Esther Jimenez Pablo - La Forja de Una Identidad
Esther Jimenez Pablo - La Forja de Una Identidad
Jiménez Pablo
fundó la Compañía, la honró, la enseñó y aún sustentó largo
Tras leer su tesis doctoral en 2011, fue contratada por
la Università degli Studi di Teramo (Italia) para el La forja de una identidad tiempo con su sustancia: punto que para la paz se debe
Esther
proyecto europeo ENBACH sobre la época barroca en remediar para adelante, so pena que cada día podremos
la Monarquía hispana y sus territorios italianos. tener mayores disgustos, y revueltas; que no son estas
Desde el 2014 tiene un contrato postdoctoral Juan de la
Cierva que desarrolla en el departamento de Historia
La Compañía de Jesús ambiciones, sino agravios muy relevantes, y muy conocidos”.
P. Juan de Mariana:
Moderna y de América de la Universidad de Granada. Discurso sobre las enfermedades de la Compañía (1605)
Sus líneas de investigación se centran en la evolución (1540-1640)
Colección
La Corte en Europa
Madrid, 2014
Portadillas Forja_Maquetación 1 14/11/14 10:45 Página 4
© Ediciones Polifemo
Avda. de Bruselas, 47 - 5º
28028 Madrid
www.polifemo.com
ISBN: 978-84-96813-97-7
Depósito Legal: M-32840-2014
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Alegoría sobre la labor misional de los jesuitas en el mundo.
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INTRODUCCIÓN
1 La vida y los escritos del fundador en 26 tomos que le han dedicado el MHSI: Scritti
di S. Ignazio di Loyola (que se compone de Epistolae et Instructiones, Exercitia spiritualia,
Constitutiones et Regulae Societatis Iesu, Fontes narrativi de Sancto Ignacio).
2 P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús sobre los
sucesos de la Monarquía entre los años de 1634 y 1648, 7 tomos, Madrid: Imprenta Nacional,
1861-1863 (Memorial Histórico Español: colección de documentos, opúsculos y antigüedades, que
publica La Real Academia de la Historia, vols. XIII-XIX).
3 En este sentido destaca el excelente trabajo del equipo de la Universidad de Alicante
sobre la expulsión de la Compañía. Las publicaciones de I. PINEDO IPARRAGUIRRE, I.
FERNÁNDEZ ARRILLAGA y E. GIMÉNEZ LÓPEZ siguen dando a conocer los valiosos documentos
que guardan los Diarios del P. LUENGO.
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y de los colegios jesuitas como los dos tomos del P. Bartolomé Alcázar 4, por sólo
citar los más importantes.
En segundo lugar, resulta lógico que siempre haya suscitado gran interés es-
tudiar minuciosamente la biografía del fundador, Ignacio de Loyola, y comprender
las líneas intelectuales y corrientes religiosas que le influyeron en la formación de
su espiritualidad. Ciertamente, las biografías han sido muy numerosas desde la
muerte de Ignacio de Loyola. Valga recordar, entre otras, las del P. Ribadeneyra 5,
P. Nieremberg 6, P. Andrés Lucas 7, o P. Bartoli 8, etc., entre otros, hasta el monu-
mental estudio del padre R. García-Villoslada 9; no obstante, tal vez por la devoción
y admiración que los autores muestran hacia el personaje (lo que no es obstáculo
para el rigor histórico con el que están escritas), en todas ellas aparece el desarrollo
espiritual del Santo fundador en una evolución rectilínea, casi inmutable, hasta
4 Hubo un primer intento por parte del General Aquaviva de realizar las historias de
los colegios y sus fundaciones, sentando las bases y concienciando a sus miembros de la
importancia de dejar por escrito la historia de la Compañía. Las historia particulares, a modo
de crónicas de las provincias y colegios, se han ido sucediendo en el tiempo y complementando
por historiadores jesuitas. Baste citar a Juan DE SANTIBÁÑEZ, S.I.: Historia de la provincia de
Andalucía de la Compañía de Jesús, 1600; Alonso EZQUERRA: Historia del Colegio de Alcalá.
Segunda parte (1600-1633); al P. Bartolomé ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de
Jesús en la Provincia de Toledo. Y elogios de sus ilustres fundadores, bienhechores, fautores e hijos
espirituales, 2 vols., Madrid, 1710; o los detallados estudios, más recientes, de J. SIMÓN DÍAZ:
Historia del Colegio Imperial de Madrid, 2 vols., Madrid: Instituto de Estudios Madrileños-
CSIC, 1952-1959 (2ª edición 1992), y de R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio
Romano dal suo inizio (1551) alla soppressione della Compagnia di Gesù (1773), Roma:
Universitatis Gregorianae, 1954.
5 Pedro de RIBADENEYRA: Vida de San Ignacio de Loyola, 1583.
6 J. E. NIEREMBERG: Vida del Patriarca San Ignacio de Loyola, Fundador de la
Compañía de Jesús, Madrid, 1631.
7 A. LUCAS: Vida de San Ignacio de Loyola, patriarca y fundador de la Compañía de
Jesús, Granada, 1633.
8 D. BARTOLI: Della Vita e dell’Istituto di S. Ignazio Fondatore della Compagnia di Gesù,
1650.
9 En mi modesta opinión, la biografía más completa sigue siendo la de R. GARCÍA-
VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola. Nueva biografía, Madrid: BAC, 1986. En fecha
reciente, E. GARCÍA HERNÁN: Ignacio de Loyola, Madrid: Taurus, 2013, ha publicado otra
biografía.
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ideología y forma de vida eran completamente distintos de los grupos sociales an-
teriormente mencionados y, a finales del siglo XV, una vez acabada la Reconquista,
se hallaban desplazados de los cargos de poder por las elites judeoconversas. Fueron
estos grupos los que exigieron el establecimiento de la Inquisición (porque acusaron
a los conversos de no haberse convertido sinceramente al cristianismo) y los que
establecieron una serie de normas externas que demostrasen la autenticidad del
cristianismo practicado (normas externas) y la “sinceridad” de la conversión rea-
lizada por los judíos mediante la imposición del expediente de “limpieza de san-
gre”. Esta elite social, a medida que transcurrió el reinado de Carlos V (1517-1555),
se fue imponiendo en los puestos principales del gobierno del Imperio y sus miem-
bros llevaron a cabo la configuración de la Monarquía hispana de Felipe II (1555-
1598).
De esta manera, se comprenden los problemas que Ignacio de Loyola tuvo
en su formación intelectual y la convicción de que su pleno desarrollo espiritual
(y la creación de la futura Compañía de Jesús) no podía llevarse a cabo en Castilla,
sino lejos de los reinos hispánicos. En efecto, la vivencia espiritual radical que
Ignacio de Loyola practicó en Alcalá de Henares durante su etapa de estudiante,
tras su conversión, suscitó entre determinados sectores sociales la sospecha de que
era un hereje “alumbrado”; lo salvó del proceso inquisitorial la declaración
que hizo de que se sometía a la doctrina de la Iglesia. Sin embargo, fue en el con-
flicto que tuvo en Salamanca con la Orden de Santo Domingo, cuando se percató
del problema religioso-político que existía en Castilla. Tuvo tiempo de meditarlo
durante los días que estuvo preso y de convencerse de que su desarrollo espiri-
tual, con la radicalidad que él lo entendía, no podía desarrollarse en centros de
estudios hispanos, por lo que se marchó a París.
En el capítulo segundo, se analiza la realidad histórica de Castilla, durante la
regencia de la princesa doña Juana de Austria y la ideología religiosa y espiritua-
lidad que se practicaba en la corte de Lisboa, demostrando que la expansión de
la primera Compañía (en la península Ibérica) se debió, en buena medida, a que
coincidió con el gobierno de los grupos políticos afines a Ignacio de Loyola, cuyos
componentes practicaban la misma espiritualidad “recogida”. Asimismo, la apro-
bación del Pontífice de la Compañía, estuvo en relación con el nacimiento de
nuevas órdenes religiosas y la llegada de reformadores carismáticos a Roma, justo
después del saco de las tropas del emperador Carlos V. Su finalidad era la de re-
novar la Ciudad Santa para hacer de ella un centro espiritual prestigioso, desde
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Introducción
el que educar a los religiosos que luego debían extender la espiritualidad romana
por el resto de estados. Como no podía ser de otra manera, esta renovación espi-
ritual, que pronto se extendió por toda Italia, significaba –de manera indirecta– un
rechazo a la política hispana en los territorios italianos. Así se explica el movimiento
espiritual iniciado por Felipe Neri, cuya importancia es reconocida por la histo-
riografía como uno de los mayores artífices de la renovación católica.
La expansión de la Compañía por Castilla (y en general, por los reinos hispa-
nos) vino favorecida por el cambio de gobierno. La muerte de los grandes patronos,
Cobos y Tavera (entre 1545 y 1547), seguida de la división que se produjo entre
los personajes de la nueva generación, fue aprovechada por Ruy Gómez de Silva
para consolidar una clientela, que le permitió alzarse como gran patrón cortesano.
En estas circunstancias comenzó a fraguarse como facción política un nuevo grupo
cortesano liderado por el noble portugués, príncipe de Éboli, que había llegado a
Castilla –junto a su abuelo– sirviendo a Isabel (esposa de Carlos V). El noble por-
tugués consiguió aglutinar todos aquellos sectores sociales que habían sido des-
plazados por el partido “castellano”. A nivel ideológico, los componentes de este
grupo seguían la senda espiritual del recogimiento y de la espiritualidad interiorista
que las hijas y nietas de Isabel la Católica (todas reinas portuguesas) habían im-
puesto en la corte de Lisboa, así como la línea humanista que practicaban los des-
plazados en Castilla. Desde el primer momento, las relaciones del partido
“ebolista” con el nuncio y con el Papado fueron muy estrechas y fluidas, dado que
perseguían una reforma de la cristiandad, guiada por la cabeza de la Iglesia y, po-
líticamente, tanto Roma como los miembros de la facción “ebolista” se sentían
agraviados por la forma de gobierno y la invasión de jurisdicción que realizaban
los gobernantes de Carlos V.
Fue por estos años (1545) cuando los padres Fabro y Araoz llegaron a la ciudad
de Valladolid, donde residía la corte, con los jóvenes príncipes, Felipe II y su esposa
María de Portugal. Allí encontraron a personajes que les apoyaron, no solo la joven
princesa, sino también, el nuncio Poggio; don Juan de Zúñiga, comendador de
Castilla; el secretario del Consejo de Inquisición, Juan Martínez de Lasao, casado
con doña Catalina de Loyola, sobrina de Ignacio, etc. La labor de apostolado y cap-
tación realizada por estos dos personajes en la corte castellana fue intensa y muy
fructífera. Si en un principio, no parece que hubiera distinción de facciones en el
apoyo que experimentaron los jesuitas por parte de los nobles cortesanos, muy
pronto comenzaron a suscitarse duras críticas contra la espiritualidad practicada
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por los primeros jesuitas, a los que acusaban de herejes y alumbrados. Melchor
Cano, que acababa de conseguir la cátedra de teología en la universidad de Sala-
manca, comenzó a fijar su pensamiento teológico, fiel reflejo de ideología religiosa
de la facción “castellana”, dando su opinión sobre los temas más candentes de la
época: sobre la licitud de la conquista de América o condenando la espiritualidad
de los primeros jesuitas, a quienes tachaba de seguir la corriente “alumbrada”. A
partir de entonces se puede observar que los personajes que acogieron y protegie-
ron a los jesuitas sin ningún recelo fueron los nobles y las mujeres de la familia
real, que compartían la espiritualidad predicada por estos jesuitas, sobre todo
cuando el propio Pontífice había bendecido este tipo de espiritualidad que había
sido mirada con recelo durante la época en que Ignacio la practicaba en Alcalá y
Salamanca.
Durante la regencia de doña Juana de Austria la religiosidad recogida tuvo
un momento de expansión y la Compañía de Jesús tuvo un fuerte apoyo en la
corte, hasta el punto que la propia doña Juana ingresó en la Orden, algo insólito
dentro de la Compañía, igual que también ingresó el duque de Gandía, Francisco
de Borja, uno de los nobles más poderosos de la Monarquía, que también padeció
la persecución del Santo Oficio a causa de su opción espiritual. La expansión de la
Compañía de Jesús en Castilla tuvo lugar en estos años y bajo esta coyuntura tal
y como lo demuestra el hecho de que, en 1547, el padre Araoz, sobrino de Ignacio
de Loyola, fuera nombrado provincial de toda España y, pocos años después, en
1554, la península tuviera que dividirse en tres provincias (Castilla, Andalucía y
Aragón; además de Portugal), reservando la potestad de la provincia castellana
al padre Araoz.
En el capítulo tercero se analiza la transformación que experimentó la Com-
pañía debida a la influencia de los movimientos reformistas surgidos en el Pa-
pado. El origen de esta transformación, ideada desde Roma, se encontraba en la
III Congregación General, cuando en 1573, tras el fallecimiento de Francisco de
Borja, los jesuitas vocales reunidos en dicha asamblea se disponían a elegir al
cuarto General de la Compañía. Durante la convocatoria, un grupo de padres
italianos descontentos con el gobierno de los padres españoles que copaban car-
gos superiores como rectores de los colegios italianos, se propusieron dar un giro
en esta elección. Si bien la política de los anteriores generales, todos ellos de ori-
gen hispano, fue la de ayudarse de jesuitas españoles para extender la Compañía
y gobernar los colegios extranjeros, durante el generalato de Francisco de Borja,
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Introducción
esta situación se hizo insostenible, debido a las continuas quejas de algunos reli-
giosos italianos molestos por el “modo hispano” de gobernar que tenían los supe-
riores españoles. Por ello, durante el generalato de Borja, este grupo de jesuitas
italianos se fue fortaleciendo en su convicción de que la única manera de salir de
aquella situación era la de conseguir que saliera elegido un General no hispano,
no obstante, este objetivo no sería realizable sin la intervención directa del Pon-
tífice Romano, ya que, como en anteriores Congregaciones, difícilmente saldría
elegido un general no hispano siendo la inmensa mayoría de los vocales reunidos
de origen español.
Los hechos que sucedieron durante la Congregación General de 1573 vienen
a corroborar la transformación espiritual de la Compañía promovida por un con-
junto de padres italianos quienes, a través de su epistolario y su actuación, sabemos
que formaron un grupo que se fue consolidando poco a poco, cuyo objetivo era la
reforma dello spirito de la Compañía de Jesús, y a cuyos integrantes de este movi-
miento se les ha llamado “reformadores espirituales”. Durante la convocatoria a
puertas cerradas para llevar a cabo la elección del cuarto General, celebrada el 22
de abril, apareció de improviso el cardenal de Como, secretario del pontífice Gre-
gorio XIII, quien en nombre de Su Santidad, decretó que no saliese elegido de
nuevo un General hispano. El revuelo y desconcierto entre los superiores espa-
ñoles presentes en la Congregación fue tal, que se decidió posponer la elección
para tratar de persuadir al Pontífice de que su precepto no siguiera adelante. De
entre los congregados, la mayoría de origen español, muchos eran importantes fi-
guras del gobierno de la Compañía desde el momento de su fundación. Entre
otros, estaban presentes antiguos compañeros de Ignacio de Loyola, como los pa-
dres Alfonso Salmerón y Jerónimo Doménech, también destacaban los padres
Nicolás Bobadilla, Jerónimo Nadal, Antonio Cordeses, Diego de Avellaneda, Cris-
tóbal Rodríguez, Dionisio Vázquez, Pedro de Ribadeneyra y Juan Alfonso de Po-
lanco, este último como Vicario General de la Congregación. En un intento por
revocar la decisión del Pontífice, estos religiosos hispanos escribieron un memorial
que entregaron a Gregorio XIII, en el que se le presentaban todos los inconvenien-
tes y agravios que se realizaban contra la Monarquía hispana si se excluía la posi-
bilidad de que saliera elegido un General español. La referencia a Felipe II en este
documento era obvia, advirtiendo al Pontífice la posibilidad de que el monarca
hispano provocara la división de la Compañía; una rama española con un General
hispano, y aparte, el resto de la Orden con un General que gobernase desde Roma.
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Ante tal presión, Gregorio XIII tuvo que ceder, optando por revocar su mandato,
no sin antes añadir que por esta vez le gustaría que no saliese elegido un español,
manifestando su predilección por la persona del P. Everardo Mercuriano, quien
se convirtió en el cuarto General de la Compañía.
De este modo, se conseguía romper, en 1573, la línea sucesoria de generales
de origen hispano (Loyola-Laínez-Borja), cumpliendo así un claro objetivo: evi-
tar la elección segura del secretario P. Juan Alfonso de Polanco, de clara tendencia
a que la Orden siguiese gobernada y marcada ideológicamente por una línea emi-
nentemente hispana. Como no podía ser de otra manera, algunos superiores es-
pañoles, los más molestos con esta elección, optaron por quejarse a la corte
madrileña en busca de la mediación de Felipe II; no obstante, el monarca no pudo
intervenir en este asunto, ya que el Pontífice sutilmente había puesto sus ojos en
la persona de Mercuriano, de origen flamenco, y por lo tanto vasallo igualmente
del monarca hispano.
Por una relación que el P. Possevino envió al General Mercuriano en 1576, se
sabe que, en la Congregación General de 1573, hubo toda una trama para evitar
la elección de un jesuita hispano. El protagonista de esta estratagema era un je-
suita italiano, el P. Benedetto Palmio, Asistente de Italia, conocido en los círculos
curiales de Roma, que mostraba abiertamente su odio y su malestar al gobierno
de los superiores hispanos. De esta intriga por parte de un grupo de jesuitas ita-
lianos para que no volviera a salir elegido un general español, se hace eco el P.
Astrain en su obra, precisamente poniendo de manifiesto las quejas de algunos
superiores de provincias extranjeras, como las del P. Benedetto Palmio. Sin em-
bargo, no le dio demasiada importancia a este hecho, y en cambio sobrevalora, a
mi juicio, el episodio en que se expone la influencia de un jesuita portugués, el
P. León Henríquez, que según Astrain y otros historiadores, consiguió persuadir
a Gregorio XIII de que el P. Polanco no saliese elegido por su condición de cris-
tiano nuevo. Esta idea pierde sentido si se tiene en cuenta la política de Roma
ante la cuestión de los judeoconversos, a los que nunca excluyó, por lo tanto, no
tenía peso en la política de Gregorio XIII el que se tratara de alejar del Generalato
al P. Polanco por sus raíces judeoconversas, y menos aún, cuando Diego Laínez,
también de raíces judeoconversas, había sido General. Resulta más lógico pensar
que la aversión al gobierno hispano de la Compañía por parte de un grupo de
padres italianos “reformadores”, cercanos a la curia papal, influyó en la decisión
de Gregorio XIII.
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Este trabajo es el fruto de mi tesis doctoral, que pude realizar con ayuda de
la beca FPI concedida por el Ministerio de Ciencia e Innovación, asociada al pro-
yecto de investigación: La Monarquía Católica en la encrucijada (1598-1648):
¿La obediencia a Roma o a los intereses de los reinos? (nº de referencia HUM2006-
12779-C03-01).
Cualquier trabajo de investigación de cierta entidad es fruto del esfuerzo per-
sonal, sin duda, pero también de una serie de personas que nos apoyan, dirigen
y orientan. En este sentido, no puedo olvidar a los bibliotecarios y archiveros de
la Biblioteca y el Archivo Romano de la Compañía de Jesús, del Archivo Secreto
Vaticano y de la Biblioteca Apostólica Vaticana, y de la British Library, donde
pasé largas estancias de investigación. En España aprecio la eficacia del personal
del Archivo General de Simancas, del Archivo Histórico Nacional, de la Biblio-
teca Nacional, del Archivo Histórico de las Provincias de Toledo y Andalucía de
la Compañía de Jesús, y de la Biblioteca de la Universidad Pontificia Comillas.
Sin todos ellos difícilmente (y sin duda me hubiera costado mucho más tiempo)
hubiera hallado la documentación pertinente que he consultado y que aparece
citada en este estudio.
He tenido la suerte de iniciarme en la investigación dentro de un equipo de
trabajo que fundó el Instituto Universitario La Corte en Europa, lo que significa
que, cuando llegué, ya se empleaba una metodología definida y ya existía un am-
biente de trabajo que propiciaba la investigación. El diálogo distendido y discu-
siones con profesores e investigadores del centro me hicieron asimilar los
planteamientos que he aplicado sin esfuerzo aparente, merced a este aprendizaje
“informal”. En este aspecto quiero agradecer los consejos y conversaciones man-
tenidas con todos ellos, y en especial, con mi maestro el profesor José Martínez
Millán.
No puedo olvidar a la profesora Mª Antonietta Visceglia, que fue mi tutora y
directora de investigación durante mis estancias en Roma, al igual que la profe-
sora Mª José Rodríguez-Salgado durante mi estancia en Londres.
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Abreviaturas
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CAPÍTULO I
Las primeras décadas del siglo XVI –período en que se forjó el pensamiento
religioso de Ignacio de Loyola, que daría lugar a la fundación de la Compañía de
Jesús– constituye uno de los momentos más complejos y de mayor riqueza de ten-
dencias ideológicas en los reinos hispanos 1. Fueron también los años en los que
se configuró la Monarquía hispana como organización política con poder universal
y las distintas elites sociopolíticas que la construyeron se identificaron con una
concreta corriente ideológica y práctica espiritual.
Desde el punto de vista religioso, la sociedad castellana experimentó un mo-
vimiento de renovación espiritual radical a finales del siglo XV y principios del
XVI, semejante a los que se produjeron en otras partes de Europa, que dieron
lugar a la Reforma, pero que –en el caso hispano– se complicó al ser apoyado por
grupos eminentemente judeoconversos; es decir, judíos que, tras los progroms de
1391, se habían convertido mayoritariamente al cristianismo y buscaron una es-
piritualidad radical (que correspondía con la profunda transformación mental
que habían realizado), basada en los textos bíblicos, lo que dio lugar –en muchos
casos– a la herejía “alumbrada” o –en otros casos– a tendencias espirituales in-
timistas y místicas 2. Desde el punto de vista social y político, este grupo repre-
sentaba una élite dedicada a las finanzas y a la administración, que ocupaban los
puestos más influyentes del gobierno de las ciudades y de la corte de los reyes,
1 Capítulo III de J. I. GARCÍA VELASCO, S.I. (ed.): San Ignacio de Loyola y la Provincia
jesuítica de Castilla, León: Sal Terrae, 1991, pp. 63-113.
2 E. MITRE FERNÁNDEZ: “De los Progroms de 1391 a los ordenamientos de 1405 (Un
recodo en las relaciones judíos-cristianas en la Castilla Bajomedieval)”, Espacio, tiempo y
forma. Serie III: Historia medieval 7 (1994), pp. 281-288.
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Capítulo I
3 M. P. RÁBADE OBRADÓ: Una élite de poder en la Corte de los Reyes Católicos: Los
judeoconversos, Madrid: Sigilo, 1993, pp. 20-25.; A. DOMÍNGUEZ ORTIZ: La clase social de los
conversos en Castilla en la Edad Moderna, Granada: Universidad de Granada, 1991, pp. 19-32.
4 A. A. SICROFF: Los estatutos de limpieza de sangre: controversias entre los siglos XV y
XVII,Madrid: Taurus, 1985, pp. 93-125; J. HERNÁNDEZ FRANCO: “Conflicto, consenso y
persuasión en la Castilla moderna: Aproximación a través de los Estatutos de limpieza de
sangre”, en F. J. GUILLAMÓN ÁLVAREZ y J. J. RUIZ IBÁÑEZ (eds.): Lo conflictivo y lo consensual
en Castilla: sociedad y poder político, 1521-1715: Homenaje a Francisco Tomás y Valiente,
Murcia: Universidad de Murcia, 2001, pp. 181-204.
5 E. COLUNGA: “La liturgia dominicana”, Ciencia Tomista 3 (1911), pp. 232-250.
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Durante la última década del siglo XV (época en que nació Ignacio de Loyola)
el reino de Castilla estaba gobernado por Isabel y Fernando (los Reyes Católicos).
A pesar de la unidad política e ideológica con que su reinado ha pasado a la pos-
teridad, y que los historiadores liberales se esforzaron en demostrar y propagar,
la corte de dichos monarcas se hallaba dividida en dos grandes grupos políticos,
que aparecieron con total nitidez tras la muerte del príncipe Juan en 1497. En el
primer grupo se hallaban los servidores de la reina Isabel, quienes compartían
unos mismos intereses políticos y una manera común de entender la espirituali-
dad. Isabel había conseguido reunir en su servicio a los miembros más represen-
tativos de la sociedad castellana, lo que producía una fuerte cohesión entre la corte
(en cuanto gobierno central) y el reino, además de propiciar un extenso número
de servidores y, por tanto, una gran participación 6. Formando el grueso de este
“partido” se hallaban los consejeros (y sus descendientes) del rey Juan II, que ha-
bían apoyado a la reina Isabel de manera incondicional en las guerras que mantuvo
con su hermano Enrique IV (y la hija de éste, Juana la Beltraneja) para conseguir
el trono castellano; la mayor parte de ellos eran judeoconversos, cuyas familias
gobernaban las ciudades, que se habían convertido fielmente al cristianismo, tales
como el secretario Hernán Álvarez de Toledo, su propio confesor fray Hernando
de Talavera o el cronista Hernando del Pulgar. Dentro de este grupo también se
encontraba Juan Velázquez de Cuéllar, Contador mayor de Castilla 7, cuyo padre,
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Capítulo I
de Loyola, dejando el palacio “se recogió con pocas criadas honestas y virtuosas a morar en una
casa pequeña, pegada y con puerta al hospital de san Miguel, y allí, en hábito de la Tercera
Orden de san Francisco (…) servía a mujeres enfermas”, lo que indicaba la espiritualidad que
practicaba (G. HENAO-VILLALTA: Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, edición de
Miguel Villalta de las Escuelas Pías, Tolosa: Librería y Encuadernación de E. López, 1894, VII,
pp. 179-184, donde se dan datos del parentesco entre los Guevara y los Loyola).
12 Era hija del doctor Martín García de Licona, apellidado comúnmente por el
“Doctor Ondarroa”, lugar donde había nacido. Estaba estrechamente relacionado con la
corte de los Reyes Católicos, pues fue auditor de la Chancillería de Valladolid y fue consejero
de los Reyes Católicos. Vide R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 46;
D. DE AREITIO: “Nuevos datos sobre el abuelo materno de S. Ignacio de Loyola”, AHSI 26
(1957), pp. 227-230.
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que fuera a servir y ser educado en Arévalo 13. Toda vez que la familia de Ignacio
de Loyola también eran partidarios de la reina Isabel 14. El hermano mayor, Juan
Pérez de Loyola sirvió en los ejércitos del Gran Capitán en las guerras de Nápo-
les, donde murió 15; el sucesor en la casa, Martín García de Oñaz, tuvo gran re-
lación con la corte castellana. Se casó en el palacio donde residía Isabel en Ocaña
(Toledo) en 1498, porque la novia, Magdalena de Araoz, natural de Vergara, era
dama muy querida de la reina Católica. Otro de sus hermanos, Ochoa López de
Oñaz, sirvió a la reina doña Juana la Loca.
Entre 1497 (fecha de la muerte del hijo de la reina Isabel) y 1504 (fecha de su
propia muerte), el número de servidores de la reina Isabel fue aumentando, pre-
cisamente cuando se observa que la reina delega el gobierno de la Monarquía en
su marido. Mucho se ha discutido sobre las causas que llevaron a Isabel a aban-
donar la política en manos de su esposo, pero lo que resulta evidente es que, a
partir de 1498, la reina dejó de intervenir en la toma de decisiones del gobierno
de Castilla y los principales personajes que venían apoyándola y asesorándola
desaparecieron de la corte e, incluso, comenzaron a ser perseguidos, al mismo
tiempo que se observa que los cargos eran ocupados por personajes patrocinados
por el rey Fernando. Sorprendentemente, fue en esta época cuando el número
de servidores de la reina Isabel comenzó a aumentar debido a la muerte de sus
hijos, cuyos servidores iban a refugiarse a la corte para servir a la reina 16.
Por otra parte, el partido “aragonés” o “fernandino”, de acuerdo con su ac-
tuación, aparecía como un bloque compacto; sin embargo, su composición social
era bastante heterogénea. El núcleo de este partido estaba formado por servidores
aragoneses de origen judeoconverso, buena parte de ellos se habían formado en
13 F. FITA: “San Ignacio de Loyola en la Corte de los Reyes Católicos. Estudio crítico”,
BRAH 17 (1890), pp. 492-520; F. FITA: “Alonso de Montalvo y San Ignacio de Loyola”, BRAH
18 (1891), pp. 75-78.
14 F. FITA: “San Ignacio de Loyola en la Corte...”, op. cit., pp. 492-520.
15 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 51.
16 A. DE LA TORRE y E. A. DE LA TORRE (eds.): Cuentas de Gonzalo de Baeza, tesorero
de Isabel la Católica, Madrid: CSIC-Patronato Marcelino Menéndez Pelayo, 1955, II, pp.
412-416, 614-617 y 654-657; A. DE LA TORRE: La Casa de Isabel la Católica, Madrid: CSIC,
1954. Sobre la pérdida de poder del “partido isabelino”, se puede ver J. MARTÍNEZ MILLÁN
(dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, pp. 53-55.
31
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Capítulo I
la casa del rey Juan II, padre de Fernando el Católico, que se trasladaron a Castilla
cuando éste se afianzó en el poder. Dentro de este grupo 17 se encontraban Luis
de Santángel, escribano de ración del reino de Aragón; el converso Gabriel Sán-
chez, tesorero general de Aragón 18; Juan Coloma, natural de Borja, quien pro-
cedía del servicio del rey Juan II de Aragón, y acompañó a Fernando en la guerra
de Granada, llevándole la contabilidad de las mercedes que hacía el rey 19. Otros
personajes influyentes fueron Miguel Pérez de Almazán, natural de Calatayud,
y su protegido Pedro de Quintana, quien, a su vez, apadrinó a su sobrino, Lope
de Conchillos. También el suegro de Quintana, Jaime Ferrer, corregidor de To-
ledo, cuyo hermano, Luis, fue el duro carcelero de doña Juana en Tordesillas.
Asimismo, Juan Ruiz Calcena, secretario de la Inquisición, que se enriqueció con
la apropiación de confiscaciones. Finalmente, no podemos olvidar a Juan Ca-
brero, natural de Zaragoza, cuya carrera administrativa comenzó en 1477, cuando
le nombraron contino, llegando después a ser camarero del rey. Fue persona de
confianza de Fernando el Católico, que le acompañó, en 1506, al difícil y arries-
gado encuentro que tuvo con su yerno Felipe el Hermoso en Villafáfila. Su amistad
con el rey llegó a tal extremo que le nombró su albacea, si bien murió en 1514 20.
Una segunda facción del “partido aragonés” estaba compuesta por servidores
castellanos que, desde su llegada a Castilla, apoyaron al joven príncipe aragonés.
Entre ellos encontramos a fray Diego de Deza que había sido nombrado ayo del
príncipe don Juan. Deza era un brillante profesor de la universidad de Salamanca
cuando su tío, Rodrigo de Ulloa, lo recomendó al rey Fernando en 1480. El apa-
drinamiento no resultó vano, pues pocos años después, fue llamado para educar
al príncipe. Tras la muerte de don Juan, Deza pasó a alinearse dentro del grupo
“fernandino”. Antonio de Fonseca, nombrado por los Reyes Católicos de su Con-
sejo el 15 mayo 1499, ocupó el oficio de mayordomo mayor de la princesa Mar-
garita (esposa del príncipe Juan) y, desde 1503, fue contador mayor de Castilla
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21 Jerónimo ZURITA: Historia del Rey don Hernando el Catholico: de las empresas y ligas
de Italia, 1580, f. 80v (BNE, R/28366); Lorenzo PADILLA: Crónica de Felipe I llamado el
Hermoso (CODOIN, Madrid, 1846, vol. 8, p. 144).
22 M. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ: Bartolomé de las Casas, Sevilla: GEHA, 1953, I, pp. 12 ss.
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Capítulo I
De manera que el dominio del partido “fernandino” arrancó con fuerza a partir
de 1498, fecha en la que Diego de Deza fue nombrado inquisidor general. Junto
a dicho nombramiento, Deza recibió otro breve en el que el pontífice (a instancias
de Fernando el Católico) le nombraba juez en las causas de apelación de la Inqui-
sición 23; es decir, que Deza era, al mismo tiempo, la autoridad máxima de la in-
quisición hispana y el juez de apelaciones a quien debían recurrir los reos que no
estuvieran de acuerdo con la sentencia que hubiesen dictado los inquisidores que
les habían juzgado. Con tales poderes, Deza comenzó la reforma de esta institu-
ción, primero introduciendo a miembros de su partido en el Consejo, después
ampliando el número de los tribunales inquisitoriales, sobre todo en la Corona
de Aragón (fue en esta época cuando se implantaron los tribunales de Sicilia y
Cerdeña). Al mismo tiempo, Deza nombraba inquisidores de su confianza en los
distintos tribunales y promulgaba nuevas Instrucciones para el funcionamiento
homogéneo de la institución.
La muerte de Isabel la Católica en 1504, no hizo sino polarizar este enfrenta-
miento de partidos. A los pocos días de haber muerto la reina, el embajador Gómez
de Fuensalida escribía una carta a Fernando el Católico repleta de tonos críticos,
en la que le insinuaba los planes que tenían Felipe el Hermoso y sus servidores para
gobernar Castilla, que no eran otros que expulsar a todos los miembros del partido
“aragonés” o “fernandino” de sus cargos. En Castilla, las noticias sobre la llegada
de Felipe y Juana encontraron favorable respuesta en buena parte de la alta nobleza
que, con el cambio de monarca, o bien pensaban obtener ventajas y privilegios, o
bien se consideraban poco valorados por parte del Rey Católico. Fuensalida infor-
maba a Fernando el Católico de las relaciones que habían establecido los Grandes
castellanos con la corte filipina, destacando al “duque de Nájera de quien todos
hacían cabeza” 24. Pero además, también anhelaban la llegada de Felipe y Juana
todos aquellos sectores sociales desplazados de sus cargos (del partido “isabelino”)
que habían sido procesados por la Inquisición acusados de judeoconversos. La per-
secución a que se vieron sometidos estos sectores sociales, sin ninguna protección
tras la muerte de la reina Isabel, llevó a pedir protección a doña Juana y a Felipe,
pues, por otra parte, coincidían ideológica y religiosamente con tales tendencias.
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Los proyectos que el archiduque Felipe tenía sobre Castilla conllevaban necesa-
riamente la sustitución de unas élites por otras. Los miembros del partido “fernan-
dino” fueron conscientes del peligro que se cernía sobre ellos y trataron de mantener
el orden establecido. Para ello, Fernando el Católico convocó Cortes en Toro en el
año 1505. El objetivo de estas Cortes lo exponía con toda claridad el representante
de la ciudad de Burgos don Alonso de Cartagena al dirigirse a los reunidos:
Con esto se tiene mucha esperanza que, en tan gran novedad, no aurá cosa nueva
–porque, argumentaba el astuto procurador– en la administración y gouernación de
Vuestra Alteza se acrecienta a los sucesores prosperidad, pacificación y descanso y a
los súbditos mucha justicia, libertad y sosiego 25.
25 Jerónimo ZURITA: Historia del Rey don Hernando el Catholico..., op. cit., f. 4r.
26 P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, Roma: IHSI, 1957, I, pp. 55-69.
27 L. FERNÁNDEZ MARTÍN: Los años juveniles de Íñigo de Loyola. Su formación en
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Capítulo I
Rey Católico y su reflejo en los Ejercicios”, en J. PLAZAOLA, S.I. (ed.): Las fuentes de los
Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Actas del Simposio Internacional. Loyola, 15-19 septiembre
1997, Bilbao: Mensajero, 1998, pp. 399-404.
28 A. RODRÍGUEZ VILLA: “Don Francisco de Rojas, embajador de los Reyes Católicos.
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a ejercer presión en torno a la reina de forma que los partidarios del difunto rey
Felipe tomaron conciencia de su debilidad política y comenzaron a actuar por su
cuenta, levantándose en armas y anexionando territorios. Por su parte, los que
aún eran presos de la Inquisición en las ciudades de Córdoba y Toro se sublevaron
temiendo no conseguir la libertad si venía el Rey aragonés a gobernar Castilla 32.
En estas circunstancias, Fernando el Católico envió un poder al arzobispo de To-
ledo para que, juntamente con el presidente del Consejo Real, gobernasen durante
su ausencia. La intervención del rey Fernando influyó de manera decisiva en su
hija, quien el 20 de diciembre de 1506, salía de Burgos camino de Torquemada,
donde dio a luz a su hija Catalina, llevándose consigo, además del féretro de su
marido, “al obispo de León y don Diego Ramírez de Villaescusa y don Diego de
Muros, obispo de Mondoñedo”, pero antes de partir revocó todas las mercedes
que había extendido su marido durante el tiempo en que había reinado 33. Al
mismo tiempo, don Fernando escribía una carta a su hija, desde Nápoles, en la
que además de mostrarle su amor paternal, le recomendaba no hiciera ninguna
mutación en el gobierno de Castilla hasta que él llegase.
Una vez en Castilla, Fernando llevó a cabo el restablecimiento de sus segui-
dores en los cargos de gobierno, desplazando a los que habían apoyado a Felipe el
Hermoso. En este proceso, el 14 de febrero de 1509, sacó a su hija de la villa de
Arcos, donde se encontraba en estado lamentable, y la llevó a Tordesillas, donde
vivió hasta su muerte 34. Allí le dejó asentada su casa y servicio. La casa de la reina
Juana siempre mantuvo una estructura castellana, desde que, en 1496, se le im-
puso casarse con Felipe el Hermoso. Pero además, el Rey aragonés tomó una de-
cisión que iba a tener honda repercusión en la historia posterior: dividió a los
servidores castellanos; parte se quedaron en Tordesillas al servicio de doña Juana
y parte pasaron a acompañar de manera habitual al rey Fernando 35. Los servidores
que dejó con su hija fueron conscientes de que eran retirados de la vida política
y que su futuro cortesano se había acabado; se trataba de los viejos servidores de
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Capítulo I
la reina Isabel, que habían pasado a formar parte del servicio de doña Juana, entre
los que se encontraban las familias de don Juan Velázquez de Cuéllar y de Ignacio
de Loyola 36: Juan Velázquez de Cuéllar fue ratificado en su cargo, mientras su
mujer, María de Velasco, era dama de la reina; más tarde, tras la muerte de su ma-
rido, marchó con la infanta Catalina a Portugal en 1524, cuando contrajo matri-
monio con Juan III, sirviéndola hasta su muerte en 1540 signo inequívoco de que
su ascenso social en Castilla se había acabado 37. Arnao de Velasco, hijo de doña
María (por edad, el más afín a Ignacio de Loyola) fue nombrado capellán de la
reina Juana en 1509, y sus hermanos, Gutierre y Antonio, pajes 38. Juan de An-
chieta, capellán y cantor de la reina Isabel, que había pasado a servir a la reina Juana,
se quedó en Tordesillas. Anchieta era párroco de la villa de Azpeitia y pariente de
Ignacio de Loyola 39.
Con la muerte de Fernando el Católico y la llegada de Carlos I, el declive po-
lítico de Velázquez de Cuéllar se consumó 40. Fue expulsado del dominio de las
villas de Arévalo y Olmedo, villas que había mantenido bajo su dominio con el
consentimiento de Cisneros, que fueron dadas a doña Germana de Foix 41. Fruto
del disgusto, murió el 12 de agosto 1517. De acuerdo con el testamento del rey
Fernando, Cisneros quedaba como regente de los reinos peninsulares mientras
se esperaba la llegada de su nieto, el archiduque Carlos. Los partidarios de Felipe
el Hermoso y de doña Juana pensaron que había llegado el momento de relevar a
los “fernandinos” de sus cargos, pero el patronazgo que Cisneros ejercía sobre
con ingenuidad R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 81-83; J.
ITURRIOZ: “Los años juveniles de Íñigo de Loyola...”, op. cit., pp. 49-53, sino porque
pertenecían al grupo político contrario.
41 Prudencio DE SANDOVAL: Historia... del emperador Carlos V, op. cit., lib. II, p. p. 94; J.
MARTÍNEZ MILLÁN: “La formación del partido fernandino”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN
(dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, p. 56.
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42 Cartas del Cardenal Don Fray Francisco Jiménez de Cisneros dirigidas a Don Diego
Nájera, conde de Treviño, señor de las villas y tierras de Amusco, Navarrete, Redecilla, San
Pedro de Yanguas, Ocon, Villa de la Sierra, Senebrilla y Cabreros, en la colección Salazar del
Memorial Histórico Español VI, Madrid, 1853, pp. 121-146.
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Capítulo I
hijo, Antonio, fue nombrado por Cisneros virrey de Navarra y fue quien recibió
a Ignacio de Loyola. Allí, más que con los hijos, Ignacio se familiarizó con un
hermanastro del duque, que llegó a ser capellán del emperador y obispo de Sa-
lamanca: don Francisco Manrique de Lara. La primera acción que hizo fue asistir
a las Cortes de Valladolid en 1518 acompañando al Duque, en las que el joven
Carlos fue jurado rey de Castilla 48.
Ignacio participó en la guerra de las Comunidades, luchando a favor del
duque de Nájera para recuperar la villa de Nájera. Precisamente, en ese mo-
mento, los franceses atacaron Navarra, teniendo el duque y sus tropas que de-
fenderla 49. Allí fue herido Ignacio. Con treinta y un años, en edad joven pero
madura, convaleciente en la cama, Ignacio toma conciencia de la vaciedad de su
vida. No había conseguido nada material: a su edad, un cortesano había logrado
algún cargo o misión y, lo que es peor, no vislumbraba ningún futuro halagüeño
en el servicio del duque de Nájera 50.
48 P. DE LETURIA, S.I.: “Al servicio del Rey Temporal”, en P. DE LETURIA, S.I., y otros:
Ignacio de Loyola en Castilla, op. cit., p. 78. También se halló el señor de Loyola, don Martín,
en dichas Cortes.
49L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo López de Loyola y el proceso contra Miguel de
Herrera, alcaide de la Fortaleza de Pamplona”, Príncipe de Viana 36/140-141 (1975), pp.
471-536.
50
El peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola, introducción y notas de J. M.
Rambla Blanch, Bilbao: Mensajero, 1991, p. 27.
40
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Manresa 1 (1925), pp. 43-52; J. NONELL: La cueva de san Ignacio de Manresa, Manresa:
Imprenta y Encuadernaciones de San José, 1919.
53 P. DE LETURIA, S.I.: “El influjo de San Onofre en S. Ignacio a base de un texto de
Nadal”, en P. DE LETURIA, S.I.: Estudios Ignacianos, op. cit., I, pp. 97-111.
54 La experiencia en la ribera del Cardoner en MHSI: Fontes narrativi I, Madrid, 1943,
pp. 404-406; Asimismo, el padre Nadal fue el primero que destacó la importancia de esta
experiencia en MHSI: Nadal V, Roma, 1964, p. 40; J. CALVERAS: “La ilustración del
Cardoner y el Instituto de la Compañía según el P. Nadal”, AHSI 25 (1956), pp. 27-54.
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Capítulo I
1958, pp. 19-21; J. GARCÍA ORO: Cisneros. Un cardenal reformista en el trono de España (1436-
1517), Madrid: La esfera de los libros, 2005, p. 92. Uno de los mejores estudios que existe
sobre el tema es el de J. MESEGUER FERNÁNDEZ: El cardenal Cisneros y su villa de Alcalá de
Henares, Alcalá de Henares: Institución de Estudios Complutenses, 1982.
59 Juan DE VALLEJO: Memorial de la vida de fray Francisco Jiménez de Cisneros, ed. de A.
de la Torre y del Cerro, Madrid: Centro de Estudios Históricos-Bailly-Bailliere, 1913, p. 56.
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Capítulo I
Los procesos que la Inquisición le realizó en Alcalá de Henares están muy do-
cumentados 62. En realidad, una vez analizada la documentación, más que tres in-
terrogatorios, parece un único proceso divido en tres partes: el 29 de abril de 1526,
el inquisidor general Alonso Manrique encargó a los inquisidores doctor Velasco
(canónigo de san Justo) y licenciado Mejía (se hallaba visitando la Universidad)
completar los procesos de alumbrados que estaban en curso desde el año anterior.
Al llegar a Alcalá, recibieron información sobre Ignacio de Loyola, que había estado
en aquella ciudad con cuatro amigos. De las declaraciones de cuatro testigos entre
el 19 y el 20 de noviembre, se podía deducir cierta aproximación de aquel grupo
con los alumbrados. Dos días después, el vicario general del arzobispado de Toledo,
Juan Rodríguez de Figueroa, a quienes los inquisidores habían transferido la causa,
informó a Ignacio de las pesquisas que se estaban haciendo sobre su persona y ami-
gos, y les mandó “se conformasen con el hábito común que los clérigos o legos
traen a estos reinos de Castilla” 63. El 6 de marzo de 1527, el mismo vicario mandó
a su presencia a tres mujeres para que le informasen de la vida de Ignacio y sus
compañeros; pero no hubo sentencia ni cosa alguna además de la información 64.
Finalmente, los días 18 y 19 de abril de 1527 se realizó un auténtico proceso a Ig-
nacio, comenzando por su encarcelamiento y concluyó con la sentencia definitiva
el 1 de julio. En la sentencia se prohibía a Ignacio y a sus compañeros adoctrinar a
la gente durante tres años. Después podrían hacerlo con permiso del vicario.
El foco alumbrado cuajó en el antiguo reino de Toledo, en el palacio ducal de
Guadalajara, bajo la mirada benévola de los Mendoza, después duques del Infan-
tado, donde se movían Isabel de la Cruz, Pedro Ruiz de Alcaraz y María Cazalla.
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En Escalona, el viejo marqués de Villena, Diego López Pacheco, tío de María Pa-
dilla, esposa del comunero Juan de Padilla, tenía como contador a Pedro Ruiz de
Alcaraz y como paje a Juan de Valdés 65. Diego López Pacheco fue un entusiasta
de los franciscanos y fray Francisco de Osuna le dedicó su Tercer Abecedario Espi-
ritual, que escribió en el convento de La Salceda. Una estrecha relación existía
entre los conversos, versados en cuestiones económicas, y la nobleza territorial: el
padre del alumbrado Francisco Ortiz 66 fue mayordomo del embajador Rojas, y su
hermano Juan Ortiz fue secretario del Almirante de Castilla. Francisco Ortiz, fran-
ciscano, fue procesado por el tribunal de Toledo y, por orden de los inquisidores,
pasó a residir en el convento de Torrelaguna, donde le visitaron su hermano Pedro
Ortiz y el jesuita Fabro. Pedro Ortiz estudió en la universidad de Alcalá donde ob-
tuvo la licenciatura y el doctorado en teología. En 1529 fue profesor en la univer-
sidad de Salamanca. Este mismo año Ortiz pasó a París, y viendo su cambio de
vida, sus compañeros Pedro de Peralta y otros estudiantes hispanos, lo denunciaron
al inquisidor dominico de París. De regreso a España fue enviado por el Emperador
a Roma para que defendiese la validez del matrimonio entre Enrique VIII y Catalina
de Aragón. En 1537, muerta Catalina, Ortiz permaneció en Roma por mandato de
Paulo III; en este tiempo conoció a Ignacio de Loyola y a sus compañeros, estable-
ciéndose una gran amistad hasta el punto de prepararles una entrevista personal
con el Pontífice. Al año siguiente hacía los ejercicios espirituales bajo la dirección
de Ignacio de Loyola. En 1540 era enviado al Imperio, nombrado por Carlos V,
junto con el beato Pedro Fabro, designado por Paulo III, para asistir a la Dieta de
Worms y Ratisbona con los protestantes. En 1541 regresó a España con Fabro y
desde julio residió en Galapagar. Fue entonces cuando en colaboración con su her-
mano fray Francisco Ortiz (quien se había retirado a Torrelaguna tras su proceso)
compuso las Anotaciones para hacer buena elección 67.
1972; J. C. NIETO: Juan de Valdés y los orígenes de la Reforma en España e Italia, México:
Fondo de Cultura Económica, 1979; M. ANDRÉS MARTÍN: Nueva visión de los «alumbrados»
de 1525, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1973; M. ANDRÉS MARTÍN: “Los
alumbrados de Toledo según el proceso de María de Cazalla (1532-1534)”, Cuadernos de
investigación histórica 8 (1984), pp. 65-82.
66A. SELKE: El Santo Oficio de la Inquisición. Proceso de Francisco Ortiz (1529-1532),
Madrid: Guadarrama, 1968.
67 Ibidem, pp. 31-63.
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Capítulo I
68 L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los Alumbrados”, op. cit., pp. 585-680;
J. E. LONGHURST: “Alumbrados, erasmistas y luteranos en el proceso de Juan de Vergara”,
Cuadernos de Historia de España 27 (1958), pp. 99-163.
69 L. FERNÁNDEZ MARTÍN: “Íñigo de Loyola y los Alumbrados”, op. cit., pp. 585-595.
70Ibidem. Francisca Hernández era natural de Canillas (Salamanca) y era hija de
labradores pobres. El trato que tuvo Medrano con la beata en Salamanca fue muy amistoso
dado que le remediaba sus problemas de subsistencia.
71 J. PÉREZ ESCOHOTADO: Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial
(Toledo, 1530), Madrid: Verbum-IER, 2003.
72J. PÉREZ: La revolución de las Comunidades de Castilla, Madrid: Siglo XXI, 1977, pp.
481-482.
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le visitaban eran conversos como la hija de Juan Vivero, esposa de Pedro de Ca-
zalla; Blanca de la Serna, hija de Luis de Serna; además de Medrano, Bernardino
Tovar, Diego de Villarreal y otros.
Además del duque de Nájera, su hermanastro, don Francisco Manrique, tam-
bién fue amigo y protector del alumbrado Antonio de Medrano, al igual que del
beato Pedro Fabro. Don Francisco fue capellán del Emperador y posteriormente
llegó a ser obispo de Salamanca.
Además de los Nájera, otra familia que estuvo relacionada con Ignacio de Lo-
yola, y también protegió al grupo de alumbrados de Valladolid, fue la de Velázquez
de Cuéllar 73. En su declaración ante los inquisidores de Toledo, en 1529, Leonor
del Vivero afirmaba que Francisca Hernández fue acogida por doña Catalina de
Velasco, mujer de don Bernardino de Velasco, durante más de un año 74. Es preciso
señalar que doña Catalina de Velasco era hija de Juan Velázquez de Cuéllar y de
doña María de Velasco. También doña María de Velasco, ya viuda de Juan Velázquez
de Cuéllar, protegió a este grupo de alumbrados. Doña María de Velasco era se-
ñora de Billabaquerín, y en una declaración de una esclava negra de don Pedro
Cazalla, llamada Inés, afirmaba que Medrano estuvo en traje de clérigo en dicha
villa cuando estaba allí Francisca Hernández “e que vino a copear a casa de Pedro
Cazalla de noche”. La familia Velasco fue la que mantuvo y le dio de comer a Fran-
cisca Hernández durante el tiempo que estuvo presa en el tribunal de Toledo.
De Alcalá, Ignacio partió hacia Salamanca y se dirigió al convento de San Es-
teban a buscar confesor y guía espiritual. Ciertamente, la espiritualidad de los
dominicos salmantinos era completamente distinta de la que se practicaba en Al-
calá 75; era considerada por la Inquisición como la ortodoxa y el hecho de que Ig-
nacio fuera directamente allí demuestra que conocía la diferencia que existía y
preveía que, acudiendo a ellos, podía evitar problemas como los que le habían
ocurrido en la ciudad del Henares:
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Capítulo I
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los estudiosos del personaje) en su actividad espiritual, el problema que tuvo Ig-
nacio de Loyola con los dominicos de Salamanca constituye el segundo hito –de
no menor trascendencia– para explicar la formación de la Compañía de Jesús.
Durante los días en que estuvo preso en dicha ciudad, sacó la conclusión de que
debía de estudiar teología, pero no en Salamanca, sino en París, donde conoció
al resto de compañeros que compartían su misma espiritualidad 80.
Ciertamente, es preciso aclarar que la espiritualidad que quería practicar Ig-
nacio, solamente coincidía con los alumbrados en algunas formas externas de
proceder socialmente. La individualidad del vasco consistía en querer imitar a
los santos, siempre dentro de la Iglesia y de la Tradición, mientras que la de los
alumbrados defendía la inspiración individual de Dios 81. El proyecto de vida es-
piritual que intentaba practicar Ignacio, era imposible de realizar en el ambiente
intelectual salmantino, donde para no ser molestado, debía profesar en una orden
religiosa y seguir una religiosidad controlada por las élites que comenzaban a do-
minar la universidad del Tormes 82.
La universidad de París era muy diferente a la de Salamanca, tanto en sus es-
tructuras como en sus enseñanzas 83. La renovación intelectual y religiosa en la
que estaban inmersos los distintos centros y profesores parisinos a principios del
explicada con claridad por R. GARCÍA-VILLOSLADA: La Universidad de París durante los estudios
de Francisco de Vitoria O. P. (1507-1522), Roma: Apud Aedes Universitatis Gregorianas, 1938,
pp. 244-278. El propio Villoslada vuelve a expresar en otro estudio:
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Capítulo I
siglo XVI, conectaba directamente con el proyecto espiritual que quería vivir Ig-
nacio de Loyola y, en cierta medida, con el de la universidad de Alcalá. Villoslada
explica cómo el humanismo entró en la Universidad durante el siglo XV y triunfó,
a principios del siglo siguiente, en los colegios, monasterios y demás centros del
barrio de estudiantes de París 84. Por otra parte, la independencia que gozaban
sus enseñanzas e ideología, contrastaba con la universidad de Salamanca, donde
las élites sociales castellanas llevaban a estudiar a sus vástagos, impregnando sus
saberes de unas orientaciones típicamente castellanas.
Es preciso advertir que los primeros compañeros de Ignacio, que después for-
maron la Compañía de Jesús, todos estudiaron en París donde se conocieron entre
sí. Tras la detención de Bernardino Tovar, varios estudiantes de Alcalá se fueron a
París: Miguel de Torres 85 y Juan de Castillo lo hicieron a finales de 1529, mientras
que Juan de Valdés y Mateo Pascual se decidieron por Roma. Si bien, en un primer
momento, Torres mostró reparos en acercarse a Ignacio de Loyola, al final llegó a
establecer amistad en Roma y a entrar en la Compañía 86. En 1533, Laínez y Sal-
merón llegaban a París desde la universidad de Alcalá, lo mismo que Nicolás Alonso
de Bobadilla. Ninguno de ellos emprendió la actividad apostólica que había man-
tenido en Alcalá, porque todos tomaron muy en serio los estudios, dando ejemplo
con su conducta 87.
Manuel de Miona era un sacerdote portugués, profesor en la universidad de
Alcalá cuando Ignacio llegó a dicha ciudad en 1526. Lo escogió como profesor y
continuó siéndolo después en París. En el proceso a Bernardino Tovar, Miona
apareció como “gran amigo íntimo de Bernardino”. Miona aconsejó a Ignacio
que leyese El manual del caballero cristiano de Erasmo; más tarde, en 1544, entró
en la Compañía. Otro amigo de Ignacio, Diego de Eguía, que le ayudó en Alcalá
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y llegó a ser su confesor, entró en la Compañía en 1540 y fue a reanudar sus es-
tudios a París ese mismo año, siendo también perseguido por la Inquisición 88.
procesado por la Inquisición (c. 1495-1546)”, Hispania Sacra 1 (1948), pp. 53-58.
89 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: “San Ignacio de Loyola y Erasmo de Rotterdam”,
Estudios eclesiásticos 16/61 (1942), pp. 235-264; I. ELIZALDE ARMENDÁRIZ: “Luis Vives e
Ignacio de Loyola”, Hispania Sacra 33/68 (1981), pp. 541-547.
90 K. WAGNER: “El arzobispo Alonso Manrique, protector del erasmismo y de los
reformistas en Sevilla”, Bibliothèque d’Humanisme et Renaissance 45 (1982), pp. 349-350.
91Eguía fue nombrado superior de los escolares de la Compañía que estudiaban en la
Sorbona (M. BATAILLON: Erasmo y España, op. cit., pp. 154 y ss.).
92 AHN, Inquisición, lib. 573, f. 134v. Fechada el 23 de enero de 1536.
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Capítulo I
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Capítulo I
Aurea: Revista de Literatura Española y Teoría Literaria del Renacimiento y Siglo de Oro 4
(2010), pp. 17-43; G. GALASSO: “Lettura dantesca e lettura umanistica dell’idea di impero del
Gattinara”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN (coord.): Carlos V y la quiebra del humanismo político..., op.
cit., I, pp. 93-114.
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CAPÍTULO II
Así pues, a finales de la Edad Media, proliferaron en toda Europa un gran nú-
mero de movimientos espirituales que buscaban una “reforma moral y espiritual”
de una Iglesia a la que consideraban corrompida en su esencia de caridad y pobreza.
Iniciativas que habían surgido desde el propio seno de la Iglesia mucho anteriores
a la reforma de Lutero. Estos movimientos reformadores que, en la práctica, con-
siguieron una renovación in membris tuvieron su continuación, a principios del siglo
XVI, en los territorios italianos, mientras que en otras partes de Europa encontraron
su desarrollo posterior en el protestantismo 1. En este ambiente de transformación
en el seno de la Iglesia, llegó Ignacio de Loyola con sus compañeros a Roma con la
idea de servir al Pontífice en sus intentos de reforma espiritual.
1 R. RUSCONI: Predicazione e vita religiosa nella società italiana (da Carlo Magno alla
Controriforma), Turín: Loescher (Documenti della Storia), 1981; J. MARTIN: “Salvation and
Society in Sixteenth-Century Venice: Popular Evangelism in a Renaissance City”, Journal of
Modern History 60 (1988), pp. 205-233; M. FIRPO: Riforma protestante ed eresie nell’Italia del
Cinquecento, Roma-Bari: Laterza, 1997, pp. 12-14; S. CAPONETTO: La Riforma protestante
nell’Italia del Cinquecento, Turín: Claudiana, 1992; C. J. BLAISDELL: “Politics and Heresy in
Ferrara 1534-1559”, Sixteenth-century Journal 6 (1975), pp. 67-93.
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Capítulo II
eclesiástico italiano de fines del siglo XV y principios del XVI 2. Todas ellas dependían
de órdenes mendicantes (franciscanos) o de los obispos. La aspiración a la perfec-
ción, los ejercicios comunes de piedad y el servicio a los pobres y enfermos eran
las actividades que desarrollaban. En algunos casos, como la “Fraternidad del Di-
vino Amor” de Génova, el oratorio de la hermandad tenía entre sus dependencias
un hospital para enfermos incurables, ejemplo que fue seguido por las hermanda-
des de Savona, Venecia, Milán, Bolonia, Roma y Nápoles. De todas ellas la que
cobró mayor importancia fue la hermandad del Oratorio del Amor Divino (1515),
por estar en la corte romana y porque estuvo constituida por miembros de la Curia
que propugnaban la reforma global de la Iglesia, a través de la reforma individual
de las personas, empezando por ellos mismos, que fue posible a través de la predi-
cación con el ejemplo 3.
El oratorio del Amor Divino estaba constituido por clérigos y laicos, en número
de sesenta personas, que se reunían en la Iglesia de Santa Dorotea in Trastevere.
Una lista de sus miembros fechada en 1524 ofrece una idea de su importancia e
influencia: de las cincuenta y seis personas que aparecían consignadas catorce
eran laicos, seis obispos y el resto, incluyendo a los poderosos cardenales Aleandro,
Sadoleto, Contarini y Giberti, eran miembros de la corte papal 4. Aquí constituían
una influyente facción, además fueron consejeros de Adriano VI y Clemente VII,
e impulsaron la idea de renovación de la Iglesia in capite. Pero después del saqueo
de Roma en 1527, desapareció el oratorio; sus miembros se dispersaron y en sus
respectivas diócesis propiciaron diversas reformas 5. No obstante, de sus filas nació
la orden de los teatinos, pilar de la contrarreforma romana, bajo el impulso de
Gaetano da Thiene y el cardenal Gian Pietro Carafa –después Paulo IV– que fue
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el primer inquisidor romano en 1546 6. La nueva orden era muy diferente a las
entonces conocidas; no era ni claustral ni mendicante, abandonando su sustento
a la providencia divina, y el punto central era una escrupulosa observancia de los
deberes del ministerio sacerdotal 7. Este impulso renovador de las hermandades
tuvo un profundo influjo sobre las órdenes mendicantes como era el caso de los
capuchinos que se escindieron de los franciscanos en 1528, pero además, siguiendo
sus pasos, proliferaron en Italia un sin fin de nuevas órdenes religiosas, como los
barnabitas (Milán, 1533), los somascos (Somasca, 1540), o las ursulinas (Brescia,
1535), a la par que se producía una profunda reforma de las órdenes ya estableci-
das como los carmelitas, los franciscanos o los agustinos 8.
Este ambiente de inquietud religiosa se enfrentaba a un hecho indiscutible,
la fuerte “mundanización” de la Curia romana. Pero, aunque no muy numerosos,
existían en la Curia individuos dispuestos a llevar a cabo la tan ansiada reforma,
individuos que vieron su solución en un Concilio General de la Iglesia que en-
cauzara la labor de la Iglesia bajo estas nuevas directrices. El Concilio lateranense
fue la gran oportunidad perdida antes de la violenta irrupción de Lutero y la es-
cisión de la Cristiandad, sus efectos fueron muy limitados, reforzó la autoridad
del Papa al arrebatar a los obispos el control de las órdenes religiosas operantes
en sus diócesis. Aparte de esto, no se eliminaron la venta de oficios, la acumula-
ción de prebendas o la no residencia de los prelados 9.
El desenvolvimiento de la reforma católica solo fue posible durante el ponti-
ficado de Paulo III (1534-1549), cuando ya el protestantismo había conmovido
los pilares de la Iglesia. Pero no debe entenderse sólo la actitud del papa Farnese
como una reacción contra Lutero, sino como una continuación de la reforma in
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Capítulo II
10 R. RUSCONI: Predicazione e vita religiosa..., op. cit., pp. 33 y ss.; J. MARTIN: “Salvation
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Ciudad Santa para hacer de ella un centro espiritual con prestigio, desde el que
poder extender la espiritualidad renovada de Roma al resto del mundo. Como
no podía ser de otra manera, esta renovación espiritual, que se extendió por toda
Italia, ponía de manifiesto, aunque lo hiciera de forma indirecta, el rechazo a la
política hispana en Italia. De esta forma se comprende la importancia del movi-
miento espiritual iniciado por el reformador florentino Felipe Neri. Señalaba el
historiador Bremond que el movimiento espiritual iniciado por Neri renovó
Roma durante el periodo que abarcaba desde el saco de Roma hasta la absolución
de Enrique IV 14.
Ciertamente, el grupo de Neri, más tarde formalizado en la Congregación
del Oratorio, atendió a los intereses de Roma, extendiendo su método de operar
y su espiritualidad a otras órdenes religiosas. Con ello Neri conseguía restituir
la confianza de toda la sociedad católica en el Pontífice, al mismo tiempo que re-
chazaba el control de Carlos V y Felipe II sobre Italia.
Cuando Neri, siendo todavía muy joven, llegó a Roma en 1533, se dio cuenta
de la necesidad de reformar la Iglesia a través de la asistencia espiritual y de la
caridad, que se debía propagar a otros lugares, y para ello, juzgó que la mejor
manera de actuar era rodeándose de un grupo de hombres preparados, todos
ellos presbíteros como él. De este modo, antes de fundar oficialmente la Con-
gregación del Oratorio, la obra de Felipe Neri se configuró como un modo de
vida espiritual, que sólo se pudo concebir en el ambiente romano de renovación
religiosa de la segunda mitad del siglo XVI. Tal y como afirmaba Cistellini en su
estudio sobre la figura de San Filippo Neri, el humus que favoreció el desarrollo
del Oratorio y que llevó a condicionar su peculiar fisonomía, fueron las profundas
cicatrices que dejó el saco de Roma de 1527, que veinte años después, eran aún
palpables 15.
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Capítulo II
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A partir de entonces, la expansión fue rápida por los territorios italianos. Ig-
nacio de Loyola pensaba que la reforma de la Iglesia debía venir “desde arriba”;
esto es, desde el Papado, por lo que condenaba que se criticase al Pontífice (sobre
todos los predicadores) porque disminuía su autoridad y prestigio. Por eso,
cuando en 1555, el cardenal Carafa subió al solio pontificio con el nombre de
Paulo IV, Ignacio escribió a todos los miembros de la Compañía señalando la vida
ejemplar y de reforma que ya había mostrado este personaje siendo cardenal 23.
Semejante forma de pensar coincidía con la que defendían las organizaciones re-
ligiosas que habían surgido por toda Italia buscando una religiosidad más autén-
tica y personal. Sin duda, la comunidad de Felipe Neri fue la organización que
que no tenían cabeza ninguna entre sí, ni otro propósito sino a Jesucristo, a quien sólo
deseaban servir, parecioles que tomasen nombre del que tenían por cabeza,
diciéndose la Compañía de Jesús” (R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola...,
op. cit., p. 432).
20 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Ignacio de Loyola, reformador”, en Q. ALDEA VAQUERO,
S.I. (ed.): Ignacio de Loyola en la gran crisis del siglo XVI (Congreso Internacional de Historia.
Madrid, 19-21 noviembre de 1991), Bilbao: Sal Terrae, 1993, pp. 239-254.
21 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 466-467.
22 MHSI: Fontes Narrativi I, Roma, 1943, pp. 204-205.
23 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 612; MHSI: Fontes
Narrativi I, Roma, 1943, p. 583.
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Capítulo II
conectó mejor con los ideales de la Compañía. De aquel primer intercambio con
la Compañía, y como práctica espiritual para la pequeña comunidad de sacerdotes
dirigida por Felipe Neri, éste solía leer a sus discípulos –“hijos espirituales” de
Neri como se les denominaba– las cartas de los jesuitas misioneros en Indias,
que se convirtieron en lecturas frecuentes del Oratorio. En este sentido, Neri
solía decir a sus discípulos que debían operar en Roma como si fuera sus Indias.
Asimismo, Neri y su grupo de religiosos solían frecuentar la iglesia de los jesuitas
en Santa Maria della Strada en Roma, que perdió protagonismo con la construc-
ción, años más tarde, de Il Gesù 24. Más allá de esta simpatía y buena relación
entre la Compañía y los hijos espirituales de Neri, existe un dato fundamental
que nos revela por carta su compañero y biógrafo, el P. Antonio Gallonio, al afir-
mar que había visto a Neri jactarse más de una vez de haber sido “el primero
que metió italianos en la Compañía de Jesús” 25. Efectivamente, muchos de los
discípulos de Neri encontraron su vocación en la Compañía de Jesús, animados
por el propio Santo a que ingresaran en la Compañía.
Desde los mismos tiempos de la fundación de la Compañía, muchos obispos
italianos solicitaron ayuda al Pontífice para predicar en sus diócesis con el fin de
catequizar a sus comunidades y evitar la extensión de las herejías, para lo que
suplicaban que enviara a los miembros de esta nueva Orden religiosa 26. En abril
de 1539, el cardenal Ennio Filonardi, destinado a Parma como legado pontificio,
se hizo acompañar por los padres Fabro y Laínez, quienes comenzaron a predicar
en dicha ciudad 27. El padre Salmerón fue enviado a Nápoles 28, mientras Do-
ménech y Landini fueron enviados a Sicilia y Córcega respectivamente. En de-
finitiva, la expansión de la Compañía por Italia fue rápida e intensa y se produjo
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antes que en ningún otro territorio y fueron las élites de los estados italianos los
que acogieron de buena gana la espiritualidad jesuita.
Además de extenderse por Italia, dada la buena acogida de sus primeros
miembros, la Compañía de Jesús lo hizo rápidamente por la península Ibérica.
Ciertamente, la institución como tal no se conocía, pero sí eran recordados tanto
Ignacio de Loyola como sus compañeros en las cortes portuguesa y castellana,
ya que estos jesuitas se habían educado en la corte de los Reyes Católicos, a la
sombra de la facción protegida por la reina Isabel y por su hija Juana. Posterior-
mente, habían practicado la misma religiosidad que estos cortesanos, lo que les
había ocasionado graves problemas con la Inquisición. Los tiempos y las circuns-
tancias políticas habían cambiado sustancialmente: la fundación que Ignacio re-
presentaba había sido aprobada por el propio Papa, no había duda, por tanto, de
su ortodoxia religiosa. Pero además, desde el punto de vista político, los miem-
bros del partido que apadrinaban las mujeres de la familia real, cuya facción cor-
tesana había sido desplazada del poder por los “castellanos”, ahora, a mediados
del siglo XVI, habían conseguido situarse en los principales puestos de gobierno
tanto de la corte portuguesa como de la castellana.
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Capítulo II
Desde el punto de vista político, la reina doña Catalina de Austria, hija de Felipe
el Hermoso y de Juana la Loca, se había trasladado al reino lusitano con buena parte
de los servidores que Fernando el Católico había dejado en Tordesillas sirviendo a
su hija Juana. Estos eran, todos aquellos personajes con los que Ignacio se había
educado y tratado durante su estancia en Arévalo, entre los que es preciso destacar
a su gran protectora y pariente de su madre, doña María de Velasco. En Lisboa,
doña Catalina favoreció a los primeros jesuitas y, concretamente, a Francisco Javier
para ir a la India 30. El padre Araoz escribía a Ignacio, desde Lisboa, el 26 de abril
1544, comunicándole que la reina Catalina le había preguntado mucho por él y
por diversos miembros de la Compañía, al mismo tiempo que le informaba de que
estaba al día de todos los sucesos de la Orden 31. Doña Catalina fue regente durante
la minoría de edad de su nieto, el rey don Sebastián, cuya educación encomendó
a un confidente de Ignacio, el padre Gonçalves de Cámara.
Por medio de la protección de estos personajes y de los propios monarcas, la
expansión de la Compañía en el reino de Portugal fue fulgurante; rápidamente
se crearon los colegios de San Antón en Lisboa, el colegio y facultad de Artes en
Évora, el de Jesús en Coimbra, el colegio Real o “das Artes”, en el que, según
García-Villoslada, al quedar incorporado a la Universidad, el monarca Juan III
quiso que sus maestros fueran extranjeros o portugueses que hubieran sido edu-
cados y hubieran enseñado en París 32.
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del partido “castellano”, dando continuidad a los intereses del desaparecido par-
tido “fernandino”. Se imponían así los ideales políticos de las élites castellanas,
al mismo tiempo que extendían por todos los reinos una ideología religiosa in-
transigente y formalista 33.
