay, sino muy totalmente lo contrario, y aúnanse estos
profesos y antiguos contra estas ordenaciones y modo de proceder del P. Visitador 35.

Fueron estos mismos jesuitas alejados del gobierno, quienes no obedecían al vi-
sitador enviado por Mercuriano, y pertenecían, en su mayoría, a las provincias de
Toledo y Castilla, los que comenzaron por estos años a escribir memoriales a la
corte y a la Inquisición para quejarse del gobierno del General 36. Todavía sin la re-
percusión y la buena acogida que posteriormente tuvieron por parte de la facción
“castellana” en la corte madrileña en tiempos del general Aquaviva. Analizando los
nombres de estos “memorialistas” se sabe que eran de la provincia jesuítica de Cas-
tilla y Toledo: Dionisio Vázquez, Manuel López, el Dr. Enriquez, Juan Osorio,
Santander, Gonzalo González, Gaspar Sánchez, Mariana, Luis de Mendoza, el
Dr. Ruiz y Ribadeneyra. Precisamente de las provincias más cercanas a la corte ma-
drileña y que más relación tenían con las élites castellanas y sus intereses 37.
La falta de obediencia provocaba un problema grave a la hora de nombrar su-
periores fieles al General en las provincias castellanas 38. La solución a este problema

35 AHPTSI: Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI-bis, Subcarpeta 2, Carta 30: Del P.
Blas Rengifo al general Mercuriano. Alcalá, 19 de mayo de 1579.
36 AHPT: Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, subcarpeta 7ª: Memorial original del P. Fco. de
Abreo. En el memorial que envió a la Inquisición el P. Francisco Abreo, uno de los jesuitas
descontentos, se señalaban los males de la Compañía al estar en manos de Generales extranjeros
(esto era, no hispanos), y se añadían los nombres de los superiores hispanos que se quejaban:
(…) En la provincia de Castilla Dionisio Vázquez, Manuel López, el Dr. Enriquez,
Juan Osorio, Santander, Gonzalo González, y en esta de Toledo Gaspar Sánchez,
Mariana, Luis de Mendoza, Dr. Ruiz y Ribadeneira.
37 Sobre la importancia de la obediencia en la Compañía, F. ALFIERI, C. FERLAN (eds.):

Avventure dell’obbedienza nella Compagnia di Gesù..., op. cit.


38 Informaba el P. Ibáñez al P. Mercuriano del problema de la falta de jesuitas fieles en

las provincias castellanas:


(…) Escribí mal un capítulo avisando a V. P. entre otras cosas que entonces escribí,
de la falta que en esta provincia hay de sujetos de quien se pueda confiar cargo; no sé
si queriendo decir eso, escribí que había falta de sujetos de confianza en esta provincia.
Por la bondad del Señor hay virtud y religión, y sé cierto que mi ánimo no fue decir
que hay falta de personas de confianza, sino falta de personas de quien se pueda confiar
cargo (AHPTSI: Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI-bis, Subcarpeta 2, Carta 37: del
P. Antonio Ibáñez a Mercuriano. Villarejo, 10 de agosto de 1579).

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Capítulo IV

de insubordinación se hizo más visible durante el generalato de Aquaviva al nombrar


como superiores de las provincias de Toledo y Castilla a jesuitas del resto de pro-
vincias, en su mayoría de la provincia de Aragón, que no se hallaban tan vinculados
a la corte madrileña ni compartían los intereses de las élites castellanas, con lo que
el General se aseguró jesuitas fieles a su persona en el gobierno de la Compañía 39.
No obstante, desde la corte, el partido castellano, consciente de esta transformación
en los puestos de mando de la Compañía, trató por todos los medios de obstaculizar
el gobierno de los jesuitas aragoneses en los colegios castellanos. Y para ello, llevó
a cabo una afanosa persecución inquisitorial contra los superiores aragoneses fieles
al general Aquaviva. De modo que, a finales de 1586 y principios de 1587, era de-
tenido un grupo de jesuitas agentes del General, que estaba imponiendo en las pro-
vincias y colegios de la Monarquía hispana los decretos de Roma, entre los que
destacaron los padres Antonio Marcén, provincial de Toledo, Francisco Labata,
rector de Salamanca y Jerónimo Ripalda, rector de Villagarcía. Sus detenciones fue-
ron de gran transcendencia en el interior de la Compañía, pues los tres superiores
tenían la característica común de ser aragoneses, no obstante, fueron detenidos por
no haber acudido a la Inquisición al conocer varios casos de solicitación, y encubrir
a una serie de jesuitas que hablaban de malas doctrinas.
El P. Fernando de Lucero, rector de diversos colegios de las Provincias de
Toledo y Andalucía, informaba en una carta al General:
Han notado los mismos Inquisidores con particularidad que los cuatro
reclusos son Aragoneses, diciendo que, como aquel reino es tan libre con sus
privilegios y fueros, se les pega á los naturales una libertad y independencia de
jurisdicción 40.

No sólo la Inquisición se hacía eco, también los jesuitas descontentos, como


es el caso de Enrique Enríquez, que se sentía enfadado con el General porque:
proveyó por Provincial de la Provincia de Toledo al Padre Antonio Marcén de
quien tenía gran confianza (…) proveyó por Rector de Salamanca al Padre

39 E. JIMÉNEZ PABLO: “La reestructuración de la Compañía de Jesús”, en J. MARTÍNEZ


MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I,
pp. 74-75.
40 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarperta 1ª, Inquisición, Leg. 36, Caja XVI: Carta del P.
Esteban Hojeda al General, Granada 31 de julio de 1587.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

Lavata, y por ventura al Padre Pedro de Villalva por Provincial de Castilla, todos
naturales de Aragón 41.

Esta cuestión resultaba fundamental para comprender el gobierno de Aquaviva


en España, y la transformación que se estaba produciendo. Analizando el lugar
de origen de los provinciales, rectores, superiores y prepósitos de las provincias de
Toledo y Castilla, nos damos cuenta que, en gran medida, el gobierno de estas dos
provincias estaba en manos de andaluces y sobre todo de aragoneses. Mientras que
las provincias de Aragón y Andalucía se gobernaban por naturales de estas tierras.
Y es que nombrar superiores aragoneses para las provincias castellanas no era ca-
sual, Aquaviva los prefería porque le daban muchos menos problemas a la hora de
administrar una provincia o un colegio, ya que no estaban tan enraizados a lo pu-
ramente hispano-castellano, ni tan dependientes de la corte. Las provincias jesuí-
ticas castellanas siempre resultaron más complicadas de gobernar desde Roma por
estar “a los ojos del Rey y de toda su Corte” 42. Asimismo, durante el generalato de
Aquaviva se reforzaron mucho más las provincias jesuíticas exteriores, es decir,
Aragón y Andalucía, que las interiores; las dos Castillas. Los colegios proliferaron
en estas provincias correspondientes a los reinos no castellanos, que daban muchos
menos problemas al General. Ambas provincias castellanas, por estar más cerca de
la corte madrileña, conectaron con ésta, tratando en todo momento de defender el
modelo político y religioso que el partido castellano defendía para la Monarquía
hispana. Mientras que Aragón y Andalucía, por su propia evolución socio-econó-
mica, buscaron un modelo político confederado en el que las élites de todos los
reinos pudieran participar en el gobierno de la Monarquía y en el que la espiritua-
lidad fuera distinta de la que sustentaba la política 43. Por ello, más que ninguna,
Aragón fue la provincia más favorecida durante el generalato de Aquaviva, con-
fiando a superiores aragoneses el gobierno de la provincia de Toledo y la de Castilla.

41 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 9ª, Leg. 13, 9, Caja III-bis: Memorial del P.
Enrique Enríquez a la Inquisición, 20 de octubre de 1586.
42 Así se señalaba en un memorial del P. Alonso Sánchez: AHPTSI, Fondo Astrain,
Subcarpeta 27ª, Leg. 13, 27, Caja III-bis: Algunos puntos de los cuales el P. Alonso Sanchez ha
de tratar con S. M. y con los demás que en su Corte y fuera de ella fuere necesario. Roma, 4 de
abril de 1592.
43 J. MARTÍNEZ MILLÁN y C. J. DE CARLOS MORALES (dirs.): Felipe II (1527-1598). La
configuración..., op. cit., pp. 133-147.

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Capítulo IV

A modo de ejemplo presento aquí los siguientes cuadros de tres colegios jesuitas
de la Provincia de Toledo (la casa profesa de Toledo, el colegio de Madrid y el de
Alcalá de Henares) en los que se puede observar que los prepósitos y rectores fue-
ron, en su mayoría, jesuitas aragoneses. Eran, precisamente, los tres colegios más
cercanos a la corte madrileña, lo que complicaba su gobierno por la cercanía a la
ideología y a los intereses de los ministros castellanos, consiguiendo, como ocurrió,
que muchos jesuitas de estos colegios colaborasen ideológicamente en la configu-
ración de la Monarquía.

1. CASA PROFESA DE TOLEDO

AÑOS DE FALLECIDOS
PREPÓSITO PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Juan Manuel (1584) Treviño- Calahorra Pr. 4 vot. (1566) 1586
P. Alonso Deza (1585-1588) Alcalá-Toledo Pr. 4 vot. (1568) 1589
P. Antonio Marcén (1589-1593) Tarazona-Aragón Pr. 4 vot. (1571) 1603
P. Diego de Avellaneda (1594-1597) Granada Pr. 4 vot. (1560) 1598
P. Antonio Ramiro (1598-1599) Calatayud-Tarazona Pr. 4 vot. (1588) 1609
P. Antonio Marcén (1600-1602) Tarazona-Aragón Pr. 4 vot. (1571) 1603
P. Juan García (1603-1604) Fuentepinillas-Osma Pr. 4 vot. (1589) –
P. Nicolás de Almazán (1605-1606) Valladolid-Palencia Pr. 4 vot. (1589) –
P. Esteban de Hojeda (1607-1610) Marchena-Sevilla Pr. 4 vot. (1583) 1614
Villamayor-Priorato
P. Gabriel de Vega (1611-1613) Pr. 4 vot. (1590) 1619
de Santiago
P. Alonso Carrillo (1614-1615) Alcalá-Toledo Pr. 4 vot. (1591) 1618
P. Francisco Porres (1617-1618) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Francisco Rodríguez (1619-1622) Aranda de Duero-Osma Pr. 4 vot. (1582) –
P. Pedro de Buiza (1622-1624) Medina de Rioseco-Palencia Pr. 4 vot. (1605) –

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

2. COLEGIO DE MADRID

AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Diego de Avellaneda (1580-1585) Granada Pr. 4 vot. (1560) 1598
P. Francisco de Porres (1586-1590) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Juan de Sigüenza (1591-1530) Sigüenza Pr. 4 vot. (1586) 1603
P. Juan García (1594-1597) Fuentepinillas-Osma Pr. 4 vot. (1589) –
P. Francisco Porres (1598-1600) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Esteban de Hojeda (1601-1603) Marchena-Sevilla Pr. 4 vot. (1583) 1614
P. Frco. de Benavides (1604-1606) Santisteban-Jaén Pr. 4 vot. (1589) 1607
Villamayor-Priorato
P. Gabriel de Vega (1607) Pr. 4 vot. (1590) 1619
de Santiago
P. Fernando de Lucero (1608-1611) Alfaro-Tarazona Pr. 4 vot. (1585) –
P. Francisco de Porres (1612-1615) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Luis de la Palma (1618-1621) Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Pedro de la Paz (1622) Ocaña-Toledo Pr. 4 vot. (1588) –

3. COLEGIO DE ALCALÁ DE HENARES

AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Alonso de Sandoval (1584-1586) Nájera-Calahorra Pr. 4 vot. (1568) –
P. Bartolomé
(1587-1588) Calatayud-Tarazona Pr. 4 vot. 1614
Pérez de Nueros
P. Fernando de Lucero (1589-1593) Alfaro-Tarazona Pr. 4 vot. (1585) –
P. Luis de Guzmán (1594) Osorno-Palencia Pr. 4 vot. (1571) 1605
P. Antonio de Castro (1595-1597) Oporto-Portugal Pr. 4 vot. (1572) 1604
P. Frco. de Benavides (1598-1600) Torrejón de Ardoz-Toledo Pr. 4 vot. (1589) 1607
P. Nicolás de Almazán (1601-1602) Valladolid-Palencia Pr. 4 vot. (1589) –
P. Fernando de Lucero (1603-1606) Alfaro-Tarazona Pr. 4 vot. (1585) –
P. Luis de la Palma (1607-1610) Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Alonso Carrillo (1611-1612) Alcalá-Toledo Pr. 4 vot. (1591) 1618

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Capítulo IV

3. COLEGIO DE ALCALÁ DE HENARES (Cont.)

AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Bartolomé
(1613-1614) Calatayud-Tarazona Pr. 4 vot. 1614
Pérez de Nueros
P. Francisco
(1619-1621) Fuentes-Sevilla Pr. 4 vot. (1603) –
de Robledillo
P. Francisco Aguado (1622) Torrejón de Ardoz-Toledo Pr. 4 vot. (1605) –

Sin embargo, si analizamos –por esos mismos años y dentro de las fronteras
de la provincia jesuita de Toledo– el ejemplo de colegios alejados del centro de
poder que representaba la corte madrileña, como pueden ser los colegios de Pla-
sencia, Huete o Belmonte, se puede confirmar que los rectores que gestionaban
estos colegios eran, en su mayoría, de tierras castellanas. Y es que eran colegios
a los que el general Aquaviva no le preocupaba tanto el origen de los superiores
pues la colaboración de estos jesuitas con ministros de la corte era prácticamente
nula, y a la inversa, la influencia de la corte era mucho menor, casi insignificante.

4. COLEGIO DE PLASENCIA
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Alonso de Montoya (1584-1587) Ocaña-Toledo Pr. 4 vot. (1571) 1590
P. Juan García (1588-1590) Fuentepinillas-Osma Pr. 4 vot. (1589) –
Villamayor-Priorato
P. Gabriel de Vega (1591-1593) Pr. 4 vot. (1590) 1619
de Santiago
P. Blas Sánchez (1594-1597) Meco-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1617
P. Pedro de Alarcón (1598-1599) Belmonte-Cuenca Pr. 4 vot. (1591) –
P. Manuel Arceo (1600-1603) Segovia Pr. 4 vot. (1599) 1620
P. Blas Sánchez (1604-1606) Meco-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1617
P. Luis Ramírez (1607-1609) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1620
P. Blas Sánchez (1610-1614) Meco-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1617
P. Alonso de Carrión (1615-1619) Toledo Pr. 4 vot. (1598) –
P. Diego de Peñalosa (1620-1622) Mondéjar-Toledo Pr. 4 vot. –

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

5. COLEGIO DE HUETE

AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Pedro de la Paz (1584-1587) Ocaña-Toledo Pr. 4 vot. (1588) –
P. Pedro de Alarcón (1588-1593) Belmonte-Cuenca Pr. 4 vot. (1591) –
P. Gaspar Sánchez (1594-1597) Ciempozuelos-Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Jerónimo de la Torre (1598-1600) Daimiel-Toledo Pr. 4 vot. (1592) 1621
P. Juan Ponce de León (1601-1603) Marchena-Sevilla Pr. 4 vot. (1599) 1606
P. Francisco Aguado (1604-1605) Torrejón de Ardoz-Toledo Pr. 4 vot. (1605) –
P. Bernardino
(1606-1607) Burgos Pr. 4 vot. (1595) 1608
de Velasco
P. Esteban Pérez (1608) Olivar-Toledo Pr. 4 vot. (1591) –
P. Diego de Ocampo* (1609-1611) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1603) –
P. Jerónimo Rodríguez* (1614-1615) Almagro-Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Miguel Pacheco (1616-1619) Oropesa-Ávila Pr. 4 vot. (1599) –
P. Juan Lucas Esquex (1620-1622) Zaragoza Pr. 4 vot. –

6. COLEGIO DE BELMONTE

AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Luis de Guzmán (1584-1588) Osorno-Palencia Pr. 4 vot. (1571) 1605
P. Rodrigo de Illanes (1589-1590) Huete-Cuenca Pr. 4 vot. (1588) 1594
P. Juan de Rojas (1590-1593) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1590) 1605
P. Manuel de Arceo (1594-1597) Segovia Pr. 4 vot. (1599) 1620
P. Fernández Mudarra (1598) Villarrubia-Toledo Pr. 4 vot. (1598) –
P. Fernando de Arce (1599-1600) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1598) 1608
P. Miguel Pacheco (1601-1603) Oropesa-Ávila Pr. 4 vot. (1599) –
P. Gaspar de la Cuadra (1604-1605) Toledo Pr. 4 vot. (1598) 1606
P. Pedro Fernández
(1606-1608) San Clemente-Cuenca Pr. 4 vot. (1595) –
Tribaldos
P. Martín Robles (1609-1612) Caravaca-Cartagena Pr. 4 vot. (1605) 1614

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Capítulo IV

6. COLEGIO DE BELMONTE (Cont.)

AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Antonio Prieto (1613-1615) Murcia-Cartagena Pr. 4 vot. (1611) 1617
P. Jerónimo Rodríguez (1616-1619) Almagro-Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Juan de Alvarado (1620-1622) San Mamés-Burgos Pr. 4 vot. (1618) –

Un memorial anónimo, de los muchos que le llegaron al Consejo de la Inquisi-


ción en 1588, escrito por un jesuita castellano resentido por la excesiva dependencia
de Roma del general Aquaviva, se refería a la estrategia de Aquaviva para mantener
como rectores y provincial perpetuos a los mismos jesuitas fieles a su gobierno:
Sin poner el pie en el suelo los cambian y truecan de una provincia en otra,
diciendo; el que acaba de ser cinco años provincial en Toledo, váyalo á ser luego a
Andalucía, y el que acaba en Andalucía váyalo á ser visitando las provincias, y el
de Aragón venga á Castilla á ser provincial, y el de Castilla, que es Marcén vaya á
ser provincial á Toledo y corte; y desta manera nos hacen justicia. Y si decimos; no
venga Marcén, que está denunciado al Santo Oficio, por eso le pondrán mejor,
como lo han hecho, y si chistamos más, nos amenazan y dicen, que no hay
obediencia ciega, la cual obediencia ciega temo, Señores, que ciega á los Nuestros
demasiado 44.

LOS JESUITAS “MEMORIALISTAS” Y SU UNIÓN AL PARTIDO CASTELLANO

Los jesuitas castellanos reacios al cambio de dirección de la Orden en manos


de un General extranjero, esto era, no hispano, manifestaron su disconformidad
a través de sus escritos. El célebre P. Juan de Mariana en su Discurso sobre la Com-
pañía señalaba que:
Por la violencia que usaron en la elección que pasó en el Padre General Everardo,
los ánimos quedaron muy adversos, tanto más que la nación española está
persuadida, que queda para siempre excluida del Generalato. Esta persuasión, sea

44 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 9ª, Leg. 13, 9, Caja III-bis: Memorial Anónimo
fechado en 1588.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

verdadera, sea falsa, no puede dejar de causar disgustos y desunión, tanto más que
esta Nación fundó la Compañía, la honró, la enseñó y aún sustentó largo tiempo
con su sustancia: punto que para la paz se debe remediar para adelante, so pena que
cada día podremos tener mayores disgustos, y revueltas 45.

Esta transformación en la naturaleza de la Orden, no fue sencilla de instaurar,


sino que chocó con una fuerte oposición en los reinos hispanos. Desde un princi-
pio, la resistencia provenía de aquellos jesuitas hispanos que, por la reorganización
de la cúpula dirigente iniciada por Mercuriano, fueron destituidos de sus cargos
de relevancia, acumulando un fuerte resentimiento hacia los generales extranjeros
–no hispanos– que gobernaban desde Roma 46. Por lo que estos jesuitas molestos
se dedicaron a enviar memoriales a la corte madrileña en los que reflejaban sus
quejas 47. A través de estos memoriales conocemos el nombre de los jesuitas de la
provincia de Castilla y de Toledo descontentos con el gobierno de Aquaviva por el
giro que estaba tomando la Compañía, dependiente de las directrices de Roma:
(…) Las cosas dichas y otras dependientes que hay dignas de remedio son notorias
y patentes en la Compañía y mayormente acerca de los que bien entienden y de ellas
se avra dado noticia por otras vias mas podranla dar también en la provincia de
Castilla Dionisio Vázquez, Manuel López, el Dr. Enriquez, Juan Osorio, Santander,
Gonzalo González, y en esta de Toledo Gaspar Sánchez, Mariana, Luis de
Mendoza, Dr. Ruiz y Ribadeneyra. Todos Padres profesos que an sido provinciales
prepósitos, rectores y otros muchos que se nombrarán siendo necesario 48.

Que los jesuitas molestos con Roma prefiriesen residir en los distintos colegios
o casas establecidos en las provincias jesuíticas de Castilla y de Toledo, se explica
por la cercanía a la corte madrileña, donde el grupo de poder que por entonces

45 Juan DE MARIANA: Discurso de las enfermedades de la Compañía, Madrid, 1768, p. 164.


46 Existe otra interpretación que defiende que los jesuitas “memorialistas” eran judeo-

conversos, J. PADBERG, S.J.: “Las Congregaciones Generales de la Antigua Compañía y su


entorno”, Revista de Espiritualidad Ignaciana 37/3 (2006), pp. 22-37; F. DE BORJA MEDINA,
S.J.: “Ignacio de Loyola y la limpieza de sangre”, en J. DE PLAZAOLA, S.J. (ed.): Ignacio de
Loyola y su Tiempo. Congreso Internacional de Historia (9-13 de septiembre 1991), Bilbao:
Mensajero, 1993, pp. 579-615.
47 J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 112; véase
también M. CATTO: La Compagnia divinsa..., op. cit.
48 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 7ª, Caja I: Francisco de Abreo. Papeles suyos o
dirigidos a él. 1591.

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Capítulo IV

administraba la Monarquía hispana –la década de los 80 del siglo XVI– denominado
“castellano” 49, se hizo eco de las continuas críticas recogidas en los memoriales.
Esta facción cortesana que protegía a los jesuitas molestos con el gobierno de Roma
estaba integrada, en su mayor parte, por las élites urbanas castellanas, cuyos des-
cendientes fueron educados en la teología escolástica de algún convento dominico
castellano o estudiaron leyes en la Universidad de Salamanca. Sin duda, el pro-
grama político y religioso de estos letrados castellanos consiguió establecer una
serie de organismos con los que gobernaron y controlaron los distintos reinos de
la Monarquía hispana, al mismo tiempo que buscaron uniformar la ideología y
conductas de los sectores sociales de los distintos reinos de la Monarquía 50. En
cuanto a su religiosidad, los “castellanos” defendían una espiritualidad formalista
con claros tintes ascéticos que coincidía, al menos en apariencia, con la religiosidad
intransigente de finales del siglo XV que había motivado la implantación de la In-
quisición 51. Lógicamente, esta religiosidad que impuso la facción castellana no sa-
tisfizo a buena parte de la sociedad que entendió la experiencia religiosa como una
relación más íntima y directa con la divinidad (traducida en la mística), que no fue
bien vista por el gobierno de Felipe II, pero sí por Roma, dado que la radicalidad
de su espiritualidad no tenía más referencia ortodoxa que la definición que el Pon-
tífice, como cabeza de la Iglesia, daba al Catolicismo. En este sentido, las críticas
en contra de Roma, recogidas en los memoriales de los jesuitas molestos, satisfacían
tanto a los intereses de los jesuitas descontentos como a los de la facción “caste-
llana”, por lo que, desde la corte, estos ministros castellanos iniciaron una ardua
persecución contra los superiores de la Orden más fieles al general Aquaviva, pues
veían en las reformas internas de este General una paulatina pérdida del control
hispano sobre la Compañía. En consecuencia, durante la década de los 80 del siglo
XVI, coincidiendo con el fortalecimiento de los miembros del partido “castellano”

49J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La crisis del ‘partido castellano’ y la transformación de la


Monarquía hispana en el cambio de reinado de Felipe II a Felipe III”, Cuadernos de Historia
Moderna II (2003), pp. 11-38.
50 Sobre el confesionalismo, R. PO-CHIA HSIA: La controriforma. Il mondo del rinnovamento
cattolico (1540-1770), Bolonia: Il Mulino, 2001; H. SCHILLING: “The reformation and the Rise
of the Early Modern State”, en J. TRACY (ed.): Luther and Modern State in Germany, Kirksville:
Sixteenth Century Publishers, 1986, pp. 25-26.
51 J. MARTÍNEZ MILLÁN: La Inquisición española, op. cit., pp. 11-26.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

en la administración de la Monarquía, la Compañía fue objeto de continuos ataques


por parte del aparato inquisitorial. En base a los memoriales de los jesuitas caste-
llanos que recibió, el Santo Oficio iniciaba un arduo proceso contra la Orden por
tres cuestiones fundamentales emanadas de Roma: la Ratio Studiorum, las bulas
apostólicas y el privilegio del que gozaba la Compañía para poder castigar por ellos
mismos los casos de herejía y solicitación. Intervinieron en la censura y calificación
de estos documentos, franciscanos enemigos de la Compañía como Nicolás Ramos,
Mateo de Burgos o Jerónimo de Guzmán, y padres dominicos, también contrarios
a los jesuitas como Fray Diego de Chaves o Fray Antonio de Arce 52.
Respecto al proceso inquisitorial contra la Ratio, en un primer momento la In-
quisición mandó recoger y calificar so pena de excomunión todas las copias del tra-
tado que llegaron a España enviadas por Aquaviva en 1586. Entre las numerosas
acusaciones, se señalaba que este reglamento incitaba a la herejía, proporcionando
a los estudiantes:
licencia para que estimen en poco la edición Vulgata de la Biblia, y también la
doctrina de Santo Tomás, y dando también licencia a sus estudiantes que disputen
y tengan opiniones nuevas, y mandando a los maestros que no se las reprueven,
antes se las ayuden a defender 53.

Y es que todo el proceso de elaboración de la Ratio (recopilación de antiguos


reglamentos de la orden, examen y calificación de los distintos borradores) se
había llevado a cabo desde Roma para imponerse en todos los colegios jesuitas del
orbe, con lo que la Compañía garantizaba la uniformidad en la educación de sus
escolares, a través de una doctrina de carácter universal que había sido proyectada
y difundida desde Roma 54. Por lo que la Ratio, a ojos del partido “castellano” se

52 M. DE LA PINTA LLORENTE, OSA: Actividades diplomáticas del P. José de Acosta,

Madrid: CSIC, 1952, p. 25.


53 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 4ª, Caja I: Relación de algunos avisos que el
Sancto Officio de la Inquisición de Hespaña ha tenido de personas y particularmente de
algunas de la Compañía de Jesús de muchas letras, celo, religión y Christiandad, ansi en lo
que toca al govierno de su Religión, como de cosas tocantes a nuestra sancta fee Cathólica,
y delo que resulta de algunos libros que el General de su orden que reside en Roma a
embiado a España y a otras diversas partes.
54 L. GIARD (dir.): Les jésuites à la Renaissance. Système éducatif et production du savoir,
París: Presses Universitaires de France, 1995; M. ZANARDI: “La Ratio atque institutio studiorum
Societatis Iesu: tappe e vicende della sua progresiva formazione (1541-1616)”, Annali di storia

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Capítulo IV

convertía en un texto sospechoso para la ortodoxia hispana. Junto a la retirada de


la Ratio, la Inquisición exigió la revocación de las bulas papales que favorecían y
fortalecían el Instituto de la Compañía. Ante esta delicada situación, el General
juzgó oportuno acudir al propio pontífice, por entonces Sixto V (1585-1590), para
que interviniera a su favor, persuadiéndolo del abuso jurisdiccional que estaba co-
metiendo la Inquisición con tal actuación. Así, el 3 de junio de 1587, por orden
del Pontífice romano, el Santo Oficio se vio obligado a devolver a la Compañía los
documentos incautados (la Ratio y las bulas) 55.
Por los mismos años, la Inquisición apresaba en Valladolid a un conjunto de
jesuitas acusados de solicitación y defensa de proposiciones heréticas. Entre la
veintena de apresados, sorprendió el arresto de cuatro superiores de la Orden
que destacaban por su carisma en el gobierno de la Compañía, estos eran los pa-
dres Antonio Marcén, provincial de Toledo, Francisco Labata, rector de Sala-
manca, Jerónimo de Ripalda, rector de Villagarcía, y Juan Suárez, provincial de
Castilla. Todos ellos agentes activos del General 56, quienes además hicieron efec-
tivas las transformaciones internas de la Orden en aquellas provincias o colegios
que gobernaban. Tras ser juzgados, la sentencia inquisitorial de los cuatro supe-
riores vio la luz en la primavera de 1588, y revelaba el verdadero motivo de esta
persecución; los cuatro habían sido encarcelados, tal y como señalaba la sentencia,
por “no avisar a la Inquisición para que juzgase a un religioso que enseñaba mala
doctrina”, y por “encubrir a un religioso que solicitó en la penitencia” 57. Por
tanto, el hecho de que la Compañía de Jesús, a través de sus superiores, gozase

dell’educazione e delle istituzioni scolastiche 5 (1998), pp. 135-164; W. SOTO ARTUÑEDO, S.J.:
“La Ratio studiorum: la pedagogía de la compañía de Jesús”, Proyección 46 (1999), pp. 259-
276; G. M. ANSELMI: “Per un’archeologia della Ratio”, en G. P. BRIZZI (ed.): La “Ratio
Studiorum”: Modelli culturali e pratiche educative dei Gesuiti in Italia tra Cinque e Seicento,
Roma: Bulzoni, 1981, pp. 11-42; M. HINZ, R. RIGHI y D. ZARDIN (eds.): I gesuiti e la Ratio
studiorum, op. cit.
55 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XXI, pp. 154-155.
56 Los padres Marcén, Labata y Ripalda eran aragoneses, prefiriendo Aquaviva a los

superiores de los territorios periféricos por provocar menos problemas a la hora de administrar
en la Monarquía hispana una provincia o un colegio pues se sentían muco menos enraizados a
lo castellano, y dependían menos de la corte madrileña.
57 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 3ª, Caja I: Relación de lo que hay en la Inquisición
de Valladolid contra los Teatinos.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

del privilegio de poder calificar, reprender y castigar a sus propios miembros,


era una forma de restar influencia y poder al Santo Oficio sobre la Compañía,
convirtiéndola en una Orden religiosa diferente, en tanto en cuanto, era juzgada,
en última instancia, por Roma. Los propios jesuitas, compañeros de los acusados,
eran conscientes de la intención del arresto, pues:
el hecho de que no se les haya recogido sus papeles y el modo de prisión, parece
no es cosa de fe, si lo fuese habría ido un alguacil o familiar, y habrían recogido
sus papeles 58.

No obstante, para defender los privilegios de la Orden, Aquaviva contaba con


el amparo de una serie de personajes en la corte madrileña, que protegían a la
Compañía del ataque de los “castellanos” a través de la Inquisición. Señalaba sus
nombres el P. Francisco Porres, viceprovincial de Toledo y, al mismo tiempo, rec-
tor del colegio de Madrid, al referir en una relación escrita que en la corte existían:
personas amigas de la Compañía, y que estan en puestos que nos pueden ayudar,
como son D. Juan de Zúñiga, comendador mayor, García de Loaysa, D. Juan de
Idiáquez, D. Cristóbal de Moura y D. Juan de Borja 59.

Todos estos cortesanos se caracterizaban por mantener, desde sus cargos en el


gobierno, buenas relaciones con la curia papal, tanto era así, que el Pontífice no
dudó en contar con ellos para reorganizar el antiguo partido “ebolista”, ahora de-
nominado “papista”, el cual había gobernado la Monarquía hispana de acuerdo a
los intereses políticos y religiosos de Roma, pero que había sido disuelto por la fac-
ción enemiga, la “castellana”, ahora en el poder. Fue, por tanto, con la colaboración
del partido “papista”, como Aquaviva se aseguró una sentencia inquisitorial de ca-
rácter absolutorio para los superiores retenidos, con la pronta restitución de estos
superiores en sus cargos 60.
Con todo, vencidas estas desazones, parecía que llegaba al fin la tranquilidad a
la Compañía, pero no fue así, una nueva estrategia del partido “castellano” estuvo

58 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 3ª, Caja I: Relación de lo que hay en la Inquisición
de Valladolid contra los Teatinos.
59 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 1ª, Inquisición, Leg. 36, Caja XVI: Relación
escrita por el P. Francisco Porres, del caso de los PP. Antonio Marcén y Francisco Labata
para N. P. General. Madrid, 5 de abril de 1586.
60 Ibidem: Carta del General al Provincial de Castilla, 14 de junio de 1588.

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Capítulo IV

a punto de acabar con la transformación que estaba experimentando la Orden. Esta


vez, aprovechando la prisión de los cuatro jesuitas, los “castellanos”, encabezados
por el confesor real, el dominico Diego de Chaves, convencieron a Felipe II para
que la Compañía fuese visitada por una persona externa a la Compañía. Se trataba
de reformar aquellos aspectos particulares de la Orden que tanto molestaban a los
castellanos, como por ejemplo: la diversidad en el hábito y en las ceremonias,
el modo particular de hacer las profesiones, la libertad que tenían en el despedir, el
que no guardasen la corrección fraterna, el privilegio que tenían de absolver de he-
rejía o la libre elección del General de elegir a los superiores 61. En definitiva se tra-
taba de que en la Compañía “no haya tanta dependencia del gobierno de Roma” 62
y que se gobernase de acuerdo al modelo hispano que el rey Prudente había im-
puesto al resto de las órdenes religiosas 63. Para ejercer una mayor presión, presen-
taron al monarca gran número de memoriales –aproximadamente setenta– escritos
por los jesuitas castellanos descontentos con el General, en los que se expresaba la
necesidad de reforma que tenía la Compañía 64.
La lista de los memoriales era la siguiente:

Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de Inquisidor.
– Profesión como
Dionisio Vázquez – El Gobierno por en otras religiones
6
(Castilla) confesiones – Comisario en España
– Capítulo General
que vayan todos

61AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 1ª, Inquisición, Leg. 36, Caja XVI: Carta del
General al Provincial de Castilla, 14 de junio de 1588.
62 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 19ª, Leg. 13, 19, Caja III-bis: Instrucción al
Obispo de Cartagena de lo que había de guardar en la visita.
63 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “En busca de la ortodoxia: el Inquisidor General Diego de

Espinosa”, op. cit., pp. 189-228. También J. GARCÍA ORO: “Conventualismo y observancia.
La reforma de las órdenes religiosas en los siglos XV y XVI”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.
(dir.): Historia de la Iglesia en España, III/1º: La Iglesia en la España de los siglos XV y XVI,
Madrid: BAC, 1979, pp. 211-350.
64AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 19ª, Leg. 13, 19, Caja III-bis: Copia de los
memoriales para la Instrucción al Obispo de Cartagena de lo que había de guardar en la visita.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de Inquisidor
Gonzalo González – Independencia de Roma
3 – Elección de Superiores
(Castilla) por lejanía
canónica
– Que no quiten el recurso
Manuel López – Visita de Inquisidor
3 al Sto. Oficio, persiguen
(Castilla) – Comisario español
a los que acuden a él
– Visita de Inquisidor
– General no perpetuo.
Enrique Enríquez – La facilidad – Elección canónica
3
(Castilla) en el despedir de Superiores.
– Licencia para tomar
la Bula de la Cruzada
– Visita de Inquisidor
– Freno en el despedir
Juan Osorio – Mal tratamiento de – Comisario español
5
(Castilla) Superiores a inferiores – Bula de la Cruzada
– Que no gobierne
Marcén ni otros
– Visita de Inquisidor
Gaspar Sánchez – Elección de Superiores – Remedio en el despedir
2
(Toledo) al gusto del General – Hacer profesión como
en las otras religiones
– Visita
Alonso Gómez – El Gobierno
1 – Comisario General
(Toledo) por confesiones
– Bula de la Cruzada
– Visita de Inquisidor
Gregorio Vázquez
– Poca experiencia – Comisario español
y de Ribera 2
de General – Profesiones a 2 años
(Toledo)
– General no perpetuo
– Visita de Inquisidor,
Francisco Abreo – Poca verdad con poder para mudanza
3
(Castilla) en informaciones – Comisario General
– Bula de la Cruzada
– Visita Secreta
Moreno – Mal tratamiento
2 – Comisario general
(Castilla) a los doctos
– Bula de la Cruzada

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Capítulo IV

Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de extranjero
con potestad
Alonso Polanco – Meterse en
4 – Comisario General
(Castilla) jurisdicciones ajenas
– Elección canónica
de Superiores
– Visita.
– Comisario General
Francisco – Elección de Superiores
– Profesión como
Portocarrero 5 conforme a gusto
otras religiones
(Toledo) del Provincial
– Elección canónica
de Superiores
– Poca seguridad – Visita
Francisco Vázquez
1 del que acude – Comisario General
(Castilla)
al Sto. Oficio – Cambiar el gobierno
– Visita de Inquisidor
– Libertad en el recurso
Miguel de Medina – Mala forma de elección al Sto. Oficio
2
(Castilla) de Superiores – Perdón de las faltas
– Gobierno de limpios
– Comisario General
– Visita
José San Julián – Usurpan jurisdicciones – Profesiones como
6
(Castilla) al Sto. Oficio otras religiones
– No maltratados
– Visita de Inquisidor
– Poca seguridad
Juan Vallés – Bula de Cruzada
1 de los que acuden
(Castilla) – Comisario General
al Sto. Oficio
– Recurso al Sto. Oficio
– Visita de Inquisidor
– Comisario General
Incógnito 3 – Gobierno de Confesiones – Bula de Cruzada
– Profesiones como
otras religiones
– Visita de extranjero
– Elección canónica
Incógnito 3 – Mal uso del poder de Superiores
– Profesiones como
otras religiones

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de extranjero
Incógnito 1 – Mal gobierno – Comisario general
– Gobierno no en Roma
– Visita de Inquisidor
“Los que bien – Mal tratamiento
3 con potestad
sienten” de los Superiores
– Comisario general
– Visita de Inquisidor
“Communitas
3 – Facilidad en despedir – Comisario general
Professa”
– Congregación General
– Otras dirá
“Comunidad Toda” 3 – Visita de Inquisidor
cuando sea preguntado
– Visita de Extranjero
secreta
– Superiores que sigan
El Dr. Pedro Ruiz órdenes de Consultores
3 – Falsas informaciones
(Toledo) – Mayor cuenta en el dinero
– Comisario General
– Capítulo General
que vayan profesos
– Visita con potestad
– Bula de la Cruzada
El Dr. Gaspar – Gobierno sin tener – Reconocer Constituciones
Valpedrosa 2 en cuenta la honra y privilegios
(Castilla) de los súbditos – Comisario General
– Otras dirá
siendo preguntado

En noviembre de 1587, aconsejado por los “castellanos”, el monarca elegía


como visitador al obispo de Cartagena, Jerónimo Manrique de Lara 65, quien
había sido inquisidor en los tribunales de Murcia, Valencia, Barcelona y Toledo,

65 El rey Prudente le comunicaba la elección de Manrique a su embajador (BNE, Mss.


12804: Carta del rey Felipe II al Embajador de España en Roma, Conde de Olivares, El
Pardo, 14 de noviembre de 1587, p. 96).

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Capítulo IV

interviniendo en el proceso de confesionalización puesto en marcha por Felipe II 66.


Como no podía ser de otra manera, la visita que debía realizar el obispo de Cartagena
debía ser de carácter inquisitorial 67.
Ante esta nueva trama, Aquaviva tuvo que contar de nuevo con la colaboración
del partido “papista” y con la protección del Pontífice romano. Desde la corte, el P.
Francisco Porres informó, en nombre del General, a diversos miembros de la facción
“papista” de la delicada situación que atravesaba la Compañía, a los que pidió que
obstaculizaran a toda costa la visita. De esta manera, el 30 de noviembre de 1587,
avisaba el General a don Cristóbal de Moura de la llegada del P. Porres a la corte:
El mucho favor que la Compañía halla en Vuestra Señoría todas las veces que
del tiene necesidad, me bastara para que en la ocasión presente, le pueda suplicar
por la merced que siempre nos da, pero el ser negocio del divyno servicio y
juntamente del de Su Magestad y Vuestra Señoría tan zelador del uno y del otro
me asegura que no recivirá pesadumbre de poner en él su mano, lo que en la
presente le quiero suplicar es que sea servido de oyr al P. Francisco de Porres, lo
que según el orden y aviso que de acá se le da tratara con Vuestra Señoría y que si
en algo yo valiere para su servicio me mande pues la obligación que la Compañía
para esto tiene segura de la voluntad con que yo acudiré a todo lo que mis pocas
fuerzas llegaran (…) 68.

Igual misiva, al menos en contenido, mandaba el General a otros importantes


protectores “papistas” de la Compañía, como eran Juan de Idiáquez 69, o el ca-
pellán mayor de Portugal 70. No se olvidó el General de acudir a diversos nobles

66 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Transformación y crisis de la Compañía de Jesús (1578-


1594)”, en F. RURALE (dir.): I Religiosi a Corte. Teologia, política e diplomacia in Antico
Regime, Roma: Bulzoni, 1998, pp. 117-118.
67 “Guárdese el estilo antiguo en el modo de proceder destas causas, que guardarse
suele en el Tribunal del Oficio de Inquisición, obligando con juramento á Secretario
y testigos que no digan lo que allí les ha sido preguntado ó de lo que han
denunciado” (AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 19ª, Leg. 13, 19, Caja III-bis:
Instrucción al Obispo de Cartagena de lo que había de guardar en la visita. Contiene
el resumen de los Memoriales que le pedían).
68ARSI: Hisp. 74-75, f. 27r. Carta del General a don Christoval de Moura, 30 de
noviembre de 1587.
69 Ibidem. Carta del General a don Juan de Idiáquez, 30 de noviembre de 1587.
70 Ibidem, f. 27v. Carta del General al Capellán Mayor de Portugal, 30 de noviembre de
1587.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

del entorno del príncipe, que apoyaban la causa romana, tan destacados como el
Marqués de Velada 71 o el Marqués de Almazán 72.
Junto a la actuación de ministros y nobles “papistas”, destacó la presión que
ejercieron sobre el rey importantes miembros de la familia real como la Empe-
ratriz María 73, hermana de Felipe II, y su hijo el archiduque Alberto. El 27 de
diciembre de 1588, Aquaviva escribía a Alberto lo siguiente:
(…) Espero que el oficio que Vuestra Alteza ha hecho con Su Magestad será
de effecto para nuestros negocios, y que enterado Su Magestad de la verdad con
que la Compañía procura proceder, perderá la falsa opinión que con siniestras
informaciones le han puesto, y holgará de hacernos la merced que en lo demás
nos ha hecho 74.

Desde Roma el general Aquaviva trataba de convencer al Pontífice, por todos


los medios, de que frenara la visita del obispo de Cartagena, con la que el partido
“castellano” pretendía quitar los privilegios de la Compañía emanados de Roma.
En audiencia, Aquaviva no dudó en desacreditar la persona del propio Jerónimo
Manrique ante el Pontífice, sacando a la luz antecedentes personales que oscu-
recían su carrera 75. De modo que, finalmente, Sixto V quedó satisfecho, por lo
que se resolvió por apartar de la visita al obispo 76.
En definitiva, lo que comenzó siendo un intento de reformar la estructura,
privilegios y costumbres de la Compañía por parte de los “castellanos”, a través

71 ARSI: Hisp. 74-75, f. 27r. Carta del General al Marqués de Velada, 30 de noviembre
de 1587.
72 Ibidem, f. 26v. Carta del General al Marqués de Almazán, 30 de noviembre de 1587.
73 La reina de Hungría y Bohemia fue siempre una gran protectora de la Compañía de
Jesús, tanto era así, que fundó el Colegio Imperial de Madrid (AHPTSI, Fondo Astrain,
Subcarpeta 2ª, Leg. 37, Caja XVI-bis, Carta nº 60: Del P. Aquaviva a la Emperatriz, 15 de
octubre de 1588).
74 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2ª, Leg. 37, Caja XVI-bis, Carta nº 67: El P.
Aquaviva al cardenal Alberto, 27 de diciembre de 1588.
75 La acusación era que Manrique había sido hijo ilegítimo y que él era padre, a su vez,
de tres hijos ilegítimos.
76 S. MOSTACCIO: “Gerarchie dell’obbedienza e contrasti istituzionali nella Compagnia
di Gesù all’epoca di Sisto V”, Rivista di Storia del cristianesimo 1 (2004), pp. 109-127; S.
GIORDANO: “Sisto V”, Enciclopedia dei papi, Roma, 2000, III, pp. 202-222.

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Capítulo IV

de una visita inquisitorial, acabó siendo una mera visita, a principios de 1589,
realizada por tres jesuitas propuestos por el general Aquaviva. Los elegidos para
este encargo fueron los mismos que trataron de evitar a toda costa que Manrique
reformara la Orden, estos eran, el P. Gil González Dávila, visitador de las dos
provincias castellanas, el P. José de Acosta, visitador de Andalucía y Aragón, y
por último, el P. Pedro de Fonseca, quien visitaría Portugal. Tal y como relataba
el P. Ribadeneyra en su Historia de la Compañía, los tres jesuitas habían sido ele-
gidos por Aquaviva “a gusto de su Magestad”, enviándole instrucciones para
“que hablasen al Rey, y supiesen de su Magestad, si en aquella visita mandava
advertirles alguna cosa de su servicio”. Finalmente los visitadores hicieron:
con todo cuydado su officio, y con esto parecía que aquel negocio tan reñido,
y porfiado de la visita por persona de fuera la Compañía, se avia sossegado y
acabado a buen fin 77.

Ciertamente, la visita de los tres padres supuso una nueva victoria del go-
bierno de Aquaviva, pues no cambiaron en nada sustancial al Instituto, por lo
que la transformación de la Compañía pudo continuar su camino sin demasiados
problemas 78.
Tras el éxito conseguido, Aquaviva quiso agradecer por carta el apoyo a aque-
llos ministros del rey, integrantes del partido “papista”, que apoyaron su causa.
En concreto a Juan de Idiáquez por:
la particular merced que la Compañía y yo hemos recevido de Vuestra Señoria,
alcanzando por su medio tal respuesta de Su Magestad, como fue dar licencia
que la Compañia fuese visitada por personas de ella mesma 79,

a don García de Loaysa porque:

77 P. Pedro RIBADENEYRA, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús de las provincias de

España y parte de las del Perú y Nueva España y Filipinas, escrita por el padre Pedro de Ribadeneyra
de la misma Compañía. En la qual no pudo poner la ultima mano por averle atajado la muerte a
los 22 de septiembre de 1611, Madrid, f. 165v. (ARSI: Hisp. 94).
78 M. FOIS, S.I.: “Il generale dei gesuiti Claudio Acquaviva (1581-1615), i sommi
pontefici e la difesa dell’istituto ignaziano”, Archivum Historiae Pontificiae 40 (2002), pp.
199-233.
79AHPTSI, Fondo Astrain. Subcarpeta 2ª, Lg. 37, Caja XVI-bis, carta nº 76: De
Aquaviva a D. Juan de Idiáquez, del Consejo de Estado de S. M., 15 de mayo de 1589.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

sé que no ha sido Vuestra Señoría la menor parte, sino que como tan christiano
y zeloso del bien común, en esto nos ha dado la mano como lo hace en todo lo
demás que á la Compañia toca 80.

Y a don Cristóbal de Moura por su:


intercesión en estos nuestros negocios, yo no dudara de la mucha parte que Vuestra
Señoría tiene en la christiana respuesta que Su Magestad nos ha dado, queriendo
que la Compañía sea visitada por medio de los que para ello me han parecido más
aptos 81.

LA CONGREGACIÓN EXTRAORDINARIA DE 1594


Y LA INCLUSIÓN DE ELEMENTOS “CASTELLANOS” EN LA COMPAÑÍA

Ya desde la década de los 80, comenzaba a aparecer en algunos memoriales la


petición de convocar una Congregación extraordinaria para reformar a la Com-
pañía, sin embargo, Aquaviva juzgó que no era el momento propicio para su ce-
lebración, por la persecución inquisitorial que padecía por entonces la Orden y
porque, en caso de que se llegase a reunir, la Congregación estaría sometida a las
directrices del monarca y de sus ministros “castellanos” 82. Por otra parte, en
aquel momento, los jesuitas descontentos consideraban más eficaz llevar a cabo
una visita inquisitorial que consiguiese frenar el proceso de transformación ini-
ciado por Roma. Ahora, en la década de los 90, y frustrada ya la visita inquisitorial
de Manrique, las peticiones de los memorialistas castellanos sí se centraban en

80 AHPTSI, Fondo Astrain. Subcarpeta 2ª, Lg. 37, Caja XVI-bis, carta nº 75: De

Aquaviva a García de Loaysa, Limosnero Mayor de S. M. y Maestro de S. Alteza, 15 de


mayo de 1589.
81 Ibidem, carta nº 78: De Aquaviva a D. Cristóbal de Moura, del Consejo de Estado de

S. M., 15 de mayo de 1589.


82 Ibidem, carta 46ª: De Aquaviva al P. Alonso Deza, 9 de agosto de 1588; en esta carta el
P. Miguel Torres había informado a Aquaviva el deseo desde la corte de realizar Congregación
General, no obstante, para Aquaviva no es buen momento, espera que el Rey, que estaba
siendo informado de los inconvenientes de reunir una Congregación, opine de igual manera.
Carta 111ª: De Aquaviva al P. Gonzalo de Ávila, 9 de junio de 1590; por el momento no estaba
bien que se llevase a cabo Congregación General, hasta esperar mejor ocasión.

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Capítulo IV

pedir que “Su Majestad mande al General haya Congregación General” 83. Esta
vez, Aquaviva no pudo negarse pues fue el propio Pontífice quien se lo ordenó a
instancias de su consultor jesuita, el P. Francisco de Toledo –que apoyaba al grupo
de jesuitas reformadores italianos–, y del P. José de Acosta. Este último jesuita,
había viajado a Roma como enviado del monarca con la intención de persuadir a
Clemente VIII de la necesidad de reunir Congregación. Y es que Acosta, supo ga-
narse la confianza de Felipe II desde que fue misionero en el Perú, apoyando en
todo momento las iniciativas del virrey, Francisco de Toledo, para imponer el con-
fesionalismo del Rey Prudente, y llegando, incluso, en 1575, a ser consultor del
Santo Oficio 84. Poco tiempo después le llegó su nombramiento como provincial
de Perú 85. Probablemente, cuando el P. Acosta residía en las Indias, éste no era
consciente de la transformación que estaba experimentando la Compañía bajo el
impulso del general Aquaviva. Ni tampoco conocería, o no le afectaría de igual
manera, los enfrentamientos que dichas reformas de la Compañía estaban gene-
rando en las provincias castellanas. De este modo, el P. Acosta explicaría años
más tarde en su Descargo lo que se encontró en su regreso a la Península:
Luego que vuelto de las Indias a fin del año ochenta y siete pasé por las
provincias de España y vi los movimientos e inquietud de muchos, y que del
primer espíritu y caridad y simplicidad que yo había conocido en la Compañía
se había mudado tanto que verdaderamente me parecía que no era aquella que
yo había dejado diecisiete años había, sino otra de muy diferente trato 86.

Cuando el P. Acosta regresó de las Indias, el general Aquaviva supo aprovechar


la cercanía de este jesuita al monarca para tratar de estorbar la visita inquisitorial
de Manrique. No obstante, las continuas quejas de las provincias castellanas al
gobierno de Aquaviva, acabaron por cambiar la opinión de Acosta en cuestión de
pocos años. Por lo que, en diciembre de 1592, la presencia del jesuita en Roma, para

83 AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, subcarpeta 7ª: Memorial original del
P. Fco. de Abreo (1591).
84 R. LEVILLIER: Don Francisco de Toledo, supremo organizador del Perú, Madrid: Espasa
Calpe, 1935, pp. 77-79.
85 L. LOPETEGUI: “Padre José de Acosta (1540-1600). Datos cronológicos”, AHSI 9
(1940), pp. 121-131.
86 Citado por J. CARRACIDO: El P. José de Acosta y su importancia en la Literatura
Científica Española, Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1899, p. 50.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

presionar a Clemente VIII a que obligase a celebrar una Congregación extraordi-


naria, iba en detrimento del General, pues buscaba favorecer los intereses del mo-
narca. Por su parte, el P. Francisco de Toledo, se marchó a residir a Roma donde
enseñó, desde 1559, filosofía y teología en el Colegio Romano 87. Allí fue favorecido
por el pontífice Pío V, quien le nombró teólogo de la Sagrada Penitenciaría y pre-
dicador ordinario suyo y del colegio de cardenales. La historiografía jesuita ha in-
terpretado el interés del P. Toledo por celebrar esta Congregación jesuita
extraordinaria a la propia visión de la Orden que tenía el P. Francisco de Toledo.
Según ésta, el jesuita nunca vio con buenos ojos el poder absoluto que rodeaba a
los Generales de la Compañía, tanto fue así que, aprovechando la presión que
ejercían los jesuitas castellanos para que se celebrase una Congregación General
para tratar de conseguir que la Monarquía hispana tuviera un mayor control sobre
la Compañía, apoyó la idea de la convocatoria con un propósito bien distinto; el
de restar poder al General de la Compañía 88. Ciertamente, para poder actuar
sobre el gobierno de la Compañía, el P. Toledo tuvo que esperar al pontificado de
Clemente VIII, del que gozó de gran confianza, hasta el punto de favorecerle con
la mitra cardenalicia el 17 de septiembre de 1593, convirtiéndole así en el primer
jesuita hecho cardenal 89. Por lo que, una vez purpurado y aprovechando la es-
tancia del P. Acosta en Roma, el cardenal Toledo influyó en Clemente VIII, que
accedió para que se celebrase al año siguiente una Congregación extraordinaria
en la que examinar el poder del General. Esta interpretación, comúnmente acep-
tada, que trata de explicar la actuación del cardenal Toledo en dicha Congregación,
merece una revisión, en tanto en cuanto, el cardenal jesuita fue protector de los
jesuitas “reformadores” italianos 90.

87 Sobre sus datos biográficos en A. SANTOS HERNÁNDEZ, S.I.: Jesuitas y obispados. La


Compañía de Jesús y las dignidades eclesiásticas, Madrid: ICADE-Universidad Pontificia
Comillas, 1998, I, pp. 106-124.
88 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 595-605.
89 AGS, Estado, Roma, Leg. 961, s.f. El P. Toledo informa a la corte madrileña de su
nombramiento como Cardenal.
90 Ricardo García-Villoslada explica cómo el P. Toledo es quien consiguió una audiencia

para los padres Gagliardi, Maffei, Giustiniani y Palmio para que le entregaran a Gregorio XIII
un memorial en contra de la forma de gobernar de Mercuriano (R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.:
Storia del Collegio Romano..., op. cit., p. 79).

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Capítulo IV

El temor de la cúpula jesuítica a que los jesuitas de las provincias castellanas


consiguieran imponer sus quejas si se reunía una Congregación extraordinaria se
disipó rápidamente ante la protección que ofrecían los Pontífices, y que ponía lí-
mites a las reivindicaciones castellanas. Años antes, fue el papa Sfondrati, Gregorio
XIV (1590-1591), quien con mayor efectividad trató de silenciar a los jesuitas cas-
tellanos. Su nepote, el cardenal Sfondrati enviaba una orden a monseñor Millino,
colector apostólico en España, dirigida al Rey y a los inquisidores, en la que advertía
de la protección que Roma dispensaba al conjunto de la Compañía y la amenaza
que estaban suponiendo los memorialistas por su falta de obediencia a Roma. So-
licitaba, por tanto, que Felipe II condenara la actuación de los memorialistas, porque
el Pontífice deseaba que el General fuera el superior absoluto de la Compañía 91.
De esta manera, Gregorio XIV dejaba claro a Felipe II y a los inquisidores, que era
el Pontífice quien tenía el derecho y el poder de velar por el buen funcionamiento
de esta Orden religiosa y sólo él podía solventar los problemas que en ella se pro-
dujeran. En junio de 1591, Gregorio XIV confirmaba de nuevo el Instituto de la
Compañía (con la bula Ecclesiae Catholicae), renovando así los decretos de Gregorio
XIII que defendían a la Orden ante cualquier ataque exterior.
Por tanto, a partir de la década de los 90 del siglo XVI, frustrada ya la visita
del obispo de Cartagena gracias al apoyo de los “papistas”, y tras la persecución
de Gregorio XIV, los jesuitas castellanos molestos con el gobierno de Aquaviva
comenzaron a perder fuerza. Consciente del cambio en la corte de Felipe II, y
ante la inminente orden del Pontífice Clemente VIII –con fecha de diciembre de
1592– para convocar una Congregación extraordinaria, Aquaviva accedió a con-
vocar la asamblea. Para entonces, el partido “castellano” perdía paulatinamente
su influencia en las decisiones de la Monarquía hispana, a causa de la desaparición
de sus principales miembros, con el consiguiente ascenso en la administración del
partido opositor, la facción “papista”. De tal manera que, para septiembre de
1593, el rector del colegio de Alcalá, el P. Fernando de Lucero, escribía una carta
cifrada al General, en la que le tranquilizaba porque el apoyo de los “papistas”,
desde la corte madrileña, estaba garantizado:
El Presidente del Consejo Real ha avisado que se han dado algunos memoriales
de nuevo, aunque no contienen cosa diferente de los pasados, y así los juntan con

91ARSI: Epp. Ext. 2, Epistolae cardinalium (1552-1615), f. 263r. Cardenal Sfondrati a


Monseñor Millino collettore apostolico in Spagna. Roma, 20 de febrero de 1591.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

ellos, y que lo mesmo se hará de los que dieren, hasta que sea tiempo de enviarlos
al Duque de Sessa, para que los presente de parte del Rey á la Congregación (…)
García de Loaysa dijo á Sebastián Hernández, hablándole de las cosas, que nos
andábamos matando y congojando, sin porqué, que tuviésemos buen ánimo, que
todo lo posible estaba hecho a favor de la Compañía. Y que todo sucedería bien.
Esto mismo dijo el Conde de Chinchón á Sebastián y lo que se sigue.

Estaba seguro el P. Lucero de que los ministros “castellanos” y los inquisi-


dores no se entrometerían en la Congregación porque:
el Rey solo quiere se ponga remedio en lo de los mayorazgos y beneficios; y la
Inquisición en lo de sus privilegios (...) y de lo demás –referido a los memorialistas–,
á unos ni á otros, no se les dá nada, sino que entregarán todos los memoriales
que hubieren recogido á la Congregación, para que en ella se provea lo que fuere
mayor bien de la Compañía 92.

Por tanto, no cabía duda de que era un momento propicio para celebrar una Con-
gregación extraordinaria que sería favorable al General y a la dependencia de la
Compañía al Papado. Con todo, durante los meses previos a su convocatoria, Aqua-
viva se dedicó a mover los hilos desde Roma para que el Instituto, de ninguna manera,
saliera perjudicado. Una vez asegurado que el monarca hispano no interferiría
en el desarrollo de las sesiones, Aquaviva se dispuso a evitar la presencia de los je-
suitas descontentos en la Congregación. Para ello contó con el apoyo de los provin-
ciales y rectores más fieles a su gobierno, quienes acudieron a la reunión, o bien,
eligieron a aquellos jesuitas partidarios del General. Por lo que los jesuitas castellanos
se lamentaban al afirmar que Aquaviva para la Congregación extraordinaria:
ha procurado que sus aliados de España (a los que les hizo él Superiores y dio
officios honrosos) y no otros, vayan elegidos a esta Congregación General, y que
estos procurasen (como lo han procurado en Castilla) que nadie ose dezir los
daños que se han experimentado del mal gobierno del General 93.

Con todo, Aquaviva cuidó hasta el último detalle, asegurándose de que los
superiores que participasen en la Congregación, además de ser sus aliados, fuesen
a su vez, del agrado del monarca hispano:

92 AHTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI, Subcarpenta 1ª, Inquisición, Leg. 36:
Carta del P. Hernando de Lucero a N. P., era cifrada, Madrid, 11 de septiembre de 1593.
93 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 12ª, Caja I: Carta del P. Enrique Enríquez al
Consejo de la Inquisición, Salamanca, 21 de mayo de 1593.

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Capítulo IV

(…) el P. Francisco de Porres que lo es de esta Provincia, habemos oído decir


que Vuestra Magestad tiene prendas de sus muchas partes para este cargo, y las
tenemos todos de cuan aficionado es á su real servicio, pues del P. Gonzalo de Ávila
que lo es de Castilla, no tengo que decir, porque Vuestra Magestad le conoce mejor
(…) El P. Francisco de Galarza, que vá á Aragón, es hijo de criado de Vuestra
Magestad de su Consejo y Cámara (…) y para Aragón en este tiempo tienen las
partes requisitas, por no ser natural, y ser muy docto y muy prudente, maduro y
remirado. El P. Bartolomé Pérez, aragonés que queda en la de Andalucía, es hijo
también de criados y ministros de Vuestra Magestad 94.

Efectivamente, los superiores que presentaba Aquaviva al monarca provenían


de familias que habían servido a Felipe II en los oficios de la casa o corte del Rey.
No obstante, la astucia del General fue más allá de asegurarse la fidelidad de los
convocados. Aquaviva debía demostrar al Santo Oficio que la suya era una Orden
ejemplar, donde no era necesario reformar o cambiar nada. De esta manera, los
meses previos a la Congregación, se convirtieron en un auténtico lavado de ima-
gen de la Compañía, a golpe de continuas instrucciones del General 95.
Las acciones de Aquaviva para que la Compañía no saliese perjudicada de la
Congregación extraordinaria iban dando resultado, pero todavía, en la primavera
de 1592, Aquaviva expresaba al monarca y a sus ministros, por medio del P.
Alonso Sánchez que:
cuando yo viere que la Compañía goza de un poco de quietud, y conviene a su
bien, haremos la Congregación, y que este punto se ha consultado muchas veces,
y ahora últimamente con los Padres Asistentes y otros Padres graves, y todos
juzgan, que en el estado que la Compañía ahora se halla, no conviene hacerla,
aunque yo no he dejado del todo este negocio 96.

Faltaban, por tanto, unos meses para que Aquaviva atara bien todos los cabos y
convocara a los jesuitas a la asamblea extraordinaria. Así, la 5ª Congregación Ge-
neral abría sus puertas el 3 de noviembre de 1593. En ella, estaba previsto debatir

94 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 27ª, Caja III-bis: Primer Memorial del P.
Alonso Sánchez para Su Magestad de seis puntos graves de nuestras cosas. Abril de 1592.
95 Algunas instrucciones de Aquaviva en Cartas Selectas de los padres Generales a los
padres y hermanos de la Compañía de Jesús, Imprenta privada: 1917.
96 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 27ª, Caja III-bis. Algunos puntos de los cuales
el P. Alonso Sanchez ha de tratar con Su Majestad y con los demás que en su Corte y fuera
de ella fuere necesario. En Roma, 4 de abril de 1592.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

una serie de temas, mezcla de las exigencias de los memorialistas, los “castellanos”,
los inquisidores, el cardenal Toledo y el monarca hispano:
Los artículos que quieren proponer en la Congregación (…) son:
1. Revocación de los privilegios que ha pedido el Santo Oficio.
2. Renunciación de mayorazgos y beneficios (…)
3. Que se den profesiones con igualdad, no admitiendo á unos y excluyendo
á otros y no al cabo de tantos años (…)
4. Moderación en el despedir, castigar primero a los delincuentes (…)
5. Que no se carguen los Colegios de censos (…)
6. Comisario general para España é Indias (…)
7. Que ya que sea el General perpetuo, cada 6 años haya Congregación
General que revea el gobierno del General y pueda mudarle (…)
8. Que los Asistentes se muden cada 6 años (…)
9. Otro orden en las Congregaciones Provinciales, que no se junten tantos
y que tengan más potestad para ordenar las cosas de cada Provincia.
10. Que los Superiores den cuenta de sus oficios (...) 97.

De los diez puntos que debían debatirse, cabe decir, que los ocho últimos
temas fueron despachados entre los días 3 y 13 de diciembre de 1593, con una
negativa unánime y rotunda por parte de los congregados. De modo que las que-
jas que afectaban a los memorialistas –profesiones, despedir, comisario, relevo
de General y de Asistentes, más potestad a las Congregaciones Provinciales, etc.–
quedaban ignoradas. Además, durante las sesiones, se decretó la obligación de
castigar a los jesuitas castellanos, autores de los memoriales, y en relación con su
causa, se prohibió a los jesuitas inmiscuirse en asuntos políticos o en cuestiones
seglares 98. Al mismo tiempo que Aquaviva superaba con éxito una pesquisa sobre
su vida y gobierno, fortaleciendo aún más su figura al frente de la Compañía, lo-
grando “el abono del General, y el castigo de los perturbadores” 99. Castigo que
se tradujo en la expulsión de la Compañía de diversos jesuitas molestos de la pro-
vincia de Castilla como Abreo, Bautista Carrillo, Méndez o Diego Hernández.

97 AHTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI, Subcarpenta 1ª, Inquisición, Leg. 36.
Así los enumeraba el visitador P. Gil González Dávila al General en una carta fechada el 25
de marzo de 1593.
98 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 577-605.
99 P. B. ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Toledo...,
op. cit., II, pp. 579-612.

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Capítulo IV

Más atención le prestó Aquaviva a los dos primeros puntos; el de los mayorazgos
y beneficios por un lado, y el de los privilegios de la Compañía por el otro. Por lo
que Aquaviva señalaba que, sin demora,
hemos casi comenzado la Congregación por los puntos que el Duque de Sesa, de
parte de Su Majestad, hasta ahora nos ha dado, que son los dos de los mayorazgos
y beneficios pedidos por las cortes, y la revocación de los tres privilegios tocantes
al Santo Oficio 100.

En cuanto a los mayorazgos se determinó que a los dos años de probación,


aquellos jesuitas recibidos en la Orden, herederos de algún mayorazgo, debían re-
nunciar a ellos. Y el mismo bienio se estableció para abandonar aquellos beneficios
eclesiásticos de los que cualquier jesuita pudiera gozar. Respecto a los privilegios
de la Orden, la cuestión era más delicada, pues estaba en juego la satisfacción del
partido “castellano” y del Santo Oficio. Los privilegios que la Compañía debía
cambiar eran la facultad de leer libros prohibidos, de absolver de la herejía en el
fuero de la conciencia y, por último, uno dado por el pontífice Gregorio XIII por
el que ningún jesuita podía tomar obligado un oficio mandado por cualquier dig-
nidad eclesiástica o seglar (lo que verdaderamente molestaba a la Inquisición de
este último punto, era que la Compañía tuviese la libertad de no aceptar cargos
en el Santo Oficio como sí lo hacían otras órdenes religiosas). Estos tres privilegios
fueron también la causa de la ardua persecución que llevó a cabo el partido “cas-
tellano” contra la Compañía a finales de la década de los 80, cuando a punto estuvo
de ser reformada a través de la visita inquisitorial. Desde entonces, Aquaviva fue
consciente de que, antes o después, debía renunciar a los privilegios para tratar
de suavizar los continuos ataques a la Orden. En una carta fechada en octubre de
1588, Aquaviva para tratar de obstaculizar la visita, dejaba ordenado al P. José
de Acosta lo siguiente:
Reparan estos Señores –los ministros “castellanos” y los inquisidores– en
algunos privilegios que la Compañía tiene, como son absolver los nuestros de
herejía, leerse libros prohibidos, y no ser forzados a servir de Consultores. Vuestra
Reverencia les diga que los dos primeros no se han usado en España en mi tiempo
y que yo prohíbo el uso destos dos en aquellos Reinos, de tal suerte, que puedan
ellos castigar a quien los usare. Esta diligencia se entiende que V. R. la debe hacer
cuando viere que será medio para la paz que se pretende, porque habiendo de

100 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 585.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

quedar como primero, no es justo perdamos lo que tenemos, V. R. lo verá bien y


hará como conviene. Cerca del tercero les signifique que la Compañía les servirá
siempre que lo mandaren, con sujetos aptos para aquel ministerio (…). Pero
cuando esto no bastare, sino que pidieren que del todo dejemos este privilegio, no
se rompa con ellos, sino déseme aviso 101.
Como se ve con claridad en esta carta, Aquaviva sólo evitaba estos privilegios
en los reinos hispanos, dados los obstáculos inquisitoriales, en el resto de provincias
de la Compañía no existía estos problemas. Asimismo, Aquaviva se mostraba reacio
a desobedecer el breve que Gregorio XIII había concedido a la Compañía en re-
lación a la entrada de jesuitas en calidad de consultores en el Santo Oficio. La
principal razón de esta postura del General era evitar el acceso directo de los je-
suitas molestos a la administración del aparato inquisitorial, pues:
consentir esto la Compañia es querer tener consigo hombres que totalmente sean
essentos del govierno della, y de su obediencia; y que puedan sin castigo ser malos,
y puedan sin pena ni miedo pretender en ella honrras y officios, y aun quexarse a
la inquisición de que no se los dan, y por su medio obligar a que se los den 102.
Como ya se ha explicado, el intento de reforma inquisitorial a través del obispo
de Cartagena resultó frustrado, por lo que Aquaviva no vio necesario renunciar
por entonces a los privilegios de los que gozaba la Compañía. No obstante,
cuando se supo de la convocatoria de una Congregación extraordinaria, el senti-
miento generalizado de los padres que acudirían a ella en calidad de vocales, era
el de ceder ante las exigencias de los inquisidores. Así se lo hacía saber el P. Fran-
cisco Porres al General, en enero de 1593, al afirmar que:
a todos los Padres de esta Congregación, nos ha parecido que nos debemos allanar,
sin condición alguna, procurando revocación de todo lo que puede ofender al
Santo Oficio 103.
Por lo que Aquaviva renunciaba a los privilegios de la Compañía en la sesión del
20 de noviembre de 1593, suavizando así las relaciones con el aparato inquisitorial.

101 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 20ª, Leg. 13, 20, Caja III-bis. Instrucción para
el P. José de Acosta, de parte del General, en octubre de 1588.
102 ARSI: Hisp. 143, f. 183v. Acerca del modo con que la Compañia ofrece al Santo
Officio darle consultores y consentir se revoque el privilegio que ella tiene.
103 AHTSI, Estante 4A, Caja XVI-bis, Subcarpeta 2ª, carta 165: Del P. Francisco de
Porres al General, Madrid 30 de enero de 1593.

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Capítulo IV

El último decreto que se aprobó fue el de prohibir admitir en la Compañía a


quienes fuesen de raza hebrea o sarracena. En la actualidad, diversos estudios
jesuíticos han tratado de demostrar que este decreto de la limpieza de sangre se
impuso en la Congregación extraordinaria contra los memorialistas hispanos, los
cuales, en su mayoría, serían de origen judío 104. Ahora bien, resulta más cohe-
rente señalar que dicho decreto no buscaba otra cosa más que contentar de nuevo
a los ministros “castellanos” y calmar a la Inquisición, en vez de localizar la as-
cendencia sefardí de los jesuitas descontentos con Roma, cosa que hasta el mo-
mento no ha sido probada. Incluso, los propios memorialistas eran conscientes
de que se les trataba de desprestigiar a ojos de los castellanos por este motivo.
Por lo que numerosos jesuitas de la provincia de Castilla, descontentos con el
gobierno de Roma, como eran los padres Bautista Carrillo, Juan de Salas, Enrique
Enríquez, Duarte Mendez, Gaspar de Mena, Fernando de Mendoza, Francisco
de Carvajal, Luis de la Fuente, etc. testificaban ante el Consejo Supremo de la
Santa Inquisición que:
el rector –de Salamanca, por entonces el P. Labata, que era un gran confidente
del General– dixo que era estilo de los superiores de Madrid probar que era
judío el que daba memoriales 105,

o que el P. Miguel Marcos “tiraría a notar de judíos al P. Bautista Carrillo y a


quantos le favorecían” 106.
Este asunto del linaje que tanto molestaba a la Inquisición, quiso Aquaviva
solucionarlo, escribiendo a los provinciales españoles la siguiente instrucción fe-
chada a principios de 1593:
Porque en algunas Premisas en diversos tiempos y particularmente en este,
personajes muy principales –“del partido papistas”–, que mucho desean el bien
de la Compañía, han dicho a diversos superiores que abramos los ojos porque se
ofenden muchos de que se reciban y se vean en ella tantos que se sabe tienen raça

104 El propio P. Antonio ASTRAIN así lo señala en su Historia de la Compañía de Jesús...,


op. cit., III, pp. 592-593, al que han seguido numerosos historiadores.
105 AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, Subcarpeta 1ª. Documento original con
la información recopilada por el licenciado Arenillas de Reinoso del Consejo. 29 de marzo
de 1594.
106Ibidem. Información escrita por el Dr. Palacios de Terán, contra los religiosos por el
tratamiento al P. J. Carrillo, 1590.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

de confessos lo qual redunda en prejuizio y mengua de la misma Compañía y del


fruto que haría si en esto fuese más recatada, me ha parecido no diferir, mas
avisar lo que muchos días estava determinado se escriviese.

En cuanto a los jesuitas judíos que formaban parte de la Orden advertía el Ge-
neral que no se debía hacer nada, que no debía existir diferencia entre ellos y el resto
de los miembros y que si había que dar grados u otras prerrogativas que se conce-
diesen según el talento y la virtud de cada uno, sin advertir si es judío o no. Con
respecto a nombrar superiores que fueran de origen judío Aquaviva señalaba que
para evitar ofender a los Inquisidores y ministros castellanos del Rey, convenía tener
más cuidado con ciertos puestos principales, especialmente en los lugares donde
estaban los tribunales inquisitoriales porque era consciente de la vigilancia de estos
tribunales. Por último, en su carta a los provinciales, el General se refería a los nuevos
novicios de la Orden. Según Aquaviva, no se les podía prohibir la entrada a los no-
vicios judíos o de ascendencia judía porque iba en contra de los ideales de la Com-
pañía, pero pedía vigilancia y poner cuidado sobre dos cuestiones: la primera que
no convenía recibir a jóvenes que fueran muy notados, pero ante novicios que:
fuesen personas que tuviesen poca nota y de lexos, o no tan clara, y que sus
parientes, y especialmente si son personas nobles, fuesen honrados y empleados
por el Rey y por sus ministros, el escluyllos sería cosa muy odiosa dura y sugeta
a varios inconvenientes.

La segunda cuestión era que al recibirlos no se debía indagar detalladamente


en sus antepasados “porque esto de andar buceando genealogías y saliendo in-
formaciones de linages de otros, especialmente de gente honrada, seria cosa de
mucho peligro”, y cuando alguno fuera claramente judío, si es gente honrada y
de virtud, pedía que se buscasen otras razones para provocar la incertidumbre
porque pesa más el buen crédito de una persona que la opinión pública, porque,
acababa el General su carta “sabemos que Dios Nuestro Señor no limita la co-
municación de sus gracias y virtudes a sangre o a linages” 107.
A juzgar por este documento, Aquaviva era consciente, meses antes de la Con-
gregación extraordinaria, de que debía condescender a esta exigencia de los “caste-
llanos” si quería terminar con la persecución inquisitorial de su Orden. Se trataba,

107 ARSI: Hisp. 76-77, ff. 6r-6v. “Moderación acerca del recibir gente que tenga raza”.
A los Provinciales de España, febrero o marzo de 1593.

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Capítulo IV

por tanto, de lavar la imagen de la Compañía frente a los que la atacaban, y consi-
dero que nunca estuvo en los planes del General el prohibir la entrada a personas
de otras razas. Por otra parte, la costumbre del Instituto desde su fundación igna-
ciana, siempre fue la de tener las puertas abiertas a los conversos, o descendientes
de otras razas. No obstante, las pretensiones de los inquisidores eran otras; exigían
la limpieza de sangre para la Compañía. Por lo que el 23 de diciembre se impuso
en la Congregación General el decreto por el que se prohibía la entrada a los cris-
tianos nuevos 108. Con todo, la llegada al trono de Felipe III permitió a Aquaviva la
posibilidad de suavizar el decreto en 1608, durante la sexta Congregación General,
limitando la investigación del supuesto candidato a entrar en la Compañía hasta
su quinta generación 109.
En definitiva, con la cesión de los mayorazgos, la renuncia de los privilegios,
y la prohibición de ingreso a personas de origen hebreo y sarraceno, Aquaviva y
los jesuitas fieles a su gobierno buscaron suavizar las tensas relaciones que les
alejaba del partido “castellano” y del Santo Oficio. Con todo, a pesar de las re-
formas castellanas, se puede afirmar que la Congregación extraordinaria, cerrada
el 18 de enero de 1594, fue todo un éxito para Aquaviva, en tanto en cuanto, las
Constituciones y el propio Instituto no sufrieron ninguna alteración, y el General
salió fortalecido y reafirmado en su poder absoluto, acallando a los jesuitas mo-
lestos, con lo que pudo continuar el gobierno de la Compañía dependiente de
Roma sin demasiadas dificultades 110.

108 E. DEL REY, S.I.: “San Ignacio de Loyola y el problema de los cristianos nuevos”,
Razón y Fe 153 (1956), p. 181; T. M. COHEN: “Racial and ethnic minorities in the Society
of Jesus”, en T. WORCESTER (ed.): The Jesuits, Cambridge: Cambridge University Press,
2008, p. 199; P. A. FABRE: “La conversión infinie des conversos: des ‘nouveaux-chrétiens’
dans la Compagnie de Jésus au 16 siècle”, Annales. Histoire, Sciences Sociales 4 (1999), pp.
875-893; F. DE BORJA MEDINA, S.I.: “Precursores de Vieira: Jesuitas andaluces y castellanos
a favor de los cristianos nuevos”, en R. A. MARYKS (ed.): Actas del “Terceiro centenario da
norte do Padre Antonio Vieira”, Braga, 1999, pp. 491-519.
109 A. A. SICROFF: Los estatutos de limpieza de sangre..., op. cit., p. 234; E. JIMÉNEZ
PABLO: “Que por sus pies se avía venido a la pila…: El decreto de limpieza de sangre...”, op.
cit., I, pp. 759-793.
110M. FOIS, S.I.: “Il generale dei gesuiti Claudio Acquaviva...”, op. cit., pp. 199-233;
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La crisis del ‘partido castellano’...”, op. cit., p. 34.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

LA CORRIENTE DESCALZA
Y SU INFLUENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD JESUÍTICA

El férreo control religioso que implantó el partido “castellano” en la Monar-


quía de Felipe II provocó el surgimiento de tendencias espirituales alejadas de la
ortodoxia impuesta desde la corte. Un inconformismo religioso que se tradujo
en las reformas de las órdenes religiosas, siendo la descalcez franciscana y car-
melitana las primeras y más influyentes en el resto de institutos religiosos.
Paralelamente a la descalcez hispana, surgían en el seno de la Compañía un
conjunto de tendencias espirituales marcadas por un subjetivismo y un recogi-
miento “exagerado”, propios del misticismo que practicaban los “descalzos”.
Desde Roma, la postura del General fue drástica hacia la descalcez jesuítica:
Mercuriano y Aquaviva siempre trataron de cortar de raíz todo conato de misti-
cismo y buscaron a su vez un mecanismo que diese uniformidad en el modo de
orar, a modo de criterio “oficial”, para evitar una posible reforma en el seno de la
Compañía, tal y como estaba sucediendo en muchas de las grandes familias re-
ligiosas. Era una orden de reciente fundación, y por lo tanto, era incuestionable
pensar en una rama descalza de la Compañía. Y lo que era más importante, los
Generales evitaron estas corrientes porque existía el temor a un posible ataque
inquisitorial a la Compañía por parte del partido castellano, tal y como estaban
realizando con destacados miembros de la corriente “descalza”, por no seguir la
ortodoxia religiosa que ellos imponían.
La obsesión de la Curia jesuita, por tanto, fue la de homogeneizar la espiri-
tualidad de sus miembros, lo que dio lugar a una abundante legislación que uni-
formase la espiritualidad de la Compañía 111. De esta manera, Mercuriano, dejaba
allanado el camino al general Aquaviva, impulsando, a golpe de instrucciones,

111 M. RUIZ JURADO, S.I.: “La espiritualidad de la Compañía de Jesús en sus congregaciones
generales”, AHSI 45 (1976), p. 237. En este artículo el autor destaca la preparación del
Directorio de Ejercicios (1591-1599), y las diversas instrucciones e industriae enviadas por
Aquaviva sobre la renovación espiritual de la Compañía; Por su parte, Coemans estudia la
recopilación bajo el generalato de Mercuriano de los seis Directorios de los Ejercicios,
destacando los de Polanco y Mirón, y la carta sobre la oración del P. Aquaviva, fechada el 8 de
mayo de 1590, como broche del proceso evolutivo de la espiritualidad jesuítica (A. COEMANS:
“La lettre du P. Claude Aquaviva sur l’oraison”, Revue d’ascetique et mistique 17 [1936], pp. 313-
321).

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Capítulo IV

una espiritualidad más activa y práctica, cuya oración tenía un objetivo muy defi-
nido; el de servir fundamentalmente para preparar el apostolado (a lo que se llamó
la oración “práctica” de la Compañía) 112. Existían diversas referencias a este tipo
de oración “práctica” en momentos anteriores a Mercuriano, como fue el caso del
tratado sobre la oración escrito por el visitador Jerónimo Nadal 113, fechado en
1561, en el cual se explicaba que “ayudan los gustos espirituales y sentimientos;
mas de manera, que se tomen como medios y no como fines” 114. Sin embargo, no
fue hasta tiempos de Mercuriano y sobre todo de Aquaviva, que en la cúpula de la
Orden se constataba una clara conciencia de la necesidad de organizar, o mejor re-
gular, la dirección espiritual de la Compañía. Prueba de ello fue la preparación de
los Directorios de los Ejercicios (1591-1599) y las diversas instrucciones –la más
destacada la del 8 de mayo de 1590– e industriae enviadas por Aquaviva a los pro-
vinciales, tratando de redirigir la espiritualidad de la Compañía.
Sin duda, este intento de sistematización que caracterizó los generalatos de
Mercuriano y Aquaviva se explicaba, en parte, por los atisbos de reforma que im-
portantes jesuitas hispanos experimentaron durante toda la década de los 70 del
siglo XVI, que tenían una estrecha relación con el surgimiento de la descalcez 115.
El contextualizar dos de los casos más representativos de estos “peligros graves”,
tal y como los definió Guibert, como fueron las oraciones mentales del P. Antonio
Cordeses (1574) y del P. Baltasar Álvarez (1578), permite comprender el grado
de influencia en la espiritualidad de la Compañía de las ramas reformadas de otras

112 I. IPARRAGUIRRE, S.I.: Estilo espiritual jesuítico (1540-1600), Bilbao, 1964, p. 148.
113
M. NICOLAU, S.I.: Jerónimo Nadal S.I. (1507-1580): sus obras y doctrinas espirituales,
Madrid: CSIC, 1949, pp. 144-148.
114 MHSI, Nadal IV, Madrid, 1905, p. 677.
115 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa

del Rey, op. cit., I, pp. 25-55. Respecto a estas tendencias espirituales que se dieron en
tiempos de Mercuriano, señalaba el P. Guibert en su estudio que:
“el hecho también de recibir en gran número, en una orden muy reciente, y el verse
obligado a poner sin tardanza en puestos de dirección a hombres ya maduros,
muchas veces teólogos ya distinguidos, o sacerdotes que habían ocupado altos
puestos, que en todo caso traían un espíritu con su individualidad y sus tendencias
propias (…) podían ser, sobre todo después de la desaparición de Ignacio, fuente de
graves peligros” (J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op.
cit., p. 152).

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

órdenes religiosas hispanas, concretamente de las clarisas descalzas y de las car-


melitas descalzas 116, y el afán del General por combatirlas, evitando así sospechas
inquisitoriales, e imponer unos criterios espirituales a seguir por toda la Compañía
desde Roma.
A lo largo del siglo XVI, hubo muchos jesuitas que intensificaron más su reco-
gimiento y aumentaron el tiempo de su oración, pero la gravedad del caso de los
padres Cordeses y Álvarez fue mayor, ya que ambos desempeñaban cargos supe-
riores en la jerarquía de la Orden y, desde su posición, podían influir en la espiri-
tualidad de los escolares y de toda la Compañía en general 117. Por otra parte, hay
que tener en cuenta que las correcciones del General iban dirigidas con mayor
dureza a los jesuitas de las provincias españolas por dos motivos. En primer lugar
por el temor a un posible ataque inquisitorial, como resultado de la identificación
de la espiritualidad de estos padres con la heterodoxa de los alumbrados 118. Cier-
tamente, por estos mismos años, el Santo Oficio terminaba con el último rebrote
de corriente alumbrada con la persecución del foco de Llerena 119. Y en segundo
lugar, porque la espiritualidad de estos dos padres jesuitas podía desembocar en
un movimiento de reforma hispana en el seno de la Orden. De esta manera se ex-
plica que otros padres como Loarte, Maggio y Palmio, que también defendieron
una espiritualidad más contemplativa y reposada como Cordeses y Álvarez, no
fueran reprendidos por estar en Italia, donde estaban mejor controlados, fuera

116 A. BARRADO MANZANO, O.F.M.: “San Pedro de Alcántara en las provincias de San
Gabriel, La Arrábida y San José”, Archivo Ibero Americano 87/88 (Madrid 1962), p. 481;
J. GARCÍA ORO: “Conventualismo y observancia. La reforma de las órdenes religiosas...”, op.
cit., III/1º, pp. 317-340; I. FERNÁNDEZ TERRICABRAS: “Un ejemplo de la politica religiosa de
Felipe II: el intento de reforma de las monjas de la Tercera Orden de San Francisco (1567-
1571)”, en Actas del I Congreso Internacional del monacato femenino en España, Portugal y
América, León: Universidad de León, 1993, II, p. 159.
117 F. BOADO VÁZQUEZ, S.I.: “Baltasar Álvarez S.I. en la historia de la espiritualidad del
siglo XVI”, Miscelánea Comillas 41 (1964), pp. 155-257.
118B. BRAVO, S.I.: “¿El P. Antonio Cordeses, S.I., un caso de iluminismo jesuítico?”, en
San Ignacio de Loyola ayer y hoy, Barcelona, 1958, pp. 530-531.
119 J. L. GONZÁLEZ NOVALÍN: “La inquisición española”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA,

S.I. (dir.): Historia de la Iglesia en España, III-2º: La Iglesia en la España de los siglos XV y XVI,
Madrid: BAC, 1979, pp. 157-159; Á. HUERGA: Predicadores, alumbrados e Inquisición en el
siglo XVI, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1973, pp. 39-93.

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Capítulo IV

del punto de mira de la Inquisición española y alejados de la influencia del movi-


miento descalzo y recoleto que se dio en la Monarquía hispana 120.
El 6 de abril de 1574 el rector Juan Legaz advertía de lo que se estaba gestando
por estos años en el seno de la Orden: “Hay algunos, y de los más antiguos de
religión que han sido Superiores (…) que no arrastran a otra cosa sino a celdas
y libros” 121. El primero de ellos, el P. Cordeses, nació en Olot (Gerona), y pronto
pasó a Gandía donde estudió filosofía y casos de conciencia en el Colegio-Uni-
versidad fundado por Francisco de Borja. Siguiendo un orden cronológico de
los cargos elevados que ocupó en la Compañía, hay que destacar que fue rector
de Gandía y de Valencia a la vez, provincial de Aragón, superintendente del co-
legio de Coimbra, de nuevo provincial de Aragón y después de la provincia de
Toledo y, finalmente, prepósito de la casa profesa de Sevilla donde murió en
1601. Mientras desempeñaba su cargo de superintendente en Coimbra (1566-
1568) fue reprendido por el provincial de Portugal, el P. Fonseca, por su retrai-
miento, y por acercarse demasiado a una vía excesivamente afectiva de la oración,
que despertaba en los novicios el gusto por una espiritualidad con riesgo a ilu-
siones, nada común en la Compañía 122. Al respecto, escribía el P. Torres refi-
riéndose al P. Cordeses que “tengo para my que es ocasión de muchas yllusiones
y engaños en pensar que uno está mortificado, estando muy lexos dello y de otras
cosas” 123. Las quejas llegaron a la curia jesuita y, una vez que salió elegido Mer-
curiano, éste habló directamente en Roma con Cordeses, quien había acudido
allí en calidad de vocal a la tercera Congregación para elegir General. En Roma,
Mercuriano animó a su súbdito a abandonar su modo particular de orar. Con
todo, Cordeses continuó practicándola hasta que, siendo Provincial de Toledo en
1574, fue duramente reprendido por Mercuriano, y estuvo obligado a rectificar
la oración afectiva que practicaba y enseñaba. Hasta la Curia jesuítica habían lle-
gado numerosas quejas de importantes jesuitas de la provincia toledana, entre

120 P. ENDEAN, S.I.: “The strange style of prayer. Mercurian, Cordeses and Álvarez”,

en T. M. MCCOOG, S.J. (ed.): The Mercurian Project..., op. cit., pp. 351-352.
121 I. IPARRAGUIRRE, S.I.: Estilo espiritual jesuítico..., op. cit., p. 161.
122 B. BRAVO, S.I.: “¿El P. Antonio Cordeses, S.I., un caso...”, op. cit., pp. 530-531.
123
ARSI: Lus. 62, f. 73r-v; P. DE LETURIA, S.I.: “Cordeses, Mercuriano, Colegio
Romano y lecturas espirituales de los jesuitas en el siglo XVI”, AHSI 23 (1954), pp. 78-118.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

las que destacaba la oposición mostrada por el P. Ramiro, lo que provocó la drás-
tica intervención de Mercuriano 124.
Fechada el 25 de noviembre de 1574, la prohibición de Mercuriano, que co-
rregía los excesos del P. Cordeses, le llegaba de la siguiente forma:
Se juzga conveniente acá, que supuesto que algunas cosas de las que V. R.
toca en su manera de la oración sean buenas; todavía ni el modo, ni algunos
términos que usa, no convienen á nuestro instituto; y asi no se avrá de enseñar
a los nuestros (...) conviene a saber que la meditación nos lleva a la contemplación,
y nos pone en disposición de podernos reposar en la vista, ponderación,
contemplación, sentimiento, afección (…). No ay para que enseñar esto a los
nuestros ni publica, ni privadamente, pues ultra las dichas razones, se han visto
muchos inconvenientes.

Para que a Cordeses le quedase claro la dirección espiritual por la que debían
regirse el conjunto de los miembros que formaban la Compañía, le señalaba:
(…) Y para mejor entender el negocio es necessario mirar con diligencia qual es el
propio fin de nuestro instituto; porque como este no solo mira al consuelo del
entendimiento, o, voluntad particular, mas principalmente a los ministerios y
ejercicios exteriores, en los quales se emplean los suyos para utilidad propia… así
usa de una manera propia, y particular de orar, la qual tiende y se debe conveniente
enderezar al mesmo fin; atento que el instituto de la Compañía con la oración,
meditación, y con otros ejercicios; y experiencias muchas y varias va preparando, y
procurando que los suyos se hagan mas idóneos para los ministerios, los quales se
enderezan para aprovechar al proximo a gloria de Dios Nuestro Señor 125.

Después de la prohibición, Cordeses se doblegaba y obedecía las órdenes del


General, no volviendo a ser reprendido por los Generales. De la lectura entre lí-
neas de la carta-instrucción de Mercuriano de 1574, se percibe la seguridad en
Roma de que la espiritualidad desarrollada por Cordeses era influencia de otras
“religiones”, que por sus reformaciones, habían optado por ese estilo de vida re-
coleto 126. Amonestaba Mercuriano a Cordeses que:

124 Analiza todo el año 1574 el P. DUDON, S.I.: “Les idées du P. Antonio Cordeses sur
l’oraison”, Revue d’ascétique et de mystique 12 (1931), pp. 97-115 y 13 (1932) pp. 17-33.
125 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2.1, Caja VIII, 2: Carta del P. Everardo Mercuriano
al P. Cordeses, provincial. 25 de noviembre de 1574.
126 P. ENDEAN, S.I.: “The strange style of prayer...”, op. cit., pp. 351-352.

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Capítulo IV

la otra manera de orar, meditar, y contemplar parece más propia, para los
institutos que por su fin miren solo por si para con Dios, sin dubda desvia
comúnmente, y alexa a los de la Compañía de la operación, y aplicación de
nuestros ministerios (…),
la oración:
no es fin, ni instituto principal mío; como lo es de algunas Religiones, pero es un
instrumento universal de que nos ayudamos con otros execicios a conseguir las
virtudes, y ejercitar nuestros ministerios para el fin de la Compañía 127.
Este hecho puntual, la oración afectiva de Cordeses, se enmarcaba en un contexto
histórico que explicaría el origen de su particular tendencia espiritual, que se re-
monta a su formación en el círculo de Gandía, de donde a él, y a sus compañeros,
les llegó el influjo directo de la mística hispano-franciscana. Y es que, no es desco-
nocido que la reforma franciscana se propagó con gran eficacia por la región levan-
tina, estando siempre unida a la piedad y devoción de la familia de los Borja, duques
de Gandía, quienes promovieron las fundaciones descalzas en sus dominios 128.