En 1543, Carlos V iniciaba un viaje por Europa que le mantuvo alejado de
Castilla hasta 1557, cuando abdicó el trono en Bruselas, encaminándose a su retiro
en Yuste. La corte y, por tanto, el gobierno de los territorios que componían el
Imperio se dividió hasta en tres centros de poder: por una parte, dado que el se-
cretario Cobos tenía una edad avanzada solicitó a Carlos V quedarse en Castilla
para asesorar en el gobierno al joven príncipe, que acababa de contraer matrimo-
nio con su prima María de Portugal, y que comenzaba a asumir decisiones polí-
ticas en el gobierno de los reinos, lo que no pasó desapercibido al partido
“castellano”: si el cardenal Tavera parecía iniciar un declive en su influencia po-
lítica (tuvo que abandonar la presidencia del Consejo de Castilla a favor de Fer-
nando de Valdés 34), Cobos introducía a sus clientes en la casa del príncipe y en
los cargos principales de la corte. Con todo, la influencia de su ayo Juan de Zúñiga,
que no pertenecía a dicha facción, consiguió mantener a determinados personajes
humanistas y no “castellanos” al servicio del príncipe como Juan Calvete de Es-
trella, nombrado maestro de los pajes, o Ruy Gómez de Silva, que entró como
trinchante, además de otros personajes de menor relevancia 35. Por otra parte,
con el fin de que el influjo en las decisiones que tomara Carlos V no recayera en
manos de grupos políticos ajenos al control de Cobos, éste proyectó que su sobrino,
Juan Vázquez de Molina, acompañase al Emperador por su periplo europeo 36.
No obstante, esta vez, los cálculos no le salieron bien al omnipotente secretario.
Vázquez de Molina caía enfermo en el otoño de 1543 y se vio obligado a volver a
Castilla, por lo que Cobos, ante el temor de que otros personajes (como Idiáquez
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Capítulo II
37C. J. DE CARLOS MORALES: “El poder de los secretario reales: Francisco de Eraso”,
en J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Felipe II, Madrid: Alianza, 1999, p. 111.
38A. KOHLER: Karl V. 1500-1558. Eine Biographie, München: C. H. Beck, 1999, pp.
307-314.
39W. S. MALTBY: El Gran Duque de Alba. Un siglo de España y de Europa, 1507-1582,
Madrid: Turner, 1985, pp. 94-96; P. D. LAGOMARSINO: Court Factions and the Formulation of
Spanish Policy towards the Netherlands 1559-1567, Tesis doctoral inédita, Cambridge:
University of Cambridge, 1973.
40 J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., II, pp. 21 y ss.
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de tejer su propia red clientelar sin que Alba se percatase. El portugués Ruy
Gómez había llegado a Castilla en 1526, siendo un niño de poca edad, acompa-
ñando a su abuelo, Ruy Téllez Meneses, mayordomo de la emperatriz Isabel
cuando ésta contrajo matrimonio con Carlos V 41. Durante toda su adolescencia
estuvo sirviendo al príncipe Felipe, junto a un grupo de educadores humanistas 42,
sin que él ni su familia pudiesen participar en la política imperial, monopolizada
por los miembros del partido “fernandino”. Su influencia en la corte comenzó a
partir de 1543, cuando el príncipe Felipe fue nombrado regente de los reinos pe-
ninsulares. Desde entonces, acompañó a don Felipe en todos sus viajes y comenzó
a recibir sus favores como un servidor destacado entre todos los demás 43. La
muerte de los grandes patronos (entre 1545 y 1547), seguida de la división que
se produjo entre los personajes de la nueva generación, fue aprovechada por Ruy
Gómez para consolidar una clientela, que le permitió alzarse como gran patrón
cortesano. El noble portugués consiguió aglutinar todos aquellos sectores sociales
(sobre todo nobles) que habían sido desplazados por el partido “albista” o “cas-
tellano”. A nivel ideológico y religioso, los componentes de este grupo liderado
por Éboli seguían la senda espiritual del recogimiento y de la espiritualidad in-
teriorista que las hijas y nietas de Isabel la Católica (todas reinas portuguesas)
habían impuesto en la corte de Lisboa, así como la línea humanista que practi-
caban los desplazados en Castilla. Desde el primer momento, las relaciones del
grupo “ebolista” con el nuncio y con Roma fueron muy estrechas y fluidas, dado
que perseguían una reforma de la cristiandad, guiada por la cabeza de la Iglesia,
y políticamente, tanto Roma como los miembros de la facción “ebolista”, se sen-
tían agraviados por la forma de gobierno y la invasión jurisdiccional que realiza-
ban los gobernantes de Carlos V.
41 Los orígenes de Ruy Gómez de Silva en J. M. BOYDEN: The Courtier and the King.
Ruy Gómez de Silva, Philip II, and the Court of Spain, Berkeley: University of California
Press, 1995, pp. 7-11.
42 J. L. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO: El erasmismo y la educación de Felipe II (1527-
1557), Tesis doctoral, Madrid: Universidad Complutense, 1997, caps. 5º y 6º.
43 Acompañó a don Felipe en el viaje que hizo por Europa en 1548; vide Juan Cristóbal
CALVETE DE ESTRELLA: El felicísimo viaje del muy alto y muy poderoso príncipe don Phelipe,
Madrid: Bibliófilos españoles, 1930, I, p. 2; Luis CABRERA DE CÓRDOBA: Historia de Felipe II,
rey de España, edición de J. Martínez Millán y C. J. de Carlos Morales, Salamanca: Junta de
Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, 1998, I, p. 15.
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Capítulo II
Fue por estos años (1545) cuando los padres Fabro y Araoz llegaban a la ciudad
de Valladolid, donde residía la corte, con los jóvenes príncipes, Felipe II y su esposa
María de Portugal. Allí encontraron a personajes que les apoyaron, no solo a la
joven princesa, sino también, al nuncio Poggio; a don Juan de Zúñiga, comendador
de Castilla; al secretario del Consejo de Inquisición, Juan Martínez de Lasao, ca-
sado con doña Catalina de Loyola, sobrina de Ignacio, etc. 44. La labor de aposto-
lado y captación realizada por estos dos personajes en la corte castellana fue intensa
y muy fructífera. Si en un principio, no parece que hubiera distinción de facciones
en el apoyo que experimentaron los jesuitas por parte de los nobles cortesanos 45,
muy pronto comenzaron a suscitarse duras críticas contra la espiritualidad prac-
ticada por los primeros jesuitas, a los que acusaban de herejes y alumbrados. Mel-
chor Cano, que acababa de conseguir la cátedra de teología en la universidad de
Salamanca, comenzó a fijar su pensamiento teológico, fiel reflejo de la ideología
religiosa de la facción “castellana”, dando su opinión sobre los temas más can-
dentes de la época: sobre la licitud de la conquista de América, la defensa de los
estatutos de pureza de sangre, o condenando la espiritualidad de los primeros je-
suitas, a quienes tachaba de seguir la corriente “alumbrada” 46. Sus ideas fueron
continuadas y desarrolladas por una serie de discípulos, cuyos nombres indicaban
las características del pensamiento teológico y religioso del grupo. Es preciso re-
cordar, entre otros, a Ambrosio de Morales en Alcalá y a Bartolomé de Medina y
Domingo Báñez en Salamanca 47.
A partir de entonces se puede observar que los personajes que acogieron y pro-
tegieron a los jesuitas sin ningún recelo fueron los nobles y miembros de la familia
real, que compartían la espiritualidad predicada por ellos, sobre todo cuando el
1914, pp. 427-432; MHSI: Epp. Mixtae I, Madrid, 1898, pp. 223-226.
46 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España, Madrid:
Razón y Fe, 1909, III, pp. 122 y ss. Los informes de Melchor Cano contra los jesuitas en
AGS, GJ, leg. 686; F. CERECEDA: Diego Laínez en la Europa religiosa de su tiempo, 1512-1565,
Madrid: Cultura Hispánica, 1945, I, pp. 386-394.
47 V. BELTRÁN DE HEREDIA: “Melchor Cano en la Universidad de Salamanca”, Ciencia
Tomista 48 (1933), pp. 183 ss.; J. BELDA PLANS: La Escuela de Salamanca, Madrid: BAC, 2000,
passim.
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propio Pontífice había bendecido este tipo de espiritualidad que había sido mirada
con recelo durante la época en que Ignacio la practicaba en Alcalá y Salamanca 48.
Tan entusiasta acogida fue acompañada de una coyuntura política favorable, en la
que los miembros del partido “ebolista” consiguieron colocarse en los principales
cargos del gobierno de Castilla.
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Capítulo II
que ordenase una serie de “visitas” a los distintos organismos de la Monarquía bajo
la excusa de su mal funcionamiento 51. Las inspecciones comenzaron por el Consejo
de Castilla, dirigidas por Diego de Córdoba, contra las actuaciones de los consejeros
Beltrán de Galarza y Fernando Montalvo, clientes de Fernando de Valdés, que ter-
minaron por ser expulsados de sus cargos 52. Después, encargaron al doctor Martín
de Velasco una inspección en las Contadurías Mayores de Hacienda, que también
afectó a la Comisaría General de Cruzada, a consecuencia de la cual, fue despedido
de la corte el Comisario General, Suárez de Carvajal 53. En definitiva, entre los años
1554 y 1556, Ruy Gómez se aseguró la dirección de la hacienda de Castilla, apro-
vechó la confianza de la princesa regente para consolidar a su facción en la Corte, y
desplegó toda una estrategia para mantener alejado al duque de Alba 54. La ocasión
para alejar al duque de la corte, se presentó propicia dada la crisis suscitada en Italia;
el duque fue enviado a Milán y luego a Nápoles para sofocar los problemas, mientras
en la corte hispana se renovaban los cargos, favoreciendo a los “ebolista” 55.
En enero de 1556, siendo ya rey de Castilla, Felipe II ratificó la regencia de su
hermana, doña Juana de Austria, establecida en Valladolid desde julio de 1554,
para después intensificar la presencia de la facción “ebolista” en perjuicio del
duque de Alba. Durante la regencia de doña Juana la religiosidad recogida tuvo
su momento de expansión y la Compañía de Jesús tuvo un fuerte apoyo en la corte,
hasta el punto de que la propia doña Juana ingresó en la Orden 56, algo insólito
51 El interés de Ruy Gómez en que las “visitas” tuvieran gran repercusión, se puede
ver en la correspondencia que mantenía con el secretario Francisco de Eraso (AGS, Estado,
leg. 100, núms. 171-172).
52 I. EZQUERRA REVILLA: El Consejo Real de Castilla bajo Felipe II, Madrid: Sociedad
Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, pp. 47-58.
53Un resumen de las distintas “visitas” en C. J. DE CARLOS MORALES: El Consejo de
Hacienda de Castilla, 1523-1602, Ávila: Junta de Castilla y León, 1996, pp. 67-69.
54 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”,
op. cit., pp. 73-105.
55 M. J. RODRÍGUEZ SALGADO: “El Duque de Alba en Italia”, en G. DEL SER QUIJANO
(coord.): Actas del Congreso V Centenario del Nacimiento del III Duque de Alba, Fernando
Álvarez de Toledo (celebrado del 22 a 26 de octubre de 2007), Piedrahita, El Barco de Ávila
y Alba de Tormes, 2008, pp. 431-459.
56
R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., pp. 726 y ss.; J. MARTÍNEZ
MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”, op. cit., pp. 80-84;
72
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73
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Capítulo II
Descalças de S. Clara de la villa de Madrid, Madrid, 1616, ff. 18r-18v (BNE, 2/64187); L.
AMORÓS, O.F.M.: “El monasterio de Santa Clara de Gandía y la familia ducal de los Borjas
(continuación)”, AIA 21 (1961), pp. 244-249; A. IVARS: “Origen y propagación de las clarisas
coletinas o descalzas en España”, AIA 21 (1924), pp. 390-410, continuación AIA 23 (1925),
pp. 84-108 y conclusión AIA 24 (1925) pp. 99-104.
64 M. RUIZ JURADO, S.I.: “Córdoba, Antonio de”, en DHSI, Roma, 2001, I, p. 954;
J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias, Madrid:
Cátedra, 2005, p. 41.
65 “En este mismo año de 1553 tuvo principio el colegio de Ávila y también el de Córdoba,
que fue el primero en Andalucía; el cual tuvo ocasión de la entrada en la Compañía el
74
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los marqueses de Velada eran dirigidos por el P. Baltasar Álvarez 66. La duquesa de
Medinasidonia, doña Ana de Aragón, tía de Francisco de Borja, colaboró econó-
micamente en las fundaciones de los colegios de Trigueros y Sanlúcar de Barra-
meda 67. En Alcalá de Henares, la Compañía recibía la ayuda de los marqueses de
Mondéjar 68, mientras que en Madrid, doña Leonor Mascareñas 69, aya del prín-
cipe, futuro Felipe II, comenzó con Francisco de Borja la fundación de un colegio
en 1560, proyectando que la corte se asentaría al poco tiempo en Madrid, como
sucedió un año después. La misma devoción por la Compañía tuvo don Juan de
Austria, cuyos tutores, don Luis Quijada y doña Magdalena de Ulloa, fueron gran-
des protectores de la Orden, fundando los colegios de Villagarcía de Campos,
Oviedo y Santander 70. Por su parte, los duques de Arcos, don Cristóbal Ponce de
León y doña María de Toledo, fundaron el colegio de Marchena en 1565 con ayuda
de Francisco de Borja, pariente del duque de Arcos 71. Asimismo, Francisco de
padre Antonio de Córdoba, hijo de don Lorenzo de Figueroa y doña Catalina Hernández
de Córdoba, condes de Feria y marqueses de Priego” (Pedro de RIBADENEYRA: “Vida de
San Ignacio de Loyola”, en Historias de la Contrarreforma, op. cit., p. 290).
66 S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: “Semblanza de un cortesano instruido: el Marqués de
Velada, ayo del Príncipe Felipe (III), y su biblioteca”, Cuadernos de Historia Moderna 22 (1999),
p. 66. Sobre el marqués de Velada y su cercanía a la Compañía en S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ:
“Aristocracia y gobierno: aproximación al cursus honorum del Marqués de Velada, 1590-
1666”, en F. J. ARANDA PÉREZ (coord.): La declinación de la Monarquía Hispánica en el siglo
XVII. Actas de la VIIª Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna (2002),
Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha, 2004, I, pp. 155-168; S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ:
“La nobleza cortesana en el reinado de Felipe II. Don Gómez Dávila y Toledo, segundo
marqués de Velada, una carrera política labrada al amparo de la Corona”, Torre de los Lujanes:
Boletín de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 33 (1997), pp. 185-220.
67 MHSI: Borgia II, Madrid, 1903, pp. 524-527.
68 ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, “Relación del Colegio de Alcalá de Henares”,
f. 56.
69 Ibidem, “Historia del Principio del Collegio de la Compañía de Jesus de Madrid”, f. 42.
70 ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, “Relaçion de la fundaçion y prinçipio del
collegio de Oviedo”, f. 228; también C. M. ABAD, S.I.: Doña Magdalena de Ulloa. La
educadora de don Juan de Austria y la fundadora del Colegio de la Compañía de Jesús de
Villagarcía de Campos (1525-1598), Comillas: Universidad Pontificia, 1959.
71 ARSI: Baetica 22, Fundationes Baetica, “Relacion de la Fundacion y progreso del
Colegio de Marchena y de la Renta que tiene”, ff. 35r-36v.
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Capítulo II
Borja cultivó una estrecha amistad con importantes prelados españoles como Bar-
tolomé de Carranza 72, Fray Luis de Granada, el arzobispo de Granada don Pedro
Guerrero 73, y el obispo de Badajoz, luego arzobispo de Valencia, Juan de Ribera 74.
Todos ellos, hicieron lo posible por defender al P. Borja de la persecución inquisi-
torial llevada a cabo por los enemigos de los “ebolistas”.
A continuación se detalla una relación de las fundaciones de casas jesuíticas,
que confirma el apoyo de la princesa y los “ebolistas” a la Compañía. Fue en esta
etapa cuando la Orden consiguió establecer un gran número de colegios jesuitas
y, a partir de 1560, disminuyeron a causa del proceso de confesionalización que
impuso Felipe II para desaparecer en la década de 1570, cuando desaparecieron
los grandes patronos cortesanos que apoyaron a la Compañía como doña Juana
de Austria, que moría en 1572; Ruy Gómez de Silva en 1573; el mismo año que
fallecía el P. Francisco de Borja.
72 A la muerte del arzobispo Silíceo en 1557, fue elevado a la silla primada de Toledo
fray Bartolomé de Carranza, quien era gran amigo de Francisco de Borja, con el que acordó
la entrada de la Compañía en Toledo. El 25 de octubre de 1558 el P. Borja comunicaba al
General Laínez lo siguiente:
“Tengo escrito lo mucho que espero se ha de servir el Señor de la Compañía en
Toledo, y el favor que el Rmo. de Toledo mostró aquí, haciéndome comer consigo
algunos días y pidiendo unas Constituciones de la Compañía para pasarlas todas (...).
Dijo que él era muy contento que la Compañía fuese a Toledo, y que él favorecería lo
que pudiese, pero que deseaba fuese casa profesa, así por haber en Toledo universidad
y otra en Alcalá” (MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 407).
73En 1554 Pedro Guerrero fundó el colegio jesuita de Granada (J. LÓPEZ MARTÍN: “Don
Pedro Guerrero y la Compañía de Jesús”, Antologica Annua 14 (1977-1978), pp. 453-498).
74 E. GARCÍA HERNÁN: “Tres amigos de Juan de Ribera, arzobispo de Valencia:
Francisco de Borja, Carlos Borromeo y fray Luis de Granada”, Anthologica annua 44 (1997),
p. 487.
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75 ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, f. 56. “Relación del Colegio de Alcalá de
Henares”.
76 Ibidem, f. 102, “Breve summa de la historia del collegio de Plasençia desde su
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Capítulo II
80
ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, f. 69, “Relación de la Residencia de Jesús
del Monte”. Carta del P. Manuel. Toledo, 30 de mayo de 1575.
81Ibidem, f. 77, “Relación de la fundación y progreso del collegio de la Compañía de
Jesús de Ocaña”.
82 Ibidem, f. 42, “Historia del Principio del collegio de la Compañía de Jesús de Madrid”.
83 Ibidem, f. 157, “Aceptación de Villarejo”.
84 Ibidem, f. 138, “Historia del collegio de Caravaca”.
85 Ibidem, f. 139, “Historia del colegio de Segura”.
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86 ARSI: Tolet. 44, Fundationes Collegiorum, f. 146, “El principio y progresso del
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Capítulo II
91 ARSI: Cast. 36 I, Fundationes Collegiorum, ff. 272-273, “Relación del principio del
collegio de la Compañía de Jesús de la villa de Oñate”.
92Ibidem, ff. 78-82, “Relación larga sobre el negocio del collegio de Burgos y el testamento
del Cardenal”.
93 Ibidem, ff. 122-123, “Relación summaria de la fundacion, y progresso de la Compañía
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Dio comienzo el colegio de León por orden de don Juan Martínez de San
Año 1571
Millán, obispo de León 103.
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Capítulo II
105
ARSI: Cast. 36 II, Fundationes Collegiorum, f. 228, “Relaçion de la fundaçion y
prinçipio del collegio de Oviedo”.
106ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 4-5, “Principio y progresso
del Collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de Valencia hasta por todo el año de 1564”.
107ARSI: Arag. 23 II, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 266-269, “Principio del
asiento primero que el collegio presente de la Compañía de Jesús de Nuestra Señora de
Bethlem tuvo en esta ciudad de Barcelona, y ocasión que de venir a ella la Compañía huvo,
y de su fundación y progresso hasta el año de 1585”.
108
ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 136-141, “Fundación y
progreso del colegio de Gandía”.
109
Ibidem, ff. 84-86, “Principio y progresso del collegio de la Compañía de Jesús de la
ciudad de Çaragoça del Reyno de Aragón”.
82
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110ARSI: Arag. 23 I, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 118-123, “La fundación del
presente collegio de la Compañía de Jesús de nuestra señora de Monte Sion de Mallorca”.
111 ARSI: Arag. 23 II, Fundationes et historia Collegiorum, ff. 325-326, “Historia y
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Capítulo II
116
ARSI: Baetica 22, Fundationes, ff. 139 r-140r, “Relación de la fundaçion del collegio
de Montilla”.
117 Ibidem, ff. 21r-24v, “Historia de la fundación del colegio de Trigueros”.
118 Ibidem, ff. 25r-26r, “Historia de la fundación del colegio de Cádiz”.
119Ibidem, ff. 35r-36v, “Relación de la Fundación y progreso del Colegio de Marchena
y de la Renta que tiene”.
120 Ibidem, ff. 91r-92r, “El origen y prinçipio del collegio de Xerez de la frontera”.
121
Ibidem, ff. 59r-70r, “Historia del collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de
Baeça desde el año de 1570”.
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ARSI: Baetica 22, Fundationes, ff. 85-86v, “Fundación y progresso del collegio de
la Compañía de Jesús de Málaga”.
123 Ibidem, ff. f. 1r-2v, "Principio y progresso de la Casa Professa de Sevilla".
124Ibidem, ff. 11r-14v, "Historia del Colegio de San Hermenegildo de Sevilla hasta el
año de 1590".
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CAPÍTULO III
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Capítulo III
por el modo hispano de gobernar que tenían los superiores españoles 1. Por ello,
durante el generalato de Borja, este grupo de jesuitas italianos se fue fortaleciendo
en su convicción de que la única manera de salir de aquella situación era la de con-
seguir que saliera elegido un General no hispano, no obstante, este objetivo no
sería realizable sin la intervención directa del Pontífice Romano, ya que, como en
anteriores Congregaciones, difícilmente saldría elegido un general no hispano
siendo la inmensa mayoría de los vocales reunidos de origen español. Por su epis-
tolario y su actuación, sabemos que este grupo de jesuitas italianos formaron un
grupo cuyo objetivo principal era una reforma dello spirito de la Orden. A los inte-
grantes de este movimiento se les ha denominado “reformadores espirituales” de la
Compañía de Jesús 2. Durante la convocatoria a puerta cerrada para llevar a cabo
la elección, celebrada el 22 de abril, apareció de imprevisto el cardenal de Como,
secretario del pontífice Gregorio XIII (1572-1585), quien en nombre de Su Santi-
dad, decretó que no saliese elegido de nuevo un General español 3. El revuelo y
desconcierto entre los superiores españoles presentes en la Congregación fue tal,
que se decidió posponer la elección para tratar de persuadir al Pontífice de que su
precepto no siguiera adelante. De la mayoría de los congregados, que como se ha
señalado eran de origen español, muchos de ellos eran importantes figuras del go-
bierno de la Compañía desde el momento de su fundación. Entre otros estaban
presentes antiguos compañeros de Ignacio de Loyola, como los padres Alfonso
Salmerón y Jerónimo Doménech, también destacaban los padres Nicolás Boba-
dilla, Jerónimo Nadal, Antonio Cordeses, Diego de Avellaneda, Cristóbal Rodrí-
guez, Dionisio Vázquez, Pedro de Ribadeneyra y Juan Alfonso de Polanco, este
último como Vicario General de la Congregación. En un intento por revocar la
decisión del Pontífice, estos religiosos hispanos escribieron un memorial que en-
tregaron a Gregorio XIII, en el que le presentaban todos los inconvenientes y agra-
vios que se realizaban contra la Monarquía hispana si se excluía la posibilidad de
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que saliera elegido un español. Tanto fue así que en el punto octavo del docu-
mento entregado, que reproduce el P. Astrain, se advertía al Pontífice de que su
intromisión en la elección podía provocar que “los príncipes católicos quizá
tomen ocasión para dividir la misma Compañía, separando a sus vasallos de la
obediencia del General, sintiendo haber sido ofendida su nación por medio de
exclusiones” 4. La referencia a Felipe II en este documento era inconfundible,
advirtiendo al Pontífice la posibilidad de que el monarca hispano provocara la
ramificación de la Compañía; una española, y aparte, el resto de la Orden, segu-
ramente con un General hispano que gobernaría la Compañía en los territorios
de la Monarquía hispana. Ante tal presión, Gregorio XIII tuvo que ceder, optando
por revocar su mandato, no sin antes añadir que por esta vez le gustaría que no
saliese elegido un español, señalando a la persona del P. Everardo Mercuriano
como perfecto candidato 5. La iniciativa del Pontífice fue acatada el 27 de abril,
día que se llevó a cabo la votación en la que salía elegido durante el primer es-
crutinio el flamenco Everardo Mercuriano 6.
De este modo, se conseguía romper, en 1573, la línea sucesoria de generales
de origen hispano (Loyola-Laínez-Borja) 7, evitando así la siguiente elección en
la persona del P. Juan Alfonso de Polanco, secretario español, que hubiera sido
elegido General 8. Este hecho lo describió el P. Bartolomé Alcázar en su Chrono-
Historia de la Provincia de Toledo:
4 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 13-14.
5 Su preferencia por Mercuriano en Francesco SACCHINI, S.I.: Historia Societatis Iesu,
pars quarta sive Everardus, Roma, 1652; M. GATTONI: Gregorio XIII e la politica iberica dello Stato
pontificio (1572-1585), Roma: Edizioni Studium, 2007; A. FERNÁNDEZ COLLADO: Gregorio XIII
y Felipe II en la nunciatura de Felipe Sega (1577-1581): aspectos político, jurisdiccional y de reforma,
Toledo: Estudio Teológico de San Ildefonso, 1991.
6 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 9-14.
7 J. W. PADBERG, S.I.: “The Third General Congregation”, op. cit., pp. 49-75.
8 Señalaba el historiador Ludovico Pastor en su Historia de los Papas lo siguiente:
El primero de octubre de 1573 había muerto el general San Francisco de Borja. A
la Congregación General reunida después de su muerte dióle a entender el Papa, que
habiendo sido españoles los tres primeros generales, esta vez convenía tener cuenta con
otra nación (L. PASTOR: Historia de los Papas [Gregorio XIII], Barcelona: Gustavo Gili,
1935, XIX, p. 222).
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Capítulo III
Era también voz común, que el P. Polanco sería General de la Compañía, y que,
para facilitarle este cargo, le habían nombrado por Vicario General, en lugar del
P. M. Geronymo Nadal, que lo avía sido en ausencia de S. Francisco de Borja 9.
Como no podía ser de otra manera, algunos superiores españoles, los más mo-
lestos con esta elección, optaron por quejarse a la corte madrileña para buscar la
mediación de Felipe II; no obstante, el monarca no pudo intervenir en este asunto,
ya que el Pontífice sutilmente había puesto sus ojos en la persona de Mercuriano,
de origen flamenco, y por lo tanto vasallo igualmente del monarca hispano 10.
De esta intriga por parte de un grupo de jesuitas italianos para que no volviera
a salir elegido un general español, se hace eco el P. Astrain en su magna obra,
poniendo de manifiesto las quejas de algunos superiores de las provincias ex-
tranjeras, especialmente del Asistente de Italia, el P. Benedetto Palmio. Sin em-
bargo, el historiador no le dio demasiada importancia a este hecho, y en cambio
sobrevalora, a mi juicio, el episodio en que se expone la influencia de un jesuita
portugués, el P. León Henríquez, que según Astrain y otros historiadores, con-
siguió persuadir a Gregorio XIII de que el P. Polanco no saliese elegido por su
condición de cristiano nuevo. Esta idea pierde sentido si se tiene en cuenta la po-
lítica de Roma ante la cuestión de los judeoconversos, a los que nunca excluyó,
por lo tanto, no tenía peso en la política de Gregorio XIII el que se tratara de alejar
del Generalato al P. Polanco por sus raíces judeoconversas, y menos aún, cuando
Diego Laínez, también de raíces judeoconversas, había sido General 11. Resulta
más lógico pensar que la aversión al gobierno hispano de la Compañía por parte
de un grupo de padres italianos “reformadores”, cercanos a la curia papal, favo-
reció la intervención de Gregorio XIII.
PABLO: “Que por sus pies se avía venido a la pila…: El decreto de limpieza de sangre en la
Compañía de Jesús (1540-1608)”, en M. RIVERO RODRÍGUEZ (coord.): Nobleza hispana,
nobleza cristiana. La Orden de San Juan, Madrid: Polifemo, 2009, I, pp. 759-793.
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Capítulo III
veduto che coloro erano ugualmente amorevoli con tutti, e perché alle volte hanno fatto
patire il collegio 15.
Tal y como señalaba el P. Possevino, el P. Palmio no actuaba sólo sino que buscó
la colaboración de otros superiores, igualmente italianos como él, que manifestaban
su desaprobación a un nuevo General hispano. Analizando las biografías del total
de jesuitas italianos que acudieron a la polémica Congregación General de 1573,
llama la atención la estrecha relación que mantenían entre sí los italianos, especial-
mente el fuerte vínculo que existía entre los padres Benedetto Palmio, Francesco
Adorno, Lorenzo Maggio, Fulvio Androzzio y Antonio Possevino. Sus biografías
se entrelazan, junto a la de otros jesuitas con sus mismos intereses, unidos por una
larga amistad y por una misma espiritualidad que trataban de extender al conjunto
de la Orden. No es casual que la mayoría de estos jesuitas italianos perteneciesen
a familias nobles del norte de Italia; como Padua, Parma, Mantua, Génova o Milán,
y que estuvieran al servicio de importantes cardenales como Carlos Borromeo, que
permite constatar las quejas de este grupo de jesuitas a la curia romana para tratar
de borrar todo remanente hispano de la Compañía, y en cierta medida, retirar el
dominio español, hasta donde se pudiera, de la península italiana y del control de
Roma. Es preciso señalar que este grupo de jesuitas italianos fue en aumento, hasta
tal punto que, en la Congregación extraordinaria de 1593, sumaban más de cien
jesuitas, sobre todo del norte de Italia, que compartían unos mismos intereses 16.
Benedetto Palmio
El líder de este grupo de jesuitas italianos “reformadores” fue el P. Benedetto
Palmio (1523-1598), quien provenía de una familia noble de Parma. Dentro de la
Compañía destacó por sus dotes como predicador, que desarrolló durante los años
que permaneció en Roma desde 1553 a 1556. Comenzó a perfeccionar su oratoria
15 ARSI: Congr. 41, f. 12r. Sobre la situación del colegio de Roma, R. GARCÍA-
VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., pp. 142-156; M. FOIS, S.I.: “Il Collegio
Romano: l’istituzione, la struttura, il primo secolo di vita”, Roma moderna e contemporanea 3/3
(1995), pp. 571-599.
16
P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese, la riforma dello Spirito e il
movimento degli’zelatori”, AHSI 14 (1945), pp. 15-22.
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en numerosos círculos espirituales de Roma, que alternó con largas horas de ora-
ción mental. Se levantaba dos horas antes que los demás para sus prácticas espi-
rituales, y llevaba un régimen de extrema pobreza y austeridad, especialmente
en tiempo de Cuaresma. Precisamente, se data en la Cuaresma de 1553, cuando
el P. Palmio comenzó a predicar en Roma con gran audiencia 17. Dos años más
tarde acudía a Tívoli para predicar a petición del cardenal Ippolito d’Este, con
motivo del año jubilar concedido por Paulo IV. El efecto que causó entre el pú-
blico fue tan asombroso, tal y como se describe en la correspondencia jesuítica,
que los mandatarios de la ciudad pedían al cardenal la permanencia del P. Palmio
en Tívoli 18. A continuación, fue invitado por Paulo IV a dar el sermón latino ante
el colegio cardenalicio en la capilla papal, con motivo de la fiesta de San Juan
Evangelista el 28 de diciembre de 1556 19. Su sermón fue acogido con gran ad-
miración a pesar del recelo del papa Carafa a la familia ignaciana por hundir sus
raíces en la Monarquía hispana, con la que nunca mantuvo cordiales relaciones.
La fidelidad que el P. Palmio mostró siempre a Paulo IV, y la admiración del Pon-
tífice por Palmio, hace pensar que el papa Carafa no tenía ningún problema con
los miembros italianos de la Orden, sino con el gobierno hispano de la Compañía.
Palmio continuó acudiendo esporádicamente al palacio apostólico a predicar, in-
cluso en tiempos de Pío V (1566-1572) 20.
En poco tiempo, Palmio ascendió a los cargos más altos de la dirección de la
Compañía; de 1557 a 1559 ejerció de superintendente de los colegios de Padua y de
Venecia, donde continuó predicando con asiduidad 21. A continuación fue nombrado
Provincial de Lombardía –que incluía el gobierno de los colegios de Ferrara, Bolonia
y Modena, Como y Forlì, Parma, Mondovì y Milán–, cargo que desarrolló entre
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Capítulo III
los años 1559 y 1565. Desde el año 1563 se instaló en Milán por deseo del cardenal
Carlos Borromeo que le mantuvo en su diócesis para llevar a cabo la reforma ecle-
siástica de Milán 22. Con todo, a partir de 1565 fue Asistente de Italia, a lo largo de
los generalatos de Borja (1565-1573) y Mercuriano (1573-1581). No obstante, a
pesar del nuevo nombramiento como Asistente, no dejó en ningún momento de co-
laborar con la actividad de la Compañía en Milán, donde llegó a ser gran confidente
del cardenal ambrosiano. Ciertamente, el P. Palmio estuvo encargado de la entrada
de la Compañía en Milán, siendo efectiva a partir del año 1564. Asimismo, colaboró
activamente con Borromeo en la restauración de la disciplina eclesiástica del arzo-
bispado milanés, predicando durante cuatro años consecutivos en el Duomo y en el
aula del sínodo diocesano. A petición del prelado ambrosiano, Palmio dejó escrito
un breve tratado sobre la predicación De excellentia praedicationis evangelicae 23.
Francesco Adorno
Junto a Palmio, destacó el P. Francesco Adorno (1533-1586), perteneciente a una
familia noble de Génova 24. Entró en la Compañía en Portugal, donde había ido
acompañando a su padre, que por entonces realizaba intercambios comerciales con
mercaderes lusitanos. Cuando regresó a los territorios italianos fue nombrado rector
del colegio de Padua (1560-1564), justo después de que el P. Palmio dejase este cargo
por el de provincial. Ambos jesuitas se conocieron entonces, y cuando Palmio siendo
provincial de Lombardía introdujo la Compañía en Milán, reclamó la presencia de
Adorno en la nueva fundación nombrándole primer rector del colegio de Milán
(1564-1567), donde trabajó junto a Palmio a las órdenes del cardenal Borromeo 25.
Archivio Storico Lombardo 38 (1911), pp. 231-262; P. TACCHI VENTURI, S.I.: “L’anno santo
del 1575 celebrato da San Carlo in Milano, secondo una lettera inedita del P. Benedetto
Palmio”, Echi di San Carlo Borromeo 13 (1938), pp. 3-5.
24M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia. L’epoca di Giacomo
Lainez 1556-1565. L’azione, Roma: La civiltà cattolica, 1974, IV, p. 522.
25 F. RURALE: I gesuiti a Milano. Religione e Politica nel secondo Cinquecento, Roma:
Bulzoni, 1992, pp. 225-227, et passim; C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, San Carlo
Borromeo nel terzo centenario della canonizzazione MDCX-MCM 10, 1909, p. 164; M. FOIS, S.I.:
“San Carlo e i gesuiti: amore, servizio e dissenso”, Studia Borromaica 6 (1992), p. 150.
94
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Fulvio Androzzi
El jesuita Fulvio Androzzi (1524-1575) 30, también estuvo presente en la po-
lémica Congregación Tercera. Androzzi nació en la provincia italiana de Mace-
rata. Fue canónigo de Loreto hasta que decidió entrar en la Compañía. Siendo
jesuita ejerció como rector de Florencia el trienio de 1557 a 1560, y de Ferrara
26 C. GORLA: “Il padre Francesco Adorno S.I.”, en S. Carlo Borromeo nel terzo
1961, pp. 291-294; M. SCADUTO, S.I.: “Pio V, Alfonso II d’Este e il Borgia”, AHSI 53 (1984),
pp. 31-54; A. MEROLA: “Androzi, Fulvio”, DBI, Roma, 1961, III, pp. 164-165; I. IPARRAGUIRRE,
S.I.: Historia de la práctica de los Ejercicios espirituales..., op. cit., I, p. 281.
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Capítulo III
desde el año 1562 hasta su muerte. En Ferrara fue nombrado rector por el en-
tonces provincial Benedetto Palmio, quien confió a Androzzi el cargo de rector
ante una situación delicada, ya que el anterior rector, el P. Pelletier, fue apartado
del cargo por no ser del agrado de los duques 31. Como superior en Ferrara, con-
siguió reforzar la posición de los jesuitas en el ducado estense, promoviendo nue-
vas fundaciones. Consiguió además implantar en Ferrara la devoción a la oración
de las Cuarenta Horas, cuyo fervor fue promovido por este grupo de “reforma-
dores” jesuitas. El 6 de febrero de 1565 informaba al vicario Francisco de Borja
que, en la Iglesia de la Compañía, el pueblo pedía la oración continuada durante
cuarenta horas “et è riuscita con molta devotione di tutti et buonissimo odore di tutta
la città; et con tale occasione molta gente si è confessata et comunicata con molto nostro
piacere” 32. Dicha práctica se originó en Milán, siendo extendida por Lombardía
por la Congregación de Clérigos Regulares de San Pablo conocidos como “bar-
nabitas”, y fue llevada a Roma por los oratorianos.
En Ferrara, el P. Androzzi supo concluir con éxito una misión de gran impor-
tancia para la política de Roma; desde marzo de 1570, el duque Alfonso II eligió al
P. Androzzi como consejero espiritual para sus asuntos de conciencia. Precisamente
por estos años, Androzzi se propuso ganar para el duque la benevolencia y confianza
de Pío V, quien acusaba al duque de mantener una política antitoscana y antirro-
mana y mostrarse, por el contrario, más colaborador con Venecia y el Imperio 33.
Androzzi intervino en este asunto, aconsejando al duque la necesidad de mantenerse
fiel a la Santa Sede, al mismo tiempo que escribía a Roma para mostrar al Pontífice
los buenos propósitos del duque hacia su persona. Este intercambio epistolar acabó
por crear en el ánimo de Pío V un juicio favorable al dueño de Ferrara 34.
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Capítulo III
Lorenzo Maggio
El P. Lorenzo Maggio (1531-1605) fue convocado a la III Congregación como
provincial de Austria. El P. Maggio nació en Brescia, y también él provenía de li-
naje noble. Participó en el Concilio de Trento, y tras estudiar en Roma, fue nom-
brado rector del colegio Germánico de 1557 a 1561 41. Desde 1563 hasta 1576
(1971), p. 158.
38 L. SALA BALUST: Obras completas del santo Maestro Juan de Ávila, Madrid: BAC,
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residió en Viena donde ejerció como rector del colegio y como provincial de Aus-
tria. Siendo muy joven fue llevado a Viena por su tío, el nuncio apostólico Giro-
lamo Martinengo, quien lo introdujo en la corte imperial. En 1563 regresaba a
Viena, ya como jesuita, con la complicada misión de conseguir el favor del empe-
rador Maximiliano II. Ciertamente, la relación de la corte habsbúrguica y los je-
suitas sufrió un revés con la llegada al trono de Maximiliano II en 1564 42. Maggio
se lamentaba a Roma al admitir que por el momento “credo che l’imperatore ci darà
buone parole, ma aiuto temporale per hora non lo spero” 43. Bien distinta fue la rela-
ción de su padre, el emperador Fernando I, con la Compañía, a quien confió la
superintendencia del hospital imperial y no dudó en depositar en manos jesuitas
el gobierno del internado de nobles, mandado construir por Fernando, pero ce-
rrado temporalmente por Maximiliano, por la imposibilidad de facilitarles una
nueva sede. Asimismo, Maximiliano se negaba rotundamente a ayudar económi-
camente a los padres para paliar la escasez de los colegios de Viena, Praga, y
Trnava. En esta difícil situación por el rechazo del emperador Maximiliano a la
Compañía, llegaba a Viena el P. Maggio. Si la educación jesuita no atravesaba su
mejor momento en el Imperio, fue distinto el éxito que obtuvo con la predicación,
con la que destacó la oratoria religiosa del P. Maggio para la comunidad italiana
en la Iglesia de Santa Croce. La fama de Maggio llegó a oídos de la emperatriz
María, quien le invitó a predicar en la capilla de la corte, donde la Emperatriz
quiso que permaneciera a su lado durante años. Animado en su actividad por la
emperatriz María, el P. Maggio quiso ponerse al frente de la confraternidad de
la Caridad de los italianos, formada por un grupo de italianos que se dedicaba a las
actividades caritativas, con sede en el colegio. La actitud del Emperador hacia la
Compañía pronto empezaría a cambiar con ayuda de los dos grandes protectores
de Maggio en la corte imperial; por un lado, el jurisconsulto Giorgio Eder, rector de
la Universidad y consejero del emperador, y por otro la devoción de la emperatriz
María hacia la Compañía. La reapertura del seminario de nobles fiada a la Com-
pañía, fue el inicio de la buena relación entre Maximiliano II y la Compañía,
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Capítulo III
44 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, pp.
747-748.
45 L. PIECHNIK: “L’attività di Lorenzo Maggio...”, op. cit., pp. 45-46.
46 J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op. cit., p. 168.
47 L. GRAZIOLI: “Del P. Lorenzo Maggio e della sua ambasceria...”, op. cit., pp. 3-35; J. I.
TELLECHEA IDÍGORAS: “La absolución de herejía de Enrique IV de Francia por Clemente VIII:
Un caso moral, canónico y político conflictivo”, Revista española de derecho canónico 58/150
(2001), pp. 51-93.
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Antonio Possevino
Asimismo estuvo presente en la III Congregación el padre Antonio Possevino
(1533-1611), natural de Mantua. El cardenal Ercole Gonzaga le tomó como su
secretario y maestro de sus sobrinos Francesco y Scipione Gonzaga.
En Padua, donde estudió, asistía con frecuencia a escuchar la predicación del
P. Benedetto Palmio, al que siempre admiró, y cuyos sermones, junto con la amis-
tad que les unía a los hermanos Gagliardi, Achille, Leonetto y Ludovico, tres jó-
venes de la aristocracia local, le impulsaron –como relataba él mismo en sus
memorias– a entrar en la Compañía 50. Palmio tomó a Possevino como discípulo
predilecto, junto con los hermanos Gagliardi, y les envió a todos a Roma para
que se formasen en el Colegio Romano. En poco tiempo, los padres Achille y
Possevino fueron del grupo de “reformadores” y fueron nombrados superiores
de la Orden 51.
Possevino destacó por ser un gran diplomático a las órdenes del Pontífice Ro-
mano. Su primera misión fue la de ayudar en la lucha contra la herejía en el Pia-
monte, donde permaneció dos años junto al duque de Saboya Emanuele
Filiberto, al que persuadió para fundar colegios jesuitas como baluartes contra
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Capítulo III
la herejía 52. En 1562 se marchó a Francia, donde permaneció unos diez años.
Allí, la misión de Possevino fue conseguir del monarca francés el permiso para
abrir nuevos colegios jesuitas extendidos por la Monarquía francesa. No obstante,
la actividad de Possevino quedó prácticamente infructuosa por la oposición del
parlamento parisino, y por el recelo de la Sorbona. En su estancia en territorio
francés acompañó al P. Everardo Mercuriano en su visita por las provincias de
Aquitania y Francia, quedándose un tiempo como rector de Aviñón y Lyon.
Al morir el general Borja, Possevino acudió a Roma para participar en la III
Congregación como elector de la provincia de Aquitania. Ya por entonces, Posse-
vino se había ganado la confianza del nuevo pontífice, Gregorio XIII, a quien
sirvió fielmente en sus planes universales de evangelización. El hecho de que el
Pontífice tuviera preferencia por Mercuriano, no resultaba extraño, pues Posse-
vino pudo influir en la inclinación de Gregorio XIII por la elección del belga, ya
que en esos momentos la elección de un General italiano era complicada por la
negativa de la Monarquía hispana. Finalmente, el 23 de abril de 1573, fue elegido
Mercuriano, y dada la confianza que el nuevo General tenía en Possevino, le nom-
bró secretario de la Compañía, cargo que ejerció durante cuatro años. A partir
de entonces, el resto de su vida la dedicó por entero al servicio de Gregorio XIII,
empleado en la carrera diplomática con misiones al norte y este de Europa 53;
primero fue enviado a Suecia, donde trató de mejorar las relaciones entre Roma
y Suecia 54. Más famosa fue su misión a Polonia y Moscovia en 1581, en la que,
52 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, pp.
669-686; M. SCADUTO, S.I.: “Le missioni di A. Possevino in Piemonte”, AHSI 28 (1959),
pp. 51-191.
53 L. LUKÁCS: “Die nordischen päpstlichen Seminarien und P. Possevino (1577-
1587)”, AHSI 24 (1955), pp. 33-94; M. SCADUTO, S.I.: “La missione del nunzio. Due
memoriali di Possevino ambasciatore, 1581, 1582”, AHSI 49 (1980), pp. 135-160.
54 J. P. DONNELLY, S.I.: “Some Jesuit Counter-Reformation strategies in East Central
Europe”, Sixteenth Century Essays and Studies 27 (1994), pp. 83-94; J. MARTÍNEZ MILLÁN:
“Gregorio XIII, Felipe II y el proyecto de recuperación de Suecia al Catolicismo”, en E.
MARTÍNEZ RUIZ y M. DE PAZZIS PI CORRALES (dirs.): España y Suecia en la época del Barroco
(1600-1660), Madrid: CAM, 1998, pp. 213-239; K. JOHANNESSON: The Renaissance of the
Goths in Sixteenth-Century Sweden. Johannes and Olaus Magnus as Politicians and Historians,
translated and edited by J. Larson, Berkeley: University of California Press, 1982, pp. XII-XIII;
O. GARSTEIN: Rome and the Counter-Reformation in Scandinavia, Copenhague: Universitets-
förlaget, 1963, I, p. 48.
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por encargo de Gregorio XIII, debía restablecer la paz entre Polonia y Moscovia,
y conseguir la unión entre la iglesia ortodoxa y la romana 55. Sus últimos años
estuvo retirado en Padua, donde se dedicó a escribir. Su actividad literaria incluía
controversias con protestantes y ortodoxos, tratados de historia de la Iglesia y
obras espirituales. Al final de su vida pasó a ser el director espiritual y preceptor
de Francisco de Sales 56.
A este grupo, se unieron después muchos otros jesuitas, destacando las figuras
de Leonetto Chiavone, los hermanos Gagliardi de Padua, el piamontés Giovanni
Battista Velati o el P. Giovanni Battista Peruschi. Ahora bien, existía una serie de
rasgos comunes en el grupo de jesuitas “reformadores” que les definían y que es
preciso detallar para comprender mejor sus intereses espirituales y políticos.
Es preciso destacar que los miembros de este grupo de jesuitas italianos per-
tenecían, todos ellos, a la nobleza. Se entiende por tanto la facilidad que estos
jesuitas encontraron a la hora de entablar relaciones con las altas esferas ecle-
siásticas, y sobre todo la protección que les proporcionaban los dirigentes de los
estados y la alta nobleza a la que confesaban. El P. Palmio describía al P. Possevino
en una de sus cartas como “buon parlatore, modestissimo et di raro ingegno, amato
et desiderato da diversi principi” del que se esperaba que fuera “un grande instru-
mento per il divino servitio” 57. Asimismo, la mayoría de ellos procedían del norte
de Italia, precisamente donde desarrollaron su actividad. Concretamente actua-
ron sobre la provincia jesuita de Lombardía, que incluía diversos colegios como
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Capítulo III
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Florencia por las tropas de Carlos V al colaborar con los franceses. En 1550 con la subida al
solio pontificio de su tío Julio III, fue nombrado capitán de la guardia pontificia y se le
concedieron buena parte de las entradas públicas de Perugia.
60 M. SCADUTO, S.I.: “Pio V, Alfonso II d’Este e il Borgia”, op. cit., pp. 31-54.
61 ARSI: Ital. 111, f. 381v.
62 ARSI: Ital. 115, f. 61r. Palmio a Laínez, 4 de agosto de 1559.
63 ARSI: Ital. 122, f. 120v.
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Capítulo III
del P. Francesco Butirone para las Indias, a lo que el provincial se negaba al res-
ponderle que las Indias eran aquellas provincias italianas 64. Asimismo, en 1570,
el P. Adorno nombraba como rector de Milán al P. Leonetto Chiavone, también
gran confidente del cardenal Carlos Borromeo, que falleció a los dos años de su
rectorado. Durante sus años en la Compañía, el P. Chiavone gobernó los colegios
del norte italiano como Montepulciano, Loreto, Forlì y Milán, mostrando abier-
tamente su hostilidad hacia los españoles al recordar, de manera despectiva, que
al ingresar en la Compañía pasó “da stato d’huomo dabbene et christiano a questa
Compagnia nuova trovata da giudei o marrani di Spagna”, situación que se pro-
pusieron cambiar 65. Los generales Laínez y Borja fueron conscientes de esta
forma de gobernar implantada por Palmio y Adorno en el norte de Italia, y no
tuvieron más remedio que aceptarla. Era muy complicado que en los colegios de
la provincia lombarda gobernasen jesuitas hispanos, por lo que tuvieron que ac-
ceder a los nombramientos de rectores italianos que les proponían los padres
Palmio y Adorno, cuando éstos administraban la provincia lombarda.
Bien distinto fue el gobierno de los colegios de las otras tres provincias jesuí-
ticas italianas, a saber: Roma, Nápoles y Sicilia –centro y sur de Italia– en las
que la mayoría de los superiores eran de origen hispano. En este sentido señalaba
Scaduto, en su estudio sobre el gobierno del general Borja, que el método de go-
bierno español “si era fatto sentire anche nel governo di altre provincie, eccettuata la
Lombarda, le cui redini non caddero in mano di gente forestiera” 66. Por tanto, el go-
bierno de los territorios italianos del norte estuvo en manos de jesuitas italianos,
mientras que los colegios del centro y los del sur italiano fueron administrados
por españoles durante los tres primeros generalatos. Esto resulta lógico si se
piensa que en Roma residía el general Francisco de Borja y por tanto esta pro-
vincia era controlada por él mismo, colocando en el gobierno a personas de su
confianza, y en las provincias del sur, del virreinato de Nápoles y Sicilia, debían
ser gobernadas por jesuitas españoles, ante las quejas de los virreyes españoles.
64 Non sapeva più bell’India che mandarlo in questa provincia per supplire alli gran bisogni
di essa in qualche particella (M. SCADUTO, S.I.: L’opera di Francesco Borgia, 1565-
1572, Roma: La Civiltà Cattolica, 1992, p. 80).
65 ARSI: Ital. 116, f. 190.
66 M. SCADUTO, S.I.: “Il governo di S. Francesco Borgia (1565-1572)”, AHSI 41
(1972), p. 167.
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Diferente fue el caso del ducado milanés, que aunque era también de dominio
hispano, no era un virreinato, por lo que mantuvo más intactas sus costumbres
como cuando el ducado estaba en manos de la dinastía de los Visconti o los Sforza,
manifestando un claro sentimiento de rechazo al dominio español 67. La sustitu-
ción de los superiores hispanos que gobernaban en la provincia jesuita de Roma
y en las provincias del sur de Italia, Nápoles y Sicilia, no se conseguiría hasta la
elección de Mercuriano y su política de reestructuración en los cargos de poder
de la Compañía.
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Capítulo III
No sin dolor y pena, señores embajadores, podemos expresar esto. Pero las
cosas son así realmente y no se pueden poner en duda; en tiempo oportuno serán
descubiertas. Ellas nos han obligado a armarnos; ni tampoco palabras algunas
serán capaces de movernos a que depongamos las armas; pues nos acordamos bien
de lo que le pasó al Papa Clemente, a quien los ministros del actual Emperador
dieron buenas palabras, y que apenas hubo licenciado su ejército, cuando se efectuó
la terrible ocupación de Roma y el fatal y espantoso saqueo, que fue ciertamente
más cruel e impío que nunca aconteció 69.
69 Citado por L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1927, XIV, pp.
96-97.
70 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ: “Hacia la formación de la
Monarquía Hispana: la hegemonía hispana en Italia (1547-1556)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN
(dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., II. pp. 206-208.
71 J. M. SUÁREZ DE VIVIGO Y FERNÁNDEZ: “Carta del Duque de Alba a Paulo IV en
tiempo de la guerra que procuró introducir en el Reino de Nápoles, 21 de agosto de 1556”,
Hidalguía: Revista de genealogía, nobleza y armas 296 (2003), pp. 41-48.
72 M. J. RODRÍGUEZ SALGADO: “El Duque de Alba en Italia”, op. cit., pp. 431-459.
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Non conviene che la Santa Sede mantenga nunzi e rappresentanti presso un certo
Filippo che si fa Re scismatico e presso un certo Carlo imperatore, del quale non si sa se
sia vivo o morto. A quelli della nostra giurisdizione che si mettessero in rapporto con tale
gente, noi daremmo tali segni della nostra collera, da rimanerne vivo il ricordo sino alla
terza generazione 73.
Meses más tarde, y con esta difícil situación como telón de fondo, llegaba a
Roma la noticia de la victoria en la batalla de San Quintín, acaecida el 10 de agosto
de 1557, lo que dio un giro inesperado a la contienda, tratando de negociar, a
partir de entonces, una paz entre el duque de Alba y Paulo IV. Con la moderación
con que Alba llevó la guerra y su superioridad militar, era obvio que el virrey
sólo quería asustar, demostrar a Roma cómo el monarca hispano le tenía entre
sus manos, más que un intento por devastar Roma como ocurrió durante el saco
de 1527. La paz se firmó en la pequeña ciudad de Cave el 14 de septiembre de
1557, lo que no significó que se acabase el recelo entre Paulo IV y Felipe II.
Este momento de fricción en las relaciones entre Roma y la Monarquía his-
pana que duró todo el Pontificado de Paulo IV, repercutió en la Compañía de
Jesús de la cual siempre desconfió dicho Pontífice por sus orígenes hispanos, y
su poco afecto al propio fundador, pues sospechaba de las intenciones a favor del
monarca hispano que tenía la Compañía en Italia. Es sabido que cuando Ignacio
recibió la noticia de la elección de Paulo IV, le perturbó visiblemente porque co-
nocía el rechazo al dominio hispano del nuevo Pontífice 74. A esto vino a unirse
la voz de alarma en la curia romana de que los jesuitas, casi todos españoles, ha-
cían acopio de armas en los colegios para prestar ayuda a las tropas del duque de
Alba. Como pontífice, Paulo IV negó su ayuda tanto al Colegio Romano como al
Colegio Germánico cuando estaba a punto de cerrar por falta de fondos. En esta
complicada situación para la Compañía, y en medio de la guerra, vino a sumarse,
el 31 de julio de 1556, el fallecimiento de Ignacio de Loyola, por lo que era ne-
cesario reunir una Congregación General para elegir al nuevo General de la
Orden. Se propuso al Pontífice la idea de celebrar la Congregación en territorio
hispano, cosa que no sentó nada bien a Paulo IV. Ciertamente, cuando Laínez,
73 Cita L. ROMIER: Les origines politiques des guerres de religion. La fin de la magnificence
extérieure. Le roi contre les protestants (1555-1559), París: Perrin, 1914, II, pp. 158-159.
74 G. BOTTEREAU: “La ‘Lettre’ d’Ignace de L. à Gian Pietro Carafa”, AHSI 44 (1975)
139-151; V. CODINA: “San Ignacio y Paulo IV. Notas para una teología del carisma”, Manresa
40 (1968), pp. 337-362.
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Capítulo III
75 MHSI: Nadal II, Madrid, 1899, p. 13: “Ite si velitis in Hispaniam. Sed quid estis acturi
in Hispania? Num ad schisma et haeresim Philippi vultis concedere? Nolumus, inquit, subridens,
vicarius”.
76 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1927, XIV, pp. 83-152.
77 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 267.
78 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, pp. 283-284.
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79 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Familia real y grupos políticos: la princesa doña Juana...”, op.
cit., pp. 73-105; J. M. BOYDEN: The Courtier and the King. Ruy Gómez de Silva..., op. cit., p. 63.
80 M. J. RODRÍGUEZ SALGADO: “El Duque de Alba en Italia”, op. cit., pp. 431-459.
81 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1927, XIV, pp. 213-223.
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Capítulo III
87 En los Ejercicios Espirituales la segunda de las reglas para sentir con la Iglesia
recomendaba el “rescibir del sanctissimo sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes,
y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas”, vide J. DE GUIBERT,
S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op. cit., p. 267; S. ARZUBIALDE, S.I.: Ejercicios
Espirituales de San Ignacio. Historia y Análisis, Col. Manresa nº 1, Bilbao-Santander:
Mensajero-Sal Terrae, 1991; A. SUQUÍA GOICOECHEA: La Santa Misa en la Espiritualidad de
San Ignacio de Loyola, Vitoria: Movimiento Sacerdotal de Vitoria, 1989; C. M. ABAD, S.I.:
“La Misa de San Ignacio”, Sal Terrae 40 (1952), pp. 594-610; P. COUTINHO: “Ignatius and
the Eucharist. The most Secure and Direct way to Union with the Very Being and Essence
of God”, Ignis 29/3 (2000), pp. 30-44; P. DUDON: “Le Libellus du P. Bobadilla sur la
communion fréquente et quotidienne”, AHSI 2 (1933), pp. 258-279; J. W. O’MALLEY:
“Sagrada comunión y Eucaristía”, en J. W. O’MALLEY: Los primeros jesuitas, op. cit., pp. 192-
198; M. RUIZ JURADO, S.I.: “La Santa Misa diaria y la espiritualidad ignaciana”, Gregorianum
72 (1991), pp. 349-356.
88 MHSI: Scripta de Sancto Ignatio de Loyola I, Madrid, 1904, p. 71.
89En la “Introducción” del libro de J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.):
La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I, pp. 25-55.
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del Divino Amor 90. A pesar de que Ignacio era promotor de la devoción por el
Cuerpo de Cristo, no era partidario de que se realizase diariamente, sino semanal-
mente 91. Por ello, cuando, en febrero de 1554, desde el norte de Italia, le llegaron
noticias de que algunos jesuitas practicaban la eucaristía a diario, mandó un aviso
al superior de Módena para que no permitiese esta comunión diaria, sino que se
celebrase semanalmente. Al mismo tiempo, Ignacio ordenaba que esta frecuencia
sacramental se tratase de modificar poco a poco y con gran discreción, para no in-
quietar a los ciudadanos más devotos, que se podrían molestar con la restricción
del fundador 92. En esta línea gobernaba también el general Laínez cuando, en
1559, enviaba unas instrucciones a los rectores del norte de Italia, concretamente
a los colegios de Montepulciano, Perugia, Siena y Florencia en las que especificaba
que, a su juicio, era correcta la frecuencia eucarística semanal, pues así lo dispuso
el fundador “ma il comunicarsi ogni giorno non pare ordinariamente si debba tollerare,
etiam a persone devote et buone” 93.
En este sentido, hubo un jesuita español que destacó por tratar de extender esta
devoción de la eucaristía diaria por Italia, tachado de sospechoso en la Monarquía
hispana. Este era el P. Gaspar de Loarte, cristiano nuevo, que perteneció a la escuela
mística del beato Juan de Ávila 94. El maestro Ávila con sus Tratados del Santísimo
Sacramento junto con fray Luis de Granada con su tercer tratado del Memorial de
la vida cristiana, fueron firmes defensores de la eucaristía diaria. Y de ellos, fiel con-
tinuador fue el P. Loarte, nombrado rector de Génova por San Ignacio. Desde la
capital ligur, el P. Loarte animó al movimiento eucarístico y recomendó ferviente-
mente las obras del oratoriano Bonsignore Cacciaguerra 95. El sienés Cacciaguerra
se lamentaba por carta de que:
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Capítulo III
certo siamo venuti a tale, che il confessarsi e comunicarsi spesso, si ha più presto per male
(…) e certe persone fastidite di questo (secondo ho inteso) l’hanno contro di me; e non
si avveggono che l’hanno contro di Cristo 96.
Cacciaguerra influyó en toda Europa con sus obras, especialmente con su
Trattato della comunione (1557), con más de treinta ediciones en la segunda mitad
del siglo XVI. Este libro apareció en algunas bibliotecas de la Compañía en manos
de jesuitas como Loarte, que tomó el encargo de publicar una nueva edición del
libro del Cacciaguerra en Génova en 1558 97.
Del mismo modo que Loarte, destacaba también el P. Possevino, quien, en
sus cartas, afirmaba haber leído el opúsculo a favor de la frecuencia de la comu-
nión de Buonsignore Cacciaguerra, y recordaba los deseos de perfección que le
aportó este tratado del Oratoriano, aconsejando a todos sus compañeros que lo
leyeran. Todavía era muy joven Possevino, mientras maduraba su idea de entrar
en la Compañía, y afirmaba que se levantaba prontísimo, y casi a hurtadillas, para
tomar la comunión a fin de evitar habladurías entre la gente 98.
Para que el grupo de jesuitas italianos liderados por el provincial Palmio exten-
dieran la práctica de la eucaristía diaria, comenzaron a instituir Compañías del San-
tísimo Sacramento por el norte de Italia. Se trataba de agrupaciones de comulgantes
dirigidas por estos jesuitas. En 1557 se fundó la primera en Florencia, luego otra en
Génova, y Siena tuvo la suya en 1558. Como no podía ser de otro modo, la Compañía
del Santísimo Sacramento de Génova fue promovida por el P. Loarte, predicando
constantemente a favor de la comunión 99. En Siena, la Congregación de la Piedad
fue obra de la campaña de predicación que llevó a cabo el P. Palmio en 1558. Por los
Clero, cultura società. Atti del convegno internazionale (Siena, 27-30 giugno 2001), Roma: Ed.
Dell’Ateneo, 2003, pp. 415-427.
96 Citado por P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 232.
97 Sobre Cacciaguerra, R. DE MAIO: Bonsignore Cacciaguerra: un mistico senese nella
Napoli del Cinquecento, con un’appendice sulla sua fortuna letteraria fuori d’Italia, Nápoles:
Guida, 1965; G. MARANGONI: Vita del Servo di dio il P. Buonsignori Cacciaguerra compagno
di S. Filippo Neri, Roma, 1712, p. 44; R. ZAPPERI: “Bonsignore Cacciaguerra”, en DBI,
Roma, 1972, XV, pp. 786-788.
98 P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 239.
99 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... Il Governo, op. cit., III,
p. 617.
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100 P. TACCHI VENTURI, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù..., op. cit., I, p. 279.
101 Ibidem, I/2 pp. 65-72.
102 M. SCADUTO, S.I.: “Le missioni di A. Possevino...”, op. cit., p. 171.
103 Así se lo contaba el P. Palmio al General el 30 de marzo de 1560 en ARSI: Ital. 116,
f. 54r.
104 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, p. 636.
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Capítulo III
105 A. CISTELLINI: San Filippo Neri. L’oratorio..., op. cit., I, pp. 47-116.
106G. ORESTE: “Adorno, Francesco”, op. cit., DBI I, pp. 293-295; C. PELLEGRINI: “San
Carlo ed i gesuiti”, op. cit., pp. 164-166.
107 ARSI: Ital. 65, f. 161r.
108 La relación de Borromeo con la Compañía la analiza A. GUERRA: Un general fra le
milizie del Papa. La vita di Claudio Aquaviva scritta da Francesco Sacchini della Compagnia di
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Gesù, Milán: FrancoAngeli, 2001, pp. 84-90; C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, op.
cit., p. 164.
109A. DEROO: Saint Charles Borromée. Cardinal réformateur, docteur de la Pastorale
(1538-1584), París: Éditions Saint-Paul, 1963, pp. 133-158.
110 Á. HUERGA: “Aproximación a la espiritualidad de S. Carlos Borromeo”, en San Carlo e
il suo tempo. Atti del convegno..., op. cit., I, p. 392; A. RIMOLDI: “La spiritualità di San Carlo
Borromeo”, en Atti della Accademia di San Carlo 3 (1980), pp. 101-109.
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Capítulo III
antes incluso del comienzo del concilio de Trento 111. Desde la primera mitad del
siglo XVI, se fue abandonando en Roma el consistorio medieval, órgano desde el
cual el Pontífice junto con los cardenales tomaba colegialmente las decisiones más
importantes. A la vez que se fueron consolidando nuevos órganos de gobierno,
destacando por su importancia las congregaciones cardenalicias, de carácter per-
manente, llamadas a reforzar el poder personal del Pontífice, ya que actuaban di-
rectamente dependientes de la decisión del Papa 112. Este nuevo ordenamiento se
acentuó más a raíz del pontificado de Pío V, cuando la Santa Sede se alzó como la
única depositaria capaz de interpretar y aplicar en los reinos católicos los decretos
conciliares de Trento (frente a la usurpación de la jurisdicción eclesiástica que ve-
nían realizando diversos monarcas católicos) 113. Cuando en el año 1542, Paulo III
creó la primera Congregación cardenalicia, la Inquisitorial, le siguieron en tiempos
de Sixto V un total de quince, con la bula de reforma de la Curia papal promulgada
el 22 de enero de 1588, lo que le permitió a Roma tener una mayor presencia sobre
la escena política internacional 114. Como consecuencia de esto, vinieron a insti-
tuirse nuevas nunciaturas permanentes; con un total de trece hasta la época de
Gregorio XIII 115. Asimismo, esta renovación administrativa conseguida a través
111 A. BORROMEO: “San Carlo Borromeo arcivescovo di Milano e la curia romana”, en San
Carlo e il suo tempo. Atti del convegno..., op. cit., I, pp. 237-302; P. PRODI: “Charles Borromée,
archevêque de Milan, et la papauté”, Revue d’Histoire Ecclésiastique 62 (1967) pp. 379-411.
112 La evolución administrativa y política de Roma en los diversos artículos de la obra de
G. SIGNOROTTO y M. A. VISCEGLIA (eds.): La corte di Roma nel Cinque e Seicento “Teatro” della
politica europea, Roma: Bulzoni, 1998; N. DEL RE: La Curia romana. Lineamenti storico-
giuridici, Roma: Edizioni di storia e letteratura, 1973, pp. 14 ss.; G. FRAGNITO: “Le corti
cardinalizie nella Roma del Cinquecento”, Rivista Storica Italiana 106 (1994), pp. 5-41; L.
PASTOR: La Curia romana. Problema e ricerche per la sua storia nell’età moderna e contemporanea,
Roma: Pontificia Università Gregoriana, 1971, pp. 32 y ss.
113 A. BORROMEO: “La nunciatura di Madrid, la curia romana e la riforma postridentina
nella Spagna di Filippo II”, en A. KOLLER (dir.): Durie und Politik. Stand und Perspektiven
der Nuntiaturberichtsforschung, Tübingen: Max Niemeyer, 1998, pp. 35-63; B. CÁRCELES DE
GEA: “El recurso de fuerza en los conflictos entre Felipe II y el Papado: la plenitudo quaedam
iuris”, en Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV: Historia Moderna 13 (2000), pp. 11-60.
114E. GARCÍA HERNÁN: “La Curia Romana, Felipe II y Sixto V”, Hispania Sacra 46
(1994), pp. 631-649; C. SANSOLINI: Il pensiero teologico-spirituale di Sisto V, Vaticano:
Tipografia Poliglotta Vaticana, 1989, pp. 37-97.
115 A. FERNÁNDEZ COLLADO: Gregorio XIII y Felipe II..., op. cit., 1991.
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116 M. A. VISCEGLIA: “Fazioni e lotta politica nel Sacro Collegio nella prima meta’ del
Seicento”, en G. SIGNOROTTO y M. A. VISCEGLIA (eds.): La corte di Roma nel Cinque e
Seicento..., op. cit., pp. 37-91.
117 F. BOSBACH: Monarchia Universalis. Storia di un concetto cardine della política europea
(secoli XVI-XVIII), Milán: Vita e Pensiero, 1998, pp. 77-104; J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El
triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la Monarquía católica durante el siglo
XVII”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ (coords.): Centros de poder italianos
en la Monarquía Hispánica (siglos XV-XVII), Madrid: Polifemo, 2010, I, pp. 549-682; R.
MATTEI: “Il mito della monarchia universale nel pensiero político italiano del Seicento”,
Rivista di studi politici internazionali 32 (1965), pp. 531-550.
118 Sobre el sentido de la “conquista espiritual” de Roma que lo tomó la Compañía en
sus misiones, P. Antonio RUIZ DE MONTOYA: Conquista espiritual hecha por los religiosos de la
Compañía de Jesús, en las provincias del Paraguay, Parana, Uruguay y Tape, Madrid, 1639, ff.
1r-v (BHR/A-004-198, Biblioteca Hospital Real de Granada. Universidad de Granada); M.
SIEVERNICH, S.I.: “La misión en la Compañía de Jesús: inculturación y proceso”, en J. J.
HERNÁNDEZ PALOMO y R. MORENO JERIA (coords.): La misión y los jesuitas en la América
española, 1566-1767: cambios y permanencias, Sevilla: CSIC-Escuela de Estudios Hispano-
Americanos, 2005, p. 281; F. CANTÚ: La Conquista spirituale. Studi sull’evangelizzazione del
Nuovo Mondo, Roma: Viella, 2007.
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Capítulo III
del Oratorio, Gaetano de Thiene llegado de Vicenza y fundador del Oratorio del
Amor Divino y de los Teatinos, Camilo de Lellis venido de Chieti que fundó la
Congregación de los Camilianos, y Juan Leonardi llegado de Luca, fundador de
los Clérigos Regulares de la Madre de Dios, se unieron a la labor de poderosos car-
denales como Carlos Borromeo, Tolomeo Gallio (cardenal de Como), Gabriel Pa-
leotti, e importantes prelados como monseñor Bernardino Carniglia, Cesare
Speciani, Alejandro Frumento, desde la segunda mitad del siglo XVI, para participar
eficazmente en esta transformación del Papado, que convirtió a Roma en el epicen-
tro de la renovación católica 119. A golpe de instrucción, estos influyentes cardenales,
deseosos de ver reformado el panorama de la Iglesia, preparaban una renovación
de la vida eclesiástica y sus costumbres; en estos años, se expidieron numerosos
mandatos sobre la celebración de los días festivos, la observancia del ayuno cuares-
mal, indulgencias, obras pías, predicación, administración de sacramentos, bienes
y dotación de iglesias, el modo de proceder los tribunales eclesiásticos, etc. De modo
que, tras la época de los grandes teólogos y de los padres conciliares, llegaba el mo-
mento de los pastores que ponían en ejecución los decretos de Roma.
En particular, Borromeo, desde su elevada posición, colmado de cargos y fa-
cultades amplísimas, trataba con su tío Pío IV muchas disposiciones referentes a
la disciplina de la corte romana y de la familia de cardenales, también de las cos-
tumbres del clero y del pueblo de Roma, insistiendo en que del Papado debían
partir los “buenos ejemplos” al resto de la cristiandad. Fue en aquel tiempo
cuando Borromeo instituyó las Notti Vaticane, que eran reuniones casi nocturnas,
en la habitación del propio cardenal, que sirvieron para animar a la reforma ro-
mana. En un principio, comenzaron tratando temas literarios y latinos, pero, al
poco tiempo, se dieron a las cuestiones morales y teológicas, a través de las que
se proponían educare lo spirito ed esercitare la virtù 120. Miembros destacados de
esta academia fueron Tolomeo Gallio, Francesco Bonomi, Francesco Alciato o
Hugo Boncompagni (antes de ser elevado al Pontificado como Gregorio XIII) 121.
119 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XX, pp. 49 y 186.
120E. CATTANEO: “La cultura di San Carlo. San Carlo e la cultura”, en N. RAPONI e A.
TURCHINI (eds.): Stampa, libri e letture a Milano nell’età di Carlo Borromeo, Milán: Vita e
Pensiero, 1992, p. 10.
121 L. BERRA: “Nuove notizie dell’ Academia delle Notti Vaticane”, Giornale storico della
letteratura italiana 81 (1923), pp. 342-374.
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Poco antes de que falleciera su tío, Pío IV, Borromeo decidió dedicarse por en-
tero al cuidado espiritual de la archidiócesis de Milán. Desde allí, obtuvo primero
de Pío IV, luego de Pío V y de Gregorio XIII grandes concesiones, privilegios y fa-
cultades particulares que le confirieron amplios poderes a la hora de actuar en la
reforma eclesiástica del arzobispado de Milán 122. Tanto Pío V como Gregorio XIII,
debían al cardenal Borromeo su participación decisiva en sus respectivas eleccio-
nes al Pontificado, ya que, como cardenal nepote de Pío IV, había podido disponer
a su favor de buena parte de los votos de los purpurados creados por su tío, quienes
guiados por Borromeo, formaban una de las facciones más fuertes del Sacro Co-
legio. Importantes prelados como Alessandro Crivelli, Giulio Poggiani, Bernar-
dino Carniglia 123 y Cesare Speciani 124, promovidos en tiempos de Pío IV, se
convirtieron en agentes de Borromeo que continuaron en la corte pontificia
cuando él se marchó a residir a Milán 125. Una vez en su arzobispado, Borromeo
hacía llegar a la corte pontificia sus peticiones, a través de estos cardenales, con-
siguiendo fácilmente lo que pedía 126. Prueba de esta autoridad e influencia de
Borromeo en la Curia romana, era la gran cantidad de peticiones de obispos su-
fragáneos, e incluso nuncios, que escribían a Borromeo para que intercediera ante
122 A. BORROMEO: “San Carlo Borromeo arcivescovo di Milano...”, op. cit., I, p. 242.
123 Bernardino Carniglia era hombre de confianza de Borromeo, fue enviado a Roma para
suceder a Ormaneto en calidad de reformador en 1566. Siempre tuvo relación con Neri en
Roma, frecuentando la comunidad de S. Girolamo. En 1574 formó parte de la Congregación
por la Reforma y en 1575 fue nombrado comendador del Santo Spirito, sucediendo a Bernardino
Cirillo. Murió en S. Girolamo asistido por el padre Felipe en 1576 (L. BERTONI: “Carniglia,
Bernardino”, DBI, Roma, 1977, XX, pp. 488-490).
124 Cesare Speciani (1539-1607), cremonés, estuvo en Roma desde 1566, donde fue
nombrado por el cardenal Borromeo como su procurador en 1569. Asimismo, fue vicario del
cardenal en S. Maria Maggiore, periodo durante el cual residió siempre en San Girolamo.
En octubre de 1576 sucedió a Carniglia, apenas muerto, en el puesto de agente. En estrecha
relación con el cardenal Buoncompagni, cuando fue elevado a pontifice como Gregorio XIII
fue nombrado referendario de las dos Segnature. En 1595 fue enviado como nuncio en la
corte de Felipe II, oficio que ocupó hasta 1588. En 1591 se trasladó a la sede de Cremona,
donde murió en 1607 (K. JAITNER: Die Hauptinstruktionen Clemens’ VIII. für die Nuntien und
Legaten an der europäischen Fürstenhöfen, 1592-1605, Tübingen, 1984, I, pp. CCLI-CCLII).
125 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XX, p. 83.
126 A. BORROMEO: “San Carlo Borromeo arcivescovo di Milano...”, op. cit., I, pp. 246-
247.
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Capítulo III
el Pontífice en sus peticiones 127. De este modo, por haber sido el único cardenal
nepote del XVI que, tras la cesión del cargo, había dejado definitivamente la corte
pontificia, para asumir de persona el gobierno espiritual de la propia diócesis, se
encontraba en una posición privilegiada en relación con la Corte pontificia.
Para entender la labor de reforma que Borromeo llevó en su diócesis de Milán
fue muy significativo el juicio que el jesuita Achille Gagliardi, uno de sus mayores
colaboradores, emitió durante el proceso de canonización del prelado milanés:
(Carlos Borromeo) si propose per iscopo una intiera e perfecta riforma di tutto il
mondo, et per venire alla pratica usò dei mezzi i più efficaci che si potessero eleggere;
l’uno fu di formar una chiesa che conteneva piena hierarchia di tutti i statù et gradi
che sono tra fedeli, et questa fu quella di Milano (…), l’altro, dopo haverla ridotta
a forma tale che poteva essere idea et esemplar a tutte le altre d’ogni eminente
perfettione, (mosse) gli altri Prelati a far il medesimo nelle loro chiese 128.
ZARDIN (eds.): Carlo Borromeo e l’opera della “grande reforma”..., op. cit., pp. 25-36.
128C. MARCORA: “Il processo diocesano informativo sulla vita di S. Carlo per la sua
canonizzazione”, en Memorie storiche della diocesi di Milano IX (1962), p. 642. El escrito fue
enviado por el P. Gagliardi el 13 de diciembre de 1603.
129R. MOLS: “St. Charles Borromée pionnier de la pastorale moderne”, Nouvelle Revue
Theólogique 79 (1957), pp. 618-619.
130 M. MARCOCCHI: “L’immagine della Chiesa in Carlo Borromeo”, op. cit., pp. 25-36.
131M. DE CERTEAU, S.I.: “Carlo Borromeo, santo”, DBI, Roma, 1977, XX, pp. 260-269;
C. ALZATI: Carlo Borromeo e la tradizione liturgica della chiesa milanese (Academia di S. Carlo.
124
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Con todo, fue en Milán donde Borromeo mantuvo una relación más estrecha
con los jesuitas. Allí, se propuso fundar un Seminario al estilo del romano, que
estuvo unido inicialmente al colegio, confiándolo a la Compañía 134.
La entrada de la Compañía en Milán tuvo lugar el 24 de junio de 1563, a pe-
tición de Carlos Borromeo que deseaba fundar un colegio, para lo cual el cardenal
solicitó la venida del P. Benedetto Palmio, por entonces provincial, que llegó junto
a otros jesuitas como el P. Carvajal, rector de Florencia, y el hermano coadjutor
Bertezolo 135. Borromeo dejó clara la intención de la Compañía en su arzobispado:
reformar las costumbres cristianas de la ciudad. El domingo, 4 de julio de 1563,
el P. Palmio demostraba su talento en el púlpito ante toda una multitud reunida
Inaugurazione del 3 anno accademico), Milán, 1980, pp. 83-99; G. ALBERIGO: “Carlo
Borromeo come modello di vescovo nella chiesa post-tridentina”, Rivista storica italiana 79
(1967), pp. 1031-1052.
132 M. FOIS, S.I.: “Carlo Borromeo Cardinale Nepote di Pio IV”, Studia Borromaica 3
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Capítulo III
Roma, Francisco de Borja movió los hilos para que se enviasen jesuitas a Milán,
de modo que, en mayo de 1563, el P. Francisco de Borja escribía al P. Antonio de
Córdoba, hijo de los condes de Feria y marqueses de Priego, miembros también
del partido “ebolista”, para informarle de que “para Milán partirán presto algu-
nos por orden de Su Santidad y del Illmo. Borromeo” 144. Asimismo, el P. Fran-
cisco de Borja, que por aquel entonces ejercía de Comisario de las provincias
jesuíticas españolas, de Portugal y sus territorios de ultramar, buscó el apoyo de
numerosos nobles hispanos, devotos de la Compañía, que pudieran interceder
ante el monarca para conseguir favorecer la entrada de la Orden en Milán. En
abril de 1563, el P. Francisco de Borja informaba al P. Antonio Araoz, jesuita re-
sidente en la corte madrileña, confesor del príncipe de Éboli, de la ayuda que al-
gunos cortesanos estaban prestando en este asunto:
El Illmo. cardenal Borromeo me manda yr a S. Pedro para conçertar la partida
de los Padres que han de yr a Milán para dar principio a su collegio, en el qual el
señor duque de Sessa, como devoto de la Compañía y de V.R., haze instancia en la
yda 145.
144 MHSI: Borgia III, Madrid, 1908, p. 697. Carta de Francisco de Borja al P. Antonio
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Carta de Felipe II al duque de Sessa dando su aprobación a la nueva fundación
(MHSI: Nadal II, Madrid, 1899, p. 641. Carta del 9 de octubre de 1563).
148 MHSI: Polanci I, Madrid, 1916, p. 367, 19 dev abril de 1563.
149 Cita F. RURALE: I gesuiti a Milano..., op. cit., p. 177.
150 ARSI: Ital. 123, f. 246. Diego Carvajal, 13 de octubre de 1563.
151 Borromeo afirmaba sobre el P. Adorno lo siguiente:
Ho amato sempre questa Congregazione tanto, quanto ogn’uno sà, et per ora anco si può
dire, che ho l’anima mia in mano di uno dei Padri loro, poichè faccio tutti i ritiramenti,
esercizi et indirizzi miei spirituali con la guida del P. Adorno della Compagnia loro, che ora
ancora predica nel Duomo, così ho avuto gran considerazione, et rispetto all’onor di questa
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Capítulo III
A la espera de un lugar idóneo para los jesuitas, Borromeo determinó que los
recién llegados compartieran residencia con los barnabitas de S. Alessandro, hasta
que, el 10 de diciembre de 1564, se establecía al fin el colegio jesuita de Milán en
S. Vito al Carrobbio, nombrando como primer rector al P. Francesco Adorno. Se
inauguró también, en diciembre de 1564, un seminario unido al colegio, al estilo
del que existía en Roma, situado en la misma sede de S. Vito en diciembre de 1564,
hasta que el 23 de abril de 1579, pasó a manos de la Congregación de los Oblatos
de San Ambrosio fundada por Borromeo. Paralelamente, en Roma, ese mismo año,
llegaban a la curia romana las quejas de algunos prelados como el obispo Ascanio
Cesarini por confiar el Seminario romano a los jesuitas extranjeros, es decir, no
italianos, ya que, afirmaba el obispo “era intollerabile che si affidasse l’educazione
della gioventù romana a Tedeschi e Spagnoli, cioè ad eretici e marrani” 152.
La intención de Borromeo era crear en su diócesis un paralelo a Roma en cuanto
a la educación se refería. Confiaba a la Compañía la formación de los jóvenes, siem-
pre y cuando, el seminario y el colegio fueran instituciones iguales a las romanas.
Borromeo siempre tuvo en mente crear en Milán un colegio universitario igual al
Colegio Romano, y que la relación entre el colegio y el seminario milanés repro-
dujese la misma que existía entre el Colegio Romano y el Germánico. Por eso se
insistía en que:
Il cardinale e la città stanno con aspettatione ferma che la Compagnia accresca
et faccia quel frutto che intende fa in Roma, et particolarmente spera di vedere un bel
Studio et di teologia, et di philosophia et di lettere humane (…), et desidera la città
in particolare che vi fosse qui un altro Collegio Germanico 153.
Congregazione (en M. FOIS, S.I.: “San Carlo e i gesuiti...”, op. cit., p. 178: Carta de
Borromeo a monseñor Speciani, 27 de marzo de 1579; C. GORLA: “Il padre Francesco
Adorno S.I.”, op. cit., pp. 529-531).
152
P. PASCHINI: “Le origini del Seminario romano” en P. PASCHINI (ed.): Cinquecento
Romano e Reforma cattolica, Roma: Lateranum, 1958, p. 17.
153 ARSI: Ital. 133, f. 152v. Carta del 25 de junio de 1567.
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154 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XX, p. 102.
155 M. FOIS, S.I.: “San Carlo e i gesuiti...”, op. cit., p. 152.
156 MHSI: Ribadeneyra I, Madrid, 1920, p. 715.
157 C. PELLEGRINI: “San Carlo ed i gesuiti”, op. cit., p. 165.
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Capítulo III
Achille Gagliardi. Estos jesuitas eran inamovibles para Borromeo al igual que el
P. Palmio, líder de todos ellos. El 13 de octubre de 1564, Borromeo escribía a su
agente Niccolò Ormaneto asegurando que al P. Palmio por su fruto en Milán y
su forma de predicar “non lo lascierò levar di lì in modo alcuno” 158.
Es preciso destacar que el círculo de jesuitas “reformadores”, que rodeó a
Borromeo, compartía con él una misma idea de radicalizar la espiritualidad de
la Compañía. El cardenal Borromeo escribía al jesuita Ludovico Gagliardi los
oficios espirituales que realizaba en su diócesis con la ayuda de la Compañía y
añadía que “desiderai di avere quei libri del Granata” 159. En las instrucciones de
Borromeo a los confesores, éste recomendaba una serie de lecturas que los con-
fesores debían aconsejar a sus penitentes, entre ellas, destacaba la Imitación de
Cristo del P. Luis de Granada 160. La amistad del cardenal ambrosiano con Fray
Luis de Granada le llevó a editar en Milán, en 1572, unos sermones del año li-
túrgico escritos por el dominico español, para inspirarse en su predicación, y
para enviarlos a sus amigos y familiares, incluso, ordenó que se repartiesen a
todos los párrocos de la diócesis ambrosiana 161. Tampoco dudó Borromeo en
ayudar a su buen amigo fray Luis de Granada cuando éste, por sus escritos, fue
acusado de ser alumbrado ante el Santo Oficio. Borromeo le insistió para que
abandonara los territorios hispanos y estableciera su residencia permanente en
Roma, donde estaría protegido 162. Esta misma admiración por fray Luis de Gra-
nada cosecharon los jesuitas italianos “reformadores” quienes recomendaban la
lectura de las obras del dominico español en sus colegios 163.
158 M. SCADUTO, S.I.: Storia della Compagnia di Gesù in Italia... L’azione, op. cit., IV, p.
521.
159 VBA, F. 50 Inf., n. 138, p. 284; M. SCADUTO, S.I.: “Scuola e cultura a Milano...”, op.
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164 P. PIRRI, S.I.: “Gli Annali Gregoriani di Gian Pietro Maffei. Premesse storiche per
pp. 1489-1490; R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., pp. 79-81.
166 D. GIL: “Gagliardi y sus commentarios a los Ejercicios”, Manresa 44 (1972), pp.
273-284; P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese...”, op. cit., pp. 1-72.
167 J. P. DONNELLY, S.I.: “The Jesuit College at Padua...”, op. cit., pp. 63-65.
168 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., p. 79.
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Capítulo III
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et con equità et soavità al modo ch’usa la Compagnia, et lui che non vuol ma seguita
una certa idea di perfettione che si è formato nell’intelletto a suo modo, et vuol per forza
tirarci tutti dentro, non approva il nostro modo et gli pare che siamo larghi et che
buttiamo per terra la disciplina ecclesiastica et con quello zelo si disgusta ogni dì più del
fatto nostro, di modo che si serve poco dei nostri teologi et manco che può s’impaccia con
noi, parendogli che siamo contrarii a’suoi desideri, dai quali non basta nessuno col suo
consiglio a ritirarlo 170.
Era clara la intención de reforma desde que llegaron los jesuitas a la diócesis
de Milán. No obstante, Borromeo era consciente de que si quería reformar la
espiritualidad de la Compañía, debía comenzar por colocar en el generalato a
uno de los jesuitas de su confianza, por lo que no dudó en intervenir directamente
en las elecciones a Generales durante la III y IV Congregación, en las que salieron
elegidos Mercuriano y Aquaviva.
Si bien durante la Cuarta Congregación fue muy evidente y existen varios
testimonios que relatan la intervención de Borromeo y del grupo de “reforma-
dores” al que protegía, su protagonismo durante la Tercera Congregación es más
complicado de analizar, pues su estrategia fue de manera indirecta.
Cuando comenzó la celebración en 1573, el 22 de abril irrumpió en la reunión
Tolomeo Gallio, cardenal de Como, secretario de Gregorio XIII, para expresar el
deseo del Pontífice de que no saliera elegido un General hispano 171. La inter-
vención del cardenal de Como en este acto confirma la influencia de Borromeo
en la decisión firme del Pontífice. Tolomeo Gallio había sido secretario de Bo-
rromeo cuando éste, como nepote de Pío IV, controlaba buena parte de la admi-
nistración de la curia papal. Durante este tiempo, Borromeo aprovechó su
posición para colmar a su amigo Gallio de cargos y honores 172.
Esta confianza y amistad continuó cuando Borromeo se marchó a su diócesis
de Milán, pues era el cardenal de Como el que intervenía ante el Pontífice para apo-
yar a Borromeo en sus disputas jurisdiccionales con los gobernadores castellanos
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Capítulo III
173 P. O. v. TÖRNE: Ptolémée Gallio. Cardinal de Côme. Étude sur la cour de Rome sur la
secrétairerie pontificale et sur la politique des Papes au XVIe siècle, París: Librairie Alphonse
Picard & Fils, 1907, pp. XVII-XVIII; G. CATALANO: “Controversie giurisdizionali tra Chiesa e
Stato nell’età di Gregorio XIII e Filippo II”, en Atti della Accademia di scienze, lettere e belle arti
di Palermo, s. 4, XV (1954-55), pp. 5-306 et passim.
174 La carta decía lo siguiente:
De la voluntad del cardenal de Como para el servicio del Rey tuve yo siempre
mucha duda desde el tiempo de Pío IV, y si en el de Pío V procuré que se le hiciese
merced, no fue pareciéndome que lo merecía, sino por procurar de ganalle, y en lo
que toca a la voluntad que nos tiene, nunca pudimos asegurarnos mucho; pero agora
mucho menos, teniendo por tan estrechos amigos los que Vuestra Señoría dice
(Instituto Valencia de Don Juan, D. 176 del Envío 67).
175 F. RURALE: “Carlo Borromeo, Botero, Mazzarino...”, op. cit., pp. 289-302.
176F. RURALE: “Mazzarino, Giulio Cesare”, DBI, Roma, 2009, LXXII, pp. 528-531; A.
BATTISTINI: “Le risorse retoriche di un predicatore gesuita: Giulio Mazarini”, en M. HINZ, R.
RIGHI y D. ZARDIN (eds.): I gesuiti e la Ratio studiorum, Roma: Bulzoni, 2004, pp. 139-158.
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Capítulo III
El jesuita que debía salir elegido, tal y como se refería Borromeo, y a quien mon-
señor Speciani debía notificar su nombre al Papa, era el P. Francesco Adorno 182, su
gran confidente y director espiritual; pero si esta opción no fuera de la satisfacción
del Pontífice, el cardenal se apresuraba a informar a Speciani del nombre de aquellos
padres a quienes no se debía confiar el Generalato:
(P. Adorno) il quale parte hoggi per Roma eletto da questa provincia per trovarsi
alla congregatione generale e desidero grandemente che parli lungamente con Nostro
Signore che può giovar anco alli bisogni di questa Chiesa. Con questa sarà anco un’altra
lettera a Sua Santità che le scrivo in credenza del padre Adorno, la quale darete in
mano del detto padre subito che sarà arrivato, acciò se ne possa servire come per mezzo
et introduzione di Sua Beatitudine e con questo modo parrà più tosto che egli vada per
conto delle cose di questa chiesa e si darà meno ombra ai suoi padri. In tutti i casi sento
che si fugga l’elettione del padre Oliverio (Manareo) e del padre Aquaviva e quando
180 F. RURALE: “La Compagnia di Gesù tra riforme...”, op. cit., p. 32.
181 ARSI: Congr. 20 b I, De rebus Congregationis I-V, f. 279r-v.
182G. ORESTE: “Adorno, Francesco”, op. cit., DBI I, pp. 293-295; C. PELLEGRINI: “San
Carlo ed i gesuiti”, op. cit., pp. 164-166.
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non sia in esso Adorno, allora preferirei il padre Benedetto (Palmio) a quelli altri che sono
qui, che sono in consideratione; qual padre Benedetto procurati in ogni modo che Sua
Santità chiami et ascolti pienamente 183.
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Capítulo III
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de una familia hebrea 188. En 1559, a los pocos años de haber ingresado en la Com-
pañía, se marchó a Roma como profesor del Colegio Romano. Desde entonces, y
dada su buena relación con los Pontífices, se mantuvo siempre vinculado a la Curia
papal. Diversos estudios ponen de relieve el importante papel que jugó el P. Toledo
en la aceptación por parte de Clemente VIII de la conversión de Enrique IV, for-
mando parte de la congregación para los asuntos con Francia, fundada tras el ase-
sinato de Enrique III. Así, el nombramiento de cardenal del P. Toledo vendría
determinado por la necesidad del Papa de proveerse de fieles colaboradores que
entrasen a formar parte de la congregación de los asuntos franceses. En este sentido,
el diplomático francés, el cardenal Arnaud d’Ossat, aseguraba que la absolución del
monarca francés fue debida, en gran medida, a las gestiones del cardenal Toledo 189.
Del mismo modo que Clemente VIII confió en el jesuita Antonio Possevino para
comenzar las negociaciones con París 190. Ciertamente, el grupo de jesuitas “re-
formadores” apoyaba la conversión de Enrique IV, del mismo modo que lo hizo el
cardenal Toledo y el propio reformador florentino, Felipe Neri. Podría resultar
contradictorio que el P. Toledo, siendo de origen hispano, apoyara la conversión
del monarca francés. Sin embargo, su descendencia hebrea, y su temprano traslado
a Roma en 1559, por los mismos años que los letrados castellanos gobernaban la
monarquía hispana, con la intransigencia de la ortodoxia religiosa impuesta por el
Inquisidor General Fernando de Valdés, permiten confirmar su oposición a los in-
tereses de los ministros castellanos de Felipe II 191. Esto también explicaría la buena
188 Antonio Possevino se quejaba al general Aquaviva por la imposición de los estatutos
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Capítulo III
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BAV, Barb. Lat. 5377, f. 20r. Citado por M. MORALEJO ORTEGA: “Una nota
manuscrita de Francisco de Toledo...”, op. cit., p. 176.
193 R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.: Storia del Collegio Romano..., op. cit., pp. 79-80.
194 A. MALENA: L’eresia dei perfetti. Inquisizione romana ed esperienze mistiche nel
Seicento italiano, Roma: Edizioni di Storia e Letteratura, 2003, p. 295.
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Pontífice del mal gobierno de Mercuriano, por lo que fue reprendido por el Ge-
neral y alejado de Roma, marchándose a Padua. Por esos años llegó a oídos de Bo-
rromeo la fama espiritual y la gran piedad del P. Gagliardi, quien se encontraba
en Turín con el duque de Saboya Emanuele Filiberto que difícilmente le dejaría
partir. Efectivamente, cuando Borromeo se dirigió al duque para que enviase al
jesuita, Emanuele se justificó ante Mercuriano, consiguiendo del General la per-
manencia en Saboya del P. Gagliardi 195. No obstante, en 1580, a la muerte del
duque, el P. Gagliardi abandonaba la corte sabauda para marcharse a Milán bajo
las órdenes de Borromeo, quien lo acogió en su diócesis y lo protegió a pesar de
la desconfianza de los generales Mercuriano y Aquaviva sobre el jesuita.
En Milán, Gagliardi se hizo popular por dirigir espiritualmente a una dama
milanesa muy devota, doña Isabella Berinzaga, de gran misticismo. Se convirtió
en confesor de esta mujer desde que, el 13 de diciembre de 1583, fue nombrado
Prepósito de la casa profesa de S. Fedele. Ya desde 1579, la relación de Isabella
con la Compañía en S. Fedele era muy estrecha, por ello, Mercuriano pidió al
portugués P. Sebastião de Morais, en su visita a los colegios, que se informase
bien de lo que ocurría con esta dama y la Compañía en Milán 196. No obstante,
el P. Morais habiendo realizado un examen de su vida, escribió al General para
tranquilizarle porque el caso no estaba provocando desvíos en la espiritualidad
de los jesuitas que la confesaban. En esta suavidad de Mercuriano con la dama y
los jesuitas de S. Fedele, influyó mucho la postura del cardenal Carlos Borromeo,
quien conocía a Isabella y a su familia, al intervenir años antes para que excarce-
laran a un tío de la joven, recluido por el gobernador español 197. Cuando Ga-
gliardi comenzó a confesar a la dama con bastante frecuencia, éste empezó a
escribir opúsculos en los que describía las revelaciones y visiones que Isabella
experimentaba en sus oraciones y en sus éxtasis, y, en vez de corregir esta espi-
ritualidad exacerbada, Gagliardi la dirigía compartiendo los mismos sentimientos
de recogimiento y misticismo que embargaban a la dama. Pronto los escritos de
Gagliardi empezaron a ser juzgados como sospechosos y poco ortodoxos, por lo
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Capítulo III
que fueron enviados a Roma para ser revisados. Los encargados de revisar los tex-
tos de Gagliardi fueron el P. Francisco de Toledo, el P. Stefano Tucci, el P. Gia-
como Tyrius y el P. Agostino Giustiniani. Los escritos examinados fueron Della
Vita di Madonna Isabella, Dei misteri di Christo, Della divinità e Della perfetione, y
en ninguno –declaraba el P. Toledo– se encontró doctrina para ser condenada, es
más, sobre el Breve Compendio della perfettione christiana, afirmaba el P. Toledo
con gran admiración de la obra que era “dottrina conforme all’Evangelio” 198. Pre-
cisamente en el Breve Compendio Gagliardi describía y analizaba las vivencias mís-
ticas de Berinzaga, y se hablaba de la “quietud pasiva” y de la “suspensión de
todas las actividades del alma” hasta el momento en que Dios la elevaba a pura
unión.
No obstante, tras esta revisión, el general Aquaviva enviaba, en 1588, a un
visitador para que le informase de la espiritualidad del P. Gagliardi. Para esta
misión fue enviado el P. Lorenzo Maggio, quien había sido nombrado Asistente
de Italia por Aquaviva, sustituyendo al P. Palmio en este cargo, por haber favo-
recido a la Compañía en el Imperio gracias a su buena relación con la Emperatriz
María. No obstante, Maggio también era del grupo de “reformadores” aunque
siempre estuvo ocupado en el Imperio, por lo que, en estos años, en los que el
grupo era liderado por Palmio y Adorno no colaboró con ellos, aunque sí com-
partió su misma espiritualidad. La visita del P. Maggio a Milán tuvo lugar entre
junio y octubre de 1588, por las denuncias anónimas que le llegaron al General
contra la poca ortodoxia de Isabella y su confesor. Con este motivo, Aquaviva le
entregaba una instrucción en la que debía examinar si en la devoción de la dama
encontraba cualquier cosa dudosa o que hiciera pensar en novedad, y si era así,
convenía que la dama se acomodase a una espiritualidad más segura, y en caso
de que el confesor tuviera alguna duda sobre la espiritualidad de esta dama, avi-
sase de inmediato al Pontífice como cabeza visible de la Iglesia 199. Aunque el P.
Maggio declaró formalmente que todo estaba bien con la dama, que gozaba de
gran virtud al igual que Gagliardi, y que todo habían sido calumnias, Aquaviva
continuó sin ver con buenos ojos la cercanía del jesuita a la mística de la joven.
El control de Aquaviva sobre este caso era mucho más eficaz que el de Mercuriano,
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200 ARSI: Mediol. 21, f. 17r. Carta del General al P. Achille Gagliardi, 2 de septiembre
de 1589.
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Capítulo III
assai, sì perchè sapevano chè la Paternità Vostra chiaramente mostrava con chiari
segni di sentir poco bene di me (...) et tal zelo et libertà, da altri presa in male, haveva
mosso loro a fidarsi di me e sperar per mio mezzo d’haver il loro intento 201.
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sino que más bien, se debe entender como una de las últimas tentativas por parte
de este grupo de jesuitas, aprovechando la Congregación extraordinaria, que
debía servir para mostrar al General su disconformidad por la línea espiritual
que estaba llevando la Orden.
La respuesta que dio el P. Gagliardi a la petición fue, según se desprende de
la misma carta más adelante, negativa, es más, según el propio Gagliardi éste
trató de persuadir al resto de jesuitas “reformadores” de que Aquaviva, con el
tiempo, satisfaría sus peticiones 204.
Del estudio del P. Pietro Pirri sobre el P. Gagliardi se vislumbra que, entre los
destacados de esta conjura, estaban el P. Gian Pietro Maffei, quien ya se había
quejado en 1578 al Pontífice Gregorio XIII junto al P. Gagliardi y al P. Benedetto
Giustiniani por el mal gobierno de Mercuriano, y también destacaba el P. Antonio
Possevino como otro de los implicados. Es probable, según el estudio del P. Pirri,
que Maffei fuera el jesuita anónimo que se reunión con Gagliardi, porque se ates-
tigua que en ese momento se marchó Maffei a Milán, y trató de persuadirle para
encabezar el movimiento, pues este jesuita mantenía una estrecha amistad con
Gagliardi 205. En cuanto a la reforma de las órdenes de la que hablaban estos je-
suitas italianos, hay una carta del secretario Ximenez al P. Gagliardi, fechada el
29 de agosto de 1592, en la que le informaba de la postura del general Aquaviva
ante los intentos de reformar la Compañía hacia una espiritualidad más radical
con menores tintes de pragmatismo 206:
La Compagnia non s’intromette in queste riforme, ma piuttosto procura di servire
humilmente la Maestà divina secondo il suo istituto et di cooperare nella salute delle
anime a tanti altri religiosi antichi e moderni et servi di Dio. Aggiungerò a V. R. che
questi motivi di S. S. sono molti vecchi, per lo zelo che sempre ha tenuto delle Religioni
et per l’esperienza che per il passato ha havuto di quelle. Oltre che di presente non le
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Capítulo III
mancano altri maggiori principii di grande autorità, che suggeriscono et aiutano questi
suoi pensieri 207.
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tiempo urdiendo una trama y quería que Gagliardi le apoyara. Para Barisone, el
principal propósito de Maffei habría sido el de llevar al Pontífice una carta en la
que el jesuita aseguraba que la Congregación extraordinaria serviría para dividir
aún más la Compañía por culpa del General. Asimismo, se quejaba de la perpe-
tuidad del Generalato y de que en la Compañía era necesaria una reforma espiri-
tual más radical porque:
I mezzi che conducono all’acquisto del nostro fine, si devono mutare conformi ai
tempi, et s’il Nostro Padre Ignazio fosse hoggi vivo, ne mutarebbe molti, perchè
vedrebbe ch’altrimenti la Compagnia va in rovina, con suo grande vituperio et dishonor
di Dio 209.
Junto a este documento del P. Girolamo Barisone en el que informaba a Aqua-
viva de las intenciones de Maffei y de su grupo, el rector Barisone envió una serie
de cartas a Roma sobre Maffei, fechadas el 19 y 27 de diciembre de 1593 y el 11 de
enero de 1594, en las que informaba al general Aquaviva de que “Il Padre (Maffei)
discorrendo seco diceva che se la sua fattione potesse prevalere, si farebbe una bella
riforma” 210.
Tras la reunión de Maffei y Gagliardi en Milán, en el verano de 1594, el P.
Gagliardi enviaba una carta al General, el 5 de octubre, en la que se mostraba fiel
hijo de Aquaviva, arrepentido, y asegurándole que no formaba parte de los jesuitas
“reformadores”. En la misma carta, advertía al General que la facción de los “re-
formadores” había crecido de sesenta a más de cien, por lo que el malestar con
Aquaviva había aumentado tras la Congregación extraordinaria. Según Gagliardi,
el grupo de “reformadores” era de la opinión de que el General no realizaría nin-
guna renovación espiritual, y si realizaba algún cambio sería por mera apariencia,
por lo que estaban resueltos a acudir a Clemente VIII a quien tocaba el remedio.
Es preciso tener en cuenta el favor de este Pontífice a las órdenes reformadas,
como por ejemplo a la corriente descalzo-recoleta, reformas de origen hispano,
que había encontrado en Clemente VIII un gran protector. De la misma forma que
este Pontífice favorecía a las congregaciones de presbíteros surgidas durante el
siglo XVI en Italia, como fueron los Oratorianos o Barnabitas, que compartían una
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Capítulo III
espiritualidad radical que sirvió para renovar las costumbres cristianas. Gagliardi
añadía que si este movimiento jesuítico para reformar la Orden seguía adelante,
querían contar con él, para tratar de convencer a Clemente VIII de las necesidades
de la Compañía, sin embargo, él no traicionaría al General si esto ocurriese, sino
que le escribiría para “prevenire et aiutare il negotio, come le parrà meglio” 211.
Una vez acabada la Congregación, descubierta esta confabulación, Aquaviva
no dudó en castigar a los promotores de este grupo, incluido al P. Gagliardi. El
14 de diciembre de 1594, el P. Gagliardi era sustituido en el gobierno de la casa
profesa de Milán por el P. Giovanni Francesco Vipera. De noche, de forma ines-
perada, le llegaba a Gagliardi la orden del General de que debía abandonar inme-
diatamente Milán para marcharse a Cremona, y de allí sería reconducido a Brescia,
con la excusa de la falta de operarios en dicho lugar 212. Sin embargo, el gobernador
de Milán, don Juan Fernández de Velasco, condestable de Castilla y León, y su
mujer, la duquesa de Frías, nobles del partido “ebolista” se opusieron rotunda-
mente a la partida de Gagliardi, obstaculizando la orden de Aquaviva 213. Ante
la oposición, el General prefirió no enfrentarse al gobernador, avisando a Ga-
gliardi que podía permanecer durante un tiempo más en Milán. No obstante,
Gagliardi decidió marcharse a Cremona, para no desobedecer, no sin antes ame-
nazar a Aquaviva, el 29 de diciembre de 1594, de que todo Milán estaba en contra
del General por esta decisión y que esta oscura salida repercutiría en la imagen
211 ARSI: Ital. 161, f. 194. Gagliardi a Aquaviva. Milán 5 de octubre de 1594. Aquaviva
escribió a tergo: “Tratta della materia di certi Zelatori. Risposi di mia mano”.
212 Hor hora, di notte, per via del P. Provinciale ricevo due di Vostra Paternità et rispondo
che con ogni prontezza mi partirò per Cremona quanto prima, per aspettar lì, in quella
città, quanto prima, licenza da Vostra Paternità di trasferirmi a Brescia, dov’è
grandissimo bisogno d’operarii et a me con molto gusto non mancherà che fare. Quanto al
signor Contestabile, la Paternità Vostra mi perdoni, ch’io non sono obbligato a quello che
non si può, cioè a farlo restar sodisfatto: il che non sta in me, et massime a dar ad intendere
ad un par suo ch’io parti senza volontà et ordine de miei Superiori: et essendo così di fresco
chiaro che Vostra Paternità mi ordinava la partenza, come potrà persuadersi che sia senza
ordine suo? Et se io le parlo in qualsivoglia maniera, come non farà subito ogni cosa per
impedirmi? (ARSI: Ital. 161, f. 214r. Gagliardi a Aquaviva, Milán 14 de diciembre de
1594).
213F. RURALE: “Clemente VIII, i gesuiti e la controversia giurisdizionale milanese”, en
G. SIGNOROTTO y M. A. VISCEGLIA (eds.): La corte di Roma nel Cinque e Seicento..., op. cit.,
pp. 323-366.
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214 Mi scrive il signor Presidente che tutto Milano ne mormora, che da molti si attribuisce
tutto alla Compagnia, che questo è con infinita pena di tutti et massime de’buoni. Mi
scrive il Contestabile una lettera lunga et di suo pugno, nella quale attesta coram Deo il
mio ben portarmi, l’amor che più che mai mi porta, e la sodisfattione in tutto: lauda il mio
partire, ma con Vostra Paternità mostra tal risentimento e tanto grave, ch’io non oso
scriverlo (…) Il rimedio unico a me pare che sia il ritorno a Milano, con mostrar di esser
stato qui per pochi giorni per il negotio del futuro collegio, e mi dà il cuore di placare
iterum il Signor Contestabile, subito acquietar ogni rumore (ARSI: Ital. 161, f. 217v).
También el Principe Giacomo Boncompagni, Duca di Sora en Milán, se opuso a la salida
de Gagliardi, tuvo que escribirle Aquaviva para persuadirle. Gagaliardi a Aquaviva, Cremona,
29 de diciembre de 1594 (P. PIRRI, S.I.: “Il P. A. Gagliardi, la dama milanese...”, op. cit., pp. 16-
21).
215ARSI: Ital. 71, Epp. Generalium (1586-1606), f. 86r. Aquaviva al P. Rosignoli, 20 de
enero de 1595.
216 ARSI: Ital. 71, f. 88v. Aquaviva al P. Rosignoli, provincial de Milán, 5 de agosto de 1595.
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CAPÍTULO IV
LA CORTE DE FELIPE II
Y SU REPERCUSIÓN EN LA EVOLUCIÓN DE LA COMPAÑÍA
1 L. CABRERA DE CÓRDOBA: Historia de Felipe II..., op. cit., I, p. 23. Sobre los autos de fe
de Valladolid de 1559, M. MENÉNDEZ PELAYO: Historia de los heterodoxos españoles, Madrid:
BAC, 1978, I, pp. 930-966; J. ALONSO BURGOS: El luteranismo en Castilla durante el siglo XVI.
Los autos de fe en Valladolid de 21 de mayo a 8 de octubre de 1559, Madrid: Swan, 1983, pp. 60-
110; E. AMEZAGA: Auto de fe en Valladolid, Bilbao: Gráficas Ellacuria, 1966, pp. 489-525. La
relación de los autos de fe de Sevilla y Valladolid se encuentra en AGS, Estado, leg. 129, nº 110-
112 y leg. 137, nº 2 y 4.
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Capítulo IV
2 Una de las causas principales por las que se realizó el matrimonio con la reina de
Inglaterra fue la reconversión al catolicismo de todo el reino: “que principalmente pretende y
tiene de santo son los propósitos y fines que apunta, enderesçados en seruicio de Dios nuestro
señor y augmento de su santa fe” (AGS, Estado, leg. 169). E. PACHECO Y DE LEIVA: “Grave error
político de Carlos I haciendo la boda de Felipe II con doña María, reina de Inglaterra”, RABM
42 (1921), p. 65; J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Bartolomé Carranza y la restauración católica
inglesa (1553-1558)”, Anthologica Annua 12 (1964), pp. 159-282; J. I. TELLECHEA IDÍGORAS:
Fray Bartolomé Carranza y el cardenal Pole. Un navarro en la restauración católica de Inglaterra
(1554-1558), Pamplona: Diputación Foral de Navarra-Institución Príncipe de Viana-CSIC,
1977.
3 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Bartolomé Carranza en Flandes. El clima religioso en los
Países Bajos (1557-1558)”, en E. ISERLOH y K. REPGEN (eds.): Reformata reformanda. Festgabe
für Hubert Jedin zum 17 Juni 1965, Münster: Verlag Aschendorff, 1965, II, pp. 317-318.
4 J. I. TELLECHEA IDÍGORAS: “Españoles en Lovaina en 1551-1558. Primeras noticias
sobre el bayanismo”, Revista Española de Teología 23 (1963), pp. 21-45; P. D. LAGOMARSINO:
Court Factions and the Formulation of Spanish Policy..., op. cit., pp. 39-57.
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ocupado en la guerra contra Francia, Carranza se percató del grave problema re-
ligioso que existía en Flandes. El decano de la universidad de Lovaina, Ruardo
Tapper, le había informado de las corrientes heréticas que, desde hacía pocos
años, habían surgido en dicha universidad aprovechando su ausencia por estar
ocupado en el concilio de Trento y el flojo castigo que se les había impuesto a
sus seguidores 5. Asimismo, le comunicó el ininterrumpido comercio de libros
heréticos que traían desde Alemania y la conexión que existía con los herejes des-
cubiertos en Sevilla por aquellas fechas. Ante tan alarmante situación, Felipe II,
una vez acabada la guerra contra Francia, ordenó que se hicieran mayores dili-
gencias para descubrir toda la trama. Dado que su vuelta a Castilla era inminente,
dejó a fieles agentes que le informaran puntualmente de la evolución religiosa
de estos territorios 6. Pero por si todo ello fuera poco, unos meses antes de su par-
tida, llegaron a sus oídos rumores de la heterodoxia del Catecismo que había pu-
blicado fray Bartolomé de Carranza en 1557, su gran amigo, a quien él había
elegido como arzobispo de Toledo, así como del surgimiento de focos luteranos
en Sevilla y Valladolid.
Desde el mismo momento en que heredó los reinos que le dejó su padre, el
Rey Prudente se encontró con la doble tarea de –por una parte– articular tan
extensos y heterogéneos territorios dentro de una Monarquía y –por otra– im-
plantar la confesión católica que adoptó como religión de la dinastía. Sin duda
ninguna, el proceso de confesionalización que Felipe II inició a partir de 1560, le
sirvió para configurar institucional e ideológicamente la Monarquía hispana. En
este proceso, la Inquisición se convirtió en la institución que controlaba el grado
de asimilación del catolicismo por parte de la sociedad. De esta manera, para
ocupar cargos de la Monarquía o de la Iglesia, ya no solo se exigió la limpieza de
sangre al estilo tradicional (esto es, no tener ascendencia judía o morisca), sino
5 Se refería a las doctrinas de Miguel Bayo. Trata el tema M. ROCA: “El problema de
los orígenes y evolución del pensamiento teológico de Miguel Bayo”, Anthologica Annua 5
(1957), pp. 417-492; M. ROCA: “Documentos inéditos en torno a Miguel Bayo (1560-1582)”,
Anthologica Annua 1 (1953), pp. 303-476.
6 P. D. LAGOMARSINO: Court Factions and the Formulation of Spanish Policy..., op. cit.,
p. 49, cita a fray Lorenzo de Villavicencio y Alonso del Canto. Sobre las actividades de
Alonso del Canto: IVDJ, Envío 37, nº 6. La correspondencia en la que estos personajes
transmitían los peligros de la herejía en los Países Bajos a Felipe II y Francisco de Eraso en
AGS, Estado, leg. 523, nº 52-53, 56-61; leg. 526, nº 95-96, 100-101, 125; leg. 529, nº 33.
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Capítulo IV
7 AHN, Inquisición, lib. 249, ff. 225r-226v. Cédula real a todos los inquisidores para
que “que hagan ejecutar en las penas de la pragmática que tratan de los que exercen oficios
públicos y de honra siendo inhábiles a los hijos de los hijos y nietos de reconciliados y condenados
por el Santo Officio de la Inquisición por delitos de heregía”.
8 J. MARTÍNEZ MILLÁN: La Inquisición española, Madrid: Alianza, 2009, pp. 35 y ss.
9 Esto parece deducirse de una nota de Mateo Vázquez al rey tratándole de informar
sobre la reglamentación y trámites del nombramiento del nuevo presidente del consejo de
Castilla. Madrid, 27 de octubre de 1572 (IVDJ, Envío 51, nº 11).
10 BL, Add. Mss. 28704, f. 14r.
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Capítulo IV
13 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 99-122.
14 R. GARCÍA-VILLOSLADA: San Ignacio de Loyola..., op. cit., p. 706; A. ASTRAIN, S.I.:
Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 100-102.
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A finales del siglo XVI, la forma más eficaz que el Papado encontró para que
la Compañía se mantuviera fiel a sus intereses, tal y como proyectaron los funda-
dores de la Orden, fue su intervención en las elecciones a nuevo General. Con la
elección de Mercuriano en 1573, quien salió elegido por deseo expreso del pontífice
Gregorio XIII, la Compañía inauguraba un periodo nuevo: rompía la estela de ge-
nerales de origen hispano (Loyola-Laínez-Borja) y comenzaba el relevo en la cú-
pula de la Orden, que pasaba a manos de jesuitas italianos, la mayoría educados
en el colegio romano, bajo la protección del Pontífice. Es preciso explicar más en
detalle la transformación que estaba experimentando el gobierno de la Compañía
a través del reemplazo de superiores hispanos por italianos. Ciertamente, una de
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Capítulo IV
las primeras acciones del recién elegido Mercuriano que contó con el beneplácito
de Gregorio XIII, fue la nueva reestructuración llevada a cabo en los cargos diri-
gentes de la Compañía, por la cual, muchos jesuitas hispanos que venían desem-
peñando cargos superiores en el extranjero fueron obligados a regresar a las
provincias jesuitas hispanas, en muchos casos, sin volver a ejercer nunca más ofi-
cios de responsabilidad en el conjunto de la Orden. Seguramente el caso de los
superiores hispanos en las provincias italianas fue el más representativo para com-
prender estos cambios. Desde la fundación de la Compañía, los generales ante-
riores a Mercuriano siempre se valieron de jesuitas españoles para gobernar las
provincias y los colegios italianos 16. Ya en tiempos del Tercer General, el P. Fran-
cisco de Borja (1565-1572), se quejaban muchos jesuitas italianos, tanto escolares
como padres, del rigor con que gobernaban los españoles y la dureza de su estilo
“hispano” a la hora de dirigir los colegios. A la vez que reclamaban la presencia
de superiores naturales de las provincias italianas. A pesar de ello, el P. Borja nunca
prescindió de los jesuitas españoles para ocupar cargos superiores en el extranjero.
Tan sólo en los casos más críticos y de mayor repercusión, aquellos en los que las
quejas por parte de los jesuitas italianos hacia un rector hispano eran continuas,
el general Borja amonestaba al superior y si no cesaba en rigor, optaba por cambiar
al rector hispano a otro colegio italiano, pero manteniéndole en el mismo cargo.
Sin embargo, esta situación varió por completo durante el generalato de Mercu-
riano. Cuando en 1572 falleció el tercer general, Francisco de Borja, de los cuatro
provinciales de Italia, tres eran de origen hispano: el cordobés Alonso Ruiz (pro-
vincial de Roma), el valenciano Jerónimo Doménech (Sicilia) y el toledano Alfonso
Salmerón (Nápoles) 17. El primero de ellos, el P. Alonso Ruiz, era destituido de su
cargo en Roma y enviado por orden de Mercuriano como rector del colegio de
Granada en 1574, ante las continuas quejas de los jesuitas italianos por su rigo-
rismo a la hora de gobernar 18. Años más tarde, en 1580, el General se determinaba
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a enviar al P. Ruiz al Perú, donde falleció en Arequipa en 1599 19. Por su parte,
el P. Doménech, era destituido de su cargo en la primavera de 1576, regresando
a Valencia como rector del colegio jesuita. En su lugar, Mercuriano nombraba
como provincial de Sicilia al napolitano Giulio Fazio 20. Por último, el P. Salme-
rón, dejaba el provincialato napolitano en abril de 1576, y era sustituido por el
rector de Nápoles, el joven napolitano Claudio Aquaviva (futuro quinto general
de la Orden), quien supo imponer en Nápoles las costumbres y disciplina de su
experiencia como superior en Roma 21. El 15 de agosto de 1576, el P. Bobadilla,
consciente de la repercusión que podrían traer estos cambios, aconsejaban al ge-
neral Mercuriano que recordase hacer “venir altri di Hespagna in Ytalia che è cosa
molto neccessaria” 22.
Diversos rectores hispanos de los colegios italianos corrieron la misma for-
tuna que estos tres provinciales. Las quejas hacia el rigor de los superiores es-
pañoles se multiplicaron aprovechando el mandato del belga Mercuriano. Si bien
es cierto que durante el generalato de Laínez y Borja también existieron críticas,
nunca dichos generales se plantearon remover a los jesuitas hispanos de los te-
rritorios italianos por la dureza con que gobernaban los colegios. Este fue el caso
del valenciano P. Jerónimo Rubiols cuando era rector del colegio de Florencia
en 1570. En el primer año de rectorado del P. Rubiols en el colegio toscano, el
general Borja recibió fuertes quejas por su forma de dirigir el colegio, por lo que
decidió cambiarlo al colegio de Siena, manteniendo su cargo de rector. Un jesuita
del colegio florentino, el P. Marco Pelatia, se lamentaba por carta al General de
que:
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Capítulo IV
se non si muta non so se potrò sopportare lo star sotto goberno del P. Rubiols con
officio, perché le cose non vanno come doveriano andare. El ministro a patto alcuno
non lo voglio fare; sotto di lui gli altri office mal voluntieri 23.
pp. 85-136.
26 M. SCADUTO, S. I.: “Catalogo dei Gesuiti d’Italia...”, op. cit., p. 102.
27 Señalaba el P. Montoya siendo provincial, tras visitar la provincia de Sicilia, que en la
isla:
E vi è gente che dopo aver studiato a spese dei collegi, se ne va o è mandata fuori; in fondo
fuona gente, che, se vedesse il castigo del carcere, sarebbe più guardinga e più ferma nella
vocazione. Il ritardo nella visita di questi primi collegi spero possa esser motivo di abbreviare
quella degli altri (Fragmento extraído de M. SCADUTO, S.I.: L’opera di Francesco
Borgia..., op. cit., p. 222).
Vide M. A. LEWIS, S.J., y J. D. SELWYN: “Jesuit Activity in Southern Italy under Mercurian”,
en T. M. MCCOOG, S.J. (ed.): The Mercurian Project..., op. cit., p. 532.
28 Fue nombrado visitador del Perú en 1574, pasó luego a Méjico donde fue de nuevo
visitador, después provincial y padre espiritual. C. M. ABAD: “El P. Juan de la Plaza. Su vida
y escritos”, Miscelánea Comillas 29 (1958), pp. 111-201; M. RUIZ JURADO, S.I.: “Orígenes
del noviciado en la Compañía de Jesús”, Bibliotheca Instituti Hisotirici S.I. vol. 42, Roma:
IHSI, 1980, pp. 165-166 y 183-187.
162
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de tratar con los escolares. Otro jesuita, el aragonés P. Antonio Ramiro, perma-
neció en Nápoles, donde había sido rector y profesor de teología, hasta que re-
gresó como rector de Toledo por mandato de Mercuriano en 1573. Como se ha
podido analizar, la elección de Mercuriano supuso el alejamiento de varios je-
suitas reprendidos por su estilo “hispano”, que, según Ribadeneyra, molestaba
al resto de provincias 29. En su lugar, el General situaba en sus cartas a jesuitas
naturales de Italia 30.
De los casos mostrados hasta el momento se deduce que las provincias italia-
nas que más problemas acumularon a la hora de sustituir a los superiores hispa-
nos fueron las de Nápoles y Sicilia, y fue precisamente en estas provincias, en
las que el General puso mayor atención y cuidado en remover a superiores je-
suitas. Esta situación tiene fácil respuesta si se tiene en cuenta la hegemonía his-
pana sobre el sur de Italia. Señalaba el P. Scaduto en su estudio sobre la historia
de la Compañía de Jesús en Italia que “era convinzione in alcuni ambienti che per
far andare avanti le cose di Sicilia occorreva preporvi spagnoli” 31. En este sentido,
resulta muy significativa la petición del P. Bobadilla al General sucesor, el P. Clau-
dio Aquaviva, cuando, en 1581, le escribió una carta para solicitarle la venida de
padres de otras naciones –se deduce que se refiere a la Monarquía hispana– que
gobernasen la provincia siciliana. Y todo ello, el P. Bobadilla lo enmarca como
parte del proyecto de Mercuriano:
La mutatione de’ soggetti, che V. R. mi scrive ch’hebbe già in disegno il P.
Everardo di Santa Memoria, credo sarà necessaria per aiuto di cotesta provincia,
rimandandone però costà d’altre nationi; et insieme utile alla carità per la
communicatione 32.
Podría atribuirse estos cambios en la cúpula italiana a la tendencia del General
belga por situar en los puestos relevantes a jesuitas naturales de cada nación en
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Capítulo IV
la que ejercen sus cargos como superiores. Sin embargo, esta hipótesis no parece
encajar adecuadamente, si se tiene en cuenta las quejas de los italianos hacia los
superiores hispanos y lo que es más interesante, si se analiza la falta de obediencia
al General de los superiores hispanos a su vuelta a España 33. Y es que las reper-
cusiones a estos relevos en la cúpula de la Orden no se hicieron esperar. Nume-
rosos padres que regresaron a España sin volver a ejercer cargos superiores,
acumularon un resentimiento hacia el General, su modo de administrar la Com-
pañía, y la excesiva influencia que los Pontífices ejercían sobre el General.
Para tratar de controlar a los descontentos, en 1577, el P. Mercuriano nombró
cuatro superiores para que visitasen las provincias jesuitas de España y contro-
lasen a los jesuitas inquietos. Todos ellos padres de su confianza. Lógicamente,
el envío de visitadores a las provincias hispanas debe ser interpretado como una
forma de vigilar que el proceso de reestructuración de los cargos superiores se
efectuase sin obstáculos. Para visitar la provincia de Castilla eligió al P. Diego de
Avellaneda, para la de Andalucía al P. García de Alarcón, para la de Aragón al P.
Baltasar Álvarez de Aragón y para la de Toledo al P. Antonio Ibáñez. El General
envió instrucciones a los visitadores del modo de proceder y las cuestiones que
debían ser solventadas. Al P. Ibáñez le encargó supervisar con mayor cuidado los
colegios de Alcalá, Madrid y sobre todo la Casa Profesa de Toledo, donde residían
los sujetos más importantes y de mayor edad de la provincia como eran los padres
Mariana, Ribadeneyra, Dionisio Vázquez, etc. El P. Ibáñez debía tratar de reme-
diar el malestar, ya que “algunos de estos Padres se muestran descontentos de
que no les pongan en cargos de gobierno” 34. Como reflejaba la siguiente carta
del P. Blas Rengifo, dirigida al General y fechada en Alcalá el 19 de mayo de 1579,
los antiguos superiores que habían sido apartados de sus cargos por mandato del
General flamenco, no se adaptaron a la nueva situación, ni a las transformaciones
que desde Roma se estaban ejecutando:
Con la poca luz que el Señor me dio, por mis pecados, persuádome mucho que
la comunicación de los dones y gracias espirituales, y paz y quietud de la provincia
y colegios y de los particulares, y en fin la comunicación e influjo de todo bien, no
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nos vendrá sino mediante el amor y respetar y sentir bien y hablar bien del Superior
y obediencia, y esto no lo hay, sino muy totalmente lo contrario, y aúnanse estos
profesos y antiguos contra estas ordenaciones y modo de proceder del P. Visitador 35.
Fueron estos mismos jesuitas alejados del gobierno, quienes no obedecían al vi-
sitador enviado por Mercuriano, y pertenecían, en su mayoría, a las provincias de
Toledo y Castilla, los que comenzaron por estos años a escribir memoriales a la
corte y a la Inquisición para quejarse del gobierno del General 36. Todavía sin la re-
percusión y la buena acogida que posteriormente tuvieron por parte de la facción
“castellana” en la corte madrileña en tiempos del general Aquaviva. Analizando los
nombres de estos “memorialistas” se sabe que eran de la provincia jesuítica de Cas-
tilla y Toledo: Dionisio Vázquez, Manuel López, el Dr. Enriquez, Juan Osorio,
Santander, Gonzalo González, Gaspar Sánchez, Mariana, Luis de Mendoza, el
Dr. Ruiz y Ribadeneyra. Precisamente de las provincias más cercanas a la corte ma-
drileña y que más relación tenían con las élites castellanas y sus intereses 37.
La falta de obediencia provocaba un problema grave a la hora de nombrar su-
periores fieles al General en las provincias castellanas 38. La solución a este problema
35 AHPTSI: Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI-bis, Subcarpeta 2, Carta 30: Del P.
Blas Rengifo al general Mercuriano. Alcalá, 19 de mayo de 1579.
36 AHPT: Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, subcarpeta 7ª: Memorial original del P. Fco. de
Abreo. En el memorial que envió a la Inquisición el P. Francisco Abreo, uno de los jesuitas
descontentos, se señalaban los males de la Compañía al estar en manos de Generales extranjeros
(esto era, no hispanos), y se añadían los nombres de los superiores hispanos que se quejaban:
(…) En la provincia de Castilla Dionisio Vázquez, Manuel López, el Dr. Enriquez,
Juan Osorio, Santander, Gonzalo González, y en esta de Toledo Gaspar Sánchez,
Mariana, Luis de Mendoza, Dr. Ruiz y Ribadeneira.
37 Sobre la importancia de la obediencia en la Compañía, F. ALFIERI, C. FERLAN (eds.):
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Capítulo IV
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Lavata, y por ventura al Padre Pedro de Villalva por Provincial de Castilla, todos
naturales de Aragón 41.
41 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 9ª, Leg. 13, 9, Caja III-bis: Memorial del P.
Enrique Enríquez a la Inquisición, 20 de octubre de 1586.
42 Así se señalaba en un memorial del P. Alonso Sánchez: AHPTSI, Fondo Astrain,
Subcarpeta 27ª, Leg. 13, 27, Caja III-bis: Algunos puntos de los cuales el P. Alonso Sanchez ha
de tratar con S. M. y con los demás que en su Corte y fuera de ella fuere necesario. Roma, 4 de
abril de 1592.
43 J. MARTÍNEZ MILLÁN y C. J. DE CARLOS MORALES (dirs.): Felipe II (1527-1598). La
configuración..., op. cit., pp. 133-147.
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Capítulo IV
A modo de ejemplo presento aquí los siguientes cuadros de tres colegios jesuitas
de la Provincia de Toledo (la casa profesa de Toledo, el colegio de Madrid y el de
Alcalá de Henares) en los que se puede observar que los prepósitos y rectores fue-
ron, en su mayoría, jesuitas aragoneses. Eran, precisamente, los tres colegios más
cercanos a la corte madrileña, lo que complicaba su gobierno por la cercanía a la
ideología y a los intereses de los ministros castellanos, consiguiendo, como ocurrió,
que muchos jesuitas de estos colegios colaborasen ideológicamente en la configu-
ración de la Monarquía.
AÑOS DE FALLECIDOS
PREPÓSITO PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Juan Manuel (1584) Treviño- Calahorra Pr. 4 vot. (1566) 1586
P. Alonso Deza (1585-1588) Alcalá-Toledo Pr. 4 vot. (1568) 1589
P. Antonio Marcén (1589-1593) Tarazona-Aragón Pr. 4 vot. (1571) 1603
P. Diego de Avellaneda (1594-1597) Granada Pr. 4 vot. (1560) 1598
P. Antonio Ramiro (1598-1599) Calatayud-Tarazona Pr. 4 vot. (1588) 1609
P. Antonio Marcén (1600-1602) Tarazona-Aragón Pr. 4 vot. (1571) 1603
P. Juan García (1603-1604) Fuentepinillas-Osma Pr. 4 vot. (1589) –
P. Nicolás de Almazán (1605-1606) Valladolid-Palencia Pr. 4 vot. (1589) –
P. Esteban de Hojeda (1607-1610) Marchena-Sevilla Pr. 4 vot. (1583) 1614
Villamayor-Priorato
P. Gabriel de Vega (1611-1613) Pr. 4 vot. (1590) 1619
de Santiago
P. Alonso Carrillo (1614-1615) Alcalá-Toledo Pr. 4 vot. (1591) 1618
P. Francisco Porres (1617-1618) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Francisco Rodríguez (1619-1622) Aranda de Duero-Osma Pr. 4 vot. (1582) –
P. Pedro de Buiza (1622-1624) Medina de Rioseco-Palencia Pr. 4 vot. (1605) –
168
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2. COLEGIO DE MADRID
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Diego de Avellaneda (1580-1585) Granada Pr. 4 vot. (1560) 1598
P. Francisco de Porres (1586-1590) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Juan de Sigüenza (1591-1530) Sigüenza Pr. 4 vot. (1586) 1603
P. Juan García (1594-1597) Fuentepinillas-Osma Pr. 4 vot. (1589) –
P. Francisco Porres (1598-1600) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Esteban de Hojeda (1601-1603) Marchena-Sevilla Pr. 4 vot. (1583) 1614
P. Frco. de Benavides (1604-1606) Santisteban-Jaén Pr. 4 vot. (1589) 1607
Villamayor-Priorato
P. Gabriel de Vega (1607) Pr. 4 vot. (1590) 1619
de Santiago
P. Fernando de Lucero (1608-1611) Alfaro-Tarazona Pr. 4 vot. (1585) –
P. Francisco de Porres (1612-1615) Délica-Calahorra Pr. 4 vot. (1582) 1621
P. Luis de la Palma (1618-1621) Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Pedro de la Paz (1622) Ocaña-Toledo Pr. 4 vot. (1588) –
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Alonso de Sandoval (1584-1586) Nájera-Calahorra Pr. 4 vot. (1568) –
P. Bartolomé
(1587-1588) Calatayud-Tarazona Pr. 4 vot. 1614
Pérez de Nueros
P. Fernando de Lucero (1589-1593) Alfaro-Tarazona Pr. 4 vot. (1585) –
P. Luis de Guzmán (1594) Osorno-Palencia Pr. 4 vot. (1571) 1605
P. Antonio de Castro (1595-1597) Oporto-Portugal Pr. 4 vot. (1572) 1604
P. Frco. de Benavides (1598-1600) Torrejón de Ardoz-Toledo Pr. 4 vot. (1589) 1607
P. Nicolás de Almazán (1601-1602) Valladolid-Palencia Pr. 4 vot. (1589) –
P. Fernando de Lucero (1603-1606) Alfaro-Tarazona Pr. 4 vot. (1585) –
P. Luis de la Palma (1607-1610) Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Alonso Carrillo (1611-1612) Alcalá-Toledo Pr. 4 vot. (1591) 1618
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Capítulo IV
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Bartolomé
(1613-1614) Calatayud-Tarazona Pr. 4 vot. 1614
Pérez de Nueros
P. Francisco
(1619-1621) Fuentes-Sevilla Pr. 4 vot. (1603) –
de Robledillo
P. Francisco Aguado (1622) Torrejón de Ardoz-Toledo Pr. 4 vot. (1605) –
Sin embargo, si analizamos –por esos mismos años y dentro de las fronteras
de la provincia jesuita de Toledo– el ejemplo de colegios alejados del centro de
poder que representaba la corte madrileña, como pueden ser los colegios de Pla-
sencia, Huete o Belmonte, se puede confirmar que los rectores que gestionaban
estos colegios eran, en su mayoría, de tierras castellanas. Y es que eran colegios
a los que el general Aquaviva no le preocupaba tanto el origen de los superiores
pues la colaboración de estos jesuitas con ministros de la corte era prácticamente
nula, y a la inversa, la influencia de la corte era mucho menor, casi insignificante.
4. COLEGIO DE PLASENCIA
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Alonso de Montoya (1584-1587) Ocaña-Toledo Pr. 4 vot. (1571) 1590
P. Juan García (1588-1590) Fuentepinillas-Osma Pr. 4 vot. (1589) –
Villamayor-Priorato
P. Gabriel de Vega (1591-1593) Pr. 4 vot. (1590) 1619
de Santiago
P. Blas Sánchez (1594-1597) Meco-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1617
P. Pedro de Alarcón (1598-1599) Belmonte-Cuenca Pr. 4 vot. (1591) –
P. Manuel Arceo (1600-1603) Segovia Pr. 4 vot. (1599) 1620
P. Blas Sánchez (1604-1606) Meco-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1617
P. Luis Ramírez (1607-1609) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1620
P. Blas Sánchez (1610-1614) Meco-Toledo Pr. 4 vot. (1594) 1617
P. Alonso de Carrión (1615-1619) Toledo Pr. 4 vot. (1598) –
P. Diego de Peñalosa (1620-1622) Mondéjar-Toledo Pr. 4 vot. –
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5. COLEGIO DE HUETE
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Pedro de la Paz (1584-1587) Ocaña-Toledo Pr. 4 vot. (1588) –
P. Pedro de Alarcón (1588-1593) Belmonte-Cuenca Pr. 4 vot. (1591) –
P. Gaspar Sánchez (1594-1597) Ciempozuelos-Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Jerónimo de la Torre (1598-1600) Daimiel-Toledo Pr. 4 vot. (1592) 1621
P. Juan Ponce de León (1601-1603) Marchena-Sevilla Pr. 4 vot. (1599) 1606
P. Francisco Aguado (1604-1605) Torrejón de Ardoz-Toledo Pr. 4 vot. (1605) –
P. Bernardino
(1606-1607) Burgos Pr. 4 vot. (1595) 1608
de Velasco
P. Esteban Pérez (1608) Olivar-Toledo Pr. 4 vot. (1591) –
P. Diego de Ocampo* (1609-1611) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1603) –
P. Jerónimo Rodríguez* (1614-1615) Almagro-Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Miguel Pacheco (1616-1619) Oropesa-Ávila Pr. 4 vot. (1599) –
P. Juan Lucas Esquex (1620-1622) Zaragoza Pr. 4 vot. –
6. COLEGIO DE BELMONTE
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Luis de Guzmán (1584-1588) Osorno-Palencia Pr. 4 vot. (1571) 1605
P. Rodrigo de Illanes (1589-1590) Huete-Cuenca Pr. 4 vot. (1588) 1594
P. Juan de Rojas (1590-1593) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1590) 1605
P. Manuel de Arceo (1594-1597) Segovia Pr. 4 vot. (1599) 1620
P. Fernández Mudarra (1598) Villarrubia-Toledo Pr. 4 vot. (1598) –
P. Fernando de Arce (1599-1600) Madrid-Toledo Pr. 4 vot. (1598) 1608
P. Miguel Pacheco (1601-1603) Oropesa-Ávila Pr. 4 vot. (1599) –
P. Gaspar de la Cuadra (1604-1605) Toledo Pr. 4 vot. (1598) 1606
P. Pedro Fernández
(1606-1608) San Clemente-Cuenca Pr. 4 vot. (1595) –
Tribaldos
P. Martín Robles (1609-1612) Caravaca-Cartagena Pr. 4 vot. (1605) 1614
171
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Capítulo IV
AÑOS DE FALLECIDOS
RECTOR PATRIA-OBISPADO GRADO
GOBIERNO (1584-1622)
P. Antonio Prieto (1613-1615) Murcia-Cartagena Pr. 4 vot. (1611) 1617
P. Jerónimo Rodríguez (1616-1619) Almagro-Toledo Pr. 4 vot. (1595) –
P. Juan de Alvarado (1620-1622) San Mamés-Burgos Pr. 4 vot. (1618) –
44 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 9ª, Leg. 13, 9, Caja III-bis: Memorial Anónimo
fechado en 1588.
172
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verdadera, sea falsa, no puede dejar de causar disgustos y desunión, tanto más que
esta Nación fundó la Compañía, la honró, la enseñó y aún sustentó largo tiempo
con su sustancia: punto que para la paz se debe remediar para adelante, so pena que
cada día podremos tener mayores disgustos, y revueltas 45.
Que los jesuitas molestos con Roma prefiriesen residir en los distintos colegios
o casas establecidos en las provincias jesuíticas de Castilla y de Toledo, se explica
por la cercanía a la corte madrileña, donde el grupo de poder que por entonces
173
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Capítulo IV
administraba la Monarquía hispana –la década de los 80 del siglo XVI– denominado
“castellano” 49, se hizo eco de las continuas críticas recogidas en los memoriales.
Esta facción cortesana que protegía a los jesuitas molestos con el gobierno de Roma
estaba integrada, en su mayor parte, por las élites urbanas castellanas, cuyos des-
cendientes fueron educados en la teología escolástica de algún convento dominico
castellano o estudiaron leyes en la Universidad de Salamanca. Sin duda, el pro-
grama político y religioso de estos letrados castellanos consiguió establecer una
serie de organismos con los que gobernaron y controlaron los distintos reinos de
la Monarquía hispana, al mismo tiempo que buscaron uniformar la ideología y
conductas de los sectores sociales de los distintos reinos de la Monarquía 50. En
cuanto a su religiosidad, los “castellanos” defendían una espiritualidad formalista
con claros tintes ascéticos que coincidía, al menos en apariencia, con la religiosidad
intransigente de finales del siglo XV que había motivado la implantación de la In-
quisición 51. Lógicamente, esta religiosidad que impuso la facción castellana no sa-
tisfizo a buena parte de la sociedad que entendió la experiencia religiosa como una
relación más íntima y directa con la divinidad (traducida en la mística), que no fue
bien vista por el gobierno de Felipe II, pero sí por Roma, dado que la radicalidad
de su espiritualidad no tenía más referencia ortodoxa que la definición que el Pon-
tífice, como cabeza de la Iglesia, daba al Catolicismo. En este sentido, las críticas
en contra de Roma, recogidas en los memoriales de los jesuitas molestos, satisfacían
tanto a los intereses de los jesuitas descontentos como a los de la facción “caste-
llana”, por lo que, desde la corte, estos ministros castellanos iniciaron una ardua
persecución contra los superiores de la Orden más fieles al general Aquaviva, pues
veían en las reformas internas de este General una paulatina pérdida del control
hispano sobre la Compañía. En consecuencia, durante la década de los 80 del siglo
XVI, coincidiendo con el fortalecimiento de los miembros del partido “castellano”
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Capítulo IV
dell’educazione e delle istituzioni scolastiche 5 (1998), pp. 135-164; W. SOTO ARTUÑEDO, S.J.:
“La Ratio studiorum: la pedagogía de la compañía de Jesús”, Proyección 46 (1999), pp. 259-
276; G. M. ANSELMI: “Per un’archeologia della Ratio”, en G. P. BRIZZI (ed.): La “Ratio
Studiorum”: Modelli culturali e pratiche educative dei Gesuiti in Italia tra Cinque e Seicento,
Roma: Bulzoni, 1981, pp. 11-42; M. HINZ, R. RIGHI y D. ZARDIN (eds.): I gesuiti e la Ratio
studiorum, op. cit.
55 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1935, XXI, pp. 154-155.
56 Los padres Marcén, Labata y Ripalda eran aragoneses, prefiriendo Aquaviva a los
superiores de los territorios periféricos por provocar menos problemas a la hora de administrar
en la Monarquía hispana una provincia o un colegio pues se sentían muco menos enraizados a
lo castellano, y dependían menos de la corte madrileña.
57 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 3ª, Caja I: Relación de lo que hay en la Inquisición
de Valladolid contra los Teatinos.
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58 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 3ª, Caja I: Relación de lo que hay en la Inquisición
de Valladolid contra los Teatinos.
59 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 1ª, Inquisición, Leg. 36, Caja XVI: Relación
escrita por el P. Francisco Porres, del caso de los PP. Antonio Marcén y Francisco Labata
para N. P. General. Madrid, 5 de abril de 1586.
60 Ibidem: Carta del General al Provincial de Castilla, 14 de junio de 1588.
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Capítulo IV
Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de Inquisidor.
– Profesión como
Dionisio Vázquez – El Gobierno por en otras religiones
6
(Castilla) confesiones – Comisario en España
– Capítulo General
que vayan todos
61AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 1ª, Inquisición, Leg. 36, Caja XVI: Carta del
General al Provincial de Castilla, 14 de junio de 1588.
62 AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 19ª, Leg. 13, 19, Caja III-bis: Instrucción al
Obispo de Cartagena de lo que había de guardar en la visita.
63 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “En busca de la ortodoxia: el Inquisidor General Diego de
Espinosa”, op. cit., pp. 189-228. También J. GARCÍA ORO: “Conventualismo y observancia.
La reforma de las órdenes religiosas en los siglos XV y XVI”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.
(dir.): Historia de la Iglesia en España, III/1º: La Iglesia en la España de los siglos XV y XVI,
Madrid: BAC, 1979, pp. 211-350.