A pesar de todas las medidas del P. Mercuriano por encaminar la espiritualidad


de los miembros de la Compañía, se dio un nuevo caso de “desviación espiritual”
en 1578 con el P. Baltasar Álvarez, diverso de aquel del P. Cordeses, pero igual-
mente provocado por influjo del movimiento descalzo 129. El P. Álvarez cursó sus
estudios de gramática y filosofía en Alcalá, Valladolid y por último en Ávila, donde
conoció a la madre Teresa de Jesús y, desde entonces, se convirtió en el director
espiritual de la monja 130. Con tan sólo veinticinco años, el P. Álvarez fue el confesor

127 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2.1, Caja VIII, 2: Carta del P. Everardo

Mercuriano al P. Cordeses, provincial. 25 de noviembre de 1574.


128 P. León AMORÓS, O.F.M.: “El monasterio de Santa Clara de Gandía y la familia

ducal de los Borjas ”, Archivo Ibero-Americano 20 (1960), p. 479; “El monasterio de Santa
Clara de Gandía... (continuación)”, op. cit., pp. 244-249; M. DE CASTRO: “Monasterios
Hispánicos de clarisas desde el siglo XIII al XVI”, Archivo Ibero-Americano 49, núm 193-194
(1989), pp. 79-122; M. RUIZ JURADO, S.I.: “Un caso de profetismo reformista en la
Compañía de Jesús. Gandía 1547-1549”, AHSI 43 (1974), pp. 225-226.
129J. GARCÍA ORO y M. J. PORTELA SILVA: “Los frailes descalzos, la nueva reforma del
Barroco”, AIA 60 (2000), pp. 523-533.
130 A. RISCO: “Los tres primeros confesores de Santa Teresa”, BRAH 80 (1922), pp. 446
y ss.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

que más ayudó a la carmelita como relata el P. Luis de la Puente en su biografía


del místico jesuita:
La ayudó notablemente el Padre Baltasar, como ella misma lo confesaba; porque
preguntándola una de sus monjas, si la estaba bien tratar con este santo Padre, la
respondió: Haríanos Dios una grande misericordia, porque es la persona a quien
más debe mi alma en esta vida, y la que más me ha ayudado para caminar a la
perfección. Y en el libro que hizo por mandato de su confesor, tratando cómo todo
su bien estuvo en tratar con Padres de la Compañía, y del provecho que la hizo el
primer confesor que tuvo, dice del segundo confesor, que fue el Padre Baltasar:
Este Padre me comenzó a poner en más perfección; decíame que para contentar del
todo a Dios, no había de dejar nada por hacer, y con harta maña y blandura me
quitó las amistades 131.

A pesar de su juventud, el P. Álvarez dirigía a la madre y:


ejercitábala con tantas mortificaciones, que estuvo muchas veces tentada de
dejarle, porque la afligía y apretaba mucho; pero siempre que se determinaba a
esto, sentía en su alma una grave reprehensión, que la decía que no lo hiciese, y
así perseveró con él, y vino a cobrarle grande respeto y amor 132.

Seis años ejerció como director espiritual de la Santa, en los que, como seña-
laba el P. Dalmases, se dio una “afinidad espiritual entre dirigida y director, sobre
todo en materia de oración” 133. El P. Francisco Ribera, discípulo del P. Álvarez,
quien escribió una hagiografía sobre la reformadora, recordaba cómo el P. Álvarez
mostrándole una gran cantidad de libros escritos por contemplativos le dijo:
“Todos estos libros leí yo para entender a Teresa de Jesús” 134.
Por estos años, en los que la Santa proyectaba llevar a cabo su reforma car-
melitana, el jesuita le animó en todo momento ya que:
vio el Padre Baltasar claramente ser aquello lo que Dios quería, y que por medio
de una mujer había de mostrar sus maravillas; y así la dijo, que no había de dudar

131 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez de la Compañía de Jesús,

Madrid: Razón y Fe, 1920, pp. 100-101.


132 Ibidem, p. 102.
133C. DE DALMASES, S.I.: “Santa Teresa y los jesuitas. Precisando fechas y datos”,
AHSI 35 (1966), p. 361.
134 Francisco DE RIBERA: La vida de la madre Teresa de Jesús, Salamanca, 1590, Libro I,
c. 11, p. 136 (edición del P. Jaime Pons, Barcelona: Gustavo Gili, 1908).

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Capítulo IV

más, sino que luego volviese a tratar de la fundación de su monasterio; y la


enderezó y ayudó a hacer las constituciones y reglas con que ahora se gobiernan
todos los demás que hay en su religión (…) el cual también después la favoreció
en la fundación del monasterio de Medina y de Salamanca, siendo Rector en estos
dos Colegios 135.

No obstante, el P. Álvarez era consciente de que ayudar a la monja en su re-


forma podría acarrearle las quejas de la curia jesuita, por interceder demasiado
en los asuntos de gobierno de otras órdenes religiosas. Por este motivo, en 1560
cuando la madre Teresa explicó su intención de reformar la Orden del Carmelo,
el P. Álvarez la obligó a que no hiciese nada sin acudir primero a su Provincial
carmelita para obtener la autorización de sus superiores:
Como el que me confesava tenía superior, y ellos tienen esta virtud en estremo
de no se bullir sino conforme a la voluntad de su mayor, aunque él entendía bien
mi espíritu y tenía deseo de que fuese muy adelante, no se osava en algunas cosas
determinar, por hartas causas que para ello tenía 136.

Seguidamente, en 1566, el jesuita fue destinado al colegio de Medina del


Campo como rector y maestro de novicios, y fue entonces cuando los documentos
sitúan el desarrollo en plenitud de la oración del P. Álvarez conocida como de
“silencio” 137. Desde Medina, seguía dirigiendo y aconsejando a la Santa por
carta 138. No obstante, su trato con las carmelitas no se limitó a la fundadora de
las descalzas, sino que, a partir 1573, año en que fue nombrado rector del colegio
de Salamanca, comenzó a dirigir a otra carmelita, la madre Ana de Jesús, priora

135 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., p. 104.
136 E. DE LA MADRE DE DIOS, OCD, y O. STEGGINK, O. Carm. (eds.): Santa Teresa de
Jesús. Obras completas, Madrid: BAC, 1962, p. 137.
137 Similar a la mística, que como él mismo explicaba, consistía en lo siguiente:
“huyendo las almas del ruido de las criaturas, retirarse a lo interior de su corazón para
adorar a Dios en espíritu, como El quiere ser adorado, poniéndose en la presencia suya con
un afecto amoroso, sin tomar alguna figura o composición corporal”, en “Relación acerca del
modo de oración que enseñaba el Venerable Padre Baltasar Álvarez, escrita por él mismo”,
aparece en V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., p. 473.
138 I. ELIZALDE: “Teresa de Jesús y los jesuitas”, en Teresa de Jesús: Estudios histórico-

literarios, Roma, 1983, pp. 151-175: J. A. ZUGASTI: Santa Teresa y la Compañía de Jesús,
Madrid: Razón y Fe, 1914; J. BURRIEZA SÁNCHEZ: “La percepción jesuítica de la mujer
(siglos XVI-XVIII)”, Investigaciones Históricas 25 (2005), p. 105.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

del convento de Salamanca e introductora de la reforma del Carmelo en Francia


y Bélgica. Acabado su trienio en el colegio salmantino, hacia finales de 1576, fue
nombrado rector, maestro de novicios e instructor de tercera probación en el no-
viciado de Villagarcía, por petición de la fundadora doña Magdalena de Ulloa,
mujer de don Luis de Quijada, mayordomo del emperador Carlos V, capitán ge-
neral de la infantería española y presidente del Consejo de Indias. Desde Villa-
garcía, el P. Álvarez confesaba a numerosos nobles, que fueron importantes
benefactores de la Compañía a la hora de fundar nuevos colegios:
Acudían a Villagarcía personas seglares de mucho lustre, como el Marqués
de Velada, de quien arriba se dijo; don Iñigo Fernández de Velasco, condestable de
Castilla, y su yerno D. Francisco de Borja, marqués de Lombay, y después Duque
de Gandía, los cuales residían entonces en Villalpando, que está de allí no más que
tres leguas, a donde iba el Padre Baltasar muchas veces, a instancia de Doña Ana
de Aragón, duquesa de Frías, muy devota de nuestra Compañía 139.

Su modo de orar no sólo se alejaba del pragmatismo enseñado por los Ejercicios,
sino que además corría el riesgo de ser tachado de alumbrado por la Inquisición,
como lo había sido el libro de la Vida de Santa Teresa en los tribunales de Córdoba
y Sevilla, proceso que duró de 1574 a 1579. Probablemente fue el temor a un pro-
ceso inquisitorial el que llevó al General a ordenar, en 1575, la prohibición de leer
libros místicos. Con todo, el problema de la oración del P. Álvarez se agravó a partir
de 1577, en pleno proceso inquisitorial de la reformadora, cuando el provincial de
Castilla, Juan Suárez, y el visitador Diego de Avellaneda, advirtieron al P. Mercu-
riano de que la oración del P. Álvarez era peregrina y peligrosa, expuesta a ilusión
y ajena al espíritu de los Ejercicios 140. La propia monja era consciente de los pro-
blemas que le acarreaba a su confesor jesuita:
Mi confesor, que era un Padre bien santo de la Compañía de Jesús (…) pasólos
harto grandes conmigo de muchas maneras: supe que le decían que se guardase de
mi, no le engañase el demonio con creerme algo de lo que le decía; y traían
ejemplos de otras personas. Todo esto me fatigaba y temía que no había de haber
quien quisiese confesar. Fue provindencia de Dios querer él durar y oirme (…)
que harto pasó conmigo, tres años y más que me confesó con estos trabajos:

139 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., p. 315.
140 J. TARRAGÓ: “La oración de silencio o quietud (activa) del V. P. Baltasar Álvarez, S.I.,
y los Ejercicios”, Manresa 4 (1928), p. 166.

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Capítulo IV

porque en grandes persecuciones que tuve, y cosas hartas que permitía el Señor
me juzgasen mal, y muchas estando sin culpa, con todas venían a él, y era culpado
por mí, estando sin alguna culpa 141.

Efectivamente, aunque la reforma del Carmelo nació en el seno de Castilla,


produjo numerosos enfrentamientos jurisdiccionales con las instituciones de la
Monarquía, especialmente con el Consejo de Castilla, ya que los métodos utili-
zados en esta corriente espiritual resultaban difíciles de controlar por Felipe II y
sus ministros castellanos 142. Por esto, no resulta extraño que la Inquisición des-
confiara de las reformas de Santa Teresa de Jesús, a la que visitó para informarse
de sus intenciones, mientras que los Pontífices vieron con agrado semejante re-
forma: Gregorio XIII (1572-1585), animaba a la incipiente reforma descalza hasta
el punto de proporcionarle en 1580 su propia entidad jurídica, a través del breve
Pia consideratione, que separaba la orden del Carmelo en calzados y descalzos 143.
Dicho breve expresaba con claridad la predilección del Pontífice por aquellos
institutos que se empeñaban en la reforma 144.
Enterado de los problemas inquisitoriales de la Santa y las acusaciones contra el
P. Álvarez, quiso el general Mercuriano controlar la espiritualidad del jesuita, en-
viando una serie de instrucciones al visitador de Castilla con el fin de que el superior
de Villagarcía abandonase su modo de orar, que no le permitía ejercer adecuada-
mente su cargo de rector y maestro de novicios, pudiendo transmitir a sus alumnos
su oración mística. Entre las muchas obligaciones que le dio el visitador, destacaba
la primera, en la que ordenaba que el P. Álvarez no debía “gastar tiempo con mujeres
especialmente con monjas Carmelitas en visitas, y por cartas” 145. A su vez, quiso el
P. Avellaneda dejar claro al jesuita cuál era la oración que debía practicar:

141 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., pp. 102-103.
142 La reforma del Carmelo ha sido estudiada minuciosamente por O. STEGGINK: La
reforma del Carmelo español. La visita canónica del General Rubeo y su encuentro con Santa
Teresa (1566-1567), 2ª edición, Ávila: Diputación Provincial de Ávila, 1993.
143 AMAE, Santa Sede, leg. 33/3, f. 82 y f. 92.
144E. MARCHETTI: “La riforma del Carmelo scalzo tra Spagna e Italia”, Dimensioni e
problemi della ricerca storica n. I (2005), p. 66.
145 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 3.4, Método de Oración, ff. 210-212, Caja VIII,
3: Carta al P. Baltasar Álvarez, Avisos del P. Diego de Avellaneda, Visitador, sobre su modo
de Oración peregrina.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

Finalmente, la voluntad de la obediencia es que no sólo V. R. muestre estima


y affición a la manera de oración de los Exercicios de N. P. Ignacio, mas que la
prefiera a cualquiera otra differente, siguiendo omnino la de nuestro Instituto,
para sí y para los otros con quien tratare 146.

La respuesta del P. Álvarez a las órdenes del visitador, al igual que la del P.
Cordeses, fue la de obedecer a sus superiores. Pero ni mucho menos quedó aquí
zanjada la cuestión. Tras el influjo místico en la oración del P. Álvarez, el General
se propuso enfriar la relación que otros miembros de la Compañía, especialmente
de la provincia de Castilla, mantenían con la reforma carmelitana. El 1 de octubre de
1578 escribía Mercuriano al provincial P. Juan Suárez:
Por otra tengo escripto al visitador, y ahora lo escrivo a V. R., que conviene que
los nuestros suavemente vayan dexando el mucho trato que tienen con las monjas
carmelitas descalças, reduciendo este trato a la manera de nuestro Instituto; y para
la ejecución desto soy cierto no impedirá nada el que V. R. nombra en la suya (el
P. Álvarez) 147.

Meses más tarde, Teresa de Jesús era consciente del alejamiento entre las des-
calzas y la Compañía. En una carta del P. Diego de Avellaneda al P. Mercuriano
señalaba lo siguiente:
(…) Aquí está la Teresa de Jesús, que es la que govierna las descalças, y ha hecho
hartas diligencias para que la vea y se renueve el mucho trato que los nuestros
tenían con ella y con sus monjas; mas, con la gracia divina, con la mayor suavidad
que pueda executaré el orden que V. P. me tiene dado de que no nos empachemos
muchos con ellas. El P. Baltasar Álvarez me dixo una palabra en Valladolid con
calor, por la que entendí que quería que no dexásemos de comunicarlas y tratarlas
como antes 148.

Desde que las carmelitas descalzas fueron sometidas a la autoridad de los cal-
zados por mandato del nuncio Felipe Sega, favorecedor de los calzados, el 16 de

146 F. BOADO VÁZQUEZ, S.I.: “Baltasar Álvarez S.I. en la historia de la espiritualidad ...”,
op. cit., p. 173.
147 ARSI: Cast. 2, f. 20, citado por C. DE DALMASES, S.I.: “Santa Teresa y los
jesuitas...”, op. cit., p. 370: Carta del P. Diego de Avellaneda a Mercuriano. Ávila, 23 de abril
de 1579.
148 ARSI: Hisp. 127, f. 178, citado por C. DE DALMASES, S.I.: “Santa Teresa y los
jesuitas...”, op. cit., p. 369: Carta del P. Diego de Avellaneda a Mercuriano. Ávila, 23 de abril
de 1579.

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Capítulo IV

octubre de 1576, muchas religiosas prefirieron confesarse con jesuitas que con
sus propios superiores, que no las aceptaban 149.
Como se ha podido comprobar a través del análisis de los casos de los padres
Cordeses y Álvarez, el problema que la Curia jesuítica veía en la espiritualidad
de ambos jesuitas era que no obedecían las directrices llegadas de Roma, tal y
como explicaba el P. Diego de Avellaneda al mismo P. Álvarez:
Si alguna dirección con el tiempo se hubiese de dar a los Ejercicios Espirituales
y modo de oración, que esto se ha de enviar de Roma a las provincias y no al revés,
según la regla, que ninguno ha de regir por su cabeza 150.

Por su parte, el siguiente General, Claudio Aquaviva, siguió las directrices de


Mercuriano afirmando que el camino del perfeccionamiento del espíritu no debía
ser el misticismo 151. El propio Aquaviva escribió diversos tratados precisando la
espiritualidad que debía seguir la Compañía; escribió su Directorium Exercitiorum
Spiritualium de 1591, o sus Industriae ad curandos animae morbos de 1600, y también
lo hizo a través de una gran cantidad de cartas que mandaba a los provinciales, ani-
mándoles a dirigir la espiritualidad de la Compañía en un mismo sentido. Así por
ejemplo señalaba en su epístola general del 8 de mayo de 1599 lo siguiente:
Los nuestros no deben apegarse de tal modo al gusto interior de la oración, que
entretenidos con los consuelillos que en ella encuentran, no trabajen por sacar un
fruto más sólido, sea de reforma de su vida y conducta, sea de adquisición de
virtudes; y que así, después de haber contemplado bien por ejemplo la paciencia
del Salvador en medio de los más crudos tormentos; después de haber meditado

149 A los pocos años la reforma de la rama masculina del Carmelo fue prosperando, la

Santa llegó a afirma al P. Juan Suárez lo siguiente:


“En otros tiempos me ha visto con más necesidad de ayuda, porque tenía esta Orden
solos dos padres descalzos, y mejor procurara esta mudanza que ahora que –gloria a
Dios– hay, a lo que pienso, más de doscientos, y entre ellos personas bastantes para
nuestra pobre manera de proceder” (Carta de Santa Teresa al P. Juan Suárez, 10 de
febrero de 1578. Citado por E. DE LA MADRE DE DIOS, OCD, y O. STEGGINK, O. Carm.
[eds.]: Santa Teresa de Jesús. Obras completas, op. cit., p. 860).
150
V. J. ALBIÑANA y A. J. MORENO: “Un problema de oración en la Compañía de Jesús”,
Manresa 42 (1970), p. 225.
151 “(…) comme s’il avait peur, en ouvrant les portes de la mystique, de précipter ses enfants
dans l’illusion”, escribe el P. DUDON, S.I.: “Les idées du P. Antonio Cordeses...”, op. cit., pp.
97-115.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

con cuidado sus humillaciones, el ardor de su caridad, y el celo de las almas de que
estaba consumido, no salgan impacientes y soberbios como eran antes. Por lo
demás este cuidado de hacer práctica la oración es común a todos los religiosos, y
deben tenerle todos los que se dan a la contemplación 152.

Para el General, quedaba claro que la oración recogida era un instrumento,


nunca un fin en sí mismo 153.
Los casos de los padres Álvarez y Cordeses se acercaban, por tanto, a una es-
piritualidad recogida, fijada en la búsqueda de la perfección del alma, a través
de su relación pasiva con Dios, que no fue seguida por el conjunto de la orden
jesuita, y que los Generales trataron de controlar y vigilar por el peligro que con-
llevaba su alejamiento de la ortodoxia impuesta por la Inquisición 154.
Es preciso explicar hasta qué punto la Compañía se dejó influir por la descalcez.
En este ambiente de reforma de las órdenes hispanas, durante el Generalato de
Aquaviva, la Compañía experimentó una tentativa de fundar su propia rama des-
calza. La idea surgió por parte de un jesuita hispano, el padre Juan Bautista Pacheco
(1550-1614), que fue rector de diversos colegios de la provincia de Toledo y desta-
cado misionero popular por La Mancha, donde estuvo en contacto con la descalcez
carmelitana. El padre Pacheco consideró oportuno fundar una rama descalza de la
Compañía, pues, en 1592, había ascendido a la mitra papal Clemente VIII, gran fa-
vorecedor del movimiento “descalzo-recoleto” surgido en Castilla, que a ojos del
Pontífice contribuía a la renovación espiritual de la Iglesia. Pacheco, que había in-
tentado convencer al general Aquaviva –primero por carta y luego acudiendo en

152 En Cartas selectas de los padres Generales..., op. cit., p. 58.


153 La espiritualidad de la Compañía en tiempos de Aquaviva ha sido tratada por

diversos autores como M. NICOLAU, S.I.: “Espiritualidad de la Compañía de Jesús en la


España del siglo XVI”, Manresa 29 (1957) pp. 217-236; I. IPARRAGUIRRE, S.I.: “Élaboration
de la spiritualité des jésuites, 1556-1606”, pp. 972-985 y M. DE CERTEAU, S.I.: “La réforme de
l’interieur au temps d’Aquaviva”, pp. 985-994, ambos pertenecientes a la obra AA.VV.:
Dictionnaire de spiritualité, París: Beauchesne, 1974, Vol. VIII.; y también J. DE GUIBERT, S.I.:
“Le généralat de Claude Aquaviva (1981-1615). Sa place dans l’histoire de la spiritualité de
la Compagnie de Jesús”, en AHSI X (1941) pp. 59-93.
154 Para un estudio más profundo de los distintos movimientos recolegos o descalzos, A.

MARTÍNEZ CUESTA: “Reforma y anhelos de mayor perfección en el origen de la recolección


agustiniana”, Recollectio 11 (1998) pp. 81-112; O. STEGGINK: La reforma del Carmelo
español..., op. cit.; A. URIBE: “Espiritualidad de la descalcez franciscana”, AIA 22 (1962), pp.
133-161.

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Capítulo IV

persona a Roma en 1597– de la necesidad de fundar una rama descalza al igual que
el resto de institutos religiosos tenían la suya, no fue escuchado por Aquaviva,
que no veía con buenos ojos ninguna separación dada la juventud de la Orden. En-
tonces Pacheco decidió acudir directamente al Pontífice, que se encontraba en Fe-
rrara, el cual le dio oídos a su proyecto, con la condición de que los cardenales César
Baronio y Niño de Guevara examinaran detenidamente su intención. Al enterarse
Aquaviva de lo ocurrido a sus espaldas, temió que éstos dieran por bueno su intento
de crear una rama descalza, sobre todo por parte de César Baronio, confesor de
Clemente VIII y discípulo directo de Felipe Neri, que defendía una espiritualidad
más radical. Fue en este momento cuando el interés suscitado por fundar una rama
descalza de la Compañía, dejó al descubierto la sintonía espiritual entre la descalcez
hispana y el espíritu del Oratorio. No obstante, el cardenal Baronio no tuvo tiempo
de examinar el proyecto debido a la rápida actuación del General. Inmediatamente,
Aquaviva escribió una carta al cardenal Baronio para asegurarle que la Compañía
pretendía lo mismo que Pacheco, pero por vías “più sicure e ordinarie” 155, desacre-
ditando a Pacheco, al que definía como desobediente y rebelde. Finalmente, Aqua-
viva acabó por convencer a ambos cardenales, frustrando el proyecto del jesuita, al
que obligó a que regresara al colegio de Murcia bajo la vigilancia del rector y del
provincial de Toledo. Este hecho, que no tuvo mayor trascendencia, demostró que
una reforma descalza en el interior de la Compañía no tenía cabida en la espiritua-
lidad definida por Aquaviva, pero demostró también el interés de la Curia papal
por el movimiento descalzo 156.
Los tres episodios, tanto el acercamiento del padre Cordeses a la espirituali-
dad franciscana descalza, como el del P. Álvarez a las carmelitas descalzas, y el
intento frustrado por parte del P. Pacheco de fundar una rama descalza de la
Compañía, deben inscribirse en un mismo contexto; la expansión de la reforma
descalza en la Monarquía hispana durante la segunda mitad del siglo XVI 157. Este

155 ARSI: Ital. 71, ff. 61r-v.


156 Esta tentativa descalza frustrada la señala en su artículo F. DE BORJA MEDINA: “La
Compañía de Jesús y la minoría morisca”, AHSI 57 (1988), pp. 118-121; A. ASTRAIN, S.I.:
Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 626-627.
157 Véase el ejemplo de los trinitarios descalzos y su apoyo en Roma en J. PUJANA: San
Juan Bautista de la Concepción. Carisma y misión, Madrid: BAC, 1994, p. 66; J. PUJANA: La
reforma de los trinitarios durante el reinado de Felipe II, Salamanca: Secretariado Trinitario, 2006.

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Los problemas de la Compañía de Jesús en España

florecimiento del movimiento de reforma descalza no podría haberse realizado


sin el apoyo de Roma, pues los ministros castellanos que administraban la Mo-
narquía trataron de controlar el movimiento. Así se explica la insistencia de Mer-
curiano en frenar la descalcez de Cordeses y Álvarez por el temor a una represalia
inquisitorial a toda la Compañía por la espiritualidad mística de unos pocos. De
ahí también el hecho de que el P. Pacheco insistiera en acudir a Roma, pues era
evidente que Clemente VIII favorecía a la descalcez como se analizará en el si-
guiente capítulo 158.

158 J. HIDALGO PAREJO: “Reforma carmelitana y reforma trinitaria, Juan de la Cruz y Juan

Bautista de la Concepción”, en I. HERNÁNDEZ DELGADO (dir.): Actas del Congreso Trinitario


Internacional: San Juan Bautista de la Concepción. Su figura y su obra (1561-1613), Córdoba:
Caja Sur, 2000, pp. 263-278; J. PUJANA: San Juan Bautista de la Concepción..., op. cit.

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CAPÍTULO V

DISCREPANCIAS EN EL CONFESIONARIO DE LA REINA MARGARITA:


FIDELIDAD A ROMA O A MADRID

En 1599, la llegada de la reina Margarita de Austria a la corte madrileña no


vino sino a reforzar la profunda transformación que estaba experimentando la
Monarquía hispana a finales del XVI y principios del XVII. Se trató de un cambio
político-religioso que no sólo vino acompañado de una renovación en las élites di-
rigentes, sino que además dio lugar al cambio de paradigma político-religioso “ca-
tólico castellano” por el de “católico romano”. Lo que significó que la Monarquía
pasaba a colocar las directrices políticas e ideológicas emanadas de Roma por en-
cima de los intereses de las élites castellanas que, durante gran parte del reinado
de Felipe II, habían dominado. Esta transformación fue posible porque, desde fi-
nales del reinado de Felipe II, la facción cortesana que miraba por los intereses
del Pontífice, el partido “papista” –continuadores de la antigua facción ebolista–
aunque todavía estaba a la sombra de los “castellanos” que ostentaban el poder,
se había ganado la confianza del joven príncipe, futuro Felipe III, y de otros miem-
bros de la familia real como el cardenal archiduque Alberto, la infanta Isabel Clara
Eugenia y la emperatriz María. Cuando se produjo la sucesión al trono, los “pa-
pistas” vieron cumplidas sus expectativas consiguiendo ascender hasta los puestos
más elevados de la administración de la Monarquía Católica 1. De esta forma, el
reinado de Felipe III se presentaba favorable a los intereses de los Pontífices frente
a anteriores reinados como los de Carlos V y Felipe II, en los que Roma no sopor-
taba el dominio que estos monarcas ejercían sobre la jurisdicción eclesiástica y la

1 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa


del Rey, op. cit., I, pp. 25-55.

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Capítulo V

escasa influencia del Papado en los asuntos religiosos de los reinos católicos que
estos monarcas gobernaban 2.

SITUACIÓN POLÍTICA Y RELIGIOSA DE LA MONARQUÍA HISPANA


A LA LLEGADA DE LA REINA MARGARITA DE AUSTRIA

Antes de analizar el entorno de la Reina y el papel de la Compañía al servicio de


la misma, es preciso comprender las relaciones entre la Monarquía y el Papado
en la última década del siglo XVI y principios del XVII. Toda vez, que la actuación
de la reina Margarita (su influencia sobre Felipe III, sus problemas con el duque de
Lerma, su relación con el Papado, su papel en la corte filipina, su protección a la
Compañía de Jesús, etc.) debe ser estudiada acorde a unos intereses y una espiri-
tualidad que se estaba imponiendo en los territorios de la Monarquía y en la que
Margarita fue educada cuando era una niña.

Clemente VIII y su apoyo al partido “papista”

Cuando se produjo el cambio de reinado de Felipe II a Felipe III, el solio pontificio


estaba ocupado por Ippolito Aldobrandini quien tomó el nombre de Clemente VIII
(1592-1605) 3. Ippolito era un gran conocedor de la corte madrileña desde que Pío
V le nombrase legato a latere en la Monarquía hispana en 1571 4. Llegó justo en un
momento crítico, la década de los 70 del siglo XVI, en medio de las pugnas cortesanas
entre el partido “ebolista” y el “castellano”, encontrándose próxima la pérdida de
poder del partido “ebolista”. En 1573 morían dos de sus principales miembros;
doña Juana de Austria y el príncipe de Éboli. Más tarde, en 1578, moría don Juan

2 A. BORROMEO: “La nunciatura di Madrid, la curia romana e la riforma...”, op. cit., pp.
35-63; B. CÁRCELES DE GEA: “El recurso de fuerza en los conflictos...”, op. cit., pp. 11-60.
3 Para comprender la relación de Clemente VIII con la Monarquía Católica de Felipe III
el reciente estudio de M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna. Diplomatici, nobili e religiosi
tra due corti, Roma: Bulzoni, 2010, pp. 93-171; R. DE HINOJOSA: Los despachos de la diplomacia
pontificia en España, Madrid, 1896, I, pp. 347-423.
4 L. SERRANO: Correspondencia diplomática entre España y la Santa Sede durante el
pontificado de S. Pio V, Madrid 1914, IV, pp. 375-376, 522 n. 1.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

de Austria. Mientras que en 1579, Antonio Pérez era apresado y la princesa de Éboli
era expulsada de la corte 5. Ippolito adquirió entonces una experiencia que le sirvió
más tarde, ya como Pontífice, para comprender las pugnas de poder en la corte ma-
drileña y captar aquellos personajes más fieles a su servicio, no sólo en el plano es-
piritual sino también en el político. Desde que falleciese Sixto V, en 1590, su nombre
aparecía como posible candidato en los siguientes tres cónclaves (en los que salieron
elegidos Urbano VII, Gregorio XIV e Inocencio IX), no obstante, su apoyo al gran
duque de Toscana y, sobre todo, su reconocido sentimiento filofrancés provocaba
que Felipe II, quien controlaba el voto de los miembros del partido cardenalicio más
fuerte en dichas elecciones pontificias, nunca le apoyase. Tras la fallida elección de
uno de los tres candidatos del monarca español, y el apoyo en secreto del gran duque
de Toscana, Fernando I, llevó a que, finalmente, saliese elegido Clemente VIII el 30
de enero de 1592 6. A partir de entonces, el Pontífice centralizó todos los asuntos
religiosos y políticos de la Iglesia en su persona, derivando trabajo sólo en sus ne-
potes Pietro y Cinzio Aldobrandini 7, lo que llevó a la progresiva transformación,
dentro del gobierno de la Iglesia, de ir desautorizando al Colegio de cardenales reu-
nidos en Consistorio como consejo supremo de los Pontífices. Se trataba entonces,
de acabar de imponer una línea de gobierno que ya se había tomado en pontificados
anteriores, relegando al Consistorio a la mera función de ratificar las decisiones ya
tomadas previamente por el Pontífice, solo o con sus nepotes 8. De ahí la impresión
del embajador veneciano Giovanni Dolfin cuando, en 1598, informaba de que Cle-
mente VIII “tutto vuol sapere, tutto leggere e tutto ordinare” 9.

5 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Antonio Pérez, a través de la documentación de la


nunciatura de Madrid”, Anthologica Annua 5 (1957), pp. 653-682.
6 A. BORROMEO: “España y el problema de la elección papal de 1592”, Cuadernos de
Investigación Histórica 2 (1978), pp. 175-200.
7 H. JASCHKE: “Das ‘persönliche Regiment’ Clemens’ VIII. Zur Geschichte des
päpstlichen Staatssekretariats”, Römische Quartalschrift für Christliche Altertumskunde und
Kirchengeschichte 65 (1970), pp. 133-44; M. LAURAIN-PORTEMER: “Absolutisme et
népotisme. La surintendance de l’État ecclésiastique”, Bibliothèque de l’École des Chartes 131
(1973), pp. 508-511; K. JAITNER: “Il nepotismo di Clemente VIII (1592-1605): il dramma del
cardinale Cinzio Aldobrandini”, Archivio Storico Italiano 146 (1988), pp. 57-93.
8 M. T. FATTORI: Clemente VIII e il sacro collegio..., op. cit., passim.
9 E. ALBÈRI: Le relazioni degli ambasciatori veneti al Senato durante il secolo XVI,
Florencia: Soc. Ed. Fiorentina, 1857, serie II, vol. IV, p. 455.

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Capítulo V

En lo político, Clemente VIII asestó un duro golpe a la Monarquía hispana cuando


negoció con la diplomacia francesa (1594-1595) para dar la absolución al monarca
francés, Enrique IV 10. Fue, sin duda, uno de los acontecimientos que marcaron el
pontificado de Clemente, que contribuyó a cambiar, a partir de entonces, la fisio-
nomía política europea, elevando a Francia como máxima potencia católica, garante
de la Iglesia, durante el siglo XVII 11. Semejante muestra de apoyo del Pontífice a la
Monarquía francesa, en detrimento de la hispana, también se vislumbró en la ad-
ministración de la Curia papal, puesto que Clemente VIII se encargó de revitalizar a
la antigua facción cardenalicia de tendencia filofrancesa, diluida tras años de mo-
narcas herejes y de guerras de Religión 12. En un principio, era el Papado el que más
beneficiado salía en este asunto, pues volvía a restituir el catolicismo en la Monarquía
francesa con dos importantes cláusulas; por un lado, debían aplicarse en territorio
francés los decretos tridentinos, es decir, que se debía imponer la doctrina católica
emanada de Roma, y por el otro, significaba el regreso de la Compañía de Jesús al
reino francés, cuyos religiosos habían sido expulsados por ser considerados aliados
de Roma, aunque la excusa de su expulsión fue la de ser inspiradores del atentado
fallido que sufrió Enrique IV 13. La vuelta de los jesuitas se hizo efectiva en 1603 14.

10 M. A. VISCEGLIA: Morte e elezione del papa. Norme, riti e conflitti, Roma: Viella, 2013,
pp. 354-367; M. T. FATTORI: Clemente VIII e il sacro collegio..., op. cit., pp. 69-72; B. BARBICHE:
“L’influence française à la cour pontificale sous le règne de Henri IV”, Mélanges d’archéologie et
d’histoire 77/1 (1965), pp. 277-299; R. DE HINOJOSA: Los despachos de la diplomacia pontificia...,
op. cit., I, pp. 334-336; A. CISTELLINI: “Il cardinale Federico Borromeo, S. Filippo e la
Vallicella”, en Atti dell’Accademia di San Carlo. Inaugurazione del IV anno accademico, Milán,
1981, pp. 91-133.
11 M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna..., op. cit., pp. 79-80.
12 G. COZZI: “Gesuiti e politica sul finire del ‘500. Una mediazione di pace tra Enrico

IV,
Filippo II e la Sede apostolica”, Rivista Storica Italiana 75 (1963), pp. 475-537; R. DE
MAIO: “Alessandro Franceschi e il card. Pierre Gondi nella riconciliazione di Enrico IV”, en
Mélange Eugène Tisserant, Città del Vaticano, 1964, VI, pp. 313-356.
13 B. BARBICHE: “Clément VIII et la France (1592-1605). Principes et réalités dans les

instructions générales et les correspondances diplomatiques du Saint-Siège”, en G. LUTZ


(ed.): Das Papasttum, die Christenheit und die Staaten Europas. 1592-1605, Tübingen: Max
Niemeyer, 1994, pp. 99-118.
14Sobre la Compañía en la Monarquía francesa, H. FOUQUERAY: Histoire de la
Compagnie de Jésus en France, París, 1922, III, pp. 253-394; A. LYNN MARTIN: Henry III and the
Jesuit politicians, Ginebra: Librairie Droz, 1973, pp. 123-128; A. LYNN MARTIN: The Jesuit

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

La absolución del monarca francés debilitó el protagonismo de la Monarquía his-


pana como primera potencia católica en el contexto europeo 15. Lo más interesante
de este episodio fue que la Monarquía hispana de Felipe II consintió el perdón del
monarca francés sin provocar una ruptura, o al menos un empeoramiento en las
relaciones con Roma, cuando antes, frente a cualquier intromisión del Pontífice
que repercutiese en los intereses del monarca hispano, éste no dudaba en obsta-
culizarla diplomáticamente, y si era preciso, hacer uso de las armas por la supe-
rioridad temporal de la Monarquía hispana (baste recordar el saco de Roma de
1527 o la paz de Cave de 1557). Esta aparente pasividad de Felipe II ante un hecho
insólito como fue la reconciliación de un monarca hereje, sólo puede explicarse
por el ascenso a los puestos de gobierno, a finales de la década de los noventa del
siglo XVI, de los miembros del partido “papista”, quienes secundaban las decisiones
políticas del Pontífice. Así, desde finales del reinado de Felipe II, influyentes corte-
sanos como don Juan de Idiáquez 16 o don Juan de Zúñiga, conde de Miranda 17,

Mind. The Mentality of an Elite in Early Modern France, Ithaca-Londres: Cornell University
Press, 1988; G. MINOIS: Le confesseur du roi: les directeurs de conscience sous la monarchie
françaíse, París: Fayard, 1988.
15 A. BORROMEO: “Istruzioni generali e corrispondenza ordinaria dei nunzi: obiettivi
prioritari e risultati concreti della politica spagnola di Clemente VIII”, en G. LUTZ (ed.): Das
Papasttum, die Christenheit und die Staaten Europas..., op. cit., pp. 199-233; J. MARTÍNEZ
MILLÁN: “El triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la Monarquía católica...”, op.
cit., I, pp. 549-556.
16 Este cortesano conocía perfectamente el funcionamiento de los asuntos eclesiásticos
y había estrechado relaciones con Roma cuando, en tiempos de Gregorio XIII, fue embajador
de Génova y Venecia. Asimismo, en la corte madrileña no dudó en tratar de solucionar los
problemas jurisdiccionales entre Roma y la Monarquía hispana cuando se ocupó de la
política exterior. De este modo se dirigía a Clemente VIII en 1597:
“Yo no soy el que menos desseo que cessen estas disputas y querria que los ministros
apostolicos y los reales se contuviesen en sus limites, cada uno poniéndose vaya y
contentándose con lo que justas y derechamente les toca, pues assi se debe hazer entre
tal Padre y tal hijo como son Su Santidad y Su Magestad, y esta creo que es la intención
de ambos, mas quanto más lo siento, assi menos puedo dexar de hablar con esta llaneza
y claridad especialmente con V. S., a quien tengo por tan señor y amigo” (ASV, Fondo
Borghese, Serie III, 81a, f. 589v: Carta de don Juan de Idiáquez al nuncio. 28 de
septiembre de 1597).
17 Desde finales del reinado de Felipe II era muy querido en Roma y “reconocido con
gracia particular por la gran devoción que mostraba siempre hacia Su Santidad”, por ello, desde

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Capítulo V

mantenían una estrecha relación con Clemente VIII y su nepote Pietro Aldobran-
dini, a los que informaban del devenir de los asuntos políticos de la Monarquía
para que, si lo consideraba oportuno, pudiese intervenir.
Este sistema de gobierno en manos de cortesanos favorecidos por Roma, sufrió
un gran desequilibrio a principios del reinado de Felipe III, debido, fundamental-
mente, al apoyo incondicional que el joven monarca mostraba a su gentilhombre
de cámara, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, desde 1599,
duque de Lerma. Desde su privilegiada posición, Lerma tejió con gran perspi-
cacia su propia red clientelar en la corte madrileña hasta crear a su alrededor una
facción cortesana, que consiguió desbancar a importantes miembros del partido
“papista” 18. De esta manera caían en desgracia destacados cortesanos como don
Cristóbal de Moura 19, el conde de Chinchón 20 o García de Loaysa 21. No obstante,

la Santa Sede se procuraba mantenerlo “afectuoso y obligado, porque se ve, que va creciendo
en autoridad y, con el paso del tiempo, se reducirá en su persona la suma de todas las cosas de
Italia” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 81a, f. 96r-96v: Carta del nuncio al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 8 de febrero de 1595). En tiempos de Felipe II, el conde de Miranda
había desempeñado el cargo de virrey de Nápoles, sin perjudicar a Roma en temas de
jurisdicción, como sí lo habían hecho los virreyes que le precedieron. A su vuelta a Madrid,
continuó favoreciendo a Roma cuando fue nombrado presidente del Consejo de Italia en 1596.
18P. WILLIAMS: “El favorito del rey: Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, V marqués
de Denia y I duque de Lerma”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La
monarquía de Felipe III: La Corte, Madrid: Fundación Mapfre, 2008, III, pp. 185-260.
19 J. SUÁREZ INCLÁN: “Don Cristóbal de Moura, primer marqués de Castel Rodrigo:
1538-1613”, BRAH 39 (1901), pp. 513-523:
“(…) Sólamente acude a los consejos de Estado y Guerra y de Portugal y aunque
trahe la llave de la cámara como solía, ha quedado tan fuera de la casa real que no ha
de gozar del médico y botica que se da a los della” (ASV, Segreteria di Stato Spagna
50, f. 52r. Avisos de Mons. Patriarca Camillo Caetano, nuncio en España, al cardenal
Pietro Aldobrandini. Madrid, 4 de enero de 1599).
20 Luis CABRERA DE CÓRDOBA: Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España
desde 1599 hasta 1614, Madrid: Imprenta de J. Martin Alegría, 1857, p. 568. El alejamiento
del conde de Chinchón en ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 329r-330r: Carta del
nuncio Caetano al cardenal Aldobrandini. Madrid, 21 de octubre de 1598.
21 El nuncio trataba de tranquilizar a la Santa Sede, con la esperanza de que Loaysa
continuase en la corte:
“L’Arcivescovo per li rispetti già scritti ha patito et patisce burrasca, ma se terrà valore
con la dignità et comodità che tiene, ritornerà, et nelle cose ecclesiastiche non lascierà di tener

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aunque es innegable el protagonismo de Lerma, durante, al menos, los primeros


años del reinado de Felipe III, es necesario precisar que Lerma no consiguió nunca
el favor de Roma como lo tenían otros consejeros, caso de Idiáquez o el conde de
Miranda, por lo que dependía de estos ministros para las relaciones con el Papado.
Y es que el Pontífice había conseguido consolidar su propia facción en la corte ma-
drileña a finales del siglo XVI, a la que el duque de Lerma no pertenecía, a pesar de
que siempre intentó agradar al Pontífice 22, y procuró mostrarse siempre ben’affetto
alle cose di Sua Santità 23. Incluso, su persona es muy criticada en la correspondencia
vaticana, en la que se describe a un Lerma bastante avaricioso por la gran cantidad
de mercedes que pedía a Roma, tanto para él como para su familia. La primera de
las mercedes concedidas a Lerma fue el cardenalato de su tío, Bernardo de Sandoval,
en detrimento de Loaysa, lo que no causó buena impresión en Roma. Asimismo,
pidió mercedes y beneficios que, desde la secretaría de Roma, se le concedieron para
su sobrino, Baltasar de Sandoval, hijo de la condesa de Altamira 24, para el conde de

gran parte” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 329r-330r: Carta del nuncio
Caetano al cardenal Aldobrandini. De Madrid, 21 de octubre de 1598).
J. GOÑI: “García de Loaysa y Girón”, en Diccionario de Historia Eclesiástica de España,
Suplemento I, Madrid, 1987, pp. 432-439; J. MARTÍNEZ MILLÁN y S. FERNÁNDEZ CONTI
(dirs.): La Monarquía de Felipe II..., op. cit., II, 2005, p. 253; A. FEROS: El Duque de Lerma.
Realeza y privanza en la España de Felipe III, Madrid: Marcial Pons, 2002, p. 45; F. NEGREDO
DEL CERRO: “La capilla de palacio a principios del siglo XVII. Otras formas de poder en el
Alcázar madrileño”, Studia Historica. Historia Moderna 28 (2006), pp. 63-86.
22 Con estas palabras se presentaba Lerma a la corte romana:
“Por no cansar y embarazar a V.S.I., he tardado en hazer esto con desear mucho
suplicar a V. S. Illma. me conozca por su verdadero servidor y que con esta satisfacción,
me mande emplear en todas las cosas de servizio de V. S. Illma., a que acudiré con gran
voluntad como tambien lo he dicho al señor nunçio, asegurandole que saldrá bien desta
fiança que hiziere por mi. A Su Santidad besé yo las manos quando estuvo en España
porque soy nieto del padre de Francisco de Borja y fuy a Portugal en su busca”.
El hecho de recordar a su abuelo, el jesuita Francisco de Borja, era un recurso constante en
las cartas que el Duque dirigía a la Curia Papal, consciente del vínculo de unión entre el
Pontífice y la Compañía (ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, ff. 14r-14v: Carta del marqués
de Denia al cardenal Aldobrandini. Madrid, 31 de enero de 1598).
23 ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, f. 87r: Valencia, 20 de febraro de 1599.
24ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f. 166r: El marqués de Denia al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 18 de septiembre de 1598.

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Capítulo V

Salinas, para su hijo Diego Gómez de Sandoval 25, y para su hija, que Roma no
tuvo más remedio que complacer porque, como avisaba el nuncio, Lerma “fa il
tutto” 26, pero a la vez “è molto odiato” en la corte 27. Cuando el nuncio informaba
a Roma de que Lerma se ocuparía exclusivamente de atender al monarca, te-
niendo que dejar la política a otros ministros como Idiáquez y el conde de Mi-
randa, Clemente VIII contestaba aliviado en el margen de la carta con un “Dio lo
voglia” 28.
Roma cedió a numerosas peticiones de Lerma, no obstante, el duque exigía
cada vez más beneficios eclesiásticos, esta vez para su persona. En junio de 1600
provocó la irritación de Clemente VIII al solicitar el patronazgo para su casa de
todos los beneficios del obispado de Valladolid y de Palencia, alegando que la
misma gracia fue concedida al duque de Alba 29, a lo que Roma se negó rotunda-
mente tachando de “exorbitante y repugnante” la petición 30. Por su parte, Lerma
era consciente de que en Roma era muy criticada su actitud y se lamentaba en pa-
lacio de que:
non è punto amato da Sua Beatitudine, et che conferma d’essere disgratiato con Sua
Santità, (...) et che fa Sua Beatitudine tanto conto di lui, come se fosse uno di questi
signori ‘arrinconati’ 31.

25 ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f. 360r: El marqués de Denia al cardenal

Aldobrandini. Valencia, 21 de marzo de 1599.


26 ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, f. 291r: Carta del nuncio Caetano al cardenal

Aldobrandini. Madrid, 18 de septiembre de 1598.


27 ASV, Segreteria di Stato Spagna 54, f. 237v: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. Avisos de Valladolid de principios de agosto de 1601; L. CABRERA DE CÓRDOBA:
Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op. cit., p. 567.
28 Ibidem, f. 237v: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal Aldobrandini. Madrid, 6 de
julio de 1601.
29ASV, Segreteria di Stato Spagna 53, f. 148r: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 24 de junio de 1600.
30 ASV, Segreteria di Stato Spagna 328, f. 110r-v: Carta del cardenal Aldobrandini al
nuncio Ginnasio. Roma, 1 de agosto de 1600.
31Ibidem, f. 350r: Carta del arzobispo Domenico Ginnasio, nuncio en España, al cardenal
Aldobrandini. De Valladolid, 1 de noviembre de 1603.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

En esta restructuración de la corte, la Compañía de Jesús jugó un papel im-


portante como confesores de los ministros favorables a Roma 32:
Come anco mi par’necessario d’advertir che si come in tutti li luoghi li P. Gesuiti
sono potenti, cosi in questa corte, ancorchè col Rè non si lasciano domesticar, tuttavia
hanno molti di questi pricipali 33.

En definitiva, el cambio en la corte madrileña fue radical; en pocos años, apa-


recían en la administración otros cortesanos para llevar las riendas de la Monar-
quía. Y en estos cambios políticos, la Compañía se encontró en el centro de la
transformación de las dos entidades políticas que hasta el momento contaban
con una vocación universal; el Papado y la Monarquía hispana, lo que implicaba
una forma distinta de entender su praxis, e incluso también, su orientación es-
piritual, dependiendo de la instancia a la que se obedeciese 34.

La situación religiosa en la Monarquía de Felipe III:


La conquista de la descalcez y el jesuitismo

Como se viene explicando, lo más destacado del reinado de Felipe III fue el cam-
bio en las relaciones que la Monarquía mantenía con el Papado, en el que, en el
plano espiritual, tuvieron un papel protagonista las órdenes “descalzas y recoletas”,
quienes sirvieron a los Pontífices (especialmente e Clemente VIII) para transformar
las relaciones de poder con la Monarquía hispana, creando la justificación de su
existencia y convirtiendo a la Monarchia Universalis 35, a la que aspiraban Felipe II
y sus ministros castellanos y que servía para amenazar la influencia del Papado
sobre el mundo, en la Monarchia Catholica 36 que ensalzaba una espiritualidad

32 ASV, Segreteria di Stato Spagna 53, f. 277v: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal

Aldobrandini. Madrid, 2 de diciembre de 1600.


33 Ibidem, ff. 277v-278r.
34 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La crisis del ‘partido castellano’...”, op. cit., pp. 11-38; J.
MARTÍNEZ MILLÁN: “Transformación y crisis de la Compañía de Jesús...”, op. cit., pp. 101-129.
35F. BOSBACH: Monarchia Universalis. Storia di un concetto..., op. cit., pp. 77-104; R.
MATTEI: “Il mito della monarchia universale...”, op. cit., pp. 531-550.
36 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la
Monarquía católica...”, op. cit., I, pp. 550-551.

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Capítulo V

radical, practicada y extendida por el movimiento descalzo-recoleto, y cuya actividad


política dependía de las disposiciones de los Pontífices 37. Toda esta compleja trans-
formación fue posible por el descontento de una parte de la sociedad que discre-
paba con la espiritualidad ascética e intelectual que había impuesto la facción
castellana. Este grupo opuesto a la religiosidad castellana entendía la experiencia
religiosa como una relación más íntima y directa con la divinidad, y en su forma
externa, más radical, con largas horas de oración, constantes ayunos, pobreza ex-
trema, etc. Esta espiritualidad radical se tradujo en el movimiento descalzo-reco-
leto, que se dio en Extremadura y Castilla y que tuvo sus orígenes en las órdenes
religiosas de San Francisco y del Carmen 38. En un principio, los descalzos y re-
coletos no fueron bien vistos por el gobierno de Felipe II, pero sí por el Papado,
quien les protegió dado que la radicalidad de su espiritualidad no tenía más refe-
rencia ortodoxa que la definición que el Pontífice, como cabeza de la Iglesia, daba
al catolicismo. Esta espiritualidad, como se ha explicado, contrastaba con la que
defendía la facción castellana gobernante, por lo que fue apoyada, no sólo por los
Pontífices, sino también por los sectores sociales desplazados del poder por la elite
castellana. Con el fin de hacerse oír en la corte, el movimiento descalzo-recoleto
siempre buscó implicar en su espiritualidad a los miembros de la familia real, sobre
todo a sus mujeres, quienes intercedían ante el monarca para extender esta co-
rriente, no obstante, habría que esperar al reinado de Felipe III para vislumbrar el
éxito de este movimiento espiritual que multiplicó el número de sus casas por todos
los territorios de la Monarquía 39.
Los dos mapas que aparecen en páginas del cuadernillo en color confirman
la gran expansión de los franciscanos descalzos y de los carmelitas descalzos prin-
cipalmente por Castilla, donde más arraigó la ortodoxia que los castellanos tra-
taban de imponer en los reinos, y donde más fuerte replicó el eco de la descalcez.

37 Todo este proceso está explicado en detalle en la Introducción del libro de J. MARTÍNEZ

MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I,
pp. 25-55.
38 F. ANTOLÍN: “Observaciones sobre las Constituciones de las carmelitas descalzas
promulgadas en Alcalá de Henares”, Ephemerides Carmeliticae 24 (1973), pp. 291-413; A.
URIBE: “Espiritualidad de la descalcez...”, op. cit., pp. 133-161; F. DE LEJARZA: “Origen de
la descalcez franciscana”, AIA 22 (1962), pp. 15-131.
39 C. VAN WYHE: “Piety and Politics in the Royal Convent of Dicalced carmelite nuns
in Brussels, 1607-1646”, Revue d’histoire ecclésiastique 100 (2005), p. 466.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Esta expansión de la corriente descalza por el territorio hispano, como por el


resto del mundo, fue posible por el apoyo que ofreció el pontífice Clemente VIII a
las órdenes reformadas. Recién elegido Pontífice, aconsejado por su confesor Fe-
lipe Neri 40, Clemente VIII realizó la visita pastoral a Roma que le llevó a plantearse
una reforma en la disciplina religiosa, que tendiese a una mayor rigurosidad y aus-
teridad en la forma vitae, conforme a lo que los padres del Oratorio estaban lle-
vando a cabo en Roma, convencido de que esta ciudad sagrada debía servir de
ejemplo a toda la Cristiandad 41. De este modo, Roma apoyó la creación de todas
aquellas asociaciones de presbíteros de espíritu reformado similares a la de Neri
como fueron Chierici della Madre di Dio, Chierici della Dottrina Cristiana, Chierici
Regolari Minori, difundiendo otras ya creadas como los escolapios, camilianos o
los capuchinos. No por casualidad Clemente VIII apoyó el radicalismo religioso
del movimiento hispano descalzo y recoleto, aprobando entre otras, las reformas
de los trinitarios descalzos (con el breve Ad militantes Ecclesiae de 1599) y de los
agustinos recoletos, que conectaban perfectamente con el espíritu reformado que
se había impuesto en Italia 42. Más directa fue la intervención de Clemente VIII
en la reforma carmelitana al fundar un convento de carmelitas descalzos en el
centro de Roma, conocido como Santa María de la Scala, el cual dependía direc-
tamente de la Santa Sede 43. Con el convento de la Scala, el Pontífice quiso ex-
tender la Orden descalza, pero además vio cumplida una de sus grandes
expectativas; contar en Roma con un centro de irradiación religiosa, hasta donde

40 L. PONNELLE, L. BORDET: Saint Philippe Néri et la société romaine de son temps

(1515-1595), París: La Colombe, 1958, pp. XLIV-XLV; A. CISTELLINI: San Filippo Neri.
L’oratorio..., op. cit., I-III; V. FRAJESE: “Tendenze dell’ambiente oratoriano durante il
pontificato di Clemente VIII. Prime considerazione e linee di recerca”, Roma Moderna e
Contemporanea 3 (1995), pp. 57-80.
41 D. BEGGIAO: La visita pastorale di Clemente VIII (1592-1600): Aspetti di reforma post-

Tridentina a Roma, Roma: Librería Editrice Pontificia Università Laterense, 1978, passim.
42 A. CISTELLINI: San Filippo Neri. L’oratorio..., op. cit., II, pp. 890-892; M. T. FATTORI:

Clemente VIII e il sacro collegio..., op. cit., pp. 1-17.


43 Clemente VIII anhelaba “reducir y traer las religiones a su primer principio, como él

mismo lo confiesa al principio de sus bulas” (J. PUJANA: San Juan Bautista de la Concepción...,
op. cit., p. 123); C. DE LA CRUZ: “La reforma teresiana instrumento de la reforma de Trento”,
Monte Carmelo 74 (1966), pp. 311-339. P. S. DE SANTA TERESA, O.C.D.: Historia del Carmen
Descalzo en España, Portugal y América, Burgos: Monte Carmelo, 1937, VIII, pp. 1-33.

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Capítulo V

peregrinarían grandes figuras de la reforma, que asimilarían los principios de


Roma 44. A este convento en Roma, no tardaron en oponerse los Superiores del
Carmelo Descalzo en Madrid, quienes, fieles al monarca hispano, trataron de per-
suadir a Felipe II para que evitase la fundación a toda costa. Por este motivo, Cle-
mente VIII juzgó necesario separar la Orden descalza en dos ramas; por un lado la
hispana (conocida como “San José”) y por otro la italiana (“San Elías”), ambas con
independencia jurídica. Esta división de la Orden descalza se hizo efectiva el 13 de
noviembre de 1600, con el breve In apostolicae dignitatis culmine. Al mismo tiempo,
el Pontífice nombraba Comisario General de la Congregación italiana al P. Pedro
de la Madre de Dios, quien por entonces era prior de la Scala. A partir de entonces,
Roma se ayudaría de su propia Congregación de carmelitas descalzos, a la que con-
firió un espíritu misionero –al contrario de la rama hispana que no se extendió
fuera de las fronteras de la Península– para extender el catolicismo romano 45.
En la misma línea que descalzos y recoletos, Clemente VIII quiso que la Com-
pañía de Jesús radicalizase su espiritualidad, enviando al general Aquaviva, en
abril de 1592, una instrucción con los cambios que debía introducir en el go-
bierno y espiritualidad de la Orden para hacerla más acorde a las órdenes refor-
madas. La instrucción trataba de la conducta, espíritu y disciplina que debían
ser mejoradas en la Compañía, y que debían ser puestos en práctica en cada uno
de los colegios y casas jesuitas. Explicaba Aquaviva las pautas de corrección que
habían sido ordenadas por Clemente VIII, ya que:
desea Su Santidad que las cosas de las religiones se reduzcan á su primitivo
espíritu, como tan seriamente nos lo encargó en la plática que hizo á los Generales
de las Religiones.
A continuación, se presentaban los puntos que componían la instrucción,
bajo el título “de las cabezas y puntos que deseamos se remedien”, formada por
un total de cuarenta epígrafes que obligaban a lo siguiente:

44 Además de importantes figuras para la Historia del Carmelo Descalzo en Italia como

el P. Pedro de la Madre de Dios, el P. Juan de Jesús María o el P. Tomás de Jesús, residieron


en la Scala personajes de la talla de fray Juan Bautista de la Concepción, iniciador de la
reforma trinitaria, cuya biografía más completa hasta el momento es la de J. PUJANA: San
Juan Bautista de la Concepción..., op. cit.
45 D. A. FERNÁNDEZ DE MENDIOLA: “Opción misional de la Congregación Italiana,
siguiendo el espíritu de Sta. Teresa y la llamada de los Papas”, Actas del Coloquio Internacional
de Misiones OCD. Larrea, 14-19 enero 2002, 110 (2002), p. 153.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

1. Raíz de nuestros daños; la poca comunicación que tienen los superiores con
los súbditos.
2. La demasiada ocupación en lo temporal, y en cumplimientos seglares impide
que no acudan á su oficio.
3. No basta encomendar el cuidado á los Prefectos de cosas espirituales.
4. No se disimulen las faltas aunque sean pequeñas.
5. Que los ministros y sotoministros (son los síndicos) avisen a los superiores
de las faltas de los súbditos.
6. Lo material de los colegios se acomode al recogimiento de los nuestros.
7. Entiendase y practíquese el uso de las penitencias que por falta dellas somos
notados.
8. La grande obligación que tienen los superiores á conceder penitencias á los
súbditos.
9. Es conforme á Nuestro Instituto ayunar por devoción algunos tiempos del
año, y se debe usar.
10. Renuévese el antiguo uso de las mortificaciones exteriores.
11. Sean bien probados los novicios en todas mortificaciones exteriores.
12. Renuévese el antiguo uso de las mortificaciones en los estudiantes.
13. Quien no hiciere su ministerio como debe, “removeatur ab illo”.
14. Remédiese lo que pasa entre los confesores por razón de sus penitentes.
15. Evítese la singularidad en comer y vestir, sino fuere por necesidad.
16. No coman los nuestros con los de fuera.
17. Quítese al Superior la facultad de conceder á los nuestros lo que pretenden
por medio de forasteros.
18. Los superiores lean las cartas de sus súbditos.
19. Los nuestros no salgan ligeramente de casa.
20. Amistades y visitas especialmente de mujeres se eviten.
21. Los Nuestros no se metan en pleitos ni negocios seglares.
22. Los Nuestros no se encarguen de parientes.
23. No se permita que los nuestros pidan á seglares dineros ni otras cosas.
24. Ni se admita lo que dan si es cosa curiosa ó inútil.
25. Evitese la curiosidad en el vestir de lana y lino.
26. Remediense los excesos de los Nuestros cuando van camino.
27. No se hallen los Nuestros en fiestas y otras cosas públicas.
28. No se permita que los Nuestros anden por casa vagueando.
29. Mírese cómo se está y se habla en quietes.
30. Los Hermanos Coadjutores sean ayudados con todo cuidado.
31. Los novicios y más los antiguos tienen necesidad de dirección y ayuda espiritual.
32. Toda suerte de sujetos deben ser ayudados por los superiores.
33. Para remediar las faltas se cure la raiz.
34. Que los Provinciales velen sobre los superiores locales.
35. Que los avisen cómo deben cumplir con sus obligaciones.

225
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Capítulo V

36. Los Provinciales conozcan lo personal, y el modo de gobernar de cada Superior.


37. Atiendan a su oficio de propósito.
38. No es justo que los súbditos queden amargos con el Superior cuando algo les
niega.
39. La suavidad no es contraria á la exacción en el gobierno.
40. Destiérrese el vicio de la murmuración 46.

Esta instrucción debía cumplir un doble objetivo: por una parte, silenciar las
críticas de aquellos enemigos de la Compañía que la habían perseguido, como ocu-
rrió durante la ofensiva inquisitorial contra la Compañía llevada a cabo por el par-
tido castellano en décadas anteriores. Esto era evidente ya que la instrucción debía
ser presentada al monarca hispano, como así se hizo, mostrando a una Compañía
unida y recatada en su comportamiento. Por otra parte, era obvio que Clemente
VIII buscaba algo más; la reforma espiritual de la Compañía más acorde con la ra-
dicalidad religiosa que se estaba imponiendo en el resto de órdenes religiosas. Esta
tendencia se puede vislumbrar en la instrucción, en aquellas medidas que se refe-
rían a la vuelta a las mortificaciones exteriores y a un mayor uso de las penitencias.
Al igual que la corriente descalzo-recoleta, los jesuitas consiguieron extenderse
sin dificultad por todo el territorio hispano durante el reinado de Felipe III, consi-
guendo el apoyo de numerosos “papistas” que colaboraron a la hora de fundar nue-
vos colegios. Incluso, diversos miembros de la familia real, especialmente la reina
Margarita de Austria, se convirtieron en fundadores y benefactores de diversas
casas jesuitas, como se analizará más adelante. El mapa de los colegios jesuitas –que
se incluye en el cuadernillo en color– permite analizar la uniformidad territorial
con la que se extendió la Compañía por el territorio hispano, dejando pocos lugares
sin fundar un colegio, un noviciado o una casa profesa, que difería en gran medida
de la expansión descalza focalizada, especialmente, en el territorio castellano.
A partir de 1581, coincidiendo con el generalato de Aquaviva, se establecieron
la mayoría de los colegios jesuitas de las provincias de Andalucía y Aragón. Por el
interés del General en aumentar el número de jesuitas de las provincias periféricas,
quienes se mostraban más fieles a la persona de Aquaviva, y daban menos proble-
mas a la hora de gobernar los colegios. Es preciso recordar las quejas de los jesuitas

46 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 29ª, Caja III-bis. Algunas advertencias y


apuntamientos que se encargaron al P. Alonso Sánchez, para reparo y renovación del espíritu
y disciplina religiosa. En Roma, 4 de abril de 1592.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

castellanos ante el gobierno de los superiores aragoneses impuestos por Aquaviva,


criticando la fidelidad de los aragoneses al gobierno del General, y su dependencia
de Roma. Por su parte, en las provincias jesuíticas de Castilla y Toledo, la mayoría de
las casas se fundaron en los primeros cuarenta años de existencia de la Compañía,
mientras que en el periodo de Aquaviva no hubo demasiadas fundaciones en te-
rritorio castellano. El siguiente cuadro refleja claramente esta idea:

NÚMERO DE CASAS JESUÍTICAS POR PROVINCIAS

Nº de casas jesuitas
Nº de fundaciones
Provincias fundadas Total
entre 1581-1621
antes de 1581
Andalucía 11 14 25
Toledo 15 8 23
Castilla 16 14 30
Aragón 7 9 16
Total 49 45 94

Especialmente llamativo es el caso de Toledo, pues entre 1581 y 1621 redujo


prácticamente a la mitad el número de fundaciones, si en 1540-1581 fueron 15 las
casas que se establecieron, en 1581-1621, tan sólo 8. Semejante evolución concuerda
con la evolución ideológica y la actitud que tuvieron los jesuitas de las provincias de
Toledo y de Castilla ante el gobierno de Aquaviva. Fue cuando los ministros caste-
llanos configuraron la Monarquía hispana de Felipe II, y también los años en los
que los jesuitas se vieron implicados (tanto por su procedencia social como por
los favores que recibían de la familia real) en ese proyecto político y religioso.

Continuando con el mapa, si atendemos al conjunto de fundaciones jesuitas se-


ñaladas en el mapa hasta 1621, destaca la aglomeración de casas en determinadas
ciudades como Madrid, Valladolid y Sevilla. Aunque sin duda, la corte madrileña
representaba, por antonomasia, el mayor espacio de poder, por ello, las ciudades
cercanas a ella, se hallaban repletas de fundaciones, con 4 ó 5 casas en cada una.
Ocurría lo mismo en Valladolid, donde se había trasladado en varias ocasiones la
corte, y donde el influjo de la Chancillería permitió la fundación de 6 casas jesuitas.
Por su parte, Sevilla, con su puerto y casa de contratación se convertía en otro gran

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Capítulo V

centro de poder, que además daba salida a las misiones jesuitas hacia Occidente y
Oriente. Fue, por tanto, durante el generalato de Aquaviva cuando la Compañía se
quiso extender por todo el orbe fundando en la ciudad de Sevilla un total de 7 casas,
donde se preparaban y residían los misioneros jesuitas, frente a otras ciudades an-
daluzas que no contaban con fundaciones jesuitas durante estos años, como era el
caso de Almería.

PIEDAD Y DEVOCIÓN:
LA EDUCACIÓN RELIGIOSA DE MARGARITA DE AUSTRIA

Felipe III llegaba al trono habiendo sido educado en la espiritualidad descalza-


recoleta y rodeado de consejeros que mantenían una excelente relación con el Pa-
pado 47. Desde que era príncipe, el Papado quiso estar al corriente de la educación
que estaba recibiendo Felipe III como futuro monarca. Por lo que, en 1591, el pre-
ceptor del príncipe (también capellán mayor y limosnero mayor), don García de
Loaysa, miembro destacado del partido “papista”, informaba a la secretaría del
Pontífice de los estudios del joven Felipe:
El cuydado que V. S. I. pone en favorecer los estudios es digno del peso
espiritual que a su cargo tiene, y quanto los que yo trato son en beneficio de la
Iglesia Universal. Es mas justo, y ellos han menester ser mas alentados, para que
un tan flaco subjeto como el mio pueda dignamente governallos; pidiendo siempre
ayuda a N. S. que es el verdadero maestro de los Principes que los guie al bien
universal y amplificacion de la Sancta Iglesia Romana: mas como la divina
Magestad vee la necesidad que ay de buenos principes en este ultimo tiempo, ha
dado a Su Alteza tan excelentes inclinaciones y una indole tan derecha a la religion
y virtud, que promete todo lo que se puede esperar de un sabio y sancto rey 48.

Continuaba la carta Loaysa tranquilizando al Papado, temeroso de que se re-


pitiera un reinado tan complicado en las relaciones con Roma como fue el de Fe-
lipe II, ya que el joven príncipe mostraba:

47
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El gobierno central de la Monarquía. La casa real de Felipe
II”,
en C. A. GONZÁLEZ SÁNCHEZ (ed.): Sevilla, Felipe II y la Monarquía hispánica, Sevilla:
Ayuntamiento de Sevilla, 1999, pp. 155-160.
48
ASV, Segreteria di Stato Spagna 38, f. 324r: Carta de García de Loaysa a la secretaría
del Papa. Aranjuez, 5 de junio de 1591.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

una disposicion a la obediencia de la Sancta Sede Apostolica tan grande, que todo
lo que oye de Su Beatitud lo reberencia y respecta como obedientissimo hijo.
Asimismo, aseguraba que, por los poderes que se le otorgaban como encargado
de la capilla real y por su cercanía al príncipe Felipe como maestro del joven, lo
único que deseaba es que “este principe salga como le ha menester la Sede Apos-
tólica y los trabajos de estos tiempos” 49. De esta manera, Loaysa, como otros
miembros del partido “papista”, colaboraron desde el entorno del futuro Felipe III
asegurando el futuro de la Monarquía del lado del Papado. Y como no podía ser
de otra manera, los jesuitas jugaron un importante papel en la educación del joven
príncipe 50. En 1595, el jesuita Pedro de Ribadeneyra escribió un tratado dedicado
al joven príncipe, titulado Príncipe christiano, donde señalaba al joven las principales
vías que le llevarían a ser un monarca virtuoso, dentro del marco de los ideales e
intereses católicos, contrarios a los principios políticos del modelo defendido por
Maquiavelo 51. En consonancia con la doctrina de Bellarmino, Ribadeneyra desta-
caba la primacía del poder espiritual del Pontífice sobre el poder temporal de cual-
quier emperador o príncipe cristiano 52. En esta misma línea, influyentes
predicadores de la capilla real, que compartían la espiritualidad radical, como el
jesuita Jerónimo Florencia o el trinitario Hortensio Paravicino, plasmaron la idea
de la dependencia del monarca español al Pontífice en sus sermones 53.

49 ASV, Segreteria di Stato Spagna 38, f. 324r: Carta de García de Loaysa a la secretaría
del Papa. Aranjuez, 5 de junio de 1591.
50H. HÖPFL: Jesuit political thought. The Society of Jesus and the state, c. 1540-1630,
Cambridge: Cambridge University Press, 2004, pp. 84-185.
51 Pedro DE RIBADENEYRA, S.I.: Tratado de la religión y virtudes que debe tener el príncipe
cristiano para gobernar y conservar sus estados, contra lo que Nicolás Maquiavelo y los políticos
deste tiempo enseñan, Barcelona, edición del año 1881, pp. 10-11; R. BIRELEY, S.I.: The
Counter-Reformation Prince. Antimachiavellianism or Catholic Statecraft in Early Modern
Europe, Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1990, pp. 111-135; J. M.
IÑURRITEGUI RODRÍGUEZ: La gracia y la república: el lenguaje político de la teología católica
y “El príncipe cristiano” de Pedro de Ribadeneyra, Madrid: UNED, 1998.
52 P. DE RIBADENEYRA, S.I.: Tratado de la religión y virtudes..., op. cit., pp. 101-103; J.

M. FORTE: “Pedro Ribadeneyra y las encrucijadas del antimaquiavelismo en España”, en J. M.


FORTE y P. LÓPEZ ÁLVAREZ (coords.): Maquiavelo y España: maquiavelismo y antimaquiavelismo
en la cultura española de los siglos XVI y XVII, Madrid: Biblioteca Nueva, 2008, pp. 167-180.
53 F. HERRERO SALGADO: La oratoria sagrada en los siglos XVI y XVII, III: La predicación
en la Compañía de Jesús, Madrid: Fundación Universitaria Española, 2001, pp. 441-472.

229
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Capítulo V

Toda esta política religiosa que Roma había desplegado en la corte hispana, que
como se ha podido analizar obtuvo sus frutos en tiempos de Felipe III, fue acompa-
ñada de una actividad igual de intensa en la corte imperial. Roma implantó una re-
ligiosidad radical, valiéndose de los jesuitas y de las Órdenes reformadas, en los
principales miembros de la familia imperial, tratando de suprimir el espíritu de
transigencia política y religiosa que habían mostrado el emperador Maximiliano II
y sus hijos con las distintas confesiones existentes en el Imperio, con el fin de evitar
cualquier alteración social. De esta manera, cuando Felipe II buscó esposa para su
hijo, los agentes de Roma vieron con buenos ojos y propiciaron que el matrimonio
se llevase a cabo con una princesa imperial, que ya practicaría la espiritualidad ra-
dical, muy en conexión con la “descalza” española en la que se había educado el
príncipe Felipe. La candidata elegida fue la archiduquesa Margarita de Austria,
hija de Carlos II de Estiria 54. Su piedad, su extrema devoción, su educación en
manos de la Compañía y su espiritualidad radical asimilada en la corte de Gratz,
la convirtieron en la candidata perfecta 55. La misma espiritualidad era compartida
por el hermano de Margarita, el futuro emperador Fernando II (1578-1637).
La joven Margarita, nacida en Gratz el 25 de diciembre de 1584, recibió una
educación religiosa muy rigurosa, emanada de la propia espiritualidad que pro-
fesaban sus progenitores. Su padre, el archiduque Carlos II de Estiria, había asu-
mido una espiritualidad católica radical frente al ambiente protestante que le
rodeaba, siendo educado por jesuitas 56. Por su parte, su mujer, la archiduquesa

54 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: El papado y Felipe II. Colección de Breves Pontificios II


(1572-1598), Madrid: Fundación Universitaria Española, 1999, II, pp. 258-261; la escritura
y negociaciones del matrimonio en BNE, Mss. 2346, ff. 5r-11v.
55 E. JIMÉNEZ PABLO: “Los jesuitas en la corte de Margarita de Austria: Ricardo Haller
y Fernando de Mendoza”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN, Mª P. MARÇAL LOURENÇO (coords.):
Las relaciones discretas entre las Monarquías Hispana y Portuguesa: Las Casas de las Reinas
(siglos XV-XIX), Madrid: Polifemo, 2008, II, pp. 1071-1120. También C. ALONSO: “Los
conventos de la Encarnación y de Santa Isabel de agustinas recoletas de Madrid según nueva
documentación”, Analecta agustiniana 48 (1987); L. SÁNCHEZ HERNÁNDEZ: El monasterio de
la Encarnación de Madrid. Un modelo de vida religiosa en el siglo XVII, El Escorial: Ediciones
Escurialenses, 1986.
56 “Fue de singular ayuda y provecho para esto –la espiritualidad de Margarita– el
admitir en Gratz los padres de la Compañía” (Diego DE GUZMÁN: Reina Católica. Vida y
muerte de doña Margarita de Austria, Reina de España, Madrid, 1617, f. 7v).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

María de Baviera, quien tomó por confesor al jesuita Juan Reynelio, se empeñó
en que sus hijos compartieran la misma espiritualidad radical, confiando la edu-
cación de su familia a diversos miembros de la Compañía de Jesús 57. Así, el jesuita
belga Bartholomäus Viller, rector en Gratz, se convirtió en el confesor del archi-
duque Fernando desde 1598, a quien acompañó a Viena cuando éste se convirtió
en Emperador. Otro jesuita, Jakob Crusius, de Bamberg, confesó a la archidu-
quesa Anna-Maria desde 1602, y el jesuita belga Marcel Pollarde fue el director
espiritual de la archiduquesa María Cristina. Tal predilección por la Compañía
tenía su fundamento en la excelente relación que la archiduquesa María siempre
mantuvo con el General de la Compañía de Jesús, con quien se carteaba con
frecuencia 58.
Ciertamente, la joven Margarita afirmaba de la Compañía que:
los bienes que yo desde mi niñez della recibí en mi alma son innumerables, y tales
y tantos que yo los estimo en más que no toda la grandeza deste mundo, y me
hallo por obligada de mostrarme quanto yo pudiere madre en lo temporal de los
que a mí me fueron siempre tan fieles padres en lo espiritual 59.

Una vez acordado el enlace entre el príncipe Felipe y Margarita, fue la propia
madre de la joven, la archiduquesa María, quien propuso que su hija tuviese un
fuerte apoyo en la corte hispana y continuase desarrollando allí su religiosidad,
de modo que ordenó que el jesuita Ricardo Haller acompañase a la futura reina 60.

57 M. S. SÁNCHEZ: “A Woman’s influence: Archduchess Maria of Bavaria and the


Spanish Habsburgs”, en C. KENT et al. (eds.): The lion and the eagle: interdisciplinary essays on
German-Spanish relations over the centuries, Nueva York: Berghahn Books, 2000, pp. 91-107.
58 J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 131.
59 M. J. PÉREZ MARTÍN: Margarita de Austria, reina de España, Madrid: Espasa-Calpe,

1961, p. 20.
60 Carta del nuncio Portia a Clemente VIII. Gratz, 24 de marzo de 1603:
“Non ha questa Arciduchessa pensiero nè sollecitudine maggiore di quello che concerne
la buona et sicura direttione dei propri figli, et per questo attende anco particolarmente a
mantener la Regina di Spagna figliola, benché lontanta, nè termini della pietà, virtù et
devotione, ne quali è stata gl’anni passati educata, et istruita. Per l’istesso effetto la
medesima Arciduchessa provvedde alla medessima Regina quando ella passò in Spagna,
di confessore di età matura, di prudenza et ottime qualità; et questo fu il Padre Riccardo
Haller, gesuita ch’era stato per innanti rettore nei collegii d’Ingolstatio in Baviera et in
Graz in queste provincie” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 113a, ff. 70r-71r).

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Capítulo V

No es de extrañar que el P. Haller fuese el elegido para desempeñar tan importante


cargo, a juzgar por su cercanía a la familia archiducal, y por haber ejercido siempre
cargos superiores dentro de la Compañía, lo que evidenciaba la confianza que el
general Aquaviva depositó en este jesuita. Ejerció como rector en Dillingen durante
cuatro años (1585-1589) y, desde enero de 1589, fue nombrado rector en Ingolstadt,
cargo que mantuvo hasta julio de 1595 61. Durante los dos años siguientes, fue
compañero del célebre visitador de las provincias Renana y de Alemania superior,
Paulus Joffäus, quien había sido además consejero del general Aquaviva durante
diez años. A partir de julio de 1597, Haller pasó de nuevo a Ingolstadt como rector
del colegio, y tres meses más tarde, siguiendo órdenes del General, ocupó el rec-
torado del Colegio y Universidad de Graz hasta el año 1599. Durante estos años,
pasó a ser uno de los confesores de la familia archiducal, teniendo a su cargo la su-
pervisión de los estudios del joven Maximiliano I de Baviera, hasta que la archidu-
quesa María le confió la dirección espiritual de su hija Margarita 62.
Dada la transformación que estaba experimentando la Monarquía, la ideología
que pudiera tener la nueva reina resultaba esencial para influir en la actuación del
monarca. Ciertamente, Clemente VIII no estaba dispuesto a perder su influjo sobre
la nueva reina. El medio más eficaz para mantener fiel a Margarita era incentivar la
espiritualidad radical que había asimilado desde su niñez, enseñada por jesuitas
fieles a Roma 63. En consecuencia, la joven reina vino acompañada de un grupo
de servidores que compartían su misma espiritualidad, y que, a pesar de los in-
tentos desde Madrid del duque de Lerma por devolverlos a Gratz, se mantuvieron
junto a ella hasta su muerte 64. Sin duda ninguna, el personaje más influyente
entre todos ellos fue su confesor, el jesuita Ricardo Haller, que permaneció junto

61 S. SPRUELL MOBLEY: “The Jesuits at the University of Ingolstadt”, en T. M. MCCOOG,


S.J. (ed.): The Mercurian Project..., op. cit., pp. 213-249.
62 F. DE BORJA MEDINA, S.I.: “Haller, Ricardo”, DHSI, Roma, 2001, II, p. 1871.
63 El radicalismo espiritual de la familia imperial ha sido estudiado por R. BIRELEY,

S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation. Emperor Ferdinand II, William
Lamormaini S. J., and the Formation of Imperial Polity, Chapel Hill: University of North
Carolina Press, 1981, pp. 79 y ss.; L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili,
1941, XXIII, pp. 317-330.
64 C. PÉREZ BUSTAMANTE: Felipe III. Semblanza de un Monarca y Perfiles de una
Privanza, Madrid, 1950, p. 74.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

a la reina durante toda su vida a pesar de que, en las negociaciones previas al en-
lace, se dispuso que la reina debía tener un confesor castellano de la orden fran-
ciscana 65, como advertía por orden expresa de Madrid el embajador español en
la corte austriaca Guillén de San Clemente a la archiduquesa María:
podra llevar un confessor de aqui a España, mas con condición, que se havra de
bolver luego porque a las reynas de España se suele dar alla confessor de tales
calidades como conviene 66.

Desde la corte madrileña, la persona elegida para confesar a la joven reina fue el
franciscano Mateo de Burgos, comisario general de la orden de San Francisco 67.
La documentación vaticana permite ver con claridad, que fue el marqués de Denia,
luego duque de Lerma, la persona que colocó al fraile franciscano como confesor
de la reina, en un intento por tener mayor control sobre la joven. No obstante, Lerma
pronto se percató de la inclinación de la reina hacia su confesor y, sobre todo, de la
insistencia de la archiduquesa María y de la corte de Roma porque el padre Haller
continuase desarrollando su cargo en la corte hispana; por lo que Lerma optó por
intentar ganarse la confianza de la Reina, y agradarla, ejerciendo él mismo de inter-
mediario para que Haller finalmente se quedase junto a la Reina 68, y honrar en la

65 M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity: Margarita de Austria, Richard Haller,

S.J., and the court of Philip III”, Cuadernos de Historia Moderna 14 (1993), p. 133. Sobre la
función de los confesores de las reinas, M. CHRISTIAN: “Elizabeth’s preachers and the
government of women: defining and correcting a queen”, Sixteenth Century Journal 24
(1993), pp. 561-576; C. VAN WYHE: “Court and Convent: The Infanta Isabella and her
Franciscan Confessor Andrés de Soto”, Sixteenth Century Journal XXXV/2 (2004); J.
LOZANO NAVARRO: “La Compañía de Jesús en el Flandes de los Archiduques. La labor del
Padre Pedro de Bivero junto al poder”, Archivo Teológico Granadino 67 (2004), pp. 91-107;
J. R. NOVO ZABALLOS: “De confesor de la Reina a embajador extraordinario en Roma: La
expulsión de Juan Everardo Nithard”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ
(coords.): Centros de poder italianos..., op. cit., II, pp. 751-836.
66 Citado por M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., p. 134; también

C. PÉREZ BUSTAMANTE: Felipe III. Semblanza de un Monarca..., op. cit., p. 85.


67 C. PÉREZ BUSTAMANTE: Felipe III. Semblanza de un Monarca..., op. cit., p. 85.
68 De la persuasión del monarca a instancias del duque de Lerma, para la continuidad
de Haller en la corte, informó el propio general Aquaviva al P. Ricardo, en mayo de 1600,
cuando le escribía:
“recibí la de Vuestra Reverencia y consuelo de entender por ella que ya exercita su
oficio en servicio de la Magestad de la Reyna, todo se debe al Señor Duque de Lerma,

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Capítulo V

medida de lo posible al franciscano rechazado, facilitándole la promoción del obis-


pado en Pamplona 69.
De esta manera, el P. Haller se convirtió, no solo en uno de los principales
apoyos y consejeros de la joven reina, sino también en uno de los principales in-
terlocutores de Roma y de la corte austriaca en Madrid, dado que no pertenecía
a ninguna facción cortesana de Madrid por ser nuevo y extranjero 70. Por su parte,
Aquaviva era consciente de la importancia de Haller junto a los monarcas, quien
podría influir en ellos a la hora de favorecer a la Compañía 71, especialmente
cuando era tan reciente todo lo sucedido con los memoriales castellanos contra
su gobierno. Por lo que, una vez asegurada la continuidad de Haller junto a la
reina, mandó una instrucción a los visitadores, al provincial de Toledo y al rector
de Madrid, fechada el 21 de junio de 1599, asegurándose del cuidado que los su-
periores hispanos debían procurar a dicho padre, por el bien de la Compañía.

el qual ha dias que de su mano me escrivio la merced que en ese particular haría sin
duda a la Compañia y con esta palabra yo estava seguro del suceso que ha tenido, no
es esta sola la merced que nos ha dado ni la ultima que hará a la Compañia. Dios le
guarde muchos años y en todo bien le prospere” (ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium
[1600-1610], f. 10).
69 L. CABRERA DE CÓRDOBA: Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op.
cit., p. 65. El nombramiento como obispo de Pamplona en ASV, Fondo Borghese, Serie III,
130b, f. 125r.
70 M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., pp. 136-137.
71 Sirva como ejemplo de esto, la intervención de Haller con la reina y con su madre,

la archiduquesa María, para mejorar la situación económica que atravesaba la casa de


probación romana de la Compañía, a principios del s. XVII. Escribía Aquaviva al P. Joseph
Villegas lo siguiente:
“De los P. Confessores de la Reyna y Archiduquesa, entenderá V.R. lo q por medio
de ambas pretendemos alcançar del Rey a favor deste noviçiado de Roma q hasta ahora
ha passado y passa con tanta necessidad,y porq todo ello vendra a manos del conde, q
es lo mejor que en ello ay, escribo dos palabras a su Exª suplicandole nos lo despache
tan favorablemente como suele haçer las demas cosas que nos tocan, y remitiéndome a
la información q V.R. le dar, la qual sera conforma la memorial que los dichos padres
le comunicaran. Envio a V. R. la carta para el Conde –de Miranda- y copia del
memorial que se envía al P. Haller. V. R. lo guarde y no haga oficio ni de la carta hasta
q los Padres ayan hecho su diligencia con la Reyna y su madre pues entonces sera
buena la ocasión de tratarlo con el Conde” (ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium [1588-
1600], f. 543r. Roma, 29 de marzo de 1599).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

En ella, ordenaba que evitasen a toda costa que en la corte o en los colegios se
hablara de procurar otro confesor a la reina que no fuera el P. Haller, porque
sería perjudicial para la reina y para la propia Compañía. A la hora de confesar
a la reina tenía total libertad para actuar porque el General confiaba plenamente
en el P. Haller. Asimismo, si algún jesuita debía tratar algún asunto con la reina
que fuera a través de su confesor, era por tanto, necesario acudir primero al P.
Haller. Por último, debían procurar que el P. Haller tuviera todo lo necesario y
si pedía algún compañero se le ofreciera el más humilde y recatado, para procurar
guardar la imagen del P. Haller en la corte madrileña 72.
Por su parte, el pontífice Clemente VIII solicitó en todo momento la perma-
nencia del P. Haller junto a la reina, por el importante papel que el jesuita podría
jugar en la corte, a favor de los intereses de Roma. Por lo que, al igual que hizo
Aquaviva, y con la misma intención de protegerle, mandaba a los superiores de
Madrid la siguiente instrucción:
Nuestro Padre desde Frascati –Clemente VIII– donde ha seis dias que esta me
ha ordenado que de su parte escriva a Vuestra Reverencia y al P. Francisco de Porres,
rector de Madrid, que Su Paternidad a ambos les encomienda mucho la salud del
P. Ricardo Haller y que para ella se tenga particular cuydado de su aposento,
comida, vestido, y lo demas y porque él siente particular prejuicio del calor. Vuestras
Reverencias, sin escrupulo alguno, le provean de toda la comodidad y preservativos
necesarios y aunque para acudir a su necesidad sea necesaria alguna cosa no
conforme al uso de por alla se le provea, pues en necesidad y en persona tal, no se
debe tener por singularidad, sino por caridad y providencia de los superiores, el
proveersela y ordenarle que la acepte y la use 73.

En este sentido, el influjo que el P. Haller ejerció sobre su penitente quedó


expresado con claridad por Diego de Guzmán, capellán mayor de las Descalzas
Reales, cuando afirmaba en su biografía de la reina que:
estava tan rendida y obediente, que la podia dezir lo que sentia con tanta libertad,
como si fuera una novicia de una religión. Y en cierta ocasión le dixo, Padre dígame
Vuestra Reverencia (que con este respeto hablava alguna vez, y en secreto a su

72 P. B. ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de


Toledo..., op. cit., 24 junio 1599; también en ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600),
ff. 553r-553v.
73 ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium (1600-1610), f. 9. Carta del General al P. Lucero
y al rector de Madrid, 6 de mayo de 1600.

235
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Capítulo V

confessor) lo que estoy obligada a hazer en conciencia, que yo lo haré, aunque me


cueste la vida. Confessavase con tanta claridad y humildad, y llaneza, que admirava
al confessor 74.
El P. Haller, a través del confesionario de la Reina, siempre buscó desarrollar en
la joven aquella espiritualidad radical que le había sido inculcada desde su niñez
en la corte de Gratz, y que el jesuita fomentaba con las lecturas concretas de tres
religiosos 75: las del dominico fray Luis de Granada 76, del benedictino Ludovico
Blosio 77 y del jesuita Luis de la Puente 78. Cabe destacar que estos tres religiosos
defendían en sus obras, especialmente en las guías espirituales que escribieron, una
espiritualidad de carácter radical, en las que incitaban al lector a un encuentro con
Dios a través, única y exclusivamente, del recogimiento personal de la oración 79.
No era extraño, por tanto, que en tiempos de Felipe II, durante el gobierno del par-
tido “castellano”, muchas de las obras de estos tres religiosos fueran tachadas de
sospechosas e incluidas en los índices inquisitoriales por ser contrarias a la ortodoxia
formal que defendía la facción “castellana”. Como no podía ser de otra manera,
aunque dichos autores fueron sospechosos para la Inquisición española, contaron
siempre con el apoyo de Roma 80.

74 D. DE GUZMÁN: Reina Católica. Vida y muerte de doña Margarita de Austria..., op.


cit., f. 112v.
75 Ibidem, f. 128v.
76 Sobre fray Luis de Granada destacan, entre otros, los trabajos de Á. HUERGA: Fray
Luis de Granada. Una vida al servicio de la Iglesia, Madrid: BAC, 1988; N. MARTÍN RAMOS:
“Aproximación a la vida, obra y espiritualidad de Fray Luis de Granada”, Communio vol. 36,
nº 1 (2003), pp. 5-147; U. ALONSO DEL CAMPO: Vida y obra de Fray Luis de Granada,
Salamanca: San Esteban, 2005.
77 L. DE BLOIS: Guía espiritual útil para los que procuran la perfección de la vida, edición

preparada por José María Sanabria, Madrid: Rialp, 2006.


78 Su doctrina espiritual aparece bien definida en el estudio que realiza C. M. ABAD,

S.I.: Obras escogidas del V. P. Luis de la Puente de la Compañía de Jesús, Madrid: BAE, 1958;
y del mismo autor: “Doctrina mística del V. P. Luis de la Puente (II)”, Estudios eclesiásticos
4/13 (1925), pp. 43-58.
79 M. S. SÁNCHEZ: “Pious and political images of a Habsburg at the court of Philip III
(1598-1621)”, en M. S. SÁNCHEZ y A. SAINT-SAËNS (eds.): Spanish women in the Golden Age.
Images and realities, Westport-London: Greenwood Press, 1996, pp. 91-108.
80 Como ocurrió con fray Luis de Granada, cuando algunas de sus obras fueron
incluidas en los índices inquisitoriales castellanos, mientras que el pontífice Pío IV las aprobó.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Sin duda, la presencia de Margarita de Austria en la corte madrileña era favorable


a los intereses de Roma, tanto era así que pronto se vieron los efectos de la joven
reina sobre el monarca. Era el momento propicio para solucionar todos los proble-
mas religiosos ya que el Papado no podía permitir un nuevo reinado como el de Fe-
lipe II, en el que la corte de Madrid decidiera la evolución política del catolicismo a
nivel mundial y en el que la jurisdicción eclesiástica fuera continuamente avasallada
por los ministros castellanos, quienes trataban de impedir la intromisión de Roma
en los asuntos religiosos 81. De modo que el nuevo monarca, aconsejado por la Reina,
puso todo de su mano para tratar de contentar a Roma dando prioridad al negocio
de la jurisdicción eclesiástica en los asuntos de la Monarquía. El nuncio infor-
maba de la intervención de la Reina en asuntos de jurisdicción eclesiástica:
La Regina di sua bocca, et per mezzo del suo confessore mi ha detto che si sente molto
obbligata a Sua Santità, et desidera di far fare alcuna dimostratione di notabile momento
et gusto di Sua Santità a suo marito, il quale mi disse, che ultimamente l’ha assicurata
che non permetterà mai che si venga a rottura et a perdere il rispetto alle cose sacre 82.

La presencia de la Reina en la corte madrileña también era una garantía de


apoyo y protección hacia los miembros de la Compañía. El hecho de que el jesuita
Ricardo Haller residiera en la corte junto a su penitente, facilitaba al general
Aquaviva solucionar rápidamente los problemas que pudieran surgir en el go-
bierno de la Orden. De modo que, a través del confesor y de la Reina, el General
hacía llegar a Felipe III sus peticiones, asegurándose la colaboración del monarca.
Este fue el caso de la delicada situación que el Seminario Romano de San Andrés
atravesaba en 1599. Con este motivo, el general Aquaviva escribía un memorial
al P. Haller explicándole la crisis económica del Seminario (de vital importancia
para cristianizar las Indias orientales y occidentales que gobernaba Felipe III) 83.

M. INFELISE: I libri proibiti, Roma-Bari: Laterza, 2006, p. 39; A. VILCHEZ DÍAZ: Autores y
anónimos españoles en los índices inquisitoriales, Madrid: Universidad Complutense, 1986; G.
FRAGNITO: Proibito capire. La Chiesa e il volgare nella prima età moderna, Bolonia: Il Mulino,
2005, passim.
81 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La crisis del ‘partido castellano’...”, op. cit., pp. 11-38.
82 ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff. 283r-283v: Carta del nuncio Caetano al
cardenal Aldobrandini. Barcelona, 1 de julio de 1599.
83 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 544r-544v: Memorial para el P.
Ricardo Haller. Roma, 29 de marzo de 1599.

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Capítulo V

Asimismo, el General quiso contar con la ayuda de la Reina, de su madre la archi-


duquesa María, y del confesor de ésta última, el P. Juan Reynelio 84, sin olvidarse
de acudir a uno de los ministros más queridos por Roma, protector de la Compañía,
como era el conde de Miranda que siempre ayudó a la Orden en Nápoles cuando
era virrey 85. De la misma forma que el General quiso contar con la ayuda de otra
gran aliada de la Compañía, la emperatriz María, quien siempre defendió a la Com-
pañía de los ataques del partido “castellano” durante la década de los 80 del siglo
XVI. Esta vez, Aquaviva acudía a ella a través de su confesor jesuita el P. Francisco
Antonio (1535-1610), de origen portugués, que se marchó a Viena en 1567 por
mandato del general Francisco de Borja con la misión de confesar a la emperatriz
María 86. En 1571 fue nombrado rector del colegio de Viena, no obstante, nunca
dejó de confesar a la Emperatriz, a la que acompañó a la corte madrileña cuando
ella enviudó. La cercanía del P. Francisco Antonio a la Emperatriz, hizo que, al
igual que ocurría con Ricardo Haller, el general Aquaviva desde Roma advirtiese
al rector de Madrid, el P. Esteban Hojeda, que aquello que pidiese el confesor de
la Emperatriz se le deve dar gusto 87.

84 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 545r: Del general Aquaviva al P.

Juan Reynelio, 21 de abril de 1599:


“Porque el P. Çésar Bono me ha escrito que el negoçio desta nuestra Probación
de San Andrés no va con tanta prosperidad como yo deseo, y no es necessario, quiero
encargar a V. R. que nos ayude con la intercesión de la serenísima Archiduquesa
Madre, como quando, y en que lo entenderá del P. Çésar Bono que tiene el cargo del
negocio, y le escribo que hable con V. R. y con el P. Ricardo, a su información me
remito, y a V. R. digo que es cosa que me prime mucho, y que según esto deseo que
de su parte lo ayude quanto pudiese como espero de su charidad lo hará”.
85 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 543r: Del General al P. Joseph

Villegas sobre la intervención del conde de Miranda. Roma, 29 de marzo de 1599.


86 “(…) Vuestra Reverencia se valga de los confessores de la Reyna y de su madre, y del
P. Francisco Antonio, a los quales escrivo que de V. R. entenderán lo particular en
que Madre e hija nos han de ayudar, que lo hagan con todas veras, y al P. Francisco
Antonio que haga lo mesmo con la Emperatriz, de manera que con estas ayudas, y
con la presençia del conde de Miranda, yo espero buen suceso” (Ibidem, f. 544v:
Carta del general Aquaviva al P. César Bono. Roma, 21 abril 1599).
87 ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium (1600-1610), f. 13: Carta del general Aquaviva al
P. Esteban de Hojeda, rector de Madrid, 26 de junio de 1600.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Desde Roma, el General de la Compañía trataba de mantener fiel a la joven


Reina, por lo que ordenó a los provinciales que satisficieran a la joven. No sólo eso,
sino que además ordenó al P. Pedro de Ribadeneyra que, tal y como había hecho
con su Tratado de la Religión y Virtudes que debe tener el Príncipe Cristiano (1595)
que dedicó a Felipe III cuando todavía era príncipe, con el que se trataba de persuadir
al futuro monarca de la necesidad que tenía la Monarquía de obedecer a la Santa
Sede, escribiese otro libro para cuando llegara la reina Margarita 88. Efectivamente,
en 1599, aparecía el Flos Sanctorum de Ribadeneyra dedicado a la joven Reina en
cuyo prólogo señalaba su intención de honrar a los que dieron su vida y sirvieron a
la Iglesia Católica. No es casual que Ribadeneira dedicase el libro de santos a la reina
Margarita “para que V. M. que es tan aficionada a leer las vidas de los Santos, como
deseosa de imitarlos, se entretenga algunos ratos en leer las que yo aqui escrivo” 89.
Con todo, la intención del jesuita iba más allá; comenzaba su dedicatoria por consi-
derar a la Reina como la gran patrona de la Compañía, rogándole que, ante cualquier
obstáculo, protegiese a la Orden, tal y como lo habían hecho todos los miembros de
su familia en Graz, especialmente su abuelo el emperador Fernando 90.

ENEMIGOS DE LERMA:
LA REINA Y EL CÍRCULO DE CONFESORES JESUITAS FIELES A ROMA

Desde el inicio de las negociaciones del matrimonio entre Felipe III y Marga-
rita de Austria, Felipe II era consciente de la importancia de la composición de
los servidores de la casa de la futura Reina 91. Lógicamente, las distintas instancias
de poder intentaban por todos los medios participar o estar representadas en la
casa de la nueva reina a través de dichos oficios. Por ello, Felipe II se encargó de
dar instrucciones a sus embajadores sobre las personas que debían servir en la

88 M. A. LÓPEZ MUÑOZ: “La filosofía política de Pedro de Ribadeneyra y su influencia

jurídica en la historia de España”, Bajo palabra. Revista de filosofía 5 (2010), pp. 321-330.
89 Pedro DE RIBADENEYRA: Flos Sanctorum o libro de las vidas de los Santos, Madrid,
1616, s/f. (BNE, 1/27855).
90 Ibidem.
91 F. LABRADOR ARROYO: “Casa de la reina Margarita”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M.
A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I, p. 1126.

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Capítulo V

casa 92. En el verano de 1598, Felipe II distribuyó los principales cargos de la casa
de Margarita entre las personas de su confianza. Para entonces, los miembros del
partido “papista” se habían ganado la confianza del anciano monarca. De esta ma-
nera, para los oficios más cercanos a la reina, contó con destacados miembros de
esta facción como don Diego Enríquez de Guzmán 93, V conde de Alba de Liste,
nombrado mayordomo mayor de la Reina, mientras que a don Juan de Idiáquez
le daba el título de caballerizo mayor, que juró el 12 de noviembre de 1598 94. A
doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, casada con don Francisco Tomás de
Borja y Centellas, que había fallecido en 1595, y hermana del condestable de Cas-
tilla Juan Fernández de Velasco, fue nombrada camarera mayor 95. En la corte se
hacían eco de que a la muerte de Felipe II casi “todos los criados que sirvieron al
Rey difunto han señalado para la casa de la Reyna” 96.
A la llegada de la Reina a la corte, el duque de Lerma comprendió que si quería
mantenerse en el poder controlando el acceso al monarca, debía ganarse también
la voluntad de la joven Margarita, por la influencia que ésta podría ejercer sobre
su marido. No sólo eso, sino que además Lerma se preocupó de realizar una redis-
tribución en los oficios de la casa de la Reina, colocando a sus hechuras y familiares,
al mismo tiempo que desbancaba a los cortesanos que favorecían la política de
Roma. En diciembre de 1598 el nuncio apostólico informaba a Roma de los cambios
que el duque de Lerma estaba realizando en los oficiales que servían en la casa de
la Reina:
(...) Hanse nombrado quatro mayordomos para la Reyna, que son el marqués de las
Nabas, el conde de Altamira cuñado del marqués de Denia, y don Pedro Lasso

92 F. LABRADOR ARROYO: “Casa de la reina Margarita”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M.


A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I, p. 1126.
93 F. LABRADOR ARROYO: “Apéndice IV: Relación alfabética de criados de la casa de la
reina Margarita de Austria (1599-1611)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA
(dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., II, pp. 821-822; A. LÓPEZ DE
HARO: Nobiliario genealógico de los reyes y títulos de España, Pamplona, 1996, I, p. 345.
94 F. LABRADOR ARROYO: “Apéndice IV: Relación alfabética de criados...”, op. cit., II, p. 849.
95 Ibidem, p. 919; M. V. LÓPEZ-CORDÓN CORTEZO: “Entre damas anda el juego: las
camareras mayores de Palacio en la Edad Moderna”, Cuadernos de Historia Moderna. Anejo II
(2003), p. 146.
96 ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 383v-384r: Avisos de Madrid, a 14 de diciembre
de 1598.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Andrea Commodi: Misa de San Ignacio en Manresa, siglo XVII.


Capilla farnesiana, Iglesia del Gesù (Roma)

Ignacio de Loyola, como peregrino a la izquierda de la imagen, contempla al Niño Jesús


en la hostia que sujeta el cardenal Alejandro Farnesio que oficia la misa.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Cristóbal de Villalpando: San Ignacio ante el Papa Paulo III, siglo XVIII.
Museo Nacional del Virreinato, Tepozotlán (México)

Ignacio de Loyola y sus compañeros ante Paulo III y sus nepotes, recibiendo la bula
fundacional “Regimini militantis Ecclesiae” el 27 de septiembre de 1540. Es común
representar a Ignacio como un santo en el momento de la fundación de la Compañía.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Juan José Carpio: Encuentro de San Ignacio con San Felipe Neri, siglo XVII.
Iglesia de San Alberto, Sevilla

No es seguro que llegaran a conocerse estos dos santos, lo cierto es la admiración y el


aprecio entre ambas congregaciones. La Iglesia a la que acude Ignacio, recibido por Felipe
Neri y sus discípulos, es la Chiesa Nuova (también llamada Santa Maria in Vallicella)
reconstruida sobre una anterior a partir de 1575, iglesia que Ignacio no conoció pues
falleció en Roma en 1556. Para la reconstrucción de esta Iglesia se tomó como modelo la
planta barroca del Gesù.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Giovanni Battista Crespi (Il Cerano):


San Carlo Borromeo introduce en Milán a Barnabitas, Jesuitas y Teatinos, 1603.
Duomo, Milán

Para la reforma espiritual de la archidiócesis de Milán, Borromeo quiso contar con las tres
órdenes reformadoras que se representan en el cuadro con sus correspondientes hábitos
y sotanas.

Everardo Mercuriano S.J.


(23 abril 1573-1 agosto 1580)
4º Prepósito General de la Compañía de Jesús

Mercuriano fue el primer general de la Orden no


hispano, elegido por la presión que Gregorio XIII
ejerció sobre la Congregación General de 1573.

iv
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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Claudio Aquaviva
(19 febrero 1581-31 enero 1615)
5º Prepósito General de la Compañía de Jesús

Durante su etapa de gobierno se convocó la primera


Congregación General extraordinaria de la Compañía
(1593-1594), con el fin de intentar dar solución a las
escisiones en la Orden.

Muzio Vitelleschi
(15 noviembre 1615-9 febrero 1645)
6º Prepósito General de la Compañía de Jesús

Los años de gobierno de este General fueron muy


complicados pues coincidieron plenamente con la
Guerra de los Treinta Años (1618-1648), su apoyo
al Imperio le granjeó, en ocasiones, la hostilidad
del conde-duque de Olivares.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Niccoló Betti:
Felipe III y Margarita de Austria casados por Clemente VIII en Ferrara, 1603.
Depósitos de las Galerías, Florencia

La reina Margarita de Austria, que se mostró siempre protectora de la Compañía de Jesús,


mantuvo muy buena relación con Clemente VIII, ya desde sus años en la corte de Gratz,
que mejoró cuando se convirtió en reina tras su matrimonio con Felipe III. El papa quiso
casarles en Ferrara el 13 de noviembre de 1598.

vi
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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Fundaciones de los franciscanos descalzos en el reinado de Felipe III

El triunfo de la expansión descalza, con la multiplicación del número de conventos, se dio


durante el reinado de Felipe III y bajo el pontificado de Clemente VIII. Una corriente, tanto
en el caso de los carmelitas como en el de los franciscanos, que arraigó, sobre todo, en
Castilla.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

carmelitas descalzos
carmelitas descalzas

Fundaciones de los carmelitas descalzos (masculinos y femeninos)


en el reinado de Felipe III

Los datos se han obtenido del Ms. 13656: “Fundaciones de los conventos de frailes i monjas”,
ff. 18-20, de la BNE (Madrid)

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Colegio

Casa profesa

Noviciado

Seminario

Residencia

Fundaciones jesuitas desde sus orígenes hasta 1621

Las fundaciones escritas en rojo pertenecen al periodo 1581-1621.


Las escritas en negro son anteriores a 1581

El mapa de los colegios jesuitas muestra la uniformidad con la que se extendió la


Compañía en el territorio hispano, dejando pocos lugares sin fundar un colegio, un
noviciado o una casa profesa, que difiere en gran medida con la expansión descalza
focalizada, especialmente, en el territorio castellano. A partir de 1581, coincidiendo con
el generalato de Aquaviva, se establecieron la mayoría de los colegios jesuitas de las
provincias de Andalucía y Aragón, dado el interés del General en aumentar el número
de jesuitas de las provincias periféricas, pues se mostraban más fieles al gobierno de
Aquaviva y daban menos problemas a la hora de gobernar los colegios.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Juan de Valdés Leal:


San Ignacio y San Francisco de Borja contemplan una alegoría de la Eucaristía, 1676.
Museo de Bellas Artes, Sevilla

A mediados del siglo XVII se extendieron en las iglesias jesuitas las imágenes de estos dos
santos. En este caso aparece Ignacio a la izquierda, como de costumbre, y Francisco de
Borja a la derecha, sujetando ambos el lema IHS (Iesus Hominum Salvator) por encima
de la bola del mundo. La luz y el punto de fuga se encuentra en el niño Jesús que sostiene
la Sagrada Forma, ensalzando así la Eucaristía. Completan el cuadro la Virgen, el Santo
Padre y el Espíritu Santo por encima de Ignacio. Es preciso resaltar los dos libros que
aparecen en el suelo, por una parte los Ejercicios Espirituales de la Compañía y por otra De
la diferencia entre lo temporal y lo Eterno (1640), del P. Juan Eusebio Nieremberg, cuyos
escritos ensalzaban la unión de la Casa de Austria y la defensa de la Eucaristía.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Andrea Commodi: Muerte de San Ignacio.


Curia provincial de los Jesuitas en Italia. Capilla Farnesiana, Roma

Ignacio está en su lecho de muerte, con su compañeros, los primeros jesuitas.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Pedro Pablo Rubens, Jan Wildens:


Acto de devoción de Rodolfo I de Habsburgo, 1618-1620,
Museo del Prado, Madrid

A raíz de la victoria de Nördlinghen en 1634 (donde el Imperio y la Monarquía unieron


sus fuerzas contra Suecia), don Diego Messía, marqués de Leganés, vencedor junto al
cardenal infante Fernando en dicha batalla, encargó a Rubens este cuadro para halagar
al monarca Felipe IV, en el que se representaba al conde Rodolfo llevando en su caballo
a un sacerdote que portaba el viático. El rey no dudó en colocarlo en el cuarto de Verano
del Alcázar, pues este cuadro glorificaba la unión de la Casa de Austria por medio de la
devoción a la Sagrada Forma, tal como defendían los jesuitas en sus tratados.

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

Andrea Sacchi: El Papa Urbano VIII en la Iglesia del Gesù en Roma


para celebrar el centenario de la Compañía de Jesús. 2 de octubre de 1639.
Galería Nacional de Arte Antiguo en el Palacio Barberini, Roma

El lienzo muestra la pompa y suntuosidad decorativa en el interior de la Iglesia del Gesù


para celebrar el centenario de la Orden. En el centro de la imagen, aparece Urbano VIII
con la comitiva de cardenales que lo acompañan al acto. Un buen número de jesuitas con
su característica sotana negra, además de nobleza, carros y caballos completan la escena.
El techo de la Iglesia estaba sin la decoración pictórica dejando al descubierto la escayola,
que más tarde sería decorada por el maestro Giovanni Battista Gaulli con sus admirados
frescos que representaron el Triunfo del Santo Nombre de Jesús (1674-1679).

xiv
Cuadernillo Ilustraciones 16_Maquetación 1 07/11/14 16:05 Página xv

Dibujo preparatorio al óleo de Baciccio para el fresco El Triunfo del Santo Nombre de Jesús
en la bóveda de la iglesia del Gesú, en Roma
Cuadernillo Ilustraciones 16_Maquetación 1 07/11/14 16:05 Página xvi

La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

“Horoscopium Catholicum Societatis Iesu”,


Athanasius Kircher: Ars Magna Lucis et Umbrae, Roma 1671

Athanasius Kircher, un jesuita que vivió casi toda su vida en Roma, se interesó por las
lenguas orientales y en 1671 publicó su Ars Magna..., un estudio gnomónico con
distintos grabados sobre relojes solares, en el que también aparece este dibujo donde
están representados todos los colegios y casas jesuíticas. En este momento se hablaba de
la conquista espiritual de la Compañía de Jesús en todo el mundo, y este árbol con las
provincias y casas refleja esta expansión cuyo tronco, que sustenta al resto, es la
provincia romana.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

yerno del conde de Orgaz, y a Don Gonçalo Chacón señor de Cassarrubios, al qual
agora han dado título de marqués. Ansimismo han señalado quatro dueñas de honor
o camareras, que son las condesas de Salinas, de Cifuentes, la de Puñoenrostro, y
Tribulcio, y por guardamayor de damas la Señora de Guadalcaçar. También se han
restituido como treinta damas y meninas y aunque se havia dicho las que lo eran de
las Señora Infanta que fuessen sirviendo a Su Alteza, o se retirasen a casa de sus
Padres, Su Magestad ha sido servido restituirlas para que queden con la Reyna,
salvo la Condesa de Uzeda y su hija y otras dos o tres damas que yrán a Flandes.
Han hecho secretario de la Reyna a Juan Ruyz de Velasco 97.

Con todo, los cambios más significativos se produjeron después de celebrarse


la jornada real de Valencia, cuando llegó la joven Reina. El 18 de noviembre de
1599, el VI conde de Alba de Liste, don Antonio de Toledo Enríquez, sucedió a
don Juan de Idiáquez como caballerizo mayor, que fue promocionado a la presi-
dencia del Consejo de Órdenes. Al conde de Alba de Liste le sucedería después el
conde de Altamira, cuñado de Lerma. El 24 de diciembre de 1599, el duque de
Lerma conseguía reemplazar a la duquesa de Gandía en el cargo de camarera
mayor por su esposa, doña Catalina de la Cerda, en contra de la opinión de la
Reina 98. Por motivos de salud, la duquesa de Lerma era sustituida, en 1601, por
su cuñada, la condesa de Lemos, a pesar de que ella había confesado que prefería
para este cargo a su hermana la condesa de Cifuentes 99. El 27 de agosto de 1599,
también juraron como mayordomos de la Reina, don Pedro Carrillo de Mendoza,
IX conde de Priego, don Pedro Esteban Dávila, III marqués de las Navas, que sirvió
poco tiempo, ya que el 23 de octubre de 1599 fue recibido en la casa del rey, y don
Diego Mendes de Vasconcelos, futuro I conde de Castel Melhor 100. Asimismo, a

97 ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 383v-384r: Avisos de Madrid, a 14 de diciembre

de 1598.
98 L. CABRERA DE CÓRDOBA: Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España desde
1599 hasta 1614, Salamanca: Junta de Castilla y León, 1998, p. 27.
99 M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., p. 135.
100 Cabrera de Córdoba se hacía eco del siguiente rumor en sus Relaciones:
“dicen que han hecho mayordomos de la Reina a los condes de Priego y don Diego de
Vasconcelos, portugués, y al marqués de las Navas; y al conde de Altamira proveen por
virrey de el Perú, de manera que un cuñado del marqués de Denia estará en Nápoles
–don Fernando Ruiz de Castro, conde de Lemos– y el otro en el Perú, que son las plazas
de mas aprovechamiento y ricas que se les podian dar” (L. CABRERA DE CÓRDOBA:
Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op. cit., p. 36).

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Capítulo V

lo largo de todo el año 1599, el duque de Lerma consiguió al menos una quincena
de nombramientos de damas de la Reina para sus familiares, como por ejemplo, sus
hijas, doña Catalina de la Cerda y Sandoval 101, doña Juana de Sandoval 102 y doña
Francisca de Sandoval 103. También a sus nueras, doña Luisa de Mendoza, condesa
de Saldaña 104, y doña Mariana de Padilla, hija de los condes de Buendía 105, y a di-
versas sobrinas, como doña Catalina de Sandoval, doña Juana de la Cerda y doña
Isabel de Moscoso 106.
No obstante, el control de Lerma no fue del todo efectivo y la devota opinión
de la Reina cada vez pesaba más sobre el pío monarca, tanto en cuestiones polí-
ticas como religiosas. Por otra parte, desde un principio, la Reina se comportó
como una gran protectora de los cortesanos fieles a Roma, dado que compartían
los mismos intereses en beneficio del Pontífice. Lo que más irritaba a Lerma era
su incapacidad para controlar a la Reina, mientras ésta aumentaba su crédito ante
la Santa Sede, siendo ella la intermediaria de la política que estaba desplegando
Roma en la corte española, lo que le colocaba a él al margen de las relaciones con
el Papado 107.
Margarita representaba entonces el verdadero obstáculo entre el privado y el
monarca, a la que el Duque, por otra parte, era incapaz de agradar 108. La Reina,
contraria al influjo que ejercía Lerma sobre las decisiones del monarca, nunca

101 A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 185.


102 F. LABRADOR ARROYO (ed.): Diario de Hans Khevenhüller, embajador imperial en la

corte de Felipe II, Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de
Felipe II y Carlos V, 2001, p. 487.
103 En F. LABRADOR ARROYO: “Apéndice IV: Relación alfabética de criados...”, op. cit.,
II, p. 902.
104 Casada con don Diego Gómez de Sandoval y Rojas, comendador mayor de Calatrava,

hijo del duque de Lerma (A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 185).
105 Casada con don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, I duque de Uceda e hijo del

duque de Lerma (Alonso LÓPEZ DE HARO: Nobiliario genealógico de los reyes y títulos de
España, Madrid, 1622, I, p. 166, y II, p. 209).
106 A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 185.
107
L. FERNÁNDEZ MARTÍN, S.I.: “La marquesa del Valle. Una vida dramática en la
corte de los Austrias”, Hispania 39 (1979), p. 603.
108 Señalaba el nuncio a Roma:

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

se resignó, muy al contrario, combatió eficazmente todos los intentos de Lerma


por neutralizarla en la corte. El empeño de Lerma por alejar a la Reina de la in-
fluencia del monarca se acentuaba aún más cada vez que Felipe III debía viajar
por cuestiones políticas, tratando de evitar a toda costa que Margarita acompa-
ñase a su esposo, con la consiguiente queja de la Reina hacia Lerma 109.
Ante estas desavenencias, el duque de Lerma optó por rodear a la joven reina,
desarrollando su propia red familiar, que ocupaba los oficios principales de la
casa, y alejando así de ella a diversos personajes leales a Roma. Una de las pri-
meras personas del círculo de la reina en ser alejada de la corte por Lerma, fue
la camarera mayor de la reina, la duquesa de Gandía, doña Juana de Velasco,
quien compartía los mismos ideales y espiritualidad de Margarita 110. El 7 de di-
ciembre de 1599, el nuncio informaba a Roma de la destitución de la duquesa,
funesta noticia, en tanto en cuanto, la duquesa viuda siempre había favorecido
los intereses de Roma 111. Días más tarde, el marqués de Denia colocaba en el lugar

“(...) Il favor et privanza del marchese di Denia seguita più che mai et con aumento, se bene
dicese che sia con alcun disgusto della Magestà della Regina et con stupor di questa corte per
vedersi che il tutto si governa a sua volontà (…)” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f.
474r: Carta de Pietro Camerino al cardenal Aldobrandini, 15 de agosto de 1599).
109 Esto ocurrió en julio de 1603:
“Si crede che il Rè farà qualch’altra giornata o in Portogallo o a Valenza, et alla Regina
gia l’hanno detto, che saria bene restasse qua, se gli parrà così, et dimandandole il suo parere,
che lei rispondesse, che tutto quello che stà bene a S. M. stà bene a lei, che però desidera che il
Rè si governasse col Consiglio di Stato, dico il Grande, disse la Regina, et non questo piccolino,
che fate hora, intendendo del Duca” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 58, ff. 191r-191v:
Carta del nuncio Ginnasio al cardenal Aldobrandini. Valladolid, 6 de julio de 1603; P.
WILLIAMS: “Lerma, Old Castile and the Traels of Philip III of Spain”, History 239
[1988], pp. 379-397).
110 La duquesa de Gandía se mostraba a Roma con las siguientes palabras, cuando
acudía al enlace de los monarcas:
“Voy favorecidísima de la satisfacion que V.S. muestra de el servicio que haré a la
Reyna, mi señora, en que es sin duda que me desvelarà por cumplir lo que devo y lo
que V.S. me encarga, como obediente hija y sierva suya, cuya beatisima persona guarde
Diso como la christiandad ha menester” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f. 328r:
Génova, 17 de febrero de 1599).
111 “Alla duchessa di Gandia è stato detto dal confessore, in nome del Rè, che se le dà licenza
et che vada a sua casa, et il caso è irrimediabile, nonostante le lacrime et querele della

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Capítulo V

de la duquesa de Gandía a su esposa, a pesar del disgusto visible de la Reina 112.


Una semana más tarde el nuncio daba los motivos de la expulsión de la duquesa
de Gandía:
La duchessa di Gandia è stata licentiata et il motivo è stato perche hanno detto al
Rè che poneva la Regina in gelosia inquietandola et mettendole in disgratia il duca di
Lerma, sua moglie et figli, fra il qual duca di Lerma et duchessa di Gandia passano
odii et disgusti antichi 113.

Al poco tiempo, el suceso salpicó a la Compañía de Jesús, pues la mayoría de


los ministros protegidos por el Pontífice tenían por confesores a jesuitas fieles a la
política de Aquaviva y del Pontífice. De modo que, tras la duquesa de Gandía, era
expulsado de la corte su confesor, el jesuita Juan de Sigüenza, residente en el co-
legio de Madrid desde 1593, que acudía a palacio con gran asiduidad. Sigüenza
había destacado como un activo agente de Aquaviva en la Monarquía hispana.
Había sido rector de los colegios de León, Sevilla, Córdoba y Madrid, y fue es-
pecialmente eficaz a la hora de castigar a los jesuitas castellanos descontentos con
el gobierno del General italiano. Con este objetivo, solicitó a Aquaviva la incauta-
ción de los libros del P. Enrique Enríquez, que fue uno de los principales memo-
rialistas protegidos por el Santo Oficio 114. Por todo ello, Sigüenza sufrió una
fuerte persecución inquisitorial acusado de tener un linaje “mudable y medroso”
como apuntaba el propio Enríquez en uno de sus memoriales enviados al Consejo
inquisitorial 115. En todo momento, el General defendió a Sigüenza y le protegió

Regina, la quale ultimamente gli haveva presa affitione grande. Le cause non si sanno,
ma si dice che questa signora era inquieta, et come dicono qui bullitiosa et che metteva
la Regina in gelosia. Sono materie muliebri, et di non molta sostanza, et tutto viene che la
duchessa pareva fosse contraria alla fattione del Marchese in occulto. Il suo officio fin qui
non è dato” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff. 465r-467r: 7 de diciembre de
1599).
112 C. PÉREZ BUSTAMANTE: Felipe III. Semblanza de un Monarca..., op. cit., p. 74.
113
ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff. 468r-v: Carta del nuncio al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 14 de diciembre de 1599.
114AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI, Subcarpeta 2ª: Carta del P. Juan de
Sigüenza al General sobre el P. Enrique Enríquez. Madrid, 11 de septiembre de 1593.
115
AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, Subcarpeta 12ª: Carta del P. Enrique
Enríquez al Consejo de la Inquisición. Valladolid, 25 de febrero de 1594.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

hasta el punto de seguir nombrándole superior de la Orden, dejando clara la ino-


cencia del jesuita y restituyendo así su honor 116.
La noticia de la salida de la corte del P. Sigüenza por mandato de Lerma, ocurría
pocos meses después de la destitución de la duquesa. Los motivos de la expulsión
del jesuita resultaban bastante confusos, aunque la explicación se hallaba en el su-
mario que envió el nuncio Ginnasio al cardenal Aldobrandini años más tarde, el 26
de octubre de 1604, en el que se recogían los testimonios de diversos jesuitas, todos
partidarios del confesor de la Reina, el P. Haller, que acusaban al duque de Lerma
de ser el causante de la expulsión del P. Sigüenza, alegando que:
El Duque persigue a todos los religiosos más cuerdos y santos, y que lo mirasse
por el P. Siguença porque defendia a la Duquesa de Gandia, que tan invistamente
echaron, y que si quedara la dicha duquesa, que fuera otra camarera, y que de otra
suerte estuviera de lo que esta agora Palaçio por defender dicho religioso a la
duquesa de Gandia cuando ésta salió de la corte por orden del Duque 117.

Por su parte, Aquaviva recibió la noticia de la expulsión de Sigüenza de ma-


nera inesperada, tanto fue así, que no pudo sino resignarse y acatar la decisión
de Lerma. A pesar de ello, Aquaviva escribía al duque para tratar de eliminar del
P. Sigüenza toda culpa 118.
La salida de Sigüenza de la corte fue acompañada de otras expulsiones que
el duque de Lerma llevó a cabo contra el resto de confesores jesuitas de los mi-
nistros partidarios de Roma. En febrero de 1599, comenzaban los disgustos del

116 “(…) Me pareçe que en conçiencia estamos obligados a levantar ese pobre hombre y
a parar la nota que padeçe, a lo que yo creo sin razón ni verdad, por lo qual le nombro
en la carta para rector de salamanca y si otra mejor cosa se huviera de proveer ahora,
se la diera de buena gana” (ARSI: Hisp. 74-75, f.15v: Del General al P. García de
Alarcón. 7 de marzo de 1597).
117 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, ff. 287r-289v: Valladolid, 26 de octubre de 1604.
118 “El P. Hojeda visitador me ha dado cuenta de lo que ha pasado con lo del P. Sigüença
y estimo, como es razón, el haverme V. Exª. favorecido con su carta. Solo crea menester
repetir yo muchas vezes lo mismo, de quan grande sentimiento me causa que de
hombres de la Compañia tenga V. E. el menor disgusto del mundo y ansi, aunque me
avisan que en realidad, de verdad, no tenia el Padre la culpa con las circunstancias
que informaron a V. E., con todo, he holgado y holgaré siempre con la puntualidad que
muchas vezes tengo ordenado, y a V. E. suplico en lo que dice de favorecernos, prosiga
con la misma voluntad” (ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium [1600-1610], f. 8: Carta del
General al duque de Lerma, 27 de abril de 1600).

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Capítulo V

valido contra los jesuitas que dirigían espiritualmente a la facción protegida por
Roma, y que además eran fieles colaboradores del gobierno de Aquaviva, según
informaba el propio General de la Orden:
Me han avisado de çierto desgusto que el Marqués de Denia ha tenido con los
Padres Porres, Palma y Sebastián Hernandez, le escrivo la que va con esta, que con
ella y con la que también escrivo al Marqués creo que se aplacará, pero quando
con efecto él gustare de que salgan de Madrid dichos padres serán necessario
sacarlos con efecto, que ellos son tan religosos que primam lo particular de sus
personas al común bien de la Compañia 119.

Parece que los tres fueron rápidamente apartados de la corte madrileña. En


el caso del P. La Palma su biografía está muy vinculada a la corte madrileña,
puesto que, además de ejercer cargos destacados como provincial de Toledo
(1624-1627) o prepósito de la casa profesa de Madrid (1627-1629), fue confesor
de ministros del rey ya desde finales del reinado de Felipe II, cuando el partido
aliado de Roma conseguía afianzar su poder en la corte madrileña situándose en
los principales puestos de gobierno. De modo que, tal y como señalaba en su bio-
grafía, el P. La Palma:
como ya era conocido de antes, muchos señores de los primeros de la Corte, que
andaban al lado del Rey –Felipe II– y tenían parte en el Gobierno, le eligieron
por su confesor y todos por su consejero.

De igual manera, las mujeres de la nobleza “buscaron y consultaron para la


salud de sus almas” 120. No obstante, en 1598, al cambio de reinado “se mudó el
Gobierno, entrando con él otros ministros”, siendo el principal el duque de
Lerma y su clientela,
éstos, no quisieron cerca de sí a los que juzgaban por validos de los primeros; y
como muchos de ellos se confesaban con el P. La Palma, y los más tomaban su
consejo, tuvieron gusto, y le mostraron, de que saliese de la Corte 121.

119 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 531v: Carta del general Aquaviva
al P. Esteban de Hojeda, 2 de febrero de 1599.
120
Alonso DE ANDRADE, S.I.: Varones ilustres en Santidad, letras y zelo de las almas de la
Compañía de Jesús, Madrid: Jospeh Fernández de Buendía, 1666, I, p. 592.
121 Cita C. M. ABAD, S.I. (ed.): Obras completas del Padre Luis de la Palma de la Compañía
de Jesús, Madrid: Atlas (BAE), 1961, I, p. XII.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Efectivamente, desde principios del reinado de Felipe III, muchos jesuitas fue-
ron expulsados de la corte por ser confesores del grupo apartado del poder por el
duque de Lerma y sus hechuras, entre ellos, el P. Luis de la Palma. A pesar de
todos los medios que puso entonces el general Aquaviva para impedir la salida
de estos jesuitas fieles a Roma, la orden de expulsión tuvo que ser ejecutada. No
obstante, tanto el general Aquaviva, como luego el general Vitelleschi, quisieron
que el P. La Palma no se alejara de Madrid, encomendándole puestos relevantes
dentro del gobierno de la Orden 122.
Mientras que los Padres Porres y La Palma continuaron siendo superiores
en Madrid, peor suerte corrió el P. Sebastián Hernández, al ser alejado de Ma-
drid por deseo expreso de Lerma 123. Su expulsión de la corte también está re-
lacionada con su cercanía a diversos miembros de la facción “papista” como el
arzobispo de Toledo, García de Loaysa 124, ya fallecido, o el portuguñes Cristobal
de Moura 125. Un año más tarde, el 26 de junio de 1600, Aquaviva informaba al

122 Muy diferente fue su papel durante el reinado de Felipe IV, cuando volvió a gozar de

la confianza de la nobleza cortesana, hasta tal punto, que el propio Olivares le quiso como
confesor, no obstante, su edad lo impidió. Una vez acabado su segundo rectorado de Alcalá
en 1633, a su vuelta a Madrid:
“le pidio por confesor el Conde-Duque de Olivares, a la sazón en toda su privanza,
juzgando que, así para el bien de su alma como para el peso de los negocios que tenía
entre manos, no podía escoger persona ni de más espíritu ni de mayor consejo” (F.
CERECEDA, S.I.: “Carta necrológica sobre el P. Luis de la Palma”, Manresa 17 [1945],
p. 158).
123 “El P. Sebastián Hernandez está afligido, según me escribe un padre grave, por la

suspensión que V. R. le ha puesto, vea sin rompimiento y desgusto del Marqués de Denia
cómo podrá consolar a ese padre pues es tan fiel a la Compañia y digno de compasión por
tener la melancolia que sabe tiene” (ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium [1588-1600], f. 549v:
Del General al P. Esteban de Hojeda, 26 de abril de 1599).
124 El 12 de abril de 1593 escribía Aquaviva a Loaysa sobre el P. Sebastián:
“Estimo en mucho la figura en que V.S. tiene al P. Sebastián Hernández, y la
satisfaction con que escribe de su persona, es bastante para que todos entendamos que
su empleo en esa corte será con el fructo y buenos efectos que V. S. diçe, y bástame a
mi que él en algo pueda servir a V.S. para tenerle por muy bien empleado, que de su
religión y del cuydado y verdad con que nos ayuda en las ocasiones el mesmo save la
satisfaction que yo tengo” (ARSI: Tolet. 5 I, Epp. Generalium [1588-1600], f. 289r-
289v: Carta del general Aquaviva a García de Loaysa, Roma, 12 de abril de 1593).
125 Aquaviva escribía a Cristóbal de Moura en abril de 1592:

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Capítulo V

P. Esteban de Hojeda, rector de Madrid, que había conseguido que el P. Sebastián


Hernández volviese a residir al colegio de Madrid, no obstante, no volvió a fre-
cuentar la corte 126.
Las expulsiones del P. Sigüenza, el P. Hernández, el P. Porres y el P. La Palma
han sido tratadas por algunos historiadores sin demasiada claridad en las causas 127,
sin embargo, su explicación cobra mayor sentido cuando se analiza el papel de estos
jesuitas como confesores de cortesanos y damas de la oposición a Lerma. Efectiva-
mente, estos jesuitas eran grandes colaboradores de Aquaviva, de ahí la insistencia
del General en tratar de restituirlos en sus puestos o en otros similares tratando de
mantener su honra intacta.
En medio de toda la polémica y las pugnas cortesanas, Roma trataba de in-
tervenir a favor de los ministros que velaban por sus intereses, a través del control
de sus confesores jesuitas 128. Meses antes, el nuncio había informado a Roma de
la mala opinión que tenía el duque de Lerma de los jesuitas, señalando que la reina
Margarita “si va dolendo che la Compagnia sia perseguita”, y que él mismo se la-
mentaba de la situación:
Così che mi duole che questi padri vadano ogni giorno perdendo con tutti questi
principali, et col Duca di Lerma medesimo, il quale disse a questo confessore della
Regina, che il Generale loro era la perditione della Compagnia, et che per ragione di
stato non si moveva da Roma con gran carico della sua coscienza, perchè se non conosce
i soggetti, non può governare se non con partialità 129.

“Por la particular merced que V.S. hace con su carta al P. Sebastián Hernández nos
obliga a todos a su serviçio, pues con ella muestra los buenos ojos y afición con que mira
y favoreçe las cosas de la Compañia y con toda certeza afirmo que, aunque el testimonio
ha que V. S. da del dicho Padre ha sido de mucho efecto para mas confirmarme en la
buena opinión que yo tengo del, ninguna nueva figura me ha causado de su persona y
acciones, por que le tengo en la misma que V. S. le pinta, ansi por lo que me consta de
las buenas informaciones que del me han dado, como por lo que he experimentado
de los muchos y buenos ofiçios que él ha hecho” (Ibidem, f. 255v: Del general Aquaviva
a Don Cristobal de Moura, Roma, 8 de abril de 1592).
126 ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium [1600-1610], ff. 13-14.
127 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 639.
128 Resulta fundamental H. HÖPFL: Jesuit political thought..., op. cit., pp. 84-185.
129
ASV, Segreteria di Stato Spagna 55, f. 369r: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. De Valladolid, 27 de septiembre de 1602.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Casi todos los administradores del gobierno durante la Monarquía de Felipe


III, que gozaban del favor de Roma, se confesaban con religiosos de la Compañía.
Ya se ha estudiado el caso de los padres Sigüenza y Hernández, pero existieron
muchos otros. En 1601, el P. Miguel Vázquez, confesor por entonces del Inqui-
sidor General Fernando Niño de Guevara, escribía un memorial para defender
los intereses jurisdiccionales de Roma, en el que además, recomendaba una mayor
intervención del Pontífice en el gobierno de la Compañía a través del envío de
visitadores apostólicos 130. El discurso fue entregado al nuncio Domenico Gin-
nasio para que se lo hiciera llegar a Clemente VIII. En él, señalaba el nombre de
algunos cortesanos que se confesaban con jesuitas:
En sola esta corte de Madrid se confiesan en la Compañia y aún segan en sus
negocios assi proprios como de estado los principales consejeros de Su Magestad,
como son el Cardenal de Guevara Inquisidor Mayor, y del Consejo de Estado el
Conde de Miranda Presidente de Castilla, y del Consejo de Estado Don Juan de
Idiaquez, Presidente de Ordenes, y Consejero de Estado 131.

En esta lista faltaría el marqués de Velada cuyos orígenes abulenses y cuya es-
piritualidad descalza le llevó a frecuentar el convento de Alba de Tormes, donde
se reunía con Teresa de Jesús y con la que compartía el mismo director espiritual,
el jesuita Baltasar Álvarez, rector del colegio de Salamanca durante la década de
los 70 del siglo XVI, cuando daba comienzo la reforma de las carmelitas descalzas.
Velada y su confesor jesuita siguieron manteniendo contacto epistolar hasta la
muerte del jesuita en 1580 132. En esta correspondencia, se evidenciaba la espi-
ritualidad del marqués de Velada por medio de las lecturas espirituales que le re-
comendaba su confesor; ejercicios espirituales acordes con las obras de fray Luis
de Granada y del maestro Juan de Ávila, donde la oración mental se situaba en
el centro de la espiritualidad 133.

130 M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna..., op. cit., pp. 193-194.


131 ASV, Segreteria di Stato Spagna 54, ff. 92r-92v: Discurso del P. Miguel Vázquez
sobre la visita a los Padres de la Compañía de Jesús. 1601.
132 S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: “Semblanza de un cortesano instruido: el Marqués de
Velada...”, op. cit., p. 66.
133 Destacan los estudios de L. SALA BALUST: Obras completas del santo Maestro Juan de
Ávila, op. cit.; U. ALONSO DEL CAMPO: Vida y obra de Fray Luis de Granada, op. cit.; Á.
HUERGA: Fray Luis de Granada. Una vida..., op. cit.

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Capítulo V

Efectivamente, los principales ministros que favorecían la política de Roma


se confesaban con jesuitas aliados de Aquaviva, y fue sobre ellos, sobre los que
Lerma desplegó su ofensiva para expulsarlos de la corte. Continuaba su memorial
el P. Miguel Vázquez asegurando que eran estos jesuitas los que el Pontífice debía
favorecer y le pedía que:
Encargase a los visitadores que echasen ojo a los que en estas religiones son mas
afectos al aumento de la Santa Yglesia y mas devotos dessa Santa Silla, y a estos
mandasse poner en los puestos mas importantes, como en las cortes de los Principes
con autoridad y cargos de importancia, sin duda los tendria mas obedientes, y
rendidos, porque en España vemos que son temerosos de Dios y hazen lo que sus
confessores doctos los aconsejan, y assi como uno o dos, que ponen rezelos de Su
Santidad o los que aconsejan que defiendan las costumbres de fuerças y retenciones
de Bulas, los desaficionan de Su Santidad y assi quando hombres graves y doctos
los pusiesen escrupulos en estas materias, y no los quisiesen absolver, se rendirian
a la verdad y provederian muy de otra manera 134.

En cuanto a la defensa del P. Vázquez para que la Compañía tuviese visitadores


apostólicos, Aquaviva no lo vio con buenos ojos, escribiendo a la Curia Papal los
inconvenientes que de esta propuesta se derivarían, recalcando especialmente la
oposición que se generaría en las provincias jesuíticas de Toledo y Castilla, donde
residían todavía los jesuitas que más se oponían a la dependencia de la Orden a
Roma. Señalaba Aquaviva que si a la Monarquía hispana se enviasen los visitadores
apostólicos, surgirían:
Di alcune disunioni d’animi, e passioni, che vi sono fra alcuni, et universalmente
una certa emulatione, e poca carità fra le due Provincie di Castiglia e di Toledo. Qui un
“Visitador” apostolico non potrebbe far la giustitia che gli interessati pretendono
senz’ascoltare querele et esaminare testimonii, e chi aprisse la porta a questo, si farebbe
un mare di amaritudini, detrattioni et odii 135.

Un año más tarde, en 1602, la inminente expulsión de algunos jesuitas por


orden de Lerma, amenazaba la influencia del Pontífice en las cuestiones políticas
y religiosas de la Monarquía Católica de Felipe III, por lo que Aquaviva no tuvo
más remedio que intervenir de manera directa. Con el respaldo de la Santa Sede,

134 ASV, Segreteria di Stato Spagna 54, ff. 92r-92v: Discurso del P. Miguel Vázquez
sobre la visita a los Padres de la Compañía de Jesús. 1601.
135 En ARSI: Hisp. 143, ff. 433v: Respuesta del General al discurso del P. Miguel Vázquez.

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el General de la Compañía optó por enviar una instrucción en 1602, conocida


como De confessariis principum (sobre los confesores de los príncipes), que se
mantuvo vigente a modo de manual para los directores de conciencias, hasta por
lo menos la supresión de la Orden en el siglo XVIII. La instrucción, que se repartió
en todas las provincias jesuitas europeas y se entregó en mano a todos los prín-
cipes católicos, aunque aparentemente iba dirigida a los confesores reales, fue
admitida como válida para todos aquellos que confesaban en las cortes europeas
a nobles, ministros y criados. En el caso de la Monarquía hispana, nunca un mo-
narca de la rama de los Austrias tomó por confesor a ningún jesuita, dada la cos-
tumbre de los monarcas de confesarse con religiosos de la orden de Santo
Domingo o de San Francisco. No obstante, desde que se fundó la Compañía, va-
rias mujeres de la familia real sí que optaron por confesarse con jesuitas, como
la reina Juana, la emperatriz María, o la reina Margarita de Austria, cuyos con-
fesores no sólo ejercieron una influencia espiritual sobre sus penitentes, sino
también aconsejaban en materia de estado.
No resulta casual que esta instrucción aparecía justo después de que se dieran
todas las quejas contra la Compañía derivadas de las pugnas entre confesores de
los distintos grupos políticos de la corte vallisoletana.
Analizando ahora de manera más detallada la instrucción para los confesores
reales enviada por Aquaviva a todas las cortes europeas en 1602, la primera ad-
vertencia que hizo el General a los confesores jesuitas fue la de servir al príncipe
de modo que quede satisfecho y así se aficionaría a la Compañía de Jesús 136. Res-
pecto a la residencia de los confesores, el general Aquaviva ordenaba que el jesuita
estuviera en una casa o colegio de la Compañía, pero en ningún caso en palacio.
En la casa jesuítica debía convivir con el resto de jesuitas de manera modesta,
obedeciendo en todo momento a los superiores. El confesor no debía recibir dinero
u otros presentes. Al tener que dirigir la conciencia del príncipe, Aquaviva con-
cedía a estos confesores la facultad de escribir y recibir cartas, siempre que fuera
con moderación para no llamar la atención. Por otra parte, prohibía la intromisión
de estos jesuitas en los negocios políticos del príncipe, atendiendo exclusivamente

136 R. BIRELEY, S.J.: “Acquaviva’s Instruction for confessors of princes (1602-/1608): a

document and its interpretation”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN, H. PIZARRO LLORENTE y E.


JIMÉNEZ PABLO (coords.): Los Jesuitas. Religión, política y educación (siglos XVI-XVIII), Madrid:
Universidad de Comillas, 2012, I, pp. 45-68.

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a la conciencia del príncipe y a las obras pías. Para terminar la instrucción, Aqua-
viva recordaba al confesor la doble misión que debía cumplir; además de servir
espiritualmente al príncipe, debía procurar “siempre de mantener aquel príncipe
aficionado y devoto a la Compañia, y no a la persona propria, porque esta es pes-
tilencia para él y para la religión” 137.
Se trataba, obviamente, de una limpieza de imagen de la Compañía, en tanto en
cuanto, enviaba Aquaviva su instrucción pocos meses después del enfado del duque
de Lerma con la Compañía, pero además, esta instrucción llegó a todas las provincias
extranjeras, no sólo las hispanas, que componían todo el cuerpo de la Compañía,
interesándose especialmente en que fueran leídas delante de los monarcas y minis-
tros de aquellas cortes donde los jesuitas ejercían de confesores. El encargado de
llevar el documento a la corte vallisoletana fue el P. José Cresuelo, de origen inglés,
y fiel servidor de la política de Aquaviva, que tenía encomendado el cuidado de los
colegios ingleses mientras residiera en España. Como agente de dichos colegios, el
P. Cresuelo acudía a la corte, donde se ganó la confianza del monarca Felipe III. De
modo que enviar al P. Cresuelo con la instrucción era parte de la estrategia del Ge-
neral. El 8 de abril de 1602, una vez presentado el reglamento de los confesores ante
la corte vallisoleta, el P. Cresuelo escribía al General explicándole la buena acogida
del duque de Lerma, quien quedaba aliviado por la instrucción, añadiendo que por
fin Aquaviva ponía remedio a los problemas de la Orden 138. No es de extrañar que

137ARSI: Hisp. 86, Epp. Generalium ad Provinciales (Communes) (1602-1680), ff. 7r-
8r: Copia de una latina, mandada 1602. Instrucción para los Confessores de Principes.
138 Señalaba Cresuelo al General:
“(…) La misma hora que recebí la de Vuestra Paternidad fui a buscar el Duque
–de Lerma– (…) Le dixe como Vuestra Paternidad, animado con la promesa del Rey
y de Su Excelencia de ayudarle siempre en la administración de su officio y buen
gobierno de la Compañía, avia puesto mano al remedio de algunas cosas de mucho
servizio de Dios y bien de la Compañía (…) Aviendo ganado atención en él con este
prefacio, y como hecho la cama a lo que queria dezir, comencé a leerle la Instructión
para los Confessores y después de aver passado un pedaço, me pidió que tornasse al
cabo, y la leyesse volviendola en lengua española, y asi hize.
Acabado de leerla, me dixo: Mucho tiempo he tenido grande concepto de la
prudencia y religión del Padre General, pero agora en verdad lo veo con claridad y con
mucha ventaja, pues no he visto en muchos dias papel que más me ha contentado, y en
verdad me llena. Esto y fue discurriendo sobre algunas particularidades. (…) Juzgava
muy necessaria la prevención, y toda ella muy bien y santamente ordenada.

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al primero que presentó la instrucción de los confesores fuese al duque de Lerma,


para acallar las críticas de éste hacia los confesores jesuitas que se oponían a su po-
lítica. Efectivamente, Lerma se mostró contento ante la instrucción, ya que juzgó
que con la misma quedaría limitado, e incluso reducido, el poder del confesor de la
Reina en la corte, pues del P. Haller se sabía que “es el mayor enemigo que ha tenido
el Duque de Lerma” 139. No obstante, esta instrucción no ejerció ninguna presión
sobre el P. Haller y el resto de confesores del círculo de la Reina, fieles a Roma,
pues en nada cambió su forma de actuar en la corte, residían en palacio, se inmis-
cuían en cuestiones políticas de sus penitentes, etc., por este motivo, en mi opinión,
considero que esta instrucción sirvió para que en la corte hispana se silenciaran las
críticas de Lerma contra la Compañía. El 6 de mayo de 1602, el General le expre-
saba al duque el grandísimo consuelo que había recibido de que “aquella instructión
haya contentado a Vuestra Excelencia y mayor de que ofreçe su saber para ayudarme
a la execución”. Continuaba Aquaviva esta carta, haciendo saber a Lerma que Haller
seguía siendo la pieza clave de Roma en la corte hispana: “no pudiendo dexar algu-
nas vezes de pedir alguna cosa, sepa yo que es cumplimiento, quando no viniesse
por mano del P. Ricardo” 140.
La mayor satisfacción la mostró el monarca Felipe III cuando supo de la ins-
trucción, tanto fue así, que quiso apoyar la iniciativa del General, dándole entera
libertad para que sus superiores eligiesen a los confesores de aquellos ministros
de la corte que quisieran contar con jesuitas. Lo que permitía a Aquaviva elegir
a aquellos jesuitas más fieles a los intereses de Roma. De este modo, el 1 de marzo
de 1603, dejaba claro el monarca su postura ante su embajador para que infor-
mase de su decisión en la Curia Papal:
Algunos ministros mios con buen zelo han querido en años passados tener
cerca de si, para confesores y comunicarles casos de conciencia y otros negocios, á

Torné a preguntarle si le parecía algún puncto no bastantemente declarado, o no


tan ajustado a razón y religión, que los religiosos, confessores o sus penitentes pudieran
quexarse de algo. Respondió que no, antes todo le contentava de manera que querria
lo leyesse el Rey, y que le diesse de buena letra traducida en Romance, porque sabia
que daria gusto a Su Magestad y assi se hará” (ARSI: Hisp. 76-77, f. 61v).
139 Archivio Doria Pamphilij, Fondo Aldobrandini, busta 12: De Roma del P. Vincenzo
Cigala, 20 de octubre de 1609, f. 70r.
140 ARSI: Hisp. 76-77, f. 67r.

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los padres de la Compañía de Jesús que ellos avian tratado y conoscian, y segun he
sido informado hizieron elección dellos, y con su autoridad obligaron á los
Superiores a condescender en ello, y quando esto no bastava acudian á Su
Santidad para ello, y se valian de otros medios con poca conveniencia del que
pretendian, y con daño de la Religión (…) Ha parecido resolver que si alguno de
mis ministros quisiere tener cerca de si algun Religioso de la Compañía pida al
Superior que le dé el que fuere mas a propósito, pues como quien mejor conocerá
los subjectos que serva para ello, le dará el que será mas conveniente, sin valerse
para ello de medios de fuera de la Compañía (…) 141.

El monarca hispano quiso que este mandato se extendiese más allá del reino
hispano, especialmente en sus dominios italianos, por lo que informó a los virreyes
de Nápoles y Sicilia (conde de Benavente y duque de Feria respectivamente) con
una carta similar a la anterior 142.
No obstante, hacía tiempo que la Santa Sede controlaba los confesores jesuitas
que acompañaban a los virreyes de Nápoles y de Sicilia y a los gobernadores de
Milán, pues para el Papado resultaba fundamental el control de la conciencia
de aquel que iba a gobernar los territorios italianos, para no obstaculizar los in-
tereses territoriales y jurisdiccionales de los Estados Pontificios. Por ejemplo, en
1603, el conde de Benavente, don Juan Alfonso Pimentel, era nombrado virrey
de Nápoles y le acompañaba por confesor el jesuita José de San Julián, enviando
su aprobación Clemente VIII al nuncio Ginnasio, y añadía además una serie de
órdenes para que el jesuita llevase una buena dirección espiritual del virrey. De
esta manera, Clemente VIII exigía que el confesor jesuita, el P. San Julián, recor-
dase a su penitente que debía ponerse al servicio de la Iglesia y no perjudicar a

141 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2ª, Estante 4A, Caja XVII, Carta 53: Del Rey

Felipe III al duque de Sessa y Baena. Valladolid, 1 de marzo de 1603.


142 “He acordado de ordenar a mi embaxador de Roma, que todas las vezes que algun
ministro mio de los que me sirven y sirvieren adelante en Italia, quisiere cerca de si
algun padre de la dicha Compañia, le advierta de mi parte que le pida a los superiores
della, sin señalar la persona ni valerse de medios de fuera, pues ellos le darán el
religioso mas conveniente para el fin que le quisiere, y assi os encargo que vos lo
cumplays de nuestra parte, sin que en ello aya falsa que es lo que mas conviene al
serviçio de Dios y observancia religiosa y al acertamiento que vos pretendereys, y seré
yo en ello muy servido de vos” (AGS, Estado, Roma, Leg. 978, f. 252; una copia en
AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2ª, Estante 4A, Caja XVII, Carta 54: Del Rey
Felipe III al conde de Benavente. Valladolid, 1 de marzo de 1603. Similar carta tuvo el
duque de Feria).

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Roma en las cuestiones de jurisdicción eclesiástica. Estas era la obligación pri-


mordial de un buen confesor para Roma 143.
Con todo, la instrucción De confessariis principum de 1602 cobra mayor sentido
cuando se interpreta como parte de un conjunto de instrucciones que Aquaviva
mandó a la Compañía, para ir transformándola en un instrumento al servicio de
Roma. Así, entre muchas otras instrucciones que envió, destacaba la de 1588, Ad
augendum et renovandum spiritum in Societate, con la que daba las pautas a seguir
para mantener una perfección espiritual siguiendo el modelo de Cristo. En 1599,
el General se empeñaba en impulsar las misiones y extender así los principios
del catolicismo romano con su guía De modo instituendarum missionum. De ese
mismo año era el reglamento definitivo de la Ratio Studiorum que reorganizó la
educación de los colegios jesuitas 144, y también mandó De usu orationis et poeni-
tentiae, en un intento por ajustar el difícil equilibrio entre dedicar tiempo a la
oración y la praxis de las actividades apostólicas. En 1600, envió su obra Industriae
ad curandos animae morbos, con la que trataba de exaltar el papel de Superiores y
la obediencia a éstos, para el funcionamiento correcto de la Compañía. Y en 1612,
mandó su instrucción De officii divini recitatione ac celebratione Missae, dedicada
a los sacerdotes para organizar el mejor modo de celebrar la Eucaristía 145.

APOYOS A LA REINA EN LA CORTE:


LA EMPERATRIZ MARÍA Y LOS JESUITAS DE SU ENTORNO

La Reina, descubriéndose como la cabeza de un grupo opositor a aquel que


formaría Lerma en la corte, y rodeándose de los miembros más fieles al Pontífice,
quiso seguir la estela de la emperatriz María, gran favorecedora de los intereses
de Roma. La Emperatriz, al enviudar, emprendió su viaje desde Praga a Madrid

143 ASV, Segreteria di Stato Spagna 330, ff.124r-v: Carta del cardenal Aldobrandini al
nuncio Ginnasio. Roma, 8 de octubre de 1602.
144 Todo el modelo cultural que implantó en la sociedad la Ratio en A. QUONDAM: “Il
metronomo classicista”, pp. 379-507, y F. RURALE: “Che sia persona eminente per prudenza e
grazia di conversare”, pp. 43-65, ambos artículos en M. HINZ, R. RIGHI y D. ZARDIN (eds.):
I gesuiti e la Ratio studiorum, op. cit.
145 Cartas selectas de los padres Generales..., op. cit.

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Capítulo V

junto a su hija, la infanta Margarita, y trajo consigo, como paje, a un joven Luis
de Gonzaga primogénito del marqués de Castiglione, Ferrante Gonzaga, quien
entró en la Compañía animado por el confesor de la Emperatriz, el P. Francisco
Antonio. De camino a Madrid, en Lodi, realizó la comitiva una parada para que
la emperatriz María se reuniese con el cardenal Carlos Borromeo, con el que ella
y la infanta Margarita mantuvieron una estrecha relación epistolar hasta la muerte
del cardenal en 1584 146. Durante esos días en Lodi, las crónicas detallan cómo
estas dos mujeres trataron con el cardenal Borromeo la idea que tenía la joven Mar-
garita de profesar como monja, y la respuesta del cardenal animando a la joven a
que continuase con su idea de ser religiosa 147. Además, en dicho encuentro, el car-
denal les regaló unas reliquias para compartir su fervor espiritual con la Emperatriz
y su hija 148.
Una vez en la corte madrileña, María optó por retirarse a las Descalzas Reales
junto a su hija Margarita de la Cruz 149, que profesó como religiosa en el mismo
convento, desde donde continuó ejerciendo presión sobre las decisiones políticas
de su sobrino el monarca Felipe III 150. Las crónicas de la época que tratan de la
Emperatriz, destacaban su imagen piadosa y austera, además de su buena relación
con el Papado y la Compañía de Jesús:

146 En 1580 Carlos Borromeo dio la primera comunión al joven Luis de Gonzaga, y le
aconsejó que se leyera el catecismo de Pío V: “El viaje de la emperatriz María, por Van der
Baken”, en E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales. Estudios históricos, iconográficos y
artísticos, Madrid: Blass, 1917.
147 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, pp. 173-175.
148 Escribía Borromeo a su gran confidente, monseñor Speciani:
“Vi scrissi brevemente la settimana passata da Lodi, dove andai per l’incontro dalla
Imperatrice, et quivi le dissi messa privatamente in casa, et le donai anco certe divotioni, le
quali ella mostrò di aggradir molto” (VBA, F. 60 inf., f. 337v: Carta de Carlo Borromeo
a monseñor Speziano. 12 de octubre de 1581).
149 A. SANZ DE BREMOND Y MAYÁNS y K. M. VILACOBA RAMOS: “Siguiendo el espíritu

de Santa Clara: Sor Margarita de la Cruz, la monja-infanta”, en M. PELÁEZ DEL ROSAL


(coord.): El Franciscanismo en Andalucía. Clarisas Concepcionistas y Terciarias Regulares,
Córdoba: Asociación Hispánica de Estudios Franciscanos, 2006, pp. 788-804.
150 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La emperatriz María y las pugnas cortesanas en tiempos de
Felipe II”, en Felipe II y el Mediterráneo. La monarquía y los reinos (I), Madrid: Sociedad Estatal
para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1999, III, pp. 143-162.

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El Santo Papa Pío V oyendo decir sus raras virtudes quando estava en Alemania,
dixo: verdaderamente según lo que a nuestra noticia ha llegado de la rara santidad
desta gran sierva de Dios la Emperatriz María, tenemos suficientes noticias para
tratar de su canonizaçión si fuere Dios servido darnos vida después de la suya. Esto
deçía el Pontífice antes que la Emperatriz viniese a España a dedicar su vida de
servicio de Dios en compañía de las Santas religiosas descalças en el convento que
fundó en Madrid la prinçessa D. Juana su hermana, donde alentada de la divina
graçia vivió más de veinte y dos años. El papa Gregorio XIII no sentía menos desta
Santa Emperatriz y quando supo después de viuda que se venía a España dixo:
verdaderamente temo no venga algún gran castigo del çielo sobre Alemania y
Ungría por ausentarse una tan fuerte columna de la fe como lo es la Emperatriz
María. Fue muy devota del Gran Patriarca de San Francisco y traía siempre su
hábito debajo de las vestiduras reales y siempre se confesó con fraile desta orden, y
fue devotissima del Santíssimo Sacramento y del nombre de Jesús y hiço particulares
honrras y favores a los Padres de la Compañía de Jesús y les comunicava las cossas
más importantes de su alma 151.

Desde que Felipe III contrajo matrimonio, la Emperatriz tuvo especial interés
por la joven Reina, con quien compartía la misma espiritualidad y con la que pro-
curaba pasar el mayor tiempo posible en las Descalzas Reales, por lo que insistió a
Roma para que el Pontífice favoreciese esta relación, permitiendo la entrada de la
Reina, sin restricciones, al convento de clausura 152. A lo que Roma respondió, el

151 BL, Add. Mss. 10,236, ff.97r-97v: Naçimiento, vida y muerte de la emperatriz doña

María infanta de Castilla, hija del emperador Carlos V y hermana del rey don Phelipe II.
152 Informaba el nuncio que:
“La maestà dell’Imperatrice mi ha fatto dire che desidera dal Nostro Signore due
gratie, le quali mi commanda, che ne supplichi V. S. Illma. a nome suo, acciò sia servita
con la sua grande autorità di impetrarle da Sua Santità. Desidera che venendo la Regina
di Spagna a Madrid la Santità Sua le dia licenza, che possa entrare nel monastero delle
Discalze insieme con dodici gentildonne, o signore, et questo ogni volta ch’ella la verrà a
visitare. Di più, che tenendo la maestà dell’Imperatrice alcuni brevi per poter condur seco
dodici gentildonne nel detto monastero delle discalze et temendo di finir presto la vita,
vorria lasciare alcuna consolatione all’infanta donna Margarita, sua figliuola, monaca
del detto monastero, onde desidera che V. S. Illma. le impetri da N. S. la prorogatione di
detta gratia per alcuni mesi a favore delli dodici gentildonne che Sua Maestà vuol condur
seco, che vuol dire a favore di docidi, che si troveranno alla morte sua in suo servitio,
purchè siano di quelle che costumavano entrare con Sua Maestà nel detto monastero, et
questo lo desidera anco con occasione di negotii che si haveranno da trattare, con la detta
infanta da simili signore. A me basta di rappresentare a V. S. Illma il desiderio di Sua
Maestà, che per la sua autorità non ha bisogno di mia intercessione, et sarà servita di farmi

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Capítulo V

22 de febrero de 1599, de manera favorable, con las palabras “en esto será favorecida
por Su Santidad” 153.
De esta manera, Margarita de Austria se fue convirtiendo en la mayor confi-
dente de la Emperatriz y su hija, con quienes pudo comunicarse en alemán a su
llegada a la corte. Pero además, estas tres mujeres representaban los intereses e
ideales de Roma ya que su espíritu religioso sintonizaba con los sectores “des-
calzos” de la Monarquía, protegidos por el Pontífice 154.
Desde el convento de las Descalzas Reales, la Reina y la Emperatriz ejercitaban
su espiritualidad, pero también manejaban diversos asuntos políticos. La fundación
del convento se debe al interés de la reina doña Juana de Austria, hermana de Felipe
II, por introducir en la corte la espiritualidad franciscana descalza. Pero también al
empeño de su confesor, el jesuita P. Francisco de Borja, quien se trajo a varias mu-
jeres de su familia que profesaban en el convento de clarisas descalzas de Gandía,
para la fundación del nuevo cenobio en 1559 155. A finales del siglo XVI, el convento
de las Descalzas Reales de Madrid se había convertido en un fuerte bastión de es-
piritualidad radical, desde el que actuaban las grandes figuras femeninas de la fa-
milia real, lo que explica el interés que siempre mostró el partido “castellano” por

rispondere quanto prima, perchè la Maestà Sua mi fa grande instanza per la risposta.
Bacio a V. S. Illma. le mani con ogni humiltà” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff.
33r-33v: Carta del nuncio Caetano al cardenal Aldobrandini. Madrid, 10 de enero de
1599).
153ASV, Segreteria di Stato Spagna 327, f. 31r: Carta del cardenal Pietro Aldobrandini
al nuncio Caetano. Roma, 22 de febrero de 1599.
154 Esta espiritualidad se manifiesta cuando se asentó como reina de la Monarquía
hispana, que impulsó la creación de conventos “descalzos”, en la “Introducción” de J.
MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey,
op. cit., I, pp. 25-55.
155 Ver A. IVARS: “Origen y propagación de las clarisas...”, op. cit., AIA 21 (1924), pp. 390-
410, continuación AIA 23 (1925), pp. 84-108 y conclusión AIA 24 (1925) pp. 99-104; M. E.
MARTÍNEZ DE VEGA y F. MARÍN BARRIGUETE: “La difusión de las clarisas descalzas: la
fundación del Convento de S. Pascual Bailón de Madrid”, en Actas del Congreso Internacional:
Las clarisas en España y Portugal (AIA 54, 1994) Salamanca, 1993, II, pp. 1083-1110; P. León
AMORÓS, O.F.M., “El monasterio de Santa Clara de Gandía... (continuación)”, op. cit., p. 246;
P. Fray Juan CARRILLO: Relación... del Monasterio de las Descalças... de Madrid, op. cit., f. 20v
(BNE, 2/64187).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

controlar el cenobio 156. Visitaba asiduamente las Descalzas Reales la reina Ana, hija
de la emperatriz María y cuarta esposa de Felipe II, que acostumbraba a ir a recogerse
con su tía doña Juana en la clausura del convento 157. Fallecida la princesa Juana
en 1573 y la reina Ana en 1580, fue la emperatriz María de Austria quien hizo de
las Descalzas su residencia, junto con su hija la infanta doña Margarita, quien pro-
fesó la Regla de Santa Clara en su versión descalza con el nombre de Sor Margarita
de la Cruz 158. También las infantas doña Isabel Clara Eugenia y doña Catalina Mi-
caela acudían al convento desde que eran pequeñas, y no dejaron de visitarlo casi a
diario hasta que contrajeron matrimonio 159. La propia Isabel Clara Eugenia conti-
nuó favoreciendo la expansión del movimiento descalzo-recoleto por Flandes, y
cuando enviudó y quedó como gobernadora, decidió tomar el hábito de franciscana
terciaria en el convento de Bruselas 160. Ya en la primera mitad del siglo XVII entraban
en el convento la infanta sor Ana Dorotea de la Concepción y Austria 161, hija del

156 Baste de ejemplo el intento por parte del partido “castellano” de imponer en el
convento la limpieza de sangre a las nuevas profesas, cuyas pesquisas serían valoradas por
Felipe II y sus ministros castellanos, controlando así las mujeres que entraban en el convento,
a lo que la priora y las monjas se negaron rotundamente, consiguiendo que no se aplicara el
mandato real (AGS, Estado, Leg. 163, guarda la documentación referente a este tema de la
limpieza de sangre de 1583. Incluye cartas de la Abadesa de las Descalzas y del General de
la Orden; E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, pp. 151-152).
157 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, p. 138.
158 La biografía de la Emperatriz en Rodrigo MÉNDEZ SILVA: Admirable vida, y heroycas
virtudes de aquel glorioso blasón de España, fragante azucena de la Cesárea Casa de Austria y
supremo timbre en felicidades Augustas de las más celebradas matronas del Orbe, la esclarecida
Emperatriz María, hija del siempre invicto Emperador Carlos V, Madrid: Diego Díaz de la
Carrera, 1655, 59 fols. (RAH. 9/5750).
159 Veáse el artículo de J. L. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO: “L’educazione devozionale

delle Infante”, en B. A. RAVIOLA y F. VARALLO (a cura di): L’Infanta Caterina d’Austria,


duchessa di Savoia (1567-1597), Roma: Carocci, 2013, pp. 25-95.
160 En el impulso de las órdenes descalzas por territorio flamenco jugó un papel

fundamental el confesor de la infanta Isabel, el franciscano Andrés de Soto, que dirigió la


fundación de diversos conventos recoletos, tratando de apoyar activamente su expansión (C.
VAN WYHE: “Court and Convent: The Infanta Isabella...”, op. cit., p. 416).
161 A. ORTEGA, OFM.: “Carta expediente del Rmo. P. Fr. Juan de Palma al conde duque
de Olivares sobre la situación de la Duquesa de Austria, hija del emperador Rodolfo, sor
Dorotea, monja profesa en las Descalzas Reales de Madrid”, AIA 40 (1920), pp. 131-133.

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Capítulo V

emperador Rodolfo II, y sor Catalina María de Este, hija de los Príncipes de Mó-
dena, nieta de la infanta doña Catalina Micaela y del duque de Saboya 162. A las
que se añadían las numerosas religiosas, damas de las reinas, e hijas de la alta no-
bleza, cuyas familias participaban de la misma espiritualidad 163. Asimismo, se con-
sagraron al monasterio algunas damas de la princesa Juana, de su hermana la
emperatriz María y de la reina Ana de Austria. No obstante, la función política del
cenobio real se acentuó más, desde el momento que la emperatriz María con su
hija la infanta Margarita decidieron formar parte de la vida cotidiana de las monjas,
la primera sin llegar a profesar, la segunda siendo monja que quiso extremar el
rigor de la regla del convento 164.
Es preciso señalar que algunos historiadores han menospreciado la influencia
de estas mujeres, quienes desde su clausura no podrían haber intervenido en la
política de la Monarquía 165. Analizando las visitas de ministros y familiares reales
que recibían la Emperatriz y su hija en el convento, se vislumbra la fuerte cone-
xión que existía entre las Descalzas Reales y la corte, a la vez que era un lugar lo
suficientemente apartado del Alcázar como para tratar con mayor tranquilidad
los negocios relacionados con la política. A menudo, Felipe III, su esposa y los in-
fantes acudían a las Descalzas para estar con la Emperatriz y la infanta. Y, como
no podía ser de otra manera, los ministros protegidos por Roma visitaban a la
Emperatriz dentro del convento, de lo que informaba el mayordomo don Juan de
Borja al duque de Lerma: “El conde de Miranda vino luego a saber de la salud

162 J. L. CANO DE GARDOQUI: “Saboya en la política del Duque de Lerma: 1601-1602”,

Hispania 26/101 (1966), pp. 41-60.


163 La lista de religiosas hijas de duques, marqueses y condes que profesaron en el
convento a lo largo de toda su historia, aparece en el estudio sobre las Descalzas Reales de
N. ÁLVAREZ SOLAR-QUINTES: Reales Cédulas de Felipe II y adiciones de Felipe III en la
escritura fundacional del Monasterio de las Descalzas de Madrid (1556-1601), Madrid:
Instituto de Estudios Madrileños 1962, pp. 50-55; y más recientemente en K. M. VILACOBA
RAMOS y T. MUÑOZ SERRULLA: “Las religiosas de las Descalzas Reales de Madrid en los
siglos XVI-XX: fuentes Archivísticas”, Hispania Sacra 62 (2010), pp. 115-156; y ya con Carlos II,
S. M. GIL RUIZ: “Perfil sociológico de las religiosas que habitaron en el convento de las
Descalzas Reales durante el reinado de Carlos II”, Revista Madrid. Revista de Arte, geografía
e Historia 3 (2000), pp. 31-56.
164 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, pp. 193.
165 P. WILLIAMS: “Lerma, Old Castile and the Traels...”, op. cit., p. 385, n. 22.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

de su Magestad la Emperatriz le hizo entrar allá dentro en el monasterio adonde


Su Magestad estava” 166.
Con todo, hubo un personaje que sirvió de agente de la Emperatriz en la corte
de Felipe III y que entraba a menudo a las Descalzas para tratar de política con la
Emperatriz y su hija, éste era Hans Khevenhüller, conde de Franquenburg, em-
bajador del Imperio en la corte madrileña desde 1574 hasta su muerte en 1606 167.
Desde que la Emperatriz llegó a las Descalzas quiso tener cerca a este embajador,
incluso cuando la corte se trasladó a Valladolid en 1601, rogando la Emperatriz a
Felipe III que Khevenhüller permaneciera en Madrid con ella 168.
Ciertamente, su permanencia en Madrid, no le impidió ejercer de embajador
y agente de la Emperatriz en la corte vallisoletana, pues viajaba a menudo allí para
reunirse con el rey y los ministros. En una relación secreta que el embajador im-
perial, poco antes de morir en 1606, envió al emperador Rodolfo recordaba la mala
relación que existía entre la Emperatriz y el duque de Lerma, por el dominio sobre
la voluntad de los monarcas 169:

166 BL, Add. Mss. 28,422, f. 354r: Madrid, 9 de marzo de 1600.


167 S. VERONELLI: “La historia de Hans Khevenhüller, embajador cesáreo en la corte de

España”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): Felipe II (1527-1598): Europa y la Monarquía


Católica, Madrid: Parteluz, IV, 1998, pp. 517-537.
168 “Por este tiempo, en España, Su Magestad –Felipe III– con gran daño de su cassa y
hazienda y mucho mayor de los cortesanos y negociantes, y con total pérdida de los
vecinos de Madrid, trató de mudar el asiento y residencia de su corte passándola a
Valladolid, a instancia y persuasión del duque de Lerma. El embajador del césar
conde de Franquenburg aunque muchas vezes avía disuadido esto a Su Magestad y
ministros, representando los inconvenientes que esto tenía (…) La Emperatriz,
sientiendo mucho el carecer de la presencia del conde de Franquenburg por la
confianza grande que dél hazía, sirviéndose mucho con su fidelidad y puntualidad,
pidió a Su Magestad y al Emperador le diesse licencia para quedarse en Madrid por
la necessidad que dél tenía para sus negocios, y fácilmente lo alcançó” (F. LABRADOR
ARROYO [ed.]: Diario de Hans Khevenhüller..., op. cit., p. 534).
169 Para la Emperatriz era fundamental reunirse con el monarca dada su delicada salud:
“La Emperatriz durmió muy bien la noche pasada esta mañana, se levantó y
confesó y comulgó y oyó sus misas, y asi se ha estado vestida, sobre la cama ha
comido y cenado bien y confiesa Su Magestad que está mejor que lo estaba antes de
esta postrera indisposición, mucha parte desto se puede poner a cuenta del alvoroço
con que está de la venida de su nieto” (BL, Add. Mss. 28,423, f. 283r: Don Juan de
Borja al duque de Lerma. Madrid, 20 de octubre de 1600).

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Capítulo V

El estar a la sazón el duque indispuesto, quiza de temor que la aguela del rey
entibiaría en Su Magetad lo mucho que le quería, por lo qual procuró y buscó
todas las vías y maneras que supo y pudo para estorvar e impedir tanta
frequentación de vissitas, divertiendo al rey moço con otras cosas. (…) Vueltos a
Madrid de sus bodas el rey y la reyna fueron luego a visitar a la Emperatriz con
que se resucitaron de nuevo los zelos el duque, temiendo que las lecciones que la
nueva reyna oyría de la Emperatriz y de su hija la infanta doña Margarita podrían
ser en perjuicio de su privança. En particular tomó muy mal que las dos primas se
hablassen en alemán, y no pudiéndolo estorvar procuró que por lo menos se viesen
las menos vezes que fuesse possible, lo qualdio no poco cuidado a la Emperatriz,
entendiendo que no avía de parar en bien de su nieto 170.

Las continuas visitas a la Emperatriz inquietaban al duque de Lerma, cons-


ciente de la influencia de ésta en las decisiones políticas de su nieto. No obstante,
lo que más molestaba a Lerma era la unión entre la Reina y la Emperatriz 171, y
es que cuando el monarca se ausentaba unos días de la corte, la Reina aprovechaba
para pasar ese tiempo en las Descalzas con sus hijos, del mismo modo que visi-
taba el convento los días en que Felipe III se dedicaba a la caza 172. Si bien Lerma
trató de controlar a Margarita de Austria colocando en el servicio de la casa de la
reina a sus familiares y hechuras, la forma que encontró Lerma de reducir la in-
fluencia de la Emperatriz sobre el monarca, fue la de persuadir a Felipe III para
que la Reina y sus damas redujesen sus visitas al convento, tal y como había se-
ñalado el embajador Khevenhüller. La siguiente carta, fechada en noviembre de
1600, refleja la tristeza de la Emperatriz al enterarse que su nieto había dado
orden de que no fuera la Reina a visitarla, y cómo estaban avisadas la abadesa del
convento y la infanta Sor Margarita de que no solicitasen la visita de la Reina,
no obstante, como demuestra la siguiente carta, desobedecieron el mandato. Avi-
saba don Juan de Borja a Lerma:

170
Valladolid, 1 de enero de 1606 (F. LABRADOR ARROYO [ed.]: Diario de Hans
Khevenhüller..., op. cit., pp. 618-619).
171La emperatriz María acostumbraba a reunirse con la reina todas las semanas,
teniendo que dar aviso de ello el mayordomo al duque de Lerma: “La Emperatriz quiere yr
mañana a la hora que suele a visitar a la Reyna N. S. mándome que lo aga saber a V. Ex.”
(BL, Add. Mss. 28,422, f. 278r: Don Juan de Borja al duque de Lerma. Madrid, 2 de febrero
de 1600).
172 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, p. 198.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Su Magestad –la Reina– supo también disimular el dexar de venir que ni dio a
entender que havia dexado de venir por orden del Rey y assi queda esto muy llano
y la Emperatriz mucho más en no querer sino lo que fuere gusto y servicio de su
nieto (…) A la infanta y a la Abadesa se les a dado a entender quanto conviene
recatarsse mucho en estos tratos y en no pedir a la Emperatriz que pida que vengan
ni la Reyna ni las damas y assi están muy arrepentidas de lo pasado y con grandes
presupuestos de que no les aconteçerá más sin haversseles dicho porqué occassión
se les advierte esto 173.
Unos meses más tarde, la decisión se volvió más drástica; se decidía trasladar la
corte a Valladolid con la excusa de buscar una mayor salubridad en otra ciudad 174,
a pesar de las quejas de numerosos cortesanos 175, no obstante, el duque de Lerma
hacía ya un año que había expresado su “gran deseo de apartarse de Madrid” 176.
Quedaban, por tanto, la Emperatriz y su hija, solas en Madrid, consiguiendo
Lerma romper el estrecho vínculo que unía al monarca con las mismas, y alejando
a toda la corte de la influencia política de las Descalzas Reales, con la consiguiente
tristeza de los cortesanos fieles a Roma como los condes de Miranda:
La Emperatriz queda muy buena gracias a dios y assi lo está la Señora Infanta.
Mi señora la Condessa de Miranda se despidió esta mañana de la Emperatriz con
harta ternura de todos y de aqui tomó el camino de Fuencarral adonde le estava
esperando el conde 177.

173
BL, Add. Mss. 28,423, ff. 306r-306v: Carta de don Juan de Borja al duque de Lerma.
Madrid, 6 de noviembre de 1600.
174 T. EGIDO LÓPEZ: “Valladolid, corte del Rey Felipe III (1601-1606)”, en J. URREA
FERNÁNDEZ (dir.): Valladolid capital de la corte (1601-1606), Valladolid: Cámara de Comercio,
2002, p. 16.
175El nuncio avisaba a Roma de la decisión del monarca de mover toda su corte a
Valladolid a pesar de las quejas de numerosos cortesanos:
“Ha finalmente il Rè risoluto che tutta la corte passi a Vagliadolid, et Sua Maestà partì
di qui hieri per l’Escoriale dove andrà lunedi la Regina et di là andranno a Segovia et altri
luoghi convicini, et a Pasqua si dice starà in Vagliadolid, il che si sente straordinariamente da
tutta la corte per la grande incomodità et spesa che da tutti si farà” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 54, f.32r: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal Aldobrandini. Madrid, 12 de
enero de 1601).
176
ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, f. 520r: Carta del nuncio Caetano al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 13 de febrero de 1600.
177BL, Add. Mss. 28,423, f. 401r: Carta de Juan de Borja a Lerma. Madrid, 21 de febrero
de 1601.

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Capítulo V

Los problemas de Lerma con la Emperatriz no acabaron con el traslado de la


corte; antes de marcharse, Lerma quiso dejar nombrado un nuevo confesor fran-
ciscano para la Emperatriz, fray Juan de Portocarrero, descendiente de los condes
de Palma, con la intención de controlar la conciencia y la persona de la emperatriz
María, pero ésta enseguida mostró su enfado y disconformidad por el nuevo con-
fesor 178. La Emperatriz quería tener por confesor al franciscano portugués Jeró-
nimo de Gouvea 179, obispo de Ceuta y Tánger, quien por intercesión del virrey
Cristóbal de Moura sería nombrado, al fallecer la Emperatriz, obispo de los pon-
tificales de la capilla portuguesa, marchándose a Lisboa junto al virrey. La Em-
peratriz se quejaba de que Lerma no avisaba a Roma del nombramiento de su
confesor portugués, de forma que retrasaba la dispensa del Pontífice aceptando
la renuncia del obispado para convertirse en confesor de la Emperatriz, entrando

178 Informaba el mayordomo al duque de Lerma en junio de 1601:


“La Emperatriz tomó por su confesor a fray Joan Puerto Carrero como di cuenta
a V. Ex. para que de parte de su aguela la diesse a Su Magestad. Y aunque él es muy
buen religioso la Emperatriz no está consolada con él como con otros que ha tenido y
assi desea mucho allar camino para tomar otro, como lo tiene dicho al General por cuyo
parezer le tomó que si no le contentava avia de mudarle. Pide muy encarecidamente a
V. Ex. trate con el General para que sin nota deste padre busque en qué emplearle de
manera que Su Magestad pueda escoger otro que tiene ya conocido y se ha confesado
con él muchas vezes pues es el que agora se hizo obispo de Ceuta. Esto no a de saber
el General sino tan solamente el mudar al fray Joan Puertocarrero que agora confiessa
a Su Magestad” (BL, Add. Mss. 28,424, ff. 79r-79v: Don Juan de Borja a Lerma.
Madrid, 20 de junio de 1601).
179 Fue desterrado a la corte de Madrid por favorecer los intereses del prior de Crato
durante la Sucesión. Estando en esta corte, tuvo que esperar al nuevo reinado para redimir sus
penas. En 1600 fue nombrado obispo de Ceuta y de Tánger, cargo al que renunció en 1602,
para servir como confesor en las Descalzas Reales a la emperatriz María. Un poco antes, en
1601, fue tenido en cuenta para ser nombrado obispo de Oporto. Al fallecer la Emperatriz
regresó a Lisboa donde fue obispo de los pontificales de la casa real portuguesa, con referencia
de 1605, cuando a 22 de febrero el rey mandó que se pagase su ordenado (F. LABRADOR
ARROYO: La Casa Real en Portugal, 1580-1621, Madrid: Polifemo, 2009, pp. 292-297; L. M.
JORDÃO: Memoria històrica sobre os bispados de Ceuta e Tánger, Lisboa: Academia Real das
Sciencias, 1858, p. 46.; M. DE CASTRO Y CASTRO: “Confesores franciscanos de la emperatriz
doña María de Austria”, Archivo Ibero-Americano 177-178 [1985], pp. 117-148. M. F. REIS:
“Poder régio e tutela episcopal nas instituiçoes de assistência na época moderna. Os
recolhimentos de Lisboa”, en L. ABREU [ed.]: Igreja, Caridade e Assistência na Península
Ibérica (sécs. XVI-XVII), Lisboa: Edições Colibri-CIDEHUS-Universidade de Évora, 2005, p.
268).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

libremente en el convento de las Descalzas 180. Por su parte, la Santa Sede no opuso
ningún problema a la ida de Jerónimo de Gouvea, dado que en Roma se conocía su
espiritualidad radical y su trayectoria política, cuando había tenido que marcharse
de la corte lisboeta al apoyar los intereses del prior de Crato, durante la Sucesión
portuguesa, al que también apoyó Roma en un principio frente a la hegemonía de
Felipe II 181. Ante la demora y la falta de interés de Lerma, la Emperatriz se vio obli-
gada a escribir ella misma al Pontífice para agilizar los trámites con respecto a su
confesor 182. Como resulta lógico, Roma atendió a las súplicas de la Emperatriz, y
ésta pudo tener por confesor al religioso que ella quería. Con todo, era preciso honrar
a fray Juan de Portocarrero, quien se quedó sin el confesionario de la Emperatriz
ante la negativa de ésta. En mayo de 1602, la Cámara de Castilla propuso al monarca
seis candidatos para elegir al futuro obispo de Almería. Felipe III tuvo que rechazar
a todos y designar al franciscano Juan de Portocarrero para compensarle por el re-
chazo de la Emperatriz. De modo que fray Juan de Portocarrero pasaba al obispado
de Almería, el 29 de julio de 1602, por bula de Clemente VIII, quien atendía a las
peticiones del monarca y, sobre todo, favorecía así la decisión de la Emperatriz 183.

180 “(La Emperatriz) no pide sino que se remita al Papa lo que ella pide y que quando
el Papa no tuviere por causa bastante para dar licencia al obispo –de Ceuta– para
renunciar, la consolación spiritual de Su Magestad que entonces ella desistirá desta
pretensión. Yo confieso a V. Ex. que siento en el alma ver tan puesta a la Emperatriz
en este negocio, porque veo lo que Su Magestad lo siente y lo mucho que a mí me
cuesta el persuadirla de lo contrario. Y assi supplico a V. Ex. mire este negocio con
cuidado porque a mí me le da y a lo menos se dé alguna cosa para que el confessor
que agora tiene se vaya en alguna occassión” (BL, Add. Mss. 28,424, f. 173r-173v:
Don Juan de Borja a Lerma. Madrid, 18 de octubre de 1601).
181 F. LABRADOR ARROYO: La Casa Real en Portugal..., op. cit., p. 294.
182 “Las causas que se an de dar al Papa para que admita la renuncia del obispo de Ceuta:
la principal es la consolación de la Emperatriz que le quiere por su confesor por
conocerle y haberse confesado con él muchas vezes siendo confesor de la infanta y de
las monjas, y para el Papa creo y tengo por cierto que el consuelo de la Emperatriz será
bastante causa, y para más facilitarlo podrá la Emperatriz quando el Rey N. S. escriva
al Papa o de orden a su embajador para que lo pida, escribirle también la Emperatriz
pidiéndoselo al Papa” (BL, Add. Mss. 28,424, f. 105r-105v: Juan de Borja a Lerma.
Madrid, 14 de julio de 1601).
183 Valladolid, 18 de mayo de 1602: “Al confesor de la Emperatriz Fray Juan Puertocarrero
de la Orden de San Francisco, dieron el obispado de Almería”, en L. CABRERA DE CÓRDOBA:
Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op. cit., p. 143; J. LÓPEZ MARTÍN: “Obispos

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Capítulo V

Sin duda, este hecho recuerda al intento del duque de Lerma por designar a la lle-
gada de la Reina un confesor acorde con la ideología e intereses de Lerma, fray
Mateo de Burgos, y de nuevo, esta vez, Lerma no pudo contar con un confesor fiel
a su persona que confesase a la Emperatriz y a su hija en el interior de las Descalzas
Reales.
Un año después de trasladarse la corte a Valladolid, el descontento del monarca
en la nueva ciudad era conocido en toda la corte. En junio de 1602, el nuncio Gin-
nasio informaba a Roma que el monarca no se acostumbraba al nuevo lugar y que
parece “la corte está por volver a Madrid, esto porque no parece que el Rey se
sepa separar de allí” 184. No obstante, la corte continuó en Valladolid durante cuatro
años más por el empeño e interés del duque de Lerma, quien durante este tiempo
multiplicó sus posesiones. Durante esos años, además, acabó por fallecer la empe-
ratriz María en las Descalzas Reales, concretamente el 26 de febrero de 1603, no
obstante, la oposición de la Reina hacia Lerma continuaba e incluso se intensificó
más durante los años que pasaron en Valladolid. Tanto fue así, que Margarita se
preocupó por fundar un convento como el de las Descalzas Reales en la corte va-
llisoletana, también con monjas franciscas descalzas. El convento con su claustro,
iglesia y coro era igual en cuanto estructura y sobriedad al futuro convento de la
Encarnación que, años más tarde, fundaría la Reina en Madrid conectado con el
Alcázar. Con el convento conocido como las “Descalzas Reales de Valladolid”, la
Reina quiso copiar el modelo espiritual de las Descalzas de Madrid, con la misma
conexión con la corte, dada su cercanía al palacio, y con la misma intención de
convertirlo en un centro espiritual, que también sirvió de oposición a Lerma mien-
tras la corte residiera en Valladolid. El convento de las Descalzas Reales de Valla-
dolid hundía sus raíces en 1550, en una primera sede en Villalcázar de Sirga, un
pequeño pueblo por el que pasaba la ruta jacobea en la provincia de Palencia. Dos
años más tarde, la condesa de Osorno decidió trasladar este convento a Valladolid,

dominicos y franciscanos en la diócesis de Almería”, Anthologica Annua 28-29 (1981-1982), pp.


39-53; J. LÓPEZ MARTÍN e I. PÉREZ DE HEREDIA: “El Sínodo almeriense de 1607 del obispo
Portocarrero”, Anthologica Annua 34 (1987), pp. 429-503; B. COMELLA GUTIÉRREZ: “Los
nombramientos episcopales para la corona de Castilla bajo Felipe III, según el Archivo
Histórico Nacional: Una aproximación”, Hispania Sacra 60 (2008), p. 727.
184
ASV, Segreteria di Stato Spagna 55, f. 243r: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. Valladolid, 15 de junio de 1602.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

donde las monjas acabaron asentándose en unas casas pertenecientes al marqués


de Villafranca, frente a la Chancillería Real de Valladolid. Cuando llegó la corte a
Valladolid, la reina Margarita ordenó derribar parte del antiguo edificio arruinado
y levantar otro nuevo con un trazado sencillo, cuyo modelo se trasladó a la Encar-
nación, en el que las hijas de la nobleza e infantas reales pudieran dedicar su vida
a la oración 185. Lo más interesante era que las monjas eran franciscas descalzas,
que provenían del convento de Santa Clara de Gandía, como ocurrió con la fun-
dación del convento de las Descalzas de Madrid 186.
La Reina no lo vio terminado; en primer lugar, porque la corte regresó a Madrid
y, en segundo lugar, porque la Reina falleció antes de que la iglesia se terminase de
construir en 1615, fecha en la que se celebró la solemne consagración con la pre-
sencia de Felipe III 187. Lo más importante de esta fundación era que Margarita quiso
dar a Valladolid un convento como aquel que dejó en Madrid, con las mismas con-
diciones y estatutos, estableciendo el número de monjas en treinta y tres, más seis
o siete niñas cuyo nombramiento estaba reservado al monarca y sus sucesores. Ob-
viamente no dio tiempo a que cumpliera su función de cobijo de damas y mujeres

185 La construcción del convento en AHN, Consejos, leg. 7.899; A. BUSTAMANTE

GARCÍA: La arquitectura clasicista del foco vallisoletano (1561-1640), Valladolid: Institución


Cultural Simancas, 1983, p. 404.
186 “Sor Mariana de Jesús, que fue abbadesa en este convento, profesó en Santa Clara
de Gandía, vino a Rioja por fundadora y estuvo en aquel convento, de allí vino al de
Villasirga, que era este mismo que agora está en Valladolid, que los condes de Osorno,
que eran patronos, le trajeron y traladaron a esta ciudad (...). La madre sor Catalina de
Jesús profesó en Rioja, en el año de mill y quinientos y cinquenta y dos se trajo el
monasterio de Nuestra Señora de la Asumpción de Nuestra Señora de las Descalzas
Franciscanas de Villasirga a Valladolid y llegaron las religiosas en 14 de julio” (Libro
donde se asientan las monjas y nobicias que profesan en este convento de las Descalzas Reales
de Valladolid, citado por J. J. MARTIN GONZÁLEZ y F. J. DE LA PLAZA SANTIAGO:
Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid: conventos y seminarios, Valladolid:
edición facsímil de la Diputación de Valladolid, 2001, II, p. 102).
187 Señalaba Diego de Guzmán en sus memorias de la Reina:
“También avía Su Magestad començado quando estava su Corte en Valladolid,
un monasterio de Descalças Franciscas. Comproles sitio, y començose a edificar la
casa, y aunque Su Magestad se ausentó y mudó la Corte, no mudó la Reyna Nuestra
Señora su pensamiento. Antes desde Madrid cuidó siempre deste su monasterio,
haziendo a estas sus religiosas todo el bien que podía” (D. DE GUZMÁN: Reina
Católica. Vida y muerte de doña Margarita de Austria..., op. cit., f. 139).

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Capítulo V

de la realeza, pero el convento de las Descalzas de Valladolid cumplió otra función


también muy importante; este convento bajo patronato regio, y en ausencia del mo-
narca, estuvo siempre bajo patronato de la Chancillería de Valladolid, que era la re-
presentación de la corte en esta ciudad. De modo que los ministros superiores de
justicia, en especial su presidente, que se encontraba por encima de los miembros
de la Inquisición, del obispo, y del corregidor y regidores de Valladolid, debía cuidar
del buen desarrollo del convento 188. Así, la Real Audiencia convirtió a la iglesia de
este convento en el principal edificio religioso donde oficiar las celebraciones reli-
giosas, gozando las Descalzas de una situación privilegiada con respecto a las otras
iglesias y conventos de la ciudad. La Reina, por tanto, con esta fundación mostraba
una vez más su preferencia por el movimiento descalzo y consiguió que los ministros
de justicia compartieran esa misma espiritualidad, creando un vínculo entre la Chan-
cillería y las Descalzas que se fortaleció durante el reinado de Felipe IV 189.