64AHPTSI: Fondo Astrain, Subcarpeta 19ª, Leg. 13, 19, Caja III-bis: Copia de los
memoriales para la Instrucción al Obispo de Cartagena de lo que había de guardar en la visita.
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Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de Inquisidor
Gonzalo González – Independencia de Roma
3 – Elección de Superiores
(Castilla) por lejanía
canónica
– Que no quiten el recurso
Manuel López – Visita de Inquisidor
3 al Sto. Oficio, persiguen
(Castilla) – Comisario español
a los que acuden a él
– Visita de Inquisidor
– General no perpetuo.
Enrique Enríquez – La facilidad – Elección canónica
3
(Castilla) en el despedir de Superiores.
– Licencia para tomar
la Bula de la Cruzada
– Visita de Inquisidor
– Freno en el despedir
Juan Osorio – Mal tratamiento de – Comisario español
5
(Castilla) Superiores a inferiores – Bula de la Cruzada
– Que no gobierne
Marcén ni otros
– Visita de Inquisidor
Gaspar Sánchez – Elección de Superiores – Remedio en el despedir
2
(Toledo) al gusto del General – Hacer profesión como
en las otras religiones
– Visita
Alonso Gómez – El Gobierno
1 – Comisario General
(Toledo) por confesiones
– Bula de la Cruzada
– Visita de Inquisidor
Gregorio Vázquez
– Poca experiencia – Comisario español
y de Ribera 2
de General – Profesiones a 2 años
(Toledo)
– General no perpetuo
– Visita de Inquisidor,
Francisco Abreo – Poca verdad con poder para mudanza
3
(Castilla) en informaciones – Comisario General
– Bula de la Cruzada
– Visita Secreta
Moreno – Mal tratamiento
2 – Comisario general
(Castilla) a los doctos
– Bula de la Cruzada
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Capítulo IV
Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de extranjero
con potestad
Alonso Polanco – Meterse en
4 – Comisario General
(Castilla) jurisdicciones ajenas
– Elección canónica
de Superiores
– Visita.
– Comisario General
Francisco – Elección de Superiores
– Profesión como
Portocarrero 5 conforme a gusto
otras religiones
(Toledo) del Provincial
– Elección canónica
de Superiores
– Poca seguridad – Visita
Francisco Vázquez
1 del que acude – Comisario General
(Castilla)
al Sto. Oficio – Cambiar el gobierno
– Visita de Inquisidor
– Libertad en el recurso
Miguel de Medina – Mala forma de elección al Sto. Oficio
2
(Castilla) de Superiores – Perdón de las faltas
– Gobierno de limpios
– Comisario General
– Visita
José San Julián – Usurpan jurisdicciones – Profesiones como
6
(Castilla) al Sto. Oficio otras religiones
– No maltratados
– Visita de Inquisidor
– Poca seguridad
Juan Vallés – Bula de Cruzada
1 de los que acuden
(Castilla) – Comisario General
al Sto. Oficio
– Recurso al Sto. Oficio
– Visita de Inquisidor
– Comisario General
Incógnito 3 – Gobierno de Confesiones – Bula de Cruzada
– Profesiones como
otras religiones
– Visita de extranjero
– Elección canónica
Incógnito 3 – Mal uso del poder de Superiores
– Profesiones como
otras religiones
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Memoriales
Nombre Descontento o Queja Peticiones
Enviados
– Visita de extranjero
Incógnito 1 – Mal gobierno – Comisario general
– Gobierno no en Roma
– Visita de Inquisidor
“Los que bien – Mal tratamiento
3 con potestad
sienten” de los Superiores
– Comisario general
– Visita de Inquisidor
“Communitas
3 – Facilidad en despedir – Comisario general
Professa”
– Congregación General
– Otras dirá
“Comunidad Toda” 3 – Visita de Inquisidor
cuando sea preguntado
– Visita de Extranjero
secreta
– Superiores que sigan
El Dr. Pedro Ruiz órdenes de Consultores
3 – Falsas informaciones
(Toledo) – Mayor cuenta en el dinero
– Comisario General
– Capítulo General
que vayan profesos
– Visita con potestad
– Bula de la Cruzada
El Dr. Gaspar – Gobierno sin tener – Reconocer Constituciones
Valpedrosa 2 en cuenta la honra y privilegios
(Castilla) de los súbditos – Comisario General
– Otras dirá
siendo preguntado
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Capítulo IV
182
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del entorno del príncipe, que apoyaban la causa romana, tan destacados como el
Marqués de Velada 71 o el Marqués de Almazán 72.
Junto a la actuación de ministros y nobles “papistas”, destacó la presión que
ejercieron sobre el rey importantes miembros de la familia real como la Empe-
ratriz María 73, hermana de Felipe II, y su hijo el archiduque Alberto. El 27 de
diciembre de 1588, Aquaviva escribía a Alberto lo siguiente:
(…) Espero que el oficio que Vuestra Alteza ha hecho con Su Magestad será
de effecto para nuestros negocios, y que enterado Su Magestad de la verdad con
que la Compañía procura proceder, perderá la falsa opinión que con siniestras
informaciones le han puesto, y holgará de hacernos la merced que en lo demás
nos ha hecho 74.
71 ARSI: Hisp. 74-75, f. 27r. Carta del General al Marqués de Velada, 30 de noviembre
de 1587.
72 Ibidem, f. 26v. Carta del General al Marqués de Almazán, 30 de noviembre de 1587.
73 La reina de Hungría y Bohemia fue siempre una gran protectora de la Compañía de
Jesús, tanto era así, que fundó el Colegio Imperial de Madrid (AHPTSI, Fondo Astrain,
Subcarpeta 2ª, Leg. 37, Caja XVI-bis, Carta nº 60: Del P. Aquaviva a la Emperatriz, 15 de
octubre de 1588).
74 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2ª, Leg. 37, Caja XVI-bis, Carta nº 67: El P.
Aquaviva al cardenal Alberto, 27 de diciembre de 1588.
75 La acusación era que Manrique había sido hijo ilegítimo y que él era padre, a su vez,
de tres hijos ilegítimos.
76 S. MOSTACCIO: “Gerarchie dell’obbedienza e contrasti istituzionali nella Compagnia
di Gesù all’epoca di Sisto V”, Rivista di Storia del cristianesimo 1 (2004), pp. 109-127; S.
GIORDANO: “Sisto V”, Enciclopedia dei papi, Roma, 2000, III, pp. 202-222.
183
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Capítulo IV
de una visita inquisitorial, acabó siendo una mera visita, a principios de 1589,
realizada por tres jesuitas propuestos por el general Aquaviva. Los elegidos para
este encargo fueron los mismos que trataron de evitar a toda costa que Manrique
reformara la Orden, estos eran, el P. Gil González Dávila, visitador de las dos
provincias castellanas, el P. José de Acosta, visitador de Andalucía y Aragón, y
por último, el P. Pedro de Fonseca, quien visitaría Portugal. Tal y como relataba
el P. Ribadeneyra en su Historia de la Compañía, los tres jesuitas habían sido ele-
gidos por Aquaviva “a gusto de su Magestad”, enviándole instrucciones para
“que hablasen al Rey, y supiesen de su Magestad, si en aquella visita mandava
advertirles alguna cosa de su servicio”. Finalmente los visitadores hicieron:
con todo cuydado su officio, y con esto parecía que aquel negocio tan reñido,
y porfiado de la visita por persona de fuera la Compañía, se avia sossegado y
acabado a buen fin 77.
Ciertamente, la visita de los tres padres supuso una nueva victoria del go-
bierno de Aquaviva, pues no cambiaron en nada sustancial al Instituto, por lo
que la transformación de la Compañía pudo continuar su camino sin demasiados
problemas 78.
Tras el éxito conseguido, Aquaviva quiso agradecer por carta el apoyo a aque-
llos ministros del rey, integrantes del partido “papista”, que apoyaron su causa.
En concreto a Juan de Idiáquez por:
la particular merced que la Compañía y yo hemos recevido de Vuestra Señoria,
alcanzando por su medio tal respuesta de Su Magestad, como fue dar licencia
que la Compañia fuese visitada por personas de ella mesma 79,
España y parte de las del Perú y Nueva España y Filipinas, escrita por el padre Pedro de Ribadeneyra
de la misma Compañía. En la qual no pudo poner la ultima mano por averle atajado la muerte a
los 22 de septiembre de 1611, Madrid, f. 165v. (ARSI: Hisp. 94).
78 M. FOIS, S.I.: “Il generale dei gesuiti Claudio Acquaviva (1581-1615), i sommi
pontefici e la difesa dell’istituto ignaziano”, Archivum Historiae Pontificiae 40 (2002), pp.
199-233.
79AHPTSI, Fondo Astrain. Subcarpeta 2ª, Lg. 37, Caja XVI-bis, carta nº 76: De
Aquaviva a D. Juan de Idiáquez, del Consejo de Estado de S. M., 15 de mayo de 1589.
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sé que no ha sido Vuestra Señoría la menor parte, sino que como tan christiano
y zeloso del bien común, en esto nos ha dado la mano como lo hace en todo lo
demás que á la Compañia toca 80.
80 AHPTSI, Fondo Astrain. Subcarpeta 2ª, Lg. 37, Caja XVI-bis, carta nº 75: De
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Capítulo IV
pedir que “Su Majestad mande al General haya Congregación General” 83. Esta
vez, Aquaviva no pudo negarse pues fue el propio Pontífice quien se lo ordenó a
instancias de su consultor jesuita, el P. Francisco de Toledo –que apoyaba al grupo
de jesuitas reformadores italianos–, y del P. José de Acosta. Este último jesuita,
había viajado a Roma como enviado del monarca con la intención de persuadir a
Clemente VIII de la necesidad de reunir Congregación. Y es que Acosta, supo ga-
narse la confianza de Felipe II desde que fue misionero en el Perú, apoyando en
todo momento las iniciativas del virrey, Francisco de Toledo, para imponer el con-
fesionalismo del Rey Prudente, y llegando, incluso, en 1575, a ser consultor del
Santo Oficio 84. Poco tiempo después le llegó su nombramiento como provincial
de Perú 85. Probablemente, cuando el P. Acosta residía en las Indias, éste no era
consciente de la transformación que estaba experimentando la Compañía bajo el
impulso del general Aquaviva. Ni tampoco conocería, o no le afectaría de igual
manera, los enfrentamientos que dichas reformas de la Compañía estaban gene-
rando en las provincias castellanas. De este modo, el P. Acosta explicaría años
más tarde en su Descargo lo que se encontró en su regreso a la Península:
Luego que vuelto de las Indias a fin del año ochenta y siete pasé por las
provincias de España y vi los movimientos e inquietud de muchos, y que del
primer espíritu y caridad y simplicidad que yo había conocido en la Compañía
se había mudado tanto que verdaderamente me parecía que no era aquella que
yo había dejado diecisiete años había, sino otra de muy diferente trato 86.
83 AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, subcarpeta 7ª: Memorial original del
P. Fco. de Abreo (1591).
84 R. LEVILLIER: Don Francisco de Toledo, supremo organizador del Perú, Madrid: Espasa
Calpe, 1935, pp. 77-79.
85 L. LOPETEGUI: “Padre José de Acosta (1540-1600). Datos cronológicos”, AHSI 9
(1940), pp. 121-131.
86 Citado por J. CARRACIDO: El P. José de Acosta y su importancia en la Literatura
Científica Española, Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1899, p. 50.
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para los padres Gagliardi, Maffei, Giustiniani y Palmio para que le entregaran a Gregorio XIII
un memorial en contra de la forma de gobernar de Mercuriano (R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I.:
Storia del Collegio Romano..., op. cit., p. 79).
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Capítulo IV
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ellos, y que lo mesmo se hará de los que dieren, hasta que sea tiempo de enviarlos
al Duque de Sessa, para que los presente de parte del Rey á la Congregación (…)
García de Loaysa dijo á Sebastián Hernández, hablándole de las cosas, que nos
andábamos matando y congojando, sin porqué, que tuviésemos buen ánimo, que
todo lo posible estaba hecho a favor de la Compañía. Y que todo sucedería bien.
Esto mismo dijo el Conde de Chinchón á Sebastián y lo que se sigue.
Por tanto, no cabía duda de que era un momento propicio para celebrar una Con-
gregación extraordinaria que sería favorable al General y a la dependencia de la
Compañía al Papado. Con todo, durante los meses previos a su convocatoria, Aqua-
viva se dedicó a mover los hilos desde Roma para que el Instituto, de ninguna manera,
saliera perjudicado. Una vez asegurado que el monarca hispano no interferiría
en el desarrollo de las sesiones, Aquaviva se dispuso a evitar la presencia de los je-
suitas descontentos en la Congregación. Para ello contó con el apoyo de los provin-
ciales y rectores más fieles a su gobierno, quienes acudieron a la reunión, o bien,
eligieron a aquellos jesuitas partidarios del General. Por lo que los jesuitas castellanos
se lamentaban al afirmar que Aquaviva para la Congregación extraordinaria:
ha procurado que sus aliados de España (a los que les hizo él Superiores y dio
officios honrosos) y no otros, vayan elegidos a esta Congregación General, y que
estos procurasen (como lo han procurado en Castilla) que nadie ose dezir los
daños que se han experimentado del mal gobierno del General 93.
Con todo, Aquaviva cuidó hasta el último detalle, asegurándose de que los
superiores que participasen en la Congregación, además de ser sus aliados, fuesen
a su vez, del agrado del monarca hispano:
92 AHTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI, Subcarpenta 1ª, Inquisición, Leg. 36:
Carta del P. Hernando de Lucero a N. P., era cifrada, Madrid, 11 de septiembre de 1593.
93 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 12ª, Caja I: Carta del P. Enrique Enríquez al
Consejo de la Inquisición, Salamanca, 21 de mayo de 1593.
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Capítulo IV
Faltaban, por tanto, unos meses para que Aquaviva atara bien todos los cabos y
convocara a los jesuitas a la asamblea extraordinaria. Así, la 5ª Congregación Ge-
neral abría sus puertas el 3 de noviembre de 1593. En ella, estaba previsto debatir
94 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 27ª, Caja III-bis: Primer Memorial del P.
Alonso Sánchez para Su Magestad de seis puntos graves de nuestras cosas. Abril de 1592.
95 Algunas instrucciones de Aquaviva en Cartas Selectas de los padres Generales a los
padres y hermanos de la Compañía de Jesús, Imprenta privada: 1917.
96 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 27ª, Caja III-bis. Algunos puntos de los cuales
el P. Alonso Sanchez ha de tratar con Su Majestad y con los demás que en su Corte y fuera
de ella fuere necesario. En Roma, 4 de abril de 1592.
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una serie de temas, mezcla de las exigencias de los memorialistas, los “castellanos”,
los inquisidores, el cardenal Toledo y el monarca hispano:
Los artículos que quieren proponer en la Congregación (…) son:
1. Revocación de los privilegios que ha pedido el Santo Oficio.
2. Renunciación de mayorazgos y beneficios (…)
3. Que se den profesiones con igualdad, no admitiendo á unos y excluyendo
á otros y no al cabo de tantos años (…)
4. Moderación en el despedir, castigar primero a los delincuentes (…)
5. Que no se carguen los Colegios de censos (…)
6. Comisario general para España é Indias (…)
7. Que ya que sea el General perpetuo, cada 6 años haya Congregación
General que revea el gobierno del General y pueda mudarle (…)
8. Que los Asistentes se muden cada 6 años (…)
9. Otro orden en las Congregaciones Provinciales, que no se junten tantos
y que tengan más potestad para ordenar las cosas de cada Provincia.
10. Que los Superiores den cuenta de sus oficios (...) 97.
De los diez puntos que debían debatirse, cabe decir, que los ocho últimos
temas fueron despachados entre los días 3 y 13 de diciembre de 1593, con una
negativa unánime y rotunda por parte de los congregados. De modo que las que-
jas que afectaban a los memorialistas –profesiones, despedir, comisario, relevo
de General y de Asistentes, más potestad a las Congregaciones Provinciales, etc.–
quedaban ignoradas. Además, durante las sesiones, se decretó la obligación de
castigar a los jesuitas castellanos, autores de los memoriales, y en relación con su
causa, se prohibió a los jesuitas inmiscuirse en asuntos políticos o en cuestiones
seglares 98. Al mismo tiempo que Aquaviva superaba con éxito una pesquisa sobre
su vida y gobierno, fortaleciendo aún más su figura al frente de la Compañía, lo-
grando “el abono del General, y el castigo de los perturbadores” 99. Castigo que
se tradujo en la expulsión de la Compañía de diversos jesuitas molestos de la pro-
vincia de Castilla como Abreo, Bautista Carrillo, Méndez o Diego Hernández.
97 AHTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI, Subcarpenta 1ª, Inquisición, Leg. 36.
Así los enumeraba el visitador P. Gil González Dávila al General en una carta fechada el 25
de marzo de 1593.
98 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 577-605.
99 P. B. ALCÁZAR, S.I.: Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Toledo...,
op. cit., II, pp. 579-612.
191
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Capítulo IV
Más atención le prestó Aquaviva a los dos primeros puntos; el de los mayorazgos
y beneficios por un lado, y el de los privilegios de la Compañía por el otro. Por lo
que Aquaviva señalaba que, sin demora,
hemos casi comenzado la Congregación por los puntos que el Duque de Sesa, de
parte de Su Majestad, hasta ahora nos ha dado, que son los dos de los mayorazgos
y beneficios pedidos por las cortes, y la revocación de los tres privilegios tocantes
al Santo Oficio 100.
100 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 585.
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101 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 20ª, Leg. 13, 20, Caja III-bis. Instrucción para
el P. José de Acosta, de parte del General, en octubre de 1588.
102 ARSI: Hisp. 143, f. 183v. Acerca del modo con que la Compañia ofrece al Santo
Officio darle consultores y consentir se revoque el privilegio que ella tiene.
103 AHTSI, Estante 4A, Caja XVI-bis, Subcarpeta 2ª, carta 165: Del P. Francisco de
Porres al General, Madrid 30 de enero de 1593.
193
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Capítulo IV
194
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En cuanto a los jesuitas judíos que formaban parte de la Orden advertía el Ge-
neral que no se debía hacer nada, que no debía existir diferencia entre ellos y el resto
de los miembros y que si había que dar grados u otras prerrogativas que se conce-
diesen según el talento y la virtud de cada uno, sin advertir si es judío o no. Con
respecto a nombrar superiores que fueran de origen judío Aquaviva señalaba que
para evitar ofender a los Inquisidores y ministros castellanos del Rey, convenía tener
más cuidado con ciertos puestos principales, especialmente en los lugares donde
estaban los tribunales inquisitoriales porque era consciente de la vigilancia de estos
tribunales. Por último, en su carta a los provinciales, el General se refería a los nuevos
novicios de la Orden. Según Aquaviva, no se les podía prohibir la entrada a los no-
vicios judíos o de ascendencia judía porque iba en contra de los ideales de la Com-
pañía, pero pedía vigilancia y poner cuidado sobre dos cuestiones: la primera que
no convenía recibir a jóvenes que fueran muy notados, pero ante novicios que:
fuesen personas que tuviesen poca nota y de lexos, o no tan clara, y que sus
parientes, y especialmente si son personas nobles, fuesen honrados y empleados
por el Rey y por sus ministros, el escluyllos sería cosa muy odiosa dura y sugeta
a varios inconvenientes.
107 ARSI: Hisp. 76-77, ff. 6r-6v. “Moderación acerca del recibir gente que tenga raza”.
A los Provinciales de España, febrero o marzo de 1593.
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Capítulo IV
por tanto, de lavar la imagen de la Compañía frente a los que la atacaban, y consi-
dero que nunca estuvo en los planes del General el prohibir la entrada a personas
de otras razas. Por otra parte, la costumbre del Instituto desde su fundación igna-
ciana, siempre fue la de tener las puertas abiertas a los conversos, o descendientes
de otras razas. No obstante, las pretensiones de los inquisidores eran otras; exigían
la limpieza de sangre para la Compañía. Por lo que el 23 de diciembre se impuso
en la Congregación General el decreto por el que se prohibía la entrada a los cris-
tianos nuevos 108. Con todo, la llegada al trono de Felipe III permitió a Aquaviva la
posibilidad de suavizar el decreto en 1608, durante la sexta Congregación General,
limitando la investigación del supuesto candidato a entrar en la Compañía hasta
su quinta generación 109.
En definitiva, con la cesión de los mayorazgos, la renuncia de los privilegios,
y la prohibición de ingreso a personas de origen hebreo y sarraceno, Aquaviva y
los jesuitas fieles a su gobierno buscaron suavizar las tensas relaciones que les
alejaba del partido “castellano” y del Santo Oficio. Con todo, a pesar de las re-
formas castellanas, se puede afirmar que la Congregación extraordinaria, cerrada
el 18 de enero de 1594, fue todo un éxito para Aquaviva, en tanto en cuanto, las
Constituciones y el propio Instituto no sufrieron ninguna alteración, y el General
salió fortalecido y reafirmado en su poder absoluto, acallando a los jesuitas mo-
lestos, con lo que pudo continuar el gobierno de la Compañía dependiente de
Roma sin demasiadas dificultades 110.
108 E. DEL REY, S.I.: “San Ignacio de Loyola y el problema de los cristianos nuevos”,
Razón y Fe 153 (1956), p. 181; T. M. COHEN: “Racial and ethnic minorities in the Society
of Jesus”, en T. WORCESTER (ed.): The Jesuits, Cambridge: Cambridge University Press,
2008, p. 199; P. A. FABRE: “La conversión infinie des conversos: des ‘nouveaux-chrétiens’
dans la Compagnie de Jésus au 16 siècle”, Annales. Histoire, Sciences Sociales 4 (1999), pp.
875-893; F. DE BORJA MEDINA, S.I.: “Precursores de Vieira: Jesuitas andaluces y castellanos
a favor de los cristianos nuevos”, en R. A. MARYKS (ed.): Actas del “Terceiro centenario da
norte do Padre Antonio Vieira”, Braga, 1999, pp. 491-519.
109 A. A. SICROFF: Los estatutos de limpieza de sangre..., op. cit., p. 234; E. JIMÉNEZ
PABLO: “Que por sus pies se avía venido a la pila…: El decreto de limpieza de sangre...”, op.
cit., I, pp. 759-793.
110M. FOIS, S.I.: “Il generale dei gesuiti Claudio Acquaviva...”, op. cit., pp. 199-233;
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La crisis del ‘partido castellano’...”, op. cit., p. 34.
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LA CORRIENTE DESCALZA
Y SU INFLUENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD JESUÍTICA
111 M. RUIZ JURADO, S.I.: “La espiritualidad de la Compañía de Jesús en sus congregaciones
generales”, AHSI 45 (1976), p. 237. En este artículo el autor destaca la preparación del
Directorio de Ejercicios (1591-1599), y las diversas instrucciones e industriae enviadas por
Aquaviva sobre la renovación espiritual de la Compañía; Por su parte, Coemans estudia la
recopilación bajo el generalato de Mercuriano de los seis Directorios de los Ejercicios,
destacando los de Polanco y Mirón, y la carta sobre la oración del P. Aquaviva, fechada el 8 de
mayo de 1590, como broche del proceso evolutivo de la espiritualidad jesuítica (A. COEMANS:
“La lettre du P. Claude Aquaviva sur l’oraison”, Revue d’ascetique et mistique 17 [1936], pp. 313-
321).
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Capítulo IV
una espiritualidad más activa y práctica, cuya oración tenía un objetivo muy defi-
nido; el de servir fundamentalmente para preparar el apostolado (a lo que se llamó
la oración “práctica” de la Compañía) 112. Existían diversas referencias a este tipo
de oración “práctica” en momentos anteriores a Mercuriano, como fue el caso del
tratado sobre la oración escrito por el visitador Jerónimo Nadal 113, fechado en
1561, en el cual se explicaba que “ayudan los gustos espirituales y sentimientos;
mas de manera, que se tomen como medios y no como fines” 114. Sin embargo, no
fue hasta tiempos de Mercuriano y sobre todo de Aquaviva, que en la cúpula de la
Orden se constataba una clara conciencia de la necesidad de organizar, o mejor re-
gular, la dirección espiritual de la Compañía. Prueba de ello fue la preparación de
los Directorios de los Ejercicios (1591-1599) y las diversas instrucciones –la más
destacada la del 8 de mayo de 1590– e industriae enviadas por Aquaviva a los pro-
vinciales, tratando de redirigir la espiritualidad de la Compañía.
Sin duda, este intento de sistematización que caracterizó los generalatos de
Mercuriano y Aquaviva se explicaba, en parte, por los atisbos de reforma que im-
portantes jesuitas hispanos experimentaron durante toda la década de los 70 del
siglo XVI, que tenían una estrecha relación con el surgimiento de la descalcez 115.
El contextualizar dos de los casos más representativos de estos “peligros graves”,
tal y como los definió Guibert, como fueron las oraciones mentales del P. Antonio
Cordeses (1574) y del P. Baltasar Álvarez (1578), permite comprender el grado
de influencia en la espiritualidad de la Compañía de las ramas reformadas de otras
112 I. IPARRAGUIRRE, S.I.: Estilo espiritual jesuítico (1540-1600), Bilbao, 1964, p. 148.
113
M. NICOLAU, S.I.: Jerónimo Nadal S.I. (1507-1580): sus obras y doctrinas espirituales,
Madrid: CSIC, 1949, pp. 144-148.
114 MHSI, Nadal IV, Madrid, 1905, p. 677.
115 J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa
del Rey, op. cit., I, pp. 25-55. Respecto a estas tendencias espirituales que se dieron en
tiempos de Mercuriano, señalaba el P. Guibert en su estudio que:
“el hecho también de recibir en gran número, en una orden muy reciente, y el verse
obligado a poner sin tardanza en puestos de dirección a hombres ya maduros,
muchas veces teólogos ya distinguidos, o sacerdotes que habían ocupado altos
puestos, que en todo caso traían un espíritu con su individualidad y sus tendencias
propias (…) podían ser, sobre todo después de la desaparición de Ignacio, fuente de
graves peligros” (J. DE GUIBERT, S.I.: La espiritualidad de la Compañía de Jesús..., op.
cit., p. 152).
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116 A. BARRADO MANZANO, O.F.M.: “San Pedro de Alcántara en las provincias de San
Gabriel, La Arrábida y San José”, Archivo Ibero Americano 87/88 (Madrid 1962), p. 481;
J. GARCÍA ORO: “Conventualismo y observancia. La reforma de las órdenes religiosas...”, op.
cit., III/1º, pp. 317-340; I. FERNÁNDEZ TERRICABRAS: “Un ejemplo de la politica religiosa de
Felipe II: el intento de reforma de las monjas de la Tercera Orden de San Francisco (1567-
1571)”, en Actas del I Congreso Internacional del monacato femenino en España, Portugal y
América, León: Universidad de León, 1993, II, p. 159.
117 F. BOADO VÁZQUEZ, S.I.: “Baltasar Álvarez S.I. en la historia de la espiritualidad del
siglo XVI”, Miscelánea Comillas 41 (1964), pp. 155-257.
118B. BRAVO, S.I.: “¿El P. Antonio Cordeses, S.I., un caso de iluminismo jesuítico?”, en
San Ignacio de Loyola ayer y hoy, Barcelona, 1958, pp. 530-531.
119 J. L. GONZÁLEZ NOVALÍN: “La inquisición española”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA,
S.I. (dir.): Historia de la Iglesia en España, III-2º: La Iglesia en la España de los siglos XV y XVI,
Madrid: BAC, 1979, pp. 157-159; Á. HUERGA: Predicadores, alumbrados e Inquisición en el
siglo XVI, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1973, pp. 39-93.
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Capítulo IV
120 P. ENDEAN, S.I.: “The strange style of prayer. Mercurian, Cordeses and Álvarez”,
en T. M. MCCOOG, S.J. (ed.): The Mercurian Project..., op. cit., pp. 351-352.
121 I. IPARRAGUIRRE, S.I.: Estilo espiritual jesuítico..., op. cit., p. 161.
122 B. BRAVO, S.I.: “¿El P. Antonio Cordeses, S.I., un caso...”, op. cit., pp. 530-531.
123
ARSI: Lus. 62, f. 73r-v; P. DE LETURIA, S.I.: “Cordeses, Mercuriano, Colegio
Romano y lecturas espirituales de los jesuitas en el siglo XVI”, AHSI 23 (1954), pp. 78-118.
200
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las que destacaba la oposición mostrada por el P. Ramiro, lo que provocó la drás-
tica intervención de Mercuriano 124.
Fechada el 25 de noviembre de 1574, la prohibición de Mercuriano, que co-
rregía los excesos del P. Cordeses, le llegaba de la siguiente forma:
Se juzga conveniente acá, que supuesto que algunas cosas de las que V. R.
toca en su manera de la oración sean buenas; todavía ni el modo, ni algunos
términos que usa, no convienen á nuestro instituto; y asi no se avrá de enseñar
a los nuestros (...) conviene a saber que la meditación nos lleva a la contemplación,
y nos pone en disposición de podernos reposar en la vista, ponderación,
contemplación, sentimiento, afección (…). No ay para que enseñar esto a los
nuestros ni publica, ni privadamente, pues ultra las dichas razones, se han visto
muchos inconvenientes.
Para que a Cordeses le quedase claro la dirección espiritual por la que debían
regirse el conjunto de los miembros que formaban la Compañía, le señalaba:
(…) Y para mejor entender el negocio es necessario mirar con diligencia qual es el
propio fin de nuestro instituto; porque como este no solo mira al consuelo del
entendimiento, o, voluntad particular, mas principalmente a los ministerios y
ejercicios exteriores, en los quales se emplean los suyos para utilidad propia… así
usa de una manera propia, y particular de orar, la qual tiende y se debe conveniente
enderezar al mesmo fin; atento que el instituto de la Compañía con la oración,
meditación, y con otros ejercicios; y experiencias muchas y varias va preparando, y
procurando que los suyos se hagan mas idóneos para los ministerios, los quales se
enderezan para aprovechar al proximo a gloria de Dios Nuestro Señor 125.
124 Analiza todo el año 1574 el P. DUDON, S.I.: “Les idées du P. Antonio Cordeses sur
l’oraison”, Revue d’ascétique et de mystique 12 (1931), pp. 97-115 y 13 (1932) pp. 17-33.
125 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2.1, Caja VIII, 2: Carta del P. Everardo Mercuriano
al P. Cordeses, provincial. 25 de noviembre de 1574.
126 P. ENDEAN, S.I.: “The strange style of prayer...”, op. cit., pp. 351-352.
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Capítulo IV
la otra manera de orar, meditar, y contemplar parece más propia, para los
institutos que por su fin miren solo por si para con Dios, sin dubda desvia
comúnmente, y alexa a los de la Compañía de la operación, y aplicación de
nuestros ministerios (…),
la oración:
no es fin, ni instituto principal mío; como lo es de algunas Religiones, pero es un
instrumento universal de que nos ayudamos con otros execicios a conseguir las
virtudes, y ejercitar nuestros ministerios para el fin de la Compañía 127.
Este hecho puntual, la oración afectiva de Cordeses, se enmarcaba en un contexto
histórico que explicaría el origen de su particular tendencia espiritual, que se re-
monta a su formación en el círculo de Gandía, de donde a él, y a sus compañeros,
les llegó el influjo directo de la mística hispano-franciscana. Y es que, no es desco-
nocido que la reforma franciscana se propagó con gran eficacia por la región levan-
tina, estando siempre unida a la piedad y devoción de la familia de los Borja, duques
de Gandía, quienes promovieron las fundaciones descalzas en sus dominios 128.
127 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2.1, Caja VIII, 2: Carta del P. Everardo
ducal de los Borjas ”, Archivo Ibero-Americano 20 (1960), p. 479; “El monasterio de Santa
Clara de Gandía... (continuación)”, op. cit., pp. 244-249; M. DE CASTRO: “Monasterios
Hispánicos de clarisas desde el siglo XIII al XVI”, Archivo Ibero-Americano 49, núm 193-194
(1989), pp. 79-122; M. RUIZ JURADO, S.I.: “Un caso de profetismo reformista en la
Compañía de Jesús. Gandía 1547-1549”, AHSI 43 (1974), pp. 225-226.
129J. GARCÍA ORO y M. J. PORTELA SILVA: “Los frailes descalzos, la nueva reforma del
Barroco”, AIA 60 (2000), pp. 523-533.
130 A. RISCO: “Los tres primeros confesores de Santa Teresa”, BRAH 80 (1922), pp. 446
y ss.
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Seis años ejerció como director espiritual de la Santa, en los que, como seña-
laba el P. Dalmases, se dio una “afinidad espiritual entre dirigida y director, sobre
todo en materia de oración” 133. El P. Francisco Ribera, discípulo del P. Álvarez,
quien escribió una hagiografía sobre la reformadora, recordaba cómo el P. Álvarez
mostrándole una gran cantidad de libros escritos por contemplativos le dijo:
“Todos estos libros leí yo para entender a Teresa de Jesús” 134.
Por estos años, en los que la Santa proyectaba llevar a cabo su reforma car-
melitana, el jesuita le animó en todo momento ya que:
vio el Padre Baltasar claramente ser aquello lo que Dios quería, y que por medio
de una mujer había de mostrar sus maravillas; y así la dijo, que no había de dudar
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Capítulo IV
135 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., p. 104.
136 E. DE LA MADRE DE DIOS, OCD, y O. STEGGINK, O. Carm. (eds.): Santa Teresa de
Jesús. Obras completas, Madrid: BAC, 1962, p. 137.
137 Similar a la mística, que como él mismo explicaba, consistía en lo siguiente:
“huyendo las almas del ruido de las criaturas, retirarse a lo interior de su corazón para
adorar a Dios en espíritu, como El quiere ser adorado, poniéndose en la presencia suya con
un afecto amoroso, sin tomar alguna figura o composición corporal”, en “Relación acerca del
modo de oración que enseñaba el Venerable Padre Baltasar Álvarez, escrita por él mismo”,
aparece en V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., p. 473.
138 I. ELIZALDE: “Teresa de Jesús y los jesuitas”, en Teresa de Jesús: Estudios histórico-
literarios, Roma, 1983, pp. 151-175: J. A. ZUGASTI: Santa Teresa y la Compañía de Jesús,
Madrid: Razón y Fe, 1914; J. BURRIEZA SÁNCHEZ: “La percepción jesuítica de la mujer
(siglos XVI-XVIII)”, Investigaciones Históricas 25 (2005), p. 105.
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Su modo de orar no sólo se alejaba del pragmatismo enseñado por los Ejercicios,
sino que además corría el riesgo de ser tachado de alumbrado por la Inquisición,
como lo había sido el libro de la Vida de Santa Teresa en los tribunales de Córdoba
y Sevilla, proceso que duró de 1574 a 1579. Probablemente fue el temor a un pro-
ceso inquisitorial el que llevó al General a ordenar, en 1575, la prohibición de leer
libros místicos. Con todo, el problema de la oración del P. Álvarez se agravó a partir
de 1577, en pleno proceso inquisitorial de la reformadora, cuando el provincial de
Castilla, Juan Suárez, y el visitador Diego de Avellaneda, advirtieron al P. Mercu-
riano de que la oración del P. Álvarez era peregrina y peligrosa, expuesta a ilusión
y ajena al espíritu de los Ejercicios 140. La propia monja era consciente de los pro-
blemas que le acarreaba a su confesor jesuita:
Mi confesor, que era un Padre bien santo de la Compañía de Jesús (…) pasólos
harto grandes conmigo de muchas maneras: supe que le decían que se guardase de
mi, no le engañase el demonio con creerme algo de lo que le decía; y traían
ejemplos de otras personas. Todo esto me fatigaba y temía que no había de haber
quien quisiese confesar. Fue provindencia de Dios querer él durar y oirme (…)
que harto pasó conmigo, tres años y más que me confesó con estos trabajos:
139 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., p. 315.
140 J. TARRAGÓ: “La oración de silencio o quietud (activa) del V. P. Baltasar Álvarez, S.I.,
y los Ejercicios”, Manresa 4 (1928), p. 166.
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Capítulo IV
porque en grandes persecuciones que tuve, y cosas hartas que permitía el Señor
me juzgasen mal, y muchas estando sin culpa, con todas venían a él, y era culpado
por mí, estando sin alguna culpa 141.
141 V. P. Luis DE LA PUENTE: Vida del V. P. Baltasar Álvarez..., op. cit., pp. 102-103.
142 La reforma del Carmelo ha sido estudiada minuciosamente por O. STEGGINK: La
reforma del Carmelo español. La visita canónica del General Rubeo y su encuentro con Santa
Teresa (1566-1567), 2ª edición, Ávila: Diputación Provincial de Ávila, 1993.
143 AMAE, Santa Sede, leg. 33/3, f. 82 y f. 92.
144E. MARCHETTI: “La riforma del Carmelo scalzo tra Spagna e Italia”, Dimensioni e
problemi della ricerca storica n. I (2005), p. 66.
145 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 3.4, Método de Oración, ff. 210-212, Caja VIII,
3: Carta al P. Baltasar Álvarez, Avisos del P. Diego de Avellaneda, Visitador, sobre su modo
de Oración peregrina.
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La respuesta del P. Álvarez a las órdenes del visitador, al igual que la del P.
Cordeses, fue la de obedecer a sus superiores. Pero ni mucho menos quedó aquí
zanjada la cuestión. Tras el influjo místico en la oración del P. Álvarez, el General
se propuso enfriar la relación que otros miembros de la Compañía, especialmente
de la provincia de Castilla, mantenían con la reforma carmelitana. El 1 de octubre de
1578 escribía Mercuriano al provincial P. Juan Suárez:
Por otra tengo escripto al visitador, y ahora lo escrivo a V. R., que conviene que
los nuestros suavemente vayan dexando el mucho trato que tienen con las monjas
carmelitas descalças, reduciendo este trato a la manera de nuestro Instituto; y para
la ejecución desto soy cierto no impedirá nada el que V. R. nombra en la suya (el
P. Álvarez) 147.
Meses más tarde, Teresa de Jesús era consciente del alejamiento entre las des-
calzas y la Compañía. En una carta del P. Diego de Avellaneda al P. Mercuriano
señalaba lo siguiente:
(…) Aquí está la Teresa de Jesús, que es la que govierna las descalças, y ha hecho
hartas diligencias para que la vea y se renueve el mucho trato que los nuestros
tenían con ella y con sus monjas; mas, con la gracia divina, con la mayor suavidad
que pueda executaré el orden que V. P. me tiene dado de que no nos empachemos
muchos con ellas. El P. Baltasar Álvarez me dixo una palabra en Valladolid con
calor, por la que entendí que quería que no dexásemos de comunicarlas y tratarlas
como antes 148.
Desde que las carmelitas descalzas fueron sometidas a la autoridad de los cal-
zados por mandato del nuncio Felipe Sega, favorecedor de los calzados, el 16 de
146 F. BOADO VÁZQUEZ, S.I.: “Baltasar Álvarez S.I. en la historia de la espiritualidad ...”,
op. cit., p. 173.
147 ARSI: Cast. 2, f. 20, citado por C. DE DALMASES, S.I.: “Santa Teresa y los
jesuitas...”, op. cit., p. 370: Carta del P. Diego de Avellaneda a Mercuriano. Ávila, 23 de abril
de 1579.
148 ARSI: Hisp. 127, f. 178, citado por C. DE DALMASES, S.I.: “Santa Teresa y los
jesuitas...”, op. cit., p. 369: Carta del P. Diego de Avellaneda a Mercuriano. Ávila, 23 de abril
de 1579.
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Capítulo IV
octubre de 1576, muchas religiosas prefirieron confesarse con jesuitas que con
sus propios superiores, que no las aceptaban 149.
Como se ha podido comprobar a través del análisis de los casos de los padres
Cordeses y Álvarez, el problema que la Curia jesuítica veía en la espiritualidad
de ambos jesuitas era que no obedecían las directrices llegadas de Roma, tal y
como explicaba el P. Diego de Avellaneda al mismo P. Álvarez:
Si alguna dirección con el tiempo se hubiese de dar a los Ejercicios Espirituales
y modo de oración, que esto se ha de enviar de Roma a las provincias y no al revés,
según la regla, que ninguno ha de regir por su cabeza 150.
149 A los pocos años la reforma de la rama masculina del Carmelo fue prosperando, la
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con cuidado sus humillaciones, el ardor de su caridad, y el celo de las almas de que
estaba consumido, no salgan impacientes y soberbios como eran antes. Por lo
demás este cuidado de hacer práctica la oración es común a todos los religiosos, y
deben tenerle todos los que se dan a la contemplación 152.
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Capítulo IV
persona a Roma en 1597– de la necesidad de fundar una rama descalza al igual que
el resto de institutos religiosos tenían la suya, no fue escuchado por Aquaviva,
que no veía con buenos ojos ninguna separación dada la juventud de la Orden. En-
tonces Pacheco decidió acudir directamente al Pontífice, que se encontraba en Fe-
rrara, el cual le dio oídos a su proyecto, con la condición de que los cardenales César
Baronio y Niño de Guevara examinaran detenidamente su intención. Al enterarse
Aquaviva de lo ocurrido a sus espaldas, temió que éstos dieran por bueno su intento
de crear una rama descalza, sobre todo por parte de César Baronio, confesor de
Clemente VIII y discípulo directo de Felipe Neri, que defendía una espiritualidad
más radical. Fue en este momento cuando el interés suscitado por fundar una rama
descalza de la Compañía, dejó al descubierto la sintonía espiritual entre la descalcez
hispana y el espíritu del Oratorio. No obstante, el cardenal Baronio no tuvo tiempo
de examinar el proyecto debido a la rápida actuación del General. Inmediatamente,
Aquaviva escribió una carta al cardenal Baronio para asegurarle que la Compañía
pretendía lo mismo que Pacheco, pero por vías “più sicure e ordinarie” 155, desacre-
ditando a Pacheco, al que definía como desobediente y rebelde. Finalmente, Aqua-
viva acabó por convencer a ambos cardenales, frustrando el proyecto del jesuita, al
que obligó a que regresara al colegio de Murcia bajo la vigilancia del rector y del
provincial de Toledo. Este hecho, que no tuvo mayor trascendencia, demostró que
una reforma descalza en el interior de la Compañía no tenía cabida en la espiritua-
lidad definida por Aquaviva, pero demostró también el interés de la Curia papal
por el movimiento descalzo 156.
Los tres episodios, tanto el acercamiento del padre Cordeses a la espirituali-
dad franciscana descalza, como el del P. Álvarez a las carmelitas descalzas, y el
intento frustrado por parte del P. Pacheco de fundar una rama descalza de la
Compañía, deben inscribirse en un mismo contexto; la expansión de la reforma
descalza en la Monarquía hispana durante la segunda mitad del siglo XVI 157. Este
210
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158 J. HIDALGO PAREJO: “Reforma carmelitana y reforma trinitaria, Juan de la Cruz y Juan
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CAPÍTULO V
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Capítulo V
escasa influencia del Papado en los asuntos religiosos de los reinos católicos que
estos monarcas gobernaban 2.
2 A. BORROMEO: “La nunciatura di Madrid, la curia romana e la riforma...”, op. cit., pp.
35-63; B. CÁRCELES DE GEA: “El recurso de fuerza en los conflictos...”, op. cit., pp. 11-60.
3 Para comprender la relación de Clemente VIII con la Monarquía Católica de Felipe III
el reciente estudio de M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna. Diplomatici, nobili e religiosi
tra due corti, Roma: Bulzoni, 2010, pp. 93-171; R. DE HINOJOSA: Los despachos de la diplomacia
pontificia en España, Madrid, 1896, I, pp. 347-423.
4 L. SERRANO: Correspondencia diplomática entre España y la Santa Sede durante el
pontificado de S. Pio V, Madrid 1914, IV, pp. 375-376, 522 n. 1.
214
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de Austria. Mientras que en 1579, Antonio Pérez era apresado y la princesa de Éboli
era expulsada de la corte 5. Ippolito adquirió entonces una experiencia que le sirvió
más tarde, ya como Pontífice, para comprender las pugnas de poder en la corte ma-
drileña y captar aquellos personajes más fieles a su servicio, no sólo en el plano es-
piritual sino también en el político. Desde que falleciese Sixto V, en 1590, su nombre
aparecía como posible candidato en los siguientes tres cónclaves (en los que salieron
elegidos Urbano VII, Gregorio XIV e Inocencio IX), no obstante, su apoyo al gran
duque de Toscana y, sobre todo, su reconocido sentimiento filofrancés provocaba
que Felipe II, quien controlaba el voto de los miembros del partido cardenalicio más
fuerte en dichas elecciones pontificias, nunca le apoyase. Tras la fallida elección de
uno de los tres candidatos del monarca español, y el apoyo en secreto del gran duque
de Toscana, Fernando I, llevó a que, finalmente, saliese elegido Clemente VIII el 30
de enero de 1592 6. A partir de entonces, el Pontífice centralizó todos los asuntos
religiosos y políticos de la Iglesia en su persona, derivando trabajo sólo en sus ne-
potes Pietro y Cinzio Aldobrandini 7, lo que llevó a la progresiva transformación,
dentro del gobierno de la Iglesia, de ir desautorizando al Colegio de cardenales reu-
nidos en Consistorio como consejo supremo de los Pontífices. Se trataba entonces,
de acabar de imponer una línea de gobierno que ya se había tomado en pontificados
anteriores, relegando al Consistorio a la mera función de ratificar las decisiones ya
tomadas previamente por el Pontífice, solo o con sus nepotes 8. De ahí la impresión
del embajador veneciano Giovanni Dolfin cuando, en 1598, informaba de que Cle-
mente VIII “tutto vuol sapere, tutto leggere e tutto ordinare” 9.
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Capítulo V
10 M. A. VISCEGLIA: Morte e elezione del papa. Norme, riti e conflitti, Roma: Viella, 2013,
pp. 354-367; M. T. FATTORI: Clemente VIII e il sacro collegio..., op. cit., pp. 69-72; B. BARBICHE:
“L’influence française à la cour pontificale sous le règne de Henri IV”, Mélanges d’archéologie et
d’histoire 77/1 (1965), pp. 277-299; R. DE HINOJOSA: Los despachos de la diplomacia pontificia...,
op. cit., I, pp. 334-336; A. CISTELLINI: “Il cardinale Federico Borromeo, S. Filippo e la
Vallicella”, en Atti dell’Accademia di San Carlo. Inaugurazione del IV anno accademico, Milán,
1981, pp. 91-133.
11 M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna..., op. cit., pp. 79-80.
12 G. COZZI: “Gesuiti e politica sul finire del ‘500. Una mediazione di pace tra Enrico
IV,
Filippo II e la Sede apostolica”, Rivista Storica Italiana 75 (1963), pp. 475-537; R. DE
MAIO: “Alessandro Franceschi e il card. Pierre Gondi nella riconciliazione di Enrico IV”, en
Mélange Eugène Tisserant, Città del Vaticano, 1964, VI, pp. 313-356.
13 B. BARBICHE: “Clément VIII et la France (1592-1605). Principes et réalités dans les
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Mind. The Mentality of an Elite in Early Modern France, Ithaca-Londres: Cornell University
Press, 1988; G. MINOIS: Le confesseur du roi: les directeurs de conscience sous la monarchie
françaíse, París: Fayard, 1988.
15 A. BORROMEO: “Istruzioni generali e corrispondenza ordinaria dei nunzi: obiettivi
prioritari e risultati concreti della politica spagnola di Clemente VIII”, en G. LUTZ (ed.): Das
Papasttum, die Christenheit und die Staaten Europas..., op. cit., pp. 199-233; J. MARTÍNEZ
MILLÁN: “El triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la Monarquía católica...”, op.
cit., I, pp. 549-556.
16 Este cortesano conocía perfectamente el funcionamiento de los asuntos eclesiásticos
y había estrechado relaciones con Roma cuando, en tiempos de Gregorio XIII, fue embajador
de Génova y Venecia. Asimismo, en la corte madrileña no dudó en tratar de solucionar los
problemas jurisdiccionales entre Roma y la Monarquía hispana cuando se ocupó de la
política exterior. De este modo se dirigía a Clemente VIII en 1597:
“Yo no soy el que menos desseo que cessen estas disputas y querria que los ministros
apostolicos y los reales se contuviesen en sus limites, cada uno poniéndose vaya y
contentándose con lo que justas y derechamente les toca, pues assi se debe hazer entre
tal Padre y tal hijo como son Su Santidad y Su Magestad, y esta creo que es la intención
de ambos, mas quanto más lo siento, assi menos puedo dexar de hablar con esta llaneza
y claridad especialmente con V. S., a quien tengo por tan señor y amigo” (ASV, Fondo
Borghese, Serie III, 81a, f. 589v: Carta de don Juan de Idiáquez al nuncio. 28 de
septiembre de 1597).
17 Desde finales del reinado de Felipe II era muy querido en Roma y “reconocido con
gracia particular por la gran devoción que mostraba siempre hacia Su Santidad”, por ello, desde
217
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Capítulo V
mantenían una estrecha relación con Clemente VIII y su nepote Pietro Aldobran-
dini, a los que informaban del devenir de los asuntos políticos de la Monarquía
para que, si lo consideraba oportuno, pudiese intervenir.
Este sistema de gobierno en manos de cortesanos favorecidos por Roma, sufrió
un gran desequilibrio a principios del reinado de Felipe III, debido, fundamental-
mente, al apoyo incondicional que el joven monarca mostraba a su gentilhombre
de cámara, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, desde 1599,
duque de Lerma. Desde su privilegiada posición, Lerma tejió con gran perspi-
cacia su propia red clientelar en la corte madrileña hasta crear a su alrededor una
facción cortesana, que consiguió desbancar a importantes miembros del partido
“papista” 18. De esta manera caían en desgracia destacados cortesanos como don
Cristóbal de Moura 19, el conde de Chinchón 20 o García de Loaysa 21. No obstante,
la Santa Sede se procuraba mantenerlo “afectuoso y obligado, porque se ve, que va creciendo
en autoridad y, con el paso del tiempo, se reducirá en su persona la suma de todas las cosas de
Italia” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 81a, f. 96r-96v: Carta del nuncio al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 8 de febrero de 1595). En tiempos de Felipe II, el conde de Miranda
había desempeñado el cargo de virrey de Nápoles, sin perjudicar a Roma en temas de
jurisdicción, como sí lo habían hecho los virreyes que le precedieron. A su vuelta a Madrid,
continuó favoreciendo a Roma cuando fue nombrado presidente del Consejo de Italia en 1596.
18P. WILLIAMS: “El favorito del rey: Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, V marqués
de Denia y I duque de Lerma”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La
monarquía de Felipe III: La Corte, Madrid: Fundación Mapfre, 2008, III, pp. 185-260.
19 J. SUÁREZ INCLÁN: “Don Cristóbal de Moura, primer marqués de Castel Rodrigo:
1538-1613”, BRAH 39 (1901), pp. 513-523:
“(…) Sólamente acude a los consejos de Estado y Guerra y de Portugal y aunque
trahe la llave de la cámara como solía, ha quedado tan fuera de la casa real que no ha
de gozar del médico y botica que se da a los della” (ASV, Segreteria di Stato Spagna
50, f. 52r. Avisos de Mons. Patriarca Camillo Caetano, nuncio en España, al cardenal
Pietro Aldobrandini. Madrid, 4 de enero de 1599).
20 Luis CABRERA DE CÓRDOBA: Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España
desde 1599 hasta 1614, Madrid: Imprenta de J. Martin Alegría, 1857, p. 568. El alejamiento
del conde de Chinchón en ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 329r-330r: Carta del
nuncio Caetano al cardenal Aldobrandini. Madrid, 21 de octubre de 1598.
21 El nuncio trataba de tranquilizar a la Santa Sede, con la esperanza de que Loaysa
continuase en la corte:
“L’Arcivescovo per li rispetti già scritti ha patito et patisce burrasca, ma se terrà valore
con la dignità et comodità che tiene, ritornerà, et nelle cose ecclesiastiche non lascierà di tener
218
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gran parte” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 329r-330r: Carta del nuncio
Caetano al cardenal Aldobrandini. De Madrid, 21 de octubre de 1598).
J. GOÑI: “García de Loaysa y Girón”, en Diccionario de Historia Eclesiástica de España,
Suplemento I, Madrid, 1987, pp. 432-439; J. MARTÍNEZ MILLÁN y S. FERNÁNDEZ CONTI
(dirs.): La Monarquía de Felipe II..., op. cit., II, 2005, p. 253; A. FEROS: El Duque de Lerma.
Realeza y privanza en la España de Felipe III, Madrid: Marcial Pons, 2002, p. 45; F. NEGREDO
DEL CERRO: “La capilla de palacio a principios del siglo XVII. Otras formas de poder en el
Alcázar madrileño”, Studia Historica. Historia Moderna 28 (2006), pp. 63-86.
22 Con estas palabras se presentaba Lerma a la corte romana:
“Por no cansar y embarazar a V.S.I., he tardado en hazer esto con desear mucho
suplicar a V. S. Illma. me conozca por su verdadero servidor y que con esta satisfacción,
me mande emplear en todas las cosas de servizio de V. S. Illma., a que acudiré con gran
voluntad como tambien lo he dicho al señor nunçio, asegurandole que saldrá bien desta
fiança que hiziere por mi. A Su Santidad besé yo las manos quando estuvo en España
porque soy nieto del padre de Francisco de Borja y fuy a Portugal en su busca”.
El hecho de recordar a su abuelo, el jesuita Francisco de Borja, era un recurso constante en
las cartas que el Duque dirigía a la Curia Papal, consciente del vínculo de unión entre el
Pontífice y la Compañía (ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, ff. 14r-14v: Carta del marqués
de Denia al cardenal Aldobrandini. Madrid, 31 de enero de 1598).
23 ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, f. 87r: Valencia, 20 de febraro de 1599.
24ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f. 166r: El marqués de Denia al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 18 de septiembre de 1598.
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Capítulo V
Salinas, para su hijo Diego Gómez de Sandoval 25, y para su hija, que Roma no
tuvo más remedio que complacer porque, como avisaba el nuncio, Lerma “fa il
tutto” 26, pero a la vez “è molto odiato” en la corte 27. Cuando el nuncio informaba
a Roma de que Lerma se ocuparía exclusivamente de atender al monarca, te-
niendo que dejar la política a otros ministros como Idiáquez y el conde de Mi-
randa, Clemente VIII contestaba aliviado en el margen de la carta con un “Dio lo
voglia” 28.
Roma cedió a numerosas peticiones de Lerma, no obstante, el duque exigía
cada vez más beneficios eclesiásticos, esta vez para su persona. En junio de 1600
provocó la irritación de Clemente VIII al solicitar el patronazgo para su casa de
todos los beneficios del obispado de Valladolid y de Palencia, alegando que la
misma gracia fue concedida al duque de Alba 29, a lo que Roma se negó rotunda-
mente tachando de “exorbitante y repugnante” la petición 30. Por su parte, Lerma
era consciente de que en Roma era muy criticada su actitud y se lamentaba en pa-
lacio de que:
non è punto amato da Sua Beatitudine, et che conferma d’essere disgratiato con Sua
Santità, (...) et che fa Sua Beatitudine tanto conto di lui, come se fosse uno di questi
signori ‘arrinconati’ 31.
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Como se viene explicando, lo más destacado del reinado de Felipe III fue el cam-
bio en las relaciones que la Monarquía mantenía con el Papado, en el que, en el
plano espiritual, tuvieron un papel protagonista las órdenes “descalzas y recoletas”,
quienes sirvieron a los Pontífices (especialmente e Clemente VIII) para transformar
las relaciones de poder con la Monarquía hispana, creando la justificación de su
existencia y convirtiendo a la Monarchia Universalis 35, a la que aspiraban Felipe II
y sus ministros castellanos y que servía para amenazar la influencia del Papado
sobre el mundo, en la Monarchia Catholica 36 que ensalzaba una espiritualidad
32 ASV, Segreteria di Stato Spagna 53, f. 277v: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
221
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Capítulo V
37 Todo este proceso está explicado en detalle en la Introducción del libro de J. MARTÍNEZ
MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I,
pp. 25-55.
38 F. ANTOLÍN: “Observaciones sobre las Constituciones de las carmelitas descalzas
promulgadas en Alcalá de Henares”, Ephemerides Carmeliticae 24 (1973), pp. 291-413; A.
URIBE: “Espiritualidad de la descalcez...”, op. cit., pp. 133-161; F. DE LEJARZA: “Origen de
la descalcez franciscana”, AIA 22 (1962), pp. 15-131.
39 C. VAN WYHE: “Piety and Politics in the Royal Convent of Dicalced carmelite nuns
in Brussels, 1607-1646”, Revue d’histoire ecclésiastique 100 (2005), p. 466.
222
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(1515-1595), París: La Colombe, 1958, pp. XLIV-XLV; A. CISTELLINI: San Filippo Neri.
L’oratorio..., op. cit., I-III; V. FRAJESE: “Tendenze dell’ambiente oratoriano durante il
pontificato di Clemente VIII. Prime considerazione e linee di recerca”, Roma Moderna e
Contemporanea 3 (1995), pp. 57-80.
41 D. BEGGIAO: La visita pastorale di Clemente VIII (1592-1600): Aspetti di reforma post-
Tridentina a Roma, Roma: Librería Editrice Pontificia Università Laterense, 1978, passim.
42 A. CISTELLINI: San Filippo Neri. L’oratorio..., op. cit., II, pp. 890-892; M. T. FATTORI:
mismo lo confiesa al principio de sus bulas” (J. PUJANA: San Juan Bautista de la Concepción...,
op. cit., p. 123); C. DE LA CRUZ: “La reforma teresiana instrumento de la reforma de Trento”,
Monte Carmelo 74 (1966), pp. 311-339. P. S. DE SANTA TERESA, O.C.D.: Historia del Carmen
Descalzo en España, Portugal y América, Burgos: Monte Carmelo, 1937, VIII, pp. 1-33.
223
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Capítulo V
44 Además de importantes figuras para la Historia del Carmelo Descalzo en Italia como
224
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1. Raíz de nuestros daños; la poca comunicación que tienen los superiores con
los súbditos.
2. La demasiada ocupación en lo temporal, y en cumplimientos seglares impide
que no acudan á su oficio.
3. No basta encomendar el cuidado á los Prefectos de cosas espirituales.
4. No se disimulen las faltas aunque sean pequeñas.
5. Que los ministros y sotoministros (son los síndicos) avisen a los superiores
de las faltas de los súbditos.
6. Lo material de los colegios se acomode al recogimiento de los nuestros.
7. Entiendase y practíquese el uso de las penitencias que por falta dellas somos
notados.
8. La grande obligación que tienen los superiores á conceder penitencias á los
súbditos.
9. Es conforme á Nuestro Instituto ayunar por devoción algunos tiempos del
año, y se debe usar.
10. Renuévese el antiguo uso de las mortificaciones exteriores.
11. Sean bien probados los novicios en todas mortificaciones exteriores.
12. Renuévese el antiguo uso de las mortificaciones en los estudiantes.
13. Quien no hiciere su ministerio como debe, “removeatur ab illo”.
14. Remédiese lo que pasa entre los confesores por razón de sus penitentes.
15. Evítese la singularidad en comer y vestir, sino fuere por necesidad.
16. No coman los nuestros con los de fuera.
17. Quítese al Superior la facultad de conceder á los nuestros lo que pretenden
por medio de forasteros.
18. Los superiores lean las cartas de sus súbditos.
19. Los nuestros no salgan ligeramente de casa.
20. Amistades y visitas especialmente de mujeres se eviten.
21. Los Nuestros no se metan en pleitos ni negocios seglares.
22. Los Nuestros no se encarguen de parientes.
23. No se permita que los nuestros pidan á seglares dineros ni otras cosas.
24. Ni se admita lo que dan si es cosa curiosa ó inútil.
25. Evitese la curiosidad en el vestir de lana y lino.
26. Remediense los excesos de los Nuestros cuando van camino.
27. No se hallen los Nuestros en fiestas y otras cosas públicas.
28. No se permita que los Nuestros anden por casa vagueando.
29. Mírese cómo se está y se habla en quietes.
30. Los Hermanos Coadjutores sean ayudados con todo cuidado.
31. Los novicios y más los antiguos tienen necesidad de dirección y ayuda espiritual.
32. Toda suerte de sujetos deben ser ayudados por los superiores.
33. Para remediar las faltas se cure la raiz.
34. Que los Provinciales velen sobre los superiores locales.
35. Que los avisen cómo deben cumplir con sus obligaciones.
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Capítulo V
Esta instrucción debía cumplir un doble objetivo: por una parte, silenciar las
críticas de aquellos enemigos de la Compañía que la habían perseguido, como ocu-
rrió durante la ofensiva inquisitorial contra la Compañía llevada a cabo por el par-
tido castellano en décadas anteriores. Esto era evidente ya que la instrucción debía
ser presentada al monarca hispano, como así se hizo, mostrando a una Compañía
unida y recatada en su comportamiento. Por otra parte, era obvio que Clemente
VIII buscaba algo más; la reforma espiritual de la Compañía más acorde con la ra-
dicalidad religiosa que se estaba imponiendo en el resto de órdenes religiosas. Esta
tendencia se puede vislumbrar en la instrucción, en aquellas medidas que se refe-
rían a la vuelta a las mortificaciones exteriores y a un mayor uso de las penitencias.
Al igual que la corriente descalzo-recoleta, los jesuitas consiguieron extenderse
sin dificultad por todo el territorio hispano durante el reinado de Felipe III, consi-
guendo el apoyo de numerosos “papistas” que colaboraron a la hora de fundar nue-
vos colegios. Incluso, diversos miembros de la familia real, especialmente la reina
Margarita de Austria, se convirtieron en fundadores y benefactores de diversas
casas jesuitas, como se analizará más adelante. El mapa de los colegios jesuitas –que
se incluye en el cuadernillo en color– permite analizar la uniformidad territorial
con la que se extendió la Compañía por el territorio hispano, dejando pocos lugares
sin fundar un colegio, un noviciado o una casa profesa, que difería en gran medida
de la expansión descalza focalizada, especialmente, en el territorio castellano.
A partir de 1581, coincidiendo con el generalato de Aquaviva, se establecieron
la mayoría de los colegios jesuitas de las provincias de Andalucía y Aragón. Por el
interés del General en aumentar el número de jesuitas de las provincias periféricas,
quienes se mostraban más fieles a la persona de Aquaviva, y daban menos proble-
mas a la hora de gobernar los colegios. Es preciso recordar las quejas de los jesuitas
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Nº de casas jesuitas
Nº de fundaciones
Provincias fundadas Total
entre 1581-1621
antes de 1581
Andalucía 11 14 25
Toledo 15 8 23
Castilla 16 14 30
Aragón 7 9 16
Total 49 45 94
227
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Capítulo V
centro de poder, que además daba salida a las misiones jesuitas hacia Occidente y
Oriente. Fue, por tanto, durante el generalato de Aquaviva cuando la Compañía se
quiso extender por todo el orbe fundando en la ciudad de Sevilla un total de 7 casas,
donde se preparaban y residían los misioneros jesuitas, frente a otras ciudades an-
daluzas que no contaban con fundaciones jesuitas durante estos años, como era el
caso de Almería.
PIEDAD Y DEVOCIÓN:
LA EDUCACIÓN RELIGIOSA DE MARGARITA DE AUSTRIA
47
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El gobierno central de la Monarquía. La casa real de Felipe
II”,
en C. A. GONZÁLEZ SÁNCHEZ (ed.): Sevilla, Felipe II y la Monarquía hispánica, Sevilla:
Ayuntamiento de Sevilla, 1999, pp. 155-160.
48
ASV, Segreteria di Stato Spagna 38, f. 324r: Carta de García de Loaysa a la secretaría
del Papa. Aranjuez, 5 de junio de 1591.
228
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una disposicion a la obediencia de la Sancta Sede Apostolica tan grande, que todo
lo que oye de Su Beatitud lo reberencia y respecta como obedientissimo hijo.
Asimismo, aseguraba que, por los poderes que se le otorgaban como encargado
de la capilla real y por su cercanía al príncipe Felipe como maestro del joven, lo
único que deseaba es que “este principe salga como le ha menester la Sede Apos-
tólica y los trabajos de estos tiempos” 49. De esta manera, Loaysa, como otros
miembros del partido “papista”, colaboraron desde el entorno del futuro Felipe III
asegurando el futuro de la Monarquía del lado del Papado. Y como no podía ser
de otra manera, los jesuitas jugaron un importante papel en la educación del joven
príncipe 50. En 1595, el jesuita Pedro de Ribadeneyra escribió un tratado dedicado
al joven príncipe, titulado Príncipe christiano, donde señalaba al joven las principales
vías que le llevarían a ser un monarca virtuoso, dentro del marco de los ideales e
intereses católicos, contrarios a los principios políticos del modelo defendido por
Maquiavelo 51. En consonancia con la doctrina de Bellarmino, Ribadeneyra desta-
caba la primacía del poder espiritual del Pontífice sobre el poder temporal de cual-
quier emperador o príncipe cristiano 52. En esta misma línea, influyentes
predicadores de la capilla real, que compartían la espiritualidad radical, como el
jesuita Jerónimo Florencia o el trinitario Hortensio Paravicino, plasmaron la idea
de la dependencia del monarca español al Pontífice en sus sermones 53.
49 ASV, Segreteria di Stato Spagna 38, f. 324r: Carta de García de Loaysa a la secretaría
del Papa. Aranjuez, 5 de junio de 1591.
50H. HÖPFL: Jesuit political thought. The Society of Jesus and the state, c. 1540-1630,
Cambridge: Cambridge University Press, 2004, pp. 84-185.
51 Pedro DE RIBADENEYRA, S.I.: Tratado de la religión y virtudes que debe tener el príncipe
cristiano para gobernar y conservar sus estados, contra lo que Nicolás Maquiavelo y los políticos
deste tiempo enseñan, Barcelona, edición del año 1881, pp. 10-11; R. BIRELEY, S.I.: The
Counter-Reformation Prince. Antimachiavellianism or Catholic Statecraft in Early Modern
Europe, Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1990, pp. 111-135; J. M.
IÑURRITEGUI RODRÍGUEZ: La gracia y la república: el lenguaje político de la teología católica
y “El príncipe cristiano” de Pedro de Ribadeneyra, Madrid: UNED, 1998.
52 P. DE RIBADENEYRA, S.I.: Tratado de la religión y virtudes..., op. cit., pp. 101-103; J.
229
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Capítulo V
Toda esta política religiosa que Roma había desplegado en la corte hispana, que
como se ha podido analizar obtuvo sus frutos en tiempos de Felipe III, fue acompa-
ñada de una actividad igual de intensa en la corte imperial. Roma implantó una re-
ligiosidad radical, valiéndose de los jesuitas y de las Órdenes reformadas, en los
principales miembros de la familia imperial, tratando de suprimir el espíritu de
transigencia política y religiosa que habían mostrado el emperador Maximiliano II
y sus hijos con las distintas confesiones existentes en el Imperio, con el fin de evitar
cualquier alteración social. De esta manera, cuando Felipe II buscó esposa para su
hijo, los agentes de Roma vieron con buenos ojos y propiciaron que el matrimonio
se llevase a cabo con una princesa imperial, que ya practicaría la espiritualidad ra-
dical, muy en conexión con la “descalza” española en la que se había educado el
príncipe Felipe. La candidata elegida fue la archiduquesa Margarita de Austria,
hija de Carlos II de Estiria 54. Su piedad, su extrema devoción, su educación en
manos de la Compañía y su espiritualidad radical asimilada en la corte de Gratz,
la convirtieron en la candidata perfecta 55. La misma espiritualidad era compartida
por el hermano de Margarita, el futuro emperador Fernando II (1578-1637).
La joven Margarita, nacida en Gratz el 25 de diciembre de 1584, recibió una
educación religiosa muy rigurosa, emanada de la propia espiritualidad que pro-
fesaban sus progenitores. Su padre, el archiduque Carlos II de Estiria, había asu-
mido una espiritualidad católica radical frente al ambiente protestante que le
rodeaba, siendo educado por jesuitas 56. Por su parte, su mujer, la archiduquesa
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María de Baviera, quien tomó por confesor al jesuita Juan Reynelio, se empeñó
en que sus hijos compartieran la misma espiritualidad radical, confiando la edu-
cación de su familia a diversos miembros de la Compañía de Jesús 57. Así, el jesuita
belga Bartholomäus Viller, rector en Gratz, se convirtió en el confesor del archi-
duque Fernando desde 1598, a quien acompañó a Viena cuando éste se convirtió
en Emperador. Otro jesuita, Jakob Crusius, de Bamberg, confesó a la archidu-
quesa Anna-Maria desde 1602, y el jesuita belga Marcel Pollarde fue el director
espiritual de la archiduquesa María Cristina. Tal predilección por la Compañía
tenía su fundamento en la excelente relación que la archiduquesa María siempre
mantuvo con el General de la Compañía de Jesús, con quien se carteaba con
frecuencia 58.
Ciertamente, la joven Margarita afirmaba de la Compañía que:
los bienes que yo desde mi niñez della recibí en mi alma son innumerables, y tales
y tantos que yo los estimo en más que no toda la grandeza deste mundo, y me
hallo por obligada de mostrarme quanto yo pudiere madre en lo temporal de los
que a mí me fueron siempre tan fieles padres en lo espiritual 59.
Una vez acordado el enlace entre el príncipe Felipe y Margarita, fue la propia
madre de la joven, la archiduquesa María, quien propuso que su hija tuviese un
fuerte apoyo en la corte hispana y continuase desarrollando allí su religiosidad,
de modo que ordenó que el jesuita Ricardo Haller acompañase a la futura reina 60.
1961, p. 20.
60 Carta del nuncio Portia a Clemente VIII. Gratz, 24 de marzo de 1603:
“Non ha questa Arciduchessa pensiero nè sollecitudine maggiore di quello che concerne
la buona et sicura direttione dei propri figli, et per questo attende anco particolarmente a
mantener la Regina di Spagna figliola, benché lontanta, nè termini della pietà, virtù et
devotione, ne quali è stata gl’anni passati educata, et istruita. Per l’istesso effetto la
medesima Arciduchessa provvedde alla medessima Regina quando ella passò in Spagna,
di confessore di età matura, di prudenza et ottime qualità; et questo fu il Padre Riccardo
Haller, gesuita ch’era stato per innanti rettore nei collegii d’Ingolstatio in Baviera et in
Graz in queste provincie” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 113a, ff. 70r-71r).
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Capítulo V
S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation. Emperor Ferdinand II, William
Lamormaini S. J., and the Formation of Imperial Polity, Chapel Hill: University of North
Carolina Press, 1981, pp. 79 y ss.; L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili,
1941, XXIII, pp. 317-330.
64 C. PÉREZ BUSTAMANTE: Felipe III. Semblanza de un Monarca y Perfiles de una
Privanza, Madrid, 1950, p. 74.
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a la reina durante toda su vida a pesar de que, en las negociaciones previas al en-
lace, se dispuso que la reina debía tener un confesor castellano de la orden fran-
ciscana 65, como advertía por orden expresa de Madrid el embajador español en
la corte austriaca Guillén de San Clemente a la archiduquesa María:
podra llevar un confessor de aqui a España, mas con condición, que se havra de
bolver luego porque a las reynas de España se suele dar alla confessor de tales
calidades como conviene 66.