RESTOS DE LA IMPRONTA CASTELLANA:


LA LLEGADA DEL P. FERNANDO DE MENDOZA

En medio de este enfrentamiento entre la Reina y Lerma, se produjeron una


serie de acontecimientos en palacio que complicaron aún más la situación, especial-
mente a partir de 1602, con la venida a la corte vallisoletana de la hermana de Lerma,
la condesa de Lemos y de su confesor jesuita, el P. Fernando de Mendoza 190,

188 L. AMIGO VÁZQUEZ: “Las devociones del poder regio. El patronato de la Corona y
la Chancillería sobre el Convento de las Descalzas Reales de Valladolid (siglos XVII-XVIII)”,
en La clausura femenina en España: Actas del simposium 1-4 septiembre 2004, San Lorenzo del
Escorial: EDES, II, 2004, p. 1158.
189 El convento quedó asistido durante el siglo XVII por la ayuda económica permanente de
la Corona. Felipe IV se interesaba además por costear los reparos del edificio en 1628, años más
tarde, en 1657, el convento aumentaba su extensión al comprar dos casas más que pertenecían
al regidor de la ciudad, don Fernando de Rojas y Argüelles (J. J. MARTIN GONZÁLEZ y F. J. DE
LA PLAZA SANTIAGO: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid..., op. cit., II, p. 93; L.
AMIGO VÁZQUEZ: “Justicia y piedad en la España moderna. Comportamientos religiosos de la
Real Chancillería de Valladolid”, Hispania Sacra 111 [2003], pp. 85-107).
190El P. Mendoza llegó a la corte vallisoletana más tarde, en julio de 1603, pues permaneció
un tiempo en Nápoles junto a don Francisco de Castro en Nápoles, hijo de los condes de Lemos.
Sobre Mendoza, M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna..., op. cit., pp. 197-201.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

llegados ambos de Nápoles. Doña Catalina de Zúñiga se había casado con el VI


conde de Lemos, de donde le venía el título de condesa. En 1599, se trasladaron a
Nápoles cuando nombraron virrey al conde de Lemos, donde permanecieron hasta
el fallecimiento del conde el 19 de octubre de 1601 191. Por lo que la virreina, una
vez viuda, optó por retirarse a la corte vallisoletana, con vistas a ejercer un cargo
privilegiado, no sólo para ella, sino también para sus hijos, teniendo en cuenta que,
su hermano, el duque de Lerma, se había convertido en el ministro de mayor con-
fianza del monarca.
La llegada de la condesa a la corte en el año 1602, fue descrita a Roma con pre-
cisión por el jesuita Vincenzo Cigala, enviado por el cardenal Aldobrandini a la
corte vallisoletana. El jesuita se aventuró en su carta a presagiar la influencia en el
poder de la que gozaría la condesa de Lemos, presentándola como una gran pa-
trona en la corte de Felipe III 192. A partir de entonces, la influencia de la condesa
de Lemos sobre el duque de Lerma fue en aumento, se decía de ella que era el
anima del Marchese di Denia suo fratello 193, siendo especialmente activa en aquellos
asuntos relacionados con los territorios italianos. Pero además, su presencia en la
corte supuso un cambio sustancial en la propia facción del duque de Lerma. Las
grandes hechuras de Lerma como la marquesa del Valle, doña Magdalena de Guz-
mán, que ejercía como aya de la infanta Ana Mauricia, o don Rodrigo Calderón

191 I. ENCISO: Nobleza, poder y mecenazgo en tiempos de Felipe III: Nápoles y el conde de

Lemos, Madrid: Actas, 2007, p. 166-170.


192 “Venne poi con S. M. qui in Valladolid, dove era per lei preparata la casa de Buitron, dove
stette il duca di Parma, fra la quale et il palazzo ne è solo una stradella, sopra la quale
hanno fatto due ponti, che qui chiamano ‘possaricci’, uno va alle stanze della Regina, et
l’altro del Duca de Lerma, per dove coptamente ogni dì va all’uno, et all’altro. La Regina
la vorrebbe per cameriera maggiore, ma ella non vorrebbe carico, si per non levarlo alla
cognata, si anche per esser più libera, ha fatto pero l’officio più volte quando la duchessa de
Lerma è stata di mala voglia. Il Rè gli fà segnalatissima festa, et mostra di veder tanto
volontieri che non si può dir più, tutta la corte la mira come padrona, già comincia ad entrar
nelli negotii di Italia, et si crede che presto tutti passeranno per sua mano, et non sarà se non
bene perchè veramente è donna di gran cervello, et benchè sempre non l’habbia conosciuta per
tale, adesso pero mi è parsa troppo gran cosa, l’haverla trovata con dettami così alti, et con
tanto sapere et accortezza” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 7a, f. 266r-v: Del P. Vincenzo
Cigala a Aldobrandini, Valladolid 23 de agosto de 1602).
193 ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, f. 47r-v: Carta del nuncio apostólico al cardenal
Pietro Aldobrandini. Madrid, 22 de enero de 1599.

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Capítulo V

secretario de la cámara 194, o Pedro Franqueza, secretario del rey 195, sufrieron una
evidente pérdida de poder 196. De los tres, sin duda la marquesa del Valle fue la
más perseguida por la condesa de Lemos. Hasta tal punto, que la propia condesa
difundió por palacio que la Marquesa del Valle y otros dependientes de ella, estaban
tramando conspirar contra el duque de Lerma para removerlo de su privanza. Pa-
rece bastante claro que no existió tal conjura, por lo menos así lo afirmaba la sen-
tencia resuelta años más tarde, lo que sí es cierto es que la llegada de la condesa de
Lemos supuso la caída en desgracia de la marquesa del Valle, quien hasta ese mo-
mento había gozado de gran poder a la sombra de Lerma 197, y que si conservó su
oficio de aya de la infanta unos meses más, hasta su expulsión de la corte en di-
ciembre de 1603, fue por el afecto que le profesaba la Reina, con la que compartía
su predilección por la Compañía:
La Marchesa del Vaglie è data in terra affatto, non ni è chi ne parle, se non la Regina
che le vuole bene perch’è devota dei gesuiti, et alleva l’infanta, –continua la frase en

194 F. CARRASCAL ANTÓN: Don Rodrigo Calderón, entre el poder y la tragedia, Valladolid:
Ayuntamiento de Valladolid, 1997; S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: Rodrigo Calderón, la sombra
del valido, Madrid: Marcial Pons, 2009; M. SÁNCHEZ: The Empress, The Queen and the Nun.
Women and Power at the Court of Philip III of Spain, Baltimore-Londres: The John Hopkins
University Press, 1998, p. 102.
195 J. JUDERÍAS: “Los favoritos de Felipe III: don Pedro de Franqueza, conde de Villalonga
y secretario de estado”, RABM 19 (1908-1909), pp. 307-327.
196
De esto informaba otro agente de la familia Aldobrandini, el jesuita Antonio Cigala,
hermano del anterior enviado:
“La Contessa comincia a tagliar le ali alla marchesa del Vaglie la quale scrive che ha
havuto una burrasca che, o non piglierà buon porto, o resterà molto sdrucita. Don Roderico
Calderon tanto privato del Lerma pure la contessa lo fa scartare e con provvederlo di non so
che officio partirà da Corte. Franqueza si tiene forte, ma Dio gliela mandi buona” (ASV,
Fondo Borghese, Serie III, 7a, f. 233v: Del P. Antonio Cigala al cardenal Aldobrandini.
Junio de 1602).
197 Tanto era así que la emperatriz María le advertía a su nieto Felipe III lo siguiente:
“Vos bien creeréis que ninguno os tendrá la voluntad que yo por las obligaciones
que ay de por medio, y atento esto no puedo dexar de dezir y advertiros que tantas
mudanças en los ministros suenan mal y mucho peor que se diga que la marquessa del
Valle govierna el mundo.” (F. LABRADOR ARROYO [ed.]: Diario de Hans Khevenhüller...,
op. cit., p. 619).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

castellano– pero no ai mas papeles, ni negotios, ni ve el duque se non per caso, cosi va il
mondo 198.

El nuncio informaba a Roma de que la marquesa del Valle,


già tanto privata, fu fatta carcerare, et posta con guardie in una torre detta Santorgaz,
levatole tutte le scritture et quelle che portava sopra di lei essendo cercata con diligenza
dell’Alcaldi 199,

y en otra carta añadía: “hoggi ho visitato la signora contessa di Lemos, che l’ho trovata
tutta allegra, et bella per questa partita di Palazzo della marchesa del Valle” 200. En
lugar de la Marquesa se colocó a otra hermana del duque de Lerma y de la con-
desa de Lemos, la condesa de Altamira 201. Seguidamente, junto a la marquesa
del Valle, una vez hecha prisionera por conjura y requisados todos sus papeles
bajo sospecha 202, fueron acusados otros confidentes de ella, muchos de ellos ofi-
ciales de la casa de la ya fallecida Catalina Micaela, duquesa de Saboya, que habían
llegado a la corte hispana en 1599 con el séquito de la Reina, por mediación de la
marquesa 203. Todos ellos formaron un círculo alrededor de la marquesa del Valle,
de la que dependían, y con la que compartían intereses. “Hanno cambiato tutti
gl’italiani che servivano alli principi di Savoia nel viaggio di Valencia”, fueron las
palabras del nuncio al informar a Roma de la gravedad del asunto. Entre los acu-
sados del círculo de Saboya fueron encarceladas doña Ana de Mendoza 204, dama

198 ASV, Fondo Borghese, Serie III, 7a, f. 266v: Del P. Vincenzo Cigala a Aldobrandini.
Valladolid, 23 de agosto de 1602.
199 ASV, Segreteria di Stato Spagna 58, ff. 383v-384r: Valladolid, 30 de diciembre de 1603.
200 Ibidem, f. 312r: Valladolid, 29 de septiembre de 1603.
201 Ibidem, ff. 359r-360r: Aviso de Valladolid, 1 de noviembre de 1603.
202 M. OLIVARI: “La marquesa del Valle: un caso de protagonismo político femenino en

la España de Felipe III”, Historia Social 57 (2007), pp. 99-126.


203 Para entender las relaciones entre Saboya y la Monarquía Católica, J. L. CANO DE

GARDOQUI: “Saboya en la política del duque de Lerma...”, op. cit., pp. 41-60 y del mismo autor:
“La orientación italiana del ducado de Saboya. Primera fase (1603-1604)”, Hispania 33 (1973),
pp. 505-595. En cuanto a la espiritualidad que impuso el duque de Saboya y el apoyo que prestó
a la labor de los jesuitas, P. COZZO: La geografia celeste dei duchi di Savoia. Religione, devozione e
sacralità in uno Stato di etá moderna (secoli XVI-XVII), Bologna: Il Mulino, 2006, pp. 35-62.
204 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, ff. 61v-62r: Avisos de Valladolid, 24 de enero de 1604.

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Capítulo V

de la reina, sobrina y secretaria de la marquesa del Valle. También la madre de la


anterior, doña Antonia de Mendoza, prima de la marquesa y dama de honor de
la Reina, y dos criadas de la cámara de la infanta, doña Beatriz de Salablanca y doña
Beatriz Cabeza de Vaca, pertenecientes todas a la casa de Saboya 205. Las detencio-
nes también salpicaron al marqués de San Germán, don Juan de Mendoza 206, al
duque de Terranova 207, a la condesa de Castellar 208, y hasta el confesor del mo-
narca, fray Gaspar de Córdoba 209.
En medio de estas hostilidades cortesanas, en 1603, llegaba a la corte valliso-
letana el confesor de la condesa de Lemos, el jesuita Fernando de Mendoza, para
servir a su protectora, a la que habían nombrado camarera mayor de la reina por
enfermedad de la duquesa de Lerma. El P. Mendoza era conocido como uno de
los principales jesuitas castellanos molestos con el gobierno de un general ex-
tranjero, y que enviaron memoriales con sus quejas a Felipe II y al Santo Oficio.
Defendió a principios de la década de los noventa del siglo XVI el largo y tenso
proceso de su compañero, el también memorialista P. Juan Bautista Carrillo. Por
lo que denunció ante la Inquisición el acoso que Carrillo sufría por parte de los
superiores aragoneses, fieles al general Aquaviva, en especial del rector del colegio
de Salamanca, el P. Labata. Estos disturbios en el colegio de Salamanca tuvieron
gran repercusión en Roma y en la corte madrileña, en gran medida gracias al
apoyo dado a los jesuitas descontentos por parte de los principales miembros del

205 L. FERNÁNDEZ MARTÍN, S.I.: “La marquesa del Valle. Una vida dramática...”, op.
cit., p. 610. Sobre la corte de Saboya están los estudios de C. STANGO y P. MERLIN: “La corte
de Emanuele Filiberto a Carlo Emanuele I” en G. RICUPERATI (ed.): Storia di Torino, III:
Dalla dominazione francese alla ricomposizione dello Stato (1536-1630), Turín, 1998, pp. 221-
291; R. ORESKO: “The House of Savoy in search for a royal crown in teh seventeenth
century”, en R. ORESKO y G. C. GIBBS (eds.): Royal and Republican Sovereignty in Early
Modern Europe, New York: Cambridge University Press, 1997, pp. 272-350.
206 ASV, Segreteria di Stato Spagna 58, ff. 383v-384r: De Valladolid, 30 de diciembre de
1603.
207 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 22v: De Valladolid, 14 de enero de 1604.
208 F. PÉREZ-MÍNGUEZ: La Condesa de Cautelar, fundadora del convento “Las Carboneras”,
reeditado por I. P. Bueno Ramos y J. Belloso Garrido, Zafra, 2003.
209 L. FERNÁNDEZ MARTÍN, S.I.: “La marquesa del Valle. Una vida dramática...”, op.
cit., p. 612.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

partido “castellano” 210, quienes hicieron llegar las quejas de estos jesuitas al mo-
narca 211. A finales de 1591, viendo el P. Mendoza la dirección que tomaba la Com-
pañía en detrimento de los “castellanos”, pidió su dimisión en la Orden, pero
Aquaviva no se la concedió, prefiriendo simplemente alejarle de Salamanca, para
enviarle a León, tratando así de suavizarle 212. Desde allí, el P. Mendoza continuó
mandando memoriales a la congregación extraordinaria de 1594, en los que exigía
un Comisario español que gobernase las provincias hispanas en nombre del Ge-
neral. En ese mismo año, escribió una defensa del Concilio Iliberitano, De concilio
Illiberitano confirmando libri III 213, dedicada al monarca Felipe II, que le valió el
apoyo de las principales autoridades de los reinos castellanos, reunidos en cortes,
quienes buscaron la aprobación de este tratado ante el pontífice Clemente VIII 214.

210 “Advierta V.R. que los que tienen mal impresionado á S.M. y á otros de sus
ministros, son los inquietos dando por sí memoriales y tambien ayudándose del
confesor del Rey, de Orellana, Avendaño y otros” (AHPTSI, Fondo Astrain, Estante
4A, Caja III-bis., Subcarpeta 27ª).
211 AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, Subcarpeta 1ª: Carta y Memorial del P.
Juan Bautista Carrillo al P. Maestro Diego de Chaves, confesor del Rey, acerca de todo lo
que le ha sucedido durante este año.
212 Como el propio General señalaba con respecto a los jesuitas descontentos:
“no se puede dar regla en lo de los conturbantes y inquietos, porque no todos están en
un mesmo grado, algunos sin duda conviene acariciarlos y ganarlos, porque su desgusto
no tiene hondas raizes, y su disposición es tal, desengañados y ayudados fácilmente
volverán al camino. Otros conviene que primero se entienda bien su estado y lo que
quieren, porque quando en esto aya claridad, mi ánimo es ayudar á todos, guardando el
término que pide la disciplina y profesion religiosa” (Carta de Aquaviva al P. Francisco
de Porres, 6 Septiembre 1588. AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI-bis,
Subcarpeta 2ª).
213 Existe una copia en la BNCR, manuscrito 68.10.F.1, dedicada a Felipe II.
214 “De pocos años a esta parte han tratado mal algunos la doctrina y religión de un
Concilio que se celebró en Illiberria, ciudad antigua de la Andalucia, de adonde se
pobló la que ahora se llama Granada, que por ser el primero que se celebró en España,
y haver concurrido en el obispos de todas sus provincias y estos tan sanctos y
contemporaneos a los discipulos de los Apostoles, lo han sentido mucho estos Reynos.
Hasta que don Fernando de Mendoza, que assi por su calidad, y ser de casa tan
principal en ellos, como es la del Duque del Infantado, de quien desciende como por
sus muchos y loables estudios es bien conocido, y creemos tendrá dél ya noticia Vuestra
Santidad ha escripto un libro en defensa deste Concilio, (…) para que á el y a estos
Reynos haga Vuestra Santidad merced de mandar se vea la doctrina deste concilio, y si

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Capítulo V

Efectivamente, el concilio Iliberitano, comúnmente más conocido como el con-


cilio de Elvira, constituía el primero –que se conserva– que había promulgado un
cuadro de normativas disciplinares (en total 81 cánones) 215, por las que se debía
regir la comunidad cristiana, cuando todavía a principios del siglo IV, se hallaba en
medio del paganismo 216. El interés despertado en las Cortes castellanas por con-
firmar la materia del concilio iliberritano, se encuentra en el carácter eminentemente
hispano de sus disposiciones y, más aún, en la autonomía normativa que ejercían
las justicias castellanas durante la antigüedad cristiana de Hispania, cuando todavía
no había sido asumida por el poder de Roma. Por su parte, Clemente VIII ordenó
que su confesor, el cardenal Baronio, examinase el texto de Mendoza con deteni-
miento antes de dar una resolución. El asunto, por tanto, requería de una mayor
atención que duró años, todavía en octubre de 1597 el nuncio Camilo Caetani in-
formaba desde la corte madrileña al cardenal Aldobrandini que el reino de Castilla
solicitaba de nuevo la aprobación del texto del P. Mendoza 217. Finalmente, el papa

es tan sospechosa y errada, como ha parecido a los que han hablado y hablan mal della,
Vuestra Santidad la mande declarar por tal, y aun siendo necessario quitar el concilio
del numero y tomos dellos. Però si su doctrina es tan catolica y sancta como resulta de
su defensa, y ha parecido a todas las personas graves y doctas destos Reynos, que la han
visto por orden y mandado del Rey Nuestro Señor y de su Consejo, Vuestra Santidad,
como caveza de la Iglesia Catholica y particularmente de las destos Reynos, se sirva de
mandar expedir una bulla en aprobación y confirmación del dicho Concilio. (…) Que
Vuestra Santidad ha de restituyr a estos Reynos la reputación que de su auctoridad y
religión les han injustamente quitado, y esto con tanta gloria de su nombre como
provecho de su Sancta Iglesia” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 81a, f.480r: “Del Reino
de Castilla al Pontifice”. Madrid, 22 de abril de 1595).
215 M. MENÉNDEZ PELAYO: Historia de los heterodoxos españoles, op. cit., I, pp. 96-102; V.
DE LA FUENTE: Historia eclesiástica de España, Barcelona: Librería Religiosa, 1855, I, p. 59.
216 Sobre el concilio de Elvira en S. GONZÁLEZ RIVAS: “Los castigos penitenciales del
concilio de Elvira”, Gregorianum 22 (1941), pp. 191-214; J. SOTOMAYOR MURO: “La Iglesia en
la España Romana”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I. (dir.): Historia de la Iglesia en España, Vol.
1: La Iglesia en la España romana y visigoda (siglos I-VIII), Madrid: BAC, 1979, pp. 81-104.
217 “Su Magestà et questi Regni di Castiglia tornano a suplicar Sua Santità di quello ch’altre
volte ho scritto a Vostra Signoria Illustrissima che si degni di consolare con auttorizare il
Concilio Illeberitano interpretato dal Signor Don Hernando di Mendoza o, con confirmarlo,
o con dichiarare la dottrina sua Catholica et Santa” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 81a, f.
478r: “Del nuncio, patriarca de Alejandría, al cardenal Aldobrandini”. Madrid, 6 de
octubre de 1597).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Clemente VIII, se determinó por confirmar la defensa del P. Mendoza a finales del
reinado de Felipe II, a través de un breve, no sin antes llevar a cabo las observaciones
y correcciones del cardenal Baronio sobre el mismo.
El continuo traslado del P. Mendoza de un colegio a otro de la provincia cas-
tellana, por mandato del General, acabó en 1597, cuando pasó del colegio de Me-
dina del Campo al de Monforte de Lemos. El hecho de enviarle a este último
colegio, situado en Lugo, evidenciaba la intención de Aquaviva de alejarlo aún
más de las proximidades de la corte, pero con todo, se consiguió el efecto contrario,
pues, al poco tiempo de residir en el colegio gallego, supo sutilmente ganarse la
confianza de don Fernando Ruiz de Castro, VI conde de Lemos y, sobre todo de
su esposa, doña Catalina de Zúñiga, hermana del futuro duque de Lerma, con-
virtiéndose, poco después, en el confesor del matrimonio. Con el nombramiento
del conde de Lemos como virrey de Nápoles en 1599, el P. Mendoza se trasladó
con ellos al nuevo destino. En Nápoles, el virrey anterior, conde de Olivares, se
había entrometido en cuestiones de jurisdicción eclesiástica que habían molestado
al Papado. Aunque el Pontífice había escrito al nuevo virrey, el conde de Lemos,
expresando la esperanza de que fueran respetados los derechos de la Iglesia, el vi-
rrey amenazaba con estorbar el comercio de la ciudad de Benevento, perteneciente
a los Estados Pontificios. En 1600, cuando Lemos fue a Roma para prestar obe-
diencia, le prepararon un gran recibimiento 218, debido, en gran medida, a la in-
tervención del P. Mendoza para que el virrey cambiara de opinión y quitase la
amenaza sobre Benevento 219. A partir de entonces, las muestras de agradeci-
miento por parte de Clemente VIII a los virreyes de Nápoles y a su confesor, se
repitieron con frecuencia, y de este modo continuaron cuando la condesa de
Lemos –fallecido su marido– se trasladó a la corte vallisoletana. Por su parte, el
general Aquaviva no veía con buenos ojos los negocios del P. Mendoza en la corte
virreinal. Incluso envió a un colaborador suyo, el P. Vipera, a que supervisase el
comportamiento del confesor. A pesar de que Aquaviva quería castigarle por no
llevar una vida ejemplar, involucrándose en asuntos seglares, el pontífice Clemente
VIII nunca se lo permitió al General por “razones más altas”. Todavía en 1600 es-
cribía el cardenal nepote, Pietro Aldobrandini, que debido a los favores recibidos

218 I. ENCISO: Nobleza, poder y mecenazgo en tiempos de Felipe III..., op. cit., p. 167.
219 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1941, XXIII, pp. 202-203;
también A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 636-637.

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Capítulo V

por la condesa y su confesor, “me siento obligado con nuevos vínculos al Señor
Duque de Lerma” 220. Ciertamente, la ida de la condesa de Lemos a Valladolid,
beneficiaba más que a nadie a su hermano, el duque de Lerma, a quien le resultaba
harto complicado ganarse la confianza de Roma, por más que se mostrase incli-
nado y favorecedor de los asuntos de la Curia 221.
El puesto tan privilegiado que había conseguido alcanzar la condesa de Lemos
hizo concebir esperanzas al padre Fernando de Mendoza de constituirse en el va-
ledor de la Compañía en la corte de Madrid. Sin embargo, la Reina mantuvo como
confesor a otro jesuita, el P. Ricardo Haller, cuya espiritualidad e idea de la Com-
pañía eran bien diferentes a las de Mendoza y estaban más en sintonía con los pro-
yectos que el general Aquaviva tenía sobre la institución. En torno a ambos se
fueron tejiendo una serie de intereses y de facciones cortesanas que mantenían di-
ferentes relaciones con Roma y que, en el fondo, respondían a tendencias y dis-
crepancias pasadas. De esta manera, nada más conocerse la intención de la condesa
de Lemos de traerse a la corte al P. Mendoza, Haller buscó la manera de que se
nombrase otro confesor jesuita para la condesa 222. Todo intento por parte de la
Reina y de su confesor fue frustrado, pues la condesa de Lemos estaba decidida a
esperar la llegada de su confesor jesuita.

220 ASV, Segreteria di Stato Spagna 328, f. 46r.


221 El propio Lerma, bromeaba ante el nuncio de las excelentes relaciones que la

Condesa mantenía con la familia Aldobrandini. Escribía el nuncio lo siguiente:


“Mi ha detto il signore Duca, che stando qua la contessa sua sorella, non occorre che S.
S. vi tenga nunzio, perchè lei parla et di giurisdittione, et delle necessità precise che il Rè tiene
di servire a N. S. et a V. S. Illma. cose grande, et sempre ridendo, et burlando diceva, che non
sapeva che tanta affettione era di questa sua sorella verso di S. S., et di V. S. Illma., et che
era una gran donna et gran serva di N. S. et di V. S. Illma. Ricordò i favori fatteli in Roma
et Napoli, et ultimamente da V. S. Illma in Cività Vecchia, et che ha obbligato ella tutti, et
credami, che stà N. S. et V. S. Illma. qua appresso di tutti in tal concetto ch’io ne ringratio
il signore Dio” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 55, ff. 315r-v. Valladolid, 7 de agosto de
1602).
222 “La Regina è data a far pigliare confessor giesuita alla S. Contessa, et glien’ha parlato già tre
volte, stà salda con dire che aspetta il suo padre Mendozza, et che fra tanto, si confesserà con
un descalzo, per non havere da lasciare il Padre Nostro perche piglierebbe fino alla venuta del
P. Mendozza, perchè non vuole mutar confessore per sempre (...) Il confessor della Regina fa
ogni officio con S.M. acciò l’ha persuasa, pensando che questa sia la volontà del P. Generale,
pero non fa niente, et credo che tutti haveranno patientia” (ASV, Fondo Borghese, Serie III,
7a, f.277r: Del P. Vincenzo Cigala a Aldobrandini. Valladolid 23 de agosto de 1602).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

El traslado de la corte a Valladolid fue el último intento por mantener la im-


pronta castellana en el gobierno de la Monarquía, sustituyendo dicha huella por
la idea de una corte de Madrid que se había convertido en la sede de una Monar-
quía “internacional” 223. Este cambio hizo concebir a algunos grupos sociales y,
por supuesto, a determinados jesuitas, que era posible volver a los tiempos pasados
cuando los miembros de la Orden tuvieron gran influencia en los principales mi-
nistros de la Monarquía y de la familia real. No resulta extraño que, a finales de
1602, precisamente cuando la corte ya estaba en Valladolid, resurgieran memo-
riales que de nuevo pretendían cambiar la estructura y gobierno de la Compañía,
según años antes había deseado la facción castellana 224. Ante estas circunstancias
se produjo la llegada del padre Mendoza a Valladolid. Mendoza comenzó por
traerse otros jesuitas, destacando la presencia del padre Gaspar Moro, confesor
del IV marqués de Sarria, Pedro Fernández de Castro, primogénito de la condesa
de Lemos 225, formándose un grupo de jesuitas confesores alrededor de la facción de
Lerma, liderados por el P. Mendoza, quienes además, a través de la condesa de Le-
mos, se relacionaban directamente con la familia Aldobrandini. De esta manera,
Mendoza comenzó a actuar como interlocutor único con Roma sin tener en cuenta
a Haller, confesor de la Reina, ni al propio padre General de la Orden. El Pontífice
aceptó esta relación por considerar que dicho grupo constituía el gobierno de la
Monarquía hispana, con quien tenía que relacionarse políticamente y con quienes

223 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Los problemas de la Compañía de Jesús en la corte de Felipe III:

la desobediencia del Padre Fernando de Mendoza”, en R. FRANCH BENAVENT y R. BENÍTEZ


SÁNCHEZ-BLANCO (eds.): Estudios de Historia Moderna en homenaje a la profesora Emilia
Salvador Esteban, Valencia: Universidad de Valencia, 2008, p. 365.
224 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 639.
225 El P. Gaspar Moro confesaba al Marqués de Sarria, hijo de los condes de Lemos, y

sobrino del duque de Lerma, y será además quien se encargue de los pleitos que mantiene
Sarria con el embajador de Flandes, don Baltasar de Zúñiga. Existe una carta de Zúñiga al
general de la Orden rogándole que detenga la intromisión del jesuita porque “es tan buen
amigo y tan grato servidor de estos señores que es incorregible en esta parte” recordando al
mismo su afecto y devoción a la Compañía, sin olvidar su procedencia de la casa de los
condes de Monterrey, fundadores del colegio jesuita de Monterrey (ARSI, Hispania 92, f.
67, citada por J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., pp. 126-127;
I. ENCISO: Nobleza, poder y mecenazgo en tiempos de Felipe III..., op. cit.; R. GONZÁLEZ
CUERVA: Baltasar de Zúñiga y la encrucijada de la Monarquía hispana (1599-1622), tesis
doctoral defendida en la Universidad Autónoma de Madrid, 2010, pp. 278-284.

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Capítulo V

podía obtener las mercedes y ayudas que la Iglesia necesitaba en Europa y en otros
continentes 226. Por su parte, al padre Aquaviva no le quedó más remedio que ad-
mitir tal relación, para no ofender a las cortes de Roma ni de Madrid 227. Limitado
en su actuación, el General buscó entonces la colaboración de la facción compuesta
por Margarita de Austria y su confesor para tener controlado al P. Mendoza. El
propio Aquaviva, con gran melancolía, escribía a Haller afirmando en referencia
al Pontífice que, quien “debiera hacernos espaldas, no solamente nos desampara,
sino que tal vez desayuda y desalienta” 228. Por tanto, la colaboración del padre
Haller para conseguir el apoyo y la protección de la Reina fue imprescindible si
Aquaviva quería defenderse de los continuos agravios y desprecios que el P. Men-
doza realizaba a su gobierno y a los superiores fieles al General. En una carta en-
viada a Haller, Aquaviva le agradecía su apoyo y fidelidad, añadiendo sobre la
Reina; “Siento de corazón, los disgustos y trabajos de Ester y no pudeo hacer
otro, que compartirlos” 229. Usando el lenguaje bíblico, del que en numerosas oca-
siones hacían gala los jesuitas en sus cartas, el General solía ocultar, por seguridad,
el nombre de la reina Margarita en su correspondencia con Haller y otros supe-
riores, haciendo un símil de Margarita, como aquella reina de origen judío,
“Ester”, que salvó al pueblo judío del exterminio gracias a su fuerza e intervención
ante el Rey Asuero, al igual que Margarita salvaría a la Compañía en estas difíciles
circunstancias. Resulta sorprendente que, años más tarde, ya fallecida la Reina, al
pintor Jerónimo Cabrera se le encomendara pintar las bóvedas de la antecámara
de la reina Margarita, en cuyo programa iconográfico se narraba la historia de la
reina judía Ester 230.

226Toda la política del P. Mendoza en la corte vallisoletana se desarrolla en J. MARTÍNEZ


MILLÁN: “Los problemas de la Compañía de Jesús en la corte de Felipe III...”, op. cit., pp.
345-372.
227ARSI: Cast. 7 I, Epp. Generalium (1603-1606), ff. 99v-100r: Del General al P.
Alonso Ferrer, provincial de Castilla.
228 Citado por A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 648.
229 ARSI: Hisp. 76-77, f. 32v: 6 abril 1604.
230 M. DE LAPUERTA MONTOYA: “Los programas iconográficos que decoran las

estancias de la reina Margarita de Austria. Retrato alegórico-moral de la Reina, espejo de


virtudes”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN, Mª P. MARÇAL LOURENÇO (coords.): Las relaciones
discretas entre las Monarquías Hispana y Portuguesa..., op. cit., II, pp. 1121-1148; de la misma
autora cabe destacar su estudio: Los pintores de la corte de Felipe III: la Casa Real de El Pardo,

278
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Por su parte, el P. Mendoza comenzó su particular enfrentamiento contra el


gobierno del General, del que se sentía exento. Una de sus primeras acciones,
auspiciado en todo momento por la condesa de Lemos y su hermano, fue expul-
sar de la corte a tres jesuitas fieles a Aquaviva; el predicador Pedro Maldonado,
el P. Hernando de la Cerda, rector del colegio de Valladolid, y el P. Miguel Váz-
quez. Fue el propio duque de Lerma quien ordenó el destierro de Valladolid de
los religiosos, con la excusa de que criticaban, tanto la política de Lerma como
la influencia de la Condesa sobre su hermano, buscando además, a toda costa, la
expulsión del P. Mendoza de la corte. Enfadada, la condesa de Lemos se quejaba
a Clemente VIII de que el General había aprovechado su ausencia, y la del duque
de Lerma, de la corte para intentar expulsar al P. Mendoza 231.
El propio Lerma dirigió una carta a Clemente VIII para que pusiera remedio
a las críticas de aquellos jesuitas que rodeaban a la Reina:
Passa tan adelante la mala intención y libertad con que hablan algunos padres
de la Compañia de Jesús, en cosas agenas de verdad y fuera de su Instituto, que en
passarlas en dissimulación se ofende la Magestad divina y la humana, y aunque
en las cosas y casos en que tocan se puede poner la mano por los ministros de Su
Magestad para castigarlas, lo suspende Su Magestad hasta dar esta quenta a V. B.
para con esto justificar lo que no se podrá escusar si V. S. por otro camino no lo
mandare prevenir y castigar antes, tan exemplarmente como lo pide la autoridad y
grandeza de Su Magestad y las demas personas de quien se trata 232.

Incapaz de evitar la salida de los padres Maldonado y de la Cerda, Aquaviva


escribió al P. Mendoza para expresarle su enojo por este turbio asunto, y sobre
todo, por la manera deshonrosa en la que fueron expulsados de la corte 233.

Madrid: Encuentro, 2002, pp. 145-162; A. MARTÍNEZ MARTÍNEZ: “Monarquía y virtud:


estudio iconográfico del fresco de la bóveda de la cámara de la reina Margarita de Austria en
el palacio de El Pardo”, Archivo Español de Arte 75 (2002), pp. 283-291.
231ASV, Fondo Borghese, Serie III, nº 130c, ff. 281r-282r: Catalina de Zúñiga al Pontífice
Clemente VIII. Valladolid, 5 de septiembre de 1604.
232 Ibidem, f. 338r: El duque de Lerma a Su Santidad Clemente VIII. Valladolid, 1 de
diciembre de 1604; otra copia en AGS, Estado, Roma, Leg. 1857, f. 125.
233 “Los particulares de que me avisa V.R. en su carta de 10 de julio tocantes a los padres
Hernando de la cerda y Maldonado, he visto y sentido grandemente los estorvos y
ruidos que an sucedido, y si ellos se han descuidado en hablar mal de personas a quien
devian toda reverencia y respecto, sin duda merecian correction y remedio, ny yo huviera

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Capítulo V

Detrás de la expulsión de estos padres, justificada en las críticas que estos je-
suitas propiciaban a la actuación del duque de Lerma, de su hermana y de su
confesor, se escondían motivos más trascendentales, como era el hecho de que
estos padres habían sido directores espirituales de enemigos de Lerma, de modo
que informaba el nuncio Ginnasio a Roma de que “ha mandado el Duque de
Lerma a llamar a un jesuita llamado Maldonado, predicador famoso, joven, y
muy cercano a la Marchesa del Valle”. Continuaba el nuncio avisando de la ex-
pulsión de otro jesuita, del que también la Marquesa del Valle era “gran amiga
del P. Miguel Vázquez, que fue confesor del cardenal Guevara en Roma” 234.
Efectivamente, el P. Maldonado era confesor de la Marquesa del Valle y también
lo había sido del duque de Lerma hasta la llegada a la corte de la condesa de
Lemos y del P. Mendoza 235. Por su parte, el P. Miguel Vázquez era confesor del
cardenal Fernando Niño de Guevara, que había sido Inquisidor General y arzo-
bispo de Sevilla, y era muy apreciado en Roma.

faltado a mi dever si el negocio se tratara por mano de superiores ordinarios, ellos niegan
constantemente y verdaderamente del P. Hernando siendo tan conocidamente religioso
y prudente, no sé cómo se pueda creer cosa especialmente tan grave que mereciesse esta
demostración de la manera que se ha hecho, lo que más me pesa es que todo el mundo
está clamado que esto ha nacido de casa por la poca caridad y union que hay entre
nosotros. De V.R. muchos dentro y fuera, sienten y aun dizen claramente que ha tenido
mucha mano en ello por sus pretensiones y disgustos passados, y que no han sido tanto
cosas tocantes a essos Señores quanto a V.R. que no tiene paciencia para sufrir la menor
palabra del mundo. Lo que a mi me ha pesado aun más, es que confesando V.R. en la
carta que escribe al P. Asistente haver sido este golpe con mucho daño de nuestra comun
madre, aya passado por ello con muestra de que poco le tocasse y quiça se ha
desmandado con algunos en palabras mas significantes, porque en lo que V.R. dize que
ya conocemos la condicion de la Condessa por esso no a podido mas, los hombres
cuerdos dessearan que hiziera V.R. con essos padres en cosa que toca a la honra de la
Compañía a lo menos lo que hiziera si tocara a la honra de su publica persona, y quien
pide esto, no pide mucho, si lo a hecho V.R. no se vee, en fin el tiempo lo dirá” (ARSI:
Cast. 7 I, Epp. Generalium, [1603-1606], f. 81r: Del General al P. Hernando de
Mendoza. 1604).
234ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, ff. 22v-23r: Carta del nuncio Ginnasio al
cardenal Aldobrandini. De Valladolid, 14 de enero de 1604.
235 El P. Maldonado fue enviado en 1604 al colegio de Cazorla en Jaén, no obstante optó
por pasarse a la orden de San Agustín en 1606 (F. DE BORJA MEDINA: “Blas Valera y la
dialéctica exclusión del otro”, AHSI 68 [1999], p. 262 n. 165).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

En mayo de 1604, Aquaviva escribía otra carta a la condesa de Lemos, en la


que le rogaba que, por los:
muchos inconvenientes que se experimentaban de la asistencia del P. Hernando de
Mendoça en las cosas en que se ocupaba; pero ahora consultando diversas veces
del remedio, y encomendándolo a Nuestro Señor, hallamos que no hay otro sino
el apartarle de negocios y ponerle en parte donde pueda con su recogimiento
atender más a su perfección y espíritu.

Aquaviva le advertía a la cortesana que:


Ni piense V. Exª, ha nacido esta novedad de falsas relaciones y pasiones de
otros, porque realmente no es así, si no que yo estoy muy enterado que esto es
lo que a él y a la Compañía conviene 236.

En tales circunstancias, la condesa de Lemos defendió a su confesor haciendo


llegar al Pontífice un gran número de cartas de su propio puño y letra, en las que
denunciaba las estratagemas del General para tratar de expulsar de la corte al P.
Mendoza. Entre otras cosas, recordaba al Pontífice el envío a la corte de los pa-
dres Maldonado y de la Cerda:
por cuia mano quiso reformar la religión en la Corte, hallará V. S. que no le he
levantado nada quando he dicho que escoge siempre los más ruines, porque
desto hay tanta evidençia como podrá deçir el nuncio siendo testigo de vista 237.

Y es que la Condesa estaba segura de que la persecución que padecía su con-


fesor era porque Aquaviva había perdido el favor de Roma, ya que:
dévese de hallar tan lastimado el General de la Compañia de las gracias y favores
que V.S. me ha hecho contra sus descortesias y mal termino, que pensando
contravenir a ellas, después que llegue a España tenía dadas buenas muestras, como
lo averigüé en poniendo los pies en la Corte, y es tan ygnorante que le pareçió buen
medio engañar a mi hermano, provallo por lo menos, haziendole tan falsa relación
de Fernando de Mendoça que a ser verdad lo que él tiene firmado de su nombre
por fuerça havia de ser mentira 238.

236ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 70v: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. De Valladolid, 14 de enero de 1604.
237ASV, Fondo Borghese, Serie III, 130c, ff. 281r-282r: Catalina de Zúñiga al Pontífice
Clemente VIII. Valladolid, 5 de septiembre de 1604.
238 Ibidem, ff. 212r-215v: Catalina de Zuñiga al Pontífice. Valladolid, 10 de julio de 1604.

281
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Capítulo V

Por último, la noble dama se dirigía a Roma para:


defenderme de hombre tan temerario como el General y considere V.S. que
Hernando de Mendoça sirve esa Santa Sede donde V.B. se halla. Y que si su consejo
ayudó para esto al conde mi marido en Nápoles que lo haze en España ayudando al
conde mi hijo en las ocasiones que se le ofrecen, que no le faltan, y pues en mi ha
conocido V.S. un grande amor y temor filiar con la reverencia que devo. Suplico
humildemente a V.P. no me desampare pues la verdad esta de mi parte y quien no
teme al juez y no esta apasionado no se le puede pedir más 239.

A partir de entonces, Aquaviva fue consciente que, a través de los superiores


fieles a su gobierno, no era capaz de controlar, reformar o expulsar al P. Mendoza,
quien no cesaba en desacreditarle ante Lerma y ante la corte. Y que en esta de-
licada circunstancia, Clemente VIII no podía apoyarle por la buena relación que
mantenía con la condesa de Lemos. La única forma de combatir eficazmente al
padre Mendoza, era apoyándose en la facción de la Reina, de la que formaba
parte una serie de ministros de los que Lerma no pudo prescindir en su gobierno,
por la buena relación que mantenían con Roma. Estos ministros, al igual que la
Reina, se confesaban con jesuitas, y habían colaborado activamente con el Ge-
neral para que la congregación extraordinaria de 1594 fuera un éxito para el go-
bierno de Aquaviva 240. Así, en el verano de 1604, Aquaviva envió una instrucción
al provincial de Castilla, el padre Fernando Ponce 241, en la que le ordenaba a

239 ASV, Fondo Borghese, Serie III, 130c, ff. 281r-282r: Catalina de Zúñiga al Pontífice.

Valladolid, 5 de septiembre de 1604.


240En un discurso del P. Miguel Vázquez de 1601, daba los nombres de algunos
ministros que se confesaban con la Compañía. Informaba que:
“sola esta corte de Madrid se confiesan en la Compañia y aun segan en sus negocios
assi proprios como de estado los principales consejeros de Su Magestad, como son el
Cardenal de Guevara Inquisidor Mayor, y del Consejo de Estado el Conde de Miranda
Presidente de Castilla, y del Consejo de Estado Don Juan de Idiaquez, Presidente de
Ordenes, y Consejero de Estado” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 54, f. 92r-92v).
241 Hernando Ponce de León (1561-1622). Perteneciente a la casa de los duques de
Arcos, pasó en Sevilla los primeros años de su vida. A los doce entró como paje en el séquito
del patriarca Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, con quien estuvo cinco años. Fue
admitido en la Compañía de Jesús en el colegio de la ciudad donde realizó sus estudios. Tuvo
numerosos destinos, hasta que pasó a ser rector del colegio de Valencia de 1594 a 1597. En
este último año fue llamado a Roma por el P. General Aquaviva, quien le encomendó a partir
de entonces, diversas tareas delicadas dentro del gobierno de la Compañía, como provincial

282
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Ponce que, en calidad de visitador de la Orden, se reuniese con el P. Mendoza


para decirle que, en primer lugar:
hemos juzgado absolutamente por necessario que salga de la corte dentro de dos,
o, tres dias y se retire a la provincia de Aragón en el colegio que, para su salud y
consuelo, le pareciere mas a proposito sin salir de aquella provincia. Hasta que otra
cosa se le ordene. Segundo, mas porque esto se haga con mayor pas, sin ruido, y
con más reputación suya seriamos de parecer se hiziesse en esta forma, que es
tomar el mismo para esta salida el buen pretexto que puede para hazerla como de
suyo 242.

Resulta lógico que Aquaviva quisiera enviar a Mendoza a la provincia de Ara-


gón, en su intento por alejarle de la corte, teniendo en cuenta que dicha provincia
fue, sin lugar a dudas, la que menos problemas le dio a Aquaviva durante todo
su generalato, ya que la gran mayoría de los memorialistas eran o bien de la pro-
vincia jesuita de Castilla y de la de Toledo. La instrucción continuaba con una
recomendación a todos los superiores que se encontraban en Valladolid:
hablen con las personas que pareciere conveniente prevenir para que no impidan,
o, para dar razón de lo que se le ha offrecido al dicho padre para hazer esto sin
rumor 243.

De esta manera Aquaviva no vacilaba en su actuación ya que contaba con la


ayuda de los ministros fieles a Roma que siempre le habían mostrado su protec-
ción, para que, de ninguna manera, se impidiese la visita del P. Ponce, al mismo
tiempo que se consiguiera la deseada salida del P. Mendoza. Con la misma fecha
que la intrucción enviada a dicho visitador, el 3 de agosto de 1604, Aquaviva es-
cribía a un antiguo amigo, don Juan de Idiáquez, para pedirle su colaboración
en esta delicada situación, por “el favor que V. S. I. siempre nos ha hecho aun en
tiempo del Rey de gloriosa memoria me da animo para acudir con toda confianza

de Cerdeña (1598-1601; 1611-1613), visitador de Castilla (1602-1604), provincial de Aragón


(1604-1609), y provincial de Andalucía (1615-1617). Por último fue rector de Granada (1617-
1622), pasó destinado a la casa profesa de Sevilla, donde se dedicó a ministerios sacerdotales
hasta su muerte (E. MOORE: “Ponce de León, Hernando”, en DHSI, Roma, 2001, IV, pp.
2187-3188).
242 ARSI: Hisp. 78-79, f. 12r: 3 de agosto de 1604.
243 Ibidem.

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Capítulo V

en lo que al presente se ofrece” 244. Asimismo, al duque de Sessa, nombrado ma-


yordomo de la Reina, le recordaba Aquaviva:
[el] desseo de sacar desa corte nuestros cortesanos que como levadura de nuestra
religión poco a poco la van infectando; los daños han ya crecido tanto que la
obligación de mi consciencia es necessario que rompa con los respectos humanos,
–rogando al de Sessa– copiosa gracia, remitiendome en lo demás al P. Hojeda 245.

Otro ministro favorable a Roma, del que solicitaba su inestimable colabora-


ción, era el conde de Miranda. A éste dirigía Aquaviva una extensa carta haciendo
hincapié en la desobediencia del P. Mendoza a los decretos adoptados en la con-
gregación extraordinaria, como la intromisión en negocios de Estado 246.
No obstante, cuando el P. Ponce acudió a la casa profesa de Valladolid, donde
se encontraba Mendoza, para proceder a la ejecución de la orden de expulsión, el
nuncio Ginnasio se presentó, oponiéndose al mandato del General. Efectivamente,
el nuncio tenía orden de satisfacer a la condesa de Lemos, como así le hizo en este

244 ARSI: Hisp. 78-79, f. 10v: Aquaviva a don Juan de Idiáquez, presidente del Consejo

de Órdenes. 3 de agosto de 1604.


245 Ibidem, f. 10r: Del General al duque de Sessa del consejo de Estado de Su Magestad

y mayordomo de la Reyna. 3 de agosto de 1604.


246 “Nuestra Congregación General movida de fuertes razones hizo dos decretos
últimamente, donde prohibe so graves penas el meterse en negocios de principes
y estado, o, otras cosas seculares de deudas y interesses y poner intercessiones y
favores de Señores para salir con lo que pretende; con todo, (lo que no se puede sin
lagrimas dezir) algunos por sus fines y apoyados en los favores, con grande daño de
la unión y buen nombre de la Compañía, y con increible perjuizio del buen govierno
tratan como si semejantes decretos jamas se huviessen hecho, por lo qual, yo por
obligación de consciencia, soy forçado a poner remedio efficaz y quitar desa corte a
todos aquellos que con semejantes manejos impiden el buen govierno y su paz (…).
Espero que no tendremos grandes dificultades, pero en otros abra que hazer, pues
los Señores que los apoyan interpretarán a su gusto esta resolución aunque se aya
hecho por mera necessidad, y despues de muchos sacrificios, oraciones y consultas
con los Assitentes. Por esto creo sera necessario que Su Magestad se declare que ny
gusta ny permitirá en ninguna manera que se quite a las religiones la libertad
necessaria en la disposicion de los subditos. A esto espero el no poco ayudar de V. Exª
a quien supplico que (después de aver benignamente oido al P. Hojeda), mire la
justicia, e importancia desta petición, con los ojos que siempre ha mirado las cosas
de la Compañia” (Ibidem, f. 9v: Del General al conde de Miranda, presidente del
Consejo Real de Castilla. 3 de agosto de 1604).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

particular 247. Informaba el nuncio a Roma que evitó la ejecución de la instrucción


porque “el señor Duque de Lerma, y la señora Condesa, su hermana, echaban
fuego de la boca, no les había visto jamás tan coléricos contra el General”. A lo
que Clemente VIII daba su aprobación a la intervención del nuncio con un “ha
fatto bene”, que escribía al margen de la carta enviada por el nuncio 248. Por si fuera
poco, a instancias de la Condesa, Clemente VIII expidió un breve en favor del P.
Mendoza, fechado el 4 de octubre, por el que, entre otras cosas, se le permitía al
jesuita mantener correspondencia sin necesidad de pedir licencia a los superiores,
era libre de entrar y salir a su antojo del colegio o acompañar a la condesa de
Lemos en sus salidas y viajes, y el privilegio más temido por el General; que nin-
gún superior de la Orden podía interferir en los negocios de Mendoza 249.
Seguro de su situación debido a sus protectores, Mendoza propuso a Lerma
que el padre General visitase las provincias de España para que conociera, por sí
mismo, los problemas que aquejaban a las provincias de la Asistencia Hispana 250.
El duque de Lerma no tardó en escribir a Clemente VIII con esta intención, lo que
hizo el 30 de noviembre de 1604, justificando la necesidad de la presencia del Ge-
neral en las provincias hispanas por su “lejanía”, petición y excusa que recordaba
a la utilizada por los jesuitas memorialistas de años anteriores. Continuaba Lerma
en su carta al Papa que:
no puedo dejar de suplicar a V.S. mande que el P. General venga a estos reynos
para que conozca a sus subditos y ellos a él, y desta manera no se compondrán
las cosas 251.

247 La condesa de Lemos escribía al Pontífice en referencia al nuncio Ginnasio:


“que me haze merced de buena gana y que entiende el serviçio que en esto haze a V.
S. I., de cuia mano lo reconozco todo y le suplico me mantenga en su buena gracia
creyendo de mi que si fuese de serviçio me tiene por esclava para toda la vida” (ASV,
Fondo Borghese, Serie III, Nº 130c, ff. 213v-214r: Valladolid a 10 de julio de 1604).
248 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 273r-v: Del nuncio a Aldobrandini. Valladolid,
2 de octubre de 1604.
249
F. RURALE: “La Compagnia di Gesù tra riforme...”, op. cit., pp. 38-45; J. J. LOZANO
NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 141.
250 AGS, Estado, Roma, Leg. 978, f. 249.
251 ASV, Fondo Borghese, Serie III, 130c, ff. 321r-322r: Del duque de Lerma a Clemente VIII.
Valladolid a 30 de noviembre de 1604; en AGS, Estado, Roma, Leg. 1857, f. 115, se encuentra
otra carta de Lerma a Clemente VIII con la misma intención fechada el 1 de septiembre de 1604.

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Capítulo V

Semejante idea no cabe duda que había sido auspiciada por el padre Mendoza
con el ánimo de que, una vez en la corte, Aquaviva estuviera obligado a admitir
algunas de las cláusulas sobre la organización de la Compañía de acuerdo al pro-
yecto que pretendían imponer los jesuitas castellanos. Tal pretensión se hubiera
llevado a cabo, según escribía el mismo Aquaviva, “si primero Su Magestad no
me asegure que me dejara con mano libre y toda authoridad para hazer lo que
juzgare convenir sin que se me ponga impedimento en la execution” 252. Al no
recibir ninguna garantía por parte del monarca, Aquaviva trató de eludir su visita
a las provincias hispanas excusándose por enfermedad, contando además con el
respaldado de diversos príncipes europeos, todos ellos devotos de la Compañía,
quienes escribieron cartas a Clemente VIII para evitar la visita del P. General a
las provincias hispanas, entre los que se contaban los familiares austriacos de la
Reina 253. El 25 de diciembre de 1605, Aquaviva agradecía al confesor de la Reina, el
P. Haller, su colaboración en esta difícil situación y, más aún, la de la Reina, por
las amenazas de la misma a la condesa 254.
Finalmente, no se llevó a cabo la visita de Aquaviva, debido al fallecimiento de
Clemente VIII el 3 de marzo de 1605. A partir de entonces, una serie de sucesos
encadenados, entre los que se incluye el regreso de la corte a Madrid y la elección
del nuevo pontífice Paulo V, hicieron variar la situación a favor de la facción de la
Reina, en la que el P. Haller hizo suya la causa del General contra el P. Mendoza.

EL TRIUNFO DE LA REINA Y EL PADRE RICARDO HALLER

En medio de todo este conflicto entre confesores, Haller se mostró siempre


favorable a los intereses del General, con lo que aumentaba los recelos de la fa-
milia Sandoval hacia su persona. En concreto, el duque de Lerma, bien fuese

252 ARSI: Hisp. 78-79, f. 43r-v: 20 de diciembre de 1604.


253 AGS, Estado, Roma, Leg. 978, f. 250.
254 “Mi sono rallegrato delle lettere scritte da quei Serenissimi, spero che haveranno qualche
effetto e molto più se la Maestà della Regina parlerà chiaro alla Contessa che lasci d’
intromettersi nelle cose toccanti alla dispositione delli persone della Compagnia e che non
facendolo le farà cosa poco grata e simili e che senza dubbio farà qualche colpo” (ARSI: Cast.
12 [1602-1626], f. 82r: Aquaviva al P. Ricardo Haller. Roma, 25 de diciembre de 1605).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

por culpar al P. Haller de la acritud de la Reina con él, o bien por instigación del P.
Mendoza, emprendió su particular enfrentamiento para alejar a la Reina de su con-
fesor 255. En palabras del jesuita Vincenzo Cigala, confidente de la condesa de
Lemos, el confesor de la reina representaba en la corte “el mayor enemigo que ha
tenido el Duque de Lerma” 256. Los primeros intentos de Lerma por expulsar a
Haller se remontaban a marzo de 1603, cuando la reina Margarita, para tratar de
evitarlo, solicitó a su madre la archiduquesa María que, con gran secretismo, avisara
al Pontífice de lo que estaba tramando Lerma contra su confesor. Con tal inquietud,
escribía el nuncio en Gratz, Portia, a Clemente VIII la siguiente carta:
Hora vien avvisata l’Arciduchessa dalla Regina figliola, et da altri che si sia udito
quivi di una secreta pratica che forse il più principale ministro di Spagna faccia per
levar alla Regina quel confessore, con procurare di persuadere al Re stesso che scriva a
V.B. ne pregandola di comandare al Generale dei Gesuiti, che levi quel padre di Spagna
et l’adopri in Germania, nella qual provincia si caverà maggior profitto dalle virtù et
buone qualità di esso padre, di quello che si possa far in Spagna dove la Regina per haver
acquistata la notitia et l’uso della lingua spagnola si potrebbe valer di confessore di
quella provincia et natione. L’Arciduchessa supplica per tanto V. S. con humilissimo et
efficace affetto, che quando venisse fatta tal istanza ella si degni et resti servita di non
esaudire simil dimanda senza darne almeno avviso a lei come madre 257.

No obstante, a Lerma le resultaba harto complicado, cuando no imposible,


conseguir expulsar al P. Haller de la corte dado el vínculo de unión entre la Reina
y su confesor. Por lo que, Lerma, junto con su hermana y el P. Mendoza, cam-
biaron de estrategia fijando su objetivo en expulsar de la corte a todos aquellos
jesuitas fieles al padre Haller y al General, como ya hizo con el P. Maldonado,
de la Cerda y Miguel Vázquez. Esta vez, finales de 1604, trató de expulsar al
compañero de Haller, el P. Manuel Arceo. Gran confidente del P. General, Arceo
había sido rector de los colegios de Belmonte y de Plasencia. Durante la década
de los noventa del siglo XVI, ejerció además como confesor de las damas de pa-
lacio, con lo que Aquaviva no dudó en contar con su persona cuando Haller le

255 M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., pp. 133-149.


256Archivio Doria Pamphilj, Fondo Aldobrandini nº 12, f. 70r: Del P. Vincenzo Cigala.
Roma, 20 de octubre de 1609.
257 ASV, Fondo Borghese, Serie III, 113a, ff. 70r-71r: Nuncio Portia a Clemente VIII.
Graz, 24 de marzo de 1603.

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Capítulo V

solicitó un compañero para que le ayudase en sus tareas cortesanas. A las pocas
semanas de su llegada a la corte, Arceo se vio involucrado en un asunto bastante
turbio, y nada claro, que le valió su expulsión inmediata por orden del duque de
Lerma. El nuncio Ginnasio informaba al cardenal Aldobrandini de este negocio:
Hace muchos días que el Señor Duque de Lerma se duele mucho con lo del
Padre Arceo de la Compañía de Jesús y compañero del confesor de la Reina, que
andaba hablando, e infamando muchos las acciones del Rey y de Su Excelencia 258.

Pero además el nuncio incluía en su carta un sumario que le había dado en mano
el secretario Franqueza, ya por entonces conde deVillalonga, en el que se presentaban
todas las acusaciones que se le imputaban al P. Arceo, con la voluntad de que el nuncio
condenase al jesuita. Parece ser que el compañero de Haller, haciendo uso del len-
guaje bíblico y clásico, había criticado a Felipe III porque no era capaz de tomar una
decisión por sí solo, comparándolo con Roboam, rey de Judá (930-913 a.C), que se-
guía malos consejos, mientras que la condesa de Lemos era tan cruel como Nerón
porque tenía a la Reina subyugada 259. Estas eran las acusaciones contra el P. Arceo
que el P. Luis de las Infantas, confidente del P. Mendoza, enviaba a Roma, al que
más tarde expulsaría Aquaviva por las intrigas que llevó contra Arceo y Haller. El
problema, como informaba el nuncio Ginnasio, era que, a ojos del equipo de Lerma,
Haller era el único responsable; aquél que tiraba la piedra y escondía la mano 260.

258 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 286r: Nuncio a Aldobrandini. De Valladolid,

26 de octubre de 1604.
259 “No era Su Magestad para resolver nada por si, que todo lo havia de remitir, pues no
savia más sin el Duque, que tenemos un Rey que no conoçe lo que haçe. Y
diferenciando el gobierno que agora hay del tiempo del emperador Carlos V y del rey
Don Phelippe II lo compare a la historia de David, Salomón y Roboan, diciendo que
David era Carlos V, Salomón Phelippe II, y Roboan que se governava por gente lo
que era el Rey nuestro señor, y que asi les havia de suceder lo que a Roboan, que por
castigo de Dios perdieron tantas tierras. (…) De la mesma suerte habla de la condessa
de Lemos y un dia dixo que pareçia un Nerón, y era cruelissima mujer que tenía a la
Reyna oprimida, y otras palabas en otras ocasiones. Del Conde de Villalonga, y de Don
Rodrigo Calderón ha dicho mucho mal diciendo, que todo lo destruyen y hechan a
perder” (Ibidem, ff. 288r-289v).
260 “Credono questi signori che l’autor di tutto questo sia il confessore della Regina, il quale vado
dubbitando, che causi qualche mala volontà del Rè contro tutti loro della Compagnia se non
viene rimosso di quà, mi è parso darne avviso a V. S. Illma. Perche forse questi padri,
potriano scriver diversamente acciò sappia, che questa è l’istessa verità” (Ibidem, f. 286r).

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

En esta misma línea, se produjo la expulsión de la corte de otro compañero


del P. Haller, el valenciano P. Jerónimo Ballester, por orden del duque de Lerma.
El P. Ballester había sido rector del colegio de Ávila, y después tomó como resi-
dencia el colegio de Madrid, donde ejerció como predicador y confesor, llegando
a ser gran amigo del P. Haller. Cuando se trasladó la corte a Valladolid, acompañó
al P. Haller y a la Reina en su viaje. Alarmado por esta última expulsión, Aquaviva,
informó al P. José Villegas, prefecto de la Casa Profesa de Valladolid, que era ne-
cesario “que al P. Ricardo se le de todo consuelo y ayuda, y que en lo tocante al
P. Ballester, pues es su compañero, sea avisado de lo que se hiciere de haçer” 261.
El P. Ballester también fue víctima de la maniobra de Lerma, repitiéndose la acu-
sación; hablar mal del duque y de un rey marioneta gobernado por su valido.
Aquaviva escribía al P. Haller para tratar de buscar una solución al enfado de
Lerma, del que se rumoreaba expulsaría a toda la Compañía de la corte, respe-
tando sólo al P. Mendoza 262.
En medio de esta persecución al confesor de la Reina y a sus aliados, en agosto
de 1604, redactó el P. Haller una especie de memoria reflexiva y personal bajo el
título de Protestación delante de Dios, cuyo único destinatario era Cristo. Con ello,
dejaba escrito sus impresiones de lo acontecido en la corte hispana durante los
últimos cinco años, como una defensa a sí mismo y a la Reina. Confesaba Haller
que siempre procuró que la Reina se mostrase afable con todo el mundo:
y en particular que muy a menudo tratase con el Duque mostrándole amor y
confiança como a fiel criado y privado del Rey N. S. y esto mismo (como único
remedio para tener paz y sosiego en la casa Real) aconsejé al Duque diciéndole
que porque la Reyna N. S. y su Exª. no tomavan ni seguían este mi consejo y
porque se dava lugar a chismerias y sospechas, la culpa de la desunión que el
Duque me hechava a mí, ellos la tenían.

261 ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium [1600-1610], f. 66: Del general Aquaviva al P. Joseph
Villegas. 22 de marzo de 1601.
262 Respecto al P. Ballester el General indicaba lo siguiente:
“Mi è sommamente rincresciuto il particolare che il P. Ballester sia sceso tanto in là
in questo negotio, il quale non doveva appartarsi dalla sua direttione per consiglio, onde
converrà, che V. R. L’avvertisca, che si guardi per l’avvenire con proibirglielo espressamente,
che non scriva nè parli di simili manerie. Spero nel signore che la cosa si accomenderà, e la
Compagnia non si partirà per colpa d’ un solo” (ARSI: Hisp. 76-77, f. 77r: El general
Aquaviva al P. Ricardo Haller. Roma, 8 de marzo de 1604).

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Capítulo V

Continuaba este escrito defendiéndose de varias acusaciones, recordando la


injusta salida de su compañero el P. Arceo, y dejando claro que Lerma era:
quien ha buscado tantos medios de echarme de aquí con alguna apariencia (y me
apretó el año pasado aunque despues me restituyó mi honra), con grandes veras
que me fuese, y pidiese licencia al Rey N. S. el qual me daria las Indias (es a saber
qualquier merced que le pidiera) para que me fuese, pues él y todos sus ministros
lo deseavan: y pocas semanas ha con diversas personas se declaró, que si yo me
fuese de buena gana el Rey me despidiera con todo el honro possible del mundo,
si no, que me echarían, o me cansarían de tal manera que me havía de holgar de
salirme 263.
Todavía en marzo de 1606, se constataban los intentos de Lerma por expulsar de
la corte al confesor de la Reina, frenada en buena medida, por la intervención de la
archiduquesa María y del archiduque Fernando, madre y hermano de la Reina 264.
Esta vez, Aquaviva escribía a Haller una carta en la que trataba de tranquili-
zarle porque si la Reina “está fuerte, no se hará ninguna novedad, y lo mismo
deberá suceder con aquellos Austrias, los cuales, comprendiendo la mente de la
Reyna, no querrán desconsolarla” 265. Efectivamente, la persecución de la familia
Sandoval al padre Haller no dio sus frutos, y menos aún por estos años, 1605 y
1606, cuando la situación era bien distinta. A la muerte de Clemente VIII en marzo
de 1605, le siguió el breve pontificado de León XI –que a penas duró el mes de
abril de 1605– hasta llegar a la elección, en mayo de 1605, del cardenal Borghese,
bajo el nombre de Paulo V. Por las mismas fechas moría el nuncio Ginnasio,
amigo de la condesa de Lemos, y era sustituido por monseñor Mellino, arzobispo

263 ARSI: Cast. 33, Hist. I (1595-1722), ff. 109r-110r.


264 Informaba a Roma el nuevo nuncio, Mellino, de lo siguiente:
“Si procura da qualche ministro del Rè, come s’intende che sia rimosso da costà il P.
Riccardo Haller confessore della Regina, la quale sentirrebbe grandemente la privatione d’ un
huomo tale, perchè l’ama, e confida di lui, e ne ha pienissima satisfattione. L’ Arciduquessa
madre di S. Magestà, et l’ Arciduque Ferdinando suo fratello ne hanno dato parte a N. S. per
via occulta ad effetto di mantenere il Padre con l’autorità di Sua Beatitudine, la quale
comanda perciò che V. S. lo riceva in protettione et essendone richiesta faccia tutti gl’officii
necessarii perche egli sia conservato in suo luogo, e si dichari di haverne un ordine preciso, et
espresso di quà, da dove le scrive in particolare che Sua Santità habbia ricevuto il P. Haller
in protettione, e sia determinatissima a favorirlo a proportione del suo bisogno” (ASV, Fondo
Pio, Spagna 172, f. 81r: Roma, 18 de marzo de 1606).
265 ARSI: Hisp. 76-77, ff. 40r-v: Aquaviva a Haller, 30 de mayo de 1606.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

de Rodas, quien era gran devoto de la Compañía de Jesús, manteniendo una


buena relación con el General. Con todo, Paulo V no se decidió a solventar la si-
tuación al principio de su pontificado, al contrario, pensó en una reconciliación
entre el general Aquaviva y el P. Mendoza 266. Por otra parte, las noticias del
nuevo nuncio sobre la excelente situación política que gozaban la condesa de
Lemos 267 y su confesor el P. Mendoza 268, llevaba a Paulo V a tratar de mantener
una buena relación con la facción de los Sandoval. Es más, el Pontífice se ayudó
de la influencia del P. Mendoza en palacio para concertar el enlace entre la con-
desa de Sarno, pariente del futuro Urbano VIII, que se hallaba en la corte, con el
conde de Cícoli, perteneciente a la familia de los Colonna 269. De esta manera, el 1
de junio de 1606, Paulo V extendía una bula en la que ratificaba los privilegios de
Mendoza concedidos con anterioridad por Clemente VIII, de forma que el jesuita
pudiera actuar con mayor libertad en la corte. No obstante, los acontecimientos
corrían en contra del padre Mendoza y de la familia Sandoval. En primer lugar,
en 1603, se fundó la Junta de Desempeño con la intención de resolver los pro-
blemas heredados de la hacienda real 270. Se trataba de buscar nuevas fuentes de
financiación para desempeñar la hacienda fiscal en el plazo de tres años 271. Dicha
junta resultó ser un fiasco, como demostró la inspección realizada por el licenciado
Carrillo, lo que llevó a la detención y defenestración cortesana de sus componentes,

266 Paulo V esperaba que “entre Mendoza y los superiores se llegara a una mutua y

recípocra satisfación” (A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 655).
267 También en la corte de Roma:
“Esta señora se siente muy obligada al Papa Clemente, y al cardenal Aldobrandini,
y muestra gran voluntad de servirles, y entre ellos existe un intercambio frecuente de
cartas” (ASV, Fondo Borghese, Serie II, 272, f. 77v: El nuncio, arzobispo de Rodas, al
cardenal Borghese. Valladolid, 25 de enero de 1606).
268 ASV, Segreteria di Stato, Nunziature Diverse 124, f. 314r-v: Roma, 15 de agosto de
1606.
269 J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 143.
270 El desarrollo de la Junta la explica claramente C. J. DE CARLOS MORALES: “La Junta
del Desempeño General (1602-1607)” en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.):
La Monarquía de Felipe III. La Corte, Madrid: Mapfre, 2008, III, pp. 767-792; C. J. DE
CARLOS MORALES: “Gasto y financiación de las casas reales de Felipe III”, Studia Historica.
Historia Moderna 28 (2006), pp. 179-209.
271 A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 294.

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Capítulo V

Franqueza y Ramírez de Prado 272, clientes del duque de Lerma, quien para evi-
tar también que fuera acusado, trató de desvincularse de las actividades de ambos,
y no se cansó de repetir su desconcierto y enfado por cómo había sido engañado
por ambos 273. El descubrimiento de este embrollo económico estuvo propicia-
do por el interés que mostró la reina Margarita en destaparlo, que contó con la
colaboración del confesor fray Diego de Mardones, de don Juan de Acuña, pre-
sidente del Consejo de Hacienda, y del Almirante de Aragón 274. La posición de
Lerma se había debilitado de forma manifiesta, y la Reina se volvió abiertamente
en su contra. De esta manera, el 19 de octubre, el nuncio apostólico dejaba clara
la fuerte tensión que se vivía en la corte, por la rivalidad entre la Reina y Lerma,
calificando la situación de una auténtica “guerra civil”, pues la Reina no pensaba
en otra cosa que en “derribar” al duque de Lerma 275. El fracaso de la Junta de

272 R. GÓMEZ RIVERO: “El juicio al secretario de Estado Pedro Franqueza, conde de

Villalonga”, Ius Fugit (Revista interdisciplinar de estudios histórico-jurídicos) nº 10-11 (2001-


2003), pp. 401-531; J.-M. PELORSON: “Para una reinterpretación de la Junta de Desempeño
General (1603-1606) a la luz de la visita de Alonso Ramírez de Prado y de don Pedro
Franqueza, conde de Villalonga”, en Actas del IV Symposium de Historia de la Administración,
Alcalá de Henares, 1982, pp. 613-628; J. M. TORRAS I RIBÉ: “La visita contra Pedro
Franquesa (1607-1614): un proceso político en la Monarquía hispana de los Austrias”,
Pedralbes. Revista d’historia moderna 17 (1997), pp. 153-189; A. GUERRERO MAYLLO: “D.
Pedro Franqueza y Esteve: De regidor madrileño a Secretario de Estado”, Pedralbes. Revista
d’historia moderna 11 (1991), pp. 79-90.
273 La reacción del duque de Lerma en B. J. GARCÍA GARCÍA: La Pax Hispánica. Política

exterior del Duque de Lerma, Lovaina: University Press, 1996, pp. 185-203; A. FEROS: El
Duque de Lerma..., op. cit., pp. 324-326. No fue casual que el juez de la visita, Fernando
Carrillo, fuera uno de los hombres de confianza de Lerma, con el fin de “conducir” en lo
posible las investigaciones.
274
A. RODRÍGUEZ VILLA: “D. Francisco de Mendoza, Almirante de Aragón”, en
Homenaje a Menéndez y Pelayo, Madrid: Victoriano Suárez, 1899, II, pp. 487-610.
275 “Qui ci è quasi una guerra civile. La Regina non pensa ad altro che di abbattere il Duca di
Lerma. Pero si governa con molta prudenza, et stà aspettando il tempo opportuno. Il duca
di Lerma questi anni addietro diceva al Rè, che era quasi disimpegnato. La Regina gli diceva
il contrario, allegando, che se questo fosse vero non saria necessario di fare ogni di partiti con
mercanti, et pigliare danari a interesse, impegnando le sue entrate. Adesso, che si è scoperto
il mal stato, nel quale si ritrova il Rè, la Regina ha detto più volte a Sua Maestà che può
conoscere chi gli dice il vero, et se è ingannata o no. Di più questi giorni addietro, poi che
furono finite le giunte, che si tennero all’Escoriale, il Duca di Lerma mostrò al Rè, et alla
Regina un ristretto delle risolutioni, che si erano prese, et dell’augumento dell’entrate, che

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

Desempeño significó un duro golpe para la facción liderada por Lerma, y un


mayor protagonismo de la Reina en las decisiones del monarca, hasta tal punto,
que el propio Lerma amenazó con abandonar la corte y retirarse a la vida religiosa
porque no se le tenía en cuenta como antes 276.
En segundo lugar, en 1606, la corte volvía a instalarse en Madrid y el P. Men-
doza no tuvo más remedio que residir en el colegio imperial, donde ejercía como
rector el P. Francisco de Benavides, religioso fiel a Aquaviva, quien procuró, a ins-
tancias del General, ajustar a Mendoza a las reglas de la comunidad religiosa, li-
mitando la independencia que los breves papales le habían otorgado. Ordenaba
Aquaviva a Benavides que no dejasen “de apretarle para que viva y proceda con
la observancia que conviene” 277. Por otra parte, el papel del general Aquaviva en la
corte madrileña era bien distinto, aparecía como un buen aliado de la facción
de la Reina, y a quien el duque de Lerma, sacudido por los problemas hacendísticos

verria a Sua Maestà. La Regina allora disse al Duca, che la importantia era di mettere in
esecutione quello che conteneva il ristretto. Il Duca rispose che non si poteva fare più di quello
che si faceva, et la Regina soggiunse, che dopo ch’ella era in Spagna non si era atteso mai ad
altro, che a trovare forma di disimpegnare il Rè, et crescergli l’entrate, et se bene sempre
haveva inteso, che le cose erano ridotte in bonissimo termine, nondimeno si vede per
esperienza, ch’ogni cosa è impegnata. Il Duca si turbò, et non rispose altro ultimamente
questi giorni il Duca dissuadeva il Rè dall’andata di Ventosiglia, allegando che non vi erano
danari. Io ho inteso di bon loco, che S.M. si risentì, et disse al Duca che non credeva d’essere
ridotto a questo termine, et soggionse, se mi verrà una necessità precisa d’haver bisogno di
danari come farò. Il Duca gli disse, che non mancarano danari a Sua Maestà et il Re gli
replicò soltanto che andasse a provvedere danari. Sono certo che’l duca ha pianto con la
contessa di Lemos dicendole che il Re non è conosciuto, che non è risoluto et è cosa difficile a
rimoverlo dalle sue risolutioni” (ASV, Fondo Borghese, serie II, 272, ff. 58r-59r: El nuncio,
Giovanni Garzia Millino, arzobispo de Rodas al cardenal Borghese, di Madrid li 19 di
ottobre 1606. In cifra).
276 “Il Duca di Lerma da tre mesi in quà si trova con una gran malinconia, et forse travaglio
d’animo, il quale difficulta il negotiare, et so che’l duca si è doluto che Sua Maestà
comunica tutto quello ch’esso le dice alla Regina, della quale non gli pare di potersi fidare,
et la contessa di Lemos mostra una gran volontà di ritirarsi et dubita assai dove le cose
s’habbino da andare a parare. Il Duca di Lerma con questa melanconia è ritornato
nell’humore, c’ha havuto altre volte di ritirarsi in una religione, come N. S. sà, et ne ha
parlato questi giorni con molto senso, pregando la contessa di Lemos che non l’abbandoni,
pure io credo, che gli passerà questa volontà” (Ibidem, f. 59r).
277 ARSI: Tolet. 6 II, Epp. Generalium (1600-1610), f. 464: Al P. Francisco de Benavides,
rector de Madrid. 12 de diciembre 1606.

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Capítulo V

de la Monarquía, no podía perjudicar. Ante estas favorables circunstancias para el


P. Aquaviva, éste no perdió la ocasión de remover de palacio, de una vez por todas,
al P. Mendoza. Con tal propósito, Aquaviva solicitó a la reina Margarita su inter-
cesión ante el monarca para devolver la tranquilidad a la corte, pues “créame Su
Magestad que no tendrá hasta que el P. Mendoza salga de la corte o de la Compa-
ñía” 278. Finalmente el monarca accedió a las peticiones de la Reina y de su con-
fesor para que el P. Mendoza abandonase la corte. La manera más digna que
encontraron para hacerlo, contando con la aprobación de la familia Sandoval, fue
nombrando obispo de Cuzco al P. Mendoza. Sólo faltaba entonces el consenti-
miento de Roma, sin el cual no era posible que un jesuita fuera obispo, tal y como
establecían las constituciones de la Compañía 279.
Desde Roma, Aquaviva movía los hilos para persuadir al Pontífice de la mala
conducta del P. Mendoza, que amenazaba la presencia de la Orden en la corte
madrileña. Para solucionar este problema, reunió la Congregación trienal de los
procuradores donde les informó de la situación, recomendándoles que también
intercediesen ante Paulo V con el fin de convencerle del problema que represen-
taba la actuación de Mendoza para el buen gobierno de la Compañía. No tardó
Paulo V en percatarse del problema que representaba el padre Mendoza para la
Compañía de Aquaviva, y también de la debilidad que tenía el duque de Lerma
en aquellos momentos. De esta manera, el 27 de septiembre de 1608, el Pontífice
ordenaba al nuncio que hiciera precepto en nombre suyo para que el P. Mendoza
aceptase el obispado para el que le había nominado el monarca 280. Por estas fechas,

278 ARSI: Cast. 12 (1602-1626), 3 de mayo de 1605.


279 Informaba el nuncio al secretario del Papa, el cardenal Borghese:
“Con lettere dell’ordinario passato mi comandò V.S.I. che trattandosi farsi vescovo
nell’Indie il P. Hernando de Mendozza dichiarasse o facesse sapere a qualche ministro del
Rè, che volentieri N.S. haverebbe dispensato con esso. Già Sua Maestà l’ha nominato al
vescovado di Cusco, e desiderosi la Signora Contessa di Lemos e signori suoi figlioli, che
tal nominatione habbi effetto mi hanno fatta istanza, che debba farli precetto ad accettarlo
essendo così necessario per le loro costitutioni, che m’han mostrate” (ASV, Fondo
Borghese, Serie II, 254, f. 218r: Nuncio Damasco a Borghese. Madrid, 30 de agosto
de 1608).
280ASV, Segreteria di Stato Spagna 335, f. 239r: Astrain adelanta un año la orden del
precepto enviada al nuncio desde Roma, tratándose de un error por parte del historiador, ya
que no existe ninguna referencia al precepto hasta 1608.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

y en orden a evitar futuros problemas ocasionados por los jesuitas que frecuen-
taban la corte, le llegó una instrucción al nuncio en referencia a los confesores
de la familia Sandoval, que decía así:
Desea Su Santidad que cuando el señor Duque de Lerma, la condesa de
Lemos, su hermana, y el señor Conde de Lemos tengan necesidad de cualquier
padre de la Compañía de Jesús por un tiempo sea facultad de Vuestra Señoría
conseguirlos, pero fuera de la provincia de Toledo 281.

Y es que, como se ha señalado en otras ocasiones, de las provincias jesuitas


castellanas era la procedencia de la gran mayoría de los jesuitas que enviaron me-
moriales en contra del gobierno extranjero del general Aquaviva. Por lo que Paulo
V decidió evitar la presencia en la corte de jesuitas como el P. Mendoza, o sus
confidentes, los padres Luis de las Infantas (expulsado por el General en 1605)
y Gaspar Moro (falleció en 1607), arraigados a lo puramente hispano-castellano, y
en contra de un general extranjero. En este sentido se lamentaba Aquaviva a los
cuatro provinciales hispanos de que:
La Corte, que tan metida está en las entrañas de algunos de los nuestros, ha de
ser la destrucción de la Compañia, y plega al Señor sea yo falso Profeta en esto, y
que los superiores de ella, que tan remissos son en esto, por miedos y respectos no
den estrecha cuenta al Señor de sus condescendencias 282.

Aunque en un principio el pontífice Paulo V pudo mostrar afecto a la condesa


de Lemos, por continuar la buena relación que mantenía Clemente VIII con la con-
desa, pronto el papa Borghese se percató de la lucha de facciones que se desarro-
llaba en la corte y se inclinó del lado de la Reina y de su confesor Ricardo Haller.
De modo que hubo que esperar al Pontificado de Paulo V para que la Reina y su
confesor consiguieran la expulsión de la corte de aquel grupo de jesuitas confi-
dentes del P. Fernando de Mendoza, que respaldaban la política de Lerma y de su
hermana. Ciertamente, la condesa de Lemos se dio cuenta de que el nuevo Pon-
tífice no la favorecía cuando Paulo V rechazó a su hijo, Francisco Ruiz de Castro,
VI conde de Castro, como embajador de Roma. El 8 de abril de 1609 caía la noticia
como una bomba en la corte madrileña, el nuncio Damasco informaba a Roma del

281 ASV, Fondo Pio, Spagna, 172, f. 113r-v: Roma, 4 de junio de 1606.
282 ARSI: Hisp. 86a, Epp. Generalium (1545-1678), f. 79r: Común a los cuatro provinciales.
7 de marzo de 1606.

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Capítulo V

enojo del duque de Lerma por no aceptar a su sobrino como embajador en Roma,
ya que a Paulo V “no le era fiable la persona del S. Don Francisco como embajador,
con quien ordinariamente se comunican tantos e importantes negocios”. Conti-
nuaba el nuncio su carta al cardenal Borghese describiéndole la encolerizada reac-
ción del duque de Lerma. Lo más sorprendente era que Lerma culpaba al General
de la Compañía, Claudio Aquaviva, como responsable de la decisión de Paulo V,
al desacreditar al duque y su familia, dada la influencia que el General ejercía sobre
dicho Pontífice. Por si fuera poco, Lerma se quejaba a Roma de que el nuevo nun-
cio era un agente al servicio del General de la Compañía 283.
Todavía dos años más tarde, en noviembre de 1611, el cambio de embajador en
Roma seguía sin solucionarse, lo único que estaba claro es que Paulo V no quería al
conde de Castro, sobrino de Lerma. En su correspondencia, el nuncio Decio Ca-
raffa, arzobispo de Damasco, explicaba que en la corte se rumoreaba que Paulo V
mostraba poco afecto a Lerma y a su hermana porque mantenían un fuerte vínculo
con la familia Aldobrandini, en detrimento de los Borghese, familia del Papa 284.

283 Informaba el nuncio a Roma:


“Il S. Duca indicò, appena queste mie poche parole, mostrando straordinario sentimento,
mi disse: non stà stracco Vostra Signoria di perseguire la casa di mia sorella alla quale tutti li
nuntii et li signori, cardinali Ginnasio et Millino, hanno procurato dare intiera satisfatione, et
V.S. ha procurato sempre il contrario (…) et che nessuno più havrebbe servito a Sua
Beatitudine et a Vostra Signoria Illustrissima come l’ha fatto suo padre –el conde de Lemos,
virrey de Nápoles– et la signora contessa di Lemos, et che S.S. et io eramo irritati a far
questo, nominando il P. Generale della Compagnia di Gesù s’allargò dopo a dirmi che non
si doveva dar credito a li mali officii fatti contro il S. Don Francesco, mentre con tanti obblighi
doveva servire a N.S., et per essere ambasciatore di S.M., suo nipote, et figliolo di suoi padri,
replicai al S. Duca che non sapevo come l’Eccelenza Sua poteva affermare che S.B. fosse stata
irritata a non desiderare il S. Don Francesco in Roma, mentre sono mesi, che gl’ho data
certezza delle cause, nè il Generale della Compagnia haveva quell’autorità con la Santità
Sua, che se potesse movere a escludere un suo nipote dell’ambasciata, mentre per questo rispetto
veniva amato, et che quando toccava a essere io irritato, ch’io non stavo qui per servire il
Generale della Compagnia sotto il nome di Padre e che l’Eccelenza Sua ha havuto questo
sospetto, haveva anco havuto tempo di saperne l’verità defendendomi anco che non havevo
havuto io mai intentione di perseguire la casa della signora contessa di Lemos” (ASV, Fondo
Borghese, Serie II, 255, ff. 141r-142v: Carta del nuncio Damasco al cardenal Borghese.
Madrid, 8 de abril de 1609).
284 “Si ha certezza da tutti i ministri del Rè, et da tutta la corte, che Sua Santità resta poco
satisfatta del Conte di Castro, et per questo si afferma che si negano da S.B. molte gratie, che
S.M. desidera et fa supplicare per non essere grato il ministro, che ne fa istanza, dal che si è

296
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

No obstante, fue la condesa la que demoró por todos los medios el regreso de su
hijo a la corte madrileña, hasta no asegurle una buena posición en el gobierno de la
Monarquía Católica. En su mente, una idea fija; continuar vinculando a su familia
con el gobierno de los territorios italianos. Hasta el momento, sus hijos habían
desempeñado cargos en los territorios italianos, tanto don Pedro Fernández de Cas-
tro, conde de Lemos y marqués de Sarria, que había sido virrey de Nápoles (1610-
1616), como su segundo hijo, don Francisco Ruiz de Castro, conde de Castro, que
también había sido virrey de Nápoles (1601-1603). La obsesión de la condesa de
Lemos por no abandonar la política en los territorios italianos tras la negativa a que
el conde de Castro fuera embajador de Roma, le llevó a plantear una nueva estrategia:
traerse a sus hijos a Madrid, consiguiendo, al menos, el nombramiento de Presidente
del Consejo de Italia para su hijo mayor en 1616 285. Finalmente, la condesa consi-
guió que Pedro Fernández de Castro pasara a ser el nuevo presidente del Consejo
de Italia, mientras que Francisco Ruiz de Castro era nombrado virrey de Sicilia 286.
La pérdida de influencia del duque de Lerma sobre el monarca no pudo tener
un final más insólito; el intento a toda costa, por mantenerse a flote tomando
como elección de vida la carrera eclesiástica 287. Primero obligó al Papado a que le

fatto, et si fa giuditio che si desidera mandare nuovo ambasciatore in Roma, et occupare in


altro servitio il Conte di Castro, et chi più attende questo è la contessa di Lemos sua madre,
credo che non vi mancherà occassione, la quale desidera anco dal Duca di Lerma, per quanto
ho inteso (...) Si dà anco la causa del poco gusto che ha N.S. di don Francesco, et è mostrarsi
tanto partiale del Cardenal Aldobrandini, al quale dicono i suoi che l’è tanto obbligato che
non può lasciare di assisterli, al ché io non posso dar la risposta che conveniva poichè tutto
questo gliel’ ho penetrato da confidente” (ASV, Fondo Borghese, Serie II, 266, f. 42r: El
cardenal Caraffa al Borghese. Madrid 6 de noviembre de 1611).
285 “La contessa di Lemos, procura con tutti i modi possibili tirare i due suoi figlioli in Spagna, il
conte di Lemos al carico di Presidente d’Italia, et del conte di Castro si stima che si pensi al
carico di Valenza non ne essendo altro al presente che possa vacare” (ASV, Fondo Borghese,
Serie II, 266, f. 60r: Carta del nuncio al cardenal Borghese. Madrid, 17 de enero de 1612).
286 G. SIGNOROTTO (ed.): “L’Italia degli Austrias. Monarchia cattolica e domini italiani

nei secoli XVI e XVII”, Cheiron 17-18 (1992), pp. 29-55.


287 B. J. GARCÍA GARCÍA: “Honra, desengaño y condena de una privanza: la retirada de la

corte del Cardenal Duque de Lerma”, en A. MESTRE SANCHÍS, P. FERNÁNDEZ ALBALADEJO,


E. GIMÉNEZ LÓPEZ (coords.): Actas de la IV Reunión Científica de la Asociación Española de
Historia Moderna Alicante, 27-30 de mayo de 1996, Alicante: Universidad de Alicante, 1997, I,
pp. 679-696.

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Capítulo V

concediese el cardenalato –obviamente de carácter honorífo porque nunca ejerció


como tal 288–, a pesar de la orden de Paulo V al nuncio en Madrid para tratar de
disuadirlo de semejante pretensión 289.
Todavía, el 20 de octubre de 1619, habiéndole concedido ya el capelo carde-
nalicio al duque de Lerma, continuaban sus peticiones a Roma, esta vez, para
tratar de formar parte de la Compañía de Jesús:
El cardenal de Lerma vive inquietisimo, ha tratado de tomar esposa, después
de hacerse religioso, y ahora intenta hacerse Jesuita, incluso últimamente ha
mandado llamar al Provincial de la Compañía para tratar este tema, se cree que
todo lo haga para levantar en el Rey compasión y así le deje regresar a la Corte 290.

Esta idea de hacerse jesuita le vino al duque cuando la Compañía era gobernada
por el nuevo General romano, Muzio Vitelleschi, elegido a finales de 1615, tras la
muerte de Aquaviva. Lógicamente, esta petición de Lerma habría sido impensable
bajo el generalato de Aquaviva por la mala relación entre Lerma y el quinto Ge-
neral de la Orden. No obstante, como señalaba el propio nuncio, fue un intento
de llamar la atención del monarca para tratar de volver a la corte, buscando el
acercamiento a una Compañía de Jesús, a la que tanto había criticado Lerma, y
que salió victoriosa en la corte de Felipe III, gracias a la protección de la Reina
y de su confesor jesuita. Por si esto no fuera suficiente, en un intento por lavar su
imagen el Duque mostró un repentino interés por fundar no un colegio jesuita
cualquiera, sino una casa profesa en Madrid, en 1617. Recogía la carta el P. Astrain
en su Historia de la Compañía, reflejando además la reacción de asombro del ge-
neral Vitelleschi ante la petición del Duque de fundar una casa profesa en Madrid,
con la excusa de guardar los restos de su abuelo, el P. Francisco de Borja. Vitelleschi

288 P. WILLIAMS: “La derrota de Lerma, 1613-1617”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A.

VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Corte, op. cit., III, pp. 239-241.
289 “Circa la pretensione del Duca di Lerma al cardinalato (…) quando S.E. me lo domandi,
all’hora impiegherò tutte le deboli forze mie per distoglierlo da simil pensiero come V.S.I.
di ordine di N. S. resta servita comandarmi, et certo che da si che S.E. mi mosse questa
pratica prevedendo da una parte la fervida natura di esso Duca avvezza di più a ottener
sempre tutto quello che vuole” (ASV, Fondo Borghese, Serie II, 261, f. 186r: El nuncio
al cardenal Borghese. Madrid, 16 de noviembre de 1616).
290ASV, Fondo Borghese, Serie II, 258, f. 409r: El nuncio a Borghese. Madrid, 20 de
octubre de 1619.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

permitió la fundación deseada por Lerma con algún que otro reparo, por la relación
que el Duque había mantenido con la Compañía en tiempos de Aquaviva. Lo que
más sorprende fue la rapidez con la que se construyó el edificio, que en 1618 estaba
ya terminado y listo para residir en él. La única interpretación posible que se puede
realizar ante el cambio de actitud de Lerma, queriendo contruir una casa profesa
en Madrid y tratando de ser jesuita, es de carácter político. La estrategia de Lerma
era clara; desbancado del poder, y por temor a que fuera detenido como el resto de
sus aliados, quiso intentar salvarse por el camino religioso y si políticamente estaba
acabado, una vez alejado de la corte, la única forma de tratar de recuperar la gracia
real era mostrarse como benefactor y protector de la Compañía, más aún, formar
parte de ella, pero para entonces ya fue demasiado tarde 291.
Todavía, en tiempos de Felipe IV, llegaban a Roma nuevas solicitudes por
parte del duque de Lerma, alejado ya de la corte madrileña, para tratar de ganarse
la gracia de los miembros de la Curia Papal. Esta vez, buscó por todos los medios
su ida a la corte romana con la excusa de que él era un cardenal y debía residir
en Roma. Esto ocurría en septiembre de 1623, y ponía en un aprieto al cardenal
Gabriel de Trejo y Paniagua, al que el conde-duque de Olivares, valido del nuevo
monarca, Felipe IV, acusaba de querer que Lerma fuera a la corte romana para
quedarse allí, sin dar explicaciones ni avisar del motivo de su ida. Rápidamente
escribía el cardenal Trejo desde Roma para desmentir la acusación y añadía:
He sabido que a V. Exª le han dado a entender que yo he tratado de que el
cardenal de Lerma venga a esta Corte y que para ello le envié un breve del Papa
Gregorio (…). Yo lo he contradicho siempre, y ha muchos meses que escriví al
Cardenal disuadiendoselo, y representandole su edad, su falta de hazienda, el poco
poder que aqui tenemos respeto de el que tuvo, que avia de ser aqui despreçiado
de todos por verle fuera de la graçia del Rey, y muchos a quien en su tiempo no
avia hecho bien se avian aquí de vengar del, la inquietud que avia de tener con
todos, y que avian de dezir que venia huyendo, y que tenia causas que no se avia
tenido allá por seguro, y que era infamarse y otras cosas tan apretadas quanto no
podian ser más, y que yo no avia leydo ni savido que Cardenal español huviesse
venido a Roma, sin ser enviado del Rey 292.

291 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús en su Asistencia en España, Madrid,


1916, V, pp. 20-21.
292 BNCR, Fondo Sessoriano 452 (161), ff. 693-694: Carta del cardenal Trejo al conde de
Olivares. Roma, 24 de septiembre de 1623.

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Capítulo V

Este fue, por tanto, el último intento de Lerma por influir en la política, alejado
de Madrid, quiso ir a Roma, no obstante, en la curia romana hacía ya mucho tiempo
que no gozaba del favor de los Pontífices.

FUNDACIONES DE LA REINA MARGARITA:


IMPOSICIÓN DE UNA ESPIRITUALIDAD RADICAL EN LA CORTE

Muy cerca de Palacio y comunicado con él por un pasadizo, se encontraba el


Real Convento de la Encarnación de agustinas recoletas fundado por la reina Mar-
garita de Austria 293. Diego de Guzmán aseguraba que a la Reina:
La mayor lisonja que sus criadas la podian hazer, era inclinarse a entrar en
religión; para esto les ayudava con dotes, con honrarlas en sus hábitos y velos (...).
Y quiso la reyna edificar este convento –La Encarnación– a vista de Palacio,
pretendiendo entre otros fines sirviesse como de señuelo a sus damas y criadas,
para que teniendole al ojo, les despertasse el deseo de entrar en él 294.
Efectivamente, la intención de la Reina al fundar un convento tan próximo al
Alcázar fue la de acercar a los criados, y también a los cortesanos, la espiritualidad
recoleta que ella practicaba. Su educación espiritual en la corte de Gratz, si-
guiendo todo un protocolo de actos devotos, su protección a las órdenes refor-
madas y a los jesuitas, le hicieron conectar con la espiritualidad hispana de la
corriente descalzo-recoleta, y buscar la manera de difundir dicha espiritualidad.
No obstante, Margarita no pudo ver la evolución del convento por su repentina
muerte en octubre de 1611, como también le ocurrió con las Descalzas Reales
de Valladolid. Lo que no cabe duda es que, con esta fundación, dejó asentada la
espiritualidad de la corte durante el reinado de Felipe III y todo el de su hijo, Fe-
lipe IV, pues se convirtió en el lugar más importante para las mujeres de la corte,

293 Sobre el diseño creado por el carmelita descalzo Fray Alberto de la Madre de Dios

en A. BUSTAMANTE GARCÍA: “Los artífices del Real convento de la Encarnación, de


Madrid”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología 40/41 (1975), pp. 369-387;
MARQUÉS DEL SALTILLO: El Real Monasterio de la Encarnación y artistas que allí trabajaron
(1614-1621), Madrid: Artes Gráficas Municipales, 1944, pp. 1-32 (tirada aparte de la
Revista de Bibliotecas, Archivos y Museos, Año XIII, número 50).
294 D. DE GUZMÁN: Reina Católica. Vida y muerte de doña Margarita de Austria..., op.
cit., f. 107.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

ya fueran de la realeza o de la nobleza, cuyas familias participaban de esa misma


espiritualidad recoleta. Lo que para finales del reinado de Felipe II y principios
de Felipe III supusieron las Descalzas Reales (un lugar de oposición política pri-
mero al partido “castellano” con el rey Prudente y luego contra Lerma y sus he-
churas), para el reinado de Felipe IV fue el convento de la Encarnación, también
con un propósito muy claro; implantar en la corte madrileña la espiritualidad re-
coleta que servía a los ideales de Roma.
Por otro lado, no cabe duda, tal y como demuestra la documentación Vaticana,
que las Descalzas Reales restaron importancia a su papel político, enemigo de
Lerma, a la muerte de la Emperatriz en 1603, motivo que llevó a la Reina a plan-
tearse buscar otro convento que aguardase a sus criadas y a las hijas de sus mayores
confidentes. En 1605, estando todavía la corte en Valladolid, y con vistas a regresar
a Madrid, Lerma informaba a su hermana la condesa de Lemos de la importancia
de controlar las Descalzas Reales de Madrid. La condesa decidió entonces, dado
que la corte volvería a Madrid, solicitar a Paulo V el permiso para entrar en las
Descalzas Reales de Madrid, de lo que se sorprendía el nuncio, que fue quien tra-
mitó esta petición, por el interés que mostraba la condesa por entrar exclusivamente
en la clausura de este convento y no en otros de la misma espiritualidad 295. No
sólo pretendía su entrada, sino que la condesa de Lemos quería que la acompañaran
al convento casi todas las mujeres de la familia de los Sandoval. Finalmente, aunque
parecía complicado que la condesa gozase de dicha gracia, tal y como señalaba el
nuncio (seguramente debido a la clausura del convento), acabó por concedérsele
esta merced a la condesa. Por ello, la situación de las Descalzas cuando la corte re-
gresó a Madrid, en 1606, era bien distinta, ya que a través de las mujeres de su en-
torno, Lerma acabó por controlar el convento y estar en todo momento informado
de lo que ocurría dentro. Tanto fue así que acabó por conseguir que una sobrina

295 “La contessa di Lemos vedova supplica N.S. quanto più efficacemente puo col mezzo mio,
acciò Su Santità si contenti di dargli licenza che possa entrare quando vorrà nel monasterio
delle Discalze di Madrid con la signora contessa di Altamira, sua sorella, con la contessa di
Niebla, figlia del duca de Lerma, con la contessa di Lemos, moglie del figlio, et con la
contessa di Casarrubios, sua parente. Io non posso esprimere a V.S.I. quanto questa signora
desidera questa gratia, la quale gli pare di meritare tanto più, perche la domanda restretta
per un monasterio solo, et le moniche secondo essa dice, si ne contetano. Io gli ho detto, che
rapresentarò a Su Santità questo suo desiderio, ma che Sua Santità si renda molto difficile
a concedere simil gratis” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, nº 270, ff. 117v-118r:
Valladolid, 4 de diciembre de 1605).

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Capítulo V

suya, hija de los condes de Altamira, doña Ana de Moscoso y Rojas Sandoval, pro-
fesase por estos años en el convento de las Descalzas Reales de Madrid. No es ex-
traño, por tanto, que la Reina se planteara fundar otro convento con la intención
de colaborar con el Pontífice, y para ello contó con la ayuda de la madre Mariana de
San José, de la Orden de las agustinas recoletas.
Los años que la Reina pasó en Valladolid, tuvo ocasión de conocer a la madre
Mariana de San José. Esta religiosa nació en Alba de Tormes y conoció a Santa
Teresa de Jesús –siendo Mariana todavía una niña–, cuya reforma descalza sirvió
como modelo para su propia Orden 296. Mariana de San José, antes de fundar
por orden de la Reina el convento de la Encarnación en Madrid, había fundado
antes los conventos de Eibar (1603), Medina del Campo (1604), Valladolid (1606)
y Palencia (1610) 297. Todas estas fundaciones las realizó siguiendo las reglas de
recolección del P. Agustín Antolínez, por entonces provincial de Castilla de los
agustinos, que dio unas constituciones aprobadas por el nuncio Ginnasio. El P.
Antolínez, al igual que la madre Mariana, estuvo en contacto con las carmelitas
descalzas, de hecho, cultivó una fuerte amistad con la madre Ana de Jesús, con-
tinuadora del espíritu de Santa Teresa, por medio de la cual el agustino ejerció
de confesor de las carmelitas descalzas del convento de San José de Salamanca,
en el que residió la madre Ana de Jesús de 1594 a 1604 298. Del mismo modo, del

296 La buena relación de la Reina con esta monja en el libro IV, capítulo I de Luis

MUÑOZ: Vida de la Venerable Madre Mariana de S. Joseph, fundadora de la recolección de las


monjas agustinas. Priora del Real Convento de la Encarnación, Madrid, 1645.
297 Sobre la madre Mariana de San José y sus fundaciones destacan, además de la biografía

de Luis Muñóz, estudios más recientes como los de P. PANEDAS: “Dinamismo de la vida
espiritual según la doctrina de la madre Mariana de san José”, Recollectio 1 (1978), pp. 56-113;
P. PANEDAS: “La Madre Mariana de San José, maestra y modelo de oración”, Recollectio 6
(1983), pp. 31-65; C. M. ABAD, S.I.: “La venerable Mariana de San José y sus hijas las
agustinas recoletas. Otras comunidades religiosas”, en C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V.
P. Luis de la Puente de la Compañía de Jesús, 1554-1624, Santander: Universidad Pontificia
Comillas, 1957, pp. 493-512; M. I. BARBEITO CARNEIRO: “Aproximación bio-bibliográfica a
la madre Mariana de San José, una fundadora de excepción”, Recollectio 9 (1986), pp. 5-53;
T. CALVO: Cronología biográfica y espiritual de la M. Mariana de S. José, Madrid, 1985; B. S.
CASTELLANOS: “San José, Mariana”, en Biografía Eclesiástica 25, Madrid: Alejandro Gómez
Fuentenebro, 1865, pp. 1061-1136.
298 Sobre el P. Antolínez y su reforma, I. GONZÁLEZ MARCOS, OSA.: “Datos para una
biografía de Agustín Antolínez, OSA”, Revista Agustiniana 30, nº 91-92 (1989), pp. 101-142;

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trato del P. Antolínez con la madre Ana de Jesús se planteó el agustino la reco-
lección de las monjas agustinas, dando incluso el mismo patrón carmelitano,
como era el del convento carmelita de San José, al primer convento de recolección
que fundó con la madre Mariana de San José en Éibar 299. Era entonces, la reco-
lección del P. Antolínez y de la madre Mariana, la que la Reina pretendió instalar
en Madrid, junto al Alcázar.
De modo que, para la nueva fundación –futuro convento de la Encarnación–,
la Reina quiso contar con monjas llegadas de Valladolid, compañeras de la Madre
Mariana, fieles a la recolección del P. Antolínez 300. En Madrid, se unió al pro-
yecto de la Reina, la joven Aldonza de Zúñiga, única hija de los condes de Mi-
randa. Aldonza tenía en mente profesar en las Descalzas Reales, pero cuando se
reunieron la Reina y la madre Mariana de San José en casa de su madre, la con-
desa de Miranda, estas tres mujeres dispusieron, con la aprobación de la joven
Aldonza, que ésta entrara en el convento de la Encarnación, apoyando así el pro-
yecto de la Reina, llegando a convertirse en la segunda priora del convento des-
pués de Mariana 301. Del convento también hay que destacar a la madre Inés de
la Asunción, del grupo fundador que llegó de Valladolid, ya que fundó junto con
otras monjas la rama de las brígidas recoletas 302.
En la fundación del monasterio de la Encarnación no se puede obviar la impor-
tancia de la Compañía de Jesús a través de dos personajes: el confesor de la Reina,
el P. Ricardo Haller, y el confesor de la madre Mariana de San José, el P. Luis de la

C. ALONSO, OSA.: “Crisis de gobierno en la Provincia de Castilla a principios del siglo XVII”,
Analecta Augustiniana 32 (1969), pp. 205-253; A. HUARTE: “El P. Mtro. Fr. Agustín Antolínez.
Nuevos datos biográficos”, Archivo Agustiniano 7 (1917), pp. 37-41.
299La relación del P. Antolínez y de la madre Mariana con las carmelitas descalzas en P.
A. CUSTODIO VEGA: “IV Centenario del nacimiento del Venerable Agustín Antolínez,
arzobispo de Santiago”, La Ciudad de Dios 166/2 (1954), pp. 294-321.
300M. I. BARBEITO CARNEIRO: “Etopeya de la madre Mariana de San José, una mujer
carismática”, Recollectio 10 (1987), pp. 45-95.
301 Sobre la biografía de esta religiosa en M. I. BARBEITO CARNEIRO: “Aproximación
bio-bibliográfica a la madre Mariana de San José...”, op. cit., pp. 5-53; Alonso DE VILLERINO:
Esclarecido solar de las religiosas recoletas de nuestro padre San Agustín, Madrid, 1690, I, pp.
347-350.
302P. PANEDAS: “Agustinas recoletas en la España de los siglos XVI y XVII”, Recollectio
11 (1988), p. 348.

303
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Capítulo V

Puente 303. Es preciso recordar la gran amistad que se forjó entre estos dos jesuitas
(especialmente cuando la corte se trasladó a Valladolid, siendo el P. La Puente rector
del Colegio de San Ambrosio en Valladolid), y su lucha conjunta por mantener en
la corte a los jesuitas fieles al general Aquaviva, a la vez que trataban de expulsar al
grupo del P. Fernando de Mendoza 304.
Asimismo, ambos jesuitas, Haller y La Puente, apoyaron siempre el movi-
miento recoleto, influyendo en la espiritualidad de sus penitentes. Más aún, el
P. Haller siempre dirigió la espiritualidad de la Reina con ayuda de las obras es-
pirituales del P. La Puente, tal y como escribía el limosnero Diego de Guzmán
en su biografía de la Reina. Del mismo modo que la Reina transmitió su espiri-
tualidad a su hija, la infanta Ana de Austria, luego reina de Francia, tal y como
informaba años más tarde una agustina recoleta de Valladolid, la madre María
de la Asunción, al recordar la estancia de la corte en Valladolid:
Viviendo en el palacio del Rey Felipe Tercero, y estando en la cámara de la
infanta doña Ana de Austria, que al presente es Reyna de Francia, esta testigo
–la monja– y otras personas leían allí sus libros –refiriéndose a las obras del P. La
Puente– con grande aprecio de su doctrina y estima de la santidad de su autor y
aprovechamiento de sus almas 305.

Como señala el estudio del P. Camilo Abad, con Ana de Austria ya como reina
de Francia, probablemente pasarón a la corte francesa las obras del P. Luis de la
Puente, también promovidas por el confesor jesuita de la reina Ana, el P. Marco
Antonio del Arco 306. La espiritualidad que promovía el P. La Puente no era sino

303 L. MUÑOZ: Vida de la Venerable Madre Mariana de S. Joseph..., op. cit., p. 3.


304 De este modo escribía el P. La Puente al general Aquaviva sobre el P. Gaspar Moro,
aliado de Mendoza y confesor del hijo de la condesa de Lemos:
“Vuestra Paternidad ha ordenado, y con mucha razón, que los procuradores y
huéspedes tengan habitación aparte, porque no inquieten la habitación del colegio
y estudios. En medio de nuestro cuarto vive el P. Gaspar Moro, el cual tiene más
negocios de personas y visitas que vienen a tratar con él, que los procuradores. Y aunque
he procurado que no entren en su aposento, no lleva remedio” (citado por C. M. ABAD,
S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis de la Puente..., op. cit., p. 247).
305 Ibidem, p. 319.
306
J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 135; C. M.
ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis de la Puente..., op. cit., p. 319.

304
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

la mística. Su maestro fue el P. Baltasar Álvarez, de quien aprendió el sentido y


los distintos grados de la oración mental y a quien dedicó su obra la Vida del P.
Baltasar Álvarez, en la que La Puente presentaba al P. Álvarez como el perfecto
maestro de espíritu. Tanto en las obras del P. La Puente tituladas las Meditaciones
(1605) como sobre todo su Guía espiritual (1609), se pone de manifiesto la estrecha
relación que debía existir entre la oración y la mortificación exterior (cuya doctrina
sirvió de alimento a las posteriores corrientes quietistas). También fue en la Guía
en la que citaba las doctrinas de muchos místicos que compartían rasgos espiri-
tuales similares como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, el P. Álvarez de
Paz, Fray Luis de Granada, Fray Luis de León y la madre Mariana de San José,
su penitente, la mayoría de ellos perseguidos por la Inquisición durante el gobierno
de los ministros castellanos de Felipe II, no obstante, siempre apoyados desde
Roma, cuyo doctrinas triunfaron más tarde, en el siglo XVII 307. El propio Mucio
Vitelleschi, sexto general de la Compañía, protegió y difundió los escritos del P.
La Puente. El 4 de septiembre de 1617 escribía Vitelleschi al P. La Puente que:
La licencia para ir escribiendo, que V. R. dice le dio nuestro P. Claudio, de
buena memoria, apruebo con gusto particular, por el que tengo en leer sus obras,
principalmente la Guía espiritual, a quien yo suelo llamar el libro de mi consuelo
y aliento 308.
Es preciso llamar la atención sobre el cambio que se estaba produciendo en
la Compañía en su enfoque espiritual; durante el generalato de Mercuriano, éste
reprobaba con dureza al P. Baltasar Álvarez por sus escritos, cercanos a la mística,
influidos por su relación con las monjas carmelitas descalzas a las que confesaba,
especialmente al dirigir espiritualmente a la madre Teresa de Jesús 309. Sin em-
bargo, medio siglo después, con Muzio Vitelleschi, se encontraba un P. La
Puente, con la misma espiritualidad que su maestro Álvarez, cuya espiritualidad
se vinculaba a su vez a la recolección de su penitente, la madre Mariana de San
José, pero con el apoyo incondicional del nuevo General romano. El momento

307 Sobre la Guía espiritual, C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis de la Puente...,
p. 351.
308 Ibidem, p. 327.
309 Para comprender el caso del P. Álvarez me remito a mi artículo: “El influjo de Roma
en la organización y dirección de la Compañía de Jesús (1573-1581)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN
y M. RIVERO RODRÍGUEZ (coords.): Centros de poder italianos..., op. cit., II, pp. 1261-1310.

305
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Capítulo V

era otro bien distinto, había desaparecido el miedo a ser perseguidos inquisito-
rialmente por los castellanos; ahora, con Felipe III, el propio monarca quería im-
pulsar el movimiento recoleto-descalzo.
Desde Madrid, fue el P. Ricardo Haller el encargado de preparar la venida a
Madrid de la madre Mariana de San José que se encontraba en Palencia en 1610,
involucrada en una nueva fundación, gracias a la buena actuación de su confesor
el P. La Puente, quien había convencido a don Pedro de Reinoso, también diri-
gido espiritualemente por este jesuita, para que fuera benefactor del nuevo con-
vento de agustinas recoletas de Palencia 310. Para traerse a la monja, Haller tuvo
que obtener los permisos necesarios, tanto del Provincial de los Agustinos como
del Obispo de Palencia, para que la religiosa pudiera abandonar esta ciudad y
encaminarse hacia Madrid a su encuentro con la Reina 311. No es de extrañar el
deseo del P. Haller por extender la espiritualidad recoleta de la madre Mariana
de San José ya que esta monja se mostró siempre crítica a la política del duque de
Lerma, como fiel seguidora y amiga de la Reina. El convento de la Encarnación,
por tanto, se convirtió, como lo había sido antes el de las Descalzas Reales de
Madrid, en un círculo de oposición a la política y privanza de Lerma, especial-
mente contra Rodrigo Calderón 312. Escribían las monjas agustinas de la Encar-
nación lo siguiente sobre su priora, la madre Mariana:
Hubo quien se persuadiese, con la grande merced que Su Majestad le hacía y
mucha satisfacción de sus consejos, y largos ratos que gastaba con ella, que muchas
cosas de las que el Rey hacía en su mayor bien del Reino, o que dejaba de hacer, que
algunas personas deseaban que hiciese, todo lo atribuían a los consejos de la Priora
de la Encarnación. Llegaron las cosas a estado, que vinieron a decirle trataban de
desterrarla de Madrid; mas, como esto era imposible, estando tan defendida con el
favor del Rey, intentaron persuadirla se encargase de una fundación que habían
trazado se hiciese, y que saliese a ella. Respondió a una persona grave religiosa que
se lo propuso, que allí estaba para ir de buena gana donde quiera que la llevaran,
aunque fuera presa y desterrada; cuanto más a una fundación (…) Y como no

310 P. PANEDAS: “Agustinas recoletas en la España...”, op. cit., p. 369; Sobre la relación
entre el P. La Puente y don Pedro de Reinoso, C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis
de la Puente..., pp. 490-491.
311 L. SÁNCHEZ HERNÁNDEZ: El monasterio de la Encarnación de Madrid..., op. cit., p. 54.
312 Sobre la oposición a Carlderón en S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: Rodrigo Calderón...,
op. cit., passim.

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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

buscaba más que la gloria de Dios y el servicio y buenos aciertos del Rey y de sus
ministros, decía ella, que, cuando por este fin la sacasen por las calles en una
jumentilla, lo tomará más gustosamente que las honras y favores; que, si bien los
estimaba, por otra parte le eran muy molestos 313.

Sin ninguna duda, este convento además de en un bastión espiritual, se con-


virtió en un foco político durante la segunda mitad del reinado de Felipe III y
todo el de Felipe IV, cuando la nobleza más importante del reino, los ministros
del rey, ingresaron a sus hijas en el convento, participando sus familias de la es-
piritualidad recoleta del cenobio. La corte, por tanto, se hizo poco a poco recoleta,
de manera discreta, a través de la espiritualidad de sus mujeres. Entre las monjas,
es preciso destacar a doña Ana Margarita de Austria, hija natural de Felipe IV,
doña Aldonza de Zúñiga, hija de los condes de Miranda, doña Juana Portoca-
rrero, hija de los condes de Medellín, y a las hijas de los condes de Luna, de los
condes de Villamor, de los duques de Veragua, de los marqueses de Salinas, de
los condes de Barajas, de los condes de Siruela, etc. 314
Este cenobio, por su prestigio real, por la protección de los monarcas y por
ser gobernado por Mariana, gozó del favor de mucha de la nobleza cortesana,
convirtiéndose en paradigma del movimiento recoleto feminino agustiniano, tal
y como quiso la Reina al fundarlo 315. Lo más importante era que el nuevo con-
vento de la Encarnación quedaba, tal y como la Reina escribía al Papa:
debaxo del govierno, protección y amparo y jurisdicción ynmediata de Su
Santidad y de la Santa Sede Apostólica, y, como delegado suio, del limosnero
mayor de Su Magestad que al presente es y fuere adelante, que por autoridad
apostólica es juez hordinario de la capilla real (...) Y que el govierno y jurisdicción
de todos los dichos conventos fundados y que se fundaren sea inmediatamente de
Su Santidad y de la Santa Sede Apostólica 316.

313 L. MUÑOZ: Vida de la Venerable Madre Mariana de S. Joseph..., op. cit., pp. 226-227.
314
M. L. SÁNCHEZ HERNÁNDEZ: “Monjas que habitaron el monasterio de la
Encarnación durante los siglos XVII y XVIII”, Recollectio 11 (1988), pp. 457-492.
315 C. ALONSO, OSA: “Documentos inéditos sobre el convento de la Encarnación de

Madrid de Agustinas recoletas”, Analecta Augustiniana 49 (1986), pp. 257-259.


316 AHN, Clero, papeles 7677: Relación que la reyna, Nuestra Señora, mandó embiar a don

Francisco de Castro, embaxador de Su Magestad en Roma, del estado que tiene el monasterio de
monjas recoletas agustinas que Su Magestad funda en la villa de Madrid y de lo que acerca de él se
a de suplicar a Su Santidad.

307
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Capítulo V

La forma en que la Reina vinculó directamente el convento de la Encarnación


con Roma era clara; este convento de patronato regio declaraba en sus constitu-
ciones que la visitación, corrección, obediencia, jurisdicción y superioridad del
mismo, en el que se incluía a los capellanes, quedaba sujeto exclusivamente a un
visitador elegido por el monarca, pero dependiente directamente del Papa. De esta
manera el convento quedaba exento del gobierno del General y de los provinciales
agustinos.
La recolección de Mariana y de la Reina fue la que se perpetuó y acabó por im-
ponerse y extenderse en la Monarquía. Por si quedara alguna duda, el nuevo mo-
narca, Felipe IV, educado en la espiritualidad descalzo-recoleta, quiso dar mayor
importancia al convento de la Encarnación solicitando al Pontífice que emitiera un
documento, por el que todos los conventos de agustinas recoletas existentes y futu-
ros, se rigiesen por las constituciones de La Encarnación. En 1625, Urbano VIII emi-
tió la bula Militantis Ecclesiae Regiminis por la que el convento fundado por
Margarita de Austria se convertía en la cabeza y modelo de la recolección agustina
hispana 317. No es extraño que Urbano VIII concediera tan importante documento
al convento de la Encarnación, ya que la madre Mariana de San José mantenía una
gran amistad con el cardenal Francesco Barberini, nepote de Urbano VIII 318, desde
que este cardenal, en 1626, viajó a Madrid para negociar la paz con Felipe IV a pro-
pósito de las guerras que la Monarquía hispana y la francesa mantenían en la Valte-
lina 319. Los meses que el diplomático pontificio pasó en Madrid, estuvo alojado en
la “Casa del Tesoro”, cuya posición le permitía el frecuente trato con las agustinas
recoletas, por la supuesta conexión del convento de la Encarnación con esta casa a
través de un pasillo, que a su vez comunicaba con el Alcázar. El cardenal acostum-
braba a visitar el convento, en el que ofició misa en repetidas ocasiones 320. En la

317
La bula en C. ALONSO, OSA: “Documentos inéditos sobre el convento de la
Encarnación de Madrid...”, op. cit., pp. 308-310.
318
C. ALONSO, OSA: “Cartas de la madre Mariana de San José y otras prioras del
monasterio de la Encarnación de Madrid a los Barberini”, Recollectio 11 (1988), pp. 565-594.
319 S. GIORDANO: “La Santa Sede e la Valtellina da Paulo V a Urbano VIII”, en A.
BORROMEO (ed.): La Valtellina crocevia dell’Europa. Politica e religione nell’età della Guerra
dei Trent’anni, Milán: Giorgio Mondadori, 1998, pp. 81-109.
320
Una descripción pormenorizada de la estancia del cardenal Barberini en Madrid en J.
SIMÓN DÍAZ: “La estancia del Cardenal Legado Francesco Barberini en Madrid el año 1626”,

308
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

correspondencia que se intercambiaron la madre Mariana y el nepote de Urbano


VIII 321, se ve claramente la unión de la madre Mariana con la familia Barberini 322.
Por su parte, la curia romana no dejó de enviar regalos a las monjas de la Encarnación
dada la influencia que este convento ejercía sobre la corte 323. Fue, por tanto, el con-
vento de la Encarnación el que articuló la espiritualidad de la corte desde su funda-
ción, y especialmente con Felipe IV, cuando una hija del monarca, Ana Margarita
de San José, quiso entrar como religiosa, llegando a ser vicepriora del convento en
1658. Pero además, durante el reinado de Felipe IV hubo una clara intención de in-
corporar la capilla de la Encarnación, con sus prelados y ministros, a la Capilla Real
del Alcázar madrileño. Dicha unión de las capillas fue realizada por don Alonso
Pérez de Guzmán, Patriarca de Indias y capellán mayor. No obstante, el capellán
mayor del convento de la Encarnación, don Juan Francisco Pacheco, al percatarse

Anales del Instituto de Estudios Madrileños 17 (1980) pp. 159-213; J. SIMÓN DÍAZ: “Los
monasterios de las Descalzas reales y de la Encarnación en el año 1626”, Villa de Madrid 66
(1980), pp. 31-37. También se hace eco de la amistad entre la madre Mariana y el cardenal,
Luis MUÑOZ en su Vida de la Venerable Madre Mariana de S. Joseph..., op. cit., p. 372.
321 C. ALONSO, OSA: “Cartas de la madre Mariana de San José...”, op. cit., pp. 565-594.
322 Escribía la monja al cardenal el 21 de marzo de 1630:
“Quando me ofrecí por sierva de V.S.Illma. fue con resolución de serlo de verdad
toda la vida. De que es buen testigo el Sr. Card. Pamfilio –acompañó al cardenal
Barberini en su misión a Madrid, después fue nuncio en Madrid de 1626 a 1630, y
más tarde Pontífice con el nombre de Inocencio X– a quien me remito, que dirá todo
lo que no es justo decir aquí por no cansar a V. S. Illma.; a quien suplico me perdone
la menudencia y niñería que me atrebo a inviar en una cajilla que dará el portador
désta. Que la voluntad bien quisiera mostrarse en mayores servicios y ella es la que
tiene culpa desto. A mi señora Doña Ana –Anna Colonna, hija de Felipe Colonna
duque de Paliano, casada con Tadeo Barberini, sobrino de Urbano VIII, que tuvo
mucho poder durante el Pontificado de este Papa– beso las manos y a todos esos
señores míos ilustrísimos de V.S.Illma. a quien besan todas las desta casa, adonde
está muy presente la merced y fabor que V.S. Illma. nos hace” (Ibidem, pp. 569-570).
323 El 1 de junio de 1627, el cardenal Barberini escribía al nuncio Pamfilio que recordase
a las monjas el afecto que les profesaba el Pontífice:
“V.S. mi tenga pur ricordato alle Sue signore, e suore della Santissima Incarnatione, a
finchè preghino per me, e s’avvertino, ch’io le servirò in tutte le occasioni, e particolarmente
la Signora Priora” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 344, f. 28r: Carta de Roma a
monseñor Pamfilio, nuncio apostólico ordinario en España. Roma, 1 de junio de 1627).

309
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Capítulo V

de esta posible unificación, y temiendo perder su autoridad sobre el convento en el


caso de hacerse efectiva dicha unión, molesto, escribía quejándose al monarca:
contra toda razón jurídica es querer, que la adequacion que se haze de la Capilla
de la Encarnación a la Real de V. M. redunde en extensión que dilate, y amplíe
la de la Capilla Real 324.

Esta unión nunca se realizó, y las quejas del capellán mayor de la Encarnación
consiguieron que la capilla del monasterio no se integrara en la capilla real, no obs-
tante, resulta innegable el interés por vincular la espiritualidad de la capilla real a
la recolección que se practicaba en el convento fundado por la reina Margarita.
La otra fundación de la Reina que es preciso destacar por su importancia y
relación con la Compañía se situaba en Salamanca. La reina Margarita conocía
el estado precario del colegio jesuita de Salamanca; un edificio pobre, desprovisto
de rentas, fundado en 1548 en un extremo de la ciudad, al que Margarita decidió
dar otra función mucho más importante. El 20 de septiembre de 1601, la Reina
entregaba en Valladolid su testamento en el que en el que decía lo siguiente:
Para que quede viva y en ninguna manera vana, sino provechosa memoria de
mí en España, y ansí los infieles de las Indias como los fieles destos reinos
participen y gocen de ella, y ante todo mi alma, la del Rey mi Señor e toda la Casa
de Austria, habiéndolo primero considerado muy bien y encomendándolo mucho
a Dios Nuestro Señor y a toda su corte del cielo, me determiné con su divino favor
dejar una obra universal e perpetua (...) Así, mirando de una parte el fruto que
entre otros y quizás más que otros colegios hasta ahora hizo el colegio de
Salamanca y el que de aquí adelante hará, y de otra parte la necesidad que padece
y que hasta aquí le falta fundador 325.

A lo que el General de la Compañía, el P. Aquaviva, respondía al P. Haller


para que transmitiera a la Reina su agradecimiento con las siguientes palabras:
“Per quel che tocca alla fondatione del collegio di Salamanca restiamo con infinito
obbligo alla Maestà della Regina” 326. Dejaba la Reina por renta fija del colegio
un total de ochenta mil ducados, donación que aumentó considerablemente, casi

324 RAH 15-2-8/23, ff. 285r-286r.


325
Citado por A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía en la Asistencia de España,
Madrid, 1913, IV, p. 32.
326 ARSI: Hisp. 76-77, f. 45r: El general Aquaviva al P. Ricardo Haller. De Roma, 22 de
abril de 1607.

310
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

el doble, justo antes de fallecer en sus últimas voluntades. No obstante, ocurría


igual que con el convento de la Encarnación, la Reina fallecía sin haber visto si
quiera el comienzo del monumental edificio que se conoce en Salamanca como
La Clerecía. Era, por tanto, Felipe III, el que ejecutaba de nuevo los deseos de su
esposa, que dejó expresados Diego de Guzmán en su biografía de la Reina:
Deseó hacer en Salamanca un colegio de la Compañía de Jesús verdaderamente
real, donde, demás de los maestros y operarios, hubiese doscientos estudiantes
venidos de Alemania, Austria, Flandes 327.

No es nada nuevo analizar este colegio, muchos historiadores de la Compañía


han llamado la atención sobre el gran beneficio que hizo la Reina a la Orden con
esta fundación, pero no se puede perder de vista la cuestión política que rodeaba
a este centro, a la que a penas se hace referencia. Considero que la Reina, con la
proyección de este colegio, colaboró en el cambio de rumbo que estaba tomando
la Monarquía hispana en el siglo XVII. Si bien el convento de la Encarnación
quedó unido a la corte, implantando un tipo de espiritualidad recoleta, y el con-
vento de las Descalzas de Valladolid hizo lo propio con la Chancillería, con esta
fundación asestó un duro golpe al modelo de confesionalización instaurado en
la Monarquía durante el reinado de Felipe II, abriendo las puertas al nuevo pa-
radigma confesional que, a partir de entonces, tomaría la Monarquía de Felipe III
y terminaría consolidándose durante el reinado de Felipe IV, por el que Roma
determinaba el rumbo político de la Monarquía española. Para comprender bien
esta idea, se debe partir del papel que jugó la Universidad de Salamanca bajo
Felipe II. Ya en tiempos del emperador Carlos V se llegó a identificar estrecha-
mente a esta Universidad con las necesidades del Estado. Con ello, el campo de
las letras en Salamanca se convirtió en una fuente de poder inagotable, y Carlos V
comenzó a gobernar, especialmente en determinados periodos, con el concurso
de letrados castellanos educados en derecho por la Universidad salmantina, como
por ejemplo, tras las revueltas de las Comunidades y Germanías 328. No obstante,
lo que hizo Carlos V fue subordinar la Universidad de Salamanca a los intereses

327 D. DE GUZMÁN: Reina Católica. Vida y muerte de doña Margarita de Austria..., op.
cit., p. 215.
328 J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, p. 207.

311
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Capítulo V

de un gran Imperio 329. Asumiendo su nuevo papel, la Universidad abasteció de


burócratas para gobernar dicho Imperio. Una tarde de mayo de 1534, cuando Car-
los V hizo su entrada en la ciudad salmantina, nada le impresionó más que el acto
público con que le recibió la Universidad, asegurando el monarca, en aquel preciso
momento, que dicha Universidad era el “tesoro de donde proveo a mis Reinos de
justicia y gobierno” 330. No obstante, a mediados del siglo XVI, con la implantación
del confesionalismo hispano de Felipe II, los ministros letrados, educados en el to-
mismo salmantino, no dudaron en someter a todas las universidades del reino a la
voluntad e intereses de Felipe II. De modo que los ministros castellanos forzaron
los planes de estudios, cuando no a profesores y a alumnos, para que se ajustaran
a los principios confesionales bajo el sello hispano. Fue en este momento cuando
en la Universidad de Salamanca se impusieron los estatutos de “limpieza de san-
gre”. Se convirtió, por tanto, en la Universidad por excelencia, identidad de la ideo-
logía religiosa y política de una Monarquía, y al igual que el Santo Oficio, también
la Universidad salmantina llevó a cabo una férrea defensa de la ortodoxia católica
de Felipe II, siendo la doctrina de la Orden de Predicadores (con su arraigada tra-
dición escolástica en el convento de San Esteban) la que más en sintonía estaba
con los principios confesionalistas, por lo que, con el favor del monarca, los domi-
nicos lograron copar las principales cátedras de la Universidad 331.
Durante este tiempo, su ortodoxia religiosa –vinculada a los intereses caste-
llanos que defendían los ministros del rey–, fue lo que dio a la Universidad sal-
mantina una clara supremacía sobre la de Alcalá de Henares, fundada por el
cardenal Cisneros, con una doctrina más abierta a las corrientes europeas, y más
acorde con la observancia y el humanismo, y por lo tanto, mirada con recelo por los

329 I. ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS: “Las universidades hispánicas durante el reinado de


Carlos V”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (coord.): Carlos V y la quiebra del humanismo político...,
op. cit., III, pp. 369-406.
330 M. VILLAR Y MACÍAS: Historia de Salamanca, Salamanca: Graficesa, 1973, III, p. 45.
331 Esto es fundamental si se tiene en cuenta que bajo Felipe II, la corte se llenó de
letrados que gobernaron a favor de los intereses castellanos, y porque además, como escribía
Miguel de Cervantes en su célebre Don Quijote de la Mancha:
“Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser
alcaldes de corte; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la
mano o con una mitra en la cabeza” (M. DE CERVANTES: Don Quijote de la Mancha,
Barcelona: RBA Coleccionables, 1994, p. 1117).

312
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Discrepancias en el confesionario de la reina Margarita

ministros castellanos 332. En consecuencia, bajo Felipe II, al cometido principal de


la Universidad de Salamanca que era el de formar letrados para la burocracia real,
se le vino a unir el de custodiar la doctrina católica acorde a los intereses castellanos.
No obstante, con la nueva fundación jesuita, a la que llegarían estudiantes ex-
tranjeros llegados de toda Europa, se conseguía implantar a mediados del siglo
XVII en Salamanca, una nueva concepción doctrinal e ideológica –ya no castellana–
sino defendida por Roma y prácticada por los jesuitas que, finalmente, penetraba
en la férrea ortodoxia de la Universidad salmantina 333. Si bien antes el dominico
Melchor Cano, del partido castellano, catedrático de prima de la Universidad, per-
siguió duramente la doctrina y enseñanza de la Compañía, o bien fray Domingo
Báñez, también de la Orden de los Predicadores, arremetía contra la Compañía a
causa de la materia de auxiliis en la Universidad de Salamanca (enfrentando al to-
mismo más flexible de los jesuitas con la escuela tomista rígida cuya punta de lanza
eran los dominicos de San Esteban 334), ahora, por medio del nuevo Colegio Real
de la Compañía fundado por la Reina, junto a la Universidad, los jesuitas comen-
zaban a tomar fuerza, infiltrándose en sus cátedras más importantes, de modo que
la doctrina de cardenales como Bellarmino y Baronio, defensores de la supremacía
papal, acabaron por invadir las aulas universitarias 335. La Reina, por tanto, con
esta creación arremetía contra el confesionalismo hispano defendido por las élites

332 M. ANDRÉS MARTÍN: “Pensamiento Teológico y formas de religiosidad”, en J. M.


JOVER ZAMORA (ed.): El siglo del Quijote (1580-1680). Religión, Filosofía y Ciencia, Madrid:
Espasa-Calpe, 1988 (Tomo XXVI/1 de la Historia de España dirigida por R. Menéndez
Pidal), p. 13.
333A. VIDAL Y DÍAZ: Memoria histórica de la Universidad de Salamanca, Salamanca:
Imprenta de Oliva y Hermano, 1869; Bernardo DORADO: Compendio histórico de la ciudad de
Salamanca: su antigüedad, la de su Santa Iglesia, su fundación y grandezas, que la ilustran,
Salamanca, 1776; M. VILLAR Y MACÍAS: Historia de Salamanca. Salamanca, 1887.
334 V. BELTRÁN DE HEREDIA, O.P.: “Báñez y Felipe II”, La Ciencia Tomista 35 (1927), pp.
1-29; V. BELTRÁN DE HEREDIA, O.P.: “Actuación del maestro Domingo Báñez en la
Universidad de Salamanca”, La Ciencia Tomista 25 (1922), pp. 64-78 y 208-240; W. R.
O'CONNOR: “Molina and Báñez as interpreters of St. Thomas”, The New Scholasticism 21
(1947), pp. 243-249; P. BROGGIO: “Ordini religiosi tra cattedra e dispute teologiche: note per
una lettura socio-politica della controversia De Auxiliis (1582-1614)”, en M. C. GIANNINI
(a cura di): Religione, Conflittualità e cultura..., op. cit., pp. 53-86.
335B. HERNÁNDEZ MONTES, S.I.: “La Compañía en Salamanca”, en J. I. GARCÍA
VELASCO, S.I. (ed.): San Ignacio de Loyola y la Provincia jesuítica..., op. cit., pp. 439-445.

313
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Capítulo V

castellanas, aplicando el catolicismo universal defendido por la Papado. Pero ade-


más, el impresionante edificio, La Clerecía, situado en el centro de la ciudad, muy
cercano a la Universidad, mostraba una fachada barroca, en cuyo interior se seguía
el esquema jesuítico de la Iglesia Romana Il Gesú, modelo universal de las iglesias
jesuitas.

314
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CAPÍTULO VI

ARTÍFICES DE LA “PIETAS AUSTRIACA”:


LOS JESUITAS EN LA MONARQUÍA CATÓLICA DE FELIPE IV

Durante los siglos XVI y XVII la Casa de Austria –dividida en la rama hispana
y la imperial– fue la dinastía cuyo poder era superior era superior al resto de po-
tencias europeas. Sus conquistas territoriales las justificaban en una férrea de-
fensa de la fe católica, lo que colocaba, de manera inevitable, la existencia de la
dinastía en manos del Papado, por ser el Pontífice el vicario de Cristo y aquella
autoridad que definía la ortodoxia católica. No obstante, las relaciones entre el
Imperio y la Monarquía hispana nunca estuvieron equilibradas, sino que una
rama de la dinastía siempre se erigió en guía y responsable de la política que
debía seguir toda la Casa; subordinando los intereses y objetivos de una rama a
la otra. De esta manera, durante la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II ejerció,
desde Madrid, el liderazgo de la dinastía y, de alguna manera, trató de orientar
la política común de ambas ramas de acuerdo a unos ideales católicos. El liderazgo
de la rama hispana sobre la imperial se hizo visible en numerosas ocasiones,
siendo el escenario italiano donde mejor se pudo vislumbrar esta realidad. Los
monarcas hispanos necesitaban del concurso del emperador para desarrollar su
política en Italia, donde buena parte de los territorios eran feudos del Imperio y
donde el Pontífice –como señor temporal– luchaba por librarse del dominio his-
pano desde que en 1527 los ejércitos de Carlos V saquearon Roma. La preemi-
nencia política de la rama española sobre el Imperio y el resto de monarquías
europeas se justificaba desde el punto de vista práctico, al ser la Monarquía his-
pana más poderosa que todas ellas.
Por ello, desde la teoría, tratadistas y teólogos proyectaron la idea de Monar-
chia Universalis, toda vez que Felipe II no había heredado el título imperial. En
consecuencia, la Monarquía española no se presentó como un imperio, sino como

315
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Capítulo VI

un reino universal 1. Los postulados por los que la Monarquía hispana se apo-
deró de la idea de la “Monarquía Universal” eran dos: por un lado, la decadencia
política del Imperio como fuerza política en Europa y, por el otro, la aspiración
de Castilla para ejercer un liderazgo con competencias para-imperiales, lo que
llevó a unir a todos sus enemigos tanto en el exterior, por parte del resto de mo-
narquías europeas, como en el interior de la Monarquía, por parte de los reinos
periféricos desplazados del poder por Castilla. De hecho, los defensores de la
“Monarquía Universal” eran juristas que defendían los intereses del partido
“castellano” y que la justificaron basándose en una legitimación práctica como
se comprueba en los escritos de Vázquez de Menchaca 2, Pedro de Medina 3,

1 R. MATTEI: “Il mito della monarchia universale...”, op. cit., pp. 531-550; R. MATTEI:
“Polemiche secentesche italiane sulla Monarchia Universale”, Archivio Storico Italiano 110
(1952), pp. 145-165.
2 La siguiente cita del jurista castellano Vázquez Menchaca escrita en 1564, expresaba
esta idea:
“(…) Siendo, pues, nuestro muy poderoso Señor y rey de las Españas, vicario,
ministro y representante de Dios en la tierra, para gobierno de las regiones que por
Él le han sido confiadas, y siendo éstas muchos más dilatadas y numerosas que las
que el mismo Dios confió a todos los restantes príncipes, síguese que el mismo Dios
y Rey de Reyes parece haberle favorecido y distinguido sobre todos los príncipes de
la tierra, razón por la que se ha de anteponer a todos ellos” (cita de A. MILHOU en
su obra: Pouvoir royal et absolutisme dans l’Espagne du XVIe siècle [Anejos de Criticón
13], Toulouse-Le Mirail: Presses Universitaires du Mirail, 1999, p. 93, extraído de
la obra de F. VÁZQUEZ DE MENCHACA: Controversiarum Illustrium aliarumque usu
frequentium, Venecia, 1564, en la edición bilingüe de Controversias fundamentales,
editada por F. Rodríguez Alcalde, Valladolid, 1931, 4 vols, la cita es del vol. I, p. 92).
Vide F. CARPINTERO BENÍTEZ: Del derecho natural medieval al derecho natural moderno.
Fernando Vázquez de Menchaca, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1977, pp. 65-79; L.
PEREÑA VICENTE: La Universidad de Salamanca, forja del pensamiento político español en el siglo
XVI, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1954, pp. 54-75; J. BENEYTO PÉREZ: España y el
problema de Europa. Contribución a la historia de la idea de Imperio, Madrid: Editorial Nacional,
1942, pp. 269-284; L. DÍEZ DEL CORRAL: La Monarquía hispánica en el pensamiento político
europeo. De Maquiavelo a Humboldt, Madrid: Revista de Occidente, 1975, pp. 307-322.
3 Pedro DE MEDINA escribió Libro de grandezas y cosas memorables de España. Agora
nuevo fecho y recopilado por el Maestro Pedro de Medina vezino de Sevilla, Sevilla, 1548 (edición
facsímil, Madrid: Instituto de España y Biblioteca Nacional, 1994, con una introducción de
Mª del Pilar Cuesta Domingo). Sobre su obra, P. SÁNCHEZ FERRO: “Contenidos mesiánicos en
el libro de grandezas y cosas memorables de España de Pedro de Medina”, en R. SÁNCHEZ

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Diego Pérez de Mesa 4, López Madera 5, o en los llamados recursos de fuerza 6,


que constituyeron una de las principales causas de la tensión que se vivió entre el
gobierno de Felipe II y los pontífices desde Gregorio XIII hasta Clemente VIII.
Ciertamente los Pontífices que ocuparon la silla de San Pedro durante el reinado
de Felipe II intentaron solucionar estos padecimientos, pero no sería hasta el pa-
pado de Clemente VIII (1592-1605) cuando la política romana comenzó a dar sus

RUBIO, I. TESTÓN NÚÑEZ, J. ÁLVARO RUBIO, F. SERRANO MANGAS (coords.): IX Congreso


Internacional de Historia de América, Badajoz: Editora Regional de Extremadura, 2002, vol. II,
pp. 125-132; J. FERNÁNDEZ JIMÉNEZ: “La obra de Pedro de Medina (Ensayo bibliográfico)”,
Archivo hispalense: Revista histórica, literaria y artística 59/180 (1976), pp. 113-128.
4 D. Pérez de Mesa amplió el libro Libro de las grandezas y cosas memorables de España
(Alcalá, 1590 y Madrid, 1595 y 1605), que el jurista Pedro de Medina había escrito en 1548.
También destaca su obra Política o Razón de Estado (edición crítica de Luciano Pereña,
Carlos Baciero, Vidal Abril, Antonio García y Francisco Maseda, Madrid: CSIC, 1980).
Sobre su biografía, V. ABRIL CASTELLÓ: “Razón de estado y política de centro: Diego Pérez
de Mesa, inventor del Estado Mesocrático en la crisis del barroco”, Persona y derecho: Revista
de fundamentación de las Instituciones Jurídicas y de Derechos Humanos 15 (1986), pp. 235-252;
S. RUS RUFINO: “La noción de ley en la Política o Razón de Estado de Diego Pérez de
Mesa”, Persona y derecho: Revista de fundamentación de las Instituciones Jurídicas y de Derechos
Humanos 20 (1989), pp. 239-281.
5 G. López Madera fue fiscal de la Chancillería de Granada y del Consejo de
Hacienda, escribió Excelencias de la Monarchía y Reyno de España, publicada en Valladolid
en 1597, su intención no era otra que mostrar al príncipe, futuro Felipe III, la supremacía de
la Monarquía hispana sobre el resto de estados. Sobre la biografía de Gregorio López
Madera, E. GARCÍA BALLESTEROS y J. A. MARTÍNEZ TORRES: “Gregorio López Madera
(1562-1649): un jurista al servicio de la Corona”, Torre de los Lujanes 37 (1998), pp. 163-178;
M. AGULLÓ Y COBO: “Documentos sobre Gregorio López Madera”, Anales del Instituto de
Estudios Madrileños 6 (1970), pp. 170-173.
6 “Todo eclesiástico que se consideraba atropellado o maltratado por su superior, todo
aquel que creía que su pleito no se había resuelto con justicia, estaba tentado de acudir
a la autoridad secular para que declarase que se había hecho ‘fuerza’ al despojado”.
Este recurso de fuerza, nunca reconocido por Roma, fue uno de los ataques a la
jurisdicción eclesiástica por parte del regalismo hispano” (A. DOMÍNGUEZ ORTIZ:
“Regalismo y relaciones Iglesia-Estado en el siglo XVII”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA
[dir.]: Historia de la Iglesia en España, IV: La Iglesia en la España de los siglos XVII y XVIII,
Madrid: BAC, 1979, p. 102).
Puede verse la historia de esta figura jurídica en España en J. MALDONADO: “Los recursos
de fuerza en España. Un intento para suprimirlos en el siglo XIX”, Anuario de Historia del
Derecho Español 24 (1954), pp. 281-380.

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Capítulo VI

frutos y a sacudirse de la influencia hispana 7. Como ya se ha analizado en capítulos


anteriores, este Pontífice, al mismo tiempo que daba la absolución a Enrique IV,
conseguía formar un partido cardenalicio francés, que se oponía a la influencia
del monarca hispano en los cónclaves romanos. Por otro lado, intervenía para que
Felipe III se casara con Margarita de Austria, de la rama imperial, cuya ideología
religiosa y política favorecía la supremacía del Papado sobre la Monarquía, al
mismo tiempo que se inauguraba un periodo en el que monarca presentaba su
respeto al pontífice en temas de jurisdicción eclesiástica. Dicha unión significó
el apoyo de la familia real a la Compañía de Jesús y a la corriente descalza-recoleta
–que contradecían la ortodoxia controlada que, décadas antes, impuso el partido
castellano–, cuya espiritualidad radical y servicio al Pontífice permitió la implan-
tación de la ideología romana en la sociedad hispana. Esta política religiosa que
Roma había desplegado en la corte y en la sociedad hispana fue acompañada de
una actividad igualmente intensa en la corte imperial. Allí el Papado implantó una
religiosidad radical, valiéndose de los jesuitas, en los principales miembros de la
familia imperial, tratando de suprimir el espíritu de transigencia política y religiosa
que habían mostrado el emperador Maximiliano II y sus hijos con las distintas
confesiones existentes en el Imperio con el fin de evitar cualquier alteración social.
El éxito de los Pontífices vio sus frutos durante el reinado de Felipe IV y del em-
perador Fernando II, cuando el Papado conseguía imponer en las cortes de Viena
y Madrid una ideología religiosa basada en el concepto de Pietas Austriaca, que
servía como justificación política a ambas ramas de la dinastía de los Austrias, aca-
bando así con la aspiración a la Monarchia Universalis de la rama hispana.
Esta transformación que cambió la justificación política e ideológica de la
Monarquía hispana –ya en el siglo XVII– y varió las relaciones de la misma con
el Imperio y el Papado, se debe, en gran medida, a la actuación de la Compañía
de Jesús con cada instancia de poder señalada.

7 M. T. FATTORI: Clemente VIII e il sacro collegio..., op. cit., passim; A. BORROMEO:


“Clemente VIII”, DBI 26, Roma, 1982; A. BORROMEO: “Istruzioni generali e correspondenza
ordinari dei nunzi: obiettivi prioranti e reisutati concreti della politica spagnola di Clemente
VIII”, en G. LUTZ (ed.): Das Papasttum, die Christenheit und die Staaten Europas..., op. cit.,
pp. 119-135.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

LA ACTUACIÓN DE URBANO VIII Y EL FINAL DE LA MONARQUÍA UNIVERSAL

En los primeros años del reinado de Felipe IV, el conde-duque de Olivares con-
siguió situarse en la cúspide del poder. Desde esta posición, Olivares rechazó la
forma de gobierno del reinado anterior, el de Lerma y el de Uceda, cuyo gobierno,
a ojos de don Gaspar de Guzmán, habían debilitado el poderío español y la reputa-
ción de la “Monarquía Universal” 8. Esta Monarchia Universalis había sido definida
por teólogos y juristas españoles durante el reinado de Felipe II, para justificar la
expansión territorial de la Monarquía llevada a cabo por los ministros castellanos,
no obstante, el reinado de Felipe IV acabó por demostrar que esta aspiración “uni-
versal” era ya, durante el siglo XVII, inalcanzable 9. Para Olivares, uno de los proble-
mas principales era Castilla, a la que había que restaurar su lugar preeminente entre
los distintos reinos de la Monarquía, pues “de quien como de cabeza de la Monar-
quía se ha de derivar el bien o el mal de todo el cuerpo y de cada miembro del” 10.
Olivares trató de restituir el papel centralizador de Castilla en el gobierno, y su pres-
tigio exterior, decaído –según el valido– por los abusos ministeriales ocurridos en
tiempos de Felipe III. Así, en los primeros años del reinado de Felipe IV el Consejo
de Estado estaba formado por cortesanos partidarios de una política que reforzaba
la posición de Castilla, tales como don Diego de Ibarra 11, don Pedro de Toledo 12 o

8 Sobre el contexto político de la “Monarchia Universalis”, F. BOSBACH: Monarchia


Universalis. Storia di un concetto..., op. cit., pp. 77-104; R. MATTEI: “Il mito della monarchia
universale...”, op. cit., pp. 531-550.
9 P. SCHMIDT: Spanische Universalmonarchie oder “teutsche Libertet”, Stuttgart: Franz
Steiner Verlag (Studien zur modernen Geschichte 54), 2001, p. 95; J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El
triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la Monarquía católica...”, op. cit., I, pp. 550-
551.
10 BL, Mss. Eg. 2.081, f. 256v: Papel del Conde-Duque sobre los naturales de los señores

Infantes. 10 de octubre de 1627.


11 Diego de Ibarra se opuso rotundamente a la Tregua de los Doce Años con las

Provincias Unidas durante el reinado de Felipe III, y ya con Felipe IV, en abril de 1621, fue
nombrado consejero de Estado, convirtiéndose en un consejero decisivo durante los primeros
años del gobierno de Olivares.
12 Pedro de Toledo fue teniente general de las galeras de Sicilia antes de su regreso a la
Corte, en 1622, donde fue honrado con el título de marqués de Mancera y un asiento en el
Consejo Supremo de Guerra.

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Capítulo VI

don Juan Manuel de Mendoza, marqués de Montesclaros 13, los tres, del círculo
personal de Olivares 14. Al mismo tiempo que proyectaban, de cara al exterior y ante
sus enemigos, una imagen de una Monarquía implacable y ofensiva. Estos cortesanos
abogaban por una actitud agresiva en Italia, lo que comportaba un enfrentamiento
abierto con la Monarquía francesa, al mismo tiempo que no vacilaban a la hora de
reiniciar la guerra con los Países Bajos 15. Olivares, por tanto, sentía que Felipe IV
era el heredero que debía intentar aspirar al ideal de Monarquía Universal que diseñó
su abuelo; basada en la defensa del Catolicismo y manteniendo el liderazgo europeo
que mantuvo en el siglo XVI. Su deber era conservar ese legado, de ahí que Olivares
en sus cartas y escritos utilizase con frecuencia la palabra “reputación” u “honra”
de la Monarquía, con la que tantas veces justificaba el comienzo de una guerra 16.
No obstante, en este ideal por mantener la imagen de una Monarquía Universal,
Olivares chocó de lleno con una realidad muy diferente a la que los ministros cas-
tellanos de Felipe II tuvieron que hacer frente. Ahora, contra el gobierno de Oliva-
res, se alzaban un Papado y una Monarquía francesa más unidos y fortalecidos 17.

13 El marqués de Montesclaros había sido virrey en el Perú, regresando a la corte


madrileña para formar parte del Consejo de Estado al fallecer Felipe III. Después, de 1623 a
1626, fue nombrado presidente del Consejo de Hacienda.
14 Sobre todos estos cambios en los primeros años del reinado de Felipe IV, B. GONZÁLEZ
ALONSO: “El Conde-Duque de Olivares y la Administración de su tiempo”, Anuario de historia
del derecho español 59 (1989), pp. 5-48.
15 J. H. ELLIOTT: El conde-duque de Olivares, Barcelona: Crítica, 2009, pp. 435-455.
16 En una reunión del Consejo de Estado celebrada tras haber conocido la noticia de la
rendición de Breda, en 1625, Olivares expresaba esta idea:
“Siempre he deseado con ansia grande ver a V.M. en el mundo con opinión y
reputación iguales a su grandeza y partes, gloria que V.M. puede estimar y procurar
(habiendo nacido tan gran rey) mucho antes que ser conquistador de nuevas
provincias y señoríos; porque por la misericordia de Dios V.M. se halla con tantos que
para ser el primero del mundo le sobre muchos” (AGS, Estado, Leg. 2039. Consulta
del 29 de junio de 1625).
17 La actitud ofensiva de Olivares, abriendo varios frentes a la vez, siempre fue
criticada a Roma por el nuncio Giulio Sacchetti, quien se lamentaba de la siguiente forma:
“Trovandosi la guerra di Fiandra, le alterationi d’Italia, le armate d’Inghilterra,
d’Olanda, e de Mari d’Africa alle spalle, si è messo in tal necessità, che se non si rimedia con
la pace, temo di gravissimi danni e ruine così in questi Regni come fuori. Il toccar al Conte
d’Olivares la necessità della pace non serve se non ad irritarlo maggiormente, e bisogna andar

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Un simple análisis de la política exterior del reinado de Felipe IV podría llevar a pen-
sar que el fracaso de los postulados de la Monarquía Universal debe ser atribuido al
desgaste económico y militar de la propia Monarquía, motivado por el estallido de
la guerra en territorio italiano –especialmente por la sucesión de Mantua–, que trajo
consigo una crisis fiscal en Castilla 18. También a causa de la ventaja militar de los
holandeses en Flandes que, a pesar de alguna que otra victoria del cardenal infante
Fernando en dicho territorio, éstas no consiguieron evitar el acuerdo final en 1648
por puro agotamiento 19. A lo que habría que sumar, en 1640, el colapso provo-
cado por los enfrentamientos internos con la separación de Portugal y la sublevación
de Cataluña. Se trató de una combinación de circunstancias, todas ellas contrarias
a la Monarquía, que influyeron, pero quedesviaba del verdadero problema ideoló-
gico que existía. En 1643, a la caída de Olivares, el cardenal Barberini, nepote de
Urbano VIII dirigía al nuncio en España, monseñor Giovanni Giacomo Panzirolo,
Patriarca de Constantinopla, la siguiente reflexión sobre la política que el valido
había llevado hasta entonces:
Non c’è dubbio e n’ho scritto più volte che il Conte Duca per havere una causa
Universale, alla quale potersi attribuire quello che di contrario avveniva, o perchè egli
s’ingannasse, e quanto più s’ingannava, tanto più s’andava inviluppando in questo
labirinto, o pure perchè volendo mutare con il suo ingegno il genio di Spagna, la guastava
nel più bello ch’era il rispetto al Sommo Pontefice, è purtroppo vero quello che V. S. ha
detto a S. M., donde ne sono nati svantaggi grandi alla sua Monarchia 20.

dolcemente schermendo, con mostrar di non entender ne i suoi fini, nè i suoi bisogni, e nel
trattar seco rappresentandogli di muoversi più per l’interesse comune della Religione, che
per alcuna congruenza di Spagna” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, ff. 47r-47v:
Carta del nuncio Giulio Sacchetti, obispo de Gravina, nuncio en la corte hispana a
Roma. Madrid, 21 de febrero de 1626).
18 G. PARKER: “La crisis de la Monarquía Hispánica en la época de Olivares. ¿Un

problema de los Austrias o un problema mundial?”, en B. GARCÍA GARCÍA y A. ÁLVAREZ-


OSSORIO (eds.): La monarquía de las naciones: patria, nación y naturaleza en la monarquía de
España, Madrid: Fundación Carlos de Amberes, 2004, pp. 777-810.
19 J. N. ALCALÁ-ZAMORA: España, Flandes y el Mar del Norte (1618-1639): la última
ofensiva europea de los Austrias madrileños, Madrid: Centro de Estudios Políticos y
Constitucionales, 2001, pp. 468-470; M. A. ECHEVARRÍA: Flandes y la Monarquía Hispánica
(1500-1713), Madrid: Sílex, 1998, pp. 285-357.
20 ASV, Segreteria di Stato Spagna 86, f. 156v: Carta del cardenal Barberini a Mons.
Panzirolo, nuncio en España. Roma, 14 de marzo de 1643.

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De modo que desde Roma se acusaba del poco respeto que la política de Oli-
vares había mostrado hacia el Pontífice, al tratar de conservar unos postulados
“universales”, lo que había traído la ruina de la Monarquía a partir de 1640 21.
Ciertamente, estos fundamentos teóricos de “universalidad” y de “salvaguardia
del catolicismo” sirvieron de justificación política e ideológica durante el reinado
de Felipe II, puestos en práctica por medio de su poderío económico y militar,
no obstante, un siglo más tarde, durante el reinado de Felipe IV, materializar esta
idea se había demostrado que era pura entelequia. Ciertamente, desde mediados
del siglo XVI, el Papado se sintió limitado por el poderío de la Monarquía Uni-
versal que proyectaba el rey Prudente, tanto en cuestiones jurisdiccionales, como
en cuestiones territoriales (Milán y Nápoles rodeaban los Estados Pontificios).
La renovación tanto en el plano político como espiritual que efectuó el Papado
para tratar de librarse del poderío español obtuvo sus resultados un siglo más
tarde. En 1620, el cardenal filoespañol Juan Doria, que residía en Sicilia como
arzobispo de Palermo y presidente del reino, en ausencia del virrey duque de
Osuna, se vio obligado a abandonar precipitadamente Sicilia para asistir al cón-
clave romano (en el que salió elegido Gregorio XV) “por la falta de cardenales
españoles que agora ay en aquella corte” 22. Con todo, el paso más importante
para librarse de la influencia hispana sobre los territorios italianos ocurrió a la
llegada al solio pontificio del papa Barberini, el florentino Urbano VIII (1623-
1644) 23. Considero importante ubicar la política de Urbano VIII en el contexto
de la Guerra de los Treinta Años –y especialmente analizar su relación con la
Monarquía Católica de Felipe IV– ante la que jugó un papel destacado, mostrán-
dose siempre como un príncipe italiano, de poder absoluto, interesado en todas
las cuestiones técnicas y territoriales de la guerra (para su defensa no dudó en
fortificar Castel Sant Angelo, en levantar una fábrica de armamento en Tivoli y

21 N. DEL RE: La Curia romana. Lineamenti..., op. cit., p. 14; L. PASTOR: La Curia
romana. Problema e ricerche per la sua storia..., op. cit., p. 32.
22 AGS, Estado-Sicilia, Leg. 3478, n. 9; A. KOLLER: “Le rôle du Saint-Siège au début
de la guerre de Trente ans. Les objectifs de la politique allemande de Grégoire XV (1621-
1623)”, en L. BÉLY (ed.): L’Europe des traités de Westphalie. Esprit de la diplomatie et diplometie
de l’esprit, París: Presses Universitaires de France, 2000, pp. 123-133.
23 I. FOSI: All’ombra dei Barberini. Fedeltà e servizio nella Roma Barocca, Roma:
Bulzoni, 1997, passim.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

en transformar la Biblioteca Vaticana en un arsenal) 24. Dos cuestiones son fun-


damentales para comprender la política de Urbano VIII contraria a la Monarquía,
por un lado la guerra en los territorios italianos y, por otra, las rebeliones de Por-
tugal y Cataluña que minaron el ideal de Monarquía Universal y provocaron la
caída de Olivares. En 1626, el nuncio Sacchetti se lamentaba al cardenal Barberini
al comparar el pacífico reinado de Felipe III con el de su hijo Felipe IV, que no
cesaba de involucrarse en nuevas guerras, conllevando así graves consecuencias
para la Monarquía:
E se per obviar a i sudditi danni fu stimato bene nei tempi di Filippo Terzo far
pace con tutti, ancorchè poco honorevole, può V. S. I. considerare, se hoggi che’l danno
è triplicatamente cresciuto, convenga procurar di dar gelosie, per intrigarsi in nuove
guerre, e tanto più pericolose, quanto per la comotione di molti principi possono esser
con armi più poderose in tempo di maggior nostra fiacchezza 25.

La relación entre Urbano VIII y Felipe IV comenzaba un 6 de agosto de 1623, re-


cién elegido el Pontífice, cuando el cardenal Barberini transmitía a la corte madrileña
las buenas intenciones del nuevo Pontífice y las suyas propias con respecto a la
Monarquía de Felipe IV, mostrando especial afecto al conde-duque de Olivares 26.
Correspondiendo a la afable carta del secretario romano, el nuncio informaba
de la buena predisposición del monarca y del Conde-Duque hacia los negocios

24 S. H. STEINBERG (ed.): The “Thrity Years War” and the conflict for European

hegemony 1600-1660, Londres: Edward Arnold, 1966, p. 13.


25 ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, ff. 46v-47r: Carta del nuncio Giulio Sacchetti,

obispo de Gravina, nuncio en la corte hispana a Roma. Madrid, 21 de febrero de 1626.


26 “N. S. ha preso infinito contento di sentir la pronta corrispondenza, che il Re mostra di
filial volontà al paterno amore di S.B., la quale sarà sempre disposta di mostrare in tutte
l’occasioni la stima particolare che ne fa. In quella poi, che a me tocca, voglio che V. S.
sappie, che immenso è l’obligo, ch’io professo a S. M. della benigna protettione che promete
di tener di me, e di questa casa, la quale li viverà sempre dovotissima et in tutte le
occorrenze procurara di farne apparir vivi effetti. Viene anche grandemente stimato
l’amorevole affetto, che ci mostra il S. Conte d’Olivares, e caro mi sarà, che V. S. in buona
congiuntura l’assicuri della confidenza che è per haver sempre questa casa con quella di
S. E. se bene lo fò io ancora con mie lettere particolare non solamente all E. S. ma alla
Signora Contessa, et alle sorelle” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 343, f. 12r: Carta del
cardenal Barberini a Monsegnor Vescobo di Bertonoro, nuncio apostólico en España.
Roma 30 de octubre de 1623).

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Capítulo VI

de la Curia romana, al prometer la defensa de Roma “contro chiunque ardisse di


manomettere le ragioni di questa Santa Sede” 27.
No obstante, en poco tiempo, las buenas intenciones y los halagos de ambas
partes se desvanecieron. Para Olivares, la estrategia del Pontífice para favorecer
la intromisión de las tropas de Luis XIII en territorio italiano, en detrimento de la
Monarquía hispana, era cada vez más evidente 28. Los embajadores españoles en
Roma transmitieron a la corte hispana el rechazo hacia los españoles que existía
en los territorios italianos 29. Mientras, en la corte madrileña, las negociaciones
de Roma con la Monarquía francesa inquietaban de manera especial al conde-
duque de Olivares, quien estaba decidido a enviar tropas a Italia 30, al mismo
tiempo que criticaba la falta de apoyo de Urbano VIII 31. Olivares no era el único

27 ASV, Segreteria di Stato Spagna 343, f. 17r: Carta del cardenal Barberini a Mons.

Innocenzo Massimi, obispo de Bertinoro, nuncio apostólico en España. Roma, 5 de diciembre


de 1623.
28 V. L. TAPIÉ: France in the Age of Louis XIII and Richelieu, Nueva York: Macmillan,

1974, pp. 175-209.


29 Este era el caso de Diego Saavedra Fajardo, quien, en 1631, escribía algunos consejos
al nuevo embajador el marqués de Castel Rodrigo:
“La nación italiana, si impera, es sovervia; si obedeze, humilde. Obra siempre con
fines y desinios particulares y ninguna los sabe encubrir y disimular mejor. Ríndese a
sus conveniencias, ama la apacibilidad y trato agradable y principalmente en los
españoles de los quales tiene contraria opinión” (citado por Q. ALDEA VAQUERO, S.I.:
“España, el Papado y el Imperio durante la guerra de los Treinta Años. I: Instrucciones
a los Embajadores de España en Roma [1631-1643]”, Miscelánea Comillas 29 [1958], p.
312).
Vide también, A. CABEZA RODRÍGUEZ: “El relanzamiento de la diplomacia española en Roma
en una Europa en guerra (1618-1623)”, en C. J. HERNANDO SÁNCHEZ (ed.): Roma y España:
un crisol de la cultura europea en la Edad Moderna, Madrid: SEACEX, 2007, I, pp. 447-470.
30O. PONCET: “La Francia di Luigi XIII e la questione della Valtellina (1619-1639)”, en
A. BORROMEO (ed.): La Valtellina crocevia dell’Europa..., op. cit., pp. 53-79.
31 “Il conte d’Olivares fa continuamente gran forza nell’obbligo di dichiaratione di N.S., e
chiaramente dice esser necessaria la lega contra a chi fuor di ragione vuol’invader l’Italia,
e protesta questa ricercar la difesa della Religione, per la quale essi si muovono, nè vogliono
sentir il punto dell’interesse loro, allegando più tosto d’essere stati aggravati nella limitatione
di quanto l’è stato per la capitolatione concesso. Fra questi del consiglio di stato sono pareri
discrepanti, e forse i più savii l’intendono contro il puntiglio e per la pace, tuttavia molti
temono, e assecondano il parer del Conte, quale dopo l’avviso havuto dal Duca di Pastrana

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

que desconfiaba de la política del Papado, otro cortesano muy cercano al rey, su
confesor, el dominico Antonio de Sotomayor 32, se mostraba –en palabras del nun-
cio Sacchetti– poco favorable a las cosas de la corte de Roma. Por lo que el nuncio
debía ser cauteloso con este confesor, y tratar de llevarse bien con él, tal y como
explicaba a Roma: “procuro pero di andar seco destramente, perche tutte le provisioni,
e materia ecclesiastiche dependono dalle sue mani” 33.
La situación se hizo más crítica cuando el 10 de enero de 1625, el nuncio in-
formaba con gran premura a Roma de la mala opinión del Pontífice que tenían
los principales ministros del rey. A continuación explicaba el motivo del enfado
del monarca y del Conde-Duque, que no era otro que el doble juego que estaba
manteniendo Urbano VIII:
Conosco, che la gelosia che hanno li spagnuoli di N. S., non tanto consiste nel
pretenderlo amico di Francia, quanto nella paura, che habbia concetti grandi di
libertà d’Italia.

Asimismo, se sospechaba “che’l Papa volesse quietarsi, pretendendo muover guerra


al Regno di Napoli” 34.
Esta sospecha de que el Papado procuraba apartar de Nápoles el gobierno de
los españoles, siempre contando con ayuda de los franceses, se mantuvo durante
mucho tiempo. Todavía el 14 de febrero de 1640 el cronista José Pellicer en sus
noticias hablaba de una conjuración en Italia:

della dispositione di N.S. si è fatto più saldo, di maniera che non solo con me, ma con altri
contro di me si è lamentato, che io procuri di far uffici perniciosi a questa corona, e so che se
non ha sospettato di mia affettione alla parte contraria, di ciò mi rido, et attendo per quanto
so ad ubbidire i comandamenti di V. S. I.” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, f. 107r-v:
Carta del obispo de Gravina, nuncio en Madrid, al cardenal Barberini. Madrid, 8 de
diciembre de 1624).
32 F. NEGREDO DEL CERRO: “Gobernar en la sombra. Fray Antonio de Sotomayor

confesor de Felipe IV. Apuntes políticos”, Mágina. Revista Universitaria 13 (2009. Número
coordinado por M. A. LÓPEZ ARANDIA: Entre el cielo y la tierra. Las elites eclesiásticas en la
Europa Moderna), pp. 85-102.
33 ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, f. 78v: Carta de Mons. Giovanni Battista
Pamphili, patriarca de Antioquía, nuncio en Madrid, al cardenal Barberini. Madrid, 16 de
diciembre de 1626.
34 ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, ff. 116v-117r: Carta del obispo de Gravina,
nuncio en Madrid, al cardenal Barberini. Madrid, 10 de enero de 1625.

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Capítulo VI

Lo que es cierto es que se ha descubierto la conjuración que había en Italia


para entregar al francés y al Papa a Milán y a Nápoles, en que están metidos
muchos potentados y príncipes vasallos de España 35.

En esta delicada situación, el nuncio en Madrid tenía un papel muy compli-


cado; debía tratar de mostrar a toda costa que el Pontífice era un simple mediador,
cuyo único deseo era llevar la paz a Italia, pero en ningún caso –señalaba el nun-
cio– pretendía ser enemigo del monarca español 36. Lógicamente el nuncio no
estaba solo en la corte madrileña para tratar de aplacar la guerra en Italia; uno
de los grandes aliados de Roma, el embajador del emperador Fernando II, mar-
qués de Grana, se mostraba partidario de la paz, tratando de influir en la opinión
del valido 37. El emperador Fernando II era partícipe de los intereses de Roma
porque, aunque la propaganda política durante la Guerra de los Treinta Años
mostraba a las dos ramas de la Casa de Austria unidas, era el momento propicio
para que el emperador tratara de recuperar parte del liderazgo europeo, que había
sido eclipsado por el poderío español durante tantos años 38.
Por su parte, la Monarquía francesa fortalecida en gran medida por el apoyo
de los Pontífices, hacía alardes de superioridad, lo que Olivares no toleraba, y
menos aún que Roma negociara en secreto con la Monarquía francesa 39. El propio

35 Avisos del 14 de febrero de 1640 (José PELLICER OSSAU DE SALAS Y TOBAR: Avisos
Históricos, selección de E. Tierno Galván, Madrid: Taurus, 1965, p. 66).
36 ASV, Segreteria di Stato Spagna 343, ff. 120v-121v: Carta del cardenal Barberini al
nuncio en España. Roma, 19 de febrero de 1625.
37 Señalaba el nuncio:
“Non ho mancato di operare che l’Ambaciatore Cesareo per gl’interessi del suo
principe, che sono gravissimi, si muovesse a rappresentare al Conte gl’imminenti danni
della guerra in Italia, ma non ho cavato altra conclusione, che d’haverli il conte mostrato
i biglietti, che m’ha scritto, facendo con lui, e con altri ostentatione di fissa risolutione di
guerra” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, ff. 113v-114r: Carta del obispo de
Gravina, nuncio en la corte hispana. Madrid, 20 de diciembre de 1624).
38 F. EDELMAYER: “La Casa de Austria: Mitos, propaganda y apología”, en A. ALVAR,
J. CONTRERAS y J. I. RUIZ (eds.): Política y cultura en la época moderna (cambios dinásticos,
mileniarismos, mesianismos y utopías), Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá, 2004, pp. 17-28.
39 Sobre las relaciones entre la Monarquía francesa y la española, y en concreto la
guerra de Mantua, R. A. STRADLING: “Olivares and the Origins of the Franco-Spanish War,
1627-1635”, The English Historical Review 101 (enero 1986), pp. 68-94.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

nuncio Sacchetti, desde Madrid, servía de canal de comunicación entre París y


Roma, transmitiendo al cardenal Barberini las palabras del embajador francés,
quien afirmaba “che’l suo Rè havria fatto tal guerra, da dimostrar al mondo, che fosse
vano il concetto, che s’haveva in Italia, che i francesi fossero bestiali e matti” 40. Asi-
mismo, los franceses se quejaban de que la Monarquía hispana no obedecía a
Roma cuando esta pedía suspensión de armas en Italia, lamentándose “per li rigo-
rosi pretesti di Spagna, di non accomodarsi, onde si doveva atribuir a gli spagnuoli la
causa d’ogni disordine d’Italia” 41. En febrero de 1626, Roma enviaba al cardenal
legado a Madrid, que no era otro sino el propio nepote de Urbano VIII, Francesco
Barberini, para tratar de tranquilizar los ánimos, asegurando que el Papado no
pretendía perjudicar a la Monarquía hispana. Además, debía solucionar el tema
de la Valtelina, y convencer a la corte hispana de que el Papa sólo quería la paz
entre príncipes cristianos. Según palabras del nuncio Sacchetti, en tan difícil co-
yuntura, el mayor problema:
consisterà in acquietare gli spagnuoli da quel sospetto, che tengono della vanagloria
dei francesi, li quali più volte hanno detto, e pubblicato di farsi arbitri delle cose
d’Italia, con tutto ciò spero, che si troverà alcun sufficiente partito, et il migliore hoggi
sarebbe la venuta del signore cardinale legato 42.

El problema para Olivares no sólo era el apoyo del Papado a la Monarquía fran-
cesa, sino que además el Pontífice se negaba a colaborar económicamente con la
Monarquía Católica de Felipe IV, a pesar de que el Conde-Duque justificaba sus
guerras en defensa de la religión católica, y en contra de la herejía. Olivares solicitó
a Roma una y otra vez, desde el comienzo de su gobierno, que permitiese la impo-
sición de tributos eclesiásticos en los reinos del monarca hispano. El 19 de diciem-
bre de 1631 se informaba al embajador en Roma, don Gaspar de Borja y Velasco,
de las gracias que debía reclamar al Pontífice; la primera, la media anata de todas
las provincias eclesiásticas de la Monarquía. La segunda, la cruzada de Nápoles

40 ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, f. 108v: Carta del obispo de Gravina, nuncio en
la corte hispana. Madrid, 20 de diciembre de 1624 a Roma.
41 Ibidem, f. 109r: Carta del obispo de Gravina, nuncio en la corte hispana. Madrid, 20
de diciembre de 1624 a Roma.
42 ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, f. 16r: Carta del nuncio Giulio Sacchetti, obispo
de Gravina, nuncio en la corte hispana a Roma. Madrid, 10 de enero de 1626.

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Capítulo VI

que siempre había sido denegada. Y, por último, una contribución trienal por parte
del estado eclesiástico en los reinos del monarca 43. En este sentido el nuncio jus-
tificaba la falta de colaboración por parte de Urbano VIII en la “estrechez econó-
mica” que atravesaba el Papado 44. El Pontífice se negaba a conceder estos auxilios
a la Monarquía hispana, con un silencio que desesperaba a Olivares. Finalmente,
Urbano VIII dio una décima de seiscientos mil ducados que el valido consideró in-
suficiente, por eso el cardenal Borja, embajador en Roma, siguiendo instrucciones
reales, emitió la célebre protesta ante Urbano VIII en el consistorio secreto celebrado
en Roma el 8 de marzo de 1632, acusando al Pontífice de ser el responsable de todas
las calamidades y guerras que se estaban produciendo 45.
Ciertamente durante los veinte años que Olivares estuvo en el gobierno, las re-
laciones entre Madrid y Roma iban de mal en peor. En 1639 monseñor Castracani,
colector apostólico, era expulsado de Portugal 46. En Madrid el tribunal de la Rota
iba a ser cerrado después de la muerte del nuncio, cardenal Campeggio, antes de
la llegada a la corte de su sucesor, Cesare Facchinetti, y no se iba a volver a abrir
hasta el 9 de octubre de 1640. El malestar de Roma ante estos problemas jurisdic-
cionales era transmitido al nuncio Facchinetti, recién llegado a la corte hispana,
para que se lo transmitiera a Felipe IV y a Olivares 47. En esta situación de creciente

43 Q. ALDEA VAQUERO, S.I.: “España, el Papado y el Imperio..., I”, op. cit., p. 343.
44 “Io non intendendo di quale parlasse, discorsi della difesa d’Italia contro gl’infedeli, et gli detti
un sincero raguaglio dell’occorso. Mi disse non dico di questa, ma invii S.S. aiuto di gente a
S. M. Cesarea, et faccia una legha a diffesa d’Italia. Io gli riposi, quanto al primo, la gran
strettezza di danaro nella quale si trovava S. S., et che si compredeva dalle spese che ognuno
vedeva quanto giustificasse ella: nè spendeva, nè donava un Reale” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 345, f. 64r-v: Carta de la Secretaría de Roma al nuncio en Madrid Cesare Monti,
Patriarca de Antioquía. Roma, 20 de noviembre de 1632).
45 Q. ALDEA VAQUERO, S.I.: “España, el Papado y el Imperio durante la guerra de los

Treinta Años. II: Instrucciones a los nuncios apostólicos en España (1624-1632)”, Miscelánea
Comillas 30 (1958), p. 252.
46 Sobre la colectoria de Portugal desde Paulo V, S. GIORDANO: “Difendere la giurisdittione

et immunità ecclesiastica fino all’estremo. La collettoria di Portogallo”, en A. KOLLER (ed.): Die


Außenbeziehungen der römischen Kurie unter Paul V. Borghese (1605-1621), Tübingen: Max
Niemeyer, 2008, pp. 191-222.
47 “Mi resta hora di soggiungerle a V. S. che quanto più qui si discorre la materia tanto più si
riconoscono gravissime l’ingiurie, che vengono fatte a Santa Chiesa, la quale resta
addolorata non meno per l’empia espulsione del collettor di Portogallo, e per l’impedimento

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

tensión, Urbano VIII, como si fuera un profeta del Antiguo Testamento 48, vaticinó
un castigo divino para la rama hispana de la Casa de Austria si seguía desobede-
ciendo al Pontífice, viendo disminuidos sus extensos territorios en poco tiempo 49.
Al comienzo de las revueltas internas de la Monarquía hispana, tanto la por-
tuguesa como la catalana, Urbano VIII no quiso desaprovechar la ocasión para de-
bilitar a la Monarquía de Felipe IV. Dicho Papa contribuyó activamente a separar
de la Monarquía hispana el reino portugués, al reconocer su independencia en
1640, al mismo tiempo que no condenó la sublevación catalana. Ambos sucesos
impulsaron el fracaso del ideal de la Monarquía Universal 50. Es preciso analizar
la documentación vaticana para entender la actuación de Urbano VIII con respecto
a estas revueltas. En 1626, el rey se desplazaba a Aragón junto a Olivares para asistir

che si dà a lei medesima nell’esercitio della giurisditione apostolica, che per la pubblicità
con la quale i ministri di S. M. sotto pretesto d’abusi e di riforme di codesta nuntiatura e
della “dataria” vanno spargendo molte notorie buggie” (ASV, Segreteria di Stato Spagna
83, f. 159r: Carta de la Secretaría de Roma a monseñor Facchinetti, nuncio en
España. Roma, 31 de diciembre de 1639).
48 R. CUETO: Quimeras y sueños. Los profetas y la Monarquía Católica de Felipe IV,
Valladolid: Universidad de Valladolid, 1994, p. 129.
49 “Ama il Rè como figlio il primogenito di Santa Chiesa, e brama il mantenimento della sua
Monarchia, la quale senza dubbio cadrà se non si sostiene con quell’arti con le quali si è
acquistata. Queste furono la pietà, la religione, congiunte con l’obbedienza verso la Sede
Apostolica. E questa deve hoggi più che mai esser lasciata nel suo splendore e nella sua
Dignità, se Sua Maestà brama di veder fiorire i suoi Regni (…) Verseranno le tempeste
sopra coloro che cercano di commuoverle, ma se questi motivi nascono per dar disgusto a S.B.,
dica pur V.S. che il maggior disgusto ch’ella habbia è l’offesa che si fa a Dio e prevedere il
grave castigo, che caderà sopra la serenissima Casa d’Austria non già per difetto della propia
pietà ma per il mal consiglio dei suoi ministri, i quali non hanno altra mira, che di conservar
quelle leggi ch’essi credono esser di profitto a i soli Regni di Spagna, fra quali vorrebbono
vedere ristretto il dominii di S. M., nè si curano de’ pregiuditii, che possono nascere a gli altri
dominio ch’ella possiede dalla disunione del Papa col Rè, per mantenimiento de’ quali ha egli
bisogno più d’ogni altro principe di star unito con questa Santa Sede, e i predecessori di S.
M, che si sono avveduti dell’indiscriminato zelo de’ suoi ministri hanno curate l’orecchie
all’esorbitanti pretensioni della corte di Castiglia, le quali non mirano ad altro, che ad
addossare sopra lo stato ecclesiastico di quei regni tutt’il peso intollerabile de’ tributi” (ASV,
Segreteria di Stato Spagna 83, ff. 161v-162r: Carta de la Secretaría de Roma a Monseñor
Facchinetti, nuncio en España. Roma, 31 de diciembre de 1639).
50 BNE, Mss. 22998 (26). Carta de un ministro de Felipe IV a Urbano VIII, ante la
resistencia del Pontífice a condenar a los rebeldes de Portugal.

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Capítulo VI

a las Cortes de Barbastro, Monzón y Barcelona 51. Se trataba de poner en marcha


el proyecto que Olivares denominó “Unión de Armas”, por el que se incremen-
taban y redistribuían las cargas militares y su coste, entre los distintos reinos de
la Monarquía 52. Este plan se traducía en un elevado coste económico para arago-
neses y valencianos, mientras que para los catalanes supuso la ruptura de una cor-
dialidad entre Cataluña y la corona 53.
En febrero de 1626, el nuncio Sacchetti informaba a Roma de las quejas del
reino de Aragón por la exigencia de tributos y el pago a los soldados, pero a la
vez, realizaba la siguiente reflexión:
Il Regno –de Aragón– è povero, et inhabile a simili contributioni, mentre non si
voglia ridurre all’esterminio di Castiglia, con abbandonar l’argento, e l’oro, e ridursi
a vivere con il Rame 54.

La otra queja en las Cortes, de la que se hacía eco el nuncio, era por los go-
bernadores de Aragón, que no eran de sangre real 55.
Esta situación se agravó a partir de 1635, cuando de forma abierta se desenca-
denaron las hostilidades armadas entre la Monarquía francesa y la española, re-
percutiendo directamente sobre Aragón y Cataluña, por ser territorios colindantes

51 Todo lo ocurrido en las cortes en J. H. ELLIOTT: La rebelión de los catalanes (1598-


1640), Madrid: Siglo XXI, 1977, pp. 193-221.
52 E. SOLANO CAMÓN y P. SANZ CAMAÑES: “La contribución de Aragón en las
empresas militares al servicio de los Austrias”, Studia Historica. Historia Moderna 18 (1999),
pp. 227-254; S. J. WOLF: “La crisis della monarchia spagnola: le rivoluzioni degli anni 1640-
1650”, Studi Storici IV/3 (Roma, 1963), pp. 433-448.
53 G. COLÁS LATORRE y J. A. SALAS AUSÉNS: “Las cortes aragonesas de 1626: el voto
del servicio y su pago”, Estudios de Historia Moderna 75 (1975), pp. 87-139; E. SOLANO
CAMÓN: “Respuesta de los aragoneses ante los acontecimientos del Principado catalán:
Datos de una crisis (1640-1641)”, Estudios de Historia Moderna 85-86 (1986), pp. 187-192.
54 ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, f. 43v: Carta del nuncio Giulio Sacchetti, obispo

de Gravina, nuncio en la corte hispana a Roma. Madrid, 7 de febrero de 1626.


55 “Hanno sin hora gli aragonesi obbligato il Rè a presieder alle corti per se stesso, et alle
persone che S. M. ha nominato, hanno opposto con dire, che gli altri Rè non hanno messo
in questo carico di presiedere se non persone del sangue reale, il chè dà argomento, che non
vogliono altri che all’Infante don Carlo, chi non gli sarà conceduto, per non dar luogo che
alcuni piglino animo sotto coloro, che vogliono che la corona d’Aragona debba darsi al
secondo Infante, e quando gli sia data separarsi in tal maniera” (Ibidem).

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

al país vecino 56. No obstante, habría que esperar a 1640 para asistir a una ruptura
entre la corona y estos reinos periféricos. El 7 de junio de 1640, durante la fiesta
del Corpus, se produjo la entrada en Barcelona de los segadors, con la consi-
guiente solución militar por parte de Olivares, en contra de los catalanes, quienes
estaban negociando con la diplomacia francesa para compensar su desequilibrio
frente al gobierno central. La actitud ofensiva de Olivares enfrentó directamente
a Cataluña, mientras los reinos de Aragón y Valencia no ocultaban sus críticas
hacia la política del valido 57.
Desde la corte, el Conde-Duque exigía a Roma una respuesta contundente; la
condena de la sublevación catalana. Sin embargo, desde el Papado, esta revuelta fue
interpretada de manera bien distinta; se acusaba a Olivares de una política rigurosa
con los reinos periféricos para mantener las guerras que proyectaran la imagen de
continuidad de la Monarquía Universal en el exterior. Por tal ambición, Olivares no
había dado oídos a sus vasallos de la Corona de Aragón, que se quejaban de la asfixia
económica que estaban padeciendo. Paralelamente, mientras Cataluña se constituía
en República y se ponía bajo la obediencia de la Monarquía francesa, Roma se ofrecía
a dar apoyo a Cataluña para que el monarca respetase sus privilegios forales 58. Como

56 E. SOLANO CAMÓN y P. SANZ CAMAÑES: “Aragón y la Corona durante el gobierno


de los Austrias. Relaciones políticas e institucionales”, Revista Ius Fugit 3-4 (1994-1995),
Zaragoza, 1996, pp. 203-243.
57 I. FERNÁNDEZ TERRICABRAS: “Surviving between Spain and France: Religious Orders
and the Papacy in Catalonia (1640-1659)”, en M. C. GIANNINI (ed.): Papacy, Religious Orders,
and International Politics in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, Roma:Viella, 2013, pp. 145-
164; P. SANZ CAMAÑES: Estrategias de poder y guerra de frontera. Aragón en la guerra de secesión
catalana (1640-1652), Monzón: Centro de Estudios de Monzón y Cinca Medio, 2001, p. 33-
55; F. X. GIL PUJOL: “Conservación y defensa como factores de estabilidad en tiempos de crisis:
Aragón y Valencia en la década de 1640”, en J. H. ELLIOTT, R. VILLARI, A. M. HESPANHA y
otros: 1640: La monarquía hispánica en crisis, Barcelona: Crítica, 1991, pp. 44-101.
58 Tal y como explicaba el cardenal Barberini al nuncio en Madrid en octubre de 1640:
“La passata settimana io mandai a V.S. due brevi credentiali in lei, acciò che ella
rappresentasse a S. M. che essendo ricorsi li deputati di Catalogna a N. S. supplicandolo che
voglia interceder loro presso il Rè la reintegratione della sua gratia. S. B. non ha potuto
scusarsi di questo officio havendo solamente mira alla tranquillità dei regni di S. M. molto
necessaria nel presente stato degli affari del mondo, e che però ella cercasse di dimostrar alla
M.S., che quanto fa S.B. proviene da un affetto di sincero cuore verso la persona della M.S.
e suo real servitio” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 84, f. 38r: Carta de Roma al nuncio
en España Cesare Facchinetti, arzobispo de Damiata. Roma, 20 de octubre de 1640).

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Capítulo VI

aseguraba el nepote de Urbano VIII, toda la negociación que Roma mantenía con
Cataluña y con la Monarquía francesa era por la paz de los reinos, siendo necesario
que el nuncio transmitiera al monarca esta imagen pacificadora del Pontífice. La
condena por parte de Urbano VIII hacia la actitud de Cataluña, que tanto reclamaba
Olivares, jamás llegó, más bien al contrario, el Papado apoyó la sublevación de Ca-
taluña, con lo que obligaba a Olivares a centrar su atención en los problemas internos
de la Monarquía, gastando más recursos militares y económicos, al mismo tiempo
que, exteriormente, se agotaban los recursos que debían mantener el prestigio de la
Monarquía. Pero además, con esta actitud, Roma contribuía a que el sentimiento
de sublevación de los reinos periféricos se extendiese a otros territorios de la Mo-
narquía como Flandes, Sicilia o Nápoles 59.
En la corte madrileña, esta decisión del Pontífice, por la que se mostraba de-
fensor de los intereses de Cataluña, era apoyada por aquellos nobles contrarios a
la rígida política de Olivares, que buscaban su alejamiento del poder. Informaba
el nuncio de los apoyos que recibía con respecto a la revuelta:
Di buon luogo però vengo avvisato che ne stanno in Palazzo contentissimi, et hanno
a bella posta fatto divulgare, che N.S. ha chiesto al Re per li catalani il perdono, che il
Papa mira per le cose di questa Monarchia con particolare attentione. Questa mattina
più di dieci persone sono venute a rallegrarsi meco del gusto presso il Rè, per l’esibitione
che io gli feci della buona volontà di N. S. nelle rivolte di Catalogna 60.

Paralelamente, comenzaban los tumultos en Portugal porque, al igual que en


Cataluña, debía contribuir al fisco para proporcionar ingresos a la hacienda real.
Además de dinero, Olivares solicitaba tropas a Portugal para acabar con la rebelión
catalana. Buena parte de la nobleza y el clero portugués se negaron, y en otoño de
1640, comenzaron a maquinar la revuelta, depositando su confianza en don Juan
de Braganza, que gozaba de derechos dinásticos al trono portugués. Apoyado por

59 Para el caso de Flandes, A. ESTEBAN ESTRÍNGANA: “Deslealtad prevenida, deslealtad


contrariada: la obediencia de Flandes en la década de 1640”, en F. J. ARANDA PÉREZ (coord.):
La declinación de la Monarquía Hispánica..., op. cit., I, pp. 69-84. En el caso de Sicilia, M. RIVERO
RODRÍGUEZ: “Técnica de un golpe de estado: el inquisidor García de Trasmiera en la revuelta
siciliana de 1647”, en F. J. ARANDA PÉREZ (coord.): La declinación de la Monarquía Hispánica...,
op. cit., I, pp. 129-153. En el caso de Nápoles, G. GALASSO: Alla periferia dell’imperio. Il Regno
di Napoli nel periodo spagnolo. Secoli XVI-XVII, Turín: Einaudi, 1994, pp. 271-277.
60 ASV, Segreteria di Stato Spagna 84, ff. 115v-116r: Carta del nuncio Cesare
Facchinetti, arzobispo de Damiata a Roma. Madrid, 12 de diciembre de 1640.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

el grupo de nobles contrarios al gobierno central, y contando con el influyente


apoyo de los jesuitas, el 1 de diciembre de 1640, fue proclamado rey con el nombre
de Juan IV de Portugal. Desde ese momento Olivares dirigió su mirada a Roma,
para exigir a Urbano VIII que, de ninguna manera, reconociese la independencia
de Portugal 61. No obstante, desde hacía tiempo el duque de Braganza y sus aliados
se habían puesto en contacto con Roma, para que apoyara su causa 62. El Papado
no estaba dispuesto a condenar la separación, a pesar de la insistencia de Olivares,
sino todo lo contrario; mostraba su apoyo a la independencia del reino portugués 63.