Desde la corte madrileña, la persona elegida para confesar a la joven reina fue el
franciscano Mateo de Burgos, comisario general de la orden de San Francisco 67.
La documentación vaticana permite ver con claridad, que fue el marqués de Denia,
luego duque de Lerma, la persona que colocó al fraile franciscano como confesor
de la reina, en un intento por tener mayor control sobre la joven. No obstante, Lerma
pronto se percató de la inclinación de la reina hacia su confesor y, sobre todo, de la
insistencia de la archiduquesa María y de la corte de Roma porque el padre Haller
continuase desarrollando su cargo en la corte hispana; por lo que Lerma optó por
intentar ganarse la confianza de la Reina, y agradarla, ejerciendo él mismo de inter-
mediario para que Haller finalmente se quedase junto a la Reina 68, y honrar en la
S.J., and the court of Philip III”, Cuadernos de Historia Moderna 14 (1993), p. 133. Sobre la
función de los confesores de las reinas, M. CHRISTIAN: “Elizabeth’s preachers and the
government of women: defining and correcting a queen”, Sixteenth Century Journal 24
(1993), pp. 561-576; C. VAN WYHE: “Court and Convent: The Infanta Isabella and her
Franciscan Confessor Andrés de Soto”, Sixteenth Century Journal XXXV/2 (2004); J.
LOZANO NAVARRO: “La Compañía de Jesús en el Flandes de los Archiduques. La labor del
Padre Pedro de Bivero junto al poder”, Archivo Teológico Granadino 67 (2004), pp. 91-107;
J. R. NOVO ZABALLOS: “De confesor de la Reina a embajador extraordinario en Roma: La
expulsión de Juan Everardo Nithard”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. RIVERO RODRÍGUEZ
(coords.): Centros de poder italianos..., op. cit., II, pp. 751-836.
66 Citado por M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., p. 134; también
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Capítulo V
el qual ha dias que de su mano me escrivio la merced que en ese particular haría sin
duda a la Compañia y con esta palabra yo estava seguro del suceso que ha tenido, no
es esta sola la merced que nos ha dado ni la ultima que hará a la Compañia. Dios le
guarde muchos años y en todo bien le prospere” (ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium
[1600-1610], f. 10).
69 L. CABRERA DE CÓRDOBA: Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op.
cit., p. 65. El nombramiento como obispo de Pamplona en ASV, Fondo Borghese, Serie III,
130b, f. 125r.
70 M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., pp. 136-137.
71 Sirva como ejemplo de esto, la intervención de Haller con la reina y con su madre,
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En ella, ordenaba que evitasen a toda costa que en la corte o en los colegios se
hablara de procurar otro confesor a la reina que no fuera el P. Haller, porque
sería perjudicial para la reina y para la propia Compañía. A la hora de confesar
a la reina tenía total libertad para actuar porque el General confiaba plenamente
en el P. Haller. Asimismo, si algún jesuita debía tratar algún asunto con la reina
que fuera a través de su confesor, era por tanto, necesario acudir primero al P.
Haller. Por último, debían procurar que el P. Haller tuviera todo lo necesario y
si pedía algún compañero se le ofreciera el más humilde y recatado, para procurar
guardar la imagen del P. Haller en la corte madrileña 72.
Por su parte, el pontífice Clemente VIII solicitó en todo momento la perma-
nencia del P. Haller junto a la reina, por el importante papel que el jesuita podría
jugar en la corte, a favor de los intereses de Roma. Por lo que, al igual que hizo
Aquaviva, y con la misma intención de protegerle, mandaba a los superiores de
Madrid la siguiente instrucción:
Nuestro Padre desde Frascati –Clemente VIII– donde ha seis dias que esta me
ha ordenado que de su parte escriva a Vuestra Reverencia y al P. Francisco de Porres,
rector de Madrid, que Su Paternidad a ambos les encomienda mucho la salud del
P. Ricardo Haller y que para ella se tenga particular cuydado de su aposento,
comida, vestido, y lo demas y porque él siente particular prejuicio del calor. Vuestras
Reverencias, sin escrupulo alguno, le provean de toda la comodidad y preservativos
necesarios y aunque para acudir a su necesidad sea necesaria alguna cosa no
conforme al uso de por alla se le provea, pues en necesidad y en persona tal, no se
debe tener por singularidad, sino por caridad y providencia de los superiores, el
proveersela y ordenarle que la acepte y la use 73.
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Capítulo V
S.I.: Obras escogidas del V. P. Luis de la Puente de la Compañía de Jesús, Madrid: BAE, 1958;
y del mismo autor: “Doctrina mística del V. P. Luis de la Puente (II)”, Estudios eclesiásticos
4/13 (1925), pp. 43-58.
79 M. S. SÁNCHEZ: “Pious and political images of a Habsburg at the court of Philip III
(1598-1621)”, en M. S. SÁNCHEZ y A. SAINT-SAËNS (eds.): Spanish women in the Golden Age.
Images and realities, Westport-London: Greenwood Press, 1996, pp. 91-108.
80 Como ocurrió con fray Luis de Granada, cuando algunas de sus obras fueron
incluidas en los índices inquisitoriales castellanos, mientras que el pontífice Pío IV las aprobó.
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M. INFELISE: I libri proibiti, Roma-Bari: Laterza, 2006, p. 39; A. VILCHEZ DÍAZ: Autores y
anónimos españoles en los índices inquisitoriales, Madrid: Universidad Complutense, 1986; G.
FRAGNITO: Proibito capire. La Chiesa e il volgare nella prima età moderna, Bolonia: Il Mulino,
2005, passim.
81 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “La crisis del ‘partido castellano’...”, op. cit., pp. 11-38.
82 ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff. 283r-283v: Carta del nuncio Caetano al
cardenal Aldobrandini. Barcelona, 1 de julio de 1599.
83 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 544r-544v: Memorial para el P.
Ricardo Haller. Roma, 29 de marzo de 1599.
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Capítulo V
84 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 545r: Del general Aquaviva al P.
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ENEMIGOS DE LERMA:
LA REINA Y EL CÍRCULO DE CONFESORES JESUITAS FIELES A ROMA
Desde el inicio de las negociaciones del matrimonio entre Felipe III y Marga-
rita de Austria, Felipe II era consciente de la importancia de la composición de
los servidores de la casa de la futura Reina 91. Lógicamente, las distintas instancias
de poder intentaban por todos los medios participar o estar representadas en la
casa de la nueva reina a través de dichos oficios. Por ello, Felipe II se encargó de
dar instrucciones a sus embajadores sobre las personas que debían servir en la
jurídica en la historia de España”, Bajo palabra. Revista de filosofía 5 (2010), pp. 321-330.
89 Pedro DE RIBADENEYRA: Flos Sanctorum o libro de las vidas de los Santos, Madrid,
1616, s/f. (BNE, 1/27855).
90 Ibidem.
91 F. LABRADOR ARROYO: “Casa de la reina Margarita”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M.
A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey, op. cit., I, p. 1126.
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Capítulo V
casa 92. En el verano de 1598, Felipe II distribuyó los principales cargos de la casa
de Margarita entre las personas de su confianza. Para entonces, los miembros del
partido “papista” se habían ganado la confianza del anciano monarca. De esta ma-
nera, para los oficios más cercanos a la reina, contó con destacados miembros de
esta facción como don Diego Enríquez de Guzmán 93, V conde de Alba de Liste,
nombrado mayordomo mayor de la Reina, mientras que a don Juan de Idiáquez
le daba el título de caballerizo mayor, que juró el 12 de noviembre de 1598 94. A
doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, casada con don Francisco Tomás de
Borja y Centellas, que había fallecido en 1595, y hermana del condestable de Cas-
tilla Juan Fernández de Velasco, fue nombrada camarera mayor 95. En la corte se
hacían eco de que a la muerte de Felipe II casi “todos los criados que sirvieron al
Rey difunto han señalado para la casa de la Reyna” 96.
A la llegada de la Reina a la corte, el duque de Lerma comprendió que si quería
mantenerse en el poder controlando el acceso al monarca, debía ganarse también
la voluntad de la joven Margarita, por la influencia que ésta podría ejercer sobre
su marido. No sólo eso, sino que además Lerma se preocupó de realizar una redis-
tribución en los oficios de la casa de la Reina, colocando a sus hechuras y familiares,
al mismo tiempo que desbancaba a los cortesanos que favorecían la política de
Roma. En diciembre de 1598 el nuncio apostólico informaba a Roma de los cambios
que el duque de Lerma estaba realizando en los oficiales que servían en la casa de
la Reina:
(...) Hanse nombrado quatro mayordomos para la Reyna, que son el marqués de las
Nabas, el conde de Altamira cuñado del marqués de Denia, y don Pedro Lasso
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Cristóbal de Villalpando: San Ignacio ante el Papa Paulo III, siglo XVIII.
Museo Nacional del Virreinato, Tepozotlán (México)
Ignacio de Loyola y sus compañeros ante Paulo III y sus nepotes, recibiendo la bula
fundacional “Regimini militantis Ecclesiae” el 27 de septiembre de 1540. Es común
representar a Ignacio como un santo en el momento de la fundación de la Compañía.
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Juan José Carpio: Encuentro de San Ignacio con San Felipe Neri, siglo XVII.
Iglesia de San Alberto, Sevilla
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Para la reforma espiritual de la archidiócesis de Milán, Borromeo quiso contar con las tres
órdenes reformadoras que se representan en el cuadro con sus correspondientes hábitos
y sotanas.
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Claudio Aquaviva
(19 febrero 1581-31 enero 1615)
5º Prepósito General de la Compañía de Jesús
Muzio Vitelleschi
(15 noviembre 1615-9 febrero 1645)
6º Prepósito General de la Compañía de Jesús
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Niccoló Betti:
Felipe III y Margarita de Austria casados por Clemente VIII en Ferrara, 1603.
Depósitos de las Galerías, Florencia
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carmelitas descalzos
carmelitas descalzas
Los datos se han obtenido del Ms. 13656: “Fundaciones de los conventos de frailes i monjas”,
ff. 18-20, de la BNE (Madrid)
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Colegio
Casa profesa
Noviciado
Seminario
Residencia
x
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A mediados del siglo XVII se extendieron en las iglesias jesuitas las imágenes de estos dos
santos. En este caso aparece Ignacio a la izquierda, como de costumbre, y Francisco de
Borja a la derecha, sujetando ambos el lema IHS (Iesus Hominum Salvator) por encima
de la bola del mundo. La luz y el punto de fuga se encuentra en el niño Jesús que sostiene
la Sagrada Forma, ensalzando así la Eucaristía. Completan el cuadro la Virgen, el Santo
Padre y el Espíritu Santo por encima de Ignacio. Es preciso resaltar los dos libros que
aparecen en el suelo, por una parte los Ejercicios Espirituales de la Compañía y por otra De
la diferencia entre lo temporal y lo Eterno (1640), del P. Juan Eusebio Nieremberg, cuyos
escritos ensalzaban la unión de la Casa de Austria y la defensa de la Eucaristía.
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Dibujo preparatorio al óleo de Baciccio para el fresco El Triunfo del Santo Nombre de Jesús
en la bóveda de la iglesia del Gesú, en Roma
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Athanasius Kircher, un jesuita que vivió casi toda su vida en Roma, se interesó por las
lenguas orientales y en 1671 publicó su Ars Magna..., un estudio gnomónico con
distintos grabados sobre relojes solares, en el que también aparece este dibujo donde
están representados todos los colegios y casas jesuíticas. En este momento se hablaba de
la conquista espiritual de la Compañía de Jesús en todo el mundo, y este árbol con las
provincias y casas refleja esta expansión cuyo tronco, que sustenta al resto, es la
provincia romana.
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yerno del conde de Orgaz, y a Don Gonçalo Chacón señor de Cassarrubios, al qual
agora han dado título de marqués. Ansimismo han señalado quatro dueñas de honor
o camareras, que son las condesas de Salinas, de Cifuentes, la de Puñoenrostro, y
Tribulcio, y por guardamayor de damas la Señora de Guadalcaçar. También se han
restituido como treinta damas y meninas y aunque se havia dicho las que lo eran de
las Señora Infanta que fuessen sirviendo a Su Alteza, o se retirasen a casa de sus
Padres, Su Magestad ha sido servido restituirlas para que queden con la Reyna,
salvo la Condesa de Uzeda y su hija y otras dos o tres damas que yrán a Flandes.
Han hecho secretario de la Reyna a Juan Ruyz de Velasco 97.
97 ASV, Segreteria di Stato Spagna 49, ff. 383v-384r: Avisos de Madrid, a 14 de diciembre
de 1598.
98 L. CABRERA DE CÓRDOBA: Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España desde
1599 hasta 1614, Salamanca: Junta de Castilla y León, 1998, p. 27.
99 M. S. SÁNCHEZ: “Confession and complicity...”, op. cit., p. 135.
100 Cabrera de Córdoba se hacía eco del siguiente rumor en sus Relaciones:
“dicen que han hecho mayordomos de la Reina a los condes de Priego y don Diego de
Vasconcelos, portugués, y al marqués de las Navas; y al conde de Altamira proveen por
virrey de el Perú, de manera que un cuñado del marqués de Denia estará en Nápoles
–don Fernando Ruiz de Castro, conde de Lemos– y el otro en el Perú, que son las plazas
de mas aprovechamiento y ricas que se les podian dar” (L. CABRERA DE CÓRDOBA:
Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op. cit., p. 36).
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Capítulo V
lo largo de todo el año 1599, el duque de Lerma consiguió al menos una quincena
de nombramientos de damas de la Reina para sus familiares, como por ejemplo, sus
hijas, doña Catalina de la Cerda y Sandoval 101, doña Juana de Sandoval 102 y doña
Francisca de Sandoval 103. También a sus nueras, doña Luisa de Mendoza, condesa
de Saldaña 104, y doña Mariana de Padilla, hija de los condes de Buendía 105, y a di-
versas sobrinas, como doña Catalina de Sandoval, doña Juana de la Cerda y doña
Isabel de Moscoso 106.
No obstante, el control de Lerma no fue del todo efectivo y la devota opinión
de la Reina cada vez pesaba más sobre el pío monarca, tanto en cuestiones polí-
ticas como religiosas. Por otra parte, desde un principio, la Reina se comportó
como una gran protectora de los cortesanos fieles a Roma, dado que compartían
los mismos intereses en beneficio del Pontífice. Lo que más irritaba a Lerma era
su incapacidad para controlar a la Reina, mientras ésta aumentaba su crédito ante
la Santa Sede, siendo ella la intermediaria de la política que estaba desplegando
Roma en la corte española, lo que le colocaba a él al margen de las relaciones con
el Papado 107.
Margarita representaba entonces el verdadero obstáculo entre el privado y el
monarca, a la que el Duque, por otra parte, era incapaz de agradar 108. La Reina,
contraria al influjo que ejercía Lerma sobre las decisiones del monarca, nunca
corte de Felipe II, Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de
Felipe II y Carlos V, 2001, p. 487.
103 En F. LABRADOR ARROYO: “Apéndice IV: Relación alfabética de criados...”, op. cit.,
II, p. 902.
104 Casada con don Diego Gómez de Sandoval y Rojas, comendador mayor de Calatrava,
hijo del duque de Lerma (A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 185).
105 Casada con don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, I duque de Uceda e hijo del
duque de Lerma (Alonso LÓPEZ DE HARO: Nobiliario genealógico de los reyes y títulos de
España, Madrid, 1622, I, p. 166, y II, p. 209).
106 A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 185.
107
L. FERNÁNDEZ MARTÍN, S.I.: “La marquesa del Valle. Una vida dramática en la
corte de los Austrias”, Hispania 39 (1979), p. 603.
108 Señalaba el nuncio a Roma:
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“(...) Il favor et privanza del marchese di Denia seguita più che mai et con aumento, se bene
dicese che sia con alcun disgusto della Magestà della Regina et con stupor di questa corte per
vedersi che il tutto si governa a sua volontà (…)” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f.
474r: Carta de Pietro Camerino al cardenal Aldobrandini, 15 de agosto de 1599).
109 Esto ocurrió en julio de 1603:
“Si crede che il Rè farà qualch’altra giornata o in Portogallo o a Valenza, et alla Regina
gia l’hanno detto, che saria bene restasse qua, se gli parrà così, et dimandandole il suo parere,
che lei rispondesse, che tutto quello che stà bene a S. M. stà bene a lei, che però desidera che il
Rè si governasse col Consiglio di Stato, dico il Grande, disse la Regina, et non questo piccolino,
che fate hora, intendendo del Duca” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 58, ff. 191r-191v:
Carta del nuncio Ginnasio al cardenal Aldobrandini. Valladolid, 6 de julio de 1603; P.
WILLIAMS: “Lerma, Old Castile and the Traels of Philip III of Spain”, History 239
[1988], pp. 379-397).
110 La duquesa de Gandía se mostraba a Roma con las siguientes palabras, cuando
acudía al enlace de los monarcas:
“Voy favorecidísima de la satisfacion que V.S. muestra de el servicio que haré a la
Reyna, mi señora, en que es sin duda que me desvelarà por cumplir lo que devo y lo
que V.S. me encarga, como obediente hija y sierva suya, cuya beatisima persona guarde
Diso como la christiandad ha menester” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 52, f. 328r:
Génova, 17 de febrero de 1599).
111 “Alla duchessa di Gandia è stato detto dal confessore, in nome del Rè, che se le dà licenza
et che vada a sua casa, et il caso è irrimediabile, nonostante le lacrime et querele della
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Capítulo V
Regina, la quale ultimamente gli haveva presa affitione grande. Le cause non si sanno,
ma si dice che questa signora era inquieta, et come dicono qui bullitiosa et che metteva
la Regina in gelosia. Sono materie muliebri, et di non molta sostanza, et tutto viene che la
duchessa pareva fosse contraria alla fattione del Marchese in occulto. Il suo officio fin qui
non è dato” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff. 465r-467r: 7 de diciembre de
1599).
112 C. PÉREZ BUSTAMANTE: Felipe III. Semblanza de un Monarca..., op. cit., p. 74.
113
ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff. 468r-v: Carta del nuncio al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 14 de diciembre de 1599.
114AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI, Subcarpeta 2ª: Carta del P. Juan de
Sigüenza al General sobre el P. Enrique Enríquez. Madrid, 11 de septiembre de 1593.
115
AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, Subcarpeta 12ª: Carta del P. Enrique
Enríquez al Consejo de la Inquisición. Valladolid, 25 de febrero de 1594.
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116 “(…) Me pareçe que en conçiencia estamos obligados a levantar ese pobre hombre y
a parar la nota que padeçe, a lo que yo creo sin razón ni verdad, por lo qual le nombro
en la carta para rector de salamanca y si otra mejor cosa se huviera de proveer ahora,
se la diera de buena gana” (ARSI: Hisp. 74-75, f.15v: Del General al P. García de
Alarcón. 7 de marzo de 1597).
117 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, ff. 287r-289v: Valladolid, 26 de octubre de 1604.
118 “El P. Hojeda visitador me ha dado cuenta de lo que ha pasado con lo del P. Sigüença
y estimo, como es razón, el haverme V. Exª. favorecido con su carta. Solo crea menester
repetir yo muchas vezes lo mismo, de quan grande sentimiento me causa que de
hombres de la Compañia tenga V. E. el menor disgusto del mundo y ansi, aunque me
avisan que en realidad, de verdad, no tenia el Padre la culpa con las circunstancias
que informaron a V. E., con todo, he holgado y holgaré siempre con la puntualidad que
muchas vezes tengo ordenado, y a V. E. suplico en lo que dice de favorecernos, prosiga
con la misma voluntad” (ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium [1600-1610], f. 8: Carta del
General al duque de Lerma, 27 de abril de 1600).
245
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Capítulo V
valido contra los jesuitas que dirigían espiritualmente a la facción protegida por
Roma, y que además eran fieles colaboradores del gobierno de Aquaviva, según
informaba el propio General de la Orden:
Me han avisado de çierto desgusto que el Marqués de Denia ha tenido con los
Padres Porres, Palma y Sebastián Hernandez, le escrivo la que va con esta, que con
ella y con la que también escrivo al Marqués creo que se aplacará, pero quando
con efecto él gustare de que salgan de Madrid dichos padres serán necessario
sacarlos con efecto, que ellos son tan religosos que primam lo particular de sus
personas al común bien de la Compañia 119.
119 ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium (1588-1600), f. 531v: Carta del general Aquaviva
al P. Esteban de Hojeda, 2 de febrero de 1599.
120
Alonso DE ANDRADE, S.I.: Varones ilustres en Santidad, letras y zelo de las almas de la
Compañía de Jesús, Madrid: Jospeh Fernández de Buendía, 1666, I, p. 592.
121 Cita C. M. ABAD, S.I. (ed.): Obras completas del Padre Luis de la Palma de la Compañía
de Jesús, Madrid: Atlas (BAE), 1961, I, p. XII.
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Efectivamente, desde principios del reinado de Felipe III, muchos jesuitas fue-
ron expulsados de la corte por ser confesores del grupo apartado del poder por el
duque de Lerma y sus hechuras, entre ellos, el P. Luis de la Palma. A pesar de
todos los medios que puso entonces el general Aquaviva para impedir la salida
de estos jesuitas fieles a Roma, la orden de expulsión tuvo que ser ejecutada. No
obstante, tanto el general Aquaviva, como luego el general Vitelleschi, quisieron
que el P. La Palma no se alejara de Madrid, encomendándole puestos relevantes
dentro del gobierno de la Orden 122.
Mientras que los Padres Porres y La Palma continuaron siendo superiores
en Madrid, peor suerte corrió el P. Sebastián Hernández, al ser alejado de Ma-
drid por deseo expreso de Lerma 123. Su expulsión de la corte también está re-
lacionada con su cercanía a diversos miembros de la facción “papista” como el
arzobispo de Toledo, García de Loaysa 124, ya fallecido, o el portuguñes Cristobal
de Moura 125. Un año más tarde, el 26 de junio de 1600, Aquaviva informaba al
122 Muy diferente fue su papel durante el reinado de Felipe IV, cuando volvió a gozar de
la confianza de la nobleza cortesana, hasta tal punto, que el propio Olivares le quiso como
confesor, no obstante, su edad lo impidió. Una vez acabado su segundo rectorado de Alcalá
en 1633, a su vuelta a Madrid:
“le pidio por confesor el Conde-Duque de Olivares, a la sazón en toda su privanza,
juzgando que, así para el bien de su alma como para el peso de los negocios que tenía
entre manos, no podía escoger persona ni de más espíritu ni de mayor consejo” (F.
CERECEDA, S.I.: “Carta necrológica sobre el P. Luis de la Palma”, Manresa 17 [1945],
p. 158).
123 “El P. Sebastián Hernandez está afligido, según me escribe un padre grave, por la
suspensión que V. R. le ha puesto, vea sin rompimiento y desgusto del Marqués de Denia
cómo podrá consolar a ese padre pues es tan fiel a la Compañia y digno de compasión por
tener la melancolia que sabe tiene” (ARSI: Tolet. 5 II, Epp. Generalium [1588-1600], f. 549v:
Del General al P. Esteban de Hojeda, 26 de abril de 1599).
124 El 12 de abril de 1593 escribía Aquaviva a Loaysa sobre el P. Sebastián:
“Estimo en mucho la figura en que V.S. tiene al P. Sebastián Hernández, y la
satisfaction con que escribe de su persona, es bastante para que todos entendamos que
su empleo en esa corte será con el fructo y buenos efectos que V. S. diçe, y bástame a
mi que él en algo pueda servir a V.S. para tenerle por muy bien empleado, que de su
religión y del cuydado y verdad con que nos ayuda en las ocasiones el mesmo save la
satisfaction que yo tengo” (ARSI: Tolet. 5 I, Epp. Generalium [1588-1600], f. 289r-
289v: Carta del general Aquaviva a García de Loaysa, Roma, 12 de abril de 1593).
125 Aquaviva escribía a Cristóbal de Moura en abril de 1592:
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Capítulo V
“Por la particular merced que V.S. hace con su carta al P. Sebastián Hernández nos
obliga a todos a su serviçio, pues con ella muestra los buenos ojos y afición con que mira
y favoreçe las cosas de la Compañia y con toda certeza afirmo que, aunque el testimonio
ha que V. S. da del dicho Padre ha sido de mucho efecto para mas confirmarme en la
buena opinión que yo tengo del, ninguna nueva figura me ha causado de su persona y
acciones, por que le tengo en la misma que V. S. le pinta, ansi por lo que me consta de
las buenas informaciones que del me han dado, como por lo que he experimentado
de los muchos y buenos ofiçios que él ha hecho” (Ibidem, f. 255v: Del general Aquaviva
a Don Cristobal de Moura, Roma, 8 de abril de 1592).
126 ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium [1600-1610], ff. 13-14.
127 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 639.
128 Resulta fundamental H. HÖPFL: Jesuit political thought..., op. cit., pp. 84-185.
129
ASV, Segreteria di Stato Spagna 55, f. 369r: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. De Valladolid, 27 de septiembre de 1602.
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En esta lista faltaría el marqués de Velada cuyos orígenes abulenses y cuya es-
piritualidad descalza le llevó a frecuentar el convento de Alba de Tormes, donde
se reunía con Teresa de Jesús y con la que compartía el mismo director espiritual,
el jesuita Baltasar Álvarez, rector del colegio de Salamanca durante la década de
los 70 del siglo XVI, cuando daba comienzo la reforma de las carmelitas descalzas.
Velada y su confesor jesuita siguieron manteniendo contacto epistolar hasta la
muerte del jesuita en 1580 132. En esta correspondencia, se evidenciaba la espi-
ritualidad del marqués de Velada por medio de las lecturas espirituales que le re-
comendaba su confesor; ejercicios espirituales acordes con las obras de fray Luis
de Granada y del maestro Juan de Ávila, donde la oración mental se situaba en
el centro de la espiritualidad 133.
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Capítulo V
134 ASV, Segreteria di Stato Spagna 54, ff. 92r-92v: Discurso del P. Miguel Vázquez
sobre la visita a los Padres de la Compañía de Jesús. 1601.
135 En ARSI: Hisp. 143, ff. 433v: Respuesta del General al discurso del P. Miguel Vázquez.
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Capítulo V
a la conciencia del príncipe y a las obras pías. Para terminar la instrucción, Aqua-
viva recordaba al confesor la doble misión que debía cumplir; además de servir
espiritualmente al príncipe, debía procurar “siempre de mantener aquel príncipe
aficionado y devoto a la Compañia, y no a la persona propria, porque esta es pes-
tilencia para él y para la religión” 137.
Se trataba, obviamente, de una limpieza de imagen de la Compañía, en tanto en
cuanto, enviaba Aquaviva su instrucción pocos meses después del enfado del duque
de Lerma con la Compañía, pero además, esta instrucción llegó a todas las provincias
extranjeras, no sólo las hispanas, que componían todo el cuerpo de la Compañía,
interesándose especialmente en que fueran leídas delante de los monarcas y minis-
tros de aquellas cortes donde los jesuitas ejercían de confesores. El encargado de
llevar el documento a la corte vallisoletana fue el P. José Cresuelo, de origen inglés,
y fiel servidor de la política de Aquaviva, que tenía encomendado el cuidado de los
colegios ingleses mientras residiera en España. Como agente de dichos colegios, el
P. Cresuelo acudía a la corte, donde se ganó la confianza del monarca Felipe III. De
modo que enviar al P. Cresuelo con la instrucción era parte de la estrategia del Ge-
neral. El 8 de abril de 1602, una vez presentado el reglamento de los confesores ante
la corte vallisoleta, el P. Cresuelo escribía al General explicándole la buena acogida
del duque de Lerma, quien quedaba aliviado por la instrucción, añadiendo que por
fin Aquaviva ponía remedio a los problemas de la Orden 138. No es de extrañar que
137ARSI: Hisp. 86, Epp. Generalium ad Provinciales (Communes) (1602-1680), ff. 7r-
8r: Copia de una latina, mandada 1602. Instrucción para los Confessores de Principes.
138 Señalaba Cresuelo al General:
“(…) La misma hora que recebí la de Vuestra Paternidad fui a buscar el Duque
–de Lerma– (…) Le dixe como Vuestra Paternidad, animado con la promesa del Rey
y de Su Excelencia de ayudarle siempre en la administración de su officio y buen
gobierno de la Compañía, avia puesto mano al remedio de algunas cosas de mucho
servizio de Dios y bien de la Compañía (…) Aviendo ganado atención en él con este
prefacio, y como hecho la cama a lo que queria dezir, comencé a leerle la Instructión
para los Confessores y después de aver passado un pedaço, me pidió que tornasse al
cabo, y la leyesse volviendola en lengua española, y asi hize.
Acabado de leerla, me dixo: Mucho tiempo he tenido grande concepto de la
prudencia y religión del Padre General, pero agora en verdad lo veo con claridad y con
mucha ventaja, pues no he visto en muchos dias papel que más me ha contentado, y en
verdad me llena. Esto y fue discurriendo sobre algunas particularidades. (…) Juzgava
muy necessaria la prevención, y toda ella muy bien y santamente ordenada.
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Capítulo V
los padres de la Compañía de Jesús que ellos avian tratado y conoscian, y segun he
sido informado hizieron elección dellos, y con su autoridad obligaron á los
Superiores a condescender en ello, y quando esto no bastava acudian á Su
Santidad para ello, y se valian de otros medios con poca conveniencia del que
pretendian, y con daño de la Religión (…) Ha parecido resolver que si alguno de
mis ministros quisiere tener cerca de si algun Religioso de la Compañía pida al
Superior que le dé el que fuere mas a propósito, pues como quien mejor conocerá
los subjectos que serva para ello, le dará el que será mas conveniente, sin valerse
para ello de medios de fuera de la Compañía (…) 141.
El monarca hispano quiso que este mandato se extendiese más allá del reino
hispano, especialmente en sus dominios italianos, por lo que informó a los virreyes
de Nápoles y Sicilia (conde de Benavente y duque de Feria respectivamente) con
una carta similar a la anterior 142.
No obstante, hacía tiempo que la Santa Sede controlaba los confesores jesuitas
que acompañaban a los virreyes de Nápoles y de Sicilia y a los gobernadores de
Milán, pues para el Papado resultaba fundamental el control de la conciencia
de aquel que iba a gobernar los territorios italianos, para no obstaculizar los in-
tereses territoriales y jurisdiccionales de los Estados Pontificios. Por ejemplo, en
1603, el conde de Benavente, don Juan Alfonso Pimentel, era nombrado virrey
de Nápoles y le acompañaba por confesor el jesuita José de San Julián, enviando
su aprobación Clemente VIII al nuncio Ginnasio, y añadía además una serie de
órdenes para que el jesuita llevase una buena dirección espiritual del virrey. De
esta manera, Clemente VIII exigía que el confesor jesuita, el P. San Julián, recor-
dase a su penitente que debía ponerse al servicio de la Iglesia y no perjudicar a
141 AHPTSI, Fondo Astrain, Subcarpeta 2ª, Estante 4A, Caja XVII, Carta 53: Del Rey
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143 ASV, Segreteria di Stato Spagna 330, ff.124r-v: Carta del cardenal Aldobrandini al
nuncio Ginnasio. Roma, 8 de octubre de 1602.
144 Todo el modelo cultural que implantó en la sociedad la Ratio en A. QUONDAM: “Il
metronomo classicista”, pp. 379-507, y F. RURALE: “Che sia persona eminente per prudenza e
grazia di conversare”, pp. 43-65, ambos artículos en M. HINZ, R. RIGHI y D. ZARDIN (eds.):
I gesuiti e la Ratio studiorum, op. cit.
145 Cartas selectas de los padres Generales..., op. cit.
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Capítulo V
junto a su hija, la infanta Margarita, y trajo consigo, como paje, a un joven Luis
de Gonzaga primogénito del marqués de Castiglione, Ferrante Gonzaga, quien
entró en la Compañía animado por el confesor de la Emperatriz, el P. Francisco
Antonio. De camino a Madrid, en Lodi, realizó la comitiva una parada para que
la emperatriz María se reuniese con el cardenal Carlos Borromeo, con el que ella
y la infanta Margarita mantuvieron una estrecha relación epistolar hasta la muerte
del cardenal en 1584 146. Durante esos días en Lodi, las crónicas detallan cómo
estas dos mujeres trataron con el cardenal Borromeo la idea que tenía la joven Mar-
garita de profesar como monja, y la respuesta del cardenal animando a la joven a
que continuase con su idea de ser religiosa 147. Además, en dicho encuentro, el car-
denal les regaló unas reliquias para compartir su fervor espiritual con la Emperatriz
y su hija 148.
Una vez en la corte madrileña, María optó por retirarse a las Descalzas Reales
junto a su hija Margarita de la Cruz 149, que profesó como religiosa en el mismo
convento, desde donde continuó ejerciendo presión sobre las decisiones políticas
de su sobrino el monarca Felipe III 150. Las crónicas de la época que tratan de la
Emperatriz, destacaban su imagen piadosa y austera, además de su buena relación
con el Papado y la Compañía de Jesús:
146 En 1580 Carlos Borromeo dio la primera comunión al joven Luis de Gonzaga, y le
aconsejó que se leyera el catecismo de Pío V: “El viaje de la emperatriz María, por Van der
Baken”, en E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales. Estudios históricos, iconográficos y
artísticos, Madrid: Blass, 1917.
147 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, pp. 173-175.
148 Escribía Borromeo a su gran confidente, monseñor Speciani:
“Vi scrissi brevemente la settimana passata da Lodi, dove andai per l’incontro dalla
Imperatrice, et quivi le dissi messa privatamente in casa, et le donai anco certe divotioni, le
quali ella mostrò di aggradir molto” (VBA, F. 60 inf., f. 337v: Carta de Carlo Borromeo
a monseñor Speziano. 12 de octubre de 1581).
149 A. SANZ DE BREMOND Y MAYÁNS y K. M. VILACOBA RAMOS: “Siguiendo el espíritu
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El Santo Papa Pío V oyendo decir sus raras virtudes quando estava en Alemania,
dixo: verdaderamente según lo que a nuestra noticia ha llegado de la rara santidad
desta gran sierva de Dios la Emperatriz María, tenemos suficientes noticias para
tratar de su canonizaçión si fuere Dios servido darnos vida después de la suya. Esto
deçía el Pontífice antes que la Emperatriz viniese a España a dedicar su vida de
servicio de Dios en compañía de las Santas religiosas descalças en el convento que
fundó en Madrid la prinçessa D. Juana su hermana, donde alentada de la divina
graçia vivió más de veinte y dos años. El papa Gregorio XIII no sentía menos desta
Santa Emperatriz y quando supo después de viuda que se venía a España dixo:
verdaderamente temo no venga algún gran castigo del çielo sobre Alemania y
Ungría por ausentarse una tan fuerte columna de la fe como lo es la Emperatriz
María. Fue muy devota del Gran Patriarca de San Francisco y traía siempre su
hábito debajo de las vestiduras reales y siempre se confesó con fraile desta orden, y
fue devotissima del Santíssimo Sacramento y del nombre de Jesús y hiço particulares
honrras y favores a los Padres de la Compañía de Jesús y les comunicava las cossas
más importantes de su alma 151.
Desde que Felipe III contrajo matrimonio, la Emperatriz tuvo especial interés
por la joven Reina, con quien compartía la misma espiritualidad y con la que pro-
curaba pasar el mayor tiempo posible en las Descalzas Reales, por lo que insistió a
Roma para que el Pontífice favoreciese esta relación, permitiendo la entrada de la
Reina, sin restricciones, al convento de clausura 152. A lo que Roma respondió, el
151 BL, Add. Mss. 10,236, ff.97r-97v: Naçimiento, vida y muerte de la emperatriz doña
María infanta de Castilla, hija del emperador Carlos V y hermana del rey don Phelipe II.
152 Informaba el nuncio que:
“La maestà dell’Imperatrice mi ha fatto dire che desidera dal Nostro Signore due
gratie, le quali mi commanda, che ne supplichi V. S. Illma. a nome suo, acciò sia servita
con la sua grande autorità di impetrarle da Sua Santità. Desidera che venendo la Regina
di Spagna a Madrid la Santità Sua le dia licenza, che possa entrare nel monastero delle
Discalze insieme con dodici gentildonne, o signore, et questo ogni volta ch’ella la verrà a
visitare. Di più, che tenendo la maestà dell’Imperatrice alcuni brevi per poter condur seco
dodici gentildonne nel detto monastero delle discalze et temendo di finir presto la vita,
vorria lasciare alcuna consolatione all’infanta donna Margarita, sua figliuola, monaca
del detto monastero, onde desidera che V. S. Illma. le impetri da N. S. la prorogatione di
detta gratia per alcuni mesi a favore delli dodici gentildonne che Sua Maestà vuol condur
seco, che vuol dire a favore di docidi, che si troveranno alla morte sua in suo servitio,
purchè siano di quelle che costumavano entrare con Sua Maestà nel detto monastero, et
questo lo desidera anco con occasione di negotii che si haveranno da trattare, con la detta
infanta da simili signore. A me basta di rappresentare a V. S. Illma il desiderio di Sua
Maestà, che per la sua autorità non ha bisogno di mia intercessione, et sarà servita di farmi
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Capítulo V
22 de febrero de 1599, de manera favorable, con las palabras “en esto será favorecida
por Su Santidad” 153.
De esta manera, Margarita de Austria se fue convirtiendo en la mayor confi-
dente de la Emperatriz y su hija, con quienes pudo comunicarse en alemán a su
llegada a la corte. Pero además, estas tres mujeres representaban los intereses e
ideales de Roma ya que su espíritu religioso sintonizaba con los sectores “des-
calzos” de la Monarquía, protegidos por el Pontífice 154.
Desde el convento de las Descalzas Reales, la Reina y la Emperatriz ejercitaban
su espiritualidad, pero también manejaban diversos asuntos políticos. La fundación
del convento se debe al interés de la reina doña Juana de Austria, hermana de Felipe
II, por introducir en la corte la espiritualidad franciscana descalza. Pero también al
empeño de su confesor, el jesuita P. Francisco de Borja, quien se trajo a varias mu-
jeres de su familia que profesaban en el convento de clarisas descalzas de Gandía,
para la fundación del nuevo cenobio en 1559 155. A finales del siglo XVI, el convento
de las Descalzas Reales de Madrid se había convertido en un fuerte bastión de es-
piritualidad radical, desde el que actuaban las grandes figuras femeninas de la fa-
milia real, lo que explica el interés que siempre mostró el partido “castellano” por
rispondere quanto prima, perchè la Maestà Sua mi fa grande instanza per la risposta.
Bacio a V. S. Illma. le mani con ogni humiltà” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, ff.
33r-33v: Carta del nuncio Caetano al cardenal Aldobrandini. Madrid, 10 de enero de
1599).
153ASV, Segreteria di Stato Spagna 327, f. 31r: Carta del cardenal Pietro Aldobrandini
al nuncio Caetano. Roma, 22 de febrero de 1599.
154 Esta espiritualidad se manifiesta cuando se asentó como reina de la Monarquía
hispana, que impulsó la creación de conventos “descalzos”, en la “Introducción” de J.
MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Casa del Rey,
op. cit., I, pp. 25-55.
155 Ver A. IVARS: “Origen y propagación de las clarisas...”, op. cit., AIA 21 (1924), pp. 390-
410, continuación AIA 23 (1925), pp. 84-108 y conclusión AIA 24 (1925) pp. 99-104; M. E.
MARTÍNEZ DE VEGA y F. MARÍN BARRIGUETE: “La difusión de las clarisas descalzas: la
fundación del Convento de S. Pascual Bailón de Madrid”, en Actas del Congreso Internacional:
Las clarisas en España y Portugal (AIA 54, 1994) Salamanca, 1993, II, pp. 1083-1110; P. León
AMORÓS, O.F.M., “El monasterio de Santa Clara de Gandía... (continuación)”, op. cit., p. 246;
P. Fray Juan CARRILLO: Relación... del Monasterio de las Descalças... de Madrid, op. cit., f. 20v
(BNE, 2/64187).
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controlar el cenobio 156. Visitaba asiduamente las Descalzas Reales la reina Ana, hija
de la emperatriz María y cuarta esposa de Felipe II, que acostumbraba a ir a recogerse
con su tía doña Juana en la clausura del convento 157. Fallecida la princesa Juana
en 1573 y la reina Ana en 1580, fue la emperatriz María de Austria quien hizo de
las Descalzas su residencia, junto con su hija la infanta doña Margarita, quien pro-
fesó la Regla de Santa Clara en su versión descalza con el nombre de Sor Margarita
de la Cruz 158. También las infantas doña Isabel Clara Eugenia y doña Catalina Mi-
caela acudían al convento desde que eran pequeñas, y no dejaron de visitarlo casi a
diario hasta que contrajeron matrimonio 159. La propia Isabel Clara Eugenia conti-
nuó favoreciendo la expansión del movimiento descalzo-recoleto por Flandes, y
cuando enviudó y quedó como gobernadora, decidió tomar el hábito de franciscana
terciaria en el convento de Bruselas 160. Ya en la primera mitad del siglo XVII entraban
en el convento la infanta sor Ana Dorotea de la Concepción y Austria 161, hija del
156 Baste de ejemplo el intento por parte del partido “castellano” de imponer en el
convento la limpieza de sangre a las nuevas profesas, cuyas pesquisas serían valoradas por
Felipe II y sus ministros castellanos, controlando así las mujeres que entraban en el convento,
a lo que la priora y las monjas se negaron rotundamente, consiguiendo que no se aplicara el
mandato real (AGS, Estado, Leg. 163, guarda la documentación referente a este tema de la
limpieza de sangre de 1583. Incluye cartas de la Abadesa de las Descalzas y del General de
la Orden; E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, pp. 151-152).
157 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, p. 138.
158 La biografía de la Emperatriz en Rodrigo MÉNDEZ SILVA: Admirable vida, y heroycas
virtudes de aquel glorioso blasón de España, fragante azucena de la Cesárea Casa de Austria y
supremo timbre en felicidades Augustas de las más celebradas matronas del Orbe, la esclarecida
Emperatriz María, hija del siempre invicto Emperador Carlos V, Madrid: Diego Díaz de la
Carrera, 1655, 59 fols. (RAH. 9/5750).
159 Veáse el artículo de J. L. GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO: “L’educazione devozionale
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Capítulo V
emperador Rodolfo II, y sor Catalina María de Este, hija de los Príncipes de Mó-
dena, nieta de la infanta doña Catalina Micaela y del duque de Saboya 162. A las
que se añadían las numerosas religiosas, damas de las reinas, e hijas de la alta no-
bleza, cuyas familias participaban de la misma espiritualidad 163. Asimismo, se con-
sagraron al monasterio algunas damas de la princesa Juana, de su hermana la
emperatriz María y de la reina Ana de Austria. No obstante, la función política del
cenobio real se acentuó más, desde el momento que la emperatriz María con su
hija la infanta Margarita decidieron formar parte de la vida cotidiana de las monjas,
la primera sin llegar a profesar, la segunda siendo monja que quiso extremar el
rigor de la regla del convento 164.
Es preciso señalar que algunos historiadores han menospreciado la influencia
de estas mujeres, quienes desde su clausura no podrían haber intervenido en la
política de la Monarquía 165. Analizando las visitas de ministros y familiares reales
que recibían la Emperatriz y su hija en el convento, se vislumbra la fuerte cone-
xión que existía entre las Descalzas Reales y la corte, a la vez que era un lugar lo
suficientemente apartado del Alcázar como para tratar con mayor tranquilidad
los negocios relacionados con la política. A menudo, Felipe III, su esposa y los in-
fantes acudían a las Descalzas para estar con la Emperatriz y la infanta. Y, como
no podía ser de otra manera, los ministros protegidos por Roma visitaban a la
Emperatriz dentro del convento, de lo que informaba el mayordomo don Juan de
Borja al duque de Lerma: “El conde de Miranda vino luego a saber de la salud
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Capítulo V
El estar a la sazón el duque indispuesto, quiza de temor que la aguela del rey
entibiaría en Su Magetad lo mucho que le quería, por lo qual procuró y buscó
todas las vías y maneras que supo y pudo para estorvar e impedir tanta
frequentación de vissitas, divertiendo al rey moço con otras cosas. (…) Vueltos a
Madrid de sus bodas el rey y la reyna fueron luego a visitar a la Emperatriz con
que se resucitaron de nuevo los zelos el duque, temiendo que las lecciones que la
nueva reyna oyría de la Emperatriz y de su hija la infanta doña Margarita podrían
ser en perjuicio de su privança. En particular tomó muy mal que las dos primas se
hablassen en alemán, y no pudiéndolo estorvar procuró que por lo menos se viesen
las menos vezes que fuesse possible, lo qualdio no poco cuidado a la Emperatriz,
entendiendo que no avía de parar en bien de su nieto 170.
170
Valladolid, 1 de enero de 1606 (F. LABRADOR ARROYO [ed.]: Diario de Hans
Khevenhüller..., op. cit., pp. 618-619).
171La emperatriz María acostumbraba a reunirse con la reina todas las semanas,
teniendo que dar aviso de ello el mayordomo al duque de Lerma: “La Emperatriz quiere yr
mañana a la hora que suele a visitar a la Reyna N. S. mándome que lo aga saber a V. Ex.”
(BL, Add. Mss. 28,422, f. 278r: Don Juan de Borja al duque de Lerma. Madrid, 2 de febrero
de 1600).
172 E. TORMO Y MONZÓ: En las Descalzas Reales..., op. cit., I, p. 198.
262
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Su Magestad –la Reina– supo también disimular el dexar de venir que ni dio a
entender que havia dexado de venir por orden del Rey y assi queda esto muy llano
y la Emperatriz mucho más en no querer sino lo que fuere gusto y servicio de su
nieto (…) A la infanta y a la Abadesa se les a dado a entender quanto conviene
recatarsse mucho en estos tratos y en no pedir a la Emperatriz que pida que vengan
ni la Reyna ni las damas y assi están muy arrepentidas de lo pasado y con grandes
presupuestos de que no les aconteçerá más sin haversseles dicho porqué occassión
se les advierte esto 173.
Unos meses más tarde, la decisión se volvió más drástica; se decidía trasladar la
corte a Valladolid con la excusa de buscar una mayor salubridad en otra ciudad 174,
a pesar de las quejas de numerosos cortesanos 175, no obstante, el duque de Lerma
hacía ya un año que había expresado su “gran deseo de apartarse de Madrid” 176.
Quedaban, por tanto, la Emperatriz y su hija, solas en Madrid, consiguiendo
Lerma romper el estrecho vínculo que unía al monarca con las mismas, y alejando
a toda la corte de la influencia política de las Descalzas Reales, con la consiguiente
tristeza de los cortesanos fieles a Roma como los condes de Miranda:
La Emperatriz queda muy buena gracias a dios y assi lo está la Señora Infanta.
Mi señora la Condessa de Miranda se despidió esta mañana de la Emperatriz con
harta ternura de todos y de aqui tomó el camino de Fuencarral adonde le estava
esperando el conde 177.
173
BL, Add. Mss. 28,423, ff. 306r-306v: Carta de don Juan de Borja al duque de Lerma.
Madrid, 6 de noviembre de 1600.
174 T. EGIDO LÓPEZ: “Valladolid, corte del Rey Felipe III (1601-1606)”, en J. URREA
FERNÁNDEZ (dir.): Valladolid capital de la corte (1601-1606), Valladolid: Cámara de Comercio,
2002, p. 16.
175El nuncio avisaba a Roma de la decisión del monarca de mover toda su corte a
Valladolid a pesar de las quejas de numerosos cortesanos:
“Ha finalmente il Rè risoluto che tutta la corte passi a Vagliadolid, et Sua Maestà partì
di qui hieri per l’Escoriale dove andrà lunedi la Regina et di là andranno a Segovia et altri
luoghi convicini, et a Pasqua si dice starà in Vagliadolid, il che si sente straordinariamente da
tutta la corte per la grande incomodità et spesa che da tutti si farà” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 54, f.32r: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal Aldobrandini. Madrid, 12 de
enero de 1601).
176
ASV, Segreteria di Stato Spagna 50, f. 520r: Carta del nuncio Caetano al cardenal
Aldobrandini. Madrid, 13 de febrero de 1600.
177BL, Add. Mss. 28,423, f. 401r: Carta de Juan de Borja a Lerma. Madrid, 21 de febrero
de 1601.
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Capítulo V
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libremente en el convento de las Descalzas 180. Por su parte, la Santa Sede no opuso
ningún problema a la ida de Jerónimo de Gouvea, dado que en Roma se conocía su
espiritualidad radical y su trayectoria política, cuando había tenido que marcharse
de la corte lisboeta al apoyar los intereses del prior de Crato, durante la Sucesión
portuguesa, al que también apoyó Roma en un principio frente a la hegemonía de
Felipe II 181. Ante la demora y la falta de interés de Lerma, la Emperatriz se vio obli-
gada a escribir ella misma al Pontífice para agilizar los trámites con respecto a su
confesor 182. Como resulta lógico, Roma atendió a las súplicas de la Emperatriz, y
ésta pudo tener por confesor al religioso que ella quería. Con todo, era preciso honrar
a fray Juan de Portocarrero, quien se quedó sin el confesionario de la Emperatriz
ante la negativa de ésta. En mayo de 1602, la Cámara de Castilla propuso al monarca
seis candidatos para elegir al futuro obispo de Almería. Felipe III tuvo que rechazar
a todos y designar al franciscano Juan de Portocarrero para compensarle por el re-
chazo de la Emperatriz. De modo que fray Juan de Portocarrero pasaba al obispado
de Almería, el 29 de julio de 1602, por bula de Clemente VIII, quien atendía a las
peticiones del monarca y, sobre todo, favorecía así la decisión de la Emperatriz 183.
180 “(La Emperatriz) no pide sino que se remita al Papa lo que ella pide y que quando
el Papa no tuviere por causa bastante para dar licencia al obispo –de Ceuta– para
renunciar, la consolación spiritual de Su Magestad que entonces ella desistirá desta
pretensión. Yo confieso a V. Ex. que siento en el alma ver tan puesta a la Emperatriz
en este negocio, porque veo lo que Su Magestad lo siente y lo mucho que a mí me
cuesta el persuadirla de lo contrario. Y assi supplico a V. Ex. mire este negocio con
cuidado porque a mí me le da y a lo menos se dé alguna cosa para que el confessor
que agora tiene se vaya en alguna occassión” (BL, Add. Mss. 28,424, f. 173r-173v:
Don Juan de Borja a Lerma. Madrid, 18 de octubre de 1601).
181 F. LABRADOR ARROYO: La Casa Real en Portugal..., op. cit., p. 294.
182 “Las causas que se an de dar al Papa para que admita la renuncia del obispo de Ceuta:
la principal es la consolación de la Emperatriz que le quiere por su confesor por
conocerle y haberse confesado con él muchas vezes siendo confesor de la infanta y de
las monjas, y para el Papa creo y tengo por cierto que el consuelo de la Emperatriz será
bastante causa, y para más facilitarlo podrá la Emperatriz quando el Rey N. S. escriva
al Papa o de orden a su embajador para que lo pida, escribirle también la Emperatriz
pidiéndoselo al Papa” (BL, Add. Mss. 28,424, f. 105r-105v: Juan de Borja a Lerma.
Madrid, 14 de julio de 1601).
183 Valladolid, 18 de mayo de 1602: “Al confesor de la Emperatriz Fray Juan Puertocarrero
de la Orden de San Francisco, dieron el obispado de Almería”, en L. CABRERA DE CÓRDOBA:
Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España..., op. cit., p. 143; J. LÓPEZ MARTÍN: “Obispos
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Capítulo V
Sin duda, este hecho recuerda al intento del duque de Lerma por designar a la lle-
gada de la Reina un confesor acorde con la ideología e intereses de Lerma, fray
Mateo de Burgos, y de nuevo, esta vez, Lerma no pudo contar con un confesor fiel
a su persona que confesase a la Emperatriz y a su hija en el interior de las Descalzas
Reales.
Un año después de trasladarse la corte a Valladolid, el descontento del monarca
en la nueva ciudad era conocido en toda la corte. En junio de 1602, el nuncio Gin-
nasio informaba a Roma que el monarca no se acostumbraba al nuevo lugar y que
parece “la corte está por volver a Madrid, esto porque no parece que el Rey se
sepa separar de allí” 184. No obstante, la corte continuó en Valladolid durante cuatro
años más por el empeño e interés del duque de Lerma, quien durante este tiempo
multiplicó sus posesiones. Durante esos años, además, acabó por fallecer la empe-
ratriz María en las Descalzas Reales, concretamente el 26 de febrero de 1603, no
obstante, la oposición de la Reina hacia Lerma continuaba e incluso se intensificó
más durante los años que pasaron en Valladolid. Tanto fue así, que Margarita se
preocupó por fundar un convento como el de las Descalzas Reales en la corte va-
llisoletana, también con monjas franciscas descalzas. El convento con su claustro,
iglesia y coro era igual en cuanto estructura y sobriedad al futuro convento de la
Encarnación que, años más tarde, fundaría la Reina en Madrid conectado con el
Alcázar. Con el convento conocido como las “Descalzas Reales de Valladolid”, la
Reina quiso copiar el modelo espiritual de las Descalzas de Madrid, con la misma
conexión con la corte, dada su cercanía al palacio, y con la misma intención de
convertirlo en un centro espiritual, que también sirvió de oposición a Lerma mien-
tras la corte residiera en Valladolid. El convento de las Descalzas Reales de Valla-
dolid hundía sus raíces en 1550, en una primera sede en Villalcázar de Sirga, un
pequeño pueblo por el que pasaba la ruta jacobea en la provincia de Palencia. Dos
años más tarde, la condesa de Osorno decidió trasladar este convento a Valladolid,
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Capítulo V
188 L. AMIGO VÁZQUEZ: “Las devociones del poder regio. El patronato de la Corona y
la Chancillería sobre el Convento de las Descalzas Reales de Valladolid (siglos XVII-XVIII)”,
en La clausura femenina en España: Actas del simposium 1-4 septiembre 2004, San Lorenzo del
Escorial: EDES, II, 2004, p. 1158.
189 El convento quedó asistido durante el siglo XVII por la ayuda económica permanente de
la Corona. Felipe IV se interesaba además por costear los reparos del edificio en 1628, años más
tarde, en 1657, el convento aumentaba su extensión al comprar dos casas más que pertenecían
al regidor de la ciudad, don Fernando de Rojas y Argüelles (J. J. MARTIN GONZÁLEZ y F. J. DE
LA PLAZA SANTIAGO: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid..., op. cit., II, p. 93; L.
AMIGO VÁZQUEZ: “Justicia y piedad en la España moderna. Comportamientos religiosos de la
Real Chancillería de Valladolid”, Hispania Sacra 111 [2003], pp. 85-107).
190El P. Mendoza llegó a la corte vallisoletana más tarde, en julio de 1603, pues permaneció
un tiempo en Nápoles junto a don Francisco de Castro en Nápoles, hijo de los condes de Lemos.
Sobre Mendoza, M. A. VISCEGLIA: Roma papale e Spagna..., op. cit., pp. 197-201.
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191 I. ENCISO: Nobleza, poder y mecenazgo en tiempos de Felipe III: Nápoles y el conde de
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Capítulo V
secretario de la cámara 194, o Pedro Franqueza, secretario del rey 195, sufrieron una
evidente pérdida de poder 196. De los tres, sin duda la marquesa del Valle fue la
más perseguida por la condesa de Lemos. Hasta tal punto, que la propia condesa
difundió por palacio que la Marquesa del Valle y otros dependientes de ella, estaban
tramando conspirar contra el duque de Lerma para removerlo de su privanza. Pa-
rece bastante claro que no existió tal conjura, por lo menos así lo afirmaba la sen-
tencia resuelta años más tarde, lo que sí es cierto es que la llegada de la condesa de
Lemos supuso la caída en desgracia de la marquesa del Valle, quien hasta ese mo-
mento había gozado de gran poder a la sombra de Lerma 197, y que si conservó su
oficio de aya de la infanta unos meses más, hasta su expulsión de la corte en di-
ciembre de 1603, fue por el afecto que le profesaba la Reina, con la que compartía
su predilección por la Compañía:
La Marchesa del Vaglie è data in terra affatto, non ni è chi ne parle, se non la Regina
che le vuole bene perch’è devota dei gesuiti, et alleva l’infanta, –continua la frase en
194 F. CARRASCAL ANTÓN: Don Rodrigo Calderón, entre el poder y la tragedia, Valladolid:
Ayuntamiento de Valladolid, 1997; S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: Rodrigo Calderón, la sombra
del valido, Madrid: Marcial Pons, 2009; M. SÁNCHEZ: The Empress, The Queen and the Nun.
Women and Power at the Court of Philip III of Spain, Baltimore-Londres: The John Hopkins
University Press, 1998, p. 102.
195 J. JUDERÍAS: “Los favoritos de Felipe III: don Pedro de Franqueza, conde de Villalonga
y secretario de estado”, RABM 19 (1908-1909), pp. 307-327.
196
De esto informaba otro agente de la familia Aldobrandini, el jesuita Antonio Cigala,
hermano del anterior enviado:
“La Contessa comincia a tagliar le ali alla marchesa del Vaglie la quale scrive che ha
havuto una burrasca che, o non piglierà buon porto, o resterà molto sdrucita. Don Roderico
Calderon tanto privato del Lerma pure la contessa lo fa scartare e con provvederlo di non so
che officio partirà da Corte. Franqueza si tiene forte, ma Dio gliela mandi buona” (ASV,
Fondo Borghese, Serie III, 7a, f. 233v: Del P. Antonio Cigala al cardenal Aldobrandini.
Junio de 1602).
197 Tanto era así que la emperatriz María le advertía a su nieto Felipe III lo siguiente:
“Vos bien creeréis que ninguno os tendrá la voluntad que yo por las obligaciones
que ay de por medio, y atento esto no puedo dexar de dezir y advertiros que tantas
mudanças en los ministros suenan mal y mucho peor que se diga que la marquessa del
Valle govierna el mundo.” (F. LABRADOR ARROYO [ed.]: Diario de Hans Khevenhüller...,
op. cit., p. 619).
270
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castellano– pero no ai mas papeles, ni negotios, ni ve el duque se non per caso, cosi va il
mondo 198.
y en otra carta añadía: “hoggi ho visitato la signora contessa di Lemos, che l’ho trovata
tutta allegra, et bella per questa partita di Palazzo della marchesa del Valle” 200. En
lugar de la Marquesa se colocó a otra hermana del duque de Lerma y de la con-
desa de Lemos, la condesa de Altamira 201. Seguidamente, junto a la marquesa
del Valle, una vez hecha prisionera por conjura y requisados todos sus papeles
bajo sospecha 202, fueron acusados otros confidentes de ella, muchos de ellos ofi-
ciales de la casa de la ya fallecida Catalina Micaela, duquesa de Saboya, que habían
llegado a la corte hispana en 1599 con el séquito de la Reina, por mediación de la
marquesa 203. Todos ellos formaron un círculo alrededor de la marquesa del Valle,
de la que dependían, y con la que compartían intereses. “Hanno cambiato tutti
gl’italiani che servivano alli principi di Savoia nel viaggio di Valencia”, fueron las
palabras del nuncio al informar a Roma de la gravedad del asunto. Entre los acu-
sados del círculo de Saboya fueron encarceladas doña Ana de Mendoza 204, dama
198 ASV, Fondo Borghese, Serie III, 7a, f. 266v: Del P. Vincenzo Cigala a Aldobrandini.
Valladolid, 23 de agosto de 1602.
199 ASV, Segreteria di Stato Spagna 58, ff. 383v-384r: Valladolid, 30 de diciembre de 1603.
200 Ibidem, f. 312r: Valladolid, 29 de septiembre de 1603.
201 Ibidem, ff. 359r-360r: Aviso de Valladolid, 1 de noviembre de 1603.
202 M. OLIVARI: “La marquesa del Valle: un caso de protagonismo político femenino en
GARDOQUI: “Saboya en la política del duque de Lerma...”, op. cit., pp. 41-60 y del mismo autor:
“La orientación italiana del ducado de Saboya. Primera fase (1603-1604)”, Hispania 33 (1973),
pp. 505-595. En cuanto a la espiritualidad que impuso el duque de Saboya y el apoyo que prestó
a la labor de los jesuitas, P. COZZO: La geografia celeste dei duchi di Savoia. Religione, devozione e
sacralità in uno Stato di etá moderna (secoli XVI-XVII), Bologna: Il Mulino, 2006, pp. 35-62.
204 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, ff. 61v-62r: Avisos de Valladolid, 24 de enero de 1604.
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Capítulo V
205 L. FERNÁNDEZ MARTÍN, S.I.: “La marquesa del Valle. Una vida dramática...”, op.
cit., p. 610. Sobre la corte de Saboya están los estudios de C. STANGO y P. MERLIN: “La corte
de Emanuele Filiberto a Carlo Emanuele I” en G. RICUPERATI (ed.): Storia di Torino, III:
Dalla dominazione francese alla ricomposizione dello Stato (1536-1630), Turín, 1998, pp. 221-
291; R. ORESKO: “The House of Savoy in search for a royal crown in teh seventeenth
century”, en R. ORESKO y G. C. GIBBS (eds.): Royal and Republican Sovereignty in Early
Modern Europe, New York: Cambridge University Press, 1997, pp. 272-350.
206 ASV, Segreteria di Stato Spagna 58, ff. 383v-384r: De Valladolid, 30 de diciembre de
1603.
207 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 22v: De Valladolid, 14 de enero de 1604.
208 F. PÉREZ-MÍNGUEZ: La Condesa de Cautelar, fundadora del convento “Las Carboneras”,
reeditado por I. P. Bueno Ramos y J. Belloso Garrido, Zafra, 2003.
209 L. FERNÁNDEZ MARTÍN, S.I.: “La marquesa del Valle. Una vida dramática...”, op.
cit., p. 612.
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partido “castellano” 210, quienes hicieron llegar las quejas de estos jesuitas al mo-
narca 211. A finales de 1591, viendo el P. Mendoza la dirección que tomaba la Com-
pañía en detrimento de los “castellanos”, pidió su dimisión en la Orden, pero
Aquaviva no se la concedió, prefiriendo simplemente alejarle de Salamanca, para
enviarle a León, tratando así de suavizarle 212. Desde allí, el P. Mendoza continuó
mandando memoriales a la congregación extraordinaria de 1594, en los que exigía
un Comisario español que gobernase las provincias hispanas en nombre del Ge-
neral. En ese mismo año, escribió una defensa del Concilio Iliberitano, De concilio
Illiberitano confirmando libri III 213, dedicada al monarca Felipe II, que le valió el
apoyo de las principales autoridades de los reinos castellanos, reunidos en cortes,
quienes buscaron la aprobación de este tratado ante el pontífice Clemente VIII 214.
210 “Advierta V.R. que los que tienen mal impresionado á S.M. y á otros de sus
ministros, son los inquietos dando por sí memoriales y tambien ayudándose del
confesor del Rey, de Orellana, Avendaño y otros” (AHPTSI, Fondo Astrain, Estante
4A, Caja III-bis., Subcarpeta 27ª).
211 AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja I, Subcarpeta 1ª: Carta y Memorial del P.
Juan Bautista Carrillo al P. Maestro Diego de Chaves, confesor del Rey, acerca de todo lo
que le ha sucedido durante este año.
212 Como el propio General señalaba con respecto a los jesuitas descontentos:
“no se puede dar regla en lo de los conturbantes y inquietos, porque no todos están en
un mesmo grado, algunos sin duda conviene acariciarlos y ganarlos, porque su desgusto
no tiene hondas raizes, y su disposición es tal, desengañados y ayudados fácilmente
volverán al camino. Otros conviene que primero se entienda bien su estado y lo que
quieren, porque quando en esto aya claridad, mi ánimo es ayudar á todos, guardando el
término que pide la disciplina y profesion religiosa” (Carta de Aquaviva al P. Francisco
de Porres, 6 Septiembre 1588. AHPTSI, Fondo Astrain, Estante 4A, Caja XVI-bis,
Subcarpeta 2ª).
213 Existe una copia en la BNCR, manuscrito 68.10.F.1, dedicada a Felipe II.
214 “De pocos años a esta parte han tratado mal algunos la doctrina y religión de un
Concilio que se celebró en Illiberria, ciudad antigua de la Andalucia, de adonde se
pobló la que ahora se llama Granada, que por ser el primero que se celebró en España,
y haver concurrido en el obispos de todas sus provincias y estos tan sanctos y
contemporaneos a los discipulos de los Apostoles, lo han sentido mucho estos Reynos.
Hasta que don Fernando de Mendoza, que assi por su calidad, y ser de casa tan
principal en ellos, como es la del Duque del Infantado, de quien desciende como por
sus muchos y loables estudios es bien conocido, y creemos tendrá dél ya noticia Vuestra
Santidad ha escripto un libro en defensa deste Concilio, (…) para que á el y a estos
Reynos haga Vuestra Santidad merced de mandar se vea la doctrina deste concilio, y si
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Capítulo V
es tan sospechosa y errada, como ha parecido a los que han hablado y hablan mal della,
Vuestra Santidad la mande declarar por tal, y aun siendo necessario quitar el concilio
del numero y tomos dellos. Però si su doctrina es tan catolica y sancta como resulta de
su defensa, y ha parecido a todas las personas graves y doctas destos Reynos, que la han
visto por orden y mandado del Rey Nuestro Señor y de su Consejo, Vuestra Santidad,
como caveza de la Iglesia Catholica y particularmente de las destos Reynos, se sirva de
mandar expedir una bulla en aprobación y confirmación del dicho Concilio. (…) Que
Vuestra Santidad ha de restituyr a estos Reynos la reputación que de su auctoridad y
religión les han injustamente quitado, y esto con tanta gloria de su nombre como
provecho de su Sancta Iglesia” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 81a, f.480r: “Del Reino
de Castilla al Pontifice”. Madrid, 22 de abril de 1595).
215 M. MENÉNDEZ PELAYO: Historia de los heterodoxos españoles, op. cit., I, pp. 96-102; V.
DE LA FUENTE: Historia eclesiástica de España, Barcelona: Librería Religiosa, 1855, I, p. 59.
216 Sobre el concilio de Elvira en S. GONZÁLEZ RIVAS: “Los castigos penitenciales del
concilio de Elvira”, Gregorianum 22 (1941), pp. 191-214; J. SOTOMAYOR MURO: “La Iglesia en
la España Romana”, en R. GARCÍA-VILLOSLADA, S.I. (dir.): Historia de la Iglesia en España, Vol.
1: La Iglesia en la España romana y visigoda (siglos I-VIII), Madrid: BAC, 1979, pp. 81-104.
217 “Su Magestà et questi Regni di Castiglia tornano a suplicar Sua Santità di quello ch’altre
volte ho scritto a Vostra Signoria Illustrissima che si degni di consolare con auttorizare il
Concilio Illeberitano interpretato dal Signor Don Hernando di Mendoza o, con confirmarlo,
o con dichiarare la dottrina sua Catholica et Santa” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 81a, f.
478r: “Del nuncio, patriarca de Alejandría, al cardenal Aldobrandini”. Madrid, 6 de
octubre de 1597).
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Clemente VIII, se determinó por confirmar la defensa del P. Mendoza a finales del
reinado de Felipe II, a través de un breve, no sin antes llevar a cabo las observaciones
y correcciones del cardenal Baronio sobre el mismo.
El continuo traslado del P. Mendoza de un colegio a otro de la provincia cas-
tellana, por mandato del General, acabó en 1597, cuando pasó del colegio de Me-
dina del Campo al de Monforte de Lemos. El hecho de enviarle a este último
colegio, situado en Lugo, evidenciaba la intención de Aquaviva de alejarlo aún
más de las proximidades de la corte, pero con todo, se consiguió el efecto contrario,
pues, al poco tiempo de residir en el colegio gallego, supo sutilmente ganarse la
confianza de don Fernando Ruiz de Castro, VI conde de Lemos y, sobre todo de
su esposa, doña Catalina de Zúñiga, hermana del futuro duque de Lerma, con-
virtiéndose, poco después, en el confesor del matrimonio. Con el nombramiento
del conde de Lemos como virrey de Nápoles en 1599, el P. Mendoza se trasladó
con ellos al nuevo destino. En Nápoles, el virrey anterior, conde de Olivares, se
había entrometido en cuestiones de jurisdicción eclesiástica que habían molestado
al Papado. Aunque el Pontífice había escrito al nuevo virrey, el conde de Lemos,
expresando la esperanza de que fueran respetados los derechos de la Iglesia, el vi-
rrey amenazaba con estorbar el comercio de la ciudad de Benevento, perteneciente
a los Estados Pontificios. En 1600, cuando Lemos fue a Roma para prestar obe-
diencia, le prepararon un gran recibimiento 218, debido, en gran medida, a la in-
tervención del P. Mendoza para que el virrey cambiara de opinión y quitase la
amenaza sobre Benevento 219. A partir de entonces, las muestras de agradeci-
miento por parte de Clemente VIII a los virreyes de Nápoles y a su confesor, se
repitieron con frecuencia, y de este modo continuaron cuando la condesa de
Lemos –fallecido su marido– se trasladó a la corte vallisoletana. Por su parte, el
general Aquaviva no veía con buenos ojos los negocios del P. Mendoza en la corte
virreinal. Incluso envió a un colaborador suyo, el P. Vipera, a que supervisase el
comportamiento del confesor. A pesar de que Aquaviva quería castigarle por no
llevar una vida ejemplar, involucrándose en asuntos seglares, el pontífice Clemente
VIII nunca se lo permitió al General por “razones más altas”. Todavía en 1600 es-
cribía el cardenal nepote, Pietro Aldobrandini, que debido a los favores recibidos
218 I. ENCISO: Nobleza, poder y mecenazgo en tiempos de Felipe III..., op. cit., p. 167.
219 L. PASTOR: Historia de los Papas, Barcelona: Gustavo Gili, 1941, XXIII, pp. 202-203;
también A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, pp. 636-637.
275
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Capítulo V
por la condesa y su confesor, “me siento obligado con nuevos vínculos al Señor
Duque de Lerma” 220. Ciertamente, la ida de la condesa de Lemos a Valladolid,
beneficiaba más que a nadie a su hermano, el duque de Lerma, a quien le resultaba
harto complicado ganarse la confianza de Roma, por más que se mostrase incli-
nado y favorecedor de los asuntos de la Curia 221.
El puesto tan privilegiado que había conseguido alcanzar la condesa de Lemos
hizo concebir esperanzas al padre Fernando de Mendoza de constituirse en el va-
ledor de la Compañía en la corte de Madrid. Sin embargo, la Reina mantuvo como
confesor a otro jesuita, el P. Ricardo Haller, cuya espiritualidad e idea de la Com-
pañía eran bien diferentes a las de Mendoza y estaban más en sintonía con los pro-
yectos que el general Aquaviva tenía sobre la institución. En torno a ambos se
fueron tejiendo una serie de intereses y de facciones cortesanas que mantenían di-
ferentes relaciones con Roma y que, en el fondo, respondían a tendencias y dis-
crepancias pasadas. De esta manera, nada más conocerse la intención de la condesa
de Lemos de traerse a la corte al P. Mendoza, Haller buscó la manera de que se
nombrase otro confesor jesuita para la condesa 222. Todo intento por parte de la
Reina y de su confesor fue frustrado, pues la condesa de Lemos estaba decidida a
esperar la llegada de su confesor jesuita.
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223 J. MARTÍNEZ MILLÁN: “Los problemas de la Compañía de Jesús en la corte de Felipe III:
sobrino del duque de Lerma, y será además quien se encargue de los pleitos que mantiene
Sarria con el embajador de Flandes, don Baltasar de Zúñiga. Existe una carta de Zúñiga al
general de la Orden rogándole que detenga la intromisión del jesuita porque “es tan buen
amigo y tan grato servidor de estos señores que es incorregible en esta parte” recordando al
mismo su afecto y devoción a la Compañía, sin olvidar su procedencia de la casa de los
condes de Monterrey, fundadores del colegio jesuita de Monterrey (ARSI, Hispania 92, f.
67, citada por J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., pp. 126-127;
I. ENCISO: Nobleza, poder y mecenazgo en tiempos de Felipe III..., op. cit.; R. GONZÁLEZ
CUERVA: Baltasar de Zúñiga y la encrucijada de la Monarquía hispana (1599-1622), tesis
doctoral defendida en la Universidad Autónoma de Madrid, 2010, pp. 278-284.
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Capítulo V
podía obtener las mercedes y ayudas que la Iglesia necesitaba en Europa y en otros
continentes 226. Por su parte, al padre Aquaviva no le quedó más remedio que ad-
mitir tal relación, para no ofender a las cortes de Roma ni de Madrid 227. Limitado
en su actuación, el General buscó entonces la colaboración de la facción compuesta
por Margarita de Austria y su confesor para tener controlado al P. Mendoza. El
propio Aquaviva, con gran melancolía, escribía a Haller afirmando en referencia
al Pontífice que, quien “debiera hacernos espaldas, no solamente nos desampara,
sino que tal vez desayuda y desalienta” 228. Por tanto, la colaboración del padre
Haller para conseguir el apoyo y la protección de la Reina fue imprescindible si
Aquaviva quería defenderse de los continuos agravios y desprecios que el P. Men-
doza realizaba a su gobierno y a los superiores fieles al General. En una carta en-
viada a Haller, Aquaviva le agradecía su apoyo y fidelidad, añadiendo sobre la
Reina; “Siento de corazón, los disgustos y trabajos de Ester y no pudeo hacer
otro, que compartirlos” 229. Usando el lenguaje bíblico, del que en numerosas oca-
siones hacían gala los jesuitas en sus cartas, el General solía ocultar, por seguridad,
el nombre de la reina Margarita en su correspondencia con Haller y otros supe-
riores, haciendo un símil de Margarita, como aquella reina de origen judío,
“Ester”, que salvó al pueblo judío del exterminio gracias a su fuerza e intervención
ante el Rey Asuero, al igual que Margarita salvaría a la Compañía en estas difíciles
circunstancias. Resulta sorprendente que, años más tarde, ya fallecida la Reina, al
pintor Jerónimo Cabrera se le encomendara pintar las bóvedas de la antecámara
de la reina Margarita, en cuyo programa iconográfico se narraba la historia de la
reina judía Ester 230.
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Capítulo V
Detrás de la expulsión de estos padres, justificada en las críticas que estos je-
suitas propiciaban a la actuación del duque de Lerma, de su hermana y de su
confesor, se escondían motivos más trascendentales, como era el hecho de que
estos padres habían sido directores espirituales de enemigos de Lerma, de modo
que informaba el nuncio Ginnasio a Roma de que “ha mandado el Duque de
Lerma a llamar a un jesuita llamado Maldonado, predicador famoso, joven, y
muy cercano a la Marchesa del Valle”. Continuaba el nuncio avisando de la ex-
pulsión de otro jesuita, del que también la Marquesa del Valle era “gran amiga
del P. Miguel Vázquez, que fue confesor del cardenal Guevara en Roma” 234.
Efectivamente, el P. Maldonado era confesor de la Marquesa del Valle y también
lo había sido del duque de Lerma hasta la llegada a la corte de la condesa de
Lemos y del P. Mendoza 235. Por su parte, el P. Miguel Vázquez era confesor del
cardenal Fernando Niño de Guevara, que había sido Inquisidor General y arzo-
bispo de Sevilla, y era muy apreciado en Roma.
faltado a mi dever si el negocio se tratara por mano de superiores ordinarios, ellos niegan
constantemente y verdaderamente del P. Hernando siendo tan conocidamente religioso
y prudente, no sé cómo se pueda creer cosa especialmente tan grave que mereciesse esta
demostración de la manera que se ha hecho, lo que más me pesa es que todo el mundo
está clamado que esto ha nacido de casa por la poca caridad y union que hay entre
nosotros. De V.R. muchos dentro y fuera, sienten y aun dizen claramente que ha tenido
mucha mano en ello por sus pretensiones y disgustos passados, y que no han sido tanto
cosas tocantes a essos Señores quanto a V.R. que no tiene paciencia para sufrir la menor
palabra del mundo. Lo que a mi me ha pesado aun más, es que confesando V.R. en la
carta que escribe al P. Asistente haver sido este golpe con mucho daño de nuestra comun
madre, aya passado por ello con muestra de que poco le tocasse y quiça se ha
desmandado con algunos en palabras mas significantes, porque en lo que V.R. dize que
ya conocemos la condicion de la Condessa por esso no a podido mas, los hombres
cuerdos dessearan que hiziera V.R. con essos padres en cosa que toca a la honra de la
Compañía a lo menos lo que hiziera si tocara a la honra de su publica persona, y quien
pide esto, no pide mucho, si lo a hecho V.R. no se vee, en fin el tiempo lo dirá” (ARSI:
Cast. 7 I, Epp. Generalium, [1603-1606], f. 81r: Del General al P. Hernando de
Mendoza. 1604).
234ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, ff. 22v-23r: Carta del nuncio Ginnasio al
cardenal Aldobrandini. De Valladolid, 14 de enero de 1604.
235 El P. Maldonado fue enviado en 1604 al colegio de Cazorla en Jaén, no obstante optó
por pasarse a la orden de San Agustín en 1606 (F. DE BORJA MEDINA: “Blas Valera y la
dialéctica exclusión del otro”, AHSI 68 [1999], p. 262 n. 165).
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236ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 70v: Carta del nuncio Ginnasio al cardenal
Aldobrandini. De Valladolid, 14 de enero de 1604.
237ASV, Fondo Borghese, Serie III, 130c, ff. 281r-282r: Catalina de Zúñiga al Pontífice
Clemente VIII. Valladolid, 5 de septiembre de 1604.
238 Ibidem, ff. 212r-215v: Catalina de Zuñiga al Pontífice. Valladolid, 10 de julio de 1604.
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239 ASV, Fondo Borghese, Serie III, 130c, ff. 281r-282r: Catalina de Zúñiga al Pontífice.
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244 ARSI: Hisp. 78-79, f. 10v: Aquaviva a don Juan de Idiáquez, presidente del Consejo
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Capítulo V
Semejante idea no cabe duda que había sido auspiciada por el padre Mendoza
con el ánimo de que, una vez en la corte, Aquaviva estuviera obligado a admitir
algunas de las cláusulas sobre la organización de la Compañía de acuerdo al pro-
yecto que pretendían imponer los jesuitas castellanos. Tal pretensión se hubiera
llevado a cabo, según escribía el mismo Aquaviva, “si primero Su Magestad no
me asegure que me dejara con mano libre y toda authoridad para hazer lo que
juzgare convenir sin que se me ponga impedimento en la execution” 252. Al no
recibir ninguna garantía por parte del monarca, Aquaviva trató de eludir su visita
a las provincias hispanas excusándose por enfermedad, contando además con el
respaldado de diversos príncipes europeos, todos ellos devotos de la Compañía,
quienes escribieron cartas a Clemente VIII para evitar la visita del P. General a
las provincias hispanas, entre los que se contaban los familiares austriacos de la
Reina 253. El 25 de diciembre de 1605, Aquaviva agradecía al confesor de la Reina, el
P. Haller, su colaboración en esta difícil situación y, más aún, la de la Reina, por
las amenazas de la misma a la condesa 254.
Finalmente, no se llevó a cabo la visita de Aquaviva, debido al fallecimiento de
Clemente VIII el 3 de marzo de 1605. A partir de entonces, una serie de sucesos
encadenados, entre los que se incluye el regreso de la corte a Madrid y la elección
del nuevo pontífice Paulo V, hicieron variar la situación a favor de la facción de la
Reina, en la que el P. Haller hizo suya la causa del General contra el P. Mendoza.
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por culpar al P. Haller de la acritud de la Reina con él, o bien por instigación del P.
Mendoza, emprendió su particular enfrentamiento para alejar a la Reina de su con-
fesor 255. En palabras del jesuita Vincenzo Cigala, confidente de la condesa de
Lemos, el confesor de la reina representaba en la corte “el mayor enemigo que ha
tenido el Duque de Lerma” 256. Los primeros intentos de Lerma por expulsar a
Haller se remontaban a marzo de 1603, cuando la reina Margarita, para tratar de
evitarlo, solicitó a su madre la archiduquesa María que, con gran secretismo, avisara
al Pontífice de lo que estaba tramando Lerma contra su confesor. Con tal inquietud,
escribía el nuncio en Gratz, Portia, a Clemente VIII la siguiente carta:
Hora vien avvisata l’Arciduchessa dalla Regina figliola, et da altri che si sia udito
quivi di una secreta pratica che forse il più principale ministro di Spagna faccia per
levar alla Regina quel confessore, con procurare di persuadere al Re stesso che scriva a
V.B. ne pregandola di comandare al Generale dei Gesuiti, che levi quel padre di Spagna
et l’adopri in Germania, nella qual provincia si caverà maggior profitto dalle virtù et
buone qualità di esso padre, di quello che si possa far in Spagna dove la Regina per haver
acquistata la notitia et l’uso della lingua spagnola si potrebbe valer di confessore di
quella provincia et natione. L’Arciduchessa supplica per tanto V. S. con humilissimo et
efficace affetto, che quando venisse fatta tal istanza ella si degni et resti servita di non
esaudire simil dimanda senza darne almeno avviso a lei come madre 257.
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Capítulo V
solicitó un compañero para que le ayudase en sus tareas cortesanas. A las pocas
semanas de su llegada a la corte, Arceo se vio involucrado en un asunto bastante
turbio, y nada claro, que le valió su expulsión inmediata por orden del duque de
Lerma. El nuncio Ginnasio informaba al cardenal Aldobrandini de este negocio:
Hace muchos días que el Señor Duque de Lerma se duele mucho con lo del
Padre Arceo de la Compañía de Jesús y compañero del confesor de la Reina, que
andaba hablando, e infamando muchos las acciones del Rey y de Su Excelencia 258.
Pero además el nuncio incluía en su carta un sumario que le había dado en mano
el secretario Franqueza, ya por entonces conde deVillalonga, en el que se presentaban
todas las acusaciones que se le imputaban al P. Arceo, con la voluntad de que el nuncio
condenase al jesuita. Parece ser que el compañero de Haller, haciendo uso del len-
guaje bíblico y clásico, había criticado a Felipe III porque no era capaz de tomar una
decisión por sí solo, comparándolo con Roboam, rey de Judá (930-913 a.C), que se-
guía malos consejos, mientras que la condesa de Lemos era tan cruel como Nerón
porque tenía a la Reina subyugada 259. Estas eran las acusaciones contra el P. Arceo
que el P. Luis de las Infantas, confidente del P. Mendoza, enviaba a Roma, al que
más tarde expulsaría Aquaviva por las intrigas que llevó contra Arceo y Haller. El
problema, como informaba el nuncio Ginnasio, era que, a ojos del equipo de Lerma,
Haller era el único responsable; aquél que tiraba la piedra y escondía la mano 260.
258 ASV, Segreteria di Stato Spagna 59, f. 286r: Nuncio a Aldobrandini. De Valladolid,
26 de octubre de 1604.
259 “No era Su Magestad para resolver nada por si, que todo lo havia de remitir, pues no
savia más sin el Duque, que tenemos un Rey que no conoçe lo que haçe. Y
diferenciando el gobierno que agora hay del tiempo del emperador Carlos V y del rey
Don Phelippe II lo compare a la historia de David, Salomón y Roboan, diciendo que
David era Carlos V, Salomón Phelippe II, y Roboan que se governava por gente lo
que era el Rey nuestro señor, y que asi les havia de suceder lo que a Roboan, que por
castigo de Dios perdieron tantas tierras. (…) De la mesma suerte habla de la condessa
de Lemos y un dia dixo que pareçia un Nerón, y era cruelissima mujer que tenía a la
Reyna oprimida, y otras palabas en otras ocasiones. Del Conde de Villalonga, y de Don
Rodrigo Calderón ha dicho mucho mal diciendo, que todo lo destruyen y hechan a
perder” (Ibidem, ff. 288r-289v).
260 “Credono questi signori che l’autor di tutto questo sia il confessore della Regina, il quale vado
dubbitando, che causi qualche mala volontà del Rè contro tutti loro della Compagnia se non
viene rimosso di quà, mi è parso darne avviso a V. S. Illma. Perche forse questi padri,
potriano scriver diversamente acciò sappia, che questa è l’istessa verità” (Ibidem, f. 286r).
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261 ARSI: Tolet. 6 I, Epp. Generalium [1600-1610], f. 66: Del general Aquaviva al P. Joseph
Villegas. 22 de marzo de 1601.
262 Respecto al P. Ballester el General indicaba lo siguiente:
“Mi è sommamente rincresciuto il particolare che il P. Ballester sia sceso tanto in là
in questo negotio, il quale non doveva appartarsi dalla sua direttione per consiglio, onde
converrà, che V. R. L’avvertisca, che si guardi per l’avvenire con proibirglielo espressamente,
che non scriva nè parli di simili manerie. Spero nel signore che la cosa si accomenderà, e la
Compagnia non si partirà per colpa d’ un solo” (ARSI: Hisp. 76-77, f. 77r: El general
Aquaviva al P. Ricardo Haller. Roma, 8 de marzo de 1604).
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266 Paulo V esperaba que “entre Mendoza y los superiores se llegara a una mutua y
recípocra satisfación” (A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., III, p. 655).
267 También en la corte de Roma:
“Esta señora se siente muy obligada al Papa Clemente, y al cardenal Aldobrandini,
y muestra gran voluntad de servirles, y entre ellos existe un intercambio frecuente de
cartas” (ASV, Fondo Borghese, Serie II, 272, f. 77v: El nuncio, arzobispo de Rodas, al
cardenal Borghese. Valladolid, 25 de enero de 1606).
268 ASV, Segreteria di Stato, Nunziature Diverse 124, f. 314r-v: Roma, 15 de agosto de
1606.
269 J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 143.
270 El desarrollo de la Junta la explica claramente C. J. DE CARLOS MORALES: “La Junta
del Desempeño General (1602-1607)” en J. MARTÍNEZ MILLÁN y M. A. VISCEGLIA (dirs.):
La Monarquía de Felipe III. La Corte, Madrid: Mapfre, 2008, III, pp. 767-792; C. J. DE
CARLOS MORALES: “Gasto y financiación de las casas reales de Felipe III”, Studia Historica.
Historia Moderna 28 (2006), pp. 179-209.
271 A. FEROS: El Duque de Lerma..., op. cit., p. 294.
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Capítulo V
Franqueza y Ramírez de Prado 272, clientes del duque de Lerma, quien para evi-
tar también que fuera acusado, trató de desvincularse de las actividades de ambos,
y no se cansó de repetir su desconcierto y enfado por cómo había sido engañado
por ambos 273. El descubrimiento de este embrollo económico estuvo propicia-
do por el interés que mostró la reina Margarita en destaparlo, que contó con la
colaboración del confesor fray Diego de Mardones, de don Juan de Acuña, pre-
sidente del Consejo de Hacienda, y del Almirante de Aragón 274. La posición de
Lerma se había debilitado de forma manifiesta, y la Reina se volvió abiertamente
en su contra. De esta manera, el 19 de octubre, el nuncio apostólico dejaba clara
la fuerte tensión que se vivía en la corte, por la rivalidad entre la Reina y Lerma,
calificando la situación de una auténtica “guerra civil”, pues la Reina no pensaba
en otra cosa que en “derribar” al duque de Lerma 275. El fracaso de la Junta de
272 R. GÓMEZ RIVERO: “El juicio al secretario de Estado Pedro Franqueza, conde de
exterior del Duque de Lerma, Lovaina: University Press, 1996, pp. 185-203; A. FEROS: El
Duque de Lerma..., op. cit., pp. 324-326. No fue casual que el juez de la visita, Fernando
Carrillo, fuera uno de los hombres de confianza de Lerma, con el fin de “conducir” en lo
posible las investigaciones.
274
A. RODRÍGUEZ VILLA: “D. Francisco de Mendoza, Almirante de Aragón”, en
Homenaje a Menéndez y Pelayo, Madrid: Victoriano Suárez, 1899, II, pp. 487-610.
275 “Qui ci è quasi una guerra civile. La Regina non pensa ad altro che di abbattere il Duca di
Lerma. Pero si governa con molta prudenza, et stà aspettando il tempo opportuno. Il duca
di Lerma questi anni addietro diceva al Rè, che era quasi disimpegnato. La Regina gli diceva
il contrario, allegando, che se questo fosse vero non saria necessario di fare ogni di partiti con
mercanti, et pigliare danari a interesse, impegnando le sue entrate. Adesso, che si è scoperto
il mal stato, nel quale si ritrova il Rè, la Regina ha detto più volte a Sua Maestà che può
conoscere chi gli dice il vero, et se è ingannata o no. Di più questi giorni addietro, poi che
furono finite le giunte, che si tennero all’Escoriale, il Duca di Lerma mostrò al Rè, et alla
Regina un ristretto delle risolutioni, che si erano prese, et dell’augumento dell’entrate, che
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verria a Sua Maestà. La Regina allora disse al Duca, che la importantia era di mettere in
esecutione quello che conteneva il ristretto. Il Duca rispose che non si poteva fare più di quello
che si faceva, et la Regina soggiunse, che dopo ch’ella era in Spagna non si era atteso mai ad
altro, che a trovare forma di disimpegnare il Rè, et crescergli l’entrate, et se bene sempre
haveva inteso, che le cose erano ridotte in bonissimo termine, nondimeno si vede per
esperienza, ch’ogni cosa è impegnata. Il Duca si turbò, et non rispose altro ultimamente
questi giorni il Duca dissuadeva il Rè dall’andata di Ventosiglia, allegando che non vi erano
danari. Io ho inteso di bon loco, che S.M. si risentì, et disse al Duca che non credeva d’essere
ridotto a questo termine, et soggionse, se mi verrà una necessità precisa d’haver bisogno di
danari come farò. Il Duca gli disse, che non mancarano danari a Sua Maestà et il Re gli
replicò soltanto che andasse a provvedere danari. Sono certo che’l duca ha pianto con la
contessa di Lemos dicendole che il Re non è conosciuto, che non è risoluto et è cosa difficile a
rimoverlo dalle sue risolutioni” (ASV, Fondo Borghese, serie II, 272, ff. 58r-59r: El nuncio,
Giovanni Garzia Millino, arzobispo de Rodas al cardenal Borghese, di Madrid li 19 di
ottobre 1606. In cifra).
276 “Il Duca di Lerma da tre mesi in quà si trova con una gran malinconia, et forse travaglio
d’animo, il quale difficulta il negotiare, et so che’l duca si è doluto che Sua Maestà
comunica tutto quello ch’esso le dice alla Regina, della quale non gli pare di potersi fidare,
et la contessa di Lemos mostra una gran volontà di ritirarsi et dubita assai dove le cose
s’habbino da andare a parare. Il Duca di Lerma con questa melanconia è ritornato
nell’humore, c’ha havuto altre volte di ritirarsi in una religione, come N. S. sà, et ne ha
parlato questi giorni con molto senso, pregando la contessa di Lemos che non l’abbandoni,
pure io credo, che gli passerà questa volontà” (Ibidem, f. 59r).
277 ARSI: Tolet. 6 II, Epp. Generalium (1600-1610), f. 464: Al P. Francisco de Benavides,
rector de Madrid. 12 de diciembre 1606.
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y en orden a evitar futuros problemas ocasionados por los jesuitas que frecuen-
taban la corte, le llegó una instrucción al nuncio en referencia a los confesores
de la familia Sandoval, que decía así:
Desea Su Santidad que cuando el señor Duque de Lerma, la condesa de
Lemos, su hermana, y el señor Conde de Lemos tengan necesidad de cualquier
padre de la Compañía de Jesús por un tiempo sea facultad de Vuestra Señoría
conseguirlos, pero fuera de la provincia de Toledo 281.
281 ASV, Fondo Pio, Spagna, 172, f. 113r-v: Roma, 4 de junio de 1606.
282 ARSI: Hisp. 86a, Epp. Generalium (1545-1678), f. 79r: Común a los cuatro provinciales.
7 de marzo de 1606.
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enojo del duque de Lerma por no aceptar a su sobrino como embajador en Roma,
ya que a Paulo V “no le era fiable la persona del S. Don Francisco como embajador,
con quien ordinariamente se comunican tantos e importantes negocios”. Conti-
nuaba el nuncio su carta al cardenal Borghese describiéndole la encolerizada reac-
ción del duque de Lerma. Lo más sorprendente era que Lerma culpaba al General
de la Compañía, Claudio Aquaviva, como responsable de la decisión de Paulo V,
al desacreditar al duque y su familia, dada la influencia que el General ejercía sobre
dicho Pontífice. Por si fuera poco, Lerma se quejaba a Roma de que el nuevo nun-
cio era un agente al servicio del General de la Compañía 283.
Todavía dos años más tarde, en noviembre de 1611, el cambio de embajador en
Roma seguía sin solucionarse, lo único que estaba claro es que Paulo V no quería al
conde de Castro, sobrino de Lerma. En su correspondencia, el nuncio Decio Ca-
raffa, arzobispo de Damasco, explicaba que en la corte se rumoreaba que Paulo V
mostraba poco afecto a Lerma y a su hermana porque mantenían un fuerte vínculo
con la familia Aldobrandini, en detrimento de los Borghese, familia del Papa 284.
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No obstante, fue la condesa la que demoró por todos los medios el regreso de su
hijo a la corte madrileña, hasta no asegurle una buena posición en el gobierno de la
Monarquía Católica. En su mente, una idea fija; continuar vinculando a su familia
con el gobierno de los territorios italianos. Hasta el momento, sus hijos habían
desempeñado cargos en los territorios italianos, tanto don Pedro Fernández de Cas-
tro, conde de Lemos y marqués de Sarria, que había sido virrey de Nápoles (1610-
1616), como su segundo hijo, don Francisco Ruiz de Castro, conde de Castro, que
también había sido virrey de Nápoles (1601-1603). La obsesión de la condesa de
Lemos por no abandonar la política en los territorios italianos tras la negativa a que
el conde de Castro fuera embajador de Roma, le llevó a plantear una nueva estrategia:
traerse a sus hijos a Madrid, consiguiendo, al menos, el nombramiento de Presidente
del Consejo de Italia para su hijo mayor en 1616 285. Finalmente, la condesa consi-
guió que Pedro Fernández de Castro pasara a ser el nuevo presidente del Consejo
de Italia, mientras que Francisco Ruiz de Castro era nombrado virrey de Sicilia 286.
La pérdida de influencia del duque de Lerma sobre el monarca no pudo tener
un final más insólito; el intento a toda costa, por mantenerse a flote tomando
como elección de vida la carrera eclesiástica 287. Primero obligó al Papado a que le
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Capítulo V
Esta idea de hacerse jesuita le vino al duque cuando la Compañía era gobernada
por el nuevo General romano, Muzio Vitelleschi, elegido a finales de 1615, tras la
muerte de Aquaviva. Lógicamente, esta petición de Lerma habría sido impensable
bajo el generalato de Aquaviva por la mala relación entre Lerma y el quinto Ge-
neral de la Orden. No obstante, como señalaba el propio nuncio, fue un intento
de llamar la atención del monarca para tratar de volver a la corte, buscando el
acercamiento a una Compañía de Jesús, a la que tanto había criticado Lerma, y
que salió victoriosa en la corte de Felipe III, gracias a la protección de la Reina
y de su confesor jesuita. Por si esto no fuera suficiente, en un intento por lavar su
imagen el Duque mostró un repentino interés por fundar no un colegio jesuita
cualquiera, sino una casa profesa en Madrid, en 1617. Recogía la carta el P. Astrain
en su Historia de la Compañía, reflejando además la reacción de asombro del ge-
neral Vitelleschi ante la petición del Duque de fundar una casa profesa en Madrid,
con la excusa de guardar los restos de su abuelo, el P. Francisco de Borja. Vitelleschi
VISCEGLIA (dirs.): La Monarquía de Felipe III. La Corte, op. cit., III, pp. 239-241.
289 “Circa la pretensione del Duca di Lerma al cardinalato (…) quando S.E. me lo domandi,
all’hora impiegherò tutte le deboli forze mie per distoglierlo da simil pensiero come V.S.I.
di ordine di N. S. resta servita comandarmi, et certo che da si che S.E. mi mosse questa
pratica prevedendo da una parte la fervida natura di esso Duca avvezza di più a ottener
sempre tutto quello che vuole” (ASV, Fondo Borghese, Serie II, 261, f. 186r: El nuncio
al cardenal Borghese. Madrid, 16 de noviembre de 1616).
290ASV, Fondo Borghese, Serie II, 258, f. 409r: El nuncio a Borghese. Madrid, 20 de
octubre de 1619.
298
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permitió la fundación deseada por Lerma con algún que otro reparo, por la relación
que el Duque había mantenido con la Compañía en tiempos de Aquaviva. Lo que
más sorprende fue la rapidez con la que se construyó el edificio, que en 1618 estaba
ya terminado y listo para residir en él. La única interpretación posible que se puede
realizar ante el cambio de actitud de Lerma, queriendo contruir una casa profesa
en Madrid y tratando de ser jesuita, es de carácter político. La estrategia de Lerma
era clara; desbancado del poder, y por temor a que fuera detenido como el resto de
sus aliados, quiso intentar salvarse por el camino religioso y si políticamente estaba
acabado, una vez alejado de la corte, la única forma de tratar de recuperar la gracia
real era mostrarse como benefactor y protector de la Compañía, más aún, formar
parte de ella, pero para entonces ya fue demasiado tarde 291.
Todavía, en tiempos de Felipe IV, llegaban a Roma nuevas solicitudes por
parte del duque de Lerma, alejado ya de la corte madrileña, para tratar de ganarse
la gracia de los miembros de la Curia Papal. Esta vez, buscó por todos los medios
su ida a la corte romana con la excusa de que él era un cardenal y debía residir
en Roma. Esto ocurría en septiembre de 1623, y ponía en un aprieto al cardenal
Gabriel de Trejo y Paniagua, al que el conde-duque de Olivares, valido del nuevo
monarca, Felipe IV, acusaba de querer que Lerma fuera a la corte romana para
quedarse allí, sin dar explicaciones ni avisar del motivo de su ida. Rápidamente
escribía el cardenal Trejo desde Roma para desmentir la acusación y añadía:
He sabido que a V. Exª le han dado a entender que yo he tratado de que el
cardenal de Lerma venga a esta Corte y que para ello le envié un breve del Papa
Gregorio (…). Yo lo he contradicho siempre, y ha muchos meses que escriví al
Cardenal disuadiendoselo, y representandole su edad, su falta de hazienda, el poco
poder que aqui tenemos respeto de el que tuvo, que avia de ser aqui despreçiado
de todos por verle fuera de la graçia del Rey, y muchos a quien en su tiempo no
avia hecho bien se avian aquí de vengar del, la inquietud que avia de tener con
todos, y que avian de dezir que venia huyendo, y que tenia causas que no se avia
tenido allá por seguro, y que era infamarse y otras cosas tan apretadas quanto no
podian ser más, y que yo no avia leydo ni savido que Cardenal español huviesse
venido a Roma, sin ser enviado del Rey 292.
299
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Capítulo V
Este fue, por tanto, el último intento de Lerma por influir en la política, alejado
de Madrid, quiso ir a Roma, no obstante, en la curia romana hacía ya mucho tiempo
que no gozaba del favor de los Pontífices.
293 Sobre el diseño creado por el carmelita descalzo Fray Alberto de la Madre de Dios
300
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295 “La contessa di Lemos vedova supplica N.S. quanto più efficacemente puo col mezzo mio,
acciò Su Santità si contenti di dargli licenza che possa entrare quando vorrà nel monasterio
delle Discalze di Madrid con la signora contessa di Altamira, sua sorella, con la contessa di
Niebla, figlia del duca de Lerma, con la contessa di Lemos, moglie del figlio, et con la
contessa di Casarrubios, sua parente. Io non posso esprimere a V.S.I. quanto questa signora
desidera questa gratia, la quale gli pare di meritare tanto più, perche la domanda restretta
per un monasterio solo, et le moniche secondo essa dice, si ne contetano. Io gli ho detto, che
rapresentarò a Su Santità questo suo desiderio, ma che Sua Santità si renda molto difficile
a concedere simil gratis” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, nº 270, ff. 117v-118r:
Valladolid, 4 de diciembre de 1605).
301
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Capítulo V
suya, hija de los condes de Altamira, doña Ana de Moscoso y Rojas Sandoval, pro-
fesase por estos años en el convento de las Descalzas Reales de Madrid. No es ex-
traño, por tanto, que la Reina se planteara fundar otro convento con la intención
de colaborar con el Pontífice, y para ello contó con la ayuda de la madre Mariana de
San José, de la Orden de las agustinas recoletas.
Los años que la Reina pasó en Valladolid, tuvo ocasión de conocer a la madre
Mariana de San José. Esta religiosa nació en Alba de Tormes y conoció a Santa
Teresa de Jesús –siendo Mariana todavía una niña–, cuya reforma descalza sirvió
como modelo para su propia Orden 296. Mariana de San José, antes de fundar
por orden de la Reina el convento de la Encarnación en Madrid, había fundado
antes los conventos de Eibar (1603), Medina del Campo (1604), Valladolid (1606)
y Palencia (1610) 297. Todas estas fundaciones las realizó siguiendo las reglas de
recolección del P. Agustín Antolínez, por entonces provincial de Castilla de los
agustinos, que dio unas constituciones aprobadas por el nuncio Ginnasio. El P.
Antolínez, al igual que la madre Mariana, estuvo en contacto con las carmelitas
descalzas, de hecho, cultivó una fuerte amistad con la madre Ana de Jesús, con-
tinuadora del espíritu de Santa Teresa, por medio de la cual el agustino ejerció
de confesor de las carmelitas descalzas del convento de San José de Salamanca,
en el que residió la madre Ana de Jesús de 1594 a 1604 298. Del mismo modo, del
296 La buena relación de la Reina con esta monja en el libro IV, capítulo I de Luis
de Luis Muñóz, estudios más recientes como los de P. PANEDAS: “Dinamismo de la vida
espiritual según la doctrina de la madre Mariana de san José”, Recollectio 1 (1978), pp. 56-113;
P. PANEDAS: “La Madre Mariana de San José, maestra y modelo de oración”, Recollectio 6
(1983), pp. 31-65; C. M. ABAD, S.I.: “La venerable Mariana de San José y sus hijas las
agustinas recoletas. Otras comunidades religiosas”, en C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V.
P. Luis de la Puente de la Compañía de Jesús, 1554-1624, Santander: Universidad Pontificia
Comillas, 1957, pp. 493-512; M. I. BARBEITO CARNEIRO: “Aproximación bio-bibliográfica a
la madre Mariana de San José, una fundadora de excepción”, Recollectio 9 (1986), pp. 5-53;
T. CALVO: Cronología biográfica y espiritual de la M. Mariana de S. José, Madrid, 1985; B. S.
CASTELLANOS: “San José, Mariana”, en Biografía Eclesiástica 25, Madrid: Alejandro Gómez
Fuentenebro, 1865, pp. 1061-1136.
298 Sobre el P. Antolínez y su reforma, I. GONZÁLEZ MARCOS, OSA.: “Datos para una
biografía de Agustín Antolínez, OSA”, Revista Agustiniana 30, nº 91-92 (1989), pp. 101-142;
302
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trato del P. Antolínez con la madre Ana de Jesús se planteó el agustino la reco-
lección de las monjas agustinas, dando incluso el mismo patrón carmelitano,
como era el del convento carmelita de San José, al primer convento de recolección
que fundó con la madre Mariana de San José en Éibar 299. Era entonces, la reco-
lección del P. Antolínez y de la madre Mariana, la que la Reina pretendió instalar
en Madrid, junto al Alcázar.
De modo que, para la nueva fundación –futuro convento de la Encarnación–,
la Reina quiso contar con monjas llegadas de Valladolid, compañeras de la Madre
Mariana, fieles a la recolección del P. Antolínez 300. En Madrid, se unió al pro-
yecto de la Reina, la joven Aldonza de Zúñiga, única hija de los condes de Mi-
randa. Aldonza tenía en mente profesar en las Descalzas Reales, pero cuando se
reunieron la Reina y la madre Mariana de San José en casa de su madre, la con-
desa de Miranda, estas tres mujeres dispusieron, con la aprobación de la joven
Aldonza, que ésta entrara en el convento de la Encarnación, apoyando así el pro-
yecto de la Reina, llegando a convertirse en la segunda priora del convento des-
pués de Mariana 301. Del convento también hay que destacar a la madre Inés de
la Asunción, del grupo fundador que llegó de Valladolid, ya que fundó junto con
otras monjas la rama de las brígidas recoletas 302.
En la fundación del monasterio de la Encarnación no se puede obviar la impor-
tancia de la Compañía de Jesús a través de dos personajes: el confesor de la Reina,
el P. Ricardo Haller, y el confesor de la madre Mariana de San José, el P. Luis de la
C. ALONSO, OSA.: “Crisis de gobierno en la Provincia de Castilla a principios del siglo XVII”,
Analecta Augustiniana 32 (1969), pp. 205-253; A. HUARTE: “El P. Mtro. Fr. Agustín Antolínez.
Nuevos datos biográficos”, Archivo Agustiniano 7 (1917), pp. 37-41.
299La relación del P. Antolínez y de la madre Mariana con las carmelitas descalzas en P.
A. CUSTODIO VEGA: “IV Centenario del nacimiento del Venerable Agustín Antolínez,
arzobispo de Santiago”, La Ciudad de Dios 166/2 (1954), pp. 294-321.
300M. I. BARBEITO CARNEIRO: “Etopeya de la madre Mariana de San José, una mujer
carismática”, Recollectio 10 (1987), pp. 45-95.
301 Sobre la biografía de esta religiosa en M. I. BARBEITO CARNEIRO: “Aproximación
bio-bibliográfica a la madre Mariana de San José...”, op. cit., pp. 5-53; Alonso DE VILLERINO:
Esclarecido solar de las religiosas recoletas de nuestro padre San Agustín, Madrid, 1690, I, pp.
347-350.
302P. PANEDAS: “Agustinas recoletas en la España de los siglos XVI y XVII”, Recollectio
11 (1988), p. 348.
303
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Capítulo V
Puente 303. Es preciso recordar la gran amistad que se forjó entre estos dos jesuitas
(especialmente cuando la corte se trasladó a Valladolid, siendo el P. La Puente rector
del Colegio de San Ambrosio en Valladolid), y su lucha conjunta por mantener en
la corte a los jesuitas fieles al general Aquaviva, a la vez que trataban de expulsar al
grupo del P. Fernando de Mendoza 304.
Asimismo, ambos jesuitas, Haller y La Puente, apoyaron siempre el movi-
miento recoleto, influyendo en la espiritualidad de sus penitentes. Más aún, el
P. Haller siempre dirigió la espiritualidad de la Reina con ayuda de las obras es-
pirituales del P. La Puente, tal y como escribía el limosnero Diego de Guzmán
en su biografía de la Reina. Del mismo modo que la Reina transmitió su espiri-
tualidad a su hija, la infanta Ana de Austria, luego reina de Francia, tal y como
informaba años más tarde una agustina recoleta de Valladolid, la madre María
de la Asunción, al recordar la estancia de la corte en Valladolid:
Viviendo en el palacio del Rey Felipe Tercero, y estando en la cámara de la
infanta doña Ana de Austria, que al presente es Reyna de Francia, esta testigo
–la monja– y otras personas leían allí sus libros –refiriéndose a las obras del P. La
Puente– con grande aprecio de su doctrina y estima de la santidad de su autor y
aprovechamiento de sus almas 305.
Como señala el estudio del P. Camilo Abad, con Ana de Austria ya como reina
de Francia, probablemente pasarón a la corte francesa las obras del P. Luis de la
Puente, también promovidas por el confesor jesuita de la reina Ana, el P. Marco
Antonio del Arco 306. La espiritualidad que promovía el P. La Puente no era sino
304
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307 Sobre la Guía espiritual, C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis de la Puente...,
p. 351.
308 Ibidem, p. 327.
309 Para comprender el caso del P. Álvarez me remito a mi artículo: “El influjo de Roma
en la organización y dirección de la Compañía de Jesús (1573-1581)”, en J. MARTÍNEZ MILLÁN
y M. RIVERO RODRÍGUEZ (coords.): Centros de poder italianos..., op. cit., II, pp. 1261-1310.
305
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Capítulo V
era otro bien distinto, había desaparecido el miedo a ser perseguidos inquisito-
rialmente por los castellanos; ahora, con Felipe III, el propio monarca quería im-
pulsar el movimiento recoleto-descalzo.
Desde Madrid, fue el P. Ricardo Haller el encargado de preparar la venida a
Madrid de la madre Mariana de San José que se encontraba en Palencia en 1610,
involucrada en una nueva fundación, gracias a la buena actuación de su confesor
el P. La Puente, quien había convencido a don Pedro de Reinoso, también diri-
gido espiritualemente por este jesuita, para que fuera benefactor del nuevo con-
vento de agustinas recoletas de Palencia 310. Para traerse a la monja, Haller tuvo
que obtener los permisos necesarios, tanto del Provincial de los Agustinos como
del Obispo de Palencia, para que la religiosa pudiera abandonar esta ciudad y
encaminarse hacia Madrid a su encuentro con la Reina 311. No es de extrañar el
deseo del P. Haller por extender la espiritualidad recoleta de la madre Mariana
de San José ya que esta monja se mostró siempre crítica a la política del duque de
Lerma, como fiel seguidora y amiga de la Reina. El convento de la Encarnación,
por tanto, se convirtió, como lo había sido antes el de las Descalzas Reales de
Madrid, en un círculo de oposición a la política y privanza de Lerma, especial-
mente contra Rodrigo Calderón 312. Escribían las monjas agustinas de la Encar-
nación lo siguiente sobre su priora, la madre Mariana:
Hubo quien se persuadiese, con la grande merced que Su Majestad le hacía y
mucha satisfacción de sus consejos, y largos ratos que gastaba con ella, que muchas
cosas de las que el Rey hacía en su mayor bien del Reino, o que dejaba de hacer, que
algunas personas deseaban que hiciese, todo lo atribuían a los consejos de la Priora
de la Encarnación. Llegaron las cosas a estado, que vinieron a decirle trataban de
desterrarla de Madrid; mas, como esto era imposible, estando tan defendida con el
favor del Rey, intentaron persuadirla se encargase de una fundación que habían
trazado se hiciese, y que saliese a ella. Respondió a una persona grave religiosa que
se lo propuso, que allí estaba para ir de buena gana donde quiera que la llevaran,
aunque fuera presa y desterrada; cuanto más a una fundación (…) Y como no
310 P. PANEDAS: “Agustinas recoletas en la España...”, op. cit., p. 369; Sobre la relación
entre el P. La Puente y don Pedro de Reinoso, C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis
de la Puente..., pp. 490-491.
311 L. SÁNCHEZ HERNÁNDEZ: El monasterio de la Encarnación de Madrid..., op. cit., p. 54.
312 Sobre la oposición a Carlderón en S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ: Rodrigo Calderón...,
op. cit., passim.
306
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buscaba más que la gloria de Dios y el servicio y buenos aciertos del Rey y de sus
ministros, decía ella, que, cuando por este fin la sacasen por las calles en una
jumentilla, lo tomará más gustosamente que las honras y favores; que, si bien los
estimaba, por otra parte le eran muy molestos 313.
313 L. MUÑOZ: Vida de la Venerable Madre Mariana de S. Joseph..., op. cit., pp. 226-227.
314
M. L. SÁNCHEZ HERNÁNDEZ: “Monjas que habitaron el monasterio de la
Encarnación durante los siglos XVII y XVIII”, Recollectio 11 (1988), pp. 457-492.
315 C. ALONSO, OSA: “Documentos inéditos sobre el convento de la Encarnación de
Francisco de Castro, embaxador de Su Magestad en Roma, del estado que tiene el monasterio de
monjas recoletas agustinas que Su Magestad funda en la villa de Madrid y de lo que acerca de él se
a de suplicar a Su Santidad.
307
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Capítulo V
317
La bula en C. ALONSO, OSA: “Documentos inéditos sobre el convento de la
Encarnación de Madrid...”, op. cit., pp. 308-310.
318
C. ALONSO, OSA: “Cartas de la madre Mariana de San José y otras prioras del
monasterio de la Encarnación de Madrid a los Barberini”, Recollectio 11 (1988), pp. 565-594.
319 S. GIORDANO: “La Santa Sede e la Valtellina da Paulo V a Urbano VIII”, en A.
BORROMEO (ed.): La Valtellina crocevia dell’Europa. Politica e religione nell’età della Guerra
dei Trent’anni, Milán: Giorgio Mondadori, 1998, pp. 81-109.
320
Una descripción pormenorizada de la estancia del cardenal Barberini en Madrid en J.
SIMÓN DÍAZ: “La estancia del Cardenal Legado Francesco Barberini en Madrid el año 1626”,
308
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Anales del Instituto de Estudios Madrileños 17 (1980) pp. 159-213; J. SIMÓN DÍAZ: “Los
monasterios de las Descalzas reales y de la Encarnación en el año 1626”, Villa de Madrid 66
(1980), pp. 31-37. También se hace eco de la amistad entre la madre Mariana y el cardenal,
Luis MUÑOZ en su Vida de la Venerable Madre Mariana de S. Joseph..., op. cit., p. 372.
321 C. ALONSO, OSA: “Cartas de la madre Mariana de San José...”, op. cit., pp. 565-594.
322 Escribía la monja al cardenal el 21 de marzo de 1630:
“Quando me ofrecí por sierva de V.S.Illma. fue con resolución de serlo de verdad
toda la vida. De que es buen testigo el Sr. Card. Pamfilio –acompañó al cardenal
Barberini en su misión a Madrid, después fue nuncio en Madrid de 1626 a 1630, y
más tarde Pontífice con el nombre de Inocencio X– a quien me remito, que dirá todo
lo que no es justo decir aquí por no cansar a V. S. Illma.; a quien suplico me perdone
la menudencia y niñería que me atrebo a inviar en una cajilla que dará el portador
désta. Que la voluntad bien quisiera mostrarse en mayores servicios y ella es la que
tiene culpa desto. A mi señora Doña Ana –Anna Colonna, hija de Felipe Colonna
duque de Paliano, casada con Tadeo Barberini, sobrino de Urbano VIII, que tuvo
mucho poder durante el Pontificado de este Papa– beso las manos y a todos esos
señores míos ilustrísimos de V.S.Illma. a quien besan todas las desta casa, adonde
está muy presente la merced y fabor que V.S. Illma. nos hace” (Ibidem, pp. 569-570).
323 El 1 de junio de 1627, el cardenal Barberini escribía al nuncio Pamfilio que recordase
a las monjas el afecto que les profesaba el Pontífice:
“V.S. mi tenga pur ricordato alle Sue signore, e suore della Santissima Incarnatione, a
finchè preghino per me, e s’avvertino, ch’io le servirò in tutte le occasioni, e particolarmente
la Signora Priora” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 344, f. 28r: Carta de Roma a
monseñor Pamfilio, nuncio apostólico ordinario en España. Roma, 1 de junio de 1627).
309
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Capítulo V
Esta unión nunca se realizó, y las quejas del capellán mayor de la Encarnación
consiguieron que la capilla del monasterio no se integrara en la capilla real, no obs-
tante, resulta innegable el interés por vincular la espiritualidad de la capilla real a
la recolección que se practicaba en el convento fundado por la reina Margarita.
La otra fundación de la Reina que es preciso destacar por su importancia y
relación con la Compañía se situaba en Salamanca. La reina Margarita conocía
el estado precario del colegio jesuita de Salamanca; un edificio pobre, desprovisto
de rentas, fundado en 1548 en un extremo de la ciudad, al que Margarita decidió
dar otra función mucho más importante. El 20 de septiembre de 1601, la Reina
entregaba en Valladolid su testamento en el que en el que decía lo siguiente:
Para que quede viva y en ninguna manera vana, sino provechosa memoria de
mí en España, y ansí los infieles de las Indias como los fieles destos reinos
participen y gocen de ella, y ante todo mi alma, la del Rey mi Señor e toda la Casa
de Austria, habiéndolo primero considerado muy bien y encomendándolo mucho
a Dios Nuestro Señor y a toda su corte del cielo, me determiné con su divino favor
dejar una obra universal e perpetua (...) Así, mirando de una parte el fruto que
entre otros y quizás más que otros colegios hasta ahora hizo el colegio de
Salamanca y el que de aquí adelante hará, y de otra parte la necesidad que padece
y que hasta aquí le falta fundador 325.
310
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327 D. DE GUZMÁN: Reina Católica. Vida y muerte de doña Margarita de Austria..., op.
cit., p. 215.
328 J. MARTÍNEZ MILLÁN (dir.): La Corte de Carlos V..., op. cit., I, p. 207.
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Capítulo V
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Capítulo V
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CAPÍTULO VI
Durante los siglos XVI y XVII la Casa de Austria –dividida en la rama hispana
y la imperial– fue la dinastía cuyo poder era superior era superior al resto de po-
tencias europeas. Sus conquistas territoriales las justificaban en una férrea de-
fensa de la fe católica, lo que colocaba, de manera inevitable, la existencia de la
dinastía en manos del Papado, por ser el Pontífice el vicario de Cristo y aquella
autoridad que definía la ortodoxia católica. No obstante, las relaciones entre el
Imperio y la Monarquía hispana nunca estuvieron equilibradas, sino que una
rama de la dinastía siempre se erigió en guía y responsable de la política que
debía seguir toda la Casa; subordinando los intereses y objetivos de una rama a
la otra. De esta manera, durante la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II ejerció,
desde Madrid, el liderazgo de la dinastía y, de alguna manera, trató de orientar
la política común de ambas ramas de acuerdo a unos ideales católicos. El liderazgo
de la rama hispana sobre la imperial se hizo visible en numerosas ocasiones,
siendo el escenario italiano donde mejor se pudo vislumbrar esta realidad. Los
monarcas hispanos necesitaban del concurso del emperador para desarrollar su
política en Italia, donde buena parte de los territorios eran feudos del Imperio y
donde el Pontífice –como señor temporal– luchaba por librarse del dominio his-
pano desde que en 1527 los ejércitos de Carlos V saquearon Roma. La preemi-
nencia política de la rama española sobre el Imperio y el resto de monarquías
europeas se justificaba desde el punto de vista práctico, al ser la Monarquía his-
pana más poderosa que todas ellas.
Por ello, desde la teoría, tratadistas y teólogos proyectaron la idea de Monar-
chia Universalis, toda vez que Felipe II no había heredado el título imperial. En
consecuencia, la Monarquía española no se presentó como un imperio, sino como
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Capítulo VI
un reino universal 1. Los postulados por los que la Monarquía hispana se apo-
deró de la idea de la “Monarquía Universal” eran dos: por un lado, la decadencia
política del Imperio como fuerza política en Europa y, por el otro, la aspiración
de Castilla para ejercer un liderazgo con competencias para-imperiales, lo que
llevó a unir a todos sus enemigos tanto en el exterior, por parte del resto de mo-
narquías europeas, como en el interior de la Monarquía, por parte de los reinos
periféricos desplazados del poder por Castilla. De hecho, los defensores de la
“Monarquía Universal” eran juristas que defendían los intereses del partido
“castellano” y que la justificaron basándose en una legitimación práctica como
se comprueba en los escritos de Vázquez de Menchaca 2, Pedro de Medina 3,
1 R. MATTEI: “Il mito della monarchia universale...”, op. cit., pp. 531-550; R. MATTEI:
“Polemiche secentesche italiane sulla Monarchia Universale”, Archivio Storico Italiano 110
(1952), pp. 145-165.
2 La siguiente cita del jurista castellano Vázquez Menchaca escrita en 1564, expresaba
esta idea:
“(…) Siendo, pues, nuestro muy poderoso Señor y rey de las Españas, vicario,
ministro y representante de Dios en la tierra, para gobierno de las regiones que por
Él le han sido confiadas, y siendo éstas muchos más dilatadas y numerosas que las
que el mismo Dios confió a todos los restantes príncipes, síguese que el mismo Dios
y Rey de Reyes parece haberle favorecido y distinguido sobre todos los príncipes de
la tierra, razón por la que se ha de anteponer a todos ellos” (cita de A. MILHOU en
su obra: Pouvoir royal et absolutisme dans l’Espagne du XVIe siècle [Anejos de Criticón
13], Toulouse-Le Mirail: Presses Universitaires du Mirail, 1999, p. 93, extraído de
la obra de F. VÁZQUEZ DE MENCHACA: Controversiarum Illustrium aliarumque usu
frequentium, Venecia, 1564, en la edición bilingüe de Controversias fundamentales,
editada por F. Rodríguez Alcalde, Valladolid, 1931, 4 vols, la cita es del vol. I, p. 92).
Vide F. CARPINTERO BENÍTEZ: Del derecho natural medieval al derecho natural moderno.
Fernando Vázquez de Menchaca, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1977, pp. 65-79; L.
PEREÑA VICENTE: La Universidad de Salamanca, forja del pensamiento político español en el siglo
XVI, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1954, pp. 54-75; J. BENEYTO PÉREZ: España y el
problema de Europa. Contribución a la historia de la idea de Imperio, Madrid: Editorial Nacional,
1942, pp. 269-284; L. DÍEZ DEL CORRAL: La Monarquía hispánica en el pensamiento político
europeo. De Maquiavelo a Humboldt, Madrid: Revista de Occidente, 1975, pp. 307-322.
3 Pedro DE MEDINA escribió Libro de grandezas y cosas memorables de España. Agora
nuevo fecho y recopilado por el Maestro Pedro de Medina vezino de Sevilla, Sevilla, 1548 (edición
facsímil, Madrid: Instituto de España y Biblioteca Nacional, 1994, con una introducción de
Mª del Pilar Cuesta Domingo). Sobre su obra, P. SÁNCHEZ FERRO: “Contenidos mesiánicos en
el libro de grandezas y cosas memorables de España de Pedro de Medina”, en R. SÁNCHEZ
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En los primeros años del reinado de Felipe IV, el conde-duque de Olivares con-
siguió situarse en la cúspide del poder. Desde esta posición, Olivares rechazó la
forma de gobierno del reinado anterior, el de Lerma y el de Uceda, cuyo gobierno,
a ojos de don Gaspar de Guzmán, habían debilitado el poderío español y la reputa-
ción de la “Monarquía Universal” 8. Esta Monarchia Universalis había sido definida
por teólogos y juristas españoles durante el reinado de Felipe II, para justificar la
expansión territorial de la Monarquía llevada a cabo por los ministros castellanos,
no obstante, el reinado de Felipe IV acabó por demostrar que esta aspiración “uni-
versal” era ya, durante el siglo XVII, inalcanzable 9. Para Olivares, uno de los proble-
mas principales era Castilla, a la que había que restaurar su lugar preeminente entre
los distintos reinos de la Monarquía, pues “de quien como de cabeza de la Monar-
quía se ha de derivar el bien o el mal de todo el cuerpo y de cada miembro del” 10.
Olivares trató de restituir el papel centralizador de Castilla en el gobierno, y su pres-
tigio exterior, decaído –según el valido– por los abusos ministeriales ocurridos en
tiempos de Felipe III. Así, en los primeros años del reinado de Felipe IV el Consejo
de Estado estaba formado por cortesanos partidarios de una política que reforzaba
la posición de Castilla, tales como don Diego de Ibarra 11, don Pedro de Toledo 12 o
Provincias Unidas durante el reinado de Felipe III, y ya con Felipe IV, en abril de 1621, fue
nombrado consejero de Estado, convirtiéndose en un consejero decisivo durante los primeros
años del gobierno de Olivares.
12 Pedro de Toledo fue teniente general de las galeras de Sicilia antes de su regreso a la
Corte, en 1622, donde fue honrado con el título de marqués de Mancera y un asiento en el
Consejo Supremo de Guerra.
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don Juan Manuel de Mendoza, marqués de Montesclaros 13, los tres, del círculo
personal de Olivares 14. Al mismo tiempo que proyectaban, de cara al exterior y ante
sus enemigos, una imagen de una Monarquía implacable y ofensiva. Estos cortesanos
abogaban por una actitud agresiva en Italia, lo que comportaba un enfrentamiento
abierto con la Monarquía francesa, al mismo tiempo que no vacilaban a la hora de
reiniciar la guerra con los Países Bajos 15. Olivares, por tanto, sentía que Felipe IV
era el heredero que debía intentar aspirar al ideal de Monarquía Universal que diseñó
su abuelo; basada en la defensa del Catolicismo y manteniendo el liderazgo europeo
que mantuvo en el siglo XVI. Su deber era conservar ese legado, de ahí que Olivares
en sus cartas y escritos utilizase con frecuencia la palabra “reputación” u “honra”
de la Monarquía, con la que tantas veces justificaba el comienzo de una guerra 16.
No obstante, en este ideal por mantener la imagen de una Monarquía Universal,
Olivares chocó de lleno con una realidad muy diferente a la que los ministros cas-
tellanos de Felipe II tuvieron que hacer frente. Ahora, contra el gobierno de Oliva-
res, se alzaban un Papado y una Monarquía francesa más unidos y fortalecidos 17.
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Un simple análisis de la política exterior del reinado de Felipe IV podría llevar a pen-
sar que el fracaso de los postulados de la Monarquía Universal debe ser atribuido al
desgaste económico y militar de la propia Monarquía, motivado por el estallido de
la guerra en territorio italiano –especialmente por la sucesión de Mantua–, que trajo
consigo una crisis fiscal en Castilla 18. También a causa de la ventaja militar de los
holandeses en Flandes que, a pesar de alguna que otra victoria del cardenal infante
Fernando en dicho territorio, éstas no consiguieron evitar el acuerdo final en 1648
por puro agotamiento 19. A lo que habría que sumar, en 1640, el colapso provo-
cado por los enfrentamientos internos con la separación de Portugal y la sublevación
de Cataluña. Se trató de una combinación de circunstancias, todas ellas contrarias
a la Monarquía, que influyeron, pero quedesviaba del verdadero problema ideoló-
gico que existía. En 1643, a la caída de Olivares, el cardenal Barberini, nepote de
Urbano VIII dirigía al nuncio en España, monseñor Giovanni Giacomo Panzirolo,
Patriarca de Constantinopla, la siguiente reflexión sobre la política que el valido
había llevado hasta entonces:
Non c’è dubbio e n’ho scritto più volte che il Conte Duca per havere una causa
Universale, alla quale potersi attribuire quello che di contrario avveniva, o perchè egli
s’ingannasse, e quanto più s’ingannava, tanto più s’andava inviluppando in questo
labirinto, o pure perchè volendo mutare con il suo ingegno il genio di Spagna, la guastava
nel più bello ch’era il rispetto al Sommo Pontefice, è purtroppo vero quello che V. S. ha
detto a S. M., donde ne sono nati svantaggi grandi alla sua Monarchia 20.
dolcemente schermendo, con mostrar di non entender ne i suoi fini, nè i suoi bisogni, e nel
trattar seco rappresentandogli di muoversi più per l’interesse comune della Religione, che
per alcuna congruenza di Spagna” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, ff. 47r-47v:
Carta del nuncio Giulio Sacchetti, obispo de Gravina, nuncio en la corte hispana a
Roma. Madrid, 21 de febrero de 1626).
18 G. PARKER: “La crisis de la Monarquía Hispánica en la época de Olivares. ¿Un
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De modo que desde Roma se acusaba del poco respeto que la política de Oli-
vares había mostrado hacia el Pontífice, al tratar de conservar unos postulados
“universales”, lo que había traído la ruina de la Monarquía a partir de 1640 21.
Ciertamente, estos fundamentos teóricos de “universalidad” y de “salvaguardia
del catolicismo” sirvieron de justificación política e ideológica durante el reinado
de Felipe II, puestos en práctica por medio de su poderío económico y militar,
no obstante, un siglo más tarde, durante el reinado de Felipe IV, materializar esta
idea se había demostrado que era pura entelequia. Ciertamente, desde mediados
del siglo XVI, el Papado se sintió limitado por el poderío de la Monarquía Uni-
versal que proyectaba el rey Prudente, tanto en cuestiones jurisdiccionales, como
en cuestiones territoriales (Milán y Nápoles rodeaban los Estados Pontificios).
La renovación tanto en el plano político como espiritual que efectuó el Papado
para tratar de librarse del poderío español obtuvo sus resultados un siglo más
tarde. En 1620, el cardenal filoespañol Juan Doria, que residía en Sicilia como
arzobispo de Palermo y presidente del reino, en ausencia del virrey duque de
Osuna, se vio obligado a abandonar precipitadamente Sicilia para asistir al cón-
clave romano (en el que salió elegido Gregorio XV) “por la falta de cardenales
españoles que agora ay en aquella corte” 22. Con todo, el paso más importante
para librarse de la influencia hispana sobre los territorios italianos ocurrió a la
llegada al solio pontificio del papa Barberini, el florentino Urbano VIII (1623-
1644) 23. Considero importante ubicar la política de Urbano VIII en el contexto
de la Guerra de los Treinta Años –y especialmente analizar su relación con la
Monarquía Católica de Felipe IV– ante la que jugó un papel destacado, mostrán-
dose siempre como un príncipe italiano, de poder absoluto, interesado en todas
las cuestiones técnicas y territoriales de la guerra (para su defensa no dudó en
fortificar Castel Sant Angelo, en levantar una fábrica de armamento en Tivoli y
21 N. DEL RE: La Curia romana. Lineamenti..., op. cit., p. 14; L. PASTOR: La Curia
romana. Problema e ricerche per la sua storia..., op. cit., p. 32.
22 AGS, Estado-Sicilia, Leg. 3478, n. 9; A. KOLLER: “Le rôle du Saint-Siège au début
de la guerre de Trente ans. Les objectifs de la politique allemande de Grégoire XV (1621-
1623)”, en L. BÉLY (ed.): L’Europe des traités de Westphalie. Esprit de la diplomatie et diplometie
de l’esprit, París: Presses Universitaires de France, 2000, pp. 123-133.
23 I. FOSI: All’ombra dei Barberini. Fedeltà e servizio nella Roma Barocca, Roma:
Bulzoni, 1997, passim.
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24 S. H. STEINBERG (ed.): The “Thrity Years War” and the conflict for European
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27 ASV, Segreteria di Stato Spagna 343, f. 17r: Carta del cardenal Barberini a Mons.
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que desconfiaba de la política del Papado, otro cortesano muy cercano al rey, su
confesor, el dominico Antonio de Sotomayor 32, se mostraba –en palabras del nun-
cio Sacchetti– poco favorable a las cosas de la corte de Roma. Por lo que el nuncio
debía ser cauteloso con este confesor, y tratar de llevarse bien con él, tal y como
explicaba a Roma: “procuro pero di andar seco destramente, perche tutte le provisioni,
e materia ecclesiastiche dependono dalle sue mani” 33.
La situación se hizo más crítica cuando el 10 de enero de 1625, el nuncio in-
formaba con gran premura a Roma de la mala opinión del Pontífice que tenían
los principales ministros del rey. A continuación explicaba el motivo del enfado
del monarca y del Conde-Duque, que no era otro que el doble juego que estaba
manteniendo Urbano VIII:
Conosco, che la gelosia che hanno li spagnuoli di N. S., non tanto consiste nel
pretenderlo amico di Francia, quanto nella paura, che habbia concetti grandi di
libertà d’Italia.
della dispositione di N.S. si è fatto più saldo, di maniera che non solo con me, ma con altri
contro di me si è lamentato, che io procuri di far uffici perniciosi a questa corona, e so che se
non ha sospettato di mia affettione alla parte contraria, di ciò mi rido, et attendo per quanto
so ad ubbidire i comandamenti di V. S. I.” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, f. 107r-v:
Carta del obispo de Gravina, nuncio en Madrid, al cardenal Barberini. Madrid, 8 de
diciembre de 1624).
32 F. NEGREDO DEL CERRO: “Gobernar en la sombra. Fray Antonio de Sotomayor
confesor de Felipe IV. Apuntes políticos”, Mágina. Revista Universitaria 13 (2009. Número
coordinado por M. A. LÓPEZ ARANDIA: Entre el cielo y la tierra. Las elites eclesiásticas en la
Europa Moderna), pp. 85-102.
33 ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, f. 78v: Carta de Mons. Giovanni Battista
Pamphili, patriarca de Antioquía, nuncio en Madrid, al cardenal Barberini. Madrid, 16 de
diciembre de 1626.
34 ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, ff. 116v-117r: Carta del obispo de Gravina,
nuncio en Madrid, al cardenal Barberini. Madrid, 10 de enero de 1625.
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35 Avisos del 14 de febrero de 1640 (José PELLICER OSSAU DE SALAS Y TOBAR: Avisos
Históricos, selección de E. Tierno Galván, Madrid: Taurus, 1965, p. 66).
36 ASV, Segreteria di Stato Spagna 343, ff. 120v-121v: Carta del cardenal Barberini al
nuncio en España. Roma, 19 de febrero de 1625.
37 Señalaba el nuncio:
“Non ho mancato di operare che l’Ambaciatore Cesareo per gl’interessi del suo
principe, che sono gravissimi, si muovesse a rappresentare al Conte gl’imminenti danni
della guerra in Italia, ma non ho cavato altra conclusione, che d’haverli il conte mostrato
i biglietti, che m’ha scritto, facendo con lui, e con altri ostentatione di fissa risolutione di
guerra” (ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, ff. 113v-114r: Carta del obispo de
Gravina, nuncio en la corte hispana. Madrid, 20 de diciembre de 1624).
38 F. EDELMAYER: “La Casa de Austria: Mitos, propaganda y apología”, en A. ALVAR,
J. CONTRERAS y J. I. RUIZ (eds.): Política y cultura en la época moderna (cambios dinásticos,
mileniarismos, mesianismos y utopías), Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá, 2004, pp. 17-28.
39 Sobre las relaciones entre la Monarquía francesa y la española, y en concreto la
guerra de Mantua, R. A. STRADLING: “Olivares and the Origins of the Franco-Spanish War,
1627-1635”, The English Historical Review 101 (enero 1986), pp. 68-94.
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El problema para Olivares no sólo era el apoyo del Papado a la Monarquía fran-
cesa, sino que además el Pontífice se negaba a colaborar económicamente con la
Monarquía Católica de Felipe IV, a pesar de que el Conde-Duque justificaba sus
guerras en defensa de la religión católica, y en contra de la herejía. Olivares solicitó
a Roma una y otra vez, desde el comienzo de su gobierno, que permitiese la impo-
sición de tributos eclesiásticos en los reinos del monarca hispano. El 19 de diciem-
bre de 1631 se informaba al embajador en Roma, don Gaspar de Borja y Velasco,
de las gracias que debía reclamar al Pontífice; la primera, la media anata de todas
las provincias eclesiásticas de la Monarquía. La segunda, la cruzada de Nápoles
40 ASV, Segreteria di Stato Spagna 65, f. 108v: Carta del obispo de Gravina, nuncio en
la corte hispana. Madrid, 20 de diciembre de 1624 a Roma.
41 Ibidem, f. 109r: Carta del obispo de Gravina, nuncio en la corte hispana. Madrid, 20
de diciembre de 1624 a Roma.
42 ASV, Segreteria di Stato Spagna 66, f. 16r: Carta del nuncio Giulio Sacchetti, obispo
de Gravina, nuncio en la corte hispana a Roma. Madrid, 10 de enero de 1626.
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que siempre había sido denegada. Y, por último, una contribución trienal por parte
del estado eclesiástico en los reinos del monarca 43. En este sentido el nuncio jus-
tificaba la falta de colaboración por parte de Urbano VIII en la “estrechez econó-
mica” que atravesaba el Papado 44. El Pontífice se negaba a conceder estos auxilios
a la Monarquía hispana, con un silencio que desesperaba a Olivares. Finalmente,
Urbano VIII dio una décima de seiscientos mil ducados que el valido consideró in-
suficiente, por eso el cardenal Borja, embajador en Roma, siguiendo instrucciones
reales, emitió la célebre protesta ante Urbano VIII en el consistorio secreto celebrado
en Roma el 8 de marzo de 1632, acusando al Pontífice de ser el responsable de todas
las calamidades y guerras que se estaban produciendo 45.
Ciertamente durante los veinte años que Olivares estuvo en el gobierno, las re-
laciones entre Madrid y Roma iban de mal en peor. En 1639 monseñor Castracani,
colector apostólico, era expulsado de Portugal 46. En Madrid el tribunal de la Rota
iba a ser cerrado después de la muerte del nuncio, cardenal Campeggio, antes de
la llegada a la corte de su sucesor, Cesare Facchinetti, y no se iba a volver a abrir
hasta el 9 de octubre de 1640. El malestar de Roma ante estos problemas jurisdic-
cionales era transmitido al nuncio Facchinetti, recién llegado a la corte hispana,
para que se lo transmitiera a Felipe IV y a Olivares 47. En esta situación de creciente
43 Q. ALDEA VAQUERO, S.I.: “España, el Papado y el Imperio..., I”, op. cit., p. 343.
44 “Io non intendendo di quale parlasse, discorsi della difesa d’Italia contro gl’infedeli, et gli detti
un sincero raguaglio dell’occorso. Mi disse non dico di questa, ma invii S.S. aiuto di gente a
S. M. Cesarea, et faccia una legha a diffesa d’Italia. Io gli riposi, quanto al primo, la gran
strettezza di danaro nella quale si trovava S. S., et che si compredeva dalle spese che ognuno
vedeva quanto giustificasse ella: nè spendeva, nè donava un Reale” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 345, f. 64r-v: Carta de la Secretaría de Roma al nuncio en Madrid Cesare Monti,
Patriarca de Antioquía. Roma, 20 de noviembre de 1632).
45 Q. ALDEA VAQUERO, S.I.: “España, el Papado y el Imperio durante la guerra de los
Treinta Años. II: Instrucciones a los nuncios apostólicos en España (1624-1632)”, Miscelánea
Comillas 30 (1958), p. 252.
46 Sobre la colectoria de Portugal desde Paulo V, S. GIORDANO: “Difendere la giurisdittione
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tensión, Urbano VIII, como si fuera un profeta del Antiguo Testamento 48, vaticinó
un castigo divino para la rama hispana de la Casa de Austria si seguía desobede-
ciendo al Pontífice, viendo disminuidos sus extensos territorios en poco tiempo 49.
Al comienzo de las revueltas internas de la Monarquía hispana, tanto la por-
tuguesa como la catalana, Urbano VIII no quiso desaprovechar la ocasión para de-
bilitar a la Monarquía de Felipe IV. Dicho Papa contribuyó activamente a separar
de la Monarquía hispana el reino portugués, al reconocer su independencia en
1640, al mismo tiempo que no condenó la sublevación catalana. Ambos sucesos
impulsaron el fracaso del ideal de la Monarquía Universal 50. Es preciso analizar
la documentación vaticana para entender la actuación de Urbano VIII con respecto
a estas revueltas. En 1626, el rey se desplazaba a Aragón junto a Olivares para asistir
che si dà a lei medesima nell’esercitio della giurisditione apostolica, che per la pubblicità
con la quale i ministri di S. M. sotto pretesto d’abusi e di riforme di codesta nuntiatura e
della “dataria” vanno spargendo molte notorie buggie” (ASV, Segreteria di Stato Spagna
83, f. 159r: Carta de la Secretaría de Roma a monseñor Facchinetti, nuncio en
España. Roma, 31 de diciembre de 1639).
48 R. CUETO: Quimeras y sueños. Los profetas y la Monarquía Católica de Felipe IV,
Valladolid: Universidad de Valladolid, 1994, p. 129.
49 “Ama il Rè como figlio il primogenito di Santa Chiesa, e brama il mantenimento della sua
Monarchia, la quale senza dubbio cadrà se non si sostiene con quell’arti con le quali si è
acquistata. Queste furono la pietà, la religione, congiunte con l’obbedienza verso la Sede
Apostolica. E questa deve hoggi più che mai esser lasciata nel suo splendore e nella sua
Dignità, se Sua Maestà brama di veder fiorire i suoi Regni (…) Verseranno le tempeste
sopra coloro che cercano di commuoverle, ma se questi motivi nascono per dar disgusto a S.B.,
dica pur V.S. che il maggior disgusto ch’ella habbia è l’offesa che si fa a Dio e prevedere il
grave castigo, che caderà sopra la serenissima Casa d’Austria non già per difetto della propia
pietà ma per il mal consiglio dei suoi ministri, i quali non hanno altra mira, che di conservar
quelle leggi ch’essi credono esser di profitto a i soli Regni di Spagna, fra quali vorrebbono
vedere ristretto il dominii di S. M., nè si curano de’ pregiuditii, che possono nascere a gli altri
dominio ch’ella possiede dalla disunione del Papa col Rè, per mantenimiento de’ quali ha egli
bisogno più d’ogni altro principe di star unito con questa Santa Sede, e i predecessori di S.
M, che si sono avveduti dell’indiscriminato zelo de’ suoi ministri hanno curate l’orecchie
all’esorbitanti pretensioni della corte di Castiglia, le quali non mirano ad altro, che ad
addossare sopra lo stato ecclesiastico di quei regni tutt’il peso intollerabile de’ tributi” (ASV,
Segreteria di Stato Spagna 83, ff. 161v-162r: Carta de la Secretaría de Roma a Monseñor
Facchinetti, nuncio en España. Roma, 31 de diciembre de 1639).
50 BNE, Mss. 22998 (26). Carta de un ministro de Felipe IV a Urbano VIII, ante la
resistencia del Pontífice a condenar a los rebeldes de Portugal.
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La otra queja en las Cortes, de la que se hacía eco el nuncio, era por los go-
bernadores de Aragón, que no eran de sangre real 55.
Esta situación se agravó a partir de 1635, cuando de forma abierta se desenca-
denaron las hostilidades armadas entre la Monarquía francesa y la española, re-
percutiendo directamente sobre Aragón y Cataluña, por ser territorios colindantes
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al país vecino 56. No obstante, habría que esperar a 1640 para asistir a una ruptura
entre la corona y estos reinos periféricos. El 7 de junio de 1640, durante la fiesta
del Corpus, se produjo la entrada en Barcelona de los segadors, con la consi-
guiente solución militar por parte de Olivares, en contra de los catalanes, quienes
estaban negociando con la diplomacia francesa para compensar su desequilibrio
frente al gobierno central. La actitud ofensiva de Olivares enfrentó directamente
a Cataluña, mientras los reinos de Aragón y Valencia no ocultaban sus críticas
hacia la política del valido 57.