61 El embajador extraordinario en Roma, Juan de Chumacero, informaba de los deseos


de Olivares con respecto a Portugal:
“Vuole che si dichiari il Duca (Braganza) per ribelle, e che evitino in Portogallo gli
ecclesiastici nelle prediche, quanto nelle confessioni, di insinuare nel popolo che per tale lo
debbano tenere, la qual cosa, nello stato torbido che hoggi regna, è più da desiderare che
da potersi mettere in esecutione” (Ibidem, f. 184r: Carta de Roma al nuncio Cesare
Facchinetti, arzobispo de Damiata. Roma, 23 de febrero de 1641).
Asimismo, don Juan de Chumacero entregaba a la Secretaría de Roma un memorial de la
corte hispana para que, sin más demora, Urbano VIII declarase por rebelde al duque de
Braganza. En el texto se decía que:
“La dichiaratione di Vostra Beatitùdine importarà per estinguere questo fuoco,
l’aumentarà il suo silentio (…) Dalla Santità vostra dipende l’accomodamento d’una
causa sì grave, e ciò con spesa tanto piccola come quella che s’addimanda” (Ibidem, ff.
211v-212r: Memorial enviado a Roma).
62 Informaba el cardenal Barberini al nuncio en Madrid:
“Quelli della natione portoghese spargono per la città che le gravezze imposte loro in
quel Regno fossero molto gravi, che li ministri di Spagna si siano sempre incamminati a
privarli delle loro prerogative, riducendo quasi il regno in provincia, che a questo effetto
gli fu levato il consiglio di Portogallo in Madrid” (Ibidem, f. 176r: Carta de Roma al
nuncio Cesare Facchinetti, arzobispo de Damiata. Roma, 16 de febrero de 1641).
63 Prueba de ello era la felicidad que expresaba el nuncio Facchinetti al narrar a Roma

la nueva situación de Portugal:


“Sono penetrate alcune lettere di Portogallo, dalle quali si scopre, che il duca di Braganza
governa con molta prudenza quel Regno; Che interviene personalmente a tutte le giunte e
consigli, dove mostra gusto di sentire il parere; Che d’ogni cosa vuole esatta informatione, et
ad ognuno che ricorre, prestò grata audienza; Che non applica a tener privato autorizzato,
ancorchè faccia molte carezze al marchese di Ferrera, cognato del marchese di Castel Rodrigo
(…); Che i popoli di quel Regno si affettionano sempre più all’autorità del Duca, e godono
della risolutione da loro presa” (Ibidem, ff. 248v-249r: Carta del nuncio Cesare
Facchinetti, arzobispo de Damiata, a Roma. Madrid, 24 de abril de 1641).

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Capítulo VI

La actitud de Urbano VIII en detrimento de la política de Olivares era cada vez más
evidente 64.
Asimismo, Roma no ponía freno a la campaña jesuítica que se había levantado
en Portugal contra la figura de Olivares. Superiores y rectores jesuitas de los co-
legios portugueses apoyaban la causa del duque de Braganza, como lo hacía
Roma, de lo que se quejaba Olivares al secretario romano:
[Juan de Chumacero] Entrò poi a dire di haver parlato con qualche maggior
efficacia nel memoriale, solo per essergli stato riferito che il P. Assistente di Portogallo
della Compagnia di Giesù, il quale si mostra tanto appassionato del signore Duca di
Braganza, e della sollevatione da lui fatta, entrava molto spesso in palazzo, et a hore
insolite, e per porte secrete, il ché non faceva prima 65.

Olivares esperaba un precepto rotundo de Roma para que los religiosos por-
tugueses se mantuviesen fieles a Felipe IV, no obstante, la mayoría de los jesuitas
ya se habían puesto del lado del nuevo rey Juan IV. Ya en el año 1637, los colegios
jesuitas participaron de los primeros brotes de sublevación, en la llamada “sedición
de Évora”, convirtiendo la Universidad en uno de los focos contrarios a la corona
hispana. Conforme el duque de Braganza fue afianzando su poder en Portugal,
los jesuitas se iban haciendo cada vez más partidarios de su gobierno, convirtién-
dose ellos mismos en los representantes del nuevo monarca. En este sentido des-
tacaba el jesuita P. Ignacio Mascarenhas, y su compañero Paulo da Costa, quienes
acudieron como diplomáticos –en nombre del duque de Braganza– a Cataluña,
donde mostraron su apoyo a la revuelta catalana.
Otros jesuitas fueron enviados a otros territorios de la Monarquía y fuera
de ella, para conseguir más apoyos para la causa del duque de Braganza 66. Este

64 El cronista real José Pellicer en sus Avisos del 4 de febrero de 1642 informaba:
“De Roma avisan que el Pontífice (...) contra todas las confianzas dadas, recibió con
gran cabalgada y acompañamiento al obispo de Samego, embajador del duque de
Braganza, de que sentidos los señores embajadores de España con sus protestas, se
salieron al punto de Roma” (J. PELLICER OSSAU DE SALAS Y TOBAR: Avisos Históricos...,
op. cit., p. 154).
65 ASV, Segreteria di Stato Spagna 84, f. 217v: Carta de Roma al nuncio Cesare
Facchinetti, arzobispo de Damiata. Madrid, 16 de marzo de 1641.
66 J. BURRIEZA SÁNCHEZ: “La Compañía de Jesús y la defensa de la Monarquía
Hispánica”, Hispania Sacra 60 (2008), pp. 218-222.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

fue el caso del P. Antonio Vieira, quien fue enviado a París con este mismo
propósito 67.
Ciertamente, si buena parte de los miembros de la Compañía de Jesús apo-
yaron ideológicamente las revueltas (en muchos casos a través de los sermones y
de la propia actuación diplomática), respaldando la posición de Roma, todavía
más importante fue su apoyo al Pontífice a la hora de desprestigiar la figura del
conde-duque de Olivares, al que culpaban de todos los males de la Monarquía
para conseguir su caída en desgracia. Mientras negociaba con la diplomacia ca-
talana y portuguesa, Roma creó todo un entramado ideológico para dar a enten-
der al monarca –en este sentido fue primordial la actuación del nuncio en la
corte– que la Monarquía hispana, como pueblo elegido por Dios, había perdido
la gracia divina por culpa de la política de Olivares que no obedecía los postulados
de Roma. Esta propaganda, llegada de Roma, comenzó a ver sus frutos en la dé-
cada de 1640, aprovechando, como es lógico, las revueltas internas de la Monar-
quía. De modo que “la ira divina” y el “castigo de Dios” que tanto se repetía en
las cartas de la nunciatura, debían persuadir al monarca para que alejara del poder
a su valido, pues había cometido dos graves injurias que Roma no iba a perdonar;
por un lado el agravio jurisdiccional que habían cometido Olivares y otros mi-
nistros de Felipe IV contra Roma, y por otro, la ambición territorial a la que as-
piraba la Monarquía Universal, cuya base era Castilla, que durante mucho
tiempo había asfixiado el resto de reinos y territorios:
I motivi delle rivolte del mondo, gl’improsperi successi della Monarchia, i pericoli
delle sollevationi, il discapito della sempre coltivata Religione spagnola, i bisogni che il
Rè ha del Papa in tante angustie, le perdite (…), il vantaggio de’ nemici del Rè, a
quali S. S. poteva darsi in braccio, erano tutte fiacche oppositioni al loro capriccio,
perche stimando il lor consiglio di Castiglia, terrore del mondo, e la Monarchia di
Spagna per invincibile, quanto più i tempi forzano a temporeggiare, sempre più aspri,
non pensano ad altro che ad ingrassare la loro podestá, con spiazzare l’altrui, così niun
rispetto li trattiene dall’essere empii, quando premendo di essere reputati giusti allora
sono empiissimi 68.

67 Las negociaciones del P. Vieira en París en R. VALLADARES: La rebelión de Portugal


(1640-1680). Guerra, conflicto y poderes en la monarquía hispánica, Valladolid: Junta de
Castilla y León, 1998, p. 63.
68 ASV, Segreteria di Stato Spagna 84, ff. 79v-80r: Carta del nuncio Cesare Facchinetti,
arzobispo de Damiata a Roma. Madrid, 10 de noviembre de 1640.

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Capítulo VI

Toda esta ideología moral elaborada desde Roma, y fomentada por los enemi-
gos de Olivares en la corte, fue persuadiendo al monarca, poco a poco, de que
debía expulsar de la corte al Conde-Duque. Cuando finalmente se produjo su sa-
lida en 1643, en la corte madrileña había una idea fija: “per tutto il Palazzo si dice,
che il Papa ha finalmente, nella caduta del Conte, veduta la sua vendetta” 69. Cierta-
mente la relación de Olivares con Urbano VIII estaba lejos de ser cordial. Una vez
que el Conde-Duque estaba fuera de la corte el nuncio Panzirolo respiraba tran-
quilo y expresaba a Roma la siguiente reflexión:
[Olivares] è certo che in questi venti anni ha procurato con ogni studio
d’imprimere in questi popoli, e molto più a S. M., et a’ suoi più principali ministri,
che i mali successi della corona siano proceduti dal poco affetto di Sua Santità e di
V.E. verso la Maestà Sua, in luogo di attribuirli al suo pessimo governo, et alla
stravaganza del suo cervello 70.

El alejamiento de Olivares fue el momento propicio para que Urbano VIII in-
fluyese, de manera directa, en la política y conciencia del monarca, de modo que
las órdenes de Roma al nuncio tenían un propósito claro; debía ganarse cuanto
antes la confianza de los nuevos ministros en la corte madrileña, y hacerles entender
que lo más importante para que la Monarquía volviera a la gracia de Dios y no su-
cumbiera del todo, era que la corona se mostrase unida al Papado 71. No cabe duda
que, a partir de 1643, Felipe IV se mostró ante el Pontífice con una actitud diferente;
ahora aparecía como un rey tremendamente espiritual y temeroso de Dios, dis-
puesto a obedecer a Roma, con la promesa de no volver a ofender sus postulados,
siempre y cuando Urbano VIII olvidara los problemas surgidos mientras gobernaba

69 ASV, Segreteria di Stato Spagna 85, f. 142r: Carta del nuncio Giovanni Giacomo
Panzirolo, Patriarca de Constantinopla, a Roma. Madrid, 28 de enero de 1643.
70Ibidem, f. 153v: Carta del nuncio Giovanni Giacomo Panzirolo, Patriarca de
Constantinopla, a Roma. Madrid, 11 de febrero de 1643.
71 “Non gia il Conte Duca habbia abbandonato i papelli, ma se pure il caso fosse avvenuto,
non si dubita, che V.S. havrebbe ben presto cominciato a consigliarci gli animi de’ nuovi
ministri, mostrando, che quando la corona è stata ben unita alla Chiesa, sempre il tutto è
passato assai felicemente, o sia la pace, difficilmente questa posessi trattare senza il mezzo
del Papa, o sia le guerre doversi procurare se non pubblicamente, almeno internamente
l’affetto del Papa, con veramente e schiettamente amarlo” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 86, f.135:. Carta de Roma al nuncio Giovanni Giacomo Panzirolo, Patriarca
de Constantinopla. Madrid, 4 de diciembre de 1642).

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Olivares. En su correspondencia con Roma, el nuncio anunciaba el cambio de Feli-


pe IV; se trataba de un monarca arrepentido de haber sido una simple marioneta en
manos de un ambicioso ministro que había ofendido al Papa. Con la futura promesa
de gobernar por sí mismo, y rodearse de ministros afectos a Roma 72.
De modo que, en la década de 1640, Roma veía cumplido su deseo de apartar
del poder al valido, consciente de que el proyecto de la “Monarquía Universal” había
finalizado definitivamente. En 1646, el diplomático y tratadista político Diego de
Saavedra Fajardo, que conoció a la perfección el desarrollo de la Guerra de los
Treinta Años, escribió su obra Corona ghotica, castellana y austriaca, donde señalaba
los principios de la Monarquía de Felipe IV. El libro vio la luz en Münster, donde
se celebraba el Congreso destinado a crear una nueva relación de fuerzas en Europa
y a cerrar el ciclo de guerras confesionales. Ciertamente, en su análisis, el diplomá-
tico juzgaba que el reinado de Felipe IV era el final de una etapa hegemónica:
Lo que nos muestra la experiencia, y el orden natural de las cosas es que los
Imperios nacen, viven, y mueren; y que aun los cielos (corte del eterno Reyno de

72 “Tutti i ministri di S.M., che da due mesi in qua parlano meco, cominciano il discorso con
assicurarmi certo, che la M.S. è risolutissima di passar ottima corrispondenza con S.S. Esser
vero, che non condannar troppo manifestamente le ationi passate vuol correggerle con dignità
a poco a poco, acciò non si dica che lo fa per trovarsi la Monarchia in travagli, et non per la
sua propria inclinatione al Pontifice, et alla Sede Apostolica, et che però S.B. può
ripromettersi tutta quella buona intelligenza dalla M.S., che habbia già mai provato alcun
Pontefice predecessore. Ma che dall’altro canto S.S. è in obligo di scordarsi di tutte le ationi
passate, mentre è sicura che sono state parti della violentissima natura del signore Conte Duca,
il quale seco i suoi capricci ha ridotto questa monarchia al segno che si vede, et imbrogliate le
cose di tutta la Christianità tanto malamente, non si può dolere S.S. se nell’istessa forma ha
desiderato incrudelir nel Pontificato. Che essendo nota a tutti questa verità non doveva S.B.
attribuirle colpe altrui alla M.S., la quale è certo, che spesse volte ricordava al Conte, che di
gratia non lo mettesse in disgusti con S. S., ma che sì come poi gli lasciava imbrogliar l’altre
cose del Mondo, e della Monarchia, così lasciava porre in poco buon stato la corrispondenza
con il Papa e con V.E. Io rispondo a tutti, che S.S. per qualsivoglia mal trattamento ricevuto,
non ha mai intepidito l’amore suo verso il Rè, anzi ha sempre fatto in beneficio della M.S.
tutto quello, che in coscienza poteva. Ma il Conte ha preteso sempre, che la S.S. si scordasse
della coscienza, e del carico, in che Dio l’ha posto, con permetter qualsivoglia oppressione allo
stato ecclesiastico, et pregiuditio all’Immunità, et perche non ha voluto acconsentirvi, ha
procurato imprimer nel Rè sensi differentissimi da quelli che effettivamente ha S.S. professati,
et manifestati. Concludo a V.E., che mentre tutti i ministri parlano bene della volontà della
M.S. verso S.B., non sarà gran fatto di prestargli intera fede” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 85, ff. 224v-225r: Carta del nuncio Giovanni Giacomo Panzirolo, Patriarca de
Constantinopla, a Roma. Madrid, 11 de mayo de 1643).

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Capítulo VI

Dios) se envejecen. Lo que conviene es que la virtud, la prudencia y la atención de


los reyes hagan durables sus reynos 73.

Con todo, el desvanecimiento de la aspiración universal de la Monarquía no ha-


bría sido posible sin la acción de varios frentes que, desde la corte madrileña, actua-
ron al unísono consiguiendo derrocar al valido. De todos ellos, es preciso destacar
el papel de la Compañía de Jesús, que consiguió crear una nueva ideología que in-
fluyó en la conciencia de Felipe IV, y contribuyó a cambiar definitivamente la justi-
ficación política de la Monarquía Católica.

SERVICIO A LOS INTERESES DE LA MONARQUÍA O DEL PAPADO:


LOS CONFESORES JESUITAS DEL CONDE-DUQUE DE OLIVARES

En los primeros años del reinado de Felipe IV, la Compañía de Jesús jugó un
papel crucial tanto a nivel espiritual como político en la corte madrileña, toda vez
que los jesuitas se habían convertido en los principales confesores de la nobleza
cortesana 74. En este sentido destacaban importantes jesuitas que se ganaron la con-
fianza de los miembros de la familia real como el P. Jerónimo Florencia, rector del
Colegio Imperial, que ejercía además de predicador real y confesor de los infantes
don Carlos y don Fernando, hermanos del monarca 75; el P. Ambrosio de Peñalosa,
predicador de la reina doña María de Hungría, hermana de Felipe IV 76; el P. Pedro

73 En su carta al lector en Diego SAAVEDRA FAXARDO: Corona Ghotica, castellana, y

Austriaca. Políticamente Ilustrada. Por don Diego Saavedra Faxardo, de el Consejo de Su Magestad
en el Supremo de las Indias, y su plenipotenciario para la paz universal. Parte primera dedicada al
principe de las Españas, Madrid: Andrés García de la Iglesia, 1670, pp. 503-504.
74 Para analizar la política de los confesores y predicadores jesuitas en la corte de Felipe

IV véanse los estudios de J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit.,
pp. 187-295; F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV. Corte, intrigas y religión
en la España del Siglo de Oro, Madrid: Actas, 2006, pp. 80-140.
75 Q. ALDEA VAQUERO, S.I.: El cardenal infante don Fernando o la formación de un
príncipe de España, Madrid: Real Academia de la Historia, 1997, p. 50; para la biografía del
P. Florencia, F. HERRERO SALGADO: La oratoria sagrada..., op. cit., III, pp. 441-472, J.
GARAU: “Notas para una biografía del predicador real Jerónimo de Florencia (1565-1633)”,
Revista de Literatura 68 (enero-junio 2006), pp. 101-122.
76 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 454.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

de Bivero, confesor de la archiduquesa Isabel Clara Eugenia, gobernadora de Flan-


des y, fallecida ésta, pasó a ser confesor del nuevo gobernador, el II marqués de Castel
Rodrigo, don Manuel de Moura y Corte Real 77. Asimismo, en la corte de Felipe IV
muchos jesuitas pasaron a ser confesores de los principales ministros del rey, como
el P. Gonzalo de Albornoz, que además de ser prepósito de Madrid confesaba al
conde de Monterrey, por entonces presidente del Consejo de Italia y embajador
extraordinario en Roma 78. En la misma línea aparecía el P. Francisco de Guevara,
confesor de don Íñigo Vélez de Guevara y Tarsis, V conde de Oñate, consejero de
Estado y Grande de España, y años antes embajador de la corte imperial y luego
de la Santa Sede 79. Otros confesores como el P. Antonio Herrera, confesor del al-
mirante de Castilla 80; el P. Andrés Mendo, confesor del duque de Osuna, a quien
acompañó a la campaña de Cataluña y al Milanesado 81; el P. Francisco Antonio Ca-
massa, confesor del I marqués de Leganés, don Diego Mejía Guzmán, destacado
general de la milicia en Flandes e Italia, y luego nombrado virrey de Cataluña 82; el
P. Damián de Valdivia, confesor de doña Francisca de la Cueva y Córdoba, marquesa
de Cerralvo, por entonces virreina de Nueva España 83; el P. Juan de Dicastillo,
confesor de la condesa de Siruela, camarera mayor de María de Austria, futura reina

77 Informa el P. Sebastián González al P. Rafael Pereyra. Madrid, 3 de mayo de 1644,


en P. DEGAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit.,
XVII (1863), p. 467; sobre Vivero, J. J. LOZANO NAVARRO: “La Compañía de Jesús en el
Flandes de los Archiduques. La labor del padre Pedro de Bivero junto al poder”, Archivo
teológico granadino 67 (2004), pp. 93-109; J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el
poder en la España de los Austrias, Madrid: Cátedra, 2005, pp. 216-225.
78 El General escribe al consejero real alegrándose del buen servicio espiritual que

realiza el P. Albornoz con el conde. 16 de septiembre de 1628 (ARSI: Tolet. 9 [1628-1634],


f. 4v: Vitelleschi al conde de Monterrey del Consejo de Su Magestad, presidente en el de
Italia y su embajador extraordinario en Roma).
79 ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), f. 100v: Vitelleschi accede a la petición del conde de Oñate

de que permanezca en la corte el P. Guevara para confesarle. Madrid, 20 de junio de 1630.


80 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., pp. 448-449.
81 Ibidem, p. 451.
82 En P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XVII (1863), p. vii.
83 ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), f. 107r: El P. Vitelleschi señala el contento de la marquesa
de Cerralvo con su confesor el P. Valdivia. 30 de julio de 1630.

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Capítulo VI

de Hungría, a la que acompañó a su nuevo destino. A éstos se sumaban los hijos de


nobles que entraban en la Compañía y que residían en la corte a petición de sus fa-
miliares, tales como el P. Rodrigo Niño de Guzmán, rector del colegio Imperial de
Madrid, que era hijo del conde de Villaverde y sobrino del cardenal Niño de Gue-
vara 84; el P. Francisco de Pimentel que también residía en la corte siendo hijo de
los condes de Benavente, al igual que su hermano el P. Pedro de Pimentel, confesor
del duque de Medina las Torres y del conde de Monterrey 85; el P. Pedro Jerónimo
de Córdoba, del linaje de los marqueses de Priego 86, o el P. Cosme Zapata empa-
rentado con los condes de Barajas 87. Con todo, me gustaría ahora detenerme en la
trayectoria de dos jesuitas, los padres Fernando de Salazar y Francisco Aguado por
su importante papel en la política de la Monarquía, dado que ambos fueron confe-
sores del valido del Rey, don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares.
El primero de ellos, el P. Fernando Chirino de Salazar, se convirtió en confesor
de Olivares en 1622, y poco después, también fue nombrado predicador real. Su
cercanía al Conde-Duque le permitió asistir a las principales juntas de gobierno
y su opinión siempre tuvo un peso considerable en las decisiones políticas del va-
lido 88. Es preciso destacar que en Roma no se tenía una buena opinión del confesor.
La documentación del ARSI permite afirmar la poca cercanía de trato que mantenía
el general Vitelleschi con el P. Salazar, y el constante control que el General quería
ejercer sobre él a través de los provinciales y otros superiores de la Orden 89. Al

84 Citado por A. EZQUERRA: Historia del Colegio de Alcalá..., op. cit., p. 614.
85 J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 212.
86 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 444.
87 Ibidem, pp. 463-464.
88A este respecto consultar el apartado dedicado al P. Salazar en F. NEGREDO DEL
CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., pp. 117-140.
89ARSI: Hisp. 82: Del general Vitelleschi al P. Rodrigo Niño, rector de Madrid.
Madrid, 6 de diciembre de 1627.
“El coloquio al Señor Conde de Olivares ha sido muy a propósito y no menos lo que de
resultado V. R. dijo al P. Salazar porque ese es mi sentir, y agradezco mucho al S. Conde que
haya venido por bien que el Padre (Salazar) no se halle en esas juntas, y al mismo provincial
que tenga gusto en huir de ellas, y que de hecho las huya, y holgaré muy mucho que el uno y
el otro sepan este mi sentir, y el Padre (Salazar) con el consuelo que tendría viéndole ajustado
a la comunidad”.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

General le molestaba la intromisión tan directa del P. Salazar en los asuntos polí-
ticos de la Monarquía, que podría reportar críticas a la Compañía aunque, por
otra parte, Vitelleschi no se atrevió a reprender directamente al P. Salazar para no
enojar al Conde-Duque 90. En opinión del General de la Orden, el confesor podía
aconsejar a su penitente, pero de ninguna manera debía asistir a las reuniones de
consejo o ser tratado como un ministro 91. No obstante, existe una cuestión más
trascendental e importante que explicaría la postura reticente de Vitelleschi al
confesionario del P. Salazar. Este jesuita acudía a numerosas juntas en relación
al aumento de la hacienda y de recursos económicos para la defensa de la Monar-
quía, especialmente de sus territorios de Italia. De esta forma, el P. Salazar participó
activamente en: la Junta Grande de Reformación creada en 1622 92, en la Junta
reunida el 10 de junio de 1627 para discutir la manera de financiar y mantener a
los ejércitos 93, o en la Junta de teólogos reunida en diciembre de 1629 para analizar
la moralidad de los arbitrios propuestos, exigiendo en una de las propuestas apro-
badas por esta junta, que los remedios ofrecidos no recayeran exclusivamente sobre
Castilla:

90 El 16 de octubre de 1628, Vitelleschi mandaba una orden al P. Jerónimo de Florencia

para evitar la presencia del P. Salazar en las Juntas:


“He entendido que el P. Hernando de Salazar se vuelve a la distribución que antes
tenia de venir tarde a casa, y hallarse en Juntas. Deseo mucho que V.R. con su grande
religión y prudencia y santo zelo lo remedie eficazmente y procure encaminarlo, de
modo que se consiga sin ruido lo que en esto conviene, y si fuera menester hablar al
S. Conde de Olivares, o a qualquiera otra persona, V.R. lo haga y avíseme del effecto”
(ARSI: Tolet. 9 [1628-1634], f. 12r: Vitelleschi al P. Gerónimo de Florencia, vicerrector
de Madrid. 16 de octubre de 1628).
91 ARSI: Hisp. 82, ff. 1v-2r: Vitelleschi se quejaba al provincial de Toledo, el P. Luis de

la Palma, de que el P. Salazar fuera servido en platos de plata y no respetara los horarios de una
comunidad religiosa. Febrero de 1627.
92 A. GONZÁLEZ PALENCIA: “La Junta de Reformación. Documentos procedentes del

Archivo Histórico Nacional y del General de Simancas”, Archivo Histórico Español V


(Valladolid, 1932), pp. 379-415; F. NEGREDO DEL CERRO: “La hacienda y la conciencia. Las
propuestas del confesor del Conde-Duque para el saneamiento de las finanzas reales
(1625)”, Cuadernos de Historia Moderna 27 (2002), pp. 171-196.
93A este respecto consultar el apartado dedicado al P. Salazar en F. NEGREDO DEL
CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 123.

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Capítulo VI

sino sobre toda la Monarquía, cosa muy deseada en estos tiempos que los demás
reinos y estados ayuden a los de Castilla a llevar las cargas de la defensa y
conservación común 94.

Seguramente, la intervención más conocida del P. Fernando Salazar fue su


implicación en la creación de un nuevo impuesto, el de “papel sellado”, en el año
1637 95, al que Roma se opuso rotundamente, amenazando el nuncio con aban-
donar la corte madrileña 96. Efectivamente, estas intervenciones del P. Salazar en
la política y economía de la Monarquía, que favorecía una imagen beligerante de la
misma, no podían ser bien vistas por Urbano VIII, quien deseaba a toda costa re-
tirar del territorio italiano el poderío español.

94 AHN, Est. Lib. 856, f. 31v. Sobre la fiscalidad de Castilla y los conflictos en la corte

derivados de ella, B. CÁRCELES DE GEA: Fraude y desobediencia fiscal en la corona de Castilla


(1621-1700), Valladolid: Junta de Castilla y León, 2000, pp. 281-347.
95 J. BALTAR RODRÍGUEZ: “Notas sobre la introducción y desarrollo de la renta del

papel sellado en la Monarquía española (siglos XVII y XVIII)”, Anuario de Historia del Derecho
Español 46/2 (1996), pp. 519-560; G. MARAÑÓN: El Conde-Duque de Olivares. La pasión de
mandar, 2ª ed., Madrid: Espasa, 2006, p. 239.
96 La siguiente carta, escrita por el P. Sebastián González, quien narraba todos los
sucesos de la corte al P. Rafael Pereyra, mostraba la necesidad de la Monarquía de buscar
recursos económicos para mantener su imagen de poder y el descontento de Roma con el
asunto del “papel sellado”, y cómo el nuncio se negaba a su aplicación, incluso si con ello se
ganaba la expulsión de la Corte:
“Muy pesadamente lleva el Nuncio lo del papel sellado; ha mandado cese el
despacho, y habiendo ido por orden de S.M. el señor Confesor, P. Salazar, el Proto-
notario y su cuñado D. Juan Valle de la Cerda, le hablaron en este punto, al cual
respondió con grande resolución, que no innovaría mientras Su Santidad no le mandase
lo contrario, por ser contra la inmunidad eclesiástica. Y procurando satisfacerle á esto,
dijo: «él también sabía lo que debía y podía hacer,» y diciéndole que S. M. también vería
lo que convenía se hiciese, dicen respondió: «¿qué puede hacer más que quitarme las
temporalidades y que salga del Reino? Dispuesto estoy y resuelto á salir dentro de tres
días,» y con esto se fue. Dicen hace lo mismo el vicario del arzobispado de Toledo, y que
el Nuncio ha avisado á los demás obispos y arzobispos no la admitan. También dicen no
la admite el Consejo de Aragón, y que rehúsa el de Ordenes. Las necesidades de las
guerras son tantas, que no me espanto con el grande gasto y empeño busquen trazas
para socorrerlas, aunque no parezcan bien á algunos” (Madrid, 14 de enero de 1637. P.
Sebastián González al P. Rafael Pereyra de la Compañía de Jesús en Sevilla, en P. DE
GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit., XIV
[1862], pp. 12-13).

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Esta relación tensa entre el confesor del valido y el general Vitelleschi comen-
zaba a finales de la década de los años 20, cuando Salazar empezó a asistir a las
juntas con el propósito de conseguir dinero para mantener el ritmo de guerras en
Europa. Ciertamente, los primeros años en los que el P. Salazar ejerció de confesor,
Vitelleschi mostró interés por ganarse al jesuita. Su aventajada posición en la corte
podía favorecer a los grandes protectores de la Compañía que acudían a Madrid
para resolver sus negocios. Como no podía ser de otra manera, la mayoría de ellos
eran nuncios, cardenales o nobles italianos que respaldaban los intereses de Roma
en la Monarquía hispana. Este fue el caso, en diciembre de 1622, cuando el nuncio
apostólico en Flandes, Guido di Bagno, acudía a Madrid para tratar asuntos en el
Consejo de Italia, por lo que Vitelleschi rogaba encarecidamente al P. Salazar que
favoreciese los negocios del nuncio 97. O en enero de 1626 cuando el cardenal le-
gado, Francesco Barberini, nepote de Urbano VIII, acudía a Madrid para tratar
con el monarca los enfrentamientos entre la Monarquía hispana y la francesa en
el norte de Italia. Con este motivo escribía Vitelleschi al P. Salazar que, además de
favorecer en todo los intereses del cardenal, sirviese en todo a varios nobles italianos
que acompañaban al cardenal Barberini en su séquito, como don Ascanio Filoma-
rino, mayordomo del mismo y también camarero secreto del Pontífice, por “el en-
trañable amor y devoción que tiene a la Compañía” 98; don Camillo Lanfranco,
caballero de Nápoles, y protector de la Compañía 99; o don Tarquinio Galuzzi, con-
fesor del cardenal Barberini, descrito como un “sujeto de muy buenas partes, reli-
gioso, y fiel hijo de la Compañía” 100. En otras ocasiones se trataba de facilitar la
obtención de mercedes, dignidades o prebendas para aquellos personajes protectores

97 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 146r: Vitelleschi al P. Hernando de

Salazar. 17 de diciembre de 1622. Sobre la nunciatura de Guidi di Bagno, R. VERMEIR: “La


nunciatura de Flandes en las primeras décadas de su existencia (1594/1596-1634)” en J.
MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ (coords.): Centros de poder italianos..., op. cit.,
I, pp. 337-338.
98 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 188r: Vitelleschi al P. Salazar. 26 de
enero de 1626.
99 Ibidem, f. 188r: Vitelleschi a los padres Florencia, Albornoz y Salazar, 28 de enero de
1626.
100 Ibidem, f. 188v: En esta carta el general Vitelleschi informaba al P. Rodrigo Niño,
rector de Madrid, de la llegada de este confesor, ordenándole que entregara copia de la carta
al P. Salazar para que sirviera al confesor. 10 de enero de 1626.

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Capítulo VI

de la Compañía o servidores del Pontífice, como ocurrió en febrero de 1623 con


don Ludovico Marescotti, caballero de San Juan, y además “deudo de Su Santi-
dad”, que había servido en Flandes y que deseaba recibir alguna merced por parte
de Felipe IV 101. O en diciembre de 1623, cuando monseñor Navarro, que había
sido Auditor de Rota, y en dicho tiempo había favorecido a la Compañía, regresaba
ahora a la corte madrileña con plaza en el Consejo de Aragón. No obstante, Vite-
lleschi solicitaba al P. Salazar que hablase con Olivares para que:
V. R. le informe de sus grandes partes al S. Conde de Olivares para que le
favoresca y de el premio que mereçen los muchos y buenos servicios que a hecho
a Su Magestad y le emplee en mayores puestos. Y en todo quanto se le ofreciere al
dicho Monseñor V. R. y los demás Padres le acudan y sirvan con toda puntualidad,
correspondiendo siempre a lo mucho que le debemos 102.

Más tarde, en noviembre de 1624, Vitelleschi pedía al P. Salazar que persuadiese


a Olivares para tratar de conseguir el cargo de comisario general del estado de
Milán para el conde Antonio Biglia 103. Asimismo, Vitelleschi escribió al padre Sa-
lazar para que favoreciera en la corte madrileña a don Juan Muñoz de Zepeda,
quien, tras varios años gobernando diversas ciudades del virreinato de Nápoles,
en las que ayudó económicamente a los colegios jesuitas, regresaba a Madrid 104.
Sin embargo, a finales de la década de los años 20, la relación de Vitelleschi con el
P. Salazar cambió radicalmente por su protagonismo en las juntas de gobierno. Al
mismo tiempo que el P. Salazar se involucraba cada vez más en la hacienda y en
los asuntos políticos de la Monarquía, Olivares trataba de otorgarle otras dignida-
des eclesiásticas con el fin de mantenerle en la corte y de recompensar su labor en
las juntas. Y es que resultaba más fácil justificar la presencia de Salazar en las juntas
si, además de ser confesor, ejercía otros cargos de relevancia. Se le propuso en-
tonces como obispo de Málaga, a lo que el P. Vitelleschi, amparado por Roma, se
negó rotundamente ya que, según palabras del propio General al Conde-Duque,
“los de la Compañía no nacimos en la Iglesia para semejantes prelacías y quien las

101 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 148r: Vitelleschi al P. Hernando de

Salazar, 2 de febrero de 1623.


102 Ibidem, ff. 163v-164r: Vitelleschi al P. Hernando de Salazar. 28 de diciembre 1623.
103 Ibidem, f. 171v: Vitelleschi al P. Salazar. 13 de noviembre de 1624.
104 Ibidem, f. 222v: Vitelleschi al P. Hernando de Salazar. 22 de septiembre de 1629.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

acarrea ni servirá a la Iglesia ni hará bien sino grande mal a nuestra religión” 105.
Rápidamente, Vitelleschi solicitó al provincial de Toledo, el P. Francisco Aguado,
gran confidente del General, y portavoz de Vitelleschi y de los intereses de Roma
en este asunto, que tratara de poner fin a este propósito, ordenándole que se pre-
sentara ante el monarca para darle un memorial en el que se especificaban los in-
convenientes de la promoción del P. Salazar a un obispado 106. La cuestión de la
concesión del obispado de Málaga, cambiando después la petición al arzobispado
de Charcas en el reino del Perú, se convirtió en una auténtica pugna de poder
entre Roma y Madrid por el control de los asuntos eclesiásticos. En septiembre
de 1630, el confesor del rey, fray Antonio de Sotomayor, que defendió al P. Salazar
en todo momento, se presentaba enojado ante el nuncio, Cesare Monti, para ad-
vertirle que era inadmisible que se justificase la negativa a la promoción del obis-
pado en el mal que sufriría la Compañía al admitir dignidades eclesiásticas, cuando
un Re di Grande, e di benemerito della Sede Apostolica como era Felipe IV lo solici-
taba, pareciendo que pesaba más en Roma la opinión de una orden religiosa que
la de un príncipe defensor del Catolicismo 107. Otro de los grandes enfrentados
con Roma a favor del P. Salazar era Jerónimo de Villanueva, Protonotario de Ara-
gón, del entorno de confianza de Olivares, quien transmitía al nuncio el disgusto
del monarca por este asunto, advirtiendo “che S.B. deve mirare per l’autorità del
Rè e non discreditarlo col mondo anche nelle qualità delle gratie” 108. En otras cartas
fechadas en el año 1631, el nuncio comunicaba a Roma las opiniones de la corte,
sobre todo las quejas del Conde-Duque y del confesor del Rey, al recordar cómo
al P. Fernando de Mendoza, confesor de la condesa de Lemos, hermana del duque
de Lerma, se le había concedido el obispado de Cuzco. O el caso del P. Roberto
Bellarmino que había sido Arzobispo de Capua. La conclusión a la que se había
llegado en la corte era que el P. Salazar “por haver servido al Rey, traía tantas

105 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 226r: Vitelleschi al duque de

Olivares. 22 de enero de 1630.


106 El memorial del P. Aguado en A. SANTOS HERNÁNDEZ, S.I.: Jesuitas y obispados...,
op. cit., I, pp. 206-208.
107ASV, Segreteria di Stato Spagna 70, f. 345r-v: El nuncio Patriarca de Antioquía a
Roma. Madrid, 19 de septiembre de 1630.
108 ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, f. 96r.

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Capítulo VI

dificultades y contradicciones a Su Beatitud” 109. El problema, tal y como trataba


de argumentar el nuncio a los cortesanos ofendidos por este tema, era que todas las
promociones de otros jesuitas a las que se había hecho referencia, habían sido rea-
lizadas por el Papa, no por instancia de un príncipe lo que:
è gran differenza il prendersi del Papa un soggeto di suo proprio moto, o il promuoversi
ad istanza d’altri, essendo molto evidente la maggioranza del danno esemplare, e
dell’ambitione, che cagiona il secondo modo (...) perche i sommi pontefici hanno promosso
gesuiti di lor moto proprio, e non ad instanza de’ principi 110.
Dado que el obispado, ya fuera el de Málaga o el de Indias, era imposible por la
negativa de Urbano VIII, Olivares buscó otro cargo para su confesor de forma que
pudiera seguir acudiendo a las juntas de gobierno 111. El monarca, a instancias de
su confesor y del Conde-Duque reunió a un grupo de teólogos en julio de 1631 para
que opinaran sobre si un religioso de la Compañía podía ocupar otros cargos, como
regentar un obispado, un cargo inquisitorial o la propia presidencia de un Consejo,
sin que ello contrariase el cuarto voto jesuita de obediencia al Pontífice. Los teólogos,
elegidos por Olivares, como no podía ser de otra manera, aseguraban que sí podían
ocupar otros cargos, siempre y cuando el religioso fuese útil y:
è necessario per il bene comune della Repubblica, per quanto l’obbedienza dovuta al Rè
dal Religioso es primera y mas antigua que la que se debe alli prelati, porque la que se
debe al Rè è naturale, e la dovuta alli Prelati procede da un voto, che volontariamente
si fece.
Con esta resolución a su favor, el monarca ordenaba al P. Salazar que aceptase
un puesto en el Consejo de la Suprema Inquisición 112. El nuncio informaba a

109 ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, ff. 29v-31r: Del Patriarca de Antioquia, nuncio

en España a Roma. Madrid, 14 de enero de 1631.


110 Ibidem, ff. 70v-71r: Monseñor Patriarca de Antioquia, nuncio en España. Cifrada el 14

de junio de 1631.
111 “Al medesimo padre Salazar intendo viene destinato l’ufficio del Commissario della Crociata,
che tiene hoggi di il Padre confessore del Rè, il quale intedo venga proposto per Inquisitor
Maggiore. E ben si vede, che’l procurarle dignità speciale e con intento d’impiegarlo qui in
Corte, essendo egli hoggi di quello che nelle giunte, che sono qui frequentissime, e più impiegato
d’ogn’altro ministro” (Ibidem, f. 85v: De Roma a Monseñor Patriarca de Antioquia,
nuncio en España. Cifrada el 4 de junio de 1631).
112 Ibidem, f. 106r-v: De Madrid, de Monseñor Patriarca de Antioquía, nuncio en España.
8 de julio de 1631.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Roma del nuevo cargo del P. Salazar como consejero inquisitorial, donde “s’arroga
gia grandemente autorità” 113. Paradójicamente, su entrada en el Consejo no le hizo
abandonar su idea de ser arzobispo de Charcas, sino que le dio mayor ímpetu para
exigir a Roma dicha dignidad. Se pensó incluso, en noviembre de 1631, que el P.
Salazar se pasase a otra religión, desde la que poder obtener el arzobispado indiano
sin tantos obstáculos 114. Finalmente, la constante presión a Roma hizo que Urbano
VIII concediera el arzobispado siempre y cuando mantuviera “las condiciones que
Su Beatitud expresa en el breve que sobre este punto tiene concedido” 115, es decir,
que Felipe IV no podía proponer nunca más jesuitas para una mitra, que el P. Sa-
lazar no podía ser trasferido a otra sede, y por último, la prohibición de vestirse
como obispo, y mucho menos recibiría la consagración episcopal. Este breve, de
nuevo, fue una deshonra para Olivares, una afrenta directa del Pontífice que acep-
taba la propuesta del príncipe, pero determinaba sus condiciones, que hicieron del
P. Salazar un arzobispo de Charcas “electo”, pero nunca en funciones 116. Felipe IV
permitió entonces que el P. Salazar no se marchara al Perú, al mismo tiempo que
gozaría de una nada desdeñable pensión anual 117.
Desde el preciso instante en que el P. Salazar consiguió su plaza en el Consejo
Inquisitorial, no tuvo más remedio que dejar de confesar al Conde-Duque. Fue
entonces cuando Roma aprovechó para mover los hilos situando en tan importante
cargo a un religioso fiel a sus intereses y confidente del General de la Orden 118.

113 ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, f. 160v: De Madrid, del Patriarca de Antiquía
nuncio en España. 30 de agosto de 1631.
114 Ibidem, f. 234r: De Madrid, del nuncio. 14 de noviembre de 1631.
115 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 292r: Vitelleschi al P. Hernando de

Salazar. 2 de enero de 1634.


116 A. SANTOS HERNÁNDEZ, S.I.: Jesuitas y obispados..., op. cit., I, p. 210.
117 Informaba el nuncio a Roma:
“Il P. Salazar ha accetato l’arcivescovado de las Ciarcas con intentione ferma datali,
di che si consacrarà in Spagna, e che non andrà per due anni all’India, dentro de’ quali
pensa, di rinunciar la Chiesa rimanendo con la dignità, e con haver percepito i frutti di
costì, che sono in una gran quantità di migliaia di ducati valendo m/60 reali da otto la
Chiesa” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 345 [1632-1634], f. 15v: De Madrid, del
Arzobispo de Antioquía, nuncio en Madrid. 24 de julio de 1632).
118 Señalaba el nuncio:

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Capítulo VI

En ningún momento, tal y como informaba el nuncio, Olivares dudó en poner su


conciencia en manos de otro jesuita, a pesar de los problemas surgidos entre Roma
y el P. Salazar. Y es que Olivares siempre fue protector de la Compañía. No solo él,
sino también su padre, don Enrique de Guzmán, quien apoyó a la Orden cuando
había sido embajador en Roma o virrey de Nápoles. También la madre de Olivares
tuvo por confesor a un jesuita, el P. Juan de Cetina, y su tía, hermana de don En-
rique, doña Ana Félix de Guzmán, marquesa de Camarasa, también se confesaba
con jesuitas como el P. La Puente, mostrándose siempre como una de las princi-
pales benefactoras de la Compañía llegando a fundar dos colegios y, poco después,
el noviciado de Madrid (1602) 119. Si bien es cierto que se reconoce al P. Francisco
Aguado como el siguiente confesor del Conde-Duque, no es tan conocido que
desde Roma se propuso primero al P. Luis de la Palma como nuevo confesor, uno
de los pocos jesuitas de las primeras generaciones, que nunca dejó de ser fiel a los
Generales en Roma 120. No obstante, el P. La Palma se tuvo que excusar por su
mala salud y su avanzada edad para tan importante cargo. Es evidente que en este
momento el P. La Palma propuso a Olivares que le dirigiese espiritualmente su
discípulo y gran compañero el P. Francisco Aguado. Este último escribía, al fallecer
el P. La Palma en 1641, que:

“Il P. Salazar, dopo che entrò nell’Inquisitione, non confessò più il Conte il quale ha
chiesto alla Compagnia che le proponga soggetti per confessori suoi, e fra tanto si confessa
col confessore della contessa d’Olivares, che è un prete Benefitiato di S. Giovanni” (ASV,
Segreteria di Stato Spagna 72, f. 110r-v: De Madrid, del Arzobispo de Antioquía,
nuncio en Madrid. 19 de julio de 1631).
119 C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis de la Puente..., op. cit., pp. 266-268; G.

MARAÑÓN: El Conde-Duque de Olivares..., op. cit., p. 238; J. MARTÍNEZ DE LA ESCALERA, S.J.:


“Mujeres Jesuíticas y Mujeres Jesuitas”, en A Companhia de Jesús na Península Ibérica nos secs.
XV e XVI, Oporto: Centro Inter-Universitário de História da Espiritualidade, 2004, p. 382.
120 El P. Luis de la Palma (1559-1641) nació en Toledo, ingresó en el noviciado de Alcalá,
completados sus estudios se marchó a Madrid como predicador y, pronto, el general Aquaviva
le tomó como uno de los superiores más fieles a su gobierno, de modo que no dejó de ser
superior de diversos colegios de la Provincia de Toledo, durante más de treinta años (fue rector
de Talavera, Villarejo, Alcalá, Madrid, Murcia), luego se le confió dos veces el provincialato de
Toledo (de 1614 a 1617 y de nuevo de 1624 a 1627), en medio, el gobierno del colegio Imperial
(1618-1622), luego la casa profesa de Madrid (1627-1629) y por último el rectorado del colegio
de Alcalá (1630-1633). Sus últimos años de vida los pasó enfermo, prácticamente ciego (F.
CERECEDA, S.I.: “Carta necrológica sobre el P. Luis de la Palma”, op. cit., pp. 155-161).

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

por espacio de cuarenta años me ha hecho Dios merced de poder tratar a este
venerable varón –La Palma– siendo su ayudante y compañero en el oficio de
Provincial y comunicándole 121.

En un principio, el P. Aguado trató de excusarse del cargo de confesor de Oli-


vares, por las críticas que había recibido el anterior confesor, el P. Salazar, de
parte de la curia jesuítica, pero fue precisamente el general Vitelleschi quien le
instó para tomar el cargo:
Pareció a los superiores que tomasse esta carga sobre sus hombros, y confesase
a aquel caballero, como lo pedía, fiado de la divina bondad, que le daría gracia para
ello, y que sería para grande bien de su alma y de toda la monarquía, que no era
pequeño servicio de Dios 122,

pero también por el gran favor, que desde tan elevada posición en la corte, podría
hacer a la Compañía y a los intereses de Roma, siempre con la debida cautela y
sigilo, tal y como se desprende de la siguiente carta del General al P. Aguado en
octubre de 1631, cuando acababa de tomar el cargo de confesor:
Escribí a Su Excelencia –Olivares– dándole las debidas gracias por la
particular merced que en esto ha hecho a la Compañía y mostrando el consuelo
que todos hemos recibido de la acertada elección que ha hecho de persona tan
digna como V. R., que hará ese officio con entera satisfacción y me ayudará a
corresponder en algo a las grandes y antiguas obligaciones que la Compañía
tiene a Su Ex. y a su casa. Ya sabe V. R. que teniendo V. R. ese puesto, como lo
tiene, muchos han de querer valerse de su ayuda, y favor y no pocos de ellos me
pedirán como ya lo han comenzado a hacer, que interceda por ellos, escribiendo
a V. R., y aunque yo procuraré escusarme lo más que pudiere, muchas vezes me
hallaré obligado a hacer semejantes intercesiones. V. R. sepa y esté advertido que
en quantas hiciere, no es mi intento que V. R. haga alguna diligencia que sea de
algún inconveniente, ni desdiga en algo de nuestro modo de proceder 123.

121 F. CERECEDA, S.I.: “Carta necrológica sobre el P. Luis de la Palma”, op. cit., pp. 155-
161.
122 Alonso DE ANDRADE, S.I.: Vida del venerable padre Francisco Aguado. Provincial de la

Compañía de Jesús en la provincia de Toledo, y predicador de la Magestad del Rey de las Españas
don Felipe Quarto N. S. por el Padre Alonso de Andrade de la Compañía de Jesús, natural de
Toledo, calificador del consejo supremo de la Santa y General Inquisición. 1658, p. 267 (BIHSI,
Fondo Antico, 16. A).
123 ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), f. 192v: Vitelleschi al P. Francisco Aguado. 20 de octubre
de 1631.

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Capítulo VI

Durante doce años el P. Aguado confesó al Conde-Duque, hasta que cayó en


desgracia. En ese tiempo, el P. Aguado también se ganó la confianza de Felipe IV 124.
Ciertamente, el P. Aguado se dedicó más a las cuestiones espirituales que el P. Sa-
lazar, y aquellas que eran de carácter terrenal le llegaban por mandato del general
Vitelleschi, quien encontró en Aguado su fiel agente en la corte para satisfacer las
demandas de las élites italianas. Entre las órdenes que recibía de Roma, el P. Aguado
debía interceder por los siguientes nobles: en octubre de 1631 intervino a favor de
un pleito que doña Juana Spínola Pavese tenía en Nápoles. En diciembre de 1631
ayudó a Ottavio Villano, regente del Consejo de Italia. Por las mismas fechas consi-
guió un beneficio eclesiástico en Milán para el conde Alfonso Lita, que había sido
solicitado por el gobernador de Lombardía, el duque de Feria. Asimismo, Vitelleschi
pedía ayuda al P. Aguado cuando se trataba de alguna prelacía o beneficio en Aragón.
En agosto de 1633, el P. Aguado debía reunirse con el presidente del Consejo de
Aragón, duque de Alburquerque, para conseguir que el doctor Miguel Aguiló fuese
nombrado obispo de Urgell. La fidelidad del P. Aguado al general Vitelleschi con-
tinuó tras la caída en desgracia de Olivares, y aunque dejó de ser confesor, siguió
colaborando con Roma. De modo que en enero de 1643, el P. Aguado debía conse-
guir para el obispo de Gaeta (reino de Nápoles), la promoción a una de las iglesias
del reino de Aragón 125.
Si bien es cierto que el P. Aguado nunca buscó recursos económicos para con-
tinuar las guerras en las que se encontraba inmersa la Monarquía, como sí lo
hizo el P. Salazar, sí que tuvo un papel fundamental en otro sentido; apoyó la
nueva ideología que Roma quería imponer en la corte madrileña y que favorecía
la sumisión de la Casa de Austria a los intereses de la Iglesia, como se verás más
adelante.

124 El monarca “quiso valerse de su consejo en una de las cosas mas importantes que
penden de su cuidado, que es la provisión de los obispados, no solo de estos reinos, sino de todos
los sujetos a su corona, Italia, Portugal, y las indias orientales y occidentales, remitiéndole todas
las consultas, mandándole que diesse su parecer en ellas, declarando a quien tenía por mas digno
de la mitra que se consultaba”. Pero además, Felipe IV “deseando dar algún premio a sus
méritos, le hizo su predicador, para que tuviesse mas entrada en su palacio y en público y en
secreto le avisasse lo que convenía para su alma y para el buen gobierno de sus reinos” (Alonso
DE ANDRADE, S.I.: Vida del venerable padre Francisco Aguado..., op. cit., pp. 275-277).
125 Los encargos de Vitelleschi al P. Aguado en J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de
Jesús y el poder..., op. cit., pp. 260-262.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

El papel de la Compañía en el confesionario del valido resultó fundamental a la


hora de favorecer los intereses de la Monarquía o del Papado. Pero hubo un grupo
de jesuitas en la corte de Felipe IV que criticaron directamente la política de Olivares
y contribuyeron a desprestigiar su imagen y a su posterior caída en desgracia. Este
fue el caso del P. Agustín de Castro, nombrado predicador real en 1635 126. El P.
Agustín de Castro entró en la corte por mediación del P. Francisco Aguado, quien
le propuso a Felipe IV para ocupar la cátedra de política en los Reales Estudios del
Colegio Imperial, cargo que el P. Castro ocupó de 1630 a 1646 127. En un principio
el P. Castro mostró su agradecimiento al Conde-Duque por haber sido nombrado
predicador real en 1635. La manera que encontró para alabar al poderoso valido fue
escribir en 1636 un breve tratado dedicado a Olivares, donde exponía las virtudes
de los ministros del rey, poniendo de manifiesto los beneficios que reportaba al mo-
narca el hecho de tener un valido a su lado 128. No obstante, al poco tiempo de estar
en la corte, el P. Agustín de Castro se opuso a la política de Olivares y de su confesor
jesuita, el P. Fernando Salazar 129. Al mismo tiempo que representaba los intereses
del grupo enemigo de Olivares en la corte, liderado por la propia reina Isabel de
Borbón, gran protectora del predicador. Con la aprobación de la reina, los sermones
del P. Castro criticaban la implicación del P. Fernando Salazar en el gobierno de la
Monarquía Católica, especialmente su “inventiva” para imponer nuevos impuestos
a los vasallos como el “papel sellado”. Informaban de ello las cartas de los jesuitas:

126 J. ESCALERA, “Castro, Agustín de”, en DHSI, Roma, 2001, I, p. 707.


127 La recomendación del P. Aguado al monarca demuestra la amistad entre ambos jesuitas:
“Para la cátedra de Políticas (…) tengo muy a propósito la de Agustín de Castro,
de la Provincia de Castilla, el cual ha profesado y leído letras humanas, filosofía y
teología muchos años con mucha satisfacción y es tenido por muy aventajado
ingenio. También ha predicado con singular aplauso algunos años y siendo fuerza
que los oyentes de esta cátedra, los más sean de capa y espada y gente que no ha
profesado otras letras, parece muy conveniente el talento del púlpito para leerla con
lucimiento” (J. SIMÓN DÍAZ: Historia del Colegio Imperial..., op. cit., I, p. 188).
128 P. Agustín DE CASTRO: Conclusiones políticas de los ministros al excelentísimo Señor
Conde-Duque, gran Chanciller, camarero, y caballerizo mayor de su Magestad. Questión princial.
Qual sea mas estimable Ministro en la Republica, el de mucha fortuna en los sucessos, ò el de
mucha atención en los consejos, Madrid: en los Estudios Reales del Colegio Imperial de la
Compañía de Jesús, 9 de mayo de 1636, p. 10 (BNE, VE/9/25).
129 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 109.

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Capítulo VI

De nuevas hay que estos días hemos tenido en casa gran batalla entre el P.
Salazar y el P. Agustín de Castro: el P. Salazar, sentido de que Castro había
predicado en dos sermones de la Cuaresma contra él, se quejó al Conde-Duque,
porque la materia de esta queja tocaba en haber reprendido el arbitrio del papel
sellado por lo que tocaba á los religiosos. El Conde mostró grave enojo del caso,
tanto, que se llegó á publicar que desterraban á Castro. Háse compuesto este golpe
de suerte que no correrá sangre 130.

Las críticas del P. Castro en sus sermones también apuntaban directamente


a la política del Conde-Duque:
Este reparo tuvo mucha alma por lo sucedido en las dichas juntas por orden
del Conde, y no todo se puede escribir; pero nada de esto fue “la petra scandali”,
sino un Excelencia en que el padre –Agustín de Castro– se descuidó en este
sermón, pues al decir que Olofernes atropellando razones y derechos divinos y
humanos, decía que no había más razón, ni más derecho, ni más Dios que el gusto,
voluntad y servicio de su Rey, se fué á la mano diciendo: repare V.E. Dicen, (no sé
qué verdad tengan), que las damas há muchos días que al Conde le llaman
Olofernes, y que luego que oyeron al padre decirle á Olofernes de Excelencia,
tuvieron grande fiesta, y que de esto tuvo noticia la condesa de Olivares, que
también la tenia del nombre con que al Conde ellas le llamaban, y que ella ha sido
la del sentimiento; que el Conde no oyó esto, que ya se había apartado de la tribuna
cuando el padre lo dijo, y el padre no se acuerda haberlo dicho, y mucho menos
sabía que tal nombre corriese en Palacio 131.

La equiparación del Conde-Duque con la figura de Holofornes en el sermón


del P. Castro, viene a corroborar el lenguaje bíblico dotado de gran simbolismo,
usado por la Compañía, para hacer referencia a los principales personajes de la
corte. Si en tiempos de la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, el ge-
neral Aquaviva escribía al P. Haller, confesor de la reina, llamando a la reina con
el nombre de Ester porque salvó a la Compañía de la persecución del duque de
Lerma, esta vez, se recurría a otro relato del Antiguo Testamento; la de Holofornes
y Judit. El episodio bíblico narraba el asedio de la ciudad Betulia por parte del
general Holofernes, enviado por el rey asirio Nabucodonosor, y la salvación de

130 P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XIV (1862), pp. 88-89. Del P. Antonio Velázquez al P. Rafael Pereyra. Madrid, 22 de abril
de 1637.
131Ibidem, pp. 104-106. Del P. Cristóbal Pérez al P. Rafael Pereyra. Madrid, 28 de abril
de 1637.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Judit a su ciudad, perpetrando la muerte de Holofernes. De modo que la astucia


de una sola mujer, con ayuda de la gracia divina, pudo con todo un ejército. Las
Sagradas Escrituras lo narran de la siguiente forma; durante un banquete en el
que el general acabó embriagado, Judit aprovechó para decapitarle, ofreciendo
más tarde la cabeza de Holofernes a sus conciudadanos:
Avanzó, después, hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza
de Holofernes, tomó de allí su cimitarra, y acercándose al lecho, agarró la cabeza de
Holofernes por los cabellos y dijo: “¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este
momento!” Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó
la cabeza (Judit 13,6-8).

Como no podía ser de otra manera, si el malvado Holofernes era Olivares, que
estaba asediando al pueblo con los impuestos a causa del acelerado ritmo de guerras
en Europa, la representación de Judit, la “heroína” amada por sus vasallos, era la
reina Isabel de Borbón que debía acabar con la carrera del valido 132. La complici-
dad del predicador jesuita con las damas de la reina, quienes llevaban tiempo iden-
tificando a Olivares como Holofernes, y el posterior júbilo de éstas al escuchar este
símil en el sermón del P. Castro, tal y como muestra la carta jesuita, confirman la
implicación de la reina Isabel en esta batalla de crítica y desprestigio contra el
Conde-Duque.
La reacción de Olivares y de su confesor, el P. Fernando Salazar, contra el
predicador jesuita no se hizo esperar; exigían la expulsión inmediata del P. Castro
de la corte 133.
Al igual que el predicador jesuita, otros religiosos que habían predicado con-
tra los impuestos del valido y su confesor, fueron perseguidos por Olivares. Pero

132 T. EGIDO LÓPEZ: “La sátira política, arma de oposición a Olivares”, en J. H.

ELLIOTT y A. GARCÍA SANZ (coords.): La España del Conde-Duque de Olivares, Valladolid:


Universidad de Valladolid, 1990, p. 364; V. BERMEJO VEGA: “Acerca de los Recursos de la
Iconografía Regia; Felipe IV, de Rey sol a nuevo Salomón”, Norba-arte 12 (1992), p. 163.
133 Tal y como informaban las Noticias de Madrid el 18 de abril de 1637:
“A los superiores de la Compañía se les ha mandado que echen de aquí al P.
Agustín de Castro, que siempre ha andado muy fino en cosas del servicio de S. M.,
pero esta vez se descuidó en el sermón del Concilio que tuvieron los judíos para
matar á Christo, haciendo una grande invectiva, con esta ocasión, contra las juntas
en que entran ignorantes, y pareció notar al P. Salazar con quien tiene encuentros, y
al P. Confesor. Su religión le ampara, y pide que no le echen sin hacerle cargo”.

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Capítulo VI

también hubo otros eclesiásticos que favorecieron la causa del Conde-Duque,


por lo que sus críticas iban dirigidas al gran enemigo de Olivares: la “triunfante
Roma”.
Salió desterrado el P. Ocaña, capuchino, porque predicó contra el papel sellado,
y tanto tributo, ponderando que todo ello sería aun de llevarse, si se emplease en
defensa del Reino, pero que no era de sufrir que se gastase en impertinencias y
fábricas inútiles. Al agustino descalzo han mandado que no predique más. El que
llaman capuchino trinitario, ha ofendido grandemente al Sr. Nuncio, porque
clamando en su sermón que todos eran contra España, y hablando con el Conde-
Duque, llamándole príncipe sabio le pidió que nos amparase, porque la triunfante
Roma y el Papa eran contra nosotros por sus intereses particulares 134.

El P. Ocaña al que hacía referencia la noticia es muy probable que se tratara de


fray Juan de Ocaña, confesor de la reina Isabel, que fue alejado de la corte por Oli-
vares 135. Con todo, mejor fortuna corrió el predicador jesuita Agustín de Castro,
pues el Conde-Duque no consiguió alejarle de la corte como quería, debido a la
protección que le brindó la Reina, enemiga de la política de Olivares, y por el apoyo
que recibió del P. Francisco Aguado y del General de la Orden, quienes consiguie-
ron que el P. Castro siguiera ejerciendo de predicador en la corte. Llama la atención
la defensa que el confesor de Olivares, el P. Aguado, hizo del P. Castro provocando
el descontento del valido, pues estaba en boca de toda la corte:
De lo que todos dicen que ha quedado muy disgustado el Conde, después
de otros lances sobre el caso, es de la respuesta que el P. Visitador, P. Provincial,
con el P. Aguado, llamados del Conde uno de estos días, dieron á las quejas que
de la Compañía tenía y dió S. E. 136

Lo que no pudieron impedir fue la persecución que sufrió el P. Antonio He-


rrera, compañero del P. Castro, que predicó el 3 de abril de 1637 en contra de la
actuación política del P. Fernando Salazar 137. Olivares exigió inmediatamente el

134 Cita P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús...,

op. cit., XIV (1862), p. 106.


135 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., pp. 109-110.
136 P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit.,
XIV (1862), pp. 104-106. Del P. Cristóbal Pérez al P. Rafael Pereyra. Madrid, 28 de abril de 1637.
137 F. BENIGNO: La sombra del rey. Validos y lucha política en la España del siglo XVII, Madrid:
Alianza, 1994, p. 200; F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 110.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

destierro de la corte del P. Herrera. El trasfondo de su salida tenía que ver con
la enemistad de Olivares hacia el Almirante de Castilla, a quien confesaba el P.
Herrera 138. En 1647, tras la caída de Olivares, el P. Antonio Herrera, regresaba
a la corte, con el nombramiento de predicador real 139.
La cercanía del P. Agustín de Castro a la reina y al joven príncipe Baltasar
Carlos quedaba manifestada en un tratado que escribió el jesuita en 1638, tras
todos los altercados ocurridos con sus sermones de tono político. El P. Castro de-
jaba bien clara su afiliación al partido de la Reina y del Príncipe, y a través de su
opúsculo daba consejos al príncipe para cuando él se convirtiera en monarca. En
la undécima conclusión “Como se ha de aver el Príncipe en las materias de Religión”,
el P. Castro aconsejaba al príncipe que lo más importante para gobernar era el
respeto al Pontífice y el temor al castigo de Dios 140. Finalmente, bajo la protección
de la Reina y del joven príncipe Baltasar Carlos, el P. Castro se consolidó en la
corte tras la caída del valido en 1643, al menos durante un tiempo. Tanto fue así,
que el jesuita fue miembro de la Junta de Conciencia, reunida en 1643, encargada
de velar por la justicia de los impuestos del equipo de gobierno anterior (el de
Olivares). El predicador habló con claridad en dicha junta de la injusticia de los

138 D. L. SHAW: “Olivares y el Almirante de Castilla (1638)”, Hispania 27/106 (1967),


pp. 342-353.
139 F. NEGREDO: “La Real capilla como escenario de la lucha política. Elogios y ataques
al valido en tiempos de Felipe IV”, en J. J. CARRERAS y B. J. GARCÍA GARCÍA (eds.): La capilla
real de los Austrias. Música y ritual de corte en la Europa moderna, Madrid: Fundación Carlos
de Amberes, 2001, p. 333.
140 “La Religión, aunque es virtud de todos, es más propia del Príncipe, que de los demás,
porque su oficio es, defenderla, propagarla, y autorizarla. La Religión se defiende,
oponiéndose a sus enemigos, se propaga, dilatándola entre infieles, se autoriza,
atendiendo al culto y veneración de Dios (…) Lo tercero que pertenece al Príncipe
acerca de la Religión es autorizarla con la piedad, y grangear la estimación con la
riqueza. Conseguirán los Reyes este tan generoso intento, con los edificios de templos
sumptuosos, de grandiosos conventos, con ricos dones de oro y plata, para servicio de
los Altares, con gruessas rentas para el sustento de sus ministros, con la asistencia
frequente a las festividades de los Santos, a oir la palabra de Dios, con la sumisión con
que se porta al Sumo Pontífice, finalmente, con el temor de Dios, y de sus juizios” (P.
Agustín DE CASTRO: Conclusiones políticas del príncipe, y sus virtudes al Serenissimo
príncipe de las Españas Nuestro Señor. Question Principal. ¿Quién deva a quien más amor,
el Príncipe a los vassallos, o los vassallos al Príncipe?, Madrid: Imprenta Real, 1638, f.
11r-v [BNE, VE/1336-14]).

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Capítulo VI

impuestos, votando en contra de los tributos implantados durante el gobierno de


Olivares 141. No obstante, el fallecimiento de la reina Isabel en octubre de 1644 su-
puso la paulatina pérdida de influencia del P. Castro en la corte madrileña, hasta tal
punto, que dos años más tarde, en 1646, abandonó su cátedra en el Colegio Imperial.
En la defensa de Olivares en El Nicandro, se reflejaban las quejas del valido y
su grupo hacia los predicadores, que con sus sermones, persuadían y convencían
de cuestiones terrenales:
No es de menor sentimiento el que los predicadores usen de las palabras
divinas para apoyar sus pasiones y que con la espada del Evangelio quieran
vengarlas (…), haciendo al púlpito teatro de la maledicencia, satirizando a personas
particulares y no reprendiendo pecados 142.

EL PAPEL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS


EN LA ELABORACIÓN DE LA “PIETAS AUSTRIACA”

En el siglo XVII el Papado consiguió extender su ideología religiosa por las di-
ferentes cortes europeas católicas. En esta empresa, los Pontífices contaron sobre
todo con el apoyo de la Compañía de Jesús y de las órdenes reformadas, que se en-
cargaron de difundir una espiritualidad más radical y una mayor dependencia de
los príncipes al Papado. Ya se ha estudiado cómo el confesionalismo romano se fue
implantando en la Monarquía hispana especialmente durante el reinado de Feli-
pe III. De igual manera, Roma no quiso perder la ocasión de influir en la política
de la otra rama de los Austrias, la imperial, pero para ello, tuvo que esperar a la lle-
gada al trono imperial de un católico radical, el emperador Fernando II (1619-1637).
También en el caso del Sacro Imperio, la Compañía de Jesús y los descalzos cola-
boraron activamente con el pontífice Urbano VIII para tratar de unificar en una
misma religión, la católica, a un Imperio dividido en confesiones. Asimismo, la
Compañía influyó de manera decisiva en otra cuestión propagandística e ideológica
que afectaba a ambas ramas de la dinastía de los Austrias, la austriaca y la hispana;
se trataba de impulsar la idea de la Pietas Austriaca en la que el emperador y el mo-
narca hispano mostrasen públicamente su obediencia a la Iglesia.

141 R. CUETO: Quimeras y sueños. Los profetas y la Monarquía Católica..., op. cit., pp. 80-81.
142 Citado por G. MARAÑÓN: El Conde-Duque de Olivares..., op. cit., p. 596.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Para el caso de la rama austriaca de los Habsburgo, los excelentes estudios del
profesor Robert Bireley sobre la Compañía de Jesús en el Imperio durante la Guerra
de los Treinta Años, han arrojado mayor luz sobre el papel que jugaron los jesuitas
como agentes de Roma en la política religiosa del emperador Fernando II 143. Al
igual que Bireley, otros especialistas 144 han analizado en detalle la vigorosa política
confesional implantada en el Sacro Imperio en tiempos de Fernando, tomando como
referencia las pautas confesionales estudiadas por H. Schilling y W. Reinhard 145.
De este modo, durante el gobierno de Fernando II se consiguió crear una sólida es-
tructura burocrática capaz de aumentar la autoridad de un Emperador, fiel a los de-
signios de Roma. En primer lugar se concentró en Viena, residencia del Emperador,
toda la administración y la autoridad judicial de los territorios de Austria y Bohemia.
Asimismo, en 1624, la chancillería de Bohemia fue trasladada de Praga a Viena y el
obispado vienés fue elevado a imperial en 1631, cambios que ayudaron a elevar aún
más el estatus de la ciudad 146. En el aspecto religioso, los confesores y predicadores

143 R. BIRELEY, S.I.: “Fernando II: Founder of the Habsburg Monarchy”, en R. J. W.


EVANS y T. V. THOMAS (eds.): Crown, Church and Estates. Central European Politics in the
Sixteenth and Seventeenth centuries, London: MacMillan, 1991, pp. 226-244.
144 R. J. W. EVANS: The Making of the Habsburg Monarchy. 1550-1700, New York:
Oxford University Press, 1979; C. W. INGRAO (ed.): State and Society in Early Modern
Austria, Lafayette (In): Purdue University Press, 1994.
145 Heinz Schilling y Wolfgang Reinhard marcaron las pautas para comprender la labor
conjunta de la Iglesia y el Estado en el proceso confesional; por un lado Schilling defendía que
el confesionalismo fue el motor del desarrollo del estado moderno con el crecimiento de una
burocratización, y de un fuerte elemento de centralización (H. SCHILLING: Konfessionskonflikt
und Staatsbildung: Eine Fallstudie über das Verhältnis von religiösem und sozialem Wandel in der
Frühneuzeit am Beispiel der Grafschaft Lippe, Gütersloh: Mohn, 1981; H. SCHILLING [ed.]: Die
reformierte Konfessionalisierung in Deutschland: Das Problem der “Zweiten Reformation”,
Gütersloh: Mohn, 1986; W. SCHULZE: “Concordia, Discordia, Tolerantia. Deutsche Politik im
Konfessionellen Zeitalter”, Zeitschrift für historische Forschung 3 (1987), pp. 43-79], mientras que
Reinhard señalaba que la organización de la Iglesia era el elemento que daba unidad a un
territorio y reforzaba el sentido de identidad, que en el caso de los Habsburgo se identificaba
además con una misma dinastía (W. REINHARD: “Konfession und Konfessionalisierung in
Europa”, en W. REINHARD [ed.]: Bekenntnis und Geschichte. Die Confessio Augustana im
historischen Zusammenhang, Munich, 1981, pp. 165-189; W. REINHARD: “Zwang zur
Konfessionalisierung?”, Zeitschrift für historische Forschung 10 [1983], pp. 257-277].
146E. HASSENPFLUG-ELZHOLZ: Böhmen und die böhmischen Stände in der Zeit des
Beginnenden Zentralismus, Munich, 1982, pp. 72-77.

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Capítulo VI

jesuitas, en colaboración con el Papado, especialmente el P. Guillermo Lamormaini,


confesor del Emperador, infundieron en Fernando la obligación, como líder de los
príncipes cristianos, de defender la Iglesia y unificar sus territorios a través del ca-
tolicismo 147. De modo que el Papado había encontrado en el joven Fernando el em-
perador que llevaría a cabo la unificación del Imperio a través del catolicismo
romano, dejando de lado la política religiosa de los anteriores emperadores, bastante
permisivos con el resto de confesiones. Efectivamente, en abril de 1605, el nuncio
imperial monseñor Ferreri escribía al papa León XI lamentándose de la situación
por la que atravesaba el Imperio, roto por las luchas interconfesionales entre católicos
y protestantes, y ante la indiferencia de un Emperador, Rodolfo II, que no ponía re-
medio a esta complicada situación 148. Al mismo tiempo había que procurar cuanto
antes la llegada de un emperador fuerte y convencido católico, fiel al Pontífice, que
estuviese dispuesto a devolver la unidad religiosa al Imperio:
Si procurano da tutti li principi christiani che si assicuri quanto prima l’Impero di
un Cattholico, che sarà l’unico rimedio di salvare la religione et l’Imperio, et per
consequenza la repubblica christiana 149.

El archiduque Fernando era la persona idónea para convertirse en el nuevo


Emperador, dada su procedencia de la rama Estiria, que siempre se había mostrado
fiel a los intereses políticos y espirituales de Roma, como se había mostrado su her-
mana, la reina Margarita de Austria, en la corte hispana, de modo que, desde un
principio, Fernando encontró apoyo en los Pontífices para proclamarse Emperador.
En el sistema confesional instaurado por Fernando II en el Imperio, como no
podía ser de otra manera, la Compañía de Jesús jugó un papel fundamental para
imponer las ideas religiosas en la sociedad, creando toda una red de colegios en el

147 R. BIRELEY, S.I.: “Fernando II...”, op. cit., p. 233.


148 “Concludo dunque che con pace non si possa trovare da niuna parte rimedio e che tutto il
male nasca dalle machinationi dei principi protestanti; conviene cercare di distruggere le
machine loro con le negotiationi e con la forza (…) Inoltre, levare l’incertezza del successore
con qualche forma, perchè questo abbatterebbe l’ali senza dubbio alli protestanti” (Praga, 25
de abril de 1605. Cita en O. MEYER [ed.]: Nuntiaturberichte Aus Deutschland Siebzehntes
Jahrhundert. Nebst Ergänzenden Aktenstücken. Die Prager Nuntiatur des Giovanni
Stefano Ferreri und die Wiener Nuntiatur des Giacomo Serra, 1603-1606, Berlín: Verlag
Von A. Bath, 1913, pp. 356-362).
149 Ibidem.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Imperio al servicio del confesionalismo romano, y controlando además las princi-


pales universidades y centros intelectuales que pasaron, en tiempos de Fernando,
a manos de la Compañía. En 1622, la Compañía controlaba entonces las facultades
de artes, filosofía, y teología de la Universidad de Viena 150. De igual forma, el Co-
legio Germánico de Roma jugó una baza primordial a la hora de imponer la espi-
ritualidad de Roma en el Imperio. En el año 1552 se estableció el colegio Germánico
en Roma, unido al colegio Húngaro desde 1580, que preparaba a los sacerdotes ca-
tólicos para su regreso al Imperio, bajo la atenta mirada del Pontífice 151. Pero ade-
más, la gran mayoría de los alumnos del Colegio Germánico pertenecía a la nobleza,
de modo que la élite del Imperio era educada en la misma Roma, y muchos de
ellos, regresaban a sus tierras como altos cargos de la Iglesia 152.
Ciertamente, la actividad de la Compañía fue importante en el Imperio por la
cercanía al Emperador, quien siempre tuvo confesores jesuitas, y por colaborar en
el sistema confesional imponiendo el catolicismo romano a través de la educación.
Sin embargo, existe una cuestión, menos estudiada, en la que la Compañía también
influyó de manera transcendental; se trataba de favorecer y potenciar la Pietas Aus-
triaca de Fernando II, que justificaba los orígenes de la dinastía y unía la rama aus-
triaca con la hispana de los Habsburgo. A partir de la década de los años veinte del
siglo XVII, al inicio de la Guerra de los Treinta Años, y coincidiendo con el reinado
de Felipe IV y del emperador Fernando II, panegiristas de la casa de Austria, ya fue-
ran españoles, austriacos o italianos, entre ellos destacados jesuitas, fueron los en-
cargados de potenciar el concepto de Pietas Austriaca, que sirvió para destacar
aquellas cualidades espirituales que se consideraban innatas a la dinastía de los
Habsburgo en su doble rama, la austriaca y la española, por medio de las cuales, la

150 K. SPIEGEL: “Die Prager Universitätsunion, 1618-1654”, Mitteilungen des Vereins für die

Geschichte der Deutschen in Böhmen 62 (1924), pp. 5-94; R. BIRELEY, S.I.: “Fernando II...”, op.
cit., p. 239.
151 Para comprender la función que desarrolló el colegio germánico, A. STEINHUBER:

Geschichte des Collegium Germanicum Hungaricum in Rom, Freiburg: Breisgau, 1895, I, pp.
142-145; I. BITSKEY: “Il Collegio Germanico-Ungarico di roma e la formazione della
Controriforma ungherese”, en C. FROVA y P. SÀRKÒZY (eds.): Roma e l’Italia nel contesto
della storia delle Università ungheresi, Roma: Edizioni dell’Ateneo, 1985, pp. 115-126.
152
G. HEISS: “Princes, Jesuits and the origins of Counter-Reformation in the Habsburg
Lands”, en R. J. W. EVANS y T. V. THOMAS (eds.): Crown, Church and Estates..., op. cit., pp. 92-
98.

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Capítulo VI

divina Providencia daba el dominio político a los Austrias, no obstante, dicho poder
se hallaba supeditado al poder espiritual de la Iglesia. Esta potenciación de la piedad
del monarca hispano y del emperador fue defendida por Botero y Lipsius durante
la primera mitad del siglo XVII, de forma totalmente opuesta a la tesis maquiavelista
que desechaba el papel primordial de la Iglesia Católica como unión territorial y
disciplinamiento de un estado. Giovanni Botero, natural de Cuneo, en la región del
Piamonte, estudió en la Compañía en la que luego profesó, no obstante, decidió
abandonar la Orden por sus diferencias con el gobierno del general Aquaviva que
no veía con buenos ojos la radicalidad religiosa que defendía Botero. A su salida de
la Compañía, conectó ideológicamente con la radicalidad religiosa del cardenal Car-
los Borromeo, quien no dudó en acogerlo como secretario suyo, en su diócesis de
Milán en 1582 153. La religión, acorde con la obra más conocida de Botero Della
ragion di Stato (Venecia, 1589), daba coraje en la batalla, responsabilidad civil y obe-
diencia (tal y como ocurrió en la batalla de Montaña Blanca) 154. Según Botero no
había ley más favorable a un príncipe que la cristiana, porque unía las conciencias
de los súbditos, de forma que el cuerpo social obedecía a la Iglesia, como parte fun-
damental de la política de un príncipe cristiano 155. Asimismo, Botero daba un pro-
tagonismo esencial a las órdenes religiosas dado que unificaban los territorios
imponiendo una misma espiritualidad 156. Por su parte, Justus Lipsius, nacido en

153 F. RURALE: “Carlo Borromeo, Botero, Mazzarino...”, op. cit., pp. 289-302.
154 S. GIORDANO: Domenico di Gesù Maria, Ruzola (1559-1630). Un carmelitano scalzo

tra política e reforma nella Chiesa posttridentina, Roma: Teresianum (Institutum Historicum
Teresiaum, Studia 6), 1991, pp. 183-184; S. GIORDANO: “Note sugli Ordini religiosi in
Boemia e Moravia agli esordi della Guerra dei Trent’anni”, en M. C. GIANNINI (a cura di):
Religione, Conflittualità e cultura..., op. cit., pp. 129-157; F. GUI: I Gesuiti e la rivoluzione
Boema. Alle origini della guerra dei Trent’anni, Milán: FrancoAngeli, 1989.
155 R. DESCENDRE: “Une monarchie ‘presque universelle’: géopolitique de l’Empire dans
les Relazioni universali de Giovanni Botero”, en F. CRÉMOUX, J. L. FOURNEL (coords.): Idées
d’empire en Italie et en Espagne (XIVe- XVIIe siècle), Rouen: PURH, 2010, pp. 217-232; J. A.
FERNÁNDEZ-SANTAMARÍA: “Botero, Reason of State, and Political Tacitism in the Spanish
Baroque”, en A. E. BALDINI (ed.): Botero e la “Ragion di Stato”. Atti del convegno in memoria di
Luigi Firpo. Torino 8-10 marzo 1990, Florencia: Leo S. Olschki Editore, 1992, pp. 265-286.
156 A. TENENTI: “Dalla ‹ragion di stato› di Machiavelli a quella di Botero”, pp. 11-22 y M.

G. BOTTARO PALUMBO: “‹Della cagione della grandezza degli Stati›: monarchie e repubbliche
nell’opera di Botero”, pp. 105-123, ambos artículos en A. E. BALDINI (ed.): Botero e la “Ragion
di Stato”..., op. cit.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Flandes, que estudió en la Compañía de Jesús en Colonia, estableció una doctrina


cristiana, con la misma radicalidad religiosa que Botero, para educar a los príncipes.
Como profesor de Lovaina escribió su Monita et exempla politica (Amberes 1605),
dedicada al archiduque Alberto, gobernador de los Países Bajos 157, en la que se afir-
maba que todo el poder de un monarca era recibido de Dios, y que las virtudes más
importantes de un rey eran las derivadas directamente de la Iglesia como la piedad,
la modestia o la clemencia 158. Glorificaba entonces la dinastía de los Habsburgo,
advirtiendo de los peligros y las discordias entre los vasallos, en el caso de que hu-
biera varias confesiones en un mismo territorio 159. En estos teóricos se inspiró Fer-
nando II para llevar a cabo la confesionalización de sus territorios. Ya lo hizo cuando
era archiduque en Inner Austria, expulsando a los protestantes, ahora se trataba de
aplicarlo en el Imperio. Los teóricos políticos de la Pietas veían en las virtudes cris-
tianas la base fundamental de las reglas de un buen gobierno 160. De este modo, las
decisiones militares o políticas debían ir dirigidas para mayor gloria de Dios. Espe-
cialmente en las situaciones críticas, el príncipe debía apartarse para ejercitar su de-
voción con la oración mental, su presencia en las procesiones, o su peregrinación a
los santos lugares. Con Fernando II la dinastía de los Habsburgo, más que nunca,
asumió esta misión espiritual. En este tiempo surgió en el Imperio un libro funda-
mental para el estudio de la Pietas Austriaca, su título era Ferdinandi II. Romanorum
Imperatoris virtutes, escrito por el confesor del emperador Fernando II, el P. Lamor-
maini, que buscaba impulsar la piedad religiosa de su penitente, ensalzando al Em-
perador como ideal de príncipe católico por encima del resto de príncipes cristianos,

157 G. OESTREICH: “Justus Lipsius als Universalgelehrter zwischen Renaissance und

Barock”, en Th. H. LUNSIGNGH SCHEURLEER y G. H. M. POSTHUMUS MEYJES (eds.):


Leiden University in the 17th century, an exchange of learning, Leiden, 1975, pp. 177-201.
158 S. LÓPEZ POZA: “La ‘Política’ de Lipsio y las ‘empresas políticas’ de Saavedra

Fajardo”, Res publica: revista de la historia y del presente de los conceptos políticos 19 (2008), pp.
209-234; B. ANTÓN MARTÍNEZ: “El humanista flamenco J. Lipsio y la receptio del Tacitismo
en España”, en J. M. MAESTRE MAESTRE y J. PASCUAL BAREA (coords.): Humanismo y
pervivencia del mundo clásico: Actas del I Simposio sobre Humanismo y pervivencia del mundo
clásico (Alcañiz, 8 al 11 de mayo de 1990), Cádiz: Universidad de Cádiz, 1993, I, pp. 237-250.
159 T. VAN HOUDT: “Justus Lipsius and the archdukes Albert and Isabella”, Bulletin de
l’Institut Historique Belge de Rome 68 (1998), pp. 405-432.
160A. CORETH: Pietas Austriaca, traducido por W. D. Bowman y A. M. Leitgeb,
Lafayette (In): Purdue University Press, 2004, p. 1.

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Capítulo VI

incluido el monarca hispano, por la estrecha relación y la defensa a ultranza que


todo Emperador –señalaba Lamormaini– había tenido con la Iglesia 161. Este libro
se extendió por toda Europa a mediados del siglo XVII.
De la multitud de prácticas religiosas que propagó Fernando II, como parte del
programa de la Pietas Austriaca, se dio especial relevancia a la devoción de la Euca-
ristía. Ya en el Concilio de Trento, durante la sesión XIII, la presencia real del cuerpo
de Cristo en la Eucaristía (la transustanciación) fue tema central de la asamblea, en
oposición a los protestantes. Desde Trento, la recepción de la comunión fue consi-
derada un instrumento fundamental de lucha de la Iglesia Católica frente al resto
de confesiones. Es preciso recordar aquí la importancia que los reformadores ita-
lianos como Felipe Neri, seguramente el más influyente en la ideología de Roma,
dieron a la frecuente comunión y al rezo de las cuarenta horas delante del Santísimo.
Los jesuitas que luchaban por esta renovación católica que defendía Neri, también
dieron especial importancia a la adoración de la Eucaristía. Entre ellos, cabe destacar
al propio general de la Orden, el P. Muzio Vitelleschi, quien junto a sus hermanos
Marco Antonio y Marcello, de familia noble romana, formaron parte del círculo es-
piritual de Felipe Neri, llegando a mantener una relación muy estrecha con el fun-
dador de la Congregación del Oratorio 162. De este modo, el P. Muzio Vitelleschi
cuando fue elegido General de la Orden jesuita –el sexto después de Aquaviva–,
tenía muy asimilado el valor del sacramento eucarístico, y no dudó en adoptar esta
defensa de la Eucaristía como propia de la Compañía 163. De modo que fue con
Vitelleschi cuando triunfó la ideología de Borromeo y su círculo de jesuitas “refor-
madores” del norte de Italia, mientras que con Aquaviva se había puesto límites a
esta radicalidad religiosa. Precisamente fue en este momento, bajo el gobierno de
Vitelleschi, cuando en el teatro jesuítico el cuerpo de Cristo aparecía como tema
central de las obras que se representaban en los colegios jesuíticos 164.

161A. R. P. Guillelmo GERMAEO DE LAMORMAINI: Ferdinandi II. Romanorum


Imperatoris Virtutes, Antuerpiae: apud Ioannem Meursium, 1638 (BL, 1578.578).
162
R. BIRELEY, S.I.: The Jesuits and the Thirty Years War. King, courts, and confessors,
Cambridge: Cambridge University Press, 2003, p. 22.
163 L. PONNELLE, L. BORDET: Saint Philippe Néri et la société romaine de son temps..., op.
cit., pp. 454-455.
164 C. GONZÁLEZ GUTIÉRREZ: El teatro escolar de los jesuitas (1555-1640): Su influencia
en el teatro del Siglo de Oro, Oviedo: Universidad de Oviedo, 1997.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

No obstante, no fue hasta el siglo XVII cuando la adoración del Santísimo influyó
en la política de los príncipes tomando tintes más radicales; comenzaron a promo-
verse por todo el territorio católico las cuarenta horas de devoción a la Eucaristía,
se multiplicaron el número de confraternidades dedicadas a la Eucaristía, al igual
que las procesiones del Corpus Christi tomaron un protagonismo primordial en el
ceremonial de las Cortes católicas 165. La casa de los Habsburgo, tanto en su ver-
tiente hispana como austriaca, comenzó a tener una relación especial por la Euca-
ristía 166. El jesuita italiano Hortensius Pallavicini escribió sobre esta relación en
su libro Austriaci Caesares, publicado en Milán en 1649 167. Esta adoración de los
Austrias por la Eucaristía, que se conocía como Pietas Eucharistica, formaba parte
de todo el programa religioso de la Pietas Austriaca. A través de la veneración del
viático, el emperador Fernando II y Felipe IV renovaban un vínculo particular con
el conde Rodolfo IV, fundador de la grandeza de la dinastía de los Habsburgo.
Dicho conde se convirtió en modelo de la Casa de Austria, ya que él mostró que la
adoración de la custodia daba gracia divina a la dinastía. El mito devoto de Rodolfo
relataba cómo el conde iba de caza con su séquito y en el camino se encontró a un
clérigo que intentaba bordear un río para llevar el viático a un enfermo. Entonces
Rodolfo, al verlo, descendió de su montura, veneró la sagrada forma y ofreció su
caballo al sacerdote, al que acompañó en su camino. En ese momento, el clérigo
auguró al conde que llegaría a ser Emperador, y que Dios honraría a su linaje con
grandes glorias, como él había honrado el Santísimo Sacramento. Poco tiempo des-
pués, las palabras del sacerdote se cumplieron y el conde se convirtió en el empe-
rador Rodolfo I, iniciando así la saga de emperadores de la casa de Austria. Otras
crónicas explicaban con mayor precisión este providencialismo del conde Rodolfo,
pues parece ser que aquel sacerdote al que dejó su montura en el bosque para llevar
el viático, se encontraba presente en la posterior elección de Emperador, como se-
cretario del arzobispo elector de Moguncia, quien convenció al resto de electores
de las virtudes del conde de Habsburgo y de su devoción al Santísimo Sacramento,

165 M. A. VISCEGLIA: “Entre liturgia y política: El Corpus Domini en Roma (siglos XV-
XVIII)”, en M. A. VISCEGLIA: Guerra, Diplomacia y Etiqueta..., op. cit., pp. 171-224.
166A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, traducido del alemán por Wanda Peroni Bauer,
Milán: TEA, 1993, p. 117.
167 Hortensio PALLAVICINO, S.I.: Austraci Caesares Maria Anno Austriaco potentissimo
hispaniarum regino in dotale avspicivm exhibiti, Mediolani, 1649 (BNE, R/15461).

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Capítulo VI

saliendo finalmente elegido Rodolfo como Emperador de Romanos 168. Sea como
fuere, se interpretó que, por la adoración al cuerpo sacramentado de Cristo por
parte del conde de Habsburgo al viático, y su reverencia a la Iglesia (simbolizada
en la figura del eclesiástico), la Casa de Austria fue elegida por la divinidad para las
mayores glorias terrenales. En tiempos del conde Rodolfo, el papa Urbano IV ins-
titucionalizó la fiesta del Corpus Domini en 1264 como fiesta de la Iglesia universal,
el mismo año en que Rodolfo se encontró al sacerdote. Según el estudio de Anna
Coreth sobre la Pietas Austriaca, la primera crónica franciscana que relató este su-
ceso fue en 1340, cuando Rodolfo I había fallecido en 1291. Ciertamente, si no es
seguro que este encuentro del conde Rodolfo con el viático ocurriese en realidad,
lo que no se puede negar es que se vinculó intencionadamente con la fiesta del Cor-
pus Domini en 1264 169. De este modo, aparecía un Rodolfo piadoso y devoto, que
dejaba de ser un guerrero; se creaba así un nuevo modelo para los reyes Habsburgo.
Esta leyenda ya aparecía como ejemplo de piedad tanto en la obra Della Ragion di
Stato de Botero como en los Monita et exempla politica escritos por Justo Lipsio.
De esta interpretación, resurgía en el siglo XVII la relación especial entre los
Habsburgo y la Eucaristía. La recepción frecuente de la comunión por el Empera-
dor y su corte llegó a ser un signo público de las celebraciones festivas. Fernando II
obligaba a toda la corte de Viena a asistir a la procesión del Corpus Christi, encabe-
zada por el Emperador, quien multiplicaba las ocasiones de mostrar su piedad euca-
rística, como símbolo de la unidad confesional católica por cuya afirmación el
Emperador combatió en la larga guerra desencadenada tras la defenestración de
Praga 170. La propia ceremonia celebrada en la capital era repetida en cada territorio
del dominio de la Casa de Austria como si el Emperador estuviera presente. Por
su parte, el P. Lamormaini en su libro sobre las virtudes de Fernando II, explicaba
la continua veneración del emperador a la Eucaristía, quien pasaba horas y horas
rezando ante el Santísimo para que le colmara de gloria.

168 Lo recordaba Francisco JARQUE en su Sacra consolatoria del tiempo, en las guerras, y
otras calamidades publicas de la Casa de Austria, y Catolica Monarquia. Pronostico de su
restauracion, y gloriosos adelantamientos, Valencia, 1642, p. 153 (BNE 3/41474).
169 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 37.
170 P. KLÉBER MONOD: The Power of Kings Monarchy and Religion in Europe 1589-1715,
New Haven-London: Yale University Press, 1999, p. 88; J. DUINDAM: Vienna e Versailles. Le
corti di due grandi dinastie rivali (1550-1780), Roma: Donzelli, 2004, pp. 188-200.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Un acto devoto, la leyenda de Rodolfo I, que justificó el poder de la Casa de Aus-


tria, pero que escondía un gran simbolismo, especialmente para la línea hispana;
recordaba a Felipe IV que el poderío de los Austrias residía en la línea sucesoria del
Imperio, comenzando por su primer emperador Rodolfo, y ensombreciendo así el
antiguo liderazgo de la Monarquía hispana durante el siglo XVI. Ciertamente, du-
rante el reinado de Felipe IV la imagen de la Monarquía Universal estaba agonizando.
Era, por tanto, el momento oportuno para que el Pontífice y el Emperador impul-
saran el liderazgo del Imperio, siempre obediente a Roma, y para esto se repitió el
mito de Rodolfo hasta la saciedad durante todo el reinado de Felipe IV y Carlos II.
Pero además, para el caso de la Monarquía hispana, esta nueva ideología austríaca
sirvió para algo más importante; se buscaba resaltar la imagen piadosa de la Casa de
Austria en su conjunto, se aumentó la fe en la Eucaristía y se utilizó la leyenda de la
devoción del emperador Rodolfo I, y todo ello, con un objetivo claro: hizo desparecer
la antigua legitimación de la Monarquía de Felipe II, realizada por el partido “cas-
tellano”, que se basada en la continuidad de los reyes hispanos partiendo de los reyes
visigodos 171. Ante la evidente contradicción –en esta continuidad– de una dinastía
extranjera como eran los Habsburgo (que nada tenía que ver con la Reconquista ni
con la tradición castellana), que había heredado legítimamente el trono, los caste-
llanos se empeñaron por demostrar la línea directa que existía entre Felipe II y los
visigodos, aunque para ello tuvieran que inventarse genealogías de los monarcas
castellanos 172, si bien, siempre colocaban la religión cristiana como el elemento que
había dado unidad a la línea dinástica hispana 173. Hasta tal punto el Rey Prudente
estuvo de acuerdo con este proyecto que se esforzó porque se santificase el príncipe

171Véase la construcción de esta ideología en J. MARTÍNEZ MILLÁN: “¿Nobleza hispana,


nobleza cristiana? Los estatutos de pureza de sangre”, en M. RIVERO RODRÍGUEZ (coord.):
Nobleza hispana, nobleza cristiana..., op. cit., I, pp. 677-758.
172 Véase a este respecto, J. DEL CASTILLO: Historia de los reyes godos y la sucesión dellos
hasta el Católico y potentísimo don Philippe segundo, Rey de España, Burgos, 1582.
173 Rodrigo de Yepes trataba de demostrar que del linaje de los godos no solo descienden
los monarcas hispanos, sino también grandes santos hispanos unidos a la realeza (R. DE YEPES:
Relación y discurso breue muy fide y verdadero del linaje Real de los Godos, en el qual entran los
santos Leandro, Isidoro, arzobispos de Sevilla, y San Fulgencio, obispo de Écija, y sancta Florentina,
natural de Écija. Y cómo los reyes de España descienden del, y por Diuino beneficio se ha conservado
y continuado su generación hasta estos tiempos muy felices de nuestro Católico Rey don Philippe
Segundo, Madrid, 1583).