Desde la corte, el Conde-Duque exigía a Roma una respuesta contundente; la
condena de la sublevación catalana. Sin embargo, desde el Papado, esta revuelta fue
interpretada de manera bien distinta; se acusaba a Olivares de una política rigurosa
con los reinos periféricos para mantener las guerras que proyectaran la imagen de
continuidad de la Monarquía Universal en el exterior. Por tal ambición, Olivares no
había dado oídos a sus vasallos de la Corona de Aragón, que se quejaban de la asfixia
económica que estaban padeciendo. Paralelamente, mientras Cataluña se constituía
en República y se ponía bajo la obediencia de la Monarquía francesa, Roma se ofrecía
a dar apoyo a Cataluña para que el monarca respetase sus privilegios forales 58. Como
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aseguraba el nepote de Urbano VIII, toda la negociación que Roma mantenía con
Cataluña y con la Monarquía francesa era por la paz de los reinos, siendo necesario
que el nuncio transmitiera al monarca esta imagen pacificadora del Pontífice. La
condena por parte de Urbano VIII hacia la actitud de Cataluña, que tanto reclamaba
Olivares, jamás llegó, más bien al contrario, el Papado apoyó la sublevación de Ca-
taluña, con lo que obligaba a Olivares a centrar su atención en los problemas internos
de la Monarquía, gastando más recursos militares y económicos, al mismo tiempo
que, exteriormente, se agotaban los recursos que debían mantener el prestigio de la
Monarquía. Pero además, con esta actitud, Roma contribuía a que el sentimiento
de sublevación de los reinos periféricos se extendiese a otros territorios de la Mo-
narquía como Flandes, Sicilia o Nápoles 59.
En la corte madrileña, esta decisión del Pontífice, por la que se mostraba de-
fensor de los intereses de Cataluña, era apoyada por aquellos nobles contrarios a
la rígida política de Olivares, que buscaban su alejamiento del poder. Informaba
el nuncio de los apoyos que recibía con respecto a la revuelta:
Di buon luogo però vengo avvisato che ne stanno in Palazzo contentissimi, et hanno
a bella posta fatto divulgare, che N.S. ha chiesto al Re per li catalani il perdono, che il
Papa mira per le cose di questa Monarchia con particolare attentione. Questa mattina
più di dieci persone sono venute a rallegrarsi meco del gusto presso il Rè, per l’esibitione
che io gli feci della buona volontà di N. S. nelle rivolte di Catalogna 60.
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Capítulo VI
La actitud de Urbano VIII en detrimento de la política de Olivares era cada vez más
evidente 64.
Asimismo, Roma no ponía freno a la campaña jesuítica que se había levantado
en Portugal contra la figura de Olivares. Superiores y rectores jesuitas de los co-
legios portugueses apoyaban la causa del duque de Braganza, como lo hacía
Roma, de lo que se quejaba Olivares al secretario romano:
[Juan de Chumacero] Entrò poi a dire di haver parlato con qualche maggior
efficacia nel memoriale, solo per essergli stato riferito che il P. Assistente di Portogallo
della Compagnia di Giesù, il quale si mostra tanto appassionato del signore Duca di
Braganza, e della sollevatione da lui fatta, entrava molto spesso in palazzo, et a hore
insolite, e per porte secrete, il ché non faceva prima 65.
Olivares esperaba un precepto rotundo de Roma para que los religiosos por-
tugueses se mantuviesen fieles a Felipe IV, no obstante, la mayoría de los jesuitas
ya se habían puesto del lado del nuevo rey Juan IV. Ya en el año 1637, los colegios
jesuitas participaron de los primeros brotes de sublevación, en la llamada “sedición
de Évora”, convirtiendo la Universidad en uno de los focos contrarios a la corona
hispana. Conforme el duque de Braganza fue afianzando su poder en Portugal,
los jesuitas se iban haciendo cada vez más partidarios de su gobierno, convirtién-
dose ellos mismos en los representantes del nuevo monarca. En este sentido des-
tacaba el jesuita P. Ignacio Mascarenhas, y su compañero Paulo da Costa, quienes
acudieron como diplomáticos –en nombre del duque de Braganza– a Cataluña,
donde mostraron su apoyo a la revuelta catalana.
Otros jesuitas fueron enviados a otros territorios de la Monarquía y fuera
de ella, para conseguir más apoyos para la causa del duque de Braganza 66. Este
64 El cronista real José Pellicer en sus Avisos del 4 de febrero de 1642 informaba:
“De Roma avisan que el Pontífice (...) contra todas las confianzas dadas, recibió con
gran cabalgada y acompañamiento al obispo de Samego, embajador del duque de
Braganza, de que sentidos los señores embajadores de España con sus protestas, se
salieron al punto de Roma” (J. PELLICER OSSAU DE SALAS Y TOBAR: Avisos Históricos...,
op. cit., p. 154).
65 ASV, Segreteria di Stato Spagna 84, f. 217v: Carta de Roma al nuncio Cesare
Facchinetti, arzobispo de Damiata. Madrid, 16 de marzo de 1641.
66 J. BURRIEZA SÁNCHEZ: “La Compañía de Jesús y la defensa de la Monarquía
Hispánica”, Hispania Sacra 60 (2008), pp. 218-222.
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fue el caso del P. Antonio Vieira, quien fue enviado a París con este mismo
propósito 67.
Ciertamente, si buena parte de los miembros de la Compañía de Jesús apo-
yaron ideológicamente las revueltas (en muchos casos a través de los sermones y
de la propia actuación diplomática), respaldando la posición de Roma, todavía
más importante fue su apoyo al Pontífice a la hora de desprestigiar la figura del
conde-duque de Olivares, al que culpaban de todos los males de la Monarquía
para conseguir su caída en desgracia. Mientras negociaba con la diplomacia ca-
talana y portuguesa, Roma creó todo un entramado ideológico para dar a enten-
der al monarca –en este sentido fue primordial la actuación del nuncio en la
corte– que la Monarquía hispana, como pueblo elegido por Dios, había perdido
la gracia divina por culpa de la política de Olivares que no obedecía los postulados
de Roma. Esta propaganda, llegada de Roma, comenzó a ver sus frutos en la dé-
cada de 1640, aprovechando, como es lógico, las revueltas internas de la Monar-
quía. De modo que “la ira divina” y el “castigo de Dios” que tanto se repetía en
las cartas de la nunciatura, debían persuadir al monarca para que alejara del poder
a su valido, pues había cometido dos graves injurias que Roma no iba a perdonar;
por un lado el agravio jurisdiccional que habían cometido Olivares y otros mi-
nistros de Felipe IV contra Roma, y por otro, la ambición territorial a la que as-
piraba la Monarquía Universal, cuya base era Castilla, que durante mucho
tiempo había asfixiado el resto de reinos y territorios:
I motivi delle rivolte del mondo, gl’improsperi successi della Monarchia, i pericoli
delle sollevationi, il discapito della sempre coltivata Religione spagnola, i bisogni che il
Rè ha del Papa in tante angustie, le perdite (…), il vantaggio de’ nemici del Rè, a
quali S. S. poteva darsi in braccio, erano tutte fiacche oppositioni al loro capriccio,
perche stimando il lor consiglio di Castiglia, terrore del mondo, e la Monarchia di
Spagna per invincibile, quanto più i tempi forzano a temporeggiare, sempre più aspri,
non pensano ad altro che ad ingrassare la loro podestá, con spiazzare l’altrui, così niun
rispetto li trattiene dall’essere empii, quando premendo di essere reputati giusti allora
sono empiissimi 68.
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Capítulo VI
Toda esta ideología moral elaborada desde Roma, y fomentada por los enemi-
gos de Olivares en la corte, fue persuadiendo al monarca, poco a poco, de que
debía expulsar de la corte al Conde-Duque. Cuando finalmente se produjo su sa-
lida en 1643, en la corte madrileña había una idea fija: “per tutto il Palazzo si dice,
che il Papa ha finalmente, nella caduta del Conte, veduta la sua vendetta” 69. Cierta-
mente la relación de Olivares con Urbano VIII estaba lejos de ser cordial. Una vez
que el Conde-Duque estaba fuera de la corte el nuncio Panzirolo respiraba tran-
quilo y expresaba a Roma la siguiente reflexión:
[Olivares] è certo che in questi venti anni ha procurato con ogni studio
d’imprimere in questi popoli, e molto più a S. M., et a’ suoi più principali ministri,
che i mali successi della corona siano proceduti dal poco affetto di Sua Santità e di
V.E. verso la Maestà Sua, in luogo di attribuirli al suo pessimo governo, et alla
stravaganza del suo cervello 70.
El alejamiento de Olivares fue el momento propicio para que Urbano VIII in-
fluyese, de manera directa, en la política y conciencia del monarca, de modo que
las órdenes de Roma al nuncio tenían un propósito claro; debía ganarse cuanto
antes la confianza de los nuevos ministros en la corte madrileña, y hacerles entender
que lo más importante para que la Monarquía volviera a la gracia de Dios y no su-
cumbiera del todo, era que la corona se mostrase unida al Papado 71. No cabe duda
que, a partir de 1643, Felipe IV se mostró ante el Pontífice con una actitud diferente;
ahora aparecía como un rey tremendamente espiritual y temeroso de Dios, dis-
puesto a obedecer a Roma, con la promesa de no volver a ofender sus postulados,
siempre y cuando Urbano VIII olvidara los problemas surgidos mientras gobernaba
69 ASV, Segreteria di Stato Spagna 85, f. 142r: Carta del nuncio Giovanni Giacomo
Panzirolo, Patriarca de Constantinopla, a Roma. Madrid, 28 de enero de 1643.
70Ibidem, f. 153v: Carta del nuncio Giovanni Giacomo Panzirolo, Patriarca de
Constantinopla, a Roma. Madrid, 11 de febrero de 1643.
71 “Non gia il Conte Duca habbia abbandonato i papelli, ma se pure il caso fosse avvenuto,
non si dubita, che V.S. havrebbe ben presto cominciato a consigliarci gli animi de’ nuovi
ministri, mostrando, che quando la corona è stata ben unita alla Chiesa, sempre il tutto è
passato assai felicemente, o sia la pace, difficilmente questa posessi trattare senza il mezzo
del Papa, o sia le guerre doversi procurare se non pubblicamente, almeno internamente
l’affetto del Papa, con veramente e schiettamente amarlo” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 86, f.135:. Carta de Roma al nuncio Giovanni Giacomo Panzirolo, Patriarca
de Constantinopla. Madrid, 4 de diciembre de 1642).
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72 “Tutti i ministri di S.M., che da due mesi in qua parlano meco, cominciano il discorso con
assicurarmi certo, che la M.S. è risolutissima di passar ottima corrispondenza con S.S. Esser
vero, che non condannar troppo manifestamente le ationi passate vuol correggerle con dignità
a poco a poco, acciò non si dica che lo fa per trovarsi la Monarchia in travagli, et non per la
sua propria inclinatione al Pontifice, et alla Sede Apostolica, et che però S.B. può
ripromettersi tutta quella buona intelligenza dalla M.S., che habbia già mai provato alcun
Pontefice predecessore. Ma che dall’altro canto S.S. è in obligo di scordarsi di tutte le ationi
passate, mentre è sicura che sono state parti della violentissima natura del signore Conte Duca,
il quale seco i suoi capricci ha ridotto questa monarchia al segno che si vede, et imbrogliate le
cose di tutta la Christianità tanto malamente, non si può dolere S.S. se nell’istessa forma ha
desiderato incrudelir nel Pontificato. Che essendo nota a tutti questa verità non doveva S.B.
attribuirle colpe altrui alla M.S., la quale è certo, che spesse volte ricordava al Conte, che di
gratia non lo mettesse in disgusti con S. S., ma che sì come poi gli lasciava imbrogliar l’altre
cose del Mondo, e della Monarchia, così lasciava porre in poco buon stato la corrispondenza
con il Papa e con V.E. Io rispondo a tutti, che S.S. per qualsivoglia mal trattamento ricevuto,
non ha mai intepidito l’amore suo verso il Rè, anzi ha sempre fatto in beneficio della M.S.
tutto quello, che in coscienza poteva. Ma il Conte ha preteso sempre, che la S.S. si scordasse
della coscienza, e del carico, in che Dio l’ha posto, con permetter qualsivoglia oppressione allo
stato ecclesiastico, et pregiuditio all’Immunità, et perche non ha voluto acconsentirvi, ha
procurato imprimer nel Rè sensi differentissimi da quelli che effettivamente ha S.S. professati,
et manifestati. Concludo a V.E., che mentre tutti i ministri parlano bene della volontà della
M.S. verso S.B., non sarà gran fatto di prestargli intera fede” (ASV, Segreteria di Stato
Spagna 85, ff. 224v-225r: Carta del nuncio Giovanni Giacomo Panzirolo, Patriarca de
Constantinopla, a Roma. Madrid, 11 de mayo de 1643).
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Capítulo VI
En los primeros años del reinado de Felipe IV, la Compañía de Jesús jugó un
papel crucial tanto a nivel espiritual como político en la corte madrileña, toda vez
que los jesuitas se habían convertido en los principales confesores de la nobleza
cortesana 74. En este sentido destacaban importantes jesuitas que se ganaron la con-
fianza de los miembros de la familia real como el P. Jerónimo Florencia, rector del
Colegio Imperial, que ejercía además de predicador real y confesor de los infantes
don Carlos y don Fernando, hermanos del monarca 75; el P. Ambrosio de Peñalosa,
predicador de la reina doña María de Hungría, hermana de Felipe IV 76; el P. Pedro
Austriaca. Políticamente Ilustrada. Por don Diego Saavedra Faxardo, de el Consejo de Su Magestad
en el Supremo de las Indias, y su plenipotenciario para la paz universal. Parte primera dedicada al
principe de las Españas, Madrid: Andrés García de la Iglesia, 1670, pp. 503-504.
74 Para analizar la política de los confesores y predicadores jesuitas en la corte de Felipe
IV véanse los estudios de J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit.,
pp. 187-295; F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV. Corte, intrigas y religión
en la España del Siglo de Oro, Madrid: Actas, 2006, pp. 80-140.
75 Q. ALDEA VAQUERO, S.I.: El cardenal infante don Fernando o la formación de un
príncipe de España, Madrid: Real Academia de la Historia, 1997, p. 50; para la biografía del
P. Florencia, F. HERRERO SALGADO: La oratoria sagrada..., op. cit., III, pp. 441-472, J.
GARAU: “Notas para una biografía del predicador real Jerónimo de Florencia (1565-1633)”,
Revista de Literatura 68 (enero-junio 2006), pp. 101-122.
76 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 454.
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Capítulo VI
84 Citado por A. EZQUERRA: Historia del Colegio de Alcalá..., op. cit., p. 614.
85 J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de Jesús y el poder..., op. cit., p. 212.
86 F. NEGREDO DEL CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., p. 444.
87 Ibidem, pp. 463-464.
88A este respecto consultar el apartado dedicado al P. Salazar en F. NEGREDO DEL
CERRO: Los Predicadores de Felipe IV..., op. cit., pp. 117-140.
89ARSI: Hisp. 82: Del general Vitelleschi al P. Rodrigo Niño, rector de Madrid.
Madrid, 6 de diciembre de 1627.
“El coloquio al Señor Conde de Olivares ha sido muy a propósito y no menos lo que de
resultado V. R. dijo al P. Salazar porque ese es mi sentir, y agradezco mucho al S. Conde que
haya venido por bien que el Padre (Salazar) no se halle en esas juntas, y al mismo provincial
que tenga gusto en huir de ellas, y que de hecho las huya, y holgaré muy mucho que el uno y
el otro sepan este mi sentir, y el Padre (Salazar) con el consuelo que tendría viéndole ajustado
a la comunidad”.
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General le molestaba la intromisión tan directa del P. Salazar en los asuntos polí-
ticos de la Monarquía, que podría reportar críticas a la Compañía aunque, por
otra parte, Vitelleschi no se atrevió a reprender directamente al P. Salazar para no
enojar al Conde-Duque 90. En opinión del General de la Orden, el confesor podía
aconsejar a su penitente, pero de ninguna manera debía asistir a las reuniones de
consejo o ser tratado como un ministro 91. No obstante, existe una cuestión más
trascendental e importante que explicaría la postura reticente de Vitelleschi al
confesionario del P. Salazar. Este jesuita acudía a numerosas juntas en relación
al aumento de la hacienda y de recursos económicos para la defensa de la Monar-
quía, especialmente de sus territorios de Italia. De esta forma, el P. Salazar participó
activamente en: la Junta Grande de Reformación creada en 1622 92, en la Junta
reunida el 10 de junio de 1627 para discutir la manera de financiar y mantener a
los ejércitos 93, o en la Junta de teólogos reunida en diciembre de 1629 para analizar
la moralidad de los arbitrios propuestos, exigiendo en una de las propuestas apro-
badas por esta junta, que los remedios ofrecidos no recayeran exclusivamente sobre
Castilla:
la Palma, de que el P. Salazar fuera servido en platos de plata y no respetara los horarios de una
comunidad religiosa. Febrero de 1627.
92 A. GONZÁLEZ PALENCIA: “La Junta de Reformación. Documentos procedentes del
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Capítulo VI
sino sobre toda la Monarquía, cosa muy deseada en estos tiempos que los demás
reinos y estados ayuden a los de Castilla a llevar las cargas de la defensa y
conservación común 94.
94 AHN, Est. Lib. 856, f. 31v. Sobre la fiscalidad de Castilla y los conflictos en la corte
papel sellado en la Monarquía española (siglos XVII y XVIII)”, Anuario de Historia del Derecho
Español 46/2 (1996), pp. 519-560; G. MARAÑÓN: El Conde-Duque de Olivares. La pasión de
mandar, 2ª ed., Madrid: Espasa, 2006, p. 239.
96 La siguiente carta, escrita por el P. Sebastián González, quien narraba todos los
sucesos de la corte al P. Rafael Pereyra, mostraba la necesidad de la Monarquía de buscar
recursos económicos para mantener su imagen de poder y el descontento de Roma con el
asunto del “papel sellado”, y cómo el nuncio se negaba a su aplicación, incluso si con ello se
ganaba la expulsión de la Corte:
“Muy pesadamente lleva el Nuncio lo del papel sellado; ha mandado cese el
despacho, y habiendo ido por orden de S.M. el señor Confesor, P. Salazar, el Proto-
notario y su cuñado D. Juan Valle de la Cerda, le hablaron en este punto, al cual
respondió con grande resolución, que no innovaría mientras Su Santidad no le mandase
lo contrario, por ser contra la inmunidad eclesiástica. Y procurando satisfacerle á esto,
dijo: «él también sabía lo que debía y podía hacer,» y diciéndole que S. M. también vería
lo que convenía se hiciese, dicen respondió: «¿qué puede hacer más que quitarme las
temporalidades y que salga del Reino? Dispuesto estoy y resuelto á salir dentro de tres
días,» y con esto se fue. Dicen hace lo mismo el vicario del arzobispado de Toledo, y que
el Nuncio ha avisado á los demás obispos y arzobispos no la admitan. También dicen no
la admite el Consejo de Aragón, y que rehúsa el de Ordenes. Las necesidades de las
guerras son tantas, que no me espanto con el grande gasto y empeño busquen trazas
para socorrerlas, aunque no parezcan bien á algunos” (Madrid, 14 de enero de 1637. P.
Sebastián González al P. Rafael Pereyra de la Compañía de Jesús en Sevilla, en P. DE
GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit., XIV
[1862], pp. 12-13).
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Esta relación tensa entre el confesor del valido y el general Vitelleschi comen-
zaba a finales de la década de los años 20, cuando Salazar empezó a asistir a las
juntas con el propósito de conseguir dinero para mantener el ritmo de guerras en
Europa. Ciertamente, los primeros años en los que el P. Salazar ejerció de confesor,
Vitelleschi mostró interés por ganarse al jesuita. Su aventajada posición en la corte
podía favorecer a los grandes protectores de la Compañía que acudían a Madrid
para resolver sus negocios. Como no podía ser de otra manera, la mayoría de ellos
eran nuncios, cardenales o nobles italianos que respaldaban los intereses de Roma
en la Monarquía hispana. Este fue el caso, en diciembre de 1622, cuando el nuncio
apostólico en Flandes, Guido di Bagno, acudía a Madrid para tratar asuntos en el
Consejo de Italia, por lo que Vitelleschi rogaba encarecidamente al P. Salazar que
favoreciese los negocios del nuncio 97. O en enero de 1626 cuando el cardenal le-
gado, Francesco Barberini, nepote de Urbano VIII, acudía a Madrid para tratar
con el monarca los enfrentamientos entre la Monarquía hispana y la francesa en
el norte de Italia. Con este motivo escribía Vitelleschi al P. Salazar que, además de
favorecer en todo los intereses del cardenal, sirviese en todo a varios nobles italianos
que acompañaban al cardenal Barberini en su séquito, como don Ascanio Filoma-
rino, mayordomo del mismo y también camarero secreto del Pontífice, por “el en-
trañable amor y devoción que tiene a la Compañía” 98; don Camillo Lanfranco,
caballero de Nápoles, y protector de la Compañía 99; o don Tarquinio Galuzzi, con-
fesor del cardenal Barberini, descrito como un “sujeto de muy buenas partes, reli-
gioso, y fiel hijo de la Compañía” 100. En otras ocasiones se trataba de facilitar la
obtención de mercedes, dignidades o prebendas para aquellos personajes protectores
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Capítulo VI
101 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 148r: Vitelleschi al P. Hernando de
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acarrea ni servirá a la Iglesia ni hará bien sino grande mal a nuestra religión” 105.
Rápidamente, Vitelleschi solicitó al provincial de Toledo, el P. Francisco Aguado,
gran confidente del General, y portavoz de Vitelleschi y de los intereses de Roma
en este asunto, que tratara de poner fin a este propósito, ordenándole que se pre-
sentara ante el monarca para darle un memorial en el que se especificaban los in-
convenientes de la promoción del P. Salazar a un obispado 106. La cuestión de la
concesión del obispado de Málaga, cambiando después la petición al arzobispado
de Charcas en el reino del Perú, se convirtió en una auténtica pugna de poder
entre Roma y Madrid por el control de los asuntos eclesiásticos. En septiembre
de 1630, el confesor del rey, fray Antonio de Sotomayor, que defendió al P. Salazar
en todo momento, se presentaba enojado ante el nuncio, Cesare Monti, para ad-
vertirle que era inadmisible que se justificase la negativa a la promoción del obis-
pado en el mal que sufriría la Compañía al admitir dignidades eclesiásticas, cuando
un Re di Grande, e di benemerito della Sede Apostolica como era Felipe IV lo solici-
taba, pareciendo que pesaba más en Roma la opinión de una orden religiosa que
la de un príncipe defensor del Catolicismo 107. Otro de los grandes enfrentados
con Roma a favor del P. Salazar era Jerónimo de Villanueva, Protonotario de Ara-
gón, del entorno de confianza de Olivares, quien transmitía al nuncio el disgusto
del monarca por este asunto, advirtiendo “che S.B. deve mirare per l’autorità del
Rè e non discreditarlo col mondo anche nelle qualità delle gratie” 108. En otras cartas
fechadas en el año 1631, el nuncio comunicaba a Roma las opiniones de la corte,
sobre todo las quejas del Conde-Duque y del confesor del Rey, al recordar cómo
al P. Fernando de Mendoza, confesor de la condesa de Lemos, hermana del duque
de Lerma, se le había concedido el obispado de Cuzco. O el caso del P. Roberto
Bellarmino que había sido Arzobispo de Capua. La conclusión a la que se había
llegado en la corte era que el P. Salazar “por haver servido al Rey, traía tantas
105 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 226r: Vitelleschi al duque de
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Capítulo VI
109 ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, ff. 29v-31r: Del Patriarca de Antioquia, nuncio
de junio de 1631.
111 “Al medesimo padre Salazar intendo viene destinato l’ufficio del Commissario della Crociata,
che tiene hoggi di il Padre confessore del Rè, il quale intedo venga proposto per Inquisitor
Maggiore. E ben si vede, che’l procurarle dignità speciale e con intento d’impiegarlo qui in
Corte, essendo egli hoggi di quello che nelle giunte, che sono qui frequentissime, e più impiegato
d’ogn’altro ministro” (Ibidem, f. 85v: De Roma a Monseñor Patriarca de Antioquia,
nuncio en España. Cifrada el 4 de junio de 1631).
112 Ibidem, f. 106r-v: De Madrid, de Monseñor Patriarca de Antioquía, nuncio en España.
8 de julio de 1631.
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Roma del nuevo cargo del P. Salazar como consejero inquisitorial, donde “s’arroga
gia grandemente autorità” 113. Paradójicamente, su entrada en el Consejo no le hizo
abandonar su idea de ser arzobispo de Charcas, sino que le dio mayor ímpetu para
exigir a Roma dicha dignidad. Se pensó incluso, en noviembre de 1631, que el P.
Salazar se pasase a otra religión, desde la que poder obtener el arzobispado indiano
sin tantos obstáculos 114. Finalmente, la constante presión a Roma hizo que Urbano
VIII concediera el arzobispado siempre y cuando mantuviera “las condiciones que
Su Beatitud expresa en el breve que sobre este punto tiene concedido” 115, es decir,
que Felipe IV no podía proponer nunca más jesuitas para una mitra, que el P. Sa-
lazar no podía ser trasferido a otra sede, y por último, la prohibición de vestirse
como obispo, y mucho menos recibiría la consagración episcopal. Este breve, de
nuevo, fue una deshonra para Olivares, una afrenta directa del Pontífice que acep-
taba la propuesta del príncipe, pero determinaba sus condiciones, que hicieron del
P. Salazar un arzobispo de Charcas “electo”, pero nunca en funciones 116. Felipe IV
permitió entonces que el P. Salazar no se marchara al Perú, al mismo tiempo que
gozaría de una nada desdeñable pensión anual 117.
Desde el preciso instante en que el P. Salazar consiguió su plaza en el Consejo
Inquisitorial, no tuvo más remedio que dejar de confesar al Conde-Duque. Fue
entonces cuando Roma aprovechó para mover los hilos situando en tan importante
cargo a un religioso fiel a sus intereses y confidente del General de la Orden 118.
113 ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, f. 160v: De Madrid, del Patriarca de Antiquía
nuncio en España. 30 de agosto de 1631.
114 Ibidem, f. 234r: De Madrid, del nuncio. 14 de noviembre de 1631.
115 ARSI: Hisp. 70, Epp. Generalium (1594-1640), f. 292r: Vitelleschi al P. Hernando de
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Capítulo VI
“Il P. Salazar, dopo che entrò nell’Inquisitione, non confessò più il Conte il quale ha
chiesto alla Compagnia che le proponga soggetti per confessori suoi, e fra tanto si confessa
col confessore della contessa d’Olivares, che è un prete Benefitiato di S. Giovanni” (ASV,
Segreteria di Stato Spagna 72, f. 110r-v: De Madrid, del Arzobispo de Antioquía,
nuncio en Madrid. 19 de julio de 1631).
119 C. M. ABAD, S.I.: Vida y escritos del V. P. Luis de la Puente..., op. cit., pp. 266-268; G.
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por espacio de cuarenta años me ha hecho Dios merced de poder tratar a este
venerable varón –La Palma– siendo su ayudante y compañero en el oficio de
Provincial y comunicándole 121.
pero también por el gran favor, que desde tan elevada posición en la corte, podría
hacer a la Compañía y a los intereses de Roma, siempre con la debida cautela y
sigilo, tal y como se desprende de la siguiente carta del General al P. Aguado en
octubre de 1631, cuando acababa de tomar el cargo de confesor:
Escribí a Su Excelencia –Olivares– dándole las debidas gracias por la
particular merced que en esto ha hecho a la Compañía y mostrando el consuelo
que todos hemos recibido de la acertada elección que ha hecho de persona tan
digna como V. R., que hará ese officio con entera satisfacción y me ayudará a
corresponder en algo a las grandes y antiguas obligaciones que la Compañía
tiene a Su Ex. y a su casa. Ya sabe V. R. que teniendo V. R. ese puesto, como lo
tiene, muchos han de querer valerse de su ayuda, y favor y no pocos de ellos me
pedirán como ya lo han comenzado a hacer, que interceda por ellos, escribiendo
a V. R., y aunque yo procuraré escusarme lo más que pudiere, muchas vezes me
hallaré obligado a hacer semejantes intercesiones. V. R. sepa y esté advertido que
en quantas hiciere, no es mi intento que V. R. haga alguna diligencia que sea de
algún inconveniente, ni desdiga en algo de nuestro modo de proceder 123.
121 F. CERECEDA, S.I.: “Carta necrológica sobre el P. Luis de la Palma”, op. cit., pp. 155-
161.
122 Alonso DE ANDRADE, S.I.: Vida del venerable padre Francisco Aguado. Provincial de la
Compañía de Jesús en la provincia de Toledo, y predicador de la Magestad del Rey de las Españas
don Felipe Quarto N. S. por el Padre Alonso de Andrade de la Compañía de Jesús, natural de
Toledo, calificador del consejo supremo de la Santa y General Inquisición. 1658, p. 267 (BIHSI,
Fondo Antico, 16. A).
123 ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), f. 192v: Vitelleschi al P. Francisco Aguado. 20 de octubre
de 1631.
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Capítulo VI
124 El monarca “quiso valerse de su consejo en una de las cosas mas importantes que
penden de su cuidado, que es la provisión de los obispados, no solo de estos reinos, sino de todos
los sujetos a su corona, Italia, Portugal, y las indias orientales y occidentales, remitiéndole todas
las consultas, mandándole que diesse su parecer en ellas, declarando a quien tenía por mas digno
de la mitra que se consultaba”. Pero además, Felipe IV “deseando dar algún premio a sus
méritos, le hizo su predicador, para que tuviesse mas entrada en su palacio y en público y en
secreto le avisasse lo que convenía para su alma y para el buen gobierno de sus reinos” (Alonso
DE ANDRADE, S.I.: Vida del venerable padre Francisco Aguado..., op. cit., pp. 275-277).
125 Los encargos de Vitelleschi al P. Aguado en J. J. LOZANO NAVARRO: La Compañía de
Jesús y el poder..., op. cit., pp. 260-262.
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Capítulo VI
De nuevas hay que estos días hemos tenido en casa gran batalla entre el P.
Salazar y el P. Agustín de Castro: el P. Salazar, sentido de que Castro había
predicado en dos sermones de la Cuaresma contra él, se quejó al Conde-Duque,
porque la materia de esta queja tocaba en haber reprendido el arbitrio del papel
sellado por lo que tocaba á los religiosos. El Conde mostró grave enojo del caso,
tanto, que se llegó á publicar que desterraban á Castro. Háse compuesto este golpe
de suerte que no correrá sangre 130.
130 P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XIV (1862), pp. 88-89. Del P. Antonio Velázquez al P. Rafael Pereyra. Madrid, 22 de abril
de 1637.
131Ibidem, pp. 104-106. Del P. Cristóbal Pérez al P. Rafael Pereyra. Madrid, 28 de abril
de 1637.
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Como no podía ser de otra manera, si el malvado Holofernes era Olivares, que
estaba asediando al pueblo con los impuestos a causa del acelerado ritmo de guerras
en Europa, la representación de Judit, la “heroína” amada por sus vasallos, era la
reina Isabel de Borbón que debía acabar con la carrera del valido 132. La complici-
dad del predicador jesuita con las damas de la reina, quienes llevaban tiempo iden-
tificando a Olivares como Holofernes, y el posterior júbilo de éstas al escuchar este
símil en el sermón del P. Castro, tal y como muestra la carta jesuita, confirman la
implicación de la reina Isabel en esta batalla de crítica y desprestigio contra el
Conde-Duque.
La reacción de Olivares y de su confesor, el P. Fernando Salazar, contra el
predicador jesuita no se hizo esperar; exigían la expulsión inmediata del P. Castro
de la corte 133.
Al igual que el predicador jesuita, otros religiosos que habían predicado con-
tra los impuestos del valido y su confesor, fueron perseguidos por Olivares. Pero
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Capítulo VI
134 Cita P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús...,
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destierro de la corte del P. Herrera. El trasfondo de su salida tenía que ver con
la enemistad de Olivares hacia el Almirante de Castilla, a quien confesaba el P.
Herrera 138. En 1647, tras la caída de Olivares, el P. Antonio Herrera, regresaba
a la corte, con el nombramiento de predicador real 139.
La cercanía del P. Agustín de Castro a la reina y al joven príncipe Baltasar
Carlos quedaba manifestada en un tratado que escribió el jesuita en 1638, tras
todos los altercados ocurridos con sus sermones de tono político. El P. Castro de-
jaba bien clara su afiliación al partido de la Reina y del Príncipe, y a través de su
opúsculo daba consejos al príncipe para cuando él se convirtiera en monarca. En
la undécima conclusión “Como se ha de aver el Príncipe en las materias de Religión”,
el P. Castro aconsejaba al príncipe que lo más importante para gobernar era el
respeto al Pontífice y el temor al castigo de Dios 140. Finalmente, bajo la protección
de la Reina y del joven príncipe Baltasar Carlos, el P. Castro se consolidó en la
corte tras la caída del valido en 1643, al menos durante un tiempo. Tanto fue así,
que el jesuita fue miembro de la Junta de Conciencia, reunida en 1643, encargada
de velar por la justicia de los impuestos del equipo de gobierno anterior (el de
Olivares). El predicador habló con claridad en dicha junta de la injusticia de los
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Capítulo VI
En el siglo XVII el Papado consiguió extender su ideología religiosa por las di-
ferentes cortes europeas católicas. En esta empresa, los Pontífices contaron sobre
todo con el apoyo de la Compañía de Jesús y de las órdenes reformadas, que se en-
cargaron de difundir una espiritualidad más radical y una mayor dependencia de
los príncipes al Papado. Ya se ha estudiado cómo el confesionalismo romano se fue
implantando en la Monarquía hispana especialmente durante el reinado de Feli-
pe III. De igual manera, Roma no quiso perder la ocasión de influir en la política
de la otra rama de los Austrias, la imperial, pero para ello, tuvo que esperar a la lle-
gada al trono imperial de un católico radical, el emperador Fernando II (1619-1637).
También en el caso del Sacro Imperio, la Compañía de Jesús y los descalzos cola-
boraron activamente con el pontífice Urbano VIII para tratar de unificar en una
misma religión, la católica, a un Imperio dividido en confesiones. Asimismo, la
Compañía influyó de manera decisiva en otra cuestión propagandística e ideológica
que afectaba a ambas ramas de la dinastía de los Austrias, la austriaca y la hispana;
se trataba de impulsar la idea de la Pietas Austriaca en la que el emperador y el mo-
narca hispano mostrasen públicamente su obediencia a la Iglesia.
141 R. CUETO: Quimeras y sueños. Los profetas y la Monarquía Católica..., op. cit., pp. 80-81.
142 Citado por G. MARAÑÓN: El Conde-Duque de Olivares..., op. cit., p. 596.
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Para el caso de la rama austriaca de los Habsburgo, los excelentes estudios del
profesor Robert Bireley sobre la Compañía de Jesús en el Imperio durante la Guerra
de los Treinta Años, han arrojado mayor luz sobre el papel que jugaron los jesuitas
como agentes de Roma en la política religiosa del emperador Fernando II 143. Al
igual que Bireley, otros especialistas 144 han analizado en detalle la vigorosa política
confesional implantada en el Sacro Imperio en tiempos de Fernando, tomando como
referencia las pautas confesionales estudiadas por H. Schilling y W. Reinhard 145.
De este modo, durante el gobierno de Fernando II se consiguió crear una sólida es-
tructura burocrática capaz de aumentar la autoridad de un Emperador, fiel a los de-
signios de Roma. En primer lugar se concentró en Viena, residencia del Emperador,
toda la administración y la autoridad judicial de los territorios de Austria y Bohemia.
Asimismo, en 1624, la chancillería de Bohemia fue trasladada de Praga a Viena y el
obispado vienés fue elevado a imperial en 1631, cambios que ayudaron a elevar aún
más el estatus de la ciudad 146. En el aspecto religioso, los confesores y predicadores
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Capítulo VI
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150 K. SPIEGEL: “Die Prager Universitätsunion, 1618-1654”, Mitteilungen des Vereins für die
Geschichte der Deutschen in Böhmen 62 (1924), pp. 5-94; R. BIRELEY, S.I.: “Fernando II...”, op.
cit., p. 239.
151 Para comprender la función que desarrolló el colegio germánico, A. STEINHUBER:
Geschichte des Collegium Germanicum Hungaricum in Rom, Freiburg: Breisgau, 1895, I, pp.
142-145; I. BITSKEY: “Il Collegio Germanico-Ungarico di roma e la formazione della
Controriforma ungherese”, en C. FROVA y P. SÀRKÒZY (eds.): Roma e l’Italia nel contesto
della storia delle Università ungheresi, Roma: Edizioni dell’Ateneo, 1985, pp. 115-126.
152
G. HEISS: “Princes, Jesuits and the origins of Counter-Reformation in the Habsburg
Lands”, en R. J. W. EVANS y T. V. THOMAS (eds.): Crown, Church and Estates..., op. cit., pp. 92-
98.
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Capítulo VI
divina Providencia daba el dominio político a los Austrias, no obstante, dicho poder
se hallaba supeditado al poder espiritual de la Iglesia. Esta potenciación de la piedad
del monarca hispano y del emperador fue defendida por Botero y Lipsius durante
la primera mitad del siglo XVII, de forma totalmente opuesta a la tesis maquiavelista
que desechaba el papel primordial de la Iglesia Católica como unión territorial y
disciplinamiento de un estado. Giovanni Botero, natural de Cuneo, en la región del
Piamonte, estudió en la Compañía en la que luego profesó, no obstante, decidió
abandonar la Orden por sus diferencias con el gobierno del general Aquaviva que
no veía con buenos ojos la radicalidad religiosa que defendía Botero. A su salida de
la Compañía, conectó ideológicamente con la radicalidad religiosa del cardenal Car-
los Borromeo, quien no dudó en acogerlo como secretario suyo, en su diócesis de
Milán en 1582 153. La religión, acorde con la obra más conocida de Botero Della
ragion di Stato (Venecia, 1589), daba coraje en la batalla, responsabilidad civil y obe-
diencia (tal y como ocurrió en la batalla de Montaña Blanca) 154. Según Botero no
había ley más favorable a un príncipe que la cristiana, porque unía las conciencias
de los súbditos, de forma que el cuerpo social obedecía a la Iglesia, como parte fun-
damental de la política de un príncipe cristiano 155. Asimismo, Botero daba un pro-
tagonismo esencial a las órdenes religiosas dado que unificaban los territorios
imponiendo una misma espiritualidad 156. Por su parte, Justus Lipsius, nacido en
153 F. RURALE: “Carlo Borromeo, Botero, Mazzarino...”, op. cit., pp. 289-302.
154 S. GIORDANO: Domenico di Gesù Maria, Ruzola (1559-1630). Un carmelitano scalzo
tra política e reforma nella Chiesa posttridentina, Roma: Teresianum (Institutum Historicum
Teresiaum, Studia 6), 1991, pp. 183-184; S. GIORDANO: “Note sugli Ordini religiosi in
Boemia e Moravia agli esordi della Guerra dei Trent’anni”, en M. C. GIANNINI (a cura di):
Religione, Conflittualità e cultura..., op. cit., pp. 129-157; F. GUI: I Gesuiti e la rivoluzione
Boema. Alle origini della guerra dei Trent’anni, Milán: FrancoAngeli, 1989.
155 R. DESCENDRE: “Une monarchie ‘presque universelle’: géopolitique de l’Empire dans
les Relazioni universali de Giovanni Botero”, en F. CRÉMOUX, J. L. FOURNEL (coords.): Idées
d’empire en Italie et en Espagne (XIVe- XVIIe siècle), Rouen: PURH, 2010, pp. 217-232; J. A.
FERNÁNDEZ-SANTAMARÍA: “Botero, Reason of State, and Political Tacitism in the Spanish
Baroque”, en A. E. BALDINI (ed.): Botero e la “Ragion di Stato”. Atti del convegno in memoria di
Luigi Firpo. Torino 8-10 marzo 1990, Florencia: Leo S. Olschki Editore, 1992, pp. 265-286.
156 A. TENENTI: “Dalla ‹ragion di stato› di Machiavelli a quella di Botero”, pp. 11-22 y M.
G. BOTTARO PALUMBO: “‹Della cagione della grandezza degli Stati›: monarchie e repubbliche
nell’opera di Botero”, pp. 105-123, ambos artículos en A. E. BALDINI (ed.): Botero e la “Ragion
di Stato”..., op. cit.
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Fajardo”, Res publica: revista de la historia y del presente de los conceptos políticos 19 (2008), pp.
209-234; B. ANTÓN MARTÍNEZ: “El humanista flamenco J. Lipsio y la receptio del Tacitismo
en España”, en J. M. MAESTRE MAESTRE y J. PASCUAL BAREA (coords.): Humanismo y
pervivencia del mundo clásico: Actas del I Simposio sobre Humanismo y pervivencia del mundo
clásico (Alcañiz, 8 al 11 de mayo de 1990), Cádiz: Universidad de Cádiz, 1993, I, pp. 237-250.
159 T. VAN HOUDT: “Justus Lipsius and the archdukes Albert and Isabella”, Bulletin de
l’Institut Historique Belge de Rome 68 (1998), pp. 405-432.
160A. CORETH: Pietas Austriaca, traducido por W. D. Bowman y A. M. Leitgeb,
Lafayette (In): Purdue University Press, 2004, p. 1.
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Capítulo VI
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No obstante, no fue hasta el siglo XVII cuando la adoración del Santísimo influyó
en la política de los príncipes tomando tintes más radicales; comenzaron a promo-
verse por todo el territorio católico las cuarenta horas de devoción a la Eucaristía,
se multiplicaron el número de confraternidades dedicadas a la Eucaristía, al igual
que las procesiones del Corpus Christi tomaron un protagonismo primordial en el
ceremonial de las Cortes católicas 165. La casa de los Habsburgo, tanto en su ver-
tiente hispana como austriaca, comenzó a tener una relación especial por la Euca-
ristía 166. El jesuita italiano Hortensius Pallavicini escribió sobre esta relación en
su libro Austriaci Caesares, publicado en Milán en 1649 167. Esta adoración de los
Austrias por la Eucaristía, que se conocía como Pietas Eucharistica, formaba parte
de todo el programa religioso de la Pietas Austriaca. A través de la veneración del
viático, el emperador Fernando II y Felipe IV renovaban un vínculo particular con
el conde Rodolfo IV, fundador de la grandeza de la dinastía de los Habsburgo.
Dicho conde se convirtió en modelo de la Casa de Austria, ya que él mostró que la
adoración de la custodia daba gracia divina a la dinastía. El mito devoto de Rodolfo
relataba cómo el conde iba de caza con su séquito y en el camino se encontró a un
clérigo que intentaba bordear un río para llevar el viático a un enfermo. Entonces
Rodolfo, al verlo, descendió de su montura, veneró la sagrada forma y ofreció su
caballo al sacerdote, al que acompañó en su camino. En ese momento, el clérigo
auguró al conde que llegaría a ser Emperador, y que Dios honraría a su linaje con
grandes glorias, como él había honrado el Santísimo Sacramento. Poco tiempo des-
pués, las palabras del sacerdote se cumplieron y el conde se convirtió en el empe-
rador Rodolfo I, iniciando así la saga de emperadores de la casa de Austria. Otras
crónicas explicaban con mayor precisión este providencialismo del conde Rodolfo,
pues parece ser que aquel sacerdote al que dejó su montura en el bosque para llevar
el viático, se encontraba presente en la posterior elección de Emperador, como se-
cretario del arzobispo elector de Moguncia, quien convenció al resto de electores
de las virtudes del conde de Habsburgo y de su devoción al Santísimo Sacramento,
165 M. A. VISCEGLIA: “Entre liturgia y política: El Corpus Domini en Roma (siglos XV-
XVIII)”, en M. A. VISCEGLIA: Guerra, Diplomacia y Etiqueta..., op. cit., pp. 171-224.
166A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, traducido del alemán por Wanda Peroni Bauer,
Milán: TEA, 1993, p. 117.
167 Hortensio PALLAVICINO, S.I.: Austraci Caesares Maria Anno Austriaco potentissimo
hispaniarum regino in dotale avspicivm exhibiti, Mediolani, 1649 (BNE, R/15461).
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Capítulo VI
saliendo finalmente elegido Rodolfo como Emperador de Romanos 168. Sea como
fuere, se interpretó que, por la adoración al cuerpo sacramentado de Cristo por
parte del conde de Habsburgo al viático, y su reverencia a la Iglesia (simbolizada
en la figura del eclesiástico), la Casa de Austria fue elegida por la divinidad para las
mayores glorias terrenales. En tiempos del conde Rodolfo, el papa Urbano IV ins-
titucionalizó la fiesta del Corpus Domini en 1264 como fiesta de la Iglesia universal,
el mismo año en que Rodolfo se encontró al sacerdote. Según el estudio de Anna
Coreth sobre la Pietas Austriaca, la primera crónica franciscana que relató este su-
ceso fue en 1340, cuando Rodolfo I había fallecido en 1291. Ciertamente, si no es
seguro que este encuentro del conde Rodolfo con el viático ocurriese en realidad,
lo que no se puede negar es que se vinculó intencionadamente con la fiesta del Cor-
pus Domini en 1264 169. De este modo, aparecía un Rodolfo piadoso y devoto, que
dejaba de ser un guerrero; se creaba así un nuevo modelo para los reyes Habsburgo.
Esta leyenda ya aparecía como ejemplo de piedad tanto en la obra Della Ragion di
Stato de Botero como en los Monita et exempla politica escritos por Justo Lipsio.
De esta interpretación, resurgía en el siglo XVII la relación especial entre los
Habsburgo y la Eucaristía. La recepción frecuente de la comunión por el Empera-
dor y su corte llegó a ser un signo público de las celebraciones festivas. Fernando II
obligaba a toda la corte de Viena a asistir a la procesión del Corpus Christi, encabe-
zada por el Emperador, quien multiplicaba las ocasiones de mostrar su piedad euca-
rística, como símbolo de la unidad confesional católica por cuya afirmación el
Emperador combatió en la larga guerra desencadenada tras la defenestración de
Praga 170. La propia ceremonia celebrada en la capital era repetida en cada territorio
del dominio de la Casa de Austria como si el Emperador estuviera presente. Por
su parte, el P. Lamormaini en su libro sobre las virtudes de Fernando II, explicaba
la continua veneración del emperador a la Eucaristía, quien pasaba horas y horas
rezando ante el Santísimo para que le colmara de gloria.
168 Lo recordaba Francisco JARQUE en su Sacra consolatoria del tiempo, en las guerras, y
otras calamidades publicas de la Casa de Austria, y Catolica Monarquia. Pronostico de su
restauracion, y gloriosos adelantamientos, Valencia, 1642, p. 153 (BNE 3/41474).
169 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 37.
170 P. KLÉBER MONOD: The Power of Kings Monarchy and Religion in Europe 1589-1715,
New Haven-London: Yale University Press, 1999, p. 88; J. DUINDAM: Vienna e Versailles. Le
corti di due grandi dinastie rivali (1550-1780), Roma: Donzelli, 2004, pp. 188-200.
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Capítulo VI
174 Sobre el “goticismo” que, en tiempos de Felipe II, sirvió para fundamentar la identidad
de la Monarquía hispana sobre el reino castellano, A. REDONDO: Revisitando las culturas del
Siglo de Oro. Mentalidades, tradiciones culturales, creaciones paraliterarias y literarias, Salamanca:
Universidad de Salamanca, 2007, pp. 49-50; J. M. DEL ESTAL: “Culto de Felipe II a San
Hermenegildo”, op. cit., pp. 523-552; F. MÁRQUEZ VILLANUEVA: “Trasfondos de La Profecía
del Tajo. Goticismo y Profetismo”, en V. GARCÍA DE LA CONCHA y J. SAN JOSÉ LERA (eds.):
Fray Luis de León. Historia, Humanismo y Letras, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1996,
pp. 423-450.
175
J. MARTÍNEZ MILLÁN: “El triunfo de Roma. Las relaciones entre el Papado y la
Monarquía católica...”, op. cit., I, pp. 550-551.
176 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 86.
177 Entre otros, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud coronada: Carlos II y la piedad
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Esta devoción a la Eucaristía, como no podía ser de otra manera, era fomentada
desde Roma, pues colocaba a la Monarquía hispana dependiente de los designios
divinos, y por lo tanto, el monarca debía obedecer los preceptos y decisiones del
representante de Cristo en la tierra. Esto se ve claramente en multitud de sucesos,
entre los que me gustaría destacar uno: la colocación del Santísimo Sacramento en
la Capilla del Palacio Real, promovida por el confesor del Conde-Duque, el jesuita
Francisco Aguado, fiel aliado de Roma. De ahí el interés de Roma y del general de
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Capítulo VI
179 “Una cosa hizo en este tiempo digna de su buen espíritu, que no es justo pasar en
silencio, y fue la colocación del Santissimo Sacramento en la Capilla Real de Palacio, la
qual sucedió desta manera: las vezes que se detenía –el P. Aguado– en palacio por algún
accidente, que no son pocos los que vienen sobre los palacios de los Reyes, se retirava
a la Capillla a lograrlos con Dios, que era su más ordinaria ocupación: haziale mucha
soledad la falta del Santissimo Sacramento; y con esta ocasión empezó Dios a
despertar en su corazón un vivo deseo de que estuviesse siempre en aquel lugar,
quando va la voluntad delante halla muchas razones el entendimiento para lo que
desea, y assi las halló el buen Padre para su santo intento; tomó la pluma, y hizo un
breve memorial, en que puso todas las razones, y congruencias que se le ofrecieron
para dar esta honra a la Capilla real de Palacio, y juntamente los inconvenientes que se
experimentaban, y podían suceder por falta del Santissimo en ella, representándolos
al Conde-Duque de palabra, y habló al Rey, y diole su memorial el qual remitió al
Presidente de Castilla, al patriarca de las indias, y a su confessor, juntaronse todos,
confirieron la materia, y unánimes y conformes, aprobaron las razones del Padre; y por
voto de todos respondieron a Su Magestad, que era un pensamiento muy pio, y
conveniente, y que como tal se devia executar: abrazó el Rey su parecer, y luego se dio
orden de ponerle en execución con la mayor solemnidad posible: aderezaronse la
capilla, y los Corredores de Palacio riquissimamente: dispusieronse quatro altares en
los quatro ángulos, los más curiosos, ricos y vistosos que se vieron en la corte: ordenose
una processión solemnissima, acompañola el Rey con el príncipe su hijo, y con todos
los Grandes, y consejeros de la Corte, la Reyna con las damas, y señoras de honor
salieron a recibirla a los umbrales de palacio: la missa dixo de pontifical el cardinal
Espinosa en la parroquia de San Juan, desde donde se traxo el Santissimo con toda la
solemnidad, y magestad posible: al entrar en palacio cantó la música en nombre de los
piadosissimos Reyes: Domine non sum dignus, ut intres sub tectum meum. Señor, no
soy yo digno que V. M. entre en mi casa, fue la acción más lustrosa, y el día más
solemne que vio aquel Real Palacio, desde que se fundó hasta entonces: los Reyes
quedaron consoladissimos con tal huésped, o por mejor decir viendo, y teniendo a Su
Señor, y Creador dentro de las puertas de su casa, y todos los de su palacio
gozosissimos, viendo en sus días cumplido el bien de que avian carecido tantos siglos:
dispusose un rico, y curioso camarín, para quando se reserva en la semana Santa, que
es de las piezas más bien acabadas que tiene España, una rica, y bien labrada custodia
para su guarda, y cada mes se le haze fiesta de Quarenta Horas, a que asisten los reyes,
y todo su palacio, que cada día crece en devoción deste divinissimo misterio: todo lo
qual se debe a la devoción y diligencia de N. P. que despertó este santo pensamiento, y
le llevó hasta el cabo con mucho fruto, y consuelo del Real Palacio, adonde confiamos en
Dios mejorará este señor de Capilla, haziendola tan sumptuosa, como pide su asistencia,
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que no es justo tenga alguno mejor aposento que Dios en los Palacios de la tierra, pues
los soberanos del cielo no son dignos de tenerle, y cortos a su grandeza para morar en
ellos” (Alonso DE ANDRADE, S.I.: Vida del venerable padre Francisco Aguado..., op. cit.,
pp. 282-284).
180 El P. Pereyra era procurador general de la Provincia de Andalucía, quien se encargó
de recoger las noticias más relevantes de la Monarquía, en un intento por continuar la
Historia de España del P. Juan DE MARIANA.
181 En P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XV (1862), p. 190. De Madrid, 7 de marzo de 1639. El P. Sebastian González al P. Rafael
Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla.
182 “El jueves pasado se colocó el Santísimo Sacramento en Palacio (…) Dieron los
operarios la posible, y se concluyeron todos los altares para cuando quería salir la
procesión. Estaba colgado desde San Juan hasta el último altar de terciopelos y
damascos; desde este altar á Palacio estaba colgada la tapicería de Túnez, que es de seda
y oro. El portal de Palacio y escalera estaba colgada con la tapicería del Apocalipsi. En
frente estaban los reposteros de damasco colorado, ricamente bordados con las armas de
S.M.; en el corredor hasta la Capilla estaba la colgadura de los siete planetas, que es
de las más ricas piezas, por el arte y propiedad de las figuras, y estimación en que S.M.
la tiene, porque lo más es oro y grande cantidad de perlas y otras piedras de mucho
valor. En frente estaba otra no menos rica que trajeron de Portugal. La capilla tenía
otras colgaduras, las mejores del Retiro; el retablo se había renovado y acomodado.
Púsose en él un tabernáculo grande de bronce dorado y plata, de estremada hechura;
dicen pasa su valor de veinte y cuatro mil ducados. Los altares estaban ricamente
adornados; los doseles, unos eran de brocado, otros de telas bordadas, lo mejor que hay
en la Corte.
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185 “El conde de Benavente el dia de Nuestra Señora de las Nieves hace en la casa profesa
una grandiosa fiesta al Santísimo Sacramento, en recompensa de las injurias que le
hizo el ejército francés en Flandes, de que habrá por allá suficiente noticia. Glorificado
sea el Señor que en sí sufre tantos ultrajes: él guarde á V. R. como deseo” (P. DE
GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op. cit., XIII
[1861], p. 193. Valladolid, 21 de junio de 1635. El P. Juan Chacón al P. Rafael Pereyra).
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Capítulo VI
186 “Hállome obligado por no pocos títulos, a ofrecer a V. M. este pobre, y humilde trabajo,
que he recogido de varios apuntamientos, que en el discurso de mi estudio he ido
haziendo del misterio Augustissimo de la Fè, y Santissimo Sacramento del Altar. El
primer título es, hallarme Predicador de V. M. indigno con verdad de tan honorifico
renombre (…), el segundo título es la ocasión en que saco a la luz esta obra, que es,
quando con tan sabio consejo ha colocado V. M. este Santissimo Sacramento en su Real
Capilla; acción sin duda, si no la más, de las más gloriosas que en España ha tenido este
Dios sacramentado. Quiso la divina Magestad servirse de mi, para representar las
conveniencias, que esta acción tenia, las quales vistas por orden de V. M. se probaron,
y parecieron eficaces, para que no faltasse del engaste de su Real Capilla aquella piedra
preciosa, que avia de ser su ornamento y gloria. Y sacando en esta ocasión a luz este
trabajo, me pareció punto de obligación, dar impressas a V. M. las maravillas deste
Augustissimo Sacramento, para que por ellas puede rastrear el bien, que ha llevado a
su Palacio. El tercer título es, la piedad tan grande, que en V. M. ha reconocido todo su
Reyno, para este venerable Sacramento, heredada de todos sus esclarecidos
Progenitores, los quales siempre reconocieron debian sus Imperios a este Augustissimo
Sacramento, y por esto le han dado eminentísimo culto como al Autor de su gloria”.
Efectivamente la colocación del Santísmo en la Capilla Real era el motivo principal que
había movido al P. Aguado a redactar su obra. Continuaba su dedicatoria recordando al
monarca la devoción que, desde siempre, había tenido la Casa de Austria hacia el Santísimo:
“La Augustísima Casa de Austria, como siempre ha reconocido, que debe a este
Santissimo Sacramento el Imperio y la Corona, y a su culto el aumento de su poder;
por esso se ha esmerado tanto en festejalle con grandiosas demostraciones de
templos sumptuosos; de riqueza, ornato, y gruessas rentas, para que la honra de tan
venerable Sacramento esté en el punto que merece. A todo lo qual ha ayudado V. M.
magníficamente, y en la devoción, y piedad personal ha sobrevencido a sus insignes
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Capítulo VI
Por otra parte, lo más importante para aliarse con Dios, que era el único que
podía dar la victoria, señalaba el P. Aguado, era rezar continuamente, como hacía
el monarca. Si quería que todo volviera a su cauce debía dedicarse a la oración
como si de un clérigo, y no de un monarca, se tratase 189.
El P. Aguado explicaba que la Casa de Austria, tanto el Imperio como la Mo-
narquía tenían en el mundo una misión providencial que tenía como telón de fondo
la Guerra de los Treinta Años. En este sentido, hubo una batalla que marcó un
punto de inflexión en la propaganda política de la Casa de Austria. El 4 de sep-
tiembre de 1634 se produjo la victoria de Nördlinghen, en la que las tropas hispa-
nas junto a las imperiales vencían a las suecas, acabando con el dominio sueco en
el sur de Alemania 190. Esta victoria del cardenal infante Fernando y del marqués
189 “Otro medio de confederación y liga es la oración, por medio de la qual nos
entregamos a Dios, y unimos con èl, y Dios nuestro Señor toma por su cuenta, pelear
por aquellos, que se quieren valer de esta ayuda. (…) No le falta a V. M. esta diligencia,
pues en todas ocasiones se muestra Principe tan religioso, valiendose tan a tiempo de
los sacrificios, y oraciones de todos sus Reynos, mandando tan prevenidamente a
Iglesias, Religiones, Prelados, y Superiores, que procuren con toda eficacia clamar al
cielo, para que la Religión sea defendida, y en todo prevalezca la gloria de Dios. Para
este mismo fin ha ordenado V. M. se diga un numero innumerable de Missas en los
principales Santuarios de Europa, para satisfacer, y honrar a nuestro Señor, y obligar
a su divina clemencia, e impetrar de su misericordia feliz sucesso en sus guerras” (P.
Francisco AGUADO, S.J.: Sumo sacramento de la Fe..., op. cit., ff. 8v-9r).
190 J. N. ALCALÁ-ZAMORA: España, Flandes y el Mar del Norte (1618-1639): la última
ofensiva europea de los Austrias madrileños, Barcelona: Planeta, 1975, pp. 340-341; de este
modo lo relataban los jesuitas:
“A 4 de Setiembre se hallaron el rey de Hungría y el Infante Cardenal juntos en la
Suevia, y muy cerca de dos ejércitos enemigos, cuyos capitanes eran Gustavo Horne y
Bernardo Guimar (Weymar): este de la casa de Sajonia y aquel hermano del Sueco.
Estos venian á estorbar el paso al Infante Cardenal, el cual oido su consejo se acercó á
ellos, y á 5 de Setiembre comenzó á escaramuzar, no llevando al principio lo mejor.
Advirtióse que importaba hacerse señores de una montañuela, que estaba cerca;
enviaron el Rey y Príncipe aquella noche gente, y al P. Camassa de nuestra Compañía,
catedrático de este Colegio, grande ingeniero, el cual hizo aquella misma noche una
fortificación notable (Camasa era confesor del marqués de Leganés, general de las
milicias). A la mañana, viendo el enemigo la mejora de los nuestros, acometió á la
fortificación y fueron rebatidos; mas viendo ellos la importancia, le dieron quince
asaltos en que perdieron mucha gente, y viendo los nuestros que era tiempo,
acometieron y desbarataron al enemigo, que luego desapoderadamente comenzó á huir.
Siguieron los nuestros el alcance por tres leguas; murieron diez y seis mil infantes y seis
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mil caballos de los enemigos; tomáronse noventa piezas de artillería y municiones, todo
el bagaje, doscientas banderas y pendones, y lo que mas es, prendieron á Gustavo
Horne y á muchos otros capitanes y algunos papeles de importancia, y con esta victoria
se esperan buenos efectos. El Infante anduvo muy dentro de la pelea, que mató una bala
á un caballero que estaba á su lado, y le detuvo el Infante no cayese del caballo hasta que
llegaran otros. Ha dicho S. M. que en aquesta ocasión gustara de ser el Infante, su
hermano” (P. DE GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de la Compañía de
Jesús..., op. cit., XIII [1861], pp. 101-103. Carta del P. Francisco de Vilches al P. Rafael
Pereyra, escribe esta carta para informar de la victoria de Nordlinghen en octubre de
1634. Madrid, 3 de octubre de 1634).
191 Ibidem.
192 Tal y como informaban los jesuitas en abril de 1635:
“El señor Cardenal Infante, topando un día al Santísimo Sacramento que venían de
dar á una pobre viuda, con solas dos hachas y un clérigo, le fué acompañando á pié y
descubierto, con hacer muy buen frio; y mandó trajesen luego cuarenta hachas, las cuales
sirvieron en la jornada y se dieron á la parroquia para otras ocasiones, y á la enferma la
envió cien reales de á ocho, sabiendo su necesidad. Han quedado espantados y
edificadísimos los flamencos de esta acción” (Ibidem, p. 172. Madrid, 24 de abril de 1635.
El P. Sebastián González al P. Rafael Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla).
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Capítulo VI
marqués fue regalando un cuadro a Felipe IV. En concreto se trataba del lienzo
Acto de devoción de Rodolfo I pintado entre 1616-1620 por el maestro flamenco
Peter Paul Rubens y el paisajista Jan Wildens (que se incluye en el cuadernillo de
imágenes). La pintura representaba al todavía conde Rodolfo llevando en su ca-
ballo a un sacerdote que portaba el viático. Don Diego Mejía, que era un gran
coleccionista de la pintura italiana y flamenca, encargó este cuadro para halagar
al monarca. La pintura le gustó tanto a Felipe IV, que dio orden de colocarla en el
Alcázar Real, en el llamado Cuarto de Verano (hoy día el lienzo forma parte de la
colección de El Prado) 193. Este cuadro estableció el modelo plástico en el que se
fijó este ritual dinástico. La importante ubicación del cuadro que eligió Felipe IV,
ayuda a comprender mejor el papel de esta leyenda en la ideología religiosa y po-
lítica del monarca hispano y su devoción por el Santísimo 194. Toda vez que la vic-
toria de Nördlinghen era atribuida a la protección de la Eucaristía.
En Flandes, los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia, tíos de Felipe IV
y del cardenal infante Fernando, defendieron siempre una radicalidad religiosa y
una devoción extrema por la Eucaristía que luego continuó el cardenal infante
como gobernador de los Países Bajos 195. En 1626, la infanta Isabel encargó a Ru-
bens que pintara unos cartones en honor al Santísimo Sacramento, que después,
destacados tejedores holandeses como J. Raes se encargaron de transformar en ela-
borados tapices de gran tamaño. Un año más tarde, la infanta regalaba a las Des-
calzas Reales de Madrid estos tapices bajo el título La apoteosis Eucarística, que
cuelgan todavía hoy de las paredes del convento. Fue un regalo a las religiosas cla-
risas, que la habían criado en el convento, donde pasó largas horas al día, sobre todo
con su prima sor Margarita de la Cruz, que todavía permanecía en las Descalzas 196.
193F. CHECA y J. SÁENZ DE MIERA: “La corte española y la pintura de Flandes”, en El Real
Alcázar de Madrid, Madrid: Nerea, 1994, pp. 232-234; M. C. VOLK: “Rubens in Madrid and
the Decoration of the King’s summer apartments”, The Burlington Magazine 123 (1981), pp.
513-529.
194 V. MINGUEZ: Los reyes solares: Iconografía astral de la monarquía hispánica, Castellón
de la Plana: Universidad Jaume I, 2001, pp. 299-300.
195 J. LEFÈVRE: “Les ambassadeurs d’Espagne à Bruxelles sous le règne de l’archiduc
Albert (1598-1621)”, Revue belge de Philologie et d’Histoire 2 (1923), pp. 61-80.
196 E. TORMO Y MONZÓ: “La apoteosis eucarística de Rubens: los tapices de la Descalzas
Reales de Madrid”, Archivo Español de Arte 49 (1942), pp. 1-26, y “La apoteosis eucarística de
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Capítulo VI
de los Países Bajos 199. No obstante, días más tarde, el 6 de octubre, las tropas es-
pañolas no pudieron resistir el ataque y se pidió firmar su rendición para poder
retirarse de Breda que, a partir de entonces, pasó a manos holandesas 200. Con todo,
sí consiguió aplacar el otro frente, enviando al ejército castellano que en pocos
meses acabó con la sublevación de Évora, pero que no pudo frenar el ambiente de
malestar en Portugal que antecedía, en pocos años, a la guerra de restauración del
Reino.
De este modo, el reinado de Felipe IV se presentaba entonces como el triunfo
de la Eucaristía, símbolo del propio triunfo de la Iglesia, y de la implantación de-
finitiva de aquella renovación católica que partía de Roma y fue extendida por re-
formadores italianos como Felipe Neri o el cardenal Carlos Borromeo. Prueba de
este triunfo fue la implantación en las iglesias españolas del rito de las Cuarenta
Horas –y sobre todo en la Capilla Real– que extendieron los grupos de presbíteros
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Capítulo VI
reformados italianos de la segunda mitad del siglo XVI 201. En este sentido el propio
Felipe IV no dudaba en recurrir a las Cuarenta Horas en caso de peligro, como
ocurrió con la sublevación de Cataluña, durante la jornada del rey en el verano de
1643 202.
Ciertamente, la Oración de las Cuarenta Horas tenía su origen en la práctica
de las Quarantore que se impuso en las iglesias italianas en 1527, con motivo del
saco de Roma. Al paso de las tropas de Carlos V, en varias ciudades lombardas,
los clérigos predicaron en contra de las tropas, advirtiendo de la destrucción que
llegaría con los españoles, infundiendo el pánico entre el pueblo 203. La única
forma de paliar este miedo fue a través de la oración continuada. Se trataba de ir
alternando de iglesia en iglesia la exposición del Santísimo, y rezar en cada una
de ellas durante cuarenta horas ininterrumpidas, de día y de noche 204. Las Cua-
renta Horas era un número simbólico que recordaba el tiempo que Cristo pasó
muerto hasta que resucitó, lo que significaba un tiempo largo de abatimiento,
201 Los jesuitas se hacían eco en sus cartas de la buena acogida del pueblo español hacia
esta ceremonia religiosa:
“Aquí se han hecho con notable concurso de gente las Cuarenta horas, acudiendo
tanta, tarde y mañana, que por no caber en la iglesia y claraboyas se volvian muchos.
Es de grande edificación ver el gusto con que asiste tanta gente delante del Santísimo,
y el silencio y reverencia que todos tienen. ¡Dios sea alabado, que en tiempo tan
ocasionado á divertimientos, tiene tantos que gusten de privarse aun de los lícitos y
buenos por asistirle y servirle” (P. DE GAYANGOS Y ARCE [ed.]: Cartas de algunos PP. de
la Compañía de Jesús..., op. cit., XV [1862], p. 414. De Madrid, 21 de febrero de 1640.
Sebastián González al P. Rafael Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla).
202 “A primero de este partió S. M. de Madrid para Tarazona, y las jornadas las hace
mayores de lo que primero se entendió. Va á la ligera; créese hay alguna inteligencia
secreta, si bien los enemigos obran lo que pueden. Deja órden para que el tiempo que
estuviere ausente esté el Santísimo descubierto continuamente, haciendo Cuarenta
Horas en todas las iglesias y conventos de Madrid, por su tumo, conforme al papel que
va con esta. La diligencia en acudir á Dios siempre es útil, y la primera que se debe
hacer, mas no deben omitirse las demás” (Ibidem, XVII [1863], pp. 145-146. P. Sebastián
González al P. Rafael Pereyra de la Compañía de Jesús en Sevilla. Madrid, 7 de julio
de 1643).
203 “Cronica milanese di Gianmarco Burigozzo Merzaro, dal 1500 al 1544”, Archivio
Storio Italiano III (1842), pp. 421 y ss.
204 A. DI SANTI: “L’orazione delle Quarant’ore e i tempi di calamità e di guerra nel
secolo XVI”, La civiltà cattolica 68/2 (1917), pp. 476-478.
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previo a una gracia especial, el final de una calamidad, en este caso, el final del
saco de Roma. De forma que, la práctica de las Cuarenta Horas, nacida del miedo
a las tropas de Carlos V y en oposición a éstas, era recogida por los Pontífices que
la hacían oficial en las iglesias italianas 205. De esta manera, los Pontífices quisie-
ron por todos los medios introducir este rechazo al poderío hispano, a través de
la oración continuada, en el resto de monarquías, y con especial interés en la pro-
pia Monarquía hispana, lógicamente sin advertir los monarcas hispanos el matiz
de rechazo al dominio hispano que guardaba el origen de esta oración. Fue tan
buena la acogida de Felipe IV a este rito romano, que el propio monarca no du-
daba en recurrir al rezo de las Cuarenta Horas, impuesto en todas las iglesias de
Madrid a partir de 1643, para tratar de conseguir la victoria en una batalla, paliar
las revueltas internas o evitar la muerte anunciada del príncipe Baltasar Carlos.
C. Rainaldi: Monumento
para celebrar las Cuarenta horas
en la Iglesia del Gesù de Roma, 1650
205 A. DI SANTI: “L’orazione delle Quarant’ore e i tempi di calamità e di guerra nel secolo
XVI”, La civiltà cattolica 68/3 (1917), pp. 34-44 y 222-237; J. L. IRABURU: Oraciones de la Iglesia
en tiempos de aflicción, Fundación Gratis Date, 2003, capítulos 7 y 8.
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Capítulo VI
La nueva ideología religiosa que Roma impuso en los reinados de Felipe III y
Felipe IV se reflejaba claramente en la tratadística política del momento. Frente al
siglo XVI, especialmente durante el reinado de Felipe II, plagado de escritos rega-
listas que justificaban la invasión jurisdiccional de la Monarquía sobre la Iglesia,
se pasó, en el siglo XVII, a tratados políticos que justificaban la intromisión de Roma,
no sólo en las cuestiones eclesiásticas de la Monarquía Católica, sino también en
su actuación política 206 y, al mismo tiempo, los tratadistas dedicaban su obra al
monarca para que educara al joven príncipe en dicha ideología. Este sometimiento
de la Monarquía a los intereses de la Iglesia se argumentaba a través de tres cues-
tiones fundamentales, que aparecen en casi todos los tratados del siglo XVII: el
temor a la ira de Dios por la mala defensa de la Fe, el providencialismo de la Mo-
narquía Católica y la devoción de la dinastía de los Austrias al Santísimo Sacra-
mento. Estas tres ideas se repiten y se entrecruzan en la mayoría de los tratados
políticos del siglo XVII, pero al final encubrían la misma intención; la subordinación
de la Casa de Austria a la Iglesia. Ciertamente, durante el reinado de Felipe IV,
cuando Roma era consciente de que la Monarquía hispana nunca podría llegar a
ser Monarchia Universalis, dado el retroceso militar que tenía en la guerra de los
Treinta Años y de la crisis institucional que padecía con la separación de reinos,
apareció con fuerza una literatura que defendía a la Casa de Austria como dinastía
católica y le concedía una misión que cumplir. Y este sentido, los jesuitas jugaron
un papel fundamental con sus tratados políticos y teológicos.