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Capítulo VI

visigodo Hermenegildo, condenado a muerte por su padre Leovigildo, por haberse


convertido al cristianismo 174. No obstante, con Felipe IV acababa imponiéndose el
nuevo discurso legitimador de la Monarquía centrado en la Casa de Austria, que la
subordinaba a los intereses religiosos, y también políticos, de la Iglesia. El modelo
de Rodolfo debía servir como paradigma de perfecto príncipe, porque aparecía un
rey que, más que mantener una buena relación con el Papado, debía postrarse ante
Cristo y servir a la Iglesia como lo hizo Rodolfo I en su momento. Sirvió además,
para unir ambas ramas de la dinastía de los Austrias bajo una misma devoción, la
Eucaristía, de modo que la rama de Madrid dejaba de considerarse superior a la de
Viena 175. Asimismo, como la leyenda fijó, Rodolfo, tras ser proclamado Emperador,
comenzó a fundar Iglesias y conventos, recopilar reliquias, y celebrar la adoración
del Santísimo, lo mismo debía hacer Felipe IV si quería obtener la gracia divina 176.
Lógicamente, la Pietas Eucaristica es menos conocida para el caso de los monar-
cas hispanos que para la rama imperial, por todo el programa piadoso que desplegó
Fernando II. Los estudios sobre la Piedad de los monarcas hispanos suelen centrarse
en la figura de Carlos II, y en todo su entramado ceremonial imitando la acción de
Rodolfo I (como por ejemplo en enero de 1685, fuera de Madrid, cuando Carlos II
cedió su carro a un sacerdote que llevaba el viático), que ponía de manifiesto la de-
voción exagerada del rey hechizado hacia el sacramento de la Eucaristía 177. Sin em-
bargo, es preciso advertir que fue antes, con Felipe IV, cuando la atención al Cuerpo

174 Sobre el “goticismo” que, en tiempos de Felipe II, sirvió para fundamentar la identidad
de la Monarquía hispana sobre el reino castellano, A. REDONDO: Revisitando las culturas del
Siglo de Oro. Mentalidades, tradiciones culturales, creaciones paraliterarias y literarias, Salamanca:
Universidad de Salamanca, 2007, pp. 49-50; J. M. DEL ESTAL: “Culto de Felipe II a San
Hermenegildo”, op. cit., pp. 523-552; F. MÁRQUEZ VILLANUEVA: “Trasfondos de La Profecía
del Tajo. Goticismo y Profetismo”, en V. GARCÍA DE LA CONCHA y J. SAN JOSÉ LERA (eds.):
Fray Luis de León. Historia, Humanismo y Letras, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1996,
pp. 423-450.
175
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la
Monarquía católica...”, op. cit., I, pp. 550-551.
176 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 86.
177 Entre otros, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud coronada: Carlos II y la piedad

de la Casa de Austria”, en P. FERNÁNDEZ ALBADALEJO, J. MARTÍNEZ MILLÁN, V. PINTO


CRESPO (coords.): Política, religión e inquisición en la España moderna: Homenaje a Joaquín
Pérez Villanueva, Madrid: UAM, 1996, p. 29.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

de Cristo servía para justificar la actuación del monarca. Y no se puede entender si


no es dentro del contexto de la Guerra de los Treinta Años. Si los ejércitos de la
Monarquía Católica vencían en una batalla había sido porque el Santísimo Sacra-
mento había salido en procesión un día antes, o porque Felipe IV se había pasado
horas rezando delante del Santísimo. No cabe duda que la devoción que Felipe IV
mostró por el Cuerpo de Cristo sacramentado fue en paralelo con la piedad de la
rama de Viena 178.

Felipe IV como defensor de la Eucaristía.


Grabado anónimo, 1632 (Biblioteca Nacional, Madrid)

Esta devoción a la Eucaristía, como no podía ser de otra manera, era fomentada
desde Roma, pues colocaba a la Monarquía hispana dependiente de los designios
divinos, y por lo tanto, el monarca debía obedecer los preceptos y decisiones del
representante de Cristo en la tierra. Esto se ve claramente en multitud de sucesos,
entre los que me gustaría destacar uno: la colocación del Santísimo Sacramento en
la Capilla del Palacio Real, promovida por el confesor del Conde-Duque, el jesuita
Francisco Aguado, fiel aliado de Roma. De ahí el interés de Roma y del general de

178 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., pp. 85-86.

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Capítulo VI

la Compañía por colocar al P. Aguado como confesor de Olivares en lugar del P.


Fernando Salazar. En la biografía del P. Aguado, se cuenta cómo influyó este jesuita
para que se colocara el cuerpo de Cristo en Palacio, siendo ese día el más importante
en la historia de la Monarquía hispana 179. A partir de entonces, las frecuentes

179 “Una cosa hizo en este tiempo digna de su buen espíritu, que no es justo pasar en
silencio, y fue la colocación del Santissimo Sacramento en la Capilla Real de Palacio, la
qual sucedió desta manera: las vezes que se detenía –el P. Aguado– en palacio por algún
accidente, que no son pocos los que vienen sobre los palacios de los Reyes, se retirava
a la Capillla a lograrlos con Dios, que era su más ordinaria ocupación: haziale mucha
soledad la falta del Santissimo Sacramento; y con esta ocasión empezó Dios a
despertar en su corazón un vivo deseo de que estuviesse siempre en aquel lugar,
quando va la voluntad delante halla muchas razones el entendimiento para lo que
desea, y assi las halló el buen Padre para su santo intento; tomó la pluma, y hizo un
breve memorial, en que puso todas las razones, y congruencias que se le ofrecieron
para dar esta honra a la Capilla real de Palacio, y juntamente los inconvenientes que se
experimentaban, y podían suceder por falta del Santissimo en ella, representándolos
al Conde-Duque de palabra, y habló al Rey, y diole su memorial el qual remitió al
Presidente de Castilla, al patriarca de las indias, y a su confessor, juntaronse todos,
confirieron la materia, y unánimes y conformes, aprobaron las razones del Padre; y por
voto de todos respondieron a Su Magestad, que era un pensamiento muy pio, y
conveniente, y que como tal se devia executar: abrazó el Rey su parecer, y luego se dio
orden de ponerle en execución con la mayor solemnidad posible: aderezaronse la
capilla, y los Corredores de Palacio riquissimamente: dispusieronse quatro altares en
los quatro ángulos, los más curiosos, ricos y vistosos que se vieron en la corte: ordenose
una processión solemnissima, acompañola el Rey con el príncipe su hijo, y con todos
los Grandes, y consejeros de la Corte, la Reyna con las damas, y señoras de honor
salieron a recibirla a los umbrales de palacio: la missa dixo de pontifical el cardinal
Espinosa en la parroquia de San Juan, desde donde se traxo el Santissimo con toda la
solemnidad, y magestad posible: al entrar en palacio cantó la música en nombre de los
piadosissimos Reyes: Domine non sum dignus, ut intres sub tectum meum. Señor, no
soy yo digno que V. M. entre en mi casa, fue la acción más lustrosa, y el día más
solemne que vio aquel Real Palacio, desde que se fundó hasta entonces: los Reyes
quedaron consoladissimos con tal huésped, o por mejor decir viendo, y teniendo a Su
Señor, y Creador dentro de las puertas de su casa, y todos los de su palacio
gozosissimos, viendo en sus días cumplido el bien de que avian carecido tantos siglos:
dispusose un rico, y curioso camarín, para quando se reserva en la semana Santa, que
es de las piezas más bien acabadas que tiene España, una rica, y bien labrada custodia
para su guarda, y cada mes se le haze fiesta de Quarenta Horas, a que asisten los reyes,
y todo su palacio, que cada día crece en devoción deste divinissimo misterio: todo lo
qual se debe a la devoción y diligencia de N. P. que despertó este santo pensamiento, y
le llevó hasta el cabo con mucho fruto, y consuelo del Real Palacio, adonde confiamos en
Dios mejorará este señor de Capilla, haziendola tan sumptuosa, como pide su asistencia,

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

celebraciones de Palacio en honor a la Sagrada Forma, implicaban la presencia de


las principales órdenes religiosas. Así, en marzo de 1639, el jesuita P. Sebastián
González informaba desde Madrid al P. Rafael Pereyra 180 sobre la implicación de
los clérigos regulares en las fiestas del Corpus:
Ahora todo el cuidado de nuestros sacristanes está puesto en hacer un
grandioso altar para la fiesta que S. M. hace cuando se pasa el Santísimo de San
Juan á Palacio. Dieron los altares, que son cuatro á los dominicos, franciscos,
mercenarios y á la Compañía, todos á porfía, y hacen extraordinarias diligencias
para buscar cosas para el adorno 181.

El relato continuaba con la gran fastuosidad con que la corte se recubría en


una fiesta tan solemne y simbólica para una Monarquía que no escatimaba a la
hora de honrar el Santísimo en la procesión del Corpus, en el que la Compañía
se había ganado un lugar privilegiado en todo este ceremonial religioso 182. Para

que no es justo tenga alguno mejor aposento que Dios en los Palacios de la tierra, pues
los soberanos del cielo no son dignos de tenerle, y cortos a su grandeza para morar en
ellos” (Alonso DE ANDRADE, S.I.: Vida del venerable padre Francisco Aguado..., op. cit.,
pp. 282-284).
180 El P. Pereyra era procurador general de la Provincia de Andalucía, quien se encargó
de recoger las noticias más relevantes de la Monarquía, en un intento por continuar la
Historia de España del P. Juan DE MARIANA.
181 En P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XV (1862), p. 190. De Madrid, 7 de marzo de 1639. El P. Sebastian González al P. Rafael
Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla.
182 “El jueves pasado se colocó el Santísimo Sacramento en Palacio (…) Dieron los
operarios la posible, y se concluyeron todos los altares para cuando quería salir la
procesión. Estaba colgado desde San Juan hasta el último altar de terciopelos y
damascos; desde este altar á Palacio estaba colgada la tapicería de Túnez, que es de seda
y oro. El portal de Palacio y escalera estaba colgada con la tapicería del Apocalipsi. En
frente estaban los reposteros de damasco colorado, ricamente bordados con las armas de
S.M.; en el corredor hasta la Capilla estaba la colgadura de los siete planetas, que es
de las más ricas piezas, por el arte y propiedad de las figuras, y estimación en que S.M.
la tiene, porque lo más es oro y grande cantidad de perlas y otras piedras de mucho
valor. En frente estaba otra no menos rica que trajeron de Portugal. La capilla tenía
otras colgaduras, las mejores del Retiro; el retablo se había renovado y acomodado.
Púsose en él un tabernáculo grande de bronce dorado y plata, de estremada hechura;
dicen pasa su valor de veinte y cuatro mil ducados. Los altares estaban ricamente
adornados; los doseles, unos eran de brocado, otros de telas bordadas, lo mejor que hay
en la Corte.

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Capítulo VI

terminar, el P. Sebastián explicaba la necesidad que sentía el monarca de celebrar


la fiesta del Santísimo, y el valor de las órdenes religiosas que debían interceder
con sus oraciones ante Dios para el buen suceso de la Monarquía Católica 183.
La alta nobleza no dudó en imitar la devoción real por la Eucaristía, colocando
réplicas del Santísimo Sacramento en sus capillas particulares como fue el caso del
duque de Medinaceli 184 o adorando al Santísimo como hizo don Juan Francisco

La arquitectura de todos fue buena, si bien el nuestro se les aventajó. La riqueza y


curiosidades, y el aseo fue maravilloso, y en esto no fue nuestro altar inferior á ninguno.
Después dél lució más el de los mercenarios. El de los franciscos descalzos era menor,
mas tan aseado, que no había en él cosa que no fuese muy aventajada; todas eran del
oratorio de la Reina. El de los dominicos fue bueno, mas se entendió que había de ser
mejor según las diligencias que pusieron en buscar materiales para él. (…) Acabada la
misa salió la procesión; iban solos doce de cada religión con sus cruzes y ciriales; luego
se seguía la clerecía; á esta se seguían los predicadores de S. M. y capellanes. Luego
venia el Santísimo Sacramento que le traía el Cardenal –Espinola- acompañado de dos
capellanes de honor. Después venían los títulos, y tras ellos diez y ocho grandes, y
remataban la procesión S. M. y el Príncipe, que venía vestido de negro, cabos blancos,
lindo á maravillas. En los altares había juegos de chirimias que se correspondían los
unos á los otros todo el tiempo que duró la procesión. Apenas se hubo esta acabado,
cuando recelosos del tiempo no mudase, por parecer estaba para ello, las religiones
quitaron sus altares. Gracias á Dios no nos ha sucedido desgracia ninguna considerable
con tanta machina de cosas, como fueron las que se juntaron y tan ricas.
Prosigue la octava en la capilla Real con sermón cada día. El jueves hay procesión
por los corredores de Palacio, y se hacen otros cuatro altares. Las Descalzas nos han
encargado el suyo que saldrá muy bien”.
183 “S. M. agradecido al beneficio que Nuestro Señor le ha hecho, en dignarse de venir á
su casa, escribió un billete de su mano propia al Conde, ponderando esta merced y la
obligación que en ello le ponía de vivir con grande recato y edificación, y que para esto
necesitaba de la ayuda de las oraciones de los religiosos, y del sufragio de las misas; que
lo dispusiese de suerte que en todas las religiones se le dijesen cada semana dos misas,
porque Nuestro Señor le diese acierto en su gobierno y buena muerte. El papel original
se había de copiar para remitirle al P. Aguado; si se lo envían, yo remitiré a V. R. un
tanto dél, que es muy bueno” (P. DE GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de
la Compañía de Jesús..., op. cit., XV [1862], pp. 194-197. P. Sebastián González al P.
Rafael Pereyra. Madrid, 15 marzo de 1639).
184 Como informan los jesuitas de Madrid al P. Rafael Pereyra sobre el duque de Medinaceli:
“Pretende el duque de Medinaceli que se le dé permiso para colocar el Santísimo
Sacramento en su capilla, á imitación de lo que ha hecho S. M.; bueno será, si lo
consigue, que este príncipe es grande imitador de la Real casa” (Ibidem, XV [1862], pp.
191. Madrid, 10 de marzo de 1639).

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Alonso Pimentel y Ponce de León, X conde de Benavente, al realizar una ofrenda


al Santísimo en la Casa Profesa de los jesuitas en Valladolid 185.
De este modo la Compañía de Jesús participó activamente en promover el ar-
quetipo de la Pietas Eucaristica en la religiosidad de Felipe IV. Precisamente, en
1640, el P. Aguado sacaba a la luz su obra Sumo Sacramento de la Fe, Thesoro
Christiano, dedicada a Felipe IV, en la que declaraba que el sacramento más im-
portante era la Eucaristía. Con esta portada comenzaba su libro:

Portada del libro Sumo Sacramento de la Fe, Thesoro Christiano,


escrito por el P. Francisco Aguado y dedicada a Felipe IV, 1640

185 “El conde de Benavente el dia de Nuestra Señora de las Nieves hace en la casa profesa
una grandiosa fiesta al Santísimo Sacramento, en recompensa de las injurias que le
hizo el ejército francés en Flandes, de que habrá por allá suficiente noticia. Glorificado
sea el Señor que en sí sufre tantos ultrajes: él guarde á V. R. como deseo” (P. DE
GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit., XIII
[1861], p. 193. Valladolid, 21 de junio de 1635. El P. Juan Chacón al P. Rafael Pereyra).

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Capítulo VI

En ella se representaba claramente el dominio del Santísimo sobre la tierra,


que extendía a través del resplandor de sus rayos, y cómo la familia Habsburgo,
representada con el águila bicéfala, debía salvaguardar el dominio de Cristo como
si fuera un “escabel a tus pies” (scabellum pedum tuorum). Custodiando a los lados,
se encontraban dos figuras femeninas: la alegoría de la Fe “quédate con nosotros
Señor” (mane nobicum domine) y la Justicia “cojo arma y escudo” (aprehendo arma
et scutum). Sin duda es preciso analizar el contenido de este libro, por el valor de la
obra y todo el simbolismo que le rodea, y porque además fue escrito en una fecha
clave, el año 1640, cuando la Monarquía perdió Portugal y se estaba produciendo
la revuelta catalana. En ese momento, el P. Francisco Aguado sacaba a la luz su obra
ensalzando el sacramento de la Eucaristía. Los motivos por los que escribió este
libro, según expresaba a Felipe IV, era por haber colocado en la Capilla Real el San-
tísimo Sacramento que justificaba el poder de la Casa de Austria 186.

186 “Hállome obligado por no pocos títulos, a ofrecer a V. M. este pobre, y humilde trabajo,
que he recogido de varios apuntamientos, que en el discurso de mi estudio he ido
haziendo del misterio Augustissimo de la Fè, y Santissimo Sacramento del Altar. El
primer título es, hallarme Predicador de V. M. indigno con verdad de tan honorifico
renombre (…), el segundo título es la ocasión en que saco a la luz esta obra, que es,
quando con tan sabio consejo ha colocado V. M. este Santissimo Sacramento en su Real
Capilla; acción sin duda, si no la más, de las más gloriosas que en España ha tenido este
Dios sacramentado. Quiso la divina Magestad servirse de mi, para representar las
conveniencias, que esta acción tenia, las quales vistas por orden de V. M. se probaron,
y parecieron eficaces, para que no faltasse del engaste de su Real Capilla aquella piedra
preciosa, que avia de ser su ornamento y gloria. Y sacando en esta ocasión a luz este
trabajo, me pareció punto de obligación, dar impressas a V. M. las maravillas deste
Augustissimo Sacramento, para que por ellas puede rastrear el bien, que ha llevado a
su Palacio. El tercer título es, la piedad tan grande, que en V. M. ha reconocido todo su
Reyno, para este venerable Sacramento, heredada de todos sus esclarecidos
Progenitores, los quales siempre reconocieron debian sus Imperios a este Augustissimo
Sacramento, y por esto le han dado eminentísimo culto como al Autor de su gloria”.
Efectivamente la colocación del Santísmo en la Capilla Real era el motivo principal que
había movido al P. Aguado a redactar su obra. Continuaba su dedicatoria recordando al
monarca la devoción que, desde siempre, había tenido la Casa de Austria hacia el Santísimo:
“La Augustísima Casa de Austria, como siempre ha reconocido, que debe a este
Santissimo Sacramento el Imperio y la Corona, y a su culto el aumento de su poder;
por esso se ha esmerado tanto en festejalle con grandiosas demostraciones de
templos sumptuosos; de riqueza, ornato, y gruessas rentas, para que la honra de tan
venerable Sacramento esté en el punto que merece. A todo lo qual ha ayudado V. M.
magníficamente, y en la devoción, y piedad personal ha sobrevencido a sus insignes

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

El P. Aguado, aprovechaba para aconsejar a Felipe IV que, en momento de guerra,


como era el enfrentamiento continuo con la Monarquía francesa, la separación
de Portugal y la guerra de los Segadores (en la que también era protagonista Fran-
cia), lo mejor era aliarse con Dios, entregarse a él, nada de confederarse con otro
príncipe para que socorriese en caso de peligro ante el enemigo. Y si faltaban re-
cursos, lo único que se podía hacer era abandonarse a Dios, que era quien verda-
deramente daba y quitaba los mismos 187. A continuación, el confesor de Olivares
no tenía ningún reparo en aconsejar a Felipe IV que su mejor consejero, y el único
al que debía escuchar era al Santísimo que estaba colocado en la Capilla Real, im-
portándole poco o nada, si su penitente, el Conde-Duque, perdía influencia ante
el monarca con dichas palabras 188.

Progenitores; y atendiendo a esto, quise ofrecer a V. M. esta obra, no porque esté


escrita con erudición; sino por la calidad de la materia que trata” (P. Francisco
AGUADO, S.J.: Sumo sacramento de la Fe. Tesoro del nombre christiano. A la S. C. R.
Magestad del Rey N. S. D. Philipe IV el Grande, Madrid, 1640, f. 4r-v).
187 “Y considerando, Señor, el aprieto en que V. M. de presente se halla combatido de
tantas guerras, que le hazen enemigos de su Corona, no puedo dexar de admirarme
de la grande conveniencia, que ha sido traer a su Palacio a quien puede acudirle con
tantos socorros (…) Pues si es prudente consejo en un Príncipe, hazer pazes, y
confederarse en tiempo de guerra, con quien pueda ayudarle, juntando sus armas con
él; quanto más lo será hazer liga, y confederación con Dios Emperador grande, y
omnipotente, Dios de los exercitos, quebrantador de los más sobervios poderes, y el que
haze polvo las mas sangrientas guerras (…) Otro socorro muy necessario para la guerra
es el dinero, sin el qual ni se pueden emprender batallas, ni menos sustentarse hasta
conseguir las victorias, por ser el dinero la sangre, que dá vida, y aliento al exercito, y el
que conquista los presidios, y dá posesión de los Reynos (…) Y siendo assi, que de los
socorros de la tierra ninguno iguala al que dan la plata, y el oro, este depende tanto del
cielo, que solo se le viene a las manos al Príncipe, a quien Dios quiere, y huye de quien
el mismo Señor no se sirve le goze; assi pudo dezir el Señor: ‘Mío es el oro, y mía la
plata, yo soy quien doy prospero viage a las flotas, y quando quiero, hago que se vayan
a pique, o las den caza las enemigas armadas’. Qualquier buen sucesso es debido al
Principe, que haze liga, y se confedera con Dios” (Ibidem, ff. 5v-6r).
188 “Ha traído V. M. a su Real Palacio al Consejero admirable, que teniéndole tan cerca por
huésped, y morador, correrà por cuenta suya alumbrar el entendimiento de V. M. y
mover su coraçon, y governar sus consejos, para que ni emprenda guerra, que no sea
gloria de Dios, ni la sustente, y lleve adelante, sino fuere quando le obligare la
justificación de la causa. Con este empeño ha querido este Señor hospedarse, y vivir en
el Real Palacio” (Ibidem, f. 7r).

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Capítulo VI

Por otra parte, lo más importante para aliarse con Dios, que era el único que
podía dar la victoria, señalaba el P. Aguado, era rezar continuamente, como hacía
el monarca. Si quería que todo volviera a su cauce debía dedicarse a la oración
como si de un clérigo, y no de un monarca, se tratase 189.
El P. Aguado explicaba que la Casa de Austria, tanto el Imperio como la Mo-
narquía tenían en el mundo una misión providencial que tenía como telón de fondo
la Guerra de los Treinta Años. En este sentido, hubo una batalla que marcó un
punto de inflexión en la propaganda política de la Casa de Austria. El 4 de sep-
tiembre de 1634 se produjo la victoria de Nördlinghen, en la que las tropas hispa-
nas junto a las imperiales vencían a las suecas, acabando con el dominio sueco en
el sur de Alemania 190. Esta victoria del cardenal infante Fernando y del marqués

189 “Otro medio de confederación y liga es la oración, por medio de la qual nos
entregamos a Dios, y unimos con èl, y Dios nuestro Señor toma por su cuenta, pelear
por aquellos, que se quieren valer de esta ayuda. (…) No le falta a V. M. esta diligencia,
pues en todas ocasiones se muestra Principe tan religioso, valiendose tan a tiempo de
los sacrificios, y oraciones de todos sus Reynos, mandando tan prevenidamente a
Iglesias, Religiones, Prelados, y Superiores, que procuren con toda eficacia clamar al
cielo, para que la Religión sea defendida, y en todo prevalezca la gloria de Dios. Para
este mismo fin ha ordenado V. M. se diga un numero innumerable de Missas en los
principales Santuarios de Europa, para satisfacer, y honrar a nuestro Señor, y obligar
a su divina clemencia, e impetrar de su misericordia feliz sucesso en sus guerras” (P.
Francisco AGUADO, S.J.: Sumo sacramento de la Fe..., op. cit., ff. 8v-9r).
190 J. N. ALCALÁ-ZAMORA: España, Flandes y el Mar del Norte (1618-1639): la última

ofensiva europea de los Austrias madrileños, Barcelona: Planeta, 1975, pp. 340-341; de este
modo lo relataban los jesuitas:
“A 4 de Setiembre se hallaron el rey de Hungría y el Infante Cardenal juntos en la
Suevia, y muy cerca de dos ejércitos enemigos, cuyos capitanes eran Gustavo Horne y
Bernardo Guimar (Weymar): este de la casa de Sajonia y aquel hermano del Sueco.
Estos venian á estorbar el paso al Infante Cardenal, el cual oido su consejo se acercó á
ellos, y á 5 de Setiembre comenzó á escaramuzar, no llevando al principio lo mejor.
Advirtióse que importaba hacerse señores de una montañuela, que estaba cerca;
enviaron el Rey y Príncipe aquella noche gente, y al P. Camassa de nuestra Compañía,
catedrático de este Colegio, grande ingeniero, el cual hizo aquella misma noche una
fortificación notable (Camasa era confesor del marqués de Leganés, general de las
milicias). A la mañana, viendo el enemigo la mejora de los nuestros, acometió á la
fortificación y fueron rebatidos; mas viendo ellos la importancia, le dieron quince
asaltos en que perdieron mucha gente, y viendo los nuestros que era tiempo,
acometieron y desbarataron al enemigo, que luego desapoderadamente comenzó á huir.
Siguieron los nuestros el alcance por tres leguas; murieron diez y seis mil infantes y seis

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

de Leganés junto con el archiduque Fernando de Habsburgo (futuro emperador


Fernando III) sirvió para ensalzar con especial énfasis la fortaleza de la unión de la
Casa de Austria. Tanto es así que con motivo de esta victoria, los jesuitas no per-
dieron la ocasión para relatar un episodio de la Pietas Austriaca de Felipe IV que
recordaba el acto devocional del mito de Rodolfo I, por el que Felipe IV fue a la
Virgen de Atocha a dar gracias por la victoria de Nördlinghen y:
A la vuelta, junto á San Sebastián, encontró S. M. con el Santísimo Sacramento,
que iba á una enferma; apeóse, adoróle de rodillas, y siguióle acompañando y todos
los demás. Era la casa muy lejos; entraron los grandes, Nuncio y embajadores, y no
fué poco, porque era una pobre casa: S. M. quedó fuera. Al dueño hizo merced de
darle plaza de su guardia, y á la enferma una limosna; volvió acompañando al
Santísimo hasta San Sebastián, y allí tomó el caballo, y volvió á Palacio 191.
Ciertamente, no fue el único Habsburgo que imitaría la adoración del Santísimo,
el propio cardenal infante repetía el acto en Flandes, donde llevó esta tradición 192.
Asimismo, el marqués de Leganés, don Diego Mejía, primo del conde-duque de
Olivares, y protagonista indiscutible de la victoria de Nördlinghen, quiso glorificar
esta victoria que era de la Casa de Austria en su conjunto, colaborando la rama
imperial con la hispana. La mejor manera de ensalzar la victoria que encontró el

mil caballos de los enemigos; tomáronse noventa piezas de artillería y municiones, todo
el bagaje, doscientas banderas y pendones, y lo que mas es, prendieron á Gustavo
Horne y á muchos otros capitanes y algunos papeles de importancia, y con esta victoria
se esperan buenos efectos. El Infante anduvo muy dentro de la pelea, que mató una bala
á un caballero que estaba á su lado, y le detuvo el Infante no cayese del caballo hasta que
llegaran otros. Ha dicho S. M. que en aquesta ocasión gustara de ser el Infante, su
hermano” (P. DE GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de
Jesús..., op. cit., XIII [1861], pp. 101-103. Carta del P. Francisco de Vilches al P. Rafael
Pereyra, escribe esta carta para informar de la victoria de Nordlinghen en octubre de
1634. Madrid, 3 de octubre de 1634).
191 Ibidem.
192 Tal y como informaban los jesuitas en abril de 1635:
“El señor Cardenal Infante, topando un día al Santísimo Sacramento que venían de
dar á una pobre viuda, con solas dos hachas y un clérigo, le fué acompañando á pié y
descubierto, con hacer muy buen frio; y mandó trajesen luego cuarenta hachas, las cuales
sirvieron en la jornada y se dieron á la parroquia para otras ocasiones, y á la enferma la
envió cien reales de á ocho, sabiendo su necesidad. Han quedado espantados y
edificadísimos los flamencos de esta acción” (Ibidem, p. 172. Madrid, 24 de abril de 1635.
El P. Sebastián González al P. Rafael Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla).

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Capítulo VI

marqués fue regalando un cuadro a Felipe IV. En concreto se trataba del lienzo
Acto de devoción de Rodolfo I pintado entre 1616-1620 por el maestro flamenco
Peter Paul Rubens y el paisajista Jan Wildens (que se incluye en el cuadernillo de
imágenes). La pintura representaba al todavía conde Rodolfo llevando en su ca-
ballo a un sacerdote que portaba el viático. Don Diego Mejía, que era un gran
coleccionista de la pintura italiana y flamenca, encargó este cuadro para halagar
al monarca. La pintura le gustó tanto a Felipe IV, que dio orden de colocarla en el
Alcázar Real, en el llamado Cuarto de Verano (hoy día el lienzo forma parte de la
colección de El Prado) 193. Este cuadro estableció el modelo plástico en el que se
fijó este ritual dinástico. La importante ubicación del cuadro que eligió Felipe IV,
ayuda a comprender mejor el papel de esta leyenda en la ideología religiosa y po-
lítica del monarca hispano y su devoción por el Santísimo 194. Toda vez que la vic-
toria de Nördlinghen era atribuida a la protección de la Eucaristía.
En Flandes, los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia, tíos de Felipe IV
y del cardenal infante Fernando, defendieron siempre una radicalidad religiosa y
una devoción extrema por la Eucaristía que luego continuó el cardenal infante
como gobernador de los Países Bajos 195. En 1626, la infanta Isabel encargó a Ru-
bens que pintara unos cartones en honor al Santísimo Sacramento, que después,
destacados tejedores holandeses como J. Raes se encargaron de transformar en ela-
borados tapices de gran tamaño. Un año más tarde, la infanta regalaba a las Des-
calzas Reales de Madrid estos tapices bajo el título La apoteosis Eucarística, que
cuelgan todavía hoy de las paredes del convento. Fue un regalo a las religiosas cla-
risas, que la habían criado en el convento, donde pasó largas horas al día, sobre todo
con su prima sor Margarita de la Cruz, que todavía permanecía en las Descalzas 196.

193F. CHECA y J. SÁENZ DE MIERA: “La corte española y la pintura de Flandes”, en El Real
Alcázar de Madrid, Madrid: Nerea, 1994, pp. 232-234; M. C. VOLK: “Rubens in Madrid and
the Decoration of the King’s summer apartments”, The Burlington Magazine 123 (1981), pp.
513-529.
194 V. MINGUEZ: Los reyes solares: Iconografía astral de la monarquía hispánica, Castellón
de la Plana: Universidad Jaume I, 2001, pp. 299-300.
195 J. LEFÈVRE: “Les ambassadeurs d’Espagne à Bruxelles sous le règne de l’archiduc
Albert (1598-1621)”, Revue belge de Philologie et d’Histoire 2 (1923), pp. 61-80.
196 E. TORMO Y MONZÓ: “La apoteosis eucarística de Rubens: los tapices de la Descalzas
Reales de Madrid”, Archivo Español de Arte 49 (1942), pp. 1-26, y “La apoteosis eucarística de

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Y es que desde la espiritualidad descalza se impulsaba esta radicalidad religiosa ma-


nifestada en una devoción exagerada de la Casa de Austria por el sacramento de la
Eucaristía.
Después de dar gracias por la victoria de Nördlinghen, Felipe IV repitió el acto
de devoción de Rodolfo I en otras ocasiones. Una de las más importantes fue du-
rante el asedio de Breda –en plena guerra de Flandes– que comenzó el 23 de julio
de 1637, cuando las tropas holandesas, bajo el mando de Federico Enrique de
Orange-Nassau, y con ayuda de las francesas, trataron de sitiar la ciudad. Pero es
que además, desde el 21 de agosto de 1637, se estaba produciendo la violenta re-
vuelta de campesinos en Évora contra el dominio castellano, que se extendió por
todo el Algarbe portugués, y que fue motivada por el aumento de impuestos y sisas,
como el real de agua, en un momento de pésimas cosechas 197. En esta situación
crítica, con dos frentes abiertos, Felipe IV no dudó en repetir el acto de devoción
al Santísimo. Ahora bien, si el asedio de Breda duró unos tres meses, Felipe IV se
cruzó con el viático un 21 de septiembre de 1637, precisamente cuando más en
peligro estaban los tercios españoles por el feroz ataque de sus enemigos. Al mismo
tiempo que la sedición de Évora comenzaban a extenderse por el sur de Portugal.
Esta vez, un devoto Felipe IV al anochecer, y soportando el frío y la fuerte lluvia, y
con unos lodos á media pierna, acompañaba al Santísimo a la casa de un pobre ten-
dero, y es que la ocasión la merecía, pues las noticias que llegaban de Breda eran
nefastas 198. Aquel día, el monarca regresaba a palacio:
más contento de verse lleno de lodo por servir á nuestro Señor, que por ser rey
de España. Ha sido cosa que ha parecido notablemente bien, y se espera lo ha de
dar Dios mercedes grandes por el grande respeto y reverencia que tiene en todas
ocasiones al Santísimo Sacramento, que ha sido el que ha dado el lustre que hoy
tiene su casa.

Efectivamente, con esta reverencia ante el viático, Felipe IV esperaba la gracia


divina para sus tropas en Breda, por ser uno de los bastiones más importantes

Rubens: la subserie segunda de los tapices eucarísticos de la Descalzas”, Archivo Español de


Arte 54 (1942), pp. 291-315.
197 R. VALLADARES: Epistolario de Olivares y el conde de Basto (Portugal, 1637-1638),
Badajoz: Diputación Provincial de Badajoz, 1998, passim.
198 Una visión general del conflicto en G. PARKER: “Spain, Her Enemies and the Revolt
of the Netherlands 1559-1648”, Past & Present 49 (1970), pp. 72-95.

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Capítulo VI

de los Países Bajos 199. No obstante, días más tarde, el 6 de octubre, las tropas es-
pañolas no pudieron resistir el ataque y se pidió firmar su rendición para poder
retirarse de Breda que, a partir de entonces, pasó a manos holandesas 200. Con todo,
sí consiguió aplacar el otro frente, enviando al ejército castellano que en pocos
meses acabó con la sublevación de Évora, pero que no pudo frenar el ambiente de
malestar en Portugal que antecedía, en pocos años, a la guerra de restauración del
Reino.
De este modo, el reinado de Felipe IV se presentaba entonces como el triunfo
de la Eucaristía, símbolo del propio triunfo de la Iglesia, y de la implantación de-
finitiva de aquella renovación católica que partía de Roma y fue extendida por re-
formadores italianos como Felipe Neri o el cardenal Carlos Borromeo. Prueba de
este triunfo fue la implantación en las iglesias españolas del rito de las Cuarenta
Horas –y sobre todo en la Capilla Real– que extendieron los grupos de presbíteros

199 Todo el episodio lo relatan los jesuitas de la siguiente manera:


“Ayer hubo una gran tempestad de agua que á varias horas llovió furiosamente. La
última fué al anochecer, viniendo SS. MM. del campo. Al entrar por la Priora, vió venir
el Santísimo Sacramento, y apeándose del coche, y mandando á los pajes que iban con
seis hachas fuesen acompañando al Santísimo, S. M. se fué con él lloviendo á ratos, y
con unos lodos á media pierna. Solo le acompañó el Almirante y los demas criados se
quedaron con la Reina. La distancia qué anduvo fué hasta cerca de la calle Mayor, á una
casa de un pobre tendero. Quedóse S. M. á la puerta, haciendo reverencia al Santísimo
Sacramento, en el lodo, al entrar en la casa, y lo mismo fué al salir. Como el Almirante
vió la apretura con que S. M. iba sin ser conocido, y los grandes lodos metiéndose por
ellos, por ser ya oscuro, hizo viniese un paje con una hacha á alumbrarle. Llegó á
Santiago, donde era la parroquia, y encerrando al Santísimo Sacramento ya habian
llegado mas hachas de Palacio y un coche. Mandó se diesen a la iglesia, y con sola una
que le alumbró se metió en su coche, y dió la vuelta á Palacio; mas contento de verse
lleno de lodo por servir á nuestro Señor, que por ser rey de España. Ha sido cosa que
ha parecido notablemente bien, y se espera lo ha de dar Dios mercedes grandes por el
grande respeto y reverencia que tiene en todas ocasiones al Santísimo Sacramentos,
que ha sido el que ha dado el lustre que hoy tiene su casa” ( P. DE GAYANGOS Y ARCE
[ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit., XIV [1862], pp. 194-195.
Madrid, 22 de septiembre de 1637. P. Sebastián González al P. Rafael Pereyra de la
Compañía de Jesús en Sevilla).
200 Sobre todos estos hechos, R. VERMEIR: En estado de guerra: Felipe IV y Flandes, 1629-

1648, Córdoba: Universidad de Córdoba, 2006; H. DE SCHEPPER: “Los Países Bajos


separados y la Corona de Castilla en la década de 1640”, en J. H. ELLIOTT, R. VILLARI, A.
M. HESPANHA y otros: 1640: La monarquía hispánica en crisis, op. cit., pp. 212-258.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Jeroglífico de Felipe IV en la Catedral de México, 1666.


Imitando al conde Rodolfo al ceder su caballo

Felipe IV como defensor de la fe

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Capítulo VI

reformados italianos de la segunda mitad del siglo XVI 201. En este sentido el propio
Felipe IV no dudaba en recurrir a las Cuarenta Horas en caso de peligro, como
ocurrió con la sublevación de Cataluña, durante la jornada del rey en el verano de
1643 202.
Ciertamente, la Oración de las Cuarenta Horas tenía su origen en la práctica
de las Quarantore que se impuso en las iglesias italianas en 1527, con motivo del
saco de Roma. Al paso de las tropas de Carlos V, en varias ciudades lombardas,
los clérigos predicaron en contra de las tropas, advirtiendo de la destrucción que
llegaría con los españoles, infundiendo el pánico entre el pueblo 203. La única
forma de paliar este miedo fue a través de la oración continuada. Se trataba de ir
alternando de iglesia en iglesia la exposición del Santísimo, y rezar en cada una
de ellas durante cuarenta horas ininterrumpidas, de día y de noche 204. Las Cua-
renta Horas era un número simbólico que recordaba el tiempo que Cristo pasó
muerto hasta que resucitó, lo que significaba un tiempo largo de abatimiento,

201 Los jesuitas se hacían eco en sus cartas de la buena acogida del pueblo español hacia
esta ceremonia religiosa:
“Aquí se han hecho con notable concurso de gente las Cuarenta horas, acudiendo
tanta, tarde y mañana, que por no caber en la iglesia y claraboyas se volvian muchos.
Es de grande edificación ver el gusto con que asiste tanta gente delante del Santísimo,
y el silencio y reverencia que todos tienen. ¡Dios sea alabado, que en tiempo tan
ocasionado á divertimientos, tiene tantos que gusten de privarse aun de los lícitos y
buenos por asistirle y servirle” (P. DE GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de
la Compañía de Jesús..., op. cit., XV [1862], p. 414. De Madrid, 21 de febrero de 1640.
Sebastián González al P. Rafael Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla).
202 “A primero de este partió S. M. de Madrid para Tarazona, y las jornadas las hace
mayores de lo que primero se entendió. Va á la ligera; créese hay alguna inteligencia
secreta, si bien los enemigos obran lo que pueden. Deja órden para que el tiempo que
estuviere ausente esté el Santísimo descubierto continuamente, haciendo Cuarenta
Horas en todas las iglesias y conventos de Madrid, por su tumo, conforme al papel que
va con esta. La diligencia en acudir á Dios siempre es útil, y la primera que se debe
hacer, mas no deben omitirse las demás” (Ibidem, XVII [1863], pp. 145-146. P. Sebastián
González al P. Rafael Pereyra de la Compañía de Jesús en Sevilla. Madrid, 7 de julio
de 1643).
203 “Cronica milanese di Gianmarco Burigozzo Merzaro, dal 1500 al 1544”, Archivio
Storio Italiano III (1842), pp. 421 y ss.
204 A. DI SANTI: “L’orazione delle Quarant’ore e i tempi di calamità e di guerra nel
secolo XVI”, La civiltà cattolica 68/2 (1917), pp. 476-478.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

previo a una gracia especial, el final de una calamidad, en este caso, el final del
saco de Roma. De forma que, la práctica de las Cuarenta Horas, nacida del miedo
a las tropas de Carlos V y en oposición a éstas, era recogida por los Pontífices que
la hacían oficial en las iglesias italianas 205. De esta manera, los Pontífices quisie-
ron por todos los medios introducir este rechazo al poderío hispano, a través de
la oración continuada, en el resto de monarquías, y con especial interés en la pro-
pia Monarquía hispana, lógicamente sin advertir los monarcas hispanos el matiz
de rechazo al dominio hispano que guardaba el origen de esta oración. Fue tan
buena la acogida de Felipe IV a este rito romano, que el propio monarca no du-
daba en recurrir al rezo de las Cuarenta Horas, impuesto en todas las iglesias de
Madrid a partir de 1643, para tratar de conseguir la victoria en una batalla, paliar
las revueltas internas o evitar la muerte anunciada del príncipe Baltasar Carlos.

C. Rainaldi: Monumento
para celebrar las Cuarenta horas
en la Iglesia del Gesù de Roma, 1650

205 A. DI SANTI: “L’orazione delle Quarant’ore e i tempi di calamità e di guerra nel secolo
XVI”, La civiltà cattolica 68/3 (1917), pp. 34-44 y 222-237; J. L. IRABURU: Oraciones de la Iglesia
en tiempos de aflicción, Fundación Gratis Date, 2003, capítulos 7 y 8.

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Capítulo VI

NUEVA JUSTIFICACIÓN IDEOLÓGICA DE LA MONARQUÍA


EN LA TRATADÍSTICA JESUITA

La nueva ideología religiosa que Roma impuso en los reinados de Felipe III y
Felipe IV se reflejaba claramente en la tratadística política del momento. Frente al
siglo XVI, especialmente durante el reinado de Felipe II, plagado de escritos rega-
listas que justificaban la invasión jurisdiccional de la Monarquía sobre la Iglesia,
se pasó, en el siglo XVII, a tratados políticos que justificaban la intromisión de Roma,
no sólo en las cuestiones eclesiásticas de la Monarquía Católica, sino también en
su actuación política 206 y, al mismo tiempo, los tratadistas dedicaban su obra al
monarca para que educara al joven príncipe en dicha ideología. Este sometimiento
de la Monarquía a los intereses de la Iglesia se argumentaba a través de tres cues-
tiones fundamentales, que aparecen en casi todos los tratados del siglo XVII: el
temor a la ira de Dios por la mala defensa de la Fe, el providencialismo de la Mo-
narquía Católica y la devoción de la dinastía de los Austrias al Santísimo Sacra-
mento. Estas tres ideas se repiten y se entrecruzan en la mayoría de los tratados
políticos del siglo XVII, pero al final encubrían la misma intención; la subordinación
de la Casa de Austria a la Iglesia. Ciertamente, durante el reinado de Felipe IV,
cuando Roma era consciente de que la Monarquía hispana nunca podría llegar a
ser Monarchia Universalis, dado el retroceso militar que tenía en la guerra de los
Treinta Años y de la crisis institucional que padecía con la separación de reinos,
apareció con fuerza una literatura que defendía a la Casa de Austria como dinastía
católica y le concedía una misión que cumplir. Y este sentido, los jesuitas jugaron
un papel fundamental con sus tratados políticos y teológicos.
A continuación quisiera analizar en detalle los tratadistas jesuitas porque consi-
dero que fueron los que mejor supieron construir la nueva ideología religiosa, llena
de tintes bíblicos y exaltando la obediencia de la Casa de Austria al Sumo Pontífice.
Por otra parte, fueron los escritos políticos de los miembros de la Compañía de Jesús,
los que tuvieron mayor repercusión durante los reinados de Felipe III y Felipe IV.

206 Destacan, entre otros, los tratadistas regalistas del siglo XVI como Diego de Simancas,

Covarrubias, Gonzalo Suárez de Paz o Juan Roa Dávila. Su estudio en J. MARTÍNEZ MILLÁN:
“Las élites urbanas castellanas y la casa real durante el siglo XVI”, en F. J. ARANDA PÉREZ
(coord.): Letrados, juristas y burócratas en la España moderna, Cuenca: Universidad de Castilla-
La Mancha, 2005, pp. 100-104.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Uno de los grandes tratadistas de la Compañía que se esforzó por justificar el pre-
dominio de Roma tanto a nivel espiritual como político sobre el resto de príncipes
cristianos fue el P. Pedro de Ribadeneyra, quien publicó en 1595 su conocido Tratado
de la Religión y Virtudes que debe tener el Príncipe Cristiano para gobernar y conservar
sus Estados. Contra lo que Nicolás Maquiavelo y los políticos de este siglo enseñan 207.
En su libro, el jesuita mostraba la necesidad de reverenciar y defender a la Iglesia
para conseguir el favor divino, y el desastroso resultado que, por el contrario, había
dado a los monarcas todo desacato a los intereses de la Religión: “Que los Principes
que se goviernan por la ley de Dios, más que por la falsa razón de Estado, son favo-
recidos de Dios” 208.
Ribadeneyra no dejó de advertir a Felipe III en su tratado, que toda razón de
Estado considerada por sí misma, sin respeto a la religión, traía desgracias al
reino, tal y como se podía ver en la Biblia, llena de ejemplos de castigos divinos
por no obedecer a la Religión. Recordaba las palabras del Señor al profeta Sa-
muel: “Yo glorificaré al que me honrare, más los que me menospreciares, serán
deshonrados y viles” 209. Como no podía ser de otra manera también Ribadeneyra
ensalzaba la Casa de Austria recordando la leyenda del emperador Rodolfo, cuyo
acto devoto:
fue tanto lo que agradò al Rey de los Reyes, y Señor de todos los Imperios, ésta su
humilde, y devota piedad, que le hizo padre de tantos y tan gloriosos Príncipes,
como después acà ha avido en la casa de Austria 210.

El jesuita aragonés Baltasar Gracián también adoptó este discurso en su tra-


tado titulado El político Don Fernando el Catholico, sobre el arte de fundar y con-
servar monarquías publicado en el momento crítico de 1640, con las revueltas
de los reinos periféricos. Según Gracián, la Casa de Austria la ensalzó Dios para

207 He utilizado la publicación de 1601. Pedro DE RIBADENEYRA: Tratado de la Religión y


virtudes que debe tener el Principe Christiano, para governar y conservar sus Estados. Contra lo que
Nicolas Machiavelo, y los Políticos deste tiempo enseñan, escrito por el P. Pedro de Ribadeneyra de
la Compañía de Jesus. Dirigido al Principe de España D. Felipe III nuestro Señor, 1601 (BNE
3/52449); J. M. FORTE: “Pedro Ribadeneyra y las encrucijadas del antimaquiavelismo...”, op.
cit., pp. 167-180.
208 P. DE RIBADENEYRA: Tratado de la Religión y virtudes..., op. cit., p. 105.
209 Ibidem, p. 116.
210 Ibidem, p. 109.

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Capítulo VI

terminar con las discordias entre Emperadores y los Pontífices, por ser el pueblo
elegido de Dios 211:
Casa que la ensalçó Dios para ensalzar con ella su Iglesia acabándose las
discordias tan antiguas como crueles entre los Federicos Emperadores, y los
Sagrados Pontífices, començando la paz en el Emperador Rodolfo de Austria. Casa
que después que ella reyna, no sabe la Iglesia del Señor, qué son cismas ni los
conoce. Casa que bolvió los Sumos Pontífices de Aviñón a su Trono de Roma, y
mantiene su autoridad suprema. Casa que la levantó Dios para muralla de la
Cristiandad contra la potencia Otomana. Casa que la fortaleció Dios para ser
martillo de los Hereges en Bohemia, Ungria, Alemania, Flandes, y aun en Francia.
Casa que la formó Dios para riquísimo minero de Santos, Emperadores,
Emperatrices, Reyes, Reynas, y Archiduques. Casa que la estendió Dios por toda
la redondez de la tierra, para dilatar por toda ella su Santa Fe, y Evangelio. Casa
que la escogió Dios en la ley de gracia, ansi como la de Abraham en la escrita, para
llamarse Dios de Austria, Dios de Rodolfo, de Felipe, y de Fernando.

Baltasar Gracián dedicaba su obra al noble que confesaba, el napolitano don


Francisco María Carafa, duque de Nochera, que desde 1639 era virrey de Aragón
y Navarra, y que luego fue encarcelado por criticar la postura ofensiva de Olivares
en la sublevación de Cataluña, bajo cargo de infiel al Rey 212.
El jesuita Claudio Clement también escribió un tratado bajo el título de El ma-
chiavelismo degollado por la christiana sabiduria de España y de Austria en 1637 213.
Era natural de Ornans, en el condado de Borgoña, y desde 1630 fue enviado a Ma-
drid como catedrático de Erudición en los Estudios Reales 214. Dedicaba su obra
al duque de Medinaceli, don Luis de Moncada Aragón y Cerda, también príncipe

211 Baltasar GRACIÁN: El Político don Fernando el Catholico, Zaragoza, 1640 [reed. facs.:

Zaragoza: CSIC, 1985], pp. 219-222.


212 Sobre la figura de Gracián y de su penitente el duque de Nochera, M. GRANDE y R.

PINILLA (eds.): Gracián: Barroco y modernidad, Madrid: Universidad Pontificia Comillas, 2004;
E. SOLANO CAMÓN: “Política y guerra en la Zaragoza de Baltasar Gracián”, en J. M. AYALA
MARTÍNEZ (coord.): Zaragoza en la época de Baltasar Gracián. Palacio de Montemuzo, 27 de
noviembre de 2001-6 de enero de 2002, Zaragoza, 2001, pp. 27-36; E. SOLANO CAMÓN: “Notas
acerca del significado histórico del P. Gracián en torno a 1640”, Criticón 45 (1989), pp. 71-80.
213 P. Claudio CLEMENTE: El machiavelismo degollado por la christiana sabiduria de España
y de Austria. Discurso Christiano-politico a la catholica magestad de Philippo IV, rey de las Españas,
Alcalá, 1637 (BNE, 3/29384).
214 J. ESCALERA, S.I.: “Clemente, Claudio”, en DHSI, Roma, 2001, I, p. 826.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

de Paterno, duque de Montalto, Alcalá y Bibona. En esos momentos presidente y


capitán general del reino de Sicilia. Por su parte, el P. Clement siempre se mostró
fiel a la política de Roma, que defendían los archiduques Alberto e Isabel. En 1634,
dedicaba un elogio fúnebre a la Infanta titulado La vraie force d’une femme en l’union
et mariage de la piété et vertu d’Isabelle avec le soin et la sollicitude des affaires du
monde, en el que ensalzaba la piedad de Isabel 215. En las cartas jesuitas durante el
reinado de Felipe IV que recopiló Gayangos, el P. Clement era uno de los que in-
formaba al resto de sus compañeros de lo que estaba ocurriendo en Flandes, siendo
especialmente efusivo en la narración de las victorias del cardenal infante Fernando,
debidas, como no podía ser de otra manera, a su devoción por el Santísimo:
El Cardenal Infante dió un ejemplo de muy gran cristiandad acompañando
á pié al Santísimo Sacramento, el cual, según la costumbre de la tierra, andaba
harto desacompañado; fué cosa de grande admiración y que ha de remediar la
falta que antes había por allá 216.

Con su obra El machiavelismo degollado, el P. Clement pretendía mostrar el


poderío de la Casa de Austria por su unión con la Iglesia Católica, y los socorros
que siempre se habían dado la una a la otra a lo largo de la historia. Al mismo
tiempo que criticaba todos aquellos tratados políticos, derivados del maquiave-
lismo, que no veían en Dios, en la Iglesia, y en la piedad y sabiduría cristiana de
un monarca, como sí era el caso de Felipe IV, el fundamento de un estado. Esta
forma piadosa de gobernar debía ser continuada por el joven príncipe Baltasar
Carlos para traer felicidad a los reinos. Este tratado, también plagado de predes-
tinación divina, volvía a repetir la dependencia a la voluntad divina para poder
gobernar y poder vencer en una batalla. Lo más destacado era que trataba de jus-
tificar específicamente la prosperidad del Condado de Borgoña, y en general de
Flandes, por la providencia divina que les había situado bajo el mando de la Casa
de Austria. Su tratado era muy categórico en cuanto al tema de la Eucaristía y la
devoción al Santísimo:

215 H. DIDIER: “Un franc-comtois au service de l’Espagne”, AHSI 44 (1975), pp. 254-
264; J. BRUFAU PRATS: “Claudio Clemente y su pensamiento político”, Anales de la Fundación
Francisco Elías de Tejada 14 (2008), pp. 35-36.
216 En P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XIII (1861), p. 171. Madrid, 24 de abril de 1635. El P. Cláudio Clemente al P. Rafael Pereyra
de la Compañía de Jesús, en Sevilla.

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Capítulo VI

La divina mesa de la Sagrada Eucharistia es por la qual se estableció el


mundo, y la redondez de la tierra, y sus reynos tienen firmeza, y consistencia.
Mas principalmente ha sido el fundamento, y aora es la prosperidad, y firmeza
de la Augustísima Casa de Austria 217.

Se trataba en todo momento de manifestar la Pietas Eucharistica de Felipe IV,


para ver cómo se mantenía e incluso superaba a aquella piedad que mostró el em-
perador Rodolfo I, fundador de la dinastía, cuando se cruzó con el viático. Hasta
tal punto que los panegiristas de la unión de la Casa de Austria reinventan la historia
de los reyes de España, como si todos sus monarcas hubieran adorado la Euca-
ristía y hubieran seguido el ejemplo de Rodolfo I con el viático 218, cuando en los
tratados y crónicas del siglo XVI no se encuentra esta justificación de la Monar-
quía, sino que se habla de los monarcas como herederos de los reyes godos.
A continuación, el P. Clement describía cada uno de los encuentros de Felipe IV
con el Santísimo, acompañándolo tanto en procesiones como en viático a casa de
un enfermo 219. Es preciso destacar una escena piadosa que describe el P. Clement

217 P. Claudio CLEMENTE: El machiavelismo degollado por la christiana sabiduria..., op.

cit., pp. 118-119.


218 “Esta cierto valiente, y robusta en su Real, y catholico pecho, y en tanto grado, que
puedo muy bien dezir, que no solo no queda V. M. inferior en esta parte a la devoción
de Rodolfo tan celebrada en todo el mundo, y en sus anales, y remunerada de la
liberalidad divina, no menos que con el Romano Imperio, sino que ha venido
aumentándose con logros felices por todos sus descendientes hasta su Real persona,
recibiendo entonces su mayor realze, quando de Austria se comunicó a España,
juntándose en uno felizmente el valor, y grandeza de la Casa de Austria a los eternos
blasones, y proezas de los Reyes españoles. Tanto que Philipo I, Carlos V, Philipo II,
Philipo III, Austriacos todos, y reyes de España, progenitores de V. M. y V. M en
primer lugar se pueden poner por exemplar ilustre desta piedad a los hijos venideros,
y por el mismo título que Rodolfo, merecen por su propria Religión, y piedad la
suprema cumbre de la Magestad entre los mortales, mereciéndola también desde el
principio de la vida, solo con aver nacido” (Ibidem, pp. 119-120).
219 “(…) Yendo V.M. en el principio de su reynado al Real Convento de S. Geronymo a
celebrar las exequias del Señor Rey Philipo III, encontró a caso con el Sanctissimo
Sacramento, que llevava a un enfermo, y saltando al punto del coche le fue
acompañando a yda, y buelta, la cabeça descubierta con singulares muestras de piedad,
y religión. Quantas vezes vemos a V.M. en processiones solemnes, a pie, descubierta la
cabeça, con ardientes soles, rodeado de una innumerable multitud de todas Ordenes, y
Estados, y por consiguiente embuelto en una nube de polvo, que a los mas robustos es
molestissimo ir acompañando este divino sacramento largos trechos por las calles, y

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

en su libro, y que la recoge de una carta de su gran amigo el P. Francisco Aguado,


confesor de Olivares:

plaças desta corte. Ni para aquí la piedad de su Real pecho. Visto hemos a V.M. la
Semana Santa por calles cubiertas de lodo, lloviendo el Cielo, visitar muchos Templos
a pie con un bestido y traje ordinario, sin poderlo estorvar, ni la molestia del trabajo,
ni el peligro de la salud, y aun casi las persuasiones de los mas allegados a su Real
persona, y aviendo venerado con su devoción acostumbrada el sagrado cuerpo de
Christo Señor nuestro, volverse a casa penetrado del agua, y de los temporales. Visto
hemos a V.M. no una vez sola encontrar con los Sacerdotes, que llevan el Santissimo
Sacramento por Viatico a los enfermos, y salir de la silla, o coche, y sin enfado, y
desden de la muchedumbre del pueblo, meterse como uno de los demás, que le van
acompañando, y entrar en la casa del enfermo, y no proseguir su camino, hasta volber
al Santissimo Sacramento a su templo, y dexarle encerrado en su tabernaculo. Y
entonces a V.M., y a sus españoles ínclitos, e ilustres en esta misma piedad, y Religión,
les parecia que triunfavan mejor a los español-austriaco, y a los austriaco-español,
quando de la manera que he dicho en tan obsequioso, y piadoso acompañamiento sin
diferenciarse de la plebe, mas que en la nativa Magestad de persona, y en las
aventajadas demonstraciones de su piedad insigne yva siguiendo al Rey de los Cielos
y tierra, cubierto con el humilde rebozo de aquellos blancos accidentes. De cuya real
piedad fue también Madrid testigo este año passado, cuando al bolver V.M. del campo,
donde avia estado algunos días, encontrando al Santissimo Sacarmento (que para V.M.
es el encuentro mas afortunado) hizo parar el coche, y apeandose, le fue acompañando
a pie a casa de una enferma, y de alli hasta su Iglesia, llevando a su lado al Conde de
Olivares, a quien V.M. favorece con especial benevolencia, y da tanta parte en la
administración de sus reynos por la singular piedad suya, y por la cuydadosa solicitud,
con que procura conservar la real grandeza de V.M. por los mismos medios, que ella
tuvo sus principios, y ha llegado a la alteza de la cumbre, en que oy la admira el
mundo. Testigos son desta verdad las comuniones de cada semana, y aun mas
frecuentes, la asistencia cuotidiana al sacrosanto sacrificio de la missa; el cuydado, y
zelo, de que cada dia se digan doze Missas en su capilla, y esto en medio de tantas
ocupaciones, y cuydados, con que se emplea todo en atender a los aumentos comunes
de la Iglesia; y de nuestra España. Los blasones proprios, meritos, y alabanças deste
gran Príncipe, su aventajada piedad para con Dios, el solicito cuydado de defender, y
propagar la Religion Catholica; la liberal benevolencia con los hombres doctos,
piadosos, y benemeritos; la vigilancia para la cautela, la perspicacia para la
providencia, aquella fortaleza de animo invicta en los casos mas adversos, aun contra
los mismos desdenes, y desvios de la fortuna, (si es que ay algún influxo de aquesta
deydad fingida) aquel afecto totalmente despegado de la vil avaricia, que causa
admiración aun a los animos mas invidiosos en oportunidad tanta de aumentar su
patrimonio, que no le falta sino el querer: aquel animo infatigable, que parece cobra
nuevo vigor, y fuerças con la tarea perpetua de negocios de tanto peso, a quien ya se
ha hecho, como naturaleza lo que los hombres llaman trabajo. Estas y otras excelencias
deste genero dignas del valido de un Rey maximo, dignas del tutelar del bien público,

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Capítulo VI

[…] Porque no aya sospecha de rethoricos adornos, contaré el caso


puntualmente, cómo passó con las mismas palabras con que lo escrivió al Padre
Rector deste Colegio Imperial de Madrid, el Padre Francisco Aguado de nuestra
Compañía Predicador de V. M. varón adornado con aventajadas prendas, y talentos
en el govierno, en el púlpito, y en sus doctos, graves, y piadosos escritos, y al
presente confessor del Conde-Duque, a quien fue acompañando en la jornada,
que V. M. hizo ahora tres años, a la ciudad de Barcelona. La carta pues dize assi,
la qual he trasladado ya muchas vezes, y embiado a muchas partes, especialmente
a los Borgoñones súbditos de V.M. paysanos mios, juzgando que ninguna cosa les
podía ser de mas gusto, ninguna prenda mas cierta del aumento, y felicidad
humana, que tener un príncipe de piedad tan esclarecida:
“Antes de ayer viniendo su Magestad de ver la Cartuja, y passando con el
coche por una rambla muy estrecha, cayó un moço del coche, y le cogió una
rueda, y trató muy mal, y fue con tanto aprieto, que no pudieron sacar el
moço, sino es quitando la rueda al coche. Apeose Su Magestad, y los Infantes.
Y el Rey, Dios le guarde, mostró en esta ocasión, quan gran catholico es;
porque no pudiera a un gran religioso hazer mas de lo que Su Magestad hizo
por su persona; porque hizo grandes diligencias para que llamassen confessor
para el moço. Y porque el mal parecía que yva executando en la vida, començó
a ayudalle con actos de contricción, enseñándole los motivos, que avia de tener
en ellos, y embaraçandose el moço, y divirtiéndose con la presencia del Rey, le
dixo: Hermano no reparéis en que soy el Rey sino poneos bien con Dios.
Acabo de quando vino un Monje cartujo, y no llegando tan presto por un
ribazo que avia, le dixo el Rey: venid padre por aquí, que yo os daré la mano,
no os detengáis. El Infante Cardenal ayudava al mismo oficio, diciendo las
Letanías. Al fin el moço se confessó despacio, y se reconcilió, y reparándose,
si le avian de traer allí el Santissimo Sacramento, se ofrecio Su Magestad le
acompañaría a pie, aunque distava tres cuartos de legua; pero no fue
necessario, y assi le hizo poner al moço en un coche, y traer a la ciudad y luego
se vino su Magestad a ella ya tarde, porque se detuvo en esta ocasión, como
hora y media. Debe ser la primera cosa que ha passado por Rey de España: y
para todos nos ha sido de mucha edificación, y no he querido privar a V. R. y a
todos los padres del consuelo, que les causará. Guarde Nuestro Señor a V. R.
como desseamos. Barcelona, 10 de mayo 1632. Francisco Aguado” 220.

Resulta llamativa la forma en que ambos jesuitas, tanto Aguado como Cle-
ment, mostraban a un Felipe IV totalmente humillado y postrado ante Dios, con

sin duda piden de por si especiales elogios, y panegíricos” (P. Claudio CLEMENTE: El
machiavelismo degollado por la christiana sabiduria..., op. cit., pp. 120-123).
220 Ibidem, pp. 124-126.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

las palabras al joven herido: no repareis en que soy el Rey sino poneos bien con Dios.
La figura real dejaba de ser importante ante Dios, este era el ideal ideológico que
los jesuitas, fieles a Roma, se proponían imponer en la conciencia de Felipe IV,
como así consiguieron.
Asimismo, al P. Clement le interesaba mostrar la continuidad de esta piedad
y devoción en el príncipe Baltasar Carlos, del que narraba su relación con la Igle-
sia y con el Santísimo desde que nació:
Apenas avia cumplido los dos años de su edad dichosa, quando preguntado en
que lugar, y estimación tenía a los Sacerdotes; luego al punto para significar a lo
Español suma veneración, y respecto, levantando con toda la fuerça los braceritos
en alto, puso V. Alteza con grande reverencia sus manecitas sobre su Real cabeça. Y
preguntándole mas, del culto, y reverencia al Santissimo Sacramento, saltó luego, y
sin poderse contener, ni ser contenido en el regazo de su ama, començó a postrarse
con rendimiento, y humildad, y a coser con la tierra con suma veneración, essa
frente real 221.

Para comprender hasta qué límite llegó a influir estos tratados en la corte ma-
drileña, es preciso detenerse en la conversación que mantuvo en marzo de 1641 el
nuncio Facchinetti con el duque de Medinaceli, a quien va dirigido este tratado del
jesuita Clement. Este duque, tal y como describe el nuncio, siempre se mostró pia-
doso, fiel a Roma y enemigo acérrimo de la política de Olivares 222, criticando su
gobierno porque “i castighi che flagellano hoggi la Monarchia, sono effetti dei pregiuditii,
con i quali malamente, si è trattata la giurisdittione ecclesiastica in questi regni”. Al mismo
tiempo que el duque de Medinaceli daba al nuncio las claves de un buen gobierno:
la politica de il Re e de’ ministri suoi ha da essere la lettura degli evangelii, che quella
ben masticata, e ponderata da insegnamenti per sostentare i regni temporali senza
distruggere l’ecclesiastico 223.

221 P. Claudio CLEMENTE: El machiavelismo degollado por la christiana sabiduria..., op. cit.,
pp. 126-130.
222 “Il duca di Medinaceli (…) è poco amico del signore Conte Duca, e disapprova molte sue
ationi. (…) Mi dicono mirabilia magna della sua pietà, della frequenza de’ sacramenti, del
rispetto alla Sede Apostolica, della somma veneratione a Su’ Santità” (ASV, Segreteria di
Stato Spagna 84, ff. 225r-226v: Carta del nuncio Cesare Facchinetti, arzobispo de
Damiata a Roma. Madrid, 20 de marzo de 1641).
223 Ibidem.

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Capítulo VI

Con todo, durante el reinado de Felipe IV hubo un jesuita que destacó sobre
el resto de apologistas y que supo defender a la perfección la doctrina de Roma
en sus tratados. Este era el P. Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658), cuyos padres
se habían trasladado a España con el séquito alemán de la emperatriz María de
Austria 224. Como jesuita, Nieremberg estudió en el colegio Imperial, del que
luego fue maestro. Allí tomó como maestro espiritual al P. Francisco Aguado, con-
fesor del conde-duque de Olivares, al que siempre se mostró muy unido, y con el
que compartió su misticismo y su oposición a la intervención directa de un reli-
gioso en la política. Confesó a la princesa de Mantua, Margarita de Saboya, a la
condesa de Olivares, camarera mayor de la reina Isabel de Borbón, y a doña Leonor
María de Guzmán, condesa de Monterrey. A través de sus penitentes, el P. Nie-
remberg se convirtió en uno de los jesuitas más influyentes en la corte de Felipe IV,
cuyos escritos incorporaban la nueva ideología religiosa que Roma pretendía im-
plantar en la corte madrileña 225. Una de sus obras más celebres fue Causa y remedio
de los males públicos, publicada en 1642, cuando el gobierno del Conde-Duque
comenzaba a ser cuestionado por toda la corte 226. Precisamente el P. Nieremberg
dedicaba su obra al valido para tratar de remediar las calamidades y pérdidas te-
rritoriales que estaba padeciendo la Monarquía, recordando a Olivares el poco
respeto a la Iglesia que mostraba en su forma de gobernar, por lo que Dios le es-
taba castigando con la rebelión de Cataluña y la pérdida de Portugal:
Parece que por los españoles se dixo aquel oráculo que se respondió a los
Sibaritas: Seréis nación dichosa, mientras veneraredes a Dios, pero quando
tuvieredes mas respeto a los hombres, que a las cosas divinas, entonces se os
levantaran guerras, y sediciones hasta las entrañas. Y desto se puede seguir sino
la ruina de una República, porque como dixo Silesio: la piedad para con Dios es la
basa y fundamento de un Reino. Lo que vemos es que estamos llenos de guerras
en las entrañas de España, sediciones en Cataluña, rebeliones en Portugal, y
juntamente ay muy poca reverencia de Dios, ansi en la licencia, y aun desvergüenza

224H. DIDIER: “Nieremberg y Ottin, Juan Eusebio”, en DHSI, Roma, 2001, III, pp.
2819-2820.
225
Juan Eusebio NIEREMBERG: Obras Escogidas, estudio preliminar y edición de E.
Zepeda-Henriquez, Madrid: Atlas (BAE), 1957, pp. XVI-XVII.
226Sobre el papel ideológico de Nieremberg, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud
coronada: Carlos II y la piedad...”, op. cit., p. 29.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

del pecar, como en el poco respeto que se tiene a las Iglesias, donde mas se debe
reverenciar la Magestad divina 227.
La crítica década de 1640, en la que la Monarquía Católica parecía desmem-
brarse territorialmente, permitió a Nieremberg utilizar la cuestión del castigo di-
vino para tratar de persuadir al monarca de la mala administración que se estaba
llevando a cabo, y de la necesidad de reforma en sus reinos. Utilizando la palabra
divina y todo el simbolismo del Antiguo Testamento, como la idea de la Monarquía
elegida por Dios, Nieremberg criticaba la política agresiva de Olivares en los reinos
periféricos: “si piensas que consiste la guerra en la fortaleza del exercito, hara
Dios que te venzan tus enemigos” 228.
Para el P. Nieremberg era necesario que un príncipe cristiano se mostrara te-
meroso de Dios, pero no sólo eso, exigía un cambio de actitud por parte del mo-
narca y sus ministros, con muestras de piedad y de devoción exageradas, sobre
todo en el pésimo momento por el que atravesaba la Monarquía Católica:
Quiero advertir aquí, que el humillarse a Dios, mostrarse afligidos, y hazer
demostraciones de penitencia en los aprietos publicos, no es falta de valor, ni es
desconsuelo del pueblo, ni descredito para con los enemigos, pensando que tomarán
de aí, animo contra los que con su penitencia parece que se dan por apremiados, y
casi poco menos que apurados: porque Governadores prudentísimos, y varones
esforzadissimos, y Principes invictos lo han hecho. David fue uno de los Reyes mas
prudentes, y valerosos del mundo, y que mas vezes venció, pues su vida, y reinado
fue una continua Victoria, el qual con todo esto no reparó en mostrarse afligidísimo,
y penitente, hasta andar con los pies descalzos 229.
La siguiente obra del P. Nieremberg estaba dedicada al joven príncipe Baltasar
Carlos, su título Corona Virtuosa, y Virtud Coronada (1643), colocaba a la virtud
real como fundamento del orden político de la Monarquía 230. Concebida a modo

227 Juan Eusebio NIEREMBERG: Causa y remedio de los males publicos. Dedicado al
Excelentissimo Señor don Gaspar de Guzman Conde-Duque, Madrid, 1642, p. 36 (BNE 3/67902).
228 Ibidem, p. 49.
229 Ibidem, p. 84.
230 Al comienzo de su obra, el jesuita explicaba al príncipe Baltasar Carlos la importancia
de la virtud real y su reflejo en el Antiguo Testamento:
“Como los pecados del pueblo son causa de las ruinas de los Reynos, pueden
también las virtudes de un Príncipe ser el reparo de su Imperio. Y porque las de V. A.
han de servir de contrapeso a nuestras culpas, aliviando el peso de la justicia divina y

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Capítulo VI

de instrucción para el príncipe, su obra se dividía en dos partes bien diferenciadas.


En la primera Corona Virtuosa, el jesuita señalaba las características de la virtud de
un monarca, destacando como primordial la devoción ejemplar del monarca y su
piedad para conseguir el favor divino. De este modo el soberano lograría importantes
bienes para sus súbditos. En la segunda parte, Virtud Coronada, se narraban las vidas
de treinta y ocho príncipes entre monarcas castellanos y emperadores germánicos,
para que sirviera como paradigma de príncipe virtuoso. Asimismo, se ponía de ma-
nifiesto el empeño del P. Nieremberg por identificar ambas ramas de la Casa de Aus-
tria como una única defensora de la Iglesia. En la tercera y última parte se resumían
en trescientos dictámenes las otras dos partes anteriores del libro. Se trataba de axio-
mas reales, morales y estoicos 231.
Al comenzar la obra, el P. Nieremberg recordaba al joven príncipe Baltasar Carlos
el beneficio que Dios había dado al pueblo de Israel por la virtud de su príncipe:
Porque así como la culpa del Príncipe castiga Dios en los vasallos, así
también redunda en beneficio de todo el Reyno la virtud de un Rey. Por la
santidad de David hizo Dios bien a todo Israel, levantándole a la grandeza y
prosperidad 232.

Eran tres los ejemplos de reyes virtuosos de las Sagradas Escrituras que daba
el jesuita: uno era Abraham, al que, al extender su fe por todo el mundo Dios le
dio prosperidad. Otro era Moisés que por ser libertador del pueblo Dios le dio
fuerzas para defenderse de los que se habían apartado del culto divino, y el tercero

castigos que los pecados comunes merecen, he querido representar aquí lo que acerca
desto he advertido en los Libros Sagrados y Concilios de la Iglesia: porque aquellos
enseñan; estos engrandecen la utilidad de la virtud de los Reyes. Para que V. A, como
tan piadoso y amador de sus vasallos, fomente siempre su bien con el exercicio de
virtuosas obras” (Juan Eusebio NIEREMBERG: Corona virtuosa y virtud coronada. En que
se proponen los frutos de la virtud de un príncipe, juntamente con los heroicos Exemplos de
virtudes de los Emperadores de la casa de Austria y Reyes de España, Madrid, 1643, pp.
1-2 [BNE, 7/13802]).
231Sobre el discurso de Nieremberg, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud
coronada: Carlos II y la piedad...”, op. cit., pp. 29-58; A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “La
piedad de Carlos II”, en L. A. RIBOT GARCÍA (coord.): Carlos II: el rey y su entorno cortesano,
Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2009, pp. 141-166.
232A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud coronada: Carlos II y la piedad...”, op. cit.,
pp. 38-39.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

era el rey David que por guardar las leyes divinas, Dios defendió su reino de los
enemigos. De modo que un buen rey, si quería la grandeza de sus reinos, debía
propagar la fe, cuidar de sus vasallos y guardar los mandamientos divinos 233. Por-
que en definitiva, el devenir de la Monarquía estaba en manos de Dios: “No mire
un Príncipe el reinar como herencia, no como fortuna y dicha, sino como negocio
de Dios y comisión divina”. Considerando que “la Fe y la Religión es la estabilidad
y firmeza de los Imperios; al paso que ella crece, se aumentan, y al paso que des-
caece, desmayan” 234.
La intención del P. Nieremberg no era otra que remover la conciencia de Fe-
lipe IV y de su hijo Baltasar Carlos, para hacerles comprender que un rey pode-
roso era aquel que ejecutaba los dictámenes del Pontífice porque:
necesitando el Rey de la enseñança del Pontífice, y necessitando el Pontífice de la
potencia del Rey, para que el uno dirigiesse, el otro esforçasse para la execucion 235.

En las biografías que el jesuita madrileño escogió de los reyes y emperadores


más paradigmáticos (Virtud Coronada) no podían faltar las principales caracte-
rísticas de la Pietas Austriaca como eran el providencialismo, el exagerado fervor
eucarístico, la frecuencia sacramental, la conformidad de su voluntad con la di-
vina o la reverencia a la Iglesia. La primera biografía que recogía el P. Nieremberg
era la del emperador Rodolfo I. Analizando más en detalle esta vida heroica del
fundador de la Casa de Austria, en la que Felipe IV y su hijo debían verse refle-
jados, el jesuita destacaba su piedad, señalando que:
entre tanto ruido de armas no le faltava piedad, y devoción; la del Santísimo
Sacramento fue en él muy singular y por ello mereció la grandeza de su familia
y el Imperio para sí 236.

Respecto a la tradición de Rodolfo I de bajarse del caballo para adorar el viático


señalaba el P. Nieremberg:
No fue ceremonia esta su devoción; porque le nacia muy de lo interior, y la
alimentava con el uso de la oración, gastando con Dios cada dia ciertas horas,

233 J. E. NIEREMBERG: Corona virtuosa y virtud coronada..., op. cit., p. 314.


234 Ibidem, p. 23.
235 Ibidem, pp. 75-76.
236 Ibidem, pp. 123-124.

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Capítulo VI

encomendándole muy de veras todas las cosas en que ponia mano, para que
saliesen como favorecidas de la divina: y asi solia dezir, que si él estuviesse bien
compuesto con Dios, imperaria felizmente, que lo que le importava era captar la
benevolencia divina, que con esto todo le sucederia bien. Fue constantísimo en
guardar el recogimiento de las horas que tenia señaladas de oración; porque no
las dexava, por mas negocios y ocupaciones que tuviesse 237.
La principal virtud de Rodolfo I fue su reverencia a la Iglesia, y con ello su su-
jeción a las disposiciones de Roma. Nieremberg se empeñaba en resaltar la piedad
de este Emperador que pudo entrar en conflicto con el Pontífice en territorio ita-
liano, sin embargo, no dudó en obedecer a Roma. Por otra parte, para el jesuita, un
buen monarca debía llegar a un acuerdo con los territorios sublevados, antes de
emplear las armas en someterles, criticando indirectamente la política de Olivares
en Portugal y Cataluña:
Hermana de la justicia es la paz, las quales se abraçaron en el pecho deste
Principe; porque con ser tan esforzado, y dichoso en las guerras, no las deseava, sino
la paz. Y para que la huviesse era diligentissimo en oprimir al principio, o por
armas, o por conciertos, qualquier alteración, concordando luego los Principes
discordes, poniendo en razón al que no lo hazia; y allanavanse presto todos, porque
conocian su resolución y valor. Otras cosas disimulaba, y no se dava por entendido.
No reparava en puntillos; y assi quando Honorio IV señaló a Pinzivalla por Vicario
de Italia, embiando después al Emperador que le confirmasse, pudiendo tener el
Cesar mucho sentimientos desto, no lo mostró, antes hizo con gallardia lo que
el Papa deseava. Esto lo hizo el Cesar, asi por el respeto que tenia a la Silla
Apostolica, como por no ocasionar guerras alterando a Italia. Las mismas causas le
movieron a conceder al Papa algunas cosas, que fueron grandes servicios que hizo
su piedad a la Silla Apostolica 238.
La mayoría de los tratados jesuitas analizados guardaban una característica
común, que es preciso estudiar con mayor detalle. Todos los apologistas utilizaban
el discurso de la predestinación a través de las citas bíblicas (la comparación del
reino de Israel con la Monarquía) para tratar de supeditar la política y la guerra de
la Monarquía a los intereses de la Iglesia, a la vez que alababan la idea de veneración
al Santísimo Sacramento como soporte de la Casa de Austria, que implicaba también
una reverencia hacia la Iglesia y una defensa de la fe. Ahora bien, resulta claro que
estos ideales eran defendidos por los reinos periféricos de la Monarquía. De este

237 J. E. NIEREMBERG: Corona virtuosa y virtud coronada..., op. cit., p. 126.


238 Ibidem, p. 137.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

modo se comprende que la mayoría de estos tratados políticos hayan sido escritos
por apologistas no castellanos (el borgoñón Claudio Clement o el aragonés Baltasar
Gracián), o bien que sean obras, en su mayoría, dedicadas a gobernadores o virreyes
de Portugal, Sicilia, Valencia o Aragón (el P. Clement al duque de Medinaceli, don
Luis de Moncada Aragón y Cerda, presidente y capitán general del reino de Sicilia
y, por su parte, el P. Baltasar dedicaba su tratado al duque de Nochera virrey de
Aragón y Navarra). También había apologías escritas por religiosos íntimamente re-
lacionados con la Curia Papal como era el caso de los jesuitas Ribadeneyra y Nie-
remberg, estos dos últimos fieles a los Generales jesuitas e importantes colaboradores
de la política de Roma.
En este sentido, es preciso añadir las epístolas que escribió el P. Juan Eusebio
Nieremberg a modo de consejos morales en 1649, en las que se hacía eco de la
devoción de la nobleza, advirtiendo que toda la grandeza aristocrática venía dada
por la adoración al Santísimo:
El segundo Duque de Gandía, yendo a cazar, si oía en algún lugar la campana
de salir el viático para algún enfermo, al punto dejaba su entretenimiento, y,
corriendo el caballo, se iba al lugar para acompañar al Señor. La devoción en esta
parte de nuestro rey Felipe IV se ha visto varias veces en la corte; entre otras, una vez
que, pasando de noche por la Plaza, vio de lejos al Santísimo Sacramento, al punto
se arrrojó del coche, sacando de la mano al Príncipe su hijo, y fue con tanta priesa
para alcanzar al Señor, atropellando con la gente que encontraba, que no le pudo
seguir ninguno de su casa, parte por la apresuración del Rey y parte por atender a
la Reina, que quedaba hincada de rodillas en medio de la Plaza. El Conde de
Villanova, antecedente a éste, asistiendo al Santísimo Sacramento, como lo tenía
de costumbre, para darle por viático a un enfermo, sucedió que le echase de sí, con
lo demás que le embarazaba el estómago. Viendo esto se turbaron todos los
presentes; sólo el Conde, con un ímpetu superior y celo cristiano, se arrojó a recibir
aquellas heces y consumirlas todas. Esto hizo, porque juzgó que no había allí otro
que tuviese mayores obligaciones por su sangre y calidad; por eso quiso ser el más
fino en respetar a su Criador. Esta consideración deben tener todos los señores, que
han recibido más de Dios y que deben más, y los buenos respetos que deben tener
por su nacimiento con nadie mejor los han de guardar que con quien les dio buen
nacimiento. Recibieron de Dios más honra en su noble sangre; recibieron más
hacienda en sus estados. Pero el mal es que muchos de ellos hacen con estos
beneficios mayores injurias a su mayor bienhechor 239.

239 Epístola XXVIII, en Juan Eusebio NIEREMBERG: Epistolario, edición y notas de


Narciso Alonso Cortés, Madrid: Espasa-Calpe (Clásicos Castellanos), 1934, pp. 133-137.

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Capítulo VI

No resulta casual, por tanto, que los nobles piadosos citados por Nieremberg,
tanto el duque de Gandía (de la familia de los Borja) como el conde de Villanueva
(de los Valterra), pertenecieran a una nobleza que debía su origen a la Corona de
Aragón, mostrándose defensores de los intereses de las élites de los reinos peri-
féricos. Pero además dejaba claro que el origen de la nobleza estaba en Dios, de
modo que conceptos como limpieza de sangre, cristiano viejo o castellano puro,
dejaban de tener sentido.
Existe una última cuestión importante que es preciso tener en cuenta y es que
los tratados analizados ayudaron a enterrar la imagen exterior de la Monarchia Uni-
versalis a la que aspiraba Olivares, que terminaría del todo con las pérdidas terri-
toriales que padeció la Monarquía en la década de 1640. Asimismo, la forma de
gobernar llevada a cabo por el Conde-Duque quedaba en entredicho, y las críticas
al valido no cesaban de multiplicarse. Fueron muchos los intentos por parte de la
Compañía para abrir los ojos a Felipe IV y advertir al monarca de la necesidad de
alejar al valido del gobierno como así hizo en 1643.

¿UNIÓN DE LA CASA DE AUSTRIA?

Hasta ahora, se ha podido comprobar el importante papel ideológico que jugó


la Compañía de Jesús en la Monarquía de Felipe IV para mostrar la unión de las
dos ramas de la Casa de Austria, siempre bajo la obediencia romana. No obstante,
la realidad política era muy diferente. La Guerra de los Treinta Años situó al
Sacro Imperio en una posición, con unos intereses que en muchos casos, diferían
de los que defendía Olivares. No cabe duda que esta guerra le sirvió al Imperio,
con ayuda de Roma, para recuperar parte del liderazgo que la Monarquía his-
pana, durante sus años de apogeo, declarada Monarchia Universalis, le había ro-
bado. En este sentido, la dirección espiritual de la Compañía de Jesús fue crucial
para entender esta política imperial, en algunos casos, contraria a la política his-
pana, a pesar de que la propaganda ideológica fuera precisamente mostrar la
fuerte unión que, aparentemente, existía entre ambas ramas de una misma di-
nastía. Esto se puede analizar a través de la política del confesor del emperador
Fernando II, el P. Guillermo Lamormaini y su relación con la corte hispana.
El hecho de que Fernando eligiera por confesores a religiosos de la Compañía
de Jesús no era nada extraño, dada la devoción que su familia profesó siempre a

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

esta Orden 240. Su padre, el archiduque Carlos, hijo del emperador Fernando I y
fundador de la rama de los Habsburgo de Estiria, que gobernaba Inner Austria
desde la corte de Gratz (1564-1619), había asimilado la espiritualidad católica ra-
dical emanada de Roma por el ambiente jesuítico que rodeaba a su corte 241. Una
de las primeras acciones de Carlos II de Estiria a favor de la Compañía fue la fun-
dación de un colegio jesuita en Gratz, lugar de residencia de la corte archiducal,
en 1573. De modo que los jesuitas se convirtieron en importantes aliados de Carlos
para tratar de arraigar el catolicismo romano en el interior de Austria, que además
de Styria, incluía los territorios de Carinthia y Carniola 242. Asimismo, tuvo a su
lado un confesor jesuita, el P. Heinrich Blyssem 243. Ante tal colaboración con la
Compañía, Roma envió al nuncio en Graz, monseñor Porcia, una relación de los
jesuitas mejor educados en el colegio germánico para que dispusiera de ellos a la
hora de colocarlos en los puestos relevantes de Inner Austria 244. Tal devoción por
la Compañía también la compartía su mujer, la archiduquesa María de Baviera,
madre del futuro emperador Fernando II, quien mantenía una excelente relación
con el general Claudio Aquaviva, con el que se carteaba asiduamente. La propia
archiduquesa María tomó por confesor al jesuita Juan Reynelio, y se empeñó en
que sus hijos compartieran la misma espiritualidad, confiando la educación de sus
vástagos a religiosos superiores de la Compañía de Jesús. Así, el jesuita Jakob Cru-
sius, de Bamberg, confesó a la archiduquesa Anna-Maria desde 1602, y el jesuita

240 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,

pp. 7-8.
241 S. SPRUELL MOBLEY: “The Jesuits at the University of Ingolstadt”, op. cit., pp. 213-
249.
242 Para la contrarreforma en el interior Austria bajo el archiduque Carlos ver J.

LOSERTH: „Acten und Correspondenzen zur Geschichte der Gegenreformation in


Innerösterreich unter Erzherzog Karl II: (1578-1590)“, Fontes rerum Austriacarum, 2 Abt.
Diplomataria et acta 50. Bd., Wien, 1898, pp. ix-xxxiv. Sobre los orígenes de la Compañía en
Gratz, B. DUHR: Geschichte der Jesuiten in den Ländern deutscher Zunge, Freiburg, 1907, I, pp.
163-169.
243R. PÖRTNER: The Counter-reformation in Central Europe. Styria 1580-1630, Oxford:
Clarendon Press, 2001, p. 184.
244
La lista de seminaristas enviada a Porcia en P. SCHMIDT: Das Collegium Germanicum
in Rom und die Germaniker. Zur Funktion eines römischen Ausländerseminars (1552-1914),
Tübingen: Niemeyer, 1984, p. 304.

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Capítulo VI

belga Marcel Pollarde se convirtió en director espiritual de la archiduquesa María


Cristina. El archiduque Leopoldo tuvo como maestro al jesuita Cristopher
L’Abbe (1558-1607), mientras que el archiduque Carlos fue educado en su niñez
por el jesuita Gregor Joannes (1580-1619) 245. En este sentido, es preciso destacar
el caso de la joven Margarita, que una vez conocido su enlace matrimonial con el
monarca hispano Felipe III, fue la propia madre, la archiduquesa María, quien,
en un intento porque su hija Margarita mantuviese un fuerte apoyo en la corte
hispana y continuase desarrollando allí su religiosidad, ordenó que el jesuita Ri-
cardo Haller acompañase a la futura reina 246.
Con todo, la relación con la Compañía de Jesús del primogénito de los Estiria,
el archiduque Fernando, futuro emperador, fue, si cabe, más estrecha 247. En
1590 cuando el padre de Fernando murió, éste decidió marcharse a la Universi-
dad jesuita de Ingolstadt, en Baviera, donde estudió durante cinco años. Como
su padre, Fernando consideraba a los jesuitas ejemplares instrumentos de Roma
para la propagación de la fe 248. Su devoción por la Orden se puso de manifiesto
en las fundaciones de colegios jesuitas que él mismo sufragó. Un total de seis co-
legios fueron fundados por Fernando; Laibach en Carniola, Klagenfurt en Carin-
thia, Gorizia en Friuli, Kuttenberg y Leitmeritz en Bohemia, y Glogau en Silesia.
Pero también a la hora de elegir confesor siempre manifestó su predilección por
la Compañía. En 1597 Fernando eligió como director espiritual a Bartholomäus
Viller, un jesuita belga que fue rector en Gratz y provincial de Austria de 1583 a
1590, pasando a ser confesor de Fernando hasta que éste fue coronado emperador
en 1619. Roma era consciente de la necesidad de mantener al todavía archiduque
Fernando, futuro emperador, unido al Papado, y para ello, era necesario ganarse

245
J. WRBA: “Confesores y predicadores de Corte”, en la voz “Austria” del DHSI,
Roma, 2001, I, p. 285.
246 “La medessima Arciduchessa providdi alla medessima Regina, quando lei passò in
Spagna, di confessore di età matura, di prudenza et ottime qualità; et questo fù il Padre
Riccardo Haller, gesuita ch’era stato per innanti rettore nei collegii d’Ingolstatio in
Baviera et in Graz in queste provincie” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 113a, ff. 70r-
71r: Carta del nuncio Portia a Clemente VIII. Graz, 24 de marzo de 1603).
247 R. J. W. EVANS: The Making of the Habsburg Monarchy..., op. cit., p. 60.
248 A. W. WARD: The house of Austria in The Thirty Years’ War, London: Macmillan &
co., 1869, p. 29 (BL, 9315.bb.27).

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

la fidelidad de su confesor jesuita, que siempre le acompañaba, como así lo hi-


cieron los Pontífices 249.
Al P. Viller le sucedió como confesor imperial el P. Martin Becan, otro jesuita
belga, reconocido teólogo, que pasó sus años como profesor de teología en Mainz
y Viena. No obstante, fallecía al poco tiempo, el 24 de enero de 1624 250. El si-
guiente confesor jesuita de Fernando, fue el también belga Guillermo Lamor-
maini que sirvió como director espiritual y consejero político del emperador
desde 1624 hasta la muerte de Fernando en 1637 251. No es extraño que los tres
confesores de Fernando fueran belgas, educados en el catolicismo radical de
Flandes, impuesto por los gobernadores, los archiduques Alberto e Isabel Clara
Eugenia, importantes colaboradores de los Pontífices a la hora de extender la re-
novación religiosa de tintes radicales, emanada de Roma. De modo que los tres
confesores del emperador Fernando llevaban consigo la religiosidad radical que
trataba de extender Roma a todos los reinos 252.

249Reflejo de esto, era la carta que envió el nepote de Paulo V y secretario de estado, el
cardenal Borghese, al entonces nuncio imperial Antonio Gaetano, arzobispo de Capua, con
motivo de la dieta imperial celebrada en Ratisbona en 1608, a la que acudiría el confesor Viller:
“A la ricevuta de la presente sarà V. S. in Ratisbona, come credo, havendole io inviato
l’ordine con le precedenti d’assistere a la dieta et l’instrutione necessaria. Col serenissimo
arciduca Ferdinando sarà per quanto intendo il padre Villerio confessore di S. Altezza. Con
lui potrà V. Signoria intendersi et tenerselo amico et confidente, perchè essendo egli favorito
molto da l’Altessa Sua, possa valersi del suo mezzo in molte occasioni. Al padre suddetto
havrà dato ordine il padre Generale (Claudio Aquaviva), che tenga con V. S. buona
corrispondenza. Ho voluto avvisarla di ciò, perchè tratti seco confidentemente, et non
havendo io che dir di più con la presente” (Roma, 3 de noviembre 1607, en M. Linhartová
[ed.]: Epistulae et Acta nuntiorum apostolicorum apud imperatorem [1592-1628], Tomo
IV: 1607-1611, Parte I: 1607, Praga: Instituti Historici Bohemoslovenici Romae et
Pragae, 1932, p. 262).
250Sobre Viller, consultar B. DUHR: Geschichte der Jesuiten in den Ländern..., op. cit., I,
pp. 698-699; sobre Becan, B. DUHR: Geschichte der Jesuiten in den Ländern..., op. cit., 2/I, pp.
452-454, y 2/II, pp. 219-225.
251 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
p. 3.
252Para la actividad de los jesuitas en Flandes, A. PASTURE: La Restauration religieuse aux
Pays-Bas catholiques sous les Archiducs Albert et Isabelle (1596-1633), Louvain: Uystpruyst,
1925, pp. 312-367; R. PÖRTNER: The Counter-reformation in Central Europe..., op. cit., p. 114.