A continuación quisiera analizar en detalle los tratadistas jesuitas porque consi-
dero que fueron los que mejor supieron construir la nueva ideología religiosa, llena
de tintes bíblicos y exaltando la obediencia de la Casa de Austria al Sumo Pontífice.
Por otra parte, fueron los escritos políticos de los miembros de la Compañía de Jesús,
los que tuvieron mayor repercusión durante los reinados de Felipe III y Felipe IV.
206 Destacan, entre otros, los tratadistas regalistas del siglo XVI como Diego de Simancas,
Covarrubias, Gonzalo Suárez de Paz o Juan Roa Dávila. Su estudio en J. MARTÍNEZ MILLÁN:
“Las élites urbanas castellanas y la casa real durante el siglo XVI”, en F. J. ARANDA PÉREZ
(coord.): Letrados, juristas y burócratas en la España moderna, Cuenca: Universidad de Castilla-
La Mancha, 2005, pp. 100-104.
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Uno de los grandes tratadistas de la Compañía que se esforzó por justificar el pre-
dominio de Roma tanto a nivel espiritual como político sobre el resto de príncipes
cristianos fue el P. Pedro de Ribadeneyra, quien publicó en 1595 su conocido Tratado
de la Religión y Virtudes que debe tener el Príncipe Cristiano para gobernar y conservar
sus Estados. Contra lo que Nicolás Maquiavelo y los políticos de este siglo enseñan 207.
En su libro, el jesuita mostraba la necesidad de reverenciar y defender a la Iglesia
para conseguir el favor divino, y el desastroso resultado que, por el contrario, había
dado a los monarcas todo desacato a los intereses de la Religión: “Que los Principes
que se goviernan por la ley de Dios, más que por la falsa razón de Estado, son favo-
recidos de Dios” 208.
Ribadeneyra no dejó de advertir a Felipe III en su tratado, que toda razón de
Estado considerada por sí misma, sin respeto a la religión, traía desgracias al
reino, tal y como se podía ver en la Biblia, llena de ejemplos de castigos divinos
por no obedecer a la Religión. Recordaba las palabras del Señor al profeta Sa-
muel: “Yo glorificaré al que me honrare, más los que me menospreciares, serán
deshonrados y viles” 209. Como no podía ser de otra manera también Ribadeneyra
ensalzaba la Casa de Austria recordando la leyenda del emperador Rodolfo, cuyo
acto devoto:
fue tanto lo que agradò al Rey de los Reyes, y Señor de todos los Imperios, ésta su
humilde, y devota piedad, que le hizo padre de tantos y tan gloriosos Príncipes,
como después acà ha avido en la casa de Austria 210.
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Capítulo VI
terminar con las discordias entre Emperadores y los Pontífices, por ser el pueblo
elegido de Dios 211:
Casa que la ensalçó Dios para ensalzar con ella su Iglesia acabándose las
discordias tan antiguas como crueles entre los Federicos Emperadores, y los
Sagrados Pontífices, començando la paz en el Emperador Rodolfo de Austria. Casa
que después que ella reyna, no sabe la Iglesia del Señor, qué son cismas ni los
conoce. Casa que bolvió los Sumos Pontífices de Aviñón a su Trono de Roma, y
mantiene su autoridad suprema. Casa que la levantó Dios para muralla de la
Cristiandad contra la potencia Otomana. Casa que la fortaleció Dios para ser
martillo de los Hereges en Bohemia, Ungria, Alemania, Flandes, y aun en Francia.
Casa que la formó Dios para riquísimo minero de Santos, Emperadores,
Emperatrices, Reyes, Reynas, y Archiduques. Casa que la estendió Dios por toda
la redondez de la tierra, para dilatar por toda ella su Santa Fe, y Evangelio. Casa
que la escogió Dios en la ley de gracia, ansi como la de Abraham en la escrita, para
llamarse Dios de Austria, Dios de Rodolfo, de Felipe, y de Fernando.
211 Baltasar GRACIÁN: El Político don Fernando el Catholico, Zaragoza, 1640 [reed. facs.:
PINILLA (eds.): Gracián: Barroco y modernidad, Madrid: Universidad Pontificia Comillas, 2004;
E. SOLANO CAMÓN: “Política y guerra en la Zaragoza de Baltasar Gracián”, en J. M. AYALA
MARTÍNEZ (coord.): Zaragoza en la época de Baltasar Gracián. Palacio de Montemuzo, 27 de
noviembre de 2001-6 de enero de 2002, Zaragoza, 2001, pp. 27-36; E. SOLANO CAMÓN: “Notas
acerca del significado histórico del P. Gracián en torno a 1640”, Criticón 45 (1989), pp. 71-80.
213 P. Claudio CLEMENTE: El machiavelismo degollado por la christiana sabiduria de España
y de Austria. Discurso Christiano-politico a la catholica magestad de Philippo IV, rey de las Españas,
Alcalá, 1637 (BNE, 3/29384).
214 J. ESCALERA, S.I.: “Clemente, Claudio”, en DHSI, Roma, 2001, I, p. 826.
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215 H. DIDIER: “Un franc-comtois au service de l’Espagne”, AHSI 44 (1975), pp. 254-
264; J. BRUFAU PRATS: “Claudio Clemente y su pensamiento político”, Anales de la Fundación
Francisco Elías de Tejada 14 (2008), pp. 35-36.
216 En P. DE GAYANGOS Y ARCE (ed.): Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús..., op.
cit., XIII (1861), p. 171. Madrid, 24 de abril de 1635. El P. Cláudio Clemente al P. Rafael Pereyra
de la Compañía de Jesús, en Sevilla.
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plaças desta corte. Ni para aquí la piedad de su Real pecho. Visto hemos a V.M. la
Semana Santa por calles cubiertas de lodo, lloviendo el Cielo, visitar muchos Templos
a pie con un bestido y traje ordinario, sin poderlo estorvar, ni la molestia del trabajo,
ni el peligro de la salud, y aun casi las persuasiones de los mas allegados a su Real
persona, y aviendo venerado con su devoción acostumbrada el sagrado cuerpo de
Christo Señor nuestro, volverse a casa penetrado del agua, y de los temporales. Visto
hemos a V.M. no una vez sola encontrar con los Sacerdotes, que llevan el Santissimo
Sacramento por Viatico a los enfermos, y salir de la silla, o coche, y sin enfado, y
desden de la muchedumbre del pueblo, meterse como uno de los demás, que le van
acompañando, y entrar en la casa del enfermo, y no proseguir su camino, hasta volber
al Santissimo Sacramento a su templo, y dexarle encerrado en su tabernaculo. Y
entonces a V.M., y a sus españoles ínclitos, e ilustres en esta misma piedad, y Religión,
les parecia que triunfavan mejor a los español-austriaco, y a los austriaco-español,
quando de la manera que he dicho en tan obsequioso, y piadoso acompañamiento sin
diferenciarse de la plebe, mas que en la nativa Magestad de persona, y en las
aventajadas demonstraciones de su piedad insigne yva siguiendo al Rey de los Cielos
y tierra, cubierto con el humilde rebozo de aquellos blancos accidentes. De cuya real
piedad fue también Madrid testigo este año passado, cuando al bolver V.M. del campo,
donde avia estado algunos días, encontrando al Santissimo Sacarmento (que para V.M.
es el encuentro mas afortunado) hizo parar el coche, y apeandose, le fue acompañando
a pie a casa de una enferma, y de alli hasta su Iglesia, llevando a su lado al Conde de
Olivares, a quien V.M. favorece con especial benevolencia, y da tanta parte en la
administración de sus reynos por la singular piedad suya, y por la cuydadosa solicitud,
con que procura conservar la real grandeza de V.M. por los mismos medios, que ella
tuvo sus principios, y ha llegado a la alteza de la cumbre, en que oy la admira el
mundo. Testigos son desta verdad las comuniones de cada semana, y aun mas
frecuentes, la asistencia cuotidiana al sacrosanto sacrificio de la missa; el cuydado, y
zelo, de que cada dia se digan doze Missas en su capilla, y esto en medio de tantas
ocupaciones, y cuydados, con que se emplea todo en atender a los aumentos comunes
de la Iglesia; y de nuestra España. Los blasones proprios, meritos, y alabanças deste
gran Príncipe, su aventajada piedad para con Dios, el solicito cuydado de defender, y
propagar la Religion Catholica; la liberal benevolencia con los hombres doctos,
piadosos, y benemeritos; la vigilancia para la cautela, la perspicacia para la
providencia, aquella fortaleza de animo invicta en los casos mas adversos, aun contra
los mismos desdenes, y desvios de la fortuna, (si es que ay algún influxo de aquesta
deydad fingida) aquel afecto totalmente despegado de la vil avaricia, que causa
admiración aun a los animos mas invidiosos en oportunidad tanta de aumentar su
patrimonio, que no le falta sino el querer: aquel animo infatigable, que parece cobra
nuevo vigor, y fuerças con la tarea perpetua de negocios de tanto peso, a quien ya se
ha hecho, como naturaleza lo que los hombres llaman trabajo. Estas y otras excelencias
deste genero dignas del valido de un Rey maximo, dignas del tutelar del bien público,
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Capítulo VI
Resulta llamativa la forma en que ambos jesuitas, tanto Aguado como Cle-
ment, mostraban a un Felipe IV totalmente humillado y postrado ante Dios, con
sin duda piden de por si especiales elogios, y panegíricos” (P. Claudio CLEMENTE: El
machiavelismo degollado por la christiana sabiduria..., op. cit., pp. 120-123).
220 Ibidem, pp. 124-126.
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las palabras al joven herido: no repareis en que soy el Rey sino poneos bien con Dios.
La figura real dejaba de ser importante ante Dios, este era el ideal ideológico que
los jesuitas, fieles a Roma, se proponían imponer en la conciencia de Felipe IV,
como así consiguieron.
Asimismo, al P. Clement le interesaba mostrar la continuidad de esta piedad
y devoción en el príncipe Baltasar Carlos, del que narraba su relación con la Igle-
sia y con el Santísimo desde que nació:
Apenas avia cumplido los dos años de su edad dichosa, quando preguntado en
que lugar, y estimación tenía a los Sacerdotes; luego al punto para significar a lo
Español suma veneración, y respecto, levantando con toda la fuerça los braceritos
en alto, puso V. Alteza con grande reverencia sus manecitas sobre su Real cabeça. Y
preguntándole mas, del culto, y reverencia al Santissimo Sacramento, saltó luego, y
sin poderse contener, ni ser contenido en el regazo de su ama, començó a postrarse
con rendimiento, y humildad, y a coser con la tierra con suma veneración, essa
frente real 221.
Para comprender hasta qué límite llegó a influir estos tratados en la corte ma-
drileña, es preciso detenerse en la conversación que mantuvo en marzo de 1641 el
nuncio Facchinetti con el duque de Medinaceli, a quien va dirigido este tratado del
jesuita Clement. Este duque, tal y como describe el nuncio, siempre se mostró pia-
doso, fiel a Roma y enemigo acérrimo de la política de Olivares 222, criticando su
gobierno porque “i castighi che flagellano hoggi la Monarchia, sono effetti dei pregiuditii,
con i quali malamente, si è trattata la giurisdittione ecclesiastica in questi regni”. Al mismo
tiempo que el duque de Medinaceli daba al nuncio las claves de un buen gobierno:
la politica de il Re e de’ ministri suoi ha da essere la lettura degli evangelii, che quella
ben masticata, e ponderata da insegnamenti per sostentare i regni temporali senza
distruggere l’ecclesiastico 223.
221 P. Claudio CLEMENTE: El machiavelismo degollado por la christiana sabiduria..., op. cit.,
pp. 126-130.
222 “Il duca di Medinaceli (…) è poco amico del signore Conte Duca, e disapprova molte sue
ationi. (…) Mi dicono mirabilia magna della sua pietà, della frequenza de’ sacramenti, del
rispetto alla Sede Apostolica, della somma veneratione a Su’ Santità” (ASV, Segreteria di
Stato Spagna 84, ff. 225r-226v: Carta del nuncio Cesare Facchinetti, arzobispo de
Damiata a Roma. Madrid, 20 de marzo de 1641).
223 Ibidem.
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Capítulo VI
Con todo, durante el reinado de Felipe IV hubo un jesuita que destacó sobre
el resto de apologistas y que supo defender a la perfección la doctrina de Roma
en sus tratados. Este era el P. Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658), cuyos padres
se habían trasladado a España con el séquito alemán de la emperatriz María de
Austria 224. Como jesuita, Nieremberg estudió en el colegio Imperial, del que
luego fue maestro. Allí tomó como maestro espiritual al P. Francisco Aguado, con-
fesor del conde-duque de Olivares, al que siempre se mostró muy unido, y con el
que compartió su misticismo y su oposición a la intervención directa de un reli-
gioso en la política. Confesó a la princesa de Mantua, Margarita de Saboya, a la
condesa de Olivares, camarera mayor de la reina Isabel de Borbón, y a doña Leonor
María de Guzmán, condesa de Monterrey. A través de sus penitentes, el P. Nie-
remberg se convirtió en uno de los jesuitas más influyentes en la corte de Felipe IV,
cuyos escritos incorporaban la nueva ideología religiosa que Roma pretendía im-
plantar en la corte madrileña 225. Una de sus obras más celebres fue Causa y remedio
de los males públicos, publicada en 1642, cuando el gobierno del Conde-Duque
comenzaba a ser cuestionado por toda la corte 226. Precisamente el P. Nieremberg
dedicaba su obra al valido para tratar de remediar las calamidades y pérdidas te-
rritoriales que estaba padeciendo la Monarquía, recordando a Olivares el poco
respeto a la Iglesia que mostraba en su forma de gobernar, por lo que Dios le es-
taba castigando con la rebelión de Cataluña y la pérdida de Portugal:
Parece que por los españoles se dixo aquel oráculo que se respondió a los
Sibaritas: Seréis nación dichosa, mientras veneraredes a Dios, pero quando
tuvieredes mas respeto a los hombres, que a las cosas divinas, entonces se os
levantaran guerras, y sediciones hasta las entrañas. Y desto se puede seguir sino
la ruina de una República, porque como dixo Silesio: la piedad para con Dios es la
basa y fundamento de un Reino. Lo que vemos es que estamos llenos de guerras
en las entrañas de España, sediciones en Cataluña, rebeliones en Portugal, y
juntamente ay muy poca reverencia de Dios, ansi en la licencia, y aun desvergüenza
224H. DIDIER: “Nieremberg y Ottin, Juan Eusebio”, en DHSI, Roma, 2001, III, pp.
2819-2820.
225
Juan Eusebio NIEREMBERG: Obras Escogidas, estudio preliminar y edición de E.
Zepeda-Henriquez, Madrid: Atlas (BAE), 1957, pp. XVI-XVII.
226Sobre el papel ideológico de Nieremberg, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud
coronada: Carlos II y la piedad...”, op. cit., p. 29.
390
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del pecar, como en el poco respeto que se tiene a las Iglesias, donde mas se debe
reverenciar la Magestad divina 227.
La crítica década de 1640, en la que la Monarquía Católica parecía desmem-
brarse territorialmente, permitió a Nieremberg utilizar la cuestión del castigo di-
vino para tratar de persuadir al monarca de la mala administración que se estaba
llevando a cabo, y de la necesidad de reforma en sus reinos. Utilizando la palabra
divina y todo el simbolismo del Antiguo Testamento, como la idea de la Monarquía
elegida por Dios, Nieremberg criticaba la política agresiva de Olivares en los reinos
periféricos: “si piensas que consiste la guerra en la fortaleza del exercito, hara
Dios que te venzan tus enemigos” 228.
Para el P. Nieremberg era necesario que un príncipe cristiano se mostrara te-
meroso de Dios, pero no sólo eso, exigía un cambio de actitud por parte del mo-
narca y sus ministros, con muestras de piedad y de devoción exageradas, sobre
todo en el pésimo momento por el que atravesaba la Monarquía Católica:
Quiero advertir aquí, que el humillarse a Dios, mostrarse afligidos, y hazer
demostraciones de penitencia en los aprietos publicos, no es falta de valor, ni es
desconsuelo del pueblo, ni descredito para con los enemigos, pensando que tomarán
de aí, animo contra los que con su penitencia parece que se dan por apremiados, y
casi poco menos que apurados: porque Governadores prudentísimos, y varones
esforzadissimos, y Principes invictos lo han hecho. David fue uno de los Reyes mas
prudentes, y valerosos del mundo, y que mas vezes venció, pues su vida, y reinado
fue una continua Victoria, el qual con todo esto no reparó en mostrarse afligidísimo,
y penitente, hasta andar con los pies descalzos 229.
La siguiente obra del P. Nieremberg estaba dedicada al joven príncipe Baltasar
Carlos, su título Corona Virtuosa, y Virtud Coronada (1643), colocaba a la virtud
real como fundamento del orden político de la Monarquía 230. Concebida a modo
227 Juan Eusebio NIEREMBERG: Causa y remedio de los males publicos. Dedicado al
Excelentissimo Señor don Gaspar de Guzman Conde-Duque, Madrid, 1642, p. 36 (BNE 3/67902).
228 Ibidem, p. 49.
229 Ibidem, p. 84.
230 Al comienzo de su obra, el jesuita explicaba al príncipe Baltasar Carlos la importancia
de la virtud real y su reflejo en el Antiguo Testamento:
“Como los pecados del pueblo son causa de las ruinas de los Reynos, pueden
también las virtudes de un Príncipe ser el reparo de su Imperio. Y porque las de V. A.
han de servir de contrapeso a nuestras culpas, aliviando el peso de la justicia divina y
391
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Capítulo VI
Eran tres los ejemplos de reyes virtuosos de las Sagradas Escrituras que daba
el jesuita: uno era Abraham, al que, al extender su fe por todo el mundo Dios le
dio prosperidad. Otro era Moisés que por ser libertador del pueblo Dios le dio
fuerzas para defenderse de los que se habían apartado del culto divino, y el tercero
castigos que los pecados comunes merecen, he querido representar aquí lo que acerca
desto he advertido en los Libros Sagrados y Concilios de la Iglesia: porque aquellos
enseñan; estos engrandecen la utilidad de la virtud de los Reyes. Para que V. A, como
tan piadoso y amador de sus vasallos, fomente siempre su bien con el exercicio de
virtuosas obras” (Juan Eusebio NIEREMBERG: Corona virtuosa y virtud coronada. En que
se proponen los frutos de la virtud de un príncipe, juntamente con los heroicos Exemplos de
virtudes de los Emperadores de la casa de Austria y Reyes de España, Madrid, 1643, pp.
1-2 [BNE, 7/13802]).
231Sobre el discurso de Nieremberg, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud
coronada: Carlos II y la piedad...”, op. cit., pp. 29-58; A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “La
piedad de Carlos II”, en L. A. RIBOT GARCÍA (coord.): Carlos II: el rey y su entorno cortesano,
Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2009, pp. 141-166.
232A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO: “Virtud coronada: Carlos II y la piedad...”, op. cit.,
pp. 38-39.
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era el rey David que por guardar las leyes divinas, Dios defendió su reino de los
enemigos. De modo que un buen rey, si quería la grandeza de sus reinos, debía
propagar la fe, cuidar de sus vasallos y guardar los mandamientos divinos 233. Por-
que en definitiva, el devenir de la Monarquía estaba en manos de Dios: “No mire
un Príncipe el reinar como herencia, no como fortuna y dicha, sino como negocio
de Dios y comisión divina”. Considerando que “la Fe y la Religión es la estabilidad
y firmeza de los Imperios; al paso que ella crece, se aumentan, y al paso que des-
caece, desmayan” 234.
La intención del P. Nieremberg no era otra que remover la conciencia de Fe-
lipe IV y de su hijo Baltasar Carlos, para hacerles comprender que un rey pode-
roso era aquel que ejecutaba los dictámenes del Pontífice porque:
necesitando el Rey de la enseñança del Pontífice, y necessitando el Pontífice de la
potencia del Rey, para que el uno dirigiesse, el otro esforçasse para la execucion 235.
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Capítulo VI
encomendándole muy de veras todas las cosas en que ponia mano, para que
saliesen como favorecidas de la divina: y asi solia dezir, que si él estuviesse bien
compuesto con Dios, imperaria felizmente, que lo que le importava era captar la
benevolencia divina, que con esto todo le sucederia bien. Fue constantísimo en
guardar el recogimiento de las horas que tenia señaladas de oración; porque no
las dexava, por mas negocios y ocupaciones que tuviesse 237.
La principal virtud de Rodolfo I fue su reverencia a la Iglesia, y con ello su su-
jeción a las disposiciones de Roma. Nieremberg se empeñaba en resaltar la piedad
de este Emperador que pudo entrar en conflicto con el Pontífice en territorio ita-
liano, sin embargo, no dudó en obedecer a Roma. Por otra parte, para el jesuita, un
buen monarca debía llegar a un acuerdo con los territorios sublevados, antes de
emplear las armas en someterles, criticando indirectamente la política de Olivares
en Portugal y Cataluña:
Hermana de la justicia es la paz, las quales se abraçaron en el pecho deste
Principe; porque con ser tan esforzado, y dichoso en las guerras, no las deseava, sino
la paz. Y para que la huviesse era diligentissimo en oprimir al principio, o por
armas, o por conciertos, qualquier alteración, concordando luego los Principes
discordes, poniendo en razón al que no lo hazia; y allanavanse presto todos, porque
conocian su resolución y valor. Otras cosas disimulaba, y no se dava por entendido.
No reparava en puntillos; y assi quando Honorio IV señaló a Pinzivalla por Vicario
de Italia, embiando después al Emperador que le confirmasse, pudiendo tener el
Cesar mucho sentimientos desto, no lo mostró, antes hizo con gallardia lo que
el Papa deseava. Esto lo hizo el Cesar, asi por el respeto que tenia a la Silla
Apostolica, como por no ocasionar guerras alterando a Italia. Las mismas causas le
movieron a conceder al Papa algunas cosas, que fueron grandes servicios que hizo
su piedad a la Silla Apostolica 238.
La mayoría de los tratados jesuitas analizados guardaban una característica
común, que es preciso estudiar con mayor detalle. Todos los apologistas utilizaban
el discurso de la predestinación a través de las citas bíblicas (la comparación del
reino de Israel con la Monarquía) para tratar de supeditar la política y la guerra de
la Monarquía a los intereses de la Iglesia, a la vez que alababan la idea de veneración
al Santísimo Sacramento como soporte de la Casa de Austria, que implicaba también
una reverencia hacia la Iglesia y una defensa de la fe. Ahora bien, resulta claro que
estos ideales eran defendidos por los reinos periféricos de la Monarquía. De este
394
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modo se comprende que la mayoría de estos tratados políticos hayan sido escritos
por apologistas no castellanos (el borgoñón Claudio Clement o el aragonés Baltasar
Gracián), o bien que sean obras, en su mayoría, dedicadas a gobernadores o virreyes
de Portugal, Sicilia, Valencia o Aragón (el P. Clement al duque de Medinaceli, don
Luis de Moncada Aragón y Cerda, presidente y capitán general del reino de Sicilia
y, por su parte, el P. Baltasar dedicaba su tratado al duque de Nochera virrey de
Aragón y Navarra). También había apologías escritas por religiosos íntimamente re-
lacionados con la Curia Papal como era el caso de los jesuitas Ribadeneyra y Nie-
remberg, estos dos últimos fieles a los Generales jesuitas e importantes colaboradores
de la política de Roma.
En este sentido, es preciso añadir las epístolas que escribió el P. Juan Eusebio
Nieremberg a modo de consejos morales en 1649, en las que se hacía eco de la
devoción de la nobleza, advirtiendo que toda la grandeza aristocrática venía dada
por la adoración al Santísimo:
El segundo Duque de Gandía, yendo a cazar, si oía en algún lugar la campana
de salir el viático para algún enfermo, al punto dejaba su entretenimiento, y,
corriendo el caballo, se iba al lugar para acompañar al Señor. La devoción en esta
parte de nuestro rey Felipe IV se ha visto varias veces en la corte; entre otras, una vez
que, pasando de noche por la Plaza, vio de lejos al Santísimo Sacramento, al punto
se arrrojó del coche, sacando de la mano al Príncipe su hijo, y fue con tanta priesa
para alcanzar al Señor, atropellando con la gente que encontraba, que no le pudo
seguir ninguno de su casa, parte por la apresuración del Rey y parte por atender a
la Reina, que quedaba hincada de rodillas en medio de la Plaza. El Conde de
Villanova, antecedente a éste, asistiendo al Santísimo Sacramento, como lo tenía
de costumbre, para darle por viático a un enfermo, sucedió que le echase de sí, con
lo demás que le embarazaba el estómago. Viendo esto se turbaron todos los
presentes; sólo el Conde, con un ímpetu superior y celo cristiano, se arrojó a recibir
aquellas heces y consumirlas todas. Esto hizo, porque juzgó que no había allí otro
que tuviese mayores obligaciones por su sangre y calidad; por eso quiso ser el más
fino en respetar a su Criador. Esta consideración deben tener todos los señores, que
han recibido más de Dios y que deben más, y los buenos respetos que deben tener
por su nacimiento con nadie mejor los han de guardar que con quien les dio buen
nacimiento. Recibieron de Dios más honra en su noble sangre; recibieron más
hacienda en sus estados. Pero el mal es que muchos de ellos hacen con estos
beneficios mayores injurias a su mayor bienhechor 239.
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Capítulo VI
No resulta casual, por tanto, que los nobles piadosos citados por Nieremberg,
tanto el duque de Gandía (de la familia de los Borja) como el conde de Villanueva
(de los Valterra), pertenecieran a una nobleza que debía su origen a la Corona de
Aragón, mostrándose defensores de los intereses de las élites de los reinos peri-
féricos. Pero además dejaba claro que el origen de la nobleza estaba en Dios, de
modo que conceptos como limpieza de sangre, cristiano viejo o castellano puro,
dejaban de tener sentido.
Existe una última cuestión importante que es preciso tener en cuenta y es que
los tratados analizados ayudaron a enterrar la imagen exterior de la Monarchia Uni-
versalis a la que aspiraba Olivares, que terminaría del todo con las pérdidas terri-
toriales que padeció la Monarquía en la década de 1640. Asimismo, la forma de
gobernar llevada a cabo por el Conde-Duque quedaba en entredicho, y las críticas
al valido no cesaban de multiplicarse. Fueron muchos los intentos por parte de la
Compañía para abrir los ojos a Felipe IV y advertir al monarca de la necesidad de
alejar al valido del gobierno como así hizo en 1643.
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esta Orden 240. Su padre, el archiduque Carlos, hijo del emperador Fernando I y
fundador de la rama de los Habsburgo de Estiria, que gobernaba Inner Austria
desde la corte de Gratz (1564-1619), había asimilado la espiritualidad católica ra-
dical emanada de Roma por el ambiente jesuítico que rodeaba a su corte 241. Una
de las primeras acciones de Carlos II de Estiria a favor de la Compañía fue la fun-
dación de un colegio jesuita en Gratz, lugar de residencia de la corte archiducal,
en 1573. De modo que los jesuitas se convirtieron en importantes aliados de Carlos
para tratar de arraigar el catolicismo romano en el interior de Austria, que además
de Styria, incluía los territorios de Carinthia y Carniola 242. Asimismo, tuvo a su
lado un confesor jesuita, el P. Heinrich Blyssem 243. Ante tal colaboración con la
Compañía, Roma envió al nuncio en Graz, monseñor Porcia, una relación de los
jesuitas mejor educados en el colegio germánico para que dispusiera de ellos a la
hora de colocarlos en los puestos relevantes de Inner Austria 244. Tal devoción por
la Compañía también la compartía su mujer, la archiduquesa María de Baviera,
madre del futuro emperador Fernando II, quien mantenía una excelente relación
con el general Claudio Aquaviva, con el que se carteaba asiduamente. La propia
archiduquesa María tomó por confesor al jesuita Juan Reynelio, y se empeñó en
que sus hijos compartieran la misma espiritualidad, confiando la educación de sus
vástagos a religiosos superiores de la Compañía de Jesús. Así, el jesuita Jakob Cru-
sius, de Bamberg, confesó a la archiduquesa Anna-Maria desde 1602, y el jesuita
240 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
pp. 7-8.
241 S. SPRUELL MOBLEY: “The Jesuits at the University of Ingolstadt”, op. cit., pp. 213-
249.
242 Para la contrarreforma en el interior Austria bajo el archiduque Carlos ver J.
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Capítulo VI
245
J. WRBA: “Confesores y predicadores de Corte”, en la voz “Austria” del DHSI,
Roma, 2001, I, p. 285.
246 “La medessima Arciduchessa providdi alla medessima Regina, quando lei passò in
Spagna, di confessore di età matura, di prudenza et ottime qualità; et questo fù il Padre
Riccardo Haller, gesuita ch’era stato per innanti rettore nei collegii d’Ingolstatio in
Baviera et in Graz in queste provincie” (ASV, Fondo Borghese, Serie III, 113a, ff. 70r-
71r: Carta del nuncio Portia a Clemente VIII. Graz, 24 de marzo de 1603).
247 R. J. W. EVANS: The Making of the Habsburg Monarchy..., op. cit., p. 60.
248 A. W. WARD: The house of Austria in The Thirty Years’ War, London: Macmillan &
co., 1869, p. 29 (BL, 9315.bb.27).
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249Reflejo de esto, era la carta que envió el nepote de Paulo V y secretario de estado, el
cardenal Borghese, al entonces nuncio imperial Antonio Gaetano, arzobispo de Capua, con
motivo de la dieta imperial celebrada en Ratisbona en 1608, a la que acudiría el confesor Viller:
“A la ricevuta de la presente sarà V. S. in Ratisbona, come credo, havendole io inviato
l’ordine con le precedenti d’assistere a la dieta et l’instrutione necessaria. Col serenissimo
arciduca Ferdinando sarà per quanto intendo il padre Villerio confessore di S. Altezza. Con
lui potrà V. Signoria intendersi et tenerselo amico et confidente, perchè essendo egli favorito
molto da l’Altessa Sua, possa valersi del suo mezzo in molte occasioni. Al padre suddetto
havrà dato ordine il padre Generale (Claudio Aquaviva), che tenga con V. S. buona
corrispondenza. Ho voluto avvisarla di ciò, perchè tratti seco confidentemente, et non
havendo io che dir di più con la presente” (Roma, 3 de noviembre 1607, en M. Linhartová
[ed.]: Epistulae et Acta nuntiorum apostolicorum apud imperatorem [1592-1628], Tomo
IV: 1607-1611, Parte I: 1607, Praga: Instituti Historici Bohemoslovenici Romae et
Pragae, 1932, p. 262).
250Sobre Viller, consultar B. DUHR: Geschichte der Jesuiten in den Ländern..., op. cit., I,
pp. 698-699; sobre Becan, B. DUHR: Geschichte der Jesuiten in den Ländern..., op. cit., 2/I, pp.
452-454, y 2/II, pp. 219-225.
251 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
p. 3.
252Para la actividad de los jesuitas en Flandes, A. PASTURE: La Restauration religieuse aux
Pays-Bas catholiques sous les Archiducs Albert et Isabelle (1596-1633), Louvain: Uystpruyst,
1925, pp. 312-367; R. PÖRTNER: The Counter-reformation in Central Europe..., op. cit., p. 114.
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Capítulo VI
Sin duda, fue Lamormaini el confesor más influyente en la política del Em-
perador. La relación de Fernando con este confesor tuvo su origen en Gratz 253,
donde llegaron a ser grandes amigos. Lamormaini estuvo siempre en contacto
con toda la familia de Fernando, prueba de ello fue el constante intercambio epis-
tolar del jesuita con diversos miembros de la familia como los cuatro hermanos
de Fernando: María Cristina, Eleonora, y María Magdalena, y especialmente
con su hermano, el archiduque Leopoldo, gobernador del Tyrol. Al terminar su
periodo como rector en Graz, Lamormaini viajó a Roma el 16 de octubre de
1621. El motivo de su viaje era la consulta de diversos negocios eclesiásticos con
el general de la Compañía Muzio Vitelleschi. Allí Lamormaini consultó con Vi-
telleschi el papel de la Compañía en las reformas de la Iglesia en Bohemia, y en
la conversión de la vecina Sajonia. Asimismo, tuvo contacto con diversos miem-
bros de la Curia Papal, donde fue propuesto como cardenal, aunque al final no
se llevó a cabo el nombramiento 254. A su regreso a Viena, fue nombrado rector
del colegio el 19 de febrero de 1622, lo que le permitió estar más cerca de la corte
de Fernando II, consiguiendo ser propuesto como confesor del Emperador.
Desde la corte imperial, Lamormaini mantuvo siempre informado al General
de la Compañía. La correspondencia que mantuvieron el general Vitelleschi y el
confesor imperial durante más de treinta años, con más de mil cartas, ha sido es-
tudiada en detalle por el profesor R. Bireley 255. En ellas, a grandes rasgos, el Ge-
neral pedía a Lamormaini que tratase que la Compañía fuera, en todo momento,
bien vista por Fernando II, estando a su servicio y lo que era más interesante, Vi-
telleschi insistía al confesor que persuadiese al Emperador para formar un frente
unido entre los príncipes católicos, a las órdenes del Pontífice, para imponer la
febrero de 1590 en el noviciado jesuita de Brünn, en Moravia. De allí pasó a estudiar teología
en Viena de 1592 a 1596. Tras permanecer poco tiempo en el colegio de Praga, optó por
marcharse como rector en Gratz en 1598, dos años antes de que Fernando asumiera los
poderes del gobierno en Inner Austria. Allí estuvo hasta 1621, primero como profesor de
filosofía y luego de teología y, finalmente, como rector de la universidad de 1613 a 1621.
Cuando pasó a Viena como confesor del emperador Fernando II era un gran aliado del
general Muzio Vitelleschi.
254Informaba el nuncio a Roma de las quejas de Olivares por el supuesto cardenalato del
P. Lamormaini. Madrid, 2 de agosto de 1631 (ASV, Segreteria di Stato Spagna 72, f. 104v).
255 R. BIRELEY, S.I.: The Jesuits and the Thirty Years War..., op. cit., p. 25.
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256 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
p. 11.
257Ver B. DUDIK: “Correspondenz Kaiser Ferdinand II. Und seiner erlauchten Familie
mit P. Martinus Becanus und P. Wilhelm Lamormaini”, Archiv für österreichische Geschichte
54 (Viena, 1876), pp. 234-242.
258 R. BIRELEY, S.I.: The Jesuits and the Thirty Years War..., op. cit., p. 141.
259 A. CORETH: “Daiserin Maria Eleonore, Witwe Ferdinands III und die Karmelitinnen”,
Mitteilungen des Österreichischen Staatsarchivs 14 (1961), pp. 42-63.
260A. CORETH: Pietas Austriaca, op. cit., p. 83; S. GIORDANO: Domenico di Gesù Maria,
Ruzola..., op. cit., pp. 179-187.
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Capítulo VI
noviembre de 1620, tuvo lugar la victoria del ejército católico en la colina de Mon-
taña Blanca, a las afueras de Praga, donde las tropas de los estados protestantes
fueron humilladas en una batalla que duró apenas un par de horas. Esta victoria
sirvió para que Fernando II recuperara el reino de Bohemia y significó el regreso
de la Compañía de Jesús al reino de Bohemia al ser expulsada tras el célebre epi-
sodio de la defenestración de Praga 261. Toda la propaganda política que se generó
con motivo de la victoria de Montaña Blanca tiene que ver con la actuación del
carmelita. A las órdenes de la expedición iba fray Domenico de Jesús María, que
arengó a las tropas a luchar para que Bohemia fuera restituida al catolicismo ro-
mano 262. En su arenga, fray Domenico instigaba a las tropas a una victoria segura
por contar con la gracia de Dios 263. Siguiendo la interpretación del religioso, los
apologistas de la batalla de Montaña Blanca aseguraban que la fuerza del brazo
de Dios luchaba del lado de Fernando en defensa del catolicismo 264. A partir de
entonces, las victorias y triunfos del Emperador se interpretaban sólo en código
providencial; Fernando veía las victorias como una misión divina para restablecer
el catolicismo en el Imperio 265. Fue precisamente el año 1620, tras la batalla de
la Montaña Blanca, que comenzó toda la propaganda heroica de la rama germana
de la casa hasbúrguica, buscando recuperar su primacía la línea de Viena frente a
la de Madrid. La misma propaganda que fomentó Roma, a través de la Compañía
de Jesús, para ensalzar en los escritos de la Casa de Austria a una dinastía unida,
261 A. CATALANO: La Boemia e la riconquista delle coscienze. Ernst Adalbert von Harrach
“Note sugli Ordini religiosi in Boemia e Moravia...”, op. cit., pp. 129-157; F. GUI: I Gesuiti e la
rivoluzione Boema..., op. cit.
264 O. CHALINE: La Bataille de la Montagne Blanche, Paris: Noesis, 1999, pp. 304-305;
V. S. MAMATY: “The Battle of the White Mountain as a Myth in Czech History”, East
European Quarterly 15 (1981), pp. 335-345; J. PÁNEK: “The Religious Question and the
Political System of Bohemia before and after the Battle of the White Mountain”, en R. J. W.
EVANS y T. V. THOMAS (eds.): Crown, Church and Estates..., op. cit., pp. 129-148.
265 A. WANDRUSZKA: Gli Asburgo, op. cit., p. 116.
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^ ^ ^
266B. JENŠOVSKÝ: Knihovna Barberini a ceský výzkum v Ríme, Praga: Nákladem Ceského
Zemského Fondu, 1924, p. 88.
267R. CUETO: “Crisis, conciencia y confesores en la Guerra de los Treinta Años”,
Cuadernos de Investigación Histórica 16 (1995), pp. 249-265.
268 J. DUINDAM: “The Archduchy of Austria and the kingdoms of Bohemia and
Hungary. The courts of the Austrian Habsburgs (c. 1500-1750)”, en J. ADAMSON (ed.): The
Princely Courts of Europe. Ritual, politics and culture Ander the Ancien Régime (1500-1750),
Londres: Weidenfeld & Nicolson, 1999, p. 184.
269 A. GOTTHARD: “El Sacro Imperio durante la Guerra de los Treinta Años”, Studia
historica. Historia moderna 23 (2001), pp. 149-170.
270 R. CUETO: “Crisis, conciencia y confesores...”, op. cit., p. 262.
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Capítulo VI
271 R. BIRELEY, S.I.: Religion and Politics in the Age of the Counterreformation..., op. cit.,
p. 161.
272 M. HAYDEN: “Continuity in the France of Henry IV and Louis XIII: French Foreign
Policy, 1598-1615”, Journal of Modern History 45/1 (1973), pp. 1-23; V. L. TAPIÉ: France in
the Age of Louis XIII..., op. cit., pp. 175-209.
273 A. ASTRAIN, S.I.: Historia de la Compañía de Jesús..., op. cit., V, p. 199.
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274 “Respondo Señor que no sé que el confessor del Emperador aya faltado a lo que debe
y creo que si ubiera avido algo de momento, no ubiera faltado quien me ubiera dado
noticia de ello para que ayudase a que lo emmendase. Con todo eso, como el Emperador
venga en quererlo dexar, yo lo sacare del empleo, que al presente tiene por solo dar gusto
a S.M. y a V.Ex.” (ARSI: Tolet. 9 [1628-1634], f. 195r: Vitelleschi al conde-duque de
Olivares, del consejo de estado de S.M. Madrid, 20 de octubre de 1631).
275 J. M. PRA: “Philippe IV, roi d’Espagne et la Compagnie de Jesús: Épisode historique
1631”, Revue des précis historiques, serie 3, vol. 3 (Bruselas, 1894), pp. 208-217.
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Capítulo VI
pero que vale por muchos en estos, porque govierna toda la Compañía y los demás
hacen lo que él encarga y ordena: respondo que el gobierno del General es
mediante lo que escribe en sus cartas, pues si se hallare que yo he escrito alguna,
que sea en deservicio de S. M. o del S. Conde-Duque me dare por convencido de
quanto se ha dicho y dixere de mi, y puedo aseverar a V.R. con toda verdad, que en
todas las ocasiones que se han ofrecido que han sido algunas, he procurado servir
a S.M. y al S. Conde-Duque con la puntualidad, fidelidad y affecto que debo 276.
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278 ARSI: Tolet. 9 (1628-1634), ff. 214r-215r: Vitelleschi a los PP. Provinciales de Toledo,
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Capítulo VI
escribiesse a V.R. sobre lo mesmo, como lo a hecho, con esta va su carta para V.R. y
porque la letra no es tan legible, he hecho, que se copie de mejor letra, y copia y original
se envíen a V.R., a quien ruego, que la vea, y que si ha llegado allá el dicho papel (que
según me han referido se embio de Viena), y se lo atribuyen al dicho P. Contzen, V.R.
le defienda con las razones de su carta, que verdaderamente tengo por cierto está sin
ninguna culpa y es justo que volvamos por su inocencia y le ayudemos como a hermano
nuestro, como confío de la grande charidad de V.R. que lo hará, informando bien de
todo al S. Conde-Duque, y a quien más fuere necesario o conveniente, y avíseme de lo
que en esto hiziere N.S. a V.R., en cuyos 8 settembre enbio también a V.R. una copia
de la carta que el confessor del Emperador escribió al dicho P. Adam Contzen en que
le avisa cómo el Emperador ha quedado contento con su respuesta” (ARSI: Tolet. 9
[1628-1634], f. 215v: Vitelleschi al P. Francisco Aguado. 7 de febrero de 1632).
281
Ibidem, f. 264v: Vitelleschi al P. Francisco Aguado, confesor del Conde-Duque.
Roma, 6 de octubre de 1632.
282Ibidem, f. 257v: Vitelleschi al P. Miguel Pacheco, provincial de Madrid. 24 de agosto
de 1632.
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dejando el Imperio en manos de su heredero Fernando III. Desde ese momento los
intereses políticos de Madrid y Viena fueron cada vez más divergentes. En las ne-
gociaciones que llevaron a la Paz de Westfalia, el emperador Fernando III no quiso
saber nada de la política de Madrid, negociando una paz separada con Suecia y
Francia mirando por los intereses del Imperio y de sus dominios heredados, de-
jando a Felipe IV que continuase solo la guerra contra la Monarquía francesa. El
embajador de Fernando en Madrid, el general Francisco Carretto, marqués de
Grana, fue el encargado de convencer a Felipe IV de que el Emperador no tenía
más remedio que firmar la paz, pues no hubo otra salida 283. Si en la propaganda
ideológica las dos ramas de la Casa de Austria se mostraban unidas desde sus orí-
genes, en la práctica, el juego político demostró que Madrid y Viena velaban por
intereses particulares bien distintos.
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FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
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ÍNDICE ONOMÁSTICO
Abreo, Francisco, S.I.: 18, 165n, 173n, 179, Alvarado, Juan de, S.I.: 172.
186n, 191. Álvarez de Paz, Diego, S.I.: 305.
Acarie, madame (Barbara Avrillot): 101. Álvarez de Toledo y Pimentel, Fernando, el
Acosta, José de, S.I.: 19, 175n, 184, 186, 187, Gran Duque de Alba: 33, 68, 69, 71, 72,
192, 193n. 108-111, 220.
Acuña, Hernando de: 55. Álvarez de Toledo, Hernán: 29.
Acuña, Juan de: 292. Álvarez, Baltasar, S.I.: 75, 164, 198, 199,
Adorno, Francesco, S.I.: 92, 94, 95, 97, 105- 200n, 202-211, 249, 305.
107, 112, 118, 129-131, 137-140, 144, 146. Álvarez, Fernando, S.I.: 80.
Adriano VI, pontífice: 58. Amodei, Curzio, S.I.: 117.
Aguado, Francisco, S.I.: 170, 171, 340, 345, Ana de Austria, reina de: 259, 260, 304.
348-351, 354, 367, 368, 369n, 370n, 371- Ana María Mauricia de Austria, reina de
374, 387, 388, 390, 405-408. Francia: 269, 304.
Aguiló, Miguel: 350. Anchieta, Juan de: 38.
Alarcón, García de, S.I.: 164, 245n. Androzzio, Fulvio, S.I.: 92.
Alarcón, Pedro de, S.I.: 170, 171. Anna-Maria de Habsburgo, archiduquesa:
Alba, Cristóbal de: 46. 231, 397.
Alberto de Austria, archiduque: 183, 213, 361, Antolínez, Agustín: 302-303.
376, 385, 399. Antonio, Francisco, S.I.: 238, 256.
Albornoz, Gonzalo de, S.I.: 339, 343n. Aquaviva, Claudio, S.I., V General de la
Alcázar, Bartolomé, S.I.: 8, 88n, 89, 90n, 191n, Compañía: 8n, 9n, 18,19, 21, 98, 100,
235n. 118n, 133-135, 138-140, 141n, 142-151,
Alciato, Francesco, cardenal: 122. 153, 159, 161, 163, 165-167, 170, 172-175,
Aldobrandini, Cinzio, cardenal: 215. 176n, 177, 182-186, 188-198, 208-210,
Aldobrandini, Ippolito, véase Clemente VIII. 224, 226-228, 232, 233n, 234, 235, 237,
Aldobrandini, Pietro, cardenal: 218, 219n, 238, 244-248, 250-253, 255, 272, 273, 275,
220n, 221n, 237n, 243n, 244n, 245, 248n, 276, 278, 279, 281-284, 286-291, 293-296,
255n, 258n, 263n, 266n, 269, 270n, 271n, 298, 299, 304, 310, 348n, 352, 360, 362,
274, 275, 276n, 280n, 281n, 285n, 288, 397, 399n.
291n, 297n. Aquino, Santo Tomás de: 175.
Aleandro, Girolamo, cardenal: 58. Aragón, Ana de, duquesa de Medinasidonia:
Alemán, Francisco, S.I.: 405. 75.
Alfonso II d’Este, duque de Ferrara: 95n, 96, Araoz, Antonio, S.I.: 13,14, 66, 70, 73, 74,
105. 79, 128-129, 158, 159.
Almazán, Nicolás de, S.I.: 168, 169. Araoz, Lope de: 80.
Almeida, Esteban de: 77. Araoz, Magdalena de: 31.
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Duque de Uceda (I), véase Gómez de 186, 188, 190, 197, 199n, 206, 210n, 213-
Sandoval y Rojas, Cristóbal. 215, 217, 218n, 219n, 221, 222, 224, 227,
Duquesa de Arcos, véase Toledo y Figueroa, 228, 230, 236, 237, 239, 240, 242n, 246,
María de. 256n, 258, 259, 260n, 261n, 265, 272,
Duquesa de Gandía, véaseVelasco, Juana de. 273, 275, 301, 305, 311-313, 315, 317,
Duquesa de Medinasidonia, véase Aragón, 319, 320, 322, 365, 366n, 308, 406.
Ana de. Felipe III, rey de España, el Piadoso: 20, 21,
Duquesa de Urbino, véase Lucrezia d’Este. 73n, 114n, 141n, 166n, 174n, 196, 198n,
213, 214, 218, 219, 221, 222, 226, 228-
Eder, Giorgio: 99, 100. 230, 232n, 233n, 237, 239, 240n, 243,
Eguía, Diego de: 50, 51n. 244n, 247, 249, 250, 252, 253, 254n, 256,
El Gran Duque de Alba, véase Álvarez de 257, 258n, 260-262, 263, 265, 266n, 267,
Toledo y Pimentel, Fernando. 269, 270n, 271n, 275n, 277n, 278n, 288,
Emanuele Filiberto, duque de Saboya: 101, 291n, 298, 300, 301, 306, 307, 311, 317n,
143, 260, 271n, 272n 318, 319, 320n, 323, 352, 356, 382, 383,
Enrique II de Valois: 108. 398.
Enrique IV de Castilla: 29. Felipe IV, rey de España: 21, 247, 268, 299-
Enrique IV de Francia: 61, 100, 141, 216, 318. 301, 307-309, 311, 315, 318-323, 325n,
Enrique VIII de Inglaterra: 45. 327-329, 334-339, 340n, 341n, 344, 345,
Enríquez de Guzmán, Diego, V conde de 347, 350, 351, 353n, 354n, 355n, 359, 363,
Alba de Liste: 240. 365-367, 371-373, 375-382, 385, 386, 388-
Enríquez, Enrique, S.I.: 18, 158, 165-166, 390, 393, 395, 396, 403, 404, 406, 409.
167n, 173, 179, 189n, 194, 244. Fernández de Castro, Pedro, IV marqués de
Enríquez, Felipa: 81. Sarria: 277, 297.
Eraso, Francisco de: 68, 72n, 155n. Fernández de Córdoba y Fernández, Gonzalo,
Espinosa, Diego de: 156, 157n, 178n, 368n. III duque de Sessa: 128, 129, 189.
Esquex, Juan Lucas, S.I.: 171. Fernández de Córdoba, Antonio, V duque de
Esteban Dávila, Pedro, III marqués de las Sessa: 254n, 284.
Navas: 241. Fernández de Córdoba, Catalina, II marquesa
Estrada, Francisco de, S.I.: 112. de Priego: 74, 84.
Fernández de Córdoba, Gonzalo, Gran
Fabro, Pedro, S.I.: 13, 45, 47, 64, 70, 79. Capitán: 31.
Facchinetti, Cesare, nuncio: 328, 329n, 331n, Fernández de Velasco Tovar, Iñigo, IV duque
332n, 333n, 334n, 335n, 389. de Frías: 205.
Fanini, Lucas, S.I.: 401. Fernández de Velasco, Juan, V duque de Frías:
Fazio, Giulio, S.I.: 161. 150, 240.
Federico Enrique de Orange-Nassau: 377. Fernández Tribaldos, Pedro, S.I.: 171.
Felipe el Hermoso, véase Felipe I de Habsburgo. Fernando de Austria, cardenal-infante: 321,
Felipe I de Habsburgo, el Hermoso: 30, 32, 338n, 374-376, 385.
33n, 34-39, 52, 66. Fernando el Católico, véase Fernando II de
Felipe II, rey de España, el Prudente: 10n, 12, Aragón.
13, 15-18, 53n, 60, 61, 65, 68n, 69n, 70- Fernando I, emperador: 96n, 99, 397.
72, 75, 76, 78, 82, 89, 90, 102, 104, Fernando I, gran duque de Toscana: 215.
107-109, 120n, 121, 123n, 129, 140, 141, Fernando II de Aragón, el Católico: 11, 32-
153-159, 167n, 174, 178, 181n, 182, 183, 39, 53, 66, 68, 383, 384n.
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Índice onomástico
Fernando II, emperador: 21, 230, 318, 326, General de la Compañía (IV), véase Mercuriano,
356-359, 361-364, 366, 396, 397, 400, Everardo, S.I.
402, 404, 408. General de la Compañía (V), véase Aquaviva,
Fernando III, emperador: 375, 404, 409. Claudio, S.I.
Ferrer, Alonso, provincial de Castilla: 278n. General de la Compañía (VI), véaseVitelleschi,
Ferrer, Jaime: 32. Muzio, S.I.
Ferreri, Giovanni Stefano, nuncio: 358. Germana de Foix, reina de Aragón: 29n, 38.
Figueroa, Lorenzo de, III conde de Feria: 74, Giberti, Gian Matteo: 58.
75n. Ginnasio, Domenico, nuncio: 220n, 221n,
Filomarino, Ascanio, cardenal: 343. 243n, 245, 248n, 249, 254, 255n, 263n,
Filonardi, Ennio, cardenal: 64. 266, 280, 281n, 284, 285n, 288, 290,
Florencia, Jerónimo, S.I.: 229, 338, 341n, 296n, 302.
343n. Giustiniani, Agostino, S.I.: 144
Florencia, San Antonino de: 114. Giustiniani, Benedetto, S.I.: 133, 134, 142,
Fonseca y Azebedo, Alonso de, conde de 147, 187n.
Monterrey: 80, 339, 340. Gómez de Fuensalida, Gutierre: 34.
Fonseca, Antonio de: 32. Gómez de Sandoval y Rojas, Cristóbal, I
Fonseca, Pedro de, S.I.: 184, 200. duque de Uceda: 242n, 319
Franqueza, Pedro de: 270, 288, 292. Gómez de Sandoval y Rojas, Francisco,
Frumento, Alejandro: 122. marqués de Denia, duque de Lerma: 20,
Fuente, Luis de la, S.I.: 194. 214, 218-220, 232, 233, 239-248, 250,
252, 253, 255, 260-266, 268-272, 275-
Gaetano, Antonio, nuncio: 399n. 277, 279, 280, 282, 285-290, 291n,
Gagliardi, Achille, S.I.: 88n, 92n, 100, 101, 292-301, 306, 319, 345, 352.
103, 124, 132-134, 140, 142-151, 187n. Gómez de Sandoval, Diego: 220, 242n.
Gagliardi, Leonetto, S.I.: 101, 103. Gómez de Silva, Ruy, príncipe de Éboli: 13,
Gagliardi, Ludovico, S.I.: 101, 103, 132. 67-69, 71, 73, 74, 76, 111n, 128, 214.
Galarza, Beltrán de: 72. Gómez, Alonso, S.I.: 179.
Galarza, Francisco de, S.I.: 190. Gonzaga, Ercole, cardenal: 101.
Gallio, Tolomeo, cardenal: 15, 88, 122, 135, Gonzaga, Ferrante: 256.
136. Gonzaga, Francesco: 101.
Gallonio, Antonio: 64. Gonzaga, Leonor, emperatriz: 401, 403.
Galuzzi, Tarquinio: 343. Gonzaga, Luis de, S.I.: 256.
García de Licona, Martín: 30n. Gonzaga, Scipione: 101.
García de Oñaz, Martín: 31. González Dávila, Gil, S.I.: 19, 158, 159, 184,
García, Juan, S.I.: 168, 169. 191n.
Garzia Millino, Giovanni, arzobispo de González de Mendoza, Pedro: 77.
Rodas: 293n, 296n. González de Villa, Juan: 82
Gattinara, Mercurino: 53, 54. González, Gonzalo, S.I.: 18, 158, 165, 173, 179.
General de la Compañía (I), véase Loyola, González, Sebastián, S.I.: 339n, 342n, 369,
Ignacio, S.I. 370, 375n, 378n, 380n.
General de la Compañía (II), véase Laínez, Gouvea, Jerónimo de: 264, 265.
Diego, S.I. Gracián, Baltasar, S.I.: 21, 383, 384, 395.
General de la Compañía (III), véase Borja, Gran Capitán, véase Fernández de Córdoba,
Francisco de, S.I. Gonzalo.
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282, 284, 286-290, 292-295, 298, 300-304, Marquina, Pedro de: 77.
306-308, 310, 311, 313, 318, 352, 358. Martinengo, Girolamo, nuncio: 99.
Margarita de Austria, princesa: 32. Martínez de Lasao, Juan: 13, 70.
Maria Ana de Austria, emperatriz: 404. Martínez de San Millán, Juan: 81.
Maria Anna de Baviera, reina de Hungría y Mascarenhas, Ignacio, S.I.: 334.
Bohemia: 401. Mascareñas, Leonor: 75, 78.
María Cristina de Habsburgo, archiduquesa: Matienzo, Sancho de: 33.
231, 398, 400. Maximiliano I de Wittelsbach, duque de
María de Austria, emperatriz: 77, 99, 100, Baviera: 232, 401, 407.
144, 183, 213, 238, 251, 255-266, 270n, Maximiliano II, emperador: 99, 230, 318.
301, 390. Mazzarino, Giulio, S.I.: 95, 136, 137, 360n.
María de Austria, reina de Hungría: 338, Medici, Giovanni Angelo de’, cardenal: 119.
339. Medina, Bartolomé de: 70.
María de Baviera, archiduquesa: 231-233, Medina, Miguel de, S.I.: 180.
234n, 238, 287, 290, 397, 398. Medina, Pedro de: 316, 317n.
María de la Asunción: 304. Medrano, Antonio de: 46, 47.
María I de Inglaterra: 71, 153, 154. Mejía, licenciado: 44.
María Manuela de Portugal, princesa: 13, 67, Mejía Guzmán, Diego, I marqués de
70, 79. Leganés: 339, 374-376.
María Tudor véase María I de Inglaterra. Mellino, Giovanni Garzia, nuncio: 290n, 291.
Mariana, Juan de, S.I.: 164, 165, 172, 173, Mena, Fernando de Mena, médico de Felipe
369n. II: 78.
Marino, Tommaso: 127. Mena, Gaspar de, S.I.: 194.
Marliani, Pietro Antonio. 127. Mendes de Vasconcelos, Diego, I conde de
Marqués de Almazán (I), véase Mendoza y Castel Melhor: 241.
Fajardo, Francisco Hurtado de. Mendez, Duarte, S.I.: 191, 194.
Marqués de Ayamonte (III), véase Guzmán y Mendo, Andrés, S.I.: 339.
Zúñiga, Antonio de. Mendoza de la Cerda, Ana de, princesa de
Marqués de Denia, véase Gómez de Éboli: 71, 215.
Sandoval y Rojas, Francisco. Mendoza y Fajardo, Francisco Hurtado de, I
Marqués de Grana, véase Carretto, Francisco. marqués de Almazán: 183.
Marqués de las Navas (III), véase Esteban Mendoza, Ana de: 271.
Dávila, Pedro. Mendoza, Antonia de: 272.
Marqués de Leganés (I), véase Mejía Guzmán, Mendoza, Diego de: 33.
Diego. Mendoza, Diego de, príncipe de Mélito: 71.
Marqués de Sarria (IV), véase Fernández de Mendoza, Fernando de, S.I.: 21, 194, 230n,
Castro, Pedro. 268, 272-289, 291, 293-295, 304, 345.
Marqués de Velada (II), véase Dávila y Mendoza, Francisco de, almirante de Aragón:
Toledo, Gómez. 292.
Marquesa de Camarasa, véase Guzmán, Ana Mendoza, Francisco de, cardenal: 79.
Félix de. Mendoza, Jerónima de: 78.
Marquesa de Priego (II), véase Fernández de Mendoza, Juan de: 33.
Córdoba, Catalina. Mendoza, Juan de: 272.
Marquesa del Valle, véase Guzmán, Magdalena Mendoza, Juan Manuel de, marqués de
de. Montesclaros: 320.
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Pelletier, Gérard, S.I.: 96. Portia, Girolamo, nuncio: 231n, 287, 398n.
Pellicer de Ossau Salas y Tobar, José: 325, Portocarrero, Francisco, S.I.: 180.
326n, 334n. Portocarrero, Juan de: 264, 265, 266n.
Peñalosa, Ambrosio de: 338. Portocarrero, Juana: 307.
Peñalosa, Diego de, S.I.: 170. Portugal, Álvaro de: 33.
Peralta, Pedro de: 45. Possevino, Antonio, S.I.: 16, 91, 92, 101-103,
Pereyra, Rafael, S.I.: 339n, 342n, 352n, 116, 117, 141, 142, 147.
354n, 369, 370n, 371n, 375n, 378n, 380n, Pozo, Pedro del: 77.
385n. Prado, Francisco de, S.I.: 405.
Pérez de Almazán, Miguel: 32, 52. Prieto, Antonio, S.I.: 172.
Pérez de Guzmán, Alonso: 309. Princesa de Éboli, véase Mendoza de la
Pérez de Loyola, Juan: 31. Cerda, Ana de.
Pérez de Mesa, Diego: 317. Príncipe de Éboli, véase Gómez de Silva,
Pérez de Nueros, Bartolomé, S.I.: 169, 170. Ruy.
Pérez, Antonio: 215. Príncipe de Mélito, véase Mendoza, Diego
Pérez, Baltasar: 154. de.
Pérez, Esteban, S.I.: 171. Priuli, Girolamo, doge: 117.
Peruschi, Giovanni Battista, S.I.: 103, 113, Puente, Luis de la, S.I.: 203, 204n, 205n,
134. 206n, 236, 302n, 304-306, 348.
Pimentel y Ponce de León, Juan Francisco Pulgar, Hernando del: 29.
Alonso, X conde de Benavente: 371.
Pimentel, Francisco de, S.I.: 340. Quijada, Luis: 75, 82, 205.
Pimentel, Juan Alfonso, VIII conde de Quintana, Pedro de: 32.
Benavente: 254. Quiñones, Teresa de: 81.
Pimentel, Pedro de, S.I.: 340. Quiroga, Diego de: 404.
Piñas, Baltasar, S.I.: 162. Quiroga, Gaspar de, cardenal: 79.
Pio da Carpi, Rodolfo, cardenal: 105, 125.
Pío IV, pontífice: 112, 113, 119, 122-124, Raes, Jan: 376.
125n, 135, 136n, 236n. Rainoldi, Giovanni Battista: 126, 127.
Pío V, pontífice: 17, 83, 93, 95n, 96, 105n, Ramírez de Villaescusa, Diego: 37.
120, 123, 136n, 187, 214, 256n, 257. Ramírez, Luis, S.I.: 170.
Plaza, Juan de la, S.I.: 160n, 162. Ramírez, María: 46.
Poggiani, Giulio: 123. Ramírez, Pedro: 97.
Poggio, Giovanni, nuncio: 13, 70. Ramírez de Prado, Alonso: 292.
Polanco, Juan Alfonso de, S.I.: 15, 16, 62n, Ramiro, Antonio, S.I.: 163, 168, 201.
63, 85, 88-90, 112, 126n, 129, 180, 197n Ramos, Nicolás. 175.
Pole, Reginald, cardenal: 154. Reino, Miguel de: 78.
Pollarde, Marcel, S.I.: 231, 398. Reinoso, Pedro de: 306.
Ponce de León, Hernando: 282n, 283n. Rengifo, Blas, S.I.: 164, 165n.
Ponce de León, Juan, S.I.: 171. Rey Piadoso, véase Felipe III.
Ponce de León, Luis Cristóbal, II duque de Rey Prudente, véase Felipe II.
Arcos: 75, 84. Reynelio, Juan, S.I.: 231, 238, 397.
Ponce, Fernando, S.I.: 282-284. Ribadeneyra, Pedro de, S.I.: 8, 15, 64n, 74,
Porres, Francisco, S.I.: 168, 169, 177, 182, 75n, 78, 131n, 163-165, 173, 184, 229,
190, 193, 235, 246-248, 273n. 239, 383, 395.
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Índice onomástico
Sor Catalina María de Este: 260. Urbano VIII, pontífice: 21, 291, 308, 309,
Sor Margarita de la Cruz, archiduquesa: 97, 319, 321-325, 327-329, 332-334, 336,
256, 259, 260, 376. 342, 343, 346, 347, 356, 404, 406, 408.
Soto, Andrés de: 233n, 259n.
Sotomayor, Antonio de: 325, 345. Valdés, Alfonso de: 54, 60.
Speciani, Cesare: 122, 123, 130n, 137, 138, Valdés, Fernando de: 67, 72, 141.
256n. Valdés, Juan de: 45, 50.
Spínola Pavese, Juana: 350. Valdivia, Damián de, S.I.: 339.
Suárez de Carvajal, Juan: 72 Valle de la Cerda, Juan: 342n.
Suárez de Paz, Gonzalo: 382n. Vallés, Juan, S.I.: 180.
Suárez, Diego, S.I.: 162. Valpedrosa, Gaspar: 181.
Suárez, Juan, S.I.: 176, 205, 207, 208n. Vázquez de Menchaca, Fernando: 316.
Suffren, Juan, S.I.: 404, 405. Vázquez de Molina, Juan: 67, 68.
Vázquez y de Ribera, Gregorio, S.I.: 179.
Talavera, Hernando de: 29. Vázquez, Dionisio, S.I.: 15, 18, 88, 91, 158,
Tavera, Juan Pardo de, cardenal: 13, 52, 54, 164, 165, 173, 178.
67, 68. Vázquez, Francisco, S.I.: 180.
Téllez Meneses, Ruy: 69. Vázquez, Mateo: 156n.
Terzo, Andrea, S.I.: 131. Vázquez, Miguel, S.I.: 249, 250, 279, 280,
Terzo, Filippo: 323. 282n, 287.
Texeda, Francisco de: 46. Vega, Gabriel de, S.I.: 168, 169, 170.
Thiene, Gaetano da: 58, 122. Vega, Garcilaso de la: 55.
Toledo Enríquez, Antonio de, VI conde de Vega, Hernando de: 33.
Alba de Liste: 241. Vega, Juan de: 81.
Toledo y Figueroa, María de, duquesa de Vega, Leonor de: 81.
Arcos: 75, 84. Vega, Suero de: 81.
Toledo, Francisco de, S.I., cardenal: 140-142, Velasco, Antonio: 38.
144, 186, 187, 191. Velasco, Arnao de: 30, 38.
Toledo, Francisco de, virrey del Perú: 78. Velasco, Bernardino de, S.I.: 47, 171.
Toledo, Hernando de: 33. Velasco, Catalina de: 47.
Toledo, Juana de: 81. Velasco, doctor, inquisidor: 44.
Toledo, Pedro de: 319. Velasco, Gutierre: 38.
Torre, Jerónimo de la, S.I.: 171. Velasco, Juana de, duquesa de Gandía: 240,
Torres de Mendoza, Juan de: 81 243.
Torres, Miguel de: 50, 185n, 200. Velasco, María de: 29n, 30, 38, 39, 47, 66.
Tovar, Bernardino: 46, 47, 50. Velasco, Martín de: 72.
Trejo y Paniagua, Gabriel de, cardenal: 299. Velati, Giovanni Battista, S.I.: 103, 131.
Tucci, Stefano, S.I.: 144. Velázquez, Antonio: 352n.
Tyrius, Giacomo, S.I.: 144. Velázquez de Cuéllar, Juan: 29, 30, 35, 36,
38, 47
Ugucionis, Benedicto: 81. Velázquez, Gutierre: 30
Ulloa, Magdalena de: 75, 82, 205. Vélez de Guevara y Tarsis, Íñigo: 339
Ulloa, Rodrigo de: 32. Vieira, Antonio, S.I.: 196n, 335.
Urbano IV, pontífice: 364. Villalva, Pedro de. S.I.: 167.
Urbano VII, pontífice: 215. Villano, Ottavio: 350.
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Índice onomástico
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ÍNDICE GENERAL
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
Abreviaturas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23
CAPÍTULO I
LA IMPRONTA RELIGIOSA Y POLÍTICA DE IGNACIO DE LOYOLA . . . . . . . . . . . . 27
Ignacio de Loyola y su unión a los intereses del partido “isabelino” . . . . . . . 29
Alcalá de Henares, Salamanca y París:
Hacia una espiritualidad renovada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40
El cambio de orientación ideológica
durante el reinado de Carlos V . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
CAPÍTULO II
LOS ORÍGENES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
SUS PRIMERAS FUNDACIONES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
La reforma religiosa en Italia en la primera mitad del siglo XVI . . . . . . . . . . 57
Cristaliza un proyecto:
La fundación de la Compañía de Jesús . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62
La rápida expansión de los primeros jesuitas en la corte lusitana . . . . . . . . . 65
La complicada difusión de la Compañía de Jesús
en los reinos hispanos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 66
El impulso fundacional de la princesa Juana y la facción “ebolista” . . . . . . . 71
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Toledo . . . . . . . 77
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Castilla . . . . . . 79
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Aragón . . . . . . 82
Primeras fundaciones de la Compañía en la Provincia de Bética . . . . . . . 83
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CAPÍTULO III
LA INFLUENCIA DE LOS MOVIMIENTOS REFORMISTAS ITALIANOS
EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
CAPÍTULO IV
LOS PROBLEMAS DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN ESPAÑA:
OBEDIENCIA AL REY O AL PONTÍFICE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
La corte de Felipe II
y su repercusión en la evolución de la Compañía . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
El descontento de los jesuitas castellanos
ante el gobierno de Mercuriano y Aquaviva . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 159
Los jesuitas “memorialistas”
y su unión al partido castellano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 172
La Congregación extraordinaria de 1594
y la inclusión de elementos “castellanos” en la Compañía . . . . . . . . . . . 185
La corriente descalza
y su influencia en la espiritualidad jesuítica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197
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Índice general
CAPÍTULO V
DISCREPANCIAS EN EL CONFESIONARIO DE LA REINA MARGARITA:
FIDELIDAD A ROMA O A MADRID . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 213
Situación política y religiosa de la Monarquía hispana
a la llegada de la reina Margarita de Austria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 214
Clemente VIII y su apoyo al partido “papista” . . . . . . . . . . . . . . . . . . 214
La situación religiosa en la Monarquía de Felipe III:
La conquista de las descalcez y el jesuitismo . . . . . . . . . . . . . . . . 221
Piedad y devoción:
La educación religiosa de Margarita de Austria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 228
Enemigos de Lerma:
La Reina y el círculo de confesores jesuitas fieles a Roma . . . . . . . . . . . 239
Apyos a la Reina en la corte:
La emperatriz María y los jesuitas de su entorno . . . . . . . . . . . . . . . . . . 255
Restos de la impronta castellana:
La llegada del P. Fernando de Mendoza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 268
El triunfo de la Reina y el padre Ricardo Haller . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 286
Fundaciones de la reina Margarita:
Imposición de una espiritualidad radical en la corte . . . . . . . . . . . . . . . . 300
CAPÍTULO VI
ARTÍFICES DE LA “PIETAS AUSTRIACA”:
LOS JESUITAS EN LA MONARQUÍA CATÓLICA DE FELIPE IV . . . . . . . . . . . 315
La actuación de Urbano VIII
y el final de la Monarquía Universal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 319
Servicio a los intereses de la Monarquía o del Papado:
Los confesores jesuitas del conde-duque de Olivares . . . . . . . . . . . . . . . 338
El papel de la Compañía de Jesús
en la elaboración de la “Pietas Austriaca” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 356
Nueva justificación ideológica de la Monarquía
en la tratadística jesuita . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 382
¿Unión de la Casa de Austria? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 396
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FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
Fuentes impresas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 413
Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 417
ÍNDICES
Índice onomástico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 463
Índice general . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 477
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La Corte en Europa
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Jiménez Pablo
fundó la Compañía, la honró, la enseñó y aún sustentó largo
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Esther
proyecto europeo ENBACH sobre la época barroca en remediar para adelante, so pena que cada día podremos
la Monarquía hispana y sus territorios italianos. tener mayores disgustos, y revueltas; que no son estas
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Cierva que desarrolla en el departamento de Historia
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P. Juan de Mariana:
Moderna y de América de la Universidad de Granada. Discurso sobre las enfermedades de la Compañía (1605)
Sus líneas de investigación se centran en la evolución (1540-1640)