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Capítulo VI

Sin duda, fue Lamormaini el confesor más influyente en la política del Em-
perador. La relación de Fernando con este confesor tuvo su origen en Gratz 253,
donde llegaron a ser grandes amigos. Lamormaini estuvo siempre en contacto
con toda la familia de Fernando, prueba de ello fue el constante intercambio epis-
tolar del jesuita con diversos miembros de la familia como los cuatro hermanos
de Fernando: María Cristina, Eleonora, y María Magdalena, y especialmente
con su hermano, el archiduque Leopoldo, gobernador del Tyrol. Al terminar su
periodo como rector en Graz, Lamormaini viajó a Roma el 16 de octubre de
1621. El motivo de su viaje era la consulta de diversos negocios eclesiásticos con
el general de la Compañía Muzio Vitelleschi. Allí Lamormaini consultó con Vi-
telleschi el papel de la Compañía en las reformas de la Iglesia en Bohemia, y en
la conversión de la vecina Sajonia. Asimismo, tuvo contacto con diversos miem-
bros de la Curia Papal, donde fue propuesto como cardenal, aunque al final no
se llevó a cabo el nombramiento 254. A su regreso a Viena, fue nombrado rector
del colegio el 19 de febrero de 1622, lo que le permitió estar más cerca de la corte
de Fernando II, consiguiendo ser propuesto como confesor del Emperador.
Desde la corte imperial, Lamormaini mantuvo siempre informado al General
de la Compañía. La correspondencia que mantuvieron el general Vitelleschi y el
confesor imperial durante más de treinta años, con más de mil cartas, ha sido es-
tudiada en detalle por el profesor R. Bireley 255. En ellas, a grandes rasgos, el Ge-
neral pedía a Lamormaini que tratase que la Compañía fuera, en todo momento,
bien vista por Fernando II, estando a su servicio y lo que era más interesante, Vi-
telleschi insistía al confesor que persuadiese al Emperador para formar un frente
unido entre los príncipes católicos, a las órdenes del Pontífice, para imponer la

253 Guillermo Lamormaini nació en Bélgica en 1570. Entró en la Compañía el 5 de

febrero de 1590 en el noviciado jesuita de Brünn, en Moravia. De allí pasó a estudiar teología
en Viena de 1592 a 1596. Tras permanecer poco tiempo en el colegio de Praga, optó por
marcharse como rector en Gratz en 1598, dos años antes de que Fernando asumiera los
poderes del gobierno en Inner Austria. Allí estuvo hasta 1621, primero como profesor de
filosofía y luego de teología y, finalmente, como rector de la universidad de 1613 a 1621.
Cuando pasó a Viena como confesor del emperador Fernando II era un gran aliado del
general Muzio Vitelleschi.
254Informaba el nuncio a Roma de las quejas de Olivares por el supuesto cardenalato del
P. Lamormaini. Madrid, 2 de agosto de 1631 (ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, f. 104v).
255 R. BIRELEY, S.I.: The Jesuits and the Thirty Years War..., op. cit., p. 25.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

renovación católica en el Imperio 256. Una de las primeras actuaciones de Lamor-


maini a favor de los intereses de Roma fue la elección de la nueva esposa del em-
perador Fernando. En 1617, tras la muerte de su primera mujer, Maria Anna de
Baviera, hermana de Maximiliano, Fernando consultó con algunos teólogos sobre
su futuro matrimonio. Pensando en facilitar a Fernando la elección del título im-
perial, el cardenal Melchior Khlesl, ministro del emperador Matías, insistió en
que se casara con la viuda del elector luterano Christian II de Sajonia. No obstante,
Lamormaini, que ya se había ganado la confianza de Fernando y actuaba en favor
de Roma, realizó un escrito en contra del matrimonio de Fernando con una prin-
cesa protestante. Fue tanta la influencia de Lamormaini y de la Compañía sobre
la figura de Fernando que finalmente se casó en segundas nupcias con la católica
Leonor de Mantua, de la familia de los Gonzaga, en 1622 257. La emperatriz Leo-
nor era la candidata perfecta de Roma por su espiritualidad radical, que favoreció
la extensión de la renovación católica por todos los territorios del Imperio. La em-
peratriz Leonor solía confesarse con el jesuita italiano Lucas Fanini 258. En este
sentido, Leonor, además de mostrar su devoción por la Compañía, quiso favorecer
a otra familia religiosa; la descalcez carmelitana, lo que le llevó a fundar un con-
vento de carmelitas descalzas en Viena, desde donde la orden reformada se ex-
tendió por el Imperio 259. Lógicamente los religiosos y religiosas descalzos que
iban llegando para fundar nuevos monasterios al Imperio, eran todos enviados
por la Congregación italiana, controlada por el Pontífice. Sin duda, hubo un re-
ligioso de esta Orden que destacó a la hora de extender la descalcez romana por
el Imperio. Éste fue el carmelita Domenico de Jesús María, cuyo protagonismo
en la Batalla de Montaña Blanca resulta incuestionable 260. Efectivamente, el 8 de

256 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
p. 11.
257Ver B. DUDIK: “Correspondenz Kaiser Ferdinand II. Und seiner erlauchten Familie
mit P. Martinus Becanus und P. Wilhelm Lamormaini”, Archiv für österreichische Geschichte
54 (Viena, 1876), pp. 234-242.
258 R. BIRELEY, S.I.: The Jesuits and the Thirty Years War..., op. cit., p. 141.
259 A. CORETH: “Daiserin Maria Eleonore, Witwe Ferdinands III und die Karmelitinnen”,
Mitteilungen des Österreichischen Staatsarchivs 14 (1961), pp. 42-63.
260A. CORETH: Pietas Austriaca, op. cit., p. 83; S. GIORDANO: Domenico di Gesù Maria,
Ruzola..., op. cit., pp. 179-187.

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Capítulo VI

noviembre de 1620, tuvo lugar la victoria del ejército católico en la colina de Mon-
taña Blanca, a las afueras de Praga, donde las tropas de los estados protestantes
fueron humilladas en una batalla que duró apenas un par de horas. Esta victoria
sirvió para que Fernando II recuperara el reino de Bohemia y significó el regreso
de la Compañía de Jesús al reino de Bohemia al ser expulsada tras el célebre epi-
sodio de la defenestración de Praga 261. Toda la propaganda política que se generó
con motivo de la victoria de Montaña Blanca tiene que ver con la actuación del
carmelita. A las órdenes de la expedición iba fray Domenico de Jesús María, que
arengó a las tropas a luchar para que Bohemia fuera restituida al catolicismo ro-
mano 262. En su arenga, fray Domenico instigaba a las tropas a una victoria segura
por contar con la gracia de Dios 263. Siguiendo la interpretación del religioso, los
apologistas de la batalla de Montaña Blanca aseguraban que la fuerza del brazo
de Dios luchaba del lado de Fernando en defensa del catolicismo 264. A partir de
entonces, las victorias y triunfos del Emperador se interpretaban sólo en código
providencial; Fernando veía las victorias como una misión divina para restablecer
el catolicismo en el Imperio 265. Fue precisamente el año 1620, tras la batalla de
la Montaña Blanca, que comenzó toda la propaganda heroica de la rama germana
de la casa hasbúrguica, buscando recuperar su primacía la línea de Viena frente a
la de Madrid. La misma propaganda que fomentó Roma, a través de la Compañía
de Jesús, para ensalzar en los escritos de la Casa de Austria a una dinastía unida,

261 A. CATALANO: La Boemia e la riconquista delle coscienze. Ernst Adalbert von Harrach

e la controriforma in Europa Centrale (1620-1667), Roma: Edizioni di Storia e Letteratura,


^ ^
^
2005, pp. 79-110; para la reconstrucción de los hechos, D. UHLIR: Cerný den na Bílé Hore,
Brno: Ave, 1998.
262
H. LOUTHAN: Converting Bohemia. Force and persuasion in the Catholic Reformation,
Cambridge: Cambridge University Press, 2009, p. 154.
263 S. GIORDANO: Domenico di Gesù Maria, Ruzola..., op. cit., pp. 183-184; S. GIORDANO:

“Note sugli Ordini religiosi in Boemia e Moravia...”, op. cit., pp. 129-157; F. GUI: I Gesuiti e la
rivoluzione Boema..., op. cit.
264 O. CHALINE: La Bataille de la Montagne Blanche, Paris: Noesis, 1999, pp. 304-305;
V. S. MAMATY: “The Battle of the White Mountain as a Myth in Czech History”, East
European Quarterly 15 (1981), pp. 335-345; J. PÁNEK: “The Religious Question and the
Political System of Bohemia before and after the Battle of the White Mountain”, en R. J. W.
EVANS y T. V. THOMAS (eds.): Crown, Church and Estates..., op. cit., pp. 129-148.
265 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 116.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

piadosa y obediente al Pontífice, que enterraba ideológicamente la pasada supe-


rioridad hispana. Resulta fácil comprender la colaboración del Sacro Imperio, a
través del confesor Lamormaini, para acabar con la proyección universal de la
Monarquía hispana.
Ciertamente, en 1622, el nuncio en el Imperio, monseñor Carlo Carafa, in-
formaba a Roma de la predisposición del emperador Fernando II a los intereses
de Roma: “L’imperatore è così devoto e bene affetto verso la Sede Apostolica, che
credo da Constantino in quà non habbiamo havuto simile a lui” 266. En esta obedien-
cia del Emperador jugó un papel fundamental el confesor jesuita Guillermo La-
mormaini, gran colaborador de la política de Roma, cuya posición estratégica
ante un emperador devoto y pío, le permitió al Pontífice participar en la política
confesional del Imperio 267. Ahora bien, Lamormaini, se empeñó en ensalzar al
Imperio ensombreciendo la Monarquía Católica de Felipe IV. Asimismo, en la
corte de Viena, junto al confesor jesuita, la emperatriz Leonor Gonzaga también
se mostraba reacia a cualquier alianza con la rama española de los Austrias. Di-
versos estudios sobre la corte imperial coinciden en reconocer que doña Leonor
contribuyó a “italianizar” la corte en todos sus sentidos; tanto en la espiritualidad,
como en la música o en el arte 268. Ambas personas, influyentes en la política y
conciencia del Emperador, colaboraron con Roma para que en más de una oca-
sión el Imperio negara su ayuda económica y militar a la Monarquía hispana 269.
Este fue el caso de las guerras de Italia.
Desde 1627, Olivares y su grupo de poder vieron necesario neutralizar la in-
fluencia del confesor jesuita hacia el Emperador 270. Se quejaban del P. Guillermo

^ ^ ^
266B. JENŠOVSKÝ: Knihovna Barberini a ceský výzkum v Ríme, Praga: Nákladem Ceského
Zemského Fondu, 1924, p. 88.
267R. CUETO: “Crisis, conciencia y confesores en la Guerra de los Treinta Años”,
Cuadernos de Investigación Histórica 16 (1995), pp. 249-265.
268 J. DUINDAM: “The Archduchy of Austria and the kingdoms of Bohemia and
Hungary. The courts of the Austrian Habsburgs (c. 1500-1750)”, en J. ADAMSON (ed.): The
Princely Courts of Europe. Ritual, politics and culture Ander the Ancien Régime (1500-1750),
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269 A. GOTTHARD: “El Sacro Imperio durante la Guerra de los Treinta Años”, Studia
historica. Historia moderna 23 (2001), pp. 149-170.
270 R. CUETO: “Crisis, conciencia y confesores...”, op. cit., p. 262.

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Capítulo VI

Lamormaini, que se mostraba contrario a los intereses de Felipe IV en Italia, al opo-


nerse a la intervención imperial en la guerra de sucesión de Mantua a favor de la
Monarquía hispana, al mismo tiempo que el propio Lamormaini mantenía nego-
ciaciones con la Monarquía francesa. Esto explicaría el envío a la corte de Viena, en
febrero de 1631, de un capuchino español, don Diego de Quiroga, como confesor
de la infanta María Ana, reina de Hungría, al casarse con el hijo de Fernando II, fu-
turo emperador Fernando III 271. Sin embargo, aun estando Quiroga, no se consiguió
frenar las negociaciones de Lamormaini con la corte francesa sobre el territorio ita-
liano. Felipe IV, instigado por Olivares, escribía entonces al duque de Guastalla,
embajador en Viena, solicitándole que se ganase el favor de Lamormaini para poder
contar con el Imperio. Con todo, ni Quiroga ni Guastalla consiguieron reducir la
influencia de Lamormaini. En este punto, se buscó entonces un camino más efectivo
para doblegar al confesor imperial; acudir al general Vitelleschi. Éste fue informado
a través del cardenal Gaspar de Borja del daño que Lamormaini causaba a la unión
de la Casa de Austria, por su continua intromisión política en contra de la Monar-
quía Católica. Pero la estrategia española falló por la respuesta del General romano,
quien no dudó en escribir a Lamormaini para avisarle de las acusaciones que le ha-
bían llegado, al mismo tiempo que informaba al Emperador de las sospechas que
tenían Felipe IV y Olivares con respecto a la enemistad de Lamormaini. Al empe-
rador Fernando no le sentaron bien estas dudas, lo que desde la corte madrileña se
interpretó como un intento de Vitelleschi por romper la relación Madrid-Viena,
favoreciendo así la política francesa. A partir de entonces, las quejas se extendieron
también a Vitelleschi, al que acusaban de secundar la influencia de Lamormaini en
Viena. Según Olivares era evidente que Lamormaini y Vitelleschi actuaban a favor
de la política de Urbano VIII, favorable a la Monarquía francesa de Luis XIII 272.
Por si fuera poco, en octubre de 1631, llegó a manos del monarca una carta del P.
Lamormaini al P. Juan Suffren, confesor de Luis XIII, en la que se criticaba abier-
tamente la política castellana en Italia, en concreto su actuación en Monferrato 273.

271 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
p. 161.
272 M. HAYDEN: “Continuity in the France of Henry IV and Louis XIII: French Foreign
Policy, 1598-1615”, Journal of Modern History 45/1 (1973), pp. 1-23; V. L. TAPIÉ: France in
the Age of Louis XIII..., op. cit., pp. 175-209.
273 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., V, p. 199.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

Informado Vitelleschi de esta carta de Lamormaini al confesor francés, el General


decidió escribir al Conde-Duque para exculpar al confesor imperial, al que siempre
defendió en toda esta polémica 274.
De nada sirvió la defensa de Vitelleschi puesto que la carta de Lamormaini a
París fue para Olivares la gota que colmó el vaso, de modo que el valido, indig-
nado, ordenó que se presentaran en la corte madrileña los provinciales españoles
y otros superiores de la Compañía (en total siete jesuitas), reunidos a mediados
de noviembre de 1631 275. Acudieron destacados superiores de la Orden como:
el provincial de Castilla, el P. Francisco de Prado, acompañado del P. Melchor
de Pedrosa; el provincial de Andalucía el P. Francisco Alemán, acompañado por
el P. Jorge Hemelman; y el P. Juan Pacheco de la provincia de Toledo, acompa-
ñado por los padre Luis de la Palma y Francisco Aguado, influyentes confesores
en la corte. En la reunión, Olivares les manifestó su enfado hacia la Compañía
por la actitud de Lamormaini y de Vitelleschi, amenazando que había que cam-
biar el Instituto de la Compañía, colocándolo bajo el control del monarca. En la
siguiente carta de Vitelleschi al confesor de Olivares, el P. Aguado, fechada el 10
de enero de 1632, se reflejaba la defensa del General ante la acusación de que la
carta de Lamormini al P. Suffren (por la que se quejaba de la política castellana
en Italia), había sido orden del propio General:
Aviendo visto y considerado lo que V.R. me escribe de las quexas, con que S.M.
y el S. Conde-Duque están y de lo que se trata exactamente. No tengo que decir
otra cosa, sino que según V.R. me dize, y por otras vías también he entendido, todas
las quexas son contra el General y el confessor del Emperador, y no puedo
persuadirme que un Rey tan Católico pio y benigno y el S. Conde-Duque, que es
príncipe tan christiano, quieran castigar a una religión, que en ambas indias
orientales y occidentales y en todas partes les sirve tanto, por la culpa de solos dos
sujetos. A lo que contra esto se puede oponer de que el General aunque es solo uno,

274 “Respondo Señor que no sé que el confessor del Emperador aya faltado a lo que debe
y creo que si ubiera avido algo de momento, no ubiera faltado quien me ubiera dado
noticia de ello para que ayudase a que lo emmendase. Con todo eso, como el Emperador
venga en quererlo dexar, yo lo sacare del empleo, que al presente tiene por solo dar gusto
a S.M. y a V.Ex.” (ARSI: Tolet. 9 [1628-1634], f. 195r: Vitelleschi al conde-duque de
Olivares, del consejo de estado de S.M. Madrid, 20 de octubre de 1631).
275 J. M. PRA: “Philippe IV, roi d’Espagne et la Compagnie de Jesús: Épisode historique
1631”, Revue des précis historiques, serie 3, vol. 3 (Bruselas, 1894), pp. 208-217.

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Capítulo VI

pero que vale por muchos en estos, porque govierna toda la Compañía y los demás
hacen lo que él encarga y ordena: respondo que el gobierno del General es
mediante lo que escribe en sus cartas, pues si se hallare que yo he escrito alguna,
que sea en deservicio de S. M. o del S. Conde-Duque me dare por convencido de
quanto se ha dicho y dixere de mi, y puedo aseverar a V.R. con toda verdad, que en
todas las ocasiones que se han ofrecido que han sido algunas, he procurado servir
a S.M. y al S. Conde-Duque con la puntualidad, fidelidad y affecto que debo 276.

Al igual que el P. Francisco Aguado, el P. Luis de la Palma escribió a Vitelleschi


todas las quejas de Olivares y su intención de hacer todo lo posible por modificar el
gobierno del Instituto 277. Estas eran las quejas que recogía Vitelleschi de la reunión
de Olivares con los superiores hispanos:
– La 1ª quexa es que siendo tantas y tan conocidas las obligaciones que la
Compañía tiene a S. M. con todo eso, los contrarios de esa corona se valen de los
de la Compañía contra ella, pruebase esto con algunas acciones del confesor de
la Magestad Cesarea.
– 2ª Que se presume lo mismo de mi (Vitelleschi), pues no remedio los
excessos de los súbditos teniendo la mano que tengo con ellos. Pruebase la dicha
presumpcion con la carta que escribí a la Magestad del Emperador, en que le
dixe como me mandaban que le quitase su confessor, lo qual fue causa de mucha
offensión porque no se me avia mandado que le quitase el confessor sino que lo
moderase y corrigiese.
– 3º Que aviendo algunos o alguno de los Padres de Francia escrito que el
Rey de Francia puede ayudar a los holandeses, he pasado por ello y porque el P.
Puente Hurtado escribió lo contrario a favor de España, he mandado recoger el
libro.

Las quejas de Olivares se resumirían en dos: que Vitelleschi apoyaba la política


profrancesa de Urbano VIII, y que trataba de sembrar discordia entre Madrid y Viena
al pedir al Emperador la dimisión de Lamormaini de parte de Felipe IV y de Olivares.
Entre las medidas que el Conde-Duque quería imponer a la Compañía (que recuer-
dan al reinado de Felipe II) y que sirvieron para amenazar a Vitelleschi eran las si-
guientes: primero, restituir el antiguo cargo de comisario nacional. Segundo, el

276ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), f. 205r: Vitelleschi al P. Francisco Aguado, confesor del


conde-duque de Olivares. 10 de enero de 1632.
277 J. PRA: “Philippe IV, Roi d'Espagne et la Compagnie de Jésus...”, op. cit., “Carta al P.
Vitelleschi (1631) sobre las acusaciones del Rey a la Compañía”, pp. 209-213.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

General debía visitar en persona a las provincias españolas. Tercero, se prohibía


tener confesor jesuita a los ministros españoles.
La gravedad de este asunto hizo que Vitelleschi se defendiera a través de una
carta dirigida a los provinciales el 7 de febrero de 1632, cuyo contenido se debía
hacer llegar al monarca. En dicha carta el General se lamentaba de la situación, por
el respeto debido al monarca y al Conde-Duque, y negaba las acusaciones de favo-
recer a la Monarquía francesa y de querer romper el vínculo de unión de la Casa
de Austria. Asimismo, protegía al P. Lamormaini en un intento por limpiar la ima-
gen de este confesor en la corte madrileña 278. En este sentido, Vitelleschi consiguió
que Lamormaini escribiera una carta a Madrid para excusarse, no obstante, dicho
escrito no terminó de satisfacer al monarca ya que no se retractaba de la política
llevada en los territorios italianos por parte del Emperador, sin auxiliar a la Mo-
narquía hispana, más bien al contrario, Lamormaini dejaba claro que se oponía a la
guerra llevada en Italia, al igual que se oponían el Emperador y el Pontífice.
Todavía, en la corte madrileña, Olivares desconfiaba de otro confesor muy
unido al P. Lamormaini. Esta vez se trataba del P. Adam Contzen, confesor del
elector Maximiliano I, duque de Baviera, quien también se había mostrado a favor
de las negociaciones con los franceses para defender el territorio italiano durante
la guerra de Mantua-Monferrato 279. De manera intencionada, y simultáneamente
a la carta del P. Lamormaini, llegó a la corte madrileña otra carta, esta vez del P.
Adam Contzen en contra de la unión de la Casa de Austria. De nuevo Olivares se
dirigió enfurecido a los superiores jesuitas para que informaran a Vitelleschi de la
carta, de modo que pusiera remedio cuanto antes. El 7 de febrero de 1632 escribía
el General al confesor del Conde-Duque, el P. Francisco Aguado, para tratar de
exculpar al P. Contzen de dicha carta, negando su autoría 280.

278 ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), ff. 214r-215r: Vitelleschi a los PP. Provinciales de Toledo,

Castilla y Andalucía. Roma, 7 de febrero de 1632.


279 Sobre este confesor en R. BIRELEY, S.I.: Maximilian von Bayern, Adam Contzen S.J.

und die Gegenreformation in Deutschland 1624-1635, Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht,


1975, passim.
280 “Algunos meses ha, que salió en Germania un papel muy malo contra la Casa de
Austria, y hubo quien se lo quisiesse atribuir al P. Adam Contzen, confessor del
serenissimo señor duque de Babiera. Yo le escribi sobre esto, para que llanamente me
dixesse lo que avia, y que si no tenía culpa que diesse razón de si a la magestad del
Emperador, y al embajador que la Magestad Católica tiene con Viena, y que también

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Capítulo VI

Todavía, el 6 de octubre de 1632, el P. Vitelleschi escribía al P. Aguado para


agradecerle su intercesión en el asunto del P. Adam Contzen 281. Aunque estas
dos cartas son episodios críticos muy puntuales, reflejaban la certeza que se tenía
en la corte madrileña de que estos jesuitas eran contrarios a los intereses de la
Monarquía hispana en los territorios de Italia. Y que detrás de ambos jesuitas
existía el convencimiento de que actuaba el General de la Orden, el P. Muzio Vi-
telleschi, bajo las órdenes de un Pontífice, Urbano VIII, que mantuvo –a ojos de la
corte madrileña– una política filofrancesa a lo largo de toda la Guerra de los
Treinta Años. Sin duda, esta desconfianza hacia el General de la Orden que siem-
pre tuvo Olivares durante su gobierno, la reflejaba perfectamente el general Vite-
lleschi en la siguiente carta al provincial de Madrid:
Aunque a V.R. y a otros muchos les ha parecido muy bien la carta en que
responde a las quexas que se dieron de mí, el S. Conde-Duque no se ha dado por
satisfecho. Yo estoy y estaré siempre prontissimo para servir a Su Ex. y obedecer
a Su Magestad en quanto se dignaren de mandarme, y procurare deshacer con las
obras lo que se ha dicho de mi sin aver yo dado fundamento ninguno para ello, y
agora suframos con humildad y paciencia el no darse por satisfechos de mi
respuesta 282.

Si con las palabras Vitelleschi reflejaba fidelidad a los intereses de la Monarquía


hispana, los actos eran bien diferentes. En 1637 fallecía el emperador Fernando II,

escribiesse a V.R. sobre lo mesmo, como lo a hecho, con esta va su carta para V.R. y
porque la letra no es tan legible, he hecho, que se copie de mejor letra, y copia y original
se envíen a V.R., a quien ruego, que la vea, y que si ha llegado allá el dicho papel (que
según me han referido se embio de Viena), y se lo atribuyen al dicho P. Contzen, V.R.
le defienda con las razones de su carta, que verdaderamente tengo por cierto está sin
ninguna culpa y es justo que volvamos por su inocencia y le ayudemos como a hermano
nuestro, como confío de la grande charidad de V.R. que lo hará, informando bien de
todo al S. Conde-Duque, y a quien más fuere necesario o conveniente, y avíseme de lo
que en esto hiziere N.S. a V.R., en cuyos 8 settembre enbio también a V.R. una copia
de la carta que el confessor del Emperador escribió al dicho P. Adam Contzen en que
le avisa cómo el Emperador ha quedado contento con su respuesta” (ARSI: Tolet. 9
[1628-1634], f. 215v: Vitelleschi al P. Francisco Aguado. 7 de febrero de 1632).
281
Ibidem, f. 264v: Vitelleschi al P. Francisco Aguado, confesor del Conde-Duque.
Roma, 6 de octubre de 1632.
282Ibidem, f. 257v: Vitelleschi al P. Miguel Pacheco, provincial de Madrid. 24 de agosto
de 1632.

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Artífices de la “Pietas Austriaca”

dejando el Imperio en manos de su heredero Fernando III. Desde ese momento los
intereses políticos de Madrid y Viena fueron cada vez más divergentes. En las ne-
gociaciones que llevaron a la Paz de Westfalia, el emperador Fernando III no quiso
saber nada de la política de Madrid, negociando una paz separada con Suecia y
Francia mirando por los intereses del Imperio y de sus dominios heredados, de-
jando a Felipe IV que continuase solo la guerra contra la Monarquía francesa. El
embajador de Fernando en Madrid, el general Francisco Carretto, marqués de
Grana, fue el encargado de convencer a Felipe IV de que el Emperador no tenía
más remedio que firmar la paz, pues no hubo otra salida 283. Si en la propaganda
ideológica las dos ramas de la Casa de Austria se mostraban unidas desde sus orí-
genes, en la práctica, el juego político demostró que Madrid y Viena velaban por
intereses particulares bien distintos.

283 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 112.

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FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
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ÍNDICES
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ÍNDICE ONOMÁSTICO

Abreo, Francisco, S.I.: 18, 165n, 173n, 179, Alvarado, Juan de, S.I.: 172.
186n, 191. Álvarez de Paz, Diego, S.I.: 305.
Acarie, madame (Barbara Avrillot): 101. Álvarez de Toledo y Pimentel, Fernando, el
Acosta, José de, S.I.: 19, 175n, 184, 186, 187, Gran Duque de Alba: 33, 68, 69, 71, 72,
192, 193n. 108-111, 220.
Acuña, Hernando de: 55. Álvarez de Toledo, Hernán: 29.
Acuña, Juan de: 292. Álvarez, Baltasar, S.I.: 75, 164, 198, 199,
Adorno, Francesco, S.I.: 92, 94, 95, 97, 105- 200n, 202-211, 249, 305.
107, 112, 118, 129-131, 137-140, 144, 146. Álvarez, Fernando, S.I.: 80.
Adriano VI, pontífice: 58. Amodei, Curzio, S.I.: 117.
Aguado, Francisco, S.I.: 170, 171, 340, 345, Ana de Austria, reina de: 259, 260, 304.
348-351, 354, 367, 368, 369n, 370n, 371- Ana María Mauricia de Austria, reina de
374, 387, 388, 390, 405-408. Francia: 269, 304.
Aguiló, Miguel: 350. Anchieta, Juan de: 38.
Alarcón, García de, S.I.: 164, 245n. Androzzio, Fulvio, S.I.: 92.
Alarcón, Pedro de, S.I.: 170, 171. Anna-Maria de Habsburgo, archiduquesa:
Alba, Cristóbal de: 46. 231, 397.
Alberto de Austria, archiduque: 183, 213, 361, Antolínez, Agustín: 302-303.
376, 385, 399. Antonio, Francisco, S.I.: 238, 256.
Albornoz, Gonzalo de, S.I.: 339, 343n. Aquaviva, Claudio, S.I., V General de la
Alcázar, Bartolomé, S.I.: 8, 88n, 89, 90n, 191n, Compañía: 8n, 9n, 18,19, 21, 98, 100,
235n. 118n, 133-135, 138-140, 141n, 142-151,
Alciato, Francesco, cardenal: 122. 153, 159, 161, 163, 165-167, 170, 172-175,
Aldobrandini, Cinzio, cardenal: 215. 176n, 177, 182-186, 188-198, 208-210,
Aldobrandini, Ippolito, véase Clemente VIII. 224, 226-228, 232, 233n, 234, 235, 237,
Aldobrandini, Pietro, cardenal: 218, 219n, 238, 244-248, 250-253, 255, 272, 273, 275,
220n, 221n, 237n, 243n, 244n, 245, 248n, 276, 278, 279, 281-284, 286-291, 293-296,
255n, 258n, 263n, 266n, 269, 270n, 271n, 298, 299, 304, 310, 348n, 352, 360, 362,
274, 275, 276n, 280n, 281n, 285n, 288, 397, 399n.
291n, 297n. Aquino, Santo Tomás de: 175.
Aleandro, Girolamo, cardenal: 58. Aragón, Ana de, duquesa de Medinasidonia:
Alemán, Francisco, S.I.: 405. 75.
Alfonso II d’Este, duque de Ferrara: 95n, 96, Araoz, Antonio, S.I.: 13,14, 66, 70, 73, 74,
105. 79, 128-129, 158, 159.
Almazán, Nicolás de, S.I.: 168, 169. Araoz, Lope de: 80.
Almeida, Esteban de: 77. Araoz, Magdalena de: 31.

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Índice onomástico

Araoz, Pedro Miguel de: 80. Bonomi, Francesco, cardenal: 122.


Arce, Antonio de: 175. Borbón, Carlos III de, condestable de Borbón:
Arce, Fernando de, S.I.: 171. 53, 151.
Arceo, Manuel, S.I.: 170-171, 287, 288, 290. Borja y Centellas, Francisco Tomás de, VI
Arco, Marco Antonio del, S.I.: 304. duque de Gandía: 240.
Arenillas de Reinoso, Hernando: 194n. Borja y Velasco, Gaspar de, cardenal: 327-
Armand, Ignacio, S.I.: 101. 328, 404.
Arrigoni, Pietro Paolo: 127. Borja, Francisco de, S.I, IV duque de Gandía,
Austria, don Juan de: 75, 214. III General de la Compañía: 14-16, 73-
Avellaneda, Diego de, S.I.: 15, 88, 164, 168, 77, 79, 82, 85, 87-90, 94, 96, 102, 105,
169, 205-208. 106, 110-112, 127-129, 159-162, 200,
Ávila, Elvira de: 84. 205, 219n, 238, 258, 298.
Ávila, Gonzalo de: 185n, 190. Borja, Juan de: 177, 260, 261n, 262, 263n,
Ávila, Juan de: 98, 115, 249. 264n, 265n.
Borromeo, Carlos, cardenal: 17, 76n, 92, 94,
Bagno, Guido di, nuncio: 343. 95, 97, 98, 105, 106, 118, 119, 120n, 122-
Ballester, Jerónimo, S.I.: 289. 140, 143, 145, 146, 256, 360, 362, 378.
Baltasar Carlos de Austria, príncipe: 355, Botero, Giovanni: 95n, 136n, 137n, 360, 361,
381, 385, 389, 391-393. 364.
Báñez, Domingo: 70, 313. Buiza, Pedro de, S.I.: 168.
Barberini, Francesco, cardenal: 308, 309n, Burgos, Mateo de: 175, 233, 266.
321, 323, 324n, 325n, 326n, 327, 331n, Butirone, Francesco, S.I.: 106.
333n, 343, 403n.
Barberini, Tadeo: 309n. Cabeza de Vaca, Beatriz: 272.
Barisone, Girolamo, S.I.: 148, 149. Cabrera y Pacheco, Luis Jerónimo de, conde
Baronio, César, cardenal : 210, 274, 275, 313. de Chinchón: 189, 218n.
Bartoli, Danielo, S.I.: 8. Cabrera, Jerónimo: 278.
Bayo, Miguel: 155n. Cabrero, Juan: 32.
Becan, Martin, S.I.: 399. Cacciaguerra, Bonsignore: 115, 116.
Bellarmino, Roberto, S.I.: 131, 229, 313, 345. Caetani, Camilo, nuncio: 218n, 219n, 220n,
Benavides, Francisco de, S.I.: 169, 293. 237n, 258n, 263n, 274.
Berinzaga, Isabella: 100, 143, 144, 151. Calderón, Rodrigo: 269, 270n, 288n, 306.
Bernal de Lugo, Juan: 81. Calvete de Estrella, Juan: 67, 69n.
Bertezolo, Giambattista, S.I.: 125. Cámara, Gonçalves de, S.I.: 66.
Bérulle, Pierre de, cardenal: 101. Camassa, Francisco Antonio, S.I.: 339, 374n.
Biglia, Antonio: 344. Campeggio, Lorenzo, cardenal: 328.
Bivero, Pedro de: 233n, 339. Cano, Melchor: 14, 49n, 70, 313.
Blanco, Francisco: 80, 84. Carafa, Carlo, nuncio: 403.
Blosio, Ludovico: 236. Carafa, Francisco María, duque de Nochera:
Blyssem, Heinrich, S.I.: 397. 384, 395.
Bobadilla, Nicolás, S.I.: 15, 50, 88, 114n, Carafa, Gian Pietro, véase Paulo IV.
161, 163. Caraffa, Decio, nuncio: 296, 297n.
Boncompagni, Giacomo: 151n. Cardenal de Como, véase Gallio, Tolomeo.
Boncompagni, Hugo, véase Gregorio XIII. Carlos de Austria, infante, hermano Felipe IV:
Bono, César, S.I.: 238n. 338.

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Índice onomástico

Carlos de Habsburgo y Wittelsbach, archi- Cervantes, Miguel de: 312n.


duque: 397, 398. Cesarini, Ascanio: 130.
Carlos I de España, véase Carlos V. Cetina, Gutierre de: 55.
Carlos II de Estiria, archiduque: 230, 397. Cetina, Juan de: 348.
Carlos II, rey de España: 260n, 365, 366, Chacón, Gonçalo: 241.
390n, 392n, 397. Chacón, P. Juan: 371n.
Carlos V, emperador: 12, 13, 17, 29n, 31n, Chaves, fray Diego de: 175, 178, 273n.
32n, 36, 37n, 38, 40, 45, 51-53, 54n, 55, Chiavone, Leonetto, S.I.: 103, 106, 117, 131.
60, 61, 65-69, 71, 72n, 73n, 77, 105n, Christian II de Sajonia: 401.
108, 154n, 205, 213, 242n, 256n, 257n, Chumacero, Juan de: 333n, 334.
259n, 288n, 311, 312, 315, 380, 381, Cigala, Antonio, S.I.: 270n.
386n. Cigala, Vincenzo, S.I.: 253n, 269, 271n, 276n,
Carniglia, Bernardino: 122, 123. 287.
Carranza, Bartolomé de: 76, 154, 155. Cirillo, Bernardino: 123n.
Carretto, Francisco, marqués de Grana: 326, Cisneros, Francisco Jiménez de, cardenal:
409. 38-43, 52, 312.
Carrillo de Mendoza, Pedro, IX conde de Clement, Claudio, S.I.: 21, 384-386, 388n,
Priego: 77, 241. 389, 395.
Carrillo, Alonso, S.I.: 168, 169. Clemente VII, pontífice: 58, 60, 108.
Carrillo, Fernando, licenciado: 291, 292n. Clemente VIII, pontífice: 20, 100n, 140, 141,
Carrillo, Juan Bautista, S.I.: 191, 194, 272, 149, 150, 186-188, 209-211, 214-216,
273n. 217n, 218, 220, 221, 223, 224, 226, 231n,
Cartagena, Alonso de: 35. 232, 235, 249, 254, 265, 273-275, 279,
Carvajal, Diego de, S.I.: 125, 129. 281n, 282, 285-287, 290, 291, 295, 317,
Carvajal, Francisco de, S.I.: 194. 318n, 398n.
Carvajal, Galíndez de: 33. Cobos, Francisco de los: 13, 33, 52, 54, 66-
Carvajal, Gutierre de: 77. 68.
Casati, Gabriele: 127. Coloma, Juan: 32.
Castiglione, Angelo: 95. Colonna, Anna: 309n.
Castillo, Juan de: 50. Colonna, Felipe: 309n.
Castracani, Alessandro, colector: 328. Concepción, Juan Bautista de la: 210n, 211n,
Castro, Agustín de, S.I.: 351, 352, 353n, 354, 223n, 224n.
355. Conchillos, Lope de: 32-33.
Castro, Antonio de, S.I.: 169. Conde de Alba de Liste (V), véase Enríquez
Catalina de Aragón, infanta: 33, 45. de Guzmán, Diego.
Catalina de Austria, reina de Portugal: 37-38, Conde de Alba de Liste (VI), véase Toledo
66. Enríquez, Antonio de.
Catalina Micaela de Austria, infanta: 259, Conde de Benavente (VIII), véase Pimentel,
260, 271. Juan Alfonso.
Cazalla, María: 44, 45n. Conde de Benavente (X), véase Pimentel y
Cazalla, Pedro de: 47. Ponce de León, Juan Francisco Alonso.
Cerda y Sandoval, Catalina de la: 241, 242. Conde de Castel Melhor (I), véase Mendes
Cerda, Hernando de la, S.I.: 279, 281, 287. de Vasconcelos, Diego.
Cerda, Juana de la: 242. Conde de Castro, véase Ruiz de Castro,
Cervantes, Gaspar: 83. Francisco.

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Índice onomástico

Conde de Chinchón, véase Cabrera y Pacheco, Cruz, Isabel de la: 44.


Luis Jerónimo de. Cruz, San Juan de la: 211n.
Conde de Feria (III), véase Figueroa, Lorenzo Cuadra, Gaspar de la, S.I.: 171.
de. Cuéllar, Isabel de: 80.
Conde de Lemos (VI), véase Ruiz de Castro, Cueva y Córdoba, Francisca de la: 339.
Fernando.
Conde de Miranda, véase Zúñiga Avellaneda, Dávila y Toledo, Gómez, II marqués de
Juan de. Velada: 75, 183, 205, 249.
Conde de Monterrey, véase Fonseca y Azebedo, Deza, Alonso, S.I.: 168, 185n.
Alonso de. Deza, Diego de: 32, 34, 39, 52.
Conde de Olivares (II), véase Guzmán y Dicastillo, Juan de, S.I.: 339.
Ribera, Enrique. Dolfin, Giovanni: 215.
Conde de Priego (IX), véase Carrillo de Doménech, Jerónimo, S.I.: 15, 64, 82, 88,
Mendoza, Pedro. 160, 161.
Conde Rodolfo IV, véase Rodolfo I de Doria, Juan, cardenal: 322.
Habsburgo. Dueñas, Rodrigo de: 80.
Conde-duque de Olivares, véase Guzmán y Duque de Arcos (II), véase Ponce de León,
Pimentel, Gaspar de. Luis Cristóbal.
Condesa de Altamira, véase Sandoval y Duque de Braganza, véase Juan IV de Portugal.
Rojas, Leonor de. Duque de Ferrara, véase Alfonso II d’Este.
Condesa de Lemos, véase Zúñiga y Sandoval, Duque de Frías (IV), véase Fernández de
Catalina de. Velasco Tovar, Íñigo.
Condesa de Miranda, véase Zúñiga Avellaneda, Duque de Frías (V), véase Fernández de
María de. Velasco, Juan.
Condesa de Monterrey, véase Guzmán, Duque de Gandía (IV), véase Borja, Francisco
Leonor María de. de, S.I.
Condestable de Borbón, véase Borbón, Duque de Gandía (VI), véase Borja y
Carlos III de. Centellas, Francisco Tomás de.
Contarini, Gasparo, cardenal: 58. Duque de Lerma, véase Gómez de Sandoval
Contzen, Adam, S.I.: 407, 408. y Rojas, Francisco.
Cordeses, Antonio, S.I.: 15, 88, 198-202, Duque de Medinaceli, véase Moncada
207-211. Aragón y Cerda, Luis de.
Córdoba, Antonio de, S.I.: 74, 75n, 84, 128. Duque de Nájera (I), véase Manrique de
Córdoba, Diego de: 72. Lara, Pedro.
Córdoba, Gaspar de: 272. Duque de Nájera (II), véase Manrique de
Córdoba, Juan de: 83. Lara, Antonio.
Córdoba, Pedro Jerónimo de, S.I.: 340. Duque de Nochera, véase Carafa, Francisco
Cornia, Ascanio della, cardenal: 105. María.
Coronel, Pablo: 42. Duque de Saboya, véase Emanuele Filiberto.
Costa, Paulo da, S.I.: 334. Duque de Sessa (I), véase Fernández de
Cotton, Pierre, S.I.: 100, 101. Córdoba, Gonzalo.
Cresuelo, José, S.I.: 252. Duque de Sessa (III), véase Fernández de
Crivelli, Alessandro: 123. Córdoba y Fernández, Gonzalo.
Croy, Guillermo de, señor de Chièvres: 53. Duque de Sessa (V), véase Fernández de
Crusius, Jakob, S.I.: 231, 397. Córdoba, Antonio.

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Índice onomástico

Duque de Uceda (I), véase Gómez de 186, 188, 190, 197, 199n, 206, 210n, 213-
Sandoval y Rojas, Cristóbal. 215, 217, 218n, 219n, 221, 222, 224, 227,
Duquesa de Arcos, véase Toledo y Figueroa, 228, 230, 236, 237, 239, 240, 242n, 246,
María de. 256n, 258, 259, 260n, 261n, 265, 272,
Duquesa de Gandía, véaseVelasco, Juana de. 273, 275, 301, 305, 311-313, 315, 317,
Duquesa de Medinasidonia, véase Aragón, 319, 320, 322, 365, 366n, 308, 406.
Ana de. Felipe III, rey de España, el Piadoso: 20, 21,
Duquesa de Urbino, véase Lucrezia d’Este. 73n, 114n, 141n, 166n, 174n, 196, 198n,
213, 214, 218, 219, 221, 222, 226, 228-
Eder, Giorgio: 99, 100. 230, 232n, 233n, 237, 239, 240n, 243,
Eguía, Diego de: 50, 51n. 244n, 247, 249, 250, 252, 253, 254n, 256,
El Gran Duque de Alba, véase Álvarez de 257, 258n, 260-262, 263, 265, 266n, 267,
Toledo y Pimentel, Fernando. 269, 270n, 271n, 275n, 277n, 278n, 288,
Emanuele Filiberto, duque de Saboya: 101, 291n, 298, 300, 301, 306, 307, 311, 317n,
143, 260, 271n, 272n 318, 319, 320n, 323, 352, 356, 382, 383,
Enrique II de Valois: 108. 398.
Enrique IV de Castilla: 29. Felipe IV, rey de España: 21, 247, 268, 299-
Enrique IV de Francia: 61, 100, 141, 216, 318. 301, 307-309, 311, 315, 318-323, 325n,
Enrique VIII de Inglaterra: 45. 327-329, 334-339, 340n, 341n, 344, 345,
Enríquez de Guzmán, Diego, V conde de 347, 350, 351, 353n, 354n, 355n, 359, 363,
Alba de Liste: 240. 365-367, 371-373, 375-382, 385, 386, 388-
Enríquez, Enrique, S.I.: 18, 158, 165-166, 390, 393, 395, 396, 403, 404, 406, 409.
167n, 173, 179, 189n, 194, 244. Fernández de Castro, Pedro, IV marqués de
Enríquez, Felipa: 81. Sarria: 277, 297.
Eraso, Francisco de: 68, 72n, 155n. Fernández de Córdoba y Fernández, Gonzalo,
Espinosa, Diego de: 156, 157n, 178n, 368n. III duque de Sessa: 128, 129, 189.
Esquex, Juan Lucas, S.I.: 171. Fernández de Córdoba, Antonio, V duque de
Esteban Dávila, Pedro, III marqués de las Sessa: 254n, 284.
Navas: 241. Fernández de Córdoba, Catalina, II marquesa
Estrada, Francisco de, S.I.: 112. de Priego: 74, 84.
Fernández de Córdoba, Gonzalo, Gran
Fabro, Pedro, S.I.: 13, 45, 47, 64, 70, 79. Capitán: 31.
Facchinetti, Cesare, nuncio: 328, 329n, 331n, Fernández de Velasco Tovar, Iñigo, IV duque
332n, 333n, 334n, 335n, 389. de Frías: 205.
Fanini, Lucas, S.I.: 401. Fernández de Velasco, Juan, V duque de Frías:
Fazio, Giulio, S.I.: 161. 150, 240.
Federico Enrique de Orange-Nassau: 377. Fernández Tribaldos, Pedro, S.I.: 171.
Felipe el Hermoso, véase Felipe I de Habsburgo. Fernando de Austria, cardenal-infante: 321,
Felipe I de Habsburgo, el Hermoso: 30, 32, 338n, 374-376, 385.
33n, 34-39, 52, 66. Fernando el Católico, véase Fernando II de
Felipe II, rey de España, el Prudente: 10n, 12, Aragón.
13, 15-18, 53n, 60, 61, 65, 68n, 69n, 70- Fernando I, emperador: 96n, 99, 397.
72, 75, 76, 78, 82, 89, 90, 102, 104, Fernando I, gran duque de Toscana: 215.
107-109, 120n, 121, 123n, 129, 140, 141, Fernando II de Aragón, el Católico: 11, 32-
153-159, 167n, 174, 178, 181n, 182, 183, 39, 53, 66, 68, 383, 384n.

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Índice onomástico

Fernando II, emperador: 21, 230, 318, 326, General de la Compañía (IV), véase Mercuriano,
356-359, 361-364, 366, 396, 397, 400, Everardo, S.I.
402, 404, 408. General de la Compañía (V), véase Aquaviva,
Fernando III, emperador: 375, 404, 409. Claudio, S.I.
Ferrer, Alonso, provincial de Castilla: 278n. General de la Compañía (VI), véaseVitelleschi,
Ferrer, Jaime: 32. Muzio, S.I.
Ferreri, Giovanni Stefano, nuncio: 358. Germana de Foix, reina de Aragón: 29n, 38.
Figueroa, Lorenzo de, III conde de Feria: 74, Giberti, Gian Matteo: 58.
75n. Ginnasio, Domenico, nuncio: 220n, 221n,
Filomarino, Ascanio, cardenal: 343. 243n, 245, 248n, 249, 254, 255n, 263n,
Filonardi, Ennio, cardenal: 64. 266, 280, 281n, 284, 285n, 288, 290,
Florencia, Jerónimo, S.I.: 229, 338, 341n, 296n, 302.
343n. Giustiniani, Agostino, S.I.: 144
Florencia, San Antonino de: 114. Giustiniani, Benedetto, S.I.: 133, 134, 142,
Fonseca y Azebedo, Alonso de, conde de 147, 187n.
Monterrey: 80, 339, 340. Gómez de Fuensalida, Gutierre: 34.
Fonseca, Antonio de: 32. Gómez de Sandoval y Rojas, Cristóbal, I
Fonseca, Pedro de, S.I.: 184, 200. duque de Uceda: 242n, 319
Franqueza, Pedro de: 270, 288, 292. Gómez de Sandoval y Rojas, Francisco,
Frumento, Alejandro: 122. marqués de Denia, duque de Lerma: 20,
Fuente, Luis de la, S.I.: 194. 214, 218-220, 232, 233, 239-248, 250,
252, 253, 255, 260-266, 268-272, 275-
Gaetano, Antonio, nuncio: 399n. 277, 279, 280, 282, 285-290, 291n,
Gagliardi, Achille, S.I.: 88n, 92n, 100, 101, 292-301, 306, 319, 345, 352.
103, 124, 132-134, 140, 142-151, 187n. Gómez de Sandoval, Diego: 220, 242n.
Gagliardi, Leonetto, S.I.: 101, 103. Gómez de Silva, Ruy, príncipe de Éboli: 13,
Gagliardi, Ludovico, S.I.: 101, 103, 132. 67-69, 71, 73, 74, 76, 111n, 128, 214.
Galarza, Beltrán de: 72. Gómez, Alonso, S.I.: 179.
Galarza, Francisco de, S.I.: 190. Gonzaga, Ercole, cardenal: 101.
Gallio, Tolomeo, cardenal: 15, 88, 122, 135, Gonzaga, Ferrante: 256.
136. Gonzaga, Francesco: 101.
Gallonio, Antonio: 64. Gonzaga, Leonor, emperatriz: 401, 403.
Galuzzi, Tarquinio: 343. Gonzaga, Luis de, S.I.: 256.
García de Licona, Martín: 30n. Gonzaga, Scipione: 101.
García de Oñaz, Martín: 31. González Dávila, Gil, S.I.: 19, 158, 159, 184,
García, Juan, S.I.: 168, 169. 191n.
Garzia Millino, Giovanni, arzobispo de González de Mendoza, Pedro: 77.
Rodas: 293n, 296n. González de Villa, Juan: 82
Gattinara, Mercurino: 53, 54. González, Gonzalo, S.I.: 18, 158, 165, 173, 179.
General de la Compañía (I), véase Loyola, González, Sebastián, S.I.: 339n, 342n, 369,
Ignacio, S.I. 370, 375n, 378n, 380n.
General de la Compañía (II), véase Laínez, Gouvea, Jerónimo de: 264, 265.
Diego, S.I. Gracián, Baltasar, S.I.: 21, 383, 384, 395.
General de la Compañía (III), véase Borja, Gran Capitán, véase Fernández de Córdoba,
Francisco de, S.I. Gonzalo.

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Índice onomástico

Gran Duque de Álba, véase Álvarez de Hernández, Francisca: 46, 47.


Toledo, Fernando. Hernández, Sebastián, S.I.: 189, 246-249.
Granada, Luis de: 76, 98, 113, 115, 132, 236, Hernández de Córdoba, Catalina, condesa
249, 305. de Feria: 75n.
Granvela, Nicolás Perrenot de: 68. Herrera, Antonio, S.I.: 339, 354, 355.
Gregorio XIII, pontífice: 15, 16, 88-90, 102, Herrera, Miguel de: 40n.
103, 120, 122, 123, 133-136, 138, 142, Hojeda, Esteban de, S.I.: 166n, 168, 169,
147, 159, 160, 187n, 188, 192, 193, 206, 238, 245n, 246n, 247n, 248, 284.
217n, 257, 317. Hurtado, Juan: 46.
Gregorio XIV, pontífice: 188, 215.
Gregorio XV, pontífice: 322. Ibáñez, Antonio, S.I.: 164, 165n.
Guerrero, Pedro: 76. Ibarra, Diego de: 319.
Guevara, Francisco de, S.I.: 339. Idiáquez y Yurramendi, Alonso de: 67
Guevara, Ladrón de: 29n. Idiáquez, Juan de: 177, 182, 184, 217, 219,
Guevara, María de: 30. 220, 240, 241, 249, 282n, 283, 284n.
Guzmán y Pimentel, Gaspar de, conde- Illanes, Rodrigo de, S.I.: 171.
duque de Olivares: 247, 259n, 299, Inés, esclava negra: 47.
319-324, 326-338, 340, 341n, 342n, 344- Inés de la Asunción: 303.
351, 353-356, 368, 373, 375, 377n, 384, Infantas, Luis de las, S.I.: 288, 295.
387, 389-391, 394, 396, 400n, 403-408. Inocencio IX, pontífice: 215.
Guzmán y Ribera, Enrique, II conde de Inocencio X, pontífice: 309n.
Olivares: 181, 275. Ippolito d’Este, cardenal: 93.
Guzmán y Zúñiga, Antonio de, marqués de Isabel Clara Eugenia de Austria, infanta: 213,
Ayamonte: 95, 136, 137. 259, 339, 376, 399.
Guzmán, Ana Félix de, marquesa de Isabel de Avís, emperatriz: 30, 69.
Camarasa: 348. Isabel de Borbón, reina de España: 351, 353,
Guzmán, Diego de: 230n, 235, 267n, 300, 390.
304, 311. Isabel de Portugal, emperatriz: 13.
Guzmán, Jerónimo de: 175. Isabel I de Castilla, la Católica: 11, 13, 29-31,
Guzmán, Leonor María de, condesa de 33, 34, 38, 41, 65, 69.
Monterrey: 390. Isabel la Católica, véase Isabel I de Castilla.
Guzmán, Luis de, S.I.: 169.
Guzmán, Magdalena de, marquesa del Valle: Jarque, Francisco: 364n.
242n, 269-272, 280. Javier, Francisco, S.I.: 66.
Jesús María, Domenico de: 401, 402.
Habsburgo y Wittelsbach, Eleonora de, Jesús María, Juan de: 224.
archiduquesa: 400. Jesús, Ana de: 204, 302, 303.
Habsburgo y Wittelsbach, Maria Magdalena, Jesús, Santa Teresa de: 202, 203, 204n, 205-
archiduquesa: 400. 207, 208n, 249, 302, 305.
Haller, Ricardo, S.I.: 20, 230-238, 245, 253, Jesús, Tomás de: 224n.
276-278, 286-290, 295, 303, 304, 306, Joannes, Gregor, S.I.: 398.
310, 352, 398. Joffäus, Paulus, S.I.: 232.
Hemelman, Jorge, S.I.: 405. Juan de Aragón, príncipe: 29, 30, 32.
Henríquez, León, S.I.: 16, 90. Juan II de Aragón: 32
Hernández, Diego, S.I.: 191. Juan II de Castilla: 29, 30.

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Índice onomástico

Juan III de Portugal: 38, 66. López Pacheco, Diego: 45.


Juan IV de Portugal, duque de Braganza: López, Manuel, S.I.: 165, 173.
332-334. Loyola, Beltrán de: 30, 35.
Juan Manuel de Portugal, infante: 71. Loyola, Catalina de: 13, 70
Juana de Austria, princesa: 12, 14, 71, 72-74, Loyola, Ignacio de S.I., I General de la
76, 111n, 214, 258, 259. Compañía: 7-12, 14, 15, 27, 29, 31, 33, 35,
Juana de Castilla, la Beltraneja: 29. 38-41, 42n, 43-51, 57, 58n, 62, 63, 64n, 65,
Juana I de Castilla, la Loca: 31-34, 36-39, 66, 66, 72n, 73, 75n, 83, 88, 104, 109, 111,
251. 114n, 115, 158n, 159n, 173n, 196n, 199n,
Juana la Beltraneja, véase Juana de Castilla. 313n.
Juana la Loca, véase Juana I de Castilla. Lucas de Arcones, Andrés, S.I.: 8.
Julio III, pontífice: 105n, 111. Lucero, Fernando de, S.I.: 166, 169, 188,
189, 235.
Khevenhüller, Hans: 242n, 261, 262, 270n. Lucrezia d’Este, duquesa de Urbino: 97.
Khlesl, Melchior, cardinal: 401. Luengo, Manuel S.I.: 7.
Luis XIII de Francia: 324, 404.
L’Abbe, Cristopher, S.I.: 398. Luna, Álvaro de: 33.
Labata, Francisco, S.I.: 166, 176, 177n, 194, Lutero, Martín: 54, 57, 59.
272.
Laínez, Diego S.I., II General de la Compañía: Madame Acarie, veáse Barbara Avrillot.
16, 50, 64, 70n, 71n, 76n, 83, 85, 89, 90, Madre de Dios, Alberto de la: 300n.
93n, 94n, 105n, 106, 109-113, 115, 128n, Madre de Dios, Pedro de la: 224.
158, 159, 161. Maffei, Giovanni Pietro, S.I.: 133, 134, 142,
Lamormaini, Guillermo, S.I.: 232n, 358, 147-149, 151, 187n.
361, 362, 364, 396, 399-401, 403-407. Maggio, Lorenzo, S.I.: 92, 98-101, 144, 199.
Landini, Silvestro, S.I.: 64. Maldonado, Pedro, S.I.: 279, 280, 287.
Lanfranco, Camillo: 343. Manare, Olivier, S.I.: 139.
Lasso, Pedro: 240. Manrique de Lara, Antonio, II duque de
Legaz, Juan, S.I.: 200. Nájera: 39, 40, 46, 47.
Lellis, Camilo de: 122. Manrique de Lara, Francisco: 40, 80.
León XI, pontífice: 290, 358. Manrique de Lara, María: 82.
León, Luis de: 305, 366n. Manrique de Lara, Pedro, I duque de Nájera:
Leonardi, Juan: 122. 34, 36, 39.
Leonor de Mantua, véase Gonzaga, Leonor. Manrique, Alonso: 44, 51.
Leopoldo V de Habsburgo, archiduque: 398, Manrique, Jerónimo: 181.
400. Maquiavelo, Nicolás: 229, 383.
Lipsius, Justus: 360, 361n. Marcén, Antonio, S.I.: 166, 168, 172, 176,
Lita, Alfonso: 350. 177n, 179.
Loarte, Gaspar de, S.I.: 98, 115, 116, 131, 199. Marcos, Miguel, S.I.: 194.
Loaysa, García de: 177, 184, 185n, 189, 218, Mardones, Diego de: 292.
219, 228, 229, 247. Marescotti, Ludovico: 344.
López de Mendoza, Íñigo: 80. Margarita de Austria, archiduquesa de Austria,
López de Oñaz, Ochoa: 31. reina de España: 20, 213, 214, 226, 228,
López de Zúñiga, Diego: 42. 230, 231-245, 248, 251, 253, 255, 257, 258,
López Madera, Gregorio: 317. 262, 263, 266-268, 270, 271, 272, 276-279,

470
Índice onomástico_Maquetación 1 10/11/14 13:14 Página 471

Índice onomástico

282, 284, 286-290, 292-295, 298, 300-304, Marquina, Pedro de: 77.
306-308, 310, 311, 313, 318, 352, 358. Martinengo, Girolamo, nuncio: 99.
Margarita de Austria, princesa: 32. Martínez de Lasao, Juan: 13, 70.
Maria Ana de Austria, emperatriz: 404. Martínez de San Millán, Juan: 81.
Maria Anna de Baviera, reina de Hungría y Mascarenhas, Ignacio, S.I.: 334.
Bohemia: 401. Mascareñas, Leonor: 75, 78.
María Cristina de Habsburgo, archiduquesa: Matienzo, Sancho de: 33.
231, 398, 400. Maximiliano I de Wittelsbach, duque de
María de Austria, emperatriz: 77, 99, 100, Baviera: 232, 401, 407.
144, 183, 213, 238, 251, 255-266, 270n, Maximiliano II, emperador: 99, 230, 318.
301, 390. Mazzarino, Giulio, S.I.: 95, 136, 137, 360n.
María de Austria, reina de Hungría: 338, Medici, Giovanni Angelo de’, cardenal: 119.
339. Medina, Bartolomé de: 70.
María de Baviera, archiduquesa: 231-233, Medina, Miguel de, S.I.: 180.
234n, 238, 287, 290, 397, 398. Medina, Pedro de: 316, 317n.
María de la Asunción: 304. Medrano, Antonio de: 46, 47.
María I de Inglaterra: 71, 153, 154. Mejía, licenciado: 44.
María Manuela de Portugal, princesa: 13, 67, Mejía Guzmán, Diego, I marqués de
70, 79. Leganés: 339, 374-376.
María Tudor véase María I de Inglaterra. Mellino, Giovanni Garzia, nuncio: 290n, 291.
Mariana, Juan de, S.I.: 164, 165, 172, 173, Mena, Fernando de Mena, médico de Felipe
369n. II: 78.
Marino, Tommaso: 127. Mena, Gaspar de, S.I.: 194.
Marliani, Pietro Antonio. 127. Mendes de Vasconcelos, Diego, I conde de
Marqués de Almazán (I), véase Mendoza y Castel Melhor: 241.
Fajardo, Francisco Hurtado de. Mendez, Duarte, S.I.: 191, 194.
Marqués de Ayamonte (III), véase Guzmán y Mendo, Andrés, S.I.: 339.
Zúñiga, Antonio de. Mendoza de la Cerda, Ana de, princesa de
Marqués de Denia, véase Gómez de Éboli: 71, 215.
Sandoval y Rojas, Francisco. Mendoza y Fajardo, Francisco Hurtado de, I
Marqués de Grana, véase Carretto, Francisco. marqués de Almazán: 183.
Marqués de las Navas (III), véase Esteban Mendoza, Ana de: 271.
Dávila, Pedro. Mendoza, Antonia de: 272.
Marqués de Leganés (I), véase Mejía Guzmán, Mendoza, Diego de: 33.
Diego. Mendoza, Diego de, príncipe de Mélito: 71.
Marqués de Sarria (IV), véase Fernández de Mendoza, Fernando de, S.I.: 21, 194, 230n,
Castro, Pedro. 268, 272-289, 291, 293-295, 304, 345.
Marqués de Velada (II), véase Dávila y Mendoza, Francisco de, almirante de Aragón:
Toledo, Gómez. 292.
Marquesa de Camarasa, véase Guzmán, Ana Mendoza, Francisco de, cardenal: 79.
Félix de. Mendoza, Jerónima de: 78.
Marquesa de Priego (II), véase Fernández de Mendoza, Juan de: 33.
Córdoba, Catalina. Mendoza, Juan de: 272.
Marquesa del Valle, véase Guzmán, Magdalena Mendoza, Juan Manuel de, marqués de
de. Montesclaros: 320.

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Índice onomástico_Maquetación 1 10/11/14 13:14 Página 472

Índice onomástico

Mendoza, Juana de: 81. Ocampo, Diego de, S.I.: 171.


Mendoza, Luis de, S.I.: 165, 173. Ocaña, Juan de: 354.
Mendoza, Luisa de: 242. Odescalchi, Giovanni Tommaso: 127.
Mendoza, María de: 81. Ormanetto, Niccolò: 123n, 132.
Mercuriano, Everardo S.I., IV General de la Ortiz, Esteban: 78.
Compañía: 16, 18, 89-91, 94, 100, 102, Ortiz, Francisco: 45.
107, 131, 133-137, 139, 140, 142-145, Ortiz, Juan: 45.
147, 159-165, 173, 187n, 197, 198, 200- Ortiz, Pedro: 45.
202, 205-208, 211, 305. Osorio, Juan, S.I.: 165, 173, 179.
Millino, Pietro, nuncio: 188, 296n. Ossat, Arnaud d’, cardenal: 141.
Miona, Manuel de: 50. Osuna, Francisco de: 43n, 45.
Moncada Aragón y Cerda, Luis de, duque de
Medinaceli: 370, 384, 389, 395. Pacheco de Silva, Juan: 78.
Montalvo, Alonso de: 31n. Pacheco, Juan Bautista, S.I.: 209-211.
Montalvo, Fernando: 72 Pacheco, Juan Francisco: 309.
Monti, Cesare, nuncio: 328, 345. Pacheco, Juan, S.I.: 405.
Montoya, Alonso de, S.I.: 170. Pacheco, Miguel, S.I.: 171, 408n.
Montoya, Juan de, S.I.: 162. Padilla, Fernando de: 81n.
Morais, Sebastião de, S.I.: 143. Padilla, Juan de: 45.
Morales, Ambrosio de: 70. Padilla, María: 45.
Moro, Gaspar, S.I.: 277, 295, 304n. Padilla, Mariana de: 242.
Moscoso y Rojas Sandoval, Ana de: 302. Paleotti, Gabriel, cardenal: 122.
Moscoso, Isabel de: 242. Pallavicini, Hortensius, S.I.: 363.
Mosquera de Molina, Juan: 80. Palma, Francisco de la: 84
Moura y Corte Real, Manuel de, II marqués Palma, Juan de: 259n
de Castel Rodrigo: 324n, 333n, 339. Palma, Luis de la, S.I.: 169, 246-248, 341n,
Moura, Cristóbal de, I marqués de Castel 348, 349, 405, 406.
Rodrigo: 177, 182, 185, 218, 247, 248n, Palmio, Benedetto, S.I.: 16, 90-96, 101, 103-
264. 107, 112, 116, 117, 125, 126, 129,
Muñoz de Zepeda, Juan: 344. 132-134, 137, 139, 140, 142, 144, 146,
Muros, Diego de: 37. 187n, 199.
Palmio, Francesco, S.I.: 105.
Nadal, Jerónimo, S.I.: 15, 41n, 49n, 73, 88, Panfilio, Giovanni Battista, véase Inocencio X.
90, 110n, 126n, 129n, 198. Panzirolo, Giovanni Giacomo, nuncio: 321,
Nebrija, Antonio de: 42. 336, 337n.
Neri, Felipe: 13, 17, 61-64, 98, 104, 113, 116n, Paravicino, Hortensio: 229.
118, 121, 123n, 141, 210,223, 362, 378. Pascual, Mateo: 50.
Nieremberg, Juan Eusebio, S.I.: 8, 21, 390- Paulo III, pontífice: 45, 59, 63, 82, 111, 120.
396. Paulo IV, pontífice: 58, 59n, 63, 93, 94, 107-
Niño de Guevara, Fernando, cardenal: 210, 113, 154.
249, 280, 340. Paulo V, pontífice: 20, 286, 290, 291, 294-
Niño de Guzmán, Rodrigo, S.I.: 340. 296, 298, 301, 308n, 328n, 399n.
Núñez, Francisco: 42. Paz, Pedro de la, S.I.: 169, 171.
Núñez, Hernán: 42. Pedrosa, Melchor de, S.I.: 405.
Pelatia, Marco, S.I.: 161, 162n.

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Índice onomástico

Pelletier, Gérard, S.I.: 96. Portia, Girolamo, nuncio: 231n, 287, 398n.
Pellicer de Ossau Salas y Tobar, José: 325, Portocarrero, Francisco, S.I.: 180.
326n, 334n. Portocarrero, Juan de: 264, 265, 266n.
Peñalosa, Ambrosio de: 338. Portocarrero, Juana: 307.
Peñalosa, Diego de, S.I.: 170. Portugal, Álvaro de: 33.
Peralta, Pedro de: 45. Possevino, Antonio, S.I.: 16, 91, 92, 101-103,
Pereyra, Rafael, S.I.: 339n, 342n, 352n, 116, 117, 141, 142, 147.
354n, 369, 370n, 371n, 375n, 378n, 380n, Pozo, Pedro del: 77.
385n. Prado, Francisco de, S.I.: 405.
Pérez de Almazán, Miguel: 32, 52. Prieto, Antonio, S.I.: 172.
Pérez de Guzmán, Alonso: 309. Princesa de Éboli, véase Mendoza de la
Pérez de Loyola, Juan: 31. Cerda, Ana de.
Pérez de Mesa, Diego: 317. Príncipe de Éboli, véase Gómez de Silva,
Pérez de Nueros, Bartolomé, S.I.: 169, 170. Ruy.
Pérez, Antonio: 215. Príncipe de Mélito, véase Mendoza, Diego
Pérez, Baltasar: 154. de.
Pérez, Esteban, S.I.: 171. Priuli, Girolamo, doge: 117.
Peruschi, Giovanni Battista, S.I.: 103, 113, Puente, Luis de la, S.I.: 203, 204n, 205n,
134. 206n, 236, 302n, 304-306, 348.
Pimentel y Ponce de León, Juan Francisco Pulgar, Hernando del: 29.
Alonso, X conde de Benavente: 371.
Pimentel, Francisco de, S.I.: 340. Quijada, Luis: 75, 82, 205.
Pimentel, Juan Alfonso, VIII conde de Quintana, Pedro de: 32.
Benavente: 254. Quiñones, Teresa de: 81.
Pimentel, Pedro de, S.I.: 340. Quiroga, Diego de: 404.
Piñas, Baltasar, S.I.: 162. Quiroga, Gaspar de, cardenal: 79.
Pio da Carpi, Rodolfo, cardenal: 105, 125.
Pío IV, pontífice: 112, 113, 119, 122-124, Raes, Jan: 376.
125n, 135, 136n, 236n. Rainoldi, Giovanni Battista: 126, 127.
Pío V, pontífice: 17, 83, 93, 95n, 96, 105n, Ramírez de Villaescusa, Diego: 37.
120, 123, 136n, 187, 214, 256n, 257. Ramírez, Luis, S.I.: 170.
Plaza, Juan de la, S.I.: 160n, 162. Ramírez, María: 46.
Poggiani, Giulio: 123. Ramírez, Pedro: 97.
Poggio, Giovanni, nuncio: 13, 70. Ramírez de Prado, Alonso: 292.
Polanco, Juan Alfonso de, S.I.: 15, 16, 62n, Ramiro, Antonio, S.I.: 163, 168, 201.
63, 85, 88-90, 112, 126n, 129, 180, 197n Ramos, Nicolás. 175.
Pole, Reginald, cardenal: 154. Reino, Miguel de: 78.
Pollarde, Marcel, S.I.: 231, 398. Reinoso, Pedro de: 306.
Ponce de León, Hernando: 282n, 283n. Rengifo, Blas, S.I.: 164, 165n.
Ponce de León, Juan, S.I.: 171. Rey Piadoso, véase Felipe III.
Ponce de León, Luis Cristóbal, II duque de Rey Prudente, véase Felipe II.
Arcos: 75, 84. Reynelio, Juan, S.I.: 231, 238, 397.
Ponce, Fernando, S.I.: 282-284. Ribadeneyra, Pedro de, S.I.: 8, 15, 64n, 74,
Porres, Francisco, S.I.: 168, 169, 177, 182, 75n, 78, 131n, 163-165, 173, 184, 229,
190, 193, 235, 246-248, 273n. 239, 383, 395.

473
Índice onomástico_Maquetación 1 10/11/14 13:14 Página 474

Índice onomástico

Ribera, Francisco, S.I.: 203. Salas, Juan de, S.I.: 194.


Ribera, Juan Bautista, S.I.: 125. Salazar, Fernando de, S.I.: 340-354, 368.
Ribera, Juan de: 76, 127n, 282n. Sales, Francisco de: 103.
Ríos, Bernardino de los: 46. Salmerón, Alfonso, S.I.: 15, 50, 64, 88, 160,
Ripalda, Jerónimo de, S.I.: 166, 176. 161.
Roa Dávila, Juan: 382n. San Clemente, Guillén de: 233.
Robledillo, Francisco de, S.I.: 170. San José, Mariana de: 302, 303, 304n, 305-
Robles, Martín, S.I.: 171. 309.
Rocafull, Guillermo de: 83. San Julián, José de, S.I.: 254.
Rodolfo I de Habsburgo, conde Rodolfo IV, San Julián, José, S.I.: 180.
emperador: 21, 363-366, 375-377, 379, Sánchez, Alonso, S.I.: 167n, 190, 226n.
383, 384, 386, 393, 394. Sánchez, Bartolo: 84.
Rodolfo II, emperador: 259n, 260, 261, 358. Sánchez, Blas, S.I.: 170.
Rodríguez, Álvaro: 84. Sánchez, Cristóbal: 83.
Rodríguez, Cristóbal, S.I.: 15, 88. Sánchez, Gabriel: 32.
Rodríguez, Francisco, S.I.: 168. Sánchez, Gaspar, S.I.: 165, 171, 173, 179.
Rodríguez, Jerónimo, S.I.: 171, 172. Sandoval y Rojas, Leonor de, condesa de
Rodríguez de Figueroa, Juan: 44. Altamira: 219, 271, 301n.
Rodríguez de Moya, Cristóbal: 78. Sandoval, Alonso de, S.I.: 169.
Rodríguez Fonseca, Juan: 33. Sandoval, Baltasar de: 219.
Rojas y Argüelles, Fernando de: 268n. Sandoval, Bernardo de, cardenal: 219.
Rojas, Bernardo de, marqués de Denia: 33. Sandoval, Catalina de: 242.
Rojas, Francisco de: 36, 45. Sandoval, Francisca de: 242.
Rojas, Hernando de: 33. Sandoval, Juana de: 242.
Rojas, Juan de, S.I.: 171. Santa Cruz, Diego de, S.I.: 83.
Rosignoli, Bernardino, S.I.: 151. Santángel, Luis de: 32.
Rotterdam, Erasmo de: 42n, 43, 48, 50, 51, 54. Sauli, Domenico: 127, 128n.
Rubens, Peter Paul: 376, 377n. Sauvage, Jean: 53.
Rubiols, Jerónimo, S.I.: 161-162. Savonarola, Girolamo: 114.
Ruiz Calcena, Juan: 32. Sebastián I de Portugal: 66.
Ruiz de Alcaraz, Pedro: 44, 45. Señor de Chièvres, véase Croy, Guillermo de.
Ruiz de Castro, Fernando, VI conde de Serbelloni, Fabricio: 127.
Lemos: 241n, 269, 275, 295, 296n, 297. Serna, Blanca de la: 47.
Ruiz de Castro, Francisco: 295-297. Serna, Luis de: 47.
Ruiz de Velasco, Juan: 97. Sfondrati, Paolo Eminio, cardenal: 188.
Ruiz, Alonso, S.I.: 160, 161, 165, 173. Sigüenza, Juan de, S.I.: 169, 244, 245, 248,
Ruiz, Pedro: 181. 249.
Silíceo, Juan de, cardenal: 78.
Saavedra Fajardo, Diego de: 324n, 337, 338n, Silva, Catalina de: 71
361n. Simancas, Diego de: 382n.
Sacchetti, Giulio, nuncio: 320n, 321n, 323, Sixto V pontífice: 19, 20, 120, 176, 183, 215.
325, 327, 330. Solier, Fernando de: 81.
Sadoleto, Jacopo, cardenal: 58. Sor Ana Dorotea de la Concepción y Austria:
Sáenz de Licona, Marina: 30. 259.
Salablanca, Beatriz de: 272. Sor Ana Margarita de Austria: 307, 309.

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Índice onomástico

Sor Catalina María de Este: 260. Urbano VIII, pontífice: 21, 291, 308, 309,
Sor Margarita de la Cruz, archiduquesa: 97, 319, 321-325, 327-329, 332-334, 336,
256, 259, 260, 376. 342, 343, 346, 347, 356, 404, 406, 408.
Soto, Andrés de: 233n, 259n.
Sotomayor, Antonio de: 325, 345. Valdés, Alfonso de: 54, 60.
Speciani, Cesare: 122, 123, 130n, 137, 138, Valdés, Fernando de: 67, 72, 141.
256n. Valdés, Juan de: 45, 50.
Spínola Pavese, Juana: 350. Valdivia, Damián de, S.I.: 339.
Suárez de Carvajal, Juan: 72 Valle de la Cerda, Juan: 342n.
Suárez de Paz, Gonzalo: 382n. Vallés, Juan, S.I.: 180.
Suárez, Diego, S.I.: 162. Valpedrosa, Gaspar: 181.
Suárez, Juan, S.I.: 176, 205, 207, 208n. Vázquez de Menchaca, Fernando: 316.
Suffren, Juan, S.I.: 404, 405. Vázquez de Molina, Juan: 67, 68.
Vázquez y de Ribera, Gregorio, S.I.: 179.
Talavera, Hernando de: 29. Vázquez, Dionisio, S.I.: 15, 18, 88, 91, 158,
Tavera, Juan Pardo de, cardenal: 13, 52, 54, 164, 165, 173, 178.
67, 68. Vázquez, Francisco, S.I.: 180.
Téllez Meneses, Ruy: 69. Vázquez, Mateo: 156n.
Terzo, Andrea, S.I.: 131. Vázquez, Miguel, S.I.: 249, 250, 279, 280,
Terzo, Filippo: 323. 282n, 287.
Texeda, Francisco de: 46. Vega, Gabriel de, S.I.: 168, 169, 170.
Thiene, Gaetano da: 58, 122. Vega, Garcilaso de la: 55.
Toledo Enríquez, Antonio de, VI conde de Vega, Hernando de: 33.
Alba de Liste: 241. Vega, Juan de: 81.
Toledo y Figueroa, María de, duquesa de Vega, Leonor de: 81.
Arcos: 75, 84. Vega, Suero de: 81.
Toledo, Francisco de, S.I., cardenal: 140-142, Velasco, Antonio: 38.
144, 186, 187, 191. Velasco, Arnao de: 30, 38.
Toledo, Francisco de, virrey del Perú: 78. Velasco, Bernardino de, S.I.: 47, 171.
Toledo, Hernando de: 33. Velasco, Catalina de: 47.
Toledo, Juana de: 81. Velasco, doctor, inquisidor: 44.
Toledo, Pedro de: 319. Velasco, Gutierre: 38.
Torre, Jerónimo de la, S.I.: 171. Velasco, Juana de, duquesa de Gandía: 240,
Torres de Mendoza, Juan de: 81 243.
Torres, Miguel de: 50, 185n, 200. Velasco, María de: 29n, 30, 38, 39, 47, 66.
Tovar, Bernardino: 46, 47, 50. Velasco, Martín de: 72.
Trejo y Paniagua, Gabriel de, cardenal: 299. Velati, Giovanni Battista, S.I.: 103, 131.
Tucci, Stefano, S.I.: 144. Velázquez, Antonio: 352n.
Tyrius, Giacomo, S.I.: 144. Velázquez de Cuéllar, Juan: 29, 30, 35, 36,
38, 47
Ugucionis, Benedicto: 81. Velázquez, Gutierre: 30
Ulloa, Magdalena de: 75, 82, 205. Vélez de Guevara y Tarsis, Íñigo: 339
Ulloa, Rodrigo de: 32. Vieira, Antonio, S.I.: 196n, 335.
Urbano IV, pontífice: 364. Villalva, Pedro de. S.I.: 167.
Urbano VII, pontífice: 215. Villano, Ottavio: 350.

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Índice onomástico

Villanueva, Francisco de, S.I.: 77. Zaccaria, Antonio Maria: 104.


Villanueva, Jerónimo de: 345. Zapata, Cosme, S.I.: 340.
Villarreal, Diego de: 47. Zúñiga Avellaneda y Velasco, Juan de: 13, 67,
Villegas, José, S.I.: 234n, 238n, 289. 70
Viller, Bartholomäus, S.I.: 231, 398, 399. Zúñiga Avellaneda, Juan de, conde de
Vipera, Giovanni Francesco, S.I.: 150, 275. Miranda: 217, 218n, 219, 220, 234n, 238,
Vitale, Giovanni Battista, S.I.: 117. 249, 260, 282n, 284, 303, 307
Vitelleschi, Marcello: 362. Zúñiga Avellaneda, María de, condesa de
Vitelleschi, Marco Antonio: 362. Miranda: 263, 303, 307
Vitelleschi, Muzio, S.I., VI General de la Zúñiga y Requesens, Juan de: 136.
Compañía: 21, 247, 298, 305, 339n, 340, Zúñiga y Requesens, Luis de: 136.
341, 343-345, 347n, 349, 350, 362, 400, Zúñiga y Sandoval, Catalina de, condesa de
404-408. Lemos: 21, 241, 268-272, 275-277, 279-
Vivero, Juan: 47. 282, 284, 285, 287, 288, 291, 293n, 294n,
Vivero, Leonor del: 47. 295, 296n, 297, 301, 304n, 345.
Zúñiga, Aldonza de: 303, 307.
Yanguas, Tomás de: 81. Zúñiga, Baltasar de: 277n.
Yepes, Rodrigo de: 365n. Zúñiga, Juan de: 177.

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ÍNDICE GENERAL

Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
Abreviaturas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23

La forja de una identidad


La Compañía de Jesús (1540-1640)

CAPÍTULO I
LA IMPRONTA RELIGIOSA Y POLÍTICA DE IGNACIO DE LOYOLA . . . . . . . . . . . . 27
Ignacio de Loyola y su unión a los intereses del partido “isabelino” . . . . . . . 29
Alcalá de Henares, Salamanca y París:
Hacia una espiritualidad renovada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40
El cambio de orientación ideológica
durante el reinado de Carlos V . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51

CAPÍTULO II
LOS ORÍGENES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
SUS PRIMERAS FUNDACIONES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
La reforma religiosa en Italia en la primera mitad del siglo XVI . . . . . . . . . . 57
Cristaliza un proyecto:
La fundación de la Compañía de Jesús . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62
La rápida expansión de los primeros jesuitas en la corte lusitana . . . . . . . . . 65
La complicada difusión de la Compañía de Jesús
en los reinos hispanos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 66
El impulso fundacional de la princesa Juana y la facción “ebolista” . . . . . . . 71
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Toledo . . . . . . . 77
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Castilla . . . . . . 79
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Aragón . . . . . . 82
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Bética . . . . . . . 83

477
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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

CAPÍTULO III
LA INFLUENCIA DE LOS MOVIMIENTOS REFORMISTAS ITALIANOS
EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87

Los jesuitas italianos “reformadores”


en la Tercera Congregación General de la Compañía . . . . . . . . . . . . . . . . 87
Una red espiritual de reformistas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 92
Benedetto Palmio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 92
Francesco Adorno . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 94
Fulvio Androzzi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95
Lorenzo Maggio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 98
Antonio Possevino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 101
Tres objetivos comunes a los jesuitas “reformadores” . . . . . . . . . . . . 103
Rechazo al dominio de la Monarquía hispana . . . . . . . . . . . . . . . 104
Obediencia a un Pontífice enfrentado a la Monarquía hispana . . . . 107
Una nueva espiritualidad reformada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113
Carlos Borromeo y su proyecto reformista de la Iglesia . . . . . . . . . . . . . . . . 119
La protección del Cardenal a los jesuitas “reformadores” . . . . . . . . . 125
El influjo de Borromeo en las elecciones a Generales . . . . . . . . . . . . 133
El final de los jesuitas “reformadores”:
El P. Achille Gagliardi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 140

CAPÍTULO IV
LOS PROBLEMAS DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN ESPAÑA:
OBEDIENCIA AL REY O AL PONTÍFICE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
La corte de Felipe II
y su repercusión en la evolución de la Compañía . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
El descontento de los jesuitas castellanos
ante el gobierno de Mercuriano y Aquaviva . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 159
Los jesuitas “memorialistas”
y su unión al partido castellano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 172
La Congregación extraordinaria de 1594
y la inclusión de elementos “castellanos” en la Compañía . . . . . . . . . . . 185
La corriente descalza
y su influencia en la espiritualidad jesuítica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197

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Índice general

CAPÍTULO V
DISCREPANCIAS EN EL CONFESIONARIO DE LA REINA MARGARITA:
FIDELIDAD A ROMA O A MADRID . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 213
Situación política y religiosa de la Monarquía hispana
a la llegada de la reina Margarita de Austria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 214
Clemente VIII y su apoyo al partido “papista” . . . . . . . . . . . . . . . . . . 214
La situación religiosa en la Monarquía de Felipe III:
La conquista de las descalcez y el jesuitismo . . . . . . . . . . . . . . . . 221
Piedad y devoción:
La educación religiosa de Margarita de Austria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 228
Enemigos de Lerma:
La Reina y el círculo de confesores jesuitas fieles a Roma . . . . . . . . . . . 239
Apyos a la Reina en la corte:
La emperatriz María y los jesuitas de su entorno . . . . . . . . . . . . . . . . . . 255
Restos de la impronta castellana:
La llegada del P. Fernando de Mendoza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 268
El triunfo de la Reina y el padre Ricardo Haller . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 286
Fundaciones de la reina Margarita:
Imposición de una espiritualidad radical en la corte . . . . . . . . . . . . . . . . 300

CAPÍTULO VI
ARTÍFICES DE LA “PIETAS AUSTRIACA”:
LOS JESUITAS EN LA MONARQUÍA CATÓLICA DE FELIPE IV . . . . . . . . . . . 315
La actuación de Urbano VIII
y el final de la Monarquía Universal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 319
Servicio a los intereses de la Monarquía o del Papado:
Los confesores jesuitas del conde-duque de Olivares . . . . . . . . . . . . . . . 338
El papel de la Compañía de Jesús
en la elaboración de la “Pietas Austriaca” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 356
Nueva justificación ideológica de la Monarquía
en la tratadística jesuita . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 382
¿Unión de la Casa de Austria? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 396

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La forja de una identidad: La Compañía de Jesús (1540-1640)

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
Fuentes impresas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 413
Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 417

ÍNDICES
Índice onomástico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 463
Índice general . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 477

480
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TÍTULOS PUBLICADOS
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Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 485

Colección
La Corte en Europa

Vol. 1 - Alejandro López Álvarez


Poder, lujo y conflicto en la Corte de los Austrias.
Coches, carrozas y sillas de mano, 1550-1700
Madrid, 2007 - 736 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-86547-98-1

Vol. 2 - Eduardo Torres Corominas


Literatura y facciones cortesanas en la España del siglo XVI.
Estudio y edición del Inventario de Antonio de Villegas
Madrid, 2008 - 784 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-12-0

Vol. 3 - Félix Labrador Arroyo


La Casa Real en Portugal (1580-1621).
Madrid, 2009 - 584 pp. (Ilustraciones color y B/N)
Incluye CD-Rom
ISBN: 978-84-96813-33-5
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 486

Colección
La Corte en Europa

Vol. 4 - Sir Anthony Sherley


Peso de todo el mundo (1622).
Discurso sobre el aumento de esta nonarquía (1625)
Edición y estudios de J. A. Martínez Torres, Á. Alloza y M. Á. de Bunes
Madrid, 2010 - 288 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-40-3

Vol. 5 - Maria Antonietta Visceglia


Guerra, Diplomacia y Etiqueta
en la Corte de los Papas (Siglos XVI y XVII)
Madrid, 2010- 240 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-41-0

Vol. 6 - José Martínez Millán, Carlos Javier de Carlos Morales


Política, religión y tolerancia en la Europa Moderna
Madrid, 2011- 384 pp.
ISBN: 978-84-96813-58-8
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 487

Colección
La Corte en Europa

Vol. 7 - Paulo Jovio


Diálogo de las empresas militares y amorosas
Traducción de Alonso de Ulloa
Edición crítica, introducción y notas de Jesús Gómez
Madrid, 2012 - 336 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-70-0

Vol. 8 - José Antonio Guillén Berrendero


La Edad de la Nobleza.
Identidad nobiliaria en Castilla y Portugal (1556-1621)
Madrid, 2012 - 592 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-73-1

Vol. 9 - Rubén González Cuerva


Baltasar de Zúñiga.
Una encrucijada de la Monarquía hispana (1561-1622)
Madrid, 2012 - 656 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-75-5
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 488

Colección
La Corte en Europa

Vol. 10 - José Eloy Hortal Muñoz


Las Guardas Reales de los Austrias hispanos
Madrid, 2013 - 640 pp. (Ilustraciones color y B/N)
Incluye CD-Rom
ISBN: 978-84-96813-80-9

Vol. 11 - Amedeo Quondam


El Discurso cortesano
Edición e introducción de Eduardo Torres Corominas
Traducción de la Cattedra di Spagnolo de “La Sapienza”
Madrid, 2013- 472 pp. (Ilustraciones color)
ISBN: 978-84-96813-87-8

Vol. 12 - José Luis Gonzalo Sánchez-Molero


Felipe II. La educación de un “felicísimo príncipe” (1527-1545)
Madrid, 2013- 864 pp. (Ilustraciones color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-90-8
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 489

Colección
La Corte en Europa

SERIE TEMAS

José Martínez Millán, Mª Paula Marçal Lourenço (Coords.)


Las Relaciones Discretas entre las Monarquías Hispana y Portuguesa.
Las Casas de las Reinas (siglos XV-XVIII)
Madrid, 2008 - 3 vols. 2.296 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-16-8

Manuel Rivero Rodríguez (Coord.)


Nobleza hispana, nobleza cristiana.
La Orden de San Juan
Madrid, 2009 - 2 vols. 1.624 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-29-8

José Martínez Millán, Manuel Rivero Rodríguez (Coords.)


Centros de Poder Italianos en la Monarquía Hispánica (siglos XV-XVIII)
Madrid, 2010 - 3 vols. 2.320 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-35-9
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 490

Colección
La Corte en Europa

SERIE TEMAS

Andrés Gambra Gutiérrez, Félix Labrador Arroyo (Coords.)


Evolución y estructura de la Casa Real de Castilla
Madrid, 2010 - 2 vols. 1.112 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-45-8

José Martínez Millán, Rubén González Cuerva (Coords.)


La Dinastía de los Austria.
Las relaciones entre la Monarquía Católica y el Imperio
Madrid, 2011 - 3 vols. 2.240 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-51-9

Miguel Ángel de Bunes Ibarra, Beatriz Alonso Acero (Coords.)


Orán. Historia de la Corte Chica
Madrid, 2011 - 1 vol. 496 pp. (Ilustraciones Color y B/N)
ISBN: 978-84-96813-61-8
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 491

Colección
La Corte en Europa

SERIE TEMAS

José Martínez Millán, Manuel Rivero Rodríguez, Gijs Versteegen (Coords.)


La Corte en Europa: Política y Religión (siglos XVI-XVIII)
Madrid, 2012 - 3 vols. 2.096 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-65-6

José Martínez Millán, Concepción Camarero Bullón,


Marcelo Luzzi Traficante (Coords.)
La Corte de los Borbones.
Crisis del modelo cortesano
Madrid, 2013 - 3 vols. 2.272 pp. (Ilustraciones B/N)
ISBN (Obra Completa): 978-84-96813-81-6
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Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 493

Este décimo tercer volumen de la colección “La Corte en Europa”,


La forja de una identidad. La Compañía de Jesús (1540-1640),
de Esther Jiménez Pablo,
publicado por Ediciones Polifemo,
se acabó de imprimir en Madrid,
el día 12 de noviembre del año 2014.
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 494
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 495
Índice general_Maquetación 1 10/11/14 14:31 Página 496
Sobrecubierta forja identidad 95_Maquetación 1 30/10/14 18:17 Página 1

ESTHER JIMÉNEZ PABLO es doctora en Historia


Moderna por la Universidad Autónoma de Madrid. Esther Jiménez Pablo “Por la violencia que usaron en la elección que pasó en el
Padre General Everardo (1573), los ánimos quedaron muy
Se formó en el Instituto Universitario La Corte en adversos, tanto más que la nación española está persuadida,
Europa (IULCE-UAM), bajo la dirección del Profesor 13 que queda para siempre excluida del Generalato. Esta
José Martínez Millán, con una beca predoctoral F.P.I. persuasión, sea verdadera, sea falsa, no puede dejar de
del Ministerio de Ciencia e Innovación (2007-2011). causar disgustos y desunión, tanto más que esta nación

Jiménez Pablo
fundó la Compañía, la honró, la enseñó y aún sustentó largo
Tras leer su tesis doctoral en 2011, fue contratada por
la Università degli Studi di Teramo (Italia) para el La forja de una identidad tiempo con su sustancia: punto que para la paz se debe

Esther
proyecto europeo ENBACH sobre la época barroca en remediar para adelante, so pena que cada día podremos
la Monarquía hispana y sus territorios italianos. tener mayores disgustos, y revueltas; que no son estas
Desde el 2014 tiene un contrato postdoctoral Juan de la
Cierva que desarrolla en el departamento de Historia
La Compañía de Jesús ambiciones, sino agravios muy relevantes, y muy conocidos”.
P. Juan de Mariana:
Moderna y de América de la Universidad de Granada. Discurso sobre las enfermedades de la Compañía (1605)
Sus líneas de investigación se centran en la evolución (1540-1640)

La Compañía de Jesús (1540-1640)


de la Compañía de Jesús durante los siglos XVI y XVII,
las corrientes espirituales en sus conexiones con los “Luego que vuelto de las Indias a fin del año ochenta y
grupos de poder y el papel de las misiones a través de Tradicionalmente se ha considerado a la Compañía de Jesús siete pasé por las provincias de España y vi los movimientos

La forja de una identidad


la Congregación de Propaganda Fide. como una orden religiosa cuyas estructuras, proyectadas desde e inquietud de muchos, y que del primer espíritu y caridad
sus orígenes por su fundador, no experimentaron apenas y simplicidad que yo había conocido en la Compañía se
variación a lo largo del tiempo. Si esto se ha podido observar en había mudado tanto que verdaderamente me parecía que
cuanto a su vivencia espiritual y al diseño de un proyecto no era aquella que yo había dejado diecisiete años había,
religioso común, no parece apropiado afirmar lo mismo en sino otra de muy diferente trato, concebí en mí que para el
remedio era necesario, una de dos: o visitar el Padre
cuanto a la relación que mantuvo la Compañía con los distintos
General por su persona las provincias de la Compañía, o
príncipes y poderes políticos establecidos, ya que libró una dura
convocarlas en congregación general, en el cual parecer
batalla hasta adaptarse e insertarse en las diversas cortes
hallé a muchos de los más graves Padres de nuestra
europeas de la época moderna, incluida la papal. Esa adaptación
Compañía”.
se puede seguir con claridad durante el primer siglo de
existencia de la Orden (1540-1640) y permite comprender los P. José de Acosta:
problemas a los que tuvo que hacer frente la Compañía durante Diario de la embajada a Roma (1592)
ese tiempo, así como las vacilantes actuaciones de sus primeros
miembros o los obstáculos ideológicos que le opusieron las
instituciones de su entorno. “De algunas desuniones de ánimos, y pasiones, que se
dan entre los nuestros, y universalmente una cierta
emulación, y poca caridad entre las dos Provincias de
Castilla y de Toledo. Donde en éstas un ‘visitador’
apostólico no podría hacer la justicia que los interesados
pretenden, sin tener que escuchar querellas y examinar
testimonios, y quien abra la puerta a esto, se hará un mar
de aflicciones, detracciones y odios”.
ILUSTRACIÓN DE CUBIERTA: ISBN: 978-84-96813-97-7
San Ignacio de Loyola entrega las reglas de los jesuitas Carta del General Claudio Aquaviva
al papa Paulo III al P. Miguel Vázquez (1601)
Colección
Iglesia del Gesú, Roma / © Archivo Oronoz
La Corte en Europa, 13

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